© Libro N° 8694. Clasicos De La Literatura Infantil-Juvenil De
America Latina Y El Caribe. Bosch, Velia. Emancipación. Junio 5 de 2021.
Título
original: © Clasicos De La Literatura
Infantil-Juvenil De America Latina Y El Caribe. Velia Bosch
Versión Original: © Clasicos De La Literatura
Infantil-Juvenil De America Latina Y El Caribe. Velia Bosch
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DE LA LITERATURA
INFANTIL-JUVENIL DE AMERICA LATINA Y EL CARIBE
Investigación, selección y
prólogo
V elia Bosch
Clasicos
De La Literatura
Infantil-Juvenil
De America Latina Y El
Caribe
Investigación, selección y
prólogo
V elia Bosch
COLECCION
CLAVES
DE
AMERICA
CLASICOS DE LA LITERATURA
INFANTIL-JUVENIL EN AMERICA LATINA Y EL CARIBE
(Casa de Palabras)
F UNDACIÓN
B IBLIOTECA
AYACUCHO
C ONSEJO D IRECTIVO
José Ramón Medina (Presidente)
Simón Alberto Consalvi
Pedro Francisco Lizardo
Oscar Sambrano Urdaneta
José Luis Salcedo Bastardo
Ramón J. Velásquez
Pascual Venegas Filardo
José Ramón Medina
D IRECTOR L ITERARIO
CLASICOS DE LA LITERATURA INFANTIL-JUVENIL DE
AMERICA LATINA Y EL CARIBE
(CASA DE PALABRAS)
Investigación, selección y prólogo
V ELIA B OSCH
BIBLIOTECA AYACUCHO
Colección Claves de América
Dirigida por Oscar Rodríguez Ortiz
© de esta
edición
BIBLIOTECA AYACUCHO, 2000
Apartado Postal 14413
Caracas 1010 - Venezuela
Hecho Depósito de Ley
Depósito legal 1Í50120008002088
ISBN 980-276-335-7
Producción editorial /
Elizabeth Coronado
Diseño de colección / Luis E. Ruiz Lossada
Corrección / Boris Hormazábal
Diagramación y fotocomposición / Impreso en Venezuela
ProduGráfica, C.A. Printed
in Venezuela
PROLOGO
Los niños son así, el tipo justo para entrar en
contacto con la literatura que recoge en notas vigorosas la vida total: sentim
iento, imaginación, acción; esa
literatura que se puede transformar en mímica por la actividad que entraña; que
se la puede cantar; hacer ver y sentir, y en donde cuerpo y alma
entran en el campo de su profunda sugestión.
J ESUAL.DO
SI e x i s t e una p alab ra que intim ide o p on
ga en gu ard ia al lecto r actu al, es la em p olvad a, am arillen ta y
esdrújula, clásicos. Ella re m ite a un tiem po errón eam en te supuesto co m
o cad u co y co m o con cierto tufo de eru d ición . Y si la acom p añ am os co
n la p alabra an tología, en ton ces p od rían au m en tar los prejuicios y
surgir, tal vez, n o stalg ias p o r te x to s co n o c id o s o libros bien g
u a rd a d o s en la m em o ria hum ana . P areciera que am bos se confabulan p
ara p resu m ir una sabiduría estática, ni siguiera co m p arab le co n la g
racia irónica que p ro v o can las colu m n as de un d iccion ario, co m o ap
un tab a Teresa de la P arra .
El p ro p ó sito de este v o lu m en es co n v o ca
r el justo m ed io de am bas propuestas m ed ian te una o p eració n no tan
sencilla co m o es la de instalar a m an era de inquilinos vivos en una casa de
palabras a ciertos fundadores de una especie de literatu ra, no siem pre c a
nonizada p o r el fen óm en o libro pues la m ayoría de las veces esta clase de
literatu ra ap arece dispersa en páginas, su plem entos, dia rios y revistas.
Sin ten er que carg ar co n la culpa de un
archipiélago de ausen tes d ig am o s e n to n ce s q ue en estas p ág in as
o rd e n a d a s alfab é - ficam ente p o r diez y nueve países, p erm an ecen
vivos, cu aren ta y un au tores y cin cu en ta y un te x to s en tre los cuales
se han seleccio nado los géneros m ás difundidos en tre aquellos cread os,
recreados y adaptados para niños y jóvenes, pretendiéndose abarcar desde la
antigüedad hasta el más reciente ejercicio de la fantasía.
Se han tratado de incorporar los modelos de un ayer
y los de un hoy representativos, no exhaustivamente, dentro de un discurso que
considerado igualmente imperecedero no los hagan permane cer como modelos ya
rígidos por el peso de la historia, los gustos y la crítica especializada que
rodea al propiamente desinteresado acto de la creación.
Cincuenta y un textos, en su mayoría breves, han
sido esco gidos para presentar el rostro más vulnerable y delicado de un
estilo de literatura, por ser el de la más compleja simplicidad, como lo son,
leyendas, cuentos, poemas y la más arriesgada de las empresas, una selección de
capítulos de las llamadas “noveletas” imprescindibles de difundir y de invitar
a una lectura completa.
Concientes de esta labor que estimamos útil y
presumimos ne cesaria, se han intentado reunir textos, autores y países para
ofrecer al lector de hoy en una sola operación y como en una especie de
caleidoscopio, desde el más viejo oficio de contar fábulas y leyendas, tan
antiguas como la humanidad misma, has ta el más revolucionario ejercicio de la
pasión lúdica.
Ningún ejemplo tan elocuente de nuestro método de
recopi lación como los de estas dos estrofas pertenecientes a dos épocas, dos
sexos y dos países, fundamentales para destacar formas y te mas en el
desarrollo de la literatura para niños de nuestra Améri ca. El primero fue
escrito en el estado de ensoñación que a la monja mexicana le produjo cierta
vivencia infantil de cuentos y cantos escuchados de labios de un aya negra en
medio de una ronda de niños con música de conga y vocablos afroamericanos: rejuego
poético de una ensaladilla. El segundo es un rom ancillo, ambas estrofas
heredadas de la España conquistadora. En este caso se trata del poeta cubano
que cantó a nuestra luna negra de Barlovento. Todo esto con trescientos años de
diferencia entre la una y el otro, pero con igual impulso estético y motivación
ético-social.
Tumba, la, la, la Tumba la, le, le
que ya Pilico escrava no quede.
Tumba, la, le, le, tumba, la, la, la,
que ya Pilico no quede escrava.
(SOR J UANA
INÉS. SIGLO XVII)
Negrón, negrito,
ciruela y pasa,
salga y despierte,
que el sol abrasa,
diga despierto
lo que le pasa...
¡Que muere el am o,
muera en la brasa!
ya nadie duerme,
ni está en su casa:
(N ICOLÁS G
UILLÉN. S IGLO X X )
Podemos afirmar entonces que la literatura infantil
se nutre de la intertextualidad de temas y personajes: en estos casos la elec
ción de ritmos y el tema de la libertad y la esclavitud. Viene a propósito
recordar una frase de Octavio Paz: “...el poema es un caracol en donde resuena
la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencia, ecos de la
armonía universal”.
En una antología de literatura, cualquiera que ella
sea, debe ría partirse de un criterio que permita el equilibrio entre autores,
países y textos involucrados en ellas y permitirse igualmente que se “juegue”
al unísono con la trascendencia de sus temas y la aceptación de la costumbre
lectora. Fiel, pues, a este criterio se han reunido en igual participación
tanto la prosa; llámese cuen to, novela, fábula, tradiciones, leyendas o el
drama, así como la insustituible poesía.
Por razones obvias, se ha presentado una gama, un
tramado de textos cuyos destinatarios oscilen entre los siete y dieciséis años
de edad. En una sensata comprensión del problema resulta útil repetir, aunque
se caiga en la redundancia, que no únicamente la intención didáctica y
moralizante que marcó los inicios de la li teratura dirigida a niños y
jóvenes, sustenta el frágil edificio de este género o modalidad, sino que, su
particular nivel cognoscitivo y ese fatal estar siendo, lo condicionan para
recibir con mayor agrado el “había una vez un conejo que...” o el “riquirrán”,
ambas de la tradición oral y rítmica expresión lúdica con que, por cier to un
romántico excepcional, el poeta colombiano José Asunción Silva, nutrió los
textos escolares de ayer, tanto como la más fan tástica propuesta de “El
hombre que debía adivinarle la edad al diablo” de Javier Villafañe.
Por otra parte, si Andrés Bello es otro “silencio
escuchado” de la literatura erudita del siglo diecinueve, no obstante haber
traducido, trasladado o imitado a otros ya clásicos como Víctor Hugo, Lamartine
y Florián — fabulistas para un hipotético lector juvenil— no dejó por ello de
contribuir, al menos para salvar nuestra ausencia de una lectura europeizante
en un momento específico en que nuestro continente ensordecía bajo el estallido
de la pólvora.
Cien años después, para suerte de nuestros textos
infantiles nace José M artí y unos años más tarde, “La Edad de O ro”, revis ta
para niños signada, a ratos, por la traducción libre y adapta ción de los
románticos europeos, Andersen y Laboulaye, pero por cuya recreación libre y
virtualidad ética y estética una estrella invulnerable que recorre el espíritu
creativo y se funda en la nega ción de todo estereotipo en la literatura que
nos ocupa.
En el distinto sentido el poeta colombiano Rafael
Pombo, re crea La M amá Oca de Perrault, en “La pobre viejecita”, cuyo uso del
diminutivo y cierto tono de picaresca latinoamericana lo han consagrado a
través de generaciones.
Comúnmente se piensa que quienes escribimos para
niños y jóvenes, de manera obligatoria, arrastramos la condición de maes tros,
no obstante, entre los cuarenta y un autores que nutren estas páginas, una
decena de ellos ejerció junto con la profesión de maestro de aulas, algunos
maestros rurales, el otro aberrante y desposeído oficio de poetas... De manera
curiosa unos y otros con muy escasas excepciones han dedicado páginas a
reflexionar sobre el tema. Gabriela Mistral, Jesualdo, Fryda Shultz de Mantovani,
Eliseo Diego y Efraín Subero, entre otros, son algunas de estas encumbradas y
válidas excepciones.
Horacio Quiroga en su obra Cuentos de la selva,
tanto como José Martí, suaviza esa especie de crueldad fantástico-medioeval
difundida por Perrault y los hermanos Grimm. Por un lado el cubano con esa
visión propia del escritor curtido en la lucha política independentista y con
su visión modernista del lenguaje y la estrofa y por otro, el alucinado poeta
de la selva, superpo nen un tramado sobre otro para fundar en el espíritu de
sus lec tores, el respeto por los seres y animales, la solidaridad por la naturaleza,
sus más tiernos sentimientos de amor y fidelidad y el virtuoso manejo de una
suerte de arquitectura verbal.
Por el N orte, M artí se autocalifica de “el
padrazo” de su revista. Al Sur, Quiroga se encubre con la máscara de un tal
“Dum-Dum”... que escribió los textos “a sus hijitos” y más acá, Henrí-quez
Ureña inventa su heterónomo femenino de la “Nana Lupe” como pretexto para la
existencia de su duende y su país fabuloso de Jauja. Mientras que Brunet,
desanimaliza al lobo y Mistral maternaliza su rispida naturaleza frente al niño
regañón...
Un hallazgo para la literatura que nos ocupa es el
caso del pe riodista salvadoreño que firmaba con el seudónimo de Salarrué. A
caballo junto con Quiroga, entre el siglo diecinueve y el ago nizante siglo
veinte, publica en el diario Patria y deja a la edición postuma sus Cuentos de
cipotes, “escritor al desgaire y para lle nar espacios que sobraba a las
páginas del periódico”. El mismo autor reflexiona y define sus obritas (por lo
breves): “...cuentos que nuestro niño nos está contando, a su manera. No a mi
ma nera” y más propiamente los define como “...un cuento que se da sus propias
alas, se atiza y se ríe de sí mismo”. Quienes lean detenidamente estas breves
joyas de la literatura infantil disfru tarán de su autenticidad. Máxima virtud
exigida a quien cultive la escritura para niños y jóvenes.
Fueron múltiples las reflexiones de Gabriela
Mistral publica das en revistas de España, conferencias de M éxico, Puerto
Rico, Chile y Venezuela en torno al tema, algunas especialmente diri gidas a
los maestros y maestras poetas, en las que criticó con especial empeño el
estrecho y cerrado criterio que excluye del prescolar de hoy, o aula parvularia
y de la otra, ya lectora, los temas folclóricos, las rondas, las canciones de
cunas y los juegos. Se adelanta la famosa maestra chilena en la propuesta de un
ejer cicio de la canción-poema o viceversa. Afirmaba: “El habla po pular es
antítesis de la lengua docente de la escuela. Esa habla posee una expresividad
única: pinta, esculpe y hasta graba en el fuego. Ella ondula de una gracia de
buena ley: está como picada de especies y esencias; ella sigue narrando mejor
que nadie; nin guno se durmió nunca oyendo pueblo de pescador o leñador”.
En esta selección María Elena Walsh y Mirta Aguirre
afirman su participación en esta edad efímera que los brasileros nombran con
una palabra sonora y suave: “crianqa” de la que es virtual exponente la poeta
brasilera Cecilia Meirelles.
El llamado de Gabriela Mistral ha tenido oyentes,
Fernan do Paz Castillo, otro “silencio escuchado” delicado poeta vene zolano
con La huerta de D oña Ana, la salvadoreña Claudia Lars y la igualmente maestra
venezolana Luisa del Valle Silva, han apoyado sus textos en los poemas-juegos
de imaginación. Estos temas, permiten contar y cantar mientras provocan la
ilusión y desarrollan la recreación. De estos poemas dramáticos se han
seleccionado dos de ellos, el de Claudia Lars y el de Luisa del Valle Silva inspirados
en la ronda-poema-juego de Doña Ana.
El poema lírico de Claudia Lars y el poema-juego
dramático de Luisa del Valle Silva merecen comentario especial. En ambos textos
el tema Doña Ana (o Doñana, como comúnmente se escu cha) y su soporte
lingüístico y rítmico presentan una atmósfera de misterio subrayada por la
pregunta de los niños y ante la an gustia del personaje que nunca se hace
presente.
“Vamos a la huerta” de la poeta salvadoreña plantea
un diá logo entre una oculta voz que responde la angustiante interroga ción
de los pequeños. ¿Qué come doña Ana? ¿Dónde está? ¿En vejece Doña Ana? ¿Cómo
es ella? y el siempre no aclarado misterio de ¿por qué no les abre la puerta?
En “La huerta de doña Ana”, de la venezolana, se
nos revela una intertextualidad no descubierta hasta hoy por los estudiosos de
la literatura. Con algunos cambios en el empleo del vocablo “toronjil”, propio
de las variantes léxicas de Centro y sur Amé rica, en la composición de la
jitanjáfora, el tema se inicia con graves acordes y tonos grises. La puerta de
Doña Ana se abre. Los niños descubren el patio con árboles frutales. El diálogo
teatral asume su carácter gesticulante, conflictivo y su atmósfera de misterio.
Doñana no está aquí. Pero cuando regresa, expulsa a los niños cruelmente. Ellos
se retiran desconsolados por los versos escuchados: “¡No quiero niños ajenos/
si no hay niños en mi casa!” Al retirarse los pequeños, desaparecen las frutas,
las flores, el aire y el sol. ¿Dónde están las mariposas? y entonces la miste
riosa anciana se da cuenta de su error y deja entrar a los niños y regresa la
ronda.... interminable.
¿Qué ha pasado en el texto de Luisa del Valle
Silva? Recor demos a Octavio Paz: “...la actividad poética es revolucionaria
por naturaleza; ejercicio espiritual. Es un método de liberación inte rior. La
poesía revela este mundo; crea otro”.
El poema de Luisa del Valle Silva supone una
intertextualidad, se trata de una, otra, versión del cuento para niños del
irlandés Oscar Wilde: “El gigante egoísta”, con similares atmósferas bús queda
de un paraíso por los niños, negación a causa de una malig na fuerza oculta.
Encuentro del paraíso por ambas fuerzas en oposición: niños-gigante.
Niños-Doñana.
Ester Feliciano Mendoza y Rosario Ferré, ambas
narradoras puertorriqueñas entablan un diálogo a distancia sobre las preocu
paciones obvias relacionadas con su idioma español y la condi ción
político-territorial de su tierra borinqueña. No en vano dejó sus huellas el
poeta de Platero y yo, Juan Ramón Jiménez, en la isla de Puerto Rico. En una de
las célebres conferencias leídas por E.F. Mendoza reclama — como lo hizo G.
Mistral— el desprecio por los temas folclóricos y la ausencia de un héroe
infantil puer torriqueño. “¿Qué héroe tiene el niño puertorriqueño que sea
suyo, tan suyo, que se reconozca en él? Ninguno. Vive la expe riencia vicaria
de todos los que llegan de otras literaturas, pero el que es sangre de su
sangre, alma de su alma, no ha llegado aún (...) para rescatar al niño del
sortilegio vacuo con que los hipno tizan unos horribles libros de “comics” que
han venido a sustituir al monstruo mítico”.
Rosario Ferré, puertorriqueña, amante y defensora
de los cuentos de hadas (como lo fue en condición suma desde Buenos Aires, la
inefable Fryda Shultz de Mantovani) ha escrito hermo sas reflexiones en torno
a esta literatura y su famoso cuento de hadas, “El medio pollito” que aparece
en esta selección. Pero ha revivido el lenguaje jugoso de tristeza y ternura de
Juan Bobo y las múltiples aventuras de una picaresca americana y caribeña.
Costa Rica tiene la suerte inmensa de contar con
una novela para niños escrita por un sensible espíritu y excelente pluma de
narrador como lo es Joaquín Gutiérrez, su héroe, el pequeño Cocorí da título a
la novela de cuyos dos capítulos no se ha querido pres cindir, por ningún
respecto, en este volumen. ¿Novela de apren dizaje? Tal vez. Más propiamente
de descubrimiento interior del alma afroamericana o mulata como prefirió
nombrar Nicolás Guillén.
C ocorí de Gutiérrez y Los cuentos de la Nana Lupe
de Pedro Henríquez Ureña, tanto como el extenso Cuento de Navidad de Juan Bosch
(publicado en Caracas en 1958) han tenido que sufrir
la tan odiosa “selección” de los volúmenes
antológicos. Unicamen te el afán de difundir una obra y eludir las
“adaptaciones” pue den justificar y obtener el perdón de sus autores.
La Fundación Biblioteca Ayacucho en su colección
“Claves de América”, es ahora “Casa de palabras”. Bienvenidos los lectores,
para ellos hay en cada cuento o poema una gota del elixir o bebedizo o brebaje
que alguna hada o hechicera derramó sobre los papeles de trabajo que
precedieron a esta Antología.
M uchos se quedaron en los papeles
preseleccionados, la opción, como el gnomo del cuento de Teresa de la Parra
tiene la potestad io tal vez la debilidad? de esconderse en las diabluras de la
computadora ya que los tinteros han desaparecido para siem pre... Tal vez.
Otros demonios más reales nos hacen sentir la ausencia de M onteiro Lobato, un
clásico de la literatura infantil brasilera, tales inconvenientes, ajenos a
nuestra condición de investigadores nos eximieron de las hermosas páginas de
Naricita.
A MANERA DE CODA
¿Es necesario justificar el léxico a pie de página?
Rememo remos ciertas líneas de dos escritoras famosas con las cuales co
menzaríamos a formar un nutrido “bestiario” según el cual se sus tente el
criterio de que ninguna falsa erudición es comparable con el poder de lógica
fantasía con que los niños se explican el real pluriverso de la lengua.
La célebre novelista francesa Colette, no
encontraba explica ción para el extraño término “presbiterio” oído de labios
de su madre, mientras que su rápida fantasía lo asoció con “una espe cie de
caracol de color sepia...” En caso similar, una de las pro tagonistas de Las
memorias de Mamá Blanca de Teresa de la Parra se enfrenta al vocablo:
“depravado” imposible de poder relacio nar con el bondadoso campesino Vicente
Cochocho, cuando una de las otras cinco niñitas instruidas por la sabiduría de
sus siete años explica que: “eran depravados” todos aquellos cuyos techos de
paja estuvieran ahumados y desgreñados como lo estaba el del rancho de
Vicente”.
En cuanto al epígrafe, nos lo dejó Jesualdo,
dedicado con su puño y letra en uno de sus viajes a Caracas.
Valió la pena escudriñar papeles, escribir cartas a
países don de siempre se encuentran amigos. Unas no contestadas, pero a cuyo
silencio se ha respondido con la inmensa voluntad de cum plir con un
compromiso ineludible: el de realizar una Antología de clásicos de la
literatura para niños y jóvenes de nuestra Amé rica para la cual se lograron
reunir 41 autores, 19 países y 51 textos.
Y, no podían faltar los agradecimientos a: Embajada
de Ecua dor en Venezuela, Tres Culturas Editores de Colombia, Programa Red
Nacional de Bibliotecas Públicas de El Salvador, Sección Bi bliográfica y
Documentación de la Biblioteca Nacional de Santia go de Chile, Biblioteca
Nacional de Uruguay, Instituto Puertorri queño del Libro Infantil, Sociedad de
Bibliotecarios de Puerto Rico, Fundagáo Nacional Do Livro Infantil e Juvenil de
Rio de Janeiro, Fanny Alfaro de Bolivia y al Instituto Autónomo Biblioteca
Nacio nal de Venezuela.
V ELIA B
OSCH
CLASICOS DE LA LITERATURA INFANTIL-JUVENIL DE
AMERICA LATINA Y EL CARIBE (Casa de Palabras)
JAVIER VILLAFAÑE
ARGENTINA
EL HOMBRE QUE DEBIA ADIVINARLE LA EDAD AL DIABLO
Era UN HOMBRE que estaba en el monte, cerca de una
peña, y de pronto se le apareció el Diablo, él mismo en persona, así como es
él. El hombre no tuvo miedo porque lo conocía. Una vez lo había visto en un
sueño y eran exactamente iguales, cortados con la misma tijera: ni alto ni
bajo, el pelo chamuscado, los cuernos puntiagudos, la cola rabona y las patas
de chivo.
— Señor, quiero hacer un pacto con usted — dijo el
Diablo, y preguntó— : ¿Qué le parece?
— Vamos a ver de qué se trata — contestó el hombre.
— Se trata de que usted será riquísimo, mucho más
rico que el Presidente. ¿Qué le parece?
— Me parece bien, ¿y?
— Tendrá un palacio, carruajes. Lo que quiera. ¿Qué
le parece?
— Me parece bien, ¿y?
— Si todo le parece bien, ¿por qué no hacemos un
pacto?
— ¿Y cuál es el pacto?
— Usted tendrá lo prometido y mucho más, pero
deberá adi vinarme la edad en un plazo de veinte años. Si adivina, queda libre
y dueño de esa inmensa riqueza, y si no adivina será mi esclavo. ¿Qué le
parece? ¿Está de acuerdo?
— Sí, estoy de acuerdo.
— Lea y firme.
— ¿Para qué voy a leer, si no sé? Firmar, sí. Y,
con la pluma que le dio el Diablo, firmó. La firma era una espiral que termi
naba en un punto.
El Diablo guardó el papel y dijo:
— Dentro de veinte años, justo a la medianoche nos
encon traremos aquí, en este peñón.
Yo soy puntual en las citas.
—Yo también — respondió el hombre.
El Diablo lo miró con una mirada filosa y
desapareció.
Cuando el hombre llegó a su rancho, el rancho no
estaba. En su lugar había un palacio todo iluminado y un gentío con unifor me
subiendo y bajando escaleras. El hombre tampoco se recono ció. Era otro. En
vez de alpargatas tenía botas. También, sin darse cuenta, le habían cambiado el
sombrero y el poncho por un som brero aludo y un poncho listado. Nuevos,
flamantes. Le aparecie ron de golpe cuatro anillos, dos en cada mano, y de
oro.
El personal de servicio estaba vestido de punta en
blanco. Los hombres con guantes, zapatos de charol, pantalón gris, una cha
queta azul con alamares1 y botones dorados. Parecían generales en un día de
desfile. Y las mujeres con guantes, zapatos de cha rol, blusa rosada y
pollera2 negra. El mismo peinado y la misma sonrisa.
Cuando el hombre entró en el palacio, un caballero
de barba que parecía el patrón de los uniformados dijo inclinando la cabeza:
— Señor, lo acompañarán a los aposentos.
— Perfecto — contestó el hombre.
— Pero antes deseo saber qué le apetece para el
almuerzo.
— ¿Desea saber qué?
— Qué ordeno para su almuerzo.
— Un puchero completo3, que no le falte nada.
— ¿Y de postre?
— Queso y dulce. Mantecoso y batata,
preferiblemente.
— ¿Y para beber?
— Tinto y soda.
Lo que llamaban “aposentos” era la exageración de
lo increí ble. Una cama donde podía dormir y soñar cómodamente una familia
entera. Tenía un acolchado con pinturas de pájaros y flo res. Almohadas y
almohadones mullidos con bordados y encajes. “Para dormir en esta cama —
pensaba el hombre— hay que bañar se todos los días y usar un camisón que esté
a la altura de las sá banas”. De las paredes colgaban tantos tapices, espejos
y cuadros que no alcanzaban los ojos para verlos. Mesas recién lustradas con
incrustaciones de nácar y piedras preciosas. Sillones y sillas del mismo color
y sin fundas, como si esperaran visitas de importan
1 Alamares: cinta y botón para abrochar la capa.
2 Pollera: falda.
J Puchero: olla con guisado.
cia. “Así serán los ‘aposentos’ de los emperadores
y los reyes,” pensó el hombre.
Ese día lo pasó de asombro en asombro. Comió un
puchero completo con vino y soda y un abundante postre, casi doble ración.
Después durmió una larga siesta. Después paseó por el parque. Lo acompañaban
unos perros finísimos y tan bien educados que a nin guno se le ocurrió
olfatear ni levantar una pata frente al tronco de un árbol. Al contrario.
Pasaban muy orgullosos sin mirarlo.
Un pobre se acostumbra en poco tiempo a ser rico. A
veces en una semana, a veces en unas horas. En cambio, un rico no se acostumbra
jamás a ser pobre. Ni en treinta, ni en cincuenta años. El caso es que el
hombre que firmó el pacto con el Diablo se acostumbró en minutos a ser rico, en
un abrir y cerrar de ojos. Le gustó el buen comer, el dormir a pata suelta, el
trato que le daba la gente, y mandar, sobre todo mandar y que le obedecieran.
Se sentía tremendamente feliz. Hasta se había olvidado del Diablo.
En un lujoso transatlántico cruzó el océano y paseó
por Europa, alojándose en hoteles de primera categoría. Conoció a reyes,
sultanes, banqueros y embajadores, y pasó unos días con el Papa en su palacete
de Roma. Vivió así, como un duque, sin darse cuenta de que pasaban los años.
Se casó. La mujer era joven y hermosa, y él tan
dichoso que el tiempo se le iba volando. A veces creía que era ayer y era pasa
do mañana.
Una noche de tormenta se desveló. No podía
conciliar el sueño, y mientras contaba ovejas para dormirse recordó la cita con
el Diablo. Además, para no olvidarse, tenía escondido en la mesa de luz un
cartón misterioso con números y dibujos que solamen te él podía descifrarlo:
“El veinticinco de abril de mil novecien tos noventa a las doce de la noche
con el Diablo en el monte cerca del peñón”.
Una tarde, el 15 de octubre de 1989, al abrir el
cajón de la mesa de luz, se encontró con el cartoncito. Sacó cuentas con los
dedos y se pegó un enorme julepe. Fue la primera vez que sintió tanto miedo, un
miedo atroz, con chuchos4 de frío y sudor en las palmas de las manos. “M e
quedan solamente seis meses y diez días. No hay tiempo que perder”, se dijo.
4 Chuchos: temblores, miedos.
Y salió a buscar la edad del Diablo. Fue un viaje
enloquece dor. Todo avión. Estuvo en Bolivia, nada. Nada en Ecuador. Nada en
Venezuela. En M éxico se enteró de que el primer Diablo lle gó a América con
Cristóbal Colón y el ajetreo de la carabela y los olores de a bordo le hicieron
perder la memoria. Fue a Estados Unidos y un economista lo envió a la capital
asegurándole que un grupo de diablos se reunía en una casa pintada de blanco.
Allí no consiguió ninguna información y lo enviaron
a Ingla terra para que viera en Londres a una metálica Diablesa, y ella le
dijo: “De años no sé, ni pregunto; trato de ocultar los míos”. Estu vo en
China, en la India, y no lo conocían. En Persia se entrevistó con un
matemático, que le dijo: “Tiene tantos años que no alcan zan los números para
contarlos”. En Alemania le dijo un filóso fo: “Cuando nació estaba creado. Por
lo tanto, no tiene edad”. En Francia un quiromántico le dijo “De tanto apantallar
fuego se le borró la edad en las líneas de las manos”.
Y regresó totalmente desconsolado. Había recorrido
el mun do y nadie supo decirle la edad del Diablo. Ni magos, ni sabios, ni
adivinos, ni brujos. Nadie. La noche de la cita se acercaba. Pasaron Navidad y
Fin de Año, pasaron Reyes y Carnaval. Y nada. El hombre cada vez más triste,
más pálido y ojeroso. Y cuando faltaban apenas dos días el hombre le revela el
secreto a su mujer:
— Te voy a contar lo que me ha sucedido. Todas
nuestras riquezas se las debo al Diablo. El me dio dinero y poder a cam bio
de que le adivine la edad en un plazo de veinte años, y si no la adivino seré
su esclavo. Sólo faltan dos días para que se cum pla el plazo. Estoy perdido.
— No te preocupes — respondió la mujer— .
Yo voy a solucionar este problema. Es muy sencillo.
— ¿Sencillo?
— Sí, muy sencillo. Déjalo por mi cuenta.
— ¿Pero cómo le vas a adivinar la edad al Diablo en
dos días si yo en veinte años no he podido?
— Vos, tranquilo. Vas a ver. Primero hay que cazar
pájaros. Todo el personal del palacio debe ir a cazar pájaros. Cuantos más
traigan, mejor.
— Sí, ¿y después?
— Después, ya verás.
Todo el personal salió en busca de pájaros.
Regresaron con las jaulas llenas.
— Ahora hay que matarlos y quitarles las plumas —
ordenó la mujer.
Los mataron y les quitaron las plumas.
— Ahora hay que poner las plumas en un tanque.
Pusieron las plumas en un tanque.
— Ahora hay que traer varios frascos de miel.
Trajeron varios frascos de miel.
— Ahora hay que volcar la miel en otro tanque.
La mujer se quitó la ropa, los zapatos, las medias
y se metió desnuda en un tanque. Se cubrió con miel desde la punta del pelo
hasta la punta del pie y pasó al otro tanque y empezó a dar vueltas y vueltas,
a revolcarse como una cobra, y salió hecha un plumero.
— Ahora vamos al lugar de la cita.
El hombre la llevó al monte y se detuvieron frente
a una peña. Ahí se quedó ella, inmóvil. Parecía una estatua. Ni estornudaba por
no perder una pluma.
El hombre se escondió detrás de un árbol y justo a
la media noche se escucha un trueno, un ruido tremendioso como si se
resquebrajara y izas! se presenta el Diablo. Da un salto y al encon trarse con
un pájaro tan extraño se sorprende y se pregunta: ¿Qué pájaro será este
pájaro?”. Retrocede y lo observa detenidamente. “Nandú no es — dice— ;
gallareta5 no es; tampoco es garza ni gavilán.” Y empieza a dar vueltas
alrededor del pájaro con más colores que el arcoiris. Va calladito, calladito.
Se detiene, se acer ca, lo mira bien y vuelve a preguntarse: “¿Dónde tendrá el
pico y qué comerá este pájaro?”. Lo toca por un sitio y huele. “¡Puff! Este
pájaro sí que tiene el pico blandito y hediondo. ¿Qué comerá este pájaro?” Y
pregunta en alta voz:
— ¿Qué comés? Decíme: ¿qué comés? Entonces el
pájaro, la mujer, responde:
— Jua gua... Jua gua.
— ¡Caramba! — exclama el Diablo— . En mis
cuatrocientos ochenta y cinco mil quinientos cuarenta y seis años jamás me
había encontrado con un pájaro tan raro y que comiera juaguá.
