© Libro N° 11521. Lawrence Y Los Árabes. Graves, Robert. Emancipación. Agosto 5 de 2023
Título original: © Lawrence Y Los Árabes. Robert Graves
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Robert Graves
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Robert Graves
Lawrence Y Los Árabes
Robert Graves
CONTENIDO
Introducción
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo Ill
El ámbito árabe
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
La campaña en el norte
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Marchas de Lawrence
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
La marcha a Aqaba
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Apéndice A
Apéndice B
Onager solitarius in desiderio animi sui attraxit ventum amoris.
JEREMÍAS
Introducción
Los editores me invitaron a escribir un libro sobre Lawrence a
principios de este mes de junio. Repuse que lo haría sólo con el beneplácito de
Lawrence. Shaw, como debo llamarle, por haber adoptado tal apellido y
descartado de manera definitiva el de «Lawrence», telegrafió su autorización
desde la India, y luego me envió una carta en que me proporcionaba una lista de
fuentes y manifestaba que, si se había de publicar un libro sobre él, prefería
que yo me encargara de su redacción. Creía que yo podría presentar hechos tan
exactos, que desanimarían la aparición de obras no autorizadas, y que podría
confiar en mí cuando se tratara de someterle a críticas sin tener en cuenta su
negra honrilla. Y alimentó la esperanza de que el libro agotaría el interés
público antes de que él abandonara la Royal Air Force y se reincorporara a la
vida civil.
Dispongo de su generosísimo permiso, y el de sus representantes legales,
para usar a mi albedrío, dentro de ciertos límites, el material sometido a
copyright tanto de Rebelión en el desierto como de Las
siete columnas de la sabiduría (del cual aquél es una abreviación),
libro que no se pondrá a la venta mientras Shaw viva. Por desdicha, las
premuras temporales estorbaron que presentase mi original mecanografiado a Shaw
antes de que viera la luz. Le pido, pues, que me disculpe si hubiera pasajes en
que mi discreción se extravió. Sin embargo, le escribí para consultarle datos
puntuales y le envié borradores de casi toda la obra. Con todo, debo establecer
una clara línea divisoria entre su aprobación de que yo compusiera el libro, si
había de editarse, y mi responsabilidad personal en cuanto a los hechos y
opiniones que en él aparecen.
Estos capítulos, así lo espero, encierran cosas que interesarían incluso
a los lectores de Las siete columnas de la sabiduría; y los
de Rebelión en el desierto tal vez se complazcan en tener una
narración continua. Recuerden los críticos que Shaw, mientras preparó Las
siete columnas para su difusión privada, se propuso tener a lo más dos
centenares de lectores, y, por ello, disfrutó en el manejo del vocabulario de
mucha más libertad que yo; y también pudo hacer gala de un conocimiento de la
historia, geografía y política orientales que yo no estoy en situación de
manifestar.
He intentado presentar con la mayor sencillez posible una imagen de una
personalidad de complejidad exasperante. He intentado asimismo que historia tan
enrevesada resultase inteligible y nítida con el expediente de reducir el
número de los personajes que intervienen en ella, mencionando por su nombre
sólo a los más prominentes y aplicando a los demás términos tales como «miembro
de la guardia», «oficial del estado mayor británico con Faisal», «general de
división», «coronel francés», «el jefe de los Banu Sajr», etc. (Lo geográfico
se ha simplificado de modo similar; los mapas se han diseñado de forma que
aparezca en ellos la menor cantidad posible de topónimos que no tengan relación
con lo narrado, y pocos o ningún lugar se mencionan en el texto que no se encuentren
en los mapas).
No es, desde luego, el método de la historia, pero ésta, que resulta
tanto menos legible cuanto más histórica es, no topará con obstáculos en todo
lo que he escrito. He abordado un estudio crítico de «Lawrence» —y me siento
inclinado a aceptar, pese a lo mucho que me disgustan los de ese género, el
veredicto popular de que es el inglés vivo más notable que existe—, antes que
un repaso general del movimiento árabe de libertad y la intervención de
Inglaterra y Francia en dicho movimiento. Y, en fin, la extensión de lo
relatado tuvo lógicos límites propios.
En lo que atañe a la información sobre Lawrence, debo mucho a las
siguientes personas: señoras Fontana, de Thomas Hardy, Lawrence (su madre),
Kennington y de Bernard Shaw; el mariscal de campo vizconde Allenby y los
coroneles John Buchan, R. V. Buxton y Alan Dawnay; el señor E. M. Forster, el
señor Philip Graves, Sir Robert Graves, el doctor D. G.
Hogarth, el señor Cecil Jane, el señor Eric Kennington, el señor Arnold
Lawrence (un hermano menor), Sir Henry McMahon, el soldado
Palmer del Royal Tank Corps, el sargento Pugh de la Royal Air Force, el señor
Vyvyan Richards, lord Riddell, el señor Siegfried Sassoon, lord Stamfordham, el
deán de Winchester, el señor C. Leonard Wooley y otros.
También estoy en deuda, por haberme permitido usar sus fotografías,
con The Times, el Imperial War Museum, el Departamento Fotográfico
del Ejército Francés, el comandante Goslett, el coronel R. V. Buxton, el doctor
D. G. Hogarth, el sargento Pugh, el señor Eric Kennington y el propio soldado
Shaw.
R. G.
Agosto, 1927
Capítulo I
Me refiero a él como Lawrence, apellido con el que le conocí, aunque,
como el resto de sus amigos, suelo llamarle «T. E.», iniciales que, por lo
menos, parecen estables y seguras. En 1923, cuando se alistó como soldado raso
en el Royal Tank Corps, adoptó el nombre de «T. E. Shaw», y lo conservó en la
Royal Air Force. La lista electoral confirma la alteración. Se enroló en 1922
como «Ross», y esos dos apellidos, según él reconoce, no fueron sus únicos
esfuerzos para «designarse de modo conveniente». Eligió «Shaw» y «Ross» más o
menos al azar en una nómina de escalafón del ejército, porque los recomendó su
brevedad y también, probablemente, por su rezagada situación alfabética; las
tropas se alinean en ocasiones de acuerdo con ésta y él evita por instinto las
primeras posiciones. Estaba harto de llamarse Lawrence —y le parecía largo en
exceso—, y en particular del título de «Lawrence de Arabia», que se había
convertido en tópico romántico y en grave engorro personal. El culto
reverencial al héroe no sólo le exaspera, sino también, a causa de su creencia
auténtica de que no lo merece, le hace sentirse físicamente sucio; y pocos son
los que, habiendo oído hablar de Lawrence de Arabia, o habiendo
leído cosas sobre él, no mencionen su nombre sin maravilla supersticiosa o no
pierdan la cabeza si le conocen por casualidad. Pretexto suficiente para
descartar tal apellido fue que jamás simbolizó para él una tradición familiar
gloriosa. El señor Lowell Thomas, autor de un relato inexacto y sentimental
sobre Lawrence, le vincula con la familia nord-irlandesa así llamada y con el
famoso héroe del motín de los cipayos, «que procuró cumplir su deber»; se trata
de una invención y, además, poco ingeniosa. «Lawrence» apareció como un nombre
tan útil como «Ross» o «Shaw», y Lawrence nunca perteneció a la tribu de
quienes hacen cosas porque el deber público es eso, un deber público. Sus actos
obedecen a razones propias, que tal vez —debiera decir «sin duda»— honrosas,
jamás son públicas o evidentes. Los árabes se dirigían a él como «Awrans» o
«Lurens»; pero le apodaron «Amir Dinamit», o sea Príncipe Dinamita, a causa de
su energía explosiva. El viejo Awda, belicoso jefe de los Huwaytat, se refería
a él por lo regular como «El Diablillo del Mundo», lo que resulta aún más
gráfico.
Nació en Tremadoc, en el septentrión de Gales, en agosto de 1888,
circunstancia útil posteriormente, pues pudo ingresar, en la Universidad de
Oxford, en el Jesús College, que protege financieramente a los estudiantes
galeses. En realidad, su ascendencia es variopinta, sin relación alguna con
Gales; si no estoy trascordado, sus mayores fueron irlandeses, hébridos,
españoles y escandinavos. Y ello siempre le resultó útil; tal mezcla de sangres
ha significado para Lawrence la facultad innata de aprender idiomas
extranjeros, el respeto de los usos y costumbres de la gente foránea, y, más
que nada, la aptitud de incorporarse en una comunidad extraña y ser aceptado,
al cabo de cierto tiempo, como miembro de ella. Además, no siente la peculiar
superioridad inglesa sobre los restantes pueblos. Lo atribuye a su general
falta de respeto a la humanidad; pero ha de sospecharse una acusada inclinación
a lo británico, aun cuando sólo sea a los que hablan en inglés, idioma por el
cual siente un afecto que no puede ocultar.
Su difunto padre procedió del condado de Meath, en Irlanda, de la
estirpe de la gente del Leicestershire que se estableció en ella en la época
de Sir Walter Raleigh. Fue gran deportista. La mezcla de
sangre se deriva sobre todo de él. Su madre, que hace dos años se fue
despreocupada a terminar sus días como misionera en la China central —y que, no
hace mucho, ha sido devuelta a sus lares, muy a disgusto suyo, por culpa de las
alteraciones políticas de aquel país—, es decidida y rezuma fuerza tranquila:
sus facciones son como las de Lawrence. Una vez me dijo: «No habríamos
soportado chicas en casa». Y, a tenor de ello, tuvo cinco hijos varones y
ninguna hembra. Ambiente doméstico de tal clase acaso explique que el mundo de
Lawrence esté tan vacío de mujeres: le criaron para prescindir de la sociedad
femenina y el hábito persistió en él. No es verdad que tema o aborrezca al sexo
opuesto. Procura hablar con una mujer como lo haría con otro hombre o consigo
mismo, y la planta si ella no corresponde al cumplido charlando a su vez como
lo haría con otra mujer. No le frena un falso sentimiento caballeresco. No es
galante; tampoco, grosero.
Pasó su infancia en Escocia, isla de Man, Jersey, Francia y el
Hampshire. En Francia, asistió a un colegio de jesuitas, aunque ni él ni su
familia eran católicos. Del Hampshire se trasladaron a Oxford, donde asistió a
la City of Oxford School. De su adolescencia, durante aquel período, se cuentan
hechos reveladores de que empezó tempranamente a ser el Lawrence notorio. Se
interesó en la arqueología, afición que las personas mayores creyeron malsana
en un chiquillo; se presentaba en los sitios en que se derribaban casas
antiguas o se efectuaban excavaciones. Había llegado a un acuerdo secreto con
los obreros municipales para que le entregasen piezas de cerámica y otros
hallazgos, y pronto fue verdadero experto en alfarería medieval. Tenía la
teoría, que se proponía demostrar en un libro, de que es errónea la datación de
la antigua cerámica en Inglaterra, pues mucha de la que se considera romana
procede de los sajones; mas no ha disfrutado de tiempo para escribir tal obra.
A los trece años de edad, emprendió a solas viajes en bicicleta por el país, y,
con vistas a un estudio sobre las armaduras de la Edad Media, reunió una gran
colección de calcos efectuados en viejos monumentos de iglesias rurales. Hizo
cuestión de honor no decir a su familia cuándo ni a dónde se iba, ni cuándo
regresaría. Le gustaba volver de noche, entrar por una ventana alta y aparecer
en la cama a la mañana siguiente. Más tarde, para eludir la vigilancia, se negó
a dormir en la casa, y utilizó como alcoba un cenador del jardín (lo construyó él
mismo). Exploró en canoa los numerosos riachuelos que rodean Oxford. (Años más
tarde, llevaría una canoa, a costa de gran dispendio, a Mesopotamia: fue la
primera que surcó el río Éufrates). No satisfecho con las aguas superficiales,
investigó las subterráneas de la ciudad de Oxford. Tal vez hiciera un plano;
los mapas eran su especialidad. Llevó a cabo ocho viajes por Francia durante
las vacaciones escolares, estudiando catedrales y castillos, y viviendo casi
del aire. A los dieciséis años se rompió una pierna mientras luchaba con otro
muchacho en la Oxford City School. No dijo nada hasta que las clases
concluyeron y, no pudiendo andar, volvió a su casa en una bicicleta prestada.
(No ha crecido desde aquella fecha).
No le interesaban los juegos escolares sencillamente porque eran
organizados, tenían reglas y exigían resultados. Nunca competía. Le gustaban
las máquinas (es aún experto en coches de carreras y vehículos análogos, y,
después de la guerra, ocupó parte de sus ocios en ayudar a los fabricantes de
la motocicleta Brough Superior con pruebas de eficacia e informes sobre los
modelos del año siguiente). Leía mucho, con atención y rapidez, en varios
idiomas. Estudió principalmente el arte medieval y sobre todo la escultura. Lo
más notable estriba en que, hallándose todavía en la escuela superior, empezó a
cavilar sobre la sublevación de los árabes contra los turcos, que es el asunto
primordial de este libro.
En el Jesus College, ya en la universidad, en la que obtuvo una beca, se
matriculó en Historia, que, se supuso, estudiaría. De hecho, pasó los tres
cursos ampliando sus conocimientos en poesía provenzal y cantares de gesta.
Vyvyan Richards, condiscípulo suyo, me ha referido:
—Intrigó al College el misterio de un singular estudiante al que jamás
se veía de día y que pasaba las horas nocturnas dando vueltas a solas por el
cuadrángulo. Fui uno de los designados para descubrir el porqué, y así descubrí
a Lawrence. Le traté al principio con aire de superioridad, como hacen los de
segundo curso con los de primero; mas pronto me enmendé. Recuerdo haberle
embromado en una ocasión por sus teorías sobre la cerámica. Nos paseábamos en
el terraplén del New College, que se cree proceder de las guerras civiles. Di
una patada a un fragmento cerámico y le espeté: «Ahora me dirás que esto prueba
algo». Y me replicó: «Gracias, porque así es. Prueba que este terraplén es muy
anterior a la época de Cromwell». Aquello me enmudeció. No participaba en la
vida del College, ni comía en el Hall. En cierta ocasión, en invierno, se
presentó en mi alojamiento después de medianoche y me pidió que me bañara con
él. Quería intentar el ejercicio de sumergirse a través del hielo. Se me antojó
demasiado peligroso y se fue solo. Tenía una biblioteca estupenda y le
interesaba mucho la imprenta. Se ha contado, y no es verdad, que imprimió
libros conmigo. Hablamos bastante de ello, pero no pasamos de ahí.
Lawrence únicamente vivió un trimestre en el College; luego le
permitieron que lo hiciese en su casa. Leía por la noche y dormía por la
mañana. Además de no fumar y ser abstemio total, era vegetariano. Durante su
permanencia en la universidad, lo mismo que en la escuela, no tomó parte en
juegos organizados ni asistió a ellos; creo, sin embargo, que intervino en el
escalamiento de tejados, deporte que, amén de carecer de reglas, desafiaba el
reglamento universitario. Se le atribuye la invención de la travesía, ahora
clásica, por las techumbres desde el Baliol al Keble, en un trayecto de tal vez
quinientos metros, con una sola bajada entre ellos. Lawrence no lo niega ni lo
confirma. Sentía admiración encendida por su mentor universitario, R. L. Poole,
y, en la única ocasión que hizo novillos, se apresuró a excusarse por escrito.
Poole le contestó: «No se preocupe por haberme plantado el martes pasado. Su
ausencia me permitió efectuar trabajo útil durante una hora». Por lo visto, no
asistió más que a tres clases en los tres años y las juzgó una pérdida de
tiempo.
Cecil Jane escribe sobre este período:
Le preparé en su último curso en la Oxford City School y le vi a menudo
durante su estancia en la universidad. Nunca leía los libros que era de
esperar. Reparé, a las dos primeras semanas, que lo útil era sugerir más que
recomendar obras poco corrientes. Se podía confiar en que sacaría más de una
frase inspiradora de un libro que un hombre ordinario de uno entero. Trabajaba
a su modo; también eran muy peculiares las horas en que me visitaba. Prefería
las que mediaban entre las doce y las cuatro de la mañana (como vivía en su
casa, podía prescindir del reglamento del College: bastaba que su madre
notificase que estuvo en su hogar “a las doce”). Le atraían muchas cosas de la
historia, sobre todo las medievales. Tardé mucho tiempo en convencerle de que
prestara atención a la historia europea moderna, y me asombró enterarme de que
le absorbía La Revolución francesa de R. M. Johnston. En su estancia en la
escuela me maravilló su afición a analizar los caracteres. Tenía el hábito de
formularme preguntas para observar mi expresión: aunque no comentaba mi
respuesta, comprendía yo que la rumiaba. Durante muchos años se pareció a su
padre, uno de los hombres más encantadores que he conocido: muy reservado, muy
amable. Lawrence no era rata de biblioteca, a pesar de que leía mucho y muy
aprisa. No le describiría yo como un erudito por temperamento; el rasgo
principal de sus trabajos fue siempre lo inusual, pero inusual sin esforzarse
para serlo. Le agradaba lo que tenía tendencia satírica, y por eso le gustaban
tanto las notas de Gibbon. Desconfiaba del valor de sus trabajos; jamás publicó
su tesis de graduado, en verdad admirable (bien que breve). Era robustísimo,
algo difícil de conocer y siempre imprevisible».
Lawrence no estaba preparado en el momento de los exámenes finales para
obtener el grado. Se le aconsejó que presentara una tesis especial que
completase sus otros trabajos. Eligió el tema de «La influencia de las cruzadas
en la arquitectura militar medieval de Europa». Antes incluso de acudir a la
universidad, se había especializado en fortificaciones de la Edad Media y había
recorrido todos y cada uno de los castillos ingleses y franceses del siglo XII;
sólo le restaba ir a Palestina y Siria para estudiar sobre el terreno las
fortalezas de los cruzados. Aprovechó para ello los meses de verano de 1909,
sus últimas vacaciones largas. Había aprendido algo de árabe con un profesor de
Oxford, arabo-irlandés, el cual le recomendó que, si iba, ahorrase aprovechando
la hospitalidad de las tribus sirias. Sería su primer viaje a la parte del
mundo en que se hizo célebre.
Antes de partir, se entrevistó con el doctor D. G. Hogarth, curador del
Ashmolean Museum de Oxford, al que no conocía y que desde entonces ha sido buen
amigo suyo: «El hombre a quien adeudo todo lo útil que he hecho, salvo mi
enrolamiento en la Royal Air Force». Comunicó a Hogarth su visita a Siria para
estudiar los castillos de los cruzados, y añadió que deseaba saber dónde cabía
la posibilidad de encontrar restos de la civilización hitita. Hogarth le
informó.
—Es la peor estación para viajar por Siria —dijo—. Hace muchísimo calor
allí.
—Iré de todos modos —contestó Lawrence.
—Está bien. ¿Tiene usted dinero? Necesitará un guía y sirvientes que
transporten su tienda y equipaje.
—Me propongo andar.
—Los europeos no andan en Siria —replicó Hogarth—. No es seguro ni
agradable.
—Pues yo lo haré —afirmó Lawrence.
Estuvo ausente cuatro meses y regresó a Oxford con retraso para el
siguiente trimestre. Había ido a pie, vestido a la europea y con botas
castañas, llevando sólo una cámara fotográfica, desde Haifa, en la costa
septentrional de Palestina, a los montes del Tauro y a Urfa, por el Éufrates,
en el norte de Mesopotamia. Volvió con esbozos de planos y fotografías de todas
las fortalezas medievales sirias, y una colección de sellos hititas de la
región de Aintab para Hogarth. Me ha contado éste que sufrió dos ataques de
fiebre y estuvo a punto de que le asesinasen. Tal vez la fiebre no merezca
mención. Lawrence la había tenido con tanta frecuencia, que se había
acostumbrado a ella. Le acometió la malaria en Francia a los dieciséis años y
ha experimentado incontables recidivas desde entonces.
* * * *
Estuvo ausente cuatro meses y regresó a Oxford con retraso para el
siguiente trimestre. Había ido a pie, vestido a la europea y con botas
castañas, llevando sólo una cámara fotográfica, desde Haifa, en la costa
septentrional de Palestina, a los montes del Tauro y a Urfa, por el Éufrates,
en el norte de Mesopotamia. Volvió con esbozos de planos y fotografías de todas
las fortalezas medievales sirias, y una colección de sellos hititas de la
región de Aintab para Hogarth. Me ha contado éste que sufrió dos ataques de
fiebre y estuvo a punto de que le asesinasen. Tal vez la fiebre no merezca
mención. Lawrence la había tenido con tanta frecuencia, que se había
acostumbrado a ella. Le acometió la malaria en Francia a los dieciséis años y
ha experimentado incontables recidivas desde entonces.
A los dieciocho, sufrió la fiebre de Malta, y desde entonces ha conocido
la disentería, tifus, orina negra, viruela y otras dolencias.
Se ha contado a menudo el conato de asesinato y siempre incorrectamente.
He aquí lo sucedido. Lawrence, camino de Siria, compró en París un reloj de
cobre por diez francos. El uso constante lo pulió hasta que brilló como un
ascua. En una aldea turcomana, a la orilla del Éufrates, donde recogía objetos
hititas, lo sacó una mañana, y los pueblerinos murmuraron «oro»; uno de ellos
siguió a Lawrence el día entero y hacia el atardecer se le anticipó y fingió
encontrarse con él por casualidad. Lawrence le preguntó la dirección de cierto
pueblo. El turcomano le mostró un atajo a través del campo; después saltó sobre
él, le derribó, le arrebató el revólver Colt, apoyó el cañón en su cabeza y
oprimió el gatillo. El arma estaba cargada, pero no hizo fuego: el aldeano no
sabía nada del mecanismo de seguro, que estaba puesto. Tornó a apretarlo y,
encolerizado, lo arrojó y golpeó la cabeza de Lawrence con piedras. Por
fortuna, le ahuyentó la aparición de un pastor antes de que quebrara la cabeza
del joven. Lawrence cruzó el Éufrates hasta la población más cercana (Birejik),
donde encontró policías turcos. Mostró la orden que le había dado el Ministerio
del Interior de Turquía, con el mandato de que todos los gobernadores le
prestaran su apoyo, y congregó ciento diez hombres. Con ellos, cuyo pasaje en
el transbordador hubo de pagar de su bolsillo, se presentó en la aldea. Suele
contarse que hubo desesperada lucha y quema del lugar, mas, en realidad, no
hubo violencia. Lawrence, vencido por la fiebre, se acostó, mientras se desarrollaba
la discusión usual, de un día de duración, entre la policía y los aldeanos. Era
de noche cuando los ancianos del lugar entregaron el objeto robado y el ladrón.
La versión auténtica resulta más agradable, aunque sólo sea por su final más
satisfactorio: el ladrón trabajó más tarde en las excavaciones de Karkemish a
las órdenes de Lawrence, no muy bien, pero su jefe no le apretó.
Durante la expedición se alojó por la noche, si andaba por caminos
perdidos, en el pueblo que tenía más a mano, aprovechando la hospitalidad que
los sirios pobres conceden siempre a los otros pobres. De aquella suerte,
empezó su familiaridad con los dialectos árabes. Lawrence no es erudito en la
lengua arábiga. Jamás la ha estudiado, ni conoce su escritura. (De todas
suertes, se requieren veinte años para que alguien pueda ufanarse de ser
experto en ella, y Lawrence dio mejor uso a su tiempo). Pero habla con fluidez
el árabe familiar, y puede señalar con bastante acierto si un hombre, por su
acento y las expresiones que emplea, procede de esta tribu o de aquel distrito
de Arabia, Siria, Mesopotamia o Palestina. Al volver a Oxford, le concedieron
el grado con honores de primera clase en Historia por su tesis, y los
examinadores quedaron tan impresionados, que celebraron la ocasión con una cena
especial en la que Poole, tutor de Lawrence, fue el huésped.
Se relata con pormenores que la que más gustó en Oxford de las nuevas
arqueológicas atañó a la inhumación de los cruzados en Tierra Santa. Se sabía
que el caballero que, habiendo participado en una cruzada, moría en su patria,
hacía que sus piernas y las de su efigie se cruzaran por los tobillos; y si
había participado en dos, se le cruzaban las rodillas. Pero Lawrence había
descubierto que los muertos en los Lugares Sagrados se enterraban con las
puntas de los pies dirigidas hacia adentro. Las incrustaciones de la leyenda
lawrenciana quedan ejemplarizadas con esta información, tan divulgada como
totalmente falsa. En primer término, Lawrence no descubrió tal cosa; y, en
segundo, no cree que el cruce de las piernas de las efigies se relacione en
modo alguno con las cruzadas. Aprovecho la ocasión para desmentir otra falacia
absurda sobre sus aventuras, por la misma época, entre los cazadores de cabezas
de Borneo. Barrunto que alguien le ha confundido con Charles Brooke, rajá de
Sarawak; Lowell Thomas refiere la historia, alegando una misión del British
Museum.
El desierto cautivó a Lawrence. Cabalgó en cierta ocasión (un par de
años más tarde, más o menos) por una llanura ondulada del norte de Siria. Iba a
examinar una ruina del período romano, que los árabes imaginaban como el
palacio que un príncipe había construido para su esposa. Contaban que la
arcilla de que había sido hecho se había amasado no con agua, sino con aceite
esencial de flores. Los guías, olfateando el aire, le llevaron de una estancia
desmoronada a otra, diciendo: «Esto es jazmín, esto es violeta, esto es rosa».
Por último, uno le invitó:
—Ven a oler el mejor perfume de todos.
Fueron a la sala principal, donde absorbieron el tranquilo, limpio y
constante viento del desierto.
—Éste es el mejor —dijo el hombre—. Carece de calidad.
El beduino, comprendió Lawrence, vuelve la espalda a los perfumes, lujos
y mezquinas actividades de la ciudad, porque se siente libre en el desierto: ha
perdido los nexos materiales, casas, jardines, posesiones superfluas y
complicaciones similares, y ha conquistado la independencia individual al filo
del hambre y la muerte. Esta actitud le conmovió mucho, y por eso, a mi juicio,
desde entonces su naturaleza se ha dividido en dos y es contradictoria: el del
beduino que suspira por la desnudez, simplicidad y dureza del desierto, estado
de ánimo que éste simboliza, y el del europeo super civilizado. El yo europeo
desprecia el beduino como a alguien que goza de atormentarse sin necesidad y ve
el mundo como algo riguroso blanco y negro (lujo o pobreza, santidad o pecado,
honor o mancilla), no como un paisaje de cambios conmovedores, incontables
matices sutiles y sombras y variedad. El conflicto del fanático, encaramado o
sumido en las olas de sus emociones, que ama y odia violentamente, con el
hombre cultísimo, cuyo fin principal en la vida es mantener su ecuanimidad,
incluso, si anula la propia amplitud de sus simpatías. Esos yoes se destruyen
mutuamente, y por eso Lawrence ha acabado cayendo, por la influencia contraria
de los dos, en un nihilismo que no haya siquiera un dios en el que creer.
El Magdalen College, a instancias de Hogarth, le concedió una beca para
cuatro años de viajes, que le permitió proseguir las investigaciones
arqueológicas. Fue en 1910 con el doctor Hogarth y el señor Cambell-Thompson en
la expedición del British Museum para excavar Karkemish, la capital hitita
arruinada en la orilla siria del Éufrates. Hogarth le alistó atendiendo a su
expedición por Siria y a sus conocimientos de la cerámica. No era aún
arqueólogo experto. Como hombre para todo, con un jornal de quince chelines
diarios, se encargó principalmente de vigilar a los braceros y mantenerlos
contentos. Otras ocupaciones fueron la fotografía, cerámica, composición de las
esculturas rotas y, más tarde, tender o levantar el ferrocarril ligero que
transportaba la tierra desde las excavaciones a los vertederos. Lo importante
eran los obreros. Si estaban alegres, el trabajo marchaba bien. Lawrence
conocía a todos por el nombre y sabía aun el de sus hijos, para los cuales
pedían quinina. Nunca conoció a uno de vista; peculiaridad de Lawrence de la
que hablaré más adelante.
En el invierno de 1910, fuera de la estación de la campaña arqueológica,
Hogarth hizo que Lawrence visitase el campamento de Sir Flinders
Petrie en Egipto, para que aprendiese los métodos más avanzados de la técnica
de la excavación. El campamento se hallaba en una aldea próxima a al-Fayyum, y
se dedicaba a descubrir restos predinásticos del año 4000 a. C. Flinders Petrie
no se sintió al principio muy impresionado por la apariencia del joven.
Se dice que le regañó por aparecer en el campamento con pantalón de
fútbol y chaqueta deportiva de colores vivos.
—Muchacho, aquí no jugamos al cricket.
Lo absurdo de la idea de que Lawrence fuese entusiasta del cricket no
es el único punto cómico de la anécdota. No tardó Petrie, sin embargo, en
comprender que era hombre muy útil, y trató de persuadirle a que permaneciese
otro año con él. Pero Lawrence pensaba que las excavaciones egipcias eran
latosas comparadas con las hititas. La hitita era aún una civilización
desconocida; los principales problemas de la egipcia se habían resuelto ya y
sólo cabía ir llenando lagunas de menor entidad. El único recuerdo de la
campaña en Egipto que le he oído mencionar fue que a menudo, al atardecer,
cuando el sol desaparecía de súbito y hacía mucho frío, él y sus compañeros
acostumbraban envolverse en la tela blanca de lino, enterrada con los egipcios
predinásticos, para que la usaran en el más allá (se trataba de un período
anterior a las vendas de las momias), y regresaban a las tiendas así ataviados
y oliendo a especias.
Lawrence pronto conquistó reputación como arqueólogo. Su memoria de los
detalles es extraordinaria, casi morbosa. Un amigo le describió en broma en una
ocasión, diciendo: «Hay en Lawrence algo del dómine de labios delgados de
Oxford»; pero aquello quiso significar que posee un vasto y bien ordenado
tesoro de conocimiento técnico en todos los asuntos concebibles y que le
disgustan las imprecisiones de los aficionados. Media docena de tajantes
palabras suyas y se acaba la conversación superflua. Asistí a la ocasión en que
un escritor estadounidense, que sólo le conocía como soldado, se puso a darles
lecciones de arte árabe. Muy pronto, comprendiendo que se había metido en
camisa de once varas, se mudó al terreno en que se sentía seguro, y comenzó a
hablar de las tallas aztecas en piedra. Lawrence le escuchó cortésmente y le
enmendó en un detalle técnico. Tras aquello, el escritor calló y prestó oído.
