© Libro No. 500. Introducción
al Marxismo. Mandel, Ernest. Colección E.O. Octubre
12 de 2013.
Títulos originales: © Introducción al Marxismo. Ernest Mandel
Versión Original: © Introducción al Marxismo. Ernest Mandel
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Introducción al
Marxismo
de Ernest Mandel
ÍNDICE
Prólogo
a la edición española…………………………………………………………...…………….. .. 02
Prólogo……………………………………………………………… ……...……. 03
La
desigualdad social y las luchas sociales a través de la
historia…………………………………...…… 04
Las
fuentes económicas de la desigualdad social………………………………………………...…...…. 09
El
Estado, instrumento de dominac ión de
clase………………………..…………………………...…. 14
De
la pequeña producción mercantil al
modo de producción capitalista…
...……………………….... 18
La
economía capitalista………………………………………………………… 23
El
capitalismo de los monopolios……………………………………………………..……………….. 31
El
sistema imperialista mundial…………………………………………………………………....…… 36
Los
orígenes del movimiento obrero moderno……………………………………….………….…….. 41
Reformas
y revolución… ……………………………………………………..…………………...…… 45
Democracia
burguesa y democracia proletaria………………………………..……………………..….. 50
La
primera guerra imperialista y la revolución rusa………………………………...…………………… 55
El
stalinismo…………………………………………………………….………………………….….. 60
De
las luchas cotidianas de las masas a la
revolución socialista mundial…………………………..…… 67
La
conquista de las masas por los revolucionarios ……………………………………………...……… 72
El
advenimiento de la sociedad sin clases………………………………….…………………….……... 79
La
dialéctica materialista………………………………………………………………….....…….……. 83
El
materialismo histórico………………………………………………….……………………..…….. 90
Prólogo a la edición española
Esta edición de la «Introducción al marxismo» es la única
edición española regular y completa. Contiene una serie de capítulos
suplementarios respecto a una edición precedente, que apareció sin el
consentimiento previo del autor.
Las «introducciones» a todas las ciencias humanas
constituyen siempre una tarea peligrosa. Más aún las «introducciones al
marxismo», que corren el riesgo de caer en la simplificación, la vulgarización
y el esquematismo excesivos. Hemos intentado superar estos problemas.
Solamente la experiencia práctica, es decir, la reacción de
los lectores, demostrará si este esfuerzo ha logrado verdaderamente alcanzar el
éxito.
El objetivo esencial de una «introducción al
marxismo». Debería ser, por una parte,
dar al lector —especialmente a los trabajadores y a los jóvenes que empiezan a
interesarse por el socialismo científico— una visión de conjunto, que le
permita comprender los rasgos esenciales de la doctrina de Marx y sus
conexiones reciprocas y, por otra parte, despertar en él la afición al estudio
profundo y animarle a leer las obras fundamentales de Marx, Engels y sus
principales discípulos.
Si esta modesta obra contribuye a alcanzar esos fines, en
una parte de sus lectores, el autor habrá hecho un trabajo útil.
Una «introducción»
no puede sustituir jamás al
estudio de las obras clásicas
del marxismo. El sucedáneo no puede reemplazar jamás al original.
ERNEST MANDEL , Febrero 1977
Prólogo
Esta «introducción al marxismo» es el resultado
de varias experiencias de cursos dados a jóvenes militantes, en distintos
momentos de los últimos quince años. Fue hecha en función de las necesidades
pedagógicas que constatamos, y que pueden diferir según los países y los
ambientes. Por tanto, no tiene ninguna pretensión de servir de «modelo».
Si bien se tratan elementos básicos de la
teoría del materialismo histórico, de la teoría económica marxista, de la
historia del movimiento obrero y de los problemas de estrategia y táctica del
movimiento obrero de nuestra época, aparece en ella una «innovación»,
desconcertante a primera vista: el
capítulo sobre la dialéctica
materialista y el que expone de
un modo sistemático la teoría del
materialismo histórico, se encuentran al final, y no al principio del texto.
Evidentemente, no se trata de una «revisión
metodológica», sino de una lección extraída de una comprobación experimental:
iniciar un curso sobre el marxismo con un capítulo sobre la dialéctica, es más
adecuado para la formación de cuadros, que para la iniciación de militantes.
Estos últimos asimilan mejor la teoría si se les expone de la forma más
concreta posible. Por ello es preferible partir de aquello que es
inmediatamente verificable —la desigualdad social, la lucha de clases, la
explotación capitalista— y concluir en las nocienes más abstractas y más
fundamentales de la dialéctica, como lógica universal del movimiento y de la
contradicción, después de haber clarificado el movimiento de la sociedad y las
contradicciones que lo atraviesan.
Esto no es más que una opción basada en una exp
eriencia pedagógica personal. No es necesario decir que otras experiencias
podrían conducir a conclusiones diferentes; estamos dispuestos a retomar una
estructura más tradicional de la Introducción, si se nos demuestra, con el
apoyo de experiencias, que el método de exposición tradicional permite asimilar
mejor la esencia del marxismo a los militantes de base. Sin embargo, y por el
momento, nos permitimos dudar de ello.
Ernest Mandel
La desigualdad social y las luchas
sociales a través de la Historia
1. La desigualdad social en la sociedad
capitalista contemporánea
En
Bélgica existe una pirámide de bienes patrimoniales y de poder social. En la
base de esta pirámide se encuentra una tercera parte de los ciudadanos, que solo poseen lo que ganan y gastan, año
tras año; ellos no pueden ahorrar, ni
adquirir riquezas. En
la cumbre de
la pirámide se
encuentran un cuatro
por ciento de los ciudadanos, que poseen la mitad
de la fortuna privada de la nación. Menos de un uno por ciento de los
belgas poseen más de la mitad de la fortuna mobiliaria del país. Entre ellos,
doscientas familias controlan los grandes holdings que dominan el conjunto de
la vida económica nacional.
En
los Estados Unidos, una comisión
del Senado ha calculado que menos
del uno por ciento de las familias poseen el 80 por 100 de todas Jas acciones
de las sociedades anónimas, y que el 0,2 por 100 de las familias poseen más de
las dos terceras partes de estas acciones. Como (con algunas excepciones) toda
la industria y las finanzas en los Estados Unidos está organizada sobre la base
de la «sociedad anónima», pode mos decir que el 99 por 100 de los ciudadanos
USA tienen un poder económico inferior al del 0,1 por 100 de la población.
En
Suiza. el 2 por 100 de la población posee más del 67 por 100 de la fortuna
privada.
La desigualdad
de las rentas
y de las
fortunas no es
solamente un hecho
económico; implica una desigualdad ante las posibilidades de
supervivencia, una desigualdad ante la muerte Así, en Gran Bretaña, antes de la
guerra, la mortalidad infantil en las familias de obreros no especializados,
fue más del doble que en las familias burguesas. Una estadística oficial indica
que en Francia, en el año 1951, la mortalidad infantil alcanzó las cifras
siguientes: 19,1 fallecimientos por 1.000 nacimientos en las profesiones liberales; 23,9 en la
burguesía patronal;
28,2 en
los empleados de
comercio; 34,5 en
los comerciantes; 36,4
en los artesanos;
42,5 en los
obreros cualificados; 44,9 en los campesinos y obreros agrícolas; 51,9
en los obreros semicalificados y 61,7 en el peonaje. Diez años más tarde, estas
proporciones no habían variado prácticamente, aunque la tasa de mortalidad
infantil había disminuido en cada una de las categorías.
Recientemente,
el diario conservador belga La Libre Belgique publicó un estudio conmovedor
sobre la formación del lenguaje en el niño. Este estudio confirma que el
handicap que un niño de familia pobre sufre frecuentemente, durante los dos
primeros años de su vida, a consecuencia del subdesarrollo cultural impuesto
por la sociedad de clases, produce consecuencias duraderas, en cuanto a la
posibilidad de asimilar conocimientos científicos, consecuencias que una
enseñanza «igualitaria», no compensadora, es incapaz de neutralizar.
La vieja
afirmación de que la desigualdad
social ahoga el
surgimiento de millares
de Mozart, de
Shakespeare
o de Einstein entre los niños del pueblo, sigue siendo cierta en plena
«sociedad del bienestar».
En
nuestra época, debemos tener en cuenta, no solamente las desigualdades sociales que existen en el interior de cada
país, sino también la desigualdad entre un pequeño grupo de países avanzados,
desde un punto de vista industrial, y la
mayor parte de
la humanidad, que
vive en los
países llamados subdesarrolla dos (países coloniales y semicoloniales).
Así,
los Estados Unidos producen más de la mitad de la producción industrial y
consumen más de la mi- tad de un gran número
de materias primas industriales,
dentro del mundo capitalista.
550 millones de indios disponen
de menos acero y menos energía eléctrica que nueve millones de belgas. La renta
real per cápita en los países más pobres del mundo, no es más que el 8 por 100
de la renta per cápita en los países más ricos. El 67 por
100
de los habitantes del mundo sólo acceden
al 15 por 100 de la renta mundial. En la India, por cada 1.000
nacimientos,
hay treinta veces más madres que mueren de las consecuencias inmediatas de la
maternidad, que en los Estados Unidos.
Un
habitante de la India consume diariamente tan sólo la mitad de las calorías que
consumimos en los países avanzados. La esperanza de vida, que en Occidente
supera los sesenta y cinco años, llegando en ciertos países a los setenta años,
apenas alcanza a los treinta años en la India.
2. La desigualdad social en las sociedades
anteriores
En
todas las sociedades que se han sucedido en el curso de la historia (es decir,
en el curso del período de existencia
de la humanidad
sobre la tierra,
del que disponemos
de testimonios escritos),
encontramos una desigualdad
social comparable a la que existe en el mundo capitalista.
Veamos
una descripción de la miseria de los campesinos franceses, a finales del siglo
XVII, tomada de los
«caracteres»
de La Bruyére:
«Se
observan varios animales salvajes, machos y hembras diseminados por el campo,
negros, lívidos y que- mados por el sol. aferrados a la tierra que cavan y
remueven con una obstinación invencible; poseen algo parecido a una voz
articulada y. cuando se yerguen sobre sus pies, muestran un rostro humano; y,
en efecto, son hombres. Por la noche se retiran a sus chozas, donde viven de
pan negro, de agua y de raíces...»
Comparar
este retrato de los campesinos de la época con las brillantes fiestas que
celebraba Luis XIV en la corte de Versalles. con el lujo de la nobleza y los
derroches del Rey, nos proporciona una imagen sobrecojedora de la desigualdad
social.
En
la sociedad de la Alta Edad Media, en la que predominaba la servidumbre, el
señor disponía frecuentemente de la mitad del trabajo o de la mitad de la
cosecha de los campesinos-siervos. Numerosos señores tenían centenares,
o incluso millares
de siervos. Por
tanto, cada uno
de ellos obtenía
anualmente bienes equivalentes a
los de centenares o millares de campesinos.
Algo
parecido ocurría en las sociedades del Oriente clásico (Egipto, Sumeria,
Babilonia, Persia, India, Chi- na, etc.) sociedades basadas en la agricultura, en las que los propietarios de la tierra eran o los señores, o los
sacerdotes, o los reyes (representados por los agentes recaudadores del fisco
real).
La
«Sátira de los Oficios», escrita en el Egipto de los faraones, hace 3.500 años,
nos ha dejado la imagen de los campesinos explotados por esos escribas reales,
a quienes comparaban con las bestias nocivas y los parásitos.
En
cuanto a la antigüedad greco-romana, su sociedad estaba basada en la
esclavitud. Abandonando pro- gresivamente el trabajo manual sobre los esclavos,
los habitantes de las ciudades antiguas pudieron consagrar gran parte de su
tiempo a actividades políticas, culturales, artísticas y deportivas: en parte
gracias a ello, la cultura pudo alcanzar entonces un nivel elevado.
3. Desigualdad social y desigualdad de clase
Toda
desigualdad social no es una desigualdad de clase. La diferencia de
remuneración entre un peón v un obrero cualificado no hace que estos dos
hombres se conviertan en miembros de dos clases sociales diferentes.
La
desigualdad de clase es una desigualdad que tiene sus raíces en la estructura y
el funcionamiento normal de la vida económica, y que se conserva y acentúa por
las principales instituciones sociales y jurídicas de la época.
Precisemos
esta definición con algunos ejemplos:
En
Bélgica, para llegar a ser un gran industrial, es preciso reunir un capital que
puede evaluarse en medio millón de francos por obrero empleado. Así, una
pequeña fábrica de 100 obreros exige la concentración de un capital de, al
menos, 50 millones de francos.
Ahora
bien, el salario neto de un obrero casi nunca supera los 260.000 francos
anuales. Incluso trabajando cincuenta
años, y no
gastando ni un
céntimo en comer
y en vivir,
no podría reunir
suficiente dinero para convertirse en un capitalista. El
sistema de salarios, que es una de las características de la estructura de la
economía capitalista, representa, pues,
una de las
raíces de la
división de la
sociedad capitalista en
dos clases fundamentalmente diferentes; la clase obrera que, a partir de
sus rentas, jamás puede llegar a ser propietaria de medios de producción, y la
clase de los propietarios de los medios de producción, los capitalistas.
Es
cierto que, junto a los capitalistas propiamente dichos, algunos técnicos
pueden acceder a los puestos
de
dirección de las empresas. Pero ello requiere una formación técnica de nivel
universitario. Y, durante las últimas décadas, en Bélgica, sólo de un 5 a un 7
por 100 de los estudiantes eran hijos de obreros. Lo mismo ocurre en la mayoría
de los países imperialistas.
Las
instituciones sociales impiden el acceso de los obreros a la propiedad
capitalista, tanto a causa de sus rentas
como por el sistema de la enseñanza superior.
Así mantienen, conservan, perpetúan
la división de Ja sociedad en
clases, tal como existe actualmente.
Incluso
en los Estados Unidos, donde se exhiben orgullosamente los ejemplos de
«beneméritos hijos de obreros que han llegado a ser multimillonarios a fuerza
de trabajar», una encuesta ha demostrado que el 90 por 100 de los directores de
las empresas más importantes, provienen de la alta y la media burguesía.
De
este modo, a lo largo de la historia, encontramos una desigualdad social
cristalizada en desigualdad de clase. En cada una de esas sociedades podemos hallar una clase de productores que hace vivir de su trabajo al conjunto de
la sociedad y una clase dominante que vive del trabajo de los demás:
—
Campesinos y sacerdotes, señores o recaudadores en los imperios de Oriente.
—
Esclavos y amos en la antigüedad grecorromana.
—
Siervos y señores feudales en la Alta Edad Media.
—
Obreros y capitalistas en la época burguesa.
4. La igualdad social en la prehistoria humana
Pero
la historia sólo representa una rama menor de la vida humana sobre nuestro
planeta. Le precede la prehistoria, la época de la existencia de la humanidad
en que la escritura y la civilización eran aún desconocidas. Ciertos pueblos
primitivos han permanecido en condiciones prehistóricas
hasta fechas recientes, incluso
hasta nuestros días. Pues
bien, durante la
mayor parte de
su existencia prehistórica,
la humanidad ha
ignorado la desigualdad de clase.
Comprendemos
la diferencia fundamental entre una comunidad primitiva y una sociedad de
clases examinando algunas de las instituciones de esas comunidades.
Así,
numerosos antropólogos nos han hablado de la costumbre existente en varios
pueblos primitivos, costumbre que consiste en organizar grandes fiestas después
de la recolección. La antropólogo Margaret Mead ha descrito estas fiestas en el
pueblo papua de los Arapech (Nueva Guinea). Todos los que han logrado una
cosecha superior a la media invitan a toda su familia y todos sus vecinos, y la
fiesta continúa hasta que la mayor parte de ese excedente ha desaparecido.
Margaret
Mead añade:
«Estas
fiestas representan un medio adecuado para impedir que un individuo acumule
riquezas...»
Por
otra parte, el antropólogo Asch ha estudiado las costumbres y el sistema de una
tribu que vive en
el
sur de los Estados Unidos, la tribu de los Hopi. En esta tribu, contrariamente
a lo que ocurre en nuestra sociedad, el principio de la competencia individual
se considera rechazable desde el punto de vista moral, Cuando los niños Hopi
juegan y hacen deporte, jamás cuentan los «tantos» y siempre ignoran quién «ha
ganado».
Cuando
las comunidades primitivas aún no divididas en clases practican la agricultura
como actividad; económica principal y ocupan un territorio determinado no
instalan la explotación colectiva del suelo. Cada familia recibe campos en
usufructo durante un determinado periodo. Pero estos campos son redistribuidos
con frecuencia para evitar favorecer a algún miembro de la comunidad a expensas
de los otros. Las praderas y los bosques son explotados en común.
Este
sistema de la comunidad aldeana, basada en la ausencia de la propiedad privada
del suelo, se encuentra en el origen de la agricultura en casi todos los
pueblos del mundo. Esto demuestra que en aquel momento la sociedad no estaba
aún dividida en clases, a nivel de aldea.
Los lugares
comunes con los
que se nos
golpea constantemente los
oídos, y según
los cuales la desigualdad social estaría enraizada en la
desigualdad de los talentos o de las capacidades de los individuos, según los
cuales la división de la sociedad en clases seria el producto del «egoísmo
innato en los hombres» y, por tanto, en la «naturaleza humana», no poseen
ninguna base científica. La opresión de una clase social por otra no es el
producto
de la «naturaleza humana» sino de una evolución histórica de la sociedad. La
opresión no ha existido siempre. No existirá siempre. No ha habido siempre
ricos y pobres, y no los habrá por siempre.
5. La rebelión contra la desigualdad social a
través de la historia
La
sociedad dividida en clases, la propiedad privada del suelo y de los medios de
producción no son de ningún modo producto de la «naturaleza humana». Son el
producto de la evolución de la sociedad y de sus instituciones económicas y
sociales. Vamos a ver cómo nacieron y cómo desaparecerán.
En
efecto, desde que apareció la división de la sociedad en clases, el hombre
manifiesta nostalgia de la antigua vida comunitaria. Encontramos las
expresiones de esta nostalgia en el sueño de la «edad de oro» que sería situada
en los albores de la existencia humana sobre la tierra, sueño que describen los
autores clásicos chinos, y los griegos y latinos. Virgilio dice claramente que
en la época de esta edad de oro las cosechas eran compartidas en común, lo que
quiere decir que la propiedad privada no existía.
Numerosos
filósofos y sabios célebres han considerado que la división de la sociedad en
clases representa la fuente de la enfermedad social, y han elaborado proyectos
para suprimirla.
He
aquí cómo el filósofo griego
Platón caracteriza el origen de las desgracias que se abaten
sobre la sociedad: «Incluso la ciudad más pequeña está dividida en dos partes,
una ciudad de los pobres y una ciudad de los ricos que se oponen (como) en
estado de guerra.»
Las
sectas judías que pululan al comienzo de nuestra era, y los primeros Padres de
la Iglesia que han continuado la tradición en los siglos III y IV de nuestra
era, son así mismo feroces partidarios de un retorno a la comunidad de bienes.
San
Bernabé escribe: «No hablarás nunca de tu propiedad, pues si tú gozas en común
de tus bienes espirituales, aún será más necesario gozar en común de tus bienes
materiales.» San Cipriano ha pronunciado numerosos alegatos en favor del
reparto igualitario de los bienes entre todos los hombres. San Juan Crisostomo
es el primero que exclama: «la propiedad es un robo». Incluso San Agustín ha
comenzado por denunciar el origen de todas las luchas y de todas las violencias
sociales en la propiedad privada, para modificar más tarde su punto de vista.
Esta
tradición se continuará en la Edad Media, en especial por San Francisco de Asís
y los precursores de la Reforma: los Albigenses y los Cataros, Wycleff,
etcétera. He aquí lo que dijo el precursor inglés John Ball, alumno de Wycleff,
en el siglo XVI: «Hace falta abolir la servidumbre y hacer a todos los hombres
iguales. Los que se llaman nuestros dueños consumen lo que producimos... Deben
su lujo a nuestro trabajo.»
Finalmente,
en la época moderna, vemos cómo estos proyectos de sociedad igualitaria se van
haciendo cada vez más precisos, claramente
en La Utopia, de Tomás Moro (inglés);
en La ciudad del sol, de
Campanella (italiano); en la obra de Vaurasse d'AHais (siglo XVII): en el
Testamento de Jean Meslier, y en El código de la naturaleza, de Morelly (siglo
XVIII) ( francés).
Al
lado de esta rebelión del espíritu contra la desigualdad social, ha habido
innumerables rebeliones materiales, es decir, insurrecciones de las clases
oprimidas contra sus opresores. La historia de todas las sociedades de clases
es la historia de las luchas de clases que las desgarran.
6. Las luchas de clases a través de la historia
Estas
luchas entre la clase explotadora y la clase explotada o entre diferentes
clases explotadoras toman las formas más variadas según la sociedad que se
examine y la etapa precisa de su evolución.
Así
en las sociedades llamadas «de modo de producción asiático» (Imperio del
Oriente clásico) ha habido un gran número de rebeliones.
En
China, innumerables sublevaciones de campesinos jalonan la historia de las
sucesivas dinastías que reinaron en el Imperio. El Japón también ha conocido un
gran número de insurrecciones campesinas, sobre todo en el siglo XVIII.
En
la antigüedad griega y romana hay una sucesión ininterrumpida de rebeliones de
esclavos — de las que
la
mas conocida es la de Espartaco— que contribuyeron eficazmente a la caída del
Imperio Romano. Entre los
«ciudadanos
libres» propiamente dichos, hubo una lucha violenta entre una clase de
campesinos endeudados y de
comerciantes-usureros,
entre los desposeídos y los poseedores.
En
la Edad Media, bajo el régimen feudal, las luchas de clase han enfrentado
señores feudales a comunas libres basadas en una pequeña producción comercial,
a artesanos y comerciantes en el seno de estas comunas, y a algunos artesanos
urbanos y campesinos de los
alrededores de las ciudades. Hubo, sobre
todo, luchas de clase feroces entre la nobleza feudal y el campesinado que trataba de sacudirse el yugo feudal,
luchas que tomaron formas resueltamente revolucionarias con las Jacqueries en
Francia, la guerra de Wat Tyler en Inglaterra, la guerra de los Musitas en
Bohemia y la guerra de los campesinos en la Alemania del siglo XVI.
Los
tiempos modernos están marcados por las luchas de clase entre
la nobleza y
la burguesía, entre los maestros
artesanos y los aprendices, entre los ricos banqueros y comerciantes, por una
parte, y los «brazos desnudos» de las ciudades por la otra, etc... Estas luchas
anuncian ya las revoluciones burguesas, el moderno capitalismo, y la lucha de
clase del proletariado contra la burguesía.
Bibliografía:
K,
Marx y F. Engels: El manifiesto comunista. F. Engels: Anti-Dühring (2.a y 3.a
parte). Max Beer: Historia del socialismo.
K.
Kautsky: Los orígenes del cristianismo.
Morton:
La utopia inglesa.
Las
fuentes económicas de la desigualdad social
1. Las comunidades primitivas basadas en la
pobreza
Durante
la mayor parte de su existencia prehistórica, el hombre vivió en condiciones de
extrema pobreza. Sólo podía procurarse los alimentos necesarios para su
subsistencia por medio de la caza, la pesca y la recogida de frutos.
La
humanidad vivió parasitando de la naturaleza, puesto que no aumentó los
recursos naturales que constituían la base de su subsistencia. No tenía ningún
control sobre dichos recursos.
Las
comunidades primitivas se organizaron para poder garantizar la supervivencia de
toda la colectividad en dichas condiciones
de vida extremadamente difíciles.
Cada miembro de
la comunidad participó obligatoriamente en
el trabajo, y
el trabajo de
cada individuo era
necesario para que
la comunidad siguiera viviendo. La producción
de víveres apenas bastaba para alimentar a la colectividad. Los privilegios materiales hubieran condenado al hambre a una
parte de la tribu, privándola de la posibilidad de trabajar racionalmente, y
con ello hubieran empeorado las condiciones de supervivencia colectiva. Esta es
la razón de por qué la organización social de esta época del desarrollo de las
sociedades humanas tiende a mantener un máximo igualdad en el seno de las
comunidades humanas.
Después de
examinar las instituciones
sociales de 425
tribus primitivas, los
antropólogos ingleses
Hobhouse, Wheeler y Ginsberg
han constatado una total
ausencia de clases sociales
en todas las tribus que desconocen la agricultura.
2. La revolución neolítica
Esta
situación de pobreza fundamental sólo pudo ser convenientemente modificada con la aparición de las técnicas
de cultivo de la tierra y de cría de animales. La técnica de cultivo de la
tierra —la mayor revolución económica
en toda la
existencia de la
humanidad— se debió
a las mujeres,
al igual que
una serie de descubrimientos importantes de la
prehistoria (en especial la técnica de la alfarería y del tejido).
Se implantó
a partir, más o menos,
del año 15.000
antes de J.C.
en distintos lugares del planeta, empezando probablemente
en Asia Menor, Mesopotamia, Irán y Turkestán, y extendiéndose progresivamente hasta Egipto, India, China,
el norte de África y Europa mediterránea. Es conocida con el nombre de
revolución neolítica porque tuvo lugar en una época de la Edad de Piedra en la
que los principales instrumentos de trabajo del hombre se fabricaban en piedra
pulimentada (la última época de la edad de piedra).
La
revolución neolítica permitió al hombre
producir sus víveres y controlar —más o menos—
por sí mismo su propia, subsistencia. Atenuó la dependencia con respecto
a las fuerzas de la naturaleza en la que se encontraba el hombre primitivo.
Permitió la formación de reservas de víveres, lo que a su vez hizo posible
liberar a algunos miembros de la comunidad de la necesidad de producir su
alimento. Pudo por tanto desarrollarse una cierta división económica del
trabajo, una especialízación de los oficios, que incrementó la productividad
del trabajo humano. Este tipo de especialización sólo la podemos encontrar en
esbozo en la sociedad primitiva, ya que como dijo uno de los primeros
descubridores españoles respecto a los indios del siglo XVI: «(los primitivos)
quieren utilizar todo su tiempo reuniendo víveres, puesto que si lo utilizaran
de otro modo, se verían atenazados por el hambre».
3.
Producto necesario y sobreproducto social
La
aparición de un amplio excedente permanente de víveres transtorna las
condiciones de organización social. Mientras este excedente es relativamente.
pequeño y muy esparcido de aldea en aldea, no llega a modificar la
estructura
igualitaria de la comunidad aldeana. Sólo le permite alimentar unos cuantos
artesanos y funcionarios, como los de las aldeas hindúes, que han venido siendo
mantenidos durante miles de años.
Pero
cuando los jefes militares o religiosos concentran estos excedentes en grandes
espacios, o cuando son muy abundantes en las aldeas debido al perfeccionamiento
de los métodos de cultivo, pueden crear las condiciones necesarias para la
aparición de la desigualdad social. Pueden utilizarse entonces para alimentar a
los prisioneros de guerra o a los cautivos de una expedición de piratería (que
anteriormente hubieran sido asesinados, debido a la falta de subsistencia). Se
les puede obligar a trabajar para los vencedores a cambio de su alimento: con
ello aparece la esclavitud en el mundo griego.
También puede
utilizarse este mismo
excedente para alimentar
a toda una
cohorte de sacerdotes, soldados, funcionarios,
señores y reyes: con ello aparecen las clases
dominantes en los Imperios del antiguo Oriente (Egipto, Babilonia, Irán,
India, China).
A
partir de este momento la división social del trabajo viene a completar la
división económica del trabajo. La producción social deja de servir, en
conjunto, para subvenir a las
necesidades de los productores. A partir de ahora se reparte del siguiente
modo:
—el
producto necesario, es decir, la subsistencia de los productores, sin el
trabajo de los cuales se hundiría toda la sociedad;
—el
sobreproducto social, es decir, el excedente producido por los productores y
acapa rado por las clases poseedoras.
El historiador
Heichelheim describe la
aparición de las
primeras ciudades en
el mundo antiguo
del siguiente modo:
«La población
de los nuevos
centros urbanos se
compone... en su mayor parte de una capa
superior que vive de rentas
(es decir, apropiándose
del sobreproducto del trabajo agrícola.
E. M.) compuesta por señores, nobles y
sacerdotes. Deben añadirse además los funcionarios, empleados y servidores,
alimentados indirectamente por esta capa superior».
La
aparición de las clases sociales — clases productoras y clases dominantes—
provoca el nacimiento del Estado, que es la principal institución tendente a
mantener las condiciones sociales dadas, es decir, la desigualdad social. La
división de la sociedad en clases se consolida con la apropiación de los medios
de producción por las clases poseedoras.
4.
Producción y acumulación
La
formación de las clases sociales, la apropiación del sobreproducto social por
una parte de la sociedad, se deriva de una lucha social y sólo puede mantenerse
gracias a una lucha social constante.
Pero este
fenómeno representa al
mismo tiempo una
etapa —inevitable— del progreso
económico, debido al hecho
de que permite
la separación de dos funciones
económicas fundamentales: la
función de producción y la
función de acumulación.
En
la sociedad primitiva, el conjunto de los hombres y mujeres útiles están
ocupados principalmente de la producción de víveres. En estas condiciones, les
quedaba muy poco tiempo para dedicarse a la fabricación y almacenamiento de
instrumentos de trabajo, a la especialización de esta fabricación, a la
búsqueda sistemática de otros instrumentos de trabajo, al aprendizaje de
técnicas complicadas de trabajo (como por ejemplo el trabajo metalúrgico), a la
sistemática observación de los fenómenos de la naturaleza.etc..
La
producción de un sobreproducto social permite otorgar suficientes ocios a una
parte de la humanidad para que pueda consagrarse a todas estas actividades que
posibilitan el incremento de la productividad del trabajo.
Estos
ocios se encuentran también en la base de la civilización, del desarrollo de
las primeras técnicas científicas (astronomía, geometría, hidrografía,
mineralogía, etc...) y también de la escritu ra.
La
separación del trabajo intelectual y del trabajo manual debida a estos ocios
acompaña la división de la sociedad en clases.
La
división de la sociedad en clases representa, por tanto, una condición de
progreso histórico mientras la sociedad es demasiado pobre como para poder
permítir a todos sus miembros dedicarse al trabajo intelectual (a las funciones
de acumulación). Pero el precio pagado por este progreso es excesivo. Hasta las
vísperas del capitalismo moderno, únicamente las clases poseedoras se
aprovechan de los beneficios derivados del incremento de la productividad del
trabajo. A. pesar de los progresos de la técnica y de la ciencia durante los
4.000 años que separan los inicios de la civilización antigua del siglo XVI, la
situación de un campesino indio, chino, egipcio, o incluso griego o eslavo, no
ha sufrido cambios ostensibles.
5.
La causa del fracaso de todas las revoluciones igualitarias en el pasado
Cuando
el excedente producido por la sociedad humana, es decir, cuando el
sobreproducto social no basta para liberar a toda la humanidad de un diario y
penoso trabajo, toda revolución social que intente reestablecer la igualdad
primitiva entre los hombres está condenada al fracaso desde el primer momento.
Sólo puede encontrar dos salidas a la antigua desigualdad social:
a)
O bien destruir deliberadamente todo
sobreproducto social, y volver a la pobreza primitiva extrema, con lo que la
reaparición del progreso técnico provocará rápidamente las mismas desigualdades
sociales que se han querido suprimir.
b)
O bien desposeer a la antigua clase poseedora en beneficio de una nueva clase
poseedora.
Esto
fue lo que sucedió con la insurrección de los esclavos romanos dirigidos por
Espartaco, las primeras sectas cristianas y los monasterios, las distintas
insurrecciones campesinas que se sucedieron en el Imperio chino, la revolución
de los taboritas en Bohemia en el siglo XV, las colonias comunistas
establecidas por inmigrantes en América, etc.
Sin
que pretendamos decir que la revolución rusa ha llegado a la misma situación,
la reaparición de una acentuada desigualdad social en la URSS en la actualidad,
sólo puede explicarse fundamentalmente por la pobreza de la Rusia de los zares,
por la insuficiencia del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, por el
aislamiento de la revolución en un pais atrasado, seguido del fracaso de la
revolución en Europa central durante el período 1918-
1923.
Una
sociedad igualitaria basada en la abundancia y no en la pobreza —ése es el
objetivo del socialismo— sólo puede desarrollarse a partir de una economía
avanzada, en la cual el sobreproducto social es tan elevado que permite que
todos los productores se liberen de un trabajo embrutecedor y que conceda
suficientes ocios a toda la comunidad
para que ésta pueda realizar colectivamente las funciones
dirigentes en la vida
económica y social (función de
acumulación).
¿Por
qué han sido necesarios 15.000 años de sobreproducto social antes de que la economía humana pueda
tomar el impulso necesario para dejar entrever una solución socialista a la
desigualdad social? En la medida en que las clases poseedoras se apropian del
sobreproducto social bajo la forma de productos (de valores de uso), su propio
consumo (consumo improductivo) viene a
ser el límite de crecimiento de la
producción que desean realizar.
Los
templos y los reyes del antiguo Oriente; los amos de esclavos de la antigüedad
greco-romana; los señores nobles y los mercaderes chinos, indios, japoneses, bizantinos,
árabes; los nobles feudales de la. Edad Media, no tenían ningún interés
en incrementar la producción porque ya habían reunido en sus castillos y
palacios suficientes víveres, vestidos lujosos, objetos de arte. Existe un
límite para el consumo y el lujo que es
imposible transgredir (un ejemplo cómico de ello: en la sociedad feudal de las
islas Hawai, el sobreproducto social toma la forma de alimento, y en
consecuencia, el prestigio social depende... del peso de cada persona).
Sólo
cuando el sobreproducto social toma la forma de dinero —de plusvalía— y puede
servir tanto para la adquisición de bienes de consumo como para la de bienes de
equipo (de producción), la nueva dase dominante — la burguesía— empieza
a sentir interés por un ilimitado incremento
de la producción. Con ello se
crean las condiciones sociales
necesarias para que puedan aplicarse a la producción todos los descubrimientos
científicos, es
decir,
las condiciones necesarias para la aparición del capitalismo industrial
moderno.
6.
La opresión de la mujer, primera forma generalizada de desigualdad social
Entre
la sociedad del comunismo primitivo de la horda y del clan, y las primeras
formas de sociedad fundadas en la dominación de una clase sobre otra (por
ejemplo, la sociedad esclavista), se inserta una época de transición en cuyo
transcurso aún no se ha desarrollado plenamente una clase dominante
propietaria, pero en la que la. desigualdad social emergente está ya
institucionalizada. Conocemos la existencia de este tipo de sociedad no sólo
por numerosos vestigios y descripciones del pasado, que subsisten especialmente
en lo mitos, leyendas y religiones llamados «primitivos», sino también por la
sociedad de linaje que, en algunas zonas rurales de África negra, aún existen
hoy, aunque sea de una manera cada vez más deformada a raíz de su simbiosis con
la socied ad de clase que predomina en todos los países donde aquélla
sobrevive.
La
primera forma institucionalizada de desigualdad y opresión sociales es la
opresión de la mujer por el hombre en las sociedades primitivas que han
alcanzado esta etapa de su desarrollo.
La
opresión de la mujer no existió siempre. No es el resultado de una fatalidad
biológica que pesaría sobre el sexo femenino. Por el contrario, hay abundantes
antecedentes en la Prehistoria y en la sociedad de comunismo de clan, que
confirman que ella estuvo largo tiempo signada por la igualdad de los sexos.
Aunque nos faltan datos para poder generalizar
este fenómeno a
todo el conjunto
de la humanidad
primitiva, está de
todas formas demostrado que, al
menos en una serie de esas sociedades, las mujeres jugaron inclusive un papel
socialmente dominante. Basta recordar el
fenómeno ampliamente conocido de la
«diosa Fertilidad», dueña del cielo, en los albores de la agricultura,
inventada por las mujeres, para deducir que la sustitución no menos
generalizada de esa diosa por un dios (luego por un dios monoteísta) no puede
ser accidental. La revolución en el cielo refleja una revolución que se había
producido en la tierra. La transformación de las ideas religiosas es el
resultado de una transformación de las condiciones sociales, de las relaciones
recíprocas entre hombres y mujeres.
A
primera vista puede parecer paradójico que mientras se afirma el papel
económico predominante de la mujer, gracias a su función esencial en los
trabajos del campo (revolución neolítica), comienza, poco a poco, la era de su
sujeción social. Pero aquí no hay ninguna contradicción verdadera.
En
la medida en que la agricultura primitiva
cobra impulso, la mujer
se convierte doblemente en la principal fuente de riqueza de la
tribu: como principal productora de víveres y como procreadora, ya que sólo a
partir de una base más o menos segura de aprovisionamiento de víveres, el crecimiento demográfico no es
más tenido como amenaza, sino como beneficio potencial. A raíz de este mismo
hecho la mujer se vuelve objeto de codicia económica, lo que era imposible en
la época de la caza y la recolección de frutos.
Para
que pudiese realizarse esta sujeción debieron operarse una serie concomitante
de transformaciones sociales. La mujer debió ser «desarmada», es decir, que el
oficio de las armas debió volverse monopolio masculino. Las numerosas leyendas
sobre las amazonas, que sobreviven en todos los continentes atestiguan
claramente que esto no ha sido siempre así. La situación de la mujer también
debió ser transformada a causa de las modificaciones radicales de las reglas
del matrimonio y de la socialización de los hijos, tendentes a asegurar la
preponderancia del patriarcado.
Con
el desarrollo y la posterior consolidación de la propiedad privada, la familia
patriarcal toma progresivamente la forma
definitiva que ha conservado, a pesar de modificaciones sucesivas, a través de buena parte de
la historia de
las sociedades de
clase. Ella se
convierte en una
de las instituciones
principales e irreemplazables que
garantizará la perennidad de la propiedad privada, a través de la herencia, y
la opresión social bajo todas sus
formas (comprendidas también
las estructuras mentales
que eternizan la a aceptación
de la autoridad «venida de
arriba» y de la obediencia ciega. Se transforma en caldo de cultivo de
innumerables discriminaciones en perjuicio de la mujer, en todas las esferas de
la vida social. Las justificaciones ideológicas y los prejuicios hipócritas que
sostienen esas discriminaciones, forman
parte integrante de la ideología
dominante de prácticamente todas las clases pudientes que, hasta ahora, se han
sucedido en la historia. Con esto, ellas han impregnado también, al menos
parcialmente, la mentalidad de las clases explotadas incluida la del
proletariado moderno del régimen capitalista, aun inmediatamente después de su
derrocamiento.
Bibliografía:
Marx
y Engels: El manifiesto comunista. Engels: Anti-Dühring (2.a y 3.a parte).
Cordon Childe: Qué sucedió en la Historia.
—
El hombre se hizo a sí mismo. Glotz: El trabajo en la antigua Grecia.
Boisonnade: El trabajo en la Edad Media.
E.
Mandel: Tratado de economía marxista (los cuatro primeros capítulos).
El
Estado: instrumento de dominación de clase
1.
La división social del trabajo y el nacimiento del Estado
En la
sociedad sin clases
primitiva, las funciones
administrativas eran realizadas
por la masa
de los ciudadanos. Todos llevaban
armas. Todos participaban en las asambleas que tomaban las decisiones
concernientes a la vida colectiva y las relaciones de la comunidad con el mundo
exterior. Igualmente los conflictos internos eran resueltos por todos los
miembros de la colectividad.
Evidentemente,
no existe ninguna razón para que idealicemos la situación existente en el seno
de las comunidades primitivas que vivían bajo el régimen del comunismo del clan
o de la tribu. La sociedad era extremadamente pobre. El hombre vivía bajo el
yugo de las fuerzas de la naturaleza. Los hábitos, las costumbres, las reglas
de arbitraje de los conflictos internos y externos, a pesar de que fueran
aplicados colectivamente, estaban impregnados
de ignorancia, de miedo, de
creencias mágicas. Lo que por el contrario cabe destacar
es que la sociedad se gobernaba a sí misma, dentro de los límites de sus
conocimientos y posibilidades.
Por tanto,
no es cierto
que las nociones
de «sociedad», «colectividad
humana» y «Estado»
sean prácticamente idénticas y que se solapen mutuamente a través de las
épocas. Todo lo contrario, la humanidad vivió durante miles de años en
colectividades que no llegaron a conocer nunca la existencia del Estado.
El
Estado aparece cuando las funciones que primeramente eran realizadas por todos
los miembros de la colectividad se convierten en patrimonio de un grupo de
hombres aislados:
—
un ejército distinto de la masa de ciudadanos armados;
—
jueces distintos de la masa de ciudadanos que juzgan a sus semejantes;
— jefes
hereditarios, reyes, nobles,
en lugar de
representantes o dirigentes
de tal o
cual actividad, designados
temporalmente y siempre revocables;
—
«productores de ideologías» (sacerdotes, funcionarios, enseñantes, filósofos,
escribas, mandarines)
separados
del resto de la colectividad.
Por
tanto, el nacimiento del Estado es producto de una doble transformación: la
aparición de un sobreproducto social permanente, que permite liberar a una
parte de la sociedad de la obligación de efectuar un trabajo para asegurar su
subsistencia, la cual crea con ello las condiciones materiales para su
especialización en funciones de acumulación y administración; una
transformación social y política que permite excluir a los demás miembros de la
colectividad del ejercicio de las funciones políticas, que eran anteriormente
patrimonio de todos.
2.
El Estado al servicio de las clases dominantes
El
hecho de que funciones que antes realizaban todos los miembros de una
colectividad se conviertan, a partir de un determinado momento, en patrimonio
de un grupo de hombres aislado, indica por sí mismo —que existen personas que tienen interés en
que se produzca esta exclusión. Son las clases dominantes que se organizan para
excluir a los miembros de las clases explotadas y productoras del ejercicio de
funciones que les permitirían abolir la explotación que se le ha impuesto.
El ejemplo
del ejército y del
armamento es la
prueba más convincente.
El nacimiento de
las clases dominantes se produce
a través de la apropiación del
sobreproducto social por una parte de la
sociedad. En muchas tribus y aldeas
africanas se ha asistido, en el curso de los últimos siglos, a la reproducción
de la evolución que se encuentra
en el origen del
nacimiento del Estado
en los Imperios
más antiguos de
Oriente (Egipto,
Mesopotamia,
Irán, China, India, etc.): dones, regalos, servicios en forma de ayuda, que
antes se concedían benévolamente a todas las familias, se van convirtiendo
progresivamente en algo obligatorio, se transforman en rentas, impuestos o
trabajos obligatorios.
Pero
todavía queda por asegurar este obligatorio aprovisionamiento, lo cual se
consigue primordial-mente gracias a la
coacción de las
armas. Grupos de
hombres armados —poco
importa que se
llamen soldados, gendarmes,
piratas o bandidos— obligan a los cultivadores o a los granjeros, después a los
artesanos y a los comerciantes, a
abandonar una parte de su producción en
beneficio de las clases dominantes. A
este fin, van armados y deben impedir que los productores puedan igualmente
armarse.
En
la antigüedad greco-romana, estaba estrictamente prohibido a los esclavos
poseer armas. Lo mismo puede decirse con respecto a los siervos de la Edad
Media. Los primeros esclavos, los primeros campesinos son a menudo o bien
prisioneros de guerra a los que no se les ha privado de la vida o bien
campesinos de países conquistados, es decir, víctimas de un proceso de desar me
de unos que implica el monopolio de las armas para otros.
3.
Coacción violenta e integración ideológica
Si
el Estado, en último análisis, es un grupo de hombres armados, y si el poder de
una clase dominante está basado en último extremo en la coacción violenta, no
puede limitarse exclusivamente, a pesar de todo, a esta coacción. Napoleón
Bonaparte dijo que se podía conseguir todo con las bayonetas, excepto sentarse
sobre ellas. Una sociedad de clase que sólo subsistiera mediante la violencia
armada estaría siempre en estado de guerra civil, es decir, en estado de crisis
extrema.
Por
tanto, para consolidar la dominación de una clase sobre otra, es absolutamente
indispensable que los productores, los miembros de la clase explotada, sean
manipulados para que acepten como inevitable, permanente y justo el hecho de
que una minoría se apropie del excedente social. Este es el motivo por el cual
el Estado no sólo cumple una función represiva sino también una función de
integración ideológica. Los «productores de ideologías» son los encargados de
asegurar esta función.
Lo
característico de la humanidad es que sólo puede asegurar su subsistencia
mediante el trabajo social, que implica vínculos, relaciones sociales, entré
los hoínbres.
Estos
indispensables vínculos implican la necesidad de comunicación, de un lenguaje
entre los hombres, que permite a su vez desarrollar la consciencia, la
reflexión, la «producción de ideas» (de conceptos). Todas las acciones
importantes de la vida humana van acompañadas de reflexiones sobre estas
acciones en la cabeza de los hombres.
Pero
estas reflexiones no se producen de forma totalmente espontánea. Un individuo
común y corriente no puede inventar normalmente ideas nuevas. La mayoría de los
individuos reflexionan con la ayuda de ideas aprendidas en la escuela o en la
Iglesia, y en nuestra época además con la ayuda de ideas sacadas de la
televisión o de la radio, de la publicidad o de los periódicos. Por tanto, la
producción de ideas y de los sistemas de ideas —lo que se llama ideologías— es
muy limitada. También podemos ver que es patrimonio de una pequeña minoría de
la sociedad.
En
cada sociedad de clase, la ideología dominante es la ideología de la clase
dominante. Ello se debe en primer lugar a que los productores de ideologías se
encuentran en situación de dependencia material con respecto a los propietarios
del sobreproducto social.