5 Gallareta: ave zancuda, negra con manchas
blancas.
Y mientras la mujer se iba dando saltos, el hombre
subió a la peña y se quedó esperando.
El Diablo lo reconoció y dijo:
— Puntual. Acaban de dar las doce.
— Usted también fue puntual — respondió el hombre.
— ¿Adivinó?
— Cuatrocientos ochenta y cinco mil quinientos
cuarenta y seis años.
— Ni uno más ni uno menos — dijo el Diablo.
Y desapareció.
MARIA ELENA WALSH
ARGENTINA
VOY A CONTAR UN CUENTO
V OY a co n tar un cuento.
A la una, a las dos, y a las tres:
Había una vez.
¿Cómo sigue después?
Ya sé, ya sé.
Había una casita,
una casita que.
Me olvidé.
Una casita blanca,
eso es,
donde vivía uno
que creo era el Marqués.
El Marqués era malo,
le pegó con un palo
a... No, el Marqués no fue.
M e equivoqué.
No importa. Sigo. Un día
llegó la policía.
No, porque no había.
Llegó nada más que él,
montado en un corcel
que andaba muy ligero.
Y había un jardinero
que era muy bueno pero.
Después pasaba algo
que no recuerdo bien.
Quizás pasaba el tren.
Pero lejos de allí,
la Reina en el Palacio
jugaba al ta te tí,
y dijo varias cosas
que no las entendí.
Y entonces.
Me perdí.
Ah, vino la Princesa
vestida de organdí.
Sí.
Vino la Princesa.
Seguro que era así.
La Reina preguntóle,
no sé qué preguntó,
y la Princesa, triste,
le contestó que no.
Porque la Princesita
quería que el Marqués
se casara con ella
de una buena vez.
No, no así no era,
era al revés.
La cuestión es que un día,
la Reina que venía
dio un paso para atrás.
No me acuerdo más.
Ah, sí, la Reina dijo:
— Hijita, ven acá.
Y entonces no sé quién.
M ejor que acabe ya.
Creo que a mí también
me llama mi mamá.
CANCION DE LAVANDERA
Lávate paloma
con aire mojado,
las patas y el pico,
la pluma y el vuelo volando, volando.
Lávate la sombra,
lunadistraída,
con jabón de estrella
y espuma de nube salina, salina.
Lávate las hojas
dormido verano,
con agua llovida
y esponja de viento salado, salado.
El aire me lava,
la luz me despeina,
la traviesa espuma
me pone peluca de reina, de reina.
OSCAR ALFARO
BOLIVIA
EL TRAJE ENCANTADO
E l PEQUEÑO príncipe era caprichoso y malo. Había
que darle todos los gustos porque el rey, su padre, decía que no se le debe
negar nada al hijo de un rey.
Un día, el príncipe ordenó:
— Que me traigan el arco y las flechas.
— ¿Para qué? — preguntó su padre.
— Para hacer puntería sobre aquel pastor que está
parado en la colina.
Pero al poco rato, vio al mago del reino, que
entraba al pa lacio con su traje brillante.
— ¡Quiero ese traje!
— Es muy grande para ti — contestó el mago.
— A mí no me importa. Dámelo ahora mismo o pediré
otra cosa, que será peor para ti.
— Pide más bien otra cosa.
— Pediré entonces tu piel, para hacerme unas botas.
— Te daré mi traje — dijo, sacándoselo a toda
velocidad. Pero el príncipe ya no tenía interés en el traje.
— ¡Tendré las botas de piel de hombre! ¡Nada se le
puede negar al hijo del rey!
Y comenzó a dar unos gritos tan fuertes que vino
corriendo el rey.
— ¿Qué te pasa ahora?
— Quiero la piel del mago para hacerme unas botas.
— Bueno habrá que despellejarlo — dijo el rey con
la mayor tranquilidad y tocó una campana, llamando a los verdugos.
Pero el mago se escapó del palacio por una ventana.
El susto le puso alas en los pies y no lo pudieron alcanzar.
El príncipe estaba furioso, pero a las pocas horas
volvió a in teresarse por la ropa del mago. Se la probó y, aunque le quedaba
muy grande, se paseó con ella por el corredor de los espejos, haciendo gestos
de mago.
Pero, ¡cosa rara!, la ropa se estaba encogiendo.
— ¡Quítatelo! No te olvides que es el traje de un
mago... — le dijo el rey, asustado.
El príncipe tuvo miedo y trató de desvestirse, pero
no pudo. Su padre quiso ayudarlo, pero tampoco pudo. Ahora el traje estaba tan
ajustado que apenas lo dejaba respirar. Y seguía enco giéndose. El príncipe
empezó a gritar. El rey, desesperado, llamó a los hombres más forzudos de la
guardia y les ordenó desvestir al príncipe, pero ninguno pudo.
— ¡Rompan el traje! — gritó el rey. Pero nadie fue
capaz de romperlo.
— Yo lo rasgaré con mi espada — dijo un oficial de
la guardia. Pero la espada se hizo pedazos y el traje continuó encogién
dose. Finalmente, el príncipe cayó desmayado.
— ¡Mi hijo se muere!.. ¡Auxilio! — gritaba el rey,
con lágrimas en los ojos.
Entonces, el consejero del monarca dijo:
— Hagan volver al mago. Es el único que puede
salvarlo. Mil servidores, montados a caballo, salieron a buscar al mago
y lo trajeron encadenado.
— ¡M aldito, sácale ese traje al príncipe o te haré
cortar la cabeza!.. — rugió el rey.
Pero el traje se encogió más.
El rey sacó su espada y apuntó con ella a la
garganta del mago.
— ¡Por las malas no vas a conseguir nada! ¡M ira
cómo se encoge el traje!...
Y el traje se encogió tanto que crujieron los
huesos del príncipe.
— ¡Piedad! — gritó el rey al ver aquello— . Salva a
mi hijo y
te haré el hombre más rico del reino!...
— Está bien que cambies de tono — dijo el mago,
tranquilamen te— . Pero las riquezas que me ofrece no salvarán al príncipe.
— Entonces ¿qué debo hacer para salvarlo?
— Remediar todo el daño que él hizo.
— Lo haré — dijo el rey— . Pero sálvalo.
—Yo no puedo salvarlo, todo depende de ti —
contestó el mago. Entonces el rey llamó a sus ministros.
— Ordeno que se remedien todos los daños que causó
el príncipe a la gente del reino.
El traje dejó de encogerse, pero no volvió a su
estado normal.
— ¿Por qué no se estira, si ya ordené lo que
pedías?
— Es que algunos males no tienen remedio.
— ¿Entonces mi hijo morirá estrangulado por el
maldito traje?
— No morirá. El traje se irá abriendo con cada
buena obra que realices.
VICTOR EDUARDO CARO
COLOMBIA
UN DRAMA EN UN CORRAL
¿No SABEN ustedes lo que ha sucedido en un
gallinero? Es horri ble, horrible.
La que así hablaba era una gallina que se hallaba
en un lugar a donde todavía no habían llegado los ecos de la tragedia.
— Sí — decía la gallina; ¡es horrible! Tanto que no
voy a poder pegar el ojo en toda la noche. Menos mal que somos muchas; si llego
a estar sola, ¡qué miedo!
Y empezó a contar la terrible historia; y al
cacarear, su voz temblaba de espanto, de tal modo que a las gallinas que le
escu chaban se les erizaron las plumas, y al gallo que las acompañaba
se le encogió la cresta.
Pero a lo mejor tampoco vosotros que me leéis,
estáis al corrien te de los acontecimientos. Empecemos, pues, por el
principio.
La cosa sucedió en un gallinero situado en un
barrio de la ciudad muy alejado de éste en que estábamos hace un momento.
Caía la tarde; el sol se ponía y las gallinas
tomaban sus po siciones para la noche.
Una de ellas, una gallina blanca, de patas cortas,
que era una persona de lo más respetable que cabe, de esas que ponen su huevo
con toda regularidad, en cuanto se hubo colocado en el sitio que le
correspondía, se puso a rascarse, según solía hacer todas las noches antes de
dormirse.
Al efectuar esta pequeña operación se le cayó una
plumita.
— ¡Vaya, una menos! — dijo. Y añadió: — Aunque se
me cai gan algunas plumas, no por eso dejo de estar guapa.
Esto lo dijo con tono alegre, pues era una gallina
de muy buen humor, siempre dispuesta a reír, a divertirse y a echarlo todo a
broma, lo cual no impedía que, según ya hemos dicho, fuese una gallina
perfectamente respetable.
Luego se quedó dormida.
Ya la oscuridad era profunda y las gallinas
apretujadas unas contra otras, se iban durmiendo. Pero la que estaba junto a la
gallina blanca, no se dormía. Había oído lo que
dijo su vecina, pues ella sabía oír sin parecerlo.
Y le faltó tiempo para comunicárselo a su otra
vecina; ahora que naturalmente lo varió un poco:
— ¿Ha oído usted lo que acaban de decir? — le
preguntó. Yo no quiero nombrar a nadie, pero es el caso que aquí hay una galli
na que se quiere quedar sin plumas para estar más guapa. ¡Qué atrocidad!
Precisamente encima del gallinero moraba la familia
búho: el papá, la mamá y los pequeños búhos.
Tenían todos los oídos tan finos, que no perdieron
una pala bra de lo que dijo la gallina.
Sus ojos, que ya de por sí eran redondos, se
redondearon más que de costumbre, y la mamá búho exclamó, abanicándose con las
alas.
— ¡No escuchéis esas cosas, hijos míos; demasiado
sabéis ya. Lo he oído con mis propios oídos, y Dios sabe si en este mundo se
oyen atrocidades antes de que a uno se le caigan las orejas de horror!
Y añadió, dirigiéndose a su esposo, el señor búho:
— ¡Ya ves tú qué cosas pasan! Hay en el gallinero
de abajo una gallina que se ha olvidado de la educación y de las conveniencias,
hasta el punto de arrancarse las plumas para estar más guapa, sin duda para ver
si así logra llamar la atención del gallo y que se case con ella.
— Ten cuidado — dijo el papá búho; no son cosas
para hablar las delante de los niños.
— Tienes razón — dijo la mamá búho— pero; al menos
se lo iré a contar a la lechuza del frente; también ella me viene a con tar
todo lo que oye.
Y se fue volando.
— ¡Huuuuuu! ¡Huuuuuu! Estuvieron charlando las dos
coma dres cerca de un palomar.
— ¡Huuuuuu! ¡Huuuuuu! ¿Se ha enterado usted?
Allí hay una gallina que se ha arrancado las plumas
para ver si así pesca marido. ¡De fijo que lo que así pesca será una pulmo
nía! ¡Si es que no se ha muerto ya de frío! ¡Huuuuuu!
— ¡Rrrrrrucu! ¡Rrrrrrucu! — dijeron unos pichones
al oírlas. ¿Dónde ha sido eso? ¿Dónde, dónde?
— Ha sido en el corral del vecino — contestaron una
paloma que también había oído. Tan seguro es, ¡como si lo hubiéramos visto con
nuestros ojos! Da vergüenza contarlo, y sin embargo no cabe duda de que así es.
— ¡Ah! ¡Claro que no cabe duda! ¡No cabe duda
ninguna
— dijeron los pichones.
Y se fueron
con el cuento a otro corral; pero con el cuento un poquito corregido,
naturalmente.
— Allí hay una gallina, y puede que sean dos, que
ha tenido
la desvergüenza de arrancarse todas las plumas para
distinguirse de las demás, llamar la atención del gallo y casarse con él. ¡Han
caído enfermas del frío!
— ¡Kikirikí! ¡Kikirikí! — dijo el gallo de este
gallinero; y volvió a encaramarse a lo alto de la tapia. Desde allí se puso a
cantar:
— ¡Tres gallinas se han muerto por haberse
arrancado todas las plumas para agradar al gallo! ¡Qué horror! ¡Es preciso que
todo el mundo se entere de esta historia!
— ¡Sí, sí que se enteren, que se enteren! —
silbaron los mur ciélagos. Y los gallos y las gallinas corearon:
— ¡Que se enteren, que se enteren! De este modo la
historia circuló de corral en corral, y cada vez aumentada un poco.
Así volvió al lugar de donde había salido. Pero en
qué forma llegó, Dios santo.
— Cinco gallinas — decían— se habían propuesto cada
una casarse con un gallo. Tan enamoradas de él estaban las cinco, que se
arrancaron las plumas para demostrar lo flacas que se habían quedado. Cuando
estuvieron completamente desplumadas, se pe learon, se hirieron a picotazos,
se ensangrentaron y se mataron unas a otras. Sus respectivas familias están
desesperadas; y más desesperado todavía está el dueño del corral, que ha
perdido de un golpe cinco hermosas gallinas.
La gallina blanca a la que se le había caído una
pluma, oyó esta trágica historia. Naturalmente como estaba “algo” desfigu rada
no la reconoció.
— Qué cosas pasan en el mundo, Señor — exclamó
juntando sus patitas con indignación. ¡Qué gallinas más locas! Gracias a Dios,
en este corral nuestro no pueden suceder atrocidades seme jantes. Pero es
preciso que se entere todo el mundo de esta historia
para que sirva de ejemplo. Y, tal refirió todo a
cierta cotorra, que “Gaceta del Corral”.
como ella lo había oído, se lo era la encargada de
redactar la
RAFAEL POMBO
COLOMBIA
LA POBRE VIEJECITA
E R A S E
una viejecita
sin nadita que comer
sino carnes, frutas, dulces,
tortas, huevos, pan y pez.
Bebía caldo, chocolate,
leche, vino, té y café,
y la pobre no encontraba
qué comer ni qué beber.
Y esta vieja no tenía
ni un ranchito en qué vivir
fuera de una casa grande
con su huerta y su jardín.
Nadie, nadie la cuidaba
sino Andrés y Juan y Gil
y ocho criadas y dos pajes
de librea y corbatín.
Nunca tuvo en qué sentarse
sino sillas y sofás
con banquitos y cojines
de resorte al espaldar.
Ni otra cama que una grande
más dorada que un altar,
con colchón de blanca pluma,
mucha seda y mucho holán1.
Y esta pobre viejecita
cada año, hasta su fin,
tuvo un año más de vieja
y uno menos que vivir.
1 Holán: tela muy fina que provenía de Holanda.
Y al mirarse en el espejo
le espantaba siempre allí
otra vieja de antiparras,2
papalina3 y peluquín.
Y esta pobre viejecita
no tenía qué vestir
sino trajes de mil cortes
y de telas mil y mil.
Y a no ser por su zapatos,
chanclas, botas y escarpín,
descalcita por el suelo
anduviera la infeliz.
Apetito nunca tuvo
acabando de comer,
ni gozó salud completa
cuando no se hallaba bien.
Se murió de mal de arrugas, ya encorvada como un 3,
y jamás volvió a quejarse
ni de hambre ni de sed.
Y esta pobre viejecita
al morir no dejó más
que onzas4, joyas, tierras, casas, ocho gatos y un
turpial.
Duerme en paz, y Dios permita que logremos
disfrutar las pobrezas de esa pobre
y morir del mismo mal.
2 Antiparras: anteojos o gafas muy pequeñas.
3 Papalina: sombrerito que usaban las abuelas,
también se llamaban cofias.
4 Onzas: moneda antigua de alto valor. Existían las
onzas de oro.
JOSE ASUNCION SILVA
COLOMBIA
ASERRIN
¡ASERRÍN!
¡Aserrán!
Los maderos de San Juan
piden queso, piden pan,
los de Roque,
alfondoque,
los de Rique,
alfeñique,
triqui, triqui, triqui, tran.
Y en las rodillas, duras y firmes de la abuela, con
movimientos rítmicos se balancea el niño y ambos agitados y trémulos están.
La abuela se sonríe con maternal cariño,
mas,1 cruza por su espíritu, como un temor extraño
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño, los días ignorados del nieto
guardarán.
Los maderos de San Juan,
piden queso, piden pan.
Triqui, triqui, triqui, tran.
Esas arrugas hondas reflejan una historia de
sufrimiento largo y silenciosa angustia, y sus cabellos blancos como la nieve
están,
de un gran dolor el sello marcó la frente mustia2,
y son sus ojos turbios espejos que empañaron los años, y que, ha tiempo, las
formas reflejaron de cosas y de seres que nunca volverán.
* * *
1 Mas: pero.
2 Mustia: triste.
Los de Roque, alfondoque.
Triqui, triqui, triqui, tran.
Mañana cuando duerma la anciana, yerta y muda,
lejos del mundo vivo, bajo la oscura tierra,
donde otros en la sombra desde hace tiempo están;
del nieto a la memoria, con grave son que encierra
todo el poema triste de la remota infancia,
cruzando por las sombras del tiempo y la distancia,
de aquella voz querida las notas vibrarán.
* * *
¡Los de Rique, alfeñique!
¡Triqui, triqui, triqui, tran!
Y en tanto en las rodillas cansadas de la abuela
con movimientos rítmicos se balancea el niño, y ambos conmovidos y trémulos
están:
mas cruza por su espíritu, como un temor extraño,
por lo que en lo futuro, de angustia y desengaño, los días ignorados del nieto
guardarán.
¡Aserrín!
¡Aserrán!
Los maderos de San Juan
piden queso, piden pan,
los de Roque
alfondoque,
los de Rique,
alfeñique,
¡Triqui, triqui, triqui, tran!
¡Triqui, triqui, triqui, tran!
CARMEN LYRA
(COSTA RICA)
LA CUCARACHITA MANDINGA
H A B ÍA U N A vez una Cucarachita Mandinga que
estaba barriendo las gradas de la puerta de su casita, y se encontró un cinco1.
Se puso a pensar en qué emplearía el cinco.
— ¿Si compro un cinco de colorete? — No, porque no
me luche2.
— ¿Si compro un sombrero? — No, porque no me luche.
¿Si compro unos aretes? — No porque no me luchen. ¿Si compro un cinco de
cintas? — Sí, porque sí me luchen.
Y se fue para las tiendas y compró un cinco de
cintas; vino y se bañó, se empolvó, se peinó de pelo suelto, se puso un lazo en
la cabeza y se fue a pasear a la Calle de la
Estación. Allí buscó asiento.
Pasó un toro y viéndola tan compuesta, le dijo: —
Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo?
La Cucarachita le contestó: — ¿Y cómo hacés de
noche?
— ¡Mu... mu...!
La Cucarachita se tapó los oídos:
— No, porque me chutás3
Pasó un perro e hizo la misma proposición.
— ¿Y cómo hacés de noche? — le preguntó la
Cucarachita.
— ¡Guau... guau...!
— No, porque me chutás.
Pasó un gallo: — Cucarachita Mandinga, ¿te querés
casar con migo?
— ¿Y cómo hacés de noche?
— ¡Qui qui ri quí!...
— No, porque me chutás. Por fin pasó el Ratón
Pérez.
A la Cucarachita se le fueron los ojos al verlo:
1 Cinco: moneda pequeña en tamaño y valor (centavo,
puya).
2 Luche: por «luce».
3 Chutás: por «asustás» (me asustas).
Parecía un figurín, porque andaba de leva4, tirolé5
y bastón.
Se acercó a la Cucarachita y le dijo con mil
monedas:
— Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo?
— ¿Y cómo hacés de noche?
— ¡I, i,iii...!
A la Cucarachita le agradó aquel ruidito, se
levantó de su asiento y se fueron de brasete.
Se casaron y hubo una gran parranda.
Al día siguiente la Cucarachita, que era muy mujer
de su casa, estaba arriba desde que comenzaron las claras del día poniéndo lo
todo en su lugar.
Después de almuerzo puso al fuego una gran olla de
arroz con leche, cogió dos tinajas que colocó una sobre la cabeza y otra en el
cuadril, y se fue por agua.
Antes de salir dijo a su marido: — Véame el fuego y
cuidadito con golosear en esa olla de arroz con leche.
Pero apenas hubo salido su esposa, el Ratón Pérez
le pasó el picaporte a la puerta y se fue a curiosear en la olla. M etió una
manita y la sacó al punto: — ¡Carachas! ¡Que me quemo! — M e tió la otra:
¡Carachas! ¡Que me quemo! — M etió una pata: — ¡Carachas! ¡Que me quemo! —
Metió la otra pata y salió bailando de dolor: — ¡Demontres de arroz con leche,
para estar pelando!
Pero como eran muchas las ganas de golosear, acercó
un banco al fuego y se subió a él para mirar dentro de la olla...
El arroz estaba hierve que hierve, y como la
Cucarachita le había puesto queso en polvo y unas astillitas de canela, salía
un olor que convidaba.
Ratón Pérez no pudo resistir y se inclinó para
meter las na rices entre aquel vaho que olía a gloria. Pero el pobre se resba
ló... y cayó dentro de la olla.
Volvió la Cucarachita y se encontró con la puerta
trancada. Tuvo que ir a hablarle a un carpintero para que viniera a abrirla.
Cuando entró, el corazón le avisaba que había pasado una des gracia. Se puso a
buscar a su marido por todos los rincones. Le dieron ganas de asomarse a la
olla de arroz con leche... y ¡va viendo!... a su esposo bailando en aquel
caldo.
4 Leva: levita, o cola de los trajes de etiqueta.
s Tirolé: por tirolés, sombrero proveniente del
Tirol. (Entre Austria e Italia).
La pobre se puso como loca y daba unos gritos que
se oían en toda la cuadra. Los vecinos la consideraban, sobre todo al pensar
que estaba tan recién casada. Mandó a traer un buen ataúd, metió dentro de él
al difunto y lo colocó en media sala. Ella se sentó a llorar en el quicio de la
puerta.
Pasó una palomita que le preguntó:
— Cucarachita Mandinga ¿por qué estás tan triste?
La Cucarachita le respondió:
— Porque Ratón Pérez se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandiga lo gime y lo llora.
La palomita le dijo:
— Pues yo por ser palomita me cortaré una alita.
Llegó la palomita al palomar que al verla sin una
alita, le pre guntó: — Palomita, ¿por qué te cortáste una alita?
— Porque Ratón Pérez se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga lo gime y lo llora...
Y yo por ser palomita me corté una alita.
Entonces el palomar dijo:
— Pues yo por ser palomar me quitaré el alar.
Pasó la reina y le preguntó:
— Palomar, ¿por qué te quitaste el alar?
— Porque Ratón Pérez se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga lo gime y lo llora...
Y la palomita se cortó una alita...
Y yo por ser palomar me quité mi alar.
La reina dijo:
—Pues yo por ser reina, me cortaré una pierna.
Llegó la reina renqueando donde el rey, que le
preguntó:
— Reina, ¿por qué te cortaste una pierna?
—Porque Ratón Pérez se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita, el palomar
se quitó su alar,
y yo por ser reina, me corté una pierna.
El rey dijo:
— Pues yo por ser rey, me quitaré mi corona.
Pasó el rey sin corona por dónde el río, que le
preguntó:
— Rey, ¿por qué vas sin corona?
—Porque Ratón Pérez se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita, el palomar
se quitó el alar, la reina
se cortó una pierna, y yo por ser rey, me quité la
corona.
El río dijo:
—Pues yo por ser río, me tiraré a secar.
Llegaron unas negras al río a llenar sus cántaros y
al verlo seco, le preguntaron:
— Río, ¿por qué estás seco?
—Porque Ratón Pérez se cayó en la olla,
y la Cucarachita Mandinga lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita, el palomar
se quitó su alar, la reina
se cortó una pierna, el rey
se quitó su corona y yo por ser río, me tiré a
secar...
Pues nosotras por ser negras, quebramos los
cántaros. Pasaba un viejito, quien al ver a las negras quebrar sus cán
taros, les preguntó:
— ¿Por qué quebráis los cántaros?
—Porque Ratón Pérez se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita, el palomar
se quitó su alar, la reina
se cortó una pierna, el rey
se quitó la corona, el río
se tiró a secar
y nosotras por ser negras, quebramos los cántaros.
El viejito dijo:
— Pues yo por ser viejito, me degollaré.
Y se degolló.
* * *
Entre tanto llegó la hora del entierro.
La Cucarachita quiso que fuera bien rumboso e hizo
venir músicos que iban detrás del ataúd tocando. Los violines y los violones
decían:
— ¡Por jartón, por jartón, por jartón
se cayó entre la olla!
Y me meto por un huequito y me salgo por otro para
que uste des me cuenten otro.
JOAQUIN GUTIERREZ
(COSTA RICA)
COCORI
(Selección)*
A breve vida nace destinada, sus
edades son horas en un día.
Q UEVEDO
Soneto ofreciendo a Velisa la pri
mera Rosa que abrió el verano.
CAPITULO I
EN EL BARCO VIENE UNA ROSA
E N EL AGUA tranquila de la poza, com o un limpio
cristal, las copas
de los árboles se reflejaban reproduciendo una
selva submarina.
Cocorí se agachó para beber en el hueco de las
manos y se detuvo asombrado al ver frente al suyo un rostro oscuro como el
caimito, con el pelo en pequeñas motas apretadas. Los ojos de porcelana de C
ocorí tenían enfrente otro par de ojos que lo miraban asustados. Pestañeó,
también pestañearon. Hizo una morisqueta y el negrito del agua le contestó con
otra idéntica. La risa de Cocorí descubrió sus encías rosadas como tajadas de
san día y las hileras de dientes parejos y blanquísimos.
El negrito dio una palmada en el agua y su retrato
se quebró en multitud de fragmentos. Estaba muy contento Cocorí. Por pri mera
vez se había atrevido a penetrar entre los árboles milenarios de la selva y,
lleno de curiosidad y excitación, se sentía corriendo una aventura. Ya mamá
Drusila debía estar impaciente:
* Indice:
Cap. I. En el barco viene una Rosa/ II. Un negrito cumple su promesa/ III. C
ocorí encuentra una canción/ IV. Una pregunta sale a rodar tierras/ V. Doña M
odorra sabe m uchas cosas/ V I. Los Caim anes tienen m alas pulgas/ V IL Las
abejas bailan con una flauta/ VIII. El peligro ondula en los árboles/ IX.
Talamanca la Bocaracáj X . Sus edades son horas en un día.
— Cocorí, anda a traerme leña — le había dicho.
Pero recogiendo una rama por aquí y otra por allá
se había ido adentrando en la catedral misteriosa del bosque, y ya era hora de
emprender el regreso.
Cruzó los primeros matorrales en los límites de la
selva. Se apresuró, receloso, porque el sol comenzaba a ocultarse en el
horizonte y la selva iniciaba su concierto nocturno.
— Croa, croa, que susto m e da.
El sapo le gritaba desde su pantano, y el grillo
intervenía con su voz en falsete:
Crí, crí, crí,
apúrate, Cocorí.
Las ramas se alargaban como garras para atraparlo y
veía sombras pavorosas por todas partes. Y cuando un buho abrió su ojo redondo
y le gritó:
— Estucurú, équé buscas tú ?
Cocorí arrancó despavorido a todo lo que le daban
las piernas. Corriendo cruzó frente al rancho del Campesino. Un olor a pes
cado frito le alegró las narices.
— Adiós, Cocorí, ¿a dónde vas tan ligero?
Pero no tenía ánimo de contestar y no se detuvo
hasta que se encontró a salvo junto a mamá Drusila. Aferrado a sus faldas se
sin tió tranquilo, porque las mamás pueden defender a sus negritos de la
montaña, del hambre del jaguar o del relámpago.
Por eso no protestó del pellizco de la negra que le
decía:
— ¿Dónde has estado?
Cocorí no le contestó, lleno de remordimientos,
porque siem pre le había prohibido que se aventurara en el bosque. Además, a
mamá Drusila era mejor dejarla que se serenara sola.
Después de la comida, Cocorí salió a la playa. La
selva, a sus espaldas, elevaba su mole tenebrosa y casi impenetrable. De ella
salían, a veces, impresionantes mensajeros que ponían sobresal tos en el
corazón del negrito. El afelpado Manigordo aparecía en los linderos de la playa
en acecho de doña Tortuga que se hacía
un ovillo, atrincherada en su caparazón, y a veces
don Zorro, en rápida visita, secuestraba las más tiernas aves del corral.
El mar, enfrente, era también dueño y señor de
innumerables secretos que aguijoneaban la imaginación de Cocorí. Por eso corrió
hacia el círculo de pescadores que, a la luz de la luna, referían sus aventuras
heroicas en el mar y en la selva.
Acuclillado1 en el ruedo de hombres escuchó una vez
más al Pescador Viejo — sus barbas blancas bailaban con los vientos salinos—
contar de los hombres rubios que vivían al otro lado del mar, de la dentellada
fugaz del tiburón, de las anguilas eléctricas y de la iguana acorazada con su
lengua de siete palmos.
— Dime, Pescador— preguntó el negrito: — ¿quién
puede más, el Caimán o la serpiente Bocaracá?
El Viejo se rascó las barbas, dubitativo, guiñó un
ojo y, por último, respondió:
— Todo depende. Si el Caimán la muerde primero,
gana el Caimán; pero si la serpiente lo aprisiona entre sus anillos y co
mienza a destrozarlo con su abrazo.... adiós Caimán.
La conversación se alargó hasta que los párpados de
Cocorí comenzaron a pesarle y a duras penas se fue trastabillando2 de sueño
hasta su casa. Lo último que escuchó fue la canción de cuna de mamá Drusila.
— D uérm ete, negrito, cara de moronga,
que si no te duerm es, te lleva candonga.
tf
si- >5-
Al alba, Cocorí saltó de su hamaca. El canto del
gallo corría por el caserío:
— Kikirikí,
ya estoy aquí.
1Acuclillado: agachado.
2 Trastabillando: dando traspiés, cayéndose.
Se lavó la cara con el agua fresca de la tinaja de
barro y se encaminó a ordeñar las cabras. Pero al salir a la playa, compren
dió que sucedía algo inusitado. Los hombres del pueblo gesticu laban
exaltadamente frente al mar. Con el sol matutino sus som bras se prolongaban
enormes por los arenales y venían a lamer las piernas de Cocorí. Algunos
lanzaban sus sombreros al aire y la algarabía crecía por momentos. El viento
trajo los gritos:
— Un barco.
— Que viene un barco.
— Llegan los hombres rubios.
El corazón del negrito dio un vuelco. Se olvidó de
la cabra y la dejó tranquila triscando la mata de orégano. Se precipitó ha cia
el mar y pronto compartía la excitación de los demás.
El Pescador Viejo sentenció:
— Hacía veinte lunas que no venía ninguno.
Los ojos de Cocorí quedaron prendados del mar
inmenso que centellaba aspergeado3 de diamantes. Una lejana columna de humo
delgado se elevaba en el horizonte.
Tenía una vaga idea de los barcos. En las noches de
luna había preguntado:
— ¿Cómo son los barcos?
— Grandes, com o todas las casas del pueblo juntas,
— le habían respondido— . Comen fuego y echan a correr bufando como el jabalí.
Por eso su corazón latía ahora apresurado. Por fin resolvería un misterio.
Los pescadores comenzaron a empujar sus lanchas al
agua para ir al encuentro de los hombres rubios. Cargaron sus botes con frutas
olorosas y multicolores: caimitos, papayas, piñas, plá tanos. Adornaron las
bordas con rojas flores de tricopilia y, des de lo alto del palo de sus
embarcaciones, colgaron largas guirnal das de orquídeas.
Cocorí se coló por entre las piernas de los mayores
y, enco giéndose lo más posible para pasar inadvertido, se acomodó en una
lancha.
Poco después todos bogaban bajo el sol ardiente.
El casco del barco relucía sobre las aguas: Con sus
banderas multicolores y la gran chimenea pintada de blanco que arrojaba
3 Aspergeado: rociado, salpicado.
una gruesa columna de humo, infundía en Cocorí una
temerosa fascinación. Los ojos querían saltársele.
Ya más cerca vieron a los hombres acodados en la
borda. Eran como los describía el Viejo Pescador. El contramaestre, con su ca
bellera roja revuelta por el viento, hizo gritar al negrito:
— Miren, se le está quemando el pelo.
Los negros se rieron alegres mientras recogían las
sogas para aproximarse al barco. Cocorí se apoderó de una y, apoyándose con
pies y manos, trepó ágilmente hasta el puente. Cuando de un salto cayó sobre la
cubierta, un grito lo sorprendió:
— ¡Mamá, mira un monito!