El mariscal de campo Allenby, también aficionado a la arqueología (durante la
Gran Guerra apartó del mando, por lo menos, a un oficial que había destruido un
edificio antiguo), me contó:
—Cuando Lawrence y yo hablábamos de cosas arqueológicas, siempre era el
padre Lawrence el que daba clases al párvulo. Escuché y aprendí.
Su saber no es, probablemente, tan amplio como parece y la sensación de
omnisciencia que provoca quizá se deba más a la capacidad de olvidar lo que
denomina conocimientos totalmente inútiles, como la matemática superior, la
metafísica de aula y las teorías estéticas, así como a ensamblar de manera
armónica lo que sabe. El conocimiento breve y concreto, que está en armonía
consigo mismo, parecerá maravilloso a quienes reúnen muchos más datos, pero
inconexos entre sí. No obstante, el saber de Lawrence tiene que ser muy
extenso. En seis años leyó todos los libros de la biblioteca de la Oxford
Union, o, probablemente, la mayor parte de sus 50.000 volúmenes. Su padre solía
proporcionarle libros mientras estuvo en la escuela, y luego obtuvo seis
diarios en préstamo en nombre de su padre y en el suyo propio. Durante tres
años leyó día y noche en una estera puesta ante la chimenea y acolchonada por
si se dormía durante la lectura. A menudo dedicaba dieciocho horas al día a
ésta, y llegó a ser lector tan experto, que se enteraba de la esencia del tomo
más formidable en media hora. Al repasar la vida de Lawrence, hay que aceptar
hazañas tan descomunales sin darles importancia; son parte de su manera de ser.
El gran número de ellas que pueden comprobarse excusa que se acepten otras, de
naturaleza similar, que son ficción pura.
Lawrence, si mediaba provocación, informaba a los demás de cosas incluso
en el momento en que a duras penas serían bien recibidas.
— ¡Eh, usted! ¿Por qué sonríe? —le gritó un sargento instructor un día,
hace de ello dos años, cuando estaba en el Tank Corps.
— ¿De veras quiere saberlo, sargento? —respondió Lawrence.
Sí. Entonces Lawrence le explicó un chascarrillo de un diálogo greco
tardío de Luciano que había estado rumiando durante la instrucción. Habló
durante un cuarto de hora y el sargento y los soldados escucharon con gran
atención, sin interrumpirle. En otra ocasión, en un barracón de la Air Force,
un camarada le preguntó:
—Perdona, Shaw. ¿Qué quiere decir «iconoclasta»?
Servía de diccionario para las palabras cruzadas. Lawrence esbozó la
historia de una política religiosa de la Constantinopla del siglo V, que
originó la palabra. Pero no se trata sino de una broma sobre sí mismo: desdeña
el conocimiento, aunque lo acumula y guarda cuidadosamente por puro hábito. Lo
desprecia porque es imperfecto, porque concibe el conocimiento como
lo contrario de la sabiduría. Nunca alardea; detesta a los
jactanciosos. Se refiere que, hace tres años, en los primeros días que estuvo
en la Royal Air Force, ayudó a algunos compañeros que estudiaban alemán como
asignatura optativa del curso educativo. Un oficial se enteró de que el soldado
Shaw había sido visto leyendo un libro titulado Fausto. Al día
siguiente, al encontrarle con uno, el oficial se dispuso a lucirse.
— ¡Qué magnífico escritor fue Goethe! Fausto es una
obra maestra, ¿verdad? Precisamente éste es el pasaje que
siempre me ha cautivado.
Señaló la página por encima del hombro de Shaw.
—En efecto, Pero no se trata del Fausto de Goethe, sino
del Nills Lyhne de Jacobsen, en danés —dijo Shaw.
Su saber le sirvió de poco en la Royal Air Force. El oficial de
educación de Uxbridge le preguntó:
—Y usted, ¿en qué disciplina se siente más débil?
Los otros soldados habían contestado que en francés, geografía y
matemática. Lawrence contestó sencilla y verazmente:
—En sacar brillo a las botas.
Nos hemos anticipado demasiado en nuestro relato, que trataba de
Lawrence como arqueólogo antes de la Gran Guerra. Volvió en 1911 a Karkemish
con Hogarth. El informe de aquellas excavaciones, que duraron de 1910 a 1914,
ha sido publicado por la Oxford University Press. Después de 1911, Hogarth dejó
los trabajos a cargo de G. Leonard Woolley, que también contrató al joven. Un
visitante, el señor Fowle, ha descrito la vida en el campamento cuando lo
visitó en 1913. Los turcos habían dado permiso a los arqueólogos para construir
una sola habitación. Lawrence y Wolley cumplieron la letra y burlaron el
espíritu levantando un solo edificio, grande y en forma de U, que dividieron en
cuartos, cada uno con puerta propia al patio, que abarcaba aquella habitación
única. Los de la derecha se destinaron a almacén de objetos arqueológicos y
taller de fotografía (bajo el cuidado especial de Lawrence); los dormitorios de
los excavadores e invitados estaban en la izquierda. El centro de la U era una
sala de estar, con chimenea abierta, librerías repletas y una larga mesa
cubierta de periódicos británicos y revistas arqueológicas de todo el mundo.
Según la señora Fontana, esposa del antiguo cónsul italiano en Alepo, la casa
de adobes había sido enlosada con un mosaico romano descubierto en los estratos
superiores de la excavación. Explica que Lawrence cruzaba el Éufrates en canoa
para comprar flores en una isla de la ribera opuesta para embellecer la casa;
travesía peligrosa, en su opinión, porque aquel río tiene corriente muy poderosa.
Se bañaba cotidianamente en su maravillosa agua dulce. Convenció a los obreros
de que le hicieran un largo tobogán de arcilla y les enseñó el deporte de
deslizarse por él hasta el Éufrates.
Woolley y Lawrence habían logrado en seguida estar en las mejores
relaciones posibles con los trabajadores, que eran una mezcla étnica: kurdos,
árabes, turcos, etc. Bandidos locales colaboraban con ellos en la excavación,
inclusive los jefes de dos de las bandas más famosas, una kurda y otra árabe, y
los jefes ingleses eran tan bien conocidos y respetados, que los nombraron
jueces en varios pleitos entre pueblos o individuos. Fowle relata que Lawrence
se había ausentado, no hacía mucho, para componer el caso de un hombre que
había raptado a una joven de la casa paterna y no lograba el consentimiento del
padre para casarse con ella.
En la alcoba de Wooley había un antiguo cofre de madera con miles de
piezas de plata para el pago de los obreros. Estaba abierto y sin custodia,
porque si alguien entraba a robarlo, sus compañeros no tardarían en
desenmascararle, tomar el asunto en sus manos y matarle, probablemente.
Lawrence y Wooley descubrieron que la forma de obtener mejores resultados
consistía en pagar a los trabajadores una prima por el objeto que encontraran,
de acuerdo con su valor real. Los braceros aceptaban la prima sin rechistar,
fuesen monedas de oro o de menor valor y con tanta mayor complacencia cuanto
los ingleses no aceptaban nada sin pago previo. Les devolvían el objeto si
carecía de interés. Llegaron a sentir entusiasmo por la excavación. Fowle
recuerda la excitación con que observaron el descubrimiento de una escultura
pétrea hitita, los aplausos espontáneos y el disparo de doscientos revólveres,
cuando apareció un soberbio ciervo de cuatro mil años de edad.
Lawrence, me cuenta el doctor Hogarth, prefería dormir en el exterior,
en un otero, que señalaba la ciudadela de la antigua población, próxima al río.
Reunía a los excavadores y los divertía con relatos, muchos escandalosos, sobre
el anciano jeque de Cherablus (aldea que ocupaba el solar de Karkemish) y de su
joven esposa, y sobre los alemanes que acampaban cuatrocientos metros más allá.
Se tendía un ferrocarril entre Constantinopla y Bagdad, que cruzaría el
Éufrates en el lugar de Karkemish. Ingenieros alemanes construían un puente. No
molestándose en aprender los nombres de sus obreros, los reconocían con números
pintados en los vestidos. Incluso permitían que miembros de tribus enfrentadas
a muerte trabajaran hombro con hombro, y muchos perecieron en enfrentamientos.
Envidiaban a Lawrence y Wooley, porque conseguían de sus trabajadores lo que
deseaban. Los ingleses, en cierta ocasión, hubieron de despedir a cincuenta
hombres por falta de dinero para pagarlos, y los despedidos se resistieron a
irse. Siguieron con ellos hasta que pudieran saldar su salario.
Eran buenas las relaciones con los alemanes. Woolley y Lawrence les
permitieron, entre otras cosas, que transportasen a la obra las piedras de las
excavaciones que no tenían interés arqueológico. Pero el ingeniero en jefe,
Contzen, era de trato difícil. Hijo de un químico de Colonia, bebía mucho y su
grueso cogote desagradaba a Lawrence: rebosaba del cuello de la camisa. Cierta
vez solicitó autorización para retirar tierra de unos montículos, que, pese a
hallarse en el ámbito de las excavaciones, estaban cerca del puente. La
requería para hacer un malecón. Se la negaron, porque los montículos eran los
muros de adobe de Karkemish y, por lo tanto, importaban mucho
arqueológicamente. Furioso, rompiendo el trato amistoso con los investigadores,
decidió esperar a que concluyese la campaña de éstos y se fueran. Por lo tanto,
ido Woolley a Inglaterra, y Lawrence a los montes libaneses, Contzen reclutó
mano de obra local para arremeter contra las murallas. Un árabe de Alepo,
llamado Wahid el Peregrino, estaba a cargo del lugar durante la ausencia de sus
superiores. Enterado de los propósitos de Contzen, fue al campamento alemán y
le dijo que, sin órdenes de Lawrence y Woolley, no permitiría aquel trabajo.
Contzen replicó que lo emprendería al día siguiente y despachó a Wahid con
cajas destempladas. El encargado telegrafió a Lawrence, en el Líbano, que
estorbaría la obra hasta recibir órdenes. A la otra mañana se sentó en lo alto
de la muralla amenazada con un fusil y dos revólveres. Un centenar de obreros
se puso a tender raíles desde el malecón al pie del muro. Wahid les advirtió
que dispararía contra el primer hombre que clavase el pico en la muralla, y
contra cualquier alemán que se le pusiera a tiro. Los trabajadores, muchos de
los cuales pertenecían al campamento inglés, y habían aceptado la ocupación
como recurso temporal, pararon en seguida y se sentaron a distancia prudente.
Apareció Contzen profiriendo amenazas. Wahid se echó el fusil al hombro y le
mandó que no se acercara más; el alemán no osó hacerlo. Transcurrió el día con
ambos bandos sentados y vigilándose; lo mismo aconteció al siguiente. En la
noche de éste, los alemanes dispararon en su patio, a modo de adiestramiento,
contra una bujía encendida. Wahid subió a lo alto de la muralla y envió media
docena de balas por encima de sus cabezas, gritando que no hicieran ruido y que
se fuesen a dormir. Le obedecieron.
Lawrence telegrafió a Wahid que aguantara. Él estaba en Alepo procurando
aclarar las cosas. Wahid le envió un telegrama comunicándole que los alemanes
se volvían peligrosos y que, a la mañana siguiente, se presentaría en su
campamento para matar a Contzen. Después testó, se emborrachó y se preparó para
lo que había prometido. Lawrence comprobó en Alepo que no sacaría nada en claro
con los funcionarios turcos, supuestos responsables de las excavaciones, y
cablegrafió a Constantinopla, obteniendo una respuesta inesperadamente rápida:
se ordenó al ministro de Educación de Turquía que fuese a Karkemish y detuviera
las obras. Lawrence despachó un telegrama para Wahid, rogándole que no se
resistiese más a los alemanes. Lo envió por el telégrafo del ferrocarril, y los
ferroviarios, que naturalmente simpatizaban con Contzen en lo del malecón, no
estaban enterados de lo dispuesto en Constantinopla y creyeron que la
resistencia había finalizado. Lawrence y el ministro emprendieron
inmediatamente el viaje en una vagoneta motorizada. Wahid, leído el telegrama,
sufrió amargo desengaño y lo ahogó en alcohol. Contzen envió una cuadrilla a la
muralla. No habrían extraído más de un metro cúbico de tierra y adobes, cuando
llegó el ministro hecho un basilisco, con Lawrence a la zaga, chilló a Contzen
que arrancase los raíles y despidiese a los obreros temporales, y lo puso de
vuelta y media por su falta de honradez. Wahid fue felicitado públicamente.
Tras éste hubo otro conflicto con Contzen. (Aunque no con todo el
campamento alemán como se ha contado: Woolley y Lawrence los acogían en su
cuartel y los mejores los visitaban con regularidad y cenaban con ellos). En
una ocasión, Ahmad, uno de los criados de los dos ingleses, regresando de la
aldea, a la que había ido a comprar, encontró al capataz de una cuadrilla de
obreros ferroviarios. El capataz le adeudaba dinero. Se produjo una riña.
Apareció un ingeniero alemán y, sin molestarse en averiguar el motivo del
altercado, azotó a Ahmad: tenía bastante con el atraso de las obras del
ferrocarril. Lawrence se presentó a Contzen, y le dijo que uno de sus
ingenieros había maltratado a un criado suyo. Tenía que pedirle perdón. Contzen
accedió a investigar el asunto, convocó al ingeniero agresor y le pidió que
expusiera su versión de lo ocurrido.
—Es mentira pura —declaró después, irritado, a Lawrence—. Ese caballero
no atacó a su criado; sólo hizo que le azotasen.
— ¿Y eso no es atacar?
—No, desde luego. No se logra nada de esta gente si no se la azota.
Nosotros lo hacemos todos los días.
—Llevamos más tiempo que ustedes aquí y no hemos maltratado aún a ningún
hombre. Y no estamos dispuestos a que ustedes lo hagan. Su ingeniero tiene que
ir a la aldea y presentar excusas a Ahmad en presencia de todo el mundo.
— ¡Bobadas! El incidente ha concluido.
Contzen se volvió para irse.
—Se equivoca —repuso Lawrence (y es de imaginar el acento peligroso de
su baja voz) —. Si no accede a lo que pido, tomaré el asunto en mis manos.
Contzen dio media vuelta.
— ¿Qué significa eso…?
—Significa que arrastraré a su ingeniero al pueblo y le obligaré a pedir
perdón.
— ¡No lo hará! —exclamó, escandalizado, Contzen.
Pero estudió bien a Lawrence. Por último, el ingeniero declaró en
público que lamentaba el atropello, con enorme satisfacción de los lugareños.
En fecha posterior, los alemanes se vieron en grave aprieto. Habían
establecido una panadería local, con el fin de evitar que sus obreros enviasen
cada diez días recaderos a sus pueblos en busca de pan. Aquella diligencia
implicaba la desaparición del tajo de treinta o cuarenta individuos durante
veinticuatro horas. Los alemanes arrendaron la tahona a un sirio de la ciudad
(perteneciente a una ralea sin escrúpulos), el cual decidió aprovechar la
ocasión para enriquecerse. Empleó trigo barato, con el resultado de que el pan
era incomestible. Los alemanes habían dispuesto que el dinero de aquella compra
se descontase de la paga de cada obrero. Los trabajadores se negaron a comer
aquel pan, y enviaron de nuevo sus emisarios a los pueblos en busca del propio;
pero el precio del rechazado siguió deduciéndose de su salario. Tanto el
contrato de la panadería como el de los obreros en el ferrocarril se habían
concedido a aventureros, como descubrió con desagrado Hoffmann, sucesor de
Contzen. Abundaron las quejas de que no se cobraba lo estipulado, y por ello
decidió encargarse de los pagos. Como aceptó las cifras que le presentaron los
contratistas, no salió del apuro.
El primer hombre que se acercó a la mesa de pago había sido enrolado por
quince piastras diarias, un buen jornal, y había trabajado seis semanas; pero,
según los libros de cuentas, sólo se le debían seis piastras por día. Tras las
deducciones por un pan que no había consumido, un agua que había sacado del
río, etc., se calculó que percibiría veintisiete piastras y media por seis
semanas de sudores. El interesado protestó. El guardia circasiano de Hoffmann
le cruzó el rostro con el látigo. El hombre se agachó para coger una piedra;
sus amigos, que eran kurdos, le imitaron y el guardia disparó. Se enzarzaron en
un combate enérgico, en el que un bando dispuso de guijarros y unas cuantas
armas de fuego, y, el otro, revólveres. Lawrence y Woolley, al oír el tumulto,
avanzaron para persuadir a los hombres, alrededor de setecientos, a que
depusieran las armas. Lawrence emplea, en casos semejantes, una actitud que
consiste en alzar ambas manos con aire perezoso y unirlas detrás de la cabeza,
mientras calla y parece sumido en sus pensamientos. Eso llama la atención con
más eficacia que cualquier voz o ademán violento, y, cuando ha acallado a los
presentes, manifiesta lo que ha de decir con el tono suave y humorístico de una
vieja profesora que restablece el orden en una clase alborotada. Los kurdos
dejaron de luchar, pero no los siete alemanes. Continuaron utilizando los
revólveres desde la cabaña en que se habían refugiado, y el circasiano asestó
su fusil en dirección a Woolley y Lawrence, que iban a rogar a los ingenieros
que se tranquilizaran. Los alemanes habían perdido la cabeza y dispararon
cuando ya no lo hacían los kurdos. Gracias al apoyo de Wahid y de un antiguo
jefe de bandidos llamado Hamudi, los ingleses impidieron que la muchedumbre de
obreros se abalanzase a cometer una carnicería. Transcurrieron dos horas antes
de que refrenasen a los trabajadores. Entonces se comprobó que los alemanes
sólo habían sufrido cortes y magulladuras, en tanto que las bajas kurdas fueron
dieciocho heridos y un muerto[1].
Los alemanes habían pedido socorro a Alepo por telégrafo al principio de
la pendencia, anunciando que hacían fuego contra ellos. Mal traducido el
telegrama, llegó un tren especial con la brigada de bomberos voluntarios de
aquella ciudad, con cascos de bronce y demás pertrechos. Devueltos al lugar de
origen, comparecieron doscientos soldados turcos y se apostaron en el
campamento alemán. Las obras se detuvieron durante una semana, porque el muerto
pertenecía a un clan kurdo de la orilla opuesta, el cual se negó a que el
puente se construyera en su territorio. El cónsul de Alemania en Alepo hubo de
pedir al fin a los ingleses que compusieran lo descompuesto entre los
ferroviarios y los kurdos. Woolley accedió y el precio de sangre se fijó en
ciento veinte libras esterlinas. El cónsul protestó que los alemanes habían
actuado en defensa propia, mas no costó convencerle de que una cuestión tribal
debía arreglarse de acuerdo con las costumbres tribales. El jefe kurdo aceptó
el dinero como favor personal a los ingleses y se acordó que, en adelante, la
compañía entregaría el dinero directamente al capataz kurdo para que pagase a
sus hombres, y el jefe admitió la responsabilidad de que el trabajo avanzara
sin tropiezos. Por haber mediado, se ofrecieron condecoraciones turcas a
Lawrence y Woolley, quienes renunciaron a ellas.
Hamudi, el antiguo jefe de bandidos, y un joven llamado Dahum, al que
Lawrence había preparado como fotógrafo, le visitaron en Inglaterra. Oxford les
encantó, en especial el deporte del ciclismo, que desconocían. Emplearon
bicicletas de mujer, a causa de la longitud de sus vestidos y se vieron en
apuros por el entusiasmo y el placer con que dieron vueltas y más vueltas
alrededor del policía apostado en el centro de «Carfax», la principal
encrucijada de la ciudad. Durmieron en el jardín. Su única contrariedad fue no
poder llevarse los grifos de agua caliente. Lawrence no conseguía hacerles
entender que no funcionarían en una aldea siria de adobe como en el número 2 de
Polstead Road, de Oxford. Y se pasmaron en los retretes públicos acariciando
los azulejos blancos, «los hermosos, hermosos ladrillos».
Entre las mujeres que Lawrence más ha respetado figuró la difunta
Gertrude Bell, uno de los grandes exploradores británicos de Arabia en fecha
anterior a lo que relatamos. (Entre ellos, sea dicho como inciso, incluye a
Palgrave, Doughty y los Blunt, pero no a Sir Richard Burton,
quien, opina, no lo hizo con desinterés, escribió en estilo tan difícil que
resulta ilegible y fue pretencioso y vulgar. Habla con elogio de los viajeros,
no ingleses, Burckhardt y Niebuhr). Gertrude Bell estuvo en el campamento de Karkemish
una mañana del año 1911. Como la noticia de su llegada la había precedido, la
aldea estaba muy excitada. Entonces sólo había tres británicos en las
excavaciones: el doctor Hogarth que estaba casado, el señor Campbell-Thomson
que, era del dominio público, estaba comprometido, y Lawrence, que llevaba el
cinturón rojo adornado con borlas sobre su pantalón blanco y corto, símbolo del
celibato en aquellos parajes. Los obreros decidieron que Gertrude Bell aparecía
para casarse con Lawrence y prepararon una fiesta. Por consiguiente, cuando la
viajera se despidió aquella misma tarde, se levantó un gran clamor. Pensóse que
había rechazado a Lawrence, insultando con ello a la aldea. El joven logró al
fin tranquilizarles con una mentira eficaz, aunque nada galante, antes de que
volasen las piedras y Gertrude Bell, a quien aquella demostración había
intrigado, no supo la verdad sino algunos años después por boca de Hogarth. El
episodio la divirtió mucho.
En Karkemish, había dos estaciones de excavación: entre junio y
septiembre, la cosecha local reclamaba a los trabajadores, y entre noviembre y
marzo, llovía, nevaba y el Éufrates desbordado convertía en pantanos las
tierras bajas. Durante los ocios obligatorios, Lawrence no solía regresar a
Inglaterra; prefería vagabundear por Siria y el Próximo Oriente estudiando
antigüedades, aprendiendo el árabe y poniéndose en contacto con los miembros de
las distintas sociedades que aspiraban a la libertad arábiga, de las cuales se
hablará en el próximo capítulo. Había empezado ya a dar los pasos para que se
cumpliese su ambición escolar de colaborar en la rebelión de Arabia. Sin
embargo, su objetivo inmediato era reunir información y escribir una historia
de las cruzadas, otra obra que no ha podido redactar por falta del tiempo. No
obstante, completó un libro de viajes titulado Las siete columnas de la
sabiduría, cuyo manuscrito destruyó más tarde, sobre siete ciudades típicas
de Próximo Oriente: El Cairo, Esmirna, Constantinopla, Beyrut, Alepo, Damasco y
Medina.
Estudiaba, entre otras cosas, la política mundial. Percibió que podía
tener dañinas consecuencias la alianza de los turcos y los alemanes. El
ferrocarril entre Constantinopla y Bagdad formaba parte de una trama de
Alemania para establecer un imperio oriental con Turquía como coaligada. Ya se
había entrevistado con lord Kitchener para señalarle el peligro de que los
alemanes controlasen el puerto de Alejandreta, en el recodo de Asia Menor y
Siria; pero Kitchener le respondió que estaba enterado de ello. Había avisado
repetidas veces al Foreign Office de las complicaciones que se suscitarían —los
franceses también aspiraban a dominar Siria—; mas la política pacifista
de Sir Edward Grey tenía vara alta. Las últimas palabras de
Kitchener a Lawrence fueron que, en el plazo de tres años, habría una guerra
internacional y haría olvidar aquel asunto menor con uno mayor.
—Apresúrese, joven, y excave antes de que llueva.
Se ha afirmado que Lawrence llamó la atención pública europea sobre la
amenaza, disimulada, a la paz mundial que representaba la construcción del
ferrocarril entre Berlín y Bagdad, de la manera siguiente: cargó partes de
tuberías de desagüe en mulas y las condujo de noche a las colinas que dominaban
el puente. Las montó en cúmulos de arena para que parecieran cañones. Los
alemanes, como esperaba, le observaron con gemelos, se preocuparon y
telegrafiaron a Berlín y Constantinopla que los ingleses fortificaban las
colinas. Y la prensa de Europa se acaloró durante días. No hay una palabra de
verdad en este cuento de historieta ilustrada, ante todo porque Lawrence no
dispuso de cañerías de desagüe.
Siguen unos extractos de cartas que Lawrence escribió en Karkemish. La
data del primero es septiembre de 1912:
«Hoy termina el Ramadán, y entran y salen del patio disparando
revólveres, y trayéndome bocados del banquete que celebran en el pueblo. Tengo
doce láminas de pan, envolviendo maíz tostado, y abundancia de uva y cohombros.
Pero todavía no hablo en árabe.
”Hay un indumento espléndido llamado «de los siete reyes», con largas listas
paralelas de colores vivísimos, que bajan del cuello al tobillo. Encima se
ponen una chaquetilla azul, de puños vueltos de forma que muestran el forro de
un colorado mate; se ciñen con un cinto de trece borlas multicolores, y en la
cabeza llevan un pañuelo de seda de Hamat, negro y plata, que sujetan a las
sienes con un cordón negro de pelo de cabra. Sólo falta agregar un chaleco de
seda, recamado en oro, y debajo una especie de túnica blanca, para tener una
idea de la vestimenta masculina (me olvidaba de los calcetines kurdos, tejidos
a mano con nueve colores elementales, y el calzado encarnado), y hay noventa y
nueve, todos distintos, comiendo un cordero frente a la puerta.
”Aquí todo anda bien (tras un ramalazo de cólera y de viruela) y espero
regresar en Navidad».
La segunda carta está fechada en diciembre de 1913:
Me he dejado ir poco a poco, hasta unos cuantos meses atrás, en que me
vi convertido en un arqueólogo corriente. Procuré muy en serio, en Oxford y
después de dejarme ir, evitar que me pusieran una etiqueta; pero la gente de
los seguros me ha echado la mano… Me gusta mucho este sitio, y la gente —cinco
o seis personas—, y su modo de vida. Contamos con doscientos hombres para
entretenernos, lo pasamos bien mientras las excavaciones avanzan. Muchos de
ellos son espléndidos —tuve este verano dos capataces en Inglaterra conmigo—, y
no nos falta la diversión. Además, están las zanjas en las que se encuentran
docenas de objetos maravillosos, y hay multitud de cosas bellas en los pueblos
y ciudades con que llenar la casa. Para no mencionar la caza de sellos hititas
por los contornos, y el Éufrates en que refrescarse cuando el calor abrasa. Es
un lugar en que uno come el loto casi a diario».
Se rogó al doctor Hogarth, en el invierno de 1913, que propusiera un
arqueólogo para el equipo que inspeccionaría la topografía de la península del
Sinaí, desierto situado entre Palestina y Egipto, en el cual Moisés hizo vagar
a los hebreos hasta que los convirtió en gente guerrera. Recomendó a Woolley,
quien no disponía de los tres meses que se le exigían, y, por lo tanto, fue con
Lawrence durante seis semanas y se repartieron el trabajo. Se entendieron muy
bien con el geógrafo, el capitán Newcombe, oficial de ingenieros que estuvo más
tarde en Arabia con Lawrence, y efectuaron importantes descubrimientos de
restos antiguos. Establecieron el mapa, quizá no muy en serio, del probable
itinerario del éxodo israelita y hallaron el sitio en que tal vez estuvo Qadesh
Barnea, donde Moisés obtuvo agua de la roca. Llegaron hasta Petra y Maan, en
Arabia, lugares que tuvieron trascendencia en la campaña de Lawrence cuatro
años después. Su informe aparece en el libro titulado The Wilderness of
Sin (El desierto de Sin), que el Palestine Exploration Fund editó en
1914. La misión no quedaría completa si no se tomaban ciertas medidas en Aqaba,
puerto del mar Rojo; pero los turcos no concedieron el permiso por razones
militares. Lawrence dijo a Newcombe que iría a echar una ojeada a Aqaba. Estuvo
en tal paraje sin oposición e hizo todas las notas que se le antojaron. De
pronto sintió el repentino deseo de explorar las ruinas antañonas de la pequeña
isla Farun, que dista unos cuatrocientos metros de la costa. Solicitó autorización
para utilizar la única barca que había en la playa. Los turcos se la negaron y
un grupo numeroso arrastró la embarcación más al interior, para que le fuese
imposible moverla. Aquello no le arredró. Mediado el día, cuando todos los
soldados turcos dormían la siesta, hizo una especie de almadía con tres de los
grandes barriles de agua que llevaban los camellos. Esos recipientes, de cobre,
tienen ochenta y dos litros de capacidad y miden unos ciento ocho centímetros
de largo, treinta y nueve de ancho, y veintiuno de espesor, y pueden
convertirse en excelente balsa. El viento le arrastró sin percance e
inspeccionó las ruinas; el viaje de regreso fue más arduo. Y el mar estaba
lleno de tiburones.
Hay que decir que Kitchener ordenó hacer el mapa con fines militares, y
que se disfrazó la expedición con el manto de la arqueología. El Palestine
Exploration Fund consiguió la autorización de los turcos, y Lawrence y Woolley,
como descubrieron a la llegada, proporcionaron el pretexto arqueológico a las
actividades cartográficas de Newcombe.
Capítulo II
He aquí un retrato conciso de Lawrence: Es bajo (un metro y sesenta y
cuatro centímetros), de cuerpo largo en proporción a las piernas, a mi parecer,
pues impresiona más sentado que de pie. Tiene cabeza grande de tipo nórdico,
que se eleva recta por el colodrillo, pelo claro (no rubio) y más bien fino, y
cutis blanco, y puede no rasurarse durante más tiempo que casi todos los
hombres sin que se note. La porción superior de su rostro es amable, casi
maternal; la inferior, severa, casi cruel. Sus ojos, entre azules y grises, se
mueven constantemente. Tiene manos y pies pequeños. Es, o era, muy fuerte: se
le ha visto levantar un rifle con el brazo extendido, asiéndolo por la boca,
hasta mantenerlo paralelo al suelo; sin embargo, nadie le describiría, en el mejor
de los casos, sino como duro. En Arabia conquistó el respeto de los guerreros
del desierto con sus hazañas de vigor y agilidad, descontadas sus otras
cualidades. La prueba de aceptación en las filas de los luchadores más
estrenuos consistía en la proeza de apearse de un camello al trote y volver a
montarlo, con una mano en la silla y un fusil en la otra. Se cuenta que
Lawrence la efectuó. Este relato pondrá de manifiesto su resistencia física.
