© Libro N° 12376.
Russell. Clark,
Ronald. Emancipación. Abril 6 de 2024
Título original: ©
Russell. Ronald Clark
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Ronald Clark
Russell
Ronald
Clark
CONTENIDO
Prólogo
1. Una
infancia infeliz
2. El
laberinto idealista y la encrucijada emocional
3. En las
profundidades matemáticas
4.
Política y pasión
5. El
encuentro con Wittgenstein
6. Bajo
la bandera del pacifismo activo
7.
«...Pero yo seguí sintiéndome tan solo como antes»
8. La
escuela progresista de Beacon Hill
9. «¡La
serpiente acecha...!»
10. Armas
nucleares: el peligro del hombre
11. Un
«joven» de noventa años
Cronología
Testimonios
Bibliografía
Bertrand Russell con el trofeo Pears, que le fue concedido en 1955 en
reconocimiento a su labor en favor de la paz mundial.
Bertrand
Arthur William Russell nació en Ravenscroft en 1872. Huérfano de padre y madre
a los tres años, fue educado hasta los dieciocho por sus abuelos y profesores
particulares en un rígido ambiente puritano. Más tarde ingresó en el Trinity
College de Cambridge, donde estudió matemáticas y filosofía. Influido en su
primera juventud por los filósofos hegelianos británicos, abandonó, sin
embargo, el idealismo hacia 1898 en favor de una especie de «realismo
platónico». En 1901 descubrió en la teoría de conjuntos la paradoja que lleva
su nombre y conmovió los fundamentos lógicos de la matemática. Años más tarde
buscó una base no contradictoria para la teoría de conjuntos y formuló la
llamada «teoría de tipos». Estos y otros estudios permitieron a Russell, con la
colaboración de Whitehead, publicar entre 1910 y 1913 los Principia
Mathematica, obra en la que por primera vez en la historia se formalizaba y
axiomatizaba en un solo sistema todo el edificio de las matemáticas a partir de
conceptos lógicos. En el año 1918, Russell fue encarcelado por su defensa de
los objetares de conciencia y sus duros ataques contra el belicismo, actitud
pacifista que mantuvo a lo largo de su vida. Renovador en muchos ámbitos, sus
nuevas ideas en materia de educación cristalizaron en la creación de la escuela
Beacon Hill. En 1953, tres años después de haber recibido el premio Nobel de
literatura, organizó junto con Einstein el Movimiento Pugwash ante la amenaza
de una guerra nuclear. Más tarde, la creación del Comité de los 100 en favor de
una resistencia pacífica contra la carrera de armamentos le llevó a la cárcel
por segunda vez. Escritor de gran fecundidad, su última obra fue su Autobiografía, publicada
entre 1967 y 1969. Russell murió el año 1970 en Penrhyndeudraeth, a los 98 años
de edad.
Bertrand Russell fotografiado en 1960 en el programa de televisión de la
BBC «Pequeño Mundo
Prólogo
Russell como lógico y filósofo
por Jesús Mosterín
Bertrand
Russell nació el 18 de mago de 1872, en el seno de una familia aristocrática de
tradición política liberal y progresista. Su abuelo paterno, lord John Russell,
había sido dos veces primer - ministro y jefe del partido liberal, habiendo
introducido importantes reformas sociales y políticas. La madre de Bertrand
murió en 1874, y su padre, dos años después. Ambos eran ateos y racionalistas,
amigos y discípulos de John Stuart Mili, y dispusieron que sus hijos fueran
educados por tutores de sus mismas ideas. Sin embargo, esta última voluntad
suya no fue respetada. La educación de Bertrand y su hermano Frank fue confiada
a su abuela paterna, mujer religiosa y puritana, aunque de ideas políticas
avanzadas.
La
infancia y adolescencia de Bertrand Russell fueron muy solitarias. Al contrario
que su hermano Frank, Bertrand no fue enviado a la escuela, sino que fue
educado en casa de su abuela por preceptores particulares. Pronto abandonó las
ideas religiosas de su abuela, aunque no tenía con quien hablar de sus dudas y
problemas. Escribía sus reflexiones en un diario con letras griegas, a fin de
evitar inspecciones indiscretas. Por otro lado, el ambiente serio y exigente de
la casa de la abuela y la falta de contacto con otros niños y niñas de su edad
contribuían a su melancolía. De todos modos, su infancia no fue del todo
triste. Entre sus alegrías, destaca su primer contacto con la matemática, a la
que más tarde se dedicaría con tanto éxito y ardor.
«A la
edad de once años -escribe Russell en su autobiografía- empecé a estudiar
geometría, teniendo por preceptor a mi hermano. Fue uno de los grandes
acontecimientos de mi vida, tan deslumbrante como el primer amor. Jamás había
imaginado que pudiera haber algo tan delicioso en el mundo... Desde aquel
momento hasta que Whitehead y yo concluimos Principia Mathematica, cuando yo
tenía treinta y ocho años, las matemáticas acapararon mi principal interés y
constituyeron mi principal fuente de felicidad. Como toda felicidad, sin
embargo, no era completa. Se me había dicho que Euclides demostraba las cosas,
y me sentí profundamente decepcionado al ver que empezaba con axiomas. Al
principio, me negué a admitirlos, a menos que mi hermano me ofreciera algún
razonamiento para que lo hiciera... La duda que me asaltó en aquel momento
respecto a las premisas de las matemáticas no me abandonó, y determinó el curso
de mi labor subsiguiente.»
En
efecto, esa negativa del niño Russell a aceptar los axiomas como algo
indemostrado se convertiría más adelante en el empeño de demostrar también los
axiomas matemáticos a partir de la lógica.
A los
diecisiete años se trasladó a Old Southgate para preparar los exámenes de
ingreso en la Universidad de Cambridge. Allí encontró compañeros, pero no los
que esperaba, pues resultaban ser demasiado groseros y brutos para el carácter
delicado y sutil del joven Bertrand.
«Me
sentía profundamente desdichado —escribe Russell— Había un sendero que llevaba
a New Southgate a través de los campos, y solía ir allí solo para contemplar la
puesta del sol y pensar en el suicidio. No me suicidé, sin embargo, porque
deseaba saber más matemáticas.»
Algo más
tarde, en 1890, ingresó Russell en el Trinity College de la Universidad de
Cambridge. A partir de ese momento, todo cambió y sus años universitarios
fueron felices. A. N. Whitehead, que le había examinado de ingreso, se percató
de su gran inteligencia y le puso en contacto con los alumnos más brillantes.
Pronto fue admitido en el círculo exclusivo de «los Apóstoles», grupo de
estudiantes y profesores especialmente inteligentes y curiosos, que se reunían
todos los sábados a discutir con rigor y sin prejuicios sobre todo lo divino y
lo humano. También G. E. Moore, Me Taggart y el mismo A. N. Whitehead —que más
tarde colaboraría con Russell en la redacción de Principia Mathematica
—formaban parte del grupo.
Russell
se graduó en matemáticas en 1893 y en filosofía en 1894. Ese mismo año se casó
con Alys, la primera de sus cuatro mujeres. Poco después marchó a Berlín, a fin
de estudiar política y economía. En 1896 publicó su primer libro,
Socialdemocracia alemana, y al año siguiente el segundo, Ensayo sobre los
fundamentos de la geometría. Este doble interés por la política y por la
ciencia —sobre todo la matemática— lo mantendría Russell a lo largo del resto
de su vida.
Rebelión
contra el idealismo
Cuando
Russell inició sus estudios en Cambridge, el idealismo dominaba la filosofía
europea. Russell comenzó aceptando la filosofía vigente en Gran Bretaña en
aquella época, una versión del hegelianismo debida a Bradley y Me Taggart.
Según esta doctrina, en realidad sólo hay una cosa, que lo es todo y que es la
conciencia. Y los últimos enunciados realmente verdaderos son los que se
refieren al todo (o absoluto, o conciencia absoluta). A esta peregrina doctrina
se llega por la llamada teoría de las relaciones internas.
En
efecto, la lógica tradicional no conocía más atributos que los predicados
monódicos (que designan propiedades). Los relatores o predicados poliádicos
(«...ama a...», «está situado entre... y ...») habían sido ignorados por
Aristóteles. Esta insuficiencia del análisis lógico conduce a la curiosa
doctrina metafísica del idealismo absoluto. Puesto que en lógica se ignoran los
relatores, en ontología se niegan las relaciones reales o «externas». Las
relaciones son, pues, concebidas como «internas», como siendo en realidad
propiedades de los objetos relacionados. Si un libro está encima de la mesa,
entonces el estar encima de la mesa es una propiedad del libro, y la mesa forma
parte de la naturaleza del libro. Pero el estar debajo del libro es, a su vez,
una propiedad de la mesa y, por tanto, el libro forma parte de la naturaleza de
la mesa. Y como cada cosa está relacionada de alguna manera con todas las
demás, cada cosa forma parte de la naturaleza de las demás. En definitiva
resulta, pues, que no hay más que una cosa, que es la totalidad o el absoluto.
Por otro lado, cualquier cosa que consideremos está relacionada con nuestra
conciencia que la considera, y forma parte -por la teoría de las «relaciones
internas»— de esta conciencia. No hay, pues, más que una cosa, y esa cosa es la
conciencia. La conciencia es el absoluto. Además, cualquier enunciado
particular (como que el libro que está encima de la mesa tiene cien páginas),
al aislar artificialmente un hecho que en realidad está relacionado
internamente con todas las cosas, presenta una visión deformada y parcial s de
la realidad, es falso o, a lo sumo, sólo relativa y parcialmente verdadero.
Para ser verdadero sin más, el enunciado habría de referirse a todas las cosas
implicadas en el asunto, es decir, a todas las cosas, al todo o absoluto. Los
únicos enunciados verdaderos son los enunciados sobre el absoluto.
Russell
no acababa de estar satisfecho con esta teoría, que chocaba con lo que a él le
gustaba llamar su «robusto sentido de la realidad». Buscando solución a las
dificultades que encontraba en Bradley, Russell acudió a la lectura directa de
Hegel. El contacto con las obras del maestro del idealismo acabó de convencer a
Russell de lo absurdo de la doctrina. Junto con su compañero, G. E. Moore, se
rebeló contra ella, desarrollando la teoría de las relaciones externas y
estableciendo las bases de su «atomismo»: en el mundo hay una multitud de
cosas, distintas unas de otras y de la conciencia, aunque relacionadas entre sí
por relaciones externas. Los enunciados particulares («el Sena pasa por París»,
«me he comprado un sombrero»...) pueden ser verdaderos (en el pleno sentido de
la palabra) con completa independencia del resto del universo.
En un
primer momento, la euforia causada por el rechazo del encantamiento idealista
llevó a Russell al extremo contrario, a aceptar como real e independiente todo
lo que el idealismo había condenado como aparente: los objetos físicos
observables, las entidades teóricas, los puntos espacio-temporales, los
números, las proposiciones, etc. Pero esta etapa no había de durar mucho.
El
logicismo
Según el
idealismo hegeliano, resulta imposible entender ninguna parte del todo sin
comprender cuál es el papel que esa parte desempeña en el todo, cuáles son sus
relaciones con el resto del todo, sin entender, primeramente, el todo. El
análisis sería, pues, imposible. Pero una vez rechazado el idealismo, el camino
queda abierto para utilizar el análisis, pues resulta posible el conocimiento
de hechos y relaciones particulares mientras todavía se ignora «la totalidad».
Si el
rechazo del idealismo era la condición negativa de la viabilidad del método
analítico, su condición positiva era la de desarrollo de una lógica lo
suficientemente precisa y compleja como para dar cuenta de la estructura de
todos los enunciados que hayan de ser analizados y, en primer lugar, de todos
los enunciados científicos.
«El año
más importante de mi vida intelectual—escribe Russell- fue el año 1900, y el
acontecimiento más importante de ese año fue mi visita al Congreso
Internacional de Filosofía de París... en el que quedé profundamente
impresionado por el hecho de que, en todas las discusiones, las intervenciones
de Peano y sus discípulos tenían una precisión de la que carecían todos los
demás.» Durante el Congreso, celebrado en julio, Russell se puso en relación
con Peano, cuyo simbolismo dominó rápidamente. «A últimos de agosto —cuenta
Russell— ya me había familiarizado por completo con toda la obra de su escuela.
Empleé el mes de septiembre en extender sus métodos a la lógica de las
relaciones... Fue una época de embriaguez intelectual. Mis sensaciones se
asemejaban a las que se experimentan tras escalar una montaña en medio de la
niebla cuando, al llegar a la cima, la niebla se disipa súbitamente y el
panorama se hace visible en cuarenta millas a la redonda.»
A
principios de octubre Russell se puso a escribir Los principios de las
matemáticas, desarrollando su filosofía de la matemática y redactando los
cientos de páginas de la obra en los tres meses siguientes.
La
filosofía russelliana de la matemática, conocida como «logicismo», se basa en
la tesis de que la matemática es enteramente reducible a la lógica. Esta tesis
se articula en dos partes:
1) todos
los conceptos matemáticos son definibles a partir de conceptos puramente
lógicos y
2) todos
los teoremas matemáticos son deducibles a partir de principios lógicos. El
programa logicista consistía precisamente en llevar a cabo el desarrollo de esa
tarea.
Los
matemáticos del siglo XIX —Weierstrass, Dedekind, etc.— habían llevado a cabo
la llamada aritmetización del análisis, reduciendo los números complejos,
reales y racionales a clases de números naturales. Por tanto, el primer paso
del programa logicista tenía que consistir en definir los números naturales en
términos lógicos. Digamos que dos clases son biyectables si se puede establecer
una bisección o correspondencia biunívoca entre sus elementos. Para ello no es
necesario numerarlos: el camarero que coloca un tenedor al lado de cada plato
está estableciendo una bisección entre los platos y los tenedores de la mesa
sin necesidad de numerarlos. Pues bien, Russell identifica el número de
(elementos de) un conjunto con la clase de todas las clases biyectables con ese
conjunto. Así, por ejemplo, el número de páginas de un libro sería la clase de
todas las clases biyectables con la clase de las páginas de ese libro. En
especial, el 2 sería la clase de todos los pares, el 3 la clase de todos los
tríos, etc. Habiendo definido lo que es el número de una clase, se puede
definir número natural, en general, como aquello que es número de alguna clase:
x es un número natural si y sólo si hay una clase y tal que x es el número de
y. Esta definición no es circular, pues el concepto de número de está
previamente definido con total independencia del concepto de número natural.
Toda esta teoría ya había sido previamente expuesta por Frege, pero Russell
sólo descubrió sus obras después de haber llegado por sí mismo a las mismas
ideas.
De todos
modos, el programa logicista enunciado en Los principios de las matemáticas
habría de ser llevado a cabo posteriormente, deduciendo los principales
teoremas matemáticos a partir de principios lógicos explícitos mediante las
reglas de la lógica formal. Russell estudió y asimiló rápidamente tanto la
lógica de Frege como el simbolismo de Peano, desarrolló también la lógica de
las relaciones y dispuso pronto del instrumento formal flexible y potente que
necesitaba. Había llegado el momento de ponerse manos a la obra.
Las
paradojas
En la
primavera de 1901 Russell se puso a deducir la matemática de la lógica. De
pronto, se dio cuenta de que su trabajo había sido en vano. Las ideas
intuitivas de clase o conjunto que había venido utilizando resultaban ser
contradictorias. Estudiando la paradoja descubierta por Cantor, y referente a
la cardinalidad de la clase universal, llegó a descubrir una contradicción
mucho más simple y básica: la llamada «paradoja de Russell».
Según la
idea intuitiva, a cada propiedad corresponde una clase: la clase de todas las
cosas que tienen esa propiedad. Pensemos en la clase de todas las clases que no
son miembros de sí mismas. ¿Es miembro de sí misma? Si lo es, no lo es. Si no
lo es, lo es. En cualquier caso, se obtiene una contradicción:
o,
llamando r ala clase de todas las clases que no son miembros
de sí mismas —es decir, a {x|x ∉ r}—, obtenemos que r es
miembro de r si y sólo si no es miembro de r:
r ∈ r ↔ r ∉ r
«Al
principio —escribe Russell— supuse que podría superar con facilidad la
contradicción, y que probablemente habría un error trivial en el
razonamiento... Durante la segunda mitad de 1901 seguía pensando que la
solución sería fácil, pero, al término de ese tiempo, había llegado a la
conclusión de que se trataba de una tarea enorme...»
Mientras
la difusión de la paradoja de Russell producía en toda Europa una verdadera
crisis de los fundamentos de la matemática, Russell seguía esforzándose
infructuosamente en resolver las contradicciones.
«Todas
las mañanas -escribe- me sentaba ante una hoja de papel en blanco. Durante todo
el día, salvo un breve intervalo para comer, miraba fijamente la hoja en
blanco. A menudo, cuando llegaba la noche, la hoja seguía intacta... Los dos
veranos de 1903 y 1904 están grabados en mi mente como un periodo de un
absoluto estancamiento intelectual.»
La teoría
de los tipos
En 1905
desarrolló Russell su teoría de las descripciones, que ayuda a entender el
status lógico de expresiones -como «el actual rey de Francia» o «el mayor
número primo»- que, si bien parecen, por su forma, referirse a algo, no hay
nada a lo que puedan referirse.
La
solución definitiva a las paradojas ¡a encontró Russell en 1906 con el
desarrollo de la teoría de los tipos. Según esta teoría -en su versión más
simple y simplificando mucho— todas las clases se dividen en tipos: las clases
de individuos o cosas concretas son clases del primer tipo; las clases de esas
clases son clases del segundo tipo; al tercer tipo pertenecen las clases de
clases del segundo tipo, etc. En la teoría de tipos sólo puede afirmarse o
negarse la pertenencia de una clase de tipo determinado n a otra clase de tipo
inmediatamente superior n + 1. Expresiones tales como «clase
que es miembro de sí misma» -x ∈ x-
no son verdaderas ni falsas, sino que están mal formadas, carecen de sentido, y
no son formulables en la teoría de los tipos, con lo que las contradicciones
por ellas generadas desaparecen.
«Después
de esto -escribe Russell- sólo quedaba escribir el libro... Trabajé en ello de
diez a doce horas diarias durante unos ocho meses al año, desde 1907 hasta
1910.»
El
resultado constituye los tres gruesos volúmenes de Principia Mathematica,
publicados entre 1910 y 1913, y que pretenden llevar a cabo, de modo completo y
detallado, el programa logicista, reduciendo la matemática entera —y en
especial la aritmética— a los principios de la lógica.
Dificultades
surgidas en el desarrollo de los Principia hacen dudoso que la tesis logicista
quedara en ellos probada (por ejemplo, resulta difícil pensar que el axioma de
infinitud o el de reducibilidad sean principios lógicos). Y pocos filósofos de
¡a matemática actuales aceptarían esa tesis. En efecto, las famosas
investigaciones de Kurt Gödel culminaron en el llamado teorema de
incompletitud, que afirma la imposibilidad de formalizar completamente la
aritmética dentro de un sistema de axiomas y reglas de inferencia. Con ello, la
tesis logicista quedaba arruinada. Pero eso no es óbice para que la obra
gigantesca Principia Mathematica sea un pilar fundamental de toda la lógica y
la filosofía de la matemática posteriores. El mismo trabajo de Gödel tomó los
Principia de Russell como punto de partida, e incluso su título alude a ellos:
«Sobre sentencias formalmente indecidibles en Principia Mathematica y sistemas
afines» (1931).
Entre
1902 y 1910, la tensión combinada de un esfuerzo intelectual agotador y de una
serie de desdichas privadas hizo muy difícil para Russell desarrollar su tarea
hasta el final.
«Pero
persistí -nos cuenta- y, al final, el trabajo quedó concluido, aunque mi
intelecto jamás se recuperó por completo de aquella tensión. Y desde entonces,
siempre me he sentido menos capaz que antes de abordar abstracciones
difíciles.»
El
fenomenalismo
En 1911,
Bertrand Russell pasó a aplicar el método del análisis lógico al dominio de las
ciencias empíricas y los objetos físicos. La primera versión de sus resultados
apareció en 1914 en el libro Nuestro conocimiento del mundo exterior.
En
nuestro conocimiento empírico (es decir, no puramente formal, como el lógico o
matemático), Russell distingue elementos primordiales, creídos por sí mismos,
sin justificación alguna, y elementos derivados, inferidos en algún sentido
(aunque sea inconscientemente) de ¡os anteriores. Los elementos primordiales,
inmediatamente evidentes, de nuestro conocimiento empírico son los datos
sensibles, sense data, directamente percibidos por la vista, el
tacto o el oído. Nuestros conocimientos referentes tanto a los objetos físicos
de la experiencia cotidiana (árboles, hombres, sillas, etcétera) como a los
objetos teóricos de la ciencia física (campos electromagnéticos, partículas
elementales, etc.) constituyen elementos derivados o inferidos de los datos
sensibles.
Así como
al tratar del conocimiento formal, Russell había intentado reducir la
matemática a la lógica, redefiniendo todos los conceptos matemáticos en función
de conceptos puramente lógicos, así también al tratar del conocimiento
empírico, Russell intenta reducirlo a sus elementos más evidentes y seguros, es
decir, a los datos sensibles inmediatos. No se trata de que no podamos seguir
hablando de los objetos físicos tanto observables como teóricos. Los primeros
son necesarios para nuestra vida diaria; los segundos, para la formulación de
teorías científicas que nos sirven para explicar y predecir las variaciones y
regularidades en la ocurrencia de los datos sensibles. De lo que se trata
(aplicando el principio de la navaja de Ockham, de que no hay que multiplicar
las entidades admitidas sin necesidad) es de hallar la manera de definir los
objetos físicos observacionales y teóricos como estructuras complejas de datos
sensibles, de tal modo que los enunciados físicos (tanto cotidianos como
teóricos) puedan ser interpretados como abreviaturas de otros enunciados más
largos en los que sólo se habla de datos sensibles y clases de datos sensibles,
etc. Cuando hablamos de los objetos físicos estaríamos, pues, hablando en
último término de lo dado en ¡a percepción sensible. Esto no significa que los
objetos físicos sean manojos de datos sensibles, sino únicamente que los datos
sensibles proporcionan una base suficiente para la interpretación y
justificación de nuestras afirmaciones físicas, o (usando una famosa distinción
de Russell) que nuestro conocimiento por descripción es reducible a nuestro
conocimiento directo.
Nuestro
conocimiento del mundo exterior se limita a indicar a grandes rasgos este
programa fenomenalista de reconstrucción del aparato conceptual de la física a
partir de los datos sensibles, pero no lleva a cabo el desarrollo detallado del
mismo. El libro acaba diciendo:
«El
estudio de la lógica constituye el estudio central de la filosofía: proporciona
a la filosofía su método de investigación, al igual que la matemática
proporciona a la física el suyo... Todo el supuesto conocimiento de los
sistemas tradicionales debe ser barrido y un nuevo comienzo debe llevarse a
cabo. A los hombres comprometidos en el desarrollo de la ciencia, que hasta
ahora, y no sin justificación, se han desviado de la filosofía con cierto
menosprecio, este nuevo método, exitoso ya en problemas tan antiguos como los
del número, el infinito, la continuidad, el espacio y el tiempo, ofrece un
atractivo que los métodos más antiguos han dejado completamente de ofrecer...
La primera y única condición que es necesaria para asegurar a la filosofía en
el futuro cercano unos resultados que superen con mucho todo cuanto hasta ahora
ha sido realizado por los filósofos, es la creación de una escuela de hombres
con entrenamiento científico e intereses filosóficos, libres de las tradiciones
del pasado y no desviados por los métodos literarios de los que imitan a los
antiguos en todo excepto en sus méritos.»
En 1921,
el joven Rudolf Camap leyó esta palabras. «Sentí —escribe Camap— como si ese
llamamiento me hubiera sido dirigido a mí personalmente.» Camap —que había
acabado sus estudios en física y filosofía— se puso a estudiar febrilmente las
obras de Russell. No teniendo dinero para comprar los Principia, le escribió a
Russell, preguntándole dónde podría comprar un ejemplar de segunda mano.
Russell no se lo pudo decir, pero le contestó enviándole las definiciones más
importantes de los Principia, en treinta y cinco páginas escritas a mano por él
mismo. A partir de entonces Camap, recogiendo el guante lanzado por Russell, se
dedicaría al desarrollo del programa fenomenalista de reducción de nuestros
conceptos físicos a los datos sensibles. Sin embargo, más bien que los datos
sensibles aislados, Camap —influido por la Gestalttheorie— eligió como base de
reducción las vivencias elementales (o totalidades de la percepción sensible en
un instante determinado) y la relación de reconocimiento de analogía entre dos
vivencias elementales. A partir de esta base fenomenalista (y solipsista) Camap
construye, mediante definiciones formales que sólo hacen uso del aparato lógico
de Russell, el mundo de la sensación, el mundo de los objetos físicos, etc. Las
investigaciones de Camap aparecieron en 1928 en el libro La construcción lógica
del mundo.
En
definitiva, lo que Russell había propuesto y Camap había (al menos en parte)
realizado no era sino la precisión y análisis lógicos de la tradicional tesis
empirista de que nuestro conocimiento no formal es reducible a los datos de la
experiencia sensible inmediata. Sin embargo, entre el tratamiento de Locke y
Hume y el de Camap hay la misma diferencia que entre el atomismo de Demócrito y
la actual física atómica.
El
programa fenomenalista tropezó con muchas dificultades, puestas de manifiesto
precisamente por su tratamiento formal. Russell pasó de tomar como base los
datos sensibles de un solo individuo a tomar los de todos los hombres, e
incluso todos los datos sensibles posibles, para acabar finalmente (en
Investigación sobre el significado y la verdad, 1940, y Conocimiento humano: su
finalidad y sus límites, 1948) abandonando los datos sensibles en favor de un
sistema en que se toman como base las cualidades simples y la relación de
compresencia. El mismo Camap abandonó también pronto sus investigaciones sobre
el programa fenomenalista, pensando que una base fisicalista (o materialista)
era más adecuada para el desarrollo del lenguaje científico y la comprobación
intersubjetiva de los resultados. Sin embarga, el programa fenomenalista,
abandonado por sus fundadores, seguiría y sigue abriéndose camino. La
estructura de la apariencia, de Nelson Goodman, aparecido en 1951, representa
el más refinado y técnicamente perfecto tratamiento que la tesis fenomenalista
ha recibido hasta hoy.
Russell y
la filosofía actual
Tanto la
tesis logicista (la matemática es reducible a la lógica) como la tesis
fenomenalista (la física es reducible a los datos sensibles inmediatos) no han
podido ser convincentemente establecidas. En cierto modo han fracasado, pues
casi ningún filósofo actual de la ciencia las aceptaría. Sin embargo, los
métodos usados en su desarrollo —los métodos del análisis lógico— han resultado
ser extraordinariamente fecundos.
La
filosofía de Russell abarca todos los problemas y aporta soluciones originales
a muchos de ellos que aquí no podemos mencionar siquiera. Señalaremos
únicamente que durante los años anteriores y posteriores a la I Guerra Mundial,
Ludwig Wittgenstein estuvo estudiando filosofía con Russell y colaborando con
él en la formulación de la filosofía que luego aparecería en la Filosofía del
atomismo lógico (1919) de Russell y en el Tractatus Logico-Philosophicus de
Wittgenstein (1922); que la distinción entre «falso» y «sin sentido»
introducida por Russell a propósito de la teoría de los tipos ejerció un
notable influjo en el Círculo de Viena; que Russell anticipó las ideas más
tarde desarrolladas por Tarski para evitar las paradojas semánticas mediante la
distinción de una jerarquía de metalenguajes; que la teoría de las
descripciones de Russell permitió a Quine la formulación de su famoso criterio
ontológico, etc. Y no seguimos, porque hacer la lista de las influencias de
Russell equivaldría a contar la historia de la filosofía contemporánea.
En 1944,
P. A. Schilpp publicó dos volúmenes de homenaje a Bertrand Russell y entre los
homenajeantes que analizaban su pensamiento se encontraban figuras de la talla
de A. Einstein, K. Gödel y G. E. Moore. Un cuarto de siglo después aparecería
un nuevo volumen de homenaje, titulado esta vez Bertrand Russell, filósofo del
siglo. En efecto, ningún otro filósofo de este siglo —con la posible excepción
de Wittgenstein- podría compararse con Russell en cuanto a su decisiva
influencia en los más diversos campos. Sin embargo, Russell no es fundador de
ninguna escuela filosófica; el «russellismo» no existe. Ni siquiera mantuvo sus
propias ideas estables a lo largo de su vida, sino que las sometió a un
inacabable proceso de constante (y a veces radical) revisión.
Al
servicio de los hombres
Bertrand
Russell se ha ganado un puesto de primer plano en la historia del pensamiento
sobre todo gracias a sus aportaciones a la lógica y a ¡a filosofía. Sin
embargo, esta actividad filosófica y científica no fue sino una faceta de su
rica personalidad, que también se manifestó con lucidez y apasionamiento en los
más variados dominios de la praxis.
