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martes, 4 de febrero de 2025

Libro No. 500. Introducción al Marxismo. Mandel, Ernest.

 


© Libro No. 500. Introducción al Marxismo. Mandel, Ernest. Colección E.O. Octubre 12 de 2013.

Títulos originales: © Introducción al Marxismo. Ernest Mandel

Versión Original: ©  Introducción al Marxismo.  Ernest Mandel

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Este libro en particular fue extraido de:

http://www.rosa-blindada.info/b2-img/MandelIntroduccionalmarxismo.pdf

 

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de Imagen original

http://lahistoriadeldia.files.wordpress.com/2013/01/introduccic3b3n-al-marxismo-mandel.jpg

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

  

 

Introducción al

Marxismo

 

 

de Ernest Mandel

 

 

 

ÍNDICE

 

Prólogo a la edición española…………………………………………………………...…………….. .. 02

 

Prólogo……………………………………………………………… ……...…….                            03

 

La desigualdad social y las luchas sociales a través de la historia…………………………………...…… 04

 

Las fuentes económicas de la desigualdad social………………………………………………...…...…. 09

 

El Estado,  instrumento de dominac ión de clase………………………..…………………………...…. 14

 

De la pequeña producción  mercantil  al  modo de  producción capitalista… ...……………………….... 18

 

La economía capitalista………………………………………………………… 23

 

El capitalismo de los monopolios……………………………………………………..……………….. 31

 

El sistema imperialista mundial…………………………………………………………………....…… 36

 

Los orígenes del movimiento obrero moderno……………………………………….………….…….. 41

 

Reformas y revolución… ……………………………………………………..…………………...…… 45

 

Democracia burguesa y democracia proletaria………………………………..……………………..….. 50

 

La primera guerra imperialista y la revolución rusa………………………………...…………………… 55

 

El stalinismo…………………………………………………………….………………………….….. 60

 

De las luchas cotidianas de las masas  a la revolución socialista mundial…………………………..…… 67

 

La conquista de las masas por los revolucionarios ……………………………………………...……… 72

 

El advenimiento de la sociedad sin clases………………………………….…………………….……... 79

 

La dialéctica materialista………………………………………………………………….....…….……. 83

 

El materialismo histórico………………………………………………….……………………..…….. 90

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo a la edición española

 

Esta edición de la «Introducción al marxismo» es la única edición española regular y completa. Contiene una serie de capítulos suplementarios respecto a una edición precedente, que apareció sin el consentimiento previo del autor.

 

Las «introducciones» a todas las ciencias humanas constituyen siempre una tarea peligrosa. Más aún las «introducciones al marxismo», que corren el riesgo de caer en la simplificación, la vulgarización y el esquematismo excesivos. Hemos intentado superar estos problemas.

 

Solamente la experiencia práctica, es decir, la reacción de los lectores, demostrará si este esfuerzo ha logrado verdaderamente alcanzar el éxito.

 

El objetivo esencial de una «introducción al marxismo».  Debería ser, por una parte, dar al lector —especialmente a los trabajadores y a los jóvenes que empiezan a interesarse por el socialismo científico— una visión de conjunto, que le permita comprender los rasgos esenciales de la doctrina de Marx y sus conexiones reciprocas y, por otra parte, despertar en él la afición al estudio profundo y animarle a leer las obras fundamentales de Marx, Engels y sus principales discípulos.

 

Si esta modesta obra contribuye a alcanzar esos fines, en una parte de sus lectores, el autor habrá hecho un trabajo útil.

 

Una «introducción»  no puede sustituir  jamás al estudio  de las obras  clásicas  del marxismo.  El sucedáneo  no puede reemplazar jamás al original.

 

ERNEST MANDEL , Febrero 1977

 

 

 

 

Prólogo

 

Esta «introducción al marxismo» es el resultado de varias experiencias de cursos dados a jóvenes militantes, en distintos momentos de los últimos quince años. Fue hecha en función de las necesidades pedagógicas que constatamos, y que pueden diferir según los países y los ambientes. Por tanto, no tiene ninguna pretensión de servir de «modelo».

 

Si bien se tratan elementos básicos de la teoría del materialismo histórico, de la teoría económica marxista, de la historia del movimiento obrero y de los problemas de estrategia y táctica del movimiento obrero de nuestra época, aparece en ella una «innovación», desconcertante  a primera vista: el capítulo sobre la dialéctica  materialista  y el que expone de un modo sistemático  la teoría del materialismo histórico, se encuentran al final, y no al principio del texto.

 

Evidentemente, no se trata de una «revisión metodológica», sino de una lección extraída de una comprobación experimental: iniciar un curso sobre el marxismo con un capítulo sobre la dialéctica, es más adecuado para la formación de cuadros, que para la iniciación de militantes. Estos últimos asimilan mejor la teoría si se les expone de la forma más concreta posible. Por ello es preferible partir de aquello que es inmediatamente verificable —la desigualdad social, la lucha de clases, la explotación capitalista— y concluir en las nocienes más abstractas y más fundamentales de la dialéctica, como lógica universal del movimiento y de la contradicción, después de haber clarificado el movimiento de la sociedad y las contradicciones que lo atraviesan.

 

Esto no es más que una opción basada en una exp eriencia pedagógica personal. No es necesario decir que otras experiencias podrían conducir a conclusiones diferentes; estamos dispuestos a retomar una estructura más tradicional de la Introducción, si se nos demuestra, con el apoyo de experiencias, que el método de exposición tradicional permite asimilar mejor la esencia del marxismo a los militantes de base. Sin embargo, y por el momento, nos permitimos dudar de ello.

 

 

Ernest Mandel

 

 

 

La desigualdad social y las luchas sociales a través de la Historia

 

 

1.  La desigualdad social en la sociedad capitalista contemporánea

 

En Bélgica existe una pirámide de bienes patrimoniales y de poder social. En la base de esta pirámide se encuentra una tercera parte de los ciudadanos,  que solo poseen lo que ganan y gastan, año tras año; ellos no pueden  ahorrar,  ni  adquirir  riquezas.  En  la  cumbre  de  la  pirámide  se  encuentran  un  cuatro  por ciento  de  los ciudadanos, que poseen  la mitad  de la fortuna privada de la nación. Menos de un uno por ciento de los belgas poseen más de la mitad de la fortuna mobiliaria del país. Entre ellos, doscientas familias controlan los grandes holdings que dominan el conjunto de la vida económica nacional.

En los Estados  Unidos,  una comisión  del Senado ha calculado  que menos del uno por ciento de las familias poseen el 80 por 100 de todas Jas acciones de las sociedades anónimas, y que el 0,2 por 100 de las familias poseen más de las dos terceras partes de estas acciones. Como (con algunas excepciones) toda la industria y las finanzas en los Estados Unidos está organizada sobre la base de la «sociedad anónima», pode mos decir que el 99 por 100 de los ciudadanos USA tienen un poder económico inferior al del 0,1 por 100 de la población.

En Suiza. el 2 por 100 de la población posee más del 67 por 100 de la fortuna privada.

La  desigualdad  de  las  rentas  y  de  las  fortunas  no  es  solamente  un  hecho  económico;  implica  una desigualdad ante las posibilidades de supervivencia, una desigualdad ante la muerte Así, en Gran Bretaña, antes de la guerra, la mortalidad infantil en las familias de obreros no especializados, fue más del doble que en las familias burguesas. Una estadística oficial indica que en Francia, en el año 1951, la mortalidad infantil alcanzó las cifras siguientes:  19,1 fallecimientos  por 1.000 nacimientos  en las profesiones liberales; 23,9 en la burguesía patronal;

28,2  en  los  empleados  de  comercio;  34,5  en  los  comerciantes;  36,4  en  los  artesanos;  42,5  en  los  obreros cualificados; 44,9 en los campesinos y obreros agrícolas; 51,9 en los obreros semicalificados y 61,7 en el peonaje. Diez años más tarde, estas proporciones no habían variado prácticamente, aunque la tasa de mortalidad infantil había disminuido en cada una de las categorías.

Recientemente, el diario conservador belga La Libre Belgique publicó un estudio conmovedor sobre la formación del lenguaje en el niño. Este estudio confirma que el handicap que un niño de familia pobre sufre frecuentemente, durante los dos primeros años de su vida, a consecuencia del subdesarrollo cultural impuesto por la sociedad de clases, produce consecuencias duraderas, en cuanto a la posibilidad de asimilar conocimientos científicos, consecuencias que una enseñanza «igualitaria», no compensadora, es incapaz de neutralizar.

La  vieja  afirmación  de  que  la  desigualdad  social  ahoga  el  surgimiento  de  millares  de  Mozart,  de

Shakespeare o de Einstein entre los niños del pueblo, sigue siendo cierta en plena «sociedad del bienestar».

En nuestra época, debemos tener en cuenta, no solamente las desigualdades  sociales que existen en el interior de cada país, sino también la desigualdad entre un pequeño grupo de países avanzados, desde un punto de vista  industrial,  y la  mayor  parte  de  la  humanidad,  que  vive  en  los  países  llamados  subdesarrolla dos  (países coloniales y semicoloniales).

Así, los Estados Unidos producen más de la mitad de la producción industrial y consumen más de la mi- tad de un gran número  de materias  primas  industriales,  dentro  del mundo  capitalista.  550 millones  de indios disponen de menos acero y menos energía eléctrica que nueve millones de belgas. La renta real per cápita en los países más pobres del mundo, no es más que el 8 por 100 de la renta per cápita en los países más ricos. El 67 por

100 de los habitantes  del mundo sólo acceden al 15 por 100 de la renta mundial. En la India, por cada 1.000

nacimientos, hay treinta veces más madres que mueren de las consecuencias inmediatas de la maternidad, que en los Estados Unidos.

 

 

 

Un habitante de la India consume diariamente tan sólo la mitad de las calorías que consumimos en los países avanzados. La esperanza de vida, que en Occidente supera los sesenta y cinco años, llegando en ciertos países a los setenta años, apenas alcanza a los treinta años en la India.

 

 

2.  La desigualdad social en las sociedades anteriores

 

En todas las sociedades que se han sucedido en el curso de la historia (es decir, en el curso del período de existencia  de  la  humanidad  sobre  la  tierra,  del  que  disponemos  de  testimonios  escritos),  encontramos  una desigualdad social comparable a la que existe en el mundo capitalista.

Veamos una descripción de la miseria de los campesinos franceses, a finales del siglo XVII, tomada de los

«caracteres» de La Bruyére:

«Se observan varios animales salvajes, machos y hembras diseminados por el campo, negros, lívidos y que- mados por el sol. aferrados a la tierra que cavan y remueven con una obstinación invencible; poseen algo parecido a una voz articulada y. cuando se yerguen sobre sus pies, muestran un rostro humano; y, en efecto, son hombres. Por la noche se retiran a sus chozas, donde viven de pan negro, de agua y de raíces...»

Comparar este retrato de los campesinos de la época con las brillantes fiestas que celebraba Luis XIV en la corte de Versalles. con el lujo de la nobleza y los derroches del Rey, nos proporciona una imagen sobrecojedora de la desigualdad social.

En la sociedad de la Alta Edad Media, en la que predominaba la servidumbre, el señor disponía frecuentemente de la mitad del trabajo o de la mitad de la cosecha de los campesinos-siervos. Numerosos señores tenían  centenares,  o  incluso  millares  de  siervos.  Por  tanto,  cada  uno  de  ellos  obtenía  anualmente  bienes equivalentes a los de centenares o millares de campesinos.

Algo parecido ocurría en las sociedades del Oriente clásico (Egipto, Sumeria, Babilonia, Persia, India, Chi- na, etc.) sociedades  basadas en la agricultura,  en las que los propietarios  de la tierra eran o los señores, o los sacerdotes, o los reyes (representados por los agentes recaudadores del fisco real).

La «Sátira de los Oficios», escrita en el Egipto de los faraones, hace 3.500 años, nos ha dejado la imagen de los campesinos explotados por esos escribas reales, a quienes comparaban con las bestias nocivas y los parásitos.

En cuanto a la antigüedad greco-romana, su sociedad estaba basada en la esclavitud. Abandonando pro- gresivamente el trabajo manual sobre los esclavos, los habitantes de las ciudades antiguas pudieron consagrar gran parte de su tiempo a actividades políticas, culturales, artísticas y deportivas: en parte gracias a ello, la cultura pudo alcanzar entonces un nivel elevado.

 

 

3.  Desigualdad social y desigualdad de clase

 

Toda desigualdad social no es una desigualdad de clase. La diferencia de remuneración entre un peón v un obrero cualificado no hace que estos dos hombres se conviertan en miembros de dos clases sociales diferentes.

La desigualdad de clase es una desigualdad que tiene sus raíces en la estructura y el funcionamiento normal de la vida económica, y que se conserva y acentúa por las principales instituciones sociales y jurídicas de la época.

Precisemos esta definición con algunos ejemplos:

En Bélgica, para llegar a ser un gran industrial, es preciso reunir un capital que puede evaluarse en medio millón de francos por obrero empleado. Así, una pequeña fábrica de 100 obreros exige la concentración de un capital de, al menos, 50 millones de francos.

Ahora bien, el salario neto de un obrero casi nunca supera los 260.000 francos anuales. Incluso trabajando cincuenta  años,  y  no  gastando  ni  un  céntimo  en  comer  y  en  vivir,  no  podría  reunir  suficiente  dinero  para convertirse en un capitalista. El sistema de salarios, que es una de las características de la estructura de la economía capitalista,   representa,   pues,   una  de  las  raíces   de  la  división   de  la  sociedad   capitalista   en  dos   clases fundamentalmente  diferentes; la clase obrera que, a partir de sus rentas, jamás puede llegar a ser propietaria de medios de producción, y la clase de los propietarios de los medios de producción, los capitalistas.

Es cierto que, junto a los capitalistas propiamente dichos, algunos técnicos pueden acceder a los puestos

 

 

 

de dirección de las empresas. Pero ello requiere una formación técnica de nivel universitario. Y, durante las últimas décadas, en Bélgica, sólo de un 5 a un 7 por 100 de los estudiantes eran hijos de obreros. Lo mismo ocurre en la mayoría de los países imperialistas.

Las instituciones sociales impiden el acceso de los obreros a la propiedad capitalista, tanto a causa de sus rentas  como  por el sistema  de la enseñanza  superior.  Así mantienen,  conservan,  perpetúan  la división  de Ja sociedad en clases, tal como existe actualmente.

Incluso en los Estados Unidos, donde se exhiben orgullosamente los ejemplos de «beneméritos hijos de obreros que han llegado a ser multimillonarios a fuerza de trabajar», una encuesta ha demostrado que el 90 por 100 de los directores de las empresas más importantes, provienen de la alta y la media burguesía.

De este modo, a lo largo de la historia, encontramos una desigualdad social cristalizada en desigualdad de clase. En cada una de esas sociedades  podemos hallar una clase de productores  que hace vivir de su trabajo al conjunto de la sociedad y una clase dominante que vive del trabajo de los demás:

— Campesinos y sacerdotes, señores o recaudadores en los imperios de Oriente.

— Esclavos y amos en la antigüedad grecorromana.

— Siervos y señores feudales en la Alta Edad Media.

— Obreros y capitalistas en la época burguesa.

 

4.  La igualdad social en la prehistoria humana

 

Pero la historia sólo representa una rama menor de la vida humana sobre nuestro planeta. Le precede la prehistoria, la época de la existencia de la humanidad en que la escritura y la civilización eran aún desconocidas. Ciertos  pueblos  primitivos  han permanecido  en condiciones  prehistóricas  hasta fechas  recientes,  incluso  hasta nuestros  días.  Pues  bien,  durante  la  mayor  parte  de  su  existencia  prehistórica,  la  humanidad  ha  ignorado  la desigualdad de clase.

Comprendemos la diferencia fundamental entre una comunidad primitiva y una sociedad de clases examinando algunas de las instituciones de esas comunidades.

Así, numerosos antropólogos nos han hablado de la costumbre existente en varios pueblos primitivos, costumbre que consiste en organizar grandes fiestas después de la recolección. La antropólogo Margaret Mead ha descrito estas fiestas en el pueblo papua de los Arapech (Nueva Guinea). Todos los que han logrado una cosecha superior a la media invitan a toda su familia y todos sus vecinos, y la fiesta continúa hasta que la mayor parte de ese excedente ha desaparecido.

Margaret Mead añade:

«Estas fiestas representan un medio adecuado para impedir que un individuo acumule riquezas...»

Por otra parte, el antropólogo Asch ha estudiado las costumbres y el sistema de una tribu que vive en

el sur de los Estados Unidos, la tribu de los Hopi. En esta tribu, contrariamente a lo que ocurre en nuestra sociedad, el principio de la competencia individual se considera rechazable desde el punto de vista moral, Cuando los niños Hopi juegan y hacen deporte, jamás cuentan los «tantos» y siempre ignoran quién «ha ganado».

Cuando las comunidades primitivas aún no divididas en clases practican la agricultura como actividad; económica principal y ocupan un territorio determinado no instalan la explotación colectiva del suelo. Cada familia recibe campos en usufructo durante un determinado periodo. Pero estos campos son redistribuidos con frecuencia para evitar favorecer a algún miembro de la comunidad a expensas de los otros. Las praderas y los bosques son explotados en común.

Este sistema de la comunidad aldeana, basada en la ausencia de la propiedad privada del suelo, se encuentra en el origen de la agricultura en casi todos los pueblos del mundo. Esto demuestra que en aquel momento la sociedad no estaba aún dividida en clases, a nivel de aldea.

Los  lugares  comunes  con  los  que  se  nos  golpea  constantemente  los  oídos,  y  según  los  cuales  la desigualdad social estaría enraizada en la desigualdad de los talentos o de las capacidades de los individuos, según los cuales la división de la sociedad en clases seria el producto del «egoísmo innato en los hombres» y, por tanto, en la «naturaleza humana», no poseen ninguna base científica. La opresión de una clase social por otra no es el

 

 

 

producto de la «naturaleza humana» sino de una evolución histórica de la sociedad. La opresión no ha existido siempre. No existirá siempre. No ha habido siempre ricos y pobres, y no los habrá por siempre.

 

 

5.  La rebelión contra la desigualdad social a través de la historia

 

La sociedad dividida en clases, la propiedad privada del suelo y de los medios de producción no son de ningún modo producto de la «naturaleza humana». Son el producto de la evolución de la sociedad y de sus instituciones económicas y sociales. Vamos a ver cómo nacieron y cómo desaparecerán.

En efecto, desde que apareció la división de la sociedad en clases, el hombre manifiesta nostalgia de la antigua vida comunitaria. Encontramos las expresiones de esta nostalgia en el sueño de la «edad de oro» que sería situada en los albores de la existencia humana sobre la tierra, sueño que describen los autores clásicos chinos, y los griegos y latinos. Virgilio dice claramente que en la época de esta edad de oro las cosechas eran compartidas en común, lo que quiere decir que la propiedad privada no existía.

Numerosos filósofos y sabios célebres han considerado que la división de la sociedad en clases representa la fuente de la enfermedad social, y han elaborado proyectos para suprimirla.

He aquí cómo  el filósofo  griego  Platón  caracteriza  el origen de las desgracias que se abaten sobre la sociedad: «Incluso la ciudad más pequeña está dividida en dos partes, una ciudad de los pobres y una ciudad de los ricos que se oponen (como) en estado de guerra.»

Las sectas judías que pululan al comienzo de nuestra era, y los primeros Padres de la Iglesia que han continuado la tradición en los siglos III y IV de nuestra era, son así mismo feroces partidarios de un retorno a la comunidad de bienes.

San Bernabé escribe: «No hablarás nunca de tu propiedad, pues si tú gozas en común de tus bienes espirituales, aún será más necesario gozar en común de tus bienes materiales.» San Cipriano ha pronunciado numerosos alegatos en favor del reparto igualitario de los bienes entre todos los hombres. San Juan Crisostomo es el primero que exclama: «la propiedad es un robo». Incluso San Agustín ha comenzado por denunciar el origen de todas las luchas y de todas las violencias sociales en la propiedad privada, para modificar más tarde su punto de vista.

Esta tradición se continuará en la Edad Media, en especial por San Francisco de Asís y los precursores de la Reforma: los Albigenses y los Cataros, Wycleff, etcétera. He aquí lo que dijo el precursor inglés John Ball, alumno de Wycleff, en el siglo XVI: «Hace falta abolir la servidumbre y hacer a todos los hombres iguales. Los que se llaman nuestros dueños consumen lo que producimos... Deben su lujo a nuestro trabajo.»

Finalmente, en la época moderna, vemos cómo estos proyectos de sociedad igualitaria se van haciendo cada vez más precisos, claramente  en La Utopia, de Tomás Moro (inglés);  en La ciudad del sol,  de Campanella (italiano); en la obra de Vaurasse d'AHais (siglo XVII): en el Testamento de Jean Meslier, y en El código de la naturaleza, de Morelly (siglo XVIII) ( francés).

Al lado de esta rebelión del espíritu contra la desigualdad social, ha habido innumerables rebeliones materiales, es decir, insurrecciones de las clases oprimidas contra sus opresores. La historia de todas las sociedades de clases es la historia de las luchas de clases que las desgarran.

 

 

6.  Las luchas de clases a través de la historia

 

Estas luchas entre la clase explotadora y la clase explotada o entre diferentes clases explotadoras toman las formas más variadas según la sociedad que se examine y la etapa precisa de su evolución.

Así en las sociedades llamadas «de modo de producción asiático» (Imperio del Oriente clásico) ha habido un gran número de rebeliones.

En China, innumerables sublevaciones de campesinos jalonan la historia de las sucesivas dinastías que reinaron en el Imperio. El Japón también ha conocido un gran número de insurrecciones campesinas, sobre todo en el siglo XVIII.

En la antigüedad griega y romana hay una sucesión ininterrumpida de rebeliones de esclavos — de las que

 

 

 

la mas conocida es la de Espartaco— que contribuyeron eficazmente a la caída del Imperio Romano. Entre los

«ciudadanos libres» propiamente dichos, hubo una lucha violenta entre una clase de campesinos endeudados y de

comerciantes-usureros, entre los desposeídos y los poseedores.

En la Edad Media, bajo el régimen feudal, las luchas de clase han enfrentado señores feudales a comunas libres basadas en una pequeña producción comercial, a artesanos y comerciantes en el seno de estas comunas, y a algunos artesanos urbanos y campesinos  de los alrededores  de las ciudades. Hubo, sobre todo, luchas de clase feroces entre la nobleza feudal y el campesinado  que trataba de sacudirse el yugo feudal, luchas que tomaron formas resueltamente revolucionarias con las Jacqueries en Francia, la guerra de Wat Tyler en Inglaterra, la guerra de los Musitas en Bohemia y la guerra de los campesinos en la Alemania del siglo XVI.

Los tiempos modernos están marcados por las luchas de clase  entre  la  nobleza  y  la  burguesía, entre los maestros artesanos y los aprendices, entre los ricos banqueros y comerciantes, por una parte, y los «brazos desnudos» de las ciudades por la otra, etc... Estas luchas anuncian ya las revoluciones burguesas, el moderno capitalismo, y la lucha de clase del proletariado contra la burguesía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía:

 

 

K, Marx y F. Engels: El manifiesto comunista. F. Engels: Anti-Dühring (2.a y 3.a parte). Max Beer: Historia del socialismo.

K. Kautsky: Los orígenes del cristianismo.

Morton: La utopia inglesa.

 

 

 

Las fuentes económicas de la desigualdad social

 

 

 

1.  Las comunidades primitivas basadas en la pobreza

 

Durante la mayor parte de su existencia prehistórica, el hombre vivió en condiciones de extrema pobreza. Sólo podía procurarse los alimentos necesarios para su subsistencia por medio de la caza, la pesca y la recogida de frutos.

La humanidad vivió parasitando de la naturaleza, puesto que no aumentó los recursos naturales que constituían la base de su subsistencia. No tenía ningún control sobre dichos recursos.

Las comunidades primitivas se organizaron para poder garantizar la supervivencia de toda la colectividad en   dichas   condiciones   de   vida   extremadamente   difíciles.   Cada   miembro   de   la   comunidad   participó obligatoriamente  en  el  trabajo,  y  el  trabajo  de  cada  individuo  era  necesario  para  que  la  comunidad  siguiera viviendo.  La producción  de víveres  apenas bastaba  para alimentar  a la colectividad.  Los privilegios  materiales hubieran condenado al hambre a una parte de la tribu, privándola de la posibilidad de trabajar racionalmente, y con ello hubieran empeorado las condiciones de supervivencia colectiva. Esta es la razón de por qué la organización social de esta época del desarrollo de las sociedades humanas tiende a mantener un máximo igualdad en el seno de las comunidades humanas.

Después  de  examinar  las  instituciones  sociales  de  425  tribus  primitivas,  los  antropólogos  ingleses Hobhouse,  Wheeler  y Ginsberg  han constatado  una total ausencia  de clases  sociales  en todas las tribus que desconocen la agricultura.

 

2.  La revolución neolítica

 

Esta situación de pobreza fundamental sólo pudo ser convenientemente  modificada con la aparición de las técnicas de cultivo de la tierra y de cría de animales. La técnica de cultivo de la tierra —la mayor revolución económica  en  toda  la  existencia  de  la  humanidad—  se  debió  a  las  mujeres,  al  igual  que  una  serie  de descubrimientos importantes de la prehistoria (en especial la técnica de la alfarería y del tejido).

Se  implantó  a partir,  más  o menos,  del   año  15.000  antes  de  J.C.    en  distintos  lugares del planeta, empezando  probablemente  en Asia Menor,  Mesopotamia,  Irán y Turkestán,  y extendiéndose  progresivamente hasta Egipto, India, China, el norte de África y Europa mediterránea. Es conocida con el nombre de revolución neolítica porque tuvo lugar en una época de la Edad de Piedra en la que los principales instrumentos de trabajo del hombre se fabricaban en piedra pulimentada (la última época de la edad de piedra).

La revolución  neolítica permitió al hombre producir sus víveres y controlar —más o menos—  por sí mismo su propia, subsistencia. Atenuó la dependencia con respecto a las fuerzas de la naturaleza en la que se encontraba el hombre primitivo. Permitió la formación de reservas de víveres, lo que a su vez hizo posible liberar a algunos miembros de la comunidad de la necesidad de producir su alimento. Pudo por tanto desarrollarse una cierta división económica del trabajo, una especialízación de los oficios, que incrementó la productividad del trabajo humano. Este tipo de especialización sólo la podemos encontrar en esbozo en la sociedad primitiva, ya que como dijo uno de los primeros descubridores españoles respecto a los indios del siglo XVI: «(los primitivos) quieren utilizar todo su tiempo reuniendo víveres, puesto que si lo utilizaran de otro modo, se verían atenazados por el hambre».

 

3. Producto necesario y sobreproducto social

 

La aparición de un amplio excedente permanente de víveres transtorna las condiciones de organización social. Mientras este excedente es relativamente. pequeño y muy esparcido de aldea en aldea, no llega a modificar la

 

 

 

estructura igualitaria de la comunidad aldeana. Sólo le permite alimentar unos cuantos artesanos y funcionarios, como los de las aldeas hindúes, que han venido siendo mantenidos durante miles de años.

 

Pero cuando los jefes militares o religiosos concentran estos excedentes en grandes espacios, o cuando son muy abundantes en las aldeas debido al perfeccionamiento de los métodos de cultivo, pueden crear las condiciones necesarias para la aparición de la desigualdad social. Pueden utilizarse entonces para alimentar a los prisioneros de guerra o a los cautivos de una expedición de piratería (que anteriormente hubieran sido asesinados, debido a la falta de subsistencia). Se les puede obligar a trabajar para los vencedores a cambio de su alimento: con ello aparece la esclavitud en el mundo griego.

 

También  puede  utilizarse  este  mismo  excedente  para  alimentar  a  toda  una  cohorte  de  sacerdotes, soldados,  funcionarios,  señores  y reyes:  con ello aparecen  las clases  dominantes  en los Imperios  del antiguo Oriente (Egipto, Babilonia, Irán, India, China).

 

A partir de este momento la división social del trabajo viene a completar la división económica del trabajo. La producción social deja de servir, en conjunto, para subvenir  a las necesidades de los productores. A partir de ahora se reparte del siguiente modo:

 

—el producto necesario, es decir, la subsistencia de los productores, sin el trabajo de los cuales se hundiría toda la sociedad;

 

—el sobreproducto social, es decir, el excedente producido por los productores y acapa rado por las clases poseedoras.

 

El  historiador  Heichelheim  describe  la  aparición  de  las  primeras  ciudades  en  el  mundo  antiguo  del siguiente modo:

«La  población  de  los  nuevos  centros  urbanos se compone...  en su mayor parte de una capa superior que vive   de   rentas   (es   decir,   apropiándose  del sobreproducto  del trabajo agrícola. E. M.) compuesta  por señores, nobles y sacerdotes. Deben añadirse además los funcionarios, empleados y servidores, alimentados indirectamente por esta capa superior».

 

La aparición de las clases sociales — clases productoras y clases dominantes— provoca el nacimiento del Estado, que es la principal institución tendente a mantener las condiciones sociales dadas, es decir, la desigualdad social. La división de la sociedad en clases se consolida con la apropiación de los medios de producción por las clases poseedoras.

 

 

4. Producción y acumulación

 

La formación de las clases sociales, la apropiación del sobreproducto social por una parte de la sociedad, se deriva de una lucha social y sólo puede mantenerse gracias a una lucha social constante.

 

Pero  este  fenómeno  representa  al  mismo  tiempo  una  etapa —inevitable—  del  progreso  económico, debido  al  hecho  de  que  permite  la  separación  de  dos  funciones  económicas  fundamentales:  la  función  de producción y la función de acumulación.

 

En la sociedad primitiva, el conjunto de los hombres y mujeres útiles están ocupados principalmente de la producción de víveres. En estas condiciones, les quedaba muy poco tiempo para dedicarse a la fabricación y almacenamiento de instrumentos de trabajo, a la especialización de esta fabricación, a la búsqueda sistemática de otros instrumentos de trabajo, al aprendizaje de técnicas complicadas de trabajo (como por ejemplo el trabajo metalúrgico), a la sistemática observación de los fenómenos de la naturaleza.etc..

 

La producción de un sobreproducto social permite otorgar suficientes ocios a una parte de la humanidad para que pueda consagrarse a todas estas actividades que posibilitan el incremento de la productividad del trabajo.

Estos ocios se encuentran también en la base de la civilización, del desarrollo de las primeras técnicas científicas (astronomía, geometría, hidrografía, mineralogía, etc...) y también de la escritu ra.

 

La separación del trabajo intelectual y del trabajo manual debida a estos ocios acompaña la división de la sociedad en clases.

 

La división de la sociedad en clases representa, por tanto, una condición de progreso histórico mientras la sociedad es demasiado pobre como para poder permítir a todos sus miembros dedicarse al trabajo intelectual (a las funciones de acumulación). Pero el precio pagado por este progreso es excesivo. Hasta las vísperas del capitalismo moderno, únicamente las clases poseedoras se aprovechan de los beneficios derivados del incremento de la productividad del trabajo. A. pesar de los progresos de la técnica y de la ciencia durante los 4.000 años que separan los inicios de la civilización antigua del siglo XVI, la situación de un campesino indio, chino, egipcio, o incluso griego o eslavo, no ha sufrido cambios ostensibles.

 

 

5. La causa del fracaso de todas las revoluciones igualitarias en el pasado

 

Cuando el excedente producido por la sociedad humana, es decir, cuando el sobreproducto social no basta para liberar a toda la humanidad de un diario y penoso trabajo, toda revolución social que intente reestablecer la igualdad primitiva entre los hombres está condenada al fracaso desde el primer momento. Sólo puede encontrar dos salidas a la antigua desigualdad social:

 

 

a) O bien destruir deliberadamente  todo sobreproducto social, y volver a la pobreza primitiva extrema, con lo que la reaparición del progreso técnico provocará rápidamente las mismas desigualdades sociales que se han querido suprimir.

b) O bien desposeer a la antigua clase poseedora en beneficio de una nueva clase poseedora.

 

 

Esto fue lo que sucedió con la insurrección de los esclavos romanos dirigidos por Espartaco, las primeras sectas cristianas y los monasterios, las distintas insurrecciones campesinas que se sucedieron en el Imperio chino, la revolución de los taboritas en Bohemia en el siglo XV, las colonias comunistas establecidas por inmigrantes en América, etc.

Sin que pretendamos decir que la revolución rusa ha llegado a la misma situación, la reaparición de una acentuada desigualdad social en la URSS en la actualidad, sólo puede explicarse fundamentalmente por la pobreza de la Rusia de los zares, por la insuficiencia del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, por el aislamiento de la revolución en un pais atrasado, seguido del fracaso de la revolución en Europa central durante el período 1918-

1923.

Una sociedad igualitaria basada en la abundancia y no en la pobreza —ése es el objetivo del socialismo— sólo puede desarrollarse a partir de una economía avanzada, en la cual el sobreproducto social es tan elevado que permite que todos los productores se liberen de un trabajo embrutecedor y que conceda suficientes ocios a toda la comunidad  para que ésta pueda realizar colectivamente  las funciones  dirigentes  en la vida económica  y social (función de acumulación).

¿Por qué han sido necesarios 15.000 años de sobreproducto  social antes de que la economía humana pueda tomar el impulso necesario para dejar entrever una solución socialista a la desigualdad social? En la medida en que las clases poseedoras se apropian del sobreproducto social bajo la forma de productos (de valores de uso), su propio consumo (consumo improductivo)  viene a ser el límite de crecimiento  de la producción  que desean realizar.

Los templos y los reyes del antiguo Oriente; los amos de esclavos de la antigüedad greco-romana; los señores nobles y los mercaderes  chinos, indios, japoneses,  bizantinos,  árabes; los nobles feudales de la. Edad Media, no tenían ningún interés en incrementar la producción porque ya habían reunido en sus castillos y palacios suficientes víveres, vestidos lujosos, objetos de arte. Existe un límite para el consumo  y el lujo que es imposible transgredir (un ejemplo cómico de ello: en la sociedad feudal de las islas Hawai, el sobreproducto social toma la forma de alimento, y en consecuencia, el prestigio social depende... del peso de cada persona).

Sólo cuando el sobreproducto social toma la forma de dinero —de plusvalía— y puede servir tanto para la adquisición de bienes de consumo como para la de bienes de equipo (de producción), la nueva dase dominante — la burguesía—  empieza  a sentir  interés  por un ilimitado  incremento  de la producción.  Con ello se crean  las condiciones sociales necesarias para que puedan aplicarse a la producción todos los descubrimientos científicos, es

 

 

 

decir, las condiciones necesarias para la aparición del capitalismo industrial moderno.

 

6. La opresión de la mujer, primera forma generalizada de desigualdad social

 

Entre la sociedad del comunismo primitivo de la horda y del clan, y las primeras formas de sociedad fundadas en la dominación de una clase sobre otra (por ejemplo, la sociedad esclavista), se inserta una época de transición en cuyo transcurso aún no se ha desarrollado plenamente una clase dominante propietaria, pero en la que la. desigualdad social emergente está ya institucionalizada. Conocemos la existencia de este tipo de sociedad no sólo por numerosos vestigios y descripciones del pasado, que subsisten especialmente en lo mitos, leyendas y religiones llamados «primitivos», sino también por la sociedad de linaje que, en algunas zonas rurales de África negra, aún existen hoy, aunque sea de una manera cada vez más deformada a raíz de su simbiosis con la socied ad de clase que predomina en todos los países donde aquélla sobrevive.

La primera forma institucionalizada de desigualdad y opresión sociales es la opresión de la mujer por el hombre en las sociedades primitivas que han alcanzado esta etapa de su desarrollo.

La opresión de la mujer no existió siempre. No es el resultado de una fatalidad biológica que pesaría sobre el sexo femenino. Por el contrario, hay abundantes antecedentes en la Prehistoria y en la sociedad de comunismo de clan, que confirman que ella estuvo largo tiempo signada por la igualdad de los sexos. Aunque nos faltan datos para  poder  generalizar  este  fenómeno  a  todo  el  conjunto  de  la  humanidad  primitiva,  está  de  todas  formas demostrado que, al menos en una serie de esas sociedades, las mujeres jugaron inclusive un papel socialmente dominante.  Basta recordar el fenómeno ampliamente  conocido de la «diosa Fertilidad», dueña del cielo, en los albores de la agricultura, inventada por las mujeres, para deducir que la sustitución no menos generalizada de esa diosa por un dios (luego por un dios monoteísta) no puede ser accidental. La revolución en el cielo refleja una revolución que se había producido en la tierra. La transformación de las ideas religiosas es el resultado de una transformación de las condiciones sociales, de las relaciones recíprocas entre hombres y mujeres.

A primera vista puede parecer paradójico que mientras se afirma el papel económico predominante de la mujer, gracias a su función esencial en los trabajos del campo (revolución neolítica), comienza, poco a poco, la era de su sujeción social. Pero aquí no hay ninguna contradicción verdadera.

En la medida  en que la agricultura  primitiva  cobra  impulso,  la mujer  se convierte  doblemente  en la principal fuente de riqueza de la tribu: como principal productora de víveres y como procreadora, ya que sólo a partir de una base más o menos segura de aprovisionamiento  de víveres, el crecimiento demográfico no es más tenido como amenaza, sino como beneficio potencial. A raíz de este mismo hecho la mujer se vuelve objeto de codicia económica, lo que era imposible en la época de la caza y la recolección de frutos.

Para que pudiese realizarse esta sujeción debieron operarse una serie concomitante de transformaciones sociales. La mujer debió ser «desarmada», es decir, que el oficio de las armas debió volverse monopolio masculino. Las numerosas leyendas sobre las amazonas, que sobreviven en todos los continentes atestiguan claramente que esto no ha sido siempre así. La situación de la mujer también debió ser transformada a causa de las modificaciones radicales de las reglas del matrimonio y de la socialización de los hijos, tendentes a asegurar la preponderancia del patriarcado.

Con el desarrollo y la posterior consolidación de la propiedad privada, la familia patriarcal toma progresivamente  la forma definitiva que ha conservado, a pesar de modificaciones  sucesivas, a través de buena parte  de  la  historia  de  las  sociedades  de  clase.  Ella  se  convierte  en  una  de  las  instituciones  principales  e irreemplazables que garantizará la perennidad de la propiedad privada, a través de la herencia, y la opresión social bajo  todas  sus  formas  (comprendidas  también  las  estructuras  mentales  que  eternizan  la  a  aceptación  de  la autoridad «venida de arriba» y de la obediencia ciega. Se transforma en caldo de cultivo de innumerables discriminaciones en perjuicio de la mujer, en todas las esferas de la vida social. Las justificaciones ideológicas y los prejuicios hipócritas que sostienen esas discriminaciones,  forman parte   integrante de la ideología dominante de prácticamente todas las clases pudientes que, hasta ahora, se han sucedido en la historia. Con esto, ellas han impregnado también, al menos parcialmente, la mentalidad de las clases explotadas incluida la del proletariado moderno del régimen capitalista, aun inmediatamente después de su derrocamiento.

 

 

 

 

 

 

Bibliografía:

Marx y Engels: El manifiesto comunista. Engels: Anti-Dühring (2.a y 3.a parte). Cordon Childe: Qué sucedió en la Historia.

— El hombre se hizo a sí mismo. Glotz: El trabajo en la antigua Grecia. Boisonnade: El trabajo en la Edad Media.

E. Mandel: Tratado de economía marxista (los cuatro primeros capítulos).

 

 

 

El Estado: instrumento de dominación de clase

 

 

 

1. La división social del trabajo y el nacimiento del Estado

 

En  la  sociedad  sin  clases  primitiva,  las  funciones  administrativas  eran  realizadas  por  la  masa  de  los ciudadanos. Todos llevaban armas. Todos participaban en las asambleas que tomaban las decisiones concernientes a la vida colectiva y las relaciones de la comunidad con el mundo exterior. Igualmente los conflictos internos eran resueltos por todos los miembros de la colectividad.

 

Evidentemente, no existe ninguna razón para que idealicemos la situación existente en el seno de las comunidades primitivas que vivían bajo el régimen del comunismo del clan o de la tribu. La sociedad era extremadamente pobre. El hombre vivía bajo el yugo de las fuerzas de la naturaleza. Los hábitos, las costumbres, las reglas de arbitraje de los conflictos internos y externos, a pesar de que fueran aplicados colectivamente, estaban impregnados  de ignorancia,  de miedo, de creencias  mágicas.  Lo que por el contrario  cabe destacar  es que la sociedad se gobernaba a sí misma, dentro de los límites de sus conocimientos y posibilidades.

 

Por  tanto,  no  es  cierto  que  las  nociones  de  «sociedad»,  «colectividad  humana»  y  «Estado»  sean prácticamente idénticas y que se solapen mutuamente a través de las épocas. Todo lo contrario, la humanidad vivió durante miles de años en colectividades que no llegaron a conocer nunca la existencia del Estado.

 

El Estado aparece cuando las funciones que primeramente eran realizadas por todos los miembros de la colectividad se convierten en patrimonio de un grupo de hombres aislados:

— un ejército distinto de la masa de ciudadanos armados;

 

— jueces distintos de la masa de ciudadanos que juzgan a sus semejantes;

 

  jefes  hereditarios,  reyes,  nobles,  en  lugar  de  representantes  o  dirigentes  de  tal  o  cual  actividad, designados temporalmente y siempre revocables;

 

— «productores de ideologías» (sacerdotes, funcionarios, enseñantes, filósofos, escribas, mandarines)

 

separados del resto de la colectividad.

 

Por tanto, el nacimiento del Estado es producto de una doble transformación: la aparición de un sobreproducto social permanente, que permite liberar a una parte de la sociedad de la obligación de efectuar un trabajo para asegurar su subsistencia, la cual crea con ello las condiciones materiales para su especialización en funciones de acumulación y administración; una transformación social y política que permite excluir a los demás miembros de la colectividad del ejercicio de las funciones políticas, que eran anteriormente patrimonio de todos.

 

 

2. El Estado al servicio de las clases dominantes

 

El hecho de que funciones que antes realizaban todos los miembros de una colectividad se conviertan, a partir de un determinado momento, en patrimonio de un grupo de hombres aislado, indica por sí mismo  —que existen personas que tienen interés en que se produzca esta exclusión. Son las clases dominantes que se organizan para excluir a los miembros de las clases explotadas y productoras del ejercicio de funciones que les permitirían abolir la explotación que se le ha impuesto.

El  ejemplo  del  ejército  y del  armamento  es  la  prueba  más  convincente.  El  nacimiento  de  las  clases dominantes  se produce  a través de la apropiación  del sobreproducto  social por una parte de la sociedad.  En muchas tribus y aldeas africanas se ha asistido, en el curso de los últimos siglos, a la reproducción de la evolución que  se  encuentra  en  el origen  del  nacimiento  del  Estado  en  los  Imperios  más  antiguos  de  Oriente  (Egipto,

 

 

 

Mesopotamia, Irán, China, India, etc.): dones, regalos, servicios en forma de ayuda, que antes se concedían benévolamente a todas las familias, se van convirtiendo progresivamente en algo obligatorio, se transforman en rentas, impuestos o trabajos obligatorios.

Pero todavía queda por asegurar este obligatorio aprovisionamiento, lo cual se consigue primordial-mente gracias  a  la  coacción  de  las  armas.  Grupos  de  hombres  armados  —poco  importa  que  se  llamen  soldados, gendarmes, piratas o bandidos— obligan a los cultivadores o a los granjeros, después a los artesanos y a los comerciantes,  a abandonar una parte de su producción  en beneficio de las clases dominantes.  A este fin, van armados y deben impedir que los productores puedan igualmente armarse.

En la antigüedad greco-romana, estaba estrictamente prohibido a los esclavos poseer armas. Lo mismo puede decirse con respecto a los siervos de la Edad Media. Los primeros esclavos, los primeros campesinos son a menudo o bien prisioneros de guerra a los que no se les ha privado de la vida o bien campesinos de países conquistados, es decir, víctimas de un proceso de desar me de unos que implica el monopolio de las armas para otros.

 

3. Coacción violenta e integración ideológica

 

Si el Estado, en último análisis, es un grupo de hombres armados, y si el poder de una clase dominante está basado en último extremo en la coacción violenta, no puede limitarse exclusivamente, a pesar de todo, a esta coacción. Napoleón Bonaparte dijo que se podía conseguir todo con las bayonetas, excepto sentarse sobre ellas. Una sociedad de clase que sólo subsistiera mediante la violencia armada estaría siempre en estado de guerra civil, es decir, en estado de crisis extrema.

Por tanto, para consolidar la dominación de una clase sobre otra, es absolutamente indispensable que los productores, los miembros de la clase explotada, sean manipulados para que acepten como inevitable, permanente y justo el hecho de que una minoría se apropie del excedente social. Este es el motivo por el cual el Estado no sólo cumple una función represiva sino también una función de integración ideológica. Los «productores de ideologías» son los encargados de asegurar esta función.

Lo característico de la humanidad es que sólo puede asegurar su subsistencia mediante el trabajo social, que implica vínculos, relaciones sociales, entré los hoínbres.

Estos indispensables vínculos implican la necesidad de comunicación, de un lenguaje entre los hombres, que permite a su vez desarrollar la consciencia, la reflexión, la «producción de ideas» (de conceptos). Todas las acciones importantes de la vida humana van acompañadas de reflexiones sobre estas acciones en la cabeza de los hombres.

Pero estas reflexiones no se producen de forma totalmente espontánea. Un individuo común y corriente no puede inventar normalmente ideas nuevas. La mayoría de los individuos reflexionan con la ayuda de ideas aprendidas en la escuela o en la Iglesia, y en nuestra época además con la ayuda de ideas sacadas de la televisión o de la radio, de la publicidad o de los periódicos. Por tanto, la producción de ideas y de los sistemas de ideas —lo que se llama ideologías— es muy limitada. También podemos ver que es patrimonio de una pequeña minoría de la sociedad.

