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martes, 22 de julio de 2025

Libro N° 6700. Antología De Las Mejores Novelas Policíacas. Vol. VIII. AA. VV.

 


© Libro N° 6700. Antología De Las Mejores Novelas Policíacas. Vol. VIII. AA. VV. Emancipación. Noviembre 23 de 2019.

Título original: © Antología De Las Mejores Novelas Policíacas. Vol. VIII. AA. VV

                                  

Versión Original: © Antología De Las Mejores Novelas Policíacas. Vol. VIII. AA. VV                                                                                                   

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.lectulandia.co/serie/antologia-de-las-mejores-novelas-policiacas/

 

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTOLOGÍA DE LAS MEJORES NOVELAS POLICÍACAS

 Vol. VIII

AA. VV.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Antología de las mejores novelas policíacas» en XVIII volúmenes, publicada entre los años 1958 y 1973 por la editorial ACERVO.

 

AA. VV.

Antología de las mejores novelas policíacas - Vol. VIII

*

Antología de las mejores novelas policíacas - 8

ePub r1.0

Titivillus 04.11.2018

Título original: Antología de las mejores novelas policíacas

AA. VV., 1968

 

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.0

 

 

 

 

 

ÍNDICE

Veinte años después - O. HENRY

Fuga - ROBERT M. COATES

La curiosidad mató a Cath - MICHAEL HERVEY

El ojo de la aguja - ELLERY QUEEN

Reembolso - RICHARD DEMING

Un abono excelente - ROBERT GRAVES

El que regresa - FRANK WARD

El pueblo vs. Withers y Malone - STUART PALMER & CRAIG RICE

La conciencia de Malone - STUART PALMER & CRAIG RICE

Autopsia y Eva - STUART PALMER & CRAIG RICE

Withers y Malone extorsionadores de cerebros - STUART PALMER & CRAIG RICE

Cuando la niebla es favorable - RICK BUBIN

El hombre que se parecía a Napoleón - ROBERT BLOCH

Visita a la gran ciudad - MICHAEL ZUROY

Caza del hombre en el Dead Yank - ROBERT EDMOND AALTER

Los niños de Alda Nuova - ROBERT EDMOND AALTER

El hombre interior - HUCH PENTECOST

Coartada - ROBERT TWOHNY

El hombre de nueve a cinco - STANLEY ELLIN

 

VEINTE AÑOS DESPUÉS

O. Henry E

L agente de servicio hacía su ronda calle arriba, solemnemente. Lo de la solemnidad era una costumbre y no obedecía al deseo de hacer teatro, ya que los espectadores eran escasos. Aún no habían dado las diez de la noche, pero unas frías ráfagas de viento con sabor a lluvia habían despoblado las calles.

Tanteando las puertas mientras avanzaba, haciendo voltear su porra en una sucesión de complicados y hábiles movimientos, volviéndose de cuando en cuando a echar una vigilante mirada a lo largo de la calle, el agente, con su aspecto robusto y su aire ligeramente fanfarrón, constituía una imagen alentadora de un guardián de la paz. La vecindad era tranquila. De cuando en cuando podían verse las luces de una tienda de cigarrillos o de un snack-bar abierto toda la noche; pero la mayoría de las puertas pertenecían a comercios que cerraban temprano.

Al llegar al centro de una determinada manzana, el agente aflojó súbitamente el paso. En el oscuro umbral de una ferretería había un hombre, con un cigarrillo apagado en la boca. Cuando el agente se acercó a él, el hombre habló rápidamente.

—No pasa nada, agente —dijo, en tono tranquilizador—. Estoy esperando a un amigo. Una cita concertada hace veinte años. Le parece raro, ¿no es cierto? Bueno, voy a explicárselo para que vea que le digo la verdad. En aquella época, había aquí un restaurante… el Big Joe Brady.

—Estuvo aquí hasta hace cinco años —dijo el agente.

El hombre encendió una cerilla y prendió fuego al cigarrillo. La llama iluminó un rostro pálido, de mandíbula cuadrada y ojos penetrantes, y una pequeña cicatriz blanca cerca de su ceja derecha. Su alfiler de corbata era un grueso diamante, caprichosamente tallado.

—Una noche, hace exactamente veinte años —dijo el hombre—, cené en el Big Joe Brady con Jimmy Wells, mi mejor compañero. Nos habíamos criado juntos aquí, en Nueva York, como dos hermanos. Yo tenía dieciocho años, y Jimmy tenía veinte. Al día siguiente tenía que marcharme hacia el Oeste para hacer fortuna. Jimmy, en cambio, no se hubiera marchado de Nueva York por nada del mundo; creía que era lo único que había sobre la tierra. Bueno, aquella noche acordamos que volveríamos a reunirnos aquí al cabo de veinte años, día por día, cualesquiera que fuesen las circunstancias en que nos encontráramos y la distancia que tuviéramos que recorrer. Pensábamos que en veinte años se habrían decidido nuestro destino y nuestras respectivas situaciones.

—Muy interesante —dijo el agente—. Pero veinte años son muchos años, en mi opinión. ¿No tuvo noticias de su amigo desde que se separaron?

—Bueno, sí, durante una temporada nos carteamos —dijo el otro—. Pero al cabo de un par de años perdimos el contacto. Verá, el Oeste es muy extenso, y anduve rodando de un lado para otro. Pero sé que Jimmy acudirá a la cita, si está vivo, ya que siempre fue amigo de cumplir su palabra. Estoy seguro de que no la ha olvidado. He recorrido centenares de millas para poder estar aquí esta noche, pero todo lo daré por bien empleado si mi antiguo compañero se presenta.

El hombre que esperaba sacó un hermoso reloj, adornado con pequeños diamantes.

—Faltan tres minutos para las diez —anunció—. Cuando nos separamos aquella noche, a la puerta del restaurante, eran exactamente las diez.

—Al parecer, en el Oeste le han ido a usted bien las cosas —dijo el agente.

—Desde luego. Y espero que a Jimmy le hayan ido por lo menos la mitad de bien que a mí. Era un buen muchacho, desde luego, aunque algo corto de genio. Yo he tenido que sacar a relucir el mío más de una vez para hacer algo de provecho. Claro que en Nueva York no se le plantean a un hombre las situaciones que se le plantean en el Oeste. Allí tiene que endurecerse a la fuerza si no quiere sucumbir. Aquí todo es más fácil, más… rutinario.

El agente hizo voltear su porra y dio un par de pasos.

—Bueno, voy a continuar mi ronda. Espero que su amigo llegue a tiempo. Supongo que no va a esperarle toda la noche…

—¡Claro que no! —dijo el otro—. Le daré media hora de tiempo. Si Jimmy está vivo, antes de las diez y media habrá llegado. Hasta la vista, agente.

—Buenas noches, señor —dijo el agente, echando a andar calle arriba, tanteando las puertas.

Había empezado a caer una fría llovizna, y el viento soplaba ahora con más fuerza. Los escasos transeúntes que circulaban por el barrio andaban apresuradamente, pegados a las paredes de las casas, con los cuellos de los abrigos levantados y las manos hundidas en los bolsillos. Y en la puerta de la ferretería el hombre que había recorrido centenares de millas para acudir a una cita casi absurda con el amigo de su juventud, fumaba cigarrillo tras cigarrillo, esperando.

Llevaba unos veinte minutos esperando cuando un hombre muy alto, con el cuello del abrigo levantado hasta las orejas, cruzó apresuradamente la calle desde la acera opuesta y se acercó a él.

—¿Eres tú, Bob? —preguntó, en tono dubitativo.

—¿Eres tú, Jimmy Wells? —gritó el hombre que esperaba.

—¡Dichosos los ojos que te ven! —exclamó el recién llegado, cogiendo entre las suyas las dos manos del otro—. Eres Bob, desde luego. Estaba seguro de encontrarte aquí, si es que seguías viviendo. ¡Bueno, bueno, bueno! ¡Han pasado veinte años! El antiguo restaurante ha desaparecido, Bob; de no ser así, repetiríamos la cena de aquella noche, ¿te acuerdas? ¿Cómo te ha tratado el Oeste, viejo?

—Estupendamente. No puedo quejarme: me ha dado todo lo que le he pedido. Tú has cambiado mucho, Jimmy… Eres mucho más alto.

—¡Oh! Desde que tenía veinte años he crecido un poco.

—¿Te han ido bien las cosas en Nueva York, Jimmy?

—A medias. Estoy empleado en una de las entidades oficiales de la ciudad. Pero, vamos; te llevaré a un sitio que conozco y allí podremos hablar largo y tendido. Tenemos muchas cosas que contarnos.

Los dos hombres echaron a andar cogidos del brazo. El hombre del Oeste, satisfecho de poder jactarse de sus éxitos, empezó a explicar las vicisitudes de su carrera. El otro, sumergido en su abrigo, escuchaba con interés.

En la esquina había un snack-bar abierto; sus luces iluminaban la acera. Al llegar a su altura los dos hombres se volvieron al mismo tiempo para mirarse.

El hombre del Oeste se detuvo súbitamente y soltó su brazo.

—Tú no eres Jimmy Wells —dijo—. Veinte años son muchos años, pero no los suficientes para cambiar la nariz aguileña de un hombre por otra achatada.

—Pero han bastado para convertir a un hombre bueno en un delincuente —dijo el hombre alto—. Está usted detenido desde hace diez minutos, Silky Bob. En Chicago creyeron que podría usted caer por aquí, y nos telegrafiaron diciendo que nos interesáramos por usted. Espero que no hará ninguna tontería. Y ahora, antes de que lleguemos a la Jefatura, lea esta nota que alguien me pidió que le entregara. Puede leerla aquí mismo. Es del patrullero Wells.

El hombre del Oeste desdobló el papel que acababan de entregarle. Su mano estaba firme cuando empezó a leer, pero temblaba un poco cuando terminó la lectura. La nota era muy breve.

Bob: Llegué puntual al lugar de la cita. Cuando encendiste aquel fósforo para prenderle fuego al cigarrillo, reconocí el rostro del hombre por cuya captura se había interesado Chicago. No tuve valor para hacerlo yo mismo, de modo que fui en busca de un agente de paisano para que se encargara del trabajo.

JIMMY

FUGA

Robert M. Coates

M

ERRILL Browne se dirigía hacia el este por una carretera bordeada de montañas, al suroeste de Pennsylvania. Era la hora en que el día se acaba y se inicia la noche; la hora en que unos faros encendidos disminuyen la visibilidad, en vez de aumentarla. En aquellos momentos se produjo el suceso, de un modo tan repentino que más tarde Merrill no pudo distinguir lo que había visto de lo que había imaginado.

Su versión de los hechos es la siguiente:

Acababa de atravesar un pequeño pueblo (una tienda, una fonda y un grupo de casas en un cruce de carreteras) y se disponía a tomar una curva por su parte más cerrada. Más allá había un grupo de árboles que hacían más engañosa aún la claridad de los faros. En aquel momento algo chocó contra el automóvil. Un gran pájaro grisáceo agitando unas alas fantasmales había caído sobre el guardabarros delantero e, inmediatamente, se convirtió en el cuerpo de un hombre, de un hombre que Merrill recordaba haber visto vagamente en el borde de la carretera, en el borde mismo de la claridad de sus faros, cuando enfiló la curva.

Merrill frenó y trató de desviar el automóvil, en un frenético esfuerzo por evitar lo que ya no podía ser evitado. La sorpresa aguzó sus sentidos y lo vio todo como en una película proyectada a cámara lenta: un hombre, con la chaqueta remangada sobre sus brazos, los brazos y las piernas extendidos, el rostro visible parcialmente, dada la posición adquirida por la cabeza a consecuencia del impacto… un hombre que llevaba pantalones grises o de color claro, iluminados grotescamente por los faros; un hombre que giraba y que, al fin, caía.

El cuerpo había quedado atrás y el automóvil seguía moviéndose. Poco después, el automóvil se detuvo y todo lo de más pareció también detenerse: los árboles, el campo sumido en la oscuridad, la solitaria carretera azotada por el viento. A excepción del débil y tembloroso zumbido del motor del coche no se oía nada, ni siquiera un gemido. Merrill Browne permaneció sentado allí durante un par de minutos sin pensar en nada, rodeado de silencio. Luego, lentamente, retrocedió un poco, lo suficiente para poder echarle una ojeada a la inmóvil figura. Un instante después el automóvil se ponía de nuevo en movimiento, alejándose de allí.

Al principio no fue una huida propiamente dicha, sino más bien un intento de borrar de su mente lo que acababa de presenciar. Como si por el simple hecho de abandonar aquel lugar pudiera eliminarlo de su cerebro, borrando al mismo tiempo toda su sorpresa y todo su horror. Si conseguía alejarse lo suficiente de allí (después de todo, había ocurrido en un brevísimo instante), podría borrarlo. Sería algo imaginado, algo que no había ocurrido… o que, al menos, no le había ocurrido a él.

Pero una especie de astucia estaba empezando a dirigir sus actos. La carretera estaba desierta, pero no lo estaría siempre. En realidad, poco antes había notado una repentina disminución del tráfico y había llegado a la conclusión de que probablemente era la hora de cenar. Pero aquella paralización del tráfico sería temporal: después de cenar, la gente volvería a salir; y en cuanto los primeros faros de un automóvil proyectaran su luz sobre aquel hombre… Aunque trataba de evitarlo, la mente de Merrill estaba formándose ya una imagen del hombre: un minero, posiblemente, o quizás un granjero; borracho, desde luego, ya que de no ser así no hubiera zigzagueado por la carretera de aquel modo. Y él había zigzagueado, tenía que haberlo hecho, y ahora estaba tendido allí. En cuanto los primeros faros de un automóvil proyectaran su luz sobre aquel hombre, el hecho sería conocido, empezaría la caza. Repentinamente, la oscuridad se llenó de perseguidores; y en el primer desvío —un camino sin asfaltar— se adentró Merrill.

Era un camino vecinal muy angosto. Ascendía tan bruscamente, que Merrill se vio obligado a poner segunda; luego descendía con la misma brusquedad. Pero el camino tenía que conducir a alguna parte, pensó Merrill, y lo siguió. En cuanto hubo tomado esta decisión, el estado del camino empeoró. Después de pasar por delante de una casa —una simple luz a la izquierda, con un par de destartaladas edificaciones y un hombre que le miró con curiosidad mientras pasaba, desde el patio exterior—, el camino se estrechó todavía más. La hierba crecía libremente en su piso y su anchura era apenas la de un vagón de ferrocarril. Antes de llegar al final, una especie de explanada que conducía a campo abierto, Merrill supo que era un camino muerto.

Aquella fue la primera de sus decepciones, y le impresionó de un modo desproporcionado a su importancia real. Se había extraviado; había vuelto a incurrir en una equivocación… Esto era lo que, de un modo confuso, estaba pensando. El camino no conducía a ninguna parte, después de todo. Moría allí, y Merrill permaneció unos instantes sentado, mirando fijamente el resplandor de sus faros que iluminaban el campo vacío, mientras una ominosa premonición de posteriores desastres iba apoderándose de él. Pero tenía que dar la vuelta, y lo hizo, con ciertas dificultades debido al poco espacio de que disponía, y cuando volvió a pasar por delante de la casa situada al borde del camino el hombre estaba junto a la carretera, esperándole.

Merrill sintió la tentación de limitarse a agitar la mano en un gesto de saludo y continuar su marcha, pero al final decidió detenerse. ¿Quién sabe si aquel hombre que vivía apartado de toda civilización —un ser montaraz en realidad— no se sentiría inclinado a pegarle un tiro, extrañado de su maniobra? Decidió, pues, detenerse, aunque el más breve tiempo posible.

—¿Vive por aquí Ed Hodkins? —gritó, dejando que el automóvil siguiera marchando lentamente.

Estaba conduciéndose como un tonto, pensó.

—¿Quién? —gritó a su vez el hombre.

Y cuando Merrill detuvo el automóvil y repitió el nombre, el desconocido se limitó a sacudir negativamente la cabeza, con aire intrigado, y echó a andar sin prisa hacia el vehículo. Al pasar por delante de los encendidos faros, pareció por un instante —chaqueta oscura, pantalones de color gris— hermano gemelo del hombre que estaba tendido en la carretera.

¿Era realmente su hermano gemelo, o simplemente hermano o pariente suyo? Merrill no pudo evitar preguntárselo a sí mismo. ¿Habría ido a parar a la casa del propio hombre?

¡Tengo que marcharme de aquí! ¡Tengo que marcharme!, se dijo a sí mismo, mientras el desconocido daba lentamente la vuelta al automóvil. Y en voz alta, dijo:

—Bueno, no importa. Supongo que me he equivocado de camino. Bien, voy a marcharme.

Pero en aquel momento, un alargado y barbudo rostro, profundamente arrugado, le estaba mirando fijamente a través de la ventanilla del automóvil, y era evidente que su dueño no tenía tanta prisa.

—Soy un poco duro de oído —dijo el rostro—. ¿Qué nombre ha dicho usted?

—Hodkins. Ed Hodkins. Pero creo…

Merrill hizo zumbar el motor con impaciencia. Estaba perdiendo el tiempo, y no veía ningún motivo para disimularlo.

Sin embargo, el hombre no pareció darse cuenta. Estaba agarrado al marco de la ventanilla con una mano grande, rugosa, y, por montaraz que pudiera ser, no se mostraba poco amistoso, sino todo lo contrario.

—En el pueblo vive un Hawkins —dijo, y reflexionó unos instantes—. Pero no se llama Ed —añadió—. Se llama Orville. ¿Ha dicho usted Hodkins?

—Exactamente. —Esta vez Merrill deletreó el nombre—. H-o-d-k-i-n-s. Ed Hodkins. Pero, si no le conoce…

Volvió a acelerar el motor. ¿Cómo era posible que una persona fuera tan lenta de reflejos? El hombre insistió.

—No conozco a ningún Hodkins por estos alrededores —dijo—. Es un nombre fácil de recordar, desde luego. —Repentinamente, inesperadamente, se quedó mirando con fijeza a Merrill—. ¿Es un occidental, también? —preguntó.

Merrill sabía lo que el hombre estaba pensando en aquellos momentos. Había visto la matrícula neoyorquina del automóvil; probablemente estaba tratando de sumar dos y dos, buscando un motivo plausible para la extraña incursión de alguien por aquellos parajes. Pero la paciencia de Merrill estaba ya agotándose, y el modo que tenía el hombre de mirarle, con sus penetrantes ojillos, le desconcertaba cada vez más. Habían ocurrido demasiadas cosas, esta era la verdad. Y ahora estaba aquí, con la noche preñada de amenazas delante de él, escuchando la cháchara del granjero. Era más de lo que podía soportar.

—No —dijo, sin importarle que sus palabras carecieran de sentido. Más tarde tendría que encontrar una solución dilatoria, o incluso evasiva. Pero ahora su mente estaba lúcida, o al menos así se lo parecía a él; y si iban a presentársele problemas, deseaba salir a su encuentro y resolverlos. Deliberadamente, hizo que su voz sonara fría y poco cordial—: Pasaba por aquí, y decidí preguntar por él. Creía que vivía por estos alrededores. Pero, al parecer… Ahora, si no le importa, tengo un poco de prisa.

El hombre retrocedió un par de pasos, aunque lo hizo lentamente y con cierta dignidad, apartando la rugosa mano, el alargado rostro y el delgado cuerpo.

—Perdone, señor —dijo—. Lo único que deseaba era poder serle útil.

Iba a añadir algo más, pero Merrill no esperó a oírlo. El automóvil reemprendió la marcha con un agudo chirrido de los neumáticos sobre la grava del camino. Había conseguido marcharse. Estaba a salvo. ¿Lo estaba, en realidad?

¿No había dejado un recuerdo detrás de él? El hombre de la casa solitaria podría describirle con pelos y señales… Pero Merrill descartó aquel pensamiento. Estaba obligado a hacerlo: tenía que prestar atención a su tarea de conducir. Sin preocuparse por los baches aumentó la velocidad del automóvil hasta que se encontró de nuevo en la carretera general. Entonces, en la misma intersección, se detuvo. La carretera estaba ahora completamente oscura y seguía vacía de tráfico. Y sin saber por qué, sin pensarlo siquiera, giró hacia el oeste en vez de hacerlo hacia el este, dirigiéndose al lugar del accidente en vez de alejarse en sentido contrario; y casi sin darse cuenta volvió a encontrarse en la curva y la recorrió a marcha moderada, ahora por el lado contrario, iluminando con sus faros el asfalto de la carretera.

Se le había ocurrido una idea —una esperanza—, pero en cuanto llegó al lugar donde se había producido el accidente tuvo que desecharla. Se le había ocurrido, quizá —no podía estar seguro—, que tenía que probarse a sí mismo lo sucedido, convencerse de que todo había sido real y no una absurda fantasía. Tal vez había exagerado las proporciones del accidente; tal vez el hombre había quedado simplemente atontado y se había marchado ya por su propio pie… No lo había hecho, desde luego. La figura continuaba allí, tendida en el suelo, inmóvil, muerta. Merrill no se detuvo. Siguió pisando el acelerador por espacio de media milla, aproximadamente; entonces, como algo que le cayera encima por detrás, en la oscuridad de la noche, el hecho se abatió sobre él y le envolvió en su remolino.

Había matado a un hombre, a un hombre que estaba tendido allí, en medio de la carretera. Merrill empezó a temblar con tanta violencia que se vio obligado a detenerse. Luego se apeó del automóvil, se apoyó contra él, y —ya no le importaba nada: si le encontraban, que le encontrasen— se limitó a esperar. Al apearse del coche temió que iba a marearse, pero no se mareó. De todos modos, tenía la boca seca y seguía temblando como un azogado. A partir de aquel momento las cosas se sucedieron un poco confusamente, un poco fantasmagóricamente.

 

Estaba otra vez en marcha, y ahora definitivamente. Por un instante había tenido una idea absurda: la de que él podía «encontrar» a la figura tendida en la carretera. Pasando como pasaba por el lado contrario, no era más que un simple automovilista en tránsito, y podía detenerse y esperar allí, sin hacer nada hasta que llegara otro automóvil que pudiera ser testigo de su «descubrimiento». El asunto podría liquidarse favorablemente. Pero ahora sabía que era incapaz de traducir en actos aquella idea. Había visto la figura una vez, la había visto dos veces, y ahora estaba convencido de que ningún poder terrenal podría llevarle otra vez cerca de aquello; hubiera sido pedirle demasiado, y no solo a él, sino a cualquier hombre.

Y había sido algo tan innecesario, tan impremeditado, pensó Merrill, mientras ponía el automóvil en marcha… ¿O lo había pensado más tarde? De todos modos, se estaba alejando de allí, y no tardaría en cruzar el pueblo y alejarse todavía más; sin embargo, no dejó de observar, antes de llegar al pueblo, que se cruzaba primero con un automóvil, y luego con otro. Los vehículos iban a una velocidad moderada y se encaminaban —aunque sus conductores lo ignoraban— hacia un descubrimiento. Pero Merrill estaba aún a salvo; incluso cuando encontraran al hombre tendido en la carretera supondrían que él, Merrill, quienquiera que fuese, había marchado en dirección contraria. ¿Lo supondrían realmente?

¿No podían decidir que lo primero que tenían que hacer era dar media vuelta y marchar a toda velocidad… en la misma dirección que él estaba siguiendo? Y, en tal caso, ¿le perseguirían? Y, repentinamente, se le ocurrió la idea —¡Santo cielo! ¿Qué es lo que le sucedía? ¿Por qué era incapaz de pensar cuerdamente?— de que al verle pasar entre ellos y el lugar del accidente sabrían, tenían que saberlo, en cuanto encontraran al hombre, que él también lo había visto…

¿Qué podría decirles si se decidían a perseguirle? ¿Que no había visto nada? ¿Que estaba demasiado ocupado conduciendo? ¿Que vio algo tendido en la carretera, pero que no imaginó que pudiera ser lo que era?

Bueno, pensó, por fin había llegado a poner en marcha la máquina de sus pensamientos. Ahora, afortunadamente —y esta era una alternativa que iba a repetirse muchas veces durante las horas siguientes: quizá la mente tenía sus propios medios para medir y limitar lo que era capaz de soportar—, la calma sucedió al pánico.

Lo único que habían visto, a fin de cuentas, era un automóvil, y un automóvil en medio de la noche no era más que un par de faros y una forma oscura e imprecisa arrastrándose detrás de ellos. En medio de la noche, un automóvil era algo completamente anónimo. Durante un rato, satisfecho de descansar, relajado, en su anonimato, Merrill Browne se limitó a permanecer sentado, conduciendo. Giró a la derecha —hacia el norte, supuso— en el primer cruce que encontró más allá del pueblo. Siguió conduciendo (¿Diez millas? ¿Quince?) y giró otra vez a la derecha, por una carretera que ascendía en suave pendiente. De pronto, Merrill volvió a sentirse anonadado.

Otra ola de pánico, de inquietud, estaba invadiéndole. Empezaba a sentirse atrapado en aquellas interminables colinas; tenía que saber, por lo menos, hacia dónde se estaba dirigiendo, y le sorprendió descubrir que después de pasar por dos cruces no se le hubiera ocurrido mirar en busca de algún poste indicador. En realidad, no sabía dónde se encontraba. Y —ahora repentinamente vigilante— siguió conduciendo hasta que llegó a un poste de señales. Merrill detuvo el automóvil junto a la cuneta y abrió la guantera para coger el mapa de carreteras… e inmediatamente lo soltó, ya que por el espejo retrovisor había visto los faros de otro automóvil que se acercaba a él por detrás.

El vehículo pasó por su lado como una exhalación y sus luces de posición se perdieron rápidamente carretera adelante: alguien que iba a alguna parte libre y tranquilo y de prisa. Merrill volvió a coger el mapa, localizó en él la carretera («188», decía el poste indicador) y calculó su situación actual. La carretera le llevaba hacia el este, desde luego, que era la dirección que él deseaba seguir, ya que allí se encontraba su hogar. Y las propias carreteras le procuraban también una especie de anonimato. Si pudiera alejarse lo suficiente, ir lo bastante lejos…

Tenía que hacerlo; y lo haría. Acababa de poner nuevamente el automóvil en marcha y se imaginaba ya a sí mismo conduciendo a través de la noche, una figura anónima, evidentemente, sentada en el asiento del conductor, con las manos firmes sobre el volante, tal como debe llevarlas todo buen conductor, con la mirada fija en la cinta de la carretera, cuando —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué le sucedía? ¿Por qué no había pensado antes en ello?—, en un repentino impulso volvió a detenerse y se apeó, dejando los faros encendidos, para examinar la parte delantera del vehículo.

Conservaba las huellas del choque, desde luego, aunque no eran demasiado espectaculares: el guardabarros ligeramente aplastado, y el radiador un poco abollado. Lo que más le impresionó fue el faro, ya que estaba hecho añicos, por lo menos él cristal. Retrocediendo en sus recuerdos, volvió a ver lo que había visto al pasar junto al hombre tendido en la carretera: una gran cantidad de diminutas astillas. Trozos de grava que relucían a la luz de los faros, había pensado, si es que pensó algo en aquel momento. Pero ahora sabía que eran trozos de su propio faro, unos trozos que, unidos, podían identificarle con tanta seguridad como una huella dactilar.

Si se hubiera detenido, como había pensado hacer, si hubiera hecho caso a aquella absurda idea de «encontrar» el cuerpo del hombre… Hubiera sido su perdición, desde luego, y aún podía serlo. Mientras ponía en marcha el automóvil, su mente estaba ya dándole vueltas a los problemas que le planteaba aquella nueva circunstancia.

 

De modo que siguió adelante, acometido por alternativas de confianza y de incertidumbre, de calma y de pánico; unas alternativas tan bruscas, que empezaron a convertirse en una tortura física. Extrañamente —incluso para él—, apenas pensó en la víctima, ni en el accidente, a pesar de lo mucho que gravitaban sobre sus propios problemas. En lo más profundo de su ser experimentaba la sensación de que ya habría tiempo para pensar en aquello, una y otra vez, más tarde; y aunque había pasado un mal momento al comprobar los desperfectos del automóvil, el guardabarros aplastado, el faro… durante la mayor parte del tiempo su mente estaba cerrada a aquel aspecto de la situación. Lo que le embargaba, y de un modo creciente, como olas amontonándose unas encima de otras, era el horror —y no solamente el horror sino también la estupidez— de aquella misma situación.

Y lo que sentía, lo que se hacía sentir a sí mismo, era exasperación.

—¡El muy imbécil! —gritó en un momento determinado.

Estaba solo y —¿por qué no?— dejó hablar a sus pensamientos. Le pareció que así tenían más peso.

Borracho como una cuba, y zigzagueando por la carretera en plena noche.

Porque el hombre estaba borracho, tenía que estarlo, y se había precipitado contra la parte delantera de su automóvil; la cosa no podía haber sucedido de otro modo.

¡Y sin ninguna luz! ¡Sin nada!

Hasta cierto punto, se le ocurrió repentinamente, la víctima había sido él, y no el otro.

Y unos instantes después:

Fue un accidente, un simple accidente. Podía haberle ocurrido a cualquiera.

Pero, entonces, ¿por qué, por qué, por qué le había ocurrido a él? Y la pregunta estaba llena de amargura y de angustia.

Un momento antes estaba conduciendo por una carretera a una velocidad moderada, ya que él nunca conducía con demasiada rapidez ni de un modo descuidado. (Un buen conductor —le murmuró al tablero iluminado que tenía delante—. Puedo conducir un automóvil tan bien como el mejor). Era un ciudadano honrado, responsable, que regresaba al lado de su esposa y de su familia. Y, de repente, un lunático le salía al paso y en una milésima de segundo le dejaba convertido en un criminal perseguido.

Esto no tiene sentido, ningún sentido, se dijo a sí mismo.

Desde luego, si el caso se hubiera visto ante un tribunal lo hubiera ganado sin la menor duda. Por un instante, Merrill vio a un abogado presentando las pruebas de los vasos que el hombre se había bebido en la taberna del pueblo o en donde fuera, y del estado en que se encontraba cuando se marchó de la taberna, y de su reputación de empedernido borrachín. Pero ahora era demasiado tarde. Merrill Browne había huido, abandonando el lugar de un accidente, y esto era punible en sí mismo. Y, de todos modos, de haberse celebrado aquel hipotético juicio, lo más probable hubiese sido que aquellos montañeses se hubieran confabulado contra él, contra el occidental, el yanqui. En caso necesario hubieran jurado en falso, con la esperanza de que uno de los suyos obtuviera algún dinero. De modo que había hecho bien al no querer arriesgar su reputación y su propia vida enfrentándose con aquellos tramposos.

Me encontraba cansado, supongo, admitió, ya que había estado conduciendo todo el día. Y luego, partiendo de aquel hecho, llegaron los paliativos, los «podía haber sido». Si no se hubiera dejado embaucar por aquel encargado del surtidor de gasolina que conocía «un atajo»… Si no se hubiera apartado de las carreteras de primer orden, ni siquiera hubiera pisado aquella maldita carretera secundaria. O, si se hubiera detenido en aquel hotel menos de media hora antes, como estuvo a punto de hacer… Pero había decidido que era demasiado temprano y, además, el lugar le había parecido poco limpio: ¿acaso un hombre no tiene derecho a un poco de comodidad cuando está de viaje?

O, si la propia víctima —ya que también ella estaba complicada en la circunstancia— se hubiera entretenido en beberse otro vaso, y este le hubiera tumbado, y alguien le hubiese acompañado a su casa…

Merrill oyó sonar furiosamente la bocina de otro automóvil y levantó la mirada para descubrir que estaba conduciendo a lo largo de la calle principal de una pequeña ciudad, sin que se hubiera dado cuenta de que llegaba a ella. Estuvo a punto de rozar un auto aparcado junto a la acera. Siguió adelante, desde luego, pero el incidente le asustó un poco: si no concentraba su atención en lo que estaba haciendo, podía encontrarse con nuevos problemas.

Sin embargo, una vez pasada la ciudad, en medio de la vacía oscuridad del campo, su mente empezó de nuevo a deambular. Durante unos instantes, inesperadamente, quedó inundada de imágenes del hombre zigzagueando, y precipitándose luego contra la luz de los faros; del cuerpo tendido en la carretera tal como lo había visto al pasar de nuevo por allí. En un momento determinado, tuvo también una repentina visión de aquella destartalada granja situada en el camino muerto, y de una de sus dependencias interiores —la cocina—, y del hombre con el cual había hablado sentado ante una mesa cubierta con un mantel de hule, con una silla vacía enfrente de la suya, esperando. La visión fue tan clara que Merrill quedó convencido de que aquellos dos hombres eran hermanos y vivían allí. Y, en otro momento, se encontró a sí mismo, igual que aquel hombre, en una carretera solitaria en plena noche, y oyó el rugido del automóvil y vio los faros precipitándose contra él; y luego vio —sintió, casi— su propio cuerpo agitándose grotescamente de un lado para otro antes de caer al suelo.

Pero todo aquello era demasiado horrible y Merrill luchó para cerrar su mente a aquellas ideas. De todos modos, ¿qué hubiera solucionado quedándose allí?

El crepúsculo, dijo en voz alta.

Había leído en alguna parte que a aquella hora, entre dos luces, era cuando ocurrían más accidentes. Y él estaba cansado… Cualquiera lo habría estado, en su caso. Y la carretera era muy estrecha, y muy oscura, y estaba azotada por el viento. Si el hombre no hubiera estado muerto, y él se hubiera detenido, podía haberle salvado. Pero él estaba seguro, seguro, seguro… A pesar de que se daba cuenta de que aquellos eran argumentos para ser presentados a Dios, no a los hombres ni a la Ley, se aferró obstinadamente a ellos, recordando su habilidad de conductor, los años que había estado conduciendo sin sufrir el más leve accidente; y luego se obligó a sí mismo a eludirlos, quizá porque, indirectamente, le hacían sentir el peso de su culpabilidad.

Pero, todavía, ¿por qué?

¿Por qué, Dios mío, por qué?, le gritó a la noche vacía en un momento determinado.

Y su angustia iba en aumento, ya que de cuando en cuando le asaltaba la impresión de que tenía que haber existido algún medio, evidentemente, para que aquello no le hubiese sucedido.

 

El día siguiente —o lo que de él quedaba para Merrill Browne— fue una mezcla de temor, calma, pánico, rabia y ansiedad. Pasó la mayor parte del tiempo tratando de colocarse a sí mismo en la situación de encontrar una dirección. Despertó con el automóvil medio empotrado en un campo situado a un lado de la carretera, y él mismo hecho un ovillo sobre el asiento delantero. Amanecía. En realidad estaba a punto de amanecer: acababan de encenderse las primeras luces del alba. Soplaba un viento frío, y los campos estaban sumergidos en una niebla blanquecina que descendía hasta los arbustos que salpicaban el desolado paisaje. Merrill tardó más de un minuto en recordar dónde estaba y por qué estaba allí.

Luego todo volvió a él como una avalancha, ola a ola, tal como le había sucedido la noche anterior. Y en aquel momento experimentó la primera sensación directa, real, de culpabilidad. Había matado a un hombre. No podía seguir eludiendo el hecho; este era el hecho: un hombre estaba tendido en la carretera, en alguna parte que Merrill había dejado atrás, muerto, y él lo había matado. Durante un buen rato, después de aquellos primeros momentos del despertar, Merrill permaneció sentado, contemplando fijamente el parabrisas, como si el paisaje que tenía delante de los ojos fuera una pared blanca con la palabra «muerte» escrita en ella.

Y sin embargo, a medida que su sensación de culpabilidad se hacía más intensa, sus propias preocupaciones crecían hasta el punto de anularla. El hombre estaba muerto, era cierto, pero era igualmente cierto que todo había sido un accidente; lo trágico era que le hubiese ocurrido a él. Con infinita tristeza —con lágrimas en los ojos incluso—, se contempló a sí mismo tal como había sido antes de que sucediera aquella cosa espantosa.

Merrill Browne. John Merrill Browne, de treinta y nueve años, un hombre de buen aspecto, bien vestido, sólido; casado, y felizmente; padre de dos niños: Doris Ann, de quince años, y John Merrill Jr., de doce; un hombre respetado, incluso admirado, con un buen empleo: vicepresidente de la Chance Textiles, y poseedor, además, de un importante lote de acciones de la compañía; propietario de una casita, con una buena cantidad de terreno a su alrededor en el sector West Park, en las afueras de Kinston…

Mientras contemplaba todo esto Merrill podía ver, como una especie de orla visual alrededor de la descripción, pequeñas imágenes que la adornaban: Miss Burleigh, su secretaria, alzando la mirada con un «Buenos días, Mr. Browne» mientras él entraba en la fabrica por la mañana; Charlie Hickman —el gordo y alegre Charlie— diciendo: «Ya lo sabe, Merrill, puedo darle veinticinco de los grandes por ese terreno en cualquier momento. Siempre que quiera venderlo…». Y él mismo, contestando: «No vendería esta casa a ningún precio». Y Doris Ann corriendo hacia él a través del césped… Pero, al margen de aquellos aspectos de su trabajo y de su situación financiera, un buen hombre, ni juerguista ni galanteador; un hombre cuya esposa (¡Querida Helen! ¡Querida Helen!) podía recibirle tranquilamente, confiadamente, cuando llegaba a casa.

Y sin embargo, aquí estaba, separado de todos ellos en esta región olvidada de los dioses, y sin haber hecho nada voluntariamente culpable. Podía llorar, y finalmente lloró, al pensar en ello. Porque estaba separado de los suyos: este era también un hecho que había llegado a su conciencia la noche anterior, y que le había inducido a detenerse en aquella especie de agujero hasta que se hiciera de día, para poder pensar mejor en sus consecuencias. Había llegado a la conclusión de que si realmente le perseguían —si alguien había tomado nota del número de su matrícula—, su casa era el peor de los lugares para él. Sería la trampa final; y había llegado a imaginar su entrada en la casa, y a Helen recibiéndole en el vestíbulo, quizás, y abrazándole; y luego, inmediatamente detrás de él, un ruido de pasos en el porche y la autoritaria llamada a la puerta.

Lo que iban a decirle, desde luego, era que había huido. Pero ¿cómo hubiera podido evitarlo? ¿Y quiénes eran ellos, que no se habían visto complicados nunca en un asunto de aquella clase, para juzgarle a él por un momento —un breve, muy breve momento— de pánico? ¿Cómo podían saber lo que después se paga en angustia? Y el hombre estaba muerto, muerto, muerto; Merrill había incluso retrocedido para asegurarse de ello.

No olviden que tenía que pensar en mi familia —se dijo a sí mismo, y a ellos—. Sin contar en mi propia posición.

¿Podría hacerles comprender que no tenía nada que ganar, y sí todo que perder, quedándose?

Cansado de deambular por aquel laberinto interminable de preguntas y respuestas, decidió olvidarse de todo. Estaba en un apuro, desde luego, pero saldría de él. No era ningún conductor alocado, joven o inexperto. Era un hombre maduro, un hombre de negocios, acostumbrado a enfrentarse con problemas y a resolverlos. Y al final también resolvería este.

 

Lo primero que tenía que hacer era alejarse de la región. Luego tenía que buscar un garaje, algún garaje pequeño, donde pudieran arreglarle el faro y el guardabarros, y tal vez telegrafiar a Helen diciéndole que llegaría con un poco de retraso.

Entretanto, el día se estaba levantando, y un buen día, por añadidura; el sol enviaba sus rayos a través de los árboles que se erguían a la izquierda de la carretera, y aquella endiablada niebla empezaba a fundirse. Bien, pensó Merrill, finalmente tranquilo. Había hundido la mano en el bolsillo de su chaqueta, buscando un cigarrillo, y había encontrado un puñado de caramelos, recordando que los compró en una tienda el día anterior. La vista de los caramelos le hizo caer en la cuenta —casi con mortificación, ya que en aquellos momentos le parecía una cosa inadecuada— de que tenía hambre. Y en aquel preciso instante oyó acercarse un automóvil.

Lo malo que tenían las cosas era que siempre sucedían con demasiada rapidez. Mientras apartaba rápidamente la cabeza, Merrill descubrió que no era un automóvil, sino un camión. Un viejo camión de alguna granja, pintado de color verde, que se dirigía al mercado, seguramente. Pero lo que a Merrill le sobresaltó fue el rostro, un rostro alargado, enjuto, barbudo, que le había mirado al pasar: pertenecía al granjero con el cual había tropezado cuando tomó aquel camino lateral que no conducía a ninguna parte. Repentinamente, Merrill puso el motor en marcha; repentinamente, se dio cuenta de que había cometido otro error.

¿Cómo podía saber adónde conducía el camino que estaba siguiendo? Podía tratarse de un camino muerto, como el otro…

/Dios mío! ¡Dios mío! ¡Que no lo sea!, rogó.

No lo era. Subía y bajaba, y daba vueltas, pero, al final de una pendiente tan pronunciada que el automóvil patinó en la grava, desembocaba en una carretera de primer orden.

Merrill giró a la derecha, al azar —ya que ahora no sabía adónde iba—, y luego se detuvo junto a la cuneta; se vio obligado a hacerlo, porque estaba temblando.

Esto es pánico, un pánico terrible, se dijo a sí mismo. Y lo era, en efecto, y le asustó. En aquellas condiciones no podría seguir conduciendo, y permaneció sentado allí largo rato, tratando de tranquilizarse, dirigiendo miradas temerosas a uno y otro lado de la carretera, para comprobar si le perseguían.

Sabía que tenía que hacer varias cosas; sabía que estaba perdiendo un tiempo precioso. Tenía que avisar a Helen: enviarle un telegrama, llamarla por teléfono, hacer algo para que no estuviera preocupada. La lógica le decía también que tenía que salir de la carretera, meterse en alguna parte y conseguir que le arreglaran el guardabarros y el faro. Tal vez telefonear a alguien —a alguien como Charlie Hickman, por ejemplo— para que viniera a ayudarle. Y, por encima de todo, ¡alejarse!

Sin embargo, estaba sumido en una especie de letargo; era como si una parte de sí mismo discutiera con la otra parte, y la otra, la parte obstinada, se resistiera a admitir sus razonamientos. Y en cuanto a lo de hablar con alguien y contarle lo que había sucedido, era demasiado reciente, demasiado duro; no podría hacerlo. ¿Qué ocurría en casos como este?, se preguntó, casi ociosamente. Teletipos, boletines radiados a los coches patrulla, suponía; tal vez se pasaba aviso a los garajes y a las estaciones de servicio. Por unos instantes, el aire susurró a su alrededor y cantó, inaudiblemente, con el tecleo de máquinas de escribir y el zumbido de conversaciones. Si le perseguían, pensó, sería el último en saberlo. Pero, a pesar de todo, continuó sin moverse. Le gustaba estar sentado allí, mientras el día iba creciendo a su alrededor y el sol doraba el inhóspito paisaje, haciendo que los rocosos campos y los desnudos y dispersos árboles parecieran casi hermosos a su fría, maravillosamente limpia y clara luz; la carretera empezaba ahora a llenarse con el tráfico diario. Un enorme camión con remolque ascendió, quejándose, la ligera cuesta que había enfrente del lugar donde se encontraba Merrill, y una camioneta de color rojo se cruzó en sentido contrario; llegaban automóviles y más automóviles, cada uno de ellos con un hombre en su interior, atento al volante, dirigiéndose quizás a su trabajo o a una cita de negocios… o, cosa que ni Merrill ni ninguno de aquellos hombres sabían, a un irremediable desastre en la primera curva. A cierta distancia, al pie de la cuesta, había una granja edificada entre árboles, pequeña y desaseada, con un granero al lado recién pintado de color rojo. Merrill se había dado cuenta de que los graneros —aquí como en otras muchas comunidades campesinas— se conservaban en mejor estado que la propia vivienda. Fue un instante claro y completo en sí mismo que permaneció colgado en su memoria más tarde, puro como una perla.

Sin embargo, las ideas se superponían en su mente de un modo disperso.

Les he dejado un rastro claro, desde luego, se dijo a sí mismo unos instantes más tarde.

En aquel momento estaba conduciendo de nuevo —marchando hacia adelante, aunque sin saber adónde iba—, recordando la noche anterior; y al mismo tiempo estaba comiéndose un caramelo, ya que por encima de todas las otras cosas experimentaba una profunda sensación de hambre.

La cena, por ejemplo; le recordarían como al hombre que había encargado una cena y luego no la probó… y después, inexplicablemente, se había llenado el bolsillo de caramelos. La muchacha de la caja registradora lo había comentado: «¿Se encuentra usted mal, caballero?», le había preguntado. Y él —estúpidamente, ya que en aquel momento no podía comer, no podía— había sacudido la cabeza, diciendo: «No, no. Me encuentro perfectamente. Pero tengo un poco de prisa: he de ir muy lejos».

O la estación de servicio, antes, y el alto y tripudo empleado que le llenó el tanque de gasolina. ¡Santo cielo! Cuán distintos eran aquellos tipos montañeses de los individuos taciturnos y callados que la gente imaginaba… El empleado de la estación de servicio se mostró decididamente pegajoso. ¿Venía de muy lejos? ¿Del estado de Nueva York? ¿O iba hacia allí? ¿En qué dirección, este u oeste? Y luego, dándose cuenta de los desperfectos de la parte delantera del coche:

—¡Caramba! Parece que se ha dado usted un buen tortazo, ¿eh? Sería preferible que lo arreglara, amigo. He oído decir que los patrulleros andan revisando los faros…

La paciencia de Merrill había llegado ya a su límite.

—Ya me ocuparé de ello cuando lo estime oportuno —había dicho secamente.

Se había dado perfecta cuenta de que el hombre apretaba los labios, dolido por aquella respuesta. Sí, desde luego, en la estación de servicio le recordarían…

O —era ya mediodía, o quizá más tarde— cuando se metió en un aparcamiento, para dormir un rato. Había tenido que hacerlo, y le sentó bien, aunque su sueño fue intranquilo y agitado. También allí le recordarían. Llevaba muy poco tiempo en aquel lugar —no sabía cuánto, exactamente, pero muy poco—, cuando oyó aullar la sirena de un coche patrulla, se asustó y decidió marcharse inmediatamente.

El hombre que atendía la caseta, en la salida, tenía ganas de hablar.

—Bueno, no ha estado usted mucho tiempo, ¿verdad? —había comentado jovialmente mientras recogía… ¿qué? ¿Treinta y cinco centavos? Bueno, lo que fuera, lo que Merrill debía por el aparcamiento. Y los nervios de Merrill habían estallado. Estaba tan cansado, tan preocupado…

—¿Le importa a usted algo? —había replicado bruscamente, con una voz tan ronca, tan distinta a la suya, que le sorprendió incluso a él.

Sorprendió también al hombre, y de momento le desconcertó, ya que retrocedió un paso. Y entonces, repentinamente, se dio cuenta de los desperfectos que mostraba el automóvil en su parte delantera, y alguna sospecha debió de asaltarle. Dio un paso hacia adelante y apoyó sus manos en la ventanilla del coche.

—Un momento —dijo—. ¿Ha sufrido usted algún accidente por el camino?

—¿Un accidente? —repitió Merrill, mirando al hombre sin verle.

—Sí, un accidente. Tiene usted el guardabarros y uno de los faros hechos polvo. ¿Dónde ha sido?

—¡Oh, esto! Fue ayer. —No quiso decir «ayer»; le salió sin pensar. Vaciló unos instantes—. En Ohio —añadió, en tono poco convincente, aunque al parecer dejó satisfecho al hombre.

Ahora estaba otra vez lejos. Experimentaba una sensación de culpabilidad y de pesar por el hombre al cual había matado, y de pesar por sí mismo también, y ambos pesares se confundieron. Aunque, hasta cierto punto, el mayor pesar que sentía era por el hermano —porque ahora estaba convencido de que era el hermano—, esperando en aquella granja situada al borde del camino vecinal. Había momentos en que a Merrill le parecía estar viajando por un mundo de pesar. Tal vez la carga de su emoción desempeñaba un importante papel en el cambio que se estaba produciendo en él. Lo cierto es que en su mente lo lógico daba paso a lo ilógico, y la cordura a la demencia, al menos parcial. Al principio del proceso, incluso el propio Merrill pudo darse cuenta de lo que le estaba sucediendo.

 

Estaba perdiendo el control de sí mismo. La cosa empezó, quizá, cuando envió el telegrama a Helen. Se había detenido en uno de aquellos pueblos de Pennsylvania de casas de ladrillo y aceras anchas —¡cómo odiaba a aquellos pueblos, santo cielo!—, entró en una oficina de telégrafos y escribió el mensaje. «Llegaré con retraso. No te preocupes. Abrazos». Era lo único que se le había ocurrido. Después escribió la dirección de Helen, que era también la suya. Pero, pensándolo mejor, había borrado la dirección, para sustituirla por la de Charlie Hickman. Hasta mucho más tarde, cuando estaba de nuevo en la carretera, no cayó en la cuenta de lo sorprendente que aquello resultaría para Helen y para Charlie. Y en la oficina de telégrafos, desde luego, le recordarían como el hombre que cambió la dirección de su telegrama.

O su reloj… Tal vez esto era otro síntoma. Hacía mucho tiempo, antes incluso de detenerse en el aparcamiento, había consultado su reloj: señalaba las diez y media. Y, sin embargo, más tarde, después de haberse marchado del aparcamiento, unas millas más lejos, consultó de nuevo su reloj, que continuaba señalando las diez y media. Se había parado. Se le olvidó darle cuerda la noche anterior, y el reloj se había parado. Merrill se sintió poseído por una extraña fiebre hasta que pasó por un pueblo que tenía campanario y pudo poner su reloj en hora…

Poco más tarde descubrió que estaba siguiendo un camino equivocado. Lo descubrió paulatinamente, a través de una serie de pequeños detalles: aquí una casa que le resultaba familiar, allí una determinada curva por la que recordaba haber pasado… Un pueblo; otro pueblo; y luego el poste indicador: «188». Como el explorador en el Ártico, como el extraviado cazador en los campos, estaba trazando un círculo, volviendo al punto del cual había salido.

Pero en aquellos momentos ya no le importaba. En el estado en que se encontraba, incluso le pareció un hecho natural. Seguiría la carretera hasta encontrar el camino lateral por el cual se adentró el día anterior, y… bueno, cuando llegara allí ya se le ocurriría algo. Después de todo, el Destino le había conducido hasta allí de buenas a primeras, y ahora que el Destino parecía haberse apoderado de nuevo de él, lo único que tenía que hacer era seguir la dirección que le trazaba.

Podía echarse a reír y exclamar: «¡Dios mío! ¡He vuelto a equivocarme de camino! Desde luego, tienen ustedes unos caminos que confunden a cualquiera…».

O, puesto que lo que realmente tenía en el pensamiento era otra cosa, podía preguntar directamente: «¿Cómo está su hermano? ¿Se encuentra bien?».

Podía incluso encontrar algún modo de disculparse por su brusquedad de la noche anterior.

Y, en cualquiera de los casos, podía obtener alguna clase de información…

Iba a tomar una curva, sin ninguna preocupación (como un hombre en el epicentro de un huracán, se encontraba ahora en una zona de calma, y no estaba preocupado en absoluto: le parecía que al final iba a encontrar una solución a su problema), cuando un coche de la policía le pidió paso y le adelantó. Merrill no tuvo la menor idea de lo que le impulsó a obrar de aquel modo. En realidad, había estado conduciendo un poco descuidadamente, primero de prisa, luego lentamente, y luego otra vez de prisa, y el coche patrulla le había estado siguiendo durante un rato, para comprobar si le sucedía algo. Finalmente, los patrulleros llegaron a la conclusión de que se trataba simplemente de un conductor algo excéntrico, y decidieron adelantarle.

Pero esto no tranquilizó a Merrill. Por el contrario, levantó en él una oleada de pánico. Y cuando, por el espejo retrovisor, los dos patrulleros le vieron detener bruscamente el automóvil, dar media vuelta y marcharse a toda velocidad en dirección contraria, la cosa les intrigó sobremanera.

—¿Qué le pasa ahora? —dijo el conductor—. Vaya, tendríamos que estar ya en el cuartel…

—Sí —asintió su compañero—. Pero…

Vacilaron un breve instante, y finalmente dieron también media vuelta. Merrill oyó el sonido de la sirena que aumentaba de volumen detrás de él. Conducía a una velocidad excesiva, tratando de huir… sin saber exactamente de qué. Y en aquel preciso instante la carretera giró bruscamente a la izquierda, para volver a girar inmediatamente a la derecha, dos curvas que cogieron a Merrill por sorpresa. La segunda de las curvas era tan pronunciada, que Merrill perdió completamente de vista la carretera. Lo único que vio fue una valla blanca precipitándose contra él, y una rapidísima sucesión de árboles y ramas. Luego oyó un terrible estrépito, y empezó a hundirse en la espantosa, en la insondable sima sin retorno.

LA CURIOSIDAD MATÓ A CATH

Michael Hervey

E

L profesor Wickland estaba de un humor expansivo. Varios whiskies le habían inspirado una sensación de confianza y bienestar; además, Miss Rawlant era la más encantadora de las oyentes.

—Como científico, detesto la rudeza —estaba diciendo—. Y todo lo que carece de perfección. No hago ninguna excepción a esta norma ni en los asuntos humanos.

Volvió a llenar el vaso de Miss Rawlant, y luego llenó el suyo.

—El matrimonio, por ejemplo —continuó—. He aquí una institución completamente hostil a la perfección. Las personas más incompatibles que imaginarse pueda se casan todos los días, solo para descubrir a su amarga costa que los matrimonios planeados en el cielo rara vez son un éxito en la tierra. El fallo, evidentemente, reside en nuestros corazones, el más caprichoso de los órganos que la naturaleza ha inventado. Nos «enamoramos» con el corazón, traicionando así al cerebro y, como resultado, pagamos continuamente nuestro error…

»Supongo que en un determinado momento amé a Catherine. Era bonita… no tan bonita como usted, desde luego, pero razonablemente atractiva. Aun así, no consigo comprender cómo pude proponerle que se casara conmigo, si es que llegué a proponérselo. Tengo la vaga sospecha de que no llegué a hacerle tal proposición. Sin embargo, Cath insistió en que se la había hecho, y la noche en cuestión yo había bebido más de la cuenta, por lo que no me encontraba en condiciones de negarlo. De todos modos, no podemos modificar el pasado, y debemos agradecer nuestra capacidad para decidir el futuro. No la estoy aburriendo, ¿verdad? —inquirió, inclinándose hacia adelante y palmeando la encantadora mano de su compañera.

Miss Rawlant sacudió su rubia cabeza.

—¡Oh, no! —exclamó, sonriendo con cierta ironía.

—Bien. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Mi matrimonio con Cath. Un fracaso… un espantoso fracaso. Una mujer egoísta, dominante, que quería hacerlo todo a su manera. A mí no me importaba que manejara la casa como mejor le pareciera, pero ella quería entremeterse también en mi trabajo. Me decía que estaba perdiendo el tiempo haciendo experimentos para descubrir nuevas combinaciones que fueran eficaces contra las enfermedades humanas. Aun en el caso de que consiguiera perfeccionar los medicamentos, la recompensa económica sería pequeña. Ahora bien, si concentraba mis esfuerzos en otras cosas, en los cosméticos, por ejemplo, haría una fortuna.

»Era inútil señalarle que el científico puro no está interesado en las recompensas monetarias. “Entonces tendría que estarlo”, me replicaba. Se mostró tan insistente que, a fin de obtener un poco de tranquilidad, consentí en aceptar una proposición comercial patrocinada por uno de sus parientes, propietario de unos importantes laboratorios farmacéuticos.

»El contrato estipulaba que yo desarrollaría la fórmula de un nuevo tónico en un plazo de seis meses, y confieso que estaban dispuestos a pagar una bonita suma por el nuevo elixir. Como usted comprenderá fácilmente, la fijación de un tiempo límite me pareció ridícula: una fórmula científica no puede ser producida a voluntad, como las salchichas.

»Durante los meses que siguieron no gocé ni un solo momento de paz. Cath invadía mi laboratorio, se mostraba grosera con mis ayudantes y metía continuamente su larga nariz en mis experimentos, preguntando diariamente qué progresos hacía, y, al mismo tiempo, sugiriendo arteramente que yo podía y debía realizar mayores esfuerzos para alcanzar mi objetivo. Créame, más de una vez experimenté el deseo de estrangularla.

»—Mira —le dije un día—, voy detrás de algo realmente importante, y no me ayudas en nada entrometiéndote en mi trabajo…

»—¿De veras? —inquirió—. ¿De qué se trata?

»—Creo que estoy a punto de descubrir una nueva vitamina —le dije.

»—¡Oh! —exclamó desdeñosamente—. ¿Tan importante es eso?

»—Tendrá un valor infinito —expliqué—. Se trata de una vitamina capaz de rejuvenecer a las personas ancianas. Por lo menos, será capaz de retardar la senilidad y la vejez por un tiempo casi increíble. En otras palabras: estoy convencido de que me encuentro mucho más cerca del objetivo Voronoff que el propio Voronoff.

»Por primera vez, pareció realmente impresionada.

»—¿Es eso? —preguntó, señalando el frasco de líquido de color oscuro que había sobre mi escritorio.

»—Sí —contesté—. Y no trates de probarlo a espaldas mías: en su actual estado, es sumamente venenoso.

»Tuve motivos más que sobrados para lamentar el haberle hablado de mi descubrimiento ya que, a partir de entonces, en vez de visitar el laboratorio diariamente y de acosarme a preguntas, se pasaba la mayor parte del día “ayudándome en mi trabajo”, como ella decía. Parecía estar fascinada por la nueva vitamina.

»—¿Cuándo estará lista? —me preguntaba una docena de veces al día—. ¿Puedo probarla ya?

»—No —le decía—. Todavía no está lista. Pueden pasar meses, incluso años, antes de que esté en condiciones de salir al mercado.

»—Creo que tratas de impedir que me beneficie de ella —se lamentaba—. Tus ayudantes me han dicho que tus experimentos con los conejillos de Indias han alcanzado resultados muy halagüeños.

»—Sí —admití—. Pero eso no garantiza el éxito cuando se aplique a seres humanos. No podemos permitirnos el correr el más leve riesgo.

»—¡Psé! —gruñó, con su habitual insolencia.

»Me indignó tanto, que estuve a punto de golpearla. Por temperamento odio la violencia, pero la resistencia humana tiene un límite.

»Sin embargo, a pesar de Catherine, hicimos notables progresos con la nueva vitamina, aunque era evidente que no conseguiríamos terminar los experimentos en el plazo estipulado en el contrato. Así se lo manifesté al consejo de administración de los laboratorios diciéndoles que, si no me concedían más tiempo para completar mi trabajo, podían quedarse con la fórmula en su actual estado. Al principio se mostraron reacios, pero por último me concedieron otros seis meses para obtener resultados definitivos. No vacilé en puntualizar que no podía garantizarles esos resultados, ya que cuando se trata de experimentos científicos no existe ninguna seguridad.

»Cath, desde luego, arguyó que yo estaba retrasando deliberadamente los progresos solo para fastidiarla a ella.

»—No quieres que me beneficie del nuevo producto —me acusó—. Sé que está listo.

»—Estás en lo cierto —le dije una noche, en la intimidad de nuestra alcoba—. Está listo, pero tú no vas a tocarlo. Antes de permitir que lo utilices y prolongues tu vida otros cincuenta años, destruiré la fórmula.

»Cath reaccionó tal como yo había previsto. Cuando me desperté, a la mañana siguiente, descubrí que Cath había desaparecido, y con ella las llaves del laboratorio. Me vestí rápidamente, bajé corriendo al laboratorio y la encontré tendida en el suelo, con el frasco en la mano… muerta.

El profesor se sumió en un pensativo silencio.

—¿Qué había sucedido? —preguntó Miss Rawlant—. Ingirió una dosis excesiva, supongo…

—No —dijo el profesor, con una burlona risita—. Verá, el producto no estaba realmente terminado. Y nunca lo estará, dicho sea de paso. Lo supe desde el primer momento. En su estructura había alguna impureza que no hubo modo de eliminar. Eficaz e inofensivo en los animales, era absolutamente mortal para los seres humanos.

»En la consiguiente encuesta, el coroner llegó a las conclusiones que yo había previsto. Naturalmente, dio por sentado que la curiosidad había impulsado a Catherine a ingerir una dosis del producto. Mis ayudantes atestiguaron que yo la había advertido repetidamente de que el producto era sumamente venenoso. Y el coroner me expresó su sincero pesar por la irreparable pérdida que había sufrido.

—¡Maravilloso! —cacareó Miss Rawlant—. Y ahora, querido, no hay nada que nos impida casarnos inmediatamente, ¿no es cierto?

—Desde luego que no, amor mío —afirmó el profesor Wickland, sin notar la expresión de triunfo que apareció en el delgado rostro de Miss Rawlant.

 

—Bueno —murmuró un tercer personaje que se encontraba en la habitación, invisible, y que se adornaba con unos hermosos cuernos y una larga cola—. ¡Ahora es cuando intervengo yo!

EL OJO DE LA AGUJA

Ellery Queen

H

E aquí una historia de piratas y de tesoros robados, que se desarrolla en el mes consagrado a Augusto César, a las aduladas y a las amapolas. ¿Hay que recordar las virtudes de la adulada? A su legítimo dueño solo le acarrea beneficios: puesta en la boca, cuando hay luna llena, revela el porvenir, enfría al colérico, cura la epilepsia, hace florecer los árboles y muchas cosas más. Pero ¡desdichado del que la posee indebidamente! Al ladrón, la adulada no le acarrea más que desgracias y calamidades. Una justicia tan perfecta es altamente deseable en una historia de piratas, aunque la verdad nos obliga a decir que la adulada no figuraba en el cofre lleno de joyas. En cuanto a la amapola, todo el mundo sabe que crece más ufana sobre los campos de batalla y otros lugares regados con sangre… Es muy a propósito, pues, para marcar con un sello sangriento el relato de los acontecimientos ocurridos durante cierto mes de agosto.

El héroe de la historia es el capitán Kidd, único dueño a bordo de la galera Adventure y que fue colgado en Londres hace dos siglos y medio aproximadamente. A aquella gran figura de pirata se añaden dos personajes de menor importancia: un tal Ellery Queen, hijo del inspector Richard Queen y autor de novelas policíacas, y finalmente Eric Ericsson, explorador llegado demasiado tarde a un mundo donde no queda ya nada que explorar.

Después de haber vagabundeado por mar y por tierra sin descubrir nunca nada, Ericsson había alcanzado la edad del retiro, y en aquella época repartía su tiempo entre Nueva York y la pequeña isla que poseía a alguna millas de Montauk Point, Long Island.

Ellery se había encontrado con Ericsson en el Club de Exploradores, y un famoso cartógrafo, presente también aquella noche, le contó después la historia de la famosa isla que un Ericsson se había apropiado a finales del siglo XVII y que había pasado a formar parte del patrimonio familiar. Hacia 1698, el capitán Kidd había —según se decía— desembarcado en la isla Ericsson, había concedido un cuarto de hora a sus legítimos ocupantes para que la abandonaran y había instalado en ella su cuartel general. En aquella época Kidd era ya activamente perseguido y, según una antigua leyenda, había enterrado el botín de sus anteriores expediciones en la isla Ericsson. La abandonó al cabo de algunos días, fue detenido casi inmediatamente y enviado a Inglaterra. Los Ericsson recuperaron su dominio…

—Y registraron la isla a lo largo, a lo ancho y a lo profundo para encontrar el tesoro que Kidd había enterrado en ella —dijo Ellery, disimulando con la ironía de su tono el interés que sentía.

—Naturalmente —respondió el cartógrafo—. ¿No hubiera usted hecho lo mismo, Queen?

—Pero no lo encontraron.

—Ni ellos ni sus descendientes. Lo cual no demuestra que el tesoro no existiera.

—Aunque tampoco demuestra su existencia, de todas maneras.

Aquella noche, Ellery no dejó de soñar en el capitán Kidd y en el tesoro que dormía desde 1698 en una isla muy próxima…

No habían pasado quince días cuando, a mediados de agosto, Eric Ericsson llamó por teléfono.

 

—¿Podría usted concederme una entrevista confidencial, Mr. Queen? Sé que está muy ocupado; pero, si es posible…

—¿Está usted en Nueva York, Mr. Ericsson?

—Sí.

—¡Venga en seguida!

Nikki se mostró razonable por los dos.

—¡Dejarse impresionar por la historia de un tesoro escondido! ¡A su edad!

Veinte minutos después la juiciosa Nikki introducía al actual propietario de la isla que, hacía aproximadamente doscientos cincuenta años, había visto desembarcar al capitán Kidd y a su tripulación de forajidos.

—Ha hecho usted bien en acudir sin perder un instante, Mr. Ericsson —dijo Ellery, lleno de entusiasmo—. Cuanto antes pongamos manos a la obra…

—¿Conoce usted el motivo que me trae aquí? —preguntó el explorador, sorprendido.

—No es difícil de adivinar.

—¿De veras?

—Vamos, Mr. Ericsson. Si lo que le preocupa es la presencia de mi secretaria, sepa usted que Nikki es la discreción personificada y que no tiene el menor interés por los tesoros ocultos.

—¡Oh! —exclamó Ericsson—. Si he venido a verle no ha sido para hablarle del tesoro oculto, Mr. Queen. Nunca he creído esa fábula. Además, ¿podemos afirmar realmente que Kidd era un pirata? Tal como demuestra Dalton en su obra, muy documentada, parece ser que el tal Kidd fue víctima de una intriga política.

—Entonces, la historia del golpe de mano sobre la isla Ericsson…

—Kidd pudo haber visitado la isla en los alrededores de 1698, pero si enterró algo en ella no queda hoy nada que lo indique. Mr. Queen, me gustaría hablarle del objeto de mi visita.

—Sí —suspiró Ellery.

Y Nikki, alma buena, casi compartió su evidente decepción.

La preocupación de Ericsson se refería a su sobrina y único pariente, Inga, que él había recogido a la muerte de la madre de la muchacha y con la cual el viejo solterón se había encariñado profundamente. Inga tenía diecinueve años, era hermosa como el día y estaba sola en el mundo… Condenado a la inactividad por una salud delicada y por la edad, el anciano explorador había visto en Inga el consuelo de los días de su vejez y la única heredera de su modesta fortuna. La huérfana se convirtió en «su hija», y Ericsson decidió conservarla para él el mayor tiempo posible. De modo que cuando los moscones empezaron a zumbar alrededor de la rubia Inga, el celoso tío ordenó que pusieran su yate en estado de navegar para un crucero a las Antillas.

—Fue la peor equivocación de mi vida —suspiró Ericsson—. En las Bahamas, donde hicimos escala, Inga conoció a Anthony Hobbes-Watkin, un joven inglés que se tostaba al sol, y se enamoró de él. Esta vez la cosa era seria. Debí sacarla de allí en seguida. Cuando finalmente abrí los ojos, era demasiado tarde.

—¿Un rapto? —preguntó Nikki, con los ojos brillantes.

—No, no, señorita. Inga se había casado en la catedral. Estaba enamorada de aquel joven, y yo no tenía ningún argumento concreto para oponerme a sus deseos.

—¿Le produjo Hobbes-Watkin una mala impresión? —preguntó Ellery—. ¿Por qué?

—Con usted cuento para responder a esa pregunta, Mr. Queen —respondió el explorador con un extraño brillo en la mirada.

—¿Qué es lo que sabe de él?

—Lo que él mismo me ha dicho, y los escasos informes que he podido recoger aquí y allá. Capitán de la RAF durante la guerra, y una existencia ociosa desde el final de las hostilidades. Es el tipo de inglés bien educado en el sentido de que es un buen cazador, buen jugador de polo, etcétera. En Nassau, estaba muy introducido en la buena sociedad, pero llevaba allí muy poco tiempo. Su padre, el coronel Hobbes-Watkin, vino de alguna parte —de Inglaterra, dijo— para asistir a la boda. Tampoco él me inspira confianza, Mr. Queen. No se trata de una cuestión de dinero, no… Lo gastan a manos llenas. Pero hay algo más, un misterio que me intriga. A fuerza de escalar montañas, de recorrer desiertos y junglas, se adquiere un sexto sentido, ¿sabe? Y ese sexto sentido me advierte ahora que existe un peligro.

—Naturalmente, su sobrina no comparte sus dudas —dijo Nikki.

—Inga es joven, inexperta, y está enamorada —respondió el explorador—. La situación es de lo más delicado. Pero yo quiero a Inga como a mi propia hija y, por su bien, tengo que asegurarme de que no ha cometido un lamentable error.

—¿Ha observado usted algún cambio de actitud en los Hobbes-Watkin después de la boda, Mr. Ericsson? —preguntó Ellery.

—Sostienen extraños conciliábulos.

Ellery levantó las cejas, pero Ericsson continuó, valiente:

—… Inmediatamente después de la boda, el coronel Hobbes-Watkin se marchó a los Estados Unidos. Asuntos de negocios, dijo. Inga y Tony hicieron su viaje de bodas en mi yate; me recogieron en Nassau al cabo de tres semanas y regresamos juntos a Nueva York, donde se encontraba aún el coronel. Por tres veces, mi llegada ha interrumpido bruscamente conversaciones en voz baja entre los Hobbes-Watkin. No me gusta eso, Mr. Queen. Me gusta tan poco, que me he obstinado en que todos se ahoguen de calor en Nueva York, en vez de marcharnos a la isla. Es un lugar aislado y sería ideal para un… Tony y mi sobrina ocupan mi piso, yo he alquilado una habitación en mi club y el coronel se hospeda en un hotel, puesto que sus «negocios» siguen reteniéndole en Nueva York. Pero mi incomprensible obstinación viene prolongándose desde hace varias semanas. Inga empieza a mirarme de un modo extraño, y me he visto obligado a prometerle que nos marcharíamos a la isla el viernes próximo, para pasar allí el final del verano.

—Sería el lugar ideal para un… —repitió Ellery—. Complete su pensamiento.

—Va a creer usted que estoy loco.

—Para un… ¿qué?

—Bueno, sea —suspiró el explorador, con las manos crispadas sobre los brazos de su sillón—. Para un asesinato, Mr. Queen.

—¡Oh! —exclamó Nikki—. Estoy segura…

Pero Ellery aplastó discretamente su diminuto pulgar con la punta del pie.

—¿El asesinato de quién, Mr. Ericsson?

—¡De Inga! ¡De mí! De los dos… ¿Qué sé yo? Supongamos que estoy alucinado… pero sigo manteniendo mi opinión: esos individuos son unos bandidos, y mi isla es el lugar soñado para cualquier empresa criminal o sucia. ¿Quiere usted acompañarnos a ella y quedarse el tiempo que sea necesario, Mr. Queen? ¿Es posible?

Ellery miró a su secretaria. Pero Nikki le contestó con una sonrisa impenetrable.

—Venga usted también, Miss Porter —dijo Ericsson, sorprendiendo aquella mirada—. Inga estará encantada de conocerla, y su presencia dará un cariz puramente amistoso a la visita de Mr. Queen. No quiero que Inga sospeche… El problema del guardarropía no existe. En la isla vivimos un poco al estilo salvaje, y después de la última ampliación de la casa dispongo de varios dormitorios para los invitados. En lo que respecta a sus honorarios, Mr. Queen…

—Los discutiremos más tarde, si hay lugar a ello —dijo Ellery—. De acuerdo. ¿Le parece bien el sábado próximo?

—Una canoa-automóvil les esperará en Montauk Point —dijo Ericsson, poniéndose en pie—. Gracias, Mr. Queen. Su aceptación me quita un terrible peso de encima.

—Pero ¿no cree usted que el nombre de Ellery Queen despertará las sospechas de su sobrina? —preguntó Nikki—. A menos que invente usted una de sus explicaciones habituales, Ellery.

—¿Qué opina usted de esta? Conocí recientemente a Mr. Ericsson en el Club de Exploradores y oí hablar del famoso tesoro enterrado por el capitán Kidd; aquel misterio, que se remonta a doscientos cincuenta años, me apasionó hasta tal punto que pedí a Mr. Ericsson que me permitiera intentar resolverlo sobre el terreno. ¿Es sencilla?

—¡Perfecta! —exclamó Ericsson—. Inga ha despertado ya el interés de los Hobbes-Watkin contándoles esa leyenda, y me bastará con «calentarles» un poco hasta el fin de semana para que le sigan a usted paso a paso. Gracias, una vez más, Mr. Queen. Hasta el sábado. Les espero a los dos.

—Es más que perfecta —declaró Nikki, en cuanto el explorador se hubo marchado—. ¡Es la pura verdad! ¿Tengo que embalar su navaja, mi cortapapeles y un par de hermosos cuernecillos?

La travesía desde Montauk Point a la isla se efectuó el sábado por la mañana, sobre el mar azul, en una zumbante canoa-automóvil conducida por Eric Ericsson. Inga charlaba ya amistosamente con Nikki. La brisa marina que agitaba sus cabellos de oro, parecía haber disipado las preocupaciones de su tío.

—Tony y el coronel no hablan más que del tesoro —gritó Inga a fin de dominar el ronquido del motor—. ¿Espera usted realmente descubrirlo, Mr. Queen?

—Trato de esperarlo —respondió Ellery en el mismo tono—. A propósito, confiaba que su marido y su suegro hubieran venido a buscarnos con usted.

—¡Oh! El tío Eric me ha raptado sin darme tiempo de pedir socorro.

—Confieso que es cierto —admitió el culpable, con una sonrisa desmentida por la crispación de su mano sobre el timón—. ¡Te veo tan poco desde que te has convertido en la señora Hobbes-Watkin!

—Estoy encantada de que me haya raptado, querido tío.

—¿A pesar de Mr. Hobbes-Watkin?

La joven desposada se echó a reír, y Nikki se estremeció a pesar del ardiente sol que caía a plomo sobre ellos. Ericsson temía dejar sola a su sobrina con su marido y con su suegro.

Charlando alegremente, se habían acercado a una isla alargada y llana, cubierta con algunos árboles, que se inclinaban hacia una playa blanca y una hermosa ensenada. Sobre el pequeño muelle había una especie de estaca que, vista más de cerca, resultó ser un viejo al cual no le quedaba más que la pierna derecha. Del lado izquierdo, sus pantalones de pescador estaban remangados a la altura de la rodilla, y llevaba atada con correas al muñón una pata de palo, toscamente labrada. Su tez curtida, una nariz aguileña, una expresión hermética y un pañuelo grasiento atado detrás de las orejas para protegerse del sol completaban su aspecto de viejo pirata; Nikki lo hizo notar así.

—Por eso Tony y yo le hemos bautizado con el nombre de Long John —dijo Inga—. Su verdadero nombre es Fleugelheimer, y es un hombre medio salvaje que hace de guardián de la isla desde hace muchos años. ¡Eh! ¡Long John! ¡Coja la amarra!

Saltando de costado con una sorprendente agilidad, el cojo atrapó la amarra que Inga le había lanzado con muy poca pericia; luego se encaró con Ericsson.

—¡Explotador de los pobres! ¿Cuándo piensa usted aumentarme el sueldo?

—John —suspiró el explorador—. Tenemos invitados.

—¿Quiere usted que me marche? ¿Es eso?

—Amarre ya —dijo Ericsson con una resignada sonrisa.

—No soy más que un pobre miserable —continuó el viejo pirata, obedeciendo—. ¿Ese es el gran detective que iba usted a traer?

—Sí, John.

—¡Ah! —murmuró despectivamente John.

A continuación escupió al mar y se olvidó, al parecer, de sus reivindicaciones.

—El pobre diablo no está bien de la cabeza —explicó Ericsson mientras ascendían por un angosto sendero a través de los árboles—. Es un viejo avaro que guarda celosamente todo el dinero que yo le doy y pide sin cesar aumento de sueldo, como un loro. Yo hago ver que no me doy cuenta de lo que me pide, y nos comprendemos perfectamente.

Llegaron a la casa, situada en la cumbre de la isla. La parte central, construida en piedra gris y rematada por una torre cuadrada, estaba flanqueada por alas de estilo más moderno. La torre, perforada por varias ventanas pequeñas, era evidentemente la antigua atalaya desde donde la mirada abrazaba toda la isla y una gran extensión de mar. Enfrente de la casa había una terraza pavimentada con conchas de ostras. Allí, cerca de un antiguo pozo, había dos hombres tendidos en unas hamacas. Se pusieron inmediatamente en pie y agitaron sus vasos a guisa de saludo.

El más viejo era rojizo y corpulento; el más joven, pálido y delgado. Y, a partir del instante en que posó los ojos sobre los Hobbes-Watkin, Ellery supo que Eric Ericsson estaba en lo cierto.

¿De dónde procedía aquella mala impresión? A simple vista no había en ellos nada de repelente. El marido de Inga era un joven desengañado, producto de la posguerra, y bebía mucho. En cuanto al coronel Hobbes-Watkin, desbordaba de exuberancia y de principios pasados de moda; pero una mirada o una entonación traicionaban a veces una fría determinación que no coincidía con el resto del personaje. Al regreso de la visita a la isla, que había ocupado el final de la tarde, Ellery no sabía mucho más acerca de ellos, y había acaparado prudentemente a Inga durante todo el paseo.

—Supongo que no existe ninguna documentación acerca de la historia del tesoro, ¿verdad? —le preguntó mientras regresaban a la casa, próximo el crepúsculo.

—No —respondió Inga—. Pero parece ser que hubo, antaño, un documento en el cual el antepasado Ericsson, que vivió en 1698, decía que el «secreto del capitán Kidd» se encontraba en la cámara de la torre.

—¡Nadie me había hablado de ese documento! —exclamó Ellery.

—Fantástico —murmuró Tony Hobbes-Watkin—. Eric carece por completo de imaginación.

—Ya me sorprendía a mí que no hubiera empezado usted por trepar allí arriba —dijo el coronel—. Y pensar que su tío se ha olvidado de contarle lo esencial a Mr. Queen, Inga…

Ellery devoró la torre con los ojos.

—¿Seguro que pertenece a la época, Inga? —preguntó.

—Sí.

—¿Y cuál es el secreto del capitán Kidd que se trata de descubrir allá arriba?

Pero Long John, armado con un verdadero tridente, acechaba desde la terraza a los que llegaban con retraso. Hubo que sentarse inmediatamente a la mesa, y la pregunta de Ellery quedó sin respuesta.

 

La luna iluminaba la terraza cuando Ellery se aisló de los demás, después de cenar.

—¿Alguna novedad? —le preguntó Eric Ericsson, que había ido a reunirse con él.

—Nada concreto, Mr. Ericsson. Pero comparto sus sentimientos: hay un peligro en el ambiente.

—Le he dado a usted la habitación contigua a la del coronel, y yo tengo un revólver. Pero Inga, sola con…

—Ese problema ha quedado resuelto —le interrumpió Ellery—. Por una afortunada coincidencia, Nikki estará demasiado nerviosa en este marco primitivo para dormir sola, esta noche; y, como se trata de una persona joven muy bien educada, Inga resulta ser la única persona con la cual ella puede compartir la habitación. Para un marido joven, es una mala pasada; pero Tony se consolará quizá con la idea de gozar de una noche tranquila en la habitación contigua a la mía.

Ericsson apretó el brazo de Ellery de un modo casi patético.

—Esta noche —continuó Ellery en voz baja—, tiene usted que seguir mi programa, Mr. Ericsson. Voy a dedicarme por entero a la caza del tesoro.

—¡Ah! Me había parecido oír que alguien hablaba en este rincón, y veo que no me he equivocado —dijo Tony Hobbes-Watkin, que se acercó a ellos con un vaso en la mano—. ¿Interrogaba usted a Eric acerca del secreto de Kidd, Queen?

—En efecto. ¡Vaya, las damas han desaparecido!

—Temen a los mosquitos y se han quedado dentro —explicó el coronel, riendo—. ¡Las mujeres son todas iguales! Perfectamente, hijo mío. Espera a tener mi experiencia para burlarte de tu anciano padre. «La luna nos sonríe, es la hora de las grandes aventuras», ha dicho un ilustre desconocido. Volviendo al secreto del capitán Kidd, Mr. Queen…

—Sí, no me había hablado usted nunca de la cámara del capitán Kidd, Mr. Ericsson —dijo Ellery, en un tono cargado de reproches—. ¿Qué indicación dejaría Kidd en ella?

—Una antigua leyenda afirma que el pirata, en vísperas de ser colgado en Londres, escribió a mi antepasado para decirle que había enterrado un tesoro en la isla Ericsson, en 1698. «Para encontrarlo, tendrá que mirar por el ojo de la aguja», dicen que terminaba la carta.

—¿El ojo de qué aguja? —preguntó Ellery mientras Ericsson servía el café.

—¡Ah! —dijo el coronel Hobbes-Watkin—. He aquí el nudo de la cuestión. Nadie sabe de qué aguja se trata, ¿no es cierto, Mr. Ericsson?

—Mucho me temo que sí, coronel. Y nadie lo sabrá nunca, porque todo el asunto es una leyenda.

—¿Por qué es usted tan categórico? —inquirió Tony con repentino apasionamiento—. ¡Esa aguja ha podido existir, Eric!

—En tal caso, doscientos cincuenta años son capaces de oxidar cualquier aguja y de tapar cualquier agujero, por grande que sea —respondió el explorador, sonriendo.

—¡Un momento! —dijo Ellery—. ¿«Mirar por el ojo de la aguja, en la cámara de la torre», Mr. Ericsson?

—Sí, eso se dijo.

—¿Qué hay en esa cámara?

—Cuatro paredes, un techo y un suelo. Nada más. Créame, Mr. Queen, de generación en generación se han pasado horas y horas inútilmente en las ventanas de aquella habitación, buscando una roca agujereada, una horquilla de árbol u otro detalle cualquiera del paisaje susceptible de ser comparado con el ojo de una aguja.

Ellery se quedó mirando la torre; luego se puso en pie de un salto y anunció:

—Voy a subir.

—La sangre del sabueso ha hablado —dijo el coronel, que también se había puesto en pie—. ¡Yo me estaba muriendo de ganas de subir!

—Pero Eric se mostraba tan desalentador… —murmuró su hijo.

Nikki charlaba con Inga delante del hogar, mientras Long John preparaba una fogata, pues la noche era fresca. Las dos decidieron unirse a la expedición. Inga le dijo algo al oído a su marido, el cual miró a Nikki de reojo y terminó encogiéndose de hombros.

Armado con una gran linterna, Ericsson subió el primero por la escalera de caracol.

—En la torre no ha sido instalada la electricidad —gritó a los otros, despertando el eco de las viejas paredes—. Utilicen sus linternas de bolsillo, pues corren el peligro de romperse la crisma a cada peldaño.

Nikki lanzó un grito. Pero lo que la había asustado no era más que un nido de avispas disecado, y la ascensión prosiguió sin novedad hasta un pequeño rellano en el cual no había más que una pesada puerta de madera de encina.

Ericsson la abrió empujándola con el hombro, y luego advirtió:

—¡No entren todos! El piso podría hundirse. Venga, Mr. Queen.

La habitación no era en realidad más que una buhardilla iluminada por unas microscópicas ventanas cuadradas. Aparte de las cuatro paredes, de un techo bajo y de un suelo ondulante como las olas del mar, no había allí más que polvo y telarañas. Las ventanas de vidrios antiguos estaban cerradas.

—¡Abra las ventanas, Ellery! —dijo Nikki desde la puerta—. ¡Aquí se ahoga uno!

—Es imposible abrirlas —dijo Inga—. Están cerradas desde hace seis generaciones.

Pero Ellery solo tenía ojos para las paredes cubiertas con un papel jaspeado, espantoso para el gusto de Nikki, podrido y cubierto de manchas de humedad. ¡Y he aquí que Ellery lo examinaba de arriba abajo, pulgada por pulgada, iluminándolo con su linterna! Un lugar determinado retuvo largamente su atención; luego acabó de dar la vuelta a la habitación y rompió finalmente el religioso silencio.

—Este empapelado es realmente notable —dijo—. Mr. Ericsson, ¿sabe usted lo que tiene aquí?

—Bueno, Mr. Queen, ¿busca usted el tesoro o no? —exclamó el coronel, impaciente.

—¿El empapelado? —repitió Ericsson frunciendo las cejas—. Solo sé que es muy antiguo.

—Data de finales del siglo xvm. Es un papel aterciopelado fabricado por los famosos Dunbar, de Aldermanbury. Es auténtico, y debe tener un gran valor.

—¡He aquí un famoso tesoro! —suspiró Inga.

—Y, desde luego, el primero que encuentro en la isla —dijo su tío, encogiéndose de hombros.

—Tal vez haya un segundo si miramos por el ojo de la aguja.

—No irá usted a decirme, Queen, que está usted sobre la pista —sugirió Tony Hobbes-Watkin, cuyo semblante se había animado.

—Sí.

Los Hobbes-Watkin estallaron en exclamaciones halagadoras. Inga abrazó a su esposo, y el explorador pareció quedar aturdido.

—¿Pretende usted haber aclarado en diez minutos, delante de nosotros, un misterio que dura desde hace doscientos cincuenta años? —preguntó Nikki en alta voz—. ¡Vamos, vamos, Mr. Queen!

—De momento no es más que una teoría —respondió humildemente Ellery—. Inga, ¿podría proporcionarme una escoba?

—¿Una escoba?

Inga, Tony y el coronel llamaron frenéticamente a Long John desde lo alto de la escalera, ordenándole que subiera la mejor escoba de la casa. Luego invadieron la pequeña estancia y empezaron a bailar alrededor de Ellery, amenazando con hundir el viejo piso.

—Si la leyenda tiene fundamento, Mr. Ericsson —dijo Ellery—, es evidente que Kidd le había escrito la verdad a su antepasado de usted. Para encontrar el tesoro, era necesario mirar por el ojo de la aguja… Los primeros que buscaron se desalentaron demasiado pronto. No supieron ver lo que tenían delante de la nariz desde el primer momento.

—¿Qué? —preguntó Nikki.

—Miren las vetas de ese papel jaspeado. Hay unas que son largas y afiladas…

—Como agujas —dijo lentamente el explorador.

Todo el mundo se dedicó a mirar el empapelado más de cerca.

—Pero ¿dónde está la veta con un agujero? —gritó Inga—. ¡Por más que miro, no consigo ver ningún agujero!

—¡Un agujero! —repitió enfebrecidamente el coronel—. ¡Tiene que haber uno, qué diablos!

—Sí —dijo Ellery—. Uno solo, y está aquí, cerca de esta ventana.

Mientras todos contemplaban el punto que Ellery señalaba con el dedo, en la pared, entró Long John.

—La escoba —dijo, tirando el objeto dentro de la habitación.

Ellery cogió la escoba, la colocó al revés sobre el agujero marcado en la veta en forma de aguja, murmuró piadosamente «Recemos», y apretó.

El empapelado se desgarró, y el mango se hundió en la pared hasta el final. Entonces Ellery retiró la escoba, se apartó y dijo, con cierta emoción:

—A usted le corresponde el honor de mirar el primero, Mr. Ericsson.

 

—¡Hable, tío Eric! —gritó Inga—. ¿Qué es lo que ve usted? —¡Está oscuro!

—¡Pero ya ha salido la luna! ¡Tiene que ver alguna cosa!

—Vamos, amigos míos, denle tiempo para…

—Veo un trozo de la orilla nordeste —dijo lentamente Eric Ericsson—. Ya conoces el lugar, Inga. Es el pequeño trozo de playa, al pie de una roca plana, que tú prefieres para tomar baños de sol.

—¡A ver!

—¡A ver!

—¡Sí, lo es!

—No puedo creerlo…

—¡Qué casualidad!

Todo el mundo hablaba y reía a la vez.

—Mr. Ericsson —dijo Ellery—, puesto que conoce usted el lugar, coja un farol y un pico y vaya allí. Nosotros nos quedaremos aquí. Cuando su farol esté en el centro de nuestro campo visual, tres señales luminosas, procedentes de esta ventana, se lo anunciarán a usted. Deje clavado el pico en aquel lugar, y nosotros iremos a reunirnos con usted llevando las palas.

—¡Voy a buscarlas! —gritó Long John, cuya pata de palo resonó inmediatamente en la escalera.

Un cuarto de hora después, Inga en cabeza, el grupo corría por entre la maleza hacia la luz que proyectaba el farol del explorador.

Ericsson estaba en pie sobre un roquedal plateado por la luna.

—No hay prisa. Ni habrá tesoro —anunció, sonriendo— hasta la próxima marea baja, por lo menos.

Más de cuatro pies de agua cubrían la pequeña playa en la cual estaba clavado el pico.

 

Nikki representó sin ninguna dificultad el papel de joven ciudadana demasiado nerviosa para acostarse sola. Inga dormía con los puños cerrados en la otra cama gemela. ¡Dormir! ¡Cuando dentro de unas horas sería la heredera de un tesoro de pirata! Solo al capitán Kidd podía ocurrírsele enterrar un tesoro de modo que el mar lo cubriera durante la mitad del tiempo… ¡Únicamente por esto merecía ser colgado, el miserable!

En aquel momento Nikki recordó que el capitán Kidd había sido colgado, y este fue su último pensamiento hasta el instante en que notó una mano sobre su boca, en tanto que una voz familiar murmuraba afectuosamente a su oído:

—Desde luego, tiene usted el sueño profundo. ¡Vístase de prisa, reúnase conmigo fuera, y ay de usted si despierta a alguien!

Nikki se deslizó en la negra noche; pero Ellery surgió de entre las sombras y la arrastró a través de los árboles. Su modo de oprimirle el brazo significaba que debía guardar silencio, y esperó a haber recorrido varios centenares de metros antes de encender su linterna, velando la claridad con una mano.

—¿Podemos hablar ahora? —preguntó fríamente Nikki—. ¿Qué hora es? ¿Adónde vamos? ¿Por qué va usted en traje de baño? ¿Le parece a usted una cosa legal? Al fin y al cabo, Ellery, no se trata de su tesoro…

—Son casi las cuatro, nos adelantamos a nuestros amigos, voy a trabajar en el agua, y el botín de un pirata reclama procedimientos de pirata. ¿Prefiere usted regresar a su blanda camita?

—No. Pero todo esto me parece infantil. ¿Cómo cavará usted dentro del agua?

—La marea baja se producirá a las cuatro veintinueve. He consultado un cuadro de mareas, en la casa.

—¡Ah! —exclamó Nikki, que se encontraba ya en la deseada disposición de ánimo.

Al llegar a su destino, Nikki estuvo a punto de lanzar un grito de alegría. ¡La punta del pico clavado por Ericsson solo estaba cubierta por un par de pulgadas de agua!

El primer rayo de sol acariciaba el mar cuando la punta de la pala de Ellery chocó contra un objeto metálico. Tendida boca abajo sobre la arena mojada, Nikki tenía la cabeza dentro del agujero y los agitados cabellos de Ellery le cosquilleaban la barbilla.

—¡Es un cofre, Nikki!

—¡No baje! ¡Acerque la cabria! ¡Tíreme la cuerda!

Antes de acostarse, los hombres habían llevado las necesarias herramientas, y Nikki se estaba comportando como un perfecto ayudante.

Veinte minutos después, Ellery y su ayudante resoplaban al lado de un pesado cofre de corsario que descansaba en la arena, junto al agujero. Estaba enmohecido por el tiempo y las antiguas correas habían prácticamente desaparecido.

—¿Podrá usted abrirlo? —murmuró Nikki.

Ellery reunió todas sus fuerzas. La tapa cedió, y el cofre se abrió como una nuez seca. Estaba lleno hasta los bordes de piedras preciosas.

—¡Diamantes! —murmuró Nikki, deslumbrada—. ¡Rubíes y esmeraldas! ¡Perlas y zafiros! ¡Qué hermosura! Mire, Ellery. El botín de un gran pirata. Todas esas joyas arrancadas de los cuellos y de los dedos de hermosas españolas asesinadas…

—Y las piedras arrancadas a su vez de sus engarces —dijo Ellery—. Pero, quedan algunos… Aquí hay una montura de oro, vacía. Otra de plata…

—Hay varias de plata, Ellery.

—No es plata. Es platino —declaró Ellery, después de haber examinado varias monturas blancas—. Nikki…

—Y mire esas monedas antiguas. ¿Conoce usted esta?

—¡Oh! Es un peso duro[1]. Nikki…

—¡Es una locura!

Nikki hundió sus dos manos en el cofre. En aquel mismo instante el viento llevó hasta ellos un ruido seco, que podía ser el chasquido de una puerta al cerrarse de golpe, a lo lejos. Luego el ruido se repitió, como un eco.

Ellery saltó sobre el roquedal.

—Nikki, ¿ha oído usted esas dos detonaciones?

—¿Eh? —murmuró Nikki, cautivada por las joyas—. ¡Ellery! ¡El tesoro! No puede usted abandonarlo…

Pero Ellery se había ya esfumado.

 

Eric Ericsson, en bata y zapatillas, tenía la cabeza dentro de la cámara de la torre y los pies en el rellano. En su mano derecha tenía aún un revólver del calibre treinta y ocho, y, cuando Ellery le dio la vuelta, vio un ominoso agujero en su frente y un charco de sangre en el suelo, en el lugar donde la frente había descansado.

El cadáver estaba todavía caliente.

Delante de todos los moradores de la casa, que habían acudido allí, Ellery se incorporó.

—Ahora, vamos a bajar todos y a condenar hasta nueva orden la puerta de la escalera que conduce a la torre.

En el primer piso, Ellery se disculpó y entró un momento en su habitación. Cuando reapareció, su mano empuñaba un revólver de reglamento.

—Aquí no hay teléfono —dijo—. Nikki, coja la canoa-automóvil y vaya con Inga a avisar a los guardacostas y a la policía de Suffolk County. No vuelvan si no es acompañadas de un representante de la ley. Ustedes, caballeros, se quedarán aquí conmigo. Conmigo y con mi revólver, desde luego…

 

Por la tarde, Ellery bajó de la torre y sostuvo una conferencia con el capitán de la policía y con el galoneado guardacostas. Al final de aquella entrevista confidencial se reunió a todo el mundo en el salón.

El coronel Hobbes-Watkin había perdido su aire jovial y se le notaba en guardia; Tony Hobbes-Watkin estaba muy silencioso, pero su actitud había dejado de ser lánguida; Inga estaba anonadada; incluso Long John agitaba nerviosamente su pata de palo.

—Esta mañana, poco después de la salida del sol, Eric Ericsson subió a lo alto de la torre —empezó Ellery—. Su habitación se encontraba debajo y un ruido sospechoso, procedente de arriba, le había despertado, evidentemente. Se puso, pues, su bata y sus zapatillas, y cogió su revólver porque no se sentía seguro bajo su propio techo.

—Me pregunto… —rugió el coronel, rojo de cólera.

Pero no terminó la frase.

—En la cámara de la torre había alguien —continuó Ellery—. ¿Qué hacía esa persona en una habitación vacía, al alba, mientras yo desenterraba el tesoro? Me espiaba, a través del agujero que descubrí anoche. No hay otra explicación posible.

»Sorprendido por la entrada de Ericsson, el espía se volvió. Ericsson le conocía, y no disparó. Fue el otro quien le alojó una bala del calibre veintidós entre los ojos. Ericsson murió al instante. Pero seguía empuñando su revólver, y el disparo salió una fracción de segundo después del disparo del asesino. Miss Porter y yo oímos dos descargas casi simultáneas; por otra parte, de la cabeza del difunto ha sido extraída una bala del calibre veintidós, y en el suelo, junto a la automática del treinta y ocho de Ericsson, había un cartucho del calibre treinta y ocho.

