© Libro No. 499. El
apoyo mutuo. Un factor de la evolución. Kropotkin, Peter. Colección E.O.
Octubre 12 de 2013.
Títulos originales: © El apoyo mutuo. Un factor de la evolución. Peter Kropotkin
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
El apoyo mutuo
Un factor de la evolución
Peter Kropotkin
INTRODUCCION
A LA
TERCERA EDICION EN ESPAÑOL
El
apoyo mutuo es la obra más
representativa de la personalidad intelectual de Kropotkin. En ella se encuentran expresados por igual el
hombre de ciencia y el pensador anarquista; el biólogo y el filósofo social; él
historiador y el ideólogo. Se trata de
un ensayo enciclopédico, de un género cuyos últimos cultores fueron
positivistas y evolucionistas. Abarca casi todas las ramas del saber humano,
desde la zoología a la historia social, desde la geografía a la sociología del
arte, puestas al servicio de, una tesis científico-filosófica que constituye, a
su vez, una particular interpretación del evolucionismo darwiniano.
Puede decirse que dicha tesis llega a ser el
fundamento de toda su filosofía social y política y de todas sus doctrinas e
interpretaciones de la realidad contemporánea Como gozne entre aquel fundamento
y estas doctrinas se encuentra una ¿tica de la expansión vital.
Para comprender el sentido de la tesis básica de El apoyo mutuo es necesario partir del
evolucionismo darwiniano al cual se adhiere Kropotkin, considerándolo la última
palabra de la ciencia moderna.
Hasta el siglo XIX los naturalistas tenían casi por
axioma la idea de la fijeza e inmovilidad de las especies biológicas: Tot sunt
species quot a principio creavit infinitum ens.
Aún en el siglo XIX, el más célebre de los cultores de la historia
natural, el hugonote Cuvier, seguía impertérrito en su fijismo. Pero ya en 1809 Lamarck, en su Filosofíazoológica defendía, con gran
escándalo de la Iglesia y de la Academia, la tesis de que las especies
zoológicas se transforman, en respuesta a una tendencia inmanente, de su
naturaleza y adaptándose al medio circundante.
Hay en cada animal un impulso intrínseco (o "conato") que lo
lleva a nuevas adaptaciones y lo provee de nuevos órganos, que se agregan a su
fondo genético y se transmiten por herencia.
A la idea del impuso intrínseco y la formación de nuevos órganos
exigidos por el medio ambiente se añade la de la transmisión hereditaria. Tales ideas, a las que Cuvier oponía tres
años más tarde, en su Discurso sobre las
revoluciones del globo, la teoría de las catástrofes geológicas y las
sucesivas creaciones (1), encontró indirecto apoyo en los trabajos del geólogo
inglés, Lyell, quién, en sus Principios
de geología demostró la falsedad del catastrofismo de Cuvier, probando que
las causas de la alteración de la superficie del planeta no son diferentes hoy
que en las pasadas eras (2).
Lamarck desciende filosóficamente de la filosofía de
la Ilustración, pero no ha desechado del todo la teleología. Para él hay en la naturaleza de los seres
vivos una tendencia continua a producir organismos cada vez más complejos
(3). Dicha tendencia actúa en respuesta
a exigencias del medio y no sólo crea nuevos caracteres somáticos sino que los
transmite por herencia. Una voluntad
inconsciente y genérica impulsa, pues, el cambio según una ley general que
señala el tránsito de lo simple a lo complejo.
Está ley servirá de base a la filosofía sintética de Spencer. Pese a la importancia de la teoría de Lamarck
en la historia de la ciencia y aun de la filosofía, ella estaba limitada por
innegables deficiencias. Lamarck no
aportó muchas pruebas a sus hipótesis; partió de una química precientífica; no
consideró la evolución sino como proceso lineal. Darwin, en cambio, sé preocupó por acumular,
sobre todo a través de su viaje alrededor del mundo, en el Beagle un gran cúmulo de observaciones zoológicas y botánicas; se
puso al día con la química iniciada por Lavoisier (aunque ignoró la genética
fundada por Mendel) y tuvo de la evolución un concepto más amplio y,
complejo. Desechó toda clase de
teleologismo y se basó, en supuestos estrictamente mecanicistas. Sus notas revelan que tenía conciencia de las
aplicaciones materialistas de sus teorías biológicas. De hecho, no sólo recibio la influencia de su
abuelo Erasmus Darwin y la del geólogo Lyell sino también las del economista
Adam Smith, del demógrafo Malthus y del filósofo Comte (4). En 1859 publicó su Origen de las especies que logró pronto universal celebridad; doce
años más tarde sacó a la luz La descendencia del hombre (5). Darwin acepta de Lamarck la idea de
adaptación al medio, pero se niega a admitir la de la fuerza inmanente que
impulsa la evolución. Rechaza, en
consecuencia, toda posibilidad de cambios repentinos y sólo admite una serie de
cambios graduales y accidentales.
Formula, en sustitución del principio lamarckiano del impulso inmanente,
la ley de la selección natural (6).
Partiendo de Malthus, observa que hay una reproducción excesiva de los
vivientes, que llevaría de por si a que cada especie llenara toda la
tierra. Si ello no sucede es porque una
gran parte de los individuos perecen.
Ahora bien, la desaparición de los mismos obedece a un proceso de
selección. Dentro de cada especie surgen
innúmeras diferencias; sólo sobreviven aquellos individuos cuyos caracteres
diferenciales los hacen más aptos para adaptarse al medio. De tal manera, la evolución aparece como un
proceso mecánico, que hace superflua toda teleología y toda idea de una
dirección y de una meta. Esta ley básica
de la selección natural y la supervivencia del más- apto (que algunos filósofos
comporáneos, como Popper, consideran mera tautología) comparte la idea de la
lucha por la vida (struggle for life) (7).
Ésta se manifiesta principalmente entre los individuos de una misma
especie, donde cada uno lucha por el predominio y por el acceso a la
reproducción (selección sexual).
Herbert Spencer, quien, antes de Darwin, había
esbozado ya el plan de un vasto sistema de filosofía sintética, extendió la
idea de la evolución, por una parte, a la materia inorgánico (Primeros Principios 1862, II Parte,) y,
por otra parte, a la sociedad y la cultura (Principios
de Sociología, 18761896). Para él,
la lucha por la vida y la supervivencia. del más apto (expresión que usaba
desde 1852), representan no solamente, el mecanismo por el cual la vida se
transforma y evoluciona sí no también. la única vía de todo progreso humano
(8). Sienta así las bases de lo que se
llamará el darwinismo social, cuyos dos hijos, el feroz capitalismo
manchesteriano y el ignominioso racismo fuero tal vez más lejos de lo que aquel
pacífico burgués podía imaginar. Th.
Huxley, discípulo fiel de Darwin, publica, en febrero de 1888, en, la revista The Níneteenth Century, un artículo que
como su mismo título indica, es todo un manifiesto del darwinismo social: The Struggle for life. A Programme (9). Kropotkin queda conmovido por este trabajo,
en el cual ve expuestas las ideas sociales contra las que siempre había
luchado, fundadas en las teorías científicas a las que consideraba como
culminación, del pensamiento biológico contemporáneo. Reacciona contra él y, a partir de 1890, se
propone refutarlo en una serie de artículos, que van apareciendo también en The Nineteenth Century y que más tarde
amplía y complementa, al reunirlos en un volumen titulado El apoyo mutuo. Un factor de la
evolución.
Un camino para refutar a Huxley y al darwinismo
social hubiera sido seguir los pasos de Russell Wallace, quien pone el cerebro
del hombre, al margen de la evolución.
Hay que tener en cuenta que este. ilustre sabio que formuló su teoría de
la evolución de las especies casi al mismo tiempo que Darwin, al hacer un lugar
aparte para la vida moral e intelectual del ser humano, sostenía que desde el
momento en que éste llegó a descubrir el fuego, entró en el campo de la cultura
y dejo de ser afectado por la selección natural (10). De este modo Wallace se sustrajo, mucho más
que Darwin o Spencer, al prejuicio racial (11). pero Kropotkin, firme en su
materialismo, no podía seguir a Wallace, quien no dudaba en postular la intervención
de Dios para explicar las características del cerebro y la superioridad moral e
intelectual del hombre.
Por otra parte, como socialista y anarquista, no
podía en, modo alguno cohonestar las conclusiones de Huxley, en las que veía
sin duda un cómodo fundamento para la economía del irrestricto "laissez
faire" capitalista, para las teorías racistas de Gobineau (cuyo Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas había sido publicados
ya en 1855), para el malthusianismo, para las elucubraciones falsamente
individualistas de Stirner y de Nietzsche.
Considera, pues, el manifiesto huxleyano como una
interpretación unilateral y, por tanto, falsa de la teoría darwinista del
"struggle for life" y le propone demostrar que, junto al principio de
la lucha (de cuya vigencia no duda), se debe tener en cuenta otro, más
importante que aquél para explicar la evolución de los animales y el progreso
del hombre. Este principio es el de la
ayuda mutua entre los individuos de una misma especie (y, a veces, también entre
las de especies diferentes). El mismo
Darwin había admitido este principio. En
el prólogo a la edición de 1920 de El
apoyo mutuo, escrito pocos meses
antes de su muerte, Kropotkin manifiesta su alegría por el hecho de que el
mismo Spencer reconociera la importancia de "la ayuda mutua y su
significado en la lucha por la existencia'.
Ni Darwin ni Spencer le otorgaron nunca, sin embargo, el rango que le da
Kröpotkin al ponerla al mismo nivel (cuando no por encima) de la lucha por la
vida como factor de evolución.
Tras un examen bastante minucioso de la conducta de
diferentes especies animales, desde los escarabajos sepultureros y los
cangrejos de las Molucas hasta los insectos sociales (hormigas, abejas etc.),
para lo cual aprovecha las investigaciones de Lubbock y Fabre; desde el
grifo-hálcón del Brasil hasta el frailecico y el aguzanieves desde cánidos,
roedores, angulados y rumiantes hasta elefantes, jabalíes, morsas y cetáceos;
después de haber descripto particularmente los hábitos de los monos que son,
entre todos los animales 'los más próximos al hombre por su constitución y por
su inteligencia', concluye que en todos los niveles de la escala zoológica
existe vida social y que, a medida que se asciende en dicha escala, las
colonias o sociedades animales se tornan cada vez más conscientes, dejan de
tener un mero alcance fisiológico y de fundamentarse en el instinto, para
llegar a ser, al fin, racionales. En
lugar de sostener, como Huxley, que la sociedad humana nació de un pacto de no
agresión, Kropotkin considera que ella existió desde siempre y no fue creada
por ningún contrato, sino que fue anterior inclusive a la existencia de los
individuos. El hombre, para él, no es lo
que es sino por su sociabilidad, es decir, por la fuerte tendencia al apoyo
mutuo y a la convivencia permanente. Se
opone así al contractualismo, tanto en la versión pesimista de Hobbes (honro
homini lupus), que fundamenta el absolutismo monárquico, cómo en la optimista
de Rousseau, sobre la cual se considera basada' la democracia liberal. Para Kropotkin igual que par Aristóteles, la
sociedad es tan connatural al hombre como el lenguaje. Nadie como el hombre merece el apelativo de
"animal social" (dsóon koinonikón).
Pero a Aristóteles se opone al no admitir la
equivalencia que éste establece entre "animal social" y "animal
político" (dsóon politikón). Según
Kropotkin, la existencia del hombre depende siempre de una coexistencia. El hombre existe para la sociedad tanto como
la sociedad para el hombre. Es claro,
por eso que su simpatía por Nietzsche no podía se¡ profunda. Considera al nietzscheanismo, tan de moda en
su época como en la nuestra, "uno de los individualismos
espúreos". Lo identifica en
definitiva con el individualismo burgués, 'que sólo puede existir bajo la
condición de oprimir a las masas y del lacayismo, del servilismo hacia la
tradición, de la obliteración de la individualidad dentro del propio opresor,
como en seno de la masa oprimida' (12).
Aun a Guyau, ese Nietzsche francés cuya moral sin obligación ni sanción
encuentra tan cercana a la ética anarquista, le reprocha el no haber
comprendido que la expansión vital a la cual aspira es ante todo lucha por la
justicia y la Libertad del pueblo. Con
mayor fuerza todavía se opone al solipsismo moral y al egotismo trascendental
de Stirner, que considera "simplemente la vuelta disimulada a la actual
educación del monopolio de unos pocos" y el derecho al desarrollo
"para las minorías privilegiadas"
Sin dejar de reconocer, pues, que la idea de la
lucha por la vida, tal como la propusieron Darwin y Wallace, resulta sumamente
fecunda,: en cuanto hace posible abarcar una gran cantidad de hechos bajo un
enunciado general, insiste en que muchos darwinistas han restringido aquella
idea a límites excesivamente estrechos y tienden a interpretar el mundo de los
animales como un sangriento escenario de luchas ininterrumpidas entre seres
siempre hambrientos y ávidos de sangre. Gracias a ellos la literatura moderna
se ha llenado con el grito de 'vae victis" (¡ay de los vencidos!), grito
que consideran como la última palabra de la ciencia biológica. Elevaron la lucha sin cuartel a la condición
de principio y ley de la biología y pretenden que a ella se subordine el ser
humano. Mientras tanto, Marx consideraba
que el evolucionismo darwiniano, basado en la lucha por la vida, formaba parte
de la revolución social (13) y, al mismo tiempo, los economistas
manchesterianos lo tenían como excelente soporte científico para su teoría de
la libre competencia, en la cual la lucha de todos contra todos (la ley de la
selva) representa el único camino hacia, la prosperidad. Kropotkin coincide con Marx y Engels en que
el darwinismo dio un golpe de gracia a la teleología. Al intento de aprovechar para los fines de la
revolución social la idea darwinista de la vida (interpretada como lucha de
clases) le asigna relativa importancia.
Por otra parte, como Marx, ataca á Malthus, cuyo primer adversario de
talla había sido Godwin, el precursor de Proudhon y del anarquismo.
Pero la decidida oposición al malthusianismo, que
propicia la muerte masiva de los pobres por su inadaptación al medio, y la
lucha contra Huxley, que no encuentra otro factor de evolución fuera de la
perenne lucha sangrienta, no significan que Kropotkin se adhiera a una visión
idílica de la vida animal y humana
ni que se libre, como muchas veces se ha dicho, a un optimismo desenfrenado e
ingenuo. Como naturalista y hombre de
ciencia está lejos de los rosados cuadros galantes y festivos del rococó, y no
comparte simple y llanamente la idea del bien salvaje de Rousseau. Pretende situarse en un punto intermedio
entre éste y Huxley. El error de Rousseau consiste en que perdió de vista por
completo la lucha sostenida con picos y garras, y Huxley es culpable del error
de carácter opuesto; pero ni el optimismo de Rousseau ni el pesimismo de Huxley
pueden ser aceptados como una interpretación desapasionada y científica de las
naturaleza.
El ilustre biólogo Ashley Montagu escribe a este
respecto: "Es error generalizado creer que Kropotkin se propuso demostrar
que es la ayuda mutua y no la selección natural o la competencia el principal o
único factor que actúa en el proceso
evolutivo". En un libro de genética
publicado recientemente por una gran autoridad en la materia, leemos: "El
reconocer la importancia que tiene
la cooperación y la ayuda mutua en la adaptación no contradice de ninguna
manera la teoría de la selección natural, según interpretaron Kropotkin y
otros". Los lectores de El apoyo mutuo pronto percibirán hasta
qué punto es injusto este comentario.
Kropotkin no considera que la ayuda mutua contradice la teoría de la
selección natural. Una y otra vez
llama la atención sobre el hecho de que existe competencia en la lucha por la
vida (expresión que critica acertadamente con razones sin duda aceptables para
la mayor parte de los darwinistas modernos), una y otra vez destaca la
importancia de la teoría de la selección natural, que señala como la más
significativa del siglo XIX. Lo que
encuentra inaceptable y contradictorio es el extremismo representado por Huxley
en su ensayo "Struggle for Existence Manifesto", y así lo demuestra
al calificarlo de "atroz" en sus Memorias
(14). En efecto, en Memorias de un revolucionario relata:
"Cuando Huxley, queriendo luchar contra el socialismo, publicó en 1888 en Nineteenth Century, su atroz articulo
"La lucha por la existencia es todo un programa", me decidí a
presentar en forma comprensible mis objeciones a su modo de entender la
referida lucha, lo mismo entre los animales que entre los hombres, materiales
que estuve acumulando durante seis años" (15). El propósito no tuvo calurosa acogida entre
los hombres de ciencia amigos, ya que la interpretación de "la lucha por
la vida como sinónimo de ¡ay de los vencidos!", elevado al nivel de un
imperativo de la naturaleza, se había convertido casi en un dogma. Sólo dos personas apoyaron la rebeldía de
Kropotkin contra el dogma y la "atroz" interpretación huxleyana:
James Knowles, director de la revista Nineteenth
Century H.W. Bates, conocido autor de Un
naturalista en el río Amazonas. Por
lo demás, la tesis que pretendía defender, contra Huxley, había sido va
propuesta por el geólogo ruso Kessler, aunque éste a penas había aducido alguna
prueba en favor de la misma. Eliseo
Reclus, con su autoridad de sabio, dará su abierta adhesión a dicha tesis y
defenderá los mismos puntos de vista que Kropotkin (16).
De la gran masa de datos zoológicos que ha reunido
infiere, pues, que aunque es cierta la lucha entre especies diferentes y entre
grupos de una misma especie, en términos generales debe decirse que la pacífica
convivencia y el apoyo mutuo reinan dentro del grupo y de la especie, y, más
aún, que aquellas especies en las cuales más desarrollada está la solidaridad y
la ayuda recíproca entre los individuos tiene mayores posibilidades de
supervivencia y evolución.
El principio del apoyo mutuo no constituye, por
tanto, para Kropotkin, un ideal ético ni tampoco una mera anomalía que rompe
las rígidas exigencias de la lucha por la vida, sino un hecho científicamente
comprobado como factor de la evolución, paralelo y contrario al otro factor, el
famoso "struggle for life". Es
claro que el principio podría interpretarse como pura exigencia moral del
espíritu humano, como imperativo categórico o como postulado o fundacional de
la sociedad y de la cultura. Pero en ese
caso habría que adoptar una posición idealista o, por lo menos, renunciar al
materialismo mecanicista y, al naturalismo antiteológico que Kropotkin ha
aceptado. Si tanto se esfuerza por
demostrar que el apoyo mutuo es un factor biológico, es porque sólo así quedan
igualmente satisfechas y armonizadas sus ideas filosóficas y sus ideas
socio-políticas en una única "Weitanschaung", acorde, por lo demás,
con el espíritu de la época.
La concepción huxleyana de la lucha por la vida,
aplicada a la historia y la sociedad humana, tiene una expresión anticipada en
Hobbes, que presenta el estado primitivo de la humanidad como lucha perpetua de
todos contra todos. Esta teoría, que
muchos darwinistas como Huxley aceptan complacidos, se funda, según Kropotkin,
en supuestos que la moderna etnología desmiente, pues imagina a los hombres
primitivos unidos sólo en familias nómadas y temporales. Invoca, a este respecto, lo mismo que Engels,
el testimonio de Morgan y Bachofen. La
familia no aparece así tomo forma primitiva y originaria de convivencia sino
como producto más bien tardío de la evolución social. Según Kropotkin, la antropología nos inclina
a pensar que en sus orígenes el hombre vivía en grandes grupos o rebaños,
similares a los que constituyen hoy muchos mamíferos superiores. Siguiendo al propio Darwin, advierte que no fueron
monos solitarios, como el orangután y el gorila, los que originaron los
primeros homínidos o antropoides, sino, al contrario, monos menos fuertes pero
más sociables, como él chimpancé. La
información antropológica y prehistórica, obtenida al parecer en el Museo
Británico, es abundante y está muy actualizada para el momento. Con ella cree Kropotkin demostrar ampliamente
su tesis. El hombre prehistórico vivía
en sociedad: las cuevas de los valles de Dordogne, por ejemplo, fueron
habitadas durante el paleolítico y en ellas se han encontrado numerosos
instrumentos de sílice. Durante el
neolítico, según se infiere de los restos palafíticos de Suiza, los hombres
vivían y laboraban en común y al parecer en paz. También estudia, valiéndose de relatos de
viajeros y estudios etnográficos, las tribus primitivas que aun habitan fuera de
Europa (bosquimanos, australianos, esquimales, hotentotes, papúes etc.), en
todas las cuales encuentra abundantes pruebas de altruismo y espíritu
comunitario entre los miembros del clan y de la tribu. Adelantándose en cierta manera a estudios
etnográficos posteriores, intenta desmitologizar la antropofagia, el
infanticidio y otras prácticas semejantes (que antropólogos y misioneros de la
época utilizaban sin duda para justificar la opresión colonial). Pone de relieve, por el contrario, la
abnegación de los individuos en pro de la comunidad, el débil o inexistente
sentido de la propiedad privada, la actitud más pacífica de lo que se suele
suponer, la falta de gobierno. En este,
punto, Kropotkin es evidentemente un precursor de la actual antropología
política de Clastres (17). Aunque
considera inaceptable tanto la visión rousseauniana del hombre primitivo cual
modelo de inocencia y de virtud, como la de Huxley y muchos antropólogos del
siglo XIX, que lo consideran una bestia sanguinaria y feroz, cree que esta
segunda visión es más falsa y anticientífica que la primera. En su lucha por la vida -dice Kropotkin- el
hombre primitivo llegó a identificar su propia existencia con la de la tribu, y
sin tal identificación jamás hubiera negado la humanidad al nivel en que hoy se
halla. Si los pueblos "bárbaros"
parecen caracterizarse por su incesante actividad bélica, ello se debe, en
buena parte, según nuestro autor, al hecho de que los cronistas e
historiadores, los documentos y los poemas épicos, sólo consideran dignas de
mención las hazañas guerreras y pasan casi siempre por alto las proezas del
trabajo, de la convivencia y de la paz.
Gran importancia concede a la comuna aldeana,
institución universal y célula de toda sociedad futura, que existió en todos
los pueblos y sobrevive aun hoy en algunos.
En lugar de ver en ella, como hacen no pocos historiadores, un resultado
de la servidumbre, la entiende como organización previa y hasta contraria a la
misma. En ella no sólo se garantizaban a
cada campesino los frutos de la tierra común sino también la defensa de la vida
y el solidario apoyo en todas las necesidades de la vida. Enuncia una especie de ley sociológica al
decir que, cuanto más íntegra se conserva la obsesión comunal, tanto más nobles
y suaves son las costumbres de los pueblos.
De hecho, las normas morales de los bárbaros eran muy elevadas y el
derecho penal relativamente humano frente a la crueldad del derecho romano o
bizantino.
Las aldeas fortificadas, se convirtieron desde
comienzos del Medioevo en ciudades, que llegaron a ser políticamente análogas a
las de la antigua Grecia. Sus
habitantes, con unanimidad que hoy parece casi inexplicable, sacudieron por
doquier el yugo de los señores y se rebelaron contra el dominio feudal. De tal modo, la ciudad libre medieval,
surgida de la comuna bárbara (y no del municipio romano, como sostiene
Savigny), llega a ser, para
Kropotkin, la expresión tal vez más perfecta de una sociedad humana, basada en
el libre acuerdo y en el apoyo mutuo. Kropotkin sostiene, a partir de aquí, una
interpretación de la Edad Medía que contrasta con la historiografía de la
Ilustración y también, en gran parte, con la historiografía liberal, y
Marxista. Inclusive algunos escritores
anarquistas, como Max Nettlau, la consideran excesivamente laudatoria e
idealizada (18). Sin embargo, dicha
interpretación supone en el Medioevo un claro dualismo por una parte, el lado
oscuro, representado por la estructura vertical del feudalismo (cuyo vértice
ocupan el emperador y el papa); por otra, el lado claro y luminoso, encarnado
en la estructura horizontal de las ligas de ciudades libres (prácticamente
ajenas a toda autoridad política). Grave
error de perspectiva sería, pues, equiparar está reivindicación de la edad
Media, no digamos ya con la que intentaron ultramontonos como De Maistre o
Donoso Cortés sino inclusive con la que propusieron Augusto Comte y algunos
otros positivistas (19).
Para Kropotkin, la ciudad libre medieval es como una
preciosa tela, cuya urdimbre está constituida por los hilos de gremios y
guiadas. El mundo libre del Medioevo es,
a su vez, una tela más vasta (que cubre toda Europa, desde Escocia a Sicilia y
desde Portugal a Noruega), formada por ciudades libremente federadas y unidas
entre sí por pactos de solidaridad análogos a los que unen a los individuos en
gremios y guiadas en la ciudad. No le
hasta, sin embargo, explicar así la estructura del medioevo libertario. Juzga
indispensable explicar también su génesis.
Y, al hacerlo, subraya con fuerza esencial la lucha contra el
feudalismo, de tal modo que, si tal lucha basta para dar razón del nacimiento
de gremios, guiadas, ciudades libres y ligas de ciudades, la culminación de la
misma explica su apogeo, y la decadencia posterior su derrota y absorción por
el nuevo Estado absolutista de la época moderna. Las guiadas satisfacían las necesidades
sociales mediante la cooperación, sin dejar de respetar por eso las libertades
individuales. Los gremios organizaban el
trabajo también sobre la base de la cooperación y con la finalidad de
satisfacer las necesidades materiales, sin preocuparse, fundamentalmente par el
lucro. Las ciudades, liberadas del yugo
feudal estaban regidas en la mayoría de los casos por una asamblea
popular. Gremios y guildas tenían, a su
vez, una constitución más igualitaria de lo que se suele suponer. la diferencia
entre maestro y aprendiz menos en un comienzo una diferencia de edad más que de
poder o riqueza, y no existía el régimen del salariado. Sólo en la baja Edad Media, cuando las
ciudades libres, comenzaron a decaer por influencia de una monarquía en
proceso, de unificación y de absolutización del poder, el cargo de maestro de
un gremio empezó, a ser hereditario y el trabajo de los artesanos comenzó a ser
alquilado a patronos particulares Aun entonces, el salario que percibían era
muy superior al de los obreros industriales del. siglo XIX, se realizaba en
mejores condiciones y en jornadas más cortas (que, en Inglaterra no sumaban más
de 48 horas por semana) (20). Con esta sociedad de trabajadores libres solidarios se
asociaba necesariamente, según Kropotkin, el arte grandioso de las catedrales,
obra, comunitaria para el disfrute de la comunidad. La pintura no la ejecutaba un genio solitario
para ser después guardada en los salones de un duque ni los poetas componían
sus versos para que los leyera en su alcoba la querida del rey. Pintura y poesía, arquitectura a y música
surgían del pueblo y eran, por eso, muchas veces, anónimas; su finalidad era
también el goce colectivo y la elevación espiritual del pueblo. Aun en la
filosofía medieval ve Kropotkin un poderoso esfuerzo "racionalista",
no desconectado con el espíritu de las ciudades libres. Esto, aunque resulte extraño para muchos,
parece coherente con toda la argumentación anterior: ¿Acaso la universidad,
creación esencialmente medieval, no era en sus orígenes un gremio (universitas
magistrorum et scolarium), igual que los demás? (21).
La resurrección del derecho romano y la tendencia a
constituir Estados centralizados y unitarios, regidos por monarcas absolutos,
caracterizó el comienzo de la época moderna.
Esto puso fin no sólo al feudalismo (con la domesticación de los
aristócratas, transformados en cortesanos) sino también en las ciudades libres
(convertidas en partes integrantes de un calado unitario). Los Ubres ciudadanos se convierten en leales
súbditos burgueses del rey. No por eso desaparece el impulso connatural hacia
la ayuda mutua y hacia la libertad, que se manifiesta en la prédica comunista y
libertaria de muchos herejes (husitas, anabaptistas etc.). Y aunque es verdad
que la edad moderna comparte un crecimiento maligno del Estado que corno cáncer
devora las instituciones sociales libres, y promueve un individualismo malsano
(concomitante o secuela del régimen capitalista), aquel impulso no ha
muerto. Se manifiesta durante el siglo
XIX, en las uniones obreras, que prolongan el espíritu de gremios y guiadas en
el contexto de la lucha obrera contra la explotación capitalista. En Inglaterra, por ejemplo, donde Kropotkin
vivía, la derogación de las leyes
contra tales uniones (Combinatioms Laws), en 1825, produjo una proliferación de
asociaciones gremiales y federaciones que Owen, gran promotor del socialismo en
aquel país, logró federar dentro de la "Gran Unión Consolidada
Nacional". Pese a las continuas
trabas impuestas par el gobierno de la clase propietaria, los sindicatos (trade
unions) siguieron creciendo en Inglaterra.
Lo mismo sucedió en Francia y en los demás países europeos y americanos,
aunque a veces las persecuciones los obligaran a una actividad clandestina
subterránea. Kropotkin ve así la lucha
obrera de los sindicatos y en el socialismo la más significativa (aunque no la
única) manifestación de la ayuda mutua y de la solidaridad en los días en que
le tocó vivir. El movimiento obrero se
caracteriza, por él, por la abnegación, el espíritu de sacrificio y el heroísmo
de sus militantes. Al sostener esto, no está sin duda exagerando nada, en una
época en que sindicatos estaban lejos de la burocratización y la mediatización
estatal que hoy los caracteriza en casi todas partes, aun cuando la
Internacional había sido ya disuelta gracias a las maquinaciones burocratizantes
de Carlos Marx y sus amigos alemanes.
Algunos sociólogos burgueses, que hacen gala de un "realismo"
verdaderamente irreal, se han burlado del "ingenuo optimismo" de
Kropotkin y, en nombre del evolucionismo darwiniano, han pretendido negarle
sólidos fundamentos científicos. Esto no
obstante, su ingente esfuerzo por hallar una base biológica para el comunismo
libertario, no puede ser tenida hoy como enteramente descaminada. Es verdad que, como dice el ilustre zoólogo
Dobzhansky, fue poco critico en algunas de las pruebas que adujo en apoyo de
sus opiniones. Pero de acuerdo con el
mismo autor, una versión modernizada de su tesis, tal como la presentada por
Ashley Montagu, resulta más bien compatible que contradictoria con la moderna
teoría de la selección natural. Para
Dobzhansky, uno de los autores de la teoría sintética de la evolución,
elaborada entre 1936 y 1947 como fruto de las observaciones experimentales
sobre la variabilidad de las poblaciones y la teoría cromosómica de la
herencia(22), la aseveración de que en la naturaleza cada individuo no tiene
más opción que la de comer o ser comido resulta tan poco fundada como la idea
de que en ella todo es dulzura y paz.
Hace notar que los ecólogos atribuyen cada vez mayor importancia a las
comunidades de la misma especie y que la especie no podría sobrevivir sin
cierto grado de cooperación y ayuda mutua (23).
Los trabajos de C.H. Waddington, como Ciencia y ética, por ejemplo, van todavía más allá en su
aproximación a las ideas de Kropotkin sobre el apoyo mutuo. Un etólogo de la
escuela de Lorenz Irenaeus Eibl-Eibesfeldt, sin adherirse por completo a las
conclusiones de El apoyo mutuo, reconoce
que, en lo referente al altruismo y la agresividad, ellas están más próximas a
la verdad científica que las de sus adversarios. Para Eibl-Eibesfeld, los impulsos agresivos
están compensados, en el hombre, por tendencias no menos arraigadas a la ayuda
mutua (24). Pese a los años transcurridos, que no son. pocos si
se tiene en cuenta la aceleración creciente de los descubrimientos de la
ciencia, la obra con que Kropotkin intentó brindar una base biológica al
comunismo libertario, no carece hoy de valor científico. Además de ser un magnífico exponente de la
soñada alianza entre ciencia y revolución, constituye una interpretación
equilibrada y básicamente aceptable de la evolución biológica y social. El ya citado Ashley Montagu escribe:
"Hoy en, día El Apoyo Mutuo es
la más famosa de las muchas obras escritas por Kropotkin; en rigor, es ya un
clásico. El punto de vista que
representa se ha ido abriendo camino lenta pero firmemente, y seguramente
pronto entrará a formar parte de los cánones aceptados de la biología
evolutiva",(25).
Angel J. Cappelletti
NOTAS
(1) Cfr. H. Daudin, Cuvier et Lanzarck, París, 1926
(2) Cfr. G. Colosi, La doctrina dell evolucione e le teorie evoluzionistiche,
Florencia, 1945
(3) S. J.
Gould, Desde Darwin, Madrid, 1983, p.
80.
(4) R.
Grasa Hernández, El evolucionismo: de
Darwin a la sociobiología, Madrid, 1986, p. 43.
(5)
Cfr. J. Rostand, Charles Darwin, París,
1948; P. Leonardi, Darwin Brescia,
1948; M.T. Ghiselin, The Triumph of the
Darwinian Method Chicago, 1949.
(6) Cfr.
A. Pauli, Darwinisimusund
Lamarckismus, Muninch, 1905.
(7) Cfr.
G. De Beer, Charles Darwin,
Evolution by Natural Selection Londres, 1963.
(8)
Cfr. W.H. Hudson, Introditction to the Philosophy of Herbert Spencer Londres, 1909.
(9) Cfr. W.
Irvine, T. H. Huxley Londres, 1960.
(10) R. Grasa
Hernández, op. cit. p. 57.
(11)
Cfr. W.B. George, Biologist philosopher.- A Study of the Life and Writings of A. R. Wallace, Nueva York, 1964.
(12) Felix García Moriyón Del socialismo utópico al anarquismo, Madrid, 1985, p. 59.
(13)
J. Hewetson, "Mutual Aid and Social Evolution", Anarchy 55 p.258.
(14) Ashley Montagu, Prólogo a El Apoyo Mutuo, Buenos Aires, 1970, PP. VII - VIII.
(15) P. Kropotkin, Memorias de un revolucionario, Madrid, 1973 p. 419.
(16) Cfr. E.
Reclus, Correspondance París, 1911 -
1925.
(17) Cfr. P.
Clastres, La sociedad contra el Estado, Caracas,
1978.
(18) Alvarez Junco, Introducción a Panfletos revolucionarios de Kropotkin, Madrid,
1977, p. 26.
(19) D. Negro Pavón, Comte: Positivismo y revolución, Madrid, 1985, PP. 98 - 99.
(20)
Cfr. Thorold Rogers, Six Centuries of Wages.
(21) E. Bréhier, La
philosophie du Moyen Age, París, 1971, p. 226.
(22) R. Grasa Hernández, op. cit. p.91.
(23) T. Dobzhansky, Las bases biológicas de la libertad humana, Buenos Aires, 1957, p.
58.
(24) G. Eibl-Eibesfeldt, Amor y odio. Historia de las
pautas elementales del comportamiento, México, 1974, p. 8.
(25)
Ashley Montagu, op. cit. p. IX.
PROLOGO
AL «APOYO MUTUO», DE P. KROPOTKIN,
EN
LA EDICION NORTEAMERICANA
El
«Apoyo Mutuo», de Kropotkin, es
uno de los grandes libros del mundo.
Un hecho que evidencia tal afirmación es el que está siendo continuamente reeditado y que también
constantemente se encuentra agotado.
Es un libro que siempre ha sido difícil de conseguir, incluso en bibliotecas, pues parece estar en demanda
perenne.
Cuando
Kropotkin decidió marchar a Siberia, en julio de 1862, la geografía,
zoología, botánica y antropología de esta región era escasamente conocida. Allí, su trabajo de investigación en este
tema fue sobresaliente. Las publicaciones resultantes de sus
observaciones meteorológicas y geográficas fueron publicadas por la Sociedad
Geográfica Rusa, y por este trabajo
Kropotkin recibió una de sus medallas de oro. La teoría kropotkíniana sobre el desarrollo de la estructura geográfica
de Asia represento una de las grandes
generalizaciones de la geografía científica,
y es suficiente como para 'darle un lugar permanente en la historia de esta ciencia. Kropotkin mantuvo a lo largo de toda su vida
un interés activo por esta ciencia,
y, además de muchas conferencias sobre el
tema y artículos en revistas científicas y publicaciones de carácter general, escribió artículos geográficos- en
la Geografía Universal de Reclus, en
la Enciclopedia Chambers y en la Enciclopedia Británica.
El
trabajo de Kropotkin en zoología fue principalmente el de un naturalista
de campo. De 1862 a 1866, en que marchó
de Siberia, Kropotkin aprovechó 'al
máximo las oportunidades que tuvo para estudiar la vida de la naturaleza. Bajo la influencia del «Origen de las especies», de Darwin (1859), Kropotkin, como
nos dice en el primer párrafo del
presente libro, buscó atentamente «esa amarga lucha por la subsistencia entre animales de la misma
especie» que era considerada por la
mayoría de los Darwinistas (aunque no siempre por Darwin mismo» como la característica dominante de la lucha
por la vida y el principal factor de
evolución.
Lo
que Kropotkin vio con sus propios ojos, sobre el terreno, le motivó a desarrollar
ciertas dudas graves en lo que concierne a la teoría de Darwin, dudas que no llegarían, sin embargo,
a encontrar expresión plena hasta que
T. H. Huxley, en su famoso «Manifiesto de la lucha por la existencia», (titulado «La lucha por la existencia: un programa») le
dio ocasión para ello.
Otro
gran cambio operado en Kropotkin por su experiencia siberiana fue su toma
de conciencia de la «absoluta imposibilidad de hacer nada realmente útil a la masa del pueblo por
medio de la maquinaria administrativa».
«De este engaño -escribe en sus "Memorias"- me desprendí para siempre... perdí en Siberia
toda clase de fe en la disciplina
estatal que antes hubiera tenido. Estaba
preparado para convertirme en un
anarquista». Y en un anarquista se
convirtió, y permaneció siéndolo toda
su vida.
Viviendo,
como hizo, entre los nativos de Siberia, a lo largo de las riberas del
Amur, Kropotkin descubrió, impresionado, el papel que las masas desconocidas juegan en el desarrollo y
realización de todos los acontecimientos
históricos. «Desde los diecinueve a los veinticinco años, escribe, tuve que proyectar importantes
planes de reforma, tratar con cientos
de hombres en el Amur, preparar y llevar a cabo arriesgadas expediciones con medios ridículamente
pequeños, etc.; y si todas estas cosas terminaron con más o menos éxito yo lo
achaco solamente al hecho de que
pronto comprendí que, en e¡ trabajo serio, el mando y la disciplina son de poco provecho. Se requieren en todas partes hombres de iniciativa; pero una vez que el impulso
ha sido dado, la empresa debe ser
conducida, especialmente en Rusia, no al modo militar, sino en una especie
de manera comunal, por medio del entendimiento común. Yo desearía
que todos los creadores de planes de disciplina estatal pudieran pasar por la escuela de la vida real antes
de que empezaran a proyectar sus
utopías estatales. Entonces
escucharíamos muchos menos esfuerzos de
organización militar y piramidal de la sociedad que en la actualidad..
Este
pasaje es clave para la comprensión de Kropotkin como filósofo anarquista. Para él el anarquismo era una parte de la
filosofía que debía ser tratada por
los mismos métodos que las ciencias naturales.
El veía el anarquismo como el
medio por el cual podía ser establecida la justicia (esto es, igualdad y reciprocidad), en todas las relaciones humanas, en
todo el orbe de la humanidad.
Aunque
el «Apoyo mutuo» ha tenido innumerables admiradores y ha influido en
el pensamiento y la conducta de muchas personas, también ha sufrido alguna falta de comprensión por
parte de aquellos que conocen el
libro de segunda o tercera mano, o que habiéndole leído en su juventud no tienen más que un vago recuerdo
de su carácter,
Un
error muy extendido es que Kropotkin pretendió mostrar que la ayuda mutua y
no la selección o competición natural, es el principal o el único factor implicado en el proceso
evolutivo. En un reciente libro sobre
genética de un gran maestro en el tema se
afirma, que «el reconocimiento de la importancia adaptable de la cooperación y
el socorro mutuo no contradice, de
ningún modo, la teoría de la selección natural, como fue forzado a pensar por Kropotkin y
otros». Los lectores de «El apoyo mutuo» percibirán pronto lo injusto de este
comentario. Kropotkin no consideró que la ayuda mutua contradijera la
teoría de la selección natural. Una y
otra vez llama la atención del lector sobre el hecho de la competición en la lucha por la existencia
(frase que muy correctamente critica
en términos que ciertamente serían aceptables para la mayoría de los darwinistas modernos); una y otra vez
subraya la importancia de la teoría
de, la selección natural como la más significativa generalización del siglo XIX.
Lo que Kropotkin encontró inaceptable y contradictorio era el extremismo evolucionista representado por
Huxley en su «Manifiesto de la lucha
por la existencia». Ello le iba a la
filosofía de la época, el laissez-faire,
como anillo al dedo. A Kropotkin no le
gustaban sus implicaciones, ni
políticas ni en cuanto al evolucionismo.
Habiendo ya dedicado durante
varios años mucha reflexión a estas materias, Kropotkin decidió contestara
Huxley con amplitud.
Hoy
«El apoyo mutuo» es el más famoso de los muchos libros de Kropotkin. Es un clásico. El punto de vista que representa se ha
abierto camino lenta, pero
firmemente, y, en verdad, poco lejos estamos del momento en que se convierta en parte del canon generalmente aceptado
de la biología evolucionista.
A la
luz de la investigación científica, en los muchos campos que toca «El apoyo
mutuo» desde su publicación, los datos de Kropotkin y la discusión que basa en ellos se mantienen
notablemente en pie. Los trabajos de ecólogos como Allen y sus
alumnos, de Wheeler, Emerson y otros,
de antropólogos, demasiado numerosos como para nombrarlos, sobre pueblos primitivos y sin literatura, y
de naturalistas, han servido abundantemente
cada uno en su campo para confirmar las principales tesis de Kropotkin. Nuevos datos pueden llegar a ser obtenidos,
pero ya podemos ver con seguridad que
todos ellos servirán mayormente para apoyar
la conclusión de Kropotkin de que «en el progreso ético del hombre, el apoyo mutuo -y no la lucha mutua-
ha constituido la parte determinantes. En su amplia extensión, incluso en los
tiempos actuales, vemos también la
mejor garantía de una evolución aún más sublime de nuestra raza.
Asmley
Montagu
PROLOGO
A LA PRIMERA EDICION RUSA
Mientras
preparaba la impresión de esta edición rusa de mi libro -la primera que
ha sido traducida del libro Mutual aid: a Factor of Evolution, y no de los artículos publicados en la
revista inglesa- he aprovechado para
revisar cuidadosamente todo el texto, corregir pequeños errores y completar los
apéndices basándome en algunas obras nuevas,
en parte respecto a la ayuda mutua entre los animales (apéndice III, VI y VIII), y en parte respecto a la
propiedad comunal en Suiza e Inglaterra
(apéndices XVI y XVII).
P. K.
Bromley, Kent. Mayo 1907.
PROLOGO
Mis investigaciones sobre la ayuda mutua entre los animales y entre
los hombres se imprimieron por vez primera en la revista inglesa Nineteenth Century. Los dos primeros capítulos sobre la:
sociabilidad en los animales y sobre la fuerza adquirida por las especies
sociables en la lucha por la existencia, eran respuesta al artículo desconocido
fisiólogo y darwinista Huxley, aparecido en Nineteenth
Century en febrero de 1888 -«La lucha por la existencia: un programas en donde se pintaba la vida de los
animales como una lucha desesperada de uno contra todos. Después de la: aparición de mis dos
artículos, donde refuté esa opinión, el editor de la revista, James Knowies,
expresando mucha simpatía hacia mi trabajo, y rogándome que lo continuara,
observó: «Es indudable que usted ha demostrado su posición en cuanto a los
animales, pero ¿cuál es su posición con respecto al hombre primitivo?»
Esta observación. me alegró mucho, puesto que, indudablemente,
reflejaba no sólo la opinión de
Knowles, sino también la de Herbert Spencer, con el cual Knowles se veía a
menudo en Brighton, donde ambos vivían muy próximos El reconocimiento por
Spencer de la ayuda mutua Y su significado en la lucha por la existencia era
muy importante. En cuanto a sus
opiniones sobre el hombre primitivo, era sabido que estaban formadas sobre la
base de las deducciones falsas acerca de los salvajes, hechas por los
misioneros y los viajeros ocasionales del siglo dieciocho y principios del
diecinueve. Estos datos fueron reunidos
para Spencer por tres de sus colaboradores, y publicados por ellos mismos bajo
el título de Datos de la Sociología, en
ocho grandes tomos; fundado en éstos escribió él su obra Bases de la Sociología.
Sobre la cuestión del hombre respondí también en dos artículos, donde,
después de un estudio cuidadoso de la rica literatura moderna sobre las complejas instituciones de la vida tribal, que no
podían analizar los primeros viajeros y misioneros, describí estas
instituciones entre los salvajes y los
llamados «bárbaros». Esta obra, y
especialmente el conocimiento de la Comuna rural a principios de la Edad Media,
que desempeñó un enorme papel en el desarrollo de la civilización que renacía
nuevamente, me condujeron al estudio de la etapa siguiente, aún más importante,
del desarrollo de Europa -de la ciudad
medíeval libre y sus guiadas de
artesanos-. Señalando luego el papel
corruptor del Estado militar que destruyó el libre desarrollo de las ciudades
libres, sus artes, oficios, ciencias y comercio, mostré, en el último artículo,
que a pesar de la descomposición de las federaciones y uniones libres por la
centralización estatal, estas federaciones y uniones comienzan a desarrollarse
ahora cada vez más, y a apoderarse de nuevos dominios. La
ayuda mutua en la sociedad moderna constituyó,
de tal modo, el último artículo de mi obra sobre la ayuda mutua.
Al editar estos artículos en libro, introduce al unos agregados
esenciales, especialmente acerca de la relación de mis opiniones con respecto a
la lucha darwiniana por la existencia; y en los apéndices cité algunos hechos
nuevos y analicé algunas cuestiones que, a causa de su brevedad, hube de omitir
en los artículos de la revista.
Ninguna de las ediciones en lenguas europeas occidentales, y tampoco
las escandinavas y polacas fueron hechas, naturalmente, de los artículos, sino
del libro, y es por ello que contenían los agregados hechos en el texto y los
apéndices. De las traducciones rusas
sólo una, aparecida en 1907, en la Editorial Conocimientos (Znania) era
completa; además, introduje, fundado en nuevas obras, varios apéndices nuevos,
parte sobre la ayuda mutua entre los animales y parte sobre la propiedad
comunal de la tierra en Inglaterra y Suiza. Las otras ediciones rusas fueron
hechas de los artículos de la revista inglesa, y no del libro, y por ello no
tienen los agregados hechos por mí en el texto, o bien han omitido los
,apéndices. La edición que se ofrece
ahora contiene completos todos los agregados y apéndices, y he revisado
nuevamente todo el texto y la traducción.
P. K.
Dmitrof, marzo 1920.
INTRODUCCION
Dos rasgos característicos de la vida animal de la Siberia Oriental y
del Norte de Manchuria llamaron poderosamente mi atención durante los viajes
que, en mi juventud, realicé por esas regiones del Asia Oriental.
Me llamó la atención, por una parte, la extraordinaria dureza de la
lucha por la existencia que deben sostener la mayoría de las especies animales
contra la naturaleza inclemente, así como la extinción de grandes cantidades de
individuos, que ocurría periódicamente, en virtud de causas naturales, debido a
lo cual se producía extraordinaria pobreza de vida y despoblación en la
superficie de los vastos territorios donde realizaba yo mis investigaciones.
La otra particularidad era que, aun en aquellos pocos puntos aislados
en donde la vida animal aparecía en abundancia, no encontré, a pesar de haber
buscado empeñosamente sus rastros, aquella lucha cruel por los medios de
subsistencia entre los animales
pertenecientes a una misma especie que
la mayoría de los darwinistas (aunque no siempre el mismo Darwin) consideraban
como el rasgo predominante y característica de la lucha por la vida, y como la
principal fuerza activa del desarrollo gradual en el mundo de los animales.
Las terribles tormentas de nieve que azotan la región norte de Asia al
final del invierno, y la congelación que a menudo sucede a la tormenta; las
heladas, las nevadas que se repiten todos los años en la primera quincena de
mayo cuando los árboles están en plena floración y la vida de los insectos en
su apogeo; las ligeras heladas tempranas y, a veces, las nevadas abundantes que
caen ya en julio y en agosto, aun en las regiones de los prados de la Siberia
Occidental, aniquilando, repentinamente, no sólo miríadas de insectos, sino
también la segunda nidada de las aves; las lluvias torrenciales, debidas a los
monzones, que caen en agosto en las regiones templadas del Amur y del Usuri, y
se prolongan semanas enteras y producen inundaciones en las tierras bajas del
Amur y del Sungari en proporciones tan grandes como sólo se conoce en América y
Asia Oriental, y, en los altiplanos, grandísimas extensiones se transforman en
pantanos comparables, por sus dimensiones, con Estados europeos enteros, y, por
último, las abundantes nevadas que caen a veces a principios de octubre, debido
a las cuales un vasto territorio, igual por su extensión a Francia o Alemania,
se hace completamente inhabitable para los rumiantes que perecen, entonces, por
millares; éstas son las condiciones en que se sostiene la lucha por la vida en
el reino animal del Asia Septentrional.
Estas difíciles condiciones de la vida animal ya entonces atrajeron mi
atención hacia la extraordinaria importancia, en la naturaleza, de aquellas
series de fenómenos que Darwin llama «limitaciones naturales a la
multiplicación» en comparación con la lucha por los medios de subsistencia.
Esta última, naturalmente, se produce no sólo entre las diferentes especies,
sino también entre los individuos de la misma especie, pero jamás alcanza la
importancia de los obstáculos naturales a
la multiplicación. La escasez de la población, no el exceso, es el rasgo
característico de aquella inmensa extensión del globo que llamamos Asia
Septentrional.
Por consiguiente, ya desde entonces comencé a abrigar serias dudas,
que más tarde no hicieron sino confirmarse, respecto a esa terrible y supuesta
lucha por el alimento y la vida dentro de
los límites de una misma especie, que
constituye un verdadero credo para la mayoría de los darwinistas. Exactamente del mismo modo comencé a dudar
respecto a la influencia dominante que ejerce esta clase de lucha, según las
suposiciones de los darwinistas, en el desarrollo de las nuevas especies.
Además, dondequiera que alcanzaba a ver la vida animal abundante y
bullente como, por ejemplo, en los lagos, donde, en primavera decenas de
especies de aves y millones de individuos se reúnen para empollar sus crías o
en las populosas colonias de roedores, o bien durante la migración de las aves
que se producía, entonces, en proporciones puramente «americanas» a lo largo
del valle del Usuri, o durante una enorme emigración de gamos que tuve
oportunidad de ver en el Amur, en que decenas de millares de estos inteligentes
animales huían en grandes tropeles de un territorio inmenso, buscando salvarse
de las abundantes nieves caídas, y se reunían en grandes rebaños para atravesar
el Amur en el punto más estrecho, en el Pequeño Jingan; en todas estas escenas
de la vida animal que se desarrollaba ante mis ojos, veía yo la ayuda y el
apoyo mutuo llevado a tales proporciones que involuntariamente me hizo pensar,
en la enorme importancia que debe tener en la economía de la naturaleza, para
el mantenimiento de la existencia de cada especie, su conservación y su
desarrollo futuro.
Por último, tuve oportunidad de observar entre el ganado cornúpeta
semisalvaje y entre los caballos en la Transbaikalia, y en todas partes entre
las ardillas y los animales salvajes en general, que cuando los animales tedian
que luchar contra la escasez de alimento debida a una de las causas ya
indicadas, entonces todo la parte de la especie a quien afectaba esta calamidad
salía de la prueba experimentada con una pérdida de energía y salud tan grande
que ninguna evolución progresista de las especies podía basarse en semejantes
períodos de lucha aguda.
Debido a las razones ya expuestas, cuando más tarde las relaciones
entre el darwinismo y la sociología atrajeron mi atención, no pude estar de acuerdo con ninguno de los numerosos
trabajos que juzgaban de un modo u otro una cuestión extremadamente
importante. Todos ellos trataban de
demostrar que el hombre, gracias a su inteligencia superior y a sus
conocimientos puede suavizar la dureza de la lucha por la vida entre los
hombres pero al mismo tiempo, todos
ellos reconocían que la lucha por los medios de subsistencia de cada animal
contra todos sus congéneres, y de cada hombre contra todos los hombres, es una
«ley. natural». Sin embargo, no podía
estar de acuerdo con este punto de vista, puesto que me había convencido antes
de que, reconocer la despiadada lucha interior por la existencia en los límites
de cada especie, y considerar tal guerra como una condición de progreso,
significaría aceptar algo que no sólo no ha sido demostrado aún, sino que de
ningún modo es confirmado por la observación directa.
Por otra parte, habiendo llegado a mi conocimiento la conferencia «Sobre la ley de la ayuda mutua», del
profesor Kessler, entonces decano de la Universidad de San Petersburgo, que
pronunció en un Congreso de naturalistas rusos, en enero de. 1880, vi que
arrojaba nueva luz sobre toda esta cuestión.
Según la opinión de Kessler, además de la ley de lucha mutua, existe en la naturaleza también la ley de ayuda mutua, que,
para el éxito de la lucha por la vida
y, particularmente, para la evolución progresiva de las especies, desempeña un
papel mucho más importante que la ley de la lucha mutua. Esta hipótesis, que no es en realidad más que
el desarrollo máximo de las ideas anunciadas por el mismo Darwin en su Origen del hombre, me pareció tan justa
y tenía tan enorme importancia, que, desde que tuve conocimiento de ello (en
1883), comencé a reunir materiales para el máximo desarrollo de esta idea que
Kessler apenas tocó, en su discurso, y no tuvo tiempo de desarrollar, puesto que
murió en 1881.
Solamente en un punto no pude estar completamente de acuerdo con las
opiniones de Kessler. Mencionaba éste
los «sentimientos familiares» y los cuidados de la descendencia (véase capítulo
1) como la fuente de las inclinaciones mutuas de los animales. Pero creo que el determinar cuánto
contribuyeron realmente estos dos sentimientos al desarrollo de los instintos
sociales entre los animales y cuánto los otros instintos actuaron en el mismo
sentido constituye una cuestión aparte, y muy compleja, a la cual apenas
estamos, ahora, en condiciones de responder. Sólo después que establezcamos
bien los hechos mismos de la ayuda mutua entre las diferentes clases de
animales y su importancia para la evolución podremos determinar qué parte del
desarrollo de los instintos sociales corresponde a los sentimientos familiares
y qué parte a la sociabilidad misma; y el origen de la última, evidentemente,
se ha de buscar en los estadios más elementales de evolución del mundo animal
hasta, quizá, en los «estadios coloniales».
Debido a esto, dediqué toda mi atención a establecer, ante todo, la
importancia de la ayuda mutua como factor
de evolución, especialmente de la progresiva, dejando para otros
investigadores el problema del origen de
los instintos de ayuda mutua en la
Naturaleza,
La importancia del factor de la ayuda mutua -«si tan sólo pudiera
demostrarse su generalidad»- no escapó a la atención de Goethe, en quien de
manera tan brillante se manifestó el genio del naturalista. Cuando, cierta vez, Eckerman contó a Goethe
-sucedía esto en el año 1827- que dos pichoncillos de «reyezuelo», que se le
habían escapado cuando mató a la madre, fueron hallados por él, al día
siguiente, en un nido de pelirrojos que los alimentaban ala par de los suyos,
Goethe se emocionó mucho por este relato.
Vio en ello la confirmación de sus opiniones panteístas sobre la,
naturaleza y dijo: «Si resultara, cierto que alimentar a los extraños es
inherente a la naturaleza toda, como algo que tiene carácter de ley general,
muchos enigmas quedarían entonces resueltos.
Volvió sobre esta cuestión al día siguiente, -y rogó a Eckerman (quien,
como es sabido, era zoólogo) que hiciera un estudio especial de ella, agregando
que Eckerman, sin duda, podría
obtener «resultados valiosos e inapreciables» (Gespráche, ed. 1848, -tomo III, págs. 219, 221). Por desgracia, tal estudio nunca fue
emprendido, aunque es muy probable que Brehm, que ha reunido en sus obras
materiales tan ricos sobre la ayuda mutua entre los animales, podría haber sido
llevado a esta idea por la observación citada de Goethe.
Durante los años 1878-1886 se imprimieron varias obras voluminosas
sobre la inteligencia y la vida mental de los animales (esas obras se citan en
las notas del capítulo I de este libro), tres de las cuales tienen una relación
más estrecha con la cuestión que nos interesa, a: saber: Les Sociétés animales, de Espinas (Paris,
1887); La lutte pour I'existence et l'association pour la lutte,
conferencia de Lanessan (abril 1881); y el libro, cuya primera edición
apareció en el año 1881 ó 1882, y la segunda, considerablemente aumentada, en
1885. Pero, a pesar de la excelente
calidad de cada una, estas obras dejan, sin embargo, amplio margen para una
investigación en la que la ayuda mutua fuera considerada no solamente en calidad
de argumento en favor del origen prehumano de los instintos morales, sino
también como una ley de la naturaleza y un factor de evolución.
Espinas llamó especialmente la atención sobre las sociedades de
animales (hormigas, abejas) que están fundadas en las diferencias fisiológicas
de estructura de los diversos miembros de la misma especie y la división
fisiológica del trabajo entre ellos, y aun cuando su obra trae excelentes,
indicaciones en todos los sentidos posibles, fue escrita en una época en que el
desarrollo de las sociedades humanas, no podía ser examinado como podemos
hacerlo ahora, gracias al caudal de
conocimientos acumulado desde entonces.
La conferencia de Lanessan tiene más bien el carácter de un plan general
de trabajo, brillantemente expuesto, como una obra en la cual fuera examinado
el apoyo mutuo comenzando desde las rocas a orillas del mar, y pasando al mundo de los vegetales, de los
animales y de los hombres.
En cuanto a la obra recién editada de Büchner, a
pesar de que induce a la reflexión sobre el papel de la ayuda mutua en la
naturaleza, y de que es rica en hechos, no estoy de acuerdo con su idea
dominante. El libro se inicia con un
himno al amor, y casi todos los ejemplos son tentativas para demostrar la
existencia del amor y la simpatía entre los animales. Pero, reducir la sociabilidad de los animales
al amor y a la simpatíasignifica
restringir su universalidad y su importancia, exactamente lo mismo que una
ética humana basada en el amor y la simpatía personal conduce nada más que a
restringir la concepción del sentido moral en su totalidad. De ningún modo me guía el amor hacia el dueño
de una determinada casa a quien muy a menudo ni siquiera conozco cuando, viendo
su casa presa de las llamas, tomo un cubo con agua y corro hacia ella, aunque
no tema por la mía. Me guía un
sentimiento más amplio, aunque es más indefinido, un instinto, más exactamente
dicho, de solidaridad humana; es decir, de caución solidaria entre todos los
hombres y de sociabilidad. Lo mismo se
observa también entre los animales. No es el amor, ni siquiera la simpatía
(comprendidos en el sentido verdadero de éstas palabras) lo que induce al rebaño
de rumiantes o caballos a formar un círculo con el fin de defenderse de las
agresiones de los lobos; de ningún modo es el amor el que hace que los lobos se
reúnan en manadas para cazar; exactamente lo mismo que no es el amor lo que
obliga a los corderillos y a los gatitos a entregarse a sus juegos, ni es el
amor lo que junta las crías otoñales de las aves que pasan juntas días enteros
durante casi todo el otoño. Por último, tampoco puede atribuirse al amor ni a
la simpatía personal el hecho de que muchos millares de gamos, diseminados por
territorios de extensión comparable a la de Francia, se reúnan en decenas de
rebaños aislados que se dirigen, todos, hacia un punto conocido, con el fin de
atravesar el Amur y emigrar a una parte más templada de la Manchuria.
En todos estos casos, el papel más importante lo
desempeña un sentimiento incomparablemente más amplio que el amor o la simpatía
personal. Aquí entra el instinto de sociabilidad, que se ha
desarrollado lentamente entre los animales y los hombres en el transcurso de un
período de evolución extremadamente largo, desde los estadios más elementales,
y que enseñó por igual a muchos animales y hombres a tener conciencia de esa
fuerza que ellos adquieren practicando la ayuda y el apoyo mutuos, y también a
tener conciencia del placer que se puede hallar en la vida social.
Una importancia de esta distinción podrá ser
apreciada fácilmente por todo aquél que estudie la psicología de los animales,
y más aún, la ética humana. El amor, la
simpatía y el sacrificio de sí mismos, naturalmente, desempeñan un papel enorme
en el desarrollo progresivo de nuestros sentimientos morales. Pero la sociedad, en la humanidad, de ningún
modo le ha creado sobre el amor ni tampoco sobre la simpatía. Se ha creado sobre la conciencia -aunque sea
instintiva- de la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los
hombres. Se ha creado sobre el
reconocimiento inconscientes semiconsciente de la fuerza que la práctica común
de dependencia estrecha de la felicidad de cada individuo de la felicidad de
todos, y sobre los sentimientos de justicia o de equidad, que obligan al
individuo a considerar los derechos de cada uno de los otros como iguales a sus
propios derechos. Pero esta cuestión
sobrepasa los límites del presente trabajo, y yo me limitaré más que a indicar
mi conferencia «Justicia y Moral», que era contestación a la Etica de Huxley, y en la cual me refería
esta cuestión con mayor detalle.
Debido a todo, lo dicho anteriormente, Pensé que un
libro sobre «La ayuda mutua como ley de la naturaleza y factor de evolución»
podría llenar una laguna muy importante.
Cuándo Huxley publicó, en el año 1888 su «manifiesto» sobre la lucha por
la existencia («Struggle for
Existence and its Bearing upon Man») el cual, desde mi punto de vista, era una
representación completamente infiel de los fenómenos de la naturaleza, tales
como los vemos en las taigas y las estepas, me dirigí al redactor de la revista
Nineteenth Century rogando dar
ubicación en las páginas, de la revista que él dirigía a una critica cuidadosa
de las opiniones de uno de los más destacados darwinistas, y Mr. James Knowles
acogió mi propósito con la mayor simpatía por este motivo hablé también, con W.
Bates, con el gran «naturalista del Amazonas», quien reunió, como es sabido,
los materiales para Wallace y Darwin, y a quien Darwin, con perfecta justicia,
calificó en su autobiografía como uno de los hombres más inteligentes qué había
encontrado. «sí, por cierto; eso es verdadero darwinismo exclamó Bates, lo que
han hecho de Darwin es sencillamente indignante. Escriba esos artículos y cuando estén
impresos le enviaré una carta que podrá publica. Por desgracia, la composición de estos
artículos me ocupó casi siete años, y cuándo el último fue publicado, Bates ya
no estaba entre los vivos.
Después de haber examinado la importancia de la
ayuda mutua para el éxito y desarrollo de las diferentes clases de animales,
evidentemente, estaba obligado a juzgar la importancia de aquel mismo factor en
el desarrollo del hombre. Esto era aún
más indispensable, porque existen
evolucionistas dispuestos a admitir la importancia de la ayuda mutua entre los
animales, pero, a la vez, como Herbert Spencer, negándola al respecto al
hombre. Para los salvajes primitivos
-afirman- la guerra de uno contra
todos era la ley dominante del la vida.
He tratado de analizar en este libro, en los capítulos dedicados a los
salvajes y bárbaros, hasta dónde esta afirmación que con excesiva complacencia
repiten todos sin la necesaria comprobación desde la época de Hobbes, coincide
con lo que conocemos respecto a los grados más antiguos del desarrollo del
hombre.
El número y la importancia de las diferentes
instituciones de ayuda mutua que se desarrollaron en la humanidad gracias al
genio creador las masas salvajes y semisalvajes, ya durante el período
siguiente de la comuna aldeana, y también la inmensa influencia que estas
instituciones antiguas ejercieron sobre el, desarrollo posterior de la
humanidad hasta los tiempos modernos, me indujeron a extender el camino de mis
investigaciones a los períodos de los tiempos históricos más antiguos. Especialmente me detuve en el período de
mayor interés, el de las ciudades repúblicas, libres, de la Edad Media, cuya
universalidad y cuya influencia sobre nuestra civilización moderna no ha sido
suficientemente apreciada hasta ahora.
Por último, también traté de indicar brevemente la enorme importancia
que tienen todavía las costumbres de apoyo mutuo transmitidas en herencia por
el hombre a través de un periodo extraordinariamente largo de su desarrollo,
sobre nuestra sociedad contemporánea, a pesar de que se piensa y se dice que
descansa sobre el principio: «cada uno para sí y el Estado para todos»,
principio que las sociedades humanas nunca siguieron por entero y que nunca
será llevado a la realización, íntegramente.
Quizá se me objetará que en este libro tanto los
hombres como los animales están representados desde un punto de vista demasiado
favorable: que sus cualidades sociales son destacadas en exceso, mientras que
sus inclinaciones antisociales, de afirmación de sí mismos, apenas están
marcadas. Sin embargo, esto era
inevitable. En los últimos tiempos hemos
oído hablar tanto de «la lucha dura y despiadada por la vida» que aparentemente
sostiene cada animal contra todos los otros, cada salvaje contra todos los demás
salvajes, y cada hombre civilizado contra todos sus conciudadanos semejantes
opiniones se convirtieron en una especie de dogma, de religión de la sociedad
instruida-, que fue necesario, ante todo oponer una serie amplia de hechos que
muestran la vida de los animales y de los hombres completamente desde otro
ángulo. Era necesario mostrar, en primer
lugar, el papel predominante que desempeñan las costumbres sociales en la vida
de la naturaleza y en la evolución progresiva, tanto de las especies animales como
igualmente de los seres humanos.
Era necesario demostrar que las costumbres de apoyo
mutuo dan a los animales mejor protección contra sus enemigos, que hacen menos difícil obtener alimentos (provisiones
invernales, migraciones, alimentación bajo la vigilancia de centinelas, etc.),
que aumentan la prolongación de la vida y debido a esto facilitan el desarrollo
de las facultades intelectuales; que dieron a los hombres, aparte de las
ventajas citadas, comunes con las de los animales, la posibilidad de formar
aquellas instituciones que ayudaron a la humanidad a sobrevivir en la lucha
dura con la naturaleza y a perfeccionarse, a pesar de todas las vicisitudes de
la historia. Así lo hice. Y por esto el presente libro es libro de la
ley de ayuda mutua considerada como una de las principales causas activas del desarrollo progresivo, y no la
investigación de todos los factores
de evolución y su valor respectivo. Era
necesario escribir este libro antes de que fuer a posible investigar la
cuestión de la importancia respectiva de los diferentes agentes de la
evolución.
Y menos aún, naturalmente, estoy inclinado a
menospreciar el papel que desempeñó la autoafirmación del individuo en el
desarrollo de la humanidad. Pero esta
cuestión, según mi opinión, exige un examen bastante más profundo que el que ha
hallado hasta ahora. En la historia de
la humanidad, la autoafirmación del individuo a menudo representó, y continúa
representando, algo perfectamente destacado, y algo más amplio y profundo que
esa mezquina e irracional estrechez mental que la mayoría de los escritores presentan
como «individualismo» y «autoafirmación».
De modo semejante, los individuos impulsores de la historia no se
redujeron solamente a aquellos que los historiadores nos describen en calidad
de héroes. Debido a esto, tengo el
propósito, siempre que sea posible, de analizar en detalle, posteriormente, el
papel que ha desempeñado la autoafirmación del individuo en el desarrollo
progresivo de la humanidad. Por ahora,
me limito a hacer nada más que la observación general siguiente:
Cuando las instituciones de ayuda mutua es decir, la
organización tribal, la comuna aldeana, las guildas, la ciudad de la edad media
empezaron a perder en el transcurso del proceso histórico su carácter
primitivo, cuando comenzaron a aparecer en ellas las excrecencias parasitarias
que les eran extrañas, debido a lo cual estas mismas instituciones se
transformaron en obstáculo para el progreso, entonces la rebelión de los
individuos en contra de estas instituciones tomaba siempre un carácter doble. Una parte de los rebeldes se empezaba en
purificar las viejas instituciones de los elementos extraños a ella, o en
elaborar formas superiores de libre convivencia, basadas una vez más en los
principios de ayuda mutua; trataron de introducir, por ejemplo, en el derecho
penal, el principio de compensación (multa), en lugar de la ley del Talión, y
más tarde, proclamaron el «perdón de las ofensas», es decir, un ideal aún más
elevado de igualdad ante la conciencia humana, en lugar de la «compensación»
que se pagaba según el valor de clase del damnificado. Pero al mismo tiempo, la otra parte de esos
individuos, que se rebelaron contra la organización que se había consolidado,
intentaban simplemente destruir las instituciones protectoras de apoyo mutuo a
fin de imponer, en lugar de éstas, su propia arbitrariedad, acrecentar de este
modo sus riquezas propias y fortificar su propio poder. En esta triple lucha entre las dos categorías
de individuos, los qué se habían rebelado y los protectores de lo existente,
consiste toda la verdadera tragedia de la historia. Pero, para representar esta lucha y estudiar
honestamente el papel desempeñado en el desarrollo de la humanidad por cada una
de las tres fuerzas citadas, hará falta, por lo menos, tantos años de trabajo
como hube de dedicar a escribir este libro.
De las obras que examinan aproximadamente el mismo
problema, pero aparecidas ya después de la publicación de mis artículos sobre
la ayuda mutua entre los animales, debo mencionar The Lowell Lectures on the
Ascent of Man, por Henry Drummond, Londres, 1894, y The Origin and Growth of the
Moral Instinct, por A. Sutherland, Londres, 1898. Ambos libros están concebidos, en grado
considerable, según el mismo plan del libro citado de Büchner, y en el libro de
Sutherland le consideran con bastantes detalles los sentimientos paternales y
familiares corno único factor en el proceso de desarrollo de los sentimientos
morales. La tercera obra de esta clase
que trata del hombre y está escrita según el mismo plan es el libro del profesor
americano F. A. Giddings, cuya primera edición apareció en el año 1896, en
Nueva York y en Londres, bajo el título The
Principles of Sociology, y cuyas ideas dominantes habían sido expuestas por
el autor en un folleto, en el año 1894.
Debo, sin embargo, dejar por completo a la crítica literaria el examen
de las coincidencias, similitudes y divergencias entre las dos obras citadas y
la mía.
Todos los capítulos de este libro fueron publicados
primeramente en la revista Nineteenth
Century («La ayuda mutua entre los animales», en septiembre y noviembre de
1890; «La ayuda mutua entre los salvajes», en abril de 1891; «ayuda mutua entre
los bárbaros», en enero de 1892; «La ayuda mutua en la Ciudad Medieval», en
agosto y septiembre de 1884, y «La ayuda mutua en la época moderna», en enero y
junio de 1896). Al publicarlos en forma
de libro, pensé, en un principio, incluir en forma de apéndices la masa de
materiales reunidos por mí que no pude aprovechar para los artículos que
aparecieron en la revista, así como el juicio sobre diferentes puntos
secundarios que tuve que omitir. Tales
apéndices habrían duplicado el tamaño del libro, y me vi obligado a renunciar a
su publicación o, por lo menos, a aplazarla.
En los apéndices de este libro está incluido solamente el juicio sobre
algunas pocas cuestiones que han sido objeto de controversia científica en el
curso de estos últimos años; del mismo modo en el texto de los artículos
primitivos intercalé sólo el poco material adicional que me fue posible agregar
sin alterar la estructura general de esta obra.
Aprovecho esta oportunidad para expresar al editor
de Nineteenth Century, James Knowles, mi agradecimiento, tanto por la amable
hospitalidad que mostró hacia la presente obra, apenas se enteró de su idea
general, como por su amable permiso para la reimpresión de este trabajo.
P. K.
Bromley, Kent, 1902.
CAPITULO 1
LA AYUDA MUTUA ENTRE
LOS ANIMALES
La concepción de la lucha por la existencia como condición del
desarrollo progresivo, introducida en la ciencia por Darwin y Wallace, nos
permitió abarcar, en una generalización, una vastísima masa de fenómenos, y
esta generalización fue, desde entonces, la base de todas nuestras teorías
filosóficas, biológicas y sociales. Un
número infinito de los más diferentes hechos, que antes explicábamos cada uno
por una causa propia, fueron encerrados por Darwin en una amplia
generalización. La adaptación de los seres
vivientes a su medio ambiente, su desarrollo progresivo, anatómico y
fisiológico, el progreso intelectual y aun el perfeccionamiento moral, todos
estos fenómenos empezaron a presentársenos como parte de un proceso común. Comenzamos a comprenderlos como una serie de
esfuerzos ininterrumpidos, como una lucha
contra diferentes condiciones desfavorables, lucha que conduce al desarrollo de
individuos, razas, especies y sociedades tales- que representarían la mayor
plenitud, la mayor variedad y la mayor intensidad de vida.,
Es muy posible que, al comienzo de sus trabajos, el mismo Darwin no
tuviera conciencia de toda la importancia y generalidad de aquel fenómeno la
lucha por la existencia, al que recurrió buscando la explicación de un grupo de
hechos, a saber: la acumulación de desviaciones del tipo primitivo y la
formación de nuevas especies. Pero
comprendió que el término que él introducía en la ciencia perdería su sentido
filosófico exacto si era comprendido exclusivamente en sentido estrecho, como
lucha entre los individuos por los medios de subsistencia. Por eso, al comienzo mismo de su gran
investigación sobre el origen de las especies, insistió en que se debe
comprender «la lucha por la existencia en su sentido amplio y metafórico, es
decir, incluyendo en él la dependencia de un ser viviente de los otros, y
también -lo que es bastante más importante- no sólo la vida del individuo
mismo, sino también la posibilidad de que deje descendencia.
De este modo, aunque el mismo Darwin, para su propósito especial,
utilizó la expresión «lucha por la existencia» preferentemente en su sentido
estrecho, previno a sus sucesores en contra del error (en el cual parece que
cayó él mismo en una época) de la comprensión demasiado estrecha de estas
palabras. En su obra posterior, Origen del hombre, hasta escribió varias
páginas bellas y vigorosas para explicar el verdadero y amplio sentido de esta
lucha. Mostró cómo, en innumerables
sociedades animales, la lucha por la existencia entre los individuos de estas
sociedades desaparece completamente, y
cómo, en lugar de la lucha, aparece
la cooperación que conduce al
desarrollo de las facultades intelectuales y de las cualidades morales, y que
asegura a tal especie las mejores oportunidades de vivir y propasarse. Señaló que, de tal modo, en estos casos, no
se muestran de ninguna manera «más aptos» aquéllos que son físicamente más
fuertes o más astutos, o más hábiles, sino aquéllos que mejor saben unirse y
apoyarse los unos a los otros -tanto los fuertes como los débiles- para el
bienestar de toda su comunidad «Aquellas
comunidades -escribió- que encierran la mayor cantidad de miembros que
simpatizan entre sí, florecerán mejor y dejarán mayor cantidad de
descendientes- (segunda edición inglesa, página 163).
La expresión, tomada por Darwin de la concepción malthusiana de la
lucha de todos contra uno, perdió, de tal modo, su estrechez cuando fue
transformada en la mente de un hombre que comprendía la naturaleza
profundamente. Por desgracia, estas
observaciones de Darwin, que podrían haberse convertido en base de las
investigaciones más fecundas, pasaron inadvertidas, a causa de la masa de
hechos en que entraba, o se suponía, la lucha real entre los individuos por los
medios de subsistencia.
Y Darwin no sometió a una investigación más severa la importancia
comparativa y la relativa extensión de las dos formas de la «lucha por la vida»
en el mundo animal: la lucha inmediata entre las personas aisladas, y la lucha
común, entre muchas personas, en conjunto; tampoco escribió la obra que se
proponía escribir sobre los obstáculos naturales a la multiplicación excesiva
de los animales, tales como la sequía, las inundaciones, los fríos repentinos,
las epidemias, etc.
Sin embargo, tal investigación era ciertamente indispensable para
determinar las verdaderas proporciones y la importancia en la naturaleza de la lucha individual por la vida entre los
miembros de una misma especie de animales en comparación con la lucha de toda la comunidad contra los
obstáculos naturales y los enemigos de otras especies. Más aún, en este mismo libro sobre el origen
del hombre, donde escribió los pasajes citados que refutan la estrecha
comprensión malthusiana de la «lucha» se abrió paso nuevamente el fermento
malthusiano; por ejemplo, allí donde se hacía la pregunta: ¿es menester
conservar la vida de los «débiles de mente y cuerpo» en nuestras sociedades
civilizados? (capítulo V). Como si miles
de poetas, sabios inventores y reformadores «locos», Y también los llamados
«entusiastas débiles de mente» no fueran el arma más fuerte de la humanidad en
su lucha por la vida, en la lucha que se sostiene con medios intelectuales y-
morales, cuya importancia expuso tan bien el mismo Darwin en los mismos
capítulos de su libro.