 

 

En cada sociedad de clase, la ideología dominante es la ideología de la clase dominante. Ello se debe en primer lugar a que los productores de ideologías se encuentran en situación de dependencia material con respecto a los propietarios del sobreproducto social.

En la alta Edad Media, poetas, pintores, filósofos, son mantenidos por los señores y por la Iglesia (gran propietaria de haciendas junto con la nobleza). Cuando cambia la situación social y económica, los mercaderes y banqueros  ricos  se  nos  muestran  igualmente  comanditarios  de  obras  literarias,  filosóficas  o  artísticas.  La dependencia  material  no  es  por  ello  menos  acentuada.  Hay  que  esperar  la  llegada  del  capitalismo  para  que aparezcan productores de ideologías que ya no trabajen directamente bajo la dependencia de la dase dominante, sino para un «mercado anónimo».

De todos modos, la función de la ideología dominante es incontestablemente una función es tabilizadora de  la  sociedad  tal  como  está,  es  decir,  con  la  dominación  de  clase.  El  derecho  protege  y  justifica  la  forma

 

 

 

predominante de la propiedad. La familia juega el mismo papel. La religión enseña a los explotados a aceptar su destino. Las ideas políticas y morales predominantes intentan justificar el reino de la clase dominante con ayuda de sofismas o de medias verdades (cfr. la tesis de Goethe, formulada durante y contra la revolución francesa, según la cual el desorden  provocado  por la lucha contra  la injusticia  sería  peor  que la propia  injusticia.  Moraleja:  ¡no cambiéis el orden establecido!).

 

 

 

4. Ideología dominante e ideologías revolucionarias

 

Pero aunque la ideología dominante de cada época es la ideología de la clase dominante, esto no quiere decir que las únicas ideas que existan en una sociedad de clase sean las de la clase dominante. En general  —y

.simplificando— cada sociedad de clase presenta por lo menos tres grandes categorías de ideas que la recorren:

 

— las ideas que reflejan los intereses de la clase dominante de la época y que son dominantes;

— las ideas de las antiguas clases dominantes, que ya han sido vencidas y alejadas del poder, pero que continúan  ejerciendo  su influencia  sobre  los  hombres.  Este  hecho  se debe  a la fuerza  de  inercia  de  la

consciencia, que siempre está más atrás que la realidad material. La transmisión y difusión de las ideas es en parte autónoma de lo que suceda en la esfera de la producción material. Por tanto, pueden seguir estando influidas por fuerzas social es que ya han dejado de ser las hegemónicas.

 

— las ideas de una nueva clase revolucionaria  ascendente,  que todavía está dominada,  pero que ya ha entablado  el combate  para su emancipación,  y que debe  librarse  por lo menos  en parte  de las ideas  de sus opresores antes de poder derrocar la opresión en los hechos.

 

El ejemplo del siglo XIX en Francia es el más típico a este respecto. La clase dominante es, en aquel momento, la burguesía. Tiene sus propios pensadores, juristas, ideólogos, filósofos, moralistas y escritores, desde el principio hasta el final del siglo. La nobleza semifeudal ha sido derrocada como clase dominante con la gran revolución francesa. A pesar de la restauración de los Borbones en 1815 ya no volverá al poder. Pero su ideología, y en especial el clericalismo ultramontano,  continuará ejerciendo una profunda influencia durante decenios, no sólo entre lo que resta de la nobleza, sino también en algunos sectores de la burguesía, en algunas capas de la pequeña burguesía (campesinos) e incluso entre la clase obrera.

 

Al lado de la ideología burguesa y de la ideología semifeudal se desarrolla ya, a pesar de todo, la ideología proletaria, en primer lugar la de los babocevistas, la de los blanquistas, y más tarde la de los colectivistas que desembocarán en el marxismo y en la Comuna de París.

 

 

 

5. Revoluciones sociales, revoluciones políticas

 

Cuanto más estable es una sociedad de clase, menos se pone en tela de juicio la hegemonía de la clase dominante, y más se reabsorbe la lucha de clases en conflictos limitados que no cuestionan la estructura de dicha sociedad, es decir, lo que los marxistas  llaman las relaciones  de producción  o el modo de producción.  Por el contrario,  cuanto  más  insegura  se  muestra  la  estabilidad  económica  y  social  de  un  determinado  modo  de producción, más contestada será la hegemonía de la clase dominante y más se desarrollará la lucha de clases, hasta el punto de plantear la cuestión del derrocamiento de esta dominación, la cuestión de la revolución social.

La revolución social estalla cuando las clases explotadas y dominadas dejan de considerar como algo inevitable, permanente y justo su explotación, cuando no se dejan intimidar ni reprimir por la violenta coacción de los gobernantes, cuando dejan de aceptar la ideología que justifica su reinado, cuando reúnen las suficientes fuerzas materiales y morales para el derrocamiento de la clase dominante.

Una vez dadas dichas condiciones, se producen las transformaciones económicas profundas. La anterior organización  social,  el  modo  de  producción  establecido  que  permitió  durante  un  cierto  período  de  tiempo desarrollar las fuerzas productivas,  la riqueza material de la sociedad, se había convertido en un freno para su ulterior desarrollo. La expansión de la producción choca con su organización social, con las relaciones sociales de

 

 

 

producción; ésta es la fuente última de todas las revoluciones sociales de la historia.

La revolución social substituye el reino de una clase por el de otra clase. Presupone la eliminación del poder  de  Estado  de  la  antigua  clase  dominante.  Toda  revolución  social  va  por  tanto  acompañada  de  una revolución política. Las revoluciones burguesas se caracterizan, en términos generales, por la eliminación de la monarquía absoluta y su reemplazo por el poder político concedido a las Asambleas elegidas por la burguesía. Los Staten-Generaal suprimen el poder de Felipe II de España en la revolución de los Países Bajos. El Parlamento inglés destruye  el absolutismo  de Carlos  I en la revolución  inglesa  de 1649.  El Congreso  americano  rompe  con  la dominación del rey Jorge III sobre las trece colonias. Las distintas asambleas de la Revolución francesa de 1789 destruyen la monarquía borbónica.

Pero aunque toda revolución social sea al mismo tiempo una revolución política, toda revolución política no  es  necesariamente   una  revolución  social.  Una  revolución  que  sólo  sea  política  implica  el  cambio  por  vía revolucionaria de una forma de dominación, de una forma de Estado de una clase por otra forma de Estado de la misma clase.

Por  ejemplo,  las  revoluciones  francesas  de  1830,  1848,  y  de  1870  eran  revoluciones  políticas  que instauraron sucesivamente  la monarquía de julio, la II República, el Segundo Imperio y la III República, todas formas políticas distintas del gobierno de una misma y única clase social: la burguesía. En general, las revoluciones políticas transforman la forma de estado de una misma clase social en función de los intereses predominantes de las  distintas  capas  y  fracciones  de  esta  misma  clase  que  se  van  sucediendo  en  el  poder.  Pero  el  modo  de producción fundamental no cambia en absoluto con todas estas revoluciones.

 

 

 

6. Particularidades del  Estado burgués

 

La burguesía moderna no ha creado su máquina de Estado a partir de cero. Se ha contentado, a grandes rasgos, con tomar el aparato de Estado de la monarquía absoluta después de remoldearlo para hacer de él un instrumento que sirviera a sus intereses de clase.

El Estado burgués  se distingue  por el hecho de que al lado de su función  represiva  y de su función ideológica (integradora), cumple una función indispensable para la buena marcha de la economía capitalista: la de asegurar las  condiciones  generales de la producción  capitalista.  En efecto,  la producción  capitalista  es una producción fundada en la propiedad privada y la competenc ia. Este hecho impide que el interés colectivo de la burguesía en tanto que clase pueda identificarse con el interés de un capitalista, aunque sea el más rico. El Estado adquiere una cierta autonomía para poder representar estos intereses colectivos; es el «capitalista colectivo ideal» (F. Engels).

Para que la economía capitalista pueda funcionar de manera normal, y no digamos ideal, hace falta que existan condiciones de derecho y de seguridad estables e iguales para todos los capitalistas. Es necesario al menos un  mercado  nacional  unificado,  un  sistema  monetario  basado  en  una  moneda  única  y  sobre  un  número relativamente reducido de monedas nacionales. Todas estas condiciones no pueden resultar espontáneamente de la producción privada o de la competencia cap italista. Son creadas por el Estado burgués.

Cuando la burguesía es económicamente próspera, socialmente ascendente y politicamente segura de su dominación,  tiende  a reducir  las funciones  económicas  del Estado  al mínimo  que acabamos  de enunciar.  Al contrario, en condiciones de debilidad y de declive del reinado burgués, busca extender sus funciones a fin de garantizar el beneficio privado.

 

 

Bibliografía:

K. Marx-F. Engels: El manifiesto comunista.

F. Engels: Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado. Hermán Gorter: Het bistorisch materialisme.

Bujarin: La teoría del materialismo histórico. Plejánov: Cuestiones fundamentales del marxismo.

K. Kautsky: Etica y concepción materialista de la historia.

A. Moret-G. Davy: Des clans aux Empires.

 

 

 

De la pequeña producción mercantil al modo de producción capitalista

 

 

 

1. Producción para la satisfacción de las necesidades y producción para el cambio

 

En la sociedad primitiva primero, y después en el seno de la comunidad aldeana nacida de la revolución neolítica, la producción estaba esencialmente basada en la satisfacción de las necesidades de las colectividades productivas. El cambio era algo accidental. No intervenía nada más que sobre una pequeña parte de los bienes de los que disponía la comunidad.

Una forma de producción  semejante  presupone  una organización  deliberada  del trabajo. El trabajo en estas sociedades es, pues, inmediatamente social. Decir organización deliberada del trabajo no quiere decir necesariamente  organización consciente (ni verdaderamente científica), ni organización minuciosa. Muchas cosas pueden ser dejadas al azar, precisamente porque ninguna postura tendente al enriquecimiento privado preside la actividad económica. Las costumbres, los hábitos ancestrales, los ritos, la religión, la magia pueden determinar la alternancia y el ritmo de las actividades productivas. Pero estas están destinadas siempre y de un modo esencial a la satisfacción de necesidades inmediatas de la colectividad, no al cambio o al enriquecimiento convertido  en un fin por sí mismo.

De una organización semejante de la vida económica se desgaja poco a poco una forma de organización económica diametralmente opuesta. A partir de los progresos de la división del trabajo, de la aparición de un cierto excedente, el potencial de trabajo de la colectividad es progresivamente  dividido en unidades (grandes familias, familias patriarcales) trabajando independientemente  unas de otras.  El carácter privado del trabajo y de la propiedad privada de los productos del trabajo,  o sea, de los medios de producción,  se interponen  entre los miembros  de la comunidad e impiden establecer relaciones económicas deliberadas entre ellos. Estas unidades o individuos no se relacionan  ya  unos  con  otros,  en  la  vida  económica  a  través  de  una  asociación  directa.  Unos  con  otros  se relacionan por intermedio del cambio de los productos de su trabajo.

La mercancía es un producto del trabajo social que está destinado a ser cambiado por su productor y no a ser consumido por él o por la colectividad inmediata le la que forma parte. Presupone, pues, una situación social esencialmente diferente de aquella en la que la masa de los productos está destinada al consumo inmediato de las colectividades que la producen. Hay algunos casos transitorios (por ejemplo, las llamadas formas de subsistencia en nuestra época, que venden un pequeño excedente en el mercado). Pero para comprender bien la diferencia fundamental  entre  una  situación  social  en  la  que  se  produce  esencialmente  para  el  consumo  directo  de  los productor es, y la situación en la que se produce para el cambio, hace falta recordar la respuesta maliciosa del socialista  alemán  Ferdinand  Lassalle  a un  economista  libera]  de  su  época:  «Sin  duda  el Sr.  Dupont-Dupont, empresario de pompas fúnebres, fabrica primero  ataúdes para su propio uso y el de los miembros de su familia, para no vender nada más que el excedente que le queda...»

 

 

 

2. La pequeña producción mercantil

 

La producción de mercancías apareció en primer lugar, hace 10 ó 12.000 años, en el Medio Oriente, en el marco  de  una  primera  división  del  trabajo  entre  los  artesanos  profesionales  y  los  campesinos,  es  decir,  a continuación de la aparición de Jas primeras ciudades.

Llamamos  pequeña  producción  mercantil  a  aquella  organización  económica  en  la  que  prevalece  la producción para el cambio, y los productores que son dueños de sus condiciones de producción.

Aunque haya habido formas múltiples de pequeña producción mercantil, especialmente en la Antigüedad y en el seno del modo de producción asiático, la pequeña producción mercantil conoció su principal desarrollo

 

 

 

entre el siglo XIV y el XVI en Italia del norte central y en los Países Bajos del sur y del norte, viéndose  la desaparición de la servidumbre en estas regiones y en estas épocas; y de hecho los propietari os de las mercancías que se encontraban en el mercado eran, a grandes rasgos, libres e iguales, más o menos, en derechos.

Es precisamente este carácter de libertad y de igualdad relativas de los propietarios de las mercancías, en el seno de una sociedad fundada sobre la pequeña producción mercantil, lo que permite entender la función misma del cambio: permite la continuidad  de todas sus actividades  productivas  esenciales, a pesar de una división del trabajo ya avanzada, y sin que estas actividades dependan de decisiones deliberadas  de la colectividad  o de sus señores.

La organización del trabajo fundada en el reparto deliberado y previsto de antemano de la mano de obra entre diferentes ramas de actividad esenciales para satisfacer las necesidades de la sociedad se sustituye ahora por una división del trabajo más o menos «anárquica» y «libre», en la que aparentemente el azar gobierna este reparto de recursos productivos vivos y muertos (instrumentos de trabajo). El cambio y su resultado se sustituyen ahora por  la  planificación  usual  o  consciente  para  repartir  esos  recursos.  Pero  debe  hacerse  de  tal  forma  que  la continuidad de la vida económica esté asegurada (con, ciertamente, numerosos «accidentes de recorrido», crisis, interrupciones de la reproducción) de tal modo que todas las actividades esenciales encuentren practicantes.

 

 

 

3. La ley del valor

 

Es la misma forma de realización del cambio lo que asegura sus resultados, al menos a medio plazo. Las mercancías se cambian según las cantidades de trabajo necesarias para producirlas. Los productos de una jornada de trabajo de un colono se cambian por los productos de una jornada de trabajo de un tejedor. Precisamente en el alba de la pequeña producción mercantil, cuando la división del trabajo entre artesanos y campesinos no es nada más que rudimentaria, cuando muchas de las actividades artesanales se practican aún en la granja, es evidente que el  cambio  no  puede  fundarse  nada  más  que  sobre  una  equivalencia  semejante.  De  otro  modo,  la  actividad económica  menos  recompensada  sería  rápidamente  abandonada.  Se  produciría  entonces  una  penuria  en  este terreno.  Esta  penuria  haría  subir  los  precios  y  con  ello  la  recompensa  obtenida  por  estos  productores determinados. De esta forma las actividades productivas se redistribuirían entre los diferentes sectores de actividad restableciendo la regla de equivalencia:  por una misma cantidad de trabajo proporcionado, una misma cantidad de valor recibido en el cambio.

Llamamos  «ley del valor», la ley. que gobierna  el cambio  de mercancías  y, por intermedio  de ésta, el reparto de la fuerza de trabajo, y de todos los recursos productivos, entre las diferentes ramas de actividad. Se trata de una ley económica que se funda esencialmente en una forma de «organización del trabajo», en relaciones establecidas entre los hombres diferentes de las que presiden la organización de una economía planificada según las costumbres o las elecciones conscientes de. productores asociados.

La ley del valor asegura el reconocimiento social el trabajo convertido en trabajo privado. En este sentido, la ley debe funcionar basándose en criterios objetivos, iguales para todos. Es, pues, inconcebible que un zapatero holgazán, que tendría necesidad de dos días de trabajo para producir un par de zapatos, que un zapatero hábil produciría  en  una  jornada  de  trabajo,  hubiera  producido  finalmente  dos  veces  más  valor  que  este  último. Semejante funcionamiento del mercado, que recompensa la pereza o la falta de cualificación llevaría a una sociedad basada en la división del trabaj o y el trabajo privado a la regresión rápida, a la debilidad. Por eso la equivalencia de las  jornadas  de  trabajo  asegurada  por  la  ley  del  valor  es  una  equivalencia  de  trabajo  según la media  social  de productividad. Esta media, en una sociedad precapitalista, es generalmente estable y conocida por todos, puesto que la técnica productiva en ella evoluciona muy lentamente, o nada. Decimos, pues, que el valor de las mercancías está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirlas.

 

 

 

4. La aparición del capital

 

En la pequeña producción mercantil, el pequeño granjero y el pequeño artesano van al mercado con el producto  de  su  trabajo.  Lo  venden  para  comprar  productos  de  los  que  tienen  necesidad  para  su  consumo

 

 

 

inmediato  y que no los produ cen. Su actividad  en el mercado  puede  resumirse  por la fórmula:  vender  para comprar.

Muy rápidamente, la pequeña producción mercantil exige, sin embargo, la aparición de un medio de cambio universalmente aceptado (también llamado «equivalente general»), para facilitar el cambio. Este medio de cambio por el que se pueden cambiar indiferentemente todas las mercancías, es la moneda. Con la aparición de la moneda, otro personaje  social, otra clase social, aparece  como consecuencia  de un nuevo progreso  en la división  social del trabajo: el propietario de dinero, distinto del propietario de mercancías y opuesto a él. Es el usurero o el negociante especializado en comercio internacional.

El capital —pues es de lo que se trata, bajo su forma inicial y elemental de capital-dinero— es todo valor que trata de apropiarse una plusvalía, que está lanzado a la búsqueda de una plusvalía. Esta definición marxista del capital se opone a la definición usual en los manuales burgueses, según la cual el capital seria, simplemente, todo instrumento de trabajo, o incluso, de un modo más vago, «todo bien duradero». Con esta definición, el primer mono que hubiera golpeado un platanero con un palo para coger un plátano seria el primer capitalista...

Subrayémoslo una vez más: como todas las «categorías económicas», la categoría «capital» no puede entenderse  nada más que si se la comprende  como fundada en una  relación social entre los hombres: a saber una relación tal que permita a un propietario de capital apropiarse de una plusvalía.

 

 

 

5. Del capital al capitalismo

 

La existencia del capital no se identifica con la existencia del modo de producción capitalista. Al contrario, los capitales han existido y circulado desde hace miles de años y antes de la eclosión del modo de producción capitalista en Europa occidental en los siglos XV y XVI.

El usurero y el mercader aparecen en un principio en el seno de sociedades precapitalistas,  esclavistas, feudales o fundadas en el modo de producción asiático, Operan especialmente fuera de la esfera de la producción. Aseguran la introducción del dinero en una sociedad natural (en general, este dinero afluye del extranjero) introduciendo productos de lujo venidos de lejos, asegurando un mínimo de crédito tanto a las clases poseedoras desprovistas de fortunas mobiliarias, como a los reyes y emperadores.

Semejante  capital  es  políticamente  débil,  y  no  está  protegido  contra  las  exacciones,  la  rapiña  y  la confiscación.  Esta es además su suerte habitual, y es por ello por lo que el capitalista protege celosamente  su tesoro, guardándose una parte y cuidándose bien de invertirlo totalmente para evitar confiscaciones: por ejemplo, lo que les sucedió a los Templarios en el siglo XIV en Francia. Los banqueros italianos que financiaban las guerras de los reyes de Inglaterra se vieron de hecho desposeídos ya que esos reyes no reembolsaban sus deudas.

Solamente cuando cambiaron las relaciones de fuerzas políticas hasta el punto en que esas confiscaciones directas e indirectas fueron cada vez más difíciles, el capital pudo acumularse —crecer— de manera cada vez más continua. A partir de aquel momento, se hace posible la penetración del capital en la esfera de la producción, y con ella, el nacimiento del modo de producción capitalista, el nacimiento del capitalismo moderno.

Ahora, el detentador de capitales no es un simple usurero, banquero o mercader. Es propietario de medios de producción, alquila brazos, organiza los medios de producción, es fabricante, manufacturero o industrial. La plusvalía ya no se extrae de la esfera de la distribución. Se produce de un modo normal en el curso del proceso productivo.

 

 

6. ¿Qué es la plusvalía?

 

En la sociedad precapitalisla, cuando los propietarios de capitales operan esencialmente en la esfera de la circulación,  no pueden apropiarse una plusvalía mas que explotando  de manera parasitaria los rendimientos  de otras clases de la sociedad. El origen de esta plusvalía parasitaria quizá sea la parte del excedente agrícola (por ejemplo, de la renta feudal) del que la nobleza o el clero son los propietarios iniciales, o una parte de las escasas rentas de los artesanos y campesinos. Esta plusvalía es esencialmente fruto de la rapiña y del engaño. La piratería, el  pillaje,  el  comercio  de  esclavos,  jugaron  un  papel  esencial  en  la  constitución  de  las  fortun as  iniciales  de

 

 

 

mercaderes árabes, italianos, franceses, flamencos, alemanes, ingleses, en la Edad Media. Más tarde, el hecho de comprar mercancías por debajo de su valor en mercados lejanos, para después revenderlas por encima de su valor en mercados medi terráneos o de Europa del oeste y de Europa central jugó un papel semejante.

Está claro que una plusvalía semejante no resulta nada más que de una actividad de transferencia.  La riqueza global de la sociedad, considerada  en su conjunto, no se acrecienta apenas. Unos pierden lo que otros ganan. En efecto, durante milenios, la riqueza mobiliaria de toda la Humanidad sólo aumentó un poco. Sucederá de otro modo  desde  el advenimiento  del modo  de producción  capitalista.  Sólo a partir  de este momento  la plusvalía no será simplemente retirada del proceso de circulación de mercancías. Ahora la plusvalía se producirá con normalidad, y se acrecentará normalmente en amplitud, en el curso del mismo proceso productivo.

Hemos visto que en todas las sociedades de clase precapitalistas, los productores (esclavos, siervos, campesinos) estaban obligados a repartir su semana de trabajo, o su producción anual, entre una parte que ellos mismos consumían (producto necesario) y una parte de la que se apropiaba la clase dominante (sobre producto social).En  la fábrica  capitalista  se manifiesta  el mismo  fenómeno,  si bien aparece  velado  por la apariencia  de relaciones mercantiles que parecen gobernar la «libre compra y venta» de la fuerza de tra bajo entre capitalistas y obreros.

Cuando el obrero comienza a trabajar en la fábrica, al comienzo de su jornada (o de su semana) de trabajo, incorpora un valor a las materias primas que él manipula. Al cabo de un determinado  número de horas (o de jornadas) de trabajo, ha reproducido un valor que es exactamente el equivalente a su salario cotidiano (o semanal). Si en ese momento  dejara  de trabajar,  el capitalista  no obtendría  ni un céntimo  de plusvalía.  Pero,  en estas condiciones  el capitalista  no tendría  ningún  interés  en comprar  esa fuerza  de trabajo.  Como  el usurero  o el mercader de la Edad Media, «compra para vender». Compra la fuerza de trabajo para obtener de ella un producto más elevado a lo que ha pagado para comprarla. Este «suplemento», este «pico», es precisamente su plusvalía, su beneficio. Está claro que si el obrero reproduce el equivalente de su salario en 4 horas de trabajo, trabajará no 4, sino 7, 8ó9 horas. Durante estas 2, 3, 4 ó 5 horas «suplementarias» produce la plusvalía para el capitalista, a cambio de la cual a él no le toca nada.

El origen  de la plusvalía  está, pues,  en el trabajo  excedente,  en el trabajo  gratuito  apropiado  por eh capitalista. «Pero eso es un robo» se gritará. La respuesta debe ser «sí y no». Sí, desde el punto de vista del obrero; no, desde el punto de vista del capitalista y de las leyes del mercado.

El capitalista, en efecto, no ha comprado en el mercado «el valor producido o a producir por el obrero». No ha comprado su trabajo, es decir, el trabajo que el obrero va a efectuar (si hubiera hecho esto, habría cometido un  robo  pura  y  simplemente;  habría  pagado  1.000  pesetas  por  lo  que  vale  2.000  pesetas).  El  capitalista  ha comprado la fuerza de trabajo  del obrero. Esta fuerza de trabajo tiene un valor propio del mismo modo que toda mercancía tiene su valor. El valor de la fuerza de trabajo está determinado por la cantidad de trabajo necesaria para reproducirla, es decir, para la subsistencia (en el sentido amplio del término) del obrero y de su familia. La plusvalía tiene su origen en el  hecho de la  diferencia que aparece entre el valor producido por el obrero y el valor de las mercancías necesarias para asegurar su subsistencia. Esta diferencia se debe al crecimiento de la productividad del trabajo del obrero. El capitalista puede apropiarse los beneficios del crecimiento de la productividad del trabajo porque la fuerza de trabajo se ha convertido en una mercancía, porque el obrero ha sido puesto en una situación en la que no puede producir su propia subsistencia.

 

 

 

7. Las condiciones de aparición del capitalismo moderno

 

El   capitalismo  moderno  es   el   producto  de   tres transformaciones económicas y sociales:

a) La separación de los productores de sus medios de producción y de subsistencia. Esta separación se ha efectuado claramente en la agricultura por la expulsión de los pequeños campesinos de las tierras señoriales transformadas en praderas; en el artesanado por la destrucción de las corporaciones medievales; por el desarrollo de la industria domiciliaria; por la apropiación privada de las reservas de ti erras vírgenes, etc.

b) La formación de una clase social que monopoliza estos medios de producción, la burguesía moderna. La aparición de esta clase supuso al principio una acumulación de capitales bajo forma de dinero, después una transformación  de los me dios de producción  que son tan caros  que sólo los propietarios  de capitales-dinero

 

 

 

Considerables pueden adquirirlos. La revolución industrial del siglo XVIII, por la que en lo sucesivo la producción se basará en el maquinismo, realiza esta transformación de manera definitiva.

c) La transformación de la fuerza de trabajo en mercancía. Esta transformación resulta de la aparición de una clase que no posee nada más que su fuerza de trabajo, y que, para poder subsistir, esta obligada a vender esta fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción.

«Gentes  pobres  y necesitadas,  entre  las que abundan  los que tienen  el peso y la carga  de mujeres  y numerosos niños, y que no poseen nada más que lo que pueden ganar con el trabajo de sus manos»: he aquí una descripción excelente del proletariado moderno, extraída de un memorial de finales del siglo XVI, realizado en Leyde (en los Países Bajos).

Porque esta masa de proletarios no puede elegir sino es entre la venta de su fuerza de trabajo y el hambre permanente, es por lo que está obligada a aceptar como precio de su fuerza de trabajo el precio dictado por las condiciones capitalistas normales en el «mercado de trabajo», es decir, el mínimo vital socialmente reconocido.  El proletariado es la clase de los que están obligados por este apremio económico, a vender su fuerza de trabajo de un modo más o menos continuo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

K. Marx: Salarios, Precio y Ganancia.

Rosa Luxemburgo: Introducción a la Economía Política.

Ernest Mandel: Iniciación a la teoría económica marxista.

— Tratado de economía marxista.

Pierre Salama y Jacques Valier:  Introducción a la Economía Política.

 

 

 

La Economía capitalista

 

 

1. Las particularidades de la economía capitalista

 

La economía capitalista funciona según una serie de características que le son propias y entre las cuales destacamos;

 

a) La producción es exclusivamente una producción de mercancías; producción destinada a ser vendida en el mercado. Sin la venta efectiva de ls mercancias producidas, las firmas capitalistas y la clase burguesa en su conjunto, no pueden realizar la plusvalía producida por el trabajador, y que está contenida en el valor de las mercancias fabricadas

b) La producción se efectúa en condiciones de propiedad privada de los medios de producción. Esta propiedad no es tan sólo una categoría jurídica sino más bien una categoría económica Esto significa que el poder de disponer  de  fuerzas  productivas  (medios  de  producción  y  fuerzas  de  trabajo)  no  pertenece  a  la colectividad, sino que está dividido entre diferentes firmas separadas, controladas por distintos grupos capitalistas   (propietarios   individuales,   familiares,   sociedades   anónimas   o  grupos   financieros).   Las decisiones sobre inversiones, que condicionan en gran medida la coyuntura económica, se toman también de un modo separado, sobre la base del  interés privado e independientemente por cada unidad o grupo capitalista.

c) La producción se realiza para un mercado anónimo. Se rige por los imperativos de la competencia. Desde el momento en que la producción no está limitada por la costumbre (como en las comunidades primitivas) ni por la reglamentación (como en las corporaciones de la Edad Media) cada capital particular (cada propietario, cada forma, o cada grupo capitalista) se esfuerza en aumentar su cifra de negocios, en acaparar una parte lo más grande posible del mercado, sin tomarse interés por las decisiones análogas de otras firmas que operen en la misma actividad.

d) El objetivo de la producción capitalista es el de realizar el máximo beneficio. Las clases poseedoras precapitalista   vivían  del  sobreproducto   social,  consumiéndolo   casi  en  su  totalidad  de  un  modo improductivo. La clase capitalista, también ella, debe consumir improductivamente una parte del sobreproducto social, del beneficio que realiza. Pero para realizar estos beneficios, debe poder vender sus mercancías.  Esto  implica  que  debe  poder  ofrecerlas  al  mercado  a  un  precio  más  bajo  que  el  de  la competencia. Para hacer esto, debe poder bajar los costes de producción. El medio más eficaz para bajar los costes de producción (el precio de fábrica) es ensanchar la base de la producción, es producir más y ayudarse por máquinas cada vez más perfeccionadas. Pero esto reclama capitales sin cesar y cada vez más elevados. Es, pues, bajo el látigo de la competencia como el capitalismo se ve obligado a buscar el máximo de beneficio para poder desarrollar al máximo sus inversiones productivas.

e)  De  este  modo,  la  producción  capitalista  aparece  como  una  producción  no  tan  sólo  para  obtener beneficios, sino para acumular capital. En efecto, la lógica del capitalismo implica que la parte mayor de la plusvalía sea acumulada productivamente (transformada en capital suplementario, bajo forma de máquinas y de materias  primas suplementarias,  y de mano de obra suplementaria),  y no consumida improductivamente (consumo privado de la burguesía y de sus servidores).

 

La producción que tiene por fin la acumulación de capital está abocada a resultados contradictorios. Por una parte, el desarrollo incesante del maquinismo implica un arranque de las fuerzas productivas y de la productividad del trabajo que crea los fundamentos materiales de la emancipación de la Humanidad para que deje de estar apremiada por el deber de "trabajar con el sudor de su frente». He aquí la función históricamente progresiva del capitalismo. Pero, por otro lado, el desarrollo del maquinismo. bajo el imperativo de la búsqueda del máximo de beneficio v de acumulación sin que cese de crecer el capital, implica una subordinación cada vez más brutal del trabajador a la máquina, de las masas laboriosas a las «leyes de mercado» que las hacen perder periódicamente la cualificación y empleo.  El  desarrollo  capitalista  de  las  fuerzas  productivas  es  al  mismo  tiempo  un  desarrollo  cada  vez,  más

 

 

 

pronunciado de la alienación de los trabajadores  (y, de manera indirecta de todos los ciudadanos  de la sociedad burguesa) de sus instrumentos de trabajo, de los productos de su trabajo, en una palabra, de sus condiciones de vida (comprendidas  sus condiciones  de consumo  y utilización  del tiempo  libre) y de sus relaciones  realmente humanas con sus conciudadanos.

 

 

 

2. El funcionamiento de la economía capitalista

 

Para obtener el máximo de beneficio y desarrollar lo más posible la acumulación de capital, los capitalistas deben reducir al máximo la parte del valor añadido por la fuerza de trabajo que revierte a ésta bajo la forma de salario. Este valor añadido, esta «renta creada» es en efecto determinada en el proceso de producción en sí, independientemente   de  todo  problema  de  reparto.  Es  equivalente  a  la  suma  total  de  horas  de  trabajo proporcionadas por el conjunto de productores asalariados. De este pastel cuanto más grande sea la parte de los salarios reales pagados, más pequeña será forzosamente la parte de la plusvalía Cuanto más buscan los capitalistas ampliar la parte que revierte a la, plusvalía, tanto más obligados se ven a reducir la parte atribuida a los salarios.

Los dos medios esenciales por los cuales los capitalistas se esfuerzan en acrecentar su parte, es decir, la plusvalía, son:

a) La prolongación  de la jornada  de trabajo  (del siglo  XVI  hasta  mediados  del XIX  en Occidente;  en numerosos países semicoloniales y coloniales hasta nuestros días), la reducción de los salarios reales, la rebaja en el mínimo vital. Es lo que Marx llamó el acrecentamiento de la plusvalía absoluta.

b) El aumento de la intensidad y de la productividad de trabajo en la esfera de los bienes de consumo (que prevalece en Occidente a partir de la segunda mitad del siglo XIX). En efecto, si por consecuencia de un aumento de la productividad  del trabajo en las industrias de bienes de consumo y en la agricultura,  el obrero industrial medio reproduce el valor de un conjunto determinado de estos bienes de consumo en tres horas de trabajo en lugar de deber trabajar cinco horas para producir la plusvalía que proporciona a su patrón puede pasar del producto de tres al de cinco horas de trabajo si la jornada de trabajo queda fijada en ocho horas. Esto es lo que Marx llama el incremento de la plusvalía relativa.

 

Cada capitalista busca obtener el máximo de beneficio, pero para obtenerlo o para llegar a ello busca también incrementar  al máximo la producción,  y a bajar sin cesar el precio de coste y el precio de venta (en unidades  monetarias  estables).  Gracias  a esto, la competencia  realiza a término  medio una selección  entre las firmas capitalistas. Sólo las más productivas y las más rentables sobreviven. Aquellas que venden demasiado caro no sólo no realizan el máximo de beneficio. sino que termi nan viendo desaparecer por completo su beneficio. Quiebran,  o  son  absorbidas  por  sus  competidores.  La  competencia  entre  los  capitalistas  termina  así  en  una nivelación de las tasas de beneficio.

La mayor parte de las firmas terminan por tener que contentarse con un beneficio medio determinado en último análisis por la masa total de capital social invertido y la masa total de la plusvalía proporcionada  por el conjunto de los asalariados productivos. Sólo las firmas que gozan de un fuerte avance en productividad, o de una situación de monopolio, obtienen beneficios extraordinarios, es decir, beneficios por encima de esta media. Pero en general, la competencia capitalista no permite casi sobrevivir por un tiempo ilimitado, ni a los beneficios extraordinarios ni a los monopolios. Son las variaciones en relación a este beneficio medio las que rigen en gran parte las inversiones en el modo de producción capitalista.  Los capitales abandonan los sectores en los que el beneficio está por debajo de la media, y afluyen hacia los sectores donde el beneficio es superior a la media (por ejemplo, afluyen hacia el sector del  automóvil en  los años 60 y abandonan esta rama para afluir hacia el sector energético en los años 70 de nuestro siglo).

Pero afluyendo  hacia los sectores  en los que la tasa de beneficio  está por encima  de la media,  estos capitales origina en ellos una competencia acrecentada, una superproducción, una baja de los precios de venta, una baja de los beneficios, hasta que las tasas de beneficios se establecen más o menos al mismo nivel en todas las ramas.

 

 

 

3.  La evolución de los salarios

 

Una de las características del  capitalismo es que transforma la fuerza de  trabajo humano en mercancía. El valor de la  mercancía-fuerza de trabajo está determinada por sus costes de reproducción (el valor de todas las mercancías cuyo consumo es necesario para la reconstitución deja fuerza de trabajo). Se trata, por tanto, de una medida objetiva, independientemente  de   las apreciaciones   subjetivas o fortuitas   de grupos de individuos sean obreros o patronos. Sin embargo, el valor de la fuerza de trabajo tiene una característica particular en relación al de cualquier otra mercancía:   Comporta, además de un elemento estrictamente mensurable, un elemento variable. El elemento estable, es el valor de las mercancías que deben reconstituir la fuerza de trabajo desde el punto de vista fisiológico (que deben permitir al obrero recuperar sus calorías, vitaminas, una capacidad para desarrollar una energía muscular y nerviosa determinada, sin la que sería incapaz de trabajar al ritmo «normal» previsto por la organización capitalista del trabajo en un momento dado). El elemento variable, es el valor de las mercancías incorporado en el

«mínimum vital normal» en una época y en un país determinado que no forman parte del mínimo vital fisiológico.

Marx llama a esta parte del valor de la fuerza de trabajo su fracción «histórico-moral». Esto quiere decir que no es fortuita. Es el resultado de una evolución histórica y de una situación dada de las relaciones de fuerza entre el Capital y el Trabajo.  En este punto preciso del análisis económico  marxista, la lucha de ciases, su pasado y su presente, se convierten en un factor codeterminante de la economía capitalista.

El salario es el precio de mercado  de la fuerza de trabajo. Como todos los precios de mercado, fluctúa en tomo al valor de la mercancía examinada. Las fluctuaciones del salario están determinadas en particular por las fluctuaciones del ejército de reserva industrial, es decir, del par o, y esto en un triple sentido:

a) Cuando un país capitalista conoce un paro permanente  muy importante (cuando está industrialmente subdesarrollado), los salarios peligran estar constantemente bien por debajo, bien al nivel del valor de la fuerza de trabajo. Es te valor puede llegar a estar próximo del mínimo vital fisiológico.

b)  Cuando  el  paro  masivo  permanente  decrece  a  largo  plazo,  en  particular  como  resultado  de  la industrialización en profundidad v de la emigración en masa, los salarios pueden atravesar un  período de buena coyuntura por encima del valor de la fuerza del trabajo. La lucha obrera puede provocar a largo plazo una incorporación en este valor del equivalente de nuevas mercancías. El mínimo vital socialmente reconocido puede aumentar en términos reales, es decir, incluye nuevas necesidades.

c) Las altas y bajas del ejército de reserva industrial no dependen sólo de movimientos demográficos (tasas de  nacimiento  y  de  mortalidad  y  de  los  movimientos  de  migración  internacional  del  proletariado. Dependen  también  y sobre  todo  de la lógica de la acumulación  del capital.   En efecto, en la lucha para sobrevivir a la competencia, los capitalistas deben sustituir máquinas (el trabajo muerto) por la mano obra. Esta sustitución arroja constantemente mano de obra fuera de la producción. Las crisis juegan la misma función. Al contrario, en período de buena coyuntura y de «recalentamiento», cuando la acumulación del capital progresa a un ritmo febril, el ejército de reserva industrial se reabsorbe.

 

 

No hay, pues, ninguna «ley de bronce» que gobierne la evolución de los salarios. La lucha de clases entre el Capital y el Trabajo la determina en parte. El capital se esfuerza en hacer bajar los salarios hacia el mínimo vital fisiológico.  El  trabajo  se  esfuerza  por  extender  el  elemento  histórico  y  moral  del  salario  incorporando  más necesidades  nuevas  a satisfacer.  El grado  de cohesión,  de organización,  de solidaridad.  de combatividad  y de conciencia de clase del proletariado son factores que determinan la evolución de los sala ríos. Pero a largo plazo se puede descubrir una tendencia indiscutible hacia la pauperización relativa de la clase obrera. La parte del valor añadido creado por el proletariado, que recae en los trabajadores, tiende a bajar (lo que puede además acompa ñarse de un aumentó de los salarios reales). La diferencia entre, por un lado, las necesidades nuevas suscitadas por el desarrollo de las fuerzas productivas y el desarrollo de producción capitalista, y la capacidad de satisfacer las necesidades por los salarios recibidos, tiende a acre rentarse mientras tanto.

Un índice claro de esta pauperización es la creciente diferencia entre el aumento de la productividad del trabajo a largo plazo y el aumento de los salarios reales. Desde principios del siglo XX y hasta el comienzo de los setenta la productividad del trabajo ha aumentado alrededor de cinco a seis veces en la industria y la agricultura de Estados Unidos y Europa occidental y central. Los salarios reales de los obreros no han aumentado nada más que entre dos y tres veces durante el mismo período.

 

 

 

 

 

4. Las leyes de evolución del capitalismo

 

Junto  a las características  de su funcionamiento,  el modo  de producción  capitalista  evoluciona  según ciertas leyes de evolución (leyes de desarrollo) que de este modo pertenecen a su propia naturaleza:

a) La concentración y la centralización del capital. En la competencia los peces gordos devoran a los pequeños. Las grandes  empresas  (firmas)  acaban  con las empresas  (firmas)  de talla inferior,  que disponen  de menos medios, que no pueden beneficiarse de las ventajas de la producción en gran escala ni introducir la técnica más avanzada y más costosa. De esta manera, el tamaño de las firmas punteras aumenta sin cesar (concentración de capital). Hace un siglo las empresas con más de 500 asalariados eran una excepción. Hoy en día las hay que ocupan por encima de 100.000 asalariados. Al mismo tiempo muchas empresas derrotadas en la competencia son absorbidas por sus competidoras victoriosas (centralización del capital).

b) La proletarización progresiva de la población trabajadora.—La centralización del capital implica que el número de pequeños patronos que trabajan por su propia cuenta disminuye sin cesar. La parte de la población trabajadora obligada a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir se acrecienta continuamente. He aquí las cifras relativas a esta evolución en los Estados Unidos y que confirman de modo terminante la tendencia:

 

EVOLUCIÓN DE LA ESTRUCTURA  DE CLASES EN LOS ESTADOS UNIDOS

(En % de toda la población que ejerce una profesión)

 

 

        

 

Asalariados        Empresarios independientes

1880 62     36,9

1890 65     33,8

1900 67,9  30,8

1910 73,9  26,3

1920 73,9  23,5

1930 76,8  20,3

1939 78,2  18,8

1950 79,8  17,1

1960 84,2  14

1970 89,9  8,9

 

Al contrario de la leyenda ampliamente difundida esta masa proletaria, aunque fuertemente estratificada ve su grado de homogeneización acrecentarse y no decrecer. Entre un obrero manual, un empleado de banca y un pequeño funcionario público la diferencia es menor hoy de lo que era hace medio siglo o un siglo y lo mismo sucede en lo que concierne al nivel de vida a la inclinación a sindicarse y a hacer huelgas, al acceso potencial a la conciencia anticapitalista.

Esta proletarización progresiva de la población en régimen capitalista dimana es pecialmente de la reproducción automática  de  las  relaciones  de  producción  capitalista,  del  hecho  de  la  repartición  burguesa  de  las  rentas, reproducción ya mencionada más arriba. Que   los salarios sean bajos o elevados no sirven nada mas que para satisfacer las necesidades de consumo, inmediatas o diferidas, de los proletarios. Estos están en la incapacidad de acumular fortunas. Por otra parte la concentración del capital lleva consigo gastos de establecimiento cada vez más elevados, que obstruyen el acceso a la propiedad de las grandes empresas industriales y comerciales, no solamente a la totalidad de la clase obrera, sino también a la inmensa mayoría de la pequeña burguesía.

 

 

 

c) El aumento de la composición orgánica del capital.—El capital de cada capitalista, y por ello el capital de todos los capitalistas,  puede ser dividido en dos partes. La primera sirve para comprar máquinas,  edificios y materias primas. Su valor permanece constante en el curso de la producción; es simplemente conservado por la fuerza de trabajo, que transmite una parte en los productos que fabrica. Marx la llamó el  capital constante. La segunda sirve para la compra de la fuerza de trabajo, para el pago de los salarios. Marx la llamó  el capital variable,  es lo que produce  plusvalía.  La relación  entre  el capital  constante  y el capital variable es a la vez una relación técnica (para utilizar de manera rentable este o aquel conjunto de máquinas, hace falta darle tantas o cuantas toneladas de materias primas para devorar, es necesario poner a trabajar un número determinado de obreros u obreras) y una relación  de valor: en tanto que los salarios gastados para comprar x trabajadores para hacer andar las máquinas cuestan y pesetas, transformando z pesetas de materias primas. Marx designa esta doble relación de capital constante y de capital variable por la fórmula: composición orgánica del capital. Con el desarrollo del capitalismo industrial esta relación tenderá a crecer. Una masa creciente de materias primas y un número creciente (y cada vez má s complejo) de máquinas serán puestas en movimiento por 1 (10, 100, 1000) trabajadores. A una misma masa salarial corresponderá un valor cada vez más elevado gastado en la compra de materias primas, de máquinas, de energía y de construcciones.

d) La tendencia a la baja de la tasa media de beneficio.—Esta ley se deriva lógicamente de la precedente. Si la composición orgánica del capital aumenta, el beneficio tenderá a bajar en relación con el capital total, va que sólo el capital variable produce la plusvalía, produce el beneficio. Se habla de una ley de tendencia, y no de una ley que se impone de un modo «lineal» como la de la concentración del capital o la proletarización de  la  población  activa.  En  efecto,  hay  diversos  factores  que  contrarrestan  esta  tendencia.  El  más importante, entre ellos, es el aumento de la tasa de explotación de los asalariados, el aumento de la tasa de la  plusvalía  relación  entre  la  masa  total  de  la  plusvalía  y la  masa  total  de  los  salarios).  Es  necesario constatar,  sin  embargo,  que  la  tendencia  decreciente  de  la  tasa  media  de  beneficio  no  puede  ser neutralizada a la larga por el incremento de la tasa de plusvalía. Existe un límite por debajo del cual ni el salario real ni siquiera salario relativo pueden caer sin poner en peligro productividad social del trabajo, el rendimiento de mano de obra, por ello, no hay ningún límite al crecimiento de la composición orgánica del capital (esta puede tender hacia el infinito en las empresas automatizadas).

e) La  socialización objetiva de la producción. —Al principio de la producción mercantil cada empresa era una célula independiente,  no se establecían  nada más que relaciones  pasajeras  con proveedores  y clientes. Cuanto más evoluciona el régimen capitalista más van tejiendo lazos de interdependencia técnica y social duraderas entre empresas y sectores de un número creciente de países y de continentes. Una crisis en un sector repercute en todos los demás sectores. Por primera vez desde él origen del genero humano se crea de este modo una infraestructura económica común para todos los hombres, base de su solidaridad en el mundo comunista del mañana.