»El asesino bajó corriendo la escalera de la torre. Todos ustedes subían en aquel momento, tras haber sido despertados por las detonaciones, según han declarado. Puesto que tenía cortada la retirada, el asesino tomó el único partido posible. Fingió haber sido despertado también él por los disparos, y volvió a subir la escalera con los demás. A continuación consiguió desprenderse de su arma antes de que yo regresara de la playa.

»El asesino se encuentra entre nosotros —dijo Ellery en voz alta—. ¿Quién es?

Un profundo silencio reinó en el salón.

—Al caer, Ericsson disparó contra su asesino —continuó Ellery—. Su pistola automática expulsó el cartucho, y el proyectil siguió su trayectoria. Pero no hemos conseguido encontrar la bala disparada por Ericsson. Se ha volatilizado sin dejar la menor huella en la cámara de la torre. Sin dejar la menor huella en ninguna parte, nos hemos asegurado de ello, lo mismo yo que esos dos oficiales. La bala no se alojó ni en el techo, ni en una pared, ni en el suelo. Las ventanas están intactas y, tal como usted dijo ayer, Inga, resulta imposible abrirlas…

—¡El agujero de observación! —exclamó involuntariamente Nikki.

—No. Dado el ángulo de tiro, y admitiendo incluso que el proyectil hubiera entrado en el agujero, no hubiera atravesado todo el espesor de la pared sin dejar una marca. Sin embargo, hemos derribado una parte de la pared en busca del proyectil, o una huella de su paso, y no hemos encontrado nada.

»Por lo tanto, es obligado llegar a la conclusión de que la bala disparada por Ericsson alcanzó a una cosa o a una persona que no se encontraba ya en la habitación cuando nosotros la examinamos. ¿Un objeto? No. La habitación está completamente vacía. ¿Una persona, entonces? La única persona que se encontraba con Ericsson en el momento del crimen. Es decir: el asesino. Uno de ustedes oculta una herida de arma de fuego.

 

Cuando quedó demostrado que ni los Hobbes-Watkin, ni Long John tenían el menor rasguño, Ellery se volvió hacia la puerta por la cual Nikki se había llevado a la sobrina de la víctima, la heredera de su fortuna y del tesoro.

Los tres hombres acababan de vestirse con expresión altiva, y, cuando Nikki entró con Inga, el capitán de la policía preguntó, en tono de seguridad:

—¿Dónde está la herida de Mrs. Hobbes-Watkin, Miss Porter?

—Mrs. Hobbes-Watkin no tiene ninguna herida —respondió Nikki.

—Bien —dijo el galoneado guardacostas.

El capitán de la policía habló menos aún, pero dio un paso hacia la puerta. Un gruñido de Ellery le obligó a volverse inmediatamente.

—En tal caso, ya sabemos quién es el asesino de Mr. Ericsson.

Ellery encendió lentamente un cigarrillo antes de continuar:

—Todo nos conduce a lo que yo he desenterrado esta mañana. Un viejo cofre, algunas monedas antiguas, una gran cantidad de piedras preciosas desmontadas de sus engarces y varias monturas vacías. Usted vio aquellas monturas, Nikki. ¿Recuerda de qué eran?

—De oro, de plata y de platino.

—Gracias —dijo Ellery—. El platino no fue introducido en Europa hasta mediados del siglo XVIII, es decir, medio siglo después de que Kidd hubiese enterrado el pretendido tesoro en la isla. Más aún, el platino no fue utilizado en joyería antes del año 1900, o sea, ciento noventa y nueve años después de la muerte de Kidd.

»Nos encontramos en presencia de un asunto minuciosamente planeado, señores. El tesoro que yo he desenterrado esta mañana no tiene nada que ver con William Kidd, ni con cualquier otro pirata del siglo XVII. ¡Oh! El cofre es indiscutiblemente antiguo, y las monedas también. Pero las monturas de platino demuestran que las joyas son modernas y que el cofre fue enterrado hace muy poco tiempo en la arena de esa pequeña playa.

»¿Por qué tratar de hacer pasar unas joyas modernas por el tesoro de un viejo pirata? Supongamos por un momento que se trata de joyas robadas. Para darles salida, habría que recurrir a los peristas; en otras palabras, venderlas a un precio muy inferior a su valor real. Pero, procediendo de un “tesoro” desenterrado, las mismas joyas podrían ser vendidas abiertamente a su verdadero precio. Muy astuto.

»Eric Ericsson, señores, sospechaba de Anthony Hobbes-Watkin y de su padre, el coronel Hobbes-Watkin (que probablemente no tiene ningún parentesco con él). Creía que se hacían pasar por lo que no eran. El difunto tenía razón, desgraciadamente. Tienen ustedes delante de sus ojos a una pareja de ladrones de joyas europeos, unos “ases” del oficio, seguramente, a juzgar por la importancia de su botín.

»Se encontraban en las Bahamas, buscando el mejor medio de deshacerse de las joyas robadas, cuando Eric Ericsson y su sobrina hicieron escala en Nueva Providencia. La leyenda según la cual Kidd había enterrado un tesoro en la isla Ericsson llegó a sus oídos, y se les ocurrió una ingeniosa idea. Pondrían las joyas (mezclando con ellas algunas monedas antiguas) en un cofre de corsario auténtico, y lo enterrarían en la isla de Ericsson, donde sería descubierto un poco más tarde… El plan estaba basado en los sentimientos de Inga hacia el joven Hobbes-Watkin, que fingió corresponder a su cariño y se casó con ella. Como única heredera de Ericsson, Inga heredaría la isla a la muerte de su tío; y, en su calidad de marido de Inga, Tony Hobbes-Watkin lo controlaría todo. Finalmente, a la muerte de Inga —una muerte prematura, ¿no es cierto, señores?—, la jugada quedaría completada. Lamento tener que darle este nuevo disgusto, Inga. Pero, no puedo evitarlo.

Pálida y con los ojos cerrados, Inga apretó la mano de Nikki, que estaba junto a ella.

—Si trata usted de cargarme el asesinato de Ericsson… —empezó el más joven de los cómplices.

—¡Silencio! —le ordenó el otro.

—¡Oh! ¿Eso? —dijo Ellery—. Veamos… Sabemos que la bala de Ericsson alcanzó a su asesino. Sin embargo, ninguno de los cuatro asesinos posibles está herido. Por lo tanto, la bala no se alojó en la carne. Hirió a aquel de ustedes que lleva una pata de palo para sustituir… ¡Cójanle!

Cuando consiguieron dominar al guardián, que luchaba como un demonio, y le hubieron extraído la bala de su pata de palo, el capitán de la policía preguntó, en tono seco:

—Así, pues, ¿no participaron esos otros dos individuos en el asesinato de Mr. Ericsson?

—Todo el plan tendía a esa muerte, capitán —respondió Ellery con un encogimiento de hombros—. Long John no hizo más que adelantar la hora. ¿No se da cuenta de que todos estaban de acuerdo? Después de la boda, nuestro amigo el coronel dejó a Ericsson en las Bahamas —donde los recién casados debían recogerle al regresar de su viaje de novios— y vino aquí para enterrar el tesoro. ¿Cómo hubiera podido hacerlo sin la complicidad del guardián de la isla? Y no era eso todo. Había que preparar también el «descubrimiento» del tesoro: horadar la pared de la cámara situada en lo alto de la torre en el lugar deseado para poder ver la pequeña playa donde había sido enterrado el cofre, inventar la leyenda del ojo de la aguja, etc. Todo ello hubiera sido imposible sin contar con Long John, capitán. Imagino que Long John hubiera sido pagado y despedido en cuanto la «desaparición» de Ericsson hubiera dejado el campo libre a los dos compinches, por mediación de Inga.

»Esos caballeros lo habían previsto todo, excepto la avaricia y la estupidez de Long John. Aunque hubiesen tenido la intención de suprimir a Ericsson en cuanto se hubiese descubierto el tesoro —lo cual me parece muy improbable—, no hubieran cometido un asesinato tan burdo, y en las propias barbas de un detective, por añadidura… Nada les apremiaba, en suma; un “accidente” provocado en unas condiciones determinadas (una tormenta, por ejemplo, con una barca que naufraga y con Inga quizá como segunda víctima del mismo accidente…) hubiera servido a sus propósitos, dejándoles al mismo tiempo libres de toda sospecha.

»Pero a través de Ericsson me enteré de que Long John es un viejo avaro y corto de mollera. La tentación fue demasiado fuerte. Me oyó salir antes de amanecer, adivinó mi intención y subió a la cámara de la torre para espiarme. Me vio abrir el cofre que yo acababa de desenterrar, y vio también las piedras preciosas que brillaban al sol. Cuando Ericsson le sorprendió, nuestro avaro no vio más que la parte del botín que le correspondería después de la muerte de aquel hombre. No vaciló en asesinarle, pues, para adelantar el gran día…

»Mala suerte, coronel. Ahora, Tony, lamento anunciarle que voy a acompañar a su esposa a casa del mejor abogado de Nueva York a fin de obtener la anulación de su matrimonio en el plazo más breve posible.

»Llévense a esos nuevos piratas, señores —les dijo Ellery a los oficiales, pero contemplando a Inga con expresión grave—. A Nikki y a mí nos queda mucho trabajo por hacer.

REEMBOLSO

Richard Deming

E

STA mañana me ha sucedido la cosa más inverosímil del mundo —declaró Chalmers—. No paro de darle vueltas al cerebro tratando de averiguar si debo informar a la policía o callármelo. A fin de cuentas, lo único que podría aportar son suposiciones sin la menor prueba de su exactitud, y acabarían metiéndose conmigo por tollo agradecimiento.

Experimenté cierta sorpresa al ver a Lloyd Chalmers presa de aquella excitación, ya que se trata de un hombre frío y tranquilo, como corresponde a quien se ha pasado cinco lustros ocupándose de cuestiones de derecho penal.

—He llegado incluso a telefonear a un experto en balística de la Universidad de Columbia, con esto está dicho todo —añadió—. Me ha asegurado que es perfectamente posible utilizar un fusil del mismo modo que se utiliza un cañón, con una gran precisión de tiro, incluso a una distancia de varios kilómetros, con tal de disponer de un soporte fijo, de estar fuerte en matemáticas y de contar con un observador que regule el tiro.

Poniéndome en pie para volver a llenar nuestros vasos, observé suavemente:

—Perdone que no pueda seguirle, pero es evidente que su nerviosismo le impide encender mi linterna. No consigo adivinar de qué está usted hablando.

—De la muerte reciente de Thomas Mathewson, tercero de la dinastía, acaecida accidentalmente, según dicen —respondió Chalmers en tono algo irritado—. Tiene que haberlo leído en los periódicos. Resultó alcanzado por una bala perdida mientras estaba al acecho en un cestón, solo, en el centro de un pequeño lago de los Castkills. El coroner decretó que se trataba, como acabo de decirle, de una muerte accidental causada por una bala perdida disparada por algún cazador desconocido, pero a mí se me ocurrió la idea de que aquel lago hubiera sido un lugar ideal para unas experiencias de tiro. El cestón de Mathewson consistía en un gran barril hundido en el agua y disimulado con unas plantas acuáticas. Como estaba a unos cien metros de la orilla, hubiera podido rectificarse fácilmente el tiro del… cazador desconocido, guiándose por las salpicaduras del agua al alcanzar las balas la superficie del lago.

Después de haber tendido su vaso a mi interlocutor, fui a sentarme cerca del fuego y cerré los ojos para reflexionar mejor.

—Thomas Mathewson, tercero de la dinastía —murmuré al cabo de un rato: mi memoria había funcionado—. ¿No era ese individuo cargado con no sé cuántas esposas, que siempre estaba metido en unos líos descomunales? Sí, recuerdo haber leído en alguna parte que había muerto. ¿Era cliente suyo?

—Desde el punto de vista de los honorarios, uno de los mejores —dijo Chalmers en tono melancólico—. Pero, lo que cobraba por un lado tenía que gastármelo por otro en aspirinas, de modo que no sé si he salido perdiendo realmente con su fallecimiento, accidental o no.

—Usted cree en un asesinato, ¿no es cierto?

—Podrá juzgarlo usted mismo cuando le haya dicho lo que esta mañana me ha llegado por correo —dijo Chalmers, que contempló durante unos instantes su vaso, con mirada soñadora—. Pero no comprendería usted nada si no le hiciera un resumen de los antecedentes del caso. Concédame unos instantes para poner en orden mis ideas y le contaré toda la historia, desde la A hasta la Z…

 

—Thomas Mathewson, tercero de la dinastía —no tardó en continuar Chalmers—, encarnaba el más espantoso ejemplo de los males infligidos a un individuo por una herencia fabulosa. No es que viviera en la ociosidad derrochando su fortuna, ya que comparado con otros de su clase se mostraba más bien mezquino en el capítulo de sus gastos. Aunque, pensándolo bien, la palabra «mezquino» no es exacta, ya que Mathewson tenía a veces gestos que podían ser calificados de generosos, de acuerdo con la opinión popular. Pero nunca obraba de un modo completamente desinteresado. Dotado de una especial sagacidad calculadora, se enorgullecía de haber invertido bien su dinero, de acuerdo con sus particulares puntos de vista.

»Para conseguir desembarazarse de sus ocho esposas consecutivas, se vio obligado a gastar más de un millón de dólares. Cualquier persona normal hubiera encontrado demasiado caro el precio de esa liberación en cadena, pero Tom Mathewson consideraba que había hecho un buen negocio. Cuando la octava esposa acababa de tirar la esponja, Mathewson me confesó ingenuamente que cada una de sus esposas le había costado, más o menos, la suma que había calculado en el momento de casarse. Aquella observación indicaba a las claras que las diversas Mrs. Mathewson habían sido “compradas” como ganado en la feria, ni más ni menos, y que su propietario estaba satisfecho de sus múltiples operaciones en el terreno de la feria matrimonial.

»Vivía en la absoluta convicción de que el dinero podía procurárselo todo, y a fe mía que los acontecimientos parecían darle la razón. Su posición económica le había permitido salir de muchos apuros que a un ciudadano menos adinerado le hubieran llevado de cabeza a la cárcel.

»No, no trate de ganarme por mano sugiriendo que voy a citar el conocido refrán de que el dinero no hace la felicidad, o que voy a contarle cómo tropezó mi cliente con algo imposible de comprar. Nada de eso. En realidad, y por lo que yo sé, Thomas Mathewson se marchó a la tumba sin haber dejado de adquirir ni una sola vez lo que deseaba y al precio más reducido.

»Si acabó hundiéndose fue porque, para su desgracia, otro hombre se decidió a adoptar también su misma filosofía.

»Las circunstancias que dieron origen al incidente que tanto me ha trastornado esta mañana son ya antiguas. Se remontan a los primeros meses de 1945. En aquella época estábamos aún en guerra y las restricciones de gasolina y de neumáticos obligaban a la mayoría de la gente a quedarse en casa. Pero, para Mathewson la guerra no existía. Había conseguido evitar su incorporación a filas, a pesar de que solo tenía treinta y cinco años, de que era soltero y de que se encontraba en perfectas condiciones físicas. Obtenía también toda la gasolina que quería, y esto le permitía viajar a su antojo.

»En la mañana que debía señalar su destino había salido de Nueva York con la intención de ir a pasar el fin de semana en el pabellón de caza que poseía a unos kilómetros más allá de Castkill… en el lugar precisamente donde fue asesinado el mes pasado. Llevaba como pasajera a la rubita que figuró en su lista de esposas con el número 7, y que se casó con él unos meses más tarde.

»Medio borracho, como de costumbre, se adentró en el puente Rip Van Winkle a una velocidad aproximada de 125 kilómetros por hora, si hay que creer a los testigos. Desdichadamente, un niño de seis años cruzaba el puente con su bicicleta, en dirección contraria…

»Cuando llegué a Castkill en respuesta a la llamada urgente que me había dirigido Tom desde la cárcel, encontré a las autoridades locales dispuestas como un solo hombre a hacerle condenar a perpetuidad, y, además, preocupadas en evitar que la población se tomara por su mano una justicia más expeditiva. El chiquillo atropellado vivía en una granja, situada muy cerca de Castkill, a unos siete kilómetros de la finca de Tom. Para colmo de males, de todos los chiquillos que hubiera podido atropellar, mi cliente había ido a buscar al hijo único del héroe del país, un tal Jud Peters, sargento jefe de una unidad de transmisiones afecta a la artillería ligera de la División Patton. La víspera del accidente, precisamente, el pueblo de Castkill se había enterado de que su heroico hijo había sido condecorado por su brillante comportamiento en el campo de batalla.

»Sin duda alguna se trataba de la historia más sucia de todas las que Tom Mathewson había vivido hasta entonces, y, evidentemente, del avispero más infernal de todos los que yo había tenido que sacarle. Lo peor del caso era que su dinero, por una vez, le perjudicaba, por lo menos en los primeros momentos. Después, como de costumbre, sus dólares le salvaron el pellejo.

»Las gentes del lugar no estaban dispuestas a tolerar unos privilegios especiales para los ricachones, y la fortuna del prisionero le hacía más culpable a sus ojos. De haberse tratado de un pobretón, la ira popular no hubiera sido tan intensa. Pero Tom tenía una sólida reputación de individuo que tiraba estúpidamente el dinero, y esto, unido a la creciente sospecha de que se trataba de un emboscado, transformó a una población normalmente apacible en una multitud sedienta de sangre.

»La primera reacción de Tom fue la de recurrir al soborno habitual, pero, afortunadamente, se limitó a su acostumbrada táctica de esperar mis consejos cada vez que se encontraba en una situación difícil. No hay ni que decir que no siempre seguía los tales consejos. En general yo le hablaba en nombre de los principios más elevados, apelando a su conciencia, pero él estaba continuamente dispuesto a pagar a cualquiera que se encontrara en condiciones de prestarle un servicio, propensión que yo tenía que combatir en nombre de mi ética profesional. Me esforzaba por disuadirle de que se entregara a aquella práctica inmoral, pero si no podía demostrarle como dos y dos son cuatro que su tentativa de corrupción le proporcionaría más disgustos que ventajas, me dejaba predicar en el desierto y obraba como le parecía. Desde luego, hacía todo lo posible por parecer convencido de la bondad de mis palabras, y procuraba ocultarme la verdad, pero estoy convencido de que lo hacía para evitarse nuevos sermones, y no porque le preocupara lo más mínimo la opinión que yo pudiera tener de él.

»En cambio, demostraba el más profundo respeto por mis ideas cuando se referían al terreno práctico, y toda objeción por mi parte que no estuviera basada en la moral ejercía una influencia decisiva en su conducta con las demás personas.

»Me parece estar viéndole aún tal como se me apareció aquel día, erguido y firme a pesar de su excesiva afición al alcohol, gracias a los esfuerzos cotidianos de varios masajistas expertos, desde luego. Estaba muy tranquilo, y la única expresión que podía distinguirse en sus rasgos era de irritación al ver saboteada su partida de caza por aquel torpe chiquillo. Las primeras palabras que me dirigió fueron las siguientes:

»—¿Cree usted que ganaríamos tiempo si le entregara unos miles de dólares al jefe de la policía de aquí, para que los repartiera donde hiciera falta?

»Dado que yo había hablado ya con el jefe en cuestión y había quedado desfavorablemente impresionado por su actitud glacial, sabía que la sola mención de un billete de dólar hubiera sido el error más monumental del momento.

»—Atrévase a ofrecerle diez centavos —le respondí sin rodeos—, y le aseguro que el jefe le hará colgar inmediatamente, sin previo juicio.

»Se encogió de hombros.

»—En tal caso, a usted le toca arreglar esto, amigo mío. Lo importante es que yo salga de aquí lo más pronto posible.

»Era fácil decirlo, pero, por una vez, no había ningún medio para complacerle rápidamente. Resultaba igualmente imposible echarle tierra al asunto o buscar un compromiso arreglándose amistosamente con la parte civil. Decidí, pues, no intentar nada de todo esto, lo cual tuvo como primer resultado el despistar por completo a las autoridades de Castkill.

»Valiéndome del habeas corpus conseguí que Mathewson compareciera ante un juez de paz que le puso en libertad provisional, aunque obligándole a residir en Castkill. Tom salió de la cárcel, pero seguía estando preso dentro de los límites de Castkill. Entonces, sin hacer ruido, me dediqué a tirar de algunos hilos para conseguir que el caso pasara a la Audiencia, y, una vez firme la acusación contra mi cliente, jugué mis triunfos solicitando la remisión del caso a otro tribunal, alegando la declarada hostilidad de la opinión pública del lugar, la cual comprometía el ejercicio normal y sereno de la justicia. Dado que mi petición estaba indiscutiblemente justificada, el caso fue remitido a una jurisdicción neutral sin la menor dificultad.

»Entonces me dediqué a obtener aplazamiento tras aplazamiento, y de este modo gané un año. Cuando me pareció que todo el mundo, salvo la gente de Castkill, había olvidado la historia, dejé que el caso se viera ante el tribunal. Las acusaciones eran tres: exceso de velocidad, conducir en estado de embriaguez y homicidio por imprudencia.

»Era la tercera vez que Tom resultaba detenido por conducir estando borracho, y el chiquillo era su segunda víctima. En consecuencia, Tom fue reconocido culpable. Era normal, y el más famoso de los abogados hubiera sido tan impotente como yo para evitar aquel veredicto. Pero Tom fue reconocido culpable con circunstancias atenuantes, lo cual considero como uno de los más brillantes triunfos de mi carrera. Le condenaron a una multa de 500 dólares y a la anulación de su permiso de conducir durante un año, sentencia de las más benignas teniendo en cuenta sus antecedentes judiciales.

»En el intervalo, yo había conseguido arreglar el asunto por las buenas con los padres del chiquillo, o, para ser más exactos, con su madre, ya que el sargento Jud Peters estaba aún en Europa. Era una mujercita muy emotiva, de unos treinta años de edad, que había quedado tan abatida por la muerte de su hijo que apenas sabía lo que hacía y firmaba sin discutir, como una verdadera autómata, todo lo que le presentaba el abogado que la había acompañado desde Castkill. Este último estaba muy lejos de figurar entre los adversarios de los poderosos, y hubiera aceptado el transigir por 10 000 dólares. Sin embargo, Mathewson fijó arbitrariamente en 50 000 dólares la suma que debía llevar la paz a su conciencia, e insistió en que yo ofreciera esa cantidad. Como es natural, el abogado de Mrs. Peters le aconsejó que firmara inmediatamente.

»El asunto le había costado a mi cliente una pequeña fortuna, ya que además de los gravosos gastos legales, tales como los honorarios y dispendios jurídicos durante más de un año, estoy íntimamente convencido de que había untado una mano muy grande, si no varias. Si consiguió comprar a uno de los miembros del jurado, si sobornó en secreto al juez encargado de aplicar las circunstancias atenuantes, o las dos cosas a la vez, es algo que no puedo asegurar. Como es lógico, de haber tenido la menor prueba de ello hubiera renunciado inmediatamente a la defensa de mi cliente. Sin embargo, no creo que sea una acusación aventurada. Estaba encargado de los intereses financieros de Mathewson, todas sus cuentas pasaban por mis manos, y no dejé de apreciar la importante merma que sufrió su cuenta bancaria en la época del juicio. Como se negó rotundamente a decirme en qué había invertido la suma extraída, y como la acción que yo sospechaba encajaba perfectamente con los procedimientos habituales del personaje, yo tenía, si no pruebas, sí por lo menos unos indicios abrumadores.

»Un hombre más sensible que Mathewson se hubiera apresurado a desprenderse de su pabellón de caza a fin de no tener que poner más los pies en Castkill, ya que los habitantes de la región le deseaban los peores males, después de ver cómo había conseguido librarse con una simple multa. Pero él parecía creer sinceramente que la suma que había gastado equilibraba equitativamente su responsabilidad en la desaparición del chiquillo, y, por lo tanto, no vaciló en dirigirse de nuevo a su pabellón de caza con la conciencia completamente tranquila.

»Tengo la impresión de que durante algunos días, por lo menos, no estuvo del todo tranquilo, ya que el sargento Jud Peters había regresado finalmente a su hogar. Pero su preocupación provenía solamente del temor de que el padre se entregara a algún penoso exceso en público en su primer encuentro, y no porque se sintiera responsable de su pesar. No obstante, Mathewson no era cobarde, ni mucho menos, y no trató en absoluto de evitar todo encuentro con Peters, cosa que por otra parte le hubiera resultado bastante difícil, ya que la granja del desmovilizado se encontraba a menos de diez kilómetros del pabellón de Tom. Y una distancia como esa, en aquella región significa casi una vecindad.

»Recuerdo vagamente que Mathewson me contó un día aquel primer encuentro acaecido por casualidad en un bar de Castkill. Había experimentado un gran alivio, porque inmediatamente se dio cuenta de que el exsargento no le demostraba una acusada hostilidad. Se había mostrado frío con él, eso sí, pero no buscó ningún jaleo. Tom tenía la impresión de que Jud Peters solo deseaba una cosa: olvidar todo lo que pudiera recordarle, de cerca o de lejos, la muerte de su hijo.

»En lo que a mí respecta, las nuevas hazañas de Mathewson, que se habían multiplicado en los seis años transcurridos desde que ocurrió el accidente, me habían hecho olvidar aquel caso casi por completo. De hecho, no lo recordé hasta el día en que tuve que efectuar un imprevisto viaje a Castkill, a petición de mi cliente.

»En efecto, me había telefoneado desde su pabellón de caza para invitarme a pasar el fin de semana con él. Si se hubiese tratado de una invitación puramente mundana no hubiera hecho el viaje, desde luego, ya que tengo que confesar que detestaba a Mathewson como hombre tanto como le apreciaba como cliente. Pero dijo que necesitaba verme para pedirme consejo. Esta vez no se trataba de ninguna aventura desagradable, sino de una cesión de valores inmuebles que poseía.

»Castkill, como tal vez usted sepa, no tiene estación de ferrocarril. Hay que apearse en Hudson y continuar viaje en autobús. Teniendo en cuenta que el trayecto en automóvil desde el pabellón de Mathewson hasta Hudson solo representa un cuarto de hora más que un desplazamiento a Castkill, tal vez creerá usted que mi anfitrión vino a esperarme a la estación. Nada de eso, ya que Thomas Mathewson, tercero de la dinastía, lo era todo menos un hombre atento. Pagaba generosamente mis servicios y consideraba que, al margen de esos emolumentos, no me debía absolutamente nada.

»En consecuencia, tuve que tomar el autobús. Tenía que encontrarme con Mathewson en el bar de un pequeño hotel, cerca de la estación de los autobuses de Castkill. Según su costumbre, Tom llegaría con un cuarto de hora de retraso. Para matar el tiempo, pedí que me sirvieran un whisky. Mientras bebía, recordaba sin la menor alegría el único viaje a Castkill que había efectuado con anterioridad. De repente, el camarero interrumpió mis reflexiones.

»—Perdone, ¿no es usted el abogado que vino de Nueva York hace unos años, cuando ocurrió aquella desgracia del chiquillo de Peters?

»Sorprendido, alcé los ojos hacia el hombre y reconocí que era yo mismo, efectivamente.

»—Escapó bien del asunto —comentó el camarero—. Me refiero a Mathewson, desde luego.

»—No escapó tan bien como quiere usted dar a entender —repliqué fríamente—. Le condenaron por homicidio por imprudencia.

»—¿Le condenaron? Sobre el papel, sí. No estuvo ni un solo día en la jaula, ¿no es cierto? Le advierto a usted que me tiene sin cuidado. Hacía muy poco tiempo que había llegado aquí cuando ocurrió el hecho, y no conocía a ninguna de las partes interesadas. Aunque, a decir verdad, tampoco las conozco ahora.

»En aquel momento se produjo una de esas coincidencias tan extrañas que convierten la vida en algo sorprendente. El otro cliente —el único que había en el bar, aparte de mí mismo—, un hombre de unos treinta y cinco años que llevaba una chaqueta de cazador, volvió hacia nosotros un rostro inteligente y de expresión melancólica.

»—Da la casualidad de que soy Jud Peters, si es que eso les dice algo —nos informó.

»Tan aturdido como yo mismo, el camarero se retiró inmediatamente de la conversación y se sumergió con ardor en la limpieza de vasos y copas. En lo que a mí respecta, pasado el primer instante de sorpresa, examiné al hombre con una curiosidad mezclada de simpatía. Su tono no había sido ni amargo ni hostil. Por el contrario, me había parecido casi tímido, como si Peters se disculpara por revelar su identidad y solo lo hiciera para evitarnos, al camarero y a mí, el planteamiento de una situación embarazosa. Me acerqué a él y le tendí la mano, presentándome.

»—No hará falta que le diga hasta qué punto compartí su pesar, Mr. Peters —le dije—. Fue una tragedia terrible y puedo asegurarle que Mr. Mathewson hizo todo lo que estaba en su mano para atenuar su dolor.

»—¿De veras? —inquirió Peters, con aire vagamente sorprendido—. ¡Oh! Se refiere usted al dinero que entregó…

»—Desde luego, todo el dinero del mundo no podría compensarle a usted la pérdida de su hijo —continué—. Pero, para ser justo con mi cliente, permítame revelarle que yo le había dicho que su esposa de usted aceptaría sin duda una indemnización de 10 000 dólares, y que Mr. Mathewson insistió en que le ofreciera 50 000.

»Peters me contempló con una expresión de curiosidad durante un largo rato, y terminó por decirme en tono de sincero asombro:

»—Ignoraba este detalle. Entonces, ¿se mostró excesivamente generoso?

»—Lo que quiero decir es que no eludió sus responsabilidades. Desde luego, el accidente había sido causado por él. Creo que comprendió que el único medio que estaba a su alcance para tratar de remediar el daño que había ocasionado, dentro de los límites de las posibilidades humanas, era el de pagar, y pagar generosamente. Sé que han hablado muy mal de Mr. Mathewson, pero hay que reconocer que en asuntos de dinero es absolutamente correcto.

»—¿Hablan mal de mí? ¿Quién habla mal de mí? —inquirió una voz a mi espalda.

»Volví la cabeza y comprobé que Tom Mathewson había entrado en el bar sin que nos diéramos cuenta.

»Había hecho aquellas preguntas en tono de broma, pero pude apreciar perfectamente que le había producido una impresión desagradable encontrarme conversando con Jud Peters, mucho más por cuanto el tema de la conversación era él.

»Su físico había cambiado mucho durante los seis años que habían transcurrido desde que ocurrió el accidente. Acababa de cumplir los cuarenta años y los masajistas no conseguían ya reparar los irreparables estragos de sus numerosos excesos. Había engordado. Sus mejillas empezaban a ablandarse, y ocultar sus patas de gallo hubiera requerido los servicios de un mago.

»Aquel cambio físico había ido acompañado por una evolución psicológica. Ahora era más autoritario que nunca, y se sentía más inclinado que antes a tratar como simples criados a aquellos cuyos servicios comprometía. Para empezar, me dirigió una mirada que me dejó convertido en un ayuda de cámara cogido in fraganti en el momento de beberse el whisky de su amo.

»Como la expresión de aquella mirada me resultó sumamente desagradable, no me importó replicarle.

»—¿Quién habla mal de usted, Tom? Mejor será que pregunte quién no habla mal de usted… La respuesta resultará más fácil. Pero precisamente se estaba hablando bien de usted, por excepción. Mr. Peters ignoraba que fue usted quien insistió en pagar una fuerte suma como indemnización por aquel desgraciado accidente. Le he hecho saber que, sin su insistencia, la indemnización hubiera sido mucho más reducida.

»Tom pareció reflexionar unos instantes.

»—Cincuenta mil dólares, si mal no recuerdo —terminó por decir, en tono indiferente—. Pero creo haberle dicho que Mr. Peters prefiere olvidar toda aquella historia, y no veo la utilidad de volver a ponerla sobre el tapete.

»Jud Peters tomó entonces la palabra y, de nuevo, el sonido de su voz me hizo pensar que estaba tratando de disculparse.

»—La cosa ha salido a relucir por casualidad, a consecuencia de una observación del camarero —dijo—. Y lo que decía Mr. Chalmers cuando ha entrado usted ha sido debido al hecho de que yo acababa de decirle que me parecía usted demasiado generoso.

»—Es inútil que trate de darme las gracias —dijo Tom secamente—. Vamos, Chalmers, he dejado el motor del automóvil en marcha.

»—Me ha parecido usted generoso, pero no trato de darle las gracias —rectificó Peters—. Después de todo, si entregó usted aquella suma fue porque disponía de medios para hacerlo.

»Tom había dado ya algunos pasos en dirección a la puerta, pero al oír aquellas palabras se detuvo en seco y dio media vuelta lentamente.

»—Mr. Peters, nadie dispone de medios para arreglar aquella clase de accidente. He oído pronunciar esa frase muy a menudo, casi siempre por mis exesposas. Desde luego, esas palabras dan a entender que el que tiene dinero es bueno para desplumar. Para su conocimiento, sepa que los 50 000 dólares en cuestión no constituyeron más que una parte de lo que el accidente me costó en total. Cuando terminé con todo calculé que el accidente me había costado exactamente el 5% de mi fortuna, es decir, la vigésima parte de lo que mi padre había dejado para que yo viviera sin preocupaciones hasta el final de mis días. Una vigésima parte, Mr. Peters, por un accidente que apenas duró tres segundos…

»El tono de Mathewson había sido tan glacial, que Peters y yo le miramos sin poder disimular nuestro asombro. El rostro de Peters se tiñó de púrpura, y un embarazoso silencio reinó en el bar.

»Al cabo de unos instantes Jud Peters, con voz suave, formuló a Tom la siguiente pregunta:

»—En resumen, Mr. Mathewson, ¿cree usted que una vigésima parte de su fortuna fue un buen precio por la vida de mi hijo?

»Tom frunció las cejas, abrió la boca para hablar, pero no dijo nada. Finalmente, se encogió de hombros:

»—No me ha entendido usted, Mr. Peters. No hablemos más del asunto.

»Pero Jud Peters contemplaba ahora a Mathewson con una mirada completamente nueva, como si acabara de comprender repentinamente la mentalidad de mi cliente. Su expresión me reveló sin rodeos que se daba cuenta, lo mismo que yo, de que había comprendido perfectamente el sentido de las palabras de Mr. Mathewson. “Un buen precio de compra”, era exactamente lo que pensaba este último cuando recordaba el arreglo del asunto; y estaba convencidísimo de que él y Peters estaban en paz…

»Como si juzgara inútil prolongar la entrevista, Peters se volvió hacia el camarero.

»—Otro whisky —encargó con voz tranquila.

 

»La continuación de aquel fin de semana resultó sin historia. El mismo sábado, por la noche, Tom y yo habíamos dejado resuelto el asunto por el cual me había llamado y nos encontramos libres para distraernos un poco, teniendo en cuenta que las diversiones eran muy escasas en aquella apartada comarca.

»Confieso que nunca conseguí comprender qué fascinación podía ejercer la caza sobre Tom Mathewson, ya que no tenía absolutamente nada del hombre aficionado a la vida al aire libre. En mi opinión, debía satisfacer cierto instinto sádico, y lo que le atraía de la caza era, sin duda, el hecho de matar a un ser viviente. Lo cierto es que, cualesquiera que fuesen los motivos de su afición a cazar, en cuanto llegaba la temporada… asesina, resultaba imposible arrancarle de su cestón del centro del lago. El guardián del pabellón, que en las temporadas que Tom pasaba allí se convertía en criado para todo, se encargaba de conducirle en una barca hasta su puesto de acecho, mientras él permanecía en la embarcación con un perro al alcance de la voz de su dueño.

»En el cestón no había sitio más que para un cazador, y aunque yo me hubiese sentido atraído también por la caza, por el placer de asesinar a indefensos patos, Tom no se hubiese preocupado lo más mínimo. Me anunció que me dejaba completamente libre, lo cual era una manera cortés de decirme: “Arrégleselas como pueda para distraerse”.

»La joven que Mathewson proyectaba convertir en su novena esposa había venido también al pabellón de caza, pero toda su belleza no conseguía hacer interesante su conversación. Se pasaba la mayor parte del tiempo holgazaneando en el bar del pabellón, servido por el criado de Tom, tocado con una chaqueta blanca y muy experto en la preparación de bebidas. La hermosa muchacha saboreaba combinado tras combinado, poniendo disco tras disco en la gramola de Mathewson.

»Cuando llegó la tarde del domingo yo estaba deprimido hasta tal punto que decidí salir a dar un paseo por los alrededores.

»Habiéndome detenido en una granja para pedir un vaso de agua, no me di cuenta de que se trataba de la granja de Jud Peters hasta que vi al propio Peters a través de una ventana que daba a la planta baja. Cuando me dirigía hacia la puerta principal pasé junto a aquella ventana, que estaba abierta, y se me ocurrió mirar hacia el interior. Me detuve en seco, sobrecogido por la impresión de que iba a recibir un balazo a bocajarro.

»Superado aquel sobresalto de pánico, noté que el fusil estaba firmemente sujeto a una especie de trípode de madera muy pesada. Jud Peters estaba inclinado sobre el arma, al parecer ajustándola al trípode.

»Levantó los ojos, y al ver mi expresión de susto dejó asomar a su rostro una divertida sonrisa.

»—Buenas tardes, Mr. Chalmers —dijo—. No tema, no le estaba apuntando. Ha sido usted quien ha venido a ponerse delante mismo del cañón.

»A continuación sacó el fusil del trípode y fue a colgarlo en una de las paredes del cuarto, mientras me decía:

»—En seguida estoy con usted.

»Eso es todo. Todo lo que puedo dar como base del asunto que me preocupa. Peters me sirvió un vaso de agua, charlamos unos instantes y me marché. Aquella misma noche regresé a Nueva York, y cuarenta y ocho horas más tarde Tom Mathewson fue alcanzado por una bala perdida que le produjo la muerte, mientras estaba sentado tranquilamente en su cestón. El coroner no consideró necesario fatigarse las meninges con aquel caso, puesto que, dado el ángulo de tiro y el grado de penetración, era evidente que la bala procedía de un fusil que había sido disparado a una distancia de varios kilómetros. Muerte accidental, sin duda alguna…

 

Chalmers dio por terminado su relato. Inmediatamente, le pregunté:

—Pero ¿cómo diablos pudo pensar usted en un asesinato?

—No he creído en él hasta esta mañana —respondió—, cuando he recordado que Jud Peters no había sido solamente un simple artillero, sino también un suboficial de transmisiones. Y he recordado asimismo haber visto, a menos de cien metros del lago particular de Tom Mathewson, en una elevación del terreno cubierta de árboles, un poste telefónico. Lo que voy a decirle ahora no es más que pura hipótesis, pero suponga que ese poste sea el que sostiene los hilos de la línea que pasa por la granja de Jud Peters, y suponga también que este último —cosa muy fácil para él— hubiera conectado un teléfono que pusiera en contacto aquella elevación del terreno con su granja. Si tenía en su casa algún aparato telefónico viejo, la cosa resultaba un juego de niños para un exsargento de una unidad de transmisiones. El resto era sencillísimo: un observador complaciente, su esposa por ejemplo, podía ver sin ser visto desde aquella elevación del terreno cubierta de árboles, y dirigir el tiro del fusil de Jud Peters, señalando si los disparos quedaban largos, cortos u oblicuos. Le bastaba con fijarse en las salpicaduras del agua al recibir el impacto de las balas. El fusil sería el que vi sujeto a un trípode y apuntando en dirección al lago de Mathewson.

No pude evitar una sonrisa.

—No me sorprende, amigo mío, que haya usted vacilado antes de ir a contar esa historia a la policía. Todo eso no son más que suposiciones faltas de toda prueba, y no le hubieran hecho el menor caso. Pero, insisto, ¿cómo diablos pudo pensar usted en un asesinato?

—Después de la llegada de mi correo, esta mañana —respondió Chalmers—. Primo, he recibido una carta de un experto en contabilidad de Castkill comunicándome un estado global de los recursos de Jud Peters. Incluyendo un cálculo razonable del valor de su granja, el total asciende a 63 000 dólares, exactamente. Secundo, en un sobre aparte había un cheque de Jud Peters, por un importe de 3150 dólares, destinado a los herederos legales de Thomas Mathewson.

—¿En concepto de qué? —pregunté, intrigado.

—Llevaba una anotación: «Valor recibido» —explicó Chalmers en tono sombrío—. Calcule a cuánto asciende la vigésima parte de 63 000 dólares…

UN ABONO EXCELENTE

Robert Graves

S

Í, sí y sí! No me interpreten mal, por el amor de Dios. Estoy completamente de acuerdo con ustedes. Creo que el hombre defrauda a la madre tierra al no devolver al suelo el alimento que extrae de él. Y que los incineradores municipales son genocidas más bien que germicidas… Y que la cremación tendría que ser considerada como un crimen capital. Y que…

¡Sí, sí, de acuerdo!

Pero…

 

Elsie y Roland Hedge —ella una ilustradora de libros, él un arquitecto de pulmones sospechosos— habían sido advertidos contra el doctor Eugen Steinpilz.

—No les traerá ninguna suerte —les había dicho yo—. Tengo una especie de premonición.

—¿Usted también? —preguntó Elsie en tono indignado. (Esto ocurría en Brixham, South Devon, en marzo de 1940)—. Supongo que cree usted que, debido a su acento extranjero y su barba, tiene que ser un espía…

—No —dije fríamente—. Esa idea no se me había ocurrido. Pero no voy a contradecirla.

Al día siguiente, Elsie entabló deliberadamente una amistad íntima —no me gusta la expresión, pero es lo que hizo Elsie— con el doctor, un alsaciano con pasaporte norteamericano, que se describía a sí mismo como un Naturphilosoph; y ella y Roland no tardaron en hundirse hasta el cuello en el Steinpilzerismo. La cosa empezó cuando el doctor les invitó a almorzar y les sirvió carne fría y dos raciones contrincantes de platos vegetales: patatas (cocidas) y zanahorias (estofadas), compradas en la verdulería local; y patatas (cocidas) y zanahorias (estofadas), cultivadas con abono en su propia huerta.

La superioridad de las últimas sobre las primeras en aspecto, tamaño y especialmente en sabor, impresionó a Elsie y a Roland. Sí, comprendo lo que sintieron. ¿Por qué no habría de comprenderlo? Cuando voy al mercado aquí, en Palma, siempre rechazo las patatas de La Torre, porque están destinadas al mercado inglés de comienzos de temporada, y, en consecuencia, saben a abonos químicos importados. Prefiero comprar patatas de Son Sardina, las cuales tienen el mismo sabor de las patatas inglesas de hace cincuenta años. El motivo es que los agricultores de Son Sardina abonan sus campos con los desperdicios de las cocinas de Palma, obtenibles todavía a carretadas en una ciudad que no dispone aún de sistemas modernos y eficaces para destruirlos.

De este modo, el doctor Steinpilz convirtió a la pareja en unos incondicionales adictos al método Steinpilz de abonar la tierra. En realidad, no variaba mucho de los métodos que aparecen en las secciones agrícolas de cualquier periódico, con la excepción de que era mucho más violento. El doctor Steinpilz había inventado una fórmula para producir bacterias sumamente virulentas, capaces (según Roland) de desintegrar una bota vieja, o la Biblia familiar, o una usada chaqueta de lana, y convertirlas en un hermoso humus negro en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, la fórmula no podía ser comprada, y únicamente podía ser comunicada, previo juramento de guardar el secreto, a los miembros de la Sociedad Eugen Steinpilz… en la cual me negué a ingresar. Por lo tanto, no pretendo conocer la fórmula, aunque una noche oí a Elsie y a Roland discutir en su huerta acerca de si las influencias planetarias eran favorables; también mencionaron un cuerno de morueco en el cual, al parecer, tenía que cocerse una complicada mezcla de productos animales y vegetales, técnicamente llamada «la Madre». Me enteré asimismo de que una pata de toro y un páncreas de cabra formaban parte de la operación, porque Mr. Pook, el carnicero, me informó más tarde de que Roland le había sorprendido pidiéndole aquellos extraños bocados. Entre los ingredientes herbáceos figuraban la polígala, el poleo, el abracapalo y la alverja: los reconocí un día en una cesta que Elsie había dejado en la oficina de correos.

Los Hedge no tardaron en tener su primer montón de abono cociéndose en su huerta, la cual era del tamaño aproximado de un campo de tenis y estaba compuesta en su mayor parte de césped bien cuidado. El doctor Steinpilz, que supervisaba la tarea, empezó a frecuentar la casa hasta el punto de que dejé de visitar a mis vecinos. Luego, después de la caída de Francia, Brixham se convirtió en zona de guerra, de la cual fueron expulsados todos los que no eran ingleses, franceses libres o belgas libres. En consecuencia, el doctor Steinpilz tuvo que marcharse, cosa que hizo muy a disgusto. Murió en un bombardeo alemán sobre Liverpool, el día antes de embarcar para Nueva York. Pero aquello no terminó el asunto, ni mucho menos. Creo que Elsie estaba algo enamoriscada del doctor, y en cuanto a Roland, era evidente que le adoraba como a un héroe. Poseían una colección de todos sus libros esotéricos (dedicados afectuosamente), y solían leérselos el uno al otro en voz alta, por riguroso turno, durante las comidas. Luego, para demostrar que aquello era una filosofía práctica, y no una colección de hermosos pensamientos acerca de la Naturaleza, los Hedge empezaron a fabricar abono de un modo más intenso e incluso más religioso que antes. El césped había crecido, desde luego; pero ellos lo utilizaban para amontonar capas de desperdicios de cocina, los cuales mezclaban con las escarbaduras de una cochinera abandonada, dos carretillas llenas de hojas de álamo podridas, y un saco de nabos en descomposición. Mirando por encima de la cerca, capté el brillo fanático de los ojos de Elsie mientras revolvía las hambrientas bacterias sueltas en el montón, y no pude evitar un estremecimiento.

La cosa no pasaba de ser una manía, hasta cierto punto inofensiva. Pero cuando empezaron los primeros bombardeos serios y los víveres se hicieron tan escasos y las amas de casa eran multadas por no entregar sus desperdicios a los cerdos nacionales, Elsie y Roland comenzaron a preocuparse. Habían abandonado su sistema sanitario normal y construido un retrete en la huerta, y se empeñaron en convencer a sus vecinos de que tenían que hacer lo mismo, corriendo el riesgo de pillar un resfriado o de ser picados por una araña. Elsie envió también a Roland detrás de las vacas de Red Devon cuando regresaban a casa al atardecer, para que recogiera con una pala los valiosos excrementos; entretanto, ella visitaba el estercolero local con una caja montada sobre ruedas, y recogía todo lo que allí encontraba de naturaleza orgánica: gatos muertos, harapos, flores marchitas, tronchos podridos y otros desperdicios que incluso un cerdo nacional en tiempo de guerra hubiera rechazado. Asimismo, no dejaba perder una sola gota del agua de su baño, con la cual rociaba el abono; según ella, contenía valiosas sales minerales.

La prueba de un buen montón de abono consiste, como todo buen conocedor sabe, en que brote de él cierto hongo de aspecto repugnante, aunque beneficioso. Los montones de Elsie griseaban con aquella cosecha, y su interior era tan cálido que podían haber sido utilizados para cocinar; lo cual le hubiera ahorrado a Elsie una gran cantidad de combustible. Yo les daba el nombre de «montones de Elsie», porque ahora ella se consideraba como el delegado terrenal del doctor Steinpilz; y el leal Roland no le discutía la pretensión.

La historia llegó a una fase crítica con los bombardeos masivos de Londres. Como se recordará, numerosos londinenses habían sido evacuados a South Devon cuando estalló la guerra, se desevacuaron a sí mismos, fueron reevacuados, y así sucesivamente, de un modo completamente desorganizado. Elsie y Roland se libraron de albergar a refugiados en su casa, porque no tenían ninguna habitación disponible; pero una noche, un viejo pensionista de la Marina llamó a su puerta y pidió alojamiento por una noche. Había sido expulsado de Plymouth, donde reinaba el caos, y había andado sin rumbo hasta recalar en Brixliam, agotado y hambriento. Los Hedge le dieron de cenar y le permitieron dormir en el sofá; pero cuando Elsie se levantó por la mañana, le encontró muerto de un ataque al corazón.

Roland acudió a mí, muy preocupado, en busca de consejo. Elsie, me dijo, había decidido que sería un error importunar a la policía con el caso, ya que la policía estaba muy ocupada en aquellos días, y el pobre anciano había declarado que no tenía parientes ni bienes. De modo que le habían despojado de su cinturón, de los botones de sus pantalones, del estuche metálico de sus lentes y de un manojo de llaves, es decir, de todo lo que no era desintegrable, y le habían colocado respetuosamente debajo de uno de los montones de abono, después de leer en su honor el servicio de difuntos. ¿Habían obrado mal?

—Si quiere usted decir «¿Debo informar a las autoridades civiles?», la respuesta es no —le aseguré—. Yo no miraba por encima de la verja a aquella hora intempestiva, y lo que usted acaba de decirme no es más que un rumor.

Roland fingió una gran satisfacción.

La guerra continuó. Los Hedge no solo llenaron su huerta de montones de abono Steinpilz, sin dejar espacio para plantar las patatas o las zanahorias a las cuales estaba destinado, sino que saquearon los desperdicios del mercado de pescado de Brixham, y los cubos de la basura del departamento de cirugía del Cottage Hospital. Recuerdo que todas las primaveras Elsie recogía grandes ramos de rosas y las llevaba directamente al montón, sin oler siquiera su fragante perfume; las rosas tempranas, al parecer, eran particularmente apreciadas por las voraces bacterias.

Al llegar a este punto la historia se convierte en algo penoso para los miembros, digamos, de un círculo familiar de lectores; procuraré suavizarla en la medida de lo posible. Una mañana, un agente uniformado llamó imperiosamente a la puerta de la casa de los Hedge, y dio la casualidad de que vi a Roland atisbar ansiosamente por la ventana de su dormitorio, para retirar inmediatamente la cabeza. El policía insistió en sus llamadas; luego probó en la puerta de la parte trasera, y finalmente se marchó. La visita del representante de la ley obedecía a una denuncia por no apagar las luces, como estaba ordenado en tiempo de guerra, pero al parecer los Hedge lo ignoraban. A la mañana siguiente, el agente volvió a presentarse, y al ver que no respondían a sus llamadas forzó la cerradura de la puerta de atrás.

Elsie y Roland Hedge estaban en la cama, muertos. Habían ingerido una dosis mortal de píldoras para dormir. En la mesilla de noche encontraron una nota que decía, simplemente:

Por favor, entierren nuestros cuerpos en el montón de abono más cercano a la cochinera. Cúbranlos de flores, mezcladas con un poco de basura, y luego echen tierra encima, sin que la capa sea demasiado grande.

E. H. - R. H.

George Irks, el nuevo inquilino, decidió aprovechar la huerta para cultivar patatas, como contribución a la victoria. Alquiló un carro y empezó a tirar el abono al río Dart, porque «no le gustaba el aspecto de aquellos hongos grisáceos», como explicó más tarde. Los cinco esqueletos humanos, maravillosamente limpios, que George desenterró en la tarea, no habían sido identificados aún cuando terminó la guerra.

EL QUE REGRESA

Frank Ward

M

E desperté sobresaltado, como cuando mis pies pretenden alcanzar un peldaño inexistente, y mis dientes rechinaron en tanto resonaba fuertemente el teléfono colocado sobre la mesilla de noche. Me incorporé y tendí una mano hacia el receptor.

—¿Nickie?

La voz tenía un tono bronco y metálico, pero ni siquiera la defectuosa conexión me impidió reconocer a su propietario. De repente me hallé totalmente despierto, como si el acto de coger el teléfono hubiese hecho caer sobre mi cuerpo una inesperada ducha de agua helada. Recordé qué día era.

—Nickie —repitió la voz—. ¿Estás despierto?

—Sí, Johnny —musité—. Estoy despierto. ¿Dónde estás, muchacho?

—A unas cuarenta millas de la ciudad. Donde he pasado los últimos tres años. Ya he salido, Nickie. Creía que tal vez lo habías olvidado.

—No lo he olvidado. Pensaba ir a tu encuentro para recogerte. ¿Cómo estás, chico?

Se echó a reír, pero no fue una risa alegre.

—Estoy bien, Nick. Muy bien. ¿Sigue en pie tu ofrecimiento de una cama, o tendré que buscarme un hotel?

—Nada de hoteles —respondí, consciente de un envaramiento que, de pronto, se había apoderado de mi nuca. La froté con la mano—. Cogeré el auto e iré a buscarte en seguida.

—No tienes que molestarte. Un amigo me llevará. Por lo menos, aún me queda un buen amigo.

—No hables así —gruñí—. La sociedad ya no tiene nada contra ti. Bueno, te espero en casa.

—¡En casa…! —repitió, y en su tono había un acento de burla que no podía atribuirse a los defectos de la compañía telefónica. Continuó—: Desde luego, Nickie, iré a casa. Tardaré una hora.

—Desayunaremos juntos y… —empecé a decir, pero ya había colgado. Hice lo mismo y di media vuelta paira enfrentarme con un ojo adormilado que me estaba observando por entre las sábanas. El otro ojo seguía cerrado.

—Era Johnny —le expliqué al ojo, como si esto aclarase todo lo que había que decir. El ojo parpadeó, y poco después se abrió el otro, ambos oscuros y luminosos, luchando aún contra el sueño—. Anne —proseguí, deslizando una mano para acariciar su mejilla—. Anne, no será por mucho tiempo. Solo hasta que pueda valerse por sí mismo. Esto es lo que te prometí, querida.

Los ojos se cerraron un instante.

—Ya lo sé —murmuró—. Solo por ahora. Solo por poco tiempo.

Abrió nuevamente los ojos, contemplándome con la increíble dulzura de las mujeres que aman.

—Solo por poco tiempo —repetí, como si al hacerlo lograra que la mentira pudiera ser creída.

Salté de la cama y me dirigí hacia la escalera para bajar a la cocina, y hacer el café.

Cuando volví al dormitorio, ella empezaba a levantarse; impresa en su rostro estaba la sonrisa perezosa que siempre acompaña su despertar. Me detuve junto al lecho, mirándola y dejando que por mi cerebro transcurrieran, como en una película, los años de nuestra vida en común. Me incliné hacia ella y la besé.

—Te quiero —le dije—. Te quiero como si acabáramos de casarnos. Te quiero como te he querido durante estos diez años, y quizá más. ¿Podrá eso compensarlo?

—Claro —contestó—, eso siempre lo compensa casi todo, Nickie. Quizá también compensará lo de Johnny.

—No es mal chico —comenté, encendiendo el primer cigarrillo, sin sabor, que siempre me fumo antes del café. Me acomodé en el borde de la cama, lanzando el humo por encima de su cabeza—. De niños no nos separábamos nunca. Sospecho que al crecer ha ido creándose más problemas. Nuestra adolescencia fue difícil.

Anne apoyó la cabeza sobre uno de mis hombros.

—Pero —observó gravemente—, tú triunfaste de tu adolescencia. Tu hermano, no. Esto es lo que me preocupa. No son las molestias que produce otro hombre en la casa. Es que no conoce nuestro ambiente. Y lo que no comprende, lo destruye. No quiero que esto nos ocurra a nosotros, Nickie; no, después de todo este tiempo.

—No sucederá —me apresuré a tranquilizarla, tirando el cigarrillo—. Y mejor sería que tomásemos el café antes de empezar a preocuparnos por tragedias inexistentes. Johnny solo es un chico solitario y asustado, Anne. Asustado y dolido. Cometió una equivocación, y esta pertenece ya al pasado.

—¿Crees que él piensa así? —me preguntó, mientras yo me dirigía a la puerta—. ¿Piensas sinceramente que habrá olvidado que fuiste tú quien le envió a la cárcel?

Aquellas palabras me hirieron con tal fuerza, que me detuve. Me volví, mirándola a la luz grisácea que se filtraba por entre los entornados postigos de la ventana.

—No creo que lo haya olvidado —dije, despacio—. No creo que haya borrado de su mente el hecho de que su propio hermano se pusiera en contra suya. El teniente Nickie Fortuno y el pueblo contra Johnny Fortuno, el muchacho descarriado. No lo habrá olvidado —repetí—. Y no necesitas hacérmelo notar. Esta es la razón por la que debe quedarse con nosotros hasta que empiece a valerse por sí mismo. Por eso… y por mi padre. Lo que yo le hice a Johnny aquel día, hace tres años, destrozó el corazón del viejo, tú lo sabes. Mi padre está enfermo desde entonces, pero yo no podía obrar de otra forma porque no tenía elección. Mira —continué, roncamente, volviendo al centro de la estancia, como para enfrentarme con algún enemigo invisible—. Tú has hecho más de lo que yo le habría exigido a una mujer, y lo hiciste sin que te lo pidiera. Has forjado un hogar para un anciano que no tenía adonde ir. Dijiste que le querías aquí, y como yo no podía hacer otra cosa, me esforcé en creerte. Y cada minuto de cada día, cuando te contemplo, te doy gracias por ello, mucho más de lo que podría expresarte con palabras. ¿Te das cuenta? La vuelta de Johnny a casa es el último eslabón. Con ello, el viejo podrá morirse feliz. Y nada ha de interponerse en esto. Ahora, no.

—Ni siquiera tu esposa —apuntó ella.

—Bueno… —gruñí, con el desamparo que muestra todo hombre cuando se enfrenta con una acusación sin tener la respuesta preparada—, no dije tal cosa. Al principio, estuviste de acuerdo conmigo.

—Ni al principio ni ahora. ¡Oh, Nick! ¿No lo ves? Tu padre es distinto. Ya forma parte de la casa, es uno de los nuestros, en ti hay algo suyo, y cada vez que estoy a su lado me dirige una sonrisa o una palabra amable. Los niños le adoran. ¿Qué pasará con Johnny? No se aviene a nuestra manera de vivir.

—Le condenas sin darle la oportunidad de defenderse, ¿verdad?

—Le conozco —porfió obstinadamente, pero era la obstinación de quien sabe que tiene perdida la batalla y solo habla por el afán de llegar a un funesto y familiar armisticio—. Ve a beberte el café antes de que nos peleemos, Nickie. No hay por qué insistir sobre esto.

Y así era. Salí de la habitación, consultando mi reloj de pulsera. A las seis cuarenta y cinco de una triste mañana de septiembre, la escalera me inyectó su frialdad a través de la delgada alfombra. Llegué a tiempo de salvar el café, y lo vertí, negro y espeso, en las tazas; luego llevé una taza al dormitorio, poniéndola junto al reloj eléctrico. Después, hice mi segundo viaje habitual, cogí la otra taza y le añadí un poco de brandy de la botella del armario de la cocina. No era aquello a lo que papá estaba acostumbrado, pero era todo lo que un teniente de policía con dos hijos, que estaban en un campamento de verano, y una carpeta llena de cuentas y facturas, podía pagar. A pesar de ello, servía para matar el frío mañanero, aunque el de mi padre era el frío intenso de sus setenta y cinco años.

Coloqué la botella de nuevo en el estante y me quedé mirándola, como si pudiera darme una respuesta a mis problemas.

Cuando Johnny había sido sentenciado, tres años antes, se había derrumbado una parte de la personalidad de mi padre. De la misma forma que un árbol alto y añoso empieza a resquebrajarse cuando se le desgaja una rama. Es una especie de muerte que no puede ser vista, pero sí sentida, cuando se lleva la misma sangre. Y en mi familia la sangre habla muy alto.

Vacilé delante de su puerta, balanceando la taza de café sobre la palma de mi mano, y luego llamé ligeramente y entré en el dormitorio.

—Papá —dije. Al sonido de mi voz se volvió desde su sitio, junto a la ventana. Era un hombre alto y encorvado, de boca triste, pero con una perpetua sonrisa bajo su fino y blanquecino bigote. Un hombre aún bien parecido, que aparentaba sesenta y cinco años solamente. Pero en la habitación no había otra luz que la que se filtraba por entre los resquicios de los postigos, y su tono mortecino resultaba muy cortés con el viejo. Extendió una mano con el instintivo gesto de los que carecen de ojos para ver.

—Ya casi es de día —afirmó, con aquella voz que siempre me parecía tan agradable, a causa de haberla estado oyendo desde que yo no era más alto que la rodilla de un hombre—. Sábado —continuó—. He seguido el curso de las horas.

Dejé la taza junto a su sillón, y le guie la mano.

—Otra hora más —dije, sin mirarle—. Otros sesenta minutos, y Johnny estará en casa. Ya está todo arreglado. Los niños no volverán hasta dentro de unos días, por lo que podrá utilizar su dormitorio. De manera que estará justo al otro lado del pasillo, frente a tu puerta.

Tomó un sorbo de la taza y suspiró.

—Hijo mío, esto no va a ser fácil para ti.

—Johnny conseguirá trabajo —repliqué, con un optimismo que no sentía. El tema del dinero era tabú en aquella habitación. Ya es bastante malo depender de alguien, pero cuando esta dependencia se apoya en personas de escasos recursos, resulta intolerable—. Hablaré con algunos amigos.

—¿Y Anne?

—Es una buena chica, papá. Sabe lo que tú… lo que nosotros sentimos por Johnny.

Frunció los labios.

—Quizá —dijo, quedamente—. Quizá sea así. Pero no es de los nuestros. No siente igual que nosotros. Perder un hijo… Saber que vuelve… No puede hacerse cargo de lo que esto significa para mí. —Juntó las manos, con fuerza, y yo me sentí apurado. ¿Cómo podía explicarle a mi padre que la sangre no hablaba en mí como él creía? ¿Cómo podía explicarle que había otros deberes, otros lazos más fuertes que los de hermano a hermano? Él continuaba hablando con su voz suave e irreal—: Cuando llegue, haz que venga a verme. Y muéstrate amable, Nickie. Tú tienes voluntad. Dale un poco.

—Desde luego, papá —respondí, roncamente, y tan pronto como pude salí de la habitación. Mientras regresaba a mi dormitorio, a lo largo del pasillo, iba meditando si el mostrarme amable con Johnny solucionaría algo, y si mi hermano era tal como pensaba mi padre.

Después de vestirme, me senté y aguardé la llegada de Johnny.

 

Llegó a casa correctamente, en un elegante coche negro que chirrió junto al bordillo, pareciendo vacilar allí, como si le repugnase asentar sus neumáticos en aquel lugar. Le vi apearse, desde la ventana. Los años no habían dejado en él ninguna huella visible. Llevaba un sombrero negro ladeado, como siempre, y su rostro aún mostraba aquella apariencia de artista italiano del Renacimiento: rasgos delicados, labios finos y ojos claros e intensos. Vestía un traje oscuro, de buena calidad. Se detuvo al salir del auto, y golpeó con sus guantes un osito de juguete que bailoteaba detrás del parabrisas. El hombre del volante se inclinó para tocarle el brazo ligeramente. Era un sujeto a quien yo conocía. Un tal Angie Shapiro, para quien no eran ninguna novedad los elegantes coches negros, ni los trajes de doscientos dólares. Mi hermanito viajaba con la alta sociedad, si hay que llamar así a los golfos prósperos. En la pétrea faz de Angie y en sus oscuros ojos había todo el pervertido talento de un Borgia moderno. Llevaba su poderoso coche como en otra época un caballero hubiera podido cabalgar en su negra montura.

Me incorporé y extendí la mano para coger el paquete de cigarrillos, casi vacío, que estaba sobre la repisa de la ventana, y bajé al vestíbulo para recibir a mi hermano.

Pude escuchar sus pasos al avanzar por el sendero, sus zancadas firmes y casi insolentes; y oyendo aquel caminar tuve una especie de trágica intuición de lo que se avecinaba. Yo estaba sobre un barril de dinamita, ya que Johnny, en casa, tenía carte blanche. «Sé amable», me había recomendado mi padre, sin conocer a su propio hijo. «Dale tu voluntad», había dicho. ¿Podía contestarle que para ello era preciso que antes aniquilara la voluntad de Angie Shapiro?

Tiré del pestillo y abrí la puerta violentamente.

 

El desayuno había terminado. Johnny, aseado, satisfecho y de buen humor, sonreía, fumando uno de mis Camel, bostezando ante su taza de café, mientras Anne se afanaba silenciosamente en el fregadero. Johnny dejaba caer la ceniza en su platillo.

—Ya sabes —decía, con su voz juvenil—. A veces pienso que he sido un bobo, a fin de cuentas. Tú siempre predicaste la rectitud. Donde yo he estado, eso sonaba muy bien. Quizá lo pruebe.

—¿Dejando que Angie Shapiro te compre estos trajes tan costosos?

—Es un amigo —replicó, ásperamente, con la inconsciencia de los veintidós años—. Nada más que un amigo. ¿Y por qué no? En cierto tiempo le hice algunos favores.

—¿Favores? —repetí, con sarcasmo—. Di mejor que fuiste su chico de recados. Nadie le hace favores a Shapiro. Angie dice: «Ven», y los conejitos van. Angie dice: «Vete», y huyen. O son rechazados. Despierta, chico —gruñí—. ¿Q es que estos tres años no te han servido de nada?

Fue un error decirlo, y me di cuenta antes de haber concluido la frase. Dejó el cigarrillo cuidadosamente en el platillo y colocó sus manos con las palmas apoyadas sobre la mesa. En el fregadero, Anne lavaba los platos con una especie de furia reprimida, como si le hubiera gustado retorcerme el cuello.

—Siempre el polizonte —comentó Johnny, suavemente. Sus pupilas, al mirarme, parecían estremecerse en el fondo de sus ojos, negras como la negrura italiana que puede transformarse en una negrura roja cuando la sangre corre ardiente por las venas—. Incluso en casa, siempre los galones. Sí, tres años han sido suficientes, queridito hermano mayor. Y tú fuiste quien me envió allí. Pero no voy a molestarme recordándolo.

Vi cómo se erguía la espalda de Anne. Dejó un plato con todo cuidado sobre el fregadero, y se marchó de la cocina sin decir nada. Oí cómo subía la escalera del segundo piso.

—Estoy contento de que hayas hablado de esto —dije—. Tenía que suceder más pronto o más tarde, y es mejor que lo dejemos ahora bien sentado. No fui yo quien te puso a la sombra, pequeño. El Estado lo hizo.

—Tú testificaste en contra mía.

—Y volvería a testificar. ¿Es que tú y tus repugnantes camaradas os imaginasteis que os protegería? Mi propio hermano menor, descarriándose. Pues bien, procura ir recto. Vuelve a ensuciarte con otro chanchullo, con otra pillería, y te llevaré nuevamente a la cárcel, tan de prisa como no puedes imaginar. Te llevaré allí, y hasta seré capaz de darte un beso de despedida. Irás muy derecho, Johnny, o te juro que haré que desees no haber vuelto nunca aquí.

—Creo que no lo harías —murmuró, cogiendo de nuevo la colilla y examinándola fríamente. La sonrisa torcida volvía a mostrarse en los ángulos de su boca. Pero había callos en sus manos y suciedad en sus uñas, y ni siquiera Angie Shapiro había conseguido que desaparecieran en un día. Haría falta tiempo para limpiar del todo a Johnny, según comprendí; y lo comprendí con triste desesperación, porque todo lo que le estaba diciendo únicamente serviría para alejarle de mí, y una vez lejos de mi influencia quedaría entre las garras de Angie. Me estaba comportando con él como un policía, y él estaba harto de los policías.

—¡Oh, diablos! —exclamé finalmente—. Lo siento. Olvídalo, ¿quieres? Borremos el pasado. Lo hemos estado viviendo demasiado tiempo.

—Yo, no —contestó, y entonces sus ojos se iluminaron—. Siempre el futuro para Johnny Fortuno, Nickie. Nunca sabrás nada de las largas noches que he perdido mirando hacia delante. Pensé mucho en mi regreso a casa. Estuve pensando en cómo sería, al tomarme a su cargo mi hermano mayor. No más policías, me dije. Mi hermano los mantendrá apartados. Él es un polizonte, solía decirle a mi compañero de celda, conoce todos los trucos. Jamás permitirá que me suceda algo, porque posee un gran corazón. No podrás creerlo, Nickie, pero esto es lo que le solía decir a aquel muchacho. Le hablaba de tu buen corazón y de cómo me querías, y de cómo harías cualquier cosa para lograr la felicidad de nuestro viejo.

Aplastó la colilla en el poso de su café, y la moribunda brasa siseó, en tanto su burlona mirada buscaba la mía en una colisión casi física.

—Un gran camarada, nuestro viejo. Te has portado muy bien con él, Johnny. Me siento orgulloso de ti. Ello me hace pensar que preferirías morir antes que causarle ningún daño.

Se puso de pie y se inclinó por encima de la mesa, con las manos apoyadas sobre la misma.

—Quizá salga dentro de poco y trate de conseguir trabajo, Nick. No es justo que tú lleves solo toda la carga. Pero no me apresures, hermano. Sé amable conmigo. No es tan difícil como parece.

Y riendo para sí mismo, salió de la cocina.

El cigarrillo que sostenía entre mis dedos me quemó ligeramente, la piel. Con lentitud lo dejé caer dentro de un cenicero. En algún lugar de la casa podía oír a Johnny silbando una alegre y ligera tonada.

Johnny había llegado a casa, y las cartas estaban boca arriba. Había vuelto al hogar para sus amigos, para las viejas caras familiares, para el rostro de Angie Shapiro, y casi podía imaginarme el semblante de Angie descomponiéndose como una vejiga atravesada por un punzón al pensar que Nick Fortuno ya no podría alcanzarle. Hiciera lo que hiciera Johnny, no podía tocarle sin destruir la única felicidad que mi padre había conocido desde hacía muchos años. Cerré los ojos para no ver todas las cosas queridas, tan familiares, y no volví a abrirlos hasta que los platos de la mesa empezaron a decirme que todo mi cuerpo estaba temblando.

Me levanté lentamente, cogí mi trinchera del perchero del vestíbulo y salí bajo la lluvia.

 

El capitán Pulaski me vio cuando yo salía del ascensor en el tercer piso del edificio del cuartel general, aquella misma mañana, y extendió un brazo corto y rechoncho.

—¡Eh, Nick! —gritó, y cuando me acerqué a él, dejó caer con fuerza su zarpa sobre mi hombro, y me arrastró hacia su despacho, un cubículo miserable con una puerta sin distintivo alguno, que mucha gente tomaba por la puerta del lavabo de caballeros.

—Es un poco tarde —gruñó, dejándose caer en su silla giratoria y volviéndose a mirarme. Allí sentado, me resultaba simpático. Poseía aquella rara cualidad que inducía a los hombres a seguirle de buen grado, creyendo, además, que le estaban haciendo un favor. Un polaco no muy alto y regordete, muy dado a la cerveza y con un extraño sentido de la justicia. Le gustaba la rectitud.

—Más de media hora de retraso. Mi hermano menor ha vuelto a casa.

—¡Ah! —exclamó, y sus ojos de color azul celeste se tornaron blanquecinos—. Había pensado que quizá fuese el cumpleaños de Annie, y ya iba a enviarle al infierno por no habérmelo recordado. —Sacó una corta pipa del cajón central de su mesa—. ¿Y qué tal le sienta a Johnny haber salido al aire libre, Nickie?

Me encogí de hombros.

—¿Cómo se sentiría usted?

—No hay respuesta, muchacho.

—De acuerdo —dije, ásperamente—. No hay respuesta. Todo lo que sé es que ha salido. Todo lo que quiero es que siga fuera.

Pulaski se colocó la pipa entre sus fuertes y amarillentos dientes, y empezó a chuparla.

—Lo mismo que todos nosotros. Usted le echará una mano, ¿verdad? ¿Le ayudo?

Encendí un cigarrillo y consideré la pregunta. Era una cuestión que yo sabía que tenía que llegar. Se dice que ningún oficial de policía es incorruptible. Mi hermano había delinquido una vez, y tenía amigos muy extraños.

—Usted es una buena persona, capitán —observé lentamente—. Tomaré de usted la ayuda que necesite. Y ahora, dejémoslo.

—Bueno —gruñó de nuevo, sacando un viejo mechero niquelado. Encendió la pipa, chupando y aspirando hasta que el tabaco empezó a arder suavemente. Dejó el encendedor sobre la mesa. Entonces sonrió.

—No es nada, Nickie, solo un detalle sin importancia. Pero le han visto esta mañana con Devonish y Brody, y ya conoce usted a esa pareja.

—¿Es un crimen ser visto con ellos en la calle?

—Cuando se va con Shapiro podría ser un crimen.

—Shapiro fue a buscarle a la penitenciaría.

Pulaski meneó la cabeza.

—Átele ambas manos, Nickie. Johnny es joven y rebelde, y todos los Shapiros de este mundo le parecen buenos. —Jugueteó con el encendedor. Luego continuó—: Tal vez solo sea una coincidencia, pero esta mañana hemos tenido una muerte. Una vieja que quizás usted recuerde. Procede de su antiguo distrito. La llamaban «La Orquídea», el diablo sabrá por qué. Dudo de que viera ninguna. Pero vendía flores.

Me limité a mirarle.

—Ha muerto en la calle —prosiguió, echando la cabeza hacia atrás para apoyarla sobre el respaldo de la silla—. Salió corriendo de un callejón para caer bajo las ruedas de un coche. Así fue. Tenemos al conductor. Ahora está abajo, esperando para hablar con usted.

—¿Por qué conmigo?

—¿Y por qué no? Todavía es policía, ¿verdad? Todavía trabaja para nosotros, ¿no es así?

—Está bien —asentí—. Quizás estaba ya empezando a meditar sobre el asunto.

—Usted debe meditar sobre ello cuando yo le diga que medite. No antes. ¿Recuerda usted algo sobre esa «Orquídea»?

La recordaba. Era algo perteneciente al pasado. Recordaba aquellos tiempos, recordaba sus viviendas húmedas, en las asfixiantes noches de verano, y el hedor que salía de ellas, y que llegaba hasta el puerto, ensuciándolo. Un viejo hueso del pasado. Y ya estaba cansado de roer huesos viejos.

—Ya la he situado, capitán. Vendía flores en los vestíbulos de los teatros, cuando yo vendía periódicos. Esto debió ser hace unos quince años. ¿Hay algo en su muerte que deba interesarme particularmente?

—Tenía sesenta y ocho años, aproximadamente. Era una anciana agotada. Le gustaba decirle a la gente cuán vieja y cansada se sentía. Sin embargo, corrió para pasar por delante de ese auto conducido por un tal Harte; este lo jura. Buscó al guardia, y descubrieron que vivía junto al callejón, en una casucha de Paris Street —suspiró—. Pero hay una o dos cosas extrañas. La mujer llevaba un cesto de mimbre, con unas cuantas flores que le habían sobrado de la noche anterior. Esto también lo recuerda Harte. Es un hombre con memoria. Además, después que la hubo herido, corrió en busca del guardia más próximo, que estaba tres o cuatro bloques de casas más abajo. Cuando ambos llegaron junto a «La Orquídea», esta no era más que una flor muerta sobre el asfalto. Pero el resto de las flores había desaparecido.

Levantó una ceja, espesa y gris, como apuntándome con ella.

—¿Tiene esto algún sentido para usted?

—¿Qué hora era?

—Las siete de esta mañana, o muy poco después.

—Johnny me llamó, ya fuera de la penitenciaría, a las siete menos veinte —comenté, al tiempo que enrojecía ante su súbita y escudriñadora mirada.

—¿A qué viene eso? —preguntó.

—¡Oh, bueno…! —exclamé aturdidamente—. No lo sé. Estas cosas me hacen poner a la defensiva.

La maciza cabeza de Pulaski empezó a balancearse arriba y abajo, benignamente.

—Pensé que sería así. Usted ya no es un hombre libre. Cualquier cosa puede interponerse en su camino.

—¿Quiere que me tome unas cortas vacaciones, capitán?

Sonrió con cierta gentileza grotesca.

—¿He dicho esto?

—Podría haberlo dado a entender.

—Lo que quiero dar a entender lo digo. Y lo que quiero que usted haga es esto: vaya abajo y mantenga una charla con Harte. Investigue en el cuartucho en que ella vivía. Ya sabe la rutina. Descubra por qué la anciana corrió hacia la muerte, y por qué existe una persona a quien le gustan tanto las flores que hasta llegó a robárselas a un cadáver.

Me puse en pie, sintiéndome un poco débil; y por esta debilidad llegué a avergonzarme y a irritarme a la par.

«¡Cielos! —pensé—. Estás condenando al muchacho antes de que haya tenido ocasión de inclinarse hacia uno u otro lado. Lo que no harías con ningún ciudadano ordinario, lo estás haciendo con tu propio hermano».

Y en voz alta dije:

—Gracias, capitán. Le tendré al corriente.

—Páseme sus informes personalmente —me ordenó, al tiempo que me dirigía una mirada extraña.

Le dejé allí, enfurruñado ante la caliente cazoleta de su pipa. Me encaminé lentamente hacia la sala general del segundo piso, donde Clark, un oficial en traje de paisano, agregado al Tráfico, estaba fumando plácidamente un cigarrillo, mientras hablaba con un hombre, delgado y de pelo grisáceo, cuyas manos se movían sin descanso.

 

—Este es Harte, teniente —me informó Clark, tirando el cigarrillo y poniéndose en pie—. El capitán me dijo que usted deseaba hablarle sobre el accidente.

Asentí mirando a Harte, y me senté en el borde de la mesa de despacho, examinándolo. Parecía un hombre distinguido pero estaba desquiciado, y el hecho de haber perdido el equilibrio le había dejado inquieto hasta el punto de parecer completamente dominado por los nervios. Se humedecía los labios al tiempo que intentaba sonreír, sin lograrlo. Un hombre de cabellos grises, de estatura media, con ojos grises muy inquietos y manos extremadamente nerviosas.

—Está bien —aprobé, ofreciéndole mi paquete de cigarrillos—. Esto ocurre muy a menudo.

—Pero no a mí.

—Ni tampoco a la mujer que atropelló.

Enrojeció y miró atentamente el blanco cigarrillo que tenía entre los dedos. Aspiró una larga chupada.

—Es cierto. No trataba de disculparme.

—No dije que lo estuviera haciendo, Mr. Harte. Pero me gustaría que se tranquilizara. Me gustaría ver que volvía a pensar claramente.

—De acuerdo —dijo, con voz ronca. Poseía una voz desagradable. Una voz que lindaba con el pánico, estridente y rabiosa—. No me importa admitirlo. Estoy asustado. Y estoy asustado por lo que puede venir. No me gusta la publicidad, pero no puedo hacer nada por impedirla.

Miré a Clark con una ceja enarcada, y él se escabulló hacia la puerta.

—Pero nosotros sí podemos —respondí, lentamente—. Nosotros podemos ponerle el corcho a la botella, aquí y ahora mismo.

Harte irguió la cabeza y me contempló con sus ojos enrojecidos, en los que anidaba cierto desprecio. Su mano, casi de manera automática, se dirigió hacia el bolsillo interior de su chaqueta, donde su cartera formaba un bulto claramente apreciable. Pero la expresión de mi rostro le previno. Dejó caer la mano y apartó la mirada.

—Así, no —le dije, suavemente—. No se puede comprar un pastel aquí, señor mío. Pero sí puede hacer memoria. Quiero saber todo lo que le sucedió esta mañana. Cada detalle, por pequeño que sea, las personas que vio en la calle, lo que usted sintió, y las primeras cosas que hizo. Todo, no solo lo que usted juzgue importante: Primero: ¿qué hacía usted en aquel barrio a las siete de la mañana?

—Iba… bueno, iba a mi oficina.

—Sí que empieza a trabajar temprano… ¿En qué se ocupa?

—Seguros.

—Me parece que es usted un hombre muy madrugador para los seguros, Mr. Harte.

Se enjugó un lado de la cara con la mano.

—Está bien. Había estado fuera de la ciudad. Tenía que estar en Seattle, oficialmente, pero regresé a primeras horas de la noche. No fui a casa.

—¿Estaba usted bebido?

—No, quizá ligeramente embriagado. Pero sabía lo que hacía. Mi euforia no perjudicaba en nada mi sentido de la conducción.

—No le estoy acusando de homicidio involuntario —le expliqué pacientemente—. No creo que se subiera a la acera para atropellarla. Lo que quiero saber es cómo se las arregló ella para intentar cruzar la calle sin que usted la viese…

—Esto es lo más extraño de todo, teniente. Ella… bueno, apareció ante mi vista. Cuando doblé la esquina de la calle, esta estaba absolutamente desierta, solo había un gran coche negro aparcado a mitad de la manzana. Incluso pude ver un muñeco amarillo que colgaba del parabrisas. La mujer pareció salir de delante de aquel coche… ¿no le parece raro?

Suspiré profundamente.

—No importa. ¿No se fijó en la clase de coche que era?

Sacudió la cabeza.

—Grande y negro, eso es todo lo que observé. No tuve tiempo para nada más. Tan pronto hube pasado el coche, ella apareció delante de mí. No tuve tiempo de frenar.

—Pero no debió materializarse de repente. Mire, Mr. Harte, usted no ha comprendido la pregunta. ¿De dónde salió, de un callejón o de un portal…?

El hombre hizo una pausa, restregándose los ojos con la mano, meditando. Encendí otro cigarrillo, en tanto mi cerebro se entregaba a una cautivadora danza alrededor de un muñeco amarillo, colgando del parabrisas de un coche. Y pensaba en la coincidencia de dos coches negros, de dos muñecos amarillos, en una misma mañana. Finalmente, Harte interrumpió el curso de mis pensamientos, murmurando:

—De un callejón, supongo. Todas las casas estaban cerradas.

—Según el informe que usted le dio al guardia, la mujer llevaba un cesto, o algo parecido. ¿De qué clase?

—Ni siquiera me fijé. —Ahora se estaba fatigando por momentos y las líneas de su rostro, de joven avejentado, se marcaban más profundamente en su curtida tez—. En su interior había flores. Es cuanto puedo recordar.

—¿Y la dejó usted allí cuando fue a buscar al guardia?

—¿Qué otra cosa podía hacer? No sabía aún si estaba viva o muerta.

—Y encontró un guardia. ¿Dónde?

—Recordé haberme cruzado con uno cuatro manzanas más abajo. Fui allá y le pedí que me acompañase.

—¿Tardaron mucho tiempo?

—¡Por Dios! ¿Cómo puedo saberlo? No miré el reloj.

Le dirigí una corta y seca sonrisa, y dejé caer la ceniza de mi cigarrillo en la papelera.

—Cálmese, Harte —le recomendé—. No está en condiciones de levantar la voz. Sírvase contestar únicamente a mis preguntas, por favor.

Movió la cabeza.

—Quizá diez minutos. Quizá más.

Me aparté del borde de la mesa y eché una ojeada por la ventana. Todavía llovía.

—Está bien —le dije a mi imagen, reflejada en el cristal de la ventana—. Ahora, volvamos a lo que pasó. Usted regresó. Se quedó allí hasta que llegó la ambulancia de la Morgue para llevarse el cadáver. ¿Vio algo que le sorprendiera o le extrañase?

Se pasó la lengua por los resecos labios, y le cayó un poco de saliva, resbalando por su barbilla.

—No le comprendo.

—Más simplemente, entonces. Usted dijo que ella llevaba una cesta de flores bajo el brazo cuando la atropelló. Cuando ella se cayó al suelo, las flores quedaron diseminadas por la calle. ¿Estaban allí cuando usted regresó?

—El cesto sí estaba —confirmó Harte—. Lo recuerdo porque el empleado de la Morgue hizo un chiste acerca de irse al infierno en un cestillo de flores[2].

—Algunos de esos muchachos tienen un peculiar sentido del humor —comenté—. Es una consecuencia de su empleo. ¿Y qué me dice de las flores?

—No sé. No lo recuerdo, en realidad. Pero diría que ya no estaban. No creo que estuvieran allí.

—¿No le chocó a usted que la calle hubiera sido barrida a aquella hora y en aquellas circunstancias?

—No. No pensé en ello.

—¿Había alguien por allí?

—No.

Le miré fijamente. Luego dije:

—De acuerdo, Mr. Harte. Puede marcharse a su casa. Si le necesitamos le llamaremos.

—¡Por lo que más quiera! —exclamó, poniéndose de pie—. Si me llaman, háganlo a mi oficina. Tome, este es el número.

—Desde luego —asentí, cogiendo el pedazo de papel y metiéndomelo en el bolsillo.

Pareció indeciso antes de irse.

—¿Qué les dirá usted a los periódicos…?

—No malgaste su tiempo leyéndolos esta noche. No hablarán de esto. Y ahora, váyase directamente a su casa.

Lanzó una risita casi histérica, me estrechó la mano, y se dirigió hacia la puerta. Dejé que llegara hasta el umbral, y entonces le llamé:

—Harte, otra cosa. Esto sí que no puede haberlo olvidado. ¿Estaba todavía el coche negro con el muñeco amarillo en el parabrisas aparcado allí, cuando regresó usted con el guardia?

La respuesta llegó rápidamente.

—No, no estaba.

—¿No le pareció sospechoso?

—No. ¿Por qué motivo? Me figuré que se trataba de algún individuo que no querría verse inmiscuido en el asunto. No le censuré por ello.

—Claro —murmuré—. Supongo que no podía hacerlo.

—¿Esto es todo?

—Por ahora, esto es todo. No hay nada más.

Pero había algo más. Algo que me tuvo pensativo durante mucho rato. Sentado, contemplando la lluvia, me decía a mí mismo que el horario no encajaba bien, que ni siquiera Angie Shapiro podía estar en dos sitios a la misma hora. Si se había alejado con su coche cuarenta millas de la ciudad para recoger a mi hermano, a las siete menos veinte, el vehículo no podía estar aparcado en una esquina de Paris Street, a las siete en punto. Pero, no obstante, este argumento no me convencía.

 

A las dos de aquella misma tarde yo estaba ante un cajón de la Morgue, mirando lo que quedaba de una anciana a la que habían llamado «La Orquídea». Una flor marchita y desgajada de la vida miserablemente. Aparté la sábana que cubría su rostro.

Su cara no había sido muy expresiva en vida, según recordaba confusamente; había tenido una apariencia de recogimiento, como si una mente muy despierta se agitase y retozase detrás de un muro opaco, en beneficio exclusivo de su poseedor. Incluso muerta, tenía los labios fuertemente apretados.

Según el informe de la autopsia, había fallecido por rotura del cuello, aunque tenía otras heridas. La rotura del cuello había sido producida exclusivamente por el coche. Me estremecí, deseando que aquellos ojos se cerrasen para siempre, y puse mi mano sobre el borde del cajón.

—Vayamos a ver sus efectos personales —le indiqué al empleado.

—En seguida —asintió, deslizando el cajón hacia dentro, con un ruido que me hizo pensar en una serpiente arrastrándose bajo mis pies. Subimos al cuarto de pertenencias.

—No había mucho, teniente. Solo la ropa que solía llevar, más un cestito de mimbre. Y dentro de este, nada, salvo uno o dos pétalos. Claveles, creo.

—¿Ningún bolso?

—¿Extraño, verdad? Ningún bolso.

Extendió ante mí todas las cosas que acababa de mencionar. Como había dicho, no eran muchas. Un vestido descolorido, de algodón, demasiado liviano para aquella época del año, y de una tela floreada, muy barata. Un par de zapatos, abollados por el empeine y gastados de los tacones. Alguna ropa interior, una chaqueta de paño, y un par de medias de seda, con varias carreras. Pese a ello, y cosa rara, estaban casi nuevas, y eran de excelente calidad. Así se lo dije al empleado.

—Mire, teniente —contestó, encogiéndose de hombros—. Aquí vemos toda clase de cosas raras. Es como una especie de desfile, aunque por aquí no se vaya a ningún sitio. —Y se echó a reír, con el estudiado desinterés que suelen adoptar tales empleados—. Por otra parte, sus piernas no eran muy dignas de admiración.

Dejé a un lado las medias, y examiné el cesto.

—¿Claveles, dijo usted?

Volvió a encogerse de hombros.

—A mí no me complique la vida, teniente. Lo que puedo decirle es que los pétalos eran bonitos y olían muy bien. Una vez compré unos claveles, y yo diría que los pétalos que había en el cesto eran de claveles. Pero no se fíe mucho.

Suspiré y sopesé el cesto en mi mano. Era un cestillo de mimbre, ordinario, con una amplia asa, que debía asentarse confortablemente sobre un brazo fatigado. Creí detectar un vago aroma, pero no supe identificarlo, y probablemente tampoco importaba mucho.

—Extienda un recibo por el cesto —le ordené, cediendo a un presentimiento—. Me lo llevaré.

Y cuando el recibo hubo sido extendido y firmado, coloqué el cesto con todo cuidado en el asiento de mi coche, y me dirigí al cuartel general, para llevarlo al laboratorio de la policía.

—No sé lo que podrá hacer con esto, ni siquiera si hallará algo —le dije a Lansing, el técnico de servicio—, pero me gustaría conocer su antiguo contenido, si puede averiguarlo.

Lo olió.

—Diría que flores. ¿Quiere saber de qué especie?

—Nada podría importarme menos. Pero sospecho que había algo entre las flores.

—¿Qué cosa?

—Si lo supiera, no estaría aquí. ¿Puede usted hacer algo?

Frunció el entrecejo y se limpió los lentes.

—Es difícil decirlo. La trama no es muy espesa, y algo pequeño podría deslizarse por ella. Pero haremos lo que podamos. ¿Hay tiempo límite?

Le sonreí.

—No me lo diga. Prefiero adivinarlo. Lo antes posible, ¿eh? Todo el mundo lo quiere todo lo antes posible. Pero ¿tiene idea del trabajo que da una cosa así?

—No —contesté—, ni me importa, como ya sabe. ¿Qué le parece a las cuatro de esta misma tarde?

—A las cinco —respondió, arrugando el ceño.

—Cuatro y media.

—Cuatro y media —gruñó, mientras se alejaba, llevándose el cestito.

 

Al bajar la escalera me encontré con Clark y le llevé hacia la sala general.

—Escuche —le dije, empujándole hacia una silla—. Esto es importante. He leído su informe, y lo hallo muy incompleto. Tuvo que haber algo más. Deseo enterarme de todos los detalles que pueda usted recordar, incluyendo todas las minucias acerca de las cuales jamás se molestaría en escribir.

Me lanzó una extraña mirada.

—Precisamente acabo de hablar de ello con el capitán Pulaski. ¿Qué es lo que quiere saber, Nick?

—No sabe usted lo que daría por poder contestarle. Pero si acaba de hablar con el capitán, debe tenerlo todo muy fresco en su mente. Estas son las cuestiones. Primera: ¿hay alguna duda de que fuese un accidente?

Se frotó la nuca.

—Tendría que hablar con el oficial que empezó el atestado, y que estaba terminando su ronda cuando Harte fue a buscarle. Yo llegué más tarde, ¿sabe usted? Laphlas y yo íbamos hacia aquella zona, cuando oímos la llamada por radio. Entonces, nos precipitamos allí. Pero yo diría que no, que no se dudó de que Harte la viera demasiado tarde. No es que me agrade creer al fulano ese, ¿comprende? Su tipo de chisgarabís no es de mi gusto; pero la cosa estaba bastante clara.

—De acuerdo, entonces. Segunda: Harte dijo que acababa de pasar junto a un coche negro, muy grande, en el momento en que atropelló a la vieja. Ahora, reflexione cuidadosamente. Esta mañana estuvo lloviendo, como ahora. Si el auto llevaba allí aparcado un tiempo considerable, debía haber un espacio seco debajo del chasis, suponiendo que hubiera estado aparcado desde antes de empezar la lluvia. ¿Recuerda algo sobre esto?

—¡Usted y el maldito Sherlock Holmes…! —exclamó, sonriendo—. ¿Qué se imagina que soy, un perro policía?

—Está bien —admití, lúgubremente—. Fue un tiro al azar. Así que pasemos a la tercera: Harte afirmó que la anciana, que tenía unos setenta años, le había interceptado el paso, corriendo. Acabo de verla, y no era más que un manojo de piel y huesos. He visto sus zapatos. Estaban muy desgastados y en muy malas condiciones para correr… —Me callé de pronto, con la boca abierta, y lentamente me senté enfrente de Clark.

—Parece usted un buzón de correos —comentó el policía, burlonamente—. Seguro que se le ha ocurrido una idea. Ya me habían dicho que cuando a los tenientes se les ocurre alguna, se quedan muy asombrados.

—¡Cállese! —le insté, tranquilamente—. Tuve aquellos zapatos en mi mano. Las suelas estaban secas. Completamente secas, sin rastro de barro o de agua, y había llovido lo suficiente como para empapar un género de tan mala calidad como aquel.

—Tal vez iba corriendo descalza —sugirió Clark—. Aunque haría falta un susto muy grande para correr de esa guisa en una madrugada de septiembre.

—Estaban muy secos —repetí, ignorándole. Y entonces, me sobresaltaron sus palabras—. ¡Repita eso otra vez!

—Dije que haría falta un susto muy grande para correr así… —Hizo una pausa, casi a media palabra, y luego chasqueó los dientes.

—Exactamente —dije—. Le dieron un susto. Salió corriendo del callejón con los pies descalzos, llevando un cesto que podía contener flores o no. Alguien llevó los zapatos al lugar del accidente antes de que Harte regresara con el guardia. Los zapatos fueron agregados y las flores sustraídas. ¿Ve dónde quiero ir a parar?

Se mordió suavemente el labio inferior, apretándolo con sus dientes.

—Parece como si hubiera sido una especie de empujón a larga distancia —musitó, pensativamente—. Una forma de asesinato por control remoto.

—Lo que está usted pensando es también demasiado remoto, a menos que Harte no esté complicado, y eso no me gusta. Si él no está en el asunto, toda esta teoría cae por tierra. Había viajado desde Seattle, durante toda la noche, según propia confesión; por tanto, es imposible predecir dónde iba a hallarse en un momento dado. Lo importante, pues, es esto: si Harte no hubiera aparecido precisamente en aquel instante, ¿qué habría sucedido?

—¡Maldito si lo adivino!

—Yo tampoco. Y lo peor es que no sé por dónde empezar.

—Puede probar en la comisaría de aquel distrito —me sugirió—. Cardy, su antiguo compañero, todavía sigue allí, y a Cardy no hay que preguntarle los cosas dos veces. Conoce a todo bicho viviente en aquel sector.

—Buena idea —le agradecí—. Quizá mejor de lo que se figura.

 

Era la zona de los noctámbulos desgraciados, según expresión de un ingenioso periodista; una área de una milla cuadrada bordeada en su parte sur por las aceitosas y tranquilas aguas del puerto. Las bombillas eléctricas, sin pantalla, lanzaban sus hirientes luces a través de las ventanas sin visillos, en todos los bloques de casas; había oscurecido, era la hora en que la noche no ha hecho aún su completa aparición, hora de sombras retorcidas y gente desagradable, que se apresuraban por las estrechas callejuelas del barrio.

Aparqué el coche frente a la 12.a Comisaría de Policía, y penetré en su interior.

Me detuve pasado el umbral para contemplar el sitio donde, varios años antes, había pasado tantas horas. En el extremo más alejado de la sala principal, dormitaba un sargento sobre una elevada tarima, detrás de una desvencijada mesa. El tráfico diurno había dejado un desvaído olor de suciedad, como si al aproximarse la noche las paredes exudaran todo el temor y el pesar acumulados durante la tarde. El sargento, un hombre desconocido para mí, levantó la mirada.