En
la alta Edad Media, poetas, pintores, filósofos, son mantenidos por los señores
y por la Iglesia (gran propietaria de haciendas junto con la nobleza). Cuando
cambia la situación social y económica, los mercaderes y banqueros ricos
se nos muestran
igualmente comanditarios de
obras literarias, filosóficas
o artísticas. La dependencia material
no es por
ello menos acentuada.
Hay que esperar
la llegada del
capitalismo para que aparezcan productores de ideologías que
ya no trabajen directamente bajo la dependencia de la dase dominante, sino para
un «mercado anónimo».
De
todos modos, la función de la ideología dominante es incontestablemente una
función es tabilizadora de la sociedad
tal como está,
es decir, con
la dominación de
clase. El derecho
protege y justifica
la forma
predominante
de la propiedad. La familia juega el mismo papel. La religión enseña a los
explotados a aceptar su destino. Las ideas políticas y morales predominantes
intentan justificar el reino de la clase dominante con ayuda de sofismas o de
medias verdades (cfr. la tesis de Goethe, formulada durante y contra la
revolución francesa, según la cual el desorden
provocado por la lucha
contra la injusticia sería
peor que la propia injusticia.
Moraleja: ¡no cambiéis el orden
establecido!).
4.
Ideología dominante e ideologías revolucionarias
Pero
aunque la ideología dominante de cada época es la ideología de la clase
dominante, esto no quiere decir que las únicas ideas que existan en una
sociedad de clase sean las de la clase dominante. En general —y
.simplificando—
cada sociedad de clase presenta por lo menos tres grandes categorías de ideas
que la recorren:
—
las ideas que reflejan los intereses de la clase dominante de la época y que
son dominantes;
—
las ideas de las antiguas clases dominantes, que ya han sido vencidas y
alejadas del poder, pero que continúan
ejerciendo su influencia sobre
los hombres. Este
hecho se debe a la fuerza
de inercia de la
consciencia,
que siempre está más atrás que la realidad material. La transmisión y difusión
de las ideas es en parte autónoma de lo que suceda en la esfera de la
producción material. Por tanto, pueden seguir estando influidas por fuerzas
social es que ya han dejado de ser las hegemónicas.
—
las ideas de una nueva clase revolucionaria
ascendente, que todavía está
dominada, pero que ya ha entablado el combate
para su emancipación, y que
debe librarse por lo menos
en parte de las ideas de sus opresores antes de poder derrocar la
opresión en los hechos.
El
ejemplo del siglo XIX en Francia es el más típico a este respecto. La clase
dominante es, en aquel momento, la burguesía. Tiene sus propios pensadores,
juristas, ideólogos, filósofos, moralistas y escritores, desde el principio
hasta el final del siglo. La nobleza semifeudal ha sido derrocada como clase
dominante con la gran revolución francesa. A pesar de la restauración de los
Borbones en 1815 ya no volverá al poder. Pero su ideología, y en especial el
clericalismo ultramontano, continuará
ejerciendo una profunda influencia durante decenios, no sólo entre lo que resta
de la nobleza, sino también en algunos sectores de la burguesía, en algunas
capas de la pequeña burguesía (campesinos) e incluso entre la clase obrera.
Al
lado de la ideología burguesa y de la ideología semifeudal se desarrolla ya, a
pesar de todo, la ideología proletaria, en primer lugar la de los babocevistas,
la de los blanquistas, y más tarde la de los colectivistas que desembocarán en
el marxismo y en la Comuna de París.
5.
Revoluciones sociales, revoluciones políticas
Cuanto
más estable es una sociedad de clase, menos se pone en tela de juicio la
hegemonía de la clase dominante, y más se reabsorbe la lucha de clases en
conflictos limitados que no cuestionan la estructura de dicha sociedad, es
decir, lo que los marxistas llaman las
relaciones de producción o el modo de producción. Por el contrario, cuanto
más insegura se
muestra la estabilidad
económica y social
de un determinado
modo de producción, más
contestada será la hegemonía de la clase dominante y más se desarrollará la
lucha de clases, hasta el punto de plantear la cuestión del derrocamiento de
esta dominación, la cuestión de la revolución social.
La
revolución social estalla cuando las clases explotadas y dominadas dejan de
considerar como algo inevitable, permanente y justo su explotación, cuando no
se dejan intimidar ni reprimir por la violenta coacción de los gobernantes,
cuando dejan de aceptar la ideología que justifica su reinado, cuando reúnen
las suficientes fuerzas materiales y morales para el derrocamiento de la clase
dominante.
Una
vez dadas dichas condiciones, se producen las transformaciones económicas
profundas. La anterior organización
social, el modo
de producción establecido
que permitió durante
un cierto período
de tiempo desarrollar las fuerzas
productivas, la riqueza material de la
sociedad, se había convertido en un freno para su ulterior desarrollo. La
expansión de la producción choca con su organización social, con las relaciones
sociales de
producción;
ésta es la fuente última de todas las revoluciones sociales de la historia.
La
revolución social substituye el reino de una clase por el de otra clase.
Presupone la eliminación del poder
de Estado de
la antigua clase
dominante. Toda revolución
social va por
tanto acompañada de una
revolución política. Las revoluciones burguesas se caracterizan, en términos
generales, por la eliminación de la monarquía absoluta y su reemplazo por el
poder político concedido a las Asambleas elegidas por la burguesía. Los
Staten-Generaal suprimen el poder de Felipe II de España en la revolución de
los Países Bajos. El Parlamento inglés destruye
el absolutismo de Carlos I en la revolución inglesa
de 1649. El Congreso americano
rompe con la dominación del rey Jorge III sobre las
trece colonias. Las distintas asambleas de la Revolución francesa de 1789
destruyen la monarquía borbónica.
Pero
aunque toda revolución social sea al mismo tiempo una revolución política, toda
revolución política no es necesariamente una
revolución social. Una
revolución que sólo
sea política implica
el cambio por
vía revolucionaria de una forma de dominación, de una forma de Estado de
una clase por otra forma de Estado de la misma clase.
Por ejemplo,
las revoluciones francesas
de 1830, 1848,
y de 1870
eran revoluciones políticas
que instauraron sucesivamente la
monarquía de julio, la II República, el Segundo Imperio y la III República,
todas formas políticas distintas del gobierno de una misma y única clase
social: la burguesía. En general, las revoluciones políticas transforman la
forma de estado de una misma clase social en función de los intereses
predominantes de las distintas capas
y fracciones de
esta misma clase
que se van
sucediendo en el
poder. Pero el
modo de producción fundamental no
cambia en absoluto con todas estas revoluciones.
6.
Particularidades del Estado burgués
La
burguesía moderna no ha creado su máquina de Estado a partir de cero. Se ha
contentado, a grandes rasgos, con tomar el aparato de Estado de la monarquía
absoluta después de remoldearlo para hacer de él un instrumento que sirviera a
sus intereses de clase.
El
Estado burgués se distingue por el hecho de que al lado de su
función represiva y de su función ideológica (integradora),
cumple una función indispensable para la buena marcha de la economía
capitalista: la de asegurar las
condiciones generales de la
producción capitalista. En efecto,
la producción capitalista es una producción fundada en la propiedad
privada y la competenc ia. Este hecho impide que el interés colectivo de la
burguesía en tanto que clase pueda identificarse con el interés de un
capitalista, aunque sea el más rico. El Estado adquiere una cierta autonomía
para poder representar estos intereses colectivos; es el «capitalista colectivo
ideal» (F. Engels).
Para
que la economía capitalista pueda funcionar de manera normal, y no digamos
ideal, hace falta que existan condiciones de derecho y de seguridad estables e
iguales para todos los capitalistas. Es necesario al menos un mercado
nacional unificado, un
sistema monetario basado
en una moneda
única y sobre
un número relativamente reducido
de monedas nacionales. Todas estas condiciones no pueden resultar
espontáneamente de la producción privada o de la competencia cap italista. Son
creadas por el Estado burgués.
Cuando
la burguesía es económicamente próspera, socialmente ascendente y politicamente
segura de su dominación, tiende a reducir
las funciones económicas del Estado
al mínimo que acabamos de enunciar.
Al contrario, en condiciones de debilidad y de declive del reinado
burgués, busca extender sus funciones a fin de garantizar el beneficio privado.
Bibliografía:
K.
Marx-F. Engels: El manifiesto comunista.
F.
Engels: Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado. Hermán
Gorter: Het bistorisch materialisme.
Bujarin:
La teoría del materialismo histórico. Plejánov: Cuestiones fundamentales del
marxismo.
K.
Kautsky: Etica y concepción materialista de la historia.
A.
Moret-G. Davy: Des clans aux Empires.
De
la pequeña producción mercantil al modo de producción capitalista
1.
Producción para la satisfacción de las necesidades y producción para el cambio
En
la sociedad primitiva primero, y después en el seno de la comunidad aldeana
nacida de la revolución neolítica, la producción estaba esencialmente basada en
la satisfacción de las necesidades de las colectividades productivas. El cambio
era algo accidental. No intervenía nada más que sobre una pequeña parte de los
bienes de los que disponía la comunidad.
Una
forma de producción semejante presupone
una organización deliberada del trabajo. El trabajo en estas sociedades
es, pues, inmediatamente social. Decir organización deliberada del trabajo no
quiere decir necesariamente organización
consciente (ni verdaderamente científica), ni organización minuciosa. Muchas
cosas pueden ser dejadas al azar, precisamente porque ninguna postura tendente
al enriquecimiento privado preside la actividad económica. Las costumbres, los
hábitos ancestrales, los ritos, la religión, la magia pueden determinar la
alternancia y el ritmo de las actividades productivas. Pero estas están
destinadas siempre y de un modo esencial a la satisfacción de necesidades
inmediatas de la colectividad, no al cambio o al enriquecimiento convertido en un fin por sí mismo.
De
una organización semejante de la vida económica se desgaja poco a poco una
forma de organización económica diametralmente opuesta. A partir de los
progresos de la división del trabajo, de la aparición de un cierto excedente,
el potencial de trabajo de la colectividad es progresivamente dividido en unidades (grandes familias,
familias patriarcales) trabajando independientemente unas de otras. El carácter privado del trabajo y de la
propiedad privada de los productos del trabajo,
o sea, de los medios de producción,
se interponen entre los
miembros de la comunidad e impiden
establecer relaciones económicas deliberadas entre ellos. Estas unidades o
individuos no se relacionan ya unos
con otros, en
la vida económica
a través de
una asociación directa.
Unos con otros
se relacionan por intermedio del cambio de los productos de su trabajo.
La
mercancía es un producto del trabajo social que está destinado a ser cambiado
por su productor y no a ser consumido por él o por la colectividad inmediata le
la que forma parte. Presupone, pues, una situación social esencialmente
diferente de aquella en la que la masa de los productos está destinada al
consumo inmediato de las colectividades que la producen. Hay algunos casos
transitorios (por ejemplo, las llamadas formas de subsistencia en nuestra
época, que venden un pequeño excedente en el mercado). Pero para comprender
bien la diferencia fundamental
entre una situación
social en la
que se produce
esencialmente para el
consumo directo de los
productor es, y la situación en la que se produce para el cambio, hace falta
recordar la respuesta maliciosa del socialista
alemán Ferdinand Lassalle
a un economista libera]
de su época:
«Sin duda el Sr.
Dupont-Dupont, empresario de pompas fúnebres, fabrica primero ataúdes para su propio uso y el de los
miembros de su familia, para no vender nada más que el excedente que le
queda...»
2.
La pequeña producción mercantil
La
producción de mercancías apareció en primer lugar, hace 10 ó 12.000 años, en el
Medio Oriente, en el marco de una
primera división del
trabajo entre los
artesanos profesionales y
los campesinos, es
decir, a continuación de la
aparición de Jas primeras ciudades.
Llamamos pequeña
producción mercantil a
aquella organización económica
en la que
prevalece la producción para el
cambio, y los productores que son dueños de sus condiciones de producción.
Aunque
haya habido formas múltiples de pequeña producción mercantil, especialmente en
la Antigüedad y en el seno del modo de producción asiático, la pequeña
producción mercantil conoció su principal desarrollo
entre
el siglo XIV y el XVI en Italia del norte central y en los Países Bajos del sur
y del norte, viéndose la desaparición de
la servidumbre en estas regiones y en estas épocas; y de hecho los propietari
os de las mercancías que se encontraban en el mercado eran, a grandes rasgos,
libres e iguales, más o menos, en derechos.
Es
precisamente este carácter de libertad y de igualdad relativas de los
propietarios de las mercancías, en el seno de una sociedad fundada sobre la
pequeña producción mercantil, lo que permite entender la función misma del
cambio: permite la continuidad de todas
sus actividades productivas esenciales, a pesar de una división del
trabajo ya avanzada, y sin que estas actividades dependan de decisiones
deliberadas de la colectividad o de sus señores.
La
organización del trabajo fundada en el reparto deliberado y previsto de
antemano de la mano de obra entre diferentes ramas de actividad esenciales para
satisfacer las necesidades de la sociedad se sustituye ahora por una división
del trabajo más o menos «anárquica» y «libre», en la que aparentemente el azar
gobierna este reparto de recursos productivos vivos y muertos (instrumentos de
trabajo). El cambio y su resultado se sustituyen ahora por la
planificación usual o
consciente para repartir
esos recursos. Pero
debe hacerse de
tal forma que la
continuidad de la vida económica esté asegurada (con, ciertamente, numerosos
«accidentes de recorrido», crisis, interrupciones de la reproducción) de tal
modo que todas las actividades esenciales encuentren practicantes.
3.
La ley del valor
Es
la misma forma de realización del cambio lo que asegura sus resultados, al
menos a medio plazo. Las mercancías se cambian según las cantidades de trabajo
necesarias para producirlas. Los productos de una jornada de trabajo de un
colono se cambian por los productos de una jornada de trabajo de un tejedor.
Precisamente en el alba de la pequeña producción mercantil, cuando la división
del trabajo entre artesanos y campesinos no es nada más que rudimentaria,
cuando muchas de las actividades artesanales se practican aún en la granja, es
evidente que el cambio no
puede fundarse nada
más que sobre
una equivalencia semejante.
De otro modo,
la actividad económica menos
recompensada sería rápidamente
abandonada. Se produciría
entonces una penuria
en este terreno. Esta
penuria haría subir
los precios y
con ello la
recompensa obtenida por
estos productores determinados.
De esta forma las actividades productivas se redistribuirían entre los
diferentes sectores de actividad restableciendo la regla de equivalencia: por una misma cantidad de trabajo
proporcionado, una misma cantidad de valor recibido en el cambio.
Llamamos «ley del valor», la ley. que gobierna el cambio
de mercancías y, por intermedio de ésta, el reparto de la fuerza de trabajo,
y de todos los recursos productivos, entre las diferentes ramas de actividad.
Se trata de una ley económica que se funda esencialmente en una forma de
«organización del trabajo», en relaciones establecidas entre los hombres
diferentes de las que presiden la organización de una economía planificada
según las costumbres o las elecciones conscientes de. productores asociados.
La
ley del valor asegura el reconocimiento social el trabajo convertido en trabajo
privado. En este sentido, la ley debe funcionar basándose en criterios
objetivos, iguales para todos. Es, pues, inconcebible que un zapatero holgazán,
que tendría necesidad de dos días de trabajo para producir un par de zapatos,
que un zapatero hábil produciría en una
jornada de trabajo,
hubiera producido finalmente
dos veces más
valor que este
último. Semejante funcionamiento del mercado, que recompensa la pereza o
la falta de cualificación llevaría a una sociedad basada en la división del
trabaj o y el trabajo privado a la regresión rápida, a la debilidad. Por eso la
equivalencia de las jornadas de
trabajo asegurada por la ley
del valor es
una equivalencia de
trabajo según la media social
de productividad. Esta media, en una sociedad precapitalista, es
generalmente estable y conocida por todos, puesto que la técnica productiva en
ella evoluciona muy lentamente, o nada. Decimos, pues, que el valor de las
mercancías está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario
para producirlas.
4.
La aparición del capital
En
la pequeña producción mercantil, el pequeño granjero y el pequeño artesano van
al mercado con el producto de su
trabajo. Lo venden
para comprar productos
de los que
tienen necesidad para
su consumo
inmediato y que no los produ cen. Su actividad en el mercado
puede resumirse por la fórmula: vender
para comprar.
Muy
rápidamente, la pequeña producción mercantil exige, sin embargo, la aparición
de un medio de cambio universalmente aceptado (también llamado «equivalente
general»), para facilitar el cambio. Este medio de cambio por el que se pueden
cambiar indiferentemente todas las mercancías, es la moneda. Con la aparición
de la moneda, otro personaje social,
otra clase social, aparece como
consecuencia de un nuevo progreso en la división social del trabajo: el propietario de dinero,
distinto del propietario de mercancías y opuesto a él. Es el usurero o el
negociante especializado en comercio internacional.
El
capital —pues es de lo que se trata, bajo su forma inicial y elemental de
capital-dinero— es todo valor que trata de apropiarse una plusvalía, que está
lanzado a la búsqueda de una plusvalía. Esta definición marxista del capital se
opone a la definición usual en los manuales burgueses, según la cual el capital
seria, simplemente, todo instrumento de trabajo, o incluso, de un modo más
vago, «todo bien duradero». Con esta definición, el primer mono que hubiera
golpeado un platanero con un palo para coger un plátano seria el primer
capitalista...
Subrayémoslo
una vez más: como todas las «categorías económicas», la categoría «capital» no
puede entenderse nada más que si se la
comprende como fundada en una relación social entre los hombres: a saber
una relación tal que permita a un propietario de capital apropiarse de una
plusvalía.
5.
Del capital al capitalismo
La
existencia del capital no se identifica con la existencia del modo de
producción capitalista. Al contrario, los capitales han existido y circulado
desde hace miles de años y antes de la eclosión del modo de producción
capitalista en Europa occidental en los siglos XV y XVI.
El
usurero y el mercader aparecen en un principio en el seno de sociedades
precapitalistas, esclavistas, feudales o
fundadas en el modo de producción asiático, Operan especialmente fuera de la
esfera de la producción. Aseguran la introducción del dinero en una sociedad
natural (en general, este dinero afluye del extranjero) introduciendo productos
de lujo venidos de lejos, asegurando un mínimo de crédito tanto a las clases
poseedoras desprovistas de fortunas mobiliarias, como a los reyes y
emperadores.
Semejante capital
es políticamente débil,
y no está
protegido contra las
exacciones, la rapiña
y la confiscación. Esta es además su suerte habitual, y es por
ello por lo que el capitalista protege celosamente su tesoro, guardándose una parte y cuidándose
bien de invertirlo totalmente para evitar confiscaciones: por ejemplo, lo que
les sucedió a los Templarios en el siglo XIV en Francia. Los banqueros
italianos que financiaban las guerras de los reyes de Inglaterra se vieron de
hecho desposeídos ya que esos reyes no reembolsaban sus deudas.
Solamente
cuando cambiaron las relaciones de fuerzas políticas hasta el punto en que esas
confiscaciones directas e indirectas fueron cada vez más difíciles, el capital
pudo acumularse —crecer— de manera cada vez más continua. A partir de aquel
momento, se hace posible la penetración del capital en la esfera de la
producción, y con ella, el nacimiento del modo de producción capitalista, el
nacimiento del capitalismo moderno.
Ahora,
el detentador de capitales no es un simple usurero, banquero o mercader. Es
propietario de medios de producción, alquila brazos, organiza los medios de
producción, es fabricante, manufacturero o industrial. La plusvalía ya no se
extrae de la esfera de la distribución. Se produce de un modo normal en el
curso del proceso productivo.
6.
¿Qué es la plusvalía?
En
la sociedad precapitalisla, cuando los propietarios de capitales operan
esencialmente en la esfera de la circulación,
no pueden apropiarse una plusvalía mas que explotando de manera parasitaria los rendimientos de otras clases de la sociedad. El origen de
esta plusvalía parasitaria quizá sea la parte del excedente agrícola (por
ejemplo, de la renta feudal) del que la nobleza o el clero son los propietarios
iniciales, o una parte de las escasas rentas de los artesanos y campesinos.
Esta plusvalía es esencialmente fruto de la rapiña y del engaño. La piratería,
el pillaje, el
comercio de esclavos,
jugaron un papel
esencial en la
constitución de las
fortun as iniciales de
mercaderes
árabes, italianos, franceses, flamencos, alemanes, ingleses, en la Edad Media.
Más tarde, el hecho de comprar mercancías por debajo de su valor en mercados
lejanos, para después revenderlas por encima de su valor en mercados medi
terráneos o de Europa del oeste y de Europa central jugó un papel semejante.
Está
claro que una plusvalía semejante no resulta nada más que de una actividad de
transferencia. La riqueza global de la
sociedad, considerada en su conjunto, no
se acrecienta apenas. Unos pierden lo que otros ganan. En efecto, durante
milenios, la riqueza mobiliaria de toda la Humanidad sólo aumentó un poco.
Sucederá de otro modo desde el advenimiento del modo
de producción capitalista. Sólo a partir
de este momento la plusvalía no
será simplemente retirada del proceso de circulación de mercancías. Ahora la
plusvalía se producirá con normalidad, y se acrecentará normalmente en
amplitud, en el curso del mismo proceso productivo.
Hemos
visto que en todas las sociedades de clase precapitalistas, los productores
(esclavos, siervos, campesinos) estaban obligados a repartir su semana de
trabajo, o su producción anual, entre una parte que ellos mismos consumían
(producto necesario) y una parte de la que se apropiaba la clase dominante
(sobre producto social).En la
fábrica capitalista se manifiesta
el mismo fenómeno, si bien aparece velado
por la apariencia de relaciones
mercantiles que parecen gobernar la «libre compra y venta» de la fuerza de tra
bajo entre capitalistas y obreros.
Cuando
el obrero comienza a trabajar en la fábrica, al comienzo de su jornada (o de su
semana) de trabajo, incorpora un valor a las materias primas que él manipula.
Al cabo de un determinado número de
horas (o de jornadas) de trabajo, ha reproducido un valor que es exactamente el
equivalente a su salario cotidiano (o semanal). Si en ese momento dejara
de trabajar, el capitalista no obtendría
ni un céntimo de plusvalía. Pero,
en estas condiciones el
capitalista no tendría ningún
interés en comprar esa fuerza
de trabajo. Como el usurero
o el mercader de la Edad Media, «compra para vender». Compra la fuerza
de trabajo para obtener de ella un producto más elevado a lo que ha pagado para
comprarla. Este «suplemento», este «pico», es precisamente su plusvalía, su
beneficio. Está claro que si el obrero reproduce el equivalente de su salario
en 4 horas de trabajo, trabajará no 4, sino 7, 8ó9 horas. Durante estas 2, 3, 4
ó 5 horas «suplementarias» produce la plusvalía para el capitalista, a cambio de
la cual a él no le toca nada.
El
origen de la plusvalía está, pues,
en el trabajo excedente, en el trabajo
gratuito apropiado por eh capitalista. «Pero eso es un robo» se
gritará. La respuesta debe ser «sí y no». Sí, desde el punto de vista del
obrero; no, desde el punto de vista del capitalista y de las leyes del mercado.
El
capitalista, en efecto, no ha comprado en el mercado «el valor producido o a
producir por el obrero». No ha comprado su trabajo, es decir, el trabajo que el
obrero va a efectuar (si hubiera hecho esto, habría cometido un robo
pura y simplemente;
habría pagado 1.000
pesetas por lo
que vale 2.000
pesetas). El capitalista
ha comprado la fuerza de trabajo
del obrero. Esta fuerza de trabajo tiene un valor propio del mismo modo
que toda mercancía tiene su valor. El valor de la fuerza de trabajo está
determinado por la cantidad de trabajo necesaria para reproducirla, es decir,
para la subsistencia (en el sentido amplio del término) del obrero y de su
familia. La plusvalía tiene su origen en el
hecho de la diferencia que
aparece entre el valor producido por el obrero y el valor de las mercancías
necesarias para asegurar su subsistencia. Esta diferencia se debe al
crecimiento de la productividad del trabajo del obrero. El capitalista puede
apropiarse los beneficios del crecimiento de la productividad del trabajo
porque la fuerza de trabajo se ha convertido en una mercancía, porque el obrero
ha sido puesto en una situación en la que no puede producir su propia
subsistencia.
7.
Las condiciones de aparición del capitalismo moderno
El capitalismo
moderno es el
producto de tres transformaciones económicas y sociales:
a)
La separación de los productores de sus medios de producción y de subsistencia.
Esta separación se ha efectuado claramente en la agricultura por la expulsión
de los pequeños campesinos de las tierras señoriales transformadas en praderas;
en el artesanado por la destrucción de las corporaciones medievales; por el
desarrollo de la industria domiciliaria; por la apropiación privada de las
reservas de ti erras vírgenes, etc.
b)
La formación de una clase social que monopoliza estos medios de producción, la
burguesía moderna. La aparición de esta clase supuso al principio una
acumulación de capitales bajo forma de dinero, después una transformación de los me dios de producción que son tan caros que sólo los propietarios de capitales-dinero
Considerables
pueden adquirirlos. La revolución industrial del siglo XVIII, por la que en lo
sucesivo la producción se basará en el maquinismo, realiza esta transformación
de manera definitiva.
c)
La transformación de la fuerza de trabajo en mercancía. Esta transformación
resulta de la aparición de una clase que no posee nada más que su fuerza de
trabajo, y que, para poder subsistir, esta obligada a vender esta fuerza de
trabajo a los propietarios de los medios de producción.
«Gentes pobres
y necesitadas, entre las que abundan los que tienen el peso y la carga de mujeres
y numerosos niños, y que no poseen nada más que lo que pueden ganar con
el trabajo de sus manos»: he aquí una descripción excelente del proletariado
moderno, extraída de un memorial de finales del siglo XVI, realizado en Leyde
(en los Países Bajos).
Porque
esta masa de proletarios no puede elegir sino es entre la venta de su fuerza de
trabajo y el hambre permanente, es por lo que está obligada a aceptar como
precio de su fuerza de trabajo el precio dictado por las condiciones
capitalistas normales en el «mercado de trabajo», es decir, el mínimo vital
socialmente reconocido. El proletariado
es la clase de los que están obligados por este apremio económico, a vender su
fuerza de trabajo de un modo más o menos continuo.
Bibliografía
K.
Marx: Salarios, Precio y Ganancia.
Rosa
Luxemburgo: Introducción a la Economía Política.
Ernest
Mandel: Iniciación a la teoría económica marxista.
—
Tratado de economía marxista.
Pierre
Salama y Jacques Valier: Introducción a
la Economía Política.
La
Economía capitalista
1.
Las particularidades de la economía capitalista
La
economía capitalista funciona según una serie de características que le son
propias y entre las cuales destacamos;
a)
La producción es exclusivamente una producción de mercancías; producción
destinada a ser vendida en el mercado. Sin la venta efectiva de ls mercancias
producidas, las firmas capitalistas y la clase burguesa en su conjunto, no
pueden realizar la plusvalía producida por el trabajador, y que está contenida
en el valor de las mercancias fabricadas
b)
La producción se efectúa en condiciones de propiedad privada de los medios de
producción. Esta propiedad no es tan sólo una categoría jurídica sino más bien
una categoría económica Esto significa que el poder de disponer de
fuerzas productivas (medios
de producción y
fuerzas de trabajo)
no pertenece a la
colectividad, sino que está dividido entre diferentes firmas separadas, controladas
por distintos grupos capitalistas
(propietarios individuales, familiares,
sociedades anónimas o grupos
financieros). Las decisiones
sobre inversiones, que condicionan en gran medida la coyuntura económica, se
toman también de un modo separado, sobre la base del interés privado e independientemente por cada
unidad o grupo capitalista.
c)
La producción se realiza para un mercado anónimo. Se rige por los imperativos
de la competencia. Desde el momento en que la producción no está limitada por
la costumbre (como en las comunidades primitivas) ni por la reglamentación
(como en las corporaciones de la Edad Media) cada capital particular (cada
propietario, cada forma, o cada grupo capitalista) se esfuerza en aumentar su
cifra de negocios, en acaparar una parte lo más grande posible del mercado, sin
tomarse interés por las decisiones análogas de otras firmas que operen en la
misma actividad.
d)
El objetivo de la producción capitalista es el de realizar el máximo beneficio.
Las clases poseedoras precapitalista
vivían del sobreproducto social,
consumiéndolo casi en su totalidad
de un modo improductivo. La clase capitalista,
también ella, debe consumir improductivamente una parte del sobreproducto
social, del beneficio que realiza. Pero para realizar estos beneficios, debe
poder vender sus mercancías. Esto implica
que debe poder
ofrecerlas al mercado
a un precio
más bajo que
el de la competencia. Para hacer esto, debe poder
bajar los costes de producción. El medio más eficaz para bajar los costes de
producción (el precio de fábrica) es ensanchar la base de la producción, es
producir más y ayudarse por máquinas cada vez más perfeccionadas. Pero esto
reclama capitales sin cesar y cada vez más elevados. Es, pues, bajo el látigo
de la competencia como el capitalismo se ve obligado a buscar el máximo de
beneficio para poder desarrollar al máximo sus inversiones productivas.
e) De
este modo, la
producción capitalista aparece
como una producción
no tan sólo
para obtener beneficios, sino
para acumular capital. En efecto, la lógica del capitalismo implica que la
parte mayor de la plusvalía sea acumulada productivamente (transformada en
capital suplementario, bajo forma de máquinas y de materias primas suplementarias, y de mano de obra suplementaria), y no consumida improductivamente (consumo
privado de la burguesía y de sus servidores).
La
producción que tiene por fin la acumulación de capital está abocada a
resultados contradictorios. Por una parte, el desarrollo incesante del
maquinismo implica un arranque de las fuerzas productivas y de la productividad
del trabajo que crea los fundamentos materiales de la emancipación de la
Humanidad para que deje de estar apremiada por el deber de "trabajar con
el sudor de su frente». He aquí la función históricamente progresiva del
capitalismo. Pero, por otro lado, el desarrollo del maquinismo. bajo el
imperativo de la búsqueda del máximo de beneficio v de acumulación sin que cese
de crecer el capital, implica una subordinación cada vez más brutal del
trabajador a la máquina, de las masas laboriosas a las «leyes de mercado» que
las hacen perder periódicamente la cualificación y empleo. El
desarrollo capitalista de
las fuerzas productivas
es al mismo
tiempo un desarrollo
cada vez, más
pronunciado
de la alienación de los trabajadores (y,
de manera indirecta de todos los ciudadanos
de la sociedad burguesa) de sus instrumentos de trabajo, de los
productos de su trabajo, en una palabra, de sus condiciones de vida
(comprendidas sus condiciones de consumo
y utilización del tiempo libre) y de sus relaciones realmente humanas con sus conciudadanos.
2.
El funcionamiento de la economía capitalista
Para
obtener el máximo de beneficio y desarrollar lo más posible la acumulación de
capital, los capitalistas deben reducir al máximo la parte del valor añadido
por la fuerza de trabajo que revierte a ésta bajo la forma de salario. Este
valor añadido, esta «renta creada» es en efecto determinada en el proceso de
producción en sí, independientemente
de todo problema
de reparto. Es
equivalente a la
suma total de
horas de trabajo proporcionadas por el conjunto de
productores asalariados. De este pastel cuanto más grande sea la parte de los
salarios reales pagados, más pequeña será forzosamente la parte de la plusvalía
Cuanto más buscan los capitalistas ampliar la parte que revierte a la,
plusvalía, tanto más obligados se ven a reducir la parte atribuida a los
salarios.
Los
dos medios esenciales por los cuales los capitalistas se esfuerzan en
acrecentar su parte, es decir, la plusvalía, son:
a)
La prolongación de la jornada de trabajo
(del siglo XVI hasta
mediados del XIX en Occidente;
en numerosos países semicoloniales y coloniales hasta nuestros días), la
reducción de los salarios reales, la rebaja en el mínimo vital. Es lo que Marx
llamó el acrecentamiento de la plusvalía absoluta.
b)
El aumento de la intensidad y de la productividad de trabajo en la esfera de
los bienes de consumo (que prevalece en Occidente a partir de la segunda mitad
del siglo XIX). En efecto, si por consecuencia de un aumento de la
productividad del trabajo en las
industrias de bienes de consumo y en la agricultura, el obrero industrial medio reproduce el valor
de un conjunto determinado de estos bienes de consumo en tres horas de trabajo
en lugar de deber trabajar cinco horas para producir la plusvalía que proporciona
a su patrón puede pasar del producto de tres al de cinco horas de trabajo si la
jornada de trabajo queda fijada en ocho horas. Esto es lo que Marx llama el
incremento de la plusvalía relativa.
Cada
capitalista busca obtener el máximo de beneficio, pero para obtenerlo o para
llegar a ello busca también incrementar
al máximo la producción, y a
bajar sin cesar el precio de coste y el precio de venta (en unidades monetarias
estables). Gracias a esto, la competencia realiza a término medio una selección entre las firmas capitalistas. Sólo las más
productivas y las más rentables sobreviven. Aquellas que venden demasiado caro
no sólo no realizan el máximo de beneficio. sino que termi nan viendo
desaparecer por completo su beneficio. Quiebran, o
son absorbidas por
sus competidores. La
competencia entre los
capitalistas termina así en una nivelación de las tasas de beneficio.
La
mayor parte de las firmas terminan por tener que contentarse con un beneficio
medio determinado en último análisis por la masa total de capital social
invertido y la masa total de la plusvalía proporcionada por el conjunto de los asalariados
productivos. Sólo las firmas que gozan de un fuerte avance en productividad, o
de una situación de monopolio, obtienen beneficios extraordinarios, es decir,
beneficios por encima de esta media. Pero en general, la competencia
capitalista no permite casi sobrevivir por un tiempo ilimitado, ni a los
beneficios extraordinarios ni a los monopolios. Son las variaciones en relación
a este beneficio medio las que rigen en gran parte las inversiones en el modo
de producción capitalista. Los capitales
abandonan los sectores en los que el beneficio está por debajo de la media, y
afluyen hacia los sectores donde el beneficio es superior a la media (por
ejemplo, afluyen hacia el sector del
automóvil en los años 60 y
abandonan esta rama para afluir hacia el sector energético en los años 70 de
nuestro siglo).
Pero
afluyendo hacia los sectores en los que la tasa de beneficio está por encima de la media,
estos capitales origina en ellos una competencia acrecentada, una
superproducción, una baja de los precios de venta, una baja de los beneficios,
hasta que las tasas de beneficios se establecen más o menos al mismo nivel en
todas las ramas.
3. La evolución de los salarios
Una
de las características del capitalismo
es que transforma la fuerza de trabajo
humano en mercancía. El valor de la
mercancía-fuerza de trabajo está determinada por sus costes de
reproducción (el valor de todas las mercancías cuyo consumo es necesario para
la reconstitución deja fuerza de trabajo). Se trata, por tanto, de una medida
objetiva, independientemente de las apreciaciones subjetivas o fortuitas de grupos de individuos sean obreros o
patronos. Sin embargo, el valor de la fuerza de trabajo tiene una
característica particular en relación al de cualquier otra mercancía: Comporta, además de un elemento
estrictamente mensurable, un elemento variable. El elemento estable, es el
valor de las mercancías que deben reconstituir la fuerza de trabajo desde el
punto de vista fisiológico (que deben permitir al obrero recuperar sus
calorías, vitaminas, una capacidad para desarrollar una energía muscular y
nerviosa determinada, sin la que sería incapaz de trabajar al ritmo «normal»
previsto por la organización capitalista del trabajo en un momento dado). El
elemento variable, es el valor de las mercancías incorporado en el
«mínimum
vital normal» en una época y en un país determinado que no forman parte del
mínimo vital fisiológico.
Marx
llama a esta parte del valor de la fuerza de trabajo su fracción
«histórico-moral». Esto quiere decir que no es fortuita. Es el resultado de una
evolución histórica y de una situación dada de las relaciones de fuerza entre
el Capital y el Trabajo. En este punto
preciso del análisis económico marxista,
la lucha de ciases, su pasado y su presente, se convierten en un factor
codeterminante de la economía capitalista.
El
salario es el precio de mercado de la
fuerza de trabajo. Como todos los precios de mercado, fluctúa en tomo al valor
de la mercancía examinada. Las fluctuaciones del salario están determinadas en
particular por las fluctuaciones del ejército de reserva industrial, es decir,
del par o, y esto en un triple sentido:
a)
Cuando un país capitalista conoce un paro permanente muy importante (cuando está industrialmente
subdesarrollado), los salarios peligran estar constantemente bien por debajo,
bien al nivel del valor de la fuerza de trabajo. Es te valor puede llegar a
estar próximo del mínimo vital fisiológico.
b) Cuando
el paro masivo
permanente decrece a
largo plazo, en
particular como resultado
de la industrialización en
profundidad v de la emigración en masa, los salarios pueden atravesar un período de buena coyuntura por encima del
valor de la fuerza del trabajo. La lucha obrera puede provocar a largo plazo
una incorporación en este valor del equivalente de nuevas mercancías. El mínimo
vital socialmente reconocido puede aumentar en términos reales, es decir,
incluye nuevas necesidades.
c)
Las altas y bajas del ejército de reserva industrial no dependen sólo de
movimientos demográficos (tasas de
nacimiento y de
mortalidad y de
los movimientos de
migración internacional del
proletariado. Dependen
también y sobre todo
de la lógica de la acumulación
del capital. En efecto, en la
lucha para sobrevivir a la competencia, los capitalistas deben sustituir
máquinas (el trabajo muerto) por la mano obra. Esta sustitución arroja
constantemente mano de obra fuera de la producción. Las crisis juegan la misma
función. Al contrario, en período de buena coyuntura y de «recalentamiento»,
cuando la acumulación del capital progresa a un ritmo febril, el ejército de
reserva industrial se reabsorbe.
No
hay, pues, ninguna «ley de bronce» que gobierne la evolución de los salarios.
La lucha de clases entre el Capital y el Trabajo la determina en parte. El
capital se esfuerza en hacer bajar los salarios hacia el mínimo vital
fisiológico. El trabajo
se esfuerza por
extender el elemento
histórico y moral
del salario incorporando
más necesidades nuevas a satisfacer.
El grado de cohesión, de organización, de solidaridad. de combatividad y de conciencia de clase del proletariado son
factores que determinan la evolución de los sala ríos. Pero a largo plazo se
puede descubrir una tendencia indiscutible hacia la pauperización relativa de
la clase obrera. La parte del valor añadido creado por el proletariado, que
recae en los trabajadores, tiende a bajar (lo que puede además acompa ñarse de
un aumentó de los salarios reales). La diferencia entre, por un lado, las
necesidades nuevas suscitadas por el desarrollo de las fuerzas productivas y el
desarrollo de producción capitalista, y la capacidad de satisfacer las
necesidades por los salarios recibidos, tiende a acre rentarse mientras tanto.
Un
índice claro de esta pauperización es la creciente diferencia entre el aumento
de la productividad del trabajo a largo plazo y el aumento de los salarios
reales. Desde principios del siglo XX y hasta el comienzo de los setenta la
productividad del trabajo ha aumentado alrededor de cinco a seis veces en la
industria y la agricultura de Estados Unidos y Europa occidental y central. Los
salarios reales de los obreros no han aumentado nada más que entre dos y tres
veces durante el mismo período.
4.
Las leyes de evolución del capitalismo
Junto a las características de su funcionamiento, el modo
de producción capitalista evoluciona
según ciertas leyes de evolución (leyes de desarrollo) que de este modo
pertenecen a su propia naturaleza:
a)
La concentración y la centralización del capital. En la competencia los peces
gordos devoran a los pequeños. Las grandes
empresas (firmas) acaban
con las empresas (firmas) de talla inferior, que disponen
de menos medios, que no pueden beneficiarse de las ventajas de la
producción en gran escala ni introducir la técnica más avanzada y más costosa.
De esta manera, el tamaño de las firmas punteras aumenta sin cesar (concentración
de capital). Hace un siglo las empresas con más de 500 asalariados eran una
excepción. Hoy en día las hay que ocupan por encima de 100.000 asalariados. Al
mismo tiempo muchas empresas derrotadas en la competencia son absorbidas por
sus competidoras victoriosas (centralización del capital).
b)
La proletarización progresiva de la población trabajadora.—La centralización
del capital implica que el número de pequeños patronos que trabajan por su
propia cuenta disminuye sin cesar. La parte de la población trabajadora
obligada a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir se acrecienta
continuamente. He aquí las cifras relativas a esta evolución en los Estados
Unidos y que confirman de modo terminante la tendencia:
EVOLUCIÓN
DE LA ESTRUCTURA DE CLASES EN LOS
ESTADOS UNIDOS
(En
% de toda la población que ejerce una profesión)
Asalariados Empresarios independientes
1880 62 36,9
1890 65 33,8
1900 67,9 30,8
1910 73,9 26,3
1920 73,9 23,5
1930 76,8 20,3
1939 78,2 18,8
1950 79,8 17,1
1960 84,2 14
1970 89,9 8,9
Al
contrario de la leyenda ampliamente difundida esta masa proletaria, aunque
fuertemente estratificada ve su grado de homogeneización acrecentarse y no
decrecer. Entre un obrero manual, un empleado de banca y un pequeño funcionario
público la diferencia es menor hoy de lo que era hace medio siglo o un siglo y
lo mismo sucede en lo que concierne al nivel de vida a la inclinación a
sindicarse y a hacer huelgas, al acceso potencial a la conciencia
anticapitalista.
Esta
proletarización progresiva de la población en régimen capitalista dimana es
pecialmente de la reproducción automática
de las relaciones
de producción capitalista,
del hecho de
la repartición burguesa
de las rentas, reproducción ya mencionada más
arriba. Que los salarios sean bajos o
elevados no sirven nada mas que para satisfacer las necesidades de consumo,
inmediatas o diferidas, de los proletarios. Estos están en la incapacidad de
acumular fortunas. Por otra parte la concentración del capital lleva consigo
gastos de establecimiento cada vez más elevados, que obstruyen el acceso a la
propiedad de las grandes empresas industriales y comerciales, no solamente a la
totalidad de la clase obrera, sino también a la inmensa mayoría de la pequeña
burguesía.
c)
El aumento de la composición orgánica del capital.—El capital de cada
capitalista, y por ello el capital de todos los capitalistas, puede ser dividido en dos partes. La primera
sirve para comprar máquinas, edificios y
materias primas. Su valor permanece constante en el curso de la producción; es
simplemente conservado por la fuerza de trabajo, que transmite una parte en los
productos que fabrica. Marx la llamó el
capital constante. La segunda sirve para la compra de la fuerza de
trabajo, para el pago de los salarios. Marx la llamó el capital variable, es lo que produce plusvalía.
La relación entre el capital
constante y el capital variable
es a la vez una relación técnica (para utilizar de manera rentable este o aquel
conjunto de máquinas, hace falta darle tantas o cuantas toneladas de materias
primas para devorar, es necesario poner a trabajar un número determinado de
obreros u obreras) y una relación de
valor: en tanto que los salarios gastados para comprar x trabajadores para
hacer andar las máquinas cuestan y pesetas, transformando z pesetas de materias
primas. Marx designa esta doble relación de capital constante y de capital
variable por la fórmula: composición orgánica del capital. Con el desarrollo
del capitalismo industrial esta relación tenderá a crecer. Una masa creciente
de materias primas y un número creciente (y cada vez má s complejo) de máquinas
serán puestas en movimiento por 1 (10, 100, 1000) trabajadores. A una misma
masa salarial corresponderá un valor cada vez más elevado gastado en la compra
de materias primas, de máquinas, de energía y de construcciones.
d)
La tendencia a la baja de la tasa media de beneficio.—Esta ley se deriva
lógicamente de la precedente. Si la composición orgánica del capital aumenta,
el beneficio tenderá a bajar en relación con el capital total, va que sólo el
capital variable produce la plusvalía, produce el beneficio. Se habla de una
ley de tendencia, y no de una ley que se impone de un modo «lineal» como la de
la concentración del capital o la proletarización de la
población activa. En
efecto, hay diversos
factores que contrarrestan
esta tendencia. El más
importante, entre ellos, es el aumento de la tasa de explotación de los
asalariados, el aumento de la tasa de la
plusvalía relación entre
la masa total
de la plusvalía
y la masa total
de los salarios).
Es necesario constatar, sin
embargo, que la
tendencia decreciente de la tasa
media de beneficio
no puede ser neutralizada a la larga por el incremento
de la tasa de plusvalía. Existe un límite por debajo del cual ni el salario
real ni siquiera salario relativo pueden caer sin poner en peligro
productividad social del trabajo, el rendimiento de mano de obra, por ello, no
hay ningún límite al crecimiento de la composición orgánica del capital (esta
puede tender hacia el infinito en las empresas automatizadas).
e)
La socialización objetiva de la
producción. —Al principio de la producción mercantil cada empresa era una
célula independiente, no se establecían nada más que relaciones pasajeras
con proveedores y clientes.
Cuanto más evoluciona el régimen capitalista más van tejiendo lazos de
interdependencia técnica y social duraderas entre empresas y sectores de un
número creciente de países y de continentes. Una crisis en un sector repercute
en todos los demás sectores. Por primera vez desde él origen del genero humano
se crea de este modo una infraestructura económica común para todos los
hombres, base de su solidaridad en el mundo comunista del mañana.
5.