Se tienen unas cuantas impresiones preliminares sobre él difíciles de
conciliar: «Ese hombrecillo vulgar» (un poeta). «Semblante y figura
de bailarina circasiana» (un periodista norteamericano). «Un sujeto pequeño con
la cara encarnada como la de un carnicero». (Royal Tank Corps). «Rostro como un
taco de papel barato; un individuo de aspecto sueco (es decir, un patán)».
(Royal Air Force). «Un cómico…». (Royal Tank Corps). «Un joven de notable
belleza corporal; confieso que jamás vi, antes o después, cabello dorado tan
lustroso como el suyo, ni ojos tan intensamente azules» (un visitante de
Karkemish). «Modales muy tranquilos, reposados, y hermosa cabeza en un cuerpo
insignificante» (un comandante del Camel Corps).
Acostumbra tener las manos unidas, sin tensión, por debajo del pecho,
con los codos apoyados en los costados, la cabeza algo inclinada y la mirada en
el suelo. Es capaz de estar horas enteras, sentado o de pie, sin mover un
músculo. Habla con frases breves, despacio, sin levantar el tono ni destacar
una palabra de otra. Sonríe mucho, pocas veces ríe. Es tirador de puntería
envidiable con las armas cortas, y no tanto con las largas. Su mayor don
natural estriba en oscurecer su personalidad si le interesa pasar inadvertido.
Llega, por ello, a parecer lerdo, corto de entendederas y vulgar, y explota esa
facultad sin descanso como medio de autodefensa. En sus primeros tiempos en la
Royal Air Force, le enviaron a poner alfombras bajo la dirección de la esposa de
un mariscal del Aire. La dama le conocía bien, pero él, para ahorrar embarazos,
prefirió que no le reconociera. Y no le reconoció. A decir verdad, en pocas
ocasiones lo consiguen sus amistades cuando viste de uniforme. El cuello
abotonado y la gorra con visera son un disfraz, y no hay nada llamativo en su
apariencia, sea una facción determinada, sea el gesto, sea el porte. Si no
frena su personalidad, hay una curiosa sensación de fuerza en el lugar en que
se halle, una fuerza uniforme, ni caprichosa ni turbadora, tanto más poderosa
cuanto que la domina perfectamente; por eso se inclinan a temerle quienes no le
conciben como individuo amable. Hasta he oído comentar: «Lawrence debe de tener
trato directo con lo sobrenatural». ¡Bobadas! Su fuerza es interior; no le
viene de fuera. He observado que le molesta que le toquen, que le ofende una
mano puesta en su hombro o rodilla; quizá acepte la creencia oriental de que la
«virtud» (él la llamaría «integridad», supongo) abandona al hombre cuando le
tocan. Procura no cambiar apretones de mano, y se muestra reacio a luchar
cuerpo a cuerpo. No bebe alcohol, no fuma. No lo hace por ser abstemio
convencido, ni por considerarlo perjudicial, sino, sobre todo, porque pocas
veces tiene ocasión de beber y fumar. Éstos son hábitos que la mayor parte de
las personas adquieren como acto de imitación social; Lawrence rehúye cualquier
manifestación de sociabilidad. Se siente incómodo con los desconocidos; a eso
llaman «su» timidez. Piensa que la bebida, la glotonería, el juego, el deporte
y la pasión amorosa —el universo entero del hombre ordinario— son inútiles, o,
en el mejor de los casos, recursos estimulantes para los años en que la vida se
vuelve aburrida.
Evita comer en compañía. No le gusta hacerlo a horas fijas. Aborrece
tener que esperar más de dos minutos para que le sirvan, y consumir más de
cinco en la función de alimentarse. Por esta razón, se nutre principalmente de
pan y mantequilla. Y prefiere el agua como bebida. Opina que alimentarse es
actividad muy íntima, y que debería efectuarse en un cuartito, a solas y a
puerta cerrada. Come, llegado el momento —poco frecuente—, con indiferencia, de
manera distraída. Vino a verme en su motocicleta de carreras a la hora del
desayuno: había salvado trescientos sesenta kilómetros en trescientos minutos.
No quiso desayunar. Le pregunté luego cómo era el rancho del campamento.
—Raramente lo pruebo, pero es bastante bueno. Ahora estoy en el almacén
de intendente, de modo que necesito muy poca cosa.
— ¿Cuándo comió por última vez? —pregunté.
—El miércoles.
Por lo visto había consumido algo de chocolate, una naranja y una taza
de té. Estábamos a sábado. Creo haber colocado unas manzanas a su alcance y, al
cabo de cierto tiempo, tomó una. La fruta es su único sibaritismo. (Shelley,
dicho sea de paso, compartía su desdén por los alimentos, aunque no con los
excelentes resultados de Lawrence, y, como él, cuando le interesaba, tenía el
don de entrar y salir de una estancia sin que nadie lo notara). Tiene la
costumbre de renunciar de tarde en tarde a la comida durante tres días —en
pocas ocasiones cinco— para comprobar que puede efectuarlo sin preocuparse ni
resentirse. El ayuno, a su juicio, aguza la percepción y es buen ejercicio
preparatorio para los malos tiempos. Y han abundado en su existencia.
Además, si no tiene obligaciones, evita dormir con regularidad. Ha
descubierto que su cerebro funciona mejor si trata al sueño como a la comida;
En la Royal Air Force está en la cama cuando suena la orden de apagar las luces
y duerme hasta medianoche. Después reflexiona medio dormido hasta la diana. De
noche, en su opinión, descansan las mentes de los demás y eso ofrece a la suya
mayor campo, libre de las vibraciones ajenas. Evita cuanto puede todo trato
social, todos los acontecimientos públicos. No pertenece a clubes, sociedades o
peñas. Sólo responde, y no siempre, las cartas más urgentes. Al regresar a
Oxford en 1922, tras dos supuestos meses de ausencia, transformados en seis, en
Oriente, halló su escritorio abrumado de correspondencia, quizá entre doscientas
y trescientas cartas. Había ordenado que no se las remitiesen. Leyó todas con
cuidado, despachó una sola contestación —un telegrama—, y el resto fue a parar
a la papelera. En general, responde a los telegramas con porte pagado. O, será
más exacto decir, los usará, pero no con destino a quien los pagó por
anticipado. Jamás contesta una carta en cuyo sobre conste el
nombre de «Lawrence», observación que tal vez ahorre a algunos de mis lectores
gastos en sellos. La carta que escribe no pertenece a la categoría de las
condenadas a la papelera. Siempre son prácticas, consideradas, cabales, útiles,
informativas. Por ejemplo: «… Cuando vaya a Reims, hágalo solo. Siéntese en la
base de la sexta columna, en el lado meridional del pasillo central, y mire,
entre la cuarta y quinta columna, en la tercera ventana de la claraboya lateral
de la parte septentrional de la nave…» (1910).
Es una de las raras personas que adopta un criterio sensato en cuanto al
dinero. Ni lo ama ni lo rechaza, porque ha comprobado su inutilidad en las dos
o tres ocasiones en que anheló algo importante. Puede ser un financiero si se
le antoja, más, por lo regular, no le preocupa su cuenta bancaria. En este
preciso instante, carece de ella. Ha cuidado mucho de no ganar un céntimo con
sus escritos sobre la sublevación árabe. Esto descontado, se ha esforzado en
obtener dinero con su pluma, y ha conseguido treinta y cinco libras durante
cuatro años de afán anónimo. Llama a estas ganancias el postre del rancho de la
Royal Air Force. Escribe con mucha dificultad y enmiendas interminables, y no
se enorgullece ni disfruta de lo que ha redactado. Casi todas sus ganancias se
derivan de traducciones, y no de obras originales o de creación. No piensa
escribir otro libro. Incidentalmente, diremos que suele escribir con tinta
china, porque es más persistente. Su letra carece de pretensiones y, a primera
vista, parece la de un colegial, pero resulta legible. Varía mucho según su
talante, de grande y cuadrada a pequeña y apretada, de vertical a levemente
inclinada hacia atrás. Creo que le gusta en especial encontrar a alguien que
sepa más que él o que haga las cosas mejor que él. Se unirá a esa persona y
aprenderá todo lo que haya que aprender. Y si encuentra a una capaz de pensar
más aprisa, o con más precisión que él, y que se le anticipe en el
comportamiento, en apariencia desordenado, pero, en realidad, bien meditado, se
alegra de ello. Al mismo tiempo, tiene el convencimiento brutal de su general
insuficiencia, por lo que no acepta que se le contradiga en las ocasiones
precisas en que ha demostrado superar a los demás. No se trata de modestia,
sino de fe sincera en su desmerecimiento, que recuerda las declaraciones de
humildad de las letanías eclesiásticas.
Y no soporta entonces que le contradigan.
Acaso su rasgo personal más inesperado sea el de que nunca mira a nadie
a la cara, y nunca reconoce una. Es algo hereditario: un día su padre le pisó
en la calle y siguió adelante sin pedirle perdón ni advertir quién era. No
reconocería siquiera a su madre o hermanos si los encontrara de repente. La
práctica inveterada consiente que hable largo y tendido, durante veinte
minutos, por ejemplo, con quien le aborde, sin revelar que no tiene la menor
idea de quién es. Sin embargo, recuerda los nombres y detalles de aficiones y
carácter, así como las palabras, opiniones y lugares, de manera vivida y por
extenso. Hace lo que puede para evitar esta deficiencia, pero se halla en
continuos apuros por no reconocer y saludar a los oficiales vestidos de
paisano, porque nadie está dispuesto a aceptar sus explicaciones.
Jamás ha sido dogmático en materia religiosa o política: no cree en un
Absoluto filosófico. Le disgustan las multitudes o cualquiera que base su
autoridad sólo en pertenecer a una sociedad o credo dado. Claro, espera que los
individuos se encuentren a ellos mismos y sean leales a su modo de ser, y
consientan que sus vecinos hagan otro tanto. Desearía que cada hombre fuese una
pregunta perdurable. Puede ser implacable hasta rayar en la crueldad: el embate
de su cólera, una cólera fría, calmosa y risueña, es violento. Oír,
verbigracia, de qué suerte abruma a un impostor, que pretende haber servido
durante la guerra en Oriente, en esta o aquella unidad, o cómo recuerda a un
valentón que mandó deliberadamente a sus hombres a la muerte en una provincia u
otra, es una experiencia aterradora. Pero ido el ofensor, se apaga su ira sin
dejar rastro.
No gustan a Lawrence los niños (o los perros o los camellos) en
cantidad, como colectivo, de la forma sentimental ordinaria. Le agradan algunos
niños (como también algunos perros y algunos camellos). Se aparta del resto.
Los compadece, le apenan, por ser criaturas obligadas, sin que se les
consultase, a vivir una existencia en que, si son buenas, acabarán por sufrir
desengaños. Ello no obsta a que en ocasiones hable con un chiquillo como si
fuese un ser independiente y no mero eco, más o menos despabilado, de sus
padres.
Tiene en poco, a lo que parece, a la raza humana, y no le interesa su
pervivencia. Como a Swift, no le atrae sentimentalmente la hermandad universal.
Desdeña las obras de los hombres. Ha llegado a este estado de ánimo y
convicción, imagino, por el mismo camino que Swift: por un abrumador sentido de
la libertad personal, magnanimidad e intenso deseo de perfección tan claramente
inalcanzable, que apenas justifica el intento de buscarlo.
Tal vez podamos concluir que cuando, en 1922, su desdén por la multitud
se hizo tan fuerte, y advirtió que se estaba transformando en una limitación
para él; cuando descubrió, de hecho, tras el triunfo aparente de la aventura
árabe, que, al evitar la máscara de héroe popular, se retraía cada vez más y
cada vez más se interesaba por no ser otro que él mismo, tomó una decisión
abrupta: se alistó, se ligó a una vida que le forzaba perpetuamente a ser un
miembro de la multitud despreciada. El ejército y las fuerzas aéreas son el
equivalente moderno del monasterio, y, al cabo de un lustro, no lamenta haber
elegido una vida casi tan física como la de un animal, con comida y bebida
seguras, una jornada de trabajo con arnés y un establo al final del día, hasta
que amanezca el siguiente, en que se repite el trabajo del anterior.
Lo que describe como «amor a la publicidad» de Lawrence se interpreta
con mayor acierto como el ardiente anhelo de conocerse a sí mismo, pues nadie
puede ser uno mismo sin conquistar ese conocimiento. Le es indiferente la
publicidad entendida como aquello que se publica sobre él; le divierte lo que
lee acerca de su persona. Pero deja de divertirle cuando conoce a quienes creen
cuanto se ha publicado sobre él y se portan como si la leyenda fuese verdad.
Niega esa leyenda y le contestan « ¡Qué modestos son los héroes!»; y casi
vomita de asco. No cree que existan héroes o que hayan existido; sospecha que
todos fueron unos farsantes. Si le importa a veces lo que la gente piensa de
él, se debe sólo a que su opinión puede orientarle sobre la clase de hombre que
es mucho más que cualquier examen introspectivo. Se le ha tildado a menudo de
vanidoso, porque ha posado para tantos pintores y escultores —se ha negado a
ello únicamente en cuatro ocasiones— pero sus razones fueron lo más opuesto a
la vanidad. Un engreído tiene idea precisa de sí mismo y trata de imponerla a
sus vecinos. Lawrence posa para que le retraten, ya que se propone descubrir
qué es mediante el efecto que produce al artista. Y que no es vano lo expresa
el hecho de que no tiene ni uno de sus retratos, salvo uno sin ningún valor.
Acepta la opinión de que es una engañifa y un comediante, sobre todo, quizá,
porque las personas que son engañifas y comediantes le conciben como un reflejo
de ellas mismas.
Otra razón motiva que «pose», la de que los artistas (en la acepción
amplia) son la única clase de seres humanos a la que le agradaría pertenecer.
Alivia su resquemor, que, acertadamente o con desacierto, siente de no serlo,
observándolos mientras laboran y proporcionándoles un modelo. Ha trabajado
mucho en intentos escultóricos; me contó que en alguna parte, creo que en
Siria, dejó en la techumbre de una casa doce estatuas de tamaño natural que
había ejecutado. Ciertos decorados exteriores de una capilla disidente de la
Iglesia anglicana, en la Iffley Road de Oxford, son obra suya, pero carecen de
firma y no se distinguen por ello de los otros. He visto trabajos de orfebrería
que ha realizado. Ha escrito poemas; quedan mucho más lejos de lo que intentaba
hacer que las obras de sus manos, porque la poesía ofrece más libertad que
éstas. El principal castigo, o azote, de Lawrence consiste en que no puede
dejar de pensar, y por pensar entiende la actividad mental que no es simple
ponderación de una serie de hechos dados, sino un proceso más intenso y arduo,
con que formula sus hechos y pruebas a medida que progresa, y los destruye una
vez ha terminado de rumiarlos. Entre todas las personas que conozco sólo hay
tres que piensen, y Lawrence es una de ellas. Parece extender perpetuamente su
mente en todas las direcciones y encuentra poco o nada: «arremetiendo sin
sentido como un camello ciego en la tiniebla», según expresó un poeta árabe.
Por lo menos, tal esfuerzo parece endurecer y dar mayor eficacia a la mente.
Pero estamos entrando sin querer en terreno filosófico. La conclusión
más sencilla sobre Lawrence es la mejor. No se trata de un «gran hombre». La
grandeza de sus logros es en cualquier caso histórica. Él, extranjero e infiel,
inspiró el más vigoroso y vasto movimiento nacional de los árabes desde los
tiempos heroicos de Mahoma y sus inmediatos sucesores, y lo llevó a la
victoria. No se debe a que sea un genio. Esta palabra se ha hecho tan vulgar,
que carece casi de sentido; se aplica a todo científico, violinista,
versificador o jefe militar competente. Ni siquiera es un «genio errático»,
excepto que «errático» suponga que Lawrence no hace las mismas cosas que los
hombres de talento comprobado efectúan; las cosas vulgares, ordinarias, que la
gente espera de ellos. Si Napoleón, por ejemplo, que fue un genio vulgar antes
que «errático», hubiese estado en el puesto de Lawrence hacia el fin de la
campaña de 1918, se habría proclamado musulmán y consolidado el nuevo imperio
árabe. Lawrence no lo hizo, a pesar de disponer de popularidad y poder
suficientes, quizá, para convertirse en emperador, incluso sin cambio oficial
de religión. Pero habría sido un dislate esperar que quien tiene cualidades que
resplandecen en los tiempos difíciles las refrene en los apacibles. Se fue
dejando que los árabes administrasen la libertad que les había dado, libertad
no entorpecida por su gobierno, que, si bien justo y sagaz, habría sido el de
un extranjero. Hubiera sido una contradicción que él, que tanto había penado
por liberarlos, les hubiese sometido a su férula. A menudo tiene el defecto de
ser demasiado cuerdo. Travesea a veces, pero nunca se porta «erráticamente»;
nada hace sin apoyarlo en motivos sólidos, aun a costa de desilusionar a la
gente. Lawrence no fue errático al enrolarse como soldado de aviación en 1922.
Cuando lo supe, no me sorprendió: uno aprende a no sorprenderse de lo que
Lawrence hace. Mi único comentario fue «Sabe lo que desea», y ahora compruebo
que es lo más honorable que pudo llevar a cabo. Fue, además, algo que había
decidido ya en 1919 y había insinuado al mariscal del Aire Geoffrey Salmond,
antes de la firma del armisticio; pero no lo cumplió hasta que Winston
Churchill hubo concedido a los árabes lo que él consideró un trato justo.
Entonces se sintió libre para cumplir su voluntad. La política fue responsable
de los tres años de retraso.
Puede decirse, cuando menos y cuando más, de Lawrence que es un hombre
bueno. Este «bueno» lo entiende incluso un niño o un salvaje o una persona
ingenua, algo que se siente al verle, la sensación de «he aquí un hombre de
grandes facultades, uno que podría conseguir que los más de sus semejantes
hicieran por él lo que desease; pero un hombre que jamás usará sus facultades
por respeto a la libertad personal ajena».
Las propuestas populares hechas últimamente para utilizar su talento o
genio han sido tan numerosas y variadas como ridículas. El público siente por
él un interés que limita casi con la noción de propiedad; pero nadie posee, ni
poseerá, a Lawrence. No es un Niágara mostrenco destinable a fines políticos o
comerciales. ¿Un gobierno colonial? ¿Qué destino sería ése para quien pudo ser
emperador? E imagínese a Lawrence, que hace tanto tiempo que pone en duda su
existencia y la de los otros, colocando primeras piedras y asistiendo a
desfiles y banquetes… Poco después de concluir la guerra, se le invitó a
asistir a la recepción de una boda de la buena sociedad. Fue (estimaba al
novio) con un joven attaché diplomático, muy impresionado por
la solemne ocasión.
— ¿Su nombre, caballeros? —preguntó el lacayo en la puerta.
Lawrence notó que su compañero se preparaba para hacer una entrada
impresionante, y le dominó el espíritu de travesura.
—Señores Lenin y Trotsky —dijo.
Y el lacayo proclamó «Los señores Lenin y Trotsky» mecánicamente,
escandalizando a los presentes, entre los cuales había miembros de la familia
real.
Otra sugerencia ha sido la de que debería confiársele una misión para
arreglar los asuntos de China. Si le hubiera interesado componer tales asuntos,
en el supuesto de que se sintiera capaz de ello, lo que es dudoso (cabe que no
sepa una palabra de chino), Lawrence habría impuesto la condición de trabajar a
su sabor, sin interferencia ajena. Y entonces es posible, más aún, probable,
que su solución no habría sido favorable al dominio europeo de los asuntos de
China. De todas suertes, ya lo había hecho una vez: uno no repite experiencias
desagradables, a sueldo, sin convicción, a menos que se sienta el estímulo del
deber patriótico, del que Lawrence está limpio. Otras propuestas disparatadas
han sido: que debiera dirigir una revista de literatura moderna; que habría que
nombrarle para un cargo relacionado con la explotación de los campos petroleros
de Mesopotamia; que debería encargarse de la dirección general del
adiestramiento del ejército británico, o que se tendría que concederle un alto
cargo en el British Museum. Todas estas ocurrencias recuerdan los distintos
métodos de los libros medievales titulados «Cómo cazar un unicornio y domarlo».
No se percatan de que se conoce harto bien y que ha elegido servir en la Royal
Air Force, algo no muy adecuado o natural para su modo de ser, para
comprometerse sin condiciones. La dificultad de la tarea le parece digna de
intentarla de manera total. Si quiere hacer algo diferente, lo efectuará sin
necesidad de que le empujen.
Merece comentarse que la sugerencia más popular sea la de que debe
encabezar un gran renacimiento religioso.
Eso resulta bastante plausible, si se atiende a mi opinión de que puede
definírsele como «hombre bueno». Pero es tan extravagante como las otras. En
primer lugar, Lawrence ha leído tanta teología, que no podría triunfar como
simple impulsor de ese renacimiento, y no cree, además, que las religiones
puedan «revitalizarse», sino, sólo, inventarse. En segundo lugar, no se le
ocurriría dedicar de nuevo su personalidad a ninguna campaña popular, ora
militar, ora religiosa. Su nihilismo estriba en un credo glacial, cuyo artículo
inicial reza « ¡Tú no convertirás!». En tercer lugar…
Basta. Tal vez lo que George Bernard Shaw propuso sea lo más práctico:
que el gobierno conceda una pensión a Lawrence, habitaciones en algún edificio
público (el comediógrafo citó el palacio de Blenheim) y tiempo para hacer lo
que prefiera. Temo que Lawrence se negaría a aceptar incluso una concesión como
ésta, pues le mantendría bajo la sombra de obligaciones públicas y, encima, no
cree que merezca ser premiado por lo que fuere. Asimismo, tal vez opusiera
reparos estéticos al palacio de Blenheim. Aparte de que alguien ya mora en él.
Mi sugerencia, la única que creo oportuna, sobre el trato futuro que merece es,
ni más ni menos, ésta: que le dejen en paz para que conserve la rara libertad
personal que tan pocos hombres son capaces de disfrutar.
Casi todo lo que he escrito favorece, más o menos, a Lawrence. ¿Qué es
lo peor que puede decirse de él? Muchas cosas, quizá, más casi todas han sido
expresadas en diferentes ocasiones por el mismo interesado. Primero, es un
romántico incurable, lo que implica dificultad de relaciones con todas las
instituciones que aseguran defender la estabilidad pública. Se ha encariñado
con la aventura por la aventura misma, y con la parte débil por su misma
debilidad, y las causas perdidas, y las desdichas. Ahora bien, la sociedad
bendice al romántico incurable sólo si es incompetente y fracasa, acaso
envuelto en la gloria, pero de modo evidente, y de tal guisa prueba que acaba
siempre por tener razón la gente estúpida y vulgar que rige la seguridad
pública. El romanticismo de Lawrence no sufre de incompetencia ni de
esterilidad. Cierto día de 1919 un soberano europeo le acogió con el
comentario: «Es una mala época para nosotros, los reyes. Ayer se proclamaron
cinco nuevas repúblicas», a lo que Lawrence pudo responder: « ¡Ánimo, majestad!
Acabo de establecer tres reinos en Oriente».
Por el éxito de su romanticismo —romanticismo que, como en la colonia o
establecimiento «Winston» del Oriente Medio, la gran consecución de su vida de
la que la Gran Guerra fue simple prolegómeno, se acerca incómodamente al
realismo—, le odian casi todos los funcionarios gubernamentales, los militares
de profesión, expertos políticos anticuados, etc.; es un elemento perturbador
en su ordenado esquema de las cosas, un misterio y un estorbo. Incluso ahora,
siendo mecánico de la fuerza aérea, motiva preocupación. Sospechan de una
estratagema diabólica para promover un motín o rebelión. Se resisten a aceptar
que está ahí sencillamente porque está ahí. Porque pretende desembarazarse de
todo y ser política e intelectualmente inutilizable.
Repitámoslo, ni siquiera es romántico convencido. Desprecia su
romanticismo y lo combate en su fuero interno con tanto rigor, que sólo logra
convertirlo en incurable. Quienes a él se parecen son, de hecho, una amenaza
palpable para la civilización; su fuerza e importancia resultan tan grandes,
que no se les puede dejar de lado como algo baladí, son en exceso antojadizos
para abrumarlos con una situación de responsabilidad, están demasiado seguros
de sí mismos para intimidarlos y, al mismo tiempo, dudan demasiado de su valía
para transformarse en héroes.
Lo único original —si lo es— de que puedo acusar a Lawrence —si es una
culpa— consiste en esto: tiene un círculo de amigos enormemente amplio, desde
vagabundos a monarcas reinantes y mariscales del Aire, cada uno en un
comportamiento estanco, lejos uno de otro. Con cada uno muestra una faceta de
su carácter que reserva para él y que mantiene con consistencia. A cada amigo
revela una parte de sí mismo, sólo una parte: nunca confunde los personajes.
Por tanto, hay millares de Lawrence, que responden a una sola faceta del
cristal lawrenciano. Y él mismo no tiene noción de si ese cristal es incoloro y
las facetas sólo reflejan el carácter de los amigos que las miran. Carece de
amistades íntimas a las que pueda revelar la totalidad. El resultado de esta
dispersión —no conquista amigos al azar, sino los escoge, y representan
distintos campos del arte, vida, ciencia y estudio (siente ternura especial por
los delincuentes) — es que todos, en un afán posesivo, intentan acapararle,
convencidos de que sólo él conoce al Lawrence verdadero, con el efecto de que
sienten celos cómicos cuando coinciden en un sitio. Tal vez ello se deba en
parte a que Lawrence es alguien de quien cuesta menos sentir que hablar. No es
posible definirle de palabra —confieso sin rubor mi fracaso al intentarlo—, por
su variedad, por no poseer este o aquel rasgo o talante del que se pueda dar
fe. Así, pues, sus amigos se molestan con todas las descripciones que de él se
dan y no ofrecen una propia a cambio que justifique su resentimiento. De ahí,
probablemente, su reserva posesiva.
Al coleccionar material para este libro, he sufrido más de un rechazo de
amistades que han atesorado meticulosamente algo con lo que se sintieron
favorecidos de manera exclusiva. Pese a los desaires, he procurado orientarme
con todos los puntos de vista factibles, amistosos y hostiles, en lo que a
Lawrence se refiere, y si el único que todavía veo es la faceta que me ha
presentado de manera indefectible en los siete años que hace que le conozco,
bien está; pero si sólo es un Lawrence y no el Lawrence, será, no obstante, más
creíble que muchos individuos, en teoría completos, con quienes trato.
No le presento, ni él tampoco se presentaría —o se consideraría—, como
modelo de conducta o como sistema filosófico. Las circunstancias y los
esfuerzos que ha efectuado durante su vida le han dejado más libre de vínculos
humanos que a otros hombres. Por consiguiente, puede aparecer en cualquier
mercado en el momento que prefiera. Otros no se hallan en la misma situación,
pues tienen carreras, ambiciones, familias, necesidades, esperanzas, temores,
tradiciones y deberes, todo lo cual los aherroja a la sociedad organizada, en
la que Lawrence parece representar un papel sólo accidental y formulario. Este
extraordinario desapego, este aislamiento definitivo, es lo que le vuelve un
objeto de tanta curiosidad, suspicacia, exasperación, admiración, amor,
aborrecimiento, celos, leyendas y mentiras. Ha adoptado, resueltamente y no sin
dolor, hacia la sociedad organizada la actual de «anda por tu camino, que yo
iré por el mío», «déjame en paz y te dejaré en paz»; pero la sociedad
organizada no puede dejar de alborotar por oveja perdida, la que prescinde tan
perversamente de pastor y de majada. Tal vez el triunfo de su desvinculación
consista en que uno pueda escribir sobre él de esta manera, como si fuese un
personaje de la historia antigua, con la confianza de que, sea lo que fuere lo
que escriba, no le afectará en absoluto, que su rechazo sólo incumbirá a la
infracción de los derechos intelectuales, que ya no le pertenecen por completo.
A pesar de todo, no ha conseguido ahorrarse algo bastante molesto.
Cuando asiste a algún sitio, la fuerza de su personalidad deja tras de sí,
inconsciente o involuntariamente, desde luego, Lawrences ficticios, individuos
que procuran obtener algo de su poder mediante la imitación de su aspecto en
aquel momento. Un simulado embarazo en el trato social, un retraimiento
afectado, cierta inclinación de la cabeza, deliberada economía de gesto y
palabra, un alargamiento peculiar de los monosílabos sí y no, la falta de
énfasis al llegar y al partir…; cuando reconozco estas peculiaridades, sé que
anda por en medio la leyenda de Lawrence, fantasma tan persuasivo, tan
destructivo, tan falso, como hace cien años las fábulas sobre Byron. Lawrence
tiene derecho a ser Lawrence: es su invención; uno de segunda y aun de tercera
mano llega a ser cómico, tanto como si alguien muy solicitado en la vida
social, ambicioso, convencional, deportista y sibarita, quisiera ponerse el
sayal de asceta. Más, con frecuencia, la imitación va más allá de lo cómico:
los hombrecitos fuertes y silenciosos resultan más insoportables que los
hombretones fuertes y silenciosos. Y por una broma cósmica del peor gusto, la
leyenda de «el rey no coronado de Arabia» se ha mezclado con el mito novelesco
de «el jeque de Arabia». Los libreros han consagrado mucho tiempo a explicar
que la Rebelión en el desierto no es la continuación de El
hijo del jeque.
Pues bien, la dificultad de redactar un sumario preciso de lo que
Lawrence es, o fue en una época dada, se origina en que él se empeña en
mantener sus opiniones y deseos en estado de disolución, o sea les impide que
cristalicen en un motivo que afecte las opiniones, deseos y actos de otros
hombres. Cuando, a despecho de todas las precauciones, aparece un motivo, se
genera una fuerza casi irresistible, y mientras ésta dura sobresale con la
tajante precisión de una figura histórica. Para su grandeza, o poder, o como
quiera llamarse, bien que revelada popularmente en tales
ocasiones, se desprende, en apariencia, de su conducta negativa de no estar
seguro de nada, no creer en nada y no importarle nada el resto del tiempo. Y mi
estudio ha de concluir con esta paradoja.