—Soy el teniente Fortuno —me presenté—. Pertenezco al Cuartel General. ¿Está de servicio Tom Cardy?

—Acaba de salir —me explicó—. Le encontrará en el vestuario de abajo o, si lo desea, puedo llamarle.

—No se moleste. Conozco el camino.

Pasé a un largo corredor, abrí una puerta y descendí un tramo de escalera hasta otro pasillo que, tras pasar varias puertas, llevaba al vestuario.

Cardy estaba sentado en un banco, desatándose las botas, impresa en su rostro cuadrado una mueca de pena y disgusto. Cuando me vio se le alegró el semblante, ampliándose enormemente las profundas arrugas que le surcaban la piel.

—¡Nickie! —exclamó, tirando una bota—. ¡Dichosos los ojos…!

Le apreté la mano, sonriéndole.

—Me alegro de verte —contesté, sentándome en el banco, a su lado—. Casi haces que me sienta avergonzado, ya que únicamente vengo aquí cuando necesito algo de ti.

—Por un teniente —sonrió— lo haría casi todo. Por Nickie Fortuno puedo borrar el casi. ¿Qué ocurre, muchacho? ¿Quieres que te consiga un boleto de aparcamiento?

Y ambos nos echamos a reír porque esta era una antigua broma.

Meneé la cabeza.

—Ahora no se trata de boletos de aparcamiento. Además, ya los obtengo por mí mismo. Resulta más barato. Mira, Tom —proseguí—, tú conoces este distrito como yo conozco mi casa. Yo ya no estoy en contacto con él. ¿Has oído hablar alguna vez de una vieja llamada «La Orquídea»?

—¿«La Orquídea»? —repitió, rascándose su grueso y colorado cuello—. Una vieja dama. Sobre unos setenta, diría. Estable en el barrio. Vive en Paris Street, si no estoy equivocado.

—Vivía —le corregí—. Ya no vive allí. Ha muerto.

—Bueno —comentó filosóficamente—, supongo que ha sido un bien para ella. —Logró quitarse la otra bota, y lanzó un suspiro de alivio—. ¿Qué te preocupa?

—La forma en que murió.

—¡Ah! —exclamó—. Un atropello y salir corriendo, ¿eh?

—Nada de eso. —Pasé a darle todos los detalles del caso, si bien por alguna oscura razón omití la extraña coincidencia que me estaba torturando el cerebro como un tumor maligno: el hecho de que dos coches negros, en la misma mañana, hubieran llevado muñequitos amarillos en el parabrisas, y que en uno de ellos viajara mi hermano—. Al capitán no le gusta el aspecto del asunto, y cuanto más lo investigo, menos me agrada a mí. Así que lo que yo quiero saber es qué pudo obligarla a correr. ¿Estaba mezclada en algo turbio? He supuesto que podías saberlo, o sospecharlo.

—¿Ella? —Echó hacia atrás la cabeza y rio fuertemente—. ¿Una anciana así? Mira, Niclcie, todas las mañanas, muy temprano, en las dos últimas semanas, la he visto renquear por el pasillo central de la iglesia Saint Patrick, junto a su casa.

—Esto puede significar mucho. O puede no decir nada.

Alzó uno de sus macizos hombros.

—No la sitúo, Nickie. Si las flores desaparecieron, es porque valía la pena robarlas. De todos modos, aún tuvo suerte de poder llegar a la Morgue con algo encima. —Pero sus pálidos ojos, de un azul oscuro, estaban intrigados—. ¿Dices que la mataron en Paris Street?

—¡Ajá!

Buscó un pequeño cuadernillo que, finalmente, halló colgado de un gancho en el interior de su gaveta, y empezó a hojearlo.

—Aquí está. Vivía allí. En el número 205. Una miserable habitación del último piso. Solía decirme que el subir las escaleras la estaba matando. Pasaba con ella algunos ratos cuando terminaba mi turno de servicio. La pobre sufría del corazón.

—Sin embargo, esta mañana echó a correr.

Cardy dejó oír un gruñido y terminó de arreglarse.

—Salgamos a tomar un poco el aire —sugirió—. Pienso mejor cuando estoy fuera de aquí.

Salimos juntos dei puesto de policía, y buscamos cobijo en el interior de mi coche. Durante un buen rato se quedó sentado, mirando los semicírculos trazados sobre el cristal por el limpiaparabrisas, fumando cigarrillos, hasta que por fin rompí el pesado silencio.

—Para empeorar las cosas, esta mañana vi a Angie Shapiro. Casi había olvidado su existencia.

—Ha estado lejos, según me ha contado un pajarito.

—Esto lo explica, entonces. —Vacilé, a pesar de ser Tom un antiguo y buen amigo—. Y Johnny —dejé caer al desgaire— regresó a casa.

—¡Oh! —exclamó Cardy, suavemente; y sus ojos quedaron clavados sobre el retrovisor, quizás esperando sorprender alguna expresión en mi semblante—. Mucho tiempo sin veros, ¿eh, Nickie? ¿Qué tal fue el reencuentro?

Bajé la ventanilla de mi lado y tiré la colilla a la calle.

—No ha cambiado, si a eso te refieres. He pasado todo un mes diciéndole a mi esposa que había cambiado, y rogando a Dios que fuera verdad. Le expliqué cómo iba a ser de ahora en adelante, y tratando de convencerla. Pero no han salido las cosas según mi deseo, Tom.

Sonrió, y su sonrisa fue suave y comprensiva; la sonrisa de un hombre que oculta la virtud tras un lenguaje atrevido, y la bondad bajo un ceño enfurruñado. Su mano se apretó sobre mi brazo.

—No le juzgues muy severamente, Nickie. El muchacho es muy joven aún. A su edad, tampoco tú eras ningún ángel, según recuerdo claramente.

—Angie le acompañó a casa —aclaré.

Sus dedos se atiesaron, y luego me soltó el brazo.

—Ya —susurró quedamente—. Esto podrían ser malas nuevas.

—No son buenas. Johnny hizo varios trabajos por cuenta de Angie antes de ser encarcelado. Esto no se mencionó en el proceso, pero Angie estaba en el fondo. Y todavía sigue ahí.

—¿Quieres que sostenga una charla paternal con Johnny, Nick?

Meneé la cabeza.

—No serviría de nada. Su estómago se revuelve cuando ve a un policía, y con esta clase de jóvenes no se puede hablar. Hay que hacerles una demostración.

—Podría hablar con Angie —sugirió, con la boca apretada—. A mí no me compra nada. Ni yo le compro nada a él.

—Se echaría a reír en tu honrada cara irlandesa.

Cardy asintió, a pesar suyo, y tras un momento de silencio, añadió:

—¿Tiene todo esto algo que ver con «La Orquídea», o es que se me están embarullando las ideas?

—No sabes lo que daría por qué así fuese. Pero temo que no. Sería para Shapiro el mayor placer de este mundo poder enredar al muchacho en alguna granujada en el mismo momento de haber salido de la cárcel. Esto le ayudaría a meterse a Johnny en el bolsillo desde el principio. Y el chico es lo bastante tonto como para pensar que Angie le estaba haciendo un favor.

—Pero… ¿asesinar, Nickie?

—¿Cómo puedo saber lo que siente ahora Johnny? —casi grité, excitado—. Aunque es imposible. Este es el único consuelo que tengo. Johnny me telefoneó desde algún lugar cercano a la penitenciaría a las seis cuarenta de esta mañana, y la anciana murió a las siete. No pudieron llegar a la ciudad en veinte minutos. Está fuera de toda duda.

—Bien, entonces puedes descansar —suspiró Cardy—. Si te llamó desde larga distancia, la cosa resulta imposible. Esto significa que no tienes por qué preocuparte. ¿Qué te hizo pensar que podían estar metidos en eso?

Entonces vacilé. El estólido y honrado hombre que estaba sentado a mi lado era un perfecto policía, tan recto como el que más; y esta era la pega. ¿Hasta dónde llegaba su amistad? Yo había aprendido muchas cosas desde que había dejado la comisaría. Había aprendido a mantener la boca cerrada, a guardar los pensamientos en el interior de mi cerebro, y no en el de otras personas. Volví la cabeza para mirarle, y él debió percibir la duda en mis pupilas, ya que me sonrió amistosamente y me palmeó la espalda.

—Déjalo, Nickie. No tienes por qué decírmelo.

—Lo sé —repliqué—. Y tal vez porque no tengo que decírtelo, voy a hacerlo.

Y lo hice, hasta el último detalle. Luego me quedé esperando su respuesta.

—Ah, bueno… —musitó, rascándose la cabeza—. Yo no soy más que un triste polizonte, con una mísera paga, Nickie, y sospecho que no ascenderé ya más en el escalafón. ¿Quieres que lo llame coincidencia, y lo olvide?

—Quiero saber —exclamé tristemente—, ya que no tengo más opción que descubrirlo.

—Es un castigo tener conciencia —observó, con un tono desprovisto de humorismo—. Pero tú has venido a verme para franquearte, Nickie, y esto ya es bastante concluyente para mí. ¿Por qué no lo dejas así? Puede tratarse de una sencilla coincidencia de dos coches. —Se calló, y luego continuó, lentamente—: ¿Qué te pasa, muchacho? ¿Dije algo raro?

Pero no había dicho nada raro. Lo que había dicho era demasiado razonable. Si Johnny había telefoneado desde fuera de la ciudad, no tenía nada que temer, y la coartada de Angie sería irrefutable. A pesar del frío del exterior, el sudor empezó a acumularse sobre mi labio superior. «Si había llamado desde fuera de la ciudad» había dicho Cardy. Pero Johnny no había llamado desde fuera de la ciudad. En una conferencia de larga distancia hay un operador. ¿Cuántas veces había llegado a mis oídos su fría y mecánica voz? Muchas, innumerables veces. Pero aquella mañana solamente había oído la voz de Johnny.

—No debes molestarte en venir a buscarme —me había dicho, y yo había lanzado un suspiro de alivio al poder quedarme dentro de la caliente cama unos minutos más, ya que no tenía necesidad de salir para conducir entre la lluvia y llevarlo a casa.

Podía sentir la mirada de Cardy fija en mi rostro, como si fuese algo material. Sin mirarle, sabía que él estaba leyendo mis pensamientos.

—Te llevaré hasta tu casa —le dije, y rodamos a través de las calles oscuras y húmedas, en un silencio casi tangible. Frené frente a la casa de Cardy.

Se apeó del auto y se quedó de pie, con una mano en la portezuela, escudriñando mi rostro. La lluvia empezó a deslizarse por su cara.

—No me gusta echar barro sobre la alfombra de otro —me dijo, tristemente—. Y mi memoria se va debilitando con los años. Si alguien me preguntara, no revelaré nada, Nickie. Y esto incluye a los capitanes como Pulaski.

—Si alguien te preguntase, tú lo recordarías.

—Así que no fue un accidente.

—No fue un accidente —repetí, con sequedad.

—Pero eso no tiene sentido. Angie no asesina por el placer de hacerlo. Y hasta para lanzar a la vieja a la calle, debía tener sus motivos.

No contesté. Todo esto ya lo sabía. Si Angie había llegado tan lejos como para intentar un asesinato, aunque un accidente fortuito le hubiera solucionado la cuestión, debía tener un poderoso motivo. Hundí los dientes en el labio inferior, hasta hacer brotar la sangre y sentir su gusto. Empezaba a distinguir el dibujo, pero los bordes estaban borrosos y el centro era muy oscuro. De alguna manera, «La Orquídea» había llegado a constituir una amenaza para Angie Shapiro, y este había tenido que cuidarse de su seguridad, utilizando la mayor protección que podía encontrar: mi hermano. Y ni siquiera los lazos y la atracción de la sangre podían dejarme ciego ante aquel hecho tan claro. Johnny había estado allí. ¿Cómo, si no, explicar la baladronada, la recién formada alianza que le había llevado desde un barato vestido carcelario de treinta dólares, al mejor de los sastres que hubiera podido soñar? ¿Quién pudo hacerlo sino el jovial Angie, cogiendo a mi hermano por el brazo, como buenos compañeros? Conocía muy bien la clase de amistad que otorgaba Shapiro. Se apoyaba en la antigua máxima del noventa y el diez. Se cobraba un noventa por ciento, y concedía un diez, si es que llegaba a tanto.

No le dije nada de eso a Cardy, cuyos hombros se habían oscurecido con la lluvia. Me limité a mirarle estúpidamente, con los ojos empañados.

—¿Tienes algunas ideas que necesiten compañía, Nickie?

—¿Yo? —contesté torpemente—. Ninguna idea, Tom.

—Es que… tengo un poco de frío. Me parece que voy a pillar un buen resfriado.

De esta forma aceptó mi mentira, no con mucho agrado, pero sin resentimiento.

—¿Puedo hacer algo para ayudarte?

—No, no, gracias, Tom. Todo va bien. Seguiré solo el resto del camino.

—Alguien debería poner en solfa a esa rata de Shapiro —comentó roncamente, con una luz maligna en sus pupilas—. Denigra la tierra.

—Sí —asentí, aunque sin gran convicción—. Bueno, gracias por haberme escuchado.

—Siempre que quieras, Nickie.

Le dejé bajo la lluvia. Había conducido tal vez una milla a través de la retorcida y angustiosa zona de la ciudad, antes de que me asaltase el primer barrunto de la idea, antes de que empezase a tomar cuerpo lo que se estaba fraguando ya en mi cerebro.

Mi deber era matar a Angie Shapiro.

 

Si Angie seguía viviendo, me dije aquella noche mientras conducía por los barrios pobres, todo lo bueno, decente y honrado de mi hermano perecería, como moriría también mi padre. ¿Dónde estaba la justicia? Los Shapiros de este mundo se han ganado su condenación un millar de veces, y la promesa lejana de una retribución eterna no les inmuta en absoluto. ¿Por qué debía, pues, detenerme a mí? Angie, el traficante de drogas; Angie, el asesino, había bebido sangre caliente. Y ahora, estaba casado, y llevaba una vida de cínica dignidad entre personas honorables, que hallaban muy cómodo olvidar que Angie, antaño, había pasado las noches con una metralleta preparada en el asiento delantero de una camioneta de licores. Un Angie montado en su negro y reluciente caballo, cabalgando hacia la guerra. Esta idea me hizo reír en voz alta.

Aquel sonido me obligó a volver en mí. Me hallaba junto a la verja del puerto, a poca distancia del 205 de Paris Street, frente a un restaurante económico. Apreté el freno, aparqué el coche en una esquina y salté quejándome por el envaramiento de mi espalda. Pasé al interior bajo la muestra sin luz, y pedí un café.

Cuando me lo sirvieron, oliendo a cieno de río, el camarero se inclinó hacia mí, y apoyó un dedo en su cadera.

—Pareces enfermo, amiguito —me dijo, quedamente—. Te echaré algo que matará los microbios de tu cuerpo… —señaló la taza— y volverá a hacerte sentir como un ser humano.

Su mano, muy ancha, empezó a rebuscar por debajo del delantal.

—Sácalo —le advertí, secamente—. Si no lo haces, lo haré yo mismo.

Sonrió ampliamente, exhibió un frasquito de ron, y llenó mi taza hasta el borde.

—Esto quita el frío.

—Desde luego —asentí—. ¿Hay teléfono?

—Justo detrás tuyo, camarada.

Puse una moneda en la ranura, y marqué el número del laboratorio de la policía. La voz de Lansing me llegó apresurada y fosca; la voz de un hombre que quiere irse pronto a cenar.

—¿Sabe qué hora es, teniente?

—No —contesté—. ¿Qué hora es?

—Casi las seis. Usted me pidió este informe para las cuatro y media, ¿no es así? Y estuvo listo a las cuatro y media.

—Lo siento. ¿Sacó algo en claro?

Empezó a gruñir alguna cosa, y oí el crujido de un papel al ser desplegado.

—Su linda florista había estado jugando sucio, teniente. Había un poco de sustancia blanca en el entramado de mimbre de su cestito de trabajo. Heroína, esto es lo que era. Una brizna, pero fue bastante. ¿Qué hago con el informe?

Heroína. La nieve que quema. Me pasé una mano por la frente, dándome entonces cuenta de que sentía un enorme peso en la cabeza, un dolor que empezaba en la parte baja de mi nuca y se extendía por todo el cráneo hasta dos puntos equidistantes, debajo de los ojos.

—Nada. Lo recogeré mañana por la mañana. Y gracias por la molestia. No pude impedir el retraso.

—Bueno. —Su tono se había ablandado—. De acuerdo.

Colgué el receptor en el soporte y volví a mi espirituoso café, apurando la taza, y jadeando un poco al paso del fuerte licor por mi garganta.

—¿De dónde has sacado esto?

Sonrió orgullosamente.

—Ron matarratas, chico. Lo usan para quitar el barniz de las cubiertas. ¿Quieres un poco más?

—No este año. No estoy barnizado por dentro. ¿Qué te debo?

—Cuatro níqueles.

Dejé el dinero sobre el mostrador, haciendo bailar las monedas, sin mirarlas. Por entre la bruma multicolor de sus giros, casi pude conjurar el retrato de «La Orquídea», aquella desvalida y desventurada anciana, con su tenue vocecilla y sus fatigados pies; con sus tristes quejas sobre el número de peldaños que tenía que subir para conseguir el descanso; con sus finas medias de seda. Una revelación para cualquier hombre que hubiera tenido la mente en su trabajo. Ya que incluso la vanidad llevada a sus máximos extremos no llena un estómago vacío, y en una mujer de la edad de «La Orquídea», una buena comida debía pesar mucho más que unas gasas tornasoladas alrededor de unas piernas demasiado viejas y cansadas para interesar a nadie más que a su dueña.

 

Saludé con la cabeza al camarero y salí a la lluvia. Empecé a andar, alejándome del puerto, dejando el coche donde estaba. Mis punteras de acero resonaban sobre el pavimento. Las luces brillaban entre las espesas tinieblas, como bolitas fosforescentes. Pasé frente a la iglesia de Saint Patrick, frecuentada por marineros de los grandes buques de carga y por las pocas personas de aquella barriada que tenían fe, y doblé la esquina hacia Paris Street.

En la oscuridad, junto a la iglesia, busqué bajo mi chaqueta y saqué el revólver de reglamento. Lo metí dentro del bolsillo de mi trinchera, y con la mano en el arma, continué a lo largo de la Paris Street hacia la dirección que Cardy me había dado, el número 205.

Durante un rato me quedé mirando la puerta. No había ninguna luz. Entré en el mísero zaguán. Al fondo de la inevitable escalera vacilé un segundo, respirando pesadamente, y busqué mi linterna de bolsillo. En lo alto de la escalera lucía una luz débil, iluminando las grasientas paredes.

Emprendí la larga ascensión.

El último tramo de escalera terminaba ante una puerta cerrada, sobre la cual había un tragaluz que se abría hacia adentro y que tenía el vidrio roto. Bajo la palma de mi mano la puerta crujió, cediendo al fin ante el empuje de mis hombros.

Cerré la puerta a mis espaldas, respirando tinieblas, sudando en la oscuridad. Luego, busqué el interruptor, y una bombilla manchada por las moscas me sonrió tristemente, desde el centro del techo.

Ella había vivido en aquellas dos mugrientas habitaciones, con los suelos desnudos, salvo una ajada alfombra junto a la cama, en la segunda estancia. Había varios platos apilados de cualquier modo en el fregadero, platos muy sucios. Las ropas de la cama, medio destrozadas, estaban revueltas, así como el almohadón; y sobre el antepecho de la ventana agonizaba una rosa marchita, en medio de un charquito de agua y de pedazos de vidrio roto, que una vez habían formado un vaso alto. Las cortinas de la ventana se combaban hacia adentro, a impulsos del viento del exterior.

Bajo la ventana había un callejón, al que podía llegarse, si se estaba lo bastante desesperado como para arriesgarse a confiar en la desvencijada armazón de hierro, bajando por una escalera de incendios. Y más allá del callejón, una calle: Paris Street, donde había hallado la muerte «La Orquídea». Sin dudarlo un instante, pensé, se había precipitado como un mono viejo a la escalerilla de hierro para escapar de lo inevitable; se había concedido tres minutos más de su vida miserable, corriendo y arrastrándose por allí. Y un hombre al que jamás había visto, la había matado al salir del callejón. Pero ¿de qué huía?

Volví a la primera habitación buscando la respuesta. El lecho sugería una persona insomne; los vidrios rotos sobre la repisa de la ventana, una fuga apresurada; el tragaluz roto de la puerta, un medio de entrada. Un hombre ágil y delgado podía haber utilizado el tirador de la puerta como peldaño, pero un hombre grueso y pesado como Angie Shapiro no podía.

Pero Angie no tenía necesidad de molestarse. Tenía un diligente y voluntarioso cómplice. Después de todo, ¿no se había preocupado de él Angie? ¿No había estado junto a él en tanto su propio hermano dormía en su cálido lecho? Allí, de pie, pude imaginarme a «La Orquídea», levantándose al primer crujido procedente del rellano, al otro lado de aquella débil barrera. Y luego la comprensión, y el desesperado intento hacia la escalera tan desesperado que incluso había olvidado su bolso y sus zapatos. Lo único que había cogido era el cestito, con su evidente carga.

«¡Nervio!», exclamé en voz alta, y al oír mi propia voz me sobresalté. ¡Vaya nervio colosal el que habían tenido ellos! Muerta en la calle, y se habían tomado tiempo para volver y limpiar el lugar. Mientras la sangre corría por el arroyo, le habían puesto los zapatos y habían recogido las flores, si bien con las prisas se habían olvidado el cesto vacío. Aparté todas las baratijas que había amontonado después de un minucioso registro, con la mano, furiosamente, y de entre ellas revoloteó un pedacito de papel. La hojita danzó por un instante en medio de la corriente de aire procedente de la ventana, y luego cayó al suelo, escondiéndose bajo la rústica estufa de petróleo que había cerca de la puerta.

Fui detrás suyo como un gato tras un ratón, poniéndome a cuatro patas, y al final me levanté con él, lleno de polvo y con las manos casi negras. En el papel, producidos por una taza de café, había varios círculos. Las manchas habían adquirido ya un tono marrón oscuro, pero lo impreso en el papel aún era legible. Se trataba de una nota religiosa, anunciando la misión de una mujer en la iglesia de aquel mismo bloque de casas, y aquello cuadraba tanto a aquella habitación, como un niño de coro en una misa negra. Y entonces recordé lo que me había dicho Cardy acerca de la anciana y de la misa de alba. Estrujé fuertemente el papel con mi sudorosa mano.

Tras esto me senté en el borde de la cama y encendí un cigarrillo; después me eché a reír, ahuyentando el humo, porque todo esto me parecía muy ridículo. Si mi cerebro hubiera estado donde debía, atento a mi tarea, y no en mi vida hogareña y la inminente catástrofe que la amenazaba, habría visto claro mucho antes. «La Orquídea», como otras muchas personas alegres y despreocupadas que no ven más allá de la próxima semana, había descubierto de repente el paso rápido de las semanas. Y la perspectiva no era nada halagüeña. Así, había «entrado en la religión», como decían, y al hacerlo se había preparado su propia muerte. Se había vuelto honrada, y Angie Shapiro era un hombre que pensaba que la honradez era una cualidad peligrosa. Otra vez Angie, siempre Angie. Y Angie había temido que ella hablara.

Miré el papel, buscando una fecha: era de dos semanas antes. Un tiempo, según Cardy, en que Angie había estado fuera de la ciudad. Su regreso había sorprendido a «La Orquídea» en pleno retorno a la virtud olvidada. Trató de escapar, y Angie había sido lo bastante benévolo como para facilitarle la salida.

Un trabajo apresurado, y al mismo tiempo de la suficiente delicadeza para requerir el toque del antiguo maestro. No había pagado a ningún golfo para realizarlo. Había muchas posibilidades de que «La Orquídea» estuviera deseando hacer un trato, y los hombres que podía alquilar Angie gustaban mucho de esta clase de tratos. Por lo tanto, Angie había aliado el provecho con la necesidad, sirviéndose de mi hermano para el trabajito. El cuadro quedaba casi completo. Si se lo presentaba así a mi capitán, Angie no tendría más que apuntar con su dedo rechoncho hacia Johnny Fortuno, y todo lo que yo había estado haciendo durante años para impedir la caída de mi hermano habría sido inútil. Si entregaba a Angie a la ley, Angie entregaría a Johnny.

Saqué el revólver de mi bolsillo, y me senté, mirándolo, contemplando la lúgubre luz que se reflejaba en su bien pulimentado acero. Luego me levanté, con una fatiga que no era producto del largo día de trabajo, me guardé la pistola, y abandoné la habitación en silencio, tras apagar la luz. Descendí la escalera de puntillas, como si pudiese despertar a la muerta.

En la calle, la lluvia había cesado y ululaba el viento, potente sobre los quebradizos tejados, silbando con desmayo en los callejones… Un viento frío y remoto. Me ceñí la trinchera, y la pistola, dentro de mi bolsillo, me golpeó la pierna, insinuante, como recordándome por qué estaba allí.

Coloqué una mano sobre el arma, acariciándola, y me encaminé hacia mi coche.

 

Johnny estaba sentado en mi butaca favorita ante el hogar, rodeado por las esparcidas páginas del periódico de la noche, con los pies, embutidos en costosos calcetines, sobre un almohadón, leyendo las noticias deportivas. Junto a su codo había un vaso que contenía el ron de Jamaica que yo guardaba en el aparador del comedor, color ambarino claro, y que él había colocado al lado de la lámpara de lectura.

Frente a él estaba mi padre, con las manos apoyadas sobre los brazos de su sillón, y sus ojos de invidente cerrados; era un anciano fatigado, pero cuyo rostro expresaba felicidad, creyéndose a salvo por fin de todas las atroces dudas, temores y esperas de los tres últimos años. Me detuve en el umbral, mirándolos a ambos, y noté que la desesperación me atenazaba el estómago, que clamaba por una cena caliente.

La cabeza de papá se volvió al oír el ligero sonido de mis botas.

—¿Nickie? —dijo, y el eco de su voz, antes tan vigorosa, me hizo dar un respingo. La llamada de la sangre, la dependencia total, no tenía ningún valor, pero era todo lo que nos había legado, y la única forma de devolverle su cariño era respondiendo amorosamente a esa llamada.

Me acerqué a él y le puse una mano encima.

—Hola, papá. ¿Estás contento?

Sus dedos se movieron bajo los míos y sonrió, asintiendo. Me aproximé entonces a Johnny, cogí el pedazo de periódico que estaba leyendo, y lo envié volando a reunirse con los esparcidos por el suelo. Su rostro, inocente, aunque ligeramente contraído, se ensombreció.

—¿Qué te pasa, Nickie? —preguntó, con ojos burlones—. ¿Tuviste tanto trabajo en la oficina, como para llegar así a casa?

—Lo menos que puedes hacer es conversar con él —le reproché en voz baja. Pero un hombre ciego tiene los oídos muy sensibles, y su protesta atajó mis reproches.

—No, no, Nick. Deja que Johnny se distraiga. Lo que me importa es saber qué está aquí.

Apreté los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas.

—Hablaremos más tarde —le prometí a Johnny.

—Cuando quieras. En cualquier momento. Esto es, en cualquier momento antes de que yo salga. Puedes escoger en la próxima media hora.

Le miré fijamente.

—¿Adónde irás?

—¿Por qué tengo que contártelo, querido hermano? ¿Por qué tienes que preguntármelo?

—Está bien, está bien —terció papá nuevamente—. Dale una tregua, Nick. Ha pasado una temporada muy difícil. Alguna diversión, alguna risa… son cosas convenientes.

Estuve a punto de replicarle que Johnny había tenido lo que él se buscó. Pero en lugar de esto, me mordí la lengua, y dejé la habitación.

Subí la escalera hacia el dormitorio y golpeé ligeramente la puerta.

—¿Anne?

Probé el pestillo. Giró con facilidad. La habitación estaba a oscuras, sin más luz que el débil resplandor de las faroles de la calle, que se filtraba a través de las ramas de los altos árboles. Cerré la puerta y me dirigí a la ventana, donde ella estaba sentada mirando a la noche, con la cabeza apoyada sobre una mano.

—¿Tan mal va esto? —le pregunté quedamente. Y vi moverse su cabeza en un gesto que igual podía ser afirmativo o negativo, o simplemente sin significado alguno.

Me senté sobre el brazo de la butaca, sin hablar. ¿Cómo podía expresarle que comprendía demasiado bien lo que esta invasión significaba para ella? Para Anne, nuestro hogar lo era todo. En él estaban enterrados los años de nuestra vida en común, años de frugalidad, cuando cada pago extra nos parecía un cataclismo. Y lo habíamos sorteado. Luego, papá, un anciano sin hogar, cuyo fiero orgullo se encrespaba al menor asomo de caridad, y que debió ser persuadido de que el quedarse con nosotros era un gran favor que nos hacía. Y también esto lo habíamos logrado. Pero Johnny era una valla difícil de saltar.

 

Gradualmente había ido empeorando, su sonrisa se hizo más falsa, sus ojos más astutos, sus idas y venidas menos explicables, hasta que llegó el momento en que incluso me asustaba preguntarle sobre ellas. El capitán Pulaski, aquella mañana, se había referido delicadamente a este tema; pero yo conocía demasiado bien al capitán para pensar que se abstendría de actuar durante largo tiempo. Para el capitán no existían claroscuros ni grises; todo era blanco o negro. Si una persona intentaba asesinar a una anciana y, por lin inexplicable azar, la vieja caía bajo las ruedas de un coche, ¿era por eso menos culpable de asesinato? En el ánimo del capitán era igualmente culpable, aunque la ley no lo considerara así, y las consecuencias de lo que Johnny había hecho también me alcanzarían a mí. Mi esposa vería lo que estaba sucediendo. Mis hijos lo sabrían, con aquella ingenua y simple intuición que poseen los chiquillos. Llegaría el momento en que tendría que unirme a Angie Shapiro para meter mi cuchara en su salsa, o me quedaría sin hogar, sin orgullo, sin nada.

—Es muy sencillo —susurró Anne, pero en su acento había una nota de desesperación y desamparo que me hizo comprender hasta qué punto se habían complicado las cosas—. Aquí no hay sitio para todos. Nick, tu hermano es un embustero, una horrible víbora mentirosa, que juega con el cariño que tu padre siente por él. No le importa nada tu padre. Lo único que desea es estar guarecido en esta casa. ¿No te has dado cuenta?

—Sí, lo sé.

—¿Pero por qué nos hace esto a nosotros? ¿Por qué ha tenido que volver aquí y portarse así con nosotros?

—¿No lo sabes? —pregunté ásperamente—. ¿No te lo dije ya? Yo le envié allí. Le mandé a la cárcel. Sin mí, el caso se habría sobreseído, como Angie esperaba. Y ninguno de ellos creyó que yo actuaría contra mi propio hermano. Olvidaron que yo era policía. Para ellos, un policía es algo que puede comprarse cuando la necesidad lo exige, como la quincalla o los comestibles, sin que importe el precio. —Me levanté y di una vuelta, muy despacio, por la estancia—. Subestimaron mi precio una vez. Ahora creen que me tienen atrapado. Mi padre es el precio, Anne.

—¿Estás seguro? Si supiera lo que Johnny es, realmente, ¿esperaría que tú le defendieses?

—Si supiera cómo es Johnny realmente, se moriría de vergüenza. ¿No has pensado en eso? Únicamente le mantiene vivo el orgullo de la familia. Y Johnny es el más joven.

—¿Y qué pasa con nuestra felicidad, con nuestro porvenir?

—¡Oh, Anne! —exclamé—. ¡No lo sé!

Entonces se acercó a mí rápidamente, como si yo le hubiera pedido socorro, y mientras los focos de los vehículos que pasaban desvanecían fugazmente las sombras del techo, estuvimos muy juntos, uno al lado del otro, manteniéndonos en una desesperación nacida del amor, la incertidumbre y la indecisión. Al cabo de largo tiempo, suspiró y cogió mi cara entre sus manos, buscando mis ojos.

—¿Y qué haremos nosotros ahora? —me preguntó suavemente. La amé más, si cabe, por aquel «nosotros», ya que significaba el compartir los pesares lo mismo que la felicidad. Acaricié sus rizados cabellos, y traté de sonreírle.

—Hay un medio —dije—. Escucha. Si la desgracia ha de caer sobre Shapiro o sobre nosotros…

—¿Qué quieres decir?

—Si le sucediera algo a Shapiro —repetí, con toda tranquilidad—, sería el final de todo esto. Denigra la tierra —agregué, recordando las palabras de Cardy—. ¿Quién lloraría por Angie?

Anne se apartó de mí hasta que tropezó con la pared.

—¿Es esta la única respuesta que tienes para esto? ¿Es cuanto se te ocurre?

—No hay otra salida.

—Comprendo —dijo con voz muy baja—. Así que por Johnny serías capaz de eso.

—¡Maldito sea Johnny! Mi padre…

—Tu padre moriría de vergüenza si se enterara de tus intenciones.

—No lo sabría nunca —objeté.

—Lo sabría.

—Ya entiendo —terminé, fríamente, mirándola con fijeza—. Tú se lo dirías. Mi esposa. Se lo dirías, ¿verdad? ¿Echarías por la borda nuestra felicidad para salvar a una persona tan repugnante como Shapiro?

—¡Oh, Nickie! ¿No te das cuenta? No me importa Shapiro. Lo único que me importa eres tú. Si lo haces, habrás perdido todo aquello por lo que hemos sacrificado nuestras vidas. Lo habrás perdido tú mismo. Y si te cogieran…

Sonreí astutamente.

—El asesinato es mi oficio —dije—. Conozco todos los trucos. —Entonces volví a acercarme a ella, y apoyó su cabeza contra mi pecho—. Está bien, está bien, fue una idea tonta —hablé susurrando junto a su cabello—. Quizá me estoy volviendo un poco necio con todo este asunto. Tal vez no podría hacerlo, aunque lo intentase. No lo sé. Pero había tenido la loca idea de obligarle a luchar conmigo. No iba a ser un asesinato. Y no veo otro camino.

—Hay un medio —musitó ella, con la voz casi ahogada en mi pecho—. Tiene que haberlo.

—Entonces, busquémoslo.

Y poco después, sentados muy juntos en aquel cálido rincón del hogar, lo hallamos.

 

Dos horas más tarde, oí cómo la puerta de la entrada se cerraba suavemente; el ruido del pestillo llegó hasta mí en el silencio de la noche suburbana. Los pies de un hombre se movieron cautelosamente a lo largo de la fachada. Abandoné mi sitio, junto al garaje, sacudiendo de mi espalda las hojas que me habían caído encima, y atravesé el sendero hasta situarme a unas cuantas yardas del hombre que se dirigía hacia un farol, para esperar el taxi que había llamado.

Del perezoso y lacónico Johnny que había llegado a mi casa aquella mañana, no quedaba ni rastro. Andaba arriba y abajo, a la amarillenta luz del farol. Al verle allí, sentí por él una especie de lástima.

Los faros de los coches recorrían la fachada de mi casa. Un taxi se acercó al bordillo de la acera. Johnny dejó de pasear por los confines de su imaginaria celda y entró en el coche. Pude oír la dirección que dio, aunque de antemano ya la sabía, y cuando las dos lucecitas posteriores del taxi se hubieron diluido en las tinieblas, me dirigí al garaje y saqué mi propio auto.

Del puerto ascendía una ligera neblina cuando aparqué el coche junto al bordillo de la acera, en Paris Street. La bruma llegaba silenciosamente, a remolinos, apoderándose de bloque tras bloque, sin esfuerzo. En tanto frenaba el coche, con las luces apagadas, escudriñé la entrada del callejón, que había llevado a «La Orquídea» a la muerte y, aunque muy débilmente, alcancé a distinguir el mortecino brillo del metal cromado y de cristales, pertenecientes a un gran coche negro. El enorme «Chrysler» exudaba un fuerte olor a gasolina y aceite caliente cuando yo entré en el callejón. El coche estaba vacío, las llaves puestas en el contacto, y un osito amarillo, desde el parabrisas, me miró con reproche, mientras me acercaba a la escalera de incendios.

Con la mano extendida cogí la baranda de la escalerilla, que estaba cubierta por una especie de costra oxidada. Aquello hizo que la armazón de hierro gimiera una metálica protesta entre las tinieblas que me rodeaban. Después, distinguí un cuadrado de luz dibujado en el callejón, que se reflejaba también en el opuesto muro de ladrillos. Alguien había encendido una luz en el cuarto de «La Orquídea».

Me encaramé con dificultad hasta un lugar situado aproximadamente a unos diez pies bajo la ventana abierta, y desde allí pude oír un murmullo de voces; una suave, de amenazadora suavidad. La otra era la chillona voz de Johnny, muy excitada.

Continué ascendiendo hasta que solo unas pulgadas me separaron del antepecho de la ventana; me quedé de rodillas sobre la plancha de hierro del rellano. Busqué bajo mi trinchera, y cuando miré al interior de la habitación lo hice a lo largo del cañón de mi revólver. Angie Shapiro quedó situado ante mi campo visual, como un enorme muñeco rubio, bailoteando en el espacio, un muñeco con un abrigo negro, de noche, entreabierto, con su corbata blanca de seda levantada sobre un hombro. Apuntaba con su gordezuela mano hacia un rincón del cuarto, más allá de donde alcanzaba mi vista, y su voz se había convertido en un vozarrón autoritario, aunque sosegado, como el que emplean las viejas para reñir a los chicos traviesos.

—No mientas —estaba diciendo—. No intentes que me trague eso, Johnny. Mira, muchacho, yo no me meto en negocios sin saber lo que hago. No me habría situado donde estoy de haber permitido que jovencitos imberbes como tú me engañasen. —Su voz adoptó un tono de fingido lamento, y levantó ambas manos en un ademán que podía haber sido una súplica grotesca—. ¿Qué te he hecho yo, Johnny, hijo mío, para que me trates así? ¿No me has tenido a tu lado cuando me has necesitado? ¿No te he alimentado, no te he vestido, no te he dado todo lo mejor, no te he llevado conmigo? —Su tono descendió hasta convertirse en un susurro—. La gente que te ve dice: «Trabaja para Angie, debemos tratarle con miramientos». ¿Pero es que Johnny trata a Angie con miramientos? ¿Demuestra Johnny tener buen corazón? —Escupió en el suelo—. El hermano de un polizonte. ¿Dónde tenía yo la cabeza? Llevas su misma sangre en tus venas. Piensas que aquí hay dinero, piensas que puedes encontrar algún centavo, y por eso te arrastras hasta aquí, de noche, tratando de quitármelo. Bueno, yo me río de ti. ¿Me oyes reír, Johnny, muchacho?

—Angie —suplicó Johnny, con voz quebrada, al borde de la histeria—. Angie, estás equivocado. Oye, por favor. Tú me llamaste. Me dijiste que viniese aquí. Yo te oí, Angie. Juro que eras tú. Me dijiste que ella debía tener algo escondido aquí. Una libra de heroína, dijiste. Teníamos que encontrarla. Angie, tú sabes que lo dijiste.

Las manos de Angie cayeron a sus costados, temblando, y con los dedos flexionados. Ladeó la cabeza, y sonrió tristemente.

—Muy bien —dijo, como dirigiéndose a un niñito lloriqueante—, ¿obraría así, cuando sé que aquí no quedó nada? ¿Crees que no conozco mis asuntos, muchacho? Mira este revoltijo. —Y con la mano barrió la pila de objetos que llenaban la cama, donde yo los había dejado aquella tarde—. Muchacho, tú me gustas. Captas las cosas. Pese a tu sangre de policía, podría hacer algo bueno de ti. —Hizo una pausa, y con gesto sosegado sacó un guante de piel de cerdo de su bolsillo y se enfundó los dedos, girando hacia abajo las muñecas—. ¡Pobre Johnny! —murmuró, como si ya hablase de un muerto—. Aprendes despacio. Pero yo te enseñé de prisa. Te enseñé para que no gastases trucos tontos a los amigos. Te enseñé que no hay que fanfarronear con viejas damas. Las damas hablan, Johnny. Hacen llamadas telefónicas. No debes fiarte de ellas, Johnny. También te enseñé eso.

La sonrisa de Angie se estaba desvaneciendo, como si la ficción de buena amistad fuera un esfuerzo excesivo para su rostro. Del bolsillo de su abrigo sacó un par de nudillos de bronce y se los puso cuidadosamente sobre sus propios nudillos enguantados, flexionando la mano, a fin de que el metal luciera y brillase a la luz.

—Ven aquí, chico —ordenó—, para que Angie pueda volver a enseñarte todas estas cosas. Entonces tal vez te conviertas en un buen muchacho, el muchacho de Angie, ¿eh? —Esperó, manteniendo la mano algo separada de su cuerpo, y al ver que Johnny se limitaba a articular un sonido entrecortado en su garganta, se encogió de hombros—. Está bien, iré yo hacia ti.

Y avanzó, columpiándose un poco, pasando por delante de mi vista.

Yo estaba allí, estremeciéndome, sosteniendo el revólver con mano vacilante, con la mente confusa. La niebla iba helando mi cuerpo, y empezaba a darme cuenta de que era la figura de mi padre quien me había llevado allí. Aquel era mi hermano, una parte de mi sangre, y mientras viviera existiría ese nudo, de un modo o de otro.

Miré a Angie Shapiro moviéndose lentamente a través de la estancia, con su intención retratada en el semblante, como una gruesa y rápida babosa dispuesta a cumplir su habitual misión destructora. En algún lugar de mi mente, una voz gritó que aquello no estaba bien, que ningún hombre puede arreglar así las cosas, ni dejar que ocurran, teniendo el poder de impedirlo. Me apoyé en la barandilla de hierro, y me asomé al interior para ver cómo Angie Shapiro avanzaba hacia mi hermano con la anilla de metal preparada para herir.

Entonces una niebla de color rojo se interpuso ante mis ojos, como si las cortinas de la ventana se hubiesen teñido en sangre. A través de aquella niebla, Angie se movió. A los pocos momentos retrocedía, con su faz húmeda y pálida por el esfuerzo. Su enguantada mano estaba roja. De su boca fluían palabras de obscena brutalidad, las palabras del viejo Angie Shapiro, sin el falso oropel, y cubiertas por toda la miseria de los barrios de su juventud.

Esto era lo que Johnny debía ver por sí mismo; esto era lo que debía conocer, y si después de ello continuaba arrastrándose en pos de Shapiro, no habría ya esperanza para él, ni tampoco para mí.

En la habitación, Angie echó atrás la cabeza para apartar el pelo de sus ojos, y se quitó los nudillos de bronce de la mano.

—Una buena lección, ¿verdad, Johnny? —exclamó, sofocadamente—. ¿Las has aprendido? ¿Me oyes, Fortuno? ¿Oyes lo que te digo?

—Te oigo —dije, poniendo una pierna sobre el antepecho de la ventana.

Dio media vuelta, y sus ojos se agrandaron, incrédulos. Lancé una ojeada a mi hermano, que ayudándose con las manos y las rodillas se estaba levantando en un rincón, y palidecí, porque aquel muchacho no se parecía en nada al Johnny Fortuno que yo conocía.

—Te oigo —repetí, con las manos vacías, ya que sabía que Angie había dejado atrás aquellos tiempos en que lo primero que se hacía era sacar la pistola. Angie, el gran tirador, no necesitaba revólver. De pie, frente a mí, tenía en la mano los nudillos de bronce, y mostraba aquella suprema expresión de odio y de triunfo.

—¡Angie! —le ordené—. ¡Ven aquí!

 

Desperté sobresaltado, como si mis pies estuvieran buscando un peldaño inexistente, el que siempre falla en los sueños. Vacilé, al ver que no ocurría nada, y entonces empezó la caída. Me encontré girando en el espacio, arrastrado por una vorágine de vacío. Al fin abrí los ojos.

Fue un despertar diferente. Algo en el silencio de la habitación era distinto. Era un silencio total que no puede existir en la casa de un hombre que tiene hijos y esposa. Era una especie de silencio obligado, como si alguien estuviera andando de puntillas, muy lentamente.

Gruñí, moviendo primero una pierna y luego otra, aún convencido de que me había caído por un tramo de escalera carente de forma y volumen, y vagamente irritado porque sabía que ni siquiera existía tal escalera.

Entonces comprendí lo que había ocurrido. Intenté incorporarme en la cama, mientras un sudor frío me corría por el rostro. Mi mano extendida halló el calor de otra mano.

—¿Anne? —murmuré.

—Sí, querido, estoy aquí —y, cosa extraña, una cálida lluvia bañó mi rostro.

—¿Qué me ha sucedido, Anne? ¿Dónde estoy?

La voz de un hombre interrumpió mis palabras.

—Eso no importa ahora, Nick. Tenga calma, muchacho. Dentro de poco le quitarán las vendas de los ojos. Entonces volverá a ver.

—¿Vendas? —Me pasé una temblorosa mano por la cara. Era un rostro desconocido, difuso.

—Un poco más a la izquierda y no tendría que preocuparse por las vendas —comentó el hombre, y un penetrante y acre olor a tabaco invadió la habitación—. Cometió un error, muchacho. Él llevaba un revólver.

Entonces recordé. Recordé a Angie, su gruesa cara contorsionada por el odio, mientras iba avanzando hacia él. Recordé su mano, buscando bajo el abrigo. Y entonces se había producido una enorme explosión, como si hubiera volado el mundo.

—¿Capitán Pulaski? —pregunté.

—¡Ajá!

—No le toqué —murmuré débilmente, y por una extraña razón, deseé gritar—. Fue una buena idea. Pero no sirvió de nada. Ni siquiera le puse las manos encima.

—Desde luego —afirmó el capitán—. Conozco todo lo referente a su idea. Anne me lo contó, después que le trajeron a usted aquí. Ella también creyó que la idea no había tenido éxito.

—¡Oh, Nickie! —exclamó Anne, apoyando su rostro en mi hombro—. Nickie, todo va bien. Todo ha concluido.

Pulaski se echó a reír con una risa profunda y embarazada.

—Vivirá usted —dijo—. Los dos. Pero si usted me lo hubiera dicho, Nick, habríamos podido resolverlo entre ambos. Tal como fue, puede agradecerle a su hermano el seguir estando de una sola pieza. No conozco todo lo ocurrido exactamente, pero el guardia halló al muchacho corriendo por las calles, dejando manchones de sangre en las aceras, y hablando de unos hombres muertos. Dos hombres muertos, pensaba. Uno de ellos en un callejón, al pie de una escalerilla de incendios. El otro —añadió secamente—, era usted. Gracias a su hermano, Nick, no le mataron. Él arrojó a Angie por la ventana cuando iba a acabar con usted. Mala cosa para Angie. La barandilla se desplomó al peso de su cuerpo.

—¿El chico lo hizo? ¿Mi hermano?

—No había nadie más allí. —Pulaski se aclaró la garganta ostensiblemente—. Usted ha de seguir sosteniendo la mano de Johnny, Nick. Usted y Anne. Harán con ello un buen trabajo.

Abrí la boca para contestar, pero se había marchado, ya que oí la puerta cerrándose a sus espaldas, y me quedé a solas con Anne.

—Ya has oído lo que ha dicho —murmuró Anne—. ¡Oh, Nick, ahora todo irá bien! ¿No comprendes lo que sucedió? Cuando Johnny descubrió que alguien se preocupaba por él lo bastante como para encararse con Shapiro, algo cambió en él. Todo lo que tú le habías ofrecido hasta ahora era un potente brazo por delante de su cara. Esta era la primera vez que se lo ponías por encima de los hombros. Era todo lo que necesitaba, Nickie. Tener un hermano que no siempre fuese un policía.

Guiñé los ojos por debajo del vendaje, y adiviné su rostro tan claramente como si me hubiesen quitado las vendas; entonces descubrí que podía mover los brazos, si lo deseaba.

EL PUEBLO

vs.

WITHERS & MALONE

Stuart Palmer & Craig Rice

N

O me mire de reojo! —dijo John J. Malone al entrar en su oficina, a las dos de la tarde—. No puedo aguantar más.

—Tendrá usted que aguantar un bromuro —dijo la fiel Maggie. Vio que los ojos de Malone se volvían ansiosamente hacia el fichero de Emergencias—. Se llevó usted la botella anoche, al marcharse. Después de pedirme prestados mis últimos diez dólares.

El pequeño abogado cerró los ojos ante el sonido de la efervescencia, pero levantó el vaso y cuadró los hombros bajo el arrugado traje color gris-paloma, cortado por Finchley.

—A la memoria de lo que fue mi ilustre carrera —brindó lúgubremente.

—Sospecho que anoche no tuvo usted suerte.

—Y no se equivoca. Recorrí todos los bares, de punta a punta de la ciudad, pero no encontré ni rastro del desaparecido Mr. Taras. Le tienen oculto, desde luego. —Malone suspiró—. La última parte de la noche está envuelta en una bruma… En realidad, en mi memoria hay un espacio vacío. Sin embargo, tuve que haber tropezado con algo; encontré un cordel atado alrededor de mi dedo cuando me desperté en un baño turco, descubrí que había extendido un cheque sin anotarlo en la matriz, y me parece recordar el nombre de Pequeña Helga, pero eso es todo.

—Espero que el cheque fuera por menos de tres dólares y sesenta y cinco centavos —dijo Maggie—. Porque esa es la suma que tiene usted en su cuenta corriente.

El pequeño abogado rebuscó en sus bolsillos, sacó un estropeado puro y trató inútilmente de encenderlo.

—Mi querida Maggie, puede usted anotar el día de hoy en su Diario como el Miércoles Negro.

—Estamos a jueves —rectificó Maggie—. Lo cual significa que nuestro cliente morirá antes de una semana, y luego tendrá usted que presentarse ante el gran jurado, como si no supiéramos nada.

Permanecieron silenciosos durante un largo minuto, hasta que apareció una figura envuelta en un impermeable y empuñando un paraguas, que voló hacia ellos como un enorme cuervo buscando un busto de Palas Athenea sobre el cual posarse. Pero esta ave de rapiña no graznó «¡Nunca más!»[3]; se limitó a exclamar:

—¡Maggie! ¡Malone! ¡Aquí estoy!

Miss Hildegarde Withers, a la cual creían atareada con sus propios asuntos en la lejana California, les estaba abrazando calurosamente.

—He venido en cuanto me he enterado de lo mal que andaba la cosa —dijo.

—Bienvenida al velatorio —dijo Malone.

—¡Tonterías! No puede usted vencerles a todos… este caso Coleman estaba perdido incluso antes de que usted se hiciera cargo de él.

—¿De veras? Bueno, Junior Coleman salvó la vida en el primer juicio, cuando fue defendido por la antigua firma de abogados de su padre. Conseguí un nuevo juicio para él, y, ¿qué es lo que obtuve? ¡Una sentencia de muerte!

—Me tiene más preocupada esa acusación de soborno contra usted.

—Dejando aparte el aspecto ético de la cuestión, ¿cuándo he tenido mil dólares juntos, para sobornar a alguien o para cualquier otra cosa?

—Un excelente argumento. ¿Qué es lo que está haciendo ahora, Malone?

—Buscando pistas —dijo Maggie—. Y en el lugar de costumbre: el fondo de una botella.

—Estaba tratando de localizar a aquel testigo, Taras, que declaró ante el tribunal que yo había tratado de sobornarle. Desapareció inmediatamente después del juicio. Y es posible que anoche me acercara a él.

Contó lo del cordel en el dedo, lo del cheque y el nombre de «Pequeña Helga».

—Probablemente, alguna confidencia acerca de un caballo —dijo Miss Withers—. Bueno, sé que siempre se ha enorgullecido usted de no haber perdido ningún caso, pero un día u otro tenía que suceder. Ha hecho usted todo lo posible.

—Ni siquiera existe la posibilidad de que intervenga el gobernador —medió Maggie—. Nuestro cliente se ha confesado a un periodista que fue a visitarle ayer a la celda de la muerte. Dijo que no podía recordar haberlo hecho, y que debió de enloquecer para hacer una cosa semejante… pero que está resignado con su suerte.

—¡Él está resignado! —aulló Malone—. ¡Júnior no puede hacerme esto! ¡Está completamente loco!

—Es demasiado tarde para alegar demencia —gimió Hildegarde—, pero hay que hacer algo. Mary Margaret O'Leary, no se quede cruzada de brazos. Lo más indicado es café… y muy cargado. —Cuando la secretaria se hubo marchado,' la maestra de escuela se instaló en una silla—. He estado demasiado ocupada para seguir el caso de cerca. Cuéntemelo todo, Malone.

—¿Quiere usted decir quién hizo qué, y con qué, y a quién, como en la antigua charada? —El abogado criminalista sonrió débilmente—. Bien, a las tres de una neblinosa madrugada de hace más de un año, una vocalista conocida únicamente como Jeanine, salió del Le Jazz Hot, un local de la calle Sesenta y Tres, le dio las buenas noches al portero y cruzó la calle en dirección a su apartamiento. Un descapotable de color oscuro, surgido de ninguna parte, con los faros apagados, avanzó rápidamente, y… telón para la vocalista. La muchacha terminaba su actuación y salía del local casi a la misma hora todos los días, y siempre llevaba un abrigo de visón color pastel fácilmente identificable… de modo que lo único que tuvo que hacer el asesino fue esperar en la calle con el motor en punto muerto hasta que ella empezó a cruzar. Al menos, esa fue la teoría del capitán Von Flanagan.

Miss Withers recordaba a aquel excelente oficial de la Brigada de Homicidios de algunos casos anteriores, y asintió.

—Poco sutil, pero eficiente.

—Ese es Von Flanagan. Al principio, la policía no tenía ninguna pista. Se suponía que la muchacha tenía un amante secreto fuera del club, pero se comportaba con mucha seriedad y se negaba a alternar con los clientes. Sin embargo, poseía más joyas y pieles que las que podía permitirse adquirir con su sueldo de doscientos dólares semanales.

—Pero ¿no había un marido de por medio? Me parece recordar…

—Un exmarido: un marino del que ella se había divorciado en México hacía un par de años, mientras él estaba navegando. Se llamaba John Zimmer, y acababa de ser destinado a la academia naval de Great Lakes, en la costa. Pero se comprobó que después del divorcio no había tratado de verla ni mostró el menor interés por su exesposa.

—Lo cual parece un poco raro. Y, desde luego, tendría una coartada perfecta.

—En efecto. Había estado de permiso, pero media docena de compañeros suyos juraron que estuvieron juntos en un club nocturno hasta primeras horas de la madrugada. En realidad, la policía no se hubiera enterado nunca de su existencia si no se hubiese presentado él mismo para ver si podía heredar los abrigos de pieles y las joyas de Jeanine, alegando que el divorcio mejicano no era válido. Pero no tenía acceso a un automóvil… y menos a un Jaguar último modelo, que según el portero era la marca del coche asesino. Y la policía comprobó, por medio de una minuciosa investigación, que Zimmer no había alquilado ningún automóvil.

»Bueno, Von Flanagan acudió al registro de automóviles y obtuvo una lista de todas las personas que poseían un Jaguar en el condado de Cook. Finalmente, llegó al nombre de Walter A. Coleman, Jr., un playboy heredero de varios millones de dólares a la muerte de su inválido padre. Al principio, Junior parecía estar descartado. Su Jaguar verde oscuro no mostraba ninguna huella de haber sufrido un topetazo. El nombre de Junior no había sido relacionado nunca con el de Jeanine en las columnas de chismorreos, y ningún testigo digno de crédito declaró haber visto junta a la pareja.

»Junior negó que tuvieran un lío. Afirmó que su automóvil había permanecido toda la noche en el garaje del inmueble donde vivía, y que a partir de la una de la madrugada había estado con una dama, cuyo nombre no podía revelar por motivos de caballerosidad. Pero era el tipo adecuado para desempeñar el papel del individuo con el cual todo el mundo creía que Jeanine estaba liada…

—Pero, alguien les habría visto juntos, al menos una vez… en casa de Jeanine o en la de Junior.

—Ella vivía en una casa sin portería ni ascensor, y el ascensorista y el encargado del garaje del inmueble en que vivía Junior se marchaban a medianoche. Hay moteles y montones de bares y clubs nocturnos con muy poca iluminación; además, Jeanine poseía varias pelucas, confeccionadas con cabellos naturales, de modo que no era reconocida más que cuando quería serlo. De todos modos, ese era el cuadro que las autoridades estaban pintando. Junior tenía motivos para querer ocultarse; estaba mezclado en un caso de divorcio que no había terminado, y su padre le había amenazado con desheredarle si no dejaba de meterse en líos.

—Pruebas circunstanciales… y ningún verdadero motivo —objetó la maestra de escuela.

—Escuche, Hildy. Max Taras, el portero, era un testigo ocular. Finalmente recordó que el conductor del automóvil llevaba una boina y fumaba en pipa, dos detalles que encajaban en Junior. Aquella identificación…

—Ese hombre vio muchas cosas en una noche oscura y neblinosa y en el espacio de unos segundos —observó Miss Withers sarcásticamente—. De modo que detuvieron a Junior, ¿verdad?

—En efecto. Junior insistió en su coartada, que fue confirmada por la dama que admitió haber estado con él por la noche. Resultó ser su exesposa Frances, una aristócrata de la Costa Norte de Chicago. Había pasado un año en Santa Bárbara, viendo cómo los muchachos jugaban al polo y tostándose al sol. A su regreso, había llamado por teléfono a Junior, porque se sintió romántica y recordó que aquel día era su aniversario de boda. Una cosa condujo a otra: cenaron en el Beachcomber’s, dieron un paseo por la ciudad, y llegaron al apartamiento de Junior alrededor de la una. Esa fue la historia que contó Frances, aunque se negó rotundamente a someterse a la prueba del polígrafo cuando le fue sugerido.

Hildegarde resopló.

—Desde luego, no resulta muy verosímil que una aristócrata estuviera paseando por la ciudad hasta la una de la madrugada…

—El divorcio no iba a ser definitivo hasta dentro de unos meses. Frances fue un excelente testigo de la defensa. Ridiculizó la insinuación del fiscal de que Junior podía haberse deslizado fuera del apartamiento sin despertarla. Dijo que aquella noche no habían utilizado el Jaguar, porque lo habían celebrado con champaña y Junior había sido multado ya un par de veces por conducir en estado de embriaguez.

—No comprendo qué es lo que tiene que ver el automóvil en el asunto, puesto que no mostraba ningún rasguño, como usted mismo ha dicho. Siempre había creído que los modernos métodos científicos…

—Sí, pero la policía encontró una manta de coche, rota y ensangrentada, en un cubo de basura a una manzana del inmueble donde vivía Junior. Von Flanagan supuso que había sido utilizada para envolver el guardabarros del Jaguar de Junior, como una especie de amortiguador.

—¡Nuestro amigo va adquiriendo inteligencia a medida que pasan los años!

—No ha oído usted lo peor. El testimonio de Frances quedó completamente desvirtuado cuando las autoridades presentaron un testigo sorpresa: un investigador privado llamado Finch, el cual juró que Frances Coleman, encontrándose todavía en la costa, le había contratado para que espiara a Junior. Frances no pudo negarlo, de modo que trató de explicarlo diciendo que únicamente deseaba saber si Junior continuaba enamorado de ella o había encontrado consuelo en otra mujer. Finch admitió también que había estado engañando a su cliente y aceptando su dinero a cambio de nada, ya que su viejo Ford no había sido capaz de mantenerse pegado a la cola del Jaguar de Junior.

Miss Withers estaba muy atareada tomando notas.

—He olido ya una docena de ratas —dijo—. Hábleme un poco más de la víctima, Malone.

—Encantadora y fría —dijo el pequeño abogado—. Cantaba perversas canciones francesas con voz desgarrada, y era exuberante como…

—Ahórreme las estadísticas vitales. ¿Habla usted solamente de oídas?

—Bueno, es posible que la viera un par de veces, y que le enviara una orquídea o dos como homenaje a una encantadora artista. Pero nunca llegué a la primera fase: ni siquiera aceptó tomar una copa conmigo. —Malone suspiró—. Una cosa más. Los hombres del fiscal encontraron una foto dedicada de Jeanine, en traje de baño, en uno de los cajones del escritorio de Junior. La dedicatoria era muy… afectuosa.

—Eso significa que tenían alguna relación.

—Lo mismo opinó el jurado. Pero aquellas fotografías circulaban profusamente. Es posible que yo mismo tenga una en mi habitación. Se las dedicaba a cualquiera que le pidiera un autógrafo… y todas ellas con mucho cariño y muchos besos. En el segundo juicio puse de relieve que la fotografía no había sido encontrada por la policía cuando registró el piso: la encontraron los hombres del fiscal, más tarde. Del mismo modo que encontraron tabaco para pipa, de la marca que fumaba Junior, en el cesto de los papeles de Jeanine.

—Bueno, Malone. Usted, en su calidad de abogado de Junior, tiene que saberlo: ¿eran amantes?

—Una información confidencial, pero… sinceramente, sí. Sin embargo, Junior negó rotundamente que Jeanine le importunara pidiéndole que se casara con ella; estaba completamente satisfecha de aquel estado de cosas.

—¡Tonterías! Ninguna mujer está nunca satisfecha con aquel estado de cosas. Pero, continúe.

—De todos modos, quise meter el dedo en el ventilador. Estudié el primer juicio, y me di cuenta de que el ayudante del fiscal, Hamilton, había jugado con la defensa, en su mayor parte a cargo del joven Gerald Adams, partidario de la Escuela Legal de Harvard y sin la menor experiencia como abogado criminalista… aunque parece ser que tenía ambiciones en ese sentido. Obtuvo su gran oportunidad porque el viejo Coleman confiaba en Gittel & Adams, los cuales habían manejado siempre sus asuntos jurídicos. Después del primer veredicto, visité a Junior en la cárcel y le dije que confiaba en obtener un nuevo juicio para él, alegando prejuicio y error judicial, de modo que despidió a sus abogados y me contrató a mí.

—Con lo cual se buscó usted una buena complicación.

—Desde luego. La busqué… y la encontré. Pero yo había descubierto que cuando el portero, Taras, fue interrogado por la policía, dijo que lo único que vio fue un descapotable que surgía repentinamente con los faros apagados. Lo de la boina y la pipa y la semejanza con el rostro juvenil de Junior llegó después de que Taras había sido exhaustivamente interrogado por espacio de semanas enteras por los hombres del fiscal… y después de haberle mostrado un montón de composiciones fotográficas en las cuales aparecía Junior conduciendo su automóvil, tocado con una boina y fumando en pipa. Me entrevisté con Taras y reconoció que se había dejado influir; dijo que lo lamentaba mucho y me prometió decir la verdad en el segundo juicio… y sin ninguna presión por mi parte, aunque tal vez confiaba en que Coleman sabría agradecérselo más tarde. De modo que se presentó ante el tribunal, y rectificó su declaración tal como me había prometido, y a continuación, supongo que para causar una impresión más fuerte en el jurado, se desdijo, volvió a su testimonio anterior, y juró que yo le había ofrecido mil dólares para que rectificara su declaración. Aquello deshinchó todas mis velas, y el jurado dictó un veredicto de culpabilidad sin recomendación de clemencia. Eso fue todo.

—¡Y fue suficiente!

—No fue suficiente, por lo visto. Inmediatamente después de que Junior fuera condenado a muerte, su padre estiró finalmente la pata, sin dejarle ni un centavo…

—¿Quiere usted decir que cambió su testamento, desheredando a su hijo?

—No. Pero un hombre sentenciado a muerte no está legalmente vivo, y no puede heredar nada. Esa es la ley. Y yo no podía pleitear contra el estado, porque Junior me había contratado contra la voluntad de su padre. ¡No solo me quedaré sin cobrar la minuta, sino que además tendré que cargar con las costas de la revisión!

—Una verdadera lástima. Pero usted tiene en juego algo más que dinero, Malone.

—En efecto. El único motivo de que no esté ya en la picota es el de que un hombre condenado a muerte tiene derecho a los servicios de su abogado hasta el final. Cuando mi cliente muera, el próximo miércoles al amanecer, el hacha caerá sobre mí. A veces me gustaría cambiarme con él.

—¡Qué idea más deprimente! Lo que debemos preguntarnos es: ¿qué podemos hacer?

—Ignoro lo que va a hacer usted, pero sé lo que van a hacer conmigo: ¡me aplastarán!

Miss Withers estaba impresionada.

—¡Malone, qué locura es esa… y en estos momentos!

—¿Hay locura en mi sistema, o viceversa? Pero, hablando en serio, Hildy, tengo el presentimiento de que anoche di con una pista importante. De no ser así, ¿por qué habría extendido un cheque? Solo puedo hacer una cosa: ponerme en el mismo estado en que me encontraba anoche, efectuar el mismo recorrido y confiar en que a través de los mismos movimientos mi memoria retroceda también.

A pesar de las protestas de Miss Withers y de la desaprobación de Maggie, Malone se puso en pie, llenando de ceniza su corbata Sulka verde guisante, y se marchó.

—¡Este hombre! —suspiró Maggie.

—¡Hombres! —dijo Miss Withers—. Bueno, vamos a unir nuestros esfuerzos y a pensar un poco. Empecemos. Malone no trató de sobornar a aquel testigo, pero parece ser que otra persona lo hizo. Esa persona puede ser el verdadero asesino. Malone no es tonto, y él cree que su cliente es inocente, ¿no es cierto?

—¡Malone siempre cree que son inocentes! —admitió Maggie.

—¡Pero la policía se equivoca a veces, especialmente cuando tiene a mano a un sospechoso demasiado evidente! Tenemos que partir del supuesto de que el crimen fue cometido por otra persona. Tomemos el exmarido de Jeanine, por ejemplo. Supongamos que no había digerido el hecho de que su esposa le hubiera licenciado. Sus compañeros hubieran mentido de buena gana para proporcionarle una coartada. Pudo haber robado el automóvil de Junior, y si no tenía puesta la llave podía haber establecido una conexión en el encendedor.

—En el encendido, querrá usted decir —rectificó Maggie.

—¿Y qué me dice de esa Frances Coleman? Pudo decidirse a eliminar a la única persona que se interponía en el camino de una reconciliación con su marido.

—Pero ella ni siquiera sabía que existiera Jeanine. Finch juró…

—Yo no creería a un investigador privado bajo juramento… a ningún investigador privado. La mayoría de ellos son chantajistas por naturaleza. Supongamos que hubiese tratado de sacarle dinero a Junior, o a Jeanine, o a los dos, y que ellos le hubieran amenazado con denunciarle, lo cual significaba para él la pérdida de su licencia o la cárcel. Su historia acerca de que no pudo seguir a Junior me parece poco consistente. —La maestra de escuela se había animado considerablemente—. De modo que tenemos a Frances, a Zimmer y a Finch: tres posibles sospechosos. Voy a circular entre ellos y a actuar como una especie de agente catalizador, mientras Malone está recorriendo —mejor dicho, volviendo a recorrer— el sendero florido. Mi primera visita será a Mr. Gerald Adams.

—¿Quiere usted decir que también él está en su lista de sospechosos? —preguntó Maggie, sorprendida.

—Tal como están las cosas, todo el mundo es sospechoso. Pero, acaba de darme usted una idea, Maggie. Supongamos que el propio Gerald Adams tuviera aficiones de playboy, y hubiera financiado sus diversiones con el dinero del viejo Coleman; y supongamos que Jeanine consiguió descubrirlo, y…

—¡Tómeselo con calma! —exclamó Maggie—. Cuando el viejo Mr. Coleman murió, sus cuentas fueron revisadas por el fisco y lo encontraron todo en orden. Lo sé porque a Malone también se le ocurrió esa idea y efectuamos algunas averiguaciones.

—Lástima… era una idea excelente. Pero, puesto que Adams se encargó de defender a Junior en el primer juicio, y le conoce perfectamente, puede tener alguna idea.

—Telefoneó a Malone preguntándole si había algo que él pudiera hacer, pero creo que lo hizo por pura fórmula. No le gustó que Junior le despidiera para contratar a Malone. Parece un individuo de ideas muy conservadoras…

—Entonces, puedo entenderme perfectamente con él: algunos de mis mejores amigos son republicanos.

La maestra de escuela recogió su bolso y su paraguas, y, metafóricamente hablando, se dispuso a volar en todas direcciones.

 

Entretanto, allá en el Rancho (el Bar y Restaurante Rancho de Texas Slim, en la calle Veintidós), John J. Malone estaba tratando inútilmente de recrear el brillo rosado de la noche anterior. Había empezado, como de costumbre, por el Bar City Hall, donde Joe el Ángel había recibido un sablazo de cincuenta dólares para los gastos de la velada. Después le había tocado el turno al Beer and Pizza Parlor de Mike, al Soapy’s Sullivan, al Grotto, y… todos ellos fundidos en una especie de fotomontaje.

De cuando en cuando obtenía una pista acerca de su ruta de la noche anterior a través de un barman o de un conductor de taxi conocido, pero la empresa era difícil. Más allá del Plimsoll —es decir, donde habían tenido lugar las aventuras más importantes de la noche anterior—, el panorama estaba envuelto en una impenetrable niebla. Tenía que comer algo, desde luego.

—Camarero, ¿querrá ponerle una aceituna a mi próximo vaso? ¡Oh! De camino, hágame un huevo pasado por agua, si tiene alguno.

—Especialidad de la casa. Anoche se zampó usted media docena.

Malone se tragó medio huevo, con cáscara y todo.

—¿De veras estuve aquí anoche? ¿Está usted seguro?

—¿No recuerda usted nuestro cuarteto de cinco cantantes, y lo bien que sacamos La Rosa de Tralee?

—¿Me acompañaba alguien? ¿Quiénes eran mis amigos?

—Casi todos los que estaban aquí a aquella hora. Pero uno de los que cantaba con nosotros era Luke Swenson, el encargado de la bolera que hay al final de la calle.

—¿Salí de aquí con él?

—Bueno, con él exactamente, no. Se presentó una muchacha rubia que habló con Luke, y usted se puso a hablar con ella, y luego vi que salían…

—Las rubias siempre se me han dado bien —reconoció Malone. Se golpeó la sien—. Si consiguiera recordar… —Se volvió súbitamente hacia el camarero—. ¿Le importaría acompañarme en una canción? Solo un par de versos, para ayudarme a recordar…

En el Rancho de Texas Slim, el cliente siempre tiene razón. El camarero respiró a fondo y empezó a cantar con una profunda voz de barítono, excelente contrapunto a la atenorada voz de Malone.

La pálida luna se alzaba sobre la verde montaña,

el sol se hundía en el mar azul…

—¡Mar azul! —exclamó Malone—. ¡Le dije que sus ojos eran tan azules como el mar! ¡Era la hermana de Luke Swenson, la Pequeña Helga, una imponente valkiria! ¡Soy su novio, prácticamente!

Los recuerdos acudían ahora en tropel. El pequeño abogado estaba ya al teléfono, marcando un número con dedos repentinamente firmes.

—¿Maggie? ¿Está todavía ahí?

—Pensé que alguien debía de cuidar de la tienda…

—¡Ha surtido efecto, Maggie! ¡Lo recuerdo todo! ¿Ha llamado alguien preguntando por mí?

—Sí, jefe. Ha llamado su caballo.

—¡Esa es la Pequeña Helga, mi bella escandinava! Mire, Maggie, no es un caballo; da la casualidad de que está empleada en el South Side Bank, donde Max Taras tiene su cuenta corriente. Reconoció mi nombre como el del abogado de Coleman en su segundo juicio, y una cosa condujo a otra…

—¿A cuánto ascendía el cheque que le extendió? —preguntó Maggie ominosamente.

—¡No hay nada de lo que se figura! Arranqué el cheque porque tiene impreso mi número de teléfono y no llevaba encima ninguna tarjeta mía. Ella me prometió mirar algo en los ficheros del banco y llamarme por teléfono.

—Bueno, ya lo ha hecho. De modo que no tenía usted que haber salido a gastar tiempo y dinero y a ponerse en el estado en que probablemente se encuentra. Miss Swenson dejó su número de teléfono para que la llamara usted.

—¡Estupendo, estupendo! Maggie, la cosa se está aclarando. ¡A Taras le sobornaron! Porque al día siguiente de haberme hecho quedar en ridículo —y de acusarme de intento de soborno— ante el tribunal, ingresó mil dólares en su cuenta corriente. Y, asómbrese: ¡era un billete de mil dólares! Es decir, la única clase de cebo capaz de impresionar a un pobretón como Max Taras. Pero los billetes de mil dólares tienen una ventaja, desde nuestro punto de vista: los bancos anotan la numeración y el nombre de las personas que los ingresan y los reciben. ¡Haré que ese tipo escupa todo lo que sabe!

—Recuerde que Taras ha sido boxeador, de modo que tenga cuidado.

—Lo tendré. ¿Por dónde anda Hildegarde?

—Llamó por teléfono y me encargó que le dijera que ha tenido una tarde muy atareada y que se aloja en el YWCA[4].

—Bueno, parece que no vamos a necesitar su ayuda, después de todo. Ahora, váyase a casa y duerma un poco. Yo tengo que hacer otra llamada.

Era su noche, a fin de cuentas. Marcó un número, y la Pequeña Helga, con una voz cálida como el ron, contestó a la llamada.

—Desde luego, cariño, lo averigüé todo —dijo en tono de orgullo—. Las señas y el número de teléfono de Mr. Taras, tal como te prometí. Ahora, espero que cumplirás tu promesa… —Malone solo pudo tragar saliva—. Me prometiste llevarme a cenar y a bailar el sábado por la noche, ¿te acuerdas?

—¡Nada en el mundo me impedirá hacerlo! Pero, dime, ¿dónde se oculta Mr. Taras?

La Pequeña Helga se lo dijo, y Malone anotó en su memoria la dirección y el número de teléfono. Pero cuando le llegó el turno al número de serie del billete de mil dólares, Malone interrumpió a su interlocutora:

—Eso es demasiado largo y complicado para captarlo bien por teléfono. Supongamos que me dejo caer por tu calle y te llevo a dar un paseíto…

—No estoy vestida, quiero decir para salir. Pero aquí tengo cerveza…

—¡Miauuu! —dijo Malone—. Quiero decir, de acuerdo, no tardaré en llegar.

Se arregló el nudo de la corbata, compró una botella de whisky para que la cerveza no resultara tan insípida y se dispuso a tomar un taxi. Luego se le ocurrió otra idea. La situación imponía la guerra psicológica. Si podía conseguir que Max Taras sudara durante un par de horas, transcurrido ese tiempo estaría suficientemente maduro.

Malone marcó el número que Helga acababa de facilitarle y cuando respondió una voz gutural, dijo:

—Malone al habla. Dentro de un rato voy a ir a su casa, y por su bien le aconsejo que esté ahí.

—No tengo nada que hablar con usted. No deseo…

—¡Cierre el pico! Va usted a decirme el nombre del individuo que le dio aquel billete de mil dólares para que hiciera aquella comedia delante del jurado. Y no trate de escapar: empeoraría su situación, y le convertiría en cómplice de un asesinato.

Se oyó una blasfemia, probablemente en checo, y Malone colgó, muy satisfecho de sí mismo.

Por suerte le quedaba aún el dinero suficiente para un taxi, porque era noche cerrada y el Elevado quedaba algo lejos. Fue calurosamente acogido por una Helga envuelta en sonrisas y en una elegante négligé. ¡Su ataque de amnesia debió de ser el peor de toda la historia de la medicina! ¡Pensar que podía haber olvidado, siquiera por unas horas, a una mujer como aquella! Incluso sin maquillar, y con las cejas y las pestañas tan pálidas como sus cabellos color de trigo, era una visión digna de la pantalla panorámica.

—Pasa, cariño. Pero, no hagas ruido…, no debemos despertar a Brunnehilde.

En cada vida ha de caer un poco de lluvia, como dijo la poetisa. Malone avanzó de puntillas: ¡por nada del mundo hubiera despertado a una compañera de cuarto llamada Brunnehilde! Aquello significó trabajar en inferioridad de condiciones, ya que su mejor arma había sido siempre su dorada voz, y resulta difícil hacer la debida justicia a un hermoso acento irlandés cuando es susurrado.

 

En la parte alta de la ciudad, Miss Hildegarde Withers se disponía a dar a su pelo los acostumbrados cien golpes de cepillo antes de apagar la luz. Había descubierto que aquel cepillado provocaba el sueño, y esta noche deseaba dormir… y soñar. Sus sueños eran siempre románticos, y a veces esclarecedores. Pensaba también en Junior Coleman, que en aquellos momentos estaría tendido en su camastro en la celda de la muerte de la Penitenciaría del Estado, contemplando la bombilla que ardía continuamente en el techo…

 

Un poco más tarde, Malone recibía un breve beso de despedida en la puerta. No había sido una visita enteramente ociosa; estaba repleto de café y de smorgasbord, se encontraba relativamente sobrio, y tenía otro fiel aliado. Helga había penetrado tan profundamente en el espíritu del asunto, que incluso insistió para que se llevara el revólver qué ella utilizaba cuando, en su calidad de empleada del banco, se encargaba de llevar importantes sumas de dinero a determinadas empresas, para el pago de los salarios. En una conversación de hombre a hombre con un exboxeador, podía serle útil.

Después de despedirse de su valkiria, Malone tomó uno de los tranvías que conducían a la parte meridional de la ciudad y poco después se encontraba ante un inmueble destartalado, que no tardaría en ser condenado a la picota. Pero aquel era el número, a pesar de que los apartamentos parecían estar deshabitados. En los buzones del vestíbulo no había ninguna tarjeta.

Desde luego, en aquellos momentos Taras debía de encontrarse en un estado de intenso nerviosismo, y su apartamento tenía que ser el único que dejaba filtrar una raya de luz por debajo de la puerta. Malone llamó con los nudillos, repitió la llamada, esta vez con más fuerza, y luego hizo girar el pomo. La puerta se abrió, y el pequeño abogado penetró con aire beligerante en un saloncito decorado con un mal gusto espantoso.

Súbitamente, el sabor del cigarro importado que tenía en la boca adquirió el amargor de la ceniza…, ya que allí, en el centro de la arrugada alfombra, reposaba el cuerpo de Max Taras, contemplando fijamente el techo con unos ojos que no veían nada.

Malone maldijo en voz baja. Mientras él estaba refocilándose con la rubia svensk flicka, alguien se había cargado al más importante de los testigos. Luego, todas las especulaciones acerca del quién, del cuándo y del por qué quedaron interrumpidas por un leve gemido del cadáver.

¡Taras no estaba muerto! El primer pensamiento del pequeño abogado fue el de sacar la botella que llevaba en el bolsillo, pero recordó que nunca hay que suministrar bebidas alcohólicas a un hombre inconsciente. Lo más lógico era llamar a una ambulancia. Pero él tenía que hablar con Taras antes de que Taras hablara con cualquier otra persona. Tal vez un poco de agua… En dos zancadas se plantó en la cocina.

Y, en aquel preciso instante, el techo se desplomó sobre su cabeza.

A su debido tiempo Malone recobró el conocimiento, e inmediatamente deseó no haberlo recobrado. No existían palabras para describir su dolor de cabeza. Consiguió ponerse en pie, sacudió maquinalmente su traje con las manos y avanzó tambaleándose hacia el saloncito: Taras continuaba tendido sobre la arrugada alfombra.

Pero algo nuevo había sido añadido. Ahora, el exboxeador contemplaba el techo con un ojo suplementario abierto en medio de su frente.

El pequeño abogado no tuvo necesidad de mirar para saber que el desastre era absoluto. Sí, el revólver estaba en su bolsillo, y olía a cordita. Oyó voces en la escalera y el ulular de sirenas cada vez más próximas. Retrocedió, cruzó corriendo la cocina derribando una mesa, y abrió una negra ventana. ¡Allí tenía que haber una escalera de escape! Allí estaba, pero no hubo forma de bajar la oxidada plataforma.

Solo le quedaba un recurso: suspenderse de la ventana con las manos, por la parte exterior, y dejarse caer al vacío. Y eso fue lo que hizo. Aterrizó pesadamente, con una pierna doblada debajo del cuerpo; notó un lacerante dolor, y perdió el conocimiento. Muy oportunamente. Porque lo que iba a suceder a continuación sería tan desagradable, que Malone hubiera preferido perdérselo de todos modos.

 

Entretanto, Miss Hildegarde Withers repasaba sus propios recuerdos. En primer lugar, había visitado las oficinas de Gittel & Adams, observando que el lugar no había sido decorado de nuevo desde la época del Gran Incendio, por lo menos. La linda y regordeta pelirroja que atendía a los visitantes se estaba maquillando el rostro en el momento de la llegada de Hildegarde. Lo lamentaba muchísimo, pero Mr. Gerald Adams estaba ocupado. ¿Deseaba hablar con Mr. Gittel, o con Mr. Adams padre?

La maestra de escuela dijo que esperaría. Luego, una muchacha a otra:

—Ese tono es el exacto para sus labios. ¡Cuánto me gustaría tener ese hermoso pelo rojo!

—Puede tenerlo, del mismo modo que yo tengo el mío. —Se llamaba Gertrudis, trabajaba aquí desde hacía muchos años, pero ahora estaba buscando un empleo mejor. No, la firma no actuaba ante los tribunales, y rara vez se ocupaba de casos criminales—. ¡Oh! Hubo uno —añadió Gertie—. Mr. Gerald defendió a Kirsch, el famoso gánster, hace cosa de un año. Consiguió que le absolvieran de la acusación de atraco que pesaba sobre él, pero todos los testigos de la acusación habían desaparecido, de modo que no puede considerarse un éxito de Mr. Gerald.

—Y defendió otro caso de asesinato, ¿no? ¿Asistió usted al juicio?

—¡No me hable de eso! Mr. Gerald tampoco salió muy bien parado, que digamos. El veredicto fue una vergüenza.

—Desde luego, una vergüenza para todos, incluso para Junior Coleman. A propósito, una de las cosas que me han traído aquí ha sido el deseo de obtener la dirección de Mrs. Frances Coleman.

—¿Es usted periodista, también?

—Solo una amicus curiae. El caso va a abrirse de nuevo, y por eso deseaba hablar con la dama en cuestión.

Gertie vaciló, y luego sonrió.

—Tiene mucha gracia. ¿Quiere saber dónde se encuentra en este preciso instante? ¡Aquí, en calidad de secretaria particular de Mr. Gerald! Ese es uno de los motivos por los cuales estoy leyendo la Sección de Demandas de los periódicos. En esta oficina no cabemos las dos.

—¡Oh, querida! Lo comprendo perfectamente.

—Mr. Gerald tiene un corazón muy blando, después de todo, y le ha dado el empleo, a pesar de la mala faena que le hizo Mr. Coleman hijo, porque se ha compadecido de la situación en que ha quedado Frances Coleman después de la muerte de Mr. Coleman padre. Lo único que poseía su marido era la asignación de su padre, y lo siento mucho, pero no tenemos ningún informe acerca de esa…

Los ojos de Gertie acababan de radiar un mensaje de advertencia.

La puerta acababa de abrirse para dar paso a una muchacha alta, esbelta, de ojos verde-azulados y un mentón pequeño, pero arrogante.

—Voy a tomar un café, Gert —dijo al pasar.

—Eso significa que Frances va a tomarse una copa en el bar de la esquina —tradujo Gertie—. Nadie puede reprochárselo, dadas las circunstancias que atraviesa. Bueno, voy a ver si Mr. Gerald puede recibirla ahora.

Gerald Adams, levantándose cortésmente de un enorme sillón situado detrás de un enorme escritorio, era un hombre de aspecto juvenil, vestido con una elegancia de tipo medio, con una voz de tipo medio, un atractivo de tipo medio y una boca más bien dura. Sin embargo, podía sonreír, y lo hizo.

—Aunque no veo qué es lo que yo puedo hacer —dijo, después de que Miss Withers se hubo presentado a sí misma como representante especial de un imaginario Comité contra los Errores Judiciales—. Sería una falta de ética que interviniéramos después de que Walter Coleman, hijo, consideró oportuno contratar los servicios de otro abogado.

—De cuya decisión el joven se encuentra indudablemente arrepentido. Pero yo necesito su ayuda. Usted cree que Coleman es inocente, ¿no es cierto?

—Lo que yo pueda creer no hace al caso. Dos jurados…

—Como abogado, debe usted saber que los jurados cometen errores.

Gerald Adams se puso en pie y empezó a pasear de un lado a otro de la habitación.

—Admito que Hamilton, el ayudante del fiscal, me venció en el juicio. Aunque obtuve mejores resultados que mi sucesor. Pero las pruebas circunstanciales contra Junior eran de mucho peso. A pesar de todo, ese Malone pudo haber conseguido un veredicto favorable de no haber fracasado su tentativa de sobornar a un testigo.

—Malone afirma que él no sobornó a Taras, que a Taras le sobornó otra persona.

—¿Qué otra persona podía tener un motivo para hacerlo? Cui bono, como decimos los abogados.

—«A quién beneficia». Y yo pregunto, ¿quién sale beneficiado, en realidad?

—¿Quiere usted decir con la muerte de Jeanine? Al parecer, el único beneficiado es Junior Coleman. Se había enredado con la muchacha, ella empezó a mostrarse demasiado exigente, y Junior deseaba liquidar el asunto.

—Está usted adoptando el punto de vista del fiscal. Pero ¿no podía existir otra persona que deseara que el asunto quedara liquidado, aunque fuese utilizando medios radicales?

—Si está usted tratando de involucrar a Frances Coleman, la idea es absurda. Consideré obligación mía, mientras fui abogado de la defensa, plantearme una duda razonable y dirigir las sospechas hacia otra persona que no fuese mi cliente. Pero Frances está descartada, desde luego. Tenía la esperanza de salvar su matrimonio, y había contratado a aquel detective privado únicamente para comprobar si Junior decía la verdad al afirmar que había puesto fin a su vida desordenada. Pero recuerde que ignoraba la identidad de la muchacha, e incluso que tal persona existía.

—Pero Junior proyectaba casarse con Jeanine, ¿no es cierto?

Era un disparo al azar, pero dio en el blanco. Mr. Gerald se sentó repentinamente.

—¿Quién le ha dicho a usted eso? —preguntó—. Si alguien de esta oficina se ha permitido…

—Por favor, no es el momento de detenerse en nimiedades, cuando está en juego la vida de un hombre…

Mr. Gerald frunció el ceño.

—Bien, me ocuparé más tarde de eso. Lo cierto es que Junior vino a visitarme unos diez días antes del asesinato para saber qué opinábamos acerca de la posible reacción de su padre si volvía a casarse en cuanto su divorcio con Frances fuese definitivo. No se mencionaron nombres, pero nosotros sospechamos que la dama no era una verdadera dama, sino alguien que no iba a merecer la aprobación de Mr. Coleman padre.

—¿Le dijo Junior todo eso, con esas mismas palabras?

—Bueno, en realidad habló con mi padre.

—¿Por qué? ¿No tenía confianza en usted?

Mr. Gerald suspiró profundamente.

—Verá, durante muchos años he cumplido el desagradable deber de actuar como una especie de freno de Junior Coleman, negándole el dinero que deseaba para satisfacer caprichos extravagantes tales como el adquirir un nuevo modelo de automóvil de importación cada año, y sacándole continuamente de los berenjenales en que se metía. Temo que me considere como una especie de polizonte encargado de vigilarle para que no haga novillos.

Miss Withers asintió comprensivamente.

—Si los proyectos matrimoniales de Junior hubiesen salido a relucir en el juicio, hubieran fortalecido la posición del fiscal, ¿no es cierto? Y, por otra parte, podían haber empeorado la situación de la anterior Mrs. Coleman, que deseaba recuperar a Junior, y que posiblemente estaba dispuesta a cualquier cosa por conseguirlo…

—¡No estoy de acuerdo! Las dos partes juraron que se habían reconciliado aquella noche, lo cual anulaba automáticamente las actuaciones judiciales en la demanda de divorcio. ¿Qué necesidad tenía Frances de cometer un asesinato, en el momento en que acababa de recuperar a su marido? Además, tengo entendido que cuando una persona se convierte en asesina, utiliza el arma con la cual está más familiarizada. Las mujeres se inclinan por los métodos incruentos, tales como el veneno, en tanto que el asesinato con un automóvil es, según la mayor parte de las autoridades, un método masculino.

—Que puede ser escogido por una mujer, precisamente porque es un método masculino —objetó Miss Withers—. Una cortina de humo, una pista falsa… como la pipa y la boina.

Mr. Adams sonrió.

—Conozco a Mrs. Coleman lo suficiente para saber que es incapaz de toda violencia. E incluso admitiendo que hubiera conocido la existencia de Jeanine, ¿por qué había de tratar de inculpar a Junior, utilizando su automóvil? Hubiera significado echar piedras a su propio tejado…

—Desde luego, desde luego. —Miss Withers estaba enojada consigo misma—. He estado especulando con lo absurdo. Pero hay tan pocos sospechosos en este caso…

—¡Dígamelo a mí! Tengo que confesar que en un momento determinado Zimmer me pareció el sospechoso ideal. Pero no había la menor prueba de que continuara enamorado de su exesposa, y, además, ¿cómo podía haberse apoderado del automóvil de Junior?

—¿Y qué me dice de aquel detective privado, Mr. Finch?

—Un tipo desagradable, pero sin el valor necesario, en mi opinión, para cometer un asesinato. A menos que sea más profundo de lo que parece…

—¿No lo somos todos, acaso? Usted mismo, Mr. Adams…, ¿no estará defendiendo a Frances porque es una mujer muy atractiva? Incluso le ha dado un empleo en su oficina…

Mr. Gerald cogió un pesado cenicero, y por un instante Miss Withers temió que se lo estampara en la cabeza. Pero se limitó a mirar pensativamente su contenido y luego lo vació en el cesto de los papeles.

—Esto no tiene que aparecer en los periódicos —dijo—, porque las damas puritanas empezarían a amargarle de nuevo la vida. Lo negaríamos rotundamente.

—Pero a mí no pueden negármelo. Acabo de verla aquí.

Mr. Gerald consiguió aparecer beligerante y conciliador al mismo tiempo.

—Tengo…, tenemos nuestros motivos. Una dama como ella no puede descender a según qué clase de trabajos.

—A propósito: tengo entendido que Junior no puede heredar ni un céntimo mientras esté condenado a muerte. ¿A quién irá a parar el dinero?

Mr. Gerald acogió con evidente alivio el cambio de tema.

—No estoy seguro. Creo que existen algunos primos lejanos en la Alemania Oriental, pero probablemente pasarán algunos años antes de que puedan ser localizados y les sea reconocido su derecho a la herencia.

Su expresión daba a entender que cualquier reclamación sería objeto de una exhaustiva acción legal antes de que Gittel & Adams se decidieran a soltar un solo centavo.

—Si en virtud de algún milagro Junior obtuviera una conmutación de la pena y pudiera heredar, ¿continuaría administrando sus bienes esta firma?

—Supongo que sí. No creo que pudiera administrarlos él mismo desde la celda de una cárcel. La administración de un patrimonio como el suyo resulta bastante complicada. Desde luego, podría escoger alguna otra firma…

Estaba consultando su reloj, y Miss Withers se apresuró a ponerse en pie, dándole las gracias y prometiéndole ponerse en contacto con él si había algo que él pudiera hacer…, cosa que dejó algo intrigado al caballero. Mientras abandonaba las oficinas, con una sonrisa a Gertrude —un contacto muy útil—, la maestra de escuela tenía muchas cosas en que pensar. Era ya muy tarde para continuar sus gestiones. Pero la mayoría de asesinos, como Miss Withers sabía perfectamente, obraban impulsados por la codicia. Y, sin embargo, nadie parecía estar pensando en el dinero de los Coleman.

Al llegar a la calle un repentino impulso la hizo encaminarse a una pequeña cafetería situada dos puertas más allá del inmueble en el que se encontraban las oficinas de Gittel & Adams. Había muy pocos clientes, pero Frances Coleman estaba encaramada sobre un taburete, en la barra. Su oscura cabeza oscilaba levemente al compás de una melodía tristona que surgía del tocadiscos automático.

Miss Withers pidió una limonada y se sentó al lado de su presa.

—Perdone…, me dijeron que la encontraría aquí. Acabo de hablar con Gerald Adams —susurró significativamente. Frances se volvió lentamente. Pero al menos no dio un salto ni echó a correr—. Soy una especie de comité ciudadano individual, y trabajo con Mr. Malone para salvarle la vida a su exmarido.

—¿Por qué? —inquirió Frances.

—Hasta ahora me han llamado paladín de causas perdidas, versión femenina de Don Quijote y vieja solterona entrometida. Pero necesito su ayuda.

—No hay nada a hacer.

—¡Pero usted sabe, mejor que nadie, que Junior es inocente! ¿Por qué no está usted en Springfield, aporreando la puerta del gobernador? Si Junior no se movió de su lado aquella noche…

Frances contempló fijamente su vaso.

—Sí —dijo lentamente—. Eso fue lo que declaré ante el tribunal, ¿verdad? Pero Walter me había engañado durante años enteros, y tenía una larga práctica. Aquella noche bebimos un poco más de la cuenta… Supongo que pudo haber esperado a que yo estuviera dormida, salir y… Ella iba detrás de su dinero, desde luego, y no es que eso sea una excusa. Ahora, si no le importa…

—¡Claro que me importa! Incluso Gerald Adams ha mostrado más deseos de colaborar que usted. Él no se ha desentendido del asunto.

—¿Eso cree? —Frances descendió del taburete y se dirigió hacia el tocadiscos, para depositar más monedas—. Me gusta esa pieza —explicó a su regreso—. Gloomy Sunday, de Dave Brubeck. Una música que se adapta a mi estado de ánimo.

—¿Estaba usted diciendo?

—No recuerdo lo que estaba diciendo. Y no quiero hablar de ello.

—Mr. Adams parece estar de acuerdo conmigo en que existen motivos para sospechar de ese Finch, que puede ser más profundo de lo que aparenta.

—¿Ese tipo asqueroso? Le contraté por teléfono, desde Santa Bárbara, y solo le he visto una vez. Haría cualquier cosa por dinero…, cualquier cosa.

—Pudo haber descubierto algo de lo cual no la informó a usted, y tratar de utilizar la información en beneficio suyo…

—Desde luego, está luchando usted contra los molinos de viento. Me sorprende que no haya pensado en mí como posible sospechosa… ¿O lo ha pensado?

Miss Withers pasó por alto la pregunta.

—¿Cuándo va a visitar a Junior por última vez, Mrs. Coleman?

—No voy a visitarle. No le debo ya ningún favor. No le importa a usted absolutamente nada, pero Walter me envió a decir que no quería verme. Nos destrozaría a los dos, y, ¿para qué? Yo no puedo ayudarle…, nadie puede ayudarle. Nadie.

—Pero ¿no se da cuenta de que si encontramos nuevas pruebas podrían conmutarle la pena?

—Y Walter, incluso en la cárcel, heredaría el dinero familiar y yo sería una mujer rica. ¿Es eso lo que está pensando? Pero, ya he hablado demasiado. Le ruego que me deje sola. Quiero aturdirme, y permanecer aturdida hasta que todo haya terminado.

—¡Esa es una actitud derrotista! Si amara usted a Junior y realmente deseara salvarle hubiera aceptado la prueba del detector de mentiras cuando le propusieron someterse a ella.

El tiro dio en el blanco.