Cocorí miró a su derecha, a su izquierda, atrás.
¿Dónde es taría el mono? El no veía ninguno. Entonces se dió cuenta de que
hablaban de él, y la cara se le puso morada como una berenjena.
Miró enfurruñado a la niña que lo había llamado
monito, y el asombro le apretó la garganta disipándole el mal humor.
— Es linda — pensó— como un lirio de agua.
Suave y rosa, con dos ojos como rodajas de cielo y
un puña do de bucles de sol y miel, la niña lo miraba encantada.
— Si es un niño, como yo... — y se abalanzó hacia
él— . ¡Pero está todo tiznado!
Con un dedito recorrió curiosa la mejilla de
Cocorí.
— ¡Oh, mamá, no se le sale el hollín!— y los ojos
celestes re flejaban desconcierto.
El negrito estaba como clavado en su sitio, aunque
tenía unos deseos frenéticos de desaparecer. Hubiera querido lanzarse de
zambullida al agua, pero no le obedecían las piernas. Su descon cierto creció
cuando la mamá se acercó a mirarlo, y de un salto alcanzó la cuerda y se
deslizó hasta la lancha. La niña, desde la borda, lo buscaba con la vista entre
las flores y frutas, pero Cocorí, escondido debajo del asiento, sólo asomaba de
vez en cuando un ojo todavía cargado de turbación.
De vuelta a la playa, la comezón de la inquietud le
recorría el cuerpo. Se había portado tan tonto huyendo de la niña rubia. Con
gusto se tiraría los pelos, se daría de puñetes, gritaría. Qui zás estaría
enojada con él. Y el pesar agolpaba las lágrimas a los ojos de Cocorí.
Por fin concibió una idea.
Corrió a lo largo de la playa recogiendo el
tornasol de las conchas, los caracoles nacarados como espuma cuajada. Fue a las
rocas a buscar las estrellas de mar palpitantes y los arbolitos de coral,
saltando entre los riscos con riesgo de resbalar y darse un peligroso chapuzón.
Con todos sus tesoros, esperó el momento en que una
lancha partió cargada de cocos hacia el barco y repitió la travesía de la
mañana. Cuando las oscuras manitas, rebosantes de reflejos, de positaron el
cargamento de luces en su falda, la niña gritó jubilosa:
— ¡Qué lindos caracoles! Este parece un trompo, ése
una flor, aquél un pájaro — y con saltos de alegría corría a mostrarlos a todos
los tripulantes.
— Escucha — le dijo Cocorí, acercándole un enorme
caracol a la oreja— el canto del mar.
Y la niña, embelesada, oyó un lejano fragor de
tempestad. Cocorí era feliz. La niña le hablaba, le escuchaba, le sonreía
encantada. Arrastrado por su alegría, comenzó a
contarle las mil y una historias del Pescador. Le habló de don Tiburón, avieso
y quisquilloso; de las flores carnosas como frutas y de los monos turbulentos y
traviesos.
A la niña se le llenaron de luz los ojos celestes:
— ¿Hay monos?
— ¡Uf! muchísimos.
— ¿Y viven cerca?
Cocorí, disimulando su ignorancia en los secretos
de la sel va, señaló con su dedito hacia las copas de los cedros:
— Allí vive la tribu de los Titís.
— ¡Ay, cómo quisiera tener uno! ¿Es muy difícil
conseguirlo? Por la mente del negrito pasaron fugazmente las prohibicio
nes de mamá Drusila, los ruidos que había escuchado
la tarde anterior, el pavor al Tigre y a la Serpiente. Pero la niña tenía tanta
ilusión en los ojos que todo lo olvidó:
— Yo te traeré uno — le prometió impulsivo.
Ella le lanzó los brazos al cuello y le dio un
sonoro beso en la mejilla. Después le dijo, entre exclamaciones de alegría:
— Yo también quiero regalarte algo.
Y rápida corrió hacia su camarote. Cocorí se quedó
pensan do en la temeridad de su ofrecimiento cuando la vio reaparecer. Entre
sus manos traía una Rosa. Parecía hecha de cristal palpitan
te, con los estambres como hilos de luz y rodeada
de un nimbo de resplandor y de fragancia.
Para Cocorí era algo mágico. Retrocedió unos pasos
asombra do. El sólo conocía las grandes flores carnosas de su trópico. Esta
flor era distinta. Jamás podría cerrar sus pétalos para atrapar las abejas como
lo hacían las flores carnívoras de la manigua. Su perfume no tenía ese aroma
hipnótico de las orquídeas. Era un olor leve como una gasa transparente que
envolvió a Cocorí en su nube.
Miró a la niña atónito y volvió a ver la Rosa.
— En el país de los hombres rubios — pensó el
negrito— las niñas y las flores son iguales.
Y con su Rosa apretada contra el pecho, celoso del
viento que quería arrebatársela, Cocorí emprendió el regreso hacia la costa.
Esa noche la flor iluminó la choza de mamá Drusila.
CAPITULO X
SUS EDADES SON HORAS EN UN DIA
Con la misma apetencia con que los caballos vuelven
a su pesebre, la Tortuga marchaba de regreso con un trotecito anhe loso que no
podía disimular. El Tití, descaradamente contento, iba silbando con las manos
agarradas a la espalda. Sólo Cocorí se veía muy alicaído4. Siempre rezagado, no
podía olvidar que su Rosa había muerto en un día y que, en cambio, esos seres
que viven centenares de años arrastran una existencia sin sentido. Era una
espina que no se podía arrancar.
Salieron de la tierra de la Serpiente, orillaron de
nuevo los dominios de don Manigordo, demarcados por un olorcillo a almiz cle5,
inconfundible. Y dando un largo rodeo evitaron cuidadosos la Laguna de los
Caimanes.
— Los correos de la selva pueden haber avisado a
don Torcuato
— recordó prudente la Tortuga— , y éste es
rencoroso.
Al día siguiente gastaron toda una mañana por culpa
del Tití.
4 Alicaído: triste, desanimado.
5 Almizcle: sustancia aromática y amarga. Se saca
del vientre de un ratón llamado, almizclero. Se usa en la fábrica de perfumes.
Alegre con la idea del regreso venía adornándose
con flores multicolores la cabeza y ya se había tejido una guirnalda que,
colgada del cuello, le arrastraba al andar. Al ver una mariposa aterciopelada
se lanzó a correr detrás de ella.
— Me la pondré sobre la cabeza como un lazo— .
Además recordó que el gusanito de la mariposa era un exquisito manjar.
Salió a la carrera siguiendo el caprichoso vuelo
del insecto, pero éste fue a desaparecer en un hueco, junto a un árbol. El
Tití, empecinado en su cacería, adelantó la cabeza y medio cuerpo por la
estrecha abertura. ¡Buen castigo sufrió su testarudez! Era esa la madriguera de
un Zorro Hediondo que apestó de mal olor al pobre monito.
Cuando el Tití regresó, llevaba una cara tan larga
que doña Modorra le preguntó:
— ¿Qué nueva calamidad te ha pasado?
Pero no necesitó la respuesta.
— ¡Uff!— y con ambas manos se tapó la nariz.
El Tití los miraba con profundo desconsuelo. Ni él
se podía resistir.
— ¿Qué hacemos, oña Bodorra?— , preguntó Cocorí con
la nariz apretada entre las manos.
La Tortuga indicó una poza de agua y el monito, se
alejó para proceder a una concienzuda limpieza. Esto dio un respiro a Cocorí y
doña Modorra.
Pero a la vuelta el Tití siempre esparcía un aroma
nada de agra dable.
Doña Modorra buscó tricopilias y orquídeas y las
exprimió sobre el monito, pero el perfume naufragaba en el olor del Z o
rrillo. El Tití estaba tan compungido de ver que sus amigos de bían trabajar
con las narices taponadas.
Le dieron fricciones con orégano, perejil, albahaca
y todas las yerbas olorosas que pudieron encontrar. Llegaron al recurso final
de fregarlo con floripondio6, lo que atenuó algo los efluvios poco amables.
A la tarde prosiguieron el camino. Fue quedando
atrás la selva espesa y llegaron a las márgenes del río. Con la proximidad de
sus hogares hasta el abatimiento de Cocorí se atenuó. Pero era
6 Floripondio: flor blanca y aromática del arbusto
del mismo nombre.
triste volver derrotado. Prosiguieron por la orilla
del río y al lle gar a la cascada divisaron a alguien. Al reconocer al Negro
Can tor el desaliento de Cocorí estalló en sollozos.
— ¡Ah, Negro Cantor, qué desgraciado soy!
— Pero, ¿qué te pasa, Cocorí? Tu mamá ha andado
loca buscán dote.
El llanto no le dejó contestar.
— Cuéntame — insistió el Negro suavemente, y su
amable bondad animó a Cocorí.
— ¿Te ...acuerdas... de ...mi flor? — articuló por
fin.
— ¿La Rosa de la Niña Rubia?
— Siií, no esperó mi regreso — y una nueva
explosión de pena le cortó la palabra.
— Tranquilízate, Cocorí — animó el Cantor conmovido
y le hizo cariño en el pelo.
— Pero ¿por qué, Negro Cantor, si mi Rosa era linda
y buena, por qué tuvo una vida tan corta?
— Te engañas, Cocorí — sonrió el Cantor en un
relámpago de dientes blancos— no es una vida corta.
— Si ya te lo dije, vivió sólo un día. Y ahí tienes
a don Torcuato y a Talamanca hinchados de tiempo.
El Cantor acomodó al Negrito sobre sus rodillas: —
¿No vis te que tu Rosa tuvo una linda vida?, — le preguntó— . ¿No viste que
cada minuto se daba entera hecha dulzura y aroma?
— Oh, sí ¡cómo me llenó de felicidad!
— ¿Qué es la vida de Talamanca la Bocaracá, que se
arrastra perezosa asolando todo a su paso y durmiendo largas digestiones? ¿Y
don Torcuato? Bilioso7 por el poder de su vecina, se desquita haciendo daños a
su alrededor.
Cocorí se estremeció ante el recuerdo.
— ¿Tú crees que eso es vivir, Cocorí? Dormitar al
sol rumiando pensamientos negros y malvados. ¿No ves que tu Rosa tuvo en su
vida luz, generosidad, belleza, y estos otros nunca la han conocido?
Doña Modorra comenzó a asentir violentamente con la
ca beza. ¡Eso era, claro, esa era la explicación que ella había anda do
buscando!
7 Bilioso: de mal carácter.
El Negro Cantor prosiguió:
— Tu Rosa vivió en horas más que los centenares de
años de Talamanca y don Torcuato. Son años apretados en minutos.
Cocorí sentía que una luz lo empapaba por dentro.
— Por ella salvé yo a doña M odorra — recordó— .
Por ella
rescaté al Tití y por ella me atreví a vencer la
selva — y comenzó a ensanchársele una sonrisa en el rostro.
— ¿Así es que se puede vivir mucho en un ratito? —
preguntó inocente.
— ¡Claro que sí! — le respondió el Negro, contento
de que le hubieran entendido— . ¿Verdad que fue una larga vida?
Cocorí miró a su alrededor y vió el aire galopar
alegre arras trando mariposas. La savia subía por el tallo de las magnolias
jugosas y se regaba por los prados. Cocorí era feliz.
Y los cuatro amigos, tomados de la mano, comenzaron
a bailar y saltar locos de alegría.
— Y ahora a casita — le recomendó el Cantor— que tu
mamá debe estar muy intranquila.
El Tití se despidió y corrió a sus cocoteros a
contar sus aven turas. Cuando Cocorí, después de abrazar al Negro y a la Tor
tuga pasó, lo oyó todo importante exagerando sus aventuras en la selva.
— ... entonces le mordí la cola a Talamanca...
Los monillos, a su alrededor, saltaban y
alborotaban de exci tación. Claro que el Tití se guardaba bien de decir que
Talamanca estaba dormida.
La carcajada estrepitosa de Cocorí amoscó un tanto
al mono, que en medio del círculo de oyentes tenía una actitud de arrojo y
valentía.
Pero Cocorí no quiso descubrir a su amigo y
continuó a la carrera. Pasó los matorrales y salió a la playa. Vió que los hue
vos de doña M odorra ya se habían abierto y una docena de tor-tuguitas estaban
aprendiendo a mojarse los pies en la espuma de las olas.
— Ya viene la mamá — les previno, alegre de darles
la noticia. Siguió corriendo por la playa y cuando divisó su choza comen
zó a gritar:
— ¡Mamá Drusila, aquí vengo, soy yo, Cocorí!
La Negra salió a la puerta limpiándose el rostro
con el delan tal. De un abrazo alzó a Cocorí hasta quedar su carita junto a la
de Drusila.
— ¿Dónde estabas, hijo mío? ¿Qué te habías hecho? —
Y los besos le llenaban la cara.
—Ya te contaré, mamá. ¿Sabes? M i flor tuvo una
vida muy larga, me lo explicó el Cantor.
— ¿Sí, cómo?
— Dice que tuvo una vida apretada, que en un día
vivió más que el Caimán y que Talamanca.
— ¡Ah! qué bueno, C ocorí, pero, además yo te tengo
una sorpresa. ¿Recuerdas la rama de la Rosa que quedó en el vaso? Pues ven.
Y llevándolo de la mano lo llevó al jardín.
Con los desvelos de la Negra que la había regado
día y no che, ansiosa de que cuando regresara Cocorí le sirviera de com
pañía para que nunca la volviera a abandonar, en el centro del jardín crecía un
rosal.
Sus grandes rosas rojas se abrían bajo el candente
sol del tró pico. Y tenían también los estambres del más fino cristal, y
espar cían alrededor un aroma suavísimo, como una nube rosada de encanto.
GABRIELA MISTRAL
(CHILE)
CANCION DE PESCADORES
N IÑ IT A de
pescadores
que con viento y olas puedes,
duerme pintada de conchas,
garabateada de redes.
Duerme encima de la duna
que te alza y que te crece,
oyendo la mar-nodriza
que a más loca mejor mece.
La red me llena la falda
y no me deja tenerte,
porque si rompo los nudos
será que rompo tu suerte...
Duérmete mejor que lo hacen las que en la cuna se
mecen, la boca llena de sal
y el sueño lleno de peces.
Dos peces en las rodillas,
uno plateado en la frente
y en el pecho, bate y bate,
otro pez incandescente...
A DONDE ES QUE TU ME LLEVAS
¿A D Ó N D E
es que tú me llevas
que nunca arribas ni paras?
O es, di, que nunca tendremos eso que llaman “la
casa” donde yo duerma sin miedo de viento, rayo y nevadas.
Si tú no quieres entrar en hogares ni en posadas
¿cuándo es que voy a dormir sin miedo de las iguanas y cuándo voy a tener
cosa parecida a casa?
Parece, Mama, que tú
eres la misma venteada...
— Si no me quieres seguir ¿por qué no dijiste nada?
Yo te he querido dejar en potrerada o en casa
y apenas entras por éstas te devuelves y me
alcanzas y tienes miedo a las gentes que te dicen bufonadas
y en las ciudades te azoran los rostros y las
campanas.
— Es que yo quiero quedarme contigo y tú nunca
paras.
Di siquiera a dónde vamos
a llegar. ¿Es en montañas
o es en el mar? Dilo, Mama.
— Te voy llevando a lugar donde al mirarte la cara
no te digan como nombre lo de “indio pata rajada”, sino que te den parcela muy
medida y muy contada. Porque al fin ya va llegando para la gente que labra
la hora de recibir
con la diestra y con el alma. Ya camina, ya se
acerca, feliz y llena de gracia.
MARTA BRUNET
(CHILE)
HISTORIA DEL LOBO CUANDO SE ENFERMO
R E S U L T A Q U E una vez el señor Lobo estaba
muy enfermo y nadie se comedía para ir a darle un traguito de agua ni para
hacerle un remedio. El Lobo era el mismo que se encontró en el bosque
Caperucita Roja, el que se fue a la casa de la Abuelita, se la co mió, se
vistió con su ropa y después esperó metido en la cama que llegara la niña para
decirle que entrara, que las orejas le habían crecido para oír mejor y que los
dientes eran tan grandes para mejor comérsela.
Bueno, todo esto ya lo saben ustedes.
Pero no saben que después que llegó el leñador,
cuando ya el mal Lobo se había comido a Caperucita Roja, y que abrió la guata1
del Lobo y sacó de su estómago a la viejecita aterrada y a la niña muy
tranquila, ésta hizo que aquélla, muy ducha en medicinas, cosiera el animal
dañino y con ciertos emplastos de hierbas de la montaña lograra que las heridas
cicatrizaran y volviera el Lobo a su cubil, arrepentido y contrito, dispuesto
por solemne prome sa a nunca más comerse a las niñitas que atraviesan el bosque,
ni a las abuelitas que las esperan en la cama rezando el rosario.
El Lobo cumplió su promesa. Pero no por eso dejó de
comer corderitos y otros indefensos animalillos. Y siempre era él muy temido y
odiado. Y es claro, cuando se enfermó gravemente, nadie quería ir a darle un
poquito de agua ni a hacerle un remedio.
Y resulta que entonces el Lobo empezó a dar unos
grandes ¡ayes! de dolor, de hambre y de miedo, porque creía que de un momento a
otro iba a morirse solito en su abandono. Y el Eco
— que ya saben ustedes que es muy bueno para
repetir recados— se fue corriendo a contarle lo que pasaba a Caperucita Roja,
que estaba ese día terminando de bordar un cubrepiés que le iba a regalar a su
Abuelita.
Y como ya saben ustedes que la niña está llena de
bondad, pues inmediatamente que supo la noticia se puso su capa roja, de
1 Guata: barriga.
la cual le venía el llamarla como todos la
llamamos. Y muy ligero se fue por el bosque hasta llegar a casa de la Abuelita
y pedirle que la acompañara a ver al Lobo enfermo.
Y resulta que juntas y con el canastito en que la
Abuelita guardaba sus hierbas medicinales, atravesaron el bosque, cami no del
cubil del Lobo.
Este estaba hecho un grito, con un dolor terrible
en el costa do, porque lo que tenía era gripe.
Los Animales del bosque las vieron pasar, llenos de
aprensión2, sabiendo que iban tan de prisa por ver al Lobo. El Eco había
contado la noticia a todo el mundo. Y como las buenas acciones dejan siempre
surco, tras los pasos de la Abuelita y Caperucita Roja se fueron todos a ver
cómo estaba el enferm o, un poco novedosos y otro poco deseosos de servir.
Y resulta que cuando llegaron al cubil del Lobo iba
tras ella una verdadera procesión, que encabezaba la señora Zorra, siguién
dola la señora Rata del Campo, el señor Culpeo, la Sapa-Verde, la Sapita
Cua-Cua, el jote-Calchón y muchos amigos nuestros, todos en fila india para no
molestarse unos a otros.
Bueno. ¡Hay que ver cómo estaba todo sucio en el
cubil del Lobo y cómo estaba éste de enfermo! Inmediatamente Caperu cita Roja
se puso a barrer y a limpiar. Y la Abuelita se puso a pre parar sus remedios.
Pero aquí fue lo lindo: cada uno de los Ani males que venían detrás de ellas
quiso ayudar en algo, y la señora Zorra del Campo con su larga cola se puso a
barrer, y el Jote-Calchón y sus niños sacaron la basura, y la Sapa-Verde y los
Sapitos-Guainas echaron agua en el suelo, y los Chineóles trajeron hierbitas
suaves para hacer una cama nueva, y así cada uno ayudó en la medida de sus
fuerzas y al poco rato el cubil del Lobo era una verdadera casa, limpia y todo.
Y entonces la Abuelita le puso una cataplasma y le
dio una taza de tilo, y ya el Lobo empezó a sentirse mejor. Y como se quejara
de frío, pues nada menos que las señoras Ovejas del Prado vinie ron a
acurrucarse a su lado para darle calor con su lana.
Y el Lobo estaba cada vez mejor y en esto se quedó
dormido, dando unos tremendos ronquidos, que tenían muertas de risa a las
Cachañas, que ya saben ustedes que son muy alegres.
2 Aprensión: temor.
Así pasó un largo rato, y era casi media tarde
cuando el Lobo despertó muy contento, porque ya se había mejorado. Caperucita
Roja y la Abuelita le dijeron lo que habían hecho por él los Animales y
entonces el Lobo dijo que él iba a ser el Lobo Bueno, y que todos iban a ser
sus amigos desde ese día.
Y cumplió su
promesa, y murió de viejo, cuidado por todos sus compañeros del bosque y por
los hijos de Caperucita Roja, que eran sus más queridos amigos.
PABLO NERUDA
(CHILE)
UN CANTO PARA BOLNAR
PADRE nuestro que estás en la tierra, en el agua,
en el aire
de toda nuestra extensa latitud silenciosa,
todo lleva tu nombre, padre, en nuestra morada:
tu apellido la caña levanta a la dulzura,
el estaño bolívar tiene un fulgor bolívar, el
pájaro bolívar sobre el volcán bolívar, la patata, el salitre, las sombras
especiales, las corrientes, las vetas de fosfórica piedra, todo lo nuestro
viene de tu vida apagada,
tu herencia fueron ríos llanuras, campanarios, tu
herencia es el pan nuestro de cada día, padre.
Tu pequeño cadáver de capitán valiente
ha extendido en lo inmenso su metálica forma, de
pronto salen dedos tuyos entre la nieve
y el austral pescador saca a la luz de pronto tu
sonrisa, tu voz palpitando en las redes.
¿De qué color la rosa que junto a tu alma alcemos?
Roja será la rosa que recuerde tu paso.
Cómo serán las manos que toquen tu ceniza? Rojas
serán las manos que en tu ceniza nacen.
¿Y cómo es la semilla de tu corazón muerto?
Es roja la semilla de tu corazón vivo.
Por eso es hoy la ronda de manos junto a ti. Junto
a mi mano hay otra y hay otra junto a ella, y otra más, hasta el fondo del
continente oscuro. Y otra mano que tú no conociste entonces viene también,
Bolívar, a estrechar a la tuya de Teruel, de Madrid, del Jarama, del Ebro,
de la cárcel, del aire, de los muertos de España
llega esta mano roja que es hija de la tuya.
Capitán, combatiente, donde una boca grita
libertad, donde un oído escucha,
donde un soldado rojo rompe una frente parda,
donde un laurel de libres brota, donde una nueva
bandera se adorna con la sangre de nuestra insigne
aurora,
Bolívar, capitán, se divisa tu rostro.
Otra vez entre pólvora y humo tu espada está
naciendo.
Otra vez tu bandera con sangre se ha bordado.
Los malvados atacan tu semilla de nuevo, clavado en
otra cruz está el hijo del hombre.
Pero hacia la esperanza nos conduce tu sombra, el
laurel y la luz de tu ejército rojo
a través de la noche de América con tu mirada mira.
Tus ojos que vigilan más allá de los mares,
más allá de los pueblos oprimidos y heridos, más
allá de las negras ciudades incendiadas, tu voz nace de nuevo, tu mano otra vez
nace: tu ejército defiende las banderas sagradas:
la Libertad sacude las campanas sangrientas, y un
sonido terrible de dolores precede
la aurora enrojecida por la sangre del hombre.
Libertador, un mundo de paz nació en tus brazos. La
paz, el pan, el trigo de tu sangre nacieron, de nuestra joven sangre venida de
tu sangre
saldrán paz, pan y trigo para el mundo que haremos.
Yo conocí a Bolívar una mañana larga,
en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento, Padre,
le dije, ¿eres o no eres o quién eres? Y mirando el Cuartel de la Montaña,
dijo:
“Despierto cada cien años cuando despierta el
pueblo”.
JOSE MARTI
(CUBA)
LOS ZAPATJCOS DE ROSA *
A m a d e m o ise lle M a r ie
J OSÉ M ARTÍ
H AY sol bueno y mar de espuma, y arena fina, y
Pilar quiere salir a estrenar
su sombrerito de pluma.
— “¡Vaya la niña divina!”
dice el padre, y le da un beso:
— “¡Vaya mi pájaro preso a buscarme arena fina!”
— “Yo voy con mi niña hermosa”, le dijo la madre
buena:
“¡No te manches en la arena los zapaticos de
rosa!”.
Fueron las dos al jardín
por la calle del laurel:
la madre cogió un clavel
y Pilar cogió un jazmín.
Ella va de todo juego,
con aro, y balde y paleta:
el balde es color violeta:
el aro es color de fuego.
Vienen a verlas pasar:
nadie quiere verlas ir:
la madre se echa a reír,
y un viejo se echa a llorar.
‘ Este poema fue escrito por M artí para su revista
dedicada a los niños, La Edad de Oro, editada en Nueva York, 1889.
El aire fresco despeina a Pilar, que viene y va muy
oronda:1 “¡Di, mamá! ¿Tú sabes qué cosa es reina?”
Y por si vuelven de noche
de la orilla de la mar,
para la madre y Pilar
manda luego el padre el coche.
Está la playa muy linda:
todo el mundo está en la playa:
lleva espejuelos el aya
de la francesa Florinda.
Está Alberto, el militar que salió en la procesión
con tricornio2 y con bastón, echando un bote a la mar.
¡Y qué mala, Magdalena,
con tantas cintas y lazos,
a la muñeca sin brazos
enterrándola en la arena!
Conversan allá en las sillas,
sentadas con los señores,
las señoras, como flores,
debajo de las sombrillas.
Pero está con estos modos tan serios, muy triste el
mar: ¡lo alegre es allá, al doblar, en la barranca de todos!
Dicen que suenan las olas
mejor allá en la barranca,
y que la arena es muy blanca donde están las niñas
solas.
1 Oronda: orgullosa, contenta de sí misma.
2 Tricornio: sombrero de tres picos o cuernos.
Pilar corre a su mamá:
— “¡Mamá, yo voy a ser buena: déjame ir sola a la
arena:
allá, tú me vez, allá!”
— “¡Esta niña caprichosa!
No hay tarde que no me enojes:
anda, pero no te mojes
los zapaticos de rosa”.
Le llega a los pies la espuma:
gritan alegres las dos:
y se va, diciendo adiós,
la del sombrero de pluma.
¡Se va allá, donde ¡muy lejos! las aguas son más
salobres, donde se sientan los pobres, donde se sientan los viejos!
Se fue la niña a jugar,
la espuma blanca bajó,
y pasó el tiempo, y pasó
un águila por el mar.
Y cuando el sol se ponía detrás de un monte dorado,
un sombrerito callado por las arenas venía.
Trabaja mucho, trabaja
para andar: ¿qué es lo que tiene Pilar, que anda
así, que viene con la cabecita baja?
Bien sabe la madre hermosa por qué le cuesta el
andar;
— “¿Y los zapatos, Pilar, los zapaticos de rosa?
— “¡Ah, loca! ¿en dónde estarán? ¡Di, dónde, Pilar!
— “Señora” dice una mujer que llora:
“¡están conmigo: aquí están!”
— “Yo tengo una niña enferma que llora en el cuarto
obscuro, y la traigo al aire puro
a ver el sol, y a que duerma.
“Anoche soñó, soñó
con el cielo, y oyó un canto: me dio miedo, me dio
espanto, y la traje, y se durmió.
“Con sus dos brazos menudos estaba como abrazando;
y yo mirando, mirando
sus piececitos desnudos.
“Me llegó al cuerpo la espuma, alcé los ojos, y vi
esta niña frente a mí
con su sombrero de pluma.
— “¡Se parece a los retratos tu niña!” dijo: “¿Es
de cera? ¿Quiere jugar? ¡Si quisiera!...
¿Y por qué está sin zapatos?
“M ira: ¡la mano le abrasa,
y tiene los pies tan fríos!
¡Oh, toma, toma los míos;
yo tengo más en mi casa!”
“No sé bien, señora hermosa, lo que sucedió
después:
¡Le vi a mi hijita en los pies los zapaticos de
rosa!”
Se vio sacar los pañuelos
a una rusa y a una inglesa;
el aya de la francesa
se quitó los espejuelos.
Abrió la madre los brazos:
se echó Pilar en su pecho,
y sacó el traje deshecho,
sin adornos y sin lazos.
Todo lo quiere saber
de la enferma la señora:
¡no quiere saber que llora
de pobreza una mujer!
— “Sí, Pilar, dáselo! ¡Y eso también! ¡Tu manta!
¡Tu anillo!” Y ella le dio su bolsillo:
le dio el clavel, le dio un beso.
Vuelven calladas de noche
a su casa del jardín:
y Pilar va en el cojín
de la derecha del coche.
Y dice una mariposa
que vio desde su rosal
guardados en un cristal
los zapaticos de rosa.
NICOLAS GUILLEN
(CUBA)
CANCION DE CUNA PARA DESPERTAR
A UN NEGRITO
Dórmiti, mi nengre,
mi nengre bonito...
E. B ALLAGAS
UNA palom a
cantando pasa:
— ¡Una, mi negro, que el sol abrasa!
Ya nadie duerme,
ni está en su casa;
ni el cocodrilo
ni la yaguasa,
ni la torcaza...
Coco, cacao,
cacho, cachaza,
¡upa, mi negro,
que el sol abrasa!
Negrazo, venga
con su negraza.
¡Aire con aire,
que el sol abrasa!
M ire la gente,
llamando pasa;
gente en la calle
gente en la plaza;
ya nadie queda
que esté en su casa...
Coco, cacao
cacho, cachaza.
¡Upa, mi negro
que el sol abrasa!
Negrón, negrito,
ciruela y pasa,
salga y despierte
que el sol abrasa.
Diga despierto
lo que le pasa...
¡Qué muera el amo,
muera en la brasa!
Ya nadie duerme,
ni está en su casa:
¡Coco, cacao,
cacho, cachaza,
upa, mi negro,
que el sol abrasa!
MIRTA AGUIRRE
(CUBA)
LA PAJARA PINTA
PÁJARA p inta,
jarap in tad a,
lim on iverd e,
alim on ad a .
Ramiflorida,
picoriflama,
rama en el pico,
flor en la rama.
Pájara pinta,
pintarapaja,
baja del verde,
del limón baja.
CIZAÑA
A M I G A
cigüeña
se puso a la greña
con amiga araña:
que si pedigüeña,
que si mala entraña,
que si una castaña,
que si un haz de leña,
que si por trigueña,
que si aquella seña,
que si una patraña,
que si tan tacaña,
que si tan pequeña,
¡que si una alimaña!...
Amiga cigüeña
con amiga araña.
ADIVINAJA
A LTO en la
nube,
su en ason aja:
ca m p a que sube,
ñ e ro que baja.
ELISEO DIEGO
(CUBA)
LA VEZ QUE ME PUSE SERIO DE RISA
C UANDO terminaron ayer las clases, me entretuve un
rato con los muchachos jugando a la pelota en los terrenos de la escuela. Yo no
sé qué entienden ustedes por “un rato”; pero, pensándolo bien, me parece un
poco corta la palabra para las dos horas que duró el juego. “Seguro que mamá y
papá regresaron ya del trabajo”, me dije mientras me acercaba a la puerta. Y me
quedé con el índice a unos dos centímetros del timbre.
Porque adentro había una algarabía tal de risas y
carreras, que ni todos mis compañeros juntos retozando a la hora del recreo
arman una mayor. Olvidé el timbre y me puse a golpear la puerta. Se abrió de
pronto y vi en un relámpago la cara de papá roja de risa: desapareció enseguida
volando hacia donde estaba mamá detrás de la mesa redonda, con las manos a la
espalda como escon diendo algo, y ahogándose también de risa. Los dos
empezaron a correr alrededor de la mesa, tan rápido, que no se sabía bien en
qué punto comenzaba y terminaba papá. Por fin él la alcanzó y la rodeó entre
sus brazos. Ella, sofocada, reclinó la cabeza en su hombro. Dio la casualidad
de que terminaron en una posición que me dejó verle la cara. Tenía los ojos
brillantes de travesuras; la boca entreabierta para respirar mejor, sonreía de
un modo tan dulce, que de pronto me pareció estar viendo, no a mamá, sino a una
niña.
