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jueves, 26 de marzo de 2026

Libro N° 13290. De La Utopía Al Autoritarismo. Cine Para Pensar. Carrión Castro, Julio César.

 


© Libro N° 13290. De La Utopía Al Autoritarismo. Cine Para Pensar. Carrión Castro, Julio César. Emancipación. Diciembre 14 de 2024

 

Título Original: © DE LA UTOPÍA AL AUTORITARISMO. Cine para pensar. Julio César Carrión Castro

 

Versión Original: ©  De La Utopía Al Autoritarismo. Cine Para Pensar. Julio César Carrión Castro

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://web.whatsapp.com/+57 312 5107507 ~Julio Carrión CASTRO

 

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Portada E.O. de Imagen original:

https://web.whatsapp.com/+57 312 5107507 ~Julio Carrión CASTRO

 

 

 

© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE LA UTOPÍA AL AUTORITARISMO

Cine para pensar

Julio César Carrión Castro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE LA UTOPÍA AL AUTORITARISMO

Cine para pensar

Julio César Carrión Castro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio César Carrión Castro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE LA UTOPÍA AL AUTORITARISMO

 

CINE PARA PENSAR


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título: DE LA UTOPÍA AL AUTORITARISMO Cine para pensar

 

Autor: Julio César Carrión Castro

 

Editor: Ediciones Ego Ludens

 

2024 Primera edición

 

Ibagué - Tolima - Colombia

c

 

Impresor: Premisa comunicación gráfica

 

Licencia Creative Commons.

 

Permitido el derecho de uso, conservando derechos de autor.

 

Se permite la reproducción, distribución y comunicación pública sin autorización, siempre con reconocimiento de la autoría.


 


 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Las llamadas “tecnologías de la comunicación social” cine, radio, televisión, fotografía, internet... han llevado, indiscutiblemente a la constitución de esa “sociedad del espectáculo” que describiera Guy Debord, sociedad en la cual los aspectos de la vida han sido atrapados por un entramado de apariencias, simulaciones, fantasías y espectacularidad. Ya no se trata de simples imágenes que agobian, sino que constituyen fundamento de las relaciones sociales que han llevado al total uniformismo de las masas y al patológico comportamiento de la competitividad y la figuración.

 

Ese propósito de entender toda la vida como un espectáculo se alcanza, no solo por la mediatización de todos esos aspectos de la comunicación, la investigación, el trabajo y el entretenimiento, sino por la enorme dependencia y servidumbre tecnológica que ello implica.

 

Dichos medios se han convertido en instrumentos de control y regulación social al servicio de grupos hegemónicos. Gracias a la supuesta “información”


que manipulas dichos medios, se logró el aislamiento de lo individuos, de la auténtica participación política y comunitaria, se les ha alejado de sus sueños y utopía, sometiendolos totalmente al autoritarismo y a la infocracía que señalara Byung-Chul Han.

 

No obstante, queremos afirmar que el cine también nos permite entender mecanismos de sometimiento y control y, así mismo, vislumbrar posibilidades emancipatorias, nuevas opciones para la realización de nuestra utopía


 

 

 

 

DE LA UTOPÍA AL AUTORITARISMO -Miradas desde el cine y la literatura-

 

“Las películas complementan la vida real. Dan color a las encuestas de opinión pública. Potencian nuestra conciencia de lo intangible y reflejan los cursos ocultos de nuestra experiencia…”

 

Siegfried Kracauer

 

 

 

Premisas para la posible realización de la utopía

 

Herbert Marcuse en “El fin de la utopía” ha dicho:

 

Todas las fuerzas materiales e intelectuales necesarias para la realización de una sociedad libre están presentes. Y el hecho de que no se apliquen efectivamente a ello se debe exclusivamente a la movilización total de la sociedad existente contra su propia posibilidad de liberación”. Con las fuerzas productivas actuales es posible eliminar el hambre y la miseria, pero esto no se ha cumplido y la concreción de la utopía no sólo soporta su permanente aplazamiento, sino, por el contrario, pareciera que hay mayores probabilidades de realización de las catastróficas y terribles distopías elaboradas


Bajo la experiencia del llamado “socialismo realmente existente”, más que aproximarse, la utopía se alejó; porque el socialismo centrado en la formación del hombre integral, se extravió tras la búsqueda de procesos que garantizaran el aumento de la productividad del trabajo, en el impulso a una civilización industrial que asume el progreso ligado a la destructividad y a la barbarie ecológica, en la carrera armamentista y el apoyo al complejo industrial-militarista, en la sumisión a los trabajos alienantes, en la persistencia de las desigualdades sociales, la negación de las libertades y, en general, en el mantenimiento de una pesada maquinaria estatal.

 

Todos tenemos claro que, a pesar de las predicciones de Marx –y de tantos otros socialistas, libertarios y autoritarios–, la burguesía no ha producido “sus propios sepultureros”, ni vemos cercano, ni posible, el triunfo del proletariado. Por el contrario, el capitalismo aún es fuerte y no ha sido derrocado, aunque hoy como ayer, en los orígenes del movimiento comunista, nos quede la esperanza de alcanzar la “conquista de la democracia”, mediante un permanente compromiso con el “ Principio esperanza”, y el empleo de múltiples formas de oposición y resistencia.


Una nueva estrategia para la transición al socialismo, para la realización de la utopía, debe contemplar no sólo la abolición de la propiedad privada, sino las posibilidades de un “giro hacia el interior”, hacia la subjetividad, reconquistar para el marxismo su idealismo original, escarbar en todo aquello que hace posible la aceptación de lo dado, así como los mecanismos que llevan a la formación de las personalidades subalternas y autoritarias.

 

En todo caso es evidente que los diversos modelos revolucionarios reputados de marxista-leninistas, ya han sido históricamente superados.

 

PELÍCULAS PARA TRATAR DE ENTENDER EL CARÁCTER AUTORITARIO Y EL ECLIPSE DE LAS UTOPÍAS

 

El uso del término “fascismo” como categoría histórica, la utilización banal y caprichosa de dicha noción, y de otras de más amplia tradición marxista como la del “bonapartismo”, para caracterizar expresiones administrativas o formas de gobierno de la actual etapa de la dominación capitalista, por parte de nuevas expresiones del análisis de la política latinoamericana, ha contribuido, según Atilio Borón, a ampliar la confusión reinante y a la adopción de


estrategias equivocadas para la confrontación a la hegemonía y la dominación burguesa.

 

“El punto de partida más elemental para esta discusión requiere situar exactamente el nivel en el cual se va a colocar el análisis del fascismo. No se trata aquí de estudiar a la “personalidad autoritaria”, tal y como ella se revela a partir de la “marcha” imparable del “progreso” la aplicación de la famosa escala “F” (por fascismo) y con la cual las ciencias sociales norteamericanas de los años cincuenta intentaron explicar el fenómeno del “totalitarismo”. Esta línea de análisis, íntimamente vinculada a las necesidades propagandísticas originadas durante los años de guerra fría, situaba el problema del fascismo a nivel del individuo: había, por lo tanto, personalidades “fascistas” cuyo comportamiento coloreaba la gestión de los “totalitarismos”, fueran éstos de derecha o de “izquierda”. El fascismo quedaba así diluido como una mera prolongación en el plano del e s t a d o y e l r é g i m e n p o l í t i c o d e l a s psicopatologías individuales, y de paso la sociedad capitalista quedaba absuelta de culpa y cargo por haberlo engendrado.


La perspectiva teórica que hemos adoptado aquí nos conduce al estudio del estado capitalista en su conjunto: el fascismo aparece entonces como una forma históricamente determinada a partir de la cual una burguesía acorralada por sus antagonistas domésticos y sus rivales externos reorganiza su hegemonía sobre las demás clases de la sociedad e impone sus nuevas condiciones de dominación a sus aliados y a sus adversarios. Comprender el fascismo nos exige, por consiguiente, develar la naturaleza del nuevo “pacto de dominación” sellado por las distintas fracciones de la burguesía y algunas categorías sociales como la burocracia y las fuerzas armadas, merced al cual las clases dominantes tratan de resolver en una dirección favorable a sus intereses una situación de crisis orgánica. Toda vez que el deterioro en la capacidad hegemónica de la clase dirigente hace que la supervivencia de la dominación burguesa pase a descansar casi exclusivamente en la eficacia de las instituciones represivas. la perspectiva teórica que hemos adoptado aquí nos conduce al estudio del estado capitalista en su conjunto: el fascismo aparece entonces como una forma históricamente determinada a partir de la cual una burguesía acorralada por sus antagonistas


domésticos y sus rivales externos reorganiza su hegemonía sobre las demás clases de la sociedad e impone sus nuevas condiciones de dominación a sus aliados y a sus adversarios como afirma Gramsci cuyas consecuencias son por una parte la perentoria liquidación de la institucionalidad democrático-liberal y, por la otra, el acelerado reemplazo de las dirigencias políticas tradicionales de la burguesía por aquello que Harold Laski acertadamente denominara una “elite de forajidos”. Confrontado ante una coyuntura crítica de la lucha de clases en donde palpita una situación prerrevolucionaria el estado capitalista procede a la cruenta pero efectiva desmovilización de la clase obrera y a la desactivación del peligro insurreccional.

 

El profesor Borón, tiene la razón al criticar el uso trivial e insubstancial de las categorías históricas y políticas, sin embargo no compartimos sus apreciaciones respecto a los estudios realizados acerca de los procesos referidos a la conformación de la personalidad autoritaria y pretendemos, mediante el análisis de algunas películas, hacer una especie de seguimiento a la formación de la personalidad autoritaria y su incidencia en el ascenso del fascismo,


tal como se desprende de las teorías freudianas, de los planteamientos teóricos de escritores como Heinrich y Klaus Mann y por los estudios hechos por Horkeheimer, Adorno, Marcuse, Erich Fromm, Wilhem Reich y otros destacados intelectuales de la Escuela de Francfort, quienes a partir de sus rigurosos textos, analizaron la genealogía, la formación y las particularidades del carácter y la personalidad autoritaria, como uno de los fundamentos de la estructura de la sociedad autoritaria burguesa que produce y reproduce en todas sus instituciones, individuos sumisos que con su resignación cotidiana y sus ansias de acomodamiento, permanentemente reeditan y revitalizan todo el sistema social en su conjunto y permiten que esa “burguesia acorralada” reorganice su hegemonía.

 

No compartimos aquellas perspectivas que ven el fascismo exclusivamente como una expresión patológica de la personalidad de algunos individuos, pero tampoco aceptamos que el fascismo sea solamente el resultado de una formación histórica determinada, como una consecuencia lógica derivada solamente del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción. Aquellos estudios centrados únicamente en el examen de los


regímenes políticos, en la constitución de los partidos políticos y su inserción en la estructura del Estado, no toman en cuenta la relación de los individuos con la autoridad y con los organismos de poder, los procesos de formación y degradación del carácter y la influencia de los mecanismos de regulación y normalización social, como la familia y la escuela. Este tipo de análisis, a su vez, pueden llevar a la consideración de que “totalitarismos” no son más que “fenómenos aislados”, equivocaciones o excepciones en el curso de la historia, distracciones en la marcha triunfal de la civilización y del “progreso”, como lo han entendido los teóricos liberales y algunos marxistas tradicionales que suelen desconocer el factor individual en la historia y por supuesto en la génesis del fascismo.

 

Como lo ha dicho Pedro García Olivo, “esta tesis, es grata a los políticos y a los gobernantes, pues legitima la Democracia 'por contraste' (el monstruo habita fuera de ella; es su contrario absoluto) y tranquiliza de paso a las poblaciones -Auschwitz no se repetirá: hemos enterrado en sal su semilla-, no carece de dificultades internas y mantiene algunas cuestiones en la penumbra: aunque, una vez asentadas en el aparato del Estado, las formaciones fascistas 'minaron' desde dentro el régimen liberal, su robustecimiento electoral y su ascenso político se produjeron en el


respeto y en la observancia de las “reglas del juego”

 

democráticas -legalización, comicios, alianzas... La

 

ciudadanía  quiso  el  fascismo  y  la  democracia  lo

 

condujo  hasta  donde  debía  llegar:  la  cúpula  del

 

Estado...”

 

Si bien planteamientos como los esgrimidos por Atilio Borón comportan validez histórica, no podemos desconocer, en primera instancia, que lo que solíamos llamar excepcionalidad hoy constituye la regla, la norma cotidiana de funcionamiento de los estados contemporáneos, inscritos ya en una especie de fascismo democrático, pues, estamos seguros, la llamada democracia liberal inexorablemente ha conducido a esta modalidad nueva, original, de “fascismo” democrático, o democracia fascista, fenómeno que, paradójicamente, lo deja entrever en sus planteamientos el propio Atilio Borón al afirmar en las conclusiones del texto citado que, “una investigación concreta -para la cual aquí no se ha hecho sino sugerir algunos criterios teóricos que podrían orientarla- sobre estos regímenes, su naturaleza de clase y su funcionamiento, y sobre el carácter del desarrollo capitalista en la periferia, permitirían arribar a la conclusión de que las formas del Estado capitalista asumidas por los clásicos del m a r x i s m o c o m o “ e x c e p c i o n a l e s ” s e h a n transformado en la modalidad “normal” de dominación burguesa en el capitalismo dependiente y periférico”.


Además, la presencia, la naturaleza y la estructura de

 

la personalidad autoritaria, la existencia de aquellos

 

individuos, incluso hasta sádicos y necrófilos que,

 

como  lo  estudió  Erich  Fromm,  permanecen

 

agazapados  y  latentes  viviendo  sus  particulares  e

 

insípidas vidas y haciendo un daño limitado a los

 

estrechos  marcos  familiares  o  a  sus  cercanías

 

laborales, hasta “cuando las fuerzas de la destrucción

 

y el odio amenazan anegar todo el cuerpo político, esa

 

gente se vuelve enormemente peligrosa; son los que

 

ansían servir al gobierno y ser sus agentes para

 

aterrorizar, torturar y matar”.

 

No se trata, claro está, de una especie de “naturaleza humana” atemporal y demoniaca, que súbitamente irrumpe en el escenario histórico para imponer arbitrariamente su agresividad o “malignidad”, sino, de un potencial de destructividad previamente fomentado desde las estructuras educativas y reguladoras de la sociedades burguesas, que aflora cuando específicas circunstancias sociales y políticas lo reclaman, entonces estos individuos se consideran indispensables y sacan a relucir sus ansias de poder, su oportunismo, su ardiente deseo de escalar posiciones.

 

En todo caso no se pueden hacer reduccionismos, ya que son muchos los factores que operan en el proceso


de formación de la personalidad, que favorecen o no la

 

estructuración  de  un  carácter  autoritario,  tanto

 

referidos a los lazos familiares, como los atinentes a

 

los espacios sociales y culturales en que acontece la

 

vida particular y privada de estos individuos.

 

Alice Miller en su libro “Por tu propio bien” señala, por ejemplo, el papel devastador de la familia y de la escuela en el condicionamiento temprano de los niños para la formación de una personalidad autoritaria, gracias a la permanente promoción de la obediencia y de la sumisión como principales elementos de la educación. Dice Alice Miller: “Entre todas las figuras prominentes de Tercer Reich no he encontrado a una sola que no hubiera tenido una educación rígida y severa. ¿No debería esto invitarnos a reflexionar?”

 

La “saludable normalidad”, la adaptación acrítica a la normatividad social establecida, produce en estas p e r s o n a s c a r e n c i a d e a u t o n o m í a y s i m p l e acomodamiento . “Quienes han presenciado transformaciones políticas bruscas se refieren una y otra vez a la asombrosa facilidad con que mucha gente logra adaptarse a la nueva situación. De la noche a la mañana pueden defender convicciones que se contradicen plenamente con las que defendían el día anterior, sin que su actitud les choque. El ayer se desvanece para ellos con el cambio de poder”. Permanecer fieles a sí mismos a sus sentimientos o a


sus convicciones, no hace parte de la personalidad autoritaria que en el fondo es sumisa y obediente.

 

Entendemos que el cine constituye una crítica política y social, y que puede contribuir a los procesos emancipatorios, por ello, trataremos de rastrear mediante el ciclo de películas que hemos escogido, las tesis centrales y los fundamentos de la conformación de este tipo de personalidad, que pareciera campear hoy en el mundillo del capitalismo tardío que nos rodea y agobia.

 

Presentaré a continuación algunos datos, opiniones, análisis y reseñas, tanto de los autores de las obras en que se basan estos filmes, como de las propias novelas y películas, para tener un mejor acercamiento al contexto socio-político e histórico de las obras en mención


LAS PELÍCULAS

 

I. LA SUBALTERNIDAD

 

1.- El Ángel azul de Josef von Sternberg (1930)

 

2.- El súbdito de Wolfgang Staudte (1951)

3.- Mefisto de István Szabó (1981)

4.- El conformista de Bernardo Bertolucci (1970)

5.- El portero de noche de Liliana Cavani (1974)

6.- Saló -o los 120 días de Sodoma- de Pier Paolo Pasolini (1976)

7.- La ola de Dennis Gansel (2008)

 

II. INDIVIDUO Y ESTADO

 

8.- 1984 de Michael Radford (1984)

 

9.- Sin novedad en el frente – de Lewis Milestone

(1930)

10.- Jhonny cogió su fusil de Dalton Trumbo

(1971)

11.- El odio de Mathieu Kassovitz (1995)

12.- Hijos del hombre de Alfonso Cuarón (2006)


HEINRICH MANN (1871-1950)

 

Ensayista, novelista y d r a m a t u r g o a l e m á n , n a c i d o e n L ü b e c k y p r i v a d o d e s u nacionalidad alemana d u r a n t e e l r é g i m e n nacionalsocialista en Alemania.

 

Después de 1910, Mann comenzó a publicar su trilogía Das Kaiserreich

 

(El Imperio). Su primer libro, Der Untertan, fue prohibido durante la Primera Guerra Mundial, pero apareció en 1918 y obtuvo un gran éxito. La historia siguió a la subida de la oportunista Diederich Hessling, cuyo padre dirige una fábrica de papel.

 

Como su hermano menor Thomas Mann, Heinrich escribió novelas sobre los distintos estratos de la sociedad alemana y sobre la búsqueda de la propia r e a l i z a c i ó n . S u r e t r a t o f r a g m e n t a r i o d e l provincianismo en Profesor Unrat (1905) fue la base de la célebre película de von Sternberg, El ángel azul (1930).


Los señalamientos de Mann contra los aspectos autoritarios de la sociedad alemana de la etapa anterior a la I Guerra Mundial se encuentran en su trilogía El imperio (1917-1925).

 

Durante el periodo de la República de Weimar, Mann también escribió ensayos en los que insistía en la necesidad de una verdadera democracia en Alemania. Tuvo que salir de Alemania en 1933 cuando los nazis llegaron al poder y le retiraron la nacionalidad, instalándose primero en Checoslovaquia y después en Estados Unidos, en Los Ángeles.

 

La obra mayor de su madurez, una novela histórica en dos partes sobre Enrique IV de Francia. El rey Enrique IV (1935, 1938), trata de los usos justos del poder. La dureza en la expresión de sus opiniones y su falta de precisión como escritor le impidieron alcanzar reconocimiento inmediato, aunque recientes estudios críticos son más positivos con su obra. (Fuente: Encarta)


EL ÁNGEL AZUL

 

- PROFESOR UNRAT -

 

Rubén Jaramillo Vélez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El título original de esta novelita temprana de Heinrich Mann era: Professor Unrat -el fin de un tirano, cuando apareció en 1905, provocando de inmediato escozor y escándalo entre los burgueses de Lübeck -la ciudad natal del escritor- que la consideraron una parodia infamante con la cual éste había querido mofarse de las “buenas costumbres” y las severas tradiciones hanseáticas de la villa portuaria, una de cuyas familias


patricias lo era precisamente la del senador y cónsul Thomas Johann Heinrich Mann, el padre del autor. Sin embargo, la obra se inmortalizó con el título de su versión cinematográfica: la adaptación de Carl Zuckmayer que, con la actuación estelar de Emil Jannigs y Marlene Dietrich, se convirtió, bien pronto después de su estreno en Berlín en 1931, en uno de los primeros éxitos de resonancia mundial de la cinematografía alemana. También en la traducción a otras lenguas se prefirió desde entonces este título, el cual corresponde en el desarrollo de la obra al nombre de una taberna y lugar de diversiones al que su protagonista -el mencionado profesor- acude, obsesionado por conocer a la famosa cantante Rosa Froehlich, de la cual, al parecer, se ha enamorado uno de sus odiados discípulos del Liceo. El encuentro con la joven, bella, inocente y voluptuosa artista cambiará por completo su vida. Se enamorará de ella y terminará desposándola, convirtiendo su propia casa en una especie de garito, después de verse obligado a abandonar la escuela y ser rechazado decididamente por sus colegas y los padres de familia.

 

El profesor Unrat se llamaba en realidad Raat, pero sus alumnos habían tomado por costumbre llamarlo con


ese mote ofensivo, por el cual era conocido en toda la ciudad: Unrat significa en alemán basura, desecho. Aunque el viejo maestro de literatura y lenguas clásicas tratara de aterrorizar de continuo a sus pupilos adolescentes con sus amenazas e insultos, aunque en sus ademanes y en su forma de expresarse acusara una peculiar solemnidad, tratando a todo momento de infundir un sentimiento de temor y de mantener cierta aura de respetabilidad y dignidad, era en el fondo y en realidad un pobre hombre, un individuo solitario e insignificante, el Spiessbürger, el típico filisteo alemán. Mann, que se había iniciado como escritor con el siglo, con una sátira mordaz sobre la alta sociedad y el mundo de las altas finanzas berlinesas –“En el país de Jauja”, su primera novela, en la cual es claramente perceptible el influjo de dos grandes realistas franceses: el Zola de “Nana” y el Maupassant del “Bel-Ami”-, inauguraba con esta obrita una indagación que iría a permanecer luego como obsesión a lo largo de toda su producción literaria, pasando por “El súbdito” y su gran novela sobre Enrique IV de Navarra, el rey bueno, el humanista y amigo de Montaigne, su consejero, al que quiso presentar desde el éxito francés como modelo y paradigma a la humanidad europea apesadumbrada


por la pesadilla del fascismo, unos cuantos años antes de que estallara la segunda guerra mundial. La obsesión por desenmascarar los mecanismos del poder, por mostrar de qué manera éste deforma a los hombres, los escinde, los hace insinceros, mezquinos, banales… En el caso que venimos analizando intentaba una representación arquetípica de ese espécimen tan característico de la clase media alemana en la era guillermínica: el pequeño burgués que se cree “algo especial” porque ha tenido acceso a la “cultura” -en particular la cultura clásica- y desprecia a los otros o los odia, aunque en realidad se desprecia y se odia a sí mismo, y que lleva una vida miserable e ilusoria a base de compensaciones reactivas y consuelos fantásticos que nunca logran hacerle olvidar efectivamente su soledad y desamparo. Veámoslo en una página magistral en la cual el autor hace gala de su extraordinaria capacidad de síntesis y su aguda intuición crítica.