 

 

 

5. Las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista

 

Sobre  la  base  de  estas  leyes  de  desarrollo  del  régimen  capitalista,  una  serie  de  contradicciones fundamentales del modo de producción en cuestión pueden ser establecidas:

a) La contradicción entre la organización cada vez más deliberada, consciente, de la producción en el seno de cada firma capitalista, y la anarquía cada vez más pronunciada del conjunto de la producción capitalista que es el resultado de la supervivencia de la propiedad privada y  de la producción  mercantil generalizada

b) La contradicción entre la socialización objetiva de la producción, y el mantenimiento de la apropiación privada de los productos, del beneficio y de los medios de producción. Es en el momento en que la interdependencia  de las empresas, de los sectores, de los países, de los continentes, está más avanzada, cuando el hecho de que todo este sistema no funciona  sino como consecuencia  de las órdenes y los cálculos de beneficio de un puñado de magnates capitalistas revela plenamente su carácter a la vez económicamente absurdo y socialmente odioso.

c) La contradicción entre la tendencia del régimen capitalista a desarrollar las fuerzas productivas de manera

 

 

 

ilimitada y el cerco estrecho que debe obligatoriamente imponer al consumo individual y social de la masa de trabajadores, ya que el objetivo de la producción es que permanezca un máximo de plusvalía, lo que implica forzosamente la limitación de los salarios

d) La contradicción entre un desarrollo enorme de la ciencia y de la técnica —con su potencial para la emancipación del hombre— y la subordinación de estas fuerzas productivas potenciales a los imperativos de la venta de mercancías y del enriquecimiento de los capitalistas, lo que transforma periódicamente estas fuerzas productivas en fuerzas de destrucción (especialmente en el caso de las crisis económicas, de las guerras y de la aparición de regímenes de di ctadura ¡Fascista sangrienta, pero también en las amenazas que pesan  sobre  el  medio  ambiente  natural  del  hombre,  enfrentando  así  la  humanidad  con  el  dilema: socialismo o barbarie.

e) El desarrollo inevitable de la lucha de clases entre el capital y el trabajo, que mina periódicamente las condiciones  normales  de reproducción  de la sociedad  burguesa.  Esta problemática  será examinada  de manera más detallada en los capítulos 8. 9, 11 y 14.

 

 

 

6. Las crisis periódicas de sobreproducción

 

Todas las contradicciones  inherentes al modo de producción capitalista desembocan periódicamente en crisis de sobreproducción. 'La tendencia a las crisis periódicas de sobreproducción, a una marcha cíclica de la producción   que  atraviesa  sucesivamente   las  etapas  de  lanzamiento   económico,   de  buena   coyuntura,   de

«recalentamiento»  (el «boom»), de crisis y de depresión es inherente a este modo de producción, y sólo a él. La amplitud de estas fluctuaciones  puede variar de una época a otra, pero su realidad es inevitable en el régimen capitalista.

Ha habido crisis económicas (en el sentido de interrupción de la reproducción normal) en las sociedades precapitalistas; las ha habido igualmente en las sociedades postcapitalistas. Pero no se trata ni en un caso ni en otro de crisis de sobreproducción de mercancías y de capitales, sino más bien de crisis de subproducción de valores de uso. Lo que caracteriza la crisis de sobreproducción capitalista es que las rentas bajan, el paro se extiende, la miseria (y a menudo  el  hambre)  se  instalan,  no  porque  la  producción  física  haya  bajado,  sino,  al  contrario,  porque  ha aumentado de manera excesiva en relación al poder de compra disponible. Es porque los productos son invendibles, por lo que baja la actividad económica, no porque haya falta física de productos.

En la base de las crisis periódicas de sobreproducción se encuentra a la vez la disminución de la tasa media de beneficio, la anarquía de la producción capitalista y la tendencia a desarrollar la producción sin tener en cuenta los límites que el modo de distribución burguesa imponen al consumo de la masa trabajadora. Como consecuencia de la disminución de la tasa de beneficio, una parte creciente de los capitales no pueden obtener un beneficio suficiente. Las inversiones se reducen. El paro se extiende. La mala venta de un número creciente de mercancías se combina con este factor para precipitar una caída general del empleo, de las rentas, del poder adquisitivo y de la actividad económica en su conjunto.

La crisis de sobreproducción  es a la vez el producto de estos factores y el medio del que dispone el régimen  capitalista  para neutralizar  parcialmente  el efecto  crisis  provoca  la baja del valor  de las mercancías  y bancarrota de numerosas firmas. El capital total se luce, pues, en valor. Esto permite una subida de la tasa de beneficio y de la actividad de acumulación. El paro masivo permite acrecentar las tasas de explotación de la mano de obra, lo que conduce al mismo resultado.

La crisis económica acentúa las contradicciones sociales y puede desembocar en una crisis social y política explosiva. Señala que el régimen capitalista está maduro para ser reemplazado por un régimen más eficaz y más humano, que no derroche más los recursos humanos y materiales. Pero la crisis no provoca automáticamente el derrumbamiento de este régimen. Debe ser aprovechada por la acción consciente de la clase revolucionaria que ha hecho nacer: la clase obrera.

 

 

 

7. Unificación y fragmentación del proletariado

 

El capitalismo  crea al proletariado,  lo concentra  en empresas  cada vez más importantes,  le inculca la disciplina industrial y, con ella, la cooperación y solidaridad elementales en los lugares de trabajo. Pero todo esto está  condicionado  por  la  búsqueda  de  un  máximo  provecho,  tanto  para  cada  empresa  capitalista,  tomada aislada mente,  como para la clase burguesa,  en su conjunto.  Y esta clase es claramente  consciente  de1 hecho, confirmado por las primeras explosiones : luchas obreras, de que la concentración y unificación de las fuerzas proletarias representan para ella la gran amenaza.

Es por ello que el desarrollo del mundo de la producción es acompañado por un doble movimiento contradictorio: por una parte, la tendencia histórica, fundamental a largo plazo, de unificación y homogeneización del proletariado, del conjunto de los asalariados; por otra, las tentativas repetidas de fragmentar y estratificar la clase proletaria, sometiendo algunas de sus capas a la sobreexplotación y a la opresión particular, privilegiando relativamente  a otras capas. Ideologías particulares,  como el racismo, el sexismo, el chauvinismo,  la xenofobia, sirven para justificar y estabilizar estas formas particulares de sobreexplotación y opresión, que nacen en el seno mismo  de los primeros  países capitalistas,  pero que el colonialismo  y el imperialismo  acentuarán  y llevarán al paroxismo en la escala internacional.

El empleo masivo del trabajo femenino y juvenil ha sido uno de los medios preferidos, usado por los jóvenes industriales para «quebrantar» los salarios en las primeras manufacturas y fábricas. Al mismo tiempo, la burguesía, apoyándose sobre todo en la iglesia y otros agentes de diseminación de ideologías reaccionarias, ha estimulado poderosamente en el seno de la clase obrera y de otras clases trabajadoras de la población la idea de que

«el lugar de la mujer  está en el hogar»,  y que la mujer,  sobre  todo,  no debería  tener  acceso  a los oficios  y profesiones calificados (donde ella haría igualmente correr el riesgo de hacer bajar los salarios).

De  hecho,  en  el  régimen  capitalista  las  obreras  y  empleadas  son  sobreexplotadas  a  doble  título. Primeramente  porque  continúan,  en  su  gran  mayoría,  peor  remuneradas  que  los  hombres,  tanto  por  la subcalificación como por el pago de salarios, más bajos por un mismo trabajo, lo que aumenta directamente la masa  de la plusvalía  de  que  se  apropia  el  capital.  Luego,  porque  la  organización  de  la  vida  socioeconómica burguesa tiene su eje en la familia patriarcal, en tanto que célula de base de la consumación, de la reproducción física de la fuerza de trabajo. En consecuencia,  las mujeres están obligadas a proporcionar,  en el seno de esta familia, trabajo no remunerado, tal como la preparación de la comida, la calefacción, la limpieza, el cuidado y la educación de los hijos, etc. Este trabajo no es directamente fuente de plusvalía, puesto que no se inserta entre las mercaderías, pero indirectamente aumenta la masa de la plusvalía social, en la medida en que reduce los gastos de reproducción  de la fuerza de trabajo, a cargo de la clase burguesa. Si el proletario debiese comprar  todas sus comidas, vestidos, servicio de limpieza y calefacción en el mercado, si debiese pagar servicios de cuidadores y educadores de sus hijos fuera del horario escolar, su salario medio debería ser manifiestamente superior a lo que es cuando él puede recurrir al trabajo no remunerado  de su compañera,  hijas, madre, etc., y la plusvalía locial se reduciría otro tanto.

El carácter espasmódico de la producción capitalista, con sus bruscos aumentos y reducciones de la producción industrial, reclama un movimiento no menos espasmódico de aflujo y eliminación periódicos de mano de obra en los «mercados  de trabajo».  A fin de reducir  los costos  políticos  y sociales  de estos  movimientos violentos acompañados de tensiones y de miseria humana considerable, el capital tiene interés en aprovisionarse de una mano de obra originaria de países menos industrializados. Cuenta a la vez con su docilidad, producto de una miseria y un subempleo en principio mucho más pronunciado, y con las diferencias de costumbres y tradiciones entre esta mano de obra y la clase obrera «autóctona», como para obstaculizar el desarrollo de una verdadera solidaridad y unidad de clase que englobe al conjunto de proletarios de cada país y de todas las naciones.

Grandes  movimientos  migratorios  han  acompañado  así  toda  la  historia  del  mundo  de  producción capitalista; irlandeses hacia Inglaterra y Escocia; polacos hacia Alemania; italianos, luego nortafricanos, españoles, portugueses hacia Francia; indios hacia las colonias británicas primero, hacia Gran Bretaña después; chinos hacia todas las regiones del Pacífico; coreanos hacia Japón; olas sucesivas de emigrados hacia Norteamérica (ingleses, irlandeses,  italianos,  judíos,  polacos,  griegos,  mejicanos,  portorriqueños,  sin olvidar  los esclavos  negros  de los siglos XVII, XVIII y XIX), Argentina y Australia.

Cada  una de estas olas de inmigración  masiva  ha sido acompañada,  aunque  en grados  diversos,  por

 

 

 

fenómenos similares de sobreexplotación y opresión. Los inmigrados son acantonados en los empleos peor remunerados. Se les obliga a efectuar los trabajos más insalubres. Son aislados en ghettos y tugurios. Se les priva generalmente de toda enseñanza en sus lenguas maternas. Se introducen mil discriminaciones (especialmente en la adquisición de iguales derechos civiles, políticos, sindicales), a fin de dificultar su desarrollo intelectual y moral, de que permanezcan intimidados, sobreexplotados, y de mantenerlos en un estado de «movilidad» superior al del proletariado  autóctono  y  organizado  (comprendidas  también  la  expulsión  hacia  sus  países  de  origen  o  la deportación arbitraria).

Los prejuicios ideológicos difundidos simultáneamente en el seno de ese proletariado «autóctono» deben justificar a sus ojos la sobreexplotación,  y mantener la fragmentación y división permanentes de la clase obrera entre adultos  y jóvenes,  hombres  v mujeres,  «autóctonos»  e inmigrados,  cristianos  y judíos,  blancos  y negros, hebreos y árabes, etc.

El proletariado sólo puede llevar adelante su lucha de emancipación  —incluido el nivel de la defensa de sus intereses más inmediatos y más elementales— si se une y organiza de manera que afirme la solidaridad de clase y la unión de todos los asalariados. Es por ello que la lucha contra todas las discriminaciones y todas las formas de sobreexplotaci ón sufridas por la mujer, los jóvenes, los inmigrados, las nacionalidades y las razas oprimidas, no es sólo un deber humano y político elemental. Ella responde también a un evidente interés de clase. La educación sistemática de los trabajadores en el sentido de hacerles dejar de lado todos los prejuicios sobre el sexo, racistas, patrioteros,  xenófobos,  que  sostienen  esa  sobreexplotación   y  esos  esfuerzos  de  fragmentación  y  división permanentes del proletariado, es, pues, una tarea fundamental del movimiento obrero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía:

 

 

Karl Marx: Salario, precio y ganancia. Marx y Engels: El manifiesto comunista. Engels: Anti-Dühring (2.a parte).

Kautsky: La doctrina económica de Karl Marx.

Rosa Luxemburg: Introducción a la Economía Política. Ernest Mandel:  Introducción a la teoría económica marxista. Ernest Mandel: Tratado de economía marxista.

Pierre Salama y Jacques Valier.  Introducción a la economía política. E. Mandel y George Novack: La teoria marxista de la alienación.

 

 

 

El capitalismo de los monopolios

 

 

 

El funcionamiento del modo de producción capitalista no ha sido siempre el mismo desde sus orígenes. Sin referirnos al capitalismo manufacturero, que ocupa desde el siglo XVI hasta el XVIII, podemos distinguir dos fases de la historia del capitalismo industrial propiamente dicho:

— La fase del capitalismo de libre competencia, que va desde la revolución industrial (año 1760, aproximadamente) hasta la década de los ochenta del siglo XIX

— La fase del imperialismo, que abarca desde 1880, aproximadamente, hasta nuestros días.

 

 

 

1. De la libre competencia a los acuerdos capitalistas

 

Durante toda su primera fase de existencia, el capitalismo industrial se caracterizaba por la existencia de un gran número de empresas independientes en cada rama industrial. Ninguna de ellas podía dominar por sí sola el mercado. Todas intentaban vender mas barato para tener la esperanza de vender sus mercancías.

Esta situación se modificó cuando la concentración y la centralización capitalistas solo dejaron  subsistir en una serie de ramas industriales  un numero reducido de empresas que producen conjuntamente  el 60, 70, o incluso el 80 % de la producción total. Estas empresas podían entonces ponerse de acuerdo para intentar dominar el mercado, es decir, dejar de hacer bajar sus precios de venta repartiéndose entre sí los distintos mercados, según las correlaciones de fuerza del momento.

Este declive de la libre competencia capitalista vino facilitado en gran parte por la importante revolución tecnológica que se produjo al mismo tiempo: la substitución del motor de vapor por el motor eléctrico y el motor de explosión como fuentes principales de energía en la industria y en las principales ramas del transporte. Toda una  serie  de  nuevas  industrias  en  desarrollo  —industrias  eléctricas,  de  aparatos  eléctricos,  petroleras,  del automóvil,  químicas,  etc,— debían hacer unos gastos de instalación  mucho  más importantes  que las antiguas ramas industriales, lo cual redujo desde el primer momento el número de posibles competidores.

Las principales formas de acuerdo entre capitalistas son:

— el cártel y el sindicato en una rama de la industria, en los que cada firma que participa en el acuerdo conserva su independencia;

— el trust y la fusión de empresas, en los que esta independ encia desaparece en el seno de una única y misma sociedad gigante;

— el grupo financiero  y la sociedad  holding,  en los que un pequeño  número  de capitalistas  controlan numerosas empresas de distintas ramas de la industria que siguen siendo jurídicamente  independientes entre sí.

 

2. Las concentraciones bancarias y el capital financiero

 

El mismo  proceso  de concentración  y de centralización  del capital  que se realiza  en el campo  de la industria y de los transportes  tiene también lugar en el terreno bancario. Al final de esta evolución, un escaso número de bancos gigantes dominan toda la vida financiera de los países capitalistas.

La principal función de los bancos en el régimen capitalista es la de conceder crédito a las empresas. Cuando la concentración bancaria es muy fuerte, un puñado de banqueros detentan un monopolio de hecho para la concesión del crédito. Esto les permite dejar de comportarse como prestamistas pasivos que se contentan con cobrar los intereses por los capitales avanzados esperando que les sea devuelto su crédito cuando la deuda se cancela.

 

 

 

De hecho,  los bancos  que avanzan  créditos  a empresas  que realizan  actividades  idénticas  o paralelas, tienen un mayor interés en asegurar la rentabilidad y la solvencia de todas sus empresas. Tienen interés en evitar que los beneficios  no disminuyan  a consecuencia  de la empecinada  competencia.  Por tanto, intervienen  en el sentido de acelerar —y algunas veces imponer— la concentración y centralización industrial.

Al hacerlo, pueden tomar la iniciativa de promoción para crear grandes trusts. De igual modo, pueden utilizar su situación monopolista en el terreno del crédito para obtener, a cambio de los créditos, participaciones en el capital de las grandes empresas. De esta forma se va desarrollando  el capital financiero,  es decir, el capital bancario que penetra en la industria y ocupa en la misma una posición predominante.

En la cumbre de la pirámide de poder de la época del capitalismo de los monopolios aparecen grupos financieros que controlan al mismo tiempo los bancos, demás instituciones financieras (como por ejemplo las compañías  de seguros),  los grandes  trusts  industriales  y de transporte,  grandes  almacenes,  etc. Unos  cuantos grandes capitalistas,  las famosas «sesenta familias» en USA y las «doscientas  familias» en Francia, tienen en sus manos todas las palancas del poder económico de los países imperialistas.

En Bélgica, una docena de grupos financieros (el grupo de la Société Genérale; el grupo de Launoit; el grupo Solvay-Böel; el grupo Empain; el grupo Lambert; el grupo Petrofina; el grupo Sofina; el grupo Almanij; el grupo Evenco Coppée) controlan la esencia de la economía, al lado de algunos grandes grupos extranjeros.

En  los  Estados  Unidos,  algunos  grupos  financieros   gigantes  (especialmente   los  grupos  Morgan Rockefeller, du Pont, Mellon, el llamado grupo de Chicago, el llamado grupo de Cleveland, el grupo de Bank of América, etc.) ejercen un fuerte dominio que se extiende sobre toda la economia. Lo mismo sucede en el Japon, con  los  antiguos  zaibatsu  (trusts),  aparentemente  desmantelados  después  de  la  II  Guerra  Mundial,  se  han reconstituido fácilmente. Se trata principalmente de los grupos Mitsubishi, Mitsui, Itch, Sumitomo, Marubeni.

 

 

 

3. Capitalismo monopolista y capitalismo de libre competencia

 

La aparición de los monopolios no significa que la competencia capitalista haya desaparecido. Y menos aún puede significar  que cualquier  rama industrial  está definitivamente  dominada  por una sola firma. Lo que significa en primer lugar en todos los sectores monopolizados es lo siguiente:

a) La competencia ya no se practica normalmente a través de la baja de precios.

b) Por ello, los grandes trusts obtienen super-beneficios monopolistas, es decir, una tasa de ganancia superior a la de las empresas que operan en sectores no monopolizados.

 

Además, la competencia continúa:

a) En el seno de los sectores no monopolizados de la economía, que siguen siendo numerosos.

b) Entre monopolios, normalmente por medio de otras técnicas que no sean  la de bajar los precios de venta (puede ser por vía de la reducción del coste de fabricación, publicidad, etc.) y también excepcionalmente mediante una «guerra de precios» cuando las correlaciones de fuerza entre los trusts han sido modificadas y cuando se trata de adaptar el reparto de los mercados a estas nuevas condiciones.

c) Entre monopolios «nacionales», en el mercado mundial, esencialmente por la vía normal de las «guerras de precios». Sin embargo, la concentración  de capital puede llegar hasta el punto en el que incluso en el mercado mundial algunas firmas son las únicas que pueden subsistir en un sector industrial, lo que puede conducir a la creación de cartels internacionales que se reparten los mercados.

 

 

4. La exportación de capitales

 

Los monopolios sólo pueden controlar los mercados monopolizados a condición de limitar el crecimiento de la producción, y por tanto la acumulación de capital. Pero además, estos mismos monopolios poseen abundante capital gracias sobre todo a los superbeneficios monopolistas que realizan. La época imperialista del capitalismo se caracteriza,  pues,  por  el  fenómeno  de  exceso  de  capital  entre  las  manos  de  los  monopolios  de  los  países imperialistas, y que están siempre buscando nuevos campos de inversión. La exportación de capital se convierte

 

 

 

pues en un rasgo esencial de la era imperialista.

Este capital se exporta a los países donde pueda conseguir una ganancia superior a la media de los dos sectores competitivos de los países imperialistas, para estimular fabricaciones complementarias a la industria de la metrópoli. Ante todo se utiliza para desarrollar la producción  de materias primas vegetales y minerales en los países subdesarrollados (de Asia, África y América latina).

Mientras el capitalismo operaba solamente en el mercado mundial para vender sus mercancías y comprar las primeras materias y los alimentos, no tenía ningún interés especial en abrirse paso por medio de la fuerza militar (que sin embargo se utilizaba para destruir las barreras que impedían la penetración de mercancías; por ejemplo, las guerras del opio declaradas por Gran Bretaña para obligar al imperio chino a levantar las prohibiciones que obstaculizaron la importación de opio procedente de la India británica). Pero esta situación se modifica en el momento en que la exportación de capitales empieza a ocupar un lugar preponderante en las operaciones internacionales del capital.

Mientras  que  una  mercancía  vendida  debe  ser  pagada  como  máximo  al  cabo  de  algunos  meses,  los capitales  invertidos  en  un  país  sólo  consiguen  ser  amortizados  al  cabo  de  muchos  años.  Por  esta  causa,  las potencias imperialistas cobran mayor interés en establecer un control permanente sobre los países en los que han invertido sus capitales. Este control puede ser indirecto —a través de los gobiernos a sueldo del extranjero, aunque se trate de Estados formalmente independientes— en los países semicoloniales. Puede ser directo  —a través de una administración que dependa directamente de la metrópoli— en los países coloniales. La era imperialista se caracteriza, pues, por una tendencia al reparto del mundo en imperios coloniales y en zonas de influencia de las grandes potencias imperialistas.

Este reparto se efectuó en un determinado momento (sobre todo en el período 1880-1900) en función de las correlaciones de fuerza existentes en aquel momento: hegemonía de Gran Bretaña, importante fuerza de los imperialismos  francés,  holandés,  belga;  relativa  debilidad  de  las  «jóvenes»  potencias  imperialistas:  Alemania, Estados Unidos, Italia, Japón.

Estas «jóvenes» potencias imperialistas se servirán de una serie de guerras imperialistas para cambiar estas correlaciones de fuerza y modificar este reparto del mundo en favor suyo; guerra ruso-japonesa; primera guerra mundial; segunda guerra mundial.

Todas  estas  guerras  tenían  como  fin la rapiña  para conseguir  campos  de inversión  de capitales,  para obtener   fuentes   de  materias   primas,   para hacerse con mercados privilegiados, y no eran en absoluto guerras movidas por un «ideal» político («en favor o en contra de la democracia»; en favor o en contra de las autocracias; en favor o en contra del fascismo).  La misma observación  puede hacerse respecto a las guerras de conquista colonial que jalonan la era imperialista (destacando en el siglo xx la guerra de Italia contra Turquía; la guerra chino- japonesa; la guerra de Italia contra Abisinia) o las guerras colonialistas contra los movimientos de liberación de los pueblos (guerra de Argelia, guerra del Vietnam, etc.) en las cuales una de las partes tiene por objeto la rapiña, pero el pueblo semicolonial o colonial defiende una causa justa intentando escapar de la esclavitud imperialista.

 

5. Países imperialistas y países dependientes

 

Así pues, la era del imperialismo no sólo ve el establecimiento del control de un puñado de magnates de la industria y la finanza en las naciones metropolitanas. Se caracteriza también por el establecimiento del .control de la burguesía imperialista de unos pocos países en los pueblos coloniales y semicoloniales, sobre las dos terceras partes del género humano.

La burguesía imperialista extrae de los países coloniales  y  semicoloniales   considerables  riquezas.    Sus capitales  invertidos  en estos  países  representan  super-beneficios  coloniales que se repatrian  hacia  la metrópoli.  La división  mundial  del  trabajo  basada  en el int ercambio  de  productos  manufacturados  de  la  metrópoli  contra materias primas procedentes de las colonias desemboca en un intercambio desigual, mediante el cual los países pobres intercambian cantidades de trabajo superiores contra cantidades de trabajo mucho más reducidas de los países metropolitanos. La administración colonial es pagada con impuestos arrancados de los pueblos colonizados, de los cuales una parte nada despreciable es igualmente repatriada.

Todos estos recursos extraídos de los países dependientes son necesarios cuando se trata de financiar su crecimiento  económico.  El  imperialismo  es,  sin  lugar  a  dudas,  una  de  las  principales  causas  de  subdesarrollo  del hemisferio meridional.

 

 

 

 

 

 

6. La era del capitalismo tardío

 

La era imperialista puede dividirse a su vez en dos fases: la era del imperialismo «clásico» que cubre el período  anterior  a  la  primera  guerra  mundial  así  como  el  período  de  entreguerras,  y  la  era  del  declive  del capitalismo, que empieza con la segunda guerra mundial o al finalizar la misma.

En esta era de declive capitalista, la concentración y la centralización del capital se hace cada vez más a escala internacional. Mientras el trust monopolista nacional es la «célula de base» de la era imperialista clásica, la sociedad multinacional es la «célula de base» de la era del declive, que se caracteriza también, al mismo tiempo, por una  aceleración  de  la  innovación  tecnológica,  por  períodos  cada  vez  más  cortos  de  amortización  del  capital invertido en máquinas, por la obligación de todas las grandes firmas de calcular y planificar de manera muy precisa sus costes y sus inversiones, y por la tendencia a la programación económica de Estado..

Igualmente, la intervención económica del Estado es cada vez más importante por la obligación en que se encuentra la burguesía de poner a flote, con ayuda del Estado, sectores industriales que se han convertido en crónicamente  deficitarios;   de financiar  por parte del Estado  sectores  punta que todavía  no son rentables;  de asegurar, por parte del Estado, los beneficios de los grandes monopolios, procurándoles pedidos estatales (en especial, pero no sólo, pedidos militares), así como ocupándose de las subvenciones y de los subsidios, etc.

La creciente internacionalización  de la producción por una parte y la creciente intervención del Estado nacional en la vida económica por otra, provocan una serie de nuevas contradicciones en la era de declive del capitalismo, de las cuales la crisis del sistema monetario mundial, alimentado por la permanente inflación, es una de las principales muestras.

La era del declive del capitalismo se caracteriza también por la generalizada desintegración de los imperios coloniales, por la transformación de los países coloniales en países semicoloníales, por la reorientación de las exportaciones de capital que pasan ahora en primer lugar de un país imperialista a otro y no de países metrópoli a sus colonias, y por un inicio de industrialización (muy restringida todavía a la esfera de bienes de consumo) en los países semicoloniales. Este último no sólo es un intento de la burguesía indígena para frenar los movimientos populares revolucionarios, sino también el resultado lógico de las exportaciones de máquinas y bienes de equipo, que constituyen hoy la partida más importante de las exportaciones de los países imperialistas.

Por tanto, ni las transformaciones que se han producido en el funcionamiento de la economía capitalista en el seno de los países imperialistas, ni las que se refieren a la economía de los países semicoloniales y el funcionamiento conjunto del sistema imperialista, permiten poner en tela de juicio la conclusión a la que Lenin llegó hace más de medio siglo respecto al significado histórico de toda la época imperialista. Lenin dijo que ésta es una época de exacerbación de todas las contradicciones interimperialistas. Es una época nacida bajo el signo de violentos  conflictos,  guerras  imperialistas,  guerras  de  liberación  nacional,  guerras  civiles.  Es  la  época  de  las revoluciones  y contrarrevoluciones,  de conflagraciones  cada vez más explosivas,  y no la época de un sabio y pacífico progreso de la civilización.

Una  buena  razón  descarta  los  mitos  según  los  cuales  la  economía  occidental  actual  no  seria  ya  una economía capitalista propiamente dicha. La recesión generalizada de la economía capitalista internacional en los años 1974 -75 ha asestado un golpe mortal a la tesis según la cual nosotros viviríamos en un pretendido sistema de

«economía mixta», en el que la regulación de la vida económica por el poder público permitiría asegurar de un

modo ininterrumpido el crecimiento económico, el pleno empleo y la extensión del bienestar de todos. La realidad ha demostrado  que, una vez más. los imperativos  del beneficio  privado  continúan  rigiendo  esta economía,  y provocan  periódicamente  el paro masi vo v la superproducción,  y que se trata en todo caso de una economía capitalista.

De igual manera  la tesis según  la cual ya no serían  los grupos  capitalistas  los más potentes,  sino los

«managers»,  los burócratas,  los tecnócratas  y los sabios  que dirigirían  la sociedad  occidental,  no se funda  en ninguna prueba científica seria. Muchos de estos «amos» de la sociedad se han quedado sin empleo en el curso de las dos últimas recesiones recientes. La delegación de poderes que el Gran Capital acepta es perfeccionada en el seno de las sociedades gigantes que controla, se extiende sobre la mayoría de sus prerrogativas tradicionales, salvo en lo esencial: las decisiones en última instancia sobre las formas y las orientaciones fundamentales de la puesta en

 

 

 

escena del capital, y de la acumulación  del capital, es decir, todo lo que está relacionado  con el «santo de los santos»: lo prioridad del beneficio de los monopolios a la que puede ser sacrificada la distribución de dividendos de los accionistas. Los que ven en ello una prueba de que In propiedad privada no cuenta apenas olvidan la tendencia predominante, desde los comienzos del capitalismo. de sacrificar la propiedad privada de los pequeños en favor de un puñado de grandes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

 

Lenin: El imperialismo, estadio superior del capitalismo. R. Hilferding: El capital financiero.

E. Mandel: Tratado de economía marxista (capítulos 12-14). Pierre Jalee: El imperialismo en 1970.

Pierre Salama: El proceso de subdesarrollo.

 

 

 

El sistema imperialista mundial

 

 

 

1. La industrialización capitalista y la ley del desarrollo desigual y combinado

 

El capitalismo industrial moderno nació en Gran Bretaña. A lo largo del siglo XIX se fue extendiendo progresivamente por la mayor parte de los países de Europa occidental y central, así como a los Estados Unidos, y más tarde al Japón. La existencia de algunos países inicialmente industrializados no pareció impedir la penetración y la extensión del capitalismo industrial en una serie sucesiva de países en vía de industrialización.

Al contrario, la gran industria británica, belga, francesa, destruyó inexorablemente  en estos últimos las formas  de producción  preindustriales  (artesanado  e industrias-domicilio).  Pero  los capitales  británicos,  belgas, franceses tenía n aún amplios campos de inversión que permanecían abiertos en sus propios países. También, es, por lo general, una industria moderna nacional la que sustituye progresivamente al artesanado arruinado por la competencia de las mercancías extranjeras más bara tas. Esto fue lo que sucedió especialmente con la producción de textiles  en Alemania,  en Italia,  en España,  en Austria,  en Bohemia,  en la Rusia  zarista  (comprendiendo  a Polonia), en los Países Bajos, etc.

Con el advenimiento de la era imperialista, del capitalismo monopolista, esta situación se modifica completamente.  A partir de entonces  el funcionamiento  del mercado  mundial  no sólo no facilita  sino que al contrario traba el desarrollo capitalista «normal» y especialmente la industrialización en profundida d, de los países subdesarrollados. La fórmula de Marx según la cual cada país avanzado muestra a un país menos desarrollado la imagen de su propio porvenir, pierde la validez que conservaba a lo largo de la era del capitalismo de la libre competencia.

Tres factores esenciales (y numerosos factores suplementarios que no mencionaremos) determinan este cambio fundamental del funcionamiento de la economía capitalista internacional:

a) La amplitud de la producción en serie de numerosas mercancías en los países imperialistas, que inunda el mercado mundial, que adquiere un avance tal en productividad  y en precios de fábrica en relación con toda la producción industrial inicial de los países subdesarrollados que esta última no puede realmente arrancar a gran escala, no puede seriamente mantener la competencia contra la producción extranjera. De este modo la industria occidental (y más tarde la industria japonesa) se beneficiará en lo sucesivo de la ruina progresiva del artesanado, de la industria domiciliaria, de la manufactura, en los países de Europa oriental, de América latina, de Asia y de África.

b) El excedente de capitales que aparece de manera más o menos permanente en los países capitalistas industrializados   bajo  el  dominio  progresivo  de  los  monopolios,  desata  un  vasto  movimiento  de exportación de capitales hacia los países subdesarrollados, desarrollando en ellos sectores de producción complementarios y no competitivos en relación con la industria occidental. Así, los capitales extranjeros que dominan la economía de estos países los especializan en la producción de materias primas minerales y vegetales,   así  como   en  la  producción   de  alimentos.   Por  otro  lado,   estos   países   van  cayendo progresivamente en el estatuto de países semicoloniales o coloniales, el Estado en ellos defiende ante todo los intereses del capital extranjero. No toma ni siquiera medidas modestas de protección a la industria naciente contra la competencia de los productos importados.

c) El dominio de la economía de los países dependientes por los capitales extranjeros crea una situación económica y social en la que el Estado mantiene y consolida los intereses de las viejas clases dominantes, ligándolas a los del capital imperialista, en vez de eliminarlas más o menos radicalmente, como sucedió en el curso de las grandes revoluciones democrático-burguesas de Europa occidental y Estados Unidos.

 

 

El conjunto de esta nueva evolución de la economía capitalista internacional en la era imperialista puede resumirse en la ley del desarrollo desigual y combi nado. En los países atrasados —o al menos en una serie de

 

 

 

ellos— la estructura social y económica  no es en sus rasgos fundamentales,  ni la de una sociedad típicamente feudal, ni la de una sociedad típicamente capitalista. Bajo el impacto del dominio del capital imperialista, combina de   un     modo    excepcional      rasgos  feudales,  semifeudales,  semicapitalistas  y capitalistas,  La  fuerza  social dominante es la del capital — pero, por lo general se trata del capital extranjero—. La burguesía indígena no ejerce, pues, el poder político. La mayoría de la población no se compone de asalariados, y por lo general tampoco de siervos, sino de campesinos sometidos en diferentes prados a las exacciones de los hacendados semifeudales, semicapitalistas. de los comerciantes  usureros, y de los recaudadores de impuestos. Pero esta gran masa, aunque vive apartada de la producción   mercantil e  incluso de   la  producción monetaria, no deja de sufrir los efectos desastrosos de las fluctuaciones de los precios de las materias primas en el mercado mundial imperialista, por mediación de los efectos globales que estas fluctuaciones ejercen en la economía nacional.

 

 

 

2. La explotación de los países coloniales y semicoloniales  por el capital imperialista

 

El flujo de capitales extranjeros  hacia los países dependientes, coloniales y semicoloniales, ha provocado durante decenios sucesivos un pillaje, una explotación y una opresión de más de mil millones de seres humanos por el capital imperialista, lo que representa uno le los principales crímenes de los que el sistema capitalista es responsable en el curso de la historia. Si, como dijo Marx, el capitalismo apareció sobre la tierra destilando sangre y sudor por todos sus poros, en ninguna parte esta definición se justifica tanto como en los países dependientes.

La era imperialista está situada bajo el signo de la conquista colonial. El colonialismo es, con seguridad, más viejo que el imperialismo. Los conquistadores  españoles y portugueses habían tomado ya a sangre y fuego las islas Canarias y Cabo Verde, así como los países de América central y del sur, exterminando por casi toda la región a una gran parte, cuando no a la totalidad, de la población indígena. Los colonos blancos no se comportaron de manera más humana en lo relativo a los indios  de América del Norte. La conquista del Imperio de la India por la Gran Bretaña se acompañó de un cortejo de atrocidades, lo mismo que la de Argelia, por Francia.

Con la aparición de la era imperialista, estas atrocidades se extendieron a una gran parte de África, de Asia y  de  Oceanía.  Masacres,  deportaciones,  expulsión  de  los  campesinos  de  sus  tierras,  introducción  del  trabajo forzado cuando no de la esclavitud, se suceden en gran escala.

El  racismo  «justifica»  estas  prácticas  inhumanas  firmando  la  superioridad  y  el  «destino  histórico civilizador» de la raza blanca. De un modo aun más sutil, este mismo racismo expropia los pueblos colonizados de su propio pasado, de su propia cultura, de su orgullo étnico, e incluso de su lengua, al tiempo que les arranca sus riquezas nacionales y una buena parte de los frutos de su trabajo.

Si los esclavos coloniales osan rebelarse contra la dominación colonialista, son reprimidos con una cruel dad sin nombre.  Mujeres  y niños  indios  masacrados  en las guerras  contra  los indios en los Estados

Unidos; «mutins» indios puestos frente a los cañones; tribus del Medio Oriente bombardeadas despiadadamente

por la RAF; decenas de miles de argelinos civiles masacrados «en represalia» de la insurrección nacional de mayo

de 1945: todo esto repite fielmente las crueldades más innobles del nazismo, comprendiendo el genocidio puro y simple. Los burgueses de Europa y de América que se indignaron contra Hitler cuando cometió tantos crímenes de lesa raza blanca sobre los pueblos de Europa, a cuenta del imperialismo alemán, olvidaban los que los pueblos de Asia, de América y de África sufrieron a manos del imperialismo mundial.

Toda la economía de los países dependientes está sometida a los intereses y al diktat del capital extranjero. En la mayorí a de estos países, las líneas ferroviarias  enlazan  los centros de producción  que trabajan  para la exportación por los puertos, y no los centros urbanos entre sí. La infraestructura fundamental está basada en las actividades de importación y exportación; la red escolar, hospitalaria, cultural conoce un subdesarrollo espantoso. La mayor parte de la población está estancada en el analfabetismo, la ignorancia y la miseria.

Ciertamente, la penetración del capital extranjero permite un cierto desarrollo de las fuerzas productivas, hace nacer algunas grandes ciudades industriales, desarrolla un embrión, más o menos importante, de proletariado en los puertos, las minas, las plantaciones, los ferrocarriles y en la administración pública. Pero se puede decir sin exageración, que en el curso de los tres cuartos de siglo que separan el inicio de la erupción hacia la colonización integral de los países subdesarrollados y la victoria de la revolución china, el nivel de vida de la población media en

 

 

 

Asia, África  y América  (con la excepción  de algunos  países privilegiados),  se ha estancado  o retrocedido.  En algunos países importantes incluso ha retrocedido de una manera catastrófica. Nada más las hambres periódicas han segado literalmente a decenas de millones de indios y chi nos.

 

 

 

3. El bloque de clases en el poder» en los países semicoloniales

 

Para comprender de una manera más profunda la forma cómo la dominación imperialista ha «congelado» en su desarrollo a los países coloniales y semicoloniales, y ha impedido la industrialización progresiva «normal» del tipo capitalista occidental, hace falta extenderse un poco más sobre la naturaleza del «bloque de clases sociales en el poder» en estos países durante la era imperialista clásica y las consecuencias de este «bloque» en la evolución económica y social.

Cuando el capital extranjero penetra en masa en los países coloniales y semicoloniales, la clase dominante local está en general compuesta  por hacendados  (semifeudales  y semicapitalistas,  en dosis diferentes según los países examinados) aliados al capital mercantil y a banqueros o usureros. En los países más atrasados como los de África negra, nos encontramos primero en presencia de sociedades tribales en descomposición, bajo el efecto prolongado de la trata de negros.

El capital extranjero va a aliarse generalmente con estas clases dominantes extranjeras, a tratarlas como intermediarías para la explotación de los campesinos y de los trabajadores indígenas, consolidando sus relaciones de explotación con sus propios pueblos.

A veces incluso va a extender ampliamente el grado de esta explotación de carácter precapitalista, combinándola con nuevas formas de explotación capitalista. En Bengala, el capitalismo británico transformó los zamindars, antaño simples recaudadores de impuestos al servicio de los emperadores moghuls, en propietarios de las tierras en las que obtenían el impuesto.

De esta forma aparecen tres clases sociales híbridas dentro de la sociedad de los países subdesarrollados, que marcan con su sello el bloqueo de su desarrollo económico y social:

— La clase de la burguesía compradora, burguesía autóctona, en un principio simples asociados asalariados de las casas extranjeras de importación, que se va enriqueciendo y transformándose progresivamente en empresarios independientes. Pero sus empresas están esencialmente situadas en la esfera del comercio (y de los «servicios»).  Sus beneficios se invierten generalmente  en el comercio, la usura, la adquisición de tierras, la especulación inmobiliaria.

— La clase de los comerciantes-usureros (o comerciantes-usureros-kulaks). La lenta penetración de la economía monetaria degrada los mecanismos de ayuda mutua en el seno de la comunidad aldeana. Con la sucesión de buenas y malas recolecciones, sobre tierras fértiles o menos fértiles, la diferenciación social progresa inexorablemente  en  la  ciudad.  Campesinos  ricos  y  campesinos  pobres  se  enfrentan,  y  los  últimos dependen  cada vez más de los primeros.  Los campesinos  pobres se ven obligados  a endeudarse  para comprar  semillas  y  víveres,  cuando  la  recolección  no  es  suficiente  ni  para  cubrir  tan  siquiera  las necesidades  más  elementales.  De  este  modo  caen  bajo  la  dependencia  de  los  comerciantes-usureros- grandes-campesinos, que los expropian progresivamente de sus campos y los someten a exacciones innumerables.

— La clase del semiproletariado rural (más tarde se extenderá a los «marginados» urbanos). Los campesinos empobrecidos y expulsados de sus tierras no encuentran trabajo en la industria, como consecuencia del subdesarrollo  de la misma.  Se ven obligados  a permanecer  en el campo y a alquilar sus brazos a los grandes campesinos, o a alquilar pedazos de tierra para obtener trabajando en ellos una subsistencia miserable a cambio de una renta (o, en el sistema de aparcería, una parte de la recolección) cada vez más exorbitante. Cuanto más alta es su miseria y su falta de empleo, más alta es la renta que están obligados a pagar para cultivar un campo. Cuanto más altas son estas rentas menos inclinados están los detentadores del capital a invertir en la industria, invirtiendo esas rentas en la compra de tierra. Cuanto más alta es la miseria de la clase campesina más se restringe el mercado interior de bienes de consumo y más subdesarrollada permanece la industria aumentando el subempleo.

 

 

 

El subdesarrollo no es, pues, el resultado de la falta absoluta de capitales o de recursos. Al contrario, el sobre producto social representa a menudo una fracción más elevada de la renta nacional en los países atrasados que en los países industrializados. El subdesarrollo es el resultado de una estructura social y económica, derivada de la dominación imperialista, que hace que la acumulación de los capitales-dinero no se oriente principalmente hacia la industrialización, ni tan siquiera hacia la inversión productiva, lo que provoca un inmenso subempleo (cuantitativo y cualitativo) con relación a los países imperialistas.

 

 

 

4. El movimiento de liberación nacional

 

A la larga era inevitable que centenares de millones de seres humanos dejaran de sufrir pasivamente un sistema de opresión y de explotación que les imponía un puñado de grandes capitalistas de países imperialistas, así como los aparatos administrativos y represivos a su servicio. Un movimiento de liberación nacional echa raíces en la joven intelligentsia de los países de América latina, de Asia y de África, que se apropia de las ideas democráticas- burguesas o semisocialistas y socialistas de Occidente para contestar la dominación extranjera sobre su país. El nacionalismo de los países dependientes, de orientación antiimperialista, se articula según los intereses diferentes de tres fuerzas sociales:

— antes que nada es apropiado por la joven burguesía nacional industrial, por todos los que poseen ya una base material  propia  que  hace  que  sus  intereses  entren  a  competir  con  los  de  la  potencia  imperialista predominante.  El caso  más  típico  es el del partido indio del congreso,  dirigido  por Gandhi,  fuertemente apoyado por los grandes grupos industriales indios;

— por el impulso de la revolución rusa, puede ser apropiado por el movimiento obrero naciente, que constituirá sobre todo un instrumento de movilización de masas urbanas y aldeanas contra el poder establecido. El ejemplo más típico es el del Partido Comunista Chino de los años veinte, y el del Partido Comunista Indochino en las décadas siguientes;

— puede promover explosiones de rebelión de la pequeña burguesía urbana y del campesinado,  tomando la forma política del populismo nacionalista. Es la revolución mexicana de 1910 la que sirve de prototipo a esta forma de movimiento antiimperialista.

 

En general, la entrada en crisis del sistema imperialista marcada por desgarramientos internos sucesivos derrota de la Rusia zarista en la guerra contra el Japón en 1904-5; revolución rusa de 1905; primera guerra mundial; revolución rusa de 1917; entrada en escena del movimiento de masas en la India y en China; crisis económica de

1929-32;  segunda  guerra  mundial;  derrotas  sufridas  por  el  imperialismo  japonés  en  1945—  ha  estimulado fuertemente el movimiento de liberación nacional en los países dependientes. Recibió su mayor impulso con la victoria de la revolución china de 1949.

Los problemas tácticos y estratégicos que se derivan para el movimiento obrero internacional (e indígena en los países dependientes) de la aparición del movimiento de liberación nacional en los países semicoloniales y coloniales, son tratados con más detalle en el capitulo X, punto 4. y en el capítulo XIII, punto 4. Subrayemos aquí tan sólo el deber particular del movimiento obrero de los países imperialistas  de apoyar incondicionalmente todo movimiento y toda acción efectiva de masas de los países coloniales y semicoloniales contra la explotación y la opresión que ellos sufren por parte de las potencias imperialistas. Este deber implica el distinguir estrictamente las guerras interimpenalistas —guerras reaccionarias— de las guerras de liberación nacional que, independientemente de la fuerza política que dirija al pueblo oprimido en tal o cual etapa de la lucha, son guerras justas, en las que el proletariado mundial debe colaborar para la victoria de los pueblos oprimidos.