Luego sucedió con la teoría de Darwin lo que sucede con todas las
teorías que tienen relación con la vida humana.
Sus continuadores no sólo no la ampliaron, de acuerdo con sus
indicaciones, sino que, por lo contrario, la restringieron aún más. Y mientras Spencer, trabajando
independientemente, pero en análogo sentido, trataba hasta cierto punto de
ampliar las investigaciones acerca de la cuestión de quién es el más apto
(especialmente en el apéndice de la tercera edición de Data of Ethics), numerosos
continuadores de Darwin restringieron la concepción de la lucha por la
existencia hasta los límites más estrechos.
Empezaron a representar el mundo de los animales como un mundo de luchas
ininterrumpidas entre seres eternamente hambrientos y ávidos de la sangre de
sus hermanos. Llenaron la literatura
moderna con el grito de ¡Ay de los vencidos! y presentaron este grito como la
última palabra de la biología.
Elevaron la lucha «sin cuartel», Y en pos de ventajas individuales, a
la altura de un principio, de una ley de toda la biología, a la cual el hombre
debe subordinarse, de lo contrario, sucumbirá en este mundo que está basado en
el exterminio mutuo. Dejando de lado a
los economistas, los cuales generalmente apenas conocen, del campo de las
ciencias naturales, algunas frases corrientes, y ésas tomadas de los
divulgadores de segundo grado, debemos reconocer que aun los más autorizados
representantes de las opiniones de Darwin emplean todas sus fuerzas para
sostener estás falsas ideas. Si tomamos,
por ejemplo, a Huxley, a quien se considera, sin duda, como uno de los mejores
representantes de la teoría del desarrollo (evolución) veremos entonces que en
el artículo titulado «La lucha por la existencia y su relación con el hombre»
no enseña que «desde el punto de vista del moralista, el mundo animal se
encuentra en el mismo nivel que la lucha de gladiadores: alimentan bien a los
animales y los arrojan a la lucha: en consecuencia, sólo los más fuertes, los
más ágiles y los más astutos sobreviven únicamente para entrar en lucha al día
siguiente. No es necesario que el
espectador baje el dedo para exigir que sean muertos los débiles- aquí, sin
ello, no hay cuartel para nadie».
En el mismo artículo, Huxley dice más adelante que entre los animales,
lo mismo que entre los hombres primitivos «los más débiles y los más estúpidos
están condenados a muerte, mientras que sobreviven los más astutos y aquellos a
quienes es más difícil vulnerar, a que los que mejor supieron adaptarse a las
circunstancias, pero que de ningún modo son mejores en los otros sentidos. La vida -dice- era una lucha constante y
general, y con excepción de las relaciones limitadas y temporales dentro de la
familia, la guerra hobbesiana de uno contra todos era el estado normal de la
existencias.
Hasta dónde se justifica o no semejante opinión sobre la naturaleza,
se verá en los hechos que este libro aporta, tanto del mundo animal como de la
vida del hombre primitivo. Pero podemos
decir ya ahora que la opinión de Huxley sobre la naturaleza tiene tan poco
derecho a ser reconocida en tanto que deducción científica, como la opinión
opuesta de Rousseau, que veía en la naturaleza solamente amor, paz y armonía,
perturbados por la aparición del hombre.
En realidad, el primer paseo por el bosque, la primera observación sobre
cualquier sociedad animal o hasta el conocimiento de cualquier trabajo serio en
donde se habla de la vida de los animales en los continentes que aún no están densamente poblados por el hombre (por ejemplo de D'Orbigny, Audubon, Le
Vaillant), debía obligar al naturalista a reflexionar sobre el papel que
desempeña la vida social en el mundo de los animales, y preservarle tanto de
concebir la naturaleza en forma de campo de batalla general como del extremo
opuesto, que ve en la naturaleza sólo paz y armonía. El error de Rousseau consiste en que perdió
de vista, por completo, la lucha sostenida con picos y garras, y Huxley es
culpable del error de carácter opuesto; pero ni el optimismo de Rousseau ni el
pesimismo de Huxley pueden ser aceptados como una interpretación desapasionada
y científica de la naturaleza.
Si bien, comenzamos a estudiar los animales no únicamente en los
laboratorios y museos sino en el bosque, en los prados, en las estepas y en las
zonas montañosas, en seguida observamos que, a pesar de que entre diferentes
especies y, en particular, entre diferentes clases de animales, en proporciones
sumamente vastas, se sostiene la lucha y el exterminio, se observa, al mismo
tiempo, en las mismas proporciones, o tal vez mayores, el apoyo mutuo, la ayuda
mutua y la protección mutua entre los animales pertenecientes a la misma
especie o, por lo menos, a la misma sociedad.
La sociabilidad es tanto una ley de la naturaleza como lo es la lucha
mutua.
Naturalmente, sería demasiado difícil determinar, aunque fuera
aproximadamente, la importancia numérica relativa de estas dos series de
fenómenos. Pero si recurrimos, a la
verificación indirecta y preguntamos a la naturaleza: «¿Quiénes son más aptos,
aquellos que constantemente luchan entre sí o, por lo contrario, aquellos que
se apoyan entre sí?», en seguida veremos que los animales que adquirieron las
costumbres de. ayuda mutua resultan, sin duda alguna, los más aptos. Tienen más posibilidades de sobrevivir como
individuos y como especie, y alcanzan en sus correspondientes clases (insectos,
aves, mamíferos) el más alto desarrollo mental y organización física. Si tomamos en consideración los Innumerables
hechos que hablan en apoyo de esta opinión, se puede decir con seguridad que la
ayuda mutua constituye tanto una ley de la vida animal como la lucha
mutua. Más aún. Como factor de
evolución, es decir, como condición de desarrollo en general, probablemente
tiene importancia mucho mayor que la lucha mutua, porque facilita el desarrollo
de las costumbres y caracteres que aseguran el sostenimiento y el desarrollo
máximo de la especie junto con el máximo bienestar y goce de la vida para cada
individuo, y, al mismo tiempo, con el mínimo de desgaste inútil de energías, de
fuerzas.
Hasta donde yo sepa, de los sucesores científicos de Darwin, el
primero que reconoció en la ayuda mutua la importancia de una ley de la naturaleza y de un factor
principal de la evolución, fue el muy conocido biólogo ruso, ex-decano de
la Universidad de San Petersburgo, profesor K. F. Kessler. Desarrolló este pensamiento en un discurso
pronunciado en enero del año 1880, algunos meses antes de su muerte, en el
congreso de naturalistas rusos, pero,
como muchas cosas buenas publicadas, sólo en la lengua rusa, esta conferencia
pasó casi completamente inadvertida.
Como zoólogo viejo -decía Kessler-, se sentía
obligado a expresar su protesta contra el abuso del término «lucha por la
existencia», tomado de la - zoología, o por lo menos contra la valoración
excesivamente exagerada de su importancia. -Especialmente en la zoología
-decía- en las ciencias consagradas al estudio multilateral del hombre, a cada
paso se menciona la lucha cruel por la existencia, y a menudo se pierde de
vista por completo, que existe otra ley que
podemos llamar de la ayuda mutua, y que, por lo menos ton
relación a los animales, tal vez sea más importante -que la ley de la lucha por
la existencias. Señaló luego Kessler que
la necesidad de dejar descendencia, inevitablemente une a los animales, y
«cuando más se vinculan entre si los individuos de una determinada especie,
cuanto más ayuda mutua se prestan, tanto más se consolida la existencia de la
especie y tanto más se dan la! posibilidades de que dicha especie vaya más
lejos en su desarrollo y se perfeccione, además, en su aspecto intelectual».
«Los animales de todas las clases, especialmente de las superiores, se prestan
ayuda mutua» -proseguía Kessler (pág. 131), y confirmaba su idea con ejemplos
tomados de la vida de los escarabajos enterradores o necróforos y de la vida
social de las aves y de algunos mamíferos.
Estos ejemplos eran poco numerosos, como era menester en un breve
discurso de inauguración, pero puntos importantes fueron claramente
establecidos. Después de haber señalado
luego que en el desarrollo de la humanidad la ayuda mutua desempeña un papel
aún más grande, Kessler concluyó su discurso con las siguientes observaciones.
«Ciertamente, no niego la lucha por la existencia,
sino que sostengo que, el desarrollo progresivo, tanto de todo el reino animal
como en especial de la humanidad, no contribuye tanto la lucha recíproca cuanto
la ayuda mutua. Son inherentes a todos
los cuerpos orgánicos dos necesidades. esenciales: la necesidad de alimento y
la necesidad de multiplicación. La
necesidad de alimentación los conduce a la lucha por la subsistencia, y al
exterminio recíproco, y la necesidad de la multiplicación los conduce a aproximarse
a la ayuda mutua. Pero, en el desarrollo
del mundo orgánico, en la transformación de unas formas en otras, quizá ejerza
mayor influencia la ayuda mutua entre los individuos de una misma especie que
la lucha entre ellos».
La exactitud de las opiniones expuestas más arriba
llamó la atención de la mayoría de los presentes en el congreso de los zoólogos
rusos, y N. A. Syevertsof, cuyas obras son bien conocidas de los ornitólogos y
geógrafos, las apoyó e ilustró con algunos ejemplos complementarios. Mencionó algunas especies de halcones dotados
de una organización quizá ideal para. los fines de ataque, pero a pesar de
ello, se extinguen, mientras -que las otras especies de halcones que practican
la ayuda mutua prosperan. Por otra parte, tomad un ave tan social como el pato
-dijo- en general, está mal organizado, pero practica el apoyo mutuo y, a
juzgar por sus innumerables especies y variedades, tiende positivamente a
extenderse por toda la tierra».
La disposición de los zoólogos rusos a aceptar las
opiniones de Kessler le explica muy naturalmente porque casi todos ellos
tuvieron oportunidad de estudiar el mundo animal en las extensas regiones
deshabitadas del Asia Septentrional o de Rusia Oriental, y el estudio de tales
regiones conduce, inevitablemente, a esas mismas conclusiones. Recuerdo la impresión que me produjo el mundo
animal de Siberia cuando yo exploraba las tierras altas de Oleminsk Vitimsk en
compañía de tan- destacado zoólogo como era mi, amigo Iván Simionovich
Poliakof. Ambos estábamos bajo la
impresión reciente de El origen de las
especies, de Darwin, pero yo buscaba vanamente esa aguzada competencia
entre los animales de la misma especie a que nos había preparado la lectura de
la obra de Darwin, aun después de tomar en cuenta la observación hecha en el
capitulo III de esta obra (pág. 54).
-¿Dónde está esa lucha? -preguntaba yo a
Poliakof-. Veíamos muchas adaptaciones
para la lucha, muy a menudo para la lucha en común, contra las condiciones
climáticas desfavorables, o contra diferentes enemigos, y I. S. Poliakof
escribió algunas páginas hermosas sobre la dependencia mutua de los carnívoros,
rumiantes y roedores en su distribución geográfica. Por otra parte, vi yo allí, y en el Amur,
numerosos casos de apoyo mutuo, especialmente en la época de la emigración de
las aves y de los rumiantes, pero aun en las regiones del Amur y del Ussuri,
donde la vida animal se distingue por su gran abundancia, muy raramente me
ocurrió observar, a pesar de que los buscaba, casos de competencia real y de
lucha entre los individuos de -una misma especie de animales superiores. La misma impresión brota de los trabajos de
la mayoría de los zoólogos rusos, y esta circunstancia quizá aclare por qué las
ideas de Kessler fueron tan bien recibidas por los darwinistas rusos, mientras
que semejantes opiniones no son corrientes entre los continuadores de Darwin de
Europa Occidental, que conocen el mundo animal preferentemente en la Europa más
occidental, donde el exterminio de los animales por el hombre alcanzó tales
proporciones que los individuos de muchas especies, que fueron en otros tiempos
sociales, viven ahora solitarios.
Lo primero que nos sorprende, cuando comenzamos a
estudiar la lucha por la existencia, tanto en sentido directo como en el
figurado de la expresión, en las regiones aún escasamente habitadas por el
hombre, es la abundancia de casos de ayuda mutua practicada por los animales,
no sólo con el fin de educar a la descendencia, como está reconocido por la
mayoría de los evolucionistas, sino también para la seguridad del individuo y
para proveerse del alimento necesario. En
muchas vastas subdivisiones del reino animal, la ayuda mutua es regla general.
b ayuda mutua se encuentra hasta entre los animales más inferiores y
probablemente conoceremos alguna vez, por las personas que estudian la vida
microscópica de las aguas estancadas, casos de ayuda mutua inconsciente hasta
entre los microorganismos más pequeños.
Naturalmente, nuestros conocimientos de la vida de
los invertebrados -excluyendo las termitas, hormigas y abejas- son sumamente
limitados; pero a pesar de esto, de la vida de los animales más inferiores
podemos citar algunos casos de ayuda mutua bien verificados. Innumerables sociedades de langostas,
mariposas -especialmente vanessae-,
grillos, escarabajos (cicindelae), etc.,
en realidad se hallan completamente inexploradas, pero ya el mismo hecho de su
existencia indica que deben establecerse aproximadamente sobre los mismos
principios que las sociedades temporales de hormigas y abejas con fines de
migración. En cuanto a los escarabajos,
son bien conocidos casos exactamente observados de ayuda mutua entre los sepultureros
(Necrophorus). Necesitan alguna materia orgánica en
descomposición para depositar los huevos y asegurar la alimentación de sus
larvas; pero la putrefacción de ese material no debe producirse muy
rápidamente. Por eso, los escarabajos
sepultureros entierran los cadáveres de todos los animales pequeños con que se
topan -casualmente durante sus búsquedas.
En general, los escarabajos de esta raza viven solitarios; pero, cuando
alguno de ellos encuentra el cadáver de algún ratón o de un ave, que no puede
enterrar, convoca a varios otros sepultureros más (se juntan a veces hasta
seis) para realizar esta operación con sus fuerzas asociadas. Si es necesario, transportan el cadáver a un
suelo más conveniente y blando. En
general, el entierro se realiza de un modo sumamente meditado y sin la menor
disputa con respecto a quién corresponde disfrutar del privilegio de poner sus
huevos en el cadáver enterrado. Y cuando
Gleditsch ató un pájaro muerto a una cruz hecha de dos palitos, o suspendió una
rana de un palo clavado en el suelo, los sepultureros, del modo más amistoso,
dirigieron la fuerza de sus inteligencias reunidas para vencer la astucia del
hombre. La misma combinación de esfuerzos se observa también en los escarabajos
del estiércol.
Pero, aún entre los animales situados en un grado de
organización algo inferior, podemos encontrar ejemplos semejantes. Ciertos cangrejos anfibios de las Indias
Orientales y América del Norte se reúnen en grandes masas cuando se dirigen
hacia el mar para depositar sus huevas, por lo cual cada una de estas
migraciones presupone cierto acuerdo mutuo.
En cuanto a los grandes cangrejos de las Molucas (Limulus), me sorprendió ver en el año 1882, en el acuario de
Brighton, hasta qué punto son capaces estos animales torpes de prestarse ayuda
entre sí cuando alguno de ellos la necesita.
Así, por ejemplo, uno se dio vuelta Y quedó de espalda en un rincón de
la gran cuba donde se les guarda en el acuario, y su pesada caparazón, parecida
a una gran cacerola, le impedía tomar su posición habitual, tanto más cuanto
que en ese rincón habían hecho una división de hierro que dificultaba más aún
sus tentativas de volverse. Entonces,
los compañeros corrieron en su ayuda, y durante una hora entera observé cómo
trataban de socorrer a su camarada de cautiverio. Al principio aparecieron dos cangrejos, que
empujaron a su amigo por debajo, y después de esfuerzos empeñosos, consiguieron
colocarlo de costado, pero la división de hierro impedíales terminar su obra, y
él cangrejo cala de nuevo, pesadamente, de espaldas. Después de muchas tentativas, uno de los
salvadores se dirigió hacia el fondo de la cuba y trajo consigo otros dos
cangrejos, los cuales, con fuerzas frescas, se entregaron nuevamente a la tarea
de levantar y empujar al camarada incapacitado.
Permanecimos en el acuario, más de dos horas, y cuando nos íbamos, nos
acercamos de nuevo a echar; un vistazo a la cuba: ¡el trabajo de liberación
continuaba aún! Después de haber sido
testigo de este episodio, creo plenamente en la observación hecha por Erasmo
Darwin, a saber: que «el cangrejo común, durante la muda, coloca en calidad de
centinela a cangrejos que no han sufrido la muda o bien a un individuo cuya
caparazón se ha endurecido ya, a fin de proteger a los individuos que han
mudado, en su situación desamparada, contra la agresión de los enemigos
marinos».
Los casos de ayuda mutua entre las termitas,
hormigas y abejas son tan conocidos para casi todos los lectores, en especial
gracias a los populares libros de Romanes, Büchner y John Lubbock, que puedo
limitarme a muy pocas citas. Si tomamos
un hormiguero, no sólo veremos que todo género de trabajo -la cría de la
descendencia el aprovisionamiento, la construcción, la cría de los pulgones,
etc.-, se realiza de acuerdo con los principios de ayuda mutua voluntaria, sino
que, junto con Forel, debemos también reconocer que el rasgo principal,
fundamental, de la vida de muchas especies de hormigas es que cada hormiga
comparte y está obligada a compartir su alimento, ya deglutido y en parte
digerido, con cada miembro de la comunidad que haya manifestado su demanda de
ello. Dos hormigas pertenecientes a dos
especies diferentes o a dos hormigueros enemigos, en un encuentro casual, se
evitarán la una a la otra. Pero dos
hormigas pertenecientes -al mismo hormiguero, o a la misma colonia de
hormigueros, siempre que se aproximan, cambian algunos movimientos de antena y,
-«si una de ellas está hambrienta o siente sed, y si especialmente en ese
momento la otra tiene el papo lleno, entonces la primera pide inmediatamente
alimento». La hormiga a la cual se
dirigió el pedido de tal modo, nunca se rehúsa; separa sus mandíbulas, y dando
a su cuerpo la posición conveniente, devuelve una gota de líquido transparente,
que la hormiga hambrienta sorbe.
La devolución de alimentos para nutrir a otros es un
rasgo tan importante de la vida de la hormiga (en libertad) y se aplica tan
constantemente, tanto para la alimentación de los camaradas hambrientos como
para la nutrición de las larvas, que, según la opinión de Forel, los órganos
digestivos de las hormigas se componen de dos partes diferentes; una de ellas,
la posterior, se destina al uso especial de la hormiga misma, y la otra, la
anterior, principalmente a utilidad de la comunidad. Si cualquier hormiga con
el papo lleno, mostrara ser tan egoísta que rehusara alimento a un camarada, la
tratarían como enemiga o peor aún. Si la
negativa fuera hecha en el momento en que sus congéneres luchan contra
cualquier especie de hormiga o contra un hormiguero extraño, caerían sobre su
codiciosa compañera con mayor furor que sobre sus propias enemigas. Pero, si la hormiga no se rehusara a
alimentar a otra hormiga perteneciente a un hormiguero enemigo, entonces las
congéneres de la última la tratarían como amiga. Todo esto está confirmado por observaciones y
experiencias sumamente precisas, que no dejan ninguna duda sobre la
autenticidad de los hechos mismos ni sobre la exactitud de su interpretación.
De tal modo, en esta inmensa división del mundo
animal, que comprende más de mil especies y es tan numerosa que el Brasil,
según la afirmación de los brasileños, no pertenece a los hombres, sino a las
hormigas, no existe en absoluto lucha ni competencia por el alimento entre los
miembros de un mismo hormiguero o de una colonia de hormigueros. Por terribles que sean las guerras entre las
diferentes especies de hormigas y los diferentes hormigueros, y cualesquiera que
sean las atrocidades cometidas durante la guerra, la ayuda mutua dentro de la
comunidad, la abnegación en beneficio común, se ha transformado en costumbre, y
el sacrificio, en bien común, es la regla general. Las hormigas, y las termitas repudiaron de
este modo la «guerra hobbesiana», y salieron ganando. Sus sorprendentes
hormigueros, sus construcciones, que sobrepasan por la altura relativa, a las
construcciones de los hombres; sus caminos pavimentados y galerías cubiertas
entre los hormigueros; sus espaciosas salas y graneros; sus campos trigo; sus
cosechas, los granos «malteados», los «huertos» asombrosos de la «hormiga
umbelífera», que devora hojas y abona trocitos de tierra con bolitas de
fragmentos de hojas masticadas y por eso crece en estos huertos solamente una
clase de hongos, y todos los otros son exterminados; sus métodos racionales de
cuidado de los huevos y de las larvas, comunes a todas las hormigas, y la
construcción de nidos especiales y cercados para la cría de los pulgones, que Linneo llamó tan pintorescamente «vacas
de las hormigas» y, por último, su bravura, atrevimiento y elevado desarrollo
mental; todo esto es la consecuencia natural de la ayuda mutua que practican a
cada paso de su vida activa y laboriosa.
La sociabilidad de las hormigas condujo también al desarrollo de otro
rasgo esencial de su vida, a saber: el enorme desarrollo de la iniciativa
individual que, a su vez, contribuyó a que se desarrollaran en la hormiga tan
elevadas y variadas capacidades mentales que producen la admiración y el
asombro de todo observador.
Si no conociéramos ningún otro caso de la vida de
los animales, aparte de aquellos conocidos de las hormigas y termitas,
podríamos concluir con seguridad que la ayuda mutua (que conduce a la confianza
mutua, primera condición de la bravura) y la iniciativa personal (primera
condición del progreso intelectual), son dos condiciones incomparablemente más
importantes en el desarrollo del mundo de los animales que la lucha mutua. En realidad, las hormigas prosperan, a pesar
de que no poseen ninguno de los rasgos «defensivos» sin los cuales no puede
pasarse animal alguno que lleve vida solitaria.
Su color les hace muy visibles para sus enemigos, y en los bosques y en
los prados, los grandes hormigueros de muchas especies, llaman la atención en
seguida. La hormiga no tiene caparazón
duro; su aguijón, por más que resulte peligroso cuando centenares se hunden en
el cuerpo de un animal, no tiene gran valor para la defensa individual. Al mismo tiempo, las larvas y los huevos de
las hormigas constituyen un manjar para muchos de los habitantes de los
bosques.
No obstante, las mal defendidas hormigas no sufren
gran exterminio por parte de las aves, ni aun de los osos hormigueros; e
infunden terror a insectos que son bastante más fuertes que ellas mismas. Cuando Forel vació un saco de hormigas en un
prado, vio que -los grillos se dispersaban abandonando sus nidos al pillaje de
las hormigas; las arañas y los escarabajos abandonaban sus presas por miedo a
encontrarse en situación de víctimas»; las hormigas se apoderan hasta de los
nidos de avispas, después de una batalla durante la cual muchas perecieron en
bien de la comunidad. Aun los más
veloces insectos no alcanzaron a salvarse, y Forel tuvo ocasión de ver, a
menudo, que las hormigas atacaban y mataban, inesperadamente, mariposas,
mosquitos, moscas, etc. Su fuerza reside
en el apoyo mutuo y en la confianza mutua.
Y si la hormiga -sin hablar de otras termitas más desarrolladas- ocupa
la cima de una clase entera de insectos por su capacidad mental; si por su
bravura se puede equiparar a los más valientes vertebrados, y su cerebro
-usando las palabras de Darwin- «constituye uno de los más maravillosos átomos
de materia del mundo, tal vez aun más asombroso que el cerebro del hombre» -¿no
debe la hormiga todo esto a que la ayuda mutua reemplaza completamente la lucha
mutua en su comunidad?
Lo mismo es cierto también con respecto a las
abejas. Estos pequeños insectos, que
podrían ser tan fácil presa de numerosas aves, y cuya miel atrae a toda clase
de animales, comenzando por el escarabajo y terminando con el oso, tampoco
tienen particularidad alguna protectora en la estructura o en lo que a
mimetismo se refiere, sin los cuales los insectos que viven aislados apenas
podrían evitar el exterminio completo.
Pero, a pesar de eso, debido a la ayuda mutua practicada por las abejas,
como es sabido, alcanzaron a extenderse ampliamente por la tierra; poseen una
gran inteligencia, y han elaborado formas de vida social sorprendentes.
Trabajando en común, las abejas multiplican en
proporciones inverosímiles sus fuerzas individuales, y recurriendo a una
división temporal del trabajo, por lo cual cada abeja conserva su aptitud para
cumplir cuando es necesario, cualquier clase de trabajo, alcanzando tal grado
de bienestar y seguridad que no tiene ningún animal, por fuerte que sea o bien
armado que esté. En sus sociedades, las
abejas a menudo superan al hombre, cuando éste descuida las ventajas de una
ayuda mutua bien planeada. Así, por ejemplo,
cuando un enjambre de abejas se prepara a abandonar la colmena para fundar una
nueva sociedad, cierta cantidad de abejas exploran previamente la vecindad, y
si logran descubrir un lugar conveniente para vivienda, por ejemplo, un cesto
viejo, o algo por el estilo, se apoderan de él, y lo limpian y lo guardan, a
veces durante una semana entera, hasta que el enjambre se forma y se asienta en
el lugar elegido. ¡En cambio, muy a menudo los hombres hubieron de perecer en
sus emigraciones a nuevos países, sólo porque los emigrantes no comprendieron
la necesidad de unir sus esfuerzos! Con la ayuda de su inteligencia colectiva
reunida, las abejas luchan con éxito contra las circunstancias adversas, a
veces completamente imprevistas y desusadas, como sucedió, por ejemplo, en la
exposición de París, donde las abejas fijaron con su propóleo resinoso (cera)
un postigo que cerraba una ventana construida en la pared de sus colmenas. Además, no se distinguen por las inclinaciones
sanguinarias, -y por el amor a los combates inútiles con que muchos escritores
dotan tan gustosamente a todos los animales.
Los centinelas que guardan las entradas de las colmenas matan sin piedad
a todas las abejas ladronas que tratan de penetrar en ella; pero las abejas
extrañas que caen por error no son tocadas, especialmente si llegan cargadas
con la provisión del polen recogido, o si son abejas jóvenes, que pueden errar
fácilmente el camino. De este modo, las
acciones bélicas, se reducen a las más estrictamente necesarias.
La sociabilidad de las abejas es tanto más
instructiva cuanto más los instintos de rapiña y de pereza continúan existiendo
entre ellas, y reaparecen de nuevo cada vez que las circunstancias les son
favorables. Sabido es que siempre hay un
cierto número de abejas que prefieren la vida de ladrones a la vida laboriosa
de obreras; por lo cual, tanto en los períodos de escasez de alimentos como en
los períodos de abundancia extraordinaria, el número de las ladronas crece
rápidamente. Cuando la recolección está
terminada y en nuestros campos y praderas queda poco material para la
elaboración de la miel, las abejas ladronas aparecen en gran número: por otra
parte, en las plantaciones de azúcar de las Indias Orientales y en las
refinerías de Europa, el robo, la pereza y, muy a menudo, la embriaguez, se
vuelven fenómenos corrientes entre las abejas.
Vemos, de este modo, que los instintos antisociales continúan
existiendo; pero la selección natural debe aniquilar incesantemente a las
ladronas, ya que, a la larga, la práctica de la reciprocidad se muestra más
ventajosa para la especie que el desarrollo de los individuos dotados de
inclinaciones de rapiña. «Los más astutos y los más inescrupulosos» de los que
hablaba Huxley como de los vencedores, son eliminados para dar lugar a los
individuos que comprenden las ventajas de la vida social y del apoyo mutuo.
Naturalmente, ni las hormigas ni las abejas, ni
siquiera las termitas, se han elevado hasta la concepción de una solidaridad
más elevada, que abrazase toda su especie.
En este respecto, evidentemente, no alcanzaron un grado de desarrollo
que no encontrarnos siquiera entre los dirigentes políticos, científicos y
religiosos, de la humanidad. Sus
instintos sociales casi no van más allá de los límites del hormiguero o de la
colmena. A pesar de eso, Forel describió
colonias de hormigas en Mont Tendré y en la montaña Saleve, que incluían no
menos de doscientos hormigueros, y los habitantes de tales colonias pertenecían
a dos diferentes especies (Formica
exsecta y F. pressilabris). Forel
afirma que cada miembro de estas colonias conoce a los miembros restantes, y
que todos toman parte en la defensa común.
Mac Cook observó, en Pensilvania, una nación entera de hormigas,
compuesta de 1600 a 1700 hormigueros, que vivían en completo acuerdo; y Bates
describió las enormes extensiones de los campos brasileños cubiertos de
montículos de termitas, en done algunos hormigueros servían de refugio a dos o
tres especies diferentes, y la mayoría de estas construcciones estaban unidas
entre sí por galerías abovedadas y arcadas cubiertas. De este modo, algunos ensayos de unificación
de subdivisiones bastante amplias de una especie, con fines de defensa mutua y
de vida social, se encuentra hasta entre los animales invertebrados.
Pasando ahora a los animales superiores, encontramos aún más casos de ayuda mutua,
indudablemente consciente, que se practica con todos los fines posibles, a
pesar de que, por otra parte, debernos observar qué nuestros conocimientos de
la vida, hasta de los animales superiores, todavía se distinguen sin embargo,
por su gran insuficiencia. Una multitud
de casos de este género fueron descritos por zoólogos eminentísimos, pero, sin
embargo, hay divisiones enteras del reino animal de los cuales casi nada nos es
conocido.
Sobre todo, tenemos pocos testimonios fidedignos con
respecto a los peces, en parte debido a la dificultad de las observaciones y en
parte porque no se ha prestado a esta materia la debida atención. En cuanto a los mamíferos, ya Kessler observó
lo poco que conocemos de su vida. Muchos
de ellos sólo salen de noche de sus madrigueras; otros, se ocultan debajo de la
tierra; los rumiantes, cuya vida social y cuyas migraciones ofrecen un interés
muy profundo, no permiten al hombre aproximarse a sus rebaños. De las que sabemos más, es de las aves; sin
embargo, la vida social de muchas especies continúa siendo aún poco conocida
para nosotros. Por otra parte, en
general, no tenemos de qué quejamos poca la falta de casos bien establecidos,
como se verá a continuación. Llamo la
atención únicamente que la mayor parte de estos hechos han sido reunidos por
zoólogos indiscutiblemente eminentes -fundadores de la zoología descriptiva-
sobre la base de sus propias observaciones, especialmente en América, en la
época en que aún estaba muy densamente poblada por mamíferos y aves. El gran desarrollo de la ayuda mutua que
ellos observaron, ha sido notado también recientemente en el Africa central,
todavía poco poblada por el hombre.
No tengo necesidad de detenerme aquí sobre las
asociaciones entre macho y hembra para la crianza de la prole, para asegurar su
alimento en las primeras épocas de su vida y para la caza en común. Es menester recordar solamente que semejantes
asociaciones familiares están extendidas ampliamente hasta entre los carnívoros
menos sociables y las aves de rapiña; su mayor interés reside en que la
asociación familiar constituye el medio en donde se desarrollan los sentimientos
más tiernos, hasta entre los animales muy feroces en otros aspectos. Podemos, también, agregar que la rareza de
asociaciones que traspasen los límites de la familia en los carnívoros y las
aves de rapiña, aunque en la mayoría de los casos es resultado de la forma de
alimentación, sin embargo, indudablemente constituye también, hasta cierto
punto, la consecuencia de cambios en el mundo animal, provocados por la rápida
multiplicación de la humanidad. Hasta
ahora se ha prestado poca atención a estas circunstancias, pero sabemos que hay
especies cuyos individuos llevan una vida completamente solitaria en regiones
densamente pobladas, mientras que aquellas mismas especies o sus congéneres más
próximos viven en rebaños, en lugares no habitados por el hombre. En este sentido podemos citar como ejemplo a
los lobos, zorros, osos y algunas aves de rapiña.
Además, las asociaciones que no traspasan los
limites de la familia presentan para nosotros comparativamente poco interés;
tanto más cuanto que son conocidas muchas otras asociaciones, de carácter
bastante más general, como, por ejemplo, las asociaciones formadas por muchos
animales, para la caza, la defensa mutua o, simplemente, para el goce de la
vida. Audubon ya mencionó que las
águilas se reúnen a veces en grupos de varios individuos, y su relato sobre dos
águilas calvas, macho y hembra, que cazaban en el Mississipi, es muy conocido
como modelo de descripción artístico, pero una de las más convincentes
observaciones en este sentido Pertenece a Syevertsof. Mientras estudiaba la fauna de las estepas
rusas, vio cierta vez un águila perteneciente a la especie gregaria (cola
blanca, Haliaetos abicilla) que se
elevaba hacia lo alto; durante media hora, el águila describió círculos
amplios, en silencio, y repentinamente resonó su penetrante graznido. Al poco tiempo respondió a este grito el
graznido de otro águila que se había acercado volando a la primera, le siguió
una tercera, una cuarta, etcétera, hasta que se reunieron nueve o diez, que
pronto se perdieron de vista. Después de
medio día, Syevertsof se dirigió hacia el lugar donde notó que habían volado
las águilas y, ocultándose detrás de una ondulación de la estepa, se acercó a
la bandada y observó que se habían reunido alrededor del cadáver de un
caballo. Las águilas viejas, que
generalmente se alimentan primero -tales son las reglas de la urbanidad entre
las águilas-, ya estaban posadas sobre las parvas de heno vecinas, en calidad
de centinelas, mientras las jóvenes continúan alimentándose, rodeadas por
bandadas de cornejas. De esta y otras
observaciones semejantes Syevertsof dedujo que las águilas de cola blanca se
reúnen para la caza; elevándose a gran altura, si son por ejemplo alrededor de
una decena, pueden observar una superficie de cerca de 50 verstas cuadradas, y,
en cuanto descubren algo, en seguida, consciente e inconscientemente, avisan a
sus compañeras, que se acercan y sin discusión, se reparten el alimento
hallado.
En general, Syevertsof más tarde tuvo varias veces
ocasión de convencerse de que las águilas de cola blanca se reúnen siempre para
devorar la carroña y que algunas de ellas (al comienzo del festín, las jóvenes)
desempeñan siempre el papel de vigilantes, mientras las otras comen. Realmente, las águilas de cola blanca, unas
de las más bravas y mejores cazadoras, son, en general, aves gregarias, y Brehm
dice que, encontrándose en cautiverio, se aficionan rápidamente al hombre (I. c., pág. 499-501).
La sociabilidad es el rasgo común de muchas otras
aves de rapiña. El grifo halcón
brasileño (Caravara), uno de los rapaces más «desvergonzados», es, sin embargo,
extraordinariamente sociable. Sus
asociaciones para la caza han sido descritas por Darwin y otros naturalistas, y
está probado que, si se apoderan de una presa demasiado grande, convocan
entonces a cinco ó seis de sus camaradas para llevarla. Por la tarde, cuando estas aves, que se
encuentran siempre en movimiento, después de haber volado todo el día, se
dirigen a descansar y se posan sobre algún árbol aislado del campo, siempre se
reúnen en bandadas poco numerosas, y entonces se juntan con ellas los
pernócteros, pequeños milanos de alas oscuras, parecidos a las cornejas, sus
«verdaderos amigos», como dice D'Orbigny.
En el viejo mundo, en las estepas transcaspianas, los milanos, según las
observaciones de Zarudnyi, tienen la misma costumbre de construir sus nidos en
un mismo lugar, agrupándose varios. El
grifo social -una de las razas más fuertes de los milanos- recibió su propio
nombre por su amor a la sociedad. Viven
en grandes bandadas, y en el Africa se encuentran montañas enteras literalmente
cubiertas, en todo lugar libre,- por sus nidos.
Decididamente, gozan de la vida social y se reúnen en bandadas muy
grandes para volar a gran altura, lo que constituye para ellos una especie de
deporte. «Viven en gran amistad -dice Le Vaillant-, y a veces en una misma
cueva encontré hasta tres nidos».
Los milanos urubú, en Brasil, se distinguen quizá
por una mayor sociabilidad que las cornejas de pico blanco, dice Bates, el
conocido explorador del río Amazonas.
Los pequeños milanos egipcios (Pernocterus
stercorarius), también viven en buena amistad. Juegan en el aire, en bandadas, pasan la
noche juntos, y, por la mañana, en montones, se dirigen en busca de alimento, y
entre ellos no se produce ni la más pequeña rifía; así lo atestigua Brehm, que
ha tenido posibilidad plena de observar su vida. El halcón de cuello rojo se encuentra también
en bandadas numerosas en los bosques del Brasil, y el halcón rojo cernícalo (Tinunculus cenchyis), después de
abandonar Europa y de haber alcanzado en invierno las estepas y los bosques de
Asia, se reúne en grandes sociedades. En
las estepas meridionales de Rusia lleva (más exactamente, llevaba) una vida tan
social que Nordman lo observó en grandes bandadas juntos con otros gerifaltes (falco tinunculus, F. oesulon y F. subbuteo) que se reunían
los días claros alrededor de las cuatro de la tarde, y se recreaban con sus
vuelos hasta entrada la noche.
Generalmente volaban todos juntos, en una línea completamente recta,
hasta un punto conocido y determinado; después de lo cual, volvían
inmediatamente siguiendo la misma línea, y luego repetían nuevamente aquel
vuelo.
Tales vuelos en bandadas por el placer mismo del
vuelo son muy comunes entre las aves de todo género. Ch.
Dixon informa que, especialmente en el río Humber, en las llanuras pantanosas,
a menudo aparecen. a fines de agosto, numerosas bandadas de becasas (traga alpina; «arenero de montaña»
llamada también «buche negro») y se quedan durante el invierno. Los vuelos de estas aves son sumamente
interesantes, puesto que, reunidas en una enorme bandada, describen círculos en
el aire, luego se dispersan y se reúnen de nuevo, repitiendo esta maniobra con
la precisión de soldados bien instruidos.
Dispersos entre ellos suelen encontrarse areneros de otras especies,
alondras de mar y chochas.
Enumerar aquí las diversas asociaciones de caza de
las aves sería simplemente imposible: constituyen el fenómeno más corriente;
pero, es menester, por lo menos, mencionar las asociaciones de pesca de los
pelícanos, en las que estas torpes aves evidencian una organización y una
inteligencia notables. Se dirigen a la
pesca siempre en grandes bandadas, Y, eligiendo una bahía conveniente, forman
un amplio semicírculo, frente a la costa; poco a poco, este semicírculo se
estrecha, a medida que las aves nadan hacia la costa, y, gracias a esta
maniobra, todo pez caído en el semicírculo es atrapado. En los ríos, canales, los pelícanos se
dividen en dos partes, cada una de las cuales forma su semicírculo, y va al
encuentro de la otra, nadando, exactamente como irían al encuentro dos partidas
de hombres con dos largas redes, para recoger el pez caído entre ellas. A la
entrada de la noche, los pelicanos vuelven a su lugar de descanso habitual
-siempre el mismo para cada bandada- y nadie ha observado nunca que se hayan originado
peleas entre ellos por un lugar de pesca o por un lugar de descanso. En América del sur, los pelícanos se reúnen
en bandadas hasta 50.000 aves, una parte de las cuáles se entrega al sueño
mientras otras vigilan, y otra parte se dirige a la pesca.
Finalmente, cometería yo una gran injusticia con
nuestro gorrión doméstico, tan calumniado, si no mencionara cuán de buen girado
comparte toda la comida que encuentra con los miembros dé la sociedad a que
pertenece. Este hecho era bien conocido
por los griegos antiguos, y hasta nosotros ha llegado el relato del orador que
exclamó cierta vez (cito de memoria):
«Mientras os hablo, un gorrión vino a decir a los otros gorriones que un
esclavo ha desparramado un saco de trigo, y todos s han ido a recoger el grano». Muy agradable fue para mi encontrar
confirmación de esta observación de los antiguos en el pequeño libro
contemporáneo de Gurney, el cual está completamente convencido que los
gorriones domésticos se comunican entre si siempre que puedan conseguir comida
en alguna parte. Dice: «Por lejos del
patio de la granja que se hubiesen trillado las parvas de trigo, los gorriones
de dicho patio siempre aparecían con los buches repletos de granos». Cierto es que los gorriones guardan sus
dominios con gran celo de la invasión de extraños, como, por ejemplo, los
gorriones del jardín de Luxemburgo, París, que atacan con fiereza a todos los
otros gorriones que tratan, a su vez, de aprovechar el jardín y la generosidad
de sus visitantes; pero dentro de sus propias comunidades o grupos practican
con extraordinaria amplitud el apoyo mutuo a pesar de que a veces se producen
riñas, como sucede, por otra parte, entre los mejores amigos.
La caza en grupos y la alimentación en bandadas son
tan corrientes en el mundo de las aves que apenas es necesario citar más
ejemplos: es menester considerar estos dos fenómenos como un hecho plenamente
establecido. En cuanto a la fuerza que
dan a las aves semejantes asociaciones, es cosa bien evidente. Las aves de rapiña más grandes suelen verse
obligadas a ceder ante las asociaciones de los pájaros más pequeños. Hasta las águilas -aun la poderosísima y
terrible águila rapaz y el águila marcial, que se destacan por una fuerza tal
que pueden levantar en sus garras una liebre o un antílope joven- suelen versé
obligadas a abandonar su presa a las bandadas de milanos, que emprenden una
caza regular de ellas, no bien notan que alguna ha hecho una buena presa. Los milanos también dan caza al rápido
gavilán pescador, y le quitan el pescado capturado; pero nadie ha tenido
ocasión de observar que los milanos se pelearan por la posesión de la presa
arrebatada de tal modo. En la isla
Kerguelen el doctor Coués ha visto que el Buphagus,
la pequeña gallina marina, de los pescadores de focas, persigue a las
gaviotas con el fin de obligarlas a vomitar el alimento; a pesar de que, por
otra parte, las gaviotas, unidas a las golondrinas marinas, ahuyentan a la
pequeña gallina de mar en cuanto se aproxima a sus posesiones, especialmente
durante el anidamiento. Los frailecicos (Vanellus
oristatus), pequeños pero muy rápidos, atacan osadamente a los buhardos, a
los mochuelos, o a una corneja o águila que atisban sus huevos, es un
espectáculo instructivo. Se siente que
están seguros de. la victoria, y se ve la decepción del ave de rapiña. En semejantes casos, las avefrías se apoyan
mutuamente, a la perfección, y la bravura de cada una aumenta con el
número. Ordinariamente persiguen al
malhechor de tal modo que éste prefiere abandonar la caza con tal de alejarse
de sus atormentadores. El frailecico ha
merecido bien el apodo de «buena madre» que le dieron los griegos, puesto que
jamás rehusa defender a las otras aves acuáticas, de los ataques de sus
enemigos.
Lo mismo es menester decir acerca del pequeño
habitante de nuestros jardines, la blanca nevatilla, o aguzanieve (Motacilla alba), cuya longitud total
alcanza apenas a ocho pulgadas. Obliga
hasta al cemicalo a suspender la caza. «No bien las aguzanieves ven al ave de
rapiña -ha escrito Brehm, padre- lanzando un grito fuerte la persiguen, previniendo
así a todas las otras aves, y, de tal modo, obligan a muchos buitres a
renunciar a la caza. A menudo he
admirado su coraje y su agilidad, y estoy firmemente convencido de que sólo el
halcón, rapidísimo y noble, es capaz de capturar a la nevatilla... Cuando sus
bandadas obligan a cualquier ave de rapiña a alejarse, ensordecen con sus
chillidos triunfantes y luego se separan» (Brehm tomo tercero, pág. 950). En tales casos, se reúnen con el fin
determinado de dar caza al enemigo, exactamente lo mismo tuve oportunidad de
observar en la población volátil de un bosque que se elevaba de golpe ante el
anuncio de la aparición de alguna ave nocturna, y todos, tanto las aves de
rapiña como- los pequeños e inofensivos cantores, empezaban a perseguir al
recién venido y, finalmente, le obligaban a volver a su refugio.
¡Qué diferencia enorme entre las fuerzas del milano,
del cernícalo o del gavilán y la de tan pequeños pajarillos, como la nevatilla
del prado, sin embargo, estos pequeños pajarillos gracias a su acción conjunta
y su bravura, prevalecen sobre las rapaces, que están dotadas de vuelo poderoso
y armadas de manera excelente para el ataque.
En Europa, las nevatillas no sólo persiguen a las aves de rapiña que
pueden ser peligrosas para ellas, sino también a los gavilanes pescadores, «más
bien para entretenerse que para hacerles daño» -dice Brehm. En la India, según el testimonio del Dr.
Jerdón, los grajos, persiguen al milano gowinda «simplemente para
distraerse». Y Wied dice que a menudo
rodean al águila brasileña urubitinga
innumerables bandadas de tucanes («burlones») y caciques (ave que está
estrechamente emparentado con nuestras cornejas de Pico blanco) y se burlan de
él. -«El cernícalo -agrega Wied-, ordinariamente soporta tales molestias con
mucha tranquilidad; además, de tanto en tanto, coge a uno de los burlones que
lo rodean». Vemos, de tal modo, en todos
estos casos (y se podría citar decenas de ejemplos semejantes), que los
pequeños pájaros, inmensamente inferiores por su fuerza al ave de rapiña, se
muestran, a pesar de eso, más fuertes que ella gracias a que actúan en común.
Dos grandes familias de aves, a saber, las grullas y
los papagayos han alcanzado los más admirables resultados en lo que respecta a
la seguridad individual, al goce de la vida en común. Las grullas son sumamente sociables, y viven
en excelentes relaciones no sólo con sus congéneres, sino también con la
mayoría de las aves acuáticas. Su
prudencia no es menos asombrosa que su inteligencia. Inmediatamente disciernen las condiciones
nuevas y actúan de acuerdo con las nueve exigencias. Sus centinelas vigilan siempre que las
bandadas comen o descansan, y los cazadores saben, por experiencia, cuán
difícil es aproximárseles. Si el hombre
consigue cogerlas desprevenidas, no vuelven más a ese lugar sin enviar primero
un explorador, y tras él una partida de exploradores; y cuando esta partida
vuelve con la noticia de que no se vislumbra peligro, envían una segunda
partida exploradora para comprobar el informe de los primeros, antes de que
toda la bandada se decida a adelantarse.
Con especies próximas, las grullas contraen verdaderas amistades, y, en
cautiverio, ninguna otra ave, excepción hecha solamente del no menos social e
inteligente papagayo, contrae una amistad tan verdadera con el hombre.
«La grulla no ve en el hombre un amo, sino un amigo,
y trata de demostrárselo de todos modos» -dice Brehm basado en su experiencia
personal. Desde la mañana temprano hasta
bien entrada la noche, la grulla se encuentra en incesante actividad; pero,
consagra en total algunas horas de la mañana a la búsqueda del alimento, en
especial el alimento vegetal; el resto del tiempo se entrega a la vida social.
«Estando con ánimo de juguetear -escribe Brehm- la grulla levanta de la tierra
danzando, piedrecillas, pedacitos de madera, los arroja al aire tratando de
agarrarlos tuerce el cuello, despliega las alas, danza, brinca, corre, y, por
todos los medios, expresa su buen humor, y siempre es hermosa y graciosa. Puesto que viven constantemente en sociedad,
casi no tienen enemigos, a pesar de que Brehm tuvo ocasión de ver, a veces, que
alguna era atrapada accidentalmente por un cocodrilo, pero con excepción del
cocodrilo, no conoce la grulla ningún otro enemigo. La prudencia de la grulla, que se ha hecho
proverbial, la salva de todos los enemigos, y, en general, vive hasta una edad
muy avanzada. Por esto no es
sorprendente que la grulla, para conservar la especie, no tenga necesidad de
criar una descendencia numerosa y, generalmente, no pone más de dos
huevos. En cuanto al elevado desarrollo
de su inteligencia, bastará decir que todos los observadores reconocen
unánimemente que la capacidad intelectual de la grulla recuerda poderosamente
la capacidad del hombre.
Otra ave sumamente social, el papagayo, ocupa, como
es sabido, por el desarrollo de su capacidad intelectual, el primer puesto en
todo el mundo volátil. Su modo de vida
está tan excelentemente descrito por Brehm, que me será suficiente reproducir
el trozo siguiente, como la mejor característica:
«Los papagayos -dice- viven en sociedades o bandadas
muy numerosas, excepto durante el periodo de aparejamiento. Eligen como vivienda un lugar del bosque, de
donde salen todas las mañanas para sus expediciones de caza. Los miembros de cada bandada están muy
ligados entre sí, comparten tanto el dolor corno la alegría. Todas las mañanas
se dirigen juntos al campo, al huerto, o a cualquier árbol frutal, para
alimentarse de frutas. Apostan
centinelas para proteger a toda la bandada y siguen con atención sus
advertencias. En caso de peligro, se
apresuran todos a volar, prestándose mutuo apoyo, y por la tarde, todos vuelven
al lugar de descanso al mismo tiempo.
Dicho más brevemente, viven siempre en unión estrechamente amistosa.»
Encuentran también placer en la sociedad de otras
aves. En la India: -dice Leyard- los
grajos y los cuervos cubren volando una distancia de muchas millas, para pasar
la noche junto con los papagayos, en las espesuras de bambúes. Cuando se dirigen a la caza, los papagayos no
sólo demuestran un ingenio y una prudencia sorprendentes, sino también
capacidad para adaptarse a las circunstancias.
Así, por ejemplo, una bandada de cacatúas blancas de Australia, antes de
iniciar el saqueo de un trigal, indefectiblemente envía una partida de
exploradores, que se distribuye en los árboles más altos de la vecindad del
campo citado, mientras que otros exploradores se posan sobre los árboles
intermedios entre el campo y el bosque, y transmiten señales. Si las señales comunican que «todo está en
orden, entonces una decena de cacatúas se separa de la bandada, traza varios
círculos en el aire y se dirige hacia los árboles más próximos al campo. Esta segunda partida, a su vez, observa con
bastante detención los alrededores, y sólo después de esa observación, da la
señal para el traslado general; después, toda ¡-a bandada se eleva al mismo
tiempo y saquea rápidamente el campo.
Los colonos australianos vencen con mucha dificultad la vigilancia de
los papagayos; pero, si el hombre, con toda su astucia y sus armas, consigue
matar algunas cacatúas, entonces se vuelven tan vigilantes y prudentes, que
desbaratan todas las artimañas de los enemigos.
No hay duda alguna de que sólo gracias al carácter
social de su vida, pudieron los papagayos alcanzar ese elevado desarrollo de la
inteligencia y de los sentidos (que encontramos en ellos) y que casi llega al
nivel humano. Su elevada inteligencia
indujo a los mejores naturalistas a llamar a algunas especies -especialmente al
papagayo gris- «ave-hombres». En cuanto
a su afecto mutuo, sabido es que si ocurre que uno de la bandada es muerto por
un cazador, los restantes comienzan a volar sobre el cadáver de su camarada
lanzando gritos lastimeros y «caen ellos mismos víctimas de su afección
amistosa» -como escribió Audubon-, y si dos papagayos cautivos, aunque sean
pertenecientes a dos especies distintas, contrajeran amistad, y uno de ellos
muriera accidentalmente, no es raro entonces que el otro también perezca de
tristeza y de pena por su amigo muerto.
No es menos evidente que en sus asociaciones los
papagayos encuentren una protección contra los enemigos incomparablemente
superior a la que podrían encontrar por medio del desarrollo más ideal de sus
«picos y garras». Muy escasas aves de
rapiña y mamíferos se atreven a atacar a los papagayos -y esto solamente a las
especies pequeñas- y Brehm tiene toda la razón cuando dice, hablando de los
papagayos, que ellos, igual que las grullas y los monos sociales, apenas tienen
otro enemigo fuera del hombre; y agrega: «Muy probablemente, la mayoría de los
papagayos grandes mueren de vejez y no en las garras de sus enemigos». Unicamente el hombre, gracias a su superior
inteligencia, y a sus armas -que también constituyen el resultado de su vida en
sociedad-, puede, hasta cierto punto, exterminar a los papagayos. Su misma longevidad se debe de tal modo al
resultado de la vida social. Y, muy
probablemente, es necesario decir lo mismo con respecto a su memoria
sorprendente, cuyo desarrollo, sin duda, favorece la vida en sociedad, y
también la longevidad, acompañada por la plena conservación, tanto de las
capacidades físicas como intelectuales hasta una edad muy avanzada.
Se ve, por todo lo que precede que la guerra de
todos contra cada uno no es, de ningún modo, la ley dominante de la
naturaleza. La ayuda mutua es ley de la
naturaleza tanto como la guerra mutua y esta ley se hace para nosotros más
exigente cuando observamos algunas otras asociaciones de aves y observamos la
vida social de los mamíferos. Algunas
rápidas referencias a la importancia de la ley de la ayuda mutua en la
evolución del reino animal han sido ya hechas en las páginas precedentes; pero
su importancia se aclarará con mayor precisión cuando, citando algunos hechos,
podamos hacer, basados en ellos, nuestras conclusiones.
CAPITULO
II
LA
AYUDA MUTUA ENTRE LOS ANIMALES
(Continuación)
Apenas vuelve la primavera a la zona templada,
miríadas de aves, dispersas por los países templados del sur, se reúnen en
bandadas innumerables y se apresuran, llenas de alegre energía, a ir hacia el
norte para criar su descendencia. Cada
seto, cada bosquecillo, cada roca de la costa del océano, cada lago o estanque
de los que se halla sembrado el norte de América, el norte de Europa, y -el
norte de Asia, podrían decirnos, en esa época del año, qué representa la ayuda
mutua en la vida de las aves; qué fuerza, qué energía y cuánta protección dan a
cada ser viviente por débil e indefenso que sea de por sí.
Tomad, por ejemplo, uno de los innumerables lagos de
las estepas rusas o siberianas, al principio de la primavera. Sus orillas están pobladas de miríadas de
aves acuáticas, pertenecientes por lo menos a veinte especies diferentes que
viven en pleno acuerdo y que se protegen entre sí constantemente. He aquí cómo describe Syevertsof uno de estos
lagos:
«El lago se halla oculto entre las arenas de color
rojo amarillo, las talas verde oscuro y las cañas. Aquello es un hervidero de aves, un
torbellino que nos marea... El espacio, lleno de gaviotas (Larus rudibundus) y golondrinas marinas (Sterna hirundo) es conmovido por sus gritos sonoros. Miles de avefrías recorren las orillas y
silban... Más allá, casi sobre cada ola, un pato se mece y grita. En lo alto se extienden las bandadas de patos
kazarki; más abajo, de tanto en tanto, vuelan sobre el lago los "odorliki'
(Aquila clanga) y los buhardos de
pantano, seguidos inmediatamente por la bandada bullanguera de los
pescadores. Mis ojos se fueron en pos de
ellos».
Por todas partes brota la vida. Pero he aquí las rapaces, «las más fuertes y
ágiles» -como dice Huxley- e -idealmente dotadas para el ataque» -como dice
Syeverstof. Se oyen sus voces
hambrientas y ávidas y sus gritos exasperados cuando, durante horas enteras,
esperan una ocasión conveniente para atrapar, en esta masa de seres vivientes,
siquiera un solo individuo indefenso. No
bien se acercan, decenas de centinelas voluntarios avisan su aparición, y en
seguida centenares de gaviotas y golondrinas marinas inician la persecución del
rapaz. Enloquecido por el hambre, deja
de lado por último sus precauciones habituales; se arroja de improviso sobre la
masa viva de aves; pero, atacado por todas partes, de nuevo es obligado a
retirarse. En un arranque de hambre
desesperada, se arroja sobre los patos salvajes; pero, las ingeniosas aves
sociales, rápidamente, se reúnen en una bandada y huyen si el rapaz es un
águila pescadora; si es un halcón, se zambullen en el lago; si es un buitre,
levantan nubes de salpicaduras de agua y sumen al rapaz en una confusión
completa. Y mientras la vida continúa pululando en el lago, como antes, el
rapaz huye con gritos coléricos en busca de carroña, o de algún pajarilla joven
o ratón de campo, aún no acostumbrado a obedecer a tiempo las advertencias de
los camaradas. En presencia de toda esta
vida que fluye a torrentes, el rapaz, armado idealmente, tiene que contentarse
sólo con los desechos de ella.
Aún más lejos, hacia el norte, en los archipiélagos
árticos, «podéis navegar millas enteras a lo largo de la orilla y veréis que
todos los saledizos, todas las rocas y los rincones de las pendientes de las
montañas hasta doscientos pies, y a veces hasta quinientos sobre el nivel del
mar, están literalmente cubiertos de aves marinas, cuyos pechos blancos se
destacan sobre el fondo de las rocas sombrías, de tal modo que parecen
salpicadas de creta. El aire, tanto de cerca
como a lo lejos, está repleto de aves.
Cada una de estas «montañas de aves» constituye un
ejemplo viviente de la ayuda mutua, y también de la variedad sin fin de
caracteres, individuales y específicos,- que son resultado de la vida
social. Así, por ejemplo, el ostrero es
conocido por su presteza en atacar a cualquier ave de presa. El arga de los pantanos es renombrada por su
vigilancia e inteligencia como guía de aves más pacíficas. Pariente de la anterior, el revuelve piedras,
cuando está rodeado de camaradas pertenecientes a especies más grandes, deja
que se ocupen ellos de la protección de todos, y hasta se vuelve un ave
bastante tímida; pero cuando está rodeado de pájaros más pequeños, toma a su
cargo, en interés de la sociedad, el servicio de centinela, y hace que le
obedezcan, dice Brehm.
Se puede observar aquí a los cisnes, dominadores, y
a la par de ellos, a las gaviotas Kitty-Wake -extremadamente sociables y hasta
tiernas y entre las cuales, como dice Nauman, las disputas se producen muy
raramente y siempre son breves; se ve a las atractivas kairas polares, que
continuamente se prodigan caricias; a las gansas-egoístas, que entregan a los
caprichos de la suerte los huérfanos de la camarada muerta, y junto a ellas, a
otras gansas que adoptan a los huérfanos y nadan rodeadas de cincuenta o sesenta
pequeñuelos, de los cuales cuidan como si fueran sus propios hijos. Junto a los pingüinos, que se roban los
huevos unos a otros, se ven las calandrias marinas, cuyas relaciones familiares
son ,«tan encantadoras y conmovedoras» que ni los cazadores apasionados se
deciden a disparar a la hembra rodeada de su cría; o a los gansos del norte,
entre los cuales (como los patos velludos o «coroyas» de las sabanas), varias
hembras empollan los huevos en un mismo nido; o los kairas (Uria troile) que -afirman observadores dignos de fe- a
veces se sientan por turno sobre el nido común.
La naturaleza es la variedad misma, y ofrece todos los matices posibles
de caracteres, hasta lo más elevado: por eso no es posible representarla en una
afirmación generalizada. Menos aún puede
juzgársela desde el punto de vista moral, puesto que las opiniones mismas del
moralista son resultado -la mayoría de las veces inconsciente- de las
observaciones sobre la naturaleza.
La costumbre de reunirse en el período de
anidamiento es tan común entre la mayoría de las aves, que apenas es necesario
dar otros ejemplos. Las cimas de
nuestros árboles están coronadas por grupos de nidos de pequeños pájaros; en
las granjas anidan colonias de golondrinas; en las torres viejas y campanarios
se refugian centenares de aves nocturnas; y fácil sería llenar páginas enteras
con las más encantadoras descripciones de la paz y armonía que se encuentran en
casi todas estas sociedades volátiles para el anidamiento. Y hasta dónde tales asociaciones sirven de
defensa a las aves más débiles, es evidente de por sí. Un excelente observador, como el americano
Dr. Couës, vio, por ejemplo, que las pequeñas golondrinas (cliff swallaws) construían sus nidos en la vecindad inmediata de
un halcón de las estepas (Falco
polyargus). El halcón había
construido su nido en la cúspide de uno de aquellos minaretes de arcilla de los
que tantos hay en el Cañón del Colorado, y la colonia de golondrinas vivía
inmediatamente debajo de él. Los
pequeños pájaros pacíficos no temían a su rapaz vecino: simplemente no le
permitían acercarse a su colonia. Si lo
hacía, inmediatamente lo rodeaban y comenzaban correrlo, de modo que el rapaz
había de alejarse enseguida.
La vida en sociedades no cesa cuando ha terminado la
época del anidamiento; toma solamente nueva forma. Las crías jóvenes se reúnen en otoño, en
sociedades juveniles, en las que ordinariamente ingresan varias especies. La vida social es practicada en esta época
principalmente por los placeres que ella proporciona, y también, en parte, por
su seguridad. Así encontramos en otoño,
en nuestros bosques, sociedades compuestas de picamaderos jóvenes (Sitta coesia), junto con diversos
paros, trepadores, reyezuelos, pinzones de montaña y pájaros carpinteros. En
España, las golondrinas se encuentran en compañía de cernícalos, atrapamoscas y
hasta de palomas.
En el Far West americano, las jóvenes calandrias
copetudas (Horned Park) viven en grandes sociedades,
conjuntamente con otras especies de cogujadas (Spragues Lark), con el gorrión de la sabana (Savannah sparoow) y
algunas otras especies de verderones y hortelanos. En realidad, sería más fácil
describir todas las especies que llevan vida aislada que enumerar aquellas
especies cuyos pichones constituyen sociedades, cuyo objeto de ningún modo es
cazar o anidar, sino solamente disfrutar de la vida en común y pasar el tiempo
en juegos y deportes, después de las pocas horas que deben consagrar a la
búsqueda de alimento.
Por último, tenemos ante nosotros, todavía, un campo
amplísimo de estudio de la ayuda mutua en las aves, durante sus migraciones, y
hasta tal punto es amplio que sólo puedo mencionar, en pocas palabras, este
gran hecho de la naturaleza. Bastará
decir que las aves que han vivido, hasta entonces, meses enteros en pequeñas
bandadas diseminadas por una superficie vasta, comienzan a reunirse en la
primavera o en el otoño a millares; durante varios días seguidos, a veces una
semana o ' más, acuden a un lugar determinado, antes de ponerse en camino, y
parlotean con vivacidad, probablemente sobre la migración inminente. Algunas especies, todos los días, antes de
anochecer, se ejercitan en vuelos preparatorios, alistándose para el largo
viaje. Todas esperan a sus congéneres
retrasadas, y, por último, todas juntas desaparecen un buen día; es decir
vuelan, en una dirección determinada, siempre bien escogida, que representa,
sin duda, el fruto de la experiencia colectiva acumulada. Los individuos fuertes vuelan a la cabeza de
la bandada, cambiándose por turno para cumplir con esta difícil
obligación. De tal modo, las aves
atraviesan hasta los vastos mares, en grandes bandadas compuestas tanto de aves
grandes como de pequeñas; y, cuando, en la primavera siguiente vuelven al mismo
lugar, cada ave se dirige al mismo sitio bien conocido, y en la mayoría de los
casos, hasta cada pareja ocupa el mismo nido que reparó o construyó el año
anterior.
Este, fenómeno de migración se halla tan extendido,
y está al mismo tiempo tan eficientemente estudiado, creó tantas costumbres
asombrosas de ayuda mutua -y estas costumbres y el hecho mismo de la migración
requerirían un trabajo especial- que me veo obligado a abstenerme de dar
mayores detalles. Mencionaré solamente
las reuniones numerosas y animadas que tienen lugar de año en año en el mismo
sitio, antes de emprender su largo viaje al norte o al sur; y, del mismo modo,
las reuniones que se pueden ver en el norte, por ejemplo, en las desembocaduras
del Yenesei, o en los condados del norte de Inglaterra, cuando las aves vuelven
del sur a sus lugares habituales de anidamiento, pero no se han asentado aún en
sus nidos. Durante muchos días, a veces
hasta un mes entero, se reúnen todas las mañanas y pasan juntas alrededor de
media hora, antes de echar a volar en busca de alimento, quizá deliberando
sobre los lugares donde se dispondrán a construir sus nidos. si durante la
migración sucede que las columnas de aves que emigran son sorprendidas por una
tormenta, entonces la desgracia común une a las aves de las especies más
diferentes. La diversidad de aves que,
sorprendidas por una nevasca durante la migración, golpean contra los vidrios
de los faros de Inglaterra, sencillamente es asombrosa. Necesario es observar también que las aves no
migratorias, pero que se desplazan lentamente hacia el norte o sur, conforme a
la época del año; es decir, las llamadas aves nómadas, también realizan sus
traslados en pequeñas bandadas. No
emigran aisladas, para asegurarse de tal modo, y por separado, el mejor
alimento y encontrar mejor refugio en la nueva región sino, que siempre se
esperan mutuamente y se reúnen en bandadas antes de comenzar su lento cambio de
lugar hacia el norte o el sur.
Pasando ahora a los mamíferos, lo primero que nos asombra en esta vasta clase de
animales es la enorme supremacía numérica de las especies sociales sobre
aquellos pocos carnívoros que viven solitarios. Las mesetas, las regiones
montañosas, estepas y depresiones del nuevo y viejo mundo, literalmente hierven
de rebaños de ciervos, antílopes, gacelas, búfalos, cabras y ovejas salvajes;
es decir, de todos los animales que son sociales. Cuando los europeos comenzaron a penetrar en
las praderas de América del Norte, las hallaron hasta tal punto densamente
poblados por búfalos, que sucedía que los pioneros tenían, a veces, que
detenerse, y durante mucho tiempo, cuando las columnas de búfalos en densa
columna se prolongaba a veces hasta
dos o tres días; y cuando los rusos ocuparon Siberia, encontraron en ella una
cantidad tan enorme de ciervos, antílopes, corzos, ardillas y otros animales,
que la conquista dé Siberia no fue más que una expedición cinegética que se
prolongó durante dos siglos. Las
llanuras herbosas de Africa oriental aún ahora están repletas de cebras,
jirafas y diversas especies de antílopes.
Hasta hace un tiempo no muy lejano, los ríos
pequeños de América del Norte y de la Siberia Septentrional estaban todavía
poblados por colonias de castores, y en la Rusia europea, toda su parte norte,
todavía en el siglo XVIII, estaba cubierta por colonias semejantes. Las llanuras de los cuatro grandes
continentes están aún ahora pobladas de innumerables colonias de topos,
ratones, marmotas, tarbaganes, «ardillas de tierra» y otros roedores. En las latitudes más bajas de Asia y Africa,
en esta época, los bosques son refugios de numerosas familias de elefantes,
rinocerontes, hipopótamos y de innumerables sociedades de monos. En el lejano norte, los ciervos se reúnen en
innumerables rebaños, y aún más al norte, encontramos rebaños de toros
almizcleros e incontables sociedades de zorros polares. Las costas del océano están animadas por
manadas de focas y morsas, y sus aguas por manadas de animales sociales
pertenecientes a la familia de las ballenas; por último, y aun en los desiertos
del altiplano del Asia central, encontramos manadas de caballos salvajes, asnos
salvajes, camellos salvajes y ovejas salvajes.
Todos estos mamíferos viven en sociedades y en grupos que cuentan, a
veces, cientos de miles de individuos, a pesar de que ahora, después de tres
siglos de civilización a base de pólvora, quedan únicamente restos lastimosos
de aquellas incontables sociedades animales que existían en tiempos pasados.
¡Qué insignificante, en comparación con ella, es el
número de los carnívoros! ¡Y qué erróneo, en consecuencia, el punto de vista de
aquéllos que hablan del mundo animal como si estuviera compuesto solamente de
leones y hienas que clavan sus colmillos ensangrentados en la presa! Es lo mismo que si afirmásemos que toda la
vida de la humanidad se reduce solamente a las guerras y a las masacres.
Las asociaciones y la ayuda mutua son regla en la
vida de los mamíferos. La costumbre de
la vida social se encuentra hasta en los carnívoros, y en toda esta vasta clase
de animales solamente podemos nombrar una familia de felinos (leones, tigres,
leopardos, etc.), cuyos miembros realmente prefieren la vida solitaria a la
vida social, y sólo raramente se encuentran, por lo menos ahora, en pequeños
grupos. Además, aun entre los leones «el
hecho más común es cazar en grupos», dice el célebre cazador y conocedor S.
Baker. Hace poco, N. Schillings, que estaba cazando en el este del Africa
Ecuatorial, fotografió de noche -al fogonazo repentino de la luz de magnesio-
leones que se habían reunido en grupos de tres individuos adultos, y que cazaban en común; por la mañana,
contó en el río, adonde durante la sequía
acudían de noche a beber los rebaños
de cebras, las huellas de una cantidad mayor aún de leones -hasta treinta- que
iban a cazar cebras, y naturalmente,
nunca, en muchos años, ni Schillings ni otro alguno, oyeron decir que los
leones se pelearan o se disputaran la presa.
En cuanto a los leopardos, y esencialmente al puma sudamericano (género
de león), su sociabilidad es bien conocida.
El puma, en consecuencia, como lo describió Hudson, se hace amigo del
hombre gustosamente.
En la familia de los viverridoe, carnívoros que representan algo intermedio entre los
gatos y las martas, y en la familia
de las martas (marta, armiño, comadreja, garduña, tejón, etc.), también
predomina la forma de vida solitaria.
Pero puede considerarse plenamente establecido que en épocas no más tempranas que el final
del siglo XVIII, la comadreja vulgar (mustela,
vulgaris) era más social que ahora; se encontraba entonces en Escocia y
también en el cantón de Unterwald, en Suiza, en pequeños grupos.
En cuanto a la
vasta familia canina (perros, lobos, chacales, zorros y zorros polares), su
sociabilidad, sus asociaciones con fines de caza pueden considerarse como rasgo
característico de muchas variedades de esta familia. Es por todos sabido que los lobos se reúnen
en manadas para cazar, y el investigador de la naturaleza de los Alpes,
Tschudi, dejó una descripción excelente de cómo, disponiéndose en semicírculo,
rodean a la vaca que pace en la pendiente montañosa y, luego, saltando
súbitamente, lanzando un fuerte aullido, la hacen caer al precipicio, Audubon,
en el año 1830 vio también que los lobos del Labrador cazaban en manadas, y que
una manada persiguió a un hombre hasta su choza y destrozó a sus perros. En los crudos inviernos, las manadas de lobos
vuelven tan numerosas que son peligrosas para las poblaciones humanas, como
sucedió en Francia por el año 1840. En
las estepas rusas, los lobos nunca atacan a los caballos si no es en manadas, y
deben soportar una lucha feroz, durante la cual los caballos (según el
testimonio de Kohl), a: veces pasan al ataque; en tal caso, si los lobos no se
apresuran a retroceder.. corren riesgo de ser rodeados por los caballos, que
los matan a coces. Sabido es, también,
que los lobos de las praderas americanas (canis
latrans) se reúnen en manadas de 20 y
30 individuos para atacar al búfalo que se ha separado accidentalmente del
rebaño. Los chacales, que se distinguen por su gran bravura y pueden ser
considerados entre los más inteligentes representantes de la familia canina,
siempre cazan en manadas; reunidos de tal modo, no temen a los carnívoros
mayores.
En cuanto a los perros salvajes del Asia (Jolzuni o Dholes), Williamson vio que
sus grandes manadas atacan resueltamente a todos los animales grandes, excepto
elefantes y rinocerontes, y que hasta consiguen vencer a los osos y tigres, a
quienes, como es sabido, arrebatan siempre los cachorros.
Las hienas viven siempre en sociedades y cazan en
manadas, y Cummings se refiere con gran elogio a las organizaciones de caza de
las hienas manchadas (Lycain). Hasta los
zorros, que en nuestros países civilizados indefectiblemente viven solitarios,
se reúnen a veces para cazar, como lo testimonian algunos observadores. También el zorro polar, es decir, el zorro
ártico, es o más exactamente era, en los tiempos de Steller, en la primera
mitad del siglo XVIII, uno de los animales más sociables. Leyendo el relato de Steller sobre la lucha
que tuvo que sostener la infortunada tripulación de Behring con estos pequeños
e inteligentes animales, no se sabe de qué asombrarse más: de la inteligencia
no común de los zorros polares y del apoyo mutuo que revelaban al desenterrar
los alimentos ocultos debajo de las piedras o colocados sobre pilares (uno de
ellos, en tal caso, trepaba a la cima del pilar y arrojaba los alimentos a los
compañeros que esperaban abajo), o de la crueldad del hombre, llevado a la
desesperación por sus numerosas manadas.
Hasta, algunos osos viven en sociedades en los lugares donde el hombre
no los molesta. Así, Steller vio
numerosas bandas de osos negros de Kamchatka, y, a veces, se ha encontrado osos
polares en pequeños grupos. Ni siquiera
los insectívoros, no muy inteligentes, desdeñan siempre la asociación.
Por otra parte, encontramos las formas más
desarrolladas de ayuda mutua especialmente entre los roedores, ungulados y
rumiantes. Las ardillas son
individualistas en grado considerable.
Cada una de ellas construye su cómodo nido y acumula su provisión. Están inclinadas a la vida familiar, y Brehm
halló que se sienten muy felices cuando las dos crías del mismo año se juntan
con sus padres en algún rincón apartado del bosque. Mas, a pesar de esto, las ardillas mantienen
relaciones recíprocas, y si en el bosque donde viven se produce una escasez de
piñas, emigran en destacamentos enteros.
En cuanto a las ardillas negras del Far West americano, se destacan
especialmente por su sociabilidad. Con
excepción de algunas horas dedicadas diariamente al aprovisionamiento, pasan
toda su vida en juegos, juntándose para esto en numerosos grupos. Cuando se multiplican demasiado rápidamente
en alguna región, como sucedió, por ejemplo, en Pensylvania en 1749, se reúnen
en manadas casi tan numerosas como nubes de langostas y avanzan -en este caso-
hacia el Suroeste, devastando en su camino bosques, campos y huertos. Naturalmente, detrás de sus densas columnas
se introducen los zorros, las garduflas, los halcones y toda clase de aves
nocturnas, que se alimentan con los individuos rezagados. El pariente de la ardilla común, burunduk, se
distingue por una sociabilidad aún mayor.
Es un gran acaparador, y en sus galerías subterráneas acumula grandes
provisiones de raíces comestibles y nueces, que generalmente son saqueadas en
otoño por los hombres. Según la opinión
de algunos observadores, el burunduk conoce,
hasta cierto punto, las alegrías que experimenta un avaro. Pero, a pesar de eso, es un animal
social. Vive siempre en grandes
poblaciones, y cuando Audubon abrió, en invierno, algunas madrigueras de
«hackee» (el congénere americano más cercano de nuestro burunduk) encontró
varios individuos en un refugio. Las
provisiones en tales cuevas, habían sido preparadas por el esfuerzo común.
La gran familia de las marmotas, en la que entran
tres grandes géneros: las marmotas propiamente dichas, los susliki y los «perros de las praderas» americanas (Arctomys,
Spermophilus y Cynomys), se distingue por una sociabilidad y una inteligencia
aún mayor. Todos los representantes de
esta familia prefieren tener cada cual su madriguera, pero viven en grandes
poblaciones. El terrible enemigo de los
trigales del Sur de Rusia -el suslik- de
los cuales el hombre sólo extermina anualmente alrededor de diez millones, vive
en innumerables colonias; y mientras las asambleas provinciales (Ziemstvo)
rusas, discuten seriamente los medios de liberarse de este «enemigo social»,
los susliki, reunidos a millares en
sus poblados, disfrutan de la vida. Sus
juegos son tan encantadores que no existe observador alguno que no haya
expresado su admiración y referido sus conciertos melodiosos, formados por los
silbidos agudos de los machos y los silbidos melancólicos de las hembras, antes
de que, recordando sus obligaciones ciudadanas, se dedicaran a la invención de
diferentes medios diabólicos para el exterminio de estos saqueadores. Puesto que la reproducción de todo género de
aves rapaces y bestias de presa para la lucha con- los susliki resultó infructuosa, actualmente la última palabra de la
ciencia en esta lucha consiste en inocularles el cólera.
Las Poblaciones de los perros de las praderas»
(Cynomys), en las llanuras de la América del Norte, presentan uno de los
espectáculos más atrayentes. Hasta donde
el ojo puede abarcar la extensión de la pradera se ven, por doquier, pequeños
montículos de tierra, y sobre cada uno se encuentra una bestezuela, en
conversación animadísima con sus vecinos, valiéndose de sonidos entrecortados
parecidos al ladrido. Cuando alguien da
la señal de la aproximación del hombre, todos, en un instante, se zambullen en
sus pequeñas cuevas, desapareciendo como por encanto. Pero no bien el peligro ha pasado, las
bestezuelas salen inmediatamente.