Hombre
que sentía aguda e intensamente el dolor y la opresión de los otros hombres (y
mujeres), Russell dedicó una considerable parte de sus energías a la lucha
contra la brutalidad, el dogmatismo y la injusticia. Russell siempre ha sido un
ardiente partidario de la igualdad de derechos de las mujeres -ya en 1907 fue
candidato al Parlamento por la unión pro sufragio femenino, teniendo que
aguantar insultos, mofas y violencias sin cuento y no saliendo elegido, Russell
siempre ha abogado por el control de la natalidad y por la liberalización de
las costumbres sexuales, lo que le valió ser expulsado de su cátedra de
matemáticas de la Universidad de Nueva York en 1940 por decisión de un juez
católico fanático—, Russell siempre se ha opuesto a las guerras —por sus
manifestaciones pacifistas contra la intervención inglesa en la I Guerra
Mundial fue condenado en 1918 a seis meses de cárcel, que él aprovechó para
escribir en su celda Introducción a la filosofía matemática, brillante
exposición divulgadora de los resultados de sus investigaciones anteriores.
Insatisfecho
de la educación autoritaria de las escuelas de su tiempo, Russell se interesó
vivamente por la pedagogía, creando y dirigiendo él mismo una escuela de
carácter avanzado, a la que asistían sus propios hijos. Preocupado por el
riesgo de una nueva guerra mundial, Russell pasó gran parte de los años 50
organizando campañas a favor del desarme y en especial contra el armamento
atómico y las pruebas de bombas nucleares. Crítico implacable de todas las
opresiones, lo mismo denunció desde el principio la total supresión de las
libertades en la Unión Soviética que criticó severamente la intervención
norteamericana en la guerra del Vietnam.
En su
larga vida -vivió 98 años—Russell vio triunfar muchas de las ideas y causas que
había defendido, recibió innumerables honores -desde la Orden del Mérito hasta
el premio Nobel de literatura- y fue ampliamente admirado. Su vida, tanto
pública como privada, fue rica y variada. Sin embargo, su aguda sensibilidad le
hizo sufrir mucho y compadecerse intensamente por las desdichas que azotaron a
la humanidad y que él ser tía como propias. Pero nunca perdió la esperanza, ni
la razón, ni siquiera el sentido del humor.
Capítulo
1
Una infancia infeliz
La
angustia con frecuencia agudiza la mente. Así, el agudo pensamiento y la
diáfana exposición de Bertrand Russell, que pasan de un punto al siguiente a
través de la intrincada maleza de las matemáticas, la filosofía y la moral,
pueden deberse en gran medida a las frecuentes situaciones angustiosas de su
vida, cuando los problemas intelectuales le parecían irresolubles, no
encontraba respuesta a sus conflictos emocionales y el suicidio le atraía
tentadoramente. En ocasiones sólo le mantenía el aristocrático deber de
dirigir, en el que creía profundamente.
Su
identificación con un pequeño grupo cuyas virtudes definía como «ausencia de
miedo, independencia de juicio, emancipación de la multitud y cultura del ocio»
le dio fuerza y confianza durante gran parte de su larga vida. En lady Ottoline
Morrell, la más famosa de sus amantes, encontró «una especie de descanso y una
sensación de regreso al hogar» cuando entró en contacto «con sus aristocráticos
hábitos de pensamiento». Y cuando tenía noventa y dos años confesó que su época
histórica ideal era la Francia de 1780.
«Me
gustaría haber sido un aristócrata francés poco antes de la toma de la
Bastilla», añadía. «El racionalismo del siglo XVIII era encantador y humano. La
opresión existía, pero no era lo suficientemente severa como para impedir la
inspirada rebelión de los pensadores de entonces.»
Como dijo
su hija: «Para él, como para la mayoría de los Russell, el privilegio
significaba obligación, el deber de conseguir para los demás las ventajas de
las que él disfrutaba.»
Además de
esta obligación, su valoración de la capacidad humana le haría hoy ser acusado
de elitista, el más grave de los pecados contemporáneos. Siendo joven escribió:
«Seguramente
un Darwin es más importante que treinta millones de trabajadores.» Y pocos años
más tarde: «¿Qué puede saber una asistenta sobre los espíritus de los grandes
hombres, la historia de los imperios que cayeron o las obsesionantes visiones
del arte y la razón? No nos engañemos a nosotros mismos con la esperanza de que
lo mejor está al alcance de todos.»
Muchas de
sus opiniones posteriores sobre la educación coincidían con las corrientes
modernas, pero aun así escribió:
«Los
niños inteligentes se verían libres de muchos dolores y roces innecesarios si
no estuvieran obligados a relacionarse estrechamente con sus estúpidos
compañeros.»
Y siendo
ya de edad avanzada, su controvertido pero en ocasiones perspicaz secretario
Ralph Schoenman afirmaba sobre las graves dudas intelectuales que impedían a
Russell entregarse incondicionalmente a los movimientos de masas con fines
revolucionarios: «Para él, la excelencia cultural y los grandes logros eran el
producto de circunstancias privilegiadas.»
Los padres de Russell, lord y lady Amberley, en el estudio de su casa en
Ravenscroft, Trelleck, en octubre de 1871.
La
creencia en el deber de dirigir, independientemente de las consecuencias, había
supuesto para su padre, lord Amberley, hijo del primer conde Russell, riesgos y
también compensaciones.
La casa natal de Russell, en Ravenscroft, según una acuarela de la época que
el filósofo tenía en su casa de Penrhyndeudraeth.
Pocos
años después de casarse con Kate, hija del segundo lord Stanley de Alderley, el
apoyo de Amberley al control de la natalidad había arruinado sus posibilidades
de éxito en las elecciones generales de 1868 y acabado con su breve incursión
en la vida pública. Desilusionado, se retiró a la tranquilidad del campo y
dedicó el resto de su breve vida al Análisis de la creencia religiosa desde
un punto de vista filosófico.
El hogar
de los Amberley, Ravenscroft, era una casa baja y alargada, construida en el
siglo XVIII, que dominaba el valle de Wye en el sur de Gales. En ella nació
Bertrand Arthur William Russell el 18 de mayo de 1872, tercer hijo del
matrimonio que ya tenía un niño de ocho años, John Francis Stanley, a quien
siempre llamaron Frank, y una niña, Rachel.
La reina,
a quien Russell tendría ocasión de conocer personalmente durante una de sus
visitas a casa de sus abuelos, había pasado no hacía mucho el ecuador de su
reinado. El Imperio Alemán había sido restablecido hacía un año al finalizar la
guerra franco-prusiana.
Dibujo de Russell realizado por su madre, lady Amberley. En uno de sus lados
escribió: «Bertrand en su postura preferida para el estudio, con el
libro apoyado en los pies.»
En
Ginebra un tribunal de arbitraje estaba a punto de condenar a Gran Bretaña como
responsable del pillaje del Alabama y de otros cruceros de la
Confederación durante la guerra civil americana. Ya se habían publicado
la Psicología fisiológica de Wilhelm Wundt y el Tratado
sobre electricidad y magnetismo de James Clerk
Maxwell, obras que producirían sus propias revoluciones en el mundo del
pensamiento, y todavía continuaba siendo objeto de acalorados debates El
origen del hombre de Darwin, publicado un año antes. Sin embargo, a
pesar de estos acontecimientos ligeramente preocupantes, resultaba difícil
pensar que la época victoriana no duraría siempre, que sus ideas imperialistas,
respaldadas en caso necesario por el nuevo e ingenioso cañón Gatling, no
continuarían extendiéndose.
Los padres de Russell, consu hermano Frank y su hermana Rachel, delante de
la puerta principal de Ravenscroft.
Aun
cuando las nuevas creencias habían debilitado a la familia por el obligado
abandono de Amberley de la vida pública, parecía que su hijo menor, como el
resto de los Russell, estaba destinado a ocupar un puesto seguro en un mundo
seguro.
La
desgracia, que iba a seguir con tanta frecuencia los pasos de Russell, llegó
pronto. En mayo de 1874, Frank contrajo la difteria. Russell y su hermana
Rachel fueron enviados a Pembroke Lodge, la casa de sus abuelos en Richmond
Park a las afueras de Londres. Frank se recuperó gracias a los intensos
cuidados de su madre. Poco se sabía por entonces sobre el periodo de contagio
de la difteria, y los otros niños regresaron al hogar demasiado pronto. Rachel
contrajo la enfermedad y lady Amberley, todavía exhausta por el esfuerzo
realizado en la curación de Frank, se sintió obligada a prestar los mismos
cuidados a su hija; víctima de la infección, la madre murió tres días después y
sólo cinco días más tarde, falleció la niña. Lord Amberley, quien manifestó que
sus «dos tesoros más grandes en este mundo me han sido arrebatados casi de un
solo golpe», comenzó a debilitarse progresivamente a causa del dolor. Murió a
principios de 1876, médicamente víctima de bronquitis, pero, en realidad,
porque no tenía voluntad de vivir.
La
repentina pérdida del padre, la madre y una hermana habría supuesto un fuerte
trauma para cualquier niño de corta edad, pero además los acontecimientos se
iban a complicar rápidamente. Los padres de Russell, librepensadores, habían
dispuesto que, en caso de fallecimiento, dos ateos serían los tutores de sus
hijos. Uno era Thomas James Cobden-Sanderson, encuadernador, impresor y
fundador de la Doves Press; el segundo era D. A. Spalding, un joven científico
que había sido anteriormente tutor de Frank.
Russell en 1876, año en el que murió su padre. Su madre había fallecido dos
años antes, por lo que fue enviado a vivir con sus abuelos, lord y lady
Russell, en Pembroke Lodge.
La
perspectiva de que los pequeños Russell fueran educados por dos ateos podría
haber sido tolerada por sus abuelos; pero los papeles de Amberley revelaron, en
palabras de Bertrand Russell, que su esposa
«había
permitido al tuberculoso Spalding vivir con ella, aunque no tengo pruebas de
que obtuviera placer por ello».
Los dos
tutores, debidamente asesorados en el sentido de que dadas las circunstancias
tenían pocas posibilidades de defender sus derechos en el juzgado, capitularon
silenciosamente.
La residencia de Pembroke Lodge fue visitada por la reina Victoria cuando
Russell tenía dos años. Su tía Agatha comentó: «Bertie hizo una
graciosa reverencia... y no trató a Su Majestad con la falta de respeto que yo
temía.»
En
febrero de 1876 Russell fue trasladado a Pembroke Lodge, Richmond Park,
residencia de sus abuelos paternos y de dos de sus hijos supervivientes, Agatha
y Rollo.
El niño,
que había perdido el ambiente liberal de Ravenscroft, tuvo que adaptarse a una
atmósfera rígida que le endureció física e intelectualmente, le descuidó
afectivamente y, más que ningún otro factor, modeló al hombre que sería más
tarde. Los alrededores de Pembroke Lodge, que estaba situado frente al parque
Richmond y que disfrutaba por la parte de atrás de una vista panorámica del
Támesis y de las colinas de Surrey, ofrecían al niño casi tantas posibilidades
de aventuras como la finca de Ravenscroft. Pero la vida en el nuevo hogar
estaba morbosamente anclada en el pasado. La abuela materna de Russell había
tomado el té regularmente en Florencia con la viuda de Bonnie Prince Charlie,
el joven pretendiente. Y lord John, que tenía ochenta y cuatro años cuando
Russell fue puesto bajo su tutela, había visitado a Napoleón en Elba y había
asistido al Congreso de Viena que estableció las fronteras de la Europa del
siglo XIX. «Vivía totalmente en el pasado», escribió Russell sobre sus años de
Pembroke Lodge. «[Lady Russell] me llamaba, por equivocación, por el nombre de
personas que ya habían muerto.» Había otros efectos secundarios que se
derivaban de vivir en una casa cuyo dueño, a quien llevaban a pasear en silla
de ruedas, había sido dos veces primer ministro de la reina Victoria y ocupado
numerosos cargos oficiales. Mientras que otros hombres se referían al gobierno
como «ellos», Bertrand Russell con frecuencia decía «nosotros».
El
régimen espartano de Pembroke Lodge, que durante todo el año comenzaba con un
baño de agua fría y media hora de práctica de piano antes de las oraciones
familiares de las ocho, suponía un buen entrenamiento para los rigores del
mundo exterior.
Lord y lady Russell, abuelos paternos de Bertrand. Lord John fue uno de los
primeros ministros más importantes de la era Victoriano. Murió en 1878, dos
años después de que Russell fuera llevado a Pembroke Lodge.
Lo que le
faltaba al pequeño Bertrand era la compañía, el ambiente y el bullicio de otros
niños que un colegio habría proporcionado. Pero cuando llegó el momento, lady
Russell no deseaba repetir con él las experiencias que había tenido con su
hermano Frank, quien atraía los problemas como un imán atrae las limaduras de
hierro.
Bertrand fotografiado con su tía Agatha, que vivió en Pembroke Lodge al
mismo tiempo que él.
Frank
había sido enviado a Winchester, con los resultados que se pueden deducir del
comentario de George Santayana:
«Bertie
debe continuar siendo al menos religioso, puro y cariñoso; debe ser preparado
para ocupar el puesto de su abuelo como primer ministro y continuar la sagrada
tarea de la Reforma.»
Así que
Bertie, después de una temporada en un jardín de infancia de la localidad, fue
confiado a sucesivos tutores e institutrices.
En
Pembroke Lodge, donde murió lord John en 1878, la soledad y la introspección,
como el mismo Russell decía, fueron sus compañeras. Algunas notas de su agenda
y un diario privado escrito en caracteres griegos y disimulado como cuaderno de
ejercicios de esta lengua, reflejan su infelicidad durante aquella época. En el
transcurso de su vida, Russell miraba a veces hacia el pasado con benevolencia,
y así en su autobiografía escribió:
«Mi niñez
fue, en general, feliz y despreocupada, y sentía afecto por la mayoría de los
adultos que estaban a mi alrededor.»
Pero, en
notas biográficas escritas sin intención de ser publicadas, admitió:
«Desde la
adolescencia me atenazaba una desesperada infelicidad causada por la soledad,
para la que yo sabía que el amor sería la única cura.»
Junto a
la soledad había también un deseo igualmente desesperado de certeza, de
seguridad intelectual, que puede considerarse fácilmente en términos freudianos
como reacción a la sustitución de su madre por su abuela y al cambio de un
ambiente familiar feliz a una vida en la que el deber, más que el amor, era
exigencia diaria. Así, la severa tradición de lady Russell pudo haber
conseguido más de lo que ella habría esperado. Porque fue el deseo de seguridad
insatisfecho siendo niño lo que iba a guiar su futuro.
El primer
indicio apareció cuando su hermano Frank le estaba enseñando los elementos de
Euclides. Russell escribió más tarde:
«Este fue
uno de los grandes acontecimientos de mi vida, tan deslumbrante como el primer
amor. No podía imaginar que hubiera algo tan delicioso en el mundo... Me habían
dicho que Euclides demostraba, pero me sentí decepcionado al enterarme de que
partía de axiomas. Al principio me negué a aceptarlos, a menos que mi hermano
pudiera darme razones para ello, pero él dijo: “Si no los aceptas, no podemos
seguir adelante”, y como yo quería continuar, los admití de mala gana. La duda
que sentí en aquel momento sobre las premisas de las matemáticas permaneció en
mí y determinó la trayectoria de mi trabajo posterior.»
El amor,
ya que no la certeza, iba a llegar con el tiempo, y siendo aún muy joven. En
1883 el reverendísimo Rollo Russell contrajo matrimonio, dejó la residencia
familiar de Pembroke Lodge y fundó su hogar en una casa en las laderas de
Hindhead, estribación de colinas arenosas situada a cuarenta kilómetros al
oeste de Londres.
Grupo familiar de los Russell, fotografiado en 1863. De izquierda a derecha:
el Dr. Wagner, William Russell, lady Russell, Rollo Russell, Georgy, hija de
Lord John y de su primera mujer, lord Amberley, lord Russell y Agatha Russell.
En las
inmediaciones vivía John Tyndall, científico y montañero, que propició el deseo
de Russell de ser físico, deseo que abandonaría al darse cuenta de que «los
laboratorios, los experimentos y los mecanismos [le confundían] completamente».
También cerca vivían los Pearsall Smith, una familia de ricos cuáqueros
procedente de Filadelfia que se había instalado en la finca Friday s Hill.
Página del diario íntimo de Russell, escrito con caracteres griegos y
disimulado como cuaderno de ejercicios de esta lengua. Las anotaciones del 3 de
marzo de 1888 comienzan: «Escribiré sobre algunos temas, especialmente
religiosos, que me interesan en estos momentos. Debido a una serie de
circunstancias, he estado examinando los fundamentos de la religión en la que
he sido educado.»
Los
Pearsall Smith eran unos típicos americanos. El padre, Robert, era el director
de una floreciente empresa de soplado de vidrio y un popular predicador, hasta
que la indiscreción o la mala suerte le hizo menos aceptable ante el selecto
grupo de solteronas que eran sus más fervientes seguidoras.
Alys Pearsall Smith, primera esposa de Russell, en 1897. En cierta ocasión dijoa
su hermana Mary: «Puedes seguir confiando en tus encantos, pero yo
tengo que ser buena.»
Su esposa
Hannah, movida igualmente por el fervor religioso y por un latente sadismo,
había escrito El secreto de la vida feliz del cristiano, obra
de la que se habían vendido más de un cuarto de millón de ejemplares.
Bertrand Russell en 1891, durante su época de estudiante en el Trinity
College.
Su hijo,
Logan, llegaría a ser un destacado literato. La hija mayor, Mary, sería, en su
segundo matrimonio, la esposa de Bernard Berenson; Alys, la pequeña, se
convertiría en 1894 en Alys Russell. El tío Rollo, con ocasión de un paseo,
decidió presentar a su sobrino a los americanos. Los Pearsall Smith se
enamoraron de Russell; Russell se enamoró de Alys.
El tenía
solamente diecisiete años y durante algún tiempo su abuela continuó
preocupándose más por su educación que por cualquier desafortunada consecuencia
del contacto con los cuáqueros americanos. Las matemáticas parecían ser la
asignatura por la que mostraba más entusiasmo y para la que tenía mejores
cualidades, y en diciembre de 1889 se presentó como aspirante a una beca de
matemáticas en el Trinity College de Cambridge.
G. E. Moore, compañero de universidad y amigo de Russell, en 1925, cuando
era profesor agregado de filosofía en Cambridge.
Esta
materia le había atraído por dos razones: una era la cualidad casi mística que
para él tenían las matemáticas; la segunda era que se trataba de algo no humano
y que no tenía «nada concreto que ver con este planeta ni con todo el universo
occidental, porque, como el dios de Spinoza, no nos devuelve el amor».
Examinado
por Alfred North Whitehead, que sería después colaborador y amigo suyo, Russell
ganó la beca y en octubre de 1890 comenzó su vida de estudiante, que le puso en
contacto con una sociedad más amplia que la ofrecida por Pembroke Lodge.
Grupo de amigos de Russell en el Trinity. Entre ellos están Charles
Trevelyan (derecha de la fila central), Crompton Llewelyn Davies (izquierda de
la fila de arriba) y Theodore Llewelyn Davies (centro de la
fila de arriba).
Fue
elegido socio de «los Apóstoles», asociación que contaba entre sus miembros con
los estudiantes más prometedores.
Entabló
amistad con G. E. Moore y con los tres sobrinos-nietos de Macaulay: Charles,
Robert y George Trevelyan. Una gran parte de las seriedad que había respirado
bajo la tutela de su abuela se disipó en la feliz vida universitaria.
Al cabo
de tres años, le fue concedida la máxima calificación en el examen de
licenciatura de matemáticas. Pero de la misma manera que las dudas religiosas
estaban resquebrajando el reconfortante cristianismo de lady Russell, el
trabajo realizado para la licenciatura hizo surgir en Bertrand algunas dudas
sobre el fundamento de las matemáticas. «El intento de adquirir una técnica
adecuada para el examen me había llevado a considerar las matemáticas como un
conjunto de trucos ingeniosos, de sutiles estratagemas y, en su conjunto, como
algo demasiado parecido a un crucigrama», escribió Russell. Lo que él
necesitaba para recuperar su fe en las matemáticas era «alguna razón para
suponer que son verdaderas». Su interés se dirigió a la filosofía.
Capítulo
2
El laberinto idealista y la encrucijada emocional
En la
década de 1890, la filosofía estaba en Cambridge dominada todavía por los
idealistas absolutos, que aceptaban la idea de Hegel de que la realidad última
reside en la mente, o en el espíritu, más que en la materia. Russell se había
sentido inclinado a aceptar esto durante sus tres primeros años en el Trinity,
pero fue durante su cuarto año cuando se decidió por las tesis idealistas sin
reservas. A este respecto escribió posteriormente:
«Había un
extraño placer en convencerse a uno mismo de que el tiempo y el espacio son
irreales, de que la materia es una ilusión y de que el mundo no consta de nada
más que de espíritu.»
En el
verano de 1894, manteniendo estas teorías, se presentó al examen de grado
superior de filosofía, y consiguió el título con la calificación de
sobresaliente, feliz acontecimiento que lady Russell consideró preludio de una
carrera política o académica, cuyos primeros años transcurrirían, naturalmente,
bajo su brazo protector. Russell tenía otras ideas.
Al llegar
a la mayoría de edad, en 1893, tuvo acceso a un legado de veinte mil libras
esterlinas procedente de los bienes de lord Amberley, y puesto que ya había
superado el examen de grado superior, pidió la mano de Alys. El compromiso fue
aceptado con reservas en Friday s Hill por una familia que no estaba muy segura
del papel que haría el honorable Bertrand Arthur Russell como marido. En
Pembroke Lodge, la noticia fue recibida con escándalo, puesto que la
introducción en la familia de una cuáquera cinco años mayor que Russell, hija
de un industrial americano, parecía el fin del mundo.
Hannah Pearsall Smith y su marido Robert, padres de la primera mujer de
Russell, Alys, jugando a las cartas en el jardín de su casa, en 1894.
Lady
Russell pasó inmediatamente a la ofensiva. En primer lugar, por medio del
médico de cabecera, le hizo saber a Bertrand que el tío Willy, de quien se
decía eufemísticamente que estaba enfermo, estaba en realidad loco, y que la
tía Agatha había tenido que romper su compromiso debido a sus alucinaciones.
Había otros ejemplos de lunáticos en la familia y Russell comenzó a considerar
la casa en la que había crecido como «un panteón familiar habitado por
fantasmas de maníacos».
Sin
embargo, para combatir el miedo de que él y Alys pudieran aumentar la lista
familiar de los que tenían que ser llevados al manicomio, había una respuesta:
no tendrían hijos.
El marqués de Dufferin y Ava, embajador británico en París, según un retrato
de B. Constant, realizado en 1893. Colección privada.
La
sugerencia escandalizó aún más a lady Russell, que comenzó a utilizar su salud
como argumento, lamentándose del dolor que le causaría el proyectado matrimonio
de su nieto, y consiguió de él la promesa de que no vería a su amada durante
tres meses.
Para
reforzar su posición, pidió ayuda a lord Dufferin y Ava, agregado del difunto
lord John casi medio siglo antes. Por entonces era embajador británico en
París, y le convenció para que nombrara a Russell como su agregado temporal en
aquella ciudad. A lady Russell debía de parecerle imposible que la sofisticada
fascinación de París no hiciera olvidar los remilgados atractivos de una
cuáquera americana.
Sumisamente,
Russell pasó tres meses en París y mantuvo su promesa de no ver a Alys; incluso
en un largo fin de semana que volvió a cruzar el canal para dar una conferencia
a «los Apóstoles» en Cambridge, solamente le envió una carta. En su viaje de
vuelta a París, tuvo como compañera a Mary Costelloe, hermana de Alys, que
abandonaba a su marido y se dirigía a reunirse con Bernard Berenson, con quien
finalmente se casaría. Ella y Russell se alojaron en habitaciones contiguas en
el hotel Vouillemont, fueron juntos a la ópera, intercambiaron besos y, en
palabras de Russell, hablaron «sobre moral sexual, y mis razones para preferir
la castidad al vicio». En edad avanzada, confesó a algunos amigos íntimos que
había mantenido relaciones con Mary, y cualquier lector de las cartas que envió
a Alys al regresar a Inglaterra, incluyendo una confesión que tituló «Una
explicación psicológica», podría deducir que se refería a relaciones sexuales.
Sin embargo, esto parece poco probable, aunque desde su primera juventud Russell
resultaba atractivo a las mujeres por algo que no es fácil de explicar. Su
altura de 1,73 podía considerarse normal, era de constitución delgada y su pelo
se volvió pronto gris. Sus ojos castaños, como su inteligencia, miraban las
cosas con escepticismo y en términos puramente físicos; solamente en su edad
avanzada, cuando su indignación por la injusticia sacó a relucir su cólera,
presentaba un aspecto enérgico. Las dos cualidades que le transformaron fueron
la energía y la seguridad en sí mismo.
Retratos de Mary (izquierda) y Alys Pearsall Smith. La fotografía de esta
última, primera esposa de Russell, fue hallada en el billetero que éste
utilizaba durante su época de estudiante.
Si
genéticamente había sido afortunado, el austero régimen de Pembroke Lodge
contribuyó a desarrollar sus cualidades, de manera que después de un largo día
de debates o clases, de montar en bicicleta o de haber caminado mucho, el
cansancio no hacía mella en su brillantez; respecto a la seguridad en sí mismo,
era algo aceptado que los Russell nacían para enseñar al mundo cómo debía
moverse.
Alys Pearsall Smith vestida con su traje de novia cuáquero, el día 13 de
diciembre del año 1894.
Russell
regresó de París con su amor por Alys incólume, y contrajeron matrimonio el 13
de diciembre de 1894 según el ceremonial cuáquero.
Esto
supuso una ruptura para él, si no con el hogar, en lo que éste pudiera tener de
acogedor, sí al menos con un entorno en el que había vivido durante casi dos
décadas. Medio siglo más tarde, cuando la Administración se había hecho cargo
de Pembroke Lodge, escribió:
«Casi
todas las noches antes de dormirme veo el jardín en que pasé mi niñez, que ha
sido destruido; siento su destrucción tanto cómala muerte de las personas que
he amado.»
Pero ya
en 1894 tuvo que renunciar a él.
A
comienzos de 1895, Russell y su esposa iniciaron un viaje por la Europa
continental.
Pasaron
tres meses en Berlín, cruzaron los Alpes para llegar a Fiésole, donde se había
instalado Mary Costelloe en una villa cerca de donde vivía Bernard Berenson,
continuaron viajando a lo largo de la costa adriática desde Ravena hasta
Ancora, y a principios de verano regresaron a Inglaterra. Se instalaron en una
pequeña casa en Fernhurst, a dos kilómetros de la residencia de los Pearsall
Smith.
Vista de Fiésole, donde se instalaron Bernard Berenson y la cuñada de
Russell. Entre los olivos y cipreses que cubren las colinas de los alrededores,
Russell escribió el ensayo «Culto del hombre libre».
En
aquellos parajes casi idílicos, Russell comenzó a plantearse lo que haría en el
futuro. Por supuesto no tenía necesidad de hacer nada. Sin contar con la
seguridad financiera que suponía la familia Pearsall Smith, su propia renta era
suficiente, si no para vivir lujosamente, sí al menos para el tipo de vida
contemplativa que le atraía. En Berlín había pensado dedicarse a dos tipos
opuestos de trabajo. Pensó en escribir
«una
serie de libros sobre la filosofía de las ciencias, considerando
progresivamente temas más concretos al pasar de las matemáticas a la biología»;
así como «escribir una serie de libros sobre temas sociales y políticos que
serían cada vez más abstractos».
Iba a
llevar a cabo esta decisión con más rigor del que podría haber previsto
entonces. Durante los tres cuartos de siglo siguientes, sus escritos, tanto
académicos como de divulgación, se alternaban regularmente de un campo al otro.
El resultado fue que ningún otro inglés del siglo XX iba a alcanzar tanto
prestigio en el mundo académico y en el no académico.
Esta
dicotomía de intereses se manifestó por primera vez durante la segunda mitad de
1895. En Fernhurst, Russell comenzó un «Ensayo sobre los fundamentos de la
geometría», su tesis para una beca honorífica del Trinity, concedida anualmente
entre los miembros que escribían sobre un tema de su elección. En octubre se
enteró de que le habían otorgado la beca, y pocas semanas más tarde viajó de
nuevo a Berlín en compañía de Alys con la intención de estudiar los logros y la
posible influencia del partido socialdemócrata alemán.
El ensayo
de Russell, en el que daba su propia respuesta a la pregunta: «¿Cómo es posible
la geometría?», se basaba en la tesis de que todo el espacio tenía una medida
de curvatura constante; esta idea, como él admitió después, fue refutada por
Albert Einstein en 1916.
«La
geometría en su teoría general de la relatividad, reconoció Russell, es la
geometría que yo había considerado imposible. La teoría sobre los tensores,
sobre la que se basaba Einstein, me habría sido útil, pero no la conocí hasta
después de que él la utilizara.»
Sin
embargo, su beca de seis años le dio un prestigio que aumentó cuando, al
regresar de su segunda visita a Berlín, pronunció seis conferencias sobre la
socialdemocracia alemana en la recién creada facultad de Economía de Londres, y
habló sobre el mismo tema en la Asociación Fabiana.