 

 

 

5. El neocolonialismo

 

El surgimiento  del movimiento  de liberación  nacional  al día siguiente  de la segunda  guerra mundial, condujo al imperialismo a modificar sus formas de dominación sobre los países atrasados. De ser directa, esa dominación ha pasado a ser progresivamente indirecta. El número de colonias propiamente dichas, administradas

 

 

 

directamente por la potencia colonial, se ha fundido como la cera al sol. En el espacio de dos décadas, han pasado de unas setenta a unas pocas unidades. Los imperios coloniales italiano, holandés, británico, francés, y por último el portugués y español se han hundido por completo.

Desde  luego esta desaparición  de los imperios  coloniales  no se ha llevado  a cabo sin una resistencia sangrienta  y contrarrevolucionaria  de sectores  importantes  del capital  imperialista.  Testimonio  de ello son las guerras  sangrientas  emprendidas  por el imperialismo  holandés  en Indonesia,  por el británico  en Malasia  y en Kenia, por el francés en Indochina y Argelia, así como las «expediciones», de menos duración, pero no menos sangrientas, como la de Suez en 1956 contra Egipto. Pero históricamente estas siniestras empresas aparecen como combates de retaguardia. El colonialismo directo estaba muy condenado.

Su desaparición no implicó en absoluto la disgregación del sistema imperialista mundial. Este continúa existiendo aunque sea bajo formas modificadas. La gran mayoría de los países semicoloniales continúan limitados a la exportación de materias primas. Continúan sufriendo todas las consecuencias del cambio desigual explotador. La distancia entre su grado de desarrollo y el de los países imperialistas continúa aumentado sin tender a disminuir. La distancia entre la renta por habitante y el nivel de bienestar en el hemisferio norte y en el hemisferio sur del globo, se acentúa cada vez más.

Sin embargo, la transformación de la dominación imperialista directa en dominación imperialista indirecta sobre los países subdesarrollados implica una asociación más estrecha de la burguesía industrial «nacional» en la explotación   de  las  masas  trabajadoras   de  esos  países,  así  como  una  cierta  aceleración   del  proceso  de industrialización en una serie de países semicoloniales. Esto deriva a la vez de las relaciones de fuerza modificadas (es decir, representa una concesión inevitable del sistema a ¡a presión cada vez más fuerte de las masas), y a una modificación de los intereses fundamentales de los mismos grupos imperialistas.

En  efecto,  en  los  países  imperialistas,  el  renglón  de  exportaciones  ha  conocido  una  modificación importante. El apartado «máquinas, bienes de equipo y bienes de transporte» ocupa ahora el lugar preponderante antes ocupado por «bienes de consumo  y acero». Luego, es imposible  que los trusts monopolistas  principales exporten  cada  vez  más  máquinas  hacia  los  países  dependientes,   sin  que  se  estimulen  ciertas  formas  de industrialización (en general situadas en la industria de bienes de consumo).

Por otra parte, en el marco de su estrategia mundial, las sociedades multinacionales tienen interés en implantarse  en una serie de países dependientes  a fin de ocupar de alguna manera puntos de partida, vista la expansión futura de las venías que van a provocar. Así se generaliza la práctica de las empresas en común  (joint ventures) entre el capital imperialista, el capital industrial «nacional», el capital privado y el capital estatal, que es una característica de la estructura neocolonial. El peso de la clase obrera se acrecienta de este modo en la socied ad. Esta estructura permanece inserta en un conjunto imperialista apremiante y explotador. La industrialización permanece  limitada;  su  «mercado  interior»  no  sobrepasa  apenas  el  20  ó  25  por  100  de  la  población:  clases acomodadas —técnicos, cuadros, etc.—, campesinado rico. La miseria  de las masas permanece enorme. Las contradicciones aumentan en vez de disminuir; de ahí el potencial intacto de explosiones revolucionarias sucesivas en  estos  países.  Una  capa  social  nueva  toma  en  estas  condiciones  importancia:  la  burocracia  estatal  que

«administra», por lo general, un sector nacionalizado importante, se erige en representante de las preocupaciones

nacionales en lo relacionado con el extranjero, pero que de hecho se beneficia de su monopolio de gestión para efectuar su acumulación privada en eran escala.

 

 

 

 

Bibliografia

Pierre Jalée: El imperialismo en 1970

Pierre Salama: El proceso de subdesarrollo

Paul A. Baran: La economía política del crecimiento

Haupt -Lowy-Weill: Los marxistas y la cuestión nacional (textos de Lenin, Rosa Luxembourg, Kausky, Otto Bauer, etc..)

Michel Barrent: Después del imperialismo

V.I. Lenin: El imperialismo, estadio del capitalismo

L. Trotsky: La revolución permanente.

— La I.C. despues de Lenin

Rosa Luxembourg: El imperialismo y la economía mundial

 

 

 

Los orígenes del movimiento obrero moderno

 

Desde que existen los asalariados, es decir, mucho antes de la formación del capitalismo moderno, se han producido manifestaciones de la lucha de clases entre patronos y obreros. Esta no es el resultado de actividades subversivas por parte de individuos «que predican la lucha de clases». Por el contrario, la doctrina de la lucha de clases es producía de la práctica de la lucha de clases que la precede.

 

 

1. La lucha de clases elemental del proletariado

 

Las manifestaciones  elementales  de la lucha de clase de los asalariados  siempre han estado girando en torno a tres reivindicaciones:

 

1) Aumento de los salarios, medio inmediato para modificar el reparto del producto social entre patronos y obreros en favor de los asalariados.

2) Disminución de las horas de trabajo sin reducción del salario, otro medio directo para modificar este reparto en favor de los trabajadores;

3) Libertad de organización. Mientras el patrón, propietario del capital, de los medios de producción, tiene de  su  parte  todo  el  poder  económico,  los  obreros  se  encuentran  desarmados  en  la  medida  en  que sostienen una lucha concurrencial entre sí para conseguir un empleo. En estas condiciones, «las reglas del juego»  benefician  unilateralmente  a  los  capitalistas,  quienes  pueden  fijar  los  salarios  tan  bajos  como quieran, y los obreros se ven en la obligación de aceptar este hecho por miedo a perder su empleo y con ello su subsistencia.

 

Al suprimir esta competencia que los divide uniéndose en bloque frente a la patronal y negándose todos a trabajar en condiciones que se consideran inaceptables, los trabajadores tienen la posibilidad de obtener ventaja en la lucha que los enfrenta a sus patronos. , La experiencia les enseña rápidamente que no tienen libertad de organización, que carecen de armas para oponerse a la presión capitalista.

La  lucha  de  clase  elemental  de  los  proletarios  ha  tomado  tradicionalmente   la  forma  de  negarse colectivamente a trabajar, es decir, ir a la huelga. Las crónicas nos relatan huelgas que tuvieron lugar en la antigua China y en el antiguo Egipto. Igualmente podemos comprobar que las hubo en Egipto bajo el imperio romano, en el primer siglo de nuestra era.

 

 

2. La consciencia de clase elemental del proletariado

 

Ahora  bien, la or ganización  de una huelga  implica  siempre  un determinado  grado  —elemental—  de organización de clase. Implica esencialmente  la noción de que la seguridad de cada asalariado depende de una acción colectiva; es una solución de solidaridad de clase opuesta a la solución individual (intentar incrementar la ganancia individual sin tener en cuenta las rentas de los demás asalariados).

Esta  noción  es  la  forma  elemental  de  la  consciencia  de  clase  proletaria.  Del  mismo  modo,  en  la organización de una huelga los asalariados aprenden instintivamente a formar cajas de resistencia. Estas cajas de resistencia y de ayuda mutua se crean también para disminuir en algo la inseguridad de la existencia obrera, para permitir que los proletarios puedan defenderse durante los períodos de paro, etc. Estas son formas elementales de organización de dase.

Pero estas formas elementales de conciencia y de organización obrera no implican ni la conciencia de los objetivos históricos del movimiento obrero, ni la comprensión de la necesidad de una acción política independiente de la clase obrera.

Las primeras formas de acción política obrera se sitúan a la extrema izquierda del radicalismo pequeño -burgués.

 

 

 

En la revolución francesa, a la extrema izquierda de los jacobinos aparece la Conspiration des Egaux, de Gracchus Babeuf, que representa el primer movimiento político moderno que apunta a la colectivización de los medios de producción.

En Inglaterra, en la misma época, unos cuantos obreros forman la London Corresponding Society que pretende organizar  un  movimiento  de  solidaridad  con  la  revolución  francesa.  Esta  organización  fue  destruida  por  la represión policíaca. Pero inmediatamente después de que acabaran las guerras napoleónicas, a la extrema izquierda del partido radical (pequeñoburgués)  se crea en la región industrial de Manchester-Liverpool una Liga del Sufragio Universal, formada en su mayor parte por obreros. Después de los sangrientos incidentes de Peterloo en 1817, se aceleró la separación del movimiento obrero independiente del movimiento pequeñoburgués, favoreciéndose con ello  el  nacimiento  del  partido  cartísta  que  tuvo  lugar  poco  tiempo  después,  y  que  fue  el  primer  partido esencialmente obrero que reclamó el sufragio universal.

 

 

 

3. El socialismo utópico

 

Todos  estos movimientos  elementales  de la clase obrera  fueron  dirigidos,  en su mayor  parte, por los mismos obreros; es decir, por autodidactas que a menudo formulaban ideas ingenuas sobre asuntos históricos, económicos y sociales que exigían estudios científicos sólidos para ser tratados a fondo. Estos movimientos se desarrollaron de alguna manera al margen del progreso científico de los siglos XVII y XVIII. Por el contrario, en el marco de este progreso científico se sitúan los esfuerzos de los primeros autores utópicos importantes, Thomas Moro (canciller de Inglaterra del siglo XVI), Campanella (autor italiano del siglo XVII), Robert Owen, Charles Fourier  y  Saint-Simon  (autores  de  los  siglos  XVIII  y  XIX).  Estos  autores  intentaron  reagrupar  todos  los conocimientos científicos de su época para formular:

 

a) Una virulenta crítica a la desigualdad social, en especial a la que caracteriza la sociedad burguesa (en los casos de Owen, Fourier y Saint-Simon);

b) Un plan de organización de una sociedad igualitaria, basada en la propiedad colectiva.

 

Por  estos  dos  aspectos  de  su  obra,  los  grandes  socialistas  utópicos  son  verdaderos  precursores  del socialismo moderno. Pero la debilidad de su sistema reside en:

 

a) el hecho de que la sociedad ideal en la que sueñan (de lo cual se deriva el término de socialismo utópico) se presenta como un ideal a construir, a alcanzar de un solo golpe mediante un esfuerzo de comprensión y  de  buena  voluntad  de  los  hombres,  sin  relación  alguna  con  la  evolución  histórica  más  o  menos determinada de la sociedad capitalista;

b) el hecho de que su explicación de las condiciones en las cuales la desigualdad social aparece, y en las cuales  puede  desaparecer,  es  insuficiente  desde  el  punto  de  vista  científico,  y  se  basa  en  factores secundarios (violencia, moral, dinero, psicología, ignorancia, etc.) sin tener como punto de partida los problemas de estructura económica y social, de interacción entre las relaciones de producción y el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.

 

 

4. El nacimiento de la teoría marxista. El manifiesto comunista

 

En estos dos últimos campos citados, la formación de la teoría marxista en La ideología alemana (1845) y especialmente en El manifiesto comunista (1847) de Karl Marx y Friedrich Engels constituye un decisivo progreso. Con la teoría marxista, la consciencia de clase obrera se encarna finalmente en una teoría científica del más alto nivel.

Marx y Engels no descubrieron las nociones de clase social y de lucha de clase. Estas nociones eran ya conocidas por los socialistas utópicos y por autores burgueses, como los historiadores franceses Thierry y Guizot. Pero en cambio explicaron de forma científica el origen de las clases, las causas de su desarrollo, el hecho de que

 

 

 

toda la historia humana pueda ser explicada por la lucha de clases, y sobre tod o, las condiciones materiales e intelectuales

bajo las cuales la división de la sociedad en clases puede dar lugar a una sociedad socialista sin clases.

Por otra parte, explicaron de qué forma el mismo desarrollo del capitalismo preparaba inexorablemente el advenimiento de la sociedad socialista, las fuerzas materiales y morales que debían asegurar el triunfo de la nueva sociedad. Esta aparece ahora como el producto lógico de la evolución de la historia humana.

El  Manifiesto  comunista representa,  por  tanto,  una  forma  superior  de  la conciencia  de  clase  proletaria. Enseña a la clase obrera que la sociedad socialista será el producto de su lucha de clase contra la burguesía. Le enseña también la necesidad de no luchar solamente por aumentos salariales, sino también por la abolición del régimen salarial. Le enseña, sobre todo, la necesidad de formar partidos obreros independientes, completar su acción de reivindicaciones económicas con una acción política en el plano nacional e internacional.

El movimiento  obrero moderno nació, pues, de la fusión entre la lucha de clase elemental de la clase obrera y la consciencia de clase proletaria llevada a su más alta expresión, que se encarna en la teoría marxista.

 

5. La Primera Internacional

 

Esta fusión es el resultado de toda la evolución del movimiento obrero internacional entre los años 50 y los 80 del pasado siglo.

Durante las revoluciones de 1848 que se producen en la mayoría de los países europeos, la clase obrera no apareció por ninguna parte, excepto en Alemania (en la pequeña  Asociación de los Comunistas, dirigida por Marx), como un partido político en el moderno sentido de la palabra. En todas partes se deja arrastrar por el radicalismo pequeñoburgués. En Francia se separa finalmente de este último durante las sangr ientas jornadas del mes de junio de 1848, aunque sin poder constituir un partido político independiente (del que, serían de alguna forma el núcleo los grupos revolucionarios formados por Auguste Blanqui). Después de los años de reacción que siguieron a la derrota de la revolución de 1848, las organizaciones sindicales y mutualistas de la clase obrera se desarrollan con prioridad en la mayoría de los países, con excepción de Alemania, donde la agitación en pro del sufragio universal permite a Lasalle formar un partido político obrero: la Asociación general de los trabajadores alemanes.

Con la fundación de la Primera Internacional en 1864, Marx y su reducido grupo de adeptos se funden realmente con el movimiento obrero embrionario de la época, y preparan la formación de los partidos socialistas en la mayor parte de los países europeos. Por paradójico que pueda parecer, no son los partidos obreros nacionales los que se unen para fundar la Primera Internacional, sino que por el contrario la constitución de ésta permitió la unión nacional de los grupos locales y sindicalistas que se adhirieron a la Primera Internacional.

Cuando la Internacional se escinde después del derrocamiento de la Comuna de París, los obreros de vanguardia siguen teniendo consciencia de que es necesario mantener esta unión a nivel nacional. Durante los años

70 y 80, después del fracaso de numerosos intentos, se forman definitivamente los partidos socialistas basados en el movimiento obrero embrionario de la época. Las únicas excepciones importantes son las de Gran Bretaña y Estados  Unidos. Los partidos  socialistas  que se fundaron  en esta misma época en dichos países quedaron  al margen del ya potente movimiento sindical. En Gran Bretaña tiene que esperarse al siglo xx para qué se cree el partido laborista basado en los sindicatos. En los Estados Unidos, la creación de un partido de este tipo sigue siendo todavía hoy la tarea más urgente del movimiento obrero.

 

6. Las distintas formas de organización del movimiento obrero

 

Esto nos permite precisar que los sindicatos, las mutualidades y los partidos socialistas aparecen de alguna manera como los productos espontáneos, inevitables de la lucha en el seno de la sociedad capitalista, y que, en definitiva, depende de los factores de tradición y de coyuntur a nacional el que una determinada forma se desarrolle antes que otra.

Por lo que se refiere a las cooperativas, no son el producto espontáneo de la lucha de clases, sino el fruto de la iniciativa  tomada  por Robert  Owen  y sus camaradas  que, en 1844,  fundaron  la primera  cooperativa  en Rochdale, en Inglaterra.

La importancia  del movimiento  cooperativo  es real, no tan sólo porque puede constituir  para la clase

 

 

 

obrera una escuela de gestión obrera de la economía, sino sobre todo porque podría preparar en el seno de la sociedad capitalista la solución de uno de los problemas más difíciles de la sociedad socialista, el de la distribución. Pero  al  mismo  tiempo  encierra  un  potencial  peligroso  de  competencia  económica  en  el  seno  del  régimen capitalista,  con empresas  capitalistas, competencia que no puede entrañar sino nefastos resultados para la clase obrera y, sobre todo minar la conciencia de clase del proletariado.

 

7. La Comuna de París

 

La  Comuna  de  París  resume  todas  las  tendencias  que  presiden  el  origen  y  el  primer  desarrollo  del movimiento  obrero  moderno.  Se produjo  a partir  de movimientos  de masas  espontáneos  y no de un plan o programa elaborado con anterioridad por un partido obrero. Puso de manifiesto la tendencia de la clase obrera a sobrepasar el estado puramente económico de su lucha —el origen inmediato de la Comuna es eminentemente político: la desconfianza de los obreros de París con respecto a la burguesía acusada de querer entregar la ciudad a los ejércitos  prusianos  que la asediaban—  combinando  constantemente  las  reivindicaciones  económicas  y las políticas. Por primera vez en la historia arrastró a la clase obrera hacia la conquista del poder político, aunque sólo fuera dentro de los limites de una sola ciudad. Reflejó la tendencia de la clase obrera a destruir el aparato del Estado burgués a sustituir la democracia burguesa por una democracia proletaria, forma superior de la democracia. También demostró que sin una dirección revolucionaria consciente, el enorme heroísmo del que el proletariado es capaz en el curso del combate revolucionario es insuficiente para asegurar la victoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Marx y Engels: El manifiesto comunista.

Engels: Del socialismo utópico al socialismo científico.

Becr: Historia del socialismo. Marx: La guerra civil en Francia. Líssagaray: La Comuna de París.

Morlón y Tale: Historia del movimiento obrero inglés (Maspero).

Abendroth: Historia del movimiento obrero europeo (Maspero). Thomson: La construcción de la clase trabajadora inglesa.

 

 

 

Reformas y revolución

 

 

 

 

El nacimiento y el desarrollo del movimiento obrero moderno en el seno de la sociedad capitalista nos ofrece un ejemplo de la acción recíproca que ejercen entre sí el medio social en el que los hombres se encuentran, independientemente de su voluntad, y la acción más o menos consciente que realizan para transformarlo.

 

 

1. Evolución y revolución a través de la historia

 

Todas las modificaciones del régimen social que se han producido a través de las épocas han sido siempre resultado  de cambios bruscos y violentos,  consecuencia  de guerras, de revoluciones  o de una combinación  de ambas. No hay ni un solo Estado actualmente establecido que no sea producto de tales trastornos revolucionarios. El Estado americano nació de la revolución de 1776 y de la guerra civil de 1861-1865; el Estado francés de las revoluciones de 1789, de 1830, de 1848 y de 1870; el Estado británico de la revolución de 1689; el Estado belga de la revolución de 1830; el Estado holandés de la revolución de los Países Bajos del siglo XVI; e] Estado alemán de las guerras de 1870-71, de 1914-18, de 1939-45 y de las revoluciones de 1848 y de 1918, etc.

Pero sería erróneo suponer que basta con utilizar la violencia para poder modificar la estructura social según la voluntad de los combatientes. Para que una revolución transforme realmente la sociedad y las condiciones de existencia de las clases trabajadoras, es necesario que venga precedida de una evolución  que cree, en el seno de la antigua sociedad,  las bases materiales  (económicas,  técnicas, etc.) y humanas (las clases sociales dotadas de ciertas características específicas) de la nueva sociedad. Cuando no se han podido conseguir estas bases, todas las revoluciones,  incluso las más violentas, acaban por reproducir en mayor o menor medida las cond iciones que habían querido abolir.

Un ejemplo clásico al respecto nos lo proporcionan los levantamientos campesinos victoriosos que se escalonan a lo largo de la historia china. Estos levantamientos representan en cada ocasión una reacción del pueblo contra  las exacciones  y las cargas  de impuestos  insoportables,  de los que son víctima  los campesinos  en los períodos  de  declive  de  las  dinastías  que  sucesivamente  reinaron  en  el  Imperio  celeste.  Estos  levantamientos terminan con la desaparición de una dinastía  y la llegada al poder de una dinastía nueva, como en el caso de la dinastía HAN, que procedía de los mismos dirigentes de la insurrección campesina.

La nueva dinastía comienza por restablecer las mejores condiciones para el campesinado. Pero a medida que su poder se consolida y que su administración se refuerza, los gastos del Estado aumentan, lo que entraña la obligación de imponer nuevos impuestos. Los funcionarios-mandarines, pagados antes directamente por las arcas del Estado, comienzan a abusar de su poder y se apropian de hecho de las tierras cultivables, arrancando a los campesinos la renta de la tierra además del impuesto.

Así, se reproduce el crecimiento de la miseria campesina después de algunas décadas de mejor vida. La ausencia de un «salto adela nte» de las fuerzas productivas, de un desarrollo de la industria moderna basada en el maquinismo, explican este carácter cíclico de las revoluciones sociales en la China clásica, y de la imposibilidad de los campesinos de asegurarse una emancipación duradera.

 

2. Evolución y revolución en el capitalismo contemporáneo

 

También  el  capitalismo  contemporáneo  ha  nacido  de  revoluciones  sociales  y  políticas:  las  grandes revoluciones burguesas que se escalonaron entre los siglos XVI y XIX, y que originaron los Estados nacionales. Estas revoluciones fueron posibles gracias a una evolución precedente, a saber, el crecimiento de las fuerzas productivas en el seno de la sociedad feudal, que resultaba incompatible con el mantenimiento de la servidumbre, de los gremios, de las restricciones impuestas a la libre circulación de las mercancías. ,,

Esta evolución hizo nacer una clase social nueva, la burguesía moderna, que tuvo su aprendizaje de la lucha política en el marco de las comunas medievales y de las escaramuzas bajo la monarquía absoluta, antes de

 

 

 

lanzarse a la conquista del poder político.

A partir de un cierto nivel de su desarrollo, la sociedad burguesa se caracteriza, ella también, por una evolución que prepara inexorablemente una nueva revolución social.

En el plano material, las fuerzas productivas se desarrollan hasta el punto en que se hacen cada vez más incompatibles  con  la  propiedad  privada  de  los  medios  de  producción  y  con  las  relaciones  de  producción capitalistas.  El desarrollo de la gran industria, la concentración  del capital, la creación de truts, la intervención creciente del Estado burgués para «regularizar»  la marcha de la economía capitalista, preparan cada vez más el terreno para la socialización (la aprobación colectiva) de los medios de producción,  y para su gestión planificada por los productores asociados entre sí.

En el plano humano (social) se constituye y se refuerza una clase que progresivamente va reuniendo las condiciones necesarias para realizar esta revolución social: «el capitalismo produce con el proletariado su propio sepulturero».  Concentrado  en  grandes  empresas,  sin  posibilidades  de  una  promoción  social  individual,  este proletariado adquiere, mediante su lucha de clases cotidiana, estas cualidades esenciales de solidaridad colectiva, de cooperación y de disciplina en la acción, que permiten una reorganización fundamental de toda la vida económica y social.

Cuanto más se agravan las contradicciones inherentes al capitalismo más se exacerba la lucha de clases, y más la evolución del capitalismo prepara la revolución, orientándose hacia explosiones de diferente naturaleza (económicas, sociales, políticas, militares, financieras, etc.). en el curso de las que el proletariado puede esforzarse para conquistar el poder político y realizar una re volución social.

 

 

 

3. La evolución del movimiento obrero moderno

 

Sin embargo, la historia del capitalismo y la historia del movimiento obrero no han seguido una trayectoria tan clara y tan rectilínea como los marxistas podían suponer el 1880.

Las contradicciones internas de la economía de la sociedad de los países imperialistas no se han agravado de un modo inmediato. Al contrario, la Europa Occidental y los Estados Unidos han conocido, entre el fracaso de la Comuna  de París y el estallido  de la primera  guerr a mundial,  un largo período  de impulso  de las fuerzas productivas, unas veces más lento, otras más acelerado, que recubría y ocultaba el «trabajo de zapa» de las contradicciones internas del sistema.

Estas contradicciones estallarían con violencia en 1914. La revolución rusa de 1905 y la huelga general de los obreros austríacos de este mismo año serían los signos precursores. Pero, en realidad, la experiencia inmediata de los trabajadores y del movimiento obrero en estos países no reflejaba una profundización de las contradicciones del sistema. Por el contrarío, reflejaba la creencia en una evolución gradual, en grandes líneas pacífica e irreversible, hacia el socialismo (no puede decirse lo mismo en el caso de Europa oriental; por eso precisamente estas ilusiones tenían un peso mucho menor en estos países).

Es  innegable  que  los  sobrebeneficios  coloniales  acumulados  por  los  imperialistas  les  han  permitido acordar reformas para los trabajadores de los países occidentales. Pero hay que tener en cuenta otros factores para comprender esta evolución.

La emigración masiva hacia los países de ultramar. y el desarrollo de las exportaciones europeas hacia el resto del mundo, hicieron bajar a largo plazo «el ejército industrial de reserva». Las relaciones de fuerza entre el Capital y el Trabajo, en el «mercado de trabajo», fue también favorable a los trabajadores, creándose con ello las bases  necesarias  para  el  nacimiento  de  un  sindicalismo  de  masas,  no  restringido  solamente  a  los  obreros cualificados. La burguesía aterrorizada por la Comuna de París, por las huelgas violentas en Bélgica (1886, 1893), por la ascensión aparentemente irresistible de la socialdemocracia alemana, ha buscado deliberadamente el modo de calmar a las masas revueltas con reformas sociales.

El resultado  práctico  de esta  evolución  fue un movimiento  obrero  occidental  que se contentaba  con luchar por reformas inmediatamente realizables: aumento de salarios, reforzamiento cíe la legislación social; ampliación de las libertades democráticas, etc. Relegaba el combate por una revolución social al terreno de la propaganda literaria y de la educación de los cuadros. Dejó deliberadamente de preparar la revolución socialista,

 

 

 

creyendo que bastaría con reforzar las organizaciones de masas del proletariado para que «llegado el momento»

esta fuerza colosal jugara automáticamente un papel revolucionario.

 

 

4. El oportunismo reformista

 

Pero a la vez, los partidos y los sindicatos de masas de Europa occidental no se contentaron con reflejar la momentánea evolución de la lucha de clases limitada, esencialmente, al terreno de las reformas. Se convirtieron, además, en una fuerza política  que acentuó la adaptación del movimiento obrero de masas al .próspero capitalismo  de los países imperialistas. El oportunismo socialdemócrata descuidó totalmente la preparación de los trabajadores a los bruscos cambios de clima social, político y económico que se anunciaban, convirtiéndose en un importante factor que facilitó la supervivencia del capitalismo en los tormentosos años de 1914-1923.

El oportunismo se manifestó en el plano teórico en una revisión del marxismo, proclamada oficialmente por Bernstein («el movimiento lo es todo, el objetivo no es nada») que pedía a la socialdemocracia  abandonar toda actividad diferente a la de la búsqueda de la reforma del sistema. E1 «centromarxismo» que giraba alrededor de Kautsky,  al tiempo que combatía el revisionismo  le hizo numerosas  concesiones,  sobre todo, al justificar una práctica de partidos y sindicatos que cada vez se acercaban más al revi sionismo.

El oportunismo se manifestó en el plano práctico por la aceptación de la coalición electoral con los partidos burgueses «liberales»; por la aceptación progresiva de la participación ministerial en gobiernos de coalición con la burguesía;  por  la  ausencia  de  una  lucha  consecuente  contra  el  colonialismo  y  otras  manifestaciones   del imperialismo. Violentamente  atacado por las consecuencias de la revolución rusa de 1905, este oportunismo se puso especialmente  de manifiesto en Alemania con la negativa a  aceptar la propuesta  de Rosa Luxemburg  de impulsar huelgas de masas con fines políticos. Reflejaba, en el fondo, los intereses particulares de un aparato burocrático reformista (mandatarios social demócratas, funcionarios del partido y de los sindicatos, que habían conseguido importantes ventajas en el seno de la sociedad burguesa).

Este ejemplo demuestra que la invasión del movimiento obrero por el oportunismo reformista no era inevitable. Hubiera sido posible emprender acciones extraparlamentarias y huelgas cada vez más amplias, durante los años precedentes a la primera guerra mundial. Estas acciones hubieran podido preparar a las masas obreras para las tareas planteadas con el ascenso revolucionario que coincidió con el final de esta guerra.

 

5. La necesidad de un partido de vanguardia

 

La experiencia confirma de este modo los elementos fundamentales de la teoría leninista del partido de vanguardia. Si la clase obrara puede, por ella misma, emprender luchas de clase muy amplias en torno a objetivos inmediatos, y si está perfectamente capacitada para acceder a un nivel elemental de conciencia de clase, no puede, en cambio, acceder espontáneamente a las formas superiores de conciencia de clase política, indispensables para poder prever los cambios bruscos de la situación objetiva, para poder elaborar las tareas del movimiento obrero que sean  convenientes  en  cada  momento,  indispensable  también  para  poder  vencer  todas  las  maniobras  de  la burguesía, todas las influencias (a menudo sutiles) que la ideología burguesa  y pequcñoburguesa pueden ejercer sobre las masas obreras.

Además, el movimiento de masas pasa inevitablemente por momentos altos y bajos. Las amplias masas no se mantienen siempre en un nivel elevado de actividad política. Una organización de masas que intente adaptarse al nivel medio de actividad  y de conciencia  de estas masas jugará en consecuencia  un papel de freno en lo que concierne a la extensión de la actividad revolucionaria, que sólo es posible que se produzca en determinados momentos.

Por todas estas razones es indispensable construir una organización de vanguardia de la clase obrera, un partido revolucionario. En tiempos normales, éste será minoritario. Pero mantendrá la continuidad de la actividad de sus militantes y su nivel de conciencia. Permitirá conservar todo lo adquirido con la experiencia de la lucha y hacerlo llegar a la clase. Tenderá hacia las luchas revolucionarias futuras, y verá en la prepa ración de estas luchas su misión esencial. De esta forma, facilitará enormemente los cambios  de mentalidad y del comportamiento de los trabajadores organizados y de las masas trabajadoras más amplias, cambios que vienen exigidos por las bruscas

 

 

 

oscilaciones de la situación objetiva.

En verdad, estos partidos de vanguardia no pueden sustituir a las masas para intentar hacer en su lugar la revolución  social.  «La  emancipación  de  los  trabajadores  sólo  puede  ser  obra  de  los  propios  trabajado  res.» Conquistar a la mayoría de los trabajadores para el programa la estrategia y la táctica del partido revolucionario es la precondición indispensable para que un partido de vanguardia pueda desempeñar su papel con plenitud.

Semejante conquista no será posible, normalmente, nada más que en los momentos «calientes» de crisis prerrevolucionaria o revolucionaria, cuya «señal» será el estallido de potentes movimientos espontáneos de masas. Por  tanto,  no  hay  ninguna  oposición  entre  la  espontaneidad  de  las  masas  y  la  necesidad  de  construir  una organización revolucionaria de vanguardia. Una se apoya en la otra, la prolonga, la completa y le permite triunfar concentrando su energía en el punto neurálgico: el derrocamiento del poder político y económico del capital.

 

6. Los revolucionarios ante la lucha por las reformas

 

Como  reacción  al oportunismo  reformista  se han venido  desarrollando  actitudes  ultraizquierdistas.  de rechazo de toda lucha en pro de reformas, en capas minoritarias del movimiento obrero y de la clase obrera.

Para los marxistas revolucionarios, el reformismo no se identifica en absoluto con la lucha por las refor- mas. El reformismo es la ilusión de la abolición del capitalista de un modo gradual, por una acumulación de reformas. Pero es perfectamente posible combinar una participación en las luchas por las reformas inmediatas con la preparación de la vanguardia obrera para luchas anticapitalistas que provoquen por su amplitud una crisis revolucionaria en la sociedad.

El rechazo radical de toda lucha por las reformas implica la aceptación pasiva de un deterioro de la si- tuación de la clase obrera, creyendo que ésta sea capaz de repente de derrocar al capitalismo de un golpetazo en la espalda. Semejante actitud es utópica v reaccionaría.

Es  utópica  porque  olvida  que  los  trabajadores  cada  vez,  más  divididos  v  desmoralizados  por  su incapacidad para defender su nivel de vida su empleo, sus; libertades v sus derechos elementales, no están apenas preparados para afrontar victoriosamente una lucha contra una clase social dotada de la riqueza y de la experiencia características de la burguesía moderna. Es una postura reaccionaria porque sirve objetivamente la causa capitalista, la causa de los patronos, que tendrán todo el interés del mundo en bajar los salarios, mantener un paro masivo, suprimir  los sindicatos  y el derecho  de huelga,  si los trabajadores  se dejan reducir  pasivamente  al estado  de esclavos sin defensa.

Los marxistas revolucionarios consideran la emancipación de los trabajadores y el derrocamiento del ca- pitalismo como el final de una época de fuerza organizativa del proletariado, de cohesión y solidaridad de clase centuplicada, de creciente confianza en sus propias fuerzas. Todas estas transformaciones  subjetivas no son tan sólo el resultado de la propaganda o de la educación literaria. En último término no son sino el resultado del éxito conseguido en las luchas diarias, que son luchas para la obtención de reformas.

El reformismo no es el producto automático de tales luchas o de tales éxitos. Lo sería realmente si la vanguardia  obrera se abstuviera  de educar a la clase en la necesidad  de derrocar al régimen; si se abstiene  de combatir la influencia de la ideología pequeño burguesa y burguesa en el seno de la clase obrera; si se abstiene de iniciar en la práctica luchas de masas extraparlamentarias, anticapitalistas, que intenten superar el estadio de las reformas.

Por la misma razón, es absolutamente indispensable que los revolucionarios trabajen en los sindicatos de masas y luchen por el fortalecimiento y no por el debilitamiento de las organizaciones sindicales.

Evidentemente, los sindicatos son poco aptos para preparar u organizar luchas revolucionarias: ésta no es su función. Pero resultan indispensables para defender los intereses de los trabajadores, día a día, en contra de los del Capital. La lucha de clase cotidiana no desaparecerá ni tan siquiera en la hora del declive del capitalismo. Sin sindicatos potentes, que agrupen una fracción elevada de la clase obrera, la patronal tiene toda la probabilidad de salir vencedora de estas escaramuzas cotidianas.  El escepticismo y  la desconfianza hacia sus propias  fuerzas que serían  el  resultado  di  estas  desgraciadas  experiencias    perjudicaría    muchísimo  el  desarrollo  de  una  elevada conciencia de clase entre amplias masas obreras.

Por otra parte, la acción sindical no se limita tan sólo, en la época del capitalismo  contemporáneo, a la

 

 

 

lucha por los salarios y por la reducción de la duración de la jornada de trabajo. Los trabajadores están cada vez más enfrentados con problemas económicos de conjunto que influyen en su nivel de vida: inflación, cierre de empresas, paro, aceleración de los ritmos de trabajo, tentativas del Estado para limitar el ejercicio del derecho de huelga y la libre negación de los salarios, etc. El sindicato se encuentra obligado a tomar posición, antes o después, sobre  estas cuestiones.  Ha de ser una escuela  de la clase obrera  para analizar  los problemas  de conjunto  del capitalismo y del socialismo. Ha de ser el ruedo donde se enfrenten las tendencias favorables a la colaboración de clase permanente,, es el caso de la integración de los sindicato s en el Estado burgués, y las tendencias partidarias de la lucha de clases, que rehusan subordinar los intereses de los trabajadores a un pretendido «interés general», que no es otro sino el interés  del Capital  apenas  camuflado.  Como  defienden,  en estas  condiciones,  los intereses inmediatos  de  la  gran  masa  contra  la  tentativa  de  apartar  los  sindicatos  de  su  función  fundamental,  los revolucionarios integrados en la tendencia favorable a la lucha de clases tienen probabilidad de obtener un eco creciente en el seno de los sindicatos, a condición de actuar con paciencia y perseverancia y no abandonar esté terreno de trabajo de masas a los bu rócratas, reformistas y derechistas de cualquier clase.

Los revolucionarios intentan ser los mejores sindicalistas, es decir, intentan que sean adoptadas por los sindicatos y los sindicados las proposiciones concernientes a los objetivos de luchas y a las formas de organización de las luchas, que están más conformes con los intereses de clase inmediatos de los trabajadores. No olvidan nunca la defensa de estos intereses inmediatos desarrollando sin cesar su propaganda general en favor de la revolución socialista, sin la que, en definitiva, ninguna conquista obrera puede ser consolidada, ningún problema vital para los obreros puede quedar definitivamente resuelto.

Por el contrario, la burocracia  sindical, cada vez más integrada en el Estado burgués sustituye paulati- namente su tarea original de defensa irreconciliable de los intereses de sus afiliados por una política de conciliación de clase y de «paz social», debilita objetivamente el sindicato arrastrando por el suelo las preocupaciones y las convicciones de sus afiliados. La lucha por la democracia sindical y la lucha por un sindicalismo de lucha de clases se completan de este modo lógicamente en el combate de cada día.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Lenin: ¿Qué hacer?

—El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

Rosa Luxemburg:  Huelga de masas.

— Reforma o Revolución.

L. Trotsky: Los sindícalos en la época de declive del capitalismo.

G. Lukács: Lenin.

 

 

 

Democracia burguesa y democracia proletaria

 

 

 

1. Libertad económica y libertad política

 

Para muchas personas que no reflexionan sobre esta cuestión, libertad política y libertad económica son nociones  equivalentes.  Es lo que afirma especialmente  el dogma liberal, que pretende hoy pronunciarse  de la misma forma «por la libertad» en todos los terrenos.

Sin embargo, la libertad política puede ser fácilmente definida diciendo que la libertad de los unos no debe implicar la servidumbre de los otros, no sucede lo mismo con la libertad económica. Un instante de reflexión demuestra que la mayoría de los aspectos de esta «libertad económica» implican precisamente la desigualdad, la automática exclusión de una gran parte de la sociedad de la posibilidad de gozar de esa misma libertad.

La libertad  de comprar  y vender esclavos  implica el que la sociedad  esté dividida  en dos grupos:  los esclavos y los amos de los esclavos. La libertad de apropiarse los grandes medios de producción como propiedad privada implica la existencia de una clase social obligada a vender su fuerza de trabajo. ¿Qué haría el propietario de una gran fábrica, si nadie estuviera obligado a trabajar por cuenta de otro?

Lógicos con ellos mismos, los burgueses de la era ascendente del capitalismo defendieron la libertad de enviar a trabajar a la mina a niños de diez años; la libertad de obligar a los trabajadores a producir de doce a catorce horas diarias. Pero sólo una libertad era obstinadamente rechazada: la libertad de asociación de los trabajadores, prohibida en Francia por la famosa «Ley Le Chapellier» adoptada en plena revolución francesa, con el pretexto de prohibir todas las coaliciones de origen gremialista.

Estas contradicciones aparentes en la ideología burguesa se disuelven desde que se reorganizan todas estas actitudes alrededor de un único tema central: la defensa de la propiedad y de los intereses de la clase capitalista. Esta es la base de toda la ideología burguesa y no la defensa intransigente del «principio» de libertad.

Eso aparece con gran claridad en la historia del derecho al voto. El moderno parlamentarismo nació como expresión  del derecho  de la burguesía  a controlar  los gastos  públicos  financiados  con los impuestos  que ella pagaba. La burguesía proclamaría durante la revolución inglesa de 1649: no taxation without representation  (no a los impuestos sin representación parlamentaría). Lógicamente denegó el derecho al voto de las clases populares que no pagaban impuestos: ¿no se sentirían impulsados su representantes «demagogos» a votar constantemente nuevos gastos, ya que eran otros los que los tenían que pagar?

De nuevo,  lo que se encuentra  en la base de la ideología  burguesa  no es el principio  de igualdad  de derecho de todos los ciudadanos (el derecho de voto censuario echa por tierra este principio) ni el principio de la libertad política garantizada a todos, sino al contrario la defensa de las cajas fuertes.

 

2. El Estado burgués al servicio de los intereses de clase del capital

 

En el siglo XIX tampoco era demasiado difícil explicar a los trabajadores que el Estado burgués no era totalmente neutro en la lucha de clases, que no era un «arbitro» entre el capital y el trabajo, encargado de defender

«el interés genera]», sino que representa un perfecto instrumento de defensa de los intereses del Capital contra los

del Trabajo.

Únicamente la burguesía tenía derecho al voto. Sólo la burguesía podía negarse libremente a emplear determinados  trabajadores.  Cuando los obreros se declararon  en huelga negándose  a vender colectivamente su fuerza de trabajo en las condiciones dictadas por el capital se envió a los gendarmes o al ejército y se les disparó. La justicia era una evidente justicia de clase. Parlamentarios, jueces, oficiales de alta graduación, altos funcionarios coloniales,  ministros,  obispos;  todos surgían  de la misma  clase social. Todos  estaban  unidos  entre sí por los mismos lazos de dinero, de interés, de familia. La clase obrera estaba excluida de este mundo elegante.

 

 

 

Esta situación se modifica en el momento en que el movimiento obrero coge impulso, adquiere una no- table potencia organizativa, arranca el sufragio universal mediante acciones directas (huelgas políticas en Bélgica, Austria, Suecia, Países Bajos, Italia, etc.). La clase obrera se encuentra ampliamente representada en el parlamento (de repente se ve obligada a pagar una parte importante de los impuestos; pero ésa es otra historia). Los partidos obreros  reformistas  participan  en gobiernos  de coalición  con la burguesía.  En ocasiones,  empiezan  incluso a formar  gobiernos  compuestos  exclusivamente  por  los  representantes  de  los  partidos  socialdemócratas  (Gran Bretaña, Escandinavia).

A partir de entonces, la ilusión de un Estado «democrático» que estuviera por encima de las clases, «ar- bitro» real y «conciliador» de las oposiciones de clase puede ser aceptada más fácilmente por la clase obrera. Una de las funciones del revisionismo reformista es precisamente propagar ampliamente esa ilusión. Antes esta tarea era el patrimonio exclusivo de la socialdemocracia. En la actualidad. los Partidos Comunistas que han iniciado un sendero neorreformista difunden este mismo tipo de ilusiones.

La naturaleza real del Estado burgués, incluso del más «democrático», se revela con facilidad si se examina a la vez su funcionamiento práctico y las condiciones materiales de este funcionamiento.

Es típico que a medida que el sufragio universal se conquista por las masas trabajadoras y que los re- presentantes obreros van haciendo notar su presencia en los parlamentos,  el centro de gravedad del Estado que residía anteriormente en la democracia parlamentaria se desplaza inexorablemente desde el parlamento burgués hacia el aparato permanente del Estado burgués: «Los ministros vienen y van, pero la policía permanece».

Ahora bien, este aparato de Estado, por la forma como es reclinado en las alturas, por la manera como se organiza su jerarquía, por las reglas de selección y de carrera que lo presiden, encierra una simbiosis perfecta con la media y gran burguesía.  Lazos ideológicos,  sociales  y económicos  indisolubles  unen  este aparato  con la clase burguesa. Todos los altos funcionarios reciben sueldos tales que les permiten una acumulación privada de capital, a veces modesta, pero en cualquier caso real, lo que interesa a estas personas, incluso a nivel individual en la defensa de la propiedad privada y en la buena marcha de la economía capitalista.

Además, el Estado basado en este parlamentarismo burgués está vendido en cuerpo y alma al Capital por las cadenas de oro de la dependencia financiera y de la deuda publica. Ningún gobierno burgués puede gobernar sin apelar constantemente al crédito, controlado por los Bancos, el capital financiero, la gran burguesía. Cualquier política anticapitalista que un gobierno reformista quisiera tan sólo esbozar se encontraría inmediatamente con el sabotaje financiero  y económico  de los capitalistas.  La «huelga  de inversiones»,  la evasión  de capitales,  la inflación,  el mercado negro, la caída de la producción, el desempleo, etc., forman parte de su rápida respuesta.

Lo confirma  toda la historia  del siglo XX; es imposible  utilizar  el parlamento  burgués  y el gobierno basados en la propiedad  capitalista  y en el Estado burgués de manera consecuente  contra la burguesía.  Toda política que quiera seguir una  vía anticapitalista se enfrenta rápidamente con el dilema: o bien capitular ante el chantaje para seguir potenciando el capital o bien romper el aparato de Estado burgués y remplazar las relaciones de propiedad capitalista por la apropiación colectiva de los medios de producción.

 

 

 

3. Los límites de las libertades democráticas burguesas

 

No es por casualidad que el movimiento obrero se encuentre en la vanguardia de la lucha por las liberta- des democráticas a lo largo de los siglos XIX y XX. Defendiendo estas libertades, el movimiento obrero defiende al mismo tiempo las condiciones más convenientes para su ascensión. La clase obrera es la clase más numerosa en las sociedades contemporáneas. La conquista de las libertades democráticas le permite organizarse, adquirir la seguridad de la mayoría, tener cada vez más fuerza en la balanza de las relaciones de fuerza.

Además, las libertades democráticas conquistadas en el régimen capitalista representan la mejor escuela de la democracia sustancial en la que los trabajadores participarán mañana después de haber acabado con el reino del Capital.

Trotsky habló al respecto de las «células de democracia proletaria en el seno de la democracia burguesa» que representan  las organizaciones  de masas obreras, la posibilidad  para los trabajadores  de tener congresos y celebrar manifestaciones obreras y huelgas, de tener su prensa, sus escuelas, sus teatros y sus cine-clubs, etc.

 

 

 

Pero precisamente porque las libertades democráticas revisten una importancia capital a los ojos de los trabajadores,  importa tanto captar los límites de la democracia  burguesa, incluso de la más avanzada, desde el punto de vista de estas libertades.