Las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista
Sobre la
base de estas
leyes de desarrollo
del régimen capitalista,
una serie de
contradicciones fundamentales del modo de producción en cuestión pueden
ser establecidas:
a)
La contradicción entre la organización cada vez más deliberada, consciente, de
la producción en el seno de cada firma capitalista, y la anarquía cada vez más
pronunciada del conjunto de la producción capitalista que es el resultado de la
supervivencia de la propiedad privada y
de la producción mercantil
generalizada
b)
La contradicción entre la socialización objetiva de la producción, y el
mantenimiento de la apropiación privada de los productos, del beneficio y de
los medios de producción. Es en el momento en que la interdependencia de las empresas, de los sectores, de los
países, de los continentes, está más avanzada, cuando el hecho de que todo este
sistema no funciona sino como
consecuencia de las órdenes y los
cálculos de beneficio de un puñado de magnates capitalistas revela plenamente
su carácter a la vez económicamente absurdo y socialmente odioso.
c)
La contradicción entre la tendencia del régimen capitalista a desarrollar las
fuerzas productivas de manera
ilimitada
y el cerco estrecho que debe obligatoriamente imponer al consumo individual y
social de la masa de trabajadores, ya que el objetivo de la producción es que
permanezca un máximo de plusvalía, lo que implica forzosamente la limitación de
los salarios
d)
La contradicción entre un desarrollo enorme de la ciencia y de la técnica —con
su potencial para la emancipación del hombre— y la subordinación de estas
fuerzas productivas potenciales a los imperativos de la venta de mercancías y
del enriquecimiento de los capitalistas, lo que transforma periódicamente estas
fuerzas productivas en fuerzas de destrucción (especialmente en el caso de las
crisis económicas, de las guerras y de la aparición de regímenes de di ctadura
¡Fascista sangrienta, pero también en las amenazas que pesan sobre
el medio ambiente
natural del hombre,
enfrentando así la
humanidad con el
dilema: socialismo o barbarie.
e)
El desarrollo inevitable de la lucha de clases entre el capital y el trabajo,
que mina periódicamente las condiciones
normales de reproducción de la sociedad burguesa.
Esta problemática será
examinada de manera más detallada en los
capítulos 8. 9, 11 y 14.
6.
Las crisis periódicas de sobreproducción
Todas
las contradicciones inherentes al modo
de producción capitalista desembocan periódicamente en crisis de
sobreproducción. 'La tendencia a las crisis periódicas de sobreproducción, a
una marcha cíclica de la producción
que atraviesa sucesivamente las
etapas de lanzamiento
económico, de buena
coyuntura, de
«recalentamiento» (el «boom»), de crisis y de depresión es
inherente a este modo de producción, y sólo a él. La amplitud de estas
fluctuaciones puede variar de una época
a otra, pero su realidad es inevitable en el régimen capitalista.
Ha
habido crisis económicas (en el sentido de interrupción de la reproducción
normal) en las sociedades precapitalistas; las ha habido igualmente en las
sociedades postcapitalistas. Pero no se trata ni en un caso ni en otro de
crisis de sobreproducción de mercancías y de capitales, sino más bien de crisis
de subproducción de valores de uso. Lo que caracteriza la crisis de
sobreproducción capitalista es que las rentas bajan, el paro se extiende, la
miseria (y a menudo el hambre)
se instalan, no
porque la producción
física haya bajado,
sino, al contrario,
porque ha aumentado de manera
excesiva en relación al poder de compra disponible. Es porque los productos son
invendibles, por lo que baja la actividad económica, no porque haya falta
física de productos.
En
la base de las crisis periódicas de sobreproducción se encuentra a la vez la
disminución de la tasa media de beneficio, la anarquía de la producción
capitalista y la tendencia a desarrollar la producción sin tener en cuenta los
límites que el modo de distribución burguesa imponen al consumo de la masa
trabajadora. Como consecuencia de la disminución de la tasa de beneficio, una
parte creciente de los capitales no pueden obtener un beneficio suficiente. Las
inversiones se reducen. El paro se extiende. La mala venta de un número
creciente de mercancías se combina con este factor para precipitar una caída
general del empleo, de las rentas, del poder adquisitivo y de la actividad
económica en su conjunto.
La
crisis de sobreproducción es a la vez el
producto de estos factores y el medio del que dispone el régimen capitalista
para neutralizar
parcialmente el efecto crisis
provoca la baja del valor de las mercancías y bancarrota de numerosas firmas. El capital
total se luce, pues, en valor. Esto permite una subida de la tasa de beneficio
y de la actividad de acumulación. El paro masivo permite acrecentar las tasas
de explotación de la mano de obra, lo que conduce al mismo resultado.
La
crisis económica acentúa las contradicciones sociales y puede desembocar en una
crisis social y política explosiva. Señala que el régimen capitalista está
maduro para ser reemplazado por un régimen más eficaz y más humano, que no
derroche más los recursos humanos y materiales. Pero la crisis no provoca
automáticamente el derrumbamiento de este régimen. Debe ser aprovechada por la
acción consciente de la clase revolucionaria que ha hecho nacer: la clase
obrera.
7.
Unificación y fragmentación del proletariado
El
capitalismo crea al proletariado, lo concentra
en empresas cada vez más
importantes, le inculca la disciplina
industrial y, con ella, la cooperación y solidaridad elementales en los lugares
de trabajo. Pero todo esto está
condicionado por la
búsqueda de un
máximo provecho, tanto
para cada empresa
capitalista, tomada aislada
mente, como para la clase burguesa, en su conjunto. Y esta clase es claramente consciente
de1 hecho, confirmado por las primeras explosiones : luchas obreras, de
que la concentración y unificación de las fuerzas proletarias representan para
ella la gran amenaza.
Es
por ello que el desarrollo del mundo de la producción es acompañado por un
doble movimiento contradictorio: por una parte, la tendencia histórica,
fundamental a largo plazo, de unificación y homogeneización del proletariado,
del conjunto de los asalariados; por otra, las tentativas repetidas de
fragmentar y estratificar la clase proletaria, sometiendo algunas de sus capas
a la sobreexplotación y a la opresión particular, privilegiando
relativamente a otras capas. Ideologías
particulares, como el racismo, el
sexismo, el chauvinismo, la xenofobia,
sirven para justificar y estabilizar estas formas particulares de
sobreexplotación y opresión, que nacen en el seno mismo de los primeros países capitalistas, pero que el colonialismo y el imperialismo acentuarán
y llevarán al paroxismo en la escala internacional.
El
empleo masivo del trabajo femenino y juvenil ha sido uno de los medios
preferidos, usado por los jóvenes industriales para «quebrantar» los salarios
en las primeras manufacturas y fábricas. Al mismo tiempo, la burguesía,
apoyándose sobre todo en la iglesia y otros agentes de diseminación de
ideologías reaccionarias, ha estimulado poderosamente en el seno de la clase
obrera y de otras clases trabajadoras de la población la idea de que
«el
lugar de la mujer está en el
hogar», y que la mujer, sobre
todo, no debería tener
acceso a los oficios y profesiones calificados (donde ella haría
igualmente correr el riesgo de hacer bajar los salarios).
De hecho,
en el régimen
capitalista las obreras
y empleadas son
sobreexplotadas a doble
título. Primeramente porque continúan,
en su gran
mayoría, peor remuneradas
que los hombres,
tanto por la subcalificación como por el pago de
salarios, más bajos por un mismo trabajo, lo que aumenta directamente la masa de la plusvalía de
que se apropia
el capital. Luego,
porque la organización
de la vida
socioeconómica burguesa tiene su eje en la familia patriarcal, en tanto
que célula de base de la consumación, de la reproducción física de la fuerza de
trabajo. En consecuencia, las mujeres
están obligadas a proporcionar, en el
seno de esta familia, trabajo no remunerado, tal como la preparación de la
comida, la calefacción, la limpieza, el cuidado y la educación de los hijos,
etc. Este trabajo no es directamente fuente de plusvalía, puesto que no se
inserta entre las mercaderías, pero indirectamente aumenta la masa de la
plusvalía social, en la medida en que reduce los gastos de reproducción de la fuerza de trabajo, a cargo de la clase
burguesa. Si el proletario debiese comprar
todas sus comidas, vestidos, servicio de limpieza y calefacción en el mercado,
si debiese pagar servicios de cuidadores y educadores de sus hijos fuera del
horario escolar, su salario medio debería ser manifiestamente superior a lo que
es cuando él puede recurrir al trabajo no remunerado de su compañera, hijas, madre, etc., y la plusvalía locial se
reduciría otro tanto.
El
carácter espasmódico de la producción capitalista, con sus bruscos aumentos y
reducciones de la producción industrial, reclama un movimiento no menos
espasmódico de aflujo y eliminación periódicos de mano de obra en los «mercados de trabajo».
A fin de reducir los costos políticos
y sociales de estos movimientos violentos acompañados de
tensiones y de miseria humana considerable, el capital tiene interés en
aprovisionarse de una mano de obra originaria de países menos industrializados.
Cuenta a la vez con su docilidad, producto de una miseria y un subempleo en
principio mucho más pronunciado, y con las diferencias de costumbres y
tradiciones entre esta mano de obra y la clase obrera «autóctona», como para
obstaculizar el desarrollo de una verdadera solidaridad y unidad de clase que
englobe al conjunto de proletarios de cada país y de todas las naciones.
Grandes movimientos
migratorios han acompañado
así toda la
historia del mundo
de producción capitalista;
irlandeses hacia Inglaterra y Escocia; polacos hacia Alemania; italianos, luego
nortafricanos, españoles, portugueses hacia Francia; indios hacia las colonias
británicas primero, hacia Gran Bretaña después; chinos hacia todas las regiones
del Pacífico; coreanos hacia Japón; olas sucesivas de emigrados hacia
Norteamérica (ingleses, irlandeses,
italianos, judíos, polacos,
griegos, mejicanos, portorriqueños, sin olvidar
los esclavos negros de los siglos XVII, XVIII y XIX), Argentina y
Australia.
Cada una de estas olas de inmigración masiva
ha sido acompañada, aunque en grados
diversos, por
fenómenos
similares de sobreexplotación y opresión. Los inmigrados son acantonados en los
empleos peor remunerados. Se les obliga a efectuar los trabajos más insalubres.
Son aislados en ghettos y tugurios. Se les priva generalmente de toda enseñanza
en sus lenguas maternas. Se introducen mil discriminaciones (especialmente en
la adquisición de iguales derechos civiles, políticos, sindicales), a fin de
dificultar su desarrollo intelectual y moral, de que permanezcan intimidados,
sobreexplotados, y de mantenerlos en un estado de «movilidad» superior al del
proletariado autóctono y
organizado (comprendidas también
la expulsión hacia
sus países de
origen o la deportación arbitraria).
Los
prejuicios ideológicos difundidos simultáneamente en el seno de ese
proletariado «autóctono» deben justificar a sus ojos la sobreexplotación, y mantener la fragmentación y división
permanentes de la clase obrera entre adultos
y jóvenes, hombres v mujeres,
«autóctonos» e inmigrados, cristianos
y judíos, blancos y negros, hebreos y árabes, etc.
El
proletariado sólo puede llevar adelante su lucha de emancipación —incluido el nivel de la defensa de sus
intereses más inmediatos y más elementales— si se une y organiza de manera que
afirme la solidaridad de clase y la unión de todos los asalariados. Es por ello
que la lucha contra todas las discriminaciones y todas las formas de
sobreexplotaci ón sufridas por la mujer, los jóvenes, los inmigrados, las
nacionalidades y las razas oprimidas, no es sólo un deber humano y político
elemental. Ella responde también a un evidente interés de clase. La educación
sistemática de los trabajadores en el sentido de hacerles dejar de lado todos
los prejuicios sobre el sexo, racistas, patrioteros, xenófobos,
que sostienen esa
sobreexplotación y esos
esfuerzos de fragmentación
y división permanentes del
proletariado, es, pues, una tarea fundamental del movimiento obrero.
Bibliografía:
Karl
Marx: Salario, precio y ganancia. Marx y Engels: El manifiesto comunista.
Engels: Anti-Dühring (2.a parte).
Kautsky:
La doctrina económica de Karl Marx.
Rosa
Luxemburg: Introducción a la Economía Política. Ernest Mandel: Introducción a la teoría económica marxista.
Ernest Mandel: Tratado de economía marxista.
Pierre
Salama y Jacques Valier. Introducción a
la economía política. E. Mandel y George Novack: La teoria marxista de la
alienación.
El
capitalismo de los monopolios
El
funcionamiento del modo de producción capitalista no ha sido siempre el mismo
desde sus orígenes. Sin referirnos al capitalismo manufacturero, que ocupa
desde el siglo XVI hasta el XVIII, podemos distinguir dos fases de la historia
del capitalismo industrial propiamente dicho:
—
La fase del capitalismo de libre competencia, que va desde la revolución
industrial (año 1760, aproximadamente) hasta la década de los ochenta del siglo
XIX
—
La fase del imperialismo, que abarca desde 1880, aproximadamente, hasta
nuestros días.
1.
De la libre competencia a los acuerdos capitalistas
Durante
toda su primera fase de existencia, el capitalismo industrial se caracterizaba
por la existencia de un gran número de empresas independientes en cada rama
industrial. Ninguna de ellas podía dominar por sí sola el mercado. Todas
intentaban vender mas barato para tener la esperanza de vender sus mercancías.
Esta
situación se modificó cuando la concentración y la centralización capitalistas
solo dejaron subsistir en una serie de
ramas industriales un numero reducido de
empresas que producen conjuntamente el
60, 70, o incluso el 80 % de la producción total. Estas empresas podían
entonces ponerse de acuerdo para intentar dominar el mercado, es decir, dejar
de hacer bajar sus precios de venta repartiéndose entre sí los distintos
mercados, según las correlaciones de fuerza del momento.
Este
declive de la libre competencia capitalista vino facilitado en gran parte por
la importante revolución tecnológica que se produjo al mismo tiempo: la
substitución del motor de vapor por el motor eléctrico y el motor de explosión
como fuentes principales de energía en la industria y en las principales ramas
del transporte. Toda una serie de
nuevas industrias en
desarrollo —industrias eléctricas,
de aparatos eléctricos,
petroleras, del automóvil, químicas,
etc,— debían hacer unos gastos de instalación mucho
más importantes que las antiguas
ramas industriales, lo cual redujo desde el primer momento el número de
posibles competidores.
Las
principales formas de acuerdo entre capitalistas son:
—
el cártel y el sindicato en una rama de la industria, en los que cada firma que
participa en el acuerdo conserva su independencia;
—
el trust y la fusión de empresas, en los que esta independ encia desaparece en
el seno de una única y misma sociedad gigante;
—
el grupo financiero y la sociedad holding,
en los que un pequeño número de capitalistas controlan numerosas empresas de distintas
ramas de la industria que siguen siendo jurídicamente independientes entre sí.
2.
Las concentraciones bancarias y el capital financiero
El
mismo proceso de concentración y de centralización del capital
que se realiza en el campo de la industria y de los transportes tiene también lugar en el terreno bancario.
Al final de esta evolución, un escaso número de bancos gigantes dominan toda la
vida financiera de los países capitalistas.
La
principal función de los bancos en el régimen capitalista es la de conceder
crédito a las empresas. Cuando la concentración bancaria es muy fuerte, un
puñado de banqueros detentan un monopolio de hecho para la concesión del
crédito. Esto les permite dejar de comportarse como prestamistas pasivos que se
contentan con cobrar los intereses por los capitales avanzados esperando que
les sea devuelto su crédito cuando la deuda se cancela.
De
hecho, los bancos que avanzan
créditos a empresas que realizan
actividades idénticas o paralelas, tienen un mayor interés en
asegurar la rentabilidad y la solvencia de todas sus empresas. Tienen interés
en evitar que los beneficios no
disminuyan a consecuencia de la empecinada competencia.
Por tanto, intervienen en el
sentido de acelerar —y algunas veces imponer— la concentración y centralización
industrial.
Al
hacerlo, pueden tomar la iniciativa de promoción para crear grandes trusts. De
igual modo, pueden utilizar su situación monopolista en el terreno del crédito
para obtener, a cambio de los créditos, participaciones en el capital de las
grandes empresas. De esta forma se va desarrollando el capital financiero, es decir, el capital bancario que penetra en
la industria y ocupa en la misma una posición predominante.
En
la cumbre de la pirámide de poder de la época del capitalismo de los monopolios
aparecen grupos financieros que controlan al mismo tiempo los bancos, demás
instituciones financieras (como por ejemplo las compañías de seguros),
los grandes trusts industriales
y de transporte, grandes almacenes,
etc. Unos cuantos grandes
capitalistas, las famosas «sesenta
familias» en USA y las «doscientas
familias» en Francia, tienen en sus manos todas las palancas del poder
económico de los países imperialistas.
En
Bélgica, una docena de grupos financieros (el grupo de la Société Genérale; el
grupo de Launoit; el grupo Solvay-Böel; el grupo Empain; el grupo Lambert; el
grupo Petrofina; el grupo Sofina; el grupo Almanij; el grupo Evenco Coppée)
controlan la esencia de la economía, al lado de algunos grandes grupos
extranjeros.
En los
Estados Unidos, algunos
grupos financieros gigantes
(especialmente los grupos
Morgan Rockefeller, du Pont, Mellon, el llamado grupo de Chicago, el
llamado grupo de Cleveland, el grupo de Bank of América, etc.) ejercen un
fuerte dominio que se extiende sobre toda la economia. Lo mismo sucede en el
Japon, con los antiguos
zaibatsu (trusts), aparentemente
desmantelados después de
la II Guerra
Mundial, se han reconstituido fácilmente. Se trata
principalmente de los grupos Mitsubishi, Mitsui, Itch, Sumitomo, Marubeni.
3.
Capitalismo monopolista y capitalismo de libre competencia
La
aparición de los monopolios no significa que la competencia capitalista haya
desaparecido. Y menos aún puede significar
que cualquier rama industrial está definitivamente dominada
por una sola firma. Lo que significa en primer lugar en todos los
sectores monopolizados es lo siguiente:
a)
La competencia ya no se practica normalmente a través de la baja de precios.
b)
Por ello, los grandes trusts obtienen super-beneficios monopolistas, es decir,
una tasa de ganancia superior a la de las empresas que operan en sectores no
monopolizados.
Además,
la competencia continúa:
a)
En el seno de los sectores no monopolizados de la economía, que siguen siendo
numerosos.
b)
Entre monopolios, normalmente por medio de otras técnicas que no sean la de bajar los precios de venta (puede ser
por vía de la reducción del coste de fabricación, publicidad, etc.) y también
excepcionalmente mediante una «guerra de precios» cuando las correlaciones de
fuerza entre los trusts han sido modificadas y cuando se trata de adaptar el
reparto de los mercados a estas nuevas condiciones.
c)
Entre monopolios «nacionales», en el mercado mundial, esencialmente por la vía
normal de las «guerras de precios». Sin embargo, la concentración de capital puede llegar hasta el punto en el
que incluso en el mercado mundial algunas firmas son las únicas que pueden
subsistir en un sector industrial, lo que puede conducir a la creación de
cartels internacionales que se reparten los mercados.
4.
La exportación de capitales
Los
monopolios sólo pueden controlar los mercados monopolizados a condición de
limitar el crecimiento de la producción, y por tanto la acumulación de capital.
Pero además, estos mismos monopolios poseen abundante capital gracias sobre
todo a los superbeneficios monopolistas que realizan. La época imperialista del
capitalismo se caracteriza, pues, por
el fenómeno de
exceso de capital
entre las manos
de los monopolios
de los países imperialistas, y que están siempre
buscando nuevos campos de inversión. La exportación de capital se convierte
pues
en un rasgo esencial de la era imperialista.
Este
capital se exporta a los países donde pueda conseguir una ganancia superior a
la media de los dos sectores competitivos de los países imperialistas, para
estimular fabricaciones complementarias a la industria de la metrópoli. Ante
todo se utiliza para desarrollar la producción
de materias primas vegetales y minerales en los países subdesarrollados
(de Asia, África y América latina).
Mientras
el capitalismo operaba solamente en el mercado mundial para vender sus
mercancías y comprar las primeras materias y los alimentos, no tenía ningún
interés especial en abrirse paso por medio de la fuerza militar (que sin
embargo se utilizaba para destruir las barreras que impedían la penetración de
mercancías; por ejemplo, las guerras del opio declaradas por Gran Bretaña para
obligar al imperio chino a levantar las prohibiciones que obstaculizaron la
importación de opio procedente de la India británica). Pero esta situación se
modifica en el momento en que la exportación de capitales empieza a ocupar un
lugar preponderante en las operaciones internacionales del capital.
Mientras que
una mercancía vendida
debe ser pagada
como máximo al
cabo de algunos
meses, los capitales invertidos
en un país
sólo consiguen ser
amortizados al cabo
de muchos años.
Por esta causa,
las potencias imperialistas cobran mayor interés en establecer un
control permanente sobre los países en los que han invertido sus capitales.
Este control puede ser indirecto —a través de los gobiernos a sueldo del
extranjero, aunque se trate de Estados formalmente independientes— en los
países semicoloniales. Puede ser directo
—a través de una administración que dependa directamente de la
metrópoli— en los países coloniales. La era imperialista se caracteriza, pues,
por una tendencia al reparto del mundo en imperios coloniales y en zonas de
influencia de las grandes potencias imperialistas.
Este
reparto se efectuó en un determinado momento (sobre todo en el período
1880-1900) en función de las correlaciones de fuerza existentes en aquel
momento: hegemonía de Gran Bretaña, importante fuerza de los imperialismos francés,
holandés, belga; relativa
debilidad de las
«jóvenes» potencias imperialistas: Alemania, Estados Unidos, Italia, Japón.
Estas
«jóvenes» potencias imperialistas se servirán de una serie de guerras
imperialistas para cambiar estas correlaciones de fuerza y modificar este
reparto del mundo en favor suyo; guerra ruso-japonesa; primera guerra mundial;
segunda guerra mundial.
Todas estas
guerras tenían como
fin la rapiña para conseguir campos
de inversión de capitales, para obtener
fuentes de materias
primas, para hacerse con mercados
privilegiados, y no eran en absoluto guerras movidas por un «ideal» político
(«en favor o en contra de la democracia»; en favor o en contra de las
autocracias; en favor o en contra del fascismo). La misma observación puede hacerse respecto a las guerras de
conquista colonial que jalonan la era imperialista (destacando en el siglo xx
la guerra de Italia contra Turquía; la guerra chino- japonesa; la guerra de
Italia contra Abisinia) o las guerras colonialistas contra los movimientos de
liberación de los pueblos (guerra de Argelia, guerra del Vietnam, etc.) en las
cuales una de las partes tiene por objeto la rapiña, pero el pueblo
semicolonial o colonial defiende una causa justa intentando escapar de la
esclavitud imperialista.
5.
Países imperialistas y países dependientes
Así
pues, la era del imperialismo no sólo ve el establecimiento del control de un
puñado de magnates de la industria y la finanza en las naciones metropolitanas.
Se caracteriza también por el establecimiento del .control de la burguesía
imperialista de unos pocos países en los pueblos coloniales y semicoloniales,
sobre las dos terceras partes del género humano.
La
burguesía imperialista extrae de los países coloniales y
semicoloniales
considerables riquezas. Sus capitales invertidos
en estos países representan
super-beneficios coloniales que
se repatrian hacia la metrópoli.
La división mundial del
trabajo basada en el int ercambio de
productos manufacturados de la metrópoli
contra materias primas procedentes de las colonias desemboca en un
intercambio desigual, mediante el cual los países pobres intercambian
cantidades de trabajo superiores contra cantidades de trabajo mucho más
reducidas de los países metropolitanos. La administración colonial es pagada
con impuestos arrancados de los pueblos colonizados, de los cuales una parte
nada despreciable es igualmente repatriada.
Todos
estos recursos extraídos de los países dependientes son necesarios cuando se
trata de financiar su crecimiento
económico. El imperialismo
es, sin lugar
a dudas, una
de las principales
causas de subdesarrollo
del hemisferio meridional.
6.
La era del capitalismo tardío
La
era imperialista puede dividirse a su vez en dos fases: la era del imperialismo
«clásico» que cubre el período
anterior a la
primera guerra mundial
así como el
período de entreguerras,
y la era
del declive del capitalismo, que empieza con la segunda
guerra mundial o al finalizar la misma.
En
esta era de declive capitalista, la concentración y la centralización del
capital se hace cada vez más a escala internacional. Mientras el trust
monopolista nacional es la «célula de base» de la era imperialista clásica, la
sociedad multinacional es la «célula de base» de la era del declive, que se
caracteriza también, al mismo tiempo, por una
aceleración de la
innovación tecnológica, por
períodos cada vez
más cortos de
amortización del capital invertido en máquinas, por la
obligación de todas las grandes firmas de calcular y planificar de manera muy
precisa sus costes y sus inversiones, y por la tendencia a la programación
económica de Estado..
Igualmente,
la intervención económica del Estado es cada vez más importante por la
obligación en que se encuentra la burguesía de poner a flote, con ayuda del
Estado, sectores industriales que se han convertido en crónicamente deficitarios; de financiar
por parte del Estado
sectores punta que todavía no son rentables; de asegurar, por parte del Estado, los
beneficios de los grandes monopolios, procurándoles pedidos estatales (en
especial, pero no sólo, pedidos militares), así como ocupándose de las subvenciones
y de los subsidios, etc.
La
creciente internacionalización de la
producción por una parte y la creciente intervención del Estado nacional en la
vida económica por otra, provocan una serie de nuevas contradicciones en la era
de declive del capitalismo, de las cuales la crisis del sistema monetario
mundial, alimentado por la permanente inflación, es una de las principales
muestras.
La
era del declive del capitalismo se caracteriza también por la generalizada
desintegración de los imperios coloniales, por la transformación de los países
coloniales en países semicoloníales, por la reorientación de las exportaciones
de capital que pasan ahora en primer lugar de un país imperialista a otro y no
de países metrópoli a sus colonias, y por un inicio de industrialización (muy
restringida todavía a la esfera de bienes de consumo) en los países
semicoloniales. Este último no sólo es un intento de la burguesía indígena para
frenar los movimientos populares revolucionarios, sino también el resultado
lógico de las exportaciones de máquinas y bienes de equipo, que constituyen hoy
la partida más importante de las exportaciones de los países imperialistas.
Por
tanto, ni las transformaciones que se han producido en el funcionamiento de la
economía capitalista en el seno de los países imperialistas, ni las que se
refieren a la economía de los países semicoloniales y el funcionamiento
conjunto del sistema imperialista, permiten poner en tela de juicio la
conclusión a la que Lenin llegó hace más de medio siglo respecto al significado
histórico de toda la época imperialista. Lenin dijo que ésta es una época de
exacerbación de todas las contradicciones interimperialistas. Es una época
nacida bajo el signo de violentos
conflictos, guerras imperialistas, guerras
de liberación nacional,
guerras civiles. Es
la época de las
revoluciones y contrarrevoluciones, de conflagraciones cada vez más explosivas, y no la época de un sabio y pacífico progreso
de la civilización.
Una buena
razón descarta los
mitos según los
cuales la economía
occidental actual no
seria ya una economía capitalista propiamente dicha.
La recesión generalizada de la economía capitalista internacional en los años
1974 -75 ha asestado un golpe mortal a la tesis según la cual nosotros
viviríamos en un pretendido sistema de
«economía
mixta», en el que la regulación de la vida económica por el poder público
permitiría asegurar de un
modo
ininterrumpido el crecimiento económico, el pleno empleo y la extensión del
bienestar de todos. La realidad ha demostrado
que, una vez más. los imperativos
del beneficio privado continúan
rigiendo esta economía, y provocan
periódicamente el paro masi vo v
la superproducción, y que se trata en
todo caso de una economía capitalista.
De
igual manera la tesis según la cual ya no serían los grupos
capitalistas los más
potentes, sino los
«managers», los burócratas, los tecnócratas y los sabios
que dirigirían la sociedad occidental,
no se funda en ninguna prueba
científica seria. Muchos de estos «amos» de la sociedad se han quedado sin
empleo en el curso de las dos últimas recesiones recientes. La delegación de
poderes que el Gran Capital acepta es perfeccionada en el seno de las
sociedades gigantes que controla, se extiende sobre la mayoría de sus prerrogativas
tradicionales, salvo en lo esencial: las decisiones en última instancia sobre
las formas y las orientaciones fundamentales de la puesta en
escena
del capital, y de la acumulación del
capital, es decir, todo lo que está relacionado
con el «santo de los santos»: lo prioridad del beneficio de los
monopolios a la que puede ser sacrificada la distribución de dividendos de los
accionistas. Los que ven en ello una prueba de que In propiedad privada no
cuenta apenas olvidan la tendencia predominante, desde los comienzos del
capitalismo. de sacrificar la propiedad privada de los pequeños en favor de un
puñado de grandes.
Bibliografía
Lenin:
El imperialismo, estadio superior del capitalismo. R. Hilferding: El capital
financiero.
E.
Mandel: Tratado de economía marxista (capítulos 12-14). Pierre Jalee: El
imperialismo en 1970.
Pierre
Salama: El proceso de subdesarrollo.
El
sistema imperialista mundial
1.
La industrialización capitalista y la ley del desarrollo desigual y combinado
El
capitalismo industrial moderno nació en Gran Bretaña. A lo largo del siglo XIX
se fue extendiendo progresivamente por la mayor parte de los países de Europa
occidental y central, así como a los Estados Unidos, y más tarde al Japón. La
existencia de algunos países inicialmente industrializados no pareció impedir
la penetración y la extensión del capitalismo industrial en una serie sucesiva
de países en vía de industrialización.
Al
contrario, la gran industria británica, belga, francesa, destruyó
inexorablemente en estos últimos las
formas de producción preindustriales (artesanado
e industrias-domicilio).
Pero los capitales británicos,
belgas, franceses tenía n aún amplios campos de inversión que
permanecían abiertos en sus propios países. También, es, por lo general, una
industria moderna nacional la que sustituye progresivamente al artesanado
arruinado por la competencia de las mercancías extranjeras más bara tas. Esto fue
lo que sucedió especialmente con la producción de textiles en Alemania,
en Italia, en España, en Austria,
en Bohemia, en la Rusia zarista
(comprendiendo a Polonia), en los
Países Bajos, etc.
Con
el advenimiento de la era imperialista, del capitalismo monopolista, esta
situación se modifica completamente. A
partir de entonces el funcionamiento del mercado
mundial no sólo no facilita sino que al contrario traba el desarrollo
capitalista «normal» y especialmente la industrialización en profundida d, de
los países subdesarrollados. La fórmula de Marx según la cual cada país
avanzado muestra a un país menos desarrollado la imagen de su propio porvenir,
pierde la validez que conservaba a lo largo de la era del capitalismo de la
libre competencia.
Tres
factores esenciales (y numerosos factores suplementarios que no mencionaremos)
determinan este cambio fundamental del funcionamiento de la economía
capitalista internacional:
a)
La amplitud de la producción en serie de numerosas mercancías en los países
imperialistas, que inunda el mercado mundial, que adquiere un avance tal en
productividad y en precios de fábrica en
relación con toda la producción industrial inicial de los países
subdesarrollados que esta última no puede realmente arrancar a gran escala, no
puede seriamente mantener la competencia contra la producción extranjera. De
este modo la industria occidental (y más tarde la industria japonesa) se
beneficiará en lo sucesivo de la ruina progresiva del artesanado, de la
industria domiciliaria, de la manufactura, en los países de Europa oriental, de
América latina, de Asia y de África.
b)
El excedente de capitales que aparece de manera más o menos permanente en los
países capitalistas industrializados
bajo el dominio
progresivo de los
monopolios, desata un
vasto movimiento de exportación de capitales hacia los países
subdesarrollados, desarrollando en ellos sectores de producción complementarios
y no competitivos en relación con la industria occidental. Así, los capitales
extranjeros que dominan la economía de estos países los especializan en la
producción de materias primas minerales y vegetales, así
como en la
producción de alimentos.
Por otro lado,
estos países van
cayendo progresivamente en el estatuto de países semicoloniales o
coloniales, el Estado en ellos defiende ante todo los intereses del capital
extranjero. No toma ni siquiera medidas modestas de protección a la industria
naciente contra la competencia de los productos importados.
c)
El dominio de la economía de los países dependientes por los capitales
extranjeros crea una situación económica y social en la que el Estado mantiene
y consolida los intereses de las viejas clases dominantes, ligándolas a los del
capital imperialista, en vez de eliminarlas más o menos radicalmente, como
sucedió en el curso de las grandes revoluciones democrático-burguesas de Europa
occidental y Estados Unidos.
El
conjunto de esta nueva evolución de la economía capitalista internacional en la
era imperialista puede resumirse en la ley del desarrollo desigual y combi
nado. En los países atrasados —o al menos en una serie de
ellos—
la estructura social y económica no es
en sus rasgos fundamentales, ni la de
una sociedad típicamente feudal, ni la de una sociedad típicamente capitalista.
Bajo el impacto del dominio del capital imperialista, combina de un
modo excepcional rasgos
feudales, semifeudales, semicapitalistas y capitalistas, La
fuerza social dominante es la del
capital — pero, por lo general se trata del capital extranjero—. La burguesía
indígena no ejerce, pues, el poder político. La mayoría de la población no se
compone de asalariados, y por lo general tampoco de siervos, sino de campesinos
sometidos en diferentes prados a las exacciones de los hacendados semifeudales,
semicapitalistas. de los comerciantes usureros,
y de los recaudadores de impuestos. Pero esta gran masa, aunque vive apartada
de la producción mercantil e incluso de
la producción monetaria, no deja
de sufrir los efectos desastrosos de las fluctuaciones de los precios de las
materias primas en el mercado mundial imperialista, por mediación de los
efectos globales que estas fluctuaciones ejercen en la economía nacional.
2.
La explotación de los países coloniales y semicoloniales por el capital imperialista
El
flujo de capitales extranjeros hacia los
países dependientes, coloniales y semicoloniales, ha provocado durante decenios
sucesivos un pillaje, una explotación y una opresión de más de mil millones de
seres humanos por el capital imperialista, lo que representa uno le los
principales crímenes de los que el sistema capitalista es responsable en el
curso de la historia. Si, como dijo Marx, el capitalismo apareció sobre la
tierra destilando sangre y sudor por todos sus poros, en ninguna parte esta
definición se justifica tanto como en los países dependientes.
La
era imperialista está situada bajo el signo de la conquista colonial. El
colonialismo es, con seguridad, más viejo que el imperialismo. Los
conquistadores españoles y portugueses
habían tomado ya a sangre y fuego las islas Canarias y Cabo Verde, así como los
países de América central y del sur, exterminando por casi toda la región a una
gran parte, cuando no a la totalidad, de la población indígena. Los colonos
blancos no se comportaron de manera más humana en lo relativo a los indios de América del Norte. La conquista del
Imperio de la India por la Gran Bretaña se acompañó de un cortejo de
atrocidades, lo mismo que la de Argelia, por Francia.
Con
la aparición de la era imperialista, estas atrocidades se extendieron a una
gran parte de África, de Asia y de Oceanía.
Masacres, deportaciones, expulsión
de los campesinos
de sus tierras,
introducción del trabajo forzado cuando no de la esclavitud,
se suceden en gran escala.
El racismo
«justifica» estas prácticas
inhumanas firmando la
superioridad y el
«destino histórico civilizador»
de la raza blanca. De un modo aun más sutil, este mismo racismo expropia los
pueblos colonizados de su propio pasado, de su propia cultura, de su orgullo
étnico, e incluso de su lengua, al tiempo que les arranca sus riquezas
nacionales y una buena parte de los frutos de su trabajo.
Si
los esclavos coloniales osan rebelarse contra la dominación colonialista, son
reprimidos con una cruel dad sin nombre.
Mujeres y niños indios
masacrados en las guerras contra
los indios en los Estados
Unidos;
«mutins» indios puestos frente a los cañones; tribus del Medio Oriente
bombardeadas despiadadamente
por
la RAF; decenas de miles de argelinos civiles masacrados «en represalia» de la
insurrección nacional de mayo
de
1945: todo esto repite fielmente las crueldades más innobles del nazismo,
comprendiendo el genocidio puro y simple. Los burgueses de Europa y de América
que se indignaron contra Hitler cuando cometió tantos crímenes de lesa raza
blanca sobre los pueblos de Europa, a cuenta del imperialismo alemán, olvidaban
los que los pueblos de Asia, de América y de África sufrieron a manos del
imperialismo mundial.
Toda
la economía de los países dependientes está sometida a los intereses y al
diktat del capital extranjero. En la mayorí a de estos países, las líneas
ferroviarias enlazan los centros de producción que trabajan
para la exportación por los puertos, y no los centros urbanos entre sí.
La infraestructura fundamental está basada en las actividades de importación y
exportación; la red escolar, hospitalaria, cultural conoce un subdesarrollo
espantoso. La mayor parte de la población está estancada en el analfabetismo,
la ignorancia y la miseria.
Ciertamente,
la penetración del capital extranjero permite un cierto desarrollo de las
fuerzas productivas, hace nacer algunas grandes ciudades industriales,
desarrolla un embrión, más o menos importante, de proletariado en los puertos,
las minas, las plantaciones, los ferrocarriles y en la administración pública.
Pero se puede decir sin exageración, que en el curso de los tres cuartos de
siglo que separan el inicio de la erupción hacia la colonización integral de
los países subdesarrollados y la victoria de la revolución china, el nivel de
vida de la población media en
Asia,
África y América (con la excepción de algunos
países privilegiados), se ha
estancado o retrocedido. En algunos países importantes incluso ha
retrocedido de una manera catastrófica. Nada más las hambres periódicas han
segado literalmente a decenas de millones de indios y chi nos.
3.
El bloque de clases en el poder» en los países semicoloniales
Para
comprender de una manera más profunda la forma cómo la dominación imperialista
ha «congelado» en su desarrollo a los países coloniales y semicoloniales, y ha
impedido la industrialización progresiva «normal» del tipo capitalista
occidental, hace falta extenderse un poco más sobre la naturaleza del «bloque
de clases sociales en el poder» en estos países durante la era imperialista
clásica y las consecuencias de este «bloque» en la evolución económica y
social.
Cuando
el capital extranjero penetra en masa en los países coloniales y
semicoloniales, la clase dominante local está en general compuesta por hacendados (semifeudales
y semicapitalistas, en dosis
diferentes según los países examinados) aliados al capital mercantil y a
banqueros o usureros. En los países más atrasados como los de África negra, nos
encontramos primero en presencia de sociedades tribales en descomposición, bajo
el efecto prolongado de la trata de negros.
El
capital extranjero va a aliarse generalmente con estas clases dominantes
extranjeras, a tratarlas como intermediarías para la explotación de los
campesinos y de los trabajadores indígenas, consolidando sus relaciones de
explotación con sus propios pueblos.
A
veces incluso va a extender ampliamente el grado de esta explotación de
carácter precapitalista, combinándola con nuevas formas de explotación
capitalista. En Bengala, el capitalismo británico transformó los zamindars,
antaño simples recaudadores de impuestos al servicio de los emperadores
moghuls, en propietarios de las tierras en las que obtenían el impuesto.
De
esta forma aparecen tres clases sociales híbridas dentro de la sociedad de los
países subdesarrollados, que marcan con su sello el bloqueo de su desarrollo
económico y social:
—
La clase de la burguesía compradora, burguesía autóctona, en un principio
simples asociados asalariados de las casas extranjeras de importación, que se
va enriqueciendo y transformándose progresivamente en empresarios
independientes. Pero sus empresas están esencialmente situadas en la esfera del
comercio (y de los «servicios»). Sus
beneficios se invierten generalmente en
el comercio, la usura, la adquisición de tierras, la especulación inmobiliaria.
—
La clase de los comerciantes-usureros (o comerciantes-usureros-kulaks). La
lenta penetración de la economía monetaria degrada los mecanismos de ayuda
mutua en el seno de la comunidad aldeana. Con la sucesión de buenas y malas
recolecciones, sobre tierras fértiles o menos fértiles, la diferenciación
social progresa inexorablemente en la
ciudad. Campesinos ricos
y campesinos pobres
se enfrentan, y
los últimos dependen cada vez más de los primeros. Los campesinos pobres se ven obligados a endeudarse
para comprar semillas y
víveres, cuando la
recolección no es
suficiente ni para
cubrir tan siquiera
las necesidades más elementales.
De este modo
caen bajo la
dependencia de los
comerciantes-usureros- grandes-campesinos, que los expropian
progresivamente de sus campos y los someten a exacciones innumerables.
—
La clase del semiproletariado rural (más tarde se extenderá a los «marginados»
urbanos). Los campesinos empobrecidos y expulsados de sus tierras no encuentran
trabajo en la industria, como consecuencia del subdesarrollo de la misma.
Se ven obligados a
permanecer en el campo y a alquilar sus
brazos a los grandes campesinos, o a alquilar pedazos de tierra para obtener
trabajando en ellos una subsistencia miserable a cambio de una renta (o, en el
sistema de aparcería, una parte de la recolección) cada vez más exorbitante.
Cuanto más alta es su miseria y su falta de empleo, más alta es la renta que
están obligados a pagar para cultivar un campo. Cuanto más altas son estas
rentas menos inclinados están los detentadores del capital a invertir en la
industria, invirtiendo esas rentas en la compra de tierra. Cuanto más alta es
la miseria de la clase campesina más se restringe el mercado interior de bienes
de consumo y más subdesarrollada permanece la industria aumentando el
subempleo.
El
subdesarrollo no es, pues, el resultado de la falta absoluta de capitales o de
recursos. Al contrario, el sobre producto social representa a menudo una
fracción más elevada de la renta nacional en los países atrasados que en los
países industrializados. El subdesarrollo es el resultado de una estructura
social y económica, derivada de la dominación imperialista, que hace que la
acumulación de los capitales-dinero no se oriente principalmente hacia la
industrialización, ni tan siquiera hacia la inversión productiva, lo que
provoca un inmenso subempleo (cuantitativo y cualitativo) con relación a los
países imperialistas.
4.
El movimiento de liberación nacional
A
la larga era inevitable que centenares de millones de seres humanos dejaran de
sufrir pasivamente un sistema de opresión y de explotación que les imponía un
puñado de grandes capitalistas de países imperialistas, así como los aparatos
administrativos y represivos a su servicio. Un movimiento de liberación
nacional echa raíces en la joven intelligentsia de los países de América
latina, de Asia y de África, que se apropia de las ideas democráticas-
burguesas o semisocialistas y socialistas de Occidente para contestar la
dominación extranjera sobre su país. El nacionalismo de los países
dependientes, de orientación antiimperialista, se articula según los intereses
diferentes de tres fuerzas sociales:
—
antes que nada es apropiado por la joven burguesía nacional industrial, por
todos los que poseen ya una base material
propia que hace
que sus intereses
entren a competir
con los de
la potencia imperialista predominante. El caso
más típico es el del partido indio del congreso, dirigido
por Gandhi, fuertemente apoyado
por los grandes grupos industriales indios;
—
por el impulso de la revolución rusa, puede ser apropiado por el movimiento
obrero naciente, que constituirá sobre todo un instrumento de movilización de
masas urbanas y aldeanas contra el poder establecido. El ejemplo más típico es
el del Partido Comunista Chino de los años veinte, y el del Partido Comunista
Indochino en las décadas siguientes;
—
puede promover explosiones de rebelión de la pequeña burguesía urbana y del
campesinado, tomando la forma política
del populismo nacionalista. Es la revolución mexicana de 1910 la que sirve de
prototipo a esta forma de movimiento antiimperialista.
En
general, la entrada en crisis del sistema imperialista marcada por
desgarramientos internos sucesivos derrota de la Rusia zarista en la guerra
contra el Japón en 1904-5; revolución rusa de 1905; primera guerra mundial;
revolución rusa de 1917; entrada en escena del movimiento de masas en la India
y en China; crisis económica de
1929-32; segunda
guerra mundial; derrotas
sufridas por el
imperialismo japonés en
1945— ha estimulado fuertemente el movimiento de
liberación nacional en los países dependientes. Recibió su mayor impulso con la
victoria de la revolución china de 1949.
Los
problemas tácticos y estratégicos que se derivan para el movimiento obrero
internacional (e indígena en los países dependientes) de la aparición del
movimiento de liberación nacional en los países semicoloniales y coloniales,
son tratados con más detalle en el capitulo X, punto 4. y en el capítulo XIII,
punto 4. Subrayemos aquí tan sólo el deber particular del movimiento obrero de
los países imperialistas de apoyar
incondicionalmente todo movimiento y toda acción efectiva de masas de los
países coloniales y semicoloniales contra la explotación y la opresión que
ellos sufren por parte de las potencias imperialistas. Este deber implica el
distinguir estrictamente las guerras interimpenalistas —guerras reaccionarias—
de las guerras de liberación nacional que, independientemente de la fuerza
política que dirija al pueblo oprimido en tal o cual etapa de la lucha, son
guerras justas, en las que el proletariado mundial debe colaborar para la
victoria de los pueblos oprimidos.
5.
El neocolonialismo
El
surgimiento del movimiento de liberación
nacional al día siguiente de la segunda
guerra mundial, condujo al imperialismo a modificar sus formas de
dominación sobre los países atrasados. De ser directa, esa dominación ha pasado
a ser progresivamente indirecta. El número de colonias propiamente dichas,
administradas
directamente
por la potencia colonial, se ha fundido como la cera al sol. En el espacio de
dos décadas, han pasado de unas setenta a unas pocas unidades. Los imperios
coloniales italiano, holandés, británico, francés, y por último el portugués y
español se han hundido por completo.