Alys Russell sentada en la puerta de Millhanger, en Fernhurst, una casa del
siglo XVI en la que Russell se instaló para estudiar matemáticas.
Recogido
el texto de las conferencias en un libro, fue objeto de elogiosas críticas en
el diario The Times, que destacaba «sus conocimientos y
brillantez», «lo inspirado de su espíritu» y «su intuición y buen juicio».
El tema
de la socialdemocracia alemana fue el primer ejemplo de la habilidad de Russell
para investigar un asunto con rapidez y plasmar el resultado de su estudio en
una prosa fluida que cualquier persona culta podía entender.
Portada del libro de Russell Socialdemocracia alemana, al que se añadió un
apéndice sobre «La socialdemocracia y la mujer en Alemania»,
escrito por Alys.
Aquella
habilidad, que en gran parte fue la causa de la enorme influencia que ejerció
durante casi tres cuartos de siglo, se haría manifiesta en libros, folletos,
publicaciones especializadas y artículos de divulgación que trataban sobre una
gran variedad de temas, aparte de la filosofía, las matemáticas y la política.
Los derechos de la mujer, el futuro de la tecnología, los problemas de la
educación y la moral de guerra eran algunos de los temas serios que estudió.
Pero igualmente escribió con sus dotes de persuasión sobre «El amor y el
dinero», «La agresividad de los vegetarianos» y «¿Deben los socialistas fumar
buenos puros?»
En otoño
de 1896, los Russell visitaron Estados Unidos. Bertrand disertó sobre los
fundamentos de la geometría en el colegio mayor femenino Bryn Mawr, donde había
estudiado Alys -y cuyo director, Carey Thomas, era primo suyo—, y en la
Universidad John Hopkins de Baltimore.
Después
de una visita de cortesía a Harvard, regresaron a Inglaterra y se instalaron en
Millhanger, en una nueva casa a las afueras de Fernhurst. Allí, Russell comenzó
a trabajar seriamente en la tarea principal que se había propuesto: la
construcción de una nueva estructura de las matemáticas que permitiera
desarrollar las leyes más simples de la lógica y los más abstrusos teoremas de
las matemáticas avanzadas a partir de un pequeño número de ideas rudimentarias;
si se pudiera conseguir esto, no sería necesario suponer ninguno de los axiomas
y conceptos aceptados, y la lógica y las matemáticas formarían un sistema único
de verdades.
Durante
este periodo, Russell comenzó a dudar de sus creencias idealistas.
El Bryn Mawr College, Pennsylvania, colegio mayor femenino en el que Russell
dio un ciclo de conferencias sobre los fundamentos de la geometría.
Era algo
inevitable para que pudiera convencerse de la verdad objetiva de las
matemáticas, puesto que los idealistas creían que todo se quedaba en la mente
del observador, mientras que el objetivo de Russell era probar que las
matemáticas eran independientes de los matemáticos.
«Moore
llevaba la iniciativa -escribió años más tarde, pero yo seguía sus pasos de
cerca.» El ritmo de su trabajo se vio acelerado por la preparación de una serie
de conferencias sobre Leibniz en 1899, que fueron publicadas bajo el
título Exposición crítica de la filosofía de Leibniz. Esto le
convenció de que debía liberarse de lo que ya consideraba laberinto idealista.
Finalmente se completó el proceso:
«Sentí,
de hecho, como una gran liberación, como si hubiera escapado de un invernadero
a un promontorio azotado por el viento. Odiaba la cerrazón de espíritu que
implicaba suponer que el espacio y el tiempo estaban sólo en el espíritu. Me
gustaba más el cielo lleno de estrellas que la ley moral, y no podía soportar
la opinión de Kant en el sentido de que lo que a mi más me gustaba era sólo una
quimera subjetiva. En la primera euforia de mi liberación, me convertí en un
inocente realista y me sentí reconfortado con la idea de que la hierba es
realmente verde, a pesar de la opinión contraria de todos los filósofos, desde
Locke en adelante.»
La
construcción del nuevo fundamento lógico para las matemáticas fue llevada a
cabo por Russell entre los últimos años del siglo XIX y 1909. Primero
aparecieron Los principios de las matemáticas, obra publicada
en 1903, y después los Principia Mathematica, escritos en
colaboración con Whitehead, y que aparecieron en tres volúmenes entre 1910 y
1913.
La casa de Alfred North Whitehead, Mili House, en la época en que él y
Russell escribieron en colaboración los Principia Mathematica.
Este
trabajo intelectual, el logro más considerable de Russell, fue realizado en
medio de un caos emocional, y sería ilusorio creer que uno no influyó en el
otro, aun cuando los personajes implicados en el drama intelectual y en el
drama moral no fueran los mismos.
A
comienzos de 1901, el sufrimiento de Mrs. Whitehead iba a suponer para Russell
una experiencia traumática; un año después se dio cuenta de que ya no estaba
enamorado de Alys. Las pruebas de que los dos acontecimientos estaban
relacionados y de que Russell se había enamorado de Mrs. Whitehead son
circunstanciales pero considerables, incluyendo un diario íntimo que Russell
escribía por entonces y numerosas cartas posteriores dirigidas a lady Ottoline
Morrell, que fue su amante durante varios años. «Después del amor que te tengo
-escribía a Ottoline- mi mayor afecto es para Mrs. Whitehead.»
Vista de I Tatti, la villa de Bernard y Mary Berenson, en
la primera década del siglo XX.
No se
sabe hasta qué punto Evelyne Whitehead conocía los sentimientos de Russell
hacia ella, ya que, siguiendo sus instrucciones, todas las cartas que Bertrand
le había enviado fueron quemadas después de su muerte.
En su
autobiografía, Russell narra cómo en febrero de 1901 Alys y él regresaron a la
casa de los Whitehead, en Cambridge, donde se alojaban. Mrs. Whitehead tenía
fuertes dolores, al parecer debido a un ataque al corazón, y Russell se dio
cuenta de pronto, con desesperación, de cuáles eran sus sentimientos. Definió
aquella experiencia como una «conversión»; vio con claridad lo que es la
condición humana, se sintió atraído por el pacifismo, y poco después «traté por
todos los medios de aliviar los problemas de Mrs. Whitehead aparentemente sin
saberlo». Parte de los problemas se debía a la falta de previsión de su marido
y durante algunos años Russell hizo llegar subrepticiamente dinero al hogar de
Whitehead a través de Evelyne.
Aproximadamente
un año después de su «conversión», cuando se encontraba pronunciando unas
conferencias durante dos trimestres una vez acabada su beca honorífica, se dio
cuenta de que ya no amaba a Alys. De modo significativo, se encontraban
entonces alojados en Mili House, Grantchester, el nuevo hogar de los Whitehead
a unos kilómetros de Cambridge. La revelación se produjo, según Russell, una
tarde mientras paseaba en bicicleta. «No había tenido idea hasta ese momento ni
siquiera de que mi amor por ella se hubiera ido debilitando», afirmó más tarde.
«El problema que me planteó este descubrimiento fue grave.» Fue incapaz de
ocultar a Alys el hecho de que ya no la quería, y desde 1902 hasta que se
separaron en 1911 soportaron una vida de infelicidad mutua; pero al menos ello
hizo que Russell se concentrara aún más desesperadamente en las matemáticas.
La
dolorosa experiencia iba a inspirar uno de sus más famosos ensayos: Culto
del hombre libre, gran parte de él escrito en la casa de Bernard
Berenson, I Tatti, donde los Russell pasaron las navidades de 1902. Mary
Costelloe había contraído matrimonio con Berenson después de la muerte de Frank
Costelloe, y la pareja irradiaba felicidad. Russell, tan afectado como Alys por
el hecho de que el amor había desaparecido, daba largos paseos por las colinas
cubiertas de cipreses que rodeaban la casa, y sublimó su infelicidad en un
breve ensayo «resultado de tanto sufrimiento», como él lo describió. Como un
grito de desesperación, fue expresado en una prosa lírica cuyos atractivos
duraron hasta mucho después de que el autor hubiera comenzado a modificar lo
que había escrito.
Capítulo
3
En las profundidades matemáticas
Por
aquellas fechas ya había progresado en su convicción sobre la verdad de las
matemáticas. A finales del siglo XIX existían dos corrientes opuestas sobre la
naturaleza de las proposiciones matemáticas. Mili y sus seguidores las
consideraban como generalizaciones empíricas, basadas en lo que parecía ser un
número casi infinito de ejemplos; en opinión kantiana, se trataba de verdades
sintéticas apriorísticas. Ninguno de los dos análisis satisfacía a Russell,
quien desde sus últimos días en Cambridge había esperado mostrar que las
proposiciones matemáticas podían derivarse de las proposiciones de la lógica
formal.
Antes de
que esto fuera posible, era necesario salvar dos obstáculos. En primer lugar,
los conceptos fundamentales de las matemáticas tenían que ser definidos en
términos lógicos; en segundo lugar, había que desarrollar un sistema lógico que
fuera lo suficientemente extenso como para permitir que todas las proposiciones
matemáticas se dedujeran de él. En la Europa continental el primer problema
había sido tratado por Gottlob Frege y por Giuseppe Peano, pero su trabajo era
relativamente poco conocido en Inglaterra y sólo después de haberse reunido con
Peano en París, se sintió Russell lo suficientemente seguro como para comenzar
a completar lo que él llamó «el gran libro».
Visitó
París en compañía de Alys y de los Whitehead para asistir al Congreso
Internacional de Filosofía, Lógica e Historia de la Ciencia. Russell escribió
al respecto:
«En los
debates del congreso, observé que Peano era siempre más preciso que los demás,
y que invariablemente aprovechaba al máximo los argumentos que esgrimía. En el
transcurso de los días, decidí que el motivo de esto estaba en su lógica
matemática.»
Se
decidió a hablar con Peano, quien le facilitó la serie completa de sus
publicaciones, y Russell regresó a Inglaterra encantado.
Russell
pasó dos meses estudiando y ampliando el sistema de Peano; redactó un nuevo
borrador de lo que él había escrito y continuó con el libro. Gran parte de este
trabajo lo realizó en Millhanger, y parte de él en Mill House, donde Whitehead
estaba escribiendo el segundo volumen de su Algebra universal.
En 1901, Russell descubrió en la teoría de conjuntos la paradoja que lleva
su nombre y que conmovió los fundamentos lógicos de la
matemática.
Su
carácter se nos muestra en un informe enviado a Rollo, su tío:
«Fueron
los días de trabajo más intenso de mi vida: siete horas de trabajo real, y dos
corrigiendo pruebas de Peano. Tenía que escribir el capítulo más difícil del
libro y estaba ansioso por acabarlo aquel mismo día, mientras mi mente estaba
absorta en el tema. Lo conseguí, aunque tuve que escribir treinta páginas, pero
una o dos veces me encontré con que mi mente estaba en blanco como me había
ocurrido en el examen de licenciatura. He estado tanto tiempo sin auténtico
trabajo, que he vuelto a él con una especie de fiebre; todo lo demás me parece
irreal y oscuro en este momento, y trabajo como si estuviera poseído. Si puedo
mantener este ritmo haré una gran cantidad de trabajo.»
Finalmente
acabó el borrador de doscientas mil palabras. Los seis meses siguientes los
dedicó a su revisión y después, de manera imprevista, surgió el descubrimiento
de lo que se ha dado en llamar la paradoja Russell. Había habido ejemplos de
paradoja —afirmación que es verdadera si, y solamente si, es también falsa—
antes de Russell, pero las más conocidas estaban tipificadas por los problemas
no matemáticos de Epiménides el Cretense, quien afirmó que todos los cretenses
eran mentirosos. Como Russell afirmó, nadie tomó tales paradojas seriamente
hasta que, a finales del siglo XIX, se pensó que estaban estrechamente
relacionadas con importantes problemas matemáticos.
Entonces
se produjo su inquietante descubrimiento:
«Cantor
tenía una prueba de que no existe el número más grande, y a mí me parecía que
el número de todas las cosas del mundo debería ser el más grande posible.
Consiguientemente examiné su prueba con detalle, y me propuse aplicarlo a la
categoría de todas las cosas que existen. Esto me llevó a considerar aquellas
categorías que no son miembros de sí mismas, y a preguntarme si la categoría de
tales categorías es o no miembro de sí misma. Encontré que cualquier respuesta
implica la contraria.»
Por más
que estudiaba la cuestión, no podía encontrar una salida fácil al problema.
Whitehead comentó al escuchar la noticia: «Se acabaron las mañanas alegres y
seguras.» Finalmente, Russell hizo algunas consideraciones circunstanciales y
rudimentarias y entregó el manuscrito a los editores.
El helenista británico G. Murray mantuvo una estrecha amistad con Russell e
incluso contrajo matrimonio con una prima suya, lady Mary Howard. La amistad de
los dos hombres se rompió debido a sus discrepancias sobre la I Guerra Mundial.
Pero
aquél fue el comienzo más que el final del problema de las paradojas. Russell
se dio cuenta de que Frege había utilizado como axioma para construir sus
categorías, o clases, precisamente el método que conducía a la paradoja. Cuando
informaron a Frege de la situación, se mostró consternado.
Alfred North Whitehead fue el miembro del tribunal examinador que recomendó
a Russell para una beca de matemáticas en 1889. Durante años fue amigo y
colaborador de Russell, con quien escribió los Principia Mathematica, pero
después también se distanciaron debido a sus posturas sobre la I Guerra
Mundial.
Russell
entonces proporcionó explicaciones adicionales sobre «la contradicción» y,
cuando comenzaron a llegar las pruebas de su libro, suprimió páginas enteras.
Finalmente, añadió dos apéndices. Uno describía las opiniones de Frege y el
otro describía un método elemental y rudimentario para hacer frente a la
paradoja. No todos se mostraron satisfechos. Henri Poincaré, que tenía pocas
simpatías por la nueva lógica, comentó: «La lógica formal no es estéril,
produce contradicciones.»
La
inmersión de Russell en las profundidades matemáticas es patente en una carta
dirigida a Gilbert Murray. Russell comentaba en relación a Los
principios de las matemáticas: «En mi creación buscaba lo perfecto con
la pasión de un artista, un tratamiento nuevo de la lógica simbólica, y para
satisfacción mía, Whitehead considera que tiene toda la belleza y perfección
que yo esperaba.»
Mucho
antes de que Los principios de las matemáticas hubieran
asegurado a Russell un lugar en la jerarquía académica, Whitehead y él habían
decidido unir sus fuerzas para preparar «una completa investigación sobre los
fundamentos de todas las ramas del pensamiento matemático». Russell estaba a
punto de comenzar el segundo volumen de Los principios, que
demostraría que todas las matemáticas se derivaban de los principios lógicos de
su primer volumen; Whitehead ya trabajaba en el segundo tomo de su Algebra
universal, en el que trataba de descubrir los principios lógicos de
las diferentes álgebras que se encuentran en la lógica y en las matemáticas.
«Nos dimos cuenta de que los volúmenes que proyectábamos realizar trataban
prácticamente de los mismos temas —escribió Whitehead, así que nos unimos para
hacer una tarea conjunta. Esperábamos terminar el trabajo en el breve periodo
de un año, pero nuestro horizonte se fue ampliando y necesitamos ocho o nueve
para dar por concluidos los Principia Mathematica.
La
empresa, «uno de los mayores monumentos intelectuales», fue realizada con
heroica determinación y con pasión casi mística. «Querido Bertie, escribió
Whitehead en la parte superior de una página de ecuaciones, lo siguiente me
parece absolutamente hermoso.» Para Russell, el trabajo resultaba vital y
fructífero debido a «la desenfrenada pasión absoluta y titánica que he puesto
en él. Es la pasión la que ha hecho a mi intelecto ver con claridad, la que no
me ha dejado parar para preguntarme si el trabajo merecía la pena, y la que me
ha hecho desentenderme de si alguna vez algún ser humano leería tan siquiera
una palabra de él».
El
aspecto filosófico fue en gran medida tratado por Russell, el matemático, por
Whitehead; pero todas las secciones, una vez escritas, fueron revisadas y
corregidas por el otro colaborador, releídas y, en caso necesario, corregidas
una vez más por su escritor original. Casi ninguna de las dos mil páginas,
afirmó Russell más tarde, podía ser atribuida enteramente a uno de los dos.
Antes de
que el proyecto se pusiera definitivamente en marcha, Russell se había
trasladado de Millhanger. Su ruptura sentimental con Alys había sido el
comienzo de un periodo durante el que ambos querían tener tan pocos recuerdos
como fuera posible de la casa en la que habían vivido después de su boda.
Alquilaron casas en Londres y Surrey, pero encontraron imposible instalarse en
ninguna de ellas. Después de dos años, Russell decidió comenzar de nuevo y
encargó a un antiguo amigo del Trinity que diseñara una casa que sería
construida en Bagley Wood, al sur de Oxford. El lugar fue sin duda elegido en
consideración a Alys, ya que su hermano Logan había comprado años antes
Courtplace, una hermosa casa a orillas del Támesis y también al sur de Oxford,
a donde se trasladó su madre después de quedarse viuda. La nueva casa estaba
solamente a unos kilómetros de distancia.
Allí
comenzó Russell a adentrarse en las oscuridades de la contradicción. Y también
comenzó a ver la posible solución de otro problema que dificultaba el gran
objetivo que se había propuesto. Este último problema le llevó al
descubrimiento de su teoría de las descripciones, a la que él se refería con
frecuencia como su contribución clave a la filosofía.
Fue
primero dada a conocer en Sobre la significación, y
posteriormente fue descrita por Russell con más claridad. Después de señalar
que las afirmaciones, por ejemplo, sobre «la montaña dorada», podrían
equivocadamente atribuirle algún tipo de existencia, él advirtió que según esta
teoría cuando una afirmación que contiene una frase del tipo «cualquiera» es
analizada adecuadamente, entonces esa frase desaparecía. Y continuó:
«Por
ejemplo, tomemos la afirmación: Scott fue el autor de Waverley. La teoría
interpreta que esta afirmación quiere decir: “Un hombre y sólo uno, escribió
Wauerley, y ese hombre fue Scott.” O de manera más completa: “Hay una entidad C
de tal manera que la afirmación X escribió Wauerley es verdadera si X es C, y
falsa en caso contrario; además, C es Scott. ”
»La
primera parte de esto, antes de la palabra “además”, se define porque quiere
decir: “El autor de Wauerley existe (o existió o existirá).” Así pues: “La
montaña dorada no existe” significa: “No hay entidad C tal que X es dorada y
montañosa es verdadero cuando X es C, pero no de otra manera.
»Así
-concluye— el enigma sobre lo que quiere decir la afirmación: “La montaña
dorada no existe”, desaparece.»
La teoría
de las descripciones fue publicada primeramente en Mind; su
respuesta al problema de la contradicción apareció en el American
Journal of Mathematics, bajo el título «Lógica matemática, basada en
la teoría de los tipos. La teoría de los tipos estipula un nivel inferior que
consta de individuos, un nivel inmediato superior que consta de categorías de
individuos, un nivel inmediato superior que consta de categorías de categorías
de individuos, y así sucesivamente.
La teoría
también especifica que solamente un miembro de un nivel inmediatamente inferior
puede ser miembro de una categoría en un nivel dado.
Página de Principia Mathematica, obra publicada entre 1910 y 1913. Russell
escribió: «Me gustan las matemáticas porque no son algo humano, ni tienen nada
que ver con este planeta ni con el mundo occidental...»
Ello hace
imposible que una categoría se incluya a sí misma como miembro y, así pues,
resuelve la contradicción. Esta era, de forma refinada, la solución que Russell
había incluido como apéndice en Los principios de las matemáticas.
Manifestantes en Hyde Park, el 21 de junio de 1908, solicitando el derecho
femenino al voto. Russell era partidario de la Unión de Sociedades Sufragistas
de Mujeres, y se presentó como candidato de este partido a las
elecciones complementarias de Wimbledon, en 1907.
A los
problemas físicos que se plantean en Principia Mathematica hay
que añadir el hecho de que incluso en su presentación final los miles de
páginas tuvieron que ser escritos en escritura normal; la lógica simbólica
incluía símbolos convencionales tales como «U» en lugar de «implica», una «C»
invertida en lugar de «no», un signo de tres barras horizontales iguales en
lugar de «es equivalente a», y otros recursos que no aparecen en ninguna
máquina de escribir. Antes de que la tarea estuviera concluida, Russell fue
elegido para la Royal Society, como reconocimiento a «sus investigaciones sobre
los principios de las matemáticas y el tratamiento matemático de la lógica de
las relaciones». La propuesta, al parecer, tuvo que ver, según Russell, «con la
posible ayuda de alguna persona influyente», y en su caso la persona influyente
era Whitehead, que había sido elegido miembro de la corporación de un colegio
universitario (fellow) cinco años antes. A mediados de mayo de
1908 se trasladó a Londres desde Bagley Wood para su admisión. Fue un día
completo. Primero trabajó durante hora y media en los Principia. Más
tarde, en el tren leyó las pruebas de la edición francesa de su libro sobre
Leibniz, y después asistió a un mitin del Comité para el Sufragio de las
Mujeres. Tras asistir al acto de la Royal Society, llegó a casa a las ocho de
la tarde, escribió un artículo, varias cartas sobre el sufragio de las mujeres,
y comentarios críticos sobre un manuscrito que había estado leyendo,
probablemente de la obra de Graham Wallas La naturaleza humana en la
política. Todavía trabajaba duro en los Principia, de
los que le quedaban, según sus cálculos, entre cuatro y seis mil páginas
manuscritas. «No tengo tiempo -concluía— para pensar en nada, lo cual es muy
agradable, y es reconfortante tener entre manos un gran trabajo.»
No fue
hasta el verano siguiente, al anunciar que iba a ver a los editores de la
Cambridge University Press, cuando Whitehead pudo escribir: «Por fin, tierra a
la vista», y el manuscrito completo fue entregado en octubre de 1909. Pero en
el periodo final del trabajo había surgido una decepción. Los editores estaban
dispuestos a sufragar los gastos de impresión por un total de trescientas
libras. Habían contado con que la Royal Society facilitaría las trescientas
libras restantes que los editores calculaban como pérdida de la publicación.
Pero la sociedad participó solamente con doscientas libras y los autores
pagaron el resto de su propio bolsillo. «Nosotros ganábamos así “menos”
cincuenta libras cada uno por diez años de trabajo -afirmó Russell, lo que supera
el récord de El paraíso perdido.»
Capítulo
4
Política y pasión
Según
Russell, se puede considerar que durante más de una década los problemas de las
matemáticas y de la lógica llenaron incluso los escondrijos y las grietas de su
mente. Pero no fue así. Mientras estuvo en Cambridge, había dado por supuesto
que participaría en la política, idea que abandonó cuando el atractivo de las
matemáticas fue demasiado fuerte. Pero sus intereses políticos habían
permanecido. Fue miembro fundador de los «Coeficientes» de Sidney Webb, cuyo
fin era debatir los problemas del Imperio, y se dio de baja cuando las
opiniones se escoraron demasiado a la derecha. Habló ocasionalmente en defensa
del libre comercio y participó en el comité de la Unión Nacional de Sociedades
Sufragistas de Mujeres. Pero en 1903 escribió que el segundo volumen de Los
principios de las matemáticas le había absorbido totalmente. Según él,
cuando acabó este libro era demasiado viejo y poco flexible para adquirir los
hábitos de una vida práctica. «Por ello la política tenía que ser olvidada.»
Los Principia sin duda confirmaron esta opinión.
A pesar
de ello, en 1907 decidió presentarse, o fue persuadido para que se presentara,
a las elecciones parlamentarias por la Unión Nacional de Sociedades Sufragistas
de Mujeres. Había sido un entusiasta defensor de los derechos de la mujer,
incluso antes de estar bajo la influencia de Alys; desde luego, su creencia en
que «cualquier mejora en la condición de la gran mayoría de las mujeres es
posible solamente a través del socialismo fue -dijo en una ocasión— el
descubrimiento que me hizo socialista».
El diario The North American, en su número del día 3 de mayo de 1907.
informa del apopo de Alys Russell a la campaña política de su marido en las
elecciones complementarias de Wimbledon.
En 1907
el escaño de Wimbledon, en el sudoeste de Londres, había quedado vacante por la
dimisión del diputado conservador. Su lugar lo ocupó Henry Chaplin, magnífico
parlamentario que había ocupado un escaño en Lincolnshire durante cerca de
cuarenta años, antes de ser barrido por la arrolladora victoria liberal de
1906.
Panfleto electoral de Russell para la campaña electoral de 1907. «Cuando
años después hice campaña contra la I Guerra Mundial -manifestó, la oposición
popular que encontré no era comparable a la que tuvieron que hacer frente los
sufragistas en 1907.»
Los
liberales no presentaron candidato para ocupar el escaño, pero menos de un mes
antes del día de las elecciones, la Unión Nacional decidió nombrar un
candidato. «Consideran conveniente presentar a alguien como medio de hacer
propaganda y, aunque me disgusta, no veo razón de peso para negarme, dado que
no pueden conseguir a otra persona en tan breve espacio de tiempo», explicó
Russell a un conocido en una de sus cartas.
«Por
supuesto debería además expresar todas mis opiniones habituales. No lo haría si
hubiera posibilidades de ganar, ya que estoy decidido a no dedicarme a la
política... Es una gran broma que me divierte casi tanto como me molesta...»
Casi tres
cuartos de siglo después, resulta difícil entender el significado de «gran
broma». Pero en el ambiente de 1907 resultaba casi cómico que un candidato
tuviera como punto principal de su programa la demanda del derecho al voto de
las mujeres. El tema, como Russell comentó más tarde, fue tratado con
«hilaridad». Era el lado cómico de la elección que, según el Daily
News, atraía al electorado, y aunque la campaña de Chaplin se centraba
en la reforma arancelaria y en la prioridad colonial, no pudo dejar de hacer un
comentario sobre «ese pequeño grupo de mujeres masculinas y hombres femeninos»
que se le enfrentaban.
Alys
apoyó hábilmente a Russell en la campaña, para la que muchos suponían una
elección de resultado imprevisible. Durante su primer mitin público soltaron
ratas y Alys fue alcanzada en la cara con un huevo, incidente por el que se
disculpó Chaplin. Había pocos indicios de que una parte considerable del
electorado se dejase arrastrar seriamente por una idea que podría incluso
llevar a lo impensable: «Mujeres en el Parlamento.» Frente a los 10.263 votos
de Chaplin, Russell obtuvo 3.299, unos 4.000 menos que los liberales en las
elecciones del año anterior.
Las
elecciones de Wimbledon pusieron a Russell en contacto con el bullicio del
mercado, un útil fogueo para el futuro. También le proporcionaron la
posibilidad de escapar a la vida infeliz de Bagley Wood, que había reanudado
por entonces y que se hizo más depresiva al poner fin a la gran tarea de
los Principia.
Retrato de lady Ottoline Morrell realizado por Augustus John. Las relaciones
deRussell con ella, que comenzaron en 1911, transformaron su vida. Su amistad
duró hasta la muerte de Ottoline, en 1938.
Durante
los dos años siguientes esa vida de insatisfacciones, en la que las tendencias
suicidas de Russell fueron dominadas solamente por su aversión a separarse de
sus amadas matemáticas, iba a sufrir una transformación. Aunque él públicamente
citó la fecha de 1911 como la de su transformación, hay claros indicios en su
correspondencia privada de que ésta comenzó en septiembre de 1909, después de
una reunión con Philip Morrell, diputado de South Oxfordshire y su esposa lady
Ottoline, hermanastra del sexto duque de Portland.
Siendo
estudiante, Russell había conocido casualmente a Ottoline Morrell, y ella le
recordaba como «la pequeña maravilla matemática». La relación fue reanudada
cuando el hermano de Alys, Logan, hizo campaña para Philip Morrell en las
elecciones de 1906, que supusieron un estruendoso fracaso para los
conservadores. Morrell fue uno de los 377 liberales que consiguieron una
mayoría de 84 escaños más que todos los demás partidos. En septiembre de 1909,
Logan, que vivía en las proximidades con la viuda de Pearsall Smith, llevó a
los Morrell por los caminos de Oxfordshire a visitar a su hermana y a su
cuñado.
Russell
describió a Ottoline como «muy alta, con la cara estrecha y alargada, parecida
a la de un caballo, y un pelo precioso de un color especial, más o menos como
el de la mermelada de naranja, pero bastante más oscuro». Por su parte,
Ottoline escribió en su diario la noche de su reencuentro: «Bertrand Russell es
realmente fascinante. No creo haber conocido a nadie más atractivo, aunque algo
alarmante, de una agilidad mental y una clarividencia admirables, y
soberbiamente intelectual, separando lo falso de lo auténtico. Alguien le llamó
“el día del juicio”.» Posteriormente, Russell admitió que también a él le había
afectado profundamente el encuentro.