 

También Unrat en su casa producía una impresión más bien mezquina; pero por lo menos tenía en su cabeza la posibilidad de conversar sobre la gramática de sus obras con viejos príncipes del ingenio -si acaso hubieran regresado- en su propia lengua. El mismo


era un desgraciado, pobre, desconocido; nadie sabía cuál era la importante obra en la que trabajaba desde hacía veinte años. Pululaba por entre el pueblo como un ser insignificante, incluso se había convertido en objeto de burlas; pero estaba convencido de pertenecer a las clases dominantes. Ningún banquero, ningún monarca participaba tanto del poder y estaba más interesado que él en la conservación del orden establecido. Se apasionaba por todas las autoridades y en la intimidad de su estudio se llenaba de rencor contra los trabajadores que, si hubieran alcanzado sus objetivos, habrían logrado probablemente que su sueldo fuera algo mejor. Con aire sombrío advertía a los jóvenes profesores asistente, todavía más tímidos que él y con los cuales se atrevía a hablar con su tan característico lenguaje, contra los funestos afanes del espíritu moderno por socavar los fundamentos de los establecido. Él los quería sólidos: una iglesia influyente, sables marciales, una obediencia estricta y c o s t u m b re s s e v e r a s . Y, s i n e m b a rg o , e r a personalmente en extremo incrédulo y capaz del liberalismo más absoluto. Pero como tirano sabía cómo se mantiene a los esclavos y cómo se debía contener a la chusma, al enemigo, a los cincuenta mil pupilos rebeldes que le acosaban. Al parecer, su


alumno Lohman mantenía relaciones con la artista Froehlich; Unrat se ruborizaba de sólo pensarlo, y no podía ser de otra manera. Pero el alumno Lohman se convirtió en un malhechor porque, por el disfrute de placeres prohibidos, se había sustraído a la severa disciplina impuesta por el profesor. No era la ingenuidad moral lo que hacía encolerizar a Unrat…”.

 

Nos encontramos aquí con un boceto magistral que de algún modo anticipa el grande y más complejo estudio sobre el carácter autoritario (o “masoquista”, como lo llamará años más tarde el sicoanalista Erich Fromm) que nos presenta Mann en “El Súbdito”, la primera novela de la trilogía sobre la era de Guillermo, el snob, en la cual comenzará a trabajar justo después de publicar la novelita que venimos comentando, de la manera más concienzuda. Pero descubrimos aquí ya lo definitivo, eso que caracterizará su ethos de escritor y de intelectual democrático: el temple moral, la voluntad de verdad, la desconfianza frente a la arrogancia del poder y de quienes se identifican con él.


PELÍCULA EL ÁNGEL AZUL (1930)

 

Director: Josef von Sternberg.

 

Reparto: Eduard von Winterstein, Emil Jannings, Hans Albers, Hans Roth, Kurt Gerron, Marlene Dietrich, Reinhold Bernt, Rosa Valetti.

 

 

 

 

 

 

 

CÓDIGO QR

 

 

 

 

 

Link para descargar la película

 

 

Sinopsis: El ángel azul (Der Blaue Engel, 1930) cuenta la historia de la trágica caída de un profesor alemán como resultado de su enamoramiento de una cantante de cabaret de clase inferior. La película que se basa en la novela Profesor Unrat, de Heinrich Mann, es un crudo ataque a la hipocresía y el fariseísmo de la sociedad alemana en el período previo a la Segunda Guerra Mundial.


El profesor Rath (Emil Jannings) es un profesor respetado en su ciudad que además es temido por sus alumnos. Cuando se enamora de Lola-Lola (Marlene Dietrich), la cantante de cabaret y abandona su posición en la sociedad. El profesor asiste al cabaret "El Ángel Azul" donde pretende sorprender a sus alumnos, sin embargo, lo que encuentra son los encantos de Lola Lola, la cantante que lo seduce. El profesor inicia así, un viaje a la degradación moral: abandona sus clases, se casa con la cantante y viaja por el mundo con la compañía de Cabaret.

 

El Ángel Azul es la primera película sonora alemana que tiene importancia, debido al “escándalo” que generó la presencia de Marlene Dietrich. Quien se hizo famosa por el cautivador baile en el que muestra sus piernas, por su sombrero de copa y su envolvente voz ronca.


ESPLENDOR Y MISERIA DE UN PEDAGOGO

 

Por Julio César Carrión Castro

 

 

La corriente intelectual, teológica y política que imperó durante toda la Edad Media, ejerciendo una dictadura ética y espiritual a nombre de la Iglesia apostólica y romana, bajo el nombre de Escolástica, delegó en los maestros una gran autoridad ante todos los creyentes y, particularmente, frente a sus discípulos. Autoridad que se puede sintetizar en la locución latina 'Magister dixit', que significa “el maestro lo ha dicho”, con lo cual se pretendía establecer, y hacer respetar, la supuesta preeminencia de los educadores sobre los demás mortales. Argumento de autoridad blandido contra toda pretensión de desconocer o socavar esa jerarquía y mando. Potestad conferida y encomendada a los maestros, por parte de la Iglesia –Mater et magistra– y sus jerarcas, como representantes de Dios acá en la tierra, y que algunos rebeldes pudieron llegar a cuestionar. De esta manera fue investido el podercito de los educadores en estas sociedades de la llamada civilización occidental y cristiana, como hemos dicho, desde finales de la temprana Edad Media.

 

Heinrich Mann (1871 – 1950), hermano mayor de Thomas Mann, publicó en el año 1905 la novela Professor Unrath –El fin de un tirano– con la intención, de burlarse de las “gentes de bien”, de los


buenos burgueses, defensores de las buenas costumbres y las tradiciones establecidas en la rigurosa Alemania de finales del siglo XIX y comienzos del XX, enfatizando, precisamente, en el sarcasmo frente a esa fingida autoridad de los maestros.

 

La obra es un penetrante ensayo acerca de la formación y vigencia de la que, luego de los análisis de Horkeheimer y Adorno, habría de denominarse “la personalidad autoritaria”. Es el retrato de un muy opaco pero arrogante filisteo, de un sujeto pequeño burgués, defensor acérrimo del statu quo, de las tradiciones y de las estructuras de gobierno, que pretende imponer desde las aulas el respeto por todo lo establecido y sancionado por los organismos de poder.

 

Como ya se ha dicho en tantas oportunidades, la estructura de las personalidades autoritarias, nacidas y establecidas bajo las reglas conductuales y de regulación social funcionales a los intereses de los grupos hegemónicos, con sus normas e instituciones, no obedece a la existencia de algunos sujetos sádicos, “anormales” o afectados por malignas patologías, sino que, se trata de individuos “normales” y muy bien “adaptados”, que permanecen agazapados, llevando sus insulsas vidas y causando apenas un daño limitado en sus entornos familiares, laborales o sociales. No se trata del afloramiento de una especie de naturaleza humana demoníaca que, súbitamente irrumpe en el escenario histórico para imponer arbitrariamente su


agresividad o “malignidad”, sino, de un potencial de destructividad previamente fomentado desde las estructuras educativas y reguladoras de las sociedades b u r g u e s a s , q u e s u r g e c u a n d o e s p e c í fi c a s circunstancias sociales y políticas lo reclaman. Es cuando estos individuos se consideran indispensables y sacan a relucir sus ansias de poder, su oportunismo, su ardiente deseo de obedecer y hacer cumplir las normas, para, de contera, ganar “respetabilidad” y escalar posiciones.

 

En todo caso no se pueden hacer reduccionismos, ya que son muchos los factores que operan en el proceso de formación de la personalidad, que pueden favorecer la estructuración de un carácter autoritario, tanto referidos a los lazos familiares, como los atinentes a los espacios sociales y culturales en que acontece la vida particular y privada de estos individuos. Alice Miller en su libro “Por tu propio bien” señala, precisamente, el papel devastador de la familia y de la escuela en el condicionamiento temprano de los niños para la formación de una personalidad autoritaria, gracias a la permanente promoción del rigor, de la obediencia y de la sumisión como principales elementos de la educación.

 

Esta pequeña novela es, así mismo, una detallada descripción de la decadencia y ocaso, que ya mostraba por entonces, la cultura burguesa, otrora impulsora de los intereses emancipatorios y de la autonomía individual, que proyectara en sus orígenes el


revolucionario movimiento humanista de la Ilustración. Es, también, una crítica a la moral establecida y a toda esa mitología del “bien”, en que farisaicamente se sostienen estas sociedades del simulacro y la apariencia. Todos esos mecanismos ocultos de poder son puestos en evidencia por Heinrich Mann en esta obra que, luego, en 1930 –hace algo más de 90 años–, sería llevada al cine por Josef von Stemberg, bajo el título de “El ángel azul”.

 

La película, al igual que el libro, se empeña en señalar la mezquindad y la bajeza intelectual y moral de una sociedad compuesta por individuos carentes de a u t o n o m í a y d e d i g n i d a d , p r e o c u p a d o s exclusivamente por las apariencias y satisfechos plenamente en identificarse con las autoridades y las figuras de poder.

 

El profesor Immanuel Raat, a quien sus alumnos chistosamente llaman “Unrat” – en alemán literalmente: “basura” – y quien es interpretado en el film por Emil Jannings, es ese opaco catedrático que asume, precisamente una postura de autoridad a x i o l ó g i c a y e p i s t e m o l ó g i c a , f r e n t e a s u s atemorizados alumnos que, aparentan temerle, mientras se mofan a espaldas del prepotente Magister, quien, cual cancerbero de la moral y las buenas costumbres, persigue a sus adolescentes discípulos hasta el bar denominado Der Blaue Engel –El Ángel Azul, en alemán– donde regularmente se presenta la corista –o stripper, diríamos hoy– llamada “Lola”


–interpretada en el filme por la bella Marlene Dietrich–, que logra provocar y obsesionar al riguroso maestro, envolviéndolo con sus encantos, hasta hacer de él una especie de esclavo. Entonces, el prepotente pequeño burgués, prevalido de ser docto, sabio, erudito, ilustrado y poderoso maestro-policía, guardián de la moral, el pensamiento y la cultura, rendido ante la dulce, bella y voluptuosa cantante, renuncia a su ilusoria y falsa “dignidad” y termina, vergonzosamente, convertido en un miserable payaso y rey de burlas, que acompaña las giras de la artista.

 

Finalmente, el gran Magister, ahora simple bufón, se ve forzado a retornar a su antigua ciudad donde, por supuesto, le aguarda el escarnio público, de una sociedad, de unos “ciudadanos de bien”, ya ganados para una conciencia abiertamente fascista y totalitaria, que saludarían alborozados el triunfo electoral de su redentor y mesías, Adolf Hitler y su partido Nazi, a comienzos del año 1933.


EL SÚBDITO

 

(novela de Heinrich Mann)

Comentario de Rubén Jaramillo Vélez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Heinrich Mann comenzó a trabajar en esta novela ya en el invierno de 1906/1907. Entre sus papeles y cuadernos de apuntes se han encontrado documentos muy interesantes, algunos de ellos afectivos, que atañen a su problemática. Como la correspondencia con su abogado -el doctor Maximilian Brantl, de München- a quien consulta en una carta del 18 de noviembre de 1912 sobre la posibilidad de que un joven abogado recién graduado, hijo de un ciudadano


prominente de Netzig, pudiese ya, sin la debida experiencia en los tribunales, asumir la defensa de Diederich Hessling, el “neoteutón”, protagonista de su novela. Y el 29 de diciembre: “Mil gracias también por sus consejos en materia de derecho procesal. Al ofensor de su majestad le alcanza ya el rayo divino”. El 1º de enero de 1913 puede escribirle al mismo Hessling: “No puedo menos que felicitarlo por su actitud. ¡Secar el polvo! Quien a usted se opone es pulverizado. ¡Con leal y alemán saludo! H.M.”

 

De Balzac se cuenta que preguntaba por el estado de salud de sus personajes en las reuniones sociales, y Heinrich Mann se preocupaba por la buena preparación de sus defensores. En sus memorias (1945) escribiría: “Me documenté sobre la novela del burgués alemán bajo Guillermo II desde el año 1906. Terminé el manuscrito en 1914, dos meses antes del estallido de la guerra que aparece cercano e inevitable en el libro. También la derrota alemana. El fascismo también: si se considera la figura del “sùbdito” desde la posteridad. Cuando lo concebí me faltaba el concepto del fascismo que se veía llegar, pero no la intuición”.


La publicación por entregas se había iniciado ya en enero del 14, tanto en la revista muniquesa “Zeit im Bild” como en una revista literaria de San Petersburgo, que ya había publicado traducciones de algunos relatos del autor. Con el estallido de la guerra, en agosto, se suspendió la edición alemana, lo cual tuvo como consecuencia el que la novela apareciera primero en idioma ruso, por entregas, y luego como libro, ya en 1915. En 1916 se realizó una edición privada en alemán, de sólo diez ejemplares. Pero con la revolución de noviembre y la caída de Guillermo II se crearon condiciones más que favorables para su difusión. Su primera edición en diciembre de 1918 consagró definitivamente al autor: se vendieron cien mil ejemplares en las primeras seis semanas que siguieron a su publicación.

 

“Historia del alma pública bajo Guillermo II”, así reza el subtítulo de la novela en el manuscrito del autor. Y su intención era precisamente ésa: describir minuciosamente, con la conciencia de escritor social y estilo realista que tanto admiraba en Zola, el “talante” de una época, las características y el comportamiento de los pequeños grandes hombres grandilocuentes de su tiempo, los filisteos de la burguesía, los súbditos autoritarios y arrogantes de ese emperador snob que coleccionaba disfraces y no toleraba pesimistas.


La caracterización de Diederich Hessling, sin embargo, no sólo tiene el valor de transmitirnos una imagen viviente del “tipo ideal” -si se quiere- que predominaba entre las clases dirigentes de Prusia a comienzos del siglo. Al mismo tiempo, nos presenta una descripción prodigiosa de un síndrome que sólo unos años más tarde y con la generación que emergería de las cenizas del 14 llegaría a su crisis: el del carácter autoritario. Heinrich Mann lo advierte en sus memorias: había “intuido” un rasgo esencial de la contradicción de nuestro tiempo que en el fascismo llegaría a su pleno desarrollo.

 

Es interesante considerar que por la misma época en que Heinrich Mann trabaja en su novela sobre el autoritario, otro intelectual de habla alemana -el doctor Sigmund Freud, de Viena- meditaba sobre el fenómeno de la masa, la formación del super-yo, la proyección mágica en el caudillo: las conciencias más lúcidas del siglo presentían un trágico final que no resolvería su contradicción y buscaría más bien perpetuarla por el terror.

 

También otros discípulos de Freud -Wilhelm Reich, Siegfried Bernfeld, Erich Fromm- se preocuparían por el asunto. Quienes hayan trajinado las páginas de la Psicología de masas del fascismo (1933) o se hayan


apropiado de la reflexión que acompaña a los Estudios sobre autoridad y familia (1936), encontrarán en la obra de Mann una versión novelesca de la problemática, complementada además con una reconstrucción maravillosa de las relaciones de dominio, las costumbres y el “Zeitgeist” de la sociedad y época que describe.

 

El título original de la obra es Der Untertan, que literalmente significa El Súbdito. No sabemos por qué razones se decidió cambiarlo por El Ultra en la edición de Editorial Planeta. Sería conveniente que en una futura edición de esta por lo demás magnífica versión al español se le restituyera su título original.

 

 

 

Publicado por primera vez en el Magazín Dominical de “El Espectador”, septiembre 27 de 1981.


EL SÚBDITO

 

Prólogo de Heinrich Mann a la segunda edición -Berlín, febrero 1929-

 

 

La novela El Súbdito fue escrita entre los años 1912 y 1914. Los primeros apuntes datan de 1906; ya por entonces se iban desarrollando, hasta cobrar rasgos de deslumbrante parodia, las características tipológicas del alemán imperialista . ¿Qué parodiaba? Aquel tipo de alemán, que no es invención del autor de esta historia de su vida, parodiaba el orgullo patrio y la conciencia de su propia masculinidad. Parodiaba la fuerza temible del poder, la máscara amenazadora que revestía en la vida de la política y de los negocios, por todas partes; parodiaba el ansia de poderío mundial. Careciendo como carecía de propia responsabilidad y de iniciativa en los asuntos de su país, el tipo del súbdito parodiaba, aunque parezca mentira, el Poder. Y parodiaba también el realismo, reacio a conceder atención a nada que no pudiera tocarse con las manos ni derrumbarse con los cañones; alardeaba de su desprecio por lo intangible, por todo aquello que vive en el mundo de su espíritu, de su desdén hacia la idea, eterna vencedora de todas las realidades. Y así, el tipo del súbdito llegaba a parodiar la barbarie; no le


importaba nada la larga tradición espiritual que, como alemán y como europeo, llevaba en el fondo de su ser; esa tradición quedaba enterrada bajo las ansias del bárbaro hambriento de dominio.

Juzgando por las apariencias, su fracaso y el de su imperio se debieron a una torpe política; pero no, fracasó y tenía que fracasar porque era falso, concebido como tipo de hombre.

 

Cuando, años más tarde, los acontecimientos se encargaron de confirmar la novela del súbdito y ésta pudo por fin ver la luz pública, el súbdito pareció recobrar el conocimiento. Por lo menos, se plantó en seco en su carrera, y, por un momento, pudieron concebirse esperanzas respecto a su enmienda, ya que no conversión.

 

Por aquellos días pudo leer él ya su novela, la primera edición de este Súbdito, en grandes tiradas... Hace de esto diez años justos. Esta nueva edición la leerán ya otros hombres, pero estos hombres carecen en su mayor parte de conciencia histórica. La memoria de la mayoría de ellos no se remonta, de seguro, más allá de los seis últimos meses. Cosa muy comprensible, por otra parte, pues el presente acarrea, para ellos, se les alcancen las importantes enseñanzas que encierran los ejemplos del pasado. Ni que puedan reconocer todo lo que aún perdura en ellos de la herencia del


antiguo súbdito, y los peligros, todavía vivos, que les acechan.

 

De todos modos, yo me conformaría con que este libro, ya que no puede transformar a la vieja generación, tuviese cuando menos, la virtud de ilustrar a una generación nueva.

 

También en una República se puede ser verdadero súbdito. Para serlo, no hace falta precisamente venerar ni remedar a un soberano. Basta con reverenciar y dejar que obre por uno otro Poder, cualquiera que sea, acaso el del dinero. Con doblegarse a su voluntad, como a los dictados del destino, sin hacer nada eficaz para evitar, ya que otra cosa no sea, lo peor, la próxima guerra. Aún nos preocupa menos el hacer leyes más justas, no el problema de la justicia social, ni el de la justicia en términos generales. El súbdito sigue ostentando la marca de siempre: su renuncia a la propia responsabilidad. No le importa hacer intervenir a su conciencia en la marcha de los sucesos. Los deja desarrollarse con un griterío de júbilo, como el súbdito de otros tiempos, o indiferente y sumiso, como la mayor parte de los súbditos de hoy. Mala señal; tenemos todavía mucho que aprender.


 

En estos diez años últimos hemos aprendido bastante.


Hemos aprendido a no cuadrarnos, a dudar de las cosas y a juzgar un poco de ellas por nuestra cuenta. Y si todavía no sabemos defendernos como es debido, sabemos, al menos, aproximadamente, quién es el que abusa de sus poderes sobre nosotros. No nos regocijaremos ya tan fácilmente cuando veamos cernirse sobre nosotros alguna catástrofe. No sentimos tampoco el menor deseo de vernos otra vez bajo la férula del poder descarado, de ese poder que viste uniforme. Pero hay poderes no uniformados, que son más pérfidos que los otros y tan crueles como pérfido. Poderes que saben adónde van y lo que quieren. Sujetos como todos estamos a las mediatizaciones económicas de estos poderes, tendemos con harta facilidad a reputarlos fatales y necesarios, y abrazamos sin rechistar la pavorosa senda que nos trazan. Todavía tenemos que aguzar mucho nuestro sentido de la responsabilidad. Todavía tenemos que conceder mucha más atención de la que hoy concedemos a nuestra seguridad y a nuestra dignidad humana, a nuestro orgullo viril.


PELÍCULA EL SÚBDITO (1951)

 

Der untertan

 

 

 

 

 

 

 

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Año de producción: 1951

 

País: Alemania

Dirección: Wolfgang Staudte

Intérpretes: Wernes Peters, Paul Esser, Renate Fischer, Ernst Legal, Raimund Schelcher, Eduard von Winterstein

Argumento: Heinrich Mann (novela)

Guión: Wolfgang Staudte, Fritz Staudte

Música: Horst Hans Sieber

Fotografía: Robert Baberske

Duración: 97 min.

 

La película fue realizada en la Alemania Oriental por Wolfgang

 

Staudte, es una crítica profunda al autoritarismo imperialista

germánico.


.


Sobre el quehacer de un oportunista.

 

La película es una sátira referida a un trepador llamado Diederich, en tiempos del Káiser Guillermo II. Adaptación de la novela de Heinrich Mann, que muestra de manera certera la decadencia intelectual y moral de la Alemania pre-nazi. Trata de un personaje que desde pequeño aprende a estar con los que mandan y a aplastar a los que considera inferiores, que no le sirven para alcanzar el éxito, o una mejor posición social. De este modo se coloca siempre al lado de los poderosos, de los dirigentes de la fábrica o adula a los líderes sindicales de turno.

 

La película El súbdito le sirve a Rubén Jaramillo Vélez para hacer, como él dice, "un análisis de la novela de Heinrich Mann con base en el cual se resume la teoría freudiana de la ontogenia del carácter, ejemplificada en el caso del carácter autoritario".

 

Esta figura del súbdito, del pequeño burgués fascistoide, es exhibida socialmente a través del ánimo de notoriedad, reconocimiento discriminador y un arribismo solapado ejercido, además, con brutalidad física; e individualmente se manifiesta - como lo categoriza el psicoanálisis- en una inseguridad continúa ligada al temor por la pérdida del afecto paterno y al temor a la castración, al castigo.


KLAUS MANN

 

La vida y la obra en K l a u s M a n n e s t á n impregnadas de una doble influencia, por un lado, la sombra de su padre, Tomas Mann, el más famoso escritor en lengua alemana del siglo v e i n t e , d e o t r o , l a búsqueda incesante de una razón social que oponer a la barbarie. Si por nacimiento accede a

 

los privilegios que le proporciona la vasta cultura familiar, su comportamiento desinhibido tentado siempre por toda clase experimentos le causa no pocos problemas en su juventud, cosechando críticas que a veces van dirigidas a su encumbrado progenitor.

 

Desde que el nazismo se instala en Alemania, Klaus

 

Mann clamará de forma incesante y a través de todos

 

los medios a su alcance, artículos, revistas literarias,

 

conferencias  o  congresos,  contra  el  poder  de  los

 

bárbaros.  Porque  el  nazismo  implica,  además  de

 

violencia y brutalidad extremas, el fin de las bases


morales, estéticas y políticas de la civilización europea.

 

Su novela más popular “Mefisto”, fue publicada por primera vez en Ámsterdam en editorial Querido (1936), como ya había ocurrido con otras, no siendo editada en Alemania occidental hasta 1981, y sólo tras dura batalla legal con los herederos del actor Gustav Gründgrens, exmarido de su hermana Erika y símbolo de la colaboración y arribismo en el gobierno de los nazis.