—¿Quiere saber por qué no acepté? ¡Porque no estuve con él aquella noche! Cenamos juntos y tuvimos una trifulca porque no puedo soportarle cuando se emborracha y le da por ponerse sentimental. Nos separamos antes de las doce. Un par de días después me llamó por teléfono y me suplicó que le proporcionara una coartada. De modo que estoy convencida de que mató a aquella muchacha.

Dio media vuelta y echó a correr hacia la calle.

—Hay días en que sería preferible no moverse de casa —dijo Miss Withers, cuando el barman cargó en su cuenta lo que había bebido Mrs. Coleman.

 

—¡Quédese quieto, Malone, y huela estas hermosas flores! —murmuró una voz familiar.

El pequeño abogado abrió lentamente el único ojo que asomaba a través de las vendas; sabía vagamente que se encontraba en una habitación especial del hospital del condado de Cook con una pierna colgada de un complicado armatoste, y que no sentía el menor interés por ninguna clase de flores, a excepción, quizá, de las Cuatro Rosas, y… ¿era una enfermera el espantapájaros que se había cruzado en su línea de visión?

—¿Amiga o enemiga? —preguntó, prudentemente.

—Déjese de bromas —dijo Miss Hildegarde Withers—. Y baje la voz: hay un policía de guardia junto a la puerta. Tenía que hablar con usted, a pesar de que está incomunicado, de modo que le pedí prestado el plumaje a una amiga de Maggie y, a todos los efectos, soy una enfermera jefe. Ahora, dígame, por el amor de Dios, ¿qué le sucedió anoche?

—No es tan malo como parece —contestó Malone—. Es peor… —Se lo contó todo—. Taras debió de asustarse cuando le llamé por teléfono, y llamó a su vez a alguien pidiendo instrucciones. Pero ese alguien no se molestó en sobornarlo de nuevo, sino que decidió dejarse caer por allí y cerrarle la boca para siempre. Cuando yo me presenté se encontraba en plena faena. Se escondió en la cocina, y aprovechó la ocasión para matar dos pájaros de un tiro. Me encontraron el revólver en el bolsillo, y desde el punto de vista oficial tenía motivos más que suficientes para querer liquidar a Taras. ¡Si estuviera actuando como mi propio abogado, me aconsejaría declararme culpable, solicitando clemencia!

—¡Tonterías! Nosotros sabemos que usted no mató a Taras. Tiene que haber una relación entre los dos asesinatos. Alguien mató a Jeanine e inculpó a Junior, y el mismo alguien tiene que haber matado a Taras, inculpándole a usted. Si podemos demostrarlo…

—Sí, y si tuviéramos algún tónico tendríamos algo de ginebra, y si tuviéramos algo de ginebra tendríamos algún tónico —dijo Malone en tono malhumorado.

—Pero, amigo mío, yo estoy llegando a alguna parte, aunque no sepa exactamente adónde.

Le contó la visita que había efectuado a las oficinas de Gittel & Adams, y la confesión que había obtenido de Frances Coleman.

—¡Eso hace trizas la coartada de mi cliente! —gimió Malone—. Lo está haciendo usted muy bien, muy bien… Solo le falta solicitar que la dejen pulsar el interruptor de la silla que ha de tostar a Junior…

—Tenemos que sacar a flote la verdad. Esto no puede empeorar la situación de Junior. En primer lugar, no le pidió a Frances que le proporcionase una coartada hasta un par de días después del asesinato. Y no irá usted a decirme que un hombre que estaba borracho tuvo la precaución de colocar una manta en el guardabarros delantero de su coche… Tengo un montón de preguntas sin contestar, Malone.

—Por ejemplo, ¿por qué no se quedó usted en casa con sus violetas africanas?

—No. Por ejemplo, ¿por qué dice Frances que será una mujer rica si a Junior le conmutan la pena de muerte por la de reclusión perpetua?

—Yo puedo contestar esa pregunta. Si los dos juraron que pasaron la noche juntos, las actuaciones judiciales en la demanda de divorcio quedan anuladas y ellos vuelven a ser marido y mujer. A la ley no le interesa si pasaron o no realmente la noche juntos. El caso es que ambos lo hayan jurado.

—Interesante, pero no inmediatamente pertinente. Ahora mismo, mi intuición femenina me dice… —Se interrumpió al ver la cara que ponía Malone—. No se ría por debajo de la nariz. Intuición significa ser capaz de llegar a la conclusión exacta sin pasar por las fases intermedias. Malone, he afirmado en varios lugares que el caso va a ser abierto de nuevo. Eso hará que el asesino se ponga nervioso, como mínimo. Y ahora voy a poner el santo temor de Dios en Finch, en aquel marino que estuvo casado con Jeanine, si es que puedo localizarle…

—Hildegarde —la interrumpió Malone—, ¿de veras espera conseguir algo con todo eso?

La maestra de escuela le miró fríamente.

—¡Desde luego! Mire, Malone, creo que en la cocina de la casa de Taras había un espejo colgado de la pared, y usted consiguió ver fugazmente a la persona que le atacó. ¿O fue su olfato el que captó algo? Tabaco fuerte, o loción de afeitar, o un perfume caro…

—No vi a nadie, ni olí nada. ¡Y la persona que me atacó no era una mujer!

—No puede usted asegurarlo: un saquito de arena es un saquito de arena. Y no quiero decir que todo eso ocurriera realmente. Pero podría usted sugerirlo, a fin de sacar al asesino de su escondrijo. ¿Qué le parece un artículo en un periódico?

—¡Para que Mr. X se presente aquí y me liquide mientras estoy vendado como una momia! No, he puesto mi fe en algo más concreto. Si pudiera recuperar mi ropa, tengo el número de serie de aquel billete de mil dólares que fue utilizado para sobornar a Taras. Y a un billete de mil dólares se le puede seguir la pista.

—Maggie y yo nos hemos puesto en contacto con Miss Swenson y tenemos el número. Maggie ha estado toda la mañana visitando los bancos locales, hasta ahora sin suerte. Por desgracia, todo el mundo está de acuerdo en que es un trabajo que puede durar semanas enteras.

—Y entretanto, mi cliente será ejecutado y yo compareceré ante un tribunal… y no solo por soborno, sino por el asesinato de Taras. Márchese, por favor.

—Usted concéntrese en ponerse bien. Déjelo todo en mis manos y en las de Maggie… y en las de Miss Swenson. Desde luego creo que sus intenciones son honestas. Ahora, tengo que irme…, oigo el ruido de las bandejas del almuerzo en el vestíbulo.

—¡Espere! Como enfermera jefe tal vez pueda usted descubrir dónde guardan el spiritus frumenti… O quizás un simple chorrito de alcohol puro, para levantarme los ánimos.

—En lo que a mí respecta, está usted a dieta de pavo frío —dijo la maestra de escuela en tono firme, y salió de la habitación.

Muy a tiempo, por cierto, ya que en el pasillo se cruzó con el capitán Von Flanagan y sus dos ayudantes, con cara de pocos amigos. Afortunadamente no la vieron. Entraron en la habitación de Malone, y Miss Withers experimentó unos irresistibles deseos de pegarse a la puerta y escuchar. Pero, por una vez, decidió que la prudencia es una de las mejores formas del valor.

Cuando llegó a la oficina de Malone, Maggie la acogió con una andanada de preguntas.

—Está vivo —dijo la maestra de escuela—. Pero empieza a mostrar alarmantes síntomas de claustrofobia.

—¡Pobrecito! —suspiró Maggie—. Solo necesita un poco de whisky para tranquilizar los nervios, y, créalo o no, siempre piensa con más claridad cuando ha bebido unos tragos.

—¡No le compadezca… ni trate de enternecerme! —dijo Miss Withers—. Un poco de abstinencia le sentará bien. ¿Alguna llamada telefónica?

—Solo los periodistas, que han olido algo raro en este asunto.

—Esto me da una idea. ¿Mantienen ustedes relaciones amistosas con alguno de ellos?

—Con casi todos. ¡Tendría usted que ver nuestra nómina navideña!

—Bueno, trataré de que publiquen el número de serie de aquel billete de mil dólares. ATENCIÓN AL PERSONAL BANCARIO… o algo por el estilo. Sería mucho más rápido que ir llamando por teléfono a todos los bancos.

—Desde luego. ¡Oh, sí! Hubo otra llamada. Era Mr. Finch (¿sabía usted que su nombre de pila es Boris?) e insistió en que tenía que ponerse en contacto con Mr. Malone.

—¡Ajá! Mi estratagema empieza a producir los efectos esperados. ¿Dónde está su oficina?

 

La placa colgada en la puerta decía FINCH Y SOCIOS, pero en cuanto pisó el lugar Miss Withers se dio cuenta de que se trataba de un negocio manejado por un solo individuo. El propio Mr. Boris Finch estaba ocupado hablando por teléfono en la oficina interior; la maestra de escuela se acercó prudentemente a la puerta y, a pesar de que Mr. Finch hablaba en voz baja, pudo captar lo suficiente para colegir que estaba apremiando a alguien en un asunto de dinero.

Cuando el detective privado asomó cautelosamente la cabeza y dijo «¿Sí?», Miss Withers se encontraba profundamente interesada en un ejemplar del Time del mes anterior. Era un hombre bajito, con tendencia a la obesidad, de unos cincuenta años. Si se había afeitado aquella mañana, lo había hecho con una hoja mellada.

Hildegarde se presentó a sí misma como «Miss Withers, socia de Mr. Malone», y continuó:

—El pobre Malone se encuentra incomunicado en el hospital del condado, pero si tiene usted algo importante que decirle puede comunicármelo a mí, en mi calidad de socia.

Finch parpadeó.

—¿John J. Malone tiene un socio femenino? Bueno, verá…

—No ejerzo en este Estado —dijo Miss Withers, sin faltar a la verdad—. Pero a veces soy llamada a consulta en casos complicados, como parece ser el de Coleman. Como usted ya debe saber, va a ser abierto de nuevo.

El hombre asintió, y luego la invitó a pasar a su oficina particular, la cual estaba provista de los muebles estrictamente necesarios, más un diván con el aspecto de haber sido utilizado para dormir. Miss Withers se sentó en el diván.

—¿Y dice usted que goza de toda la confianza de Mr. Malone? —inquirió Finch—. ¿Tiene usted atribuciones para hablar en su nombre?

—En efecto. Consulte a su secretaria, Miss Maggie O’Leary, y ella le dirá que llevo mucho tiempo trabajando con Mr. Malone, y con bastante éxito, por cierto.

Finch aceptó inmediatamente la sugerencia, levantó el receptor y marcó un número. Pareció quedar satisfecho con lo que Maggie le dijo. Pero salió de la oficina y cerró con llave la puerta principal.

—Bueno, vamos al grano —dijo—. Usted y yo sabemos que Malone se encuentra en la situación más apurada de su vida. Van a acusarle de soborno y de asesinato, perderá el caso Coleman y no cobrará ni un centavo. De modo que no creo sea mucho pedir cinco de los grandes por sacarle del atolladero. ¿Dispone de ese dinero? ¿Puede obtenerlo de la herencia de Coleman o de alguna otra parte?

Miss Withers vaciló, pensando en sus modestos ahorros y en lo que podía pedir prestado con la garantía de su chalet de Santa Mónica.

—Posiblemente —concedió—. Pero no estoy comprando un cerdo en una feria de ganado. ¿De qué se trata?

—Permítame echarle un vistazo a su bolso —dijo Finch astutamente.

—¿Cómo? No creerá usted que llevo esa suma de dinero encima…

—Solo quiero asegurarme de que no lleva usted un magnetofón —dijo Finch—. Porque, si bien no me importa decirle a usted ciertas cosas, más tarde podría sentir el deseo de negarlas.

La maestra de escuela, sonriendo para sus adentros, le permitió comprobar que no estaba equipada para una grabación, y el hombre se relajó visiblemente.

—De acuerdo, Miss Withers, este es el trato: a cambio de cinco mil dólares, en billetes pequeños, estoy dispuesto a hacer una declaración, mejor dicho, a jurar que mientras estaba espiando a Junior Coleman conseguí averiguar lo de sus relaciones con Jeanine, y que informé del hecho a mi cliente, Mrs. Frances Coleman.

—Entonces, ¿mintió usted a la policía, y bajo juramento en el juicio?

—Estaba protegiendo los intereses de mi cliente. Me había pagado una determinada suma, e iba a pagarme más. Pero eso es secundario. Estoy dispuesto a declarar que la noche del asesinato estuve vigilando a Junior. Estaba apostado cerca de su apartamento, y le vi llegar acompañado de Frances Coleman alrededor de la una de la madrugada, y luego la vi salir a ella, alrededor de las dos y media, en el Jaguar de Junior.

—¡Mr. Finch! —balbució la maestra de escuela—. ¿Y se lo ha callado…?

—Tenía mis motivos. Tal vez pensé que cuando ella pusiera las manos en la fortuna de Coleman se acordaría de mí. Después le dije a ella el favor que le había hecho. Pero, más tarde, empezó a remorderme la conciencia. ¿Podía permitir que un inocente fuera ejecutado? No, no podía. Resulta lógico, ¿no? Ella declaró que a la hora en que se cometió el asesinato, Junior estaba durmiendo a su lado, y el fiscal sugirió que Junior podía haberse levantado sin que ella se diera cuenta, haber salido del apartamento y cometido el asesinato, sin que ella se enterara. Pero ¿por qué no pudo haber sucedido lo contrario?

Miss Withers ni siquiera parpadeó.

—¿Cree usted que su declaración, incluso bajo juramento, tendría alguna eficacia, dadas las circunstancias?

—¡Pruébelo y verá! Los periódicos se encargarán de sacarle todo el partido posible. Frances Coleman tenía más motivos que Junior para desear la muerte de Jeanine. En cuanto al asesinato de Taras, el hombre era un exboxeador y estaba sobre aviso. ¿Quién, sino una joven atractiva, podía acercarse a él lo suficiente como para propinarle un golpe sin que se defendiera? Ella debió sobornar a Taras por miedo a que confesara la verdad acerca de su falsa identificación de Junior como conductor del automóvil, lo cual podía significar la absolución de Junior y la incriminación de la propia Frances como sospechosa número dos. El soborno se llevó sus últimos dólares, y por eso se encuentra arruinada y trabajando como secretaria…

—¡Santo cielo! —susurró Miss Withers—. Tiene usted respuesta a todo…

—¿Vale cinco de los grandes, o no? Solo deseo lo suficiente para largarme a una de las repúblicas de la banana, donde no haya extradición.

—Pero, si usted se marcha, su declaración no surtirá ningún efecto…

—¿Quién ha dicho que tenga que surtir efecto ante un tribunal? Bastará con que aparezca en todos los periódicos, forzando de ese modo la mano del gobernador, el cual tendrá que firmar un aplazamiento de la ejecución. Eso bastará para exonerar a Junior y a Malone, ya que el dedo de la sospecha apuntará en otra dirección. ¿Qué le parece?

Casi por primera vez en su larga y tormentosa carrera, Miss Hildegarde Withers se había quedado sin palabras. Todo esto… después de lo que Frances le había dicho. Desde luego, podía haberle mentido, o este hombre podía estar mintiendo, o todo el mundo podía estar mintiendo.

Al ver que Hildegarde vacilaba, Finch apretó un poco más las clavijas.

—Le diré lo que voy a hacer. Añadiré otra cosa a mi declaración. A Taras le sobornaron con un billete de mil dólares, ¿no es cierto? Malone está tratando de seguirle la pista al billete, porque los de ese valor solo son utilizados en transacciones entre bancos de la Reserva Federal. Con una sola excepción: el bajo mundo. Pues bien, juraré que conseguí aquel billete para Frances de uno de los miembros supervivientes de la banda de Hook, en Cicero. En Cicero puede obtenerse cualquier cosa, si se tiene algún amigo en aquel barrio. Juraré que en el mismo lugar obtuve para ella el hidrato de doral que utilizó para narcotizar a Junior aquella noche, a fin de que no despertara mientras salía a cometer el asesinato en el Jaguar. ¿Qué me dice ahora, hermanita?

—Estoy pensando —dijo Miss Withers. Lo malo era que no estaba segura de que Malone no se sintiera tentado a tragarse el anzuelo, el hilo y la caña—. ¿Qué hay de verdad en toda esa historia? —preguntó.

—Eso es lo de menos. El caso es que resulte eficaz. ¿De acuerdo?

—Tengo…, tengo que consultarlo con Malone —dijo Miss Withers—. Cuando recobre el conocimiento, desde luego.

Y se marchó apresuradamente.

Se detuvo en su habitación de la YWCA para hundirse durante unos minutos en un baño muy caliente, con abundancia de jabón, y luego se dirigió a la oficina de Malone, donde descargó su conciencia con la fiel Maggie.

—Desde luego que sería eficaz —dijo Maggie—. Haría sudar un poco a Frances Coleman, aunque dudo de que la incriminaran, e incluso en el supuesto de que lo hicieran, no creo que con su aspecto llegaran a condenarla. Malone dice que la gente siempre cree a un hombre cuando tira puñados de barro que también le manchan a él. A la gente le gusta creer lo peor.

—¿Cree usted que debo tentar a Malone con el ofrecimiento?

—¿Cómo? ¡Oh! Teme usted que se decida a aceptarlo… No le conoce como le conozco yo. Pero querrá saber qué hay de cierto detrás de todo eso. La historia encaja tan perfectamente con los hechos conocidos, que es una verdadera lástima que se le haya ocurrido a un hombre que merece tan poco crédito como Finch. Bueno, tomará usted una taza de café, ¿verdad?

—Se lo agradezco mucho, Maggie, pero no tengo tiempo. Acaba de ocurrírseme que el nombre de Cicero parece muy mezclado con este caso.

—Es un barrio realmente peligroso. ¿No pensará usted ir allí?

—Todavía no. He estado pensando en otras direcciones, Maggie. En mi próxima entrevista, por ejemplo. En las primeras, Frances comprometió aún más a Junior, y Finch se ofreció a endosarle el asunto a Frances… ¿Qué ocurrirá en la siguiente? Creo que voy a dedicarme a la Academia Naval de Great Lakes. Si pudiera ponerme en contacto con algún marino…

—Hace diez años, hubiera podido solucionarle la papeleta —suspiró Maggie—. Pero, últimamente, los chaquetas azules han dejado de silbarme.

—Bueno, por lo menos tiene usted recuerdos… Vamos a intentarlo por teléfono.

Consiguieron dejar un mensaje para que Zimmer las llamara, y Zimmer las llamó. Incluso consintió en una entrevista aquella misma noche, puesto que gozaría de permiso para bajar a tierra, y se reuniría con la maestra de escuela en algún lugar donde se pudiera comer y beber algo, siempre que ella se hiciera cargo de la cuenta.

—¿Dónde mejor que en el bar de Joe el Ángel? —sugirió Maggie, que escuchaba a través del teléfono supletorio—. Allí tendrá usted crédito.

Miss Withers esperaba encontrarse ante una especie de Jack el Tuerto, picado de viruelas y con un tatuaje en la muñeca. Y Zimmer resultó ser un hombre sólido, vulgar, de rostro rojizo y vestido de paisano. Un hombre que no mostró grandes deseos de cooperar, ni siquiera después de haber ingerido, a cuenta de Miss Withers, un filete de buey y tres cervezas.

—Cuando usted dijo que se trataba de algo relacionado con Jeanine, pensé que se refería a sus pieles y a sus joyas —dijo.

—Pero, si estaban ustedes divorciados, ¿cómo podía esperar heredarlas?

—¿Quién con más derecho que yo? Ella mencionó un divorcio mejicano en una de sus tarjetas postales, pero a mí no me comunicaron nada oficialmente. Y continuó recibiendo mi paga durante más de un año.

—Cosa que contribuyó a aumentar su lógico resentimiento, ¿no?

Zimmer dio marcha atrás.

—¡Oh! Era muy natural, a fin de cuentas. Las mujeres son como son. Jeanine podía gastar más de lo que cinco hombres pueden ganar. Siempre decía que iba a casarse con un millonario, y la pobre estuvo a punto de conseguirlo.

—Cuando le trasladaron a usted aquí, ¿no escribió nunca a Jeanine, ni fue a verla actuar en el Le Jazz Hot?

—No. Ella había dejado de escribirme. Y aquellos clubs nocturnos eran demasiado elegantes para mí. Además, Jeanine no quería verme, y me hubiera hecho expulsar del local.

—Pero la noche en que ella fue asesinada usted estaba de juerga con un grupo de marinos en Cicero, ¿no?

Zimmer enrojeció.

—Bueno, aquello no era ningún club nocturno. Era… la casa de Jenny. Jenny podría confirmarlo.

—Comprendo —dijo Miss Withers fríamente—. Por lo visto, tiene usted buenas amistades en Cicero. Tengo entendido que es un lugar donde puede obtenerse cualquier cosa, desde un billete de mil dólares que no pueda ser localizado a través de los bancos, hasta un paquetito de hidrato de doral. Si le pidiera a usted una cosa así usted sabría dónde buscarla, ¿no es cierto?

Zimmer se puso en pie, cogió su sombrero y exclamó:

—¡Señora, está usted realmente CHIFLADA!

Y se marchó precipitadamente.

—Bueno, no puede usted vencerlos a todos —la consoló Maggie, unos instantes más tarde, a través del teléfono.

—Lo mismo que le dije a Malone ayer… ¿Fue ayer, en realidad? Lo que ahora me preocupa es saber qué puedo decirle mañana, pobrecito.

—Piense usted algo —dijo Maggie—. Consúltelo con la almohada.

Cosa que resultó más fácil de decir que de hacer. La maestra de escuela dio a su pelo los cien golpes de cepillo de ritual, trató inútilmente de hundirse en los que ella hubiera llamado brazos de Morfeo, y finalmente encendió la luz y trató de resolver un crucigrama de la Saturday Review. Finalmente debió quedarse dormida, aunque lo único que pudo recordar de sus sueños fue que eran pesadillas…

 

A la mañana siguiente, Miss Withers volvió a disfrazarse de enfermera jefe y se dirigió al hospital con encontradas emociones… para descubrir que el disfraz era superfluo. Junto a la puerta de la habitación de Malone no había ningún agente uniformado.

—Pero eso no quiere decir que haya dejado de ser sospechoso —dijo el pequeño abogado—. Supongo que lo que ocurre es que la policía se ha dicho que un hombre con una pierna rota no puede ir a ninguna parte. ¿Me ha traído usted el spiritus frumenti?

—Le he traído algo mucho más interesante —dijo Miss Withers.

Y le contó la sorprendente oferta de Mr. Finch. El único ojo bueno de Malone se animó a través de las vendas.

—¡Recanastos! ¡Si fuera verdad!, Desde luego, no aceptaría el trato aunque tuviera esos cinco mil dólares, pero Finch puede intentar vender esa información a algún periódico.

—Supongo que lo pensarían dos veces antes de aceptarla. Existen leyes contra la difamación…

—Desde luego. ¿Nada nuevo acerca de aquel billete de mil dólares?

—No. Y estamos a sábado, de modo que los bancos estarán cerrados hoy y mañana. ¡Tenemos tan poco tiempo! La única esperanza que nos queda es la de que el asesino crea que usted se encuentra realmente inconsciente aquí, en el hospital, y que lleve a cabo una desesperada tentativa para cerrarle definitivamente la boca antes de que recobre usted milagrosamente la salud y pueda hablar…

—¡Oiga! ¡Un momento!

—Tendríamos la colaboración de las autoridades del hospital y de la policía, desde luego. Podrían trasladarle a otra habitación, si está nervioso. Incluso podríamos meter un maniquí, o un policía, en su cama.

—¿Cree que eso cambiaría las cosas? —inquirió Malone—. No, no me lo perdería por nada del mundo. Hildegarde, tengo que hacerle una confesión. Todos estos vendajes y aparatos son una farsa. El médico de la ambulancia que acudió a recogerme era un amigo mío al que en cierta ocasión hice un favor; me trajo aquí y montó todo este tinglado para que no me llevaran al hospital de la prisión. Lo único que tengo es una dislocadura.

Y ante el asombro de la maestra de escuela, Malone se levantó y dio unos pasos vacilantes alrededor de la cama.

—¡Malone! ¡Cuando pienso en la compasión que he derrochado inútilmente!

—Comprenda que no podía decírselo a nadie, ni siquiera a usted…

—Bueno, entonces puede usted moverse, e incluso circular, de modo que eso facilitará las cosas. Sugiero que continúe usted fingiendo hasta la noche, en que tenderemos la trampa. Este hospital es tan grande y está tan lleno de gente, que todo el mundo puede entrar y salir a su antojo, como quien dice, y el asesino no tendrá la menor dificultad…

—Mi querida Hildegarde, personalmente opino que está usted como una cabra.

Miss Withers dio un respingo.

—Es la segunda vez en pocas horas que me acusan de aberración mental, y no me gusta. Mi plan es absolutamente cuerdo: funcionó perfectamente hace unos años, cuando al querido inspector Piper le dieron un trastazo en la cabeza, en el caso de los asesinatos de Blackboard. Estoy segura de que, dadas las circunstancias, el capitán Von Flanagan colaborará…

—¿De veras? —rugió el indignado policía, surgiendo en el momento más inoportuno. Miró a Malone, que estaba enterrándose precipitadamente debajo de las mantas. Miró a Miss Withers, con su prestado uniforme blanco—. Conque esas tenemos, ¿eh? Tan falsos los dos como billetes de tres dólares. De acuerdo, picapleitos, será usted trasladado al hospital de la prisión…

—¿No podría esperar hasta mañana? —sugirió Miss Withers en tono suplicante—. Malone puede explicárselo todo.

—Bueno, señora, tal vez pueda explicarme usted esa supuesta filtración de informes procedentes de mi oficina que ha aparecido en los periódicos…, lo de que se espera que Mr. John J. Malone, al recobrarse de su shock, pueda identificar a su agresor y dar un giro inesperado al caso Coleman. Uno de los editores quiso comprobar la noticia… y no me costó ningún trabajo adivinar de dónde había salido. ¡Existe una ley contra la usurpación de la personalidad de un funcionario público!

—Delito en el cual viene usted incurriendo desde hace años —dijo Malone sarcásticamente.

El rostro del capitán se puso más rojo que nunca, pero Miss Withers se interpuso rápidamente entre los dos hombres.

—Capitán, le aseguro que no tomé su nombre en vano. Y si me escucha, puedo explicarle…

—¡De acuerdo! Me lo explicará usted en Jefatura.

La agarró por el codo y la arrastró hacia la puerta.

—¡No olvide la Enmienda Número Cinco! —gritó Malone.

Pero Miss Withers no tardó en encontrarse sometida a interrogatorio en una de las dependencias de la Brigada de Homicidios, enfrente de Von Flanagan y de un agente estenógrafo. Estaba sentada en una silla, iluminada por un potente foco, aunque experimentó cierto alivio al ver que no había porras de goma a la vista.

—¡Y ahora, hable! —ladró Von Flanagan.

Fue su primer error. Y la maestra de escuela lo aprovechó cumplidamente. De cuando en cuando, el capitán trataba de interrumpirla y de convertir el monólogo en un juego de preguntas y respuestas, pero Miss Withers se encargaba de contestar a sus propias preguntas y de objetar sus propias respuestas. Von Flanagan y el estenógrafo estaban agotados mucho antes de que Hildegarde diera muestras de cansancio.

—… y la principal dificultad estriba en que usted y el fiscal estaban tan convencidos desde el primer momento de que habían dado con el verdadero culpable, que no se tomaron la molestia de buscar a otros posibles sospechosos. Todas las personas mezcladas en el caso están mintiendo, incluido Junior Coleman, pero no debe ser ejecutado por eso, ni por ser un parásito inútil de la sociedad. El asesinato de Taras demuestra que el asesino continúa en libertad. Ni siquiera usted, capitán, puede creer que Malone sea capaz de matar a alguien a sangre fría.

—Bueno, tenía un motivo para querer matarle, y fue allí con un revólver. Taras iba a atestiguar contra él en el juicio por soborno… —Se interrumpió bruscamente—. ¡Eh! ¡El que tiene que preguntar soy yo!

—¡Tiene usted una conciencia, capitán! Una conciencia que le atormentará durante el resto de su vida, si con su pasividad contribuye a que ejecuten a un inocente. Tarde o temprano, aquel billete de mil dólares nos pondrá sobre la verdadera pista. Si Malone lo hubiese utilizado para sobornar a Taras, ¿estaría ahora removiendo cielo y tierra para probar su propia culpabilidad? El fiscal tiene motivos para no simpatizar con Malone, pero usted, en cambio…

—Harbin Hamilton no simpatiza con nadie. Y está por encima de mí. El caso ya no está en mis manos.

Miss Withers le explicó minuciosamente cómo podía conseguir que volviera a sus manos.

—Lo único que tiene que hacer es dejar a Malone donde está hasta mañana, y tener a un par de sus hombres ocultos cerca de él.

—No puedo hacerlo. He recibido órdenes concretas de no poner a ninguno de mis hombres de guardia en el hospital. En cuanto lo hiciera, le irían con el soplo a Hamilton.

—Entonces, ¿no puede usted servir a la causa de la justicia limitándose a no intervenir? En estos momentos, el asesino está a punto de perder la cabeza.

Von Flanagan la miró de un modo muy raro.

—¿Tiene usted idea de quién es?

—¡Desde luego! Lo supe esta mañana, al repasar un crucigrama que anoche no pude resolver. ¡Por favor, capitán! Estoy metida en esto solo porque odio la injusticia. Y me fastidia pensar que un asesino anda suelto, riéndose de nosotros.

—¿De nosotros?

—Sí, de todos los que estamos del lado de la ley y del orden. ¿Se atreve usted a decirme que está realmente satisfecho en lo que respecta al caso Coleman? No traslade a Malone, por favor…

Von Flanagan masticó su puro sin encender.

—Está bien —dijo—. No pondré centinelas en el hospital, porque ya me obligaron a quitarlos alegando que eran un elemento depresivo para los otros pacientes. Pero pegaré un hombre a cada uno de los sospechosos, de modo que si alguno de ellos se dirige hacia el hospital podamos detenerle antes de que arme algún jaleo allí.

—Muchas gracias —dijo Miss Withers, sinceramente agradecida.

A pesar de lo que había dicho Von Flanagan, la maestra de escuela estaba decidida a pasar la noche oculta en la habitación de Malone. Sabía por experiencia lo fácil que le resulta a un sospechoso burlar al hombre encargado de vigilarle, especialmente si sabe que le siguen. Tan fácil como entrar en el hospital sin llamar la atención a cualquier hora del día o de la noche…

Y la megalomanía —la ilusión de ser más listo y más poderoso que nadie— era una de las facetas más acusadas de la mentalidad de un asesino.

 

—Desde luego, usted vendrá conmigo esta noche —le dijo la maestra de escuela a Maggie, mientras hacían tiempo después de cenar en el bar de Joe el Ángel, fortaleciéndose con un vasito de jerez—. Siempre he dicho que dos cabezas valen más que una.

—Y ofrecen una doble posibilidad de acertar al primer disparo —dijo lúgubremente Maggie, y encargó otro vasito de jerez.

—Si yo puedo disfrazarme de enfermera jefe, usted puede ser mi ayudanta.

—¡Las cosas que hay que hacer por ochenta dólares a la semana… cuando hay dinero en caja! —suspiró Maggie.

Malone las acogió tiernamente, demasiado tiernamente. En realidad, estaba achispado.

—¡Malone, cómo ha podido ponerse así, en unos momentos como estos! —exclamó Miss Withers.

—«¿Cómo?», le preguntó el jefe indio a la sirena. Bueno, si quiere usted saberlo, ha hecho su aparición un anciano bienhechor, que vendía periódicos y caramelos. Pero he conseguido descubrir que su negocio tenía otras ramificaciones, y he hecho un trato con él: le he cambiado mi encendedor chapado en oro por una botellita de whisky.

—¿Dónde la ha escondido usted? —preguntó la maestra de escuela.

Pero Malone se negó a contestar, alegando que la respuesta podía perjudicarle. De modo que las dos mujeres efectuaron un minucioso registro: en la cama, debajo del colchón, en todas partes. Mientras estaban investigando en el lavabo y en el cuarto de baño, Malone bostezó liberalmente, cogió el pequeño jarrón que había encima de la mesilla de noche, sacó las flores e ingirió una dosis puramente medicinal…, la cual hubiera resultado más agradable sin el sabor herbáceo de los tallos de las flores, pero uno no puede tenerlo todo.

Finalmente, Maggie encontró la botella vacía en el cubo de los desperdicios.

—¡Y eso en el mismísimo instante en que yo estaba deseando verle bailar sobre la punta de los pies! —se lamentó Miss Withers.

—¡Me llamo Malone, no Nijinsky! —protestó el pequeño abogado—. Pero no se preocupe, cuando llegue el momento, si es que llega, bailaré como el primero. Y ahora me gustaría saber quién estamos esperando.

—A quién —rectificó maquinalmente la maestra de escuela—. Creo saberlo, pero no quiero que vuelva a decir que estoy chiflada. La respuesta, si es una respuesta, me llegó mientras estaba resolviendo un crucigrama de la Saturday Review.

—¿Palabras cruzadas? —preguntó Malone, bostezando de nuevo.

—Por el estilo, aunque mucho más complicado. Hay que rellenar una lista de definiciones, y luego poner cada una de las letras en sus correspondientes casillas, para formar el nombre de un autor y una frase suya. Resulta más difícil de lo que parece.

—Tan difícil como mantenerme despierto —dijo Malone, insistiendo en sus bostezos—. La píldora para dormir que me ha dado la enfermera está haciendo efecto.

—Escuche, esto es fascinante. A veces, cuando se ha dejado el crucigrama sin resolver, a falta de una palabra clave, ocurre que más tarde se coge de nuevo, y repentinamente se ve todo claro: hemos dado con la palabra clave. Y eso es lo que me ha ocurrido esta mañana. Y entonces me he dado cuenta de que la misma técnica tiene aplicación para resolver un misterio. Me he dado cuenta de que la palabra clave, en nuestro actual crucigrama, es D-I-N-E-R-Q…

—El dinero es la raíz… de todos los males —dijo Malone reflexivamente.

—La cita exacta es «El amor al dinero…», etcétera. Pero, basta de conversación. Tenemos que hacer algunos preparativos.

La trampa quedó tendida rápidamente. Malone se instaló debajo de la cama, sobre una manta, y las ropas del lecho quedaron arregladas de modo que colgaran a un lado y le ocultaran. Otra manta y el impermeable de Miss Withers sirvieron para sugerir una forma durmiente. La habitación estaba a oscuras, a excepción de la débil claridad proyectada por el resplandor del globo del pasillo.

Maggie se ocultó en el lavabo, y Miss Withers en el cuarto de baño. La maestra de escuela estaba muy esperanzada. Injustificablemente esperanzada, porque —como no tardaría en comprobar— no había tenido en cuenta la Primera Ley de Murphy: «Si existe alguna posibilidad de que se produzca un error, se producirá».

Transcurrieron los minutos, y las horas. Aparte de los ronquidos del abogado en su improvisado lecho, el enorme hospital estaba silencioso como una tumba. Tenía otras cualidades de una tumba…, incluido un frío que calaba hasta los huesos.

«La leche que se vigila nunca acaba de hervir», se dijo Miss Withers.

Apuntaba el alba cuando la maestra de escuela se dio por vencida. Encontró a Maggie dormida, sentada en un taburete y con los brazos y la cabeza apoyados en el lavabo.

—No diga «Ya se lo dije» —advirtió Hildegarde—. Cédale ese placer a Malone.

Pero el pequeño abogado no tenía nada que decir cuando las dos mujeres le sacaron de su escondite y le metieron de nuevo en la cama. Sus ronquidos se habían convertido en una especie de estertor.

—Vámonos —dijo Maggie—. Ahora es feliz; no estropeemos su felicidad con la noticia de nuestro fracaso.

—Buenas noches, Malone —dijo Miss Withers—. Duerma tranquilo, nadie cayó en la trampa.

Echó a andar hacia la puerta, pero se detuvo bruscamente. ¡Aquel sueño no era normal! Y aquel estertor… Malone no podía haber bebido hasta el punto de…

Encendió la luz y se acercó rápidamente a Malone. Separó sus párpados, examinó las pupilas…

—¡Maggie, avise a la enfermera, pronto! ¡Que venga un médico! ¡Ha sido envenenado!

Maggie no dio un solo paso, pero sus alaridos produjeron los mismos efectos: la habitación se llenó de batas blancas.

—Bueno —dijo un joven interno, con aire filosófico, tras el minucioso lavado de estómago—, ha ingerido el Seconal suficiente para matar a un caballo. Con la particularidad de que los barbitúricos, mezclados con alcohol, triplican sus efectos mortales. Pero si conseguimos mantenerle despierto y andando y lleno de café, tiene un cincuenta por ciento de probabilidades de salvarse.

Von Flanagan se paseaba de un lado para otro con cara de muy pocos amigos. Desde el primer momento la idea de Miss Withers le había parecido una estupidez.

—¡Oh! ¡Deje de pasear de una vez! —gruñó la maestra de escuela—. ¡No me deja pensar! Malone dijo que obtuvo el whisky del anciano que vende periódicos y caramelos en el hospital.

Pero resultó que en el hospital nadie había visto nunca a un anciano que vendiera periódicos y caramelos.

—Si quiere saber mi opinión… —empezó a decir Von Flanagan.

—¡Haga el favor de callarse! —rugió la indignada maestra de escuela—. Capitán, me siento invadida por un acceso de furor homicida. Présteme su revólver, necesito salir y matar a alguien. Si me acompaña, tal vez pueda usted impedir un verdadero derramamiento de sangre.

Susurró algo en su oído.

—Pero…, pero no puedo hacer eso sin una orden de detención…

—Puede usted conseguir una, si yo presento una denuncia formal. Claro que, para entonces, todas las pruebas habrán sido destruidas. ¡Capitán, tenemos que actuar inmediatamente!

Había algo hipnótico en su actitud.

—Prescindiremos de la orden de detención —decidió Von Flanagan—. Oficialmente, voy a acompañarla para evitar que se tome usted la justicia por su mano.

Y así fue como Miss Withers y el capitán cruzaron de punta a punta la ciudad dormida, acompañados por un espantoso aullido de sirenas. En la historia de Chicago nunca se había producido el hecho de que centenares de airados ciudadanos fuesen bruscamente despertados a aquella intempestiva hora. Pero el más sorprendido e indignado de todos fue su presa, cuando finalmente bajó, a medio vestir, para abrir la puerta.

—Mr. Gerald Adams —dijo Miss Withers—, en uso de mis derechos de ciudadana le detengo a usted por el asesinato de John J. Malone.

El hombre miró a Miss Withers, y luego al capitán Von Flanagan.

—Creo que es la ley —murmuró Von Flanagan, en tono de disculpa—. En determinadas circunstancias…

Pero el joven letrado no apelaba a la ley, a pesar de que ambos visitantes sabían que, técnicamente, estaba de su parte. Trataba de cerrarles la puerta en las narices, lo cual desde el punto de vista de Von Flanagan, fue un error. Mr. Gerald fue agarrado por el cuello antes de que pudiera encerrarse en el cuarto de baño.

El registro que siguió fue infructuoso: no había ni rastro de una barba postiza, de maquillaje ni de ropas de mendigo. Todas aquellas pruebas habían sido destruidas.

Pero ninguna de ellas resultó necesaria…, ya que Gerald Adams tenía en uno de sus bolsillos el encendedor chapado en oro de John J. Malone.

—No pudo obligarse a sí mismo a tirar un objeto de valor —observó Miss Withers.

 

Unos días después, Miss Hildegarde Withers y John. J. Malone cenaban juntos en Henrici’s. El pequeño abogado, que aún no se había recuperado del todo, se había negado incluso a consultar la carta de vinos. Pero lo mismo él que Miss Withers hacían los debidos honores al faisán a la holandesa con crema de espárragos.

—Fue una verdadera lástima que se perdiera usted la escena final —estaba diciendo Miss Withers.

—Estuve muy cerca de representar una escena final, sin público que pudiera aplaudirme —le recordó Malone—. De todos modos, hizo usted un buen trabajo. Y yo puedo continuar enorgulleciéndome de que nunca he perdido un caso. Y esta vez se trata de un cliente que puede y quiere pagar.

—Fue el dinero, desde luego —estaba diciendo Miss Withers—. Una especie de historia de amor: el amor de Gerald Adams a un patrimonio de cinco millones de dólares.

—Yo dejé de sospechar de él por el mismo motivo que despertó sus sospechas: cuando comprobé que nadie había estado metiendo mano en el patrimonio —suspiró Malone.

—Pero ni usted ni yo caímos en la cuenta de que la administración de aquel patrimonio representaba un ingreso anual de más de 35 000 dólares en las arcas de Gittel & Adams. Gerald no podía soportar la idea de que la firma perdiera aquel ingreso, cosa que sucedería indefectiblemente si Junior heredaba. Más aún: ¡no podía soportar la idea de que Junior derrochara todo aquel dinero en vino y mujeres!

—Yo no diría que eso sea derrochar el dinero —observó Malone, recobrando momentáneamente su antiguo fuego.

—Gerald sabía que el viejo Coleman se encontraba a las puertas de la muerte, de modo que asesinó a Jeanine y consiguió que el crimen fuera atribuido a Junior. Ese era el medio más seguro para deshacerse de Junior: ¿quién podía sospechar que Gerald Adams fuese el asesino de una muchacha a la que ni siquiera conocía? ¿Quién podía sospechar del abogado defensor del presunto asesino? Y, como resultado final, el patrimonio continuaría en manos de la firma, y para siempre.

—Desde luego —dijo Malone—. Ahora, todo está claro como el agua. Gerald sabía dónde estaba el automóvil, y en su calidad de encargado de supervisar las compras «extras» de Junior, no le resultó difícil hacerse con una llave. Lo único que deseaba era tener a Junior seguro en la cárcel y el valioso patrimonio en sus propias manos. Cuando se produjo mi intervención y convencí a Taras de que su identificación de Junior no había sido espontánea, Gerald sobornó al hombre para que me denunciara en el acto del juicio, y luego, cuando se dio cuenta de que yo había olfateado lo del soborno, le asesinó. Indudablemente, Adams obtuvo aquel billete de mil dólares del gánster al que defendió en cierta ocasión. Lo que no comprendo es por qué aceptó a Frances Coleman en su oficina.

Hildegarde se encogió de hombros.

—Probablemente, a fin de poder controlar sus movimientos, y posiblemente para tenerla a mano como sospechoso número dos, si en virtud de algún milagro Junior conseguía probar su inocencia. No me sorprendería lo más mínimo que aquel detective privado, Finch, se dirigiera a Gerald con su descabellada proposición antes de dirigirse a nosotros. Pero tiene usted que admitir ahora que nunca hubiéramos podido demostrar la culpabilidad de Gerarld si no le hubiésemos obligado a salir a campo abierto y no hubiera intentado asesinarle a usted con aquella botella de whisky aliñado con Seconal.

—Debí reconocerle, pero la habitación estaba a oscuras. Me dio la impresión de que era un vejete simpático, con una barba puntiaguda y gafas oscuras. Lo cierto es que toda mi atención estaba concentrada en la botella —admitió Malone.

—De haberse tratado de un regalo anónimo llegado por correo, hubiera despertado sospechas —señaló Miss Winters—. Pero la jugada fue perfecta: aceptar el encendedor a cambio de la botella, ya que usted no tenía dinero. Sin embargo, debió desprenderse del encendedor, a pesar del hecho de que cuando ponía sus manos sobre algo —sobre el patrimonio Coleman, por ejemplo— no quería soltarlo.

—El encendedor es una prueba de convicción; probablemente no lo recuperaré nunca —se lamentó Malone—. Von Flanagan querrá conservarlo como recuerdo. Y, a propósito, aquella noche la engañó a usted en una cosa: prometió que sometería a vigilancia a todos los sospechosos.

—La culpa fue mía —confesó Miss Withers—. En aquellos momentos yo ya sospechaba de Adams, y mucho. Pero no le había comunicado mis sospechas al pobre Von Flanagan, ni siquiera a usted. De modo que sus hombres se dedicaron a vigilar únicamente a Finch, a Frances Coleman y a Zimmer, dejando libre a Gerald Adams. Von Flanagan no incluyó nunca a Gerald en la lista de sospechosos. Y el hombre se movió a su antojo, y actuó antes de que la trampa quedara tendida. Sí, cometí un error, Malone. De modo que si en alguna ocasión tiene usted la impresión de que me muestro excesivamente confiada en mi capacidad, bastará con que me susurre amablemente al oído: «Hospital del Condado».

—Bueno, todo el mundo ha quedado satisfecho, excepto Gerald Adams, naturalmente. Junior ha sido puesto en libertad, y he oído decir que él y Frances van a emprender un segundo viaje de luna de miel.

—¿Y qué me dice de usted y de la encantadora Helga Swenson? —inquirió Miss Withers, resplandeciente de aprobación.

—Quería reformarme —murmuró tristemente Malone.

En aquel preciso instante, el camarero se acercó a su mesa, para preguntar si deseaban algo más. ¿Una copita de coñac o de licor, tal vez?

—Nada de alcohol —dijo Miss Withers en tono severo.

Y fue lo que ella dijo.

LA CONCIENCIA DE MALONE

Stuart Palmer & Craig Rice

N

O estoy de humor para escucharlo ahora, sea lo que sea —dijo John J. Malone en tono firme al entrar en su oficina aquella mañana, poco después de las once—. Maggie, ¿tenemos alguna aspirina a mano? Si no la tenemos, sea buena chica y baje a la farmacia…

—No, y mil veces no —dijo su secretaria—. Si la resaca le hace sufrir, aguántese. Yo tengo que atender al teléfono; toda la mañana ha estado sonando. Primero, llamó Joe el Ángel y dijo que anoche, inmediatamente después de haberse marchado usted del bar, se presentó un hombre preguntando por Mr. Malone. Joe ha dicho que huele a un pistolero a una manzana de distancia, y que no estará de más que adopte algunas precauciones.

Malone se contempló en el pequeño espejo colgado de la pared, parpadeando ligeramente. Se arregló el nudo de su lujosa corbata Condesa Mara, manchada ya de ceniza de puro.

—No hay para tanto —dijo—. En mi profesión se traba conocimiento con toda clase de personas.

—Joe el Ángel parecía opinar que aquel tipo no era de los que a uno le gustaría encontrarse en una calle oscura. Y, jefe, puede ser una coincidencia, pero en el Tribune viene la noticia de que Eddie Vance se fugó ayer de la cárcel de Joliet.

El rostro del pequeño abogado se animó.

—¿Eddie el Actor anda suelto? Esto puede ser una buena noticia… Tal vez vaya a recoger el botín que tiene oculto, y me pague finalmente mi defensa.

—O tal vez le rebane el cuello —dijo Maggie en tono lúgubre desde detrás de su máquina de escribir.

—Pero ¿por qué? Le salvé de la silla, ¿no es cierto? Todavía no he perdido ningún caso.

—Sí, le salvó usted. Pero a cambio de cien años de trabajos forzados, ¿recuerda? Y antes de ingresar en la penitenciaría, se dice que afirmó en voz muy alta que usted le había traicionado y que había hecho algún trato sucio con la oficina del fiscal.

Malone sonrió. Harbin Hamilton, ayudante del fiscal del distrito del condado de Cook, llevaba años enteros tratando de comprometer a Malone en algún trato, pero el pequeño abogado no se había dejado pescar ni una sola vez. Sin embargo…

—Sí —admitió, pensativamente—. Es posible que Vance esté algo resentido. Supongo que tendré que marcharme de la ciudad hasta que le echen el guante.

—Tengo únicamente siete dólares entre una vida de oprobio y yo. Y con siete dólares, no puede usted llegar ni siquiera a Evanston… —Maggie consultó su bloc de notas—. Además, Miss Hildegarde Withers está en la ciudad, en ruta hacia Nueva York después de unas vacaciones, y desea almorzar con usted.

—¡No! ¡Hoy, no! —Malone había estado mezclado tres veces en casos de asesinato con la incorregible maestra de escuela, siempre con considerable riesgo de su vida y sin cobrar un céntimo, por añadidura; pero, a pesar de todo, experimentaba un inexplicable cariño hacia ella—. De acuerdo; llámela y dígale que la espero en Henrici’s a la una.

—Puesto que voy a pagar yo —dijo Maggie, dolida—, la reunión tendrá lugar en la cafetería de Thompson. —Sacó un billete de cinco dólares de lo que le quedaba de su sueldo de la semana anterior—. Y tenga cuidado, Malone. Eddie el Actor es un personaje muy desagradable, y no me sorprendería que fuera el hombre de voz untuosa que ha estado llamando toda la mañana, tratando de averiguar a qué hora llegaría usted y negándose a dar su nombre. ¿Por qué nos haríamos cargo del caso…?

—Fui nombrado defensor de oficio —le recordó Malone—. Eddie fue declarado insolvente, aunque todos sabíamos que tenía los cincuenta mil dólares que robó en el banco ocultos en alguna parte. Pero no se acercó al escondite, ni quiso revelarle a nadie, ni siquiera a mí, dónde los tenía enterrados. Si hubiese hablado y devuelto el botín, tal vez hubiera conseguido que le rebajaran la condena a cincuenta años.

—Lo cual no deja de ser una buena temporada para permanecer a la sombra —dijo Maggie, con cierto velado sarcasmo.

—Según como se mire. No olvide que uno de los guardianes del banco resultó muerto durante el atraco. Estuvimos de suerte.

—¿Estuvimos? —inquirió Maggie.

Pero se puso en pie y fue en busca de la aspirina.

 

—Dígame —inquirió Miss Hildegarde Withers, mientras almorzaban en la cafetería de Thompson—: ¿por qué mira con tanta frecuencia por encima del hombro, Malone? ¿Una conciencia culpable?

—Maggie cree que soy un hombre marcado —admitió el pequeño abogado.

—¿Otro caso de asesinato? —exclamó la maestra de escuela, animándose. Llevaba un sombrero que podía haber sido colocado en lo alto de una chimenea para que las cigüeñas anidaran en él, pero sus ojos gris-azulados eran más incisivos que nunca—. Podría quedarme aquí un par de días y ayudar a resolverlo.

Malone parpadeó.

—Este caso quedó resuelto hace tres años…, no hay ningún misterio en él.

—Entonces, ¿por qué se mueve más que una alubia mejicana en una olla de agua hirviendo?

—Bueno, veo que tendré que contarle la historia. Eddie Vance, conocido en los círculos del bajo mundo como Eddie el Actor, debido a que tiene un armario lleno de uniformes y siempre se las arregla para cambiar de aspecto cuando asalta un banco, atracó el Irving Trust disfrazado de limpiador de ventanas, con la ayuda de tres compinches enmascarados. Durante la operación, uno de ellos, un delincuente de baja estofa llamado Jack Shaw, perdió la cabeza y mató a un guardián. Los otros dos cómplices fueron muertos por la policía cuando salían del banco, pero Eddie Vance y Shaw huyeron en distintas direcciones. Eddie no había llevado nunca un arma encima, pero técnicamente era coautor de un asesinato. Escapó con el botín, unos cincuenta mil dólares en billetes pequeños; solo estuvo libre un día, pero le bastó para ocultarlo en alguna parte. A Shaw no pudieron echarle el guante, pero como no estaba fichado, la cosa no es de extrañar. Yo fui nombrado defensor de oficio de Eddie el Actor, y conseguí que solo le condenaran a cien años. Una victoria pírrica, desde luego.

—Cien años son una buena temporada —dijo Miss Withers.

—Parece que haya recogido esas palabras directamente de la boca de Maggie. Pero queda todavía el asunto del botín oculto. Eddie me prometió diez de los grandes si le salvaba de la silla eléctrica (cosa que hice utilizando todas las argucias legales habidas y por haber), pero no he visto un solo centavo. Ahora, Eddie se ha fugado de la penitenciaría, y Maggie cree que tal vez me guarde rencor por no haber obtenido para él una sentencia más leve. Tal vez Maggie está en lo cierto. Eddie el Actor es un individuo capaz de luchar con una serpiente de cascabel y morderla dos veces antes de que el animal pueda erguir la cabeza.

—¡Dios mío! —exclamó la maestra de escuela—. ¡Vaya amistades las que traban los abogados criminalistas! Malone, está claro como el agua que tiene usted que abandonar la ciudad durante unas semanas, hasta que la policía consiga detener a ese antipático personaje. Puede usted venir conmigo a Nueva York; mi automóvil tiene algo en la remisión, o como se llame eso, pero en el taller me han prometido que mañana estará arreglado.

Recordando sus habilidades de conductora, Malone pensó que casi era preferible enfrentarse con Eddie el Actor, pero, con su habitual galantería, se abstuvo de manifestarlo.

—Tal vez…

—No hay tal vez que valga. Va usted a venir. En estos momentos dispongo de algún dinero, de modo que puedo permitirme el lujo de prestarle algo, si lo necesita, como mis anteriores experiencias me permiten suponer. Lo primero que va a hacer es empaquetar sus cosas y marcharse del hotel, antes de que ese Eddie pueda localizarle. ¡Andando!

El pequeño abogado la siguió obedientemente hasta la calle, donde tomaron un taxi hasta el hotel.

—Tal vez sería preferible que esperara usted en el vestíbulo —sugirió Malone.

—¡Desde luego! —exclamó Miss Withers—. ¿Cree que tengo la costumbre de meterme en las habitaciones de los hombres? Además, estará hecha un asco, seguramente.

Lo estaba…, aunque John J. Malone no se sorprendió por ello al entrar en la habitación, puesto que la había dejado así. La única sorpresa fue el botones que estaba sentado en una cómoda butaca, leyendo la edición matutina del Herald American. Una segunda mirada le permitió darse cuenta de que se trataba de un botones más bien maduro, con el pelo cortado al rape y el rostro de una comadreja inteligente.

El pequeño abogado dio un doble respingo.

—¡Eddie Vance! —exclamó. Luego hizo una profunda inspiración—. Bueno, Eddie, no hay que tomarse las cosas tan a pechos…

Vance sonrió.

—Me la dio usted con queso, picapleitos. Pero no intente repetir la jugada. —Su mano estaba muy cerca de la solapa de su chaqueta, y era evidente que si Eddie el Actor había tenido alergia a las armas de fuego, durante su estancia en la penitenciaría se había curado de ella—. Siéntese, picapleitos, y escuche. Me he fugado del talego, ¿comprende? Me metí en un cubo del camión de la basura…

—Similia similibus… —murmuró Malone.

—… y no voy a volver allí, ¿comprende? Voy a marcharme a América del Sur, o tal vez a Cuba, pero antes tengo que recoger la pasta que es mía. Y usted me ayudará a recogerla. —Hizo un gesto desagradable—. Si no lo hace…

Malone se sentó muy cuidadosamente en la cama sin hacer ningún gesto, y trató de prender fuego a un puro que ya estaba encendido.

—Ejem…, una idea muy interesante, Eddie. Algo sorprendente, también, y un poco al margen de mis actividades habituales. ¿Dónde está el dinero?

—Está seguro, a pesar de aquel imbécil de Shaw, el cabezota que se cargó al guardián del banco. Ha estado tratando de hacerme escupir dónde estaba la pasta, a fin de poder recoger su parte… o, mejor dicho, a fin de poder cogerlo todo y darse el piro. Pero le queda mucho por aprender para equivocarme a mí. —Malone asintió calurosamente—. De todos modos —continuó Eddie el Actor—, no puedo acercarme al lugar donde escondí el paquete. Tengo a toda la bofia detrás de mí… Por lo tanto, usted irá a recogerlo en mi lugar.

—¿Has tenido en cuenta que mi cara es tan conocida de la policía como la tuya, aunque por motivos algo distintos?

Eddie no lo había tenido en cuenta. Meditó.

—Entonces, tendrá usted que buscar a alguien que se encargue de hacerlo, alguien en quien pueda usted confiar, si es que desea cobrar los diez mil pavos… y seguir viviendo. ¿Qué me dice de su secretaria? —sugirió Vance en tono esperanzado.

Malone sacudió la cabeza.

—Maggie no sirve para esta clase de trabajos. Ni pensarlo —dijo.

—Bueno, entonces, algún otro… ¡u otra!

El hombre estaba desesperado.

En aquel preciso instante sonó una imperiosa llamada a la puerta. Malone empezó a ponerse en pie, pero un revólver empuñado por la mano de Eddie volvió a hundirle en su asiento. La llamada se repitió, y una voz dijo:

—¡Malone! Sé que está usted ahí, de modo que haga el favor de abrir.

—Es…, es una clienta a la que estaba esperando —improvisó rápidamente el pequeño abogado—. Y acaba de ocurrírseme la idea de que puede ser la respuesta a nuestro problema.

Se puso en pie y fue a abrir la puerta, para dar paso a Miss Hildegarde Withers.

—Malone, le estaba… —empezó a decir la maestra de escuela, pero se interrumpió al ver a aquel extraño botones.

Pero Malone le guiñó un ojo en tono de advertencia.

—Bueno, Tillie, déjate de representaciones. Toledo Tillie, este es Eddie el Actor, un antiguo cliente mío, y desea algo que creo que tú puedes hacer mejor que nadie… por un precio razonable, desde luego. No es nada complicado, solo hay que recoger un paquete. Puedes ganarte uno de los grandes.

Miss Withers resopló, suspiró resignadamente y se sentó en una silla.

—Bueno, si hay pasta de por medio… ¿De qué se trata? —inquirió, en el tono que imaginó correspondía a una Toledo Tillie.

Eddie Vance la contemplaba con una expresión de incredulidad.

Malone se apresuró a decir:

—Voy a defender a Tillie cuando la juzguen, el mes próximo. Está acusada de mechera. Ahora se encuentra en libertad provisional.

—Hola, Tillie —dijo Eddie, alargando una mano—. Desde luego, tienes que dar el golpe, chica. Tiene un aspecto casi demasiado respetable. —Se volvió hacia Malone—: ¿Podemos confiar en ella?

—Confío en ella como confiaría en mi santa madre —juró el pequeño abogado sin el menor escrúpulo; su santa madre le había abandonado a la puerta de un orfelinato a los pocos días de haber nacido—. Como puedes comprobar por ti mismo, Eddie, puede pasar por delante de una comisaría sin que el agente de guardia le dedique una segunda mirada. Puede ir directamente a la casa de tu amiguita, haciéndose pasar por una vendedora de libros, o algo por el estilo…

—¡Un momento! —le interrumpió Eddie el Actor—. ¿Cómo sabe…?

—No lo sabía, pero acabas de decírmelo —admitió Malone—. Pensé que lo más lógico era que hubieses ocultado el botín en casa de Ethel Megrim, lo cual explicaría, por otra parte, el hecho de que no te atrevas a acercarte por allí, ya que la policía tendrá vigilada la casa. A pesar de que registraron el lugar a raíz de tu detención y no encontraron nada. Miss…, quiero decir, Tillie puede ir allí y hacer que Ethel le dé el dinero. Bueno, ¿qué dices a eso?

Eddie Vance contempló a la maestra de escuela como si fuera un automóvil de segunda mano que no acabara de decidirse a comprar.

—Tal vez —concedió—. A ver, di algo finolis.

—Bueno, así, de repente… —Miss Withers volvió a resoplar—. «La belleza es cierta, confía en la belleza; es lo único que sabes… y lo único que necesitas saber». Keats.

—Sí, puede dar el pego —admitió Eddie el Actor a regañadientes—. No confío mucho en las mujeres. Ni siquiera confié en Ethel cuando ocurrió la cosa; aquella noche la envié a comprar una botella y escondí la pasta mientras ella estaba fuera. No tiene ni idea de dónde está, de modo que no puede dársela a esta vieja ni a nadie, ¿comprende? Y no quiero que ahora se entere de nada, pues insistiría en acompañarme a Cuba o a cualquier otra parte, para ayudarme a gastar mi dinerito. Ya encontraré allí alguna señorita.

—Una medida muy prudente —dijo Malone, evitando la mirada de Miss Withers.

Eddie tiró su cigarrillo y encendió otro nerviosamente.

—Hay un pequeño detalle que me gustaría aclarar. ¿Cómo puedo saber que Tillie no se limitará a recoger la pasta y largarse?

—A ella no se le ocurriría… —empezó Malone.

Pero la maestra de escuela le interrumpió.

—Nadie puede decir que Toledo Tillie no juega limpio. Mi profesión también tiene su ética, Mr. Vance. Solo robo en las tiendas. Además, no necesito su dinero, aunque una pequeña tajada no me irá mal, debido al juicio que se me echa encima.

Vance asintió.

—De acuerdo. Pero recuerda que, a pesar de las dificultades en que me encuentro, tengo buenos amigos, y si tratas de largarte de la ciudad con mi dinero, no llegarás a Gary, Indiana, sin que te hayan clavado un cuchillo en el corazón. ¿Comprendes? —Lo dijo sin excitarse, casi amablemente—. Bueno, entonces… ahí va.

Y les dijo dónde estaba escondido el botín: enterrado debajo del rosal en el patio trasero de la casa de Ethel Megrim.

—¡Buena idea! —dijo Miss Withers, en tono de admiración—. Será coser y cantar.

—No, a menos que consigamos que Ethel salga de la casa mientras tú haces el trabajo —insistió Vance—. Es muy lista, y no te perderá de vista si muestras un repentino interés por el patio o por cualquier cosa. Solo hay un modo de hacerlo. —Y les dio la dirección, y el número de teléfono, y el plan…, un plan bastante ingenioso—. Trae la pasta aquí —continuó Eddie el Actor—. Yo me reuniré contigo… No, llamaré por teléfono a Malone, esta noche o mañana. ¿Entendido? Y nada de trucos…

Salió rápidamente de la habitación.

—Es un trabajo superior a mis fuerzas —dijo Miss Withers, cuando hubo recobrado el aliento—. Le he seguido a usted la corriente porque he comprendido que usted deseaba que lo hiciera, pero esto no es honrado. Deberíamos avisar inmediatamente a la policía. Malone, me ha decepcionado usted.

—No podíamos elegir —observó el pequeño abogado tranquilamente—. Adelante, y no haga demasiadas preguntas. —Cogió una botella—. Supongo que no querrá acompañarme…

—¡Desde luego que no! —replicó secamente la maestra de escuela, y se marchó con aire ofendido.

Siempre había sabido que el pequeño abogado no se mostraba demasiado escrupuloso cuando se trataba de defender los intereses de sus clientes… o sus propias minutas, pero esto —incluso bajo coacción— era violar toda clase de leyes acerca de traficar con bienes robados, y encubrir a fugitivos de la justicia, y quién sabe qué otras cosas más. Bueno, ella había dado su palabra —o la palabra de Toledo Tillie—, y estaba moralmente o inmoralmente obligada a cumplirla.

De modo que se dirigió a una importante librería de la Avenida Michigan y adquirió el primer volumen de una Enciclopedia Universal en veinte tomos; así armada, se encaminó hacia Rogers Park. La Argyle Street estaba formada en la mayor parte de su trazado por casas de apartamentos y tiendas, pero a intervalos se alzaban en ella casitas de una sola planta, independientes, una de las cuales era la de Ethel Megrim.

La manzana en cuestión parecía estar desierta a excepción de una mujer que arrastraba un cochecillo de niño lleno de comestibles y con el correspondiente bebé, un taxi desocupado y dos chiquillos que se embestían mutuamente con sus bicicletas de tres ruedas. Pero Miss Withers decidió no correr ningún riesgo y recorrió la calle llamando de puerta en puerta y ofreciendo su mercancía. A aquella hora había poca gente en casa; la mayoría de los edificios de apartamentos tenían el portal cerrado o un portero que tenía orden de no admitir a vendedores ni a agentes de ninguna clase, pero, sorprendentemente para ella, la maestra de escuela había conseguido un par de pedidos antes de llegar al inmueble situado enfrente de la casita de Ethel Megrim. En el portal de aquel inmueble había un hombre de rostro rechoncho y sonrosado, apoyado contra la pared y leyendo un periódico con demasiada atención; desde allí, dominaba perfectamente la parte delantera del hogar de Ethel.

«¡Oh, mi alma profética! —murmuró Miss Withers—. ¡La ley ya está aquí!».

Pero, tal como la experiencia le había enseñado, lo mejor es un ataque frontal. De modo que se acercó a aquel hombre.

—Perdone, ¿podría decirme qué hora es?

El hombre la miró.

—Las tres y media —respondió, sin la menor cordialidad.

—¡Oh! ¿Solo las tres y media? ¡Dios mío! Me quedan dos horas de callejeo antes de que pueda quitarme los zapatos y descansar. —Suspiró, y luego sonrió alentadoramente—. Vendo una enciclopedia excelente… Si no tiene ninguna en casa, creo que esta podría interesarle. Es muy completa. Si quiere hojear el volumen de muestra…

—Gracias, no tengo tiempo —dijo el hombre, en tono que daba por terminada la conversación.

La maestra de escuela penetró en el inmueble y llamó a varias puertas infructuosamente. Luego cruzó la calle, notando que el hombre la estaba observando por encima de su periódico. Prudentemente, llamó primero a la puerta de la casa contigua a la de Ethel Megrim… y se encontró con un caluroso recibimiento por parte de una anciana increíblemente arrugada, la cual se estaba muriendo de ganas de hablar con alguien. La maestra de escuela empezó a enumerar las bondades de la enciclopedia, pero se encontró ahogada por un torrente de palabras; tuvo que aceptar una taza de té y enterarse de lo listos que eran los nietos de Mrs. Gardner, admirar su último álbum de fotos, prestar oído a todo lo que se rumoreaba en la vecindad, y ser obsequiada con un minucioso relato de un viaje a Nueva York que se remontaba a medio siglo.

—Bueno, respecto a esa enciclopedia, déjese caer por aquí mañana —dijo Mrs. Gardner—. Charlaremos un rato y tomaremos otra excelente taza de té.

La maestra de escuela asintió vagamente.

—Ahora, tengo que reanudar mi trabajo —dijo—. ¿Cree que a su vecina puede interesarle la enciclopedia?

—¿A esa Ethel Megrim? No creo que lea mucho. Está demasiado ocupada con su aparato de televisión, cuando no anda de parranda con su novio. Es un conductor de taxi, y si quiere saber mi opinión…

Finalmente, Miss Withers pudo librarse de la anciana y hacer sonar el timbre de la casa contigua. Afortunadamente, Ethel Megrim estaba en casa. Resultó ser una mujer que se acercaba a la cuarentena, algo ajamonada, y que no carecía de atractivo, especialmente para un hombre cuyos gustos no fueran demasiado refinados. Llevaba un batín que había visto mejores días; el aparato de televisión estaba funcionando, y era evidente que la dueña de la casa había estado regalándose con varias latas de cerveza. No experimentaba el desesperado deseo de adquirir una enciclopedia, cosa que no sorprendió lo más mínimo a la maestra de escuela; Ethel se mostró cordial, pero saltaba a la vista que estaba ansiosa por regresar a su cerveza y a su programa de televisión. Pero, al tiempo de despedirse, Miss Withers se las arregló para distraer la atención de la dueña de la casa el tiempo suficiente para apretar el resorte que desconectaba la cerradura tipo Yale de la puerta principal.

Encontró a John J. Malone en la habitación de su hotel, con la única compañía de media botella de whisky canadiense.

—En las próximas Navidades voy a regalarle una caja de botellas de agua mineral —dijo Miss Withers en tono mordaz. Pero condescendió a informarle de las recientes hazañas de Toledo Tillie.

Malone se serenó rápidamente.

—Entonces, lo único que tenemos que hacer ahora —dijo— es idear el modo de atraer a Ethel fuera de la casa.

—Eso no será difícil. Haga que su encantador Eddie Vance la llame por teléfono y le diga que se reúna con él debajo de la estatua de Lincoln o en alguna otra parte.

—No es mala idea. Pero tiene un inconveniente: no tenemos la más ligera idea del lugar donde se encuentra Eddie.

—Es verdad. —Miss Withers se pellizcó pensativamente el labio inferior—. ¡Un momento! Se me ha ocurrido una idea. Ethel Megrim está loca por la televisión. Supongamos que la llama usted por teléfono, fingiendo ser el representante de algún programa, y le dice que si a las ocho de esta noche se encuentra en el edificio del Tribune, será llamada por un botones y acompañada a los estudios de la Televisión, para aparecer en un nuevo programa secreto, con la posibilidad de obtener un montón de premios si tararea la melodía correcta o algo por el estilo…

Malone miró a Miss Withers y luego levantó su vaso.

—¡Por una brillante sugerencia!

—Y por una brillante resaca mañana por la mañana, si insiste en empinar el codo de esta manera. —Pero la maestra de escuela sonrió orgullosamente—. Bueno, Malone: manos a la obra.

Al principio, Ethel Megrim se mostró incrédula. Pero cuando Malone, con su acento más teatral, le aseguró que su nombre había sido escogido al azar en el listín telefónico, se tragó el anzuelo, el hilo y la caña.

Malone se volvió hacia Miss Withers.

—Nos queda tiempo para comer —dijo—. Lo malo es que el único lugar donde tengo crédito es el bar de Joe el Ángel…

Contempló tristemente los restos del billete de cinco dólares de Maggie.

—Insisto en el ofrecimiento que le hice —anunció la maestra de escuela—. Iremos al Empire Room, en la Palmer House, y nos fortaleceremos con suculentas viandas para la nefasta empresa en la cual estamos embarcados.

—Me ha llegado usted al corazón —dijo Malone—. Siempre me ha gustado salir a robar con el estómago lleno.

Un par de horas más tarde se encontraban en la Argyle Street, bajo la fina lluvia, protegidos por el paraguas de Miss Withers. Malone llevaba su Borsalino hundido hasta los ojos. Pero en el portal del inmueble situado enfrente de la casa de Ethel no había nadie.

—Bueno —dijo el pequeño abogado—, Ethel ha acudido a la cita, y el agente la ha seguido con la esperanza de que le condujera hasta Eddie el Actor.

Cruzaron la calle. La puerta se abrió fácilmente y penetraron en el oscuro vestíbulo, que olía a perfume barato, a cerveza y a polvo.

—Nada de luces —advirtió Malone en voz baja.

Encendió su linterna sorda, cubriendo el globo con la mano, y avanzaron a través de la solitaria casa, la cual tenía en longitud lo que le faltaba en anchura; había sido construida como un vagón de ferrocarril. Había un dormitorio y un cuarto de baño, un comedor, y una cocina estrecha y alargada. Cruzaron un porche y finalmente se encontraron en el patio posterior.

—¡Santo cielo! —balbució John J. Malone. Había por lo menos veinte rosales en el reducido espacio, rodeados por una valla de seis pies de altura cubierta de alambre espinoso. Y las únicas herramientas a mano parecían ser un azadón oxidado y una paleta—. ¿Por dónde empezamos?

—«Empieza por el principio; continúa hasta que llegues al final, y entonces párate» —recitó Miss Withers.

De modo que pusieron manos a la obra a la débil claridad de la luna de Chicago que se filtraba a través de los dispersos jirones de nubes, y su trabajo solo se vio amenizado por la música de los aparatos de radio que brotaba de las abiertas ventanas de un inmueble contiguo. Una de las emisoras estaba emitiendo el programa El Crimen No Paga, y la maestra de escuela opinó que era muy adecuado a las circunstancias. Guantes y dedos quedaron desgarrados por las salvajes púas; las obstinadas raíces se negaban a dejarse arrancar. Cavaron, cavaron y siguieron cavando, sin que apareciera el dinero.

Repentinamente, Miss Withers dejó caer su paleta.

—¿Qué ha sido eso, Malone? ¿No ha sido un grito?

—Desde luego. En los programas de radio siempre hay gritos. O tal vez un gato vagabundo. Adelante, amiga mía. Solo nos quedan diecisiete arbustos que arrancar.

Miss Withers se inclinó, y luego volvió a erguirse.

—Malone, estamos perdiendo el tiempo.

—¿Quiere usted decir que Ethel encontró el botín? Si lo hubiera encontrado, a estas horas estaría muy lejos de aquí.

—No me refiero a eso. Recuerde que Vance dijo que el dinero estaba enterrado debajo del rosal, el cual volvió a plantar. Esto podría significar…

—… que cuando lo enterró solo había un rosal, y que más tarde ella plantó los otros, ¿no es eso?

—No sabe usted nada de rosas, a excepción de las Cuatro Rosas, que según creo es una marca de whisky. Tenemos que buscar el rosal más antiguo: el que tiene el tallo más recio.

Cosa que hicieron, y allí estaba, bajo un pie de tierra fangosa: un montón de billetes envueltos en una de las bolsas de plástico que suelen utilizarse para conservar las verduras en la nevera. Malone alargó la mano, pero Miss Withers sacudió la tierra pegada al plástico y dejó caer el paquete en su enorme bolso.

—No vaya tan aprisa —dijo, en tono firme—. El destino de este ensangrentado dinero tiene que ser discutido, y voy a intentar un último llamamiento a su conciencia. Este dinero no le pertenece a usted, ni a Eddie Vance, y…

Se interrumpió bruscamente.

Desde el lugar donde se encontraban, en uno de los ángulos del patio, podían divisar parte de la pared lateral de la casa. ¡Y en la ventana del dormitorio se había encendido súbitamente una luz!

—¡Ethel ha regresado antes de lo previsto! —susurró el pequeño abogado. Estaban atrapados, en el preciso instante de la victoria. Miró hacia la valla—. ¿Cree usted…?

—No, Malone. No podría trepar por esa valla, ni creo que sea usted capaz de hacerlo. Si salimos de aquí, tendrá que ser por el mismo lugar por donde hemos entrado.

Malone asintió lúgubremente.

—Pero ¿por qué habrá regresado tan pronto?

—No lo sé. Tal vez, mientras se dirigía al estudio, Ethel ha recordado súbitamente que tenía un número de teléfono privado, conocido por Eddie Vance, pero que no figura en el listín, de modo que los de la televisión no podían haber escogido su nombre en el listín para su programa. Se ha olido una trampa, y ha regresado a casa.

—Tal vez estaba cansada y ha decidido subir a acostarse —sugirió Malone en tono esperanzado.

—¿Subir? ¿Olvida que la casa es de una sola planta? No, amigo mío, tenemos que pasar a través de su dormitorio, exponiéndonos a que se despierte, empuñe un revólver y empiece a tiros con nosotros, tomándonos por ladrones…, cosa que en realidad somos, desde luego. —La maestra de escuela sacudió la cabeza—. Este asunto no me gustó desde el primer momento, y además estoy pillando una pulmonía doble.

Durante una eternidad de minutos los dos conspiradores permanecieron inmóviles en la helada oscuridad. Malone estaba temblando también, a pesar de los frecuentes conciliábulos que sostenía con el gollete de su botella.

—Prefiero enfrentarme con las balas —susurró finalmente Malone, a través de unos castañeteantes dientes—, a morir helado de frío. Voy a efectuar un reconocimiento. Espéreme aquí.

Echó a andar de puntillas hacia el porche, pero Miss Withers le siguió.

—Adonde vaya usted, iré yo —declaró, en tono firme—. Es decir, hasta cierto punto.

Cruzaron silenciosamente el porche y pasaron a la cocina, la cual estaba tan oscura como el fondo de una mina de carbón, aunque algo más caliente. Malone consiguió llegar al comedor, con Miss Withers pegada a él como una lapa.

Se deslizaron a través del dormitorio, hacia la rendija de luz que penetraba por debajo de la puerta. Malone se llevó la mano a la espalda, para indicar a Hildegarde que se detuviera, y se agachó cautelosamente a mirar por el ojo de la cerradura.

—¿Qué es lo que ve? —susurró la maestra de escuela.

—Solo un trozo de pared —murmuró Malone—. Hildegarde, ahí dentro hay demasiado silencio…

—Tal vez Ethel ha vuelto a marcharse —sugirió Miss Withers ansiosamente.

Malone hizo girar el pomo, pulgada a pulgada, y luego empujó silenciosamente la puerta. Al abrirse, las brillantes luces del saloncito casi les cegaron… y luego vieron a Ethel Megrim. Miss Withers se mordió los nudillos para no gritar.

Estaba tendida en el centro de la alfombra, boca arriba, con el rostro ensangrentado y un hilillo rojo deslizándose a través de sus cabellos rubios. Cuando los dos intrusos se inclinaron sobre ella, se incorporó ligeramente y gimió algo entre sus amoratados labios.

—Él…, él me hirió… Yo no lo sé…, no lo sé…

Su cuerpo se estremeció convulsivamente y su cabeza volvió a chocar contra el suelo.

—¡Haga algo, Malone! ¡Llame a una ambulancia!

El pequeño abogado sacudió la cabeza.

—Lo único que podemos hacer ahora es marcharnos de aquí… ¡y aprisa!

Pero la cosa no resultó tan fácil, porque en el umbral de la puerta había un hombre de rostro rechoncho y sonrosado, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo gris. A Miss Withers le pareció el doble de alto y de ancho que le había parecido aquella misma tarde, cuando fingía leer el periódico en el portal de la casa de enfrente.

—¡Agente, podemos explicarlo todo! —se apresuró a decir la maestra de escuela—. Estábamos en el patio trasero, oímos un grito, y…

Avanzó lentamente, tenso y amenazador.

—También yo he oído un grito —dijo. Sacó la mano del bolsillo, y captaron el brillo de una insignia—. Kelleher, del Distrito Cuarto. Arrímense a la pared, los dos. —Miró a la mujer muerta, sin que en su rostro se reflejara la menor emoción, ni siquiera curiosidad—. Le han dado con un revólver, ¿eh?

—¡No llevamos ningún arma encima! —protestó Malone—. ¡Puede registrarnos! La persona que ha hecho esto tiene que haber salido por la puerta principal…

—Y si usted estaba vigilando la casa desde el otro lado de la calle, tiene que haberla visto salir —terminó la maestra de escuela triunfalmente—. La ha visto, ¿verdad?

—Soy yo quien hace las preguntas —replicó el hombre—. En primer lugar, ¿quiénes son ustedes y qué demonios estaban haciendo en el patio a estas horas de la noche? ¿Pasteles de barro?

—Pregúnteselo a mi abogado —dijo Miss Withers, señalando a Malone.

Malone tragó saliva.

—Mire, oficial… Soy John J. Malone, abogado. Llame al capitán Von Flanagan en la Calle Doce; él responderá por mí.

«¡Eso espero!», añadió para sí el pequeño abogado.

—Cierre el pico. De modo que es usted Malone, ¿eh? El abogado criminalista que defendió a Eddie Vance… y ahora le he pillado junto al cadáver de su antigua amiguita. Esto es más importante de lo que pensaba. ¿A qué ha venido usted aquí, Malone? ¿Dónde está? —Sacó una automática del 45 de su bolsillo—. He dicho que dónde está…

Había empujado a Malone contra la pared con el cañón de su arma. Luego retrocedió unos pasos.

—Está bien, desnúdese y tíreme la ropa.

—¡Por favor! —balbució Miss Withers, horrorizada, metiéndose rápidamente en el dormitorio y cerrando la puerta detrás de ella. Se oyeron sonidos de ferviente protesta de Malone, que cesaron repentinamente. No había posibilidad de discutir con un detective que empuñaba una automática del 45, reconoció Miss Withers. Pensó de nuevo en aquella valla del patio trasero. Si pudiera encaramarse por ella y saltar al otro lado…

Y entonces se le ocurrió una idea mejor.

Pero, diez minutos más tarde, cuando se abrió violentamente la puerta, Miss Withers estaba de pie en el centro del dormitorio, con un aspecto tan inocente como el de un recién nacido.

—¡Su turno, amiguita! —anunció Kelleher.

—¡No tiene usted derecho ni siquiera a sugerir una cosa semejante! —exclamó la maestra de escuela—. Cuando llame usted a Jefatura para informar de lo ocurrido puede pedir que envíen una matrona, pero hasta entonces…

Levantó su paraguas en actitud amenazadora.

—Esa es la ley —intervino Malone—, como usted sabe perfectamente, oficial.

El hombre vaciló, pero acabó cediendo.

—Está bien. Deme su bolso, amiguita.

—¿Es que una dama no tiene derecho…?

—¡Cierre el pico! Cuando se trata de un homicidio, no tiene ningún derecho.

Arrancó el bolso de sus dedos y, poniéndolo boca abajo, dejó caer al suelo todo lo que contenía. Ahora, el sorprendido fue Malone…, ya que entre los numerosos y heterogéneos objetos que reposaban en el suelo no figuraba el botín de Eddie el Actor. El pequeño abogado miró a su compañera con expresión interrogadora.

—¡Maldi…! —empezó su captor, pero no terminó de pronunciar la palabrota. Arrancó de manos de Malone la corbata que el pequeño abogado estaba a punto de ponerse, y se la tendió a Miss Withers—. ¡Ate las manos de su amigo al respaldo de aquella silla! —La pistola automática oscilaba amenazadoramente, y la maestra de escuela obedeció. A continuación tuvo que quitarle el cinturón a Malone y atarle con él las piernas. Luego, para colmo de horrores, ella misma fue atada a otra silla con visillos arrancados de las ventanas—. Así están mejor —dijo Kelleher.

Y desapareció hacia la parte posterior de la casa. Poco después se oyeron unos ruidos reveladores de una frenética búsqueda.

Miss Withers miró a Malone.

—Para ser un policía utiliza unos métodos muy poco ortodoxos —dijo tranquilamente.

—No es policía —dijo Malone—. No ha llamado por teléfono, y los detectives de Chicago llevan revólveres del 38, no automáticas del 45. Es evidente que busca el botín. ¿Dónde lo escondió?

—No se preocupe por eso. Lo que tenemos que hacer es marcharnos de aquí ahora mismo.

—¿Cómo? —preguntó el pequeño abogado en tono ligeramente sarcástico.

—Le he atado a usted con un nudo al revés, naturalmente. Si tira usted un poco se deshará.

—¡No!

Pero fue que sí, y su número de desaparición dejó tamañitos a los del célebre Houdini. Hasta que hubieron recorrido media docena de manzanas no se decidió Malone a acortar el paso y a entrar en una farmacia para telefonear, volviendo a salir casi inmediatamente.

—Ha sido una cosa muy rápida —dijo la maestra de escuela—. ¿Qué es lo que ha dicho Von Flanagan?

—No he hablado con él. Me he limitado a decirle al agente de guardia que era vecino de Ethel Megrim y que había oído un grito en su casa…

—Tenemos que regresar y estar por allí cuando llegue la policía.

—¡Quiere usted decir estar por allí cuando aquel energúmeno salga disparando! Además, es muy capaz de haber encontrado el dinero, dondequiera que lo escondiera usted.

Miss Withers sacudió la cabeza y sonrió como una Mona Lisa.

—No, Malone.

—Bueno, ¿dónde está?

Otra sacudida.

—No, Malone.

—No confía usted en mí —dijo el pequeño abogado tristemente.

—¿Le extraña? —inquirió Miss Withers sarcásticamente—. Y ahora, si no le importa, es tarde y estoy mojada y llena de barro. He hecho todo lo que puede exigírsele a una vieja solterona en un día. Buenas noches… Telefonéeme mañana por la mañana.

Subió a un taxi que estaba aguardando y desapareció. Malone contempló con amargura cómo se alejaba el vehículo, y luego vio las luces de un bar al otro lado de la calle, enviándole un saludo de bienvenida a través de la niebla.

«Con la mala suerte que me persigue, seguramente será un espejismo», murmuró lúgubremente. Pero, tal como estaban las cosas, incluso el espejismo de un bar sería mejor que nada.

 

A la grisácea claridad de la mañana, algo despertó a John J. Malone. Se sentó en su propia cama, y sacudió la cabeza para comprobar si se desprendía del tronco, cosa que no ocurrió, aunque faltó muy poco. Resultaba sorprendente que un hombre pudiera tener una resaca como esta por dos dólares en bebida gastados en el bar. Por lo visto, a alguien le había gustado su modo de cantar Por los Valles y Lagos de Killerney y había pagado las otras rondas.

La llamada en la puerta se repitió, más insistente. Se echó una bata sobre los hombros y descorrió el pestillo.

—Pasa, Eddie —dijo.

Pero no era Eddie Vance; eran seis pies de policía, en la forma de su antiguo adversario, el capitán Daniel Von Flanagan, que estuvo a punto de derribar a Malone a causa del ímpetu con que entró en la habitación. Estaba sonriendo, pero con aquella sonrisa podía haberse refrigerado el Valle de la Muerte en el mes de julio. Cruzó los brazos sobre el pecho.

—Debí recordar —dijo el capitán con cierta amargura— que confiar en un abogado es confiar en el diablo.

—¿Cómo…, cómo dice? —murmuró Malone—. Mire, capitán, ni siquiera he desayunado…

—Bueno, encargue que le suban el desayuno y luego hable. Y vea si puede hablar de modo que en los próximos veinte años no tengan que servirle las comidas detrás de unos barrotes. Vamos a empezar por Ethel Megrim, ¿eh?

El capitán se dejó caer en una butaca.

—¡Oh, ella!

Malone bebió, y volvió a beber.

—Sí, ella. No me diga que no sabe que anoche fue asesinada…

El whisky cayó en el estómago de Malone y provocó en él un calorcillo reconfortante, que se elevó lentamente para disipar parte de la niebla que había en su cerebro.

—¿Por qué tengo que saberlo precisamente yo?

Von Flanagan resopló.

—Porque llamó usted por teléfono a la comisaría de la calle Doce antes de que el cadáver de la pobre mujer se hubiera enfriado, e informó de su muerte sin dar su nombre. Pero el agente de guardia reconoció su bonita voz de tenor. —Malone no dijo nada, y Von Flanagan continuó—: Hay quien cree que fue usted quien la mató.

—¿Yo? ¿Por qué iba a hacerlo?

—Tal vez porque se presentó inesperadamente y le sorprendió registrando su casa, buscando el botín de Eddie Vance. ¿Acaso fue usted el que estuvo cavando en el patio trasero?

—¿Cómo puede decir una cosa así, capitán? —Von Flanagan permaneció silencioso, pero contempló significativamente las huellas que el barro había dejado en las ropas de Malone la noche anterior. El pequeño abogado parpadeó, y decidió retirarse a las posiciones previamente señaladas—. De acuerdo —dijo resignadamente—. Se lo diré. El asesino fue el falso policía. Cuando Miss Withers y yo…

—¿Otra vez ella? —exclamó Von Flanagan—. ¡Esto es demasiado!

—Estaba diciendo que cuando Miss Withers y yo regresábamos del patio, le tomamos por un policía atraído por el grito. Estaba en el umbral de la puerta…, solo que estaba marchándose, en vez de entrar. Al vernos, continuó la farsa, pensando que tal vez nosotros habíamos conseguido…

—¡Encontrar el dinero! ¡El botín de Vance! ¿Lo tenían ustedes? ¿Dónde está, Malone? ¿Se lo llevó él?

Las preguntas se empujaron unas a otras.

Malone se encogió de hombros.

—Juro por todos los santos del cielo, juro por la memoria de mi santa madre, que en paz descanse, que no tengo ni idea de dónde diablos está el botín, a menos que se encuentre en alguna parte de la casa de Ethel.

—¡Tonterías! Mis hombres revolvieron la casa de arriba abajo, arrancaron todos los rosales, cavaron el patio pulgada a pulgada, levantaron el mosaico y golpearon todas las paredes, y no encontraron ni un sello de correos. Pero, siga hablando.

Malone habló mientras se vestía. Contó toda la historia, con algunas leves enmiendas. Habló de la locuaz vecina que le había contado a Miss Withers que Ethel tenía un nuevo amiguito que era conductor de taxi o algo por el estilo, de la falsa llamada de los Estudios de televisión encaminada a alejar a Ethel de la casa, del policía que no era policía y les había atado mientras se dedicaba a registrar la casa… Habló de todo, excepto del dinero.

—De modo que el asunto está claro, capitán —concluyó—. Después de la detención de Eddie Vance, ese individuo empezó a rondar a Ethel, porque suponía que ella sabía dónde estaba el dinero. La fuga de Eddie le obligó a forzar la mano. Se dedicó a vigilar la casa, suponiendo que Eddie podía presentarse a recoger el botín. Anoche, cuando Ethel salió, la siguió por si iba a reunirse con Vance en alguna parte. Pero Ethel se olió que la llamada era una encerrona, regresó a su casa, y el individuo en cuestión entró con ella y empezó a golpearla, tratando de hacerle confesar dónde estaba el dinero. Pero ella no pudo decírselo, porque no lo sabía, y él perdió la cabeza y la golpeó con demasiada fuerza…, del mismo modo que perdió la cabeza y mató a aquel guardia del banco hace tres años.

—¡Shaw! —exclamó Von Flanagan triunfalmente, como si hubiera sido su propio descubrimiento.

—¿Quién, sino él? Lo único que tiene que hacer es echarle el guante…

—Si hubiésemos podido echarle el guante por aquel otro asesinato después de tres años de intentarlo, ¿cree que hubiéramos esperado a echarle el guante por este? —El capitán sacudió la cabeza—. Termine de vestirse; vamos a hacerle una visita al fiscal. Esta vez se ha pasado usted de rosca, Malone.

El pequeño abogado pensó rápidamente.

—¿Y qué cree usted que dirá el ayudante del fiscal del distrito, Harbin Hamilton, cuando se entere de cierta conversación telefónica que usted y yo sostuvimos ayer?

Aquello no detuvo a Von Flanagan, pero le frenó un poco, y Malone aprovechó su momentánea ventaja.

—Se me ha ocurrido una idea —dijo—. Todos estamos metidos en esto hasta el cuello, pero creo tener un medio para salir a flote. Quiere usted detener a Eddie el Actor por su fuga, quiere usted recuperar el botín, y quiere usted detener a Shaw por dos asesinatos, ¿no es cierto? —Se dedicó a escoger una corbata, de un modo demasiado minucioso—. ¿Qué opina de esta con los flamencos pintados a mano?

—No me la pondría por nada del mundo. Sí, queremos a Vance, y a Shaw, y el botín. Pero usted se las ha arreglado para que los tres se escurran a través de nuestros dedos.

—Bueno, en tal caso…

Y en unas cuantas y escogidas palabras comprometió su cuello mucho más de lo que lo había comprometido a lo largo de toda su ajetreada existencia. La tarea parecía difícil, pero Malone estaba acostumbrado a deslumbrar a doce jurados y a un juez, y Von Flanagan era un solo hombre y no demasiado agudo, por cierto.

—¡Será mejor que haya producido efecto antes de las siete, cuando yo salga de servicio! —advirtió el detective desde el umbral de la puerta—. En caso contrario, conozco a alguien que va a pasarlo mal.

Y se marchó, dando un portazo.

Malone suspiró y se anudó la corbata con los flamencos color de rosa, aunque sin el menor entusiasmo. ¿Qué le diría a Hildegarde cuando la llamara? Decidió fortalecerse a sí mismo con otro trago, pero apenas había alzado la botella cuando llamaron de nuevo a la puerta.

—Un telegrama para Mr. Malone.

Abrió la puerta con un gesto de fastidio.

—Pasa, Eddie.

Esta vez era Eddie Vance, sacudiéndose las gotas de lluvia de su gorra de uniforme.

—Bueno, picapleitos. ¿Ha habido suerte?

—Mucha —dijo Malone rápidamente—. Siéntate y echa un trago. Tengo muy buenos motivos para suponer que Miss…, quiero decir Toledo Tillie… tuvo éxito, pero la situación está algo embarullada y no he podido ponerme en contacto con ella. Verás, Ethel Megrim fue asesinada anoche…

—Ya me he enterado —dijo Eddie—. ¡Pobre Ethel! Pero ¿qué hay de la pasta?

—Tillie no ha dado señales de vida a causa del asesinato, pero ya encontrará el modo de ponerse en contacto conmigo. Tenemos que andar con pies de plomo: Von Flanagan acaba de salir de aquí.

—Le he visto en el vestíbulo —dijo Eddie el Actor—. Y si está usted pensando en hacer algún trato con él… —Dio unos significativos golpecitos sobre la parte izquierda de su chaqueta de uniforme—. Quiero mi dinero, y lo quiero hoy mismo, ¿entendido?

—Señala el lugar, y estaremos allí, o al menos estará ella. ¿Qué te parece la planta baja de los Almacenes Field, a la hora de cerrar, o la estatua del león, delante del Instituto de Arte?

Eddie vaciló.

—Me gusta trabajar al aire libre. Creo que será mejor el Instituto de Arte. A las seis, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Puedes coger el dinero, separar mi parte y la de Tillie, y perderte entre la multitud.

—Bien. Pero dígale que esté allí a las seis en punto. Y no trate de jugarme una mala pasada, Malone, si no quiere dormir esta misma noche en una losa de mármol, en vez de hacerlo sobre un colchón.

Se marchó, dando un portazo.

Malone tragó una gran cantidad de aire, y una cantidad aún mayor de whisky, y luego llamó a Miss Withers. La maestra de escuela se hallaba en un estado de ánimo menos agresivo que el de la noche anterior, y accedió a invitarle a tomar una taza de café quince minutos más tarde. Malone salió del hotel por la puerta de servicio, por si Von Flanagan desconfiaba de él, y poco después se encontraba sentado enfrente de su compañera de expediciones delictivas en la cafetería de la Palmer House. La culpable conciencia de Miss Withers no le impidió despachar un copioso desayuno a base de huevos y jamón, espectáculo que hizo que Malone se sintiera ligeramente mareado.

Los dos se sintieron ligeramente mareados cuando Malone le dijo a Miss Withers lo que le había prometido a Von Flanagan para librarse de él. La maestra de escuela dejó caer su cuchara.

—¡No! —exclamó.

—Sí —dijo Malone—. Mire, usted sabe dónde está el dinero, de modo que eso deja resuelto el Punto Número Uno. Podemos entregar a Eddie Vance, el cual está tan obsesionado en recuperar su botín que caerá de cuatro patas en la trampa… Avisaré a Von Flanagan para que tenga a sus hombres en el Instituto de Arte, a las seis. Luego, lo único que tendremos que hacer será localizar a Jack Shaw…, a menos que haya descubierto el lugar donde escondió usted el dinero y se haya largado con él.

Miss Withers sacudió la cabeza.

—Estoy convencida de que no lo descubrió, ni tampoco la policía. Déjeme pensar, Malone. Sabemos que Shaw es conductor de taxi. Si investigásemos en todas las compañías de taxis…

—Sería una labor de varios días, y, además, no cabe duda de que Shaw utiliza un nombre supuesto. Si tuviéramos alguna fotografía suya, la cosa sería distinta —objetó el otro.

Permanecieron sentados unos instantes en un lúgubre silencio. Luego, el caballuno rostro de la maestra de escuela se iluminó como una bombilla.

—¡Pero yo tengo una fotografía suya, indeleblemente grabada en mi cerebro! ¿No se da cuenta? Shaw ha andado suelto tanto tiempo, porque no estaba fichado por la policía, y cuando se efectuó el atraco iba enmascarado. Pero ahora es distinto. Ahora hay dos personas que saben el aspecto que tiene. Malone, ¿tiene usted algún amigo periodista?

—Todos son amigos míos —respondió Malone, con cierto orgullo.

—Bueno, uno de ellos tendrá una buena historia para la primera edición de la tarde. Porque sería conveniente que, mientras nosotros buscamos a Mr. Shaw, él nos busque a nosotros. Haremos publicar la noticia de que hay dos testigos oculares del asesinato de Ethel Megrim que pueden identificarle.