Unas
semanas después, entregó por fin el manuscrito de Principia Mathematica y
se encontró sin saber qué hacer. Al principio sus pensamientos se dirigieron a
la política, debido principalmente a su interés en la batalla que se estaba
librando entre la Cámara de los Lores y la de los Comunes; solicitó al partido
liberal una circunscripción y le fue encomendada la de Bedford. Sin embargo, el
admitir que era agnóstico puso en peligro su candidatura y propició una «feliz
huida», como él la llamó, puesto que mientras los liberales de Bedford tomaban
una decisión, recibió una invitación del Trinity. Whitehead había decidido
dimitir de su puesto de profesor de matemáticas para trasladarse a Londres,
pero propuso que el colegio creara una cátedra de lógica y principios de las
matemáticas, de manera que las ideas presentadas en Principia
Mathematica continuaran siendo enseñadas allí. Russell, candidato
obvio, aceptó el nombramiento por un periodo de cinco años, lo que no le habría
sido posible si hubiera tenido éxito como candidato liberal.
Su
trabajo en el Trinity no comenzaría hasta octubre de 1910. Russell continuó en
Bagley Wood durante las elecciones generales de enero e intervino en el debate
sobre el poder de los lores, a favor del lema liberal «Los lores contra el
pueblo». «Decidí que debía ayudar a los liberales tanto como me fuera posible,
escribió Russell, pero no quería ayudar al candidato de la circunscripción en
la que yo vivía, ya que había incumplido algunos compromisos que yo consideraba
importantes. Así pues, decidí ayudar al candidato de la circunscripción vecina
del otro lado del río.» El candidato era Philip Morrell.
Durante
la campaña, que tendría resultados negativos para Morrell, Russell vio con
frecuencia al candidato y a su esposa, pero fue un año más tarde cuando tomó
una decisión que cambió su vida. En marzo de 1911 iba a pronunciar una
conferencia en la Sorbona. De camino a París, pasó la noche en el hogar de los
Morrell, en Bedford Square; allí, después de que se hubieran marchado los demás
invitados, surgió de pronto la verdad. Ottoline escribió más tarde: «No me
encontraba preparada para el torrente de pasión que él mostró por mí. Mi
imaginación se vio desbordada, pero no mi corazón, a pesar de que me sentí
emocionada y trastornada. Toda la elocuencia de Bertie iba dirigida a mí,
pidiéndome como si fuera un deber que abandonara todo y que me fuera con él para
empezar una nueva vida.» El relato de Russell sobre este acontecimiento fue muy
parecido: «Yo había vivido una vida célibe durante nueve años, en los cuales
todas mis energías habían sido absorbidas por los Principia Mathematica. De
pronto, el largo autodominio cedió como una presa que se rompe. Me descubrí a
mí mismo abrumadora y apasionadamente enamorado.»
Las
relaciones de Russell con lady Ottoline no solamente iban a afectar a su vida
personal e íntima, sino también a su carrera y a su capacidad para hablar sobre
temas esotéricos con términos que la gente corriente pudiera entender. El
habría sido capaz de hacer esto en cualquier caso, pero la ayuda de Ottoline,
casi podríamos decir su enseñanza, le hizo genial en este aspecto. También se
produjeron otros importantes resultados.
Russell en Garsington hacia 1916 con un grupo de amigos. De izquierda a
derecha y de arriba a abajo: Augustine Birrell, un desconocido, el hijo de A.
Birrell, Aldous Huxley, Lytton Strachey, J. Tresidder Sheppard, Dorothy Brett,
Russell y Julián Morrell. hija de lady Ottoline, con su perro «Sócrates».
La
relación fue haciéndose cada vez más profunda, y Russell entró en contacto con
los círculos artísticos y literarios frecuentados por Ottoline y con el grupo
político disidente que en 1914 defendió que los intereses de Gran Bretaña
exigían mantenerse al margen de la guerra.
Su nuevo
amor le motivó además para escribir unas dos mil cartas entre 1911 y 1938, con
frecuencia a un promedio de tres al día.
Muchas,
escritas con su letra pequeña y cuidadosa, eran cartas de amor; pero la mayoría
eran cartas en las que plasmaba sus ideas sobre los más variados temas, hacía
comentarios sobre su vida diana en Cambridge, y narraba con viveza sus
encuentros con los hombres brillantes de la época: Conrad, D. H. Lawrence, T.
S. Eliot y, quizá el más importantes para Russell, Ludwig Wittgenstein. Su
correspondencia era, pues, reflejo de la evolución que se iba produciendo en
él, sin revisiones posteriores.
Aunque
sentía atracción por Russell, Ottoline no se convirtió en su amante hasta
pasadas algunas semanas y, a pesar de las constantes peticiones de él, nunca
dio la más pequeña muestra de querer romper su matrimonio ni de renunciar a la
posición social que ocupaba y disfrutaba. La situación que se produjo en el
verano de 1911 tuvo algo de teatral. Russell se lo contó a Alys y abandonó su
domicilio conyugal para trasladarse a Cambridge, donde las habitaciones del
Trinity iban a constituir su residencia durante los cinco años siguientes.
Ottoline se lo contó a Philip, que aceptó la situación. Pero había que guardar
las apariencias y, hasta que Russell consiguió un apartamento cerca del Museo
Británico y del domicilio de los Morrell en Bedford Square, sus encuentros
tenían que ser circunspectos.
Lytton Strachey, Bertrand Russell y Philip Morrell fotografiados en el
jardín de Garsington Manor, durante la I Guerra Mundial. Esta fotografía, así
como la de la página anterior, fue tomada por lady Ottoline.
Se
citaban con preferencia en parques y jardines como Putney Heath, Richmond Park,
Wimbledon Common y Hampstead Heath. El verano fue espléndido y Russell anotó:
«La Providencia ha sido benévola con nosotros y, evidentemente, está a nuestro
favor.»
Sólo
algunos amigos íntimos conocían sus relaciones, aunque el número aumentó al
adquirir los Morrell la casa residencial Garsington Manor, a las afueras de
Oxford, y ampliarse el círculo de artistas y de escritores que se relacionaba
con Ottoline.
Garsington Manor, casa de estilo isabelino a las afueras de Oxford que
Philip Morrell compró en marzo de 1913, cuando estaba abandonada.
Russell,
mientras tanto, continuaba su vida académica en el Trinity en calidad de
profesor, presidió una sección del Congreso Internacional de Matemáticos y
colaboró con el Monist y The Proceedings of the
Aristotelian Society, comportándose como cabía esperar del autor
de Principia Mathematica.
Al mismo
tiempo se estaba produciendo en él un cambio, ya que la influencia de Ottoline
iba aumentando o despertando en él una sensibilidad estética que anteriormente,
o no existía, o estaba aletargada.
Lady Ottoline diría de Russell: «No creo haber conocido a nadie tan
atractivo, aunque algo alarmante, de una agilidad mental y una clarividencia
admirables...»
En una
ocasión había confesado a Berenson: «El arte no me llega al corazón. Creo en él
con la inteligencia, pero en mis sentimientos soy un filisteo británico.»
Ahora, en cambio, podía escribir sobre la fruición con que había
escuchado La Pasión de Bach en la catedral de Ely y sobre el
placer que proporciona un bello paisaje. En Italia, maravillado ante la estatua
de la Victoria, en Brescia, comentó a Ottoline que siempre tenía «la sensación
de haber sido abandonado a las puertas del paraíso cuando veo cosas como ésta».
Durante una temporada, sus inclinaciones religiosas alejaron del pesimismo
agnóstico de A Free Man's Worship, y escribió el
borrador de Prisons, perdido en la actualidad, obra que, según
se desprende de su correspondencia, debió de incluir una gran variedad de
temas, entre ellos la manera en que una nueva religión podría permitir a los
hombres escapar de la prisión de la vida humana.
También
por influencia de Ottoline, escribió una novela: Las perplejidades de
John Forstice. La idea surgió al leer ella una autobiografía de
Russell en la que éste relataba los tormentos de su educación, el sufrimiento
durante su matrimonio con Alys y los diversos pasos dados en su desarrollo
intelectual. Ottoline le sugirió que la escribiera en forma de diálogos entre
un joven y un hombre de edad. Cuarenta años más tarde, Russell afirmó que la
novela había tomado como modelo la obra de Mallock La nueva república. El
libro, escrito con la participación de Ottoline en alguno de los capítulos, fue
revisado varias veces y presentado a los Whitehead y a otros amigos para que
dieran su opinión, y, finalmente, decidieron que no fuera publicado antes de la
muerte de Russell.
Más
importante fue lo que él calificó de «novelucha»: Los problemas de la
filosofía, escrito para la Home University Library. Gran parte de este
libro fue leído en voz alta a Ottoline cuando Russell se encontraba de visita
en la casa de campo que los Morrell tenían en Chilterns; la claridad que
impregna la obra y que la convierte en una de las mejores introducciones a la
filosofía, fue consecuencia en gran medida de las preguntas hechas por Ottoline
a cuestiones que ella no veía del todo claras.
La
«novelucha» comenzaba con la pregunta «¿Hay algo que conozcamos de manera tan
cierta que ningún hombre razonable pueda dudar de ello?» La respuesta, trató de
demostrar Russell, era más complicada de lo que parecía, pero él defendió una
solución al problema que da por supuesta la existencia de objetos que son
independientes de la percepción que tenemos de ellos. En filosofía esto se
llama «realismo», y Russell revelaba así que su ruptura con sus profesores
idealistas era absoluta.
Capítulo
5
El encuentro con Wittgenstein
Incluso
después del éxito de su «novelucha», Russell continuaba siendo un desconocido
fuera del relativamente pequeño círculo de filósofos y matemáticos. Dentro de
él, ocupaba por entonces un puesto importante; su trabajo era objeto de estudio
en todo el mundo, y su fama atrajo a Cambridge al estudiante que iba a
influirle más que ningún otro hombre durante los años centrales de su vida: el
austríaco Ludwig Wittgenstein. Era éste técnico titulado por la Universidad de
Berlín-Charlottenburg, y trabajaba como estudiante-investigador en aeronáutica
en la Universidad de Manchester, donde, motivado por los problemas que
planteaba el diseño de una hélice de propulsión por reacción, dirigió su
interés hacia los fundamentos filosóficos de las matemáticas. En octubre de
1911, Wittgenstein llegó al Trinity para estudiar bajo la tutela de Russell.
Desde el
primer momento, Russell quedó fascinado por Wittgenstein, «quizás el ejemplo
más perfecto que he conocido del genio como se concibe tradicionalmente:
apasionado, profundo, emotivo y dominante». El estudiante no sólo escuchaba
atentamente al profesor, sino que además, cuando terminaban las explicaciones,
le asediaba con preguntas. «Mi amigo alemán [sic] amenaza con ser un suplicio»,
se lamentó Russell en una ocasión a Ottoline, calificando al alumno de
«fatigoso y siempre dispuesto a llevar la contraria» y «como con una coraza
contra los ataques de la razón».
Cuando
Russell fue consciente de la inteligencia que yacía oculta tras la implacable
seguridad en sí mismo de aquel alumno, cambió de actitud. «Empieza a caerme
bien -comentó a Ottoline, es amante de la literatura y de la música, sabe
comportarse y creo que es realmente inteligente.» Todas las dudas sobre su
valía se disiparon cuando Wittgenstein confesó que vacilaba entre la filosofía
y la aviación, pidió consejo a Russell y le entregó un breve ensayo que
mostraba su temple. Russell afirmó: «Muy bien, mucho mejor que mis alumnos
ingleses. Ciertamente le animaré. Quizá llegue a hacer grandes cosas.»
Desde el
mes de enero de 1912 hasta finales de verano de 1913, fecha en la que
Wittgenstein abandonó Cambridge para instalarse en Noruega, Russell y él se
reunieron, trabajaron y hablaron de filosofía cada vez más en un plano de
igualdad. Wittgenstein era, afirmó Russell durante la primavera de 1912, el
único hombre que había conocido con «un auténtico interés por el escepticismo
filosófico»; ya en mayo estaba orgulloso por los logros de su
discípulo, y escribía a Ottoline: «El piensa que mi ensayo sobre la
materia es lo mejor que he escrito, y sólo ha leído el principio y el final.»
La
admiración de Russell creció, y estaba seguro de que Wittgenstein viviría para
continuar su obra.
Ludwig Wittgenstein, en el jardín de G. E. Moore, en Cambridge. «Tiene
la pasión teórica: es una pasión rara y me alegro de encontrarla», escribió
Russell cuando Wittgenstein se convirtió en su alumno en 1911.
Era un
hombre para el futuro, el primero en quien Russell había puesto sus esperanzas,
aunque éstas se disiparían pronto.
La
decepción se produjo en el verano de 1913, cuando Russell trabajaba en un tema
clave de la teoría del conocimiento. Había comenzado a principios de mayo con
el objetivo de escribir diez páginas al día, y antes de transcurrido un mes
había escrito ya trescientas cincuenta.
Fotografía de estudio de Bertrand Russell realizada por Hugh Cecil.
probablemente hacia el año 1913.
Al
principio todo iba bien, se sentía feliz «viviendo la vida de un poseso», y
estaba convencido de que en el trabajo era «sorprendentemente sincero. No hay
absolutamente nada ingenioso en ninguna parte, excepto quizá algunas palabras
en la primera página, y algún día las cambiaré», dijo a Ottoline.
Todo
cambió a finales de mayo. Wittgenstein visitó a Russell. Este le enseñó una
parte importante de su manuscrito y el estudiante dijo al profesor que «todo
estaba equivocado», que él había seguido ese camino y sabía que no daba
resultado.
La Universidad de Harvard en 1914, año en que Russell pronunció allí un
ciclo de conferencias. Russell fue tratado como una celebridad debido, entre
otras razones, a que el «nuevo realismo», movimiento que se oponía
al idealismo característico de principios de siglo, era entonces muy popular en
la filosofía americana.
Sería
demasiado afirmar que Russell quedó destrozado, pero al cabo de un mes
escribió:
«Todo lo
que me ocurre tiene su origen en la crítica de Wittgenstein a mi trabajo. Acabo
de darme cuenta. Era difícil reconocerlo, ya que esto hace imposible una gran
parte del libro que quería escribir... es la primera vez en mi vida que no he
sido honesto con mi trabajo.» Y tres años más tarde describió la crítica de
Wittgenstein como «un acontecimiento de capital importancia en mi vida que
afectó todo lo que he hecho desde entonces. Vi que él tenía razón, y comprendí
que no podía esperar hacer ya nunca un trabajo fundamental en filosofía. Mi
impulso quedó hecho pedazos, como una ola que rompe contra un dique. Me sentí
invadido por la desesperación».
Russell
abandonó el libro, aunque seis artículos posteriores publicados en el Monist eran,
casi con toda seguridad, parte de él. No se sabe con certeza cuál fue
esencialmente la crítica hecha por Wittgenstein. Parece ser que la sofisticada
teoría del juicio había omitido un factor que Wittgenstein consideraba
esencial. «Vio -ha afirmado alguien— que Russell había omitido el factor, el
elemento que combinaría los componentes dispares en un todo significativo, y
esto haría imposible que el resultado de la fórmula pudiera ser algo absurdo,
como por ejemplo: la mesa hace de portaplumas del libro.» A juzgar por el
posterior Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein, las
objeciones podrían haber tenido una base más general, pero, en cualquier caso,
sumieron a Russell en una de sus más profundas depresiones. Comenzó a
recuperarse en un viaje por el norte de Italia, pero recayó al pensar que
Ottoline y él tendrían que separarse, y regresó a Cambridge en septiembre tan
descentrado como antes.
Sin
embargo, tenía una importante tarea a la que dedicarse.
El joven T. S. Eliot, a quien Russell conoció en Harvard en 1914. Según
Russell, Eliot era un «estudioso de Platón y conocedor de la literatura
francesa, desde Villon hasta Vildrach, capaz de una cierta exquisitez en sus
apreciaciones, pero carente de la pasión cruda y dureza necesarias para
conseguir algo. Sin embargo, es el único alumno de este tipo que tengo: los
demás son unos bárbaros vigorosos e inteligentes».
No sólo
en Gran Bretaña había aumentado su reputación de filósofo con la publicación
de Principia Mathematica. En Estados Unidos, Los
principios de las matemáticas habían sido muy leídos por los
partidarios del «nuevo realismo», oposición norteamericana al idealismo, y
Russell fue invitado a pronunciar las conferencias Lowell en Cambridge,
Massachusetts, y a impartir un curso en Harvard. Dudó durante largo tiempo
antes de aceptar; le desagradaba la idea de estar separado de Ottoline durante
tres meses. Finalmente, llegó a un acuerdo para el mes de marzo de 1914, y en
el otoño de 1913 comenzó a preparar las conferencias. El tema que pensó
desarrollar era «El lugar del bien y del mal en el universo», pero le pidieron
que fuera algo menos religioso. Sin inmutarse, comentó a Ottoline que podría
«darles el mismo material como “El alcance y los límites del método
científico”; quizá la necesidad de alguna restricción lo mejorará». Una vez
completado el trabajó en veinticinco días, lo revisó y aumentó, y después cambió
el orden de las conferencias agrupándolas en torno a los problemas del mundo
exterior.
Pasó las
navidades en Roma, regresó al Trinity y se enfrascó en un plan intenso de
escritura que era durísimo incluso para Russell. Esto último se debía en parte
a que no quería pensar en que pronto tendría que separarse de Ottoline durante
tres meses. El resultado de esa explosión de trabajo fue un ensayo de doce mil
palabras sobre «La relación de los datos sensoriales con la física» que iba a
leer ante la Sociedad Filosófica de Nueva York; «Misticismo y lógica»; un
prólogo a la obra de Poincaré Ciencia y método, y
las conferencias que iba a pronunciar en Harvard.
Cruzó el
Atlántico la segunda semana de marzo. El viaje resultó agradable por la
compañía de sir Francis Younghusband, el explorador, ya que cada uno de ellos
encontraba admirables las muy diferentes cualidades del otro. En Harvard, sus
anfitriones trataron con respeto al matemático y filósofo y con reverencia al
heredero del título de conde. Fue agasajado desde el primer momento, y se
esperaba que entre las conferencias en el Lowell Institute y las seis
conferencias de Harvard, tendría mucho tiempo para actividades sociales. Fue
invitado a comer por Roscoe Pound, que pronto sería decano de la facultad de
Derecho de Harvard. Tuvo oportunidad de oír a Alfred Noyes recitar sus propias
poesías, que Russell consideró banales. Se reunió con John Dewey, ya famoso por
sus trabajos filosóficos y su teoría educativa, y uno de los alumnos de Harvard
que se dirigió a él para pedirle consejo era un desconocido llamado T. S.
Eliot.
Russell
admitió que le gustaba la adulación -aunque «me proporciona menos placer de lo
que esperaba,»pero criticaba a la mayoría de los americanos.
En
Harvard no conoció a nadie que le pareciera interesante, mientras que su
descripción de los bostonianos fue:«Ricos, glotones, egoístas y débiles.» Su
crítica demoledora de aquellos que cuando menos estaban haciendo lo mejor que
sabían era quizá debida al hecho de que le mantenían alejado de Ottoline. Pero
parece que su irritación era más profunda a juzgar por su descripción de una
cena en la que conoció «al tipo de gente que se siente tremendamente orgullosa
de su antiguo linaje, que se remonta a 1776», fecha nada lejana para alguien
cuya abuela materna había tratado con absoluta familiaridad a la viuda del
joven pretendiente.
En abril,
pasó unos días en Nueva York y después regresó a Harvard, donde, con gran
alivio, encontró tres cartas de Ottoline.
«Afortunadamente,
ya ha transcurrido más de la mitad de mi estancia aquí», se apresuró a
responder. Poco después se trasladó a Bryn Mawr, a donde había sido invitado a
pesar de la oposición de Carey Thomas; a la Universidad de John Hopkins; a
Princeton y al colegio mayor Smith en Northampton. En este último lugar dio
lectura a «Misticismo y lógica», un ensayo que surgió de sus discusiones con
Ottoline sobre religión y en el que admitía que «los grandes hombres que han
sido filósofos han sentido la necesidad tanto de la ciencia como del
misticismo». La gira aumentó el prestigio de Russell en los círculos académicos
y esto iba a tener importancia en años posteriores, cuando buscó apoyo en
Estados Unidos a su actitud sobre la guerra.
Capítulo
6
Bajo la bandera del pacifismo activo
Russell
pasó algunas semanas más en Harvard, y después regresó a Inglaterra; sin
embargo, en el camino de vuelta dio una conferencia en Ann Arbor, y pasó por
Chicago, donde se alojó en casa de un eminente ginecólogo: el Dr. Dudley. Helen
Dudley, una de las cuatro hijas del médico, había estudiado en Oxford años
antes bajo la dirección de Gilbert Murray. Ella había visto a Russell en varias
ocasiones y al enterarse de que iba a visitar Ann Arbor, a unos doscientos
kilómetros de distancia de su lugar de residencia, lo que es considerado como
«cerca» en Estados Unidos, le invitó a alojarse en casa de sus padres. «Fue a
esperarme a la estación -escribió Russell- e inmediatamente me sentí más a
gusto con ella que con ninguna otra persona de las que había conocido en
América. Descubrí que escribía excelentes poesías y que su sensibilidad
literaria era excepcional. Pasé dos noches bajo su mismo techo, y la segunda la
pasé con ella. Sus tres hermanas montaron guardia para prevenirnos si su padre
o su madre se acercaba.»
Comentó
el hecho a Ottoline sin darle importancia, añadiendo que «esto no va a suponer
la más pequeña diferencia en mis sentimientos hacia ti, no me supuso más que
aliviar la tensión del instinto insatisfecho». Y tuvo que confesar que Helen
Dudley viajaría a Inglaterra en cuanto le fuera posible.
Russell
regresó a Inglaterra en el verano de 1914 con un problema personal: cómo hablar
de Helen Dudley a Ottoline, quien, aunque complaciente, podría preguntarse
dónde estaba su verdadero afecto. En su autobiografía, Russell escribió sobre
Helen: «La conmoción de la guerra puso fin a mi pasión por ella. Si la guerra
no se hubiera interpuesto, el plan que hicimos en Chicago podría habernos
proporcionado una gran felicidad a los dos. Todavía me duele esa tragedia.»
Página manuscrita de Russell dirigida a lady Ottoline Morrell, con un
comentario sobre la joven americana Helen Dudley.
Sus
cartas a Ottoline reflejan algo diferente. Ya el 23 de junio, seis semanas
antes de que estallara la guerra y cinco días antes del magnicidio de Sarajevo,
intentaba explicar: «Mis sentimientos hacia H. D. no son tan fuertes como he
tratado de persuadirme a mí mismo; su afecto por mí me ha obligado a hacer lo
imposible por corresponder.»
Lucy Donnelly, del Bryn Mawr College, compañera y amiga de la primera esposa
de Russell. Alys, mantuvo con él una amistad que duró medio siglo.
A
mediados de julio la explicación se hace más explícita: «Si ella llegara a
sentirse inclinada hacia cualquier otro que pareciera capaz de ayudarla, me
alegraría.» El problema se agravó cuando se enteró de que Helen Dudley iba a
seguirle al otro lado del Atlántico como habían planeado en Chicago y que
llegaría a Gran Bretaña el 8 de agosto, «a menos que —añadió dirigiéndose a
Ottoline- sea capturada por los alemanes».
Helen
Dudley llegó a Inglaterra con su padre, que regresó a América al cabo de unas
semanas. Ella no sabía nada de la auténtica relación de Russell con Ottoline y
se alojó con los Morrell durante una temporada en Bedford Square. Russell se
desentendió de ella con algunas dificultades, pero con buenos resultados.
La
facilidad con la que fue capaz de deshacerse de aquella mujer —«no importa si
está herida en sus sentimientos», comentó a Ottoline después de que ella
hubiera encontrado trabajo para Helen en Londres— era un ejemplo de la que ha
sido llamada «su crueldad peculiar de niño pequeño, capaz de sentir afecto y
pasión, pero no un verdadero interés por los demás». Fue también una muestra de
la facilidad con la que su apetito sexual podía llevarle a aventuras que
escapaban a su control.
Nada de
esto, sin embargo, ocultaba su preocupación por la guerra, que comenzó el 4 de
agosto, aunque sus primeras reacciones fueron más ambivalentes de lo que se ha
afirmado. En una carta a Lucy Donnelly, vieja amiga del Bryn Mawr, le comentaba
que, puesto que había comenzado, «no hay otra posibilidad que continuarla». Y
él daba por supuesto, escribió a Ottoline, que Philip «no ejercerá oposición al
gobierno mientras dure la guerra, y reconoce la necesidad de continuarla con
toda energía ahora que hemos entrado en ella».
Otra
muestra de que la postura de Russell, a pesar de los ataques de que fue objeto,
no era pro alemana, aparece en una carta escrita a un americano en noviembre de
1914, en la que justificaba una carta anterior escrita al periódico Nation: «Escribí
como defensor de la paz, no como defensor del gobierno alemán, al que considero
mucho [Russell escribió en primer lugar “infinitamente”] más culpable que al
gobierno de Inglaterra; escribí como defensor de la humanidad, no como defensor
de la violación de la neutralidad belga ni de la devastación de ciudades y
pueblos belgas, que considero un crimen incalificable; escribí como defensor de
la justicia y de la verdad, no como amigo de la histeria alemana al lado de la
cual nuestra histeria inglesa parece casi un acercamiento a la cordura...
Puesto que hay guerra, considero la victoria de los aliados de gran importancia
para la humanidad. La derrota de la democracia y el triunfo de la tradición
birsmarckiana creo que retrasarían durante mucho tiempo el progreso político de
nuestra civilización.»
A pesar
de estos sentimientos, Russell mantenía, y lo mantendría durante el resto de su
vida, que Gran Bretaña podía y debía haber permanecido neutral, sentimiento
mucho más extendido en el país en agosto de 1914 de lo que hoy se piensa. Fue
una opinión que le alejaría de muchos de sus antiguos amigos: de Gilbert
Murray, condenado por «blando y baboso» por su apoyo a Grey, ministro de
Asuntos Exteriores; y de Alfred y Evelyn Whitehead. «Siento como si mis
relaciones con toda la familia no pudieran nunca volver a ser las mismas», dijo
a Ottoline.
Antes de
finalizar 1914, Russell se hizo miembro de la Unión de Control Democrático
(UDC), organización que iba a sobrevivir a la I y la II Guerras Mundiales;
proyectó una gira de conferencias a Estados Unidos durante la cual pensaba
contrarrestar la propaganda oficial británica, y mantuvo conversaciones sobre
una serie de artículos que serían publicados por la influyente revista Atlantic
Monthly.
Una página del «pase» expedido a Bertrand Russell después de que le hubiera
sido prohibido viajar a ciertas zonas de Gran Bretaña durante la I Guerra
Mundial.
«La
guerra: el vástago del miedo», escrito para la UDC, fue quemado en Cambridge,
donde uno de los presentes dijo que debía haber sido quemado por el verdugo
público.
D. H. Lawrence fue presentado a Russell por lady Ottoline y ambos planearon
colaborar en una serie de conferencias políticas, finalmente escritas por
Russell bajo el título Principios de reconstrucción social.
Durante
los primeros meses de 1915, Russell decidió dedicarse enteramente a hacer
propaganda contra la guerra. El resultado fue que cuando su contrato como
profesor finalizó y el Trinity decidió elegirle para una beca de investigación,
no pudo aceptar; en lugar de esto, se le renovó el contrato.
Caxton Hall, en Westminster, lugar donde, a principios de 1916, pronunció
Russell el ciclo de conferencias sobre los «Principios de reconstrucción
social».
Antes de
terminar el año rompió con los liberales, abandonó la UDC y comenzó a trabajar
con la más numerosa y más activista Asociación Antirreclutamiento (AA). En ese
momento fue objeto de investigación por parte del gobierno, y con razón. El
movimiento antibelicista durante la I Guerra Mundial fue apoyado por muchos
hombres y mujeres de buena fe y animados de un gran coraje. Lo que solía
faltarle eran personas como Russell, que tuvieran inteligencia y voluntad
suficiente para causar problemas a la autoridad, que pudieran juzgar con toda
precisión cuándo podría ponerse en ridículo a los que ocupaban el poder. El
gobierno sabía esto y desde el primer momento consideró a Russell como un
enemigo que había que tratar con cuidado. En una ocasión, el subsecretario del
Ministerio del Interior, desaconsejando el procesamiento de Russell, admitió:
«Escribe y habla con una inteligencia excepcional, pero equivocada... Sería
capaz de hacer una defensa inteligente y publicarla como panfleto.»
Si la
capacidad de Russell para influir en los círculos intelectuales que se movían
alrededor del gobierno impulsó a los hombres y mujeres del movimiento
antirreclutamiento, también ayudó a la causa pacifista de otra manera, por
medio de sus contactos sociales y familiares con lo que hoy llamaríamos
el establishment. Pocos miembros del movimiento tenían acceso
a las personas que tomaban decisiones. Russell, por el contrario, se movía en
círculos en los que el primer ministro podría presentarse sin causar sorpresa;
su hermano era miembro de la Cámara de los Lores y aunque era un miembro de
escasa relevancia, dedicado a sus compromisos sociales, podía al menos oír a
los demás.