En primer lugar, la democracia parlamentaria burguesa es una democracia indirecta, en el seno de la cual sólo algunos miles o decenas de miles de mandatarios (diputados, senadores, alcaldes, burgomaestres, concejales, etc.) participan  en  la  administración  del  Estado.  La  inmensa  mayoría  de  los  ciudadanos  está  excluida  de  una participación semejante. Su único poder es el de depositar una papeleta de voto en una urna, cada cuatro o cinco años.

Además, la igualdad política en una democracia parlamentaria burguesa es una igualdad puramente formal, y no una igualdad real. Formalmente, el rico y el pobre detentan el mismo «derecho» de fundar un periódico cuyo funcionamiento cuesta cientos de millones de pesetas. Formalmente, el rico y el pobre tienen el mismo «derecho» a comprar un tiempo de emisión en televisión y la misma «posibilidad» de influir en el elector. Pero como el ejercicio práctico de esos derechos presupone la utilización de potentes medios ma teriales, sólo el rico puede disfrutar plenamente de los mismos. E1 capitalista logrará influenciar a un grupo numeroso de electores que dependen materialmente   de  él,  podrá   comprar   periódicos,   estaciones   de  radio   o  tiempo   de  televisión.   «Tendrá» parlamentarios y gobiernos gracias al peso de su capital.

Finalmente, si se hace abstracción de todos estos límites propios de la democracia parlamentaria burguesa, y si se supone que es perfecta, es evidente que sólo es una democracia  política. Pero ¿de qué sirve una igualdad política entre el rico y el pobre —¡que está muy lejos de ser real!— si al mismo tiempo ésta coincide, y no tan sólo durante unos años, sino desde hace más de medio siglo, con una desigualdad económica y social enorme, que va en aumento? Incluso si los pobres y los ricos tuvieran exactamente los mismos derechos políticos, los segundos siguen  conservando  un  enorme  poder  económico  y  social  del  que  los  prime ros  carecen,  y  que  subordina inevitablemente los primeros a los segundos en la vida cotidiana.

 

4. Represión y dictaduras burguesas

 

La naturaleza de clase del Estado fundado en la democracia parlamentaria burguesa aparece del modo más claro cuando examinamos su papel represivo. Se conocen innumerables conflictos sociales en los que la policía, los gendarmes y los militares han intervenido para «romper» piquetes de huelga, dispersar manifestaciones obreras, hacer evacuar fábricas ocupadas por los trabajadores y disparar sobre los huelguistas. No se conocen apenas casos en los que la policía, la gendarmería, la CRS o el ejército de la burguesía hayan intervenido para arrestar patronos cuando despiden a trabajadores,  hayan ayudado a los trabajadores  a ocupar fábricas cerradas por el Capital, o hayan disparado sobre burgueses que organizan el encarecimiento de la vida, la evasión de capitales o el fraude fiscal.

Los apologistas de la democracia burguesa replicarán que los obreros violan «la ley» en todos los casos antes citados, y que amenazan el «orden público» que las fuerzas represivas han de mantener. Hemos de responder que esto prueba que la «ley» no es demasiado neutra sino que es una ley burguesa que protege la propiedad capitalista; que las fuerzas represi vas están al servicio de esta propiedad; que se comportan de forma muy diferente según sean obreros o capitalistas los que violen la «ley»; y que nada puede probar mejor el carácter fundamental burgués del Estado.

En tiempos normales, los aparatos de represión sólo desempeñan un papel marginal en la conservación del régimen capitalista, ya que éste es respetado de hecho en la vida cotidiana por la gran mayoría de las clases trabajadoras. Sucede algo muy distinto en los períodos de crisis aguda (ya sea económica, social, política, militar o financiera),  en  los  que  el  régimen  capitalista  pierde  su  equilibrio,  durante  los  cuales  las  masas  trabajadoras manifiestan su voluntad de derrocar el régimen o durante los cuales éste no consigue ya funcionar normalmente.

Entonces la represión surge en el primer plano de la escena política. Entonces es cuando la naturaleza profunda del Estado burgués se muestra en toda su desnudez: un grupo de hombres armados al servicio del Capital. Con ello confirma la regla más general de la historia de las sociedades de clases. Cuanto más estable es esta sociedad, mejor puede permitirse el lujo de conceder diversas libertades formales a los oprimi dos. Cuanto más inestable y sacudida por profundas crisis, más debe ejercer el poder político por la vía de la violencia sin palabras.

Así, pues, la historia de los siglos XIX y XX está formada por distintas experiencias de supresión de todas

 

 

 

las  libertades  democráticas  de  los  trabajadores  por  dictaduras  burguesas:  dictaduras  militares,  bonapartistas  o fascistas. La dictadura fascista es la forma más brutal y bárbara de la dictadura al servicio del Capital. Se caracteriza especialmente  por el hecho de que no suprime tan sólo las libertades para las organizaciones  revolucionarias  o radicales  de la clase  obrera,  sino  que  trata  de  suprimir  por  todos  los  medios  cualquier  tipo  de  organización colectiva de los trabajadores como los sindicatos, y las formas más elementales de huelga. Se caracteriza del mismo modo por el hecho de intentar la atomización de la clase obrera, para que sea sólo un poco eficaz, no puede apoyarse únicamente  en  el  aparato  represivo  tradicional  (ejercito,  gendarmería,  policía,  jueces)  y usa  de  bandas  armadas privadas que a su vez proceden de un movimiento de masas, el de la pequeña burguesía pauperizada, desesperada por la crisis y la inflación, y que el movimiento obrero no consigue arrastrar a su campo en favor de una audaz política de ofensiva anticapitalista.

La clase obrera y su vanguardia revolucionaria no puede ser neutral ante la ascensión del fascismo. Deben defender con uñas y dientes sus libertades democráticas.  Para ello deben oponer un frente único de todas las organizaciones obreras, comprendidas las más reformistas y más moderadas ante la ascensión del fascismo con el fin de aplastar en su germen la bestia nociva. Deben crear sus propias unidades de autodefensa contra los grupos armados del capital, y no fiarse de la protección del Estado burgués. Deben crear milicias obreras apoyadas por las masas trabajadoras, unificando todas  las organizaciones obreras e impidiendo cualquier tentativa  fascista  de aterrorizar  a algún  sector  de  las  masas,  de  romper  una  sola  huelga,  de  hacer  «saltar»  un  solo  mitin  de  una organización obrera:  éste es el camino para barrer la barbarie fascista que de otro modo terminará en los campos de concentración, en las matanzas y en las torturas, en Buchenwald y Auschwitz. Todos los éxitos en este sentido permiten además que las masas trabajadoras pasen a la contraofensiva y abatan, además de a la amenaza fascista, al régimen capitalista que la ha hecho nacer y que la ha alimentado.

 

5. La democracia proletaria

 

El Estado obrero, la dictadura del proletariado, la democracia proletaria, que los marxistas quieren para sustituir al Estado burgués, que no es, en definitiva, sino la dictadura de la burguesía, incluso en su forma más democrática, se caracteriza por una ampliación y no por una restricción de las libertades democráticas reales para la masa de los ciudadanos  que  trabaja.  Sobre  todo  despu és  de  la  experiencia  desastrosa  del  estalinismo,  que  ha  minado  la credibilidad de las raíces democráticas de los Partidos Comunistas oficiales, es indispensable recordar con fuerza este principio básico.

El Estado obrero será más democrático que el Estado basado en la democracia parlamentaria en la medida en que amplíe fuertemente el área de la democracia directa. Será un Estado que empezará a desapare cer desde su origen, entregando  sectores  enteros  de la actividad  social  a la autogestión,  a la autodeterminación  de los  ciudadanos afectados   (correos,   telecomunicaciones,   sanidad,   enseñanza,   cultura,   etc.).  Unirá  la  masa  de  trabajadores organizándolos en consejos obreros con el ejercicio directo del poder, aboliendo las fronteras ficticias entre el poder ejecutivo  y  el  poder  legislativo.  Eliminará  el  «carrerismo»  de  la  vida  pú blica  limitando  los  salarios  de  los funcionarios, comprendiendo a los de mayor rango, al de un obrero medio calificado. Impedirá la formación de una  nueva  casta  de  administradores  vitalicios  introduciendo  el  principio  de  rotación  obligatoria  en  cualquier delegación de poder.

El Estado obrero será más democrático que el Estado burgués en la medida en que cree las bases materiales para el ejercicio de las libertades  democráticas  de todos.  Las imprentas,  las emisoras  de radio y televisión,  las salas de reunión, serán propiedad colectiva, y estarán a disposición efectiva de todos los grupos de trabajadores que las reclamen. El derecho de crear diferentes organizaciones  políticas, comprendidas las de oposición; de crear una prensa de oposición, dejando a las minorías políticas expresarse en la prensa, en la radio y en la televisión será celosamente  defendido por los consejos obreros. El armamento general de las masas obreras, la supresión del ejército permanente. y de los aparatos de represión, la elección de los jueces, la publicidad completa de todos Jos procesos, serán la garantía más fuerte para que ninguna minoría pueda arrogarse el derecho de excluir a ningún grupo de ciudadanos trabajadores del ejercicio de las libertades democráticas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

K. Marx:  La guerra civil en Francia.

Lenin:  Estado y Revolución.

— La revolución proletaria y el renegado Kautsky.

L. Trotsky: Escritos sobre Alemania.

V Congreso de la IV Internacional:  Tesis sobre el declive y la caída del estalinismo (que incluye una descripción detallada de las instituciones de la democracia proletaria bajo la dictadura del proletariado).

 

 

 

La primera guerra imperialista y la revolución rusa

 

El estallido de la primera guerra mundial representa el signo más evidente de que el capitalismo había entrado en su época de declive. Todo lo que hubiera podido llevar de progreso a la humanidad se encuentra, a partir de este momento, amenazado.  Inmensas  fuentes materiales  de recursos se destruyen  periódicamente;  la guerra mundial; crisis económica de 1929-32; segunda guerra mundial; guerras de reconquista colonial numerosas

«recesiones». La supervivencia del capitalismo se salda con verdaderas hecatombes de vidas humanas. Dictaduras sangrientas, militares o fascistas barren lo adquirido por las grandes revoluciones democrático-burguesas. La humanidad se ve enfrentada ante el siguiente dilema: socialismo o barbarie.

 

 

1. El movimiento obrero mundial ante la guerra imperialista

 

Durante el decenio que precedió a 1914, la Internacional Socialista y el resto del movimiento obrero in- ternacional se esforzaron en educar y movilizar a las masas trabajadoras contra el aumento de amenazas de guerra. La carrera armamentística. la multiplicación de conflictos «locales», el agravamiento de las contradicciones interimperialistas,  anunciaron  claramente  la  inminencia  de  la  conflagración.  La  Internacional  recordó  a  los trabajadores  de todos los países que sus intereses eran comunes, y que no tenían por qué asumir las sórdidas querellas entre los poseedores: querellas por la repartición de los beneficios arrancados a los proletarios y a los pueblos colonizados del mundo.

Pero cuando la guerra estalló en 1914, la mayorí a de las directivas socialdemócratas capitularon ante la ola chovinista desencadenada por la burguesía. Cada una de ellas se identificaba con su campo imperialista, contra el de los adversarios  de su burguesía.  Las excusas  no faltaron.  Para los dirigentes  socialdemócratas  alemanes  y austríacos se trataba de defender a los pueblos contra la barbarie del «absolutismo zarista». Para los dirigentes socialdemócratas belgas, franceses, británicos lo más importante era la lucha contra el «militarismo prusiano».

En los dos campos, la alienación chovinista en base a la defensa nacional de la «patria» imperialista implica el que se corte la propaganda antimilitarista, socialista revolucionaria, es decir, toda la defensa de los intereses de clase, incluso los más inme diatos a los trabajadores. Se proclama «la unión sagrada» de los proletarios y de los capitalistas ante «el enemigo extranjero». Pero como esta «unión sagrada», al igual que la guerra, no modificarían en nada la naturaleza capitalista, es decir, explotadora, de la economía y de la sociedad, el socialpatriotismo implicaba la aceptación de hecho de un agravamiento en las condiciones de vida y de trabajo de los obreros, de un enriquecimiento escandaloso de los trusts y otros beneficiarios de la guerra capitalista.

 

 

2. La guerra imperialista salida a la crisis revolucionaria

 

A partir  de  este  momento  las  contradicciones  del  socialpatriotismo  debían  estallar  rápidamente.  Los líderes reformistas más astutos explicaron que las masas eran favorables a la guerra y que un partido obrero de masas  no  podía  oponerse   a  los  sentimientos   predominantes   del  pueblo.  Pero  pronto  los  sentimientos predominantes en el seno de las masas viraron hacia el descontento, la oposición a la guerra y la revuelta. En este momento los líderes socialpatriotas alemanes Scheideman y Noske, los líderes socialpatriotas franceses Renaudel y Jules Guesde no hicieron nada «para adaptarse a los sentimientos predominantes en el seno de la clase obrera». Al contrario,  se  esforzaron  en  evitar  por  todos  los  medios  que  estallaran  huelgas  y  manifestaciones  de  masas, entrando  en los gobiernos  de coalición  con la burguesía,  ayudándola  a reprimir  la propaganda  antimilitarista, huelguista y revolucionaria, saboteando el desarrollo de las luchas obreras. Cuando finalmente estallaron las revoluciones, los líderes socialdemócratas, que habían aprobado la masacre de millones de soldados por la causa de las cajas fuertes, redescubrieron de repente su alma pacifista y suplicaron a los trabajadores que no recurrieran a la violencia, que no provocaran un derramamiento de sangre.

Al principio de la guerra, cuando las masas estaban desorientadas por la propaganda burguesa v la traición

 

 

 

de sus propios dirigentes, sólo un puñado de socialistas revolucionarios permanecieron fieles a) internacionalismo revolucionario, rehusando hacer frente común con su propia burguesía: Karl Liebknecht y Rosa Luxembourg  en Alemania, Monatte y Rosmer en Francia, Lenin, una parte de los bolcheviques, Trotsky, Martov en Rusia; el SDP en los Países Bajos; MacLean en Gran Bretaña, Debs en los Estados Unidos; En Italia, en Servia y en Bulgaria la mayoría del partido socialdemócrata mantiene posiciones internacionalistas.

La Internacional Socialista se había hundido. Los internacionalistas se agruparon en un principio en las conferencias de Zimmerwald (1915) y de Kienthal (1916). Sin embargo, se diferenciaron en dos corrientes; una corriente centrista, que deseaba reconstituir una Internacional reunificada con los socialpatriotas; una corriente revolucionaria, que se orientaría hacia la constitución de una Tercera Internacional.

Lenin, que fue el alma de la izquierda zimmerwaldiana, basaba sus análisis en la certeza de que la gue rra iba a agravar todas las contradicciones del sistema imperialista y desembocar en una crisis revolucionaria de envergadura. En esta perspectiva, los internacionalistas podían prever un espectacular cambio de las relaciones de fuerza entre la extrema izquierda y la derecha del movimiento obrero.

Estas' previsiones se confirmarían a partir de 1917.

La revolución rusa estalló en marzo de 1917. En noviembre de 1918, la revolución estalló en Alemania y en el imperio austrohúngaro. En 1919-20, una ascensión revolucionaria de gran envergadura convulsionó Italia, sobre todo en las regiones industriales del norte. La separación entre socialpatriotas e internaciona listas se amplió en  una  separación  entre  socialdemócratas,  que  siempre  se  negaron  a  romper  con  el  Estado  burgués  y  el capitalismo,  y  comunistas,  que  se  orientaban  hacia  la  victoria  de  la  revolución  proletaria,  con  Repúblicas  de consejos obreros. Los primeros adoptaron una posición claramente contrarrevolucionaria  desde el momento en que las masas amenazaron el orden burgués.

 

3. La revolución de febrero de 1917 en Rusia

 

En febrero de 1917 (marzo según el calendario occidental) la autocracia zarista se hundió bajo los efec tos combinados de los motines obreros provocados por el hambre, y de la descomposición del ejército, es decir, de la oposición creciente a la guerra en el seno del campesinado.  El fracaso de la revolución rusa de 1905 se había debido a la ausencia de conjunción entre el movimiento obrero y el movimiento campesino. Su conjunción en

1917 sería fatal para el zarismo.

La clase obrera había desempeñado el papel más importante en los acontecimientos revolucionarios de febrero de 1917. Pero a falta de una dirección revolucionaria se vio frustrada su victoria. El poder ejecutivo que se le había quitado al zarismo fue puesto en manos de un gobierno provisional que aliaba a los partidos burgueses, como los cadetes (demócratas constitucionales), con los grupos moderados del movimiento obrero (mencheviques y socialistas revolucionarios). El movimiento de masas era, sin embargo, tan potente que pudo darse una estructura organizativa propia: la de los consejos (soviets) de delegados de obreros, soldados y campesinos, apoyados por guardias rojos armados. De este modo, Rusia conoció a partir de febrero de 1917 un régimen de dualidad de poder de hecho. El gobierno provisional, que daba cobertura a un aparato de Estado burgués en lenta disgregación, se vio enfrentado a una red de soviets que iban construyendo progresivamente un poder de Estado obrero.

Los acontecimientos aportarían así una confirmación aplastante a una previsión de León Trotsky, que había formulado desde el final de la revolución rusa de 1905, según la cual Rusia iba a cubrirse de soviets en su próxima revolución. Los marxistas rusos e internacionales estaban obligados a reexaminar su análisis de la naturaleza social de esta revolución rusa en curso.

Tradicionalmente   estos  marxistas  habían  considerado  que  la  revolución  rusa  sería  una  revolución burguesa. Al ser Rusia un país atrasado las tareas fundamentales a resolver por esta revolución parecían semejantes a las de las grandes revoluciones burguesas democráticas de los siglos XVIII y XIX: derrocar el absolutismo; conquistar las libertades y una constitución; liberar los campesinos de las supervivencias semifeudales; liberar las nacionalidades oprimidas; crear un mercado nacional unificado para asegurar el rápido desarrollo del capitalismo industrial,  indispensable  para  preparar  la  victoria  de  una  revolución  socialista  ulterior.  De  ello  resultaba  una estrategia de alianzas entre la burguesía liberal y el movimiento  obrero,  debiendo contentarse este último con luchar por objetivos de clase inmediatos (jornada de ocho horas, libertad de organización  y de huelga, etc.), al mismo tiempo que ponían la espada en los riñones  de la burguesía  para que completara  lo más radicalmente

 

 

 

posible la obra de «su» revolución.

Lenin rechazó esta estrategia en 1905. Recordó el análisis de Marx con  relación a la actitud de la burguesía en la revolución de 1848: cuando el proletariado  aparece en la escena política, la burguesía se desliza hacia el campo de la contrarrevolución, por temor a una revolución obrera. No modificó el análisis de las tareas históricas de la revolución rusa, tales como las habían formulado los marxistas rusos. Pero dedujo del carácter netamente contrarrevolucionario  del comportamiento de la burguesía la imposibilidad de realizar estas tareas mediante una alianza entre la burguesía y el proletariado. Sustituyó esta idea por la de una alianza entre el proletariado y el campesinado.

 

4. La teoría de la revolución permanente

 

Lenin concibió esta «dictadura democrática de los obreros y campesinos» sobre la base de una economía todavía capitalista y en el marco de un Estado todavía burgués.

Trotski señaló la debilidad de esta concepción:  la incapacidad  crónica (admitida por Lenin después de

1917) del campesinado  para constituirse  en fuerza política autónoma.  A través de toda la historia moderna, el

campesinado acepta siempre, en último análisis, la dirección burguesa o la dirección proletaria. Si la burguesía debe fatalmente deslizarse hacia el campo contrarrevolucionario, la suerte de la revolución depende de la capacidad del proletariado  para hacerse  con la hegemonía  política  en el seno del movimiento  campesino,    estableciendo  la alianza  entre obreros y campesinos bajo su dirección. En otras palabras: la revolución rusa sólo podía triunfar y realizar sus tareas revolucionarias si el proletariado conquistaba el poder político y establecía un Estado obrero, apoyándose en su alianza con el campesinado trabajador.

La teoría de la revolución permanente proclama por tanto que en la época imperialista, debido a los innumerables vínculos que atan a la burguesía llamada «nacional» o «liberal» en los países subdesarrollados al imperialismo extranjero por una parte, y a las antiguas clases poseedoras por la otra, las tareas históricas de la revolución democrático-burguesa (revolución agraria, independencia nacional, libertades democráticas, unificación de los países para facilitar el surgimiento  de la industria) sólo pueden realizarse mediante la instauración de la dictadura del proletariado, apoyada en el campesinado trabajador. Esta previsión de Trotski del año 1906 se vio enteramente  confirmada  por  el  curso  de  la  revolución  rusa  de  1917.  También  se  ha  visto  posteriormente confirmada   por  todas  las  revoluciones   que  a  partir  de  entonces   se  han  desencadenado   en  los  países subdesarrollados.

 

5. La revolución de octubre de 1917

 

Al  volver  a  Rusia  después  de  su  emigración,  Lenin  captó  de  entrada  las  inmensas  posibilidades revolucionarias. Mediante sus «Tesis de abril», reorienta el partido bolchevique en el sentido de la revolución permanente. Hay que luchar para la conquista del poder por los soviets, para la instauración de la dictadura del proletariado. Esta postura, primero rechazada por los viejos dirigentes bolcheviques (entre ellos Stalin, Kamenev y Molotov) que se mantenían en las fórmulas de 1905 y deseaban reunificarse con los mencheviques y conceder un apoyo crítico al gobierno provisional, es aceptada rápidamente por todo el partido, debido en especial a la presión de los obreros bolcheviques de vanguardia que la habían adoptado instintivamente incluso antes de que Lenin la formulara conscientemente. Los partidarios de Trotski se fusionan con los bolcheviques, los cuales se lanzan a la conquista de la mayoría de los trabajadores.

Después  de distintas  peripecias  (levantamientos  prematuros  en julio, putsch  contrarrevolucionario  del general Kornilov que fracasa en agosto) esta mayoría se suma a los bolcheviques en los soviets de las grandes ciudades en septiembre de 1917. Desde entonces, la lucha por la conquista del poder se sitúa a la orden del día. Finalmente se realiza en octubre (noviembre según el calendario occidental), bajo la dirección del Comité Militar Revolucionario de Petrogrado que preside Trotski y emana del soviet de esta ciudad.

Este soviet consigue asegurar de entrada la lealtad de casi todos los regimientos situados en la antigua capital zarista; éstos se niegan a obedecer al estado mayor del ejército burgués. Así, la insurrección  que coincide con el segundo congreso panruso de los soviets se realiza casi sin derramamiento de sangre. El antiguo aparato de Estado y el gobierno provisional se hunden. El segundo congreso de los soviets vota por mayoría aplastante el

 

 

 

traspaso del poder a los soviets de obreros y campesinos. Por primera vez en la historia se crea en todo el territorio de un gran país un Estado según el modelo de la Comuna de París, un Estado obrero.

 

6. La destrucción del capitalismo en Rusia

 

En su teoría de la revolución permanente, Trotsky había predicho que después de conquistado el poder, el proletariado no podía contentarse con realizar las tareas históricas de la revolución democrático-burguesa, sino que se vería  impulsado  a tomar  las fábricas,  eliminar  la explotación  capitalista y empezar la construcción  de una sociedad socialista. Esto fue exactamente lo que sucedió en Rusia después de 1917.

El programa del gobierno que llevó al poder el segundo congreso de los soviets se había contentado, en lo inmediato, con establecer el control obrero en la producción, siendo consideradas como las tareas inmediatas de la revolución de octubre el restablecimiento de la paz, el reparto de tierras, la solución a la cuestión nacional y la creación de un verdadero poder soviético en tod o el territorio ruso.

Pero la burguesía se puso inevitablemente a sabotear la aplicación de la política del nuevo poder. Los trabajadores, sintiéndose los más fuertes, no toleraron ni la explotación ni el sabotaje de los capitalistas. Así pues, muy rápidamente se pasó de la instauración del control obrero a la nacionalización  de la banca, de las grandes fábricas  y  de  los  organismos  de  transporte.  Muy  pronto  todos  los  medios  de  producción,  salvo  los  de  los campesinos y de los artesanos, estuvieron en manos del pueblo.

Pero era inevitable que la organización de una economía basada en la propiedad colectiva de los medios de producción sufriera múltiples dificultades en un país atrasado, en el que el capitalismo estaba aún muy lejos de haber cumplido la tarea de crear las bases materiales del socialismo. Los bolcheviques fueron perfectamente conscientes de esta dificultad, pero estaban convencidos de que no se quedarían aislados demasiado tiempo. Creían que la revolución proletaria estallaría muy pronto en muchos países industrialmente avanzados, y confiaban especialmente en Alemania. La fusión de la revolución rusa, la revolución alemana y la revolución italiana podía crear una indestructible base material como punto de partida para la creación de una sociedad sin clases.

La historia demostró que estas esperanzas no carecían de fundamento. En efecto, la revolución estalló en Alemania, y estuvo muy cerca de hacerlo en Italia en los años 1919-20. La revolución rusa jugó a fondo su papel de detonador y de modelo, estimulando la revolución socialista a nivel mundial.

Aquellos de entre los socialdemócratas rusos y europeos que se burlaban  a posteriori  de que los “sueños “ de Lenin  y Trotsky  sobre  la revolución  mundial  carecieran  de fudamentos,  de que la revolución  rusa  estaba condenada  al aislamiento,  que iba a demostrarse  utópico querer construir  una economía  socialista  en un país atrasado, olvidaron que el fracaso de la ascensión revolucionaria de 1919-20 en Europa central no fue debido a la ausencia de luchas o al escaso vigor revolucionario de las masas, sino sobre todo al papel deliberadamente contrarrevolucionario que había desempeñado la socialdemocracia internacional.

En este sentido Lenin, Trotsky y sus camaradas, guiando al proletariado del primer país a la conquista del poder político, hicieron la única cosa que podían hacer los marxistas revolucionarios para modificar la correlación de fuerzas en favor de su clase: explotar a fondo las posibilidades más favorables que existen en un determinado país para derro car el poder del capital. Esto no bastó por sí sólo para decidir el éxito de la lucha internacional entre capital y trabajo. Pero en cualquier caso constituye el único medio posible para influir el nacimiento de esta lucha en un sentido favorable al proletariado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Lenin: Las dos tácticas de la socialdemocracia.

— La catástrofe inminente y los medios para conjurarla.

— ¿Conservarán los bolcheviques el poder?

Rosa Luxemburg: Folleto de Junius.

—La revolución rusa.

León Trotski: Tres concepciones de la revolución rusa. Discursos de Copenhague (1932) (dos resúmenes de la teoría de la revolución permanente).

León Trotski: Historia de la revolución rusa.

— La revolución permanente.

 

 

 

El stalinismo

 

 

1. El fracaso del ascenso revolucionario (1918-1920) en Europa

 

La revolución internacional que esperaban el proletariado ruso y los dirigentes bolcheviques se produjo en

1918. Se crearon consejos de obreros y soldados en Alemania y Austria. En Hungría, se proclamó la República de los Consejos en marzo de 1919; en abril de 1919, se proclamó también en Baviera. Los obreros del norte de Italia, en creciente ebullición a partir de 1919, ocuparon todas las fábricas en abril de 1920. Otros países como Finlandia, Polonia, Checoslovaquia,  Yugoslavia,  Bulgaria,  etc., fueron  presa  de poderosas  corrientes  revolucionarias.  Los Países Bajos se vieron amenazados por una huelga general. En Gran Bretaña, los obreros crearon la «triple alianza» de los tres mayores sindicatos del país, con lo que se hizo temblar al régimen.

Pero  esta  ola  revolucionaria  acabó  fracasando.  Las  principales  razones  de  este  fracaso  fueron  las siguientes:

— La Rusia de los soviets estaba escindida por una guerra civil. Los antiguos latifundistas y los oficiales zaristas, apoyados por los capitalistas rusos y extranjeros, intentaron derrotar por las armas la primera República de obreros y campesinos. Por ello, el poder de los soviets sólo podía aportar una reducida ayuda militar y material a las revoluciones  europeas, que además se vieron combatidas  por todos los ejércitos imperialistas.

— La socialdemocracia internacional no dudó en pasarse al campo de la contrarrevolución,  esforzándose

con todas las promesas y engaños imaginables (en Alemania prometió en febrero de 1919 la inmediata socialización de la gran industria que evidentemente no tuvo lugar) para apartar a los trabajadores de la lucha por el poder. Tampoco dudó en organizar la violencia contrarrevolucionaria, organizando en este caso los cuerpos francos que acudieron en ayuda de Noske para sofocar la revolución alemana. Estos cuerpos francos fueron el germen de las futuras bandas nazis.

— Los jóvenes partidos comunistas, que habían fundado la III Internacional, carecían de experiencia y de madurez, y cometieron múltiples errores «izquierdistas» y derechistas.

— La burguesía, aterrorizada por el espectro revolucionario, hizo de entrada importantes concesiones económicas a los trabajadores, en especial la jornada de ocho horas y el sufragio universal en numerosos países, lo cual frenó la ascensión revolucionaria en muchos de ellos.

 

Los  primeros  fracasos  de  la  revolución  terminaron  en  las  sangrientas  derrotas  de  Hungría,  donde  la República de los Soviets fue aplastada en sangre, y en Italia, donde el fascismo llegó al poder en 1922. A pesar de todo, en Alemania el partido comunista se fue reforzando progresivamente, fue adquiriendo una base de masas cada vez más amplia y se lanzó en 1922-23 a la conquista de los grandes sindicatos y de los consejos de empresa.

En 1923  se produjo  en este país una crisis  revolucionaria  excepcional:  la ocupación  del Ruhr  por el ejército francés; una inflación galopante; huelga general que consigue derrocar al gobierno Cuno; constitución de gobiernos de coalición socialistas de izquierda-comu nistas en Sajonia y en Thuringia. Pero el partido comunista, mal aconsejado por la Internacional Comunista, fracasó en la sistemática organización de la insurrección armada en el momento más propicio. El gran capital reestableció la situación, estabilizó el marco, puso en el poder a una coalición burguesa. La crisis revolucionaria de la posguerra había terminado.

 

2. El ascenso de la burocracia soviética

 

La Rusia de los Soviets había terminado  la guerra civil en 1920-21  con la victoria.  Pero había salido exangüe de esta guerra.   La producción agrícola e industrial había descendido de forma catastrófica. El hambre asolaba  grandes  regiones  del país.  Para  remediar  esta  situación,  mientras  se esperaba  un relanzamiento  de la revolución  internacional,  Lenin  y  Trotsky  decidieron  una  retirada  económica.  La  propiedad  nacionalizada  se conservó en toda la gran industria, banca y sistema de transportes. Pero se reestableció la libertad de comercio para los excedentes agrícolas, una vez pagado el impuesto en especie. Se reestablecieron el artesanado, el comercio y la

 

 

 

pequeña industria privada.

Para los bolcheviques, sólo se trataba de una maniobra temporal, y sólo preveían en ella los riesgos concernientes  al  ámbito  económico:  la  pequeña  burguesía,  al  enriquecerse,  podría  volver  a  reproducir  la acumulación  capitalista  privada.  Pero  las  consecuencias  sociales  y  políticas  del  aislamiento  de  la  revolución proletaria en un país atrasado eran tan temibles como estos peligros económicos. Podían resumirse del siguiente modo: el proletariado ruso perdió cada vez más el ejercicio directo del poder político y económico. Una nueva capa privilegiada empezó a subirse a sus espaldas. Esta burocracia llegó a detentar un verdadero monopolio del ejercicio del poder en todos los campos de la sociedad.

Este proceso no fue debido a un premeditado complot. Fue debido más bien a la interacción de un gran número de factores. El proletariado se vio numéricamente debilitado por la caída de la producción industrial y el éxodo hacia el campo. Bajo el peso del hambre y las privaciones se despolitizó parcialmente. Sus elementos más conscientes fueron absorbidos por el aparato soviético. Muchos de sus mejores hijos habían muerto en la guerra civil. Todo este agitado período no fue propicio para la formación de cuadros técnica y culturalmente cualificados en el seno de la clase obrera. La intelligentsia pequeño-burguesa conservó por ello el monopolio de conocimientos. Un período de grandes penurias es propicio para la adquisición y defensa de privilegios materiales. No hay que creer  que  este  proceso  pasara  desapercibido  para  los  marxistas  revolucionarios  rusos.  A  partir  de  1920,  la Oposición obrera, en el seno del PC soviético hizo sonar el timbre de alarma, proponiendo soluciones que eran poco adecuadas. A partir de 1921, Lenin se obsesiona con el peligro burocrático, llama al Estado ruso un Estado obrero burocráticamente deformado, y constata, casi en la impotencia, la impronta de la naciente burocracia en el mismo aparato de partido. A partir de 1923 se cons tituye la Oposición de la Izquierda trotskista, que hará de la lucha contra la burocracia uno de los puntos esenciales de su programa.

Sería igualmente falso creer que el ascenso de la burocracia soviética fue un fenómeno inevitable. A pesar de que sus raíces se hunden profundamente en la realidad social y económica de la Rusia de principios de los años veinte,  no  era  por  ello  menos  posible  contraatacarlas  con  posibilidades  reales  de  éxito.  El  programa  de  la Oposición de Izquierda trotskista intentaba crear las condiciones propicias para enderezar la situación:

a) Acelerando la industrialización en Rusia y aumentando con ello el peso específico del proletariado en la sociedad;

b) Aumentando los salarios y combatiendo el paro para incrementar la confianza de las masas obreras en ellas mismas;

c) Ampliando inmediatamente la democracia soviética y la democracia en el seno del partido, para despertar

la actividad política y la consciencia de clase del proletariado.

d)  Acentuando  la  diferenciación  en  el  seno  del  campesinado,  ayudando  a los  campesinos  pobres  con créditos y maquinaria agrícola para la creación de cooperativas de producción y gravando a los campesinos ricos con impuestos progresivos;

e) Manteniendo una orientación hacia la revolución mundial, y rectificando los errores tácticos y estratégicos de la Komintern.

 

Si el conjunto  de los dirigentes  y de los cuadros  bolcheviques  hubieran  comprendido  la necesidad  y posibilidad de realizar este programa, habría sido posible a partir de mitades de los veinte un relanzamiento de los soviets y del ejercicio del poder por el proletariado. Pero la mayoría de los cuadros del partido se veían asimismo arrastrados por el proceso de burocratización. La mayoría de los dirigentes comprendió demasiado tarde el mortal peligro que suponía el ascenso de la burocracia. La falta del «factor subjetivo» (del partido revolucionario) se unió a las condiciones objetivas más propicias para explicar la  victoria de la burocracia staliniana en la URSS.

 

3. Naturaleza de la burocracia; naturaleza social de la URSS

 

La burocracia no es una nueva clase dominante. No juega ningún papel indispensable en el proceso de producción. Es una capa privilegiada que ha usurpado el ejercicio de las funciones de gestión en el Estado y la economía soviéticos y que se concede, sobre la base de este monopolio de poder, copiosas ventajas en el ámbito del consumo (elevadas remuneraciones, ventajas en especie, almacenes especiales, etc.). No es propietaria de los medios de producción. No tiene ninguna garantía de conservar estas ventajas ni las transmite a sus hijos; todo va unido al ejercicio de unas determinadas funciones.

 

 

 

Se  trata  de  una  capa  social  privilegiada  del  proletariado,  que  basa  su  poder  en  las  conquistas  de  la revolución  socialista  de  octubre:     nacionalización   de  los  medios  de  producción,  planificación  económica, monopolio estatal del comercio exterior. Es conservadora  en el mismo sentido que lo es cualquier burocracia obrera; sitúa la conservación de lo adquirido por encima de cualquier empresa de extensión de las conquistas revolucionarias.

Teme  a la  revolución  internacional,  que  amenaza  con  reanimar  la  actividad  política  del  proletariado soviético y minar con ello su poder. Desea conservar el statu quo internacional. Pero en cuanto capa social, está en contra del restablecimiento del capitalismo en la URSS, ya que con ello se destruirían los propios fundamentos de sus privilegios  (lo que no impide que la burocracia  sea el caldo de cultivo de subgrupos  y subtendencias  que pueden intentar transformarse en nuevos capitalistas).

La URSS  no es una sociedad  socialista,  es decir,  una sociedad  sin clases.  Sigue  siendo,  como  al día siguiente de la revolución de octubre de 1917, una sociedad de transición entre el capitalismo y el socialismo. Es posible  que  se  restaure  el capitalismo,  pero  al precio  de una contrarrevolución  social. También  es posible  que se restaure el poder directo de los trabajadores, pero al precio de una revolución política que rompa el monopolio de ejercicio del poder en manos de la burocracia.

La economía soviética no merece ser calificada como «capitalista» porque sea un sistema de «dominación del productor  por los burócratas»,  ni porque haya empleado  mucho tiempo  en el desarrollo  prioritario  de las máquinas, en detrimento del consumo de las masas. El capitalismo es un sistema especifico de dominación de clase, caracterizado por la propiedad privada de los medios de producción, la competencia, la producción mercantil generalizada, el carácter de mercancía de la fuerza de trabajo, las inevitables crisis periódicas de sobreproducción generalizada. Ninguno de estos rasgos pueden encontrarse en la economía soviética.

Pero sí la economía soviética no es capitalista, no es tampoco socialista, al menos en el sentido tradicional del término tal y como se deduce de los escritos de Marx, de Engels e incluso del mismo Lenin. Una economía socialista se define por el régimen de  productores asociados que regulan por sí mismos su propia vida productiva y social, estableciendo la jerarquía de las necesidades a satisfacer, en función de las reservas de las que disponen y del tiempo de trabajo que están dispuestos a consagrar al esfuerzo productivo. Se está lejos de una situación semejante en la Unión Soviética. Una economía socialista se define por una desaparición de toda producción mercantil. Marx y Engels lo precisan bien, al contrario de la doctrina oficial en la U. R. S. S., que esa desaparición no es de ningún modo propia de la «segunda fase» de la sociedad sin clases, llamada comúnmente «fase comunista», sino que es ya característica de la primera fase, llamada comúnmente «socialista».

Desarrollando la teoría antimarxista sobre la pretendida posibilidad de realizar la construcción del socialismo en un solo país, Stalin  expresó  de forma pragmática  el conservadurismo  pequeño burgués de la burocracia  soviética: mezcla de antiguos funcionarios del Estado burgués, recién llegados al aparato de Estado soviético, comunistas cínicos y desmoralizados, jóvenes técnicos deseosos de «hacer carrera» sin tener en cuenta los intereses de clase del proletariado.

Oponiendo a esta teoría el recuerdo de las nociones básicas del marxismo («la sociedad sin clases sólo puede   ser  realizada   a  escala   internacional,   incluyendo   por  lo  menos   algunos   de  los  principales   países industrializados  del mundo» - «la revolución empieza por triunfar en un país, se extiende internacionalmente  y plantea finalmente un combate decisivo a escala mundial») Trotsky  y la Oposición de Izquierda no defendieron la posición «expectante» o «derrotista» con  respecto a la revolución rusa. Intentaron impulsar enseguida, antes que Stalin y de forma más racional, la industrialización  del país.Fueron y son partidarios de la defensa de la URSS contra el imperialismo, de la defensa de lo que subsiste de las conquistas de octubre contra cualquier tentativa de restaurar el capitalismo en la URSS. Pero comprendieron que el destino de la URSS se vería decidido en definitiva por el nacimiento de la lucha de clases a  escala internacional. Hoy como ayer, esta conclusión sigue siendo válida.

 

4. ¿Qué es el stalinismo?

 

Cuando Krustchev pronunció su famosa requisitoria contra los crímenes de Stalin, en el XX Congreso del PCUS, explicó estos crímenes por «el culto a la personalidad» que habría reinado durante la dictadura de Stalin. Esta explicación  subjetiva, es decir psicológica,  de un régimen político que ha cambiado la vida de decenas de millones de seres humanos, es incompatible con el marxismo. El fenómeno del stalinismo no puede reducirse a las

 

 

 

particularidades psicológicas o políticas de un hombre. Se trata de un fenómeno social, cuyas raíces sociales deben ser puestas al descubierto.

En la URSS, el stalinismo es la expresión de la degeneración burocrática del primer Estado obrero, en el que una capa social privilegiada ha  usurpado el ejercicio del poder económico y político. Las formas brutales (terror policíaco; purgas masivas en los años 30 y 40; asesinato de casi todos los viejos cuadros del PCUS; procesos de Moscú,  etc.) y las más «sutiles»  de este poder  burocrático  pueden  variar.  Pero  tanto  después  de Stalin  como durante Stalin, los fundamentos de la degeneración burocrática subsisten.

Los soviets, libremente elegidos por todos los trabajadores, no ejercen el poder. Las empresas ya no son gestionadas  por  los  trabajadores.  Ni  la  clase  obrera  ni  los  miembros  del  partido  comunista  disponen  de  las necesarias  libertades  democráticas  para  poder  determinar  libremente  las  grandes  elecciones  de  la  política económica y cultural, tanto del interior como del exterior.

En el mundo capitalista el stalínisrno significa la subordinación de los partidos que siguen la política del Kremlin de los intereses de la revolución socialista en su propio país a los intereses de la diplomacia del Kremlin. Este utiliza los partidos  comunistas  stalini zados  y el movimiento  de masas  que  controlan,  como  moneda  de cambio en sus esfuerzos por establecer y mantener el statu quo internacional con el imperialismo.

En el plano ideológico, el stalinismo representa una deformación apologética y pragmática de la teoría marxista. En lugar de servir de instrumento de análisis de la evolución de las contradicciones del capitalismo, de las relaciones de fuerza entre las clases, de la realidad objetiva de la sociedad de transición del capitalismo al socialismo con el fin de apoyar  la lucha  de emancipación  del proletariado,  la teoría  marxista  ha descendido  al nivel  de instrumento de justificación de cada uno de los «giros tácticos» del Kremlin y de los partidos stalinianos.

El stalinismo  intenta  justificar  estas maniobras  en nombre  de las necesidades  de defensa  de la URSS

«principal bastión de la revolución mundial» antes de la segunda guerra mundial, «dentro del campo mundial del

socialismo»  después  de la segunda  guerra  mundial.  Los trabajadores  deben efectivamente  defender a la URSS

contra los intentos del imperialismo de reimplantar en ella el reino del capital.

Pero  las maniobras  tácticas  stalinianas  que han contribuido  a la derrota  de tantas  revoluciones  en el mundo, que han facilitado la llegada de Hitler al poder en Alemania en 1933, que han condenado la revolución española de 1936 a la derrota, que han obligado a las masas comunistas francesas e italianas a reconstruir el Estado burgués y la economía capitalista en estos países en 1944-46, que han conducido al sangriento aplastamiento del movimiento   revolucionario   del  Irak,  Indonesia,   Brasil  y  tantos  otros  países  desde  aquel  momento,   no corresponden demasiado a los intereses de la Unión Soviética como Estado. Corresponden más bien a los míseros intereses de la burocracia soviética para la defensa de sus privilegios, que son contrarios en todos estos casos a los verdaderos intereses de la URSS.

 

 

5. La. crisis del stalinismo

 

El declive de la revolución internacional después de 1923 y el estado atrasado de la economía soviética: éstos son los dos principales pilares en los que se apoya el poder de la burocracia en la URSS. Desde finales de los años 40, estos dos pilares han ido siendo minados progresivamente.

Veinte años después de las derrotas de la revolución se ha producido un nuevo ascenso de la revolución mundial, circunscrita en primer lugar a países también subdesarrollados (Yugoslavia, China, Vietnam, Cuba), pero que desde mayo del 68 se ha extendido a todo el Occidente. Después de años de esfuerzos para «la acumulación socialista», la URSS ha dejado de ser un país subdesarrollado. Hoy es la segunda potencia industrial del mundo, y su nivel técnico y cultural alcanza el de los países capitalistas avanzados. Hoy, el proletariado soviético es, con el de los Estados Unidos, el más poderoso numéricamente.

En estas condiciones, las bases que justificaban la pasividad de las masas en los países dominados por la burocracia soviética empieza a desaparecer. Juntamente con el despertar de actividades de oposición se producen disensiones  en el propio seno de la burocracia que, desde la ruptura Stalin-Tito  en 1948, sigue un proceso de creciente diferenciación. La interacción entre los dos factores favorece los bruscos estallidos de la acción política de masas, que se lanzan hacia la vía de la revolución política, como en octubre-noviembre de 1956 en Hungría, o durante la «primavera de Praga» de 1968 en la República Socialista checoslovaca.

 

 

 

Hasta el momento, estos movimientos  de masas han sido reprimidos con la intervención  militar de la burocracia soviética. Pero a medida que los propios procesos van madurando en la URSS, ninguna fuerza exterior podrá frenar las oleadas de la revolución política en Europa oriental y en la URSS. Todo peligro de restauración del capitalismo será definitivamente roto. El poder político será ejercido por los trabajadores y los campesinos que trabajan sus tierras. La lucha por la revolución socialista en el resto del mundo se verá grandemente facilitada.

 

6. Las reformas económicas

 

Después de la muerte de Stalin, y sobre todo en el comienzo de los años 60 y 70. un vasto movimiento de reforma  de los métodos  de planificación  y de gestión se bosquejó  en la U. R. S. S. y en varias «democracias populares». Las reformas se hicieron más presentes en el terreno de la  agricultura,  en el que la producción  de alimentos por habitante, a la muerte de Stalin, era en ocasiones inferior a la de 1928, e incluso para los productos animales, a la época zarista. Medidas sucesivas tendieron a interesar a los campesinos,  a la racionalización del empleo de las máquinas agrícolas (que fueron vendidas a los kolkhoses), al establecimiento de gigantescas granjas del Estado en tierras vírgenes del Kazakhstan, al crecimiento masivo de las inversiones en la agricultura.