Desde luego esta desaparición de los imperios coloniales
no se ha llevado a cabo sin una
resistencia sangrienta y
contrarrevolucionaria de sectores importantes
del capital imperialista. Testimonio
de ello son las guerras
sangrientas emprendidas por el imperialismo holandés
en Indonesia, por el
británico en Malasia y en Kenia, por el francés en Indochina y
Argelia, así como las «expediciones», de menos duración, pero no menos
sangrientas, como la de Suez en 1956 contra Egipto. Pero históricamente estas
siniestras empresas aparecen como combates de retaguardia. El colonialismo
directo estaba muy condenado.
Su
desaparición no implicó en absoluto la disgregación del sistema imperialista
mundial. Este continúa existiendo aunque sea bajo formas modificadas. La gran
mayoría de los países semicoloniales continúan limitados a la exportación de
materias primas. Continúan sufriendo todas las consecuencias del cambio
desigual explotador. La distancia entre su grado de desarrollo y el de los
países imperialistas continúa aumentado sin tender a disminuir. La distancia
entre la renta por habitante y el nivel de bienestar en el hemisferio norte y
en el hemisferio sur del globo, se acentúa cada vez más.
Sin
embargo, la transformación de la dominación imperialista directa en dominación
imperialista indirecta sobre los países subdesarrollados implica una asociación
más estrecha de la burguesía industrial «nacional» en la explotación de
las masas trabajadoras
de esos países,
así como una
cierta aceleración del
proceso de industrialización en
una serie de países semicoloniales. Esto deriva a la vez de las relaciones de
fuerza modificadas (es decir, representa una concesión inevitable del sistema a
¡a presión cada vez más fuerte de las masas), y a una modificación de los
intereses fundamentales de los mismos grupos imperialistas.
En efecto,
en los países
imperialistas, el renglón
de exportaciones ha
conocido una modificación importante. El apartado
«máquinas, bienes de equipo y bienes de transporte» ocupa ahora el lugar
preponderante antes ocupado por «bienes de consumo y acero». Luego, es imposible que los trusts monopolistas principales exporten cada
vez más máquinas
hacia los países
dependientes, sin que
se estimulen ciertas
formas de industrialización (en
general situadas en la industria de bienes de consumo).
Por
otra parte, en el marco de su estrategia mundial, las sociedades
multinacionales tienen interés en implantarse
en una serie de países dependientes
a fin de ocupar de alguna manera puntos de partida, vista la expansión
futura de las venías que van a provocar. Así se generaliza la práctica de las
empresas en común (joint ventures) entre
el capital imperialista, el capital industrial «nacional», el capital privado y
el capital estatal, que es una característica de la estructura neocolonial. El
peso de la clase obrera se acrecienta de este modo en la socied ad. Esta
estructura permanece inserta en un conjunto imperialista apremiante y
explotador. La industrialización permanece
limitada; su «mercado
interior» no sobrepasa
apenas el 20
ó 25 por
100 de la
población: clases acomodadas
—técnicos, cuadros, etc.—, campesinado rico. La miseria de las masas permanece enorme. Las
contradicciones aumentan en vez de disminuir; de ahí el potencial intacto de
explosiones revolucionarias sucesivas en
estos países. Una
capa social nueva
toma en estas
condiciones importancia: la
burocracia estatal que
«administra»,
por lo general, un sector nacionalizado importante, se erige en representante
de las preocupaciones
nacionales
en lo relacionado con el extranjero, pero que de hecho se beneficia de su
monopolio de gestión para efectuar su acumulación privada en eran escala.
Bibliografia
Pierre
Jalée: El imperialismo en 1970
Pierre
Salama: El proceso de subdesarrollo
Paul
A. Baran: La economía política del crecimiento
Haupt
-Lowy-Weill: Los marxistas y la cuestión nacional (textos de Lenin, Rosa
Luxembourg, Kausky, Otto Bauer, etc..)
Michel
Barrent: Después del imperialismo
V.I.
Lenin: El imperialismo, estadio del capitalismo
L.
Trotsky: La revolución permanente.
—
La I.C. despues de Lenin
Rosa
Luxembourg: El imperialismo y la economía mundial
Los
orígenes del movimiento obrero moderno
Desde
que existen los asalariados, es decir, mucho antes de la formación del
capitalismo moderno, se han producido manifestaciones de la lucha de clases
entre patronos y obreros. Esta no es el resultado de actividades subversivas
por parte de individuos «que predican la lucha de clases». Por el contrario, la
doctrina de la lucha de clases es producía de la práctica de la lucha de clases
que la precede.
1.
La lucha de clases elemental del proletariado
Las
manifestaciones elementales de la lucha de clase de los asalariados siempre han estado girando en torno a tres
reivindicaciones:
1)
Aumento de los salarios, medio inmediato para modificar el reparto del producto
social entre patronos y obreros en favor de los asalariados.
2)
Disminución de las horas de trabajo sin reducción del salario, otro medio
directo para modificar este reparto en favor de los trabajadores;
3)
Libertad de organización. Mientras el patrón, propietario del capital, de los
medios de producción, tiene de su parte
todo el poder
económico, los obreros
se encuentran desarmados
en la medida
en que sostienen una lucha
concurrencial entre sí para conseguir un empleo. En estas condiciones, «las
reglas del juego» benefician unilateralmente a
los capitalistas, quienes
pueden fijar los
salarios tan bajos
como quieran, y los obreros se ven en la obligación de aceptar este
hecho por miedo a perder su empleo y con ello su subsistencia.
Al
suprimir esta competencia que los divide uniéndose en bloque frente a la
patronal y negándose todos a trabajar en condiciones que se consideran
inaceptables, los trabajadores tienen la posibilidad de obtener ventaja en la
lucha que los enfrenta a sus patronos. , La experiencia les enseña rápidamente
que no tienen libertad de organización, que carecen de armas para oponerse a la
presión capitalista.
La lucha
de clase elemental
de los proletarios
ha tomado tradicionalmente la
forma de negarse colectivamente a trabajar, es decir,
ir a la huelga. Las crónicas nos relatan huelgas que tuvieron lugar en la
antigua China y en el antiguo Egipto. Igualmente podemos comprobar que las hubo
en Egipto bajo el imperio romano, en el primer siglo de nuestra era.
2.
La consciencia de clase elemental del proletariado
Ahora bien, la or ganización de una huelga
implica siempre un determinado grado
—elemental— de organización de
clase. Implica esencialmente la noción
de que la seguridad de cada asalariado depende de una acción colectiva; es una
solución de solidaridad de clase opuesta a la solución individual (intentar
incrementar la ganancia individual sin tener en cuenta las rentas de los demás
asalariados).
Esta noción
es la forma
elemental de la
consciencia de clase
proletaria. Del mismo
modo, en la organización de una huelga los asalariados
aprenden instintivamente a formar cajas de resistencia. Estas cajas de
resistencia y de ayuda mutua se crean también para disminuir en algo la
inseguridad de la existencia obrera, para permitir que los proletarios puedan
defenderse durante los períodos de paro, etc. Estas son formas elementales de
organización de dase.
Pero
estas formas elementales de conciencia y de organización obrera no implican ni
la conciencia de los objetivos históricos del movimiento obrero, ni la
comprensión de la necesidad de una acción política independiente de la clase
obrera.
Las
primeras formas de acción política obrera se sitúan a la extrema izquierda del
radicalismo pequeño -burgués.
En
la revolución francesa, a la extrema izquierda de los jacobinos aparece la
Conspiration des Egaux, de Gracchus Babeuf, que representa el primer movimiento
político moderno que apunta a la colectivización de los medios de producción.
En
Inglaterra, en la misma época, unos cuantos obreros forman la London
Corresponding Society que pretende organizar
un movimiento de
solidaridad con la
revolución francesa. Esta
organización fue destruida
por la represión policíaca. Pero
inmediatamente después de que acabaran las guerras napoleónicas, a la extrema
izquierda del partido radical (pequeñoburgués)
se crea en la región industrial de Manchester-Liverpool una Liga del
Sufragio Universal, formada en su mayor parte por obreros. Después de los
sangrientos incidentes de Peterloo en 1817, se aceleró la separación del
movimiento obrero independiente del movimiento pequeñoburgués, favoreciéndose
con ello el nacimiento
del partido cartísta
que tuvo lugar
poco tiempo después,
y que fue
el primer partido esencialmente obrero que reclamó el
sufragio universal.
3.
El socialismo utópico
Todos estos movimientos elementales
de la clase obrera fueron dirigidos,
en su mayor parte, por los mismos
obreros; es decir, por autodidactas que a menudo formulaban ideas ingenuas
sobre asuntos históricos, económicos y sociales que exigían estudios
científicos sólidos para ser tratados a fondo. Estos movimientos se
desarrollaron de alguna manera al margen del progreso científico de los siglos
XVII y XVIII. Por el contrario, en el marco de este progreso científico se
sitúan los esfuerzos de los primeros autores utópicos importantes, Thomas Moro
(canciller de Inglaterra del siglo XVI), Campanella (autor italiano del siglo
XVII), Robert Owen, Charles Fourier
y Saint-Simon (autores
de los siglos
XVIII y XIX).
Estos autores intentaron
reagrupar todos los conocimientos científicos de su época
para formular:
a)
Una virulenta crítica a la desigualdad social, en especial a la que caracteriza
la sociedad burguesa (en los casos de Owen, Fourier y Saint-Simon);
b)
Un plan de organización de una sociedad igualitaria, basada en la propiedad
colectiva.
Por estos
dos aspectos de su obra,
los grandes socialistas
utópicos son verdaderos
precursores del socialismo
moderno. Pero la debilidad de su sistema reside en:
a)
el hecho de que la sociedad ideal en la que sueñan (de lo cual se deriva el
término de socialismo utópico) se presenta como un ideal a construir, a
alcanzar de un solo golpe mediante un esfuerzo de comprensión y de
buena voluntad de
los hombres, sin
relación alguna con
la evolución histórica
más o menos determinada de la sociedad capitalista;
b)
el hecho de que su explicación de las condiciones en las cuales la desigualdad
social aparece, y en las cuales
puede desaparecer, es
insuficiente desde el
punto de vista
científico, y se
basa en factores secundarios (violencia, moral,
dinero, psicología, ignorancia, etc.) sin tener como punto de partida los
problemas de estructura económica y social, de interacción entre las relaciones
de producción y el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas.
4.
El nacimiento de la teoría marxista. El manifiesto comunista
En
estos dos últimos campos citados, la formación de la teoría marxista en La
ideología alemana (1845) y especialmente en El manifiesto comunista (1847) de
Karl Marx y Friedrich Engels constituye un decisivo progreso. Con la teoría
marxista, la consciencia de clase obrera se encarna finalmente en una teoría
científica del más alto nivel.
Marx
y Engels no descubrieron las nociones de clase social y de lucha de clase.
Estas nociones eran ya conocidas por los socialistas utópicos y por autores
burgueses, como los historiadores franceses Thierry y Guizot. Pero en cambio
explicaron de forma científica el origen de las clases, las causas de su
desarrollo, el hecho de que
toda
la historia humana pueda ser explicada por la lucha de clases, y sobre tod o,
las condiciones materiales e intelectuales
bajo
las cuales la división de la sociedad en clases puede dar lugar a una sociedad
socialista sin clases.
Por
otra parte, explicaron de qué forma el mismo desarrollo del capitalismo
preparaba inexorablemente el advenimiento de la sociedad socialista, las
fuerzas materiales y morales que debían asegurar el triunfo de la nueva
sociedad. Esta aparece ahora como el producto lógico de la evolución de la
historia humana.
El Manifiesto
comunista representa, por tanto,
una forma superior
de la conciencia de
clase proletaria. Enseña a la
clase obrera que la sociedad socialista será el producto de su lucha de clase
contra la burguesía. Le enseña también la necesidad de no luchar solamente por
aumentos salariales, sino también por la abolición del régimen salarial. Le
enseña, sobre todo, la necesidad de formar partidos obreros independientes,
completar su acción de reivindicaciones económicas con una acción política en
el plano nacional e internacional.
El
movimiento obrero moderno nació, pues,
de la fusión entre la lucha de clase elemental de la clase obrera y la
consciencia de clase proletaria llevada a su más alta expresión, que se encarna
en la teoría marxista.
5.
La Primera Internacional
Esta
fusión es el resultado de toda la evolución del movimiento obrero internacional
entre los años 50 y los 80 del pasado siglo.
Durante
las revoluciones de 1848 que se producen en la mayoría de los países europeos,
la clase obrera no apareció por ninguna parte, excepto en Alemania (en la
pequeña Asociación de los Comunistas,
dirigida por Marx), como un partido político en el moderno sentido de la
palabra. En todas partes se deja arrastrar por el radicalismo pequeñoburgués.
En Francia se separa finalmente de este último durante las sangr ientas
jornadas del mes de junio de 1848, aunque sin poder constituir un partido
político independiente (del que, serían de alguna forma el núcleo los grupos
revolucionarios formados por Auguste Blanqui). Después de los años de reacción
que siguieron a la derrota de la revolución de 1848, las organizaciones
sindicales y mutualistas de la clase obrera se desarrollan con prioridad en la
mayoría de los países, con excepción de Alemania, donde la agitación en pro del
sufragio universal permite a Lasalle formar un partido político obrero: la
Asociación general de los trabajadores alemanes.
Con
la fundación de la Primera Internacional en 1864, Marx y su reducido grupo de
adeptos se funden realmente con el movimiento obrero embrionario de la época, y
preparan la formación de los partidos socialistas en la mayor parte de los
países europeos. Por paradójico que pueda parecer, no son los partidos obreros
nacionales los que se unen para fundar la Primera Internacional, sino que por
el contrario la constitución de ésta permitió la unión nacional de los grupos
locales y sindicalistas que se adhirieron a la Primera Internacional.
Cuando
la Internacional se escinde después del derrocamiento de la Comuna de París,
los obreros de vanguardia siguen teniendo consciencia de que es necesario
mantener esta unión a nivel nacional. Durante los años
70
y 80, después del fracaso de numerosos intentos, se forman definitivamente los
partidos socialistas basados en el movimiento obrero embrionario de la época.
Las únicas excepciones importantes son las de Gran Bretaña y Estados Unidos. Los partidos socialistas
que se fundaron en esta misma
época en dichos países quedaron al
margen del ya potente movimiento sindical. En Gran Bretaña tiene que esperarse
al siglo xx para qué se cree el partido laborista basado en los sindicatos. En
los Estados Unidos, la creación de un partido de este tipo sigue siendo todavía
hoy la tarea más urgente del movimiento obrero.
6.
Las distintas formas de organización del movimiento obrero
Esto
nos permite precisar que los sindicatos, las mutualidades y los partidos
socialistas aparecen de alguna manera como los productos espontáneos,
inevitables de la lucha en el seno de la sociedad capitalista, y que, en
definitiva, depende de los factores de tradición y de coyuntur a nacional el
que una determinada forma se desarrolle antes que otra.
Por
lo que se refiere a las cooperativas, no son el producto espontáneo de la lucha
de clases, sino el fruto de la iniciativa
tomada por Robert Owen y
sus camaradas que, en 1844, fundaron
la primera cooperativa en Rochdale, en Inglaterra.
La
importancia del movimiento cooperativo
es real, no tan sólo porque puede constituir para la clase
obrera
una escuela de gestión obrera de la economía, sino sobre todo porque podría
preparar en el seno de la sociedad capitalista la solución de uno de los
problemas más difíciles de la sociedad socialista, el de la distribución. Pero al
mismo tiempo encierra
un potencial peligroso
de competencia económica
en el seno
del régimen capitalista, con empresas
capitalistas, competencia que no puede entrañar sino nefastos resultados
para la clase obrera y, sobre todo minar la conciencia de clase del
proletariado.
7.
La Comuna de París
La Comuna
de París resume
todas las tendencias
que presiden el
origen y el
primer desarrollo del movimiento obrero
moderno. Se produjo a partir
de movimientos de masas espontáneos
y no de un plan o programa elaborado con anterioridad por un partido
obrero. Puso de manifiesto la tendencia de la clase obrera a sobrepasar el
estado puramente económico de su lucha —el origen inmediato de la Comuna es
eminentemente político: la desconfianza de los obreros de París con respecto a
la burguesía acusada de querer entregar la ciudad a los ejércitos prusianos
que la asediaban— combinando constantemente las
reivindicaciones económicas y las políticas. Por primera vez en la
historia arrastró a la clase obrera hacia la conquista del poder político,
aunque sólo fuera dentro de los limites de una sola ciudad. Reflejó la
tendencia de la clase obrera a destruir el aparato del Estado burgués a
sustituir la democracia burguesa por una democracia proletaria, forma superior
de la democracia. También demostró que sin una dirección revolucionaria
consciente, el enorme heroísmo del que el proletariado es capaz en el curso del
combate revolucionario es insuficiente para asegurar la victoria.
Bibliografía
Marx
y Engels: El manifiesto comunista.
Engels:
Del socialismo utópico al socialismo científico.
Becr:
Historia del socialismo. Marx: La guerra civil en Francia. Líssagaray: La
Comuna de París.
Morlón
y Tale: Historia del movimiento obrero inglés (Maspero).
Abendroth:
Historia del movimiento obrero europeo (Maspero). Thomson: La construcción de
la clase trabajadora inglesa.
Reformas
y revolución
El
nacimiento y el desarrollo del movimiento obrero moderno en el seno de la
sociedad capitalista nos ofrece un ejemplo de la acción recíproca que ejercen
entre sí el medio social en el que los hombres se encuentran,
independientemente de su voluntad, y la acción más o menos consciente que
realizan para transformarlo.
1.
Evolución y revolución a través de la historia
Todas
las modificaciones del régimen social que se han producido a través de las
épocas han sido siempre resultado de
cambios bruscos y violentos,
consecuencia de guerras, de
revoluciones o de una combinación de ambas. No hay ni un solo Estado
actualmente establecido que no sea producto de tales trastornos
revolucionarios. El Estado americano nació de la revolución de 1776 y de la
guerra civil de 1861-1865; el Estado francés de las revoluciones de 1789, de
1830, de 1848 y de 1870; el Estado británico de la revolución de 1689; el
Estado belga de la revolución de 1830; el Estado holandés de la revolución de
los Países Bajos del siglo XVI; e] Estado alemán de las guerras de 1870-71, de
1914-18, de 1939-45 y de las revoluciones de 1848 y de 1918, etc.
Pero
sería erróneo suponer que basta con utilizar la violencia para poder modificar
la estructura social según la voluntad de los combatientes. Para que una
revolución transforme realmente la sociedad y las condiciones de existencia de
las clases trabajadoras, es necesario que venga precedida de una evolución que cree, en el seno de la antigua
sociedad, las bases materiales (económicas,
técnicas, etc.) y humanas (las clases sociales dotadas de ciertas
características específicas) de la nueva sociedad. Cuando no se han podido
conseguir estas bases, todas las revoluciones,
incluso las más violentas, acaban por reproducir en mayor o menor medida
las cond iciones que habían querido abolir.
Un
ejemplo clásico al respecto nos lo proporcionan los levantamientos campesinos
victoriosos que se escalonan a lo largo de la historia china. Estos
levantamientos representan en cada ocasión una reacción del pueblo contra las exacciones y las cargas
de impuestos insoportables, de los que son víctima los campesinos en los períodos de
declive de las
dinastías que sucesivamente
reinaron en el
Imperio celeste. Estos
levantamientos terminan con la desaparición de una dinastía y la llegada al poder de una dinastía nueva,
como en el caso de la dinastía HAN, que procedía de los mismos dirigentes de la
insurrección campesina.
La
nueva dinastía comienza por restablecer las mejores condiciones para el
campesinado. Pero a medida que su poder se consolida y que su administración se
refuerza, los gastos del Estado aumentan, lo que entraña la obligación de
imponer nuevos impuestos. Los funcionarios-mandarines, pagados antes
directamente por las arcas del Estado, comienzan a abusar de su poder y se
apropian de hecho de las tierras cultivables, arrancando a los campesinos la
renta de la tierra además del impuesto.
Así,
se reproduce el crecimiento de la miseria campesina después de algunas décadas
de mejor vida. La ausencia de un «salto adela nte» de las fuerzas productivas,
de un desarrollo de la industria moderna basada en el maquinismo, explican este
carácter cíclico de las revoluciones sociales en la China clásica, y de la
imposibilidad de los campesinos de asegurarse una emancipación duradera.
2.
Evolución y revolución en el capitalismo contemporáneo
También el
capitalismo contemporáneo ha
nacido de revoluciones
sociales y políticas:
las grandes revoluciones
burguesas que se escalonaron entre los siglos XVI y XIX, y que originaron los
Estados nacionales. Estas revoluciones fueron posibles gracias a una evolución
precedente, a saber, el crecimiento de las fuerzas productivas en el seno de la
sociedad feudal, que resultaba incompatible con el mantenimiento de la
servidumbre, de los gremios, de las restricciones impuestas a la libre
circulación de las mercancías. ,,
Esta
evolución hizo nacer una clase social nueva, la burguesía moderna, que tuvo su
aprendizaje de la lucha política en el marco de las comunas medievales y de las
escaramuzas bajo la monarquía absoluta, antes de
lanzarse
a la conquista del poder político.
A
partir de un cierto nivel de su desarrollo, la sociedad burguesa se
caracteriza, ella también, por una evolución que prepara inexorablemente una
nueva revolución social.
En
el plano material, las fuerzas productivas se desarrollan hasta el punto en que
se hacen cada vez más incompatibles
con la propiedad
privada de los
medios de producción
y con las
relaciones de producción capitalistas. El desarrollo de la gran industria, la
concentración del capital, la creación
de truts, la intervención creciente del Estado burgués para «regularizar» la marcha de la economía capitalista,
preparan cada vez más el terreno para la socialización (la aprobación
colectiva) de los medios de producción,
y para su gestión planificada por los productores asociados entre sí.
En
el plano humano (social) se constituye y se refuerza una clase que
progresivamente va reuniendo las condiciones necesarias para realizar esta
revolución social: «el capitalismo produce con el proletariado su propio
sepulturero». Concentrado en
grandes empresas, sin
posibilidades de una
promoción social individual,
este proletariado adquiere, mediante su lucha de clases cotidiana, estas
cualidades esenciales de solidaridad colectiva, de cooperación y de disciplina
en la acción, que permiten una reorganización fundamental de toda la vida
económica y social.
Cuanto
más se agravan las contradicciones inherentes al capitalismo más se exacerba la
lucha de clases, y más la evolución del capitalismo prepara la revolución,
orientándose hacia explosiones de diferente naturaleza (económicas, sociales,
políticas, militares, financieras, etc.). en el curso de las que el
proletariado puede esforzarse para conquistar el poder político y realizar una
re volución social.
3.
La evolución del movimiento obrero moderno
Sin
embargo, la historia del capitalismo y la historia del movimiento obrero no han
seguido una trayectoria tan clara y tan rectilínea como los marxistas podían
suponer el 1880.
Las
contradicciones internas de la economía de la sociedad de los países
imperialistas no se han agravado de un modo inmediato. Al contrario, la Europa
Occidental y los Estados Unidos han conocido, entre el fracaso de la Comuna de París y el estallido de la primera
guerr a mundial, un largo período de impulso
de las fuerzas productivas, unas veces más lento, otras más acelerado,
que recubría y ocultaba el «trabajo de zapa» de las contradicciones internas
del sistema.
Estas
contradicciones estallarían con violencia en 1914. La revolución rusa de 1905 y
la huelga general de los obreros austríacos de este mismo año serían los signos
precursores. Pero, en realidad, la experiencia inmediata de los trabajadores y
del movimiento obrero en estos países no reflejaba una profundización de las
contradicciones del sistema. Por el contrarío, reflejaba la creencia en una
evolución gradual, en grandes líneas pacífica e irreversible, hacia el
socialismo (no puede decirse lo mismo en el caso de Europa oriental; por eso
precisamente estas ilusiones tenían un peso mucho menor en estos países).
Es innegable
que los sobrebeneficios coloniales
acumulados por los
imperialistas les han
permitido acordar reformas para los trabajadores de los países
occidentales. Pero hay que tener en cuenta otros factores para comprender esta
evolución.
La
emigración masiva hacia los países de ultramar. y el desarrollo de las
exportaciones europeas hacia el resto del mundo, hicieron bajar a largo plazo
«el ejército industrial de reserva». Las relaciones de fuerza entre el Capital
y el Trabajo, en el «mercado de trabajo», fue también favorable a los
trabajadores, creándose con ello las bases
necesarias para el
nacimiento de un
sindicalismo de masas,
no restringido solamente
a los obreros cualificados. La burguesía
aterrorizada por la Comuna de París, por las huelgas violentas en Bélgica
(1886, 1893), por la ascensión aparentemente irresistible de la
socialdemocracia alemana, ha buscado deliberadamente el modo de calmar a las
masas revueltas con reformas sociales.
El
resultado práctico de esta
evolución fue un movimiento obrero
occidental que se contentaba con luchar por reformas inmediatamente
realizables: aumento de salarios, reforzamiento cíe la legislación social;
ampliación de las libertades democráticas, etc. Relegaba el combate por una
revolución social al terreno de la propaganda literaria y de la educación de
los cuadros. Dejó deliberadamente de preparar la revolución socialista,
creyendo
que bastaría con reforzar las organizaciones de masas del proletariado para que
«llegado el momento»
esta
fuerza colosal jugara automáticamente un papel revolucionario.
4.
El oportunismo reformista
Pero
a la vez, los partidos y los sindicatos de masas de Europa occidental no se
contentaron con reflejar la momentánea evolución de la lucha de clases
limitada, esencialmente, al terreno de las reformas. Se convirtieron, además,
en una fuerza política que acentuó la
adaptación del movimiento obrero de masas al .próspero capitalismo de los países imperialistas. El oportunismo
socialdemócrata descuidó totalmente la preparación de los trabajadores a los
bruscos cambios de clima social, político y económico que se anunciaban,
convirtiéndose en un importante factor que facilitó la supervivencia del
capitalismo en los tormentosos años de 1914-1923.
El
oportunismo se manifestó en el plano teórico en una revisión del marxismo,
proclamada oficialmente por Bernstein («el movimiento lo es todo, el objetivo
no es nada») que pedía a la socialdemocracia
abandonar toda actividad diferente a la de la búsqueda de la reforma del
sistema. E1 «centromarxismo» que giraba alrededor de Kautsky, al tiempo que combatía el revisionismo le hizo numerosas concesiones,
sobre todo, al justificar una práctica de partidos y sindicatos que cada
vez se acercaban más al revi sionismo.
El
oportunismo se manifestó en el plano práctico por la aceptación de la coalición
electoral con los partidos burgueses «liberales»; por la aceptación progresiva
de la participación ministerial en gobiernos de coalición con la burguesía; por
la ausencia de
una lucha consecuente
contra el colonialismo
y otras manifestaciones del imperialismo. Violentamente atacado por las consecuencias de la revolución
rusa de 1905, este oportunismo se puso especialmente de manifiesto en Alemania con la negativa
a aceptar la propuesta de Rosa Luxemburg de impulsar huelgas de masas con fines
políticos. Reflejaba, en el fondo, los intereses particulares de un aparato
burocrático reformista (mandatarios social demócratas, funcionarios del partido
y de los sindicatos, que habían conseguido importantes ventajas en el seno de
la sociedad burguesa).
Este
ejemplo demuestra que la invasión del movimiento obrero por el oportunismo
reformista no era inevitable. Hubiera sido posible emprender acciones
extraparlamentarias y huelgas cada vez más amplias, durante los años
precedentes a la primera guerra mundial. Estas acciones hubieran podido
preparar a las masas obreras para las tareas planteadas con el ascenso
revolucionario que coincidió con el final de esta guerra.
5.
La necesidad de un partido de vanguardia
La
experiencia confirma de este modo los elementos fundamentales de la teoría
leninista del partido de vanguardia. Si la clase obrara puede, por ella misma,
emprender luchas de clase muy amplias en torno a objetivos inmediatos, y si
está perfectamente capacitada para acceder a un nivel elemental de conciencia
de clase, no puede, en cambio, acceder espontáneamente a las formas superiores
de conciencia de clase política, indispensables para poder prever los cambios
bruscos de la situación objetiva, para poder elaborar las tareas del movimiento
obrero que sean convenientes en
cada momento, indispensable
también para poder
vencer todas las
maniobras de la burguesía, todas las influencias (a menudo
sutiles) que la ideología burguesa y
pequcñoburguesa pueden ejercer sobre las masas obreras.
Además,
el movimiento de masas pasa inevitablemente por momentos altos y bajos. Las
amplias masas no se mantienen siempre en un nivel elevado de actividad
política. Una organización de masas que intente adaptarse al nivel medio de
actividad y de conciencia de estas masas jugará en consecuencia un papel de freno en lo que concierne a la
extensión de la actividad revolucionaria, que sólo es posible que se produzca
en determinados momentos.
Por
todas estas razones es indispensable construir una organización de vanguardia
de la clase obrera, un partido revolucionario. En tiempos normales, éste será
minoritario. Pero mantendrá la continuidad de la actividad de sus militantes y
su nivel de conciencia. Permitirá conservar todo lo adquirido con la
experiencia de la lucha y hacerlo llegar a la clase. Tenderá hacia las luchas
revolucionarias futuras, y verá en la prepa ración de estas luchas su misión
esencial. De esta forma, facilitará enormemente los cambios de mentalidad y del comportamiento de los
trabajadores organizados y de las masas trabajadoras más amplias, cambios que
vienen exigidos por las bruscas
oscilaciones
de la situación objetiva.
En
verdad, estos partidos de vanguardia no pueden sustituir a las masas para
intentar hacer en su lugar la revolución
social. «La emancipación
de los trabajadores
sólo puede ser
obra de los
propios trabajado res.» Conquistar a la mayoría de los
trabajadores para el programa la estrategia y la táctica del partido
revolucionario es la precondición indispensable para que un partido de
vanguardia pueda desempeñar su papel con plenitud.
Semejante
conquista no será posible, normalmente, nada más que en los momentos
«calientes» de crisis prerrevolucionaria o revolucionaria, cuya «señal» será el
estallido de potentes movimientos espontáneos de masas. Por tanto,
no hay ninguna
oposición entre la
espontaneidad de las
masas y la
necesidad de construir
una organización revolucionaria de vanguardia. Una se apoya en la otra,
la prolonga, la completa y le permite triunfar concentrando su energía en el
punto neurálgico: el derrocamiento del poder político y económico del capital.
6.
Los revolucionarios ante la lucha por las reformas
Como reacción
al oportunismo reformista se han venido
desarrollando actitudes ultraizquierdistas. de rechazo de toda lucha en pro de reformas,
en capas minoritarias del movimiento obrero y de la clase obrera.
Para
los marxistas revolucionarios, el reformismo no se identifica en absoluto con
la lucha por las refor- mas. El reformismo es la ilusión de la abolición del
capitalista de un modo gradual, por una acumulación de reformas. Pero es
perfectamente posible combinar una participación en las luchas por las reformas
inmediatas con la preparación de la vanguardia obrera para luchas
anticapitalistas que provoquen por su amplitud una crisis revolucionaria en la
sociedad.
El
rechazo radical de toda lucha por las reformas implica la aceptación pasiva de
un deterioro de la si- tuación de la clase obrera, creyendo que ésta sea capaz
de repente de derrocar al capitalismo de un golpetazo en la espalda. Semejante
actitud es utópica v reaccionaría.
Es utópica
porque olvida que
los trabajadores cada
vez, más divididos
v desmoralizados por su
incapacidad para defender su nivel de vida su empleo, sus; libertades v sus
derechos elementales, no están apenas preparados para afrontar victoriosamente
una lucha contra una clase social dotada de la riqueza y de la experiencia
características de la burguesía moderna. Es una postura reaccionaria porque
sirve objetivamente la causa capitalista, la causa de los patronos, que tendrán
todo el interés del mundo en bajar los salarios, mantener un paro masivo,
suprimir los sindicatos y el derecho
de huelga, si los
trabajadores se dejan reducir pasivamente
al estado de esclavos sin
defensa.
Los
marxistas revolucionarios consideran la emancipación de los trabajadores y el
derrocamiento del ca- pitalismo como el final de una época de fuerza
organizativa del proletariado, de cohesión y solidaridad de clase centuplicada,
de creciente confianza en sus propias fuerzas. Todas estas
transformaciones subjetivas no son tan
sólo el resultado de la propaganda o de la educación literaria. En último
término no son sino el resultado del éxito conseguido en las luchas diarias,
que son luchas para la obtención de reformas.
El
reformismo no es el producto automático de tales luchas o de tales éxitos. Lo
sería realmente si la vanguardia obrera
se abstuviera de educar a la clase en la
necesidad de derrocar al régimen; si se
abstiene de combatir la influencia de la
ideología pequeño burguesa y burguesa en el seno de la clase obrera; si se
abstiene de iniciar en la práctica luchas de masas extraparlamentarias,
anticapitalistas, que intenten superar el estadio de las reformas.
Por
la misma razón, es absolutamente indispensable que los revolucionarios trabajen
en los sindicatos de masas y luchen por el fortalecimiento y no por el
debilitamiento de las organizaciones sindicales.
Evidentemente,
los sindicatos son poco aptos para preparar u organizar luchas revolucionarias:
ésta no es su función. Pero resultan indispensables para defender los intereses
de los trabajadores, día a día, en contra de los del Capital. La lucha de clase
cotidiana no desaparecerá ni tan siquiera en la hora del declive del
capitalismo. Sin sindicatos potentes, que agrupen una fracción elevada de la
clase obrera, la patronal tiene toda la probabilidad de salir vencedora de
estas escaramuzas cotidianas. El escepticismo
y la desconfianza hacia sus propias fuerzas que serían el
resultado di estas
desgraciadas experiencias perjudicaría muchísimo
el desarrollo de una elevada conciencia de clase entre amplias
masas obreras.
Por
otra parte, la acción sindical no se limita tan sólo, en la época del
capitalismo contemporáneo, a la
lucha
por los salarios y por la reducción de la duración de la jornada de trabajo.
Los trabajadores están cada vez más enfrentados con problemas económicos de
conjunto que influyen en su nivel de vida: inflación, cierre de empresas, paro,
aceleración de los ritmos de trabajo, tentativas del Estado para limitar el
ejercicio del derecho de huelga y la libre negación de los salarios, etc. El
sindicato se encuentra obligado a tomar posición, antes o después, sobre estas cuestiones. Ha de ser una escuela de la clase obrera para analizar
los problemas de conjunto del capitalismo y del socialismo. Ha de ser
el ruedo donde se enfrenten las tendencias favorables a la colaboración de
clase permanente,, es el caso de la integración de los sindicato s en el Estado
burgués, y las tendencias partidarias de la lucha de clases, que rehusan
subordinar los intereses de los trabajadores a un pretendido «interés general»,
que no es otro sino el interés del
Capital apenas camuflado.
Como defienden, en estas
condiciones, los intereses
inmediatos de la
gran masa contra
la tentativa de
apartar los sindicatos
de su función
fundamental, los revolucionarios
integrados en la tendencia favorable a la lucha de clases tienen probabilidad
de obtener un eco creciente en el seno de los sindicatos, a condición de actuar
con paciencia y perseverancia y no abandonar esté terreno de trabajo de masas a
los bu rócratas, reformistas y derechistas de cualquier clase.
Los
revolucionarios intentan ser los mejores sindicalistas, es decir, intentan que
sean adoptadas por los sindicatos y los sindicados las proposiciones
concernientes a los objetivos de luchas y a las formas de organización de las
luchas, que están más conformes con los intereses de clase inmediatos de los
trabajadores. No olvidan nunca la defensa de estos intereses inmediatos
desarrollando sin cesar su propaganda general en favor de la revolución
socialista, sin la que, en definitiva, ninguna conquista obrera puede ser
consolidada, ningún problema vital para los obreros puede quedar
definitivamente resuelto.
Por
el contrario, la burocracia sindical,
cada vez más integrada en el Estado burgués sustituye paulati- namente su tarea
original de defensa irreconciliable de los intereses de sus afiliados por una
política de conciliación de clase y de «paz social», debilita objetivamente el
sindicato arrastrando por el suelo las preocupaciones y las convicciones de sus
afiliados. La lucha por la democracia sindical y la lucha por un sindicalismo
de lucha de clases se completan de este modo lógicamente en el combate de cada
día.
Bibliografía
Lenin:
¿Qué hacer?
—El
izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.
Rosa
Luxemburg: Huelga de masas.
—
Reforma o Revolución.
L.
Trotsky: Los sindícalos en la época de declive del capitalismo.
G.
Lukács: Lenin.
Democracia
burguesa y democracia proletaria
1.
Libertad económica y libertad política
Para
muchas personas que no reflexionan sobre esta cuestión, libertad política y
libertad económica son nociones
equivalentes. Es lo que afirma
especialmente el dogma liberal, que
pretende hoy pronunciarse de la misma
forma «por la libertad» en todos los terrenos.
Sin
embargo, la libertad política puede ser fácilmente definida diciendo que la
libertad de los unos no debe implicar la servidumbre de los otros, no sucede lo
mismo con la libertad económica. Un instante de reflexión demuestra que la
mayoría de los aspectos de esta «libertad económica» implican precisamente la
desigualdad, la automática exclusión de una gran parte de la sociedad de la
posibilidad de gozar de esa misma libertad.
La
libertad de comprar y vender esclavos implica el que la sociedad esté dividida
en dos grupos: los esclavos y los
amos de los esclavos. La libertad de apropiarse los grandes medios de
producción como propiedad privada implica la existencia de una clase social
obligada a vender su fuerza de trabajo. ¿Qué haría el propietario de una gran
fábrica, si nadie estuviera obligado a trabajar por cuenta de otro?
Lógicos
con ellos mismos, los burgueses de la era ascendente del capitalismo
defendieron la libertad de enviar a trabajar a la mina a niños de diez años; la
libertad de obligar a los trabajadores a producir de doce a catorce horas
diarias. Pero sólo una libertad era obstinadamente rechazada: la libertad de
asociación de los trabajadores, prohibida en Francia por la famosa «Ley Le
Chapellier» adoptada en plena revolución francesa, con el pretexto de prohibir
todas las coaliciones de origen gremialista.
Estas
contradicciones aparentes en la ideología burguesa se disuelven desde que se
reorganizan todas estas actitudes alrededor de un único tema central: la
defensa de la propiedad y de los intereses de la clase capitalista. Esta es la
base de toda la ideología burguesa y no la defensa intransigente del
«principio» de libertad.
Eso
aparece con gran claridad en la historia del derecho al voto. El moderno
parlamentarismo nació como expresión del
derecho de la burguesía a controlar
los gastos públicos financiados
con los impuestos que ella
pagaba. La burguesía proclamaría durante la revolución inglesa de 1649: no
taxation without representation (no a
los impuestos sin representación parlamentaría). Lógicamente denegó el derecho
al voto de las clases populares que no pagaban impuestos: ¿no se sentirían
impulsados su representantes «demagogos» a votar constantemente nuevos gastos,
ya que eran otros los que los tenían que pagar?
De
nuevo, lo que se encuentra en la base de la ideología burguesa
no es el principio de
igualdad de derecho de todos los
ciudadanos (el derecho de voto censuario echa por tierra este principio) ni el
principio de la libertad política garantizada a todos, sino al contrario la
defensa de las cajas fuertes.
2.
El Estado burgués al servicio de los intereses de clase del capital
En
el siglo XIX tampoco era demasiado difícil explicar a los trabajadores que el
Estado burgués no era totalmente neutro en la lucha de clases, que no era un
«arbitro» entre el capital y el trabajo, encargado de defender
«el
interés genera]», sino que representa un perfecto instrumento de defensa de los
intereses del Capital contra los
del
Trabajo.
Únicamente
la burguesía tenía derecho al voto. Sólo la burguesía podía negarse libremente
a emplear determinados
trabajadores. Cuando los obreros
se declararon en huelga negándose a vender colectivamente su fuerza de trabajo
en las condiciones dictadas por el capital se envió a los gendarmes o al
ejército y se les disparó. La justicia era una evidente justicia de clase.
Parlamentarios, jueces, oficiales de alta graduación, altos funcionarios
coloniales, ministros, obispos;
todos surgían de la misma clase social. Todos estaban
unidos entre sí por los mismos
lazos de dinero, de interés, de familia. La clase obrera estaba excluida de
este mundo elegante.
Esta
situación se modifica en el momento en que el movimiento obrero coge impulso,
adquiere una no- table potencia organizativa, arranca el sufragio universal
mediante acciones directas (huelgas políticas en Bélgica, Austria, Suecia,
Países Bajos, Italia, etc.). La clase obrera se encuentra ampliamente
representada en el parlamento (de repente se ve obligada a pagar una parte
importante de los impuestos; pero ésa es otra historia). Los partidos
obreros reformistas participan
en gobiernos de coalición con la burguesía. En ocasiones,
empiezan incluso a formar gobiernos
compuestos exclusivamente por
los representantes de
los partidos socialdemócratas (Gran Bretaña, Escandinavia).
A
partir de entonces, la ilusión de un Estado «democrático» que estuviera por
encima de las clases, «ar- bitro» real y «conciliador» de las oposiciones de
clase puede ser aceptada más fácilmente por la clase obrera. Una de las
funciones del revisionismo reformista es precisamente propagar ampliamente esa
ilusión. Antes esta tarea era el patrimonio exclusivo de la socialdemocracia.
En la actualidad. los Partidos Comunistas que han iniciado un sendero
neorreformista difunden este mismo tipo de ilusiones.
La
naturaleza real del Estado burgués, incluso del más «democrático», se revela
con facilidad si se examina a la vez su funcionamiento práctico y las
condiciones materiales de este funcionamiento.
Es
típico que a medida que el sufragio universal se conquista por las masas
trabajadoras y que los re- presentantes obreros van haciendo notar su presencia
en los parlamentos, el centro de
gravedad del Estado que residía anteriormente en la democracia parlamentaria se
desplaza inexorablemente desde el parlamento burgués hacia el aparato
permanente del Estado burgués: «Los ministros vienen y van, pero la policía
permanece».
Ahora
bien, este aparato de Estado, por la forma como es reclinado en las alturas,
por la manera como se organiza su jerarquía, por las reglas de selección y de
carrera que lo presiden, encierra una simbiosis perfecta con la media y gran
burguesía. Lazos ideológicos, sociales
y económicos indisolubles unen
este aparato con la clase
burguesa. Todos los altos funcionarios reciben sueldos tales que les permiten
una acumulación privada de capital, a veces modesta, pero en cualquier caso
real, lo que interesa a estas personas, incluso a nivel individual en la
defensa de la propiedad privada y en la buena marcha de la economía
capitalista.
Además,
el Estado basado en este parlamentarismo burgués está vendido en cuerpo y alma
al Capital por las cadenas de oro de la dependencia financiera y de la deuda
publica. Ningún gobierno burgués puede gobernar sin apelar constantemente al
crédito, controlado por los Bancos, el capital financiero, la gran burguesía.
Cualquier política anticapitalista que un gobierno reformista quisiera tan sólo
esbozar se encontraría inmediatamente con el sabotaje financiero y económico
de los capitalistas. La
«huelga de inversiones», la evasión
de capitales, la inflación, el mercado negro, la caída de la producción,
el desempleo, etc., forman parte de su rápida respuesta.
Lo
confirma toda la historia del siglo XX; es imposible utilizar
el parlamento burgués y el gobierno basados en la propiedad capitalista
y en el Estado burgués de manera consecuente contra la burguesía. Toda política que quiera seguir una vía anticapitalista se enfrenta rápidamente
con el dilema: o bien capitular ante el chantaje para seguir potenciando el
capital o bien romper el aparato de Estado burgués y remplazar las relaciones
de propiedad capitalista por la apropiación colectiva de los medios de
producción.
3.
Los límites de las libertades democráticas burguesas
No
es por casualidad que el movimiento obrero se encuentre en la vanguardia de la
lucha por las liberta- des democráticas a lo largo de los siglos XIX y XX.
Defendiendo estas libertades, el movimiento obrero defiende al mismo tiempo las
condiciones más convenientes para su ascensión. La clase obrera es la clase más
numerosa en las sociedades contemporáneas. La conquista de las libertades
democráticas le permite organizarse, adquirir la seguridad de la mayoría, tener
cada vez más fuerza en la balanza de las relaciones de fuerza.
Además,
las libertades democráticas conquistadas en el régimen capitalista representan
la mejor escuela de la democracia sustancial en la que los trabajadores
participarán mañana después de haber acabado con el reino del Capital.
Trotsky
habló al respecto de las «células de democracia proletaria en el seno de la
democracia burguesa» que representan las
organizaciones de masas obreras, la
posibilidad para los trabajadores de tener congresos y celebrar manifestaciones
obreras y huelgas, de tener su prensa, sus escuelas, sus teatros y sus
cine-clubs, etc.
Pero
precisamente porque las libertades democráticas revisten una importancia
capital a los ojos de los trabajadores,
importa tanto captar los límites de la democracia burguesa, incluso de la más avanzada, desde
el punto de vista de estas libertades.
En
primer lugar, la democracia parlamentaria burguesa es una democracia indirecta,
en el seno de la cual sólo algunos miles o decenas de miles de mandatarios
(diputados, senadores, alcaldes, burgomaestres, concejales, etc.) participan en
la administración del
Estado. La inmensa
mayoría de los
ciudadanos está excluida
de una participación semejante.
Su único poder es el de depositar una papeleta de voto en una urna, cada cuatro
o cinco años.