A través
de Ottoline, en cuya mansión de Garrington iba a encontrarse con el primer
ministro y sus amigos —«una curiosa mezcla» como lo calificó Maynard Keynes—,
Russell también conoció a D. H. Lawrence. Esta confrontación de personalidades
iba a producir al menos un resultado importante: la publicación del primer
intento de Russell de crear una filosofía política. El había hablado con
Lawrence sobre la posibilidad de alquilar algún local en Londres donde cada uno
de ellos podría pronunciar conferencias sobre política, ética y religión, y
envió a éste un borrador de los temas sobre los que en su opinión deberían
tratar las conferencias. Fue devuelto sin tardanza, con algún «No» sobre
párrafos enteros y un «Debe» subrayado más de quince veces. Durante algunos
meses Russell abandonó la idea. Más adelante, en el otoño de 1915, volvió a
considerarla.
«Escribí
[los textos de las conferencias] como un ser humano que sufría por la situación
del mundo», afirmó más tarde. «Yo deseaba encontrar algún medio para mejorarla,
y quería hablar claramente con otros que tuvieran sentimientos semejantes.» Su
tesis era que los impulsos en los que él creía, influían más en la vida de los
hombres que las decisiones conscientes, ya fueran posesivas o creativas; el
Estado, la guerra y la propiedad son ejemplos de lo primero, mientras que la
educación, el matrimonio y la religión, ejemplifican lo segundo. La liberación
de la creatividad debería ser el objetivo, y llegó a sugerir cómo podría
conseguirse esto una vez finalizada la guerra.
Pronunció
las conferencias en Caxton Hall, Westminster, y la audiencia aumentó de manera
regular durante los ocho días que duraron. Publicadas como Principios
de reconstrucción social, causaron un considerable impacto en Estados
Unidos, donde aparecieron bajo el título de Por qué luchan los hombres:
método para abolir el duelo internacional, que fue el origen de la
propuesta para que Russell disertara sobre el tema en Harvard. Se lo impidió el
gobierno británico, lo que fue tanto como admitir que había alcanzado una
situación casi única en la demonología oficial.
Desde
finales de 1915, Russell prestó un apoyo constante y, en opinión de Whitehall,
preocupante a la Asociación Antirreclutamiento. Habló en sus mítines, dirigió
su periódico The Tribunal y con frecuencia escribió en él
editoriales agresivos. Hizo una gira de propaganda por el sur de Gales. A las
confusas buenas intenciones de hombres honrados, añadió una lógica implacable
que las autoridades detestaban y temían. Como la lucha continuaba y la lista de
bajas mostraba que una guerra limitada a Europa se había convertido en un
derramamiento de sangre nacional, Russell se convirtió en uno de los hombres
más odiados en Gran Bretaña.
Hubo dos
momentos culminantes, el primero en 1916, el segundo en 1918. En la primavera
de 1916 Russell escribió un panfleto sobre el encarcelamiento de un joven
objetar de conciencia, Ernest Everett. Cuando seis hombres fueron llevados a
prisión por distribuirlo, escribió una carta que fue publicada por el
diario The Times y que acababa con estas palabras: «Si alguien
debe ser procesado, yo soy el principal responsable.» El gobierno se vio
obligado a procesarle; «exactamente lo que yo quería», admitió Russell en una
carta a Ottoline.
Portada de Principios de reconstrucción social, obra que recoge las
conferencias de Russell sobre el tema. A propósito de ellas, dijo Lytton
Strachey: «Es magnífico ver cómo no respeta nada: gobiernos, religiones, leyes,
la propiedad e incluso las buenas costumbres, todo cae por tierra como los
bolos. Es un espectáculo encantador.»
No era
jactancia; algo que lamentaba era el hecho de que por su edad no podía ser
llamado a filas, con todas las oportunidades que esto habría supuesto para
poner en dificultades al gobierno; «lamento no estar en edad de ser llamado a
filas», afirmó.
Aunque el
juzgado que vio la causa Everett impuso una multa de cien libras o sesenta y un
días de prisión, el esperado martirio de Russell no llegó a producirse. El
decidió no pagar, pero sus amigos, inesperadamente, compraron sus libros por
valor de cien libras cuando se firmó la orden de embargo por impago. De esta
manera se evitó que fuera a la cárcel y los libros le fueron devueltos
inmediatamente por sus amigos. Posteriormente, aunque tanto el gobierno como
Russell habían fracasado en su intento de que fuera ingresado en prisión —«no
tengo gran interés en ser exculpado», había comentado a Ottoline, el Trinity
iba a dar gran publicidad al tema, ya que expulsó a Russell de su puesto de
profesor.
Muchos
profesores del Trinity protestaron, incluso algunos que estaban en el frente.
Hilton Young, que después sería lord Kennet, escribió desde el barco de
guerra Centauro, argumentando que Inglaterra debía seguir
siendo «un lugar en el que los Russell que el destino nos regala de vez en
cuando tengan libertad para estimularnos y molestarnos sin ser perseguidos».
Otros señalaron que aunque el gobierno alemán había tratado por todos los
medios de expulsar de la Universidad de Münich al profesor pacifista Forster,
la universidad se había negado a ello. El gobierno no había dado a los alemanes
una victoria propagandística encarcelando a Russell, pero el Trinity lo
consiguió de otra manera.
El caso
iba a tener más repercusiones. La Universidad de Harvard había ofrecido a
Russell un contrato de profesor para impartir un curso de filosofía y otro
basado en los Principios de reconstrucción social. Aunque le
aterraba la idea de separarse una vez más de Ottoline, podía, como él mismo le
comentó, ganar unas cuatrocientas libras limpias en la visita, lo que le
permitiría «adquirir una hermosa casa solariega en Chilterns, cerca de Prince s
Risborough, y pagarte el viaje en coche si quieres ir a visitarme».
Russell
aceptó la oferta. Pero antes incluso de que se iniciara «la causa Everett», el
embajador británico en Washington, sir Cecil Spring Rice, sugirió al Ministerio
de Asuntos Exteriores que «se advirtiera a Russell que los alemanes darán
publicidad a cualquier crítica antibritánica que él haga aquí». Las
autoridades, que necesitaban alguna buena razón para denegar el pasaporte a
Russell, vieron desaparecer las dificultades debido a su procesamiento. El
Ministerio de Asuntos Exteriores envió un telegrama a Washington con el
siguiente texto: «El señor Russell ha sido declarado culpable en conformidad
con la Ley para la Defensa del Reino por escribir un panfleto indeseable y no
se le expedirá pasaporte para su traslado a Estados Unidos.»
En los
documentos oficiales disponibles queda constancia de que la lucha de Russell
con las autoridades dio a éstas considerables motivos de preocupación. Respecto
a muchos disidentes modernos, él contaba con la ventaja de que estaba en un
país en el que la violencia estatal estaba excluida y donde le resultó fácil
confundir a una lenta burocracia. Ejemplo de esto fue su carta abierta a
Woodrow Wilson, quien había sido reelegido para la presidencia de Estados
Unidos con el lema electoral: «Por él no entramos en la guerra.» Russell no
tuvo problemas para escribir un elocuente llamamiento de mil doscientas
palabras, pidiéndole que hiciera todo lo que estuviera en sus manos para
negociar la paz. Lo difícil era conseguir que la carta llegase a América, ya
que Russell sospechaba fundadamente que sus cartas eran abiertas y leídas.
Clifford Allen, que después sería lord Allen de Hurtwood, presidente de la
Asociación Antirreclutamiento, fue ingresado en prisión en varias ocasiones
durante la I Guerra Mundial. «Con grandes dotes de líder y organizador
—escribió Russell después de oírle hablar poco atractivo, pero capaz de
convertirse en alguien fuerte y seguro de estar siempre del lado de la razón.»
Sin
embargo, una hermana de Helen Dudley, Katherine, que vivía en Londres, iba a
regresar a América. Era altamente improbable que ningún americano, y menos aún
una mujer americana, fuera registrado al salir de Gran Bretaña. Katherine
Dudley llegó a Nueva York el 20 de diciembre con la carta escondida entre sus
ropas.
Tres días
más tarde, el diario The New Times publicó el texto íntegro de
la carta de Russell en primera página bajo los titulares: «Joven misteriosa
trae el llamamiento a la paz de Russell; el famoso filósofo y matemático inglés
pide a Wilson que detenga la guerra antes de que Europa perezca.» La carta fue
presentada al presidente por Walter Lippmann, su jefe de prensa oficioso y
hasta hacía poco estudiante de filosofía en Harvard. Spring Rice escribió un
telegrama al Ministerio de Asuntos Exteriores británico en el que manifestaba
su preocupación, dado que «la carta parece haber sido objeto de consideración
por parte del presidente».
El apoyo
de Russell a la Asociación Antirreclutamiento iba a tener un resultado
totalmente diferente al de su juicio y su expulsión del Trinity. El 31 de julio
de 1916 se presentó en la comisaría de policía de Lavender Hill en el sur de
Londres, donde Clifford Allen (que sería después lord Allen de Hurtwood), uno
de los fundadores de la asociación, iba a ser acusado de acuerdo con la Ley del
Servicio Militar.
En la
sala de espera había una chica de veintiún años, de pelo castaño, también amiga
de Allen. Su camino y el de Russell se cruzarían y entrecruzarían durante los
cincuenta años siguientes; más de una vez sus sentimientos por ella estuvieron
a punto de cambiar el curso de su vida.
Lady
Constance Malleson, que esperaba como Russell para dar ánimos a Alien, era la
hija menor del quinto conde de Annesley.
Lady Constance Malleson, más conocida por su nombre artístico de Colette
ONiel, se convirtió en amante de Russell en 1916.
Había
comenzado su carrera como actriz con el nombre artístico de Colette O Niel, y
en 1915 se había casado con Miles Malleson, antiguo estudiante de la Real
Academia de Arte Dramático. Malleson se había alistado en 1914, pero fue
licenciado por invalidez, y entonces decidió oponerse a la guerra. En 1916,
tanto él como Colette, como era de dominio público, trabajaban para la AA.
El 31 de
julio sólo se produjo un breve encuentro entre Russell y Colette. Seis semanas
más tarde coincidieron de nuevo en una cena en la que un pequeño grupo de gente
de izquierdas hablaba sobre la guerra. Diez días después, ambos asistieron a la
convención anual de la AA. Después de esto, Russell y Colette cenaron juntos y
fueron caminando hasta el apartamento de ella, donde se hicieron amantes. «Al
principio —escribió Russell—, tenía dificultades para excluir a Ottoline de mis
sentimientos, pero al cabo de unos meses, Colette me absorbió completamente, y
durante una temporada fui totalmente feliz con ella.»
La
felicidad duró poco, principalmente debido a la promiscuidad de Colette.
Rompieron sus relaciones, las reanudaron, y las rompieron de nuevo. En su
autobiografía, Russell da la impresión de que sus relaciones terminaron cuando,
después de cinco años, él la abandonó definitivamente y ella «se despertó una
hermosa mañana de 1921, y se encontró con que la vida había acabado». La verdad
fue muy distinta, y al menos hasta 1948 la vida de Russell iba a verse
intermitentemente afectada por la reanudación de sus relaciones con ella. Según
escribió Russell: «No debíamos habernos separado nunca.»
En 1917,
la reputación de Russell como pacifista activo había superado en la mente del
púbico en general su renombre como prestidigitador con los abstrusos símbolos
matemáticos que solamente unos pocos podían entender. Incluso en Cambridge
persistía el incómodo sentimiento de que un hombre de una actividad intelectual
impecable no debía realmente adoptar una postura provocadora, cuando,
seguramente, había que llevar la guerra hasta el fin. Russell permanecía
impasible, con el convencimiento de que «había oído la voz de Dios. Sabía que
mi obligación era protestar, por fútil que fuese la protesta».
En otoño
de 1917 se dio de baja en la AA, aunque continuó oponiéndose a la guerra y al
llamamiento obligatorio a filas. Dada su gran importancia dentro del
movimiento, la acción parece en principio una retirada, pero de hecho fue el
resultado del razonamiento lógico que Russell siempre había creído que podía y
debía ser utilizado por el resto de la humanidad al encontrarse ante la
evidencia. El había dado la bienvenida a la revolución de Kerenski a pesar del
derramamiento de sangre, asistió a la reunión que tuvo lugar en el Royal Albert
Hall para celebrarlo, y viajó a Leeds para hablar en un mitin convocado con el
fin de planear la coordinación del trabajo británico con los rusos.
Multitud interrumpiendo una reunión celebrada el 28 de julio de 1917 en la
iglesia Brotherhood en Southgate Road, para festejar la revolución rusa. «La
multitud irrumpió en la nave antes de que comenzara la reunión, dijo Russell a
lady Ottoline, Me di cuenta de lo odioso que es el espíritu de la violencia y
cómo lo rechazaba con todas mis fuerzas, esté al lado de quien esté. La
multitud es algo terrible cuando quiere sangre.»
Para
Russell, esto era incompatible con la pertenencia a una organización a cuya
idea base era que la vida humana es algo sagrado, y por ello escribió al comité
de la AA diciendo: «Si afirmar que la vida humana es sagrada significa que la
fuerza no debe utilizarse nunca para derrocar malos sistemas de gobierno, para
poner fin a las guerras y al despotismo, y para liberar a los oprimidos,
entonces no puedo honradamente defender ese principio.»
Hubo, es
cierto, otras razones que influyeron en la dimisión de Russell y que no sería
correcto ocultar. El se consideraba a sí mismo poco apto para el trabajo
organizativo. Consideraba demasiado bajo el nivel de los miembros de la
ejecutiva de la Asociación y, además, quería volver a la filosofía, y si le
quedaba tiempo libre, dedicarlo a los problemas políticos de la paz. Todos
estos factores influyeron, pero lo más importante de todo es que él no era
hombre para navegar bajo bandera falsa. Dedicar todas sus energías a un
organismo que creía en lo sagrado de la vida humana y apoyar al mismo tiempo la
revolución rusa era demasiado.
Capítulo
7
«...Pero yo seguí sintiéndome tan solo como antes»
Una vez
libre de compromisos con la AA, Russell se dedicó a la preparación de una serie
de ocho conferencias que iba a pronunciar en Londres a principios de 1918, y
que iban a ser publicadas bajo el título de La filosofía del atomismo
lógico.
Se
trataba, como escribió en la nota introductoria, de «explicar algunas ideas que
aprendí de mi amigo y antiguo alumno Ludwig Wittgenstein». En esencia, el
atomismo lógico le vino impuesto «en el curso del pensamiento sobre la
filosofía de las matemáticas». Opinaba que este proceso que él había
desarrollado con símbolos podía ser utilizado con semejantes buenos resultados
al tratar la filosofía no-matemática; el resultado mostraría que sus problemas
eran producto de la descuidada utilización del lenguaje y que podrían
encontrarse soluciones si se siguieran los métodos más formales del atomismo.
Russell
acabó de esbozar sus conferencias sobre la filosofía del atomismo lógico,
mientras pasaba las navidades de 1917 en Garsington. Allí, en compañía de los
sofisticados amigos de Ottoline, hizo una de sus típicamente maliciosas
sugerencias: si las tropas americanas que se estaban concentrando en el sur de
Inglaterra no eran suficientes contra los alemanes, probablemente podrían
intimidar a los huelguistas en Gran Bretaña.
El
comentario, hecho en un lugar en el que nadie lo tomó en serio, iba a tener
repercusiones inesperadas. Cuando Russell se dio de baja en la Asociación
Antirreclutamiento, insistió en dejar clara su intención de ayudar en caso de
emergencia.
Bertrand Russell en Garsington Manor, el año 1918.
Poco
después de las navidades se produjo una difícil situación. Su compromiso de
escribir un artículo semanal para The Tribunal había acabado,
pero fue imposible encontrar sustituto para los primeros números de 1918 y él
aceptó llenar el hueco imprevisto. En uno de estos artículos, al hacer un
comentario sobre las tropas americanas, recordó lo que había dicho en
Garsington y escribió inconscientemente: «Prueben o no su eficiencia contra los
alemanes, serán capaces sin duda de intimidar a los huelguistas, ocupación a la
que está habituado el ejército americano en su país.»
Russell en Garsington Manor. Fue allí, en las navidades de 1917, cuando
sugirió maliciosamente que las tropas de Estados Unidos podrían ser utilizadas
para intimidar a los huelguistas de Gran Bretaña. Publicada en The Tribunal,
esta afirmación le supuso una condena de seis meses de cárcel.
Poco
después, Russell fue acusado en Bow Street de haber hecho afirmaciones
«probablemente perjudiciales para las relaciones de su Majestad con los Estados
Unidos de América». De manera significativa, el embajador norteamericano en
Londres, Walter Page, respaldó a su agregado militar, quien se negó a prestar
declaración ante el gobierno británico. Sin embargo, el pacifista que había
desconcertado en cierto modo al país durante más de tres años, fue condenado a
seis meses de prisión por unas palabras imprudentes.
Russell en 1918 delante del juzgado de Bow Street, donde había sido
condenado por «haber hecho ciertas declaraciones a la prensa que podrían
perjudicar las relaciones de Su Majestad con Estados Unidos».
Russell
decidió acabar su trabajo antes de cumplir su condena; se trataba del
libro Caminos hacia la libertad: socialismo, anarquismo y sindicalismo, que
le había sido encargado por un editor americano y que Russell había aceptado,
según confesó a Leonard Woolf, «únicamente por el asqueroso dinero».
Cubierta del libro de Philip Jourdain The Philosophy of Mr. Bertrand
Russell, obra de carácter humorístico que constaba de cuarenta y tres
capítulos, cada uno de los cuales trataba una broma filosófica.
Esta
parece haber sido una de las afirmaciones equívocas de Russell, ya que el texto
muestra en todos sus detalles haber sido escrito con la entusiasta convicción
de que el socialismo gremial ofrecía una perspectiva de progreso en la paz que
se adivinaba cercana.
El libro
fue publicado poco después del armisticio, en noviembre de 1918; se agotaron
tres ediciones en catorce meses y se reimprimió dos veces en el transcurso de
los tres años siguientes.
La cárcel de Brixton. Allí comenzó Russell a cumplir su condena de seis
meses a principios de mayo de 1918. Llegó en taxi, lamentándose de que las
autoridades no le hubieran facilitado un coche celular.
Consiguió
mitigar la necesidad que había en la posguerra de conocer remedios para lo que
un articulista llamó «la infelicidad del mundo», y fue extraordinario el hecho
de que la obra fuera elogiada no sólo por The Times, sino también
por The Christian World y Christian Commonwealth.
No se
sabe si se le habría permitido a Russell acabar el libro en prisión. Sin
embargo, su difícil situación en la cárcel se iba a ver aliviada. Al convencer
a las autoridades de que tenía un importante trabajo filosófico que realizar,
fue autorizado para cumplir la condena en la primera división. Esto le permitió
disponer de los libros y del material que necesitaba, recibir tres visitas a la
semana, alimentarse con comida que le era enviada del exterior de la prisión y,
por seis peniques a la semana, conseguir los servicios de otro recluso que le
liberaba de tener que «realizar tareas a las que no estaba acostumbrado».
El
recluso 2917, número que le correspondió, aprovechó al máximo su estancia en la
prisión de Brixton. «No tenía compromisos ni difíciles decisiones que tomar,
tampoco miedo a las visitas, ni sufría interrupciones en mi trabajo», escribió
más tarde. No tardando mucho informó a su hermano de que ya casi había
terminado de escribir la Introducción a la filosofía
matemática, obra de setenta mil palabras en la que presentaba al público en
general, con términos sencillos, el resultado de Los principios de las
matemáticas y de Principia Mathematica.
Acabada
esta tarea, su pensamiento se dirigió, como escribió posteriormente, «a la
teoría del conocimiento y a aquellas partes de la psicología y de la
lingüística que parecían relevantes para el tema. Fue este cambio permanente en
mis intereses filosóficos». El primer resultado fue El análisis de la
mente (1921)., obra en la que Russell trató de describir la mente en
términos que se ajustaran a los modernos descubrimientos de la psicología.
El día del armisticio. 11 de noviembre de 1918. Russell, que se encontraba
en Londres, comentó: «La multitud exultaba de alegría, y yo también. Pero seguí
sintiéndome tan solo como antes.»
En la
cárcel, Russell tuvo tiempo y tranquilidad para desarrollar su tarea
profesional. Su única preocupación fue Colette, y tras su puesta en libertad en
la segunda quincena de septiembre de 1918, surgieron discusiones en las que él
la acusó de infidelidad, con posteriores reconciliaciones y rupturas. Pasó
algunos días en Garsington, y algunos más en Londres con su hermano, sin saber
qué hacer o adonde dirigirse. El 11 de noviembre, cuando el estallido de
cohetes festejaba la paz, se encontraba en Londres. «La multitud exultaba de
alegría, y yo también -escribió-. Pero seguí sintiéndome tan solo como antes.»
¿Qué
había conseguido? El creía que era muy poco. «Vi que todo lo que había hecho
—escribió— era inútil excepto para mí mismo. Yo no había salvado ninguna vida
ni había conseguido acortar la guerra siquiera en un minuto.
Tampoco
había conseguido hacer nada para disminuir la amargura que causó el Tratado de
Versalles.» Sin embargo, aunque todo esto fuera cierto, había infundido
confianza a muchos objetares de conciencia temerosos de lo que iba a
ocurrirles, y les ayudó a cumplir con el que ellos consideraban su deber,
animándoles con su apoyo y con sus influencias.
Además,
con su postura y, sobre todo, con sus escritos, consiguió que los objetares de
conciencia de la II Guerra Mundial fueran tratados menos violentamente que los
de la primera.
Dora Black, segunda esposa de Russell, en Garsington Manor. Se conocieron
cuando acababa la I Guerra Mundial, y volvieron a encontrarse en Dorset, donde
Dora se alojó con Russell y un grupo de amigos.
El
armisticio dejó a Russell solitario y desorientado. Había cumplido con su
misión tratando por todos los medios de ser ingresado en prisión, pero esto
había impresionado a pocos; en cualquier caso, la «causa» había terminado con
los cohetes de noviembre.
John Maynard Keynes, principal representante del Ministerio de Hacienda
británico en la Conferencia de Paz de París en 1919. A él se dirigieron Russell
y Wittgenstein, entonces prisionero de guerra en Italia. Retrato por Gwen
Raverat. National Portrait Gallery, Londres.
Pronto
finalizó El análisis de la mente, que había empezado en
prisión, y dedicó gran parte de su tiempo a escribir artículos periodísticos
que poco tenían que ver con la filosofía. Durante dieciocho meses, hasta que
sus visitas a Rusia y China le ayudaron a marcarse un rumbo, permaneció irresoluto
e indeciso.
Si su
vida profesional parecía ir a la deriva, su vida privada se encontraba en una
situación de caos. Sentía por Ottoline un gran afecto que iba a durar toda su
vida. Por Colette sentía una pasión rota para siempre debido a que la actriz no
le era fiel. «La capacidad de Colette para estar enamorada de varias personas
al mismo tiempo era asombrosa —escribió más tarde—. Yo recibía largas cartas de
ella que parecían caitas de amor y que en la última frase me confiaban que
estaba apasionadamente enamorada de otro. En teoría yo no tenía nada que
objetar, pero la práctica no seguía a la teoría. Yo amaba a Colette
apasionadamente, pero su promiscuidad me torturaba. » Durante el primer verano
de la paz, conoció a Dora Black, una mujer joven, y rápidamente el amor surgió
de nuevo.
En junio
de 1919, Russell y un colega matemático de Cambridge, John Littlewood,
comenzaron unas vacaciones de tres meses en Lulworth, en la costa de Dorset.
Alquilaron
una granja entre «las grandes, sencillas y eternas cosas de la vida, el sonido
del mar al arrastrar los guijarros, el grito de las gaviotas, la luz de la luna
reflejada en las olas, el sol que se pone sobre los acantilados», como la
describió a Ottoline, a la que acudían numerosos visitantes.
Uno de
ellos fue Dorothy Wrinch, antigua alumna de Russell que se había convertido en
una matemática de prestigio, y a la que acompañaba su amiga Dora Black.
Dorothy Wrinch participó con un pequeño grupo en la discusión celebrada en
las habitaciones de Russell. el año 1916, sobre lógica simbólica, las
perspectivas de la causa pacifista y el final de la guerra.
Russell
comentó a Ottoline que Dora era una mujer agradable, pero que consideraba
improbable que su amistad con ella llegara a profundizar. Sin embargo, poco
después cambió de parecer. «Por entonces mi deseo de tener hijos era acuciante
—escribió más tarde— y casi había comenzado a pensar que el destino me iba a
impedir verlo cumplido. Dora me dijo que estaba dispuesta a tener hijos, y me
convertí en su amante.»
En
Lulworth, Russell hizo algo más que considerar las perspectivas de felicidad
que ofrecía su matrimonio con Dora. También comenzó a organizar lo que acabaría
siendo publicado como obra de Wittgenstein bajo el título Tractatus
Logico-Philosophicus, libro aforístico que trataba de mostrar la
manera en que debía utilizarse el lenguaje de Principia Mathematica para
resolver algunos problemas filosóficos. Meses antes se había enterado de que su
antiguo alumno era prisionero de guerra en Italia y había solicitado ayuda a
John Maynard Keynes, viejo amigo y por entonces principal representante del
Ministerio de Hacienda británico en la Conferencia de Paz de París. El
resultado fue la llegada del manuscrito de Wittgenstein. Russell y Dorothy
Wrinch lo leyeron y después enviaron al autor una serie de preguntas. Sin
embargo, antes de que éstas llegaran al campamento de prisioneros de guerra,
Wittgenstein había recibido un ejemplar de la Introducción a la
filosofía matemática de Russell. La reacción fue típica de Wittgenstein.
Escribió a Russell diciendo: «Nunca hubiera podido creer que lo que dicté a
Moore en Noruega hace seis años te iba a pasar tan inadvertido. En pocas
palabras, me temo que sería muy difícil para mí llegar a un entendimiento
contigo.»
No
obstante, Wittgenstein tenía enormes deseos de ver a Russell y los dos hombres
se reunieron más adelante en La Haya. Russell hizo todo lo posible para
encontrar un editor que publicara el manuscrito y llegó incluso a escribir una
introducción. Al no conseguirlo, encargó la tarea a Dorothy Wrinch, que,
después de muchos esfuerzos, convenció a Wilhelm Ostwald para que lo publicara
en su revista Annalen der Naturphilosophie.
En
diciembre de 1920 los problemas profesionales de Russell parecieron quedar
resueltos. Una carta firmada por dieciocho profesores y dirigida al Consejo del
Trinity solicitó su readmisión y, como consecuencia de ello, el Consejo le
ofreció un contrato de cinco años para la enseñanza de lógica y de los
principios de las matemáticas. Aceptó. El curso comenzaría en el mes de
octubre. De nuevo se le presentaba un puesto relevante en su carrera, pero los
acontecimientos iban a trastocarlo todo una vez más.
Durante
los primeros meses de 1920, Russell se debatía entre los atractivos de Colette,
a la que había hecho comentarios sobre sus discusiones con Dora, y sus
proyectos con esta última, con quien, según había comentado a Ottoline, pensaba
«comenzar una vida en común». No estaba del todo claro si ello significaba que
pensaba en el matrimonio, y Russell sabía que si no se casaba, dados los
convencionalismos de la época, se vería obligado a abandonar las clases del
Trinity.
Estos
problemas quedaron a un lado cuando en primavera le invitaron a acompañar a una
delegación laborista que iba a visitar la Unión Soviética. Aceptó encantado la
ocasión que se le brindaba de ver por sí mismo lo que sucedía en los albores de
la revolución que él había defendido tan vehementemente. Regresó en junio de
1920 totalmente desilusionado. Había sido recibido como invitado por Kamenov,
presidente del soviet de Moscú, había sido objeto de numerosos privilegios
negados a miembros menos destacados de la delegación, y se entrevistó durante
una hora con Lenin.
La delegación de laboristas británicos que visitó la Unión Soviética en
1920, rodeada de soldados rusos. Russell acompañó a la delegación, aunque no
como miembro de ella, y se entrevistó con Trotsky y Lenin. Emma Goldman,
periodista americana en Rusia, comentó: «Prefiere ver las cosas por sí mismo.»
Durante
la entrevista, Lenin se tomó a risa el hecho de que los campesinos se
estuvieran dedicando a matar a sus antiguos patronos. «No me gustó eso —dijo
Russell años más tarde—. El bolchevismo es una burocracia sofocante y tiránica
con un sistema-espía más elaborado y terrible que el del zar, y una
aristocracia insolente e insensible formada por judíos americanizados.»
Esta
crítica al bolchevismo iba a influir en el destino de Russell en más de una
ocasión durante los años siguientes.
Página del diario de Russell, correspondiente a mayo de 1920, en la que
describe su entrevista con Lenin. «Nada en sus modales ni en su porte sugiere
que sea un hombre poderoso. Mira fijamente a sus visitantes y entorna un ojo...
Es tiránico, tranquilo, incapaz de sentir miedo, egoísta... Una teoría
personificada.»
Según iba
desapareciendo la amargura de los años de guerra, muchos de los que se habían
opuesto a ella comenzaron a alcanzar puestos de poder o influencia. A Clifford
Allen le fue concedida la dignidad de par y MacDonald llegó a ser primer
ministro. Hubo otros muchos ejemplos de menor importancia. En general, dichos
hombres veían con buenos ojos a la Unión Soviética; sin embargo, Russell,
incluido en la demonología conservadora por sus opiniones pacifistas, se
convirtió en un indeseable para los partidarios de izquierdas por subrayar
repetidas veces que bajo el bolchevismo «no quedan vestigios de libertad de
pensamiento, expresión o acción». Dos décadas después, cuando los rusos se
apoderaron de la Europa oriental, estas opiniones que habían motivado su exclusión
como propagandista en la II Guerra Mundial, se encontraron en armonía con los
juicios convencionales y contribuyeron a convertirle de nuevo en alguien
respetado y líder en potencia de la causa antisoviética.