Familias enteras salen de sus cuevas y comienzan a jugar. Los jóvenes se arañan y provocan mutuamente,
se enojan, páranse graciosamente sobre las patas traseras, mientras los viejos
vigilan. Familias enteras se visitan, y
los senderos bien trillados entre los montículos de tierra, demuestran que
tales visitas se repiten muy a menudo.
Dicho más brevemente, algunas de las mejores páginas de nuestros mejores
naturalistas están dedicadas a la descripción de las sociedades de los perros
de las praderas de América, de las marmotas del Viejo Continente y de las
marmotas polares de las regiones alpinas.
A pesar de eso, tengo que repetir, respecto a las marmotas lo mismo que
dije sobre las abejas. Han conservado
sus instintos bélicos, que se manifiestan también en cautiverio. Pero en sus grandes asociaciones, en contacto
con la naturaleza libre, los instintos antisociales no encuentran terreno para
su desarrollo, y el resultado final es la paz y la armonía.
Aun animales tan gruñones como las ratas, que
siempre se pelean en nuestros sótanos, son lo bastante inteligentes no sólo
para no enojarse cuando se entregan al saqueo de las despensas, sino para
prestarse ayuda mutua durante sus asaltos y migraciones. Sabido es que a veces hasta alimentan a sus
inválidos. En cuanto al castor o rata
almizclera del Canadá (nuestra ondrata) y
la desman, se distinguen por su
elevada sociabilidad. Audubon habla con
admiración de sus «comunidades pacíficas, que, para ser felices, sólo necesitan
que no se les perturbe». Como todos los
animales sociales, están llenos de alegría de vivir, son juguetones y
fácilmente se unen con otras especies de animales, y, en general, se puede
decir que han alcanzado un grado elevado de desarrollo intelectual. En la construcción de sus poblados, situados
siempre a orillas de los lagos y de los ríos, evidentemente toman en cuenta el
nivel variable de las aguas, dice Audubon; sus casas cupuliformes, construidas
con arca y cañas, poseen rincones apartados para los detritus orgánicos; y sus
salas, en la época invernal, están bien tapizadas con hojas y hierbas: son
tibias, y al mismo tiempo están dotados de un carácter sumamente simpático; sus
asombrosos diques y poblados, en los cuales viven y mueren generaciones enteras
sin conocer más enemigos que la nutria y el hombre, constituyen asombrosas
muestras de lo que la ayuda mutua puede dar al animal para la conservación de
la especie, la formación de las costumbres sociales y el desarrollo de las capacidades
intelectuales. Los diques y poblados de
los castores son bien conocidos por todos los que se interesan en la vida
animal, y por esto no me detendré más en ellos.
Observaré únicamente que en los castores, ratas almizcleras y algunos
otros roedores, encontramos ya aquel rasgo que es también característico de las
sociedades humanas, o sea, el trabajo en común.
Pasaré en silencio dos grandes familias, en cuya
composición entran los ratones saltadores (la yerboa egipcia o pequeño emuran,
y el alataga), la chinchilla, la
vizcacha (liebre americana subterránea) y los tushkan (liebre subterránea del sur de Rusia), a pesar de que las
costumbres de todos estos pequeños roedores podrían servir como excelentes
muestras de los placeres que los animales obtienen de la vida social.
Precisamente de los placeres, puesto que es sumamente difícil determinar qué es
lo que hace reunirse a los animales: si la necesidad de protección mutua o
simplemente el placer, la costumbre, de sentirse rodeados de sus
congéneres. En todo caso, nuestras
liebres vulgares, que no se reúnen en sociedades para la vida en común, y más
aún, que no están dotadas de sentimientos paternales especialmente fuertes, no
pueden vivir, sin embargo, sin reunirse para los juegos comunes. Dietrich de Winckell, considerado el mejor
conocedor de la vida de las liebres, las describe como jugadoras apasionadas;
se embriagan de tal manera con el proceso del juego, que es conocido el caso de
unas libres que tomaron a un zorro, que se aproximó sigilosamente, como
compañero de juego. En cuanto a los
conejos, viven constantemente en sociedades, y toda su vida reposa sobre él
principio de la antigua familia patriarcal; los jóvenes obedecen ciegamente al
padre, y hasta el abuelo. Con respecto a esto, hasta sucede algo interesante;
estas dos especies próximas, los conejos y las liebres, no se toleran
mutuamente, y no porque se alimentan de la misma clase de comida, como suelen
explicarse casos semejantes, sino, lo que es más probable, porque la apasionada
liebre, que es una gran individualista, no puede trabar amistad con una
criatura tan tranquila, apacible y humilde como el conejo. Sus temperamentos son tan diferentes, que
deben constituir un obstáculo para su amistad.
En la vasta familia de los equinos, en la que entran
los caballos salvajes y asnos salvajes de Asia, las cebras, los mustangos, los
cimarrones de las pampas y los caballos semisalvajes de Mongolia y Siberia,
encontramos de nuevo la sociabilidad más estrecha. Todas estas especies y razas viven en rebaños
numerosos, cada uno de los cuales se compone de muchos grupos, que comprenden
varias yeguas bajo la dirección de un padrino.
Estos innumerables habitantes del viejo y del nuevo mundo -hablando en
general, bastante débilmente organizados para la lucha con sus numerosos
enemigos y también para defenderse de las condiciones climáticas desfavorables-
desaparecerían de la faz de la tierra si no fuera por su espíritu social. Cuando se aproxima un carnicero, se reúnen
inmediatamente varios grupos; rechazan el ataque del carnívoro y, a veces,
hasta lo persiguen; debido a esto, ni el lobo, ni siquiera el león, pueden
capturar un caballo, ni aun una cebra mientras no se haya separado del
grupo. Hasta, de noche, gracias a su no
común prudencia gregaria y a la inspección preventiva del lugar, que realizan
individuos experimentados, las cebras pueden ir a abrevar al río, a pesar de
los leones que acechan en los matorrales.
Cuando la sequía quema la hierba de las praderas
americanas, los grupos de caballos y cebras se reúnen en rebaños cuyo número
alcanza, a veces, hasta diez mil cabezas, y emigran a nuevos lugares. Y cuando en invierno, en nuestras estepas
asiáticas, rugen las nevascas, los grupos se mantienen cerca unos de otros y
juntos buscan protección en cualquier quebrada.
Pero, si la confianza mutua, por alguna razón, desaparece en el grupo, o
el pánico hace presa de los caballos y los dispersa, entonces la mayor parte
perece, y se encuentra a los sobrevivientes, después de la nevasca, medio
muertos de cansancio. La unión es, de
tal modo, su arma principal en la lucha por la existencia, y el hombre, su
principal enemigo. Retirándose ante el
número creciente de este enemigo, los antecesores de nuestros caballos
domésticos (denominados por Poliakof Equus Przewalski), prefirieron emigrar a
las más salvajes y menos accesibles partes del altiplano de las fronteras del
Tibet, donde han sobrevivido hasta ahora, rodeados en verdad de carnívoros y en
un clima que poco cede por su crudeza a la región ártica, pero en un lugar
todavía inaccesible al hombre.
Muchos ejemplos sorprendentes de sociabilidad
podrían ser tomados de la vida de los ciervos, y en especial de la vasta
división de los rumiantes, en la que pueden incluirse a los gamos, antílopes,
las gacelas, cabras, ibex, etcétera, en suma de la vida de tres familias
numerosas: antilopides, caprides y ovides.
La vigilancia con que preservan sus rebaños de los ataques de los
carnívoros; la ansiedad demostrada por el rebaño entero de gamuzas, mientras no
han atravesado todos un lugar peligroso a través de los peñascos rocosos; la
adopción de los huérfanos; la desesperación de la gacela, cuyo macho o cuya
hembra, o hasta un compañero del mismo sexo, han sido muertos; los juegos de
los jóvenes, y muchos otros rasgos, podríase agregar para caracterizar su sociabilidad. Pero, quizá, constituyan el ejemplo más
sorprendente de apoyo mutuo las migraciones ocasionales de los corzos,
parecidas a las que observé una vez en el Amur.
Cuando crucé los altiplanos del Asia Oriental y su
cadena limítrofe, el Gran Jingan, por el camino de Transbaikalia a Merguen, y
luego seguí viaje por las altas planicies de Manchuria, en mi marcha hacia el
Amur puede comprobar cuán escasamente pobladas de corzos se hallan estás
regiones casi inhabitables. Dos años más tarde, viajaba yo a caballo Amur
arriba y, a fines de octubre, alcancé la comarca inferior de aquel pintoresco
paisaje estrecho con el cual el Amur penetra a través de Dousse-Alin (Pequeño
Jingan), antes de alcanzar las tierras bajas, donde se une con el Sungari. En las stanitsas
distribuidas en esta parte del pequeño Jingan, encontré a los cosacos Henos
de la mayor excitación, pues sucedía que miles y miles de corzos cruzaban a
nado el Amur allí, en el lugar estrecho del gran río, para llegar a las sierras
bajas del Sungari. Durante algunos días,
en una extensión de alrededor de sesenta verstas río arriba, los cosacos
masacraron infatigablemente a los corzos que cruzaban a nado el Amur, el cual
ya entonces llevaba mucho hielo. Mataban
miles por día, pero el movimiento de corzos no se interrumpía
Nunca habían visto antes una migración semejante, y
es necesario buscar sus causas, con toda probabilidad, en el hecho de que en el
Gran Jingan y en sus declives orientales habían caído entonces nieves tempranas
desusadamente copiosas, que habían obligado a los corzos a hacer el intento
desesperado de alcanzar las tierras bajas del Este del Gran Jingan. Y en realidad, pasados algunos días, cuando
comencé a cruzar estas últimas montañas, las hallé profundamente cubiertas de
nieve porosa que alcanzaba dos y tres pies de profundidad. Vale la pena reflexionar sobre esta migración
de corzos. Necesario es imaginarse el
territorio inmenso (unas 200 verstas de ancho por 700 de largo), de donde
debieron reunirse los grupos de corzos dispersos en él, para iniciar la
emigración, que emprendieron bajo la presión de circunstancias completamente
excepcionales. Necesario es imaginarse,
luego, las dificultades que debieron vencer los corzos antes de llegar a un
pensamiento común sobre la necesidad de cruzar el Amur, no en cualquier parte,
sino justo más al sur, donde su lecho se estrecha en una cadena, y donde al
cruzar el río, cruzarían al mismo
tiempo la cadena y saldrían a las tierras bajas templadas. Cuando se imagina todo esto concretamente, no
es posible dejar de sentir profunda admiración ante el grado y la fuerza de la
sociabilidad evidenciada en el caso presente por estos inteligentes animales.
No menos asombrosas, también, en lo que respecta a
la capacidad de unión y de acción común, son las migraciones de bisontes y
búfalos que tienen lugar en América del Norte.
Verdad es que los búfalos ordinariamente pacían en cantidades enormes en
las praderas, pero esas masas estaban compuestas de un número infinito de
pequeños rebaños que nuca se mezclaban.
Y todos estos pequeños grupos, por más dispersos que estuvieran sobre el
inmenso territorio, en caso de necesidad, se reunían y formaban las enormes columnas
de centenares de miles de individuos de que he hablado en una de las páginas
precedentes.
Debería decir, también, siquiera unas pocas palabras
de las «familias compuestas» de los elefantes, de su afecto mutuo, de la manera meditada como apostan sus
centinelas, y de los sentimientos de simpatía que se desarrollan entre ellos
bajo la influencia de esa vida, plena de estrecho apoyo mutuo. Podría hacer mención, también, de los sentimientos
sociales existentes entre los jabalíes, que no gozan de buena fama, y sólo
podría alabarlos por su inteligencia al unirse
en el caso de ser atacados por un animal carnívoro. Los hipopótamos y los rinocerontes deben
también tener su lugar en un trabajo consagrado a la sociabilidad de los
animales. Se podría escribir también
varias páginas asombrosas sobre la sociabilidad y el mutuo afecto de las focas
y morsas; y finalmente, podría mencionarse los buenos sentimientos
desarrollados entre las especies sociales de la familia de los cetáceos. Pero es necesario, aún, decir algo sobre las
sociedades de los monos, que son especialmente interesantes porque representan
la transición a las sociedades de
los hombres primitivos.
Apenas es necesario recordar que estos mamíferos que
ocupan la cima misma del mundo animal, y son los más próximos al hombre, por su
constitución y por su inteligencia, se destacan por su extraordinaria
sociabilidad. Naturalmente, en tan vasta
división del mundo animal, que incluye centenares de especies, encontramos
inevitablemente la mayor diversidad de pareceres y costumbres. Pero, tomando todo esto con consideración, es
necesario reconocer que la sociabilidad, la acción en común, la protección mutua y el elevado
desarrollo de los sentimientos que son consecuencia necesaria de la vida
social, son los rasgos distintivos de casi toda la vasta división de los monos.
Comenzando por las especies más pequeñas y terminando por las más
grandes, la sociabilidad es la regia, y tiene sólo muy pocas excepciones.
Las especies de monos que viven solitarios son muy
raras. Así, los monos nocturnos
prefieren la vida aislada; los capuchinos (Cebus
capacinus), y los «ateles» -grandes monos aulladores que se encuentran en
el Brasil- y los aulladores en
general, viven en pequeñas familias; Wallace nunca encontró a los orangutanes
de otro modo que aislados o en pequeños grupos de tres a cuatro individuos; y
los gorilas, según parece, nunca se reúnen en grupos. Pero todas las restantes especies de monos:
chimpancés. gibones, los monos arbóreos de Asia y Africa, los macacos, mogotes,
todos los pavianos parecidos a perros, los mandriles y todos los pequeños
juguetones, son sociables en alto grado.
Viven en grandes bandas y algunas reúnen varias especies distintas. La mayoría de ellos se sienten completamente
infelices cuando se hallan solitarios.
El grito de llamada de cada mono inmediatamente reúne a toda la banda, y
todos juntos rechazan valientemente los ataques de casi todos los animales
carnívoros y aves de rapiña. Ni siquiera
las águilas se deciden a atacar a los monos.
Saquean siempre nuestros campos en bandas, y entonces los viejos se
encargan de la tarea de cuidar la seguridad de la sociedad. Los pequeñas titíes, cuyas caritas infantiles
tanto asombraron a Humboldt, se abrazan Y protegen mutuamente de la lluvia
enrollando la cola alrededor del cuello del camarada que tiembla de frío. Algunas especies tratan a sus camaradas
heridos con extrema solicitud, y durante la retirada nunca abandonan a un
herido antes de convencerse de que ha muerto, que está fuera de sus fuerzas el
volverlo a la vida. Así, James Forbes
refiere en sus Oriental Memoirs con
qué persistencia reclamaron los monos a su partida la entrega del cadáver de
una hembra muerta, y que esta exigencia fue hecha en forma tal que comprendió
perfectamente por qué «los testigos de esta extraordinaria escena decidieron
en, adelante no disparar nunca más contra los monos».
Los monos de algunas especies reúnense varios cuando
quieren volcar una piedra y recoger los huevos de hormigas que se encuentran
bajo ella. Les pavianos de Africa del
Norte (Hamadryas), que viven en grandes bandas, no sólo colocan centinelas,
sino que observadores dignos de toda fe los han visto formar una cadena para
transportar a lugar seguro los frutos robados.
Su coraje es bien conocido, y bastará recordar la descripción clásica de
Brehm, que refirió detalladamente la lucha regular sostenida por su caravana
antes de que los pavianos les permitieran proseguir viaje en el valle de Mensa,
en Abisinia.
Son conocidas también las travesuras de los monos de
cola, que los han hecho merecedores de su propio nombre (juguetones), y gracias
a este rasgo de sus sociedades, también es conocido el afecto mutuo que reina
en las familias de chimpancés. Y si
entre los monos superiores hay dos especies (orangután y gorila) que no se
distinguen por la sociabilidad, necesario es recordar que ambas especies están
limitadas a superficies muy reducidas (una vive en Africa Central y la otra en
las islas de Borneo y Sumatra), y con toda evidencia constituyen los últimos
restos moribundos de dos especies que fueron antes incomparablemente más
numerosas. El gorila, por lo menos así
parece, ha sido sociable en tiempos pasados, siempre que los monos citados por
el cartaginés Hannon en la descripción de su viaje (Periplus) hayan sido realmente gorilas.
De tal modo, aun en nuestra rápida ojeada vemos que
la vida en sociedades no constituye excepción en el mundo animal; por lo
contrario, es regla general -ley de la naturaleza- y alcanza su más pleno
desarrollo en los vertebrados superiores.
Hay muy pocas especies que vivan solitarias o solamente en pequeñas
familias, y son comparativamente poco numerosas. A pesar de eso, hay fundamentos para suponer
que, con pocas excepciones, todas las aves y los mamíferos que en el presente
no viven en rebaños o bandadas han vivido antes en sociedades, hasta que el
género humano se multiplicó sobre la superficie de la tierra y comenzó a librar
contra ellos una guerra de exterminio, y del mismo modo comenzó a destruir las
fuentes de sus alimentos. «On ne
s'associe pas pour mourir» -observó justamente Espinas (en el libro Les Sociétés animales). Houzeau, que conocía bien el mundo animal de algunas
partes de América antes de que los animales sufrieran el exterminio en gran
escala de que los hizo objeto el hombre, expresó en sus escritos el mismo
pensamiento.
La vida social se encuentra en el mundo animal en
todos los grados de desarrollo; y de acuerdo con la gran idea de Herbert
Spencer, tan brillantemente desarrollada en el trabajo de Perrier, Colonies Animales, las «colonias», es
decir, sociedades estrechamente ligadas, aparecen ya en el principio mismo del
desarrollo del mundo animal. A medida
que nos elevamos en la escala de la evolución, vemos cómo las sociedades de los
animales se vuelven más y más conscientes.
Pierden su carácter puramente físico, luego cesan de ser instintivas y
se hacen razonadas. Entre los
vertebrados superiores, la sociedad es ya temporaria, periódica, o sirve para
la satisfacción de alguna necesidad definida, por ejemplo la reproducción, las
migraciones, la caza o la defensa mutua.
Se hace hasta accidental, por ejemplo, cuando las aves se reúnen contra
un rapaz, o los mamíferos se juntan para emigrar bajo la presión de
circunstancias excepcionales. En este
último caso, la sociedad se convierte en una desviación voluntaria del modo habitual de vida.
Además, la unión a veces es de dos o tres grados: al
principio, la familia; después, el grupo, y por último, la sociedad de grupos,
ordinariamente dispersos, pero que se reúnen en caso de necesidad, como hemos
visto en el ejemplo de los búfalos y otros rumiantes durante sus cambios de
lugar. La asociación también toma formas
más elevadas, y entonces asegura mayor independencia para cada individuo, sin
privarlo, al mismo tiempo, de las ventajas de la vida social. De tal modo, en la mayoría de los roedores,
cada familia tiene su propia vivienda, a la que puede retirarse si desea el aislamiento; pero esas viviendas se
distribuyen en pueblos y ciudades enteras, de modo que aseguren a todos los
habitantes las comodidades todas y los placeres de la vida social. Por último, en algunas especies, como, por
ejemplo, las ratas, marmotas, liebres, etc.... la sociabilidad de la vida se
mantiene a pesar de su carácter pendenciero, o, en general, a pesar de las
inclinaciones egoístas de los individuos tomados separadamente.
En estos casos, la vida social, por consiguiente, no
está condicionada, como en las hormigas y abejas, por la estructura
fisiológica; aprovechan de ella, por las ventajas que presenta, la ayuda mutua
o por los placeres que proporciona. Y
esto, finalmente, se manifiesta en todos los grados posibles, y la mayor
variedad de caracteres individuales y específicos y la mayor variedad de formas
de vida social es su consecuencia, y para nosotros una prueba más de su
generalidad.
La sociabilidad, es decir, la necesidad
experimentada por los animales de asociarse con sus semejantes, el amor a la
sociedad por la sociedad, unido al «goce de la vida», sólo ahora comienza a
recibir la debida atención por parte de los zoólogos. Actualmente sabemos que todos los animales,
comenzando por las hormigas, pasando a las aves y terminando con los mamíferos
superiores, aman los juegos, gustan de luchar y correr uno en pos de otro,
tratando de atraparse mutuamente, gustan de burlarse, etcétera, y así muchos
juegos son, por así decirlo, la escuela preparatoria para los individuos
jóvenes, preparándolos para obrar convenientemente cuando entren en la madurez;
a la par de ellos, existen también juegos que, aparte de sus fines utilitarios,
junto con las danzas y canciones, constituyen la simple manifestación de un
exceso de fuerzas vitales, «de un goce de la vida», y expresan el deseo de
entrar, de un modo u otro, en sociedad con los otros individuos de su misma
especie, o hasta de otra. Dicho más brevemente,
estos juegos constituyen la manifestación de la sociabilidad en el verdadero sentido de la palabra, como rasgo
distintivo de todo el mundo
animal. Ya sea el sentimiento de miedo
experimentado ante la aparición de un ave de rapiña, o una «explosión de
alegría» que se manifiesta cuando los animales están sanos y, en especial, son
jóvenes, o bien sencillamente el deseo de liberarse del exceso de impresiones y
de la fuerza vital bullente, la necesidad de comunicar sus impresiones a los
demás, la necesidad del juego en común, de parlotear, o simplemente la
sensación de la proximidad de otros seres vivos, parientes, esta necesidad se extiende a toda
la naturaleza; y en tal alto grado como cualquier función fisiológica,
constituye el rasgo característico de la vida y la impresionabilidad en general. Esta necesidad alcanza su más elevado
desarrollo y toma las formas más bellas en los mamíferos, especialmente en los
individuos jóvenes, y más aún en las aves; pero ella se extiende a toda la
naturaleza. Ha sido detenidamente
observada por los mejores naturalistas, incluyendo a Pierre Huber, aun entre
las hormigas; y no hay duda de que esa misma necesidad, ese mismo instinto,
reúne a las mariposas y otros insectos en, las enormes columnas de que hemos
hablado antes.
La costumbre de las aves de reunirse para danzar
juntas y adornar los lugares donde se entregan habitualmente a las danzas
probablemente es bien conocida por los lectores, aunque sea gracias a las
páginas que Darwin dedicó a esta materia en su Origen del Hombre (cap.
XIII). Los visitantes del jardín
zoológico de Londres conocen también la glorieta, bellamente adornada, del
«pajarito satinado» construida con ese mismo fin. Pero esta costumbre de danzar resulta mucho
más extendida de lo que antes se suponía, y W. Hudson, en su obra maestra sobre
la región del Plata, hace una descripción sumamente interesante de las
complicadas danzas ejecutadas por numerosas especies de aves: rascones,
jilgueros, avefrías.
La costumbre de cantar en común que existe en
algunas especies de aves, pertenece a la misma categoría de instintos
sociales. En grado asombro está
desarrollada en el chajá sudamericano (Chauna
Chavarria, de raza próxima al ganso) y al que los ingleses dieron el apodo
más prosaico de «copetuda chillona».
Estas aves se reúnen, a veces, en enormes bandadas y en tales casos
organizan a menudo todo un concierto, Hudson las encontró cierta vez en
cantidades innumerables, posadas alrededor de un lago de las Pampas, en
bandadas separadas de unas quinientas aves.
«Pronto -dice- una de las bandadas que se hallaba
cercana a mí comenzó a cantar, y este coro poderoso no cesó durante tres o
cuatro minutos. Cuando hubo cesado, la
bandada vecina comenzó el canto, y, a continuación de ella, la siguiente, y así
sucesivamente hasta que llegó el canto de la bandada que se hallaba en la
orilla opuesta del lago, y cuyo sonido se transmitía claramente por el agua;
luego, poco a poco, se callaron y de nuevo comenzó a resonar a mi lado.»
Otra vez el mismo zoólogo tuvo ocasión de observar a
una innumerable bandada de chajás que cubría toda la Ranura, pero esta vez
dividida no en secciones, sino en parejas y en grupos pequeños. Alrededor de. las nueve de la noche, «de
repente toda esta masa de aves, que cubría los pantanos en millas enteras a la
redonda, estalló en un poderoso canto vespertino... Valía la pena cabalgar un
centenar de millas para escuchar tal concierto».
A la observación precedente se puede agregar que el
chajá, como todos los animales sociales, se domestica fácilmente y se aficiona
mucho al hombre. Dícese que «son aves
pacíficas que raramente disputan» a pesar de estar bien armadas y provistas de
espolones bastante amenazadores en las alas.
La vida en sociedad, sin embargo, hace superflua este arma.
El hecho de que la vida social sirva de arma
poderosísima en la lucha por la existencia (tomando este término en el sentido
amplio de la palabra) es confirmado, como hemos visto en las páginas
precedentes, por ejemplos bastante diversos, y de tales ejemplos, si necesario
fuera, se podría citar un número incomparablemente mayor. La vida en sociedad, como hemos visto, da a
los insectos más débiles, a las aves más débiles y a los mamíferos más débiles,
la posibilidad de defenderse de los ataques de las aves y animales carnívoros
más temibles, o prevenirse de ellos.
Ella les asegura la longevidad; da a las especies la posibilidad de
criar una descendencia con el mínimo de desgaste innecesario de energías y de
sostener su número aun en caso de natalidad muy baja; permite a lo animales
gregarios realizar sus migraciones y encontrar nuevos lugares de
residencia. Por esto, aun reconociendo
enteramente que la fuerza, la velocidad, la coloración protectora, la astucia,
y la resistencia al frío y hambre, mencionadas por Darwin y Wallace realmente
constituye cualidades que hacen al individuo o a las especies más aptos en algunas circunstancias, nosotros, junto
con esto, afirmamos que la sociabilidad es la ventaja más grande en la lucha
por la existencia en todas las
circunstancias naturales, sean cuales fueran.
Las especies que voluntaria o involuntariamente reniegan de ella, están
condenadas a. la extinción, mientras que los animales que saben unirse del
mejor modo, tienen mayores oportunidades para subsistir y para un desarrollo
máximo, a pesar de ser inferiores a los otros en cada una de las particularidades enumeradas por Darwin y Wallace,
con excepción solamente de las facultades intelectuales. Los vertebrados superiores, y en especial él
género humano, sirven como la mejor demostración de esta afirmación.
En cuanto a las facultades intelectuales
desarrolladas, todo darwinista está de acuerdo con Darwin en que ellas
constituyen el instrumento más poderoso en la lucha por la existencia y la
fuerza más poderosa para el desarrollo máximo; pero debe estar de acuerdo,
también, en que las facultades intelectuales, más aún que todas las otras,
están condicionadas en su desarrollo por la vida social. La lengua, la imitación, la experiencia
acumulada, son condiciones necesarias para el desarrollo de las facultades intelectuales,
y precisamente los animales no sociables suelen estar desprovistos de
ellas. Por eso nosotros encontramos que
en la cima de las diversas clases se hallan animales tales como la abeja, la
hormiga y termita, en los insectos, entre los cuales está altamente
desarrollada la sociabilidad, y con ella, naturalmente, las facultades
intelectuales.
«Los más aptos», los mejor dotados para la lucha con
todos los elementos hostiles son, de tal modo, los animales sociales, de manera
que se puede reconocer la sociabilidad
como el factor principal de la evolución progresiva, tanto indirecto,
porque asegura el bienestar de la especie junto con la disminución del gasto
inútil de energía, como directo, porque favorece el crecimiento de las
facultades intelectuales».
Además, es evidente que la vida en sociedad sería
completamente imposible sin el correspondiente desarrollo de los sentimientos
sociales, en especial, si el sentimiento colectivo de justicia (principio
fundamental de la moral) no se hubiera desarrollado y convertido en costumbre.
Si cada individuo abusara constantemente de sus ventajas personales y los
restantes no intervinieran en favor del ofendido, ninguna clase de vida social
sería posible. Por esto, en todos los
animales sociales, aunque sea poco, debe desarrollarse el sentimiento de
justicia. Por grande que sea la
distancia de donde vienen las golondrinas o las grullas, tanto las unas como
las otras vuelven cada una al mismo nido que construyeron o repararon el año
anterior. Si algún gorrión perezoso (o
joven) trata de apoderarse de un nido que construye su camarada, o aun robar de
él algunas piajuelas, todo el grupo local de gorriones interviene en contra del
camarada perezoso; lo mismo en muchas otras aves, y es evidente que, si
semejantes intervenciones no fueran la regla general, entonces las sociedades
de aves para el anidamiento serían imposibles.
Los grupos separados de pingüinos tienen su lugar de descanso y su lugar
de pesca y no se pelean por ellos. Los
rebaños de ganado cornúpeta de Australia tienen cada uno su lugar determinado,
adonde invariablemente se dirigen día a día a descansar, etcétera.
Disponemos de gran cantidad de observaciones
directas que hablan del acuerdo que reina entre las sociedades de aves
anidadoras, en las poblaciones de roedores, en los rebaños de herbívoros, etc.;
pero por otra parte, sabemos que son muy pocos los animales sociales que
disputan constantemente entre sí, como hacen las ratas de nuestras despensas, o
las morsas que pelean por el lugar para calentarse al sol en las riberas que
ocupan. La sociabilidad, de tal modo,
pone límites a la lucha física y da lugar al desarrollo de los mejores
sentimientos morales. Es bastante
conocido el elevado desarrollo del amor paternal en todas las clases de
animales, sin exceptuar siquiera a los leones y tigres. Y en cuanto a las aves jóvenes y a los
mamíferos, que vemos constantemente en relaciones mutua!, en sus sociedades
reciben ya el máximo desarrollo, la simpatía, la comunidad de sentimientos y no
el amor de sí mismos.
Dejando de lado los actos realmente conmovedores de
apego y compasión que se han observado tanto entre los animales domésticos como
entre los salvajes mantenidos en cautiverio, disponemos de un número suficiente
de hechos plenamente comprobados que testimonian la manifestación del
sentimiento de compasión entre los animales salvajes en libertad. Max Perty y L. Büchner reunieron no pocos de
tales hechos. El relato de Wood de cómo una marta apareció para levantar y llevarse a una compañera lastimada.
goza de una popularidad bienmerecida. A
la misma categoría de hechos se refiere la conocida observación del capitán
Stanbury, durante su viaje por la altiplanicie de Utah, en las Montañas
Rocosas, citada por Darwin. Stanbury
observó a un pelicano ciego que era alimentado, y bien alimentado, por otros
pelícanos, que le traían pescado desde cuarenta y cinco verstas. H. Weddell,
durante su viaje por Bolivia y Perú, observó más de una vez que, cuando un
rebaño de vicuñas es perseguido por cazadores, los machos fuertes cubren la
retirada del rebaño, separándose a propósito para proteger a los que se
retiran. Lo mismo se observa
constantemente en Suiza entre las cabras salvajes. Casos de compasión de los animales hacia sus
camaradas heridos son constantemente citados por los zoólogos que estudian la
vida de la naturaleza: y sólo ha de asombrarse uno por la vanagloria del
hombre, que desea indefectiblemente apartarse del mundo animal, cuando se ve
que semejantes casos no son generalmente reconocidos. Además, son perfectamente naturales. La compasión
necesariamente se desarrolla en la vida social.
Pero la compasión, a su vez, indica un progreso general importante en el
campo de las facultades intelectuales y de la sensibilidad. Es el primer
paso hacia el desarrollo de los sentimientos morales superiores, y, a su vez,
se vuelve agente poderoso del máximo desarrollo progresivo, de la evolución.
Si las opiniones expuestas en las páginas
precedentes son correctas, entonces surge, naturalmente, la cuestión: ¿hasta
dónde concuerdan con la teoría de la lucha por la existencia, de la manera como ha sido desarrollada por Darwin,
Wallace y sus continuadores? Y yo
contestaré brevemente ahora a esta importante cuestión. Ante todo, ningún naturalista dudará de que
la idea de la lucha por la
existencia, conducida a través de toda la naturaleza orgánica, constituye la
más grande generalización de nuestro siglo.
La vida es lucha, y en esta
lucha sobreviven los más aptos. Pero, la
cuestión reside en esto: ¿llega esta competencia hasta los límites supuestos
por Darwin o, aún, por Wallace? y, ¿desempeñó
en el desarrollo del reino animal el papel que se le atribuye?
La idea que Darwin llevó a través de todo su libro
sobre el origen de las especies es, sin duda, la idea de la existencia de una
verdadera competencia, de una lucha dentro de cada grupo animal por el
alimento, la seguridad y la posibilidad de dejar descendencia. A menudo habla de regiones saturadas de vida
animal hasta los límites máximos, y de tal saturación deduce la inevitabilidad
de la competencia, de la lucha entre los habitantes. Pero si empezamos a buscar en su libro
pruebas reales de tal competencia, debemos reconocer que no existen testimonios
suficientemente convincentes. Si
acudirnos al párrafo titulado «La lucha por la existencia es rigurosísima entre
individuos y variedades de una misma especie», no encontramos entonces en él
aquella abundancia de pruebas y ejemplos que estamos acostumbrados a encontrar
en toda obra de Darwin. En confirmación
de la lucha entre los individuos de una misma especie no se trae, bajo el
título arriba citado, ni un ejemplo; se acepta como axioma. La competencia entre las especies cercanas de
animales es afirmada sólo por cinco ejemplos, de los cuales, en todo caso, uno
(que se refiere a dos especies de mirlos) resulta dudoso, según las más
recientes observaciones, y otro (referente a las ratas), también suscitará
dudas.
Si comenzamos a buscar en Darwin mayores detalles
con objeto de convencernos hasta dónde el crecimiento de una especie realmente
está condicionado por el decrecimiento de otra especie, encontramos que, con su
habitual rectitud, dice él lo siguiente:
«Podemos conjeturar (dimley see) por qué la
competencia debe ser tan rigurosa entre las formas emparentadas que llenan casi
un mismo lugar en la naturaleza; pero, probablemente en ningún caso podríamos
determinar con precisión por qué una especie ha logrado la victoria sobre otras
en la gran batalla de la vida.
En cuanto a Wallace, que cita en su exposición del
darwinismo los mismos hechos, pero bajo el título ligeramente modificado («La
lucha por la existencia entre los animales y las plantas estrechamente
emparentadas a menudo es
rigurosísima»), hace la observación siguiente, que da a los hechos arriba
citados un aspecto completamente distinto.
Dice (las cursivas son mías):
«En
algunos casos, sin
duda, se libra una verdadera guerra entre dos especies, y la especie más fuerte
mata a la más débil; pero esto de ningún
modo es necesario y pueden darse
casos en que especies más débiles físicamente pueden vencer, debido a su mayor
poder de multiplicación rápida, a la mayor resistencia con respecto a las
condiciones climáticas hostiles o a la mayor astucia que les permite evitar los
ataques de sus enemigos comunes.»
De tal manera, en casos semejantes, lo que se
atribuye a la competencia, a la lucha, puede
ocurrir que de ningún modo sea competencia ni lucha. De ningún modo una
especie desaparece porque otra especie la ha exterminado o la ha hecho morir de
consunción tomándole los medios de subsistencia, sino porque no pudo adaptarse
bien a nuevas condiciones, mientras que la otra especie logré hacerlo. La expresión
«lucha por la existencia» tal vez se emplea aquí, una vez más, en su sentido
figurado, y por lo visto no tiene otro sentido.
En cuanto a la competencia real por el alimento entre los individuos de una misma especie que Darwin ilustró en
otro lugar con un ejemplo tomado de la vida del ganado cornúpeta de América del
Sur durante una sequía, el valor de
este ejemplo disminuye significativamente porque ha sido tomado de la vida de
animales domésticos. En circunstancias
semejantes, los bisontes emigran con el objeto de evitar la competencia por el
alimento. Por más rigurosa que sea la
lucha entre las plantas -y está plenamente demostrada-, podemos sólo repetir
con respecto a ella la observación de Wallace: «Que las plantas viven allí
donde pueden», mientras que los animales, en grado considerable, tienen la
posibilidad de elegirse ellos mismos el lugar de residencia. Y nosotros nos preguntamos de nuevo: ¿en qué
medida existe realmente la competencia, la lucha, dentro de cada especie
animal? ¿ En qué está basada esta suposición?
La misma observación tengo que hacer con respecto al
argumento «indirecto» en favor de la realidad de una competencia rigurosa y la
lucha por la existencia dentro de cada especie, que se puede deducir del
«exterminio de las variedades de transición», mencionadas tan a menudo por
Darwin. Lo que pasa es lo siguiente:
Como es sabido, durante mucho tiempo ha confundido a todos los naturalistas, y
al mismo Darwin la dificultad que él veía en la ausencia de una gran cadena de
formas intermedias entre especies estrechamente emparentadas; y sabido es que
Darwin buscó la solución de esta dificultad en el exterminio supuesto por él de
todas las formas intermedias. Sin embargo, la lectura atenta de los diferentes
capítulos en los que Darwin y Wallace habían de esta materia, fácilmente llevan
a la conclusión de que la palabra «exterminio» empleada por ellos de ningún
modo se refiere al exterminio real, y menos aún al exterminio por falta de
alimento y, en general, por la superpoblación.
La observación que hizo Darwin acerca del significado de su expresión:
«lucha por la existencia», evidentemente se aplica en igual medida también a la
palabra «exterminio»: la última de ninguna manera puede ser comprendida en su
sentido directo, sino únicamente en el sentido «metafórico» figurado.
Si partimos de la suposición que una superficie
determinada está saturada de animales hasta los límites máximos de su
capacidad, y que, debido a esto, entre todos sus habitantes se libra una lucha
aguda por los medios de subsistencia indispensables -y en cuyo caso cada animal
está obligado a luchar contra todos sus congéneres para obtener el alimento
cotidiano-, entonces la aparición de una variedad nueva, y que ha tenido éxito,
sin duda consistirá en muchos casos (aunque no siempre) en la aparición de individuos
tales que podrán apoderarse de una parte de los medios de subsistencia mayor
que la que les corresponde en justicia; entonces el resultado sería realmente
que semejantes individuos condenarían a la consunción tanto a la forma paterna
original que no pelee la nueva modificación, como a todas las formas
intermedias que ni poseyeran la nueva especialidad en el mismo grado que
ellos. Es muy posible que al principio
Darwin comprendiera la aparición de las nuevas variedades precisamente en tal
aspecto; por lo menos, el uso frecuente de la palabra «exterminio» produce tal
impresión. Pero tanto él como Wallace
conocían demasiado bien la naturaleza para no ver que de ningún modo ésta es la
única solución posible y necesaria.
Si las condiciones físicas y biológicas de una
superficie determinada y también la extensión ocupada por cierta especie, y el
modo de vida de todos los miembros de esta especie, permanecieron siempre
invariables, entonces la aparición repentina de una variedad realmente podría
llevar a la consunción y al exterminio de todos los individuos que no
poseyeran, en la medida necesaria, el nuevo rasgo que caracteriza a la nueva
variedad. Pero, precisamente, no vemos
en la naturaleza semejante combinación de condiciones, semejante
invariabilidad. Cada especie tiende
constantemente a la expansión de su lugar de residencia, y la emigración a
nuevas residencias es regla general, tanto para las aves di vuelo rápido como
para el caracol de marcha lenta. Luego,
en cada extensión determinada de la superficie terrestre, se producen
constantemente cambios físicos, y el rasgo característico de las nuevas
variedades entre los animales en un inmenso número de casos -quizá en la
mayoría- no es de ningún modo la aparición de nuevas adaptaciones para
arrebatar el alimento de la boca de sus congéneres -el alimento es sólo una de
las centenares de condiciones diversas de la existencia-, sino, como el mismo
Wallace demostró en un hermoso párrafo sobre la divergencia de las caracteres» (Darwinism, página 107), el principio de
la nueva variedad puede ser la formación
de nuevas costumbres, la migración a nuevos lugares de residencia y la
transición a nuevas formas de alimentos.
En todos estos casos, no ocurrirá ningún exterminio,
hasta faltará ¡a lucha por el alimento, puesto que la nueva adaptación servirá
para suavizar la competencia, si la
última existiera realmente, y sin embargo, se producirá, transcurrido
cierto tiempo, una ausencia de eslabones intermedias como resultado de la
simple supervivencia de aquéllos que
están mejor adaptados a las nuevas
condiciones. Se realizará esto
también, sin duda, como si ocurriera el exterminio de las formas originales
supuesto por la hipótesis. Apenas es
necesario agregar que, si admitimos junto con Spencer, junto con todos los
lamarckianos y el mismo Darwin, la influencia modificadora del medio ambiente
en las especies que viven en él -y la ciencia contemporánea se mueve más y más
en esta dirección-, entonces habrá menos necesidad aún de la hipótesis del
exterminio de las formas intermedias.
La importancia de las migraciones de los animales
para la aparición y el afianzamiento de las nuevas variedades, y, por último,
de las nuevas especies, que señaló Moritz Wagner, ha sido bien reconocida
posteriormente por el mismo Darwin. En
realidad, no es raro que parte de los animales de una especie determinada sean
sometidos a nuevas condiciones de vida, y a veces separados de la parte
restante de su especie, por lo cual aparece y se afianza una nueva raza o
variedad. Esto fue reconocido ya por
Darwin, pero las últimas investigaciones subrayaron aún más la importancia de
este factor, y mostraron también de qué modo la amplitud del territorio ocupado
por esta determinada especie a esta amplitud Darwin, con fundamentos plenos,
atribuía gran importancia para la aparición de nuevas variedades puede estar
unida al aislamiento de cierta parte de una especie determinada, en virtud de
los cambios geológicos locales o la aparición de obstáculos locales. Entrar aquí a juzgar toda esta amplia
cuestión sería imposible, pero bastarán algunas observaciones para ilustrar la
acción combinada de tales influencias.
Corro es sabido, no es raro que parte de una especie determinada recurra
a un nuevo género de alimento. Por
ejemplo, si se produce una escasez de piñas en los bosques de alerces, las
ardillas se trasladan a los pinares, y este cambio de alimento, como señaló Poliakof, produce cambios
fisiológicos determinados en el organismo de esas ardillas. Si este cambio de costumbres no se prolonga,
si al año siguiente hay otra vez abundancia de piñas en los sombríos bosques de
alerces, entonces, evidentemente, no se forma ninguna variedad nueva. Pero si parte de la inmensa extensión ocupada
por las ardillas empieza a cambiar de carácter físico, digamos debido a la
suavización del clima, o a la desecación, y estas dos causas facilitaran el
aumento de la superficie de los pinares en desmedro de los bosques de alerces,
y si algunas otras condiciones contribuyeran a hacer que parte de las ardillas
se mantuvieran en los bordes de la región, entonces aparecerá una nueva
variedad, es decir, una especie nueva de ardillas. Pero la aparición de esta variedad no irá
acompañada, decididamente, por nada que pudiese merecer el nombre, de exterminio
entre ardillas. Cada año sobrevivirá una
proporción algo mayor, en comparación con otras, de ardillas de esta variedad
nueva y mejor adaptada, y los eslabones intermedios se extinguirán en el
transcurso del tiempo, de año en año, sin que sus competidores malthusianos las
condenen de ningún modo a muerte por hambre.
Precisamente procesos semejantes se realizan ante nuestros ojos, debidos
a los grandes cambios físicos que se producen en las vastas extensiones de Asia
Central a consecuencia de la desecación que evidentemente se viene produciendo
allí desde el período glacial.
Tomemos otro ejemplo. Ha sido demostrado por los geólogos que el
actual caballo salvaje (Equus Przewalski)
es el resultado del lento proceso de evolución que se realizó en el
transcurso de las últimas partes del período terciario y de todo el cuaternario
(el glacial y el posglacial), y durante el transcurso de esta larga serie de
siglos, los antecesores del caballo actual no permanecieron en ninguna
superficie determinada del globo terrestre.
Por lo contrario, erraron por el viejo y el nuevo mundo, y con toda
probabilidad, por último, volvieron completamente transformados en el curso de
sus numerosas migraciones, a los mismos pastos que dejaron en otros
tiempos. De esto resulta claro que, si
no encontramos ahora en Asia todos los eslabones intermedios entre el caballo
salvaje actual y sus ascendientes asiáticos posterciarios, de ningún modo
significa que los eslabones intermedios fueran exterminados. Semejante exterminio jamás ha ocurrido. Ni siquiera puede haber tan elevada mortandad
entre las especies ancestrales del caballo actual: los individuos que
pertenecían a las variedades y especies intermedias perecieron en las
condiciones más comunes -a menudo aun en medio de la abundancia de alimento- y
sus restos se hallan dispersos ahora en el seno de la tierra por todo el globo
terráqueo. Dicho más brevemente, si
reflexionamos sobre esta materia y releemos atentamente lo que el mismo Darwin
escribió sobre ella, veremos que si empleamos ya la palabra «exterminio» en
relación con las variedades transitorias, hay que utilizarla una vez más en el
sentido metafórico, figurado.
Lo mismo es menester observar con respecto a
expresiones tales como «rivalidad» o «competencia» (competition). Estas dos expresiones fueron empleadas
también constantemente por Darwin (véase por ejemplo, el capítulo «Sobre la
extinción») más bien como imagen o como medio de expresión, no dándole el
significado de lucha real por los medios de subsistencia entre las dos partes
de una misma especie. En todo caso, la
ausencia de las formas intermedias no constituye un argumento en favor de la
lucha recrudecida y de la competencia aguda por los medios de subsistencia -de
la rivalidad, prolongándose ininterrumpidamente dentro de cada especie animal-
es, según la expresión del profesor Geddes, el «argumento aritmético» tomado en
préstamo a Malthus.
Pero este argumento no prueba nada semejante. Con el mismo derecho podríamos tomar algunas
aldeas del Sureste de Rusia, cuyos habitantes no han sufrido por la carencia de
alimento, pero que, al mismo tiempo, nunca tuvieron clase alguna de
instalaciones sanitarias; y habiendo observado que en los últimos setenta u
ochenta años la natalidad media alcanza en ellas al 60 por 1.000, y, sin
embargo, la población durante este tiempo no ha aumentado -tengo en mis manos
tales hechos concretos- podríamos quizá llegar a la conclusión de que un tercio
de los recién nacidos muere cada año sin haber llegado al sexto mes de vida; la
mitad de los niños muere en el curso de los cuatro años siguientes, y de cada
centenar de nacidos, sólo 17 alcanzan la edad de veinte años. De tal modo los recién venidos al mundo se
van de él antes de alcanzar la edad en que pudieran llegar a ser
competidores. Es evidente, sin embargo,
que si algo semejante ocurre en el medio humano. ello es más probable aún entre
los animales. Y realmente, en el mundo
de los plumíferos se produce la destrucción de huevos en medida tan colosal que
al principio del verano los huevos constituyen el alimento principal de algunas
especies de animales. No hablo ya de las
tormentas e inundaciones que destruyen por millones los nidos en América y en
Asia, y de los cambios bruscos de tiempo por los cuales perecen en masa los
individuos jóvenes de los mamíferos.
Cada tormenta, cada inundación, cada cambio brusco de temperatura, cada
incursión de las ratas a los nidos de las aves, destruyen a aquellos
competidores que parecen tan terribles en el papel. En cuanto a los hechos de la multiplicación
extremadamente rápida de los caballos y del ganado cornúpeta de América, y
también de los cerdos y de los conejos de Nueva Zelanda, desde que los europeos
los introdujeron en esos países, y aun de los animales salvajes importados de
Europa (donde su cantidad disminuye por la acción del hombre y no por la de los
competidores) es evidente que más bien contradicen la teoría de la
superpoblación. Si los caballos y el
ganado cornúpeto pudieron multiplicarse en América con tal velocidad, demuestra
esto simplemente que, por numerosos que fueran los bisontes y otros rumiantes
en el Nuevo Mundo en aquellos tiempos, su población herbívora, sin embargo,
estaba muy por debajo de la cantidad que hubiera podido alimentarse en las
praderas. Si millones de nuevos
inmigrantes hallaron, no obstante, alimento suficiente sin obligar a sufrir
hambre a la población anterior de las praderas, deberíamos llegar más bien a la
conclusión de que los europeos hallaron en América una cantidad no excesiva,
sino insuficiente de herbívoros, a
pesar de la cantidad increíblemente enorme de bisontes o de palomas silvestres
que fue encontrada por los primeros exploradores de América del Norte.
Además, me permito decir que existen bases serias
para pensar que tal escasez de población animal constituye la situación natural
de las cosas sobre la superficie de todo el globo terrestre, con pocas
excepciones, que son temporales, a esta regla general. En realidad, la cantidad de animales
existentes en una extensión determinada de la tierra de ningún modo se
determina por la capacidad máxima de abastecimiento de este espacio, sino por
lo que ofrece cada año en las condiciones
menos favorables. Lo importante no es saber cuántos
millones de búfalos, cabras, ciervos, etc., pueden alimentarse en un territorio
determinado durante un verano exuberante y de lluvias moderadas, sino cuántos
sobrevivirán si se produce uno de esos veranos secos en que toda la hierba se
quema, o un verano húmedo en que territorios semejantes a la. Europa central se convierten en pantanos
continuos, como he visto en la, meseta de Vitimsk- o cuando las praderas y los
bosques se incendian en miles de verstas cuadradas, como hemos visto en Siberia
y en Canadá.
He aquí por qué, debido a esta sola cansa, la
competencia, la lucha por el alimento, difícilmente puede ser condición normal
de la vida. Pero, aparte de esto, otras
causas hay que a su vez rebajan aún más este nivel no tan alto de
población. Si tomamos los caballos (y
también el ganado cornúpeta) que pasan todo el invierno pastando en las estepas
de la Transbaikalia, encontramos, al finalizar el invierno, a todos ellos mira,
enflaquecidos y exhaustos. Este
agotamiento, por otra parte, no es resultado de la carencia de alimento, puesto
que debajo de la delgada capa de nieve, por doquier, hay pasto en abundancia:
su causa reside el, la dificultad de extraer el pasto que está debajo de la
nieve, y esta dificultad es la misma para todos los caballos. Además, a principios de la primavera suele
haber escarcha, y si se prolonga ésta algunos días sucesivos los caballos son
víctimas de una extenuación aún mayor.
Pero frecuentemente, a continuación sobrevienen las nevascas, las
tormentas de nieve, y entonces los animales, ya debilitados, suelen verse
obligados a permanecer algunos días completamente privados de alimento, y por
ello caen cantidades muy grandes. Las
pérdidas durante la primavera suelen ser tan elevadas, que si ésta se ha
distinguido por una extrema crudeza no pueden ser reparadas ni aún por el nuevo
aumento, tanto más cuanto que todos los caballos suelen estar agotados y los
potrillos nacen débiles. La cantidad de
caballos y de ganado cornúpeto siempre se mantiene, de tal modo,
considerablemente inferior al nivel en que podrían mantenerse si no existiera
esta causa especial: la primavera fría y tormentosa. Durante todo el año hay alimento en
abundancia: alcanzaría para una cantidad de animales cinco o diez veces mayor
de la que existe In realidad; y sin embargo, la población animal de las estepas
crece forma extremadamente lenta, pero apenas los buriatos, amos del gana y de
los rebaños de caballos, comienzan a hacer aun la más insignificante provisión
de heno en las estepas, y les permiten el acceso durante la escarcha o las
nieves profundas, inmediatamente se observará el aumento de sus rebaños.
En las mismas condiciones se encuentran casi todos
los animales herbívoros que viven en libertad, y muchos roedores de Asia y
América; por eso podemos afirmar con seguridad que su número no se reduce por
obra de la rivalidad y de la lucha mutua; que en ninguna época tienen que,
luchar por alimentos: y que si nunca se reproducen hasta llegar al grado de
superpoblación, la razón reside en el clima, y no en la lucha mutua por el
alimento.
La importancia en la naturaleza de los obstáculos naturales a la reproducción
excesiva: y en especial su relación con la hipótesis de la Competencia,
aparentemente nunca fue tomada todavía en consideración en la medida
debida. Estos obstáculos, o, más
exactamente, algunos de ellos se citan de paso, pero, hasta ahora, no se ha
examinado en detalle su acción. Sin
embargo, si se compara la acción real de las causas naturales sobre la vida de
las especies animales, con la acción posible de la rivalidad dentro de las
especies, debemos reconocer en seguida que la última no soporta ninguna
comparación con la anterior. Así, por
ejemplo, Bates menciona la cantidad sencillamente inimaginable de hormigas
aladas que perecen cuando enjambran. Los
cuerpos muertos o semimuertos de la hormiga de fuego (Myrmica saevissima), arrastrados al río durante una tormenta,
«presentaban una línea de una pulgada o dos de alto y de la misma anchura, y la
línea se extendía sin interrupción en la extensión de algunas millas, al borde
del agua». Miríadas de hormigas suelen
ser destruidas de tal modo, en medio de una naturaleza que podría alimentar mil
veces más hormigas de las que vivían entonces en este lugar.
El Dr. Altum, forestal alemán que escribió un libro
muy instructivo los animales dañinos a nuestros bosques, aporta también muchos
hechos que demuestran la gran importancia de los obstáculos naturales a la
multiplicación excesiva. Dice que una
sucesión de tormentas o el tiempo frío y neblinoso durante la enjumbrazón de la
polilla de pino (Bombyx Pini), la
destruye en cantidades inverosímiles, y en la primavera del año 1871 todas estas polillas desaparecieron de golpe,
probablemente destruidas por una sucesión de noches frías. Se podrían citar ejemplos semejantes,
relativos a los insectos de diferentes partes de Europa. El Dr. Altum también menciona las aves que
devoran a las y la enorme cantidad de huevos de este insecto destruidos por los
zorros; pero agrega que los hongos parásitos que la atacan periódicamente son
enemigos de la polilla considerablemente más terribles que cualquier ave,
puesto que destruyen a la polilla de golpe, en una extensión enorme. En cuanto a las diferentes especies de
ratones (Mus sylvaticus, Arvicola orvalis, y Aeagretis) Altum, exponiendo una
larga lista de sus enemigos, observa: «Sin embargo, los enemigos más terribles
de los ratones no son los otros animales, sino los cambios bruscos de tiempo
que se producen casi todos los años». Si
las heladas y el tiempo templado se alternan, destruyen a los ratones en
cantidades innumerables; «un solo cambio brusco de tiempo puede dejar, de
muchos miles de ratones, nada más que algunos individuos vivos». Por otra parte, un invierno templado, o un
invierno que avanza paulatinamente, les da la posibilidad de multiplicarse en
proporciones amenazantes, a pesar de cualesquiera enemigos; así fue en los años
1876 y 1877. La rivalidad es, de tal modo, con respecto a los ratones, un
factor completamente insignificante en comparación con el tiempo. Hechos del mismo género son citados por el
mismo autor también con respecto a las ardillas.
En cuanto a las aves, todos sabemos bien cómo sufren
por los cambios bruscos de tiempo. Las
nevascas a fines de la primavera son tan ruinosas para las aves en los pantanos
de Inglaterra como en la Siberia y Ch. Dixon tuvo ocasión de ver a las
gelinotas reducidas por el frío de inviernos excepcionalmente crudos, a tal
extremo, que abandonaban lugares salvajes en grandes cantidades «y conocemos
casos en que eran cogidas en las calles de Sheffield». El tiempo húmedo y prolongado -agrega- es
también casi desastroso para ellas».
Por otra parte, las enfermedades contagiosas que
afectan de tiempo en tiempo a la mayoría de las especies animales, las
destruyen en tal cantidad que a menudo las pérdidas no pueden ser repuestas
durante muchos años, ni aun entre los animales que se multiplican más
rápidamente. Así por ejemplo, allá por
el año 40, los susliki súbitamente
desaparecieron de los alrededores de Sarepta, en la Rusia suroriental, debido a
cierta epidemia, y durante muchos años no fue posible encontrar en estos
lugares ni un susliki. Pasaron muchos años antes de que se
multiplicaran como anteriormente.
Se podría agregar en cantidad hechos semejantes,
cada uno de los cuales disminuye la importancia atribuida a la competencia y a
la lucha dentro de la especies.
Naturalmente, se podría contestar con las palabras de Darwin, de que,
sin embargo, cada ser orgánico, «en cualquier periodo de su vida, en el
transcurso de cualquier estación del año, en cada generación, o de tiempo en
tiempo, debe luchar por la existencia y sufrir una gran destrucción», y de que
sólo los más aptos sobrevivan a tales períodos de dura lucha por la
existencia. Pero si la evolución del
mundo animal estuviera basada exclusivamente, o aun preferentemente en la
supervivencia de los más aptos en períodos
de calamidades, si la selección
natural estuviera limitada en su acción a los períodos de sequía excepcional, o
cambios bruscos de temperatura o inundaciones, entonces la regla general en el mundo animal seria la regresión, y no el progreso.
Aquellos que sobreviven al hambre, o a una epidemia
severa de cólera, viruela o difteria, que diezman en tales medidas como las que
se observan en países incivilizados, de ninguna manera son ni más fuertes, ni más sanos
ni más inteligentes. Ningún progreso
podría basarse sobre semejantes supervivencias, tanto más cuanto que todos los que han sobrevivido
ordinariamente salen de la experiencia con la salud quebrantada, como los
caballos de Transbaikalia que hemos mencionado antes, o las tripulaciones de
los barcos árticos, o las guarniciones de las fronteras obligadas a vivir
durante algunos meses a media ración y que, al levantarse el sitio, salen con
la salud destrozada y con una mortalidad completamente anormal como
consecuencia. Todo lo que la selección
natural puede hacer en los períodos de calamidad se reduce a la conservación de
los individuos dotados de una mayor resistencia
para soportar toda clase de privaciones.
Tal es el papel de la selección natural entre los caballos siberianos y
el ganado cornúpeto. Realmente se
distinguen por su resistencia; pueden alimentarse, en caso de necesidad, con
abedul polar, pueden hacer frente al frío y al hambre, pero, en cambio, el
caballo siberiano sólo puede llevar la mitad de la carga que lleva el caballo
europeo sin esfuerzo; ninguna vaca siberiana da la mitad de la cantidad de
leche que da la vaca Jersey, y ningún indígena de los países salvajes soporta
la comparación con los europeos. Esos
indígenas pueden resistir más fácilmente el hambre y el frío, pero sus fuerzas
físicas son considerablemente inferiores a las fuerzas del europeo que se
alimenta bien, y su progreso intelectual se produce con una lentitud
desesperante. «Lo malo no puede engendrar lo bueno», como escribió Chemishevsky
en un ensayo notable consagrado al darwinismo.
Por fortuna, la competencia no constituye regla
general ni para el mundo animal ni para la humanidad. Se limita, entre los animales, a períodos
determinados, y la selección natural encuentra mejor terreno para su actividad. Mejores condiciones para la selección progresiva son creadas por medio de la eliminación de la competencia, por medio
de la ayuda mutua y del apoyo mutuo. En
la gran lucha por la existencia -por la mayor plenitud e intensidad de vida
posible con el mínimo de desgaste innecesario de energía- la selección natural
busca continuamente medios, precisamente con el fin de evitar la competencia en
cuanto sea posible. Las hormigas se unen
en nidos y tribus; hacen provisiones, crían «vacas» para sus necesidades, y de
tal modo evitan la competencia; y la selección natural escoge de todas las
hormigas aquella especies que mejor saben evitar la competencia intestina, con
sus consecuencias perniciosas inevitables.
La mayoría de nuestras aves se trasladan lentamente al Sur, a medida que
avanza el invierno, o se reúnen en sociedades innumerables y emprenden viajes
largos, y de tal modo evitan la competencia.
Muchos roedores se entregan al sueño invernal cuando llega la época de
la posible competencia, otras razas de roedores se proveen de alimento para el
invierno y viven en común en grandes poblaciones a fin de obtener la protección
necesaria durante el trabajo. Los
ciervos, cuando los líquenes se secan en el interior del continente emigran en
dirección del mar. Los búfalos
atraviesan continentes inmensos en busca de alimento abundante. Y las colonias de castores, cuando se
reproducen demasiado en un río, se dividen en dos partes: los viejos descienden
el río, y los jóvenes lo remontan, para evitar la competencia. Y si, por último, los animales no pueden
entregarse al sueño invernal ni emigrar, ni hacer provisiones de alimentos, ni
cultivar ellos mismos el alimento necesario como hacen las hormigas, entonces
se portan como los paros (véase la hermosa descripción de Wallace en Darwinism; cap. V); a saber: recurren a
una nueva clase de alimento, y, de tal modo, una vez más, evitan
incompetencias.
«Evitad la competencia. Siempre es dañina para la especie, y vosotros
tenéis abundancia de medios para evitarla».
Tal es la tendencia de la naturaleza, no siempre realizable por ella,
pero siempre inherente a ella. Tal es la
consigna que llega hasta nosotros desde los matorrales. bosques, ríos y
océanos. «Por consiguiente: ¡Uníos! ¡Practicad la ayuda mutua! Es el medio más justo para garantizar la
seguridad máxima tanto para cada uno en particular como para todos en general;
es la mejor garantía para la existencia y el progreso físico, intelectual y
moral».
He aquí lo que nos enseña la naturaleza; y esta voz
suya la escucharon todos los animales que alcanzaron la más elevada posición en
sus clases respectivas. A esta misma
orden de la naturaleza obedeció el hombre -el más primitivo- y sólo debido a
ello alcanzó la posición que ocupa ahora.
Los capítulos siguientes, consagrados a la ayuda mutua en las sociedades
humanas, convencerán al lector de la verdad de esto.
CAPITULO III
LA AYUDA MUTUA ENTRE
LOS SALVAJES
Hemos considerado rápidamente, en los dos capítulos precedentes, el
enorme papel de la ayuda mutua y del apoyo mutuo en el desarrollo progresivo
del mundo animal. Ahora tenemos que
echar una mirada al papel que los mismos fenómenos desempeñaron en la evolución
de la humanidad. Hemos visto cuán
insignificante es el número de especies animales que llevan una vida solitaria,
y, por lo contrario, cuán innumerables la cantidad de especies que viven en
sociedades, uniéndose con fines de defensa mutua, o bien para cazar y acumular
depósitos de alimentos, para criar la descendencia o, simplemente, para el
disfrute de la vida en común. Hemos
visto, también, que aunque la lucha que se libra entre las diferentes clases de
animales, diferentes especies, aun entre los diferentes grupos de la misma
especie, no es poca, sin embargo, hablando en general, dentro del grupo y de la
especie reinan la paz y el apoyo mutuo; y aquellas especies que poseen mayor
inteligencia para unirse y evitar la competencia y la lucha, tienen también
mejores oportunidades para sobrevivir y alcanzar el máximo desarrollo
progresivo. Tales especies florecen mientras que las especies que desconocen la
sociabilidad van a la decadencia.
Evidente es que el hombre seria la contradicción de todo lo que
sabemos de la naturaleza si fuera la excepción a esta regla general: si un ser
tan indefenso como el hombre en la aurora de su existencia hubiera hallado
protección y un camino de progreso, no en la ayuda mutua, como en los otros
animales, sino en la lucha irrazonada por ventajas personales, sin prestar
atención a los intereses de todas las especies.
Para toda inteligencia identificada con la idea de la unidad de la
naturaleza, tal suposición parecerá completamente inadmisible. Y sin embargo, a pesar de su inverosimilitud
y su falta de lógica, ha encontrado siempre partidarios. Siempre hubo escritores que han mirado a la
humanidad como pesimistas. Conocían al
hombre, más o menos superficialmente, según su propia experiencia personal
limitada: en la historia se limitaban al conocimiento de lo que nos contaban
los cronistas que siempre han prestado atención principalmente a las guerras, a
las crueldades, a la opresión; y estos pesimistas llegaron a la conclusión de
que la humanidad no constituye otra cosa que una sociedad de seres débilmente
unidos y siempre dispuestos a pelearse entre sí, y que sólo la intervención de
alguna autoridad impide el estallido de una contienda general.
Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, el primero después de Bacon
que se decidió a explicar que las concepciones morales del hombre no habían
nacido de las sugestiones religiosas, se colocó, como es sabido, precisamente
en tal punto de vista. Los hombres
primitivos, según su opinión, vivían en una eterna guerra intestina, hasta que
aparecieron entre ellos los legisladores, sabios y poderosos que asentaron el
principio de la convivencia pacífica.
En el siglo XVIII, naturalmente, había pensadores que trataron de
demostrar que en ningún momento de su existencia -ni siquiera en el período más
primitivo- vivió la humanidad en estado de guerra ininterrumpida, que el hombre
era un ser social aún en «estado natural» y que más bien la falta de
conocimientos que las malas inclinaciones naturales llevaron a la humanidad a
todos los horrores que caracterizaron su vida histórica pasada. Pero, los numerosos continuadores de Hobbes
prosiguieron, sin embargo, sosteniendo que el llamado «estado natural» no era
otra cosa que una lucha continua entre los hombres agrupados casualmente por
las inclinaciones de su naturaleza de bestia.
Naturalmente, desde la época de Hobbes la ciencia ha hecho progresos y
nosotros pisamos ahora un terreno más seguro que el que pisaba él, o el que
pisaban en la época de Rousseau. Pero la
filosofía de Hobbes aún ahora tiene bastantes adoradores, y en los últimos
tiempos se ha formado toda una escuela de escritores que, armados, no tanto de
las ideas de Darwin como de su terminología, se han aprovechado de esta última
para predicar en favor de las opiniones de Hobbes sobre el hombre primitivo; y
consiguieron hasta dar a esta prédica un cierto aire de apariencia
científica. Huxley, como es sabido,
encabezaba esta escuela, y en su conferencia, leída en el año 1888, presentó a
los hombres primitivos como algo a modo de tigres o leones, desprovistos, de
toda clase de concepciones sociales, que no se detenían ante nada en la lucha
por la existencia, y cuya vida entera transcurría en una -«pendencia continua».
«Más allá de los límites familiares orgánicos y temporales, la guerra
hobbesiana de cada uno contra todos era -dice- el estado normal de su
existencia».
Ha sido observado más de una vez que el error principal de Hobbes, y
en general de los filósofos del siglo XVIII, consistía en que se representaban
el género humano primitivo en forma de pequeñas familias nómadas, a semejanza
de las familias -limitadas y temporales» de los animales carnívoros algo más
grandes. Sin embargo, se ha establecido
ahora positivamente que semejante hipótesis es por completo incorrecta. Naturalmente, no tenemos hechos directos que
testimonien el modo de vida de los primeros seres antropoides. Ni siquiera la época de la primera aparición
de tales seres está aún establecida con precisión, puesto que los geólogos
contemporáneos están inclinados a ver sus huellas ya en los depósitos
plicénicos y hasta en los miocénicos del período terciario. Pero tenemos a nuestra disposición el método
indirecto, que nos da la posibilidad de iluminar hasta cierto grado aun ese
período lejano. Efectivamente, durante
los últimos cuarenta años se han hecho investigaciones muy cuidadosas de las
instituciones humanas de las razas más inferiores, y estas investigaciones
revelaron, en las instituciones actuales de los pueblos primitivos, las huellas
de instituciones más antiguas, hace mucho desaparecidas, pero que, sin embargo,
dejaron signos indudables de su existencia.
Poco a poco, una ciencia entera, la etnología, consagrada al desarrollo
de las instituciones humanas, fue creada por los trabajos de Bachofen, Mac
Lennan, Morgan, Edward B. Tylor, Maine, Post, Kovalevsky y muchos otros. Y esta ciencia ha establecido ahora, fuera de
toda duda, que la humanidad no comenzó su vida en forma de pequeñas familias
solitarias.
La familia no sólo no fue la forma primitiva de organización, sino
que, por lo contrario, es un producto muy tardío de la evolución de la
humanidad. Por más lejos que nos
remontemos en la profundidad de la historia más remota del hombre, encontramos
por doquier que los hombres vivían ya en sociedades, en grupos, semejantes a
los rebaños de los mamíferos superiores.
Fue necesario un desarrollo muy lento y prolongado para llevar estas
sociedades hasta la organización del grupo (o clan), que a su vez debió sufrir
otro proceso de desarrollo también muy prolongado, antes de que pudieran
aparecer los primeros gérmenes de la familia, polígama o monógama.
Sociedades, bandas, clanes, tribus -y no la familia- fueron de tal
modo la forma primitiva de organización de la humanidad y sus antecesores más
antiguos. A tal conclusión llegó la
etnología, después de investigaciones cuidadosas, minuciosas. En suma, esta conclusión podrían haberla
predicho los zoólogos, puesto que ninguno de los mamíferos superiores, con
excepción de bastantes pocos carnívoros y algunas especies de monos que
indudablemente se extinguen (orangutanes y gorilas), viven en pequeñas familias,
errando solitarias por los bosques. Todos
los otros viven en sociedades y Darwin comprendió también que los monos que
viven aislados nunca podrían haberse desarrollado en seres antropoides, y
estaba inclinado a considerar al hombre como descendiente de alguna especie de
mono, comparativamente débil, pero indefectiblemente social, como el chimpancé,
y no de una especie más fuerte, pero insociable, como el gorila. La zoología y la paleontología (ciencia del
hombre más antiguo) llegan, de tal modo, a la misma conclusión: la forma más
antigua de la vida social fue el grupo, el clan y no la familia. Las primeras sociedades humanas simplemente
fueron un desarrollo mayor de aquellas sociedades que constituyen la esencia misma
de la vida de los animales superiores.
Si pasamos ahora a los datos positivos, veremos que las huellas más
antiguas del hombre, que datan del período glacial o posglacial más remoto,
presentan pruebas indudables de que el hombre vivía ya entonces en
sociedades. Muy raramente suele
encontrarse un instrumento de piedra aislado, aun en la edad de piedra más
antigua; por el contrario, donde quiera que se ha encontrado uno o dos
instrumentos de piedra, pronto se encontraron allí otros, casi siempre en
cantidades muy grandes. En aquellos
tiempos en que los hombres vivían todavía en cavernas o en las hendiduras de
las rocas, como en Hastings, o solamente se refugiaban bajo las rocas
salientes, junto con mamíferos desde entonces desaparecidos, y apenas sabían
fabricar hachas de piedra de la forma más tosca, ya conocían las ventajas de la
vida en sociedad. En Francia, en los
valles de los afluentes del Dordogne, toda la superficie de las rocas está
cubierta, de tanto en tanto, de cavernas que servían de refugio al hombre
paleolítico, es decir, al hombre de la edad de piedra antigua. A veces las
viviendas de las cavernas están dispuestas en pisos, y, sin duda, recuerdan más
los nidos de una colonia de golondrinas que la madriguera de animales de
presa. En cuanto a los instrumentos de
sílice hallados en estas cavernas, según la expresión de Lubbock, «sin
exageración puede decirse que son innumerables». Lo mismo es verdad con respecto a todas las
otras estaciones paleolíticas. A juzgar
por las exploraciones de Lartet, los habitantes de la región de Aurignac, en el
sur de Francia, organizaban festines tribales en los entierros de sus
muertos. De tal modo, los hombre vivían
en sociedades, y en ellas aparecieron los gérmenes del rito religioso tribal,
ya en aquella época muy lejana, en la aurora de la aparición de los primeros
antropoides.
Lo mismo se confirma, con mayor abundancia aún de pruebas respecto al
periodo neolítico, más reciente, de la edad de piedra. Las huellas del hombre se encuentran aquí en
enormes cantidades, de modo que por ellas se pudo reconstituir en grado
considerable toda su manera de vivir.
Cuando la capa de hielo (que en nuestro hemisferio debía extenderse de
las regiones polares hasta el centro de Francia, Alemania y Rusia, y cubría el Canadá
y también una parte considerable del territorio ocupado ahora por los Estados
Unidos), comenzó a derretirse, las superficies libradas del hielo se cubrieron
primero de ciénagas y pantanos, y luego de innumerables lagos.
En aquella época los lagos, evidentemente, llenaban las depresiones y
los ensanchamientos de los valles antes de que las aguas cavaran los cauces
permanentes, que en la época siguiente se convirtieron en nuestros ríos. Y dondequiera nos dirijamos ahora, a Europa,
Asia o América, encontramos que las orillas de los innumerables lagos de este
periodo -que con justicia deberíase llamar período lacustre-, están cubiertas
de huellas del hombre neolítico. Estas
huellas son tan numerosas que sólo podemos asombrarnos de la densidad de la
población en aquella época. En las
terrazas que ahora marcan las orillas de los antiguos lagos, las «estaciones»
del hombre neolítico se siguen de cerca, y en cada una de ellas se encuentran
instrumentos de piedra en tales cantidades que no queda ni la menor duda de que
durante un tiempo muy largo estos lugares fueron habitados por tribus de
hombres bastante numerosas' Talleres enteros de instrumentos de sílice que, a
su vez, atestiguan la cantidad de trabajadores que se reunían en un lugar,
fueron descubiertos por los arqueólogos.
Hallamos los rastros de un período más avanzado, caracterizado ya por
el uso de productos de alfarería, en los llamados «desechos culinarios» de
Dinamarca. Como es sabido, estos
montones de conchas, de 5 a 10 pies de espesor, de 100 a 200 pies de anchura y
1.000 y más pies de longitud, están tan extendidos en algunos lugares del
litoral marítimo de Dinamarca que durante mucho tiempo fueron considerados como
formaciones naturales. Y, sin embargo,
se componen «exclusivamente de los
materiales que fueron usados de un modo u otro por el hombre», y están de tal
modo repletos de productos del trabajo humano, que Lubbock, durante una
estancia de sólo dos días en Milgaard, halló 191 piezas de instrumentos de
piedra y cuatro fragmentos de productos de alfarería. Las medidas mismas y la extensión de estos
montones de restos culinarios prueban que, durante muchas y muchas
generaciones, en las orillas de Dinamarca se asentaron centenares de pequeñas
tribus o clanes que sin ninguna duda vivían tan pacíficamente entre sí como
viven ahora los habitantes de Tierra del Fuego, quienes también acumulan ahora
semejantes montones de conchas y toda clase de desechos.
En cuanto a las construcciones lacuestres de Suiza, que representan un
grado muy avanzado en el camino de la civilización, constituyen aún mejores
pruebas de que sus habitantes vivían en sociedades y trabajaban en común. Sabido es que, ya en la edad de piedra, las
orillas de los lagos suizos estaban sembradas de series de aldeas, compuestas
de varias chozas, construidas sobre una plataforma sostenida por numerosos
pilotes clavados en el fondo del lago.
No menos de veinticuatro aldeas, la mayoría de las cuales pertenecían a
la edad de piedra, fueron descubiertas en los últimos años en las orillas del
lago de Ginebra, treinta y dos en el lago Costanza, y cuarenta y seis en el
lago de Neufehatel, etc., cada una como testimonio de la inmensa cantidad de
trabajo realizado en común, no por la familia, sino por la tribu entera. Algunos investigadores hasta suponen que la
vida de estos habitantes de los lagos estaba en grado notable libre de choques
bélicos; y esta hipótesis es muy probable si se toma en consideración la vida
de las tribus primitivas, que aún ahora viven en aldeas semejantes, construidas
sobre pilotes a orillas del mar.
Se desprende de tal modo, aun del breve esbozo precedente, que al
final de cuenta, nuestros conocimientos del hombre primitivo de ningún modo son
tan pobres, y en todo caso refutan más que confirman las hipótesis de Hobbes y
de sus continuadores contemporáneos.
Además, pueden ser completadas en medida considerable si se recurre a la
observación directa de las tribus primitivas que en el presente se hallan
todavía en el mismo nivel de civilización en que estaban los habitantes de
Europa en los tiempos prehistóricos.
Ya ha sido plenamente probado por Ed.
B. Tylor y J. Lubbock que los pueblos primitivos que existen ahora de
ningún modo representan -como afirmaron algunos sabios- tribus que han
degenerado y que en otros tiempos han conocido una civilización más elevada,
que luego perdieron. Por otra parte, a
las pruebas alegadas contra la teoría de la degeneración se puede agregar
todavía lo siguiente: con excepción de pocas tribus que se mantienen en las
regiones montañosas poco accesibles, los llamados «salvajes» ocupan una zona
que rodea a naciones más o menos civilizadas, preferentemente los extremos de
nuestros continentes, que en su mayor parte conservaron hasta ahora el carácter
de la época posglacial antigua o que hace poco aún lo tenía. A estos pertenecen los esquimales y sus
congéneres en Groenlandia, América Artica y Siberia Septentrional, y en el
hemisferio Sur, los indígenas australianos, papúes, los habitantes de Tierra de
Fuego y, en parte, los bosquímanos; y en los límites de la extensión ocupada
por pueblos más o menos civilizados, semejantes tribus primitivas se encuentran
sólo en el Himalaya, en las tierras altas del Sureste de Asia y en la meseta
brasileña. No se debe olvidar que el
periodo glacial no terminó de golpe en toda la superficie del globo terrestre;
se prolonga hasta ahora en Groenlandia.