Capítulo III
En cierta ocasión, Lawrence acompañó al emir Faisal, el príncipe árabe
que dirigió la rebelión, a una visita privada al palacio de Buckingham. Llevó
indumentaria arábiga: túnica blanca, cinturón, daga, pañuelo de seda y tocado
de cordón de oro.
— ¿Le parece bien, coronel Lawrence, que un súbdito de la corona, un
oficial, se presente con un uniforme extranjero? —le reprochó un personaje.
Lawrence respondió con respetuosa firmeza:
—Cuando un hombre sirve a dos señores, es mejor para él ofender al más
poderoso. Soy el intérprete del emir en este momento, y éste es su uniforme.
Aquel problema, el de si debía ser leal a los árabes o a Inglaterra,
cuando aquéllos y ésta se enfrentaban, fue el más difícil de su vida.
Inglaterra podía aducir derechos más antiguos a la lealtad —pues fue militar
británico durante dos años, antes de emprender la aventura que aquí se
refiere—, y su instinto le inclinaba a favor de la causa más débil, es decir, a
defender a los árabes aun a costa de oponerse a los intereses expansivos del
imperio británico.
Y su perplejidad, su duda, se acrecentó cuando se hizo cada vez más
patente que la justicia apoyaba más a los naturales de Arabia que a su patria.
Cómo llegó a tal situación no se comprenderá a menos que presentemos un
breve capítulo histórico y geográfico. Ante todo, se ha de entender qué
significa «los árabes». No son éstos sólo los naturales de la tierra denominada
Arabia: el vocablo incluye a todos los pueblos orientales que hablan el idioma
árabe. Esta lengua se utiliza en un ámbito tan grande como India, situado entre
una línea que forman la costa del Mediterráneo levantino, el canal de Suez y el
mar Rojo, y otra línea, más al este y paralela a ella, que componen el río
Éufrates y el golfo Pérsico hasta Mascate, junto al océano Indico. Este
irregular paralelogramo terrestre, mucho más largo que ancho, incluye Siria,
Palestina, Transjordania, Mesopotamia y toda la península arábiga. Se llama semitas,
hijos de Sem, a sus pobladores. Eran primos consanguíneos antes de recibir un
lenguaje religioso común, el árabe, con las conquistas de Mahoma y su Corán. El
árabe, asirio, babilónico, fenicio, hebreo, arameo y siríaco, principales
idiomas semíticos, están más emparentados que los del africano Cam o los del
indoeuropeo Jafet. Muchos pueblos extranjeros han irrumpido, de cuando en
cuando, en la tierra semita, pero no han permanecido largo tiempo en ella. La
han invadido los egipcios, persas, griegos, romanos y francos (los cruzados), y
sus posesiones fueron destruidas o absorbidas por los indígenas. Los semitas, a
su vez, se aventuraron fuera de su suelo natal y se perdieron en el mundo
exterior. Francia, España y Marruecos, por el oeste, e India, por el este,
entraron en su esfera durante los días de las grandes conquistas musulmanas.
Con contadas excepciones dispersas, jamás subsistieron lejos de su espacio
natural sin cambiar sus índoles y costumbres.
La tierra semítica tiene muchos climas y configuraciones. En occidente,
una larga cadena de montes se extiende desde Alejandreta, en el norte de Siria,
a través de Palestina y el país de Midián, hasta Adén, en la Arabia meridional.
Su altitud media oscila entre los seiscientos y novecientos metros, tiene agua
suficiente y está bien poblada. Al oriente, se halla Mesopotamia, llanura
emplazada entre los ríos Éufrates y Tigris, cuyo terreno es uno de los más
fértiles del globo terráqueo; y por debajo de ella, otra planicie, ésta
estéril, se dilata desde al-Kuwait, a lo largo de la parte arábiga del golfo
Pérsico. En el sur, una serie de colonias, encarada con el océano Indico,
soporta una población bastante numerosa. Estos bordes geográficos, provistos de
agua suficiente, enmarcan una enorme desolación sedienta, gran parte de la cual
todavía no se ha explorado. En su corazón, en la Arabia central, hay un gran
grupo de oasis bien regados y habitados. Al sur de ellos, un gran territorio
arenoso llega a las colinas pobladas que bordean el océano Índico: las
caravanas no pueden transitar en él por la falta de agua, de modo que aquellas
alturas meridionales quedan separadas de la historia árabe verdadera. Entre los
oasis y al-Kuwayt, el límite oriental, hay un desierto de guijos, con algunas
comarcas de tierra, que dificultan los viajes. Al oeste de los mismos oasis,
entre ellos y los montes poblados que costean el mar Rojo, existe otro desierto
de guijos y lava, de escasa arena. Al norte, tras una faja arenosa, una inmensa
llanura de piedra y lava ocupa todo entre la frontera oriental de Siria y las
riberas del Éufrates, en las que comienza Mesopotamia. Lawrence combatió casi
siempre en estos dos últimos desiertos, el occidental y el septentrional.
Los montes del oeste y las llanuras del este son las partes más activas
del ámbito arábigo. Por estar más expuestas a la influencia y el comercio
foráneo, tanto europeo como asiático, los árabes no son tan típicamente
semíticos como los habitantes del desierto central y correspondientes oasis.
Lawrence dependió sobre todo de la ayuda bélica que sus tribus le prestaron
durante la rebelión; por motivos personales, ansió liberar principalmente a los
árabes del desierto sirio septentrional. Ha descrito de qué manera se forman
las tribus beduinas. El ángulo sub occidental de la península, al mediodía de
la ciudad santa de La Meca, recibe el nombre de Yemen, de feraz suelo, famoso
por su café y superpoblado. Y el exceso de población no tiene fácil salida. Al
norte se halla La Meca, donde una fuerte masa de habitantes extranjeros,
llegados desde todo el mundo islámico, cierra el paso celosamente. Al oeste,
está el mar y, allende él, no hay sino el desierto sudanés. Al sur, se
encuentra el océano Índico. El único espacio libre está a oriente. Por eso, las
tribus más débiles de la frontera yemenita son rechazadas sin cesar hacia las
parameras, en que la agricultura resulta cada vez más difícil, y, luego más
allá, hasta que se ven obligados a convertirse en pastores. Entonces, aún más
apretadas, se las envía al desierto. En él viven durante varias generaciones,
hasta que se fortalecen lo suficiente para establecerse de nuevo como
agricultores en Siria o Mesopotamia. Este proceso, escribe Lawrence, es la
circulación natural que mantiene sanos a los árabes.
Los grandes desiertos no son, como pudiera creerse, propiedad común de
todos los beduinos que los recorren. Los territorios se reparten estrictamente
entre tribus y clanes, que sólo pueden apacentar sus camellos y rebaños en los
pastos que les corresponden. Por tanto, cualquier clan nuevo tiene que luchar o
pagar tributo para mantenerse dentro de un territorio fijo. Puede pasar por él
y recibir hospitalidad gratuita, mas, a los tres días, ha de proseguir el
viaje. Como si no bastara la dureza de su vida, las tribus asentadas desde hace
mucho tiempo se hallan en constante discordia, y hasta que se inició la
rebelión no tenían ideas ni motivos comunes. (Hay, además, los forajidos,
hombres sin tribu, que roban y matan a quien encuentran). La maldición beduina
ha sido siempre la de Ismael: tener su mano contra todos los hombres, y la mano
de todos los hombres contra él. No obstante, respeta en conjunto un código de
honor muy estricto en las guerras tribales.
Los centros urbanos árabes más importantes son las ciudades santas de La
Meca y Medina. La primera dista unos ochenta kilómetros de la parte media, más
o menos, de la costa del mar Rojo, y Chidda es su puerto. Medina, alrededor de
cuatrocientos dos kilómetros al norte de La Meca se encuentra a doscientos
cuarenta y un kilómetros del litoral, detrás de la cadena de montañas.
Cada año, desde hace bastante más de un milenio, se celebra una gran
peregrinación de todas las regiones del mundo islámico a esas dos ciudades. La
ruta más célebre parte de Damasco, en Siria, y se encamina al sur cruzando
desiertos, en un trayecto de mil novecientos treinta kilómetros.
Hasta hace poco tiempo, era un arduo viaje a pie o en camello, del que
millares de peregrinos, la mayoría ancianos, que cumplían aquel deber religioso
por última vez, no regresaban. Entonces, una de las principales fuentes de
ingresos de las tribus beduinas era la peregrinación anual. Vendían comida y
animales a los caminantes, y cobraban una tasa por dejarles transitar por su
territorio. Y si no les pagaban, atacaban a la caravana y expoliaban a los
rezagados. Los beduinos veían con desprecio a los peregrinos, la mayoría de los
cuales procedían de ciudades sirias y turcas, y los consideraban presa lógica.
Se tendió, al fin, una vía férrea entre Damasco y Medina, y los peregrinos,
poco antes de la Gran Guerra, pudieron alimentar la esperanza razonable de que
volverían sanos y salvos a sus lares. Sólo quedó un trecho sin ferrocarril
entre Medina y La Meca. El tren fue obra que ingenieros alemanes llevaron a
cabo para los turcos. El pretexto de su construcción fue piadoso, pero su
motivo real consistió en permitir que las tropas del sultán Abdul-Hamid
tuvieran acceso a las ciudades santas sin tener que pasar por el canal de Suez.
Hay que hablar algo de los turcos, como se ha hecho de los árabes. No
pertenecen al linaje de Sem, pues llegaron del Asia central; se convirtieron
tardíamente al islamismo, como los prusianos al cristianismo, y se
establecieron en Anatolia, en Asia Menor. Son, también como los prusianos,
gente nacida principalmente para guerrear, obtusos, brutales y resistentes; su
virtud primordial es la muy militar de unirse contra sus vecinos, a los que
dividen y vencen como los romanos. Luego de los exultantes días de la conquista
musulmana, en los que los árabes recorrieron triunfadores medio mundo, hubo que
organizar el nuevo imperio para consolidarlo. Careciendo de sentido
administrativo y de gobierno, hubieron de confiar en los pueblos no semíticos
que habían conquistado para estructurarlo. Aquí entraron los turcos, primero
como sirvientes, luego como colaboradores y finalmente como señores de la
estirpe arábiga. Se transformaron en tiranos y quemaron y destruyeron todo lo
que por su superioridad o belleza molestaba a su mente militar. Despojaron a
los árabes de sus posesiones más ricas y no les dieron nada a cambio. Ni
siquiera fueron grandes constructores de vías y puentes, ni desecadores de
pantanos, como los romanos. Descuidaron las obras públicas y se mostraron hostiles
al arte, la literatura y las ideas.
Los árabes, con sus tempranas conquistas de España y Sicilia, habían
contribuido a fomentar la cultura durante la baja Edad Media: el origen arábigo
de muchos términos científicos y técnicos atestiguan lo esencial de su
mediación. Desde luego, imitaron más que crearon, y las ideas que aportaron
fueron reliquias del saber clásico obtenido en la ciudad egipcia de Alejandría
antes de que se extinguiera. Mas, comparados con los otomanos, siempre
parecieron cultos, prósperos y hasta progresistas. El régimen turco fue un
desarrollo parasitario, que sofocó el imperio como la hiedra acaba con el
árbol. Tuvo la astucia de hacer que se enfrentasen las comunidades sometidas, y
la de enseñarles que la política de una provincia, o sea local, tenía más
importancia que la nacionalidad. Eliminaron poco a poco la lengua arábiga de
los tribunales, oficinas, servicio gubernamental y escuelas superiores. Los
árabes servirían al Estado, al imperio otomano, sólo si imitaban a los turcos.
Ciertamente, se opuso gran resistencia a tal tiranía. Hubo muchas
revueltas en Siria, Mesopotamia y Arabia; pero los señores eran demasiado
fuertes. Los árabes perdieron su orgullo racial y todas sus magníficas
tradiciones. Sin embargo, había algo que no podían robarles, el Corán, el libro
sagrado de todos los musulmanes, cuyo estudio es el primer deber religioso del
creyente, tanto árabe como turco. El Corán es no sólo el fundamento del sistema
legal usado en todo el orbe islámico, salvo donde, posteriormente los otomanos
impusieron su código, más occidentalista, sino la muestra más bella de la
literatura arábiga. Al leerlo, los árabes tuvieron una piedra de toque para
apreciar el embotamiento mental de sus señores. Y consiguieron conservar su
lenguaje, rico y flexible, y, al propio tiempo, empedraron el turco de palabras
arábigas.
El último sultán de Turquía, Abdul-Hamid, que reinó en los primeros años
de este siglo, fue más allá que sus predecesores. Envidiaba el poder del gran
jerife de La Meca, cabeza de la familia venerada de los jerifes (o
descendientes del profeta Mahoma) y gobernante muy respetado de la ciudad sacra[2]. Los sultanes anteriores, comprendiendo que el jerife mequí era
demasiado poderoso para destruirlo, halagaron su dignidad confirmando
solemnemente al jerife que elegía su misma familia, que constaba de unas dos
mil personas. Abdul-Hamid, que, por motivos autocráticos, hacía resaltar su
título hereditario de califa o príncipe de los creyentes (los musulmanes
ortodoxos), quería que las ciudades santas estuvieran bajo su administración
directa. Hasta entonces había puesto en ellas guarniciones de soldados enviados
por el canal de Suez. Luego decidió construir el ferrocarril de los peregrinos
y aumentar la influencia otomana entre las tribus árabes con dinero, intrigas y
expediciones armadas. Finalmente, no contento con entrometerse en el gobierno
jerifiano en La Meca, llevó importantes miembros de la familia de Mahoma a
Constantinopla, como rehenes que garantizaran la buena conducta de los
restantes.
Entre los cautivos figuraron Husayn, el futuro jerife, y sus hijos Alí,
Abd Allah, Faisal y Zayd, importantes en esta historia. Husayn les dio
educación moderna en Constantinopla y la experiencia que después les ayudó como
jefes de la rebelión árabe contra los otomanos. Pero hizo de ellos, asimismo,
buenos musulmanes y, cuando regresó a La Meca, cuidó de curarlos de toda
molicie occidental. Los despachó al desierto al mando de las tropas jerifianas
que vigilaban la ruta de peregrinación entre Medina y La Meca, y retuvo a cada
uno largos meses en aquel cargo.
Capítulo IV
Cuatro años antes de la Gran Guerra, el partido político de los Jóvenes
Turcos destronó a Abdul-Hamid. Los sublevados obedecían a las ideas
occidentales que habían aprendido en las escuelas estadounidenses fundadas en
Turquía, y los métodos militares enseñados por sus consejeros, los alemanes;
empero, la cultura y el gobierno de Francia les ofrecieron el modelo más claro
de imitación. Objetaban a la idea de Abdul-Hamid de un imperio religioso de un
sultán, a la vez cabeza del Estado y director espiritual. Defendían el concepto
occidental de un Estado militar —Turquía—, que rigiese los pueblos sometidos
simplemente con la espada, en el cual la religión sería cuestión secundaria.
Como parte de esta política devolvieron a Husayn y sus hijos a La Meca. Aquel movimiento
nacionalista respondía al deseo de auto protegerse. Las doctrinas de Occidente
sobre el derecho de las poblaciones sumisas a gobernarse sin intervención ajena
habían empezado a arruinar el imperio otomano. Los griegos, serbios, búlgaros,
persas y otras nacionalidades se habían independizado y establecido gobiernos
propios. Había sonado la hora de que los turcos defendiesen lo que les quedaba,
adoptando la misma orientación nacionalista.
Los Jóvenes Turcos, luego de triunfar del sultán, empezaron a portarse a
tontas y a locas. Predicaron la «hermandad otomana», con lo que pretendían
reunir a todos los hombres de sangre turca. Turquía sería la amante absoluta de
un imperio sometido al estilo francés moderno, y no el Estado principal de uno
religioso unido por el idioma árabe y el Corán. También esperaban recobrar la
población turca que estaba en poder de los rusos en el Asia central. Pero los
pueblos sometidos, cuyo número superaba mucho el de los otomanos, no los
entendieron. Viendo que sus señores, incluso en su país, dependían de los
griegos, albaneses, búlgaros, persas, etc., para que funcionasen las oficinas
gubernamentales, y que éstos se encargaban de todos, exceptuada la actividad militar,
supusieron que los Jóvenes Turcos se proponían forjar un imperio como la
porción blanca del británico, en el que serían la cabeza de varios Estados
libres, con gobierno propio y contribuyendo a los gastos imperiales. Lo
advirtieron los Jóvenes Turcos y enseguida manifestaron sus intenciones con
claridad meridiana. Al mando de Enver, hijo del ebanista principal del antiguo
sultán, y soldado político que había ascendido, se rumoreaba, asesinando a
todos los superiores que se interponían en su camino, no se pararon en barras.
Los armenios empuñaron las armas para liberarse. Los otomanos los aplastaron
—los cabecillas de los sublevados se acobardaron—, y mataron a hombres, mujeres
y niños a cientos de miles. Los pasaron a cuchillo no porque fuesen cristianos,
sino porque eran armenios y buscaban la libertad. Barbaridad tan indescriptible
la facilitó a Enver y sus colegas el natural del soldado raso turco, que se ha
descrito como el mejor soldado nato del mundo. Eso significa que es valiente,
resistente y tan disciplinado, que no abriga más sentimientos que los que se le
permiten tener. Matará y quemará incluso en su misma patria, si se le ordena, y
será misericordioso y sensible, si se le ordena. Se cumple su deber.
Los árabes, que ya habían comenzado a hablar de independencia, eran más
difíciles de tratar, no sólo por ser más numerosos, sino también porque, a
diferencia de los armenios, eran semitas, lo cual quiere decir que la idea les
fascinaba mucho más. Pues los semitas pueden pender de una idea como si fuese
de una cuerda (la frase pertenece a Lawrence). Los sirios, más próximos a
Europa, fueron los primeros en contagiarse, y los Jóvenes Turcos los
reprimieron con todas las medidas, exceptuada la de cometer una carnicería.
Dispersaron a los miembros árabes del Congreso otomano y se suprimieron las
sociedades políticas de aquella etnia. Se prohibió en todo el imperio el empleo
del idioma arábigo que no tuviera como fin el estrictamente religioso. Se
consideró delito punible cualquier alusión a la autonomía árabe. Fruto de la
opresión fue el brote de sociedades secretas de carácter revolucionario mucho
más violento. Una, la siria, era numerosa, bien organizada y tan capaz de
guardar su secreto, que los turcos, aunque sospechaban, no dieron con pruebas
claras de quiénes eran sus jefes o sus miembros, y, faltos de ellas, no osaron
iniciar otro régimen de terror del género armenio por temor a la opinión
europea. Otra sociedad se compuso casi por entero de oficiales árabes que
servían en el ejército otomano, los cuales juraron volverse contra sus señores
así que se les brindara la ocasión. Fundada en Mesopotamia, era tan
fanáticamente pro árabe que sus cabecillas se negaron a tratar con los
ingleses, franceses y rusos, que pudieron ser sus aliados, porque no creían
que, si aceptaban la ayuda europea, se les concediese la libertad que
conquistasen. Prefirieron la tiranía conocida a la tiranía posible de varias
naciones que conocían de manera oscura. Y al final de la Gran Guerra los
miembros de aquella sociedad siguieron mandando divisiones turcas contra los
británicos. La siria, en cambio, recurrió al apoyo de Inglaterra, Egipto, el
jerife de La Meca, a todos los que pudieran realizar por ella su programa de
liberación.
Estos grupos de conspiradores crecieron hasta 1914, año en que estalló
la guerra mundial. Entonces la opinión de Europa no preocupó tanto y los
turcos, con el poder que les confería la movilización general, pudieron actuar
sin trabas. Casi un tercio del ejército otomano original hablaba en árabe, y
tras los primeros meses de la contienda, cuando se percataron del peligro, los
otomanos enviaron los regimientos arabófonos lo más lejos posible de su casa, a
los frentes septentrionales, y los colocaron en primera fila en un abrir y
cerrar de ojos. Pero, antes, se descubrió que algunos revoltosos sirios pedían
auxilio a Francia para que colaborase en su lucha por la independencia, y
aquello proporcionó el pretexto para establecer el terror. Los árabes musulmanes
y cristianos fueron apiñados en las mismas celdas, y a finales de 1915 toda
Siria se había unido en una causa que el castigo fortaleció.
A principios del mismo año, los alemanes, sus aliados, convencieron con
argumentos y presiones a los Jóvenes Turcos de que, para ganar la guerra, que
los estaba acorralando, tenían que suscitar el entusiasmo religioso proclamando
la guerra santa. Pese a su anterior decisión de conceder a la religión mínimo
papel en el imperio, la guerra santa se hacía necesaria por más de una razón:
ansiaban el soporte del partido religioso turco; deseaban que sus soldados, tan
mal alimentados como equipados, luchasen con bravura, persuadidos de que irían
en derechura del paraíso si perecían; y anhelaban que los combatientes
musulmanes de los ejércitos francés y británico depusieran las armas. Esperaban
que semejante proclamación tendría inmenso efecto, sobre todo en India. Por lo
tanto, se anunció la guerra santa en Constantinopla y se invitó, mejor, se
conminó, al jerife de La Meca a que la aprobase.
El curso del conflicto habría tomado otro cariz si Husayn hubiese
accedido. Pero se negó. Odiaba a los turcos, a los que reconocía como pésimos
musulmanes, sin honor ni buenos sentimientos, y creía que la verdadera guerra
santa sólo podía ser defensiva, y aquélla era eminentemente agresiva. Además,
la alianza con Alemania, cristiana, la hubiera hecho absurda. Se negó,
repetimos.
Husayn, sagaz, honrado y muy piadoso, se encontró en una difícil
posición. La peregrinación anual se interrumpió con el estallido del conflicto
mundial y, con ella, una fuente importante de ingresos. Como era para los
aliados súbdito del enemigo, se corría el riesgo de que interrumpieran la
navegación de los barcos que transportaban alimentos desde India. Y, si
enfurecía a los otomanos, se exponía a que no le enviasen comida en el
ferrocarril del desierto.
Y su provincia no producía los víveres necesarios para su población.
Así, pues, habiendo rechazado la proclamación de la guerra santa, rogó a los
aliados que no hiciesen pasar hambre a su gente por algo de lo que no tenían
culpa. Los turcos replicaron a la negativa con un bloqueo parcial de la tierra
de Husayn, controlando el tráfico ferroviario. En cambio, los británicos
consintieron que los barcos arribasen con alimentos, como siempre. Aquello
decidió a Husayn. Determinó sublevarse (como había hecho con éxito, cuatro o
cinco años antes, su vecino Ibn Saud de los oasis centrales), y se reunió en
secreto con un grupo de oficiales británicos en un arrecife desolado del mar
Rojo, cercano a La Meca. Se le aseguró que Inglaterra le proporcionaría los
víveres y armas necesarios para la lucha. También habían solicitado su apoyo
los jefes de las sociedades sirias y mesopotámicas. Se propuso una asonada
militar en Siria. Husayn se comprometió hacer en su favor todo lo que pudiera.
Por ello, envió a su tercer hijo, Faisal, a que se informase sobre el terreno
qué posibilidad de éxito tenía la sublevación.
Faisal, que había sido miembro del gobierno otomano y, por lo tanto,
podía viajar sin cortapisas, fue a Siria e informó que las perspectivas eran
buenas, pero que la guerra en general se decantaba en contra de los aliados.
Había que esperar. No obstante, si las divisiones australianas, acuarteladas en
Egipto, desembarcaban, como se esperaba, en Alejandreta, población siria,
triunfaría sin duda un motín militar de las fuerzas árabes entonces
estacionadas en Siria. Podrían, luego, acordar en seguida la paz con los
otomanos, asegurando la libertad de Arabia, y conservarían lo obtenido aun en
el caso de que los alemanes vencieran en la contienda internacional.
No estaba al corriente de la política aliada. Los franceses temían que
las fuerzas británicas, una vez puesto el pie en tierra, nunca se fuesen de
Siria, país en que ellos estaban muy interesados. Una expedición
franco-británica hubiera resuelto la dificultad, pero los franceses no tenían
tropas para ello. Por consiguiente, como han dicho personas enteradas, el
gobierno galo hizo presión al de Gran Bretaña para que renunciara al desembarco
en Alejandreta. Por fin, tras larga dilación, los australianos, con numerosas
fuerzas británicas e indias, y un pequeño destacamento francés —por
conveniencia de la alianza— desembarcaron no en Siria, sino al otro lado de
Asia Menor, en los Dardanelos. Intentaron, casi con éxito, adueñarse de
Constantinopla y acabar con ello la contienda en Oriente de un solo golpe.
Efectuado el desembarco, los ingleses pidieron a Husayn que emprendiese la
rebelión; aconsejado por Faisal, respondió que antes los aliados debían
interponer una pantalla de soldados entre él y Constantinopla; pero los
británicos no encontraron hombres para satisfacerle y entrar en Siria, ni
siquiera con la aquiescencia francesa.
Faisal se trasladó a los Dardanelos para ver cómo andaban las cosas. Al
cabo de varios meses, el ejército otomano, aunque consiguió conservar sus
posiciones, había sufrido pérdidas espantosas. Faisal, al verlo, volvió a
Siria, pensando que era el momento propicio para rebelarse, aun sin el auxilio
aliado. Se enteró de que los turcos habían desarticulado todas las divisiones
árabes y enviado a sus componentes a distintas líneas de fuego; de que sus
amigos revolucionarios sirios estaban, o presos, o escondidos, y de que
bastantes habían sido ahorcados como reos de diferentes crímenes políticos. La
ocasión había pasado.
Aconsejó por escrito a su padre que aguardase a que los británicos
tuviesen más fuerza y los otomanos se debilitasen más. Desdichadamente, Gran
Bretaña, además de las dificultades de la Entente, adolecía de
pésima situación en el Próximo Oriente, y se había tenido que retirar de los
Dardanelos después de sufrir bajas tan graves como las de los propios otomanos.
Los políticos ingleses aceptaron la acusación de torpeza por no haber
desembarcado tropas en Alejandreta, el único lugar sensato, antes que delatar a
sus colegas franceses. Corrió por el Reino Unido un rumor: «Los griegos nos han
fallado». Bulgaria se había unido a los turcos y alemanes, de manera que los
galos se empeñaron en ir a los Dardanelos y no a Alejandreta, ni siquiera
entonces, como se había propuesto, a Salónica. Para empeorar el embrollo, el
ejército británico estaba rodeado y hambriento en la ciudad de Al-Kut, en el
frente mesopotámico. La posición de Faisal se hizo muy peligrosa. Tenía que
vivir en Damasco, como huésped del bajá Chemal, general al mando de los
efectivos otomanos en Siria, y por ser oficial del mismo ejército, hubo de
tragar todos los insultos que Chemal profería contra los árabes en sus
borracheras. Asimismo, como había presidido la sociedad independentista siria
antes de la Gran Guerra, se hallaba a merced de sus miembros; si alguno le
delataba —un condenado a muerte que quisiera salvar la vida con tal
información—, se hallaba perdido. Así, pues, Faisal hubo de quedarse quieras
que no en Damasco, con Chemal, y dedicó el tiempo en refrescar sus
conocimientos militares. Su hermano primogénito, Alí, levantaba combatientes en
Arabia, con la excusa de que él y Faisal se disponían a atacar a los británicos
en Egipto. Aquellas fuerzas se destinaban a luchar contra los otomanos en
cuanto Faisal diera la señal. Chemal, haciendo gala de su brutal humor turco,
llevaba a éste a presenciar la ahorcadura de sus amigos sirios revolucionarios.
Los condenados disimularon las intenciones de Faisal, para que él y su familia
no compartieran su sino, pues era el único líder en que Siria confiaba. Tampoco
él se atrevió a manifestar de palabra o con la expresión sus verdaderos
sentimientos, vigilado como estaba por Chemal. Sólo una vez, en su agonía,
perdió el dominio de sí mismo, y exclamó que aquellas ejecuciones costarían al
bajá lo mismo que trataba de evitar. Sus amigos de Constantinopla, los
gobernantes de Turquía, hubieron de salvarle del castigo a que le expusieron
sus frases apasionadas.
La correspondencia de Faisal con su padre, en La Meca, era sumamente
peligrosa. Viejos servidores de la familia llevaban los mensajes en las dos
direcciones por ferrocarril. Los escondían en el puño de las espadas, en
pasteles, cosidos a las suelas de las sandalias, o escritos con tinta invisible
en los envoltorios de paquetes inocuos. En todos ellos, Faisal suplicaba a su
progenitor que esperase, que retrasase la sublevación hasta momento más
oportuno. Pero Husayn, confiando más en Dios que en el sentido común militar de
su hijo, decidió que los soldados de su provincia podían derrotar a los turcos
en noble lid. Comunicó a Faisal que todo estaba a punto. Alí dispuso sus tropas
y esperaron a que Faisal las inspeccionase antes de dirigirlas al frente.
Faisal habló a Chemal del mensaje paterno (sin aclararle su significado
hostil, naturalmente) y solicitó licencia para ir a Medina. Chemal le consternó
con la respuesta de que el bajá Enver, general en jefe de Turquía, se
encaminaba a la provincia y que asistiría a una revista en ella con él y
Faisal. Éste había proyectado izar la bandera roja de la rebelión paterna en
cuanto llegase a Medina, con el fin de pillar desprevenidos a los otomanos, y
entonces tenía dos huéspedes intempestivos, dos generales sobresalientes del
enemigo, a los cuales, según las reglas de la hospitalidad árabe, no podía
perjudicar. Seguramente retrasarían tanto la puesta en marcha de la sublevación
que el secreto se divulgaría.
No obstante, todo fue a pedir de boca, aunque lo irónico de la revista
resultó casi insoportable. Enver, Chemal y Faisal contemplaron las maniobras en
la llanura polvorienta contigua a la entrada de la ciudad, en la que los
soldados fueron de un lugar a otro en fingidos combates a lomos de camello, o
entregados al antiguo juego arábigo de lanzar jabalinas montados a caballo. Por
último, Enver se volvió hacia su huésped.
— ¿Todos son voluntarios para la guerra santa? —preguntó.
—Sí —contestó Faisal, pensando en otra clase de guerra santa—. Sí.
Los jefes árabes se aproximaron para que los presentase. Un miembro de
la familia de Mahoma murmuró en un aparte:
—Señor mío, ¿los matamos ahora?
—No, son huéspedes nuestros —repuso Faisal.