En el
verano de 1920, Russell tuvo que enfrentarse a diversos problemas. Dora Black
había ido valientemente a Rusia por su cuenta, pero ella y Russell no se habían
encontrado allí por causas que escaparon a su control. Probablemente fue para
bien. Russell escribió a Colette, que había ido a esperarle a su regreso, y le
dijo que Dora «amaba a los bolcheviques tan fervientemente como Clifford Allen
y que estaba pensando en romper con ella». La idea fue finalmente abandonada
después de algunas semanas de cambios emocionales, durante las cuales Russell
se decidió por fin a solicitar el divorcio de Alys. En el proceso consiguió las
pruebas incriminatorias necesarias, primero con Colette, y después con Dora;
fue, en cierto modo, como esas personas muy precavidas que llevan tirantes y
cinturón al mismo tiempo.
El
catalizador de este frenesí de actividad había sido una carta que Russell
encontró a su regreso de Rusia. Procedía de la Asociación Universitaria China y
en ella se le preguntaba si estaba dispuesto a dar clases durante un año en la
Universidad de Pekín. En principio decidió ir, pero eso significaba separarse
de Colette, que no estaba dispuesta a abandonar su carrera artística. El
problema se resolvió para Russell cuando Dora afirmó estar dispuesta a
acompañarle a China. Incluso entonces continuó confesando a Colette lo terrible
que seria separarse y el gran amor que sentía por ella. Respecto al Trinity,
mantuvo abierta su opción al conseguir en julio un permiso para estar ausente
durante un año.
En
agosto, Russell y Dora Black iniciaron su viaje a China pasando primero por
París y Marsella, donde embarcarían rumbo a Shanghay. En París, Russell acabó
su libro Teoría y práctica del bolchevismo. «Pienso
que va a ser criticado por todos, pero creo que eso no le perjudicará a largo
plazo», había advertido a Stanley Unwin. Su profecía se cumplió en los dos
aspectos: el libro fue elogiado por gente a la que él odiaba, como Winston
Churchill y Lloyd George, pero fue criticado por muchos amigos para los que
Russell se había convertido en un renegado.
Desde
Pekín, Russell escribió una carta al director del Trinity, J. J. Thomson, en la
que renunciaba a su puesto y le pedía disculpas. Dora y él empezaron una nueva
vida que satisfacía a ambos. El daba clases «oficiales» de lógica matemática,
análisis de la materia, análisis de la mente y temas similares, pero
extraoficialmente trataba los temas de la relatividad y la gravitación, y
encontraba tiempo para dirigir y ayudar a pequeños grupos de estudio.
Russell y Dora a su llegada a Pekín en 1920. «Tenemos estanterías chinas que
se mueven mucho -escribió Russell a lady Ottoline-... Nuestros amigos chinos
están sorprendidos por el hecho de que no queramos “porquerías europeas”.»
Dora daba
clases de política y temas sociales. Ambos estaban interesados en las
costumbres chinas, en el futuro de un país que comenzaba a industrializarse y
en la belleza de un paisaje que ninguno de los dos había visto antes.
La
novedad pronto empezó a desvanecerse. Russell escribió a Ottoline a finales de
febrero de 1921: «Somos felices, pero no puede uno quedarse aquí para siempre a
menos que esté dispuesto a retirarse del mundo. No es aquí donde surgen las
cosas importantes.» Nadie sabe si Russell habría decidido regresar antes de lo
previsto por nostalgia de su país o por aislamiento político, pero un hecho
acaecido a finales de marzo decidió la cuestión. Dando clases en un colegio a
unos cien kilómetros al sur de Pekín, Russell comenzó a resfriarse. El camino
de regreso hasta su casa se prolongó debido a varios contratiempos, y además
tuvo que esperar una hora para poder entrar en la ciudad porque no abrían las
puertas. Al llegar tenía mucha fiebre y en el hospital alemán de la ciudad le
diagnosticaron neumonía doble.
Durante
unos días pareció tener pocas posibilidades de sobrevivir y en Japón, donde iba
a pronunciar unas conferencias después de abandonar Pekín, se dijo que había
muerto. Russell citó después a un misionero que dijo: «Puede perdonarse a los
misioneros por exhalar un suspiro de alivio al conocer la muerte de Bertrand
Russell.» Al oír en Londres la noticia de su fallecimiento, Frank Russell
consideró improbable la muerte de su hermano. En una carta a Bertrand le
explicaba su incredulidad: «Primero, porque tú no harías eso; segundo, porque
no estabas en Japón; tercero, porque no me lo habías dicho, y cuarto, porque si
la noticia venía de América había que suponer que era falsa.»
A finales
de abril, Russell empezó a recuperarse. Unas semanas más tarde supo que Dora
estaba embarazada, hecho que avivó en él el deseo de regresar a Inglaterra lo
antes posible. Finalmente, emprendieron el viaje en julio y, vía Japón y
Estados Unidos, llegaron a Londres el 27 de agosto. A Alys le había sido
concedida una orden preliminar de divorcio y normalmente debían transcurrir
seis meses para que la orden fuera definitiva, por lo que, dado que Dora salía
de cuentas en noviembre, la legitimidad del futuro cuarto conde sería cuestión
de días.
John Francis Stanley Russell, segundo conde Russell y hermano mayor de
Bertrand, normalmente conocido por Frank.
Sin
embargo, Alys solicitó que se acelerara el proceso, los documentos se
recibieron el 21 de septiembre y Russell pudo casarse seis días después.
Por
entonces Russell trataba de borrar a Alys no sólo de su vida presente, sino
también, en la medida de lo posible, de su pasado. Todavía después de su
recuperación dijo a Colette que la seguía queriendo, pero ya estaba decidido a
romper sus relaciones y con una mezcla de pesar y de satisfacción le explicó la
situación en un breve encuentro final. Una década después ella escribió: «En
otoño de 1921 hubo una extensa epidemia de bodas. B.R. fue el primero en caer.»
Capítulo
8
La escuela progresista de Beacon Hill
Russell
comenzó a ganarse la vida en Londres como escritor, educador y propagandista de
las causas en las que creía. No era tarea fácil, dado que la notoriedad que
había alcanzado durante la guerra no se había extinguido, y fue significativo
que cuando intentó alquilar una casa en Chelsea, los propietarios no quisieron
tenerle como inquilino. Finalmente se compró una casa allí y se presentó, sin
éxito, como candidato laborista de aquella circunscripción a las elecciones de
1922 y 1923. Dora no tuvo mejor suerte en 1924.
Russell y su esposa Dora (sentada) durante su campaña como
candidato laborista por Chelsea a las elecciones parlamentarias de 1922.
Russell no conseguiría desbancar al candidato conservador, sir Samuel Hoare.
Con
excepción de la invitación que le hizo el Trinity para dar las conferencias
Turner en 1926, esta institución académica prefirió ignorarle. Pudo mantenerse
económicamente debido a su facilidad para escribir una prosa perfecta con gran
rapidez sobre cualquier tema. Entre 1922 y 1927 escribió El problema de
China, para el que había elegido el título de «El peligro
blanco», El abecé de los átomos, Icaro o el futuro de la ciencia, Lo
que yo creo, El abecé de la relatividad, Sobre la educación y
Apuntes filosóficos, así como El análisis de la materia. En
ocasiones estaba agobiado de trabajo, y en marzo de 1925 se quejaba de «tener
que escribir cincuenta mil palabras antes del día 1 de mayo». En la Sociedad
Secular Nacional pronunció una de sus más famosas conferencias, titulada «Por
qué no soy cristiano». Escribía además para diferentes periódicos y revistas de
Gran Bretaña y Estados Unidos sobre cualquier tema que le sugirieran.
Carn Voel,
la casa de Russell en Comualles, y el filósofo bañándose con uno de sus hijos
en Porthcumo.
Su
supervivencia en un mundo competitivo y duro como autor de obras dirigidas a un
público amplio se vio favorecida por los largos periodos que pasaba en Carn
Voel, una casita aislada a unas millas del Land's End que había comprado poco
después de instalarse en Londres. Russell sentía gran atracción por las
montañas, pero su atracción por el mar era sólo ligeramente menor.
Refiriéndose al emplazamiento de la casa, Russell le dijo a Ottoline: «Se
esta bien aquí. Se ven barcos navegando por la noche... Hay endrinas y espinos,
campos verdes y campos de tojos, todo sin moverse de la casa.»
Carn
Voel, con las rompientes del Canal de la Mancha por la parte delantera y los
páramos de Pendeen por detrás, cumplía casi todos los requisitos. Allí fue
donde su hijo John y su hija Kate, nacida dos años después que el mayor,
disfrutaron de una existencia en algunos aspectos idílica.
Los meses
que pasó en Carn Voel durante la década de los años 20 fueron de los más
felices de la vida de Russell. No había aún indicios de ruptura con Dora. Tenía
dos preciosos hijos y los estaba criando en un ambiente que se adecuaba a sus
gustos. Escribía con facilidad, y aunque su trabajo no le había proporcionado
una fortuna, al menos le había permitido recuperarse de las estrecheces
económicas de la guerra. Desde luego, su hija recuerda en su casa de Cornualles
una cocinera, una criada, un jardinero, un chófer y una institutriz.
Bertrand y Dora Russell con sus hijos en la playa de Porthcumo, cercana a
Carn Voel. «Allí, escribió Russell, John tenía la ventaja de jugar en la arena
y disfrutaba del esplendor del mar, algo digno de figurar en los recuerdos de
la niñez.»
«La
belleza de la costa de Cornualles -escribió Russell- está inextricablemente
unida en mis recuerdos con la felicidad de ver a dos niños sanos aprendiendo a
disfrutar del mar, las rocas, el sol y la tormenta.» Pero no eran solamente sus
hijos los que le fascinaban tanto como ellos se sentían fascinados por él. A
Carn Voel no sólo llegaba un flujo continuo de visitantes adultos, sino también
de amigos de John y Kate, algunos de los cuales pasaban allí todo el verano.
Para todos ellos tenía siempre innumerables anécdotas que contar sobre
aventuras que podían vivirse en las playas o en los páramos, y sobre excitantes
revelaciones que sólo podían ser descubiertas con indicaciones sobre dónde
buscarlas. Así, su querido reloj de oro -casi con toda seguridad de lord John-
era utilizado en sus juegos. «A los bebés —dice su hija- se lo ponía delante
sujetándolo por la cadena y balanceándolo suavemente mientras entonaba un
solemne “tic-tac, tic-tac” según movían sus ojos de un lado a otro. A los niños
mayores les enseñaba la esfera y la cuerda, y a veces incluso quitaba la tapa
para enseñarles la maquinaria. A los que eran cuidadosos les permitía abrirlo
por ellos mismos presionando el pequeño dispositivo que hacía saltar la tapa
dorada.»
En 1927,
Russell adquirió nuevas responsabilidades al abrir la escuela Beacon Hill, una
empresa valiente que pronto recibió más notoriedad de lo que merecía. Dora
Russell ha señalado que la escuela fue abierta como empresa conjunta con su
marido, y que cuando Russell decidió dejarla después de su divorcio, ella
continuó dirigiéndola durante aproximadamente otra década.
Tanto el
padre como la madre querían que sus hijos fuesen educados conforme a las
teorías progresistas con las que ambos estaban de acuerdo. Ningún colegio
parecía cumplir las condiciones requeridas y la solución evidente fue la
creación de su propio colegio. El primer problema, conseguir un local adecuado,
se solucionó a través de Frank Russell, que atravesaba problemas económicos y
alquiló encantado Telegraph House, su casa de las colinas de Sussex. La escuela
Beacon Hill, así llamada por el puesto cercano en el que se había recibido la
noticia de Trafalgar y transmitido después por heliógrafo a la red
Portsmouth-Londres, fue inaugurada el 27 de septiembre de 1927, contando con
doce alumnos internos y cinco externos.
Telegraph House, la casa construida por Frank Russell en los altos de los
Doums de Sussex, fue alquilada por Bertrand a su hermano para ser sede de la
escuela Beacon Hill.
Algunas
de sus características figuran en una carta escrita por Russell a alguien que
solicitaba información: «Respecto a la religión, no hay enseñanza religiosa de
ningún tipo, los niños aprenden hechos históricos sobre las diversas religiones
del mundo, pero ninguna religión recibe un trato especial. Nos preocupamos de
que la educación no esté inspirada en el patriotismo, especialmente en la
enseñanza de historia y geografía, que son las materias que yo imparto. En
cuanto a la hermandad entre los hombres, tengo las mismas objeciones que hacia
una instrucción moral explícita, en el sentido de que tiende a producir
hipocresía y rebelión. La moralidad debe nacer, no puede ser implantada por
precepto.»
Estas
ideas no eran muy populares en la Gran Bretaña de hace cincuenta años. También
se supo que, como dijo Dora Russell, se permitía a los niños quitarse toda la
ropa en verano si lo deseaban, especialmente para bailar y hacer ejercicio al
aire libre, otro aspecto que hizo a Beacon Hill objeto de la crítica popular.
Sin
embargo, Beacon Hill, a juzgar por los documentos y por los recuerdos de los
que trabajaron allí, no era la caricatura a veces descrita en la prensa.
Tampoco fue del todo la aventura positiva que sus partidarios todavía
mantienen. Una razón fue que los niños no formaban una sección representativa
sobre la que se pudiera contrastar adecuadamente las ideas educativas de
Russell.
En
segundo lugar, no había dinero suficiente para la tarea, y Russell se vio
obligado a preguntar a los padres si podrían ayudar «pagando unas cantidades
más en proporción con los costes».
Bertrand y Dora Russell con algunos de los niños de la escuela Beacon Hill,
en la que se llevaban a cabo juegos y ejercicios al aire libre con poca ropa,
un aspecto que hizo a ¡a escuela objeto de la crítica popular.
Quizá más
importantes fueron las limitaciones del mismo Russell. Un colegio, escribió
posteriormente, «es una empresa administrativa y yo me encontré poco preparado
como administrador». Desde luego, había ocasiones en las que se sentía
totalmente desamparado, tal vez por la actitud heredada de los días de Pembroke
Lodge, cuando el timbre de los criados solucionaba todos esos problemas.
La
necesidad de financiar el colegio mantuvo a Russell trabajando a gran ritmo
durante los primeros años de su funcionamiento. Su versatilidad literaria quedó
demostrada en lo que parecía ser un torrente interminable de artículos para
cualquiera que pagara adecuadamente: The Daily Express, Harpers,
Atlantic Monthly y el Jewish Daily Forward, todos
recibieron sus artículos, muchos de ellos escritos en la única torre de Beacon
Hill.
Se
propuso trabajar solamente por las mañanas, pero no le satisfacía un trabajo de
menos de tres mil palabras, normalmente dictadas a una secretaria tan
rápidamente como ella pudiera escribirlas. Si no alcanzaba esa cifra por la
mañana, continuaba trabajando después del almuerzo. «Todo lo planeaba
mentalmente por anticipado, explicó a un visitante en 1930, y por eso antes de
empezar ya estaba acabado. Yo solía tomar unas notas muy elaboradas, porque no
podía retener en mi cabeza tanto como ahora. Cuando tengo que escribir un libro
de sesenta mil palabras, comienzo veinte días antes de la fecha de entrega. Si
puedo trabajar solamente dos días a la semana, cosa que ocurre cuando estoy en
Londres, entonces necesito diez semanas.»
Escribía
por dinero, y admitió con franqueza que no le importaba hacerlo, y en una
ocasión añadió: «No tengo elevados sentimientos.» Ya no se creía capaz de hacer
un trabajo creativo, y comentaba a veces a los visitantes que era demasiado
viejo. Respecto a las matemáticas y a la filosofía, decía: «Ningún buen trabajo
se hace después de los cuarenta, incluso me atrevería a decir después de los
treinta y cinco. Creo que la experiencia de la vida y el conocimiento de los
hombres son enemigos del intelecto. La experiencia humana lima la agudeza de la
mente. Esta debería ser tan dura como un diamante, pero cuanto más la utilizas
en la vida ordinaria, más roma se vuelve.»
El
comentario de Russell sobre escribir por dinero no debe ser tomado muy al pie
de la letra. Aunque gran parte de su trabajo durante los años de Beacon Hill
puede considerarse «popular», también buena parte de él explicaba las ideas
sociales y políticas en las que él creía. La misma combinación de extender sus
creencias y conseguir dinero le animó en sus cuatro giras por América, realiza-
das en
1924, 1927, 1929 y 1931. Russell recuerda haber regresado de una gira de dos
meses con un beneficio de diez mil dólares; las demás parecen haber tenido
parecido resultado; sin embargo, sus conferencias no sólo sirvieron para
mantener económicamente el colegio, sino que además hicieron partícipe a la
audiencia americana de las teorías radicales sobre educación, política,
matrimonio y divorcio que se estaban divulgando en Gran Bretaña.
En los
viajes a América de 1896 y 1914 había hablado solamente sobre matemáticas y
filosofía; aun cuando algunos habían advertido sus opiniones insólitas sobre
otros temas, solamente se le había valorado como conferenciante sobre temas
puramente académicos. Cuando durante la guerra escribió en los periódicos
americanos sobre temas de actualidad, se había ocupado principalmente de la
guerra con los poderes centrales, tema sobre el que muchos lectores durante
mucho tiempo no tuvieron ideas definidas, y se había mantenido con un buen
nivel de aceptación.
En 1924,
y durante las tres giras siguientes, era consciente de que se dirigía a una
audiencia que no iba a mostrarse favorable a lo que tenía que decir sobre
política o cuestiones sociales. Sin embargo, no trató de disimular y dijo a los
oyentes que si alguna vez llegara a hacerse realidad un gobierno mundial, sería
a través del imperialismo americano. Sin duda, muchos estaban de acuerdo en
eso, pero él añadió: «El imperio de la economía americana será cruel y
antiliberal en grado máximo. Acabará con los sindicatos, controlará la
educación, promoverá la competencia entre los trabajadores y la evitará entre
los capitalistas. Hará que en todas partes la vida sea fea, uniforme, fatigosa
y monótona.» Pero si con esto ofendió a la derecha, sus opiniones sobre Rusia,
que proclamó tan vehementemente en obras como Teoría y práctica
del bolchevismo, ofendieron a la izquierda.
Pero no
fueron solamente las opiniones políticas de Russell las que crearon la
atmósfera de sus infelices años de guerra en América. En su segunda gira habló
sobre el «matrimonio de compañeros», y antes de volver para su cuarta gira
había escrito Matrimonio y moral. Aunque
ninguno de los dos trabajos se alejaba excesivamente de lo convencional,
incluso en los años 20, y aun cuando se mostraba claramente a favor del
matrimonio, fueron suficientes para alarmar al obispo Manning de la Iglesia
episcopal protestante y, a través de él a gran parte de la población católica
americana. Al filósofo-matemático, que aunque sin llevar aureola se había
mostrado al menos neutral sobre temas religiosos, ahora le habían brotado
cuernos. El resultado fue que cuando Russell regresó a Gran Bretaña en
diciembre de 1931, después de diversas giras que le habían llevado desde Nueva
York hasta San Francisco, su reputación en Estados Unidos era similar a la que
ya tenía en su país.
Dibujo cómico aparecido en una publicación americana que hace referencia a
la obra de Russell Matrimonio y moral.
En su
campo, era el Bertrand Russell de los Principia Mathematica y
los demás trabajos que le habían colocado en un lugar preferente; fuera de él,
se había convertido para muchos en el «agresivo propagandista contra la fe y la
moralidad cristianas», el hombre al que pocos padres presentarían gustosos a
sus hijas. En 1951, Russell había conseguido en América la misma reputación
conseguida por Freud en Viena a principios de siglo.
Sin
embargo, independientemente de lo que los americanos —o muchos de los
británicos en este sentido— pudieran pensar de él, Russell todavía ocupaba una
posición privilegiada en su propio campo, aunque no había ocupado un puesto
académico durante más de una década. Cuando Wittgenstein regresó a Inglaterra
en 1929 y se presentó para el doctorado en filosofía en Cambridge, basado en
su Tractatus, fue Russell la persona a quien el Trinity pidió
que le examinara. La situación tenía un cierto aire de pantomima. En primer
lugar, Russell y Moore charlaron con Wittgenstein como viejos amigos. Ninguno
de los dos parecía dispuesto a comenzar el examen, y finalmente Russell tuvo
que decir a Moore: «Adelante, tienes que hacerle algunas preguntas, tú eres el
profesor.» Hubo una breve discusión que no llegó a ninguna conclusión.
El examen
acabó de pronto cuando Wittgenstein se levantó, dio unas palmadas en el hombro
a los examinadores y les dijo: «No os preocupéis, sé que nunca lo entenderéis.»
En 1931
murió Frank, y Bertrand se convirtió en el tercer conde Russell, título que no
le atraía especialmente. Aunque informó al jefe disciplinario laborista de la
Cámara de los Lores que ocuparía su escaño y que votaría a los laboristas, no
tenía intención de dejar de escribir, cosa que consideraba su auténtico
trabajo.
Respecto
al título, según dijo a su editor norteamericano, lo consideraba un fastidio y
no pensaba utilizarlo.
Russell y G. E. Moore fotografiados por la esposa de éste hacia 1941 en
Princeton. Algunos años antes, Russell y Moore habían examinado a Wittgenstein
para el doctorado en filosofía en base a su Tractatus.
Esto
supuso un gran alivio para algunos de sus conocidos de América; uno de ellos
había preguntado a Whitehead, por entonces profesor en Harvard, cómo debería
dirigirse a Russell, a lo que éste respondió: «Yo siempre le llamo Bertie.»
El nuevo
conde no era sólo un personaje noticiable como típico «inglés». Era también un
hombre al que el mundo literario podría reconocer sin dificultad en las obras
de quienes le habían observado en Garsington Manor. Entre sus primeros retratos
estaba sir Joshua Malleson, en la obra de D.H. Lawrence Mujeres
enamoradas: «Un sociólogo de edad... un erudito baronet, enjuto, de
unos cincuenta años, que estaba continuamente haciendo comentarios ingeniosos
que festejaba con estruendosas carcajadas.» El personaje fue descrito de nuevo
como Bertie Reid en la obra del mismo autor El ciego: «Un hombre
pequeño y oscuro, de ancha frente, delgado, con el pelo a mechones y los ojos
grandes y tristes»; Gilbert Cannan introduce a Russell como Melian Stokes, el
catedrático de sus novelas Pugs and Peacocks, Sembal y La
casa de ¡a profecía. En Memorias de un oficial de infantería de
Siegfried Sassoon, Russell es Thornton Tyrrell, quien, como en la vida real,
animó a Sassoon a hacer su famosa declaración de desobediencia siendo oficial
en la I Guerra Mundial. Y en la obra de Eliot, Prufrock, Mister
Apollinax tiene esa especie de chispa satírica que Russell dejaba saltar a la
menor oportunidad.
Constance
Malleson retrata a Russell sin ningún tipo de disfraz, así como a lady Ottoline
y a su marido, en El regreso; también apareció en obras de
Clifford Alien, T. S. Eliot y Dr. Joad; sin embargo, el retrato que más molestó
a Russell fue el Mr. Scogan de Los escándalos de Crome, de
Huxley. Aunque Huxley describió a su Scogan/Russell «como uno de aquellos
reptiles voladores de la era terciaria», también puso en boca de su personaje
de ficción un resumen no demasiado inexacto de las opiniones de Russell:
«Si
quieres hacer algo razonable en este mundo, tienes que contar con una clase de
personas seguras, a salvo de la opinión pública, libres de la pobreza, que
dispongan de tiempo libre y que no estén obligadas a dedicar su tiempo a las
rutinas imbéciles que se conocen con el nombre de trabajo honrado. Tienes que
contar con una clase cuyos miembros puedan pensar y, dentro de los límites
obvios, hacer lo que les guste. Debes contar con una clase en la que la gente
que tiene excentricidades pueda abandonarse a ellas, y en la que la
excentricidad en general sea tolerada y comprendida. Eso es lo importante para
una aristocracia.»
El acceso
de Russell al título de conde le convirtió en tema de actualidad una vez más, y
fue inevitable que cuando su matrimonio con Dora se vino abajo en los años 30,
la compleja causa del divorcio despertara una gran expectación. La primera
prueba para el matrimonio se presentó a su regreso de la gira americana de
1924, durante la cual Russell había tenido unas breves relaciones de las que
habló a su esposa. Habían aceptado de común acuerdo que tales relaciones serían
toleradas por uno y otro, y tal vez lo que ocurrió, como Russell escribió
posteriormente, fue que «durante los años siguientes las cosas fueron de mal en
peor».
Esta
afirmación no es exagerada. Cuando en febrero de 1935 Dora Russell consiguió la
orden preliminar de divorcio en Londres, el presidente del tribunal hizo notar
que:
«La
declaración de la demandante pone de manifiesto que los dos casos de adulterio
por su parte, admitidos por ella misma, fueron precedidos al menos por dos
casos de infidelidad por parte de su marido, y que él había sido culpable de
numerosos actos de adulterio en circunstancias normalmente consideradas
agravantes.
Me estoy
refiriendo al hecho de que ella habló de la infidelidad del demandado con
personas que vivían bajo el mismo techo o relacionadas con personal del centro
que ambos dirigían.»
Patricia (Peter) Spence, la tercera esposa de Bertrand, desempeñó un papel
importante en los acontecimientos que hicieron posible el regreso de Russell al
Trinity College.
Russell y su hijo pequeño, Conrad Sebastian Robert, en 1938.
Al año
siguiente, 1936, Russell contrajo matrimonio por tercera vez. Su esposa se
llamaba Patricia Spence, a quien solían llamar Peter, y era mucho más joven que
él. Había sido empleada por los Russell como institutriz cuando era estudiante
en Oxford, había llegado a convertirse en la preferida de los niños y había
colaborado con Russell en alguno de sus trabajos. Russell reconoció que
en Libertad y organización, 1814-1914, Peter
se había encargado «de la mitad del trabajo de investigación, de una gran parte
de la planificación, y algunas partes fueron redactadas por ella, habiendo
hecho además innumerables sugerencias de gran valor». También fue considerable
su participación en el trabajo de investigación para The Amberley
Papers, obra en la que ella y Russell hacían una crónica de la
historia de éste, y participó en la preparación de la obra El poder: un
nuevo análisis social.
Después
del divorcio, Dora trasladó el colegio a otro local, y Russell y su nueva
esposa se instalaron en Telegraph House. Pero se encontró una vez más
necesitado de dinero, y antes de acabar
1937 se
vio obligado a vender la finca que su hermano había comprado a finales de
siglo. Fue invitado a dar una serie de conferencias en Oxford sobre «Palabras y
hechos» y se trasladó a una casa en Kidlington, a unos kilómetros de la ciudad.
En otoño de 1938 se trasladó a Estados Unidos.
Dos años
antes, Russell había explicado a su editor americano, Warder Norton, que tenía
razones para desear marcharse de Inglaterra. Tenía muchas ideas que consideraba
importantes y quería desarrollarlas. Aunque no insistió a Norton sobre ello,
Russell sabía que resultaría difícil sin ocupar algún puesto académico y le parecía
improbable conseguirlo en Gran Bretaña. En cualquier caso, se enfrentó a lo que
llamaba la probabilidad de una pobreza tal que le podía impedir dar una
educación adecuada a Conrad, fruto de su matrimonio con Peter. Finalmente, no
consideraba a Europa un lugar adecuado para los niños, dado que la guerra
parecía inminente y resultaba muy probable que Inglaterra sufriera penalidades
por este motivo.
Explicó a
Moore, por entonces en Cambridge, que tenía que pagar por imposición legal
entre ochocientas y novecientas libras al año a sus demandantes cuando sus
ganancias previstas no iban a superar las trescientas libras. ¿Había
posibilidad de conseguir un puesto en Cambridge? Parece ser que Moore no se
mostró muy dispuesto a ayudarle, por lo que Russell escribió a Whitehead, que
estaba a punto de jubilarse del puesto que ocupaba en Harvard desde 1924.
Russell sugirió que él podía ser el sucesor adecuado. Pero Harvard no estaba
interesada. Las perspectivas parecían más halagüeñas en el Instituto para
Estudios Avanzados de Princeton, donde Einstein, Oscar Veblen y Hermann Weyl,
consejeros del director en matemáticas y filosofía, eran favorables a la
colaboración de Russell. Pero el director era Abraham Flexner, cuyo hermano y
hombre de confianza, Simón, estaba casado con Helen Thomas, prima de Alys y
miembro de la comunidad cuáquera, a la que no había gustado que Russell
abandonara a su primera esposa. Abraham Flexner vetó el nombramiento.
Finalmente, la Universidad de Chicago invitó a Russell a dar una serie de
conferencias durante el año académico 1938-39 como profesor invitado.
Capítulo
9
«¡La serpiente acecha...!»