Las reformas en la industria fueron más lentas v más vacilantes. La necesidad objetiva de estas reformas nace de una crisis de crecimiento de la economía soviética, de una baja en las tasas de crecimiento anual de la producción industrial. Corresponde al agotamiento de las fuerzas que habían permitido el funcionamiento, mejor o peor, de la industrialización  extensiva, es decir, sin esfuerzo por economizar al máximo los gastos de mano de obra, de materias primas y de tierras. El agotamiento de las reservas llevaba consigo la obligación de un cálculo más  preciso,  de  una  elección  más  racional  entre  diversos  proyectos  de  inversiones.  El impulso  de  la misma economía, la multiplicación  de empresas y de sus recursos, hacía peligrar que el despilfarro continuara hasta el infinito, si métodos de gestión y de planificación más racionales no eran introducidos.

La presión de las masas trabajadoras, cansadas de decenios de sacrificios y de tensiones, y deseosas de mejorar y diversificar su consumo, al igual que la necesidad de aproximar las decisiones —a nivel de industria ligera— a esos deseos de los consumidores, obraron también en ese sentido. Otro elemento más estimularía la búsqueda de reformas:  el retraso tecnológico  creciente  en relación con la tercera revolución  tecnológica  de la economía   capitalista,   retraso   que   emanaba   de   un   sistema   de   estímulos   materiales   que   desanimaba   la experimentación y la innovación tecnológicas en favor de la burocracia. La forma de estos estímulos fue desde entonces modificada.

Uniendo las primas de los directores al «beneficio» (diferencia entre el precio de coste y el precio de venta) considerado  y «sintetizando»  así  el  resultado  global  de  la  empresa  en  vez  de  referirlo  a la  producción  bruta expresada en términos físicos, se cree desanimar el despilfarro en materias primas y en fuerza de trabajo y animar al empleo más racional del equipo. Los resultados fueron modestos pero positivos en la industria ligera. Pero no modificó para nada la naturaleza híbrida del sistema, ya que el precio de venta continúa siendo fijado por las autoridades del Plan central.

El alcance de todas estas reformas es limitado, en la medida en que no resuelve el problema fundamental. Ningún «mecanismo económico», exterior al control democrático y público por las masas de los productores y de los consumidores puede alcanzar un máximo de rendimiento con un mínimo de esfuerzo. Cada reforma tiende a sustituir  con  una  nueva  forma  de  abuso  burocrático  y  de  despilfarro  la  forma  anterior.  No  hay  posible racionalización global de la planificación  bajo el reino de la burocratización y de su interés material, considerado como motor principal para la realización del plan. Las reformas no han restaurado el capitalismo, ni reintroducido el beneficio de las empresas como guía para las decisiones de inversiones. Pero esas reformas han acrecentado las contradicciones  internas del sistema. Han acentuado por una parte la presión de una parte de la burocracia en favor de una autonomía mayor de los directores de fábricas, suprimiendo conquistas de la clase obrera como el derecho garantizado al trabajo, y por otra parte la resistencia de los trabajadores contra la tendencia de desmantelamiento de estas conquistas y de la economía planificada.

 

7. El maoísmo

 

La victoria de la 3. a revolución china en 1949 ha sido el logro más importante para la revolución mundial

 

 

 

desde la victoria de la revolución socialista de octubre. Destrozó el cerco capitalista a la U. R. S. S., estimulando potentemente el proceso de revolución permanente en Asia, en África y en América Latina, y modificando sensiblemente  las relaciones de fuerzas a escala mundial a expensas del imperialismo.  Fue posible porque en la práctica la dirección maoista del PC chino rompió con la línea estaliniana del «bloque de las cuatro clases» y de la revolución por etapas, dirigió un vasto levantamiento agrario y se orientó hacia la destrucción del ejército y del Estado burgués, a pesar de sus proclamaciones favorables a una coalición con Chiang Kai-Chek.

Sin embargo, esta revolución victoriosa estuvo desde su comienzo burocráticamente deformada. La acción autónoma del proletariado estuvo estrictamente limitada, cuando no impedida, por la dirección maoista. El nuevo Estado obrero no se basó apenas en los soviets de obreros y campesinos, democráticamente elegidos. Formas de gestión y de privilegios burocráticos, imitación de los que estaban en vigor en la Rusia estaliniana, se vieron muy extendidos. Esto provocó un descontento creciente de las masas, sobre todo en los obreros y en los jóvenes, que Mao trató de canal izar desencadenando la «gran revolución cultural proletaria» en 1964-65.

Esta combina formas auténticas de movilización y de toma de conciencia antiburocrática de las masas en las ciudades con una tentativa por parte de Mao de depurar el PC chino y de deshacerse de sus adversarios en el seno de la burocracia. Cuando la movilización de masas y la evolución ideológica cada vez más crítica por parte de los «guardias rojos» amenazaba con escapar del control de la facción maoísta, esta detuvo la «revolución cultural». Restableció en gran medida la unidad de la burocracia, volviendo a llevar a los puestos de dirección a la mayoría de los burócratas apartados cuando esta «revolución» estaba en su apogeo.

El conflicto chino-soviético, provocado por la tentativa de la burocracia soviética de imponer un control monolítico sobre la dirección del PC chino y de suprimir la ayuda económica y militar a la RP China en represalia del rechazo de Mao a inclinarse ante estos ukases, se transformó de un conflicto interburocrático en un conflicto a nivel de Estados y en una batalla organizativa e ideológica en el seno del movimiento estaliniano internacional. El estrecho nacionalismo de la burocracia, tanto de la soviética como de la china, asestó un duro golpe a los intereses del movimiento obrero v antiimperialista mundial, y permitió al imperialismo maniobrar para explotar el conflicto chino-soviético.

En el plano ideológico,  el maoísmo representa una corriente propia del movimiento  obrero, de la que varios  aspectos  son  una  variante  de  la  deformación  estaliniana  del  marxismo-leninismo.   Mientras  que  el estalinismo  fue a la vez expresión y producto de una contrarrevolución  política en el seno de una revolución proletaria victoriosa, el maoísmo es a la vez expresión de la victoria de una revolución socialista y de la naturaleza burocrática deformada desde su partida de esta revolución. Combina, pues, trazos de una aproximación más suave v más ecléctica de las relaciones aparato/masas, con trazos característicos de ahogo de toda autonomía de acción, y de organización de masas, sobre todo de las masas obreras. Se caracteriza especialmente por la incomprensión de la  naturaleza  social  de  la  burocracia  obrera  y  de  los  orígenes  de  la  posible  degeneración  burocrática  en  las revoluciones socialistas y en los Estados obreros, puesto que él mismo representa una expresión ideológica de una fracción de la burocracia. Identificando irresponsablemente y de manera no científica «burocracia» y «burguesía de Estado» en URSS, justifica por anticipado todos los giros de la política exterior china y de los grupos maoístas, llegando  hasta  a poner  al mismo  nivel el imperialismo    americano    y     la   Unión     Soviética,   los partidos comunistas y los partidos burgueses, y  llegando incluso a designar a la URSS y a los Partidos Comunistas como «el principal enemigo de los pueblos», ofreciendo una alianza a las potencias imperialistas y a los partidos burgueses en contra de la URSS y los Partidos Comunistas. Estas «tácticas» se fundan en la tesis según la cual la mayoría de los países  capitalistas  no  estarían  emplazados  ante  una  revolución  socialista  sino  tan  sólo  a  la  lucha  para  la independencia nacional en contra de las superpotencias.

El carácter arbitrario de todas estas teorías, que no son, en definitiva,  nada  más que justificaciones  a posteriorí de las maniobras diplomáticas de Pekín, encuentra sus raíces en una deformación idealista y voluntarista del marxismo. Bajo pretexto de combatir «el economicismo», que sería la revisión más peligrosa del marxismo, los

«maoístas  ortodoxos»  dejan  de  considerar  las  clases  sociales  como  realidades  objetivas,  determinadas  por  las relaciones de producción que relaciona con la producción de su vida material. Las clases sociales se identifican a opciones ideológicas. El proletariado ya no es el conjunto de los asalariados; está compuesto por los que «siguen la línea Maotsetung». De esta manera, corrientes de ideología burguesa o pequeño-burguesa en el seno de la clase obrera son identificadas con «la burguesía» o «sus representantes», la lucha ideológica en el seno del movimiento obrero se identifica con la «lucha de clases entre el proletariado y la burguesía». En esto se funda el rechazo a la democracia obrera, la justificación del empleo de la violencia y de la represión en el seno del movimiento obrero, el rechazo de

 

 

 

toda la tradición marxista-leninista de lucha por el frente único de las organizaciones obreras contra el enemigo de clase común. La dictadura del proletariado se identifica con el «pensamiento maotsetung» y ejercida por el «partido maotsetung». De este modo el círculo queda cerrado. Después de entrar en guerra contra el poder de la burocracia en la U. R. S. S. se acabó por preconizar un régimen de mando burocrático demasiado parecido al que existe en la U. R. S. S., aunque sea adornado con algunos oropeles de «democracia directa» y de «participación» de las masas en la toma de decisiones. Mao no acepta en mayor medida que Stalin, Krustchev o Brejnev, la teoría leninista de la dictadura del proletariado, como algo ba sado en el ejercicio del poder por consejos de obreros y campesinos, libre y democráticamente elegidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

E. Mandel: Sobre la burocracia.

L. Trotski: Lecciones de octubre.

— El nuevo curso.

— La revolución traicionada.

Moshe Lewin: El último combate de Lenin.

Tesis de los IV y V Congreso de la IV Internacional:

«Ascenso y declive del stalinistno » - «Declive y caída del stalinismo». Satnizdat I (Editions du Seuil).

Polonia-Hungría 1956 (Editions E.D.I., París),

 

 

 

De las luchas cotidianas de las masas a la revolución socialista mundial

 

Desde la primera guerra mundial, existen las condiciones materiales necesarias para la consecución de una sociedad socialista: La gran empresa se ha convertido en la base de la producción. La división mundial del trabajo ha alcanzado  un elevado  nivel.  La interdependencia  entre  todos  los hombres  —«la  objetiva  socialización  del trabajo»— se ha realizado en gran parte. Por todo ello, sustituir el régimen de propiedad privada, de competencia y de economía de mercado por un régimen basado en la asociación de todos los productores y en la planificación de la producción con vistas a realizar objetivos deliberadamente escogidos, se ha hecho objetivamente posible.

 

 

1. Las condiciones de victoria de la revolución socialista

 

Pero al revés de todas las revoluciones sociales del pasado, la revolución socialista exige un esfuerzo consciente y deliberado por parte de la. clase revolucionaria:  el proletariado.  Mientras que las revoluciones  del pasado substituyeron un régimen de explotacion económica de los productores por otro, y pudieron por tanto contentarse con eliminar los obstáculos sobre la vía de funcionamiento de tal o cual mecanismo económico, la revolución  socialista  intenta  reorganizar  la  economía  y  la  sociedad  según  un  proyecto  preconcebido:   la organización consciente de la economía en vistas a satisfacer todas las necesidades racionales de los hombres y asegurar el pleno desarrollo de su personalidad.

Este proyecto no puede realizarse de manera autom ática. Necesita, por parte de la clase revolucionaria, una neta conciencia de sus objetivos y de los medios para llegar a ellos. Esto es tanto más verdad en su lucha por la revolución socialista, en la cual la clase de los trabajadores debe enfrentarse a un enemigo de clase superior en cuanto a organización, ya que dispone cada vez más de una red mundial de fuerzas militares, financieras, políticas, comerciales e ideológicas para perpetuar su dominación.

La victoria de la revolución socialista mundial requiere por tanto dos tipos de condiciones para asegurar su

triunfo:

  las condiciones llamadas objetivas, es decir, independientes del nivel de consciencia de los proletarios y de los  revolucionarios.  Entre  éstas  hay  que  situar  la  madurez  de  las  condiciones  materiales  y  sociales  (base económica y fuerza numérica del proletariado) a escala mundial que ya estaban dadas desde antes de

1914. También hay que situar en este apartado las condiciones políticas: incapacidad de gobierno de la clase

burguesa, crecientes divisiones internas en el seno de esta clase; negativa de las clases productivas  a

aceptar  el  reinado  de  los  burgueses  y  su  creciente  rebelión  contra  dicho  reino.  Estas  condiciones objetivas políticas necesarias para la victoria de una revolución socialista se adquieren periódicamente en distintos países cuando estallan crisis prerrevolucionarias y revolucionarias profundas;

— las condiciones llamadas subjetivas, es decir, el nivel de consciencia de clase del proletariado y el grado de madurez, de influencia y de fuerza de su dirección revolucionaria, de su partido revolucionario.

 

Podemos concluir que después de la primera guerra mundial, fueron objetivamente posibles, en varias ocasiones, revoluciones socialistas victoriosas en numerosos países. Para citar sólo los países industrialmente avanzados: en Alemania, en 1918-20 y en 1923 y también sin lugar a dudas en 1930-32; en Italia, en 1919-20, en

1946-48 y en 1969-70; en Francia, en 1936, en 1944-47 y en mayo de 1968; en Gran Bretaña, en 1919-20, en 1926

y en 1945; en España, en 1936-37, etc.

Por el contrario, las condiciones subjetivas no estaban maduras para la victoria de la revolución. Hasta ahora, la ausencia de victorias revolucionarias  en Occidente  se debe pues, esencialmente,  a la «crisis del factor subjetivo de la historia», de la crisis de conciencia de clase y de la dirección revolucionaria del proletariado.

 

 

 

2. La construcción de la IV Internacional

 

Partiendo  de  este  análisis,  que  se  basa  en  el  fracaso  histórico  del  reformismo  y  del  stalinismo  para conducir el proletariado hacia la victoria, Trotsky y un puñado de comunistas de la Oposición se entregaron desde

1933 a la tarea de construir una nueva dirección revolucionaria  para el proletariado  mundial. En 1938 crearon finalmente la IV Internacional.

Evidentemente  todavía no es, por sí misma, la Internacional revolucionaria  de masas que será la única capaz de funcionar como un auténtico estado mayor general de la revolución mundial. Pero transmite, perfecciona y mejora el programa de una Internacional  revolucionaria de clases   en 50 países. Forma a sus cuadros sobre la base de este programa a través de múltiples actividades. Estimula con ello de forma deliberada la unificación de las experiencias y de la conciencia de los revolucionarios a escala mundial, enseñándoles a actuar en el seno de una misma organización,  en lugar de esperar — por otra parte en vano— que se produzca espontáneamente  dicha unificación a partir del impulso de las fuerzas revolucionarias en los distintos países y partes del mundo, desarrollándose separadamente unas de otras.

La IV Internacional no se contenta aguardar pasivamente «la gran noche»,  esmerándose mientras  tanto en perfeccionar su programa. No se acantona en la abstracta propaganda de este programa. Tampoco despilfarra sus fuerzas en un activismo y una agitación estériles, confinados en el apoyo a las luchas inmediatas de las masas explotadas.

La construcción de nuevos partidos revolucionarios y de una nueva internacional revolucionaria comporta a la vez la intransigente defensa del programa marxista-revolucionario, que reúne las lecciones de todas las experiencias pasadas de la lucha de clases; la propaganda y la agitación en favor de un programa de acción, parte del programa general marxista-revolucionario  que Trotsky llamó programa de reivindicaciones transitorias inspirándose en los términos utilizados por los dirigentes de la Internacional Comunista en el curso de sus primeros años de existencia y una intervención constante en las luchas de masas, a fin de llevarlas  a adoptar en los hechos este programa de acción, y dotar estas luchas de formas organizativas que conduzcan directamente a la creación de los consejos obreros.

La necesidad de una Internacional revolucionaria, que es más que una simple adicción de partidos revo- lucionarios nacionales, se funda en bases materiales sólidas. La época imperialista es la época de la economía, de la política y de las guerras  mundiales.  El imperialismo es un sistema  internacional articulado. Desde hace tiempo las fuerzas  productivas  se han internacionalizado.  El capital  cada  vez más se organiza  internacionalmente  en sus grandes  trusts  multinacionales.  El  Estado  nacional  se  ha  convertido  desde  hace  tiempo  en  una  traba  para  los progresos ulteriores de la producción y de la civilización. Los grandes problemas de la Humanidad (impedir la guerra nuclear mundial; eliminar el hambre del hemisferio meridional; planificar el crecimiento económico; repartir equitativamente recursos y rentas entre todos los pueblos; proteger el medio ambiente ; poner la ciencia al servicio del hombre) sólo pueden ser resueltos a escala mundial.

Querer, en estas condiciones, avanzar hacia el socialismo en orden disperso, querer batir un adversario mundialmente organizado desdeñando toda coordinación internacional del proyecto revolucionario, querer incluso hacer fracasar a los trusts multinacionales con luchas obreras limitadas a un solo país, es caer manifiestamente en la utopía.

Por otra parte, las luchas revolucionarias tienen una tendencia objetiva y espontánea a extenderse internacionalmente,  no  sólo  en  respuesta  a  intervenciones  contrarrevolucionarias  del  enemigo  de  clase,  sino también y sobre todo gracias al estímulo que ejercen sobre los trabajadores de numerosos países. Retardar sin cesar la creación de una verdadera organización internacional de los revolucionarios, es retrasarse no solamente en relación con las necesidades  objetivas  de nuestra época, sino incluso con relación  a las tendencias  espontáneas  de los sectores más avanzados de las masas.

 

3. Reivindicaciones inmediatas y reivindicaciones transitorias

 

En nuestra época la explotación capitalista, la opresión imperialista, empujan de nuevo a las masas hacia el camino de los grandes combates. Pero por sí solas, las masas sólo se ven llevadas a formular objetivos inmediatos para estas luchas: defensa o aumento de los salarios reales; defensa o conquista de algunas libertades democráticas

 

 

 

fundamentales; derrocamiento de los gobiernos particularmente opresivos, etc.

La burguesía  se permite  hacer concesiones  a las masas en lucha para evitar que sus combates  no se desarrollen hasta el punto de amenazar el conjunto de la explotación capitalista. Se lo permite tanto mas en la medida en que dispone de innumerables instrumentos para neutralizar estas concesiones, para retomar con una mano lo que ha dado con la otra. Si acepta conceder aumentos de salarios, el alza de los precios puede mantener sus ganancias. Si se reduce la jomada de trabajo, puede acelerar el ritmo de trabajo. Si los trabajadores le arrancan medidas  de seguridad  social,  los impuestos  que gravan  sus rentas  pueden  ser debidamente  incrementados,  de manera que lleguen a pagar por sí solos lo que parece que el Estado les concede, etc.

Para  romper  este  círculo  vicioso,  es  necesario  que  las  masas  tomen  como  objetivos  de  sus  luchas cotidianas  reivindicaciones  transitorias  cuya  realización  sea  incompatible  con  el  funcionamiento  normal  de  la economía capitalista y del Estado burgués. Estas reivindicaciones deben ser formuladas de manera tal que puedan ser comprendidas por las masas, pues de lo contrario se quedarán en el papel. Al mismo tiempo, deben tener la virtud de provocar, por su propio contenido y por la amplitud de las luchas desencadenadas, una contestación de todo el régimen capitalista y el nacimiento de órganos de tipo soviético, órganos de dualidad de poder. Lejos de ser solamente válidos en períodos de crisis revolucionaria aguda, las reivindicaciones transitorias — como por ejemplo la reivindicación de control obrero— tienden precisamente a hacer surgir la crisis revolucionaria, induciendo a los trabajadores a contestar el régimen capitalista, tanto en los hechos como en su conciencia.

 

 

4. Los tres sectores de la revolución mundial hoy

 

Debido  al retraso  de  la revolución  socialista  en  los  países  industrialmente  avanzados,  el  proletariado mundial se enfrenta a diferentes tareas en diferentes partes del mundo.

En los países coloniales  y semicoloniales,  los trabajadores  y campesinos  pobres  no pueden  esperar  que los obreros de los países industrializados vayan en su ayuda. Dado el enorme peso de la opresión y de la miseria que el imperialismo  ha impuesto  a las masas obreras y campesinas  de estos países, es inevitable  que estallen amplias luchas  de masas  y amplios  movimientos  revolucionarios.  Los trabajadores  deben  apoyar  todo  movimiento  de masas antiimperialista que esté dirigido contra la dominación extranjera o contra la explotación de los trusts extranjeros, tanto si favorece la revolución campesina como la eliminación de las sangrientas dictaduras indígenas. Una vez conquistada la dirección política de estos movimientos de masas gracias a su resolución y a su energía por hacer suyas las reivindicaciones  progresistas de todas las clases y capas explotadas de la nación, el proletariado lucha por la conqui sta del poder y derroca al mismo tiempo la propiedad y el poder de la burguesía industrial.

En los Estados obreros burocratizados, las masas se levantan por la conquista de sus libertades democráticas, contra el monopolio  de ejercicio  del poder en manos de la burocracia,  contra el renacimiento  de la opresión nacional, contra la mala gestión, contra el despilfarro, contra los privilegios materiales que caracterizan a la gestión burocrática de la economía. Reivindican el Estado obrero gestionado por los propios trabajadores organizados en sus consejos (soviets), la gestión de la economía democráticamente  centralizada y planificada por un sistema de consejos de trabajadores.

En los países imperialistas, los movimientos de . masas contra la explotación capitalista, contra la restricción o supresión  de  las  libertades  democráticas  se  están  transformando,  gracias  al  programa  de  transición  y  a  la construcción de una nueva dirección revolucionaria, en luchas para el derrocamiento del Estado burgués y. la expropiación del capital y en revolución socialista victoriosa.

Las diferentes tareas a las cuales se enfrentan el proletariado y los revolucionarios en las distintas partes del mundo —tareas de la revolución permanente en los países subdesarrollados,  tareas de la revolución política antiburocrática   en  los  Estados   obreros  burocratizados;   tareas  de  la  revolución   proletaria   en  los  paises mperialistas—  reflejan el desarrollo desigual y combinado  de la revolución  mundial. La revolución  mundial no estallará simultáneamente en todos los países. Todos los países no se encuentran en idénticas condiciones sociales, económicas y políticas.

La máxima tarea de los marxistas revolucionarios ; consiste en la unificación progresiva de estos tres movimientos  revolucionarios  en  un  único  y  solo  proceso  de  revolución  socialista  mundial.  Esta  unificación  es objetivamente posible por el hecho de que una sola clase social, el proletariado, es la única que puede asumir perfectamente  las distintas tareas históricas de la revolución en cada uno de los tres sectores que acabamos de

 

 

 

mencionar. Esta unificación será real gracias a la educación y la política intemacionalistas de la vanguardia revolucionaria, que a partir de las luchas corrientes adquirirá más experiencia de solidaridad internacional  de los trabajadores y de los oprimidos de todos los países y combatirá de forma sistemática la xenofobia, el racismo y los prejuicios nacionalistas de toda clase, a fin de hacer penetrar esta consciencia internacionalista en el  seno de las amplias masas.

 

5. Democracia obrera, autoorganización de las masas y revolución socialista

 

Uno  de  los  principales  aspectos  de  la  acción  directa  de  masas,  de  sus  amplios  movimientos  de manifestación o de huelga, es la elevación de su nivel de consciencia mediante el increme nto de su confianza en ellas mismas.

En la vida cotidiana, los trabajadores,  los campesinos  pobres, los pequeños artesanos, las mujeres, los jóvenes, las minorías nacionales y raciales están acostumbrados a ser aplastados, explotados, oprimidos por una multitud de poseedores y de poderosos. Tienen la impresión de que la revuelta es imposible e ineficaz, que la fuerza de sus adversarios es demasiado grande y que todo acaba siempre «como antes». Pero en el calor de las grandes movilizaciones y de los grandes combates de masas, este miedo, este descorazonamiento, este sentimiento de inferioridad y de impotencia  desaparecen bruscamente.   En esos  momentos las masas adquieren consciencia de su inmenso  poder  potencial,  cuando  actúan  unidas,  de forma  colectiva  y solidaria,  cuando  se organizan  y organizan su combate de forma eficaz.

Por  este  motivo  los  marxistas  revolucionarios  conceden  una  importancia  extrema  a  todo  lo  que incrementa este sentimiento de seguridad de las masas, a todo que les libera de los obedientes y serviles comportamientos  que les han sido inculcados  durante miles de años de dominación  de las clases poseedoras.

«Nosotros  no  somos  nada;  seámoslo  todo»;  estas  palabras  de  la  primera  estrofa  de  nuestro  himno  “La Internacional”, resumen admirablemente la revolución psicológica indispensable para la victoria de una revolución socialista victoriosas

En la vía de la autoorganización de las masas, las asambleas democráticas de los huelguistas en las que se eligen los comités de huelga , y cualquier mecanismo análogo en el seno de otras formas de acciones de masas, juegan un papel de vital importancia. En estas asambleas, las masas hacen su aprendizaje de autogobierno. Aprendiendo a dirigir sus propias luchas, aprenden a dirigir al mismo tiempo el Estado y la economía. Las formas de organización a las cuales se acostumbran  son ya las formas embrionarias  de los futuros consejos obreros, de los futuros soviets, formas de organización de base del Estado obrero que debe construirse.

La unidad de acción indispensable para reagrupar las fuerzas dispersas de los trabajadores, el potente aliento unitario que, en las grandes movilizaciones y; acciones de masas reúne millones de individuos que no tenían la costumbre de actuar conjuntamente, es  irrealizable sin la práctica de la más amplia democracia obrera. Por definición, un comité de huelga democráticamente  elegido debe ser la emanación de todos los huelguistas de la empresa, de la rama de la industria, de la ciudad, de la región o del país en huelga. Excluir a los representantes de tal o cual sector de los trabajadores afectados, con el pretexto de que sus opiniones políticas o filosóficas no son las más adecuadas para los momentáneos  dirigentes de la huelga, es romper la unidad de la huelga y por tanto, romper la misma huelga.

El mismo principio se aplica a cualquier forma de acción amplia de masas y a las formas de organización representativa de las que se dota. La indispensable unidad para la victoria presupone la democracia obrera, es decir, el principio de no-exclusión de no importa qué corriente de los que combaten. Todos deben tener el derecho a la palabra y a la representación.  Todos deben tener el derecho a defender sus particulares  propuestas  para hacer triunfar la lucha.

Si  se  respeta  esta  democracia,  las  minorías  respetarán  a  su  vez  las  decisiones  mayoritarias,  ya  que conservarán  la  posibilidad  de  poderlas  modificar  a  la  luz  de  la  experiencia.  Mediante  esta  afirmación  de  la democracia obrera, las formas de organización democrática de las luchas de los trabajadores anuncian igualmente una característica del Estado obrero del mañana: la extensión y no la restricción de las libertades democráticas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

León Trotski: La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Inter nacional (Programa de Transición).

Congreso de Reunificación (VII Congreso Mundial) de la IV Internacional: La actual dialéctica de la revolución mundial.

Ernest Mandel: Control obrero, consejos obreros, autogestión. (Una antología) Liga Comunista: Proyecto de programa.

Documentos de los Congresos IX y X de la IV Internacional

 

 

 

La conquista de las masas por los revolucionarios

 

 

 

1. La diferenciación política en el seno del proletariado

 

Hemos visto (véase capítulo IX, punto 5) como la necesidad de un partido revolucionario de vanguardia surge de la discontinuidad de la acción directa de grandes masas, así como del carácter científico de la estrategia necesaria para derrocar el poder de la burguesía. Hemos de añadir un elemento suplementario a este análisis: la diferencia política en el seno del proletariado.

En todos los países del mundo,  el movimiento  obrero  aparece  como una suma de corrientes  ideológicas diferentes. Codo con codo existen: la corriente socialdemócrata, reformista clásica; la corriente de los Partidos Comunistas oficiales pro Moscú, de origen estaliniano y de orientación cada vez más neorreformista, la corriente anarquista o sindicalista revolucionaria; la corriente maoista; la corriente marxista revolucionaria (IV Internacional). En numerosos países hay otras formaciones intermedias (centristas) entre estas corrientes ideológicas principales.

Esta diferenciación ideológica del movimiento obrero tiene numerosas raíces objetivas en la realidad y la historia del proletariado.

La  clase  obrera  no  es  absolutamente  homogénea  desde  el  punto  de  vista  de  sus  condiciones  sociales  de existencia. Según que los trabajadores trabajen en grandes o pequeñas empresas, estén urbanizados desde varias generaciones  o sólo desde hace poco, estén altamente cualificados o no dispongan de una cualificación media, estarán por lo general inclinados a comprender más o menos rápidamente la validez de ciertas ideas básicas del socialismo científico.

Los que tengan oficios altamente cualificados comprenderán, más rápidamente que los que estén en paro la mitad de su vida, la necesidad de una organización sindical. Pero su organización sindical peligra también de sucumbir más rápidamente a las tentaciones de un gremialismo estrecho, subordinando los intereses generales de la  clas e  obrera  a  los  intereses  particulares  de  una  aristocracia  obrera  que  defiende  especialmente  las  ventajas adquiridas tratando de impedir el acceso a la profesión. Para los obreros de las grandes ciudades y de la gran industria es más fácil tomar conciencia de la fuerza potencial enorme de la gran masa proletaria, y creer en la posibilidad de una lucha victoriosa del proletariado para arrancar el poder y las fábricas a la burguesía, que para los obreros que trabajan en pequeñas industrias viviendo en pequeñas ciudades.

A la no homogeneidad de la clase obrera se añade la diversidad de la experiencia de lucha y la diversidad de las capacidades individuales de los trabajadores. Supongamos que un grupo obrero ha tenido la experiencia de una decena de huelgas, la mayoría de ellas victoriosas, y de numerosas manifestaciones obreras. Esta experiencia determinará en parte la conciencia de una manera diferente a la de otro grupo de proletarios que no ha conocido nada más que una sola huelga y que además haya fracasado, en el curso de una década, no habiendo participado nunca como un bloque en la lucha política.

Supongamos un obrero o empleado que naturalmente tiende a estudiar, lee folletos y libros además de su periódico.  Otro  obrero  no  lee  casi  nunca.  Uno  es  por  temperamento  combativo  e  incluso  «conductor  de hombres».  El  otro  es  más  pasivo  y  prefiere  callar  en  las  reuniones.  El  primero  se  lía  fácilmente  con  los compañeros,  el  segundo  es  más  casero  y  vuelve  en  seguida  a  su  hogar.  Todo  esto  influirá,  en  parte,  en  el compo rtamiento y la elección política de los trabajadores individuales, el nivel de conciencia de clase en el que se encuentren en un momento determinado.

Por último, hay que tener en cuenta la historia especifica y las tradiciones nacionales del movimiento obrero de cada país. La clase obrera británica, la primera en acceder a la organización política como clase independiente con el carlismo, no ha conocido nunca un partido de masas fundado en un programa o en una educación marxista ni siguiera elementales. Su partido de masas está basado y nacido del sindicalismo de masas: el partido laborista. La clase obrera francesa, muy marcada por tradiciones particulares de la primera mitad del siglo XIX (blanquismo, proudhonianismo, babeuvismo) se ha visto frenada en su acceso al marxismo por la debilidad relativa de la gran

 

 

 

industria, y por su dispersión relativa en ciudades de provincia relativamente pequeñas. Ha hecho falta esperar a la aparición de grandes fábricas en los alrededores parisinos, lioneses, marselleses y del Norte, a partir de los años 20 y 30 de nuestro siglo, acentuada en los años 50 y 60, para que la huelga de masas pudiese determinar el curso general de la lucha de clases (junio 36, huelgas de 1947-48, mayo 68) y para que el PCF se convirtiera en el partido hegemónico de la clase obrera, dándoles un barniz y una tradición referida explícitamente al marxismo. La clase obrera, y el movimiento obrero español, han estado marcados por la tradición del sindicalismo revolucionario, muy influenciado por el subdesarrollo pronunciado de la gran industria en la península Ibérica, etc.

La diversidad de corrientes ideológicas del movimiento obrero resulta lógica consecuencia de su propia historia, es decir, de los debates y de las oposiciones que se han producido en el curso de la misma lucha de clases. Ha habido sucesivamente una ruptura entre marxistas y anarquistas en el seno de la I Internacional, por la cuestión de la necesidad de la conquista del poder político; ruptura entre revolucionarios y reformistas en el seno de la II Internacional, en torno a la cuestión de la participación en gobiernos burgueses, de el apoyo a la defensa nacional de  los  países  imperialistas  y de  el  apoyo  o  el  ahogo  de  la  lucha  revolucionaria  de  masas  que  amenazaba  la supervivencia  de la economía capitalista, y del Estado burgués, basado en la democracia parlamentaria;  ruptura entre  estalinistas  y trotskistas  (marxistas  revolucionarios)  en el seno  de la III Internacional  y del movimiento comunista internacional, entre partidarios y adversarios de la teoría de la revolución permanente y de la teoría de la

«revolución  por  etapas»,  entre  partidarios  y  adversarios  de  la  utopía  de  la  obtención  de  la  construcción  del

socialismo en un solo país.

Pero  esta  misma  diversidad  de  corrientes  ideológicas  tiene  también  raíces  objetivas  y materiales  más profundas, como las que vamos a poner al descubierto.

 

2. El frente único obrero contra el enemigo de clase

 

La diversidad de las corrientes ideológicas en el seno del movimiento Obrero ha conducido a una frag- mentación de las organizaciones políticas de la clase obrera. Mientras que la unidad sindical existe en numerosos países (Gran Bretaña, Países Escandinavos, Alemania Federal, Austria), la división en organizaciones políticas diferentes es universal. En tanto que materialistas, debemos comprender que esa división tiene causas objetivas, y que no puede ser obra del azar, de los «crímenes» de los «secesionistas»  o del «papel nefasto» de este o aquel individuo.

En sí, esta división política no es un mal. La clase obrera ha podido conseguir algunas de las victorias más brillante  en  condiciones  de  coexistencia  de  numerosos  partidos  y  de  numerosas  tendencias,  y  que  se  han reivindicado por el movimiento obrero. El II Congreso Panruso de los Soviets, que decidió trasladar todo el poder a los soviets,  estaba  marcado  por un fraccionamiento  en partidos  y tendencias  políticas  diferentes  de la clase obrera,  superior  al que conocemos  actualmente  en Occidente.  La división  de la clase obrera  alemana  en tres grandes partidos (y numerosos grupúsculos y corrientes minoritarias) no impidió la victoria de la huelga general de marzo de 1920, que suprimió en su embrión el putsch reaccionario de von Kapp. La diversidad de organizaciones políticas y sindicales del proletariado español en julio de 1936 no impidió que se sofocara el levantamiento militar—fascista en casi todos los bastiones industriales del país.

Pero la precondición para que la diversidad política del movimiento obrero no conduzca al debilitamiento de la fuerza de respuesta de la clase obrera en su conjunto, es que esa diversidad no impida la unidad de acción de los trabajadores contra el enemigo de clase: la patronal, la gran burguesía, el gobierno burgués, el Estado burgués. Otra precondición es que la diversidad no impida la lucha política e ideológica para la hegemonía del marxismo revolucionario en el seno de la clase obrera, para la construcción de un partido revolucionario de masas, es decir, que la democracia obrera se realice en el seno del movimiento obrero organizado.

Sobre todo es necesario que frente a la ofensiva de la burguesía la respuesta de la clase obrera sea unitaria. Esta ofensiva puede ser económica: despidos, cierres de empresas, reducción de los salarios reales, etcétera. Puede ser política: ataques contra el derecho de huelga y las libertades sindicales; ataques contra las libertades democráticas de las masas y del movimiento obrero; tentativas de instaurar regímenes autoritarios o claramente fascistas, suprimiendo la libertad de acción y de organización del movimiento obrero en su conjunto. En todos estos casos, sólo una respuesta masiva y unitaria puede hacer fracasar la ofensiva burguesa. La unidad de acción efectiva de la clase obrera pasa por el frente único efectivo de todas las organizaciones obreras, en tanto que su presencia en

 

 

 

sectores importantes del proletariado sea real.

Una de las más grandes tragedias del siglo XX ha sido la derrota del proletariado alemán con la conquista del poder por Hitler el 30 de enero del 33, como resultado de la reticencia y de la incapacidad de la dirección del KPD (PC alemán) y del SPD para concluir a tiempo un acuerdo de frente único contra la ascensión nazi. Las consecuencias de esta tragedia han sido tan pesadas, tan graves, que todos los trabajadores deben impregnarse de la  lección  principal  de  esta  experiencia:  contra  la  ascensión  del  fascismo,  es  indispensable  el  frente  único  de  todas  las organizaciones obreras a fin de detener la llegada al poder de asesinos y verdugos por una acción unitaria y resuelta de las masas trabajadoras.

Las  objeciones  y  obstáculos  en  el  camino  de  la  realización  del  frente  único  son  esencialmente  de naturaleza ideológica y política. Por instinto, los trabajadores son —en su gran mayoría, favorables a cualquier iniciativa unitaria. Entre estos obstáculos de naturaleza política e ideológica señalaremos:

— Las prácticas represivas de los dirigentes socialdemócratas, que ejercen responsabilidades en «e1 seno del Estado burgués, así como las ejercidas por los dirigentes estalinianos cuando se encuentran en las mismas condiciones.  Las  capas  radicalizadas  de  la  clase  obrera  se  sienten,  a  justo  título,  indignadas  por  tales prácticas, que van desde romper una huelga, a la organización sistemática del «soploneo» en el seno de las organizaciones  obreras,  y hasta  la organización  del asesinato  de dirigentes  revolucionarios  e incluso  de simples obreros (¡Noske!).

— Las prácticas burocráticas y manipuladoras de dirigentes sindicales reformistas y estalinianos, de dirigentes del PC catapultados a posiciones dirigentes del movimiento obrero, etc. Estas practicas, que prolongan las prodigas  represiones  de  la  burocracia  donde  ejerce  el  poder,  provocan  igualmente  una  repugnancia justificada en numerosas capas de trabajadores.

— El papel sistemáticamente contrarrevolucionario  de las direcciones tradicionales del movimiento obrero, que aún sabiendo el impulso de la conciencia de clase, ayudan objetivamente (y a menudo deliberadamente) a la realización de proyectos contrarrevolucionarios y antiobrer os del Gran Capital, expandiendo la ideología burguesa y pequeño burguesa en el seno de la clase obrera, etc.

 

Sin embargo, es necesario combatir el sectarismo y el ultraizquierdismo  en lo que se refiere a las organizaciones de masas tradicionales del movi miento obrero, sectarismo y ultraizquierdismo que no son tan sólo obstáculos en el camino de la realización  de un frente único obrero contra el enemigo de clase, sino también obstáculos  en el camino de la lucha eficaz contra el empeño de las direcciones reformistas y estalinianas.

En la base de los errores sectarios y ultraizquierdistas se encuentra la incomprensión de la naturaleza doble y contradictoria de las organizaciones de masas tradicionales y burocratizadas del movimiento obrero. Si es cierto que la política de las direcciones de estas organizaciones es ampliamente favorable a la burguesía, que estas direcciones practican  la  colaboración  de  clase,  debilitando  la  lucha  de  clases  del  proletariado,  siendo  responsables  de innumerables  fracasos  sufridos  por la clase obrera, también es cierto que la existencia de estas organizaciones permite a los trabajadores acceder a un mínimo de conciencia y de fuerza de clase, sin la que la progresión de esta conciencia es mucho más difícil. La existencia de estas organizaciones permite también una modificación de las relaciones de fuerza cotidianas entre el Capital y el Trabajo, sin la que la confianza de la clase obrera se encuentra fuertemente perturbada. Sólo su sustitución por formas  superiores de organización de clase (soviets) implicará que su  debilitamiento  no  se  salde  con  un  retroceso  o  una  paralización  de  la  clase  obrera.  Al  contrario,  su debilitamiento, sin hablar de su destrucción, por la reacción capitalista, representa un debilitamiento y un retroceso graves para el conjunto  del proletariado.  He aquí la base principal  sobre la que los marxistas  revolucionarios asientan su política de frente único obrero contra la reacción capitalista.

 

3. La dinámica ofensiva del frente  «clase contra clase»

 

Frente a toda ofensiva capitalista contra la clase obrera, en particular contra cualquier amenaza fascista o de establecimiento de una dictadura de derechas, los marxistas proponen la constitución de un frente único de todas las organizaciones obreras, de la base al vértice. Se esfuerzan para implicar en este frente único todas las organizaciones que reivindican para sí el movimiento obrero, comprendiendo las más moderadas, las direcciones más oportunistas y más revisionistas. Se dirigirán sistemáticamente a los dirigentes del PS, del PC, de los sindicatos reformistas y cristianos, para que se establezca un frente único entre direcciones nacionales, regionales, locales,

 

 

 

entre secciones, en las empresas y los barrios, a fin de hacer frente a la ofensiva enemiga con todos los medios apropiados.

El rechazo a extender el frente único a la cumbre de la socialdemocracia o de los Partidos Comunistas (política llamada del «tercer período» del Komintern, retomada hoy por organizaciones maostalinianas) se basa en una incomprensión ultimista e infantil de la función objetiva y de las precondiciones subjetivas de la unidad del frente proletario. Presupone que la masa de los trabajadores socialistas (o seguidores del PC) estaría preparada para emprender  una  acción  única  con  los  trabajadore s  revolucionarios,  sin  el  acuerdo  previo  de  sus  dirigentes

«socialfascistas» o «revisionistas». Supone resuelta una tarea que queda por resolver: el  apartar a través de su propia experiencia esta masa de estas direcciones oportunistas. Pero justamente la llamada a los dirigentes del PS y del PC para que se unan en un frente único contra la ofensiva de la reacción, permite a los trabajadores que siguen estas direcciones hacerse con una experiencia precisa e indispensable en cuanto a la credibilidad, eficacia y buena fe de sus dirigentes.

Por otra parte, suponer que no es indispensable empeñar las direcciones del PS o del PC en el frente único obrero, es reducir a éste a una minoría de la clase obrera; es sembrar graves ilusiones en lo que respecta a hacer retroceder la patronal, el Estado burgués, a la amenaza fascista con los golpes de acciones minoritarias.

¿Quiere esto decir que la táctica de frente único obrero está estrictamente limitada a fines defensivos? En absoluto. La organización de toda la dase obrera en un dispositivo de combate —incluso en el inicio de fines defensivos—  modifica las relaciones de fuerza entre las clases, refuerza considerablemente  la combatividad,  la fuerza de choque, la capacidad de acción política y la confianza en sí misma de la clase trabajadora. Esta táctica crea en consecuencia  un inmenso  potencial de lucha suplementaria,  que puede  transformar  rápidamente  una lucha defensiva  en lucha ofensiva.  En ocasión  del putsch  von Kapp  en marzo  de 1920 en Alemania,  la respuesta victoriosa y unitaria de las organizaciones obreras alemanas creó, tan sólo en unos días, una situación en la que los militantes   de  numerosas   organizaciones   —comprendiendo   incluso  organizaciones   reformistas—   aceptaron constituir milicias obreras armadas en varias ciudades de la cuenca del Ruhr. La necesidad de un gobierno obrero fue  propuesta  por  los  dirigentes  sindicales  más  moderados.  La  respuesta  victoriosa  y  unitaria  de  las  masas españolas contra el putsch fascista de julio del 36 condujo en la mayoría de las ciudades al armamento "general del proletariado y a la toma de las fábricas.

Para explotar al máximo este potencial ofensivo del frente único obrero los marxistas revolucionarios comprendieron la necesidad de  estructurar el frente único tanto en la base corno en la cúspide, sin hacer de esta estructuración un ultimátum dirigido a los partidos, sindicatos o masas del proletariado. Semejante estructuración implica comités de base en las empresas, los barrios, las localidades, comités que deberán ser tan rápidamente como sea posible comités democráticamente  elegidos, y empeñados en sistemáticas movilizaciones y acciones de masas. La dinámica  ofensiva  de una estructura  semejante,  que daría paso en realidad  a una situación  revolucionaria,  es evidente.

 

 

4. Frente único obrero y frente popular

 

Del mismo modo que los marxistas revolucionarios  son los más firmes partidarios  de una política de frente único obrero, rechazan la política de frente «Popular», relanzada después del VII Congreso del Komintern, la vieja política reformista socialdemócrata de alianza entre la burguesía «liberal» (o «nacional», o «antifascista») y el movimiento obrero («cartel de izquierdas»).

La distinción fundamental entre el frente único obrero y el «cartel de izquierdas», o Frente Popular, reside en que por su lógica de «clase contra clase», el frente único obrero desencadena una dinámica de acentuación y de exacerbación de la lucha del proletariado contra la burguesía, mientras que por su lógica de colaboración de clase, la política de Frente Popular desencadena al contrario una dinámica de freno de las luchas obreras, llegando hasta la  represión  de  las  capas  obreras  más  radicalizadas.  Mientras  que  el  frente  único  obrero  contra  la  ofensiva capitalista  no  comporta  ninguna  precondición  de  defensa  del  orden  burgués  y  de  la  propiedad  capitalista (cualquiera que sea la relación de los dirigentes reformistas con una defensa semejante),  el frente popular está fundado en el respeto al orden burgués y a la propiedad, sin el que la presencia de la «burgues ía progresista» .en el seno del frente sería imposible, lo que, se dice, «reforzaría la reacción». Toda la lógica del frente popular tiende, pues, a desviar, contener, o romper la lucha de masas, lo que no es el caso de los acuerdos del frente obrero.

 

 

 

Evidentemente, la distinción entre frente único obrero y frente popular, aun siendo una diferencia con- siderable, por razón de la naturaleza de clase objetiva de los dos tipos de acuerdos, no es una diferencia absoluta. Puede haber aplicaciones  oportunistas  de la táctica de frente único obrero en las que, bajo el pretexto de no

«asustar a los dirigentes  reformistas»,  los líderes de organizaciones  que se llaman revolucionarias  comienzan  a frenar a su vez todas las luchas de masas. A la inversa,  en ciertas situ aciones,  las masas pueden  partir de las ilusiones unitarias sembradas por acuerdos de frente popular, para acentuar sus luchas e incluso crear estructuras de autoorganización, iniciativas que los marxistas revolucionarios deberán evidentemente favorecer y reforzar por todos los medios.