MEFISTO

 

Novela de una carrera

 

La novela de Klaus Mann, Mephisto -prohibida en Alemania hasta 1981- cuenta la historia de Gustaf Gründgens, figura verídica que sirve de base para su narración en torno al personaje ficticio, Hendrik Höfgen talentoso actor que esconde sus vergüenzas detrás de las múltiples máscaras que su trabajo como actor le brinda, en busca de evitar el rechazo y por el contrario, lograr acomodarse a las diversas circunstancias políticas e ideológicas, hasta lograr alcanzar lo que podemos señalar como la carrera de un oportunista

 

Klaus Mann vio en el comediante Höfgen el símbolo “ d e u n r é g i m e n t o t a l m e n t e c o m e d i a n t e , profundamente ficticio, irreal”. Señaló con precisión que “no me interesó narrar la historia de un hombre determinado. Me interesaba describir un tipo… y con él los diferentes medios … las condiciones


PELÍCULA MEFISTO (1981)

 

 

 

 

 

 

 

 

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Director: István Szabó

 

País y Año: Alemania / Hungría / Austria

Estreno: Alemania: 29 de abril de 1981.

 

Reparto: Klaus Maria Brandauer (Hendrik Hoefgen);

 

Krystyna Janda (Barbara Bruckner); Ildikó Bánsági

 

(Nicoletta von Niebuhr); Rolf Hoppe (Tábornagy);

 

György  Cserhalmi  (Hans  Miklas);  Péter Andorai

 

(Otto  Ulrichs);  Karin  Boyd  (Juliette  Martens);

 

Christine Harbort (Lotte Lindenthal).


El actor Hendrik Hoefgen, gran intérprete del personaje Mefistófeles de la obra El Fausto, con el propósito de ascender en su carrera, y en el aprecio del público, abandona su conciencia, reniega de ideales y puntos de vista políticos -inicialmente socialistas- y, como si se tratase de una representación teatral, se consagra a ser aceptado por los jerarcas del Nacionalsocialismo, llegando al extremo de convertirse en uno de los principales publicista de la supuesta revolución cultural que orienta el Partido Nazi y, en busca de Poco a poco el actor se da cuenta de que en la vida real se ha convertido en un repugnante Mefistófeles.

 

“Mis ojos no son mis ojos,

 

mis piernas no son mis piernas,

mi rostro no es mi rostro, ni mi nombre es el mío … porque yo soy actor.

 

¿Y sabes qué es ser actor? El actor es una máscara entre los hombres”.


 

Monólogo dicho por Hendrik Höfgen, en la película Mefisto


MEFISTO

 

-Un comentario-

 

Por: Julio César Carrión Castro

 

Disculpo al actor todos los defectos del hombre, al hombre no le disculpo ninguno de los defectos del actor.

 

Goethe

 

La autoridad opera sobre los individuos de múltiples maneras desde la más temprana infancia. La conciencia moral se forja a partir de la lucha establecida entre los impulsos libidinales y la normatividad impuesta.

 

En sus estudios sobre la formación del Yo, Freud evidenció cómo la familia, y particularmente la figura paterna, son decisivas para fijar la relación que el individuo tendrá con la autoridad a lo largo de su vida. Padres y maestros condicionan la actitud de las personas frente a la autoridad y el poder. Esta es la fuerza que ejerce el Superyo en la estructuración del Yo de cada individuo. A partir de la identificación con las figuras parentales el niño va conformando su propia mentalidad, hasta que literalmente logra zafarse al encontrar que dichas figuras no coinciden con el ideal del Yo, que no responden a las expectativas inicialmente establecidas. Pero en todo


caso esos momentos de autoridad y de ruptura son fundamentales e imprescindibles para ingresar a la mayoría de edad.

 

También es cierto, como lo analizaron Horkheimer y Adorno en sus estudios sobre Autoridad y Familia, que estos estadios de desarrollo normal de la personalidad pueden ser alterados y mal utilizados, llevando a la formación de personalidades deformadas, como la llamada “Personalidad Autoritaria”. Muchos seres humanos interiorizan el padre aplastante, opresor, brutal, generándose en ellos una reiteración, un querer repetir su propia historia. El Yo de los niños aprende una muy pragmática estrategia frente al poder opresor y brutal: la adaptación como mecanismo de defensa. De ahí surge, como compensación la “satisfacción por el deber cumplido”, la obediencia como virtud incuestionable; ese sentimiento de estar a la altura de las exigencias del poder, de identificarse con la autoridad y el anhelo de ser reconocido por ésta, el temor al castigo y a la pérdida del afecto. Las autoridades van siendo internalizadas en el individuo con un Yo débil, estructurado desde la infancia mediante el doble mecanismo de miedo-protección. En el fondo, ese temor hacia los poderosos y fuertes, que contiene toda la mitología heroica expresa esa conformación de la personalidad y es lo que emplean los gobiernos autoritarios; la impotencia y la búsqueda de


compensación y recompensa mediante la sumisión y la subalternidad.

 

Freud decía: “El temor a las autoridades reales y al poder que invisten, la esperanza de ventajas materiales, el deseo de ser amado y alabado por esas autoridades y la gratificación surgida de la realización de ese deseo (menciones honoríficas, ascensos, etc.), la posibilidad de establecer relaciones objetuales sexuales -en especial homosexuales- con esas autoridades -aunque se trate de una situación inconsciente y no concretada en la realidad- son factores cuya fuerza, por lo menos, no es menor que el temor del Yo al Superyo”.

 

Por irracional que parezca, el sometimiento a la autoridad, la adaptación a los mandatos, por absurdos que estos sean, produce plena satisfacción; además el poder emplea mecanismos y técnicas especiales para crear en los subordinados esa sensación de satisfacción. Disfrutan masoquistamente de la subalternidad. Mucho más si asumen que hacen parte del poder y pueden ejercer autoridad sobre otros a quienes buscan atemorizar.

 

La conducta de estos individuos con personalidad autoritaria casi siempre ha sido elaborada mediante detallados procesos educativos que tienen como fundamento pedagógico el rigor, esto es, la


autonegación, la renunciación, el cultivo de la obediencia acrítica, esa serie de mecanismos que les ha impedido acceder a su propio Yo.

 

Se pregunta Alice Miller en su inquietante obra “Por tu propio bien”, que indaga por las raíces de violencia presentes en la formación de los niños: “¿Qué ocurre, en cambio, cuando ya no queda rastro alguno de esta vida porque la educación fue un éxito rotundo y perfecto?” Como en el caso de los jerarcas Nazis, por ejemplo, que fueron llevados por la severidad y el rigor a una perfecta adaptación a las normas establecidas.

 

Este es el tema que recoge la película de Istvan Szabo de 1981, basada en la novela Mefisto de Klaus Mann (hijo de Thomas Mann), escrita en 1936, en la época del ascenso del Nacional-socialismo en su patria, Alemania.

 

Mefisto se refiere a la carrera de un oportunista. Klaus Mann vio en su cuñado, Gustaf Gründgens (esposo de Erika Mann, de quien se divorció en 1929) ese tipo de personalidad que venimos criticando. Se trataba de un individuo adaptable a las circunstancias y a las conveniencias, pues este excelente actor dramático, que llegó a representar maravillosamente a Mefistófeles, el personaje antagónico del Fausto de Goethe, y quien tuvo militancia activa en el


movimiento socialista de la Alemania de la República de Weimar, con el ascenso del Nacional-socialismo se convertiría en un alto dignatario del Tercer Reich ya que colaboró en la persecución de sus antiguos camaradas y supo granjearse el cariño de los jerarcas. Se trata, obviamente, de esa especie de seducción que el poder ejerce sobre los intelectuales; de esa condición de minoría de edad a que se aplican muchos pensadores e intelectuales para garantizar supuestamente el libre desarrollo de sus actividades, siendo el oportunismo y el trepadorismo el sustrato de sus precarias “convicciones” ideológicas. Como lo anota el profesor Rubén Jaramillo Vélez: “Desde sus orígenes en el Renacimiento... el saber aparece vinculado al poder... requiriendo constantemente renovación y readaptación”.

 

Hofsgen, el personaje de la obra (y del film) nos establece frente a esa microfísica del poder, con claridad cómo este tipo de actores -a fin de cuentas, personajes no sólo de las obras que representan sino de sus propias vidas-, están siempre ocultos tras diversas máscaras. Lamentablemente, repito, la escuela nos condiciona a actuar en un mundo lleno de representaciones y enmascaramientos. Los individuos cumplen múltiples roles simultáneamente: esposos y padres cariñosos en el abrigo del hogar, son los mismos hombres de negocios fríos, calculadores y desconsiderados. Se trata de la técnica de las


máscaras, del ocultamiento y de la simulación, que hoy se difunde de una manera generalizada y que se reconoce como virtud y astucia en un mundo regido por la insolidaridad y la competitividad.

 

La actual organización de la sociedad y la vigente estructura de la escuela en el mundo en que vivimos, incluso después de la aparente derrota de fascismo, difunden la heteronomía, no la autonomía; no se educa para oponer resistencia, para la consistencia de yo, sino para la adaptación a las exigencias del poder y para la simulación. La conformación de este tipo de p e r s o n a l i d a d e s , d e e s t r u c t u r a s m e n t a l e s fragmentadas, se corresponde con la racionalidad instrumental que impone el modo capitalista de producción en su etapa actual.

 

P o d e m o s a fi r m a r q u e l a s c o n d i c i o n e s d e fragmentación de la personalidad se han ampliado, que la situación ha empeorado. El lenguaje de la flexibilidad y de la adaptabilidad, tan socorrido en el medio empresarial, laboral e incluso en el académico, significa la necesidad que tiene el sistema de poner en marcha un aparato productivo, con funcionarios y trabajadores que sean polivalentes, polifuncionales, esto es, que la avanzada tecnología y el desarrollo de los mercados de hoy exigen el cambio continuo, lo que por supuesto, implica la superación de las rutinas que el viejo fordismo había instaurado, pero también


conlleva a un mayor desapego por el trabajo, a una mayor alienación de los trabajadores y claro, a la carencia de estabilidad laboral y a la pérdida de los amparos prestacionales y asistenciales, así como a la desaparición forzada de las luchas sindicales, al i n s t a u r a r s e e l c o n c e p t o d e “ T r a b a j a d o r independiente”. Además, como lo ha estudiado el sociólogo Richard Sennett en su obra “La corrosión del carácter”, esta situación ha conducido a la formación de personas sin identidad moral y a la desaparición de la vieja ética del trabajo, al imponer tan solo el corto plazo, la trivialidad de lo cotidiano y pasajero, dando prelación a los resultados empresariales en detrimento de los seres humanos.

 

Publicado en el periódico El Nuevo Día. Ibagué, abril de 2002


PELÍCULA EL CONFORMISTA (1970)

 

 

 

 

 

 

 

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Título original Il conformista

 

Año 1970

Duración 108 min.

Director Bernardo Bertolucci

Guion Bernardo Bertolucci (Novela: Alberto Moravia)

Música Georges Delerue

Fotografía Vittorio Storaro

Reparto Jean-Louis Trintignant, Stefania Sandrelli,

Dominique Sanda, Pierre Clémenti, Gastone

Moschin, Enzo Tarascio, Fosco Giachetti, Jose

Quaglio

Productora Coproducción Italia-Francia; Mars Films Produzione / Marianne Productions

Premios 1971: Nominada al Oscar: Mejor guion adaptado


Sinopsis: Siendo niño, de trece años, Marcello se ve turbiamente enredado por el chófer de su familia, Lino Seminara, a quién dispara y cree haber matado. En consecuencia, Marcello Clerici crece en la Italia fascista con un cierto complejo de culpabilidad, no sólo por haber asesinado a un hombre, sino también por escrúpulos de tipo moral. Su única obsesión es ser como los demás, lo que le impulsa a refugiarse en el fascismo, no por ambiciones políticas, sino para confundirse en la indiferencia y el conformismo. Se casa con Giulia, por el mismo motivo, para hundirse en la vulgaridad. Al mismo tiempo, Marcello reconsidera la familia de la que procede. El padre está recluido en una clínica para perturbados mentales, y la madre, lleva una vida disipada, y aparentemente es toxicómana. Marcello se pregunta, abrumado, que cómo puede ser un hombre normal, proviniendo de tal familia. Llega a proponer al gobierno el irse a París para matar al representante de los exiliados, que fue un antiguo profesor suyo. Con el pretexto del viaje de novios, llega a París y entra en contacto con el profesor. Aquí sale un poco de su indiferencia, queriendo retroceder en su misión. Pero de nuevo se deja llevar por los acontecimientos, y asiste desde un coche al asesinato del profesor, para, a continuación, seguir viviendo procurando confundirse con un mundo vulgar. El 25 de julio de 1943, en una manifestación que celebra el derrumbamiento del régimen fascista italiano, reconoce entre la


muchedumbre el rostro del chófer Lino, a quién creía muerto. Se desmoraliza al ver que ha desperdiciado su vida por un sentido de culpabilidad que no tenía fundamento, para olvidar algo que nunca había existido... Cuando tenía 13, años Marcello Clerici le disparó a Lino, un homosexual adulto que intentó seducirlo. Años más tarde, Clerici es un respetado ciudadano, profesor de filosofía y va a casarse con Giulia. Pero Clerici se ha vuelto fascista, tiene contactos con el servicio secreto fascista, y está dispuesto a combinar su luna de miel en París con un atentado a un exiliado político italiano que había sido profesor suyo... Es la historia de un tipo lleno de complejos que se une al movimiento fascista para, e n t r e o t r a s c o s a s , r e p r i m i r s u i n c i p i e n t e homosexualidad, fruto a su vez de un complejo de Edipo no resuelto.


“EL CONFORMISTA”

 

Por: Julio César Carrión Castro

 

 

Bertolucci señala en la película el precario significado y alcance que tiene la autonomía ética e intelectual, frente al inmenso poder de la obediencia acrítica y la “entrega” de aquellos sujetos, dispuestos a todo por cumplir con los mandatos e instrucciones de los jefes y caudillos, aceptando irrestrictamente la anormal “normalidad” impuesta por el fascismo.

 

 

Astucia, disciplina y obediencia

 

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define Conformismo, conformista: De conforme… Práctica de quien fácilmente se adapta a cualquier circunstancia de carácter público o privado.

 

La película “El conformista” de Bernardo Bertolucci, del año 1970, basada en la novela del mismo nombre de Alberto Moravia –1951–, nos ilustra acerca del comportamiento de un individuo, Marcello Clereci –representado en el film por el actor Jean Louis Trintignant–, profesor universitario que, en los años treinta del pasado siglo, en el período de ascenso de Benito Mussolini y el fascismo en Italia,


convenientemente se hace militante fascista, a fin de sobrevivir en un medio que, política, social y culturalmente repudiaba ya de manera abierta y mayoritaria, todas las expresiones de autonomía intelectual y, por supuesto, el pensamiento crítico, las ideas socialistas y la democracia.

 

Con el propósito de congraciarse con las autoridades y con los grupos paramilitares y de policía secreta encargados de mantener, tanto la “pureza” conceptual y teórica, como la disciplina de los fasci italiani di combattimento y demás seguidores del Partido N a c i o n a l , M a r c e l o a c e p t a – h a b i e n d o s i d o previamente militante socialista, como el propio Duce Benito Mussolini– el encargo de asesinar a Luca Quadri, su antiguo respetado profesor, que se encuentra exiliado en París a cuenta de la persecución fascista.

 

En el lenguaje eufemístico y melifluo empleado por el fascismo, simplemente se trataría de controlar las actividades molestas de ese profesor que desde el exterior continuaba incitando a la rebeldía y al levantamiento popular contra el “orden” establecido, se trataba de una persona estorbosa que no entendió que, con el fascismo en el poder, “se terminó el tiempo de la reflexión y que ahora es el tiempo de actuar”.

 

Bertolucci señala en la película el precario significado y alcance que tiene la autonomía ética e intelectual,


frente al inmenso poder de la obediencia acrítica y la “entrega” de aquellos sujetos, dispuestos a todo por cumplir con los mandatos e instrucciones de los jefes y caudillos, aceptando irrestrictamente la anormal “normalidad” impuesta por el fascismo. Se pregunta por qué la gente colabora con ese poder que les niega, les despoja y les oprime y, desoladamente, concluye que muy pocos lo hacen por convicción o fe en las tesis o argumentos del fascismo -muy escasos e insignificantes, por cierto-, otros lo hacen por temor, pero la inmensa mayoría lo hace por ambición, buscando beneficios personales y dinero. Entonces anteponen nociones como “nación”, “patria” o “partido” a los intereses sociales, familiares o sentimentales.

 

Para el fascista, carente de reflexiones políticas sustentadas en la solidaridad, el análisis intelectual, o en la ética, como hemos dicho, el crimen no es más que un paso en su carrera oportunista por trepar; pierde todo asomo de autonomía, de individualidad y de dignidad, aferrado a la obediencia y a la disciplina al partido y a los jefes, asumiendo que está protegido con una especie de “inmunidad de rebaño”, (para decirlo en ese tan socorrido lenguaje de hoy), que entiende como patriotismo, lo cual significa estar dispuesto incluso hasta ofrecer la vida para evitar que “el enemigo” triunfe. Porque el fascista cree que siempre se está en guerra, contra los enemigos del “orden”, del Estado, de la religión, de las tradiciones, de la


propiedad, etc. Ya se trate de subversivos o de académicos, da lo mismo, hay que pelear, contra los socialistas, los comunistas o los “castrochavistas”, hay que pelear siempre… Al fascista le son indispensables las armas, disparar, si no lo hace él, por cobardía o “recato”, en todo caso que otros lo hagan.

 

El sistema fascista clásico, tanto como la contemporánea democracia fascista, claramente expresan, como lo señala la cinta, la tremenda validez de la alegoría de la caverna expuesta por Platón en el libro VII de “La República”, en que la auténtica realidad es velada o encubierta por una serie de sombras que simulan ser lo cierto, lo objetivo, la “verdad”, con la complacencia y beneplácito de los gobernantes y sus súbditos.

 

La teatralidad de los regímenes fascistas se capta no sólo en todas esas sombras y reflejos fatuos con que nos agobian: Libertad, igualdad, Estado de derecho, democracia; en toda esa mitología argumental melodramática que genera la mayor credibilidad entre las masas, sino, en la promoción de esos caracteres hipócritas y acomodaticios que, permiten que la mentalidad criminal sea prohijada y aceptada como un simple acontecimiento pasajero de los hombres de bien que, en todo caso, seguirán acatando el “orden establecido”, sea cual fuere, y continuarán siendo sumisos, bien adaptados, conformistas.


PELÍCULA EL PORTERO DE NOCHE (1974)

 

 

 

 

 

 

 

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Director: Liliana Cavani

 

Actores: Gabriele Ferzetti, Charlotte Rampling, Dirk

Bogarde,  Isa  Miranda,  Giuseppe Addobbati,  Nino

Bignamini ...más

Il Portiere di notte

Italia, EE.UU.

01/01/1974

1 hora 52 minutos


Sinopsis. La acción transcurre en la Viena de 1957. La esposa de un conocido director de orquesta norteamericano reconoce en el portero nocturno del hotel donde se albergan al oficial de las SS nazis que la custodiaba durante su internamiento y del que se convirtió en forzada amante. Una historia de recelos mutuos, de relaciones donde el odio y el deseo se entremezclan, donde lo odiado se recubre con el manto de lo deseado. El trasfondo político de los grupos de antiguos nazis que protegen el presente de sus compañeros por cualquier método tiene escasa consistencia frente al drama personal de ambos protagonistas y de su mutua atracción. La culpa como instrumento de poder. Y, sobre todo, vuelve a aparecer la sombra de la voluntad autodestructiva de la víctima, surgida de sus deseos masoquistas.


EL ESCÁNDALO DE 'EL PORTERO DE

 

NOCHE

Diego Galán - Madrid

 

Cuando se estrenó en 1974, El portero de noche levantó fuertes controversias. Esta historia de una pasión sadomasoquista ambientada en parte en un campo de concentración nazi, provocó protestas en varios frentes: unos lo hicieron por las escenas de sexo, muy explícitas para entonces; otros, criticando la ambigüedad ideológica en el tratamiento que hacía la directora Liliana Cavani del personaje de un oficial de las SS. El caso es que “El portero de noche” fue una de esas películas de los años setenta que no dejaron mudos a los más conservadores, siempre dispuestos a hacer que el mundo gire a su antojo. En este sentido, poco tiempo atrás, “El último tango en París”, de Bertolucci, se había llevado la palma del escándalo.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Charlotte Rampling y Dirk Bogarde


A  u  n  q  u  e

 

Liliana Cavani

y a    h a b í a

t r a t a d o   d e

denunciar  los

totalitarismos

e n              s u s

documentales

p a r a             l a

televisión,  con


El portero de noche dio un paso más. "Todos somos víctimas o verdugos", replicó a quienes la atacaban por su presunta humanización del personaje del agente nazi. Los abusos sexuales de él sobre la joven judía encerrada en un campo de concentración se transforman con el tiempo en una ardiente historia de amor y dependencia de la que ninguno de los dos podrá liberarse. Los fantasmas del pasado vuelven a tomar forma en ellos, conduciéndoles a una tenebrosa vía sin salida.


“EL PORTERO DE NOCHE”

 

Por: Julio César Carrión Castro

 

Amor, perversión y educación

 

El asunto se desenvuelve en un hotel de Viena –Austria– en el año de 1957 (doce años después de la caída del Tercer Reich). La película, de Liliana Cavani de 1974 trata de un reencuentro; de la irrupción en el presente de los fantasmas del pasado, de los recuerdos traumático-felices que agobian a dos personajes: Lucía –Charlotte Rampling– y Max –Dirk Bogarde–, el tema se refiere a una paradójica confusión entre víctimas y victimarios, a partir de los tremendos actos de tortura y vejación impuestos por los nazis a sus desvalidas víctimas y del extraño amor que surge de la descompuesta relación entre el torturador y su víctima. La película nos lleva a reflexionar –y revisar– nuestros paradigmas éticos, pedagógicos, políticos y culturales.

 

Ternura y perversión se hacen presentes en esta afirmación-negación, en esta ambigüedad a que convoca “el amor y sus demonios”. Se trata de un amor malformado por la imposición de la obediencia que lleva a la sumisión y al servilismo voluntario. La imaginación y lo macabro entran como componentes de la erótica: ya Freud lo describía en la figura dual de Eros y Tánatos. Placer y destructividad.


Portero de noche es una mirada penetrante a la psique humana. Se ha considerado el erotismo como el sexo imaginativo y, como nos enseñara el Marqués de Sade, la imaginación sólo trabaja con la fantasía y no es posible la realización de ésta, sin que se rompa en nosotros la “cordura” o la “normalidad”.

 

Es equivocado considerar la atracción sexual como un simple asunto de la biología o de la fisiología. El sexo, con todas sus derivaciones, implicaciones y perversidad, es un asunto cultural, es construcción.

 

La relación sexual siempre es generadora de ficciones. Como la poesía, el sexo crea una nueva realidad, otra vida, otros mundos. Ya Leopoldo von Sacher-Masoch en su novela “La venus de las pieles”, de 1870, estableció cómo el dolor y la crueldad son aspectos anejos al amor y poseen, también, un particular atractivo, un raro encanto.