—¿Una trampa… en la que usted y yo vamos a servir de queso? Mire, Hildegarde, ¿no le parece suficiente que tengamos a la policía y a Vance detrás nuestro, para que quiera añadir a Shaw a la lista? Soy demasiado joven y demasiado malvado para morir tan pronto.

Pero Miss Withers se salió con la suya, y Malone llamó por teléfono a un tal Ned McKeon, del Herald American.

—Dice que lo publicará en primera página —informó el pequeño abogado—. «Dos testigos sin identificar, y cuyos nombres permanecen en el anónimo, en el escenario del asesinato de Ethel Megrim…». Algo por el estilo. Con esos datos, únicamente Shaw puede identificarnos.

—¿Y qué me dice usted de su amigo el capitán Von Flanagan?

Malone dijo que no estaba seguro de que el capitán Von Flanagan supiera leer, y que si sabía leer y se enteraba del artículo, lo más probable era que mantuviera su promesa de permanecer al margen del asunto el tiempo suficiente para darles cuerda con que colgarse a sí mismos. Solo podían esperar, y tener esperanza. La espera, decidieron, tenía que ser en la oficina de Malone o en sus alrededores; su nombre y dirección figuraban en el listín de teléfonos, y si Shaw mordía el anzuelo probablemente se encaminaría hacia allí en primer lugar.

A continuación, Miss Withers formuló una peliaguda pregunta: ¿qué podían hacer, con o a Mr. Shaw, si se presentaba en la oficina?

Malone meditó unos instantes.

—¡Maggie! —exclamó.

—Siento la mayor admiración por su secretaria, Mr. Malone, pero…

—Maggie tiene un hermano, y el hermano tiene amigos —explicó Malone.

Unas horas más tarde —cuando el Herald American apareció en los quioscos—, Miss Withers se encontraba en un despacho desalquilado, en el mismo rellano y enfrente de la oficina de Malone, en compañía del pequeño abogado y de dos personajes con cara de pocos amigos, enzarzados en una partida de pinacle.

—¿Gánsteres? —había susurrado Miss Withers.

—Peor —había contestado Malone—. Del departamento de circulación de la Gazette. Para ellos, el asesinato y la mutilación criminal son divertidos pasatiempos.

—Supongo que irán armados…

—Llantas de hierro y un trozo de cadena.

De modo que esperaron y esperaron… y siguieron esperando. Las manecillas del anticuado reloj prendido a la anticuada blusa de la maestra de escuela giraron y giraron. En la habitación no se oía el menor ruido, aparte del chasquido de las cartas y el tintineo de las monedas. Nada sucedió, y parecía que no iba a suceder nada.

De pronto, sonó el teléfono en la oficina de Malone, al otro lado del rellano. Habían dejado abierta la puerta de la oficina, en franca invitación. Malone cruzó el rellano de un salto para contestar a la llamada, ya que Maggie, naturalmente, había sido enviada fuera de la zona de combate.

—¿Diga? —inquirió Malone ansiosamente, con Miss Withers inclinada sobre su hombro—. ¿Diga? Aquí, la oficina de John J. Malone… ¿Diga? —Colgó el receptor, con expresión de disgusto—. ¡Han colgado!

—¡Quiere usted decir que Shaw ha colgado! Evidentemente, quería convencerse de que estaba usted aquí. ¡Esto marcha, Malone! —exclamó alegremente la maestra de escuela.

—¡Ojalá marche del todo, antes de las siete! —replicó el pequeño abogado con expresión sombría—. Von Flanagan es un hombre de palabra, y si nosotros no cumplimos la que yo le di…

Volvieron a cruzar el rellano y entraron en el otro despacho. Se quedaron junto a la puerta, con el oído pegado a la rendija, atentos al sonido de los pasos que no tardarían en acercarse.

Las cinco…, las cinco y cuarto.

—Casi puedo oír el ruido de la puerta de la celda cerrándose detrás de mí —murmuró tristemente Malone.

—Bueno, ¿por qué no nos marchamos de la ciudad? —sugirió Miss Withers—. Mi automóvil ya debe de estar arreglado… Mañana por la mañana podemos estar a medio camino de Nueva York.

—Y Von Flanagan nos habrá echado el guante antes de medianoche. No; no tengo ganas de regresar a la ciudad esposado, aunque sea en su agradable compañía.

Siguieron esperando. Las cinco y media…, las seis menos cuarto…

—Bueno, esto es todo —dijo Malone—. Nos queda el tiempo justo para acudir a la cita con nuestro amigo Eddie.

Pidió prestados diez dólares a Miss Withers y los entregó a sus soldados, los cuales se marcharon evidentemente decepcionados.

—Von Flanagan se conformará con los dos tercios de lo que usted le prometió —dijo la maestra de escuela—. Si le echa el guante a Eddie el Actor… y recupera el dinero…

—Tal vez —dijo Malone, sin demasiado convencimiento—. Es un hombre razonable, pero no mucho.

Salieron apresuradamente del edificio. Tomaron el primer taxi de la hilera.

—Al Instituto de Arte, aprisa —ordenó Malone.

Se retrepó en el asiento, y se entonó con los restos de su botella. Era la hora en que el tránsito era más denso, y Miss Withers pensó que hubieran llegado más pronto yendo a pie. El conductor —un hombre de anchas espaldas, que llevaba la gorra muy hundida en la cabeza— manejaba el volante con la destreza de una larga práctica, pero a cada dos por tres se encontraban con un embotellamiento.

—Malone —inquirió de pronto Miss Withers—, ese Instituto de Arte, ¿no se encuentra al este, en la dirección del lago?

Malone abrió los ojos.

—Sí, Hildegarde.

—Bueno, nuestro conductor nos está llevando hacia el oeste.

—Probablemente está trazando un círculo para evitar los atascos.

Miss Withers permaneció silenciosa durante otro par de manzanas.

—¡Malone! —susurró repentinamente—. ¿Se ha fijado en las manecillas de las puertas?

Malone se fijó, abrió la boca… ¡No había manecillas en la parte interior!

—¡Conductor! —gritó Malone, y golpeó con los nudillos el cristal de separación.

El conductor volvió ligeramente la cabeza, lo suficiente para que pudieran ver su rostro: ¡el rostro del hombre que habían visto por última vez en el saloncito de la casa de Ethel Megrim, inclinado sobre el cadáver de la mujer!

—¡Shaw! —balbució Malone.

Miss Withers empezó a golpear frenéticamente el cristal de la ventanilla con su paraguas, tratando de llamar la atención de los transeúntes. Un par de ellos la miraron con cierta curiosidad, pero eso fue todo. Trató de gritar…

Shaw hizo correr el cristal de separación e introdujo el cañón de una pistola por la abertura.

—¡Cierre el pico! —escupió—. Si no se calla, la dejo a usted más seca de lo que está ahora mismo.

Miss Withers se calló. El hombre conducía como un loco, pero, evidentemente, así era como se suponía que debían conducir los taxistas. No respetaban las luces rojas ni los pasos cebra, con un ojo pendiente siempre del espejo retrovisor. Miss Withers se acercó un poco más a Malone, como para sentarse más cómodamente, pero el pequeño abogado captó el movimiento de sus labios: «En la próxima parada…, a la una, a las dos, a las tres». Malone inclinó la cabeza un cuarto de pulgada…

Cuando llegaron al semáforo siguiente, un enorme camión estaba girando hacia la derecha, bloqueando el paso, y el taxi se vio obligado a detenerse. Miss Withers le dio un codazo a Malone e inmediatamente extendió hacia adelante su fiel paraguas; el curvado puño se enroscó como una serpiente alrededor del cuello de Shaw. La maestra de escuela tiró con todas sus fuerzas. La pistola salió disparada y rebotó contra el techo del vehículo. John. J. Malone aplastó su botella de whisky sobre la cabeza del hombre para completar el trabajo.

—¡Diana! —dijo Miss Withers plácidamente.

Malone tardó únicamente unos segundos en saltar al asiento delantero, apartar al inconsciente Mr. Shaw a un lado y empuñar el volante. Todo sucedió con tanta rapidez, que dieron la vuelta a la esquina y recorrieron más de una manzana antes de que se acordara de coger la gorra de uniforme y ponérsela.

—¡No son más que las seis y diez! —anunció la maestra de escuela—. Tal vez podamos llegar aún al Instituto de Arte a tiempo…

La única respuesta de Malone fue hundir el pie en el acelerador y la mano en el claxon. Un par de agentes de tráfico silbaron frenéticamente detrás de ellos, pero afortunadamente no tropezaron con ningún representante de la ley sobre ruedas, y poco después se detenían delante del Instituto de Arte, para descubrir que la zona estaba prácticamente desierta. No había el menor rastro de Eddie Vance, ni el menor rastro de Flanagan y sus hombres. Dos barrenderos estaban cargando la basura en un camión del Departamento de Limpieza Pública…, pero los dos eran demasiado altos y robustos para que pudieran ser Eddie Vance. La única persona que había en los alrededores, aparte de los barrenderos, era un estudiante de arte que llevaba unas gafas con montura de concha y estaba pintando un retrato del famoso león, contra un fondo de iluminados rascacielos. Tampoco aquel joven podía ser Vance.

—Será mejor que se apee y se dé un paseo para dejarse ver —dijo Malone—. Yo me quedaré aquí con Shaw… Antes de apearse, deme su chal a fin de que pueda atarle las manos.

Hildegarde se apeó del taxi, echó a andar acera abajo por espacio de media manzana, y luego retrocedió. Eran casi las seis y media, y la maestra de escuela empezaba a estar convencida de que habían perdido el barco. Cruzó la calle, se acercó al león, se detuvo a admirar la pintura del solitario artista, volvió a cruzar la calle…

Un taxi acababa de detenerse enfrente del de Malone. De su interior surgieron unos siseos.

—¿Taxi, Tillie?

Reconoció la voz, aunque ahora llevaba bigote. Sus rodillas empezaron a temblar, como si fueran de gelatina. Sus ojos se volvieron desesperadamente a uno y otro lado, en busca de una posible ayuda…, pero no parecía haber ninguna ayuda a la vista. Malone estaba inclinado sobre su prisionero o sobre su botella, o sobre ambos. No podía hacer otra cosa más que subir a aquel segundo taxi. Se estremeció, al imaginar lo que Eddie el Actor diría y haría al descubrir que le había engañado…

Eddie alargó la mano para abrir la portezuela trasera y Miss Withers subió al vehículo. El taxi se puso en marcha.

Y entonces, súbitamente, el camión del Departamento de Limpieza Pública se cruzó en medio de la calle. Uno de los barrenderos empuñó una metralleta, el otro una pistola. Y, maravilla de maravillas, el alumno del Instituto de Arte sé arrancó la peluca, se quitó las gafas, dio un puntapié a la tela que estaba pintando… y resultó ser el capitán Von Flanagan. Miss Hildegarde Withers se dejó caer en el suelo del taxi, tapándose los oídos con las manos… y de repente terminó todo, sin que resonara un solo disparo. Eddie el Actor se apeó del taxi con las manos en alto. Cuando le registraron, en sus bolsillos no había más que una pistola detonadora.

—Lleváoslo —ordenó el capitán Von Flanagan a los dos barrenderos, que resultaron ser un par de detectives de la calle Cincuenta y Cinco—. Y a él también —añadió, cuando Malone abrió la portezuela del otro taxi y Jack Shaw rodó a la calzada.

Miss Withers cogió a Malone del brazo, y se quedaron en pie, esperando el aplauso de Von Flanagan. Pero el capitán se acercó a ellos con expresión belicosa.

—Bueno —gruñó—, ¿dónde está el famoso botín que me iban a entregar?

Malone se encogió de hombros y miró a Miss Withers.

—Yo puedo decírselo —declaró Miss Withers—, pero prefiero enseñárselo… si no le importa acompañarnos a la casa de Ethel Megrim.

—¡La registramos de arriba abajo! —rugió Flanagan—. Y no había absolutamente nada. ¡Estoy dispuesto a comerme mi sombrero… o su sombrero… o el sombrero de cualquiera… si hay un solo centavo en aquella casa!

—¿Ha leído usted La Carta Robada, del difunto Edgar Allan Poe? —inquirió Miss Withers afablemente.

Von Flanagan resopló, pero aquel resoplido no fue nada comparado con el que dejó escapar cuando, después de una rápida carrera a través de la ciudad en un coche patrulla, la maestra de escuela le condujo a la nevera de Ethel y sacó del compartimiento de las verduras una bolsa de plástico llena de lechugas. En el interior de las lechugas había un montón de billetes capaz de quitarle el resuello incluso a un capitán de la policía.

—El botín, capitán Von Flanagan —declaró Miss Hildegarde Withers, con el rostro resplandeciente—. Tal como Poe nos hubiera dicho, decididamente: «Buscad la lechuga en la lechuga»[5]. Lo puse ahí mientras Shaw estaba registrando las ropas de Malone, puesto que en aquellos momentos no confiaba ni en Shaw, ni en Malone.

Hubo un largo silencio.

—Hildegarde, tiene usted una opinión muy pobre de mí —dijo el pequeño abogado tristemente—. Desde el primer momento estaba dispuesto a devolver ese dinero, ¿no es cierto, capitán? ¿No le llamé a usted por teléfono cuando empezó todo esto y le prometí entregárselo si se mantenía usted al margen del asunto durante un par de días?

El policía asintió.

—Bueno, en tal caso —dijo Miss Withers—, le presento a usted mis más sinceras excusas. Creí que andaba usted detrás del dinero, o de un buen pellizco, por lo menos. Pero, esta vez, su única recompensa será la virtud.

Malone sonrió.

—Hay otras recompensas. Recuerde que se trata de dinero robado a un banco… y que los bancos tienen compañías de seguros. De modo que no hemos obrado tan desinteresadamente. Y, ahora, vámonos de aquí antes de que el capitán Von Flanagan cumpla su promesa de comerse su sombrero…

AUTOPSIA Y EVA

Stuart Palmer & Craig Rice

N

O contestes…, tal vez se cansen de llamar y se marchen —gritó John J. Malone mientras el timbre sonaba en la otra habitación. Pero la exuberante rubia embutida en un traje de noche color chartreuse había empezado ya a abrir la puerta; obedientemente, trató de volver a cerrarla, pero descubrió que estaba bloqueada por un recio zapato oxford.

—Sí, ya sé que Mr. Malone está muy ocupado —dijo la angulosa dama que se alzaba encima de aquel zapato—. ¡Pero a mí me recibirá!

Entró en la habitación con aire decidido, y vio al pequeño abogado, que en aquel momento salía del dormitorio, luciendo un terno nuevo, color verde-gris, cortado por Finchley, y una flamante corbata Sulka, manchada ya de ceniza.

—¡Ah! ¡Aquí está! —exclamó Miss Withers.

Malone parpadeó, y luego compuso una acogedora sonrisa.

—Hildegarde, le aseguro que mañana mismo pensaba llamarla por teléfono. Hasta ahora me había sido imposible hacerlo. He estado muy ocupado…

—Sí, eso veo —dijo la maestra de escuela, mirando de soslayo a la rubia.

—Dulzura, espérame abajo, en el bar, ¿quieres? —se apresuró a decir Malone.

La rubia hizo un pucherito, recogió su abrigo y su bolso y se marchó, dando un portazo.

—Mi secretaria —explicó Malone en tono esperanzado.

—¡Dios mío! Cómo ha cambiado nuestra querida Maggie… Nunca la hubiera reconocido.

—Sabe usted perfectamente que no es Maggie…

—Sí, lo sé —le interrumpió fríamente la maestra de escuela—. Porque ayer hablé por conferencia con Maggie, y así fue como pude localizarla. Tenía usted el proyecto de marcharse mañana a Honolulú, ¿no es cierto?

—Lo tenía —admitió Malone—. Quiero decir, lo tengo. Acabo de cobrar un buen pico por una defensa, y me estoy tomando mis primeras vacaciones en muchos años. Esta noche voy a bailar al Mogambo, lugar al que acuden todas las estrellas de cine…

—Rectifique —dijo la maestra de escuela en tono firme—. Esta noche se va a quedar aquí conmigo, porque temo que estamos metidos hasta las orejas en otro caso de asesinato.

El pequeño abogado se quedó estupefacto.

—¿Estamos? ¡Oh, no! ¡Ahora, no! —gimió.

Maquinalmente, acudió en busca de consuelo, en la forma de una botella y un vaso.

—¿Ha oído hablar alguna vez de los abstemios? —inquirió Miss Withers—. Trate de imitarles de cuando en cuando. Podría empezar ahora mismo, ya que, o mucho me equivoco, o esta noche necesitará usted tener la cabeza muy despejada.

—Lo que necesito esta noche es una rubia a mi lado —protestó Malone—. ¿No puede esperar ese asunto?

—El hombre…, mejor dicho, los hombres que van a venir aquí esta noche no pueden esperar. El primero llegará antes de una hora.

—Pero, mi querida Hildegarde, ¿por qué?

Por dos veces, en el transcurso de un año, el pequeño abogado había estado mezclado con Miss Withers en casos de homicidio, en perjuicio de sus nervios… y sin cobrar un céntimo, por añadidura. Era más que suficiente, pensó.

—¿Por qué van a venir aquí? Para meterse en mi ratonera y proporcionarnos información acerca del asesinato de Ryan —explicó Miss Withers—. Lo habrá leído en los periódicos, supongo… Ocurrió el pasado sábado en una casa de apartamentos de Wilshire Boulevard. Un coronel del Ejército recién llegado de Corea fue encontrado en el dormitorio de su esposa con una bala de revólver en la cabeza.

Malone contempló con expresión lúgubre el fondo de su vaso.

—Sí, he leído algo acerca de eso. Una historia sórdida. Un héroe cubierto de medallas llega con permiso, anhelando encontrarse entre los brazos de su bella esposa, a la cual no ha visto desde hace muchos meses. Abre la puerta de su apartamento, y sorprende a la mujer in fraganti con su amante. Se produce una lucha, en el curso de la cual los dos amantes le dominan, se apoderan de su revólver de reglamento y le dejan más frío que un helado de vainilla. Después, el pánico se apodera de ellos y huyen, pero la policía no tardará en encontrarles. Un caso que por nada del mundo aceptaría: no existe ninguna posibilidad de alegar defensa propia. El hecho de que el arma homicida perteneciera a la víctima ofrece una remota posibilidad, con mucha suerte, de obtener un veredicto de homicidio en segundo grado, pero la opinión pública pesaría demasiado.

—Esta vez, la opinión pública, al igual que la suya, es completamente errónea —dijo Miss Withers, agitando ante Malone un huesudo índice—. El teniente coronel Ryan no era ningún héroe; solo estuvo en Corea, y en la retaguardia, unos cuantos meses; y la mayor parte del tiempo que pasó en el Pacífico (lo cual se remonta a la época de la Segunda Guerra Mundial), estuvo en una oficina, a centenares de millas del campo de batalla. La única condecoración que obtuvo —según mi informador del Pentágono, un comandante que aprendió geografía sobre mis rodillas hace muchos años— fue la Legión del Mérito, la cual tengo entendido que es la recompensa que los oficiales de oficina conceden a otro por no olvidarse de cerrar los archivos cuando ellos se marchan a casa, a las cinco. Tampoco es cierto que Ryan anhelara encontrarse entre los brazos de su esposa, ya que aterrizó en March Field unas treinta y seis horas antes de aparecer en el apartamento.

—Sí —dijo Malone, interesado—. Pero ¿quién podía tener algún motivo para asesinarle?

—Si lo supiera no estaría aquí. Lo que no puedo creer es que una muchacha como Eva Ryan, que no tiene más que veintiséis años y procede de una excelente familia del Este, ayudara a sangre fría a asesinar a su marido y luego, tranquilamente, se dedicara a empaquetar sus vestidos y todo lo que tenía de valor antes de desaparecer. Suena a inverosímil. Por ejemplo, ¿cómo podía saber si alguien del edificio había oído el disparo y había llamado a la policía?

—Pero ¿no fue eso lo que ocurrió? —preguntó Malone, en tono asombrado.

—No. Alrededor de una hora después de haberse cometido el crimen, un hombre telefoneó a la policía y dijo que había oído un disparo en la casa de apartamentos, pero que no había informado antes del hecho porque había estado visitando a una dama que vivía en el mismo edificio y que no era su esposa. No dio su nombre, y colgó antes que pudieran localizar el lugar de donde procedía la llamada. —Miss Withers resopló—. Era el verdadero asesino, no cabe duda.

—¡Oh! Su relato podía ser cierto —dijo el pequeño abogado—. Recuerdo cierta ocasión en que yo mismo…

—Por favor, Malone…, deje esas historias para sus amigotes. —Miss Withers consultó su reloj—. Tengo que ser breve. —Malone murmuró algo acerca de que tenía que suceder precisamente aquella noche, y luego se sirvió otro whisky mientras la maestra de escuela continuaba—: En este asunto hay algo más que le explicaré más tarde, pero nuestro primer visitante está a punto de llegar. En respuesta a mi anuncio, ¿sabe?

—¿Qué anuncio? —preguntó Malone lógicamente.

Con aire de triunfo, Miss Withers sacó una cuartilla de su enorme bolsa.

—Hice insertar esto en todos los periódicos de la ciudad.

Se ofrecen dos mil dólares de recompensa a la persona que devuelva o facilite información acerca de un equipaje de oficial del Ejército marcado ASN 0922493, dejado o facturado en alguna parte de la zona de Los Ángeles el viernes o el sábado. Telefonear a Arizona 70015.

—Verá, en el apartamento no había ni rastro de las maletas de Ryan: solo el muerto. Su esposa y su supuesto amante no hubieran cargado cón el equipaje de su víctima al fugarse. De modo que, ¿dónde está?

Malone estaba ahora considerablemente más interesado, quizá por la mención de aquellos dos mil dólares.

—¿Ha obtenido usted respuestas a ese anuncio? ¿Está segura de que no procedían de la policía?

—Completamente segura. La policía no se hubiera molestado en recordar aquel número de serie, aun en el caso de que hubiera leído la sección de anuncios personales. Uno de los dos hombres que me han telefoneado tiene una voz muy desagradable, untuosa y codiciosa. Estoy convencida de que sabe algo.

—Pero ¿por qué le ha citado aquí, y no en su casa?

—Tengo mis motivos. Uno de ellos es que da la casualidad de que tengo un huésped en mi casa, que no debe ser molestado. Y confieso que no me atrae demasiado la idea de conferenciar a solas con un individuo que probablemente es un miembro del bajo mundo. Por eso, sabiendo que usted estaba en la ciudad, me tomé la libertad de darle (y también al otro hombre) las señas de este hotel y el número de esta habitación. Pensé que alguien con una experimentada mente legal podría manejarle mejor.

—¡Pero él espera encontrar a una mujer, no a mí! —Malone se puso en pie con expresión esperanzada, sacudiéndose la ceniza de las solapas de la americana—. Suponga que me voy a dar una vueltecita por el bar. Si necesita ayuda, no tiene más que llamarme.

Miss Withers le miró fijamente.

—John J. Malone, ¿sería usted capaz de dejar abandonada a sus propias fuerzas a una dama en apuros? —Y cuando el abogado volvió a dejarse caer en su asiento, añadió—: Tal vez podría usted disfrazarse de mujer y fingir ser yo…

Malone dio un respingo.

—¡No! —exclamó.

—Me lo temía —suspiró la maestra de escuela—. Pero ¿no podría estar presente en las entrevistas, escondido detrás de una cortina o algo por el estilo? El primer hombre que me telefoneó (dijo que se llamaba Kyzer, o algo parecido) tenía una voz espantosa, y preferiría no estar a solas con él.

El pequeño abogado era de la opinión personal de que Miss Withers podía cuidar perfectamente de sí misma sin la ayuda de nadie, aun en el caso de tener que enfrentarse con un tigre, pero no se atrevió a decirlo.

—De acuerdo. ¿Tiene preparados los dos mil dólares?

Miss Withers enarcó las cejas.

—¿Tengo aspecto de Rey Mago? —inquirió—. No, no pienso pagar esa suma, ni aun en el caso de que Eva…, quiero decir, de que yo dispusiera de ella. Y menos a un hombre que se relaciona con ladrones, asesinos o cosas peores. Pensé que podríamos arrancarle la información cuando se presentara aquí… Pero, ese Kyzer…

—De todas las ideas absurdas, esa es la más absurda de todas —dijo Malone—. Si se presenta alguien, cosa que empiezo a dudar, probablemente será algún botones de algún hotel donde el coronel Ryan pasó la noche del viernes y dejó sus maletas.

—El primer hombre con el cual hablé no era un botones. Estoy segura de que era un malhechor.

—Que va a presentarse aquí esperando cobrar dos mil dólares…, y yo sin una mala arma que llevarme a la boca, excepto una hoja de afeitar… —gimió el pequeño abogado—. Supongamos que uno de esos individuos es realmente un estrangulados Cuando descubra que esto es una encerrona…

En aquel momento sonó el timbre del teléfono, y Malone dejó caer su vaso.

—Permítame —dijo Miss Withers rápidamente—. Debe de ser nuestro primer visitante llamando desde el vestíbulo para asegurarse de que estoy aquí. —Cogió el receptor, y al cabo de un momento volvió a soltarlo—. Es el barman —dijo—. Me ha dicho que le diga a Mr. Malone que Dulzura dice que va a marcharse y que ha hecho anotar en la cuenta de usted lo que ha tomado. Bueno, menos mal que nos hemos librado de un pequeño obstáculo. Ahora podemos concentrar realmente nuestros cerebros y encontrar un medio para salvar a la pobrecita Eva.

—¿Eva? —inquirió Malone rápidamente.

—Sí. Eva Ryan, la esposa (quiero decir, la viuda) fugitiva buscada por la policía.

—Un modo como otro de perder el tiempo. Probablemente, a estas horas ya habrán dado con ella —dijo Malone en tono esperanzado.

La maestra de escuela sacudió la cabeza.

—No, a menos que hayan registrado mi casa, ya que Eva lleva allí cuatro días.

Malone emitió unos sonidos semejantes a los que emite un pequeño pingüino enfrentado con una enorme espina de pescado.

—Verá —explicó Miss Withers—, la muchacha me llamó por teléfono en cuanto se enteró por la radio de que su marido estaba muerto.

—¿En cuanto se enteró por la radio? Pero, ella estaba allí.

—No, ella no estaba allí. Había recogido sus cosas y se había marchado antes de que Ryan llegara al apartamento. Se marchó inmediatamente después de enterarse de que su marido estaba en la ciudad, ya que tenía buenos y suficientes motivos para no querer verle. Pasó aquella noche en un hotel y, naturalmente, cuando se enteró de lo que había sucedido me llamó: hace años fue discípula mía, y había oído hablar de alguna de mis otras aventuras en Causas Perdidas.

—Ocultar a un fugitivo de la justicia —dijo Malone en tono ominoso—. Encubrimiento después del delito, obstrucción a la justicia, et al. Por todo eso pueden condenarla a…

En aquel momento llamaron a la puerta.

—Ahí está su hombre —susurró Malone.

Se dirigió rápidamente hacia un armario, llevándose la botella…, probablemente como un arma potencial.

Miss Withers abrió la puerta con el corazón en la garganta… y se encontró ante un hombre muy alto, con el mapa de Irlanda en su rostro: un rostro paliducho, bovino, que ahora sonreía, como disculpándose.

—Pase, Mr. Kyzer —dijo la maestra de escuela.

Pero el hombre no era Mr. Kyzer.

—Soy Dan Tendler —explicó—. Respecto a ese anuncio…

La maestra de escuela le ofreció una silla.

—¿Sí? —dijo—. ¿Sabe usted algo acerca del equipaje?

—No, señora. —El hombre cruzó sus carnosas piernas y luego las descruzó—. No creo que pueda aspirar a su recompensa, pero…, bueno, verá tengo un pequeño bar en la parte baja de la ciudad, y el sábado por la noche el barman vino a consultarme si podía aceptar un cheque de uno de los clientes, un oficial del Ejército, de uniforme. Era solo de veinticinco dólares. Y debajo de la firma había el mismo número de serie que figura en su anuncio: siempre exigimos un número de teléfono, o una dirección, antes de aceptar un cheque.

—¿Puedo verlo? —inquirió.

Era contra un banco local, firmado W. J. Ryan.

—Tal como están los negocios —dijo Dan Tendler—, me gustaría cobrar esos veinticinco dólares. Si supiera dónde puedo encontrar a ese Ryan… Porque en el banco lo han rechazado por falta de fondos.

—Creo que podrá encontrarle usted en el depósito de cadáveres —dijo Miss Withers—. ¿Acaso no lee los periódicos?

El pálido rostro palideció todavía más.

—¿Quie… quiere usted decir que aquel era el Ryan que murió asesinado?

Miss Withers asintió.

—¿Puede usted facilitarme alguna información que ayude a capturar al asesino? Se lo pido en nombre de su inocente esposa.

Pero el hombre estaba ya en pie, sudando.

—Señora, yo no sé nada. En un negocio como el mío, se pierde la licencia en menos que canta un gallo. No quiero verme mezclado en esto. Ese individuo entró en mi bar, se tomó unas copas y me pagó con un cheque falso; es lo único que sé. Renuncio de buena gana a los veinticinco dólares; mala suerte.

Echó a andar hacia la puerta.

—¡Espere! —dijo la maestra de escuela—. ¿Llevaba el coronel Ryan alguna maleta cuando estuvo en su casa aquella noche, unas horas antes de ser asesinado?

—No, señora. Al menos, que yo recuerde. El sábado por la noche es un día de mucho trajín. Los clientes entran y salen continuamente. No sé nada…, solo que he perdido veinticinco dólares. ¡Los beneficios de toda aquella noche!

—Pero ¿quién estaba con él?

Dan Tendler se encogió de hombros.

—Un par de individuos…, ninguna mujer, desde luego. Aunque no me fijé demasiado. —Al llegar a la puerta, vaciló—. Tal vez no tenga que mencionar usted esto a la policía. En mi negocio… ya sabe usted lo que pasa…

Sonrió, saludó y se marchó… dejando el cheque en la mano de Miss Withers.

—Nada de nada —dijo Malone, saliendo del armario—. Ese no es el individuo que usted necesita, no es más que un tabernero al que han endosado un cheque falso. Desde luego, Walter Ryan no tenía demasiada prisa por reunirse con su esposa. Empiezo a creer que no anda usted desencaminada.

Se sentó, empuñando la botella y el vaso.

—Y ahora, ¿qué? —inquirió tras un breve silencio.

—No lo sé —admitió la maestra de escuela—. Pero las cosas empiezan a encajar en el molde. Mr. Tendler puede saber algo más de lo que desea decir ahora, y tal vez se necesite una autoridad que nosotros no tenemos para hacerle hablar. Quizá la policía…

—No olvide que a la policía los dedos se les hacen huéspedes —declaró John J. Malone—. Bueno, hemos terminado por esta noche. Voy a llamar a Dulzura…

—¡No! —dijo la maestra de escuela—. El Mogambo puede esperar. Están en juego vidas humanas. Y tenemos una cita con Mr. Kyzer, el hombre con el cual estoy más interesada en hablar.

El pequeño abogado buscó resignación y consuelo en la botella.

Se produjo un embarazoso silencio, interrumpido por una imperiosa llamada a la puerta.

Malone cogió la botella, se puso en pie y echó a andar hacia el armario. Pero apenas había dado un par de pasos, cuando una voz imperiosa gritó:

—¡Abran a la policía!

—Bueno, ha llegado el momento, Hildegarde —susurró Malone—. ¡Valor! Y recuerde que soy su abogado y que no debe hablar si no es en presencia mía. Con un poco de suerte, conseguiremos que no la condenen más que a cinco años. —Avanzó hacia la puerta—. Pase, oficial. ¿Qué le trae por aquí?

Cuando abrió la puerta entraron, no uno, sino tres agentes de uniforme, acompañando a otro que iba de paisano y que mostró una insignia plateada, diciendo:

—Soy Sanders, de la Brigada de Homicidios. ¿Usted es el Malone que tiene alquilada esta habitación? Deseamos saber por qué hay un fiambre en el vestíbulo, con el número de su habitación anotado en un trozo de papel en su bolsillo.

Miss Withers abrió la boca para hablar, pero por una vez en su vida alguien se le adelantó.

Malone dijo:

—¿El número de mi habitación? Tiene que haber algún error.

—Ningún error, mister. —El detective se volvió hacia uno de los hombres uniformados—: Enséñeselo. —Era una hoja arrancada de una agenda de bolsillo, con la siguiente anotación: «Hotel Southmere, habitación 1014». Sanders continuó—: El individuo tenía unos cuarenta años, medía 1,70 aproximadamente, y pesaba alrededor de 80 kilos. Llevaba un traje a cuadros. Se inscribió en el registro como William Ross (probablemente un nombre falso), y pidió una habitación en el piso décimo, de modo que le dieron la 1055. ¿Conoce a alguien que responda a esa descripción?

Malone se apresuró a contestar negativamente.

—Bueno —dijo el detective—, él le conocía a usted y sabía el número de su habitación. Tal vez sea usted quien le aplastó la cabeza hace una hora…

—Rotundamente, no —dijo el pequeño abogado en tono firme—. Durante las dos últimas horas he estado sentado aquí, conversando con mi amiga Miss Withers.

—Conversando… y empinando el codo, ¿eh? —El detective miró a la maestra de escuela con una expresión que indicaba a las claras que contra gustos no hay nada escrito—: Bueno, Mr. Malone, supongo que no tendrá inconveniente en acompañarnos para ver si reconoce al fiambre.

Salieron todos de la habitación, y Miss Withers —que en realidad no había sido invitada a salir— les siguió, tratando de que su presencia pasara lo más inadvertida posible.

La cosa había sucedido en un pequeño dormitorio que se abría al vestíbulo, una habitación en la que ahora hormigueaba la habitual multitud de fotógrafos y técnicos en huellas dactilares. Alargando el cuello, la maestra de escuela consiguió ver el cadáver tendido sobre la alfombra: un hombre rechoncho, de aspecto desagradable, que nunca había tenido mucha frente y que ahora no tenía ninguna. Luego volvió su atención a las dos maletas alineadas junto a la pared: dos maletas del Ejército, marcadas con las iniciales W. R. y un número de serie que Miss Withers reconoció inmediatamente.

En el interior de la habitación, Malone estaba contemplando los restos con expresión de desagrado y diciendo que no había visto a aquel hombre en su vida.

—¡Un momento, oficial! —dijo Miss Withers, alzando la voz—. Allí hay algo que puede interesarle…

—Luego, hermanita.

Un agente de uniforme la cogió por el brazo y, sin demasiados miramientos, la sacó de allí.

—Pero, sargento Sanders…

—Teniente Sanders —rectificó el detective, sin apenas levantar la mirada Despidió a Miss Withers con un gesto de la mano, y luego se volvió al agente uniformado que estaba a su lado—. De acuerdo, Marvin. De modo que ese individuo no es oficial del Ejército, ¿eh?

—No lo ha sido nunca. Le he reconocido inmediatamente. Es un investigador privado, o lo fue antes de que le retiraran la licencia por actuar de intermediario entre unos ladrones y una compañía de seguros. Los ladrones querían hacer un trato con la compañía para la devolución de objetos robados. Se llamaba Barney Kyzer.

—Bueno, no se ha perdido gran cosa. —El teniente salió al vestíbulo, con Malone a su lado—. Bueno, mister, ¿cómo se explica usted que un tipo como Kyzer llevara anotado el número de su habitación en el bolsillo?

—Mr. Malone es un famoso abogado criminalista —intervino Miss Withers acudiendo en ayuda de su amigo—. Es posible que Kyzer fuera un presunto cliente que deseara contratar sus servicios. Y…

—¡De acuerdo, hermanita! —dijo el detective con aire aburrido—. Y, ahora, cierre el pico, ¿quiere?

Malone se encogió de hombros.

—Teniente, me gustaría poder ayudarle, pero…

«Yo podría ayudarle considerablemente —murmuró la maestra de escuela para sí—. Pero voy a obedecer sus órdenes. ¡Cerraré el pico!».

Y se marchó a la habitación de Malone, evidentemente amoscada.

—De acuerdo, Malone —estaba diciendo el teniente—. Hemos terminado con usted… por ahora. No se mueva de la ciudad hasta que esto quede aclarado, ¿entendido?

Unos instantes después, el pequeño abogado se reunía con Miss Withers.

—Malone, si espera usted que ese hombre aclare algo, vivirá usted en California el resto de sus días —dijo la maestra de escuela, que no había acabado de digerir los desagradables modales del teniente Sanders—. Se niega a escuchar a nadie. ¡Si piensa llevar adelante su proyecto de ir a Honolulú, tenemos que resolver esos asesinatos por nosotros mismos!

—Lo cual requiere un resolvente —dijo Malone. Y se sirvió uno.

—Es evidente que Kyzer es nuestro eslabón con el asesino de Ryan, el cual debió de seguir a Kyzer hasta aquí, para cerrarle la boca, a fin de que no pudiera hablar con nosotros. Kyzer debió de estar mezclado en el primer asesinato…

—Y ha estado mucho más mezclado en el segundo —convino Malone—. Ipso facto.

—De modo que eso demuestra que estamos en el buen camino.

—Un brindis por el buen camino —dijo el pequeño abogado, sirviéndose otro resolvente.

—Pero ¿qué podemos hacer? ¡Piense algo, Malone!

Malone estaba ya pensando algo: en aquel instante estaba pensando en tenderse en una cama y en llamar a Dulzura. Unas vacaciones tenían que ser unas vacaciones. Pero, pensándolo mejor, el pequeño irlandés decidió que la prisión de San Quintín no era el lugar más apropiado para descansar, y mucho menos si las perspectivas eran de un descanso definitivo.

—¡Tengo una idea! —exclamó repentinamente, esperando tener una, en realidad. Sí, allí estaba—. Vamos a dar un paseo, Hildegarde. Recoja su abrigo y su bolso, y vámonos.

Se dirigía ya hacia la puerta, sin olvidarse de meter la botella en su bolsillo.

—Sé lo que quiere hacer —dijo Miss Withers—. Ese hombre muerto…, el ex investigador privado. Cree usted que tenía una oficina en alguna parte, y que si pudiéramos llegar allí antes que la policía y registrarla…

—Nada de eso —dijo Malone—. El robo no es mi especialidad, y, además, nunca he aprendido a forzar cerraduras. Estaba pensando en sostener una pequeña conversación con Eva Ryan, antes de que algún polizonte más listo que los otros relacione aquel número de serie del Ejército con su número de teléfono…

—Pero yo no di mi nombre ni mi dirección…

Malone suspiró.

—La policía dispone de medios para averiguarlo. Aunque es posible que la guapa viuda de Ryan ya no esté allí.

—¿Cómo sabe usted que es guapa?

—Pura intuición —dijo Malone, animándose—. «Belleza en apuros».

Y, para sus adentros, murmuró: «Y la única persona mezclada en este caso a la que puedo esperar sacarle algún dólar».

Cuando llegaron a la calle, Malone miró a una y otra parte en busca de un taxi, pero Miss Withers señaló su propio automóvil, un anticuado coupé, aparcado junto a la acera.

—De acuerdo —dijo Malone—. Y no le dé pena apretar el acelerador. Si le ponen una multa por exceso de velocidad, la pagaré yo.

La maestra de escuela le miró.

—Tendría usted que pasar quince días en la cárcel, que es el correctivo que aquí se impone a los que conducen con exceso de velocidad.

De todos modos, consiguió sacarle al viejo armatoste los treinta y cinco por hora. Fue un largo viaje, durante el cual el pequeño abogado murmuró repetidas veces al gollete de su botella, pero finalmente llegaron a una casita situada en una calle sombreada por las palmeras que se alineaban a lo largo de las dos aceras. Las ventanas estaban oscuras.

—Su pájaro ha volado —dijo Malone, profundamente decepcionado.

—Nada de eso. Probablemente, Eva está durmiendo.

Miss Withers utilizó su llave y entraron en la casa. Malone, que se había alisado el pelo con la mano y arreglado el nudo de la corbata, preparándose para el encuentro con la hermosa viuda, se sintió repentinamente atacado y casi derribado por un enorme animal, cuyas garras le llegaban a los hombros. Mientras retrocedía, alarmado, la maestra de escuela dijo:

—¿No se acuerda ya de Talley, mi perro de lanas? Talley, basta de carantoñas. Vuelve a tu cocina.

—¿Acaso…, acaso guisa, también? —balbució John J. Malone.

—¿Talley? No, desde luego que no. Pero suele dormir encima de la cocina económica cuando el fuego está apagado, porque la chapa conserva siempre un poco de calor. Bueno, espero que nuestra Eva esté sana y salva. —Alzó la voz—. ¡Eva…, soy yo!

Hubo una corta pausa, y luego salió una muchacha del dormitorio, vistiendo una bata roja que no hacía nada por ocultar el hecho de que la persona que la llevaba estaba muy bien formada. Tenía el pelo color negro-nocturno, llevaba los labios sin pintar, y las sombras azuladas que había alrededor de sus ojos eran naturales, producto de la preocupación. Era una muchacha sorprendida, y una muchacha alta…, tan alta que Malone levantó la mirada hacia ella con maravillada admiración, mientras Miss Withers hacía las presentaciones.

—¿Un abogado? —inquirió la muchacha, desolada—. ¿Hemos llegado ya a ese extremo?

Malone se inclinó galantemente.

—Digamos un caballero armado, dispuesto a defender la causa de una noble dama —declamó.

La muchacha sonrió débilmente.

—Entonces, será mejor que vaya a vestirme como una dama. Disculpen.

La muchacha desapareció unos instantes y regresó con un sencillo vestido. A Malone se le hacía difícil creer que, con una esposa como aquella esperándole en casa, cualquier soldado con permiso pudiera retrasarse treinta y seis horas, o incluso treinta y seis minutos, y así lo manifestó.

—Yo no estaba esperándole —explicó Eva—. Verá, hace unos meses me enteré de que no habíamos estado nunca legalmente casados: el divorcio de Walter de su primera esposa no llegó a ser definitivo. Un detective llamado Kyzer lo fraguó todo. La muchacha acabó suicidándose. Desde luego, yo no estaba enterada de nada; me casé con Ryan en Las Vegas, en un impulso de romanticismo, y solo llevábamos unas semanas viviendo en el apartamento de Wilshire cuando volvieron a llamarle al servicio activo. En cuanto descubrí la verdad dejé de escribirle, y esperaba su regreso para obtener una anulación.

—Yo no mencionaría eso a la policía, querida —intervino Miss Withers con aire pensativo—. Lo considerarían como un posible motivo.

Eva asintió, estremeciéndose ligeramente.

—¿Sabía usted que Ryan estaba de regreso? —preguntó Malone.

—No. Me enteré el mismo sábado por la noche, cuando me llamó por teléfono. Había estado bebiendo, ya que su voz era espesa y tartajosa. Dijo que estaba en un bar de la parte baja de la ciudad con un par de amigos, pero que estos iban a marcharse y quería que yo fuese allí para celebrar nuestra reunión con unas cuantas copas. También dijo que me traía algo que haría centellear mis ojos y que me haría cambiar de idea acerca de la anulación.

—¿No mencionó el nombre del bar? —preguntó Miss Withers ansiosamente.

—Bueno… —Eva vaciló—. No presté mucha atención, porque no tenía intención de ir, pero me parece recordar algo acerca del Infierno de Dante.

—¡Ajá! —dijo Miss Withers—. Malone, huelo un ratón.

En aquel momento fueron interrumpidos por un lastimero aullido de Talley, que hasta entonces había permanecido cómodamente enroscado a los pies de su dueña.

La maestra de escuela se puso en pie de un salto.

—Talley hace siempre eso cuando oye una sirena de la policía; con su oído de can, puede captarla mucho antes que nosotros. Y si vienen hacia aquí… —Agarró del brazo a Malone y a la muchacha—. ¡No podemos correr ningún riesgo! Tienen que salir de esta casa ahora mismo. Esperen en mi coche, en el lugar de aparcamiento de la parte trasera, y si alguien ronda por allí hagan ver que se están besando, o algo por el estilo.

Malone abrió la boca para decir algo, pero Miss Withers le empujó rudamente hacia la puerta.

—¡Espere! —exclamó repentinamente. Corrió al dormitorio, metió la ropa de Eva en el maletín de la joven y se lo entregó—. ¡Dense prisa!

Antes de que Eva y Malone hubieran cruzado la puerta trasera de la casa, la maestra de escuela se había quitado el vestido y se había puesto su bata; todas las luces de la casa fueron apagadas, y el pequeño bungalow quedó oscuro y silencioso como una tumba.

Unos segundos después, el silencio nocturno fue taladrado por el aullido de las sirenas; un sedán negro se detuvo delante de la casa con un intenso chirrido de frenos. Miss Withers, atisbando a través de los visillos, vio apearse a varios agentes, uno de los cuales corrió hacia la parte posterior de la casa, para cubrir la puerta trasera. De modo que la policía había leído los anuncios, pensó Miss Withers. Se desordenó el pelo rápidamente, y luego se frotó los ojos para que aparecieran enrojecidos y soñolientos. Cuando sonó la imperiosa llamada en la puerta, estaba preparada.

Pero dejó transcurrir unos instantes, mientras se ponía las zapatillas.

—¡Un momento, un momento! —gritó. Luego se dirigió hacia la puerta, puso la cadena de seguridad y atisbo a través de la rendija. Era el teniente Sanders—. ¿Puedo preguntarle por qué está tratando de romper la puerta de mi casa a esta hora de la noche? —inquirió, en tono avinagrado.

—Vengo en misión oficial. Abra.

Miss Withers abrió. Mientras los agentes entraban apresuradamente, Sanders dio un respingo.

—¡Otra vez usted! —gimió—. Debí suponerlo.

—¿Qué otra persona podría vivir en mi casa? —preguntó la maestra de escuela, envolviéndose más fuertemente en su bata, con virginal modestia.

—No lo sé —replicó Sanders—. Pero le prometo que lo descubriré. —La miró con expresión amenazadora—. Ahora dígame: ¿qué es lo que sabe acerca de los asesinatos de Ryan y de Kyzer?

—Siéntese, teniente —dijo Miss Withers, ofreciéndole una cómoda butaca y alejando a Talley, que hacía objeto de una vociferante bienvenida a los recién llegados—. Voy a decírselo. Traté de hacerlo en el hotel, hace un par de horas, pero usted me dijo que cerrara el pico.

«He ganado el primer asalto», pensó, muy complacida. Y a continuación contó casi todo lo que sabía.

—De modo que usted atrajo a Kyzer a la muerte… —dijo el teniente Sanders.

—¡Mi querido teniente, hace muchos años que no he atraído a nadie, a ninguna parte!

—¡Quiero decir con aquel anuncio! —Sanders estaba perdiendo la paciencia—. ¿Dice usted que Mrs. Ryan le dio aquella información acerca del número de serie del equipaje perdido, por teléfono? ¿Desde dónde llamó?

La maestra de escuela se encogió de hombros.

—Naturalmente, siendo una fugitiva de la justicia, acusada de un asesinato que no cometió, no me lo dijo. Pero yo sabía que la persona que tenía el equipaje de Walter Ryan poseía también algún conocimiento culpable, o podía conducirnos hasta el autor del crimen, de modo que puse el anuncio y obtuve dos respuestas. También acudí a Mr. Malone en busca de ayuda, y en aquel momento estábamos esperando a Kyzer…, pero alguien se nos adelantó. Kyzer se presentó en el hotel con las maletas y alquiló una habitación en el mismo piso, a fin de tenerlas a mano para fugarse si comprobaba que nosotros estábamos sobre la buena pista, evidentemente.

—Usted y ese abogado Malone, ¿eh? ¿Por qué no me facilitó esa información?

—Tendrá que preguntárselo a él —respondió la maestra de escuela amablemente.

—No crea que no vamos a hacerlo. —El teniente se puso en pie—. Personalmente, creo que usted sabe dónde está Mr. Malone… y dónde está la viuda, también. —Hizo una seña a sus hombres—. Registren la casa de arriba abajo. —Mientras se movían en rápida obediencia, se encaró de nuevo con la maestra de escuela—. De modo que está usted metida en este asunto en plan de detective amateur, ¿no es cierto?

—Puedo ser una aficionada —replicó Miss Withers—. Pero soy capaz de pensar en algunas otras cosas, además de fijarme en el detalle de las maletas, que escapó a su atención profesional. ¿Qué me dice de la autopsia? ¿Han analizado el contenido del estómago de Ryan?

—¡No creo que haya necesidad de examinar el estómago de un individuo que tiene una bala del 38 en la cabeza!

—Si el teniente coronel Ryan hubiese llevado un revólver, habría sido un 45 de reglamento —contraatacó Miss Withers—. He efectuado algunas averiguaciones, y he comprobado que el Ejército no utiliza revólveres del calibre 38. De modo que esto echa por tierra su teoría de que Ryan fue asesinado con su propio revólver.

Sanders dio un respingo.

—Y por su propio bien —continuó Miss Withers—, deseo que compruebe si han analizado el contenido del estómago del muerto, y, en caso negativo, que ordene que lo hagan inmediatamente.

—¡El que da aquí las órdenes soy yo! —gritó el teniente. Se volvió hacia los dos agentes uniformados que en aquel momento habían entrado de nuevo en la habitación—. ¿Y bien? —inquirió.

—Nada, teniente, solo… —El hombre mostró un exótico pijama rojo, y Miss Withers se estremeció de pies a cabeza—. Supongo que este pijama no será suyo, señora…

Se produjo una pausa glacial, y luego Miss Withers se irguió en actitud desafiante.

—¡Incluso las maestras de escuela solteronas pueden te ner sus caprichos, si es que le importa saberlo! —Y apretó la llamativa prenda contra su pecho—. ¿Es que una dama no puede tener sus secretitos?

El teniente Sanders sacudió la cabeza, pero era evidente que estaba a punto de estallar en una carcajada. Hizo una seña a sus hombres y echaron a andar hacia la puerta. De repente se detuvo, olfateando el aire. Sus ojos se volvieron hacia un cuenco que albergaba las preciadas violetas africanas de la maestra de escuela, en cuyo borde vio, con gran espanto de Miss Withers, un enorme puro a medio fumar.

—¿Fuma usted puros, también? —preguntó, en tono sarcástico.

—Algunas mujeres los prefieren… —empezó a decir Miss Withers, pero inmediatamente se dio cuenta de que aquello no iba a convencer al teniente—. Sin embargo, si quiere usted saberlo, Mr. Malone me ha traído a casa esta noche y se quedó unos instantes charlando conmigo.

—¡Oh! —exclamó el teniente, en tono de fastidio—. Otra vez Malone. Creo que voy a sostener una agradable conversación con ese pequeño picapleitos, en los sótanos de la Jefatura. Tomaremos su declaración más tarde, Miss Withers: mañana por la mañana, a las nueve, preséntese en la Brigada de Homicidios, o me veré obligado a venir a buscarla con el coche celular, ¿entendido?

La maestra de escuela disparó su último cartucho.

—Me sentiré dichosa de poder aconsejarle en cualquier momento que lo necesite, teniente.

Sanders acusó el impacto y respondió con una frase impublicable, pero continuó andando hacia el automóvil de la policía. Apenas se había perdido de vista el vehículo, cuando Miss Withers había vuelto a ponerse ya el vestido y se peinaba apresuradamente. Luego corrió hacia el lugar donde se encontraba su pequeño coupé y la ansiosa —y ampliamente separada— pareja.

—¡Rápido, Malone! —exclamó—. Han ido en busca suya, y tenemos que actuar aprisa. Usted irá a la oficina del ayudante del coroner para obtener todos los datos posibles acerca de la autopsia, y yo iré a aquel tugurio de la Main Street llamado el Infierno de Dante…, aunque es más probable que sea el de Danny.

—¿Y yo? —preguntó Eva en tono plañidero—. ¿Tengo que pasear por las calles sin abrigo hasta que alguien me detenga, o me hiele de frío?

—Tú te irás a dormir, querida —dijo la maestra de escuela.

—Pero…

—La policía acaba de registrar la casa, y no es probable que vuelva a hacerlo. Es el lugar más seguro de la ciudad para ti. Vamos, date prisa… y deséanos suerte.

Pusieron el coche en marcha, mientras la joven y Talley les contemplaban con una expresión de ansiedad en la mirada.

Malone apuró el escaso contenido de la botella y luego la tiró por la ventanilla.

—No me gusta esto —dijo.

—¿Mi modo de conducir? —inquirió Miss Withers, picada en su amor propio.

—Tampoco eso me gusta. Pero lo que iba a decir es que ha invertido usted los papeles. Usted puede conseguir lo mismo que yo en la oficina del ayudante del coroner… y yo puedo entendérmelas mejor que usted con un garito, ya que estoy más familiarizado con el terreno.

—Vuelvo a aconsejarle la abstinencia —dijo Miss Withers—. Pero, pensándolo bien, tiene usted razón. De modo que lo haremos como usted dice. Cuando haya terminado mis gestiones en la oficina, iré al Infierno para arrancarle del bar y de las taxi-girls.

—Se equivoca usted conmigo, mi querida señora —dijo Malone—. Si tomo una copa, será únicamente para soltar la lengua del barman.

Miss Hildegarde Withers le miró con una expresión sarcástica.

 

Era tal su prisa, que dejó a Malone cerca de una parada de taxis en Park Place, dirigiéndose a continuación al norte, hacia el edificio del Ayuntamiento. Tardó veinte minutos en encontrar la oficina que buscaba —la única oficina iluminada en el largo y oscuro pasillo—, y otra media hora en conseguir que unos soñolientos empleados le facilitaran la información que necesitaba, después de inventar toda clase de parentescos con el hombre asesinado.

«A fin de cuentas —se dijo a sí misma, para tranquilizar a su conciencia—, todos los humanos son primos, lo mismo si descienden de Adán que si descienden del mono».

Sin embargo, había comprobado que su presentimiento era cierto. No había sido solamente el alcohol lo que hizo que la voz del teniente coronel Ryan sonara espesa y tartajeante a los oídos de su extrañada esposa…, la esposa que al enterarse de que había llegado se asustó tanto, que empaquetó todas sus cosas y se marchó apresuradamente del apartamento. Al parecer, habían efectuado un rutinario análisis del contenido del estómago del muerto, y aunque habían hallado bastante alcohol, encontraron también rastros de Hidrato de doral.

«¡Un narcótico!», se dijo Miss Withers en voz alta mientras se dirigía a la parte baja de la ciudad, al tugurio donde Ryan había endosado su cheque y había sido drogado, sin duda alguna. En aquellos momentos, la maestra de escuela experimentaba ciertos remordimientos por haber permitido que Malone fuera allí, y deseó haberle advertido que se abstuviese por completo de beber. Aunque la advertencia no hubiera hecho el menor efecto, pensó.

Casi pasó de largo, ya que el gran letrero luminoso colgado encima de la puerta estaba apagado. Después de aparcar en una zona prohibida —y de decidir que Malone pagara la inevitable multa—, se dirigió hacia la puerta principal, de la cual colgaba un cartelito escrito a mano: CERRADO.

La puerta era vidriera, y las cortinillas estaban echadas, pero Miss Withers creyó ver una débil claridad. Golpeó un cristal con los nudillos, pero no ocurrió nada. Luego, pegando el oído a la puerta, oyó voces masculinas que estaban cantando; era un dúo, y una de las voces le resultó perfectamente conocida.

«¡Ya la ha cogido!», suspiró la maestra de escuela, y siguió llamando.

El dúo continuó, imperturbable. Estaban cantando La Rosa de Tralee. Exasperada, Miss Withers dio un puntapié a la puerta.

—Échese a un lado, hermanita —dijo una voz de hombre detrás de ella—. Nos encantará derribar esa puerta por usted. —Miss Withers volvió la cabeza… y se encontró ante el desagradable rostro del teniente Sanders—. ¡Oh, no! —exclamó el detective—. ¡Tres veces en una misma noche, no! ¿Cómo viaja usted? ¿Montada en el mango de una escoba?

—Prefiero un mango de escoba a una porra de policía —replicó Miss Withers—. Pero, adelante: vea si puede entrar. Malone está ahí, y temo lo peor.

—¿También él?

Sanders sacó un revólver de su bolsillo y golpeó uno de los cristales, aunque no con la fuerza suficiente para romperlo.

—En cuanto le eche mano a Malone —murmuró el teniente, con aire sombrío—, va a cantar por el otro lado de la boca.

Golpeó de nuevo el cristal, esta vez más fuerte, hasta que se rompió. El canto se interrumpió bruscamente, y un instante después la puerta se abrió con violencia.

—¿Qué diablos…? —rugió Dan Tendler—. ¿No ve que está cerrado?

Pero al ver la insignia que exhibía Sanders, su pálido rostro palideció todavía más. Retrocedió un par de pasos, y el pequeño grupo entró en un local pésimamente iluminado que olía a alcohol y a tabaco rancios, con unas pinturas murales que Miss Withers miró una sola vez, para apartar inmediatamente la vista con virginal pudor.

Malone se hallaba en el extremo más apartado del mostrador, con un vaso de cerveza en la mano y una botella de whisky delante de él. Alzó la mirada con ingenuo placer.

—¡Vaya, vaya, a quién tenemos aquí! ¡Nada menos que al teniente y a mi buena amiga Miss Withers! Tomen lo que quieran, muchachos. Mi amigo Danny les servirá encantado.

—¡Cállese la boca, picapleitos! —rugió Sanders—. Su turno no ha llegado aún. —Se encaró con el propietario del local—. Oiga, usted. ¿Trabaja aquí un tipo conocido por el nombre de Hoppy?

El hombre asintió.

—Barre el local, limpia las mesas, lava los vasos… Al menos, eso es lo que hacía. No le he visto el pelo desde el domingo.

—¿Sabe por qué?

—Alguien dijo que estaba enfermo.

—Estaba muerto —rectificó Sanders—. Murió hace una hora en el hospital del condado… a consecuencia de algo que bebió aquí. —El detective se acercó más al propietario del local—. ¿Sabe usted lo que significa eso?

Tendler miró al teniente, y luego a los demás, con lágrimas en los ojos.

—No sé nada, lo juro. Hoppy tenía la costumbre de apurar el contenido de los vasos que quedaban en las mesas, y tal vez…

—Nada de tal vez. Sabe usted perfectamente lo que tomó.

El hombre asintió lentamente.

—Tuvo que ser un Mickey. Llamé por teléfono al hospital, y eso fue lo que dijeron. Tenía el corazón débil…

—¿Por eso ha cerrado usted tan temprano?

Tendler asintió de nuevo.

—En señal de respeto al pobre Hoppy. Y…, y porque… —El hombre sonrió tímidamente—. Ya sabe usted que cuando alguien toma un Mickey en un bar, el local queda clausurado. Precisamente lo estaba discutiendo con Mr. Malone.

«No hay ningún amigo como un nuevo amigo», cantó Malone alegremente, pero la mirada de Sanders enterró rápidamente su rostro en su vaso.

A continuación el teniente se volvió hacia el propietario del local.

—De acuerdo. Tendler. ¿Por qué lo hizo?

—¿Yo, teniente? ¡Por mi santa madre que está en el cielo, le juro que no he servido un Mickey en mi vida!

El hombre temblaba como gelatina.

—¡Un momento, por favor! —intervino Miss Withers—. Creo que sé quién lo hizo. —Mientras Sanders se volvía hacia ella, continuó apresuradamente—: Da la casualidad que sé que Walter Ryan llamó por teléfono a su esposa desde aquí aquella noche, y su voz era espesa y tartajeante…, uno de los primeros síntomas del hidrato de doral. Y da la casualidad, también, de que hace unos instantes he estado en la oficina del ayudante del coroner, y es evidente que Ryan se hallaba inconsciente a causa de la droga cuando le dispararon aquel tiro. Tuvo que ingerir el narcótico aquí…, y la persona que lo dejó caer en su vaso fue probablemente un tal Barney Kyzer.

—¿Qué? —Sanders sacó una fotografía de su bolsillo y la colocó delante de los ojos del dueño del local—. ¿Conoce usted a este hombre? ¿Estuvo aquí aquella noche?

Tendler tomó aliento.

—Sí, estoy seguro —dijo, mientras contemplaba el ensangrentado rostro del muerto—. Venía aquí con cierta frecuencia… Sí, aquella noche estaba aquí.

—¿Con este individuo? —Sanders sacó otra fotografía tomada en el depósito de cadáveres, esta vez la de un hombre de aspecto juvenil, vestido de uniforme.

—Creo…, creo que sí. Sí, estaban sentados en aquella mesa del fondo, y cada vez que me acercaba a ellos para servirles otra ronda se callaban. Este es el hombre que me endosó un cheque de veinticinco dólares, con el pretexto de que no tenía dinero suelto para telefonear.

—¿Ve usted, teniente? —dijo Miss Withers con la más ingenua de sus expresiones.

Pero Sanders no pareció haberla oído.

—Entonces, ¿estaban los dos solos?

—Sí…, es decir, no… —Los ojos de Tendler se fruncieron, recordando—. Primero estaban solos, y luego se les unió otro hombre.

—¿Cómo era ese tercer hombre?

Tendler se esforzaba por recordar, deseoso de ayudar, evidentemente.

—Creo que le había visto un par de veces antes de aquella noche. No era un cliente habitual. Era un hombre delgado, bajito, con una nariz demasiado grande para él y una voz chillona.

El teniente estaba tomando notas.

—Y ese —dijo Miss Hildegarde Withers— es el hombre que asesinó a Kyzer anoche en el hotel… para evitar que me entregara el equipaje del muerto, con la esperanza de ganarse dos mil dólares de propina. ¿Se da cuenta, teniente? Drogaron a Ryan, el cual solo bebió una parte del contenido de su vaso. Tuvo fuerzas suficientes para telefonear a su esposa y llegar al apartamento en un taxi antes de caer. Los dos hombres le siguieron hasta allí, le encontraron inconsciente y le pegaron un tiro.

—Hablando de beber… —empezó Malone.

Pero Sanders se encaró con Miss Withers.

—Dígame: ¿qué motivo podía tener nadie para asesinar a un hombre que llevaba años enteros fuera del país?

—Salta a la vista, teniente: Ryan estaba en posesión de algo de mucho valor que se había traído de ultramar. Según Eva Ryan, su marido estuvo en el JAG, un organismo del ejército de ocupación encargado de controlar los efectos bloqueados del Banco Nacional de Tokio. Entre aquellos efectos había joyas… y eso explicaría lo que Ryan le dijo a su esposa acerca de enseñarle algo que haría centellear sus ojos.

—Siempre he dicho —observó Malone— que quemar un billete de cien dólares en un bar produce efectos inmediatos.

—¡Continúe! —ordenó Sanders en tono severo—. Me refiero a usted, señora.

—Bueno, todo eso son meras intuiciones, adobadas con un poco de trabajo deductivo. Pero si Ryan se apoderó de un puñado de piedras preciosas en la época de la caída del Japón…

—¿Va usted a decirme que un individuo como él hubiera esperado tantos años para convertirlas en dinero?

—¡Desde luego! Era un hombre listo…, mucho más listo que el oficial que hizo lo mismo en Alemania y que trató de cambiar inmediatamente una esmeralda por un automóvil nuevo. Le echaron el guante, naturalmente. Supongo que estará usted enterado del caso… Por eso Ryan no solicitó ningún permiso durante tanto tiempo; esperó a que el asunto quedara olvidado, y solicitó que le enviaran a Corea, a fin de regresar del campo de batalla como un héroe. Tengo entendido que la Aduana hace la vista gorda cuando se trata del equipaje de un héroe.

Sanders asintió lentamente.

—Sí, la cosa tiene sentido. Pero ¿por qué motivo un individuo tan listo como él tenía que poner en antecedentes del asunto a Kyzer y a otro malhechor, y emborracharse con ellos en un tugurio como este?

—Ryan conocía a Kyzer, el cual había trabajado para él en un caso de divorcio fraudulento, y sabía que había perdido su licencia de investigador privado por haber intentado actuar de intermediario entre unos ladrones y una compañía de seguros… Tal vez creyó que, a cambio de una comisión, Ryan podía presentarle a algún compañero profesional de objetos robados.

—Un perista, decimos nosotros.

A pesar suyo, Sanders estaba cada vez más interesado.

—Evidentemente, Kyzer fingió acceder, y le presentó al tercer hombre. Pero los dos compinches se habían puesto previamente de acuerdo, suponiendo correctamente que Ryan tenía que haber ocultado su botín en la consigna de una estación o de un hotel. Drogaron a Ryan, le siguieron hasta su apartamento, le robaron el resguardo de su equipaje y luego le mataron para cerrarle la boca para siempre…, pensando que el asesinato sería atribuido a su esposa, como así fue.

—Una esposa encantadora —suspiró Malone—. No sospecharía de ella ni un solo instante.

Sanders le hizo seña de que se callara.

—Continúe, señora. Todo eso son «puede ser», y «tal vez», pero continúe.

—Bien —prosiguió Miss Withers—, incluso para un perista, las joyas resultan difíciles de colocar. Kyzer era muy codicioso, y cayó en la trampa de mi anuncio ofreciendo una recompensa por un equipaje que ahora carecía de valor. Pero el tercer hombre leyó también el anuncio, vigiló a Kyzer, le siguió hasta el hotel y le saltó la tapa de los sesos antes de que Kyzer pudiera ponerse en contacto con nosotros. De ese modo, evitaba que nos pusiera imprudentemente sobre la pista, y se quedaba con todo el botín. ¿Sencillo, verdad?

El teniente Sanders tenía los labios fuertemente apretados.

—¡El tercer hombre! Bueno, tenemos una buena descripción suya. Lo primero que haremos mañana por la mañana será visitar a todos los peristas de la región. —Se volvió hacia Dan Tendler—. Preséntese en mi oficina a las nueve en punto. Si puede usted identificar a ese individuo para nosotros, tal vez consiga que no le clausuren el local.

El rostro de Tendler se iluminó.

—No faltaré, desde luego —dijo, estrechando la mano de Sanders hasta que el detective parpadeó.

A continuación, el teniente se encaró con Malone.

—En cuanto a usted, picapleitos…

—Mr. Malone no dio ninguna información en el hotel porque creyó proteger los intereses de su cliente —intervino rápidamente Miss Withers—. O de la muchacha que él pensó que podía convertirse en su cliente. Además, en estos momentos no se encuentra en condiciones de ser interrogado.

El detective vaciló.

—Bueno, mañana les quiero a todos en mi oficina —capituló finalmente.

Se marchó sin despedirse, dando un portazo que hizo que el cristal roto se rompiera un poco más.

El local quedó silencioso unos instantes.

—Vamos, Malone —dijo finalmente la maestra de escuela en tono firme—. Ya es hora de ir a dormir.

—¡No! —protestó Malone, agarrando su botella—. Todavía es temprano. Voy a beber otro trago y a cantar otra canción con mi compañero Danny. —Rodeó afectuosamente con su brazo los anchos hombros de Tendler—. ¿Conoce usted Mother Machree?

Tendler se disculpó.

—Desde luego, Mr. Malone. Pero creo que será mejor que vaya a acostarse. No me encuentro muy bien y quiero cerrar. En otra ocasión, ¿eh? —Abrió la caja registradora y sacó hasta el último centavo. Luego se volvió hacia la hilera de botellas de la estantería, y escogió una botella de ron. Se quitó el delantal e introdujo amoroso la botella en el bolsillo de su americana—. No hay nada como un vaso de ron caliente para entonar a un hombre y hacerle dormir después de un día agitado. Y pueden creer, amigos, que este ha sido un día realmente agitado. Un asesinato en mi propia casa…, probable pérdida de la licencia…, un cheque falso… —Suspiró y avanzó hacia el interruptor de la luz.

Malone apuró el contenido de su vaso con aire cariacontecido, en tanto que Miss Withers repiqueteaba impacientemente con los dedos sobre el mostrador.

—¡Un momento! —exclamó el pequeño irlandés, súbitamente inspirado—. No podemos permitir que mi amigo Danny regrese solo a casa, encontrándose mal…

—¡Estoy perfectamente! —protestó Tendler.

—No se hable más del asunto, compañero. Mi amiga Hildegarde tiene su auto esperando en la calle. Le llevaremos a su casa.

Tendler protestó, pero Malone no pareció oír sus protestas… a pesar de que la maestra de escuela, pensando ansiosamente en su lecho y también en la preocupada muchacha que la esperaba, le fulminó con sus miradas. Subieron al automóvil —el cual tenía pegado el papelito de la multa, como ella había esperado— y emprendieron la marcha. Malone y su inseparable amigo de una noche iban sentados en el asiento trasero, cantando:

Dublín es una bella ciudad,

llena de hermosas muchachas…

Afortunadamente para los tímpanos y para los nervios de Miss Withers, Tendler vivía relativamente cerca, en un modesto apartamento del barrio Ambassador. Tendler se apeó rápidamente, murmuró unas palabras de agradecimiento y se dirigió con paso apresurado hacia su alojamiento, desoyendo la sugerencia de Malone, el cual insistía en que disponían del tiempo justo para tomar una última copa. La puerta se cerró detrás del hombre, y Miss Withers puso el automóvil en marcha.

—Pare —dijo Malone, cuando se hubieron alejado una manzana de allí.

Miss Withers le miró, con expresión desolada.

—¿No cree que todos los bares estarán ya cerrados?

—¿Quién ha hablado de bares? —inquirió Malone, con una voz distinta.

—¡Malone, usted está completamente sobrio! —balbució Miss Withers.

—Hasta cierto punto, amiga mía. Tuve que tragarme media botella de whisky para intimar con Mr. Tendler.

—Sí, lo sé. Pero ¿por qué?

—Dele media vuelta al coche y aparque en un lugar oscuro. No tardará en verlo.

Intrigada, Miss Withers obedeció. Permanecieron unos minutos en silencio. Luego, Malone dijo:

—He hecho una apuesta conmigo mismo. Y creo que la he ganado. No pierda de vista la casa de Tendler.

Esperaron media hora. Luego llegó un taxi y se detuvo delante de la casa de Tendler, haciendo sonar el claxon tres veces consecutivas. El hombre salió un momento después, portando un pequeño maletín. Subió al taxi, y el vehículo dio media vuelta y se alejó en dirección al sur.

—Ha llegado el momento —dijo John J. Malone—. ¿Quiere usted intentar, por una sola vez, hacer correr a este cacharro?

Era una causa perdida. Miss Withers casi consiguió alcanzar al taxi en una luz roja, pero a aquella hora apenas había tránsito y, una vez en el bulevar, el taxi fue ganando terreno. Finalmente, se perdió de vista.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Miss Withers.

—Seguir adelante —dijo Malone, señalando un poste indicador en el cual podía leerse: AEROPUERTO INTERNACIONAL DE LOS ÁNGELES - 5 MILLAS—. Tendler se dirige al aeropuerto, y si hay algún avión que emprenda el vuelo para alguna parte durante los próximos minutos, estamos perdidos. ¿No puede usted correr más?

—Supongo que puedo apearme y empujar —gruñó la maestra de escuela—. Pero, sigo sin comprender…

—Tendler es el tercer hombre —explicó el pequeño abogado—. Creí que se daría usted cuenta cuando Tendler recordó a Ryan y a Kyzer de un modo tan cabal, e incluso fue capaz de describir al tercer hombre… atribuyéndole un tipo completamente opuesto al suyo. Tendler no fue a visitarla a causa del cheque; sospecho que lo hizo a fin de tener una excusa para ir al hotel y comprobar si lo que suponía era cierto. Lo comprobó, hasta el punto de que comprendió que tenía que librarse inmediatamente de Kyzer, cosa que hizo. Recuerde que Tendler se encontraba en el hotel en el momento del asesinato. Sin embargo, no estuve realmente seguro hasta que le vi coger una botella de ron… ¡después de haber estado bebiendo conmigo excelente whisky irlandés por espacio de dos horas! El bebedor de whisky no bebe ron, y mucho menos pudiendo escoger en su propio bar.

La maestra de escuela balbució:

—¿Y va a escapar con el botín? No será mientras yo viva.

El viejo armatoste crujió amenazadoramente al tiempo que el asmático motor era obligado a un esfuerzo titánico. Al llegar a un cruce, Miss Withers vio a un policía de tráfico parado sobre su moto, acechando.

—¡Esta es la nuestra! —exclamó la solterona, desenterrando el hacha de guerra.

Desvió ligeramente el automóvil, y solo un milagro impidió que se llevara la moto por delante. Miss Withers continuó intrépidamente su avance, haciendo sonar el claxon. Se oyó el aullido de una sirena, y unos instantes después el joven motorista les cortaba el paso, obligándoles a detenerse.

—¡Gracias, Dios mío! —murmuró la maestra de escuela.

El agente se acercó a la portezuela con cara de pocos amigos.

—¿Dónde es el fuego, señora?

—Estará debajo de sus pantalones —dijo Malone—, a menos que utilice su radio y consiga que un coche patrulla llegue al aeropuerto a tiempo para detener a un hombre gordo que viaja hacia allí en un taxi y que probablemente va a tomar un avión para Sudamérica. Estamos sobre la pista de un doble asesino, amigo. Trabajamos con el teniente Sanders.

—¿Con el teniente Sanders? ¿Tiene la bondad de describírmelo?

—Es un hombre rudo y mal educado —intervino rápidamente Miss Withers—, que lleva gafas, tiene unas facciones desagradables y unos modales más desagradables todavía.

El agente frunció el ceño, y luego distendió el rostro en una sonrisa.

—Veo que conocen al teniente Sanders, desde luego. Estuve a sus órdenes antes de ingresar en la sección de Tráfico. Voy a hacer la llamada.

Miss Withers y Malone permanecieron sentados, con los dedos cruzados, mientras el agente hablaba brevemente a través de su pequeño transmisor. Luego, el joven oyó algo que le galvanizó, poniéndole en movimiento. Saltó a bordo de su motocicleta y se alejó veloz como el viento.

—Es una lástima —dijo Miss Withers— que no nos haya dado la oportunidad de decirle que busquen las joyas en la botella de ron que su pálido amigo Danny Tendler trata de introducir en Sudamérica.

—Las encontrarán —aseguró Malone—. Les hemos dado lo suficiente para que puedan imaginar el resto. Mi pálido amigo Danny no irá a otra parte que no sea la cámara de gas.

Miss Withers suspiró y puso el motor en marcha.

—Bueno, Malone, ahora puede usted regresar a su hotel y preparar sus vacaciones…, las cuales admito que se ha ganado en una buena causa. Yo me iré a casa, a darle las buenas noticias a Eva. Y mañana por la noche, puede usted llevar a Dulzura al Mogambo.

John J. Malone vaciló.

—Hildegarde, ¿ha estado usted alguna vez en el Mogambo?

—¿Yo? No, desde luego que no. Mis gustos y mi guardarropía son más adecuados para el Barney’s Beanery, con sus cenas de 1,25 dólares. Pero, si insiste…

—Insisto —dijo el pequeño abogado galantemente—. Pero ¿sabe una cosa? ¡Maggie no va a creerlo nunca!

WITHERS & MALONE

EXTORSIONADORES DE CEREBROS

Stuart Palmer & Craig Rice

M

E persiguen! —balbució John J. Malone, mientras entraba precipitadamente en el chalet de Miss Hildegarde Withers.

Dejó caer al suelo su tintineante maletín, y se desplomó sobre la butaca más cómoda.

—¿Quién le persigue? ¿Los loqueros? —inquirió la sorprendida maestra de escuela. Hacía más de dos años que no había tenido noticias del guapo e incorregible abogado, pero ahora estaba allí… y evidentemente muy nervioso. Miss Withers se ajustó el batín con un gesto ostensible, y luego acechó a través de las persianas, pero la ancha calle de Santa Monica-by-the-Sea parecía tan tranquila como de costumbre—. No veo a nadie —aseguró—. Pero alguien ha dicho que el culpable huye cuando ningún hombre le persigue…

—Bueno —protestó Malone, que en aquellos momentos estaba tratando de recobrar el aliento y de defenderse, al mismo tiempo, de los amistosos avances de Talley, el perro de aguas francés—, puedo ser culpable y puedo no serlo: eso ha de decidirlo el jurado. Pero alguien me ha estado persiguiendo desde el aeropuerto. Tuve que apearme de un salto de mi taxi a un par de manzanas de aquí, y recorrer el resto del camino al galope. Eran dos hombres en un sedán negro, y puedo asegurarle que sus intenciones no eran amistosas, ni mucho menos.

—Pero ¿quién? Seguramente tiene usted alguna idea.

Malone se encogió de hombros.

—¡Cualquiera! Soy persona non grata para Harbin Hamilton, ayudante del fiscal del distrito del condado de Cook. Y para el capitán Von Flanagan, de la Brigada de Homicidios de Chicago. Y para Filthy Phil Pappke, el recaudador de impuestos, y para un rico libertino llamado Bedford, e incluso para Joe el Angel, del bar City Hall. ¡Y no digamos para Maggie!

—Entonces, el asunto debe de ser grave. Sea usted bien venido a mi modesto hogar…, aunque no haya lavado aún los platos del desayuno. Pero, continúe, cuénteme lo que le ha traído hasta aquí.

—Asesinato —admitió Malone con desgana—. Tal vez dos asesinatos, uno de ellos a cuenta mía.

Miss Withers enarcó las cejas.

—No acabo de entenderlo.

—¡Lo mismo me ocurre a mí! Queríamos evitar un asesinato, pero… —Suspiró—. Es una larga historia. ¿Tiene usted algo para refrescar el gaznate?

—Puedo ofrecerle café y un poco de tarta —dijo Miss Withers en tono severo, y desapareció en dirección a la cocina.

Últimamente, la vida había sido bastante aburrida para la maestra de escuela jubilada, pero la cosa empezaba a animarse. Siempre que se habían cruzado los caminos —y a veces las espadas— entre ella y John J. Malone, las aventuras habían sido memorables. Incluso conservaba las cicatrices para demostrarlo. Al cabo de unos instantes estaba bombardeando a preguntas a su inesperado huésped. Malone bautizó el café con un líquido procedente de una botella que sacó del bolsillo de su abrigo, y obsequió al cariñoso Talley con la tarta cuando creyó que Hildegarde no le veía.

—En realidad, he venido aquí en busca de una muchacha —confesó.

—No es mi especialidad —dijo Miss Withers—. Soy una señorita, no una señora. ¿Ha intentado quemar un billete de cien dólares en el bar de un hotel? Según usted, es el medio más seguro para ganarse amigos.

—¡Escuche, Hildegarde! Me refiero a una muchacha especial… llamada Nancy Jorgens. Una muchacha encantadora, muy impetuosa y muy impulsiva, 24 años, medidas 38-24-36…

—Ahórreme las estadísticas vitales.

—Al parecer, Nancy se encuentra por estos alrededores…, en alguna parte de la zona de Los Ángeles, por lo menos. Pero es como buscar una aguja en un pajar.

—Lo cual no es una tarea tan difícil, si se cuenta con un imán suficientemente grande. —Miss Withers se animaba cada vez más—. En este caso, el imán es el o lo que la ha traído aquí.

—Paul Bedford. —El pequeño abogado pronunció el nombre como si tuviera un mal sabor de boca. Luego añadió, levantando su taza—: ¿Le importa que endulce esto un poco?

—Ya lo ha endulzado usted tres veces, pero ¿para qué vamos a contarlas? —La maestra de escuela cerró los ojos unos instantes, con aire de desaprobación. Luego volvió a abrirlos—. Continúe con su historia.

—Como usted recordará, siempre me he enorgullecido de no haber perdido un solo caso. Pues bien, esto ha sido verdad… hasta ahora.

—¿Una ejecución? Creí que el asesinato no se había producido aún…

Malone sacudió la cabeza, llenando de ceniza de puro su traje nuevo, cortado por Finchley, y su flamante corbata Condesa Mara.

—Quiero decir que he perdido el cliente. Nancy emprendió el vuelo ayer. Es una fugitiva de la justicia y, por su causa, también yo soy un fugitivo. Verá, se debe al juicio sobre declaración de paternidad que perdí…, luego el proceso por falsificación, y… —El pequeño abogado suspiró—. Pero se lo contaré de camino hacia la parte baja de la ciudad.

—¿De camino hacia dónde?

—Hacia la Jefatura de policía. Queda muy poco tiempo: necesitamos la ayuda oficial. Quizá con sus amistades…

—Esto no es Manhattan, y aquí no hay ningún inspector Pipper. En la Jefatura me conocen, sí, pero temo que me consideren como una especie de plaga. No podemos esperar ayuda de ellos.

—Pero tenemos que encontrar a Bedford antes de que Nancy dé con él… Nancy desapareció ayer, inmediatamente después de que yo le consiguiera la libertad bajo fianza, llevándose únicamente un par de vestidos de verano, y una pistola que utilizaba en la función que estaba representando cuando fue detenida. Pero en las notas de sociedad del Tribune del pasado domingo había una gacetilla anunciando que Paul Bedford, de la Winnetka Bedfords, había salido de la ciudad para pasar unas cuantas semanas en el sur de California. Nancy debió leer aquella gacetilla. Ni siquiera me telefoneó para despedirse de mí…, probablemente por miedo a que yo tratara de disuadirla.

—¿Sabe ella dónde se encuentra Bedford?

—Sostuvieron relaciones íntimas, de modo que es posible que lo sepa. Pero nosotros no lo sabemos.

—Hum —murmuró Miss Withers—. Y ese Bedford, ¿es un personaje importante?

—Desde luego. Incluso antes de la publicidad producida en torno al juicio, su nombre aparecía con frecuencia en las primeras páginas de los periódicos y en las notas de sociedad. Fue un destacado deportista universitario. Durante la guerra dirigió una oficina en el Pentágono, pero obtuvo una condecoración. Y su colección de autógrafos es famosa: tiene un juego completo de los firmantes de la Declaración de Independencia, incluido un discutido Button Gwinnett, acerca del cual se ha escrito un libro. Él y su hermana Doris heredaron más de cuatro millones de dólares cuando murió su madre, hace unos cuantos años…

—Es suficiente, Malone. La crema de la sociedad tiene costumbres fijas, como las aves migratorias. Es casi seguro que está en Palm Springs, Santa Bárbara, La Jolla, Malibú Beach o Balboa Island. Y no hay que subestimar la utilidad de una conferencia telefónica. ¿Quién podría efectuar una llamada personal desde Chicago a alguno de esos lugares? ¿Maggie, tal vez?

—Maggie tiene una opinión muy desfavorable de todo esto. Pero puede usted pedírselo.

Hildegarde lo hizo inmediatamente.

—¡Miss Withers! —llegó la voz de Maggie a través de centenares de millas—. ¡Debí imaginar que la meterían en esto! De modo que Malone está ahí… ¿Se encuentra…?

—No, todavía no. Y estoy a punto de hacer un poco más de café.

—¡Estupendo! Pero trate de mantenerle alejado de esa mujer.

La maestra de escuela ni siquiera parpadeó.

—Sí, pero a quien tratamos de localizar es a Bedford. —Explicó su plan, en detalle—. ¡Y dese prisa, Maggie!

Después de colgar, Miss Withers se volvió hacia Malone.

—Va a intentarlo. Pero ¿por qué se ha referido Maggie a Nancy Jorgens como a «esa mujer», y me ha advertido que le mantuviera alejado de ella?

Malone se removió en su butaca.

—Maggie está cargada de prejuicios. Verá, Nancy acudió a mi oficina hace cosa de un año…, una encantadora visita, desde luego. Los cabellos como miel hilada, los ojos azules como los lagos de Killerney, un tipo que…

—Omita los detalles. ¿Dice usted que es actriz?

—Modelo, cantante, actriz…, no era más que una muchacha bonita tratando de introducirse en el mundo del espectáculo. Pero, como iba diciendo, cuando entró en mi oficina, su desliz saltaba a la vista.

—¿Cómo dice? —Y luego Miss Withers leyó entre líneas—. ¡Oh!

Malone asintió.

—Estaba en un «apuro». Dijo que el hombre era Paul Bedford, de las fábricas de conservas de carne Bedfords. Según Nancy, era la vulgar y eterna historia. Apeló a él cuando descubrió lo que sucedía, pero…

—Él se mofó…

—No, le dijo que fuera a ver a un médico de mala reputación. Cuando Nancy se negó a hacerlo, la echó de su presencia cerrándole la puerta en las narices.

—¡El muy…!

—De modo que presenté una demanda contra Bedford, para que reconociera su paternidad. Pensé que decidiría llegar a un arreglo amistoso, a base de un centenar de miles de dólares, quizá…, pero no lo hizo. Supongo que su avinagrada hermana, Doris, le convenció para que luchara. El caso es que alegó «chantaje legal», y nombró como defensor a Walt Hamilton, el hermano menor del ayudante del fiscal Harbin Hamilton, que desde hace muchos años me la tiene jurada. De modo que mi cliente y yo comparecimos ante el tribunal…

—Permítame ponerle un poco más de café en su whisky —ofreció amablemente Miss Withers.

—Gracias. En la vista estuve más elocuente que nunca…, modestia aparte. Cuando se celebró el juicio, Nancy ya había dado a luz y recuperado su antigua figura: resultaba una testigo muy atractiva. El jurado estaba compuesto en su totalidad por hombres, y cuando presenté mi alegato, con Nancy sentada allí con el pequeño Johnny en brazos, no había un ojo seco en la sala.

—Me lo imagino… —Miss Withers enarcó las cejas—. ¿El pequeño Johnny?

—Sí —suspiró Malone—. Nancy le puso al niño mi nombre, en prueba de agradecimiento. Verá, pagué los gastos de la clínica… Cualquier abogado hubiera hecho lo mismo por un cliente. Incluso encontré unas excelentes personas que se hicieron cargo de la crianza del pequeño…, unos parientes de Maggie que residen en Berwyn.

—Hum-m-m —murmuró Miss Withers—. Continúe.

—Y entonces la defensa me apuñaló por la espalda. Presentaron un montón de testigos, los cuales juraron por lo más sagrado que habían gozado de los favores de mi encantadora cliente.

—¡Oh, no!

—¡Oh, sí! La mayoría de ellos habían sido pagados para que testimoniaran en falso. A Bedford debió de costarle un montón de dinero. Lo cierto es que nos hundieron. No disponíamos de tiempo ni de dinero para efectuar una investigación acerca de aquellos falsos testigos. Un par de ellos habían salido varias veces con Nancy, y existían notas y fotografías dedicadas para probarlo. Nancy había aceptado regalos de algunos de ellos (nada importante, como abrigos de visón o esmeraldas, por ejemplo), pero ya sabe usted cómo son las muchachas de la profesión.

—Espero —murmuró la maestra de escuela— que estemos hablando de la misma profesión…

—¡Protesto! —exclamó el pequeño abogado, enrojeciendo—. Nancy Jorgens no es…

—Continúe, Malone.

—Bueno, desgraciadamente, Nancy no tenía ninguna carta escrita por Bedford durante su breve noviazgo. ¡Esto solo demuestra que no era mercenaria!

—¡O que Bedford era demasiado prudente para poner aquellas pruebas en sus manos! De modo que perdió usted el caso…

—No del todo. Obtuve una anulación del juicio por desacuerdo del jurado. Desde luego, iba a promover un nuevo juicio cuando Nancy o yo consiguiéramos reunir el dinero para las costas. Pero, entretanto, ella tenía que comer y pagar la alimentación del niño. De modo que ingresó en una compañía teatral, aprovechando la publicidad que el juicio le había proporcionado gratuitamente. ¡Y demostró que realmente es una actriz!

—Estoy absolutamente convencida —admitió Miss Withers—. Sobre todo para un auditorio masculino. ¿Cuánto tiempo hace que está enamorado de ella, Malone?

—¿Enamorado, yo? ¡No diga tonterías! Bueno, lo cierto es que las representaciones fueron un éxito, y todo iba viento en popa… cuando estalló la bomba: ¡detuvieron a Nancy, acusándola de haber falsificado el nombre de Paul Bedford en un cheque de 25 000 dólares!

—¡Querido, querido!

—«Querido-querido» no es la palabra apropiada. Para mí fue una gran sorpresa. Verá, ella recibió el cheque por correo, según dice…

—¡Según dice!

—… y vino alegremente a entregármelo. Yo acepté el endoso, y luego, Joe el Ángel, mi antiguo compañero y dueño del bar City Hall, lo presentó al banco. ¡Aquella noche lo celebramos bien!

—Puedo imaginármelo. Pero el cheque fue protestado…

—Desde luego, protestado, silbado y pateado. Metieron a mi cliente en la cárcel, y faltó muy poco para que yo la acompañara. Harbin Hamilton me acusó de complicidad, de conspiración, y de no sé cuántas cosas más. Como mínimo, solicitará mi expulsión del foro.

—¿Tan burda era la falsificación?

—No, era casi perfecta. Puede comprobarlo usted misma: he traído las fotocopias ampliadas en mi maletín, con la copia del examen preliminar. Los peritos calígrafos dicen que la firma fue calcada: pueden averiguarlo por las variaciones de la presión sobre la pluma o algo por el estilo. —Malone se puso en pie bruscamente, tropezó con el perro de aguas, se disculpó, y a continuación empezó a pasear arriba y abajo—. Según Nancy, el cheque llegó por correo normal. El sobre estaba escrito a máquina. Naturalmente, ella pensó que Bedford había cambiado de opinión, y lo mismo pensé yo… —Malone estaba ahora mirando a través de las persianas—. ¡Oiga, aquel sedán negro ha pasado dos veces por aquí!

—Tranquilícese, Malone. Aquí está usted seguro. ¡Pero todo este asunto no tiene sentido! ¿Cómo puede creer, una persona que esté en sus cabales, que una muchacha falsifique un cheque como ese, sabiendo que la falsificación sería descubierta inmediatamente… o como máximo en cuanto el perjudicado recibiera el estado de cuentas del banco?

—La oficina del fiscal tiene una respuesta a esa pregunta. Verá, los periódicos acababan de anunciar que Paul Bedford se disponía a emprender un crucero alrededor del mundo; pero, en el último momento, el viaje quedó suspendido a causa del estado de salud de su hermana: probablemente necesitaba una transfusión de agua helada. Las autoridades creyeron que Nancy creyó que no iba a descubrirse lo del cheque hasta que ella hubiera cobrado el dinero y desaparecido con él.

—Y, desde luego, a ella no se le había ocurrido una idea semejante, ¿verdad?

—Desde luego que no. Por desgracia, el mismo día que endosé el cheque en nombre suyo, Nancy acudió a una agencia de viajes y reservó plaza para un vuelo a México. Sin segunda intención, desde luego.

—Desde luego. Una vez en su poder el dinero, iba a abandonar su carrera, a abandonarle a usted…

—Yo iba a ir con ella —confesó Malone tímidamente—. Un viaje de una semana, aproximadamente. No he gozado de unas verdaderas vacaciones en muchos años, y necesitaba tomarme unos días de descanso.

—¡Lo que necesitaba era que le examinaran el cerebro! Pero eso no importa ahora. Sigo sin comprender cómo iba a arreglárselas el fiscal para sostener su acusación. ¿Cómo probaría que una muchacha como Nancy pudiera preparar una falsificación casi perfecta?

—Hamilton no iba a acusarla directamente: según él, aquella parte de la operación había corrido de mi cuenta. Verá, hace solo unos meses conseguí la absolución de Harry el Calígrafo, y otros miembros de la profesión me deben favores. Aunque soy incapaz de pensar siquiera en una cosa semejante.

—Estoy convencida de que es usted incapaz. Y me gustaría tener la misma seguridad en lo que respecta a Nancy. Porque todo se reduce a una cuestión de cui bono, Malone. ¿Quién iba a beneficiarse? ¿Quién iba a embolsarse los 25 000 dólares, sino la persona que presentaba el cheque?

—Lo sé, lo sé —admitió Malone, que seguía pegado a la ventana—. ¡Oh! Aquí está de nuevo el sedán negro. ¡Hildegarde, tenemos que marcharnos en seguida! ¿Por qué no llamará Maggie?

—Tranquilícese, Malone, tranquilí… —El teléfono no había terminado de sonar cuando la maestra descolgó el receptor—. ¿Diga? ¡Sí, sí…, yo misma! ¡Póngame la comunicación, y de prisa, por favor! ¿Maggie?

Era Maggie, de nuevo perfecta secretaria. Y el plan había surtido efecto; Paul Bedford había sido localizado, en Malibú.

—… de modo que está sentado junto al teléfono, esperando la conferencia —añadió la excitada voz de Maggie—. No me he atrevido a contestar a la central de teléfonos, porque no tengo nada que decirle a Mr. Bedford; ni siquiera me he atrevido a utilizar el teléfono de la oficina. Estoy llamando desde un teléfono público, y no tengo monedas de veinticinco centavos…

—¡Dios la bendiga! —exclamó Miss Withers—. ¡Adiós!

—¡Espere! —gritó Maggie—. Dígale a Malone que acabo de enterarme de que Harbin Hamilton ha salido en avión hacia California, con una orden de detención en el bolsillo. Y no es para esa Jorgens, es para…

Y en aquel preciso instante la telefonista cortó la comunicación.

—¡Bien por Maggie! —aprobó Malone—. Muy oportuna su advertencia acerca de Hamilton, pero el asunto tiene que quedar resuelto antes de que él llegue aquí. De modo que Bedford está en Malibú… ¿Le dio las señas?

—Solo el número de teléfono: Grove 2-2533. Pero le encontraremos.

—¿A qué estamos esperando? —preguntó el pequeño abogado.

—A que coja mi sombrero.

Miss Withers corrió hacia su dormitorio, y Malone aprovechó la oportunidad para sustituir la botella vacía por otra llena que sacó del maletín; toda precaución era poca: en Malibú podían haber serpientes. El sombrero de la maestra de escuela, decidió Malone inmediatamente después de su regreso, era algo que solo podía haber sido inspirado por un test Rorschach de la mancha de tinta, pero la siguió en silencio mientras ella se dirigía hacia la puerta trasera.

—Nos llevaremos a Talley —decidió Hildegarde, mientras levantaba sin hacer ruido la puerta del garaje—. Puesto que vamos a un lugar elegante, la presencia de un perro de lanas francés nos dará cierto cachet…

Malone se encaramó al anticuado coupé con algunas reservas mentales. Pero la maestra de escuela puso el motor en marcha, y unos instantes después enfilaba la carretera de la costa en dirección al norte. El perro descansaba su cabeza en el respaldo del asiento, entre su dueña y Malone, lloriqueando.

—Tal vez desea conducir —sugirió el pequeño abogado—. Me gustaría que alguien se hiciera cargo del volante… No ha embestido usted a aquel camión de grava por media pulgada. —La aguja del cuentakilómetros señaló las cincuenta millas. Luego las cincuenta y cinco, luego las sesenta—. ¿No podríamos ir un poco más despacio? —suplicó Malone.

Todas las tuercas y pernos del venerable carruaje estaban protestando audiblemente.

—Cada vez que aminoro la marcha —dijo Miss Withers—, el sedán negro que va detrás de nosotros disminuye su velocidad, para aumentarla cuando yo la aumento. ¿Cree usted…?

—Lo creo —dijo Malone, sacudiendo tristemente la cabeza—. Probablemente son los fornidos muchachos de Phil Pappke. Nunca debí pedirle que depositara la fianza por Nancy; es un sujeto de cuidado.

—Pero la que ha puesto en peligro su fianza ha sido Nancy Jorgens. Tenía que estar enojado con su cliente, no con usted.