Debido a esto, en la época en que las regiones litorales del océano
Indico, del mar Mediterráneo, del golfo de México gozaban ya de un clima más
templado y en ellos se desarrollaba una civilización más elevada, inmensos
territorios de Europa Central, Siberia y América del Norte, y también de la
Patagonia, Sur del Africa, Sureste de Asia y Australia, permanecían todavía en
las condiciones del período posglacial antiguo, que las hicieron inhabitables
para las naciones civilizadas de la zona tórrida y templada. En esa época, las zonas citadas constituían
algo así como los actuales y terribles «urman» de la Siberia del Noroeste, y su
población, inaccesible a la civilización y no tocada por ella, conservó el carácter
del hombre posglacial antiguo.
Solamente más tarde, cuando la desecación hizo estos territorios más
aptos para la agricultura, comenzaron a poblarse de inmigrantes más
civilizados; y entonces, parte de los habitantes anteriores se fundieron poco a
poco con los nuevos colonos, mientras que otra parte se retiraba más y más
lejos en dirección a las zonas subglaciales y se asentaba en los lugares donde
los encontramos ahora. Los territorios
habitados por ellos en el presente conservaron hasta ahora, o conservaban hasta
una época no muy lejana, en su aspecto físico, un carácter casi glacial; y las
artes y los instrumentos de sus habitantes hasta ahora no salieron aún del
período neolítico, es decir, la edad de piedra posterior. Y a pesar de las diferencias de raza y de la
extensión que separa estas tribus entre sí, su modo de vida y sus instituciones
sociales son asombrosamente parecidos.
Por esto podemos considerar a estos «salvajes» como resto de la
población del posglacial antiguo.
Lo primero que nos asombra, no bien comenzamos a estudiar a los
pueblos primitivos, es la complejidad de la organización de las relaciones
maritales en que viven. En la mayoría de
ellos, la familia, en el sentido como la comprendemos nosotros, existe
solamente en estado embrionario. Pero al
mismo tiempo, los «salvajes» de ningún modo constituyen «una turba de hombres y
mujeres poco unidos entre sí, que se reúnen desordenadamente bajo la influencia
de caprichos del momento». Todos ellos,
por el contrario, se someten a una organización determinada, que Luis Morgan
describió en sus rasgos típicos y llamó organización «tribalo de clan».
Exponiendo brevemente esta materia, muy amplia, podemos decir que
actualmente no existen más dudas sobre el hecho de que la humanidad, en el
principio de su existencia, ha pasado por la etapa de las relaciones conyugales
que puede llamarse «matrimonio tribal o comunal»; es decir, los hombres o las
mujeres, en tribus enteras, vivían entre sí como los maridos con sus esposas,
prestando muy poca atención al parentesco sanguíneo. Pero es indudable también que algunas restricciones
a estas relaciones entre los sexos fueron establecidas por la costumbre ya en
un período muy antiguo. Las relaciones
conyugales fueron pronto prohibidas entre los hijos de una misma madre y la
hermana de ella, sus nietas y tías. Mas
tarde tales relaciones fueron prohibidas entre los hijos e hijas de una misma
madre, y siguieron pronto otras restricciones.
Poco a poco se desarrolló la idea de clan (gens) que abarcaba a todos los descendientes reales o supuestos de
una raíz común (más bien a todos los unidos en un grupo de clan por el supuesto
parentesco). Y cuando el clan se
multiplicó por la subdivisión en algunos clanes, cada uno de los cuales se
dividía, a su vez, en clases (habitualmente en cuatro clases), el matrimonio
era permitido sólo entre clases determinadas, estrictamente definidas. Se puede observar un estado semejante aun
ahora entre los indígenas de Australia, sus primeros gérmenes aparecieron en la
organización de clan. La mujer hecha
prisionera durante la guerra con cualquier otro clan, en un período más tardío,
el que la había tomado prisionera la guardaba para sí, bajo la observación,
además, de determinados deberes hacia el clan.
Podía ser ubicada por él en una cabaña separada después de haber pagado
ella cierto género de tributo a cada miembro del clan; entonces ella podía
fundar dentro del clan una familia separada, cuya aparición evidentemente,
abrió una nueva fase de la civilización.
Pero en ningún caso la esposa que asentaba la base de la familia
especialmente patriarcal podía ser tomada de su propio clan. Podía provenir solamente de un clan extraño.
Si consideramos que esta organización compleja se ha desarrollado
entre hombres que ocupaban los peldaños más bajos de desarrollo que conocemos,
y que se mantuvo en sociedades que no conocían más autoridad que la autoridad
de la opinión pública, comprenderemos en seguida cuán profundamente arraigados
debían estar los instintos sociales en la naturaleza humana hasta en los
peldaños más bajos de su desarrollo. El
salvaje, que podía vivir en tal organización, sometiéndose por propia voluntad
a las restricciones que constantemente chocaban con sus deseos personales,
naturalmente no se parecía a un animal desprovisto de todo principio ético y
cuyas pasiones no conocían freno. Pero
este hecho se hace aún más asombroso si tomamos en consideración la antigüedad
inconmensurablemente lejana de la organización de clan.
Actualmente es sabido que los semitas primitivos, los griegos de
Homero, los romanos prehistóricos, los germanos de Tácito, los antiguos celtas y eslavos, pasaron todos por el
período de organización de clan de los australianos, los indios pieles rojas,
esquimales y otros habitantes del «cinturón de salvajes».
De tal modo, debemos admitir una de dos: o bien el desarrollo de las
costumbres conyugales, por algunas razones, se encaminó en una misma dirección
en todas las razas humanas; o bien los rudimentos de las restricciones de clan
se desarrollaron entre algunos antepasados comunes que fueron el tronco
genealógico de los semitas, arios, polinesios, etc., antes de que estos
antepasados se dividieran en razas separadas, y estas restricciones se
conservaron hasta el presente entre razas que mucho ha se separaron de la raíz
común. Ambas posibilidades, en igual
grado, señalan, sin embargo, la asombrosa tenacidad de esta institución
-tenacidad que no pudo destruir durante muchas decenas de milenios ningún
atentado que contra ella perpetrara el individuo-. Pero la misma fuerza de la organización del
clan demuestra hasta dónde es falsa la opinión en virtud de la cual se
representa a la humanidad primitiva en forma de una turba desordenada de
individuos que obedecen sólo a sus propias pasiones y que se sirve cada uno de su
propia fuerza personal y su astucia para imponerse a todos los otros. El individualismo desenfrenado es
manifestación de tiempos más modernos, pero de ninguna manera era propio del
hombre primitivo.
Pasando ahora a los salvajes existentes en el presente, podemos
comenzar con los bosquímanos, que ocupan un peldaño muy bajo de desarrollo, tan
bajo que ni siquiera tienen viviendas y duermen en cuevas cavadas en la tierra
o, simplemente, bajo la cubierta de ligeras mamparas de hierbas y ramas que los
protegen del viento. Es sabido que
cuando los europeos comenzaron a colonizar sus territorios y destruir enormes
rebaños salvajes de ciervos que pacían hasta entonces en las llanuras, los
bosquímanos comenzaron a robar ganado cornúpeta a los colonos, y estos
emigrantes iniciaron entonces una guerra desesperada contra aquéllos;
comenzaron a exterminarlos con una bestialidad de la que prefiero no hablar
aquí. Quinientos bosquímanos fueron
exterminados de tal modo en 1774; en los años 1801 - 1809, la unión de
granjeros destruyó tres mil, etc. Los
exterminaban como a ratas, dejándoles carne envenenada, a estos hombres
llevados al hambre, o los cazaban a tiros como bestias, emboscándose detrás del
cadáver de un animal puesto como cebo; los mataban donde los encontraban. De
tal modo, nuestro conocimiento de los bosquímanos, recibido, en la mayoría de
los casos de los mismos que los exterminaban, no puede destacarse por una
especial simpatía. Sin embargo, sabemos
que durante la aparición de los europeos, los bosquímanos vivían en pequeños
clanes que a veces se reunían en federaciones; que cazaban en común y se
repartían la presa, sin peleas ni disputas; que nunca abandonaban a los heridos
y demostraban un sólido afecto hacia sus camaradas. Lichtenstein refiere un episodio sumamente
conmovedor de un bosquímano que estuvo a punto de ahogarse en el río y fue
salvado por sus camaradas. Se quitaron
de encima sus pieles de animales para cubrirlo mientras ellos temblaban de
frío; lo secaron, lo frotaron ante el fuego y le untaron el cuerpo con grasa
tibia, hasta que por fin le volvieron a la vida. Y cuando los bosquímanos encontraron, en la
persona de Johann van der Walt, un hombre que los trataba bien, le expresaron
su reconocimiento con manifestaciones del afecto más conmovedor. Burchell y Moffat los describen como de buen
corazón, desinteresados, fieles a sus promesas y agradecidos cualidades todas
ellas que pudieron desarrollarse sólo siendo constantemente practicadas en el
seno de la tribu. En cuanto a su amor a
los niños, bastará recordar que cuando un europeo quería tener a una mujer
bosquímana como esclava, le arrebataba el hijo; la madre siempre se presentaba
por sí misma y se hacía esclava para compartir la suerte de su niño.
La misma sociabilidad se encuentra entre los hotentotes, que
sobrepasan un poco a los bosquímanos en el desarrollo. Lubbock habla de ellos como de los «animales
más sucios», y realmente son muy sucios.
Toda su vestimenta consiste en una piel de animal colgada al cuello, que
llevan hasta que cae a pedazos; y sus chozas consisten en algunas varillas
unidas por las puntas y cubiertas por esteras: en el interior de las chozas no
hay mueble alguno. A pesar de que crían
bueyes y ovejas, y, según parece, conocían el uso del hierro antes de
encontrarse con s europeos, sin embargo, están hasta ahora en uno de los más
bajos peldaños del desarrollo humano. No
obstante eso, los europeos que conocían de cerca sus vidas, mencionaban con
grandes elogios su sociabilidad y su presteza en ayudarse mutuamente. Si se da algo a un hotentote, en seguida
divide lo recibido entre todos los presentes, cuya costumbre, como es sabido,
asombró también a Darwin en los habitantes de la Tierra de Fuego. El hotentote no puede comer solo, y por más
hambriento que esté, llama a los que pasan y comparte con ellos su
alimento. Y cuando Kolben, por esta
causa, expresó su asombro, le contestaron: «Tal es la costumbre de los
hotentotes». Pero esta costumbre no es
propia solamente de los hotentotes: es una costumbre casi universal, observada
por los viajeros en todos los «salvajes».
Kolben, que conocía bien a los hotentotes y que no pasaba en silencio
sus defectos, no puede dejar de elogiar su moral tribal.
«La palabra dada es sagrada para ellos» -escribe-. «Ignoran por
completo la corrupción y la deslealtad de los europeos». «Viven muy
pacíficamente y raramente guerrean con sus vecinos»... Uno de los más grandes
placeres para los hotentotes es el cambio de regalos y servicios>, ... «Por
su honestidad, por la celeridad y exactitud en el ejercicio de la justicia, por
su castidad, los hotentotes sobrepasan a todos, o casi todos los otros pueblos.
Tachart, Barrow y Moodie confirman plenamente las palabras de
Kolben. Sólo es necesario notar que
cuando Kolben escribió de los hotentotes que «en sus relaciones mutuas son el
pueblo más amistoso, generoso y benévolo, que jamás haya existido en la tierra»
(I, 332), dio la definición que repiten continuamente, desde entonces, los
viajeros, en sus descripciones de los más diferentes salvajes. Cuando los europeos incultos chocaron por
primera vez con las razas primitivas, habitualmente presentaban sus vidas de
modo caricaturesco; pero bastó que un hombre inteligente viviera entre salvajes
un tiempo más prolongado, para que los describiera como el pueblo «más manso» o
-más noble- del mundo. Justamente con
esas mismas palabras, los viajeros más dignos de fe caracterizaron a los
ostiakos samoyedos, esquimales, dayacos, aleutas, papúes, etc. Semejante declaración tuve ocasión de leer
sobre los tunguses, los chukchis, los indios sioux y algunas otras tribus
salvajes. La repetición misma de
semejantes elogios dice más que tomos enteros de investigaciones especiales.
Los indígenas de Australia ocupan, por su desarrollo, un lugar no más
alto que sus hermanos surafricanos. Sus
chozas tienen el mismo carácter, y muy a menudo los hombres se conforman hasta
con simples mamparas o biombos de ramas secas para protegerse de los vientos
fríos. En su alimento no se destacan por
su discernimiento; en caso de necesidad devoran carroña en completo estado de
putrefacción, y cuando sobreviene el hambre recurren entonces hasta al
canibalismo. Cuando los indígenas
australianos fueron descubiertos por vez primera por los europeos, se vio que
no tenían ningún otro instrumento que los hechos, en la forma más grosera, de
piedra o hueso. Algunas tribus no tenían
siquiera piraguas y desconocían por completo el trueque comercial. Y sin embargo, después de un estudio
cuidadoso de sus costumbres y hábitos, se vio que tienen la misma organización
elaborada de clan de la que se habló más arriba.
El territorio en que viven está dividido habitualmente entre
diferentes clanes, pero la región en la cual cada clan realiza la caza o la
pesca permanece siendo de dominio común, y los productos de la caza y la pesca
van a todo el clan. También pertenecen al clan los instrumentos de caza y de
pesca. La comida se realiza en
común. Como muchos otros salvajes, los
indígenas australianos se atienen a determinadas reglas respecto a la época en
que se permite recoger diversas especies de gomeros y hierbas. En cuanto a su
moral en general, lo mejor es citar aquí las siguientes respuestas a las
preguntas de la Sociedad Antropológica de París, dadas por Lumholtz, un
misionero que vivió en North Queesland.
«Conocen el sentimiento de amistad; está fuertemente desarrollado en
ellos. Los débiles gozan de la ayuda
común; cuidan mucho a los enfermos.
Nunca los abandonan al capricho de la suerte y no los matan. Estas tribus son antropófagas, pero raramente
comen a los miembros de su propia tribu (si no me equivoco, solamente cuando
matan por razones religiosas); comen sólo a los extraños. Los padres aman a sus hijos juegan con ellos
y los miman. Se practica el infanticidio
sólo con el consentimiento común. Tratan
a los ancianos muy bien y nunca los matan.
No tienen religión ni ídolos, y solamente existe el temor a la
muerte. El matrimonio es polígamo. Las disputas surgidas dentro de la tribu se
resuelven por duelos con espadas de madera y escudos de madera. No existe la esclavitud; no tienen
agricultura alguna; no poseen productos de alfarería; no tienen vestidos,
exceptuando un delantal que a veces usan las mujeres. El clan se compone de doscientas personas
divididas en cuatro clases de hombres y cuatro clases de mujeres; se permite el
matrimonio solamente entre las clases habituales, pero nunca dentro del mismo
clan».
Respecto a los papúes, parientes cercanos de los australianos, tenemos
el testimonio de G. L. Bink, que vivió en Nueva Guinea, principalmente en
Geelwink Bay, desde 1871 hasta 1883.
Traemos la esencia de sus respuestas a las mismas preguntas.
«Los papúes son sociables y de un humor muy alegre. Se ríen mucho. Más bien tímidos que valientes. La amistad es bastante fuerte entre miembros
de los diferentes clanes y aún más fuerte dentro del mismo clan. El papú, a menudo paga las deudas de su
amigo, a condición de que este último pague esta deuda, sin intereses, a sus
hijos. Cuidan a los enfermos y ancianos;
nunca abandonan a los ancianos, ni los matan, con excepción de los esclavos que
han estado enfermos mucho tiempo. A
veces devoran a los prisioneros de guerra.
Miman y aman a los niños. Matan a
los prisioneros de guerra ancianos y débiles, y venden a los restantes como
esclavos. No tienen religión, ni dioses,
ni ídolos, ni clase alguna de autoridad; el miembro más anciano de la familia
es el juez. En caso de adulterio (es
decir, violación de sus costumbres matrimoniales) el culpable paga una multa,
parte de la cual va a favor de la «negoria» (comunidad). La tierra es dominio común, pero los frutos
de la tierra pertenecen a aquél que los ha cultivado. Los papúes tienen vasijas de arcilla y
conocen el trueque comercial, y según una costumbre elaborada, el comerciante
les da mercancía y ellos vuelven a sus casas y traen los productos indígenas
que necesita el comerciante; si no pueden obtener los productos necesarios,
entonces devuelven al comerciante su mercancía europea. Los papúes «cazan cabezas» -es decir,
practican la venganza de sangre-.
Además, «a veces -dice Finsch-, el asunto se somete a la consideración
del Rajah de Namototte, quien lo resuelve imponiendo una multa».
Cuando se trata bien a los papúes, entonces son muy
bondadosos. Mikluho-Maclay desembarcó,
como es sabido, en la costa orienta] de Nueva Guinea, en compañía de un solo
marinero, vivió allí dos años enteros entre tribus consideradas antropófagas y
se separó de ellas con pesar; prometió volver y cumplió su palabra, y pasó de
nuevo un año, y durante todo ese tiempo no tuvo ningún choque con los
indígenas. Verdad es que mantuvo la
regla de no decirles nunca, bajo ningún pretexto, algo que no fuera cierto, ni hacer
promesas que no pudiera cumplir. Estas
pobres criaturas, que no sabían siquiera hacer fuego y que por esto conservaban
cuidadosamente el fuego en sus chozas, viven en condiciones de un comunismo
primitivo, sin tener jefe alguno, y en sus poblados casi nunca se producen
disputas de las que valga la pena hablar.
Trabajan en común, sólo lo necesario para obtener el alimento de cada
día; crían a sus hijos en común; y por las tardes se atavían lo más
coquetamente que pueden y se entregan a las danzas. Como todos los salvajes, gustan
apasionadamente de las danzas, que constituyen un género de misterios
tribales. Cada aldea tiene su «barla» o
«barlai» -casa «larga» o «grande»- para los solteros, en las que se realizan
reuniones sociales y se juzgan los sucesos públicos, un rasgo más que es común
a todos los habitantes de las islas del océano Pacífico, y también a los
esquimales, indios pieles rojas, etc.
Grupos enteros de aldeas mantienen relaciones amistosas, y se visitan
mutuamente concurriendo toda la comunidad.
Por desgracia, entre las aldeas, a menudo surge
enemistad, no por «el exceso de densidad de la población» o «de la competencia
agudizada» y otros inventos semejantes de nuestro siglo mercantilista, sino
principalmente debido a la superstición.
Si enferma alguno, se reúnen sus amigos y parientes y del modo más
cuidadoso discuten el problema de quién puede ser el culpable de la
enfermedad. Entonces, consideran a todos
los posibles enemigos, cada uno confiesa su mínima disputa y finalmente se
halla la causa verdadera de la enfermedad.
La mandó algún enemigo de la aldea vecina, y por esto resuelven hacer
alguna incursión a esa aldea. Debido a
ello, las riñas son corrientes, aun entre las aldeas del litoral, sin hablar ya
de los antropófagos, que viven en las montañas, a los que se considera como
verdaderos brujos y enemigos, a pesar de que un conocimiento más estrecho
demuestra que no se distinguen en nada de su vecino que vive en las costas
marítimas.
Muchas páginas asombrosas se podrían escribir sobre
la armonía que reina en las aldeas de los habitantes polinesios de las islas
del Océano Pacífico.
Pero ellos ocupan ya un peldaño más elevado de
civilización, y por esto tomaremos otros ejemplos de la vida de los habitantes
del lejano norte. Agregaré solamente,
antes de abandonar el hemisferio sur; que hasta los habitantes de Tierra del
Fuego, que gozan de tan mala fama, comienzan a ser iluminados con luz más
favorable a medida que los conocemos mejor.
Algunos misioneros franceses, que viven entre ellos, «no pueden quejarse
de ningún acto hostil». Viven en clanes
de ciento veinte a ciento cincuenta almas, y también practican el comunismo
primitivo como los papúes. Se reparten
todo entre ellos, y tratan bien a los ancianos.
La paz completa reina entre estas tribus.
En los esquimales y sus más próximos congéneres, los
thlinkets, koloshes y aleutas, hallamos una semejanza más aproximada a lo que
era el hombre durante el período glacial.
Los instrumentos que ellos emplean apenas se diferencian de los
instrumentos del paleolítico, y algunas de estas tribus hasta ahora no conocen
el arte de la pesca: simplemente matan a los peces con el arpón. Conocen el uso
del hierro, pero lo obtienen solamente de los europeos o de lo que encuentran
en los esqueletos de los barcos después de los naufragios. Su organización social se distingue por su
primitivismo completo, a pesar de que ya han salido del estadio del «matrimonio
comunal», aun con sus restricciones de «clase».
Viven ya en familias, pero los lazos familiares todavía son débiles,
puesto que de tanto en tanto se produce en ellos un cambio de esposas y
esposos. Sin embargo, las familias
permanecen reunidas en clanes, y no puede ser de otro modo. ¿Cómo hubieran
podido soportar la dura lucha por la existencia si no reunieran sus fuerzas del
modo más estrecho? Así se portan ellos,
Y los lazos de clan son más estrechos allí donde la lucha por la vida es más
dura, a saber, en el nordeste de Groenlandia.
Viven habitualmente en una «casa larga. en la que se alojan varias
familias, separadas entre sí por pequeños tabiques de pieles desgarradas, pero
con un corredor común para todos. A
veces la casa tiene la forma de una cruz, y en tal caso, en su centro colocan
un hogar común. La expedición alemana
que pasó un invierno cerca de una de esas «casas largas» se pudo convencer de
que durante todo el invierno ártico no perturbó la paz ni una pelea, y que no
se produjo discusión alguna por el uso de estos «espacios estrechos». No se admiten las amonestaciones, y ni
siquiera las palabras inamistosas de otro modo que no sea bajo la forma legal
de una canción burlesca (nigthsong), que cantan las mujeres en coro. De tal manera, la convivencia estrecha y la
estrecha dependencia mutua son suficientes para mantener, de siglo en siglo, el
respeto profundo a los intereses de la comunidad, que es característico de la
vida de los esquimales. Aun en las
comunas más vastas de los esquimales «la opinión pública es un verdadero
tribunal y el castigo habitual consiste en avergonzar al culpable ante todos».
La vida de los esquimales está basada en el
comunismo. Todo lo que obtienen por
medio de la caza o pesca pertenece a todo el clan. Pero, en algunas tribus, especialmente en el Occidente,
bajo la influencia de los daneses, comienza a desarrollarse la propiedad
privada. Sin embargo, emplean un medio
bastante original para disminuir los inconvenientes que surgen del
acumulamiento personal de la riqueza, que pronto podría perturbar la unidad
tribal. Cuando el esquimal empieza a
enriquecerse excesivamente, convoca a todos los miembros de su clan a un
festín, y cuando los huéspedes se sacian, distribuye toda su riqueza. En el río Yukon, en Alaska, Dall vio que una
familia aleutiana repartió de tal modo diez fusiles, diez vestidos de pieles
completos, doscientos hilos de cuentas, numerosas frazadas, diez pieles de
lobo, doscientas pieles de castor y quinientas de armiño. Luego, los dueños se quitaron sus vestidos de
fiesta y los repartieron, vistiéndose sus viejas pieles, dirigieron a los
miembros de su clan un breve discurso diciendo que a pesar de que ahora se
habían vuelto más pobres que cada uno de sus huéspedes, sin embargo habían
ganado su amistad.
Tales distribuciones de riqueza se convirtieron
aparentemente en costumbre arraigada entre los esquimales, y se practica en una
época determinada todos los años, después
de una exhibición preliminar de todo lo que ha sido obtenido durante el
año. Constituye, aparentemente, una
costumbre. La costumbre de enterrar con
el muerto, o de destruir sobre su tumba, todos sus bienes personales -que
encontramos en todas las razas primitivas-, aparentemente debe tener el mismo
origen. En realidad, mientras que todo lo
que pertenecía personalmente al
muerto se quema o se rompe sobre su tumba, las cosas que le pertenecieron
conjuntamente con toda su tribu; como, por ejemplo, las piraguas, redes de la
comuna, etc., se dejan intactas. Está
sujeta a la destrucción sólo la propiedad personal. En una época posterior, esta costumbre se
convierte en un rito religioso: se le da interpretación mística, y la
destrucción es prescrita por la religión cuando la opinión pública, sola, se
muestra ya carente de fuerzas para imponer a todos la observación obligatoria
de la costumbre. Finalmente, la
destrucción real se reemplaza por un rito simbólico, que consiste en quemar
sobre la tumba simples modelos de papel, o representaciones, de los bienes del
muerto (así se hace en la China); o se llevan a la tumba los bienes del muerto
y traen de vuelta a la casa al finalizar la ceremonia funeraria; en esta forma,
se ha conservado la costumbre hasta ahora, como es sabido, entre los europeos
con respecto a los caballos de los jefes militares, las espadas, cruces y otros
signos de distinción oficial.
El alto nivel de la moral tribal de los esquimales
se menciona bastante a menudo en la literatura general. Sin embargo, las observaciones siguientes de
las costumbres de los aleutas -congéneres próximos de los esquimales- no están
desprovistas de interés, tanto más cuanto que pueden servir de buena
ilustración de la moral de los salvajes en general. Pertenecen a la pluma de un hombre
extraordinariamente distinguido, el misionero ruso Venlaminof, que las escribió
después de una permanencia de diez años entre los aleutas y de tener relaciones
estrechas con ellos.
Las resumo, conservando en lo posible las
expresiones propias del autor.
«La resistencia -escribió- en su rasgo
característico, y, en verdad, es colosal.
No sólo se bañan todas las mañanas en el mar cubierto de hielo y luego
se quedan desnudos en la playa, respirando el aire helado, sino que su
resistencia, hasta en un trabajo pesado y con alimento insuficiente, sobrepasa
todo lo que se puede imaginar. Si
sobreviene una escasez de alimento, el aleuta se ocupa, ante todo, de sus
hijos; les da todo lo que tiene, y él mismo ayuna. No se inclinan al robo, como fue observado ya
por los primeros inmigrantes rusos. No
es que no hayan robado nunca; todo aleuta reconoce que alguna vez ha robado
algo, pero se trata siempre de alguna fruslería, y todo esto tiene carácter
completamente infantil. El afecto de los
padres por los hijos es muy conmovedor, a pesar de que nunca lo expresan con
caricias o palabras. El aleuta
difícilmente se decide a hacer alguna promesa, pero una vez hecha, la mantiene
cueste lo que cueste.
Un aleuta regaló a Venlaminof un haz de pescado
seco, pero, en el apresuramiento de la partida, fue olvidado en la orilla, y el
aleuta se lo llevó de vuelta a su casa.
No se presentó la oportunidad de enviarlo a Venlaminof hasta enero, y
mientras tanto, en noviembre y diciembre, entre estos aleutas, hubo una gran
escasez de víveres. Pero los hambrientos
no tocaron el pescado ya regalado, y en enero fue enviado a su destino. Su código moral es variado y severo. Así por
ejemplo, se considera vergonzoso: temer la muerte inevitable; pedir piedad al
enemigo; morir sin haber matado ningún enemigo; ser sorprendido en robo;
zozobrar la canoa en el puerto; temer salir al mar con tiempo tempestuoso;
desfallecer antes que los otros camaradas si sobreviene una escasez de
alimentos durante un viaje largo: manifestar codicia durante el reparto de la
presa -en cuyo caso, para avergonzar al camarada codicioso, los restantes le
ceden su parte. Se estima vergonzoso
también: divulgar un secreto público a su esposa; siendo dos en la caza, no
ofrecer la mejor parte de la presa al camarada; jactarse de sus hazañas, y
especialmente de las imaginadas; insultarse con malicia; también mendigar,
acariciar a su esposa en presencia de los otros y danzar con ella; comerciar
personalmente; toda venta debe ser hecha por medio de una tercera persona,
quien determina el precio. Se estima
vergonzoso para la mujer: no saber coser y, en general, cumplir torpemente
cualquier trabajo femenino; no saber danzar; acariciar a su esposo y a sus niños,
o hasta hablar con el esposo en presencia de extraños»
Tal es la moral de los aleutas, y una confirmación
mayor de los hechos podría ser tomada fácilmente de sus cuentos y
leyendas. Sólo agregaré que cuando
Venlaminof escribió sus Memorias (el
año 1840), entre los aleutas, que constituían una población de sesenta mil
hombres, en sesenta años hubo solamente un homicidio, y durante cuarenta años,
entre 1.800 aleutas no se produjo ningún delito criminal. Esto, por otra parte, no parecerá extraño si
se recuerda que todo género de querellas y expresiones groseras son
absolutamente desconocidas en la vida de los aleutas. Ni siquiera sus hijos pelean, y jamás se
insultan mutuamente de palabra. La
expresión más fuerte en sus labios son frases como: «Tu madre no sabe coser», o
«tu padre es tuerto».
Muchos rasgos de la vida de los salvajes continúan
siendo, sin embargo, un enigma para los europeos. En confirmación del elevado desarrollo de la
solidaridad tribal entre los salvajes y sus buenas relaciones mutuas, se podría
citar los testimonios más dignos de fe en la cantidad que se quiera. Y, sin embargo, no es menos cierto que estos
mismos salvajes practican el infanticidio, y que en algunos casos matan a sus
ancianos, y que todos obedecen ciegamente a la costumbre de la venganza de
sangre. Debemos, por esto, tratar de
explicar la existencia simultánea de los hechos que para la mente europea
parecen, a primera vista, completamente incompatibles.
Acabamos de mencionar cómo el aleuta ayunará días
enteros, y hasta semanas, entregando todo comestible a su niño; cómo la madre
bosquímana se hace esclava para no separarse de su hijo, y se podrían llenar
páginas enteras con la descripción de las relaciones realmente tiernas existentes entre los salvajes y
sus hijos. En los relatos de todos los
viajeros se encuentran continuamente hechos semejantes. En uno leéis sobre el tierno, amor de la
madre; en otro, el relato de un padre que corre locamente por el bosque,
llevando sobre sus hombros a un niño mordido por una serpiente; o algún
misionero narra la desesperación de los padres ante la pérdida de un niño, al
que ya habían salvado de ser llevado al sacrificio inmediatamente después de
haber nacido; o bien, os enteráis de que las madres «salvajes» amamantan
habitualmente a sus niños hasta el cuarto año de edad, y que en las islas de la
Nuevas Hébridas, en caso de la muerte de un niño especialmente querido, su
madre o tía se suicidan para cuidar a su amado en el otro mundo. Y así sin fin.
Hechos semejantes se citan en cantidad; y por ello,
cuando vemos que los mismos padres amantes practican el infanticidio, debemos
reconocer necesariamente que tal costumbre (cualesquiera que sean sus
ulteriores transformaciones) surgió bajo la presión directa de la necesidad,
como resultado del sentimiento de deber hacia la tribu, y para tener la
posibilidad de criar a los niños ya crecidos.
Hablando en general, los salvajes de ningún modo «se reproducen sin
medida», como expresan algunos escritores ingleses. Por lo contrario, toman todo género de
medidas para disminuir la natalidad.
Justamente con éste objeto existe entre ellos una serie completa de las
más diversas restricciones, que a los europeos indudablemente hasta les
parecerían molestas en exceso, y que son, sin embargo, severamente observadas
por los salvajes. Pero, con todo, los
pueblos primitivos no pueden criar a todos los niños que nacen, y entonces
recurren al infanticidio. Por otra
parte, ha sido observado más de una vez que si bien consiguen aumentar sus
recursos corrientes de existencia, en seguida dejan de recurrir a esta medida,
que, en general, los padres cumplen muy a disgusto, y en la primera posibilidad
recurren a todo género de compromisos con tal de conservar la vida de sus recién
nacidos. Como ha sido dicho ya por mi
amigo Elíseo Reclus en su hermoso libro sobre los salvajes, por desgracia
insuficientemente conocido, ellos inventan, por esta razón, los días de
nacimientos faustos y nefastos, para salvar siquiera la vida de los niños
nacidos en los días faustos; tratan de tal modo de posponer la ejecución
algunas horas y dicen después que si el niño ya ha vivido un día, está
destinado a vivir toda la vida. Oyen los
gritos de los niños pequeños como si vinieran del bosque, y aseguran que si se
oye tal grito anuncia desgracia para toda la tribu; y puesto que no tienen
nodrizas especiales ni casa de expósitos que los ayuden a deshacerse de los
niños, cada uno se estremece ante la idea de cumplir la cruel sentencia, y por
eso prefieren exponer al niño en el bosque, antes que quitarle la vida por un
medio violento. El infanticidio es
sostenido, de este modo, por la insuficiencia de conocimientos, y no por
crueldad; y en lugar de llenar a los salvajes con sermones, los misioneros
harían mucho mejor si siguieran el ejemplo de Venlaminof, quien todos los años,
hasta una edad muy avanzada, cruzaba el mar de Ojots en una miserable goleta
para visitar a los tunguses y kamchadales, o viajaba, llevado por perros, entre
los chukchis, aprovisionándolos de pan y utensilios para la caza. De tal modo consiguió realmente extirpar el
infanticidio.
Lo mismo es cierto, también, con respecto al
fenómeno que observadores superficiales llamaron parricidio. Acabamos de ver que la costumbre de matar a
los viejos no está de ningún modo tan extendida como la han referido algunos
escritores. En todos estos relatos hay
muchas exageraciones; pero es indudable que tal costumbre se encuentra
temporalmente entre casi todos los salvajes, y tales casos se explican por las
mismas razones que el abandono de los niños.
Cuando el viejo salvaje comienza a sentir que se convierte en una carga
para su tribu; cuando todas las mañanas ve que quitan a los niños la parte de
alimento que le toca -y los pequeños que no se distinguen por el estoicismo de
sus padres, lloran cuando tienen hambre-; cuando todos los días los jóvenes
tienen que cargarlo sobre sus hombros para llevarlo por el litoral pedregoso o
por la selva virgen, ya que los salvajes no tienen sillones con ruedas para
enfermos ni indigentes para llevar tales sillones entonces el viejo comienza a
repetir lo que hasta ahora repiten los campesinos viejos de Rusia: Chuyoi viék zaidaiu: pora na pokoi (literalmente:
vivo la vida ajena, es hora de irme a descansar). Y se van a descansar. Obra de la misma forma que obra un soldado,
en tales casos. Cuando la salvación de
un destacamento depende de su máximo avance, y el soldado no puede avanzar más,
y sabe que debe morir si queda rezagado, suplica a su mejor amigo que le preste
el último servicio antes de que el destacamento avance. Y el amigo descarga, con mano temblorosa, su
fusil en el cuerpo moribundo.
Así obran también los salvajes. El salvaje viejo pide la muerte; él mismo
insiste en el cumplimiento de este último deber suyo hacia su tribu. Recibe primero la conformidad de los miembros
de su tribu para esto. Entonces él mismo
se cava la fosa e invita a todos los congéneres a su último festín de
despedida. Así, en su momento, obró su
padre, ahora llególe su turno, y amistosamente se despide de todos, antes de
separarse de ellos. El salvaje, hasta
tal punto considera semejante muerte como el cumplimiento de un deber hacia su tribu, que no sólo se
rehúsa a que lo salven de la muerte (como refirió Moffat), sino que ni aun
reconoce tal liberación si llegara a realizarse. Así, cuando una mujer que debía morir sobre
la tumba de su esposo (en virtud del rito mencionado antes) fue salvada de la
muerte por los misioneros y llevada por ellos a una isla, huyó durante la
noche, atravesando a nado un amplio estrecho, y se presentó ante su tribu para
morir sobre la tumba. La muerte en tales
casos se hace para ellos una cuestión de religión. Pero, hablando en general, es tan repulsivo
para los salvajes verter sangre fuera de las batallas, que aun en estos casos
ninguno de ellos se encarga del homicidio, y por eso recurren, a toda clase de
medios indirectos que los europeos no comprendieron y que interpretaron de un
modo completamente falso. En la mayoría
de los casos dejan en el bosque al viejo que se ha decidido a morir, dándole
una porción de comida, mayor que la debida, de la provisión común. ¡Cuántas
veces las partidas exploradoras de las expediciones polares hubieron de obrar
exactamente del mismo modo cuando no tenían fuerzas para llevar a un camarada
enfermo! «Aquí tienes provisiones. Vive
todavía algunos días. Tal vez llegue de alguna parte una ayuda
inesperada».
Los sabios de Europa occidental, encontrándose ante
tales hechos, se muestran decididamente incapaces de comprenderlos; no pueden
reconciliarlos con los hechos que testimonian el elevado desarrollo de la moral
tribal, y por eso prefieren arrojar una sombra de duda sobre las observaciones
absolutamente fidedignas, referentes a la última, en lugar de buscar
explicación para la existencia paralela de un doble género de hechos: la
elevada moral tribal y, junto a ella, el homicidio de los padres muy ancianos y
los recién nacidos. Pero si los mismos
europeos, a su vez, refirieran a un salvaje que personas sumamente amables,
afectos a sus niños, y tan impresionables que lloran cuando ven en el escenario
de un teatro una desgracia imaginaria, viven en Europa al lado de zaquizamíes
donde los niños mueren simplemente por insuficiencia de alimentos, entonces el
salvaje tampoco los comprendería.
Recuerdo cuán vagamente me empeñé en explicar a mis amigos tunguses
nuestra civilización construida sobre el individualismo; no me comprenden y
recurrían a las conjeturas más fantásticas.
El hecho es que el salvaje educado en las ideas de solidaridad tribal,
practicada en todas las ocasiones, malas y buenas, es tan exactamente incapaz
de comprender al europeo «moral» que no tiene ninguna idea de tal solidaridad,
como el europeo medio es incapaz de comprender al salvaje. Además, si nuestro sabio tuviera que vivir
entre una tribu semihambrienta de salvajes, cuyo alimento total disponible no
alcanzara para alimentar algunos días a un hombre, entonces comprendería quizá
qué es lo que guía a los salvajes en sus actos.
Del mismo modo, si un salvaje viviera entre nosotros y recibiera nuestra
"educación", quizá comprendiera la insensibilidad europea hacia
nuestros semejantes y esas comisiones reales que se ocupan de la cuestión de la
prevención de las diversas formas legales de homicidio que se practican en
Europa. «En casa de piedra, los corazones se vuelven de piedra», dicen los campesinos
rusos; pero el «salvaje» tendría que haber vivido primero en una casa de
piedra.
Observaciones semejantes podrían hacerse también
respecto a la antropofagia. Si se toman
en cuenta todos los hechos que fueron dilucidados recientemente, durante la
consideración de este problema, en la Sociedad Antropológica de París, y
también muchas observaciones casuales diseminadas en la literatura sobre los
«salvajes», estaremos obligados a reconocer que la antropofagia fue provocada
por la necesidad apremiante; y que sólo bajo la influencia de los prejuicios y
de la religión se desarrolló hasta alcanzar las proporciones espantosas que
alcanzó en las islas de Fiji y en México, sin ninguna necesidad, cuando se
convirtió en un rito religioso.
Es sabido que hasta la época presente muchas tribus
de salvajes suelen verse obligadas, de tiempo en tiempo, a alimentarse con
carroña casi en completo estado de putrefacción, y en casos de carencia
completa de alimentos, algunas tuvieron que violar sepulturas y alimentarse con
cadáveres humanos, aun en épocas de epidemia.
Tales hechos son completamente fidedignos. Pero si nos trasladamos mentalmente a las
condiciones que tuvo que soportar el hombre durante el período glacial, en un
clima húmedo y frío, no teniendo a su disposición casi ningún alimento vegetal;
si tenemos en cuenta las terribles devastaciones producidas aún hoy por el
escorbuto entre los pueblos semisalvajes hambrientos y recordamos que la carne
y la sangre fresca eran los únicos medios conocidos por ellos para
fortificarse, deberemos admitir que el hombre, que fue primeramente un animal
granívoro, se hizo carnívoro, con toda probabilidad, durante el período
glacial, en que desde el norte avanzaba lentamente una capa enorme de hielo, y con
su hálito frío, agotaba toda la vegetación.
Naturalmente, en aquellos tiempos probablemente
había abundancia de toda clase de bestias; pero es sabido que en las regiones
árticas las bestias a menudo emprenden grandes migraciones, y a veces
desaparecen por completo durante algunos años de un territorio
determinado. Con el avance. de la capa
glacial las bestias, evidentemente, se alejaron hacia el sur, como lo hacen
ahora los corzos, que huyen, en caso de grandes nevadas, de la orilla norte del
Amur a la meridional. En tales casos, el hombre se veía privado de los últimos
medios de subsistencia. Sabemos, además,
que hasta los europeos, durante duras experiencias semejantes, recurrieron a la
antropofagia; no es de extrañar que recurrieran a ella también los salvajes. Hasta en la época presente suelen verse
obligados, temporalmente. a devorar los cadáveres de sus muertos, y en épocas
anteriores, en tales casos, se veían obligados a devorar también a los
moribundos. Los ancianos morían entonces
convencidos de que con su muerte prestaban el último servicio a su tribu. He aquí por qué algunas tribus atribuyen al
canibalismo origen divino, representándolo como algo sugerido por orden de un
enviado del cielo.
Posteriormente, la antropofagia perdió el carácter
de necesidad y se convirtió en una «supervivencia» supersticiosa. Necesario era devorar a los enemigos para
heredar su coraje; luego, en una época posterior, con ese propósito sólo se
devoraba el corazón del enemigo o sus ojos.
Al mismo tiempo, en otras tribus, en las que se había desarrollado un
clero numeroso y elaborado una mitología compleja, se inventaron dioses
malignos, sedientos de sangre humana, y los sacerdotes exigieron sacrificios
humanos para apaciguar a los dioses. En
esta fase religiosa de su existencia, el canibalismo alcanzó su forma más
repulsiva. México es bien conocido en
este sentido como ejemplo, y en las Fiji, donde el rey podía devorar a
cualquiera de sus súbditos, encontramos también una casta poderosa de
sacerdotes, una compleja teología y un desarrollo complejo del poder ilimitado
de los reyes. De tal modo el canibalismo,
que nació por la fuerza de la necesidad, se convirtió en un período posterior
en institución religiosa, y en esta forma existió durante mucho tiempo, después
de haber desaparecido, hacía mucho, entre tribus que indudablemente lo
practicaban en épocas anteriores, pero que no alcanzaron la forma religiosa de
desarrollo. Lo mismo puede decirse con
respecto al infanticidio y al abandono de los padres muy ancianos a los
caprichos de la suerte. En algunos casos
estos fenómenos se mantuvieron también como supervivencia de tiempos antiguos,
en forma de tradición conservada religiosamente.
Finalmente, citaré aquí todavía una costumbre
extraordinariamente importante y generalizada que ha dado motivo, en la
literatura, a las conclusiones más erróneas.
Me refiero a la costumbre de la venganza de sangre. Todos los salvajes están convencidos de que
la sangre vertida debe ser vengada con sangre.
Si alguien ha sido herido y su sangre vertida, entonces la sangre del
que produjo la herida también debe ser vertida.
No se admite excepción alguna a esta regla; se extiende hasta a los
animales; si un cazador ha vertido sangre -matando a un oso o a una ardilla-,
su sangre debe ser vertida a su vuelta de la caza. Tal es la concepción que hasta ahora se
conserva en la Europa occidental con respecto al homicidio.
Mientras el ofensor y el ofendido pertenecen a la
misma tribu, el asunto se resuelve muy simplemente: la tribu y las personas
afectadas resuelven por sí mismas el asunto.
Pero cuando el delincuente pertenece a otra tribu, y esta tribu, por
cualquier razón, se rehúsa a dar satisfacción, entonces la tribu ofendida se
encarga de la venganza. Los hombres
primitivos conciben los actos de cada uno en particular como asuntos de toda su
tribu, que han recibido la aprobación de ella y, por eso, estiman a toda la tribu
responsable de los actos de cada uno de sus miembros. Debido a esto, la venganza puede caer sobre
cualquier miembro de la tribu a que pertenece el ofensor. Pero a menudo sucede
que la venganza ha sobrepasado a la ofensa.
Con intención de producir sólo una herida, los vengadores pudieron matar
al ofensor o herirlo más gravemente de lo que habían supuesto; entonces se
produce una nueva ofensa, de la otra parte, que exige una nueva venganza
tribal; el asunto se prolonga de este modo, sin fin. Y, por eso, los primitivos legisladores
establecían muy cuidadosamente los límites exactos del desquite: ojo por ojo,
diente por diente y sangre por sangre. Pero, ¡no más! Es notable, sin embargo,
que en la mayoría de los pueblos primitivos, semejantes casos de venganza de
sangre son incomparablemente más raros de lo que se podría esperar, a pesar de
que en ellos alcanzan un desarrollo completamente anormal, especialmente entre
los montañeses, arrojados a la montaña por los inmigrantes extranjeros, como,
por ejemplo, en los montañeses del Cáucaso y especialmente entre los dayacos en
Borneo. Entre los dayacos -según las
palabras de algunos viajeros contemporáneos- se habría llegado a tal punto que
un hombre joven no puede casarse ni ser declarado mayor de edad antes de haber
traído siquiera una cabeza de enemigo.
Así, por lo menos, refirió con todos los detalles cierto Carl Bock.
Parece, sin embargo, que los informes publicados al respecto son exagerados en
extremo. En todo caso, lo que los
ingleses llaman «cazar cabezas» se presenta bajo una luz completamente distinta
cuando nos enteramos que el supuesto «cazador» de ningún modo «caza», y ni
siquiera se guía por un sentimiento personal de venganza. Obra de acuerdo con lo que estima una
obligación moral hacia su tribu, y por eso obra lo mismo que el juez europeo,
que obedeciendo evidentemente al mismo principio falso: «sangre por sangre»,
entrega al condenado por él en manos del verdugo. Ambos -tanto el dayaco como nuestro juez
experimentarían hasta remordimiento de conciencia si por un sentimiento de
compasión perdonaran al homicida. He
aquí por qué los dayacos, fuera de esta esfera de los homicidios cometidos bajo
la influencia de sus concepciones de la justicia, son, según el testimonio
ecuánime de todos los que los conocen bien, un pueblo extraordinariamente
simpático. El mismo Carl Bock, que hizo
tan terrible pintura de la «caza de cabezas», escribe:
«En cuanto a la moral de los dayacos, debo
asignarles el elevado lugar que merecen en el concierto de los otros pueblos...
El pillaje y el robo son completamente desconocidos entre ellos. Se distinguen también por una gran
veracidad... Si no siempre llegué a obtener de ellos 'toda la verdad', sin
embargo, nunca les oí decir nada salvo la verdad. Por desgracia, no se puede decir lo mismo de
los malayos»... (págs. 209 y 210).
El testimonio de Bock es corroborado totalmente por
Ida Pfeiffer: «comprendí plenamente -escribió ésta- que continuaría con placer
viajando entre ellos. Generalmente los
hallaba honestos, buenos y modestos... en grado bastante mayor que cualquiera
de los otros pueblos que yo conocía».
Stoltze, hablando de los dayacos, usa casi las mismas expresiones. Habitualmente los dayacos no tienen más que
una sola esposa, y la tratan bien. Son
muy sociables, y todas las mañanas el clan entero va en partidas numerosas a
pescar, a cazar o a realizar sus labores de huerta. Sus aldeas se componen de grandes chozas, en
cada una de las cuales se alojan alrededor de una docena de familias, y a veces
un centenar de hombres, y todos ellos viven entre sí muy pacíficamente. Con gran respeto tratan a sus esposas Y aman
mucho a sus hijos; cuando alguno enferma, las mujeres lo cuidan por turno. En general, son muy moderados en la comida y
en la bebida. Tales son los dayacos en
su vida cotidiana real.
Citar más ejemplos de la vida de los salvajes
significaría solamente repetir, una y otra vez, lo que se ha dicho ya. Dondequiera que nos dirijamos, hallamos por
doquier las mismas costumbres sociales, el mismo espíritu comunal. Y cuando tratamos de penetrar en las
tinieblas de los siglos pasados, vemos en ellos la misma vida tribal, y las
mismas uniones de hombres, aunque muy primitivas, para el apoyo mutuo. Por esto Darwin tuvo perfecta razón cuando
vio en las cualidades sociales de los hombres la principal fuerza activa de su
desarrollo máximo, y los expositores de Darwin de ningún modo tienen razón
cuando afirman lo contrario.
«La debilidad comparativa del hombre y la poca
velocidad de sus movimientos -escribió-, y también la insuficiencia de sus
armas naturales, etcétera, fueron más que compensadas en primer lugar por sus
facultades mentales (las que, como observó Darwin en otro lugar, se
desarrollaron principalmente, o casi exclusivamente, en interés de la
sociedad); y en segundo lugar, por sus cualidades
sociales, en virtud de las cuales prestó ayuda. »
En el siglo XVIII estaba en boga idealizar «a los
salvajes» y la «vida en estado natural».
Ahora los hombres de ciencia han caído en el extremo opuesto, en
especial desde que algunos de ellos, pretendiendo demostrar el origen animal
del hombre, pero no conociendo la sociabilidad de los animales, comenzaron a
acusar a los salvajes de todas las inclinaciones «bestiales» posibles e
imaginables. Es evidente, sin embargo,
que tal exageración es más científica que la idealización de Rousseau. El hombre primitivo no puede ser considerado
como ideal de virtud ni como ideal de «salvajismo». Pero tiene una cualidad elaborada y
fortificada por las mismas condiciones de su dura lucha por la existencia:
identifica su propia existencia con la vida de su tribu; y, sin esta cualidad,
la humanidad nunca hubiera alcanzado el nivel en que se encuentra ahora.
Los hombres primitivos, como hemos dicho antes,
hasta tal punto identifican su vida con la vida de su tribu, que cada uno de
sus actos, por más insignificante que sea en si mismo, se considera como un
asunto de toda la tribu. Toda su
conducta está regulada por una serie completa de reglas verbales de decoro, que
son fruto de su experiencia general, con respecto a lo que debe considerarse
bueno o malo; es decir, beneficioso o pernicioso para su propia tribu. Naturalmente, los razonamientos en que están
basadas estas reglas de decencia suelen ser, a veces, absurdos en extremo. Muchos de ellos tienen su principio en las
supersticiones. En general, haga lo que
haga un salvaje sólo ve las consecuencias más inmediatas de sus hechos; no
puede prever sus consecuencias indirectas y más lejanas; pero en esto sólo
exageran el error que Bentham reprochaba a los legisladores civilizados. Podemos encontrar absurdo el derecho común de
los salvajes, pero obedecen a sus prescripciones, por más que les sean
embarazosas. Las obedecen más ciegamente
aún de lo que el hombre civilizado obedece las prescripciones de sus
leyes. El derecho común del salvaje es
su religión; es el carácter mismo de su vida.
La idea del clan está siempre presente en su mente; y por eso las
autolimitaciones y el sacrificio en interés del clan es el fenómeno más
cotidiano. Si el salvaje ha infringido
algunas de las reglas menores establecidas por su tribu, las mujeres lo
persiguen con sus burlas. Si la
infracción tiene carácter más serio, lo atormenta entonces, día y noche, el
miedo de haber atraído la desgracia sobre toda su tribu, hasta que la tribu lo
absuelve de su culpa. Si el salvaje
accidentalmente ha herido a alguien de su propio clan, y de tal modo ha
cometido el mayor de los delitos, se convierte en hombre completamente
desdichado: huye al bosque y está dispuesto a terminar consigo si la tribu no
lo absuelve de la culpa, provocándole algún dolor físico o vertiendo cierta
cantidad de su propia sangre. Dentro de
la tribu todo es distribuido en común; cada trozo de alimento, como hemos
visto, se reparte entre los presentes; hasta en el bosque el salvaje invita a
todos los que desean compartir su comida.
Hablando con más brevedad, dentro de la tribu, la
regla: «cada uno para todos», reina incondicionalmente hasta que el surgimiento
de la familia separada empieza a perturbar la unidad tribal. Pero esta regla no se extiende a los clanes o
tribus vecinas, ni siquiera si se han aliado para la defensa mutua. Cada tribu o clan representa una unidad
separada. Así como entre los mamíferos y
las aves, el territorio no queda indiviso, sino que es repartido entre familias
separadas, del mismo modo se le distribuye entre las tribus separadas y,
exceptuando épocas de guerra, estos límites se observan religiosamente. Al penetrar en territorio vecino, cada uno
debe mostrar que no tiene malas intenciones; cuanto más ruidosamente anuncia su
aproximación, tanto más goza de confianza; si entra en una casa, debe entonces
dejar su hacha a la entrada. Pero
ninguna tribu está obligada a compartir sus alimentos con otras tribus; libre
es de hacerlo o no. Debido a esto, toda
la vida del hombre primitivo se descompone en dos géneros de relaciones, y debe
ser considerada desde dos puntos de vista éticos: las relaciones dentro de la
tribu y las relaciones fuera de ella; y (como nuestro derecho internacional) el
derecho «intertribal» se diferencia mucho del derecho tribal común. Debido a esto, cuando se llega hasta la
guerra entre dos tribus, las crueldades más indignantes hacia el enemigo pueden
ser consideradas como algo merecedor del mayor elogio.
Tal doble concepción de la moral atraviesa, por otra
parte, todo el desarrollo de la humanidad, y se ha conservado hasta los tiempos
presentes. Nosotros, europeos, hemos
hecho algo -no mucho, en todo caso- para apartamos de esta doble moral; pero
necesario es, también, decir que si hasta un cierto grado hemos extendido
nuestras ideas de solidaridad -por lo menos en teoría- a toda la nación, y a
veces también a otras naciones, al mismo tiempo hemos debilitado los lazos de
solidaridad dentro de nuestra nación y hasta dentro de nuestra misma familia.
La aparición de las familias separadas dentro del
clan perturbó de manera inevitable la unidad establecida. La familia aislada conduce, inevitablemente,
a la propiedad privada y a la acumulación de riqueza personal. Hemos visto, sin embargo, cómo los esquimales
tratan de obviar los inconvenientes de este nuevo principio en la vida tribal.
En un desarrollo más avanzado de la humanidad, la
misma tendencia toma nuevas formas: y seguir las huellas de las diferentes
instituciones vitales (las comunas aldeanas, guildas, etc.), con ayuda de las
cuales las masas populares se empeñaron en mantener la unidad tribal, a pesar
de las influencias que se habían empeñado en destruirla, constituiría una de
las investigaciones más instructivas.
Por otra parte, los primeros rudimentos de conocimientos aparecidos en
épocas extremadamente lejanas, en que se confundían con la hechicería, también
se hicieron en manos del individuo una fuerza que podía dirigirse contra los
intereses de la tribu. Estos rudimentos
de conocimientos se conservaban entonces en gran secreto, y se transmitían
solamente a los iniciados en las sociedades secretas de hechiceros, shamanes y
sacerdotes que encontramos en todas las tribus decididamente primitivas. Además, al mismo tiempo, las guerras e
incursiones creaban el poder militar y también la casta de los guerreros, cuyas
asociaciones y «clubs» poco a poco adquirieron enorme fuerza. Pero con todo, nunca, en ningún período de la
vida de la humanidad, las guerras fueron la condición normal de la vida. Mientras los guerreros se destruían entre sí,
y los sacerdotes glorificaban estos homicidios, las masas populares proseguían
llevando la vida cotidiana y haciendo su trabajo habitual de cada día. Y seguir esta vida de la masa, estudiar los
métodos con cuya ayuda mantuvieron su organización social, basada en sus
concepciones de la igualdad, de la ayuda mutua y del apoyo mutuo -es decir, su
derecho común-, aun entonces, cuando estaban sometidos a la teocracia o
aristocracia más brutal en el gobierno, estudiar esta faz del desarrollo de la
humanidad es muy importante actualmente para una verdadera ciencia de la vida.
CAPITULO IV
LA AYUDA MUTUA ENTRE
LOS BARBAROS
Al estudiar a los hombres primitivos es imposible dejar de admirarse
del desarrollo de la sociabilidad que el hombre evidenció desde los
primerísimos pasos de su vida. Se han
hallado huellas de sociedades humanas en los restos de la edad de piedra, tanto
neolítica como paleolítica; y cuando comenzamos a estudiar a los salvajes
contemporáneos, cuyo modo de vida no se distingue del modo de vida del hombre
neolítico, encontramos que estos salvajes están ligados entre sí por una
organización de clan extremadamente antigua que les da posibilidad de unir sus
débiles fuerzas individuales, gozar de la vida en común y avanzar en su
desarrollo. El hombre, de tal modo, no
constituye una excepción en la naturaleza.
También él está sujeto al gran principio de la ayuda mutua, que asegura
las mejores oportunidades de supervivencia sólo a quienes mutuamente se prestan
al máximo apoyo en la lucha por la existencia.
Tales son las conclusiones a que hemos llegado en el capítulo
precedente.
Sin embargo, no bien pasamos a un grado más elevado de desarrollo y
recurrimos a la historia, que ya puede decirnos algo acerca de este grado,
suelen consternarnos las luchas y los conflictos que esta historia nos
descubre. Los viejos lazos parecen estar
completamente rotos. Las tribus luchan
contra las tribus, unos clanes contra otros, los individuos entre sí, y, de
este choque de fuerzas hostiles, sale la humanidad dividida en castas,
esclavizada por los déspotas, despedazada en estados separados que siempre
están dispuestos a guerrear el uno contra el otro. Y he aquí que, hojeando tal historia de la
humanidad, el filósofo pesimista llega triunfante a la conclusión de que la
guerra y la opresión son la verdadera esencia de la naturaleza humana; que los
instintos guerreros y de rapiña del hombre pueden ser, dentro de determinados
límites, refrenados sólo por alguna autoridad poderosa que, por medio de la
fuerza, estableciera la paz y diera de tal modo a algunos pocos hombres nobles
la posibilidad de preparar una vida mejor para la humanidad del futuro.
Sin embargo, basta someter a un examen más cuidadoso la vida cotidiana
del hombre durante el período histórico, como han hecho en los últimos tiempos
muchos investigadores serios de las instituciones humanas, v esta vida
inmediatamente adquiere un tinte completamente distinto. Dejando de lado las
ideas preconcebidas de la mayoría de los historiadores, y su evidente
predilección por la parte dramática de la vida humana, vemos que los mismos
documentos que aprovechan ellos habitualmente son, por su esencia tales, que
exageran la parte de la vida humana que se entregó a la lucha y no aprecian
debidamente el trabajo pacífico de la humanidad. Los días claros y soleados se pierden de
vista por obra de las descripciones de las tempestades y de los terremotos.
Aun en nuestra época, los voluminosos anales que almacenamos para el
historiador futuro en nuestra prensa, nuestros juzgados, nuestras instituciones
gubernamentales y hasta en nuestras novelas, cuentos, dramas y en la poesía,
padecen de la misma unilateralidad.
Transmiten a la posteridad las descripciones más detalladas de cada
guerra, combate y conflicto, de cada discusión y acto de violencia; conservan
los episodios de todo género de sufrimientos personales; pero en ellos apenas
se conservan las huellas precisas de los numerosos actos de apoyo mutuo y de
sacrificio que cada uno de nosotros conoce por experiencia propia; en ellos
casi no se presta atención a lo que constituye la verdadera esencia de nuestra
vida cotidiana, a nuestros instintos y costumbres sociales. No es de asombrarse por esto si los anales de
los tiempos pasados se han mostrado tan imperfectos. Los analistas de la antigüedad inscribieron
invariablemente en sus crónicas todas las guerras menudas y todo género de
calamidades que sufrieron sus contemporáneos; pero no prestaron atención alguna
a la vida de las masas populares, a pesar de que justamente las masas se
dedicaban, sobre todo, al trabajo pacífico, mientras que la minoría se
entregaba a las excitaciones de la lucha.
Los poemas épicos, las inscripciones de los monumentos, los tratados de
paz, en una palabra, casi todos los documentos históricos, tienen el mismo
carácter; tratan de las perturbaciones de la paz y no de la paz misma. Debido a esto, aun aquellos historiadores que
procedieron al estudio del pasado con las mejores intenciones,
inconscientemente trazaron una imagen mutilada de la época que trataban de
presentar; y para restablecer la relación real entre la lucha y la unión que
existía en la vida, debemos ocuparnos ahora del análisis de los hechos pequeños
y de las indicaciones débiles que fueron conservadas accidentalmente en los
monumentos del pasado, y explicarlos con ayuda de la etnología
comparativa. Después de haber oído tanto
sobre lo que dividía a los hombres, debemos reconstruir, piedra a piedra, las
instituciones que los unían.
Probablemente no está ya lejana la época en que se habrá de escribir
nuevamente toda la historia de la humanidad en un nuevo sentido, tomando en
cuenta ambas corrientes de la vida humana ya citada y apreciando el papel que cada una de ellas ha desempeñado en el desarrollo de la humanidad. Pero, mientras esto no ha sido todavía
hecho, podemos ya aprovechar el enorme trabajo preparatorio realizado en los
últimos años y que nos da la posibilidad de reconstruir, aún en líneas
generales, la segunda corriente, que ha sido descuidada durante mucho
tiempo. De períodos de la historia que
están mejor estudiados, podemos esbozar algunos cuadros de la vida de las masas
populares y mostrar qué papel ha desempeñado en ellas, durante estos períodos,
la ayuda mutua. Observaré que, en bien
de la brevedad, no estamos obligados a empezar indefectiblemente por la
historia egipcia, ni siquiera griega o romana, porque en realidad la evolución
de la humanidad no ha tenido el carácter de una cadena ininterrumpida de,
sucesos. Algunas veces sucedió que la
civilización quedaba interrumpida en cierto lugar, en cierta raza, y comenzaba
de nuevo en otro lugar, en medio de otras razas. Pero, todo nuevo surgimiento comenzaba
siempre desde la misma organización tribal que acabamos de ver en los
salvajes. De modo que si tomamos la
última forma de nuestra civilización actual -desde la época en que empezó de
nuevo en los primeros siglos de nuestra era, entre aquellos pueblos que los
romanos llamaron «bárbaros»- tendremos una gama completa de la evolución,
empezando por la organización tribal y terminando por las instituciones de
nuestra época. A estos cuadros estarán
consagradas las páginas siguientes.
Los hombres de ciencia aún no se han puesto de acuerdo sobre las
causas que, hace alrededor de dos mil años, movieron a pueblos enteros de Asia
a Europa y provocaron las grandes migraciones de los bárbaros que pusieron fin
al imperio romano de Occidente. Sin
embargo, se presenta de modo natural al geógrafo una causa posible, cuando
contempla las ruinas de las que fueron otrora ciudades densamente pobladas de
los desiertos actuales de Asia Central, o bien sigue los viejos lechos de ríos
ahora desaparecidos, y los restos de lagos que otrora fueron enormes y que
ahora quedaron reducidos casi a las dimensiones de pequeños estanques. La causa es la desecación: una desecación reciente que continúa todavía, con
rapidez que antes considerábamos imposible admitir. Contra semejantes fenómeno, el hombre no pudo
luchar. Cuando los habitantes de
Mongolia occidental y de Turquestán oriental vieron que el agua se les iba, no
les quedó otra salida que descender a lo largo de los amplios valles que
conducen a las tierras bajas y presionar hacia el oeste a los habitantes de
estas tierras. Tribu tras tribu, de tal
modo, fueron desplazadas hacia Europa, obligando a las otras tribus a ponerse
en movimiento una y otra vez durante una serie entera de siglos; hacia el
Oeste, o de vuelta al Este, en busca de nuevos lugares de residencia más o
menos permanente. Las razas se
mezclaron, durante estas migraciones; los aborígenes con los inmigrantes, los arios
con los uralaltaicos; y no seria nada asombroso, si las instituciones sociales
que los unían en sus patrias, se desplomaran completamente durante esta
estratificación de razas distintas que se realizaba entonces en Europa y Asia.
Pero estas instituciones no fueron destruidas; sólo sufrieron la
transformación que requerían las nuevas condiciones de vida.
La organización social de los teutones, celtas, escandinavos, eslavos
y otros pueblos, cuando por primera vez entró en contacto con los romanos, se
encontraba en estado de transición. Sus
uniones tribales, basadas en la comunidad de origen real o supuesta, sirvieron
para unirlos durante muchos milenios.
Pero semejantes uniones respondieron a su fin sólo hasta que aparecieron dentro del clan mismo las
familias separadas. Sin embargo, en
virtud de las razones expuestas más arriba, las familias patriarcales
separadas, lenta, pero inconteniblemente, se formaban dentro de la organización
tribal y su aparición, al final de cuentas, evidentemente condujo a la
acumulación de riquezas y de poder, a su
transmisión hereditaria en la familia y a la descomposición del clan. Las migraciones frecuentes y las guerras que
las acompañaban sólo pudieron apresurar la desintegración de los clanes en
familias separadas, y la dispersión de las tribus durante las migraciones y su
mezcla con los extranjeros constituían exactamente las condiciones con las que
se facilitó la desintegración de las uniones anteriores basadas sobre lazos de
parentesco. A los bárbaros -es decir,
aquellas tribus que los romanos llamaron «bárbaros» y que, siguiendo las
clasificaciones de Morgan, llamaré con ese mismo nombre para diferenciarlos de
las tribus más primitivas, de los llamados «salvajes»- se presentaba de tal
modo una disyuntiva: dejar su clan y disolverse en grupos de familias
débilmente unidas entre, sí, de las cuales, las familias más ricas
(especialmente aquellas en quienes las riquezas se unían a las funciones del
sacerdocio o a la gloria militar) se adueñarían del poder sobre los otros; o
bien buscar alguna nueva forma de estructura social fundada sobre algún
principio nuevo.
Muchas tribus fueron impotentes para oponerse a la desintegración: se
dispersaron y perdiéronse para la historia.
Pero las tribus más enérgicas no se dividieron; salieron de la prueba
elaborando una estructura social nueva: la comuna aldeana, que continuó
uniéndolas durante los quince siglos siguientes, o más aún. En ellas se elaboró la concepción del territorio común, de la tierra adquirida y defendida con sus
fuerzas comunes, y esta concepción ocupó el lugar de la concepción del origen
común, que ya se extinguía. Sus dioses
perdieron paulatinamente su carácter de ascendientes
y recibieron un nuevo carácter local, territorial. Se convirtieron en divinidades o,
posteriormente, en patronos de un cierto lugar.
La «tierra» se identificaba con los habitantes. En lugar de las uniones anteriores por la
sangre, crecieron las uniones territoriales, y esta nueva estructura
evidentemente ofrecía muchas ventajas en determinadas condiciones. Reconocía la independencia de la familia y
hasta aumentaba esta independencia, puesto que la comuna aldeana renunciaba a
todo derecho a inmiscuirse en lo que ocurría dentro de la familia misma; daba
también una libertad considerablemente mayor a la iniciativa personal; no era
un principio hostil a la unión entre
personas de origen distinto, y además, mantenía la cohesión necesaria en los
actos y en los pensamientos de los miembros de la comunidad; y, finalmente, era
lo bastante fuerte para oponerse a las tendencias de dominio de la minoría,
compuesta de hechiceros, sacerdotes y guerreros profesionales o distinguidos
que pretendían adueñarse del poder.
Debido a esto, la nueva organización se convirtió en la célula primitiva
de toda vida social futura; y en muchos pueblos, la comuna aldeana conservó
este carácter hasta el presente.
Ya es sabido ahora -y apenas se discute- que la comuna aldeana de
ningún modo ha sido rasgo característico de los eslavos o de los antiguos
germanos. Estaba extendida en
Inglaterra, tanto en el período sajón como en. el normando, y se conservó en
algunos lugares hasta el siglo diecinueve; fue la base de la organización
social de la antigua Escocia, la antigua Irlanda y el antiguo Gales. En Francia, la posesión común y la división
comunal de la tierra arable por la asamblea aldeana se conservó desde los primeros
siglos de nuestra era hasta la época de Turgut, que halló las asambleas
comunales «demasiado ruidosas» y por ello comenzó a destruirlas. En Italia, la comuna sobrevivió al dominio
romano y renació después de la caída del imperio romano. Fue regla general entre los escandinavos,
eslavos, fineses (en la pittüyü, y
probablemente en la kihlakunta), los
cures y los lives. La comuna aldeana en
la India -pasada y presente, aria y no aria- es bien conocida gracias a los
trabajos de sir Henry Maine, que han hecho época en este dominio; y Elphistone
la describió en los afganos. La
encontramos también en el ulus mogol, en la cabila thaddart, en la dessa
javanesa, en la kota o tofa malaya y, bajo diferentes
designaciones, en Abisinia, Sudán, en el interior de Africa, en las tribus
indígenas de ambas Américas, y en todas las tribus, pequeñas y grandes, de las
islas del océano Pacífico. En una
palabra, no conocemos ninguna raza humana, ningún pueblo, que no hubiera pasado
en determinado periodo por la comuna aldeana.
Ya este solo hecho refuta la teoría según la cual se trató de
representar a la comuna aldeana de Europa como un producto de la
servidumbre. Se formó mucho antes que la
servidumbre y ni siquiera la sumisión servil pudo destruirla. Ella constituye una fase general del
desarrollo del género humano, un renacimiento natural de la organización
tribal, por lo menos en todas las tribus que desempeñaron o desempeñan hasta la
época presente algún papel en la historia.
La comuna aldeana constituía una institución crecida naturalmente, y
por ello no podía ser de estructura completamente uniforme. Hablando en general, era una unión de
familias que se consideraban originarias de una raíz común y que poseían en
común una cierta tierra. Pero en algunas
tribus, en circunstancias determinadas, las familias crecieron
extraordinariamente antes de que de ellas brotaran nuevas familias; en tales
casos, cinco, seis o siete generaciones continuaron viviendo bajo un techo o
dentro de un recinto, poseyendo en común el cultivo y el ganado, y reuniéndose
para la comida ante un hogar común.
Entonces se formó lo que se conoce en la etnología con el nombre de
«familia indivisa- o «economía doméstica indivisa», que nosotros hallamos aún
ahora en toda la China, en la India, en la zadruga
de los eslavos meridionales y, ocasionalmente, en Africa, América,
Dinamarca, Rusia septentrional, en Siberia (las semieskie), y en Francia occidental. En otros pueblos, o en otras circunstancias
que todavía no están determinadas con precisión, las familias no alcanzaron tan
grandes proporciones; los nietos, y a veces también los hijos, salían del hogar
inmediatamente después de contraer matrimonio, y cada uno de ellos asentaba el
principio de su propia célula. Pero
tanto las familias divididas como las indivisas, tanto las que se establecieron
juntas como las que se establecieron diseminadas por los bosques, todas ellas
se unieron en comunas aldeanas. Algunas
aldeas se unieron en clanes, o tribus, y algunas tribus en uniones o
federaciones. Tal era la organización,
social que se desarrolló entre los así llamados bárbaros cuando empezaron a
asentarse en residencias más o menos permanentes en Europa. Necesario es recordar, sin embargo, que las
palabras «bárbaros» y «período bárbaro» se emplean aquí siguiendo a Morgan y
otros antropólogos -investigadores de la vida de las sociedades humanas-
exclusivamente para designar el período de la comuna aldeana que siguió a la organización tribal, hasta la formación de los
Estados contemporáneos.
Una larga evolución fue necesaria para que el clan llegara a reconocer
dentro de él la existencia separada de la familia patriarcal que vivía en una
choza separada; pero, sin embargo, aun después de tal reconocimiento, el clan,
hablando en general, todavía no reconocía la herencia personal de la
propiedad. Bajo la organización tribal,
las pocas cosas que podían pertenecer a un individuo se destruían sobre su
tumba o se enterraban junto a él. La
comuna aldeana, por lo contrario, reconocía plenamente la acumulación privada
de riquezas dentro de la familia, y su transmisión hereditaria. Pero la riqueza se extendía exclusivamente en
forma de bienes muebles, incluyendo
en ellos el ganado, los instrumentos y la vajilla, las armas, y la
casa-habitación que, «como todas las cosas que podían ser destruidas por el
fuego», se contaban en esa misma categoría. En cuanto a la propiedad privada
territorial, la comuna aldeana no reconocía y no podía reconocer nada
semejante, y hablando en general, no reconoce tal género de propiedad tampoco
ahora. La tierra era propiedad común de
todo el clan o de la tribu entera y la misma comuna aldeana poseía su parte de
territorio tribal, sólo hasta donde el clan o la tribu no es posible establecer
aquí límites precisos no hallaba necesaria una nueva distribución de las
parcelas aldeanas.
Puesto que el desbroce de la tierra boscosa, y el desmonte de las
tierras vírgenes, en la mayoría de los casos, eran realizados por toda la
comuna o, por lo menos, por el trabajo conjunto de varias familias -siempre con
el consentimiento de la comuna- las parcelas vueltas a limpiar pasaban a ser de
cada familia por cuatro, doce, veinte años, después de lo cual, se consideraban
ya como parte de la, tierra arable perteneciente a toda la comuna. La propiedad privada o el dominio «perpetuo»
de la tierra era también incompatible con las concepciones fundamentales de las
ideas religiosas de la comuna aldeana, como antes eran incompatibles con las
concepciones de clanes; de modo que fue necesaria la influencia prolongada del
derecho romano y de la iglesia cristiana, que asimiló presto las leyes de la
Roma pagana, para acostumbrar a los bárbaros a la practicabilidad de la
propiedad privada territorial. Pero, aun
entonces, cuando la propiedad privada o el dominio por tiempo, indeterminado
fue reconocido, el propietario de una parcela separada seguía siendo, al mismo
tiempo, copropietario de una parcela de los bosques y de las dehesas
comunes. Además, vemos continuamente, en
especial en la historia de Rusia, que cuando varias familias, actuando
completamente por separado, habían tomado posesión de alguna tierra
perteneciente a las tribus que consideraban como extranjeras, las familias de
los usurpadores se unían en seguida entre sí y formaban una comuna aldeana que,
en la tercera o cuarta generación, ya creía en la comunidad de su origen. Siberia está llena hasta ahora de tales
ejemplos.
Una serie completa de instituciones, en parte heredadas del período tribal, empezó entonces a elaborarse sobre esta base del dominio
común de la tierra, y continuó elaborándose a través de las largas series de
siglos que fueron necesarios para someter a los comuneros a la autoridad de los
Estados, organizados según el modelo romano o bizantino. La comuna aldeana no sólo era una sociación
para asegurar a cada uno la parte justa en el disfrute de la tierra común; era,
también, una asociación para el cultivo común de la tierra, para el apoyo mutuo
en todas las formas posibles, para la defensa contra la violencia y para el
máximo desarrollo de los conocimientos, los lazos nacionales y las concepciones
morales; y cada cambio en el derecho jurídico, militar, educacional o económico
de la comuna era decidido por todos, en la reunión del mir de la aldea, la
asamblea de la tribu, o en la asamblea de la confederación de las tribus y
comunas. La comuna, siendo continuación
del clan, heredó todas sus funciones.
Representaba a la universitas, el
mir en sí mismo.
La caza en común, la pesca en común y el cultivo comunal de las
plantaciones frutales, era la regla general bajo los antiguos órdenes
tribales. Del mismo modo, el cultivo
común de los campos se hizo regla en las comunas aldeanas de los bárbaros. Es cierto que tenemos muy pocos testimonios
directos en este sentido, y que en la literatura antigua encontramos en total
algunas frases de Diodoro y Julio César que se refieren a los habitantes de las
islas de Lipari, a una de las tribus celtiberas y a los suevos. Pero no existe, sin embargo, insuficiencia de
hechos que prueben que el cultivo común de la tierra era practicado entre
algunas tribus germánicas, entre los francos y entre los antiguos escoceses,
irlandeses y galeses. En cuanto a las
últimas supervivencias del cultivo comunal, son simplemente innumerables. Hasta en la Francia completamente romanizada,
el arar en común era un fenómeno corriente hace apenas unos veinticinco años;
en Morbihan (Bretaña). Hallamos el
antiguo cyvar galés, o el «arado conjunto», por ejemplo, en el Cáucaso, y el
cultivo común de la tierra entregada en usufructo al santuario de la aldea
constituye un fenómeno corriente en las tribus del Cáucaso, menos tocadas por
la civilización; hechos semejantes se encuentran constantemente entre los
campesinos rusos.
Además, es bien sabido que muchas tribus del Brasil, de América
Central y México cultivaban sus campos en común, y que la misma costumbre está
ampliamente difundida, aún ahora, entre los malayos, en Nueva Celedonia, entre
algunas tribus negras, etc.. Hablando más brevemente, el cultivo comunal de la
tierra constituye un fenómeno tan corriente en muchas tribus arias,
uralaltaicas, mogólicas, negras y pieles rojas, malayas y melanesias, que
debemos considerarlo como una forma general -aunque no la única posible- de
agricultura primitiva.