Además,
la igualdad política en una democracia parlamentaria burguesa es una igualdad
puramente formal, y no una igualdad real. Formalmente, el rico y el pobre
detentan el mismo «derecho» de fundar un periódico cuyo funcionamiento cuesta
cientos de millones de pesetas. Formalmente, el rico y el pobre tienen el mismo
«derecho» a comprar un tiempo de emisión en televisión y la misma «posibilidad»
de influir en el elector. Pero como el ejercicio práctico de esos derechos
presupone la utilización de potentes medios ma teriales, sólo el rico puede
disfrutar plenamente de los mismos. E1 capitalista logrará influenciar a un
grupo numeroso de electores que dependen materialmente de
él, podrá comprar
periódicos, estaciones de
radio o tiempo
de televisión. «Tendrá» parlamentarios y gobiernos gracias
al peso de su capital.
Finalmente,
si se hace abstracción de todos estos límites propios de la democracia
parlamentaria burguesa, y si se supone que es perfecta, es evidente que sólo es
una democracia política. Pero ¿de qué
sirve una igualdad política entre el rico y el pobre —¡que está muy lejos de
ser real!— si al mismo tiempo ésta coincide, y no tan sólo durante unos años,
sino desde hace más de medio siglo, con una desigualdad económica y social
enorme, que va en aumento? Incluso si los pobres y los ricos tuvieran
exactamente los mismos derechos políticos, los segundos siguen conservando
un enorme poder
económico y social
del que los
prime ros carecen, y
que subordina inevitablemente los
primeros a los segundos en la vida cotidiana.
4.
Represión y dictaduras burguesas
La
naturaleza de clase del Estado fundado en la democracia parlamentaria burguesa
aparece del modo más claro cuando examinamos su papel represivo. Se conocen
innumerables conflictos sociales en los que la policía, los gendarmes y los
militares han intervenido para «romper» piquetes de huelga, dispersar
manifestaciones obreras, hacer evacuar fábricas ocupadas por los trabajadores y
disparar sobre los huelguistas. No se conocen apenas casos en los que la
policía, la gendarmería, la CRS o el ejército de la burguesía hayan intervenido
para arrestar patronos cuando despiden a trabajadores, hayan ayudado a los trabajadores a ocupar fábricas cerradas por el Capital, o
hayan disparado sobre burgueses que organizan el encarecimiento de la vida, la
evasión de capitales o el fraude fiscal.
Los
apologistas de la democracia burguesa replicarán que los obreros violan «la
ley» en todos los casos antes citados, y que amenazan el «orden público» que
las fuerzas represivas han de mantener. Hemos de responder que esto prueba que
la «ley» no es demasiado neutra sino que es una ley burguesa que protege la
propiedad capitalista; que las fuerzas represi vas están al servicio de esta
propiedad; que se comportan de forma muy diferente según sean obreros o
capitalistas los que violen la «ley»; y que nada puede probar mejor el carácter
fundamental burgués del Estado.
En
tiempos normales, los aparatos de represión sólo desempeñan un papel marginal
en la conservación del régimen capitalista, ya que éste es respetado de hecho
en la vida cotidiana por la gran mayoría de las clases trabajadoras. Sucede
algo muy distinto en los períodos de crisis aguda (ya sea económica, social,
política, militar o financiera), en los
que el régimen
capitalista pierde su
equilibrio, durante los
cuales las masas
trabajadoras manifiestan su voluntad de derrocar el régimen o durante
los cuales éste no consigue ya funcionar normalmente.
Entonces
la represión surge en el primer plano de la escena política. Entonces es cuando
la naturaleza profunda del Estado burgués se muestra en toda su desnudez: un
grupo de hombres armados al servicio del Capital. Con ello confirma la regla
más general de la historia de las sociedades de clases. Cuanto más estable es
esta sociedad, mejor puede permitirse el lujo de conceder diversas libertades
formales a los oprimi dos. Cuanto más inestable y sacudida por profundas
crisis, más debe ejercer el poder político por la vía de la violencia sin
palabras.
Así,
pues, la historia de los siglos XIX y XX está formada por distintas
experiencias de supresión de todas
las libertades
democráticas de los
trabajadores por dictaduras
burguesas: dictaduras militares,
bonapartistas o fascistas. La
dictadura fascista es la forma más brutal y bárbara de la dictadura al servicio
del Capital. Se caracteriza especialmente
por el hecho de que no suprime tan sólo las libertades para las
organizaciones revolucionarias o radicales
de la clase obrera, sino
que trata de
suprimir por todos
los medios cualquier
tipo de organización colectiva de los trabajadores
como los sindicatos, y las formas más elementales de huelga. Se caracteriza del
mismo modo por el hecho de intentar la atomización de la clase obrera, para que
sea sólo un poco eficaz, no puede apoyarse únicamente en
el aparato represivo
tradicional (ejercito, gendarmería,
policía, jueces) y usa
de bandas armadas privadas que a su vez proceden de un
movimiento de masas, el de la pequeña burguesía pauperizada, desesperada por la
crisis y la inflación, y que el movimiento obrero no consigue arrastrar a su
campo en favor de una audaz política de ofensiva anticapitalista.
La
clase obrera y su vanguardia revolucionaria no puede ser neutral ante la
ascensión del fascismo. Deben defender con uñas y dientes sus libertades
democráticas. Para ello deben oponer un
frente único de todas las organizaciones obreras, comprendidas las más
reformistas y más moderadas ante la ascensión del fascismo con el fin de
aplastar en su germen la bestia nociva. Deben crear sus propias unidades de
autodefensa contra los grupos armados del capital, y no fiarse de la protección
del Estado burgués. Deben crear milicias obreras apoyadas por las masas
trabajadoras, unificando todas las
organizaciones obreras e impidiendo cualquier tentativa fascista
de aterrorizar a algún sector
de las masas,
de romper una
sola huelga, de
hacer «saltar» un
solo mitin de una
organización obrera: éste es el camino
para barrer la barbarie fascista que de otro modo terminará en los campos de
concentración, en las matanzas y en las torturas, en Buchenwald y Auschwitz.
Todos los éxitos en este sentido permiten además que las masas trabajadoras
pasen a la contraofensiva y abatan, además de a la amenaza fascista, al régimen
capitalista que la ha hecho nacer y que la ha alimentado.
5.
La democracia proletaria
El
Estado obrero, la dictadura del proletariado, la democracia proletaria, que los
marxistas quieren para sustituir al Estado burgués, que no es, en definitiva,
sino la dictadura de la burguesía, incluso en su forma más democrática, se
caracteriza por una ampliación y no por una restricción de las libertades
democráticas reales para la masa de los ciudadanos que
trabaja. Sobre todo
despu és de la
experiencia desastrosa del
estalinismo, que ha
minado la credibilidad de las
raíces democráticas de los Partidos Comunistas oficiales, es indispensable
recordar con fuerza este principio básico.
El
Estado obrero será más democrático que el Estado basado en la democracia
parlamentaria en la medida en que amplíe fuertemente el área de la democracia
directa. Será un Estado que empezará a desapare cer desde su origen, entregando sectores
enteros de la actividad social
a la autogestión, a la
autodeterminación de los ciudadanos afectados (correos,
telecomunicaciones,
sanidad, enseñanza, cultura,
etc.). Unirá la
masa de trabajadores organizándolos en consejos obreros
con el ejercicio directo del poder, aboliendo las fronteras ficticias entre el
poder ejecutivo y el
poder legislativo. Eliminará
el «carrerismo» de la vida
pú blica limitando los
salarios de los funcionarios, comprendiendo a los de
mayor rango, al de un obrero medio calificado. Impedirá la formación de
una nueva casta
de administradores vitalicios
introduciendo el principio
de rotación obligatoria
en cualquier delegación de poder.
El
Estado obrero será más democrático que el Estado burgués en la medida en que
cree las bases materiales para el ejercicio de las libertades democráticas
de todos. Las imprentas, las emisoras
de radio y televisión, las salas
de reunión, serán propiedad colectiva, y estarán a disposición efectiva de
todos los grupos de trabajadores que las reclamen. El derecho de crear
diferentes organizaciones políticas,
comprendidas las de oposición; de crear una prensa de oposición, dejando a las
minorías políticas expresarse en la prensa, en la radio y en la televisión será
celosamente defendido por los consejos
obreros. El armamento general de las masas obreras, la supresión del ejército
permanente. y de los aparatos de represión, la elección de los jueces, la
publicidad completa de todos Jos procesos, serán la garantía más fuerte para
que ninguna minoría pueda arrogarse el derecho de excluir a ningún grupo de
ciudadanos trabajadores del ejercicio de las libertades democráticas.
Bibliografía
K.
Marx: La guerra civil en Francia.
Lenin: Estado y Revolución.
—
La revolución proletaria y el renegado Kautsky.
L.
Trotsky: Escritos sobre Alemania.
V
Congreso de la IV Internacional: Tesis
sobre el declive y la caída del estalinismo (que incluye una descripción
detallada de las instituciones de la democracia proletaria bajo la dictadura
del proletariado).
La
primera guerra imperialista y la revolución rusa
El
estallido de la primera guerra mundial representa el signo más evidente de que
el capitalismo había entrado en su época de declive. Todo lo que hubiera podido
llevar de progreso a la humanidad se encuentra, a partir de este momento,
amenazado. Inmensas fuentes materiales de recursos se destruyen periódicamente; la guerra mundial; crisis económica de
1929-32; segunda guerra mundial; guerras de reconquista colonial numerosas
«recesiones».
La supervivencia del capitalismo se salda con verdaderas hecatombes de vidas
humanas. Dictaduras sangrientas, militares o fascistas barren lo adquirido por
las grandes revoluciones democrático-burguesas. La humanidad se ve enfrentada
ante el siguiente dilema: socialismo o barbarie.
1.
El movimiento obrero mundial ante la guerra imperialista
Durante
el decenio que precedió a 1914, la Internacional Socialista y el resto del
movimiento obrero in- ternacional se esforzaron en educar y movilizar a las
masas trabajadoras contra el aumento de amenazas de guerra. La carrera
armamentística. la multiplicación de conflictos «locales», el agravamiento de
las contradicciones interimperialistas,
anunciaron claramente la
inminencia de la
conflagración. La Internacional
recordó a los trabajadores de todos los países que sus intereses eran
comunes, y que no tenían por qué asumir las sórdidas querellas entre los
poseedores: querellas por la repartición de los beneficios arrancados a los
proletarios y a los pueblos colonizados del mundo.
Pero
cuando la guerra estalló en 1914, la mayorí a de las directivas
socialdemócratas capitularon ante la ola chovinista desencadenada por la
burguesía. Cada una de ellas se identificaba con su campo imperialista, contra
el de los adversarios de su
burguesía. Las excusas no faltaron.
Para los dirigentes
socialdemócratas alemanes y austríacos se trataba de defender a los
pueblos contra la barbarie del «absolutismo zarista». Para los dirigentes
socialdemócratas belgas, franceses, británicos lo más importante era la lucha
contra el «militarismo prusiano».
En
los dos campos, la alienación chovinista en base a la defensa nacional de la
«patria» imperialista implica el que se corte la propaganda antimilitarista,
socialista revolucionaria, es decir, toda la defensa de los intereses de clase,
incluso los más inme diatos a los trabajadores. Se proclama «la unión sagrada»
de los proletarios y de los capitalistas ante «el enemigo extranjero». Pero
como esta «unión sagrada», al igual que la guerra, no modificarían en nada la
naturaleza capitalista, es decir, explotadora, de la economía y de la sociedad,
el socialpatriotismo implicaba la aceptación de hecho de un agravamiento en las
condiciones de vida y de trabajo de los obreros, de un enriquecimiento
escandaloso de los trusts y otros beneficiarios de la guerra capitalista.
2.
La guerra imperialista salida a la crisis revolucionaria
A
partir de este
momento las contradicciones del
socialpatriotismo debían estallar
rápidamente. Los líderes
reformistas más astutos explicaron que las masas eran favorables a la guerra y
que un partido obrero de masas no podía
oponerse a los
sentimientos predominantes del
pueblo. Pero pronto
los sentimientos predominantes en
el seno de las masas viraron hacia el descontento, la oposición a la guerra y
la revuelta. En este momento los líderes socialpatriotas alemanes Scheideman y
Noske, los líderes socialpatriotas franceses Renaudel y Jules Guesde no
hicieron nada «para adaptarse a los sentimientos predominantes en el seno de la
clase obrera». Al contrario, se esforzaron
en evitar por
todos los medios
que estallaran huelgas
y manifestaciones de
masas, entrando en los
gobiernos de coalición con la burguesía, ayudándola
a reprimir la propaganda antimilitarista, huelguista y revolucionaria,
saboteando el desarrollo de las luchas obreras. Cuando finalmente estallaron
las revoluciones, los líderes socialdemócratas, que habían aprobado la masacre
de millones de soldados por la causa de las cajas fuertes, redescubrieron de
repente su alma pacifista y suplicaron a los trabajadores que no recurrieran a
la violencia, que no provocaran un derramamiento de sangre.
Al
principio de la guerra, cuando las masas estaban desorientadas por la
propaganda burguesa v la traición
de
sus propios dirigentes, sólo un puñado de socialistas revolucionarios
permanecieron fieles a) internacionalismo revolucionario, rehusando hacer
frente común con su propia burguesía: Karl Liebknecht y Rosa Luxembourg en Alemania, Monatte y Rosmer en Francia,
Lenin, una parte de los bolcheviques, Trotsky, Martov en Rusia; el SDP en los
Países Bajos; MacLean en Gran Bretaña, Debs en los Estados Unidos; En Italia,
en Servia y en Bulgaria la mayoría del partido socialdemócrata mantiene
posiciones internacionalistas.
La
Internacional Socialista se había hundido. Los internacionalistas se agruparon
en un principio en las conferencias de Zimmerwald (1915) y de Kienthal (1916).
Sin embargo, se diferenciaron en dos corrientes; una corriente centrista, que
deseaba reconstituir una Internacional reunificada con los socialpatriotas; una
corriente revolucionaria, que se orientaría hacia la constitución de una
Tercera Internacional.
Lenin,
que fue el alma de la izquierda zimmerwaldiana, basaba sus análisis en la
certeza de que la gue rra iba a agravar todas las contradicciones del sistema
imperialista y desembocar en una crisis revolucionaria de envergadura. En esta
perspectiva, los internacionalistas podían prever un espectacular cambio de las
relaciones de fuerza entre la extrema izquierda y la derecha del movimiento
obrero.
Estas'
previsiones se confirmarían a partir de 1917.
La
revolución rusa estalló en marzo de 1917. En noviembre de 1918, la revolución
estalló en Alemania y en el imperio austrohúngaro. En 1919-20, una ascensión
revolucionaria de gran envergadura convulsionó Italia, sobre todo en las
regiones industriales del norte. La separación entre socialpatriotas e
internaciona listas se amplió en
una separación entre
socialdemócratas, que siempre
se negaron a
romper con el
Estado burgués y el
capitalismo, y comunistas,
que se orientaban
hacia la victoria
de la revolución
proletaria, con Repúblicas
de consejos obreros. Los primeros adoptaron una posición claramente
contrarrevolucionaria desde el momento
en que las masas amenazaron el orden burgués.
3.
La revolución de febrero de 1917 en Rusia
En
febrero de 1917 (marzo según el calendario occidental) la autocracia zarista se
hundió bajo los efec tos combinados de los motines obreros provocados por el
hambre, y de la descomposición del ejército, es decir, de la oposición
creciente a la guerra en el seno del campesinado. El fracaso de la revolución rusa de 1905 se
había debido a la ausencia de conjunción entre el movimiento obrero y el
movimiento campesino. Su conjunción en
1917
sería fatal para el zarismo.
La
clase obrera había desempeñado el papel más importante en los acontecimientos
revolucionarios de febrero de 1917. Pero a falta de una dirección
revolucionaria se vio frustrada su victoria. El poder ejecutivo que se le había
quitado al zarismo fue puesto en manos de un gobierno provisional que aliaba a
los partidos burgueses, como los cadetes (demócratas constitucionales), con los
grupos moderados del movimiento obrero (mencheviques y socialistas
revolucionarios). El movimiento de masas era, sin embargo, tan potente que pudo
darse una estructura organizativa propia: la de los consejos (soviets) de
delegados de obreros, soldados y campesinos, apoyados por guardias rojos
armados. De este modo, Rusia conoció a partir de febrero de 1917 un régimen de
dualidad de poder de hecho. El gobierno provisional, que daba cobertura a un
aparato de Estado burgués en lenta disgregación, se vio enfrentado a una red de
soviets que iban construyendo progresivamente un poder de Estado obrero.
Los
acontecimientos aportarían así una confirmación aplastante a una previsión de
León Trotsky, que había formulado desde el final de la revolución rusa de 1905,
según la cual Rusia iba a cubrirse de soviets en su próxima revolución. Los
marxistas rusos e internacionales estaban obligados a reexaminar su análisis de
la naturaleza social de esta revolución rusa en curso.
Tradicionalmente estos
marxistas habían considerado
que la revolución
rusa sería una
revolución burguesa. Al ser Rusia un país atrasado las tareas
fundamentales a resolver por esta revolución parecían semejantes a las de las
grandes revoluciones burguesas democráticas de los siglos XVIII y XIX: derrocar
el absolutismo; conquistar las libertades y una constitución; liberar los
campesinos de las supervivencias semifeudales; liberar las nacionalidades
oprimidas; crear un mercado nacional unificado para asegurar el rápido
desarrollo del capitalismo industrial,
indispensable para preparar
la victoria de
una revolución socialista
ulterior. De ello
resultaba una estrategia de
alianzas entre la burguesía liberal y el movimiento obrero,
debiendo contentarse este último con luchar por objetivos de clase
inmediatos (jornada de ocho horas, libertad de organización y de huelga, etc.), al mismo tiempo que
ponían la espada en los riñones de la
burguesía para que completara lo más radicalmente
posible
la obra de «su» revolución.
Lenin
rechazó esta estrategia en 1905. Recordó el análisis de Marx con relación a la actitud de la burguesía en la
revolución de 1848: cuando el proletariado
aparece en la escena política, la burguesía se desliza hacia el campo de
la contrarrevolución, por temor a una revolución obrera. No modificó el
análisis de las tareas históricas de la revolución rusa, tales como las habían
formulado los marxistas rusos. Pero dedujo del carácter netamente
contrarrevolucionario del comportamiento
de la burguesía la imposibilidad de realizar estas tareas mediante una alianza
entre la burguesía y el proletariado. Sustituyó esta idea por la de una alianza
entre el proletariado y el campesinado.
4.
La teoría de la revolución permanente
Lenin
concibió esta «dictadura democrática de los obreros y campesinos» sobre la base
de una economía todavía capitalista y en el marco de un Estado todavía burgués.
Trotski
señaló la debilidad de esta concepción:
la incapacidad crónica (admitida
por Lenin después de
1917)
del campesinado para constituirse en fuerza política autónoma. A través de toda la historia moderna, el
campesinado
acepta siempre, en último análisis, la dirección burguesa o la dirección
proletaria. Si la burguesía debe fatalmente deslizarse hacia el campo
contrarrevolucionario, la suerte de la revolución depende de la capacidad del
proletariado para hacerse con la hegemonía política
en el seno del movimiento
campesino, estableciendo la alianza
entre obreros y campesinos bajo su dirección. En otras palabras: la
revolución rusa sólo podía triunfar y realizar sus tareas revolucionarias si el
proletariado conquistaba el poder político y establecía un Estado obrero,
apoyándose en su alianza con el campesinado trabajador.
La
teoría de la revolución permanente proclama por tanto que en la época
imperialista, debido a los innumerables vínculos que atan a la burguesía
llamada «nacional» o «liberal» en los países subdesarrollados al imperialismo
extranjero por una parte, y a las antiguas clases poseedoras por la otra, las
tareas históricas de la revolución democrático-burguesa (revolución agraria,
independencia nacional, libertades democráticas, unificación de los países para
facilitar el surgimiento de la
industria) sólo pueden realizarse mediante la instauración de la dictadura del
proletariado, apoyada en el campesinado trabajador. Esta previsión de Trotski
del año 1906 se vio enteramente
confirmada por el
curso de la
revolución rusa de
1917. También se
ha visto posteriormente confirmada por
todas las revoluciones
que a partir
de entonces se
han desencadenado en
los países subdesarrollados.
5.
La revolución de octubre de 1917
Al volver
a Rusia después
de su emigración,
Lenin captó de
entrada las inmensas
posibilidades revolucionarias. Mediante sus «Tesis de abril», reorienta
el partido bolchevique en el sentido de la revolución permanente. Hay que
luchar para la conquista del poder por los soviets, para la instauración de la
dictadura del proletariado. Esta postura, primero rechazada por los viejos
dirigentes bolcheviques (entre ellos Stalin, Kamenev y Molotov) que se
mantenían en las fórmulas de 1905 y deseaban reunificarse con los mencheviques
y conceder un apoyo crítico al gobierno provisional, es aceptada rápidamente
por todo el partido, debido en especial a la presión de los obreros
bolcheviques de vanguardia que la habían adoptado instintivamente incluso antes
de que Lenin la formulara conscientemente. Los partidarios de Trotski se
fusionan con los bolcheviques, los cuales se lanzan a la conquista de la
mayoría de los trabajadores.
Después de distintas
peripecias (levantamientos prematuros
en julio, putsch
contrarrevolucionario del general
Kornilov que fracasa en agosto) esta mayoría se suma a los bolcheviques en los
soviets de las grandes ciudades en septiembre de 1917. Desde entonces, la lucha
por la conquista del poder se sitúa a la orden del día. Finalmente se realiza
en octubre (noviembre según el calendario occidental), bajo la dirección del
Comité Militar Revolucionario de Petrogrado que preside Trotski y emana del
soviet de esta ciudad.
Este
soviet consigue asegurar de entrada la lealtad de casi todos los regimientos
situados en la antigua capital zarista; éstos se niegan a obedecer al estado
mayor del ejército burgués. Así, la insurrección que coincide con el segundo congreso panruso
de los soviets se realiza casi sin derramamiento de sangre. El antiguo aparato
de Estado y el gobierno provisional se hunden. El segundo congreso de los
soviets vota por mayoría aplastante el
traspaso
del poder a los soviets de obreros y campesinos. Por primera vez en la historia
se crea en todo el territorio de un gran país un Estado según el modelo de la
Comuna de París, un Estado obrero.
6.
La destrucción del capitalismo en Rusia
En
su teoría de la revolución permanente, Trotsky había predicho que después de
conquistado el poder, el proletariado no podía contentarse con realizar las
tareas históricas de la revolución democrático-burguesa, sino que se vería impulsado
a tomar las fábricas, eliminar
la explotación capitalista y
empezar la construcción de una sociedad
socialista. Esto fue exactamente lo que sucedió en Rusia después de 1917.
El
programa del gobierno que llevó al poder el segundo congreso de los soviets se
había contentado, en lo inmediato, con establecer el control obrero en la
producción, siendo consideradas como las tareas inmediatas de la revolución de
octubre el restablecimiento de la paz, el reparto de tierras, la solución a la
cuestión nacional y la creación de un verdadero poder soviético en tod o el
territorio ruso.
Pero
la burguesía se puso inevitablemente a sabotear la aplicación de la política
del nuevo poder. Los trabajadores, sintiéndose los más fuertes, no toleraron ni
la explotación ni el sabotaje de los capitalistas. Así pues, muy rápidamente se
pasó de la instauración del control obrero a la nacionalización de la banca, de las grandes fábricas y
de los organismos
de transporte. Muy
pronto todos los
medios de producción,
salvo los de los
campesinos y de los artesanos, estuvieron en manos del pueblo.
Pero
era inevitable que la organización de una economía basada en la propiedad
colectiva de los medios de producción sufriera múltiples dificultades en un
país atrasado, en el que el capitalismo estaba aún muy lejos de haber cumplido
la tarea de crear las bases materiales del socialismo. Los bolcheviques fueron
perfectamente conscientes de esta dificultad, pero estaban convencidos de que
no se quedarían aislados demasiado tiempo. Creían que la revolución proletaria
estallaría muy pronto en muchos países industrialmente avanzados, y confiaban
especialmente en Alemania. La fusión de la revolución rusa, la revolución
alemana y la revolución italiana podía crear una indestructible base material
como punto de partida para la creación de una sociedad sin clases.
La
historia demostró que estas esperanzas no carecían de fundamento. En efecto, la
revolución estalló en Alemania, y estuvo muy cerca de hacerlo en Italia en los
años 1919-20. La revolución rusa jugó a fondo su papel de detonador y de
modelo, estimulando la revolución socialista a nivel mundial.
Aquellos
de entre los socialdemócratas rusos y europeos que se burlaban a posteriori
de que los “sueños “ de Lenin y
Trotsky sobre la revolución
mundial carecieran de fudamentos, de que la revolución rusa
estaba condenada al
aislamiento, que iba a demostrarse utópico querer construir una economía
socialista en un país atrasado,
olvidaron que el fracaso de la ascensión revolucionaria de 1919-20 en Europa
central no fue debido a la ausencia de luchas o al escaso vigor revolucionario
de las masas, sino sobre todo al papel deliberadamente contrarrevolucionario
que había desempeñado la socialdemocracia internacional.
En
este sentido Lenin, Trotsky y sus camaradas, guiando al proletariado del primer
país a la conquista del poder político, hicieron la única cosa que podían hacer
los marxistas revolucionarios para modificar la correlación de fuerzas en favor
de su clase: explotar a fondo las posibilidades más favorables que existen en
un determinado país para derro car el poder del capital. Esto no bastó por sí
sólo para decidir el éxito de la lucha internacional entre capital y trabajo.
Pero en cualquier caso constituye el único medio posible para influir el
nacimiento de esta lucha en un sentido favorable al proletariado.
Bibliografía
Lenin:
Las dos tácticas de la socialdemocracia.
—
La catástrofe inminente y los medios para conjurarla.
—
¿Conservarán los bolcheviques el poder?
Rosa
Luxemburg: Folleto de Junius.
—La
revolución rusa.
León
Trotski: Tres concepciones de la revolución rusa. Discursos de Copenhague
(1932) (dos resúmenes de la teoría de la revolución permanente).
León
Trotski: Historia de la revolución rusa.
—
La revolución permanente.
El
stalinismo
1.
El fracaso del ascenso revolucionario (1918-1920) en Europa
La
revolución internacional que esperaban el proletariado ruso y los dirigentes
bolcheviques se produjo en
1918.
Se crearon consejos de obreros y soldados en Alemania y Austria. En Hungría, se
proclamó la República de los Consejos en marzo de 1919; en abril de 1919, se
proclamó también en Baviera. Los obreros del norte de Italia, en creciente
ebullición a partir de 1919, ocuparon todas las fábricas en abril de 1920.
Otros países como Finlandia, Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia,
Bulgaria, etc., fueron presa
de poderosas corrientes revolucionarias. Los Países Bajos se vieron amenazados por una
huelga general. En Gran Bretaña, los obreros crearon la «triple alianza» de los
tres mayores sindicatos del país, con lo que se hizo temblar al régimen.
Pero esta
ola revolucionaria acabó
fracasando. Las principales
razones de este
fracaso fueron las siguientes:
—
La Rusia de los soviets estaba escindida por una guerra civil. Los antiguos
latifundistas y los oficiales zaristas, apoyados por los capitalistas rusos y
extranjeros, intentaron derrotar por las armas la primera República de obreros
y campesinos. Por ello, el poder de los soviets sólo podía aportar una reducida
ayuda militar y material a las revoluciones
europeas, que además se vieron combatidas por todos los ejércitos imperialistas.
—
La socialdemocracia internacional no dudó en pasarse al campo de la
contrarrevolución, esforzándose
con
todas las promesas y engaños imaginables (en Alemania prometió en febrero de
1919 la inmediata socialización de la gran industria que evidentemente no tuvo
lugar) para apartar a los trabajadores de la lucha por el poder. Tampoco dudó
en organizar la violencia contrarrevolucionaria, organizando en este caso los
cuerpos francos que acudieron en ayuda de Noske para sofocar la revolución
alemana. Estos cuerpos francos fueron el germen de las futuras bandas nazis.
—
Los jóvenes partidos comunistas, que habían fundado la III Internacional,
carecían de experiencia y de madurez, y cometieron múltiples errores
«izquierdistas» y derechistas.
—
La burguesía, aterrorizada por el espectro revolucionario, hizo de entrada
importantes concesiones económicas a los trabajadores, en especial la jornada
de ocho horas y el sufragio universal en numerosos países, lo cual frenó la
ascensión revolucionaria en muchos de ellos.
Los primeros
fracasos de la
revolución terminaron en
las sangrientas derrotas
de Hungría, donde
la República de los Soviets fue aplastada en sangre, y en Italia, donde
el fascismo llegó al poder en 1922. A pesar de todo, en Alemania el partido
comunista se fue reforzando progresivamente, fue adquiriendo una base de masas
cada vez más amplia y se lanzó en 1922-23 a la conquista de los grandes
sindicatos y de los consejos de empresa.
En
1923 se produjo en este país una crisis revolucionaria excepcional:
la ocupación del Ruhr por el ejército francés; una inflación
galopante; huelga general que consigue derrocar al gobierno Cuno; constitución
de gobiernos de coalición socialistas de izquierda-comu nistas en Sajonia y en
Thuringia. Pero el partido comunista, mal aconsejado por la Internacional
Comunista, fracasó en la sistemática organización de la insurrección armada en
el momento más propicio. El gran capital reestableció la situación, estabilizó
el marco, puso en el poder a una coalición burguesa. La crisis revolucionaria
de la posguerra había terminado.
2.
El ascenso de la burocracia soviética
La
Rusia de los Soviets había terminado la
guerra civil en 1920-21 con la
victoria. Pero había salido exangüe de
esta guerra. La producción agrícola e
industrial había descendido de forma catastrófica. El hambre asolaba grandes
regiones del país. Para
remediar esta situación,
mientras se esperaba un relanzamiento de la revolución internacional, Lenin
y Trotsky decidieron
una retirada económica.
La propiedad nacionalizada
se conservó en toda la gran industria, banca y sistema de transportes.
Pero se reestableció la libertad de comercio para los excedentes agrícolas, una
vez pagado el impuesto en especie. Se reestablecieron el artesanado, el
comercio y la
pequeña
industria privada.
Para
los bolcheviques, sólo se trataba de una maniobra temporal, y sólo preveían en
ella los riesgos concernientes al ámbito
económico: la pequeña
burguesía, al enriquecerse,
podría volver a
reproducir la acumulación capitalista
privada. Pero las
consecuencias sociales y
políticas del aislamiento
de la revolución proletaria en un país atrasado
eran tan temibles como estos peligros económicos. Podían resumirse del
siguiente modo: el proletariado ruso perdió cada vez más el ejercicio directo
del poder político y económico. Una nueva capa privilegiada empezó a subirse a
sus espaldas. Esta burocracia llegó a detentar un verdadero monopolio del
ejercicio del poder en todos los campos de la sociedad.
Este
proceso no fue debido a un premeditado complot. Fue debido más bien a la
interacción de un gran número de factores. El proletariado se vio numéricamente
debilitado por la caída de la producción industrial y el éxodo hacia el campo.
Bajo el peso del hambre y las privaciones se despolitizó parcialmente. Sus
elementos más conscientes fueron absorbidos por el aparato soviético. Muchos de
sus mejores hijos habían muerto en la guerra civil. Todo este agitado período
no fue propicio para la formación de cuadros técnica y culturalmente
cualificados en el seno de la clase obrera. La intelligentsia pequeño-burguesa
conservó por ello el monopolio de conocimientos. Un período de grandes penurias
es propicio para la adquisición y defensa de privilegios materiales. No hay que
creer que este
proceso pasara desapercibido
para los marxistas
revolucionarios rusos. A
partir de 1920,
la Oposición obrera, en el seno del PC soviético hizo sonar el timbre de
alarma, proponiendo soluciones que eran poco adecuadas. A partir de 1921, Lenin
se obsesiona con el peligro burocrático, llama al Estado ruso un Estado obrero
burocráticamente deformado, y constata, casi en la impotencia, la impronta de
la naciente burocracia en el mismo aparato de partido. A partir de 1923 se cons
tituye la Oposición de la Izquierda trotskista, que hará de la lucha contra la
burocracia uno de los puntos esenciales de su programa.
Sería
igualmente falso creer que el ascenso de la burocracia soviética fue un
fenómeno inevitable. A pesar de que sus raíces se hunden profundamente en la
realidad social y económica de la Rusia de principios de los años veinte, no
era por ello
menos posible contraatacarlas con
posibilidades reales de
éxito. El programa
de la Oposición de Izquierda
trotskista intentaba crear las condiciones propicias para enderezar la
situación:
a)
Acelerando la industrialización en Rusia y aumentando con ello el peso
específico del proletariado en la sociedad;
b)
Aumentando los salarios y combatiendo el paro para incrementar la confianza de
las masas obreras en ellas mismas;
c)
Ampliando inmediatamente la democracia soviética y la democracia en el seno del
partido, para despertar
la
actividad política y la consciencia de clase del proletariado.
d) Acentuando
la diferenciación en el seno
del campesinado, ayudando
a los campesinos pobres
con créditos y maquinaria agrícola para la creación de cooperativas de
producción y gravando a los campesinos ricos con impuestos progresivos;
e)
Manteniendo una orientación hacia la revolución mundial, y rectificando los
errores tácticos y estratégicos de la Komintern.
Si
el conjunto de los dirigentes y de los cuadros bolcheviques
hubieran comprendido la necesidad
y posibilidad de realizar este programa, habría sido posible a partir de
mitades de los veinte un relanzamiento de los soviets y del ejercicio del poder
por el proletariado. Pero la mayoría de los cuadros del partido se veían
asimismo arrastrados por el proceso de burocratización. La mayoría de los
dirigentes comprendió demasiado tarde el mortal peligro que suponía el ascenso
de la burocracia. La falta del «factor subjetivo» (del partido revolucionario)
se unió a las condiciones objetivas más propicias para explicar la victoria de la burocracia staliniana en la
URSS.
3.
Naturaleza de la burocracia; naturaleza social de la URSS
La
burocracia no es una nueva clase dominante. No juega ningún papel indispensable
en el proceso de producción. Es una capa privilegiada que ha usurpado el
ejercicio de las funciones de gestión en el Estado y la economía soviéticos y
que se concede, sobre la base de este monopolio de poder, copiosas ventajas en
el ámbito del consumo (elevadas remuneraciones, ventajas en especie, almacenes
especiales, etc.). No es propietaria de los medios de producción. No tiene
ninguna garantía de conservar estas ventajas ni las transmite a sus hijos; todo
va unido al ejercicio de unas determinadas funciones.
Se trata
de una capa
social privilegiada del
proletariado, que basa
su poder en
las conquistas de la
revolución socialista de
octubre: nacionalización de
los medios de
producción, planificación económica, monopolio estatal del comercio
exterior. Es conservadora en el mismo
sentido que lo es cualquier burocracia obrera; sitúa la conservación de lo
adquirido por encima de cualquier empresa de extensión de las conquistas
revolucionarias.
Teme a la
revolución internacional, que
amenaza con reanimar
la actividad política
del proletariado soviético y
minar con ello su poder. Desea conservar el statu quo internacional. Pero en
cuanto capa social, está en contra del restablecimiento del capitalismo en la
URSS, ya que con ello se destruirían los propios fundamentos de sus
privilegios (lo que no impide que la
burocracia sea el caldo de cultivo de
subgrupos y subtendencias que pueden intentar transformarse en nuevos
capitalistas).
La
URSS no es una sociedad socialista,
es decir, una sociedad sin clases.
Sigue siendo, como
al día siguiente de la revolución de octubre de 1917, una sociedad de
transición entre el capitalismo y el socialismo. Es posible que
se restaure el capitalismo, pero
al precio de una
contrarrevolución social. También es posible
que se restaure el poder directo de los trabajadores, pero al precio de
una revolución política que rompa el monopolio de ejercicio del poder en manos
de la burocracia.
La
economía soviética no merece ser calificada como «capitalista» porque sea un
sistema de «dominación del productor por
los burócratas», ni porque haya empleado mucho tiempo
en el desarrollo prioritario de las máquinas, en detrimento del consumo de
las masas. El capitalismo es un sistema especifico de dominación de clase,
caracterizado por la propiedad privada de los medios de producción, la
competencia, la producción mercantil generalizada, el carácter de mercancía de
la fuerza de trabajo, las inevitables crisis periódicas de sobreproducción
generalizada. Ninguno de estos rasgos pueden encontrarse en la economía
soviética.
Pero
sí la economía soviética no es capitalista, no es tampoco socialista, al menos
en el sentido tradicional del término tal y como se deduce de los escritos de
Marx, de Engels e incluso del mismo Lenin. Una economía socialista se define
por el régimen de productores asociados
que regulan por sí mismos su propia vida productiva y social, estableciendo la
jerarquía de las necesidades a satisfacer, en función de las reservas de las
que disponen y del tiempo de trabajo que están dispuestos a consagrar al esfuerzo
productivo. Se está lejos de una situación semejante en la Unión Soviética. Una
economía socialista se define por una desaparición de toda producción
mercantil. Marx y Engels lo precisan bien, al contrario de la doctrina oficial
en la U. R. S. S., que esa desaparición no es de ningún modo propia de la
«segunda fase» de la sociedad sin clases, llamada comúnmente «fase comunista»,
sino que es ya característica de la primera fase, llamada comúnmente
«socialista».
Desarrollando
la teoría antimarxista sobre la pretendida posibilidad de realizar la
construcción del socialismo en un solo país, Stalin expresó
de forma pragmática el
conservadurismo pequeño burgués de la
burocracia soviética: mezcla de antiguos
funcionarios del Estado burgués, recién llegados al aparato de Estado
soviético, comunistas cínicos y desmoralizados, jóvenes técnicos deseosos de
«hacer carrera» sin tener en cuenta los intereses de clase del proletariado.
Oponiendo
a esta teoría el recuerdo de las nociones básicas del marxismo («la sociedad
sin clases sólo puede ser realizada
a escala internacional, incluyendo
por lo menos
algunos de los
principales países
industrializados del mundo» - «la
revolución empieza por triunfar en un país, se extiende internacionalmente y plantea finalmente un combate decisivo a
escala mundial») Trotsky y la Oposición
de Izquierda no defendieron la posición «expectante» o «derrotista» con respecto a la revolución rusa. Intentaron
impulsar enseguida, antes que Stalin y de forma más racional, la
industrialización del país.Fueron y son
partidarios de la defensa de la URSS contra el imperialismo, de la defensa de
lo que subsiste de las conquistas de octubre contra cualquier tentativa de
restaurar el capitalismo en la URSS. Pero comprendieron que el destino de la
URSS se vería decidido en definitiva por el nacimiento de la lucha de clases a escala internacional. Hoy como ayer, esta
conclusión sigue siendo válida.
4.
¿Qué es el stalinismo?
Cuando
Krustchev pronunció su famosa requisitoria contra los crímenes de Stalin, en el
XX Congreso del PCUS, explicó estos crímenes por «el culto a la personalidad»
que habría reinado durante la dictadura de Stalin. Esta explicación subjetiva, es decir psicológica, de un régimen político que ha cambiado la
vida de decenas de millones de seres humanos, es incompatible con el marxismo.
El fenómeno del stalinismo no puede reducirse a las
particularidades
psicológicas o políticas de un hombre. Se trata de un fenómeno social, cuyas
raíces sociales deben ser puestas al descubierto.
En
la URSS, el stalinismo es la expresión de la degeneración burocrática del
primer Estado obrero, en el que una capa social privilegiada ha usurpado el ejercicio del poder económico y
político. Las formas brutales (terror policíaco; purgas masivas en los años 30
y 40; asesinato de casi todos los viejos cuadros del PCUS; procesos de
Moscú, etc.) y las más «sutiles» de este poder
burocrático pueden variar.
Pero tanto después
de Stalin como durante Stalin,
los fundamentos de la degeneración burocrática subsisten.
Los
soviets, libremente elegidos por todos los trabajadores, no ejercen el poder.
Las empresas ya no son gestionadas
por los trabajadores.
Ni la clase
obrera ni los
miembros del partido
comunista disponen de las
necesarias libertades democráticas
para poder determinar
libremente las grandes
elecciones de la
política económica y cultural, tanto del interior como del exterior.
En
el mundo capitalista el stalínisrno significa la subordinación de los partidos
que siguen la política del Kremlin de los intereses de la revolución socialista
en su propio país a los intereses de la diplomacia del Kremlin. Este utiliza
los partidos comunistas stalini zados
y el movimiento de masas que
controlan, como moneda
de cambio en sus esfuerzos por establecer y mantener el statu quo
internacional con el imperialismo.
En
el plano ideológico, el stalinismo representa una deformación apologética y
pragmática de la teoría marxista. En lugar de servir de instrumento de análisis
de la evolución de las contradicciones del capitalismo, de las relaciones de
fuerza entre las clases, de la realidad objetiva de la sociedad de transición
del capitalismo al socialismo con el fin de apoyar la lucha
de emancipación del
proletariado, la teoría marxista
ha descendido al nivel de instrumento de justificación de cada uno
de los «giros tácticos» del Kremlin y de los partidos stalinianos.
El
stalinismo intenta justificar
estas maniobras en nombre de las necesidades de defensa
de la URSS
«principal
bastión de la revolución mundial» antes de la segunda guerra mundial, «dentro
del campo mundial del
socialismo» después
de la segunda guerra mundial.
Los trabajadores deben
efectivamente defender a la URSS
contra
los intentos del imperialismo de reimplantar en ella el reino del capital.
Pero las maniobras
tácticas stalinianas que han contribuido a la derrota
de tantas revoluciones en el mundo, que han facilitado la llegada de
Hitler al poder en Alemania en 1933, que han condenado la revolución española
de 1936 a la derrota, que han obligado a las masas comunistas francesas e
italianas a reconstruir el Estado burgués y la economía capitalista en estos
países en 1944-46, que han conducido al sangriento aplastamiento del movimiento revolucionario del
Irak, Indonesia, Brasil
y tantos otros
países desde aquel
momento, no corresponden
demasiado a los intereses de la Unión Soviética como Estado. Corresponden más
bien a los míseros intereses de la burocracia soviética para la defensa de sus
privilegios, que son contrarios en todos estos casos a los verdaderos intereses
de la URSS.
5.
La. crisis del stalinismo
El
declive de la revolución internacional después de 1923 y el estado atrasado de
la economía soviética: éstos son los dos principales pilares en los que se
apoya el poder de la burocracia en la URSS. Desde finales de los años 40, estos
dos pilares han ido siendo minados progresivamente.
Veinte
años después de las derrotas de la revolución se ha producido un nuevo ascenso
de la revolución mundial, circunscrita en primer lugar a países también
subdesarrollados (Yugoslavia, China, Vietnam, Cuba), pero que desde mayo del 68
se ha extendido a todo el Occidente. Después de años de esfuerzos para «la
acumulación socialista», la URSS ha dejado de ser un país subdesarrollado. Hoy
es la segunda potencia industrial del mundo, y su nivel técnico y cultural
alcanza el de los países capitalistas avanzados. Hoy, el proletariado soviético
es, con el de los Estados Unidos, el más poderoso numéricamente.
En
estas condiciones, las bases que justificaban la pasividad de las masas en los
países dominados por la burocracia soviética empieza a desaparecer. Juntamente
con el despertar de actividades de oposición se producen disensiones en el propio seno de la burocracia que, desde
la ruptura Stalin-Tito en 1948, sigue un
proceso de creciente diferenciación. La interacción entre los dos factores
favorece los bruscos estallidos de la acción política de masas, que se lanzan
hacia la vía de la revolución política, como en octubre-noviembre de 1956 en
Hungría, o durante la «primavera de Praga» de 1968 en la República Socialista
checoslovaca.
Hasta
el momento, estos movimientos de masas
han sido reprimidos con la intervención
militar de la burocracia soviética. Pero a medida que los propios
procesos van madurando en la URSS, ninguna fuerza exterior podrá frenar las
oleadas de la revolución política en Europa oriental y en la URSS. Todo peligro
de restauración del capitalismo será definitivamente roto. El poder político
será ejercido por los trabajadores y los campesinos que trabajan sus tierras.
La lucha por la revolución socialista en el resto del mundo se verá grandemente
facilitada.
6.
Las reformas económicas
Después
de la muerte de Stalin, y sobre todo en el comienzo de los años 60 y 70. un
vasto movimiento de reforma de los
métodos de planificación y de gestión se bosquejó en la U. R. S. S. y en varias «democracias
populares». Las reformas se hicieron más presentes en el terreno de la agricultura,
en el que la producción de
alimentos por habitante, a la muerte de Stalin, era en ocasiones inferior a la
de 1928, e incluso para los productos animales, a la época zarista. Medidas
sucesivas tendieron a interesar a los campesinos, a la racionalización del empleo de las
máquinas agrícolas (que fueron vendidas a los kolkhoses), al establecimiento de
gigantescas granjas del Estado en tierras vírgenes del Kazakhstan, al crecimiento
masivo de las inversiones en la agricultura.
Las
reformas en la industria fueron más lentas v más vacilantes. La necesidad
objetiva de estas reformas nace de una crisis de crecimiento de la economía
soviética, de una baja en las tasas de crecimiento anual de la producción
industrial. Corresponde al agotamiento de las fuerzas que habían permitido el
funcionamiento, mejor o peor, de la industrialización extensiva, es decir, sin esfuerzo por
economizar al máximo los gastos de mano de obra, de materias primas y de
tierras. El agotamiento de las reservas llevaba consigo la obligación de un
cálculo más preciso, de
una elección más
racional entre diversos
proyectos de inversiones.