Los jefes insistieron en que debían hacerlo entonces, porque así la
lucha acabaría con sólo dos golpes. Quisieron obligar a Faisal, quien tuvo que
alejarse con ellos, apartándose de Enver y Chemal, para defender la vida de los
huéspedes impuestos, los monstruos que habían asesinado a sus mejores amigos.
Hubo, en último término, de llevar rápidamente a los turcos, con un pretexto, a
la ciudad bajo su protección personal y escoltarlos hasta Damasco, con una
guardia de esclavos suyos, para salvarlos de la muerte durante el viaje de
regreso. Justificó su conducta como acto de cortesía a personajes tan
distinguidos. Enver y Chemal, sospechando de lo que habían visto, enviaron
inmediatamente por la vía férrea numerosos soldados otomanos como guarnición de
las ciudades santas. Pensaron en retener a Faisal en Damasco, pero los turcos
de Medina mandaron telegramas solicitando su vuelta inmediata para evitar
desórdenes, y Chemal le dejó ir de mala gana. Sin embargo, impuso que su
séquito permaneciese como rehén.
Faisal encontró Medina llena de otomanos, un cuerpo de ejército. Se
disipó su esperanza de atacar por sorpresa y triunfar sin apenas disparar un
fusil. Su caballerosidad le había perdido. Con todo, estaba dispuesto a
renunciar a la prudencia. El mismo día en que su séquito huyó de Damasco y
desapareció en el desierto en busca del amparo de un jefe tribal, Faisal se
quitó la careta e hizo ondear la bandera de la rebelión en las afueras de la
ciudad.
Su primer asalto a Medina fue un acto desesperado. Los árabes tenían
pocas armas de fuego y municiones, y los turcos eran muchos. En plena batalla,
una de las tribus principales cedió terreno y se desbandó. Los luchadores
fueron expulsados a la llanura abierta. Los otomanos los hostigaron con cañones
y ametralladoras. Los árabes, que no usaban más que escopetas que se cargaban
por la boca, estaban aterrados; creyeron que el ruido de las granadas
rompedoras equivalía a su capacidad mortífera. Faisal, militar diestro, sabía a
qué atenerse. Cabalgó acompañado de su pariente, el joven Alí ibn al-Husayn, en
medio de los impactos en prueba de que el peligro no era tan grande como
imaginaban los hombres de las tribus. Pero ni siquiera él pudo persuadirles de
que atacasen. Parte de la tribu que había emprendido inicialmente la fuga
ofreció al comandante turco su rendición si se respetaban sus poblados. Hubo
una pausa en la batalla. El general otomano invitó a los jefes a estudiar la
situación; al mismo tiempo, en secreto, ordenó que una tropa cercase uno de los
suburbios de la ciudad, elegido para que sirviera de ejemplo de la magnitud del
terror turco. Durante la conferencia, se ordenó a los soldados que lo asaltasen
y matasen a cuanto vivía en él. Lo hicieron con horrible meticulosidad. Los
habitantes que no fueron asesinados a tiros o bayonetazos, murieron quemados:
hombres, mujeres y niños, sin distingos. El general y su hueste habían estado
en Armenia, y aquellos métodos no eran una novedad para ellos.
La matanza provocó horror incrédulo en toda Arabia. La primera regla de
sus belicosos moradores consistía en respetar a las mujeres y niños demasiado
jóvenes para luchar; los bienes que no podían transportarse en una incursión
habían de dejarse intactos. Los hombres de Faisal aprendieron lo que Faisal ya
sabía: que los turcos no se paran en barras. Se retiraron a discutir qué habían
de hacer. El honor les obligaba a luchar hasta el último hombre para vengar la
mortandad; pero sus armas no valían nada comparadas con los fusiles,
ametralladoras y cañones modernos turcos (y alemanes). Los otomanos,
comprendiendo que se hallaban en estado de sitio o a punto de ser cercados,
expulsaron de Medina a muchos centenares de ciudadanos pobres, con el objeto de
no tener que alimentarlos.
El ataque de Faisal había de coincidir con el de su padre contra los
turcos de La Meca. Husayn tuvo más suerte. Logró tomar la ciudad a la primera
embestida, pero tardó varios días en silenciar los fuertes turcos que la
dominaban desde las alturas circundantes. Los otomanos cometieron la locura de
bombardear la mezquita, meta de la peregrinación anual, en la que se hallaba la
Caaba, santuario cúbico, en una de cuyas paredes está la piedra negra, venerada
como dadora de lluvia mucho tiempo antes de Mahoma, el cual la exceptuó, casi a
la fuerza, de la prohibición de adorar ídolos y objetos idolátricos. Se dice de
ella que cayó del cielo, y sin duda fue así, porque se trata aparentemente de
un meteorito. Durante el bombardeo, un proyectil mató a varios fieles que
rezaban al pie de la Caaba, y otro escalofrío de horror sacudió el mundo
musulmán. Se conquistó Chidda, el puerto de La Meca, con la ayuda de la armada
británica. Y toda la provincia, salvo Medina, quedó limpia de turcos al cabo de
cierto tiempo.
En su campamento, situado al oeste de la ciudad, Faisal y Alí enviaron
mensajero tras mensajero a Rabig, puerto del mar Rojo, por la carretera que
daba un rodeo entre Medina y La Meca. Sabían que los británicos, a petición de
su padre, descargaban pertrechos militares en aquella población. No
consiguieron, sin embargo, de Rabig sino algunos víveres y una partida de
fusiles japoneses, herrumbroso recuerdo de la batalla de Port Arthur, dada diez
años antes. Reventaban así que se apretaba su gatillo. Husayn permaneció en La
Meca.
Alí acabó por ir a enterarse de lo que acontecía. Averiguó que el jefe
de Rabig había decidido que los turcos vencerían y optó por unirse a ellos. Alí
hizo un alarde, recibió el refuerzo de su hermano Zayd y el jefe escapó a las
montañas, convertido en forajido. Entre los dos se apoderaron de sus aldeas,
donde descubrieron grandes reservas de armas y alimentos salidos de las naves
británicas. No pudieron resistir la tentación de descansar y explayarse. Se
quedaron donde estaban.
Faisal tuvo que encargarse de guerrear a solas, a unos doscientos
kilómetros tierra adentro. En agosto de 1915, visitó otro puerto del mar Rojo,
más septentrional que Rabig, llamado Yanbu, en el que la escuadra británica
había desembarcado una fuerza de infantería de marina y dominado la guarnición
turca. En Yanbu encontró un coronel delegado del alto comisario de Egipto, y le
pidió respaldo militar. Al cabo de algún tiempo, recibió una batería de
artillería de montaña y varias ametralladoras Maxim, que manejarían artilleros
egipcios. Los combatientes de Faisal se alborozaron al verlas llegar a los
alrededores de Medina, convencidos de que ya eran los iguales de los otomanos.
Avanzaron en tropel y dominaron las avanzadillas turcas y, después, los puntos
de apoyo. El comandante de la ciudad se alarmó. Reforzó el flanco amenazado y
recurrió a piezas más pesadas, que hicieron fuego desde gran distancia contra
los árabes. Un obús estalló cerca de la tienda en que Faisal consultaba a su
estado mayor. Se pidió a los artilleros egipcios que replicasen a las descargas
y desmontasen los cañones enemigos. Contestaron que no podían efectuarlo,
porque se hallaban casi a ocho mil metros de distancia y el alcance de sus
piezas —cañones Krupp de veinte años de edad— no iba más allá de los tres mil.
Los árabes se rieron con desdén y se retiraron de nuevo a los desfiladeros de
los montes.
Faisal estaba desanimado. Al cansancio de sus hombres se sumaban las
numerosas bajas. El dinero se agotaba y su ejército se deshacía poco a poco. Le
disgustaba tener que actuar a solas, mientras su hermano Abd Allah se hallaba
en La Meca, y Alí y Zayd en Rabig. Retrocedió con el grueso de su hueste a una
posición más próxima a la costa, dejando que las tribus se dedicasen a su
diversión favorita de repentinos ataques a las columnas turcas de
aprovisionamiento y golpes de mano a los puestos avanzados. En este período de
la historia de la rebelión, apareció Lawrence y cambió el curso de los sucesos.
Capítulo V
Al declararse la guerra, Lawrence tuvo que renunciar, lógicamente, al
pensamiento de continuar trabajando en Karkemish, que estaba en territorio
otomano. Se encontraba entonces en Oxford —no era la temporada de excavaciones—
y le molestó mucho aquella interrupción de lo que había sido para él una
existencia casi perfecta. Trató de incorporarse a un curso de adiestramiento de
oficiales, celebrado en Oxford, y no lo consiguió. Repitió el intento en
Londres con idéntico resultado. Se ha dicho sin razón que se le clasificó como
«por debajo del nivel físico imprescindible para combatir»: sería algo
increíble. Tal vez el único inglés de su tamaño, igual a él en fuerza muscular
y resistencia fuera Jimmy Wilder, púgil del peso mosca, campeón del mundo, que
no sólo venció a todos los oponentes de su peso, sino durante años no pudieron
vencerle boxeadores que pesaban seis kilogramos y medio más que él. Se declaró
a Wilder inútil para el servicio por su «físico emaciado». En lo que le
respecta, Lawrence fue rechazado por una plétora temporal de reclutas. El
doctor Hogarth se enteró de la desorientación del joven y obtuvo una semana de
pruebas, como favor personal, del coronel Hedley, jefe del departamento
geográfico del estado mayor en Whitehall. Veintiún días más tarde, Hogarth
encontró a Hedley.
— ¿Le ha sido útil Lawrence? —preguntó.
—Ahora dirige toda la sección en mi nombre —respondió lacónicamente el
coronel.
Competía a Lawrence trazar mapas de Bélgica, Francia y el Sinaí.
Cuatro meses después, Turquía entró en la contienda y lord Kitchener
ordenó que todos los miembros de la expedición al Sinaí de 1913-1914 fuesen
enviados en seguida a Egipto, donde sus conocimientos tal vez resultasen útiles
en vista de una posible invasión otomana de aquel país. El general Maxwell
telegrafió que no los necesitaban. Kitchener cablegrafió que ya estaban en
camino. En El Cairo, como era de esperar, Lawrence se incorporó al Departamento
Cartográfico Militar del Servicio de Inteligencia, donde una vez más se notó su
presencia. Conocía ciertas regiones de Siria y Mesopotamia mejor que los
propios turcos. Al mismo tiempo, fue nombrado capitán de información en el
cuartel general de Egipto. Se le encargó de notificar de modo periódico al
estado mayor general la posición de distintas divisiones y cuerpos más
reducidos del ejército otomano: los espías y prisioneros, hechos en diversos
frentes, suministraban la información. Aunque se reconociese su valor, no
gozaba del aprecio de los oficiales superiores, sobre todo entre los recién
llegados de Inglaterra, los cuales dudaban que un civil como él estuviera
calificado para discutir cuestiones militares. Molestó, por ejemplo, que
interrumpiera a dos generales que discutían los movimientos de tropas turcas de
Tal Lugar a Tal Otro, con estas palabras:
— ¡Tonterías! No pueden salvar esa distancia ni en el doble del tiempo
que ustedes les conceden. Los caminos son pésimos y no hay transporte local.
Encima, el oficial que los manda es un tipo muy perezoso.
Tampoco estimulaba el aprecio el hecho de que fuera sin correaje, con
zapatos de charol, y sin los calcetines y la corbata reglamentarios. Además,
sus informes no se redactaban en el estilo consagrado. El manual del Ministerio
de la Guerra sobre el ejército otomano, que codirigió durante catorce
ediciones, contuvo comentarios por el estilo de «El general Abd al-Mahmud, jefe
de la división…, es medio albanés y está tísico; capaz y artillero experto;
pero es un bribón vicioso y aceptará sobornos». Estos comentarios ad
hominem se consideraban innecesarios, porque la teoría rezaba que los
oficiales enemigos de los británicos eran hombres caballerosos y merecedores de
todo género de cortesía. La objeción a comentarios tan «eruditos» creció cuando
hicieron una comparación entre el nuevo movimiento de los boy-scouts turco
y el cuerpo de pajes que había en Egipto en el período de los jenízaros.
Desagradó al estado mayor, que sospechó se trataba de una broma. Otra tarea de
Lawrence era interrogar a los sospechosos; podía decir al punto, reparando en
detalles intrascendentes de la indumentaria y el dialecto que hablaba, quién
era un individuo y de dónde procedía. Bastarán dos ejemplos comprobados. Un
malhechor muy feo fue prendido en el canal de Suez por la sospecha de que
espiaba. Afirmó que era sirio. Lawrence, dominando su aversión de mirar a
alguien a la cara, dijo: «Miente. Fíjense en sus ojillos de cerdo. Este sujeto
es un buhonero egipcio». Le habló en su jerga y el hombre confesó quién era. En
otra ocasión, bastante posterior, cuando Lawrence había refinado mucho sus
observaciones, llegó un árabe apuesto portador de información. El compañero de
Lawrence dijo: «Un beduino auténtico viene a verte». A lo que el joven repuso:
«No, no anda ni se porta como los beduinos. Es un agricultor árabe de Siria,
que vive bajo la protección de la tribu de los Banu Sajr». Y acertó.
En 1915, El Cairo se llenó de generales y coroneles sin otra ocupación
que la de enviar mensajes innecesarios y meterse entre los pies de las pocas
personas que hacían trabajo útil. Parecía una ópera bufa. Se juntaron en
Egipto, con la oficialidad al completo, nada menos que tres estados mayores, y
les fue imposible certificar dónde empezaban y concluían sus deberes. Se
repetía en el ejército una parodia maliciosa de un antiguo credo cristiano
egipcio, en la que figuraba la frase «Y, con todo, no hay tres Incompetentes,
sino uno Solo». Tenemos un vislumbre íntimo de Lawrence en 1915: un pequeño y
sonriente subteniente, de pelo de longitud anti militar y sin cinto, atisbando
desde detrás de un biombo del Savoy Hotel, con otro colega, tan poco militar
como él, mientras contaban: «Uno, dos, tres, cuatro». Enumeraban generales. Se
le celebraba en la sala de conferencias sólo de jefes de su rango. Su colega me
ha jurado que Lawrence contó sesenta y cinco, y él sólo sesenta y cuatro: tal
vez un brigadier se había movido.
Lawrence viajó en varias ocasiones al canal de Suez, que había sufrido
un leve ataque turco, y donde siempre se esperaba otro más violento. Estuvo una
sola vez en el desierto de Senusi, en el oeste de Egipto (creo que para hallar
el paradero de británicos que habían apresado beduinos hostiles). Le enviaron a
Stenas para que se pusiera en contacto con el grupo levantino del servicio
secreto británico, que representó en Egipto hasta que la misión fue demasiado
importante para que cuidase de ella un oficial de su rango. Intervino en la
busca de información sobre las sociedades revolucionarias antibritánicas de
Egipto y, como los egipcios no eran tan leales a ellas como los sirios y
mesopotámicos, recibía constantes visitas; individuo tras individuo se ofrecieron
a delatar a sus compañeros hasta que casi conoció toda la sociedad. Su mayor
apuro estribaba en evitar que coincidieran en la escalera. La vida social le
aburría. «No lo paso bien aquí —escribió a finales de marzo de 1915—. Me codeo
con una multitud vestida de caqui, que sólo piensa en banqueros, desfiles y
comidas. Como los rehúyo del todo, me acusan de esnob». En abril de 1916, le
destinaron a Mesopotamia, con un quehacer que apenas le interesaba y con una
intención conocida sólo de colegas, muy pocos, dignos de confianza.
El ejército de Mesopotamia constaba de una mezcla de tropas indias y
británicas, que habían caminado desde el golfo Pérsico a lo largo del Tigris.
Al principio, tuvieron éxito, pero las enfermedades, las dificultades de
transporte, la mala estrategia y fuertes contingentes turcos convirtieron el
avance en retirada. Poco más tarde, el general Townshend y sus hombres, muy
numerosos, fueron copados y sitiados en la ciudad de al-Kut. Faltaban víveres.
Se estaba seguro de su rendición, porque los refuerzos de India no llegarían a
tiempo. La tarea oficial de Lawrence, que le había asignado directamente el
Ministerio de la Guerra londinense, era presentarse en secreto al comandante
turco que cercaba al-Kut y convencerle de que no apretara las tuercas. Se creyó
posible que un rico soborno cumpliría el milagro, ya que los propios otomanos
se hallaban en dificultades. Tenían pocos soldados —los regimientos de habla
árabe se mostraban revoltosos sin disimulo—, y el ejército ruso, al norte,
había tomado Erzurum, capital del Kurdistán, en una batalla famosa por haberse
dado en la nieve. Los rusos se dirigían a buen paso hacia Anatolia, la
provincia natal de los turcos. Por todo ello, el asedio podía desbaratarse en
cualquier momento. De hecho, la toma de Erzurum había sido «amañada» —la novela
del coronel Buchan, Greenmantle, encierra harto más que un viso de
autenticidad— y el Ministerio esperaba que lo mismo se repitiera en al-Kut. Sin
embargo, Lawrence había dicho a sus superiores que nada se sacaría con los
sobornos, como no fuese animar a los turcos. Su jefe, sobrino de Enver,
caudillo de los Jóvenes Turcos, no tenía por qué preocuparse por el dinero.
No agradaba la idea de la entrevista a los generales británicos
destacados en Mesopotamia. Dos dijeron a Lawrence que sus intenciones (las
cuales ignoraban) eran deshonrosas e impropias de un soldado (jamás había
pretendido serlo). El ejército mesopotámico dependía del gobierno de India, y
aunque lord Kitchener, general en jefe de las fuerzas imperiales británicas,
había hecho avances al principio de la guerra a dos líderes de la sociedad
secreta que exigía la independencia de Mesopotamia, para ofrecerles ayuda en
una sublevación que eliminase de golpe a los turcos del país, le habían
estorbado. El gobierno indio temía no poder conceder a los árabes rebeldes los
beneficios de la protección británica, que había conseguido Birmania unos años
antes: los mesopotámicos desearían conservar la libertad adquirida. Por lo
tanto, se frenó la ayuda que Kitchener estaba dispuesto a otorgarles, y no hubo
rebelión. En vez de ello, se envió de India un ejército para que actuase sin
los árabes, y los resultados fueron desastrosos. Británicos e indios fueron
considerados tan invasores como los mismos otomanos, y no sólo no obtuvieron
apoyo, sino las tribus locales los atacaron y robaron.
La intención personal de Lawrence, la verdadera razón de su viaje, era
la de comprobar si la situación de Mesopotamia permitía la cooperación local,
según el criterio nacionalista, entre los británicos y las tribus del Éufrates,
que conocía bien desde su estancia en Karkemish. Algunas ya se habían rebelado
—esperando ponerse en contacto con la importantísima tribu de Ruwalla, del
desierto sirio septentrional—, y con su asistencia, cortar cuanto antes las
comunicaciones turcas, impidiendo el tráfico fluvial y atacando las columnas de
suministro, hasta que el ejército que rodeaba al-Kut se convirtiera de sitiador
en sitiado. Al-Kut podía sostenerse mientras él hacía los preparativos, siempre
y cuando otros ocho aeroplanos lanzasen provisiones a la población. Pero no
consiguió nada. La política de liberar a Mesopotamia sin la colaboración árabe,
y de convertirla en parte del imperio, se mantuvo con testarudez; casi se
prefería ceder el país a los turcos antes que admitir a los árabes como fuerza
política. La consecuencia fue que Lawrence no llevó a cabo lo que se proponía.
La conferencia con el general turco, a la que acudió con otros dos
hombres a través de las líneas enemigas, con una bandera blanca y los ojos
tapados con un pañuelo, fue simplemente un intento de rescatar, por motivos
humanitarios o interesados, a los miembros de la guarnición de al-Kut cuya
salud se había resentido a causa del asedio, y a los que el cautiverio mataría,
y de convencerle que no castigase a los viles árabes de al-Kut que los hubiesen
ayudado. Efectuadas estas cosas, aunque de modo poco satisfactorio —cambiaron
unos mil enfermos por la misma cantidad de turcos sanos, cuando hubiesen debido
ser tres mil—, la conferencia pasó a ser un mero cambio de palabras corteses, a
las que Lawrence y el coronel Aubrey Herbert, que le acompañaba, no se sumaron.
En el instante en que el otomano dijo: «En resumidas cuentas, caballeros,
nuestros fines como constructores de un imperio son los mismos que los suyos.
Nada nos separa», Herbert replicó con sequedad: «Sólo un millón de cadáveres
armenios». Y la entrevista concluyó inmediatamente.
Lawrence tenía otra misión, la de exponer al estado mayor británico en
Mesopotamia, en representación del alto comisario de Egipto, que el auxilio
prometido al jerife Husayn no suponía apoyo alguno a su aspiración al califato,
cabeza espiritual del mundo islámico, como se creía con alarma en India. El
califa oficial era todavía el antiguo sultán Abdul-Hamid. Cumplido el encargo,
se fue, al-Kut se rindió (la mitad de la guarnición pereció en el cautiverio y
los turcos ahorcaron a cierto número de civiles árabes), y el resto del
ejército de Gran Bretaña, cuyo avance seguía molestando a las tribus locales,
sufrió enormes pérdidas y tardó dos años en llegar a Bagdad.
La situación iba de mal en peor. El alto comisario, que había hecho
promesa al jerife Husayn en nombre del Foreign Office, se encontró en un
aprieto. El general en jefe de las fuerzas británicas en Egipto, que recibía
órdenes sólo del Ministerio de la Guerra, no tenía fe en la rebelión y no
estaba dispuesto a desperdiciar hombres, armas y dinero en ella. Se atenía a la
regla de «nada de asuntos colaterales». También es posible que le desagradase
que el alto comisario, un civil, se metiera en cuestiones militares. Así, pues,
en el exterior de Medina, Faisal, que esperaba con ansiedad la llegada de la
artillería y los pertrechos que le habían prometido, y que había gastado casi
todo su tesoro particular en las pagas de sus hombres, era presa del desengaño
y la inacción. Poco más se hizo que desembarcar algunas tropas egipcias y
provisiones en Rabig. Parecía que la rebelión había terminado. Muchos oficiales
de estado mayor en El Cairo lo consideraban como una broma muy divertida hecha
al alto comisario. Les hacía reír el pensamiento de que Husayn no tardaría en
hallarse en un patíbulo otomano. Como soldados, se sentían unidos
fraternalmente a los turcos, y no advertían la tragedia y el deshonor de su
actitud. Las cosas empeoraron cuando una misión francesa intrigó contra Husayn
en las ciudades de Chidda y La Meca, aparte de proponer al abrumado anciano
proyectos bélicos que hubieran arruinado su causa a los ojos de todos los
musulmanes.
En El Cairo, Lawrence era más importunado aún por coroneles y generales,
y descubrió que, conocido su gran interés por la rebelión árabe, se disponían a
colocarle en un puesto en el que nada podría efectuar para ayudarla. Decidió
irse a tiempo. Solicitó permiso para hacerlo y se le negó; por ello, comenzó a
portarse de manera tan detestable, que el estado mayor reflexionó que sería una
suerte desembarazarse de él. Tenía fama de cachorro impertinente, y la
robusteció con una campaña de picotazos: corrigió gramaticalmente los escritos
de casi todos sus superiores y comentó su desconocimiento de la geografía y
costumbres orientales. La crisis aconteció como sigue:
Le telefoneó el jefe de la plana mayor.
— ¿El capitán Lawrence? ¿Dónde está, exactamente, estacionada la 45
división turca?
—En la posición Tal, cerca de Alepo. La componen los regimientos 131,
132 y 133, acuartelados en las aldeas Tal, Tal y Tal.
— ¿Ha señalado esos pueblos en el mapa?
—Sí.
— ¿Los ha registrado en los archivos de traslados?
—No.
— ¿Por qué?
—Porque están más seguros en mi cabeza hasta que se confirme su
situación.
— ¡Ah, ya! Pero no puedo enviar su cabeza a Ismailía cada vez que se
necesiten datos.
(Ismailía dista mucho de El Cairo).
— ¡Ojalá pudiese hacerlo! —repuso Lawrence y cortó la comunicación.
Aquello tuvo el efecto ansiado. Optaron por librarse de Lawrence como
fuere. Aprovechó la ocasión y solicitó un permiso de diez días para descansar
junto al mar Rojo, con el representante del Foreign Office, Storrs (sería el
primer gobernador cristiano de Jerusalén desde las cruzadas), que visitaba al
jerife por cuestiones importantes. Le concedieron el permiso. Al propio tiempo,
efectuó diligencias para que le transfirieran del servicio de inteligencia
militar al «Arab Bureau». (Departamento Árabe), que dependía directamente del
Foreign Office. El departamento se había constituido para colaborar en la
rebelión arábiga. Lo dirigía un pequeño grupo de personas, algunas como Lloyd y
Hogarth, viejos amigos de Lawrence: sabían, en verdad, algo de los árabes… y de
los turcos. Resolvieron su traslado el Ministerio de la Guerra y el Foreign
Office en Londres, lo que le concedió tiempo. Se proponía llevar a cabo muchas
cosas durante los diez días de licencia.
Capítulo VI
Lawrence y Storrs llegaron el mes de octubre de 1916 a Chidda, puerto de
La Meca en el mar Rojo. (En este punto Lawrence empieza la exposición de sus
aventuras en el libro Rebelión en el desierto).
Recibió a los dos ingleses Abd Allah, segundo hijo del jerife, caballero
en una yegua blanca y rodeado de una escolta, a pie, de esclavos con armas
preciosas. Acababa de regresar victorioso de una batalla en la ciudad de
al-Taif, más interior que La Meca, de la que distaba relativamente poco, en la
cual había derrotado a los turcos en un ataque impetuoso. Estaba de muy buen
humor. Se decía de él que era el jefe auténtico de la sublevación, el cerebro
que movía a Husayn; pero Lawrence, tras estudiarle, reflexionó que sería buen
estadista y útil posteriormente a los árabes, si lograban conquistar la
independencia (su juicio del actual rey de Transjordania fue acertado); pero no
parecía ser el profeta necesario para triunfar. Era demasiado afable, ladino y
alegre: los profetas están hechos de otro barro. El principal objeto de
Lawrence en su viaje a Chidda consistía en encontrar al profeta verdadero, si
lo había, cuyo entusiasmo encendiese llamas en el desierto. Por lo tanto,
decidió buscar en otra parte.
Mientras tanto, Abd Allah habló con él de la campaña y le proporcionó un
informe destinado al cuartel general de Egipto. Acusó a los ingleses de ser los
responsables más abultados de la falta de éxito de los árabes. Habían
descuidado cortar el ferrocarril de la peregrinación, por lo que los turcos
tuvieron transportes con que trasladar refuerzos a Medina. Faisal había sido
alejado de ella y el enemigo congregaba muchas tropas para avanzar hasta Rabig,
la ciudad portuaria. Los combatientes de Faisal, que impedían su marcha por los
montes, carecían de víveres y pertrechos para resistir mucho tiempo. Lawrence
contestó que Husayn había rogado a los británicos que no cortasen la vía
férrea, que no tardaría en necesitar para su triunfal avance en Siria, y que había
devuelto la dinamita enviada porque era demasiado peligrosa para que los árabes
la empleasen. Además, Faisal no había pedido más alimentos o armas desde que se
le enviaron los artilleros egipcios.
Abd Allah dijo que, si los otomanos progresaban, la tribu de los Harb,
situada entre ellos y Rabig, se uniría a ellos y todo se habría perdido. Su
padre se pondría entonces al frente de sus escasas tropas y moriría peleando en
defensa de la ciudad. En aquel momento, sonó el teléfono y el propio jerife
habló con su hijo desde La Meca. Éste le repitió lo que había dicho, y el
anciano exclamó: «Sí lo haré. Los turcos entrarán sólo sobre mi cadáver». Y
cortó la comunicación. Abd Allah sonrió levemente y preguntó si era posible,
para evitar tal desastre, que una brigada británica, compuesta, si cabía, de
musulmanes, fuese enviada a Suez, donde esperarían barcos para trasladarla a
Rabig en cuanto los turcos emprendiesen la marcha desde Medina. Para llegar a
La Meca, tendrían que pasar por Rabig en busca de agua, y si Rabig aguantaba
cierto tiempo, él guiaría sus fuerzas a Medina por la ruta oriental. Una vez
hubiese tomado posiciones, sus hermanos, Faisal, desde el oeste, y Alí, desde
el este, se aproximarían y atacarían con vigor a Medina por tres lados.
No agradó a Lawrence la idea de enviar soldados a Rabig. Contestó que no
sería fácil proporcionar transporte marítimo a toda una brigada. El ejército
británico no tenía regimientos totalmente musulmanes, y, de todas suertes, no
sería suficiente una sola brigada. Los cañones de los barcos defenderían la
playa, lo único que la brigada podría defender, y a los hombres que hubiese en
ella. Por otra parte, si se enviaban soldados cristianos en defensa de la
ciudad santa contra los turcos, en India se alborotarían al no entender la
acción; ya había habido en ella trastornos cuando una flotilla británica
bombardeó a los otomanos de Chidda. No obstante, expondría de la mejor manera
posible a los ingleses de Egipto las opiniones de Abd Allah. En el ínterin, ¿se
le permitiría ir a Rabig para ver cómo era el terreno y para hablar con Faisal?
Éste le informaría de si se sostendría en los montes, en caso de que se le
mandaran más armas y pertrechos desde Egipto.
Abd Allah consintió, pero necesitaba la autorización de su padre. La
obtuvo con alguna dificultad (Husayn se mostró muy suspicaz). El emir escribió
a su hermano Alí pidiéndole que diese una buena montura a Lawrence y le
llevase, sano y salvo, con rapidez, al campamento de Faisal. Aquella noche una
banda de instrumentos de viento, de penoso aspecto, con los uniformes otomanos
que Abd Allah había tomado en al-Taif, interpretó en su honor música turca y
alemana. El emir confió a Lawrence sus planes para ganar la independencia:
eran, simplemente, capturar a los peregrinos importantes que fuesen a La Meca y
retenerlos como rehenes. Faisal se opuso. Luego preguntó a Lawrence cuántas
generaciones, a partir del rey Jorge, podía contar como su linaje. El joven
respondió: «Veintiséis generaciones, hasta Cedric el Sajón». (O las que fueren;
he olvidado cuántas eran, pero Lawrence, desde luego, no). Abd Allah comentó
que no era un número despreciable, pero, agregó con orgullo, él le ganaba por
diecisiete. Claramente, no era el profeta ansiado. Al día siguiente, Lawrence
navegó a Rabig y entregó la carta a Alí.