 

Que el niño es un “perverso polimorfo” estableció Freud. Cualquier resultado, cualquier “perversión”, viene siendo un asunto de escogencia, de “construcción del objeto del deseo”, o una transgresión a lo establecido por el principio de realidad. Para reprimir los sentimientos hay variadas técnicas -abiertas o sutiles-.

 

Se reprime el sentimiento, se reprime el pensamiento por la imposición de la obediencia. Los métodos para


reprimir la espontaneidad vital son múltiples y tienen que ver con la pedagogía. En este sentido la educación es perniciosa, es pervertida. Nietzsche decía: “Sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria…” Toda educación busca encajar al individuo dentro de los patrones del principio de realidad (que reprime el principio de placer).

 

La convicción pedagógica que establece que el niño debe ser orientado desde los comienzos, desde la más tierna edad, permite la injerencia del poder estatal en el alma infantil escindiendo su espíritu. La enorme plasticidad, flexibilidad, desamparo y disponibilidad del niño, lo convierten en objeto ideal de la manipulación. Así sea por las pedagogías aversivas, por las pedagogías invisibles o sutiles, o por el chantaje afectivo.

 

Que “la violencia es la partera de la historia” se ha dicho; la gente golpea, maltrata y tortura, para repetir su propia historia, por identificarse con algún poder que le oprimió en la infancia y que no le permitió odiar. Todo comportamiento absurdo o “anormal” –quien esté libre que tire la primera piedra– tiene su prehistoria en la infancia. Generaciones educadas para guardar silencio y obedecer, reclaman hoy el derecho a los más estridentes sonidos.


La historia del III Reich muestra cómo lo monstruoso reside en lo “normal” o, como lo precisara Freud: “la civilización engendra la barbarie”. Las víctimas de la seducción y del engaño –que siempre acompañan al poder–, están ahí para corroborarlo. Todos los jerarcas del III Reich tuvieron una educación rígida, rigurosa, severa.

 

Erich Fromm en su obra “Anatomía de la destructividad humana” afirmó: “Entre nosotros viven Himlers a millares, hablando socialmente, sólo hacen un daño limitado, en la vida normal, aunque no debemos subestimar el número de personas a quienes perjudican y que hacen decididamente infelices. Pero cuando las fuerzas de la destrucción y el odio amenazan anegar todo el cuerpo político, esa gente se vuelve enormemente peligrosa; son los que ansían servir al gobierno y ser sus agentes para aterrorizar, torturar y matar”. Entre estas gentes, preparadas por la pedagogía de la sumisión y el bloqueo de los sentimientos, se reclutan no sólo los torturadores y sicarios, sino, en términos generales, los militantes y activistas de las contemporáneas derechas; las “inocentes” multitudes del actual neofascismo, que viven ocultos, pero latentes, tras sus cotidianos enmascaramientos, en espera de esas circunstancias.

 

¿De qué puede servir la capacidad de permanecer frío ante el horror? Quien soporta el horror puede infligirlo sin pena ni remordimiento. Se reprimen los propios


sentimientos, porque previamente nos los han reprimido, gracias a la humillación cotidiana. Además, como se asevera en el filme, cuando los fantasmas del pasado atropellan, “cuando los fantasmas toman forma en la mente, no hay como escapar de ellos, ¿cómo librarse de los fantasmas de la memoria, cuando terminan siendo parte de uno mismo?” Ahí retorna el miedo y ya podemos encontrarnos, definitivamente, sin salidas.

 

El cultivo y la imposición de la obediencia por el ejercicio del poder (así sea tan escaso y precario como el de padres, tutores y maestros, o tan fuerte y poderoso como el de los curas, los politiqueros y los militares) impide que se alcance la “Mayoría de edad” y el uso autónomo del propio entendimiento, como lo propusiera Kant.

 

Ojalá que la educación (como represión del pensamiento, y de los sentimientos, como imposición de la obediencia y de la subalternidad), no tuviese el éxito que tiene, para lograr que el erotismo y la ternura, que la sensibilidad y la dependencia afectiva, no tuviesen que enmascararse y vivir la tremenda morbilidad sentimental, cultural y social que Liliana Cavani describe en su película.

 

El asunto de la depravación sexual entre los nazis fue trabajado también por Pier Paolo Passolini en la película “Saló” o “Las 120 jornadas de Sodoma” de


1976. La formación del carácter autoritario, como prerrequisito del encumbramiento del fascismo, se encuentra en “El ángel azul” de Josef von Sternberg de 1930, y en “El súbdito” de Wolfgang Staudte, de 1951, ambas películas basadas en sendas obras de Heinrich Mann –1871 – 1950. También en “Mephisto”, cinta de István Szabó de 1981, a partir de la novela homónima de Klauss Mann. Todas ellas auscultan también esas e s t r u c t u r a s , s u p u e s t a m e n t e v e l a d a s , d e l comportamiento humano, patológicamente humillado y subordinado por las autoridades. La escuela de Fráncfort, y particularmente Horkheimer y Adorno, trabajaron esta temática a profundidad en sus estudios sobre “Autoridad y familia”.

 

En todo caso tiene sentido persistir en el reclamo para que Dionisos y Eros sigan iluminando al mundo y al amor, con toda su locura, su desorden e incluso con sus perversiones, pero sin la torcida intervención de los poderes familiar, escolar, eclesiástico, militar, empresarial o estatal.


PIER PAOLO PASOLINI

 

(Bologna 1922-Roma 1975) Es uno de los más g r a n d e s e s c r i t o r e s italianos del siglo XX; se dedicó también al cine. Desde la literatura más íntima hasta el cine más popular, Pasolini siempre fue firmemente poeta, con una clara huella de lo real y de lo cotidiano.

 

En general mi vida social depende exclusivamente de lo que es la gente. Digo “gente” con conocimiento de causa, refiriéndome a lo que es la sociedad, el pueblo, la masa, en el momento en que entra existencialmente (y acaso sólo visualmente) en contacto conmigo. Es de esta experiencia existencial, directa, concreta, dramática, corpórea, de la que nacen en el fondo todos mis discursos ideológicos.

 

Con su compromiso político, civil y artístico Pasolini tuvo como objetico principal el de denunciar y contrastar la homologación cultural y el cambio antropológico de los italianos . Él detectó dramáticamente estos dos aspectos en el consumismo exasperado, en el condicionamiento llevado a cabo por los medios de comunicación de masas, en las


condiciones del subproletariado urbano.

 

“Tal compromiso provocó, ante todo, una difusa hostilidad hacia él, la cual reveló también el obscurantismo de aquellos que siempre intentaron obstaculizarle.”

 

Me han detenido, procesado, perseguido, linchado durante casi dos décadas. Todo eso un joven no puede saberlo... Puede que yo haya tenido la suficiente dignidad como para esconder la angustia de uno que durante años y años esperaba cada día la llegada de una citación del tribunal, y mirar a los quioscos con el pánico de leer en los periódicos atroces noticias escandalosas acerca de su persona.

 

A pesar de eso, el poeta intensificó progresivamente sus intervenciones, imprimiendo más incisividad a unos blancos cada vez más terriblemente concretos, y engrosando tanto las filas de sus amigos (aquellos movimientos políticos y culturales que sintieron la necesidad de su presencia: todos los que han querido dialogar con él más allá de polémicas desviadas o incluso de diferencias de fondo) como las de los enemigos (los depositarios o los siervos de un poder que primero le despreciaron como intelectual y homosexual, confinándole al limbo, y después, viendo que el esfuerzo de encerrarlo en un gueto resultaba inútil, decidieron mostrarle sus dientes).


Sin embargo, ni los unos ni los otros podrán recordarle hoy, ya que su pensamiento estaba en constante devenir y se apartaba de cualquier esquema, inspirándose a la vida, de la que aceptaba las burlas más horribles, y con la que compartía las contradicciones más pesadas.

 

Siempre he pagado, y he ido desesperadamente hasta el final en todo. He cometido muchos errores, pero desde luego no tengo remordimientos. Y ello porque, según escribe en un poema de 1969: De nuestra vida soy insaciable / porque algo único en el mundo jamás puede agotarse.

 

Pasolini ha sido definido muchas veces como 'un testigo provocador'… En las dos palabras 'testigo provocador' hay, para empezar, un elemento-clave que ilumina, no ya la personalidad de Pasolini sino, esencialmente, su fundamental relación con la colectividad, a la que le sigue la grabación 'en caliente' de una sensación rápida, todavía por codificar, que es justamente lo 'provocador'. Sobre un individuo en cierto modo 'público' a menudo se arriesgan legítimos pronósticos, y la carrera para adivinar con antelación sus pensamientos y sus reacciones frente a esto o aquello puede resultar incluso poco vivaz. En el caso de Pasolini -osaríamos decir sólo en su caso- este juego no empezaba; con él no. Ha sido justamente esta característica suya la que le ha hecho conquistar sobre el terreno el adjetivo 'provocador', un juicio obtuso


pero sincero, y desarmante en el sentido de que cada uno puede leerlo, en positivo o en negativo, según su perspectiva, pero en cualquier caso sin conseguir asirlo nunca verdaderamente.

 

Este hombre, este artista, fue asesinado en la noche entre el 1 y el 2 de noviembre de 1975.

 

En toda mi vida jamás he ejercido una acción violenta, ni física, ni moral. No porque yo soy un fanático de la no - violencia . La cual, si es una forma de autocostricción ideológica, también es violencia. Nunca he ejercido en mi vida violencia alguna, ni física ni moral, simplemente porque he confiado en mi naturaleza, es decir en mi cultura.


SALÓ -O LOS 120 DÍAS DE SODOMA- (1976)

 

 

 

 

 

 

 

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Ficha de la película

 

Italia-Francia, 1976.

 

Director: Pier Paolo Pasolini.

Productores: Alberto de Stefanis, Antonio Girasante, Alberto Grimaldi.

Guión:Pier Paolo Pasolini, Sergio Citti, Roland

Barthes, Maurice Blanchot, Pierre Klossovski.

Música: Ennio Morricone.

Fotografía: Tonino Delli Colli, en color.

 

Montaje: Nino Baragli, Tatiana Casini Morigi, Enzo Ocone.

Diseño de producción: Dante Ferretti.

Duración: 117 minutos.


Salò o le 120 giornate di Sodoma (Saló o los 120 días de Sodoma) es una película de 1975 del escritor y director de cine italiano Pier Paolo Pasolini, basada en el libro Los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade. Película prohibida en muchos países, se desarrolla en la República de Saló, en 1944-45, en el norte de Italia, durante la ocupación nazifascista. Está dividida en cuatro segmentos que hacen paralelo con el Infierno de Dante: Anteinfierno, Círculo de las manías, Círculo de la mierda y Círculo de la sangre.

 

Mussolini y la república de Saló

 

La República Social Italiana (en italiano, Repubblica Sociale Italiana), llamada por muchos historiadores República de Saló o República Social Fascista de Saló, fue un Estado creado por Benito Mussolini en el norte de Italia y existió entre 1943 y 1945. Mussolini fue su primer y único jefe de Estado. Albergaba militares nazi-fascistas de toda Europa: los ultraderechistas franceses, los nazis alemanes o los cruces flechadas de Hungría, aliados de Adolf Hitler.

 

La República Social Italiana comenzó a gestarse tras la maniobra que culminó en la destitución y arresto de Mussolini el 25 de julio de 1943. Desde el mismo momento en que tuvo noticia de estos hechos, el dictador alemán Hitler desconfió del nuevo Gobierno de Pietro Badoglio y comenzó a preparar su respuesta ante la inminente capitulación de Italia ante los


aliados. Los planes de Hitler incluían, como punto fundamental, la liberación de Mussolini y su restablecimiento en el poder, pese a las reticencias de muchos jerarcas nazis al regreso del Duce: Hitler prefería que un nuevo Estado fascista facilitara la acción de la Wehrmacht en territorio italiano antes que una abierta ocupación que obligara a sus tropas a moverse entre un frente de vanguardia y otro de retaguardia.

 

Así pues, tras el anuncio oficial de la rendición italiana (8 de septiembre de 1943 [la firma del acta de capitulación se había producido, en realidad, cinco días antes]), las tropas alemanas entraron en Italia, tomando por sorpresa a su desprevenido ejército, mientras el rey Víctor Manuel III y el mariscal Badoglio huían de Roma, dejando el campo abierto al avance germano.

 

El 12 de septiembre (cuatro días después de anunciarse la capitulación de Italia), un comando alemán, dirigido por el capitán de las SS Otto Skorzeny llevó a cabo la operación Roble, esto es, la liberación de Mussolini de su prisión en Gran Sasso (Apeninos), más concretamente el hotel-refugio de Campo Imperatore donde se hallaba retenido el antiguo dictador. Una vez liberado, Mussolini fue llevado a Alemania y allí se entrevistó con Hitler.


Tras su destitución, arresto, y liberación, en poco menos de dos meses, Mussolini lucía cansado de las responsabilidades de la guerra y poco dispuesto a retomar el poder, pero Hitler le instó a volver a Italia y formar allí un nuevo Estado fascista bajo protección de la Wehrmacht, amenazando al Duce con instalar la administración militar alemana en Italia y sujetarla a las mismas penalidades de un país ocupado en caso de no aceptar. Ante tal presión, Mussolini volvió a Italia y se instaló en Milán desde donde el 23 de setiembre anunció la creación del Partido Fascista Republicano y, tres días después, la reanudación de la guerra al lado de Alemania y Japón. De inmediato el Duce anunció la formación de un nuevo gabinete republicano, aunque sus ministros días antes habían sido elegidos y designados por el propio Hitler.

 

Sinopsis de la película

 

En una mansión cuatro hombres poderosos, llamados el Presidente, el Duque, el Obispo y el Magistrado, acuerdan casar a las hijas de cada cual en un ritual libertino. Con la ayuda de varios colaboradores, secuestran a dieciocho jóvenes (nueve hombres y nueve mujeres) y los conducen a un palacio cerca de Marzabotto. Con ellos están cuatro exprostitutas, también colaboradoras, cuya función será la de contar historias que exciten a los hombres poderosos, quienes entonces explotarán sexual y sádicamente a sus víctimas.


La película presenta 3 de los 120 días transcurridos en el palacio, tiempo durante el cual los cuatro hombres poderosos van concibiendo cada vez más aberrantes torturas y humillaciones para su propio placer. Se divide en cuatro partes; en la primera, el denominado Anteinfierno, sección más corta de la película, se muestran las capturas de los jóvenes y un discurso por parte del Duque a las víctimas. Luego pasa al Círculo de las Manías, liderado por la Señora Vaccari, una de las prostitutas. En este se cuentan historias tomadas de la primera parte de la novela de Sade, ninguna de las cuales incluye la penetración. Destaca una escena en que las victimas aparecen desnudas, usando solo correas de perro, siendo obligadas a comer carne del piso. Luego, se le da a una de las hijas un panecillo lleno de clavos.

 

Comienza el Círculo de la Mierda cuando varios personajes discuten haber asesinado a sus madres y el hecho de que no se le debe nada a la madre simplemente por haber fornicado con un hombre, un tema típico de Sade. Una de las victimas es escuchada llorando, entristecida porque su madre fue asesinada cuando la capturaron, y es forzada a comer las heces del Duque. Esto incita a la Sra. Maggi, prostituta de turno, a contar las historias de retrete, que encantan a los señores. A los jóvenes se les prohíbe "descargar" todo un día, para que al final, sus heces sean servidas en un gran banquete. La coprofagia usada en el film es


aparentemente una metáfora para los alimentos producidos en masa. Como curiosidad, las heces fueron creadas con salsa de chocolate y mermelada de naranjas, además se hace un concurso de los mejores traseros, el ganador supuestamente moriría en el acto y al "ganador", Franco, se le asusta con una pistola descargada. Este final al Círculo de la Mierda anuncia los horrores del siguiente segmento.

 

En el último circulo, el de la Sangre, donde las historias de las prostitutas son mínimas y contadas por la Señora Castelli, se celebra una boda gay entre algunos soldados y solo tres de los cuatro señores, puesto que el Obispo los está casando. Un soldado seduce a este último y tienen sexo. Luego, el Obispo se marcha a inspeccionar a las víctimas en sus cuartos, donde cada una traiciona a otra: se descubre un romance lésbico, una fotografía escondida, y finalmente, una intriga entre un colaborador y la sirvienta negra, ambos son asesinados. Más tarde, las víctimas que decidieron no colaborar con sus agresores, y las hijas de los agresores son asesinadas de varias espantosas maneras: violadas antes de ser asesinadas, desolladas, ahorcadas, marcadas, con penes y pezones quemados y con lenguas y ojos extirpados. Los que si colaboraron, con la condición de que continúen colaborando, serán conducidos con ellos a Saló. La última escena de la película retrata la indiferencia a la violencia, y el conformismo de las


masas: dos colaboradores, que acababan de presenciar y participar en la masacre, aburridos, se ponen a bailar un vals juntos.

 

Toda la película es una crítica a la sumisión, a la subalternidad, de unas masas adaptadas al poder de los grupos hemónicos militares, religiosos o civiles.


PELÍCULA LA OLA (2008)

 

 

 

 

 

 

 

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Dirección: Dennis Gansel.

 

País: Alemania.

Duración: 108 min.

Elenco: Jürgen Vogel (Rainer Wenger),

Frederick Lau (Tim), Max Riemelt (Marco),

Jennifer Ulrich (Karo), Christiane Paul (Anke

Wenger), Elyas M'Barek (Sinan), Cristina Do

Rego (Lisa), Jacob Matschenz (Dennis),

Maximilian Mauff (Kevin), Ferdinand Schmidt-

Modrow (Ferdi).

Guión: Dennis Gansel y Peter Thorwart; basado en el relato corto de William Ron Jones y en la obra de Johnny Dawkins y Ron Birnbach. Producción: Christian Becker, Nina Maag y


David Groenewold.

 

Música: Heiko Maile.

Fotografía: Torsten Breuer.

Montaje: Ueli Christen.

Diseño de producción: Knut Loewe.

Estreno en Alemania: 13 Marzo 2008

 

Sinopsis: Al profesor Rainer (Jürgen Vogel) le ha tocado orientar a los estudiantes del instituto en el tema del autoritarismo, de la autocracia, a pesar de que este tema no es de su agrado, dada su historia de hombre de izquierda. El docente prefiere enseñar las ideas de la anarquía, pero su colega, el Dr. Wieland, profesor titular y de más amplio reconocimiento en la institución, se niega a hacer el cambio.

 

Finalmente, el profesor asume el trabajo pedagógico sobre el asunto. Los muchachos ya están fastidiados de tratar la temática del fascismo, que se ha convertido en algo rutinario y permanente en las instituciones educativas alemanas. Entonces un estudiante comenta algo que despierta la reflexión del profesor: "¿Podemos afirmar, entonces, que no es posible de nuevo la dictadura fascista en Alemania?" Para probar la viabilidad de la construcción de este tipo de mentalidades autoritarias, el profesor decide llevar a cabo un experimento con la clase. Se constituye en una especie de “líder”, en una figura de autoridad incuestionable. Ordena a los alumnos que se dirijan a


él guardando el “debido respeto” y las normas de sumisión y obediencia que fija la pedagogía represiva. De un momento a otro la clase establece los aspectos disciplinarios de rigor, de obediencia y concentración requeridos. Rainer les apremia a la "fuerza a través de la disciplina." Quienes rechazan las reglas del juego son expulsados de clase. Estas nuevas reglas e imposiciones convencen a la mayoría del curso e incluso a otros estudiantes no miembros de la clase.

 

En Los siguientes días el profesor obtiene en vez del corriente desorden y ruido, una clase ordenada y un comportamiento “impecable”. Deciden establecer máximas y consignas para orientar sus quehaceres, como la de “fuerza a través de la unidad” o "si todos trabajamos juntos, seremos más fuertes". Se impone un uniforme distintivo de camisa blanca.

 

Algunos estudiantes como Karo no aceptan el uniforme, ni los códigos, ni las consignas. El grupo, entonces, la ignora y la rechaza. Los alumnos recogiendo sugerencias dan al movimiento el nombre de La ola y fijan un especial saludo similar al establecido por otros grupos de identidades colectivas y que les permite establecer una especie de espíritu de cuerpo, de unidad incuestionable.

 

Este espíritu de equipo resulta contagioso. El entusiasmo de los miembros de La ola es imparable:


diseñan un logo, crean un sitio web, montan su propio blog. La ola va ganando fuerza. El profesor lo llama "Fuerza a través de la acción," un lema que sus seguidores no tardan en hacer realidad: en una sola noche llenan las paredes de la cuidad con grafitis con su logo. "Esta es nuestra señal ¡Vamos a darle la vuelta a esta ciudad como una ola!"

 

La ola pareciera adueñarse de toda la institución educativa. A los alumnos que no hacen el saludo se les niega el acceso a la escuela. En ese momento, los estudiantes que no aceptaron ese espíritu de cuerpo, esa unidad de criterios y de caracteres, se enfrentan al profesor, que en el ínterin viene teniendo dificultades con su esposa: En la sala de juntas están reunidos hablando sobre el propio Rainer. Cuando Tim aparece para ofrecerse como guardaespaldas personal, es cuando el educador comienza a darse cuenta de que las cosas han ido demasiado lejos y de que está perdiendo el control de La ola.

 

La clase finalmente se rebela. Durante la noche, alguien ha distribuido volantes con el lema de “¡Paremos La ola!" . Las sospechas recaen inmediatamente sobre Karo. Pero primero tienen que ocuparse del partido de wáter polo contra otro instituto. El equipo tiene las gradas llenas de seguidores. Por todos lados pueden verse camisas blancas. La atmósfera es perfecta, el equipo se entrega


al cien por cien, están ganando el partido. De repente, el clima se descontrola. Karo y Mona se han colado en el partido y empiezan a repartir folletos de "Paremos La ola!" por todas partes. En ese momento se da una pelea entre los alumnos del instituto rival y entre los propios jugadores del plantel. El árbitro cancela el partido. Marco no puede creer lo que ha sucedido y se enfrenta a Karo, en su furia, le golpea. La ola se ha convertido en algo imparable, en un fenómeno de comportamientos sustentados en la obediencia y la subalternidad. Asombrado por su propia reacción, Marco acude a casa de Rainer y le suplica que ponga fin al experimento. La ola se ha descontrolado completamente. Rainer se da cuenta de que todo ha ido d e m a s i a d o l e j o s . P e r o q u i z á y a e s t a r d e ; fehacientemente se prueba la validez de la manipulación caracterológica de las masas, la permanente vigencia de la reproducción y reiteración pedagógica del comportamiento subalterno y de la personalidad autoritaria, fenómeno que se encuentra en el fondo psicológico de las estructuras totalitarias y fascistas.

 

En resumen la película nos hace ver cómo las personalidades o caracteres autoritarios están ahí, latentes, y pueden aflorar cuando las condiciones sociopolíticas los reclama.


II. INDIVIDUO Y ESTADO

 

-Miedo, marginalidad y guerra-

 

DE LA UTOPÍA A LA DISTOPÍA

 

Por: Julio César Carrión Castro

 

Orígenes de la utopía

 

La idea de la utopía, y de lo utópico en general como construcción imaginaria de un lugar perfecto, con un gobierno ideal, con unas relaciones sociales sin contradicciones antagónicas y en donde han sido eliminadas todas las formas de explotación y de opresión, es tan antigua como la misma humanidad.