Russell
embarcó con su familia rumbo a Estados Unidos cuando la crisis de Münich
alcanzó lo que supuso para Gran Bretaña el punto culminante de la humillación.
Regresó a Gran Bretaña en el verano de 1944. Los seis años transcurridos en
Estados Unidos no se cuentan entre los más afortunados de su vida, si bien
durante este tiempo escribió Historia de la filosofía occidental, que
le proporcionaría cuantiosos beneficios en los años de posguerra.
Al
principio todo le iba bien. No le gustaba Chicago, pero sí su universidad, y le
habría hecho feliz renovar el contrato. Pero no hubo renovación. En la
primavera de 1939 recibió una oferta para firmar un contrato de tres años con
la Universidad de California. Russell aceptó inmediatamente y a finales de
verano de 1939 se trasladó a Santa Bárbara con Peter y Conrad, a la espera de
la llegada de Kate y John. Se había llegado al acuerdo de que visitarían a su
padre durante las vacaciones y tácitamente se había decidido que si estallaba
la guerra, no regresarían a Gran Bretaña hasta el fin de las hostilidades.
En
teoría, esto era exactamente lo que Russell quería. Pero después del 3 de
septiembre de 1939, según iba creciendo la amenaza a Gran Bretaña y los
bombardeos alemanes empezaban a asolar las ciudades británicas, las opiniones
de Russell sobre la guerra y sobre su situación -a tres mil kilómetros de
distancia- comenzaron a cambiar.
En 1936
había publicado ¿Cuál es el camino para la paz?, libro en el
que había defendido que los horrores de los bombardeos serían mayores que los
de la sumisión a los alemanes. Esta creencia sobrevivió al Pacto de Münich e
incluso a la ocupación de Checoslovaquia en marzo de 1939.
Vista de la Universidad de Chicago, donde a finales de 1938 y principios de
1939, Russell impartió un curso sobre «Los problemas de la filosofía».
Russell, su tercera esposa, Peter, su hija Kate y su hijo John en Yosemite,
en el verano de 1939.
Pero una
vez comenzada la guerra, su posición comenzó a cambiar, y cada vez era más
contraria a su postura inicial a medida que las perspectivas de invasión se
hacían más patentes. Su amor innato a Gran Bretaña pronto fue más fuerte que
sus ideales pacifistas y en junio de 1940 se sintió obligado a hacérselo saber
a Kingsley Martin con la esperanza de que éste trasladara su postura a las
páginas de The New Statesman. Entonces, haciéndose eco de
Einstein, que en 1939 había renunciado a su pacifismo y afirmado que si hubiera
sido más joven habría luchado contra Hitler, Russell añadió: «Si fuera más
joven, yo mismo lucharía, pero es más difícil persuadir a los demás.»
Esta
retractación parece curiosa a primera vista, puesto que ya en 1936 Russell
debió de darse cuenta de lo que significaría la ocupación alemana. Sin embargo,
había, como era normal en él, una explicación lógica para este cambio en su
manera de ver las cosas. Veinte años antes, en La ética de la guerra, había
esbozado seriamente los diferentes factores que deberían ser tenidos en cuenta
para decidir si una guerra en concreto tenía justificación o no. Y en junio de
1940 la situación se diferenciaba de la de 1936 en un factor importante. «La
Rusia de Stalin se ha vuelto contra nosotros», dijo a Gilbert Murray. «No tengo
ninguna duda de que el gobierno soviético es incluso peor que el de Hitler y
será una desgracia que sobreviva.» En la I Guerra Mundial, H. G. Wells había
sorprendido probablemente a Russell con su afirmación de que «todas las armas
que combaten a Alemania son ahora armas para la paz». En 1940, el patriotismo
de Russell se basaba en la idea de que todas las armas levantadas contra
Alemania parecían dirigidas al mismo tiempo contra el sistema soviético.
Esta
idea, surgida lógicamente de sus experiencias en 1920, iba a ser un obstáculo
después de que la invasión alemana de Rusia, en el verano de 1941, convirtiera
de la noche a la mañana a un enemigo en aliado. En más de una ocasión, después
de 1941, iba a encontrarse Russell buscando trabajo en América. En más de una
ocasión hubo insinuaciones y consultas oficiales para averiguar si un
conferenciante tan consumado podría ser utilizado en defensa de la causa
británica en Estados Unidos. Pero el miedo a lo que Russell pudiera decir sobre
unos aliados tan circunstanciales como lo eran Gran Bretaña y la Unión
Soviética contribuyó a descartar esta posibilidad.
Más de un
año antes de la transformación de la guerra a mediados de 1941, Russell había
sido el centro de una causa judicial que alcanzó gran notoriedad. A él le
gustaba más California que Chicago, pero el rector de la Universidad de
California le desagradaba más que el de la Universidad de Chicago. Por ello,
cuando recibió la oferta de una cátedra en una facultad de Nueva York en
febrero de 1940, renunció al puesto que le habían ofrecido en California; sólo
después se dio cuenta de que la oferta de Nueva York no era definitiva, y de
que su precipitación podría dejarle sin trabajo una vez más. Sproul, rector de
la Universidad de California, se apresuró a aceptar la renuncia para que no
hubiera posibilidad de rectificación por parte de Russell. Por si fuera poco,
se encontró a merced de una campaña de inspiración religiosa que mantenía que
era la persona menos indicada para ayudar a orientar a los jóvenes americanos
hacia la segunda mitad del siglo XX.
La causa
que se siguió en su contra resulta cómica considerada desde una perspectiva
actual, pero hace cuarenta años representó un serio ataque contra la libertad
académica que, según The New York Times, «iba dirigido contra
la independencia intelectual y la seguridad de todos los profesores en todas
las universidades y colegios universitarios de Estados Unidos».
Russell
había sido contratado para impartir clases de lógica, los problemas de los
fundamentos de las matemáticas y la relación entre las ciencias puras y las
ciencias aplicadas, pero únicamente a estudiantes de sexo masculino. Habría
resultado difícil a cualquiera encontrar alguna excitación sexual en esos
temas, y el 18 de marzo la Junta de Enseñanza Superior confirmó su nombramiento
por votación. Sin embargo, el autor de Matrimonio y moral no
iba a tenerlo tan fácil; al día siguiente, una tal Mrs. Jean Kay solicitó ante
el Tribunal Supremo del Estado una orden que obligara al colegio a revocar el
nombramiento. Entre sus razones hacía constar su miedo a que su hija pudiera
ser alumna suya, siendo al parecer irrelevante el hecho de que eso no era
factible. El Tribunal Supremo decidió que el nombramiento fuera revocado.
Para
entender lo que hoy nos parece un veredicto sorprendente, es necesario tener en
cuenta la opinión que un alto porcentaje del pueblo americano tenía sobre
Russell. En la actualidad, es muy posible que se le critique por su actitud
respecto a la guerra de Vietnam, por su oposición a las armas nucleares a
partir de 1954, o por defender anteriormente la utilización de esas mismas
armas contra la Rusia de Stalin en caso necesario. En 1940, las críticas se
basaban casi exclusivamente en su defensa de una moral sexual no convencional y
en su ateísmo. Para The Tablet él era «el anarquista
filosófico y nihilista moral de Gran Bretaña»; para el American de
los jesuitas, era un «insensible, divorciado y decadente defensor de la
promiscuidad sexual». Un telegrama dirigido al alcalde de Nueva York, La
Guardia, después de advertir que «¡las arenas movedizas amenazan!, ¡la
serpiente acecha!, ¡el gusano está en la mente!», imploraba al alcalde que
protegiera a los estudiantes «de la funesta influencia de la pluma ponzoñosa;
del mono con genio, ministro del diablo entre los hombres».
En 1940, el Tribunal Supremo de Nueva York ordenó a la Junta de Enseñanza
Superior que rescindiera el nombramiento de Russell para una cátedra del
College de esa ciudad. Durante el juicio. Justice McGeenan manifestó que el
nombramiento de Russell sería como «establecer una cátedra de indecencia». Este
dibujo cómico, aparecido en el New York Times, fue producto de los comentarios.
En la edición inglesa de la obra de Russell Investigación sobre el
significado y la verdad, la lista de sus títulos y méritos concluía con las
palabras: «Declarado judicialmente indigno de ser profesor de filosofía del
College de la ciudad de Nueva York (1940).»
Incluso
esto resultaba suave al lado de la demanda presentada en un juzgado por el
abogado de Mrs. Kay, quien defendió que Russell era «lascivo, libidinoso,
lujurioso, venéreo, erotómano, afrodisíaco, irreverente, estrecho de mente,
falso y carente de fibra moral».
Refiriéndose
a los americanos, John Dewey hizo después este comentario sobre el veredicto:
«Sólo podemos enrojecer de vergüenza por esta cicatriz en nuestra reputación de
justicia.» En la práctica, Russell perdió su trabajo; debía pronunciar en
septiembre el ciclo de conferencias William James en Harvard, pero mientras las
preparaba, temía tener que enviar a su esposa e hijos a Gran Bretaña. Harvard,
como cabía esperar, no se dejó arrastrar en la caza de brujas, y Russell dio
las conferencias como estaba previsto. Cuando fueron publicadas bajo el título
de Investigación sobre el significado y ¡a verdad, preparó
una página de portada excepcional. Incluyó una lista de diecisiete líneas con
sus méritos y añadió al final: «Declarado judicialmente indigno de ser profesor
de filosofía en el College de la ciudad de Nueva York (1940).» Pero la página
sólo se imprimió en la edición británica.
No serían
las conferencias de Harvard lo único que contribuyó a animar a Russell. Albert
Barnes, individualista excéntrico, fundador y director de la Fundación Barnes
en Merion, a las afueras de Filadelfia, había decidido ampliar su curso de
estética e incluir los antecedentes sociales y filosóficos del arte. ¿Quién
mejor para ello que el denostado Bertrand Russell? A finales de 1940 Russell
había firmado un contrato de cinco años con Barnes, se había trasladado a
California a una casa de labranza a treinta millas de Filadelfia y tenía ante
sí la perspectiva de un trabajo agradable y bien pagado.
Pero una
vez más iba a tener problemas. Una serie de diferencias y discusiones con
Barnes culminó, al cabo de dos años, en su destitución ilegal. Aunque al final
iba a ganar la causa contra Barnes por este despido, tendrían que transcurrir
dos años. Mientras tanto, como dijo en una carta a Stanley Unwin, «me había
quedado sin medio de vida (ilegalmente) siéndome notificado con tres días de
antelación». De nuevo se encontró sin trabajo. Las restricciones de cambio
adoptadas por Gran Bretaña impidieron que le fuera enviado dinero del otro lado
del Atlántico, y los primeros meses de 1943 fueron de los peores de toda su
vida en el aspecto económico.
Edith Finch, cuarta esposa de Russell, fotografiada en 1927. Había conocido
a Bertrand en Bryn Mawr, centro de cuyo personal formaban parte ella y su amiga
común Lucy Donnelly. Se casaron poco después de que Peter consiguiera el
divorcio de Russell por abandono en 1952.
Entonces
comenzó a cambiar la marea. Fue invitado privada mente a Bryn Mawr, donde se
reunió con Lucy Donnelly y reanudó su amistad con Edith Finch.
El
departamento de filosofía recibió un donativo anónimo, lo que permitió
contratar a Russell para dar un ciclo de conferencias sobre los postulados del
método científico. Después fue invitado a pronunciar unas conferencias en
Princeton, meca académica que ya había atraído a Albert Einstein, Kurt Gödel y
Wolfgang Pauli. Recibió un importante adelanto de Simón and Schuster por los
derechos de las conferencias Barnes que Russell estaba convirtiendo en lo que
sería la productiva Historia de la filosofía occidental. Además,
la causa contra Barnes se resolvió a su favor, lo que le supuso una
indemnización de veinte mil dólares.
Finalmente
recibió la mejor noticia de todas: de nuevo le invitaban a volver al Trinity.
No conocemos con exactitud los detalles que influyeron en este hecho, aunque sí
algunas circunstancias que tuvieron relación con él. Peter había escrito unos
apuntes sobre la actitud de los grupos anti-Russell en América que fueron
leídos a los miembros de la Junta Directiva del Trinity. Vera Brittain y su
marido, que habían estado con Russell en California, iniciaron una campaña para
conseguir el regreso de Russell, que fue organizado por C. D. Broad. Y el
terreno había sido preparado por el breve panfleto de G. H. Hardy
titulado Bertrand Russel y el Trinity, en el
que ponía de manifiesto que se había cometido un error y que debía subsanarse.
El trabajo de G. H. Bertrand Russell y el Trinity dejaba claro que la
expulsión de Russell de su puesto en 1915 había sido injusta. Hardy influyó
notablemente en la organización del regreso de Bertrand Russell en 1944.
El día
que Russell recibió el ofrecimiento de dar clase en el Trinity fue uno de los
más felices de su vida. Unas semanas después, cuando las tropas luchaban para
mantener sus posiciones en el profundo y sangriento boscaje de Normandía,
volvió a cruzar el Atlántico. Medio siglo antes, cuando regresaba de París,
había besado el suelo inglés al desembarcar. En esta ocasión, una vez instalado
en Cambridge, dijo a Lucy Donnelly en una carta: «Todo esto supone un cambio
tan radical con relación a la vida tan desagradable que soportamos en América
que uno se siente ebrio.»
Capítulo
10
Armas nucleares: el peligro del hombre
De nuevo
en el Trinity, Russell estaba encantado porque le habían asignado las
habitaciones de Newton. Pero él quería disponer de un hogar y se sintió feliz
cuando recibió los veinte mil dólares de la Fundación Barnes que le permitieron
comprar una casa en la ciudad. Allí se instaló con Peter y Conrad, que habían
regresado con él.
Su beca
en el Trinity no le exigía enseñar ni dar conferencias, pero hizo ambas cosas;
uno de sus cursos anuales se convirtió después en El conocimiento
humano: su finalidad y sus límites, su último estudio
sobre los problemas relacionados con la filosofía empírica. Era popular entre
los estudiantes, un motivo de honra para el Trinity y una de las atracciones de
la ciudad. Cuando cenaba en la residencia, disfrutaba viendo a profesores a los
que había conocido treinta años antes, y en lo que a su labor profesional se
refería, sólo había una preocupación. Wittgenstein, sucesor de Moore en la
cátedra de filosofía, era la causa de esa preocupación; había abandonado las
ideas del Tractatus y esbozado una nueva filosofía lingüística
que sería dada a conocer en su obra póstuma Investigaciones
filosóficas. Russell era contrario a las nuevas opiniones de
Wittgenstein y hubo al menos un enfrentamiento que el rumor rápida e
incorrectamente se encargó de convertir en una pelea entre catedráticos tan
violenta, que el eminente Wittgenstein habría llegado a utilizar una badila
para amenazar a un partidario de Russell.
La
rapidez con que la anécdota sobre Russell se extendió por Cambridge daba
muestra de su fama, no sólo como filósofo sino también como figura pública de
una autoridad que en cierto modo amedrentaba. Si era natural que el Trinity
volviera a aceptar a Russell en su redil, no solamente reconociendo su posición
sino comportándose de la mejor manera posible para compensarle por su rechazo
en 1915, la actitud de las autoridades en general resultaba curiosa. Entre 1945
y 1954 Russell se convirtió en colaborador habitual de la BBC, y se le concedió
el honor de pronunciar el primer ciclo de las conferencias Reith de esta
corporación. Pronunció discursos ante la Imperial Royal Society y dio
conferencias en el Imperial Defence College durante varios años.
Russell en un rincón de Neville's Court, Trinity, en 1945. Se sentía feliz
por haber vuelto, y especialmente por el hecho de haber sido instalado en las
habitaciones de Newton. «Ceno en el comedor y me encanta ver a los profesores
que conocí hace treinta años», escribió a Colette.
George Trevelyan. director del Trinity, en la biblioteca. Al caminar entre
los bustos de mármol, Russell comentó a su amigo: «Yo estaré aquí algún día.»
Pronunció
conferencias para el Consejo Británico en Bélgica y Suiza, así como a las
tropas que se encontraban en el Berlín bloqueado y en Noruega, donde escapó de
la muerte de manera especial. El hidroavión en el que se trasladaba desde Oslo
a Trondheim para pronunciar una conferencia se fue a pique al intentar
aterrizar, y Russell, con setenta y seis años de edad, tuvo que nadar en las
aguas heladas para salvar su vida. Diecinueve pasajeros murieron en el
accidente; Russell resultó ileso y aunque la conferencia fue suspendida, habló
de manera informal a los estudiantes de la Universidad de Trondheim.
En 1949
le fue concedida la Orden del Mérito, honor limitado a unos veinticuatro
británicos y a un puñado de miembros honorarios extranjeros.
Russell, su tercera esposa, Peter, y su hijo Conrad, en Cambridge, hacia
1947. Por aquella época Russell gozaba de gran popularidad como profesor.
Este
último reconocimiento de que Bertie no era la apoteosis del Anticristo se debía
en parte a un cambio en la corriente de opinión que hacía cada vez más difícil
considerar sus puntos de vista sobre el sexo y la sociedad con el mismo espanto
que en los años anteriores a la guerra. Sin embargo, no podía ignorarse su
prolongada aversión al comunismo y, en los primeros años de posguerra, tampoco
sus opiniones sobre lo que debería hacerse antes de que Rusia consiguiera armas
nucleares.
Russell convaleciente en la cama tras el accidente ocurrido en 1948, cuando
se dirigía en hidroavión desde Oslo a Trondheim para dar una conferencia en
representación del Consejo Británico. Russell salvó su vida nadando en las
heladas aguas del norte.
Sus
partidarios de extrema izquierda habían tratado de justificar sus declaraciones
a la prensa, incluso manteniendo que, aunque defendía la amenaza de armas
nucleares contra Rusia, no era partidario de su utilización.
La medalla de la Orden del Mérito (anverso y reverso), concedida a Russell
en 1949. Cuando se la impuso, el rey Jorge V, con afabilidad, pero algo
incómodo por condecorar a alguien que había estado en prisión, comentó: «Su
conducta ha sido poco ejemplar en algunas ocasiones.»
Pero los
hechos ineludibles son que diez semanas después de Hiroshima, Russell resaltaba
los peligros de proporcionar a Rusia información sobre armas nucleares, y
añadía:
«Por mi
parte preferiría el caos y la destrucción causados por una guerra de armas
atómicas al dominio universal de un gobierno de las diabólicas características
de los nazis.»
Y si la
URSS se negaba a unirse a una Confederación mundial, entonces «no sería difícil
encontrar un casus belli». Durante los años posteriores desarrolló
sus ideas siguiendo estas pautas, tanto en Gran Bretaña como en el extranjero.
En
ocasiones, mantenía sus opiniones a nivel privado; otras veces les daba
publicidad. Así, en mayo de 1948 no quería que se diera a conocer su
conversación con un corresponsal sobre la destrucción que supondría una guerra
con Rusia, en la que había dicho: «Incluso a ese precio, creo que la guerra
merecería la pena. El comunismo debe ser eliminado y hay que organizar un
gobierno mundial. Pero si en la espera pudiéramos defender nuestras líneas
actuales en Alemania e Italia, sería excelente. No creo que los rusos cedan sin
guerra. Creo que todos ellos, incluso Stalin, son fatuos e ignorantes. Pero
confío estar equivocado respecto a esto.»
Sin
embargo, menos de un mes más tarde escribió en el Dagens Nyheter sobre
la probable negativa de Rusia a permitir la inspección de plantas nucleares por
expertos internacionales y añadió: «Incluso si mantuviéramos una paz precaria
durante un tiempo, tendríamos que esperar -recordando la pasada historia de la
locura humana- que antes o después estallaría la guerra. Si así fuera,
tendríamos una gran causa verdadera por la que luchar, un gobierno mundial...»
Cualquier equivocación sobre lo que dijo o no, quedó aclarada cuando en marzo
de 1959 fue entrevistado en la BBC por John Freeman, quien le preguntó: «¿Es
cierto o no que en los últimos años usted defendió la posibilidad de una guerra
preventiva contra el comunismo, contra la Rusia soviética?», a lo que Russell
respondió: «Es absolutamente cierto y no me arrepiento de ello.» Esta respuesta
fue matizada en la entrevista por el comentario contradictorio de que él no
había defendido la guerra nuclear y que si los rusos no hubieran cedido, él
habría estado dispuesto a aceptar las consecuencias del empleo de armas
nucleares contra ellos.
La
creencia de Russell de que Rusia debía ser disuadida mientras se estaba a
tiempo —y en caso necesario atacada— era resultado lógico de una perspectiva
desde la cual, como reveló en su ensayo de 1915 La ética de la guerra, podía
considerar algunas guerras como justificables. Contra Rusia, presumiblemente,
habría sido una guerra de principios puesto que escribió en 1950: «La próxima
guerra, si la hubiera, sería el mayor desastre que habrá soportado la raza
humana hasta ese momento. Sólo se me ocurre un desastre mayor: la extensión del
poder del Kremlin sobre todo el mundo.» Muchos pensaban, antes de que Rusia
pudiera disponer de armas nucleares en 1949, que podría evitarse esta
catástrofe manteniendo una importante superioridad de armamentos. En 1947, incluso
los dirigentes laboristas, que ya habían ordenado la preparación de armas
nucleares en Gran Bretaña sin informar de ello al pueblo británico ni al
gobierno americano, no podían considerar con extrañeza las opiniones de
Russell.
Russell entre John Freeman (izquierda) y Hugh Bumett, periodista y
productor, respectivamente, del programa de la BBC «Cara a cara», el 4 de marzo
de 1959.
Además de
este argumento «tan sencillo e indiscutible como una demostración matemática»,
como manifestó a New Commonwealth en enero de 1948, puede que
también hubiera implicado un factor sentimental. Colette había abandonado
Inglaterra en el otoño de 1939 con la intención de ayudar a Finlandia en la
lucha contra los invasores rusos. Al parecer, sus sentimientos eran similares a
los de Russell. En 1941 se trasladó a Suecia, y regresó a Gran Bretaña poco
después del final de la guerra. Russell había continuado su correspondencia con
ella, y si alguna vez surgieron dudas sobre si era o no razonable el intento de
impedir los objetivos imperialistas de Rusia, habían sido disipadas
rápidamente.
La
aceptación de Russell por las autoridades alcanzó su cénit con las conferencias
Reith en 1948 y la concesión de la Orden del Mérito al año siguiente. En 1950,
visitó Australia invitado por el Instituto Australiano de Asuntos
Internacionales, y, con setenta y ocho años de edad, viajó por todo el
continente durante dos meses en una gira de conferencias que habría acabado con
la resistencia física e intelectual de cualquiera. Regresó a Gran Bretaña,
donde permaneció solamente unas semanas, y después se trasladó a Estados Unidos
con el fin de dar un ciclo de conferencias sobre filosofía en el Colegio
Universitario Femenino Mount Holyoke en Nueva Inglaterra. Antes de regresar,
pronunció también conferencias en la fundación Matchette, de la Universidad
Columbia, y llegó a un acuerdo para volver a América con el fin de realizar una
gira más ambiciosa al año siguiente.
Sin
embargo, en 1951 las opiniones de Russell sobre la situación internacional, que
le habían abierto las puertas de lugares poco frecuentados por los pacifistas
convencidos, comenzaban a cambiar. En el verano de 1949 los rusos hicieron su
primera prueba con armas nucleares, lo que no sólo suponía un cambio en el
equilibrio mundial, sino que además hacía lógicamente insostenible la posición
que Russell había mantenido durante los cuatro años precedentes. Una nación de
55 millones de habitantes apiñados en aproximadamente 130.000 kilómetros
cuadrados no podía entrar en guerra contra enemigos que disponían de armas
nucleares y tener esperanzas de sobrevivir; amenazar a los rusos era una
política del pasado.
Russell recibe el premio Nobel de literatura de manos del rey de Suecia,
Gustavo Adolfo VI, en 1950. El premio le fue concedido por «sus trabajos
filosóficos... de gran utilidad para la civilización moral».
Así pues,
para Gran Bretaña, en mayor medida que para otros países, la nueva tarea
consistía en asegurarse de que no estallaría la guerra contra Rusia. De acuerdo
con esto, casi inevitablemente, Russell tuvo que apartarse de aquellos que se
aferraban a la esperanza de que Rusia podría ser disuadida con amenazas.
La
primera indicación de su cambio político se produjo en 1950. Al serle concedido
el premio Nobel de literatura, eligió como tema de su discurso la respuesta a
esta pregunta que era el título del mismo: «¿Qué deseos son importantes
políticamente?» La audiencia de Estocolmo, entre la que se encontraba la
familia real -«inmediatamente tranquilizada por Russell», según un observador,
escuchó algo diferente al habitual discurso técnico o exposición literaria. En
lugar de esto, oyeron un apasionado alegato en favor de la paz. «La bomba
atómica y la bomba bacteriológica -dijo, utilizadas por los malvados comunistas
o por los perversos capitalistas según el caso, hacen temblar a Washington y al
Kremlin, y llevan a los hombres más lejos aún por el sendero que conduce al
abismo.»
Dos años
antes había escrito: «El comunismo debe ser aniquilado y hay que establecer un
gobierno mundial», pero después admitió que uno de los grandes peligros era
«desear la victoria de nuestra propia ideología y la derrota de la otra».
Einstein firmó junto con Russell y otros seis ganadores del premio Nobel el
Manifiesto que originaría la creación del Movimiento Pugwash.
A lo
largo de los cuatro años siguientes, su idea de que «no podemos derrotar a
Rusia sin derrotarnos a nosotros mismos» se vio reforzada cuando los rusos
comenzaron a desplegar misiles con cabezas nucleares dirigidos contra Europa
occidental, y tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se mantenían a un
nivel similar en sus intentos de perfeccionar una bomba de hidrógeno
transportable. El éxito de Estados Unidos en esta empresa en la primavera de
1954 fue probablemente el factor decisivo que determinó cómo iba a pasar
Russell el resto de su vida.
La prueba
de la bomba de hidrógeno de Estados Unidos en la isla Bikini confirmó
finalmente lo que muchos científicos habían temido: los peligros de la lluvia
radiactiva eran potencialmente más graves de lo que se esperaba. Russell
decidió entonces defender una postura basada en esta idea: las armas nucleares
ya no ofrecían la esperanza de una victoria nacional y, en el caso de Gran
Bretaña, estar en posesión de estas armas disminuía más que aumentaba las
posibilidades de supervivencia. La primera oportunidad para proclamar esto ante
una gran audiencia se le presentó después de haber escrito a la BBC en junio de
1954: «Como todos los hombres —dijo—, estoy profundamente preocupado por el
futuro de la humanidad, teniendo en cuenta la existencia de la bomba H. Tengo
un enorme deseo de hacer lo que esté a mi alcance para hacer comprender a la
gente la gravedad del tema.» Russell pidió además que le permitieran participar
en una emisión en la que expondría el capítulo final de su libro La
sociedad humana en la ética y la política, añadiendo
algo si era necesario.
Después
de considerar diferentes propuestas, se eligió la emisión de «El peligro del
hombre», que alcanzó un éxito extraordinario el día 23 de diciembre en momentos
de máxima audiencia, a continuación de las noticias de las nueve. En sus
últimas palabras Russell presentó escuetamente las alternativas que resumió así
para los radioyentes: «...Recordad vuestra condición de seres humanos, y
olvidaos de lo demás. Si podéis hacerlo, el camino al nuevo paraíso está
abierto; si no, nada hay delante de vosotros excepto la muerte universal.» «El
peligro del hombre» causó un impacto enorme, debido en parte a la evidente
sinceridad y autoridad de Russell. Sin embargo, utilizó todos los trucos del
oficio aprendidos durante toda una vida de orador. Así, no citó en apoyo de sus
advertencias ni a pacifistas ni a izquierdistas, sino a lord Adrián, director
del Trinity y presidente de la Royal Society, y, con gran inteligencia, al
capitán general de las Fuerzas Aéreas Reales, sir John Slessor, y al general de
aviación sir Philip Jouvert. Otro detalle genial, especialmente ante una
audiencia británica, fue la afirmación de que en una guerra nuclear no
solamente perecerían los seres humanos, sino que también morirían los animales,
«a los que nadie puede acusar de ser comunistas o anticomunistas».
«El
peligro del hombre» marcó un cambio decisivo en la vida de Russell. Le impulsó
a fundar, con Albert Einstein, el Movimiento Pugwash, que todavía hoy mantiene
su pujanza. Este cambio le hizo convertirse en el candidato idóneo para ser
presidente de la Campaña para el Desarme Nuclear (CDN) cuando fue fundada en
1958, y este puesto le condujo, casi inexorablemente, al Comité de los 100 y a
su ingreso en prisión por desobediencia civil. Gran parte de lo que ocurrió
después parece inevitable dadas las creencias intransigentes de Russell y su
decisión de seguir el camino marcado por la lógica, fueran cuales fueran las
consecuencias. Así, la Fundación Bertrand Russell para la Paz y el Tribunal de
Crímenes de Guerra, ineficaz una y desastroso otro según la opinión de muchos,
fueron el resultado de su decisión de salvar al mundo a pesar de sí mismo. Tres
cuartos de siglo después de que lady Russell hubiera citado su texto preferido:
«No seguirás a la multitud para hacer el mal», el legado de Pembroke Lodge todavía
se advertía en él. Russell estaba perfectamente capacitado para dar respuesta a
«El peligro del hombre». La suposición de que él podría negociar con
cualquiera, en términos de igualdad, se hizo patente en su reunión con
Jawaharlal Nehru, primer ministro indio, que estuvo en Londres en 1955. Los
indios, afirmó Nehru, estaban «dispuestos a hacer algo» respecto al problema
nuclear, actitud aparentemente no aceptada por el doctor Bahba, el físico indio
más importante, a quien Russell no pudo convencer. Russell escribió a Einstein.