Me sorprendió tanto verla así, que no me cansaba de
mirar la. En eso, papá que le había quitado lo que escondía a la espal da, se
dio vuelta sin dejar de abrazarla y me gritó, levantando triunfante lo que
resultó ser una foto de tamaño mediano:
— ¡Mira, mira cómo es de verdad la fierecita esta
que no le tiene miedo a nada y dice que tira mejor que yo! ¡Cómo se van a reir
las compañeras del Com ité!... — y me alargó la foto y se puso a brincar y a
dar vueltas con mamá entre los brazos lo mismo que un trompo.
Ni siquiera se me ocurrió bajar la vista a la foto.
¡Papá tam bién era un niño! No podía quitarles los ojos de encima mientras
bailaban y reían. Muy serio, me quedé allí hecho una estatua,
pensando no sé cuántas cosas. Cosas que uno sabe
sin darse cuenta
— no sé si me explico. Cómo mamá, a pesar de que
trabaja tanto dando sus clases en la secundaria, insiste en cocinarle a papá
los platos que a él le gustan, aunque le lleven más tiempo, y no quiere que la
ayude a fregar los cacharros, porque, dice, pasarse dos días al timón de una
rastra1no es juego; y cómo papá se sienta al borde de la mesa de la cocina,
meciendo una pierna y conversando con ella; y cuando por fin la tiene
distraída, pues ya está él fregando a su lado y ella cuenta que te cuenta algo
que pasó en la escuela, hasta que de pronto le da un empujoncito y le dice: “¡Y
tú qué haces aquí!”... Y los dos se ríen y siguen fregando juntos.
¿No serán estas cosas, me pregunto, las que me
hacen sentir tan bien cada vez que vuelvo de la escuela? Saber que “los viejos”
— así les decía hasta hoy!— están esperándome en medio del cariño que se tienen
y que ese cariño me va a rodear — como el calor de la cocina cuando sopla un
norte— tan pronto se abre la puerta....
De repente estaba viendo a mi abuela — casi la
tenía delante aunque vive allá en el pueblo— , blanca entre su aroma de hier
bas limpias, sentada en un sillón junto al retrato de abuelo, al que nunca le
falta un búcaro de flores frescas. Hasta ese momento no entendía cómo aquel
joven con su machete a la cintura — dicen que lo mató la guardia rural hace
muchísimo tiempo, allá por el año 33— , hasta ese mismísimo momento, digo, no
entendía cómo un hombre tan joven podía ser mi abuelo. Entre las risas de los dos
niños grandes escandalizando por allá no sé dónde, veo como a través de una
nube que el pelo de abuelita es más negro que el ala de un totí2, que
desaparece la redecilla de sus arrugas, que los ojos le brillan como cocuyos
encendidos, y que una muchacha menuda y linda está ahora junto al joven que se
escapó del mar co y le pasa un brazo sobre el hombro. ¿A quién me recuerda, a
quién, esa linda muchacha?...
Entretenido con estas ocurrencias, bajo la vista a
lo que ten go en la mano. Otro retrato, pero este es el de una niña bastante
menor que yo: me mira sonriendo tímidamente con la cabeza inclinada sobre un
hombro y una flor en la mano derecha. ¡Ni se puede nadie imaginar una niña más
tímida y graciosa!... Seguro
1 Rastra: cabo que se arrastra en el fondo del mar
para buscar y sacar objetos sumer gidos. Aparato que sirve para desviar el
agua de las acequias.
2 Totí: pájaro insectívoro de plumaje negro y pico
encorvado.
— pienso, sonriendo yo también— que si se le
encarama una lagartija a ese zapatico, va a dar un brinco que la hará saltar
del retrato. Y la palabra retrato me recuerda el que está ahí sobre la mesa
redonda: la foto de un desfile en la Plaza de la Revolución. Una escuadra de
milicianas, y esa muchacha — la segunda, a la izquierda, en la primera fila— de
los ojos tan brillantes y fieros y el pelo lacio que parece agitarse bajo la
boina con el paso de marcha, la que empuña tan firme la metralleta contra el
pecho...
¡es la misma niña que sostiene la florecita en el
retrato!.. ¡Mamá, dos o tres meses después de su boda con papá!... ¡Y también,
claro, la muchacha a la que se parecía la otra, la que soñé o imaginé
asomándose entre los finísimos hilos que se entrecruzaban sobre la cara de
abuela!
Siento que me están mirando — uno lo siente, a
veces— y levanto la vista y son los dos niños grandes que se han tranqui
lizado por fin. Papá le pasa a ella un brazo sobre los hombros: es como si
tuviera delante lo que se me ocurrió imaginar hace un momento con abuelo y
abuela.
Pero yo no estoy para bromas. Pienso en cosas muy
serias. En lo bueno de ese cariño que vino bajando desde tan lejos — de abuelo
y abuela a mamá y papá para rodearme al fin con este calor que me abriga tanto.
De pronto, no sé por qué, pienso en Alicia
— la trigueñita que se sienta delante de mí en el
aula, y tiene la piel como un café que fuese al mismo tiempo seda. Y mira lo
que son las cosas, me echo a reír como un bobo y ellos también y no tenemos
para cuándo acabar y ellos se creen que me río por la broma del retrato y no
saben que es de puro gusto por tenerlos allí conmigo y por todas las cosas
serias que estaba pensando y porque mañana a lo mejor se lo cuento todo a
Alicia en el recreo. Seguro que va a entenderme, aunque sea tan enredado. Porque
ella sabe oírlo a uno sin decir una palabra.
Sus ojos grandes y tranquilos van siguiendo lo que
cuentas y no se les escapa nada, ni siquiera, creo yo, esos puntos y comas que
nadie pone cuando habla.
Sí, voy a contarle a ella — solamente a ella— lo
que me pasó ayer cuando la risa me puso tan serio.
MANUEL J. CALLE
(ECUADOR)
LEYENDAS DEL TIEMPO HEROICO
(Selección)
QUESERAS DEL MEDIO
(1819)
IRRITADO ESTÁ EL Libertador, y, además, inquieto.
Dirige ansiosas miradas por el río, cuanto la vista
le alcanza, y no ve ninguno de los barcos que había mandado preparar para el
paso de su gente.
M orillo con sus veteranos se encontraba no lejos,
en Cala bozo: Quero y sus seiscientos valientes a un paso de ahí en San
Fernando. El plan era atacar a M orillo; pero tenía, para hacer lo, que pasar
el Apure; y allí, adelante, extendíase el río ancho y caudaloso que le detenía.
¿Iba, pues, a perder el éxito de la campaña? Los dos mil soldados que traía,
ejército improvisado por su genio y su actividad después de que uno de sus
tenientes se dejó sorprender, días antes en “La Hogaza,” estaban conde nados,
así a la inacción o bien a una derrota segura? ¿Para esto, pues, había venido
desde Angostura, verificando una marcha memorable, a unirse con la gente de los
Llanos y su impertérri to Jefe?
Y, sin embargo, él lo había prevenido y ordenado
todo. A ese mismo jefe, que aprobara su operación sobre Calabozo y aún le
indicara el punto más a propósito para ir al otro lado, le mandó adelante, a
preparar embarcaciones y facilitar el camino.
¡Y ahora... nada!
Barcos sí hay; a la parte opuesta se ven una
cañonera, tres flecheras y varias canoas... ¡pero son de los enemigos!
Esos enemigos contemplan los apuros del ejército
patriota, y tienen razón de reírse, porque, a lo menos en ese momento aza
roso, aquellos apuros son irremediables; y brincan de contento, con la natural
insolencia del que se encuentra desafiando con su presencia, tranquila e
impunemente, a un adversario inerme.
Un hombre, joven todavía, de mediana estatura, de
com plexión sanguínea, ancho de espaldas y de recia musculatura, sonríe con
incalificable placidez al lado de Bolívar. Ese era el Jefe que habiendo venido
adelante, nada ha hecho por la seguridad del ejército mediante la preparación
de barcos.
Bolívar se vuelve a él y le dice:
— General Páez: ¿dónde están los buques que usted
tiene prevenidos?
— Señor, contesta el llamado Páez con una
tranquilidad que a su interlocutor le parece abominable, — cuento con una caño
nera, tres flecheras y varias canoas. ¿No le parece a usted que en ellas puede
pasar la tropa?
-¡Ya lo creo! ¿Pero ¿dónde están?
Páez extiende el brazo, señala las embarcaciones
del frente, sonríe de nuevo y dice con calma imperturbable:
— Allí.
— ¡Cóm o!... Y creyendo ser objeto de alguna burla,
inverosí mil en semejantes circunstancias, le mira de hito en hito el Liber
tador.
El otro no cede ante esa mirada, y se contenta con
hacer un signo afirmativo de cabeza.
— Sí— , agrega. El enemigo las tiene.
— Oh!..., se contenta Bolívar con exclamar,
adivinando el pen samiento de su segundo.
Pero ese pensamiento le parece tan absurdo, tan
loco, que su inquietud crece y sus lamentaciones continúan.
¡Qué contratiempo! ¡He ahí un plan fracasado!
Páez nada replica; pero entre tanto se vuelve a uno
de sus oficiales y grita:
— ¡Coronel Arismendi!
— ¡Señor!
— Cincuenta escogidos.
— Cada cual vale lo que otro, mi General.
— Pues los que más a mano se hallen.
— Está bien, mi General.
Páez comienza calmadamente a despojarse de parte de
sus ropas; y concluida esa operación, desensilla su caballo.
Arismendi y los cincuenta compañeros le imitan.
Semidesnudos y montados a pelo, toman luego sus
lanzas.
Y se arrojan al río...
Empresa loca, ¿no es verdad?
¡Ah, los buenos caballos, ah, los jinetes
inmejorables! Nadan en silencio hacia las barcas, la tripulación de las cua
les les deja venir, sin penetrar su intento: ¡les
parece tan invero símil!
Ya cerca de ellas, atruenan el río y los campos
vecinos con su formidable grito de guerra, y se esfuerzan porque los corceles
lleguen pronto.
Suena una detonación... Es que las barcas se
defienden...
Pero no tienen tiem po de hacer segunda descarga.
Páez, Arismendi y sus cincuenta caen sobre ellas, alancean, destrozan, arrojan
al río cuantos enemigos se les ponen adelante batiéndose con la energía de un
valor indómito; saltan a bordo, se apoderan de las embarcaciones...
Momentos después, ya de regreso con la vencida
flotilla, Páez, jadeante, chorreando agua y sangre, sus cabellos, en alto la
terri ble lanza, le dice a Bolívar atónito:
—Y bien, señor, ¿no es cierto que podrá pasar la
tropa en estos barquitos que ya son nuestros?
Bolívar le abraza, entusiasmado; pasa su gente,
corre a Ca labozo, sorprende a M orillo, le intima rendición ofreciendo que se
apiadaría del mismo Fernando VII sí con él estuviera mucha gente.
...Si no consumó la ruina del jefe español, no fue
suya la culpa ciertamente.
Estos sucesos tenían lugar en el mes de febrero del
año de gracia 1818.
* * *
Por aquella época el General José Antonio Páez era
joven todavía, pues apenas contaba veintiocho años; pero la fama de sus hazañas
llenaba ya Venezuela, y era el terror de los llanos del Apure, en donde había
levantado una división para combatir contra los españoles, sin sujeción a
nadie, obrando por su propia cuenta y remitiendo su derecho a los botes de su
lanza. Su carre ra había sido corta, distinguiéndose por actos de valor
increíble.
Sus tropas se componían de jinetes, aquellos
famosos llane ros cuyo renombre dura aún en nuestros días.
Montados en ágiles potros, sin más armas que una
lanza, y a veces también una carabina, el puñal al cinto, sin equipo ni im
pedimento, aquellos hombres de hierro volaban como un hura cán por las
inmensas llanuras, siempre en persecución del enemi go, dándole cargas
tremendas, molestándole, sorprendiéndole, apareciendo tan pronto en una parte
como en otra, infatigables e indomables. Si el número era mayor, rompían filas,
lanzaban un grito gutural, se desparramaban por la llanura y se perdían en el
horizonte a presencia del enemigo atónito que ni lugar tenía para perseguirles.
Fieros y crueles, no daban cuartel ni lo pedían;
cada bote de su lanza era un enemigo muerto, y se cebaban en la matanza con
ímpetus a la vez de tigres y de leones.
Indisciplinados e indisciplinables, combatían
cuando y don de querían, sin reconocer otro Jefe que el más valiente... ¡Cuán
to debía de serlo Páez para que le hubiesen proclamado caudillo suyo y
adherídose a él con una fidelidad salvaje, a prueba de sacrificios!
Sus campamentos eran la pampa húmeda, donde dormían
al pie de sus caballos, sin más tienda que la inmensidad del firmamento ni
otras hogueras que los astros encendidos en la altura que atis-baban su
sueño...
Vestidos, pocos y primitivos; calzado, jamás lo
conocieron; forraje para sus caballos daba la grama de las llanuras; los abre
vaban en las aguas de los ríos, que atravesaban, centauros inven cibles, con
las riendas en la mano y la lanza entre los dientes.
Vituallas ¿para qué? Si tenían hambre mataban los
toros que pacían en el fondo de la pampa, los asaban entre la hierba y se los
comían, sentados alrededor de la fogata, como los héroes griegos en el
campamento de Agamenón.
¿Qué los corceles estaban rendidos? Pues no había
más que tomar otros, de los millares que ofrecían las grandes yeguadas que
pasaban a su vista. Pronto el lazo, la vista experta, el pulso firme, y la
nueva cabalgadura no tardaba una hora en relinchar y rebotar bajo sus piernas
de hierro... Y otra vez a la carrera huracanada, bebiéndose los vientos,
haciendo silbar el aire con la punta de su arma formidable; y luego, ¡al
combate y a la matanza! ....¡Hombre
extraordinario debía de ser Páez para haberles
acaudillado duran te tantos años!
Todo era creíble de esos feroces y sobrios
guerreros de la lla nura; porque la heroicidad era en ellos cosa natural y
corriente.
* * *
¡Cuánto les debió la independencia!
De ellos queremos referir brevemente una de las
acciones más portentosas, acaso la más culminante de la Epopeya americana, tan
llena de cosas sorprendentes.
¿Quién no ha oído hablar de la función de guerra
llamada de las Queseras del Medio ?
Las cosas pasaron de la manera siguiente: — Las
cuenta el mismo Páez en un libro suyo que publicó ya viejo y en el des
tierro1.
El General M orillo, al frente de una espléndida
división de seis mil quinientos hombres de todas armas, infantería, artillería
y caballería, se había metido imprudentemente en los llanos del Apure, deseoso
de exterminar a los guerreros de la independen cia que la sostenían en esa
parte al mando del invicto Páez.
Lo que sufrió en esa campaña, como perdido en
aquellos ili mitados desiertos, falto de provisiones, embarazado con una im
pedimenta pesadísima y hostigado sin cesar por los republicanos.
No tenía un momento de reposo el ejército realista,
muy su perior al contrario, aunque menos avezado a esa clase de guerra.
Páez, habiendo dejado en lugar seguro la infantería
y una emi gración de diez mil personas que, huyendo de las iras españolas,
seguía los pasos de sus reducidas tropas, opuso a M orillo un sis tema de
alarmas, asaltos y sorpresas que le traía a mal andar. Tan pronto se le
aparecía a vanguardia como a retaguardia, por un flanco como por el otro. Si la
ocasión le venía propicia para un golpe de mano, lo daba, y desaparecía rápido
como un ave que se pierde en el espacio. Siempre a vista del enemigo y nunca a
su alcance, le mareaba con la rapidez de sus movimientos y causaba la
desmoralización de sus tropas.
* * *
1 Autobiografía, dada a luz en Nueva York por la
Casa Appleton. Ver tom o I.
Esto era en los primeros meses del año 1819.
Bolívar, reconciliado ya con Páez y habiendo
perdonado la de bilidad con que éste se dejara investir del mando supremo con
des conocimiento de la autoridad que él, Bolívar, representaba, acu dió desde
la Guayana a hacerse cargo del ejército, llevándole refuerzo y, más que todo,
el inmenso prestigio de su presencia en el lugar de la campaña. Llegó el 17 de
marzo del año que acaba mos de citar.
Después de algunos encuentros, no siempre
favorables a los patriotas, repasó el Arauca, situándose en la margen derecha,
en tanto que el General enemigo se preparaba a hacer un movimiento decisivo
sobre su línea.
Al efecto se acercó por la orilla izquierda el día
primero de abril; y como veinte oficiales de caballería conducidos por Páez en
persona saliesen a verificar un reconocimiento, y se encontra sen súbitamente
con doscientos jinetes enemigos que formaban la descubierta del ejército de
Morillo, les atacaron furiosamente, matando, aprisionando y arrojando los
despedazados restos so bre el grueso del ejército que andaba por ahí cerca.
El riesgo de una batalla general era inminente, y
aunque al Caudillo republicano no le conviniese aceptarla, por la inferiori
dad de su infantería, parecía inevitable.
Al día siguiente, — ¡memorable dos de abril!— M
orillo, des pués de algunas evoluciones, vino a ponerse al frente de Bolívar,
bien que fuera de tiro de cañón.
Era ya un reto que no había como esquivar. El río
estaba por medio, y convenía atraer al enemigo.
Páez elige ciento cincuenta hombres entre Jefes
Oficiales y sol dados, pasa el río, los forma en tres columnas de a cincuenta
cada una, y se va sobre el enemigo.
Este mueve contra él todas sus fuerzas; despliega
su infante ría, forma los jinetes y principia a hacer jugar su artillería.
¡Seis mil hombres contra ciento cincuenta, que sólo tienen sus buenas lanzas
para defenderse!
Los patriotas se retiraron ordenadamente con
dirección al río; y al verles en retirada, corren hacia ellos mil jinetes, —
toda la caballería, entre ella doscientos carabineros, — juzgando el triunfo
fácil y cierto, pues la diminuta tropa, fugitiva al parecer, no puede
tener escape posible puesta entre un ejército que
les cañonea y fusila y un río en aquel punto invadeable.
Los ciento cincuenta continúan retirándose, hasta
que oyen a sus espaldas el mugido de las olas del Arauca.
Algunas guerrillas les sostienen desde la ribera
opuesta; pero ¿qué auxilio es el suyo, cuando los tiros enemigos se han dirigi
do contra ellos?
¡Ha llegado el último momento para el León de los
Llanos y sus impertérritos compañeros! ¡No hay salvación! Ya los jinetes
enemigos están sobre ellos, se vienen al escape, dejando a larga distancia la
masa numerosa del Ejército... ¡Ya llegan, ya están allí...!
Rápido Páez, manda volver caras, ordena los suyos
en siete grupos de a veinte hombres: enristran lanzas, aprietan los ijares de
los corceles, y se van como si fuesen a la muerte...
Horrendo fue el choque. Las secciones de a veinte
se meten por entre las filas enemigas, de frente y por los flancos, y, sin
darles un instante de descanso, las alancean, les atropellan y desbaratan...
Resisten esos enemigos, porque valor no les falta;
oponen lanzas a lanzas, pechos a pechos. Todo en vano: van de vencida.
Se apean entonces los doscientos carabineros,
quieren orde narse, hacer uso de sus armas... ¡vano esfuerzo! Son alanceados
en tierra en vez de ser clavados sobre las sillas de sus cabalgadu ras... Al
fin huyen a la desbandada, siendo degollados en la fuga...
Páez en su furiosa arremetida llega con su
escuadrón a las filas mismas de la infantería y se lanza contra ella: cinco mil
hombres retroceden a su presencia; los cañones callan, y el ejército entero de
Morillo, aturdido y espantado, retrocede, se desbanda, refúgiase en el bosque
en que se apoya su retaguardia... La noche llega; cesa la matanza, y Páez se
arroja otra vez al río, presentándose luego vic torioso ante el ejército
republicano...
Esta fue la increíble acción de las Queseras del
Medio. Los es pañoles dejaron cuatrocientos soldados y caballería tendidos en
el campo: los patriotas tuvieron dos muertos y cinco heridos.
Aturdido M orillo, se retira precipitadamente a
Achaguas, re chazado por la carga de menos de doscientos llaneros, de la ga
villa, como él los llamaba...
Jamás se había visto ni después se vio en la guerra
de la Inde pendencia un combate más desigual, — dice Baralt— , ni más glorioso
para las armas de la República: combate que sería increíble si no estuviera
apoyado en el testimonio de los ami gos y de los enemigos de Páez y de
multitud de documentos fidedignos1.
Al día siguiente, Bolívar decretó la concesión de
la cruz de Libertadores a todos los vencedores de la víspera, — jefes, oficia
les y soldados.
Y el 4 de
abril se expresaba de esta manera en una carta a su amigo D. Guillermo Withe:
Antes de ayer, el General Páez ha logrado un golpe
admirable, sobre Morillo y que pudo haber sido completamente decisivo, si la
noche no lo hubiera ocultado a nuestras lanzas. No pen sábamos más que darle a
conocer la superioridad de nuestra caballería; y así, no aprovechamos el
brillante resultado que tuvimos, porque no habíamos preparado el lance para
ello. Arrollamos todo el ejército cuando sólo pensábamos batir una parte de su
caballería. Ciento cincuenta valientes, mandados por el General Páez, no podrían
solos destruir todo un ejército, estando nuestras tropas con el Arauca por
medio.
1 Páez en su Autobiografía, da la lista de los que
asistieron a esta m em orable fun ción de armas. N osotros no reproducim os
por no llenar m ucho el espacio y por no consentir la naturaleza de este libro.
ALFONSO CUESTA Y CUESTA
(ECUADOR)
PERO EL SOL NO SE DETUVO *
E R A S T A N pequeñita que dudabas de la redondez
de la tierra y cualquier arroyo te parecía un río muy grande, capaz de irse
solo hasta el mar, y tenías, sobre todo, una seguridad absoluta en la
existencia de los ángeles.
El trueno era para ti enorme bronce rodante en
forma de cam pana. Por eso daba vueltas tan raras y necesitaba de nubes muy
fuertes para sostenerse.
¿Y el rayo?... Y tenías un enorme deseo de dar la
vida por algo. En cuanto a la Aritmética algunas veces te quedabas en cama,
adrede, pero repetías entre sueños, la lección de historia.
¿El rayo?... Pues el miedo no te daba tiempo para
pensar en nada, pero algo tenía que ver con las vidrieras, con el alma y con
los rincones oscuros que palidecían al sentirlo... Además, venía de lo alto.
Pero qué maravilla era cuando te ibas lejos de los
tejados a la tierra. Volvías por la tarde, traída, y tu pequeño índice señalan
do el mundo.
— ¡Esa hormiga! ¡Ese cerro!
Las trenzas te llegaban hasta las rodillas y tus
ojos eran azu les con pequeñas pestañas. (Alguien te dijo un día — después—
que no tenías pestañas y tú, al pasar, cerraste los ojos para que yo las
viera... Sí, tenías, pero ciertamente eran pequeñas y contribuían a hacer más
pura tu mirada).
Como eras niña feliz tenías quinta, lejos de la
ciudad y ya cuando los exámenes se acercaban, continuamente pensabas en tus
cosas lejanas: la casa... La última vez, para volverte a la ciu dad, te
despediste hasta de un ratón que solía pasar, de repente, de un hueco a otro...
tanto que en la ciudad, cuando escogías juguetes, preferiste un ratón de
terciopelo, con alfileres por ojos,
* N ota: este
mismo texto aparece reproducido en la Antología de Cuentos, editado por el
Fondo Editorial Solar, M érida, 19 9 3 con el título: «La niña que defendió a
su hermano».
de cabeza café. Mas, se le acababa la cuerda antes
de llegar al hueco... ¡El otro tenía mucha cuerda!
Las cholas1 vecinas. Los cercados. Las pencas, de
tan madu ras azules, con los espinos negros como picos de mirlo. Ese ca mino.
Ese bosque. Cierta vez, un indio muy viejo te contó un cuento. Era un indio tan
viejo que juraba haberle conocido a Bolívar. Los indios jóvenes afirmaban que
tenía trescientos años y que le estaban naciendo alas... Pero en realidad,
apenas llegaba a los noventa y, en cuanto a las alas, un día tuviste
oportunidad de verlo en la puerta de su choza, asoleándose, y sólo viste — eso
sí muy claramente— sus pobres clavículas. Entonces los indios jóvenes te
dijeron que sus alas se escondían del sol como los murciélagos y que sólo le
salían por las noches... Cuando te contó el cuento era de noche. Y, hasta ahora
— así era el cuento— dudas.
Pasaba a la derecha de la casa un arroyo. Sólo
hasta las puer tas del jardín era libre, porque después, en las piletas, le
educa ban haciéndole regar hasta las flores amarillas y luego, sin rodeos, le
obligaban a estrellarse en la rueda del molino.
Los molinos de viento sólo recibieron, cierta vez,
una lanza da, pero éste era atacado día y noche. La enorme rueda crujía.
Parecía querer subirse por el chorro, con sus chanclos mojados, sin lograrlo.
No estoy seguro de si a ti te prohibieron
acercarte, pero creo que un día el hueco de tu almohada amaneció enharinado y
que más tarde asomaste con las trenzas recién hechas y los párpados
enrojecidos...
De repente, el arroyo se secó. Vino el molinero a
la ciudad con la noticia, y tu papá estuvo ausente muchos días, mas el agua no
volvió.
Cuando saliste a vacaciones la rueda estaba quieta,
con mus go. Hasta tenía algunas hojas, de un verde oscuro, en los radios.
Arriba, el molino, cano. Y el cuarto del molinero abandonado. Cuando subiste
por primera vez había sol y el cuarto te gustó mucho porque tenía una enorme
ventana y casi todo el cielo tras los vidrios.
Por la tarde, volviste. Y un día... Pero
precisamente es éste el cuento: éste en que narraré tu hazaña: ¿comprendías tú
lo que le
1 Nom bre con que se designa a las mujeres
indígenas en varias regiones de Suramérica.
pasaba a tu hermano? Seguramente, no, pero obraba
tu instinto. El debió tener, por esa época, la edad que ahora tú tienes... Y
hoy, por eso, le darás la razón más ampliamente todavía... (¿Harías tú ahora
por ti misma lo que por él hiciste?).
Una noche llegó tarde a la quinta. Tanto, que el
portón es taba ya con llave y tuvo que saltar por el cercado. Otra noche, muy
tarde, sentiste sus pisadas. Te quedaste muy quieta y atis-baste2 anhelante, la
respiración de tu padre. Y ya volvías la cabeza a la almohada, gozosa, cuando
un gran ruido de mace tas te sobresaltó...
Pero no, todavía no hubo mayor cosa. Muy de mañana
te llevaron lejos y sólo estuviste de regreso a la hora del almuerzo. — ¿Qué
pasaría? — te preguntabas— ¿Ya le habrá reconvenido?
Y te llegaste,
inquieta, a la mesa. Nada. Pero algo había som brío, en el ambiente, pese3 a
ti, pese al sol de esa hora, esa som bra, como fruta arrancada de la rama. No
se habló en ningún idioma. De cuando en cuando tu padre espantaba a una abeja,
con saña... Y de repente... ¿Pero qué le pasó? Y el castigo te pareció tan
injusto que te erguiste indignada. Todos te miraron...
— ¡Me voy! — dijiste— ¡Si no le retira el castigo,
me huyo! ¡Me voy de la casa para siempre!
¡Qué te iban a tomar en serio! Llegaste al molino y
se levan taron todos, en silencio. Saliste; hacia el Norte, cielo, cerros
confundidos. Hacia el Sur, un gran bamboleo de eucaliptos. Y en ti — ¡pero cómo
en ti, tan pequeñita!— sonante, más alta que el bosque, tu alma. Allí
estuviste. Luego — ¡cómo iban a tomarte en serio!— te vieron corriendo en el
gallinero, atrás de tu polla blanca con negro. Cuando ya la cogiste, la
guardaste debajo de una canasta y subiste a tu cuarto. A poco asomaste con tus
mu ñecas bajo el brazo izquierdo y después, con el derecho extendi do y los
labios “así”, te acercaste al gato. ¡Ya! Y luego volviste por la polla. Casi no
podías llevar tanta cosa. Los ojos se te llenaron de lágrimas cuando viste tu
casa desde afuera. Tanto, que vacilaste. ¡Pero otra vez tu alma, sonante!
Caminaste. Te fuiste por el antiguo cauce del
arroyo, para que no te viesen. Y esto te costó mucho trabajo, porque
justamente,
2 Atisbaste: miraste cuidadosam ente.
3 Pese: a pesar de.
allí donde antes el agua se encrespaba por las
piedras, la polla se alborotó, las muñecas gritaron, pestañeando, y el gato te
clavó las uñas. Tuviste que soltarle hasta arreglarle las alas a la polla. Lue
go, diste unos pasos sin el gato, y viste con alegría que ya no ne cesitabas
marcarle, porque a pasos largos y con el rabo muy alto te seguía.
¡Qué te iban a tomar en serio! Llegaste al molino y
te detu viste; te instalarías allí para siempre, con lo tuyo. ¡Cómo pugna ba
tu alma por salirse, dando gritos! Pero te contuviste: querías primero
instalarte. Entonces, sí, aldabaste la puerta “para siem pre” y lloraste
amargamente. Te habías echado boca abajo y podía verse por tus hombros, cómo
los sollozos se apagaban.
La polla, tranquila, aclaró el entablado, sacando
trigo de las rajas... Paz. ¡Era tan agradable ese ruido del pico! El gato hiló.
Unos instantes estuviste escuchándolo y luego, incorporándote, lo acariciaste.
Pasando por el lomo, tu mano topaba con el rabo erguido y regresaba. Muy pronto
estuviste contenta y distribuis te el cuarto entre tus muñecas.
— Usted aquí — decías— no, más acá, dormida. Y
usted, de portera... Si vienen, (otra vez te indignaste) ¡que no vuelvo!
Tras la ventana, estaba el día tranquilo. Te
llegaste a los vi drios.... ¡Qué lástima! ¡No se veía tu casa! ¿Te estarían
buscan do? Creiste oír la voz de tu madre. Ese humo que pasaba en li geras
nubecillas era de la chimenea de tu casa. Pegaste la sien izquierda a los
vidrios, para mirar siquiera el vértice del techo, pero nada.
En la linde del bosque, el leñador cortaba un
árbol. Hería el tronco el hacha silenciosa, y cuando ya estaba alta, sonaba.
Con taba tres... Y oías. Arriba, en la ladera, un indio araba. La yunta iba
delante a paso lento, contra corriente... Una bandada de aves grises pasó hacia
el bosque, chillando.
Volviste a las muñecas. El gato estaba ahora
alerta, con la mirada fija. Había también una araña pero nadie la veía. La
polla, en una pata y la cabeza atenta — el ojo hacia las nubes de colo res—
hilaba en el pico una musiquilla fina de vidrio molido. Y así pasó mucho
tiempo. ¿Qué pensaste en esas horas? Es muy difícil decirlo. Ni tú misma,
ahora, podrías precisarlo. Pero una gruesa mosca zumbadora entró por no sé
dónde y ya no hubo paz; la araña recogió todo su hilo y se agazapó en la tela,
y la polla,
inquieta, picoteaba en el aire. Tú misma escondías
la cara entre los brazos cuando se te acercaba y luego la seguías con la vista.
Se te veía, a veces, la garganta. Ibas a renegar, cuando la mosca enloqueció;
volaba y se estrellaba. Sentía de repente, endurecién dose el aire; eran los
vidrios. Y cayó. Te acercaste seguida de la polla. Estaba con las patas arriba,
las movía, mas tú ya ni la vis te; miles de golondrinas volaban tras los
vidrios; las nubes eran rojas, doradas y adoptaban las más hermosas formas.
Había grietas profundas de un azul tenso y de allí se desprendían golondrinas.
Algunas rozaban la vidriera. Y, de repente, dos se posaron tan cerca de tus
manos que habrías podido cogerlas, sin los vidrios. Nunca, a ninguna ave libre
viste tan de cerca. ¡Y habían sido todo alas! Sobre la mota blanca del pecho
una cabeza diminuta y alas. Todo alas. Te vieron y volaron. Otras se detenían
en el aire, pian do. Al elevarse arriba, se doraban. Era que el sol estaba ya
muy alto. Pero tú no lo reparabas. A lo lejos, el árbol, con la copa hendida en
la luz, se estremecía a cada hachazo. De pronto, el hombre corrió y con un
largo crujido el eucalipto se tendió so bre la tierra, oscuro.