 

El sueño de una isla de perfección y de abundancia ha existido desde siempre en la imaginación de los poetas y habría de acompañar, como una incomprensible obstinación, a aquellos navegantes que se aventuraban hacia el ignoto mar, hacia el Mar Tenebroso de los antiguos, en la perspectiva no solo de alcanzar la última Tule o el confín del mundo conocido, sino para explorar las posibilidades de estas tierras fabulosas. En la Edad Media nadie ponía en duda el relato platónico de la Atlántida y con el descubrimiento de América se trató de encontrar el punto de fusión e identidad entre la historia real y la ficción.


Pero el rumbo de las utopías, como simples reflejos de lo subjetivo y como confrontación a una realidad inadmisible, sería modificado a partir del racionalismo y de la Ilustración, porque dejarían de ser ficticias, quiméricas e irrealizables y pasarían a ser probables, realizables, factibles, bajo la dictadura de la idea del «progreso», que sustituiría la del «eterno retorno» o la del «paraíso perdido ». Ahora la meta estaría, indefectiblemente ligada a la construcción del mañana. Ya la utopía no estaría más atada a la reactualización del pasado, como lo proponían las viejas concepciones, ni sería un lugar ni un tiempo imaginados e inalcanzables, sino un proyecto, una propuesta para la realización objetiva de la esperanza en el futuro.

 

Utopías y antiutopías

 

Antecedentes literarios, tratados políticos, descubrimientos y conquistas, colaborarían en la puesta en marcha de la tradición humanística y doctrinaria, de lo que hoy reconocemos como el utopismo que se multiplica en un gran número de corrientes, estilos y propuestas. En todo caso, el ambiente del humanismo y el Renacimiento fueron propicios para la profusión de este tipo de escritos. El empuje de todas estas ideas de renovación y cambio, finalmente desembocaría en los procesos de la Reforma Protestante y de la Contrarreforma Católica, que marcarían la historia de Occidente.


Tomás Moro inició esta tradición literaria, teórica y práctica, de una visión política centrada en la crítica a la propiedad privada, la exaltación de la vida sencilla, el amor fraterno, la comunidad de bienes, la ausencia del delito y, en general en la perfectibilidad humana. Después de “La Utopía” se escribirían muchas otras obras entre las que se destacan “La ciudad del sol”, del dominico italiano Tomás Campanella, escrita en 1623 y “La nueva Atlántida”, de Francisco Bacon, fundador del empirismo y del moderno método científico. Pero no todas las utopías habrían de asentarse en el optimismo histórico y en la fe en el hombre puro y sencillo, o en el “progreso”, pues muchos otros autores señalarían las posibilidades del futuro desde el escepticismo y la negatividad; es así como muchas utopías pesimistas, distopías, o más precisamente anti-utopías, han venido poblando la literatura moderna, desde distintas épocas y latitudes. Podríamos enumerar, en primer lugar, “ La tempestad”, una de las últimas obras de William Shakespeare, escrita en 1611, ya en su escéptica madurez, y cuya trama se desarrolla supuestamente en una isla mágica, en donde se presenta el choque entre el mundo civilizado y colonizador que representa el europeo Próspero y el mundo salvaje que se identifica con el deforme Calibán (quien ha sido asimilado como símbolo del hombre y la cultura americana, por el escritor cubano Roberto Fernández Retamar, en su libro “Apuntes sobre la cultura en Nuestra América”,


de 1971). En 1638 el inglés Francis Godwin escribe “El hombre en la luna”, una especie de sátira con la que muy seguramente se inicia la llamada literatura de «ciencia-ficción», de enorme desarrollo durante los siglos subsiguientes. Jonathan Swift, en “Los viajes de Gulliver” (1726) pintó también de manera cáustica y siniestra una utopía llena de sorprendentes contrastes en donde las ideas de «progreso» y «civilización» quedan desacreditadas.

 

Esta corriente literaria de las anti-utopías que muestran un futuro desastroso para la humanidad, de continuar la línea de «prosperidad» impuesta por los desarrollos científicos y tecnológicos, y en general por la razón instrumental, tendría una gran expansión durante el siglo XX, en especial con autores como George Herbert Wells (1866-1946) quien escribió novelas de gran impacto y aceptación como “La máquina del tiempo”, “El hombre invisible”, “La guerra de los mundos”, “Cuando el durmiente despierta”, “La isla de doctor Moreau”, entre muchas otras; Aldous Huxley con “Un mundo feliz” y George Orwell con “La rebelión en la granja” y “1984”, obra esta de un enorme contenido crítico, tanto a la sórdida proyección de un mundo manipulado por los intereses del capitalismo tardío, como al propio colectivismo stalinista que pesaba sobre las sociedades del denominado «socialismo real».


Sólo ahora, cuando se han dado los presupuestos económicos y sociales para la concreción práctica de los viejos anhelos y sueños de la humanidad, es que se pueden proponer, desde la utopía, teorías y tendencias políticas realizables en el ámbito de la auténtica realidad. Como lo sostiene Ernst Bloch. El marxismo es la teoría que permite dicho conocimiento y hace posible, teórica y prácticamente, el diseño del futuro: «La conciencia progresiva labora, por eso, en el recuerdo y en el olvido, no como en un mundo hundido y cerrado, sino en un mundo abierto, en el mundo del progreso y su frontera».

 

Esta función de la utopía como realización consciente de las esperanzas, dirigida a señalar las posibilidades reales para la construcción del futuro, no descansa sólo en el pormenorizado diseño de un «mundo feliz» (la sociedad comunista del mañana) sino que se edifica también desde la anamnesis, es decir, desde el imposible olvido; esa herencia que es preciso recoger. No en la versión de los vencedores, sino en la de los vencidos, humillados y ofendidos, en la de los derrotados. Así, por ejemplo, en la práctica y en la teoría de los anarquistas que siempre han sido desconocidos, demeritados e invalidados por los vencedores de izquierda o de derecha. Sus prácticas y teorías nos suministran un amplio material de crítica no solo al desenvolvimiento del capitalismo, sino al del «socialismo autoritario», o el marxismo, con el que


siempre polemizaron. Estas teorías y acciones, a pesar de su sensatez, razón y lógica, siempre han sucumbido. Debemos entender que en el estudio de los fracasos y de los vencidos, puede haber más posibilidades de futuro que en el de las empresas supuestamente exitosas.

 

La utopía y la razón de los vencidos

 

Walter Benjamin dijo que «el pasado no es ciencia sino memoria» y que la memoria puede abrir los expedientes que la ciencia ha archivado, es decir que, en todo caso, no podemos cancelar el pasado, porque el pasado pagó el precio del progreso que algunos disfrutan en el presente, cuando en realidad vivimos un presente cargado de injusticias y de inequidad, presente que se edificó y organizó en el pasado. Como lo ha expresado el filósofo español Reyes Mate: «La clave del conocimiento de la historia está en el pasado y no en el futuro...» y propone que «la ética política hoy tiene que hacer justicia a la injusticia de la historia». Es decir, si permanentemente se nos dice que hay que recordar para evitar que la historia se repita, es porque el proceso histórico ha estado errado, por ello es importante, entonces, recordar para hacer justicia, para que las víctimas cobren los daños, para que los opresores rindan cuentas, para que paguen las deudas contraídas, por la explotación, por el colonialismo, por la guerra.


La historia ha sido escrita por los vencedores, «lo que llamamos cultura no es más que la herencia acumulada y transmitida por los vencedores», pero el pasado tiene aspectos inéditos que hay que revelar, que hay que mostrar; se trata de las voces silenciadas, de los saberes subyugados y el conocimiento de los vencidos; de las versiones no oficiales de la realidad. En pro de una clara alternativa a los ideales del «progreso» y en favor del Principio esperanza, hay que dar luz a esa parte oscura de la realidad, de la historia, hurgar e indagar en lo oscuro, en la marginalidad, en el arrabal, en el lumpen, en la pequeña historia. También en los hospitales, en los manicomios, en las cárceles, en los cuarteles y en las escuelas se ha hecho la historia de Occidente, como nos lo enseñó Michael Foucault. Con todas estas huellas se puede rehacer la historia, dando importancia a quienes han carecido de ella, a las anónimas víctimas que no registra la historiografía oficial.

 

La propuesta de liberación del hombre determinada por el Racionalismo y la Ilustración, y contenida ya en la exposición de Descartes en el “Discurso del método”, indicando la necesidad de «hacernos dueños y poseedores de la naturaleza... para la invención de una infinidad de artificios que nos permitan disfrutar sin ninguna pena de los frutos de la tierra y de todas las comodidades que en esta se


encuentran», contenía la impronta de la dominación y la opresión. El desencantamiento del mundo fue viciado desde sus orígenes, por los intereses de lucro y de dominio; por la alienación y por el sufrimiento de las mayorías. Por ello la utopía ha de hacerse historia, para enfrentar esa dialéctica negativa basada en el «progreso» entendido exclusivamente como aumento de la productividad, del consumo y de la represión.

 

Si, como creía Weber, la modernidad, la Ilustración, es un proceso progresivo irreversible de racionalización, está demostrado hasta la saciedad, que dicha racionalización ha sido un proceso continuo de instrumentalización y de pérdida de la libertad, bajo el imperio de las relaciones sociales de producción capitalistas. La razón realizada hasta el presente, ha sido parcial e incompleta y ha conducido a la cosificación del hombre. La ciencia, antaño reputada como emancipadora, hoy sabemos que es reificadora y destructora. No obstante, en los conceptos de razón e ilustración, prevalece aún la utopía. La razón no puede ser únicamente la razón dominante-destructora, sino que hay en ella «momentos de verdad», ocultos si se quiere, pero que afloran bajo determinadas circunstancias.

 

Por todo ello hay que denunciar, no la Ilustración como dominio técnico de la naturaleza, sino la perversión de la Ilustración como opresión y represión


sobre los seres humanos… No podemos hacer abstracción de esa realidad, incluso se debe entender, también, que en la llamada marcha triunfal de la historia, el fascismo es aliado del progreso, no su negación. Dejando intactas las relaciones de explotación del hombre por el hombre y la alienación, se ha impuesto, de manera global, la ideología del progreso con destructividad, generando las sociedades represivas y distópicas que conocemos, bajo la etiqueta de fascistas, democráticas o socialistas, resultando irrelevante el nombre, porque finalmente son exactas; coinciden plenamente en el proyecto de proclamar la muerte del individuo, mediante la permanente reglamentación de nuestras vidas, por la nivelación gregaria de los gustos, por el triunfo de la mediocridad, el uniformismo y la masificación. En resumen, por la sistemática destrucción de la individualidad y la subjetividad; por la conversión de los humanos en simples rebaños, gracias al empleo de violentos o sutiles mecanismos policivos y pedagógicos, establecidos en estas sociedades tecnocráticas de vigilancia y de control.

 

Fragmentos del ensayo Entre el fracaso y la esperanza. Publicado en la revista Aquelarre número 6. Ibagué, Universidad del Tolima 2004


LA NOVELA “1984” DE GEORGE ORWELL

 

 

Sinopsis:

 

Se trata de un anónimo funcionario llamado Winston que vive y trabaja en el futuro año de 1984, época en que las libertades individuales, políticas y sociales son perseguidas de manera constante y brutal por parte de un gobierno que vigila sistemáticamente a los ciudadanos, incluso dentro de sus casas. La sociedad vive azarosamente bajo un permanente estado de excepción y de guerra frente a países distintos sin comprender las causas ni los adversarios que varían a cada momento. Bajo el temor permanente a la delación y la ignorancia de cuanto acontece a su alrededor, las personas, y en particular Winston, sueñan con la construcción de un mundo diferente.

 

Las acciones se desarrollan en la ciudad de Londres, en el futuro año de 1984 -la obra fue escrita en 1948- el partido único controla la nación de Oceanía (existen tres estados: Oceanía, Eurasia y Asia oriental), bajo la dirección del Gran Hermano, el líder que administra y dirige todo y cuya figura es casi divina y quien se supone vigila todos los movimientos de los individuos. Existen cuatro Ministerios (el de la verdad, el de la paz, el del amor y el de la abundancia.) que se encargan de vigilar y modificar toda acción que


perjudique o desacredite al partido. El Miniver, (Ministerio de la Verdad) donde trabaja Winston, se encarga de la información, la educación y las bellas artes, el Minipaz de los asuntos de guerra, el Minimor encargado de mantener la ley y el orden y el Minindancia encargado de asuntos económicos. Los miembros del partido son vigilados mediante unos aparatos llamados “telepantallas”, capaces de captar sonidos e imágenes, mediante los cuales también les transmiten noticias sobre los constantes triunfos del partido y del gobierno. El resto de la población son los denominados “proles”, los cuales viven en las afueras en condiciones pésimas de miseria y sin derechos. En general (exceptuando a los miembros del partido interior) la sociedad vive en la pobreza y tiene hambre, pero no se rebelan porque no conocen otra realidad; han sido engañados por el partido, quien modifica el pasado, haciéndoles creer que tienen un nivel de vida mucho más elevado que el que había en tiempos pasados.

 

Winston llega sorprenderse a sí mismo con las cosas que escribe en su diario. Es decir, se da cuenta de que incurre en un crimental, un “crimen mental”, por atreverse a pensar en asuntos distintos a lo establecido oficialmente. Otro día, durante los dos minutos del Odio -manifestación diaria destinada únicamente al odio, durante los cuales los miembros del ministerio se reunían para vociferar y expresar su odio a Golstein el


archienemigo del Gran Hermano- Winston observa a un miembro del partido Interior “O´Brien” con el que hay un cruce de miradas, Winston cree que éste se encuentra en su misma situación, y que al igual que él, está contra el sistema. También le llama la atención la presencia de una joven muy atractiva miembro de la liga juvenil antisex, a la que odia sin ninguna razón, y a la que asocia (quizás por su belleza) con los espías.

 

En otro de sus pocos viajes al barrio prole, se cruza con la joven, y se da cuenta de que había sido seguido hasta allí, entonces experimenta un sentimiento de querer acabar con ella, se le ocurre que podría ser un miembro de la “policía del pensamiento”. Winston se vuelve a cruzar con esta joven un par de veces, y empieza a estar realmente preocupado, pues ésta pequeña espía podría denunciarlo, y podría ser vaporizado.

 

Existe un movimiento opuesto al Partido, llamado “la Hermandad”, liderado por Goldstein, que pretende la revolución de la prole (80% de la población) para acabar con el INGSOC.


LA PELÍCULA “1984”

 

 

 

 

 

 

 

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Titulo: 1984 (España) Dirigida por:Michael Radford

Protagonizada  por:John  Hurt,  Richard  Burton,

Suzanna Hamilton, Cyril Cusack, Gregor Fisher

Estudios: Virgin (Prod.)

País: G.B.

Estreno: 10 de Octubre de 1984

Duración: 113'


George Orwell

 

Seudónimo de Eric Arthur Blair (1903-1950), escritor británico políticamente comprometido que ofreció un brillante y apasionado retrato de su vida y su época. Orwell nació en Motihari, India, y estudió en el Eton College de Inglaterra gracias a una beca. Prestó sus servicios en la Policía Imperial India destinado en Birmania, de 1922 a 1927, fecha en que regresó a Inglaterra. Enfermo y luchando por abrirse camino como escritor, vivió durante varios años en la pobreza, primero en París y más tarde en Londres. Como resultado de esta experiencia escribió un primer libro Sin blanca en París y Londres (1933), donde relata las sórdidas condiciones de vida de las gentes sin hogar. Días en Birmania (1934), un feroz ataque contra el imperialismo, es también, en gran medida, una obra autobiográfica. Su siguiente novela, La hija del Reverendo (1935), cuenta la historia de una solterona infeliz que encuentra de manera efímera su liberación viviendo entre los campesinos. En 1936 Orwell luchó en el ejército republicano durante la Guerra Civil española (1936-1939). El autor describe su experiencia bélica en Homenaje a Cataluña (1938), uno de los relatos más conmovedores escritos sobre esta guerra y en el que se hace responsable al Partido Comunista Español (PCE) y a la Unión Soviética de la destrucción del anarquismo español que supuso el triunfo de la Falange. El camino a Wigan Pier (1937),


escrita en esta misma época, es una crónica desgarradora sobre la vida de los mineros sin trabajo en el norte de Inglaterra.

 

Su condena de la sociedad totalitaria queda brillantemente plasmada en una ingeniosa fábula de carácter alegórico, Rebelión en la granja (1945), basada en la traición de Stalin a la Revolución Rusa, así como en la novela satírica 1984 (1949). Esta última ofrece una descripción aterradora de la vida bajo la vigilancia constante del “Gran Hermano”. Cabe citar entre otros escritos, la novela Que vuele la aspidistra (1936) y Disparando al elefante y otros ensayos (1950), ambas consideradas modelos de prosa descriptiva, y Así fueron las alegrías (1953), un recuerdo de sus difíciles años de estudiante. En 1968 se publicaron en cuatro volúmenes sus Ensayos Completos: Periodismo y Cartas.

 

Orwell murió de tuberculosis en enero de 1950


EL DOBLEPENSAR

 

Por: Julio César Carrión Castro

 

 

La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza.

 

George Orwell

 

 

Ante el enorme despliegue realizado por los llamados medios masivos de comunicación, en apoyo al montaje persecutorio que fiscales, procuradores magistrados y jueces, realizan contra los gobernantes que no pertenecen a las viejas estructuras de poder, interesados, según dicen, exclusivamente en el cumplimiento de la ley y en la conservación del orden establecido.

 

Estas son las lamadas Lawfere. Instrumentalización de la justicia, de golpe blando.

 

Considero pertinente recordar que George Orwell en su novela “1984” denunció, de manera clara y contundente, el papel que desempeñan los supuestos intelectuales encargados de engañar conscientemente a las gentes del común mediante una fastidiosa actividad rutinaria que, sistemáticamente, emplea procesos distractivos y de ocultamiento de la realidad,


utilizados para legitimar el poder, incluso sin tomar en cuenta flagrantes contradicciones y arbitrariedades.

 

Esa ampulosa actividad, esa saturación mediática que se suele denominar “periodismo”, fue señalada por Orwell como un mecanismo valioso para lograr el control social, por parte del poder del Gran Hermano. A esa estructura de vigilancia y control, así como de propaganda del sistema disfrazada de información, que busca el lavado de cerebros y la uniformidad de opiniones, la denominó “doblepensar”, actitud y mentalidad “profesional” con que están pertrechados todos los plumíferos del régimen: “Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el partido (de gobierno) es el guardián de la democracia…”

 

La neolengua, que es en la novela el recurso idiomático por excelencia de los defensores del poder del Gran Hermano, permite a estos funcionarios de la verdad, manejar el lenguaje de una manera cínica y acomodaticia a los intereses de quienes los sostienen.


 

Así podemos comprender cómo estos “periodistas”


señalan como terroristas a los insurgentes, con quienes, por otra parte, se vienen desarrollando conversaciones conducentes a tratados de paz, mientras simultáneamente dicen esperar resultados positivos de estos diálogos (bueno estos mismos oficiosos informadores o informantes, hacen eco a los retardatarios militares que no cesan de llamar “bandoleros” a aquellos con quienes está el Estado tramitando el fin del conflicto); los bombardeos oficiales sobre la población civil son denominados por los militares y por estos comunicólogos, “daños colaterales”; los atentados de la guerrilla que afectan a la población inerme se señalan como “actos criminales” y los muertos causados a la insurgencia fueron bandoleros neutralizados o “dados de baja”, mientras que los militares que caen en combate se dice que fueron “asesinados” y se les otorga siempre la condición de héroes de la patria... El propósito es establecer una visión, una concepción, uniforme del mundo, difundida por los medios de comunicación, según lineamientos fijados por los organismos imperialistas, que ya han logrado que la llamada “información” sustituya todo proceso intelectual independiente; que han convertido a los partidos políticos, en empresas electoreras, que han hecho de s universidades simples tituladeros y reducido la cultura a farándula…En todo ello está metida la mano de los “periodistas”.


Este pequeño grupo de fabricantes de consensos que son los “periodistas”, puestos al servicio del poder, de s u s d o g m a s y d e s u s c o n t r a d i c c i o n e s , permanentemente están clamando por la “libertad de expresión” en otras partes, haciendo eco meramente a los intereses empresariales de la denominada industria de la información, y de conformidad con las patrañas establecidas por la imperial Sociedad Interamericana de Prensa -SIP. Como lo ha dicho el profesor Fernando Buen Abad, “en las empresas que han hecho de la información una mercancía caprichosa y desleal con la verdad, el trabajo de los “periodistas” se ha deformado hasta la ignominia de la esclavitud del pensamiento y la explotación de personas obligadas a traicionar la conciencia (individual y colectiva) sobre la realidad. Se vive diariamente un desfalco informativo en contra de todo sentido común y se humilla la inteligencia de los trabajadores de la información sometiéndolos a principios y fines empresariales cada día más mediocres, corruptos y mafiosos”.

 

A pesar de todo ello, hoy por hoy, el periodismo es una de las profesiones más promovidas, ponderadas y deseadas en el diverso y abigarrado conjunto de ofertas universitarias que se mueven en esta supuesta “sociedad del conocimiento”, que se publicita desde las mismas empresas de la información y la manipulación mediática, como una clara actividad


“ i n t e l e c t u a l ” d e s a r r o l l a d a p o r e s c r i t o r e s comprometidos con una forma particular de comunicación social y de literatura, lo que por tanto les permite, astutamente, discutir, reclamar y hasta exigir, desde organismos internacionales como la ya m e n c i o n a d a - p o d e r o s a e i n ú t i l - S o c i e d a d Interamericana de Prensa, por la “libertad de expresión y de opinión'', cuando en realidad defienden los intereses de los propietarios de los grandes periódicos y agencias informativas, es decir, de los e m p r e s a r i o s d e l a s m u l t i n a c i o n a l e s d e l a “información” quienes, en última instancia son quienes definen el curso de la información, de las noticias y hasta de la “opinión” de todos los plumíferos a sueldo de sus nóminas…

 

Estas mafias han logrado posicionar la función de sus lacayos, como lo corrobora el escritor palestino Edwar W. Said, en su texto “Profesionales y aficionados”, escrito con el propósito de intentar explicar el quehacer ético de los intelectuales, periodistas, profesores y escritores: “La amenaza particular que hoy pesa sobre el intelectual, tanto en Occidente como en el resto del mundo, no es la academia, ni las afueras de la gran ciudad, ni el aterrador mercantilismo de periodistas y editoriales, sino más bien una actitud que yo definiría con gusto como profesionalismo. Por profesionalismo entiendo yo el hecho de que, como intelectual, concibas tu trabajo como algo que haces


para ganar la vida, entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde, con un ojo en el reloj y el otro vuelto a lo que se considera debe ser la conducta adecuada, p ro f e s i o n a l : n o c a u s a n d o p ro b l e m a s , n o transgrediendo los paradigmas y límites aceptados, haciéndote a ti mismo vendible en el mercado y sobre todo presentable, es decir, no polémico, apolítico y “objetivo”.