Necesario es recordar, sin embargo, que el cultivo comunal de la
tierra no implica aún el necesario consumo común. Ya en la organización tribal vemos, a menudo,
que cuando los botes cargados de frutas o pescados vuelven a la aldea, el
alimento transportado en ellos se reparte entro las chozas separadas y las
«casas largas» (en las que se alojan ya varias familias, ya los jóvenes) y el
alimento se prepara en cada fuego separado.
La costumbre de sentarse a la mesa en un círculo más estrecho de
parientes o camaradas, de tal modo, aparece ya en el período antiguo de la vida
tribal. En la comuna aldeana se
convierte en regla.
Hasta los productos alimenticios cultivados en común, habitualmente se
dividían entre los dueños de casa después que una parte había sido almacenada
para uso común. Además, la tradición de
los festines comunales se conservaba piadosamente. En cada caso oportuno, como, por ejemplo, en
los días consagrados a la recordación de los antepasados, durante las fiestas
religiosas, al comienzo o al final de las labores campestres y, también con
motivo de sucesos tales como nacimiento de los niños, bodas y entierros, la
comuna se reunía en un festín comunal.
Aún era la época presente, en Inglaterra, encontramos una supervivencia
de esta costumbre, bien conocida bajo el nombre de cena de la cosecha (Harvest
Supper): se ha conservado más que todas las otras costumbres. Aún mucho tiempo después que los campos
dejaron de ser cultivados conjuntamente por toda la comuna, vemos que algunas
labores agrícolas continúan realizándose por medio de ella. Cierta parte de la tierra comunal, aun ahora,
en muchos lugares es cultivada en común, con el objeto de ayudar a los
indigentes, y también para formar depósitos comunales o para usar los productos
de semejante trabajo durante las fiestas religiosas. Los canales de regadío y las acequias son
cavadas y reparadas en común. Los prados
comunales son segados por la comuna; y uno de los espectáculos más inspiradores
lo constituye la comuna aldeana rusa durante la siega, en la cual los hombres
rivalizan entre sí en la, amplitud del corte de guadaña y la rapidez de las
siegas, y las mujeres remueven la hierba cortada y la recogen en gavillas;
vemos aquí qué podría ser y qué debería ser el trabajo humano. En tales casos, se reparte el heno entre los
hogares separados, y es evidente que ninguno tiene derecho a tomar el heno del
henar de su vecino sin su permiso; pero la restricción a esta regla general,
que se encuentra en los osietinos, en el Cáucaso, es muy instructiva: ni bien
comienza a cantar el cuclillo anunciando la entrada de la primavera, que pronto
vestirá todos los prados de hierba, adquieren todos el derecho de tomar del
henar vecino el heno que necesiten para alimentar a su ganado. De tal modo, se afirman una vez más los
antiguos derechos comunales, como para demostrar con ello hasta qué punto el
individualismo sin restricciones contradice a la naturaleza humana.
Cuando el viajero europeo desembarca en alguna isleta del océano
Pacífico, y viendo de lejos un grupo de palmeras se dirige hacia allí,
generalmente le asombra el descubrimiento de que las aldehuelas de los
indígenas están unidas entre sí por caminos pavimentados con grandes piedras,
perfectamente cómodos para los aborígenes descalzos, y que en muchos sentidos
recuerdan a los «viejos caminos» de las montañas suizas. Caminos semejantes fueron trazados por los
«bárbaros» por toda Europa, y es necesario viajar por los países salvajes, poco
poblados, que están situados lejos de las líneas principales de las
comunicaciones internacionales, para comprender las proporciones de ese trabajo
colosal que realizaron las comunas bárbaras para vencer la aspereza de las
inmensas extensiones boscosas y pantanosas que presentaba Europa alrededor de
dos mil años atrás. Las familias
separadas, débiles y sin los instrumentos necesarios, no hubieran podido jamás
vencer la selva, virgen. El bosque y el
pantano las hubieran vencido. Solamente
las comunas aldeanas, trabajando en común, pudieron conquistar estos bosques
salvajes, estas ciénagas absorbentes y las estepas Limitadas.
Los senderos, los caminos de fajinas, las balsas y los puentes
livianos que se quitaban en invierno y se construían de nuevo después de las
crecidas de primavera, las trincheras y empalizadas con las que se cercaban las
aldeas, las fortalezas de tierra, las pequeñas torres y ata layas de que estaba
sembrado el territorio, todo esto fue obra de las manos de las comunas
aldeanas. Y cuando la comuna creció,
comenzó el proceso de echar brotes. A
alguna distancia de la primera, brotó una nueva comuna, y de tal modo, paso a
paso, los bosques y las estepas cayeron bajo el poder del hombre. Todo el proceso de la formación de las
naciones europeas fue en esencia el fruto de tal brote de las comunas aldeanas. Hasta en la época presente los campesinos
rusos, si no están completamente abrumados por la necesidad, emigran en
comunas, cultivan la tierra virgen en común y, también, en común, cavan las
chozas de tierra, y luego construyen las casas, cuando se asientan en las
cuencas del Amur o en Canadá. Hasta los
ingleses, al principio de la colonización de América, volvieron al antiguo
sistema: se asentaron y vivieron en comunas.
La comuna aldeana era entonces el arma principal en la dura lucha
contra la naturaleza hostil. Era,
también, el lazo que los campesinos oponían a la opresión de parte de los más
hábiles y fuertes, que trataban de reforzar su autoridad en aquellos agitados
tiempos. El «bárbaro» imaginario, es
decir, el hombre que lucha y mata a los hombres por bagatelas, existió tan poco
en la realidad como el «sanguinario» salvaje de nuestros literatos.
El bárbaro comunal, por lo contrario, en su vida se sometía a una
serie entera y completa de instituciones, imbuidas de cuidadosas
consideraciones sobre qué puede ser útil o nocivo para su tribu o su
confederación; y las instituciones de este género fueron transmitidas
religiosamente de generación en generación en versos y cantos, en proverbios y
tríades, en sentencias e instrucciones.
Cuanto más estudiamos este período, tanto más nos convencemos de los
lazos estrechos que ligaban a los hombres en sus comunas. Toda riña surgida entre dos paisanos se
consideraba asunto que concernía a toda la comuna, hasta las palabras ofensivas
que escaparan durante una riña se consideraban ofensas a la comuna y a sus
antepasados. Era necesario reparar
semejantes ofensas con disculpas y una multa liviana en beneficio del ofendido
y en beneficio de la comuna. Si la riña terminaba en pelea y heridas, el hombre
que la presenciara y no interviniera para suspenderla era considerado como si
él mismo hubiera producido las heridas causadas.
El procedimiento jurídico estaba imbuido del mismo espíritu. Toda riña, ante todo, se sometía a la
consideración de mediadores o árbitros, y la mayoría de los casos eran
resueltos por ellos, puesto que el árbitro desempeñaba un papel importante en
la sociedad bárbara. Pero si el asunto
era demasiado serio y no podía ser resuelto por los mediadores, se sometía al
juicio de la asamblea comunal, que tenía el deber de «hallar la sentencia» y la
pronunciaba siempre en forma condicional: es decir, «el ofensor deberá pagar
tal compensación al ofendido si la ofensa es probada». La ofensa era probada o negada por seis o
doce personas, quienes confirmaban o negaban el hecho de la ofensa bajo
juramento: se recurría a la ordalía solamente en el caso de que surgiera
contradicción entre los dos cuerpos de jurados de ambas partes litigantes. Semejante procedimiento, que estuvo en vigor
más de dos mil años, habla suficientemente por sí mismo; muestra cuán estrechos
eran los lazos que unían entre sí a todos los miembros de la comuna.
No está de más recordar aquí que, aparte de su autoridad moral, la
asamblea comunal no tenía ninguna otra fuerza para hacer cumplir su
sentencia. La única amenaza posible era
declarar al rebelde, proscrito, fuera de la ley; pero aun esta amenaza era un
arma de doble filo. Un hombre
descontento con la decisión de la asamblea comunal podía declarar que
abandonaba su tribu y que se unía a otra, y ésta era una amenaza terrible, puesto
que, según la convicción general, atraía indefectiblemente todas las desgracias
posibles sobre la tribu, que podía haber cometido una injusticia con uno de sus
miembros. La oposición a una decisión
justa, basada sobre el derecho común, era sencillamente «inimaginable» según la
expresión muy afortunada de Henry Maine, puesto que «la ley, la moral y el
hecho constituían, en aquellos tiempos, algo inseparable». La autoridad moral de la comuna era tan
grande que hasta en una época considerablemente posterior, cuando las comunas
aldeanas fueron sometidas a los señores feudales, conservaron, sin embargo, la
autoridad jurídica; sólo permitían al señor o a su representante «hallar» las
sentencias arriba citadas condicionales, de acuerdo con el derecho común que él
juraba mantener en su pureza; y se le permitía percibir en su beneficio la
multa (fred) que antes se percibía en
favor de la comunal. Pero, durante mucho tiempo, el mismo señor feudal, si era
copropietario de los baldíos y dehesas comunales, se sometía, en los asuntos
comunales, a la decisión de la comuna.
Perteneciera ya a la nobleza o al clero, debía someterse a la decisión
de la asamblea comunal. «Wer daselbst Wasser und Weid gerusst, muss gehorsan
sein» -quien goza del derecho al agua y a los pastos, debe obedecer-, dice una
antigua sentencia. Hasta cuando los
campesinos se convirtieron en esclavos de los señores feudales, los últimos
estaban obligados a presentarse ante la asamblea comunal si los citaban.
En sus concepciones de la justicia, los bárbaros evidentemente no se
alejaron mucho de los salvajes. También
ellos consideraban que todo homicidio debía implicar la muerte del homicida;
que la herida producida debía ser castigada, produciendo, punto por punto, la
misma herida, y que la familia ofendida debía cumplir, ella misma, la sentencia
pronunciada o a virtud del derecho común; es decir, matar al homicida o a
alguno de sus congéneres, o producir un determinado género de heridas al
ofensor o a uno de sus allegados. Esto
era para ellos un deber sagrado, una deuda hacía los antepasados que debía ser
cumplida completamente en público y de ningún modo en secreto, y debía dársele
la más amplia publicidad. Por esto, los
pasajes más inspirados de las sagas y de todas las obras de la poesía épica en
general de aquella época están consagrados a glorificar lo que siempre se
consideró justo, es decir, la venganza tribal.
Los mismos dioses se unían a los matadores, en tales casos, y los
ayudaban.
Además, el rasgo predominante de la justicia de los bárbaros es ya,
por una parte, el intento de limitar la cantidad de personas que pueden ser
arrastradas en una guerra de dos clanes por causa de la venganza de sangre, y
por otra parte, el intento de extirpar la idea brutal de la necesidad de pagar
sangre por sangre y herida por herida, y el deseo de establecer un sistema de
indemnizaciones al ofendido, por la ofensa.
Los códigos de leyes bárbaras que constituían colecciones de
resoluciones de derecho común, escritos para gula de los jueces, «al principio
permitían y luego estimulaban y por último exigían» la sustitución de la
venganza de sangre por la indemnización, como lo observó Kbnigswarter. Pero
representar este sistema de compensaciones judiciales por las ofensas, como un
sistema de multas que era igual que si diera al hombre rico carta blanche es decir, pleno derecho a
obrar como se le antojara, demuestra una incomprensión completa de esta
institución. La compensación monetaria,
es decir, Wehrgeld, que se pagaba al
ofendido, es completamente distinta de la pequeña multa o fred que se pagaba a la comuna o a su representante. La compensación monetaria que se fijaba
comúnmente para todo género de violencia era tan elevada que, naturalmente, no
era un estímulo para semejante género de delitos. En caso de homicidio, la compensación
monetaria comúnmente excedía todos los bienes posibles del homicida. «Dieciocho
veces dieciocho vacas» -tal era la indemnización de los osietinos, que no
sabían contar más allá de dieciocho; en las tribus africanas, la compensación
monetaria por un homicidio alcanza a ochocientos vacas o cien camellos con su
cría, y sólo en las tribus más pobres se reducía a 416 ovejas. En general, en la enorme mayoría de los
casos, era imposible pagar la compensación monetaria por un homicidio, de modo
que sólo restaba al homicida hacer una cosa: convencer a la familia ofendida,
con su arrepentimiento, de que lo adoptara.
Hasta ahora, en el Cáucaso, cuando una guerra de tribus, por venganza de
sangre, termina en paz, el ofensor toca con sus labios el pecho de la mujer más
anciana de la tribu, y de tal modo se convierte en «hermano de leche» de todos
los hombres de la familia ofendida. En
algunas tribus africanas, el homicida debe dar en matrimonio su hija o hermana
a uno de los miembros de la familia del muerto; en otras tribus debe casarse
con la viuda del muerto; y en todos los casos se convierte, después de esto, en
miembro de la familia, cuya opinión es escuchada en todos los asuntos familiares
importantes.
Además, los bárbaros no sólo no menospreciaban la vida humana, sino
que de ningún modo conocían los castigos espantosos que fueron introducidos más
tarde por la legislación laica y canónica bajo la influencia de Roma y
Bizancio.
Si el derecho sajón fijaba la pena de muerte con bastante facilidad,
aun en caso de incendio y asalto a mano armada, los otros códigos bárbaros
recurrían a ella sólo en caso de traición a su tribu y de sacrilegio hacia los
dioses comunales. Veían en la pena de
muerte el único medio de apaciguar a los dioses.
Todo esto, evidentemente, está muy lejos del supuesto «desenfreno
moral de los bárbaros». Por lo
contrario, no podemos hacer menos que admirar los principios profundamente
morales que fueron elaborados por las antiguas comunas aldeanas y que hallaron
su expresión en las tríades galesas, en las leyendas del Rey Arturo, en los
comentarios irlandeses, "Brehon", en las antiguas leyendas
germánicas, etcétera, y también ahora se expresan en los proverbios de los
bárbaros modernos. En su introducción a The Story of Brunt Njal, George Dasent
caracterizó muy fielmente, del modo siguiente, las cualidades del normando, tal
como se precisan sobre la base de las sagas:
«Hacer franca y varonilmente lo que ha de hacerse, sin temer a los
enemigos, ni a las enfermedades, ni al destino ... ; ser libre y atrevido en
todos los actos; ser gentil y generoso con los amigos y congéneres; ser severo
y temible con los enemigos (es decir, con aquellos que caían bajo la ley del
talión), pero cumplir, aun con ellos, todas las obligaciones debidas... No
romper los armisticios, no ser murmurador ni calumniador. No decir en ausencia de una persona nada que
no se atreva a decir en su presencia. No
arrojar del umbral de su casa al hombre que pida alimento o refugio, aunque
fuera el propio enemigo».
De tales, o aún más elevados principios, está imbuida toda la poesía
épica y las tríades galesas. Obrar «con
dulzura y según los principios de la equidad» con los otros, sin distinción de
que sean enemigos o amigos, y «reparar el mal ocasionado», tales son los más
elevados deberes del hombre, -el mal es la muerte, y el bien es la vida-,
exclama el poeta legisladora. «El mundo seria absurdo si los acuerdos hechos
verbalmente no fueran respetados» -dice la ley de Brehon-. Y el apacible shaman mordvino, después de
haber alabado cualidades semejantes, agrega, en sus principios di derecho
común, que «entre los vecinos, la vaca y la vasija de ordeñar es un bien
común», y que «necesario es ordeñar la vaca para sí y para aquél que pueda
pedir leche»; que «el cuerpo del miro enrojece por los golpes, pero el rostro
del que golpea al niño enrojece de vergüenza», etc. Se podría llenar muchas páginas con la
exposición de principios morales similares, que los -bárbaros» no sólo expresaron,
sino que siguieron.
Necesario es mencionar aquí todavía un mérito de las antiguas comunas
aldeanas. Y es que paulatinamente
ampliaron el círculo de las personas que estaban estrechamente ligadas entre
sí. En el periodo de que hablamos, no
sólo las clases se unieron en tribus, sino que a su vez, las tribus, aun siendo
de orígenes distintos, se unieron en federaciones y confederaciones. Algunas federaciones eran tan estrechas que,
por ejemplo, los vándalos que quedaron en el lugar, después que parte de su
confederación fue hacia el Rhin y de allí a España y Africa, durante cuarenta
años, cuidaron las tierras comunales y las aldeas abandonadas de sus
confederados; no tomaron posesión de ellas hasta que sus enviados especiales
los convencieron de que sus confederados no tenían intención de volver
más. Entre otros bárbaros, encontramos
que la tierra era cultivada por una parte de la tribu, mientras la otra parte
combatía en las fronteras de su territorio común, o más allá de sus límites. En cuanto a las ligas entre varias tribus,
constituían el fenómeno más corriente.
Los sicambrios se unieron con los keruscos y suevos; los cuados con los
sármatas; los sármatas con los alanos, carpios y hunos. Más tarde, vemos también cómo la concepción
de nación se desarrolla gradualmente en Europa, considerablemente antes de que
algo del género de Estado comenzara a formarse en lugar alguno de la parte del
continente ocupada por los bárbaros.
Estas naciones -porque no es posible negar el nombre de nación a la
Francia merovingia o la Rusia del siglo undécimo o duodécimo-, estas naciones
no estaban, sin embargo, unidas entre sí por otra cosa que no fuera la unidad
de la lengua y el acuerdo tácito de sus pequeñas repúblicas de elegir sus
duques (protectores militares y jueces) de entre una familia determinada.
Naturalmente, las guerras eran ineludibles: las migraciones
inevitablemente llevan consigo las guerras, pero ya sir Henry Maine, en su
notable trabajo sobre el origen tribal del derecho internacional, demostró
plenamente que «el hombre nunca fue tan brutal ni tan estúpido como para
someterse a un mal como la guerra sin hacer algunos esfuerzos para
conjurarla». Mostró también cuán grande
era -el número de las antiguas instituciones que revelan la intención de prevenir
la guerra o encontrarle algunas alternativas. En realidad, el hombre, a
despecho de las suposiciones corrientes, es un ser tan antiguérrero que cuando
los bárbaros se asentaron finalmente en sus lugares, perdieron el hábito de la
guerra tan rápidamente que pronto debieron establecer caudillos militares
especiales, acompañados por Scholae especiales
o mesnadas guerreras para la defensa de sus aldeas en contra de posibles
ataques. Prefirieron el trabajo pacífico
a la guerra, y el mismo pacifismo del hombre fue causa de la especialización de
la profesión militar, y se obtuvo corno resultado de esta especialización,
posteriormente, la esclavitud y las guerras «del período estatal» de la
historia de la humanidad.
La historia encuentra grandes dificultades en sus tentativas para
restablecer las instituciones del período bárbaro. A cada paso, el historiador halla débiles
indicios de una u otra institución. Pero
el pasado se ilumina con luz brillante ni bien recurrimos a las instituciones
de las numerosas tribus que aún viven bajo una organización social que casi es
idéntica a la organización de la
vida de nuestros antepasados, los bárbaros.
Aquí encontramos tal abundancia de material que la dificultad se
presenta en la selección, puesto que
las islas del océano Pacífico, las estepas de Asia y las mesetas de Africa son
verdaderos museos históricos que contienen muestras de todas las posibles
instituciones intermedias por las que ha atravesado la humanidad en su paso de la
condición tribal de los salvajes a la organización estatal. Examinemos algunas de estas muestras.
Si tomamos, por ejemplo, las comunas aldeanas de los mogoles buriatos,
especialmente de aquellos que viven en la estepa de Kudinsk, en el Lena
superior, y que evitaron más que los otros la influencia rusa, tenemos en ellos
una muestra bastante buena de los bárbaros en estado de transición de la
ganadería a la agricultura. Estos
buriatos viven, hasta ahora, en «familias indivisas», es decir, que a pesar de
que cada hijo después de su casamiento, se va a vivir a una choza separada, sin embargo las chozas de por lo menos tres
generaciones se encuentran dentro de un recinto, y la familia indivisa trabaja
en común en sus campos y posee en común sus bienes domésticos, el ganado y
también los «teliátniki» (pequeños espacios cercados en los que guardan el
pasto tierno para alimentar a los terneros).
Comúnmente cada familia se reúne para comer en su choza; pero cuando se
asa carne, todos los miembros de la familia indivisa, de veinte a sesenta
personas, banquetean juntos.
Varias de tales grandes familias, que viven en grupo, y también
familias de menor proporción, asentadas en el mismo lugar (en la mayoría de los
casos, constituyen restos de familias indivisas, disgregadas por cualquier
razón), forman un «ulus» o comuna aldeana.
Varios «ulus» componen un clan -más exactamente una tribu- y cada
cuarenta y seis «clanes» de la estepa de Kudinsk están unidos en una
confederación. En caso de necesidad,
provocada por tales o cuales circunstancias especiales, varios «clanes- ingresan
en uniones menores, pero más estrechas.
Estos buriatos no reconocen la propiedad privada agraria, que los «ulus»
poseen la tierra en común, o más exactamente, la posee toda la confederación, y
de ser preciso se procede a la redistribución de las tierras entre los
diferentes «ulus», en la asamblea de todo el clan, y entre los cuarenta y seis
clanes en la asamblea de la confederación.
Menester es observar que la misma organización tienen todos los 250.000
buriatos de la Siberia Oriental, a pesar de que ya hace más de trescientos años
que se encuentran bajo el dominio de Rusia y conocen bien las instituciones
rusas.
No obstante todo lo dicho, la desigualdad de fortunas se desarrolla
rápidamente entre los buriatos, especialmente desde que el gobierno ruso
comenzó a atribuir importancia excesiva a los «taisha» (príncipes) elegidos por
los buriatos, a quienes consideran recaudadores responsables de impuestos y
representantes de la confederación en sus relaciones administrativas y hasta
comerciales con los rusos. De tal modo,
se ofrecen numerosos caminos para el enriquecimiento de una minoría que marcha
a la par con el empobrecimiento de la masa, debido a la usurpación de las
tierras buriatas por los rusos. Sin
embargo, entre los buriatos, especialmente los de Kudinsk, se conserva la
costumbre (y la costumbre es más fuerte que la ley) según la cual si una
familia ha perdido su ganado, las familias más ricas le dan algunas vacas y
caballos para reparar la pérdida. En
cuanto a los pobres sin familia, comen en casa de sus congéneres; el pobre penetra
en la choza y ocupa -por derecho, no por caridad- un lugar junto al fuego y
recibe una porción de comida que se divide siempre del modo más escrupuloso en
partes iguales; se queda a dormir allí donde ha cenado. En general, los conquistadores rusos de la
Siberia se sorprendieron tanto de las costumbres comunistas de los buriatos,
que los llamaron «bratskyie» (los fraternales) e informaron a Moscú: «lo tienen
todo en común-; todo lo que poseen es dividido entre todos.
Hasta en la actualidad, los buriatos de Kudinsk, cuando venden el
trigo o mandan a vender su ganado al carnicero ruso, todas las familias del
«ulus», o hasta de la tribu, vierten su trigo en un lugar y reúnen su ganado en
un rebaño, vendiendo todo al por mayor, como si perteneciera a una
persona. Además, cada «ulus» tiene su
depósito de granos para préstamo en caso de necesidad, sus hornos comunales
para cocer el pan (el four banal de
las antiguas comunas francesas), y su herrero, quien como el herrero de las
aldeas indias, siendo miembro de la comuna, nunca recibe pago por su trabajo
dentro de ella. Debe efectuar
gratuitamente todo el trabajo de herrería necesario, y si utiliza sus horas de
ocio para fabricar discos de hierro cincelados y plateados, que sirven a los
buriatos para adornar los vestidos, puede venderlos a una mujer de otro clan,
pero sólo puede regalarlos a la mujer que pertenece a su propio clan. La compra-venta de ningún modo puede tener
lugar dentro de la comuna, y esta regla es observada tan severamente que cuando
una familia buriata acomodada toma a un trabajador, debe hacerlo de otro clan o
de los rusos. Observaré que tal
costumbre con respecto a la compra-venta no existe sólo en los buriatos: está
tan vastamente difundida entre los comuneros contemporáneos -los «bárbaros»-
arios y uralaltaicos, que debe haber sido general entre nuestros antepasados.
El sentimiento de unión dentro de la confederación es mantenido por
los intereses comunes de todos los clanes, sus conferencias comunales y los
festejos que generalmente tienen lugar en conexión con las conferencias. El mismo sentimiento es mantenido, además,
también por otra institución: por la caza tribal, aba, que evidentemente constituye una reminiscencia de un pasado
muy lejano. Cada otoño se reúnen todos
los cuarenta y seis clanes de Kudinsk para tal caza, cuya presa es repartida
después entre todas las familias.
Además, de tiempo en tiempo, se convoca a una aba nacional, para afirmar
los sentimientos de unión de toda la nación buriata. En tales casos, todos los clanes buriatos
dispersos en centenares de verstas al este y oeste del lago Baikal deben enviar
cazadores especialmente elegidos para este fin.
Miles de personas se reúnen para esta caza nacional, y cada una trae
provisiones para un mes entero. Todas
las porciones de provisión deben ser iguales, y por ello antes de depositarlas
todas juntas, cada porción es sopesada por un anciano (starschiná) elegido
(indefectiblemente «a mano»: la balanza sería una infracción a la costumbre
antigua). A continuación de esto, los
cazadores se dividen en destacamentos, a razón de veinte hombres cada uno, y
comienzan la caza según un plan trazado de antemano. En tales cazas nacionales, toda la nación
buriata revive las tradiciones épicas de aquellos tiempos en que estaba unida
en una federación poderosa. Puedo
también agregar que semejantes cacerías son un fenómeno corriente entre los
indios pieles rojas y entre los chinos de las orillas del Usuri (kada).
En los kabdas, cuyo modo de vida ha sido tan bien descrito por dos
investigadores franceses, tenemos a
los representantes de los «bárbaros» que han hecho algún progreso más en la
agricultura. Sus campos están regados
por acequias, abonados y, en general, bien trabajados, y en las zonas
montañosas, todo pedazo de tierra apto es labrado a pico. Los kabilas han pasado por no pocas
vicisitudes en su historia: siguieron por algún tiempo la ley musulmana sobre
la herencia, pero no pudieron conformarse con ella, y hace unos ciento
cincuenta años volvieron a su anterior derecho común tribal. Debido a esto, la posesión de la tierra tiene
en ellos un carácter mixto, y la propiedad privada de la tierra existe junto
con la posesión comunal. En todo caso,
la base de la organización comunal actual es la comuna aldeana (thaddart), que generalmente se compone
de algunas familias indivisas (klaroubas),
que reconocen la comunidad de su origen, y también, en menor proporción, de
algunas familias de extranjeros. Las
aldeas se agrupan en clanes o tribus (arch);
varios clanes constituyen la confederación (thak'
ebilt); y finalmente, varias confederaciones se constituyen a veces en una
liga cuyo fin principal es la protección armada.
Los kabilas no conocen autoridad alguna fuera de su djemda o asamblea de la comuna
aldeana. Participan en ella todos los
hombres adultos, y se reúnen simplemente bajo el cielo abierto, o bien en un
edificio especial que tiene asientos de piedras. Las decisiones de la djemda, evidentemente,
deben ser tomadas por unanimidad, es decir, el juicio se prolonga hasta que
todos los presentes están de acuerdo en tomar una decisión determinada, o en
someterse a ella. Puesto que en la
comuna aldeana no existe autoridad que pueda obligar a la minoría a someterse a
la decisión de la mayoría, el sistema de decisiones unánimes era practicado por
el hombre en todas partes donde existían tales comunas, y se practica aún ahora
allí donde continúan existiendo, es decir, entre varios centenares de millones
de hombres, sobre toda la extensión del globo terrestre. La djemaa
kabileña misma designa su poder ejecutivo al anciano, al escriba y al
tesorero; ella misma determina sus impuestos y administra la repartición de las
tierras comunales, lo mismo que todos los trabajos de utilidad pública.
Una parte importante del trabajo es efectuado en común; los caminos,
las mezquitas, las fuentes, los canales de regadío, las torres de defensa
contra las incursiones, las cercas de las aldeas, etc., todo esto es construido
por la comuna aldeana, mientras que los grandes caminos, las mezquitas de
mayores dimensiones y los grandes mercados son obras de la tribu entera. Muchas huellas del cultivo comuna¡ existen
aún hoy, y las casas siguen siendo construidas por toda la aldea, o bien, con
ayuda de todos los hombres y mujeres de la aldea. En general, recurren a la «ayuda» casi
diariamente, para el cultivo de los campos, para la recolección, las
construcciones, etc. En cuanto a los trabajos
artesanos, cada comuna tiene su herrero a quien se da parte de la tierra
comunal, y él trabaja para la comuna.
Cuando se aproxima la época de arar, recorre todas las casas y repara
gratuitamente los arados y otros instrumentos agrícolas; el forjar un arado
nuevo es considerado una obra piadosa que no puede ser recompensada con dinero
ni, en general, con ninguna clase de paga.
Puesto que en los kabilas existe ya la propiedad privada,
evidentemente existen entre ellos ricos y pobres. Pero, como todos los hombres que viven en
estrecha relación y saben cómo y dónde comienza la pobreza, consideran que la
pobreza es una eventualidad que puede presentárselas a todos. «De la miseria y
de la cárcel nadie está libre» -dicen los campesinos rusos-; los kabilas llevan
a la práctica este proverbio, y en su medio es imposible notar ni la más ligera
diferencia en el trato entre pobres y ricos; cuando un pobre solicita «ayuda»,
el rico trabaja en su campo exactamente lo mismo que el pobre trabaja, en caso
parecido, en el campo del rico. Además,
la djemáa aparta determinados huertos
y campos, a veces cultivados en común, en beneficio de los miembros más pobres
de la comuna. Muchas costumbres
parecidas se conservaron hasta hoy. Puesto
que las familias más pobres no están en condiciones de comprarse carne,
regularmente compra con la suma formada por el dinero de las multas, de las
donaciones en beneficio de la djemáa, o
del pago para el uso de los depósitos comunales de extracción de aceite de
oliva; y esta carne se reparte equitativamente entre aquellos que por su
pobreza no están en condiciones de comprarla.
Exactamente lo mismo, cuando alguna familia sacrifica una oveja o un
buey en día que no es de mercado, el pregonero de la aldea lo anuncia por todas
las calles para que los enfermos y las mujeres encinta puedan recibir cuanta
carne necesiten.
El apoyo mutuo atraviesa como un hilo rojo toda la vida de los
kabilas, y si uno de ellos, durante un viaje fuera de los limites de la tierra
natal, encuentra a otro kabila necesitado, debe prestarle ayuda, aunque para
esto tuviera que arriesgar sus propios bienes y su vida. Si tal cosa no fuera prestada, la comuna a
que pertenece el que ha sido damnificado por semejante egoísmo, puede quejarse
y entonces la comuna del egoísta lo indemniza inmediatamente. En el caso que tratamos, tropezamos de tal
modo con una costumbre que conoce bien aquél que ha estudiado las guildas
comerciales medievales.
Todo extranjero que aparece en la aldea kabila tiene derecho, en
invierno, a refugiarse en una casa, y sus caballos pueden pastar durante un día
en las tierras comunales. En caso de
necesidad, puede, además, contar con un apoyo casi ilimitado. Así, durante el hambre de los años 1867-1868,
los kabilas aceptaban y alimentaban, sin hacer diferencia de origen, a todos
aquellos que buscaban refugio en sus aldeas.
En el distrito de Deflys se reunieron no menos de doce mil personas,
negadas no solamente de todas las partes de Argelia, sino hasta de Marruecos, y
los kabilas las alimentaron a toda!.
Mientras que por toda Argelia la gente se moría de hambre, en la tierra
kabileña no hubo un solo caso de muerte por hambre; las comunas kabileñas, a
menudo privándose de lo más necesario, organizaron la ayuda, sin pedir ningún
socorro al gobierno y sin quejarse por la carga; la consideraban como su deber
natural. Y mientras que entre los colonos
europeos se tomaban todas las medidas policiales posibles para prevenir el robo
y el desorden originados por la afluencia de extranjeros, no fue necesario
ninguna vigilancia semejante para el territorio kabileño; las djemáas no tuvieron necesidad de defensa
ni de ayuda exterior.
Puedo citar, sólo brevemente, dos rasgos extraordinariamente
interesantes de la vida kabileña, a saber: el establecimiento de la llamada anaya, que tiene por objeto vigilar, en
caso de guerra, los pozos, las acequias de riego, las mezquitas, las plazas de
los mercados y algunos caminos, y, también, la institución de los Cofs, de la que hablaré más abajo. En la anaya
tenemos propiamente una serie completa de disposiciones que tienden a
disminuir el mal causado por la guerra, y a conjurarla. Así, la plaza del mercado es anaya,
especialmente si se halla cerca de la frontera y sirve de lugar de encuentro de
los kabilas con los extranjeros; nadie se atreve a perturbar la paz en el
mercado; y si se produjeran desordenes, en seguida son reprimidos por los mismos
extranjeros reunidos en la ciudad. El
camino por donde las mujeres aldeanas van por agua a la fuente, se considera
también anaya en caso de guerra,
etc. La misma institución se encuentra
en ciertas islas del Océano Pacífico.
En cuanto al Cof, esta institución constituye una forma vastamente
extendida de asociación en ciertos respectos, análoga a las sociedades y
guildas medievales (Bürgschaften o Gegilden), y también constituye una sociedad
existente tanto para la defensa mutua como para diversos fines intelectuales,
políticos, religiosos, morales, etc., que no pueden ser satisfechos por la
organización territorial de la comuna, del clan o de la confederación. El Cof no
conoce limitaciones territoriales; recluta sus miembros en diferentes aldeas,
hasta entre los extranjeros, y ofrece a sus miembros protección en todas las
circunstancias posibles de la vida. En
general, es una tentativa de completar la asociación territorial por medio de una
agrupación extraterritorial, con el fin de dar expresión a la afinidad mutua de
todo género de aspiraciones que va más allá de los límites de un lugar
determinado. De tal modo, las libres
asociaciones internacionales de gustos e ideas, que nosotros consideramos una
de las mejores expresiones de nuestra vida contemporánea, tiene su principio en
el período bárbaro antiguo.
La vida de los montañeses caucasianos ofrece otra serie de ejemplos
del mismo género, sumamente instructiva.
Estudiando las costumbres contemporáneas de los osietines -sus familias
indivisas, sus comunas y sus concepciones jurídicas-, el profesor M.
Kovalevsky, en su notable obra Las
costumbres modernas y la ley antigua, pudo, paso a paso, compararlas con
disposiciones similares de las antiguas leyes bárbaras, y hasta tuvo
posibilidad de observar el nacimiento primitivo del feudalismo. En otras tribus
caucasianas, encontramos a veces indicios del modo cómo se originó la comuna
aldeana en los casos en que no era tribal, sino que había nacido, de la unión
voluntaria entre familias de diferentes orígenes. Tal caso se observó, por ejemplo,
recientemente en las aldeas de los jevsures, cuyos habitantes prestaban
juramento de «comunidad y fraternidad».
En otra parte del Cáucaso, en el Daghestan, vemos los orígenes de las
relaciones feudales entre dos tribus, conservándose ambas, al mismo tiempo,
constituidas en comunas aldeanas y conservando hasta las huellas de las
«clases» de la organización tribal.
En este caso, tenemos, de este modo, un ejemplo vivo de las formas que
tomó la conquista de Italia y de la Galia por los bárbaros. Los vencedores lezhinos, que han sometido a
varias aldeas georgianas y tártaras del distrito de Zakataly, no sometieron
estas aldeas a la autoridad de las familias separadas; organizaron un clan
feudal, compuesto ahora de doce mil hogares divididos en tres aldeas, y
poseyendo en común no menos de doce aldeas georgianas y tártaras. Los conquistadores repartieron sus propias
tierras entre sus clanes, y los clanes, a su vez, la dividieron en partes
iguales entre sus familias; pero no intervienen en los asuntos de las comunas
de sus tributarios, quienes hasta ahora practican la costumbre mencionada por
Julio César, a saber: la comuna decide anualmente qué parte de la tierra
comunal debe ser cultivada, y esta tierra se reparte en parcelas según la
cantidad de familias, y dichas parcelas se distribuyen por sorteo. Es menester observar que a pesar de que los
propietarios no son raros entre los lezhinos -que viven bajo el sistema de la
propiedad territorial privada y la posesión común de los esclavos-, son muy
raros entre los georgianos sometidos a la servidumbre y que continúan
manteniendo sus tierras en propiedad comunal.
En cuanto al derecho común de los montañeses georgianos, es muy
similar al derecho de los longobardos y los francos sálicos, y algunas de sus
disposiciones arrojan nueva luz sobre el procedimiento jurídico del período
bárbaro. Destacándose por su carácter
muy impresionable, los habitantes del Cáucaso emplean todas sus fuerzas para
que sus riñas no lleguen hasta el homicidio: así, por ejemplo, entre los
jevsures pronto se desnudan los sables, pero si acude una mujer y arroja entre
los contendientes un trozo de lienzo que sirve a las mujeres como adorno de la
cabeza, los sables vuelven en seguida a sus vainas y se interrumpe la
riña. El adorno de cabeza de las mujeres
en este caso es anaya. Si la riña no se interrumpiera a tiempo y
terminara con un homicidio, la compensación monetaria impuesta al homicida es
tan grande, que el culpable queda arruinado para toda la vida, si no lo adopta
como hijo la familia del muerto; si ha recurrido al puñal en una riña sin
importancia y producido heridas, pierde para siempre el respeto de sus
congéneres.
En todas las riñas, los asuntos pasan a mano de mediadores: ellos
eligen a los jueces entre sus
congéneres -seis si los asuntos son más bien pequeños, y de diez a quince en los asuntos más serios- y
observadores rusos atestiguan la absoluta
incorruptibilidad de los jueces. El
juramento tiene tal importancia, que las personas que gozan de respeto general
son dispensadas de él, confirmación simple que es plenamente suficiente, tanto
más cuanto que en los asuntos serios el jevsur nunca vacila en reconocer su culpa
(naturalmente, me refiero al jevsur no tocado todavía por la llamada
«cultura»). El juramento se reserva
principalmente para asuntos tales como las disputas sobre bienes, en las
cuales, aparte del simple establecimiento de los hechos, se requiere además un
determinado género de apreciación de ellos.
En tales casos, los hombres, cuya afirmación influye de manera decisiva
en la solución de la discusión, actúan con la mayor circunspección. En general, puede decirse que las sociedades
«bárbaras» del Cáucaso se distinguen por su honestidad y su respeto a los
derechos de los congéneres. Las diferentes tribus africanas presentan tal
diversidad de sociedades, interesantes en grado sumo, y situadas en todos los
grados intermedios de desarrollo, comenzando por la comuna aldeana primitiva y
terminando por las monarquías bárbaras despóticas, que debo abandonar todo
pensamiento de dar siquiera los resultados más importantes del estudio
comparativo de sus instituciones. Será suficiente decir que, aun bajo el despotismo
más cruel de los reyes, las asambleas de las comunas aldeanas y su derecho
común siguen dotadas de plenos poderes sobre un amplio circulo de toda clase de
asuntos. La ley de Estado permite al rey quitar la vida a cualquier
súbdito, por simple capricho, o hasta para satisfacer su glotonería, pero el
derecho común del pueblo continúa conservando aquella red de instituciones que
sirven para el apoyo mutuo, que
existe entre otros «bárbaros» o existía entre nuestros antepasados. Y en algunas tribus en mejor situación (en
Bornu, Uganda y Abisinia), y en especial entre los bogos, algunas disposiciones
del derecho común están espiritualizadas por sentimientos realmente exquisitos
y refinados.
Las comunas aldeanas de los indígenas de ambas Américas tenían el
mismo carácter. Los tupíes de Brasil,
cuando fueron descubiertos por los europeos, vivían en «casas largas» ocupadas
por clanes enteros que cultivaban en común sus sementeras de grano y sus campos
de mandioca. Los aran¡, que han avanzado más en el camino de la civilización,
cultivaban sus campos en común; lo mismo los ucagas, que permaneciendo bajo el
sistema del comunismo primitivo y de las «casas largas» aprendieron a trazar
buenos caminos y en algunos dominios de la producción doméstica no eran
inferiores a los artesanos del período antiguo de la Europa medieval. Todos
ellos obedecían al mismo derecho común, cuyos ejemplos hemos citado en las
páginas precedentes.
En el otro extremo del mundo encontramos el feudalismo malayo, el
cual, sin embargo, mostróse impotente para desarraigar la negaria; es decir, la comuna aldeana, con su dominio comuna¡, por
lo menos, sobre una parte de la tierra y su redistribución entre las negarias de la tribu entera. En los alfurus
de Minahasa encontramos el sistema comunal de labranzas de tres amelgas; en
la tribu india de los wyandots encontramos la redistribución periódica de la
tierra, realizada por todo el clan.
Principalmente en todas las partes de Sumatra, donde el derecho musulmán
aún no ha logrado destruir por completo la antigua organización tribal,
hallamos a la familia indivisa (suka) y
a la comuna aldeana (kohta) que conservan sus derechos sobre la tierra, aun en
los casos en que parte de ella ha sido desbrozada sin permiso de la
comunal. Pero decir esto significa
decir, al mismo tiempo, que todas las costumbres que sirven para la protección
mutua y la conjuración de las guerras tribales a causa de la venganza de sangre
y, en general, de todo género de guerra -costumbres que hemos señalado
brevemente más arriba como costumbres típicas de la comuna-, también existen en
el caso que nos ocupa. Más aún: cuando
más completa se ha conservado la posesión comunal, tanto mejores y más suaves
son las costumbres. De Stuers afirma
positivamente que en todas partes donde la comuna aldeana ha sido menos
oprimida por los conquistadores, se observa menos desigualdad de bienes
materiales, y las mismas prescripciones de venganza de sangre se distinguen por
una crueldad menor; y, por lo contrario, en todas partes donde la comuna
aldeana ha sido destruida definitivamente, «los habitantes sufren una opresión
insoportable de parte de los gobernantes despóticos». Y esto es completamente natural. De modo que cuando Waitz observó que las
tribus que han conservado sus confederaciones tribales se hallan en un nivel
más elevado de desarrollo y poseen una literatura más rica que las tribus en
las cuales estos lazos han sido destruidos, expresó justamente lo que se
hubiera podido prever anticipadamente.
Citar más ejemplos significaría ya repetirse, tan sorprendentemente se
parecen las comunas bárbaras entre sí, a pesar de la diversidad de climas y de
razas. Un mismo proceso de desarrollo se
produjo en toda la humanidad, con uniformidad asombrosa. Cuando, destruida interiormente por la
familia separada, y exteriormente por el desmembramiento de los clanes que
emigraban y por la necesidad de aceptar en su medio a los extranjeros, la
organización tribal comenzó a descomponerse, en su reemplazo apareció la comuna
aldeana, basada sobre la concepción de territorio común. Esta nueva organización, crecida de modo
natural de la organización tribal precedente, permitió a los bárbaros atravesar
el período más turbio de la historia sin desintegrarse en familias separadas,
que hubieran perecido inevitablemente en la lucha por la existencia. Bajo la nueva organización se desarrollaron
nuevas formas de cultivo de la tierra, la agricultura alcanzó una altura que la
mayoría de la población del globo terrestre no ha sobrepasado hasta los tiempos
presentes; la producción artesana doméstica alcanzó un elevado nivel de
perfección. La naturaleza salvaje fue
vencida; se practicaron caminos a través de los bosques, y pantanos, y el
desierto se pobló de aldeas, brotadas como enjambres de las comunas
maternas. Los mercados, las ciudades
fortificadas, las iglesias, crecieron entre los bosques desiertos y las
llanuras. Poco a poco empezaron a
elaborarse las concepciones de uniones más amplias, extendidas a tribus
enteras, y a grupos de tribus, diferentes por su origen. Las viejas concepciones de la justicia, que
se reducían simplemente a la venganza, de modo lento sufrieron una
transformación profunda y el deber de reparar el perjuicio producido ocupó el
lugar de la idea de venganza.
El derecho común, que hasta ahora sigue siendo ley de la vida
cotidiana para las dos terceras partes de la humanidad, si no más, se elaboró
poco a poco bajo esta organización, lo mismo que un sistema de costumbres que
tendían a prevenir la opresión de las masas por la minoría, cuyas fuerzas
crecían a medida que aumentaba la posibilidad de la acumulación individual de
riqueza.
Tal era la nueva forma en que se encauzó la tendencia de las masas al
apoyo mutuo. Y nosotros veremos en los
capítulos siguientes que el progreso -económico, intelectual y moral- que
alcanzó la humanidad bajo esta forma nueva popular de organización fue tan
grande, que cuando más tarde comenzaron a formarse los Estados, simplemente se
apoderaron, en interés de las minorías, de todas las funciones jurídicas,
económicas y administrativas que la comuna aldeana desempeñaba ya en beneficio
de todos.
CAPITULO V
LA AYUDA MUTUA EN LA
CIUDAD MEDIEVAL
La sociabilidad y la necesidad de ayuda y apoyo mutuo son cosas tan
innatas de la naturaleza humana, que no encontramos en la historia épocas en
que los hombres hayan vivido dispersos en pequeñas familias individuales,
luchando entre sí por los medios de subsistencia. Por el contrario, las investigaciones
modernas han demostrado, como hemos visto en los dos capítulos precedentes, que
desde los tiempos más antiguos de su vida prehistórica, los hombres se unían ya
en clanes mantenidos juntos por la idea de la unidad de origen de todos los
miembros del clan y por la veneración de los antepasados comunes. Durante muchos milenios, la organización
tribal sirvió, de tal modo, para unir a los hombres, a pesar de que no existía
en ella decididamente ninguna autoridad para hacerla obligatoria; y esta
organización de vida dejó una impresión profunda en todo el desarrollo
subsiguiente de la humanidad.
Cuando los lazos del origen común comenzaron a debilitarse a causa de
las migraciones frecuentes y lejanas, y el desarrollo de la familia separada
dentro del clan mismo, también destruyó la antigua unidad tribal; entonces, una
nueva forma de unión, fundada en el principio
territorial -es decir, la comuna
aldeana' fue llamada a la vida por el genio social creador del hombre. Esta institución, a su vez, sirvió para unir
a los hombres durante muchos siglos, dándoles la posibilidad de desarrollar más
y más sus instituciones sociales, y junto con eso, ayudándalos a atravesar los
períodos más sombríos de la historia sin haberse desintegrado en conglomerados
de familias e individuos a quienes nada ligaba entre sí. Gracias a esto, como hemos visto en los dos
capítulos precedentes, el hombre pudo avanzar al máximo en su desarrollo y
elaborar una serie de instituciones sociales secundarias, muchas de las cuales
han sobrevivido hasta el presente.
Ahora tenemos que seguir el desarrollo más avanzado de aquella
tendencia a la ayuda mutua, siempre inherente al hombre. Tomando las comunas aldeanas de los llamados
bárbaros en la época en que entraron en el nuevo período de civilización,
después de la caída del imperio romano de Occidente, debemos estudiar ahora las
nuevas formas en que se encauzaron las necesidades sociales de las masas
durante la edad media, y especialmente, las guildas
medievales en la ciudad medieval
Los así llamados bárbaros de los primeros siglos de nuestra era, lo
mismo que muchas tribus mogólicas, africanas, árabes, etc., que aún ahora se
encuentran en el mismo nivel de desarrollo, no sólo no se parecían a los
animales sanguinarios con los que se les compara a menudo, sino que, por el
contrario, invariablemente preferían la paz a la guerra. Con excepción de algunas pocas tribus, que
durante las grandes migraciones fueron arrojadas a los desiertos estériles o a
las altas zonas montañosas, y de tal modo se vieron obligadas a vivir de
incursiones periódicas contra sus vecinos más afortunados; con excepción de
estas tribus, decíamos, la gran mayoría de los germanos, sajones, celtas,
eslavos, etc., en cuanto se asentaron en sus tierras recién conquistadas,
inmediatamente se volvieron al arado, o al pico, y a sus rebaños. Los códigos bárbaros más antiguos nos
describen ya sociedades compuestas de comunas agrícolas pacíficas, y de ninguna
manera hordas desordenadas de hombres que se hallaban en guerra ininterrumpida
entre sí.
Estos bárbaros cubrieron los piases ocupados por ellos de aldeas y
granjas; desbrozaron los bosques, construyeron puentes sobre los torrentes
bravíos, levantaron senderos de tránsito sobre los pantanos, colonizaron el
desierto completamente inhabitable hasta entonces, y dejaron las arriesgadas
ocupaciones guerreras a las hermandades, scholae, mesnadas de hombres inquietos
que se reunían alrededor de caudillos temporarios, que iban de lugar en lugar
ofreciendo su pasión de aventuras, sus armas y conocimientos de los asuntos
militares para proteger la población que deseaba sólo una cosa: que la
permitieran vivir en paz. Bandas de
tales guerreros iban y venían, librando entre sí guerras tribales por venganzas
de sangre; pero la masa principal de la población continuaba arando la tierra,
prestando muy poca atención a sus pretendidos caudillos, mientras no perturbara
la independencia de las comunas aldeanas.
Y esta masa de nuevos pobladores. de Europa elaboró, ya entonces,
sistemas de posesión de la tierra y métodos de cultivo que hasta ahora
permanecen en vigor y en uso entre centenares de millones de hombres. Elaboraron su sistema de compensación por las
ofensas inferidas, en lugar de la antigua venganza de sangre; aprendieron los
primeros oficios; y después de haber fortificado sus aldeas con empalizadas,
ciudadelas de tierra y torres, en donde podían ocultarse en caso de nuevas
incursiones, pronto entregaron la protección de estas torres y ciudadelas a
quienes hacían de la guerra un oficio.
Precisamente este pacifismo de los bárbaros, y de ningún modo los
supuestos instintos bélicos, se convirtió de tal manera en la fuente del
sojuzgamiento de los pueblos por los caudillos militares que siguió a este
período. Es evidente que el mismo modo
de vida de las hermandades armadas daba a las mesnadas oportunidades
considerablemente mayores para el enriquecimiento que las que podrían
presentárselas a los labradores que llevaban una vida pacífica en sus comunas
agrícolas. Aun hoy vemos que los hombres
armados, de tanto en tanto, emprenden incursiones de piratería para matar a los
matabeles africanos y quitarles sus rebaños, a pesar de que los matabeles sólo
aspiran a la paz y están dispuestos a comprarla aunque sea a un precio elevado;
así en la antigüedad los mesnaderos evidentemente no se distinguían por una
escrupulosidad mayor que sus descendientes contemporáneos. De este modo se apropiaron de ganado, hierro
(que tenía en aquellos tiempos un valor muy elevado) y esclavos; y a pesar de
que la mayor parte de los bienes saqueados se gastaba allí mismo en los
gloriosos festines que canta la poesía épica, de todos modos una cierta parte
quedaba y contribuía a un enriquecimiento mayor.
En aquellos tiempos existían aún abundancia de tierras incultas y no
había escasez de hombres dispuestos a cultivarla siempre que pudieran conseguir
el ganado necesario y los instrumentos de trabajo. Aldeas enteras llevadas a la miseria por las
enfermedades, las epizootias del ganado, los incendios o ataques de nuevos
inmigrantes, abandonaban sus casas y se iban a la desbandada en búsqueda de
nuevos lugares de residencia lo mismo que en Rusia aún en el presente hay
aldeas que vagan dispersas por las mismas causas. Y he aquí que si algunos de los hirdmen, es decir, jefes de mesnaderos,
ofrecían entregar a los campesinos algún ganado para iniciar su nuevo hogar,
hierro para forjar el arado, si no el arado mismo, y también protección contra
las incursiones y los saqueos, y si declaraba que por algunos años los nuevos
colonos estarían exentos de toda paga antes de comenzar a amortizar la deuda,
entonces los inmigrantes de buen grado se asentaban en su tierra. Por consiguiente, cuando después de una lucha
obstinada con las malas cosechas, inundaciones y fiebres, estos pioneros
comenzaban a reembolsar sus deudas, fácilmente se convertían en siervos del
protector del distrito.
Así se acumulaban las riquezas; y detrás de las riquezas sigue siempre
el poder. Pero, sin embargo, cuanto más
penetramos en la vida de aquellos tiempos -siglo sexto y séptimo- tanto más nos
convencemos de que para el establecimiento del poder de la minoría se requería,
además de la riqueza y de la fuerza militar, todavía un elemento. Este elemento fue la ley y el derecho, el
deseo de las masas de mantener la paz y establecer lo que consideraban
justicia; y este deseo dio a los caudillos de las mesnadas, a los knyazi, príncipes, reyes, etc., la
fuerza que adquirieron dos o tres siglos después. La misma idea de la justicia, nacida en el
período tribal, pero concebida ahora como la compensación debida por la ofensa
causada, pasé como un hilo rojo a través de la historia de todas las
instituciones siguientes; y en medida considerablemente mayor que las causas
militares o económicas, sirvió de base sobre la cual se desarrolló la autoridad
de los reyes y de los señores feudales.
En realidad, la principal preocupación de las comunas aldeanas
bárbaras era entonces (como también ahora en los pueblos contemporáneos
nuestros, situados en el mismo nivel de desarrollo) la rápida suspensión de las
guerras familiares, surgidas de la venganza de sangre, debidas a las
concepciones de la justicia, corrientes entonces. No bien se producía una riña entre dos
comuneros, inmediatamente la comuna, y la asamblea comunal, después de escuchar
el caso, fijaba la compensación monetaria (wergeld),
es decir, la compensación que debía pagar al perjudicado o a su familia, y
de modo igual también el monto de la multa (fred)
por la perturbación de la paz, que se pagaba a la comuna. Dentro de la misma comuna las disensiones se
arreglaban fácilmente de este modo. Pero
cuando se producía un caso de venganza de sangre entre dos tribus diferentes, o
dos confederaciones de tribus -entonces, a pesar de todas las medidas tomadas
para conjurar tales guerras- era difícil encontrar el árbitro o conocedor del
derecho común, cuya decisión fuera aceptable para ambas partes, por confianza
en su imparcialidad y en su conocimiento de las leyes más antiguas. La dificultad se Complicaba aún más porque el
derecho común de las diferentes tribus y confederaciones no determinaba
igualmente el monto de la compensación monetaria en los diferentes casos.
Debido a esto, apareció la costumbre de tomar un juez de entre las
familias o clanes conocidos por que conservaban la ley antigua en toda su
pureza, y poseían el conocimiento de las canciones, versos, sagas, etcétera,
con cuya ayuda se retenía la ley en la memoria.
La conservación de la ley, de este modo, se hizo un género de arte,
«misterio», cuidadosamente transmitido de generación en generación, en
determinadas familias. Así, por ejemplo,
en Islandia y en los otros países escandinavos, en cada Alithing o asamblea nacional, el lövsögmathr (recitador de los derechos) cantaba de memoria todo el
derecho común, para edificación de los reunidos, y en Irlanda, como es sabido,
existía una clase especial de hombres que tenían la reputación de ser
conocedores de las tradiciones antiguas, y debido a esto gozaban de gran
autoridad en calidad de jueces. Por
esto, cuando encontramos en los anales rusos noticias de que algunas tribus de
Rusia noroccidental, viendo los desórdenes que iban en aumento y que tenían su
origen en el hecho de que «el clan se levanta contra el clan», acudieron a los varingiar normandos y les pidieron que
se convirtiesen en sus jueces y en comandantes de sus mesnadas; cuando vemos
más tarde a los knyazi, elegidos invariablemente durante los dos siglos siguientes
de una misma familia normanda, debemos reconocer que los eslavos admitían en
estos normandos un mejor conocimiento de las leyes de derecho común, el cual
los diferentes clanes eslavos reconocían como conveniente para ellos. En este caso, la posesión de las runas, que
servían para anotar las antiguas costumbres, fue entonces una ventaja positiva
en favor de los normandos; a pesar de que en otros casos existen también
indicaciones de que acudían en procura de jueces al clan más «antiguo», es
decir, a la rama que se consideraba materna, y que las resoluciones de estos
jueces eran consideradas justísimas. Por
último, en una época posterior vemos la inclinación
más notoria a elegir jueces entre el clero cristiano, que entonces se atenta
aún al principio fundamental del cristianismo, ahora olvidado: que la venganza
no constituye un acto de justicia.
Entonces el clero cristiano abría sus iglesias como lugar de refugio a
los hombres que huían de la venganza de sangre, y de buen grado intervenía en
calidad de mediador en los asuntos criminales, oponiéndose siempre al antiguo
principio tribal: «vida por vida y sangre por sangre».
En una palabra, cuanto más profundamente penetramos en la historia de
las antiguas instituciones, tanto menos encontramos fundamentos para la teoría
del origen militar de la autoridad que sostiene Spencer. Juzgando por todo eso hasta la autoridad que
más tarde se convirtió en fuente de opresión tuvo su origen en las
inclinaciones pacíficas de las masas.
En todos los casos jurídicos, la multa (fred) que a menudo alcanzaba a
la mitad del monto de la compensación
monetaria (wergeld) se ponía a
disposición de la asamblea comunal, y desde tiempos inmemoriales se empleaba en
obras de utilidad común, o que servían para la defensa. Hasta ahora tiene el mismo destino (erección
de torres) entre los kabilas y algunas tribus mogólicas; y tenemos testimonios
históricos directos de que aun bastante más tarde, las multas judiciales, en
Pskov y en algunas ciudades francesas y alemanas, se empleaban en la reparación
de las murallas de la ciudad. Por esto
era perfectamente natural que las multas se confiaran a los jueces (knyaziá),
condes, etc., quienes, al mismo tiempo, debían mantener la mesnada de hombres
armados para la defensa del territorio, y también debían hacer cumplir la
sentencia. Esto se hizo costumbre
general en los siglos octavo y noveno, hasta en los casos en que actuaba como
juez un obispo electo. De tal modo
aparecieron los gérmenes de la fusión en una misma persona de lo que ahora
llamamos poder judicial y ejecutivo.
Además, la autoridad del rey, knyaz,
conde, etc., estaba estrictamente limitada, a estas dos funciones. No era, de ningún modo, el gobernador del
pueblo, el poder supremo pertenecía aún a la asamblea popular; no era ni
siquiera comandante de la milicia popular, puesto que cuando el pueblo tomaba las armas se hallaba bajo
el comando de un caudillo también electo, que no estaba sometido al rey o al knyaz, sino que era considerado su
igual. El rey o el knyaz era señor todopoderoso sólo en sus dominios personales. Prácticamente, en la lengua de los bárbaros
la palabra knung, konung, koning o cyning
-sinónimo del rex latino-, no
tenía otro significado que el de simple caudillo temporal o jefe de un
destacamento de hombres. El comandante
de una flotilla de barcos, o hasta de un simple navío pirata, era también
konung; aun ahora en Noruega, el pescador que dirige la pesca local se llama Not-kcing (rey de las redes). Los
honores con que más tarde comenzaron a rodear la personalidad del rey aún no
existían entonces, y mientras que el delito de traición al clan se castigaba
con la muerte, por el asesinato del rey se imponía solamente una compensación
monetaria, en cuyo caso solamente se valoraba el rey tantas veces más que un
hombre libre común. Y cuando el rey (o Kanut) mató a uno de los miembros de su
mesnada, la saga le representa convocándolos a la asamblea (thing), durante la
cual se puso de rodillas suplicando perdón.
Su culpa fue perdonada, pero sólo después de haber aceptado pagar una
compensación monetaria nueve veces mayor que la habitual, y de esta
compensación recibió él mismo una tercera parte, por la pérdida de su hombre,
una tercera parte fue entregada a los parientes del muerto y una tercera parte
(en calidad de fred, es decir multa)
a la mesnada. En realidad, fue necesario
que se efectuara el cambio más completo en las concepciones corrientes, bajo la
influencia de la Iglesia y el estudio del derecho romano, antes de que la idea
de la sagrada inviolabilidad comenzara a aplicarse a la persona del rey.
Me saldría yo, sin embargo, de los límites de los ensayos presentes si
quisiera seguir desde los elementos arriba citados el desarrollo paulatino de
la autoridad. Historiadores tales como
Green y la señora de Green con respecto a Inglaterra; Agustin Thierry, Michelet
y Luchaire en Francia; Kaufmann, Janssen y hasta Nitzsch en Alemania; Leo y
Botta en Italia, y Bielaief, Kostomarof y sus continuadores en Rusia, y muchos
otros, nos han referido esto detalladamente.
Han mostrado cómo la población, plenamente libre y que había acordado
solamente «alimentar» a determinada cantidad de sus protectores militares,
paulatinamente se convirtió en sierva de estos protectores; cómo el entregarse
a la protección de la Iglesia, o del señor feudal (commendation), se convirtió
en una onerosa necesidad para los ciudadanos libres, siendo la única protección
contra los otros depredadores feudales; cómo el castillo del señor feudal y del
obispo se convirtió en un nido de asaltantes, en una palabra, cómo se introdujo
el yugo del feudalismo y cómo las cruzadas, librando a todos los que llevaban
la cruz, dieron el primer impulso para la liberación del pueblo. Pero no tenemos necesidad de referir aquí
todo esto, pues nuestra tarea principal es seguir ahora la obra del genio constructor de las
masas populares, en sus instituciones, que servían a la obra de ayuda
mutua.
En la misma época en que parecía que las últimas huellas de la
libertad habían desaparecido entre los bárbaros, y que Europa, caída bajo el
poder de mil pequeños gobernantes, se encaminaba directamente al
establecimiento de los Estados teocráticos y despóticos que comúnmente seguían
al período bárbaro en la época precedente de civilización, o se encaminaba a la
creación de las monarquías bárbaras, como las que ahora vemos en Africa, en
esta misma época, decíamos, la vida en Europa tomaba una nueva dirección. Se encaminó en dirección semejante a la que
ya había sido tomada una vez por la civilización de las ciudades de la antigua
Grecia. Con unanimidad que nos parece
ahora casi incomprensible, y que durante mucho tiempo realmente no ha sido
observada por los historiadores, las poblaciones urbanas, hasta los burgos más
pequeños, comenzaron a sacudir el yugo de sus señores temporales y
espirituales. La villa fortificada se
rebeló contra el castillo del señor feudal; primeramente sacudió su autoridad,
luego atacó al castillo, y finalmente lo destruyó. El movimiento se extendió de una ciudad a
otra, y en breve tiempo participaron de él todas las ciudades europeas. En menos de cien años, las ciudades libres
crecieron a orillas del Mediterráneo, del mar del Norte, del Báltico, el océano
Atlántico y de los fiordos de Escandinavia; al pie de los Apeninos, Alpes
Schwarzenwald, Grampianos, Cárpatos; en las llanuras de Rusia, Hungría, Francia
y España. Por doquier ardían las mismas
rebeliones, que tenían en todas partes los mismos caracteres, pasando en todas
partes aproximadamente a través de las mismas formas y conduciendo a los mismos
resultados.
En cada ciudad pequeña, en cualquier parte donde los hombres
encontraban o pensaban encontrar cierta protección tras las murallas de la
ciudad, ingresaban en las «conjuraciones» (cojurations),
«hermandades y amistades» (amicia), unidas por un sentimiento común, e iban
atrevidamente al encuentro de la nueva vida de ayuda mutua y de libertad. Y lograron realizar sus aspiraciones tanto
que, en trescientos o cuatrocientos años cambió por completo el aspecto de
Europa. Cubrieron el país de ciudades,
en las que se elevaron edificios hermosos y suntuosos que eran expresión del
genio de las uniones libres de hombres libres, edificios cuya belleza y
expresividad aún no hemos superado.
Dejaron en herencia a las generaciones siguientes, artes y oficios
completamente nuevos, y toda nuestra educación moderna, con todos los éxitos
que ha obtenido y todos los que se esperan en lo futuro, constituyen solamente
un desarrollo ulterior de esta herencia.
Y cuando ahora tratamos de determinar qué fuerzas produjeron estos grandes
resultados, las encontramos no en el genio de los héroes individuales ni en la
poderosa organización de los grandes Estados, ni en el talento político de sus
gobernantes, sino en la misma corriente de ayuda mutua y apoyo mutuo, cuya obra
hemos visto en la comuna aldeana, y que se animó y renovó en la Edad Media
mediante un nuevo género de uniones, las guildas, inspiradas por el mismo
espíritu, pero que se había encauzado ya en una nueva forma.
En la época presente, es bien sabido que el feudalismo no implica la
descomposición de la comuna aldeana, a pesar de que los gobernantes feudales
consiguieron imponer el yugo de la servidumbre a los campesinos y apropiarse de
los derechos que antes pertenecían a la comuna aldeana (contribuciones,
mano-muerta, impuestos a la herencia y casamientos), los campesinos, a pesar de
todo, conservaron dos derechos comunales fundamentales: la posesión comunal de
la tierra y la jurisdicción propia. En
tiempos pasados, cuando el rey enviaba a su vogt Guez) a la aldea, los
campesinos iban al encuentro del nuevo juez con flores en una mano y un arma en
la otra, y le preguntaban qué ley tenía intención de aplicar, si la que él
hallaba en la aldea o la que él traía.
En el primer caso, le entregaban las flores y lo aceptaban, y en el
segundo, entablaban guerra contra él.
Ahora los campesinos habían de aceptar al juez enviado por el rey o el
señor feudal, puesto que no podían rechazarlo; pero a pesar de todo, retenían
el derecho de jurisdicción para la asamblea comunal, y ellos mismos designaban
seis, siete o doce jueces que actuaban conjuntamente con el juez del señor
feudal, en presencia de la asamblea comunal, en calidad de mediadores o
personas que «hallaban las sentencias».
En la mayoría de los casos, ni siquiera quedaba al juez real o feudal
más que confirmar la resolución de los jueces comunales y recibir la multa
(fred) habitual.
El preciso derecho al procedimiento judicial propio, que en aquel
tiempo implicaba el derecho a la administración propia y a la legislación
propia, se conserva en medio de todas las guerras y conflictos. Ni siquiera los jurisconsultos que rodeaban a
Carlomagno pudieron destruir este derecho; se vieron obligados a
confirmarlo. Al mismo tiempo, en todos
los asuntos relativos a las posesiones comunales, la asamblea comunal conservaba
la soberanía y, como ha sido demostrado por Maurer, a menudo exigía la sumisión
de parte del mismo señor feudal en los asuntos relativos a la tierra. El desarrollo más fuerte del feudalismo no
pudo quebrantar la resistencia de la comuna aldeana: se aferraba firmemente a
sus derechos; y cuanto, en el siglo noveno y en el décimo, las invasiones de
los normandos, árabes y húngaros, mostraron claramente que las mesnadas
guerreras en realidad eran impotentes para proteger el país de las incursiones,
por toda Europa los campesinos mismos comenzaron a fortificar sus poblaciones
con muros de piedras y fortines. Miles
de centros fortificados fueron erigidos entonces, gracias a la energía de las
comunas aldeanas; y una vez que alrededor de las comunas se erigieron baluartes
y murallas, y en este nuevo santuario se crearon nuevos intereses comunales,
los habitantes comprendieron en seguida que ahora, detrás de sus muros, podían
resistir no sólo los ataques de los enemigos exteriores, sino también los
ataques de. los enemigos interiores, es decir, los señores feudales. Entonces una nueva vida libre comenzó a
desarrollarse dentro de estas fortalezas.
Había nacido la ciudad medieval.
Ningún período de la historia sirve de mejor
confirmación de las fuerzas creadoras del pueblo que los siglos décimo y
undécimo, en que las aldeas fortificadas y las villas comerciales que
constituían un género de «oasis en la selva feudal» comenzaron a liberarse del
yugo de los señores feudales y a elaborar lentamente la organización futura de
la ciudad. Por desgracia, los
testimonios históricos de este período se distinguen por su extrema escasez:
conocemos sus resultados, pero muy poco ha llegado hasta nosotros sobre los
medios con que estos resultados fueron obtenidos. Bajo la protección de sus
muros, las asambleas urbanas -algunas completamente independientes, otras bajo
la dirección de las principales familias de nobles o de comerciantes-
conquistaron y consolidaron el derecho a elegir el protector militar de la
ciudad (defensor municipit) y el del
juez supremo, o por lo menos el derecho de elegir entre aquellos que expresaran
sus deseos de ocupar este puesto. En
Italia, las comunas jóvenes expulsaban continuamente a sus protectores (defensores o domina) y hasta sucedió
que las comunas debieron luchar con los que no consentían en irse de buen
grado. Lo mismo sucedía en el Este. En
Bohemia, tanto los pobres como los ricos (Bohemicae
gentis magni et parvi, nobiles et
ignobiles), tomaban igualmente parte en las elecciones; y las asambleas
populares (viéche) de las ciudades
rusas regularmente elegían, ellas mismas, a sus knyaz -siempre de una misma familia, los Rurik-; contraían pactos
(convenciones) y expulsaban al knyaz si
provocaba descontento. Al mismo tiempo,
en la mayoría de las ciudades del Oeste y Sur de Europa existía la tendencia a
designar en calidad de protector de la ciudad (defensor) al obispo, que la ciudad misma elegía; y los obispos a
menudo sobresalieron tanto en la defensa de los privilegios (inmunidades) y de
las libertades urbanas, que muchos de ellos, después de muertos, fueron
reconocidos como santos o patronos especiales de sus diferentes ciudades. San Uthelred de Winchester, San Ulrico de
Augsburg, San Wolfgang de Ratisbona, San Heriberto de Colonia, San Adalberto de
Praga, etc., y numerosos abates y monjes se convirtieron en santos de sus
ciudades por haber defendido sus derechos populares. Y con la ayuda de estos nuevos defensores,
laicos y clérigos, los ciudadanos conquistaron para su asamblea popular plenos
derechos a la independencia en la jurisdicción y administración.
Todo el proceso de liberación fue avanzando poco a
poco, gracias a una serie ininterrumpida de actos en que se manifestaba su
fidelidad a la obra común y que eran realizados por hombres salidos de las
masas populares, por héroes desconocidos, cuyos mismos nombres no han sido
conservados por la historia. El
asombroso movimiento, conocido bajo el nombre de «paz de Dios (treuga Dei)», con cuya ayuda las masas
populares trataban de poner límite a las interminables guerras tribales por
venganza de sangre que se prolongaba entre las familias de los notables, nació
en las jóvenes ciudades libres, y los obispos y los ciudadanos se esforzaban
por extender a la nobleza la paz que establecieron entre ellos, dentro de sus
murallas urbanas.
Ya en este período, las ciudades comerciales de
Italia, y en especial Amalfi (que tenía cónsules electos desde el año 844) y a
menudo cambiaban a su dux en el siglo décimo, elaboraron el derecho común
marítimo y comercial, que más tarde sirvió de ejemplo para toda Europa. Ravenna elaboró, en la misma época, su
organización artesanal, y Milán, que hizo su primera revolución en el año 980,
se convirtió en centro comercial importante y su comercio gozaba de una completa
independencia ya en el siglo undécimo. Lo
mismo puede decirse con respecto a Brujas y Gante, y también a varias ciudades
francesas en las que el Mahl o forum (asamblea popular) se había hecho ya
una institución completamente independiente. Ya durante este período comenzó la
obra de embellecimiento artístico de las ciudades con las producciones de la
arquitectura que admiramos aún, y que atestiguan elocuentemente el movimiento
intelectual que se producía entonces. «Casi por todo el mundo se renovaban los
templos» -escribía en su crónica Raúl Cylaber, y algunos de los monumentos más
maravillosos de la arquitectura medieval datan de este período: la asombrosa
iglesia antigua de Bremen fue construida en el siglo noveno; la catedral de San
Marcos, en Venecia, fue terminada en el año 1071, y la hermosa catedral de
Pisa, en el año 1063. En realidad, el
movimiento intelectual que se ha
descrito con el nombre de Renacimiento del siglo duodécimo y de
racionalismo del siglo duodécimo, que fue precursor de la Reforma, tiene su
principio en este período en que la mayoría de las ciudades constituían aún
simples aglomeraciones de pequeñas comunas aldeanas, rodeadas por una muralla
común, y algunas se convirtieron ya en comunas independientes.
Pero se requería todavía otro elemento, a más de la
comuna aldeana, para dar a estos centros nacientes de libertad e ilustración la
unidad de pensamiento y acción y la poderosa fuerza de iniciativa que crearon
su poderío en el siglo duodécimo y decimotercero. Bajo la creciente diversidad de ocupaciones,
oficios y artes, y el aumento del comercio con países lejanos, se requería una
forma de unión que no había dado aún la comuna aldeana, y este nuevo elemento
necesario fue encontrado en las guildas. Muchos volúmenes se han escrito sobre
estas uniones que, bajo el nombre de guildas, hermandades, drúzhestva, minne, artiél, en Rusia; esnaf en Servía y Turquía, amkari
en Georgia, etc., adquirieron gran desarrollo en la Edad Media. Pero los historiadores hubieron de trabajar
más de sesenta años sobre esta cuestión antes de que fuera comprendida la
universalidad de esta institución y explicado su verdadero carácter. Sólo ahora, que ya están impresos y
estudiados centenares de estatutos de guildas y se ha determinado su relación
con los collegia romana, y también
con las uniones aún más antiguas de Grecia e India, podemos afirmar con plena
seguridad que estas hermandades son solamente el desarrollo mayor de aquellos
mismos principios cuya aparición hemos visto ya en la organización tribal y en
la comuna aldeana.
Nada puede ilustrar mejor estas hermandades
medievales que las guildas temporales que se formaban en las naves
comerciales. Cuando la nave hanseática
se había hecho a la mar, solía ocurrir que, pasado el primer medio día desde la
salida del puerto, el capitán o skiper
(Schiffer) generalmente reunía en cubierta a toda la tripulación y a los
pasajeros y les dirigía, según el testimonio de un contemporáneo, el discurso
siguiente:
«Como nos hallamos ahora a merced de la voluntad de
Dios y de las olas -decía- debemos ser iguales entre nosotros. Y puesto que estamos rodeados de tempestades,
altas olas, piratas marítimos y otros peligros, debemos mantener un orden
estricto, a fin de llevar nuestro viaje a un feliz término. Por esto debemos rogar que haya viento
favorable y buen éxito y, según la ley marítima, elegir a aquellos que ocuparán
el asiento de los jueces (Schöffenstellen)». Y luego la tripulación elegía a un Vogt y cuatro scabini que se convertían en jueces. Al final de la navegación, el Vogt y los scabini se despojaban de su obligación y dirigían a la tripulación
el siguiente discurso: «Debemos perdonarnos todo lo que sucedió en la nave y
considerarlo muerto (todt und ab sein
lassen). Hemos juzgado con rectitud
y en interés de la justicia. Por esto,
rogamos a todos vosotros, en nombre de la justicia honesta, olvidar toda
animosidad que podáis albergar el uno contra el otro y jurar sobre el pan y la
sal que no recordaréis lo pasado con rencor.
Pero si alguno se considera ofendido, que se dirija al Landvogt (juez de tierra) y, antes de la
caída del sol, solicite justicia ante él». «Al desembarcar a tierra todas las
multas (fred) cobradas en el camino se entregaban al Vogt portuario para ser
distribuidas entre los pobres».
Este simple relato quizá caracterice mejor que nada
el espíritu de las guildas medievales.
Organizaciones semejantes brotaban doquiera apareciese un grupo de
hombres unidos por alguna actividad común: pescadores, cazadores, comerciantes,
viajeros, constructores, o artesanos asentados, etc. Como hemos visto, en la nave ya existía una
autoridad, en manos del capitán, pero, para el éxito de la empresa común, todos
los reunidos en la nave, ricos y pobres, los amos y la tripulación, el capitán
y los marineros, acordaban ser iguales en sus relaciones personales -acordaban
ser simplemente hombres obligados a ayudarse mutuamente- y se obligaban a
resolver todos los desacuerdos que pudieran surgir entre ellos con la ayuda de
los jueces elegidos por todos.
Exactamente lo mismo cuando cierto número de artesanos, albañiles,
carpinteros, picapedreros, etc., se unían para la construcción, por ejemplo, de
una catedral, a pesar de que todos ellos pertenecían a la ciudad, que tenía su
organización política, y a pesar de que cada uno de ellos, además, pertenecía a
su corporación, sin embargo, al juntarse para una empresa común -para una
actividad que conocían mejor que las otras- se unían además en una organización
fortalecida por lazos más estrechos, aunque fuesen temporarios: fundaban una
guilda, un artiél, para la construcción de la catedral. Vemos lo mismo, también actualmente, en el
kabileño. Los kabilas tienen su comuna
aldeana, pero resulta insuficiente para la satisfacción de todas sus
necesidades políticas, comerciales y personales de unión, debido a lo cual se
constituye una hermandad más estrecha en forma de cof.