Te resolviste; el gato estaba tenso. Nunca viste
tan claramen te sus bigotes. Saltó... y te quedó mirando, con un pequeño ra
tón en el hocico. Horrorizada, te apartaste. Afuera — tú no lo veías— la tarde
iba a morir. Palidecía por instantes, con las ve nas abiertas. En vano, en el
ocaso, sus ángeles llegaban hasta el éxtasis, debía morir. No lo veías; pero
porque la polla se subió a una estaca y los ojos del gato se encendieron,
comprendiste...
Y algo injusto, tremendo, porque nunca lo
esperaste, te hirió: la noche ¡Cómo golpeó tu corazón contra los vidrios!
Ni una golondrina. Por el monte, los bueyes
desyuntados y en todos los árboles el miedo, susurrante.
De tu pequeña garganta oprimida una voz:
— Papá tuvo razón...
Pero esta idea te avergüenza, enrojece, y del fondo
de ti misma, de tu alma.
— ¡No!
Golpeas las yemas de los dedos en los vidrios.
Oyes tu nombre en el cam ino, por el lado del
bosque, re petido.
Un foco se enciende a lo lejos y es como si un
puñado de focos, un pueblecito entero se encendiera... Y cuando parpadeas, las
luces caen. Pero tu alma, más alta que el bosque:
— ¡Fue injusto!
Las esquinas del cuarto se te acercan como brujas y
en los cerros distantes la noche ateza sus alas.
— ¡Fue injusto!
Y no sabías:
por ti, el cielo inmolaba en el ocaso sus más blancos corderos. Y por ti — ¡por
ti tan pequeñita!— toda la ancha tierra, angustiada, era este grito:
— ¡Sol, detente!
Pero el sol no se detuvo.
CLAUDIA LARS
(EL SALVADOR)
VAMOS A LA HUERTA
S E Ñ O R E S , no se burlen:
Doña Ana no está aquí,
y aunque este huerto es suyo
no come perejil.
Doña Ana come hojaldras1 y queso de jazmín,
y a veces, en la tarde,
compota de alhelí.
— ¿En dónde está doña Ana?
— Tal vez en su jardín;
debajo del almendro
que da una sombra gris.
Vamos a la huerta
de torontoronjil
a ver a Doña Ana
comiendo perejil.
¿Doña Ana no envejece?
Doña Ana es siempre así,
la misma de la ronda
que se canta sin fin...
Doña Ana, la de siempre,
tan dueña del abril,
en un país de niños
ha querido vivir.
¿Cómo será Doña Ana?
¡No lo puedo decir!
1 H ojaldra (s): en algunos países de Am érica se
dice por hojaldre (s): masa de harina de hojas muy finas, sobadas con manteca y
colocadas en hojas superpuestas que al hornearse form an un delicioso pastel
muy apreciado por los niños.
De blanco esta vestida,
de blanco y carmesí.
En su falda de vuelos, que yo no sé medir, juegan
todas las brisas, duerme todo el jardín.
Vamos a la huerta
de torontoronjil
a ver a Doña Ana
comiendo perejil.
Buenos día, Doña Ana, ¿nos quiere usted abrir?
Buenas noches, Doña Ana, ¿nos presta su candil?
Los niños van cantando y son miles y mil... Entre
las rosas baila
la rosa rosalí.
Y el canto
como un río, como un río sin fin,
nos dice lo de siempre, lo que yo repetí:
Vamos a la huerta
de torontoronjil
a ver a Doña Ana
comiendo perejil.
SALARRUE
(EL SALVADOR)
CUENTOS DE CIPOTES
(Selección)
EL CUENTO DEL CUENTO QUE DESCUENTEYA
P U E S I E S Q U E Y A N T O Yanto iba gotiando
por el andén. Daba un pasito y dejaba cair una gota, daba otro pasito y dejaba
cair otra gota porque tenía sangrenariz por gusto, sin trompada, y le dijeron:
“¿Por qué tenés sangrenariz?” y dijo “Es que semiá desangrado” y seguía dando
pasitos y gotiando. Y Mélico iba detrás contando las gotas: “... cuarenticinco,
cuarentiséis, cuarentiséis y medio, cuarentisiete con un chilguete”... Y le
dijo Yanto Yanto “¿Y por qué me venís contando la sangre, vos?” “Es para ver
siuno de tualto tiene siquiera cien gotas”, le dijo, “cuando ya se te acabe la
sangre te tenés que desmayar, porque dice mi papá que la sangre sostiene porque
tiene fierro”.
Eneso venía el ductor don M oncho y le dijo:
“¿Quién te pegó?” y Yanto Yanto le dijo: “Yo sólo me desangré con
singra-ciamente”. “Entonces es sangrenariz” dijo y miró quioras eran en su
chacalele y siguió caminando. “Bueno”, le gritó M élico, “¿y no dice qués
médico pué? ¿Por qué no lo cura?” “Atiendo en mi ojicina” le dijo “de 2 a 5
pemele”. Y se jué con su bastón. Y Mélico dijo ligerito: “ochenticinco,
ochentiséis, ochentisiete (a mí me curó mi mamá con que oliera un adobe mojado
con güinagre), ochentinoventidós... ”
“¡Andate cipotío!” ...le dijo Yanto Yanto “¡no seya
que se me vaya lalbarda-unlado y te dé con un adobe!” Y Mélico le dijo:“¡Ta
bueno..., desgradecidos que uno les viene ayudando y nuagra-decen!.... Sólo
poreso me vuá regresar por el rastroesangre contan
do al revés” y se regresó con las bolsas en las
manos y descontó hasta bien lejos y cuando yegó al uno todavía faltaba como
media cuadra y se paró y dijo: “¡Achís!, este sangral ha sobrado, pero noliase”
y se jué y siacabuche.
puesto en las montañas y en los valles, en los ríos
y en los bos ques. El Señor Dios había dispuesto que todos trabajaran, a fin
de que ocuparan su tiempo en algo útil y a fin de que cada quien tuviera lo
necesario para vivir; y con la claridad del Sol hizo el día para que se vieran
entre sí y vieran sus animales y sus sem brados y sus casas, y vieran a sus
hijos y a sus padres y compren dieran que los otros tenían también sembrados y
animales y ca sas, hijos y padres a quienes querer y cuidar. Pero los hombres
no se atuvieron a los deseos del Señor Dios; nadie se conformaba con lo suyo y
cada quien quería lo de su vecino, las tierras, las bes tias, las casas, los
vestidos, y hasta los hijos y los padres para hacerlos esclavos. Ocurría que el
Señor Dios había hecho la noche con las tinieblas, y su idea era que los
hombres usaran el tiempo de la oscuridad para dormir. Pero ellos usaron esas
horas de oscuridad para acecharse unos a otros, para matarse y robarse, para
llevarse los animales e incendiar las viviendas de sus enemi gos y destruir
sus siembras.
Aunque en los cielos había siempre luz, la lejana
luz de las estrellas y la que despedía de sí el propio Señor Dios, se hizo
necesario crear algo que disipara de vez en cuando las tinieblas de la Tierra,
y él Señor Dios creó la Luna. La Luna iluminó en tonces toda la inmensidad. Su
dulce luz verde amarilla llenaba de claridad los espacios, y el Señor Dios
podía ver lo que hacían los hombres cuando se ponía el Sol. Con sus manos
gigantescas, El hacía un agujero en las nubes, se acostaba de pechos en el gran
piso gris, veía hacia abajo y distinguía nítidamente a los grupos que iban en
son de guerra y de pillaje. El Señor Dios se cansó de tanta maldad, acabó
disgustándose y un buen día dijo:
— Ya no es posible sufrir a los hombres.
Y desató el
diluvio, esto es, ordenó a las aguas de los cielos que cayeran en la Tierra y
ahogaran a todo bicho viviente, con
la excepción de un anciano llamado Noé, que no
tomaba parte en los robos, ni en los crímenes ni en los incendios y que predi
caba la paz en vez de la guerra. Además de Noé, el Señor Dios pensó que debían
salvarse su mujer, sus hijos, las mujeres de sus hijos y todos los animales que
el viejo Noé y su familia metieran dentro de una arca de madera que debía
flotar sobre las aguas.
Pero eso había sucedido muchos millares de años
atrás. Los hijos de Noé tuvieron hijos, y los nietos a su vez tuvieron hijos,
y después los bisnietos y los tataranietos.
Terminado el diluvio, cuando estuvo seguro de que Noé y los suyos se hallaban a
sal vo, el Señor Dios se echó a dormir. Siempre había sido El dormi lón y un
sueño del Señor Dios duraba fácilmente varios siglos. Se echaba entre las
nubes, se acomodaba un poco, ponía su gran cabeza sobre un brazo y comenzaba a
roncar. En la tierra se oían sus ronquidos y los hombres creían que eran
truenos.
El sueño que disfrutó el Señor Dios a raíz del
diluvio fue largo, más largo quizá de lo que El mismo había pensado tom arlo.
Cuando despertó y miró hacia la Tierra quedó sorprendido. Aquel pequeño globo
que rodaba por los espacios estaba otra vez lleno de gente, de enorme cantidad
de gente, unos que vivían en gran des ciudades, otros en pequeñas aldeas,
muchos en chozas perdi das por los bosques y los desiertos. Y lo mismo que
antes, se mataban entre sí, se robaban, se hacían la guerra.
Por eso se veía al Señor Dios preocupado y
disgustado; por eso iba de un sitio a otro, dando zancadas de cincuenta millas.
El Señor Dios estaba en ese momento pensando qué cosa debía hacer para que los
hombres aprendieran a quererse entre sí, a vivir en paz. El diluvio había
probado que era inútil castigarlos. Por lo demás, el Señor Dios no quería
acabar otra vez con ellos; al fin y al cabo eran sus hijos, El los había
creado, y no iba El a exter minarlos porque se portaran mal. Si ellos no
habían comprendi do sus propósitos, tal vez la culpa no era de ellos, sino del
pro pio Señor Dios, que nunca se los había explicado.
— Tengo que buscar un maestro que les enseñe a
conducirse
— dijo el Señor Dios para sí.
Y como el
Señor Dios no pierde su tiempo, ni comete la ton tería de mantenerse colérico
sin buscarles solución a los proble mas, dejó de dar zancadas, se quedó
tranquilo y se puso a pen sar. Pues ni aún El mismo, que lo creó todo de la
nada, hace algo sin antes pensar en el asunto. Una vez había habido un Noé,
anciano bondadoso, a quien el Señor Dios quiso salvar del diluvio para que su
descendencia aprendiera a vivir en paz, y resultó que esos descendientes del
buen viejo comenzaron a armar trifulcas peores que las de antes del tremendo
castigo. Había sido mala idea
la de esperar que la gente cambiara por medio o
gracias al ejem plo de N oé; por tanto, el Señor Dios no perdería su tiempo
escogiendo castigos ejemplares ni buscando entre los habitantes
de la Tierra alguien a quien confiarle la
regeneración del géne ro humano. Pero entonces, ¿quién podría hacerse cargo de
ese trabajo?
El Señor Dios pensó un rato, que podía ser un día,
un año, o un siglo, pues para El el tiempo no tiene valor porque El mis mo es
el tiempo, lo cual explica que no tenga ni principio ni fin. Pensó, y de pronto
halló la solución:
— El mejor maestro para esos locos sería un hijo
mío.
¡Un hijo del Señor Dios! Bueno, eso era fácil de
decir pero muy difícil de lograr. ¿Pues qué mujer podía ser la madre del Hijo
de Dios? Sólo una Señora Diosa como El; y resulta que no la había ni podía
haberla. El era solo, el gran solitario; y sin duda si hubiera estado casado
nunca habría podido hacer los mundos, y todo lo que hay en ellos, en la forma
en que los hizo, porque la mujer del Señor Dios, cualquiera que hubiera sido —
aún la más dulce e inteligente— habría intervenido alguna que otra vez en su
trabajo, y debido a su intervención las cosas habrían sido distintas; por
ejemplo, la mujer hubiera dicho: “¿Pero por qué le pones esa trompa tan fea al
pobrecito elefante, cuando le que daría mejor un ramo de flores?” O quizá
habría opinado que la jirafa no debía tener el cuello tan largo, y ahora
tendríamos una jirafa de patas larguísimas y pescuezo de seis pulgadas. Ocurrió
siempre que cualquiera mujer convence a su marido de que haga algo en esta
forma y no en aquella; y así es y tiene que ser por que ella es la compañera
que sufre con el marido sus horas malas, y el marido no puede ignorar su
derecho a opinar y a intervenir en cuanto él haga.
Pero el Señor Dios era solitario, y tal vez por eso
puso mayor atención en los animales machos que en las hembras, razón por la
cual el león resultó más fuerte que la leona, el gallo más inquieto y con más
color que la gallina, el palomo más grande y ruidoso que la paloma. Y la verdad
es que como El no tenía necesidades como la gente, ni sentía la falta de
alguien con quien cambiar ideas, no se dió cuenta de que debía casarse. No se
casó, y sólo en aquel momento, cuando comprendió que debía tener un hijo, pensó
en su eterna soltería.
— Caramba, debería casarme— dijo.
Pero a seguidas se rió de sus palabras. ¿Con quién
podía contraer matrimonio? Además, aunque hubiera con quien, El esta
ba hecho a sus manías, que no iba a dejar
fácilmente, entre otras debilidades le gustaba dormir de un tirón montones de
siglos, y a las mujeres no les agradan los maridos dormilones.
La situación era seria y había que hallarle una
solución. Eso que sucedía en la Tierra no podía seguir así. El Señor Dios nece
sitaba un hijo que predicara en ese mundo de locos la ley del amor, la del
perdón, la de la paz.
— ¡Ya está!— dijo el Señor Dios; pero lo dijo con
tal alegría, tan vivamente, que su vozarrón estalló y llenó los espacios, ha
ciendo temblar las estrellas distantes y llenando de miedo a los hombres en la
Tierra.
Hubo miedo porque los hombres, que van a la guerra
como a una fiesta, son, sin embargo temerosos de lo que no compren den ni
conocen. Y la alegría del Señor Dios fue fulgurante y produjo un resplandor que
iluminó los cielos, a la vez que su tre menda voz recorrió los espacios y los
puso a ondular. El Señor Dios se había puesto tan contento porque de pronto
comprendió que el maestro de ese hatajo de idiotas que andaban matándose en un
mundo lleno de riquezas y de hermosuras tenía que ser en apariencia igual a
ellos, es decir, un hombre, y que por tanto la madre de ese maestro debía ser
una mujer. Así fue como el Señor Dios decidió que Su Hijo nacería como los
hijos de todos los hombres; nacería en la Tierra y su madre sería una mujer.
Alegre con su idea, el Señor Dios decidió escoger a
la que debía llevar a Su Hijo en el vientre. Durante largo rato miró hacia la
Tierra; observó las grandes ciudades, una que se llama Roma, otra que se
llamaba Alejandría, otra Jerusalén, y muchas más que eran más pequeñas. Su
mirada, que todo lo ve, penetró por los techos de los palacios y recorrió las
chozas de los pobres. Vió infinito número de mujeres; mujeres de gran belleza y
ricamente ataviadas, o humildes en el vestir; emperatrices, hijas de comerciantes
y fun cionarios, compañeras de soldados y de pescadores, hermanas de labriegos
y esclavas. Ninguna le agradó. Pues lo que el Señor Dios buscaba era un corazón
puro, un alma en la que jamás se hubiera albergado un mal sentimiento, una
mujer tan llena de bondad y dulzura que Su Hijo pudiera crecer viendo la
belleza y la ternura reflejada en los ojos de la madre. El Señor Dios no
hallaba mujer así; y de no hallarla toda la humanidad estaría perdida, nadie
podría salvar a los hombres. De una mujer dependía entonces el
género humano; y sucede que de la mujer siempre,
porque la mujer está llamada a ser madre, la madre buena da hijos buenos y son
los buenos los que hermosean la vida y la hacen llevadera.
Iba el Señor Dios cansándose de su posición, ya que
estaba tendido de pechos mirando por el agujero que había abierto en las nubes,
cuando acertó a ver, en un camino que llevaba a una aldea llamada Nazaret, a
una mujer que arreaba un asno cargado de botijos de agua. Era muy joven y
acababa de casarse con un carpintero llamado José. Su voz era dulce y sus
movimientos armoniosos. Llevaba sobre la cabeza un paño morado y vestía de
azul. El Señor Dios, que está siempre enterado de todo, sabía que se llamaba
María, que era pobre y laboriosa, que tenía el corazón lleno de amor y el alma
pura. El Señor Dios tenía la costumbre de regañar consigo mismo, de manera que
en ese momento dijo:
— Debo ser tonto, ¿pues por qué he estado buscando
muje res en las grandes ciudades y en los palacios, si yo sabía que María
estaba en Nazaret?
Ocurre que el Señor Dios prefería admitir que era
tonto antes que aceptar que de tarde en tarde su memoria le fallaba. Ya es
taba algo viejo, si bien es lo cierto que El había nacido viejo porque desde el
primer momento de su vida había sido como era enton ces, y desde ese primer
momento lo sabía todo y tuvo sobre sí la responsabilidad de la vida, es decir,
la de dar la vida, la de poblar los espacios de mundos, y los mundos de seres,
de plantas y de piedras, de montañas y de mares y de ríos. Con tantas preocupa
ciones encima, ¿a quién ha de extrañarle que se olvidara de la exis tencia de
María? La había olvidado, y esa era la verdad aunque El no quisiera admitirlo.
Pero he aquí que acertó a verla y de in mediato la reconoció; en el instante
supo que ella debía ser la madre de Su Hijo. Gran descanso tuvo el Señor Dios
en ese mo mento. Los hombres seguían en sus trifulcas, sus guerras y sus
rapiñas, y desde allá arriba el Señor Dios oía sus gritos, el tropel de sus
caballerías atacándose unas a otras; veía a los reyes orde nando matanzas y
celebrando grandes fiestas, a los mercaderes discutiendo a voces y a los
sacerdotes de las más variadas religio nes dirigiendo los cultos, cada uno
diciendo que el suyo era el único verdadero; a los navios cruzando los mares y
a los pasto res peleando a pedradas con los leones de los desiertos para
defender sus ovejas. Y pensaba El: “Pronto esos
locos van a oír la voz de Mi H ijo”.
Para el Señor Dios decir “pronto” era como para
nosotros decir “dentro de un momento”, sólo que el tiempo es para El muy
distinto de lo que es para nosotros. Todavía Su Hijo tenía que nacer, crecer y
llegar a hombre. Pero si el Señor Dios había su frido miles de años las
locuras del género humano, ¿qué le impor taba esperar unos años más?
Ahora bien, si se quiere que algo esté hecho dentro
de un si glo, lo mejor es empezar a hacerlo ahora mismo; y así es como pensaba
y piensa el Señor Dios. Además, El no tiene la mala cos tumbre de soñar las
cosas y dejarlas en sueño. Las mejores ideas son malas si no se convierten en
hechos, y el Señor Dios sabía que es preferible equivocarse haciendo algo a
quedarse sin hacer nada por miedo a cometer errores. De manera que El no debía
perder tiempo, como no lo había perdido jamás cuando tenía algún quehacer por
delante. Y ahora tenía uno muy importante: el de dar un hijo suyo a los hombres
para que éstos oyeran por la boca de ese hijo la palabra de Dios.
Sucedía que María estaba casada desde hacía poco.
Por otra parte, aunque se hallara soltera, el Señor Dios no podía bajar a la
Tierra para casarse con ella. El no era un hombre sino un ser de luz, que ni
había nacido como nosotros ni moriría jamás, a pesar de lo cual vivía y sentía
y sufría. Era, como si dijéramos, una idea viva. Lo que Su Hijo traería a la
vida no sería su rostro; no serían sus ojos ni su nariz, sino parte de su luz,
de su propio ser, de su esencia. Pero para que la gente lo viera y, lo oyera
debería tener figura humana, y para tener figura humana debía nacer de una
mujer. Visto todo eso, no hacía falta que El se casara con María; sólo era
necesario que el hijo de María tuviera el espíritu del Señor Dios. Y eso había
que hacerlo inmediatamente.
De vez en cuando el Señor Dios tiene buen humor; le
gusta hacer travesuras allá arriba. Esa vez hizo una. El pudo haber soplado
sobre sus manos y decir:
— Soplo, hazte un pajarillo y vé donde está María,
la mujer del carpintero José, en la aldea de Nazaret, y dile que va a tener un
hijo mío.
Pero sucede que ese día El estaba de buen humor; y
sucede además que El conocía el corazón humano y sabía que nadie iba
a creer a un pajarillo. Por eso se arrancó un pelo
de su gran barba, se lo puso en la palma de la mano y dijo:
— Tú vas a convertirte ahora en un ángel y te
llamarás el Ar cángel San Gabriel. ¡Pero pronto, que no estoy por perder
tiempo!
Aquello pareció cuento de hadas. En un segundo el
blanco pelo se transformó; creció, le salieron alas, se le formó una her mosa
cabeza cubierta de rubios cabellos. Al abrir los azules ojos el Arcángel se
llevó el gran susto.
— Buenos días, Señor... — empezó a decir, temblando
de arriba abajo.
— Señor Dios es mi nombre, joven — aclaró el Señor
Dios— , y para lo sucesivo sepa que soy su jefe, de manera que vaya acos
tumbrándose a obedecerme.
— Sí, Señor Dios; se hará como Usted manda.
— Empezando por el principio, como en todas las
cosas, aprenda buenos modales, salude con cortesía a sus mayores y tenga buena
voluntad para cumplir mis órdenes. Atienda bien, porque ustedes los ángeles
andan siempre distraídos y olvidan pronto lo que se les dice. No ponga esa cara
tan seria. Es muy importante saber sonreír, sobre todo, en su caso, pues usted
va a tener una función bastante delicada, como si dijéramos, una misión
diplomática.
— No sé qué es eso, Señor Dios; pero en vista de
que Usted lo dice, debe ser así.
— Me parece muy inteligente esa respuesta, Gabriel.
Creo que vas a ser un arcángel bastante bueno. Ahora, fíjate en esa bola
pequeña que va rodando allá abajo. Obsérvala bien; es la Tierra, y allá vas a
ir sin perder tiempo.
El Arcángel San Gabriel miró hacia abajo y vió un
tropel de mundos que pasaba a gran velocidad, y como él acababa de abrir los
ojos, más aún, acababa de nacer, no estuvo atinado cuando señaló a uno de esos
mundos mientras preguntaba:
— <Es aquella de color rojizo que va allá?
Eso no le gustó al Señor Dios, pues El nunca había
tenido pa ciencia para enseñar. De haberla tenido no habría pensado en un hijo
para que sirviera de maestro a los hombres.
—Jovenzuelo — dijo— , haga el favor de poner
atención cuan do se le habla, y no tendrá que oír las cosas dos veces. Le he
señalado la otra bola, la que está a la izquierda.
El Arcángel Gabriel era tímido. En verdad, no había
tenido tiempo de formarse carácter. Le confundió sobremanera que el Señor Dios
le tratara unas veces de “tú” y otras de “usted”, y se puso a temblar de miedo.
— ¡Eso sí que no! — tronó el Señor Dios— . Estás
lleno de miedo, y nadie que lo tenga puede hacer obra de importancia. Tampoco
hay que tener más valor de la cuenta, como les ocurre a algunos de esos locos
que pueblan la Tierra y creen que el valor les ha sido concedido para hacer el
mal y abusar de los débiles. Pero te advierto, hijo mío, que la serenidad y la
confianza en sí mismo son indispensables para vivir conmigo; no quiero ni a los
tímidos, porque todo lo echan a perder por falta de dominio, ni a los
agresivos, que van por ahí causando averías, sino a los que son serenos, porque
la serenidad es un aspecto de la bondad, y la bondad es una parte de mí mismo.
¿Entiendes?
El Arcángel dijo que sí, pero la verdad es que no
entendió palabra; se sentía confundido, sorprendido de lo que le estaba
ocurriendo minutos después de haber salido de un pelo de bar ba. Sólo atinaba
a ver el desfile de mundos a lo lejos y a oír el vozarrón del Señor Dios.
— Bueno — prosiguió el Señor Dios— , pues si
entendiste ya sabes que ésa que te señalo es la Tierra. Vas a irte allá sin
perder tiempo; te dirigirás a una aldea llamada Nazaret, que está cerca de un
lago al cual los hombres llaman de Genezaret. Aprende bien el nombre para que
no cometas errores. En esa aldea de Nazaret vive una mujer llamada María. Hace
un momento la vi llevando agua a su casa y tal vez no haya llegado todavía;
vestía de azul claro, llevaba un paño morado sobre la cabeza y arreaba un asno
cargado de botijos de agua. Te doy todos esos detalles para que no te
confundas. Podrás conocerla además por la voz, pues su voz es melodiosa como
ninguna otra. Si sucede que al llegar tú ya ella se ha metido en su choza,
pregunta a cualquiera que veas por María, la mujer del carpintero José; es
seguro que te dirán donde vive, porque la gente de la Tierra es curiosa y amiga
de novedades, razón por la cual te ayudarán para después pasarse un mes
charlando sobre tu visita a la joven señora. ¿Me vas en tendiendo?
— Sí, Señor Dios.
— Entonces queda poco que decirte. Al llegar allá
te dirigirás a María con mucha urbanidad, y le dices que Yo he dispuesto tener
un hijo y, que ella será la madre; que se prepare, por tanto, a ser la madre
del Hijo de Dios. Eso es todo ¡Vete en el acto, que tengo un poco de sueño y
antes de dormir quiero saber cómo te irá en tu embajada!
San Gabriel iba a salir cuando se le ocurrió
preguntar:
— ¿Y sí me pregunta cómo va a ser Su Hijo, qué
nombre habrá de ponerle, qué oficio tendrá?
— Le dirás que será como todos los hijos de hombres
y mu jeres y que sólo ha de distinguirse de los demás por la grandeza y la
luminosidad de su espíritu; que será humilde, bondadoso y puro; que le llame
Jesús y que su oficio será mostrar a la huma nidad el camino del amor y del
perdón. Le dirás también que está llamado a sufrir para que los demás puedan
medir el dolor que hay en la Tierra comparándolo con el que El padecerá y
porque sólo sufriendo mucho enseñará a perdonar también mucho.
El Arcángel no esperó más. Sentía que las palabras
del Señor Dios henchían su alma, le llenaban con fuerza musical, con algo
cálido y hermoso. Se le olvidó despedirse, cosa que el Señor Dios no le tomó en
cuenta, porque pensó que no podía aprenderlo todo de golpe. Un instante después
San Gabriel veía la Tierra tan cer ca que casi podía tocarla.
HORACIO QUIROGA
(URUGUAY)
EL DIABLITO COLORADO
H ABÍA UNA vez un chico que se llamaba Angel y que
vivía en la Cordillera de los Andes, a orillas de un lago. Vivía con una tía
enferma; y Angel había sido también enfermo, cuando vivía en Buenos Aires,
donde estaba su familia. Pero allá en la Cordille ra, con el ejercicio y la
vida al aire libre se había curado del todo. Era así un muchacho de buen
corazón y amigo de los juegos violentos, como suelen ser los chicos que más
tarde serán hom bres enérgicos.
Una tarde que Angel corría por los valles, el cielo
de pronto se puso amarillo, y las vacas comenzaron a trotar, mugiendo de
espanto. Los árboles y las montañas mismas se balancearon, y a los pies de
Angel el suelo se rajó como un vidrio en mil pedazos. El chico quedó blanco de
susto ante el terremoto; cuando en la profunda grieta que había a sus pies vio
algo como una cosita colorada que trepaba por las paredes de la grieta. En ese
mismo momento la gran rajadura se cerraba de nuevo, y Angel oyó un grito sumamente
débil. Se agachó con curiosidad, y vio entonces la cosa más sorprendente del
mundo: vio un diablito, ni más ni menos que un diablito colorado, tan chiquito
que no era mayor que el dedo de una criatura de seis meses. Y el diablito
chillaba de dolor, porque la grieta al cerrarse le había apretado una mano y
saltaba y miraba asustado a Angel, con su linda carita de diablito.
El muchacho lo agarró después por la punta de la
cola, y lo sacó de allí, sosteniéndolo colgado cabeza abajo. Y después de
mirarlo bien por todos lados, le dijo:
— Oye diablito: si eres un diablo bueno (pues hay
diablos buenos), te voy a llevar a casa, y te daré de comer; pero si eres un
diablo dañino, te voy a revolear en seguida de la cola y te arrojaré al medio
del lago.
Al oír lo cual el diablito se echó a reír:
— ¡Qué esperanza! — dijo— . Yo soy amigo de los
hombres. Nadie los quiere como yo. Yo vivo en el centro de la tierra, y del
fuego. Pero estaba aburrido de pasear siempre por los volcanes,
y quise salir afuera. Quiero tener un amigo con
quien jugar. ¿Quieres que yo sea tu amigo?
— ¡Con mucho gusto! — repuso Angel, parando al
diablito en la palma de la mano.— ¿Pero no me harás daño nunca? ¡Cuida do,
porque si no te va a pesar, diablito de los demonios!
— ¡Qué esperanza! — tornó a contestar el diablito,
dándole la mano— . Amigos, ¡y para toda la vida! ¡Ya verás!
Y he aquí como Angel y el diablito trabaron
amistad, vivie ron como hermanos y corrieron juntos aventuras sorprendentes.
El diablito, claro está, sabía hacer de todo y
jugar a todo; pero su gran afición era la mecánica. En una esquina de la mesa
don de Angel estudiaba de noche sus lecciones, el diablito había ins talado
su herrería: fierros, herramientas, fragua y un fuelle para soplar el fuego.
Pero todo tan diminuto que el taller entero no ocupaba más espacio que una
moneda de dos centavos, y había allí de todo, sin embargo, y allí fabricaba el
diablito los delicadí simos instrumentos que necesitaba. Y mientras el muchacho
es tudiaba a la luz de la lámpara, el diablito trabajaba en la sombra de la
pantalla y martillaba y soplaba que era un contento.
¿Qué hacía el diablito? ¿Qué era lo que fabricaba?
Angel no lo sabía. ¡Era tan chiquito todo aquello!
Pero lo más sorprendente de esta historia, es que
el diablito era invisible para todos menos para Angel. Sólo su amigo lo veía;
las demás personas no podían verlo. Mas el diablito rojo existía realmente,
como pronto lo hizo ver.
Una tarde hubo un concurso de honda entre los
muchachos de la escuela. La goma de la honda de Angel se rompió al primer tiro;
y cuando ya se daba por vencido, vio al diablito trepado a su dedo pulgar.
— ¡No te aflijas, primo! — le decía el diablito— .
Abre el pul gar y el índice para que yo pueda sujetarme de ellos, y tírame
fuerte de la cola; verás cómo nunca has tenido una honda igual.
Y en efecto, Angel hizo lo que el diablito le
decía, enroscó una piedra en la cola, y estiró, estiró hasta que no pudo más; y
la piedra salió silbando, con tanta fuerza que se la oyó silbar un largo rato.
E inútil es decir que Angel ganó el concurso.
Notemos también que el diablito había llamado primo
a Angel. Y es que, en efecto, los hombres son primos; y aun hay otros parientes
más raros, como pronto lo veremos.
En otra ocasión el maestro retó injustamente a
Angel; y tan tas cosas desagradables le dijo, que esa noche, mientras el
diablito trabajaba en su fragua, Angel, en vez de estudiar, lloraba sobre la
mesa. El diablito lo vio y dijo riendo:
— ¡No te aflijas, primo! Voy a arreglar las cuentas
a tu maes tro. Ya verás mañana.
Y golpeando a toda prisa en el yunque, fabricó un
instrumento raro, con el que salió corriendo. Corriendo siempre llegó a la casa
del maestro, que estaba durmiendo y roncaba; y metiéndose con mucho cuidado
dentro de su boca, le colocó el instrumento de trás de la lengua.
¿Qué bisagra, o qué resorte extraño era aquella
cosa? Nunca se supo. Pero lo cierto es que al dar clase al día siguiente, el
maestro estaba tartamudo, como si tuviera un resorte en la len gua. Quiso
decir: “¡Alumno Angel!”, y sólo dijo A ...lu...lu...lu...
Y cuando más se enojaba por que no podía hablar de
corrido, más se le trababa la lengua con su a... lu.... lu.... lu... Y los
muchachos saltaban entre los bancos de contentos y le gritaban:
— ¡Señor Alululú ¡Señor Alululú!