 

Nos encontramos con que las instituciones universitarias forman hoy estos “profesionales” periodistas, exclusivamente para satisfacer el mercado de una mediocre pseudocultura que ellos mismos se encargan de reproducir; obsecuente a los poderes establecidos, distorsionadora de los hechos y de la historia, simuladora, consumista y farandulera, y que caracteriza todo este período de decadencia y catástrofe del capitalismo tardío.

 

Ahora la labor de los “intelectuales” es del tipo periodístico, consiste en manejar como recadistas o mensajeros unos saberes que no dominan en su conjunto, ya que son ignorantes e incapaces de tratar asuntos ajenos a los de sus especializaciones, son una especie de “lisiados al revés”, como les denominara Nietzsche en su “Así habló Zaratustra” ... personas a quienes les sobra demasiado de algo careciendo de lo demás. Estos intelectuales de conveniencia, “puestos al calor del sol que más alumbre”, están realmente es al


servicio de la llamada industria del conocimiento, que promueve el uniformismo gregario en materia cultural y educativa, y que bien entienden los llamados “académicos” o profesores universitarios que han hecho de la neolengua y del doblepensar un habitual modo de pensar y de comportamiento, al asumirse como críticos de una administración (política o académica), mientras obtienen ventajas personales y subvenciones de esa misma administración, para asistir a eventos nacionales o internacionales, orgullosos con las credenciales que ostentan -no siempre bien logradas-, que les permiten competir con sus colegas, para la obtención de estas prebendas, y asistir en representación de expresiones culturales, sindicales o políticas, que no se cansan de considerar como expresiones válidas de la “democracia”.


ERICH MARIA REMARQUE

 

 

Nació  en  Ossnabrück,  el 22  de  junio  de  1898  y murió el 25 de septiembre de 1970 en Locano, Suiza. Su verdadero nombre era E r i c h  P a u l  R e m a r k . Estudió en la Universidad de  Münster  y  luego  se alistó en el frente durante l a  P r i m e r a  G u e r r a Mundial.  Las  vivencias que  experimenta  en  el

 

conflicto quedarían plasmadas en su primera novela Sin novedad en el frente.

 

Con este libro en que critica el militarismo y defiende la valentía de todos aquellos que participaron en la contienda alcanzó la fama de forma inesperada. Siempre crítico con los actos bélicos, cuando se produce la llegada del nazismo fija su residencia en Estados Unidos, donde se nacionaliza. En este país escribe "Naufrago", "Arco de Triunfo", "Tiempo para amar, tiempo para morir" etc.


SIN NOVEDAD EN EL FRENTE

 

-Novela de Erich María Remarque-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sinopsis: Paul Bäumer pertenece a un grupo de soldados en el frente oeste de la Primera Guerra Mundial. En un momento de tranquilidad en las trincheras se acuerda de sus días en la escuela. Las charlas patrióticas de su maestro Kantorek habían c o n v e n c i d o a l a c l a s e e n t e r a d e a l i s t a r s e voluntariamente.

 

Bajo el mando de su rudo superior, el suboficial Himmelstoß, aprenden ya en la formación básica que todos los valores inculcados hasta entonces en la escuela pierden su validez.

 

Les llevan al frente oeste, donde un grupo de soldados veteranos dirigidos por el curtido Stanislaus Katczinsky les instruyen sobre los peligros del frente.


Entre "Kat" y Bäumer se crea una especie de relación padre-hijo. Paul aprende a sobrevivir, a distinguir los diferentes proyectiles sólo por el sonido, también a encontrar algo de comer en las más adversas circunstancias, para enfrentarse al enemigo real - la muerte.

 

En una corta visita a su casa Bäumer se da cuenta de cuanto le han cambiado sus vivencias en el frente. Le resulta imposible contar a su familia las crueles experiencias vividas en las trincheras. Decepcionado vuelve con las personas que le resultan más cercanas, sus camaradas del frente.

 

En un ataque es herido por metralla y pasa unas cuantas semanas en el hospital de campaña. En los

meses siguientes, de vuelta en el               frente, se va

 

desintegrando su grupo. Salvo su buen amigo Tjaden, van muriendo los soldados uno tras otro por los ataques de gas, las granadas, los disparos de metralleta o en la lucha cuerpo a cuerpo. Hasta que finalmente él también, justo antes de acabarse la guerra, es herido de muerte "en un día tan tranquilo y calmado, que el informe del ejército se limitó a la frase: sin novedad en el frente".

 

La novela ha sido llevada dos veces al cine. La primera filmación, estadounidense, fue dirigida por Lewis Milestone en 1930 y obtuvo dos premios Oscar: al Mejor director y a la Mejor película.

 

Menos popular, pero igualmente con críticas positivas


se realizó un remake en 1979, dirigido por Delbert Mann. En 1980 recibió un Golden Globe como mejor película de televisión.

 

En 1983 Elton John compuso una canción antibélica titulada All Quiet on the Western Front que hace referencia a la película

 

(Fuente: Wikipedia -Enciclopedia libre-)


LA PELÍCULA “SIN NOVEDAD EN EL FRENTE”

 

 

 

 

 

 

 

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Director: Delbert Mann, Lewis Milestone

 

Actores: Richard Alexander, Louis Wolheim,

 

Lew Ayres, John Wray, Arnold Lucy, Slim

 

Summerville

 

Titulo: All Quiet on the Western Front

 

Pais: EE.UU.

 

Fecha de estreno: 01/01/1930

 

Duración: 2 horas 8 minutos

 

Especial: Estrenos de 1930


UN DURO ALEGATO ANTIBELICISTA

 

Por: Luís Martínez González

 

Comentario: Memorias de una guerra

 

 

Es un hecho incuestionable que las guerras no gustan a nadie, como también lo es que nadie las gana. Tanto vencedores como vencidos sufren la pérdida de familiares y otras penurias. Por tanto, deberían evitarse, pero la obcecación del ser humano sigue llevándonos a ellas, cuando los ideales deben compartirse y debatirse mediante el diálogo y el respeto.

 

De otra parte, el papel básico del intelectual es sacudir a la sociedad y hacerla pensar. Debe ejercer como guía de ella y estar siempre vigilante ante los desmanes de los políticos y de otros grupos sociales.

 

Por todo ello, es muy de agradecer que haya escritores como Erich María Remarque (Osnabrück, Alemania, 1898-1970). Este novelista vivió de primera mano la crueldad de la Primera Guerra Mundial y, conmovido por ello, dedicó el resto de sus días a escribir durísimos alegatos antibelicistas.

 

Probablemente, el más relevante de ellos sea 'Sin novedad en el frente', publicada por vez primera en 1928 en el periódico alemán 'Vossische Zeitung' y en forma de libro en 1929. Se trata de un relato con indudables componentes autobiográficos.


Muestra a un grupo de estudiantes alemanes que, imbuidos de los discursos patrióticos de su director de escuela, acuden al frente de la Primera Guerra Mundial cargados de idealismo e ilusionados con defender a su patria. No obstante, descubrirán rápidamente la verdadera cara de la guerra, que consiste en combatir día a día e intentar sobrevivir.

 

El propio autor manifestó que no intentaba, con la novela, realizar una confesión ni una acusación, ni mucho menos escribir una aventura, pues la muerte no lo es para quiénes se enfrentan a ella cara a cara todos los días. Lo que realmente deseaba es hablar de una generación de hombres a quienes, pese a haber escapado de las bombas, la guerra destruyó.

 

El protagonista es Paul Baurner -inconfundible trasunto del autor, pues escribe poemas y obras de teatro-, que también ejerce el papel de narrador. Verá caer a casi todos sus amigos y ello le hará reflexionar sobre las miserias de la guerra, pero también hacernos ver el heroísmo de algunos muchachos, que entregan su vida sin saber muy bien por qué.

 

No obstante, Remarque incide en algo más: cuando los soldados regresan perdedores, el pueblo se muestra desagradecido con su sacrificio y ellos no consiguen readaptarse a la vida civil, lo cual constituye un drama añadido.


En suma, la novela, que dio lugar a una secuela titulada 'El camino de la vuelta' (1931), aunque no contiene ninguna estridencia, es uno de los más duros alegatos contra la guerra que se hayan escrito jamás y su validez es, por ello, imperecedera.


DALTON TRUMBO, GUIONISTA EN EL RECUERDO

 

Por: Pepe Gutiérrez-Álvarez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Creo que vale la pena recordar ese escritor y director, hombre de conciencia, y autor de algunos trabajos inolvidables, aunque en su larga carrera hubieron muchos que no lo fueron tanto, y algunos de ellos como Éxodo, cuesta perdonar aunque habrá que tratar de comprender… Dalton Trumbo (Montrose, Colorado, 1905-Los Ángeles, California, 1976), hijo de un sheriff (cabe recordar algunos tan peculiares como el que encarnaba Walter Mattheu en Los valientes andan solos), abandona la universidad, luego, ulteriores dificultades económicas le fuerzan a un trabajo nocturno en una panadería. Permanece en la “Davis Perfection Bakery” por espacio de casi nueve


años, hasta 1933. Durante este período, inicia colaboraciones esporádicas en diversas revistas, trabajos que él mismo recordará con cierta ironía…Por aquel tiempo, un artículo propuesto a “Hollywood Spectator”, “Boot legging for Junior” le facilita el ingreso en la misma, pero un año después la revista quiebra.

 

Nuevamente sin trabajo es contratado por la Warner como lector. En 1937 trabaja para la Columbia. Warner lo despide por no haber querido dimitir de la “Screen Writer's Gulid”. De este período data la edición, en Gran Bretaña, de su primera novela The Eclipse. Gracias a su prestigiado como novelista, es llamado por la RKO, la más pequeña de las “majors”, para escribir guiones. Las razones de su contratación evidencian la concepción literaria del lenguaje cinematográfico que tenían los productores norteamericanos. A pesar de ser la causa de su despido continúa colaborando en la “Screen Writer's Guild” y se integra en diversos comités cuya acción era tan sugestiva y evidente como sus propias siglas: “AntiNazi League”, “Joint anti-fascist Refugee Committee”, “Hollywood Writers Mobilization”, “Committee for the Defense of Harry Budges”, etc. Trumbo participa activamente también en los diversos comités de ayuda a los republicanos españoles.

 

En 1938 escribe la novela…Y Johnny cogió su fúsil, uno de los mayores alegatos antimilitaristas que se


recuerden (y que aquí editó Bruguera al calor de la versión fílmica), y también su primer escenario importante “A man to remember”. Film catalogado de serie B, escrito en dos semanas y rodado en quince días. En este guion y en el de Espejismo de amor (Kitty Foyle), Dalton Trumbo logra un oportuno y remarcable empleo del flash-back. “Kitty Foyle” (1940) es dirigida por Sam Wood, un interesante cineasta conservador que más tarde se convertirá en un destacado anticomunista y contra el cual Trumbo publicará un famoso panfleto. Entre 1940 y 1942 redacta numerosos guiones para la RKO, Columbia, Paramount, Universal, MGM, etc., que no añaden nada nuevo a su carrera.

 

Esto coincide con su integración plena en el engranaje industrial de Hollywood. Engranaje que obliga a tan ridículos manejos como los acontecidos con el film “The remarkable Andrew” que dirigió Stuar Heisler (1942). Trumbo propone para esta película un escenario y la productora (Paramount) condiciona su rodaje a que previamente se publique una versión literaria del mismo. Aparece el libro y quedan abiertas las posibilidades de filmación. Disensiones en el rodaje provocan un ofrecimiento para que sea el propio Trumbo quien dirija el film. Rechaza la oferta. Luego llega la muy famosa, y un tanto ñoña Compañeros de mi vida (Tender Cofrade), que sería dirigida por Dmytrik con un reparto que reúne a Gingers Rogers y Robert Ryan, y que fue cribada por


contener una escena en la que se dice que ser “camaradas” significa “compartir”, algo tan general que hasta la Falange lo habría aceptado. Trabaja con Victor Fleming en Dos en el cielo (A guy Namet Joe, 1943), con Spencer Tracy, título sobre el cual Steven Spielberg realizó un “remake” que figura sin duda como lo peor de su filmografía; vuelve a hacerlo con Spencer Tracy pero esta vez con Mervin Le Roy en Treinta segundos sobre Tokio (1944), ambas por lo demás, apologías del ejército norteamericano al que retrata como mandan los cánones, tan noble como invencible. En 1944, con ocasión de la campaña presidencial, se convierte en el “National Chairman of Writers for Roosevelt”. Al año siguiente es corresponsal de guerra en el Pacífico y consejero en la Organización y Fundación de las Naciones Unidas. Es igualmente redactor-jefe de “The Screenwriter” fundada por la “Screen Writer's Guild”.

 

En octubre de 1947, Dalton comparece ante el “Comité de actividades anti-norteamericanas” de la Cámara de Representantes. Preside el siniestro J. Parnell Thomas de New Jersey, y por el lugar manda también el no menos siniestro Richard Nixon de California. Ya en marzo de aquel mismo año, la Comisión había anunciado su intención de realizar una encuesta secreta sobre el comunismo en el cine. El principal motivo de sospecha que regía contra Trumbo se basaba en una antigua defensa del líder sindicalista de portuarios de San Francisco, Harry Bridges.


En efecto, Trumbo había redactado el panfleto que lanzado por la “Liga Americana de Guionistas” se opuso a la expulsión del australiano Bridges. Con todo, la razón legal de su encarcelamiento fue su mantenida negativa a responder a las preguntas del Comité: ¿es o ha sido miembro, del partido comunista?, así como: pertenece a la “Screen Writer's Guild”.

 

Los posteriormente llamados “Diez de Hollywood” argumentaron en favor de su silencio el derecho fijado en la enmienda primera a la Constitución: “El Congreso no podrá aprobar ninguna ley conducente al establecimiento de religión alguna, ni a prohibir el libre ejercicio de ninguna de ellas. Tampoco aprobará ley alguna que coarte la libertad de palabra y de prensa”

 

Trumbo además de su obligada participación en los interrogatorios, envió una carta a Parnell J. Thomas en la que, dentro de unos moderados argumentos liberales, criticaba la actuación del Comité por atentar a la libertad individual y a la libre iniciativa de la empresa privada, transgrediendo derechos fundamentales constitucionalmente reconocidos. De 1946 a 1960, Trumbo escribe cerca de treinta y cinco guiones, en condiciones económicas de las más variadas. Alvah Bessie, brigadista en España, lo cita como uno de los que lograron mantener con mayor continuidad su labor.


Tres años más tarde el Tribunal se negaba a revisar su caso. Trumbo con John Howartd Lawson fueron los más duramente penados. El primero lo estuvo a doce meses de prisión que por buena conducta se redujeron a diez. Es a partir de 1950 cuando inicia su trabajo como guionista clandestino.

 

A raíz de su ingreso en la “Federal Correctional Institution” de Ashland en el estado de Kentucky, la Metro rescinde su contrato. Su último guión de esta época será “The prowler” (1950), película aquí vista por TV y dirigida por Joseph Losey con Van Heflin y Evelyn Keyes, que puede considerarse como una de las primeras (sino la primera) película norteamericana que aborda sin titubeo la historia de un policía corrupto y fascista, y con Huston como productor. Hugo Butler y Don Weiss concluyeron el trabajo iniciado por él. Trumbo tiene que marchar por pies a Méjico con Albert Maltz. La ausencia de Hollywood se prolongará por espacio de cinco años durante los cuales su nombre resulta casi borrado del mapa.

 

El hecho de que varios de los encartados pudieran continuar trabajando en el propio Hollywood patentiza una actitud contradictoria y muy poco consecuente por parte de los industriales y políticos del cine. ¿Razones? Quizás lo fuera el intento de asegurar políticamente el mercado occidental para sus productos. En plena guerra fría, la actitud del gobierno norteamericano para con sus trabajadores del cine


garantizaba un rigor ideológico acorde con las necesidades del momento. Mientras se mantuviera esta “imagen de marca” poco importaba que s e c r e t a m e n t e v o l v i e r a n a c o l a b o r a r l o s comprometidos en la persecución del Comité. Trumbo fue uno de ellos. Un remake de Me perteneces (“You belong to me”, 1941), realizado en 1950, cita a Trumbo en los genéricos. No obstante, él no interviene en esta nueva versión del exitoso film de Wesely Ruggles que en su día interpretaron Bárbara Stamwyck y Herny Fonda.

 

En 1956 se concede el Oscar al mejor guion a un tal Robert Rich. Alguien que cuando se le nombra a la hora de los premios no comparece en la entrega. Una serie de litigios por plagio en contra de los productores del film, los hermanos King, obligan a descubrir la identidad del guionista: Dalton Trumbo. Otros “blacklisted” que ganaron Oscars fueron Michael Wilson y el actor Ned Young que firmó, bajo seudónimo, el guion de Fugitivos (“The Defiant Ones”), la notable metáfora antirracista de Stanley Kramer con Sidney Poitier y Tony Curtis. Durante esta etapa clandestina trabaja con Michael Wilson, el guionista de la mítica La sal de la tierra (“Salt of the Earth”, 1952). El seudónimo Richard Bosley esconde a Wilson como Richard y a Dalton Trumbo como Bosley. Otros seudónimos establecidos fueron Robert Rich (“The Brave One”, aquí estrenada en TVE como El bravo, y resulta una entrañable e ingenua apología


“animalista” dirigida por el anodino Irving Rapper), Sam Jackson (Espartaco), hasta que se destapó. De hecho, Espartaco le proveerá de su mayor prestigio. Desde entonces, se le reconocerá plenamente.

 

Como literato, Trumbo alcanza reconocimiento público al aparecer “McCall's” bajo la firma de C.F. Demaine, C.F. eran las iniciales de su esposa.

 

De este período data una carta enviada a varios intelectuales, gran parte de ellos literatos, en demanda de solidaridad con los afectados por la lista negra. Entre los destinatarios figuraron William Faulkner, Ernest Hemingway, William Saroyan, John Steinbeck y Tennesse W. Williams. Al primero le escribió en enero de 1957 las siguientes líneas: Durante el otoño de 1947, después de una serie de audiencias tenidas por la Comisión de Actividades Anti-norteamericanas se ha establecido una lista negra, en el seno de la industria cinematográfica. En los nueve años que han seguido, más de trescientos escritores, directores, actores, músicos y técnicos han sido alejados de su oficio y desposeídos de su pasaporte que les habría permitido trabajar en el extranjero (…) Aquellos que permanecen en la profesión trabajan bajo vigilancia de grupos privados, un representante permanente de la Comisión en Hollywood y una organización administrativa que certifica el patriotismo del artista. La lista negra, que se creyó por un momento producto eventual de un período borrascoso, se ha


movimiento de los Derechos civiles. A saber: el inteligente aprovechamiento de unos elementos pensados como gran espectáculo y aparentemente “inofensivo” pero que permitían una intencionalidad mucho más profunda que, además, llegó a calar entre los espectadores, sobre todo entre los más jóvenes.

 

Su trabajo en Éxodo tiene empero, una significación casi opuesta. Apresurado por Preminger terminó el escenario en cuarenta y cuatro días, condicionado siempre por el antecedente novelístico del muy reaccionario León Uris, que no duda en glosar y “comprender” las fracciones más terroristas. Auténtica apología sionista que escamotea toda las complicidades de las “democracias occidentales” con la “Shoah” y que, aunque escapar al maniqueísmo habitual, lo cierto es que el trato fílmico dado a los árabes (el único bueno es un colaboracionista interpretado por John Derek que había sido Josué en Los diez mandamientos, acaba siendo colgado por los suyos), no deja de poner en evidencia el gran horror de la película: que los árabes estaban en sus tierras y que no habían tenido nada que ver con el judeocidio. El error de Trumbo lo fue también de la mayor parte de las izquierdas norteamericanas, sobre todo entre los elementos de procedencia hebrea.

 

En 1962 trabaja en un singular y torvo western para Robert Aldrich, El último atardecer (“The Last Sunset”, 1962), que aunque los resultados no


convencieron al propio guionista, lo cierto es que se trata de una gran película, injustamente subestimada, con notables interpretaciones de Rock Hucson, Kirk Douglas, Dorothy Malone, Corl Linney y Joseph Cotten.

 

En Los valientes andan solos (“Lonely are the brave”, 1962) Trumbo adapta la novela de un conocido escritor anarquista que desarrolla toda una metáfora “primitivista” a través de un cow-boy, Jack Burns (Kirk Douglas) es el típico cow-boy individualista y frenético de su libertad que opone a las instituciones del naciente industrialismo su lucha y su huída. Antes Trumbo también escrito el guión de otra gran película sobre los vaqueros, Cow-boy (1958), seguramente el mejor “western” de Delmer Daves que sobresalió especialmente en este género. El lector recordará el juego entre los dos protagonistas, el veterano y el novato, magníficamente representados por Glenn Ford y Jack Lemmon.

 

Luego llegaron Castillo de arena (The Sandpipers” (1965) crea nuevos conflictos a la labor de Trumbo con Vincente Minnelli y de éste con las exigencias de la “diva” Elizabeth Taylor, un tanto molesta por el tipo de papel adjudicado y de otra un Minnelli con ideas muy personales sobre el problema a tratar. En este film vuelve a reunirse con Michael Wilson. Sus últimos trabajos fueron sumamente interesantes, aunque de aplicación irregular como son los casos de de El hombre de Kiev (The Fixer, 1968), adaptación de la


novela de Bernard Malumud sobre un caso muy similar al de Dreyfus sobre el que el marxismo ruso desarrolló una gran labor (Lenin escribió bastante sobre la historia), y Orgullo de estirpe (The Horseman, 1970), adaptación de la novela de Joseph Kessel, y ambos dirigidos por John Frankenheimeir, lejos de sus registros más próximos. Cabe citar además Hawai, de George Roy Hill que sufre de problemas de montaje, y finalmente de Papillon, otra adaptación literaria ilustre que fue dirigida por Franklin Schaffner, y que cuenta con sus partidarios.

 

Independientemente de s u a c t i v i d a d estrictamente política, Trumbo se nos aparece c o m o u n g u i o n i s t a cómodo para el sistema d e p r o d u c c i ó n d e Hollywood. Cómodo por su concepción de la obra cinematográfica c o m o u n t r a b a j o parcelario. Finalizada su tarea como guionista se d e s e n t i e n d e d e l a s

 

p o s t e r i o r e s m a n i p u l a c i o n e s d e l g u i o n . Manipulaciones que sólo empiezan a darse en sus últimos trabajos con directores conscientes de la necesaria originalidad de su labor. Dentro de su larga


carrera, su tarea ha consistido en adaptar a las necesidades del cine obras de autores tan opuestas en su momento como León Uris y Howard Fast, aunque al final de la obra de éste, las diferencias no eran tantas: ambos eran sionistas.

 

Al final de su vida cinematográfica, Trumbo adapta su propia novela “Johnny got his gun” que se había editado tres días antes de la declaración de la II Guerra Mundial. No es hasta 1964 que acepta una de las repetidas propuestas para ceder los derechos a una productora, concretamente a del mexicano Alatriste, productor de los films de Buñuel. Trumbo trabaja con Buñuel durante dos semanas en Méjico. Regresa a su país para concluir el guion, pero durante este intervalo, surgen dificultades entre Alatriste y Buñuel durante el rodaje de Simón del Desierto, y el proyecto se queda en el escritorio. Finalmente será su amigo S. Lazarus, uno de los productores de La sal de la tierra, quien con ayuda de varios amigos comunes logra el capital necesario para la filmación. La sociedad productora es bautizada “Robert Rich Production” recordando el seudónimo con el que ganó el Oscar en 1956.