Pero cualesquiera que sean estas situaciones intermedias, la cuestión de principio sigue siendo vital. Desde el punto de vista de la lucha de clases, hace falta favorecer una política de frente único obrero; hace falta combatir cualquier acuerdo político con  partidos burgueses incluso «de izquierda», que ponga en cuestión la independencia política de clase del proletariado.

 

5. Independencia política de clase y organización unitaria de clase

 

Así, la problemática del frente único obrero como la del frente popular nos enfrenta, a fin de cuentas, a una  única  cuestión:  cómo  puede  la  clase  obrera  realizar  una  organización  unitaria  de  su  fuerza,  con  total independencia  en relación a la burguesía,  a pesar de su   fraccionamiento  en corrientes  ideológicas  y partidos, grupos y sectores políticos diferentes, y a pesar de la influencia de su nivel medio de conciencia de clase.

Los que predican la desaparición  previa de este fraccionamiento, como precondición a la realización de la organización unitaria de clases persiguen una quimera. Ese fraccionamiento  existe desde hace un siglo. No hay ningún indicio de que desaparecerá dentro de poco. Considerar esta desaparición como algo previo, es proclamar de hecho que la unidad del frente proletario (y, por tanto, su victoria) es imposible hasta un porvenir que se pierde en las brumas.

Los que ven la realización de la unidad de acción de clase como simple función de acuerdos en la cumbre, independientemente del contenido de clase y de la dinámica obj etiva desencandenadas por estos acuerdos —por ejemplo, identificando positivamente frente único obrero y frente popular— olvidan que la unidad real del frente proletario no es posible nada más que sobre una base de clase. Es, en efecto, impensable que todos los sectores y todas las capas de la clase obrera acepten la autolimitación y la automutilación contenidas en los acuerdos de colaboración de clase.

Hay, pues, un lazo íntimo entre unidad de acción de la clase obrera en su conjunto, y objetivos de lucha comúnmente aceptados, incluso formas de lucha adoptadas por la clase. Los marxistes revolucionarios son firmes partidarios de cualquier iniciativa realmente unitaria, porque están convencidos de que tales iniciativas siempre refuerzan la combatividad y la conciencia de los trabajadores en el sentido de una lucha de clases intransigente contra el Capital.

La independencia de clase del proletariado, sin la que su unidad es irrealizable, se sitúa en relación con la patronal, a nivel de la empresa y de la rama de industria. Se sitúa también en relación con los partidos burgueses. Pero  se sitúa  también  en relación  al Estado  burgués,  e incluso  al Estado  democrático-burgués  más libre.  La confianza en sí misma que adquiere la clase obrera, cuando pasa por una experiencia realmente unitaria de toda la clase, le incita a querer resolver por sí misma todos los problemas, incluidos los problemas abandonados al Parlamento. Es una razón más para hacer de los revolucionarios los abogados más resueltos y  más conscientes de la unidad de acción de toda la clase obrera.

 

 

6. Independencia de clase y alianzas entre las clases

 

La distinción de principio, que hacíamos entre frente único obrero y frente popular ha sido a menudo criticada como «dogmática». «Negaría la necesidad de alianzas». Sin «alianzas de clase», la victoria de la revolución socialista sería imposible. Además, ¿no fundó Lenin toda la estrategia bolchevique en la necesidad de una alianza entre el proletariado y el campesinado?

Señalemos, para empezar, que cualquier  paralelismo entre los países imperialistas de hoy en día y la Rusia de los zares es abusivo. En Rusia el proletariado no representaba nada más que el 20 por 100 de la población

 

 

 

activa. En los países imperialistas, con la excepción de Portugal (donde representa el 38 por 100 de la población), el proletariado, es decir, la masa de los que están obligados a vender su fuerza de trabajo, representa la aplastante mayoría de la nación, en la mayor parte de estos países entre un 70 y un 90 por 100 de la población activa. La unidad del frente proletario (comprendiendo, evidentemente, los empleados) es infinitamente más vital para la revolución que la alianza con el campesinado.

Añadiremos que los marxistas revolucionarios no son de ningún modo adversarios de una alianza entre el proletariado y la pequeña burguesía trabajadora (no explotadora) de las ciudades y del campo, incluso en los países en que es minoritaria. En numerosos países imperialistas, como Portugal, España, Italia, Francia, el establecimiento de una alianza obrero-campesina es aún de gran importancia política y sobre todo económica, para la victoria y la consolidación de la revolución socialista. Lo que contestamos, es que la alianza entre partidos obreros y partidos burgueses sea necesaria para fundar una alianza paralela de clases trabajadoras. Al contrario, liberar el campesinado y  la  pequeña  burguesía  urbana  del  empeño  de  la  burguesía,  presupone  también  emanciparles  del  apoyo  que conceden a los partidos políticos burgueses. La alianza puede y debe estar basada en intereses comunes. El proletariado y sus partidos deben ofrecer a estas clases objetivos sociales, económicos y culturales y políticas que les interesen y que la burguesía es incapaz de realizar. Si la experiencia confirma la voluntad de] proletariado de conquistar el poder y de realizar su programa, puede obtener el apoyo de una buena parte de la pequeña burguesía de cara a realizar estos objetivos.

 

 

7. Los movimientos de emancipación de la mujer y de las minorías nacionales oprimidas en el desarrollo de las luchas anticapitalistas

 

Tradicionalmente,  el movimiento obrero organizado había concebido el problema de las «alianzas», sea como  electoral  y  político  (alianza  entre  diferentes  partidos),  sea  como  la  alianza  de  la  clase  obrera  con  el campesinado trabajador y con otros extractos explotados de la pequeña burguesía. Pero ya durante las grandes revoluciones proletarias del pasado, sobre todo la revolución rusa y la revolución española, la combinación de la revolución  social  y  del  movimiento  de  emancipación  de  las  nacionalidades  oprimidas  había  jugado  un  papel importante.

Luego de que el capitalismo contemporáneo se hunde en una crisis social cada vez más generalizada (especialmente desde la segunda mitad de los años 60), las luchas socio-políticas en los países imperialistas se caracterizan por una combinación entre luchas proletarias «puras» y explosiones de descontento y rebelión social de amplios sectores de la población de composición no únicamente proletaria: el movimiento de rebelión de la juventud, el movimiento de liberación de la mujer, el movimiento de sublevación de las nacionalidades oprimidas.

Cuando decimos «de composición no solamente proletarias» queremos decir exactamente eso. Es absurdo considerar a los jóvenes, las mujeres o las minorías raciales y étnicas como «no proletarios» y hasta «pequeño- burgueses» en su conjunto, en función de criterios ideológicos o psicológicos. Una parte creciente de la población femenina de los países imperialistas (en algunos más del 50 por 100) está compuesta por asalariadas y no por amas de casa. Una parte considerable de los jóvenes está compuesta por jóvenes trabajadores y aprendices. Los negros portorriqueños y los chicanos en USA, los irlandeses e inmigrados de Asia y de las Indias Occidentales, en Gran Bretaña,  los vascos y catalanes  en España  —para  no citar más que estos tres ejemplos—  no están solo ellos mismos ampliamente proletarizados, sino que constituyen además una parte considerable del proletariado de estos estados en su conjunto.

En efecto, las condiciones de existencia y reivindicación propias de todos estos estratos en rebelión es- pecífica  —mujeres  jóvenes,  minorías  raciales  y  nacionales—  merecen  una  atención  especial  de  parte  del movimiento obrero y de su vanguardia revolucionaria por tres razones evidentes.

Primeramente estos estratos incluyen en general a la parte más explotada, más miserable del proletariado global, la que, por esta sola razón, reclama ya una atención particular de todo trabajador consciente. Luego. estos estratos son generalmente víctimas de una doble: opresión, como proletarios a la vez que como mujeres, jóvenes, minorías, inmigrantes, etc. Por lo tanto, el proletariado no puede liberarse definitivamente, ni sobre todo abolir el salariado y construir  una sociedad  sin clases sin eliminar  radicalmente  todas las formas  de  discriminación,  de opresión, de desigualdad social. Finalmente, el movimiento de rebelión y de liberación de estos estratos permite aliar a la lucha por la revolución socialista a sectores no pr oletarios que forman parte de los estratos oprimidos

 

 

 

mencionados anterior mente.

Esta alianza no es evidentemente automática. Depende del peso del entrabe de clase, que la polarización extrema de las fuerzas sociales en el curso del proceso revolucionario provoca inevitablemente en el seno del movimiento de emancipación de la mujer, los jóvenes, de las nacionalidades y razas oprimidas. Pero ella depende también de la capacidad del movimiento obrero, y sobre todo de la de su vanguardia revolucionaria para tomar astutamente las riendas de la causa justa por la que combaten estos oprimidos.

Los  marxistas  revolucionarios  reconocen  como  justificados  los  movimientos  de  emancipación  de  las mujeres, los jóvenes, las nacionalidades y razas oprimidas, no solamente antes, sino inclusive después de la caída del capitalismo, la cual no borrará de un día para otro los vestigios de los milenarios prejuicios, sexistas, racistas, chauvinistas,  xenófobos,  en el seno de las masas trabajadoras.  Ellos se esforzarán para ser, en el seno de esos movimientos de masa autónomos, los mejores combatientes por todas las reivindicaciones justas y progresistas, para impulsar las movilizaciones y las luchas más amplias y unitarias.

Al mismo tiempo, combatirán sistemáticamente a favor de las soluciones políticas y sociales en conjunto

—la toma del poder por la clase obrera, la supresión del régimen capitalista—, sin las cuales una solución general y duradera para la discriminación sexista, racista y chauvinista es imposible. Se convertirán en forma no menos sistemática en los abogados de la solidaridad de todos los explotados y de todos los proletarios en la lucha por sus intereses de clase, independientemente de toda diferencia de sexo, raza o nacionalidad. Mientras más resuelto y convincente  sea  su  combate  contra  todas  las  formas  de  opresión  particulares  que  sufren  esos  estratos sobreexplotados, más eficaz resultará esta lucha por la solidaridad general de clase.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

 

Resolución del III Congreso de la I.C. sobre la táctica. Lenin: Izquierdismo, la enfermedad infantil del comunism o Trotsky: ¿A dónde va Francia?

— Escritos sobre Alemania

— El movimiento comunista en Francia

E. Mandel: Del fascismo

Daniel Guerin: Fascismo y Gran Capital.

Henri Weber: Marxismo y conciencia de clase.

E. Mandel: Lenin y la conciencia de clase proletaria.

 

 

 

El advenimiento de la sociedad sin clases

 

 

 

1. El objetivo socialista a alcanzar

 

El objetivo socialista que queremos alcanzar es la substitución de la sociedad burguesa basada en la lucha de todos contra todos por una sociedad comunitaria sin clases, en la cual la solidaridad social reemplace el deseo de enriquecimiento individual como móvil esencial de actividad, y en la cual la riqueza de la sociedad asegure el armonioso desarrollo de todos los individuos.

Lejos de querer «hacer iguales a todos los hombres», como pretenden los ignorantes adversarios del socialismo, los marxistas desean que sea posible, por primera vez en la historia humana, el desarrollo de toda la infinita gama de diferentes posibilidades de pensamiento y acción presentes en cada individuo. Pero comprenden que la igualdad económica y social, la emancipación del hombre de la necesidad de combatir por su pan de cada día, representa  una condición  previa para la conquista de esta verdadera realización de la personalidad  humana en todos los individuos.

Una sociedad socialista exige, por tanto, una economía desarrollada hasta el punto de que la producción en función de las necesidades suceda a la producción por el beneficio. La humanidad socialista dejará de producir mercancías destinadas a ser intercambiadas por dinero en el mercado. Producirá valores de uso que se distribuirán a todos los miembros de la sociedad, con el fin de satisfacer a todas sus necesidades.

Una sociedad de este tipo liberará al hombre de las cadenas de la división social y económica del trabajo. Los marxistas rechazan la tesis según la cual algunos hombres «han nacido para mandar» y otros «han nacido para obedecer». Ningún hombre, por naturaleza, está predispuesto a ser minero toda su vida, ni fresador, ni conductor de tranvía. En cada hombre dormita el deseo de ejercer un determinado número de diferentes actividades: basta con observar a los trabajadores durante sus ocios para darse cuenta de ello. En la sociedad socialista, el alto nivel de  cualificación  técnica  e  intelectual  de  todo  ciudadano  le  permitirá  realizar  durante  su  vida  muchas  tareas diferentes y útiles a la comunidad. La elección de la «profesión» dejará de ser impuesta a los hombres por fuerzas o condiciones materiales, independientes de su voluntad. Dependerá de su propia necesidad, de su propio desarrollo individual. El trabajo dejará de ser una actividad impuesta de la que se huye, para convertirse simplemente en la realización de la propia personalidad. El hombre será finalmente libre en el sentido real de la palabra. Una sociedad como ésa se esforzará por eliminar todas las fuentes de conflicto entre los hombres. Destinará a la lucha contra las enfermedades, a la formación del carácter del niño, a la educación y a las bellas artes los inmensos recursos que hoy se despilfarran en objetivos de destrucción y de represión. Eliminando todos los antagonismos económicos y sociales entre los hombres, eliminará también todas las causas de guerra o de conflictos violentos. Únicamente el establecimiento en todo mundo de una sociedad socialista puede garantizar a la humanidad esta paz universal que se ha convertido en condición para la simple supervivencia de la especie en esta época de armas atómicas y termonucleares.

 

2. Las condiciones económicas y sociales para alcanzar este objetivo

 

Si no nos contentamos con soñar un radiante porvenir, si queremos combatir para conquistar este futuro, debemos  comprender  que  la  construcción  de  una  sociedad  socialista  que  transformará  completamente  las costumbres  y los hábitos de los hombres que fueron establecidos  desde hace miles de años en las sociedades divididas  en clases  está  subordinada  a transformaciones  materiales  no menos  conmocionantes  que deben  ser realizadas previamente.

El advenimiento del socialismo exige en primer lugar la supresión de la propiedad privada de los medios de producción. En la época de la gran industria y de la moderna técnica (que no se podría suprimir sin abandonar la  humanidad  a  la  pobreza  generalizada),   esta  propiedad  privada  de  los  medios  de  producción  implica

 

 

 

inevitablemente la división de la sociedad en una minoría de capitalistas que explotan y una mayoría de asalariados que es explotada.

El advenimiento de la sociedad socialista exige la supresión del régimen salarial, de la venta de la fuerza de trabajo contra un salario fijo en dinero que convierte al productor en un .importante eslabón de la vida económica. El régimen salarial debe ser substituido por la retribución del trabajo mediante el libre acceso a todos los bienes necesarios para la satisfacción de las necesidades de los productores. Sólo en sociedad que asegure al hombre esta abundancia bienes puede nacer una nueva consciencia social, nueva actitud de los hombres entre sí.

Semejante  abundancia  —de  bienes  no  es  utópica  en  absoluto,  a  condición  de  que  se  introduzca gradualmente, y de que se parta de una racionalización progresiva de las necesidades de los hombres, emancipados de las coacciones de la competencia, de la búsqueda del enriquecimiento privado y de la manipulación por una publicidad interesada en crear en el individuo un estado de insatisfacción permanente. Así, el progreso en el nivel de vida ha creado ya una situación de saturación en el consumo de pan, patatas, legumbres, ciertas frutas, y aún de productos lácteos, grasas y productos porcinos en la parle menos pobre de la población de los países imperialistas. Una tendencia semejante se observa en lo relativo a ropa corriente, calzado, muebles básicos, etc. Todos estos productos podrían ser progresivamente  distribuidos gratuitamente, sin hacer intervenir al dinero, v sin que ello llevara  consigo  importantes  aumentos  en los gastos  colectivos.  La misma  posibilidad  existe  para los servicios sociales como la enseñanza, la sanidad, los transportes comunitarios, etcétera.

Pero la abolición del régimen salarial no sólo exige la transformación de las condiciones de retribución, de distribución de los bienes de consumo. Exige igualmente la modificación de  la estructura jerárquica de la empresa, la substitución del régimen de mando único del director (asistido por sus jefes de taller, contramaestres, etc.) por el de democracia de los productores. El objetivo del socialismo es el autogobierno de los hombres a todos los niveles de la vida social, estando en primer lugar la vida económica.  Esto significa  reemplazar  a todos los delegados designados por jefes elegidos, a todos los delegados permanentes  por jefes que ejerzan su   función por turno. Siguiendo esta vía se llegarán a crear las condiciones de una verdadera igualdad.

La riqueza social que permite instaurar un régimen de la abundancia, sólo puede ser conseguida mediante la planificación de la economía, que permite evitar el despilfarro que representa la no utilización de los medios de producción  y  el  paro,  así  como  su  utilización  para  fines  contrarios  a  los  intereses  de  la  humanidad.  La emancipación del trabajo está subordinada al prodigioso desarrollo de la técnica moderna (aplicación productiva de la energía atómica; electrónica y teledirección que permiten la completa automatización de la producción) que va liberando al hombre de las tareas pesadas, degradantes y embrutecedoras. De este modo responde la historia de entrada  a la vieja objeción  vulgar contra  el socialismo:  «¿Y quién se ocupará de sacar las inmundicias  en una sociedad socialista?».

El máximo desarrollo de la producción en las condiciones más rentables para la humanidad exige que se conserve y extienda la división mundial del trabajo, profundamente modificada, sin embargo, para suprimir la articulación de paises “avanzados” y paises “dependientes”, la supresión de lsa fronteras y la planificación mundial.

La supresión de las fronteras y la unificación real del género humano es, al mismo tiempo, un imperativo psicológico del socialismo, el único modo de suprimir la desigualda económica y social entre las naciones. La supresión de las fronteras no significa de ninguna manera la supresión de la identidad cultural propia de cada nación; permitirá al contrario la afirmación de esa personalidad de una manera más brillante que en la actualidad, en el terreno que le es propio.

La gestión de las empresas por los trabajadores, la de la economía por un congreso de consejos de trabajadores, la de todas las esferas de la vida social por las colectividades afectadas también exige condiciones materiales  de  realización  si  no  quiere  ser  ficticia.  La  reducción  radical  de  la  jornada  de  trabajo  —de  hecho  la introducción  de la media  jornada  de trabajo—  es indispensable  para que los productores  tengan tiempo para regentar las empresas y las comunas, para que no se forme una nueva capa de administradores profesionales.

La generalización de la enseñanza superior —y una nueva distribución entre el «tiempo de estudio» y el «tiempo de trabajo» en toda la vida adulta del hombre y de la mujer— es indispensable para que progresivamente vaya desapareciendo la separación del trabajo manual y del trabajo intelectual. La estricta igualdad de remuneración, de representación y de posibilidades de cualificación superior de las mujeres es indispensable para que la desigualdad entre los sexos no se mantenga después de la desaparición de la desigualdad de las clases sociales.

 

 

 

3. Las condiciones políticas, ideológicas, psicológicas y culturales necesarias para alcanzar este objetivo

 

Las condiciones materiales necesarias para ei advenimiento de una sociedad sin clases son condiciones indispensables, pero no suficientes. El socialismo y el comunismo no serán el producto automático del desarrollo de las fuerzas productivas,  de la desaparición  de la penuria, de la elevación del nivel de cualificación  técnica e intelectual de la humanidad. Hace falta modificar del mismo modo los hábitos, las costumbres, las estructuras mentales, que son el resultado de milenios de explotación, de opresión y de condiciones sociales que favorecían el deseo del enriquecimiento privado.

Ante todo, es necesario arrebatar todo poder político á las clases dominantes e impedirles reconquistar este poder.  El armamento  general  de los trabajadores  sustituyendo  a los ejércitos permanentes,  después de la progresiva destrucción de todas las armas y la imposibilidad en la que se encontraran los posibles partidarios de un restablecimiento del reino de la minoría para producir estas armas, deben permitir alcanzar este objetivo.

La democracia de los consejos de trabajadores; el ejercicio de todo el poder político por estos consejos; el control público sobre la producción y la distribución de la riqueza; la más amplia publicidad de los debates que conducen a las grandes decisiones políticas y económicas; el acceso de todos los trabajadores a los medios de información y de formación de la opinión pública: todo esto debe asegurar la permanencia de condiciones en las cuales nunca más sea posible el retorno a un régimen de opresión v de explotación.

A  continuación  deben  crearse  las  condiciones  propicias  para  que  los  productores  se  habitúen  a  tener asegurada su existencia y dejen de medir sus esfuerzos en función de retribuciones específicas que esperan recibir. Esta revolución psicológica no podrá tener lugar nada más que cuando la experiencia haya enseñado a los hombres que la sociedad socialista garantice efectivamente, y de manera permanente, la satisfacción de todas sus necesidades básicas, sin medir en contrapartida la aportación de cada uno a la riqueza social.

La gratuidad de la alimentación y el vestido básico; de los servicios públicos; sanidad; de la enseñanza; servicios  culturales,  etc.,  permitirá  alcanzar  este  objetivo  en  cuanto  haya  funcionado  durante  dos  o  tres generaciones. Entonces el trabajo dejará de ser considerado como un medio de «ganarse la vida» o de asegurarse el consumo  cotidiano,  y se  convertirá  en  una  necesidad  de  actividad  creadora,  por  medio  de  la cual  cada  uno contribuye a) bienestar y al desarrollo de todos.

La transformación radical de estas estructuras de opresión que son la familia patriarcal, la escuela auto- ritaria encerrada en una torre de marfil, el consumo pasivo de ideas y de «bienes culturales», irá empareja2

da con todas estas transformaciones sociales y políticas.

La dictadura del proletariado no reprimirá ninguna idea, ninguna corriente científica, literaria, cultural o artística. No tendrá miedo a las ideas, puesto que estará convencida de la superioridad de las ideas comu nistas. No se mantendrá, por tanto, neutral ante la lucha ideológica que continuará; creará todas las condi ciones propicias para   que  el  proletariado   emancipado   asimile   los  mejores   productos   de  la  vieja   cultura,   construyendo progresivamente los elementos de la cultura comunista unificada de la humanidad futura.

La revolución cultural que marcará con su sello la construcción del comunismo será antes que nada una revolución de las condiciones en las que los hombres creen su propia cultura, la transformación de la masa de los ciudadanos de consumidores pasivos a productores culturales activos y creadores.

El mayor obstáculo que hay que franquear para crear un mundo comunista es la enorme diferencia que separa la producción y el nivel de vida por habitante de los  países industrialmente avanzados y el de los países subdesarrollados. El marxismo rechaza resueltamente la utopía reaccionaria de un comunismo de la ascesis y de la penuria.  La  expansión  de  la  vida  económica  y  social  de  los  pueblos  del  hemisferio  meridional  reclama  no solamente  una planificación  socialista  de la economía  mundial,  sino también  una redistribu ción radical  de los recursos materiales en beneficio de estos pueblos.

Sólo una transformación  de los modos de pensamiento  egoístas, miopes y pequeñoburgueses  que per- viven hoy en una parte importante de la clase obrera del hemisferio norte, permitirá alcanzar este objetivo. La educación internacionalista deberá ir a la par con la costumbre de la abundancia, que demostrará que dicha redistribución podrá realizarse sin provocar un retroceso del nivel de vida de las masas septentrionales.

 

 

 

 

 

4. Las etapas de la sociedad sin clases

 

A partir de las ricas experiencias de las revoluciones proletarias que han venido produciéndose desde hace más de un siglo —es decir, desde la Comuna de París— podemos distinguir tres etapas en la construcción de una sociedad sin clases:

— la etapa de transición del capitalismo hacia el socialismo, que es la etapa de la dictadura del proletariado, de la supervivencia del capitalismo en importantes países, de la supervivencia parcial de la producción mercantil y de la economía monetaria, de la supervivencia de varias clases y capas sociales en el seno de los países empeñados en esta etapa y la necesidad de la supervivencia "del Estado, para defender los intereses de los trabajadores contra todos los partidarios del retorno al reino del capital;

— la etapa del socialismo,  una vez concluida su construcción,  y que se caracteriza por la desaparición  de las clases  sociales  («el  socialismo  es  la  sociedad  sin  clases»,  como  dijo  Lenin),  por  la  desaparición  de  la economía mercantil y monetaria, por la desaparición del Estado, por el triunfo internacional de la nueva sociedad. Sin embargo, durante la etapa socialista, le retribución de cada uno (abstracción hecha de la satisfacción gratuita de las necesidades básicas) continuará midiéndose en función de la cantidad de trabajo proporcionado a la sociedad;

— la etapa del comunismo, que está caracterizada por la aplicación integral del principio «de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades», por la desaparición de la división social del trabajo, por la desaparición  de la separación  de trabajo manual e intelectual,  por la desaparición  de la separación  entre ciudad y campo. La humanidad se reorganizará bajo la forma de comunas libres de productores- consumidores, capaces de administrarse por sí mismas sin ningún órgano diferenciado, reintegradas en un medio natural rehabilitado y protegidas contra los riesgos de destrucción del equilibrio ecológico.

 

Sin embargo, a partir del momento en que nos encontramos en presencia de una sociedad postcapitalista libre del monopolio del poder de una capa burocrática —es decir, en presencia de un poder efectivo de los trabajadores— ninguna revolución, ninguna ruptura brusca, será necesaria para señalar la sucesión de estas etapas. Serán el resultado de una evolución progresiva de las relaciones de producción y de las relaciones sociales. Serán la expresión de una desaparición progresiva de Las categorías mercantiles, del dinero, de las ciases sociales, del Estado, de la división social del trabajo y de las estructuras mentales que son el resultado de todo el pasado de desigualdad y  de  luchas  sociales.  Lo  esencial  es  comenzar  en  seguida  estos  procesos  de  desaparición  y  no  remitirlos  a generaciones futuras.

Este es nuestro ideal comunista. Constituye la única solución a los urgentes problemas a los que la hu- manidad se enfrenta. Consagrar la vida a su realización es mostrarse digno de la inteligencia y de la generosidad de los mejores hijos de nuestra especie, de los pensadores más intrépidos, de los combatientes más valientes, por la Emancipación del Trabajo, ayer y hoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Karl Marx: Crítica del Programa de Gotha.

Friedrich Engels:  Anti-Dühríng, 3.a parte:  El Socialismo.

Lenin: Estado y Revolución.

Bujarin y Preobrajenski: El ABC del Comunismo.

León Trotsky: Literatura y Revolución. Problemas de la vida cotidiana.

Lafargüe: El derecho a la pereza.

 

 

 

La dialéctica materialista

 

 

1. El movimiento universal

 

Si no recapitulamos el contenido de los quince capítulos anteriores y tratáramos de resumirlos en una sola fórmula no podríamos encontrar otra mejor que la siguiente: todo cambia, todo está en perpetuo movimiento.

De la sociedad primiti va sin clases la humanidad pasó a la sociedad dividida en clases; esta da lugar, a su vez, a la sociedad socialista sin clases del mañana. Los modos de producción se suceden. Incluso antes que desaparezcan, están sometidos a constantes cambios. La dase dominante de hoy es muy diferente de la clase de los propietarios de esclavos que dominaba el Imperio romano. El proletariado contemporáneo es a su vez diferente que el siervo medieval. Entre un capitalista pequeño fabricante de principios del XIX, y míster Rockefeller o el jefe del  trust  Rhóne-Poulenc  de  hoy,  hay  todo  un  mundo  de  diferencia.  Todo  cambia,  todo  está  en  perpetuo movimiento.

Este movimiento universal podemos encontrarlo a todos los niveles de la realidad, y no solamente en lo relativo  a la historia  de las sociedades  humanas.  Los individuos  cambian,  sometidos  a un destino  inexorable. Nacen, crecen, maduran. llegan a ser adultos, después comienzan a declinar y finalmente mueren. Este destino aflige tanto las especies  vivas como los individuos.  La  especie  humana  no  ha  existido  siempre  Es pecies que poblaban otrora nuestro planeta como los reptiles gigantes de la época terciaria, han desaparecido Otras especies vegetales y animales desaparecen actualmente ante nuestros ojos, en parte como resultado de las perturbaciones anárquicas que el modo de producción capitalista ha provocado en la ecología terrestre.

Nuestro  planeta,  a su vez, no tiene  vida eterna.  La pérdida  de energía  le condena  a su desaparición inexorable el día de mañana. Nuestro planeta no ha existido siempre. Nació en una constelación interplanetaria que no es nada más que una de las innumerables constelaciones análogas del universo.

El movimiento, la evolución universal, gobierna toda existencia. Esta es material. En la base de la materia hay  átomos  que  a su  vez  están  compuestos  de  partículas  aún  más  pequeñas.  Las  combinaciones  de  átomos constituyen las moléculas, que forman entre ellas los diferentes elementos básicos de la corteza terrestre y de la atmósfera. El oxigeno y el hidrógeno, en una combinación determinada, H2O constituyen el agua. Otras moléculas forman las bases sobre las que se establece la formación de los aminoácidos.

La evolución de la materia inorgánica ha dado lugar, de este modo, al nacimiento de la materia orgáni ca, cuando se han dado unas condiciones determinadas. Los aminoácidos forman proteínas que trabajan en células. Esto desencadena la evolución de las especies vivas, vegetales y animales. En el curso de esta evolución nacen los seres vivos superiores, los mamíferos, de los que forman parte, los simios, de donde nacería la especie humana.

 

 

2. La dialéctica, lógica del movimiento

 

Puesto que el movimiento universal caracteriza toda la existencia se puede decir que hay rasgos comunes entre el movimiento de la materia (de la naturaleza), el movimiento de la sociedad humana, y el movimiento de nuestros conocimientos (de la ciencia, del espíritu humano). En efecto, la dialéctica de Marx y Engels pretende reunir estos trazos comunes del movimiento universal.

La dialéctica, o lógica del movimiento, se manifiesta a tres niveles:

 

— La dialéctica de la naturaleza, dialéctica completamente objetiva, es decir, independiente de la existencia, de los proyectos, de las intenciones o de las motivaciones del hombre y que no afecta directamente a la historia de los hombres. Esto no excluye que con el desarrollo de las fuerzas productivas, la humanidad pueda utilizar leyes de la naturaleza para remodelar su medio natural;

— la dialéctica de la historia, dialéctica ampliamente objetiva en un principio, pero en la que constituyó un cambio  revolucionario  la  irrupción  del  proyecto  del  proletariado  de  reconstruir  la  sociedad  según  un programa preestablecido, aunque la elaboración y la realización de este proyecto están ligados a condiciones

 

 

 

materiales, objetivas, preexistentes, independientes de la voluntad de los hombres;

— la dialéctica del conocimiento (del pensamiento humano) que es la dialéctica objeto-sujeto por excelencia, el resultado  de una interacción  constante  entre  los objetos  a conocer  (los objetos  de cada una de las ciencias) y la acción de los sujetos que tratan de conocerlos, y que están condicionados por su situación social,   los  medios   de  investigación   heredados   —tanto   medios   de  trabajo   como  conceptos—.   la transformación de estos medios por la acción social cotidiana, etc.

 

En la medida en que el descubrimiento de la dialéctica objetiva fue en sí mismo una fase de la historia de los conocimientos  y del pensamiento  humanos (la dialéctica fue elaborada primeramente  por filósofos griegos como Heráclito. después retomada por Spinoza v perfeccionada  por Hegel) se podría caer en la tentación de referir toda la dialéctica a la dialéctica objeto-sujeto. Esto sería un error

Es claro que todo lo que sabemos, comprendido lo que concierne a la dialéctica de la naturaleza, lo sabe mos por intermedio de nuestro cerebro de nuestras ideas, de nuestra praxis social, determinadas por nuestras condiciones de existencia social Pero este hecho evidente no impide en absoluto que podamos saber —y verificar y ver confirmado por múltiples pruebas prácticas— que la vida es más vieja que el pensamiento humano; que el universo es más viejo que la tierra; que todo este movimiento es independiente de la acción y de la existencia del hombre; que el mismo  pensamiento humano es producto de este movimiento: el pensamiento es la materia que por si misma adquiere conocimientos. Este es el sentido preciso que tiene la noción: «dialéctica materialista».

Mejor: en tanto que nuestros conocimientos se perfeccionan y van haciéndose cada vez más científicos; en tanto que el conocimiento se aproxima a la realidad (una identidad total del conocimiento y la realidad es imposible, especialmente  a partir del hecho de que ésta está en cambio perpetuo),  su paso va a seguir cada  vez  más  el movimiento objetivo de la materia. La dialéctica de nuestro pensamiento científico, la dialéctica materialista puede aprehender  lo real, justamente  porque  su propio  movimiento  corresponde  cada vez más al movimiento  de la materia, especialmente  gracias  a la práctica  social  que expresa  una dominación  creciente  de las fuerzas  de la naturaleza, porque las leyes del conocimiento y de la aprehensión espiritual de lo real corresponden cada vez más a las leyes que gobiernan el movimiento universal de la realidad objetiva.

Es necesario precisar una diferencia importante entre el desarrollo de las ciencias naturales y el desarrollo de las ciencias sociales, de los conocimientos que se refieren a todo lo que tiene la vida social como ob jeto de investigación, comprendiendo en ello nuestros conocimientos sobre los orígenes y la dialéctica del desarrollo de todas las ciencias, incluidas las ciencias naturales.

El desarrollo de las ciencias naturales está también determinado  social e históricamente.  Los hombres, incluso los genios más intrépidos, no pueden plantearse y no pueden resolver nada más que un cierto número de problemas  científicos  en  cada  época.  Son  tributarios  de  las  ideas  y  de  la  educación  recibidas.  Las  nuevas problemáticas nacen en este contexto, en relación con las transformaciones materiales, especialmente de las del trabajo, de los instrumentos de trabajo, de los instrumentos de investigación científica, etc. Pero se trata de una determinación indirecta, no mediatizada de un modo inmediato por intereses materiales de clase. No se pueden contrastar teorías científicas que reposen sobre pruebas experimentales, refiriéndonos al origen social o posiciones políticas  de los sabios que las hayan formulado.  No se las puede constatar  sino en relación con otras teorías científicas experimentalmente comprobadas y que den mejor cuenta de una realidad más compleja.

De un modo diferente sucede en las ciencias sociales, que se ocuparon pronto de la organización y estrura de la sociedad de clases. El peso de las «ideas recibidas y heredadas» es tanto mayor cuanto que estas ideas no son sino la expresión  en el plano ideológico, de  intereses, ya sean de conservación social, ya sean de revolución social, intereses que se refieren, en definitiva, a posiciones de clase antagónicas.

Sin querer transformar los filósofos, los historiado res, los economistas, los sociólogos, los antropólogos, en «agentes» deliberados de esta o aquella clase social, empeñados en una «conspiración» ya sea para defender el orden establecido o para «organizar la subversión», es evidente que la determinación social del desarrollo de las ciencias sociales es mucho más directa e inmediata que en las ciencias naturales. Además, el objeto de las ciencias sociales está por la fuerza de las cosas, inmediatamente determinado por la estructura y la historia de las sociedades a las que se refieren los hechos, lo que no sucede en el caso de las ciencias naturales.

 

 

 

3. D ialéctica y lógica formal

 

La dialéctica, o lógica del movimiento, se distingue de la lógica formal o lógica de la estática. La lógica formal está fundada en tres leyes fundamentales:

a) La ley de la identidad: A es igual a A; una cosa permanece igual a sí misma.

b) Ley de la contradicción. A es diferente a no-A; A no puede ser igual a no A

c) La ley de exclusión del tercero: o bien A. o bien no-A; nada puede ser ni A ni no-A

 

Un momento de reflexión permite concluir que lo que caracteriza a la lógica formal es el intento de de- tener el movimiento, el cambio, entre paréntesis. Todas las  leyes que acabamos de enumerar son verdaderas,  en tanto que se haga, abstracción del movimiento. A permanece igual a sí mismo, por tanto no cambia. A es diferente de no- A,  por  lo  tanto,  no  se  transforma  en  su  contrario.  Existe  o  bien  A  o  bien  no-A,  por lo  tanto,  no  hay  un movimiento que combine A con no -A, etcétera. Ante hechos como la transformación de la crisálida en mariposa y del adolescente en adulto, la «ley de la identidad» se revela como manifiestamente insuficiente.

El hecho de hacer abstracción del movimiento, de la transformación,  de los cambios es útil desde dos puntos de vista. Primero para poder estudiar los fenómenos de manera aislada y continua, lo que permite sin duda alguna profundizar en nuestros conocimientos de estos fenómenos. Después,  desde un punto de vista práctico, cuando los cambios que se producen son de naturaleza infinitesimal y pueden ser efectivamente descuidados por los interesados.

Si compro un kilo de azúcar envasado en la tienda de ultramarinos, la igualdad establecida por la balanza, un kilo de azúcar =un kilo, es válida para mí, teniendo en cuenta el fin práctico de la compra. En efecto, para poder azucarar mi café, lo que no entra en el presupuesto de la casa, poco puede importarme que el peso real de tal paquete sea en  realidad no un kilo sino sólo 999 gramos. Otra cosa sería si el peso de ese paquete fuera de 900 gramos, no siendo la causa de esa diferencia lo .que ha causado la humedad del aire. Diferencias tan pequeñas pueden ser válidamente descuidadas desde un punto de vista práctico.

Por esto, la lógica formal continúa usándose tanto en teoría como en la práctica. Por esto, la dialéctica materialista no «recusa» la lógica formal, sino que la integra, la considera como un instrumento de análisis y de conocimiento  válido — pero  válido  a condición  de que  se establezcan  sus  límites:  que  se comprenda  que  es inaplicable  a los fenómenos  de movimiento,  a los procesos de cambio. Desde el momento en que se está en presencia de tales fenómenos, el recurso a las categorías de la dialéctica, de la lógica del movimiento, categorías diferentes a las de la lógica formal, se impone.

 

3. El movimiento, función de la contradicción

 

El movimiento es, por su naturaleza, un tránsito, un paso. Desde un punto de vista estático, un objeto no puede estar en dos lugares diferentes  al mismo tiempo (sería necesario  que el movimiento  fuese infinitamente corto). Desde un punto de vista dinámico, el movimiento de un objeto es precisamente su paso de un punto a otro.

La dialéctica, o lógica del movimiento, estudia por ello las leyes del movimiento y las formas que adopta. Lo examinaremos bajo dos aspectos: el movimiento, función de la contradicción; el movimiento, función de la totalidad.

Todo movimiento está siempre causado. La causalidad es una de las categorías fundamentales de la dia- léctica, como lo es de cualquier ciencia. Negar la causalidad es, en definitiva, negar la posibilidad del conocimiento.

La causa última de todo movimiento, de todo cambio son las contradicciones internas del objeto cam- biante. Todo objeto, todo fenómeno, cambia, bulle, se modifica, se transforma, en último término bajo el efecto de sus contradicciones internas, y de las contradicciones que surgen de sus relaciones con otros fenómenos (contradicciones) del «sistema» de objetos. En este sentido se ha llamado con frecuencia, y a justo título, ciencia de las contradicciones a la dialéctica. Lógica del movimiento y lógica de las contradicciones son dos definiciones prácticamente idénticas de la dialéctica

El análisis de cualquier objeto, de cualquier fenómeno o de cualquier conjunto de fenómenos debe per- mitir, en consecuencia, determinar cuáles son los elementos constitutivos de contradicción v cuáles suponen el

 

 

 

movimiento, la dinámica desencadenada por estas contradicciones.

Así, a lo largo de nuestra exposición, hemos indicado hasta qué punto la lucha de clases resultante de la existencia, en el seno de la sociedad, de clases sociales antagónicas, gobierna el movimiento de la historia de las sociedades que están divididas en clases. De un modo más amplio, englobando a la vez la sociedad primitiva sin clases, la sociedad dividida en clases y la sociedad socialista futura, podemos decir que las contradicciones entre el nivel alcanzado, en ciertas épocas, por el desarrollo de las fuerzas productivas (el grado de dominación del hombre sobre la naturaleza) y las relaciones de producción nacida en último término de niveles de desarrollo  anteriores a estas mismas fuerzas productivas, gobierna toda la evolución de la humanidad.

Simplificando,   y  esquematizando   de  manera   excesiva,   podemos   indicar   las  siguientes   leyes   del movimiento,  o las  formas  principales  que  adopta,  y que  proporcionan  categorías  fundamentales  de  la lógica dialéctica, o lógica del movimiento:

a) La unidad, la interpenetración y la lucha de los contrarios.—Quien habla de movimiento habla de contradicción.

Quien habla de contradicción habla de coexistencia de elementos opuestos unos a otros, a la vez coexistencia y lucha entre estos elementos. Sin homogeneidad integral, ausencia total de elementos que se opongan unos a otros, no hay contradicción, no hay movimiento, no hay vida, no hay existencia. La existencia está constituida por la unidad, la interpenetración y la lucha de elementos contrarios, es decir, por  el  movimiento.  La  existencia  de  los  elementos  contradictorios  incluye  su  coexistencia  en  una totalidad estructurada, en un conjunto en el que cada uno de estos elementos tiene su lugar, y la lucha de estos elementos para romper este conjunto. El capitalismo no es posible sin la existencia simultánea del capital y del trabajo asalariado, de la burguesía y del proletariado. Una cosa no puede existir sin la otra. Pero esto no significa en absoluto que una cosa no trate de rechazar la otra, y que el proletariado no trate de suprimir el capital y el régimen salarial, intentando superar el capitalismo.

b) Cambios cuantitativos  y cambios cualitativos.—  El movimiento toma la forma de cambios manteniendo las estructuras  (o la cualidad)  de los fenómenos.  Hablaremos  en este caso de un cambio  cuantitativo  a menudo imperceptible.  A partir de un «límite» determinado,  el cambio cuantitativo  se transforma  en cambio cualitativo. A partir de este «limite el cambio, en lugar de ser gradual, se efectúa por «saltos», una nueva «cualidad» aparece. Una pequeña villa puede transformarse gradualmente en gran ciudad, en un pueblo, y aún en una pequeña ciudad. Pero entre un pueblo y una villa no hay tan sólo una diferencia de cantidad (cantidad de habitantes, de espacio construido, etc.). Hay también una diferencia de cualidad. La actividad  profesional  de la mayoría  de sus habitantes  se ha modificado.  En lugar  del agricultor  son obreros  y  empleados  quienes  prevalecen.  Ha  nacido  un  nuevo  medio  social,  planteando  problemas sociales  que  no existían  en absoluto  en el pueblo; por ejemplo,  el de los transportes  comunitarios. Aparecen nuevas clases sociales, con nuevas contradicciones entre ellas.

c) Negación  y  superación.—Todo  movimiento  tiene  tendencia  a  producir  la  negación  de  algunos  de  sus fenómenos,  a  transformar  los  objetos  en  su  contrario.  La  vida  produce  la  muerte.  E1  calor  no  se comprende nada mas que en función del frío. La sociedad sin clases produce la sociedad dividida en clases, que a su vez produce una nueva sociedad sin clases. Pero es necesario  distinguir  la negación

«pura» y la «negación de la negación», es decir, la superación de la contradicción a un nivel superior, que implica  a la  vez  una  negación,  una  conservación  y una  elevación  a un  nivel  superior.  La  sociedad primitiva sin clases tenía un alto nivel de cohesión interna, precisamente en función de su pobreza, de su subordinación casi total a las fuerzas de la naturaleza. La sociedad dividida en clases es una etapa de la dominación   superior  del  hombre  sobre  las  fuerzas  de  la  naturaleza,  pagada  al  precio  de  una contradicción, de un desgarramiento más profundo de la organización social. En la sociedad socialista futura,  esta  negación  será  superada.  Una  forma  aún  más  elevada  de  dominio  del  hombre  sobre  la naturaleza se combinará con una forma igualmente elevada de cohesión social y de cooperación, gracias a Ja existencia de una sociedad sin clases.

 

5. Algunos problemas suplementarios de la dialéctica del conocimiento

 

a) Contenido y forma.— Todo movimiento toma, por fuerza, formas sucesivas, que pueden variar según un gran  número  de  circunstancias.  No  puede  deshacerse  automáticamente  de  cualquier  forma  que  haya  sido

 

 

 

previamente adaptada. Esta resistencia debe romperse. La forma debe corresponder al contenido, y le corresponde hasta un cierto punto. La naturaleza más congelada se opone a cualquier correspondencia absoluta y permanente, al movimiento, que es la oposición completa de todo lo que está congelado, quieto.

b) Causas y efectos.— Todo movimiento se presenta como una cadena en la que se entremezclan causas y efectos.  A primera  vista,  una interacción  absoluta  los mezcla.  La causa del régimen  salarial  es la apropiación privada de los medios de producción que han pasado a ser monopolio de una clase social. Pero este monopolio se mantiene como efecto del régimen salarial. Los salarios no permiten la adquisición de los medios de producción por  los  obreros.  El  régimen  salarial  produce  una  plusvalía,  apropiada  por  el  capitalista,  que  se  transforma precisamente en propiedad burguesa de los medios de producción suplementarios.