Otra vez llegó al pueblo un hombre malísimo y con
un som brero tan caído sobre los ojos que no se le veía más que la boca y la
punta de la nariz. Y el asesino dijo a todo el mundo que iba a matar a Angel en
cuanto saliera de su casa, porque le había robado una gallina.
Era una gran mentira; pero esa noche, cuando Angel
lloraba de codos sobre la mesa, el diablito que trabajaba en su fragua, le
gritó riendo:
— ¡No te aflijas, primo! Verás cómo nos divertimos
mañana con ese hombrón.
Y después de forjar un instrumento sobre el yunque,
como la vez anterior, el diablito fue corriendo a la casa del hombre dor mido,
trepó sobre su frente, y con el taladro que había construi do le agujereó la
cabeza.
Pensemos qué chiquito debía de ser aquel agujero;
pero al diablito le bastaba, porque quemándose con un fósforo la punta de la
cola, echó adentro la ceniza, que tenía la facultad de dar la locura. Con lo
que el hombre al día siguiente se levantó loco, y en vez de matar a Angel
corría muerto de contento por la calle diciendo que era una gallina
Plymot-Rock; y en todas las esquinas
quería poner un huevo y después se agachaba y se
abría el saco, cacareando.
Ya se ve si el diablito tenía poder para hacer
cosas. Lo único que lo molestaba un poco era el calor; y se bañaba ocho o diez
veces al día en una copa.
En su fragua había hecho un peinecito de oro; y
cruzado de piernas en el borde de la copa se peinaba despacio, mientras jugaba
en el agua con la punta de la cola.
Muchos más servicios prestó el diablito a su primo
Angel. Pero el más grande de todos fue el que le hizo salvando de la muerte a
su hermanita, que vivía en Buenos Aires. Cuando Angel supo la noticia de la
enfermedad se desconsoló tanto que no quería levantarse de la cama; y si se
levantaba, se volvía a tirar vestido a llorar. Pero el diablito lo animó tanto
que se decidieron ir a Buenos Aires, a pie, pues no tenían dinero y aunque no
conocían el camino, el diablito se guió por las grietas casi invisibles que
dejan los temblores de tierra, grietas que nadie puede ver, pero que él veía,
porque había nacido con los volcanes en el centro de la tierra.
Sería sumamente largo contar las aventuras que les
pasaron en un viaje a pie de cuatrocientas leguas. Lo cierto es que una mañana
llegaron por fin a Buenos Aires, y llegaron cuando la hermanita de Angel estaba
desahuciada y se iba a morir de un momento a otro.
El diablito comprendió al verla que la lucha iba a
ser mucho más difícil que la que había tenido con el maestro tartamudo y el
hombre loco, puesto que ahora debía luchar contra la Enfer medad; y la
Enfermedad es la hija predilecta de la Muerte. Y él, ¿qué era, sino un pobre
diablito? Pero enseguida veremos si era tan pobre como él decía.
La Enfermedad, hemos dicho, es la hija preferida de
la Muer te; y la más inteligente de sus hijas, aunque sea también la más
callada, delgada y pálida. Cuando la muerte quiere llevarse con sigo a una
persona cualquiera del mundo, recurre a los descarri lamientos, naufragios,
choques de automóviles; y, en general, a las muertes por sorpresa.
Pero cuando las personas elegidas por la Muerte son
perso nas muy desconfiadas, que se quedan encerradas en casa, enton
ces la Muerte envía a su hija más callada e
inteligente, y la En fermedad entonces abre despacio la puerta y entra.
Explicado esto, comprenderemos que la Enfermedad
que desde dos meses atrás quería llevarse a Divina (así se llamaba la hermanita
de Angel), no abandonara casi nunca el cuarto de la enferma. La Enfermedad
entraba al caer la tarde, sin que nadie la viera. Dejaba el sombrero y los
guantes sobre el velador; se soltaba el pelo, y se acostaba al lado de Divina,
manteniéndose abrazada a ella. La enferma se agravaba entonces, tenía fiebre y
delirio. A las ocho de la mañana la Enfermedad se levantaba, se peinaba otra
vez, y se retiraba. Al atardecer volvía de nuevo; y nadie la veía entrar y
salir.
Pues bien; apenas acababan de entrar en el cuarto
Angel y el diablito, cuando la Enfermedad llegó. Quitóse con pausa el sombrero
y los guantes, y en el momento en que corría la sába na para acostarse, el
diablito, rápido como el rayo, ató al tobi llo de la Enfermedad una finísima
cadena de diamante que había fabricado, y sujetó la otra punta a la pata de la
cama. Y cuando la Enfermedad quiso acostarse, no pudo y quedó con la pierna
estirada.
La Enfermedad, muy sorprendida, volvió la cabeza y
vio al diablito sentado cruzado de piernas en el borde de una silla, que se
reía despacio, con un dedo en la boca.
— ¡Ja, ja! ¡No te esperabas esto, prima! — decía
(el diablito). Y le decía también prima a la Enfermedad, porque los Hombres,
los Diablos y la Enfermedad son primos entre sí.
Pero la Enfermedad había fruncido el ceño, porque
estaba vencida. Ni aun intentaba siquiera sacudir la pierna, porque las cadenas
de diamante que fabrican los diablos son irrompibles. El diablito había sido
más fuerte que ella, y estaba vencida. No podía acostarse y abrazar más a
Divina, y la enferma reaccionaría en seguida. Por lo cual dijo al diablito:
— Muy bien, primo. Has podido más que yo, y me
rindo. Suél tame.
— ¡Un poco de paciencia, prima!, — se rió el
diablito, jugan do con la cola entre las manos. — ¡Qué apuro tienes! No te
sol taré si no me juras que no vas a incomodar más a Divina, que es hermana de
mi primo Angel, a quien quiero como a mí mismo. ¿Lo juras?
— Te lo juro, — respondió la Enfermedad; y acto
seguido el diablito la soltó. Pero en vez de desatar la cadena, la cortó entre
los dientes.
Mas cuando la Enfermedad se vio libre, se sonrió de
un modo extraño mientras volvía a peinarse; y dijo al diablito:
— Me has vencido primo. ¿Pero tú sabes que el que
se opo ne, como tú, a los designios de mi madre la Muerte, pierde la vida él
mismo? Has salvado a esa criatura, pero tú mismo morirás, por más diablito
inmortal que seas. ¿Me oyes?
— ¡Sí, te oigo! ¡Te oigo prima! — repuso el
diablito— . Sé que voy a morir, pero no me importa tanto como crees. Y ahora,
prima pálida y flaca hazme el favor de irte.
Así dijo el diablito. Y quince días después, Divina
había reco brado completamente la salud, y las rosas de la vida coloreaban sus
mejillas. Pero el diablito se moría: no hablaba, no se movía y estaba siempre
en el jardín. En la casa sin embargo, no se sabía que la salud de Divina era
debida al diablito, que había sacrifica do su propia vida por salvarla. Nadie,
a excepción de Angel; y Angel, sentado en la arena, lloraba al lado del
diablito moribun do; y le pedía que se dejara ver por su hermanita, para que
Di vina pudiera agradecerle, por lo menos, lo que había hecho por ella. Pues
no olvidemos que el diablito era invisible para todos menos para Angel.
El diablito, que se sentía morir, consintió por fin
y Angel salió corriendo a buscar a su hermanita, y volvió con Divina: la cual,
al ver a aquel gracioso diablito tan bueno e inteligente, que se moría hecho un
ovillito sobre la arena, sintió profunda compa sión por él, y agachándose besó
en la frente al diablito. Y apenas sintió el beso, el diablito se transformó
instantáneamente en un hombre joven y buen mozo que se levantó sonriendo de un
sal to, y dijo:
— ¡Gracias, prima!
¿Quién había de imaginarse tal prodigio? Mas todo
se expli ca, sin embargo, al saber que la hermana de Angel no tenía ocho años
sino diecisiete, siendo, por lo tanto, una hermosísima joven. Y desde que el
mundo es mundo, el beso de una hermosa mucha cha ha tenido la virtud de
transformar a un diablo en hombre, o viceversa; pero esta reflexión es más bien
para personas mayores.
El diablito debía morir como diablo, mas no como
hombre; y he aquí por qué burló una vez más a la Enfermedad.
De más está decir que Divina y su nuevo buen mozo
primo, se amaron en seguida. En cuanto a Angel, pasados algunos años se hallaba
una tarde sentado en el jardín, pensando con tristeza que ya no tendría como
antes un diablito para ayudarlo en la vida. Cuando pensaba así, sintió al ex
diablito, su primo y cuñado, que le ponía la mano en el hombro y le decía
sonriendo:
— ¡No te aflijas, primo! Ahora no precisas ayuda de
nadie, sino de tí mismo. Mientras fuiste una criatura, yo te ayudé, pues aún no
tenías fuerzas para luchar por la vida. Ahora eres un hombre; y la energía de
carácter y corazón, primo, son los diablitos que te ayudarán.
JUANA DE IBARBOUROU
(URUGUAY)
LA OPINION GENERAL (ADAPTACION DE LA FABULAS DE
ESOPO1 DEL MISMO NOMBRE)
D E M E T R I O S . — M irtila, hija, ponte tu
hermosa falda de lana roja, tu bata de blanco lino, tu manto bordado de
guardas, que vamos a hacer un viaje.
M I R T I L A
. — ¿Un viaje, padre?
D E M E T R I O S . — Sí, buena ha sido este año la
venta del fruto de los olivares y las viñas, y quiero que disfrutemos saliendo
de nuestra agrícola Tesalia, para conocer las costas, es decir, para llegar
hasta el golfo de Corinto, en una de cuyas aldeas de pes cadores tenemos
parientes. Alégrate, Mirtila, pues ya traigo para los dos la bendición de mi
madre, además de la bolsa bien reple ta de dracmas.
M I R T I L A
. — ¡Oh, padre, qué noticia tan agradable! ¿Y viajare mos en litera, como los
señores?
D E M E T R I O S . — Calla, tonta, que eso sería
viajar en una pesa dilla. Dinero tirado a costales y no ver nada, pues todo le
pasa a uno por delante de los ojos como si estuviéramos viéndolo a través del
ventanuco de la casa.
M I R T I L A . — Pues entonces, ¿cómo iremos? A
pie no será.
D E M E T R I O S . — ¿Y para qué tenemos el burro?
¡Gordo y lucio que da gusto verlo!
M I R T I L A (Decepcionada). — ¡Ay, en el burro!
¿Los dos, en el burro?
D E M E T R I O S . — Claro está. ¿No vamos así a
Decia a vender higos y verduras, y tus telas bordadas, y los cacharros pintados
de Mursil?
M I R T I L A . — Sí... sí. Pero es para vender, no
para pasear... ni para viajar.
1 Esopo: Fam oso creador y narrador de fábulas. N
ació y m urió en G recia entre los siglos V II y VI (siete y seis) antes de la
era cristiana. N ació esclavo, pero el rey Pisistrato lo libertó debido a su
ingeniosa fábula “Las ranas y su rey”.
D E M E T R I O S . — ¡Bah! ¿Los señores no tienen
una litera para ir a ver sus propiedades y otra para visitar a sus amigos? Le
pondré al burro su collera con las hermosas borlas de lana que tú misma le
hiciste, y ya verás, tú con tu hermoso vestido, yo con mi faja encarnada y mi
gorro, qué bien parecemos. Todos han de decir al vernos: “Ahí van Demetrios y
Mirtila como dos príncipes”.
M I R T I L A
. — ¡Huf! ¡Dos príncipes... en burro!
D E M E T R I O S (Molestado).
— Bueno: si no quieres...
M I R T I L A
(Presurosa). — Quiero, quiero, sí, padre. No vaya usted a agarrar su capricho y
dejar el viaje, creyendo que no quiero. Vaya, voy a vestirme y a decírselo a
las vecinas.
D E M E T R I O S (Riendo). — Sí, eso es muy
importante: decírselo a las vecinas. Pero entre tanto, no te olvides de
preparar también un cesto con pan, y queso, y vino, y pasas y aceitunas, que el
aire da apetito... y cuando el estómago empieza a sentirlo, grita más que un
becerro que reclama a la madre. Vete en seguida, que entre tanto enjaezo al
burro y me tomo un vaso de vino de higos.
M I R T I L A (Riendo). — ¡Huf! Eso también es muy
importante, padre. Vamos, pues. (Ríen los dos).
(Pausa musical.)
D E M E T R I O S . — Mirtila, ¿estás pronta?
M I R T I L A . —Ya estoy, sí... ¡Ay, espere usted,
padre, que me falta mi collar!
D E M E T R I O S . — ¡Anda!, ustedes las mujeres
creen que sin el collar y los brazaletes no se puede dar un paso fuera de la
casa. Toma también una vara de tamarindo, para azuzar al burro.
M I R T I L A . — ¡Qué hermoso está el burro, con
su collera toda adornada de borlas de lana roja. (Palmea el cuello del animal).
Vix,2 buen amigo, nos vamos de viaje, ¿eh? ¡Qué ricos bocados de viaje, ¿eh?
¡Qué ricos bocados de pasto comerás por ahí!
D E M E T R I O S . — No hay en toda nuestra Grecia
región como la Tesalia amada. Desde los hombres hasta los burros, todos pueden
comer hasta hartarse. Que vayan, no más, los orgullosos monta ñeses del Pindó,
o los pescadores de Egina, a decir otro tanto. Así son de magros. Aquí todos
tenemos barriga, gracias a los dioses.
M I R T I L A
(Presurosa). — ¿Todos? Yo, no.
2 Vix: palabra latina, equivalente a: iA trabajar!
D E M E T R I O S . — Bueno, ya la tendrás. Es que
ahora todo se te vuelven dengues, para no comer como Júpiter manda. ¡Tonta!
(Pausa.)Ea, salgamos ya, que no es al mediodía cuando se empren den los
viajes. Cuando Ulises partió para sus aventuras que han asombrado al mundo y
cantó Homero, amanecía. Ya el sol pica. Acomódate. Si tienes miedo de caer,
agárrate de mi cintura. Pero no temas. Iré al paso, pues nada nos apura, y lo
bueno se disfru ta paladeándolo, como a los buenos vinos. ¡Hala! ¿Te has acomo
dado bien?
M I R T I L A
(Gozosa). — Sí, estoy bien. ¡Ni en un trono! ¡Huy! ¡Qué linda la mañana y qué
alegre el sol!
D E M E T R I O S . — ¿Ves, tú? ¡Y mira cuánta
gente va y viene por el camino! Pero pocos, o ninguno, van de fiesta. Todos
cargados de canastos. Todos en sus quehaceres. Sólo el viejo Demetrios y su
hermosa hija Mirtila de viaje para la costa, como dos señores. ¡Arre, Vix!
(Pausa). ¡Adiós, Alejandro Papadolus: me voy con mi hija a visitar a mis
parientes del golfo. ¿Quiere algo de allá ¿No? (Pausa.) Bueno, hasta la vuelta.
Recomiéndale a tu mujer mis gallinas, que no se olvide. Les traeré pescado y
almejas. Adiós.
M I R T I L A . — Adiós, Alejandro Papadolus. Dile
a Jacia que me riegue las plantas. Les traeré una cruz de estaño y un barquito
de madera. Adiós.
(Pausa musical.)
D E M E T R I O S . — Pues azúzalo con los talones.
Para eso las mu jeres sois diestras. Tomemos este camino de tamarindos. (Canta
una canción cualquiera, alegre y rítmica).
M I R T I L A (Con voz inquieta). — Padre: vea
usted aquel grupo de mujeres que traen unos sacos al hombro. Mire usted cómo
nos señala la más vieja.
D E M E T R I O S . — Mirtila, hija, no seas
rústica. Admiran tu vesti do y tus collares, mi faja de colores y mi gorro
bordado, el burro lleno de borlas de lanas de colores... Talonéalo para que
avive el paso y vean qué gordo y hermoso está.
M I R T I L A . — ¡Hala, hala, hala!...
U N A V I E J A . — El padre, un gigantón. La
muchacha, una gan-dula,3 toda llena de dengues4 y perifollos. Y el pobre
animalito
3 Gandula: holgazana, vaga, floja.
4 Dengues y perifollos: trapos y adornos.
soportando el peso de los dos... ¡Hay gente sin
alma! ¡En una parrilla los pondría a asear, por malvados! ¡Borriquito de los
dioses!
M I R T I L
A {Quejosa). — ¡Ay, Dios mío, voy a
bajarme, padre!...
D E M E T R I O S
(Furioso). — ¡Quédate donde vas, Mirtila, o bajo
del burro y te doy unos azotes por tonta! ¡Qué te
importa a ti del prójimo y su burro, vieja del infierno, bruja sin dientes,
flaca Proserpina...!
M I R T I L A
. — No padre, cállese usted, por favor. Ahí viene otro grupo de campesinos y
usted sabe cómo son nuestro paisanos. Yo me bajaré, caminaré a su lado. Si el
burro lo lleva a usted solo, no dirán nada. Es lo corriente. Y a mí me gusta
caminar. Iré de un lado al otro del camino, juntando tomillo y mirtos
silvestres. Será más divertido. ¡Ah, mire usted qué mariposa más bonita!
Chiquitica y dorada, como una abeja del Himeto!
(Pausa musical).
D E M E T R I O S . — Sí, sí, ya ves la enmienda.
¿Oíste lo que decían esos barraganes?
M I R T I L A (Asombrada). — No. En el momento que
ellos pasa ban, me había sentado en aquella piedra..., ahí, un paso más atrás,
a atarme las sandalias.
D E M E T R I O S . — ¡Montón de perros! ¡Hato de
víboras! ¡Qué los trague el Averno!5 ¡Qué Plutón6 de cuenta de ellos!
M I R T I L A . — ¿Pero qué pasó? ¿Qué dijeron? Yo
no oí nada, se lo aseguro.
D E M E T R I O S (Furioso). — Claro. La niña
sentada atándose las sandalias, el padre cabalgando inocentemente, y las
lenguas infer nales comentando muy sueltas: “M ira ese viejo, tan orondo en el
burro, y la pobre hija a pie, tan cansada, que ha tenido que sen tarse un rato
en aquella piedra. ¡Alma de hiena!” Hasta dijo una de las mujeres: “Si yo
tuviera un marido así, ya lo había metido en el horno de amasar, cuando
estuviese ardiendo la leña para calentarlo. Y encima le echaría aceite y grasa
de carnero, para que se tostase más pronto” ¡Parca7 maldita!
5 Averno:
Infierno.
6 Plutón:
dios de las profundidades de la tierra.
7 Parca:
divinidad infernal.
M I R T I L A
. — ¡Pobre padre!... No se aflija usted. Ya no me apar taré de su lado. Así
nadie tendrá que decir nada.
D E M E T R I O S . — No, que en otra no me
agarran. Allá vienen dos recolectoras de aceitunas. M onta tú, que yo seguiré a
pie. La mañana es linda, y yo estoy hecho a andar. Dame la vara, que el
pollino, acostumbrado no ir más que del establo a las viñas, y de las viñas y
del olivar al establo, se está poniendo pesado y si no se le hace alguna
cosquilla en los ijares, a cada paso quie re pararse.
M I R T I L A . — Tome usted... Voy a subir ligero,
que ya están cerca.
(Pausa musical.)
M I R T I L A (Llorosa). — ¿Oyó usted, padre, lo
que dijeron entre ellas al enfrentarse con nosotros? Pues la abuela le
cuchicheó a la moza: “¡Cómo está el mundo! El pobre padre, ya viejo, anda que
anda con sus pies, y la muchacha, toda emperifollada, cabal gando hecha una
orgullosa señora. ¡Ah, si tú hicieses tal cosa con tu padre, te levantaba el
refajo y buena zurra de varazos llevarías en las posaderas!”
D E M E T R I O S (Furioso). — Eso dijo, esa
Atropos8 indigna? ¿Qué tiene que importarle que un padre le proporcione
comodidades a su hija? Espera: voy a gritarles una buenas, hasta que tengan que
taparse con arcilla los oídos.
M I R T I L A (Afligida). — No, no, padre, calle
usted, que ahí vie nen unos hombres y es capaz que quieren salir en defensa de
las mujeres, y se arme una tremolina en la que los dos saldríamos perdiendo.
¡Minerva9 nos proteja! Deje usted. Yo voy a bajarme y mientras haya gente a la
vista, los dos seguiremos a pie junto al burro, y nadie tendrá que decir nada.
(Pausa musical.)
D E M E T R I O S . — ¡Nadie tendrá que decir nada!
Ya oíste ahora. (Remedando.) “¡Qué par de brutos. Con el calor que hace, andan
do al lado del burro, que está gordo que reluce, y hasta es barri gón como un
tonel. Uno que quisiera una cabalgadura, no la tiene, y esos estúpidos, que la
tienen, van a pie, el viejo con su cara de perro furioso y la hija con su aire
de gata apaleada!
8 Atropos: una de las tres Parcas (brujas).
9 M inerva: diosa protectora de los com bates y de
los consejos.
M IRTILA (Llorando). — ¿Qué hay que hacer,
entonces? Todos están disconformes y a todos les parece mal cuanto hacemos...
D EM ETRIOS. — Yo ya estoy cansado. Ahora el camino
está vacío. Subamos los dos al burro otra vez... Si no, jamás llegaremos al
golfo, y nunca regresaremos a casa. Ea, sube, y en marcha; los dioses nos
prueban. Pero ahora nadie se acerca y andaremos un buen trecho sin molestias.
(Pausa musical.)
M IRTILA. — Padre, mire usted allí, al pie de los
tamarindos, esos peones camineros, comiendo.
D EM ETRIO S. — Pues calla y p asem os.
(Pausa musical.)
M IRTILA. — ¿Oyó usted? Volvieron a decir que el
pobre burro no puede más, que somos un par de brutos... ¡Ah, no, no! ¡Yo me
bajo!
D EM ETRIOS. — Entonces me bajo yo también. Se
repetirá lo an terior, si te ven a ti a pie y a mí en el burro.
M IRTILA (Llorosa). — Sí, y si nos ven caminando y
al burro solo, nos gritarán estúpidos, cretinos, indignos de tener una ca
balgadura... (Temerosa.) Y mire, mire usted: allí viene otro gru po de
campesinos.
D EMETRIOS (Con voz gozosa y triunfante). — Oye,
Mirtila, hija mía: como una luz, ha atravesado mi cabeza una idea preciosa.
Juno, la buena madre, me la ha inspirado. Aunque viejo, soy fuerte como un
atleta... y el burro es pequeño. Lo cargaré a cuestas, y la gente dirá: “Miren
qué excelente hombre es ese que va ahí. Le tiene piedad a su asno, que ha
trabajado para él y su hija, les ha ayuda do a ganar sus galas, y ahora él lo
lleva de paseo. Se lo contare mos al alcalde, para que se lo diga al rey y le
dé una medalla.”
M IRTILA (Gozosa). — ¿Lo cree usted así, padre?
¡Ay, déjeme que le ayude! Vix, mi buen pollino, tendrás tu premio, e irás
cómodo como Febo en su carro. A ver... padre... ¡hala!
D EM ETRIO S. — ¡Hu... uuum! ¡hala!
(Pausa musical.)
M IRTILA (Llorando a gritos). — Padre, padre, baje
usted lige ro al burro de sus hombros. Los campesinos van corriendo y gritando
que por el camino anda suelto un loco, con un burro a cuestas, y que hay que
avisar a los soldados y llevarlo al manico mio de Atenas para que lo curen o
matarlo a tiros, para que no
haga daño. Vamos, padre, vamos; retornemos a
nuestra casa, ya no quiero ver el golfo, ni visitar a nuestros parientes. ¡Ay,
cuán tas inquietudes y cuántos disgustos se encuentran en el camino!
(Pausa musical.)
D E M E T R I
O S (Cambiando de voz). — No, hija. Sigamos nuestro viaje. Pero, con lo que
hemos aprendido en estas pocas horas, no nos importe más lo que diga la gente
que pasa. Iremos los dos en el burro, descansaremos, nos turnaremos como yo lo
crea conve niente. ¡Mira si enseñan los viajes! Ahora ya sé que no hay que dar
oídos a la opinión general, sino obrar bien y de buena fe. Lo demás no importa,
pues estos comedidos jueces de la tierra se equivocan y mortifican a cada paso,
haciéndole imposible la vida al que es débil y se preocupa de sus juicios.
¡Sólo un verdadero Juez eterno hay que puede juzgarnos imparcialmente! Una con
ciencia clara y justa regula magníficamente nuestra acciones. ¡Y a vivir!
¡Arriba ese ánimo, Mirtila!
M I R T I L A (Entre risa y llanto). — ¡Ay, padre,
mire usted la cara de susto que tiene el pobre burro! El también ha de pensar
que nos volvimos locos.
D E M E T R I O S . (Riendo). — Vaya, ¿también te
van a importar lo que piense el burro? Pues, hija, forma parte de la opinión
gene ral. Locos fuimos, sí, tomándola en cuenta. Ya viste el resultado.
¡Hala!, arriba, y a regocijarnos con las bellezas de la Grecia in mortal.
Vamos a ver el mar de donde nació Venus,10 la diosa. ¡Desde la cuna oí contar
todo eso a mi madre, y quiero verlo con mis propios ojos, y tocar con mis manos
la espuma del agua sagrada! (Entusiasmado).
M I R T I L A (Medio desconcertada). — ¡Ahí, viene,
padre, otro grupo de hombre y mujeres...
D E M E T R I O S (Riendo). — Se acabó. Tanto
tiraron de la cuerda, que ésta terminó por romperse. ¡Hala, hala, Vix! Ya me
tiene sin cuidado la opinión general ¡Ya soy libre, Mirtila!
(Música Final.)
10 Venus: La diosa A frodita, hija y esposa de
Zeus. Divinidad de la belleza.
OLOR FRUTAL
C ON m e m b
r i l l o s maduros
Perfumo los armarios.
Tiene toda mi ropa
Un aroma frutal que da a mi cuerpo Un constante
sabor a primavera.
Cuando de los estantes
Pulidos y profundos
Saco un brazado blanco
De ropa íntima,
Por el cuarto se esparce
Un ambiente de huerto.
¡Parece que estuviera en mis armarios Preso el
verano!
Ese perfume es mío. Besarás mil mujeres Jóvenes y
amorosas, mas ninguna
Te dará esta impresión de amor agreste Que yo te
doy.
Por eso, en mis armarios
Guardo frutas maduras
Y entre los pliegues de la ropa íntima Escondo, con
manojos secos de vetiver,1 membrillos redondos y pintones.
M i piel está impregnada
De esa fragancia viva.
Besarás mil mujeres, mas ninguna
Te dará esta impresión de arroyo y selva Que te doy
yo.
1 Vetiver: planta arom ática de la India.
AMENODORO URDANETA
(VENEZUELA)
LOS TRES LADRONES
T RES LADRONES estaban emboscados cierto día en una
selva por donde pasaba un mercader que llevaba consigo sumas considera bles y
objetos de gran valor. Lo detuvieron, se apoderaron de cuanto llevaba, y por
último lo matáron. Para celebrar el horro roso crimen que tanto provecho les
traía, determinaron divertise y hacer una comida opípara.
El más joven de los tres se encargó de ir a la
ciudad inmedia ta a comprar vino, carne cuanto creían necesario.
Apenas se puso en camino, cuando los otros dos se
dijeron:
— “Si fuéramos los dos solos los que hubiésemos de
partir estos tesoros, de seguro tendríamos suficiente para vivir. Desagámonos
de ese otro cuando vuelva: luego que lo hayamos muerto, parti remos como
hermanos, y nos iremos a vivir a otro país con nuestras riquezas”.
El tercer ladrón por su parte se decía: — “Si yo
pudiese desem barazarme de mis dos compañeros, ¡mío sería todo este dinero!
Voy a envenenar el vino; beberán de él, se morirán de seguro, y ¡yo me quedaré
con los tesoros del mercader. En efecto, compró sus provisiones, mezcló al vino
un veneno violento, y regresó a donde estaban sus compañeros.— Apénas hubo
llegado, se arro jaron los dos sobre él y le dieron de puñaladas. Se pusieron
de seguida a comer; bebieron el vino envenenado, espiraron a po cos momentos
en medio de atroces dolores. — ¡Justo castigo de la Providencia! Nueva prueba
de que los malos nunca pueden fiarse unos de otros.
SALUSTIO GONZALEZ RINCONES
(VENEZUELA)
CANCION DE CUNA CON VOCALES
D U ÉRM ETE mi niño
del Q UIRIPITI.
Sácate los ojos:
¡dámelos a mí!
Tus ojos pasivos
ahora tan abiertos
¡Como de los vivos!
¡Como de los muertos!
Con ellos, el mundo,
pequeño he de ver
y en sopor profundo
¡como tú al nacer!
Duérmete mi niño
del Q UIRIPITE.
¡Sácate los ojos
dámelos a mé!
Son los de tu padre:
¡del mismo color!
Al verlos tu madre
se murió de amor.
Durante veinte años
los tuvo de espejo...
¡Cuántos desengaños
venció su reflejo!
Duérmete mi niño
del Q UIRIPITO.
Sácate los ojos
dámelos a mó!
¡Tienen en el fondo
esa luz serena
¡Me alumbró tan hondo
cuando tuve pena!
Y lo míos lloraron
cuando El se murió...
¡Huérfanos quedaron
los ojos de yo!
Duérmete mi niño
del Q U I R I P I T U .
Sácate los ojos:
¡Dámelos a mú!
Envueltos en rosas
los conservaré.
¡Sueña muchas cosas!
¡Menos yo soñé!
¡Ciérralos, que viene
un hombre muy malo...
en la mano tiene
un tobo de palo!
Duérmete mi niño
del Q U I R I P I T E ,
¡Sácate los ojos
dámelos a mé!
Si abiertos los mira
te echaré su arena...
En los ríos con ira
la vida echó pena!
¡Ciérralos, los tuyos!
¡Ciérralos, amor!
Yo cerré los suyos
del mismo color!
Duérmete mi niño
del Q U I R I P I T A . . .
Porque viene el Coco
y te comerá.
TERESA DE LA PARRA
(VENEZUELA)
EL GENIO DEL PESACARTAS
E S T A E R A una vez un gnomo sumamente listo e
ingenioso: todo él de alambre, paño y piel de guante. Su cuerpo recordaba una
papa, su cabeza una trufa blanca y sus pies a dos cucharitas. Con un pedazo de
alambre de sombrero se hizo un par de brazos y un par de piernas. Las manos
enguantadas con gamuza color crema no dejaban de prestarle cierta elegancia
británica, desmen tida quizás por el sombrero que era de pimiento rojo. En
cuan to a los ojos, particularidad misteriosa, miraban obstinadamen te hacia
la derecha, cosa que le prestaba un aire bizco sumamente extravagante.
Lo envanecía mucho su origen irlandés, tierra
clásica de ha das, sílfides y pigmeos, pero por nada en el mundo hubiera con
fesado que allá en su país había modestamente formado parte de una compañía de
menestreles o cantores ambulantes: semejante detalle no tenía por qué interesar
a nadie.
Después de sabe Dios qué viajes y aventuras
extraordinarias había llegado a obtener uno de los más altos puestos a que
pueda aspirar un gnomo de cuero. Era el genio de un pesacartas sobre el
escritorio de un poeta. Entiéndase por ello que instalado en la plataforma de la
máquina brillante se balanceaba el día entero sonriendo con malicia. En los
primeros tiempos había sin duda comprendido el honor que se le hacía al darle
aquel puesto de confianza. Pero a fuerza de escuchar al poeta, su dueño, que
decía a cada rato: “¡Cuidado! que nadie lo toque, que no le pasen el plumero.
Miren qué gracioso es... ¡Es él quien dirige el va y ven de billetes y
cartas!...” había acabado por ponerse tan pretencioso que perdió por completo
el sentido de su importancia real — y esto al punto de que cuando lo quitaban
un instante de su sitio para pesar las cartas le daban verdaderos ataques de
rabia y gritaba que nadie tenía derecho de molestarlo, que él estaba en su
casa, que haría duplicar la tarifa y demás maldades delirantes.