 

Johnny es un soldado mutilado de la Iª Guerra Mundial. Sin piernas, sin brazos, mudo, sordo, ciego con las sensacionales tácticas como único sentido, además de su cerebro. A través de ellos recuerda, sufre, imagina e intenta comunicarse. Los médicos que lo atienden lo conservan artificialmente para estudiar su cuerpo como materia ajena a toda posible


consciencia de sufrimiento. Como rata de laboratorio, aislada de todo contacto. Sólo la enfermera conseguirá relacionarse con él.

 

La trama no deja lugar para el sentimentalismo ni la hipocresía. Johnny recuerda, imagina y percibe su presente. Recuerda su primer amor y la relación con su padre, que Trumbo reconoce en muchos aspectos autobiográfica. En el cuerpo descubre el horror de la guerra y sueña su exhibición de feria en feria como testimonio de la misma y de sus consecuencias. Como enfermo desea la muerte. Trumbo se vale de los flash-back para explicar los sueños y recuerdos de Johnny. Flash-back que son rodados en color a diferencia del blanco y negro de las secuencias del hospital. Si bien algunos son inoportunos, la necesidad de otros es evidente. El director procura huir del horror visual para poder elevar el nivel de su crítica a planteamientos más elaborados. No sólo hay afecto para el personaje sino también consciencia de un absurdo (la guerra) y crítica a unos interesados responsables, o sea a los amos del mundo.

 

Por lo cual, se puede afirmar que Dalton Trumbo combatió por la libertad y la igualdad hasta el final, aunque a veces se equivocó de barricada.


JOHNNY COGIÓ SU FUSIL

 

De Wikipedia, la enciclopedia libre

 

 

Johnny Got His Gun es una vívida novela antibelicista publicada en 1939 por Dalton Trumbo quien también escribiría el guion y dirigiría en 1971 la película homónima.

 

Johnny cogió su fusil explica la historia de Joe Bonham, un soldado de la Primera Guerra Mundial horriblemente mutilado en el frente. Joe está vivo, pero es sólo un torso sin rostro. En una serie de flashbacks, el autor nos obliga a comparar la vitalidad de una vida normal y corriente con el horror de la guerra y la muerte en vida del protagonista.

 

Johnny cogió su fusil es la gran novela antibelicista por excelencia. Publicada por primera vez en 1939, la historia de Dalton Trumbo sobre un joven soldado americano terriblemente dañado durante la Primera Guerra Mundial -sobrevive sin brazos, sin piernas, sin rostro, pero con la mente intacta- fue un éxito inmediato. Esta conmovedora novela marcó un punto y aparte para muchos americanos que crecieron con la Segunda Guerra Mundial, y se convirtió en la novela anti sistema más popular de la era de Vietnam.


Fragmento

 

No existe nada noble al morir. Ni siquiera cuando mueres por honor. Ni siquiera cuando mueres como el mayor héroe que el mundo haya visto. ¿Ni siquiera cuando eres tan grande que tu nombre nunca será olvidado y quién es así de grande? Lo más importante es su vida muchachos. Ustedes no son nada muertos, excepto para los discursos. No los dejen burlarse más. No pongan atención cuando les den palmadas en los hombros y les digan, ven con nosotros tenemos que pelear por la libertad o cualquier palabra que usen, porque siempre hay una palabra.

 

Sólo digan, señor lo siento, no tengo tiempo para morir, estoy muy ocupado y después den la vuelta y corran como si el diablo los siguiera. Si ellos dicen cobarde, no presten atención, porque su trabajo es vivir y no morir. Si ellos hablan sobre morir por los ideales que son más grandes que la vida, ustedes le contestan, señor usted es un mentiroso. Nada es más grande que la vida. No hay nada noble en la muerte. Qué hay de noble en yacer en la tierra y pudrirse. Qué hay de noble en no volver a ver la luz del sol. Qué hay de noble en que te vuelen las piernas y los brazos. Qué hay de noble en ser un idiota. Qué hay de noble en ser ciego y sordo e ignorante. Qué hay de noble en estar muerto. Porque cuando esté muerto señor todo se habrá acabado. Ese es el fin. Será menos que un perro, menos que una rata, menos que una abeja, que una araña, que un gusano blanco arrastrándose en un


depósito de estiércol.

 

Usted está muerto señor y murió por nada.

 

Usted está muerto señor. Muertor muerto. Porque cuando esté muerto señor todo se habrá acabado. Ese es el fin. Será menos que un perro, menos que una rata, menos que una abeja, que una araña, que un gusano blanco arrastrándose en un depósito de estiércol.

 

Usted está muerto señor y murió por nada.

 

Usted está muerto señor. Muerto.


LA PELÍCULA

 

 

 

 

 

 

 

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Título original Johnny got his gun

 

Año 1971

Duración 111 min.

Director Dalton Trumbo

Guion dalton trumbo (novela: Dalton Trumbo)

Música Jerry Fielding

Fotografía Jules Brennen

Reparto Timothy Bottoms, Jason Robards, Donald

Sutherland, Marsha Hunt, Diane Varsi, Kathy Fields,

 

Charles Mcgraw

Productora World Entertainment.


LA FALACIA LIBERAL ANTE LOS REFUGIADOS Y LOS INMIGRANTES

 

Por Julio César Carrión Castro

 

Algunas películas contemporáneas, que quiero recomendar, también dan cuenta del fenómeno de exclusión, marginalidad, maltrato y explotación a que está sometida la infraclase de los inmigrantes y demás seres de condición contradicha. Así, el filme “El Odio” de Matthieu Kassovitz de 1995, narra la situación social de un grupo de tres jóvenes marginados en los suburbios de París que tiene que hacer frente al desempleo, a la constante persecución y a todo tipo de presiones, solamente por su condición de inmigrantes. Les circunda un cotidiano odio que les hace imposible la vida, llegando incluso a quedar atrapados en ese mundo sin salidas, por las ansias de retaliación ante la muerte de un compañero, asesinado durante un “interrogatorio” policiaco.

 

La película “Pan y rosas” del británico Ken Loach, del año 2000, detalla la vida de los trabajadores de las maquilas –en especial mujeres– que han logrado ingresar a los Estados Unidos, luego de múltiples peripecias como “espaldas mojadas”, teniendo que someterse a las arbitrariedades de los “coyotes” y de sus no menos rapaces empleadores que les imponen toda degradación y hasta el comercio y el chantaje sexual, para mantenerles sus exiguos empleos y


salarios, que constituyen el único recurso para sostener su precaria existencia de inmigrantes ilegales y para enviar dinero a sus familiares en México.

 

En la película “Hijos del hombre” de Alfonso Cuarón (2006), que comenta Slavoj Zizek y cuya acción transcurre hipotéticamente en el Londres del año 2027, se muestra la tremenda decadencia londinense, con unos guetos y suburbios cubiertos de basura, de escombros y de miseria, pero bajo la detallada vigilancia policiva con videocámaras instaladas en todos los rincones de esa ciudad dividida abruptamente entre la opulencia y la miseria, bajo un permanente estado de emergencia y la acción de brigadas antiterroristas que en realidad actúan contra las grandes masas de inmigrantes ilegales, de manera habitual y recalcitrante, llegando incluso hasta los e n f r e n t a m i e n t o s a r m a d o s , c o n a m p l i a s movilizaciones de tropas, ataques aéreos y bombardeos de unos guetos que están ya proliferando bajo las actuales condiciones sociales de estas grandes urbes. Es cuestión de esperar, pues, como lo expresara e el poeta Jorge Zalamea, “hay ya silbos de llama en la brasa”.

 

El film transcurre durante el nada lejano año de 2027.

 

Es decir, narra algo ya contemporáneo.

 

Todos estos filmes coinciden en mostrarnos una catástrofe que no solo se vislumbra hacia el futuro, sino que está presente, porque, como lo anota Cuarón,


“la tiranía del siglo XXI, se llama democracia”. En la actualidad soportamos la carga de la pérdida total de la vitalidad de las democracias liberales, el derrumbe de todas sus promesas; el tercer mundo está incrustado en el primero, como lo denuncia Loach. Existe en estas ciudades de las democracias occidentales –y no hay que esperar al futuro para verlo– un mundo paralelo, invisibilizado, fantasmal, no reconocido, pero que cada vez más constituye la metástasis del cáncer incubado por la evangelización, el colonialismo, la opresión y la marginalidad disfrazada de igualitarismo retórico. Se trata de una bomba de tiempo para las sociedades opulentas. Sociedades opulentas y desperdiciadas que ya marchan hacia la constitución del último hombre que predijera Nietzsche, manifiesto y notorio, por una parte, en aquellos “ciudadanos” con plenos derechos, inmersos en sus pequeñas vidas, con estúpidos placeres cotidianos; consumistas, conformistas, nihilistas, tratando de vegetar en un apático hedonismo carente de sentido y, por otra parte, estos seres de la infraclase privados de derechos, de dignidad y de futuro, tratando de sobrevivir bajo las onerosas condiciones del “orden” social establecido.

 

Inmigrantes, refugiados, desplazados, marginales, prisioneros sin cargos, culpables sin delito, muertos en vida, como se puede apreciar en los reclusos de Abu Grahib o de Guantánamo. Ellos son la evidencia fehaciente de la nuda vida de que nos habla Agamben, personas despojadas tanto de la nacionalidad y la


ciudadanía, como hasta de la “humanidad”, personas que llevan “vidas indignas de ser vividas” en quienes se ha consumado el paso no sólo a la infraclase, sino incluso a la infrahumanidad, como lo previera el gran escritor H. G. Wells en su novela de 1899, “Una historia de los tiempos venideros”, en la cual pronostica un tenebroso futuro en el que “poco más o menos, la sociedad estará dividida en tres clases: los grandes ricos que tendrán en sus manos el monopolio de todas las industrias y que habitarán los lugares superiores de los altos edificios, para estar más cerca de sus vehículos volantes y del aire puro; los empleados, funcionarios, médicos, hombres de leyes, clase intermedia que ocupará la parte central de esos edificios; y en el piso bajo -en una especie de submundo- los obreros –y demás excluidos sociales–, miserable población de siervos de fábricas y de c a n t e r a s , a l i m e n t a d o s y v e s t i d o s administrativamente” y convertidos en algo así como seres de otra especie, biológicamente diferentes ya a los de los niveles superiores.


EL ODIO

 

De Mathieu Kassovitz

 

 

 

 

 

 

 

 

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“Un tipo se tira por la ventana desde un piso cincuenta. Mientras va cayendo piensa: de momento, todo va bien, de momento, todo va bien… Lo importante no es cuánto tiempo estás cayendo, sino cómo aterrizas.”

 

-  En la escuela me enseñaron que el odio engendra odio.

 

- Yo no fui a la escuela. Soy de la calle, y en la calle te enseñan que si pones la otra mejilla te dan por el culo.

 

Son fragmentos del guion de La haine, dirigida en 1994 por el actor y director francés Mathieu Kassovitz


(recordado joven romántico en Amelie o sacerdote contestatario ante la tibieza vaticana frente al nazismo en Amén, de Costa Gavras, o director de Los ríos de color púrpura, exitoso thriller francés). Esta película rodada en un espléndido blanco y negro, de ritmo trepidante y de un guion que roza la perfección fue su sorprendente debut (premio a la mejor dirección en Cannes), y a diferencia de lo que podía esperarse vista su carrera como actor deslumbró con esta demoledora crítica de la sociedad francesa de finales de siglo XX.

 

La película cuenta 24 horas de la vida de tres jóvenes, Vinz (fenomenal, impresionante Vincent Cassel), Saïd (Saïd Taghmaoui) y Hubert (Hubert Kounde; nótese la conservación de sus nombres auténticos para la caracterización de los personajes), que malviven en el parisino suburbio de Les Muguets trapicheando, deambulando por ahí, sin trabajo, sin estudios y sin futuro más allá del día a día. Pero hoy es distinto, porque los suburbios marginales de la Ciudad de la Luz, que aparece hermosa y refulgente en las postales para turistas y reparte imágenes de glamour (sea lo que sea que quiera decir eso) y placeres sibaritas por todo el mundo, amanecen tomados al asalto por la policía, prácticamente en estado de sitio. La razón no es otra que el agitado y violento combate nocturno que las fuerzas de seguridad han librado contra un ejército de jóvenes de esos barrios tras la paliza que Abdel Ichah, de sólo 16 años, ha recibido en una comisaría de policía y que le ha ocasionado heridas que lo tienen a


las puertas de la muerte, repitiendo la vieja ecuación “brutalidad policial = revuelta cada vez más violenta”, un siniestro bucle que de vez en cuando, desde la lejana fecha de los sesenta, sacude la vida nocturna de París y otras ciudades de Francia y extiende en el tiempo un cúmulo de desgracias anónimas, con policías mutilados o impedidos, jóvenes muertos por disparos, y una solución que no llega y que nadie pretende que llegue para un problema sepultado bajo la alfombra de la hipocresía.

 

El retrato de las andanzas de estos tres jóvenes por la geografía que habitan es impresionante: los bloques graníticos hechos con molde, los descampados, las azoteas, los parques solitarios y sombríos, las plazas de juegos infantiles abandonadas, tomadas por los camellos y traficantes, por los vendedores ilegales, por todo aquel que tiene algo que ofrecer a cambio de unos francos o de género para revender, túneles subterráneos llenos de graffitis, paradas de metro cerradas de madrugada, vehículos policiales haciendo la ronda, y entre todo ese paisaje, grupos de jóvenes que pretenden sobrevivir como pueden en un ambiente hostil, donde el amigo puede convertirse en enemigo en apenas unos minutos, donde el lenguaje es un ladrido permanente, donde no llegan las ayudas sociales, las ofertas de empleo, la inserción social. Son Los olvidados del próximo siglo XXI, los marginados para los que las reglas de la moral burguesa, lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, no significan nada, no


cuentan cuando de luchar por la supervivencia diaria se trata. La frustración, el rencor, la imposibilidad de abrirse un camino, la lucha estéril por lograr algo que les está vedado es el criadero del odio. El brazo secular de esa acomodaticia sociedad que les niega lo que a otros regala será el objetivo máximo de la lucha: la policía, que a su vez, comprendiendo las causas profundas de la situación se ve en el drama de tener que responder a palos cuando la extrema violencia de los jóvenes supera el límite de paciencia que todo ser humano tiene, y es partícipe también de esa frustración al entender que no puede dar ninguna respuesta constructiva al problema, y que el propio poder la utiliza para el camuflaje, el ocultamiento, el borrado de la contestación social a un mundo injusto, obligada a actuar como carne de cañón que hace el trabajo sucio que nadie debe ver.

 

La policía y los jóvenes, ambos víctimas del mismo orden, establecen así una lucha sordomuda, latente, continua, una guerra civil en toda regla en la que las víctimas somos todos los que no pertenecemos a consejos de administración u obtenemos dividendos en la bolsa, el odio alimentado con odio, la violencia como única forma de sacudirlo, ejercida contra quien se tiene más a mano, la frustración convertida en venganza ciega, en explosión de instintos reprimidos, en protesta contra la injusticia de la vida, la falta de ayuda, y también contra la ausencia de la propia


capacidad de los jóvenes para luchar por otro futuro con otros medios, el rechazo a un orden moral impuesto por quienes comen cada día y no tienen que preocuparse por el futuro de sus hijos y que no da respuesta a la insatisfacción de quienes se quedan fuera. Los tres muchachos alternan con otros de igual calaña en su barrio, se pelean, se insultan, discuten, se evaden… Pero también hay lugar para comprobar que bajo el telón de tanto odio, de tanto rencor, hay sitio para los sentimientos sinceros, la amistad y la camaradería, aunque haya que disimularla por el qué dirán.

 

24 horas en la vida de unos chicos de los suburbios es el plazo que Kassovitz da para encontrar una solución a tanto odio, y para ello utiliza metafóricamente la pistola que un policía ha perdido durante el combate nocturno y que ha caído en manos de Vinz, que pasa el día intentando decidir contra quién va a utilizarla como forma de vomitar toda su violencia contenida, sin darse cuenta que matar a un policía con su propia arma no sería más que otra calle sin salida, una nueva frustración aún mayor cuando comprobara que nada se ha solucionado con esa muerte, que su vida sigue siendo igual de precaria, que Les Muguets siguen siendo un suburbio marginal. La esperanza la ponen Saïd y Hubert, que aun habiendo crecido en el mismo ambiente hostil, son más contenidos, más comprensivos, tienen mayor capacidad de asombro, de imaginación, de evocación, aunque serán


devorados por la misma vorágine de la que no pueden escapar, al igual que los policías bienintencionados que sucumben igualmente al clima de odio. En ese aspecto la dura escena final es el mensaje de pesimismo que Kassovitz envía: las víctimas siguen siendo las mismas, cambian las generaciones, los rostros de los jóvenes y de los agentes del orden, pero siguen y seguirán muriendo o sufriendo por ambos lados, y alimentando un odio recíproco que debería dirigirse a otros estamentos.

 

A la vista de los hechos, Kassovitz no se equivocó. Aún hay restos en los descampados de las marginadas afueras de París con rescoldos de las últimas revueltas de años atrás, con un ministro del interior, el actual Presidente Sarkozy, personajillo de las revistas del coeur que pasea sus asuntos privados en primera plana, vomitando su odio desde la prensa hacia la “gentuza” que “altera” el orden y la ley, como si el capitalismo salvaje que deja fuera a un 30% de jóvenes (en algunas áreas suburbiales de París el desempleo entre la juventud llega a superar el 70%) no supusiera alterar ese orden, o algo peor, el derecho de una vida plena de una parte importante de la sociedad, no ya inmigrante, sino francesa. Francia, tesoro de la cultura y sabiduría mundiales, origen último del modelo de democracia en el que vivimos (y vuelvo a dejar fuera intencionadamente la revolución americana, pese a ser anterior), es al mismo tiempo un país socialmente anclado en un orden antiguo, anquilosado en los


cincuenta, sin respuesta para los franceses de segunda y tercera generación, y ni que decir tiene, tampoco para los inmigrantes. Potencia colonial de baratillo (las colonias importantes siempre eran británicas, los eriales, los yermos y los pedregales eran colonias francesas), Francia se nutrió para las dos guerras mundiales que padeció de carne de cañón de las colonias, fomentó su inmigración a Francia para reconstruir el país tras 1945, se benefició del trabajo y los negocios de toda una generación de senegaleses, argelinos, marroquíes, vietnamitas, camboyanos, cameruneses, chadianos, congoleños, guineanos, polinesios, antillanos o mascareños, pero olvida a sus hijos, nacidos franceses, hijos de quienes se esforzaron por la metrópoli buscando una vida mejor, los abandona en bolsas de marginación y los cataloga como presencias incómodas, como recién llegados que no optan al derecho de ser plenamente francés. Su protesta, su frustración, su odio por la injusticia de un orden que se aprovechó de sus padres y quiere deshacerse de sus hijos, es el odio del que nos habla Kassovitz, el mismo que Sarkozy contribuyó a encender. Kassovitz nos dice que Vinz, Saïd y Hubert son tan seres humanos y tan franceses como los policías, y también como esos personajes que no aparecen físicamente en la película, pero que son protagonistas: quienes gracias a ese odio enconado en los niveles más bajos de la sociedad viven tan a gusto sus cómodas vidas sin sobresaltos ni tensiones,


quienes intentan apagar el fuego con gasolina, quienes saben que hay que mantener la pelea en otro campo para que nunca llegue a donde debe. En fin, Los “Sarkozys” de este mundo.


HIJOS DE LOS HOMBRES

 

(Children of men)

 

Sinopsis: La Tierra, año 2027. La esperanza de futuro es un recurso que escasea. Hace 19 años que nació el último niño. Ante este inexplicable fenómeno, la raza humana empieza a perder toda esperanza. La mayoría de la gente acepta lo inevitable y se deja caer hacia el separatismo y nihilismo carentes de leyes, otros luchan por defender un planeta unido y los derechos de la decreciente población. Gran Bretaña, mediante una política militar imperialista, es el único país que ha conseguido acallar las luchas internas, pero a cambio debe soportar la continua llegada de inmigrantes ilegales a sus costas. Sin embargo, haciendo gala de una política dura y totalitaria, los refugiados son internados en campos y deportados. Nada de todo esto parece importarle a Theo (Clive Owen), un hombre en estado de parálisis emocional. El antiguo activista convertido a burócrata se protege contra los recuerdos de un doloroso pasado y la realidad de un futuro sin sentido intentando no sentir nada. Los únicos hitos de su monótona vida son las visitas que realiza a su viejo amigo Jasper (Michael Caine). Pero todo esto cambia de repente cuando le llevan a ver a Julián (Julianne Moore). La mujer, que fue su compañera sentimental y de armas, lidera una organización ilegal que defiende los derechos de los refugiados. Julián sólo reaparece para pedirle un favor a Theo: que consiga papeles para


que Kee (Clare - Hope Ashitey), una joven perteneciente a su organización, pueda salir del país sin problemas. Theo acepta, por Julián y también porque cobrará 5.000 libras. Debe acompañar a Kee y a un puñado de compañeros de Julián en un complicado viaje hasta llegar a la costa. Cuando lleguen, los miembros del casi mítico Proyecto Humano, a través del cual las mentes más brillantes del mundo se esfuerzan en formar una nueva sociedad, les ayudarán. Pero cuando unos terroristas atacan el grupo, queda claro que Kee es mucho más que una refugiada; de hecho, sus compañeros están dispuestos a morir por ella.


HIJOS DEL HOMBRE

 

 

 

 

 

CÓDIGO QR

 

 

 

 

 

Link para descargar la película

 

Dirección: Alfonso Cuarón.

 

Países: Reino Unido y USA.

Año: 2006.

Duración: 109 min.

Interpretación: Clive Owen (Theo), Julianne Moore

(Julian), Michael Caine (Jasper), Chiwetel Ejiofor

(Luke),  Charlie  Hunnam  (Patric),  Claire-Hope

Ashitey (Kee).

 

Guion: Alfonso Cuarón, Timothy J. Sexton, David Arata, Mark Fergus y Hank Ostby; basado en la novela "Children of men" de P.D. James.

 

Producción: Marc Abraham, Eric Newman, Hilary Shor, Tony Smith e Iain Smith. Música: John Tavener.

Fotografía: Emmanuel Lubezki.

Montaje: Alex Rodríguez y Alfonso Cuarón.

 

Diseño de producción: Jim Clay y Geoffrey Kirkland.

Vestuario: Jany Temime.


EL CHOQUE DE CIVILIZACIONES Y EL FIN

 

DE LA HISTORIA

-Seminario permanente sobre la Utopía y tal vez

su única hija: la Distopía-

 

Por: Slavoj Žižek.