El impulso de la misma economía, la multiplicación de empresas y de sus recursos, hacía peligrar
que el despilfarro continuara hasta el infinito, si métodos de gestión y de
planificación más racionales no eran introducidos.
La
presión de las masas trabajadoras, cansadas de decenios de sacrificios y de
tensiones, y deseosas de mejorar y diversificar su consumo, al igual que la
necesidad de aproximar las decisiones —a nivel de industria ligera— a esos
deseos de los consumidores, obraron también en ese sentido. Otro elemento más
estimularía la búsqueda de reformas: el
retraso tecnológico creciente en relación con la tercera revolución tecnológica
de la economía capitalista, retraso
que emanaba de
un sistema de
estímulos materiales que
desanimaba la experimentación y
la innovación tecnológicas en favor de la burocracia. La forma de estos
estímulos fue desde entonces modificada.
Uniendo
las primas de los directores al «beneficio» (diferencia entre el precio de
coste y el precio de venta) considerado
y «sintetizando» así el
resultado global de
la empresa en
vez de referirlo
a la producción bruta expresada en términos físicos, se cree
desanimar el despilfarro en materias primas y en fuerza de trabajo y animar al
empleo más racional del equipo. Los resultados fueron modestos pero positivos
en la industria ligera. Pero no modificó para nada la naturaleza híbrida del
sistema, ya que el precio de venta continúa siendo fijado por las autoridades
del Plan central.
El
alcance de todas estas reformas es limitado, en la medida en que no resuelve el
problema fundamental. Ningún «mecanismo económico», exterior al control
democrático y público por las masas de los productores y de los consumidores
puede alcanzar un máximo de rendimiento con un mínimo de esfuerzo. Cada reforma
tiende a sustituir con una
nueva forma de
abuso burocrático y
de despilfarro la
forma anterior. No hay posible racionalización global de la
planificación bajo el reino de la
burocratización y de su interés material, considerado como motor principal para
la realización del plan. Las reformas no han restaurado el capitalismo, ni
reintroducido el beneficio de las empresas como guía para las decisiones de
inversiones. Pero esas reformas han acrecentado las contradicciones internas del sistema. Han acentuado por una
parte la presión de una parte de la burocracia en favor de una autonomía mayor
de los directores de fábricas, suprimiendo conquistas de la clase obrera como
el derecho garantizado al trabajo, y por otra parte la resistencia de los
trabajadores contra la tendencia de desmantelamiento de estas conquistas y de
la economía planificada.
7.
El maoísmo
La
victoria de la 3. a revolución china en 1949 ha sido el logro más importante
para la revolución mundial
desde
la victoria de la revolución socialista de octubre. Destrozó el cerco
capitalista a la U. R. S. S., estimulando potentemente el proceso de revolución
permanente en Asia, en África y en América Latina, y modificando sensiblemente las relaciones de fuerzas a escala mundial a
expensas del imperialismo. Fue posible
porque en la práctica la dirección maoista del PC chino rompió con la línea
estaliniana del «bloque de las cuatro clases» y de la revolución por etapas,
dirigió un vasto levantamiento agrario y se orientó hacia la destrucción del
ejército y del Estado burgués, a pesar de sus proclamaciones favorables a una
coalición con Chiang Kai-Chek.
Sin
embargo, esta revolución victoriosa estuvo desde su comienzo burocráticamente
deformada. La acción autónoma del proletariado estuvo estrictamente limitada,
cuando no impedida, por la dirección maoista. El nuevo Estado obrero no se basó
apenas en los soviets de obreros y campesinos, democráticamente elegidos.
Formas de gestión y de privilegios burocráticos, imitación de los que estaban
en vigor en la Rusia estaliniana, se vieron muy extendidos. Esto provocó un
descontento creciente de las masas, sobre todo en los obreros y en los jóvenes,
que Mao trató de canal izar desencadenando la «gran revolución cultural
proletaria» en 1964-65.
Esta
combina formas auténticas de movilización y de toma de conciencia
antiburocrática de las masas en las ciudades con una tentativa por parte de Mao
de depurar el PC chino y de deshacerse de sus adversarios en el seno de la
burocracia. Cuando la movilización de masas y la evolución ideológica cada vez
más crítica por parte de los «guardias rojos» amenazaba con escapar del control
de la facción maoísta, esta detuvo la «revolución cultural». Restableció en
gran medida la unidad de la burocracia, volviendo a llevar a los puestos de
dirección a la mayoría de los burócratas apartados cuando esta «revolución»
estaba en su apogeo.
El
conflicto chino-soviético, provocado por la tentativa de la burocracia
soviética de imponer un control monolítico sobre la dirección del PC chino y de
suprimir la ayuda económica y militar a la RP China en represalia del rechazo
de Mao a inclinarse ante estos ukases, se transformó de un conflicto
interburocrático en un conflicto a nivel de Estados y en una batalla
organizativa e ideológica en el seno del movimiento estaliniano internacional.
El estrecho nacionalismo de la burocracia, tanto de la soviética como de la
china, asestó un duro golpe a los intereses del movimiento obrero v
antiimperialista mundial, y permitió al imperialismo maniobrar para explotar el
conflicto chino-soviético.
En
el plano ideológico, el maoísmo
representa una corriente propia del movimiento
obrero, de la que varios aspectos son
una variante de
la deformación estaliniana
del marxismo-leninismo. Mientras
que el estalinismo fue a la vez expresión y producto de una
contrarrevolución política en el seno de
una revolución proletaria victoriosa, el maoísmo es a la vez expresión de la
victoria de una revolución socialista y de la naturaleza burocrática deformada
desde su partida de esta revolución. Combina, pues, trazos de una aproximación
más suave v más ecléctica de las relaciones aparato/masas, con trazos
característicos de ahogo de toda autonomía de acción, y de organización de
masas, sobre todo de las masas obreras. Se caracteriza especialmente por la
incomprensión de la naturaleza social
de la burocracia
obrera y de
los orígenes de
la posible degeneración
burocrática en las revoluciones socialistas y en los Estados
obreros, puesto que él mismo representa una expresión ideológica de una
fracción de la burocracia. Identificando irresponsablemente y de manera no
científica «burocracia» y «burguesía de Estado» en URSS, justifica por
anticipado todos los giros de la política exterior china y de los grupos
maoístas, llegando hasta a poner
al mismo nivel el
imperialismo americano y
la Unión Soviética, los partidos comunistas y los partidos
burgueses, y llegando incluso a designar
a la URSS y a los Partidos Comunistas como «el principal enemigo de los
pueblos», ofreciendo una alianza a las potencias imperialistas y a los partidos
burgueses en contra de la URSS y los Partidos Comunistas. Estas «tácticas» se
fundan en la tesis según la cual la mayoría de los países capitalistas
no estarían emplazados
ante una revolución
socialista sino tan
sólo a la
lucha para la independencia nacional en contra de las
superpotencias.
El
carácter arbitrario de todas estas teorías, que no son, en definitiva, nada
más que justificaciones a
posteriorí de las maniobras diplomáticas de Pekín, encuentra sus raíces en una
deformación idealista y voluntarista del marxismo. Bajo pretexto de combatir
«el economicismo», que sería la revisión más peligrosa del marxismo, los
«maoístas ortodoxos»
dejan de considerar
las clases sociales
como realidades objetivas,
determinadas por las relaciones de producción que relaciona
con la producción de su vida material. Las clases sociales se identifican a opciones
ideológicas. El proletariado ya no es el conjunto de los asalariados; está
compuesto por los que «siguen la línea Maotsetung». De esta manera, corrientes
de ideología burguesa o pequeño-burguesa en el seno de la clase obrera son
identificadas con «la burguesía» o «sus representantes», la lucha ideológica en
el seno del movimiento obrero se identifica con la «lucha de clases entre el
proletariado y la burguesía». En esto se funda el rechazo a la democracia
obrera, la justificación del empleo de la violencia y de la represión en el
seno del movimiento obrero, el rechazo de
toda
la tradición marxista-leninista de lucha por el frente único de las
organizaciones obreras contra el enemigo de clase común. La dictadura del
proletariado se identifica con el «pensamiento maotsetung» y ejercida por el
«partido maotsetung». De este modo el círculo queda cerrado. Después de entrar
en guerra contra el poder de la burocracia en la U. R. S. S. se acabó por
preconizar un régimen de mando burocrático demasiado parecido al que existe en
la U. R. S. S., aunque sea adornado con algunos oropeles de «democracia
directa» y de «participación» de las masas en la toma de decisiones. Mao no
acepta en mayor medida que Stalin, Krustchev o Brejnev, la teoría leninista de
la dictadura del proletariado, como algo ba sado en el ejercicio del poder por
consejos de obreros y campesinos, libre y democráticamente elegidos.
Bibliografía
E.
Mandel: Sobre la burocracia.
L.
Trotski: Lecciones de octubre.
—
El nuevo curso.
—
La revolución traicionada.
Moshe
Lewin: El último combate de Lenin.
Tesis
de los IV y V Congreso de la IV Internacional:
«Ascenso
y declive del stalinistno » - «Declive y caída del stalinismo». Satnizdat I
(Editions du Seuil).
Polonia-Hungría
1956 (Editions E.D.I., París),
De
las luchas cotidianas de las masas a la revolución socialista mundial
Desde
la primera guerra mundial, existen las condiciones materiales necesarias para
la consecución de una sociedad socialista: La gran empresa se ha convertido en
la base de la producción. La división mundial del trabajo ha alcanzado un elevado
nivel. La interdependencia entre
todos los hombres —«la
objetiva socialización del trabajo»— se ha realizado en gran parte.
Por todo ello, sustituir el régimen de propiedad privada, de competencia y de
economía de mercado por un régimen basado en la asociación de todos los
productores y en la planificación de la producción con vistas a realizar
objetivos deliberadamente escogidos, se ha hecho objetivamente posible.
1.
Las condiciones de victoria de la revolución socialista
Pero
al revés de todas las revoluciones sociales del pasado, la revolución
socialista exige un esfuerzo consciente y deliberado por parte de la. clase
revolucionaria: el proletariado. Mientras que las revoluciones del pasado substituyeron un régimen de
explotacion económica de los productores por otro, y pudieron por tanto
contentarse con eliminar los obstáculos sobre la vía de funcionamiento de tal o
cual mecanismo económico, la revolución
socialista intenta reorganizar
la economía y
la sociedad según
un proyecto preconcebido: la organización consciente de la economía en
vistas a satisfacer todas las necesidades racionales de los hombres y asegurar
el pleno desarrollo de su personalidad.
Este
proyecto no puede realizarse de manera autom ática. Necesita, por parte de la
clase revolucionaria, una neta conciencia de sus objetivos y de los medios para
llegar a ellos. Esto es tanto más verdad en su lucha por la revolución
socialista, en la cual la clase de los trabajadores debe enfrentarse a un
enemigo de clase superior en cuanto a organización, ya que dispone cada vez más
de una red mundial de fuerzas militares, financieras, políticas, comerciales e
ideológicas para perpetuar su dominación.
La
victoria de la revolución socialista mundial requiere por tanto dos tipos de
condiciones para asegurar su
triunfo:
— las condiciones llamadas objetivas, es decir,
independientes del nivel de consciencia de los proletarios y de los revolucionarios. Entre
éstas hay que
situar la madurez
de las condiciones
materiales y sociales
(base económica y fuerza numérica del proletariado) a escala mundial que
ya estaban dadas desde antes de
1914.
También hay que situar en este apartado las condiciones políticas: incapacidad
de gobierno de la clase
burguesa,
crecientes divisiones internas en el seno de esta clase; negativa de las clases
productivas a
aceptar el
reinado de los
burgueses y su
creciente rebelión contra
dicho reino. Estas
condiciones objetivas políticas necesarias para la victoria de una
revolución socialista se adquieren periódicamente en distintos países cuando
estallan crisis prerrevolucionarias y revolucionarias profundas;
—
las condiciones llamadas subjetivas, es decir, el nivel de consciencia de clase
del proletariado y el grado de madurez, de influencia y de fuerza de su
dirección revolucionaria, de su partido revolucionario.
Podemos
concluir que después de la primera guerra mundial, fueron objetivamente
posibles, en varias ocasiones, revoluciones socialistas victoriosas en
numerosos países. Para citar sólo los países industrialmente avanzados: en
Alemania, en 1918-20 y en 1923 y también sin lugar a dudas en 1930-32; en
Italia, en 1919-20, en
1946-48
y en 1969-70; en Francia, en 1936, en 1944-47 y en mayo de 1968; en Gran
Bretaña, en 1919-20, en 1926
y
en 1945; en España, en 1936-37, etc.
Por
el contrario, las condiciones subjetivas no estaban maduras para la victoria de
la revolución. Hasta ahora, la ausencia de victorias revolucionarias en Occidente
se debe pues, esencialmente, a la
«crisis del factor subjetivo de la historia», de la crisis de conciencia de
clase y de la dirección revolucionaria del proletariado.
2.
La construcción de la IV Internacional
Partiendo de
este análisis, que se basa
en el fracaso
histórico del reformismo
y del stalinismo
para conducir el proletariado hacia la victoria, Trotsky y un puñado de
comunistas de la Oposición se entregaron desde
1933
a la tarea de construir una nueva dirección revolucionaria para el proletariado mundial. En 1938 crearon finalmente la IV
Internacional.
Evidentemente todavía no es, por sí misma, la Internacional
revolucionaria de masas que será la
única capaz de funcionar como un auténtico estado mayor general de la
revolución mundial. Pero transmite, perfecciona y mejora el programa de una
Internacional revolucionaria de
clases en 50 países. Forma a sus
cuadros sobre la base de este programa a través de múltiples actividades.
Estimula con ello de forma deliberada la unificación de las experiencias y de
la conciencia de los revolucionarios a escala mundial, enseñándoles a actuar en
el seno de una misma organización, en
lugar de esperar — por otra parte en vano— que se produzca espontáneamente dicha unificación a partir del impulso de las
fuerzas revolucionarias en los distintos países y partes del mundo,
desarrollándose separadamente unas de otras.
La
IV Internacional no se contenta aguardar pasivamente «la gran noche», esmerándose mientras tanto en perfeccionar su programa. No se
acantona en la abstracta propaganda de este programa. Tampoco despilfarra sus
fuerzas en un activismo y una agitación estériles, confinados en el apoyo a las
luchas inmediatas de las masas explotadas.
La
construcción de nuevos partidos revolucionarios y de una nueva internacional
revolucionaria comporta a la vez la intransigente defensa del programa
marxista-revolucionario, que reúne las lecciones de todas las experiencias
pasadas de la lucha de clases; la propaganda y la agitación en favor de un
programa de acción, parte del programa general marxista-revolucionario que Trotsky llamó programa de
reivindicaciones transitorias inspirándose en los términos utilizados por los
dirigentes de la Internacional Comunista en el curso de sus primeros años de
existencia y una intervención constante en las luchas de masas, a fin de
llevarlas a adoptar en los hechos este
programa de acción, y dotar estas luchas de formas organizativas que conduzcan
directamente a la creación de los consejos obreros.
La
necesidad de una Internacional revolucionaria, que es más que una simple
adicción de partidos revo- lucionarios nacionales, se funda en bases materiales
sólidas. La época imperialista es la época de la economía, de la política y de
las guerras mundiales. El imperialismo es un sistema internacional articulado. Desde hace tiempo
las fuerzas productivas se han internacionalizado. El capital
cada vez más se organiza internacionalmente en sus grandes trusts
multinacionales. El Estado
nacional se ha
convertido desde hace
tiempo en una
traba para los progresos ulteriores de la producción y
de la civilización. Los grandes problemas de la Humanidad (impedir la guerra
nuclear mundial; eliminar el hambre del hemisferio meridional; planificar el
crecimiento económico; repartir equitativamente recursos y rentas entre todos
los pueblos; proteger el medio ambiente ; poner la ciencia al servicio del
hombre) sólo pueden ser resueltos a escala mundial.
Querer,
en estas condiciones, avanzar hacia el socialismo en orden disperso, querer
batir un adversario mundialmente organizado desdeñando toda coordinación
internacional del proyecto revolucionario, querer incluso hacer fracasar a los
trusts multinacionales con luchas obreras limitadas a un solo país, es caer
manifiestamente en la utopía.
Por
otra parte, las luchas revolucionarias tienen una tendencia objetiva y
espontánea a extenderse internacionalmente,
no sólo en
respuesta a intervenciones contrarrevolucionarias del
enemigo de clase,
sino también y sobre todo gracias al estímulo que ejercen sobre los
trabajadores de numerosos países. Retardar sin cesar la creación de una
verdadera organización internacional de los revolucionarios, es retrasarse no
solamente en relación con las necesidades
objetivas de nuestra época, sino
incluso con relación a las
tendencias espontáneas de los sectores más avanzados de las masas.
3.
Reivindicaciones inmediatas y reivindicaciones transitorias
En
nuestra época la explotación capitalista, la opresión imperialista, empujan de
nuevo a las masas hacia el camino de los grandes combates. Pero por sí solas,
las masas sólo se ven llevadas a formular objetivos inmediatos para estas
luchas: defensa o aumento de los salarios reales; defensa o conquista de
algunas libertades democráticas
fundamentales;
derrocamiento de los gobiernos particularmente opresivos, etc.
La
burguesía se permite hacer concesiones a las masas en lucha para evitar que sus
combates no se desarrollen hasta el
punto de amenazar el conjunto de la explotación capitalista. Se lo permite
tanto mas en la medida en que dispone de innumerables instrumentos para
neutralizar estas concesiones, para retomar con una mano lo que ha dado con la
otra. Si acepta conceder aumentos de salarios, el alza de los precios puede
mantener sus ganancias. Si se reduce la jomada de trabajo, puede acelerar el
ritmo de trabajo. Si los trabajadores le arrancan medidas de seguridad
social, los impuestos que gravan
sus rentas pueden ser debidamente incrementados, de manera que lleguen a pagar por sí solos lo
que parece que el Estado les concede, etc.
Para romper
este círculo vicioso,
es necesario que
las masas tomen
como objetivos de
sus luchas cotidianas reivindicaciones transitorias
cuya realización sea
incompatible con el
funcionamiento normal de la
economía capitalista y del Estado burgués. Estas reivindicaciones deben ser
formuladas de manera tal que puedan ser comprendidas por las masas, pues de lo
contrario se quedarán en el papel. Al mismo tiempo, deben tener la virtud de
provocar, por su propio contenido y por la amplitud de las luchas
desencadenadas, una contestación de todo el régimen capitalista y el nacimiento
de órganos de tipo soviético, órganos de dualidad de poder. Lejos de ser
solamente válidos en períodos de crisis revolucionaria aguda, las
reivindicaciones transitorias — como por ejemplo la reivindicación de control
obrero— tienden precisamente a hacer surgir la crisis revolucionaria,
induciendo a los trabajadores a contestar el régimen capitalista, tanto en los
hechos como en su conciencia.
4.
Los tres sectores de la revolución mundial hoy
Debido al retraso
de la revolución socialista
en los países
industrialmente avanzados, el
proletariado mundial se enfrenta a diferentes tareas en diferentes
partes del mundo.
En
los países coloniales y
semicoloniales, los trabajadores y campesinos
pobres no pueden esperar
que los obreros de los países industrializados vayan en su ayuda. Dado
el enorme peso de la opresión y de la miseria que el imperialismo ha impuesto
a las masas obreras y campesinas
de estos países, es inevitable
que estallen amplias luchas de
masas y amplios movimientos
revolucionarios. Los
trabajadores deben apoyar
todo movimiento de masas antiimperialista que esté dirigido
contra la dominación extranjera o contra la explotación de los trusts
extranjeros, tanto si favorece la revolución campesina como la eliminación de
las sangrientas dictaduras indígenas. Una vez conquistada la dirección política
de estos movimientos de masas gracias a su resolución y a su energía por hacer
suyas las reivindicaciones progresistas
de todas las clases y capas explotadas de la nación, el proletariado lucha por
la conqui sta del poder y derroca al mismo tiempo la propiedad y el poder de la
burguesía industrial.
En
los Estados obreros burocratizados, las masas se levantan por la conquista de
sus libertades democráticas, contra el monopolio de ejercicio
del poder en manos de la burocracia,
contra el renacimiento de la
opresión nacional, contra la mala gestión, contra el despilfarro, contra los
privilegios materiales que caracterizan a la gestión burocrática de la
economía. Reivindican el Estado obrero gestionado por los propios trabajadores
organizados en sus consejos (soviets), la gestión de la economía democráticamente centralizada y planificada por un sistema de
consejos de trabajadores.
En
los países imperialistas, los movimientos de . masas contra la explotación
capitalista, contra la restricción o supresión
de las libertades
democráticas se están
transformando, gracias al
programa de transición
y a la construcción de una nueva dirección
revolucionaria, en luchas para el derrocamiento del Estado burgués y. la
expropiación del capital y en revolución socialista victoriosa.
Las
diferentes tareas a las cuales se enfrentan el proletariado y los
revolucionarios en las distintas partes del mundo —tareas de la revolución
permanente en los países subdesarrollados,
tareas de la revolución política antiburocrática en
los Estados obreros
burocratizados; tareas de
la revolución proletaria
en los paises mperialistas— reflejan el desarrollo desigual y combinado de la revolución mundial. La revolución mundial no estallará simultáneamente en todos
los países. Todos los países no se encuentran en idénticas condiciones
sociales, económicas y políticas.
La
máxima tarea de los marxistas revolucionarios ; consiste en la unificación
progresiva de estos tres movimientos
revolucionarios en un
único y solo
proceso de revolución
socialista mundial. Esta
unificación es objetivamente
posible por el hecho de que una sola clase social, el proletariado, es la única
que puede asumir perfectamente las
distintas tareas históricas de la revolución en cada uno de los tres sectores
que acabamos de
mencionar.
Esta unificación será real gracias a la educación y la política
intemacionalistas de la vanguardia revolucionaria, que a partir de las luchas
corrientes adquirirá más experiencia de solidaridad internacional de los trabajadores y de los oprimidos de
todos los países y combatirá de forma sistemática la xenofobia, el racismo y
los prejuicios nacionalistas de toda clase, a fin de hacer penetrar esta
consciencia internacionalista en el seno
de las amplias masas.
5.
Democracia obrera, autoorganización de las masas y revolución socialista
Uno de
los principales aspectos
de la acción
directa de masas,
de sus amplios
movimientos de manifestación o de
huelga, es la elevación de su nivel de consciencia mediante el increme nto de
su confianza en ellas mismas.
En
la vida cotidiana, los trabajadores, los
campesinos pobres, los pequeños
artesanos, las mujeres, los jóvenes, las minorías nacionales y raciales están
acostumbrados a ser aplastados, explotados, oprimidos por una multitud de
poseedores y de poderosos. Tienen la impresión de que la revuelta es imposible
e ineficaz, que la fuerza de sus adversarios es demasiado grande y que todo
acaba siempre «como antes». Pero en el calor de las grandes movilizaciones y de
los grandes combates de masas, este miedo, este descorazonamiento, este
sentimiento de inferioridad y de impotencia
desaparecen bruscamente. En
esos momentos las masas adquieren consciencia
de su inmenso poder potencial,
cuando actúan unidas,
de forma colectiva y solidaria,
cuando se organizan y organizan su combate de forma eficaz.
Por este
motivo los marxistas
revolucionarios conceden una
importancia extrema a
todo lo que incrementa este sentimiento de seguridad
de las masas, a todo que les libera de los obedientes y serviles
comportamientos que les han sido
inculcados durante miles de años de
dominación de las clases poseedoras.
«Nosotros no
somos nada; seámoslo
todo»; estas palabras
de la primera
estrofa de nuestro
himno “La Internacional”, resumen
admirablemente la revolución psicológica indispensable para la victoria de una
revolución socialista victoriosas
En
la vía de la autoorganización de las masas, las asambleas democráticas de los
huelguistas en las que se eligen los comités de huelga , y cualquier mecanismo
análogo en el seno de otras formas de acciones de masas, juegan un papel de
vital importancia. En estas asambleas, las masas hacen su aprendizaje de
autogobierno. Aprendiendo a dirigir sus propias luchas, aprenden a dirigir al
mismo tiempo el Estado y la economía. Las formas de organización a las cuales
se acostumbran son ya las formas
embrionarias de los futuros consejos
obreros, de los futuros soviets, formas de organización de base del Estado
obrero que debe construirse.
La
unidad de acción indispensable para reagrupar las fuerzas dispersas de los
trabajadores, el potente aliento unitario que, en las grandes movilizaciones y;
acciones de masas reúne millones de individuos que no tenían la costumbre de
actuar conjuntamente, es irrealizable
sin la práctica de la más amplia democracia obrera. Por definición, un comité
de huelga democráticamente elegido debe
ser la emanación de todos los huelguistas de la empresa, de la rama de la
industria, de la ciudad, de la región o del país en huelga. Excluir a los
representantes de tal o cual sector de los trabajadores afectados, con el
pretexto de que sus opiniones políticas o filosóficas no son las más adecuadas
para los momentáneos dirigentes de la
huelga, es romper la unidad de la huelga y por tanto, romper la misma huelga.
El
mismo principio se aplica a cualquier forma de acción amplia de masas y a las
formas de organización representativa de las que se dota. La indispensable
unidad para la victoria presupone la democracia obrera, es decir, el principio
de no-exclusión de no importa qué corriente de los que combaten. Todos deben
tener el derecho a la palabra y a la representación. Todos deben tener el derecho a defender sus
particulares propuestas para hacer triunfar la lucha.
Si se
respeta esta democracia,
las minorías respetarán
a su vez
las decisiones mayoritarias,
ya que conservarán la
posibilidad de poderlas
modificar a la
luz de la
experiencia. Mediante esta
afirmación de la democracia obrera, las formas de
organización democrática de las luchas de los trabajadores anuncian igualmente
una característica del Estado obrero del mañana: la extensión y no la
restricción de las libertades democráticas.
Bibliografía
León
Trotski: La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Inter nacional
(Programa de Transición).
Congreso
de Reunificación (VII Congreso Mundial) de la IV Internacional: La actual
dialéctica de la revolución mundial.
Ernest
Mandel: Control obrero, consejos obreros, autogestión. (Una antología) Liga
Comunista: Proyecto de programa.
Documentos
de los Congresos IX y X de la IV Internacional
La
conquista de las masas por los revolucionarios
1.
La diferenciación política en el seno del proletariado
Hemos
visto (véase capítulo IX, punto 5) como la necesidad de un partido
revolucionario de vanguardia surge de la discontinuidad de la acción directa de
grandes masas, así como del carácter científico de la estrategia necesaria para
derrocar el poder de la burguesía. Hemos de añadir un elemento suplementario a
este análisis: la diferencia política en el seno del proletariado.
En
todos los países del mundo, el
movimiento obrero aparece
como una suma de corrientes
ideológicas diferentes. Codo con codo existen: la corriente
socialdemócrata, reformista clásica; la corriente de los Partidos Comunistas
oficiales pro Moscú, de origen estaliniano y de orientación cada vez más neorreformista,
la corriente anarquista o sindicalista revolucionaria; la corriente maoista; la
corriente marxista revolucionaria (IV Internacional). En numerosos países hay
otras formaciones intermedias (centristas) entre estas corrientes ideológicas
principales.
Esta
diferenciación ideológica del movimiento obrero tiene numerosas raíces
objetivas en la realidad y la historia del proletariado.
La clase
obrera no es
absolutamente homogénea desde
el punto de
vista de sus
condiciones sociales de existencia. Según que los trabajadores
trabajen en grandes o pequeñas empresas, estén urbanizados desde varias
generaciones o sólo desde hace poco,
estén altamente cualificados o no dispongan de una cualificación media, estarán
por lo general inclinados a comprender más o menos rápidamente la validez de
ciertas ideas básicas del socialismo científico.
Los
que tengan oficios altamente cualificados comprenderán, más rápidamente que los
que estén en paro la mitad de su vida, la necesidad de una organización
sindical. Pero su organización sindical peligra también de sucumbir más
rápidamente a las tentaciones de un gremialismo estrecho, subordinando los
intereses generales de la clas e obrera
a los intereses
particulares de una
aristocracia obrera que
defiende especialmente las
ventajas adquiridas tratando de impedir el acceso a la profesión. Para
los obreros de las grandes ciudades y de la gran industria es más fácil tomar
conciencia de la fuerza potencial enorme de la gran masa proletaria, y creer en
la posibilidad de una lucha victoriosa del proletariado para arrancar el poder
y las fábricas a la burguesía, que para los obreros que trabajan en pequeñas
industrias viviendo en pequeñas ciudades.
A
la no homogeneidad de la clase obrera se añade la diversidad de la experiencia
de lucha y la diversidad de las capacidades individuales de los trabajadores.
Supongamos que un grupo obrero ha tenido la experiencia de una decena de
huelgas, la mayoría de ellas victoriosas, y de numerosas manifestaciones
obreras. Esta experiencia determinará en parte la conciencia de una manera
diferente a la de otro grupo de proletarios que no ha conocido nada más que una
sola huelga y que además haya fracasado, en el curso de una década, no habiendo
participado nunca como un bloque en la lucha política.
Supongamos
un obrero o empleado que naturalmente tiende a estudiar, lee folletos y libros
además de su periódico. Otro obrero
no lee casi
nunca. Uno es
por temperamento combativo
e incluso «conductor
de hombres». El otro
es más pasivo
y prefiere callar
en las reuniones.
El primero se
lía fácilmente con
los compañeros, el segundo
es más casero
y vuelve en
seguida a su
hogar. Todo esto
influirá, en parte,
en el compo rtamiento y la
elección política de los trabajadores individuales, el nivel de conciencia de
clase en el que se encuentren en un momento determinado.
Por
último, hay que tener en cuenta la historia especifica y las tradiciones
nacionales del movimiento obrero de cada país. La clase obrera británica, la
primera en acceder a la organización política como clase independiente con el
carlismo, no ha conocido nunca un partido de masas fundado en un programa o en
una educación marxista ni siguiera elementales. Su partido de masas está basado
y nacido del sindicalismo de masas: el partido laborista. La clase obrera
francesa, muy marcada por tradiciones particulares de la primera mitad del
siglo XIX (blanquismo, proudhonianismo, babeuvismo) se ha visto frenada en su
acceso al marxismo por la debilidad relativa de la gran
industria,
y por su dispersión relativa en ciudades de provincia relativamente pequeñas.
Ha hecho falta esperar a la aparición de grandes fábricas en los alrededores
parisinos, lioneses, marselleses y del Norte, a partir de los años 20 y 30 de
nuestro siglo, acentuada en los años 50 y 60, para que la huelga de masas
pudiese determinar el curso general de la lucha de clases (junio 36, huelgas de
1947-48, mayo 68) y para que el PCF se convirtiera en el partido hegemónico de
la clase obrera, dándoles un barniz y una tradición referida explícitamente al
marxismo. La clase obrera, y el movimiento obrero español, han estado marcados
por la tradición del sindicalismo revolucionario, muy influenciado por el
subdesarrollo pronunciado de la gran industria en la península Ibérica, etc.
La
diversidad de corrientes ideológicas del movimiento obrero resulta lógica
consecuencia de su propia historia, es decir, de los debates y de las
oposiciones que se han producido en el curso de la misma lucha de clases. Ha
habido sucesivamente una ruptura entre marxistas y anarquistas en el seno de la
I Internacional, por la cuestión de la necesidad de la conquista del poder
político; ruptura entre revolucionarios y reformistas en el seno de la II
Internacional, en torno a la cuestión de la participación en gobiernos
burgueses, de el apoyo a la defensa nacional de
los países imperialistas
y de el apoyo
o el ahogo
de la lucha
revolucionaria de masas
que amenazaba la supervivencia de la economía capitalista, y del Estado
burgués, basado en la democracia parlamentaria;
ruptura entre estalinistas y trotskistas
(marxistas revolucionarios) en el seno
de la III Internacional y del
movimiento comunista internacional, entre partidarios y adversarios de la
teoría de la revolución permanente y de la teoría de la
«revolución por
etapas», entre partidarios
y adversarios de
la utopía de
la obtención de
la construcción del
socialismo
en un solo país.
Pero esta
misma diversidad de
corrientes ideológicas tiene
también raíces objetivas
y materiales más profundas, como
las que vamos a poner al descubierto.
2.
El frente único obrero contra el enemigo de clase
La
diversidad de las corrientes ideológicas en el seno del movimiento Obrero ha
conducido a una frag- mentación de las organizaciones políticas de la clase
obrera. Mientras que la unidad sindical existe en numerosos países (Gran
Bretaña, Países Escandinavos, Alemania Federal, Austria), la división en
organizaciones políticas diferentes es universal. En tanto que materialistas,
debemos comprender que esa división tiene causas objetivas, y que no puede ser
obra del azar, de los «crímenes» de los «secesionistas» o del «papel nefasto» de este o aquel
individuo.
En
sí, esta división política no es un mal. La clase obrera ha podido conseguir
algunas de las victorias más brillante
en condiciones de
coexistencia de numerosos
partidos y de
numerosas tendencias, y que se han
reivindicado por el movimiento obrero. El II Congreso Panruso de los Soviets,
que decidió trasladar todo el poder a los soviets, estaba
marcado por un
fraccionamiento en partidos y tendencias
políticas diferentes de la clase obrera, superior
al que conocemos actualmente en Occidente.
La división de la clase
obrera alemana en tres grandes partidos (y numerosos
grupúsculos y corrientes minoritarias) no impidió la victoria de la huelga
general de marzo de 1920, que suprimió en su embrión el putsch reaccionario de
von Kapp. La diversidad de organizaciones políticas y sindicales del
proletariado español en julio de 1936 no impidió que se sofocara el
levantamiento militar—fascista en casi todos los bastiones industriales del
país.
Pero
la precondición para que la diversidad política del movimiento obrero no
conduzca al debilitamiento de la fuerza de respuesta de la clase obrera en su
conjunto, es que esa diversidad no impida la unidad de acción de los
trabajadores contra el enemigo de clase: la patronal, la gran burguesía, el
gobierno burgués, el Estado burgués. Otra precondición es que la diversidad no
impida la lucha política e ideológica para la hegemonía del marxismo
revolucionario en el seno de la clase obrera, para la construcción de un
partido revolucionario de masas, es decir, que la democracia obrera se realice
en el seno del movimiento obrero organizado.
Sobre
todo es necesario que frente a la ofensiva de la burguesía la respuesta de la
clase obrera sea unitaria. Esta ofensiva puede ser económica: despidos, cierres
de empresas, reducción de los salarios reales, etcétera. Puede ser política:
ataques contra el derecho de huelga y las libertades sindicales; ataques contra
las libertades democráticas de las masas y del movimiento obrero; tentativas de
instaurar regímenes autoritarios o claramente fascistas, suprimiendo la
libertad de acción y de organización del movimiento obrero en su conjunto. En
todos estos casos, sólo una respuesta masiva y unitaria puede hacer fracasar la
ofensiva burguesa. La unidad de acción efectiva de la clase obrera pasa por el
frente único efectivo de todas las organizaciones obreras, en tanto que su
presencia en
sectores
importantes del proletariado sea real.
Una
de las más grandes tragedias del siglo XX ha sido la derrota del proletariado
alemán con la conquista del poder por Hitler el 30 de enero del 33, como
resultado de la reticencia y de la incapacidad de la dirección del KPD (PC
alemán) y del SPD para concluir a tiempo un acuerdo de frente único contra la
ascensión nazi. Las consecuencias de esta tragedia han sido tan pesadas, tan
graves, que todos los trabajadores deben impregnarse de la lección
principal de esta
experiencia: contra la
ascensión del fascismo,
es indispensable el
frente único de
todas las organizaciones obreras
a fin de detener la llegada al poder de asesinos y verdugos por una acción
unitaria y resuelta de las masas trabajadoras.
Las objeciones
y obstáculos en el camino
de la realización
del frente único
son esencialmente de naturaleza ideológica y política. Por
instinto, los trabajadores son —en su gran mayoría, favorables a cualquier
iniciativa unitaria. Entre estos obstáculos de naturaleza política e ideológica
señalaremos:
—
Las prácticas represivas de los dirigentes socialdemócratas, que ejercen
responsabilidades en «e1 seno del Estado burgués, así como las ejercidas por
los dirigentes estalinianos cuando se encuentran en las mismas condiciones. Las
capas radicalizadas de la clase
obrera se sienten,
a justo título,
indignadas por tales prácticas, que van desde romper una
huelga, a la organización sistemática del «soploneo» en el seno de las
organizaciones obreras, y hasta
la organización del
asesinato de dirigentes revolucionarios e incluso
de simples obreros (¡Noske!).
—
Las prácticas burocráticas y manipuladoras de dirigentes sindicales reformistas
y estalinianos, de dirigentes del PC catapultados a posiciones dirigentes del
movimiento obrero, etc. Estas practicas, que prolongan las prodigas represiones
de la burocracia
donde ejerce el
poder, provocan igualmente
una repugnancia justificada en
numerosas capas de trabajadores.
—
El papel sistemáticamente contrarrevolucionario
de las direcciones tradicionales del movimiento obrero, que aún sabiendo
el impulso de la conciencia de clase, ayudan objetivamente (y a menudo
deliberadamente) a la realización de proyectos contrarrevolucionarios y
antiobrer os del Gran Capital, expandiendo la ideología burguesa y pequeño
burguesa en el seno de la clase obrera, etc.
Sin
embargo, es necesario combatir el sectarismo y el ultraizquierdismo en lo que se refiere a las organizaciones de
masas tradicionales del movi miento obrero, sectarismo y ultraizquierdismo que
no son tan sólo obstáculos en el camino de la realización de un frente único obrero contra el enemigo
de clase, sino también obstáculos en el
camino de la lucha eficaz contra el empeño de las direcciones reformistas y
estalinianas.
En
la base de los errores sectarios y ultraizquierdistas se encuentra la
incomprensión de la naturaleza doble y contradictoria de las organizaciones de
masas tradicionales y burocratizadas del movimiento obrero. Si es cierto que la
política de las direcciones de estas organizaciones es ampliamente favorable a
la burguesía, que estas direcciones practican
la colaboración de
clase, debilitando la
lucha de clases
del proletariado, siendo
responsables de innumerables fracasos
sufridos por la clase obrera,
también es cierto que la existencia de estas organizaciones permite a los
trabajadores acceder a un mínimo de conciencia y de fuerza de clase, sin la que
la progresión de esta conciencia es mucho más difícil. La existencia de estas
organizaciones permite también una modificación de las relaciones de fuerza
cotidianas entre el Capital y el Trabajo, sin la que la confianza de la clase
obrera se encuentra fuertemente perturbada. Sólo su sustitución por formas superiores de organización de clase (soviets)
implicará que su debilitamiento no
se salde con
un retroceso o
una paralización de
la clase obrera.
Al contrario, su debilitamiento, sin hablar de su
destrucción, por la reacción capitalista, representa un debilitamiento y un
retroceso graves para el conjunto del
proletariado. He aquí la base
principal sobre la que los
marxistas revolucionarios asientan su
política de frente único obrero contra la reacción capitalista.
3.
La dinámica ofensiva del frente «clase
contra clase»
Frente
a toda ofensiva capitalista contra la clase obrera, en particular contra
cualquier amenaza fascista o de establecimiento de una dictadura de derechas,
los marxistas proponen la constitución de un frente único de todas las
organizaciones obreras, de la base al vértice. Se esfuerzan para implicar en
este frente único todas las organizaciones que reivindican para sí el
movimiento obrero, comprendiendo las más moderadas, las direcciones más
oportunistas y más revisionistas. Se dirigirán sistemáticamente a los
dirigentes del PS, del PC, de los sindicatos reformistas y cristianos, para que
se establezca un frente único entre direcciones nacionales, regionales,
locales,
entre
secciones, en las empresas y los barrios, a fin de hacer frente a la ofensiva
enemiga con todos los medios apropiados.
El
rechazo a extender el frente único a la cumbre de la socialdemocracia o de los
Partidos Comunistas (política llamada del «tercer período» del Komintern,
retomada hoy por organizaciones maostalinianas) se basa en una incomprensión
ultimista e infantil de la función objetiva y de las precondiciones subjetivas
de la unidad del frente proletario. Presupone que la masa de los trabajadores
socialistas (o seguidores del PC) estaría preparada para emprender una
acción única con
los trabajadore s revolucionarios, sin
el acuerdo previo
de sus dirigentes
«socialfascistas»
o «revisionistas». Supone resuelta una tarea que queda por resolver: el apartar a través de su propia experiencia
esta masa de estas direcciones oportunistas. Pero justamente la llamada a los
dirigentes del PS y del PC para que se unan en un frente único contra la
ofensiva de la reacción, permite a los trabajadores que siguen estas
direcciones hacerse con una experiencia precisa e indispensable en cuanto a la
credibilidad, eficacia y buena fe de sus dirigentes.
Por
otra parte, suponer que no es indispensable empeñar las direcciones del PS o
del PC en el frente único obrero, es reducir a éste a una minoría de la clase
obrera; es sembrar graves ilusiones en lo que respecta a hacer retroceder la
patronal, el Estado burgués, a la amenaza fascista con los golpes de acciones
minoritarias.
¿Quiere
esto decir que la táctica de frente único obrero está estrictamente limitada a
fines defensivos? En absoluto. La organización de toda la dase obrera en un
dispositivo de combate —incluso en el inicio de fines defensivos— modifica las relaciones de fuerza entre las
clases, refuerza considerablemente la
combatividad, la fuerza de choque, la
capacidad de acción política y la confianza en sí misma de la clase
trabajadora. Esta táctica crea en consecuencia
un inmenso potencial de lucha
suplementaria, que puede transformar
rápidamente una lucha
defensiva en lucha ofensiva. En ocasión
del putsch von Kapp en marzo
de 1920 en Alemania, la respuesta
victoriosa y unitaria de las organizaciones obreras alemanas creó, tan sólo en
unos días, una situación en la que los militantes de
numerosas organizaciones —comprendiendo incluso
organizaciones reformistas— aceptaron constituir milicias obreras
armadas en varias ciudades de la cuenca del Ruhr. La necesidad de un gobierno
obrero fue propuesta por
los dirigentes sindicales
más moderados. La
respuesta victoriosa y
unitaria de las
masas españolas contra el putsch fascista de julio del 36 condujo en la
mayoría de las ciudades al armamento "general del proletariado y a la toma
de las fábricas.
Para
explotar al máximo este potencial ofensivo del frente único obrero los
marxistas revolucionarios comprendieron la necesidad de estructurar el frente único tanto en la base
corno en la cúspide, sin hacer de esta estructuración un ultimátum dirigido a
los partidos, sindicatos o masas del proletariado. Semejante estructuración
implica comités de base en las empresas, los barrios, las localidades, comités
que deberán ser tan rápidamente como sea posible comités democráticamente elegidos, y empeñados en sistemáticas
movilizaciones y acciones de masas. La dinámica
ofensiva de una estructura semejante,
que daría paso en realidad a una
situación revolucionaria, es evidente.
4.
Frente único obrero y frente popular
Del
mismo modo que los marxistas revolucionarios
son los más firmes partidarios de
una política de frente único obrero, rechazan la política de frente «Popular»,
relanzada después del VII Congreso del Komintern, la vieja política reformista
socialdemócrata de alianza entre la burguesía «liberal» (o «nacional», o
«antifascista») y el movimiento obrero («cartel de izquierdas»).
La
distinción fundamental entre el frente único obrero y el «cartel de
izquierdas», o Frente Popular, reside en que por su lógica de «clase contra
clase», el frente único obrero desencadena una dinámica de acentuación y de
exacerbación de la lucha del proletariado contra la burguesía, mientras que por
su lógica de colaboración de clase, la política de Frente Popular desencadena
al contrario una dinámica de freno de las luchas obreras, llegando hasta
la represión de
las capas obreras
más radicalizadas. Mientras
que el frente
único obrero contra
la ofensiva capitalista no
comporta ninguna precondición
de defensa del
orden burgués y
de la propiedad
capitalista (cualquiera que sea la relación de los dirigentes
reformistas con una defensa semejante),
el frente popular está fundado en el respeto al orden burgués y a la
propiedad, sin el que la presencia de la «burgues ía progresista» .en el seno
del frente sería imposible, lo que, se dice, «reforzaría la reacción». Toda la
lógica del frente popular tiende, pues, a desviar, contener, o romper la lucha
de masas, lo que no es el caso de los acuerdos del frente obrero.
Evidentemente,
la distinción entre frente único obrero y frente popular, aun siendo una
diferencia con- siderable, por razón de la naturaleza de clase objetiva de los
dos tipos de acuerdos, no es una diferencia absoluta. Puede haber aplicaciones oportunistas
de la táctica de frente único obrero en las que, bajo el pretexto de no
«asustar
a los dirigentes reformistas», los líderes de organizaciones que se llaman revolucionarias comienzan
a frenar a su vez todas las luchas de masas. A la inversa, en ciertas situ aciones, las masas pueden partir de las ilusiones unitarias sembradas
por acuerdos de frente popular, para acentuar sus luchas e incluso crear
estructuras de autoorganización, iniciativas que los marxistas revolucionarios
deberán evidentemente favorecer y reforzar por todos los medios.