Pasaba pues los días, sentado en el pesacartas como
un prín cipe merovingio en su pavés.1Desde allá arriba contemplaba con desdén
todo el mundo diminuto del escritorio: un reloj de oro; un cascarón de nuez, un
ramo de flores, una lámpara, un tintero, un centímetro, un grupo de barras de
lacre de vivos colores, ali neados muy respetuosamente alrededor del sello de
cristal.
— Sí — decíales desde arriba— , yo soy el genio del
pesacartas y todos ustedes son mis humildes súbditos. El cascarón de nuez es mi
barco para cuando yo quiera regresar a Irlanda, el reloj está ahí para indicar
la hora en que me dignaré dormir; el ramo de flores es mi jardín; la lámpara me
alumbra si deseo velar, el cen tímetro es para anotar los progresos de mi
crecimiento (mido ciento setenta milímetros desde que me vino la idea de usar
cal zado medioeval). — No sé todavía qué haré con los lacres— . En cuanto al
tintero está ahí, no cabe duda, para cuando yo quiera divertirme echando
redondeles de saliva.
Y diciendo así comenzaba a escupir dentro del
tintero con una desvergüenza sin nombre.
— Eres un gran mal educado, protestaba el tintero.
Si pudiera subir hasta allá, te haría una buena mancha en la mejilla y te
escri biría en las espaldas con letras muy grandes “Gnomo malvado”.
— Sí, pero como eres más pesado que el plomo con tu
agua asquerosa de cloaca no pueden hacerme nada. Si me inclino sobre ti,
quieras que no, tendrás que reflejar mi imagen.
Y su rostro en efecto aparecía en el fondo del
brocal de co bre negro y brillante como el de un diablillo burlón.
Cuando su dueño se sentaba al escritorio, el gnomo
tomaba un aire hipócrita y sonreía como diciendo: “Todo marcha bien. Puedes
escribir lindísimas páginas, yo estoy aquí”.
Entonces el poeta que era de natural bondadoso y
que se engañaba fácilmente, miraba al genio con complacencia y colo cando una
barrita de incienso verde en el pebetero,2 la ponía a arder. El humo subía en
finas volutas hacia el gnomo y le cubría la cabeza con su dulce caricia
azulada. El diminuto personaje respiraba el perfume con alegría y se estremecía
de tal modo que la balanza marcaba quince gramos en lugar de diez que era su
peso
1 Pavés: escudo con que se cubrían los antiguos
soldados.
2 Pebetero: vaso agujereado para quem ar perfumes.
normal, por lo cual deducía que el incienso era el
único alimen to digno de él, puesto que era el único que le aprovechaba.
Una noche en que dormía profundamente lo despertó
una música muy suave. Eran dos pobres menestreles3 vestidos más o menos como él
y del mismo tamaño que venían a darle una se renata: uno tocaba la guitarra
cantando con expresión apasiona da; el otro lo acompañaba tarareando con las
dos manos sobre el corazón como quien dice: “qué divina música, nunca he sen
tido igual placer”.
— ¿Qué es esto? ¿Qué ocurre? — preguntó el gnomo
frotán dose los ojos con un puño furibundo. — ¿Quién se permite tocar y cantar
de noche aquí en mi mesa?
— Somos nosotros — contestó el guitarrista con
mucha dulzu ra— . Parece que has corrido con mucha suerte desde el día en que
te fuiste de nuestra compañía ambulante. Eres hoy gran persona je... y ya vez,
hemos hecho el viaje. Estamos muy cansados...
— En primer lugar, les prohíbo que me tuteen y en
segundo término, ¡no los conozco! ¡vaya broma!, yo, yo en una compa ñía de
menestreles... ¿Están locos? ¡Largo, largo de aquí pedazos de vagabundos!
— Pero, de veras ¿no nos reconoce usted Monseñor?
Insistió el músico decepcionado. Eramos tres, acuérdese, y teníamos gran des
éxitos... yo me ponía en el medio, mi compañero a la dere cha y usted a la
izquierda, bizqueando para que la gente se riera. Tiene usted siempre la misma
mirada. Tome, aquí tengo la foto grafía que nos sacó un aficionado la víspera
del día que usted se escapó.
Y desmontando la guitarra sacó un rollo de papel
bromuro4 que extendió. Se veían en efecto los tres menestreles de cuero y
alambre: el de la derecha era en efecto el genio del pesacartas.
— ¡Ah! esto ya es demasiado, gritó exasperado. No
me gus tan las burlas. Soy el genio del pesacartas y nada tengo qué ver con
mendigos como ustedes.
— Pero, Monseñor, — respondió el guitarrista, a
quien inva día una profunda tristeza— . Si no pedimos gran cosa; tan sólo el
3 Menestreles: menestriles o ministriles, músicos
de la Edad Media que tocaban en fiestas religiosas.
4 Bromuro: sustancia de plata que se usaba en el
revelado de fotografías.
que nos permita vivir aquí en su hermosa propiedad.
Piense que hemos gastado en el viaje todas nuestras economías.
— Lo que me tiene muy sin cuidado.
— No lo molestaremos para nada. Tocaremos lindas
romanzas.
— No me gusta la música. Además, los veo venir:
harían correr ciertos ruidos perjudiciales a mi buen nombre, muchas gracias, mi
situación es muy envidiada... Conozco cierto tintero que se sen tiría
encantado si pudiera salpicarme con sus calumnias. Arréglen selas como puedan,
yo no los conozco.
— ¿Es su última palabra? Preguntaron los
menestreles rendi dos bajo tanta ingratitud.
— Es mi última palabra, concluyó el genio del
pesacartas.
Y como los
desgraciados músicos permanecieron aún indeci sos y desesperados:
— ¿Quieren ustedes marcharse enseguida, bramó,
poniéndo
se de pie sobre el platillo, o llamo a la policía?
Pero en su exaltación, se resbaló, le faltó el pie
y rodó, sol tando una horrible interjección, hasta ir a dar al fondo del
tinte ro que se lo tragó.
Sin dar oídos a otros sentimientos que no fueran
los del va lor y la generosidad, los dos menestreles quisieron libertar al
amigo de otros tiempos. Pero por desgracia el tintero que tenía muchas cuentas
que cobrar, dejó caer su tapa con estrépito y los menestreles no pudieron ni
moverla.
Al siguiente día cuando el poeta vio el desastre,
comprendió lo ocurrido y sintió repugnancia por la ingratitud del gnomo.
Después de haberlo extraído de pozo negro y después de haber tratado en vano de
limpiarlo, no sabiendo qué hacer con él y no queriendo tirarlo a la basura, lo
metió en el fondo de una gaveta.
En su destierro, el gnomo de cuero no ha perdido su
orgu llo. Continúa deslumbrando con sus cuentos fantásticos a la gente del
nuevo medio social: un pisapapeles roto; una concha de tor tuga y un rollo de
viejas facturas.
— Cuando yo reinaba en el pesacartas, era yo quien
hacía lle gar los telegramas. Pero un día, un loco me arrojó en un tintero...
En cuanto a los dos menestreles, el poeta los ha
colocado sobre un gran ramo de follaje. Parecen dos pájaros de colores en un
bosque virgen y allí cantan el día entero de un modo encan tador.
JULIO GARMENDIA
(VENEZUELA)
EL CIRUELO DE MONTE
M IR A B A Y O
perplejo en torno mío. De aquel mundo de entonces, de los seres y las cosas de
la infancia a que pertenecieron, nada quedaba en pie. Sólo un árbol solitario
había entre las malezas, allí, al fondo, atemorizado, como escondido. Era mi
viejo cirue lo de monte que tenía incrustada en su tronco, en cierto punto que
yo recordaba, “una bala de cuando el sitio” (por aquel enton ces, así
decíamos). Estaba allí y me pareció como la imagen de lo que había dejado de
ser en torno suyo.
Había empezado a atardecer. Era un atardecer puro y
límpi do, como aquellos atardeceres de otros tiempos; como aquéllos de
entonces; — como aquéllos que, ahora, de repente, me había puesto a recordar,
junto con tantas otras cosas por tanto tiempo olvidadas.
Junto con el tamarindo y el ciprés de copa azul,
aquel viejo ciruelo había sido el más intimo, constante y entrañable compa
ñero. Volvía yo a ver ahora a mi amigo de la infancia, después de tantos años
(pues yo me había ausentado, abandonándolo a su suerte; había ido a correr
tierras; había vivido, olvidado...). Lo tenía allí, frente a mí (o, más bien,
era yo quien comparecía delante de él, pues él se mantenía en su sitio, en su
mismo sitio de antes y de siempre, de allí no se había movido...). Me pareció como
si me mirase con reproche, moviendo algunas hojas, por haberme ido lejos. Del
grueso tronco rugoso había salido, en algún punto rasguñado, aquella misma
resina color de miel, cristalina y dorada goma que tan familiar me era, tan
familiar como todo lo suyo. Pero ahora no tenía ciruelas qué ofrecerme; sólo
dos o tres, quizás, habría en las más altas ramas.
De repente sonó el tañido de las campanas, de las
viejas cam panas; era el mismo de antes aquel toque de oración, el mismo que
entonces me parecía tan distante, tan lejano, como si vinie ra de un mundo
inalcanzable. En aquellos tañidos que me de volvían al pasado, me pareció que
era el viejo ciruelo de monte
quien me hablaba, quien contaba y recordaba en la
voz de las campanas.
— ¿No te acuerdas del tamarindo que había aquí,
cerca, a mi lado? Tú estabas lejos cuanto a él lo cortaron . Y de los dos
cucaracheros, los que tenían su nido en la copa del pequeño ci prés azul, ¿no
te acuerdas tampoco? Tú estabas lejos cuando les saquearon su nido. ¿Y de don
Pedro? ¿Ya no te acuerdas de don Pedro? ¡Lo mataron! Tú estabas lejos cuando
todo eso pasó.
Cesó el tañido, el toque de oración. Anochecía. El
ciruelo de monte se encontraba inmóvil; sus ramas aparecían mustias, como
petrificadas; estaba allí, acurrucado y quieto, como un animal que va a dormir.
— El año que viene — me decía— ya no daré más
ciruelas. Lloverá, lloverá el año que viene, ¡si Dios quiere!; pero... pero ya
no tendré yo ni hojas ni ciruelas, ni goma resina para cubrir mis heridas.
Una y otra vez pasaba yo la mano sobre el duro
tronco rese co, como se acaricia un quieto animal que va a morir.
— A fin de año yo también me secaré, me secaré...
La luz de la estrella (que iba ya cobrando fuerza
en la penum bra de la hora avanzada), hizo relucir, pegadas casi al viejo
tron co, dos o tres ciruelas. Eran quizás las últimas que él nos daba; ¡las
últimas ciruelas fragantes, rojas, duras, pequeñas y tentado ras!... ¡Las
últimas, después de tantas y de tantas que habían sido antes que ellas!
Probé sus pequeñas ciruelas rojas, brillantes y
olorosas. Eran dulces, unas, como el recuerdo de la infancia; agridulces,
otras, como el regusto de la vida.
LUISA DEL VALLE SILVA
(VENEZUELA)
LA HUERTA DE DOÑA ANA
1
V AMOS a la huerta
del ton toronjil
a ver a Doña Ana
cortando el perejil
UNA N IÑA
¡Vamos! Vamos a la huerta,
a la huerta de Doña Ana.
Mirad, la puerta se abre.
El viento mueve las ramas
y caen florecitas rojas
sobre la hierba mojada.
¡Qué frescura trae la brisa
de la huerta de Doña Ana!
UN N IÑO
Los árboles están llenos
de mangos y de naranjas.
Parece que se descuelgan
los racimos de la parra.
En los brazos de la higuera su miel los higos
derraman. ¿Por qué no vamos? Entremos a la huerta de Doña Ana.
O TRA N IÑA
Sabe a toronjil el aire
en la huerta de Doña Ana.
Hay olor a hierbabuena,
a romero y a albahaca.
Con su perfume parece
que desde allá nos llamaran los claveles y las
rosas
a la huerta de Doña Ana.
O TRO N IÑO
Desde aquí miro aleteando
mil mariposas pintadas.
Los pájaros saltan, vuelan;
unos pían, otros cantan.
Pececitos de colores
se deslizan entre el agua. Hay grillos, abejas...
¡Vamos a la huerta de Doña Ana!
Todos cantan:
Doña Ana no está aquí;
ella está en su vergel,
cortando la rosa,
dejando el clavel.
D OÑA ANA
¡Cómo! ¿Niños en mi huerta?
La puerta dejé cerrada... Habrá sido el viento loco
quien se las ha abierto... ¡Nada me impedirá echarlos! ¡Fuera! ¡Todos, uno a
uno, salgan!
¡No quiero niños ajenos
si no hay niños en mi casa!
II
UNA N IÑA
Mirad, mirad... ¿Qué ha pasado en la huerta de Doña
Ana?
Las ramas parecen muertas, la hierba se ve
arrasada.
UN N IÑO
No tienen frutas los árboles.
Seca se tuerce la parra
sin racimos y sin hojas.
La higuera está gris, pelada.
O TRA N IÑA
El aire pesado tuesta
y huele a tierra quemada.
Ya no nos viene en la brisa
aquel olor a albahaca.
O TRO N IÑO
¿Dónde están las mariposas y los pájaros? El agua
no corre por las acequias.
No hay pececitos, no hay nada.
Todos cantan:
¿Dónde, dónde está Doña Ana?
¡Doña Ana no está aquí!
D OÑA ANA
Aquí estoy. Pero, no huyáis. Pasad ya sin temer
nada. ¡A jugar en los jardines,
a correr entre las plantas! Desde que huisteis, la
huerta está fea, triste, árida. Venid. Yo quiero ver niños
en mi huerta y en mi casa.
Todos cantan:
Vamos a la huerta
de ton toronjil
a ver a Doña Ana
cortando el perejil.
MANUEL FELIPE RUGELES
(VENEZUELA)
MARIPOSAS
P O R E
L campo
la flauta del agua.
Mariposas
azules y blancas.
Y encendidas,
de viva esmeralda.
Con la lluvia,
tan leves que pasan.
¡Qué dorado
temblor en las alas!
¡Para todas,
yo abrí la ventana!
LUZ, CABALLITO DEL MONTE
Luz, caballito del monte,
Luz, caballito del alba.
Crin de oro sobre el viento
desatada.
Cola de raudo arco-iris.
Sonoros cascos de plata.
Por los valles, por los cerros,
por las montañas más altas.
Con miedo corre la niebla
a esconderse cuando pasas.
Una amazona de fuego
cabalga sobre tus ancas.
Luz, caballito del monte
Luz, caballito del alba.
AUTORES Y OBRAS
ERMILO ABREU GOMEZ
(1894-1971)
Escritor mexicano, nació en Mérida, Yucatán.
Cultivó varios géneros literarios, entre ellos: el teatro, la novela, el
ensayo, la comedia, el romance, la historia y la crítica literaria. Profesor
universitario. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Cultivó y promovió
el estudio y recopilación de la literatura indigenista, en los cuales se
destacó por su estilo transparente, lírico y con sentido de crítica social.
Obra: El corco vado (1924), Cuentos de Juan Pirulero (1929), Héroes mayas
(1944), Pirrimplín en la luna (1942), Tres nuevos cuentos de Juan Pirulero
(1944), Leyendas mexicanas (1951), Tatla Lobo (1952), Cuentos para contar junto
al fuego (1959), Leyendas y consejas del antiguo Yucatán (1961).
MIRTA AGUIRRE
(1912-1980)
Nació en La Habana. Ensayista, periodista y poeta.
Directora del Insti tuto de Literatura y Lingüística de la Academia de
Ciencias de Cuba. Su obra poética fue reconocida por Juan Ramón Jiménez. Su
obra ensayística recibió los premios Justo Lara (1947) y Premio de la
Secretaría de Educa ción Pública de México (1974). Obra: Poesía: Canción
antigua a Che Guevara (1970), Juegos y otros poemas (1974), Ayer de hoy (1980).
Selección de prosa y poesía: Ensayo: Influencia de la mujer en Iberoamé rica
(1974), La obra narrativa de Cervantes (1973), Del encausto a la sangre: Sor
Juana Inés de la Cruz (1974), La lírica castellana hasta los siglos de Oro
(1977).
OSCAR ALFARO
(1921-1963)
Nació en San Lorenzo Tarija, Bolivia. Poeta,
cuentista y profesor. Cul tivó la fábula y el poema pedagógico. A consecuencia
de su voz revolu cionaria fue expulsado de su terruño. En la ciudad de La Paz
fundó y dirigió varios organismos culturales: «Gesta Bárbara», «La República de
los Niños» y «Tricolor». Un mes antes de su muerte obtuvo el Premio Nacional de
Cuentos, auspiciado por el Ministerio de Educación y Cultura con su libro para
niños Cuentos chapacos. Varias de sus obras han sido traducidas a otros
idiomas, así como musicalizadas y teatralizadas.
Obra: Poesía: Canciones de lluvia y tierra (1948),
Bajo el sol de Tarija y Cajita de Música (1 9 4 9 ), Alfabeto de estrellas
(1950), Cien poemas para niños (1955), La copla vivió y Poemas Chapacos (1 9 6
3 -1 9 6 4 ). Cuentos: Colección de cuentos infantiles (1 9 6 2 ), La escuela
de fiesta (1 9 6 3 ). Obras de edición postuma: Col. Cuentos deAlfaro (1 9 7 1
), Caricaturas (Humor en verso) (1976), El sapo que quería ser estrella (1 9 8
0 ), El cuento de las estrellas, (edición rusa, 1984), Alfabeto de estrellas
(Traducido al quéchua) 1 9 85, El pájaro de fuego y otros cuentos (1990), El
mundo blanco y otros cuentos (1993).
MIGUEL ANGEL ASTURIAS
(1899-1974)
Nació en ciudad de Guatemala. N arrador, poeta,
dram aturgo, abogado y diplomático. Vivió muchos años en Francia. Estudió con
Georges Raynaud, bajo su dirección y en colaboración con el escritor mexicano
J. M . González, de M endoza traduce el libro sagrado de los indios: Popol Vuh.
Contribuye a fundar la Universidad Popular en su país. Premio Lenin de la Paz
en 1966 y Premio Nobel de Literatura en 1967 . Obra: Poesía: Sien de alondra
(1948), Ejercicios poéticos... (1952), Clarivigilia primaveral (1 9 6 5 ).
Relato: Leyendas de Guatemala (1930), Week-end en Guatemala (1 9 5 6 ), El
espejo de Lida Sal (1 9 6 7 ). Novela: El señor presidente (1946), Hombres de
maíz (1949), Viento fuerte (1950), El Papa verde (1954), Los ojos de los
enterrados (1960), El alhajadito (1 9 6 1 ), Mulata de tal (1963). Ensayo:
Latinoamérica y otros ensayos (1968), América, fábula de fábulas y otros
ensayos (1972).
JUAN BOSCH
(1909-)
N arrador, ensayista y político dominicano.
Dirigente del Partido Revo lucionario Dominicano. Vivió en el destierro
durante veinticuatro años. Después de la caída del dictador Trujillo regresó a
su isla, en 1 961 . Fue electo presidente de su país en 1963 y derrocado por un
golpe militar apoyado por la M arina Norteam ericana. Como exiliado vivió en
España y Puerto Rico. Sus relaciones con Venezuela y su amistad con Miguel
Otero Silva lo hacen acreedor de un alto aprecio en Venezuela. Desde 1966
cuando fue de nuevo candidato a la presidencia de la República y derrotado por
los seguidores de Joaquín Balaguer, vive modestamente en su país y escribe una
de las obras más genuinas y prolíficas de la literatura de habla hispana. Obra:
Novela: La mañosa (1 9 3 6 ), El oro y la paz (1935). Cuento: Camino real
(1933), Dos pesos de agua (1935), Ocho cuentos (1947), La muchacha de la Guaira
(1955), Cuento de navidad (1956) (tres ediciones hasta 1944), Cuentos escritos
en el exilio
y apuntes sobre el arte de escribir cuentos (1962).
Ensayos: Trujillo, causas de una tiranía sin ejemplos (1961), De Cristóbal
Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial (1970).
MARTA BRUNET
(1901-1963)
N ació en Chillán (Chile). N arradora, periodista y
diplomática. Fue Redactora de La Nación de Santiago de Chile. Directora de la
revista Familia. Su obra fue reconocida con diversos premios: 1 9 2 9 : Primer
Premio en el concurso de cuentos organizado por el diario El Mercurio, 1 9 33 .
Premio de novela por la Sociedad de Escritores de Chile. En 1 9 43, el Premio
Atenea, por su novela Aguas abajo, y en 1961 recibió el Premio Nacional de
Literatura. Obra: Cuento: Don Florisondo (1926),
Cuentos para Marisol (1 9 3 4 ), Aguas abajo (1 9 4
3 ), Raíz de sueño (1949). Novela: Montaña adentro (1923), Bestia dañina
(1926), María Rosa, flor del Quillén (1929), Aguas abajo (1943), Humo hacia el
sur y La mampara (1946), María Nadie (1957), Amasijo (1962).
MANUEL J. CALLE
(1866-1918)
Nació en Cuenca, Ecuador. Se inició en el
periodismo político en 1885 desde cuya trinchera escribió artículos, crítica
literaria, ensayo y cróni cas costumbristas. En 1905 publicó sus Leyendas del
tiempo heroico que las definió «...para facilitar a los niños un pequeño libro
de lectura que les hable de los grandes días de la emancipación». Obra: Figuras
y siluetas (1 8 9 9 ), Cuestiones del día (1 9 0 1 - 1 9 0 3 ), Hombres de la
revuelta (1906), Biografías y semblanzas (1917), Ecuador pintoresco (1918).
VICTOR EDUARDO CARO
(1877-1944)
Nació en Bogotá. Se distinguió en tres importantes
disciplinas científicas y literarias: el álgebra, el estudio del cosmos y la
literatura infantil. Escribió un libro que podríamos catalogar de raro en la
literatura colom biana: Los números. Su historia: sus propiedades, sus
mentiras y verdades. De su padre, Miguel Antonio Caro y de su abuelo Rodrigo
Caro, heredó el cultivo de las letras y la perfección del lenguaje. Publicó la
famosa revista colombiana para niños Chanchito (1 9 3 3 -1 9 3 4 ). Utilizó los
seudó nimos: «Pulgarcito», «Micaela» y «Tío Remedios». Se inspiró en la tradi
ción oral para escribir Las travesuras de tío Conejo. Tradujo de Lewis Carroll,
Alicia en el país de las maravillas, de H . G. Wells La guerra de
los mundos. Son famosas sus adaptaciones de las
historias de animales escritas por el famoso entomólogo francés, Henri Fabre.
En 1923 es recibido como miembro de número de la Academia Colombiana de la
Lengua. Su obra poética infantil ha sido compilada por Nadhezda Tru que en el
libro La gallina Nicaragua y Carlos N. Hernández, ha reunido sus famosas
fábulas en Chanchito y las travesuras de tío Conejo, en Tres Culturas Editores,
1989.
ALFONSO CUESTA Y CUESTA
(1912-1991)
Nació en Cuenca, Ecuador. Desde 1949 vivió en
Venezuela. Ejerció la docencia en Caracas, hasta 1955. Con Mariano Picón Salas
fue cofundador de la Facultad de Humanidades y Educación en la Universidad de
Los Andes, en la ciudad de Mérida, donde residió hasta su muerte. Obra: Novela:
Los hijos (1962) y (1969) dos ediciones venezolanas y Mención única en novela
en el Premio Casa de las Américas, La Habana (1962). Fue traducida al ruso y al
francés en 1966. Cuento: La medalla (1931), Miedo (1934), El vidrio roto
(1934), Cantera (1935), Pero el sol no se detuvo (1947), Nadie (1950), El
hombre (1951), El caballero (1953). Obtuvo las siguientes distinciones: Primer
Premio de Cuentos del diario caraqueño El Nacional (1954). Premio «Fray Vicente
Solano» de la Municipalidad de Cuenca (Ecuador), 1979. Ese mismo año recibe el
Premio Municipal de Literatura de la ciudad de Mérida. En 1978 la Universidad
de Los Andes publicó su libro de relatos La medalla. El vidrio roto. El Muro.
Obra de edición postuma: Antología de cuentos. Dirección de Cultura del Estado
Mérida y Coñac, 1993.
SOR JUANA INES DE LA CRUZ
(1651-1695)
Nació en San Miguel Nepantla, una alquería situada
entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl. Habiéndose llamado Juana
Asbaje, conservó el apellido de su madre (Ramírez). Fue niña prodigio. A los
tres años aprendió a leer a espaldas de su madre. Tuvo en su tiempo fama extra
ordinaria tanto en América como en España. Sus obras circularon en muchas
ediciones de lengua española entre los siglos XVII y XVIII. Obra: Redondillas
en defensa de la mujer. Carta atenagórica (al jesuíta portugués Antonio Vieira),
Carta a Sor Filotea de la Cruz (1691). Dos comedias: Los empeños de una casa y
Amor es más laberinto (1688). Tres autos sacramentales. Once Villancicos en
forma dramática y tres breves en forma lírica. Primer sueño (silva extensa,
imitación de las Soledades del poeta español Góngora). Cultivó casi todas las
estrofas de la poesía lírica de su tiempo.
CONCEPCION LEYES DE CHAVES
Novelista paraguaya contemporánea. Pertenece a la
Academia Paragua ya de la Lengua. Ha escrito un libro sobre mitos y costumbres
del Paraguay. Río Lunado (1951).
RUBEN DARIO
(1867-1916)
Nació en Metapa (Nicaraga). Su nombre, Félix Rubén
García Sarmien to. Trabajó en la Biblioteca Nacional de Managua. Se inició
como escritor a los trece años de edad y a los diecisiete años dirigió con
otros periodistas el diario El Imparcial, de Managua. Un año después se destacó
como poeta en Chile donde obtiene un Primer Premio. En varias ocasiones
representó a su país: en España, 1892 con motivo de las fiestas del IV
Centenario del descubrimiento de América. En Buenos Aires junto con otros
destacados poetas fundó y dirigió la Revista de América. En 1903 es nombrado
cónsul de Nicaragua en París. Obra: Epístolas y poemas (1885), Abrojos (1887),
Rimas (1887), Azul (1888), Prosas profanas y otros poemas (1896-1901), Cantos
de vida y esperan za, Los cisnes y otros poemas (1905), El canto errante
(1907), Poema del otoño y otros poemas (1910), Canto a la Argentina y otros
poemas (1910), Selección de textos dispersos (1899-1916).
ELISEO DIEGO
(1920-1994)
Nació en La Habana. Exponente de la renovación
poética representada en la revista Orígenes, fundada por José Lezama Lima.
Poeta y narrador. Cursó Pedagogía en la Universidad de La Habana. Fue
responsable del Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles de la
Biblioteca Nacional José Martí de La Habana. Fue magnífico traductor de los
cuentos de Andersen y Grimm. Obra: Poesía: En las oscuras manos del olvido
(1942), En la calzada de Jesús del Monte (1949), Por los extraños pueblos
(1958), El oscuro esplendor (1966), Muestrario del muño o Libro de las
maravillas de Boloña (1968), Los días de tu vida (1977), A través de mi espejo
(1981), Poesía (1983), Soñar despierto (1988), Libro de quizá y quién sabe
(1989). Es numeroso el material hemerográfico que contienen sus reflexiones
sobre la poesía, los escritores y su preocu pación por los autores y temas de
la literatura infantil y juvenil. Prosa: Divertimentos (1946). En sus ensayos
dedicó importantes reflexiones sobre literatura infantil: «Los cuentos y la
imaginación infantil», «Los hermanos Grimm y los esplendores de la imaginación
popular» y «Las maravillas de la Bella y la Bestia» publicados en: Elíseo
Diego. Poesía y
prosas selectas (1991, N ° 161, Biblioteca
Ayacucho) y Eliseo Diego, Prosas escogidas (1 9 9 3 , Editorial Letras
Cubanas).
ESTER FELICIANO M ENDOZA
(1917)
Nació en Aguadilla. Maestra y escritora
puertorriqueña. D octora en Letras en la Universidad de Puerto Rico. Profesora
de la Facultad de Humanidades. Obra: Poesía: Nanas (194 5), Arco Iris (1951),
Coquí (1956), Voz de la tierra mía (1956), Nanas de la adolescencia (1963),
Ilán-ilán, editado por la Universidad de Puerto Rico (1985). Narrativa:
Sinfonía de Puerto Rico (mitos y leyendas) (1968), prologado por Concha
Meléndez, editado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Algunas de sus
canciones de cuna fueron musicalizadas por el famoso com positor puer
torriqueño Rafael Hernández. H a traducido obras para niños de la literatura
inglesa y portuguesa. Son numerosas sus publicaciones en revistas y diarios,
así com o sus conferencias sobre los temas de la literatura infantil, entre
ellos sobre la obra de Juan de Ibarbourou (uruguayo), Salarrué (salvadoreño) y
M orita Carrillo (venezolana).
ROSARIO FERRE
(1938)
Escritora puertorriqueña, nació en Ponce. Estudiosa
de los cuentos de hadas, ha cultivado el género aportando el ambiente y
atmósfera de la oralidad, al mundo y lengua de nuestra época. De igual manera
su fabula-rio hace crecer el ámbito real que rodea a nuestros niños,
enfrentando fantasía y realidad con el velo de lo vago y mágico que debe
contener todo cuento para niños. Ha publicado los siguientes cuentos de hadas:
«El medio pollito», «Pico Rico M andorico», «Arroz con leche», «El reloj de
cuerda», «El sombrero mágico» y «El fumador». Cuentos picarescos: Los cuentos
de Juan Bobo. H a cultivado la fábula con la misma intención de renovar y
remover lo establecido en el cuento para niños. Obra: Narrati
va: Papeles de Pandora (1 9 7 6 ), El medio pollito
(1 9 8 0 ), La muñeca menor (1980), La caja de cristal (1978), Sitio a Eros
(1980), La mona que le pisaron la cola (1961), Los cuentos de Juan Bobo (1981),
Sonatinas (1989). Poesía: Fábulas de la garza desangrada (1982). H a publicado
numerosos ensayos en revistas y diarios, así como
traducciones del inglés.
JULIO GARMENDIA
(1898-1967)
N arrador venezolano, junto con Teresa de la Parra
puede considerársele iniciador del relato fantástico. Viajero por Francia,
Italia, Alemania y Dinamarca, su literatura puede también relacionársela con el
estilo expresionista. Su obra está enm arcada en la prosa posmodernista vene
zolana. Obra: La tienda de muñecos (1 9 2 7 ), La tuna de oro (1 9 5 1 ) y la
edición postuma La hoja que no había caído en su otoño (1 9 7 9 ). Relatos
inéditos, relatos públicados y poemas. Selección y transcripción de los cuentos
inéditos por su albacea literario Oscar Sambrano Urdaneta. Obtuvo el Premio
Municipal de Prosa (1951).
SALUSTIO GONZALEZ RINCONES
(1887-1933)
N ació en Trujillo (Andes venezolanos). Ingeniero y
poeta. Vivió durante muchos años en París y murió en esa misma ciudad donde
escribió y publicó con el seudónimo «Otal Susi». Bohemio y original poeta,
dedicó varios poemas a los niños con los cuales se inicia en este género el
juego de palabras, los malabarismos estéticos y el humor, siempre acompañados
por el ritmo. Es célebre su «Canción de cuna con vocales». Su obra como su vida
es casi desconocida y menos aún valorada por la crítica de su época. Obra: Trece
sonetos con estrambote a Sigma, (París, 1922), La oración por todos,
(París,1923), La doncella escogida (París, 1 923), Corri dos sagrados y
Profanos, (París, 1924), Siete sonetos de color, (París, 1928), La yerba santa,
(París, 1 9 2 9 ), Viejo jazz a Simón Bolívar, Padre de la Patria en el
Centenario de su muerte, (París, 1930).