Simpatizó con él. Alí era el primogénito de Husayn. Tenía treinta y
siete años de edad. Agradable, bien educado, versado en literatura árabe,
piadoso y concienzudo, adolecía de tuberculosis, enfermedad que le debilitaba y
le volvía nervioso e irritable. Si Abd Allah no respondía a sus ideas, Alí tal
vez dirigiría bien la rebelión. Acompañaba al emir su hermano Zayd, de
diecinueve años, tranquilo, petulante y no muy entusiasta en cuanto a la
sublevación. Le habían criado en el harén y aún no se había convertido en
hombre de acción. Pero agradó a Lawrence. Era más atractivo que Alí, a quien
molestaba que un cristiano, incluso con la autorización del jerife, recorriese
la provincia santa; no le permitió irse hasta después del crepúsculo, para que
no le viese partir del campamento alguno de sus seguidores en los que no
confiaba. Guardó secreto el viaje hasta a sus esclavos, entregó a Lawrence un
manto y un tocado árabes y ordenó al viejo guía, que iría con él, que desviase
las preguntas y la curiosidad, y que evitase los campamentos. Los habitantes
del Rabig y su distrito pertenecían a la tribu de los Harb, cuyo jefe, pro
turco, había escapado a la montaña cuando apareció Alí con su ejército. Le
debían obediencia, y si se enteraba de la marcha de Lawrence hacia Faisal, tal
vez enviara una partida para cerrarle el paso.
Lawrence podía fiarse de su guía: un guía responde con su vida de la
seguridad de las personas confiadas a él. En tiempo anterior, un Harb se había
comprometido a llevar al explorador Huber a Medina por aquel mismo itinerario
(el que seguían los peregrinos, entre Medina y La Meca), y le mató al averiguar
que era cristiano. El homicida estaba seguro de que la opinión pública le
excusaría, pero se mostró contraria a él a pesar del cristianismo de Huber.
Desde entonces vive solo en los montes, sin amigos que le visiten, y se le ha
negado la licencia para casarse con cualquier mujer de su tribu. Era un aviso
para el guía de Lawrence, y para su hijo, que fue con ellos.
Lawrence, que se había ablandado en los dos años de oficina en El Cairo,
fue sometido a prueba por la jornada, aunque la experiencia de cabalgar un
camello escogido, del género adiestrado para los príncipes árabes, fue tan
nueva como grata. No los había buenos en Egipto, ni en el desierto del Sinaí,
en el que los animales, fuertes e incansables, no se adiestraban bien. Viajaron
toda la noche, excepto un breve alto para dormir entre la medianoche y el alba
gris. Recorrieron al principio un terreno liso, de arena suave, a lo largo de
la costa, entre la playa y las colinas. Al cabo de unas horas, llegaron al
cauce de lo que, en la breve estación de lluvias de Arabia, se transformaba en
río torrencial, un amplio campo pedregoso en el que se erguían algunos macizos
de espinos y matas duras. Los camellos se sintieron más a sus anchas en él, y,
bajo la luz del sol naciente, trotaron con regularidad hacia Mastura, donde se
hallaba la aguada siguiente, desde Rabig, en la ruta de peregrinación. El hijo
del guía abrevó a las bestias, bajando seis metros por la pared de piedra para
sacar el agua con un odre, que vació en un abrevadero superficial. Cada camello
apuró unos veintitrés litros de líquido, mientras Lawrence descansaba a la
sombra de un arruinado muro de piedra, y el hijo fumaba un cigarrillo.
Aparecieron algunos hombres de la tribu de los Harb y dieron de beber a
sus camellas. El guía no les habló, porque pertenecían a un clan con el que su
gente, vecina suya, habían combatido recientemente y todavía no estaban en
buenos términos. Mientras Lawrence observaba, llegaron dos individuos de la
parte hacia la que él se encaminaba. Ambos eran jóvenes y llevaban buenas
monturas; pero uno vestía ropa de seda y pañuelo bordado en la cabeza, y el
otro, su criado en apariencia, de algodón blanco y pañuelo rojo del mismo
tejido. Se detuvieron junto al pozo. El más elegante se deslizó con facilidad
al suelo, sin hacer que su camello se arrodillara, y ordenó a su acompañante:
«Haz que beban mientras yo reposo». Fue al muro en que se recostaba Lawrence,
fingiendo estar tranquilo, y le ofreció un cigarrillo recién liado.
— ¿Tu presencia es de Siria? —preguntó.
Lawrence, para no descubrirse, repitió lo mismo, con la variante
imaginable.
— ¿Tu presencia es de La Meca?
El árabe tampoco se mostró dispuesto a hablar de sí mismo.
A continuación, se representó una comedia que Lawrence no entendió hasta
más tarde, gracias a las explicaciones del guía. El criado sujetó a los
camellos por los ronzales en espera de que los hombres de Harb acabasen de
abrevar sus bestias.
— ¿Qué pasa, Mustafá? —exclamó el hombre elegante—. ¡Qué beban en
seguida!
—No me dejan —indicó, mohíno, el criado.
El señor se enfureció y le golpeó la cabeza y los hombros con el látigo
de montar. El agredido, entre dolido, asombrado y encorajinado, se dispuso a
devolver los golpes, mas se contuvo y corrió al pozo. Los hombres de Harb
quedaron consternados y le abrieron camino por piedad. Mientras daba agua a sus
animales, cuchichearon: « ¿Quién es?». El sirviente respondió: «Un primo del
jerife de La Meca». Sus interlocutores se precipitaron a desatar fardos de
hojas verdes y brotes de los espinos, y alimentaron a los camellos de señor tan
honorable. Éste los miró con complacencia e invocó la bendición de Dios sobre
ellos. Poco después desaparecía por el camino de La Meca, al mismo tiempo que
Lawrence y sus dos compañeros arrancaban en la dirección contraria.
El viejo guía, riéndose entre dientes, explicó lo sucedido. Los dos
jóvenes eran de cuna noble. El más elegante, que había actuado como amo y
señor, era Alí ibn al-Husayn, jerife, y el otro, su primo. Pertenecían a la
tribu de los Harit, enemiga irreconciliable de la de los Harb. Pensando que los
retendrían o apartarían del agua si los reconocían, fingieron ser señor y
criado, mequíes. Alí ibn al-Husayn llegó a ser el mejor amigo árabe de Lawrence
y en una ocasión le salvó la vida. Ya se había hecho famoso en los combates de
Medina y había capitaneado a los luchadores de la tribu Atayba en las
contiendas en camello contra los turcos. Alí había huido de su familia a los
once años de edad para juntarse con su tío, célebre jefe de bandidos, y vivió
por sus propios medios hasta que su padre le echó el guante. El guía habló con
entusiasmo del joven guerrero y acabó su narración con un adagio local: «Los
hijos de Harit son hijos de la batalla».
La jornada, que empezó por un pedregal, siguió por arena blanca y pura.
El resplandor deslumbraba. Lawrence, cansado de entornar los ojos, arregló el
pañuelo de cabeza en una visera y se tapó la cara con el resto. El calor
arrancaba ondas del terreno. Al fin se desviaron del camino de peregrinación y
tomaron un atajo hacia el interior, por un suelo que se alzó gradualmente,
lleno de bordes rocosos y arena movediza. En aquel paraje medraba hierba dura
como el alambre y matojos, en los que pastaban unas cuantas ovejas y cabras. El
guía señaló a Lawrence un mojón y dijo, con algún alivio, que se hallaban en
tierras de su tribu y que ya podían despreocuparse.
Al anochecer llegaron a un grupo de veinte chozas, donde el guía compró
harina y amasó, con agua, un pan de cinco centímetros de grosor y veinte de
diámetro. Lo coció en un fuego de maleza que le cedió una mujer y, limpiando
las cenizas, lo compartió con Lawrence. Habían recorrido noventa y seis
kilómetros desde Rabig, a contar de la noche anterior, y tendrían que caminar
otro tanto antes de encontrar el campamento de Faisal. Lawrence estaba rígido y
entumecido, con la piel entre reseca e hinchada, y los ojos fatigados.
Permanecieron en el caserío un par de horas, y cabalgaron en una oscuridad
total valles arriba y valles abajo. Debían de avanzar sobre arena, porque no se
percibía ruido alguno, con el único cambio del color de las depresiones y el
fresco —relativo— de los lugares abiertos. Lawrence se dormía y se despertaba
de pronto, casi mareado, echando mano de la cruz de la silla para recobrar el
equilibrio. Se detuvieron mucho después de medianoche, descansaron tres horas y
reanudaron el camino bajo la luna. La ruta atravesaba árboles, a lo largo de un
curso de agua, con cimas puntiagudas a los lados, negras y blancas a la luz
lunar: el aire sofocaba. El día despuntó cuando entraban en una porción más
ancha del valle, en el que el viento levantaba columnas giratorias de polvo
aquí y allí. A la derecha había otra aldehuela de chozas castañas y blancas,
semejantes a casas de muñecas, al pie penumbroso de un despeñadero de
centenares de metros de altura.
De las viviendas salió, al fin, un viejo charlatán montado en un
camello, que se unió a ellos. El guía le respondía con laconismo, en prueba de
que estaba de más, y el anciano, para bienquistarse, metió la mano en el bolso
de su silla y les ofreció comida: pan del día anterior pringado de manteca
derretida y espolvoreado de azúcar. Se hacían de él bolas con los dedos y así
se consumía. Lawrence aceptó un pedacito, pero el guía y su hijo comieron con
voracidad.
Por lo tanto, la provisión menguó notablemente, y así tenía que ser,
porque se considera afeminado el árabe que lleva mucha provisión de boca para
un simple viaje de ciento sesenta kilómetros. El viejo dio noticias de Faisal:
la víspera había repelido un ataque y tenía algunos heridos. Mencionó los
nombres de éstos y detalles de sus heridas.
Cabalgaban sobre suelo firme de guijos, entre acacias y tamariscos, y
las largas sombras que proyectaban en la luz matinal. El valle parecía un
parque de cuatrocientos metros de anchura. Lo encajaban farallones de
trescientos metros de elevación, castaños y rojioscuros, con manchas rosadas,
que ostentaban en la base largas vetas de piedra de color verde oscuro. Once
kilómetros más adelante encontraron una barricada destartalada, que cruzaba el
valle y se encaramaba por las laderas, cuya inclinación lo consentía. En el
centro había dos recintos murados. Lawrence preguntó al viejo qué era aquello,
el cual le respondió, sin venir a cuento, que había estado en Damasco,
Constantinopla y El Cairo, y que tenía amigos entre los personajes egipcios.
¿Conocía Lawrence a algún británico de Egipto? Le intrigaban las intenciones
del joven y trató de engatusarle pronunciando frases en egipcio. Lawrence le
contestó en el dialecto sirio de Alepo, a lo que el anciano enumeró a los
sirios prominentes que conocía. Lawrence también los conocía. El hombre se puso
a hablar de política, del jerife y sus hijos, y le preguntó qué haría Faisal.
Lawrence, como siempre, evitó la respuesta; además, no conocía los proyectos
del emir. El guía terció cambiando de tema. Posteriormente, Lawrence supo que
el viejo espiaba a sueldo de los turcos, y solía informar con frecuencia a
Medina de lo que, con destino a Faisal, pasaba por su aldea.
A lo largo de la mañana, cruzaron otros dos valles y una serie de
colinas y llegaron a un tercer valle, donde el viejo espía les había dicho que
no tardarían en encontrar al emir. Se detuvieron en un pueblo grande, donde
había una extensión de agua clara de sesenta metros de largo por ocho de ancho,
bordeada de hierbas y flores. Unos esclavos negros les dieron pan y dátiles
—los mejores que Lawrence había probado— en la casa de un hombre principal.
Éste se hallaba con Faisal, y su esposa e hijos estaban en tiendas en el monte
cuidando sus camellos. Los valles se hallaban infestados de fiebre y los árabes
sólo pasaban cinco meses al año en sus viviendas. Los negros atendían sus
bienes en su ausencia. No les importaba el clima y prosperaban con la
horticultura, cultivando melones, calabacines, cohombros, uvas y tabaco, lo que
les proporcionaba algún dinerillo. Se casaban entre sí, edificaban sus casas y
recibían buen trato de los árabes. Se había manumitido a tantos, que sólo en
aquel valle había trece poblados puramente negros.
Comidos el pan y los dátiles, los viajeros subieron por el valle, de
unos cuatrocientos metros de anchura, enmarcado por rocas desnudas, encarnadas
y negras, con resaltes y aristas cortantes. Así avistaron grupos de soldados de
Faisal y rebaños de camellos que pacían. El guía cambió saludos con ellos y
apretó la marcha hacia la aldehuela en que el emir había sentado sus reales. Se
componía de un centenar de casas de barro, con huertos lujuriantes. Se habían
edificado sobre montones de tierra de seis metros de altura, que se formaron
cuidadosamente, capazo tras capazo, durante generaciones. Aquello las convertía
en islas en la estación de las lluvias, cuando el agua se deslizaba entre
ellas. En la aldea en donde habían estado poco antes había decenas de islas
como aquéllas, pero habían sido arrastradas a cientos y sus ocupantes se
ahogaron en el chubasco diluvial que habían sufrido hacía algunos años: una
pared de agua de dos metros y medio de altura recorrió el valle y arrasó cuanto
encontró en su carrera. El guía los condujo a uno de aquellos islotes e
hicieron arrodillarse los camellos en la entrada del patio de una casa larga y
baja. Un esclavo, con una espada de puño de plata en la mano, llevó a Lawrence
a otro patio, más interior.
La entrevista con Faisal será más viva si se recurre a las palabras de
Lawrence:
«Al fondo del patio, entre las jambas de una puerta negra, se destacó
una figura blanca, que me observó con intensidad. Comprendí inmediatamente que
aquél era el hombre que buscaba: el adalid que llenaría de gloria la rebelión
árabe. Faisal era, al parecer, muy alto, semejante a una columna, y muy
esbelto, con su larga indumentaria de seda blanca y pañuelo de cabeza sujeto
con un brillante cordón escarlata y oro. Tenía los párpados caídos, y su barba
negra y semblante pálido eran como una máscara comparados con la extraña
actitud, tranquila y vigilante, de su cuerpo. Tenía las manos cruzadas delante
de él, sobre la daga.
”Le saludé. Se apartó para que entrase en la habitación y se sentó en una
alfombra contigua a la puerta. Mis ojos se acostumbraron a la penumbra. Vi que
el cuartito contenía muchas figuras silenciosas, que contemplaban con fijeza a
él o a mí. Faisal se estuvo quieto, mirándose las manos, que recorrían despacio
el contorno de la daga. Por fin, preguntó con voz suave cómo me había ido el
viaje. Me referí al calor, y se interesó sobre el tiempo que habíamos tardado
en llegar desde Rabig. Al oír mi respuesta, comentó que habíamos cabalgado muy
de prisa dada la estación en que estábamos.
” — ¿Te gusta nuestro Wadi Safra?— dijo.
” —Sí, pero está lejos de Damasco.
”La frase cayó como una espada en la habitación. Hubo un estremecimiento.
Después, todos los presentes se irguieron en su sitio y retuvieron el aliento.
Algunos, quizá, pensaron en el triunfo lejano; otros, quizá, lo interpretaron
como una referencia a su última derrota. Faisal levantó, al fin, los ojos hacia
mí y dijo sonriendo:
” — ¡Alabado sea Dios! Tenemos turcos más cerca.
”Todos sonreímos con él. Me levanté y rogué que me excusaran de momento».
Tal vez haya lectores que prefieran — ¡y bienvenidos sean!— la versión
de Lowell Thomas de los mismos hechos:
«Llegado a Chidda, Lawrence logró obtener la autorización del gran jerife
Husayn para efectuar un breve viaje en camello, tierra adentro, al campamento
de Faisal, su tercer hijo, que se esforzaba por mantener encendido el fuego de
la rebelión. La causa árabe parecía perdida. No había balas bastantes para que
el ejército se alimentara de carne de gacela, y las tropas se veían reducidas
al melancólico yantar de Juan el Bautista: langostas y miel silvestre.
”Tras un intercambio de los cumplidos orientales de rigor, tras muchas tazas de
dulzón café, lo primero que Lawrence preguntó a Faisal fue:
” — ¿Cuándo llegará tu ejército a Damasco?
”La pregunta disgustó claramente al emir, que miró por la entrada de la tienda
a las maltrechas y sucias reliquias de la hueste paterna.
” — ¡In sha-Allah! —Profirió, atusándose la barba—. ¡No hay poder ni gloria
sino en Allah, supremo y grande! Quiera Él mirar con favor nuestra causa. Temo
que las puertas de Damasco se hallan al presente más lejos de nuestro alcance
que las del paraíso. Si Allah quiere, nuestro próximo acto será atacar a la
guarnición turca de Medina, donde espero liberar la tumba del profeta del poder
de nuestros enemigos».
Capítulo VII
Lawrence fue a ver a los artilleros egipcios. Los encontró desanimados.
Su pueblo era muy casero, y a pesar de combatir a los turcos, sentían cierta
afinidad con ellos, puesto que se hallaban entre beduinos, a los que
consideraban salvajes. Los oficiales británicos les habían enseñado a ser
marciales, limpios y decorosos, a plantar sus tiendas de modo ordenado y a
saludar con garbo. Los árabes se reían de ellos por tales cualidades y estaban
disgustados. Luego tuvo una larga entrevista con Faisal y su ayudante, Mawlud,
que había sido oficial en el ejército otomano y degradado dos veces por hablar
de la libertad árabe. Los ingleses le habían capturado cuando mandaba un
regimiento de caballería turca en Mesopotamia. En cuanto se enteró de la
rebelión del jerife, se ofreció voluntario para combatir a los otomanos y
arrastró a otros oficiales, compatriotas suyos, con él. Se quejó, con frases
amargas, de que se descuidara tanto a los sublevados: el jerife les enviaba
treinta mil libras mensuales para gastos, pero no suficientes fusiles,
municiones, cebada, arroz y harina de trigo, y carecían de ametralladoras,
artillería de montaña, ayuda técnica e información. Lawrence le atajó diciendo
que su visita se debía al propósito de saber y enterar a los británicos de Egipto
de cuáles eran sus necesidades, pero antes tenía que conocer exactamente la
marcha de la campaña. Faisal le expuso la historia de la rebelión desde el
principio, como se ha referido en un capítulo anterior, y mencionó,
maliciosamente, entre otros hechos, que, en la lucha contra las avanzadillas
turcas, que acostumbraba cumplirse de noche porque entonces la artillería
enemiga estaba a ciegas, el combate se iniciaba con maldiciones, insultos y
palabrotas. La lid fraseológica llegaba al apogeo cuando los adversarios,
frenéticos, llamaban ingleses a los árabes, y éstos los denominaban alemanes.
No había alemanes en la provincia santa y Lawrence era el primer inglés que
ponía el pie en ella; pero la injuria definitiva daba la señal para la lucha
cuerpo a cuerpo. Lawrence se interesó por los proyectos de Faisal, quien le
contestó que, hasta que cayera Medina, tendrían que estar en guardia, porque el
enemigo se proponía sin duda alguna reconquistar La Meca. No pensaba que sus
fuerzas se contentasen con defender la región montañosa, interpuesta entre
Medina y Rabig, con el mero expediente de no moverse y tirotear desde las
alturas. Si los turcos se movían, él lo haría también. Era partidario de atacar
Medina por los cuatro lados a la vez con otros tantos contingentes de gente de
las tribus, que él y sus tres hermanos encabezarían. Fuese cual fuere el
resultado, el ataque interrumpiría la marcha sobre Medina y su padre tendría
tiempo de armar y adiestrar tropas regulares.
Porque sin tropas regulares resultaba imposible guerrear de manera
continua contra los otomanos. Nadie convencería a los hombres de las tribus de
que abandonasen a sus familias más de un par de meses, de vez en cuando, y no
tardarían en hastiarse de la guerra, si no había ocasión de cargar en camello y
saquear. Faisal habló bastante y Mawlud, que se agitaba inquieto, gritó:
—No escribas un cuento para nosotros. Lo único que debe hacerse es
pelear y pelear y matarlos. Dame una batería de cañones de montaña y
ametralladoras, acabaré esta guerra. Hablamos y hablamos, y no hacemos nada.
Faisal estaba agotado de cansancio. Con los ojos inyectados en sangre y
las mejillas emocionadas, parecía mucho más viejo de lo que correspondía a sus
treinta y un años de edad. No obstante, era alto, apuesto y vigoroso, de cabeza
y hombros llenos de dignidad regia, y graciosos movimientos. Se daba cuenta de
tales dones y, por consiguiente, gran parte de sus discursos públicos se
basaban en la actitud y el ademán. Sus hombres le veneraban. No vivía más que
para cumplir su tarea. Siempre abusaba de sus fuerzas. Refirieron a Lawrence
que en cierta ocasión, después de un largo combate, en el que hubo de defender
su persona, dirigir las cargas, dominar y estimular a sus tropas, se desplomó
víctima de un acceso y hubieron de retirarle inconsciente del lugar del triunfo
con espuma en los labios.
A la cena de aquella noche concurrieron jeques de muchas tribus
beduinas, árabes mesopotámicos y mequíes de la familia de Mahoma. Lawrence, que
no había revelado quién era sino a Faisal y Mawlud, habló en la lengua arábiga
de Siria e introdujo temas de conversación que, por ser excitantes, soltarían
las lenguas de los reunidos y sabría qué pensaban. Deseaba comprobar su
valentía sin pérdida de tiempo. Faisal, que fumaba un cigarrillo tras otro,
dominó la discusión incluso en los instantes de mayor acaloramiento y, sin
parecerlo, se impuso a los oradores. Lawrence habló con pesar de los sirios
ejecutados por los turcos por predicar la libertad. Los jeques replicaron sin
morderse la lengua: les había estado bien empleado por intrigar con los
franceses e ingleses. Si los turcos hubiesen sido derrotados, habrían aceptado
a los británicos o los franceses en su lugar. Faisal sonrió, casi guiñó el ojo
al joven, y declaró que, bien que se enorgullecerían de aliarse con los
ingleses, los árabes tenían miedo de una amistad tan poderosa, que podía
ahogarlos a fuerza de atenciones. Lawrence contó entonces que el hijo del guía,
durante la jornada desde Rabig, se había quejado de los marineros británicos
que había en aquella ciudad. Bajaban a tierra a diario. Pronto, afirmó el
muchacho, pasarían la noche en ella, se establecerían y se adueñarían de todo
el país. Después se refirió a los millones de ingleses que combatían en
Francia, sin que los franceses temieran que se quedasen para siempre. (En
realidad, aquello no era exacto: los aldeanos de Francia sentían el mismo
temor; pero Lawrence no había luchado en aquella nación). El hijo del guía le
preguntó con desdén si se atrevía a comparar Francia con la provincia santa.
Faisal meditó lo que había oído, y acabó por expresar que, a fin de
cuentas, los británicos habían ocupado el Sudán, a pesar de haber dicho que no
les interesaba; tal vez lo repitieran en Arabia, aun cuando no les interesase.
Tenían hambre de tierras desiertas, para mejorarlas y explotarlas: quizá un día
les tentase Arabia. Pero la idea inglesa del bien y la idea árabe del bien
podrían diferir, y el bien impuesto podía arrancar a la gente los mismos gritos
de dolor que el mal impuesto. Faisal era educado, pero sorprendió a Lawrence la
percepción que aquellos jeques, hasta los más desharrapados y sucios, tenían
del concepto de la libertad nacional. La libertad era ideal totalmente nuevo en
el país, uno que a duras penas pudieron enseñar los habitantes cultos de La
Meca y Medina. Por lo visto, el jerife había convertido a su noble y santa
familia en misioneros de aquel concepto. Sus palabras tenían mucho peso.
Husayn había tenido asimismo la cordura, pese a su indiscutible piedad
islámica, de no introducir la religión en la contienda. Una de sus principales
razones personales para declarar la guerra fue que los Jóvenes Turcos eran
irreligiosos; pero comprendió que aquello no convencería a las tribus. Sabían
que sus aliados, los británicos, eran cristianos. «Los cristianos combaten a
los cristianos. ¿Por qué no lucharán los musulmanes contra los musulmanes?
Queremos un gobierno que hable como nosotros y nos deje vivir en paz. Y odiamos
a los turcos». No les preocupaba la cuestión de cómo se administraría el
imperio árabe cuando terminase el otomano. Concebían el mundo arábigo como una
confederación de tribus independientes, y si intervenían en la liberación de Bagdad
y Damasco, sería sólo para conceder a esas ciudades el don de la libertad como
miembros nuevos de la familia árabe. Si el jerife optaba por llamarse emperador
de Arabia, que lo hiciera, pues sería sólo un título con que impresionar al
resto del mundo. Aparte la desaparición de los turcos, todo seguiría en el país
como antes.
Lawrence madrugó y se paseó entre las tropas de Faisal. Ansiaba
comprobar si eran buenos combatientes con el mismo método que había empleado la
noche precedente con sus jefes. No le sobraba el tiempo y tuvo que fiarse de la
observación sobre todo. Los síntomas más tenues serían incluso útiles para el
informe destinado a Egipto, que acaso lograra despertar la confianza en la
rebelión que él siempre había tenido. Los hombres le acogieron con alegría,
tumbados a la sombra de una mata o una roca. Le embromaron por su uniforme
caqui, confundiéndole con un desertor turco. Era gente dura, cuyas edades
oscilaban entre los doce y sesenta años, de cara muy morena; algunos parecían
medio negros. Delgados, pero vigorosos y activos, podían recorrer montados
inmensas distancias un día tras otro, correr descalzos por la arena abrasadora
y las rocas sin manifestar dolor, y trepar a los montes abruptos. Vestían en
general camisa suelta —algunos pantalones cortos bajo ella— y todos llevaban en
la cabeza un gran pañuelo, casi siempre encarnado, que les servía de toalla,
moquero y bolsillo. Cruzaban su pecho varias cananas, y disparaban los fusiles
para divertirse al más mínimo pretexto. Estaban muy animados y ansiaban que la
guerra durase una década. El jerife alimentaba tanto a ellos como a sus
familias, y les entregaba una soldada de dos libras mensuales y cuatro más por
aportar su camello.
Había con Faisal ocho mil hombres, de los cuales ochocientos eran
camelleros. Los demás procedían de las montañas. Servían sólo bajo los jefes de
su tribu, y únicamente en las inmediaciones de su territorio tribal; cada uno
cuidaba de su alimentación y transporte. Los jeques disponían de sendas
compañías de un centenar de guerreros. Si se usaban fuerzas más numerosas, los
mandaba un jerife, o sea un descendiente del profeta, la dignidad del cual le
encumbraba por encima de las rivalidades tribales. Las venganzas de sangre
entre los clanes se suponían interrumpidas por la guerra nacional. Se
suspendieron, al menos. Los Billi, Chuhayna, Atayba y otras tribus se unieron
por primera vez en la historia de Arabia. Sin embargo, los miembros de una
rehuían a los de la otra, y hasta en el interior de la misma nadie confiaba en
su vecino, pues había también deudas de sangre entre clan y clan, y familia y
familia; y aunque todos aborrecían a los turcos, las reyertas familiares podían
resolverse durante un ataque violento, en el que era imposible seguir el rastro
a todas las balas disparadas.
Lawrence decidió que, no obstante lo que había afirmado Faisal, la gente
de las tribus no era útil más que para la lucha irregular y la defensa. Les
gustaba saquear. Levantarían los raíles de la vía férrea, robarían caravanas y
se apoderarían de camellos, pero eran en exceso independientes para combatir
bajo un mando único. El hombre que lucha bien solo suele ser «mal soldado»
desde el punto de vista del ejército, y parecía absurdo intentar disciplinar a
aquellos héroes salvajes. Pero si recibían Lewis (ametralladoras ligeras
semejantes a rifles corpulentos), tal vez defendieran con acierto los montes,
mientras se formaba un ejército regular en Rabig. Ya se creaba al mando de otro
desertor árabe de las fuerzas turcas, un ordenancista llamado Aziz al-Masri. En
los campos de prisioneros británicos de Egipto y Mesopotamia había centenares
de sirios y mesopotámicos que podrían presentarse voluntarios para guerrear
contra los turcos, si se les invitaba. Como la mayor parte era ciudadanos y,
por lo tanto, menos independientes, proporcionarían buen material a Aziz.
Mientras los beduinos hostigaban a los otomanos con incursiones y golpes de
mano, esa fuerza regular podría encargarse de la lucha regular. En cuanto al
peligro inmediato de un avance a través de los montes, Lawrence había
comprobado cómo era aquella región. Los únicos pasos los ofrecían los valles,
llenos de sinuosidades y recodos, entre paredes precipitosas, ora de ciento
veinte metros de ancho, ora de seis. Y los beduinos eran magníficos tiradores.
Doscientos podían frenar a un ejército. Los turcos no pasarían a menos que
mediase una traición en las filas árabes, y, aunque mediase, no sería seguro.
Jamás sabrían si los beduinos se levantarían detrás de ellos. Y custodiar todos
los pasos significaría llegar a la costa con un puñado de hombres.
Había una dificultad, la única: la artillería aterrorizaba aún a los
árabes. Se acostumbrarían a ella, pero, en aquel instante, el estampido de un
obús los desperdigaba a kilómetros a la redonda en busca de resguardo. No
temían ni las balas ni la muerte, pero morir bajo la artillería era demasiado
para su imaginación. Había, pues, que conseguir piezas artilleras, útiles o
inútiles, pero estrepitosas, para el bando musulmán. Desde Faisal al
combatiente más joven sólo se hablaba en el campamento de una cosa: artillería,
artillería, artillería. Cuando dijo a los hombres del emir que se desembarcaban
en Rabig piezas que disparaban obuses tan gruesos como el muslo de un hombre,
hubo una alegría inenarrable. Los cañones, desde luego, no se emplearían
militarmente. Al contrario. Los árabes luchaban mejor en orden disperso. Si
obtenían las piezas, se apretujarían buscando su protección, y una acumulación
de guerreros sería batida incluso por unas pocas compañías turcas. Sólo que, si
no recibían cañones, se retirarían a sus tierras y la rebelión acabaría. La
artillería, por lo tanto, era el único problema, y la rebelión lo único
verdadero, el encendido entusiasmo de toda una provincia.