—Bueno, temo que para garantizar la fianza ofrecí una casa que poseo en el South Side. Por desgracia, la gané en una partida de póquer, de modo que el título de propiedad es muy nebuloso. Naturalmente, Pappke se enfureció al descubrirlo, después de la fuga de Nancy. En realidad, Phil me envió un ultimátum dándome de tiempo hasta medianoche para presentar a Nancy, o el dinero…

—¿Hasta medianoche de hoy? —inquirió Miss Withers, sorteando a media docena de automóviles que avanzaban en dirección contraria.

—Hasta medianoche de ayer —dijo Malone—. Por otra parte, es posible que no se trate de los esbirros de Phil, que no es más que uno de los muchos que desean mi cabellera; tendrá que esperar turno en la cola. Hildegarde, tiene junto a usted a un hombre muy desgraciado.

—No es el primero que se ha perdido por una mujer —le recordó Miss Withers—. Bueno, ya estamos llegando a Malibú.

—Probablemente demasiado tarde —gimió el pequeño abogado—. Lo único que tenemos que hacer es librarnos de nuestros perseguidores, luego descubrir dónde se oculta Paul Bedford…

—Déjelo de mi cuenta —dijo Miss Withers.

Malone sugirió que podían iniciar sus pesquisas en el bar más próximo, pero la maestra de escuela detuvo el automóvil delante de un pequeño edificio en cuya fachada ondeaban las banderas de los EE. UU. y del estado de California.

—¡Oiga! ¡Esa es la oficina del sheriff! —exclamó Malone.

—Desde luego. Se habrá dado cuenta de que este primer movimiento ha eliminado ya al sedán negro: acaba de alejarse, y con mucha rapidez, por cierto. Ahora, permítame que arregle un poco a Talley… Afortunadamente, lo esquilaron hace muy poco tiempo y puede pasar por un perro de buena familia.

Ató un lazo de seda verde al tupé del perro, le colocó un collar y, agarrándolo por la correa, se dirigió a la subestación del sheriff.

Detrás del escritorio estaba sentado un hombre robusto, con aspecto de campesino, que llevaba un uniforme negro y estaba sumergido en la lectura de un folleto titulado 2000 respuestas para los Exámenes del Servicio Civil.

—Buenos días, sargento —dijo Miss Withers en tono afable, agarrando con mano firme la correa de Talley. Y a continuación formuló la pregunta crucial.

El hombre parpadeó.

—¿La casa de Bedford? Está cerrada.

—No, no lo está, Griggs —dijo una voz masculina desde una habitación interior—. Bedford y su hermana acaban de abrirla. Se han instalado allí, y sin ningún criado, por cierto.

—¡Magnífico! —exclamó la maestra de escuela—. He perdido la dirección, y sentiría mucho emprender el regreso sin entregar el perro de Miss Doris.

—La dirección es Loretta Lane, número 12 —dijo el otro hombre uniformado, apareciendo súbitamente en el umbral de la puerta—. Tiene que continuar en línea recta por espacio de una milla, girar a la izquierda, seguir en línea recta otra media milla, y luego volver a la derecha. —Sonrió, con una sonrisa de boy scout—. Es un poco complicado, desde luego… Tal vez pudiera acompañarla.

No la miraba a ella, sino al sargento, que había empezado a fruncir el ceño.

—Muchas gracias —se apresuró a decir Miss Withers—. Creo que la encontraré por mis propios medios.

Y arrastró a Talley fuera de la oficina.

El sargento Griggs volvió a sus 2000 respuestas. Luego alzó la mirada.

—Bedford, Bedford… ¿No había alguna orden respecto a ese Bedford?

El otro se encogió de hombros.

—Que yo sepa, no. Aparte de echarle un vistazo a la casa de cuando en cuando, mientras estuviera deshabitada. Pero ahora están viviendo allí, desde luego. Ayer hicieron un importante pedido al Supermercado, por teléfono. Lo sé, porque mi hermano se encargó de llevarlo. Conservas, caviar, champaña, coñac, ostras ahumadas, jamón…, lo mejor de lo mejor. También encargaron un montón de velas, y un fogón Coleman, y todos los periódicos. Parece que piensan quedarse aquí una temporada larga. Pero Bud dice que ni siquiera han levantado las persianas, excepto las de las ventanas que dan al mar.

Griggs se mordía el labio inferior, pensativo.

—¡Qué raro! Ningún criado. Hacen los encargos ellos mismos, por teléfono… Tal vez no desean que se sepa que están aquí. Y tal vez no debió mostrarse usted tan servicial con ese viejo espantapájaros… —Descolgó el teléfono—. ¿Está su hermano ahora en la tienda?

—Seguramente.

—Solo quiero preguntarle si en aquel pedido había también comida para perros.

Mientras su compañero silbaba desdeñosamente el tema musical de un popular telefilm de policías y ladrones, Griggs efectuó la llamada: hacía varios años que perseguía las estrellas de teniente.

Pero el daño ya estaba hecho.

Malone, Miss Withers y Talley habían encontrado la casa pintada de color de rosa en el número 12 de Loretta Lane, colgada del acantilado, sobre una pequeña playa particular. Estaba cerrada, silenciosa, dormida. Pero, en el preciso instante en que se disponían a bajar del coche, oyeron el ahogado pero inconfundible estampido de un disparo, seguido inmediatamente por otro, y luego por un grito de mujer.

—¡Demasiado tarde! —exclamó Malone, mientras corrían hacia la casa.

Miss Withers llamó y llamó, y el pequeño abogado agitó frenéticamente el pomo de la puerta. Nadie acudió.

—¡Vamos a echarla abajo! —sugirió Malone. Tomó carrerilla y se dejó caer contra la puerta, con el hombro por delante. Sacudió la cabeza—. Es inútil —murmuró—. ¡Quédese aquí! Voy a intentarlo por la parte de atrás.

Echó a correr, seguido por Talley, que no comprendía el juego pero deseaba participar en él.

La maestra de escuela, algo vejada, aporreó de nuevo la puerta y luego trató de atisbar a través de una de las ventanas cerradas. A continuación echó a correr hacia la parte trasera de la casa, en dirección opuesta a la seguida por Malone, y repentinamente se encontró en un amplio y alegre patio bañado por el sol y adornado con macizos de flores, en cuyo centro se abría una inmensa y vacía piscina.

Llegó con el tiempo justo para ver a John J. Malone con una muchacha en los brazos.

—¡Perdonen! —gritó Miss Withers, escandalizada.

—¡Suéltame, querido, suéltame! —estaba gritando la joven.

Se retorcía como una anguila, tratando desesperadamente de huir hacia la escalera de peldaños de madera que descendía hasta la pequeña playa.

Malone no soltaba su presa, y al mismo tiempo la sacudía con fuerza.

—¡Escucha, Nancy! ¡Escúchame! Soy tu abogado, ¿recuerdas? ¡Trató de estrangularte, y disparaste contra él en legítima defensa: recuerda esto!

—¡Oh, no comprendes! ¡Suéltame!

Pero Miss Withers comprendió. Nancy Jorgens sostenía una pequeña pistola en una mano, y todavía humeaba. Sin vacilar, la maestra de escuela se acercó a la pareja, arrancó la pistola de manos de la muchacha y la tiró lejos.

—Eso es —dijo—. Y, ahora, ¿puede decirme alguien…?

Pero nadie habló. El único que tenía algo que decir era Talley, el cual no cesaba de ladrar con alegre excitación.

Por último, la muchacha cesó de luchar.

—Está bien —murmuró—. Entremos. Ahora me siento mejor.

Y Malone dejó a la beldad en el suelo y la siguió hacia el interior de la casa. Al cabo de unos instantes, Miss Withers les imitó, cerrando cuidadosamente las puertas detrás de ella, en los mismos hocicos del intrigado Talley.

A partir de aquel momento, los acontecimientos se convirtieron en una especie de pesadilla. Se encontraron en un inmenso salón, amueblado regiamente y decorado con cuadros de Picasso y Modigliani: una estancia que olía a perfume, a mar… y a cordita. Una mujer de unos cuarenta años, muy delgada —evidentemente Doris Bedford, la hermana—, estaba de pie junto al hogar. No hacía nada, solo estaba de pie. Un reloj dio las horas en alguna parte, y las olas se estrellaban ruidosamente contra las rocas sobre las cuales estaba edificada la casa.

Paul Bedford, un poco obeso, un poco tostado por el sol, un poco muerto, permanecía tendido boca arriba en uno de los extremos del salón, cerca de una ventana abierta, contemplando el techo en actitud pensativa. Una leve brisa agitaba sus rizados cabellos.

—¡Yo no lo hice! —gritó Nancy Jorgens, antes de que la mano de Malone se aplastara contra su boca.

—¿Qué es lo que ha sucedido aquí? —preguntó el pequeño abogado, mirando acusadoramente a Doris Bedford.

—¿Quién es usted? —susurró Doris, sin apenas mover sus pálidos labios.

No miraba a los intrusos, ni al cadáver de su hermano: no miraba nada.

Miss Withers volvió a la vida.

—De nada servirá discutir. Lo que interesa ahora es si…, es si…

Se interrumpió, y avanzó hacia el muerto, inclinándose sobre él. Aquella clase de espectáculos no eran para ella, desde luego; prefería sus asesinatos de segunda mano. Un problema mental de criminología aplicada era una cosa, pero aquello…

—Mi hermano está muerto —dijo Doris, con voz hueca—. No necesita molestarse tomándole el pulso o acercando un espejo a sus labios. Está muerto. Y ella le ha matado, tal como yo pensaba que lo haría.

—¡Usted…, usted ni siquiera estaba en la habitación! —gritó Nancy, tratando nuevamente de soltarse de Malone.

Pero el pequeño abogado la agarró fuertemente y le tapó la boca con una mano. Luego la obligó a sentarse en una butaca.

—¡Cállate! —susurró bruscamente—. Tal vez necesitemos que haya estado en la habitación. ¡Déjame manejar esto! —Se volvió hacia Doris Bedford—. Soy John J. Malone, el abogado de Miss Jorgens. Por favor, cuéntenos lo que ha sucedido, exactamente.

—¡Lo que yo estaba temiendo que iba a suceder, si Paul no se alejaba de ella! Se presentó aquí inesperadamente: debió de entrar nadando en nuestra playa y subir por la escalera del acantilado. Eso fue mientras mi hermano y yo estábamos esperando una importante conferencia telefónica desde Chicago. Insistió en que tenía que hablar con Paul a solas, de modo que salí de la habitación. Pero sí pude oír…

—Entonces, ¿no pretende usted haber presenciado el supuesto crimen? —empezó Malone, con su mejor estilo forense.

Miss Withers no pudo contenerse por más tiempo.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó—. ¡Este hombre puede no estar muerto! No veo ninguna herida ni el menor rastro de sangre. Ninguno de nosotros es médico… ¿Dónde está el teléfono? ¡Pronto, una ambulancia!

—Déjese de ambulancias —murmuró Doris Bedford—. Llame… a la policía…

Y se desplomó, sin sentido.

Miss Withers trató de moverse en dos direcciones al mismo tiempo. Y no lo consiguió, naturalmente.

—¡Espere! —dijo Malone—. Tal vez entre los tres podamos arreglar esto… Será su palabra contra la nuestra. Escuche, Hildegarde…

Hildegarde estaba escuchando… el aullido sotto voce de una sirena y, un momento después, una imperiosa llamada a la puerta principal.

—No quiero ser cómplice de ninguna felonía —dijo—. No se muevan de aquí: voy a abrir la puerta.

El sudoroso rostro del sargento Griggs tenía una expresión de preocupada deferencia.

—Perdone la intromisión, pero… —empezó. Luego reconoció a Miss Withers—. Oiga, ¿qué es lo que sucede aquí?

—Solo un asesinato —dijo la maestra de escuela—. Pase, sargento. El cadáver está en el salón.

Griggs se detuvo en la puerta, con la boca abierta.

—¡Caramba! —exclamó, incrédulamente—. ¡Ha sido una verdadera liquidación!

Miss Withers le tranquilizó.

—Creo que Miss Bedford solo está desmayada —dijo—. La víctima parece ser su hermano…

—Si es que ha habido una víctima —intervino Malone. Estaba sentado tranquilamente en el brazo de la butaca ocupada por Nancy, con una mano apoyada en el hombro de la muchacha—. Mi cliente no tiene nada que decir en este momento.

No era del todo cierto: Nancy tenía un «¡Ay!» que decir, reaccionando a su pellizco de advertencia.

El sargento Griggs se arrodilló unos instantes junto a los restos de Paul Bedford.

—Está más frío que Kelsey —dijo.

Nadie hizo el menor comentario. Nancy Jorgens tenía aspecto de culpabilidad, Malone tenía aspecto de culpabilidad, y Miss Withers sospechó que ella misma tenía más aspecto de culpabilidad que los otros dos.

En cuanto a Doris Bedford, se había recobrado de su desmayo el tiempo suficiente para señalar a Nancy y gritar: «¡Ella disparó contra Paul! ¡Ella disparó dos veces contra Paul!», y volvió a sumirse en la inconsciencia.

La casa se llenó de policías. La maestra de escuela se dedicó a expresar su opinión acerca del modo de conducir una investigación por asesinato en el escenario del crimen. Pero el sargento Griggs no quiso aceptar ninguna de sus valiosas sugerencias. Por algún ignorado motivo, el sargento parecía inclinado a considerar a Miss Withers tan sospechosa como a los otros dos. Y esto ató las manos de Hildegarde, ya que no su lengua.

Tampoco Malone estaba en su mejor forma. Con un conocimiento de las mujeres que, como el del doctor Watson, «se extendía sobre tres continentes», debía experimentar ciertas dudas acerca de su encantadora cliente, y debía preguntarse hasta qué punto le habría utilizado para sus propios fines. El suelo no estaba firme debajo de sus inmaculados zapatos, modelo italiano. Desgraciadamente, una de las primeras cosas que hicieron los agentes había sido cachear a todo el mundo, y su frasco de medicamento contra las mordeduras de serpiente había sido sumariamente intervenido. Aquello fue el puntillazo definitivo. Malone estaba hundido en las más negras profundidades pero, a pesar de todo, seguía tratando de pensar con rapidez.

Nancy Jorgens parecía la más tranquila de todos. Había encontrado un cigarrillo en una caja, colocada sobre una mesita de mármol al alcance de su mano, y lo había encendido sin que le temblara el pulso. Miss Withers estaba empezando a confesarse a sí misma que la joven le inspiraba una creciente simpatía. «Hay en ella mucho más de lo que deja ver», se dijo a sí misma. Pero Nancy parecía inconsciente de todo.

Los representantes de la ley aumentaban en número a cada instante; la casa estaba tan llena de uniformes, que parecía el desfile del día de San Patricio, en Manhattan. Había médicos forenses, y fotógrafos, y expertos en huellas dactilares…, y todo el mundo estaba muy atareado.

Los tres sospechosos habían sido conducidos a otra habitación, en la cual había una polvorienta mesa de ping-pong y un bar lujosamente decorado pero desprovisto de existencias. Estaban bajo la vigilancia de uno de los ayudantes del sheriff, que se tomaba muy en serio sus obligaciones.

—Estaba pensando… —empezó a decir Miss Withers.

—No está permitido hablar —dijo el celoso representante de la ley.

—Solo quería decir que no se les ocurra encerrar a mi perro en la cocina. ¡Podría abrir el refrigerador y las alacenas!

—¡Silencio!

De modo que continuaron sentados allí, sin hablar. Doris Bedford había sido trasladada cuidadosamente a su dormitorio, y se encontraba ahora bajo los cuidados de un médico y una enfermera; Miss Withers podía haber recurrido también a un oportuno desvanecimiento, pero en ella pudo más la curiosidad. ¡Quería ver cómo se las arreglaba Malone para salir de aquel atolladero!

Transcurrido cierto tiempo, se presentó el sargento Griggs armado de pluma y bloc de notas. El caso era suyo, y desde el primer momento quiso dejarlo bien sentado.

—Esto ha sucedido en territorio incorporado al condado —declaró—. Por lo tanto, cae bajo mi jurisdicción. Ahora, voy a tomarles declaración…

—Uno a uno, por separado —intervino Miss Withers—. Creo que ese es el procedimiento correcto.

—Sí, uno a… ¡Silencio! ¡Usted primero! —Se encaró con Nancy—. Mac, llévese a los otros dos y siéntese encima de ellos.

—¡Protesto! —exclamó Malone—. Soy John J. Malone, abogado de Miss Jorgens. La interrogará usted en mi presencia, o no la interrogará. Además, si me interroga a mí le daré únicamente mi nombre y dirección. No he sido testigo del supuesto delito; llegué aquí después de que sucediera lo que haya sucedido. Cualquier cosa que mi cliente pueda haberme dicho es una comunicación privilegiada, a menos que el tribunal decida más tarde que forma parte de la res gestae…

—¡He dicho SILENCIO! —rugió Griggs. Se volvió hacia Miss Withers—: Ahora usted, señora…

—Esta dama es también mi cliente —intervino Malone—. Insisto…

—¡Tonterías! —le interrumpió la maestra de escuela. Tomó aliento. Luego, sin mirar al pequeño abogado, dijo tranquilamente—: Mr. Malone se equivoca al decir que es mi abogado. No es más que un amigo mío. Me he limitado a traerle en mi automóvil, porque tenía prisa por ver a su cliente, Miss Jorgens, y pensó que podía encontrarla aquí. En el preciso instante en que llegábamos a esta casa, oímos dos disparos. Mr. Malone trató de entrar por la puerta principal, y luego me dijo que esperase allí mientras él intentaba entrar por la puerta trasera. Me cansé de esperar y di la vuelta a la casa. Al llegar al patio, vi a Mr. Malone en compañía de Miss Jorgens. Los tres entramos inmediatamente en la casa y encontramos el cadáver…

—¡De acuerdo, de acuerdo! —dijo el sargento Griggs, que escribía con apresuramiento. Pero no tan de prisa.

—Vimos a Miss Bedford de pie cerca del cadáver de su hermano. Dijo algo acerca de que la muchacha había disparado contra él…

Malone estaba tan ocupado dirigiendo a Hildegarde miradas de sorpresa y de indignación, que se olvidó de Nancy por un momento; Nancy habló con la terca insistencia de un chiquillo malcriado:

—¡Le digo que ella ni siquiera estaba en la habitación!

—Pero usted admite que disparó contra él, ¿no es cierto?

—¡La pregunta es improcedente! —gritó Malone, desesperado—. Está usted poniendo palabras en su boca. ¡Y si hubo algún disparo, fue únicamente en defensa propia!

—Una justificación muy cómoda —observó el sargento secamente—. ¡Solo que en defensa propia nadie dispara contra un hombre desarmado, por la espalda! ¡El cadáver no presenta ninguna herida ni manchas de sangre en su parte anterior! —añadió Griggs, triunfal.

Nancy gritó:

—¡Oh, no, no! Yo…

—Miss Jorgens —la interrumpió Malone—, ¡niéguelo todo!

Griggs parecía a punto de estallar; Miss Withers creyó ver que salía humo de sus enormes y rojas orejas. Pero, en aquel preciso instante, la tensión quedó rota por el sonido de una imperiosa llamada a la puerta. El agente Mac la abrió, escuchó, y luego le habló al oído a su superior. Griggs vaciló, miró con aire amenazador a los sospechosos y salió de la habitación. Mac se quedó en el umbral de la puerta, más interesado en lo que sucedía fuera que en el interior de la habitación. Malone consiguió situarse dentro del campo visual de Hildegarde y susurró:

—Bonita faena, Miss Chismosa.

—Temo que no he hecho más que empezar —murmuró a su vez la maestra de escuela, sintiéndose como una Benedict Arnold. Pero estaba convencida de que lo que había hecho tenía que hacerse.

Entretanto, la causa de toda aquella conmoción permanecía sentada, completamente inmóvil, con sus encantadoras piernas cruzadas y sus rubios cabellos impecablemente peinados. Nancy era como un chiquillo que ha dejado caer una cerilla encendida en un matorral, y luego se convierte en desapasionado observador del incendio del bosque. Quizá no había escogido el traje de baño como prenda apropiada para ser detenida, pero lo cierto era que le proporcionaba una indudable ventaja… Si Griggs hubiese conocido su obligación, pensaba Miss Withers, hubiera buscado una bata o un albornoz y la hubiera obligado a ponérselo.

Su interrogador regresó demasiado pronto. Iba acompañado de refuerzos, en forma de varios caballeros vestidos con atuendos deportivos que no disimulaban del todo su aspecto de detectives. Miss Withers creyó recordar a uno de ellos a propósito de un caso reciente: el asesinato de MacWalters. Era un hombre llamado Bade, que al parecer ocupaba un puesto importante en la oficina del fiscal del distrito. En aquella ocasión no la había importunado ni poco ni mucho, pero entonces Miss Withers había estado al otro lado de la valla. Ahora, ni siquiera la saludó.

Además, había un robusto ciudadano con un sobrio atuendo «occidental», cuyo rostro pálido y ligeramente verdoso tenía una expresión de inconfundible regocijo.

—¡Bien, Malone! —dijo el gran Harbin Hamilton—. ¡Es un placer, un gran placer, encontrarle aquí!

El pequeño abogado estaba visiblemente desconcertado. Lo único que le faltaba en aquel momento era encontrarse ante el ayudante del fiscal del distrito del condado de Cook…

—Hola, Harbin —consiguió decir—. De modo que no ha querido perderse la representación, ¿eh? Tiene usted peor aspecto que nunca. La bilis, supongo…

—La que está tragando usted en estos momentos, picapleitos —replicó Hamilton.

—¡Basta! —exclamó el sargento Griggs, tratando de conservar el control sobre su primer caso de asesinato—. Las cosas de tipo personal no nos interesan ahora. —Se acercó a Nancy y colocó su enorme manaza sobre el hombro de la muchacha—. ¡Nancy Jorgens, la detengo a usted como sospechosa de asesinato!

Nancy cogió la mano del sargento y la apartó de su hombro, como si hubiera sido una araña.

—¿Se supone que tengo que decir algo? —preguntó.

—Haga lo que guste, hermana. El médico dice que falló usted los dos disparos que hizo contra Bedford, y que las balas salieron por la ventana abierta ante la cual se encontraba el difunto. Pero usted provocó un fatal ataque cardíaco, de modo que, para el caso, es como si le hubiera acertado. Estamos enterados de las dificultades que tuvo usted con él en Chicago…

—Trató de hacerle víctima de un chantaje con una demanda falsa, y cuando esto fracasó falsificó su nombre en un cheque por valor de 25 000 dólares —intervino Harbin Hamilton—. Y, habiendo quebrantado los términos de su libertad provisional, es una fugitiva de la justicia. —Dio unos pasos hacia Nancy—. Sabemos que tiene usted una pistola que se trajo de Chicago. Usted sabía que Bedford estaba ocultándose con su hermana…, ocultándose de usted. Le localizó en esta casa, vio que no podía entrar por la puerta principal, de modo que dio un rodeo nadando para penetrar en la playa privada, llegó aquí, y entonces…

Malone tomó aliento.

—Una ingeniosa concatenación de descabelladas, supuestas e hipotéticas invenciones. Exijo…

—Cierre el pico —dijo Griggs—. Aquí no tiene usted voz ni voto como abogado. Mr. Hamilton tiene una orden de detención contra usted, por varios cargos de conspiración para delinquir. Pero el asesinato tiene preferencia. —La mano de Griggs se había posado pesadamente sobre el enguatado hombro de Malone—. La acusación es complicidad después del delito, y ocultamiento de la prueba: la pistola.

—¿Qué pistola? ¡La presencia de un arma aquí no ha sido demostrada!

Pero el pequeño abogado se apoyaba sobre el más quebradizo de los terrenos legales.

Griggs avanzó hacia Miss Withers.

—Esta dama dice que oyó dos disparos, cuando su automóvil se detuvo delante de la casa. La habitación olía a cordita cuando yo llegué aquí. Son pruebas más que suficientes para mí… ¡Y nosotros encontraremos el arma!

Harbin Hamilton estaba disfrutando uno de los mejores momentos de su vida.

—Esto le hunde a usted, de una vez y para siempre —le dijo a Malone—. Lo mismo que a su amiguita. —Se volvió hacia el sargento Griggs—: ¿Qué hacemos con la otra mujer? —inquirió, señalando a Miss Withers—. Me parece recordar que ya ha estado metida en líos con Malone antes de esto…

—¡Escuche! —exclamó Nancy repentinamente—. No puedo soportar todo esto ni un minuto más. Si firmo una confesión, ¿dejarán marchar a Mr. Malone y a Miss Withers? ¡Ellos no han hecho nada!

Su voz estaba llena de sollozos.

El sargento Griggs parecía encantado con la idea, pero Malone exclamó:

—¡No lo permitiré!

—Ni yo tampoco —dijo Hamilton—. Una confesión de asesinato en primer grado no puede ser firmada así, sin más requisitos legales. Y nosotros no necesitamos una confesión.

—Es cierto —convino Griggs. Se volvió hacia la maestra de escuela, que pudo oír aquellas puertas de hierro cerrándose detrás de ella.

—Me iré —dijo Hildegarde—, pero no me iré en silencio. En realidad, hay un montón de cosas acerca de las cuales tengo que llamarles la atención. En mi opinión, están conduciendo ustedes esta investigación de un modo completamente equivocado, y…

En aquel preciso instante, Mr. Dade, el funcionario de la oficina del fiscal del distrito, se llevó al sargento a un lado y susurró unas palabras a su oído. Griggs escuchó, pareció sorprendido y asintió.

—Gracias por su sugerencia, Mr. Dade —dijo. Luego se volvió hacia Miss Withers, que tenía una mano oculta detrás de su espalda, con los dedos cruzados—. En cuanto a usted, señora, acabo de enterarme de que ha estado mezclada en asuntos policíacos antes de ahora, y que siempre se las ha arreglado para crear complicaciones. Esta vez, sin embargo, nos ha ayudado usted con su declaración. De modo que si tiene la bondad de esperar hasta que pasen la declaración a máquina…

—¡Pero es que yo no estoy dispuesta a marcharme ahora! —le interrumpió Miss Withers—. ¡Soy necesaria aquí! Creo que tengo más experiencia en casos de asesinato que cualquiera de ustedes, y me encantará poder asesorarles.

—¡Usted se marcha ahora mismo! —aulló el sargento—. La declaración puede ser firmada más tarde. ¡Y llévese a ese asqueroso perro!

Miss Withers abrió la boca, dispuesta a replicar, pero volvió a cerrarla. Había perdido la partida. Se llevaban a Nancy, que se había puesto un albornoz de Doris Bedford. Malone, ante la despiadada insistencia de Harbin Hamilton, pasaba por el ignominioso trance de verse esposado. La maestra de escuela se encontró a sí misma firmemente empujada hacia la puerta, aunque consiguió enviar un tranquilizador guiño por encima de su hombro en dirección a Malone. Pero Malone no lo vio, o quizá no quiso verlo.

No era su día, desde luego. Para colmo de males, Talley, tal como Miss Withers había temido, había logrado abrir el refrigerador y devorado la mayor parte de su contenido. Al salir a la calle tuvo que enfrentarse con un ejército de reporteros: evidentemente, el asesinato de Bedford era ya noticia de primera página. Los fotógrafos dispararon sus flashes, y los reporteros pidieron declaraciones.

—¡No se acerquen! —intervino Miss Withers, sujetando firmemente a Talley.

—¿Muerde? —preguntó un reportero.

—¡No, pero derriba!

Por fin consiguió abrirse paso hasta el pequeño coupé y ponerlo en marcha. Talley, no habituado a almorzar ostras ahumadas y caviar, trepó lentamente al asiento posterior y se enroscó allí para dormir. Miss Withers se sintió avergonzada de sí misma. Malone, uno de sus mejores amigos, había acudido a ella cuando más la necesitaba, y ahora ella estaba abandonándole a los chacales. Solo ella estaba libre. Pero ¿libre para qué? El caso contra Nancy estaba fallado… y Malone hundido en él hasta las orejas.

Y, para redondear la cosa, no había recorrido diez millas cuando vio el sedán negro que estaba siguiéndola. À menos de una milla de distancia, tan implacable como la muerte o los impuestos. La reacción inmediata de la maestra de escuela fue una llamarada de justiciera cólera…, pero no tardó en dominarla, para empezar a idear un plan diabólico y sencillo.

—¡Creo, Talley, que nuestra estrella empieza a cambiar a partir de este momento! —le dijo en voz alta a su perro, el cual continuó durmiendo tranquilamente, sin manifestar ninguna emoción ante tan fausta noticia.

Miss Withers aumentó la velocidad de su anticuado cacharro, hasta que vio un camino lateral que conducía hacia uno de los numerosos cañones de la región. Sin echar el freno, giró rápidamente y se metió por aquel camino. El sedán negro repitió la maniobra.

Miss Withers volvió a pisar el acelerador a fondo antes de tomar una de las curvas más cerradas, luego apretó los frenos y se paró en seco, con el pequeño coupé cruzado en medio del camino.

El enorme sedán tenía unos frenos excelentes, pero ningún conductor del mundo podría haber visto a tiempo aquel improvisado obstáculo. Los neumáticos chirriaron y humearon… y luego se produjo un terrible choque. El antiguo Chevy de Miss Withers dio varias vueltas de campana… y desapareció. Unos segundos después, el Topanga Canyon envió a otro cañón el eco del choque final…

—¿Por qué no miran por dónde van? —preguntó Miss Withers, surgiendo de detrás de una roca y sujetando a Talley con las dos manos—. Si no llego a saltar a tiempo…

Se dirigía a los dos hombres que ocupaban el asiento delantero del sedán, pálidos y temblorosos.

—¡Señora! —exclamó el conductor, un hombre de edad mediana que llevaba una gorra de uniforme—. Yo no…, no soy más que el chófer de un coche alquilado…

—Y asegurado contra todo riesgo, espero… —Miss Withers se volvió hacia el otro, un hombre robusto que llevaba una camisa deportiva—. Supongo que usted es Filthy Phil Pappke…

—Soy su hermano William, si le interesa saberlo. Mi hermano es un hombre de negocios: se dedica a inversiones. Y tiene un montón de dinero invertido en un tomate que se llama Nancy Jorgens; pagó su fianza, y si ella no está en Chicago mañana perderá el dinero. Yo estaba siguiendo a Malone, porque pensé que podría conducirnos hasta la muchacha.

—La muchacha no está ya a su alcance, y lo mismo digo de Malone. Están detenidos.

—¡Vaya! Aquellos automóviles de la policía que vi… Bueno, tal vez ahora la envíen a Chicago.

—Ni pensarlo. Van a retenerlos aquí… por asesinato. —Willie dio un respingo, y empezó a murmurar algo acerca de que a su hermano no le iba a gustar la cosa—. No sea tonto —continuó la maestra de escuela—. Un accidente a Malone no salvaría el dinero de su hermano. Conductor, ¿son muy graves las averías de su automóvil?

—Creo que aún podrá andar.

—Entonces, lo menos que puede hacer es llevarme a mi casa. —Subió al automóvil, con el perro en brazos—. ¡Willie, durante el trayecto, usted y yo vamos a sostener una amistosa charla!

Willie pretextó que tenía que buscar en seguida un teléfono y llamar a su hermano, pero Miss Withers le dijo que muy gustosamente le ofrecía el de su casa.

—Así, al mismo tiempo, podré hablar también yo con Filthy Phil Pappke…

Un poco más tarde, Willie dio su informe telefónico, el cual consistió en su mayor parte en escuchar unos furiosos sonidos procedentes de Chicago, hasta que la maestra de escuela se cansó y empuñó el receptor.

—¿Mr. Pappke? Le habla Miss Withers, la dama cuyo automóvil ha sido destruido por sus esbirros. Afortunadamente, resulté ilesa. ¿Cómo? Bueno, tal vez no sea ilegal seguir a alguien, pero es ilegal importunar a una dama, dentro o fuera de su automóvil. Voy a llamar inmediatamente a mi abogado. El automóvil era un modelo de coleccionista, y tenía un valor sentimental…

—¡Escuche, quienquiera que sea usted! Lo único que quiero… —dijo una indignada voz al otro extremo del hilo.

—¡Lo único que quiere es ahorrarse 25 000 dólares! Y permítame decirle que la única posibilidad que tiene de conseguirlo consiste en ayudarme a sacar de la cárcel a John J. Malone, porque es la única persona que puede arreglar todo este lío; en el momento en que se dicte su fianza, será mejor que tenga usted a uno de sus hombres allí con el dinero. ¿Cómo? No me interesan los sentimientos que le inspira Mr. Malone; el caso es que va usted a colaborar con nosotros… ¡o lo otro! Piénselo bien. Y, mientras lo está pensando, piense también en la acción legal que voy a emprender contra usted.

Y colgó el teléfono.

—Ese no es el modo de manejar a mi hermano Phil —observó Willie Pappke.

—¡El único modo de manejarle, lo mismo que a usted, sería con un par de trenzas de diez pies! Y, ahora, váyase. Tengo que trabajar.

Willie se marchó.

Trabajar, ¿en qué? ¿Y por dónde empezar? Malone había acudido a ella con un mal asunto, y ahora era mil veces peor. Pero cabía concederle el beneficio de la duda. Suponer que a pesar de haber planteado una acción legal por reconocimiento de paternidad que afectaba a un niño que llevaba su nombre de pila y cuyo alumbramiento había costeado, había actuado de buena fe. En su desesperación, incluso podía haber participado en una falsificación que parecía moralmente justificable. Pero Nancy era una rubia de las que cortan el resuello, y las rubias que cortan el resuello siempre habían sido una de las peores debilidades de Malone.

Mientras aquellos desagradables pensamientos cruzaban por el cerebro de Miss Withers, examinaba los documentos legales contenidos en el maletín del pequeño abogado… después de poner en lugar seguro la única botella de whisky que quedaba. Leyó la copia del juicio, y la copia de la vista preliminar por la falsificación. Estudió las ampliaciones de las fotocopias del cheque. La firma de Paul Bedford le pareció completamente normal, pero allí estaba el veredicto de tres famosos peritos calígrafos que declaraban que era más falsa que un billete de tres dólares.

La falsificación y el hecho de que Paul Bedford había muerto a manos de Nancy eran indiscutibles. Sin embargo…

En medio de sus especulaciones llegó otra llamada de Chicago. Era Maggie, esta vez deshecha en lágrimas.

—¡Acabo de enterarme! —sollozaba histéricamente—. ¡Ha aparecido en los indicadores automáticos de los periódicos! ¡Oh! ¡Ya le dije a usted que le mantuviera alejado de esa mujer!

—A un caballo salvaje no hay modo de sujetarle. Tranquilícese, Maggie. Tenemos que trabajar aprisa. En este preciso instante aún no sé lo que voy a hacer. Pero me alegra poderle anunciar que disponemos de la colaboración de un importante, aunque algo turbio, aliado. Sí, Filthy Phil Pappke. ¿Cómo? El medio no importa, el caso es que lo he conseguido. Lo primero que va usted a hacer es enterarse de quién era el médico de la familia Bedford, y luego va a pegarse a un teléfono. Puede ocurrírseme alguna otra cosa.

Cinco minutos después, Miss Withers se dirigía a la parte baja de la ciudad en un taxi, para detenerse ante el Palacio de Justicia de Los Ángeles. Aquel vasto mausoleo de esperanzas y sueños humanos estaba lleno de gente, pero nadie pudo decirle si Malone había ingresado ya en sus calabozos; y aun en el caso de que se encontrara en ellos, Miss Withers no podría verle, ya que no era ni su abogado ni un familiar en primer grado.

Bueno, así estaban las cosas; tendría que actuar por su cuenta y riesgo. Asaltada por una súbita inspiración, se dirigió al departamento de Información y habló con el funcionario más viejo.

—¡Oh! —dijo, señalando a un hombre que pasaba cerca de ellos—. ¿No es ese el famoso perito calígrafo, Mr…, Mr…, ahora no recuerdo el nombre, que testifica siempre para la acusación?

—No, señora —dijo el funcionario—. Ese es un abogadillo. No se parece en nada a J. Edgar Salter. Salter es un hombre más delgado, calvo y con gafas.

Miss Withers le dio las gracias mientras se marchaba, grabando en su memoria el nombre y la descripción. Consultando un listín telefónico, descubrió que Mr. Salter tenía sus oficinas en la Hill Street; pero su llamada no dio resultado: Mr. Salter tenía una reunión y no podía ser molestado.

La maestra de escuela no se sintió decepcionada. «Tengo que dar un rodeo, como el Boyg advirtió a Peer Gynt», se dijo a sí misma. Y, sin más ni más, se encaminó apresuradamente a la Biblioteca Pública, un vasto edificio seudomorisco, situado en la Fifth Street. Las bibliotecas solían ser su último recurso; allí, en las mohosas estanterías, se hallaba todo lo que uno quiere saber, si se sabe buscar.

Miss Withers permaneció en la Biblioteca hasta la hora de cerrar, luego se detuvo en una librería para hacer una pequeña compra y, por último, tomó un autobús para regresar a su casa. Había sido un día largo, muy largo.

Cuando terminó de dar de comer a Talley, de preparar un bocadillo y una taza de café para ella, y de coger su bata y sus zapatillas, sonó el timbre de la puerta. La policía, seguramente, que iría a hacerle firmar su declaración. O tal vez a detenerla, tal como estaban pintando las cosas… Se resignó a lo inevitable, y abrió la puerta.

—¡Santo cielo! —exclamó—. ¿Qué es lo que ven mis ojos?

Era John J. Malone, con el peor de sus aspectos. Entró, con los hombros hundidos, y se dejó caer en la butaca más cómoda.

—Me prometí a mí mismo —dijo, con lentitud— no volver a mirarla a la cara.

—Pero está usted aquí —respondió Miss Withers—, lo cual demuestra que comprendió los motivos que me impulsaron a obrar de aquel modo. Uno de nosotros tenía que estar libre y actuando. No me diga que se ha escapado usted de la cárcel… ¿Acaso Filthy Phil Pappke envió a alguien para que depositara su fianza?

Malone sacudió la cabeza.

—Estoy en libertad bajo palabra —dijo—. Cuando me trasladaron al Palacio de Justicia, resultó que varias de las grandes ruedas de la oficina del fiscal conocían mi reputación. Y sospecho que Harbin Hamilton se ha pasado un poco de rosca; ha olvidado que esto no es el condado de Cook. Me han soltado por cortesía profesional…, pero sigo estando en un brete. Y aun suponiendo que consiga escabullirme de esto, hay cierta orden de extradición a Chicago. Entretanto, Nancy continúa allí. ¡Y no sé qué hacer por ella!

—Supongo que se habrá detenido usted en todos los bares mientras venía hacia aquí…

—¡Solo en dos! Estuve en la UCLA, una Biblioteca Jurídica, leyendo. Pero no he encontrado una sola salida. Es posible que a Nancy no le apliquen trabajos forzados, pero no saldrá con menos de diez años.

—Y, a pesar de todo, sigue usted enamorado de ella, ¿no es cierto? —John J. Malone asintió con desgana y Miss Withers continuó—: ¡Bien! Entonces, si la quiere, no tiene usted alternativa: ha de creerla.

—Sí…, pero usted y yo oímos aquellos dos disparos, y yo la sorprendí tratando de escapar con la pistola en la mano. Me gustaría saber cómo pudo desaparecer el arma.

—Yo lo sé, pero ahora no importa eso. ¿Qué es lo que viene a continuación: un gran jurado?

—Comparecencia, mañana, a las dos de la tarde: un formulismo que durará diez minutos. Nancy y yo compareceremos ante el juez, el cual fijará la fecha de la vista preliminar y el importe de la fianza…, un importe que, sea el que sea, resultará excesivo.

—¡Mañana! ¡Oh, querido! —La maestra de escuela pensaba desesperadamente—. Mire, Malone, se me ocurre una idea descabellada. ¿Conoce usted esas reuniones que se celebran entre científicos e investigadores, cuando todo el mundo habla por turno, sugiriendo la idea más descabellada que se le ocurre? Lavado de cerebros, creo que se llama…

—Extorsión de cerebros —rectificó Malone—. Pero, qué diablos…

—¡Vamos a intentarlo, por favor! Mire, si se decide a jugar conmigo a ese juego, incluso estoy dispuesta a revelarle dónde he escondido su botella. —Malone asintió de inmediato—. Muy bien —continuó Miss Withers—. Vamos a soltar nuestros frenos mentales. Déjeme pensar. Nancy es completamente inocente: le tendieron una trampa. ¡Doris falsificó el cheque!

—No hubiese sabido cómo hacerlo, y no se hubiera atrevido a pagar a alguien para que lo hiciera.

—¡Eso no vale! Tiene usted que decir algo, por fantástico que sea.

Malone suspiró.

—Doris odiaba a Nancy. No solo falsificó el cheque para inculparla, sino que pensó que todo el dinero de su hermano tenía que ser para ella, de modo que le asesinó cuando él se quejaba de sus pésimas cualidades de cocinera. ¿Bastante descabellado?

—¡Ahora le escucho! ¡Doris le envenenó poniéndole algo en la comida!

—No, utilizó algo que no pudiera ser revelado por la autopsia; una dosis masiva de adrenalina o digitalina. ¡O tal vez el verdadero asesino es él: se mató a sí mismo por pura vileza!

—Tal vez el cheque fue falsificado por Harbin Hamilton…

Y así por el estilo, durante una hora. Al final, habían citado no solo lo improbable, sino también lo imposible.

—No sirve para nada —dijo Malone en tono de desaliento—. No llegamos a ninguna parte. Usted y yo sabemos que Nancy hizo los disparos que indirectamente mataron a Bedford. En cuanto a la falsificación…

—¡Deje de pensar como la policía! ¿Cuál es la posibilidad más improbable de todas? En este caso tiene que haber un factor que ha engañado a todo el mundo, porque todo el mundo lo ha contemplado desde un ángulo falso.

—Acabamos de contemplar todos los factores desde todos los ángulos.

—No estoy tan segura. Tengo un par de hierros en el fuego… —Y le contó todo lo que había hecho aquella tarde—. Si pudiera enterarme de unos cuantos datos de la ficha médica de Bedford… y de qué libros tenía en su biblioteca…

—¿Para qué? La vista preliminar no se celebrará hasta dentro de una semana, y el juicio hasta dentro de unos meses, y Nancy pasará todo ese tiempo en la cárcel. Ni siquiera conseguirá ver usted a ese Salter, y si lo consigue, la enviará a otros peritos. —Miss Withers sacudió enérgicamente la cabeza, pero Malone continuó—: ¿De qué servirá importunar al médico de la familia Bedford, y allanar la morada de los Bedford?

—Simple extorsión cerebral —admitió Miss Withers—. Pero quiero saber más de lo que sabe nadie acerca de ciertas cosas. Un disparo en la oscuridad puede asustar a alguien emboscado en los matorrales.

Miss Withers bostezó.

—Bueno, ignoro lo que va a hacer usted, pero yo me voy a acostar. Puede dormir en el sofá.

Pero Malone había prometido a los muchachos de la oficina del fiscal alojarse en un determinado hotel de la parte baja de la ciudad, solo para cubrir las apariencias. Se marchó, sin olvidarse de su botella. Y apenas había cruzado la puerta, cuando Miss Withers volvió a pedir conferencia con Chicago, para dar nuevas instrucciones a Maggie.

—Procure hacer el trabajo usted misma —la apremió—. Voy a decirle lo que tiene que buscar… ¿Cómo? Bueno, ¿no se arriesgará, sabiendo que puede salvar el cuello de Malone?… Así me gusta, querida.

Todo lo cual dio fin a un memorable día. La maestra de escuela omitió incluso sus habituales cien golpes de cepillo, y se desplomó, agotada, en su lecho de soltera, murmurando: «Mañana será otro día…».

Y lo fue… Un día que ninguno de ellos olvidaría nunca. Por la mañana, ambos estuvieron demasiado ocupados para poder permitirse más que un breve contacto telefónico. El teléfono también se man tuco caliente vía Chicago, donde Maggie, la secretaria más fiel del mundo, y Filthy Phil Pappke, por raro que pueda parecer, el conspirador más deseoso de ayudar del mundo, estaban igualmente ocupados. Ninguno de ellos hablaría de aquella parte de la historia…, al menos hasta que transcurriera el tiempo fijado por la ley para la prescripción de delitos.

Miss Withers y el pequeño abogado se encontraban en el Departamento 30 del Palacio de Justicia, piso octavo, mucho antes de la hora en que debía celebrarse la comparecencia. En la sala de audiencias solo había unos cuantos espectadores aburridos. En la placa colocada sobre la tarima podía leerse «Herbert Winston, Juez», pero Su Señoría no se había presentado aún. Malone, moviéndose en su elemento como pez en el agua, dejó caer su cartera de mano sobre la mesa de la defensa con gesto despreocupado. Miss Withers ocupó un asiento en la primera fila y rezó.

Policías, ayudantes del sheriff —entre ellos el sargento Griggs, desde luego—, entraron en la sala. Luego, llegó Nancy entre dos agentes femeninos. Ni siquiera el basto uniforme carcelario podía ocultar el atractivo físico de Nancy Jorgens, pero sus ojos estaban apagados. Dirigió una tímida sonrisa a Miss Withers al pasar por delante de ella, pero su mirada estaba concentrada en Malone. El pequeño abogado se puso en pie de un salto y avanzó hacia ella.

—¡No puede hacer eso! —gritó una voz excitada. Harbin Hamilton se volvió hacia sus acompañantes, miembros de la oficina del fiscal, entre ellos Mr. Dade, y añadió—: ¡Me opongo a que ese hombre trate de conferenciar con su cómplice!

Dade sonrió forzadamente.

—Bueno, Mr. Malone es un miembro del foro, y es normativo…

—¡Aquí es un acusado! ¡No goza de ninguna de las prerrogativas de un letrado!

—Represente o no a Miss Jorgens, no hay nada que le impida actuar como su propio abogado defensor.

Dade avanzó hacia Malone y estrechó su mano. Luego hablaron unos instantes, pero en voz tan baja que Miss Withers solo pudo oír algo acerca de un «alegato» y vio que Dade sacudía lentamente la cabeza.

La concurrencia era cada vez más numerosa; evidentemente, se acercaba la hora cero. Las saetas del reloj señalaban las dos y diez minutos, y Miss Withers se encontró a sí misma tratando de contener el aliento. Lo dejó escapar al ver que entraba Doris Bedford, envuelta en una insolente chaqueta de visón, y ocupaba un asiento junto al pasillo. Entraron varios espectadores más, uno de ellos un hombre alto, calvo, muy delgado, que llevaba gafas y vestía un traje de color gris-ceniza y que se sentó inmediatamente detrás de Miss Withers. Pero la maestra de escuela apenas fijó su atención en él. Acababa de hacerse un respetuoso silencio; cigarros y cigarrillos desaparecieron, y el juez Winston apareció y se sentó en el estrado.

Había llegado el gran momento, para bien o para mal. Todo se hizo borroso ante Miss Withers, aunque más tarde recordó el aire de absoluta confianza de Malone: un aire que podía haberle valido un «Oscar» de la Academia de Arte y Ciencias Cinematográficas.

Se abrió la sesión: El Estado contra Jorgens y Malone.

—Nos proponemos impugnar la culpabilidad, Señoría —empezó Malone.

Harbin Hamilton se puso en pie rápidamente —ocupaba un asiento junto a Mr. Dade— y formuló una objeción, alegando que Malone no podía actuar como letrado. El juez miró a Dade.

—Mr. Malone, no creo que haya sido admitido usted al foro de este Estado —dijo Dade—. Su situación legal es la de coacusado.

—Los inculpados pueden defenderse a sí mismos —intervino el juez. Parecía enojado—. Para su información, Mr. Malone, le diré que el Estado de California permite impugnar la culpabilidad únicamente en los casos en que se ventila la pena capital. Estamos aquí simplemente para fijar la fecha de la vista preliminar y para discutir la fianza…

—Sí, Señoría. Pero…

—Nancy Jorgens, ¿está usted representada por un letrado? —preguntó el juez.

Nancy sacudió la cabeza.

—No, si no me representa Mr. Malone… ¡Y si no me representa él no quiero a nadie! Puedo ser también mi propio defensor, ¿no es cierto?

—Desde luego —dijo el juez Winston—. Prosiga la vista.

Dade dijo:

—En lo que respecta a la fianza, la ley es terminante. Un reo acusado de un delito punible con la pena capital no puede obtener el beneficio de la fianza cuando existen indicios claros de culpabilidad, como parece ocurrir en el presente caso…

—¡Un momento! —interrumpió Malone—. Señoría, opino que esto se presta a discusión. Quiero formular una petición. Si mi ilustre colega no se opone, desearía solicitar un breve aplazamiento. Creo que puede ahorrar al Estado los gastos de un largo y complicado juicio.

—¡Protesto! —aulló Hamilton.

Pero uno de los hombres de la oficina del fiscal del distrito le tocó en el hombro, recordándole que no tenía ninguna prerrogativa legal ante aquel tribunal. Mr. Dade parecía algo confuso.

—La mía es una petición razonable —señaló Malone—. Estoy convencido de que en unos minutos llegaremos a un acuerdo.

Miró a Mr. Dade, el cual enarcó las cejas, y luego se encogió de hombros.

El juez Winston vacilaba. Luego, también él enarcó las cejas. Harbin Hamilton estaba murmurando algo acerca de «la más ridícula pantomima de justicia…».

¡Cr-r-r-rack!, sonó la maza.

—¡Orden en la Sala! —rugió el juez—. Mr. Dade, ¿quiere usted decir algo a propósito de esta insólita petición?

Dade se puso en pie, y una leve sonrisa cruzó su rostro. Por lo visto, las últimas veinticuatro horas le habían demostrado hasta la saciedad las posibilidades «cargantes» de Mr. Harbin Hamilton.

—No hay objeción —declaró, sonriendo.

—De acuerdo —dijo el juez—. Se aplaza la sesión hasta las tres menos cuarto. —Empezó a ponerse en pie, luego volvió a sentarse—. A propósito, caballeros, no hay necesidad de que nos movamos de aquí. Pueden discutir ustedes la petición de Mr. Malone, y yo les escucharé. Desalojen la Sala. Solo permanecerán en ella las partes interesadas.

Todo el mundo miró a todo el mundo, y luego todo el mundo miró a Malone, el cual estaba colgado de una delgada rama, y lo sabía. Dirigió a Nancy una sonrisa tranquilizadora, y luego avanzó lenta y teatralmente hacia el portillo, manteniéndolo abierto para dar paso a Miss Withers, e instalándola a continuación en una de las sillas de la mesa de la defensa. Miss Withers echó una rápida ojeada detrás de ella y vio que Doris Bedford estaba adelantándose, con un extraño brillo en la mirada. Pero allí había alguien más: el hombre del vestido gris-ceniza.

—Es él —susurró la maestra de escuela al oído de Malone, en tono excitado—. Pero solo Dios sabe si está a nuestro lado o al suyo.

Malone asintió, esperando que el último de los espectadores casuales abandonara la Sala.

—¿Puedo empezar, Señoría?

—Adelante —dijo el juez Winston. Sacó una pipa y la encendió. En su rostro había una expresión ligeramente divertida.

—Señorita, Mr. Dade, caballeros…, damas y caballeros, mejor dicho —empezó Malone—. He solicitado esta oportunidad, aun a sabiendas de lo que me juego en el envite, porque estoy plenamente convencido de que el único objetivo de este tribunal es el de servir a la causa de la justicia. Intentaré demostrar que la fianza es admisible en este caso. Miss Jorgens ha sido acusada de haber causado voluntaria y premeditadamente la muerte de Paul Bedford por colapso cardíaco mientras intentaba cometer un delito: en el presente caso, la tentativa de matarle con una pistola. ¿No es esta la situación, Mr. Dade?

—No puede usted esperar que el Estado plantee su acusación en este momento —dijo Dade—. Esto no es la vista preliminar.

—¡Completamente de acuerdo! —Malone encendió uno de sus famosos puros—. Me limitaré a exponer lo que creo será su acusación, y usted puede rectificar si estoy equivocado. Alegará usted, cuando este caso se vea en juicio, que mi cliente tenía un motivo de resentimiento contra el difunto…

—¡Yo afirmo que lo tenía! —le interrumpió Hamilton—. Esta mujer cometió un delito, tal vez dos, en Chicago. Bedford la había hecho detener acusándola de falsificación: estaba procesada, y quebrantó los términos de su libertad provisional…

En aquel momento intervino Mr. Dade, para decir en tono ácido que estaba enterado de todo aquello, y, además…

—Admitiré, si quieren, que Miss Jorgens presentó una demanda contra Paul Bedford, exigiéndole el reconocimiento de la paternidad de su hijo —declaró Malone—. Y admitiré que Miss Jorgens está acusada de lo que parece ser una falsificación. Pero ¿me habría entregado aquel cheque para que lo hiciera efectivo, si hubiese sabido que era una falsificación? Y, ¿lo habría aceptado yo si hubiera sospechado siquiera que no era legítimo?

Nancy contemplaba a Malone con una expresión en sus bellos ojos que casi llenó de lágrimas los de Miss Withers.

—Estoy dispuesto —continuó Malone— a admitir algunos extremos más de la acusación de Mr. Dade. Nancy Jorgens tomó prestada una pistola, y se vino con ella a California: una pistola, no lo pierdan de vista, que era utilizada en una representación teatral. Vino a buscar a Mr. Bedford, el cual se había ocultado prudentemente en cuanto se enteró de que Miss Jorgens había obtenido la libertad provisional. Miss Jorgens se dirigió a la casa que la familia Bedford poseía en la costa, consiguió entrar en ella y enfrentarse con Mr. Bedford, y en medio de una discusión disparó aquella pistola dos veces.

En la Sala, el silencio era absoluto.

—Ahora, si estuviera presidiendo en vez de formar parte del auditorio —intervino el juez Winston—, esperaría una objeción por parte de alguien, tal vez por parte de la dama.

—Es la verdad —dijo Nancy Jorgens tranquilamente.

—Mr. Malone nos está sirviendo el caso en bandeja de plata —comentó Mr. Dade.

—¿De veras? Pero voy a alegar que no existe ninguna base para una acusación de asesinato. Por desgracia, el arma ha desaparecido…

—Soy responsable de esa desaparición —intervino Miss Withers—. La muchacha estaba luchando con Mr. Malone, y yo me acerqué a ellos, le quité el arma a Miss Jorgens de la mano y la tiré al mar, para que no pudiera causar más daño.

Aquello fue una pequeña bomba.

Mr. Dade miró con dureza a Miss Withers, y luego declaró en tono severo que tal vez se vería obligado a formular alguna acusación adicional.

—¡Pero aquella pistola no era más que un accesorio escénico! —continuó Malone—. Esas armas, por motivos obvios, solo disparan cartuchos sin bala. Es una verdadera lástima que Miss Withers, con la mejor intención del mundo, la colocara fuera de nuestro alcance…

—¡Un momento! —exclamó el sargento Griggs—. Precisamente había venido para decir algo. Esta mañana encontramos el arma cuando bajó la marea, medio enterrada en la arena. Aquí está: ¡es una pistola de fogueo!

El sargento mostró el arma.

—¡Tal vez ella ignoraba que no era una verdadera arma! —se apresuró a decir Mr. Hamilton.

—Creo que nadie que haya pisado un escenario puede ignorarlo —observó el juez Winston—. Mr. Dade, ¿modifica este hecho su actitud acerca de la posible admisión de una fianza?

Dade vaciló…, y Harbin Hamilton, que evidentemente opinaba que un fiscal debe mantener abierta, no solo la mente sino también la boca, intervino de nuevo.

—El que la muchacha solo tratara de asustar a Bedford no cambia las cosas. Le asustó hasta el punto de provocar su muerte, ¿no es cierto? Y cualquier muerte provocada durante la comisión de un delito es homicidio… incluso aquí en California, supongo… Y puesto que Nancy Jorgens había mantenido relaciones íntimas con el difunto, tenía que estar enterada de su afección cardíaca. —Se volvió hacia Doris Bedford, saludándola con una inclinación—. Usted estaba enterada, ¿no es cierto, Miss Bedford?

—Sí —dijo Doris—. Desde luego. Pero ¿por qué pierde usted el tiempo de ese modo? Ella asesinó a mi hermano, y me opongo a que esa asesina trate de obtener la libertad. Y les advierto a ustedes que utilizaré todos mis recursos y todas mis influencias para evitar que se salga con la suya.

Mr. Dade levantó una mano.

—El estado de California posee más recursos que usted, Miss Bedford. Lo único que a nosotros nos interesa es aclararlos hechos.

—Desde luego; ella sabía que Paul padecía del corazón —insistió Doris—. Quería quitarle de en medio a fin de que no pudiera atestiguar contra ella en el juicio por falsificación…

—Muchas gracias —dijo Dade, interrumpiéndola—. Pero será mejor que continuemos. Temo que estamos abusando de la paciencia del tribunal. Mr. Malone, no veo adónde quiere usted ir a parar con todo esto. Ahora no estamos ocupándonos de lo que pudo suceder en Chicago. Su elocuencia no ha modificado mis puntos de vista en lo que respecta a Miss Jorgens. Continuamos oponiéndonos a que le sea señalada una fianza. En cuanto a usted… admito que lo único que teníamos contra usted era el ocultamiento del arma, y ahora tenemos la confesión de otra persona acerca de ese extremo. Por lo tanto, consideramos que puede señalársele una fianza… e incluso considerar la posibilidad de retirar la acusación.

Malone, estaba pensando la maestra de escuela, se había descartado del asunto…, pero había hundido más profundamente a Nancy, y a ella misma. Sin embargo, el pequeño abogado no había terminado.

—Mr. Dade —dijo lentamente—, deseo que considere de nuevo sus acusaciones contra mi cliente. Miss Jorgens solo se proponía asustar a Mr. Bedford. En realidad, tenía la descabellada esperanza de obligarle a firmar alguna declaración que la exonerase de todas las acusaciones formuladas contra ella. Y cuando él se rio de sus pretensiones, Miss Jorgens continuó la farsa, disparando aquella pistola de fogueo. ¿Es eso asesinato?

—¡Ella sabía que Mr. Bedford podía morir de la impresión! —interrumpió nuevamente Hamilton.

—¡No! Porque ni siquiera el propio Paul Bedford conocía la gravedad de su dolencia cardíaca. Tengo aquí un telegrama de J. Willoughby Howe, médico de cabecera de la familia Bedford, en el cual afirma que, ante la insistencia de Doris Bedford, ocultó a su hermano el verdadero estado de su corazón. —Malone entregó a Dade una hoja de papel de color amarillo—. Estamos preparados para hacer comparecer al doctor Howe en el acto del juicio…

—¡El doctor Howe no puede haber dicho eso! —gritó Doris—. Me prometió solemnemente…

Se interrumpió, mordiéndose el labio.

—¿Por qué no interroga alguien a la propia Miss Jorgens? —intervino Miss Withers.

Llevaba demasiado tiempo callada. Además, deseaba que se dejara de lado el tema del doctor Howe. En aquel momento, perdonaba a Filthy Phil Pappke todas sus tropelías…

Nancy se puso en pie.

—No quise…, ni por un momento tuve intención de matar a Paul. Siempre tuve la esperanza de que algún día reconocería a su hijo. Hubo un tiempo en que le amé, o creí amarle. Siento muchísimo haber sido la causa de su muerte, pero juro que nunca tuve intención de matarle…

Malone expresó su aprobación con un gesto.

—¿Bien, Mr. Dade?

Dade estaba conferenciando con sus asociados. Harbin Hamilton, que había sido dejado visiblemente a un lado, se puso en pie con brusquedad.

—¡Ya veo lo que va a ocurrir! —aulló—. ¡Adelante! ¡Retiren la acusación! ¡Yo arrastraré a esa mujer a Chicago, y al presuntuoso Mr. Malone con ella! ¡Conseguiré que la condenen a veinte años por falsificación!

Vio la mirada que le dirigía el juez Winston, y se sentó con tanta brusquedad como se había levantado.

—Ahora pasaré a ocuparme de esa falsificación —dijo Malone.

—¡Pero aquí no estamos ocupándonos de ese caso! —protestó Dade—. Discutíamos el problema de la fianza, y nuestro tiempo se está agotando.

—En efecto —dijo Su Señoría—. Caballeros, me gusta como al primero que se rompa un poco la rutina, pero… ¿tiene usted la bondad de terminar, Mr. Malone?

—Sí, Señoría. Solo necesito un par de minutos. Esta dama que se encuentra a mi lado es Miss Hildegarde Withers, la cual posee cierta experiencia en criminología…

—Lo sé —dijo Mr. Dade con una forzada sonrisa—. El caso McWalters.

—Un caso más sencillo que este —dijo Miss Withers—. Dada mi profesión (he sido maestra de escuela durante más de treinta años), me interesa mucho todo lo que se relaciona con las falsificaciones. A veces se presentan casos de falsificación de firmas de profesores en informes escolares, papeletas de examen, etcétera. Lo que me intrigó desde el primer momento respecto a aquel cheque fue el hecho de que todos los peritos calígrafos estuvieran de acuerdo en que la firma de Paul Bedford estaba falsificada, y, sin embargo…

—¡Un hecho que no puede usted modificar! —Harbin Hamilton era incorregible—. No olvide que nadie, excepto Nancy Jorgens, podía beneficiarse con aquella falsificación. ¡Nancy Jorgens, y posiblemente su cómplice, John J. Ma- lone! ¡La falsificación y el asesinato están estrechamente relacionados!

—¡Pero yo nunca soñé que fuera una falsificación! —exclamó Nancy—. Era exactamente igual que la firma de Paul, y pensé que había cambiado de opinión. No podía creer que fuese tan malo.

—Si ella no falsificó la firma, sabe quién lo hizo —insistió Hamilton, en voz demasiado alta. Esta vez, los que le miraban eran el juez y Mr. Dade. Pero él continuó—: ¡Pregúntenselo a ella, alguno de ustedes!

—Puede usted preguntármelo a mí —dijo Miss Withers—, aunque supongo que no aceptará mi respuesta. Pero en esta Sala hay alguien que la conoce…

Doris Bedford se puso en pie.

—Yo no sé… —empezó.

Y volvió a sentarse, dándose cuenta de que nadie se había referido a ella. Miss Withers estaba señalando al hombre del traje gris-ceniza, el cual se puso en pie y se dirigió a la mesa de la defensa con un gran rollo de papeles.

—Estaba diciendo, cuando fui interrumpida por una dama que hace demasiadas protestas de inocencia —continuó Miss Withers—, que en esta Sala hay alguien que lo sabe todo acerca de firmas discutidas. La mayoría de ustedes habrán oído hablar, probablemente, de J. Edgar Salter, el autor de Handwritting Investigation, la última palabra en su especialidad.

—Nosotros le consideramos un experto —convino Mr. Dade, sonriendo—. Pero ¿quiere decirme alguien de qué caso estamos hablando?

—¡No hay más que uno! —dijo Malone—. ¡Espere y verá!

—Yo también he oído hablar de Mr. Salter —dijo Harbin Hamilton—. ¡Y nadie irá a decirme que él no cree que el cheque esté falsificado!

Todas las miradas se concentraron en Mr. Salter, el cual sacudió la cabeza, y luego asintió.

—Precisamente —dijo Miss Withers—. Pero ¿por qué es una falsificación?

El famoso experto extendió sus papeles sobre la mesa, para mostrarlos a medida que iba hablando.

—En estas reproducciones, ampliadas un centenar de veces —dijo—, no es difícil apreciar que los grados de presión ejercida sobre la pluma varían, cosa que nunca sucede en una firma auténtica.

—¡Un momento! —dijo Malone—. ¿Quiere usted decir que, examinando la fotografía de una firma, puede decir hasta qué punto ha apretado la pluma la persona que la ha escrito?

—Exactamente —dijo Salter—. Usted mismo puede verlo. ¿Ve esto… y esto? ¡Incluso podemos apreciar los latidos del pulso!

—Resulta muy extraño —dijo el pequeño abogado— que el empleado del banco que rechazó el cheque se diera cuenta en seguida…, puesto que entonces no había sido fotografiado y ampliado.

—¡A menos que alguien hubiese telefoneado al banco, poniéndoles sobre aviso! —dijo Miss Withers. Pero esta vez Doris Bedford no mordió el anzuelo; permaneció sentada, con los labios apretados. La maestra de escuela se dirigió de nuevo a Salter—: ¿Por qué no les dice lo que le pregunté a usted?

El hombre se estaba divirtiendo mucho, al parecer.

—La cosa tuvo mucha gracia —dijo—. Miss Withers se presentó en mi oficina con el pretexto de que le firmara un ejemplar de mi libro, un cebo al que ningún autor puede resistir. Luego, sin previo aviso, me hizo una pregunta. Confieso que me eché a reír. Pero, pensándolo mejor, hice algunos experimentos con mi propia firma, y… bueno, descubrí algo que me desconcertó bastante.

—¡Continúe! —dijo el juez.

—Miss Withers me había preguntado si era posible que un hombre falsificara su propia firma. Es decir, que escribiera su nombre de modo que ofreciera todas las características de una falsificación. Y mi respuesta tuvo que ser afirmativa.

—Ahora empieza lo bueno —le susurró Malone a Mr. Dade. Luego se volvió hacia Mr. Salter—: ¿Y eso fue lo que ocurrió en este caso, en su opinión?

—Bueno, pudo haber ocurrido, desde luego, pero…

—¡Basta con eso! —le interrumpió Malone—. ¡Fue una trampa diabólica! De mortuis y todo eso, pero yo afirmo que Paul Bedford, queriendo librarse de una muchacha a la cual había engañado y que era una perpetua amenaza para él, falsificó su propia firma en un cheque y se lo envió por correo, a fin de que la detuvieran y la mandaran a la cárcel.

—¡No puede usted decir esas mentiras acerca de mi hermano! —gritó Doris.

Miss Withers decidió que había llegado el momento de atacar a fondo.

—Da la casualidad de que conozco las fuentes en las cuales bebió Bedford sus conocimientos acerca de la escritura. Coleccionaba autógrafos de los signatarios de la Declaración de Independencia, entre ellos un discutido Button Gwinnett que fue motivo de un libro que se encuentra en la mayoría de bibliotecas públicas: La Carta Gwinnett y otras curiosidades. Naturalmente, se ocupa con cierta extensión del problema de las falsificaciones.

—¡Mi hermano no se acercó nunca a una biblioteca pública!

—Tal vez no, Miss Bedford. Pero, puesto que el libro estaba basado en algo de su propia colección, pensé que sería muy probable que poseyera un ejemplar.

—¡No lo tenía!

—Le sugiero que vaya a su casa de Winnetka y mire en la estantería situada debajo del ventanal, en el estudio de su hermano. El tercero empezando por la izquierda: un pequeño volumen encuadernado en tela roja. Lo sé de muy buena fuente, aunque no estoy autorizada para citarla.

Doris Bedford abrió la boca, pero de sus labios no salió ninguna palabra. Harbin Hamilton permanecía también silencioso. En el sonrosado rostro del juez Winston había una expresión de arrobo.

—Voy a escribir mis Memorias y a incluir esto en ellas —anunció, suspirando de emocionada felicidad.

Pero el ayudante del fiscal del distrito estaba sacudiendo la cabeza.

—Sí, Señoría. Todo esto es muy interesante. Pero no constituye ninguna prueba…, ni siquiera un indicio. Mr. Salter se ha limitado a decir que pudo haber ocurrido: nadie puede distinguir una falsificación simulada de una falsificación auténtica. Creo que eso era lo que iba a decir cuando fue interrumpido por nuestro entusiasta amigo aquí presente.

Malone se encogió de hombros, como un arquero que hubiera disparado todos sus dardos.

—¿Es eso todo lo que tiene que decirnos, Mr. Salter? —inquirió lentamente.

El experto sacudió la cabeza.

—Me proponía llamar de nuevo su atención sobre la firma —dijo—. Mire aquí… ¿Ve esto… y esto? Son los latidos del pulso: pequeños saltos. Unos saltos que, en este caso, son anormalmente irregulares.

—¡Irregulares! —repitió Malone—. ¡El pulso…, es decir, los latidos del corazón! ¿Y a quién puede latirle el corazón de un modo irregular más que a un hombre que padece una enfermedad cardíaca?

—¿Y qué más lógico que un pulso fuertemente alterado en un hombre que padece una enfermedad cardíaca y que está sometido a la tensión de saber que comete un delito? —añadió Miss Withers—. ¿No es eso, Mr. Salter?

—Bueno… —dijo el experto—. Nunca he oído hablar de diagnósticos cardíacos a través de la escritura, pero… creo que tendré que efectuar unas cuantas pruebas, y tal vez revisar mi libro.

—Su turno, Mr. Dade —dijo Malone.

Empezó a silbar St. James Infirmary para sus adentros.

Harbin Hamilton intervino una vez más.

—¡Esto no es ninguna prueba! —tronó.

—¡Y el tribunal no está reunido en sesión! —replicó el juez—. ¡Me gustaría que lo estuviera, para poder multarle a usted por contumacia! ¿Mr. Dade?

El rostro del ayudante del fiscal del distrito era un muestrario de emociones.

—Creo que Mr. Malone acaba de destruir la acusación de Mr. Hamilton, en Chicago —dijo—. Pero aquí nos enfrentamos con el hecho de que un hombre fue asesinado…

—¡Murió accidentalmente! —se apresuró a puntualizar Malone.

—Dadas las circunstancias, creo que podemos reducir los términos de la acusación a homicidio, o a algo…

—¡O a nada en absoluto! —desafió Malone—. Sinceramente, Mr. Dade: después de lo que Bedford le hizo a Nancy Jorgens, ¿se atrevería usted a presentarse ante un jurado, porque cayó muerto cuando ella trató de asustarle? El jurado ni siquiera se retiraría a deliberar, y usted lo sabe.

—En lo que a mí respecta —dijo Su Señoría—, voy a conceder a la acusada la libertad provisional bajo palabra hasta que se celebre el juicio…, si es que las ruedas de la justicia tienen que ponerse en marcha en este caso.

Miró con expresión paternal a Nancy, cuyos ojos estaban brillando. La maza volvió a funcionar.

—¡Se reanuda la sesión!

—Señoría —dijo Mr. Dade, en tono resignado pero sin demasiado pesar—, en el caso de El Estado contra Jorgens y Malone, el Ministerio Público retira todos los cargos contra los acusados.

La Sala se convirtió en un hervidero de murmullos.

—Pongan en libertad a los acusados —ordenó el juez Winston—. ¿O existe algún cargo contra ellos?

Harbin Hamilton se irguió en toda su estatura.

—¡No, no existe! —rugió—. Pero me gustaría decir cuatro palabras acerca de los procedimientos de este tribunal, y…

—¡Contumacia! —exclamó el juez jubilosamente—. ¡Cien dólares de multa, o diez días de arresto!

Golpeó la mesa con tanta fuerza, que la maza se rompió.

Lo cual hizo casi perfecto el día para Malone. Todo estaba solucionado. A Nancy la soltarían pasada una hora. Miss Withers y John J. Malone salieron al pasillo, cogidos del brazo.

—Hildy, estuvo usted maravillosa con lo de la extorsión de cerebros.

—Fue usted quien me dio la idea acerca de la falsificación, cuando exponíamos nuestras descabelladas conjeturas, al decir que tal vez Bedford fue el asesino y se mató a sí mismo. ¡No cometió ese delito, pero cometió el otro!

—De modo que nos hemos quedado sin asesinato, y sin asesino —sonrió Malone.

—Un final dichoso… para una historia de amor.

Mientras esperaban el ascensor, llegaron Doris Bedford y Harbin Hamilton. El ayudante del fiscal del distrito del condado de Cook hizo de tripas corazón y ofreció su mano a Malone, con una sonrisa tan afilada como un puñal. Otro aspirante al Oscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, pensó la maestra de escuela.

—¿Sin rencor, Malone?

—Es un verdadero placer… —empezó a decir el pequeño abogado.

Pero Mr. Hamilton no pudo enterarse de lo que constituía un placer para Malone, ya que en aquel preciso instante Doris Bedford exclamó:

—¡No crean que yo no voy a visitar a mi abogado!

—¡Mi abogado puede darle sopas con honda al suyo cualquier día de la semana! —replicó Miss Withers, colgándose orgullosamente del brazo de Malone—. Y, para que tenga usted un día completo, Miss Bedford, ¿puedo recordarle que notifique a su banco que haga efectivo aquel cheque?

—¡Un momento! —protestó Hamilton—. Un cheque firmado por una persona que ha fallecido no puede ser hecho efectivo…

—¡Protesto! —dijo Malone—. Cuando el cheque fue presentado al cobro, Paul Bedford estaba aún vivo. Tendrán que hacerlo efectivo, o hacer frente a una demanda.

En aquel momento llegó el ascensor, y Miss Withers y el pequeño abogado entraron en él, dejando a los otros dos convertidos en estatuas de piedra.

—¡Espere a que le cuente esto a Nancy! —exclamó Malone, con el rostro resplandeciente.

—No voy a esperar nada —dijo Hildegarde en tono firme… Tienen ustedes derecho a estar solos en su gran momento.

—Yo…, yo no soy bastante bueno para ella —dijo Malone—. Mire, Hildegarde…, si consigo reunir el valor suficiente para hacerle una proposición, quiero que esté usted allí.

—Procure que su proposición sea de matrimonio —le advirtió Miss Withers—. ¡Y no crea que no asistiré a la boda armada con un rifle!

CUANDO LA NIEBLA ES FAVORABLE

Rick Bubin

T

OM sabe que el que está sacudiéndole para despertarle es su padre, y que es medianoche. Su primera mirada no es para su padre, sino hacia la única ventana que se abre en un rincón del desván: abierta sobre los árboles a través del valle. ¡Hay niebla! Una densa, húmeda, pegajosa niebla invernal envuelve el valle en una fantasmal negrura, ocultándolo todo detrás del árbol más próximo a la ventana.

Al ver la niebla, Tom mira a su padre, sabiendo ya para qué le ha despertado. Ve a un hombre flaco, que lleva una camisa gris y unos pantalones de pana, con los lisos cabellos castaños colgando sin peinar sobre la frente. Ve los vivaces ojos castaños, la nariz afilada y la boca recta. Unas patillas adornan las curtidas mejillas.

—Esta noche vamos a salir —dice su padre.

Tom se sienta en la cama y alarga la mano hacia sus calcetines, sus botas y sus pantalones azules.

—Date prisa —dice su padre.

—¿Por qué no me has llamado antes? —dice Tom—. Ya podría estar listo.

—No es fácil saber cuándo será. Hay que esperar, y mirar. No estaba seguro de que hubiera una buena niebla.

Su padre se marcha a despertar a Phil, el hermano mayor de Tom. Tom se viste rápidamente, atándose las botas y poniéndose el jersey. Se peina los cabellos con los dedos, y luego descuelga su impermeable de la percha. Al otro lado del desván oye gruñir a su padre despertando a Phil, y luego los ruidos de Phil al vestirse y de su padre bajando la escalera.

—Espérame —oye susurrar a Phil, pero Tom se dirige a la escalera y baja apresuradamente.

En la cocina, el fogón está encendido y encima de él humea una olla de café; sobre la mesa hay panecillos, huevos y tocino. Su madre lo está preparando todo. Es una mujer robusta, paciente, aunque el exceso de trabajo ha dejado profundas huellas en su rostro.

—Siéntate —le dice a Tom—. La comida estará dentro de unos momentos.

—¿Qué hora es? —pregunta Tom.

—Las dos y media —contesta su padre desde el dormitorio contiguo a la cocina.

—No habléis tan alto —dice la madre—. Vais a despertar a las chicas.

—Yo ya estoy despierta —dice Lucille, la mayor de las muchachas, apareciendo en la escalera. Se está abotonando una camisa de lana, y lleva pantalones azules y botas—. Voy a ir con vosotros.

—Vas a ir al infierno —dice su padre—. Este no es trabajo para una chica.

—Tengo dieciséis años, papá. A Tom le llevaste contigo cuando cumplió los dieciséis años.

—Eso es cosa que a ti no te importa. A él lo llevé porque era un chico. Este no es trabajo para una muchacha, tenga la edad que tenga.

—Yo quiero ir…

—Tú obedecerás a tu padre —dice la madre—. Tu padre dice que las chicas no van, y, por lo tanto, las chicas no van.

—¡Maldita sea! Me gustaría ser un chico.

—Lucille Bronson, modera tu lenguaje —dice la madre.

Lucille se sienta en una silla al extremo de la mesa y apoya su rostro sobre sus puños cerrados. Tiene la boca recta, y sus ojos arden como los de su padre.

—Lo mejor que puedes hacer es volverte a la cama —dice su madre—. Solo he preparado comida para los hombres. Y procura no despertar a tus hermanas.

Lucille no se mueve de la silla. Rechina los dientes, distorsionando su rostro. Tom se alegra de que Lucille no les acompañe. Sería complicar a demasiados miembros de la familia. Es un trabajo serio y peligroso, y a veces —en un par de ocasiones al año, por lo menos— de gran importancia. El propio Tom tuvo que esperar hasta hace dos inviernos, a pesar de que para entonces llevaba dos años suplicando a su padre que le permitiera acompañarle. Aunque a los catorce años estaba muy crecido y era capaz de hacer el trabajo de un hombre en la granja, su padre no le permitió acompañarle hasta que cumplió los dieciséis años, e incluso entonces con serias reservas.

Phil baja la escalera y su padre sale, completamente vestido, del dormitorio y ocupa su lugar en la mesa. Empiezan a comer. La madre va del fogón a la mesa y de la mesa al fogón, sirviendo a los hombres. La cocina huele a fritos y a café. En un extremo de la mesa, Lucille continúa sentada con el rostro apoyado en sus puños.

—¿Cómo sabes cuándo es favorable la noche, papá? —pregunta Tom.

—Por un montón de cosas, hijo. La niebla, por ejemplo. Tiene que ser densa y húmeda, pero no tan densa que obligue a los automóviles a disminuir demasiado la marcha. Luego, el tránsito. Hay que calcular su fluidez. Le gente viaja por la carretera en grupos, no sé por qué. Si a primeras horas de la noche no pasan muchos automóviles, no pasarán muchos más tarde. El viernes es una buena noche, cuando la gente se dirige hacia el valle para pasar el fin de semana. A veces, la noche de los domingos también es buena. La gente regresa a la ciudad. Pero no hay regla fija: hay que intuirlo.

—¿Será esta una buena noche? —pregunta Tom.

Phil suelta una risotada.

—No te rías de tu hermano, Phil. Tom tiene dos veces más sesos que tú en tu estúpida cabezota. Hace preguntas para aprender.

—Bueno, no he dicho nada —murmura Phil.

—No sé si esta va a ser una buena noche, Tom —dice su padre—. En realidad no hay modo de saberlo, aparte de conocer cuándo es favorable la niebla. Pero tal vez esta noche obtendremos lo suficiente para todo el año.

—Hace seis años obtuvimos un buen botín, ¿verdad, papá? —dice Phil.

—Sí, se dio bien la cosa. Ochocientos cincuenta y seis dólares… Fue un buen año, desde luego. Tu madre tuvo un vestido nuevo, y yo compré un arado, y todos vosotros tuvisteis pantalones y zapatos nuevos, y arreglamos la casa. Fue la mejor cosecha que se ha conocido en esta granja. Pero las buenas cosechas no abundan.

Comen en silencio, Phil hundiendo la cuchara en la yema del huevo, su padre y Tom cortando el pan a trocitos y mojándolo en las yemas.

—Bueno —dice el padre—. Vamos a marcharnos. Lucille, vete a la cama. Mamá puede esperar, si quiere, pero tú necesitas descansar.

—Ya voy, papá —dice Lucille, de mala gana.

—¡En marcha! —dice su padre.

Se ponen los recios chaquetones, los sombreros y los guantes, y el padre coge la linterna de la alacena y revisa su revólver.

—Tom, tú puedes llevar la cuerda —dice—. Philip se encargará de la campanilla y del alambre. Yo llevaré la arpillera.

Salen de la casa, y sus rostros quedan rápidamente empapados con la humedad de la niebla. Detrás de ellos hay un rectángulo de luz procedente de la puerta, hasta que la madre la cierra. Entonces no queda nada: las ventanas cerradas no dejan filtrar la menor claridad. Los hombres recorren el sendero que discurre entre campos y cruzan el angosto puente de madera que atraviesa el riachuelo.

Delante de ellos solo pueden divisar formas vagas, pero Tom conoce el valle de memoria. Puede intuir la escarpadura que asciende hasta el recodo de la carretera. La escarpadura sube rectamente desde el valle y tiene una altura de doscientos pies. En su superficie rocosa solo crecen unos cuantos árboles y arbustos raquíticos.

En la parte superior de la escarpadura, el borde de la carretera está vallado con unos cuantos postes pintados de blanco. Los hombres trepan ahora por el sendero que conduce desde la granja a la carretera. Delante de él, Tom apenas distingue la espalda de su padre, con un rollo de arpillera al hombro, como un saco de harina. Detrás de él, Tom oye la jadeante respiración de Phil. Tom no jadea. Incluso cuando el aire es denso y doloroso en su garganta y su frente está húmeda de sudor mezclado con la niebla, Tom mantiene la boca cerrada, respirando rítmicamente a través de su nariz. No quiere que su padre le oiga jadear.

Finalmente, llegan a la cumbre y se paran en el borde de la asfaltada carretera. Su padre abre la marcha mientras se dirigen hacia la izquierda, rodeando la pronunciada curva. Setenta y cinco metros más allá de la curva se detiene, junto a la señal de tráfico en forma de diamante, y deja caer la arpillera.

—A lo tuyo, Philip —dice el padre.

—Déjame descansar un poco —dice Phil—. Estoy rendido.

—¿No te da vergüenza decir eso a tu edad? Vamos. ¿Y dónde diablos están tus guantes?

—Me los puse en el bolsillo, papá. Estaba sudando.

—Bueno, póntelos ahora. No podemos correr el riesgo de dejar alguna huella digital. A partir de este momento, y hasta que regresemos a casa, llevaréis puestos los guantes. ¿Entendido?

Los dos muchachos asienten. Phil cruza la carretera y ata la campanilla al tronco de un árbol, rodeándolo con un alambre de modo que la campanilla cuelgue libremente de su flexible soporte metálico. Engancha el extremo del rollo de alambre directamente al mango de la campanilla. Luego empieza a trepar por la ladera que conduce al tramo superior de la carretera, desenrollando el alambre al tiempo que avanza.

—Échame una mano con esta arpillera —le dice el padre a Tom.

Desenrollan la arpillera, la colocan sobre la señal de tráfico y la atan; la señal, de cara a la carretera, indica VEL. MÁX. 15 KIL., y tiene dibujada una línea de trazo grueso en forma de horquilla, con una flecha en un extremo.

Su padre termina de colocar la arpillera mientras Tom le observa, interesado en aprender cómo lo hace. La arpillera queda extendida a lo largo de la señal, por su parte superior, con un mecanismo de muelle y un cordel para soltarlo.

Cuando su padre ha terminado, cogen el extremo del cordel y se retiran a los arbustos que crecen junto a la carretera. Buscan un lugar donde ocultarse.

La campanilla atada al árbol al otro lado de la carretera suena cinco o seis veces.

—Phil ya está en su sitio —dice el padre de Tom—. Ahora, lo único que podemos hacer es esperar y mirar. Y confiar en que la cosecha de este año será buena.

—¿Puedo fumar? —dice Tom.

—Sí, pero tira el cigarrillo si oyes llegar un automóvil… cualquier automóvil, aunque no sea el bueno.

—Sí, papá —dice Tom.

Saca tabaco y papel de un bolsillo de su chaquetón y lía un cigarrillo. Pero solo ha dado un par de chupadas cuando oye el rumor de un vehículo en el tramo superior de la carretera. Da otro par de chupadas rápidas y aplasta contra una roca el extremo encendido del cigarrillo.

Contemplan la carretera hasta que pasa un camión con remolque; los frenos chirrían cuando el conductor disminuye la marcha para enfilar la curva.

Cuando el camión ha desaparecido, Tom trata de encender de nuevo el cigarrillo, pero ha quedado empapado con la humedad de la niebla y está deshaciéndose. Tom lo tira, decepcionado.

—Si hoy no sale la cosa bien, ¿podremos volver a intentarlo dentro de unas semanas? —pregunta.

—No. Demasiado arriesgado —dice su padre—. Solo podemos hacerlo una vez al año. Si no encontramos lo que buscamos, nos llevaremos lo que haya. Pero no podremos repetir el intento hasta el año próximo. Alguien podría sospechar.

—¿Cómo se te ocurrió la idea, papá? ¿A consecuencia de alguien que cayó casualmente?

—En efecto, hijo mío. Sucedió hace mucho tiempo. Fue un año muy malo para nosotros, y un automóvil se despeñó por la escarpadura, y encontré casi doscientos dólares en la cartera del conductor. El dinero nos permitió salir adelante aquel año, y entonces se me ocurrió la idea de obtener una cosecha de dinero todos los años.

Encima de ellos oyen el sonido de otro vehículo que pasa por el tramo superior. Súbitamente, la campanilla atada al árbol al otro lado de la carretera adquiere vida. Suena cuatro veces en rápida sucesión.

—Ahí está, muchacho —dice el padre.

Suelta el cordel que sostiene en la mano y la arpillera desciende como una cortina sobre la señal de tráfico, cubriéndola por completo. Tom y su padre esperan.

—¿Qué clase de gente era la que se salió de la carretera? —pregunta Tom.

—¿Qué sé yo? Nadie como tú y como yo, desde luego. Gente de la ciudad, en su mayor parte. Pero, guarda silencio, muchacho, y vigila.

Hasta entonces nunca se ha preguntado quiénes eran las víctimas, y de repente Tom se siente obsesionado por aquella idea. Piensa en lo extraño que resulta que nunca se le ocurriera preguntárselo. Desde luego, en los dos años anteriores no se acercó a mirar. Las víctimas estaban en el fondo del despeñadero, muertas, y su padre no quiso que Tom las viera. De modo que hasta entonces Tom solo había pensado en automóviles, no en personas. Automóviles de los cuales su padre y su hermano mayor sacaban dinero: su cosecha anual, como decía su padre, que les permitía salir adelante, de un modo especial cuando el año había sido particularmente malo.

Su pequeña granja, en pleno desfiladero, apenas daba para vivir. Dos vacas, unos cuantos cerdos, algunas gallinas, verduras para el consumo familiar, heno y patatas… pero casi nada para vender. Tom había pensado hasta entonces en la cosecha de dinero anual como en una especie de lotería, cuyo premio constituía una inapreciable ayuda.

Pero ahora, repentinamente, se pregunta quiénes eran las personas que viajaban en los automóviles.

Bueno, piensa, no eran más que gente de la ciudad. Nadie, en realidad.

El automóvil avanza por la carretera, aumentando su velocidad al llegar a la pendiente. En el tramo superior avanzaba lentamente, cuesta arriba, pero ahora el conductor cree que ya no hay más curvas. A menos que conozca bien la carretera, suele sacar el pie del freno y la leve pendiente de la carretera le hace adquirir más velocidad de la que imagina… hasta que ve la señal de tráfico.

Pero, ahora, el conductor ha visto la señal de tráfico solo como una borrosa mancha en medio de la niebla. Los neumáticos cantan sobre el asfalto y el viento azota la maleza. Luego se oye el frenético chirrido de los frenos: el conductor acaba de darse cuenta de la existencia de una pronunciada curva y trata de dominar el volante. El chirrido parece prolongarse durante segundos y minutos, hasta que, a media curva, los neumáticos abandonan el asfalto. Después, el automóvil choca contra uno de los postes blancos. Se producen una serie de choques, y se oye el ruido tintineante de cristales rotos, mientras el automóvil baja dando tumbos por el despeñadero.

Encima de ellos oyen a Phil avanzando a través de la maleza.

—¡Hemos pescado a uno! —grita—. Y apostaría a que vale la pena.

—¿Bajamos? —pregunta Tom.

—Espera —dice su padre. Se asoma al despeñadero—. No ha llegado al fondo.

—¿Quieres decir que está colgado en el despeñadero?

—Tiene que estarlo. A menos que se haya convertido en un avión. Esperaremos que llegue Philip.

Se quedan junto a la carretera, esperando al hermano mayor. Finalmente aparece Phil al otro lado de la carretera, con el alambre enrollado alrededor de su brazo.

—¿Puedo dejar esto aquí? —pregunta.

—Tráelo —dice su padre.

Phil suelta la campanilla y Tom y su padre bajan la arpillera. Luego, los tres avanzan rápidamente hacia la curva.

Se asoman al despeñadero, apoyándose en los postes pintados de blanco, y aguzan la vista tratando de localizar el automóvil.

—Allí está —dice el padre de Tom—. A unos setenta y cinco pies de profundidad, enganchado a un árbol.

—¿Qué haremos ahora? —pregunta Tom.

—Tendré que bajar y empujar el auto para que se suelte, o coger lo que encuentre allí mismo.

—Déjame ir, papá —dice Tom—. Puedo bajar más fácilmente que tú.

—¿Por qué no bajamos todos, papá? —dice Phil.

—No podemos bajar todos —dice su padre—. El que vaya tiene que ir cogido a una cuerda. La pendiente es demasiado pronunciada para bajarla a oscuras.

—Yo iré —dice Tom.

—Es posible que estén vivos —dice su padre—. Puede ser un espectáculo desagradable, e incluso pueden ofrecer resistencia.

—Yo lo arreglaré —dice Tom—. Si están vivos, le daré un par de puntapiés al automóvil para que acabe de bajar, y si eso no da resultado les golpearé en la cabeza. No creo que estén en condiciones de ofrecer mucha resistencia después de dar tantas vueltas de campana.

—De acuerdo —dice su padre—. Creo que podrás hacerlo. De todos modos, ya eres un hombre y tienes que aprender a enfrentarte con las cosas.

Tom desenrolla la cuerda que lleva colgada al hombro y la atan alrededor de su cintura.

—Toma, llévate esto —dice su padre, cuando Tom inicia el descenso.

Le entrega el revólver. Tom lo introduce en el bolsillo de su chaquetón. Luego empieza a bajar, mientras su padre y Phil sueltan lentamente la cuerda.

El automóvil está semivolcado, enganchado a las ramas de un árbol y a unas rocas. Tom llega junto al vehículo antes de oír la voz del hombre.

—Helen, ¿estás bien? ¡Helen, di algo! ¡Oh, Dios mío! ¡Helen!

Tom oye un gemido: probablemente de la mujer, porque tiene un sonido distinto.

—¿Qué ha pasado, querido? —dice la mujer.

—¡Oh, Dios mío! ¿Por qué habré tomado esta carretera?

—¿Qué ha pasado, querido? ¿Dónde estamos?

—Nos hemos salido de la carretera. Creo que estamos colgando de un precipicio. No sé donde estamos. ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué habré tomado esta carretera?

Tom permanece inmóvil cerca del auto, conteniendo la respiración. Suelta una mano de la cuerda y la introduce en el bolsillo de su chaquetón, donde guarda el revólver.

Repentinamente, por la ventanilla del auto aparece la cabeza del hombre, se vuelve a mirar en torno suyo, y se detiene al ver a Tom.

—¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios que ha llegado usted! —dice el hombre—. Nos hemos salido de la carretera. Mi esposa está embarazada. La llevaba al hospital; por eso iba tan de prisa. Está a punto de dar a luz.

Tom ha levantado el pie y está calculando el impulso que tendrá que darle para que el automóvil se desprenda de las ramas del árbol cuando el hombre dice aquello acerca de su esposa, con voz que el pánico convierte en chillona.

—No se preocupe por mí —continúa el hombre—. Saque primero a mi esposa. ¿Puede hacerlo? ¿Corremos peligro de caer más abajo?

Sus ojos miran a Tom como los ojos de un perro suplicando a su dueño. Tom desciende un poco más y mira a través de la ventanilla del auto. Ve a la esposa del hombre, caída sobre el asiento posterior, con el rostro contraído por el sufrimiento, los ojos cerrados. Tiene una pierna doblada debajo de su voluminoso vientre.

—¡Por favor, sáquela de aquí antes de que llegue el niño! —suplica el hombre—. Puede hacerlo, ¿verdad? Le pagaré a usted lo que sea. Llevo quinientos dólares encima. Son para usted. Pero salve a mi esposa.

La mujer está tendida allí, y por un instante Tom la ve como a su propia madre, cuatro años antes, cuando llevaba la carga de su hermana menor. El hombre alza la mirada, suplicando ayuda; de su rostro mana la sangre, empapando el cuello de su camisa.

—La sacaremos —dice Tom—. Y le sacaremos también a usted, no se preocupe. No se mueva hasta que yo regrese. Procuren no moverse, si no quieren que el auto acabe de bajar.

Trepa cogido a la cuerda, sin esperar a que tiren desde arriba. Al cabo de unos instantes su padre y Phil se dan cuenta de lo que está haciendo, y tiran de la cuerda, arrastrándole hasta arriba.

—Tenemos que sacarles —jadea Tom—. Hay una mujer embarazada, a punto de dar a luz. Su marido la llevaba al hospital.

Su padre y su hermano le miran fijamente, asombrados.

—Tenemos que darnos prisa, papá. La mujer va a tener un niño. Su marido pagará. Me ha dicho que pagará. Lleva encima más de quinientos dólares.

—¡Esta sí que es buena! —dice su padre—. Cogeremos el dinero, pero no vamos a ayudarles. No tenemos nada que ver con ellos. Ni siquiera les conocemos. Pero, si les ayudamos, tal vez entrarán en sospechas y la policía nos relacionará con los otros accidentes ocurridos aquí. No, hijo mío, no podemos ayudarles.

—Papá, la mujer se parece a mamá cuando estaba embarazada de Sally. ¡Tenemos que sacarla de allí!

—Philip —dice su padre, volviéndose hacia el hermano de Tom—, vas a bajar y a empujar ese automóvil.

Tom mira a su padre, y luego a su hermano. Phil echa a andar hacia él para desatar la cuerda.

—Son seres humanos, papá —dice Tom.

—Ni siquiera les conocemos —dice su padre—. Primero hemos de cuidar de los de nuestra propia sangre.

Phil está muy cerca de él cuando Tom saca el revólver del bolsillo.

—Te he dicho que vamos a ayudarles —dice—. No voy a permitir que empujes ese automóvil y mates a esa gente.

Su hermano da un salto hacia atrás, y su padre le mira fijamente.

—¿Qué locura es esa, Tom? —dice su padre—. Suelta ese revólver, muchacho. No irás a perjudicar a los de tu propia sangre para ayudar a unos desconocidos, ¿verdad?

—Phil —dice Tom—, vas a bajar allí y a ayudar a esa mujer a salir del automóvil. Átale la cuerda alrededor de los hombros y papá y yo la subiremos. Quédate junto al auto y volveremos a echarte la cuerda para subir al hombre. Luego subirás tú.

Phil gruñe.

—¿Qué te hace pensar que voy a hacer lo que me ordena un mocoso como tú? —dice.

El revólver tiembla en su mano, y Tom nota que su rostro adquiere una repentina rigidez.

—Haz lo que dice tu hermano, Phil —ordena su padre en voz baja.

Tom desata la cuerda que rodea su cintura con una mano y lanza el extremo hacia Phil.

—Supongo que sabes lo que estás haciendo —dice su padre—. Vendiendo a tu propia familia por unos desconocidos.

—No podemos dejarles morir, papá —dice Tom—. Y, de todos modos, tendremos los quinientos dólares.