En cuanto al carácter fraternal de las guildas
medievales, para su explicación, puede aprovecharse cualquier estatuto de
guilda. Si tomamos, por ejemplo, la
skraa de cualquier guilda danesa antigua, leemos en ella, primeramente, que en
las guildas deben reinar sentimientos fraternales generales; siguen luego las
reglas relativas a la jurisdicción propia en las guildas, en caso de riña entre
dos hermanos de las guildas o entre un hermano y un extraño, y por último, se
enumeran los deberes de los hermanos. Si
la casa de un hermano se incendia, si pierde su barca, si sufre durante una
peregrinación, todos los demás hermanos deben acudir en su ayuda. Si el hermano se enferma de gravedad, dos
hermanos deben permanecer junto a su lecho hasta que pase el peligro; si muere,
los hermanos deben enterrarlo -un deber de no poca importancia en aquellos
tiempos de epidemias frecuentes- y acompañarlo hasta la iglesia y la
sepultura. Después de la muerte de un
hermano, si era necesario, debían cuidarse de sus hijos; muy a menudo, la viuda
se convertía en hermana de la guilda.
Los dos importantes rasgos arriba citados se
encuentran en todas las hermandades, cualquiera que fuera la finalidad para la
cual han sido fundadas. En todos los
casos, los miembros precisamente se trataban así y se llamaban mutuamente
hermano y hermana. En las guildas, todos
eran iguales. Las guildas tenían en
común alguna propiedad (ganado, ,tierra, edificios, iglesias o «ahorros comunales»). Todos los hermanos juraban olvidar todos los
conflictos tribales anteriores por venganza de sangre; y, sin imponerse entre
sí el deber incumplible de no reñir nunca, llegaban a un acuerdo para que la
riña no pasara a ser enemistad
familiar con todas las consecuencias de la venganza tribal, y para que, en la
solución de la riña, los hermanos no se dirigieran a ningún otro tribunal fuera del tribunal de la guilda de los mismos hermanos.
En el caso de que un hermano fuera arrastrado a una riña con una persona
ajena a la guilda, los hermanos
estaban obligados a apoyarlo a cualquier precio; y si fuera él acusado, justa o
injustamente, de inferir la ofensa, los hermanos debían ofrecerle apoyo y
tratar de llevar el asunto a una solución pacífica. Siempre que la violencia ejercida por un
hermano no fuera secreta -en este último caso estaría fuera de la ley- la
hermandad salía en su defensa. Si los
parientes del hombre ofendido quisieran vengarse inmediatamente del ofensor con
una agresión, la hermandad lo proveería de caballo para la huida, o de un bote,
o de un par de remos, de un cuchillo y un acero para producir fuego; si
permanecía en la ciudad, lo acompañaba por todas partes una guardia de doce
hermanos; y durante este tiempo la hermandad trataba por todos los medios de
arreglar la reconciliación (composition). Cuando el asunto llegaba a los tribunales, los hermanos se
presentaban al tribunal para confirmar, bajo juramento, la veracidad de las
declaraciones del acusado; si el
tribunal lo hallaba culpable, no le dejaban caer en la ruina completa, o ser
reducido a la esclavitud debido a la imposibilidad de pagar la indemnización
monetaria reclamada: todos participaban en el pago de ella, exactamente lo
mismo que lo hacía en la antigüedad todo el clan. Sólo en el caso de que el hermano defraudara
la confianza de sus hermanos de guilda, o hasta de otras personas, era
expulsado de la hermandad con el nombre de «inservible» (tha scal han maeles af brödrescap met nidings nafn). La guilda era, de tal modo, prolongación
del «clan» anterior.
Tales eran las ideas dominantes de estas hermandades
que gradualmente se extendieron a toda la vida medieval. En realidad, conocemos guildas surgidas entre
personas de todas las profesiones posibles: guildas de esclavos, guildas de
ciudadanos libres y guildas mixtas, compuestas de esclavos y ciudadanos libres;
guildas organizadas con fines especiales: la caza, la pesca o determinada
expedición comercial y que se disolvían cuando se había logrado el fin
propuesto, y guildas que existieron durante siglos en determinados oficios o
ramos de comercio. Y a medida que la
vida desarrollaba una variedad de fines cada vez mayor, crecía, en proporción,
la variedad de las guildas. Debido a esto,
no sólo los comerciantes, artesanos, cazadores y campesinos se unían en
guildas, sino que encontramos guildas de sacerdotes, pintores, maestros de
escuelas primarias y universidades; guildas para la representación escénica de
«La Pasión del Señor», para la construcción de iglesias, para el desarrollo de
los «misterios» de determinada escuela de arte u oficio; guildas para
distracciones especiales, hasta guildas de mendigos, verdugos y prostitutas, y
todas estas guildas estaban organizadas según el mismo doble principio de
jurisdicción propia y de apoyo mutuo. En cuanto a Rusia, poseemos testimonios
positivos que indican que el hecho mismo de la formación de Rusia fue tanto
obra de los artieli de pescadores, cazadores e industriales como del resultado
del brote de las comunas aldeanas. Hasta
en los días presentes, Rusia está cubierta por artieli.
Se ve ya por las observaciones precedentes cuán
errónea era la opinión de los primeros investigadores de las guildas cuando
consideraban como esencia de esta institución la festividad anual que era
organizada comúnmente por los hermanos.
En realidad, el convite común tenía lugar el mismo día, o el día
siguiente, después de realizada la elección de los jefes, la deliberación de
las modificaciones necesarias en los reglamentos y, muy a menudo, el juicio de
las riñas surgidas entre hermanos; por último, en este día, a veces, se
renovaba el juramento de fidelidad a la guilda.
El convite común, como el antiguo festín de la asamblea comunal de la
tribu -mahl o mahlum- o la aba de los buriatos, o la fiesta
parroquias y el festín al finalizar la recolección, servían simplemente para
consolidar la hermandad. Simbolizaba los
tiempos en que todo era del dominio común del clan. En ese día, por lo menos, todo pertenecía a
todos; se sentaban todos a una misma mesa.
Hasta en un período considerablemente más avanzado, los habitantes de
los asilos de una de las guildas de Londres, ese día, se sentaban a una mesa
común junto con los ricos alderpnen.
En cuanto a la diferencia que algunos investigadores
trataron de establecer entre las viejas -guildas de paz» sajonas (frith guild) y las llamadas guildas
«sociales» o «religiosas», con respecto a esto puede decirse que todas eran
guildas de paz en el sentido ya dicho y todas ellas eran religiosas en el
sentido en que la comuna aldeana o la ciudad puesta bajo la protección de un
santo especial son sociales y religiosas.
Si la institución de la guilda tuvo tan vasta difusión en Asia, Africa y
Europa, si sobrevivió un milenio, surgiendo nuevamente cada vez que condiciones
similares la llamaban a la vida, se explica porque la guilda representaba algo
considerablemente mayor que una simple asociación para la comida conjunta, o
para concurrir a la iglesia en determinado día, o para efectuar el entierro por
cuenta común. Respondía a una necesidad
hondamente arraigada en la naturaleza humana; reunía en sí todos aquellos
atributos de que posteriormente se apropió el Estado por medio de su
burocracias su policía, y aun mucho más.
La guilda era una asociación para el apoyo mutuo «de hecho y de
consejo», en todas las circunstancias y en todas las contingencias de la vida;
y era una organización para el afianzamiento de la justicia, diferenciándose
del gobierno, sin embargo, en que en lugar del elemento formal, que era el
rasgo esencial característico de la intromisión del Estado. Hasta cuando el hermano de la guildas
aparecía ante el tribunal de la misma, era juzgado por personas que le conocían
bien, estaban a su lado en el trabajo conjunto, se habían sentado con él más de
una vez en el convite común, y juntos cumplían toda clase de deberes
fraternales; respondía ante hombres que eran sus iguales y sus hermanos
verdaderos, y no ante teóricos de la ley o defensores de ciertos intereses
ajenos.
Es evidente que una institución tal como la guilda,
bien dotada para la satisfacción de la necesidad de unión, sin privar por eso
al individuo de su independencia e iniciativa, debió extenderse, crecer y
fortalecerse. La dificultad residía
solamente en hallar una forma que permitiera a las federaciones de guildas
unirse entre sí, sin entrar en conflicto con las federaciones de comunas
aldeanas, y uniera unas y otras en un todo armonioso. Y cuando se halló la forma conveniente -en la
ciudad libre- y una serie de circunstancias favorables dio a las ciudades la
posibilidad de declarar y afirmar su independencia, la realizaron con tal
unidad de pensamiento, que habría de provocar admiración aun en nuestro siglo
de los ferrocarriles, las comunicaciones telegráficas y la imprenta. Centenares de Cartas con las que las ciudades
afirmaron su unión llegaron hasta nosotros; y en todas estas Cartas aparecen
las mismas ideas dominantes, a pesar de la infinita diversidad de detalles que
dependían de la mayor o menor plenitud de libertad. Por doquier la ciudad se organizaba como una
federación doble, de pequeñas comunas aldeanas y de guildas.
«Todos los pertenecientes a la amistad de la ciudad
-como dice, por ejemplo, la Carta acordada en 1188 a los ciudadanos de la
ciudad de Aire, por Felipe, conde de Flandes- han prometido y confirmado, bajo
juramento, que se ayudarán mutuamente como hermanos en todo lo útil y honesto;
que si el uno ofende al otro, de palabra o de hecho, el ofendido no se vengará
por sí mismo ni lo harán sus allegados... presentará una queja y el ofensor
pagará la debida indemnización por la ofensa, de acuerdo con la resolución
dictada por doce jueces electos que actuarán en calidad de árbitros. Y si el ofensor o el ofendido, después de la
tercera advertencia, no se somete a la resolución de los árbitros, será
excluido de la amistad como hombre depravado y perjuro.
«Todo miembro de la comuna será fiel a sus
conjurados, y les prestará ayuda y consejo de acuerdo con lo que dicte la
justicia» -así dicen las Cartas de Amiens y Abbeville-. «Todos se ayudarán
mutuamente, cada uno según sus fuerzas, en los límites de la comuna, y no
permitirán que uno tome algo a otro comunero, o que obligue a otro a pagar
cualquier clase de contribución», leemos en las cartas de Soissons, Compiégne,
Senlis, y de muchas otras ciudades del mismo tiempo.
«La comuna -escribió el defensor del antiguo orden,
Guilbert de Nogent- es un juramento de ayuda mutua (mutui adjutori conjuratio)»...
«Una palabra nueva y detestable. Gracias
a ella, los siervos (capite sensi) se liberan de toda servidumbre;
gracias a ella, se liberan del pago de las contribuciones que generalmente
pagaban los siervos».
Esta misma ola liberadora rodó en los siglos décimo,
undécimo y duodécimo por toda Europa, arrollando tanto las ciudades ricas como
las más pobres. Y si podemos decir que,
hablando en general, primero se liberaron las ciudades italianas (muchas aún en
el siglo undécimo y algunas también en el siglo décimo), sin embargo no podemos
dejar de señalar el centro menudo, un pequeño burgo de un punto cualquiera de
Europa central se ponía a la cabeza del movimiento de su región, y las grandes
ciudades tomaban su Carta como modelo.
Así, por ejemplo, la Carta de la pequeña ciudad de Lorris fue aceptada
por ciudades del sureste de Francia, y
la Carta de Beaumont sirvió de modelo a más de quinientas ciudades y villas de
Bélgica y Francia. Las ciudades enviaban
continuamente diputados especiales a la ciudad vecina, para obtener copia de su
Carta, y sobre esa base elaboraban su propia constitución. Sin embargo, las ciudades no se conformaban
con la simple transcripción de las Cartas: componían sus cartas en conformidad
con las concesiones que conseguían arrancar a sus señores feudales; resultando,
como observó un historiador, que las cartas de las comunas medievales se
distinguen por la misma diversidad que la arquitectura gótica de sus iglesias y
catedrales. La misma idea dominante en
todas, puesto que la catedral de la ciudad representaba simbólicamente la unión
de las parroquias o de las comunas pequeñas y de las guildas en la ciudad
libre, y en cada catedral había una infinita riqueza de variedad en los
detalles de su ornamento.
El punto más esencial para las ciudades que se
liberaban era su jurisdicción propia, que implicaba también la administración
propia. Pero la ciudad no era
simplemente una parte «autónoma» del Estado -tales palabras ambiguas no habían
sido inventadas-, constituía un Estado por sí mismo. Tenía derecho a declarar la guerra y negociar
la paz, el derecho de establecer alianzas con sus vecinos y de federarse con
ellos. Era soberana en sus propios
asuntos y no se inmiscuía en los ajenos.
El poder político supremo de la ciudad se
encontraba, en la mayoría de los casos, íntegramente en manos de la asamblea
popular (forum) democrática, como sucedía, por ejemplo, en Pskof, donde la viéche enviaba y recibía los
embajadores, concluía tratados, invitaba y expulsaba a los knyaziá, o prescindía por completo de ellos durante décadas
enteras. 0 bien, el alto poder político era transferido a manos de algunas
familias notables, comerciantes o hasta de nobles; o era usurpado por ellos,
como sucedía en centenares de ciudades de Italia y Europa central. Pero los principios fundamentales continuaban
siendo los mismos: la ciudad era un Estado y, lo que es quizá aún más notable,
si el poder de la ciudad había sido usurpado, o se habían apropiado
paulatinamente de él la aristocracia comercial o hasta la nobleza, la vida
interior de la ciudad y el carácter democrático de sus relaciones cotidianas
sufrían por ello poca mengua: dependía poco de lo que se puede llamar forma
política del Estado.
El secreto de esta contradicción aparente reside en
que la ciudad medieval no era un Estado centralizado. Durante los primeros siglos de su existencia,
la ciudad apenas se podía llamar Estado, en cuanto se refería a su organización
interna, puesto que la edad media, en general, era ajena a nuestra
centralización moderna de las funciones, como también a nuestra centralización
de las provincias y distritos en manos de un gobierno central. Cada grupo tenía, entonces, su parte de
soberanía.
Comúnmente la ciudad estaba dividida en cuatro
barrios, o en cinco, seis o siete kontsi (sectores)
que irradiaban de un centro donde estaba situada la catedral y a menudo la
fortaleza (krieml). Y cada barrio o koniets en general representaba un
determinado género de comercio o profesión que predominaban en él, a pesar de
que en aquellos tiempos en cada barrio o koniets
podían vivir personas que ocupaban diferentes posiciones sociales y que se
entregaban a diversas ocupaciones: la nobleza, los comerciantes, los artesanos
y aún los semisiervos. Cada koniets o sector, sin embargo,
constituía una unidad enteramente independiente. En Venecia, cada isla constituía una comuna
política independiente, que tenía su organización propia de oficios y
comercios, su comercio de sal y pan, su administración y su propia asamblea
popular o forum. Por esto, la elección por toda Venecia de
uno u otro dux, es decir, el jefe militar y gobernador supremo, no alteraba la
independencia interior de cada una de estas comunas individuales.
En Colonia, los habitantes se dividían en Geburschaften y Heimschaften (viciniae), es
decir, guildas vecinales cuya formación data del periodo de los francos, y cada
una de estas guildas tenía en juez (Burgrichter)
y los doce jurados electos corrientes (Schóffen),
-su Vogt (especie de jefe
policial) y su greve o jefe de la
milicia de la guilda.
La historia del Londres antiguo, antes de la
conquista normanda del siglo XII, dice Green, es la historia de algunos
pequeños grupos, dispersos en una superficie rodeada por los muros de la
ciudad, y donde cada grupo se desarrollaba por sí solo, con sus instituciones,
guildas, tribunales, iglesias, etc.; sólo poco a poco estos grupos se unieron
en una confederación municipal. Y cuando consultamos los anales de las ciudades
rusas, de Novgorod y de Pskof, que se distinguen tanto los unos como los otros
por la abundancia de detalles puramente locales, nos enteramos de que también
los kontsi, a su vez, consistían en
calles (ulitsy) independientes, cada
una de las cuales, a pesar de que estaba habitada preferentemente por
trabajadores de un oficio determinado, contaba, sin embargo, entre sus
habitantes también comerciantes y agricultores, y constituía una comuna
separada. La ulitsa asumía la
responsabilidad comuna¡ por todos sus miembros, en caso de delito. Poseía tribunal y administración propios en
la persona de los magistrados de la calle (ulitchánske
stárosty) tenía sello propio (el
símbolo del poder estatal) y en caso de necesidad, se reunía su viéche
(asamblea) de la calle. Tenía, por
último, su propia milicia, los sacerdotes que ella elegía, y tenía su vida
colectiva propia y sus empresas colectivas.
De tal modo, la ciudad medieval era una federación doble: de todos los jefes de familia reunidos en
pequeñas confederaciones territoriales -calle, parroquia, koniets- y de individuos unidos por un juramento común en guildas,
de acuerdo con sus profesiones. La
primera federación era fruto del crecimiento subsiguiente, provocado por las
nuevas condiciones.
En esto residía toda la esencia de la organización
de las ciudades medievales libres, a las que debe Europa el desarrollo
esplendoroso tomado por su civilización.
El objeto principal de la ciudad medieval era
asegurar la libertad, la administración propia y la paz; y la
base principal de la vida de la ciudad, como veremos en seguida, al hablar de
las guildas artesanos, era el
trabajo. Pero la «producción- no
absorbía toda la atención del economista medieval. Con su espíritu práctico comprendía que era
necesario garantizar el «consumo» para que la producción fuera posible; y por
esto el proveer a «la necesidad común de alimento y habitación para pobres y
ricos- (gemeine notdurft und gemach armer
und richer), era el principio fundamental de toda ciudad. Estaba terminantemente prohibido comprar
productos alimenticios y otros artículos de primera necesidad (carbón, leña,
etc.) antes de ser entregados al mercado, o comprarlos en condiciones
especialmente favorables -no accesibles a otros-, en una palabra, el preempcio, la especulación. Todo debía ir primeramente al mercado, y allí
ser ofrecido para que todos pudieran comprar hasta que el sonido de la campana
anunciara la clausura del mercado. Sólo
entonces podía el comerciante minorista comprar los productos restantes: pero
aun en este caso, su beneficio debía ser «un beneficio honesto». Además, si un panadero, después de la
clausura del mercado, compraba grano al por mayor, entonces cualquier ciudadano
tenía derecho a exigir determinada cantidad de este grano (alrededor de medio
quarter) al precio por mayor si hacía tal demanda antes de la conclusión
definitiva de la operación; pero, del mismo modo, cualquier panadero podía
hacer la demanda si un ciudadano compraba centeno para la reventa. Para moler el grano bastaba con llevarlo al
molino de la ciudad, donde era molido por turno, a un precio determinado; se
podía cocer el pan en el four banal, es
decir, el horno comunal. En una palabra,
si la ciudad sufría necesidad, la sufrían entonces más o menos todos; pero,
aparte de tales desgracias, mientras existieron las ciudades Ubres, dentro de
sus muros nadie podía morir de hambre. como sucede demasiado a menudo en
nuestra época.
Además, todas estas reglas datan ya del período más
avanzado de la vida de las ciudades, pues al principio de su vida las ciudades
libres generalmente compraban por sí mismas todos los productos alimenticios
para el consumo de los ciudadanos. Los
documentos publicados recientemente por Charles Gross contienen datos
plenamente precisos sobre este punto, y confirman su conclusión de que las
cargas de productos alimenticios llegadas a la ciudad «eran compradas por
funcionarios civiles especiales, en nombre de la ciudad, y luego distribuidas
entre los comerciantes burgueses, y a nadie se permitía comprar mercancía
descargada en el puerto a menos que las autoridades municipales hubieran
rehusado comprarla. Tal era -agrega
Gross- según parece, la práctica generalizada en Inglaterra, Irlanda, Gales y
Escocia. Hasta en el siglo XVI vemos que en Londres se efectuaba la compra
común de grano -para comodidad y beneficio en todos los aspectos, de la ciudad
y del Palacio de Londres y de todos los ciudadanos y habitantes de ella en todo
lo que de nosotros depende», como escribía el alcalde en l565.
En Venecia, todo el comercio de granos, como se sabe
bien ahora, se hallaba en manos de la ciudad, y de los «barrios», al recibir el
grano de la oficina que administraba la importación, debían distribuir por las
casas de todos los ciudadanos del barrio la cantidad que corresponda a cada
uno. En Francia, la ciudad de Amiens
compraba sal y la distribuía entre todos los ciudadanos al precio de compra; y
aún en la época presente encontramos en muchas ciudades francesas las halles que antes eran el depósito municipal
para el almacenamiento del grano y de la sal. En Rusia, era esto un hecho
corriente en Novgorod y Pskof.
Necesario es decir que toda esta cuestión de las
compras comunales para consumo de los ciudadanos y de los medios con que eran
realizadas no ha recibido aún la debida atención de parte de los historiadores;
pero aquí y allá se encuentran hechos muy instructivos que arrojan nueva luz
sobre ella. Así, entre los documentos de
Gross existe un reglamento de la ciudad de Kilkenny, que data del año 1367, y
por este documento nos enteramos de qué modo se establecían los precios de las
mercaderías. «Los comerciantes y los marinos -dice Gross- debían mostrar, bajo
juramento, el precio de compra de su mercadería y los gastos originados por el
transporte. Entonces el alcalde de la
ciudad y dos personas honestas fijaban el precio (named the price) a que debía venderse la mercadería.» La misma
regla se observaba en Thurso para las mercaderías que llegaban «por mar y por
tierra». Este método «de fijar precio»
armoniza tan justamente con el concepto que sobre el comercio predominaba en la
Edad Media que debe haber sido corriente.
El que una tercera persona fijara el precio era costumbre muy antigua; y
para todo género de intercambio dentro de la ciudad indudablemente se recurría
muy a menudo a la determinación del precio, no por el vendedor o el comprador,
sino por una tercera persona -una persona «honesta»-. Pero este orden de cosas nos remonta a un
período aún más antiguo de la historia del comercio, precisamente al período en
que todo el comercio de productos importantes era efectuado por la ciudad entera, y los compradores eran sólo
comisionistas apoderados de la ciudad para las ventas de la mercadería que ella
exportaba. Así el reglamento de
Waterford, publicado también por Gross, dice que «todas las mercaderías, de cualquier género que fueran... debían
ser compradas por el alcalde (el jefe de la ciudad) y los ujieres (balives),
designados compradores comunales (para la ciudad) para el caso, y debían ser
distribuidas entre todos los ciudadanos libres de la ciudad (exceptuando
solamente las mercancías propias de los ciudadanos y habitantes libres»). Este estatuto apenas se puede interpretar de
otro modo que no sea admitiendo que todo el comercio exterior de la ciudad era
efectuado por sus agentes apoderados.
Además, tenemos el testimonio directo de que precisamente así estaba
establecido en Novgorod y Pskof. El
soberano señor Novgorod y el soberano señor Pskof enviaban ellos mismos sus
caravanas de comerciantes a los países lejanos.
Sabemos también que en casi todas las ciudades
medievales de Europa central y occidental, cada guilda de artesanos
habitualmente compraba en común todas las materias primas para sus hermanos y
vendía los productos de su trabajo por medio de sus delegados; y apenas es
admisible que el comercio exterior no se realizara siguiendo este orden, tanto
más cuanto que, como bien saben los historiadores, hasta el siglo XIII todos
los compradores de una determinada ciudad en el extranjero no sólo se
consideraban responsables, como corporación, de las deudas contraídas por
cualquiera de ellos, sino que también la ciudad entera era responsable de las
deudas contraídas por cada uno de sus ciudadanos comerciantes. Solamente en los siglos XII y XIII las
ciudades del Rhin concertaron pactos especiales que anulaban esta caución
solidaria. Y por último, tenemos el notable documento de Ipswich, publicado por
Gross, en el cual vemos que la guilda comercial de esta ciudad se componía de todos
aquellos que se contaban entre los hombres libres de la ciudad, y expresaban
conformidad en pagar su cuota (su «hanse») a la guildas, y toda la comuna
juzgaba en común cuál era el mejor modo de apoyar a la guilda comercial y qué
privilegios debía darle. La guilda
comercial (the Merchant guild) de
Ipswich resultaba de tal modo más bien una corporación de apoderados de la
ciudad que una guilda común privada.
En una palabra. cuanto más conocemos la ciudad
medieval, tanto más nos convencemos de que no era una simple organización
política para la protección de ciertas libertades políticas. Constituía una tentativa -en mayor escala de
lo que se había hecho en la comuna aldeana- de unión estrecha con fines de
ayuda y apoyo mutuos, para el consumo y la producción y para la vida social en
general, sin imponer a los hombres, por ello, los grillos del Estado, sino, por
el contrario, dejando plena libertad a la manifestación del genio creador de
cada grupo individual de hombres en el campo de las artes, de los oficios, de
la ciencia, del comercio y de la organización política.
Hasta dónde tuvo éxito esta tentativa lo veremos,
mejor que nada, examinando en el capítulo siguiente la organización del trabajo
en la ciudad medieval y las relaciones de las ciudades con la población
campesina que las rodeaba.
CAPITULO
VI
LA
AYUDA MUTUA EN LA CIUDAD MEDIEVAL
(Continuación)
Las ciudades medievales no estaban organizadas según
un plano trazado de antemano por voluntad de algún legislador extraño a la
población: Cada una de estas ciudades era fruto del crecimiento natural, en el
sentido pleno de la palabra- era el resultado, en constante variación de la
lucha entre diferentes fuerzas, que se ajustaban mutuamente una y otra vez, de
conformidad con la fuerza viva de cada una de ellas, y también según las
alternativas de la lucha y según el apoyo que hallaban en el medio que las circundaba. Debido a esto, no se hallarán dos ciudades
cuya organización interna y cuyos destinos históricos fueran idénticos; y cada
una de ellas, -tomada en particular-, cambia su fisonomía de siglo en siglo.
Sin embargo, si echamos un vistazo amplio sobre todas las ciudades de Europa,
las diferencias locales y nacionales desaparecen y nos sorprendemos por la
similitud. asombrosa que existe entre todas ellas, a pesar de que cada una de
ellas se desarrolló por sí misma, independientemente de las otras, y en
condiciones diferentes. Cualquiera
pequeña ciudad del Norte de Escocia, poblada por trabajadores y pescadores
pobres, o las ricas ciudades de Flandes, con su comercio mundial, con su lujo,
amor a los placeres y con su vida animada; una ciudad italiana enriquecida por
sus relaciones con Oriente y que elaboró dentro de sus muros un gusto artístico
refinado y una civilización refinada, y, por último, una ciudad pobre, de la
región pantanosolacustre de Rusia, dedicada principalmente a la agricultura,
parecería que poco tienen de común entre sí.
Y, sin embargo, las líneas dominantes de su organización y el espíritu
de que están impregnadas asombran por su semejanza familiar.
Por doquier hallamos las mismas federaciones de
pequeñas comunas o parroquias o guildas; los mismos «suburbios» alrededor de la
«ciudad» madre; la misma asamblea popular; los mismos signos exteriores de
independencia; el sello, el estandarte,, etc.
El protector (defensor) de la
ciudad bajo distintas denominaciones, y distintos ropajes, representa a una
misma autoridad defendiendo los mismos intereses; el abastecimiento de víveres,
el trabajo, el comercio, están organizados en las mismas líneas generales; los
conflictos interiores y exteriores nacen de los mismos motivos; más aún, las
mismas consignas desplegadas durante estos conflictos y hasta las fórmulas
utilizadas en los anales de la ciudad, ordenanzas, documentos, son las mismas;
y los monumentos arquitectónicos, ya sean de estilo gótico, romano o bizantino,
expresan las mismas aspiraciones y los mismos ideales; estaban concebidos para
expresar el mismo pensamiento y se construían del mismo modo. Muchas disimilitudes son simplemente el
resultado de las diferencias de edad de dos ciudades, y esas disimilitudes
entre ciudades de la misma región, por ejemplo, Pskof y Novgorod, Florencia y
Roma, que tenían un carácter real, se repiten en distintas partes de
Europa. La unidad de la idea dominante y
las razones idénticas del nacimiento allanan las diferencias aparecidas como
resultado del clima, de la posición geográfica, de la riqueza, del lenguaje y
de la religión. He aquí por qué podemos
hablar de la ciudad medieval en
general, como de una fase plenamente definida de la civilización; y a pesar de
que son de desear en grado superlativo las investigaciones que señalen las
particularidades locales. e individuales de las ciudades, podemos, no obstante,
señalar. los rasgos. principales del desarrollo que eran comunes a todas ellas.
No cabe duda alguna de que la protección que
habitual y universalmente se acordaba al mercado, ya desde las primeras épocas
bárbaras, desempeñó un papel importante, a pesar de no ser exclusivo, en la
obra de la liberación de las ciudades medievales. Los bárbaros del período antiguo no conocían
el comercio dentro de, sus comunas aldeanas; comerciaban solamente con los
extranjeros en ciertos lugares determinados y ciertos días fijados de antemano. Y para que el extranjero, pudiera presentarse
en el lugar de trueque, sin riesgo de ser muerto en cualquier altercado
sostenido por dos clanes, a causa de una venganza de sangre, el mercado se
ponía siempre bajo la protección especial de todos los clanes. También era inviolable, como el lugar de
veneración religiosa bajo cuya sombra se organizaba generalmente. Entre los kabilas, el mercado hasta ahora es anaya, lo mismo que el sendero por el
cual las mujeres acarrean el agua de los pozos; no era posible aparecer armado
en el mercado ni en el sendero, ni siquiera durante las guerras
intertribales. En la época medieval, el
mercado gozaba por lo común exactamente de la misma protección. La venganza tribal nunca debía proseguirse
hasta la plaza donde se reunía el pueblo con propósitos de comerciar, y, del
mismo modo, en determinado radio alrededor de esta plaza; y si en la abigarrada
multitud de vendedores y compradores se producía alguna riña, era menester
someterla al examen de aquéllos bajo cuya protección se encontraba el mercado;
es decir, al tribunal de la comuna, o al juez del obispado, del señor feudal o
del rey. El extranjero que se presentara
con fines comerciales era huésped, y
hasta usaba este hombre; en el mercado era inviolable. Hasta el barón feudal, que sin escrúpulos
despojaba a los comerciantes en el camino real, trataba con respeto al Weichbild, la señal de la asamblea
popular, es decir, la pértiga que se elevaba en la plaza del mercado, en cuyo
tope se hallaban las armas reales! o un guante de caballero, o la imagen del
santo local, o simplemente la cruz, según estuviera el mercado bajo la
protección del rey, de la asamblea popular, viéche,
o de la iglesia local.
Es fácil comprender de qué modo el poder judicial
propio de la ciudad, pudo originarse en el poder judicial especial del mercado,
cuando este poder fue cedido, de buen grado o no, a la ciudad misma. Es comprensible, también, que tal origen de
las libertades urbanas, cuyas huellas se pueden seguir en muchos casos,
imprimió tu seno inevitablemente. a su desarrollo ulterior. Dio el predominio a la parte comercial de la
comuna. Los burgueses que poseían en
aquellos tiempos una casa en la ciudad y que eran copropietarios de las tierras
de ella, muy a menudo organizaban entonces una guilda comercial, la cual tenía
en sus manos también el comercio de la ciudad, y a pesar de que al principio
cada ciudadano, pobre o rico, podía ingresar en la guilda comercial, y hasta el
comercio mismo era efectuado en interés de toda la ciudad, por medio de sus
apoderados, no obstante la guilda comercial paulatinamente se convertía en un
género de corporación privilegiada.
Llena de celo, no admitió en sus filas a la población advenediza, que
pronto comenzó a afluir a las ciudades libres y todas las ventajas derivadas
del comercio las conservaban en beneficio de unas pocas «familias» (les familles, los staroyíby, viejos
habitantes) que eran ciudadanos cuando la ciudad proclamó su
independencia. De tal modo,
evidentemente, amenazaba el peligro del surgimiento de una oligarquía
comercial. Pero, ya en el siglo X, y aún
más, en los siglos XI y XII, los oficios principales también se organizaban en
guildas, que en la mayoría de los casos podían limitar las tendencias
oligárquicas de los comerciantes.
La guilda de artesanos de aquellos tiempos,
generalmente vendía por sí misma los productos que sus miembros elaboraban, y
compraban en común las materias primas para ellos, y de este modo sus miembros
eran, al mismo tiempo, tanto comerciantes corno artesanos. Debido a esto, el predominio alcanzado por
las viejas guildas de artesanos desde el principio mismo de la vida libre de
las ciudades dio al trabajo de artesano aquella elevada posición que ocupó
posteriormente en la ciudad. En
realidad, en la ciudad medieval, el trabajo del artesano no era signo de
posición social inferior, por lo contrario, no sólo conservaba huellas del
profundo respeto con que se le trataba antes, en la comuna aldeana, sino que el
rápido desarrollo de la habilidad artística en la producción de todos los
oficios: de la joyería, del tejido, de la cantería, de la arquitectura,
etcétera, hacía que todos los que estaban en el poder en las repúblicas libres
de aquella época, trataran con profundo respeto personal al artesano-artista.
En general, el trabajo manual se consideraba en: los
«misterios» (artiéti, guildas) medieval
es como un deber piadoso hacia los conciudadanos, corno una función (Amt) social, tan honorable corno
cualquier otra. La idea de «justicia»
con respecto a la comuna y de «verdad» con respecto al productos y al
consumidor, que nos parecería tan extraña en nuestra época, entonces impregnaba
todo el proceso de producción y trueque.
El trabajo del curtidor, calderero, zapatero, debía ser «justo»,
Concienzudo escribían entonces. La
madera, el cuero o los hilos utilizados por los artesanos, debían ser
«honestos»; el pan debía ser amasado «a conciencia», etcétera. Transportado este lenguaje a nuestra vida
moderna, aparecerá artificioso y afectado; pero entonces era completamente
natural y estaba desprovisto de toda afectación, pues que el artesano medieval
no producía para un comprador que no conocía, no arrojaba sus mercancías en un
mercado desconocido; antes que nada producía para su propia guilda, que al
principio vendía ella misma, en su cámara de tejedores, de cerrajeros,
etcétera, la mercancía elaborada por los hermanos de la guilda; para una
hermandad de hombres en la que todos se conocían, en la que todos conocían la
técnica del oficio y, al estabais el precio al producto, cada uno podía
apreciar la habilidad puesta en la producción de un objeto determinado y el
trabajo empleado en él. Además, no era
un, productor aislado que ofrecía a la comuna la mercancía pala la compra, la
ofrecía la guilda; la comuna misma, a su vez, ofrecía a la hermandad de las
comunas confederadas aquellas mercancías que eran exportadas por ella y por
cuya calidad respondía ante ellas.
Con tal organización para cada oficio, era cuestión
de amor propio no ofrecer mercancía de calidad inferior; los defectos técnicos
de la mercancía o adulteraciones afectaban a toda la comuna, pues, según las
palabras de una ordenanza, «destruyen la confianza pública» De tal modo la
producción era un deber social y
estaba puesta bajo el control de toda las amitas
-de toda la hermandad-; debido a lo cual, el trabajo manual, mientras
existieron las ciudades libres, no podía descender a la posición inferior a la
cual, a menudo, llega ahora.
LA diferencia entre el maestro y el aprendiz, o
entre el maestro y el. medio oficial (compayne,
Geselle) ha existido ya desde la época misma del establecimiento de las
ciudades medievales libres; pero al principio esta diferencia era sólo
diferencia de edad y de grado de habilidad, y no de autoridad y riqueza. Después de haber estado siete años como
aprendiz y de haber demostrado conocimiento y capacidad en un determinado
oficio, por medio de una obra hecha especialmente, el aprendiz se convertía, en
maestro a su vez. Y solamente bastante
más tarde, en e! siglo XVI, cuando la autoridad real ya había destruido la
organización de la ciudad y de los artesanos, se podía llegar a maestro
simplemente por herencia o en virtud de la riqueza. Pero ésta ya era la época de la decadencia
general de la industria y del arte de la Edad Media.
En el primer período, floreciente, de las ciudades
medievales, no había en ellas mucho lugar para el trabajo alquilado y para los
alquiladores individuales. El trabajo de
los tejedores, armeros, herreros, panaderos, etcétera, efectuábase para la
guilda y la ciudad; y cuando en los oficios de la construcción se alquilaban
artesanos extraños, éstos trabajaban como corporación temporal (como se observa
también en la época presente en los artiéli rusos) cuyo trabajo se pagaba a
todo el artiél, en bloque. El trabajo
para un patrón individual empezó a extenderse más tarde; pero también en estas
circunstancias se pagaba al trabajador mejor de lo que se paga ahora, aun en
Inglaterra, y considerablemente mejor de lo que se pagaba comúnmente en toda
Europa en la primera mitad del siglo XIX.
Thorold Rogers hizo conocer este hecho en grado suficiente a los
lectores ingleses; pero es menester decir lo mismo de la Europa continental,
como lo demuestran las investigaciones de Falke y Schónberg, y también muchas
indicaciones ocasionales. Aún en el
siglo XV, el albañil, carpintero o herrero, recibía en Amiens un salario diario
a razón de cuatro sols, que
correspondían a 48 libras de pan o a una octava parte de un buey pequeño (bouverd).
En Sajonia, el salario de un Geselle
(medio oficial) en el oficio de la construcción era tal que, expresándonos con
las palabras de Falke, el obrero podía comprar con su sueldo de seis días tres
ovejas y un par de botas. Las ofrendas de los obreros (Geselle) en los distintos templos son también testimonios de su
relativo bienestar, sin hablar ya de las ofrendas suntuosas de algunas guildas
de artesanos y de sus gastos para las festividades y sus procesiones
pomposas. Realmente, cuanto más
estudiamos las ciudades medievales, tanto más nos convencemos que nunca el
trabajo ha sido tan bien pagado y ha gozado de respeto general como en la época
en que la vida de las ciudades libres se hallaba en su punto máximo de
desarrollo. Más aún. No sólo, muchas aspiraciones de nuestros
radicales modernos habían sido realizadas ya en la Edad media, sino que hasta
mucho de lo que ahora se considera utópico se aceptaba entonces como algo
completamente natural. Se burlan de
nosotros cuando decimos que el trabajo debe ser agradable, pero, según las
palabras de la ordenanza de la Edad Media de Kuttenberg, «cada uno debe hallar
placer en su trabajo y nadie debe, pasando el tiempo en holganza (mit nichts thun), apropiarse de lo que
ha sido producido con la aplicación y el trabajo ajeno, pues las leyes deben
ser un escudo para la defensa de la aplicación y del trabajo». Y entre todas
las charlas modernas sobre la jornada de ocho horas de trabajo, no sería
inoportuno recordar la ordenanza de Fernando I, relativa a las minas imperiales
de carbón; según esta ordenanza se establece la jornada de trabajo del minero
en ocho horas «como se ha hecho desde antiguo» (wie vor Alters herkommen), y que estaba completamente prohibido
trabajar después del medio día del sábado . Una jornada de trabajo más larga
era muy rara, dice Janssen, mientras que se daban con bastante frecuencia las
más cortas. Según las palabras de Rogers, en Inglaterra, en el siglo XV, los
trabajadores trabajaban solamente cuarenta y ocho «horas por semana». El semiferiado del sábado, que consideramos
una conquista moderna, en realidad era una antigua institución medieval; era
ese el día de baño de una parte considerable de los miembros de la comuna, y
los jueves, después del mediodía, lo era para todos los medios oficiales (Geselle). Y a pesar de que en aquella
época no existían aun los comedores escolares -probablemente porque no enviaban
hambrientos los niños a la escuela- se había establecido, en diversas ciudades,
el distribuir dinero a los niños para el baño, si este gasto constituía una
carga para sus padres.
En cuanto a los congresos de trabajadores, eran un
fenómeno corriente en la Edad Media. En
algunas partes de Alemania, los artesanos de un mismo oficio, pero que
pertenecían a diferentes comunas, generalmente se reunían para determinar el
plazo del aprendizaje, el salario, la condición del viaje por su país, que se
consideraba entonces obligatorio para todo trabajador que había terminado su
aprendizaje, etcétera. En el año 1572,
las ciudades que pertenecían a la liga hanseática formalmente reconocían a los
artesanos el derecho de reunirse periódicamente en asamblea y adoptar cualquier
género de resoluciones, siempre que estas últimas no se opusieran a las
ordenanzas de las ciudades, que determinaban la calidad de las mercancías. Es sabido que tales congresos de
trabajadores, en parte internacionales (como la misma Hansa), eran convocados
por los panaderos, fundadores, curtidores, herreros, espaderos, toneleros.
La organización de las guildas requería,
naturalmente, una supervisión cuidadosa de ellas sobre los artesanos, y para
este fin se designaban jurados especiales.
Es notable, sin embargo, el hecho de que mientras las ciudades llevaban
una vida libre, no se oían quejas sobre supervisión; mientras que cuando el
Estado intervino y confiscó la propiedad de las guildas y violó su
independencia en beneficio de su propia burocracia, las quejas se hicieron
simplemente innumerables. Por otra parte, el enorme progreso en el campo de
todas las artes, alcanzado bajo el sistema de la guilda medieval, es la mejor
demostración de que este sistema no era un obstáculo para el desarrollo de la
iniciativa personal. El hecho es que la
guilda medieval, como la parroquia medieval, la ulitsa o el koniets, no
era una Corporación de ciudadanos puestos bajo en control de los funcionarios
del Estado; era una confederación de todos los hombres unidos para una
determinada producción, y en su composición entraban compradores jurados de materias
primas, vendedores de mercancías manufacturadas y maestros artesanos, medio
oficiales, compaynes y
aprendices. Para la organización interna
de una determinada producción, la asamblea de todas estas personas era
soberana, mientras no afectara a las otras guildas, en cuyo caso el asunto se
sometía a la consideración de la guilda de las guildas, es decir, de la
ciudad. Aparte de las funciones recién
indicadas, la guilda representaba aún algo más.
Tenía su jurisdicción propia, es decir, el derecho propio de justicia en
sus asuntos, y su propia fuerza armada; tenía sus asambleas generales o viéche, propias tradiciones de lucha,
gloria e independencia, y sus relaciones propias con las otras guildas del
mismo oficio u ocupación de otras ciudades.
En una palabra, llevaba una vida orgánica plena, que provenía de que
abrazaba en un conjunto la vida toda de esta unión. Cuando la ciudad era convocada a las urnas,
la guilda marchaba como una compañía separada (Schaar), equipada con las armas que le pertenecían (y en una época
más avanzada, con sus cañones propios, adornados amorosamente por la guilda),
bajo el mando de los jefes elegidos por ella misma. En una palabra, la guilda era la misma unidad
independiente, era la federación, como lo era la república de Uri, o Ginebra,
cincuenta años atrás, en la confederación suiza. Por esta razón, comparar las guildas con los
sindicatos modernos o las uniones profesionales, despojados de todos los
atributos de la soberanía del Estado y reducidos al cumplimiento de dos o tres
funciones secundarias, es tan irrazonable corno comparar Florencia y Brujas con
cualquier comuna aldeana francesa que arrastra una vida desgraciada, bajo la
opresión del prefecto y del código napoleónico, o con una ciudad rusa
administrada según las ordenanzas municipales de Catalina II. La aldehuela francesa y la ciudad rusa tienen
también su alcalde electo, como lo tenían Florencia y Brujas, y la ciudad rusa
hasta tenía las corporaciones de aduanas; pero la diferencia entre ellos es
toda la diferencia que existe entre Florencia, por una parte, y cualquier
aldehuela de Fontenay-les Oises, en Francia, o Tsarevokokshaisk, por otra; o
bien, entre el dux veneciano y el alcalde de aldea moderno, que se inclina ante
el escribiente del señor subprefecto.
Las guildas de la Edad Media estaban en condición de
sostener su independencia, y cuando más tarde especialmente en el siglo XIV,
debido a varias razones que indicaremos en seguida, la antigua vida de la
ciudad empezó a sufrir profundos cambios, entonces los oficios más jóvenes
demostraron ser lo bastante fuertes para conquistarse, a su vez, la parte que
les correspondía en la dirección de los asuntos de la ciudad. Las masas
organizadas en guildas «menores» se rebelaron para arrancar el poder de manos de
la oligarquía creciente, y en la mayoría de los casos obtuvieron éxito, y
entonces abrieron una nueva era de florecimiento de las ciudades libres. Verdad es que, en algunas ciudades, la
rebelión de las guildas menores fue ahogada en sangre, y entonces se decapitó
sin piedad a los trabajadores, como sucedió en el año 1306 m París y en 1374 en
Colonia. En esos casos, las libertades
urbanas, después de tales derrotas, se encaminaron hacia la decadencia, y la
ciudad cayó bajo el yugo del poder central.
Pero en la mayoría de las ciudades existían fuerzas vitales suficientes
como para salir de la lucha renovadas y con energías nuevas. Un nuevo período de renovación juvenil fue
entonces su recompensa. Se infundió a
las ciudades una ola de vida nueva, que halló también su expresión en
magníficos monumentos arquitectónicos nuevos y en un- nuevo período de
prosperidad, en el progreso repentino de la técnica y de los inventos, y en el
nuevo movimiento intelectual que condujo pronto a la época del Renacimiento y
de la Reforma. La vida de la ciudad medieval era una serie completa de luchas
que tenían que librar los burgueses para obtener la libertad y
conservarla. Verdad es que durante esta
dura lucha se desarrolló la raza de los ciudadanos fuerte y tenaz; verdad es
que esta lucha creó el amor y la adoración por la ciudad natal y que los
grandes hechos realizados por las comunas, medievales estaban inspirados
precisamente por este amor. Pero los
sacrificios que tuvieron que hacer las comunas en las luchas por la libertad
eran, sin embargo, muy duros, y la lucha sostenida por las comunas introdujo
fuentes profundas de disensiones en su vida interior misma. Muy pocas ciudades consiguieron, gracias al
concurso de circunstancias favorables, alcanzar la libertad inmediatamente, y
en la mayoría de los casos la perdieron con la misma facilidad. La enorme mayoría de las ciudades hubo de
luchar durante cincuenta y cien años, y a veces más, para alcanzar el primer
reconocimiento de sus derechos a una vida libre, y otro siglo más antes de que
consiguieran afirmar su libertad sobre una base sólida; las Cartas del siglo
XII fueron solamente los primeros pasos hacia la libertad. En realidad, la ciudad medieval era un oasis
fortificado en un país hundido en la sumisión feudal, y tuvo que afirmar con la
fuerza de las armas su derecho a la vida.
Debido a las razones expuestas brevemente en el
capítulo que precede, toda comuna aldeana cayó gradualmente bajo el yugo de
algún señor laico o clérigo. La casa de
tal señor poco a poco se transformó en castillo, y sus hermanos de armas se
convirtieron entonces en la peor clase de vagabundos mercenarios, siempre
dispuestos a despojar a los campesinos.
A más de la barchina, es
decir, de los tres días semanales que los campesinos debían trabajar para el
señor, imponíanles ahora iodo género de contribuciones por todo: por el derecho
de sembrar y cosechar por el derecho de estar triste o de alegrarse, por el
derecho de vivir, casarse y morir. Pero
lo peor de todo era que constantemente los despojaban los hombres armados que
pertenecían a las mesnadas de los terratenientes feudales vecinos, quienes
miraban a los campesinos cómo si fueran familiares. del señor, y por ello, si
estallaba entre sus señores una guerra tribal por venganza de sangre, ejercían
su venganza sobre sus campesinos, sus ganados y sus sembrados. Además, todos los prados, todos los campos,
todos los ríos y caminos, todo alrededor de la ciudad y todo hombre asentado
sobre la tierra estaban bajo la autoridad de algún señor feudal.
El odio de los burgueses contra los terratenientes
feudales halló una expresión muy precisa en algunas Cartas que obligaron a
firmar a sus ex-señores. Enrique V, por
ejemplo, debió firmar, en la Carta acordada a la ciudad de Speier, en el año
1111, que libraba a los burgueses de «la ley horrible e indigna de la posesión
de manomuerta, por la cual la ciudad fue llevada a la miseria más profunda (von dem Scheusslichen und nichtswurdigen Gesetze, welches gemein
Budel genannt wird. Kallsen, T. I.
397 .). En la coutume, es decir,
ordenanza de la ciudad de Bayona, existen tales líneas: «El pueblo es anterior
al señor. El. pueblo, que sobrepasa por
su número a las otras clases, deseando la paz, creó a los señores para frenar y
reprimir a los poderosos», etc. (Giry, Etablissements
de Rouen, T. I., 117, citado por Luchairel pág. 24). Una carta sometida a la firma del rey Roberto
no es menos característica. Le obligaron
a decir en ella: «No robaré bueyes ni otros animales. No me apoderaré de los comerciantes ni les
quitaré su dinero, ni les impondré rescate.
Desde la Anunciación hasta el día de Todos los Santos, no me apoderaré,
en los prados, de caballos, yeguas ni potros.
No incendiaré los molinos y no robaré la harina... No prestaré
protección a los ladrones», etc. (Pfister publicó este documento, reproducido
también por Luchaire). La Carta
«otorgada» por el obispo de Besangon, Hugues, a la ciudad que se había rebelado
contra él, en la cual debió enumerar todas las calamidades causadas por sus
derechos a la posesión feudal, no es menos característica. Se podrían citar muchos otros ejemplos.
Conservar la libertad entre la arbitrariedad de los
barones feudales que las rodeaban hubiera sido imposible, y por esto las
ciudades libres se vieron obligadas a iniciar una guerra fuera de sus muros.
Los burgueses comenzaron a enviar sus hombres para levantar a las aldeas contra
los terratenientes y dirigir la insurrección; aceptaron a las aldeas en la
organizaci6n de sus corporaciones; y por último iniciaron la guerra directa
contra la nobleza. En Italia, donde la
tierra estaba densamente poblada de castillos feudales, la guerra asumió
proporciones heroicas y era librada por ambas partes con extrema dureza. Florencia tuvo que sostener, durante setenta
y siete años enteros guerras sangrientas para liberar su contado (es decir, su provincia) de los nobles, pero, cuando la
lucha se terminó victoriosamente (en el año 1181), hubo que empezar de
nuevo. La nobleza reunió sus fuerzas y
formó sus propias ligas en contraposición a las ligas de las ciudades, y
recibió el apoyo creciente ya sea de parte del emperador o del papa, y prolongó
la guerra aún ciento treinta años más.
Lo mismo sucedió en la región de Roma, en Lombardía, en la región de
Génova, por toda Italia.
Prodigios de valor, audacia y tenacidad fueron real
izados por los burgueses durante estas guerras.
Pero el arco y las segures de guerra de los artesanos de las ciudades no
siempre se impusieron a lo! caballeros vestidos de armaduras, y muchos
castillos resistieron el asedio con éxito, a pesar de las ingeniosas máquinas
agresivas y la tenacidad de los burgueses que lo sitiaban. Algunas ciudades, como por ejemplo Florencia,
Bolonia y muchas otras en Francia, Alemania y Bohemia, consiguieron liberar a
las aldeas que las rodeaban, y la recompensa de sus esfuerzos fue una notable
prosperidad y tranquilidad. Pero aun en
estas ciudades, y más aún en las ciudades menos poderosas o menos
emprendedoras, los comerciantes y los artesanos, agotados por la guerra y
comprendiendo falsamente sus propios intereses, concertaron la paz con lo
barones, vendiéndoles, por así decirlo, los campesinos. Obligaron al barón a prestar juramento de
lealtad a la ciudad; su castillo fue
derruido hasta los cimientos y él dio su conformidad para construir una casa y
vivir en la ciudad, donde se convirtió entonces en conciudadano (combourgeois, concittadino), pero en
cambio, conservó la mayoría de sus derechos sobre los campesinos, quienes de
tal modo recibieron sólo un alivio parcial de la carga servil que pesaba sobre
ellos. Los burgueses no comprendieron
que les era menester dar iguales derechos de ciudadanía al campesino, en quien
tenían que confiar en materia de aprovisionamiento de productos alimenticios
para la ciudad; y debido a esta incomprensión entre la ciudad y la aldea se
abrió entre ellos, desde entonces, un profundo abismo. En algunas ocasiones, los campesinos
solamente cambiaron de señores, puesto que la ciudad compraba los derechos al barón y los vendía en parte a sus
propios ciudadanos. La servidumbre se mantuvo de tal modo, y sólo
considerablemente más tarde, al final del siglo XIII, revolución de los oficios menores le puso fin; pero, habiendo
destruido la servidumbre personal, esta revolución, al mismo tiempo, quitaba no
pocas veces al campesino sus tierras.
Apenas es necesario agregar que las ciudades sintieron pronto en carne
propia las consecuencias fatales de tal política miope: la aldea se convirtió
en enemiga de la ciudad.
La guerra contra los castillos tuvo todavía una
consecuencia perniciosa más: arrojó a las ciudades a guerras prolongadas, lo
que permitió que se formara entre los historiadores la teoría que estuvo en
boga hasta tiempos recientes, y según la cual las ciudades perdieron su
libertad debido a la envidia recíproca y a la lucha entre sí. Sostenían esta teoría especialmente los
historiadores imperialistas, pero fue sacudida fuertemente por las recientes
investigaciones. Es indudable que en
Italia las ciudades lucharon entre sí con animosidad obstinada; pero en ninguna
parte, fuera de Italia, las guerras urbanas, especialmente en el período
antiguo, tuvieron sus causas especiales.
Fueron (como lo han demostrado ya Sismondi y Ferrari) la prolongación de
la lucha contra los castillos, la prolongación inevitable de la lucha del
principio del municipio libre y federativo en contra del feudalismo, del
imperialismo y del papado; es decir, en contra de los partidarios de la servidumbre,
apoyados unos por el emperador germano y otros por el papa. Muchas ciudades que se habían liberado sólo
en parte del poder del obispo, del señor feudal o del emperador, fueron
arrastradas por la fuerza a la lucha contra las ciudades libres, por los
nobles, el emperador y la Iglesia, cuya política tendía a no permitir que las
ciudades se unieran, y a armarlas una contra la otra. Estas condiciones especiales (que
parcialmente se habían reflejado también sobre Alemania) explican por qué las
ciudades italianas, de las cuales algunas buscaron el apoyo del emperador para
luchar contra el papa, otras el de la Iglesia para luchar contra el emperador,
Pronto se dividieron en dos campos, gibelinos y güelfos, y por qué la misma
división apareció también dentro de cada ciudad. El enorme progreso económico
alcanzado por la mayoría de las ciudades italianas justamente en la época en
que estas guerras estaban en su apogeo, y la ligereza con que se concertaban
las alianzas entre las ciudades, dan una idea aún más fiel de la lucha de las
ciudades y socava más aún la teoría arriba citada. Y en los años 1130-1150 empezaron a formarse
poderosas alianzas o ligas de ciudades; y
transcurridos algunos años, cuando Federico Barbarroja atacó a Italia, y,
apoyado por la nobleza y algunas ciudades retardadas marchó contra Milán, el
entusiasmo del pueblo se despertó con fuerza en muchas ciudades, bajo la
influencia de los predicadores populares.
Cremona, Piacenza, Brescia, Tortona y otras se lanzaron al rescate; los
estandartes de las guildas de Verona, Padua, Vicenzia y Trevisso, llameaban
juntos en el campamento de las ciudades contra los estandartes del emperador y
de la nobleza. El año siguiente se formó
la alianza lombarda, y sesenta años
después vemos ya que esta liga se fortificó con las alianzas de muchas otras
ciudades, y constituyó una organización durable que guardaba la mitad de sus
fondos de guerra en Génova y la mitad en Venecia. En Toscana, Florencia encabezaba otra liga
poderosa, la de Toscana, a la que
pertenecían Lucea, Bologna, Pistoia y otras ciudades, y la cual desempeñó un
papel importante en la derrota de la nobleza de Italia central. Ligas más reducidas eran, en aquella misma
época, el fenómeno más corriente. De tal
modo, es indudable que a pesar de que existía rivalidad entre las ciudades, y
no era difícil sembrar la discordia entre ellas, esta rivalidad no impedía a
las ciudades unirse para la defensa común de su libertad. Solamente más tarde, cuando cada una de las
ciudades se convirtió en un pequeño Estado, empezaron entre ellas guerras, como
sucede siempre que los Estados comienzan a luchar entre sí por el predominio o
por las colonias.
Ligas semejantes se formaron, con el mismo fin, en
Alemania. Cuando, bajo los herederos de
Conrado, el país se convirtió en un campo de interminables guerras de venganza
entre los barones, las ciudades de Westfalia
formaron una liga contra los caballeros, y uno de los puntos del pacto era
la obligación de no dar nunca préstamo de dinero al caballero que continuara
ocultando mercancías robadas. En los tiempos en que «los caballeros y la
nobleza vivían de la rapiña y mataban a quienes querían», como dice la queja de
Worms (Wormser Zorn), las ciudades
del Rhin (Mainz, Colonia, Speier, Strassbourg y Basel) tomaron la iniciativa de
formar una liga para perseguir a los saqueadores y mantener la paz; pronto
contó con sesenta ciudades que habían ingresado en la alianza. Más tarde, la liga de las ciudades de Suabia, divididas
en tres círculos de paz- (Augsburg, Constanza y Ulm) perseguía el mismo
objeto. Y a pesar de que estas alianzas
fueron rotas se prolongaron el tiempo suficiente como para demostrar que
mientras los pretendidos pacificadores -los reyes, emperadores y la Iglesia-
fomentaban la discordia, y ellos mismos eran impotentes contra los rapaces
caballeros, el impulso para el establecimiento de la paz y la unión provino de
las ciudades. Las ciudades -y no los
emperadores- fueron los verdaderos creadores de la unión nacional.
Alianzas similares, mejor dicho, federaciones, con
fines semejantes, se organizaron también entre las aldeas, y ahora que Luchaire
ha llamado la atención sobre este fenómeno es de esperar que pronto conoceremos
más detalles de estas federaciones.
Sabemos que las aldeas se unieron en pequeñas ligas en el distrito (contado) de Florencia; también en los
distritos sometidos a Novgorod y Pskof.
En cuanto a Francia, existe el testimonio positivo de la federación de
diecisiete aldeas campesinas que ha existido en el Laonnais durante casi cien
años (hasta el año 1256) y que han luchado obstinadamente por su
independencia. Además, en las vecindades
de la ciudad de Laon existían tres repúblicas campesinas que tenían tartas juradas,
según el modelo de la Carta de Laon y Soissons, y como sus tierras lindaban, se
apoyaban mutuamente en sus guerras de liberación. En general, Luchaire opina que muchas de
tales uniones se formaron en Francia en los siglos XII y XIII, pero en la
mayoría de los casos se han perdido las noticias documentales sobre ellas. Naturalmente, no estando protegidas por
muros, como las ciudades, las uniones aldeanas fueron fácilmente destruidas por
los reyes y barones, pero bajo algunas condiciones favorables, cuando hallaron
apoyo en las uniones de las ciudades, o protección en sus montañas, semejantes
repúblicas campesinas se hicieron independientes, como ocurrió en la
Confederación Suiza.
En cuanto a las uniones concertadas por las ciudades
con fines especiales, eran un fenómeno muy corriente. Las relaciones establecidas en el período de
liberación, cuando las ciudades se copiaban mutuamente las cartas, no se
interrumpieron posteriormente. A veces cuándo los seabini de cualquier ciudad alemana debían pronunciar una
sentencia, en un caso para ellos nuevo y complejo, y declaraban que no podían
hallar la resolución (des Urtheiles nieht
weise zu sean), enviaban delegados a otra ciudad con el fin de buscar una
solución oportuna. Lo mismo sucedía también en Francia. Sabemos también que Forli y Ravenna
naturalizaban recíprocamente a sus ciudadanos y les daban plenos derechos en
ambas ciudades.
Someter una disputa surgida entre dos ciudades, o
dentro de la ciudad, a la resolución de otra comuna, a la que incitaban a
actuar en calidad de árbitro, estaba también en el espíritu de la época. En cuanto a los pactos comerciales entre las
ciudades eran cosa muy corriente. Las uniones para la regulación de la
producción y la determinación del volumen de los toneles utilizados en el
comercio de vinos, las «uniones de los arenqueros», etc., fueron precursores de
la gran federación comercial de la Hansa flamenca, y más tarde, de la gran
Hansa germánica del Norte, en la cual ingresaron la soberana Novgorod y algunas
ciudades polacas. La historia de estas
dos vastas uniones es interesante en grado sumo, e instructiva, pero se
requerirían muchas páginas para relatar su vida compleja y multiforme. Observaré, solamente, que gracias a las
Uniones de la Edad Media hicieron más por el desarrollo de las relaciones
internacionales, de la navegación marítima y de los descubrimientos marítimos
que todos los Estados de los primeros diecisiete siglos de nuestra era.
Resumiendo lo dicho, las ligas y las uniones entre
pequeñas unidades territoriales, lo mismo que entre los hombres que se unían
con fines comunes en sus guildas correspondientes, y también las federaciones
entre las ciudades y grupos de ciudades, constituyó
la esencia misma de la vida y del
pensamiento de todo este período. Los
primeros cinco siglos del segundo milenio de nuestra era (hasta el XVI) pueden
ser considerados, de tal modo, una colosal tentativa de asegurar la ayuda mutua
y el apoyo mutuo en gran escala, sobre los principios de la unión y de la
colaboración, llevados a través de todas las manifestaciones de la vida humana
y en todos los grados posibles. Este intento fue coronado por el éxito en grado
considerable. Unió a los hombres, antes
divididos, les aseguró una libertad considerable, decuplicó sus fuerzas. En
aquella época en que multitud de toda clase de influencias creaban en los
hombres la tendencia a aislarse de los otros en su célula, y existía tal
abundancia de causas de discordia, es consolador ver y observar que las
ciudades diseminadas por toda Europa tuvieran tanto en común y que con tal
presteza se unieran para la persecución de tan numerosos objetivos comunes.
Verdad es que, al final de cuentas, no resistieron ante, enemigos poderosos. Practicaban ampliamente los principios de
ayuda mutua, pero, sin embargo, separándose de los campesinos labradores,
aplicaron estos principios a la vida de una manera que no fue suficientemente
amplia, y privadas del apoyo de los campesinos, las ciudades no pudieron
resistir la violencia de los reinos e imperios nacientes. Pero no perecieron debido a la enemistad
recíproca, y sus errores no fueron la consecuencia del desarrollo insuficiente
del espíritu federativo entre ellos.
La nueva dirección tomada por la vida humana en la
ciudad de la Edad Media tuvo enormes consecuencias en el desarrollo de toda la
civilización. A comienzos del siglo XI,
las ciudades de Europa constituían solamente pequeños grupos de miserables
chozas, que se refugiaban alrededor de iglesias bajas y deformes, cuyos
constructores apenas si sabían trazar un arco.
Los oficios, que se reducían principalmente a la tejeduría y a la forja,
se hallaban en estado embrionario; la ciencia encontraba refugio sólo en algunos
monasterios. Pero trescientos cincuenta
años más tarde el aspecto mismo de Europa cambió por completo. La tierra estaba
ya sembrada de ricas ciudades, y estas ciudades hallábanse rodeadas por muros
dilatados y espesos que se hallaban adornados por torres y puertas ostentosas
cada una de, las cuales constituía una obra de arte. Catedrales concebidas en estilo grandioso y
cubiertas por numerosos ornamentos decorativos, elevaban a las nubes sus altos
campanarios, y en su arquitectura se manifestaba tal audacia de imaginación y
tal pureza de forma, que vanamente nos esforzamos en alcanzar en la época
presente. Los oficios y las artes se
elevaron a tal perfección que aun, ahora apenas podemos decir que las hemos superado
en mucho, si no colocamos la velocidad de la fabricación por encima del talento
inventiva del trabajador y de la terminación de su trabajo. Las naves de las ciudades libres surcaban en
todas direcciones el mar Mediterráneo norte y sur; un esfuerzo más y cruzarían
el océano. En vastas extensiones, el
bienestar ocupó el lugar de la miseria anterior; se desarrolló y se extendió la
educación.
Junto con esto se elaboró el método científico de
investigación -positivo y natural en lugar de la escolástica anterior- y fueron
establecidas las bases de la mecánica y de las ciencias físicas. Más aún: estaban preparados todos aquellos
inventos mecánicos de que tanto se enorgullece el siglo XIX. Tales fueron los cambios mágicos que se
habían producido en Europa en menos de cuatrocientos años. Y las pérdidas
sufridas por Europa cuando cayeron sus ciudades libres pueden ser plenamente
apreciadas si se compara el siglo diecisiete con el catorce o hasta con el
trece. En el siglo dieciocho desapareció
el bienestar que distinguía a Escocia, Alemania, las llanuras de Italia. Los caminos decayeron, las ciudades se
despoblaron, el trabajo libre se convirtió en esclavitud, las artes se
marchitaron, y hasta el comercio decayó. . Si tras las ciudades medievales no
hubiera quedado monumento escrito alguno, por los cuales se pudiera juzgar el
esplendor de su vida, si hubieran quedado tras ellas solamente los monumentos
de su arte arquitectónico, que hallamos dispersos por toda Europa, de Escocia a
Italia, y de Gerona, en España, hasta Breslau, en el territorio eslavo, aun
entonces podríamos decir que la época de las ciudades independientes fue la del
máximo florecimiento del intelecto humano durante todos los siglos del
cristianismo, hasta el fin del siglo XVIII.
Mirando, por ejemplo, el cuadro medieval que representa Nuremberg, con
sus decenas de torres y elevados campanarios que llevaban en si cada una el
sello del arte creador libre, apenas podemos imaginar que sólo trescientos años
antes Nuremberg era únicamente un montón de chozas miserables.
Lo mismo con respecto a todas las ciudades libres de
la Edad Media, sin excepción. Y nuestro
asombro aumenta a medida que observamos en detalle la arquitectura y los
ornatos de cada una de las innumerables iglesias, campanarios, puertas de las
ciudades y casas consistoriales, diseminados por toda Europa, empezando por
Inglaterra, Holanda, Bélgica, Francia e Italia, y llegando, en el Este, hasta
Bohemia y hasta las ciudades de la Galitzia polaca, ahora muertas. No solamente Italia -madre del arte-, sino toda
Europa, estaba repleta de semejantes monumentos. Es extraordinariamente significativo, además,
el hecho de que de todas las artes, la arquitectura arte social por excelencia
alcanzara en esta época el más elevado desarrollo. Y realmente, tal desarrollo de la
arquitectura fue posible sólo como resultado de la sociabilidad altamente
desarrollada en la vida de entonces.
La arquitectura medieval alcanzó tal grandeza no
sólo porque era el desarrollo natural de un oficio artístico, como insistió
sobre esto justamente Ruskin; no solamente porque cada edificio y cada ornato
arquitectónico fueron concebidos por hombres que conocían por la experiencia de
sus propias manos cuáles efectos artísticos pueden producir la piedra, el
hierro, el bronce o simplemente las vigas y el cemento mezclado con guijarros;
no sólo porque cada monumento era el resultado de la experiencia colectiva reunida,
acumulada en cada arte u oficio, la arquitectura medieval era grande porque era
la expresión de una gran idea. Como el arte griego, surgió de la concepción de
la fraternidad y unidad alentadas por la ciudad. Poseía una audacia que pudo ser lograda sólo
merced a la lucha atrevida de las ciudades contra sus opresores y vencedores;
respiraba energía porque toda la vida de la ciudad estaba impregnada de
energía. La catedral o la casa
consistorial de la ciudad encarnaba, simbolizaba, el organismo en el cual cada
albañil y picapedrero eran constructores.
El edificio medieval nunca constituía el designio de un individuo, para
cuya realización trabajan miles de esclavos, desempeñando un trabajo
determinado por una idea ajena: toda la ciudad tomaba parte en su
construcción. El alto campanario era
parte de un gran edificio; en el que palpitaba la vida de la ciudad; no estaba
colocado sobre una plataforma que no tenla sentido como la torre Eiffel de
París; no era una construcción falsa, de piedra: erigida con objeto de ocultar
la fealdad del armazón de hierro que le servía de base, como fue hecho
recientemente en el Towér Bridge, Londres.
Como la Acrópolis de Atenas, la catedral de la ciudad medieval tenía por
objeto glorificar las grandezas de la ciudad victoriosa; encarnaba y
espiritualizaba la unión de los oficios, era la expresión del sentimiento de
cada ciudadano, que se enorgullecía de su ciudad, puesto que era su propia
creación. No raramente ocurría también que la ciudad, habiendo realizado con
éxito la segunda: resolución de los oficios menores, comenzaba a construir una
nueva catedral con objeto de expresar la unión nueva, más profunda y amplia,
que había aparecido en su vida.
Las catedrales y casas consistoriales de la Edad
Media tienen un rasgo asombroso más. Los
recursos efectivos con que las ciudades empezaron sus grandes construcciones
solían secar en la mayoría de los casos, desproporcionadamente reducidos. La catedral de Colonia, por ejemplo, fue
iniciada con un desembolso anual de 500 marcos en total; una donación de 100
marcos se inscribió como dádiva importante. Hasta cuando la obra se aproximaba
a su fin, el gasto anual apenas avanzaba a 5.000 marcos, y nunca sobrepasó los
14.000. La catedral de Basilea fue construida con los mismos insignificantes
medios. Pero cada corporación ofrendaba
para su monumento común tu parte de piedra de trabajo y de
genio decorativo. Cada guilda expresaba
en ese momento sus opiniones políticas, refiriendo, en la piedra o el bronce,
la historia de la ciudad, glorificando los principios de libertad, igualdad y
fraternidad; ensalzando a los aliados de la ciudad y condenando al fuego eterno
a sus enemigos. Y cada guilda expresaba
su amor al monumento común ornándolo
ricamente con ventanas y vitrales, pinturas, «con puertas de iglesia dignas de
ser las puertas del cielo» -según la expresión de Miguel Angel- o con ornatos
de piedra en todos los más pequeños rincones de la construcción. Las pequeñas ciudades, y hasta las más
pequeñas parroquias, rivalizaban en este género de trabajos con las grandes
ciudades, y las catedrales de Lyon o de Saint Ouen apenas ceden a la catedral
de Reims, a la Casa Consistorial de Bremen o al campanario del Consejo Popular
de Breslau. «Ninguna obra debe ser comenzada por la comuna si no ha sido
concebida en consonancia con el gran corazón del la comuna, formada por los
corazones de todos sus ciudadanos, unidos en una sola voluntad común» -tales
eran las palabras del Consejo de la Ciudad, en Florencia-; y este espíritu se
manifiesta en todas las obras comunales que están destinadas a la utilidad
pública, como por, ejemplo, en los canales, las terrazas, los plantíos de
viñedos y frutales alrededor de Florencia, o en los canales de regadío que
atravesaban las llanuras de Lombardía, en el puerto y en el acueducto de
Génova, y, en suma, en todas las construcciones comunales que se emprendían en
casi todas las ciudades
Todas las artes tenían el mismo éxito en las
ciudades medievales, y nuestras adquisiciones actuales en este campo, en la
mayoría de los casos, no. son nada más que la prolongación de lo que había
crecido entonces. El bienestar de las
ciudades flamencas se fundaba en la fabricación de los finos tejidos de lana.,
Florencia, a comienzos del siglo XIV hasta la epidemia de la «muerte negra»,
fabricaba de 70.000 a 100.000 piezas de lana, que se evaluaban en 1.200.000 florines
de oro. El cincelado de metales preciosos,
el arte de la. fundición, la forja artística del hierro, fueron creación de las
guildas medievales (misterios), que alcanzaron en sus respectivos dominios todo
cuanto se podia lograr mediante el trabajo manual, sin, recurrir a la ayuda de
un motor mecánico poderoso; por medio del traba o manual y la inventiva, pues,
sirviéndose de las palabras de Whewell, «recibimos el pergamino y el papel, la
imprenta y el grabado, el vidrio perfeccionado y el acero, la pólvora, el
reloj, el telescopio, la brújula marítima, el calendario reformado, el sistema
decimal, el álgebra, la trigonometría, la química, el contrapunto
(descubrimiento que equivale a una nueva creación de la música): hemos heredado
todo esto de aquella época que tan despreciativamente llamamos "período de
estancamiento"».
Verdad es que, como observó Whewell, ninguno, de
estos descubrimientos introdujo un principio nuevo; pero la ciencia medieval
alcanzó algo más que el descubrimiento real de nuevos principios. Preparó al descubrimiento de todos aquellos
nuevos principios que conocemos actualmente en el dominio de las ciencias
mecánicas: enseñó al investigador a observar los hechos y extraer
conclusiones. Entonces se creó la
ciencia inductiva, y a pesar de que no había captado aún plenamente el sentido
y la fuerza de la inducción, echó las bases tanto de la mecánica como de la
física. Francis Bacon, Galileo y
Copérnico, fueron descendientes directos de Roger Bacon y Miguel Scott, como la
máquina de vapor fue el producto directo de las investigaciones sobre la
presión atmosférica- realizadas en las universidades italianas y de la
educación matemática y técnica que distinguía a Nurember.
Pero, ¿es necesario, en verdad, extenderse y
demostrar el progreso de las ciencias y de las artes en las ciudades de la Edad
Media? ¿No basta mencionar simplemente las catedrales, en el campo de las
artes, y la lengua italiana y el poema de Dante, en el dominio del pensamiento,
para dar en seguida la medida de lo que creó la ciudad medieval durante los
cuatro siglos de su existencia?
No cabe duda alguna de que las ciudades medievales
prestaron un servicio inmenso a la civilización europea. Impidieron que Europa cayera en los estados
teocráticos y despóticos que se crearon en la antigüedad en Asia; diéronle
variedad de manifestaciones vivientes, seguridad en sí misma, fuerza de
iniciativa y aquella enorme energía intelectual y moral que posee ahora y que
es la mejor garantía de que la civilización europea podrá rechazar toda nueva
invasión de Oriente.
Pero, ¿por qué estos centros de civilización que
trataron de hallar respuestas a las exigencias de la naturaleza humana y que se
distinguieron por tal plenitud de vida no pudieron prolongar su existencia?
¿Por qué en el siglo XVI fueron atacadas de debilidad senil y por qué, después
de haber rechazado tantas invasiones exteriores y de haber sabido extraer una
nueva energía aun de sus discordias interiores, estas ciudades, al final de
cuentas, cayeron víctimas de los ataques exteriores y de las disensiones intestinas?
Diferentes causas provocaron esta caída, algunas de
las cuales tuvieron su raíz en el pasado lejano, mientras que las otras fueron
el resultado de errores cometidos por las ciudades mismas. El impulso en este sentido fue dado
primeramente por las tres invasiones de Europa: la mogol a Rusia en el siglo
XIII, la turca a la península balcánica y a los eslavos del Este, en el siglo
XV, y la invasión de los moros a España y Sur de Francia, desde el siglo IX
hasta el XII. Detener estás invasiones
fue muy difícil; y se consiguió arrojar a los mogoles, turcos y moros, que se
habían afirmado en diferentes lugares de Europa, solamente cuando en España y
Francia, Austria y Polonia, en Ucrania y en Rusia, los pequeños y débiles
knyaziá, condes, príncipes, etc., sometidos por los más fuertes de ellos,
comenzaron a formar, estados capaces de mover ejércitos numerosos contra los
conquistadores orientales.
De tal modo, a fines del siglo XV, en Europa,
comenzó a surgir una serie de pequeños estados, formados según el modelo romano
antiguo. En cada país y en cada dominio,
cualquiera de los señores feudales que fuera más astuto que los otros, más
inclinado a la codicia y, a menudo, menos escrupuloso que su vecino, lograba
adquirir en propiedad personal patrimonios más ricos, con mayor cantidad de
campesinos, y también reunir en tomo a sí mayor cantidad de caballeros y mesnaderos
y acumular más dinero en sus arcas. Un
barón, rey o knyaz, generalmente escogía como residencia no una ciudad
administrativa con el consejo popular, sino un grupo de aldeas, de posición
geográfica ventajosa, que no se habían familiarizado aún con la vida libre de
la ciudad; París, Madrid, Moscú, que sé, convirtieron en centros de grandes
Estados, se hallaban justamente en tales condiciones; y con ayuda del trabajo
servil se creó aquí la ciudad real fortificada, a la cual atraía, mediante una
distribución generosa de aldeas «para alimentarse», a los compañeros de
hazañas, y también a los comerciantes, que gozaban de la protección que él
ofrecía al comercio.