Capítulo VIII
Lawrence habló de nuevo con Faisal y le prometió hacer todo lo que
pudiera. Se desembarcarían suministros para su uso exclusivo en Yanbu, a unos
doscientos kilómetros al norte de Rabig, y alrededor de ciento doce de donde se
hallaba entonces, en Hamra. Procuraría sacar más voluntarios de los campos de
prisioneros, a los que se adiestraría como artilleros y ametralladores.
Obtendrían todos los cañones de montaña y armas automáticas ligeras que no se
necesitasen en Egipto. Por último, solicitaría oficiales británicos, unos
cuantos expertos con conocimientos técnicos, para que le sirvieran de asesores
y le tuvieran en contacto con El Cairo. Faisal le dio las gracias cordiales y
le pidió que regresase pronto. Shaw repuso que sus obligaciones en Egipto le
impedían intervenir en la lucha; quizá sus jefes le permitirían visitar más
tarde al emir, cuando se hubiesen satisfecho sus necesidades y la situación
mejorase. Mientras tanto, debía ir a Yanbu y El Cairo sin dilación.
Faisal le asignó una escolta de catorce nobles de la tribu de los
Chuhayna. Partió al atardecer. La misma tierra desolada, pero más abrupta, de
valles someros y colinas de lava, y, por último, una gran extensión arenosa
hacia el mar distante. A la derecha, a treinta y dos kilómetros, el gran Chabal
Rudwa, uno de los montes más altos del país, se erguía verticalmente en la
llanura. Lawrence lo había contemplado desde ciento veinte kilómetros, en la
aguada en que Alí ibn al-Husayn y su primo habían abrevado sus monturas. En
Yanbu, se albergó en la casa del agente de Faisal y escribió su informe
mientras esperaba el barco que le transportaría. La embarcación apareció a los
cuatro días. La mandaba el capitán Boyle, que había colaborado en la toma de
Chidda. Le disgustó Lawrence a simple vista, porque llevaba un pañuelo en la
cabeza como los nativos, prenda impropia de un soldado. Con todo, le transportó
a Chidda, donde encontró a Sir Rosslyn Wemyss, almirante de la
armada del mar Rojo, que se disponía a zarpar hacia el Sudán.
La flota de Wemyss había sido muy útil al jerife. Le concedió cañones,
ametralladoras, partidas de desembarco y todo género de ayuda. En cambio, el
ejército de Egipto nada hacía en pro de la rebelión. El único apoyo militar
salió del ejército egipcio autóctono, las solas fuerzas que dependían del alto
comisario. Lawrence navegó con el almirante hasta Port Sudán, donde encontró a
dos oficiales ingleses del contingente egipcio que mandarían a los soldados de
la misma nacionalidad que estaban con el jerife, y adiestrarían las fuerzas
regulares que se creaban en Rabig. De uno, Joyce, volveremos a hablar; el otro,
Davenport, hizo mucho por el ejército árabe, pero, por trabajar en el teatro
meridional de los acontecimientos, no estuvo con Lawrence en la campaña del
norte. En Jartum, habló con el general en jefe del ejército egipcio, que días
después fue nombrado alto comisario de Egipto. Antiguo creyente en la rebelión,
se alegró de conocer las noticias esperanzadoras de que Lawrence era portador.
Éste fue a El Cairo acompañado de los buenos deseos del general.
En la capital egipcia se discutía con ardor la posibilidad de un avance
turco contra La Meca. La cuestión era si debía enviarse a aquella ciudad una
brigada aliada. Ya habían partido aeroplanos hacia ella. Los franceses
anhelaban que se diera aquel paso. Su representante en Chidda, un coronel,
había llevado recientemente a Suez, para tentar a los británicos, artillería,
ametralladoras, caballería e infantería musulmanas de la colonia de Argelia, al
mando de oficiales franceses. Casi se había determinado enviar con ellos tropas
inglesas a Rabig, bajo la autoridad del coronel galo. Lawrence se dispuso a
interrumpir aquella operación. Dirigió al cuartel general un enérgico informe,
según el cual las tribus árabes eran capaces de defender los montes interpuestos
entre Medina y Rabig, si se les suministraban piezas de artillería y consejos;
en cambio, escaparían a sus tiendas si se enteraban del desembarco extranjero.
Además, durante su viaje, se había enterado de que la carretera de Rabig, la
más utilizada, no era la única vía de comunicación con La Meca. Los turcos
podían atajar utilizando pozos que ningún informe había mencionado, y soslayar
Rabig. Por lo tanto, una brigada resultaba inútil desde cualquier punto de
vista. Acusó al coronel francés de tener motivos especiales (no militares) para
desembarcar sus tropas, y de intrigar contra el jerife y los británicos. Y
demostró lo que aseveraba con pruebas fehacientes.
El general en jefe del ejército británico se alegró del informe de
Lawrence, porque no deseaba cooperar en una acción secundaria y más bien
teatral. Convocó a Lawrence. El jefe del estado mayor se apartó con él, le
habló en tono amistoso y protector de temas sin importancia, y de qué estupendo
era que hubiese estado en Oxford un año —pensaba, evidentemente, que su
subordinado era un jovenzuelo que había abandonado la universidad en el primer
curso para incorporarse a las fuerzas armadas—, y le rogó que no espantase ni
animase al general en jefe a mandar tropas a Rabig, porque no tenían hombres
que malgastar en operaciones triviales. Lawrence accedió con la condición de
que el jefe de estado mayor se encargaría de enviar, por lo menos, pertrechos,
armamentos y algunos oficiales expertos. Cerraron el trato y lo cumplieron.
Divirtió mucho a Lawrence el cambio de actitud de la plana mayor. Ya no era un
cachorro petulante, sino un capitán valiosísimo, muy inteligente, que escribía
con mordacidad. Todo porque, ¡oh, maravilla!, su opinión de la rebelión les
convenía. Se cuenta que se preguntó al general en jefe, después de la
entrevista, qué le parecía Lawrence. Se limitó a contestar:
—Sufrí un desengaño. No se presentó con zapatillas de ballet.
El jefe del Arab Bureau, al que se transfirió el joven, era hombre
amistoso. Le dijo que debía ser el consejero militar de Faisal. Lawrence
protestó que no era militar por vocación, que rehuía las responsabilidades y
que Londres no tardaría en enviar oficiales de carrera para que dirigiesen la
guerra con eficacia. Se prescindió de sus protestas. Los oficiales de carrera
posiblemente no llegarían hasta que hubieran transcurrido meses y, mientras
tanto, un inglés responsable había de asistir al emir. Por consiguiente,
cediendo a otros sus tareas cartográficas, su Arab Bulletin (crónica
secreta de los progresos del movimiento revolucionario) y sus informes sobre el
paradero de las divisiones turcas, se aprestó a desempeñar un papel por el que
no sentía la menor inclinación.
Capítulo IX
En diciembre, efectuó la travesía a Yanbu, que, por su consejo, se había
convertido en base de entrega de los suministros destinados al ejército de
Faisal. Encontró en la población al capitán británico Garland, de los Royal
Engineers, enseñando a los árabes a emplear dinamita para destruir vías
férreas. Garland hablaba perfectamente el árabe y dominaba el modo más rápido
para instruir y destruir. Lawrence aprendió de él a no temer el poderoso
explosivo. Garland se metía en el bolsillo detonadores, mecha y todo lo demás,
saltaba a su camello y emprendía un viaje de una semana hacia el ferrocarril de
los peregrinos. A causa del mal estado de su corazón, enfermaba cada dos por
tres, pero se reía tanto de su salud como de los detonadores, y siguió adelante
hasta que logró que descarrilase el primer convoy otomano y volase por el aire
el primer puente. Falleció poco después.
La situación general era entonces la siguiente: las tribus adelantadas
en aquella parte de Medina sometían los turcos a presión y enviaban a diario a
Faisal sus capturas, tanto camellos y fusiles como prisioneros y desertores,
por los cuales el emir pagaba una cantidad convenida. Su hermano Zayd ocupaba
posiciones en el territorio de los Harb, en tanto que vigilaba las tribus que
cubrían a Yanbu. Su hermano Abd Allah se había desplazado desde La Meca al este
de Medina, y a fines de noviembre de 1916 interceptaba ya el envío de víveres a
la ciudad desde los oasis centrales. Sólo podía bloquear Medina, y no atacar a
la vez con Faisal, Alí y Zayd, pues disponía únicamente de tres ametralladoras
y diez cañones de montaña, casi inútiles, que había tomado a los otomanos en
al-Taif y La Meca. Habían llegado a Rabig cuatro aeroplanos británicos y
veintitrés piezas de artillería, casi todas anticuadas y de catorce modelos
distintos, pero piezas artilleras al fin y al cabo. Alí tenía tres mil infantes
árabes, de los cuales dos mil pertenecían a la tropa regular que Aziz instruía,
y, además, novecientos camelleros y trescientos soldados del ejército egipcio.
Faisal, en Yanbu, organizaba aldeanos, esclavos y pobres en batallones,
imitando el modelo de Aziz. Garland daba en la misma población clases de
bombardeo, disparaba armas de fuego, y reparaba ametralladoras, ruedas, armones
y los fusiles de todo el mundo.
Lawrence había pensado atacar ante todo a al-Wachh, gran puerto situado
a trescientos veinte kilómetros de Yanbu. Los Billi eran la principal tribu de
aquella región; Faisal estaba en relación con ellos, y meditaba solicitar a los
Chuhayna, cuyo territorio se hallaba entre las dos ciudades mencionadas, que
verificasen una expedición contra al-Wachh. Lawrence se mostró dispuesto a
cooperar en el levantamiento de la tribu y a asesorar militarmente. Por lo
tanto, se fue en compañía del jerife Abd al-Karim, medio hermano del príncipe
de los Chuhayna. Le sorprendió el color de su acompañante, negro como la pez,
porque era hijo de una esclava abisinia con la que el viejo emir se casó a edad
avanzada. Tenía veintiséis años, era inquieto, activo y muy alegre, y estaba en
buenas relaciones con todos. Odiaba a los turcos, que le despreciaban por su
color (los árabes se despreocupaban del colorido africano, pero no del propio
de los indios). Era jinete famoso. Se enorgullecía de efectuar las jornadas en
la tercera parte del tiempo invertido por los demás. En aquella ocasión,
Lawrence no puso reparos a la marcha viva, porque no le pertenecía el camello
que montaba y hacía frío.
Partieron de Yanbu al principio de la tarde a paso rápido, que
mantuvieron durante tres horas. Se detuvieron a comer pan y beber café, y Abd
al-Karim, que era muy natural, aprovechó la ocasión para luchar a brazo partido
sobre su alfombra con uno de sus hombres. Se sentó agotado. Refirieron cuentos
cómicos, y una vez hubieron descansado, se pusieron en pie y bailaron. Hacia el
ocaso volvieron a sus cabalgaduras. Una hora de carrera desenfrenada los llevó
al límite del terreno llano y a una sierra baja. Los camellos jadeantes
caminaron por un estrecho valle tortuoso, lo cual enojó tanto a Abd al-Karim,
que, cuando llegaron al cabo de él, en lo alto, hizo galopar a todos colina
abajo a velocidad demente, en plena oscuridad. Tardaron media hora en alcanzar
la llanura opuesta, donde se hallaban los principales palmerales datilíferos de
los Chunayna meridionales. Se había comentado en Yanbu que los palmerales y
al-Najl al-Mubarak, aldea contigua a ellos, habían sido abandonados; pero, al
avanzar, vieron el humo iluminado de las hogueras y oyeron el bramido de miles
de camellos excitados, griterío humano, disparos de señal y chillidos de mula.
Abd al-Karim se alarmó. Entraron en silencio en la aldea, encontraron un patio
vacío. Trabaron los camellos y los ocultaron. Después, Abd al-Karim cargó su
fusil y fue calladamente al extremo de la calle para averiguar qué sucedía. Sus
compañeros aguardaron con ansiedad. Regresó casi en seguida con la noticia de
que Faisal había llegado con su cuerpo de camellos y deseaba ver a Lawrence.
Atravesaron la aldea y encontraron una confusión estrepitosa de hombres
y animales. Se abrieron paso entre ellos y, de pronto, estuvieron en el cauce
seco, pero aún resbaladizo, de un río, donde el ejército había acampado.
Llenaba el valle de parte a parte. Había cientos de hogueras de espino. Los
combatientes comían, preparaban café o dormían unos junto a otros, envueltos en
sus mantos. Había camellos por doquier, tumbados o con una pata doblada y
atada. Llegaban más, constantemente, y los anteriores brincaban a tres patas,
bramando de hambre y espanto. Se descargaban acémilas, se enviaban patrullas y
se encabritaban docenas de mulos egipcios, rabiosos, en medio de aquel tráfago.
En lugar tranquilo, en el centro del cauce, Faisal estaba sentado en una alfombra
con Mawlud, el patriota mesopotámico, y un primo silencioso, Sharraf, primer
magistrado de al-Taif. El emir dictaba a un amanuense arrodillado, y al mismo
tiempo escuchaba a otro, que leía los últimos partes a la luz de la lámpara de
plata que sostenía un esclavo.
Faisal, sereno como siempre, saludó a Lawrence con una sonrisa, porque
estaba dictando, como se ha dicho. Luego, pidió perdón por la confusión
reinante e indicó a los esclavos con un ademán que retrocedieran, para hablarle
en privado. Los siervos y mirones se retiraron, mas en aquel instante irrumpió
un camello, pateando y bramando furioso, a través del círculo. Mawlud se lanzó
a su cabeza para retenerle y el animal le arrastró, se desató la carga y un
alud de pienso se volcó sobre la lámpara, Lawrence y el magistrado de al-Taif.
— ¡Alabado sea Dios! —exclamó Faisal sin alterarse—. Menos mal que no es
manteca o sacas de dinero.
A renglón seguido, refirió lo que había acontecido en las veinticuatro
horas precedentes.
Una nutrida columna otomana se había deslizado por detrás de la barrera
de los hombres de los Harb, que custodiaban el valle en que Lawrence había
conocido al emir, y cortado su retirada. Los guerreros más alejados se
espantaron; en vez de contener al enemigo disparando desde las alturas, huyeron
en parejas y en tríos para salvar a sus familias antes de que fuese demasiado
tarde. Turcos montados se precipitaron valle abajo hacia el cuartel de Zayd y
casi le sorprendieron dormido en su tienda. Consiguió frenar el ataque,
mientras sus tiendas y bagaje se colocaban a lomos de camello y se retiraban.
Se puso a salvo. Su ejército se transformó en multitud caótica. Huyó
precipitadamente hacia Yanbu, que se hallaba a tres días de viaje, por la
carretera que había al sur del camino que Lawrence había recorrido.
Faisal, enterado de tales sucesos, se abalanzó a proteger la carretera
principal de Yanbu, que quedó abierta. Había llegado allí una hora antes que
Lawrence. Tenía cinco mil hombres y los artilleros egipcios; y los otomanos tal
vez tres o cuatro mil. Mas su sistema de información se desorganizaba —los
espías de los Harb llevaban noticias tan desatentadas como contradictorias—, y
no sabía si los otomanos atacarían Yanbu o no lo harían, o si asaltarían Rabig,
a ciento noventa y tres kilómetros costa abajo, y se dirigirían a La Meca. Lo
mejor que podía ocurrir sería que, enterados de la presencia de Faisal, se
propusieran atacar su ejército (así lo habrían aconsejado los libros de texto
de estrategia militar), con lo que Yanbu dispondría de tiempo para ofrecer
adecuada resistencia.
Esperando en su alfombra, hacía lo que podía. Escuchó las noticias,
contestó a todas las peticiones y resolvió todas las quejas y dificultades que
le presentaban. Aquello duró hasta las cuatro y media de la mañana. Hizo
entonces mucho frío en el húmedo valle. Se levantó una niebla que empapó la
ropa de todo el mundo. El campamento se aquietó poco a poco, y comenzó a
descansar. Faisal finalizó el trabajo más urgente, y él y sus acompañantes,
comidos unos dátiles, se enroscaron en la alfombra mojada y se durmieron.
Lawrence, que tiritaba, vio que la guardia del emir se acercaba sigilosamente y
le cubría con sus capas, en vista de que se había dormido. Despierto, no habría
aceptado aquel lujo.
Una hora más tarde, los jefes se incorporaron entumecidos y los esclavos
encendieron un fuego de nervaduras de palma. Comparecían aún mensajeros de
todas partes con rumores de un ataque inmediato, y el campamento se hallaba al
borde del pánico. Faisal optó por ponerse en marcha, tanto para evitar una
avalancha, si llovía en los montes, como para aliviar la tensión general.
Retumbaron los tambores y los camellos se cargaron precipitadamente. Al segundo
redoble, todos se acomodaron en las sillas y se apartaron a derecha e
izquierda, formando un amplio pasillo que recorrió Faisal, caballero en su
yegua; le escoltó su primo a cortés distancia. Siguió a éste un abanderado, de
aspecto fiero, cara de halcón y largas trenzas negras a ambos lados del rostro;
vestía colores brillantes e iba en un camello muy alto. Echó tras él una
guardia de corps de ochocientos miembros. El emir eligió un terreno excelente
para acampar, no muy lejos de allí, al norte de la aldea de las palmeras
datilíferas.
Durante dos días, Lawrence observó de cerca el método de Faisal para
aplacar a aquel ejército tan desconcertado. Restauró el ánimo perdido con su
valor tranquilo y escuchó las peticiones que se le formularon. No interrumpió a
los hombres siquiera cuando expresaron su trastorno en verso y cantaron largas
estrofas junto a su tienda. Su gran paciencia enseñó muchas cosas a Lawrence.
El dominio que el emir tenía de sí mismo era también considerable. Llegó uno de
los notables de Zayd y relató la vergonzosa historia de su huida. Faisal se rió
de él en público y le hizo esperar, mientras recibía a los jeques de los Harb y
los Agayl, cuyo descuido había permitido el paso de los turcos y casi se había
producido un desastre. No les reprochó, sino les dio gracias por su espléndida
hazaña y por las espléndidas bajas que había sufrido. Hecho esto, llamó al
mensajero de Zayd y cerró la entrada de la tienda, indicando que se discutiría
algo privado.
Recordó Lawrence que el nombre de Faisal significaba «la espada que
destella al golpear», y temió que hubiese una escena violenta; pero el emir
hizo espacio en la alfombra para que se acomodase el mensajero y dijo:
— ¡Ea! Explícanos algo más de tu diversión de las Mil y Una Noches.
Diviértenos.
El enviado, comprendiendo el sentido de la broma, describió al joven
Zayd fugitivo, el terror de cierto bandolero famoso que le acompañaba y, lo
peor de todo, cómo el venerable padre de Alí al-Husayn había perdido sus
cafeteras. ¡Y era uno de los «hijos de Harit»!
La rutina en el campamento de Faisal era muy sencilla. Momentos antes
del alba, un individuo, de voz poderosa y ruda, el almuédano del ejército,
ascendía a un otero que dominaba a las tropas dormidas y profería una
formidable llamada a la oración, que reverberaba en todo el valle. Así que
concluía, el almuecín de Faisal hacía lo mismo, con más suavidad, al pie de la
tienda. Más tarde, cinco esclavos (en realidad, libertos que querían continuar
sirviéndole como si lo fueran) distribuían a Faisal y sus invitados tazas de
café muy dulce. Más o menos una hora después, se alzaba el faldón de la tienda
del emir, señal de que recibiría visitas privadas. Acudían cuatro o cinco.
Oídas las noticias, llegaba el desayuno, que consistía sobre todo en dátiles. A
veces, la abuela circasiana de Faisal enviaba desde La Meca sus célebres
galletas especiadas; otras, un esclavo preparaba bizcochos. Terminado el
desayuno, circulaban tacitas de té verde parecido a jarabe y de café amargo, en
tanto que el emir dictaba cartas a su secretario. La tienda en que dormía era
de tamaño y calidad ordinarios; contenía sólo una cama de campaña, cigarrillos,
dos esteras y una alfombrilla de rezos.
Sobre las ocho de la mañana, el emir se ceñía la daga de ceremonias y se
trasladaba al amplio pabellón de recepciones, que tenía un lado abierto. Se
sentaba al fondo, y los personajes de su ejército se distribuían a los lados,
adosándose a los faldones de la tienda. Los esclavos organizaban la multitud de
pedigüeños y querellantes. La audiencia solía terminar al mediodía.
Faisal y su casa, en la que figuraba Lawrence, iban al segundo pabellón
privado, en el que se hacía vida y se comía. El emir era parco en el comer y
fumaba mucho. Simulaba atarearse con las judías, lentejas, arroz o pastelillos,
hasta que juzgaba que sus huéspedes habían satisfecho su apetito. A un ademán
suyo, se retiraba el servicio, y los esclavos lavaban las manos de los
comensales, pues los beduinos comen con ellas. Se charlaba y se bebía té y
café. Faisal se retiraba a su tienda hasta las dos, cerrándola en señal de que
no habían de molestarle; luego volvía al pabellón de las audiencias para
cumplir funciones iguales a las ya descritas. Jamás vio Lawrence que un hombre
se fuera insatisfecho o enojado; y eso implicaba no sólo tacto, sino memoria
excelente. Al pronunciar una sentencia, el emir debía recordar quién era el
visitante, cuál su parentesco de cuna o por matrimonio, cuáles sus posesiones,
cuál su carácter y cuáles su historia y las deudas de sangre de su familia y su
clan. Y nunca se equivocaba. Hecho lo anterior, si había tiempo, se paseaba con
sus amigos, con los que hablaba de caballos o plantas, examinaba camellos o
preguntaba los nombres de las rocas, cimas, etc., de las inmediaciones.
Se rezaba a la puesta del sol. Tras ello, Faisal estudiaba en la tienda
doméstica las patrullas e incursiones nocturnas. Se cenaba entre las seis y las
siete, más o menos lo mismo que en la comida, salvo los cubos de cordero
hervido que se mezclaban en la gran azafata del arroz. No se hablaba hasta
haber acabado el yantar. Así concluía el día, con algún que otro vaso de té.
Faisal se acostaba muy larde y jamás apremiaba a sus huéspedes para que fuesen
a descansar. Dedicaba la noche al ocio, siempre que podía. Llamaba a algún
jeque local para que explicase hechos de la historia de su tribu; o los poetas
beduinos cantaban largas composiciones épicas, que, cambiando sólo algunos
nombres, pertenecían a todos los clanes. El emir, que veneraba la poesía árabe,
a menudo provocaba competiciones, criticando y recompensando los mejores versos
de la noche. En poquísimas ocasiones jugaba al ajedrez —que los musulmanes
habían introducido en Europa—, pero lo hacía con veloz brillantez. A veces
hablaba de lo que había visto en Siria, de detalles de la historia otomana
secreta y de los asuntos de su familia. De ese modo Lawrence aprendió mucho
sobre las personas y los bandos árabes, saber que le fue muy útil
posteriormente.
Faisal le preguntó si accedería a vestirse como él mientras estuviese en
el campamento. La indumentaria era más cómoda y más conveniente, porque los
hombres de las tribus no conocían más uniforme caqui que el de los otomanos, y
siempre que entraba en su tienda y había gente que no le conocía, tenía que dar
explicaciones. Lawrence se alegró de hacerlo. El esclavo de Faisal le puso un
espléndido vestido de boda de seda blanca, bordado en oro, que recientemente
había enviado a su señor, tal vez como una indirecta, una tía abuela de La
Meca. Aquella indumentaria no era una novedad para el joven. La había usado
frecuentemente en Siria antes de la guerra.
Capítulo X
Lawrence decidió regresar a Yanbu a fin de organizar la defensa, porque
la detención de Faisal sería breve. Los turcos, indefensos los montes, podrían
atacar cuando se les antojase y estaban mucho mejor armados y adiestrados que
los beduinos del emir. Por tanto, éste le cedió una magnífica camella baya, y
montado en ella eligió un itinerario más septentrional, con el objeto de
esquivar las patrullas enemigas que, según se informaba, habían aparecido en la
carretera que le había llevado hasta allí. Llegó a Yanbu poco antes del
amanecer, a tiempo de asistir a la entrada de la hueste derrotada de Zayd, unos
ochocientos camelleros, en silencio y, por lo visto, sin vergüenza. El propio
Zayd fingió estar menos preocupado que nadie por el descalabro. Mientras desfilaba,
dijo al gobernador: « ¡Vaya! Tu ciudad está semi arruinada. Telegrafiaré a mi
padre que nos envíe cuarenta albañiles para reparar los edificios públicos». Y
lo hizo. Lawrence cablegrafió al capitán Boyle, en Chidda, que Yanbu peligraba
y el oficial respondió que se presentaría en seguida con su flota. Hubo otras
malas noticias. Habían atacado a Faisal antes de que sus fuerzas se hubieran
rehecho de su espanto. Tras un breve combate, retrocedía hacia Yanbu. Parecía
que había llegado el fin de la lucha y de la rebelión. Faisal llevaba dos mil
hombres. Lawrence se percató instantáneamente que faltaban los Chuhayna. Quizá
había habido una traición, lo que ni Lawrence ni Faisal habían imaginado
posible tratándose de aquella tribu.
Lawrence, muerto de cansancio por haber dormido muy poco durante tres
días, corrió a ver al emir y se enteró de lo acontecido. Los turcos habían
embestido desde el sur, amenazando aislar a Faisal de Yanbu. Los guió un jefe
de los Chuhayna, legislador hereditario de la tribu, que tenía cuestiones
pendientes con el príncipe de la misma. Dispararon siete cañones contra el
campamento de Faisal, que no se arredró, sino se mantuvo quieto, y envió a los
Chuhayna al gran valle de la izquierda, para que sorprendieran el ala derecha
otomana. Apuntó luego a los artilleros turcos a mano diestra y bombardeó con
sus dos piezas el palmeral, en el que se había escondido el centro turco. Los
cañones, regalo de Egipto, eran vetustos, pero suficientes, así se creyó, para
los beduinos, lo mismo que los sesenta mil fusiles, también regalados, que el
ejército británico había condenado por inútiles después de su uso y abuso en
los Dardanelos.
Un sirio, Rasim, que había mandado una batería otomana, los utilizaba
sin puntos de mira, calculador de distancia, tablas de tiro ni explosivos
potentes. Los alimentaba con granadas rompedoras, reliquia de la guerra de los
bóers, con los pistones de cobre verdes de orín. Los que estallaban caían
cortos. Rasim no podía servirse de otro modo de la munición, de suerte que hizo
fuego con enorme rapidez, riéndose a carcajadas de aquella forma de hacer la
guerra. Los beduinos estaban muy impresionados por el ruido, el humo y las
risotadas del artillero. Uno profirió: « ¡Dios mío! Ésos son cañones de veras.
¡Qué ruido hacen!». Rasim juró que los turcos morían a racimos. Los árabes
cargaron entusiasmados. Faisal esperaba una importante victoria, cuando de
repente, los Chuhayna, a la izquierda, dirigidos por su príncipe y Abd
al-Karim, su hermano, vacilaron, dieron media vuelta y volvieron al campamento.
La batalla estaba perdida. Ordenó a Rasim que salvase, por lo menos, las
piezas, y el sirio las unció al tiro y trotó en derechura de Yanbu. Corrieron
en pos de él el centro y la derecha. Faisal y su guardia de corps cerraron la
retaguardia, y dejaron que la tribu desleal cuidara de sí misma.
Durante el relato, y mientras Lawrence se unía a la maldición general
contra el príncipe de los Chuhayna y su hermano, hubo un revuelo en la entrada
y apareció nada menos que el mismísimo Abd al-Karim. Besó el cordón del tocado
de Faisal y se sentó. El emir le miró atónito y balbució: « ¿Cómo?». El recién
llegado respondió que los Chuhayna se habían desanimado con la súbita retirada
de Faisal, que dejaba a él y a su hermano para que luchasen a solas durante la
noche, sin artillería. Sus valerosos guerreros resistieron hasta que los
expulsó del palmeral la superioridad numérica del adversario. La mitad de la
tribu se dirigía allí con su príncipe, y la otra mitad se había encaminado al
interior, en busca de agua.
— ¿Por qué retrocedisteis hasta el campamento, hasta detrás de nosotros,
durante la batalla? —preguntó Faisal.
—Para preparar una taza de café. Habíamos peleado todo el día y
oscurecía. Estábamos cansadísimos y sedientos.
Faisal y Lawrence se echaron a reír, y se fueron a comprobar qué podía
hacerse para salvar a Yanbu.
Lo primero que hicieron fue enviar a los Chuhayna al lado de la gente de
su tribu, para que hostigaran sin cesar las vías de comunicación turcas con
golpes de mano y tiroteos. El enemigo tendría que dejar muchos soldados en
pequeños destacamentos con el fin de defender su suministro, y cuando se
presentase en Yanbu, los defensores serían más fuertes que él. Era fácil
proteger la ciudad, por lo menos de día. Se hallaba en un arrecife plano de
coral, a seis metros sobre el agua, con el mar en dos de sus lados; rodeaba a
los otros dos una extensión arenosa llana, que no ofrecía el menor resguardo a
los atacantes. Se descargaban cañones de los cinco barcos de Boyle. Los árabes
aplaudieron al ver su tamaño y cantidad, y admiraron impresionados la flota. El
ejército entero trabajó todo el día, en las fortificaciones, bajo la dirección
de Garland, usando la antigua muralla como lugar que los árabes protegerían
bajo el amparo de las baterías navales. Se tendió en el exterior una barrera
complicada de alambre espinoso, y las ametralladoras se agruparon en los
bastiones de la muralla. Reinaban la excitación y la confianza. Casi todos
velaron aquella noche. Lawrence, en cambio, durmió como un tronco en uno de los
barcos.
Hubo una alarma a eso de las once. Los escuchas habían encontrado
otomanos a unos cuatro kilómetros de la población. Un pregonero alertó a la
guarnición y todos ocuparon sus lugares en la muralla, sin gritar ni disparar.