NICOLAS GUILLEN
(1904-1989)
Poeta cubano. Residió en M éxico y España durante
el exilio político de la dictadura de Batista. De regreso a La Habana preside
la Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos (Uneac). Fue un renovador de
la poesía culta con inspiración popular-oral-musical e impuso su arte por el mun
do de habla hispana. Su obra Sóngoro Cosongo puede considerarse com o un
tratado poético de «lo negro». En 1 9 3 7 participa en el II Congreso
Antifacista Internacional de escritores al lado de Hemigway, Neruda, Jorge
Amado, Siqueiros y Rómulo Gallegos. M uchas de sus obras han sido
musicalizadas, entre otras «Canción de cuna para desper tar a un negrito» se
han convertido en cantos populares. Obra: Motivos del son (1 9 3 0 ), Sóngoro
Cosongo (1 9 3 1 ), Wesi Indies Lid (1 9 3 7 ), El son entero (1 9 4 7 ), La
paloma de vuelo popular y Elegías (1 9 5 8 ), Tengo y El
gran zoo (1964), El corazón con que vivo (1972),
Por el mar de las Antillas anda un barco de papel (Libro para niños mayores de
edad) (1978), Música de cámara (1979), Décimas (1980).
JOAQUIN GUTIERREZ
(1918)
Poeta y novelista costarricense. Residió largos
años en Chile donde se dedicó a actividades culturales y literarias. Dirigió la
revista chilena Quimantú. En 1950 recibió el Premio RapaNui de novela infantil
(1947). Reside en San José, Costa Rica. Obra: Poesía: Poesía (1930), Jicaral
(1938). Narrativa: Manglar (1947), Cocorí (novela infantil) 1948, Puer to
Limón (1950), La hoja de aire (1968), Te conozco, mascarita (1973), Murámonos,
Federico (1973). Ha escrito crónicas y una Antología de poetas americanos (1961).
PEDRO HENRIQUEZ UREÑA
(1884-1946)
Nació en Santo Domingo. Humanista y escritor
dominicano (crítico y ensayista eminente). Vivió en varios países de América:
Argentina, Méxi co y Cuba. Obra: Ensayos críticos (1905), Horas de estudio
(1906), Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928), Las corrientes
literarias de la América Hispana (1945), Historia de la cultura de la América
Hispana (edición postuma) (1947), Los cuentos de la Nana Lupe, en donde hadas,
duendes y animales de caramelo son un pretexto para unir fantasía y conocimiento
del hombre y su historia, fueron escritos en México cuando Henríquez Ureña
contribuía con el desarrollo de la cultura y educación en ese país.
JUANA DE IBARBOUROU
(1892-1979)
Nació en Meló, Cerro Largo, Uruguay. Juana
Fernández Morales de Ibarbourou. Su valor en las letras del continente lo
subrayan sus con temporáneos en 1929, en el Palacio Legislativo de Montevideo
al pro clamarla «Juana de América». En 1927 se le otorga la Medalla de
Instrucción Pública, en Venezuela. Su juvenil aparición como poetisa y el
novísimo sensualismo de sus versos, la hizo tan famosa como Gabriela Mistral,
Delmira Agustini y Alfonsina Storni. En su obra narrativa Chico Cario y Los
sueños de Natacha, así como en varias de sus poesías se revela su especial
sensibilidad por la infancia. La primera de ellas es autobiográfica y la
segunda fue dedicada a la hija del escritor Pedro
Henríquez Ureña. Obra: Las lenguas de diamante
(1919), El cántaro fresco (1920), Raíz salvaje (1922), La rosa de los vientos
(1930), Chico Carlos (1944), Perdida (1950), Puck (versiones de cuentos
clásicos para radioteatro), Romances del destino (1955), Canto rodado (1956),
Tiem po (1962), Elegía (1966), La pasajera (1967). Toda su producción
literaria fue reunida en Obras completas (1953), fecha en que se la consagró
Mujer de las Américas. En 1963, en Uruguay se publica en método Brayle su libro
de infancia Chico Cario. El 27 de diciembre de 1990 la escritora uruguaya
Sylvia Puentes de Oyenard crea, dentro del programa de la Asociación de
Literatura Infantil-Juvenil (Auli) la Cáte dra para niños y jóvenes «Juana de
Ibarbourou».
CLAUDIA LARS -
SEUDONIMO DE CARMEN BRANNON VEGA
(1899-1975)
Nació en Armenia. República de El Salvador. Poeta y
prosista que dedicó hermosas páginas a los niños. Obra: Estrellas en el pozo
(1934), Canción redonda (1937), La casa de vidrio (1942), Romances de norte y
sur y Sonetos (1946), Donde llegan los pasos (1953), Escuela de pájaros (1955),
Tierra de infancia (1958), Fábula de una verdad (1959), Cancio nes (1960),
Sobre el ángel y el hombre (1962), Girasol, antología de la poesía infantil
(1962), Del fino amanecer (1965), Estancia de una nueva edad (1969), Cartas
escritas cuando crece la noche (1972).
CARM EN LYRA -
SEUDONIMO DE MARIA ISABEL CARVAJAL
(1888-1949)
Nació en San José, Costa Rica. Se graduó de maestra
en el Colegio Superior de Señoritas. Fue maestra rural de El Monte, provincia
de Heredia. Hizo estudios en Europa y de regreso a su país dirigió la Escuela
maternal y fue la primera profesora en la Cátedra de Literatura Infantil de la
Escuela Normal de Costa Rica. Trabajó en la Biblioteca Nacional y Patronato
Nacional de la Infancia. Sus últimos años de vida los dedicó a la acción
política. Fue excelente periodista y hábil dirigente. Murió en México. Obra:
Las fantasías de Juan Silvestre (1917), En una silla de ruedas (1918), Los
cuentos de mi tía Panchita (1920).
JOSE MARTI
(1853-1895)
Nació en La Habana. Poeta, narrador, orador,
ensayista. Se inició en la literatura a los quince años, y en esa misma época
dirigió el semanario La Patria Libre, donde publica su poema dramático Abdala.
A los dieci
siete años es encarcelado por orden del gobierno
español de la isla y sentenciado a seis años de prisión por el consejo de
guerra. Vive en España, M éxico, Guatemala, Nueva York y en Venezuela donde
fundó La revista venezolana. Desde Nueva York, realizó viajes de misión
política por la liberación de Cuba, a Santo Domingo, Haití, Jam aica, Panamá, M
éxico, Tampa y Cayo Hueso. Ejerció la docencia en varios de esos países. Fue
designado cónsul de varias repúblicas en Nueva York. Fundó el Partido
Revolucionario Cubano, creó la conciencia de «la guerra justa y necesaria».
Junto a toda su obra de acción y pensamiento corre paralela la de poeta
precursor del modernismo literario. Fundó la más im portan te revista dedicada
a los niños de América, en Nueva York en 1 8 8 9 , La Edad de oro. M urió en la
batalla de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895 . Obra: Ideológicas: El presidio
político en Cuba (1871), La República Española ante la Revolución cubana
(1873). Poesía: Ismaelillo (1882), Versos libres (1882), Versos sencillos
(1891). Escribió uno de los más intensos epistolarios. En La Habana, el Centro
de Estudios M artianos editó: Cartas a María Mantilla (1 9 8 2 ), lectura para
niños y jóvenes de imprescindible conocim iento para los que estudian la
literatura dirigida a niños en nuestra América.
GABRIELA MISTRAL -
SEUDONIMO DE LUCILA GODOY ALCAYAGA
(1889-1957)
Poeta chilena nacida en Vicuña. Desde los
diecinueve años se inició en las letras con los seudónimos Alma y Soledad. Fue
maestra rural en La Compañía y en la escuela de la Cantera. En 1910, en
Santiago de Chile, recibe el título de maestra normalista y publicó Oración a
la maestra. En 1914, por sus Sonetos a la muerte recibió el primer premio en
los Juegos Florales: Flor natural, medalla de oro y corona de laurel. Comenzó a
firmar con su célebre seudónimo. Fue maestra rural y profesora y direc tora
docente en Punta Arenas, Temuco y Santiago hasta 1922 cuando el ministro de
educación mexicano, José Vasconcelos, la invitó a colaborar en la reforma
educacional de ese país. Viajó por Estados Unidos, varios países de Europa y
América. Representó a su país com o cónsul general en Génova, Los Angeles y
Petrópolis (Brasil). En 1945 recibió el Premio Nobel de Literatura, el
doctorado Honoris Causa en California (1950) y en 1951 el Premio Nacional de
Literatura en Chile. Son famosos su epistolario y sus Recados, crónicas
literarias editadas en revistas y diarios de habla hispana. Obra: Sonetos a la
muerte (1 9 1 4 ), Desolación (1 9 2 3 ), Lectura para mujeres (1 9 2 4 ),
Ternura (1 9 2 4 ), Tala (1 9 3 8 ), Lagar (1954).
PABLO NERUDA - SEUDÓNIMO DE NEFTALÍ RICARDO REYES
BASOALTO
(1904-1973)
N ació en Parral, Chile. A los veinte años publicó
su primer y más leído poemario: Veinte poemas de amor y una canción
desesperada. A los veintitrés años representó a su país com o cónsul en
Birmania. Desempeñó cargos similares en Ceilán, Singapur, Buenos Aires,
Barcelona y Madrid. Se suma a la causa republicana española. Se refugió en
Argentina cuando la dictadura de González Videla. En 1 971, Salvador Allende lo
nombra embajador de su país en Francia. Recibió los premios: Nacional de Lite
ratura (1945), Internacional de la Paz (1950) y el Premio Nobel de Literatura
(1971). Obra: Poesía: Crepusculario (1923), Residencia en la tierra (1935),
Canto general (1950), Los versos del capitán (1963), Las uvas y el viento y
Odas elementales (1954), Extravagario (1958), Cantos ceremoniales (1 9 6 1 ),
Memorial de Isla Negra y Todo el amor (1 9 6 4 ), La barcarola (1967), La
espada encendida (1970), El mar y las campanas (1 9 7 3 ), Libro de las
preguntas (1 9 7 4 ). Prosa: El habitante y su esperanza (1 9 2 6 ), Tentativa
del hombre infinito (1 9 2 6 ), Anillos (1 9 2 6 ), El hondero entusiasta
(1933), Una carta en la arena (1966). Escribió dos obras de teatro, artículos y
sus memorias Confieso que he vivido (1 9 7 4 ).
ESTHER MARIA OSSER
(1911-1991)
N ació en Chiriquí, provincia de Panamá. Realizó
estudios en las univer sidades de Panamá, San Carlos (Guatemala) en la
Universidad de Bue nos Aires. Ejerció la docencia com o maestra rural y el
profesorado en institutos secundarios tanto en Panamá com o en M aracaibo,
ciudad considerada com o su segunda patria chica, donde se residenció durante
largos períodos desde 1958 hasta su trágica muerte. Fundadora de la Escuela de
Letras en la Universidad del Zulia. Ejerció el profesorado en varias escuelas: periodismo,
educación y letras. Dejó huellas en la Escue la de Letras de Luz, en la Sala
Taller «Esther M aría Osses». De esa cátedra surge el movimiento de rescate de
la Lengua Guajira y Literatu ra Oral Guajira. Obra: Ensayo e investigación:
Mensaje (1 9 4 5 ), primer libro literario impreso por el gobierno del doctor
Juan José Arévalo, Para el combate y la esperanza (poesía política en El
Salvador) (1 9 8 1 - 1982). Introducción y selección E. M . O. (Editado en
Panamá. Maracaibo y Santo Domingo). La novela del Imperialismo en Centroam
érica y Antología de la poesía centroam ericana contemporánea (1 9 5 7 ).
Poesía: en limpio, este volumen reúne una selección de varios libros editados e
inéditos desde 1954 hasta 1 9 84 . Crece y camina (poesía para niños) 1986 .
Canciones para niños (música de Enrique Hidalgo) 1988 .
RICARDO PALMA
(1833-1919)
N ació en Lima. Escritor y poeta peruano. D irector
de la Biblioteca Nacional (1 8 8 4 -1 9 1 2 ) y presidente de la Academia
Peruana de la Len gua. Ejerció cargos políticos y tom ó parte activa en la
agitada vida social de su tiempo. Obra: Poesía: Juvenilla (1 8 5 5 ), Armonía
(1 8 6 5 ). Prosa: Tradiciones peruanas (1 8 8 2 ), libro éste que lo hizo
famoso en el mundo de habla hispana. En él reúne estampas del Perú virreynal,
para lo cual se apoyó en una profunda documentación histórica. Esta obra en su
conjunto abarca tres siglos de la historia y costumbre de la sociedad del Perú.
Se la ha considerado de carácter satírico y de una prosa limpia, rica en
arcaísmos y americanismos. Con tema similar publicó: Ropa
vieja; Ropa apolillada, y Apéndice a mis últimas
tradiciones. Cultivó la
historia y la lingüística.
TERESA DE LA PARRA - SEUDONIMO DE ANA TERESA PARRA
SANOJO.
(1889-1936)
Nació en París, de nacionalidad venezolana. Su
vocación surgió con éxito desde sus años de escolar en el internado religioso,
de Valencia (España), en 1908 . En diarios y revistas de Caracas, Colombia,
Cuba y París difundieron y tradujeron sus obras. Entre 1915 y 1918 escribe sus
tres cuentos: «El genio del pesacartas», «El ermitaño de reloj» y «La señorita
grano de polvo, bailarina del Sol». En 1923 regresó a París, donde se le otorgó
el Premio de Autores Americanos a su novela, Ifigenia, traducida al francés en
1 927 . En 1928 viajó por primera vez a La Habana donde dictó su conferencia
sobre Simón Bolívar. En 1929 se publica en francés Memoires de Mamam Blanche,
traducida por Francis de Miomandre. En 1930 viajó por segunda vez a La Habana,
donde dictó sus conferencias «La importancia de la mujer americana durante la
Colonia, la Conquista y la Independencia». Durante su permanencia en el
sanatorio de Fuenfría (Madrid) escribió su Diario (1935). Obra: Novelas:
Ifigenia:
Diario de una señorita que escribió porque se
fastidiaba (1924), Las memorias de Mamá Blanca (1929). Epistolario: Son
numerosas las cartas que escribió a famosos escritores de su época, algunas de
las cuales permanecen inéditas. Obras completas (1965). Obra: (Narrativa, ensa
yos, cartas) Biblioteca Ayacucho, 1 9 8 2 Primera Edición Crítica de Las
Memorias de Mamá Blanca, Col. Archivos Madrid (1 9 8 8 ). Critical Edition.
Mamá Blanca’s Momoirs. (The classic novel of a venezuelan girlhood) JJniversity
of Pittsburgh, (1 9 9 3 ). Iphigenia (The diary of a young lady who wrote
because she was bored). Editado por la Universi
dad de Texas, 1993 .
RAFAEL POMBO
(1833-1912)
Nació en Bogotá. Poeta, crítico y traductor
colombiano. En compañía de José Eusebio C aro, fundó el periódico literario La
siesta (1 8 5 2 ). Fue Secretario de Legación en Washington (1 8 5 5 ) y cónsul
en Filadelfia. En 1905 fue coronado com o poeta laureado de Colombia. Sus
adaptacio nes y creaciones propias de historietas rimadas, constituyen un
inestima ble patrimonio espiritual para la infancia latinoamericana. Obra:
Cuen tos pintados y Cuentos morales para niños formales (Nueva York, 1845),
Fábulas y verdades (1 9 1 6 ), Poesías (1 9 1 6 - 1 9 1 7 ), Traducciones
poéticas
(1917).
HORACIO QUIROGA
(1878-1937)
Nació en Salto, Uruguay. En edad adolescente
publicó su libro de poesías Arrecifes de coral (1901). Viajó a Europa. Vivió la
m ayor parte de su vida en las tierras argentinas de El Chaco y Misiones. Obra:
Novelas. Escribió varias novelas cortas, editadas en la revista Caras y
caretas, Las fieras complicas, El mono que asesinó y El hombre artificial (1 9
0 8 - 1 9 1 0 ) y El devorador de hombres, El remate del Imperio romano
y Una cacería
humana en Africa (1 9 1 1 -1 9 1 3 ). Su serie de cuentos fueron escritos entre
1905 y 1 9 1 0 sobre la vida de los animales y 1 9 1 0 y 1930 sobre su vida en
Misiones. Entre 1922 y 1925 escribe cuentos dedicados a los niños, en Mundo
argentino, Caras y caretas y Billiken. Entonces aparecen Cuentos de la Selva
(Para los niños).
VICENTE RIVA PALACIO
(1832-1896)
Nació en Ciudad de M éxico . Escritor y político m
exicano. Fue ministro de Fom ento bajo el gobierno de Porfirio Díaz. Gobernador
de los Esta dos de M éxico y M ichoacán. Magistrado de la Corte Suprema y
Minis tro Plenipotenciario en M adrid. Dirigió la publicación: México a través
de los siglos (1 8 4 4 -1 8 4 9 ). Obra: Novela: Calvario y Tabor, Martín
Garatuza, con Los cuentos del General, Madrid (1 8
9 6 ), contribuyó al desarrollo del arte narrativo en su país. El humor y la
ironía fue el tono que predominó en estos relatos.
MANUEL FELIPE RUGELES
(1903-1959)
Nació en San Cristóbal, estado Táchira. Durante la
dictadura de Gómez vivió en Colombia donde fue Secretario del doctor Eduardo
Santos, fundador y director de El Tiempo. En Barranquilla fundó la emisora
radial «Atlántico». En 1 9 3 6 regresó a Venezuela. Desempeño múltiples cargos
com o diputado, periodista y diplomático. Fue director de Cultu ra y Bellas
Artes del Ministerio de Educación, director de la Revista Nacional de Cultura.
Fundó y dirigió en el último año de su vida la revista infantil Pico, Pico.
Recibió los premios: Municipal de Poesía (1 9 4 4 ), Nacional de Poesía (1 9 5
4 ), Primer Premio en los Juegos Florales de M éxico (1957). Obra: Cántaro (1 9
3 7 ), Oración para clamar por los
oprimidos (1939), La errante melodía (1942), Aldea
de niebla (1 9 4 4 ), Puerta del cielo (1 9 4 6 ), Luz de tu presencia (1 9 4 7
), Memoria de la tierra (1 9 4 8 ), \Canta, Pirulero! (1 9 5 0 ), Cantos de Sur
y Norte (1 9 5 4 ), Dorada estación (1961).
SALVADOR SALAZAR ARRUE - SALARRUE
(1899-1976)
N ació en Sonsonte. Profesor, periodista y escritor
salvadoreño. Dirigió el diario Patria y la revista de educación Amati...
Cultivó igualmente, la poesía y la pintura. Obra: El cristo negro (leyenda) (1
9 2 6 ). Novela: El señor de la burbuja (1 9 2 7 ). Cuentos: Sus obras más
famosas Cuentos de barro y Cuentos de cipotes fueron de edición postuma (1 9 8
2 ), hasta el momento se ha editado por sexta vez sus Cuentos de cipote según
su propia definición son cuentos de niños para mayores. «El niño le cuenta al
padre o al amigo del padre una historia desde la perspectiva del propio cipote,
con la picardía infantil en la que suele haber siempre una tom adura de pelo».
JOSE ASUNCION SILVA
(1865-1896)
Nació en Bogotá. Poeta que representó en su país al
modernismo litera rio y renovó los viejos metros y ritmos de la poesía. Viajó
a Francia en 1883 . Al regresar a su país continuó auspiciando las tertulias
literarias con destacados escritores, entre los que se encontraban Sanín Cano.
Fue designado secretario de la Legación de su país en Caracas (1894). Regresó a
su país en 1 9 8 5 , en el naufragio que se produjo por el río Magdalena,
perdió los originales de tres de sus obras: «Cuentos negros», «Las almas
muertas» y «Poemas de la carne». Obra: Poesía (1 8 8 6 ). En 1956, se publicó:
Obra completa de José Asunción Silva. Entre sus
obras, se distinguen mundialmente los poemas:
«Crisálidas», «Crepúscu los», «Los maderos de San Juan», «Ronda» y «Nocturno».
LUISA DEL VALLE SILVA
(1902-1962)
Poeta venezolana, nació en Barcelona, estado
Anzoátegui. Se dedicó a la docencia com o maestra de escuela por más de
veinticinco años. Pertene ció a los grupos fundadores de varias organizaciones
culturales, com o el Ateneo de Caracas, la Asociación de Mujeres Venezolanas y
otras. Obra: Ventanas de ensueño (1 9 3 0 ), Humo, Amor y Luz, editadas en La H
aba na, en 1941 . La revista de poesía, Lírica Hispana N a 2 1 8 , publica sus
versos com o homenaje postumo. En 1 9 6 2 , La Biblioteca Infantil Vene zolana,
creada por el Instituto de Cultura y Bellas Artes y dirigida por otra maestra y
poeta para niños, M orita Carrillo, publica en su Colec ción Puente Dorado, el
novedoso poemario para niños Amanecer.
FROILAN TURCIOS
(1875-1943)
N ació en Juticalpa. Escritor, diplomático y
político hondureño de for mación modernista. Fue ministro de Gobernación y
Justicia y represen tante en la Sociedad de Naciones. Su obra aparece dispersa
en publica ciones periódicas y en antologías. Obra: s/f. Mariposas. Hojas de
otoño, Prosas nuevas, Cuentos del amor y de la muerte, Páginas de ayer.
AM ENODORO URDANETA
(1829-1905)
Hijo del General Rafael Urdaneta, héroe de la
Independencia de Vene zuela nació en Santa Fe de Bogotá, dos años antes de la
disolución de La Gran Colombia, por lo cual es de nacionalidad venezolana. El
único de los Urdaneta, hijo del General que no escogió la carrera militar. Fue
diputado en una ocasión y presidente del estado Apure durante la época de la
Federación. Se dedicó a la literatura, las lenguas (latín y francés). Fue
maestro de escuela y en 1 8 7 5 , director de la Escuela Federal «Guzmán
Blanco». Fue poeta, prosista, gramático, historiador, crítico periodista,
educador, editor y miembro fundador de las Academias de la Lengua y la
Historia. Entre libros y folletos publicó cerca de cuarenta trabajos. Obra: El
libro de la infancia (1 8 6 5 ), Bolívar y Washington (1 8 6 5 ), Fábulas para
los niños (1 8 6 4 ), Catálogo de verbos irregulares, Cervantes y la crítica y
Manual de ortografía castellana (1877), Bolívar en su centenario (1883). Entre
otros de historia sagrada, catecismo y moral.
Su importante Libro de la infancia, lo es hoy, por
su reciente valoración no únicamente com o libro didáctico moralizante, sino
por su esencia literaria y su clima preanunciadora de un nuevo estilo de
escribir textos para los niños: libre, ficcional y fantasioso. Aspecto éste que
proscribía 1a escuela, la sociedad y la familia del siglo X IX .
CESAR VALLEJO
(1892-1938)
N ació en Santiago de C huco. Poeta, narrador,
ensayista, dramaturgo y periodista peruano. Desde muy joven se inició com o
maestro y comenzó a escribir en las revistas Variedades y Cultura Infantil.
Esta actividad coincidió con su ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras en
la Univer sidad de La Libertad. Publica sus poemas juveniles destinados a sus
alumnos entre 1913-1917. Desde entonces alternó sus estudios con la pedagogía.
Entre sus alumnos es válido mencionar el futuro gran nove lista Ciro Alegría.
Más tarde comenzaron sus años de bohemia y de rebeldía social, así com o sus
primeros poemas que lo consagraron mun dialmente. Publicó sus poemas en las
famosas revistas Amanta, Bolívar y Repertorio Americano. Fue intenso viajero:
España, Rusia y Francia donde muere. Obras: Poesía: Los heraldos negros (1919),
Trilce (1922). Poemas de publicación postuma: Poemas de París (1939), Poemas
huma nos (1939), España, aparta de mí este cáliz (1940) Poesías completas
(1949). Teatro: Moscú, contra Moscú o entre las dos orillas corre el río
(1930), Lock Out (1931). Narrativa: Escalas melografiadas (1923), Fabla salvaje
(1923), El Tungsteno (1931).
JAVIER VILLAFAÑE
(1909-1996)
Nació en Buenos Aires. Poeta, cuentista y
titiritero. Com enzó su labor con el teatro de títeres La Andariega de cuyo
peregrinaje se deducen las abundantes recopilaciones, adaptaciones y creaciones
que han constitui do los temas de su obra. Durante diez años de residencia en
los Andes venezolanos y más tarde en la región de la M ancha, en España,
recopiló material proveniente de la viva voz de niños contadores de cuentos que
han nutrido, hasta hoy, dos de sus más importantes obras para la infancia y la
juventud. Obras: Títeres de la Andariega (1936), Coplas, poemas y canciones
(1938), El Gallo Pinto (1947), Libro de cuentos y leyendas (1945), De puerta en
puerta (1956), Historia de pájaros (1957), Don Juan el zorro (1963), Ata el
hilo y comenzá de nuevo (1969), La jaula (1969), La gallina que se volvió
serpiente y otros cuentos (1977), Los cuentos que me contaron (1982), El
caballo celoso (1983), Los
cuentos que me contaron por el camino de Don
Quijote (1984), Los sueños del sapo (cuentos y leyendas) 1974, Maese
trotamundos por el camino de Don Quijote (1 9 8 3 ), El hombre que debía
adivinarle la edad al Diablo (1991).
MARIA ELENA WALSH
(1930)
N ació en Ramos Mejías, provincia de Buenos Aires.
En 1 9 4 8 , viajó a Washington, invitada por el poeta español Juan Ramón
Jiménez. Vivió en París durante cuatro años. Junto con Leda Valladares se ha
dedicado a difundir el folclore argentino. Desde 1959 ha escrito guiones para
TV, obras de teatro, poesía y canciones, así com o publicado libros y discos
dedicados a los niños. Obra: Otoño imperdonable (1 9 4 7 ), Apenas viaje (1 9 4
8 ), Baladas con Angel (1 9 5 1 ), Casi milagro (1 9 5 8 ), Hecho a mano
(1965). Libros para niños: Tutú Marambá (1960), El reino del revés (1 9 6 4 ),
Zoo loco (1 9 6 4 ), Dailan Kifki (1 9 6 6 ), Cuentos de Gulubú. En la
Editorial Sudamericana ha publicado hasta 1 9 8 8 : Juguemos en el mun do.
Versos tradicionales para cebollita. Un Chimpancé. Cancionero con tra el mal
de ojo. Chaucha y Palito y Manuelita. Es considerada una de las más prolíficas
autoras en el género dedicado a niños y la más novedosa y creativa del género
de las cantautoras. Las canciones de sus obras de teatro. Canciones para mirar.
Doña Disparate y Bambuco, entre obras, son cantadas por millares de niños en
Argentina, quienes partici pan en el mundo de fantasía e ingenio que les
propone su autora cuyo primer libro de poesías m ereció el elogio de Juan Ramón
Jiménez.
JAVIER VILLAFAÑE 3
El hombre que debía adivinarle la edad al diablo
MARIA ELENA WALSH 9
Voy a contar un cuento
Canción de lavandera 11
OSCAR ALFARO 12
El traje encantado
VICTO R EDUARDO CARO 15
Un drama en un corral
RAFAEL POMBO 19
La pobre viejecita
JO SE ASUNCION SILVA 21
Aserrín.
CARMEN LYRA 23
La cucarachita mandinga
JOAQUIN GUTIERREZ 29
C ocorí
GABRIELA MISTRAL 40
Canción de pescadores
A dónde es que tú me llevas 40
MARTA BRUNET 42
Historia del lobo cuando se enfermó
PABLO NERUDA 45
Un canto para Bolívar
JO SE MARTI 47
Los zapaticos de rosa
NICOLAS GUILLEN
Canción de cuna para despertar a un negrito 52
MIRTA AGUIRRE
54
La pájara pinta
Cizaña 54
Adivinaja 55
ELÍSEO DIEGO
La vez que me puse serio de risa 56
MANUEL J. CALLE
Leyendas del tiempo heroico
Queseras del M edio 59
ALFONSO CUESTA Y CUESTA
Pero el sol no se detuvo 6 7
CLAUDIA LARS
Vamos a la huerta 73
SALARRUE
Cuentos de cipotes
El cuento del cuento que descuenteya 7 5
El cuento del dichoso turis turista 76
MIGUEL ANGEL ASTURIAS
Leyendas del sombrerón 78
FROILAN TURCIOS
Katie 83
M EXICO ANTIGUO
Mi canción es un pedazo de jade 85
ERMILO ABREU GOM EZ
Miguelito 87
SOR JUANA INES DE LA CRUZ
Villancico 89
Ensaladilla 90
VICENTE RIVA PALACIO
El buen ejemplo 91
RUBEN DARIO
A M argarita Debayle 94
ESTHER MARIA OSSES
Liberación 97
La hormiguita 9
7
MARIA CONCEPCION I. DE CHAVEZ
¡Rupe!
RICARDO PALMA 105
La virgen del sombrerito y el chapin del niño
CESAR VALLEJO 108
Transpiración vegetal
La araña 110
ROSARIO FERRE 111
El medio pollito
Com er sin haber com ío 113
PEDRO HENRIQUEZ UREÑA
Cuentos de la nana Lupe
Con el burro y el ratón 116
JUAN BOSCH
Cuento de Navidad 119
HORACIO QUIROGA
El diablito colorado 129
JUANA DE IBARBOUROU
La opinión general 136
O lor frutal 143
AMENODORO URDANETA
Los tres ladrones 144
SALUSTIO GONZALEZ RINCONES
Canción de cuna con vocales 145
TERESA DE LA PARRA
El genio del pesacartas 147
JULIO GARMENDIA
El ciruelo de monte 151
LUISA DEL VALLE SILVA
La huerta de Doña Ana 153
MANUEL FELIPE RUCELES
M ariposas 156
Luz, caballito del m onte 156
A UTORES Y O
BRAS 159
TITULOS PUBLICADOS
i
SIMON BOLIVAR
Para nosotros la patria es América
Prólogo: Arturo Uslar Pietri
Notas: Manuel Pérez Vila
2
LEOPOLDO LUGONES
El Payador
Prólogo: Clara Rey de Guido
3
CESAR VALLEJO
Poemas escogidos
Selección y prólogo: Julio Ortega
4
JOSE MARTI
Con los pobres de la tierra
Selección y prólogo: Julio E. Miranda
Notas: Cintio Vitier y Hugo Achugar
5
INCA GARCILASO DE LA VEGA
Los mejores comentarios reales
Selección y prólogo: Domingo Miliani
6
FRANCISCO DE MIRANDA
Documentos fundamentales
Selección y prólogo: Elias Pino Iturrieta
Notas: Josefina Rodríguez de Alonso y Manuel Pérez
Vila
7
FRAY BARTOLOME DE LAS CASAS
'Vida de Cristóbal Colón
Sobre la edición de André Saint-Lu
de Historia de las Indias
8
HORACIO QUIROGA
Cuentos escogidos
Prólogo: Gustavo Díaz Solís
9
JOSE ANTONIO RAMOS SUCRE
Antología
Selección y prólogo: Salvador Tenreiro
10
ANTONIO JOSE DE SUCRE
Documentos selectos
Prólogo: Alfonso Rumazo González
11
ANDRES BELLO
Antología esencial
Selección y prólogo: José Ramos
12
JULIO HERRERA Y REISSIG
Nueva antología de sus poemas
Selección y prólogo:
J. A. Escaloña-Escaloña Notas: Alicia Migdal
13
JUAN MONTALVO
Páginas escogidas
Selección y prólogo: Lupe Rumazo
14
JOSE ENRIQUE RODO
Ariel y Proteo selecto
Selección y presentación:
Pedro Pablo Paredes
15
Cronistas del Río de la Plata
Selección y prólogo: Horacio Jorge Becco
16
RICARDO PALMA
Tradiciones limeñas
Presentación: Ventura García Calderón
Prólogo: José Carlos Mariátegui
17
BERNARDO DE VARGAS MACHUCA
Milicia indiana
Glosario: Clara Rey de Guido Presentación: Oscar Rodríguez Ortiz
Infografía: Fernando Arribas García Prólogo: Bernardo de Vargas Machuca
Poesía amorosa latinoamericana
Prólogo, selección y notas:
Manuel Ruano
19
RUBEN DARIO
Cuarenta y cinco poemas
Prólogo: Ludovico Silva
Selección: Oscar Rodríguez Ortiz
PROXIMOS TITULOS
Estética del modernismo hispanoamericano
Selección, edición y presentación: Miguel Gomes
Crónicas de El Dorado
Selección y prólogo: H oracio Jorge Becco
La presente edición, se terminó de imprimir en
el mes de septiembre del año 2000 en las
prensas de Editorial Texto, Caracas.
Se imprimieron 2 0 0 0 ejemplares.

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