Así se citaron, mientras se hallaban aún en
condición embrionaria, los futuros estados, qué comenzaron gradualmente a
absorber a otros centros iguales. Los
jurisconsultos, educados en el estudio del derecho romano, afluían de buen
grado a tales ciudades; una raza de hombres, tenaz y ambiciosa, surgida de
entre los burgueses y que odiaba por igual la altivez de los feudales Ala
manifestación de lo que llamaban iniquidad de los campesinos. Ya las formas mismas de la comuna aldeana,
desconocidas en sus códigos, los mismos principios del federalismo, les eran
odiosos, como herencia de los bárbaros. Su ideal era el cesarismo, apoyado por la
ficción del consenso popular y -especialmente- por la fuerza de las armas; y
trabajaban celosamente para aquellos en quienes confiaban para la realización
de este ideal.
La Iglesia cristiana, que antes se había rebelado
contra el derecho romano y que ahora se había convertido en su aliada,
trabajaba en el mismo sentido. Puesto
que la tentativa de formar un imperio teocrático en Europa, bajo la supremacía
del Papa, no fue coronada por el éxito, los obispos más inteligentes y
ambiciosos comenzaron a ofrecer entonces apoyo a los que consideraban capaces
de reconstituir el poder de los reyes de Israel y el de los emperadores de
Constantinopla. La Iglesia investía a
los gobernantes que surgían con su santidad; los coronaba como representantes
de Dios sobre la tierra, ponía a su servicio la erudición y el talento
estadista de sus servidores; les traía sus bendiciones y, sus maldiciones, sus
riquezas y la simpatía que ella conservaba entre los pobres. Los campesinos, a los cuales las ciudades no
pudieron o no quisieron liberar, viendo a los burgueses impotentes para poner
fin a las guerras interminables entre los caballeros -por las cuales los
campesinos hubieron de pagar tan caro- depositaron entonces sus esperanzas en
el rey, el emperador, el gran knyaz; y
ayudándoles a destruir el poder de los señores feudales, al mismo tiempo les
ayudaron a establecer el Estado Centralizado.
Por último, las guerras que tuvieron que sostener durante dos siglos
contra los mogoles y los turcos, y la guerra santa contra los moros en España,
y del mismo modo también aquellas guerras terribles que pronto comenzaron
dentro de cada pueblo entre los centros crecientes de soberanía: Ile de France
y Borgogne, Escocia e Inglaterra, Inglaterra y Francia, Lituania y Polonia,
Moscú y Tver, etc., condujeron finalmente, a lo mismo. Surgieron estados poderosos y las ciudades
tuvieron que entablar lucha no sólo con las federaciones, débilmente unidas
entre sí, de los barones feudales o knyaziá,
sino con centrosfuertemente organizados que tenían a su disposición
ejércitos enteros de siervos.
Lo peor de todo era, sin embargo, que los centros
crecientes de la monarquía hallaron apoyo en las disensiones que surgían dentro
de las ciudades mismas. Una gran idea,
sin duda, constituía la base de la ciudad medieval, pero fue comprendida con
insuficiente amplitud. La ayuda y el
apoyo mutuo no pueden ser limitados por las fronteras de una asociación
pequeña; deben extenderse a todo lo circundante, de lo contrario, lo circundante
absorbe a la asociación; y en este respecto, el ciudadano medieval, desde el
principio mismo, cometió un error enorme. En lugar de considerar a los
campesinos y artesanos que se reunían bajo la protección de sus muros, como
colaboradores que podían aportar su parte en la obra de creación de la ciudad
-lo que han hecho en realidad-, «las familias» de los viejos burgueses se
apresuraron a separarse netamente de los nuevos inmigrantes. A los primeros, es decir, a los fundadores de
la ciudad, se les dejaba todos los beneficios del comercio comunal de ella, y
el usufructo de sus tierras, y a los segundos no se les dejaba más, que el
derecho de manifestar libremente la habilidad de sus manos. La ciudad, de tal modo, se dividió en
«burgueses». o «comuneros» y en «residentes» o «habitantes». El comercio, que tenía antes carácter
comunal, se convirtió ahora en privilegio de las familias de los. comerciantes
y artesanos: de la guilda mercantil y de algunas guildas de los llamados
«viejos oficios»; y el paso siguiente: la transición al comercio personal o a
los privilegios de las compañías capitalistas opresoras -de los trusts- se hizo
inevitable.
La misma división surgió también entre la ciudad, en
el sentido propio de la palabra, y las aldeas que la rodeaban. Las comunas medievales trataron, pues, de
liberar a los campesinos; pero, sus guerras contra los feudales, poco a poco,
se convirtieron, como se ha dicho antes, más bien en guerras por liberar la
ciudad misma del poder, de los feudales que por liberar a los campesinos. Entonces las ciudades dejaron a los feudales
sus derechos sobre los campesinos, con la condición de que no causarían más daño
a la ciudad y se hicieron «conciudadanos».
Pero la nobleza «adoptada» por la ciudad introdujo sus viejas guerras
familiares, en los límites de ella. No
se conformaba con la idea de qué los nobles debían someterse al tribunal de
simples artesanos y comerciantes, y continuó librando en las calles de las
ciudades sus viejas guerras tribales por venganza de sangre. En cada ciudad existían sus Colonnas y
Orsinis, sus Montescos y Capuletos, sus Overtolzes y Wises. Extrayendo mayores rentas de las posesiones
que consiguieron conservar, los señores feudales se rodearon de numerosos
clientes e introdujeron hábitos y costumbres feudales en la vida de la ciudad
misma. Cuando en las ciudades comenzó a surgir el descontento entre las clases
artesanas contra las viejas guildas y familias, los feudales comenzaron a
ofrecer a ambas partes sus espadas y sus numerosos servidores para resolver,
por medio de la guerra, los conflictos que surgían, en lugar de dar al
descontento una salida pacífica valiéndose de los medios que hasta entonces
había hallado siempre, sin recurrir a las armas.
El error más grande y más fatal cometido por la
mayoría de las ciudades fue también el basar sus riquezas en el comercio y la
industria, junto con un trato despectivo hacia la agricultura. De tal modo, repitieron el error cometido ya
una vez por las ciudades de la antigua Grecia y debido al cual cayeron en los
mismos crímenes. Pero el distanciamiento entre las ciudades y la tierra las
arrastró, necesariamente, a una política hostil hacia. las clases agrícolas,
que se hizo especialmente visible en Inglaterra. durante Eduardo III, en
Francia durante las jacqueries (las
grandes rebeliones campesinas), en Bohemia en las guerras hussitas, y en
Alemania durante la guerra de los campesinos del siglo XVI.
Por otra parte, la política comercial arrastró
también a las autoridades populares urbanas a empresas lejanas, y desarrolló la
pasión' por enriquecerse con las colonias.
Surgieron las colonias fundadas por las repúblicas italianas, en, el
sureste, en Asia Menor y a orillas del mar Negro; por los alemanes en el Este,
en tierras eslavas, y por los eslavos, es decir, por Novgorod y Pskof, en el
lejano noroeste. Entonces fue necesario
mantener ejércitos de mercenarios para las guerras coloniales, y luego esos
mercenarios fueron utilizados también para oprimir a los mismos burgueses. Merced a esto, ciudades enteras comenzaron a
concertar empréstitos en tales proporciones que pronto tuvieron una influencia
profundamente desmoralizadora sobre los ciudadanos; las ciudades se
convirtieron en tributarías y no raramente en instrumentos obedientes en manos
de algunos de sus capitalistas. Asumir
el poder fue cosa muy ventajosa, y las disensiones internas se desarrollaron en
mayores proporciones en cada elección, durante las cuales la política colonial
desempeñaba un papel importante en interés de unas pocas familias. La división entre ricos y pobres, entre los
hombres «mejores» y «peores», se extendió más y más, y en el siglo XVI el poder
real halló en cada ciudad aliados y colaboradores dispuestos, a veces entre
«las familias» que luchaban por el poder, y muy a menudo también entre los
pobres, a quienes prometían apaciguar a los ricos.
Sin embargo, existía todavía una razón de la
decadencia de las instituciones comunales, que era más profunda que las
restantes. La historia de las ciudades
medievales constituye uno de los ejemplos más asombrosos de la poderosa
influencia de las ideas y de los
principios ,fundamentales reconocidos
por los hombres, sobre el destino de la humanidad. Del mismo modo nos enseña también que ante un
cambio radical en las ideas dominantes de la sociedad, se producen resultados
completamente nuevos que encauzan la vida en una nueva dirección. La fe en sus fuerzas y en el federalismo, el
reconocimiento de la libertad y de la administración propia a cada grupo
separado y en general, la estructura del cuerpo político de lo simple a lo
complejo, tales fueron los pensamientos dominantes del siglo XI., Pero desde
aquélla época, las concepciones sufrieron un cambio completo., Los eruditos
jurisconsultos (legistas) que habían estudiado, derecho romano y los prelados
de la Iglesia, estrechamente unidos desde la época de Inocencio III, lograron
paralizar la idea la antigua idea griega de la libertad y de la federación que
predominaba en la época de la liberación de las ciudades y existía primeramente
en la fundación de estas repúblicas.
Durante dos o tres siglos, los jurisconsultos y el
clero comenzaron a enseñar, desde el púlpito, desde la cátedra universitaria y
en los tribunales, que la salvación de los hombres se encuentra en un estado
fuertemente centralizado, sometido al poder semidivino de uno o de unos pocos;
que un hombre puede y debe ser el salvador de la sociedad, y
en nombre de la salvación pública puede realizar cualquier acto de violencia:
quemar a los hombres en las hogueras, matarlos con muerte lenta en medio de
torturas indescriptibles, sumir provincias enteras en la miseria más
abyecta. Y no escatimaron el dar
lecciones visuales en gran escala, y con una crueldad inaudita se daban estas
lecciones donde quiera que pudiese llegar la espada del rey o la hoguera de la
Iglesia Debido a estas lecciones y a los ejemplos correspondientes,
constantemente repetidos e inculcados por la fuerza en la conciencia pública
bajo el signo de la fe, del poder y de lo que consideraba ciencia, la mente misma
de los hombres comenzó a adquirir una nueva forma. Los ciudadanos comenzaron a encontrar que
ningún poder puede ser desmedido, ningún asesinato lento demasiado cruel cuando
se trata de la «seguridad pública». Y en
esta nueva dirección de las mentes, y en esta nueva fe en la fuerza de un
gobernante único, el antiguo principio federal perdió su fuerza, y junto con él
murió también el genio creador de las masas.
La idea romana venció, y en tales circunstancias los estados militares
centralizados hallaron en las ciudades una presa fácil.
La Florencia del siglo XV constituye el modelo
típico de semejante cambio.
Anteriormente, la revolución popular solía ser el comienzo de un
progreso nuevo y más grande. Pero entonces,
cuando el pueblo, reducido a la desesperación, se rebeló, ya no poseía el
espíritu constructivo v creador, y el movimiento popular no produjo idea nueva
alguna. En lugar de los anteriores
cuatrocientos representantes ante el consejo popular, se introdujeron en ella
cien. Pero esta revolución en los
números no condujo a nada. El
descontento popular crecía, y siguió una serie de nuevas revueltas. Entonces se buscó la salvación en el
«tirano», que recurrió a la masacre de los rebeldes, pero la desintegración del
organismo comunal prosiguió. Y cuando,
después de una nueva revuelta, el pueblo florentino solicitó consejo a su
favorito, Jerónimo Savonarola, el monje respondió: «Oh, pueblo mío, tú sabes
que no puedo intervenir en los asuntos del estado... Purifica tu alma, y si en
tal disposición de mente reformas la ciudad, entonces tú, pueblo de Florencia,
debes comenzar la reforma de toda Italia».
Se quemaron las máscaras que se ponían durante los paseos en carnaval y
los libros tentadores; se promulgó una ley de ayuda a los pobres y otra
dirigida contra los usureros, pero la democracia de Florencia quedó donde
estaba. El antiguo espíritu creador
había desaparecido. Debido a la excesiva
confianza en el gobierno, los florentinos cesaron de confiar en sí mismos; y
demostraron ser impotentes para renovar su vida. El estado no tuvo más que avanzar y destruir
sus últimas libertades. Y así lo hizo.
Y sin embargo, la corriente de ayuda y apoyo mutuo
no se apagó en las masas, y continuó fluyendo aún después de esta derrota de
las ciudades libres. Pronto surgió de
nuevo, con fuerza poderosa, en respuesta al llamado comunista de los primeros
propagandistas de la reforma, y siguió viviendo aún después de que las masas,
que hablan sufrido de nuevo el fracaso en su tentativa de construir una nueva
vida, inspirada por una religión reformada, cayeron bajo el poder de la
monarquía. Fluye hoy todavía y busca los
caminos para una nueva expresión que no será ya el estado, ni la ciudad
medieval, ni la comuna aldeana de los bárbaros, ni la organización tribal de
los salvajes, sino que, procediendo de todas estas formas, será más perfecta
que ellas, por su profundidad y por la amplitud de sus principios humanos.
CAPITULO VII
LA AYUDA MUTUA EN LA
SOCIEDAD MODERNA
La inclinación de los hombres a la ayuda mutua tiene un origen tan
remoto y está tan profundamente entrelazada con todo el desarrollo pasado de la
humanidad, que los hombres la han conservado hasta la época presente, a pesar
de todas las vicisitudes de la historia.
Esta inclinación se desarrolló, principalmente, en los períodos de paz y
bienestar; pero aun cuando las mayores calamidades azotaban a los hombres,
cuando países enteros eran devastados por las guerras, y poblaciones enteras
morían de miseria, o gemían bajo el yugo del poder que los oprimía, la misma
inclinación, la misma necesidad continuó existiendo en las aldeas y entre las
clases más pobres de la población de las ciudades. A pesar de todo, las fortificó, y, al final
de cuentas, actuó aun sobre la minoría gobernante, belicosa y destructiva que
trataba a esta necesidad como si fuera una tontería sentimental. Y cada vez que la humanidad tenía que
elaborar una hueva organización social, adaptada a una nueva fase de su
desarrollo, el genio creador del hombre siempre extraía la inspiración y los
elementos para un nuevo adelanto en el camino del progreso, de la misma
inclinación, eternamente viva, a la ayuda mutua. Todas las nuevas doctrinas morales y las nuevas
religiones provienen de la misma fuente.
De modo que el progreso moral del género humano, si lo consideramos
desde un punto de vista amplio, constituye una extensión gradual de los
principios de la ayuda mutua, desde el clan primitivo, a la nación y a la unión
de pueblos, es decir, a las agrupaciones de tribus v hombres, más y más amplia,
hasta que por último estos principios abarquen a toda la humanidad sin
distinciones de creencias, lenguas y razas.
Atravesando el período del régimen tribal y el período siguiente de la
comuna aldeana, los europeos, como hemos visto, elaboraron en la Edad Media una
nueva forma de organización que tenía una gran ventaja. Dejaba un amplio margen a la iniciativa
personal y, al mismo tiempo, respondía en grado considerable a la necesidad de
apoyo mutuo del hombre. En las ciudades
medievales, fue llamada a la vida la federación de las comunas aldeanas,
cubierta por una red de guildas y hermandades, v con ayuda de esta nueva forma
de doble unión se alcanzaron resultados inmensos en el bienestar común, en la
industria, en el arte. la ciencia y el comercio. Hemos considerado estos resultados con
bastante detalle en los dos capítulos precedentes, y hemos tratado de explicar
por qué, al final, del siglo XV las repúblicas medievales, rodeadas por los
feudos hostiles, incapaces de liberar a los campesinos del yugo servil y
gradualmente corrompidas por las ideas del cesarismo romano, inevitablemente
debían ser presa de los estados guerreros que nacían y habían sido creados para
ofrecer resistencia a las invasiones de los mogoles, turcos y árabes.
Sin embargo, antes que someterse, en los trescientos años siguientes,
al poder del estado que lo absorbía todo, las masas populares hicieron una
tentativa grandiosa de reconstruir la sociedad, conservando la base anterior de
la ayuda y el apoyo mutuos. Ahora es ya
bien sabido que el gran movimiento de los hussitas y de la reforma no fue, de
ningún modo, sólo una revuelta en contra de los abusos de la Iglesia
católica. Este movimiento expuso también
su ideal constructivo, y ese ideal era la vida en las comunas fraternales
libres. Los escritos y discursos de los
predicadores del período primitivo de la reforma, que habían hallado el mayor
eco en el pueblo, estaban impregnados de las ideas de una hermandad económica y
social de los hombres. Son conocidos los
«doce puntos» de los campesinos alemanes, expuestos por ellos en su guerra
contra los terratenientes y duques, y los artículos de fe, parecidos a ellos,
difundidos entre los campesinos y artesanos alemanes y suizos, que exigían no
sólo el establecimiento del derecho de cada uno a interpretar la Biblia según
su propia razón, sino que incluían también la exigencia de la devolución de las
tierras comunales a las comunas aldeanas y la supresión de la prestación
feudal, y en estas exigencias se aludía siempre a la fe cristiana «verdadera»,
es decir a la fe en la fraternidad humana.
Al mismo tiempo, decenas de miles de hombres ingresaron en Moravia en
las hermandades comunistas, sacrificando en beneficio de las hermandades todos
sus bienes y creando numerosas y florecientes poblaciones, fundadas en los
principios del comunismo. Solamente las
masacres en masa, durante las cuales perecieron decenas de miles de personas,
pudieron detener éste movimiento popular que se extendía ampliamente y
solamente con ayudas de la espada, del fuego y de la rueda, los estados jóvenes
se aseguraron la primera y decisiva, victoria sobre las masas populares.
Durante los tres siglos siguientes, los Estados que se formaron en
toda Europa destruían sistemáticamente las instituciones en las que hallaba
expresión la tendencia de los hombres al apoyo mutuo. Las comunas aldeanas
fueron privadas del derecho de sus asambleas comunales, de la jurisdicción
propia y de la administración independiente, y las tierras que les pertenecían
fueron sometidas al control de los funcionarios del estado y entregadas a
merced de los caprichos y de la venalidad. Las ciudades fueron desposeídas de
su soberanía, y las fuentes mismas de su vida interior, la véche (la asamblea, el tribunal electo, la administración electa y
la soberana de la parroquia y de las guildas, todo esto fue destruido. Los funcionarios del estado, tornaron en sus
manos todos los eslabones de lo que antes constituía un todo orgánico.
Debido a esta política fatal y a las guerras engendradas por ella,
países enteros, antes poblados y ricos, fueron asolados. Ciudades ricas populosas se transformaron en
aldehuelas insignificantes; hasta los caminos que unían a las ciudades entre sí
se hicieron intransitables. La industria, el arte, la ilustración,
decayeron. La educación política, la
ciencia y el derecho fueron sometidos a la idea de la centralización estatal.
En las universidades, y desde las cátedras eclesiásticas se empezó a enseñar que
las instituciones en que los hombres acostumbraban a encarnar hasta entonces su
necesidad de ayuda mutua no pueden ser toleradas en un estado debidamente
organizado; que sólo el estado y la iglesia pueden constituir los lazos de
unión entre sus súbditos; que el federalismo y el «particularismo» es decir, el
cuidado de los intereses locales de una región o de una ciudad eran enemigos
del progreso. El estado es el único
impulsor apropiado de todo desarrollo ulterior.
Al final del siglo XVIII., los reyes del continente europeo, el
Parlamento, en Inglaterra, y hasta la convención revolucionaria en Francia,
aunque se hallaban en guerra, entre sí, coincidían, en la afirmación de que
dentro del Estado no debía haber ninguna clase de uniones separadas entre los
ciudadanos, aparte de las establecidas por, el estado y sometidas a él; que
para los trabajadores que se atrevían a ingresar a una «coalición», es decir,
en uniones para la defensa de sus derechos, el único castigo conveniente era el
trabajo forzado y la muerte. «No toleraremos un estado en el estado». Unicamente el estado y la Iglesia del, estado
debían ocuparse de los intereses generales de los súbditos, los mismos súbditos
debían ser grupos de hombres poco vinculados entre sí, no unidos por clase
alguna de lazos especiales y obligados a recurrir al estado cada vez que tenían
una necesidad común. Hasta la mitad del
siglo XIX esta teoría. y su práctica correspondiente dominaban en, Europa.
Hasta las sociedades comerciales e industriales eran miradas con
desconfianza por todos los estados. En
cuanto a los trabajadores, recordamos aún que sus uniones eran consideradas
ilegales hasta en Inglaterra. El mismo
punto de vista sosteníase no hace mucho más de veinte arios, al final del siglo
XIX, en todo el continente, incluso en Francia; a pesar de las revoluciones que
vivió, los mismos revolucionarios eran tan feroces partidarios del estado como
los funcionarios del rey y del emperador.
Todo el sistema de nuestra educación estatal, hasta la época presente,
aun en Inglaterra, era tal que una parte importante de la sociedad consideraba
como una medida revolucionaria que el pueblo recibiese los derechos de que
gozaban todos -libres y siervos- en la Edad Media, quinientos años Antes, en la
asamblea aldeana, en su guilda, en su parroquia y en la ciudad.
La absorción por el estado de todas las funciones sociales, fatalmente
favoreció el desarrollo del individualismo estrecho, desenfrenado. A medida que
los deberes del ciudadano hacia el estado se multiplicaban, los ciudadanos
evidentemente se liberaban de los deberes hacia los otros. En la guilda -en la Edad Media todos
pertenecían a alguna guilda o cofradía-, dos «hermanos» debían cuidar por turno
al hermano enfermo; ahora basta con dar al compañero de trabajo la del
hospital, para pobres, más próximo. En
la sociedad «bárbara» presenciar una pelea entre dos personas por cuestiones
personales y no preocuparse de que no tuviera consecuencias fatales
significaría atraer sobre sí la acusación de homicidio, pero, de acuerdo con
las teorías más recientes del estado que todo lo. vigila, el que presencia una
pelea no tiene necesidad de intervenir, pues para eso está la policía. Cuando entre los salvajes -por ejemplo, entre
los hotentotes-, se considerarla inconveniente ponerse a comer sin haber hecho
a gritos tres veces una invitación Al que deseara unirse al festín, entre
nosotros el ciudadano respetable se limita a pagar un impuesto para los pobres,
dejando a los hambrientos arreglárselas como puedan.
El resultado obtenido fue que por doquier -en la vida, la ley, la
ciencia, la religión- triunfa ahora la afirmación de que cada uno puede y debe
procurarse su propia felicidad, sin prestar atención alguna a las necesidades
ajenas. Esto se transformó en la
religión de nuestros tiempos, y los hombres que dudan de ella son considerados
utopistas peligrosos. La ciencia
proclama en alta voz que la lucha de cada uno contra todos constituye el
principio dominante de la naturaleza en general, y de las sociedades humanas en
particular. Justamente a esta guerra la
biología actual atribuye el desarrollo progresivo del mundo animal. La historia
juzga del mismo modo; y los economistas, en su ignorancia ingenua, consideran
que el éxito de la industria y de la mecánica contemporánea son los resultados
«asombrosos» de la influencia del mismo principio. La religión misma de la Iglesia es la
religión del individualismo, ligeramente suavizada por las relaciones más o
menos caritativas hacia el prójimo, con preferencia los domingos. Los hombres
«prácticos» y los teóricos, hombres de ciencia y predicadores religiosos,
legistas y políticos, están todos de acuerdo en que el individualismo, es
decir, la afirmación de la propia personalidad en sus manifestaciones groseras,
naturalmente, pueden ser suavizadas
con la beneficencia, y que ese individualismo es la única base segura para el
mantenimiento de la sociedad y su progreso ulterior.
Parecería, por esto, algo desesperado buscar instituciones de ayuda
mutua en la sociedad moderna, y en general las manifestaciones prácticas de
este principio. ¿Qué podía restar de ellas?
Y además, en cuanto empezamos a examinar cómo viven millones de seres
humanos y estudiamos sus relaciones cotidianas, nos asombra, ante todo, el
papel enorme que desempeñan en la vida humana, aún en la época actual, los
principios de ayuda y apoyo mutuo. A
pesar de que hace ya trescientos o cuatrocientos años que, tanto en la teoría,
como en la vida misma se produce una destrucción de las instituciones y de los
hábitos de ayuda mutua, sin embargo, centenares de millones de hombres
continúan viviendo con ayuda de estas instituciones y hábitos; y religiosamente
las apoyan allí donde pudieron ser conservadas y tratan de reconstruirlas donde
han sido destruidas. Cada uno de
nosotros, en nuestras relaciones mutuas, pasamos minutos en los que nos
indignamos contra el credo estrechamente individualista, de moda en nuestros
días; sin embargo los actos en cuya realización los hombres son guiados por su
inclinación a la ayuda mutua constituyen una parte tan enorme de nuestra vida
cotidiana que, si fuera posible ponerles término repentinamente, se
interrumpiría de inmediato todo el progreso moral ulterior de la
humanidad. La sociedad humana, sin la
ayuda mutua, no podría ser mantenida más allá de la vida de una generación.
Los hechos de tal género, a los que no se presta atención, que son muy
numerosos y que describen la vida de las sociedades, tienen un sentido de
primer orden para la vida y la elevación ulterior de la humanidad. También los examinaremos ahora, comenzando
por las instituciones existentes de apoyo mutuo y pasando luego a los actos de
ayuda mutua que tienen origen en las simpatías personales o sociales.
Echando una mirada amplia a la constitución contemporánea de la
sociedad europea nos asombra, en primer lugar, el hecho de que, a pesar de
todos los esfuerzos para terminar con la comuna aldeana, está forma de unión de
los hombres continúa existiendo en grandes proporciones, como se verá a
continuación, y que en el presente se hacen tentativas ya sea para
reconstituirla en una u otra forma, ya sea para hallar algo en su reemplazo.
Las teorías corrientes de los economistas burgueses y de algunos socialistas afirman
que la comuna ha muerto en la Europa occidental de muerte natural, puesto que
se encontró que la posesión comunal de la tierra era incompatible con las
exigencias contemporáneas del cultivo de la tierra. Pero la verdad es que en ninguna parte desapareció la comuna aldeana por propia voluntad, al
contrario, en todas partes las clases dirigentes necesitaron varios siglos de
medidas estatales persistentes para desarraigar la comuna y confiscar las
tierras comunales. Un ejemplo de tales
medidas y de los métodos para ponerla en práctica nos lo ha dado recientemente
el gobierno zarista en el celo del ministro Stolypin.
En Francia, la destrucción de la independencia de las comunas aldeanas
y el despojo de las tierras que les pertenecían empezó ya en el siglo XVI. Además, sólo en el siglo siguiente, cuando la
masa campesina fue reducida a la completa
esclavitud y a la miseria por las requisiciones y las guerras tan brillantemente descritas por todos los
historiadores, el despojo de las tierras comunales pudo realizarse impunemente
y entonces alcanzó proporciones escandalosas «Cada uno les tomaba cuanto
podía... las dividían... para despojar a las comunas, se servían de deudas simuladas». Así sé expresaba el edicto promulgado por
Luis XIV, en el año 1667. Y como era de esperar, el estado no halló otro medio
de curar éstos males que una mayor sumisión de las comunas a su autoridad y un despojo mayor, esta
vez hecho por el Estado mismo. En
realidad, dos años después todos los ingresos monetarios de las comunas fueron
confiscados por el rey. En cuanto a la usurpación de las tierras comunales,
se extendió más y más, y en el siglo siguiente la nobleza y el clero eran ya
dueños de enormes extensiones de tierra: Según algunas apreciaciones, poseían
la mitad de la superficie apta para el cultivo, y la mayoría de esas tierras permanecía inculta. Pero los campesinos
todavía conservaban sus instituciones comunales y hasta el año 1787 la asamblea
comunal campesina, compuesta por todos los jefes de familia, se reunía,
generalmente a la sombra de un campanario o de un árbol, para distribuir las
porciones de tierra o partir los campos que quedaban en su posesión, para fijar
los impuestos y elegir la administración comunal, exactamente lo mismo que el mir ruso hoy. Esto ha sido demostrado ahora plenamente por
Babeau.
El gobierno francés encontró, sin embargo, que las asambleas populares
comunales eran «demasiado ruidosas», es decir, demasiado desobedientes, y en-
el año 1787 fueron sustituidas por consejos electivos, compuestos por un
alcalde y de tres o seis síndicos que eran elegidos entre los campesinos más
acomodados. Dos años más tarde, la
Asamblea Constituyente «revolucionaria», que en este sentido concordaba
plenamente con la vieja organización, ratificó (el 14 de diciembre de 1789) la
ley citada, y la burguesía aldeana se
dedicó ahora, a su vez, al despojo de las tierras campesinas, que se prolongó
durante todo el período revolucionario.
El 16 de agosto del año 1792, la Asamblea Legislativa, bajo la presión
de las insurrecciones campesinas y del ánimo alterado del pueblo de París,
después de haber éste ocupado el palacio real, decidió devolver a las comunas
las tierras que les habían quitado; pero, al mismo tiempo, dispuso que de estas
tierras, las de laboreo fueran distribuidas solamente entre los «ciudadanos»,
es decir, entre los campesinos más acomodados.
Esta medida, naturalmente, provocó nuevas insurrecciones, y fue derogada
al año siguiente cuando, después de la expulsión de los girondinos de la
Convención, los jacobinos dispusieron, el 11 de junio de 1793, que todas las
tierras comunales quitadas a los campesinos por los terratenientes y otros, a
partir del año 1669, fueran devueltas a las comunas que podían -si lo decidía
una mayoría de dos tercios de votos- repartir las tierras comunales, pero, en
tal caso, en partes iguales entre todos los habitantes, tanto ricos como
pobres, tanto «activos» como «inactivos».
Sin embargo, las leyes sobre la repartición de las tierras comunales
eran contrarias de tal modo a las concepciones de los campesinos, que estos
últimos no las cumplían, y en todas partes donde los campesinos volvían a
poseer, aunque no fuera más que una parte de las tierras, comunales que les
habían usurpado, las poseían en común, dejándolas sin dividir. Pero pronto sobrevinieron los largos años de
guerras y la reacción, y las tierras comunales fueron llanamente confiscadas
por el estado (en el año 1794) para asegurar los préstamos estatales; una parte
fue destinada a la venta, y al final de cuentas, usurpada; luego fueron
devueltas las tierras nuevamente a las comunas, y otra vez confiscadas (en el
año 1813), y recientemente en el año 1816, los restos de estas tierras,
constituidos por alrededor de 6.000.000 de deciatinas de la tierra menos
productiva, fueron devueltas a las comunas aldeanas. Todo, régimen nuevo veía en las tierras
comunales una fuente accesible para recompensar a sus partidarios, y tres leyes
(la primera en 1837, y la última bajo Napoleón III) fueron promulgadas con el
fin de incitar a las comunas aldeanas a realizar la repartición de las tierras
comunales. Pero tampoco éste fue,
todavía, el fin de las penurias comunales.
Hubo que derogar tres veces estas leyes, debido a la resistencia que
encontraron en las aldeas, pero cada vez, el gobierno consiguió usurpar algo de
las posesiones comunales; así Napoleón III, con el pretexto de proteger, con un
método perfeccionado, la agricultura, entregó grandes posesiones comunales a
algunos de sus favoritos.
He aquí la serie de violencias con que los adoradores del centralismo
luchaban contra la comuna. Y a esto llaman los economistas «muerte natural de
la agricultura comunal, en virtud de las leyes económicas»
En cuanto a la administración propia de las comunas aldeanas, ¿qué
podía quedar de ella después de tantos golpes?
El gobierno consideraba al alcalde y a los síndicos Como funcionarios
gratuitos, que cumplían determinadas funciones de la máquina estatal. Aun ahora, bajo la tercera república, la
aldea está privada de toda independencia, y dentro de la comuna no puede ser
realizado el más mínimo acto sin la intervención y aprobación de casi todo el
complejo mecanismo estatal, incluyendo los prefectos y los ministros. Resulta difícil creerlo, y sin embargo tal es
la realidad. Si, por ejemplo, un
campesino tiene intención de pagar con un depósito en dinero su parte de
trabajo en la reparación de un camino comunal (en lugar de poner él mismo la
cantidad necesaria de pedregullo), no menos de doce funcionarios del Estado, de
diferentes rangos, deben dar su conformidad y para ello se necesitan 52
documentos, que deben intercambiar los funcionarios, antes de que se permita al
campesino hacer su pago en dinero al consejo comunal. Lo mismo si una tormenta arroja un árbol en
el camino; y todo el resto tiene igual carácter.
Lo que ocurrió en Francia sucedió en toda Europa occidental y
central. Aun los años principales del colosal saqueo de las tierras comunales
coinciden en todas partes. En
Inglaterra, la única diferencia reside en que el pillaje se efectuó por medio
de actos aislados y no por medio de una ley general, en una palabra, se produjo
con menor precipitación que en Francia pero, sin embargo, con mayor
solidez. La usurpación de las tierras
comunales por los terratenientes (landlords)
empezó en el siglo XV, después de la sofocación de la insurrección campesina en el año 1380, como se desprende de la Historia de Rossus y del estatuto de
Enrique VII, en los cuales se habla de estas usurpaciones bajo el título de
«Abominaciones y fecharías que perjudican al bien público». Más tarde, bajo
Enrique VIII, se inició, como es sabido, una investigación especial (Great
Inquest), cuyo objeto era hacer cesar la usurpación de las tierras comunales:
pero esta investigación terminó con la ratificación de las dilapidaciones, en
las proporciones en que ya se habían llevado a cabo.
La dilapidación de las tierras comunales se prolongó y se continuó
expulsando a los campesinos de las tierras.
Pero solamente desde mediados del siglo XVIII, en Inglaterra como por
doquier en los, otros países, se instituyó una política sistemática, con miras
a destruir la posesión comunal; de modo que no es menester asombrarse de que la
posesión comunal haya desaparecido, sino de que haya podido conservarse hasta
en Inglaterra y «predominar aún en el recuerdo de los abuelos de nuestra
generación». El verdadero objeto de las actas de cercamiento (Enclosure Acts), como fue demostrado
por Seebohm, era la eliminación de la posesión, comunal' y fue eliminada tan
por completo cuando el Parlamento promulgó, entre 1760 y 1844, casi 4.000 actas
de cercamiento, que de ella quedan ahora sólo débiles huellas. Los lores se apoderaron de las tierras de las
comunas aldeanas y cada caso de despojo fue ratificado por el Parlamento.
En Alemania, Austria y Bélgica, la comuna aldeana fue destruida por el
estado de modo exactamente igual. Fueron
raros los casos en que los comuneros mismos dividieran entre sí las tierras
comunales, a pesar de que en todas partes el estado obligaba a tal repartición
o, simplemente, favorecía el despojo de sus tierras por particulares, El último
golpe a la posesión comunal en el norte de Europa fue asestado también a
mediados del siglo XVIII. En Austria, el
gobierno tuvo qué poner en acción la fuerza bruta, en el año 1768, para obligar
a las comunas a realizar la división de las tierras, y dos años después se
designó, para este objeto, una comisión especial. En Prusia, Federico II, en varias de sus
ordenanzas (en 1752, 1763, 1765 y 1769) recomendó a las Cámaras judiciales (Justizcollegien) efectuar la división
por medio de la violencia. En un distrito de Polonia, Silesia, con el mismo
objeto, fue publicada, en 1771, una resolución especial. Lo mismo sucedió también en Bélgica, pero,
como las comunas demostraron desobediencia, entonces, en el año 1847, fue
emitida una ley que daba al gobierno el derecho de comprar los prados comunales
y venderlos en parcelas y realizar una venta obligatoria de las tierras
comunales si hubiese compradores.
Para abreviar, lo que se dice acerca de la muerte natural de las
comunas aldeanas, en virtud de las leyes económicas, constituye una broma tan
pesada como si habláramos de la muerte natural de los soldados caídos en el
campo de batalla. El lado positivo de la
cuestión es este: las comunas aldeanas vivieron más de mil años, y en los casos
en que los campesinos no fueron arruinados por las guerras y las requisiciones,
gradualmente mejoraron los métodos de cultivo; pero, como el valor de la tierra
aumentaba debido al crecimiento de la industria, y la nobleza, bajo la
organización estatal, alcanzó una autoridad como nunca tuvo en el sistema
feudal, se apoderó de la mejor parte de las tierras comunales y aplicó todos
sus esfuerzos en destruir las instituciones comunales.
Sin embargo, las instituciones de la comuna aldeana responden tan bien
a las necesidades y concepciones de los que cultivan la tierra, que a pesar de
todo, Europa hasta en la época presente está aún cubierta de supervivencias
vivas de las comunas aldeanas, y en la vida aldeana abundan aún hoy hábitos y
costumbres cuyo origen se remonta al período comunal. En Inglaterra misma, a pesar de todas las
medidas ,draconianas adoptadas para destruir el viejo orden de cosas, existió
hasta principios del siglo XIX. Gomme,
uno de los pocos sabios ingleses que ha llamado la atención sobre esta materia,
señala en su obra que en Escocia se han conservado muchas huellas de la
posesión comunal de las tierras, y la «runrigtenancy»;
es decir, la posesión por los granjeros de parcelas en muchos campos
(derechos del comunero traspasados al granjero), se mantuvo en Forfarshire
hasta el año 1813; y en algunas aldeas de Invernes, hasta el año 1801, era
costumbre arar la tierra para toda la comuna, sin trazar límites, distribuyéndola
después de la labor. En Kilmoriel la participación y repartición de los campos
estuvo en pleno vigor «hasta los últimos veinticinco años», decía Gomme, y la
Comisión Crofter del año ochenta halló que esta costumbre se conservaba todavía
en algunas islas". En Irlanda, este
mismo sistema predominó hasta la época del hambre terrible del año 1848. En cuanto a Inglaterra, las obras de
Marshall, que pasaron inadvertidas mientras Nasse y Mine no llamaron la
atención sobre ellas, no dejan la menor duda de que el sistema de la comuna
aldeana gozaba de amplia difusión en casi todas las regiones de Inglaterra, aún
en los comienzos del siglo XIX.
En el año 1870, sir Henry Maine fue «sorprendido extraordinariamente
por la cantidad de casos de títulos de propiedad anormales, los que de modo
necesario suponen una existencia primitiva de la posesión colectiva y del
cultivo conjunto de la tierra», y estos casos llamaron su atención después de
un estudio comparativamente breve. Y
como la posesión comunal se conservó en Inglaterra hasta una época tan
reciente, es indudable que en las aldeas inglesas se hubiera podido hallar gran
número de hábitos y costumbres de ayuda mutua, con sólo que los escritores
ingleses hubieran prestado mayor atención a la vida aldeana real.
Por último, tales rastros fueron señalados, no hace mucho, en un
artículo del Journal of the Statistical
Society, vol. IX, junio 1897, y en
un excelente artículo de la nueva edición, undécima, de la Enciclopedia Británica. Por este artículo nos enteramos de que,
valiéndose del «cercamiento» de los campos comunales y dehesas, los supuestos
dueños y los herederos de los derechos feudales quitaron a las comunas
1.016.700 deciatinas desde el año 1709 hasta 1797, con preferencia campos
cultivables; 484.490 deciatinas desde 1801 hasta 1842, y 228.910 deciatinas
desde 1845 hasta 1869; además, 37.040 deciatinas de bosques; en total 1.767.140
deciatinas, es decir, más de la octava parte de toda la superficie de
Inglaterra, incluido Gales (13.789.000 deciatinas), fue quitada al pueblo.
Y a pesar de esto, la posesión comunal de la tierra se ha conservado
hasta ahora en algunos lugares de Inglaterra y Escocia, como lo demostró en el
año 1907 el doctor Gilbert Slater en su obra detallada The English Peasantry and the Enclosure of Common Fields, donde están
los planos de algunas de dichas comunas -que recuerdan plenamente los planos
del libro de P. P. Semionof- y se describe su vida así: sistema de tres o
cuatro amelgas, y los comuneros deciden todos los años en la asamblea con qué
sembrar la tierra en barbecho y se conservan las «franjas» lo mismo que en la
comuna rusa. El autor del artículo de la
Enciclopedia Británica considera que
hasta ahora quedan bajo posesión comunal, en Inglaterra, de 500.000 a 700.000
deciatinas de campos, y principalmente dehesas.
En la parte continental de Europa, numerosas instituciones comunales,
que han conservado hasta ahora su fuerza vital, se encuentran en Francia,
Suiza, Alemania. Italia, Países
Escandinavos y en España, sin hablar de toda la Europa occidental eslava. Aquí la vida aldeana, hasta ahora, está
impregnada de hábitos y costumbres comunales, y la literatura europea casi
anualmente se enriquece con trabajos serios consagrados a esta materia, y lo
que tiene relación con ella. Por esto,
en la elección de los ejemplos, tengo que limitarme a algunos, los más típicos.
Suiza nos ofrece uno de estos ejemplos. Existen allí como repúblicas: Uri, Schwytz,
Appenzell, Glarus y Unterwalden, que poseen una parte importante de sus tierras
sin dividir y son administradas todas por la asamblea popular de toda la
república (cantón), pero, en todas las otras repúblicas, las comunas aldeanas
también gozan de amplia autonomía y vastas partes del territorio federal
permanecen hasta ahora en posesión comunal. Dos tercios de todos los prados
alpinos y dos tercios de todos los bosques de Suiza y un número importante de
campos, huertos, viñedos, turberas, canteras, hasta ahora siguen siendo de
propiedad comunal. En el cantón de Vaud,
donde todos los jefes de familia tienen derecho a participar con voto
consultivo en las deliberaciones de los asuntos comunales, el espíritu comunal
se manifiesta con vivacidad especial en los consejos elegidos por ellos. Al
final del invierno, en algunas aldeas, toda la juventud masculina se encamina
al bosque por algunos días, para cortar árboles y lanzarlos por las pendientes
abruptas de las montañas (en forma semejante al deslizamiento en trineo desde
las montañas); la madera para construcción y la leña se reparte entre todos los
jefes de familia o se vende en su beneficio.
Estas excursiones son verdaderas fiestas del trabajo viril. Sobre las orillas del lago de Ginebra, una
parte del trabajo necesario para conservar en orden las terrazas de los viñedos
aun ahora se realiza en común; y en primavera, cuando el termómetro amenaza
descender a bajo cero antes de la salida del sol y cuando la helada podría
dañar los sarmientos, el sereno nocturno despierta a todos los jefes de
familias, los cuales encienden hogueras de paja y estiércol y preservan de tal
modo a las vides de la helada, envolviéndolas en nubes de humo.
En el Tessino, los bosques son de dominio comunal; se realiza la tala
con mucha regularidad, por secciones, y los ciudadanos de cada comuna reciben,
por familia, su porción de rendimiento.
Luego, casi en todos los cantones las comunas aldeanas poseen las
llamadas Bürgernútzen, es decir,
mantienen en común una determinada cantidad de vacas para proveer de manteca a
todas las familias; o bien cuidan en
común los campos o viñedos, cuyos productos se reparten entre los comuneros, o
bien, por último, arriendan su tierra, en cuyo caso el ingreso se destina al
beneficio de toda la comuna.
En general, puede tomarse como regla que allí donde las comunas han
retenido una esfera de derechos lo suficientemente amplia como para ser partes
vivas del organismo nacional, y donde no han sido reducidas a la miseria
completa, los comuneros no dejan de cuidar sus tierras con atención. Debido a esto, las propiedades comunales de
Suiza presentan un contraste asombroso, en comparación con la situación
lamentable de las tierras «comunales» de Inglaterra. Los bosques comunales del cantón de Vaud y de
Valais se conservan en excelente orden, según las reglas de la moderna
silvicultura. En otros lugares, «las
pequeñas franjas» de los campos comunales, que cambian de dueños bajo el
sistema de reparticiones, están muy bien abonados, puesto que no hay escasez de
ganado ni de prados. Los elevados prados
alpinos, en general, se conservan bien, y los caminos de las aldeas son
excelentes. Y cuando admiramos el chalet
suizo, es decir, la cabaña, los caminos montañeses, el ganado campesino, las
terrazas de los viñedos y las casas de escuela en Suiza, debemos recordar que
la madera para la construcción del chalet, en su mayor parte, proviene de los
bosques comunales, y los caminos y las casas escolares son resultado del
trabajo comunal. Naturalmente, en Suiza,
como en todas partes, la comuna perdió muchos de sus derechos y funciones, y la
«corporación», compuesta por un pequeño número de viejas familias, ocupó el
lugar de la comuna aldeana anterior, a la que pertenecían todos. Pero lo que se conservó, mantuvo, según la
opinión de investigadores serios, su plena vitalidad.
Apenas es necesario decir que en las aldeas suizas se conservan, hasta
ahora, muchos hábitos y costumbres de ayuda mutua. Las veladas para descascarar nueces, que se
realizan por turno en cada hogar; las reuniones al atardecer para coser el
ajuar en casa de la doncella que se va a casar; las invitaciones a la «ayuda»
cuando se construyen casas y para la recolección de la cosecha, y de igual
manera para todos los trabajos posibles que pudieran ser necesarios a cada uno
de los comuneros; la costumbre de intercambiar los niños de un cantón a otro
con el fin de enseñarles dos idiomas distintos, francés y alemán, etc., todo
esto es un fenómeno completamente corriente.
Es curioso observar que también diferentes necesidades modernas se
satisfacen de este mismo modo. Así, por ejemplo, en Glarus, la mayoría de los
prados alpinos fueron vendidos en época de calamidades, pero las comunas
continúan aún comprando campos llanos, y así, después que las parcelas
recompradas han permanecido en poder de diferentes comuneros durante diez,
veinte o treinta años, vuelven al cuerpo
de las tierras comunales, que se distribuyen según las necesidades de todos los
miembros. Existen también grandes
cantidades de pequeñas uniones que se dedican a la producción de artículos
alimenticios necesarios -pan, queso, vino- por medio del trabajo común, a pesar de que esta producción no ha
alcanzado grandes proporciones; y finalmente, gozan de gran difusión en Suiza
las cooperativas rurales. Las
asociaciones de diez a treinta campesinos que compran y siembran en común
prados y campos constituyen un fenómeno corriente; y las asociaciones para la
venta de leche y queso están organizadas en todo el país. En suma, Suiza fue la cuna de esta forma de
cooperación. Además, allí se presenta un
amplio campo para el estudio de toda clase de sociedades pequeñas y grandes,
fundadas para la satisfacción de todas las posibles necesidades modernas. Así, por ejemplo, casi en todas las aldeas de
algunas partes de Suiza se puede hallar toda una serie de sociedades: de
protección contra incendios, de aprovisionamiento del agua, de paseos en botes,
de conservación de los muelles del lago, etc.; además, todo el país está sembrado
de sociedades de arqueros, tiradores, topógrafos, exploradores y de otras
sociedades semejantes, nacidas de los peligros que significa el militarismo
moderno y el imperialismo.
Sin embargo, Suiza no es, de ningún modo, una excepción en Europa,
puesto que instituciones y hábitos semejantes se pueden observar en las aldeas
de Francia, Italia, Alemania, Dinamarca, etcétera. Así, en las páginas precedentes hemos hablado
de lo que hicieron los gobernantes de Francia con el fin de destruir la comuna
aldeana y usurparle sus tierras, pero, a pesar de todos los esfuerzos del
gobierno, una décima parte de todo el territorio apto para el cultivo, es
decir, alrededor de 13.500.000 acres que comprenden la mitad de los prados
naturales y casi la quinta parte de los bosques del país continúan bajo
posesión comunal. Estos bosques proveen
a los comuneros de combustible, y la madera de construcción, en la mayoría de
los casos, es cortada por medio del trabajo comunal, con toda la regularidad
deseable; el ganado de los comuneros pace libremente en las dehesas comunales,
y el remanente de los campos comunales se divide y reparte en algunos lugares.
de Francia -como en las Ardenas- de modo corriente.
Estas fuentes suplementarias que ayudan a los campesinos más pobres a
sobrellevar los años de malas cosechas sin vender las parcelas pequeñas de
tierra de su pertenencia y sin enredarse en deudas impagables, sin duda tienen
importancia tanto para los trabajadores agrícolas como para casi 3.000.000 de
modestos campesinos-propietarios. Hasta
es dudoso que la pequeña propiedad campesina pudiera conservarse sin ayuda de
estas fuentes suplementarias. Pero la
importancia ética de la propiedad comunal, por pequeñas que fueran sus
proporciones, sobrepasa en mucho a su importancia económica. Ayuda a la conservación, en la vida aldeana,
de un núcleo de hábitos y costumbres de ayuda mutua que indudablemente actúa
como contrapeso del individualismo estrecho y de la codicia, que tan fácilmente
se desarrolla entre los pequeños propietarios de la tierra, y facilita el
desenvolvimiento de las formas modernas de cooperación y sociabilidad. La ayuda mutua, en todas las circunstancias
de la vida aldeana, entra en la rutina habitual de la aldea. Por todas partes encontramos, bajo nombres
distintos, el «charroi», es decir, ayuda libre prestada por los vecinos para
levantar la cosecha, para la recolección de uva, para la construcción de una
casa, etcétera; por todas partes encontramos las mismas reuniones vespertinas
que en Suiza. En todas partes los
comuneros se asocian para efectuar todos los trabajos posibles que ellos por sí
solos no podrían realizar. Casi todos los que han escrito sobre la vida aldeana
francesa han mencionado esta costumbre. Pero quizá lo mejor de todo sería citar
aquí algunos fragmentos de cartas que recibí de un amigo, al que rogué
comunicarme sus observaciones sobre esta materia. Estas informaciones se deben a un hombre de
edad, que ha sido durante mucho tiempo alcalde de su comuna natal en el Sur de
Francia (en el departamento de Ariége); los hechos qué ha comunicado le eran
conocidos merced a una observación personal de muchos años y tienen la ventaja
de que provienen de una localidad y no están tomados por partes, de
observaciones hechas en lugares alejados entre sí. Algunos de ellos pueden parecer baladíes,
pero en general, pintan el mundillo entero de la vida aldeana.
»En algunas comunas, próximas a las nuestras -escribe mi amigo- se mantiene en pleno vigor la
vieja costumbre de l'emprount. Cuando en la granja se necesitan muchas
manos para el cumplimiento rápido de cierto trabajo -recoger papas o segar un
prado- se convoca a los jóvenes de la vecindad; reúnense mozos y muchachas y
realizan el trabajo animada y gratuitamente, y por la tarde, después de una
cena alegre, los jóvenes organizan bailes.
»En las mismas aldeas, cuando una moza se va a casar, las vecinas de
la aldehuela se reúnen en su casa para coser su ajuar. En algunas aldeas las mujeres, aún ahora,
hilan con bastante celo. Cuando le llega
la época a determinada familia de devanar el hilo, se realiza este trabajo en
una tarde, con la ayuda de los vecinos invitados. En muchas comunas de Ariége, y en otros
lugares del Suroeste de Francia, el desgranamiento del maíz también se efectúa
con la ayuda de todos los vecinos. Se
les agasaja con castañas y vino, y los jóvenes danzan después de terminado el
trabajo. La misma costumbre se practica
al elaborarse el aceite de nueces y al recoger el cáñamo. En la comuna L., la misma costumbre se
observa cuando se transporta el trigo.
Estos días de trabajo pesado se convierten en fiestas, puesto que el
dueño considera un honor agasajar a los voluntarios con una buena comida. No se fija pago alguno: todos se ayudan
mutuamente.
»En la comuna C., la superficie de las dehesas comunales se aumenta
cada año, de modo que actualmente casi toda la tierra de la comuna ha pasado a
ser de uso común. Los pastores son
elegidos por los dueños del ganado, incluyendo también las mujeres. Los toros son comunales.
»En la comuna M., los pequeños rebaños de 40 a 50 cabezas que
pertenecen a los comuneros, se reúnen en uno y luego se dividen en tires o
cuatro rebaños antes de enviarlos a los prados de la montaña. Cada dueño permanece durante una semana junto
al rebaño, en calidad de pastor.
»En la aldea C., algunos jefes de familia compraron en común una
trilladora, todas las familias, en común, proveen los hombres que son
necesarios, quince o veinte, para atender la máquina. Otras tres trilladoras compradas por los
jefes de familia de la misma aldea son ofrecidas en alquiler por ellos, pero el
trabajo en este caso es realizado por ayudantes forasteros, invitados del modo
habitual.
»En nuestra comuna R., era necesario levantar un muro alrededor del
cementerio. La mitad de la suma
requerida para la compra de la cal y para el pago de los obreros hábiles fue
dada por él consejo del distrito, y la otra mitad fue reunida por
suscripción. En cuanto al trabajo de
suministrar arena y agua, mezclar la argamasa y ayudar a los albañiles, todo
fue realizado por voluntarios (lo mismo que sé hace en la djemâa kabileña). Los
caminos de la aldea son limpiados también por medio del trabajo voluntario de
los comuneros. Otras comunas
construyeron de tal modo sus fuentes. La
prensa para extraer el jugo de la uva y otras pequeñas instalaciones a menudo
son de propiedad comunal.»
Dos habitantes de la misma localidad, interrogados por mi amigo,
agregaron lo siguiente:
«En O., hace algunos años no existía molino. La comuna construyó un molino imponiendo una
contribución a los comuneros. En cuanto
al molinero, para evitar que incurriera en cualquier clase de engaños y de
parcialidad, se decidió pagarle dos francos por consumidor y que el trigo fuera
molido gratis.
»En Saint G., muy pocos campesinos se aseguran contra incendio. Cuando se produce un incendio -como sucedió
recientemente- todos entregan algo a la familia damnificada: una caldera, una
sábana, una silla, etc., y de tal modo el modesto hogar es reconstituido. Todos los vecinos ayudan al perjudicado por
el incendio a reconstruir su casa, y la familia, mientras tanto, se aloja
gratuitamente en casa de los vecinos.»
Semejantes hábitos de ayuda mutua, y se podrían citar un sinnúmero,
indudablemente nos explican por qué los campesinos franceses se asocian con tal
facilidad para el uso por turno del arado y sus yuntas de caballos, o bien de
la prensa de uva o de la trilladora, cuando los últimos pertenecen a una cierta
persona de la aldea, y de igual modo también para la realización en común de
todo género de trabajos de aldea. La
conservación de los canales de riego, el desmonte de los bosques, la desecación
de pantanos, la plantación de árboles, etc., desde tiempo inmemorial, eran
realizados por el municipio. Lo mismo
continúa haciéndose ahora. Así, por ejemplo, muy recientemente en La Bome, en el departamento de Lozére,
las colinas áridas y bravías fueron convertidas en ricos huertos mediante el
trabajo común. «La gente llevaba la tierra sobre sus hombros; construyeron
terrazas y las sembraron de castaños y durazneros; diseñaron huertos y trajeron.
el agua, por medio de un canal, desde dos o tres millas de distancia». Ahora, según parece, se ha construido allí un
nuevo acueducto de once millas de longitud.
El mismo espíritu comunal explica el notable éxito obtenido en los
últimos tiempos por los sindicatos agrícolas; es decir, las asociaciones de
campesinos y granjeros. En el año 1884,
se autorizaron, en Francia, las asociaciones compuestas por más de 19 personas,
y apenas es necesario agregar que cuando se decidió hacer esta «experiencia
peligrosa» -como se dijo en la Cámara de los Diputados- los funcionarios
tomaron todas aquellas «precauciones» posibles que sólo la burocracia puede
inventar. Pero, a pesar de todo, Francia
se llena de asociaciones agrícolas (sindicatos). Al principio se formaban solamente para la
compra de abono y semillas, puesto que las adulteraciones en estos dos ramos y
las mezclas de toda clase de desperdicios alcanzaron proporciones
inverosímiles. Pero gradualmente
extendieron su actividad en diversas direcciones; incluso a la venta de
productos agrícolas y a la mejora constante de las parcelas de tierras. En el sur de Francia, los estragos producidos
por la filoxera originaron la formación de gran número de asociaciones entre
los propietarios de viñedos. Diez,
veinte, a veces treinta de esos propietarios organizaban un sindicato,
compraban una máquina a vapor para bombear agua y hacían los preparativos
necesarios para inundar sus viñedos por turno.
Constantemente se forman nuevas asociaciones para la defensa contra las
inundaciones, para el riego, para la conservación de los canales de riego ya
existentes, etc. Y no constituye
obstáculo alguno el deseo unánime de todos los campesinos de la vecindad en
cuestión que la ley exige. En otros
lugares encontramos las fruitiéres o
asociaciones de queseros o lecheros, y algunos de ellos reparten el queso y la
manteca en partes iguales, independientemente del rendimiento de leche de cada
vaca. En Ariége existe una asociación de
ocho comunas diferentes para el cultivo conjunto de sus tierras, que se unieron
en una; en el mismo departamento, comunas en 172 sindicatos han organizado la
ayuda médica gratuita; en conexión con los sindicatos surgen también sociedades
de consumidores, etcétera. «Una verdadera revolución se realiza en nuestras
aldeas -dice Alfred Baudrillart- por medio de estas asociaciones que adquieren
en cada región de Francia su carácter propio».
Casi Tomismo puede decirse también de Alemania. En todas partes donde los campesinos han
podido detener el despojo de sus tierras comunales, las conservan en propiedad
comunal, la que predomina ampliamente en Württemberg, Baden, Hohenzollern, y en
la provincia de Hessen, en Starkenberg.
Los bosques comunales, en general, se conservan en estado excelente, y
en miles de comunas tanto la madera de construcción como la leña se reparte
anualmente entre todos los habitantes; hasta la antigua costumbre denominada Lesholztag goza aún ahora de amplia
difusión: al tañido de la campana del campanario de la aldea, todos los
habitantes se dirigen al bosque para traer cada uno cuanta leña pueda. En
Westfalia existen comunas en las cuales se cultiva toda la tierra como si fuera
una propiedad común, según las exigencias de la agronomía moderna. En cuanto a los viejos hábitos y costumbres
comunales, se hallan hasta ahora en vigor en la mayor parte de Alemania. Las invitaciones a la «ayuda», verdaderas
fiestas del trabajo, son un fenómeno arteramente corriente en Westfalia, Hessen
y Nassau. En las regiones en que abundan
maderas de construcción, para la construcción de una casa nueva, se toma
habitualmente del bosque comunal y todos los vecinos ayudan en la
edificación. Hasta en los arrabales de
la gran ciudad de Francfort, entre los hortelanos, en casa de enfermedad de
alguno de ellos, existe la costumbre de ir los domingos a cultivar el huerto
del camarada enfermos.
En Alemania, lo mismo que en Francia, cuando los gobernantes del
pueblo derogaron las leyes dirigidas contra las asociaciones de campesinos -lo
que fue hecho en 1884-1888- este género de uniones comenzó a desarrollarse con
rapidez asombrosa, a pesar de toda clase de obstáculos ofrecidos por la nueva
ley, que estaba lejos de favorecerlas. El hecho es que -dice Buchenberger-
debido a estas uniones, en millares de comunas aldeanas, en las que antes nada
sabían de abonos químicos ni de alimentación racional del ganado, ahora tanto
el uno como la otra se aplican en proporciones sin precedentes» (t. II, pág. 507). Con ayuda de estas uniones se compra todo
género de instrumentos y de máquinas agrícolas que economizan trabajo, y de
modo parecido se introducen diferentes métodos para el mejoramiento de la
calidad de los productos. Se forman
también uniones para la venta de los productos agrícolas y para la mejora
constante de las parcelas de tierra.
Desde el punto de vista de la economía social, todos estos esfuerzos
de los campesinos naturalmente no tienen gran importancia. No pueden aliviar de modo sustancial -y menos
todavía durable- la miseria a que están condenadas las clases agrícolas de toda
Europa. Pero desde el punto de vista
moral, que es el que nos ocupa en este momento, su importancia es enorme. Demuestra que, aun bajo el sistema del
individualismo desenfrenado que domina ahora, las masas agrícolas conservan
piadosamente la ayuda mutua heredada por ellos; y en cuanto los Estados
debilitan las leyes férreas mediante las cuales destruyeron todos los lazos
existentes entre los hombres para tenerlos mejor en sus manos, estos lazos se
reanudan inmediatamente, a pesar de las
innumerables dificultades políticas, económicas y sociales; y se reconstituyen
en las formas que mejor responden a las exigencias modernas de la producción. Y
señalan también las direcciones en que es menester buscar el máximo progreso, y
las formas en que tienden a fundirse.
Fácilmente podría aumentarse la cantidad de ejemplos, tomándolos de
Italia, España y, especialmente, Dinamarca, y podrían señalarse algunos rasgos
muy interesantes, propios de cada uno de estos países. Sería menester, también,
mencionar la población eslava de Austria y de la península balcánica, en la que
aún existe la «familia compuesta» y el «hogar indiviso» y gran número de
instituciones de apoyo mutuo. Pero me
apresuro a pasar a Rusia, donde la misma tendencia al apoyo mutuo asume algunas
formas nuevas e inesperadas. Además,
examinando la comuna aldeana en Rusia, tenemos la ventaja de poseer una enorme
cantidad de material, emprendido por algunos ziemstva (concejos campesinos) y que comprendía una población de
casi 20.000.000 de campesinos de diferentes partes de Rusia.
De la enorme cantidad de datos reunidos por los censos rusos se pueden
extraer dos importantes conclusiones. En
la Rusia Media, donde una tercera parte de la población campesina, si no más,
fue arrastrada a la ruina completa (por los impuestos gravosos, los nadiely muy pequeños, de tierra mala, el
elevado arriendo y la recaudación muy severa de' impuestos después de pérdidas
completas de cosechas) se hizo evidente, durante los primeros veinticinco años
de la emancipación de los campesinos de la servidumbre, la tendencia decidida a
establecer la propiedad, personal de la tierra dentro de las comunas
aldeanas. Muchos campesinos
empobrecidos, «sin caballos», abandonaron sus nadiely, y sus tierras a menudo pasaban a ser propiedad de los
campesinos más ricos, los cuales, dedicados al comercio, poseían fuentes
suplementarias de ingresos; o bien los nadiely
cayeron en manos de comerciantes extraños que compraban tierras,
principalmente con objeto de arrendarlas luego a los mismos campesinos a
precios desproporcionadamente elevados.
Se debe observar también que, debido a una omisión en la Ley de
Emancipación de 1861, ofrecíase una gran posibilidad de acaparar las tierras de
los campesinos a precio muy bajo y los funcionarios
del Estado, a su vez, utilizaban su influencia poderosa en favor de la
propiedad privada y se comportaban en forma negativa hacia la propiedad
comunal.
Sin embargo, desde el año 1880 comenzó también una fuerte oposición en
Rusia Media contra la propiedad personal, y los campesinos que ocupaban una
posición intermedia entre los ricos y los pobres hicieron esfuerzos enérgicos
para mantener las comunas. En cuanto a
las fértiles estepas del sur, que son las partes de la Rusia europea
actualmente más pobladas y ricas, fueron principalmente colonizadas durante el
siglo XIX, bajo el sistema de la propiedad personal o la usurpación reconocida
en esta forma por el estado. Pero desde
que en la Rusia del sur fueron introducidos, con ayuda de la máquina, métodos
mejorados de agricultura, los campesinos propietarios de algunos lugares
comenzaron, por sí mismos, a pasar de la propiedad personal a la comunal, de
modo que ahora en este granero de Rusia se puede hallar, según parece, una
cantidad bastante importante de comunas aldeanas, creadas libremente y de
origen muy reciente.
La Crimea y la parte del continente situada al norte de ella (la
provincia de Tauride), de las cuales tenemos datos detallados, pueden servir
mejor que nada para ilustrar este movimiento.
Después de su anexión a Rusia, en el año 1783, esta localidad comenzó a
ser colonizada por emigrantes de la gran Rusia, la pequeña Rusia y la Rusia
blanca -por cosacos, hombres libres y siervos fugitivos- que afluían
aisladamente o en pequeños grupos de todos los rincones de Rusia. Al principio se dedicaron a la ganadería, y
más tarde, cuando comenzaron a arar la tierra, cada uno araba cuanto
podía. Pero, cuando debido al aflujo de
colonos que se prolongaba, y a la introducción de los arados perfeccionados,
aumentó la demanda de tierra, surgieron entre los colonos disputas
exasperadas. Las disputas se prolongaron
años enteros hasta que estos hombres, no ligados antes por ningún vínculo
mutuo, llegaron gradualmente al pensamiento de que era necesario poner fin a
las discordias introduciendo la propiedad comunal de la tierra. Entonces comenzaron a concertar acuerdos
según los cuales la tierra que hablan poseído hasta entonces personalmente
pasaba a ser de propiedad comunal; e inmediatamente después comenzaron a
dividir y a repartir esta tierra, según las costumbres establecidas en las
comunas aldeanas. Este movimiento fue
adquiriendo, gradualmente, vastas proporciones, y en un territorio
relativamente pequeño, las estadísticas de Tauride hallaron 161 aldeas en las
que la posesión comunal había sido introducida por los mismos campesinos
propietarios, en reemplazo de la propiedad privada, principalmente durante los
años 1855-1885. De tal modo, los colonos
elaboraron libremente los tipos más variados de comuna aldeana. Lo que, añade
todavía un especial interés a este paso de la posesión personal de la tierra a la comunas que se realizó no sólo
entre los grandes rusos, acostumbrados a la
vida comunal, sino también entre los pequeños rusos, que hacía mucho que
bajo el dominio polaco habían olvidado la comuna, y también entre los griegos y
búlgaros y hasta entre los alemanes, quienes ya hacía tiempo habían conseguido
elaborar, en sus florecientes colonias semiindustriales, en el Volga, un tipo
especial de comuna aldeana. Los tártaros musulmanes de la provincia de Tauride,
evidentemente, continuaron poseyendo la tierra
según el derecho común musulmán, que permitía sólo una limitada posesión
personal de la tierra; pero, aun entre ellos, en algunos contados casos
implantaron la comuna aldeana europea.
En cuanto a las otras nacionalidades que pueblan la provincia de
Tauride, la posesión privada fue suprimida en seis aldeas estonas, dos griegas,
dos búlgaras, una checa y una alemana.
El retorno a la posesión comunal de la tierra es característico de las
fértiles estepas del sur. Pero, ejemplos
aislados del mismo retorno se pueden encontrar también en la pequeña Rusia. Así, en algunas aldeas de la provincia de
Chernigof, los campesinos eran antes propietarios privados de la tierra; tenían
documentos legales individuales de sus parcelas, y disponían libremente de la
tierra, dándola en arriendo o dividiéndola.
Pero en 1850 se inició entre ellos un movimiento en favor de la posesión
comunal, y sirvió de argumento principal el aumento del número de familias
empobrecidas. Inicióse tal movimiento en
una aldea, y después le siguieron otras, y el último caso citado por V. V. se
remontaba al año 1882. Naturalmente, se
originaron choques entre los campesinos pobres que exigían el paso a la
posesión comunal y los ricos, que ordinariamente prefieren la propiedad
privada, y a veces la lucha se prolongaba años enteros. En algunas localidades, la resolución unánime
de toda la comuna, exigida por la ley para el paso a la nueva forma de posesión
de la tierra, no pudo ser alcanzada, y la aldea se dividió entonces en dos
partes: una continuaba con la posesión privada de la tierra y la otra pasaba a
la comunal; a veces, se fundían, más tarde, en una comuna, y a veces quedaban
así, cada cual con su forma de posesión de la tierra.
En cuanto a Rusia central, en muchas aldeas cuya población se
inclinaba a la posesión privada surgió, desde el año 1880, un movimiento de
masas en favor del restablecimiento de la comuna aldeana. Hasta los campesinos propietarios, que habían
vivido durante años bajo el sistema de posesión personal de la tierra, volvían
al orden comunal. Así, por ejemplo,
existe una cantidad importante de ex-siervos que han recibido sólo una cuarta
parte de nadie¡, pero Ubres de
redención y con títulos de propiedad privada.
En el año 1890, inicióse entre ellos un movimiento (en las provincias de
Kursk, Riazan, Tanibof y otras) cuya finalidad era establecer en común sus
parcelas, sobre la base de la posesión comunal.
Exactamente lo mismo «los agricultores libres» (vólnye klebopáshtsy) que fueron emancipados de la servidumbre por
la ley de 1803 y que compraron sus
nadiely cada familia por separado casi todos pasaron ahora al sistema
comunal, libremente introducido por ellos.
Todos estos movimientos se remontan a una época muy reciente, y en ellos
participan también los campesinos de otras nacionalidades, además de la
rusa. Así, por ejemplo, los búlgaros del
distrito de Tiraspol, que poseyeron la tierra durante sesenta años bajo régimen
de propiedad privada, introdujeron la posesión comunal en los años
1876-1882. Los, menonitas alemanes del
distrito de Berdiansk lucharon, en el año 1890. por la introducción de la
posesión comunal, y los pequeños campesinos-propietarios (Kleinwirthschafiliche), entre los bautistas alemanes, hicieron
propaganda en sus aldeas para la adopción de la misma medida. Para concluir
citaré un ejemplo más: en la provincia de Samara, el gobierno ruso organizó, a
modo de ensayo, en el año 1840, 103 aldeas bajo el régimen de la posesión
privada de la tierra. Cada jefe de
familia recibió un excelente nadiel, de
40 deciatinas. En el año 1890, en 72
aldeas de estas 103, los campesinos expresaron su deseo de pasar a la posesión
comunal. Tomo todos estos hechos del
excelente trabajo de V. V., quien, a su vez, se limitó a clasificar los que las
estadísticas territoriales señalaron durante los censos por hogar arriba
citados.
Tal movimiento en favor de la posesión comunal va rotundamente en
contra de las teorías económicas modernas, según las cuales el cultivo
intensivo de la tierra es incompatible con la comuna aldeana. Pero de estás teorías se puede decir
solamente que nunca pasaron por el luego de la experiencia práctica: pertenecen
enteramente al dominio de las teorías abstractas. Los hechos mismos que tenemos ante nuestros
ojos demuestran, por el contrario, que en todas partes donde los campesinos
rusos, gracias al concurso de circunstancias favorables, fueron menos presa de
la miseria, y en todas partes donde hallaron entre sus vecinos hombres
experimentados y que tenían iniciativa la comuna aldeana contribuían la
introducción de diferentes perfeccionamientos en el dominio de la agricultura
y, en general, de, la vida campesina. Aquí, como en todas partes, la ayuda
mutua conduce al progreso más rápidamente y mejor que la guerra de cada uno
contra todos, como puede verse por los hechos siguientes. Hemos visto ya (apéndice XVI) que los
campesinos ingleses de nuestro tiempo, allí donde la comuna se conservó
intacta, convirtieron el campo en barbecho, en campos de leguminosas y
tuberosas. Lo mismo empieza a hacerse
también en Rusia.
Bajo Nicolás 1, muchos funcionarios del Estado y terratenientes
obligaban a los campesinos a introducir el cultivo comunal en las pequeñas
parcelas que pertenecían a la aldea, con el fin de llenar los depósitos
comunales de grano. Tales cultivos, que
en el espíritu de los campesinos van unidos a los peores recuerdos de la
servidumbre, fueron abandonados inmediatamente después de la caída del régimen
servil; pero ahora los campesinos comienzan, en algunas partes, a establecerlos
por iniciativa propia. En un distrito
(Ostrogozh, de la provincia de Kursk) fue suficiente el espíritu de empresa de
una persona para introducir tales cultivos en las cuatro quintas partes de las
aldeas del distrito. Lo mismo se observa
también en algunas otras localidades.
En. el día fijado, los comuneros se reúnen para el trabajo: los ricos
con arados o carros, y los más pobres aportan al trabajo común sólo sus propias
manos, y no se hace tentativa alguna de calcular cuánto trabaja cada uno. Luego, lo recaudado por el cultivo comunal es
destinado a préstamo para los comuneros más pobres -la mayoría de las veces sin
devolución-, o bien se utiliza para mantener a los huérfanos y viudas, o para
reparar la iglesia de la aldea o la escuela, o, por último, para el pago de
cualquier deuda de la comuna.
Como debe esperarse de hombres que viven bajo el sistema de la comuna
aldeana, todos los trabajos que entran, por así decirlo, en la rutina de la
vida aldeana (la reparación de caminos y puentes, la construcción de diques y
caminos de fajina, la desecación de pantanos, los canales de riego y pozos, la
tala de bosques, la plantación de árboles, etc.), son realizados por las
comunas enteras; exactamente lo mismo que la tierra, muy a menudo, se arrienda
en común, y los prados son segados por todo el mir, y al trabajo van los ancianos y los jóvenes, los hombres y las
mujeres, como lo ha descrito magníficamente L.N. Tolstoy. Tal género de trabajo es cosa de todos los
días en todas partes de Rusia; pero la comuna aldeana no elude de modo alguno
las mejoras de la agricultura moderna, cuando puede hacer los gastos
correspondientes y cuando el conocimiento, que habla sido hasta entonces
privilegio de los ricos, penetra, por fin, en la choza de la aldea.
Hemos indicado ya que los arados perfeccionados se extienden
rápidamente en el sur de Rusia, y está probado que en muchos casos precisamente
las comunas aldeanas, cooperaron en esta difusión. Sucedía también, cuando el arado era comprado
por la comuna, que, después de probarlo en la parcela de la tierra comunal, los
campesinos indicaban los cambios necesarios a aquellos a quienes habían
comprado el. arado; o bien, ellos mismos prestaban ayuda para organizar la producción
artesana de atados baratos. En el distrito
de Moscú, donde la compra de arados por los campesinos se extendió rápidamente,
el impulso fue dado por aquellas comunas que arrendaban la tierra en común y
fue hecho esto con el fin especial de mejorar sus cultivos.
En el nordeste de Rusia, en la provincia de Viatka, pequeñas
asociaciones de campesinos que viajaban con sus aventadoras (fabricadas por los
artesanos de uno de los distritos en que abundaba el hierro) extendieron el uso
de estas máquinas entre ellos, y aun en las provincias vecinas. La amplia difusión de las trilladoras en las
provincias. de Samara, Sartof y Jerson, es el resultado de la actividad de las
asociaciones de campesinos, que pueden llegar a comprar hasta una máquina cara,
mientras que el campesino aislado no está en condiciones de hacerlo. Y mientras que en casi todos los, tratados
económicos dícese que la comuna aldeana está condenada a desaparecer en cuanto
el sistema de tres amelgas sea reemplazado por el cultivo rotativo, vemos que
en Rusia muchas comunas aldeanas tomaron la iniciativa de la introducción
justamente de este sistema de cultivo rotativo, lo mismo que hicieron en
Inglaterra. Pero antes de pasar a él,
los campesinos habitualmente reservan, una parte de los campos comunales para efectuar
ensayos de siembra artificial de pastos, y las semillas son compradas por el mir .
Si el ensayo tiene éxito, los campesinos no se sienten embarazados en
hacer una nueva repartición de los campos para pasar a la economía de cuatro,
cinco y aun seis amelgas.
Este sistema se practica ahora en centenares
de aldeas de la provincia de Moscú, Tver, Smolensk, Viatka y Pskof. Y allí
donde el posible separar cierta cantidad de tierra para este fin, las comunas
reservan parcelas para el cultivo de plantíos de frutales.
Además, las comunas emprenden, con bastante frecuencia, mejoras
constantes, como el drenaje y el riego.
Así, por ejemplo, en tres distritos de la provincia de Moscú, de
carácter industrial marcado, durante una década (1880-1890), se ejecutaron
trabajos de drenaje en gran escala en 180 a 200 aldeas diferentes, y los
comuneros mismos trabajaron con el pico.
En el otro extremo de Rusia, en las estepas áridas del distrito de Novouzen,
fueron erigidos por la comuna más de 1.000 diques para estanques y fosos, y
fueron excavados algunos centenares de pozos profundos. Al mismo tiempo, en una rica colonia alemana
del sureste de Rusia, los comuneros -hombres y mujeres- trabajaron cinco
semanas consecutivas en la erección de un dique de tres verstas de largo
destinado al riego. Pues, ¿cómo podrían
luchar contra el clima seco hombres aislados? ¿Y a dónde podrían llegar con el
esfuerzo personal, en aquella época en que el sur de Rusia sufría por la
multiplicación de marmotas, y todos los agricultores, ricos y pobres. comuneros
e individualistas hubieron de aplicar el trabajo de sus propias manos para
conjurar esa calamidad? La policía, en
tales circunstancias, no sirve de ayuda, y el único medio es la asociación.