Para no perderse en este embrollo, y no caer en un eclecticismo soso y estéril, es necesario aplicar el método genérico, es decir, buscar el origen histórico del movimiento en cuestión. Encontraremos de este modo que el capital y la plusvalía son efectivamente anteriores al régimen salarial; que han nacido fuera de la esfera de la producción; que hay una  acumulación primitiva  del capital,  que rompe  el círculo,  apa rentemente  cerrado,  de las causas y efectos régimen salarial-capital-régimen salarial.

c) Lo general y lo particular.— Cada movimiento,  cada fenómeno,  tiene características  propias que le son particulares, Al tiempo, cada movimiento, cada fenómeno, a pesar de estas particularidades específicas, no puede comprenderse, comprenderse y explicarse, nada más que en el cuadro de conjuntos más largos y más generales. El capitalismo británico del siglo XIX no es idéntico ni al capitalismo británico de la segunda mitad del siglo XX, ni al capitalismo americano de hoy  en día. Cada uno de ellos representa una formación social particular, con una inserción particular  en  una  economía  mundial  que  tanto  ha  cambiado  en  el  espacio  de  un  siglo.  No  obstante,  ni  el capitalismo británico de la época victoriana, ni el capitalismo británico decadente de hoy en día, ni el capitalismo americano  contemporáneo  pueden  comprenderse  fuera  de  las  leyes  generales  de  desarrollo  que  marcan  el capitalismo en general. La dialéctica del «general» y del «particular» no se conforma con «combinar» el análisis  del

«general»  y  del  «particular».  También  se  esfuerza  en  explicar  el  particular  en  función  de  leyes  generales,  en

modificar las leyes generales en función del juego de un cierto número de factores particulares.

d) Lo relativo y lo absoluto.—Comprender el movimiento, el cambio universal es comprender la existencia de una infinidad de situaciones transitorias, «el movimiento es la unidad de la continuidad y de la discontinuidad» (Hegel). Por eso es que una de las características fundamentales de la dialécti ca es la comprensión de la relatividad de las cosas, es el rechazo a erigir barreras absolutas entre las categorías, es la búsqueda de mediaciones entre los elementos  opuestos.  La  evolución  universal  implica  que  hay  fenómenos  híbridos,  situaciones  y  casos  de

«transición», entre la vida y la muerte, entre las especies animales y las vegetales, entre los pájaros y los mamíferos, entre los monos y el hombre, que convierten en relativas las distinciones entre todas estas categorías.

Sin embargo, la dialéctica ha sido usada muchas veces de manera subjetivista, como «arte de confundir» o

«arte de defender paradojas». La diferencia entre la dialéctica científica, instrumento de conocimiento de lo real, y la dialéctica subjetivista o sofistica, consiste especialmente en que la relatividad de los fenómenos y de las categorías es algo absoluto para los sofistas. Olvidan (o fingen olvidar) que la relatividad de las categorías no es nada más que una relatividad parcial y no una relatividad absoluta, y que por ello es necesario, a su vez, relativizar la relatividad.

La diferencia «absoluta» entre la vida y la muerte está afectada por la existencia de situaciones transitorias, que componen la dialéctica científica. Todo es relativo, incluso la diferencia entre la vida y la muerte no es tan sólo algo relativo, sino incluso inexistente,  afirma el sofista. No, responde el dialéctico: hay algo de absoluto, y no solamente algo de relativo, en la diferencia entre la vida y la muerte. Del hecho incontestable de que hay múltiples etapas intermedias, no se puede deducir la conclusión absurda de negar que la muerte constituye la negación de la vida.

 

6. El movimiento, función de la totalidad. Lo abstracto y lo concreto

 

Hemos visto que todo fenómeno está siempre en función de las contradicciones internas del fenómeno o del conjunto de fenómenos considerados. Cada fenómeno —ya sea un célula viva, un medio natural en el que cohabitan diversas especies, una sociedad humana, un sistema interplanetario, un átomo— comporta, sin embargo, una infinidad de aspectos, de componentes, de elementos constitutivos. Estos elementos no están aglomerados unos con otros de manera fortuita y modificada constantemente.  Constituyen conjuntos estructurados, una totalidad

 

 

 

construida siguiendo leyes determinadas.

Así, en el seno de la sociedad burguesa las relaciones mutuas y antagónicas entre el Capital y el Trabajo no son  de  ningún  modo  fortuitas.  Están  determinadas  por  la  obligación  económica  en  la  que  se  encuentra  el asalariado de vender su fuerza de trabajo al capitalista, que detenta los medios de producción y de subsistencia, bajo  la  forma  de  mercancías.  Relaciones  mutuas  cualitativamente  diferentes  a  las  que  se  producen  en  otras sociedades basadas en la explotación, pero que no son sociedades capitalistas.

La dialéctica materialista debe abordar cada fenómeno, cada objeto de análisis y de conocimiento, no sólo para  determinar  las  contradicciones  internas  que  determinan  su  evolución  (sus  «leyes  de  desarrollo»).  Debe esforzarse en abordar el fenómeno de manera global, comprenderlo bajo todos sus aspectos, considerarlo en su totalidad, evitar toda aproximación  unilateral, que aísle de una manera arbitraria algún aspecto particular de la realidad, que suprima no menos arbitrariamente algún aspecto, y que de esta manera se revela como incapaz de comprender las contradicciones en su conjunto y, en consecuencia, de comprender el movimiento en su totalidad.

Esta capacidad de la dialéctica para integrar en su análisis el método «universalista»  (Allseitigkeit,  decía

Lenin en alemán y en ruso) es uno de sus méritos principales.

«Lógica  del movimiento»,  «lógica  de la contradicción»  y «lógica  de la totalidad»  son conceptos  prácti- camente sinónimos. Es cerrando los ojos ante ciertos elementos contradictorios de lo real,  que aparecen como

«demasiado  complejos»,  como  pensadores  no  dialécticos  van  de  lo  total  a  lo  parcial,  evacuando  a  la  vez  la contradicción y la totalidad.

Evidentemente, una cierta simplificación, una cierta «reducción» de la «totalidad» a sus elementos cons- titutivos decisivos, es inevitable como primera tarea de aproximación en cualquier análisis científico. Sin este trabajo de abstracción,  el  análisis  del  fenómeno  en  su  movimiento  y  con  sus  contradicciones  es  imposible.  Cualquier

«explicación»  que  permanezca  aferrada  a  los fenómenos  aparentes  es  de  antemano  descripción  y  no  explicación

científica real de la esencia de estos fenómenos. Por ejemplo, los precios son fenómenos aparentes; el valor, el trabajo social es la esencia.

Pero hace falta que no se olvide el que este proceso de abstracción inevitable empobrece lo real. Cuanto más nos aproximamos a lo real, más lo hacemos a una totalidad rica en una infinidad de aspectos, que el análisis científico, el conocimiento,  deben explicar en sus relaciones recíprocas, y en sus relaciones contradictorias: «La verdad es siempre concreta» (Lenin) «Lo verdadero es la totalidad» (Hegel). La totalidad es el conjunto de la esencia, de sus apariencias y de las mediaciones que explican por qué la esencia se manifiesta en estas apariencias precisas y no en otras.

 

7. Teoría y práctica

 

La dialéctica es una teoría, un instrumento del conocimiento. Históricamente se puede definir la dialéctica materialista  como  la  teoría  del  conocimiento  del  proletariado  (lo  que  no  disminuy e  en  nada  su  carácter objetivamente científico y que necesita de una verificación constante, rigurosamente objetiva y sin prevenciones ni prejuicios anteriores, en el terreno científico). Toda teoría del conocimiento está sometida a una prueba implacable: la prueba de la práctica.

En último análisis, el mismo conocimiento no es un fenómeno desligado de la vida y de los intereses de los hombres. Es un arma para la conservación de la especie, un arma para permitir a los hombres el dominio de las fuerzas de la naturaleza, un arma para comprender (después) los orígenes de la «cuestión social» y los medios para resolverla. El conocimiento ha nacido de la práctica social del hombre; tiene por función perfeccionar esta práctica. Su eficacia se mide en último término por sus efectos prácticos. La verificación práctica es la mejor arma, definitiva, contra sofistas y escépticos.

Esto no quiere decir que la teoría se anule en un pragmatismo soso y de cortedad de miras. A menudo, la eficacia práctica, el carácter «verdadero» o «falso» de una hipótesis científica, no aparece inmediatamente.  Hace falta tiempo,  retrocesos,  nuevas  experiencias,  una serie de «pruebas  prácticas»  sucesivas,  antes  que el carácter científico de una teoría se imponga efectivamente en la práctica. Prisioneros de las apariencias, de una apreciación parcial y superficial de lo real, de una apreciación temporal del proceso histórico (que está a su vez determinada en última instancia por la ideología de las clases o capas sociales no revolucionarias) numerosos hombres y mujeres pueden dudar, a pesar de las mejores intenciones y convicciones socialistas, del carácter burgués de la democracia

 

 

 

parlamentaria, de la necesidad de la dictadura del proletariado, de la necesidad de la victoria de la revolución internacional a pesar de las mejores intenciones y convicciones socia-dad realmente socialista en U. R. S. S. o en cualquier otro país.

Pero a fin de cuentas, los hechos acaban por confirmar qué teoría ha sido realmente científica, es decir, capaz de comprender lo real en todas sus contradicciones, en todos sus movimientos de conjunto, y qué hipótesis han sido falseadas, es decir, capaces tan sólo de comprender partes de la realidad, aislándolas de la totalidad estructurada, y por ello incapaces de comprender el movimiento a largo plazo en su dialéctica fundamental. La victoria de la revolución social mundial, el advenimiento de una sociedad sin clases confirmarán en la práctica la validez de la teoría marxista revolucionaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliogra fía

 

 

F. Engels:   Lud\vig Feuerbach, y el  fin de la filosofía clásica alemana.

— Anti-Dühring. primera parte.

V. I. Lenin: Cuadernos sobre la dialéctica.

Henri Lefébvre: Lógica formal, lógica dialéctica.

G. Plejanov: Cuestiones fundamentales del marxismo. G. Novack: Una introducción a la lógica del marxismo. N. Bujarin: El materialismo histórico.

G. Lukács: Historia y conciencia de clase (dos primeros capítulos).

 

 

 

El materialismo histórico

 

Pensamos, para acabar, formular de manera lo más sistemática posible las tesis fundamentales del mate- rialismo histórico que ya han sido bosquejadas brevemente en los primeros capítulos de este pequeño libro.

 

1. Producción y comunicaciones humanas

 

El hombre ha llegado a ser un animal particular, por sus cualidades, y por sus deficiencias físicas. La posibilidad de permanecer erguido; la mano con el pulgar libre y flexible; los ojos que permiten la visión estereoscópica; la lengua, la garganta y las cuerdas bucales que permiten una articulación de sonidos entrecortados y combinados; el lóbulo frontal del cerebro, las circunvoluciones cerebrales y el desarrollo craniano y la reducción de la frente que permiten esos desarrollos; todas estas cualidades físicas son indispensables para la fabricación de útiles y se perfeccionan a medida que los útiles y el trabajo productivos se perfeccionan.

Pero, por otra parte, la mayoría de los sentidos y de los órganos humanos están menos desarrollados que los de las especies animales superespecializadas.  Forzado, sin duda, por un cambio de  clima, a descender de los árboles,  a  vivir  en  la  sabana  de  una  alimentación  variada,  el  hombre  primitivo  no  podía  defenderse  de  los carnívoros  ni  corriendo  como  el  antílope,  ni  trepando  como  el  chimpancé,  ni  volando  como  el  pájaro,  ni confiándose en su fuerza física como el gorila o el búfalo, ni gracias a una armadura como la del rinoceronte. Ni tan siquiera podía apoderarse del alimento más atractivo, los innumerables rumiantes que vivía; con él en la sabana. Y, sobre todo, el recién nacido humano era particularmente vulnerable e impotente con los instintos especialmente subdesarrollados. Verdadero embrión extrauterino depende totalmente de la madre (la postura erguida, que ha reducido el vientre de las mujeres, ha contribuido sin duda a este carácter prem aturo del parto en los humanos).

En esta combinación de cualidades y de insuficiencias está anclada la posibilidad y la necesidad de la organización  social. El hombre  no puede ni sobrevivir  individualmente,  ni asegurar  su subsistencia  fuera de un régimen de cooperación con los demás miembros de su especie. Sus órganos físicos demasiado poco desarrollados no le permiten apropiarse directamente de sus víveres. Debe producirlos colectivamente con la ayuda de útiles que prolonguen  y  perfeccionen  estos  órganos.  La  acción  común  de  un  grupo  humano  es  lo  que  asegura  esa producción. Los niños se integran en el grupo gracias a su socialización progresiva, aprendiendo las reglas y la técnica de la supervivencia como miembros del grupo.

La organización social de los hombres y la socialización de los niños presupone formas de comunicación superiores cualitativamente  a las que se conocen entre otras especies de animales. Estas formas superiores  de lenguaje, relacionadas con el desarrollo del cerebro permiten el desarrollo de la capacidad de abstracción, y de aprendizaje, es decir, la conservación y la transmisión de experiencias. Permiten la producción de conceptos, del pensamiento, de la conciencia. En este sentido, las diferentes características del hombre —nuestra «calidad antropológica»—  están estrechamente  ligadas unas con otras. Porque es un «mono que anda erguido», porque después de su nacimiento  es como un «embrión extrauterino»,  el hombre debe hacerse fabricante de útiles, un animal social que desarrolla el lenguaje. almacenando las impresiones y las imágenes sucesivas, capaz de utilizarlas con fines de abstracción, capaz de reflexión, de imaginación y de invención.

La interacción, la combinación de estas características, es decisiva. Hay monos homínidos que utilizan útiles y que pueden incluso superar en ocasiones el umbral de su fabricación rudimentaria. Hay numerosas

especies  que  conocen  formas  rudimentarias  de  cooperación  colectiva.  Y  no  menos  que  conocen  formas

rudimentarias de comunicación. Pero sólo la especie humana es capaz de fabricar útiles de manera deliberada, para que  vayan  siendo  cada  vez  más  perfeccionados,  después  de  haber  sido  concebidos  como  tales  de  manera consciente  sobre  la  base  de  la  experiencia  progresiva,  transmitida  gracias  a  comunicaciones  cada  vez  más numerosas y perfeccionadas. El útil permite liberar la boca, lo que, al perfeccionar el lenguaje y la capacidad de abstracción, permite mejorar el útil. La mano libera el cerebro que perfeccionando el empleo de la mano crea las condiciones de su propio perfeccionamiento.

Si bien la transformación de los primates homínidos en hombres está condicionada por la existencia de una infraestructura  anatómica y neurológica,  ésta no se reduce en absoluto a esta infraestructura.  La dialéctica

«producci ón/comunicación»  crea  la  posibilidad  de  un  desarrollo  ilimitado  de  la  fabricación  de  útiles  y,  en

 

 

 

consecuencia, de la producción humana, de un desarrollo ilimitado de experiencias y del aprendizaje humano, y por ello de una plasticidad y una adaptabilidad prácticamente ilimitadas en el género humano. La sociedad y la cultura material del hombre llegan a ser su segunda naturaleza.

Por ello es absurdo proclamar que tal o cual institución social (la propiedad privada, la ausencia de pro- piedad privada) es «contraria a la naturaleza humana». El hombre ha vivido y puede vivir en las condiciones más diversas.  Ninguna  de  estas  instituciones  se  ha  revelado  como  inmutable  o  precondición  absoluta  para  la supervivencia  del  hombre.  Afirmar  que  «el  instinto  agresivo»  domina  la  evolución  humana,  es  confundir  la existencia de una tendencia (que coexiste además con su negación, el instinto de sociabilidad y de co operación) y su realización. La prehistoria y la historia confirman que hay instituciones y condiciones sociales que permiten contener y rechazar esa tendencia, al tiempo que hay otras que favorecen, de un modo contrario, su manifestación más y más exorbitante.

La dialéctica  «producción/comunicación»  domina  por completo  la condición  humana.  todo cuanto  el hombre hace, «pasa por su cabeza». La producción humana se distingue de la apropiación animal del alimento especialmente por el hecho de que no es una actividad instintiva. Constituye generalmente la realización de un

«proyecto»  que  en  un  principio  vive  en  su  cabeza.  Pero  este  «proyecto»  no  cae  del  cielo.  No  es  sino  la reproducción o recomposición por el cerebro del hombre de elementos y de problemas, de unas actividades indispensables para su supervivencia, que han sido mil veces experimentados y registrados por este cerebro en base de la práctica vivida. El materialismo histórico es la ciencia de las sociedades humanas, que trata de dar cuenta de esta dialéctica «producción/comunicación humanas» y de explicarla.

 

2. Base y superestructura sociales

 

Para sobrevivir, cualquier sociedad humana debe producir. La producción de subsistencias  —en sentido amplio  o estricto  del término,  es decir, la satisfacción  de necesidades  de consumo—  y de los instrumentos  y materiales de trabajo necesarios para esta producción, es la condición previa a cualquier organización o actividad social compleja.

El materialismo histórico afirma que la manera como los hombres organicen su producción material constituye la base de toda organización social. Esta base determina a su vez todas las otras actividades sociales, a saber, la administración de las relaciones entre los grupos humanos (especialmente la aparición y desarrollo del Estado), la producción espiritual, el derecho, la moral, la religión, etc. Estas actividades llamadas superestructura social permanecen siempre de un modo u otro, ligadas a la base.

Esta idea ha chocado a mucha gente, y continúa chocándoles. ¿Por qué los Evangelios, la poesía de Ho- rnero, el Corán, los principios de derecho romano, el teatro de Shakespeare, la pintura de Miguel Ángel, la Declaración de los Derechos del Hombre, e incluso el Manifiesto Comunista han de depender del modo cómo los contemporáneos trabajaran sus campos y tejieran sus paños? Para comprender la tesis del materialismo histórico hace falta empezar por formularla de una manera exacta.

El materialismo histórico no afirma de ningún modo que la producción material («el factor económico») determine directamente e inmediatamente el contenido y la forma de todas las actividades llamadas de su- perestructura.  La base social que no es la actividad productiva  en tanto que tal, es menos aún «la producción material» tomada aisladamente. Son las relaciones sociales que los hombres establecen en la producción de su vida material. El materialismo histórico, hablando con propiedad, no es un determinismo económico sino más bien un determinismo socio-económico.

Por tanto, las actividades a nivel de superestructura no se derivan directamente de estas relaciones sociales de producción. No están .determinadas por ellas nada más que en última instancia. Entre los dos niveles de actividad social se intercalan una serie de mediaciones, que examinaremos brevemente en la subsección 3 de este capítulo.

Finalmente, si la base social determina en último término los fenómenos y actividades a nivel de super- estructura, éstos pueden a su vez luchar contra ella. Una ilustración será suficiente. El Estado ha tenido siempre una precisa naturaleza de clase, correspondiendo a una base socioeconómica determinada. Pero él puede A su vez modificar esa base. El Estado de la monarquía absoluta (siglos XVI-XVIII en Europa), salvando durante varios siglos la nobleza feudal de una ruina económica segura con punciones sobre las rentas de otras clases sociales, ha estimulado extremadamente la sustitución del modo de producción feudal por «I modo de producción capitalista

 

 

 

desarrollando el mercantilismo, el colonialismo, el estímulo a las manufacturas, el sistema monetario nacional, etc.

El hecho de que las actividades a nivel de la superestructura estén determinadas en último término por la base social puede ser explicado con varias razones. Los que controlan la producción material y el sobreproducto social controlan también a aquellos que viven del sobreproducto social. Que ideólogos, artistas y sabios acepten esta dependencia o se rebelen contra ella no deja de fijar el cuadro de su actividad. Las relaciones sociales de producción entrañan consecuencias en lo que se refiere a las formas de actividad en la esfera de la superestructura, lo  que  también  es  un  condicionamiento.   Las  relaciones  de  producción  van  acompañadas  de  formas  de comunicación predominantes en cada tipo de sociedad, lo que entraña la aparición de estructuras mentales predominantes que condicionan las formas del pensamiento y de creación artística, etc.

 

3. Producción material y producción espiritual

 

La dialéctica base/superestructura sociales nos remite a las relaciones entre la producción material y la producción espiritual. Un examen más profundo de estas relaciones permite comprender mejor la complejidad de esta dialéctica. Permite también subrayar la importancia del elemento activo en esta dialéctica, elemento que será tratado al final del Capítulo.

El materialismo histórico afirma que las relaciones de producción constituyen la base de toda sociedad, sobre la que se eleva la superestructura social. En efecto, a estos niveles conciernen  dos formas de actividad social diferentes. La producción material es el objeto fundamental de las actividades en el nivel de la base social. La producción ideológica (filosófica, religiosa, jurídica, política, etc.) artística y científica es el objeto fundamental de las actividades en el nivel de la superestructura social. Ciertamente, ésta engloba también las actividades del aparato del Estado que están lejos de reducirse tan sólo al dominio ideológico (el problema del Estado ha sido tratado en el capítulo III). Pero a parte de esta excepción, la distinción introducida parece pertinente.

El materialismo histórico se esfuerza por explicar la evolución de cada una de las dos esferas, su interdependencia y sus relaciones recíprocas. Esta explicación combina cuatro niveles de determinación:

a) Toda producción espiritual está relacionada de un modo u otro con el proceso de trabajo material. Opera siempre con una infraestructura material propia. Ciertas artes son emanación directa del trabajo material (función mágica de la pintura primitiva; orígenes de la danza en la formalización de gestos productivos; integración de cantos en la producción, etc.). Las revoluciones tecnológicas influyen profundamente en el arte, la ciencia, la producción ideológica. Ciencias como la geometría, la astronomía, la hidrografía, la biología, la química han nacido en correlación íntima con la agricultura de regadío, el desarrollo de la cría de animales y la metalurgia incipiente. La técnica de imprimir en el siglo XVI, la radio-televisión en el siglo XX, han condicionado no sólo la difusión sino incluso la forma de las ideas, así como algunos de sus contenidos. La influencia de las máquinas electrónicas sobre el desarrollo de la ciencia en el curso de los últimos años es evidente.

b) Toda producción espiritual evoluciona de acuerdo con una dialéctica interna que le es propia a su historia.

Cualquier filósofo, cualquier jurista, cualquier sacerdote, cualquier sabio comienza por ser estudiante. A través  de  sus  estudios,  asimila  más  o  menos  conceptos  (o  sistemas  de  conceptos)  que  han  sido producidos  anteriormente   y  transmitidos  como  tales  a  la  generación  presente.  Los  productores espirituales  consenvan,  modifican,  adaptan  o  transforman  estos  conceptos  o  hipótesis  de  trabajo siguiendo  procedimientos  de  producción  que  toman  prestados  o  que  inventan  en  el  marco  de  la dialéctica propia de su actividad. Cada nueva generación se esfuerza en conservar, profundizar, o en transformar  respuestas a interrogantes  surgidos de la materia a tratar. Puede descubrir, en ocasiones, nuevas interrogantes (que desde ese momento reclamarán respuestas «revolucionarias»: así surgen las revoluciones científicas, artísticas, filosóficas, etcétera). Puede, la nueva generación de productores espirituales, redescubrir interrogantes descartados por varias generaciones anteriores.

c) Pero estas modificaciones en el tratamiento de los conceptos ideológicos, de las formas artísticas, de las hipótesis de trabajo científico, no se hacen de un modo arbitrario, ni en cualesquiera condiciones socio- históricas.  Están  condicionadas,  suscitadas  o,  al  menos,  permitidas  por  un  contexto  y  por  unas necesidades socioeconómicas. El paso del animismo al monoteísmo no se realizó en el seno de pequeñas comunidades  primitivas limitadas a la recogida de frutos y a la caza. El concepto revolucionario  del

 

 

 

derecho privado no surgió con anterioridad a la institución social de la propiedad privada.  La teoría científica del valor-trabajo no ha podido perfeccionarse antes del advenimiento del capitalismo moderno. El desarrollo de la física mecánica está muy estrechamente ligado al de las máquinas.

Las  grandes  transformaciones  en  la  producción  espiritual  están  además  ligadas  a  estructuras  mentales particulares, predeterminadas por las estructuras sociales. No es una casualidad que todas las grandes tentativas de revolución política y social de los siglos XIII al XVII se hayan expresado bajo la forma ideológica de luchas religiosas, dada la primacía que la religión había adquirido en la superestructura de la

.sociedad  feudal.  Del mismo  modo,  la ascensión  de la burguesía  moderna  ha creado,  a partir de la

segunda mitad del siglo XVI, una estructura mental que transpone la autonomía y la competencia de los propietarios de mercancías en todos los terrenos de la producción espiritual (derecho natural, doctrinas pedagógicas  humanistas.  filosofía  idealista  alemana,  retratos  y  naturalezas  muertas  en  la  pintura, liberalismo político, economía política clásica liberal, etc.).

d) Finalmente, la evolución de la producción espiritual está determinada en último término por conflictos de interés social. Es un lugar común que los trabajos de los Enciclopedistas, al igual que las polémicas de Voltaire, la filosofía política de Jean Jacques Rousseau o que el análisis de los materialistas del siglo xvii i han sido como balas de cañón utilizadas por la burguesía manufacturera ascendente contra la monarquía absoluta y los restos decrépitos de la sociedad feudal. La función desarrollada por los socialistas llamados utópicos,  después por Marx y Engels, para acelerar la toma de conciencia  por el proletariado  de su naturaleza de clase, de su posición y de sus tareas en relación con la sociedad burguesa, es también evi- dente. Hoy mismo, la función de la astrología exaltando lo irracional y las doctrinas de «la sangre y el suelo» (Blut und Boden), en tanto que armas antiobreras y contrarrevolucionarias,  favoreciendo un clima pre-fascista, no puede ponerse en duda.

Estas determinaciones no implican la idea de una «conspiración organizada» entre clases sociales deter- minadas y productores espirituales en tanto que individuos, ni la idea de una complicidad deliberada por parte de todos estos productores con proyectos políticos determinados. Estas determinaciones reflejan una correlación objetiva que puede ser subjetivamente asumida, que lo es en ocasiones, pero que no tiene que serlo necesariamente.  Los productores espirituales pueden ser instrumentalizados  a su vez por fuerzas sociales. Esto no hace nada más que confirmar que es la existencia social lo que determina la conciencia, no tan sólo en el sentido de que ella la condiciona en último análisis, sino también en el sentido de que la existencia asigna a la conciencia una función determinada en la estructura y evolución de una sociedad dada.

 

 

4. Fuerzas productivas, relaciones sociales de producción y modos de producción

 

Cualquier producto fabricado por el hombre es el resultado de la com binación de tres elementos: el objeto del trabajo que es, directa o indirectamente una materia prima producida por la naturaleza; el instrumento de trabajo, que es un medio de producción más o menos desarrollado y creado por el hombre (desde los primeros garrotes de madera y hachas de piedra tallada hasta las máquinas automáticas más refinadas de hoy en día); el sujeto del trabajo, es decir, el trabajador. Como el trabajo es siempre, en última instancia, social y no individual, el sujeto del trabajo está insertado inevitablemente en las relaciones sociales de producción.

Aunque el objeto del trabajo y el instrumento de trabajo sean elementos indispensables en toda produc- ción, las relaciones sociales de producción no pueden concebirse de una manera «reificada», es decir, no deben ser vistas como si se tratara de relaciones entre cosas, o entre hombres y cosas. Las relaciones sociales de producción conciernen  a las relaciones entre hombres,  y solamente  a las relaciones  entre  los hombres.  Reúnen  el  conjunto  de relaciones que los hombres anudan entre ellos en la producción de su vida material. «El conjunto de relaciones», significa no tan sólo las relaciones en los lugares de trabajo propiamente dichos («at the point of production»), sino también las relaciones que tienen que ver con la circulación y la repartición de diferentes elementos del producto social que son indispensables para la producción material, especialmente el modo como los objetos e instrumentos de trabajo llegan a los productores inmediatos, la manera como éste obtiene su subsistencia, etc.

A un grado determinado de desarrollo de las fuerzas productivas, a una suma determinada de medios de

 

 

 

producción,  a una técnica y a una organización  determinada  del trabajo, corresponden  en general  relaciones  de producción que les son idóneas. En la edad de la piedra tallada, era difícil superar el comunismo pri mitivo de la horda  o de la tribu.  La agricultura  de regadío,  o la ayuda  de útiles  de hierro  libró un sobre-producto  social permanente  considerable  para  la  época  y  que  determinó  el  nacimiento  de  una  sociedad  de  clases  (sociedad esclavista, sociedad de modo de producción asiática, etc.). La agricultura basada en el rastrojo trianual creó los fundamentos materiales de la sociedad feudal. El nacimiento del maquinismo moderno aseguró el desarrollo del capitalismo moderno. Es difícil concebir la automatización generalizada sin que se debilite la producción mercantil y la economía monetaria, es decir, fuera de una sociedad socialista plenamente desarrollada y estabilizada.

Pero si bien es cierto que hay correspondencia  general entre el grado de desarrollo de las fuerzas pro- ductivas y las relaciones sociales de producción, hay que afirmar que esta correspondencia no es ni absoluta ni permanente. Puede producirse entre desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones de producción una doble desarticulación.  Relaciones  de producción  determinadas  pueden  convertirse  en freno  para el desarrollo  de las fuerzas productivas: es el signo más claro de que una forma social dada está condenada a desaparecer. Al contrario, nuevas  relaciones  de  producción,  que  son  el  resultado  de  una  revolución  social  victoriosa,  pueden  resultar adelantadas con relación al grado de desarrollo de las fuerzas productivas de un país determinado. Es te fue el caso de la revolución  burguesa  que resultó  victoriosa  durante  el siglo XVI en los Países Bajos, y de la victoriosa revolución socialista de octubre de 1917 en Rusia.

No es casualidad que estos dos casos de desarticulación coincidan con períodos históricos de transfor- maciones sociales profundas, con períodos de revoluciones sociales. La desarticulación puede operarse también en el seno de un retroceso  secular  de las fuerzas  productivas,  como sucedió  en la época de declive  del Imperio Romano en Occidente, o en la época de declive del Califato Oriental en el Medio Oriente.

Más bien que concebir su interrelación como una correspondencia mecánica, habría que considerar que es la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales,  la que determina en su mayor parte la sucesión de las grandes  épocas  de  la  historia  humana.  Cada  modo  de  producción  pasa  por  fases  sucesivas  de  nacimiento, ascensión, madurez, declive, caída y desaparición. En último término, estas fases dependen de la manera có mo las relaciones de producción, en un principio nuevas, después consolidadas, más tarde en crisis, favorezcan, permitan o entorpezcan el desarrollo de las fuerzas productivas. La articulación entre esta dialéctica y la lucha de clases es evidente.  No es nada más que a través  de la acción  de una clase social  o de varias  clases  sociales  como  las relaciones de producción pueden ser, o introducidas o conservadas o derribadas.

Cada formación social, es decir, cada sociedad en un país determinado, en una época determinada, está caracterizada  siempre  por  un  conjunto  de  relaciones  de  producción.  Una  formación  social  sin  relaciones  de producción sería un país sin trabajo ni producción, es decir, un país sin habitantes ni sociedad. Pero cada conjunto de  relaciones  sociales  de  producción  no  implica  necesariamente  la  existencia  de  un  modo  de  producción estabilizado, ni la homogeneidad de estas relaciones de producción.

Un modo de producción estabilizado, es un conjunto de relaciones de producción que se reproducen más o menos automáticamente por el mismo funcionamiento de la economía, por el juego normal de la reproducción de  las  fuerzas  productivas,  con  un  papel  correlativo  más  o  menos  importante  de  ciertos  factores  de  la superestructura social. Este fue el caso, durante siglos, en numerosos países, del modo de producción asiático, esclavista, feudal, capitalista. Este fue el caso, durante milenios, del modo de producción del comunismo tribal. Un modo de producción  es, en este sentido,  una estructura  que no puede ser modificada  fundamentalmente  por evolución, adaptación o autorreforma. Su lógica interna no puede superarse nada más que en el caso de que sea trastocado ese modo de producción.

Al contrario, en periodos históricos de transformaciones  sociales profundas, se pueden reconocer con- juntos  de relaciones  de producción  que no tienen  la naturaleza  de un modo  de producción  estabilizado.  Un ejemplo típico es el de la época de predominancia  de la pequeña producción  mercantil (siglos XV-XVI en los Países Bajos, en Italia del Norte y después en Inglaterra), en la que no prevalecen ni las relaciones entre siervos v señores, ni las de capitalistas y productores asalariados, prevaleciendo las de productores libres que tenían acceso directo  a  los  medios  de  producción.  Lo  mismo  sucede  en  lo  que  respecta  a  las  relaciones  de  producción características de los Estados obreros burocratizados de hoy en día. Ni en un caso ni en otro se puede descubrir la existencia de un modo de producción estabilizado En todas estas  sociedades con fases de transición, las relaciones de producción híbridas no son estructuras que se autorreproducen de un modo más o menos automático. Pueden conducir bien a la restauración de la antigua sociedad, bien al advenimiento de un nuevo modo de producción.

 

 

 

Esta alternativa histórica está obviada por una serie de factores, entre los que sobresale especialmente el desarrollo suficiente o insuficiente de las fuerzas productivas, el resultado de la lucha de clase en un país dado y a escala internacional, el juego de elementos superestruclurales v subjetivos (papel del Estado, papel del partido, nivel de combatividad v de conciencia de la clase revolucionaria, etc.).

Por otra parte, incluso cuando existe un modo de producción estabilizado, las relaciones de producción no son necesariamente homogéneas. Incluso no lo son casi nunca. En cada formación social concreta hay siempre una combinación entre relaciones de producción características del modo de producción existente,

y   vestigios   no   enteramente   reabsorbidos   de   relaciones   de   producción   anteriores   y   superadas históricamente desde hace tiempo. Por ejemplo, prácticamente todos los países imperialistas conocen aun, en la agricultura,  vestigios  de la pequeña  producción  mercantil  (pequeños  propietarios  campesinos  que trabajan  sin mano de obra asalariada), e incluso vestigios de relaciones de producción feudal (aparcería). En estos casos está justificado hablar de un modo de producción estabilizado cuando la predominancia de relaciones de producción que le son características es tal que las reproduce automáticamente, dominando el conjunto de la vida económica con su lógica interna, con sus leyes de desarrollo.

Un ejemplo característico de relaciones de producción híbridas dominadas por un modo de producción hegemónico es el de las formaciones  sociales llamadas del tercer mundo (países subdesarrollados,  ver capítulo VII). Codo a codo existen relaciones de producción precapitalistas,  semicapitalistas  y capitalistas,  combinadas de manera fija por la presión de las estructuras imperialistas de la economía internacional. A pesar de la predominancia del Capital, y a pesar de la inserción en el sistema imperialista, las relaciones de producción capitalistas (antes que nada la relación «trabajo asalariado-capital productivo) no se generalizan en absoluto, si bien existen y se extienden lentamente. Pero este hecho apenas justifica la designación de estas formas sociales como «países feudales», ni la hipótesis de la predominancia de las relaciones de producción feudales o semifeudales en su seno, error teórico cometido por numerosos teóricos de inspiración estalinista o maoista.

 

5. Determinismo histórico y práctica revolucionaria

 

El materialismo histórico es una doctrina determinista. Su tesis fundamental afirma que es la existencia social lo que determina  la conciencia  social. La historia  de las sociedades  humanas  se puede explicar  y no es fortuita  o  arbitraria.  Su  desarrollo  no  depende  de  caprichos  imprevisibles,  ni  de  mutaciones  genéticas,  ni  de algunos  «grandes  hombres»  o  de  una  multitud  atomizada.  Se  explica  en  último  término  por  la  estructura fundamental  de la sociedad de cada época determinada  y por las contradicciones  esenciales de esta estructura. Desde que la sociedad está dividida en clases, se explica por la lucha de clases.

Pero si bien el materialismo histórico es una doctrina determinista, lo es en el sentido dialéctico y no mecanicista del término. El marxismo excluye el fatalismo. Más exactamente, se opone a cualquier tentativa de transformar el marxismo en un fatalismo o evolu cionismo automático, eliminando una dimensión fundamental.

Si bien incluso sus elecciones están predeterminadas  por coacciones materiales y sociales, a las que no puede escapar, la Humanidad  puede acabar por forjar su propio destino en el marco de estas coacciones. Los hombres  hacen  su  propia  historia.  Aunque  son  producto  de  condiciones   materiales   determinadas,   estas condiciones materiales son a su vez producto de la práctica social de los hombres.

Esta superación del viejo idealismo histórico («las ideas  o los grandes hombres, hacen la historia») y del viejo materialismo mecanicista («los hombres son producto de las circunstancias») viene a ser como la partida de nacimiento del marxismo. Está contenida en las famosas «Tesis sobre Feuerbach» que concluyen  «La Ideología alemana» de Marx y Engels.

Esto significa, entre otras cosas, que la salida de cada gran época de convulsiones sociales de la historia es incierta.  Puede  desembocar  en  la  victoria  de  la  clase  revolucionaria.  También  puede  desembocar  en  la descomposición recíproca de todas las clases fundamentales de la sociedad considerada, como sucedió con el final del modo de producción esclavista antiguo. La historia no es una suma lineal de progresos. Muchas formaciones sociales del pasado han desaparecido sin dejar apenas rastro, especialmente como consecuencia de la ausencia o debilidad de una clase revolucionaria capaz de facilitar el camino hacia el progreso.

La decadencia evidente del capitalismo contemporáneo no desemboca en la victoria inevitable del socia- lismo. Desemboca en la alternativa «socialismo o barbarie». El socialismo es una necesidad histórica para permitir

 

 

 

un nuevo desarrollo de las fuerzas productivas conforme a las posibilidades de la ciencia y de la técnica contemporáneas.  Es sobre tod o una necesidad humana, para permitir la satisfacción  de las necesida des que el progreso de la ciencia y de la técnica han despertado en los hombres, y para satisfacer estas necesidades en tales condiciones que se asegure la realización de todas las potencialidades humanas en todos los individuos, de todos los pueblos, sin destruir el equilibrio ecológico. Pero lo que es necesario no se realiza necesariamente.  Sólo la acción revolucionaria  y consciente  del proletariado  puede asegurar el triunfo del socialismo.  De otro modo, el enorme  potencial  productivo  de  la  ciencia  y  de  la  técnica  contemporánea  asumirá  una  forma  cada  vez  más destructiva para la civilización, para la cultura, para el hombre, para la naturaleza y aun para la vida de nuestro planeta.

Es la práctica social de los hombres lo que crea las estructuras sociales que a continuación los ingiere. Es con la práctica social revolucionaria como esas mismas estructuras pueden ser transformadas. El marxismo es determinista en la medida en que afirma que estas transformaciones no pueden hacerse de cualquier forma. Sobre la base de las fuerzas productivas contemporáneas, es imposible reintroducir el feudalismo o el comunismo de las pequeñas comunidades autárquicas de productores-consumidores.  Es determinista en el. sentido de que afirma que revoluciones  sociales  progresistas  («forlschrittliche»)  no  son  posibles  nada  más  que  si  en  el  seno  de  la  vieja sociedad han madurado las precondiciones materiales y las fuerzas sociales que permitan crear una organización social superior.

Pero el marxismo no es fatalista, pues no postula que el advenimiento de esta nueva sociedad sea pro- ducto inevitable de la maduración de las precondiciones materiales y sociales necesarias para su aparición. Este advenimiento no puede surgir nada más que como resultado de luchas entre fuerzas sociales vivas. Es el resultado, en último término, del grado de eficacia de la acción revolucionan.   Si éste está a su vez parcialmente condicionado por circunstancias y relaciones de las fuerzas sociales, la acción revolucionaria puede transformar, a su vez la evolución de estas circunstancias y relaciones de fuerza, frenarla o acelerarla. Incluso relaciones de fuerza eminentemente favorables pueden ser desaprovechadas por deficiencias subjetivas de la clase revolucionaria. En este sentido, en nuestra época de revoluciones y de contrarrevoluciones, el «factor subjetivo de la historia» (la conciencia de clase y la dirección revolucionaría del proletariado) juega un papel primordial para determinar  el resultado de las grandes batallas de clase, para decidir el porvenir del género humano.

 

6. Alienación y emancipación

 

Durante milenios, la Humanidad ha vivido en una dependencia estrecha de las fuerzas incontroladas de la naturaleza. No podía sino buscar el modo de adaptarse a un medio natural que le venía dado a cada pequeño grupo humano. Era prisionera de un horizonte estrecho y reducido, a pesar de lo cual varias sociedades primitivas han podido desarrollar de manera notable ciertas potencialidades humanas (por ejemplo, la pintura paleolítica).

Con el desarrollo de las fuerzas productivas, la Humanidad consigue invertir esta relación de dependencia absoluta. Tiene éxito al someter cada vez más las fuerzas de la naturaleza, en controlarlas, en domesticarlas, en utilizarlas conscientemente con el fin de acrecentar la producción, diversificar sus necesidades, desarrollar sus potencialidades,  amplificar sus relaciones sociales que acaban por englobar todo nuestro pla neta, y por unificar potencialmente la Humanidad.

Cuanto más se liberan los hombres de las fuerzas de la naturaleza,  más se alienan en relación con su propia organización social. A medida que las fuerzas productivas crecen, que la producción material progresa, que las relaciones de producción se convierten en las de una sociedad dividida en clases, la masa de la Humanidad ya no controla el conjunto de su producción ni el conjunto de su actividad productiva. La Humanidad ya no controla su destino social. En la sociedad capitalista, la pérdida de ese control llega a ser total. Liberada del servilismo a la fatalidad de la naturaleza, la Humanidad aparece cada vez mas sometida a la fatalidad de su organización social. Una suerte ciega parece condenar a la Humanidad no tan sólo a sufrir los efectos irresistibles de las inundaciones y de  los  temblores  de  tierra,  de  epidemias  y  de  sequías,  sino  también  los  de  las  guerras  y  crisis  económicas, dictaduras sangrientas y destrucciones criminales de las fuerzas productivas, y aun los del aniquilamiento nuclear. El temor de estos cataclismos inspira aún más angustia que el miedo al rayo, o a la maldición de la muerte.

Sin embargo, el mismo desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas que llega hasta el extremo de la alienación en relación con su propia producción y su propia sociedad, crea, bajo el capitalismo, la posibilidad de

 

 

 

una verdadera emancipación del hombre, como ya hemos indicado al final del capítulo II. Esta posibilidad debe ser concebida en un doble sentido. La Humanidad será cada vez más capaz de controlar y de autodeterminar su desarrollo social, asi como las transformaciones del medio natural en e1 que se produce. La Humanidad será cada vez más capaz  de explotar  todas  sus potencialidades  de desarrollo  individual  y social,  hasta  aquí ahogadas  o mutiladas por la insuficiencia de su control sobre las fuerzas de la naturaleza y sobre la organización y el devenir social.

La construcción de una sociedad sin clases, después el advenimiento de una sociedad comunista, implica la emancipación del trabajo, la emancipación del hombre en tanto que productor. Los trabajadores se convertirán en dueños de sus productos y de sus procesos de trabajo. Escogerán sus prioridades en la repartición del producto social. Decidirán colectivamente y democráticamente  las cargas de la producción, los sacrificios en el ocio y en el consumo cotidiano, que habrán de gobernar esa repartición.

Ciertamente,  estas  elecciones  continuarán  efectuándose  en  un  marco  apremiante.  Ninguna  sociedad humana  puede  consumir  de antemano  lo que  produce,  sin  reducir  sus  reservas  y recursos  productivos  y sin condenarse a reducir más tarde su consumo cotidiano, a partir de que el agotamiento de las reservas y la reducción de los recursos productivos alcance un cierto umbral. En este sentido la fórmula de F. Engels, según la cual la libertad es el reconocimiento de la necesidad, permanece como cierta incluso para la sociedad comunista. «Hacerse cargo de la necesidad»  sería más correcto que «reconocimiento»,  pues cuanto más se acrecienta  el control del hombre sobre sus condiciones naturales y sociales de existencia, más se multiplican las variantes en las respuestas posibles a las condiciones apremiantes, y más se emancipa el hombre de la obligación de adoptar una respuesta única.

Pero hay una segunda dimensión en la desalienación humana que amplia singularmente la esfera de la libertad humana. Cuando se han satisfecho todas las necesidades básicas de los hombres, cuando la reproducción de  esta  abundancia  está  asegurada,  la  solución  de  los  problemas  materiales  deja  de  ser  prioritaria  para  la Humanidad. E1 hombre se emancipa del servilismo del trabajo mecánico no creador. Se libera de la necesidad de medir de un modo mezquino el empleo de su tiempo, de consagrarlo a la producción material. El desarrollo de actividades  creativas, el desarrollo de su rica individualidad,  el desarrollo de relaciones humanas cada vez más amplias, será más importante que la acumulación creciente sin cesar de bienes materiales' cada vez menos útiles.

La práctica social revolucionaria transformará no tan sólo las relaciones de producción. Transformará toda la organización social, todos los hábitos tradicionales, la mentalidad y la psicología de los hombres. El egoísmo material y el espíritu de concurrencia  se marchitarán  al no  ser alimentados  por la experiencia  cotidiana  y por intereses mayores.

La Humanidad transformará su medio geográfico, la configuración del globo, el clima y la repartición de las grandes reservas de agua, todo ello preservando o restableciendo el equilibri o ecológico. Transformará hasta sus propias bases biológicas. No podrá salir airosa de estas apuestas de una manera absolutamente voluntarista, independientemente  de las precondiciones  y de una infraestructura  material  suficiente.  Pero una vez se haya asegurado esta infraestructura, es la Humanidad activa y cada vez más libre de escoger, quien actuará como palanca principal para la creación del hombre nuevo. El hombre comunista libre y desalienado. En este sentido, es correcto hablar de un humanismo marxista y comunista.

 

 

Bibliografía

K. Marx; Prefacio de «Contribución a una crítica de la economía política».

K. Marx-F. Engels: La ideología alemana.

F. Engels: Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.

— Del socialismo utópico al socialismo científico.

— El papel del trabajo en la humanización del mono.

N. Bujarin. El materialismo histórico.

F. Mehring: La leyenda de Lessing.

— Ensayos sobre el materialismo histórica.

G. Plejánov: El arte y la vida social.

G. Lukács: Crítica del Manual de Sociología de N. Bujarin (El hombre y la sociedad, núm. 2, 1966). Tran-Duc-Thau: Sobre  el  nacimiento de la conciencia y del lenguaje.

E.  Mandel: Formación  del pensamiento económico  de Karl Marx (dos últimos capítulos). A. Gramsci: El materialismo histórico. (Extracto de las notas de prisión.)

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