Pero
cualesquiera que sean estas situaciones intermedias, la cuestión de principio
sigue siendo vital. Desde el punto de vista de la lucha de clases, hace falta
favorecer una política de frente único obrero; hace falta combatir cualquier
acuerdo político con partidos burgueses
incluso «de izquierda», que ponga en cuestión la independencia política de
clase del proletariado.
5.
Independencia política de clase y organización unitaria de clase
Así,
la problemática del frente único obrero como la del frente popular nos
enfrenta, a fin de cuentas, a una
única cuestión: cómo
puede la clase
obrera realizar una
organización unitaria de su fuerza,
con total independencia en relación a la burguesía, a pesar de su fraccionamiento en corrientes
ideológicas y partidos, grupos y
sectores políticos diferentes, y a pesar de la influencia de su nivel medio de
conciencia de clase.
Los
que predican la desaparición previa de
este fraccionamiento, como precondición a la realización de la organización
unitaria de clases persiguen una quimera. Ese fraccionamiento existe desde hace un siglo. No hay ningún
indicio de que desaparecerá dentro de poco. Considerar esta desaparición como
algo previo, es proclamar de hecho que la unidad del frente proletario (y, por
tanto, su victoria) es imposible hasta un porvenir que se pierde en las brumas.
Los
que ven la realización de la unidad de acción de clase como simple función de
acuerdos en la cumbre, independientemente del contenido de clase y de la
dinámica obj etiva desencandenadas por estos acuerdos —por ejemplo,
identificando positivamente frente único obrero y frente popular— olvidan que
la unidad real del frente proletario no es posible nada más que sobre una base
de clase. Es, en efecto, impensable que todos los sectores y todas las capas de
la clase obrera acepten la autolimitación y la automutilación contenidas en los
acuerdos de colaboración de clase.
Hay,
pues, un lazo íntimo entre unidad de acción de la clase obrera en su conjunto,
y objetivos de lucha comúnmente aceptados, incluso formas de lucha adoptadas
por la clase. Los marxistes revolucionarios son firmes partidarios de cualquier
iniciativa realmente unitaria, porque están convencidos de que tales
iniciativas siempre refuerzan la combatividad y la conciencia de los
trabajadores en el sentido de una lucha de clases intransigente contra el
Capital.
La
independencia de clase del proletariado, sin la que su unidad es irrealizable,
se sitúa en relación con la patronal, a nivel de la empresa y de la rama de
industria. Se sitúa también en relación con los partidos burgueses. Pero se sitúa
también en relación al Estado
burgués, e incluso al Estado
democrático-burgués más
libre. La confianza en sí misma que
adquiere la clase obrera, cuando pasa por una experiencia realmente unitaria de
toda la clase, le incita a querer resolver por sí misma todos los problemas,
incluidos los problemas abandonados al Parlamento. Es una razón más para hacer
de los revolucionarios los abogados más resueltos y más conscientes de la unidad de acción de
toda la clase obrera.
6.
Independencia de clase y alianzas entre las clases
La
distinción de principio, que hacíamos entre frente único obrero y frente
popular ha sido a menudo criticada como «dogmática». «Negaría la necesidad de
alianzas». Sin «alianzas de clase», la victoria de la revolución socialista
sería imposible. Además, ¿no fundó Lenin toda la estrategia bolchevique en la
necesidad de una alianza entre el proletariado y el campesinado?
Señalemos,
para empezar, que cualquier paralelismo
entre los países imperialistas de hoy en día y la Rusia de los zares es
abusivo. En Rusia el proletariado no representaba nada más que el 20 por 100 de
la población
activa.
En los países imperialistas, con la excepción de Portugal (donde representa el
38 por 100 de la población), el proletariado, es decir, la masa de los que
están obligados a vender su fuerza de trabajo, representa la aplastante mayoría
de la nación, en la mayor parte de estos países entre un 70 y un 90 por 100 de
la población activa. La unidad del frente proletario (comprendiendo,
evidentemente, los empleados) es infinitamente más vital para la revolución que
la alianza con el campesinado.
Añadiremos
que los marxistas revolucionarios no son de ningún modo adversarios de una
alianza entre el proletariado y la pequeña burguesía trabajadora (no
explotadora) de las ciudades y del campo, incluso en los países en que es
minoritaria. En numerosos países imperialistas, como Portugal, España, Italia,
Francia, el establecimiento de una alianza obrero-campesina es aún de gran
importancia política y sobre todo económica, para la victoria y la
consolidación de la revolución socialista. Lo que contestamos, es que la
alianza entre partidos obreros y partidos burgueses sea necesaria para fundar
una alianza paralela de clases trabajadoras. Al contrario, liberar el
campesinado y la pequeña
burguesía urbana del
empeño de la
burguesía, presupone también
emanciparles del apoyo
que conceden a los partidos políticos burgueses. La alianza puede y debe
estar basada en intereses comunes. El proletariado y sus partidos deben ofrecer
a estas clases objetivos sociales, económicos y culturales y políticas que les
interesen y que la burguesía es incapaz de realizar. Si la experiencia confirma
la voluntad de] proletariado de conquistar el poder y de realizar su programa,
puede obtener el apoyo de una buena parte de la pequeña burguesía de cara a
realizar estos objetivos.
7.
Los movimientos de emancipación de la mujer y de las minorías nacionales
oprimidas en el desarrollo de las luchas anticapitalistas
Tradicionalmente, el movimiento obrero organizado había
concebido el problema de las «alianzas», sea como electoral
y político (alianza
entre diferentes partidos),
sea como la
alianza de la
clase obrera con el
campesinado trabajador y con otros extractos explotados de la pequeña
burguesía. Pero ya durante las grandes revoluciones proletarias del pasado,
sobre todo la revolución rusa y la revolución española, la combinación de la
revolución social y
del movimiento de
emancipación de las
nacionalidades oprimidas había
jugado un papel importante.
Luego
de que el capitalismo contemporáneo se hunde en una crisis social cada vez más
generalizada (especialmente desde la segunda mitad de los años 60), las luchas
socio-políticas en los países imperialistas se caracterizan por una combinación
entre luchas proletarias «puras» y explosiones de descontento y rebelión social
de amplios sectores de la población de composición no únicamente proletaria: el
movimiento de rebelión de la juventud, el movimiento de liberación de la mujer,
el movimiento de sublevación de las nacionalidades oprimidas.
Cuando
decimos «de composición no solamente proletarias» queremos decir exactamente
eso. Es absurdo considerar a los jóvenes, las mujeres o las minorías raciales y
étnicas como «no proletarios» y hasta «pequeño- burgueses» en su conjunto, en
función de criterios ideológicos o psicológicos. Una parte creciente de la
población femenina de los países imperialistas (en algunos más del 50 por 100)
está compuesta por asalariadas y no por amas de casa. Una parte considerable de
los jóvenes está compuesta por jóvenes trabajadores y aprendices. Los negros
portorriqueños y los chicanos en USA, los irlandeses e inmigrados de Asia y de
las Indias Occidentales, en Gran Bretaña,
los vascos y catalanes en
España —para no citar más que estos tres ejemplos— no están solo ellos mismos ampliamente proletarizados,
sino que constituyen además una parte considerable del proletariado de estos
estados en su conjunto.
En
efecto, las condiciones de existencia y reivindicación propias de todos estos
estratos en rebelión es- pecífica
—mujeres jóvenes, minorías
raciales y nacionales—
merecen una atención
especial de parte
del movimiento obrero y de su vanguardia revolucionaria por tres razones
evidentes.
Primeramente
estos estratos incluyen en general a la parte más explotada, más miserable del
proletariado global, la que, por esta sola razón, reclama ya una atención
particular de todo trabajador consciente. Luego. estos estratos son
generalmente víctimas de una doble: opresión, como proletarios a la vez que
como mujeres, jóvenes, minorías, inmigrantes, etc. Por lo tanto, el
proletariado no puede liberarse definitivamente, ni sobre todo abolir el
salariado y construir una sociedad sin clases sin eliminar radicalmente
todas las formas de discriminación, de opresión, de desigualdad social.
Finalmente, el movimiento de rebelión y de liberación de estos estratos permite
aliar a la lucha por la revolución socialista a sectores no pr oletarios que
forman parte de los estratos oprimidos
mencionados
anterior mente.
Esta
alianza no es evidentemente automática. Depende del peso del entrabe de clase,
que la polarización extrema de las fuerzas sociales en el curso del proceso
revolucionario provoca inevitablemente en el seno del movimiento de
emancipación de la mujer, los jóvenes, de las nacionalidades y razas oprimidas.
Pero ella depende también de la capacidad del movimiento obrero, y sobre todo
de la de su vanguardia revolucionaria para tomar astutamente las riendas de la
causa justa por la que combaten estos oprimidos.
Los marxistas
revolucionarios reconocen como
justificados los movimientos
de emancipación de las
mujeres, los jóvenes, las nacionalidades y razas oprimidas, no solamente antes,
sino inclusive después de la caída del capitalismo, la cual no borrará de un
día para otro los vestigios de los milenarios prejuicios, sexistas, racistas,
chauvinistas, xenófobos, en el seno de las masas trabajadoras. Ellos se esforzarán para ser, en el seno de
esos movimientos de masa autónomos, los mejores combatientes por todas las
reivindicaciones justas y progresistas, para impulsar las movilizaciones y las
luchas más amplias y unitarias.
Al
mismo tiempo, combatirán sistemáticamente a favor de las soluciones políticas y
sociales en conjunto
—la
toma del poder por la clase obrera, la supresión del régimen capitalista—, sin
las cuales una solución general y duradera para la discriminación sexista,
racista y chauvinista es imposible. Se convertirán en forma no menos
sistemática en los abogados de la solidaridad de todos los explotados y de
todos los proletarios en la lucha por sus intereses de clase,
independientemente de toda diferencia de sexo, raza o nacionalidad. Mientras
más resuelto y convincente sea su
combate contra todas
las formas de
opresión particulares que
sufren esos estratos sobreexplotados, más eficaz
resultará esta lucha por la solidaridad general de clase.
Bibliografía
Resolución
del III Congreso de la I.C. sobre la táctica. Lenin: Izquierdismo, la
enfermedad infantil del comunism o Trotsky: ¿A dónde va Francia?
—
Escritos sobre Alemania
—
El movimiento comunista en Francia
E.
Mandel: Del fascismo
Daniel
Guerin: Fascismo y Gran Capital.
Henri
Weber: Marxismo y conciencia de clase.
E.
Mandel: Lenin y la conciencia de clase proletaria.
El
advenimiento de la sociedad sin clases
1.
El objetivo socialista a alcanzar
El
objetivo socialista que queremos alcanzar es la substitución de la sociedad
burguesa basada en la lucha de todos contra todos por una sociedad comunitaria
sin clases, en la cual la solidaridad social reemplace el deseo de
enriquecimiento individual como móvil esencial de actividad, y en la cual la
riqueza de la sociedad asegure el armonioso desarrollo de todos los individuos.
Lejos
de querer «hacer iguales a todos los hombres», como pretenden los ignorantes
adversarios del socialismo, los marxistas desean que sea posible, por primera
vez en la historia humana, el desarrollo de toda la infinita gama de diferentes
posibilidades de pensamiento y acción presentes en cada individuo. Pero
comprenden que la igualdad económica y social, la emancipación del hombre de la
necesidad de combatir por su pan de cada día, representa una condición
previa para la conquista de esta verdadera realización de la
personalidad humana en todos los
individuos.
Una
sociedad socialista exige, por tanto, una economía desarrollada hasta el punto
de que la producción en función de las necesidades suceda a la producción por
el beneficio. La humanidad socialista dejará de producir mercancías destinadas
a ser intercambiadas por dinero en el mercado. Producirá valores de uso que se
distribuirán a todos los miembros de la sociedad, con el fin de satisfacer a
todas sus necesidades.
Una
sociedad de este tipo liberará al hombre de las cadenas de la división social y
económica del trabajo. Los marxistas rechazan la tesis según la cual algunos
hombres «han nacido para mandar» y otros «han nacido para obedecer». Ningún
hombre, por naturaleza, está predispuesto a ser minero toda su vida, ni
fresador, ni conductor de tranvía. En cada hombre dormita el deseo de ejercer
un determinado número de diferentes actividades: basta con observar a los
trabajadores durante sus ocios para darse cuenta de ello. En la sociedad
socialista, el alto nivel de
cualificación técnica e
intelectual de todo
ciudadano le permitirá
realizar durante su
vida muchas tareas diferentes y útiles a la comunidad. La
elección de la «profesión» dejará de ser impuesta a los hombres por fuerzas o
condiciones materiales, independientes de su voluntad. Dependerá de su propia
necesidad, de su propio desarrollo individual. El trabajo dejará de ser una
actividad impuesta de la que se huye, para convertirse simplemente en la
realización de la propia personalidad. El hombre será finalmente libre en el
sentido real de la palabra. Una sociedad como ésa se esforzará por eliminar
todas las fuentes de conflicto entre los hombres. Destinará a la lucha contra
las enfermedades, a la formación del carácter del niño, a la educación y a las
bellas artes los inmensos recursos que hoy se despilfarran en objetivos de
destrucción y de represión. Eliminando todos los antagonismos económicos y
sociales entre los hombres, eliminará también todas las causas de guerra o de
conflictos violentos. Únicamente el establecimiento en todo mundo de una
sociedad socialista puede garantizar a la humanidad esta paz universal que se
ha convertido en condición para la simple supervivencia de la especie en esta
época de armas atómicas y termonucleares.
2.
Las condiciones económicas y sociales para alcanzar este objetivo
Si
no nos contentamos con soñar un radiante porvenir, si queremos combatir para
conquistar este futuro, debemos
comprender que la
construcción de una
sociedad socialista que
transformará completamente las costumbres y los hábitos de los hombres que fueron
establecidos desde hace miles de años en
las sociedades divididas en clases está
subordinada a
transformaciones materiales no menos
conmocionantes que deben ser realizadas previamente.
El
advenimiento del socialismo exige en primer lugar la supresión de la propiedad
privada de los medios de producción. En la época de la gran industria y de la
moderna técnica (que no se podría suprimir sin abandonar la humanidad
a la pobreza
generalizada), esta propiedad
privada de los
medios de producción
implica
inevitablemente
la división de la sociedad en una minoría de capitalistas que explotan y una
mayoría de asalariados que es explotada.
El
advenimiento de la sociedad socialista exige la supresión del régimen salarial,
de la venta de la fuerza de trabajo contra un salario fijo en dinero que
convierte al productor en un .importante eslabón de la vida económica. El
régimen salarial debe ser substituido por la retribución del trabajo mediante
el libre acceso a todos los bienes necesarios para la satisfacción de las
necesidades de los productores. Sólo en sociedad que asegure al hombre esta
abundancia bienes puede nacer una nueva consciencia social, nueva actitud de
los hombres entre sí.
Semejante abundancia
—de bienes no es utópica
en absoluto, a
condición de que
se introduzca gradualmente, y de
que se parta de una racionalización progresiva de las necesidades de los
hombres, emancipados de las coacciones de la competencia, de la búsqueda del
enriquecimiento privado y de la manipulación por una publicidad interesada en
crear en el individuo un estado de insatisfacción permanente. Así, el progreso
en el nivel de vida ha creado ya una situación de saturación en el consumo de
pan, patatas, legumbres, ciertas frutas, y aún de productos lácteos, grasas y
productos porcinos en la parle menos pobre de la población de los países
imperialistas. Una tendencia semejante se observa en lo relativo a ropa
corriente, calzado, muebles básicos, etc. Todos estos productos podrían ser
progresivamente distribuidos
gratuitamente, sin hacer intervenir al dinero, v sin que ello llevara consigo
importantes aumentos en los gastos
colectivos. La misma posibilidad
existe para los servicios sociales
como la enseñanza, la sanidad, los transportes comunitarios, etcétera.
Pero
la abolición del régimen salarial no sólo exige la transformación de las
condiciones de retribución, de distribución de los bienes de consumo. Exige
igualmente la modificación de la
estructura jerárquica de la empresa, la substitución del régimen de mando único
del director (asistido por sus jefes de taller, contramaestres, etc.) por el de
democracia de los productores. El objetivo del socialismo es el autogobierno de
los hombres a todos los niveles de la vida social, estando en primer lugar la
vida económica. Esto significa reemplazar
a todos los delegados designados por jefes elegidos, a todos los
delegados permanentes por jefes que
ejerzan su función por turno. Siguiendo
esta vía se llegarán a crear las condiciones de una verdadera igualdad.
La
riqueza social que permite instaurar un régimen de la abundancia, sólo puede
ser conseguida mediante la planificación de la economía, que permite evitar el
despilfarro que representa la no utilización de los medios de producción y
el paro, así
como su utilización
para fines contrarios
a los intereses
de la humanidad.
La emancipación del trabajo está subordinada al prodigioso desarrollo de
la técnica moderna (aplicación productiva de la energía atómica; electrónica y
teledirección que permiten la completa automatización de la producción) que va
liberando al hombre de las tareas pesadas, degradantes y embrutecedoras. De
este modo responde la historia de entrada
a la vieja objeción vulgar
contra el socialismo: «¿Y quién se ocupará de sacar las
inmundicias en una sociedad socialista?».
El
máximo desarrollo de la producción en las condiciones más rentables para la
humanidad exige que se conserve y extienda la división mundial del trabajo,
profundamente modificada, sin embargo, para suprimir la articulación de paises
“avanzados” y paises “dependientes”, la supresión de lsa fronteras y la
planificación mundial.
La
supresión de las fronteras y la unificación real del género humano es, al mismo
tiempo, un imperativo psicológico del socialismo, el único modo de suprimir la
desigualda económica y social entre las naciones. La supresión de las fronteras
no significa de ninguna manera la supresión de la identidad cultural propia de
cada nación; permitirá al contrario la afirmación de esa personalidad de una
manera más brillante que en la actualidad, en el terreno que le es propio.
La
gestión de las empresas por los trabajadores, la de la economía por un congreso
de consejos de trabajadores, la de todas las esferas de la vida social por las
colectividades afectadas también exige condiciones materiales de
realización si no
quiere ser ficticia.
La reducción radical
de la jornada
de trabajo —de
hecho la introducción de la media
jornada de trabajo— es indispensable para que los productores tengan tiempo para regentar las empresas y
las comunas, para que no se forme una nueva capa de administradores
profesionales.
La
generalización de la enseñanza superior —y una nueva distribución entre el
«tiempo de estudio» y el «tiempo de trabajo» en toda la vida adulta del hombre
y de la mujer— es indispensable para que progresivamente vaya desapareciendo la
separación del trabajo manual y del trabajo intelectual. La estricta igualdad
de remuneración, de representación y de posibilidades de cualificación superior
de las mujeres es indispensable para que la desigualdad entre los sexos no se
mantenga después de la desaparición de la desigualdad de las clases sociales.
3.
Las condiciones políticas, ideológicas, psicológicas y culturales necesarias
para alcanzar este objetivo
Las
condiciones materiales necesarias para ei advenimiento de una sociedad sin
clases son condiciones indispensables, pero no suficientes. El socialismo y el
comunismo no serán el producto automático del desarrollo de las fuerzas
productivas, de la desaparición de la penuria, de la elevación del nivel de
cualificación técnica e intelectual de
la humanidad. Hace falta modificar del mismo modo los hábitos, las costumbres,
las estructuras mentales, que son el resultado de milenios de explotación, de
opresión y de condiciones sociales que favorecían el deseo del enriquecimiento
privado.
Ante
todo, es necesario arrebatar todo poder político á las clases dominantes e
impedirles reconquistar este poder. El
armamento general de los trabajadores sustituyendo
a los ejércitos permanentes,
después de la progresiva destrucción de todas las armas y la
imposibilidad en la que se encontraran los posibles partidarios de un
restablecimiento del reino de la minoría para producir estas armas, deben
permitir alcanzar este objetivo.
La
democracia de los consejos de trabajadores; el ejercicio de todo el poder
político por estos consejos; el control público sobre la producción y la
distribución de la riqueza; la más amplia publicidad de los debates que
conducen a las grandes decisiones políticas y económicas; el acceso de todos
los trabajadores a los medios de información y de formación de la opinión
pública: todo esto debe asegurar la permanencia de condiciones en las cuales
nunca más sea posible el retorno a un régimen de opresión v de explotación.
A continuación
deben crearse las
condiciones propicias para
que los productores
se habitúen a
tener asegurada su existencia y dejen de medir sus esfuerzos en función
de retribuciones específicas que esperan recibir. Esta revolución psicológica
no podrá tener lugar nada más que cuando la experiencia haya enseñado a los
hombres que la sociedad socialista garantice efectivamente, y de manera
permanente, la satisfacción de todas sus necesidades básicas, sin medir en
contrapartida la aportación de cada uno a la riqueza social.
La
gratuidad de la alimentación y el vestido básico; de los servicios públicos;
sanidad; de la enseñanza; servicios
culturales, etc., permitirá
alcanzar este objetivo
en cuanto haya
funcionado durante dos o tres generaciones. Entonces el trabajo dejará
de ser considerado como un medio de «ganarse la vida» o de asegurarse el
consumo cotidiano, y se
convertirá en una
necesidad de actividad
creadora, por medio
de la cual cada
uno contribuye a) bienestar y al desarrollo de todos.
La
transformación radical de estas estructuras de opresión que son la familia
patriarcal, la escuela auto- ritaria encerrada en una torre de marfil, el
consumo pasivo de ideas y de «bienes culturales», irá empareja2
da
con todas estas transformaciones sociales y políticas.
La
dictadura del proletariado no reprimirá ninguna idea, ninguna corriente
científica, literaria, cultural o artística. No tendrá miedo a las ideas,
puesto que estará convencida de la superioridad de las ideas comu nistas. No se
mantendrá, por tanto, neutral ante la lucha ideológica que continuará; creará
todas las condi ciones propicias para
que el proletariado
emancipado asimile los
mejores productos de
la vieja cultura,
construyendo progresivamente los elementos de la cultura comunista
unificada de la humanidad futura.
La
revolución cultural que marcará con su sello la construcción del comunismo será
antes que nada una revolución de las condiciones en las que los hombres creen
su propia cultura, la transformación de la masa de los ciudadanos de
consumidores pasivos a productores culturales activos y creadores.
El
mayor obstáculo que hay que franquear para crear un mundo comunista es la
enorme diferencia que separa la producción y el nivel de vida por habitante de
los países industrialmente avanzados y
el de los países subdesarrollados. El marxismo rechaza resueltamente la utopía
reaccionaria de un comunismo de la ascesis y de la penuria. La
expansión de la
vida económica y
social de los
pueblos del hemisferio
meridional reclama no solamente
una planificación socialista de la economía mundial,
sino también una redistribu ción
radical de los recursos materiales en
beneficio de estos pueblos.
Sólo
una transformación de los modos de
pensamiento egoístas, miopes y
pequeñoburgueses que per- viven hoy en
una parte importante de la clase obrera del hemisferio norte, permitirá
alcanzar este objetivo. La educación internacionalista deberá ir a la par con
la costumbre de la abundancia, que demostrará que dicha redistribución podrá
realizarse sin provocar un retroceso del nivel de vida de las masas
septentrionales.
4.
Las etapas de la sociedad sin clases
A
partir de las ricas experiencias de las revoluciones proletarias que han venido
produciéndose desde hace más de un siglo —es decir, desde la Comuna de París—
podemos distinguir tres etapas en la construcción de una sociedad sin clases:
—
la etapa de transición del capitalismo hacia el socialismo, que es la etapa de
la dictadura del proletariado, de la supervivencia del capitalismo en
importantes países, de la supervivencia parcial de la producción mercantil y de
la economía monetaria, de la supervivencia de varias clases y capas sociales en
el seno de los países empeñados en esta etapa y la necesidad de la
supervivencia "del Estado, para defender los intereses de los trabajadores
contra todos los partidarios del retorno al reino del capital;
—
la etapa del socialismo, una vez
concluida su construcción, y que se
caracteriza por la desaparición de las
clases sociales («el
socialismo es la
sociedad sin clases»,
como dijo Lenin),
por la desaparición
de la economía mercantil y
monetaria, por la desaparición del Estado, por el triunfo internacional de la
nueva sociedad. Sin embargo, durante la etapa socialista, le retribución de
cada uno (abstracción hecha de la satisfacción gratuita de las necesidades
básicas) continuará midiéndose en función de la cantidad de trabajo
proporcionado a la sociedad;
—
la etapa del comunismo, que está caracterizada por la aplicación integral del
principio «de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus
necesidades», por la desaparición de la división social del trabajo, por la
desaparición de la separación de trabajo manual e intelectual, por la desaparición de la separación entre ciudad y campo. La humanidad se
reorganizará bajo la forma de comunas libres de productores- consumidores,
capaces de administrarse por sí mismas sin ningún órgano diferenciado, reintegradas
en un medio natural rehabilitado y protegidas contra los riesgos de destrucción
del equilibrio ecológico.
Sin
embargo, a partir del momento en que nos encontramos en presencia de una
sociedad postcapitalista libre del monopolio del poder de una capa burocrática
—es decir, en presencia de un poder efectivo de los trabajadores— ninguna
revolución, ninguna ruptura brusca, será necesaria para señalar la sucesión de
estas etapas. Serán el resultado de una evolución progresiva de las relaciones
de producción y de las relaciones sociales. Serán la expresión de una
desaparición progresiva de Las categorías mercantiles, del dinero, de las
ciases sociales, del Estado, de la división social del trabajo y de las
estructuras mentales que son el resultado de todo el pasado de desigualdad
y de
luchas sociales. Lo
esencial es comenzar
en seguida estos
procesos de desaparición
y no remitirlos
a generaciones futuras.
Este
es nuestro ideal comunista. Constituye la única solución a los urgentes
problemas a los que la hu- manidad se enfrenta. Consagrar la vida a su
realización es mostrarse digno de la inteligencia y de la generosidad de los
mejores hijos de nuestra especie, de los pensadores más intrépidos, de los
combatientes más valientes, por la Emancipación del Trabajo, ayer y hoy.
Bibliografía
Karl
Marx: Crítica del Programa de Gotha.
Friedrich
Engels: Anti-Dühríng, 3.a parte: El Socialismo.
Lenin:
Estado y Revolución.
Bujarin
y Preobrajenski: El ABC del Comunismo.
León
Trotsky: Literatura y Revolución. Problemas de la vida cotidiana.
Lafargüe:
El derecho a la pereza.
La
dialéctica materialista
1.
El movimiento universal
Si
no recapitulamos el contenido de los quince capítulos anteriores y tratáramos
de resumirlos en una sola fórmula no podríamos encontrar otra mejor que la
siguiente: todo cambia, todo está en perpetuo movimiento.
De
la sociedad primiti va sin clases la humanidad pasó a la sociedad dividida en
clases; esta da lugar, a su vez, a la sociedad socialista sin clases del
mañana. Los modos de producción se suceden. Incluso antes que desaparezcan,
están sometidos a constantes cambios. La dase dominante de hoy es muy diferente
de la clase de los propietarios de esclavos que dominaba el Imperio romano. El
proletariado contemporáneo es a su vez diferente que el siervo medieval. Entre
un capitalista pequeño fabricante de principios del XIX, y míster Rockefeller o
el jefe del trust Rhóne-Poulenc
de hoy, hay
todo un mundo
de diferencia. Todo
cambia, todo está
en perpetuo movimiento.
Este
movimiento universal podemos encontrarlo a todos los niveles de la realidad, y
no solamente en lo relativo a la
historia de las sociedades humanas.
Los individuos cambian, sometidos
a un destino inexorable. Nacen,
crecen, maduran. llegan a ser adultos, después comienzan a declinar y
finalmente mueren. Este destino aflige tanto las especies vivas como los individuos. La
especie humana no
ha existido siempre
Es pecies que poblaban otrora nuestro planeta como los reptiles gigantes
de la época terciaria, han desaparecido Otras especies vegetales y animales
desaparecen actualmente ante nuestros ojos, en parte como resultado de las
perturbaciones anárquicas que el modo de producción capitalista ha provocado en
la ecología terrestre.
Nuestro planeta,
a su vez, no tiene vida
eterna. La pérdida de energía
le condena a su desaparición
inexorable el día de mañana. Nuestro planeta no ha existido siempre. Nació en
una constelación interplanetaria que no es nada más que una de las innumerables
constelaciones análogas del universo.
El
movimiento, la evolución universal, gobierna toda existencia. Esta es material.
En la base de la materia hay átomos que a
su vez
están compuestos de
partículas aún más
pequeñas. Las combinaciones
de átomos constituyen las
moléculas, que forman entre ellas los diferentes elementos básicos de la
corteza terrestre y de la atmósfera. El oxigeno y el hidrógeno, en una combinación
determinada, H2O constituyen el agua. Otras moléculas forman las bases sobre
las que se establece la formación de los aminoácidos.
La
evolución de la materia inorgánica ha dado lugar, de este modo, al nacimiento
de la materia orgáni ca, cuando se han dado unas condiciones determinadas. Los
aminoácidos forman proteínas que trabajan en células. Esto desencadena la
evolución de las especies vivas, vegetales y animales. En el curso de esta
evolución nacen los seres vivos superiores, los mamíferos, de los que forman
parte, los simios, de donde nacería la especie humana.
2.
La dialéctica, lógica del movimiento
Puesto
que el movimiento universal caracteriza toda la existencia se puede decir que
hay rasgos comunes entre el movimiento de la materia (de la naturaleza), el
movimiento de la sociedad humana, y el movimiento de nuestros conocimientos (de
la ciencia, del espíritu humano). En efecto, la dialéctica de Marx y Engels
pretende reunir estos trazos comunes del movimiento universal.
La
dialéctica, o lógica del movimiento, se manifiesta a tres niveles:
—
La dialéctica de la naturaleza, dialéctica completamente objetiva, es decir,
independiente de la existencia, de los proyectos, de las intenciones o de las
motivaciones del hombre y que no afecta directamente a la historia de los
hombres. Esto no excluye que con el desarrollo de las fuerzas productivas, la
humanidad pueda utilizar leyes de la naturaleza para remodelar su medio
natural;
—
la dialéctica de la historia, dialéctica ampliamente objetiva en un principio,
pero en la que constituyó un cambio
revolucionario la irrupción
del proyecto del
proletariado de reconstruir
la sociedad según
un programa preestablecido, aunque la elaboración y la realización de
este proyecto están ligados a condiciones
materiales,
objetivas, preexistentes, independientes de la voluntad de los hombres;
—
la dialéctica del conocimiento (del pensamiento humano) que es la dialéctica
objeto-sujeto por excelencia, el resultado
de una interacción constante entre
los objetos a conocer (los objetos
de cada una de las ciencias) y la acción de los sujetos que tratan de
conocerlos, y que están condicionados por su situación social, los
medios de investigación heredados
—tanto medios de
trabajo como conceptos—.
la transformación de estos medios por la acción social cotidiana, etc.
En
la medida en que el descubrimiento de la dialéctica objetiva fue en sí mismo
una fase de la historia de los conocimientos
y del pensamiento humanos (la
dialéctica fue elaborada primeramente
por filósofos griegos como Heráclito. después retomada por Spinoza v
perfeccionada por Hegel) se podría caer
en la tentación de referir toda la dialéctica a la dialéctica objeto-sujeto.
Esto sería un error
Es
claro que todo lo que sabemos, comprendido lo que concierne a la dialéctica de
la naturaleza, lo sabe mos por intermedio de nuestro cerebro de nuestras ideas,
de nuestra praxis social, determinadas por nuestras condiciones de existencia
social Pero este hecho evidente no impide en absoluto que podamos saber —y
verificar y ver confirmado por múltiples pruebas prácticas— que la vida es más
vieja que el pensamiento humano; que el universo es más viejo que la tierra;
que todo este movimiento es independiente de la acción y de la existencia del
hombre; que el mismo pensamiento humano
es producto de este movimiento: el pensamiento es la materia que por si misma
adquiere conocimientos. Este es el sentido preciso que tiene la noción:
«dialéctica materialista».
Mejor:
en tanto que nuestros conocimientos se perfeccionan y van haciéndose cada vez
más científicos; en tanto que el conocimiento se aproxima a la realidad (una
identidad total del conocimiento y la realidad es imposible, especialmente a partir del hecho de que ésta está en cambio
perpetuo), su paso va a seguir cada vez
más el movimiento objetivo de la
materia. La dialéctica de nuestro pensamiento científico, la dialéctica
materialista puede aprehender lo real,
justamente porque su propio
movimiento corresponde cada vez más al movimiento de la materia, especialmente gracias
a la práctica social que expresa
una dominación creciente de las fuerzas de la naturaleza, porque las leyes del
conocimiento y de la aprehensión espiritual de lo real corresponden cada vez
más a las leyes que gobiernan el movimiento universal de la realidad objetiva.
Es
necesario precisar una diferencia importante entre el desarrollo de las
ciencias naturales y el desarrollo de las ciencias sociales, de los
conocimientos que se refieren a todo lo que tiene la vida social como ob jeto
de investigación, comprendiendo en ello nuestros conocimientos sobre los
orígenes y la dialéctica del desarrollo de todas las ciencias, incluidas las
ciencias naturales.
El
desarrollo de las ciencias naturales está también determinado social e históricamente. Los hombres, incluso los genios más
intrépidos, no pueden plantearse y no pueden resolver nada más que un cierto
número de problemas científicos en
cada época. Son
tributarios de las
ideas y de
la educación recibidas.
Las nuevas problemáticas nacen en
este contexto, en relación con las transformaciones materiales, especialmente
de las del trabajo, de los instrumentos de trabajo, de los instrumentos de
investigación científica, etc. Pero se trata de una determinación indirecta, no
mediatizada de un modo inmediato por intereses materiales de clase. No se
pueden contrastar teorías científicas que reposen sobre pruebas experimentales,
refiriéndonos al origen social o posiciones políticas de los sabios que las hayan formulado. No se las puede constatar sino en relación con otras teorías científicas
experimentalmente comprobadas y que den mejor cuenta de una realidad más
compleja.
De
un modo diferente sucede en las ciencias sociales, que se ocuparon pronto de la
organización y estrura de la sociedad de clases. El peso de las «ideas
recibidas y heredadas» es tanto mayor cuanto que estas ideas no son sino la
expresión en el plano ideológico,
de intereses, ya sean de conservación
social, ya sean de revolución social, intereses que se refieren, en definitiva,
a posiciones de clase antagónicas.
Sin
querer transformar los filósofos, los historiado res, los economistas, los
sociólogos, los antropólogos, en «agentes» deliberados de esta o aquella clase
social, empeñados en una «conspiración» ya sea para defender el orden
establecido o para «organizar la subversión», es evidente que la determinación
social del desarrollo de las ciencias sociales es mucho más directa e inmediata
que en las ciencias naturales. Además, el objeto de las ciencias sociales está
por la fuerza de las cosas, inmediatamente determinado por la estructura y la
historia de las sociedades a las que se refieren los hechos, lo que no sucede
en el caso de las ciencias naturales.
3.
D ialéctica y lógica formal
La
dialéctica, o lógica del movimiento, se distingue de la lógica formal o lógica
de la estática. La lógica formal está fundada en tres leyes fundamentales:
a)
La ley de la identidad: A es igual a A; una cosa permanece igual a sí misma.
b)
Ley de la contradicción. A es diferente a no-A; A no puede ser igual a no A
c)
La ley de exclusión del tercero: o bien A. o bien no-A; nada puede ser ni A ni
no-A
Un
momento de reflexión permite concluir que lo que caracteriza a la lógica formal
es el intento de de- tener el movimiento, el cambio, entre paréntesis. Todas
las leyes que acabamos de enumerar son
verdaderas, en tanto que se haga,
abstracción del movimiento. A permanece igual a sí mismo, por tanto no cambia.
A es diferente de no- A, por lo
tanto, no se
transforma en su
contrario. Existe o
bien A o
bien no-A, por lo
tanto, no hay un
movimiento que combine A con no -A, etcétera. Ante hechos como la
transformación de la crisálida en mariposa y del adolescente en adulto, la «ley
de la identidad» se revela como manifiestamente insuficiente.
El
hecho de hacer abstracción del movimiento, de la transformación, de los cambios es útil desde dos puntos de
vista. Primero para poder estudiar los fenómenos de manera aislada y continua,
lo que permite sin duda alguna profundizar en nuestros conocimientos de estos
fenómenos. Después, desde un punto de
vista práctico, cuando los cambios que se producen son de naturaleza
infinitesimal y pueden ser efectivamente descuidados por los interesados.
Si
compro un kilo de azúcar envasado en la tienda de ultramarinos, la igualdad
establecida por la balanza, un kilo de azúcar =un kilo, es válida para mí,
teniendo en cuenta el fin práctico de la compra. En efecto, para poder azucarar
mi café, lo que no entra en el presupuesto de la casa, poco puede importarme
que el peso real de tal paquete sea en
realidad no un kilo sino sólo 999 gramos. Otra cosa sería si el peso de
ese paquete fuera de 900 gramos, no siendo la causa de esa diferencia lo .que
ha causado la humedad del aire. Diferencias tan pequeñas pueden ser válidamente
descuidadas desde un punto de vista práctico.
Por
esto, la lógica formal continúa usándose tanto en teoría como en la práctica.
Por esto, la dialéctica materialista no «recusa» la lógica formal, sino que la
integra, la considera como un instrumento de análisis y de conocimiento válido — pero
válido a condición de que
se establezcan sus límites:
que se comprenda que es
inaplicable a los fenómenos de movimiento, a los procesos de cambio. Desde el momento en
que se está en presencia de tales fenómenos, el recurso a las categorías de la
dialéctica, de la lógica del movimiento, categorías diferentes a las de la
lógica formal, se impone.
3.
El movimiento, función de la contradicción
El
movimiento es, por su naturaleza, un tránsito, un paso. Desde un punto de vista
estático, un objeto no puede estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo (sería necesario que el movimiento fuese infinitamente corto). Desde un punto de
vista dinámico, el movimiento de un objeto es precisamente su paso de un punto
a otro.
La
dialéctica, o lógica del movimiento, estudia por ello las leyes del movimiento
y las formas que adopta. Lo examinaremos bajo dos aspectos: el movimiento,
función de la contradicción; el movimiento, función de la totalidad.
Todo
movimiento está siempre causado. La causalidad es una de las categorías
fundamentales de la dia- léctica, como lo es de cualquier ciencia. Negar la
causalidad es, en definitiva, negar la posibilidad del conocimiento.
La
causa última de todo movimiento, de todo cambio son las contradicciones
internas del objeto cam- biante. Todo objeto, todo fenómeno, cambia, bulle, se
modifica, se transforma, en último término bajo el efecto de sus
contradicciones internas, y de las contradicciones que surgen de sus relaciones
con otros fenómenos (contradicciones) del «sistema» de objetos. En este sentido
se ha llamado con frecuencia, y a justo título, ciencia de las contradicciones
a la dialéctica. Lógica del movimiento y lógica de las contradicciones son dos
definiciones prácticamente idénticas de la dialéctica
El
análisis de cualquier objeto, de cualquier fenómeno o de cualquier conjunto de
fenómenos debe per- mitir, en consecuencia, determinar cuáles son los elementos
constitutivos de contradicción v cuáles suponen el
movimiento,
la dinámica desencadenada por estas contradicciones.
Así,
a lo largo de nuestra exposición, hemos indicado hasta qué punto la lucha de
clases resultante de la existencia, en el seno de la sociedad, de clases
sociales antagónicas, gobierna el movimiento de la historia de las sociedades
que están divididas en clases. De un modo más amplio, englobando a la vez la
sociedad primitiva sin clases, la sociedad dividida en clases y la sociedad
socialista futura, podemos decir que las contradicciones entre el nivel
alcanzado, en ciertas épocas, por el desarrollo de las fuerzas productivas (el
grado de dominación del hombre sobre la naturaleza) y las relaciones de
producción nacida en último término de niveles de desarrollo anteriores a estas mismas fuerzas
productivas, gobierna toda la evolución de la humanidad.
Simplificando, y
esquematizando de manera
excesiva, podemos indicar
las siguientes leyes
del movimiento, o las formas
principales que adopta,
y que proporcionan categorías
fundamentales de la lógica dialéctica, o lógica del
movimiento:
a)
La unidad, la interpenetración y la lucha de los contrarios.—Quien habla de
movimiento habla de contradicción.
Quien
habla de contradicción habla de coexistencia de elementos opuestos unos a
otros, a la vez coexistencia y lucha entre estos elementos. Sin homogeneidad
integral, ausencia total de elementos que se opongan unos a otros, no hay
contradicción, no hay movimiento, no hay vida, no hay existencia. La existencia
está constituida por la unidad, la interpenetración y la lucha de elementos
contrarios, es decir, por el movimiento.
La existencia de
los elementos contradictorios incluye
su coexistencia en una
totalidad estructurada, en un conjunto en el que cada uno de estos elementos
tiene su lugar, y la lucha de estos elementos para romper este conjunto. El
capitalismo no es posible sin la existencia simultánea del capital y del
trabajo asalariado, de la burguesía y del proletariado. Una cosa no puede
existir sin la otra. Pero esto no significa en absoluto que una cosa no trate
de rechazar la otra, y que el proletariado no trate de suprimir el capital y el
régimen salarial, intentando superar el capitalismo.
b)
Cambios cuantitativos y cambios
cualitativos.— El movimiento toma la
forma de cambios manteniendo las estructuras
(o la cualidad) de los
fenómenos. Hablaremos en este caso de un cambio cuantitativo
a menudo imperceptible. A partir
de un «límite» determinado, el cambio
cuantitativo se transforma en cambio cualitativo. A partir de este
«limite el cambio, en lugar de ser gradual, se efectúa por «saltos», una nueva
«cualidad» aparece. Una pequeña villa puede transformarse gradualmente en gran
ciudad, en un pueblo, y aún en una pequeña ciudad. Pero entre un pueblo y una
villa no hay tan sólo una diferencia de cantidad (cantidad de habitantes, de
espacio construido, etc.). Hay también una diferencia de cualidad. La actividad profesional
de la mayoría de sus
habitantes se ha modificado. En lugar
del agricultor son obreros y
empleados quienes prevalecen.
Ha nacido un
nuevo medio social,
planteando problemas
sociales que no existían
en absoluto en el pueblo; por
ejemplo, el de los transportes comunitarios. Aparecen nuevas clases
sociales, con nuevas contradicciones entre ellas.
c)
Negación y superación.—Todo movimiento
tiene tendencia a
producir la negación
de algunos de sus
fenómenos, a transformar
los objetos en
su contrario. La
vida produce la
muerte. E1 calor
no se comprende nada mas que en
función del frío. La sociedad sin clases produce la sociedad dividida en
clases, que a su vez produce una nueva sociedad sin clases. Pero es
necesario distinguir la negación
«pura»
y la «negación de la negación», es decir, la superación de la contradicción a
un nivel superior, que implica a la vez
una negación, una
conservación y una elevación
a un nivel superior.
La sociedad primitiva sin clases
tenía un alto nivel de cohesión interna, precisamente en función de su pobreza,
de su subordinación casi total a las fuerzas de la naturaleza. La sociedad
dividida en clases es una etapa de la dominación superior
del hombre sobre
las fuerzas de
la naturaleza, pagada
al precio de una
contradicción, de un desgarramiento más profundo de la organización social. En
la sociedad socialista futura, esta negación
será superada. Una
forma aún más
elevada de dominio
del hombre sobre
la naturaleza se combinará con una forma igualmente elevada de cohesión
social y de cooperación, gracias a Ja existencia de una sociedad sin clases.
5.
Algunos problemas suplementarios de la dialéctica del conocimiento
a)
Contenido y forma.— Todo movimiento toma, por fuerza, formas sucesivas, que
pueden variar según un gran número de
circunstancias. No puede
deshacerse automáticamente de
cualquier forma que
haya sido
previamente
adaptada. Esta resistencia debe romperse. La forma debe corresponder al
contenido, y le corresponde hasta un cierto punto. La naturaleza más congelada
se opone a cualquier correspondencia absoluta y permanente, al movimiento, que
es la oposición completa de todo lo que está congelado, quieto.
b)
Causas y efectos.— Todo movimiento se presenta como una cadena en la que se
entremezclan causas y efectos. A
primera vista, una interacción absoluta
los mezcla. La causa del
régimen salarial es la apropiación privada de los medios de
producción que han pasado a ser monopolio de una clase social. Pero este
monopolio se mantiene como efecto del régimen salarial. Los salarios no
permiten la adquisición de los medios de producción por los
obreros. El régimen
salarial produce una
plusvalía, apropiada por
el capitalista, que se transforma precisamente en propiedad burguesa
de los medios de producción suplementarios.
Para
no perderse en este embrollo, y no caer en un eclecticismo soso y estéril, es
necesario aplicar el método genérico, es decir, buscar el origen histórico del
movimiento en cuestión. Encontraremos de este modo que el capital y la
plusvalía son efectivamente anteriores al régimen salarial; que han nacido
fuera de la esfera de la producción; que hay una acumulación primitiva del capital,
que rompe el círculo, apa rentemente cerrado,
de las causas y efectos régimen salarial-capital-régimen salarial.
c)
Lo general y lo particular.— Cada movimiento,
cada fenómeno, tiene
características propias que le son
particulares, Al tiempo, cada movimiento, cada fenómeno, a pesar de estas
particularidades específicas, no puede comprenderse, comprenderse y explicarse,
nada más que en el cuadro de conjuntos más largos y más generales. El
capitalismo británico del siglo XIX no es idéntico ni al capitalismo británico
de la segunda mitad del siglo XX, ni al capitalismo americano de hoy en día. Cada uno de ellos representa una
formación social particular, con una inserción particular en
una economía mundial
que tanto ha
cambiado en el
espacio de un
siglo. No obstante,
ni el capitalismo británico de la
época victoriana, ni el capitalismo británico decadente de hoy en día, ni el
capitalismo americano contemporáneo pueden
comprenderse fuera de
las leyes generales
de desarrollo que
marcan el capitalismo en general.