—La ley se nos echará encima, muchacho. Estás vendiendo a tu propia familia.

Phil está atando la cuerda alrededor de su cintura y Tom está de pie cerca de su padre, apuntándoles a los dos con el revólver. Desde abajo, llega hasta ellos, repentinamente, la voz del hombre.

—¡Oh, Dios mío! —grita—. El niño está naciendo…

Tom y su padre y Phil se inclinan a mirar a través de la niebla. Debajo de ellos, el automóvil ha empezado a deslizarse de nuevo por la pendiente. El hombre trata de salir por la ventanilla, inútilmente. Luego se oye el ruido del metal chocando contra las rocas, y después el choque final desde el fondo del despeñadero.

—Bueno, creo que podremos recoger nuestra cosecha de dinero, después de todo —dice Phil, empezando a desatar la cuerda—. A menos que el auto se incendie.

—No se incendiará —dice su padre—. El hombre había cortado el encendido. No se incendiará, a no ser que lo incendiemos nosotros, después de sacar los quinientos dólares.

—Eran seres humanos, papá —dice Tom—. Seres humanos como nosotros.

—Cállate y dame el revólver —dice su padre—. No podemos perder más tiempo en tonterías. Tenemos mucho trabajo.

Tom mira a su padre. Luego da media vuelta y tira el revólver al precipicio, a través de la niebla. Durante unos instantes, los tres permanecen completamente inmóviles, hasta que oyen el ruido del arma al estrellarse contra el fondo.

Tom pasa por delante de su padre, dirigiéndose al sendero que conduce a la granja.

—Ni siquiera les conocíamos, Tom —insiste su padre. Pero su voz tiene ahora un extraño acento, muy parecido al que tenía la voz del hombre cuando suplicaba a Tom que les ayudara, desde el interior del automóvil—. Tu propia familia tiene que ser lo primero para ti.

—No, papá —dice Tom—. Para mí, no. Yo no tengo familia. No viviré aquí nunca más.

Echa a andar por el angosto sendero hacia el valle, con los ojos nublados por las lágrimas. Detrás de él, oye a su padre y a su hermano mayor que han empezado a seguirle.

—¡Tom! ¡Espera! —grita su padre.

Tom apresura el paso, preguntándose cómo sonará por el teléfono la voz del sheriff, y cómo le dirá lo que tiene que decirle, y qué sensación le producirá acusar a su padre, a su hermano y a sí mismo de asesinato. Se pregunta quién cuidará de su madre y de sus hermanas.

Tom echa a correr, impaciente por hacer lo que tiene que hacer antes de que su decisión y su rabia se desvanezcan.

EL HOMBRE QUE SE PARECÍA A NAPOLEÓN

Robert Bloch

E

L hombre que se parecía a Napoleón salió del ascensor en el quinto piso. Cruzó el vestíbulo lentamente, con la cabeza inclinada, de modo que un mechón de pelo le caía sobre la frente. Podía haberse echado el pelo hacia atrás, aunque para ello hubiera tenido que sacar la mano del interior de la parte delantera de su abrigo.

Pero ahora no podía sacar la mano de allí. Más tarde, quizá, pero no ahora. Le estaban mirando.

Todos los ojos estaban clavados en el emperador mientras cruzaba el vestíbulo. Ninguno era visible, pero él sabía que estaban allí: detrás de las puertas, mirándole. Mirándole, y susurrando. Bueno, que susurraran todo lo que les viniera en gana. Él estaba protegido por la Vieja Guardia, y el pueblo estaba a su lado, hasta el último hombre.

Llegó a la puerta. En ella había una placa que decía: G. K. Rand, M. D.

Era la puerta exacta. Era el momento exacto. Era el día exacto: el aniversario de Austerlitz. El sol había brillado intensamente aquella mañana, de modo que él sabía que era el día exacto. El sol de Austerlitz brillaba, y ahora llegaba aquí a su cita… y a algo más.

Un pequeño pulso latió en su garganta cuando pensó en aquel algo más. Bueno, él sabría cómo manejar las cosas.

Del mismo modo que supe manejarlas en Elba…

Entró en la oficina, y la mujer vestida de blanco dijo:

—Encantada de verle, Mr. Throng. El doctor le recibirá dentro de unos momentos. Siéntese, por favor.

—Merci.

La mujer no le miró directamente, de modo que no se dio cuenta de la mirada que le dirigía cuando le llamó Mr. Throng. No podía evitar el mirar de aquel modo cuando la gente le llamaba Mr. Throng. Sabía por qué lo hacían: le odiaban, y trataban de fingir que no le reconocían. Bueno, ahora tendrían que reconocerle. Se lo diría al doctor.

—Ya puede pasar.

La mujer no añadió «sire»: ni siquiera se inclinó. Pero él ignoró los insultos y entró en la otra habitación. Andaba a pasitos cortos, con dignidad, con la mano embutida en la parte delantera de su abrigo. El doctor Rand estaba sentado en una silla, esperándole, y él se dirigió directamente al diván, se tendió y cerró los ojos.

El doctor Rand le estaba hablando, y desde muy lejos oyó su propia voz que decía: «Me encuentro perfectamente, gracias», y «Sí, estoy preparado», y «Tengo que contarle un montón de cosas».

El doctor dijo:

—¿No va usted a quitarse el abrigo antes de empezar?

Pero él sacudió la cabeza sin abrir los ojos. Prefería estar así, con el abrigo puesto y los ojos cerrados. De este modo había hombreras en el abrigo, y debajo el uniforme de coronel de artillería que no había llevado desde 1802, desde que Josefina había…

—Relájese —dijo el doctor—. Ya sabe cómo hacerlo. Y diga todo lo que le venga a la mente.

Aquí, el doctor era el jefe. De modo que a empezar.

—Ney —dijo—. Peter Ney. Mariscal de Francia. Pero me negó antes de mi regreso de Elba. Me dijo que no. Peter me negó. Negó a Nuestro Señor. Peter negó a Nuestro Señor, y yo era el Señor de Peter Ney, llegado para redimir a toda Francia.

»¿Por qué no dijeron la verdad, doctor? Les escribí que me había fugado a América. Puedo enseñarle la carta. Les dije que fueran a París y examinaran la Tumba. La hubieran encontrado vacía y hubieran creído. La Tumba estaba vacía desde el tercer día. Lea su Biblia.

Hizo una pausa. El doctor Rand le reprendió:

—Por favor, Mr. Throng. No pierda el control. Limítese a decir palabras… no frases ni pensamientos. No es la primera vez que hace esto. Solo quiero que diga lo que le venga a la mente.

Era inútil. Ahora se daba cuenta. Se sentó en el diván y abrió los ojos, mirando a su alrededor hasta que se encaró con el doctor Rand.

—Lo siento —dijo—. Temo que tendremos que renunciar a esto. No puede usted ayudarme.

—Si aceptara usted mi sugerencia… —dijo el doctor afablemente—. Un reposo de seis meses le sentaría muy bien. Puedo recomendarle un excelente sana…

Interrumpió rápidamente al doctor.

—De modo que e» eso… La historia se repite. Quiere usted que abdique, que me marche a Santa Elena.

Se echó a reír, con una risa espasmódica.

El doctor se encogió de hombros.

—Es la única solución, Mr. Throng. Creo que puedo hablarle con toda franqueza. La cosa está empeorando. No se ha producido el reajuste que yo esperaba. No hace usted más que retirarse de la realidad, y…

Retirarse. Le estaba reprochando de nuevo lo de Rusia. Pero aquello no había sido una retirada. El invierno, la nieve… ¿Cómo podían hacerle responsable de aquellos factores? Él no era responsable. Esta era la respuesta: él no era ya responsable. Eso le habían dicho en la oficina la semana anterior, cuando le despidieron. El doctor no conocía aún esa parte del asunto. Y había otras muchas cosas que el doctor ignoraba también. Se encontró a sí mismo gritando.

—¡Es usted un estúpido, doctor! Es usted quien se niega a enfrentarse con la verdad. Usted se gana la vida diciéndole a todo el mundo que viene aquí que está loco. Si no hubiera locos, los hombres como usted se morirían de hambre, ¿no es cierto?

La enfermera llamó a la puerta con los nudillos y el doctor asintió. La enfermera dijo:

—Por favor, Mr. Throng, no se excite. Hay otras personas esperando.

—Que no me excite, ¿eh? —dijo Mr. Throng, cuando la enfermera se hubo marchado—. Sí, me cruzaré de brazos y me callaré. Para que me suceda lo que me sucedió hace dos años, cuando me di el golpe. Me pusieron una chaqueta sin mangas y me la ataron a la espalda. Si no hubiera sido por Josefina, todavía estaría pudriéndome en algún maldito asilo.

El doctor palmeó su hombro, y Mr. Throng se calmó. Su voz bajó de tono. Tenía que explicarlo una vez más.

—¿Por qué no quiere usted admitir la verdad, doctor? Admita que soy un producto de la reencarnación. No hay accidente ni casualidad en mi aspecto, aunque no me reconocí a mí mismo hasta que me di aquel golpe conduciendo mi automóvil. Pero todo encaja, ¿no es cierto? ¿No estoy casado con una mujer que se llama Josefina? Y usted conoce mi historia familiar… Soy corso, ya se lo he demostrado. Es una simple reencarnación, doctor.

»Toda mi vida he andado como en un sueño… hasta que ocurrió aquel accidente. Entonces tuve tiempo para pensar, mientras mi cabeza sanaba. Incluso cuando me encerraron en la clínica psiquiátrica sabía lo que estaba haciendo. Permití que me encerraran allí para poder pensar bien las cosas, hasta convencerme del todo de que encajaban perfectamente. ¿No se da cuenta, doctor?

El doctor Rand se puso en pie.

—Lo cierto, Mr. Throng, es que no se han producido los progresos favorables que su esposa esperaba cuando le sugirió que me visitara. Con su permiso, me gustaría hablar de nuevo con ella del asunto.

—Adelante. ¿Por qué no la llama ahora? Tiene usted el número de teléfono de mi casa.

Se sentó, con el ceño fruncido, mientras el doctor marcaba el número, esperaba, y, finalmente, colgaba de nuevo el receptor.

—No contestan, ¿verdad? Podía habérselo advertido. Iba a hacerlo, de todos modos. A eso vine aquí precisamente, a decírselo. La historia se repite siempre, doctor. Esta mañana me he librado de Josefina.

—¿Va usted a divorciarse de ella?

—Quería hacerlo. Créame, quería hacerlo. Discutí con ella, supliqué. Le dije que había pasado demasiado tiempo. Yo debía tener un hijo, un heredero. Está escrito en la historia. Pero ella se negó a pensar siquiera en el divorcio… se negó rotundamente. De modo que tuve que librarme de ella.

—¿Usted…?

Cuando el doctor se disponía a tocar el timbre para llamar a la enfermera, Mr. Throng se puso en pie y sacó la mano de debajo del abrigo. Empuñaba un revólver.

—No haga eso, doctor —dijo—. Siéntese y no se mueva. Será mejor. Ahora, voy a contárselo. Sí, me libré de ella esta mañana. La historia no puede ser detenida, pero puede ser modificada.

»Este es el secreto, doctor. La historia puede ser modificada, y esta vez las cosas serán distintas. Ese es el verdadero motivo de la reencarnación. Le proporciona a un hombre una posibilidad de mejorar su Destino. Y yo tengo ahora mi oportunidad. ¡Esta vez no habrá ningún Waterloo!

»He empezado a modificar las cosas esta mañana, matando a Josefina. Ahora está tendida en la cama, pero nadie lo sabe. La policía no lo sabe. Fouché no lo descubrirá nunca. Yo no voy a decírselo. Y usted no va a tener ocasión de decírselo, porque voy a matarle, también.

Hizo oscilar ligeramente el cañón del revólver, acercándose a la mesa. El doctor le estaba mirando fijamente, pero por lo visto decidió creerle, porque su mano no llegó al timbre. Se limitó a sentarse y a escuchar.

—Hasta ahora no le había reconocido a usted, asqueroso traidor. No había comprendido toda la verdad: que todos nosotros somos reencarnaciones de nuestros propios pasados. ¿Cómo podía sospechar que usted fue el que traicionó a la Revolución, primero, y luego me traicionó a mí, a los aliados y a los Borbones? Si en aquella ocasión le hubiera liquidado a usted, me habría salvado. Esta vez voy a asegurarme de que le quito de en medio. Le he reconocido a usted. Doctor Rand, ¿eh? Conozco su verdadero nombre: ¡es usted Talleyrand!

El doctor miró hacia la puerta.

Mr. Throng siguió la dirección de su mirada y le pareció que la cabeza de la enfermera había asomado por un brevísimo instante. Esto significaba que había ido en busca de ayuda… Sí, podía oír rumor de pasos y de voces en la otra habitación. La enfermera había llamado a la policía. Pero no podrían detenerle; esto no era Waterloo, esta vez no habría ningún Waterloo.

El doctor Rand se volvió y dijo:

—¡Mr. Throng!

Pero era demasiado tarde. Mr. Throng apuntó cuidadosamente y apretó el gatillo.

Cerró los ojos y volvió a apretar el gatillo. Josefina estaba muerta, Talleyrand iba a morir. Reclutaría un nuevo ejército, y los Mariscales de Francia saldrían de sus tumbas para reunirse con él: Lannes, Bessiéres, Davout, Marmont… todos.

Talleyrand estaba tendido en el suelo. En aquel momento, un hombre vestido de uniforme —un uniforme azul— entró corriendo en la habitación, empuñando un revólver: era el Enemigo.

Mr. Throng disparó de nuevo y echó a correr hacia la ventana. Estaba atrapado, pero la Vieja Guardia muere antes que rendirse. Un nuevo disparo. Después de todo, esto era Waterloo… Un salto y, al caer: Vive l’Empereur!

El hombre que se parecía a Napoleón estaba tendido en la acera. Cuando el doctor Rand llegó a su lado, sin aliento, había muerto.

El doctor Rand había estado de suerte: la bala disparada por Mr. Throng solo le había producido una herida superficial en el hombro. ¡Menos mal que la enfermera había avisado a la policía a tiempo!

Miró al desdichado Mr. Throng y sacudió la cabeza. Un ejemplo típico de megalomanía. ¡Pobre Throng, con sus teorías de la reencarnación, y su lamentable interpretación de las coincidencias!

El doctor Rand se volvió hacia los agentes de la Brigada de Homicidios, que acababan de llegar. Estaban hablando con el patrullero que había entrado en la oficina y había hecho el disparo que salvó su vida y proyectó a Mr. Throng a través de la ventana.

El doctor Rand se acercó al patrullero y estrechó efusivamente su mano.

—¡Gracias, muchas gracias! —exclamó—. De no ser por su oportuna intervención…

—No vale la pena —respondió el patrullero—. Para eso estamos.

—De todos modos, se lo agradezco mucho, Mr…

—Wellington —dijo el patrullero—. Me llamo Wellington.

VISITA A LA GRAN CIUDAD

Michael Zuroy

C

UANDO Lannus entró en el gran dormitorio encontró a Rut tendido sobre la inmensa cama, descalzo, fumando un puro. Dos aplastadas colillas de puro, una de ellas todavía humeante, reposaban sobre la mesilla de noche de madera labrada. En el suelo, al alcance de la mano de Rut, había una caja de puros, abierta.

—Buenos días, viejo —saludó Rut—. Toma un puro. Encontré tres cajas en el armario.

—¿De veras? —dijo Lannus—. Yo he encontrado una habitación llena de cueros cabelludos.

Rut se sentó en la cama.

—¿Qué estás diciendo?

—He encontrado cueros cabelludos. Colgados de la pared.

—¿Estás bromeando? Tal vez has encontrado pelucas. En los apartamientos de Nueva York no hay cueros cabelludos.

—No creo que sean pelucas. Son de colores y tamaños distintos, y parecen humanos. Algunos son negros, otros castaños, otros grises, otros rubios, y algunos son de mujer.

—Tienen que ser pelucas. Vamos a verlo.

Rut saltó de la cama.

En la pequeña estancia, Rut contempló con asombro las cabelleras alineadas a lo largo de una pared. Cogió una y la examinó atentamente.

—Parecen cueros cabelludos —admitió—. Pero no es posible que lo sean.

Y, a propósito: ¿cómo es que dos montañeses como los primos Baxter, Langhurst y Rutledge, se encontraban en este lujoso apartamiento de Nueva York que no era suyo, discutiendo acerca de cueros cabelludos? ¿Cómo es que no estaban apacentando vacas en la región montañosa donde habitualmente vivían?

La cosa empezó cuando, después de alimentarlos en secreto durante largo tiempo, Rutledge Baxter dio expresión a ciertos sentimientos. Mirando a su alrededor con aire de disgusto, Rut anunció:

—Estoy hasta las narices de esta porquería. Estoy hasta las narices de vacas, de cerdos y de gallinas. Aquí no hay ningún refinamiento.

—¡No me digas! —dijo Langhurst Baxter en tono soñoliento, desde debajo del porche de la casa.

A Lannus le gustaba dormir la siesta bajo el porche de la casa, tendido en el suelo, boca abajo. Le gustaba tener sobre su cabeza un techo que le abrigara. El porche de una casa era mejor, pero una choza, una carreta o un carromato también le servían para el caso.

Rut deslizó su nervuda figura hasta el más bajo de los podridos escalones de madera, se rascó vigorosamente los negros cabellos con las uñas de las dos manos y se echó hacia atrás, apoyándose en sus codos. Sus penetrantes ojos resplandecían con una idea.

Dijo:

—Lannus, tú y yo vamos a ir a Nueva York.

—¡No me digas!

—Como lo oyes. Vamos a visitar la gran ciudad. Vamos a darnos el gusto de vivir como los señorones.

—¿De qué estás hablando, Rut?

—Vamos a ocupar un apartamiento… uno de esos lujosos apartamientos que salen en las películas.

Se oyó algo que se arrastraba debajo del porche, y no tardó en asomar el larguirucho cuerpo de Lannus. Miró a Rut con la mandíbula caída.

—¿Cómo vamos a hacer eso, Rut? Necesitaríamos un montón de dinero.

—¡Ni hablar! A nosotros no va a costarnos ni un centavo, aparte de lo que nos cuesten algunas comidas. Tengo un plan. Una vez estemos en Nueva York, déjalo todo de mi cuenta.

Se produjo un silencio. Finalmente, Lannus murmuró, dubitativamente:

—Yo no voy a ir. No me convence tu idea, ¿sabes?

—No discutas. Ya está decidido. Vamos a ir a Nueva York. Pero quiero advertirte una cosa.

—¿Sí?

—No te metas con la gente. No quiero que lastimes a nadie, ¿entendido? Si se presenta alguna dificultad, deja que yo la solucione. Ya sabes lo fuerte que eres, Lannus. Si te metes con la gente, podríamos vernos metidos en un lío serio. Prométeme que no lo harás.

La ancha boca de Lannus se distendió alrededor de sus prominentes dientes en una mueca parecida a una sonrisa.

—De acuerdo, Rut —dijo Lannus en tono obediente—. Te lo prometo.

Dos semanas más tarde, los primos Baxter estaban en Nueva York, cada uno llevando unas cuantas pertenencias en un pequeño talego. En el talego de Rut había también un largo trozo de cuerda, ligera pero muy fuerte.

Paseando por Nueva York, Lannus pensaba que era un lugar impresionante, con sus terribles ruidos, y sus millones de vehículos, y sus edificios monstruosamente altos, y sus billones de habitantes, y sus mujeres elegantemente vestidas, a las cuales Lannus no se atrevía a mirar. El dormir no era ningún problema. Mientras trabajaban para obtener el apartamiento, dormían en el inmenso parque situado en el centro de la ciudad. Siendo como era verano, casi resultaba preferible dormir al aire libre. Y en los grandes edificios públicos había numerosos lavabos, con agua corriente, caliente y fría.

Lannus tuvo que admitir que la idea del viejo Rut no era del todo mala. En verano, muchos neoyorquinos ricos abandonaban la ciudad, y era de suponer que abundaban los apartamientos desocupados. Lo único que tenían que hacer, dijo Rut, era vigilar las ventanas. Las ventanas que permanecían a oscuras toda la noche, sin que las cortinillas o las persianas cambiaran nunca de posición, eran las buenas. Tenían que escoger una casa de aspecto lujoso. Entrar no representaba ningún problema, dijo Rut, ya que la gente entraba y salía continuamente de tales inmuebles. Se ocultarían en el tejado hasta que la gente estuviera dormida y, si no había escalera de incendios, utilizarían la cuerda para deslizarse hasta la ventana, romperían un cristal, la abrirían, y el lugar sería suyo.

Desde luego, Lannus se había interesado por la posibilidad de que los vecinos les oyeran moverse por el apartamiento, pero Rut dijo, en tono de lástima:

—¡Qué ignorante eres, Lannus! ¿No sabes que los neoyorquinos no se preocupan en absoluto de lo que hacen sus vecinos?

Pero la cosa no resultó tan fácil como Rut había pensado. En el primer lugar que escogieron, un edificio de aspecto respetable y de diez pisos de la calle Cincuenta, el portero les cerró el paso.

—Vamos de visita —le informó Rut desdeñosamente.

El portero, un tipo casi tan alto como Lannus, les miró con aire suspicaz, y quiso saber a quién iban a visitar. Rut le dijo lo que opinaba de las personas que meten las narices en los asuntos ajenos, y el hombre avanzó hacia ellos en actitud amenazadora, levantando la voz, y les ordenó que se marcharan.

En aquel momento la enorme mano de Lannus salió proyectada hacia el rostro del portero, el cual retrocedió tambaleándose a través del vestíbulo y fue a chocar contra uno de los espejos de las paredes, haciéndolo añicos. Rut contempló a la figura tendida silenciosamente entre los cristales rotos, agarró a Lannus por el brazo y aulló:

—¡Vámonos de aquí!

Salieron corriendo del edificio y se perdieron entre la multitud. Cuando llegaron al Central Park, Rut golpeó desconsideradamente a Lannus en pleno cráneo.

—¿A qué viene eso? —gimió Lannus.

—Demasiado lo sabes. Te advertí que no te metieras con la gente.

—Se puso muy tonto. No quería dejarnos pasar.

—No importa, Pase lo que pase, no te metas con la gente, o acabaremos mal.

—De acuerdo, Rut —dijo Lannus en tono sumiso—. Pero estoy desanimado. Tú dijiste que todo el mundo entraba y salía continuamente…

—Lo dije y lo repito. Solo que tuvimos la desgracia de tropezar con un tipo mala sombra. Déjalo de mi cuenta, Lannus. La próxima vez no habrá pegas.

Como Rut había asegurado, la próxima vez no hubo pegas. Los dos primos subieron al tejado. A las dos de la mañana ataron una cuerda a una tubería y la dejaron caer hasta la ventana que Rut había escogido. Rut bajó primero, y colgado a nueve pisos de distancia de la calle, empezó a golpear uno de los cristales con un pequeño martillo.

Un grito de terror estuvo a punto de hacerle soltar la cuerda. Mirando a través de la ventana se encontró con los horrorizados e incrédulos ojos de una mujer en camisón de dormir. La mujer dirigió otra mirada al hombre que colgaba de una cuerda delante de su ventana, gritó otra vez y cayó desmayada.

Con la rapidez de una ardilla, Rut trepó por la cuerda camino del tejado.

—¡Vámonos de aquí! —aulló.

Buscó ansiosamente una vía de escape que no fuese la escalera; no quería que les atraparan al bajar. Se decidió por el tejado de la casa contigua, a pesar del espantoso abismo que se abría entre los dos edificios. Desató la cuerda y le dijo a su compañero:

—Vamos a saltar.

Rut saltó. Lannus saltó… porque no se le ocurrió mirar hacia abajo antes de hacerlo. Bajaron la escalera del otro edificio y al llegar a la calle echaron a correr.

Respirando agitadamente, Lannus le dijo a Rut:

—Ahora sí que estoy completamente desanimado. Esto ha sido demasiado para mí. ¿No habías dicho que el apartamiento estaba vacío?

—Parecía estar vacío —murmuró Rut—. Sin embargo, la suerte tiene que cambiar. Admito que hemos tenido una mala racha, pero verás como la próxima vez todo sale bien.

Lannus gruñó:

—¿Crees de veras que habrá una próxima vez?

—Desde luego —afirmó Rut en tono convencido—. Vamos a vivir en uno de esos lujosos apartamientos, y no tardando mucho.

Bueno, finalmente lo consiguieron, y esto explica el hecho de que los primos Baxter estuvieran en aquel lujoso apartamiento de Nueva York, el de las cabelleras colgadas en la pared de una de sus habitaciones. La noche anterior no se habían fijado en los detalles, limitándose a comprobar que era un apartamiento muy grande. Fatigados, se habían acostado inmediatamente, Rut en el dormitorio grande, Lannus debajo del piano del salón, con su fruncida funda colgando hasta la alfombra.

Lannus, husmeando por el apartamiento a la mañana siguiente, había dado con las cabelleras. Ahora, mirando la que Rut tenía en la mano, dijo:

—¿Por qué insistes en que no pueden ser cueros cabelludos, cuando son cueros cabelludos?

—Reflexiona un poco, Lannus. En nuestra época la gente no va por ahí arrancando cabelleras a sus semejantes. Es contrario a la ley.

—¿Y cómo sabes que la gente que vive aquí respeta la ley?

Esto enmudeció a Rut unos instantes. Luego dijo:

—Bueno, suponiendo que no la respeten, ¿para qué querrían las cabelleras? Contéstame a eso.

—No lo sé. Quizá como trofeos. Del mismo modo que otros conservan las cabezas de los venados que han cazado. Desde luego, esto parece una colección de trofeos.

—No seas testarudo, Lannus. ¿No te das cuenta de que si eso fuera cierto, las personas que proporcionaron esas cabelleras estarían muertas?

—Me he dado cuenta —respondió Lannus—. Y eso es lo que me preocupa.

Los primos se miraron el uno al otro en silencio. Rut dijo:

—Te repito, Lannus, que no pueden ser cueros cabelludos. Tal vez sea una colección de alguna clase de pelucas. O algún tipo de decoración. En las grandes ciudades decoran las casas con los objetos más raros. Pero no son cueros cabelludos.

—¿Cómo podemos saber la clase de gente que vive aquí? —dijo Lannus, aferrándose obstinadamente a su punto de vista.

—Nada más sencillo —dijo Rut—. Vamos.

Seguido por Lannus, registró todo el apartamiento, abriendo armarios y cajones, sacando papeles y documentos, tirando al suelo los que no entendía. Trabajosamente, leyó los otros. Al terminar, lanzó un gruñido de satisfacción.

—Lo que suponía —dijo—. Una gente absolutamente normal, rica y respetable. El hombre se llama Darein H. Frobisher, y su esposa Josephine. El hombre tiene una importante fábrica de lápices. Pertenece a numerosas sociedades y clubs de alto copete. Su esposa se dedica a obras benéficas y culturales. Aquí hay unas fotografías: no tienen aspecto de cazadores de cabelleras.

Lannus contempló las fotografías. Vio a un hombre obeso, con gafas, de aspecto apacible. Tendría unos cincuenta años. La esposa tenía un aire muy digno y era ligeramente más alta que su marido.

—Tienen un aspecto honorable —admitió Lannus a regañadientes—, pero el aspecto no lo es todo. ¿Cómo sabemos que son personas normales como nosotros? Hay personas que llevan una doble vida, que ocultan espantosos secretos… ¿Te acuerdas de Susubelle Blawford, allá en el pueblo? Nunca hubo otra mujer de aspecto más dulce, de aire más apacible. Y una noche se levantó, cogió un hacha y descuartizó a los ocho miembros de su familia.

—¡Deja ya de decir tonterías, Lannus! —estalló Rut—. Esa gente es completamente normal, y, aunque no lo fuera, a nosotros nos tiene sin cuidado. Al fin y al cabo, no vamos a conocerles siquiera. Pasaremos aquí unos cuantos días, viviendo en plan de millonarios, y luego nos largaremos.

—Tengo el presentimiento de que haríamos mejor regresando a casa.

—Vamos a quedarnos.

—Bueno, de acuerdo, Rut, siempre has sido más listo que yo. Desde luego, es un lugar estupendo. ¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí?

Rut escupió en la alfombra pensativamente.

—Un par o tres de semanas. La mayoría de los neoyorquinos ricos pasan fuera todo el verano, pero nosotros nos marcharemos antes, para más seguridad. Ahora, vamos a ver qué clase de vituallas encontramos en la despensa.

Lannus apenas podía creer que hubiera gente que poseía un lugar tan hermoso como este apartamiento y se marchaba a pasar el verano fuera. Nunca había visto nada parecido, excepto en las películas. La estancia principal era casi tan grande como un salón de baile, y todo el suelo, de pared a pared, estaba cubierto con una alfombra tan gruesa y tan blanda como un lecho de plumas. Había un sofá que daba la vuelta a las esquinas y tenía más de veinte pies de largo. Había sillones dignos de un rey o de un embajador. Había mesas, altas y bajas, que brillaban como una balsa en una tarde tranquila cuando el sol poniente se refleja en sus aguas. Había porcelana, cristal, cortinajes y cuadros pintados a mano.

Había el gran piano, casi tan grande como un carromato de circo, cubierto con su fruncida funda, y había un bar lleno de licores fuertes.

En el apartamiento había tres cuartos de baño, dos de ellos contiguos a otros tantos dormitorios. Lannus había visto los lavabos de los edificios públicos, pero nunca cuartos de baño tan bonitos como aquellos, pintados de color de rosa, azul celeste y verde rana.

Había cuatro dormitorios, tan lujosos que Lannus no se hubiera atrevido a dormir en ninguno de ellos, al principio. Había un comedor, una biblioteca contigua a la habitación de las cabelleras, una cocina y una despensa.

La despensa estaba bien provista. Había comida enlatada y empaquetada para varias semanas. Desayunaron barquillos, miel, jamón, salchichas de Viena, y café. Rut tiró los platos sucios a un rincón de la cocina.

—No vale la pena ensuciar el fregadero —dijo—. No necesitamos lavar nada. Hay un armario lleno de vajilla.

Encontraron cajas de cerveza, de modo que pusieron en marcha el refrigerador y lo llenaron de botellas de cerveza. Rut consiguió poner en funcionamiento el aire acondicionado. Llegada la hora de comer otro bocado, Rut abrió una docena de latas de caviar, diciendo:

—Los ricos comen esto a todas horas.

Llevaron el caviar al salón, rompieron los golletes de algunas botellas de champaña que sacaron del bar, conectaron la televisión y se tendieron en el sofá. Tiraron sobre la alfombra las latas vacías, los vasos y las botellas rotas.

—¡Esto sí que es vida! —exclamó Lannus, muy animado—. Lo estoy pasando bomba…

Luego, los dos primos de Arkansas empezaron a roncar.

Los días se deslizaron felizmente. Rut y Lannus durmieron por todo el apartamiento. Finalmente, Rut se instaló en el inmenso lecho del dormitorio grande, en tanto que Lannus, después de tratar de dormir en las camas, debajo de las camas, y en las bañeras, terminó decidiéndose por el lugar donde había dormido la primera noche: debajo del piano. Rut cambiaba las sábanas todas las noches, tirando al suelo las usadas.

Lannus se pasaba horas enteras despierto debajo del piano, escuchando soñadoramente los programas de radio. Rut prefería la televisión, de modo que mantenían en funcionamiento los dos aparatos. A veces, Lannus tallaba las patas del piano con un cuchillo mientras escuchaba. Siempre se le había dado bastante bien la talla de la madera.

Por su parte, Rut realizó una pequeña obra de arte. Había encontrado algunas pinturas al óleo en la biblioteca, y habiendo decidido que algunos de los cuadros que colgaban de las paredes podían ser mejorados, empezó a trabajar en ellos. Viendo que no mejoraban mucho, decidió pintar algo original en las paredes del salón; pero al cabo de unos días, el trabajo le aburrió.

En cierta ocasión, Lannus dijo:

—Rut, empiezo a estar nervioso. Supongamos que llegan esos cazadores de cabelleras y nos sorprenden aquí…

En tono irritado, Rut replicó:

—Deja de decir tonterías, Lannus. Ya te demostré que no eran cazadores de cabelleras, sinos unos neoyorquinos ricos, completamente normales. Y no nos van a sorprender aquí. Estarán fuera todo el verano.

—Bueno, era solo una suposición.

—No habrá complicaciones mientras cumplas tu promesa de no meterte con la gente. Lo peor que podría ocurrimos, si nos sorprendieran aquí, sería que nos encerraran una temporada en la cárcel, por invadir una morada ajena. Lo que crea problemas graves es meterse con la gente. De modo que cierra el pico, y mantenlo cerrado.

Pasaron una borrachera de dos días, hasta que la sola vista de la bebida les produjo náuseas. Desde luego, tuvieron que amontonar las botellas vacías, las latas y los vasos rotos a un lado de la habitación para poder pasear por ella.

Trataron de desentumecer un poco los músculos, saltando sobre las camas y las sillas, pero descubrieron que aquellos muebles tan bonitos no eran demasiado fuertes.

Se bañaron en todos los cuartos de baño. Encontraron frascos de loción y perfumes de todas clases, y los probaron todos, a veces mezclándolos. A Lannus le gustaba verter el perfume sobre su cabeza. Rut tenía razón: esta era una verdadera vida de millonario.

Desde luego, los desperdicios empezaban a formar montón, pero cuando fue demasiado alto lo metieron todo en uno de los dormitorios desocupados.

Y una noche, repentinamente, la llave giró en la cerradura.

Los primos Baxter no la oyeron girar porque en aquel momento los aparatos de radio y de televisión estaban funcionando a toda marcha. Lannus estaba descansando debajo del piano. Rut estaba tendido en el sofá, con un puro en la boca, depositando la ceniza sobre el tapizado.

—¡Dios mío! —exclamó una voz en un tono que parecía expresar un asombro infinito.

Rut dio un salto, como si quisiera morder la lámpara que colgaba del techo, y aterrizó sobre sus pies, intensamente pálido. Hubo un momento en que Lannus imaginó que estaba muerto, porque su corazón había dejado de latir. Luego volvió a ponerse en marcha. Lannus no se movió; se limitó a espiar por debajo de la funda del piano. Vio a un hombre obeso, con gafas, y a una mujer huesuda y más alta, que estaban de pie, con las bocas abiertas y los ceños fruncidos. Mr. y Mrs. Frobisher habían regresado a su hogar. Las miradas de ambos tenían una rara fijeza.

Mr. Frobisher se precipitó hacia los aparatos de televisión y de radio y los desconectó. Mrs. Frobisher abrió su bolso, sacó un pequeño revólver y apuntó con él a Rut. Lannus vio que las manos de Rut salían disparadas hacia el techo y se quedó quieto, temblando.

Mr. Frobisher inquirió:

—¿Qué significa esta intrusión y este… este… vandalismo?

—Vandalismo es poco, querido —dijo Mrs. Frobisher con voz ahogada, paseando sus ojos por la estancia—. La destrucción es indescriptible. ¡Mi pobre alfombra! ¡Mis muebles! ¡Mi cristalería!

Por un instante, Lannus creyó que la mujer iba a apretar el gatillo, pero no lo hizo.

Lannus oyó que Rut trataba de explicarse. Estaba contando la historia tal como había sucedido, aunque sin hablar para nada de Lannus, fingiendo que estaba solo. Lannus imaginó que Rut quería que permaneciera en su escondite hasta que se le presentara una oportunidad de escapar.

Por su gusto, hubiera cargado contra la pareja para rescatar a Rut. Pero no iba a actuar en contra de los deseos de Rut, el cual le había advertido repetidamente que no debía meterse con la gente.

—Josephine, querida —dijo Mr. Frobisher con una voz sedosa—, vigila a este individuo mientras registro el apartamiento para comprobar si estaba solo.

Mr. Frobisher había sacado también un revólver.

Cuando regresó, su rostro tenía una expresión de asombrada incredulidad.

—Una hecatombe —dijo—. Una verdadera hecatombe. —Luego, un extraño brillo asomó a sus ojos—. Pero está solo.

El mismo brillo apareció en los ojos de Mrs. Frobisher.

—¿Puedo…? —inquirió.

—Desde luego, paloma mía.

Mr. Frobisher apuntó a Rut con su revólver.

Lannus vio que Mrs. Frobisher se colocaba detrás de Rut, sacaba un objeto de su bolso que resultó ser un cuchillo, y lo hundía en la espalda de Rut.

Rut abrió la boca como si le faltara aire para respirar, agitó desesperadamente las manos y sus piernas vacilaron; finalmente se dobló sobre sí mismo y cayó al suelo, boca abajo.

¡Diablo!, pensó Lannus. ¡La mujer se había cargado al viejo Rut!

Mrs. Frobisher se inclinó sobre Rut, trabajó con el cuchillo, y se incorporó con algo en la mano.

¡Diablo!, pensó Lannus. ¡La mujer le había arrancado el cuero cabelludo al viejo Rut! Desde luego, lo que había colgado en aquella habitación eran cueros cabelludos. Por una vez, Rut estaba equivocado…

—Siempre haces un trabajo muy limpio, querida —elogió Mr. Frobisher.

Mrs. Frobisher enrojeció ligeramente.

—Gracias, Darwin. Esta vez ha sido un placer especial. ¡Oh, mi pobre alfombra!

—Otro cuero cabelludo para nuestra colección —dijo Mr. Frobisher—. Aunque nunca nos habíamos visto obligados a arrancar uno en nuestro propio apartamento. Puede resultar embarazoso. Déjame pensar… ¿Cómo vamos a deshacernos del cadáver?

Al llegar a este punto, Lannus se dio cuenta de que ya no había motivo para seguir manteniendo su promesa de no meterse con la gente, al menos con aquella gente, de modo que salió de debajo del piano.

Cuando Mr. Frobisher vio la gigantesca figura que se le echaba encima se quedó demasiado petrificado para levantar su revólver. Lannus cayó sobre él y de un modo puramente casual le rompió el cuello a Mr. Frobisher.

A continuación se lanzó contra la no menos petrificada Mrs. Frobisher, y de un modo no menos casual le rompió también el cuello.

Después de aquello Lannus se quedó en pie en el centro de la habitación, mirando a su alrededor con aire aturdido, tratando de pensar lo que haría a continuación. En realidad, lo único que podía hacer era marcharse a casa. Pero algo le preocupaba. Se sentía como un artista que no ha completado su obra.

No tardó en darse cuenta de lo que era. Cogió el cuchillo y escalpelo a Mr. y a Mrs. Frobisher. Cogió el cuero cabelludo de Rut y llevó las tres cabelleras a la pequeña habitación, clavándolas en la pared, uniéndolas así a la colección de Frobisher.

De nuevo en el salón, volvió a mirar a su alrededor y frunció el ceño. La escena continuaba pareciéndole incompleta. Aquellos cadáveres tendidos de cualquier manera…

Lannus levantó a Mr. Frobisher y lo sentó en el sofá, colocando un libro abierto en su regazo. Tenía un aspecto casi natural, a excepción de su cabeza escalpelada.

Colocó a Mrs. Frobisher en una butaca, con una mano apoyada en un extremo de la mesa, curvando sus dedos alrededor de un vaso que llenó de whisky.

Y ahora, el viejo Rut. El viejo Rut merecía algo especial. El piano, pensó Lannus. Sería el ataúd más lujoso que Rut podía haber deseado.

Lannus levantó la tapa del gran piano de cola y trató de introducir el cadáver de su primo. Pero se encontró con que Rut no cabía: le sobresalía la cabeza. A Lannus no le gustaba el aspecto de la escalpelada cabeza de su primo, de modo que recorrió el apartamento hasta encontrar lo que buscaba: un sombrero de copa, de seda negra. Al pobre Rut le estaba un poco pequeño, pero Lannus consiguió introducírselo en la cabeza.

Examinó el resultado con una expresión admirada. Rut tenía un aspecto realmente agradable.

Bueno, ahora había llegado el momento de emprender la retirada.

En el umbral de la puerta, Lannus se volvió a dirigir una última mirada a la escena. Su ancha boca se distendió en una sonrisa.

Había oído hablar de lo listos que eran los detectives de la gran ciudad.

¡Le hubiera gustado ver cómo resolvían este caso!

CAZA DEL HOMBRE EN EL DEAD YANK

Robert Edmond Alter

E

L ave descendió en picado desde el cielo color turquesa, precipitándose sobre algo que había visto en el agua; luego remontó bruscamente el vuelo, mientras en la oscura superficie iban formándose círculos concéntricos, cada vez más amplios. Aleteó sobre Jube Wiggs y desapareció rápidamente.

El anciano parpadeó, levantando su cabeza gris al sol, y siguió el vuelo del ave. Sabía que él no la había asustado, porque los animales del marjal habían aceptado su presencia hacía mucho tiempo; algunos, como los caimanes, con suspicacia; algunos, como las serpientes, con frío odio; y otros, como los mapaches, con abstraída amistad; pero la mayoría de ellos con absoluta indiferencia. «Se debe a que no utilizo un rifle —explicaba a menudo Jube—, a no ser que me ataque un jaguar».

No, él no había asustado al ave, pero sí los forasteros: las dos docenas de hombres armados con rifles y escopetas, y los sabuesos, y la lancha de la policía con su ululante sirena. «Lo suficiente para espantar a cualquiera», admitió Jube.

Los hombres perseguían a Chad Page; Jube lo sabía. Dejando de remar, permitió que la corriente arrastrara el bote mientras pensaba en el muchacho que estaba ocultándose o huyendo en alguna parte de aquella selvática zona pantanosa.

Chad era un cazador de caimanes profesional. Un caimán muerto no tenía mucho valor, de modo que aquellos tipos los capturaban vivos, con palas y cuerdas; y cuando las cuerdas fallaban, Chad se metía en el agua y arrastraba al caimán hasta la playa, sin más armas que sus manos.

«Y era bueno en su oficio», murmuró el anciano. Un joven muy fuerte, con un par de brazos nudosos y recios… demasiado fuerte. Un par de años antes se había celebrado un baile en la taberna de Crab, y Willie Fergus, borracho y ruin, había atacado a Chad con un cuchillo. La ley dijo que Chad no debió golpear a Willie como lo hizo, entre los ojos. La ley dijo que Chad sabía que su puño podía matar a un buey, y Willie Fergus estaba muy lejos de tener la fortaleza de un buey.

Y ahora Chad se había fugado de la granja-prisión del Estado y había regresado a la tierra de los caimanes.

Jube dio un par de golpes de remo para sortear un pequeño escollo y volvió a sumirse en sus pensamientos. Recordaba a Chad como a un muchacho. Un agradable compañero; siempre rondando por la orilla del marjal como si estuviera buscando algo, como si el marjal contuviera un secreto dorado y él quisiera descubrirlo.

«¿Dónde estará ahora?», se preguntó el anciano.

Un grito le sobresaltó.

—¡Eh, Jube! ¡Acérquese!

Cinco hombres arrastraban un esquife por el amplio lodazal que se extendía delante de la boca del Dead Yank Creek. Iban armados, y Jube reconoció al más gordo: era el sheriff Parks. Jube llevó su bote hasta allí y dos de los hombres se agarraron a la borda de la embarcación para sujetarla.

El sheriff Parks se estaba secando su mofletudo rostro con un pañuelo de hierbas.

—Hola, Jube. ¿Has visto a Chad Page por estos alrededores?

Jube saludó con un gesto a los otros hombres, aunque no conocía a ninguno de ellos. Tenían muy mal aspecto, como si llevaran varias noches sin dormir.

—No, no le he visto. Solo he visto a sus compañeros de usted. —Miró significativamente hacia la boca del riachuelo—. ¿Piensa remontar el Dead Yank, Jim? —preguntó.

El sheriff Parks meditó unos segundos antes de contestar. Miró de soslayo a sus hombres.

—Creo que no vamos a hacerlo todavía, Jube —dijo finalmente—. Chad no podrá remontarlo, a menos que disponga de una embarcación, y hasta ahora no ha sido denunciado el robo de ninguna.

—Bueno —murmuró sombríamente uno de sus hombres—. Yo no estoy dispuesto a remontar ese riachuelo y perderme. Dicen que en la parte alta hay serpientes más gruesas que el cuello de un hombre. Dicen que un hombre se vuelve loco de remate en menos de dos horas y se deja arrastrar sin lucha por los remolinos. Y dicen que el pie derecho se asienta en un suelo firme como una roca, en tanto que el izquierdo se hunde en las arenas movedizas.

El sheriff Parles dirigió una dura mirada al hombre que acababa de hablar.

—¡Cierra el pico de una vez. Hank! —dijo—. No he dicho que fuéramos a remontarlo, ¿verdad? —Se volvió hacia Jube—. No, no creo que Chad ande por aquí. Pero los muchachos del estado quieren que montemos guardia en el marjal, por si las moscas…

El anciano asintió y empujó su embarcación para apartarla de la del sheriff. No deseaba alargar la conversación porque sabía que aquellos hombres se marcharían en seguida, y entonces se sentiría más soto que antes.

Remó hasta dar la vuelta a un grupo de palmitos, y entonces, solo y fuera de la vista del sheriff Parks, dejó que la embarcación se deslizara a su antojo. Las libélulas zumbaban al lado del bote, y un visón negro chapoteaba en el fango de la orilla más próxima. Jube irguió la cabeza y pareció escuchar.

Su hijo, Billy, había muerto en algún lejano lugar llamado Tarawa (Jube no había podido pronunciarlo nunca correctamente), y Milly Mae, su esposa, murió dos años más tarde: fallo del corazón, al parecer. Y aquello había sucedido hacía mucho tiempo. Era un hombre viejo, solitario, cansado, y a veces le parecía absurdo seguir viviendo. En otros tiempos había cazado para obtener un provecho; ahora lo hacía sin el menor interés, simplemente para subsistir.

La vida… Miró las oscuras aguas y cerró los ojos. También había pensado en aquello, demasiadas veces quizá. La gente decía que era un acto reprobable, que incluso existía una ley contra él. Y el hecho resultaba casi divertido cuando uno se paraba a pensarlo.

Bueno, no iba a pensar en ello ahora, precisamente. El sheriff Parks ya tenía suficientes preocupaciones en aquel momento para que el viejo Jube fuera a aumentarlas. Empezó a remar vigorosamente, y el bote adquirió velocidad. Pero de repente se le ocurrió una idea y dejó los remos quietos, alzando la mirada hacia la muralla de cipreses que se erguía más allá de la orilla.

«Chad —susurró, como si su voz y su pensamiento tuvieran el poder de la omnipresencia—, estás cometiendo un error. El hombre no ha nacido para vivir solo en este marjal. —Permaneció unos instantes callado, y luego empujó el pensamiento un poco más—. No ha nacido para vivir solo en ninguna parte».

El hogar de Jube era una casa de una sola planta sobre una almadía. La mantenía anclada en una apartada laguna de cinco acres de superficie, una especie de tranquilo refugio. Dos acres de la laguna estaban alfombrados de plantas acuáticas, que producían la impresión de un cuidado césped; y encima, los cipreses aparecían revestidos de musgo, como velludos gigantes esperando el fin de la eternidad con una silenciosa apatía.

En otros tiempos, Jube había amado a este lugar; en otros tiempos había vibrado con risas, sones de guitarra y amor. Ahora era como una húmeda tumba, y Jube se sentía ya muerto.

Amarró el bote al embarcadero y trepó pesadamente al porche de la parte trasera, su taller al aire libre. Aquí era donde curtía las pieles. Las colgaba en la pared posterior de la cabaña: las pieles de oso lavador en bastidores cuadrados, y las de visón en otros más estrechos. El pequeño Billy solía pasarse allí muchas horas, mirando y aprendiendo el oficio, hacía muchísimo tiempo.

Jube sacudió la cabeza y echó a andar hacia la puerta.

El interior de la cabaña era oscuro, silencioso, y olía a humedad.

«Un día de estos —murmuró Jube— voy a sacarla de aquí para que se ventile un poco».

Pero sabía que no lo haría. No parecía haber ningún motivo para que lo hiciera.

Encontró un fósforo, lo rascó contra la parte inferior del tablero de la mesa y aplicó la llama a la mecha de la lámpara. Inmediatamente se esparció una difusa claridad amarillenta, que llenó de sombras los rincones de la habitación. Y entonces Jube se quedó rígido, con la cabeza levantada, como un sabueso que acaba de oler un rastro. Estaba tan adaptado a los sonidos del marjal, que cualquier ruido extraño, incluso la simple sugerencia de un ruido, era captado inmediatamente por sus oídos. Y ahora acababa de oír el sonido de la respiración de otra persona.

Jube se volvió y vio a Chad Page.

El joven estaba junto a la puerta. Iba cubierto de barro de pies a cintura, y su camisa de presidiario estaba hecha jirones. Empuñaba un cuchillo en su mano derecha. La hoja era ancha y brillante, y la luz de la lámpara corría a lo largo del filo como una delgada línea de sangre.

—Wiggs —dijo el joven, espaciando las palabras para darles más fuerza—, si da usted un paso hacia mí le acuchillo, tan cierto como el barro es blando. No ofrecen ninguna recompensa por mi captura… de modo que sería estúpido que se hiciera degollar como un cerdo por nada.

Jube no temía a la muerte, pero quería que viniera por sus pasos contados, a su debido tiempo. No deseaba salir a su encuentro, y mucho menos que tuviera la forma de un cuchillo.

—¿Crees que voy a venderte, muchacho? —inquirió, con voz dolida—. ¿No fui yo quien te enseñó a encontrar huevos de tortuga cuando solo tenías ocho años? ¿No fui yo quien te enseñó a localizar los nidos de zarapitos?

Chad asintió, estudiando al anciano con ojos reflexivos.

—Es verdad. Pero hay un montón de hombres por estos alrededores que tratan de capturarme, acosándome como a una zorra. ¿No cree que tengo motivos para desconfiar de todo el mundo?

—No tienes ningún motivo para desconfiar de mí —replicó secamente Jube.

Chad bajó la mano que empuñaba el cuchillo y dejó vagar sus ojos por la habitación.

—Llegué aquí poco antes que usted —explicó—. Me disponía a saquear la despensa, cuando oí su bote. Necesito comida, y necesito cambiarme de ropa. Los sabuesos han olido la que llevo.

—De acuerdo. En aquel rincón hay una camisa y unos pantalones. Pruébatelos.

Le estaban un poco estrechos, ya que el joven tenía un cuerpo tan robusto como los caimanes que en otros tiempos capturó. Pero Chad sonrió y dijo:

—Me están a la medida.

Se sentaron uno enfrente del otro, Chad tragando comida vorazmente y en silencio, y Jube contemplándole con una expresión compasiva en su arrugado rostro.

—¿Qué edad tienes ahora, Chad?

—Cumpliré veintiún años la próxima primavera.

—¿Y piensas pasar el resto de tu vida aquí, solo?

Chad le miró.

—No pienso pasarlo en la cárcel —replicó.

—Te condenaron de uno a cinco años. En el peor de los casos, solo te quedaban tres años de encierro.

—Casi nada… visto desde fuera.

Jube reconoció que las perspectivas no eran las mismas.

—¿Te trataban mal allí, Chad? ¿Era mala la comida?

—No, me trataban bien, y la comida era buena.

—Entonces, no comprendo…

Chad se puso súbitamente en pie y su profunda agitación cogió desprevenido a Jube. El joven dio unos pasos por la habitación y finalmente golpeó sus manos contra sus costados en un gesto de impotencia.

—Lo hubiera soportado —dijo—, de no haberme sentido tan solo… —Se acercó de nuevo a la mesa y miró a Jube—. No tenía a nadie, Jube. Mi novia se marchó con un yanqui el año pasado. ¿Se enteró usted? Bueno, no sé cómo explicárselo para que comprenda que un hombre encerrado con otros doscientos hombres puede sentirse solo. Pero eso era lo que me sucedía, Jube, se lo juro.

»No tenía a nadie que pudiera escribirme. Nadie venía a verme los días de visita. Pero lo peor era que nadie me esperaba. Tenía la sensación de que estaba pasando el tiempo inútilmente. Y pensando, pensando, decidí que si tenía que estar solo era preferible que estuviera realmente solo, regresando al lugar al cual pertenezco: a la tierra de los caimanes. Y no paré hasta que conseguí fugarme.

Jube no hizo ningún comentario. Estaba pensando en la soledad. Al cabo de unos instantes, inquirió:

—¿Lamentas haber matado a Willie Fergus, Chad?

El joven tardó unos segundos en contestar.

—Sí —dijo finalmente—. Siento haberle golpeado con tanta fuerza. Pero me atacó con un cuchillo, y enloquecí, y… bueno, estaba muy asustado, no me avergüenzo de confesarlo, y le pegué con todas mis fuerzas entre los ojos. Pero no soy un asesino, Jube, y usted lo sabe. No soy un criminal.

En alguna parte, un perro aulló tristemente.

Chad volvió a empuñar su cuchillo, escuchando.

—Escuche, Jube, necesito su ayuda. Necesito un poco de comida y su bote. Sin ello no podría llegar al lugar al cual me dirijo.

Jube miró al joven.

—¿Adónde te diriges, Chad?

—Es preferible que no lo sepa usted.

—Tal vez. Pero no creo que resulte muy difícil adivinarlo. Piensas remontar el Dead Yank.

Se produjo un breve silencio. Súbitamente, Chad pareció adoptar una actitud defensiva.

—Bueno —dijo—, si tengo que ocultarme en algún lugar donde no puedan buscarme, es lógico que haya pensado en el Dead Yank… —Apoyó la punta del cuchillo sobre la mesa, hundiéndolo un cuarto de pulgada en la blanda madera—. Jube —añadió en voz baja—, si piensa que puede enviarles detrás de mí…

—¿Qué harás? —inquirió el anciano en tono furioso—. Acabas de decirme que no eres un asesino. ¿Vas a contradecirte a ti mismo matándome? No, hijo mío, no voy a decirles nada. Pero te diré algo a ti. Sigue adelante con tu plan, dándoles motivo para que te acosen con sus perros y sus rifles, y acabarás convirtiéndote en un criminal. Terminarás siendo un verdadero asesino, te lo garantizo.

—Jube, usted se ha portado siempre bien conmigo, y le aprecio y le respeto. Pero si cree que voy a dejarme convencer por sus palabras y a permitir que vuelvan a llevarme a aquella cárcel, está muy equivocado. ¡No pienso regresar allí!

El anciano no dijo nada. Se sentó pensativamente, llenó de tabaco su pipa de concha y contempló a Chad mientras este llenaba una bolsa de comida. El joven encontró la vieja carabina del 303 de Jube y una caja de cartuchos, y dijo:

—Me llevaré también esto. Puede atacarme algún jaguar…

Regresó a la mesa con la bolsa, la carabina y los cartuchos.

—Me gustaría pagarle de algún modo su ayuda, Jube. Y he pensado una cosa: en la parte superior del Dead Yank abundan los osos lavadores y los visones. Hay allí una fortuna en pieles. Conseguiré todas las que pueda, y las dejaré en un lugar convenido para que usted pueda recogerlas. ¿De acuerdo?

Jube asintió.

—De acuerdo, Chad. Me parece bien.

Chad alargó su mano.

—Adiós, Jube.

Pero Jube ignoró la mano y se puso en pie.

—Todavía no ha llegado el momento de las despedidas —dijo.

—¿Cómo es eso?

—Voy a ir contigo. ¿Cómo voy a recuperar mi bote si te lo llevas? Te acompañaré hasta donde quieras, y luego regresaré con el bote. De este modo nadie se dará cuenta de que no lo tengo ni sospechará que has venido a robármelo para remontar el Dead Yank. ¿Comprendes?

Chad comprendió, pero el arreglo no pareció gustarle.

—¿Va usted a remontar el Dead Yank conmigo? —preguntó—. ¿No tiene miedo?

—No. ¿Lo tienes tú, acaso?

El joven se encogió de hombros.

—Entonces, de acuerdo. Creo que es la mejor solución.

—Lo es.

La noche era clara. En el cielo brillaba la luna y el aire estaba lleno de zumbidos y de revoloteos. A lo largo de las orillas, los palmitos se erguían como una hilera de siluetas de ébano. Y, de cuando en cuando, una forma alargada se deslizaba desde un islote y se hundía en el agua con un chapoteo.

—Un caimán —murmuró Chad innecesariamente.

Estaba sentado en la parte delantera del bote, con la carabina sobre sus rodillas. Jube iba en la parte trasera, remando. Avanzaban silenciosamente, dejando solo un pequeño remolino de agua detrás de ellos. Una manada de patos chapoteó indignadamente ante la proximidad de la embarcación, y un momento después una lechuza encaramada en una nisa les formuló la inevitable pregunta: «Ju? Ju?».

Chad contempló aprensivamente la luna y dijo:

—Esta claridad no nos favorece.

Y un cuarto de hora más tarde sus temores se vieron confirmados. Una embarcación se acercaba a ellos, corriente abajo. Uno de sus ocupantes sostenía en alto una antorcha encendida, creando una isla de luz azafranada que caía sobre las cabezas de los hombres y convertía los cañones de sus rifles en delgadas varillas de oro.

—¡Eh! ¡Los del bote! ¿Quién va?

Jube se estremeció, al tiempo que un escalofrío recorría su espina dorsal. No quería que se acercaran al bote, con Chad sentado allí, tan peligroso como una serpiente de cascabel con la carabina.

—El sheriff nos ha encargado que demos una última vuelta alrededor de la bahía de Backin —gritó Jube, con repentina inspiración—. ¿Y vosotros? ¿Os retiráis a descansar?

En efecto, se retiraban a descansar, y Jube dijo que ellos no tardarían en imitarles. Y cuando la isla de luz se convirtió en un puntito apenas visible, Chad se rio en voz baja y miró por encima de su hombro.

—Eso ha estado bien, Jube. Sabe más el diablo por viejo que por diablo…

El anciano continuó remando sin hacer ningún comentario.

El riachuelo tenía un mal nombre, debido a una leyenda. Hacía muchos años, un espía yanqui perseguido robó un bote y remontó el pequeño y tortuoso curso de agua. Los cuatro rebeldes que le perseguían perdieron su embarcación, sus armas, sus botas y la mitad de sus ropas. Tardaron una semana en encontrar el camino de regreso a la civilización, y contaron cosas fantásticas.

Hablaron de serpientes que devoraban a los hombres, de arbustos espinosos que se arrastraban como serpientes sobre el fango en busca de presas humanas, de ciénagas que se tragaban las embarcaciones, de jaguares tan grandes como toros, y de un caimán que era el abuelo de todos los caimanes, con una boca como la abertura de una caverna y unos dientes como cuchillos de carnicero. No encontraron nunca al yanqui. «Lo devoró el caimán», dijeron.

Los insectos nocturnos zumbaban incesantemente alrededor del bote, una rana croó y en la distancia aulló un coyote. A Jube, el riachuelo no le parecía tan malo: era como cualquier otra parte del marjal. Lo malo de los hombres, decidió, era que tenían demasiada imaginación. Un marjal era un marjal, y todos ellos resultaban peligrosos.

Chad encendió una linterna y examinó la orilla.

—Vamos a desembarcar aquí, Jube —dijo—. Creo que esta noche no va a importunarnos nadie.

Jube arrimó el bote a la orilla, y los dos hombres desembarcaron. Chad palpó la tierra con la mano, por si había huellas de caimanes. Solo existía una cosa peor que encontrarse con un caimán fuera del agua: encontrarse con un oso enmedio de la espesura.

—No hay huellas de caimanes —dijo Chad—. Vamos a acampar aquí.

Encendieron una fogata, hicieron café y se enrollaron en sus mantas. Encima de sus cabezas, la luna era tan brillante y redonda como un dólar de oro.

—Jube, la gente que vive en la ciudad no ha visto nunca una luna como esa, ¿verdad?

—No, no la ha visto nunca.

Chad emitió un gruñido de satisfacción.

—Jube, esto no es tan malo, ¿eh? ¿No lo encuentra usted agradable?

Jube asintió.

—Es muy agradable… para dos personas. Pero, para un hombre solo puede ser un infierno.

Chad hizo una mueca.

—No empecemos de nuevo con eso. Disfrutemos de lo que ahora tenemos, y nada más. No quiero pensar en que voy a estar solo.

—Pero llegará un momento en que tendrás que empezar a pensarlo, muchacho. Un momento que se está acercando a ti como un loco con un hacha. Los hombres no han nacido para vivir solos, Chad. Lo sé por experiencia: he vivido solo durante quince años. Todo el mundo necesita a alguien.

—¡Bueno, yo no tengo a nadie! —exclamó Chad furiosamente—. Esa ha sido mi desgracia. Y es una tontería lamentarse por lo que uno no tiene ni puede tener. Ahora, cállese, ¿quiere?

Jube miró al joven. Abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla. Sus ojos se agrandaron, y luego alargó lentamente la mano hacia la carabina tirada sobre la hierba. La atrajo hacia él con las mismas precauciones, y deslizó un cartucho en la recámara.

—No te muevas, Chad —murmuró.

Chad se puso rígido. Frunció las cejas.

—Jube… Jube… no irá usted a… ¡No! ¡Usted no, Jube!

El anciano apoyó la culata del arma en su hombro.

—No te muevas. Hay una serpiente enrollada sobre un tocón detrás mismo de tu cabeza.

—Jube —susurró Chad—, espero que diga usted la verdad, porque tengo la impresión de que está apuntando a mi cabeza.

—Cierra los ojos, muchacho. Voy a disparar.

El aire nocturno propagó infinitamente los ecos del disparo. Chad rodó sobre sí mismo y se puso en pie de un salto. Sobre la oscura hierba, una serpiente se enroscó, se desenroscó, volvió a enroscarse, con la cabeza destrozada.

Chad se acercó a Jube y le abrazó.

—Lo siento, Jube —sollozó—. Juro por Dios que lo siento. Creí que iba usted a…

—Sé lo que estabas pensando —gruñó el anciano.

Chad miró de nuevo al agonizante reptil. Luego se volvió hacia Jube.

—Creo que es usted el único amigo verdadero que he tenido —murmuró.

—Si —dijo Jube—, un amigo es algo muy conveniente.

Por la mañana, cuando los caimanes jóvenes chapoteaban en las proximidades de la orilla, donde las aguas eran menos profundas, gruñendo desafiantemente al nuevo día, Jube y Chad reanudaron la marcha.

Su avance era muy lento, debido a los numerosos recodos del riachuelo. Remaban casi pegados a la orilla, para eludir los peligrosos remolinos centrales.

Los caimanes jóvenes les contemplaban desde el agua con aire suspicaz, hundiéndose delante del bote y reapareciendo detrás de él. Un pajarraco les increpó sin ningún motivo aparente, y dos grandes osos que saqueaban una colmena interrumpieron su trabajo para husmear el aire, intrigados por el olor a hombre, con el cual no estaban familiarizados, al parecer.

Los cañaverales se erguían en las orillas como verdes formaciones de soldados esperando una revista, y los altos cipreses agitaban sus ramas como en un gesto de despedida. Y el silencio les rodeaba como un callado monstruo que les contemplaba estúpidamente desde la selvática espesura.

Cerca del mediodía llegaron a una amplia laguna de aguas tranquilas. Una corriente de aire frío llegó de alguna parte y rozó sus frentes húmedas de sudor, para acariciar después las cimbalarias amarillas, las campánulas azules y las blancas rosas Cherokee. Era un lugar solitario, y perdido.

—Jube —susurró Chad—, esto es como una iglesia, ¿verdad? Más aún: es como una de esas iglesias grandes a las que dan el nombre de catedrales.

—Es posible. Nunca he visto una catedral.

Algo largo y oscuro chapoteó en el agua. Jube contuvo el aliento y señaló.

—Chaddy… mira eso. ¡Mira el tamaño de ese caimán!

Era un monstruo, y avanzaba hacia ellos con una falta de precaución que resultaba espantosa, con la cabeza ligeramente fuera del agua. En un momento determinado abrió sus enormes mandíbulas. Los dos hombres pudieron ver el oscuro túnel de la garganta.

—¡Santo cielo! —exclamó Chad—. ¡Vaya un bicho!

Jube se estremeció. No sabía por qué: estaba acostumbrado a ver caimanes, grandes y pequeños. Pero en el que estaba viendo ahora había algo que le impresionó como una profecía.

—¿No crees que puede ser…?

Chad captó inmediatamente la idea.

—¡Absurdo! —gruñó—. Los caimanes no viven tanto tiempo. Los he visto tan grandes como ese más de una vez, aunque nunca he luchado con uno de ellos. Ni creo que me atreviera a hacerlo. Vamos a marcharnos de aquí.

Empuñaron los remos y salieron de la laguna para continuar remontando el riachuelo. Pero cuando Jube miró hacia atrás, vio que el enorme caimán avanzaba pegado a la estela del bote. No se lo dijo a Chad.

No voy a volverme supersticioso a mis años —pensó—. Sería absurdo.

Chad dejó de remar y se puso en pie mirando fijamente hacia la espesura.

—¡Jube! —dijo—. ¿Sabe qué he decidido? ¡Ir hasta el nacimiento del Dead Yank! Quiero ver lo que hay allí.

Se echó a reír, con una risa juvenil, y miró al anciano.

—¡Quién sabe, Jube! Tal vez encuentre la perdida fuente de la juventud que los hombres han estado buscando.

—Tal vez encuentres también el final de la tierra.

—En serio, Jube, quiero ir allí. ¿Viene usted conmigo?

Jube asintió sobriamente.

—De acuerdo. Al fin y al cabo, lo mismo me da un lugar que otro.

El joven sonrió.

—Entonces, vamos hacia allá.

Súbitamente, llegó hasta ellos el triste aullido de un perro, sumiéndolos por unos momentos en una inmovilidad de estatua. Luego, Chad exclamó:

—¡Estamos aún demasiado cerca de la civilización, Jube! ¡Me están dando alcance otra vez!

El anciano asintió, muy serio.

—Deben de haber encontrado los restos de nuestra fogata —dijo—. Chad, no trates de huir. El sheriff Parks llegará con cuatro o cinco hombres y no parará hasta darte caza…

—¡Cállese! No volverán a llevarme a la cárcel, ¿entiende? No volverán a llevarme allí.

Miró desesperadamente a su alrededor. Más allá de la orilla, el terreno era una espantosa confusión de cañaverales, raíces y arbustos espinosos. Chad empuñó la carabina.

—Voy a darles un paseo que nunca olvidarán —dijo torvamente.

Jube estaba aturdido. No había esperado que el sheriff les diera alcance tan pronto… antes de que hubiera tenido ocasión de demostrarle a Chad el error que estaba cometiendo.

—¡No lo hagas, Chad! —gritó—. ¡Te destruirás a ti mismo!

Chad no le hizo caso. Saltó desde el bote a un pequeño islote y se hundió con el agua hasta la rodilla.

—¡No se quede sentado ahí! —gritó salvajemente—. ¡Siga adelante! ¡Si se queda quieto les indicará el lugar donde me encuentro!

Se volvió y empezó a chapotear hacia la orilla. Antes de pisar tierra firme tropezó dos veces en las raíces que se extendían debajo del agua y se cayó, para volver a levantarse inmediatamente.

Jube cerró los ojos, sintiéndose mareado y desvalido. Luego se volvió a mirar las oscuras aguas. El enorme caimán merodeaba ahora cautelosamente alrededor de la embarcación, con una expresión de curiosidad en sus protuberantes ojos. Aulló un perro, y otro. Jube cerró de nuevo los ojos.

Nunca sabría exactamente lo que sucedió a continuación. Estaba sentado en la parte trasera del bote, y un segundo después saltaba por la borda.

Tuvo tiempo de gritar una sola vez «¡CHAD!», y luego se hundió en las profundas aguas.

En su mente —no, en su estómago, oprimido por el terror— sintió al caimán precipitándose contra él. Luego, algo rozó sus piernas y quedó envuelto en un remolino de agua. Lo que más sentía eran los dientes, los sentía claramente a través de su tembloroso cuerpo, a pesar de que ni siquiera le habían tocado.

¡Dios mío! —pensó—. Lo he hecho por su bien.

Se agarró a la quilla del bote y asomó la cabeza fuera del agua, jadeando, escupiendo. Desde alguna parte del riachuelo un grito hendió el aire. Jube hizo un esfuerzo para abrir los ojos y vio que uno de los botes del sheriff se acercaba rápidamente. Pero en aquel momento estalló un huracán de ruidos detrás de él.

Volvió la cabeza: Chad estaba luchando a brazo partido con el caimán, aferrándose obstinadamente a su rugosa espalda.

—¡Huya usted! —le gritó a Jube—. ¡Huya! ¡No puedo con él!

Jube empezó a chapotear en dirección a Chad y al caimán.

—¡Sí que puedes, Chad! —gritó—. ¡Eres el mejor cazador de caimanes del marjal! ¡Puedes con él, muchacho!

El caimán giró alrededor de sí mismo, y la acorazada cola golpeó la pierna derecha de Jube. El anciano se tambaleó, pero consiguió mantener el equilibrio y agarrarse a la espalda de Chad. Entre los dos agarraron al caimán por su único punto vulnerable: las mandíbulas. Sus rostros quedaron muy juntos, con una expresión salvaje, y Chad gruñó:

—¡Es usted el viejo más testarudo que he conocido! ¿Por qué no huyó cuando se lo dije? ¡No podremos arrastrar a este monstruo hasta la orilla! ¡Ni podemos soltarlo hasta que venga alguien a ayudarnos!

Jube no dijo nada. Apretó los dientes y continuó sujetando con todas sus fuerzas la mandíbula del caimán. Sabía lo que estaba haciendo.

 

El sheriff Parks, cuatro de sus hombres, Chad y Jube estaban de pie formando un círculo alrededor del atado e indefenso caimán.

—Es un ejemplar magnífico —dijo el sheriff—. ¡Y no tiene ni una sola señal en la piel! Pagarán un buen precio por él, Chad. Yo me encargaré de ello.

Chad gruñó:

—Entréguele el dinero a Jube. La mitad es suyo.

El anciano miró al sheriff.

—Jim, Chad iba conmigo en el bote para entregarse, cuando me caí por la borda. Y el caimán me hubiera devorado si Chad no se hubiera tirado al agua para salvarme.

Parks se frotó la barbilla.

—De modo que se cayó usted por la borda, ¿eh, Jube? Un descuido imperdonable, diría yo. —Y se echó a reír, de buen talante—. Desde luego, estaba convencido de que Chad se había fugado de la cárcel en un momento de ofuscación y que decidiría entregarse. Precisamente rondaba por estos alrededores para estar más a mano…

Jube tocó significativamente el brazo de Chad; los otros, al darse cuenta, se apartaron un poco.

—Chad, iré a verte todos los días de visita. Te lo prometo. Y te… y haré que Miss Molly, la maestra de escuela, me escriba una carta todas las semanas para ti. Y… —se encogió de hombros, sonrió— y cuando hayas cumplido tu condena, bueno, aquí estaré, muchacho. Estaré esperándote aquí, donde he estado siempre. Y, Chad, tú y yo remontaremos el Dead Yank hasta su nacimiento. Solo para ver lo que hay allí.

Chad sonrió, apoyando una mano en el hombro del anciano.

—Jube, ¿cómo sabía que acudiría en su ayuda cuando cometió esa locura de saltar por la borda?

El anciano le miró rectamente a los ojos.

—Lo sabía, Chad. Sabía que lo harías. Un amigo es un amigo.

LOS NIÑOS DE ALDA NUOVA

Robert Edmond Alter

 

M

ISTER

 Frankie Filippo, en el Fiat 600 de color verde botella que había alquilado en Roma bajo otro nombre, conducía lentamente —demasiado lentamente— a lo largo de las extensas llanuras de las Marismas Pontinas. Su mirada iba continuamente del parabrisas al espejo retrovisor. ¿Policías? Ninguno. Ningún otro automóvil, ni siquiera un carro. Vacíos bajo el sol de agosto, los campos se extendían tierra adentro hasta las montañas.

Mr. Frankie Filippo miró de soslayo sus laderas, donde colgaban las pequeñas aldeas. Sería una de aquellas. Sonriendo sin alegría, pensó en lo mucho que se había visto obligado a variar sus gustos en materia de diversiones. Siguió conduciendo, buscando el cruce donde tenía que girar a la izquierda.

«Tienes que salir y hablar con alguien…». Así había empezado la conversación una semana antes —la había empezado él mismo—, y este era el resultado. ¡Visitando curiosidades, fuera de los caminos trillados! Bueno, él se lo había buscado.

«Evita las multitudes —se había advertido a sí mismo—. No hables con nadie». Pero ¿cuánto tiempo podía soportar un hombre aquella situación? Finalmente, cansado de estar solo, decidió tentar la suerte. Era un domingo por la tarde, soleado. Todos los turistas estaban en la calle, desde luego, y él sabía que debía evitar a los turistas como a la misma muerte, otros norteamericanos que podían haber visto su fotografía. Pero allí había una mesa vacía bajo una sombrilla a franjas en el café del Veneto, y… diablo, ¿por qué no conducirse como un ser humano, para variar?

El individuo se llamaba Ainsley Crowder: un hombre alto, delgado, que llevaba unas gafas de gruesa montura y estaba sentado, solo, en la mesa contigua. Ainsley Crowder captó su mirada, murmuró un par de frases triviales, y —probablemente ávido de conversación, también él— se mostró dispuesto a hablar, con un acento que para Frankie Filippo significaba «clase». Y resultó que conocía Roma como un libro, o mejor que un libro; había vivido allí tres años, sabía historia, arte, arqueología…

—¿Comprende lo que quiero decir? —inquirió Frankie Filippo—. Cuando se conoce a alguien, nunca se sabe… —Se inclinó sobre la mesa y bajó la voz—. ¿Cree usted en las casualidades? Yo no. Siempre hay un motivo para que ocurran las cosas, como el hecho de que esté aquí sentado, hablando con usted. A veces no se descubre el motivo hasta más tarde, a veces no llega a descubrirse. Pero, créalo o no, las cosas están arregladas de antemano. Ahora mismo, por ejemplo, usted puede ayudarme.

A través de las gafas, los ojos de Ainsley Crowder parecían los de un pez educado.

—¿Cómo?

—Puede ayudarme a llenar el tiempo. —Sin mencionar, desde luego, el por qué—. Puede hacer algo para evitar que acabe chiflado. —Se observó a sí mismo: seguramente que estaba ya chiflado, al hablar como lo estaba haciendo—. Necesito llenar el tiempo, ¿comprende? Solo una temporada…

Ainsley Crowder pareció comprender. No hizo preguntas, sonrió, asintió; mencionó lugares que visitar, las glorias de Roma.

—He visto el Coliseo —dijo Frankie—. He visto el Vaticano. ¿Qué otra cosa hay? Pero sin multitudes. Odio a las multitudes. Algún lugar al que pueda ir solo, algún lugar tranquilo, en el campo, quizá.

De modo que Ainsley Crowder escribió la lista en el reverso de su tarjeta de visita: Villa Adriano, Palestrina, Viterbo, Tarquinia… Y Frankie Filippo, aburrido, condujo día tras día, visitando todos aquellos lugares, contemplando sin el menor interés los restos de siglos pasados. Sin el menor interés, pero el tiempo se llenó con algo. Y pronto, quizá, se olvidarían de él y podría volver a moverse con toda libertad, sin sobresaltarse a cada ruido que se produjera a su alrededor.

Vio el poste indicador y giró a la izquierda, hacia las montañas. ALDA ANTICA, 14 KMS.

(«Esto saciará sus deseos de soledad —había dicho Ainsley Crowder mientras escribía el nombre en la parte baja de la tarjeta—. No es más que un puntito en el mayor de los mapas, una nota de pie de página en un libro de Historia. Una ruina, abandonada casi un centenar de años antes de Jesucristo. Pero sus antiguas murallas gozan de cierta reputación entre los eruditos, y casi sostienen a una moderna, o al menos habitada, aldea llamada Alda Nuova»).

Frankie empezó a ascender un empinado camino que discurría por la ladera de la montaña y luego daba media vuelta sobre sí mismo, pero cada vez un poco más alto. El silencio era absoluto, y no había nadie a la vista, ni hombre ni animal. Encima y debajo, la montaña se extendía, tostada al sol, salpicada de retorcidos olivos. Como en una especie de pesadilla, pensó Frankie Filippo.

(«Permítame recordarle —había dicho Ainsley Crowder— que no encontrará allí el agradable encanto del resto de Italia. Aquella gente es una raza montaraz, mal alimentada, desesperadamente pobre. Estará a menos de dos horas de Roma, pero en Alda Nuova el calendario da marcha atrás. El presente son los siglos de la superstición y la ignorancia»).

Frankie Filippo detuvo bruscamente el auto y contempló la montaña recocida por el sol. Tal vez este era un lugar que había que pasar por alto. Tenía un aspecto inocente, pero un sonido que no llegaba a ser una voz, una punzada en la nuca que no llegaba a ser una sensación, parecía advertirle contra algo. Frankie Filippo sacudió la cabeza. Italia estaba infiltrándose en él. No le extrañaba que su padre la hubiera abandonado.

Te las arreglas bien en América, ¿no es cierto? Te las arreglas bien, de modo que no permitas que Italia te asuste.

La antigua ciudad amurallada colgaba del borde del despeñadero encima de él. Giró por última vez, continuó subiendo, cruzó una derruida valla de piedra y se encontró en medio de una plaza. Detrás de él alguien gritó. Pisó el freno a fondo, mientras doblaba violentamente el volante, arrastrando una mesa y una silla. En medio de la plaza había una especie de tenderete dedicado a la venta de legumbres cocidas. Frankie Filippo sonrió débilmente al observar el terror de la vendedora, su mirada hostil, su bocio y su bigote gris. Un inválido estaba tendido al sol junto a la fuente de la aldea; cacareó una risa con su boca sin dientes, los ojos brillantes de malicia. Frankie Filippo escupió.

De modo que esto es Alda Nuova… nueva desde hacía quinientos años. La aldea se extendía hasta la cumbre de la montaña; por todas partes se veían escaleras labradas en la piedra que conducían a las casuchas sin ventanas, que solo recibían aire y luz a través de las puertas abiertas. Frankie Filippo había conocido la miseria en su infancia, pero era una miseria norteamericana y no tenía punto de comparación con esta. Frankie sabía que los lugares le influían a uno. Los lugares le advertían… si uno dejaba que lo hicieran, si escuchaba.

—¿Turista? ¿Turista?

Se volvió al sonido de aquella voz, extrañamente ronca. Al nivel de su codo vio un rostro sonriente, un rostro simiesco, y dejó caer su brazo. El chiquillo esquivó el golpe, sin dejar de sonreír. Tenía menos de cuatro pies de estatura.

—Ha venido usted a ver Alda Antica —dijo, en un dialecto casi incomprensible—. Yo seré su guía. Yo y mis amigos…

Y antes de que terminara de hablar, el automóvil quedó rodeado de chiquillos de la misma edad y tamaño —¿de dónde habían salido?—, que gritaban y se empujaban para llegar a la portezuela del coche y abrirla.

—¡Un momento! —El italiano de Frankie Filippo no era demasiado bueno, elaborado a base de palabras trabajosamente recordadas, pero la voz, que había resonado en cuartos interiores y solares vacíos —y que no había utilizado desde su llegada a Italia— redujo a los chiquillos al silencio—. Únicamente tres de vosotros. —Señaló al primer chiquillo—. Tú y otros dos.

Sabía cómo tratar con los chiquillos; decidió no prestar oídos a la advertencia del lugar.

Treparon al automóvil y le indicaron la ruta. Paolo, Gino y Giulio. Dijeron sus nombres y luego susurraron entre ellos.

No me gusta tenerlos detrás de mí, pensó Frankie Filippo.

Condujo lentamente por delante de umbrales oscuros, rostros hostiles y cuerpos deformes. Luego se encontró en un angosto camino que discurría a lo largo del filo de la montaña. Debajo, al otro lado de la llanura, vio el lejano brillo del mar; a su derecha, las montañas se fundían, pliegue tras pliegue, con el cálido cielo. Cuando Paolo se lo indicó, giró por un camino lateral, casi enterrado en maleza, en dirección a un calvero y una valla de madera.

—Alto.

Encima de él, sobre una loma, se erguía la muralla ciclópea, construida con rectángulos y polígonos de piedras sin desbastar, algunos de hasta diez pies de longitud. Se extendía formando curva hacia los dos lados, como brazos que rodearan la abandonada ciudad.

(«El siglo VI antes de Jesucristo —le había dicho Ainsley Crowder—. En otras épocas se creyó que era una obra de gigantes…»).

Frankie Filippo miró y se secó la frente. Buscó las gafas de sol en sus bolsillos, en el preciso instante en que el ejército de chiquillos de la plaza, con refuerzos, llegaba gritando y corriendo por el camino que acababa de dejar. Doce… trece… catorce, contó Frankie Filippo; y luego apareció un chico, ya mayor.

Destacaba entre ellos por su estatura, y sus facciones estaban desfiguradas por el esfuerzo realizado a fin de no quedar atrás.

—¿Quién es ese?

—Cesare —dijo Paolo—. El hermano de la mujer de mi hermano. No se preocupe, es un buen hombre. Quiere ver el automóvil.

Frankie Filippo se puso rígido.

—¿Mirar el automóvil? ¿Por qué?

La repugnancia le invadió mientras Cesare —jadeante, con una expresión bobalicona— tomaba posición para contemplar el automóvil. Como le sucedía con aquel chico que vivía en su manzana, que era cojo y tartamudo. La gente le compadecía, incluso la propia madre de Frankie, pero Frankie siempre le había odiado. Recordó la repentina sensación de poder que experimentó aquella noche, la alegría que inundó su pecho; sus nudillos sangrantes, y el muchacho cojo tendido en el suelo como dormido, boca arriba.

—Vamos. —El pequeño Paolo estaba señalando hacia la muralla—. La entrada está al otro lado.

—Un momento…

Frankie tenía ya suficiente. La indescifrable malignidad del lugar le había predispuesto contra él, y deseaba marcharse. Pero los chiquillos estaban esperando, y necesitaría mucho más léxico italiano del que conocía para explicarles el motivo.

—Muy bien —dijo. Y asesorado por Paolo volvió a poner el automóvil en marcha.

Los chiquillos, como cualquier grey infantil, se empujaban, reían, gritaban, se perseguían unos a otros; pero había una diferencia que hacía que Frankie Filippo se sintiera nervioso. ¿Serían sus voces extrañamente roncas? ¿Se debería a que cada vez que se volvía bruscamente encontraba a uno de ellos mirándole con fijeza?

Chiquillos, al fin y al cabo, se dijo a sí mismo. No tenía importancia. Pero entonces recordó algo que había oído. «Suficientes mariposas pueden matar a un hombre». La imagen había permanecido agazapada en algún rincón de su mente, la imagen de un hombre ahogado bajo un millón de empolvadas alas.

Ahora habían cruzado los restos del gran arco de la muralla, y Frankie Filippo se quedó sorprendido ante lo que vio: la ladera amarillenta y vacía de una montaña, y, dentadas contra el cálido cielo, un cinturón de piedras antiguas, ininterrumpido excepto en el lado que daba al mar, donde su línea era continuada por una franja de árboles raquíticos. Nada más: un terreno en declive, y silencio.

Paolo se adelantó unos pasos.

—Mire… allí había un templo… y allí otro…

Bueno, tal vez, pensó Frankie. Un cilindro gris, recubierto de yedra, estaba caído en el suelo; debajo de la maleza había un rectángulo de terreno enlosado. Frankie fingió un gran interés, pensando en sus escoltas, aunque no podría haber dicho por qué consideraba necesario aquel fingimiento. Andando de un lado para otro, tropezó y se tambaleó. Inmediatamente, Paolo estuvo a su lado, sosteniéndole.

—No es nada, muchacho. Gracias.

Pero, al palmear el hombro del chiquillo notó, con sorpresa, que era duro como el granito.

—Un momento… ¿Qué edad tienes, Paolo?

—Catorce años.

Frankie sonrió.

—¿Y vosotros?

Once años, doce, a lo sumo, hubiera jurado.

—Catorce…

—Quince…

—Catorce…

—No lo creo —dijo Frankie.

—Es verdad —afirmó Paolo—. En Alda, la gente no crece mucho.

Pero eran fuertes, pensó Frankie Filippo. En realidad, los que le rodeaban no eran niños… Las palabras de Ainsley Crowder zumbaron de nuevo en sus oídos: «… mal alimentados… desesperadamente pobres…».

Le preguntó a Paolo qué tal había sido allí el último invierno.

—Muy malo —respondió Paolo—. Durante cinco semanas nadie pudo bajar ni subir por la montaña. Nevó todos los días. Mi hermanita murió de frío… y el hermano de ese —señaló a uno de sus amigos—. No teníamos comida. Ni siquiera se encontraba un perro o un gato. Un día, mi padre cazó una rata y nos dimos un festín…

Frankie Filippo experimentó una sensación de repugnancia, no de piedad. Si uno era pobre, hacía algo para mejorar su situación. Su padre era pobre y se marchó a América, y había que ver a Frankie Filippo ahora. Bueno, ahora no; había que verle hacía un par de meses, antes de que se viera obligado a huir. Los chiquillos permanecían a su alrededor con los brazos cruzados, escuchando. ¿Por qué le hacían sentirse tan incómodo? ¿Por qué eran tantos? Bueno, para Frankie Filippo no podía ser problema mantener a raya a un puñado de desnutridos chiquillos. Pero a Frankie Filippo le pareció que no le miraban a él, sino a su traje neoyorquino, a su fina camisa, a sus gemelos de oro, al diamante de su anillo.

Echó a andar bruscamente.

—¿Es esto todo? Entonces, vámonos.

—Attenzione, signore!

La mano de Paolo evitó de nuevo que cayera. A sus pies había un anillo de piedra, medio cubierto por la hierba, con algo que parecía la entrada a un pequeño túnel en el centro.

—¿Qué es eso?

Paolo empezó a recitar de carrerilla.

—Ha estado aquí desde el principio. Discurre por el centro de la montaña y va a salir en su base. Hay cinco de ellos…

Y los señaló a través del campo.

—¿Para qué servían?

—Cuando vivía gente aquí… para deshacerse de los enemigos.

Paolo pronunció las últimas palabras en tono ligero; incluso hizo un gesto cómico, describiéndolo, y un coro de risas se levantó de los otros; pero Frankie Filippo, que en su fuero interno estaba llegando a la conclusión de que los túneles habían sido utilizados probablemente como alcantarillas, tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para sonreír. Pasó un dedo por debajo del húmedo cuello de su camisa y se secó el sudor de la frente.

—Mire, signore.

El chiquillo llamado Giulio estaba señalando a los árboles que sustituían la caída muralla.

—Pero, tenga cuidado. Es muy peligroso.

A Frankie Filippo le tenía sin cuidado lo que pudieran mostrarle. Pero algo le dijo que debía convencerles de que no tenía miedo. El miedo puede olerse. Frankie lo sabía. No debía permitir que lo olieran en él.

De modo que siguió a Giulio hasta los árboles con los otros detrás de él, silenciosos.

—Mire —dijo Giulio, apartando las ramas; y al mismo tiempo, Paolo extendió un brazo. Frankie Filippo contuvo la respiración y dio un paso atrás. Hubiera sido muy fácil. Demasiado fácil. Más tarde podrían haber dicho que se había caído. Porque más allá de los árboles no había nada… Únicamente espacio hasta el horizonte, y, debajo, el espantoso vacío.

Frankie Filippo sonrió y enarcó las cejas para dar a entender que estaba impresionado, pero no asustado. Decidió fumarse un cigarrillo para disimular su nerviosismo. Fue un error; aunque, de todos modos, quizás hubiera ocurrido algo por el estilo más tarde.

Se alzó un coro de voces.

—Sigarette! Sigarette!

Un bosque de manos sucias se tendió hacia el paquete.

—¡Eh! ¡Un momento!

Trató de mantener el paquete fuera de su alcance. Se lanzaron contra él; uno de ellos saltó; el paquete cayó al suelo. Inmediatamente, empezaron a luchar entre sí para cogerlo.

—¡Dadme esos cigarrillos! —gritó Frankie.

Los chiquillos se echaron a reír.

Bueno, no valía la pena, pensó Frankie. Tenía más en el auto. De modo que compuso un rostro sonriente, como si renunciara de buena gana a los cigarrillos. Ahora era el momento, pensó. Tenía que llegar al automóvil y marcharse de allí.

Una vez en la parte exterior de la muralla estaría a salvo. Si se producían dificultades, la gente lo oiría y acudiría en su ayuda. Echó a andar lentamente sobre la hierba en dirección al arco de entrada. Pero el semicírculo que le rodeaba avanzó con él, a excepción de unos cuantos chiquillos que quedaron detrás, peleándose por el reparto de los cigarrillos. Y cuando llegó al arco se encontró con Cesare, el guardián del automóvil, con una amenazadora expresión en el rostro. ¿Era parte de un plan que Cesare se apostara allí para bloquear su camino?

—Signore… —Era Paolo, muy cerca de él, inocente y serio, con la mano extendida—. ¿Un poco de dinero?

¿Una pregunta? ¿Una petición?

Otro chiquillo se adelantó.

—Somos pobres. Tenemos hambre.

E, inmediatamente, el coro:

—Un poco de dinero…

—Unas cuantas monedas…

—Esperad… esperad hasta que llegue al automóvil.

La tácita promesa les contuvo, aunque no se distanciaron de él. Finalmente, abrió la portezuela del auto.

—El dinero… —decían los chiquillos—. El dinero…

Quince chiquillos y un hombre. Frankie Filippo trató de sonreír. Desde luego, Ainsley Crowder iba a oírle cuando le viera de nuevo… Levantó el pie para subir al automóvil. Los chiquillos gritaron:

—¡No! ¡No!

Eran más expertos de lo que Frankie Filippo había imaginado: manos en sus hombros, manos aferrando su brazo, golpeando el otro brazo agarrado a la portezuela. Manos que le empujaban, apartándole del vehículo.

—¿Qué queréis? Decídmelo. ¿Qué queréis?

Ahora estaba cruzando de nuevo el arco, ya estaba al otro lado de la muralla, y era como si se hubiera cerrado una puerta. Avanzó, tropezando, hacia el centro del campo, evitando uno de los agujeros que discurrían a través de la montaña hasta su base.

Los chiquillos habían dejado de empujarle, aunque seguían rodeándole. Se dio cuenta de que solo era cuestión de tiempo, y podían tomárselo porque lo que les sobraba era tiempo. Tenían la ventaja del número, y él era aquí el forastero.

No podía culparse más que a sí mismo; había sido él quien le pidió consejo a Ainsley Crowder. Esto era lo que sucedía cuando se hablaba con alguien. Estas eran las consecuencias de no mantener la boca cerrada.

Hizo una última tentativa.

—¿Queréis dinero?

Rebuscó el dinero suelto en sus bolsillos y esparció unas monedas, sembrándolas como semillas. Pero ningún ojo se distrajo, y decidió sacar los billetes de cinco y diez mil liras.

—Aquí está el dinero, aquí está todo el dinero…

Trató de contener el temblor de sus dedos mientras lanzaba los billetes al aire, uno a uno. Los billetes revolotearon como hojas secas en otoño… o como mariposas, pensó Frankie Filippo.

¡Mariposas! Por un instante, incluso el sol quedó sorprendentemente eclipsado por aquellas alas. Cuando el aire volvió a despejarse y todos los billetes reposaron sobre la hierba, vio que ninguno de los chiquillos se había detenido a recogerlos. Esto llegaría más tarde.

—¡Cogedlos! —insistió—. ¡Cogedlos! —suplicó—. ¡Cogedlos, son vuestros!

Una fortuna que ninguno de ellos podía haber visto nunca. Pero la verdadera fortuna, el dinero norteamericano, estaba oculto en el compartimiento secreto de su cartera. Había límites para la generosidad, y resultaba difícil, incluso en este momento, romper su costumbre de ahorrar pensando en la posible época de las vacas flacas.

Gritó:

—Aiuto! ¡Socorro!

Pero sabía que nadie le oiría, y que, si le oían, no le harían caso. Su voz resonó débilmente a través del campo, chocó contra la muralla…

Luego, silencio, y el ardiente sol… y el círculo estrechándose más…

 

Transcurrieron tres semanas antes de que otro automóvil con matrícula de Roma —esta vez con dos ocupantes— subiera la empinada pendiente que conducía a Alda.

—Hemos llegado al final de la lista —dijo Ainsley Crowder. Y su compañero, al volante, asintió. Era Siani, del Departamento de Extranjeros de la Jefatura, encargado del caso del italo-americano desaparecido, a petición casi simultánea del hotel donde se alojaba, de una empresa que alquilaba automóviles y del Departamento de Estado norteamericano. Siani se había puesto en contacto con Ainsley Crowder después de encontrar la tarjeta de Crowder en la habitación que Frankie Filippo ocupaba en el hotel, y quedó muy complacido al ver que los recuerdos de Crowder —en lo que respecta a los detalles de su conversación y al aspecto de Frankie Filippo— eran concretos y vividos.

Juntos habían visitado todos los lugares anotados en la tarjeta. Villa Adriano, Palestrina, Viterbo, Tarquinia. Habían encontrado rastros: algunos recordaban el Fiat verde, otros al hombre que lo conducía, el rostro moreno, las ropas elegantes, los modales tranquilos, desdeñosos. Pero nadie tenía la menor idea de lo que había sido de él.

Lo mismo que los habitantes de Alda Nuova, cuando fueron interrogados. Inmediatamente después de su llegada, el automóvil quedó rodeado por una multitud de chiquillos que ofrecían sus servicios como guías a las ruinas de Alda Antica. De momento, Siani ignoró a los chiquillos y habló con la anciana de aspecto malicioso que vendía legumbres cocidas en un tenderete que se levantaba en medio de la plaza. La anciana dijo que no sabía nada.

A continuación, Siani interrogó al tullido que estaba tendido junto a la fuente de la aldea, pero no consiguió que el hombre entendiera sus preguntas ni entendió las respuestas. Finalmente, escoltados por los chiquillos, visitaron el campo que se extendía más allá de la antigua muralla, donde se erguían los restos de templos desaparecidos y los anillos de piedra que daban paso a túneles excavados a través de la montaña hasta su base.

Ainsley Crowder se dio cuenta de que el oficial de policía parecía menos interesado en aquellos restos que en el indumento de los chiquillos. Incluso les preguntó cómo era posible que en una aldea que había sufrido tan intensamente los temporales del invierno anterior, todos llevaran zapatos nuevos, chaquetas nuevas, jerseys nuevos. Los chiquillos se encogieron de hombros. Tenían preparadas las respuestas.

—Me lo ha comprado mi padre…

—Me lo ha traído mi hermano, que trabaja en otro pueblo…

Sus rostros tenían tal expresión de inocencia y de sinceridad, que no podía desconfiarse de ellos.

Un poco más tarde Ainsley Crowder avanzó, descuidadamente, hacia el grupo de árboles que sustituían un trozo de muralla derrumbado.

—Atenzione, signore! —gritaron los chiquillos, con sus voces extrañamente roncas—. Mire esto: la base de otro templo…

Pero Crowder intuyó que trataban de distraerle, y continuó avanzando hasta que se encontró en el borde de… nada. Dio un respingo, trató de dominarse, esperando que los chiquillos no se habrían dado cuenta —aunque estaba convencido de que no le perdían de vista—, porque al mirar hacia abajo había visto un montón de chatarra que parecían los restos quemados de un automóvil. En un ángulo, que las llamas no habían alcanzado del todo, podía distinguirse aún un trozo de carrocería de color verde botella.