Joliot-Curie, presidente de la prestigiosa Federación Mundial de Trabajadores
Científicos, escribió a Russell. El resultado fue el Manifiesto
Russell-Einstein, firmado por otros ocho destacados científicos, seis de ellos
premios Nobel, en el que se pedía la solución de los problemas internacionales
por medios pacíficos, dado que en la era nuclear la palabra «victoria» ya no
tenía un significado real.
Dado a
conocer en el verano de 1955, el manifiesto proponía una reunión de científicos
de ambos lados del telón de acero. Se celebró en 1957 en Pugwash, Nueva Escocia
(Canadá), donde se reunieron veintidós hombres en la residencia de Cyrus Eaton,
financiero canadiense que patrocinó la reunión. Russell asistió solamente a dos
de los Congresos Pugwash que a partir de entonces se celebraron en diferentes
lugares del mundo. Su importancia radicaba principalmente en convencer a los
posibles partidarios de que el movimiento no era parte de un plan financiado
por Rusia.
Russell con su cuarta esposa, Edith, en una manifestación antinuclear
organizada por la Campaña para el Desarme Nuclear, de la que Russell era
presidente.
En
realidad, esto estaba lejos de ser cierto; Russell, por su parte, mantenía que
el problema estaba a ambos lados. El desarme unilateral, en su opinión, era
inútil, y en septiembre de 1957 escribió para The New York Times: «Estados
Unidos se ha convertido en el país que lleva la antorcha de occidente y es
deber de todos nosotros hacer lo posible por mantener la antorcha brillando con
fuerza.» Hasta que la guerra de Vietnam introdujo un nuevo factor en la escena
internacional, la postura de Russell -en muchos lugares impopular— era la
defensa del desarme mutuo y tratar de reducir la tensión entre las dos
superpotencias.
La bomba
de hidrógeno británica y el auge de la Campaña para el Desarme Nuclear
alteraron la situación. Había habido movimientos de protesta anteriores a la
CDN: el Comité Nacional de la Bomba de Hidrógeno, el Comité de Emergencia para
la Acción Directa y el Consejo para la Abolición de Pruebas con Armas
Nucleares, entre otros. Pero ninguno de ellos alcanzó un impacto mínimo en la
opinión pública de Gran Bretaña y solamente quedó la CDN para unir a los
defensores de estas ideas, y en el otoño de 1960 consiguieron que el partido
laborista se comprometiera a renunciar a las armas nucleares.
La
campaña había sido fundada por figuras de renombre como J. B. Priestley (el
novelista), Víctor Gollancz (el editor), Kingsley Martin (director de The
New Statesman) y el canónigo Collins (de la catedral de San Pablo).
Pero aun siendo personalidades influyentes, necesitaban a alguien que pudiera
ser un símbolo y un punto de referencia. ¿Quién mejor que Bertrand Russell con
su melena de pelo blanco que tan buen efecto hacía en televisión, con sus
principios rígidos y su prosa brillante; el filósofo que con «El peligro del
hombre» parecía realmente haber hecho saber a muchos países, al menos de manera
aproximada, lo que significaría una guerra nuclear? A sus ochenta y seis años,
Russell comenzó a participar en el mundo de las reuniones de protesta y de las
sentadas en húmedas aceras que le hacían parecer ridículo o heroico, según el
punto de vista, y fue objeto de vilipendio por gran parte de la prensa que
pretendía que las cosas no habían cambiado mucho desde la I Guerra Mundial.
Russell con Cyrus Eaton, después de su participación en la sesión final del
tercer Congreso Pugwash en la Akademie der Wissenschaften, el 20 de septiembre
de 1958. Eaton, millonario canadiense, era el patrocinador de las Conferencias.
Ni
siquiera actualmente resulta fácil valorar si Russell desempeñó un papel más
importante en los fracasos de la Campaña que en sus éxitos. A pesar de que
fundó el grupo disidente conocido como «Comité de los 100» que rompió el
movimiento por la mitad, su importante figura, sus sólidos argumentos y su
habilidad para tratar con los que interrumpían en los discursos como si se
tratara de estudiantes repetidores que no sabían escuchar, proporcionó a la
campaña un brío que sin su participación no hubiera tenido. La otra cara de la
moneda ha sido descrita por A. J. Taylor, miembro directivo de la CDN:
«Como de
cualquier presidente de una asociación, se esperaba de él que fuera una figura
decorativa; no que asistiera a las reuniones ejecutivas en las que se marcaba
el camino a seguir, sino que nos diera su bendición y que su nombre figurara en
los membretes. Pero en lugar de eso, él pretendía estar mucho mejor preparado
que nosotros para llevar la CDN. Yo le consideraba un terrible estorbo.»
Capítulo
11
Un «joven» de noventa años
Las
intervenciones de Russell habrían sido incluso más numerosas si los cambios en
su vida privada no le hubieran llevado a finales de los 50 a alejarse al norte
de Gales. Cuando se encontraba aún en Cambridge, era patente que el matrimonio
no iba bien. Primero se trasladó a Richmond, a las afueras de la ciudad. Peter
solicitó el divorcio por abandono, bajo la impresión de que él deseaba contraer
matrimonio con Colette, impresión razonable puesto que Colette había estado con
él en el norte de Gales y pensaba comprarse allí una casa. Sin embargo, una vez
concedido el divorcio, Russell se casó con Edith Linch, la amiga de Lucy
Donnelly a la que había conocido en Princeton diez años antes. Colette, en un
hospital y con la perspectiva de quedarse ciega por causa de un glaucoma, se
enteró de la noticia por los periódicos. «Afortunadamente, lo del glaucoma se
quedó en el susto -escribió Colette—, Pero aquél fue uno de los peores días de
mi vida.»
La cuarta
esposa de Russell era treinta años más joven que él y dedicó su vida a cuidarle
y a defender las causas liberales en las que él creía. Con grandes dotes de
organización, atractiva e inteligente, iba a ser la compañera ideal de Russell
durante sus últimos dieciocho años de vida. Con ella se trasladó, por así
decirlo, del fragor de la batalla a un lugar estratégico desde el que podía
contemplar objetivamente la escena: Pías Penrhyn, una casa de estilo Regencia
en la península Portmeirion. Allí disfrutó no sólo de la soledad sino también
del panorama incomparable del estuario del Glaslyn y de los picos del macizo
Snowdon, así como de la perspectiva de Tan-y-Rallt, lugar donde Shelley fue
atacado después de haber sido expulsado^ de Oxford. Aunque se compró un piso
nuevo en Londres para sus escasas visitas al sur, sus salidas para trasladarse
a los estudios de radio y para asistir a los mítines de la CDN en todo el país
las hacía desde Pías Penrhyn; fue allí principalmente donde continuó
escribiendo artículos que llevaban siempre el mismo mensaje, pero que se
aceptaban en las más diversas publicaciones.
La tercera señora Russell, Peter (derecha), después de haberle sido
concedido el divorcio por abandono en junio de 1952.
Russell, con su cuarta esposa, Edith Finch, el día de su boda, 15 de
diciembre de 1952. Edith era treinta años más joven que su marido.
En apoyo
de la CDN, Russell escribió para la revista canadiense International
Affairs, y para la india Radical Humanist. Pero
también se sentía cómodo escribiendo «Cuatro minutos de locura» para el Sunday
Dispatch, y enviando el mismo tema a Macleans Magazine y John
Bull. Esto tenía que resultar irritante a los científicos y filósofos
que se dirigían solamente a la elite y a los especialistas. Los artículos y los
discursos en mítines públicos eran sólo dos de las armas que utilizaba en su
esfuerzo por hacer que la gente tuviera sentido común, y en la menospreciada
Cámara de los Lores presentó una moción urgiendo a Gran Bretaña a que
persuadiera a las potencias no-nucleares para que renunciaran a la fabricación,
propiedad y utilización de armas nucleares. A pesar del apoyo de lord Adrián y
de los obispos de Manchester, Portmouth y Chichester, la moción fue retirada.
Russell hizo la siguiente observación cuatro años después: «Nadie se toma en
serio a la Cámara de los Lores, y no hay razón especial para que alguien lo
haga.»
En 1960
cambió su postura de modo parecido a como lo había hecho en 1915. Si en esta
fecha había decidido que su oposición a la guerra había sido insuficiente y se
había dedicado a la Asociación Antirreclutamiento, deseoso del martirio, en
1960, igualmente realista, pensó que la CDN había perdido pujanza y que se
necesitaba algo más efectivo para tener éxito.
Pías Penrhyn, la casa de estilo Regencia en el norte de Gales, a la que
Russell y su esposa se trasladaron en 1955. Bajo estas líneas, una vista del
paisaje que se dominaba desde la ventana del dormitorio de Russell.
Bertrand Russell en su estudio de Pías Penrhyn. Aunque tenía más de ochenta
años cuando se trasladó a su nueva casa, Russell continuó escribiendo vigorosa
y prolíficamente.
El
resultado fue el Comité de los 100, primeramente sugerido por su joven
secretario, Ralph Schoenman, que en opinión de Russell podría cumplir lo que la
situación exigía.
Russell participando como orador en la manifestación organizada por la
Campaña para el Desarme Nuclear en Trafalgar Square, el 24 de septiembre de
1960. Un gran número de miembros de la Campaña viajó desde Edimburgo y llegó a
Londres ese mismo día precedido por la banda de gaitas Artiston Colliery.
Schoenman
era un joven americano que estudiaba en la facultad de Económicas de Londres.
Había estado comprometido en el movimiento de protestas durante los años
anteriores y en julio de 1960 escribió a Russell pidiendo ayuda para organizar
una manifestación de desobediencia civil.
Después
fue en auto-stop a Penrhyndeudraeth, se ganó el aprecio de Russell y de su
esposa, y el 11 de septiembre ya había enviado cartas anunciando que se estaba
formando un grupo de 100 personas llamado «El Comité de los 100 para la
desobediencia civil contra la guerra nuclear». Como otras muchas de las
operaciones del Comité de los 100, el anuncio de la aparición del nuevo grupo
parece que fue hecho con precipitación, aunque la afirmación posterior de
Russell de que la elección de la desobediencia civil había sido hecha
«solamente para llamar la atención», sugiere que la precipitación podría haber
sido intencionada.
Russell en una manifestación antinuclear junto con Ralph Schoenman (abajo a
la derecha).
Después
de algunos días de acaloradas discusiones entre los líderes de la vieja campaña
y los del nuevo comité -en los que utilizaron un magnetófono para asegurarse de
que ninguna de las partes interpretaba mal a la otra, Russell dimitió de la
presidencia de la CDN.
Schoenman,
que se encontraba frecuentemente en Londres, donde comenzaba a hablar con «la
voz de su amo», se convirtió en su secretario particular. Desde el otoño de
1960 hasta el verano de 1969, cuando Russell rompió sus últimos lazos de unión
con Schoenman, cada uno de ellos utilizó al otro con éxito diverso. Las
acusaciones de que Schoenman, el impetuoso americano, dominaba a un Russell en
estado de senilidad no resisten el más mínimo examen. Puede decirse, más
exactamente, que durante los primeros años de la década de los 60 Russell se
sentía satisfecho por poder utilizar los servicios de un joven de ideas tan
radicales como las suyas y con una habilidad no exenta de audacia para
conseguir que las cosas llegaran a buen término, Pero poco a poco se fue dando
cuenta de que la audacia era con frecuencia contraproducente y que ello
perjudicaba cada vez más su posición. La crónica de Private Eye titulada
«Bertrand Russell cruza a nado el Atlántico» tenía el mismo aire de afirmación
irresponsable que el creado en Londres en nombre de Russell cuando él se
encontraba en Penrhyndeudraeth.
Russell preparándose para una conexión transatlántica con Edward Teller, «el
padre de la bomba H», el 9 de abril de 1960. Las pruebas nucleares y la
libertad de expresión fueron algunos de los temas tratados.
Artículo aparecido en la publicación humorística Private Eye en 1966. Con el
título «Russell cruza el Atlántico», reflejaba las exageraciones que se decían
a veces sobre Russell.
El mismo
era capaz de cometer graves errores de juicio, incluso sin la intervención de
Schoenman. De esta forma, el éxito y el fracaso se alternaron durante los diez
últimos años de su vida, durante los cuales hizo campaña contra las armas
nucleares, intervino en la crisis de Cuba en 1962, protestó contra la
intervención norteamericana en Vietnam y dedicó sus todavía considerables
energías a una variedad de temas, entre ellos la confrontación árabe-israelí,
las desavenencias chino-indias y la creación de un Tribunal de Crímenes de
Guerra para acusar a una de las partes en la guerra del Vietnam.
A pesar
de su participación en el Comité de los 100, Russell continuó prestando su
apoyo y pronunciando discursos para la Campaña para el Desarme Nuclear. En
ocasiones, su intervención era inadecuada, como cuando en Birmingham, en abril
de 1961, defendió que Kennedy y Macmillan «eran mucho peores que Hitler». El
daño causado por tales declaraciones fue equilibrado posteriormente cuando
Russell y su esposa fueron citados por el Tribunal de Bow Street bajo la
acusación de incitar al público a la desobediencia civil, lo que violaba una
ley de 1361. Pocas cosas habrían agradado más a Russell. «Dimos instrucciones a
nuestro abogado -dijo- para que impidiera que fuéramos puestos en libertad
inmediatamente, pero, al mismo tiempo, debía intentar que la condena no fuera
superior a catorce días de prisión.»
Todo
ocurrió como Russell esperaba. Pronunció un discurso breve pero enérgico ante
el tribunal, y aunque se sentenció a los acusados a dos meses de prisión, la
condena quedó reducida a una semana, que cumplieron en hospitales-prisión. Como
comentó The New Statesman, las autoridades habían «actuado con
una» única, casi diríamos inspirada, mezcla de estupidez y de pánico». Un
hombre de noventa años condenado a prisión por lo que él obviamente creía
cierto no podía dejar de ganar el respeto de muchos que no estaban de acuerdo
con sus opiniones. Casi de la noche a la mañana, la imagen pública del viejo
filósofo sentado en las aceras de la calle sin aparente objetivo alguno se
transformó en la de un excéntrico aristócrata.
Los
beneficios de la publicidad de su segundo encarcelamiento en una larga vida
duraban todavía cuando, casi exactamente un año más tarde, Russell intervino en
la crisis cubana que amenazaba con llevar a Estados Unidos y Rusia al borde de
la guerra nuclear. Cuando el bloqueo de la isla parecía inminente, hizo unas
declaraciones a la prensa desde Pías Penrhyn.
Bertrand Russell participando en una manifestación pacifista.
Russell y su esposa a la salida del juzgado de Bow Street, el 12 de
septiembre de 1961, después de ser condenados a dos meses de prisión por
incitar a la desobediencia civil, de acuerdo con una ley de 1361.
Comenzaba
así: «La humanidad se enfrenta esta noche a una gran crisis.» Lo que se
transformó tras la alteración de Schoenman en: «Parece probable que en menos de
una semana todos habréis muerto para complacer a los locos americanos.» Por
sugerencia de Russell, «una semana» se cambió por «una o dos semanas», pero el
resto quedó como lo había dejado Schoenman. Cuando pocas horas más tarde se
anunció el bloqueo, Russell envió cinco telegramas desde Pías Penrhyn. Kennedy,
Kruschov, U-Thant (secretario general de las Naciones Unidas), Harold Macmillan
(primer ministro británico) y Hugh Gaitskell (líder de la oposición) recibieron
su llamamiento. En los telegramas dirigidos a Kennedy y a U-Thant, condenaba
enérgicamente la acción de Estados Unidos. Hasta entonces los acontecimientos
no habían sido particularmente destacados, ya que Russell escribía o enviaba
telegramas con cierta regularidad a los jefes de Estado, y lo que podía haber
sido efectivo en la época de lord John, parecía causar poco impacto en la segunda
mitad del siglo XX. Pero cuarenta y ocho horas después de que Russell enviara
los telegramas, radio Moscú emitió una respuesta de Kruschov a Russell, lo que
convirtió a éste en el centro del interés público. Corresponsales de prensa y
radio se dirigieron inmediatamente a Penrhyndeudraeth para entrevistar al
«intelectual nonagenario en zapatillas en su casa del norte de Gales».
En el
transcurso de los tres días siguientes, Russell telegrafió de nuevo a Kennedy y
a Kruschov, así como a Fidel Castro. Finalmente, los rusos aceptaron retirar de
Cuba los misiles que habían originado la confrontación, pero no hay pruebas que
sugieran que la intervención de Russell influyera en el curso de los
acontecimientos. Hubo intercambios entre Kruschov y Kennedy que Russell
desconocía, y él mismo escribió después: «No creo que yo haya alterado el curso
de la historia ni un ápice.» A lord Dundee, ministro de Asuntos Exteriores, le
comentó: «Probablemente Kruschov sólo hace lo que le pido si ya ha decidido
hacerlo.»
Las
exageradas afirmaciones hechas por partidarios de Russell en relación con su
influencia en la crisis de Cuba aumentaron su prestigio durante los años
siguientes. Sin embargo, aquellas semanas del otoño de 1962 habían mostrado a
Russell que la tarea que se había impuesto de salvar al mundo necesitaba una
gran cantidad de dinero.
Inscripción en memoria de Russell colocada en la capilla del Trinity
College, de la Universidad de Cambridge.
Cronología
|
1872 |
18 de mayo: nace Bertrand Russell en Ravenscroft. |
|
1874 |
Mueren su madre y una
hermana de corta edad. |
|
1876 |
Muere su padre. Es llevado a vivir a casa de sus abuelos, lord y lady
Russell, en Pembroke Lodge, Richmond Park. |
|
1889 |
Obtiene una beca para
estudiar matemáticas en Cambridge. |
|
1890 |
Entra en el Trinity College de Cambridge. |
|
1893 |
Consigue la calificación
de sobresaliente en matemáticas. |
|
1894 |
Consigue un sobresaliente en los exámenes de filosofía. Es nombrado
agregado de la embajada británica en París. Contrae matrimonio con Alys
Pearsall Smith. |
|
1895 |
Consigue una beca como
premio por su disertación sobre «Los fundamentos de la geometría». |
|
1896 |
Pronuncia varias conferencias en la facultad de Económicas de Londres.
Viaja a Estados Unidos con su esposa. Da algunas conferencias sobre geometría
no-euclidiana en el Bryn Mawr College y en la Universidad John Hopkins. |
|
1907 |
Se presenta sin éxito a
las elecciones al Parlamento en Wimbledon. |
|
1908 |
Es elegido miembro de la Royal Society. |
|
1910 |
Es nombrado profesor
agregado de lógica y principios de las matemáticas del Trinity College.
Comienzan a publicarse los Principia Mathematica, escritos
en colaboración con Whitehead. |
|
1911 |
Comienza unas largas relaciones con lady Ottoline Morrell. Abandona a
su esposa. |
|
1912 |
Se publica Los
problemas de la filosofía. |
|
1914 |
Segundo viaje a Estados Unidos, donde pronuncia las conferencias
Lowell en Harvard. |
|
1916 |
Pronuncia en Londres una
serie de conferencias sobre «Principios de la reconstrucción social».
Participa activamente en la Asociación Antirreclutamiento. Carta abierta al
presidente Wilson instándole a hacer todo lo posible para negociar la paz.
Escribe a favor de los objetares de conciencia encarcelados, por lo que es
procesado y multado con cien libras. Es expulsado de su puesto de profesor en
el Trinity. |
|
1918 |
Pronuncia una serie de conferencias sobre «La filosofía del atomismo
lógico». Cumple una condena de seis meses de prisión por un artículo
publicado en The Tribunal. Se publica Caminos hacia
la libertad: socialismo, anarquismo y sindicalismo. |
|
1920 |
Visita la Unión
Soviética con una delegación laborista. Se entrevista con Lenin. Visita China
con su futura esposa, Dora Black. Escribe Teoría y práctica del
bolchevismo. |
|
1921 |
Imparte clases en la Universidad Nacional de Pekín. Se divorcia de
Alys y contrae matrimonio con Dora Black. Nace su hijo John Conrad. Se
publica El análisis de la mente. |
|
1922 |
Se presenta sin éxito al
Parlamento como candidato laborista por Chelsea. |
|
1923 |
Nace su hija Katherine Jane. |
|
1924 |
Realiza la primera de
sus cuatro giras de conferencias por Estados Unidos. |
|
1927 |
Inaugura junto con su esposa la escuela experimental Beacon Hill en
Telegraph House, Petersfield. Gira de conferencias en Estados Unidos. Se
publica El análisis de la materia. |
|
1929 |
Gira de conferencias en
Estados Unidos. Escribe Matrimonio y moral. |
|
1931 |
Gira de conferencias en Estados Unidos. A la muerte de su hermano, se
convierte en el tercer conde Russell. |
|
1935 |
Se divorcia de Dora. |
|
1936 |
Contrae matrimonio con Patricia Spence. |
|
1937 |
Nace su segundo hijo,
Conrad Sebastian Robert. Se publica The Amberley Papers, obra
escrita en colaboración con Patricia. |
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1938 |
Es nombrado profesor invitado de filosofía en la Universidad de
Chicago. |
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1939 |
Se le nombra profesor de
filosofía en la Universidad de California, en Los Angeles. |
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1940 |
Le ofrecen un puesto de profesor en el New York City College para
impartir clases de lógica y otras materias, pero se revoca el nombramiento
debido a una controvertida causa judicial. |
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1941 |
Trabaja como profesor de
historia de la filosofía en la Fundación Barnes (Merion, Pensilvania), hasta
1943. |
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1944 |
Al ser nombrado catedrático del Trinity College, regresa a Inglaterra. |
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1945 |
Se publica Historia
de la filosofía occidental. |
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1948 |
Realiza numerosas emisiones para la BBC. Es enviado a Noruega por el
Consejo Británico. |
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1949 |
Pronuncia las primeras
conferencias Reith en la BBC. Le es concedida la Orden del Mérito. |
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1950 |
Viaja a Australia y a Estados Unidos como profesor invitado. Se le
concede el premio Nobel de literatura. |
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1952 |
Divorcio de Patricia.
Contrae matrimonio con Edith Finch. Se publica El impacto de la
ciencia en la sociedad. |
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1954 |
Emisión en la BBC de «El peligro del hombre». |
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1957 |
Es elegido presidente
del primer Congreso Pugwash. Se publica su carta abierta a Kruschov y a
Eisenhower en la que urgía a la cooperación Este- Oeste. |
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1958 |
Participa en la creación de la Campaña para el Desarme Nuclear. |
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1960 |
Dimite como presidente
de la CDN y es nombrado presidente del Comité de los 100. |
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1961 |
Protesta contra la política nuclear del gobierno británico. Es
condenado, junto con su esposa, a dos meses de prisión, que quedan reducidos
a una semana por razones de salud. |
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1963 |
Crea la Fundación
Bertrand Russell para la Paz. |
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1967 |
Comienza la publicación de su Autobiografía en tres
volúmenes, que acabará en 1969. |
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1970 |
2 de febrero: muere
Bertrand Russell en Penrhyndeudraeth. |
Testimonios
J. B.
Priestley
Por lo
que se refiere a la tradición, un filósofo como Russell, que proporciona de
buen grado a todos sus lectores sus propios conocimientos adquiridos, está
mucho más cercano a la gran tradición filosófica antigua que esos especialistas
misteriosos que se relacionan únicamente con otros especialistas igualmente
misteriosos para resolver problemas que no entiende nadie excepto ellos mismos.
He aquí a grandes rasgos el nuevo estilo filosófico.
(El
europeo y su literatura, 1961)
A. J.
Ayer
Bertrand
Russell destaca entre todos los filósofos de este siglo porque, además de
dedicarse a cuestiones específicamente filosóficas, se interesó también por las
ciencias naturales y sociales; y, por si esto fuera poco, tuvo tiempo para
comprometerse en la tarea de la instrucción pública y para participar
activamente en política. (Bertrand Russell, 1973)
Ludwig
Marcuse
Pero
sobre todo, él [Platón] fue un ardiente defensor del poder no unido a la
explotación. Es incomprensible que un pensador como Bertrand Russell (y otros
de menor talla después que él) calificase a Platón de fascista. No es justo ni
acertado identificar el gobierno de una elite con el gobierno de una
oligarquía.
(Apuntes
de un antiguo estudiante de Filosofía, 1964)
Hans Lenk
Existe
una paradoja siempre que una frase y su contraria son demostrables al mismo
tiempo. La paradoja del número máximo y la famosa paradoja russelliana de su
idea de la cantidad de cantidades, que no se incluyen a sí mismas como
elemento, sacudieron los cimientos de la lógica y de la matemática edificados a
costa de grandes esfuerzos y considerados hasta entonces inconmovibles. Sucedió
esto en el preciso instante en que Frege sentaba las primeras bases de la
lógica y la aritmética formuladas a partir de un riguroso sistema de axiomas.
(La
Filosofía en la época tecnológica, 1971)
Albert
Einstein
Admiro el
agudo análisis que Russell nos ha legado en su libro Investigación
sobre el significado y la verdad, pero creo que
incluso en él ha sentado sus reales el fantasma del miedo a la metafísica. En
este miedo radica a mi entender la causa de concebir, por ejemplo, la «cosa»
como un «conjunto de cualidades», con lo cual las «cualidades» se quieren deducir
de la materia prima sensorial... De todos estos esfuerzos me ha complacido que
en el último capítulo se diga que la metafísica es imprescindible. Mi única
objeción al respecto: de la lectura entre líneas se desprende la mala
conciencia del intelectual.
(Mi visión
del mundo, 1965)
Arnold
Toynbee y John Cogley
Los
creyentes discreparían de lord Russell cuando afirma que el temor es la esencia
de la fe. Ellos dirían más bien que su motor es la búsqueda de un sentido
último, y destacarían con Kierkegaard que el «salto a la fe» exige mayores
dosis de valor y de audacia.
(¿Tiene
futuro la religión?, 1968)
Golo Mann
El que
desconfía de los políticos desconfía del «pueblo», porque el pueblo, al menos
en un Estado democrático, tiene los políticos que se merece. En su juventud,
Russell se burló una vez diciendo que la superioridad de los sistemas políticos
democráticos radicaba en la interrelación mutua que existe entre electores y
elegidos: cuanto más tonto fuese el diputado, más tontos serían sus electores.
En el fondo siempre se mantuvo fiel a este lema.
(Ensayo
sobre Bertrand Russell, 1972)
U Thant
Lord
Russell fue uno de los primeros que intuyeron qué demencial y peligrosa resulta
la acumulación ilimitada de material bélico nuclear. En los primeros años
combatió poco menos que en solitario esta tendencia; en la actualidad, el grupo
de sus seguidores es mucho más nutrido. Aunque mantengo ciertas discrepancias
con los planteamientos de lord Russell sobre el desarme unilateral y otras
ideas afines, comparto, sin embargo, su opinión de que la fabricación,
experimentación, perfeccionamiento y acumulación progresiva de armamento
nuclear constituyen uno de los mayores peligros para la humanidad y una de las
amenazas más graves para la supervivencia del género humano.
(En la
creación de la Fundación Bertrand Russell para la Paz, 1974)
Bibliografía
Algunas
ediciones en castellano de las obras de B. Russell
Obras
completas. Madrid, Aguilar, 1974. 2 vols.
Los principios
de la matemática. Madrid, Espasa-Calpe, 1977.
Ensayos
filosóficos. Madrid, Alianza, 1982.
Los
problemas de la filosofía. Barcelona, Labor, 1981.
Análisis
de la materia. Madrid, Taurus, 1976.
Historia
de la filosofía occidental. Madrid, Espasa-Calpe, 1978. 2 vols. Retratos
de memoria. Madrid, Alianza, 1976.
¿Tiene el
hombre un futuro? Madrid, Aguilar, 1968.
Crímenes
de guerra en Vietnam. Madrid, Aguilar, 1968.
Autobiografía. Madrid,
Aguilar, 1971. 3 vols.
Obras
sobre B. Russell
Ayer, A.
J.: Russell. Barcelona, Grijalbo, 1973.
Hardy, G.
H.: Bertrand Russell and Trinity. Londres, 1970.
Ivars, J.
F.: Bertrand Russell y su obra. Madrid, Dopesa, 1978.
Lewis,
J.: Bertrand Russell, filósofo y humanista. Madrid, Ayuso,
1972.
Schlipp, P.:
The Philosophy of Bertrand Russell. La Salle, Open Court, 1975.
Schoenman,
R.: Homenaje a Bertrand Russell. Barcelona, Oikos-Tau, 1968.
Wood,
A.: Bertrand Russell, el escéptico apasionado. Madrid,
Aguilar, 1967.

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