 

Tomado de Utopías Negativas

 

 

 

El filósofo esloveno reflexiona sobre el hedonismo apático y la pérdida de vitalidad de las democracias liberales de los países de Occidente, tomando como disparador el polémico film de Alfonso Cuarón, “Hijos del hombre”. “¿No es acaso la permisividad extrema, además de las nuevas formas de apartheid social y control basadas en el miedo, lo que caracteriza a nuestras sociedades?”, se pregunta. Y afirma que los actuales conflictos étnico-religiosos son la forma de lucha más conveniente para el capitalismo global.

 

En las historias de H o l l y w o o d , e l magnífico telón de fondo histórico s ó l o s i r v e d e p r e t e x t o p a r a contar “de qué


trata” la película en realidad… del viaje iniciático del héroe o de la pareja. En Impacto profundo, la ola gigante que arrasa la costa este de los Estados Unidos sirve para la reunión incestuosa de la hija con su padre; en La guerra de los mundos, la invasión de los alienígenas sirve para que Tom Cruise reafirme su función paterna. No sucede lo mismo en Niños del hombre, en la que el telón de fondo persiste y se mantiene constante.

 

En una típica película de ciencia ficción de Hollywood, el mundo futuro podrá estar lleno de insólitos objetos o inventos, pero hasta los cyborgs interactúan exactamente de la misma manera que nosotros… o, más bien, como solíamos hacerlo en los v i e j o s m e l o d r a m a s y p e l í c u l a s d e a c c i ó n hollywoodenses. En Niños del hombre no hay nuevos aparatos y Londres se ve tal cual es ahora, sólo que un poco más… Alfonso Cuarón ha enfatizado sus potenciales poéticos y sociales: las tonalidades grises y la decadencia de los suburbios cubiertos de basura, la omnipresencia de la video-vigilancia. La película nos recuerda que, entre todas las cosas extrañas que podemos imaginar, la más extraña de todas es la realidad. Hegel comentó hace mucho tiempo que el retrato de una persona se le parece más que la misma persona. Niños del hombre es la ciencia ficción de nuestro propio presente.


Estamos en el año 2027. La especie humana se ha vuelto infecunda y el habitante más joven de la Tierra, nacido hace dieciocho años, acaba de morir en Buenos Aires. El Reino Unido vive en estado permanente de emergencia: brigadas antiterroristas persiguen a inmigrantes ilegales, y el poder estatal controla a la población decreciente que vegeta en un hedonismo estéril. ¿No son acaso estos dos aspectos -la permisividad hedonista, además de las nuevas formas de apartheid social y control basados en el miedo- los que caracterizan a nuestras sociedades? Y como dijo Cuarón, en una entrevista: “En muchos relatos del futuro siempre aparece algo así como el Gran hermano, pero creo que ésa es una visión de la tiranía del siglo XX. La tiranía actual se presenta con nuevos disfraces… la tiranía del siglo XXI se llama 'democracia'”. Esta es la razón por la que los gobernantes del mundo actual no son burócratas orwellianos totalitarios, grises y uniformados, sino administradores democráticos ilustrados y cultos, y cada uno o cada una con su propio “estilo de vida”. Cuando el protagonista de la película visita a un viejo amigo, convertido en un ministro de alto rango, ingresamos en algo así como el loft de una pareja gay de clase alta de Manhattan.

 

Niños del Hombre no es, obviamente, una película sobre la esterilidad como problema biológico. La infertilidad de la que trata la película de Cuarón fue diagnosticada hace mucho por Friedrich Nietzsche,


cuando percibió el modo en que la civilización occidental avanzaba en dirección al Último Hombre, una criatura apática, sin grandes pasiones o compromisos. Incapaz de soñar y cansado de la vida, no asume ningún riesgo y sólo busca lo cómodo y lo seguro, una manifestación de tolerancia hacia todos. El Último Hombre no quiere que le destruyan sus ilusiones: por eso “acoso” es la palabra clave en su universo mental. En su sentido más simple, el término designa hechos brutales de violación, palizas y otras formas de violencia social que, sin duda, deberían ser condenadas con toda severidad. Sin embargo, en el uso predominante, el significado simple se desliza en forma imperceptible hacia la condena de cualquier cercanía excesiva de otro ser humano real, con sus deseos, temores y placeres. Dos tópicos determinan la actitud tolerante liberal de hoy hacia los otros: el respeto hacia la otredad, la apertura hacia ella y el miedo obsesivo al hostigamiento. El otro es aceptable mientras su presencia no sea invasora, mientras el otro no sea realmente otro. La tolerancia coincide con su sentido opuesto: mi deber de ser tolerante con el otro significa efectivamente que no debo acercarme demasiado. Esto es lo que emerge cada vez más como el “derecho humano”: el derecho a no ser acosado, es decir, a mantenerse a prudente distancia de los otros.

 

Los juzgados de la mayoría de las sociedades occidentales expiden en la actualidad una orden de restricción cuando alguien demanda a otra persona por


acoso. Al acosador se le puede prohibir legalmente acercarse con malas intenciones a la víctima, y debe guardar una distancia de más de cien metros. Por necesaria que sea esta medida, contiene, no obstante, una suerte de defensa contra la realidad traumática del deseo del otro: ¿no resulta obvio que el despliegue abierto de la pasión por y hacia otro ser humano es terriblemente violento? La pasión, por definición, hiere a su objeto, y aun cuando el destinatario acepte gustoso ocupar ese lugar, él o ella no pueden hacerlo sin experimentar asombro o sorpresa. Ocurre incluso con la creciente prohibición de fumar. Primero, todas las oficinas fueron declaradas “libres de humo”; después, los vuelos; después, los restaurantes, los aeropuertos, los bares. Después -en un caso único de censura pedagógica, que nos recuerda la práctica estalinista de retocar las fotos de nomenclatura-, el servicio postal de los Estados Unidos borró el cigarrillo en las estampillas que muestran la fotografía de Robert Johnson, el guitarrista de blues, y la de Jackson Pollock, el pintor. El objetivo de estas prohibiciones es acabar con el deleite excesivo y riesgoso del otro, personificado en el acto de encender un cigarrillo e inhalar profundamente con placer descarado. En efecto, como decía Jacques Lacan, después de la muerte de Dios, ya nada está permitido.

 

En el mercado de hoy encontramos una serie de productos despojados de su propiedad nociva: café sin cafeína, crema sin grasa, cerveza sin alcohol... ¿Y qué podemos decir del sexo virtual como sexo sin sexo, de


la doctrina de guerra sin víctimas (de nuestro lado, por supuesto) de Colin Powell como guerra sin guerra, la redefinición contemporánea de la política como el arte de la hábil administración o política sin política, mientras que temas como esposas golpeadas o violaciones incestuosas no son tomados en cuenta?

 

A los que pertenecemos a los países del Primer Mundo se nos hace cada vez más difícil siquiera imaginar una causa pública o universal por la que estaríamos dispuestos a dar la vida. Pareciera ser, en efecto, que la grieta que separa el Primer Mundo del Tercer Mundo se ahonda cada vez más en la oposición entre llevar una vida larga y satisfactoria llena de riquezas materiales y culturales, y dedicar la vida a una causa trascendente. ¿No es éste el antagonismo entre lo que Nietzsche llama nihilismo “pasivo” y nihilismo “activo”? Nosotros, en el Oeste, somos los Últimos Hombres, inmersos en los estúpidos placeres cotidianos, mientras que los radicales musulmanes e s t á n p r e p a r a d o s p a r a a r r i e s g a r l o t o d o , comprometidos con la lucha nihilista hasta alcanzar la autodestrucción. No sorprende, pues, que el único lugar en Niños del Hombre donde impera una extraña sensación de libertad sea Blackpool, la ciudad aislada y convertida en un campamento de refugiados administrado por sus propios habitantes, inmigrantes ilegales, y al final de la película, bombardeados sin piedad por la fuerza aérea. Aquí prospera la vida, con demostraciones militares fundamentalistas del Islam, pero también con actos de auténtica solidaridad. No


sorprende, pues, que allí aparezca el niño recién nacido.

 

En un debate sobre la suerte de los prisioneros de Guantánamo en la NBC en 2004, uno de los argumentos más extraños a favor de la aceptabilidad ético legal de su estatuto era que “ellos fueron los que se salvaron de las bombas”. Puesto que eran el blanco d e l o s b o m b a r d e o s e s t a d o u n i d e n s e s y l o s sobrevivieron por azar, y puesto que el bombardeo era parte de una operación militar legítima, no se puede censurar el hecho de que los hayan capturado después del combate… Este razonamiento dice más de lo que pretende decir: coloca al prisionero casi en forma literal en la posición de los muertos vivos, los que de algún modo ya están muertos, de manera que ahora son casos de lo que Giorgio Agamben llama Homo sacer, el que puede ser eliminado con impunidad porque, ante los ojos de la ley, su vida ya no cuenta. Si se coloca a los prisioneros de Guantánamo en el espacio “entre las dos muertes”, muertos desde el p u n t o d e v i s t a l e g a l , a u n q u e e s t é n v i v o s biológicamente, entonces el caso de Terri Schiavo, que atrapó nuestra imaginación en marzo de 2005, plantea lo contrario. Schiavo sufrió un grave daño cerebral en 1990 y los médicos nombrados por la Corte alegaron que estaba en estado vegetativo permanente, sin esperanzas de recuperación. Mientras su marido quería que la desconectaran para que muriera en paz, sus padres argumentaron que podía


mejorar. El caso llegó al nivel más alto del gobierno de los Estados Unidos, con la intervención de la Corte Suprema y el presidente. Lo absurdo de la situación, vista en un contexto más amplio, es asombroso: con millones de personas muriendo de sida y hambrunas en todo el mundo, la opinión pública en los Estados Unidos se centró en un caso particular de prolongación de una vida inerte, privada de todas las características específicamente humanas. Estos son los dos extremos en los que nos encontramos hoy con respecto a los derechos humanos: por un lado, los que “se salvaron de las bombas” (seres humanos despojados de sus derechos); por otro lado, un ser humano reducido a una simple vida vegetativa, pero amparada por todo el aparato estatal.

 

¿Qué pasó con nosotros? ¿Qué salió mal? Cualquier lector atento del Marqués de Sade no puede dejar de notar la paradoja que surge cuando la afirmación sin restricciones de la sexualidad sadeana la convierte en un ejercicio mecánico carente de auténtica pasión sensual. Y cabría preguntarse si acaso no es fácilmente discernible una inversión similar en el callejón sin salida de los Últimos Hombres de hoy, los individuos “posmodernos” que rechazan las grandes metas y se dedican a sobrevivir colmados de placeres cada vez más refinados y estimulados en forma artificial. Si las antiguas sociedades jerárquicas oprimieron las fuerzas vitales a través de sus rígidos sistemas ideológicos y del aparato del Estado que los


impusieron, las sociedades de hoy están perdiendo su vitalidad por medio de su hedonismo demasiado permisivo: todo está permitido, aunque descafeinado y despojado de su esencia.

 

Y lo mismo que se aplica a nuestros placeres se aplica a nuestra democracia. Esta se va convirtiendo cada vez más en una democracia descafeinada, despojada de su esencia. Hace un siglo, G.K. Chesterton escribió: “Los hombres que empiezan a luchar contra la Iglesia por el bien de la libertad y la humanidad terminan por abandonar la libertad y la humanidad, aunque sea sólo para seguir luchando contra la Iglesia”. Hoy, lo primero que tendríamos que añadir es que esto también es válido para los partidarios de la Iglesia: ¿cuántos defensores fanáticos de la religión comenzaron a atacar de modo feroz la cultura secular contemporánea y terminaron por abandonar la religión? ¿Y no es verdad que, de un modo estrictamente homólogo, los guerreros liberales están tan ansiosos por combatir el fundamentalismo antidemocrático que van a terminar por abandonar la libertad y la misma democracia, con el solo fin de combatir el terror? Su pasión por demostrar que el fundamentalismo no cristiano es la amenaza principal contra la libertad es tan poderosa que están dispuestos a defender la posición de que debemos limitar nuestra propia libertad, aquí y ahora, en nuestras sociedades supuestamente cristianas. Nuestros guerreros contra el terror están dispuestos a destruir su propio mundo


democrático por odio hacia el otro musulmán. Jonathan Alter, Alan Derschowitz y Sam Harris aman tanto la dignidad humana que están dispuestos a legalizar la tortura -la degradación extrema de la dignidad humana- para defenderla.

 

La modalidad predominante de la política es la política del miedo: miedo a los inmigrantes, miedo al delito, miedo a la impía depravación sexual, miedo al Estado excesivo (que es la razón por la cual la Corrección Política es la forma liberal ejemplar de la política del miedo). Este tipo de política siempre confía en las manifestaciones aterradoras de hombres asustados. El gran acontecimiento en Europa a principios de 2006 fue que las políticas anti inmigratorias empezaron a formar parte de la “tendencia principal”: por fin habían cortado el cordón umbilical que las relacionaba con los partidos de extrema derecha. De Francia a Alemania, de Austria a Holanda, a los principales partidos les parece aceptable insistir en el hecho de que los inmigrantes son huéspedes que deben adaptarse a los valores culturales que definen a la sociedad anfitriona. Esa es la razón por la cual “el choque de civilizaciones” es el mal de Huntington de nuestros tiempos. Como dijo Samuel Huntington, al final de la Guerra Fría, la “cortina de hierro de la ideología” ha sido reemplazada por la “cortina de terciopelo de la cultura”. Esta visión tenebrosa puede parecer lo opuesto a la brillante perspectiva del “fin de la historia” de Francis Fukuyama bajo el aspecto de


una democracia liberal global. Quizá, sin embargo, el “choque de civilizaciones” SEA “el fin de la historia”, es decir: los conflictos étnico-religiosos son la forma de lucha que le conviene al capitalismo global. En nuestra época de “pospolítica”, en que la administración social llevada a cabo por expertos reemplaza en forma progresiva a la política propiamente dicha, la única fuente de conflictos legítima que queda son las tensiones culturales (étnicas, religiosas).

 

Así, pues, para citar el inolvidable lapsus freudiano del presidente Bush, no “malestimen” Niños del Hombre: la última película de Cuarón pega justo en el blanco de nuestra terrible y problemática situación.

 

Título original: The Clash of Civilizations at the End of History.


LITERATURA DISTÓPICA Y

 

SOCIEDAD ACTUAL

 

Por: Julio César Carrión Castro

 

 

-Una breve descripción del manejo político contemporáneo, a partir de obras como “Un mundo feliz” de Aldus Huxley, “1984” de George Orwell y la "Infocracia" de Byung-Chul Han-

 

La literatura distópica, futurista del siglo XX o, simplemente, “la literatura del miedo” -como tan acertadamente la denominara el escritor Manuel Vázquez Montalbán-, probablemente se inaugura con la novela “Un mundo feliz” que Aldous Huxley publicara inicialmente en 1932 y que luego complementaría -en 1958- con “Nueva visita a un mundo feliz”, en la que anticipaba el enorme poder de seducción, encantamiento y deterioro humano que provocaría, tanto la popular utilización de las drogas - l a d r o g a d i c c i ó n - , c o m o l o s d e s a r r o l l o s tecnocientíficos, la asidua persistencia de banales espectáculos deportivos y faranduleros, así como la omnipresencia de los medios de comunicación, puestos al servicio de los organismos de poder, que llevaría, como ya lo estamos viendo, no solo a la clonación y hasta la conformación de “fábricas de niños”, (en sustitución del amor y de las relaciones sexuales) sino, asimismo, a la “felicidad” de unas


masas subordinadas al poder de los Estados-espectáculo, con sus “Centros de Incubación y Condicionamiento”; con sus lemas de “Comunidad, identidad, estabilidad”, que garantizarían, algo así como la “seguridad democrática y la confianza inversionista” entre las enormes masas de un “precariado” sometido a una total e inalterable mansedumbre y subalternidad generalizada, pero que, desde las salas de cine, los escenarios deportivos y los más diversos ambientes llamados “culturales” y “sociales”, se percibe como un sujeto acostumbrado y hecho para la felicidad.

 

Un Mundo Feliz se podría resumir en alcanzar: “Una dictadura perfecta que tendría apariencia de democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían la servidumbre”

 

Identidad y estabilidad social lograda gracias a la m a n i p u l a c i ó n m e d i á t i c a , ( c o s a q u e y a e s prácticamente un hecho consumado). Pues como lo afirmara el propio Huxley: “Si se quiere evitar la persecución, la liquidación y otros síntomas de fricción social, es preciso que los aspectos positivos de la propaganda sean tan eficaces como los negativos. Los más importantes Proyectos Manhattan del futuro serán vastas encuestas patrocinadas por los gobiernos


sobre lo que los políticos y los científicos que intervendrán en ellas llamarán el problema de la felicidad; en otras palabras, el problema de lograr que la gente ame su servidumbre”. -Cabe señalar que el “ P r o y e c t o M a n h a t t a n ” , f u e l a s u b r e p t i c i a investigación, puesta en marcha e incorporación de las a r m a s n u c l e a r e s , p o r p a r t e d e l g o b i e r n o norteamericano, dando validez a la terrible concepción de la “guerra total”, que convertiría a la humanidad entera en “objetivo militar” con la complacencia de unas “mayorías”, que se creen salvadas de males mayores gracias a la irracional operación de un poder imperial que con las bombas de Hiroshima y Nagasaki, fehacientemente impuso su dominio global-. Tema este que, más allá de las simples encuestas pagadas y direccionadas, por los gobiernos, como lo señalara Huxley, aparece hoy ampliamente publicitado y ponderado con películas como “Oppennheimer” del año 2023, muy seguramente, bajo el control de los organismos gringos de vigilancia y direccionamiento “cultural” que ellos mismos imponen planetariamente-.

 

Luego vendría la novela "1984", de George Orwell publicada hace precisamente 75 años, en 1948, una obra clave para entender los mecanismos de vigilancia, control y represión en que se sustentan esos "diversos" Estados-espectáculo que publicitan los "derechos" y las obligaciones de esas ignorantes montoneras humanas que suelen denominar


“ciudadanos".

 

"La ignorancia es la fuerza, la libertad es la esclavitud, la guerra es la paz...". Estas consignas, por paradójico que parezca, por irracionales, aterradoras y absurdas, al estar cargadas de contradicciones, incongruencias e incoherencias, constituyen ya hoy en día, la base sustantiva del quehacer gubernamental de los Estados contemporáneos, llámense totalitarios, autoritarios, despóticos o graciosamente "democráticos"...

 

E l " d o b l e p e n s a r " , e s d e c i r e l d e f e n d e r simultáneamente un planteamiento, una idea y su contraria u opuesta, sin perder la cordura; la "Policía del Pensamiento", encargada de establecer una especie de ingeniería conductual o "pensamiento único"; el "Ministerio del Amor", atento a la angustia y la desesperación de las masas; la constante adulteración de la historia según los intereses de los gobernantes, la persecución y aniquilamiento de todo contradictor o disidente, bajo la presunta validez de las horas, los días y las semanas del odio, programadas y promovidas por los acuciosos medios de información; el permanente espectáculo electoral que se presenta como todo un ritual de consulta popular, mientras de manera subrepticia se alcanzan los "acuerdos" entre los distintos grupos o empresas electoreras disfrazadas con falsas ideologías y falsos " p r o g r a m a s " , p a r a p e r p e t u a r s e fi n g i e n d o contradicciones inexistentes entre ellos.


Toda esa farsa, toda esa impostura y fingimiento que establece el "Gran Hermano" que vigila, direcciona y castiga, ya hace rato que lo estamos viviendo y padeciendo en el mundo moderno, en las abigarradas sociedades de masas de hoy, sumergidas en unas deletéreas condiciones de existencia que las acerca a una animalidad satisfecha; sociedades centradas en la manipulación lograda gracias a los cotidianos espectáculos, a la ponderación de estúpidos ídolos del "deporte", a la farandulería carente de toda dimensión estética y a la "Infocracia", mediante la cual "el discurso se sustituye por los datos. El procesamiento algorítmico del big data tiene que incluir a la población. Los dataístas incluso afirmarían que la inteligencia artificial escucha mejor que los humanos", llegando a conseguir que quien ofrezca mejor espectáculo ganará en las farsas electorales, como, con tanta precisión, lo denuncia Byung-Chul Han en su obra “Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia”, publicada en el año 2022.

 

Debemos entender, en todo caso, como nos lo aclara Byung-Chul Han que “En el estado de vigilancia de George Orwell el Gran Hermano garantizaba una visibilidad constante: ´Big Brother is watching you´. En el régimen de la disciplina, las medidas de localización espacial

como el confinamiento y el aislamiento, garantizan la visibilidad de los sometidos”, visibilización, localización o detección lograda gracias a la propia


contribución de los mismos vigilados, ya que ellos en las llamadas “redes sociales”, como queriendo ponerse en venta, orgullosamente se desnudan; exponen con entusiasmo sus supuestas “virtudes” y excelencias; quieren mostrar sus particularidades y hasta sus intimidades. Se debe entender, asimismo que, Un mundo feliz de Huxley, está en muchos aspectos más cerca de nuestro presente que el Estado de vigilancia de Orwell, ya que la gente vive obnubilada por la diversión, el consumo y el placer. Pues, “la obligación de ser feliz domina la vida”.

 

Los tiempos que corren hacen necesario mantenernos alerta porque el Gran Hermano permanentemente nos vigila y controla, desde los llamados medios de comunicación, las redes sociales y demás artificios, haciéndonos creer que representa el llamado Nuevo Orden Mundial, es decir, el mejor de los mundos posibles, ese Estado Mundial que predijera Huxley, una "democracia auténtica" que en realidad es fascismo, aceptado y promovido por unas "mayorías", simples recuas de sujetos sometidos que ya entendieron que "La ignorancia es la fuerza, la libertad es la esclavitud y la guerra es la paz...".


INDICE

 

DE LA UTOPÍA AL AUTORITARISMO

 

- Premisas para la posible realización de la utopía ..........

1

- Las peliculas ..................................................................

9

- Heinrich Mann .............................................................

10

- Profesor Unrat (El ángel Azul) .......................................

11

- Esplendor y miseria de un pedagogo ..............................

12

- El Súbdito ......................................................................

20

- Klaus Mann ...................................................................

25

- Mefisto ..........................................................................

27

- El Conformista ..............................................................

33

- El Portero de Noche .......................................................

38

- El escándalo de “el portero de noche” ............................

39

- Saló - o los 120 días de Sodoma - ...................................

47

- La Ola ...........................................................................

51

INDIVIDUO Y ESTADO

 

Miedo, Marginalidad y guerra

 

- De la utopía a la distopía ................................................

54

- Utopías y antiutopías .....................................................

55

- La utopía y la razón de los vencidos ...............................

57

- 1984 ..............................................................................

62


- El doblepensar.................................................................... 64

 

- Sin Novedad en el Frente.................................................. 68

 

- Erich Maria Remarque..................................................... 70

 

- Un duro alegato antibelicista............................................ 71

 

- Johnny Cogío su Fusil....................................................... 76

 

- Dalton Trumbo, guionista en el recuerdo....................... 77

 

- La falacia liberal ante los refugiados y los imigrantes 86

 

- El odio................................................................................. 89

 

- Hijos del Hombre............................................................... 94

 

- El choque de la civilización y el fin de la historia........ 96

 

- Literatura distópica y sociedad actual 

 

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