Como es sabido, bajo el reinado de Nicolás II, el ministro Stolypin
hizo una tentativa en gran escala para destruir la posesión comunal de la
tierra y transportar los campesinos a parcelas de granjas separadas. Muchos
esfuerzos y mucho dinero del estado se gastó en esto, con éxito en algunas
provincias, según parece, especialmente en Ucrania. Pero la guerra y la revolución que siguió
sacudieron tan profundamente toda la vida de la aldea que en el momento
presente es imposible dar respuesta que tenga cierta precisión sobre, los
resultados de esta campaña del estado contra la comuna.
Después de haber hablado tanto de la ayuda y del apoyo mutuos
practicados por los agricultores de los países «civilizados», veo que podría
aún llenarse un tomo bastante voluminoso de ejemplos tomados de la vida de los
centenares de millones de hombres que viven más o me nos bajo la autoridad o la
protección de estados más o menos civilizados, pero que, sin embargo, están aún
fuera de la civilización moderna y de las ideas modernas. Podría describir, por ejemplo, la vida
interior de la aldea turca, con su red de asombrosos hábitos y costumbres ayuda
mutua. Consultando mis cuadernos de
apuntes con respecto a la ayuda campesina del Cáucaso, hallo hechos muy
conmovedores de apoyo mutuo. Los mismos
hábitos hallo en mis notas sobre la djemáa
árabe, la purra afgana, sobre las aldeas de Persia, India y Java, sobre la
familia indivisa de los chinos, sobre los seminómadas del Asia Central y los
nómadas del lejano Norte. Consultando
las notas, tomadas en parte al azar, de la riquísima literatura sobre Africa,
encuentro que están llenas de los mismos hechos; aquí también se convoca a la
«ayuda» para recoger la cosecha; las casas también se construyen con ayuda de
todos los habitantes de la aldea. a veces para reparar el estrago ocasionado
por las incursiones de bandidos «civilizados»; en algunos casos, pueblos
enteros se prestan ayuda en la desgracia o bien protegen a los viajeros,
etcétera. Cuando recurro a trabajos como
el compendio del derecho común africano hecho por Post, empiezo a comprender
por qué, a pesar de toda la tiranía, de todas las opresiones, de los despojos y
de las incursiones, a pesar de las guerras internacionales, de los reyes
antropófagos, de los hechiceros charlatanes y de los sacerdotes, a pesar de los
cazadores de esclavos, etc., la población de estos países no se ha dispersado
por los bosques; por qué conservó un determinado grado de civilización; empiezo
a comprender por qué estos «salvajes» siguieron siendo, sin embargo, hombres, y
no descendieron al nivel de familias errantes, como los orangutanes que se
están extinguiendo. El caso es que los
cazadores de esclavos, europeos y americanos, los saqueadores de los depósitos
de marfil, lo reyes belicosos, los «héroes» matabeles y malgaches desaparecen
dejando tras sí sólo huellas marcadas con sangre y fuego; pero el núcleo de
instituciones, hábitos y costumbres de ayuda mutua creadas primero por la tribu
y luego por la comuna aldeana permanece y mantiene a los hombres unidos en
sociedades, abiertas al progreso de la civilización y prestas a aceptarla
cuando llegue el día en que, en lugar de balas y aguardiente, comiencen a
recibir de nosotros la verdadera civilización.
Lo mismo se puede decir también de nuestro mundo civilizado. Las calamidades naturales y las provocadas
por el hombre pasan. Poblaciones enteras
son periódicamente reducidas a la miseria y al hambre; las mismas tendencias
vitales son despiadadamente aplastadas en millones de hombres reducidos al
pauperismo de las ciudades; el pensamiento y los sentimientos de millones de
seres humanos están emponzoñados por doctrinas urdidas en interés de unos
pocos. Indudablemente, todos estos
fenómenos constituyen parte de nuestra existencia. Pero el núcleo de instituciones, hábitos y
costumbres de ayuda mutua continúa existiendo en millones de hombres; ese
núcleo los une, y los hombres prefieren aferrarse a esos hábitos, creencias y
tradiciones suyas antes que aceptar la doctrina de una guerra de cada uno
contra todos, ofrecida en nombre de una pretendida ciencia, pero que en
realidad nada tiene de común con la ciencia.
CAPITULO VIII
LA AYUDA MUTUA EN LA
SOCIEDAD MODERNA
(Continuación)
Observando la vida cotidiana de la población rural de Europa he visto
que, a pesar de todos los esfuerzos de los estados modernos para destruir la
-comuna- aldeana, la vida de los campesinos está llena dé hábitos y costumbres
de ayuda mutua y apoyo mutuo; hemos encontrado que se han conservado hasta:
ahora restos de la posesión comunal de la tierra que están ampliamente
difundidos y tienen todavía importancia; y que apenas fueron suprimidos, en
época reciente, los obstáculos legales que embarazaban el resurgimiento de las
asociaciones y uniones rurales; en todas partes surgió rápidamente entre los
campesinos una red entera de asociaciones libres con todos los fines posibles;
y este movimiento juvenil evidencia indudablemente la tendencia a restablecer
un género determinado de unión, semejante a la que existía en la comuna aldeana
anterior. Tales fueron las conclusiones
a que llegamos en el capítulo precedente; y por eso nos ocuparemos ahora de
examinar las instituciones de apoyo mutuo que se forman en la época presente
entre la población industrial.
Durante los tres últimos siglos, las condiciones para la elaboración
de dichas asociaciones fueron tan desfavorables en las ciudades como en las
aldeas. Sabido es que, prácticamente, cuando las ciudades medievales fueron
sometidas, en el siglo XVI, al dominio de los estados militares que nacían
entonces, todas las instituciones que asociaban a los artesanos, los maestros y
los mercaderes en guildas y en comunas ciudadanas fueron aniquiladas por la
violencia. La autonomía y la jurisdicción propia, tanto en las
guildas como en la ciudad, fueron destruidas; el juramento de fidelidad entre
hermanos de las guildas comenzó a ser considerado como una manifestación de
traición hacia el estado; los bienes de las guildas fueron confiscados del
mismo modo que las tierras de las comunas aldeanas; la organización interior y
técnica de cada ramo del trabajo cayó en manos del estado. Las leyes, haciéndose gradualmente más y más
severas, trataban de impedir de todos modos que los artesanos se asociaran de
cualquier manera que fuese. Durante
algún tiempo se permitió, por ejemplo, la existencia de las guildas
comerciales, bajo condición de que otorgarían subsidios generosos a los reyes;
se toleró también la existencia de algunas guildas de artesanos, a las qué
utilizaba el estado como órganos de administración. Algunas de las guildas del último género
todavía arrastran su existencia inútil.
Pero lo que antes era una fuerza vital de la existencia y de la
industria medievales, hace va mucho que ha desaparecido bajo el peso abrumador
del estado centralizado.
En Gran Bretaña, que puede ser tomada como el mejor ejemplo de la
política industrial de los estados modernos, vemos que ya en el siglo XV el
Parlamento inició la obra de destrucción de las guildas; pero las medidas
decisivas contra ellas fueron tomadas sólo en el siglo siguiente, Enrique VIII
no sólo destruyó la organización de las guildas, sino que en el momento
oportuno confiscó sus bienes «con mayor desconsideración -dijo Toulmin Smith-
que la demostrada en la confiscación de los bienes de los monasterios» Eduardo
VI terminó su obra. Y ya en la segunda mitad del siglo XVI hallamos que el
Parlamento se ocupó de resolver todas las divergencias entre los artesanos y
los comerciantes que antes eran resueltas en cada ciudad por separado. El Parlamento y el rey no sólo se apropiaron
del derecho de legislación en todas las disputas semejantes, sino que teniendo
en cuenta los intereses de la corona, ligados a la exportación al extranjero, enseguida comenzaron a
determinar el número necesario, según su opinión, de aprendices para cada
oficio, y a regularizar del modo más detallado la técnica misma de cada
producción: el peso del material, el número de hilos por pulgada de tela,
etc. Se debe decir, sin embargo, que
estas tentativas no fueron coronadas por el éxito, puesto que las discusiones y
dificultades técnicas de todo género, que durante una serie de siglos fueron
resueltas por el acuerdo entre las guildas estrechamente dependientes una de
otra y entre las ciudades que ingresaban en la unión, están completamente fuera
del alcance de los funcionarios del estado.
La intromisión constante de los funcionarios no permitía a los oficios
vivir y desarrollarse, y llevó a la mayoría de ellos a una decadencia completa;
y por ello, los economistas, ya en el siglo XVIII, rebelándose contra la
regulación de la producción por el estado, expresaron un descontento plenamente
justificado y extendido entonces. La
destrucción hecha por la revolución francesa de este género de intromisión de
la burocracia en la industria fue saludada corno un acto de liberación; y
pronto otros países siguieron el ejemplo de Francia.
El estado no pudo, tampoco, alabarse de haber obtenido mejor éxito en
la determinación del salario. En las
ciudades medievales, cuando en el siglo XV comenzó a marcarse cada vez más
agudamente la distinción entre los maestros y sus medio oficiales o jornaleros,
los medio oficiales opusieron sus uniones (Geseilverbande),
que a veces tenían carácter internacional, contra las uniones de maestros y
comerciantes. Ahora, el estado se
encargó de resolver sus discusiones, y según el estatuto de Isabel, de 1 año 1563,
se confirió a los jueces de paz la obligación de establecer la proporción del
salario, de modo que asegurara una existencia «decorosa» a los jornaleros y
aprendices. Los jueces de paz, sin
embargo, resultaron completamente impotentes en la obra de conciliar los
intereses opuestos de amos y obreros, y de ningún modo pudieron obligar a los
maestros a someterse a la resolución judicial.
La ley sobre el salario, de tal modo, se convirtió gradualmente en letra
muerta, y fue derogada al final del siglo XVIII.
Pero, a la vez que el estado se vio obligado a renunciar al deber de
establecer el salario, continuó, sin embargo, prohibiendo severamente todo
género de acuerdo entre los jornaleros y los maestros, concertados con el fin
de aumentar los salarios o de mantenerlos en un determinado nivel. Durante todo el siglo XVIII, el estado emitió
leyes dirigidas contra las uniones obreras, y en el año 1799, finalmente,
prohibió todo género de acuerdo de los obreros, bajo amenaza de los castigos
más severos. En suma, el Parlamento
británico sólo siguió, en este caso, el ejemplo de la Convención revolucionaria
francesa, que dictó en 1793 una ley draconiana contra las coaliciones obreras;
los acuerdos entre un determinado número de ciudadanos eran considerados por
esta asamblea revolucionaria como un atentado contra la soberanía del estado,
del que se suponía que protegía en igual medida a todos sus súbditos.
De tal modo fue terminada la obra
de la destrucción de las uniones
medievales. Ahora, tanto en la ciudad como en la aldea, el estado reinaba sobre los grupos, débilmente unidos entre
sí, de personas aisladas, y estaba
dispuesto a prevenir, con las
medidas más severas, todas sus tentativas de restablecer cualquier unión
especial.
Tales fueron las condiciones en que tuvo que abrirse paso la tendencia
a la ayuda mutua en el siglo
XIX. Es comprensible, sin embargo, que
todas estas medidas no tuvieran fuerza como para destruir esa tendencia
perdurable. En el transcurso del siglo
XVIII. las uniones obreras se reconstituían constantemente. No pudieron detener
su nacimiento y desarrollo ni siquiera las crueles persecuciones que comenzaron
en virtud de las leyes de 1797 y 1799. Los obreros aprovechaban cada advertencia de
la ley y de la vigilancia establecida, cada demora de parte de los maestros,
obligados a informar de la constitución de las uniones, para ligarse entre
sí. Bajo la apariencia de sociedades amistosas (friendly societies), de
clubs de entierros, o de hermandades secretas, las uniones se extendieron por
todas partes: en la industria textil, entre los trabajadores de las
cuchillerías de Sheffield, entre los mineros: y se formaron también poderosas
organizaciones federales para apoyar a las uniones locales durante las huelgas
y persecuciones. Una serie de
agitaciones obreras se produjeron a principios del siglo XIX, especialmente
después de la conclusión de la paz de 1815, de modo que finalmente hubo que
derogar las leyes de 1797 y 1799.
La derogación de la ley contra las coaliciones (Combinations Laws), en 1825, dio un nuevo impulso al
movimiento. En todas las ramas de
producción se organizaron inmediatamente uniones y federaciones nacionales y
cuando Robert Owen comenzó la organización de su «Gran Unión Consolidada
Nacional» de las uniones profesionales, en algunos meses alcanzó a reunir hasta
medio millón de miembros. Verdad es que
este período de libertad relativo duró poco.
Las persecuciones comenzaron de nuevo en 1830, y en el intervalo entre
1832 y 1844 siguieron condenas judiciales feroces contra las organizaciones
obreras, con destierro a trabajos forzados a Australia. La «Gran Unión Nacional» de Owen fue
disuelta, y éste hubo de renunciar a su ensayo de Unión Internacional, es
decir, a la Internacional. Por todo el
país, tanto las empresas particulares como igualmente el estado en sus
talleres, empezaron a obligar a sus obreros a romper todos los lazos con las
uniones y a firmar un «document», es decir, una renuncia redactada en este
sentido. Los unionistas fueron
perseguidos en masa y detenidos bajo la acción de la ley «Sobre los amos y sus
servidores», en virtud de la cual era suficiente la simple declaración del
patrono de la fábrica sobre la supuesta mala conducta de sus obreros para
arrestarlos en masa y juzgarlos
Las huelgas fueron sofocadas del modo más despótico, y condenas
asombrosas por su severidad fueron pronunciadas por la simple declaración de
huelga, o por la participación en calidad de delegado de los huelguistas, sin
hablar ya de las sofocaciones, por vía militar, de los más mínimos desórdenes
durante las huelgas, o de los juicios seguidos por las frecuentes
manifestaciones de violencias de diferentes géneros por parte de los
obreros. La práctica de la ayuda mutua,
bajo tales circunstancias, estaba bien lejos de ser cosa fácil. Y, sin embargo, a pesar de todos los
obstáculos, de cuyas proporciones nuestra generación ni siquiera tiene la
debida idea, ya. desde el año 1841 comenzó el renacimiento de las uniones obreras,
y la obra de la asociación de los obreros se prolongó incansablemente desde
entonces hasta el presente; hasta que, por fin, después de una larga lucha que
duraba ya más de cien años, fue conquistado el derecho de pertenecer a las
uniones. En el año 1900 casi una cuarta
parte de todos los trabajadores que tenían ocupación fija, es decir, alrededor
de 1.500.000 hombres, pertenecían a las uniones obreras (trace unions), y ahora su número casi se ha triplicado.
En cuanto a los otros estados europeos, es suficiente decir que hasta
épocas muy recientes todo género de uniones era perseguido como conjuración; en
Francia, la formación de las uniones (sindicatos) con más de 19 miembros sólo
fue permitida por la ley en 1884. Pero a
pesar de esto, las uniones obreras existen por doquier, si bien a menudo han de
tomar la forma de sociedades secretas; al mismo tiempo, la difusión y la fuerza
de las organizaciones, en especial de los «caballeros del trabajo» en los
Estados Unidos y de las uniones obreras de Bélgica, se manifestó claramente en
las huelgas del 90.
Sin embargo, es necesario recordar que el hecho mismo de pertenecer a
una unión obrera, aparte de las persecuciones posibles, exige del obrero
sacrificios bastante importantes en dinero, tiempo y trabajo impago, o implica
riesgo constante de perder el trabajo por el mero hecho de pertenecer a la
unión obrera. Además, el unionista tiene
que recordar continuamente la posibilidad de huelga, y la huelga cuando se ha
agotado el limitado crédito que da el panadero y el prestamista, la entrega del
fondo de huelga no alcanza para alimentar a la familia trae consigo el hambre
de los niños. Para los hombres que viven
en estrecho contacto con los obreros, una huelga prolongada constituye uno de
los espectáculos que más oprimen el corazón; por esto, fácilmente puede
imaginarse qué significa, aún ahora, en las partes no muy ricas de la Europa
continental. Continuamente, aun en la
época presente, la huelga termina con la ruina completa y la emigración forzosa
de casi toda la población de la localidad y el fusilamiento de los huelguistas
por a menor causa, y hasta sin causa alguna, aun ahora constituye el fenómeno
más corriente en la mayoría de los estados europeos.
Y sin embargo, cada año, en Europa y América, se producen miles de
huelgas y despidos en masa, y las así llamadas huelgas, «por solidaridad»,
provocadas por el deseo de los trabajadores de apoyar a los compañeros
despedidos del trabajo o bien para defender los derechos de sus uniones, son
las que se destacan por su esencial duración y severidad. Y mientras la parte reaccionaria de la prensa
suele estar siempre inclinada a declarar las huelgas como una «intimidación»,
los hombres que viven entre huelguistas hablan con admiración de la ayuda del
apoyó mutuo practicado entre ellos.
Probablemente, muchos han oído hablar del trabajo colosal realizado por
los trabajadores Voluntarios para organizar la ayuda y la distribución de
comida durante la gran huelga de los obreros de los docks de Londres en el 80,
o de los mineros que habiendo estado ellos mismos sin trabajo durante semanas
enteras, en cuánto volvieron al trabajo de nuevo empezaron inmediatamente a
pagar cuatro chelines por semana al fondo de huelga; o de la viuda del minero
que durante los disturbios obreros de Yorkshire, en 1894, aportó todos los
ahorros de su difunto esposo al fondo de huelga; de cómo durante la huelga los
vecinos se repartían siempre entre sí el último trozo de pan; de los mineros de
Redstoc, que poseían vastos huertos e invitaron a 400 camaradas de Bristol a
llevarse gratuitamente coles, patatas, etc.
Todos los corresponsales de los diarios, durante la gran huelga de los
mineros de Yorkshire, en 1894, conocían un cúmulo de hechos semejantes, a pesar
de que bien lejos estaban todos ellos de atreverse a escribir sobre semejantes
«bagatelas» inconvenientes en las páginas de sus respetables diarios.
La unión de los obreros profesionales no constituye, sin embargo, la
única forma en que se encauza la necesidad del obrero de ayuda mutua. Además de
las uniones obreras existen las asociaciones políticas, cuya acción, según
consideran muchos obreros, conduce mejor al bienestar público que las uniones
profesionales, que ahora se limitan, en su mayor parte, a sus solos estrechos
fines. Naturalmente, no es posible
considerar el simple hecho de pertenecer a una corporación política como una
manifestación de la tendencia a la ayuda mutua.
La política, como es sabido, constituye precisamente el campo donde los
hombres egoístas entran en las más complicadas combinaciones con los hombres
inspirados por tendencias sociales. Pero
todo político experimentado sabe que los grandes movimientos políticos, todos,
surgieron teniendo justamente objetivos amplios y, a menudo, lejanos, y los más
poderosos de estos movimientos fueron aquellos que provocaron el entusiasmo más
desinteresado.
Todos los grandes movimientos históricos tenían este carácter, y el
socialismo brinda a nuestra generación un ejemplo de este género de
movimientos. «Es obra de agitadores pegados» tal es el estribillo corriente de
aquellos que nada saben de estos movimientos.
Pero, en realidad -hablando sólo de los hechos que conozco
personalmente- si durante los últimos treinta y cinco años hubiera llevado un
diario y anotado en él todos los ejemplos por mí conocidos de abnegación y
sacrificio con que he tropezado en el movimiento social, la palabra «heroísmo»
no abandonaría los labios de los lectores de ese diario. Pero los hombres de que tendría que hablar en
él estaban lejos de ser héroes; eran gente mediocre, inspirada solamente por
una gran idea. Todo diario socialista -y
en Europa solamente existen muchos centenares- representa la misma historia de
largos años de sacrificio, sin la más mínima esperanza de venta a material
alguna, y en la inmensa mayoría de los casos, casi sin la satisfacción de la
ambición personal, si es que ésta existe.
He visto cómo familias que vivían sin saber si tendrían un trozo de pan
al día siguiente -boicoteado el esposo en todas partes, en su pequeña ciudad,
por su participación en un diario, y la esposa manteniendo a la familia con su
trabajo de aguja- prolongaban semejante situación meses y años, hasta que, por,
último, la familia, agotada, se retiraba, sin una palabra de reproche, diciendo
a los nuevos compañeros: «Continuad, nosotros ya no tenemos fuerzas para
resistir». He visto hombres que morían
de tisis y que lo sabían, y, sin embargo, corrían bajo la llovizna helada y la
nieve para organizar mítines, y ellos mismos hablaban en los mítines hasta
pocas semanas antes de su muerte, y por último, al ir al hospital, nos decían:
«Bueno, amigos, mi canción ha terminado: los médicos han decidido que me quedan
sólo pocas semanas de vida. Decid a los
camaradas que me harán feliz si alguno viene a visitarme». Conozco hechos que serían considerados «una
idealización» de parte mía si los refiriera a mis lectores, y hasta los nombres
mismos de estos hombres apenas son conocidos más allá del círculo estrecho de
sus amigos, y serán pronto olvidados cuando éstos también dejen de existir.
En suma, no sé qué admirar más: si la ilimitada abnegación de estos
pocos o la suma total de las pequeñas manifestaciones de abnegación de las
masas conmovidas por el movimiento. La
venta de cada decena de números de un diario obrero, cada mitin, cada centenar
de votos ganados en favor de los socialistas en las elecciones, son el
resultado de una masa tal de energía y de sacrificios de que los que están
fuera del movimiento no tienen siquiera la menor idea. Y así como obran los socialistas, obraba en
el pasado todo partido popular y progresista, político y religioso. Todo el progreso realizado por nosotros en el
pasado es el resultado del trabajo de unos hombres de una abnegación semejante.
A menudo se presenta, especialmente en Gran Bretaña, a la cooperación
como un «individualismo por acciones», y es indudable que en su aspecto
presente puede contribuir fácilmente a desarrollar el egoísmo cooperativista,
no solamente, con respecto a la sociedad general, sino entre los mismos
cooperadores. Sin embargo, es sabido de
manera cierta que al principio tenía este movimiento un carácter profundo de
ayuda mutua. Aun en la época presente,
los más ardientes partidarios de dicho movimiento están firmemente convencidos
de que la cooperación conducirá a la humanidad a una forma armoniosa superior,
de relaciones económicas; y después de haber estado en algunas localidades del
norte de Inglaterra, donde la cooperación se halla muy desarrollada, es imposible
no llegar a la conclusión de que un número importante de los participantes de
este movimiento sostienen justamente tal opinión. La mayoría de ellos perdería todo interés en
el movimiento cooperativo si perdiera la fe mencionada. Es necesario decir también que en los últimos
años comenzaron a evidenciarse, entre los cooperadores, ideales más amplios de
bienestar público y de solidaridad entre los productores. Imposible es negar también la inclinación
manifestada en ellos, que tiende a mejorar las relaciones entre los
propietarios de las cooperativas productoras y sus obreros.
La importancia del cooperativismo en Inglaterra, Holanda y Dinamarca
es bien conocido, y en Alemania, especialmente en el, Rhin, las sociedades
cooperativas, en la época presente, son ya una fuerza poderosa de la vida
industrial, Pero quizá Rusia constituya el mejor campo para el estudio del
cooperativismo en su infinita variedad de formas. En Rusia, la cooperativa, es decir, el
artiel, ha crecido de manera natural; fue una herencia de la Edad Media, y
mientras que la sociedad cooperativa constituida oficialmente habría tenido que
luchar contra un cúmulo de dificultades legales y contra la suspicacia de la
burocracia, la forma de cooperativa no oficial -el artiel- constituye la
esencia misma de la vida campesina rusa.
Toda la historia de la «creación de Rusia» y de la organización de
Siberia se presenta en realidad corno la historia de los artiéli de cazadores y
de industriales, inmediatamente después de los cuales se extendieron las
comunas aldeanas. Ahora hallamos el
artiél por todas partes: en cada grupo de campesinos que de una misma aldea va
a ganarse la vida a la fábrica, en todos los oficios de la construcción, entre
los pescadores y cazadores, entre los presos que van en viaje a Siberia y los
fugitivos de Siberia, entre los mozos de cuerda de los ferrocarriles, entre los
miembros de los artiéli de la bolsa, de los obreros de la aduana, en muchas de
las industrias artesanos (que dan trabajo a siete millones de hombres),
etcétera. En una palabra, de arriba a abajo,
en todo el mundo trabajador, hallamos artiéli: permanentes y temporales, para
la producción y para el consumo, y en todas las formas posibles. Hasta la época presente las secciones de las
pesquerías, en los ríos que afluyen al mar Caspio, son arrendadas por artiéli
colosales; el río Ural pertenece a todo el Ejército de cosacos del Ural, que
divide y reparte sus secciones de pesquerías -quizá las más ricas del mundo-
entre las aldeas cosacas, sin intromisión alguna por parte de las autoridades. En el Ural, el Volga y en todos los lagos del
norte de Rusia, la pesca es realizada por los artiéli (véase el apéndice XIX).
Junto con estas organizaciones permanentes existe también una multitud
innumerable de artiéli temporales, constituidos con todos los fines
posibles. Cuando de diez a veinte
campesinos de una localidad se dirigen a una ciudad grande a ganarse la vida;
sea en calidad de tejedores, carpinteros, albañiles, navegantes, etc., siempre
constituyen un artiél, alquilan un alojamiento común y toman una cocinera (muy
a menudo la esposa de uno de ellos se ocupa de la cocina), elijen a un stárosta, comen en común y cada uno paga
al artiél el alojamiento y la comida. La
partida de presos en viaje a Siberia obra siempre del mismo modo, y el stárosta
elegido por ellos es el intermediario, reconocido oficialmente, entre los
presos y el jefe militar del convoy que acompaña a la partida. En los presidios, los presos tienen la misma
organización. Los mozos de cuerda de los
ferrocarriles, los mandaderos de la bolsa, los miembros de los artiéli de la
aduana, y los mandaderos de la ciudad, unidos por canción solidaria, gozan de tal
reputación que los comerciantes confían a un miembro del artiél de los
mandaderos cualquier suma de dinero. En
la construcción se forman artiéli que cuentan, a veces decenas de miembros, a
veces también unos pocos, y los grandes contratistas de la construcción de
casas y ferrocarriles prefieren siempre tratar con el artiél antes que con los
obreros contratados separadamente.
Las tentativas hechas por el Ministro de la Guerra, en 1890, para
negociar directamente con los artiéli de productores, formados para
producciones especiales entre artesanos, y encargarles zapatos y todo género de
artículos de cobre y hierro para los uniformes de los soldados, a juzgar por
los informes, dieron resultados enteramente satisfactorios; y la entrega de una
fábrica fiscal (Votkinsk) en arriendo a los artiéli de obreros viose coronada,
un tiempo, por un éxito positivo. De tal
modo, podemos ver en Rusia cómo las antiguas instituciones medievales, que
habían evitado la intromisión del estado (en sus manifestaciones no oficiales)
sobrevivieron íntegras hasta la época presente, y tomaron las formas más
diferentes, de acuerdo, con las exigencias de la industria y el comercio
modernos. En cuanto a la península
balcánica, en el imperio turco y el Cáucaso, las viejas guildas se conservaron
allí con plena fuerza. Los esnafy servios conservaron plenamente el
carácter medieval: en su constitución entran tanto los maestros tomo los
jornaleros; regulan la industria y son los órganos de apoyo mutuo, tanto en el
campo del trabajo cómo en un caso de enfermedad, mientras que los amkari georgianos del Cáucaso, y en
especial en Tiflis, no sólo cumplen los deberes de las uniones profesionales,
sino que ejercen una influencia importante sobre la vida de la ciudad.
Relacionado con la cooperación, debería, quizá, mencionar la
existencia en Inglaterra de las sociedades amistosas de apoyo mutuo (friendly societies), las uniones de los «chistosos» (oddfellows), los clubs de las aldeas de las ciudades para pagar la
asistencia médica, los clubs para entierros o para la adquisición de ropas, los
pequeños clubs organizados a menudo entre las muchachas de las fábricas, que
abonan algunos peniques semanales y luego sortean entre sí la suma de una
libra, que les da la posibilidad de realizar alguna compra más o menos
importante, y muchas otras sociedades de género semejante. Toda la vida del pueblo trabajador de
Inglaterra está impregnada de tales instituciones En todas estas sociedades y clubs
se puede observar no poca reserva de alegre sociabilidad y camaradería, a pesar
de que se lleva cuidadosamente el «crédito» y el «débito» de cada miembro. Pero aparte de estas instituciones, existen
tantas uniones basadas en la disposición a sacrificar, si necesario fuera, el tiempo, la salud y la vida, que podemos
extraer dé su actividad ejemplos de las mejores formas de apoyo mutuo.
En primer lugar es menester citar aquí la sociedad de salvamento
marítimo en Inglaterra, e instituciones semejantes en el resto de Europa, La
sociedad inglesa tiene más de 300 botes de salvamento a lo largo las orillas de
Inglaterra, y tendría dos veces más si no fuera por la pobreza de los
pescadores, quienes no siempre pueden comprar por mismos los caros botes de salvamento. La tripulación de estos botes se compone
siempre de voluntarios, cuya disposición a sacrificar la vida para salvar a
hombres que les. son completamente desconocidos es sometida todos los años a
una prueba dura, cada invierno, y en realidad algunos de los más valientes
perecen en las aguas. Y si preguntáis a
estos hombres qué fue lo que los incitó a arriesgar la vida, a veces en
condiciones tales que, según parecía, no había posibilidad alguna de éxito, os
contestarán probablemente con un relato, del género del siguiente, que yo,
escuché en la costa meridional. Una
furiosa tormenta, de nieve soplaba sobre el canal de la Mancha; rugía sobre las
llanas orillas arenosas donde se hallaba una pequeña aldehuela, y el mar arrojó
sobre las arenas próximas a ella, una embarcación de un solo mástil, cargada de
naranjas. En aguas tan poco profundas
sólo se mantiene el bote salvavidas de fondo chato, de tipo simplificado, y
salir con él de tal tormenta significaba, ir a un verdadero desastre, y sin
embargo, los hombres se decidieron y fueron. Horas enteras lucharon contra la
tormenta de nieve; dos veces el bote se volcó. Uno de los remeros se ahogó, y
los restantes fueron arrojados a la playa.
A la mañana siguiente, hallaron, a uno de los últimos -un guarda
aduanero inteligente- seriamente herido y medio helado en la nieve. Yo le
pregunté cómo habían decidido a hacer aquella tentativa desesperada. «Yo mismo
no lo sé -respondió-. Allí, en el mar,
la gente perecía; toda la aldea estaba en la orilla, y decían todos que hacerse
a la mar hubiera sido una locura y que nunca venceríamos la rompiente. Veíamos que había en el barco cinco o seis
hombres que se aferraban al mástil y hacían señales desesperadas. Todos sentíamos que era necesario emprender
algo, pero, ¿qué podíamos hacer? Pasó
una hora, otra, y permanecíamos aún en la playa, teníamos todos e1 alma
oprimida. Luego, de repente, nos pareció
oír que a través de los aullidos de la tempestad nos llegaban sus lamentos...
Había un niño con ellos. No pudimos
resistir más la tensión: todos juntos dijimos: ¡Es necesario salir! Las mujeres decían lo mismo; nos hubieran
considerado cobardes si nos hubiéramos quedado, a pesar de que ellas mismas nos
llamaban locos el día siguiente, por nuestra tentativa. Como un solo hombre,
nos arrojamos al bote salvavidas partimos.
El bote volcó, pero conseguimos volver a enderezarlo. Lo peor de todo fue cuando el desdichado N.
se ahogó, aferrado a una cuerda del bote, y nada pudimos hacer por
salvarlo. Luego nos azotó una ola
enorme, el bote voló de nuevo y nos arrojó a todos a la playa. Los hombres del buque náufrago fueron
salvados por un bote de Dungenes, y nuestro bote fue recogido muchas millas al
oeste. A mí me hallaron a la mañana
siguiente sobre la nieve.»
El mismo sentimiento movía también a los mineros del valle de Ronda
cuando salvaron a sus camaradas de un pozo de la mina que había sufrido una
inundación. Tuvieron que atravesar una
capa de carbón de 96 pies de espesor para llegar hasta los compañeros
enterrados vivos. Pero cuando sólo les
faltaba perforar en total nueve pies, los sorprendió el gas grisú. Las lámparas se extinguieron y los mineros
hubieron de retirarse. Trabajar en tales
condiciones significaba correr el riesgo de ser volado en cualquier momento y,
finalmente, perecer todos. Pero se oían
todavía los golpes de los enterrados; estos hombres estaban vivos y clamaban
ayuda, y algunos mineros voluntariamente se propusieron salvar a sus camaradas,
arriesgando sus vidas. Cuando
descendieron al pozo, las mujeres los acompañaban con lágrimas silenciosas,
pero ninguna pronunció una palabra para detenerlos.
Tal es la esencia de la psicología humana. Mientras los hombres no se han embriagado con
la lucha hasta la locura, no «pueden oír» pedidos de ayuda sin
responderles. Al principio se habla de
cierto heroísmo personal, y tras del héroe sienten todos que deben seguir su
ejemplo. Los Artificios de la mente no
pueden oponerse al sentimiento de ayuda
mutua, pues este sentimiento ha sido
educado durante muchos miles de años por la vida social humana y por centenares
de miles de años de vida prehumana en las sociedades animales.
Sin embargo, quizá todos preguntarán: Pero, «¿cómo es que pudieron
ahogarse recientemente los hombres en el Serpentine, el lago que se halla en
medio del Hyde Park, en presencia de una multitud de espectadores y nadie se
arrojó en su ayuda?» 0 bien; «¿cómo pudo ser dejado sin ayuda el niño que cayó
al agua en el Regent's Park, también en presencia de una multitud numerosa de
público dominguero, y sólo fue salvado gracias a la presencia de ánimo de una
niña jovencita, criada de una casa vecina, que azuzó al perro Terranova de un
buzo? La respuesta a estas preguntas es simple.
El hombre constituye una mezcla no sólo de instintos heredados, sino
también de educación. Entre los mineros
y marinos, gracias a sus ocupaciones comunes y al contacto cotidiano entré si,
se crea un sentimiento de reciprocidad, y los peligros que los rodean educan en
ellos el coraje y el ingenio audaz. En
las ciudades, por lo contrario, la ausencia de intereses comunes educa la
indiferencia; y el coraje y el ingenio, que raramente hallan aplicación,
desaparecen o toman otra dirección.
Además, la tradición de las hazañas heroicas en los pozos de las minas
y en el mar vive en las aldehuelas de los mineros y de los pescadores, rodeada
de una aureola poética. Pero, ¿qué
tradición puede existir en la abigarrada multitud de Londres? Toda tradición, que es en ellos patrimonio
común, hubo de ser creada por la literatura o la palabra; pero apenas si existe
en la gran ciudad una literatura equivalente a las leyes de las aldeas. El clero, en sus sermones, tanto se empeña en
demostrar lo pecaminoso de la naturaleza humana y el origen sobrehumano de todo
lo bueno en el hombre, que, en la mayoría de los casos, pasa en silencio
aquellos hechos que no se pueden exhibir en calidad de ejemplo de una gracia
divina enviada del cielo. En cuanto a
los escritores «laicos», su atención se dirige principalmente a un aspecto del
heroísmo, a saber, el heroísmo del pescador casi sin prestarle atención
alguna. El poeta y el pintor suelen ser
impresionados por la belleza del corazón humano, es verdad, pero sólo en raras
ocasiones conocen la vida de las clases más pobres; y si pueden aún cantar o
representar, en un ambiente convencional, al héroe romano o militar, demuestran
ser incapaces cuando tratan de representar al héroe que actúa en ese modesto
ambiente de la vida popular que les es extraño.
No es de asombrar, por esto, si la mayoría de tales tentativas se
destacan invariablemente por la ampulosidad y la retórica.
La cantidad innumerable de sociedades, clubs y asociaciones de
distracción, de trabajos científicos e investigaciones, y con diferentes fines
educacionales, etc., que se constituyeron y se extendieron en los últimos
tiempos, es tal que se necesitarían muchos volúmenes para su simple
inventario. Todos ellos constituyen la
manifestación de la misma fuerza, enteramente activa que incita a los hombres a
la asociación y al apoyo mutuo. Algunas
de estas sociedades, como las asociaciones de las crías jóvenes de aves de
diferentes especies, que se reúnen en el otoño, persiguen un objetivo único, el
goce de la vida en común. Casi todas las
aldeas de Inglaterra, Suiza, Alemania, etc., tienen sus sociedades de juego de cricket, football, tennis, bolos o clubs
de palomas, musicales y de canto.
Existen luego grandes sociedades nacionales que se destacan por el
número especial de sus miembros, como, por ejemplo, las sociedades de
ciclistas, que en los últimos tiempos se desarrollaron en proporciones
inusitadas. A pesar de que los miembros de estas asociaciones no tienen nada en
común, excepto su afición de andar en velocípedo, han conseguido formar entre
ellos un género de francmasonería con fines de ayuda mutua, especialmente en
los lugares apartados, libres todavía del aflujo de velocípedos. Los miembros consideran al club de ciclistas
asociados de cualquier aldehuela, hasta cierto punto, como si fuera su propia
casa, y en el campamento de ciclistas, que se reúne todos los años en
Inglaterra, a menudo se entablan sólidas relaciones amistosas. Los Kegelbruder, es decir, las sociedades de
bolos, de Alemania, constituyen la misma asociación; exactamente lo mismo las
sociedades gimnásticas (que cuentan hasta 300.000 miembros en Alemania), las
hermandades no oficializadas de remeros de los ríos franceses, los clubs de
yates, etc. Semejantes asociaciones,
naturalmente, no cambian la estructura económica de la sociedad, pero
especialmente en las ciudades pequeñas ayudan a nivelar las diferencias
sociales, y puesto que ellas tienden a unirse en grandes federaciones
nacionales e internacionales, ya por esto contribuyen al desenvolvimiento de
las relaciones amistosas personales entre toda clase de hombres diseminados en
las diferentes partes del globo.
Los clubs alpinos, la unión para la protección de la caza
(Jagdpschutzverlein) de Alemania, que tiene más de 100.000 miembros -cazadores,
guardabosques y zoólogos profesionales, y simples amantes de la naturaleza- y,
del mismo modo, la Sociedad Ornitológica Internacional, cuyos miembros son
zoólogos, criadores de aves y simples campesinos de Alemania, tienen el mismo
carácter. Consiguieron, en el curso de
unos pocos años, no sólo realizar una enorme obra de utilidad pública que está
al alcance únicamente de las sociedades importantes (el trazado de cartas
geográficas, la construcción de refugios y apertura de caminos en las montañas;
el estudio de los animales, de los insectos nocivos, de la migración de aves,
etc.), sino que han creado también nuevos lazos entre los hombres. Dos alpinistas de diferentes nacionalidades
que se encuentran, en una cabaña de refugio, construida por el club en la cima
de las montañas del Cáucaso, o bien el profesor y el campesino ornitólogo, que
han vivido bajo un mismo techo, no han de sentirse ya dos hombres completamente
extraños. Y la «Sociedad del Tío Toby»,
de New Castle, que ha persuadido a más de 300.000 niños y niñas que no
destruyan los nidos de pájaros y a ser buenos con todos los animales, es
indudable que ha hecho bastante más en pro del desarrollo de los sentimientos
humanos y de la afición al estudio de las ciencias naturales que el conjunto de
predicadores de todo género y que la mayoría de nuestras escuelas.
Ni siquiera en nuestro breve ensayo podemos pasar en silencio los
millares de sociedades científicas, literarias, artísticas y educativas. Naturalmente, necesario es decir que, hasta
la época presente, las corporaciones científicas, que se encuentran bajo el
control del estado y que con frecuencia reciben de él subsidios, generalmente
se han convertido en un círculo muy estrecho, ya que los hombres. de carrera a
menudo consideran a las sociedades científicas como medios para ingresar en las
filas de sabios pagados por el estado, mientras que, indudablemente, la
dificultad de ser miembro de algunas sociedades privilegiadas sólo conduce a
suscitar envidias mezquinas. Pero, con
todo, es indudable que tales sociedades nivelan hasta cierto punto las
diferencias de clases, creadas por el nacimiento o por pertenecer a tal o cual
capa, a tal o cual partido político o creencia. En las pequeñas ciudades
apartadas, las sociedades científicas, geográficas, musicales, etc., especialmente
aquellas que incitan a la actividad de un círculo de aficionados más o menos
amplios, se convierten en pequeños centros y en un género de eslabón que une a
la pequeña ciudad con un mundo vasto, y también en el lugar en que se
encuentran en un pie de igualdad hombres que ocupan las posiciones más
diferentes en la vida social. Para
apreciar la importancia de tales centros es necesario conocerlos, por ejemplo,
en Siberia.
Por último, una de las manifestaciones más importantes del mismo
espíritu lo constituyen las innumerables sociedades que tienen por fin la
difusión de la educación, y que sólo ahora comienzan a destruir el monopolio de
la iglesia y del estado en esta rama de la vida, importante en grado sumo. Puede osar decirse que, dentro de un tiempo
extremadamente breve, estas sociedades adquirirán una importancia dominante en
el campo de la educación popular.
Debemos ya a la «Asociación Froebel» el sistema de jardines infantiles,
y a una serie entera de sociedades oficializadas y no oficializadas debemos el
nivel elevado que ha alcanzado la educación
femenina en Rusia. En cuanto a las diferentes sociedades pedagógicas
de Alemania, como es sabido, les corresponde una enorme parte de influencia en
la elaboración de los métodos
modernos de enseñanza en las escuelas populares. Tales asociaciones son también el mejor
sostén de los maestros. ¡Cuán infeliz se sentiría sin su ayuda el maestro de
aldea, abrumado por el peso de un trabajo mal retribuido!.
¿Todas estas asociaciones, sociedades, hermandades, uniones,
institutos etcétera, que se pueden contar por decenas de miles en Europa
solamente, y cada una de las cuales representa una masa enorme de trabajo
voluntario, desinteresado, impagado o retribuido muy pobremente no son todas
ellas manifestaciones, en formas infinitamente variadas, de aquella necesidad,
eternamente viva en la humanidad, de ayuda y apoyo mutuos? Durante casi tres siglos se ha impedido que
el hombre se tendiera mutuamente las manos, ni aun con fines literarios,
artísticos y educativos. Las sociedades
podían formarse solamente con el conocimiento y bajo la protección del
estado o de la Iglesia, o debían
existir en calidad de sociedades secretas semejantes a las francmasonas; pero ahora que esta oposición del estado ha
sido, quebrantada, surgen por todas partes, abarcando las ramas más distintas
de la actividad humana. Empiezan a adquirir un carácter
internacional, e indudablemente contribuyen -en grado tal que aún no hemos
apreciado plenamente- al quebrantamiento de las barreras internacionales
erigidas por los estados. A pesar de la
envidia, a pesar del odio, provocados por los fantasmas de un pasado en
descomposición, la conciencia de la solidaridad internacional crece, tanto
entre los hombres avanzados como entre las masas obreras, desde que ellas se conquistaron el derecho a las relaciones internacionales; y no
hay duda alguna de que este espíritu de solidaridad creciente ejerció ya cierta
influencia al conjurar una guerra entre estados europeos en los últimos treinta
años. Y después de esa cruel lección
recibida por Europa, y en parte por América, en la última guerra de cinco años,
no hay duda alguna que la voz del sano juicio, poniendo freno a la explotación
de unos pueblos por otros, hará imposible por mucho tiempo otra guerra
semejante.
Por último, es menester mencionar aquí también las sociedades de
beneficencia que, a su vez, constituyen todo un mundo original, ya que no hay
la menor duda de que mueven a la inmensa mayoría de los miembros de estas
sociedades los mismos sentimientos de ayuda mutua que son inherentes a toda la
humanidad. Por desgracia, nuestros
maestros religiosos prefieren atribuir origen sobrenatural a tales
sentimientos. Muchos de ellos tratan de
afirmar que el hombre no puede inspirarse conscientemente en las ideas de ayuda
mutua, mientras no esté iluminado por las doctrinas de aquella religión
especial de la cual son los representantes, y junto con San Agustín, la mayoría
de ellos no reconocen la existencia de esos sentimientos en los «salvajes
paganos». Además, mientras el
cristianismo primitivo, como todas las otras religiones nacientes, era un
llamado a un sentimiento de ayuda mutua y de solidaridad, ampliamente humano,
que le es propio, como hemos visto, de todas las instituciones de ayuda y apoyo
mutuo que existían antes, o se habían desarrollado fuera de ella. En lugar de la ayuda mutua que todo salvaje consideraba como el cumplimiento de un
deber hacia sus congéneres, la
Iglesia cristiana comenzó a predicar la caridad,
que constituía, según su doctrina, una virtud
inspirada por el cielo, una virtud que por obra de tal interpretación
atribuye un determinando género de superioridad a aquél que da sobre el que
recibe, en lugar de reconocer la igualdad
común al género humano, en virtud de
la cual la ayuda mutua es un deber.
Con estas limitaciones, y sin intención alguna de ofender a aquellos
que se consideran entre los elegidos, mientras cumplen una exigencia de simple
humanitarismo, nosotros podemos considerar, naturalmente, al enorme número de
sociedades diseminadas por todas partes como una manifestación de aquella
inclinación a la ayuda mutua.
Todos estos hechos demuestran que la búsqueda irrazonada de la
satisfacción de intereses personales, con olvido completo de las necesidades de
los otros hombres, de ningún modo constituye el rasgo principal,
característico, de la vida moderna.
Junto a estas corrientes egoístas, que orgullosamente exigen que se les
reconozca importancia dominante en los negocios humanos, observamos la lucha
porfiada que sostiene la población rural y obrera con el fin de reintroducir las firmes instituciones de ayuda y apoyo mutuos. No sólo eso: descubrimos en todas las
clases de la sociedad un movimiento ampliamente extendido que tiende a
establecer instituciones infinitamente variadas, más o menos firmes, con el
mismo fin. Pero, cuando de la vida
pública pasamos a la vida privada del hombre moderno, descubrimos todavía otro
amplio mundo de ayuda y apoyos mutuos, a cuyo lado pasan la mayoría de los
sociólogos sin observarlo, probablemente porque está limitado al círculo
estrecho de la familia y de la amistad personal.
Bajo el sistema moderno de vida social, todos los lazos de unión entre
los habitantes de una misma calle o «vecindad» han desaparecido. En los barrios ricos de las grandes ciudades,
los hombres viven juntos sin saber siquiera quién es su vecino. Pero en las calles y callejones densamente
poblados de esas mismas ciudades, todos se conocen bien y se encuentran en
continuo contacto. Naturalmente, en los
callejones, lo mismo que en todas partes, las pequeñas rencillas son
inevitables, pero se desarrollan también relaciones según las inclinaciones
personales, y dentro de estas relaciones se practica la ayuda mutua en tales
proporciones que las clases más ricas no tienen idea. Si, por ejemplo, nos detenemos a mirar a los
niños de un barrio pobre, que juegan en la plazuela, en la calle, o en el viejo
cementerio (en Londres se ve esto a menudo) observaremos en seguida que entre
estos niños existe una estrecha unión, a pesar de las peleas que se producen, y
esta unión preserva a los niños de numerosas desgracias de todo género. Basta que algún chico se incline curiosamente
sobre el orificio abierto de un sumidero para que su compañero de juego le
grite: «¡Sal de ahí, que en ese agujero está la fiebre!» «¡No trepes por esta pared;
si caes del otro lado el tren te destrozará!» «¡No te acerques a la zanja!»
«¡No comas de estas bayas: es veneno, te morirás!» Tales son las primeras
lecciones que el chico recibe cuando se une con sus compañeros de, calle.
¡Cuántos niños a quienes sirven de lugar de juego, las calles de las
proximidades de las viviendas modelo para obreros» recientemente construidas, o
las riberas y puentes de los canales, perecerían bajo las ruedas de los carros
o en el agua turbia de la corriente si entre ellos no existiera este género de
ayuda mutua! Si a pesar de todo algún
chiquillo cae en un foso sin parapeto, o una niña resbala y cae en el canal, la
horda callejera arma tal griterío que todo el vecindario torre a
ayudarlos. De todo esto hablo por
experiencia personal.
Viene luego la unión de las madres: «No puede usted imaginarse -me
escribe una doctora inglesa que vivía en un barrio pobre de Londres, y a la
cual rogué que me comunicara sus impresionase, no puede usted imaginarse cuánto
se ayudan entre sí. Si una mujer no ha
preparado, o no puede preparar, lo necesario para el niño que espera -¡y cuán a
menudo sucede esto!- todas las vecinas traen algo para el recién nacido. Al mismo tiempo, una de las vecinas se hace
cargo en seguida del cuidado de los niños, y otra del hogar, mientras la
parturienta permanece en cama». Es éste
un fenómeno corriente que mencionan todos los que tuvieron, que vivir entre los
pobres de Inglaterra, y en general entre la población pobre de una ciudad. Las madres se apoyan mutuamente haciendo
miles de pequeños servicios y cuidan de los niños ajenos. Es. menester que la dama perteneciente a las
clases ricas tenga una cierta disciplina -para mejor o para peor, que lo juzgue
ella misma- para pasar por la calle al lado de niños que tiritan de frío y
están hambrientos, sin notario. Pero las
madres de las clases pobres no poseen tal disciplina. No pueden soportar el cuadro de un chico
hambriento: deben alimentarlo; y así lo hacen.
Cuando los niños que van a la escuela piden pan, raramente, o más bien
nunca, reciben una negativa» -me escribe otra amiga, que trabajó durante
algunos años en White-Chapel, en relación con un club obrero. Pero mejor será transcribir algunos
fragmentos de su carta:
«Es regla general entre los obreros cuidar a un vecino o una vecina
enfermos, sin buscar ninguna clase de retribución. Del mismo modo, cuando una mujer que tiene
niños pequeños se va al trabajo, siempre se los cuida una de las vecinas.
»Si los obreros no se ayudaran mutuamente, no podría n vivir en
absoluto. Conozco familias obreras que
se ayudan constantemente entre sí, con dinero, alimento, combustible,
vigilancia de los niños, en caso de enfermedad y en casos de muerte.
»Entre los pobres, lo "mío",y lo "tuyo" se
distingue bastante menos que entre los ricos.
Botines, vestidos, sombreros, etc. -en una palabra, lo que se necesita
en un momento dado-, se prestan constantemente entre sí, y del mismo modo todo
género de efectos del hogar.
»Durante el invierno pasado (1894), los miembros del United Radical
Club reunieron en su medio una pequeña suma de dinero y empezaron después de
Navidad a suministrar gratuitamente sopa y pan a los niños que concurrían a la
escuela. Gradualmente, el número de
niños que alimentaban alcanzó hasta 1.800. Las donaciones llegaban de fuera,
pero todo el trabajo recaía sobre los hombros de los miembros del club. Algunos de ellos -aquellos que entonces
estaban sin trabajo- venían a las cuatro de la mañana para lavar y limpiar
legumbres: cinco mujeres venían a las nueve o diez de la mañana (después de
haber terminado el trabajo de su hogar) a vigilar el cocimiento de la comida, y
se quedaban hasta las seis o siete de la tarde para lavar la vajilla. Durante la hora del almuerzo, entre las doce
y doce y media, venían de 20 a 30 obreros a ayudar a repartir la sopa; para lo
cual habían de robar tiempo a su propia comida.
Tal trabajo se prolongó dos meses, y siempre fue hecho completamente
gratis.
Mi amiga cita también diferentes casos particulares, de los cuales
menciono los más típicos:
«La niña Anita W. fue entregada, en pensión, por su madre a una
anciana de la calle Wilmot. Cuando murió
la madre de Anita, la anciana, que vivía ella misma en la mayor indigencia,
crió a la niña a pesar de qué nadie le pagaba un centavo. Cuando murió también la anciana, la niña, que
tenía entonces cinco años quedó, durante la enfermedad de su madre adoptiva,
sin cuidado alguno, e iba en andrajos; pero le ofreció asilo entonces la esposa
de un zapatero, que tenía ya seis varones.
Más tarde, cuando el zapatero cayó enfermo, todos ellos tuvieron que
sufrir hambre.»
«Hace unos días, M., madre de seis niños, atendía a la vecina Mg.
durante su enfermedad, y llevó a su casa al niño más grande... Pero, ¿son
necesarios a usted estos hechos?
Constituyen el fenómeno más corriente... Conozca a la señora D. (en
dirección tal) que tiene una máquina de coser.
Continuamente cose para los otros, no aceptando retribución alguna por
el trabajo, a pesar de que debe cuidar a cinco niños y al esposo..., etc. »
Para todo aquél que tiene siquiera una pequeñísima idea de la vida de
las clases obreras, resulta evidente que si en su medio no se practicara en
grandes proporciones la ayuda mutua, no podrían, de modo alguno, vencer las
dificultades de que está llena su vida.
Solamente gracias a la combinación de felices circunstancias la familia
obrera puede pasar la vida sin atravesar por momentos duros como los que fueron
descritos por el tejedor de cintas Josept Guttridge en su autobiografía. Y si
no todos los obreros caen, en tales circunstancias, hasta los últimos grados de
miseria, se lo deben precisamente a la ayuda mutua practicada entre ellos. Una vieja nodriza que vivía en la pobreza más
extrema ayudó a Guttridge en el instante mismo en que su familia se avecinaba a
un desenlace fatal: les consiguió a crédito pan, carbón y otros artículos de
primera necesidad. En otros casos era
otro el que ayudaba, o bien los
vecinos se unían para arrebatar a la familia de las garras de la miseria. Pero, si los pobres no acudieran en ayuda de
los pobres, ¡en qué proporciones enormes aumentaría el número de aquellos que
llegan a la miseria espantosa ya irreparable!
Samuel Plimsoll, conocido en Inglaterra por su campaña en contra el
seguro de las naves podridas e inútiles que eran enviadas al mar con la
esperanza de que se hundieran para cobrar la prima de seguro, después de haber
vivido algún tiempo entre pobres gastando solamente siete chelines seis
peniques (tres rublos cincuenta copecas) por semana vióse obligado a reconocer
que los buenos sentimientos hacia los pobres que tenía cuando comenzó este
género de vida «se cambiaron en sentimientos de sincero respeto y admiración,
cuando vio hasta dónde las relaciones entre los pobres están imbuidas de ayuda
y apoyo mutuos, y cuando conoció los medios simples con que se prestan este
género de apoyo. Después de muchos años
de experiencia llegó a la conclusión de que si bien se piensa, resulta que
semejantes hombres constituyen la inmensa mayoría de las clases obreras». En cuanto a la crianza de huérfanos
practicada hasta por las familias más pobres de los vecinos, es un fenómeno tan
ampliamente difundido que se puede considerar regla general; así, después de la
explosión de gases de las minas de Warren Vale y Lund Hill, revelóse que «casi
un tercio de los mineros muertos, según las investigaciones de la comisión,-
mantenía, aparte de sus esposas e hijos, también a otros parientes pobres».
«¿Habéis pensado -agrega a esto Plimsoll- qué significa este hecho? No dudo de que semejante fenómeno no es raro
entre los ricos o hasta entre personas pudientes. Pero, pensad bien en la diferencia.» Y,
realmente, vale la pena pensar qué significa, para el obrero que gana 16
chelines (menos de ocho rublos) por semana y que alimenta con estos módicos
recursos a la esposa y a veces cinco o seis hijos, gastar un chelín en ayudar a
la viuda de un camarada o sacrificar medio chelín para el entierro de uno tan
pobre como él mismo. Pero semejantes
sacrificios son un fenómeno corriente entre los obreros de cualquier país, aun
en ocasiones considerablemente más de orden común que la muerte, y ayudar por
medio del trabajo es la cosa más natural en su vida.
La misma práctica de ayuda y apoyo mutuos se
observa, naturalmente, también entre las clases más ricas, con la misma
sedimentación en capas que señala Plimsoll.
Naturalmente, cuando se piensa en la crueldad que los empleadores más
ricos muestran hacia los obreros, siéntese uno inclinado a tratar la naturaleza
humana con suma desconfianza. Muchos
probablemente recuerdan todavía la indignación provocada en Inglaterra por los
dueños de las minas durante la gran huelga de Yorkshire, en 1894, cuando
empezaron a procesar a los viejos mineros por recoger carbón en un pozo
abandonado. Y aun dejando de lado los
períodos agudos de lucha y de guerra civil cuando, por ejemplo, decenas de
miles de obreros prisioneros fueron fusilados después de la caída de la Comuna
de París, ¿quién puede leer sin estremecerse las revelaciones de las comisiones
reales sobre la situación de los obreros en 1840 en Inglaterra, o las palabras
de Lord Shaftesbury sobre -el espantoso despilfarro de vida humana en las
fábricas donde trabajan niños toma-, dos de los hospicios, si no simplemente
comprados en toda Inglaterra para venderlos después, a las fábricas». ¿Quién
puede leer todo esto sin sorprenderse por la bajeza de que es capaz el hombre
en su afán de lucro? Pero necesario es
decir que sería erróneo atribuir tal género de fenómeno exclusivamente a la
criminalidad de la naturaleza humana. ¿Acaso hasta una época reciente los
hombres de ciencia, y hasta una parte importante del clero no difundían
doctrinas que inculcaban desconfianza y desprecio, y casi odio a las clases más
pobres? ¿Acaso los hombres de ciencia no decían que desde que la servidumbre
quedó abolida sólo pueden caber en la pobreza los hombres viciosos? ¡y qué
pocos representantes de la Iglesia se ha hallado que se atrevieran a vituperar
estos infanticidios, mientras que la mayoría del clero enseñaba que los
sufrimientos de los pobres y hasta la esclavitud de los negros eran
cumplimiento de la voluntad de la Providencia Divina! ¿Acaso el cisma (non
conformism) mismo en Inglaterra no era en esencia una protesta popular contra
el cruel trato que la iglesia del estado daba a los pobres?
Con tales guías espirituales no es de extrañar que
los sentimientos de las clases pudientes, como observó M. Plimsoll, debían no
tanto embotarse cuanto tomar tinte de clase.
Los ricos raramente se rebajan hasta los pobres, de quienes están
separados por el mismo modo de vida y de quienes ignoran por completo el lado
mejor de su existencia cotidiana. Pero
también los ricos, dejando de lado por una parte la mezquindad y los gastos
irrazonables por otro, en el círculo de la familia y de los amigos se observa
la misma práctica de ayuda y apoyo mutuos que entre los pobres. Ihering y Dargun tenían plena razón al decir
que si se hiciera un resumen estadístico del dinero que pasa de mano en mano en
forma de préstamo amistoso y de ayuda, la suma general resultaría colosal, aun
en comparación con las transacciones del comercio mundial. Y si se agrega a esto -y necesario es
agregarlo- los gastos de hospitalidad, los pequeños servicios mutuos prestados
entre sí, la ayuda para arreglar asuntos ajenos, regalo y beneficencia,
indudablemente nos asombraremos de la importancia
que tales gastos tienen en la economía nacional. Aun en el mundo dirigido por el egoísmo
comercial existe una frase corriente: «Esta firma nos ha tratado duramente», y
está frase demuestra que hasta en el ambiente comercial existen relaciones
amistosas, opuestas a las duras, es decir a las relaciones basadas
exclusivamente en la ley. Todo
comerciante, naturalmente, sabe cuántas firmas se salvan por año de la ruina gracias
al apoyo amistoso prestado por otras firmas.
En cuanto a la beneficencia y a la masa de trabajos
de utilidad pública realizados voluntariamente, tanto por los representantes de
la clase acomodada como de las obreras y, en especial, por los representantes
de las diferentes profesiones, todos saben qué papel desempeñan estas dos
categorías de benevolencia en la vida moderna.
Si el carácter verdadero de esta benevolencia a menudo suele ser echada
a perder por la tendencia a adquirir fama, poder político o distinción social,
a pesar de todo es indudable que en la mayoría de los casos el impulso proviene
del mismo sentimiento de ayuda mutua.
Muy a menudo, los hombres, adquiriendo riquezas, no hallan en ellas las
satisfacciones que esperaban. Otros
empiezan a sentir que a pesar de cuanto han difundido los economistas de que la
riqueza es la recompensa de sus capacidades, su recompensa es demasiado
grande. La conciencia de la solidaridad
humana se despierta en ellos; a pesar de que la vida social está constituida
como para sofocar este sentimiento con miles de métodos astutos, a pesar de
todo, a menudo se sobrepone, y entonces los hombres del tipo arriba indicado
tratan de hallar una salida para esta necesidad alojada en la profundidad del
corazón humano, entregando su fortuna o sus fuerzas a algo que según su opinión
contribuirá al desarrollo del bienestar general.
Dicho más brevemente, ni las fuerzas abrumadoras del
estado centralizado, ni las doctrinas de mutuo odio y de lucha despiadada que
provienen, ordenadas con los atributos de la ciencia, de los filósofos y
sociólogos obsequiosos, pudieron desarraigar los sentimientos de solidaridad
humana, de reciprocidad, profundamente enraizados en la conciencia Y el corazón
humanos, puesto que este sentimiento fue criado por todo nuestro desarrollo
precedente. Aquello que ha sido resultado de la evolución, comenzando desde sus más primitivos estadios, no puede ser
destruido por una de las fases
transitorias de esa misma evolución. Y
la necesidad de ayuda y apoyo mutuos que se ha ocultado quizá en el círculo
estrecho de la familia, entre los vecinos de las calles y callejuelas pobres,
en la aldea o en las uniones secretas de obreros, renace de nuevo, hasta en
nuestra sociedad moderna y proclama su derecho, el derecho de ser, como
siempre lo ha sido, el principal impulsor en el camino del progreso máximo.
Tales son las conclusiones a las cuales llegamos
inevitablemente después de un examen cuidadoso de cada grupo de hechos
enumerados brevemente en los dos últimos capítulos.
CONCLUSION
Si tomamos ahora lo que nos enseña el examen de la
sociedad moderna en relación con los hechos que señalan la importancia de la
ayuda mutua en el desarrollo gradual del mundo animal y de la humanidad,
podemos extraer de nuestras investigaciones las siguientes conclusiones:
En el mundo animal nos hemos persuadido de que la
enorme mayoría de las especies viven en sociedades y que encuentran en la
sociabilidad la mejor arma para la lucha por la existencia, entendiendo,
naturalmente, este término en el amplio sentido darwiniano, no como una lucha
por los medios directos de existencia, sino como lucha contra todas las
condiciones naturales, desfavorables para la especie. Las especies animales en las que la lucha
entre los individuos ha sido llevada a los límites más restringidos, y en las
que la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo,
invariablemente son las especies más numerosas, las más florecientes y más
aptas para el máximo progreso. La
protección mutua, lograda en tales casos y debido a esto la posibilidad de
alcanzar la vejez y acumular experiencia, el alto desarrollo intelectual y el
máximo crecimiento de los hábitos sociales, aseguran la conservación de la
especie y también su difusión sobre una superficie más amplia, y la máxima
evolución progresiva. Por lo contrario,
las especies insaciables, en la enorme mayoría de los casos, están condenadas a
la degeneración.
Pasando luego al hombre, lo hemos visto viviendo en
clanes y tribus, ya en la aurora de la Edad Paleolítica; hemos visto también
una serie de instituciones y costumbres sociales formadas dentro del clan ya en
el grado más bajo de desarrollo de los salvajes. Y hemos hallado que los más antiguos hábitos
y costumbres tribales dieron a la humanidad, en embrión, todas aquellas
instituciones que más tarde actuaron como los elementos impulsores más
importantes del máximo progreso. Del
régimen tribal de los salvajes nació la comuna aldeana de los «bárbaros», y un
nuevo círculo aún más amplio de hábitos, costumbres e instituciones sociales,
una parte de los cuales subsistieron hasta nuestra época, se desarrolló a la
sombra de la posesión común de una tierra dada y bajo la protección de la
jurisdicción de la asamblea comunal aldeana en federaciones de aldeas
pertenecientes, o que se suponían pertenecer a una tribu y que se defendían de
los enemigos con las fuerzas comunes. Cuando
las nuevas necesidades incitaron a los hombres a dar un nuevo paso en su
desarrollo, formaron el derecho popular de las ciudades libres, que constituían
una doble red: de unidades territoriales (comunas aldeanas) y de guildas
surgidas de las ocupaciones comunes en un arte u oficio dado, o para la
protección y el apoyo mutuos. Ya hemos
considerado en dos capítulos, el quinto y el sexto, cuán enormes fueron los
éxitos del saber, del arte y de la educación en general en las ciudades
medievales que tenían derechos populares.
Finalmente, en los dos últimos capítulos se han
reunido hechos que señalan cómo la formación de los estados según el modelo de
la Roma imperial destruyó violentamente todas las instituciones medievales de
apoyo mutuo y creó una nueva forma de asociación, sometiendo toda la vida de la
población a la autoridad del estado.
Pero el estado, apoyado en agregados poco vinculados entre sí de
individuos y asumiendo la tarea de ser único principio de unión, no respondió a su objetivo. La tendencia de los hombres al apoyo
mutuo y su necesidad de unión directa para él, nuevamente se manifestaron en
una infinita diversidad de todas las sociedades posibles que también tienden
ahora a abrazar todas las manifestaciones de vida, a dominar todo lo necesario
para la existencia humana y para reparar los gastos condicionados por la vida:
crear un cuerpo viviente, en lugar del mecanismo muerto, sometido a la voluntad
de los funcionarios.
Probablemente se nos observará que la, ayuda mutua,
a pesar de constituir una de las grandes fuerzas activas de la evolución, es
decir, del desarrollo progresivo de la humanidad, es sólo una de las diferentes
formas de las relaciones de los hombres entre sí; junto con esta corriente, por
poderosa que fuera, existe y siempre existió, otra corriente la de
auto-afirmación del individuo, no sólo en sus esfuerzos por alcanzar la
superioridad personal o de casta en la relación económica, política y
espiritual, sino también en una actividad que es más importante a pesar de ser
menos potable; romper los lazos que siempre tienden a la cristalización y
petrificación, que imponen sobre el individuo el clan, la comuna aldeana, la
ciudad o el estado. En otras palabras,
en la sociedad humana, la autoafirmación de la personalidad también constituye
un elemento de progreso.
Es evidente que ningún esquema del desarrollo de la
humanidad puede pretender ser completo si no se considera estas dos corrientes
dominantes. Pero el caso es que la
autoafirmación de la personalidad o grupos de personalidades, su lucha por la
superioridad y los conflictos y la lucha que se derivan de ella fueron, ya en
épocas inmemoriales, analizados, descritos y glorificados. En realidad, hasta la época actual sólo esta
corriente ha gozado de la atención de los poetas épicos, cronistas,
historiadores y sociólogos. La historia,
como ha sido escrita hasta ahora, es casi íntegramente la descripción de los
métodos y medios con cuya ayuda la teocracia, el poder militar, la monarquía
política y más tarde las clases pudientes establecieron y conservaron su
gobierno. La. lucha entre estas fuerzas
constituye, en realidad, la esencia de la historia. Podemos considerar, por esto, que la
importancia de la personalidad y de la fuerza individual en la historia de la
humanidad es enteramente conocida, a pesar de que en este dominio ha quedado no
poco que hacer en el sentido recientemente indicado.
Al mismo tiempo, otra fuerza activa -la ayuda mutua-
ha sido relegada hasta ahora al olvido completo; los escritores de la
generación actual y de las pasadas, simplemente la negaron o se burlaron de
ella. Darwin, hace ya medio siglo,
señaló brevemente la importancia de la ayuda mutua para la conservación y el
desarrollo progresivo de los animales.
Pero, ¿quién trató ese pensamiento desde entonces? Sencillamente se empeñaron en olvidarla. Debido a esto, fue necesario, antes que nada,
establecer el papel enorme que desempeña la ayuda mutua tanto en el desarrollo
del mundo animal como de las sociedades humanas. Sólo después que esta importancia sea
plenamente reconocida será posible comparar la influencia de una y otra fuerza:
la social y la individual.
Evidentemente, es imposible efectuar, con un método
más o menos estadístico, siquiera una apreciación grosera de su importancia
relativa. Cualquier guerra, como todos
sabemos, puede producir, ya sea directamente o bien por sus consecuencias, más
daños que beneficios, puede producir centenares de años de acción, libres de
obstáculos, del principio de ayuda mutua.
Pero cuando vemos que en el mundo animal el desarrollo progresivo y la
ayuda mutua van de la mano, y la guerra interna en el seno de una especie, por
lo contrario, va acompañada «por el desarrollo progresivo», es decir, la
decadencia de la especie; cuando observamos que para el hombre hasta el éxito
en la lucha y la guerra es proporcional al desarrollo de la ayuda mutua en cada
una de las dos partes en lucha, sean estas naciones, ciudades, tribus o
solamente partidos, y que en el proceso de desarrollo de la guerra misma (en
cuanto puede cooperar en este sentido) se somete a los objetivos finales del
progreso de la ayuda mutua dentro de la nación, ciudad o tribu, por todas estas
observaciones ya tenemos una idea de la influencia predominante de la ayuda
mutua como factor de progreso.
Pero vemos
también que la práctica de la ayuda mutua y su desarrollo subsiguiente
crearon condiciones mismas de la vida social, sin las cuales el hombre nunca
hubiera podido desarrollar sus oficios y artes, su ciencia, su inteligencia, su
espíritu creador; y vemos que los periodos en que los hábitos y costumbres que
tienen por objeto la ayuda mutua alcanzaron su elevado desarrollo, siempre
fueron periodos del más grande progreso
en el campo de las artes, la industria y la ciencia. Realmente, el
estudio de la vida interior de las ciudades de la antigua Grecia, y luego de
las ciudades medievales, revela el hecho de que precisamente la combinación de
la ayuda mutua, como se practicaba dentro de la guilda, de la comuna o el clan
griego -con la amplia iniciativa permitida al individuo y al grupo en virtud
del principio federativo-, precisamente esta combinación, decíamos, dio a la
humanidad los dos grandes periodos de su historia: el periodo de las ciudades
de la antigua Grecia y el periodo de las ciudades de la Edad Media; mientras
que la destrucción de las instituciones y costumbres de ayuda mutua, realizadas
durante los periodos estatales de la historia que siguieron, corresponde en
ambos casos a las épocas de rápida decadencia.
Probablemente se nos replicará, sin embargo,
haciendo mención del súbito progreso industrial que se realizó en el siglo XIX
y que corrientemente se atribuye al triunfo del individualismo y de la
competencia. No obstante este progreso,
fuera de toda duda, tiene un origen incomparablemente más profundo. Después que
fueron hechos los grandes descubrimientos del siglo XV, en especial el de la
presión atmosférica, apoyada por una serie completa de otros en el campo de la
física -y estos descubrimientos fueron hechos
en las ciudades medievales- después de estos descubrimientos, la invención
de la máquina a vapor, y toda la revolución industrial provocada por la
aplicación de la nueva fuerza, el vapor, fue una consecuencia necesaria. Si las ciudades medievales hubieran
subsistido hasta el desarrollo de los descubrimientos empezados por ellas, es
decir, hasta la aplicación práctica del nuevo motor, entonces las consecuencias
morales, sociales, de la revolución provocada por la aplicación del vapor
podrían tomar, y probablemente hubieran tomado, otro carácter; pero la misma
revolución en el campo de la técnica de la producción y de la ciencia también
hubiera sido inevitable. Solamente
hubiera encontrado menos obstáculos.
Queda sin respuesta el interrogante: ¿No fue acaso retardada la
aparición de la máquina de vapor y también la revolución que le siguió luego en
el campo de las artes, por la decadencia general de los oficios que siguió a la
destrucción de las ciudades libres y que se notó especialmente en la primera
mitad del siglo XVIII?
Considerando la rapidez asombrosa del progreso
industrial en el período que se extiende desde el siglo XII hasta el siglo XV,
en el tejido, en el trabajo de metales, en la
arquitectura, en la navegación, y reflexionando sobre los
descubrimientos científicos a los cuales condujo este progreso industrial a
fines del siglo XIX, tenemos derecho a formularnos esta pregunta: ¿No se
retrasó la humanidad en la utilización de todas estas conquistas científicas
cuando empezó en Europa la decadencia general en el campo de las artes y de la
industria, después de la caída de la civilización medieval? Naturalmente, la desaparición de los artistas
artesanos, como los que produjeron Florencia, Nüremberg y muchas otras
ciudades, la decadencia de las grandes ciudades y la interrupción de las
relaciones entre ellas no podían favorecer la revolución industrial. Realmente sabemos, por ejemplo, que James
Watt, el inventor de la máquina a vapor moderna, empleó alrededor de doce años
de su vida para hacer su invento prácticamente utilizable, puesto que no pudo
hallar, en el siglo XVIII aquellos ayudantes que hubiera hallado fácilmente en
la Florencia, Nüremberg o Brujas de la Edad Media; es decir, artesanos
capacitados para realizar su invento en el metal y darle la terminación y
finura artística que son necesarias para la máquina de vapor que trabaja con
exactitud.
De tal modo, atribuir el progreso industrial del
siglo XV a la guerra de todos contra uno significa juzgar como aquél que sin
saber las verdaderas causas de la lluvia la atribuye a la ofrenda hecha por el
hombre al ídolo de arcilla. Para el
progreso industrial, lo mismo que para cualquier otra conquista en el campo de
la naturaleza, la ayuda mutua y las relaciones estrechas sin duda fueron
siempre más ventajosas que la lucha mutua.
Sin embargo, la gran importancia del principio de
ayuda mutua aparece principalmente en el campo de la ética, o estudio de la
moral. Que la ayuda mutua es la base de
todas nuestras concepciones éticas, es cosa bastante evidente. Pero cualesquiera que sean las opiniones que
sostuviéramos con respecto al origen primitivo del sentimiento o instinto de
ayuda mutua -sea que lo atribuyamos a causas biológicas o bien sobrenaturales- debemos
reconocer que se puede ya observar su existencia en los grados inferiores del
mundo animal. Desde estos grados
elementales podemos seguir su desarrollo ininterrumpido y gradual a través de
todas las clases del mundo animal y, no obstante, la cantidad importante de
influencias que se le opusieron, a través de todos los grados de la evolución
humana hasta la época presente. Aun las
nuevas religiones que nacen de tiempo en tiempo -siempre en épocas en que el
principio de ayuda mutua había decaído en los estados teocráticos y despóticos
de Oriente, o bajo la caída del imperio Romano-, aun las nuevas religiones
nunca fueron más que la afirmación de ese mismo principio. Hallaron sus primeros continuadores en las
capas humildes, inferiores, oprimidas de la sociedad, donde el principio de la
ayuda mutua era la base necesaria de la vida cotidiana; y las nuevas formas de
unión que fueron introducidas en las antiguas comunas budistas Y cristianas, en
las comunas de los hermanos moravos, etc., adquirieron el carácter de retorno a las mejores formas de ayuda
mutua que de practicaban en el primitivo período tribal.
Sin embargo, cada vez que se hacia una tentativa
para volver a este venerado principio antiguo, su idea fundamental se extendía.
Desde el clan se prolongó a la tribu, de la federación de tribus
abarcó la nación, y, por último -por
lo menos en el ideal-, toda la humanidad.
Al mismo tiempo, tomaba gradualmente un carácter más elevado. En el cristianismo primitivo, en las obras de
algunos predicadores musulmanes, en los primitivos movimientos del período de
la Reforma y, en especial, en los
movimientos éticos y filosóficos del siglo XVIII y de nuestra época se elimina más y más la idea de venganza o de la
«retribución merecida»: «bien por bien y
mal por mal». La elevada concepción:
-No vengarse de las ofensas-, y el principio: «Da al prójimo sin contar, da más de lo que piensas recibir». Estos principios se proclaman como verdaderos
principios de moral, como principios que ocupan más elevado lugar que la simple «equivalencia», la imparcialidad, la fría justicia, como
principios que conducen más rápidamente mejor a la felicidad. Incitan al hombre, por esto, a tomar por guía, en sus actos, no sólo
el amor, que siempre tiene carácter personal o, en el mejor de los casos,
carácter tribal, sino la concepción de su unidad
con todo ser humano, por consiguiente, de una igualdad de derecho general y, además, en sus relaciones hacia los
otros, a entregar a los hombres, sin calcular la actividad de su razón y de su
sentimiento y hallar en esto su felicidad superior.
En la práctica de la ayuda mutua, cuyas huellas
podemos seguir hasta los más antiguos rudimentos de la evolución, hallamos, de
tal modo, el origen positivo e indudable de nuestras concepciones morales,
éticas, y podemos afirmar que el principal papel en la evolución ética de la
humanidad fue desempeñado por la ayuda mutua y no por la lucha mutua. En la amplia difusión de los principios de
ayuda mutua, aun en la época presente, vemos también la mejor garantía de una
evolución aún más elevada del género humano.

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