La dialéctica del «general» y del «particular» no se conforma con «combinar» el
análisis del
«general» y
del «particular». También
se esfuerza en
explicar el particular
en función de
leyes generales, en
modificar
las leyes generales en función del juego de un cierto número de factores
particulares.
d)
Lo relativo y lo absoluto.—Comprender el movimiento, el cambio universal es
comprender la existencia de una infinidad de situaciones transitorias, «el
movimiento es la unidad de la continuidad y de la discontinuidad» (Hegel). Por
eso es que una de las características fundamentales de la dialécti ca es la
comprensión de la relatividad de las cosas, es el rechazo a erigir barreras
absolutas entre las categorías, es la búsqueda de mediaciones entre los
elementos opuestos. La
evolución universal implica
que hay fenómenos
híbridos, situaciones y
casos de
«transición»,
entre la vida y la muerte, entre las especies animales y las vegetales, entre
los pájaros y los mamíferos, entre los monos y el hombre, que convierten en
relativas las distinciones entre todas estas categorías.
Sin
embargo, la dialéctica ha sido usada muchas veces de manera subjetivista, como
«arte de confundir» o
«arte
de defender paradojas». La diferencia entre la dialéctica científica,
instrumento de conocimiento de lo real, y la dialéctica subjetivista o
sofistica, consiste especialmente en que la relatividad de los fenómenos y de
las categorías es algo absoluto para los sofistas. Olvidan (o fingen olvidar)
que la relatividad de las categorías no es nada más que una relatividad parcial
y no una relatividad absoluta, y que por ello es necesario, a su vez,
relativizar la relatividad.
La
diferencia «absoluta» entre la vida y la muerte está afectada por la existencia
de situaciones transitorias, que componen la dialéctica científica. Todo es
relativo, incluso la diferencia entre la vida y la muerte no es tan sólo algo
relativo, sino incluso inexistente,
afirma el sofista. No, responde el dialéctico: hay algo de absoluto, y
no solamente algo de relativo, en la diferencia entre la vida y la muerte. Del
hecho incontestable de que hay múltiples etapas intermedias, no se puede
deducir la conclusión absurda de negar que la muerte constituye la negación de
la vida.
6.
El movimiento, función de la totalidad. Lo abstracto y lo concreto
Hemos
visto que todo fenómeno está siempre en función de las contradicciones internas
del fenómeno o del conjunto de fenómenos considerados. Cada fenómeno —ya sea un
célula viva, un medio natural en el que cohabitan diversas especies, una
sociedad humana, un sistema interplanetario, un átomo— comporta, sin embargo,
una infinidad de aspectos, de componentes, de elementos constitutivos. Estos
elementos no están aglomerados unos con otros de manera fortuita y modificada
constantemente. Constituyen conjuntos estructurados,
una totalidad
construida
siguiendo leyes determinadas.
Así,
en el seno de la sociedad burguesa las relaciones mutuas y antagónicas entre el
Capital y el Trabajo no son de ningún
modo fortuitas. Están
determinadas por la
obligación económica en
la que se
encuentra el asalariado de vender
su fuerza de trabajo al capitalista, que detenta los medios de producción y de
subsistencia, bajo la forma
de mercancías. Relaciones
mutuas cualitativamente diferentes
a las que
se producen en
otras sociedades basadas en la explotación, pero que no son sociedades
capitalistas.
La
dialéctica materialista debe abordar cada fenómeno, cada objeto de análisis y
de conocimiento, no sólo para
determinar las contradicciones internas
que determinan su
evolución (sus «leyes
de desarrollo»). Debe esforzarse en abordar el fenómeno de
manera global, comprenderlo bajo todos sus aspectos, considerarlo en su
totalidad, evitar toda aproximación
unilateral, que aísle de una manera arbitraria algún aspecto particular
de la realidad, que suprima no menos arbitrariamente algún aspecto, y que de
esta manera se revela como incapaz de comprender las contradicciones en su
conjunto y, en consecuencia, de comprender el movimiento en su totalidad.
Esta
capacidad de la dialéctica para integrar en su análisis el método
«universalista» (Allseitigkeit, decía
Lenin
en alemán y en ruso) es uno de sus méritos principales.
«Lógica del movimiento», «lógica
de la contradicción» y
«lógica de la totalidad» son conceptos
prácti- camente sinónimos. Es cerrando los ojos ante ciertos elementos
contradictorios de lo real, que aparecen
como
«demasiado complejos»,
como pensadores no
dialécticos van de
lo total a lo parcial,
evacuando a la vez la contradicción y la totalidad.
Evidentemente,
una cierta simplificación, una cierta «reducción» de la «totalidad» a sus
elementos cons- titutivos decisivos, es inevitable como primera tarea de
aproximación en cualquier análisis científico. Sin este trabajo de abstracción, el
análisis del fenómeno
en su movimiento
y con sus
contradicciones es imposible.
Cualquier
«explicación» que
permanezca aferrada a los
fenómenos aparentes es
de antemano descripción
y no explicación
científica
real de la esencia de estos fenómenos. Por ejemplo, los precios son fenómenos
aparentes; el valor, el trabajo social es la esencia.
Pero
hace falta que no se olvide el que este proceso de abstracción inevitable
empobrece lo real. Cuanto más nos aproximamos a lo real, más lo hacemos a una
totalidad rica en una infinidad de aspectos, que el análisis científico, el
conocimiento, deben explicar en sus
relaciones recíprocas, y en sus relaciones contradictorias: «La verdad es
siempre concreta» (Lenin) «Lo verdadero es la totalidad» (Hegel). La totalidad
es el conjunto de la esencia, de sus apariencias y de las mediaciones que
explican por qué la esencia se manifiesta en estas apariencias precisas y no en
otras.
7.
Teoría y práctica
La
dialéctica es una teoría, un instrumento del conocimiento. Históricamente se
puede definir la dialéctica materialista
como la teoría
del conocimiento del
proletariado (lo que
no disminuy e en
nada su carácter objetivamente científico y que
necesita de una verificación constante, rigurosamente objetiva y sin
prevenciones ni prejuicios anteriores, en el terreno científico). Toda teoría
del conocimiento está sometida a una prueba implacable: la prueba de la
práctica.
En
último análisis, el mismo conocimiento no es un fenómeno desligado de la vida y
de los intereses de los hombres. Es un arma para la conservación de la especie,
un arma para permitir a los hombres el dominio de las fuerzas de la naturaleza,
un arma para comprender (después) los orígenes de la «cuestión social» y los
medios para resolverla. El conocimiento ha nacido de la práctica social del
hombre; tiene por función perfeccionar esta práctica. Su eficacia se mide en
último término por sus efectos prácticos. La verificación práctica es la mejor
arma, definitiva, contra sofistas y escépticos.
Esto
no quiere decir que la teoría se anule en un pragmatismo soso y de cortedad de
miras. A menudo, la eficacia práctica, el carácter «verdadero» o «falso» de una
hipótesis científica, no aparece inmediatamente. Hace falta tiempo, retrocesos,
nuevas experiencias, una serie de «pruebas prácticas»
sucesivas, antes que el carácter científico de una teoría se
imponga efectivamente en la práctica. Prisioneros de las apariencias, de una
apreciación parcial y superficial de lo real, de una apreciación temporal del
proceso histórico (que está a su vez determinada en última instancia por la
ideología de las clases o capas sociales no revolucionarias) numerosos hombres
y mujeres pueden dudar, a pesar de las mejores intenciones y convicciones
socialistas, del carácter burgués de la democracia
parlamentaria,
de la necesidad de la dictadura del proletariado, de la necesidad de la
victoria de la revolución internacional a pesar de las mejores intenciones y
convicciones socia-dad realmente socialista en U. R. S. S. o en cualquier otro
país.
Pero
a fin de cuentas, los hechos acaban por confirmar qué teoría ha sido realmente
científica, es decir, capaz de comprender lo real en todas sus contradicciones,
en todos sus movimientos de conjunto, y qué hipótesis han sido falseadas, es
decir, capaces tan sólo de comprender partes de la realidad, aislándolas de la
totalidad estructurada, y por ello incapaces de comprender el movimiento a
largo plazo en su dialéctica fundamental. La victoria de la revolución social
mundial, el advenimiento de una sociedad sin clases confirmarán en la práctica
la validez de la teoría marxista revolucionaria.
Bibliogra
fía
F.
Engels: Lud\vig Feuerbach, y el fin de la filosofía clásica alemana.
—
Anti-Dühring. primera parte.
V.
I. Lenin: Cuadernos sobre la dialéctica.
Henri
Lefébvre: Lógica formal, lógica dialéctica.
G.
Plejanov: Cuestiones fundamentales del marxismo. G. Novack: Una introducción a
la lógica del marxismo. N. Bujarin: El materialismo histórico.
G.
Lukács: Historia y conciencia de clase (dos primeros capítulos).
El
materialismo histórico
Pensamos,
para acabar, formular de manera lo más sistemática posible las tesis
fundamentales del mate- rialismo histórico que ya han sido bosquejadas
brevemente en los primeros capítulos de este pequeño libro.
1.
Producción y comunicaciones humanas
El
hombre ha llegado a ser un animal particular, por sus cualidades, y por sus
deficiencias físicas. La posibilidad de permanecer erguido; la mano con el
pulgar libre y flexible; los ojos que permiten la visión estereoscópica; la
lengua, la garganta y las cuerdas bucales que permiten una articulación de
sonidos entrecortados y combinados; el lóbulo frontal del cerebro, las
circunvoluciones cerebrales y el desarrollo craniano y la reducción de la
frente que permiten esos desarrollos; todas estas cualidades físicas son
indispensables para la fabricación de útiles y se perfeccionan a medida que los
útiles y el trabajo productivos se perfeccionan.
Pero,
por otra parte, la mayoría de los sentidos y de los órganos humanos están menos
desarrollados que los de las especies animales superespecializadas. Forzado, sin duda, por un cambio de clima, a descender de los árboles, a
vivir en la
sabana de una
alimentación variada, el
hombre primitivo no
podía defenderse de los
carnívoros ni corriendo
como el antílope,
ni trepando como
el chimpancé, ni
volando como el
pájaro, ni confiándose en su
fuerza física como el gorila o el búfalo, ni gracias a una armadura como la del
rinoceronte. Ni tan siquiera podía apoderarse del alimento más atractivo, los
innumerables rumiantes que vivía; con él en la sabana. Y, sobre todo, el recién
nacido humano era particularmente vulnerable e impotente con los instintos
especialmente subdesarrollados. Verdadero embrión extrauterino depende
totalmente de la madre (la postura erguida, que ha reducido el vientre de las
mujeres, ha contribuido sin duda a este carácter prem aturo del parto en los
humanos).
En
esta combinación de cualidades y de insuficiencias está anclada la posibilidad
y la necesidad de la organización
social. El hombre no puede ni
sobrevivir individualmente, ni asegurar
su subsistencia fuera de un
régimen de cooperación con los demás miembros de su especie. Sus órganos
físicos demasiado poco desarrollados no le permiten apropiarse directamente de
sus víveres. Debe producirlos colectivamente con la ayuda de útiles que
prolonguen y perfeccionen
estos órganos. La
acción común de un
grupo humano es
lo que asegura
esa producción. Los niños se integran en el grupo gracias a su
socialización progresiva, aprendiendo las reglas y la técnica de la
supervivencia como miembros del grupo.
La
organización social de los hombres y la socialización de los niños presupone
formas de comunicación superiores cualitativamente a las que se conocen entre otras especies de
animales. Estas formas superiores de
lenguaje, relacionadas con el desarrollo del cerebro permiten el desarrollo de
la capacidad de abstracción, y de aprendizaje, es decir, la conservación y la
transmisión de experiencias. Permiten la producción de conceptos, del
pensamiento, de la conciencia. En este sentido, las diferentes características
del hombre —nuestra «calidad antropológica»—
están estrechamente ligadas unas
con otras. Porque es un «mono que anda erguido», porque después de su
nacimiento es como un «embrión
extrauterino», el hombre debe hacerse
fabricante de útiles, un animal social que desarrolla el lenguaje. almacenando
las impresiones y las imágenes sucesivas, capaz de utilizarlas con fines de
abstracción, capaz de reflexión, de imaginación y de invención.
La
interacción, la combinación de estas características, es decisiva. Hay monos
homínidos que utilizan útiles y que pueden incluso superar en ocasiones el
umbral de su fabricación rudimentaria. Hay numerosas
especies que
conocen formas rudimentarias
de cooperación colectiva.
Y no menos
que conocen formas
rudimentarias
de comunicación. Pero sólo la especie humana es capaz de fabricar útiles de
manera deliberada, para que vayan siendo
cada vez más
perfeccionados, después de
haber sido concebidos
como tales de
manera consciente sobre la
base de la
experiencia progresiva, transmitida
gracias a comunicaciones cada
vez más numerosas y
perfeccionadas. El útil permite liberar la boca, lo que, al perfeccionar el
lenguaje y la capacidad de abstracción, permite mejorar el útil. La mano libera
el cerebro que perfeccionando el empleo de la mano crea las condiciones de su
propio perfeccionamiento.
Si
bien la transformación de los primates homínidos en hombres está condicionada
por la existencia de una infraestructura
anatómica y neurológica, ésta no
se reduce en absoluto a esta infraestructura.
La dialéctica
«producci
ón/comunicación» crea la
posibilidad de un
desarrollo ilimitado de
la fabricación de
útiles y, en
consecuencia,
de la producción humana, de un desarrollo ilimitado de experiencias y del
aprendizaje humano, y por ello de una plasticidad y una adaptabilidad
prácticamente ilimitadas en el género humano. La sociedad y la cultura material
del hombre llegan a ser su segunda naturaleza.
Por
ello es absurdo proclamar que tal o cual institución social (la propiedad
privada, la ausencia de pro- piedad privada) es «contraria a la naturaleza
humana». El hombre ha vivido y puede vivir en las condiciones más diversas. Ninguna
de estas instituciones
se ha revelado
como inmutable o
precondición absoluta para
la supervivencia del hombre.
Afirmar que «el
instinto agresivo» domina
la evolución humana,
es confundir la existencia de una tendencia (que coexiste
además con su negación, el instinto de sociabilidad y de co operación) y su
realización. La prehistoria y la historia confirman que hay instituciones y
condiciones sociales que permiten contener y rechazar esa tendencia, al tiempo
que hay otras que favorecen, de un modo contrario, su manifestación más y más
exorbitante.
La
dialéctica
«producción/comunicación»
domina por completo la condición
humana. todo cuanto el hombre hace, «pasa por su cabeza». La
producción humana se distingue de la apropiación animal del alimento especialmente
por el hecho de que no es una actividad instintiva. Constituye generalmente la
realización de un
«proyecto» que
en un principio
vive en su
cabeza. Pero este
«proyecto» no cae
del cielo. No
es sino la reproducción o recomposición por el
cerebro del hombre de elementos y de problemas, de unas actividades
indispensables para su supervivencia, que han sido mil veces experimentados y
registrados por este cerebro en base de la práctica vivida. El materialismo
histórico es la ciencia de las sociedades humanas, que trata de dar cuenta de
esta dialéctica «producción/comunicación humanas» y de explicarla.
2.
Base y superestructura sociales
Para
sobrevivir, cualquier sociedad humana debe producir. La producción de
subsistencias —en sentido amplio o estricto
del término, es decir, la
satisfacción de necesidades de consumo—
y de los instrumentos y
materiales de trabajo necesarios para esta producción, es la condición previa a
cualquier organización o actividad social compleja.
El
materialismo histórico afirma que la manera como los hombres organicen su
producción material constituye la base de toda organización social. Esta base
determina a su vez todas las otras actividades sociales, a saber, la
administración de las relaciones entre los grupos humanos (especialmente la
aparición y desarrollo del Estado), la producción espiritual, el derecho, la
moral, la religión, etc. Estas actividades llamadas superestructura social
permanecen siempre de un modo u otro, ligadas a la base.
Esta
idea ha chocado a mucha gente, y continúa chocándoles. ¿Por qué los Evangelios,
la poesía de Ho- rnero, el Corán, los principios de derecho romano, el teatro
de Shakespeare, la pintura de Miguel Ángel, la Declaración de los Derechos del
Hombre, e incluso el Manifiesto Comunista han de depender del modo cómo los
contemporáneos trabajaran sus campos y tejieran sus paños? Para comprender la
tesis del materialismo histórico hace falta empezar por formularla de una
manera exacta.
El
materialismo histórico no afirma de ningún modo que la producción material («el
factor económico») determine directamente e inmediatamente el contenido y la
forma de todas las actividades llamadas de su- perestructura. La base social que no es la actividad
productiva en tanto que tal, es menos
aún «la producción material» tomada aisladamente. Son las relaciones sociales
que los hombres establecen en la producción de su vida material. El
materialismo histórico, hablando con propiedad, no es un determinismo económico
sino más bien un determinismo socio-económico.
Por
tanto, las actividades a nivel de superestructura no se derivan directamente de
estas relaciones sociales de producción. No están .determinadas por ellas nada
más que en última instancia. Entre los dos niveles de actividad social se
intercalan una serie de mediaciones, que examinaremos brevemente en la
subsección 3 de este capítulo.
Finalmente,
si la base social determina en último término los fenómenos y actividades a
nivel de super- estructura, éstos pueden a su vez luchar contra ella. Una
ilustración será suficiente. El Estado ha tenido siempre una precisa naturaleza
de clase, correspondiendo a una base socioeconómica determinada. Pero él puede
A su vez modificar esa base. El Estado de la monarquía absoluta (siglos
XVI-XVIII en Europa), salvando durante varios siglos la nobleza feudal de una
ruina económica segura con punciones sobre las rentas de otras clases sociales,
ha estimulado extremadamente la sustitución del modo de producción feudal por
«I modo de producción capitalista
desarrollando
el mercantilismo, el colonialismo, el estímulo a las manufacturas, el sistema
monetario nacional, etc.
El
hecho de que las actividades a nivel de la superestructura estén determinadas
en último término por la base social puede ser explicado con varias razones.
Los que controlan la producción material y el sobreproducto social controlan
también a aquellos que viven del sobreproducto social. Que ideólogos, artistas
y sabios acepten esta dependencia o se rebelen contra ella no deja de fijar el
cuadro de su actividad. Las relaciones sociales de producción entrañan
consecuencias en lo que se refiere a las formas de actividad en la esfera de la
superestructura, lo que también
es un condicionamiento. Las
relaciones de producción
van acompañadas de
formas de comunicación
predominantes en cada tipo de sociedad, lo que entraña la aparición de
estructuras mentales predominantes que condicionan las formas del pensamiento y
de creación artística, etc.
3.
Producción material y producción espiritual
La
dialéctica base/superestructura sociales nos remite a las relaciones entre la
producción material y la producción espiritual. Un examen más profundo de estas
relaciones permite comprender mejor la complejidad de esta dialéctica. Permite
también subrayar la importancia del elemento activo en esta dialéctica,
elemento que será tratado al final del Capítulo.
El
materialismo histórico afirma que las relaciones de producción constituyen la
base de toda sociedad, sobre la que se eleva la superestructura social. En
efecto, a estos niveles conciernen dos
formas de actividad social diferentes. La producción material es el objeto
fundamental de las actividades en el nivel de la base social. La producción
ideológica (filosófica, religiosa, jurídica, política, etc.) artística y
científica es el objeto fundamental de las actividades en el nivel de la
superestructura social. Ciertamente, ésta engloba también las actividades del
aparato del Estado que están lejos de reducirse tan sólo al dominio ideológico
(el problema del Estado ha sido tratado en el capítulo III). Pero a parte de
esta excepción, la distinción introducida parece pertinente.
El
materialismo histórico se esfuerza por explicar la evolución de cada una de las
dos esferas, su interdependencia y sus relaciones recíprocas. Esta explicación
combina cuatro niveles de determinación:
a)
Toda producción espiritual está relacionada de un modo u otro con el proceso de
trabajo material. Opera siempre con una infraestructura material propia.
Ciertas artes son emanación directa del trabajo material (función mágica de la
pintura primitiva; orígenes de la danza en la formalización de gestos
productivos; integración de cantos en la producción, etc.). Las revoluciones
tecnológicas influyen profundamente en el arte, la ciencia, la producción
ideológica. Ciencias como la geometría, la astronomía, la hidrografía, la
biología, la química han nacido en correlación íntima con la agricultura de
regadío, el desarrollo de la cría de animales y la metalurgia incipiente. La
técnica de imprimir en el siglo XVI, la radio-televisión en el siglo XX, han
condicionado no sólo la difusión sino incluso la forma de las ideas, así como
algunos de sus contenidos. La influencia de las máquinas electrónicas sobre el
desarrollo de la ciencia en el curso de los últimos años es evidente.
b)
Toda producción espiritual evoluciona de acuerdo con una dialéctica interna que
le es propia a su historia.
Cualquier
filósofo, cualquier jurista, cualquier sacerdote, cualquier sabio comienza por
ser estudiante. A través de sus
estudios, asimila más
o menos conceptos
(o sistemas de
conceptos) que han
sido producidos
anteriormente y transmitidos
como tales a
la generación presente.
Los productores espirituales consenvan,
modifican, adaptan o
transforman estos conceptos
o hipótesis de
trabajo siguiendo procedimientos de
producción que toman
prestados o que
inventan en el
marco de la dialéctica propia de su actividad. Cada
nueva generación se esfuerza en conservar, profundizar, o en transformar respuestas a interrogantes surgidos de la materia a tratar. Puede
descubrir, en ocasiones, nuevas interrogantes (que desde ese momento reclamarán
respuestas «revolucionarias»: así surgen las revoluciones científicas,
artísticas, filosóficas, etcétera). Puede, la nueva generación de productores
espirituales, redescubrir interrogantes descartados por varias generaciones
anteriores.
c)
Pero estas modificaciones en el tratamiento de los conceptos ideológicos, de
las formas artísticas, de las hipótesis de trabajo científico, no se hacen de
un modo arbitrario, ni en cualesquiera condiciones socio- históricas. Están
condicionadas, suscitadas o, al menos,
permitidas por un
contexto y por
unas necesidades socioeconómicas. El paso del animismo al monoteísmo no
se realizó en el seno de pequeñas comunidades
primitivas limitadas a la recogida de frutos y a la caza. El concepto
revolucionario del
derecho
privado no surgió con anterioridad a la institución social de la propiedad
privada. La teoría científica del
valor-trabajo no ha podido perfeccionarse antes del advenimiento del
capitalismo moderno. El desarrollo de la física mecánica está muy estrechamente
ligado al de las máquinas.
Las grandes
transformaciones en la
producción espiritual están
además ligadas a
estructuras mentales
particulares, predeterminadas por las estructuras sociales. No es una
casualidad que todas las grandes tentativas de revolución política y social de
los siglos XIII al XVII se hayan expresado bajo la forma ideológica de luchas
religiosas, dada la primacía que la religión había adquirido en la
superestructura de la
.sociedad feudal.
Del mismo modo, la ascensión
de la burguesía moderna ha creado,
a partir de la
segunda
mitad del siglo XVI, una estructura mental que transpone la autonomía y la
competencia de los propietarios de mercancías en todos los terrenos de la
producción espiritual (derecho natural, doctrinas pedagógicas humanistas.
filosofía idealista alemana,
retratos y naturalezas
muertas en la
pintura, liberalismo político, economía política clásica liberal, etc.).
d)
Finalmente, la evolución de la producción espiritual está determinada en último
término por conflictos de interés social. Es un lugar común que los trabajos de
los Enciclopedistas, al igual que las polémicas de Voltaire, la filosofía
política de Jean Jacques Rousseau o que el análisis de los materialistas del
siglo xvii i han sido como balas de cañón utilizadas por la burguesía
manufacturera ascendente contra la monarquía absoluta y los restos decrépitos
de la sociedad feudal. La función desarrollada por los socialistas llamados
utópicos, después por Marx y Engels,
para acelerar la toma de conciencia por
el proletariado de su naturaleza de
clase, de su posición y de sus tareas en relación con la sociedad burguesa, es
también evi- dente. Hoy mismo, la función de la astrología exaltando lo
irracional y las doctrinas de «la sangre y el suelo» (Blut und Boden), en tanto
que armas antiobreras y contrarrevolucionarias,
favoreciendo un clima pre-fascista, no puede ponerse en duda.
Estas
determinaciones no implican la idea de una «conspiración organizada» entre
clases sociales deter- minadas y productores espirituales en tanto que
individuos, ni la idea de una complicidad deliberada por parte de todos estos
productores con proyectos políticos determinados. Estas determinaciones
reflejan una correlación objetiva que puede ser subjetivamente asumida, que lo
es en ocasiones, pero que no tiene que serlo necesariamente. Los productores espirituales pueden ser
instrumentalizados a su vez por fuerzas
sociales. Esto no hace nada más que confirmar que es la existencia social lo
que determina la conciencia, no tan sólo en el sentido de que ella la
condiciona en último análisis, sino también en el sentido de que la existencia
asigna a la conciencia una función determinada en la estructura y evolución de
una sociedad dada.
4.
Fuerzas productivas, relaciones sociales de producción y modos de producción
Cualquier
producto fabricado por el hombre es el resultado de la com binación de tres
elementos: el objeto del trabajo que es, directa o indirectamente una materia
prima producida por la naturaleza; el instrumento de trabajo, que es un medio
de producción más o menos desarrollado y creado por el hombre (desde los
primeros garrotes de madera y hachas de piedra tallada hasta las máquinas
automáticas más refinadas de hoy en día); el sujeto del trabajo, es decir, el
trabajador. Como el trabajo es siempre, en última instancia, social y no
individual, el sujeto del trabajo está insertado inevitablemente en las
relaciones sociales de producción.
Aunque
el objeto del trabajo y el instrumento de trabajo sean elementos indispensables
en toda produc- ción, las relaciones sociales de producción no pueden
concebirse de una manera «reificada», es decir, no deben ser vistas como si se
tratara de relaciones entre cosas, o entre hombres y cosas. Las relaciones
sociales de producción conciernen a las
relaciones entre hombres, y
solamente a las relaciones entre
los hombres. Reúnen el
conjunto de relaciones que los
hombres anudan entre ellos en la producción de su vida material. «El conjunto
de relaciones», significa no tan sólo las relaciones en los lugares de trabajo
propiamente dichos («at the point of production»), sino también las relaciones
que tienen que ver con la circulación y la repartición de diferentes elementos
del producto social que son indispensables para la producción material,
especialmente el modo como los objetos e instrumentos de trabajo llegan a los
productores inmediatos, la manera como éste obtiene su subsistencia, etc.
A
un grado determinado de desarrollo de las fuerzas productivas, a una suma
determinada de medios de
producción, a una técnica y a una organización determinada
del trabajo, corresponden en
general relaciones de producción que les son idóneas. En la edad
de la piedra tallada, era difícil superar el comunismo pri mitivo de la
horda o de la tribu. La agricultura de regadío,
o la ayuda de útiles de hierro
libró un sobre-producto social
permanente considerable para
la época y
que determinó el
nacimiento de una
sociedad de clases
(sociedad esclavista, sociedad de modo de producción asiática, etc.). La
agricultura basada en el rastrojo trianual creó los fundamentos materiales de
la sociedad feudal. El nacimiento del maquinismo moderno aseguró el desarrollo
del capitalismo moderno. Es difícil concebir la automatización generalizada sin
que se debilite la producción mercantil y la economía monetaria, es decir,
fuera de una sociedad socialista plenamente desarrollada y estabilizada.
Pero
si bien es cierto que hay correspondencia
general entre el grado de desarrollo de las fuerzas pro- ductivas y las
relaciones sociales de producción, hay que afirmar que esta correspondencia no
es ni absoluta ni permanente. Puede producirse entre desarrollo de las fuerzas
productivas y relaciones de producción una doble desarticulación. Relaciones
de producción determinadas pueden
convertirse en freno para el desarrollo de las fuerzas productivas: es el signo más
claro de que una forma social dada está condenada a desaparecer. Al contrario,
nuevas relaciones de
producción, que son
el resultado de
una revolución social
victoriosa, pueden resultar adelantadas con relación al grado de
desarrollo de las fuerzas productivas de un país determinado. Es te fue el caso
de la revolución burguesa que resultó
victoriosa durante el siglo XVI en los Países Bajos, y de la
victoriosa revolución socialista de octubre de 1917 en Rusia.
No
es casualidad que estos dos casos de desarticulación coincidan con períodos
históricos de transfor- maciones sociales profundas, con períodos de
revoluciones sociales. La desarticulación puede operarse también en el seno de
un retroceso secular de las fuerzas productivas,
como sucedió en la época de
declive del Imperio Romano en Occidente,
o en la época de declive del Califato Oriental en el Medio Oriente.
Más
bien que concebir su interrelación como una correspondencia mecánica, habría
que considerar que es la dialéctica entre las fuerzas productivas y las
relaciones sociales, la que determina en
su mayor parte la sucesión de las grandes
épocas de la
historia humana. Cada
modo de producción
pasa por fases
sucesivas de nacimiento, ascensión, madurez, declive,
caída y desaparición. En último término, estas fases dependen de la manera có
mo las relaciones de producción, en un principio nuevas, después consolidadas,
más tarde en crisis, favorezcan, permitan o entorpezcan el desarrollo de las
fuerzas productivas. La articulación entre esta dialéctica y la lucha de clases
es evidente. No es nada más que a través de la acción
de una clase social o de
varias clases sociales
como las relaciones de producción
pueden ser, o introducidas o conservadas o derribadas.
Cada
formación social, es decir, cada sociedad en un país determinado, en una época
determinada, está caracterizada
siempre por un
conjunto de relaciones
de producción. Una
formación social sin
relaciones de producción sería un
país sin trabajo ni producción, es decir, un país sin habitantes ni sociedad.
Pero cada conjunto de relaciones sociales
de producción no
implica necesariamente la
existencia de un
modo de producción estabilizado, ni la homogeneidad
de estas relaciones de producción.
Un
modo de producción estabilizado, es un conjunto de relaciones de producción que
se reproducen más o menos automáticamente por el mismo funcionamiento de la
economía, por el juego normal de la reproducción de las
fuerzas productivas, con
un papel correlativo
más o menos
importante de ciertos
factores de la superestructura social. Este fue el caso,
durante siglos, en numerosos países, del modo de producción asiático,
esclavista, feudal, capitalista. Este fue el caso, durante milenios, del modo
de producción del comunismo tribal. Un modo de producción es, en este sentido, una estructura que no puede ser modificada fundamentalmente por evolución, adaptación o autorreforma. Su
lógica interna no puede superarse nada más que en el caso de que sea trastocado
ese modo de producción.
Al
contrario, en periodos históricos de transformaciones sociales profundas, se pueden reconocer con-
juntos de relaciones de producción
que no tienen la naturaleza de un modo
de producción estabilizado. Un ejemplo típico es el de la época de
predominancia de la pequeña
producción mercantil (siglos XV-XVI en
los Países Bajos, en Italia del Norte y después en Inglaterra), en la que no
prevalecen ni las relaciones entre siervos v señores, ni las de capitalistas y
productores asalariados, prevaleciendo las de productores libres que tenían
acceso directo a los
medios de producción.
Lo mismo sucede
en lo que
respecta a las
relaciones de producción características de los Estados
obreros burocratizados de hoy en día. Ni en un caso ni en otro se puede
descubrir la existencia de un modo de producción estabilizado En todas
estas sociedades con fases de
transición, las relaciones de producción híbridas no son estructuras que se
autorreproducen de un modo más o menos automático. Pueden conducir bien a la
restauración de la antigua sociedad, bien al advenimiento de un nuevo modo de
producción.
Esta
alternativa histórica está obviada por una serie de factores, entre los que
sobresale especialmente el desarrollo suficiente o insuficiente de las fuerzas
productivas, el resultado de la lucha de clase en un país dado y a escala
internacional, el juego de elementos superestruclurales v subjetivos (papel del
Estado, papel del partido, nivel de combatividad v de conciencia de la clase
revolucionaria, etc.).
Por
otra parte, incluso cuando existe un modo de producción estabilizado, las
relaciones de producción no son necesariamente homogéneas. Incluso no lo son
casi nunca. En cada formación social concreta hay siempre una combinación entre
relaciones de producción características del modo de producción existente,
y vestigios
no enteramente reabsorbidos de
relaciones de producción
anteriores y superadas históricamente desde hace tiempo.
Por ejemplo, prácticamente todos los países imperialistas conocen aun, en la
agricultura, vestigios de la pequeña
producción mercantil (pequeños
propietarios campesinos que trabajan
sin mano de obra asalariada), e incluso vestigios de relaciones de
producción feudal (aparcería). En estos casos está justificado hablar de un
modo de producción estabilizado cuando la predominancia de relaciones de
producción que le son características es tal que las reproduce automáticamente,
dominando el conjunto de la vida económica con su lógica interna, con sus leyes
de desarrollo.
Un
ejemplo característico de relaciones de producción híbridas dominadas por un
modo de producción hegemónico es el de las formaciones sociales llamadas del tercer mundo (países
subdesarrollados, ver capítulo VII).
Codo a codo existen relaciones de producción precapitalistas, semicapitalistas y capitalistas, combinadas de manera fija por la presión de
las estructuras imperialistas de la economía internacional. A pesar de la
predominancia del Capital, y a pesar de la inserción en el sistema imperialista,
las relaciones de producción capitalistas (antes que nada la relación «trabajo
asalariado-capital productivo) no se generalizan en absoluto, si bien existen y
se extienden lentamente. Pero este hecho apenas justifica la designación de
estas formas sociales como «países feudales», ni la hipótesis de la
predominancia de las relaciones de producción feudales o semifeudales en su
seno, error teórico cometido por numerosos teóricos de inspiración estalinista
o maoista.
5.
Determinismo histórico y práctica revolucionaria
El
materialismo histórico es una doctrina determinista. Su tesis fundamental
afirma que es la existencia social lo que determina la conciencia
social. La historia de las
sociedades humanas se puede explicar y no es fortuita o
arbitraria. Su desarrollo
no depende de
caprichos imprevisibles, ni de mutaciones
genéticas, ni de algunos
«grandes hombres» o
de una multitud
atomizada. Se explica
en último término
por la estructura fundamental de la sociedad de cada época determinada y por las contradicciones esenciales de esta estructura. Desde que la
sociedad está dividida en clases, se explica por la lucha de clases.
Pero
si bien el materialismo histórico es una doctrina determinista, lo es en el
sentido dialéctico y no mecanicista del término. El marxismo excluye el
fatalismo. Más exactamente, se opone a cualquier tentativa de transformar el
marxismo en un fatalismo o evolu cionismo automático, eliminando una dimensión
fundamental.
Si
bien incluso sus elecciones están predeterminadas por coacciones materiales y sociales, a las
que no puede escapar, la Humanidad puede
acabar por forjar su propio destino en el marco de estas coacciones. Los
hombres hacen su
propia historia. Aunque
son producto de
condiciones materiales determinadas, estas condiciones materiales son a su vez
producto de la práctica social de los hombres.
Esta
superación del viejo idealismo histórico («las ideas o los grandes hombres, hacen la historia») y
del viejo materialismo mecanicista («los hombres son producto de las
circunstancias») viene a ser como la partida de nacimiento del marxismo. Está
contenida en las famosas «Tesis sobre Feuerbach» que concluyen «La Ideología alemana» de Marx y Engels.
Esto
significa, entre otras cosas, que la salida de cada gran época de convulsiones
sociales de la historia es incierta.
Puede desembocar en
la victoria de
la clase revolucionaria. También
puede desembocar en la
descomposición recíproca de todas las clases fundamentales de la sociedad
considerada, como sucedió con el final del modo de producción esclavista
antiguo. La historia no es una suma lineal de progresos. Muchas formaciones
sociales del pasado han desaparecido sin dejar apenas rastro, especialmente
como consecuencia de la ausencia o debilidad de una clase revolucionaria capaz
de facilitar el camino hacia el progreso.
La
decadencia evidente del capitalismo contemporáneo no desemboca en la victoria
inevitable del socia- lismo. Desemboca en la alternativa «socialismo o
barbarie». El socialismo es una necesidad histórica para permitir
un
nuevo desarrollo de las fuerzas productivas conforme a las posibilidades de la
ciencia y de la técnica contemporáneas.
Es sobre tod o una necesidad humana, para permitir la satisfacción de las necesida des que el progreso de la
ciencia y de la técnica han despertado en los hombres, y para satisfacer estas
necesidades en tales condiciones que se asegure la realización de todas las
potencialidades humanas en todos los individuos, de todos los pueblos, sin
destruir el equilibrio ecológico. Pero lo que es necesario no se realiza
necesariamente. Sólo la acción
revolucionaria y consciente del proletariado puede asegurar el triunfo del
socialismo. De otro modo, el enorme potencial
productivo de la
ciencia y de
la técnica contemporánea
asumirá una forma
cada vez más destructiva para la civilización, para la
cultura, para el hombre, para la naturaleza y aun para la vida de nuestro
planeta.
Es
la práctica social de los hombres lo que crea las estructuras sociales que a
continuación los ingiere. Es con la práctica social revolucionaria como esas
mismas estructuras pueden ser transformadas. El marxismo es determinista en la
medida en que afirma que estas transformaciones no pueden hacerse de cualquier
forma. Sobre la base de las fuerzas productivas contemporáneas, es imposible
reintroducir el feudalismo o el comunismo de las pequeñas comunidades
autárquicas de productores-consumidores.
Es determinista en el. sentido de que afirma que revoluciones sociales
progresistas
(«forlschrittliche») no son
posibles nada más
que si en
el seno de
la vieja sociedad han madurado
las precondiciones materiales y las fuerzas sociales que permitan crear una
organización social superior.
Pero
el marxismo no es fatalista, pues no postula que el advenimiento de esta nueva
sociedad sea pro- ducto inevitable de la maduración de las precondiciones
materiales y sociales necesarias para su aparición. Este advenimiento no puede
surgir nada más que como resultado de luchas entre fuerzas sociales vivas. Es
el resultado, en último término, del grado de eficacia de la acción
revolucionan. Si éste está a su vez
parcialmente condicionado por circunstancias y relaciones de las fuerzas
sociales, la acción revolucionaria puede transformar, a su vez la evolución de
estas circunstancias y relaciones de fuerza, frenarla o acelerarla. Incluso
relaciones de fuerza eminentemente favorables pueden ser desaprovechadas por
deficiencias subjetivas de la clase revolucionaria. En este sentido, en nuestra
época de revoluciones y de contrarrevoluciones, el «factor subjetivo de la
historia» (la conciencia de clase y la dirección revolucionaría del
proletariado) juega un papel primordial para determinar el resultado de las grandes batallas de
clase, para decidir el porvenir del género humano.
6.
Alienación y emancipación
Durante
milenios, la Humanidad ha vivido en una dependencia estrecha de las fuerzas
incontroladas de la naturaleza. No podía sino buscar el modo de adaptarse a un
medio natural que le venía dado a cada pequeño grupo humano. Era prisionera de
un horizonte estrecho y reducido, a pesar de lo cual varias sociedades
primitivas han podido desarrollar de manera notable ciertas potencialidades
humanas (por ejemplo, la pintura paleolítica).
Con
el desarrollo de las fuerzas productivas, la Humanidad consigue invertir esta
relación de dependencia absoluta. Tiene éxito al someter cada vez más las
fuerzas de la naturaleza, en controlarlas, en domesticarlas, en utilizarlas
conscientemente con el fin de acrecentar la producción, diversificar sus
necesidades, desarrollar sus potencialidades,
amplificar sus relaciones sociales que acaban por englobar todo nuestro
pla neta, y por unificar potencialmente la Humanidad.
Cuanto
más se liberan los hombres de las fuerzas de la naturaleza, más se alienan en relación con su propia
organización social. A medida que las fuerzas productivas crecen, que la
producción material progresa, que las relaciones de producción se convierten en
las de una sociedad dividida en clases, la masa de la Humanidad ya no controla
el conjunto de su producción ni el conjunto de su actividad productiva. La
Humanidad ya no controla su destino social. En la sociedad capitalista, la
pérdida de ese control llega a ser total. Liberada del servilismo a la
fatalidad de la naturaleza, la Humanidad aparece cada vez mas sometida a la
fatalidad de su organización social. Una suerte ciega parece condenar a la
Humanidad no tan sólo a sufrir los efectos irresistibles de las inundaciones y
de los
temblores de tierra,
de epidemias y
de sequías, sino
también los de
las guerras y
crisis económicas, dictaduras
sangrientas y destrucciones criminales de las fuerzas productivas, y aun los
del aniquilamiento nuclear. El temor de estos cataclismos inspira aún más
angustia que el miedo al rayo, o a la maldición de la muerte.
Sin
embargo, el mismo desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas que llega
hasta el extremo de la alienación en relación con su propia producción y su
propia sociedad, crea, bajo el capitalismo, la posibilidad de
una
verdadera emancipación del hombre, como ya hemos indicado al final del capítulo
II. Esta posibilidad debe ser concebida en un doble sentido. La Humanidad será
cada vez más capaz de controlar y de autodeterminar su desarrollo social, asi
como las transformaciones del medio natural en e1 que se produce. La Humanidad
será cada vez más capaz de explotar todas
sus potencialidades de
desarrollo individual y social,
hasta aquí ahogadas o mutiladas por la insuficiencia de su
control sobre las fuerzas de la naturaleza y sobre la organización y el devenir
social.
La
construcción de una sociedad sin clases, después el advenimiento de una
sociedad comunista, implica la emancipación del trabajo, la emancipación del
hombre en tanto que productor. Los trabajadores se convertirán en dueños de sus
productos y de sus procesos de trabajo. Escogerán sus prioridades en la
repartición del producto social. Decidirán colectivamente y
democráticamente las cargas de la
producción, los sacrificios en el ocio y en el consumo cotidiano, que habrán de
gobernar esa repartición.
Ciertamente, estas
elecciones continuarán efectuándose
en un marco
apremiante. Ninguna sociedad humana puede
consumir de antemano lo que
produce, sin reducir
sus reservas y recursos
productivos y sin condenarse a
reducir más tarde su consumo cotidiano, a partir de que el agotamiento de las
reservas y la reducción de los recursos productivos alcance un cierto umbral.
En este sentido la fórmula de F. Engels, según la cual la libertad es el
reconocimiento de la necesidad, permanece como cierta incluso para la sociedad
comunista. «Hacerse cargo de la necesidad»
sería más correcto que «reconocimiento»,
pues cuanto más se acrecienta el
control del hombre sobre sus condiciones naturales y sociales de existencia,
más se multiplican las variantes en las respuestas posibles a las condiciones
apremiantes, y más se emancipa el hombre de la obligación de adoptar una
respuesta única.
Pero
hay una segunda dimensión en la desalienación humana que amplia singularmente
la esfera de la libertad humana. Cuando se han satisfecho todas las necesidades
básicas de los hombres, cuando la reproducción de esta
abundancia está asegurada,
la solución de
los problemas materiales
deja de ser
prioritaria para la Humanidad. E1 hombre se emancipa del
servilismo del trabajo mecánico no creador. Se libera de la necesidad de medir
de un modo mezquino el empleo de su tiempo, de consagrarlo a la producción
material. El desarrollo de actividades
creativas, el desarrollo de su rica individualidad, el desarrollo de relaciones humanas cada vez
más amplias, será más importante que la acumulación creciente sin cesar de
bienes materiales' cada vez menos útiles.
La
práctica social revolucionaria transformará no tan sólo las relaciones de
producción. Transformará toda la organización social, todos los hábitos
tradicionales, la mentalidad y la psicología de los hombres. El egoísmo
material y el espíritu de concurrencia
se marchitarán al no ser alimentados por la experiencia cotidiana
y por intereses mayores.
La
Humanidad transformará su medio geográfico, la configuración del globo, el
clima y la repartición de las grandes reservas de agua, todo ello preservando o
restableciendo el equilibri o ecológico. Transformará hasta sus propias bases
biológicas. No podrá salir airosa de estas apuestas de una manera absolutamente
voluntarista, independientemente de las
precondiciones y de una
infraestructura material suficiente.
Pero una vez se haya asegurado esta infraestructura, es la Humanidad
activa y cada vez más libre de escoger, quien actuará como palanca principal
para la creación del hombre nuevo. El hombre comunista libre y desalienado. En
este sentido, es correcto hablar de un humanismo marxista y comunista.
Bibliografía
K.
Marx; Prefacio de «Contribución a una crítica de la economía política».
K.
Marx-F. Engels: La ideología alemana.
F.
Engels: Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.
—
Del socialismo utópico al socialismo científico.
—
El papel del trabajo en la humanización del mono.
N.
Bujarin. El materialismo histórico.
F.
Mehring: La leyenda de Lessing.
—
Ensayos sobre el materialismo histórica.
G.
Plejánov: El arte y la vida social.
G.
Lukács: Crítica del Manual de Sociología de N. Bujarin (El hombre y la
sociedad, núm. 2, 1966). Tran-Duc-Thau: Sobre
el nacimiento de la conciencia y
del lenguaje.
E. Mandel: Formación del pensamiento económico de Karl Marx (dos últimos capítulos). A.
Gramsci: El materialismo histórico. (Extracto de las notas de prisión.)

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