Volviéndose, encontró a Siani inmediatamente detrás de él, y cuando se disponía a hablar, el oficial le tocó ligeramente con el codo, recomendándole silencio.

A continuación recorrieron la aldea, hablando con sus moradores en tono casual, interrogándoles indirectamente. Nadie, desde luego, sabía nada. Nadie había visto el automóvil que Siani describía, ni al hombre. Dijeron que había pasado mucho tiempo desde que vino el último visitante. Ainsley Crowder no estaba seguro, pero detrás de todas sus afirmaciones de ignorancia le pareció percibir cierta atmósfera burlona: como si, en cuanto él y Siani volvieran la espalda, fuera a producirse un silencioso intercambio de sonrisas.

Un momento después, trepando por una de las escaleras labradas en la roca, se sobresaltó.

—Mire…

Pero Siani, sin apenas mover los labios, dijo:

—Ahora no.

Ainsley Crowder acababa de ver, en las orejas de una muchacha, dos pendientes de oro que recordaban mucho unos gemelos de camisa masculina. En el dedo de una mujer había visto un anillo con un diamante.

Subieron al automóvil bajo las miradas de los aldeanos.

Siani suspiró.

—Sí. Lo que ha sucedido está muy claro. Cuando lleguemos a Roma redactaré un informe para las partes interesadas. Pero ¿cómo es posible entablar una acción legal contra toda una aldea?

El automóvil empezó a descender por la colina.

—¿Recuerda que en nuestra primera entrevista cuando me habló usted de la conversación que había sostenido con el signore Filippo en el café, me dijo que su rostro le resultaba vagamente familiar?

—Fue solo una impresión.

—Que podía haber sido más intensa, quizá, si no hiciera tanto tiempo que falta usted de los Estados Unidos… o si hubiera leído con más frecuencia periódicos norteamericanos. Verá, Frankie Filippo salió de los Estados Unidos huyendo de las autoridades.

—¿Era un delincuente?

Siani asintió.

—¿Un criminal?

Siani tomó cuidadosamente una pronunciada curva.

—Tal vez, aunque incidentalmente. Era el jefe de un grupo que vendía drogas a una clase especial de compradores.

Ainsley Crowder esperó. El automóvil había llegado ahora a terreno llano. Se volvió a mirar las altas murallas grises de la antigua aldea en la cumbre de la montaña.

—¿Qué clase de compradores? —preguntó finalmente.

—Muchachos muy jóvenes —respondió Siani—. Alumnos de los institutos de segunda enseñanza.

Y el automóvil aceleró la marcha a través de las marismas, en dirección a la carretera principal que debía conducirles de nuevo a Roma.

EL HOMBRE INTERIOR

Huch Pentecost

P

ODRÍA decirse que Lakeview es un pueblo corriente de Nueva Inglaterra, habitado por personas corrientes de Nueva Inglaterra. La afirmación sería algo que suena a vulgar pero que, en realidad, es bastante complicado. Decir que un hombre corriente y sencillo lo es todo menos complicado, es una afirmación ignorante. Decir que el carácter y la personalidad de un pueblo es corriente, significa admitir que no se ha rascado ni media pulgada debajo de la superficie.

Lakeview tiene una calle principal sombreada por olmos, media docena de tiendas, dos garajes, un cuartelillo de bomberos, un pequeño hospital, una zona de residencias veraniegas, y una zona de residencias «fijas», habitadas por «los indígenas». Tiene un lago, del cual toma su nombre, y cientos de acres de bosques que trepan por sus colinas. La esencia de su personalidad, la cual es la esencia de todas las personalidades, es amable, moral, trabajadora, con un leve toque de humor.

Al igual que todos los pueblos, tiene sus «personajes». O, para expresarlo con el moderno vernáculo, sus «bichos raros».

Una noche de luna, dos de aquellos «personajes» se perseguían el uno al otro a través de los bosques de Lakeview, uno de ellos tratando desesperadamente de salvar una vida, el otro decidido a llevar a cabo un acto de justicia que podía costar una vida. El propio pueblo era un actor en el drama, con su amabilidad, su moralidad y su seco sentido del humor.

Al final se encontraba la verdad, y fue descubierta sin la ayuda de las dos únicas personas que conocían la verdad.

La cosa empezó al atardecer de un día de octubre. El sol poniente estaba hundiéndose detrás de las colinas, con sus anaranjados y rojos ardiendo con un brillo postrero. Un automóvil se detuvo delante de la farmacia de Hector Trimble, y Sam Wilson, uno de los guardabosques locales, se apeó apresuradamente del vehículo. Trabajosamente, descargó algo y lo transportó a través de la acera hacia la tienda. Era el cuerpo de un muchacho de doce años, mortalmente pálido y sin conocimiento.

Hector Trimble, el farmacéutico del pueblo, era un personaje de comedia en Lakeview: pomposo, puritano y sin el menor sentido del humor. La gente tomaba a broma el hecho de que se lavara las manos veinte veces al día, aunque es seguro que se hubieran quejado si Trimble y su farmacia no hubieran estado siempre superlimpios. No permitía que su hijo Joey, de doce años, tuviera animales domésticos, exponiéndole a mezclar pelos de perro o de gato a sus preparados para la tos. Tenía opiniones, siempre vigorosamente expresadas, acerca de cualquier tema que pudiera tocarse, pero ninguna de sus opiniones se distinguía por su exactitud ni por su profundidad. Era un hombre muy trabajador y ahorrativo, que vivía para su esposa y para su hijo, a pesar de que sus ideas acerca de lo que podía ser realizado por una conferencia internacional en la cumbre eran bastante descabelladas.

Sam Wilson entró al muchacho en la tienda de Hector y se encaró con el farmacéutico a través del mostrador.

—Su hijo —dijo Sam, sin aliento—. Temo que está malherido, Hector.

Pese a toda su pomposidad y a su paternalismo tiránico, Hector Trimble amaba a su hijo más que a ninguna otra cosa del mundo. Abrió la boca, gritó «¡Esther!», y luego dio la vuelta al mostrador y se acercó a Sam.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó—. ¿Le ha atropellado un automóvil?

El rostro de Sam estaba contraído por la rabia.

—Ray Hammond —dijo—. Hubiera matado al muchacho, si no llego a aparecer yo.

—¡Hammond! —susurró Hector. Levantó la cabeza de Joey de modo que no colgara. Sus dedos temblorosos acariciaron las pálidas y sucias mejillas del muchacho—. ¡Hoy mismo estuvo profiriendo amenazas! —Dos lagrimones se deslizaron por las mejillas de Hector—. ¡Joey! —sollozó—. ¡Joey!

Levantó unos aterrorizados ojos hacia Sam Wilson.

—Está malherido. Será mejor que llame al doctor Merrit —dijo Sam.

En aquel momento se presentó Esther Trimble, alta, delgada, con unos cálidos ojos grises. Sin pronunciar una sola palabra, cogió a su hijo de brazos de Sam y lo transportó a las habitaciones interiores, en la trastienda.

Hector empuñó el teléfono con mano temblorosa y pidió a la operadora que avisara al doctor Merrit.

—¡Es muy urgente! —gritó.

A continuación se dirigió a las habitaciones interiores, seguido de Sam. El guardabosques explicó lo sucedido.

—Estaba tratando de localizar algunas trampas que sabía que los chiquillos habían parado —dijo—. Detrás del aserradero de Zabriskie. Oí gritar a Joey. Poco después le vi correr a través de un claro como si le persiguiera el diablo. ¡Y desde luego que le perseguía! ¡Era Ray Hammond! Mientras yo corría hacia allí, Hammond saltó sobre Joey y ambos cayeron al suelo. Llamé a Hammond a gritos y él volvió la cabeza hacia mí. ¡Su expresión era la de un animal salvaje! Se incorporó de un salto y echó a correr. Le ordené que se detuviera, y al ver que no me obedecía… bueno, disparé contra él. Creo que le di en el hombro. Se tambaleó, pero volvió a salir corriendo. Tenía que perseguirle o atender a Joey.

—¡Te lo dije! —exclamó Hector, dirigiéndose a su esposa, en tono acusador—. ¡Te lo dije!

Esther no pareció oírle. Había acostado a Joey en su propio lecho, y estaba limpiando su arañado y sucio rostro con un paño húmedo.

—Le estamos muy agradecidos, Sam —dijo.

—¡No tenían que haber soltado a Hammond! —estalló Hector—. Siempre dije que era un hombre peligroso… Si Joey muere, juro que…

—Por favor, Hector —dijo su esposa afablemente—. Asegúrate de que han avisado al doctor Merrit.

Hector salió de la habitación. Sam se volvió, dispuesto a seguirle.

—Voy a buscar al sheriff Egan y a algunos de los muchachos y saldremos en busca de Hammond, Mrs. Trimble —dijo—. Hector tiene razón. Ese hombre es un maníaco homicida. Podía haber sido mi hijo, o el de cualquier otro.

—Si está herido tienen que encontrarle —dijo Esther—. ¿Sam?

—¿Sí?

—¿De veras atacó a Joey?

—Lo vi con mis propios ojos, Mrs. Trimble. Ha sido la cosa más ruin que he visto nunca.

Esther frotó el pálido rostro de su hijo con el paño.

—Comuníqueselo a George, ¿quiere?

—Desde luego —dijo Sam—. No dejaré de hacerlo. Cuando George se entere de que Hammond ha puesto sus manos sobre el muchacho, no le arriendo la ganancia a ese hombre. George quiere a Joey como si fuera hijo suyo.

—Comuníqueselo, por favor —repitió Esther.

El caso Hammond había sacudido profundamente al pueblo de Lakeview hacía unos quince meses. Ray Hammond y su esposa habían alquilado una casita para pasar el verano dos años antes de aquel suceso. Hammond era un artista: un pintor. Era evidente que tenía dinero, a juzgar por la casa que terminó por comprar y por el modelo deportivo de automóvil que poseía, y que debió costarle más de diez mil dólares. Y los vestidos de Sandra Hammond valían una fortuna.

Y no es que Sandra Hammond necesitara aquellos vestidos para llamar la atención. Era la mujer más atractiva que había pisado Lakeview. Y además era alegre, simpática, amable con todo el mundo.

Lakeview es como otro pueblo cualquiera en lo que respecta a los «forasteros». Los acepta con las naturales reservas. Instintivamente, adopta una actitud de desconfianza que no resulta fácil superar. Pero Ray Hammond la superó con más facilidad de la acostumbrada, y en cuanto a su esposa, los comerciantes no vacilaban en correr el riesgo de romperse una pierna para servirle antes lo que pedía. Ray era muy hábil en cosas que interesaban a los hombres de Lakeview. Era un pescador de primera clase; manejaba una escopeta en los bosques como si hubiera nacido en ellos. Y cuando Tío George invitó a Ray a salir a cazar con él aquel segundo otoño, Ray Hammond se había ganado por completo a Lakeview.

Y precisamente cuando acababa de ganárselo, el mundo de Ray Hammond se desplomó.

Ray y su esposa habían ido a Clayton, el pueblo vecino, a ver una película. Era el mes de diciembre y habían caído las primeras nevadas. Cuando regresaban de Clayton hacía un frío intenso, y la carretera estaba helada. Iban en su automóvil modelo deportivo —de prisa, quizás, aunque no exageradamente—, cuando el coche patinó, rompió la valla protectora y cayó al lago.

Ray salió despedido, pero Sandra quedó atrapada en el auto, el cual se hundió en cuarenta pies de agua helada. Ray fue encontrado medio muerto por Ed Skidmore: estaba buceando en las negras y heladas aguas, tratando de localizar a su Sandra.

Todo el mundo trató de hacer más llevadera la espantosa pérdida para Ray. Pero todo fue inútil: se acusaba a sí mismo de la tragedia. Empezó a beber más de la cuenta, y no soportaba estar solo en la casa donde él y Sandra habían vivido. No podía pintar. Lo único que podía hacer era tratar de olvidar.

No pasó mucho tiempo sin que Ray Hammond se convirtiera en un borracho pendenciero y agresivo. Cuando su tortura interior se le hacía intolerable, la emprendía a golpes con lo primero que encontraba a mano. Al principio, la gente le perdonaba aquellos arrebatos porque les inspiraba lástima. Pero llegó un momento en que los taberneros empezaron a temer su llegada, y sus mejores amigos, tales como los Potter, temblaban al oír detenerse el automóvil de Ray delante de su casa.

Tío George fue el único amigo que no le volvió la espalda. Tío George era hermano de Esther Trimble y tío de Joey Trimble. Tío George, alto y delgado como su hermana, había vivido su propia tragedia, que tenía muchos puntos de contacto con la de Ray Hammond.

George Crowder había sido un brillante abogado. Tenía aspiraciones políticas, y se convirtió en fiscal del condado como primer paso importante hacia el sillón de gobernador. Hacía diez años, George Crowder había actuado de fiscal en el juicio contra un hombre acusado de asesinato en primer grado. Utilizando todos los recursos legales, consiguió un veredicto de culpabilidad y el hombre fue colgado en la prisión de Weatherfield. Unos meses después se demostró, de un modo incontrovertible, que el hombre era inocente.

George Crowder se había derrumbado. Dimitió su cargo público, renunció a su carrera y desapareció de Lakeview. La gente decía que se había convertido en un borracho. Luego, al cabo de diez años, George Crowder regresó al pueblo. Había envejecido más de diez años. Era un hombre silencioso, amable, solitario. Por borrascosa que pudiera haber sido la historia de aquella década, la había dejado atrás.

Se construyó una cabaña en los bosques y se instaló en ella sin más compañía que la de Timmy, su perro setter. Era el mejor cazador en muchas millas a la redonda. Con gran disgusto de Hector Trimble, se convirtió en una especie de héroe para Joey, el cual hablaba continuamente de su tío George, hasta el punto de que en el pueblo empezaron a llamarle «Tío George».

Como mentor y compañero. Tío George era todo lo que Hector no podía ser. Joey podía ahora manejar a un perro por los bosques con los mejores profesionales, gracias a Tío George. Podía pescar al lado de los mejores pescadores, gracias a Tío George. Y, por encima de todo, Joey había desarropado una tolerancia y una comprensión sorprendentes en un muchacho de su edad… gracias a Tío George.

Cuando sucedió lo de Tommy Skidmore, Tío George apoyó decididamente a Hammond hasta el último momento, e incluso volvió a vestir su toga de abogado para defenderle ante el tribunal.

Una tarde, Ray Hammond había ido al extremo norte del lago, lugar al que acudían los muchachos del pueblo a nadar, dada la escasa profundidad del agua. Hammond estaba borracho, sin duda alguna. Los chiquillos son a veces crueles, y los de Lakeview se burlaban de Ray cuando le veían hacer eses por la calle principal, o gritarle a alguien sin motivo aparente.

Aquel día, un grupo de chiquillos estaban nadando en el lago, y uno de ellos, Tommy Skidmore, inventó una canción.

La cantó en voz lo suficientemente alta como para que Ray Hammond pudiera oírla.

El viejo Ray, el viejo Ray,

mató un día a su esposa.

¿Cómo ocurrió? Nadie lo sabe,

excepto el viejo borracho,

el viejo borracho Ray.

Cuando Hammond oyó aquella canción se convirtió en una furia. Sus reflejos musculares quedaron galvanizados por el ácido de la desesperación. En la playa había un remo de canoa: lo agarró y se puso en pie de un salto. Se precipitó contra el grupo de chiquillos… el mayor de los cuales tenía doce años. De un golpe de remo le abrió la cabeza a Tommy Skidmore, y le hubiera matado de no haber acudido unos hombres que estaban cerca de allí y que redujeron a Ray a la impotencia.

Fue condenado a tres años de cárcel. Tío George le defendió brillantemente y más tarde presentó una petición para que le concedieran la libertad condicional. Le fue concedida a los catorce meses de encierro, pero le sería revocada si volvía a beber o se veía complicado en cualquier clase de violencia.

Tío George se encontraba en la oficina de Correos cuando apareció Sam Wilson. Iba en busca del sheriff Egan, el cual tenía su oficina en el mismo edificio. Para entonces, la rabia de Sam se había convertido en frenesí. Repitió la historia.

—¡Así paga lo que usted ha hecho por él! —gritó Sam, al terminar su relato—. Tenemos que atraparle antes de que asesine a otro muchacho.

La noticia se extendió como una epidemia. Empezaron a oírse voces furiosas que volvían a contar lo sucedido, añadiéndole detalles de cosecha propia. Repentinamente, Tío George, que había permanecido rígido como una estatua, hizo una seña a Timmy, su perro. Timmy se encaramó de un salto al jeep de Tío George, y el anciano se dirigió velozmente a la calle donde se encontraba la farmacia.

La ambulancia del hospital estaba ya allí. El doctor Merrit se había dado prisa. Encontró a Tío George cuando entraba en la tienda y respondió a la muda pregunta de los ojos azules del anciano.

—Conmoción —dijo—. No podré diagnosticar la gravedad hasta que le haya visto por rayos X. Tal vez alguna costilla rota, lesiones internas… ¿Qué diablos le ha ocurrido a Hammond para hacer una cosa así? Está enfermo… peligrosamente enfermo.

Tío George, el rostro como tallado en piedra, regresó a su jeep. Introdujo el brazo por la ventanilla de la parte trasera y sacó un rifle. Empezó a cargarlo.

—¡George!

Era Esther Trimble, su hermana, que se disponía a acompañar a Joey al hospital. Hector y uno de los enfermeros sacaron la camilla de la farmacia con el cuerpo inconsciente de Joey tendido en ella.

—Hay un par de cosas que deberías saber, George —dijo Esther Trimble.

El anciano se volvió a mirarla.

—¿Qué cosas? Él le hizo eso a Joey —dijo Tío George, señalando la camilla.

—Van a darle caza como a una alimaña y le matarán —dijo Esther—. Lo he leído en los ojos de Sam Wilson; lo leo en los tuyos. No le concederán una oportunidad.

—Ya ha tenido su oportunidad —dijo Tío George—. ¡Dios mío, Esther! ¡Ha atacado a tu propio hijo!

—En cierta ocasión cometiste un error, George —dijo Esther en tono severo—. Entonces no tenías todos los hechos. Y ahora tampoco los tienes.

Un nervio se crispó nerviosamente en la mejilla de Tío George.

—¿Qué hechos? —preguntó en voz baja.

—Esta mañana, Joey estaba paseando por la carretera —dijo Esther—. De pronto vio a Mr. Hammond tumbado en la cuneta. Pensó que estaba borracho. Tenía los ojos cerrados. De modo que fue a casa de los Potter a pedir ayuda. Los Potter son los mejores amigos que Mr. Hammond tiene en el pueblo. Bess Potter salió corriendo hacia el lugar que Joey le había indicado… y encontró allí a Mr. Hammond. Pero no estaba borracho, George. Estaba esperando a Buck Thorton, que tenía que llevarle a Clayton. Como ya sabes, le retiraron el permiso de conducir.

—Continúa.

—Mr. Hammond se enfureció al enterarse por Bess de que Joey había dicho que estaba borracho. Para Mr. Hammond, emborracharse significaría volver a la cárcel, ¿no es cierto?

Tío George asintió.

—De modo que Mr. Hammond se presentó en casa, hecho una furia. Habíamos terminado de comer, y Joey no estaba aquí. Mr. Hammond dijo que si Joey seguía propalando mentiras acerca de él, le… bueno, dijo que le daría una paliza. Hector empezó a gritarle. Yo intervine para decirle que Joey no había propalado la historia. Había acudido a unos amigos de Mr. Hammond. Ni siquiera nos lo contó a nosotros, a la hora de la comida. Le dije que opinaba que Joey había obrado como un amigo. Mr. Hammond se limitó a mirarme fijamente, y luego dio un portazo y se marchó.

—¿Eso es todo? —preguntó George.

—Eso es todo —respondió Esther.

—Hasta que atacó a Joey en el bosque —dijo Tío George torvamente.

—Sí, George. Pero he creído que debías saberlo.

Red Egan poseía un par de sabuesos. Eran una especie de hobby para él, y nunca habían sido utilizados para ninguna clase de trabajo policiaco… excepto cuando la hija de los Dakin estuvo perdida en el bosque cuarenta y ocho horas. Los sabuesos encontraron a la niña, y Red se sintió muy orgulloso de ellos.

Ahora los tenía en el claro del bosque, detrás del aserradero de Zabriskie. Sam Wilson, Ed Skidmore y una docena de vecinos del pueblo estaban también allí, todos armados con rifles o escopetas. Sam le estaba mostrando a Egan el lugar donde Ray Hammond había tropezado, después de ser alcanzado por la bala. La parda alfombra de hojas muertas estaba manchada de sangre. Los sabuesos la olieron y empezaron a ladrar alegremente.

—Será un rastro muy fácil de seguir —dijo Sam—. Parece que ha perdido mucha sangre.

—Eso espero —dijo Red—. Dentro de un cuarto de hora será de noche.

—Pero habrá luna llena —dijo Skidmore—. ¡Daremos con él!

Se volvieron al oír que se acercaba un vehículo. Era el jeep de Tío George. Lo dejó aparcado en el camino y se acercó al grupo de hombres, con el rifle bajo el brazo y Timmy pegado a sus talones.

—¿Hay noticias? —le preguntó Sam.

—Conmoción, tal vez lesiones internas —respondió Tío George, con aire ausente—. El doctor Merrit no podrá decir nada hasta que le haya visto por rayos X.

—¡Ese lunático! —dijo Skidmore—. ¿A qué esperamos?

Los dos sabuesos tiraron fuertemente de sus correas, arrastrando a Red Egan detrás de ellos. Los hombres les siguieron, mirando cuidadosamente a uno y otro lado. Timmy se mostraba muy excitado, pero no se movió del lado de su dueño.

El rastro fue contando la historia. Al principio, el único propósito de Hammond había sido el de huir, aunque tuvo la precaución de avanzar zigzagueando. Llegaron a un lugar donde evidentemente se había detenido a descansar un rato, ya que encontraron mucha sangre sobre un aplastado montón de hojas.

—Debiste darle bien, Sam —dijo Red Egan.

—¡No lo suficiente! —gruñó Sam.

Se hizo de noche, pero el bosque quedó iluminado por la luz de la luna. Los sabuesos seguían avanzando, con los hocicos pegados al suelo.

Tío George, con la barbilla hundida en el pecho y una profunda arruga en la frente, iba a la retaguardia del grupo. Repentinamente, sucedió una cosa completamente anormal: Timmy, que nunca se apartaba del lado de su dueño sin su permiso, echó a correr hacia la derecha. Tío George le oyó gruñir y volvió la cabeza. Llamó a Timmy para que regresara, pero el perro se quedó parado a unos pasos de distancia, mirando a Tío George.

En cierta ocasión, Tío George había afirmado que solo había tres cosas en las cuales creía sin discusión: la Constitución y la Carta de Derechos de los Estados Unidos, la existencia de un Divino Creador que había hecho los bosques que él amaba tanto, y la infalibilidad de su perro, Timmy.

Cuando uno cree en algo, no vacila. Tío George echó a andar detrás de Timmy, y el perro continuó inmediatamente su avance por la derecha. Tío George había estado participando en la caza sin prestar mucha atención al lugar en que se encontraba. Súbitamente, se dio cuenta de que su aislada cabaña se encontraba a un centenar de metros en la dirección seguida por Timmy.

—Si me llevas a casa solo para que te dé de comer —murmuró Tío George—, te juro que buscaré otro perro.

Tenía que haberle conocido mejor… y en realidad le conocía perfectamente, ya que de no ser así no le hubiera seguido. La luna era tan brillante, que iluminaba el calvero que se extendía delante de la cabaña como si fuera de día. Apenas había entrado en él, Tío George vio la figura de un hombre tendido boca abajo en el pequeño porche delantero.

El hombre era Ray Hammond y estaba inconsciente. Timmy aulló al olor de la sangre que formaba un charco debajo del cuerpo del herido. La mano derecha de Hammond, engarfiada como la garra de un ave, había estado arañando la puerta de la cabaña cuando se desvaneció.

—Buen muchacho —dijo Tío George, y Timmy agitó la cola, agradecido.

Tío George se arrodilló al lado de Ray Hammond y le tomó el pulso. Seguía latiendo, pero muy débilmente. Tío George levantó la cabeza. Los sabuesos de Red Egan estaban muy cerca, ladrando alegremente.

Y luego los perros, seguidos por Red y los otros cazadores, irrumpieron en el calvero.

—¡George le ha cogido! —gritó Sam Wilson.

Tío George se puso en pie, con el rifle debajo del brazo. El círculo de rostros, a un par de pasos de él, era triunfal.

—Ha perdido mucha sangre —dijo Tío George—. Uno de vosotros tiene que ir corriendo al pueblo en busca del doctor Merrit, y para que la ambulancia se acerque hasta donde pueda llegar. Improvisaremos una camilla y le llevaremos hasta allí. Entretanto, necesito ayuda para tratar de contener al hemorragia.

—¿Está usted loco? —dijo Ed Skidmore—. Hace poco más de un año casi mata a mi hijo, y ahora a Joey. ¡Deje que se muera! Le ahorraremos al Estado el tener que mantenerle el resto de su vida.

—Alguien tiene que ir en busca del médico —dijo Tío George.

Nadie se movió.

La luz de la luna iluminó de lleno al anciano con el rifle debajo del brazo; parecía el protagonista de un drama escénico, ante el decorado de una oscura cabaña y una inmóvil y ensangrentada figura a sus pies.

—En cierta ocasión cometí un error —dijo Tío George—. Por culpa de aquel error, un hombre fue colgado. ¿Sabéis cuál fue mi error? No me preocupé de meterme en su interior. Para comprender a un hombre hay que meterse en su interior… pensar sus pensamientos…

—¿Se ha vuelto loco, George? —volvió a preguntar Ed Skidmore—. ¿De qué está usted hablando? ¡Ese tipo intentó matar a su Joey!

—¿De veras? —inquirió suavemente Tío George—. Desde que empezamos a perseguirle he estado tratando de meterme dentro de él, tratando de pensar del modo que él estaba pensando, tratando de adivinar cómo actuaría. Creo que he conseguido meterme en su interior, y creo que puedo deciros lo que ha ocurrido hoy. Ahora, escuchadme, y después voy a ayudar a este hombre. Y si alguien trata de impedirlo, tendrá que disparar más rápida y más certeramente que yo.

—Le escuchamos, George —dijo Red Egan. Conocía a Tío George desde hacía mucho tiempo, y nunca había perdido el tiempo cuando le había escuchado.

Tío George estaba mirando fijamente más allá de las cabezas agrupadas delante de él.

—En todo el tiempo que estuve en la cárcel no probé una sola gota de licor —dijo, con una voz extrañamente distinta—. Soy un hombre enamorado de los bosques y del aire libre, y la cárcel ha sido un infierno. Lo único que deseo es libertad. Pero el mundo está vacío y ha dejado de tener sentido… sin mi esposa. Me siento como un niño que aprende a andar. Todo es extraño, y lleno de normas. Las cosas más insignificantes se convierten en un problema. Como el ir a Clayton a comprar el tabaco especial para pipa que a mí me gusta.

»De modo que he buscado a alguien que quisiera llevarme hasta allí. Buck Thorton quedó en recogerme en la carretera. He llegado allí antes de la hora fijada porque no tenía otra cosa que hacer, y me he sentado en la cuneta, y he cerrado los ojos para defenderlos del sol.

»Ni siquiera he visto al pequeño Joey Trimble llegar y detenerse a mirarme… tendido allí. No le he oído marcharse apresuradamente. De pronto se ha presentado Bess Potter, ansiosa y preocupada. Cree que estoy borracho. Eso es lo que le ha dicho el pequeño Joey.

»Me siento como ningún otro hombre en la tierra puede sentirse. Otros se limitarían a enojarse con un chiquillo por propalar una cosa así… pero para mí es un asunto de vida o muerte. La historia puede enviarme a la cárcel por otros dos insoportables años. Enloquezco de miedo al pensar en ello. Corro a casa de los Trimble y les digo a los padres del chiquillo que si propala aquella historia voy a pegarle una paliza.

»El padre no deja de gritar, diciéndome que tendría que estar en la cárcel. Luego habla la madre, y noto que no está enojada como su marido, y siento una especie de simpatía hacia ella. El chiquillo fue a avisar a los Potter, que son amigos míos. Podía haber ido a la oficina del sheriff, ¿no es cierto? El chiquillo ni siquiera ha mencionado el asunto en su casa. Ella dice que cree que su hijo ha obrado como un amigo. Y yo recuerdo que es un buen muchacho. Es sobrino de George Crowder, y tiene algo de la comprensión y de la tolerancia del viejo.

»De modo que me voy a dar un paseo por el bosque para tranquilizarme y meditar bien las cosas. De repente, veo a Joey que pasa cerca de mí. Un buen muchacho, que ha obrado como un amigo. Quiero darle las gracias. No hay mucha gente que se haya portado amistosamente conmigo. De modo que le llamo. El chiquillo me mira con ojos llenos de terror. ¡Pobrecito! Probablemente ha oído mi amenaza de darle una paliza. Le llamo otra vez… y echa a correr.

»¡Santo cielo! ¿Sabéis lo que significa eso? ¡Dirá que he tratado de pegarle y me enviarán de nuevo a la cárcel! Tengo que impedirlo… hacer que comprenda… «¡Joey! ¡Espera!», grito. Pero él grita a su vez, asustado, y corre con todas sus fuerzas.

»Tengo que detenerle. Tengo que aclararle las cosas. De modo que echo a correr detrás de él, gritando para que se detenga. Y en el momento en que estoy a punto de darle alcance, tropieza en algo y cae… y antes de que yo mismo pueda detenerme caigo encima de él. Y allí está Sam Wilson, gritando y agitando un rifle.

»Solo se me ocurre huir… y echo a correr. Sam Wilson dispara contra mí y me hiere en un hombro, y el impacto casi me derriba, pero hago un esfuerzo sobrehumano y sigo corriendo. Corriendo y corriendo. Lo único que quería era decirle al chiquillo que le estaba muy agradecido. Pero nadie va a creerlo. ¡Nadie!

Tío George permaneció silencioso largo rato. Luego miró fijamente a Sam Wilson.

—Podía haber ocurrido de ese modo, ¿no es cierto, Sam? El muchacho tropezó y cayó, y Hammond cayó encima de él. ¿No podía haber ocurrido así?

Sam Wilson vaciló.

—Sí, creo que pudo haber ocurrido de ese modo —terminó por decir—. Estaba tan convencido de que perseguía al muchacho para pegarle, que ni por un solo instante se me ocurrió pensar en otra posibilidad.

—He tratado de meterme en el interior de Ray Hammond, de pensar con su mente, de actuar con su cuerpo —dijo Tío George—. Y no he podido encontrar otra solución. No he podido obligarme a correr detrás de Joey con el corazón lleno de violencia. Solo he podido sentir miedo, y la desesperada necesidad de explicárselo todo al muchacho.

Se inclinó a mirar la figura tendida a sus pies.

—Sabiendo lo que Joey era para mí —continuó Tío George—, ¿hubiese venido aquí a pedirme ayuda de haber tenido intención de hacerle daño a mi sobrino?

Hubo un momento de silencio, y luego Red Egan habló.

—Sam, vete corriendo al pueblo y trae al doctor Merrit y la ambulancia. —Se volvió hacia Tío George—. ¿Tiene usted alguna sábana que podamos convertir en vendas, George? Ese hombre necesita ayuda… ¡y pronto!

COARTADA

Robert Twohny

S

ONÓ el teléfono. El jefe de policía de Lindenville cogió el receptor y dijo:

—Departamento de Policía.

—Habla Mrs. Grant. Vivo en el número 230 de Lockhaven Lane.

—¿Sí?

—No… no puedo decírselo por teléfono. No estoy segura… ¿Puede usted venir?

—¿Adónde?

—A mi casa. Será más claro para usted si lo ve con sus propios ojos. Tal vez pueda usted decir…

—¿Decir, qué?

La voz, susurrante y ligeramente temblorosa, intranquilizó un poco al jefe Brandon. Era un hombre alto, robusto, amante de la comodidad. Y esta comunidad suburbana resultaba muy agradable. Estaba compuesta por familias de la clase media, y la mayoría de los maridos trabajaban en la cercana ciudad. Nunca había sucedido nada grave: alguna riña conyugal, algún acto de gamberrismo… El cargo de jefe de Policía era apacible. Lo había sido durante catorce años, tal como a Brandon le gustaba que fuera. Pero, ahora, la voz de la mujer le había intranquilizado.

—¿Decir, qué? —repitió.

—Si todo está en orden —dijo Mrs. Grant—, o si… bueno, si puede haberle sucedido algo a mi vecina.

El jefe montó en su automóvil, que no llevaba ningún distintivo oficial. Conocía la casa por la dirección que Mrs. Grant le había dado. Era la antigua vivienda del juez Groler: una fea casita de dos pisos, cubierta de enredaderas y rodeada de despintadas vallas de madera. Una reliquia del pasado en una vecindad de casas modernas. De cuando en cuando, un artista, o una joven pareja de obreros la alquilaban por una breve temporada, y luego se marchaban.

El jefe tenía conocimiento de que había sido alquilada de nuevo hacía unos seis meses. Pero no conocía a la actual inquilina, Mrs. Grant.

Se la imaginó como una dama bajita, delgada, de voz temblorosa, con un reloj prendido en un corpiño de tela tan lisa como su busto. Lo cual resultaba absurdo, desde luego: ni siquiera las damas bajitas y ancianas llevan ya relojes prendidos al corpiño. Ni llevaban corpiño, tampoco. Sin embargo, el jefe Brandon imaginaba a una mujer así.

Tenía la secreta esperanza de que la dama respondiera a su descripción. Una anciana imaginando que en Lindenville sucedía algo grave situaría el asunto en su adecuada perspectiva. En Lindenville no sucedía nunca nada grave.

Enfiló la Lockhaven Lane sin que nadie le viera. En aquella calle, la gente —a excepción, quizá, de la nueva inquilina de la casa de Groler— prefería conservar su intimidad a salvo de la curiosidad ajena, y edificaba sus casas de modo que resultaran casi invisibles desde la calle y desde los otros hogares.

El jefe subió los antiguos peldaños de piedra hasta el patio delantero, que estaba cubierto de maleza, y vio, con cierta sorpresa, que en la puerta había un timbre. Había esperado encontrar una anticuada aldaba de bronce.

La mujer que respondió a su llamada no era vieja, ni delgada. Tenía alrededor de cuarenta años, era alta, y su cuerpo era recto, firme, y estaba agradablemente redondeado. Sus cabellos castaños apenas habían empezado a grisear; y su rostro mostraba unas cuantas arrugas, pero seguía siendo terso. Tenía los ojos azules y una boca agradable. Llevaba una bata sencilla, barata y de buen gusto.

—¿Mrs. Grant? Soy el jefe Brandon.

—Gracias por venir tan pronto.

Le invitó a pasar.

—Probablemente soy una tonta —dijo Mrs. Grant—. He estado discutiendo esto conmigo misma durante tres días. No me gustaría verme envuelta… empezar algo que pudiera… —Sacudió la cabeza, apretó fuertemente los labios y una arruga vertical apareció en su lisa frente—. Pero, después de lo de anoche…

Estaban de pie en el antiguo y oscuro vestíbulo. Brandon hizo un movimiento en dirección a una silla, pero le pareció descortés ocuparla sin que la dueña de la casa le invitara a hacerlo. En vez de invitarle, Mrs. Grant dijo:

—¿Le importaría acompañarme a mi dormitorio? —Sonrió, ligeramente turbada—. Creo que, desde allí, la cosa será más clara para usted.

El jefe la siguió escaleras arriba. La mujer andaba con ligereza, y el jefe se sintió pesado, y con motivo. La mujer parecía estar muy serena, y el jefe se sentía algo intranquilo. Sin embargo, resultaba agradable mirarla. Se preguntó, vagamente, si era viuda. E inmediatamente se preguntó por qué había pensado aquello… Desde luego, era viuda. No había señales de ningún hombre en la casa, y la mujer llevaba un anillo de boda.

El jefe se detuvo junto a la cerrada ventana del dormitorio, muy alto de techo, al viejo estilo, escasamente amueblado, pero muy limpio. A través del transparente visillo podía ver el patio trasero de la casa contigua.

Miró hacia abajo y vio a un hombre calvo, delgado, tendido en una mecedora. El hombre llevaba únicamente una camiseta, unos pantalones arrugados y sucios y unas sandalias de cáñamo trenzado. Tenía alrededor de cincuenta y cinco años. Sostenía un vaso en la mano, y en el suelo, junto a él, había una botella de whisky y una jarra de agua. Esparcidas por el césped sin cortar veíanse numerosas latas de cerveza y media docena de botellas de whisky, vacías.

Mrs. Grant, de pie al lado de Brandon, dijo:

—Hace casi dos semanas que dura.

—¿La bebida?

—Sí.

Brandon se frotó la barbilla con una mano grande y lisa.

—Ese es George Colfax, ¿no es cierto?

—¿Le conoce usted?

—De vista. Conozco de vista a la mayoría de las personas que viven aquí. —Miró hacia abajo, con las cejas fruncidas—. No sabía que era aficionado a la bebida.

Mrs. Grant acercó una silla, y Brandon se sentó. Por su parte, Mrs. Grant se sentó en el borde de la cama, y Brandon volvió ligeramente la silla de modo que pudiera ver a la dueña de la casa y, al mismo tiempo, mirar a través de la ventana.

—¿De qué se trata? ¿Para qué quería verme? —preguntó.

—No conozco a mis vecinos —dijo Mrs. Grant. Su voz era suave—. No he tenido ningún contacto con ellos… ni con ninguno de los otros vecinos, dicho sea de paso. En este pueblo, la gente es muy poco comunicativa. Pero les he visto entrar y salir desde esta ventana… Les he visto en ese mismo patio, mientras ella le hacía trabajar.

Brandon miró a su interlocutora, repentinamente alerta. Escogía siempre el camino más cómodo, pero no era estúpido.

—Nunca les había visto beber —continuó Mrs. Grant—. Nunca vi ningún licor. Pero ahora… desde hace casi dos semanas…

—¿Él solo, quiere usted decir?

—Sí.

—¿Y la esposa?

—Hace casi dos semanas que no la he visto. No he vuelto a verla desde que ese hombre empezó a beber. Ni a ella, ni al perro.

—¿El perro?

—Ella tenía un perrito blanco. Tampoco he visto al perro.

Mrs. Grant hizo una breve pausa. Sus dedos trazaron un pequeño dibujo sobre el cubrecama, y luego continuó:

—Un par de veces, desde la ventana, cuando ellos estaban en el patio trasero, él trabajando con la azada o con la cortadora de césped, y ella sentada en la mecedora, supervisando… una o dos veces, cuando ella no le miraba, vi a ese hombre mirar a su esposa…

—¿Sí?

Mrs. Grant tenía ahora los ojos muy abiertos y relucientes.

—Ese hombre aborrecía a su esposa, jefe Brandon. La odiaba. Puedo afirmarlo… por la expresión de su rostro.

Al cabo de unos instantes, el jefe dijo:

—Mencionó usted algo acerca de la pasada noche. ¿Sucedió algo especial?

—Anoche me desperté alrededor de las once. Había luna, como usted recordará. Ignoro lo que me despertó: algún ruido, o algo por el estilo. Me acerqué a la ventana y vi a Mr. Colfax en la parte trasera del patio, junto al macizo de flores. Tenía una pala en las manos.

»Permaneció allí de pie un largo rato, apoyado en la pala. Luego la hundió en el suelo y removió un poco la tierra. Después se quedó otro rato allí, de pie. Y finalmente volvió a entrar en la casa.

Mrs. Grant se puso en pie y se acercó a la ventana.

—Se pasa el día sentado ahí, con su bebida. Mirando hacia el macizo de flores.

Volvió a sentarse en el lecho y su cuerpo pareció derrumbarse. Sus dedos dibujaron de nuevo unas rayas en el cubrecama.

Brandon se puso en pie y miró al hombre sentado en la mecedora. Mientras le contemplaba, la mano del hombre cogió el vaso que tenía junto a él y lo alzó hasta sus labios.

El jefe dijo:

—Es posible que hayan sostenido alguna discusión. Tal vez la esposa se ha marchado por una temporada.

—Desde luego.

—A visitar a algún pariente —dijo el jefe—. Unas vacaciones, un viaje de compras… algo por el estilo. —Suspiró y se apartó de la ventana—. Hace ocho años, hubo un homicidio en Lindenville. Mataron a un hombre de un botellazo, en el barrio donde viven los ferroviarios… No estoy acostumbrado a investigar delitos graves.

Se frotó pensativamente la barbilla. Luego dijo, con cierta animación en la voz:

—No hay necesidad de precipitarse. No podemos suponer nada, todavía. Haré algunas indagaciones, sin llamar la atención. Lo más probable es que todo sea completamente normal. Al fin y al cabo, esto es Lindenville.

Mrs. Grant le acompañó hasta la puerta. Antes de marcharse, Brandon dijo:

—No diga nada a nadie, desde luego. Ya la tendré al corriente de lo que haya.

Mrs. Grant le contempló mientras se alejaba en su automóvil. Luego cerró la puerta. Temblaba de pies a cabeza. Al mismo tiempo, se sentía inundada por una profunda sensación de alivio. Lo había hecho. No se debe esperar pasivamente, y dejar que las cosas ocurran como tienen que ocurrir. Hay que actuar. Acertada o equivocadamente, hay que actuar.

Ahora el asunto ya no dependía de ella. Pasara lo que pasara, ella había hecho lo que creía que tenía obligación de hacer.

Brandon efectuó algunas investigaciones. Fue discreto. Indagó en la oficina de crédito local, en el banco, en la agencia de seguros. Se enteró de que George Colfax era un hombre de buena posición económica, jubilado, antiguo propietario de una casa de pisos en otra ciudad. Hacía siete años que residía en Lindenville. Él y su esposa estaban asegurados en una suma que no se salía de lo corriente. Era un hombre tranquilo, y no pertenecía a ningún club ni organización de la localidad. Su esposa, en cambio, era miembro del Círculo Literario, de una asociación de jardinería y de varios clubs femeninos.

Brandon se enteró de que Ella Colfax no había asistido a la reunión de la asociación de jardinería en las dos últimas semanas, y que el miércoles anterior tenía que haber presentado un informe en el Círculo Literario; pero no se había presentado, ni había llamado por teléfono ofreciendo alguna disculpa.

El presidente del Círculo le dijo a Brandon:

—Telefoneé a su marido. Dijo que su esposa estaba ausente, que había ido a visitar a alguien.

—¿Dijo adónde había ido?

—No. Ni yo se lo pregunté. Me dio la impresión de que estaba… bueno, de que estaba enfermo.

—¿Y no ha sabido nada de Mrs. Colfax desde entonces?

—No.

Nadie, al parecer, había sabido nada de ella desde entonces.

Habló con algunas personas que estaban relacionadas con Mrs. Colfax a través de los clubs. Llegó a la conclusión de que se trataba de una mujer obstinada y poco simpática. Orgullosa de su inteligencia, que en realidad no era nada del otro jueves. Muy encariñada con su perro, el cual se llamaba Mitzi. Puntual en las reuniones, ordenada en sus cosas. En definitiva, lo más alejado del tipo de mujer que desaparece repentinamente sin decir palabra.

Brandon montó en su automóvil y se dirigió a la casa de los Colfax. Estaba francamente preocupado. Se daba cuenta de que tendría que andar con pies de plomo. Una riña en una taberna era una cosa, pero en este caso había mezcladas personas que tenían dinero y posición. Un paso en falso, una deducción equivocada, y su plácida existencia tendría un desastroso final.

Aparcó delante de la casa y tocó el timbre.

Eran las tres de la tarde.

Esperó un poco, volvió a llamar, y entonces oyó una puerta que se cerraba de golpe en el interior de la casa y ruido de pasos. La puerta se abrió cosa de un pie, y por la abertura asomó la abotargada cara de George Colfax, que miró a Brandon con ojos legañosos. Apestaba a whisky.

—¿Mr. Colfax?

—¿Qué desea?

El jefe mostró su insignia.

—Soy el jefe de Policía. —Contempló el rostro de Colfax, el cual miró fijamente la insignia y se mordió el labio inferior—. Ha ocurrido un accidente —continuó el jefe—. Lo estoy investigando. ¿Está su esposa en casa?

—¿Mi esposa?

—Existe la posibilidad de que haya sido testigo del accidente en cuestión. —La voz del jefe era tan blanda como la mantequilla—. Cerca del lugar donde ocurrió fue vista una mujer que paseaba con un perrito blanco. Alguien pensó que podía tratarse de Mrs. Colfax. ¿Está en casa?

—No.

—Bueno… ¿Cuándo estará?

Colfax se frotó la barbilla con la mano. Era una mano delgada, pecosa, pero daba la impresión de ser también nervuda; y el propio Mr. Colfax, a pesar de su aspecto de hombre maduro, producía asimismo la impresión de que era fuerte. Lo suficientemente fuerte como para… Brandon le miró súbitamente a los ojos, y vio en ellos algo muy parecido al temor.

—Mi esposa se ha tomado unas pequeñas vacaciones. Se marchó hace un par de semanas. De modo que no puede ser la mujer que usted busca.

Empezó a cerrar la puerta.

El jefe agarró el pomo y se apresuró a decir:

—¿Dónde está ahora su esposa? Se trata de una comprobación rutinaria, ¿comprende?

Sacó un cuaderno de notas. Colfax miró el cuaderno. Hizo una mueca que quería ser una sonrisa.

—Ignoro su dirección. Está en algún hotel. En Chicago. Quedó en escribirme y mandarme las señas.

—¿Lo ha hecho?

—¿Qué? No, todavía no.

—¿Y hace dos semanas que se marchó?

—En efecto. Casi dos semanas.

—¿Y el perro? —preguntó Brandon—. ¿Se llevó el perro?

—¿El perro? Sí, ella… Sí.

—Bien, cuando le escriba, haga el favor de comunicármelo. Es muy importante.

Colfax murmuró su asentimiento y cerró la puerta.

El jefe subió a su automóvil. Dio la vuelta a la manzana. Aparcó delante de la casa del juez Groler, fuera de la vista de las ventanas del hogar de Mr. Colfax. Subió los escalones de piedra y tocó el timbre.

Mientras subían la escalera en dirección al dormitorio de Mrs. Grant, Brandon dijo:

—Mrs. Colfax está nervioso y muy asustado. Se está saturando de alcohol. Eché una mirada al interior de la casa, por encima de su hombro, y el salón parece una pocilga: botellas, vasos, colillas, platos sucios… Olía a demonios.

Se acercó a la ventana del dormitorio. Colfax salió por la puerta trasera, con un vaso en la mano, cruzó el patio y se dejó caer en su mecedora.

Brandon dijo:

—¿Podemos venir aquí esta noche?

—¿Podemos?

—Me refiero a un par de mis hombres. Vigilaré el patio. Tal vez Mr. Colfax vuelva a salir con su pala.

—¿Con su pala? —preguntó Mrs. Grant.

—Tal vez —dijo Brandon.

Eran las once de la noche. Estaban sentados en el oscuro dormitorio: el jefe Brandon y dos de sus hombres. En el automóvil que habían aparcado silenciosamente cerca de la casa había palas. El jefe estaba sentado en una silla adosada a la ventana. Uno de sus hombres estaba sentado a los pies de la cama. El otro estaba sentado algo más lejos y fumaba un cigarrillo.

La luz de la luna iluminaba el patio de la casa contigua, y las latas y botellas vacías brillaban sobre el césped.

Mrs. Grant abrió la puerta, la cerró detrás de ella y se acercó a los hombres con una cafetera y tres tazas sobre una bandeja. Su rostro era una mancha blanca en la oscura habitación.

El hombre sentado en la cama dijo:

—Tal vez esta noche no salga.

El jefe gruñó. Bebió café y continuó mirando al patio.

Mrs. Grant salió de la habitación, se dirigió a la cocina y dejó la bandeja sobre una mesa. Sus delgadas manos temblaban ligeramente. Encendió un cigarrillo y dio una larga chupada.

A continuación se dirigió al saloncito y se contempló en el espejo que colgaba encima de la chimenea. Tenía los ojos brillantes. Se los frotó con las manos, como si quisiera borrar aquel brillo, y suspiró profundamente. Estaba asustada. Había empezado algo porque consideró que tenía la obligación de hacerlo… y ahora se preguntaba cómo iba a terminar.

En la casa contigua, Mr. Colfax estaba sentado ante la mesa de su cocina, y de cuando en cuando bebía un sorbo de café de la taza que tenía delante. Llevaba una chaqueta de cuero y un viejo sombrero de fieltro. Sus ojos parecían relucientes cuentas de vidrio en su abotargado rostro.

Miró el reloj que estaba encima del fregadero: las manecillas señalaban las once y media. Mr. Colfax suspiró, se bebió el café que quedaba en la taza y se puso en pie. Abrió una puerta lateral de la cocina y entró en el garaje. Cogió una pala que estaba apoyada contra la pared. Abrió la puerta trasera del garaje y cruzó el patio, dirigiéndose al macizo de flores pegado a la valla.

Desde la ventana del dormitorio de la casa de Mrs. Grant le vieron cavar.

Mrs. Grant dijo:

—Eso fue lo que hizo anoche.

El jefe dijo:

—Será mejor que bajemos ahora.

Salieron de la habitación, el jefe y sus dos hombres. Mrs. Grant se quedó junto a la ventana.

Súbitamente, aparecieron en el patio los tres policías. Colfax les vio acercarse con la boca abierta por el asombro. Mrs. Grant vio que el jefe hablaba brevemente con él. Colfax parecía estar muy aturdido. Soltó la pala, se llevó las manos a las caderas y luego las extendió, gesticulando, discutiendo.

Finalmente, se apartó a un lado y su largo cuerpo pareció colgar inanemente de sus caídos hombros mientras los dos policías empezaban a manejar sus palas, cavando en la blanda tierra.

Colfax dijo:

—Ha sido esa bruja de la casa de al lado, ¿no es cierto?

El jefe dijo:

—Hemos recibido una denuncia.

—¿Una denuncia de qué?

—Queremos comprobar por qué sale usted a cavar de noche.

—¿No es mi propio patio? —inquirió Colfax, con una risa sarcástica—. ¿Acaso un hombre no tiene derecho a cavar en su propio patio?

Miró a los dos hombres que ahora cavaban más lentamente. A su lado había dos montones de húmeda tierra negra.

Colfax gruñó:

—¿Qué es lo que buscan? ¿Petróleo?

Uno de los agentes profirió una exclamación. Su pala empezó a moverse con más rapidez. Su compañero le imitó. El jefe se acercó al agujero. Colfax no se movió. Luego se arrodilló en el suelo, sentándose sobre sus talones, con un cigarrillo en los labios.

Apareció el objeto, blanco sucio a la luz de la luna, y los hombres cavaron con cuidado a su alrededor. Luego, uno de ellos lo alzó y lo depositó sobre la hierba. Allí quedó, como un frágil tesoro. Se reunieron en torno de él.

Colfax se quedó donde estaba, chupando su cigarrillo, mirándoles con ojos que brillaban como cuentas de cristal.

—Le han aplastado la cabeza —dijo el hombre que lo había encontrado—. Parece que lo han hecho con una pala…

El jefe se acercó a Colfax.

Colfax no levantó la mirada.

—Fue un acto odioso —dijo. Hablaba con voz enronquecida—. No tenía nada contra el perro. Pero estaba furioso… El perro era de ella. Y quise herirla a ella matando al perro.

—¿Únicamente al perro?

—¿Qué? —Colfax levantó los ojos hacia el jefe—. ¡Dios mío! —susurró—. ¿Estaba usted buscándola a ella?

El jefe gruñó:

—Todavía no la he encontrado.

Agitó una mano en dirección a los dos hombres, y estos reanudaron su tarea.

Colfax dijo:

—¿Quiere usted decir que ella —y señaló con su barbilla la casa contigua— le ha metido a usted en esto? ¿Que ella le dijo que yo podía haber… asesinado a Ellie?

Sacudió la cabeza y empezó a reír blandamente.

—¡Esa maldita bruja! —exclamó—. Espiándonos continuamente desde la ventana del piso…

Brandon le interrumpió secamente:

—Pero usted no puede decirme dónde está su esposa.

—No. Ellie me abandonó. Dijo que no podía soportarlo más… que no podía continuar viviendo con un hombre como yo. Todos mis ruegos fueron inútiles… ¿Pudo haberse vuelto un poco… loca? ¿Pudo sucederle eso, a su edad?

—No lo sé.

—¿Cómo podía saber que no era feliz? Cogió unos cuantos vestidos, sus joyas, algún dinero que yo tenía…

—¿Cuánto?

—Unos dos mil dólares. ¡Dios mío! El dinero era de los dos, de los dos… Nunca fue un problema para nosotros. Siempre he guardado bastante dinero en un cajón…

El jefe le contemplaba con el ceño fruncido.

—Treinta años de matrimonio —murmuró Colfax—. Treinta años, y, repentinamente… —Chasqueó sus dedos—. Se acabó. ¿Qué voy a hacer ahora? Completamente solo…

Brandon dijo:

—Seguiremos cavando.

Colfax sacudió la cabeza.

—Esa maldita bruja… Éramos felices: yo creía que éramos felices. ¿Por qué tenía que hacerle daño? ¿Por qué cree alguien que pude hacerle daño a Ellie?

Brandon no respondió. Se volvió a mirar a los hombres que cavaban. Pero miró también, de soslayo, hacia la ventana del dormitorio donde sabía que se encontraba Mrs. Grant, espiando.

Brandon se limpió la tierra de los zapatos antes de llamar. Cuando Mrs. Grant abrió la puerta, entró en el vestíbulo.

—No voy a sentarme —dijo—. Solo he venido a decirle… ¿Vio usted lo que sacábamos del hoyo?

—¿El perro?

—Sí. Todo este jaleo… por un perro muerto. Debí suponerlo…

—¿Por qué? ¿Por qué debió suponerlo?

—Porque esto es Lindenville. Y en Lindenville no suceden cosas como esa.

—¿De modo que ha creído usted lo que le ha dicho ese hombre? ¿Que su esposa se marchó?

—Desde luego. He examinado minuciosamente la casa, el garaje… todo. Las joyas de Mrs. Colfax han desaparecido, lo mismo que sus objetos personales, sus maletas… Mrs. Colfax se ha marchado.

—¿Adónde?

—No lo sé —respondió Brandon—. El mundo es muy grande.

—Entonces, ¿por qué le mintió ese hombre esta tarde?

—Estaba avergonzado. No quería que se supiera que su esposa le había abandonado. Todavía espera que regrese. Cuando se le acabe el dinero.

Mrs. Grant se apartó de Brandon. Tenía los labios fuertemente apretados. Sacudió la cabeza.

—No encaja con su carácter —dijo.

—¿Qué es lo que sabe usted de su carácter?

—¿Por qué ha dejado el perro?

—Ha dejado algo más que un perro: su hogar, su marido… Ha querido romper con todo.

—No…

—Son cosas que suceden —dijo Brandon—. Siempre son una sorpresa. Pero suceden.

Mrs. Grant fue a decir algo. Pero Brandon la interrumpió bruscamente.

—Me he portado como un tonto, Mrs. Grant, y he invadido un hogar. Puedo considerarme afortunado si Mr. Colfax no presenta una demanda contra mí. Dijo que no lo haría, que incluso volvería a llenar el hoyo de tierra… que esto le ayudaría a distraerse. Se ha portado muy bien. Va a olvidar el asunto. Y eso es también lo que voy a hacer yo: olvidar el asunto.

—¿Y si estuviera usted equivocado?

—Tráigame usted alguna prueba, alguna evidencia, y actuaré. Hasta entonces…

Sacudió la cabeza.

Mrs. Grant abrió la puerta.

—Ha hablado usted muy claro, desde luego —dijo, en tono helado—. Buenas noches, jefe Brandon.

Antes de cruzar el umbral, Brandon se volvió hacia la dueña de la casa.

—Creo que sería preferible que no pasara usted tanto tiempo pegada a esa ventana de su dormitorio, Mrs. Grant.

Mrs. Grant permaneció junto a la puerta hasta que oyó apagarse en la distancia el rugido del motor del automóvil del jefe de Policía. Entonces sacudió la cabeza, suspiró y se llevó la mano a la frente. Se sentía agotada.

Subió a su dormitorio. Se quitó los zapatos y abrió la puerta del armario. Apartó las ropas a un lado y sacó un par de zapatillas de tenis, sin dedicar una sola mirada a las dos lujosas maletas que reposaban en el fondo del armario. Se sentó en la cama y se puso las zapatillas.

Se acercó al teléfono que había sobre la mesilla de noche, descolgó el receptor y marcó un número. Cuando oyó sonar el timbre por tercera vez, volvió a colgar. Bajó la escalera, cruzó la cocina y salió al patio trasero.

En el centro del patio había un árbol. El resto estaba cubierto de maleza, excepto en una pequeña zona cerca del árbol, cubierta de ramas y de hojas muertas.

Mrs. Grant esperó junto al árbol. Al cabo de unos instantes George Colfax apareció por encima de la valla que separaba los dos patios, con su pala. Se acercó a Mrs. Grant y la abrazó, murmurando algo.

—¡Ahora, no! —dijo Mrs. Grant.

George Colfax asintió y empezaron a trabajar. Apartaron las ramas y las hojas muertas, y Colfax hundió su pala en la blanda tierra. Al cabo de unos instantes apareció el cadáver, envuelto en un gran trozo de arpillera.

Lo encaramaron por encima de la valla y lo dejaron caer en el patio contiguo. Esta vez resultó más fácil: el cadáver estaba completamente rígido y era más manejable que quince días antes, cuando lo encaramaron por encima de la valla, pero a la inversa.

Mrs. Grant trepó por la valla, procurando no dejar huellas en las tablas; luego trepó Colfax. Medio transportaron, medio arrastraron el cadáver hasta el hoyo, dejándolo caer en él. Trabajaron a la luz de la luna, cubriéndolo de tierra.

Finalmente, la tarea quedó terminada.

—Hemos corrido un gran riesgo —dijo Colfax.

—Hay que correr algún riesgo —dijo Mrs. Grant.

—Parecía una locura —dijo Colfax—. Y sigue pareciendo una locura. No puedo creer que haya terminado.

Mrs. Grant sonrió levemente.

—Tranquilízate, querido —dijo—. Todo ha terminado.

Y volvieron a abrazarse, apasionadamente.

EL HOMBRE DE NUEVE A CINCO

Stanley Ellin

E

L despertador sonó a las 7:20 de la mañana, exactamente, como todos los días laborables de la semana. Sin abrir los ojos, Mr. Keesler alargó una mano y lo paró. Su esposa estaba ya preparando el desayuno —Mrs. Keesler se jactaba siempre de no necesitar el despertador para levantarse—, y un olor a tocino frito invadió el dormitorio. Mr. Keesler lo saboreó unos instantes, tendido en la cama con los ojos cerrados, y luego se incorporó y se sentó en el borde del lecho. Sus gafas estaban en la mesilla de noche, junto al despertador. Se las puso y parpadeó a la luz matinal, bostezó, se rascó la cabeza con placer y tanteó el suelo con los pies en busca de sus zapatillas.

El placer se trocó en blanda irritación. Una de las zapatillas no estaba allí. Mr. Keesler se arrodilló, pasó la mano por debajo de la cama, y finalmente encontró la zapatilla. Se puso en pie, resoplando ligeramente, y se dirigió al cuarto de baño. Después de enjabonarse la cara descubrió que la hoja de afeitar no cortaba, e inmediatamente después recordó que el día anterior se había olvidado de comprar un paquete de hojas. Invirtiendo unos minutos más que de costumbre consiguió obtener un aceptable, aunque penoso, afeitado de la hoja vieja. Luego se lavó la cara, cepilló cuidadosamente sus dientes y se peinó. Le gustaba decir que se conservaba bastante bien, puesto que aún tenía dientes que cepillar y pelo que peinar.

De nuevo en el dormitorio, oyó la voz de Mrs. Keesler en la planta baja.

—El desayuno, querido —gritó Mrs. Keesler—. Está en la mesa.

Mr. Keesler sabía que no estaba en la mesa; su esposa empezaría a poner la mesa cuando él entrara en la cocina. Ella era así, siempre utilizando pequeños trucos para conseguir que la casa marchara como es debido. Pero era una gran mujer, desde luego. Mr. Keesler asintió sobriamente a esta última reflexión mientras se anudaba la corbata ante el espejo del armario. Era un hombre afortunado al tener una esposa como la suya. Una excelente esposa, una madre excelente… Tal vez demasiado apegada a sus parientes, pero una gran mujer, de todos modos.

El fastidioso tema de los parientes salió a relucir durante el desayuno.

—Joe y Betty nos esperan esta noche, querido —dijo Mrs. Keesler—. Betty me llamó ayer para decírmelo. ¿Puedo llamarla para decirle que iremos?

—De acuerdo —dijo Mr. Keesler afablemente. Sabía que aquella noche no había ningún programa bueno en la televisión.

—Entonces, ¿te acordarás de recoger tu traje en casa del sastre cuando regreses a casa?

—¿Para ir a casa de Joe? —dijo Mr. Keesler—. Son mis cuñados…

—No importa, me gusta que tengas buen aspecto cuando vamos allí. De modo que no lo olvides. —Mrs. Keesler vaciló—. Estará también Albert.

—Naturalmente. Vive allí.

—Lo sé, pero últimamente apenas le has visto. Al fin y al cabo, es nuestro sobrino. Y da la casualidad de que es un muchacho encantador.

—De acuerdo, es un muchacho encantador —convino mister Keesler—. ¿Qué es lo que quiere de mí?

Mrs. Keesler enrojeció.

—Verás, le resulta muy difícil conseguir un empleo…

—No —dijo Mr. Keesler—. Rotundamente, no. —Soltó su cuchillo y su tenedor y miró a su esposa con aire enojado—. Sabes perfectamente que el negocio de novedades apenas nos da para vivir. Solo faltaría que aceptara en él a un holgazán…

—Lo siento mucho, querido —dijo Mrs. Keesler—. No creí que te lo tomaras de ese modo… —Apoyó una mano sobre la de su marido—. ¿Y por qué dices que apenas nos da para vivir? Tal vez no tengamos lo que tienen otros, pero no carecemos de nada. Tenemos una casa muy bonita, dos hijos muy guapos y estudiando… ¿Qué más podemos desear? De modo que no digas eso. Y date prisa, si no quieres llegar tarde.

Mr. Keesler sacudió la cabeza.

—Eres una boba —dijo—. Si no dejaras que Betty te hablara de esas cosas…

—No empecemos de nuevo, querido. Vas a llegar tarde a la oficina.

En el recibidor, Mrs. Keesler ayudó a su marido a ponerse la americana.

—¿Vas a llevarte el automóvil hoy? —preguntó.

—No.

—Entonces, lo utilizaré para ir de compras. Pero no te olvides del traje. Es el sastre que tiene la tienda al lado mismo de la estación del Metro… —Mrs. Keesler sopló una mota en el cuello de la americana de su marido—. Y no vuelvas a decir que apenas ganas para vivir. No carecemos de nada.

Mr. Keesler salió de la casa por la puerta lateral. Era una modesta casa de madera en el sector Fiatbush de Brooklyn, y como la mayoría de las otras de la manzana tenía un pequeño garaje en la parte trasera. Mr. Keesler abrió la puerta del garaje y entró en él. El automóvil ocupaba casi todo el espacio existente, pero habían encontrado sitio también para un montón de herramientas, envases metálicos, pinceles y un par de sillas de enea que habían sido parcialmente pintadas.

El automóvil era un Chevrolet que tenía cuatro años, casi sin usar, y la tapa del portaequipajes iba muy fuerte. Finalmente, Mr. Keesler consiguió abrirla y sacó su maletín de muestras, gruñendo por lo mucho que pesaba. Al marcharse no cerró la puerta del garaje, puesto que él tenía la única llave, y sabía que Mrs. Keesler quería utilizar el auto.

Hasta la estación del Metro de Beverly Road había dos manzanas. En el quiosco de la estación, Mr. Keesler compró el New York Times, y cuando llegó el tren procuró instalarse junto a la puerta del extremo posterior del vagón. En aquella hora punta no había posibilidad de ocupar un asiento, pero su larga experiencia le había enseñado a Mr. Keesler a viajar con los menores inconvenientes posibles. Apoyando la espalda contra la puerta y sosteniendo entre las piernas el maletín de muestras, podía leer su periódico hasta que, al llegar a la calle Catorce, la presión de los cuerpos contra él le impedía volver las páginas.

En la calle Cuarenta y Dos consiguió salir del vagón utilizando el maletín de muestras como un ariete. Cruzó la plataforma y subió a otro tren que le condujo hasta Columbus Circle. Cuando subía las escaleras de la estación consultó su reloj de pulsera y vio que faltaban cinco minutos para las nueve.

La oficina de Mr. Keesler se encontraba situada en el edificio más pequeño y más feo de Columbus Circle. Su aspecto resultaba todavía más pequeño y más feo debido a que estaba flanqueado por dos edificios imponentes: el nuevo Coliseum y un gran hotel. Tenía un solo ascensor traqueteante para el servicio de los inquilinos, y un viejo llamado Eddie al cuidado del ascensor.

Cuando Mr. Keesler entró en el edificio, Eddie le tenía preparado ya el correo para entregárselo. El correo se componía de un gran fajo de cartas atadas con un cordel, y media docena de cajitas de muestras. Mr. Keesler consiguió sujetarlo todo debajo de un brazo, y Eddie comentó:

—Un buen montón, como siempre. A ver si hay algún buen negocio entre ellas.

—Ojalá —dijo Mr. Keesler.

Otro inquilino recogió su correo y entró en el ascensor detrás de Mr. Keesler.

—Bueno —dijo, mirando la carga que Mr. Keesler llevaba debajo del brazo—, resulta agradable ver que a alguien de este edificio le marchan bien los negocios.

—Sí, hay muchos pedidos —dijo Mr. Keesler—. Pero, a la hora de pagar, ¿dónde están los clientes?

—Así van las cosas —dijo Eddie.

Mr. Keesler se apeó del ascensor en el tercer piso. Su oficina se encontraba en el Despacho 301, al final del pasillo, y en su puerta había pintadas las palabras NOVEDADES KEESLER. Debajo, en letras más pequeñas, podía leerse la frase: «Todo para el comercio».

La oficina era una habitación con una ventana que daba al Central Park. Contra una de las paredes había un antiguo escritorio de cierre enrollable que el padre de Mr. Keesler compró cuando empezó el negocio de novedades, hacía muchísimos años, y delante de él veíase un cómodo sillón giratorio, con un almohadón de espuma de goma en el asiento. En la pared opuesta había otra mesa, y sobre ella una anticuada máquina de escribir «L. C. Smith», un teléfono, varias guías telefónicas y un montón de revistas. Otro montón de revistas reposaba encima de un gran mueble-fichero en un rincón de la habitación. Debajo de la ventana había una mecedora que Mr. Keesler le compró a Eddie por cinco dólares, y junto al escritorio había un cesto para los papeles y un perchero de madera adquiridos igualmente a Eddie por cincuenta centavos. Los inquilinos que se mudaban encontraban a veces más barato abandonar los muebles usados que pagar su transporte, y Eddie hacía un pequeño negocio vendiendo aquellos artículos por lo que le ofrecían por ellos.

Mr. Keesler cerró la puerta de la oficina detrás de él. Con un suspiro de alivio dejó el maletín de muestras en un rincón, empujó hacia arriba la persiana del escritorio y dejó caer su correo y el ejemplar del New York Times encima de la mesa. Luego colgó su sombrero y su americana en la percha, revisando cuidadosamente los bolsillos de la americana para asegurarse de que no había olvidado nada en ellos.

A continuación se sentó delante del escritorio, quitó el cordel que ataba las cartas y repasó todos los sobres, comprobando sus remitentes. Dos de las cartas eran de bancos. Mr. Keesler abrió un cajón del escritorio, sacó un cuaderno y anotó las cifras en él. Luego rompió los recibos a pedacitos y los tiró al cesto de los papeles.

Los sobres más pequeños siguieron el mismo camino. Luego, Mr. Keesler abrió los sobres de mayor tamaño, extrajo su contenido —folletos y catálogos— y lo colocó sobre el escritorio. Cuando hubo terminado, tenía un buen montón de folletos y de catálogos delante de él. Los cogió y los introdujo en uno de los cajones del mueble-fichero.

Inmediatamente dedicó su atención a las cajitas de muestras, abriéndolas y sacando diversos artículos: amuletos, una moneda-recuerdo, un llavero de plástico, varios paquetes de sellos extranjeros y una pequeña bolsa de celofán que contenía una galleta de chocolate. Mr. Keesler tiró las cajas vacías al cesto de los papeles, se comió la galleta y empujó los otros artículos hacia el fondo del escritorio. La galleta era demasiado dulce para su gusto, pero no estaba mal.

En el cajón central del escritorio había un par de tijeras, una caja de sobres y una caja de sellos de correo. Mr. Keesler lo sacó todo del cajón y fue a colocarlo en la otra mesa, junto a la máquina de escribir. Llevó el sillón giratorio hasta la mesa, se sentó y abrió el listín telefónico por la página de los dentistas. Recorrió con el dedo una larga lista de nombres. Luego cogió el teléfono y marcó un número.

—Despacho del doctor Glover —dijo una voz de mujer.

—Se trata de un caso urgente —dijo Mr. Keesler—. ¿Puede darme hora para esta tarde? Estoy muy cerca del consultorio. Y me duele mucho una muela.

—¿Es usted paciente del doctor Glover?

—No, pero he pensado…

—Lo siento, pero el doctor tiene comprometida toda la tarde. Si quiere llamar mañana…

—No, no importa —dijo Mr. Keesler—. Buscaré otro dentista.

Su dedo volvió a recorrer la lista de nombres y marcó otro número.

—Consultorio del doctor Gordon —dijo también una voz femenina, pero mucho más juvenil y agradable que la anterior—. ¿Diga?

—Mire —dijo Mr. Keesler—. Me duele mucho una muela, y desearía que el doctor Gordon me concediera hora para esta misma tarde. Estoy muy cerca del consultorio. Puedo ir a la hora que prefiera el doctor. ¿Podría ser a eso de las dos?

—Imposible. El doctor Gordon tiene comprometida ya esa hora. Pero hay una visita anulada para las tres. ¿Le conviene a esa hora?

—Desde luego. Mi nombre es Keesler. —Mr. Keesler deletreó cuidadosamente el apellido—. Muchas gracias, señorita. Estaré ahí a las tres en punto.

Apretó la palanca del teléfono, la soltó y marcó otro número.

—¿Está Mr. Hummel? —dijo—. Bien. Dígale que se trata del envío que está esperando para esta tarde.

Al cabo de unos instantes oyó la voz de Mr. Hummel.

—¿Sí?

—¿Sabe usted quién soy? —preguntó Mr. Keesler.

—Desde luego.

—Bien —dijo Mr. Keesler—. Entonces, nos veremos a las cuatro, en vez de a las tres. ¿Comprende?

—Entendido —dijo Mr. Hummel.

Mr. Keesler no continuó la conversación. Colgó el teléfono, apartó a un lado el listín y cogió una revista del montón que había sobre la mesa. Las últimas páginas de la revista estaban llenas de anuncios ofreciendo gratuitamente regalos, muestras y catálogos. Envíe este cupón por correo —decían la mayoría de ellos— y le enviaremos, completamente gratis…

Mr. Keesler estudió aquellos ofrecimientos, escogió diez, recortó los cupones con las tijeras y los rellenó a máquina. Escribía lentamente, utilizando solo dos dedos. Luego escribió la dirección en diez sobres, introdujo los cupones en ellos y los franqueó.

Mr. Keesler consultó su reloj: eran las 10:25, y lo único a que tenía que atender ahora era al New York Times.

A las doce, Mr. Keesler, cómodamente sentado en la mecedora, había terminado de leer el Times. Sin embargo, había omitido las cotizaciones de Bolsa, como de costumbre. En 1929, todo el capital de su padre se había perdido en el crack de la Bolsa, y desde entonces Mr. Keesler experimentaba una fría y cínica antipatía hacia las acciones, los bonos, y todo lo que se relacionara con ellos. Cuando hablaba con la gente del asunto, solía bromear: «Me gusta saber que mi dinero es dinero contante y sonante». Pero en su interior albergaba un profundo resentimiento por las consecuencias que el desastre le había acarreado a su padre. Había querido mucho a su padre, un hombre bueno y trabajador, muy apreciado por todos los que le conocían, y nunca olvidaría lo que la Bolsa hizo con él.

Mediodía era la hora del almuerzo para Mr. Keesler, y para casi todos los otros inquilinos del inmueble. Llevando su correo, bajó la escalera sabiendo que a aquella hora sobrecargada de trabajo le tenía más cuenta bajar a pie que esperar a que Eddie le recogiera en el ascensor. Dejó caer las cartas en un buzón del vestíbulo y sacudió la tapadera un par de veces para asegurarse de que caían dentro.

En la Octava Avenida, cerca de la calle 58, había una cafetería donde servían buena comida a precios razonables, y Mr. Keesler pidió un bocadillo de queso, pastel de manzana y café. Antes de marcharse pidió que le envolvieran un buñuelo de canela en papel parafinado y lo introdujo en una bolsa de papel de embalar que había traído consigo.

Balanceando la bolsa en la mano mientras andaba, mister Keesler entró en una droguería y compró un rollo de venda de gasa de dos pulgadas de anchura. Al salir de la tienda quitó disimuladamente el papel que envolvía la venda y lo tiró, introduciendo después la venda en la bolsa que contenía el buñuelo de canela.

Repitió la maniobra en una droguería de la manzana siguiente, y luego seis veces más en otras tiendas a lo largo de la Octava Avenida. Cada vez pagaba el importe exacto de la venda, tiraba el envoltorio e introducía la venda en su bolsa de papel. Cuando tuvo ocho rollos de venda en la bolsa, dio media vuelta y regresó a su oficina. Mientras cruzaba el vestíbulo consultó su reloj: era la una en punto.

Eddie estaba esperando junto al ascensor, y al ver la bolsa de papel sonrió y dijo, como siempre:

—¿De qué se trata, esta vez?

—Buñuelos de canela —dijo Mr. Keesler—. Tome uno.

Sacó el buñuelo de canela envuelto en su papel parafinado y Eddie lo aceptó.

—Gracias —dijo.

—No vale la pena —dijo Mr. Keesler—. Creo que he comprado demasiados. No sé si podré comérmelos todos…

Al llegar al tercer piso le pidió a Eddie que no hiciera bajar el ascensor.

—Es solo un momento —dijo—. El tiempo de recoger mi maletín de muestras. Tengo que ir a visitar a algunos clientes.

Una vez en la oficina, colocó el maletín de muestras sobre el escritorio, introdujo en él los rollos de venda y tiró al cesto la bolsa de papel, cogió el maletín y se dirigió al ascensor.

—Este condenado maletín pesa cada día más —le dijo a Eddie mientras bajaba el ascensor.

Eddie dijo:

—Sí, suele pasar eso. Nos vamos haciendo viejos.

Una manzana más allá de Columbus Circle, Mr. Keesler tomó el Metro hasta East Broadway, no lejos del puente de Manhattan. Cruzó la plaza Straus, se adentró en la Water Street y giró a la izquierda. Su punto de destino se encontraba cerca de la Montgomery Street, pero se detuvo antes de llegar allí y echó una mirada a su alrededor.

La vecindad era un barrio de antiguos almacenes, viviendas miserables y solares para edificar. Sin embargo, la calle por la cual estaba interesado Mr. Keesler se componía únicamente de almacenes. Ennegrecidos por el paso de los años, se alineaban como antiguas fortalezas, impregnados de un olor a basura y a agua salada que invitaba a bandadas de palomas y de gaviotas a sobrevolarlos.

Mr. Keesler no prestó la menor atención a las aves, ni a los escasos transeúntes. Portando su maletín de muestras enfiló un pasaje que discurría entre dos almacenes y se dirigió al vasto y vacío solar que se extendía detrás de ellos. Continuó andando hasta llegar a una puerta metálica correspondiente al tercer almacén de la hilera. Utilizando una enorme llave abrió la puerta, entró en el oscuro almacén y volvió a cerrar la puerta detrás de él, asegurándose de que quedaba bien cerrada.

En la pared, cerca de la puerta, había un interruptor. Mister Keesler dejó su maletín en el suelo y se envolvió la mano en un pañuelo. Tanteó la pared con aquella mano hasta que encontró el interruptor, y cuando lo accionó una luz difusa iluminó el recinto. Las ventanas estaban recubiertas de cortinillas metálicas, de modo que la luz no podía ser vista desde el exterior. Mr. Keesler volvió a meterse el pañuelo en el bolsillo y transportó el maletín de muestras a través del amplio almacén hasta la enorme puerta de entrada de mercancías que se abría a la calle.

Junto a la puerta había una larga mesa de madera muy recia, con un tampón y un sello de goma, varios talonarios de recibos y algunos lápices medio gastados. Mr. Keesler volvió a dejar el maletín en el suelo, se quitó la americana, la dobló cuidadosamente y la depositó sobre la mesa, colocando después su sombrero encima de ella. Se inclinó sobre el maletín y lo abrió, sacando diversos objetos: los ocho rollos de venda, un tubo grande de un pegamento llamado Quick-Dry, un trozo de vela de plomero, dos latas llenas de gasolina, seis vasos de papel, dos metros de hilo de pescar, un puñado de trapos cortados a tiras, y un par de guantes de goma con manchas de pintura seca. Lo colocó todo ordenadamente sobre la mesa.

Poniéndose los guantes, cogió el hilo de pescar e hizo varios lazos en él. Colocó un rollo de venda en cada uno de los lazos y tiró fuertemente del hilo. Cuando lo extendió en toda la longitud de sus brazos, pareció una hilera de plomos blancos para pescar.

Las latas de gasolina tenían una pequeña espita y parecían estar herméticamente cerradas. Pero Mr. Keesler sacó la tapa de una de ellas, entera, e introdujo en la lata el hilo de pescar con los rollos de venda, dejando fuera uno de los extremos del hilo. Cuando las apretadas vendas empezaron a empaparse de gasolina, aparecieron unas cuantas burbujas en la superficie de la lata. Mr. Keesler las contempló con aire satisfecho, y luego, cogiendo el tubo de pegamento, dio una vuelta por el almacén inspeccionándolo cuidadosamente.

Vio una ancha y alta armazón de acero montada en el centro, de extremo a extremo, con sus estanterías llenas de envases de cartón, cajas de madera y piezas de tela envueltas en papel. En dos de las paredes del almacén los envases y cajas se amontonaban casi hasta la altura del techo.

Lo examinó todo minuciosamente, frunciendo la nariz ante el desagradable olor a moho que flotaba a su alrededor. Tocó algunos de los envases de cartón, y comprobó que estaban completamente secos.

Después de haberlo inspeccionado todo a su entera satisfacción, se arrodilló en el suelo, en un punto equidistante del armazón de acero y del ángulo de las dos paredes donde se amontonaban las cajas, y esparció un poco de pegamento sobre el entarimado de madera. Contempló cómo se extendía y quedaba fijado, y luego regresó a la mesa.

Del bolsillo de su americana sacó un cortaplumas y un lápiz metálico de forma octogonal, uno de cuyos lados estaba graduado. Consultó su reloj de pulsera, hizo unos breves cálculos y midió un trozo de la vela de plomero con el lápiz. A continuación cortó aquel trozo de vela con el cortaplumas, quitando un poco de cera para que sobresaliera el pábilo. Antes de guardar el cuchillo, limpió la hoja con uno de los trapos que había sobre la mesa.

Cuando examinó la lata que contenía las vendas empapándose de gasolina, no vio ninguna burbuja. Cogió la lata y la llevó al lugar donde había esparcido el pegamento. Levantando el hilo lentamente, de modo que la gasolina no le salpicara, desató uno a uno los rollos de venda húmedos. Soltó unas cuantas pulgadas de seis de las vendas y apretó los extremos de gasa sueltos contra el pegamento, que ahora tenía una consistencia gomosa.

Soltando el resto de la venda mientras andaba, las extendió alrededor de un punto central: tres entre las cajas del armazón, y tres entre las cajas amontonadas a lo largo de las paredes. Estaban perfectamente espaciadas, como los hilos principales de una tela de araña. Para alcanzar los puntos más apartados del almacén, Mr. Keesler anudó las dos vendas que le sobraban a las que habían quedado cortas. El almacén quedó inundado de un intenso olor a gasolina, que vino a añadirse al de moho que ya flotaba en él.

Cuando los extremos de las vendas quedaron fijados entre las cajas, Mr. Keesler se aseguró de que se apoyaban en una caja plana que formaba una especie de pequeña plataforma. Cogió los vasos de papel de la mesa, los llenó de gasolina y los colocó encima del extremo final de las vendas, descansando sobre aquella plataforma.

Cogió de nuevo el tubo de pegamento, y esparció un poco sobre las puntas de las vendas que se unían en el suelo, al cual estaban ya adheridas por la anterior aplicación. Mientras el pegamento se endurecía, Mr. Keesler se acercó de nuevo a la mesa, cogió un puñado de trapos y los introdujo en la lata de gasolina abierta. Cuando los trapos quedaron empapados, los colocó alrededor del pegamento.

Luego cogió el trozo de vela de plomero que había preparado y lo apretó contra el pegamento que estaba endureciéndose. Se aseguró de que quedaba pegada fuertemente, enrolló el hilo de pescar empapado de gasolina alrededor de su base, y acercó un poco más las tiras de trapo. Comprobó que la longitud de vela que sobresalía era la adecuada, y luego se incorporó para contemplar su obra. Todo estaba en orden.

Canturreando en voz baja, Mr. Keesler cogió las dos latas de gasolina y repartió su contenido entre las cajas. Manejaba las latas hábilmente, vertiendo más gasolina en las cajas a las cuales estaban adheridas las vendas. Cuando las latas estuvieron vacías, las secó cuidadosamente con una tira de trapo que había reservado para aquella operación y añadió la tira a las que había colocado alrededor de la vela.

Todo lo que tenía que hacer estaba hecho.

Mr. Keesler volvió a la mesa, cerró fuertemente las latas de gasolina y las introdujo también en el maletín de muestras. Se quitó los guantes de goma y los introdujo también en el maletín, así como el trozo de vela sobrante. Luego cerró el maletín y se puso la americana y el sombrero.

Transportó el maletín hasta un punto situado a unos pies de distancia de la vela pegada al suelo, lo soltó y sacó una caja de cerillas de su bolsillo. Encendió una cerilla y, moviéndose con mucho cuidado, se acercó a la vela, se inclinó sobre ella y la encendió. La llama vaciló y luego tomó consistencia.

Mr. Keesler se incorporó y apagó la cerilla, pero no sacudiéndola ni soplando sobre ella, sino humedeciendo su pulgar y su índice con saliva y aplastando la llamita entre aquellos dos dedos. Dejó caer la cerilla apagada en su bolsillo, se dirigió a la puerta trasera, apagó la luz envolviendo su mano en un pañuelo antes de tocar el interruptor, y abrió la puerta unas pulgadas.

Después de atisbar a uno y otro lado para asegurarse de que nadie le observaba, Mr. Keesler fue a recoger su maletín, cruzó la puerta, la cerró detrás de él y se marchó.

Regresó a su oficina por el mismo camino que había seguido al venir. En el ascensor le dijo a Eddie:

—De repente, me ha entrado un fuerte dolor de muelas. Tengo que ir en seguida al dentista.

Eddie dijo:

—El dolor de muelas es muy fastidioso, ¿verdad?

—Desde luego —asintió Mr. Keesler.

Dejó el maletín de muestras en la oficina, se lavó las manos y la cara en el lavabo situado al final del pasillo, y bajó en el ascensor. El consultorio del dentista se encontraba en la calle 56, cerca de la Séptima Avenida, lo cual significaba un paseo de unos minutos. Cuando Mr. Keesler entró en la sala de espera, el reloj colgado de la pared le indicó que faltaban dos minutos para las tres. Le complació ver que la recepcionista era joven y bonita, y que había escrito correctamente su nombre en su cuaderno de notas.

—Ha sido usted muy puntual —dijo la recepcionista, mientras llenaba una ficha, que entregó a Mr. Keesler—. Cuando entre en el consultorio, entréguele esto al doctor Gordon.

Una vez en el consultorio, Mr. Keesler se quitó las gafas, se las puso en el bolsillo y se sentó en el sillón, retrepándose cómodamente. Le dolían los pies, y aquel descanso le sentaba a maravilla.

—¿Dónde le duele? —inquirió el doctor Gordon.

Mr. Keesler señaló la parte de atrás de su mandíbula derecha inferior.

—Aquí —dijo.

Cerró los ojos y cruzó las manos sobre su vientre, mientras el doctor miraba dentro de su boca abierta y golpeaba sus dientes y muelas con un instrumento puntiagudo.

—No encuentro nada anormal en la superficie —dijo el doctor Gordon—. En realidad, su dentadura presenta un aspecto excelente. ¿Qué edad tiene usted?

—Cincuenta años —respondió Mr. Keesler con orgullo—. Cumpliré cincuenta y uno la semana próxima.

—Ojalá mi dentadura fuera tan buena —dijo el dentista—. Bueno, posiblemente se trata de esa muela del juicio… Pero lo único que puedo hacer, de momento, es ponerle algo que le calme el dolor y mirarla por rayos X. Así sabremos si está cariada por dentro.

—Estupendo —dijo Mr. Keesler.

Salió del consultorio a las 3:30, con un sabor mentolado y dulzón en la boca, y los pies completamente descansados. Se encaminó a la estación del Metro de la calle 57 y tomó un tren hasta Herald Square. De nuevo en la calle, se mezcló entre la multitud que se movía lentamente delante de los escaparates de los Grandes Almacenes R. H. Macy, sin apartar los ojos de los cristales mientras avanzaba.

A las cuatro consultó su reloj.

Cinco minutos después volvió a consultarlo, con aire preocupado.

En aquel momento, en el cristal del escaparate vio un automóvil que se arrimaba a la acera y marchaba lentamente, a su altura. Mr. Keesler se dirigió apresuradamente al vehículo, entró en él, e inmediatamente el coche volvió al centro de la calzada, uniéndose a la corriente del tránsito.

—Se ha retrasado usted, Hummel —le dijo Mr. Keesler al conductor—. ¿Alguna dificultad?

—No —replicó Mr. Hummel nerviosamente—. El fuego empezó alrededor de las tres y media. La policía me ha llamado hace diez minutos para comunicármelo. Me han dicho que todo el edificio está ardiendo. Quieren que vaya inmediatamente.

—La cosa marcha sobre ruedas —dijo Mr. Keesler—. No tiene usted ningún motivo para estar preocupado. Dentro de muy poco tendrá en el bolsillo los sesenta mil dólares del seguro, y se habrá librado de aquella partida de género invendible… ¿Qué más quiere? Es usted un hombre afortunado.

Pero Mr. Hummel no pareció muy convencido.

—Si lo descubren… —murmuró—. ¿Cómo puedo estar seguro de que no lo descubrirán? Si tuviera que ir a la cárcel a mi edad…

No era la primera vez que Mr. Keesler trataba con clientes pesimistas.

—Mire, Hummel —dijo pacientemente—, el primer trabajo que hice fue hace treinta años, para mi propio padre, que en paz descanse, cuando la Bolsa le dejó arruinado. Hasta el día de su muerte creyó que había sido un accidente, nunca supo que era obra mía. Mi esposa ignora lo que hago. Nadie lo sabe. ¿Por qué? Porque soy un experto. El mejor en mi ramo. Cuando hago un trabajo, lo estudio en sus menores detalles, para cubrirme de todo posible riesgo. De modo que no se preocupe. Nadie lo descubrirá.

—¡Pero, en pleno día! —dijo Mr. Hummel—. Podía verle cualquiera… Insisto en que hubiese sido mejor por la noche.

Mr. Keesler sacudió la cabeza.

—Si hubiera sucedido de noche, la Brigada de Incendios y la compañía de seguros se mostrarían más suspicaces. Además, ¿por quién me ha tomado, Hummel? ¿Por un vagabundo que ronda de noche? Soy un hombre «de nueve a cinco». Voy a mi oficina y salgo de mi oficina como cualquier otro. Créame, esa es la mejor protección que existe.

—Es posible —dijo Mr. Hummel, asintiendo pensativamente—. Es posible.

A una docena de manzanas de distancia del almacén divisaron la negra humareda que ascendía hacia el cielo. En la Water Street, tres manzanas antes de llegar a la Montgomery Street, Mr. Keesler apoyó una mano sobre el brazo de mister Hummel.

—Pare aquí —dijo—. Siempre hay policías y agentes de seguros alrededor del edificio vigilando a los curiosos, de modo que es preferible que no sigamos adelante. Desde aquí puede verlo todo perfectamente.

Mr. Hummel contempló el humo que salía del edificio, y las lenguas de fuego ahora visibles, y los coches de los bomberos en la calle, y los bomberos arrojando agua contra las paredes del almacén. Sacudió la cabeza, con una expresión de pavor en el semblante.

—Mire eso —dijo—. Mire eso.

—Ya lo he visto —dijo Mr. Keesler—. ¿Qué hay del dinero?

Mr. Hummel se arrancó a su abstracción, hundió la mano en el bolsillo de sus pantalones y tendió a Mr. Keesler un grueso fajo de billetes.

—Está todo —dijo—. Lo he preparado de acuerdo con sus indicaciones.

En el fajo había catorce billetes de cien dólares y cinco de veinte. Inclinándose ligeramente para mantener el dinero fuera de la vista de posibles curiosos, Mr. Keesler lo contó dos veces. En el bolsillo llevaba dos sobres de ingresos del banco debidamente rellenados. En el que destinaba el dinero a la cuenta de K. E. Esler introdujo trece de los billetes de cien dólares. En el otro, a nombre de Novedades Keesler, puso un solo billete de cien dólares. Los cinco billetes de veinte dólares los deslizó en su cartera, y de la misma cartera sacó la llave del almacén.

—No olvide esto —dijo, entregándosela a Mr. Hummel—. Ahora tengo que marcharme.

—Espere un momento —dijo Mr. Hummel—. Quería hablarle de un asunto, y como ignoro el medio de ponerme en contacto con usted…

—¿De qué se trata?

—Bueno, tengo un amigo que está en un apuro. Tiene almacenada una gran cantidad de pieles a las cuales no puede dar salida, y necesita dinero con urgencia. ¿Comprende?

—Desde luego —dijo Mr. Keesler—. Deme su nombre y su número de teléfono, y le llamaré dentro de un par de semanas.

—¿No podría usted hacerlo antes?

—Soy un hombre muy ocupado —dijo Mr. Keesler—. Le llamaré dentro de dos semanas.

Sacó la caja de cerillas y anotó en ella el nombre y el número que le dio Mr. Hummel. Luego abrió la portezuela del automóvil.

—Adiós, Hummel.

—Adiós, Esler —dijo Mr. Hummel.

Por segunda vez durante el día, Mr. Keesler viajó en el Metro desde East Broadway hasta Columbus Circle. Pero en lugar de dirigirse directamente a su oficina, se encaminó a la Octava Avenida y dejó caer el sobre cerrado que contenía los 1300 dólares en el buzón de ingresos nocturnos del Merchant’s National Bank. Al otro lado de la calle se encontraba el Columbus National Bank, y en su buzón de ingresos nocturnos Mr. Keesler dejó caer el sobre que contenía los cien dólares. Cuando llegó a su oficina faltaban diez minutos para las cinco.

Mr. Keesler abrió su maletín de muestras, introdujo en él los artículos que habían llegado por correo aquella mañana, cerró el maletín, y corrió hacia abajo la persiana del escritorio, después de tirar el New York Times al cesto de los papeles.

A las cinco en punto salió de la oficina, portando el maletín de muestras.

El ascensor estaba lleno, pero Mr. Keesler consiguió encontrar un hueco.

—Bueno —dijo Eddie, mientras bajaban—. Otro día, otro dólar.

En la estación del Metro, Mr. Keesler compró el World Telegram, pero le fue imposible leerlo en el atestado tren. Sostuvo el periódico debajo del brazo y el maletín de muestras entre sus piernas, medio dormitando de pie. En la estación de Beverly Road compró un paquete de hojas de afeitar. Luego se dirigió a su casa lentamente, dio media vuelta y entró en el garaje.

Mrs. Keesler tropezaba siempre con dificultades para meter el auto en el garaje. Ahora estaba ligeramente ladeado, de modo que Mr. Keesler tuvo que aplastarse contra la pared para llegar a la parte trasera del garaje. Abrió el maletín de muestras, sacó el trozo de vela de plomero y el tubo de pegamento y los metió en el cajón de las herramientas.

Luego sacó las dos latas de gasolina y un trozo de tubo de goma y trasvasó gasolina del tanque del automóvil a las latas hasta que estuvieron llenas. Las dejó en el suelo, entre otras latas que estaban llenas de pintura y de disolvente.

Finalmente, sacó los guantes de goma y los tiró al suelo, debajo de una de las sillas parcialmente pintadas. Las manchas de pintura de los guantes eran del mismo color de la pintura de las sillas.

Mr. Keesler entró en la casa por la puerta lateral, y Mrs. Keesler, que había estado poniendo la mesa de la cocina, le oyó llegar. Entró en el salón y contempló cómo Mr. Keesler vaciaba el contenido del maletín de muestras encima de la mesa. Varios objetos rodaron sobre ella, y Mr. Keesler cogió el amuleto antes de que cayera al suelo.

—Más chatarra —dijo Mrs. Keesler, de buen humor.

—Lo mismo de siempre —dijo Mr. Keesler—. Sobras de la oficina… Se las daré a las niñas de Sally.

Su sobrina Sally tenía dos hijas de corta edad, a las cuales Mr. Keesler quería mucho.

Mrs. Keesler se tapó la boca con la mano y miró a su alrededor.

—¿Qué pasa con el traje? —inquirió—. ¡No me digas que te has olvidado de ir a recogerlo!

Mr. Keesler había empezado a quitarse la americana. Miró a su esposa con aire desolado.

—¡Oh, no! —dijo.

Su esposa suspiró resignadamente.

—¡Oh, sí! —dijo—. Y vas a ir ahora mismo, antes de que cierren la tienda.

Mr. Keesler echó el brazo hacia atrás, buscando la manga de la americana, y acabó por localizarla con la ayuda de su esposa. Mrs. Keesler sopló una mota en el hombro de la americana, y luego palmeó cariñosamente la mejilla de su marido.

—Si aprendieras a ser un poco más metódico, querido… —dijo Mrs. Keesler.

Notas

[1] En español en el original. <<

[2] Juego de palabras intraducible. <<

[3] Alusión al famoso poema de Edgar Allan Poe El cuervo, en cuyas estrofas se repite incesantemente la palabra «Nevermore» (Nunca más), imitando el graznido de un cuervo. <<

[4] Young Women Christian Association: Asociación de Jóvenes Cristianas. <<

[5] Juego de palabras intraducible. En los EE. UU., y debido a su color verdoso, a los billetes de banco se les da vulgarmente el nombre de «hojas de lechuga». <<

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