Los reflectores de los barcos, anclados cerca de la ciudad, cruzaron y
entrecruzaron sus haces en el llano. La alarma no se concretó en hechos. Al
alba se supo que los turcos habían vuelto la espalda, asustados por los
reflectores y la iluminación de los buques del puerto, así como por el inusual
silencio de los vocingleros árabes. Yanbu se salvó.
Al cabo de unos cuantos días, Boyle dispersó sus barcos con la promesa
de regresar con ellos en cuanto se acercaran los otomanos, si lo hacían.
Lawrence navegó con él hasta Rabig, donde se encontró con el coronel francés,
que seguía empeñado en desembarcar una brigada mixta de galos y británicos, en
socorro de los árabes. Trató de llevar al joven a su terreno. Aseguró que, un
vez La Meca estuviera a salvo, habría que apartar a los beduinos de la guerra.
Los aliados lucharían con mayor efectividad que ellos. Su plan aparente
estribaba en desembarcar la brigada en Rabig, para las tribus, sospechando que
Husayn vendía la provincia a ingleses y franceses, dejasen de combatir a su
lado. La brigada en cuestión defendería al jerife, y, concluida la contienda,
con los otomanos en otros lugares, se confirmaría a Husayn como soberano de La
Meca y Medina en recompensa de su lealtad. La actitud del coronel venía a
decir: «Los aliados hemos de mantenernos unidos y ser más listos que estos
árabes, salvajes que no merecen consideración alguna de los occidentales».
Lawrence vio su juego con claridad. El francés temía que la rebelión
progresara más al norte, hasta Damasco, Alepo y Mosul, y que los árabes las
rescataran de los turcos y las retuvieran después de la guerra internacional;
eran ciudades que Francia ansiaba agregar a su imperio colonial. Además, en el
tratado de Sykes-Picot, pactado entre franceses, británicos y rusos, en 1916,
para dividir el imperio otomano una vez lograda la paz, Francia se había
comprometido a establecer en aquellas poblaciones gobiernos musulmanes
independientes, bajo su «esfera de influencia», si las liberaban fuerzas
árabes, circunstancia que ninguno de los signatarios imaginaba posible
entonces. Era cuestión de forma sugerirlo. En aquella época, Lawrence ignoraba
la existencia de aquel tratado, que era secreto, pero sospechó del militar
galo. No quería abandonar a las tribus en beneficio de la Entente
Cordiale. El coronel se esforzó por desanimar a Lawrence y Faisal de su
proyecto de asaltar al-Wachh, que había interrumpido el avance turco. Aseguró
por su honor de militar (y tenía historial muy distinguido) que sería un
suicidio, y lo probó con múltiples razones. Lawrence las desatendió. Estaba
convencido de que los árabes podían obtener un triunfo importante y duradero, y
al-Wachh era la puerta para alcanzarlo.
Los otomanos, en el entretanto, estaban en un apuro por la constante
actividad de los Chuhayna, que, repartidos en pelotones, los atormentaban con
ataques inesperados, tiroteos, incursiones y rapiña de suministros. Y los
aeroplanos británicos comenzaron a bombardear su campamento del palmeral de
al-Najl al-Mubarak. Determinaron asaltar Rabig. En esta población, Alí, hermano
de Faisal, que tenía ya alrededor de siete mil hombres, se preparaba a avanzar
contra ellos, y Faisal y Zayd, su hermano menor, planeaban describir un arco
detrás de los turcos para encerrarlos en una trampa. Faisal tenía trato difícil
con el emir de los Chuhayna, al que había pedido que fuese con él; el jeque se
sentía celoso del creciente poder del jerife sobre su tribu. Faisal consiguió
ponerla en movimiento sin la colaboración del príncipe y se encaminó hacia el
sur para hacer lo mismo con los Harb. Todo marchó a pedir de boca, hasta que,
de pronto, Alí le informó que su ejército había progresado un poco, cuando,
oyendo hablar de traición, regresó en desorden a Rabig. Nada podía hacer
Faisal, ni siquiera estar seguro de los Harb, propensos a unirse a los otomanos
a la menor oportunidad, el territorio de los cuales se extendía al sur de
Rabig.
El coronel Wilson, representante de Gran Bretaña en la provincia, fue a
Yanbu desde Chidda y le rogó que olvidase a los turcos y atacase a al-Wachh. Su
plan consistía en sacar a los Chuhayna y los batallones regulares de Yanbu con
tal fin. La flota británica les prestaría todo el apoyo que pudiera. Faisal
comprendió que de aquel modo se tomaría al-Wachh, pero Yanbu quedaría
indefensa. Indicó que los turcos aún podían acometer y que el ejército de Alí
estaba desmoralizado, tanto que tal vez no defendiera a Rabig, que era la
barbacana de La Meca. El coronel Wilson le dio su palabra de que la escuadra la
protegería hasta la caída de al-Wachh, y Faisal aceptó. Concebía la embestida
contra esta última población como la mejor maniobra de diversión para apartar a
los turcos de La Meca. Y se puso en movimiento. Envió a su hermano Abd Allah
ametralladoras y suministros, y le pidió que se trasladase a las montañas
inexpugnables que había a noventa kilómetros al norte de Medina, al territorio
de los Chuhayna, desde donde podría amenazar la vía férrea y sangrar las
caravanas de pertrechos que llegaban del este.
Los turcos avanzaban, mientras tanto, hacia Rabig, pero muy despacio y
con bajas humanas y animales causadas por el mucho esfuerzo y la mala
alimentación. Perdían por término medio cuarenta camellos diarios. Veinte
hombres habían muerto o habían sido heridos por la tribu de los Harb que iban a
su zaga. Se hallaban a ciento veintiocho kilómetros de Medina y, como Lawrence
había previsto, cada kilómetro de progreso exponía cada vez más las líneas de
comunicación a la acción enemiga. Su marcha se acortó poco a poco hasta que
apenas cubrieron ocho kilómetros al día.
Les faltaban unos cincuenta para avistar Rabig cuando se retiraron el 18
de enero de 1917. Los inesperados movimientos de Faisal y Alí devolvieron la
expedición a Medina, y en los dos años siguientes, o sea hasta el fin de la
Gran Guerra, cuando se rindió la ciudad santa, los turcos estuvieron mano sobre
mano en las trincheras, esperando una acometida que jamás se produjo.
Capítulo XI
El primer día del año 1917 Faisal y Lawrence, más consejero que
combatiente, analizaron en Yanbu la expedición a al-Wachh. El ejército constaba
entonces de seis mil hombres, los más montados en camellos propios. Habían
perdido el ardor inicial y ganado capacidad de aguante, y cuanto más se
alejaban de sus familias tanto más regulares se hacían sus actitudes militares.
Actuaban todavía con independencia, por clanes, unidos sólo por la aceptación
de la autoridad de Faisal. Cuando el emir aparecía, se alineaban a su manera y
juntos se inclinaban, llevándose los dedos a los labios en el saludo árabe.
Conservaban limpias, pero no aceitadas, sus armas, y cuidaban bien a sus
camellos. No eran peligrosos en masa; es más, su utilidad en los combates
decrecía al paso que su número aumentaba. Una compañía de veteranos turcos
podía derrotar a un millar de ellos en lucha abierta; mas tres o cuatro árabes,
en los montes, eran hueso duro de roer para una docena de otomanos.
Se decidió, tras la batalla del palmeral, no mezclar los efectivos
egipcios con los hombres de las tribus. No se entendían bien. Los árabes
propendían a cargar a sus aliados con casi toda la responsabilidad en los
combates, puesto que tenían aspecto tan militar; incluso se alejaban del lugar
de la lucha para que ellos la terminasen. Los artilleros egipcios fueron
devueltos a su patria (y lo aceptaron encantados), y su equipo y piezas se
entregaron a Rasim, artillero del emir y a su oficial de ametralladoras, los
cuales formaron destacamentos en su mayor parte compuestos de desertores sirios
y mesopotámicos instruidos por los turcos. Mawlud formó un escuadrón de
cincuenta hombres montados en mulos, al que llamó caballería, y como procedían
de la ciudad, no tardaron en convertirse en soldados regulares. Fueron tan
útiles que Lawrence pidió a Egipto por telégrafo cincuenta mulos.
A pesar de que los beduinos eran más útiles en grupos que en batallones,
la marcha contra al-Wachh debía transformarse en un enorme desfile de tribus
que impresionase a toda Arabia. Faisal pensó en recurrir a todos los Chuhayna y
a los necesarios Harb, Billi, Atayba y Agayl, para que la expedición fuese la
más ingente que se recordaba en el país. Se comprendería con ello que la
rebelión había llegado a ser un verdadero movimiento nacional, y así que
al-Wachh cayese, y los beduinos volviesen a sus tiendas con la noticia,
cesarían los piques y deserciones que frenaban la campaña. Faisal y Lawrence no
creían que la lucha en al-Wachh fuese violenta, pues los turcos no disponían de
refuerzos para fortalecer la ciudad, ni de tiempo para enviarlos. Tardarían
semanas en efectuar la retirada de Rabig —Zayd se encargaba de dificultarla con
ayuda de los Harb—, y si la hueste árabe conseguía llegar a ella en veintiún
días, sorprenderían a al-Wachh desapercibida.
Lawrence deseaba participar en una incursión contra los turcos, para
saber personalmente lo que era e informar con conocimiento de causa. El 2 de
enero de 1917 se puso en camino con treinta y cinco beduinos. Descendieron
hacia el sudeste y llegaron a un valle próximo a las líneas otomanas de
comunicación. Diez hombres se quedaron a custodiar los camellos, Lawrence y los
restantes treparon por los acantilados del fondo, de piedras agudas y
movedizas, a otro valle, donde había un puesto turco. Esperaron tiritando mucho
tiempo, envueltos en la niebla. A la alborada, vieron los remates de unas
tiendas, cien metros más abajo, que sobresalían de una pequeña cornisa
interpuesta. Dispararon contra ellos, y cuando los otomanos las abandonaron,
los tirotearon; pero el enemigo corrió con tanta agilidad, que debió de sufrir
muy pocos heridos. Los turcos hicieron fuego con rapidez en todas las
direcciones, como si pidieran socorro a la guarnición más próxima (las había
eslabonadas a lo largo de la ruta en una extensión de ciento veinticuatro
kilómetros). Como el adversario ya los decuplicaba, los atacantes corrían el
peligro de ser copados. Lawrence ordenó la retirada. Reptaron por la altura
hasta el valle de que procedían y encontraron a dos turcos desorientados. Los
llevaron a Yanbu.
Aquella misma mañana el ejército partió de al-Wachh, dirigiéndose ante
todo hacia un grupo de pozos que había a veinticuatro kilómetros al septentrión
de Yanbu. Faisal, vestido de blanco, marchaba a la cabeza; llevaba a la derecha
a su primo, con pañuelo rojo y túnica y capa encarnado-amarillentas, y a la
izquierda a Lawrence, de blanco y escarlata. Tras ellos cabalgaban tres
portaestandartes con una bandera árabe de desteñida seda carmesí con punta
dorada. A continuación, los tambores pautaban el paso; los seguían la
desordenada guardia de corps de Faisal, mil doscientos camellos saltarines y
bien alimentados, de arneses multicolores, muy juntos unos a otros, cuyos
jinetes exhibían en su indumentaria toda combinación imaginable de colores
llamativos. La guardia estaba formada de camelleros de la tribu Agayl. No
procedían del desierto, sino de los oasis de la Arabia central. Se había
enrolado por varios años en el ejército turco, pero desertaron en masa cuando
estalló la rebelión. Como no tenían enemigos de sangre en el desierto, y eran
hijos de mercaderes que comerciaban con los beduinos, fueron utilísimos en la
campaña posterior.
El resto del contingente se alineaba al lado de la carretera, tribu
junto a tribu, cada hombre junto a su camello arrodillado, en espera del turno
de incorporarse a la columna. Saludaron a Faisal en silencio; él contestó
alegremente «La paz sea sobre vosotros» y los jeques principales repitieron la
salutación. La columna se engrosó, colmando el valle hasta donde la vista
alcanzaba, y, al ritmo de los tambores, todos entonaron un cántico de alabanza
de Faisal y su familia.
Lawrence regresó a Yanbu en su veloz camello. Tenía que asegurarse de
que la ayuda naval, para el ataque a al-Wachh, se producía en el momento
oportuno. Pero en primer lugar, temiendo un ataque turco a la desierta ciudad,
hizo que un gran navío, el Hardinge, anteriormente destinado al
transporte de tropas, cargara las reservas especiales de Yanbu, entre ellas
ocho mil fusiles, tres millones de cartuchos, millares de obuses, dos toneladas
de explosivos potentísimos, y sacos de arroz y harina. Boyle prometió que
el Hardinge recorrería la costa como barco de suministro,
llevando a tierra víveres y agua cuando se necesitasen. Así se solventó el
problema más crucial, el de mantener a diez mil hombres con una exigua columna
de intendencia. Además, el marino aseguró que la mitad de la flota del mar Rojo
acudiría a al-Wachh, para lo cual se adiestraban ya fuerzas de desembarco.
Los Billi, que vivían en los contornos de al-Wachh, se mostraban
amistosos. Sabían que, si no acogían bien al ejército del emir, saldrían
perdiendo, puesto que parecía seguro que la ciudad sería tomada. Boyle se
comprometió a llevar en el Hardinge varios centenares de
beduinos de los Harb y Chuhayna, que dejaría en tierra en el sitio idóneo.
Mientras se acordaban tales cosas, Lawrence se enteró de que tres oficiales
británicos profesionales, con órdenes de colaborar con Faisal en la dirección
de la campaña, habían salido de Egipto. Vickery fue el primero en llegar, un
artillero que dominaba el idioma árabe, precisamente lo que requerían los
rebeldes, reflexionó Lawrence: un experto oficial para la plana mayor.
El día 16 de enero, se reunieron con Faisal, en su campamento, Vickery,
Mawlud y Lawrence. La hueste se hallaba a medio camino de al-Wachh y había que
estudiar la estrategia. Se optó distribuir la fuerza en secciones y enviarlas
una tras otra, dada la dificultad de proporcionar agua a todo el ejército en
los escasos pozos y aguadas que había en el itinerario. Tales secciones se
congregarían el 20 de enero en un sitio emplazado a ochenta kilómetros de su
meta, en el que el agua abundaba, y cubrirían juntas la etapa final. Boyle
convino en desembarcar tanques del precioso líquido dos días después en un
puertecillo que estaba a treinta y dos kilómetros de al-Wachh. Emprenderían el
asalto el 21. La partida árabe de desembarco saltaría del Hardinge en
un paraje septentrional de la ciudad, mientras los jinetes de Faisal cortarían
todas las vías de escape del sur y el este. Aquello prometía grandes cosas y no
había noticias inquietantes de Yanbu. Abd Allah se dirigía a su posición al
norte de Medina, y hubo informes de que acababa de capturar a un conocido
agente turco, antiguo bandolero, que recorría las tribus beduinas con el fin de
sobornarlas, y que se encaminaba al Yemen, más al mediodía, donde una
guarnición otomana se hallaba aislada. Abd Allah se apoderó de lo que llevaba
aquel individuo: veinte mil libras turcas en oro, vestidos de honor, regalos
costosos, algunos documentos interesantes y camellos cargados de fusiles y
pistolas. ¡Era magnífico!
Lawrence, en su entrevista en la tienda con Vickery y Boyle, había
perdido su prudencia característica. Afirmó que, en un año, el ejército rebelde
llamaría a las puertas de Damasco. Vickery no contestó, molesto de lo que
consideraba romántica jactancia, propia sólo de un hombre como Lawrence que no
entendía una palabra de la profesión militar. Y disgustaba al joven, y le
desengañaba, que Vickery fuese tan militar que no comprendía la esencia de la
rebelión. No era una guerra en la que se enfrentasen grandes huestes, bien
instruidas, con complicado armamento moderno, a fin de destrozarse o coparse.
Se asemejaba más a una especie de huelga general en un ámbito inmenso. El único
ejército propiamente dicho era el otomano, y aun así no tenía libertad para
moverse a su antojo: lo impedía la configuración difícil del país. Lawrence
sabía que no se había jactado. Cinco meses después estaba disfrazado en
Damasco, organizando a los ciudadanos para el momento en que las tropas de
Faisal llegasen para libertarlos. Y un año más tarde entró, ciertamente,
triunfal en la ciudad y fue su gobernador provisional. Vickery no había
comprendido que podía suceder cualquier cosa si los semitas se aliaban,
obedecían a la misma idea y los guiaba un profeta armado. Si Lawrence hubiese
tenido más sólida educación militar, aparte sus lecturas de tal índole,
imprescindibles para su trabajo de graduación en Oxford (y, en su adolescencia,
el caudillaje temporal de una brigada no militarista de los Chicos de la
Iglesia, cuando su hermano necesitaba un sustituto); y si se le hubiese
concedido licencia, los árabes habrían aparecido, no en Damasco, sino en
Constantinopla. La discrepancia entre ellos no fue la propia de dos soldados
británicos con puntos de vista distintos. Se trató, en realidad, de la
diferencia existente entre un asesor militar de Gran Bretaña y un árabe nacido
en Occidente, pues, aunque todavía no lo comprendía, Lawrence se estaba
transformando en eso.
A la mañana siguiente, la segunda partida de cincuenta mulos para
Mawlud, que desembarcaron del Hardinge con otros equipos, les
proporcionó quebraderos de cabeza. Los enviaron sin arneses, riendas y sillas,
y los animales, al pisar tierra, salieron de estampida hacia una pequeña ciudad
cercana. Se adueñaron del mercado, se encabritaron y acocearon entre los
puestos de venta. Menos mal que entre los artículos sacados previsoramente de
Yanbu había sogas y bocados. Por lo tanto, tras una lucha emocionante, se capturaron
y se domeñaron. Los puestos se reordenaron y se pagaron los daños y perjuicios.
Lawrence fue con el ejército de Faisal el resto de la marcha. La
reemprendieron al mediodía del 18 de enero. Los Agayl cabalgaban desplegados en
alas, a doscientos o trescientos metros de la derecha y la izquierda de la
columna. Pronto resonaron los atabales en el ala diestra —era costumbre enviar
poetas y músicos a las tropas de los extremos—, y un vate entonó dos versos que
acababa de improvisar sobre Faisal y los placeres que concedería a sus hombres
en al-Wachh. Los guerreros escucharon con atención y repitieron los versos a
coro tres veces, con orgullo, contento y aire de reto. Antes de que pudieran
interpretarlo de nuevo, el poeta rival del ala izquierda se anticipó con unos
compuestos en el mismo metro y con idéntico sentimiento. La izquierda lanzó un
grito de triunfo, los atabales redoblaron otra vez, los portaestandartes
desplegaron sus amplias banderas carmesíes, y la guardia de corps, en la
derecha, izquierda y centro, se unió al cántico de los Agayl. Éstos cantaron a
sus poblaciones abandonadas, las mujeres que acaso no tornarían a ver y los
inmensos peligros a que se aventuraban. Los camellos, contentos del ritmo del
canto, avivaron el paso, mientras duró, por la larga extensión desolada de
dunas que había entre los montes y el mar.
Dos jinetes cabalgaron detrás de ellos. Lawrence reconoció a uno como el
príncipe de los Chuhayna: no reconoció al pronto al otro. Al fin, identificó el
rostro colorado, la firme boca y la mirada aguda del coronel Newcombe, amigo
suyo desde la exploración cartográfica del Sinaí. Había llegado como primer
consejero militar de los rebeldes. Newcombe trabó en seguida amistad con
Faisal, y el resto de la jornada fue aún más optimista por la influencia de su
entusiasmo. Lawrence cambió pareceres con él y se alegró de averiguar que
coincidían en lo general. La marcha se deslizó sin contratiempos. El agua era
el único problema. Los exploradores la buscaron, pero el avance se retrasó por
su escasez. Por lo tanto, se calculó que llegarían con una dilación de un par
de días sobre la fecha acordada con el Hardinge, el día 22.
Newcombe se anticipó en un camello veloz para solicitar que el navío
reapareciese con los tanques de agua el 24, y retrasase el ataque naval, si era
posible, hasta el 25.
Se incorporaron muchos colaboradores durante la marcha. Los jefes de los
Billi recibieron a Faisal en el límite del territorio de su tribu, y luego
apareció Nasir, hermano del emir de Medina. Arabia respetaba a su familia casi
tanto como a los jerifes mequíes, porque descendía del profeta, aunque del hijo
menor de la única hija de Mahoma. Nasir había sido el precursor del movimiento
de Faisal: disparó el primer tiro en Medina y dispararía el último allende
Alepo, a mil seiscientos kilómetros más al norte, el día que los turcos
propusieron el armisticio. Era un joven sensitivo y agradable, más aficionado a
los jardines que al desierto, y que luchaba a la fuerza desde la adolescencia.
Había estado bloqueando al-Wachh desde la estepa en los dos últimos meses. Era
excelente amigo de Faisal. Comunicó la noticia de que el destacamento de
camelleros otomanos, que se oponía a su avance, había sido retirado aquel mismo
día a una posición más contigua a la ciudad.
La marcha se hizo ardua en los tres días siguientes. Hacía otros tantos
que las bestias apenas tenían comida, y los hombres cubrieron los ochenta
kilómetros finales con dos litros de agua y sin comida: muchos iban a pie.
El Hardinge, que compareció el día 24, desembarcó el agua
prometida, que apenas cundió. Abrevaron en primer lugar a los mulos, y la que
quedaba se distribuyó a los infantes más sedientos. Una muchedumbre abatida
pasó la noche junto a los tanques, a la luz de los reflectores, esperando beber
si los marineros reaparecían. El mar encrespado impidió que la lancha efectuase
otro viaje.
El Hardinge enteró a Lawrence de que la víspera se
había atacado a al-Wachh. Boyle había temido que los turcos se escapasen si
esperaba. A decir verdad, el gobernador otomano había ordenado a la guarnición
que defendiese la ciudad hasta la última gota de sangre. Acabada la arenga,
subió a su camello y huyó en la oscuridad, con una pequeña escolta, hacia el
ferrocarril que estaba al otro lado de los montes, a doscientos cuarenta
kilómetros del litoral. Los doscientos hombres de la infantería turca que no se
movieron de la ciudad, prefiriendo seguir sus órdenes más que su ejemplo,
estaban en desventaja, en la proporción de tres a uno, y la flota los bombardeó
sin piedad. Los marineros árabes desembarcaron, y entraron en al-Wachh. Como
el Hardinge había zarpado antes de que la lucha concluyera, el
ejército rebelde no sabía con certeza si la ciudad se hallaba o no todavía en
poder de los otomanos.
Al amanecer del día 25 las tribus de la vanguardia se detuvieron a pocos
kilómetros de al-Wachh, y esperaron al resto de la fuerza. Encontraron pequeñas
partidas turcas diseminadas que se rindieron. Sólo una ofreció corta
resistencia. Llegada a la altura que dominaba al-Wachh, la guardia de corps de
los Agayl desmontó, se desnudó por completo, exceptuando el pantalón de
algodón, y atacó: su desnudez tenía el propósito de que las heridas de balas
fuesen más limpias. Corrieron por grupos y en buen orden, con cuatro o cinco
metros de distancia entre cada hombre. No gritaron. Llegaron a la cima muy de
prisa, sin disparar un tiro. Lawrence, que los observaba, comprendió que no
habría lucha.
La partida árabe de desembarco se había apoderado de la ciudad y
Vickery, que la había dirigido, estaba satisfecho. En cambio, Lawrence,
enterado de que habían muerto veinte hombres y un aviador británico, no se
mostró contento. Consideró que se había combatido sin necesidad, pues los
turcos, apretados por el hambre, se hubiesen rendido, y la muerte de docenas de
ellos no compensaba la pérdida de un solo árabe. Los beduinos no procedían de
levas acostumbradas a ser carne de cañón, como casi todas las tropas regulares.
Un ejército musulmán se componía de individuos, y sus bajas no eran cuestión de
aritmética. Y como el parentesco tenía tanta fuerza en el desierto, veinte
hombres muertos provocarían un duelo mayor que millares de nombres en una lista
europea de bajas. Asimismo, los cañones de la armada habían destrozado la
ciudad. Era un gran contratiempo para los árabes, que la necesitaban como base
de futuros ataques al ferrocarril. Se habían hundido barcos y lanchas civiles,
lo que complicaba el transporte de suministros, y todos los establecimientos y
casas habían sido saqueados por los musulmanes a modo de compensación por las
pérdidas que habían sufrido. La mayor parte de los habitantes de la ciudad eran
egipcios, no muy dispuestos en principio a apoyar la causa de la rebelión.
En fin, al-Wachh había caído, la costa estaba limpia de otomanos y la
marcha había sido anuncio y aviso muy serios. Abd al-Karim de los Chuhayna, que
una semana antes había pedido a Lawrence un mulo para cabalgar, y que había
oído la respuesta de «cuando tomemos al-Wachh», dijo casi con pesar: «Los
árabes somos ahora una nación». Lamentaba la desaparición de los antiguos días
de las guerras y algaras entre las tribus. Faisal había tenido la suerte de
impedir muy a tiempo una contienda entre los Chuhayna y los Billi: los primeros
vieron unos camellos que pastaban y, por la fuerza de la costumbre, los
robaron. Faisal se enfureció y les gritó que se detuviesen, pero ellos no le
oyeron en su excitación. Disparó su fusil contra el abigeo más próximo, que se
tiró de su montura muy aterrado. Los otros pararon. Faisal los hizo comparecer
ante él, azotó a los jefes con un látigo camellero y devolvió los animales a
los Billi. Para algunos beduinos el ejército árabe era más que una nación. Un
anciano dijo: «El mundo entero se encamina a al-Wachh».
Aquel éxito abrió los ojos de los británicos de Egipto al valor
auténtico de la rebelión. El general en jefe recordó que había más turcos
luchando contra los árabes que contra él. Se prometieron oro, fusiles, mulos,
más ametralladoras y artillería de montaña, que eran los pertrechos más
urgentes. Los cañones normales carecían de utilidad en el abrupto terreno de la
Arabia occidental, falto de caminos; más, por lo visto, el ejército británico
no podía prescindir de piezas de montaña, exceptuadas unas que disparaban
proyectiles de cuatro kilogramos, útiles sólo contra arcos y flechas. Resultaba
exasperante que los otomanos siempre llegasen tres mil o cuatro mil metros más
allá que los árabes. El coronel francés tenía en Suez excelentes cañones de
aquel género con artilleros argelinos; pero no los enviaría a menos que
desembarcase una brigada aliada en Rabig para hacerse cargo de la guerra,
prescindiendo de los beduinos. Permanecieron en la población dicha durante un
año, hasta que trasladaron al coronel y su sucesor los envió. Con su
intervención fue posible el triunfo final. Mientras tanto, la reputación
francesa sufría desdoro, porque cada oficial árabe que cruzaba por Suez, para
ir a Egipto o volver de él, veía las piezas inactivas y en ellas la prueba de la
hostilidad gala a la rebelión.
Estando fresca la noticia de la conquista de al-Wachh, el coronel
francés visitó a Lawrence en El Cairo para felicitarle. Dijo que aquella
victoria confirmaba su opinión del talento militar del joven, y le animó a que
esperase su cooperación para dilatar el triunfo. Deseaba ocupar Aqaba con una
fuerza anglo-francesa y asistencia naval. Aqaba era puerto situado en el fondo
del golfo homónimo, en el mar Rojo y en lado opuesto de la península del Sinaí
al que ocupaba Suez. Una brigada, que desembarcase en él, se hallaría a ciento
veintiocho kilómetros de Maan, importante ciudad, junto al ferrocarril de los
peregrinos, a trescientos veintidós kilómetros al sur de Damasco, y en el
flanco izquierdo de las fuerzas otomanas que se oponían a las británicas en los
límites de Palestina. Lawrence, que conoció Aqaba en la exploración
cartográfica del invierno de 1913, respondió al coronel que era un proyecto
imposible, pues, si bien Aqaba era conquistable, los turcos podrían frenar a
cualquier fuerza desde las montañas graníticas que tenía detrás. Más factible
era que los beduinos la conquistasen atacando aquellos montes por la espalda
sin ayuda de escuadra alguna.
Sospechó que el coronel deseaba interponer la fuerza anglo-francesa como
un biombo entre los árabes y Damasco, para mantenerlos en Arabia agotándose en
un ataque contra Medina. Y él quería llevarlos a Damasco y más allá. Los dos
hombres conocían la intención del otro, pero ambos callaban sus verdaderos
propósitos. Por fin, el coronel cometió la imprudencia de decir que iría a
al-Wachh a hablar con Faisal, y Lawrence, que no había comentado con su amigo
la política gala, determinó hacer lo mismo. Se apresuró y pudo llegar el
primero, y dar aviso a Newcombe.
Ocho días más tarde, el coronel llegó a al-Wachh e inició sus
diligencias regalando a Faisal seis automáticas Hotchkiss. Las acompañó con
instructores. Era un don espléndido, pero el emir pidió los cañones de montaña
de tiro rápido que había en Suez. El francés quiso soslayar la petición
aseverando que no serían útiles en Arabia: los beduinos debían recorrer el país
como cabras y destrozar la vía férrea. Lo de «cabras» ofendió a Faisal, pues es
una injuria en árabe, y preguntó al coronel si había intentado ser él mismo una
«cabra». El militar galo se refirió a Aqaba, y el emir, a quien Lawrence había
descrito la topografía de tal lugar, replicó que abusaba de los británicos al
empeñarse en que se arriesgasen a sufrir graves pérdidas en tal expedición. El
coronel, furioso de la sonrisita oriental de Lawrence, sentado en un rincón,
rogó a Faisal con aire sardónico que suplicase a los británicos que, al menos,
no malgastasen los vehículos blindados que había en Suez. Lawrence tuvo otra
sonrisita y repuso que ya estaban en camino. El francés se fue derrotado, y
Lawrence regresó a El Cairo a pedir al general en jefe que no enviase a Aqaba
la brigada preparada. Dicho general se alegró de descubrir que tampoco
resultaba necesaria aquella operación «secundaria».
Vuelto a al-Wachh algunos días más tarde, Lawrence se endureció para la
campaña inminente, andando descalzo sobre el coral y la arena abrasadora. Los
árabes se preguntaron por qué no iba a caballo como todos los personajes de
nota. Faisal, metido en política, atraía nuevas tribus a la causa, conservaba
el buen humor de su padre en La Meca y retenía a sus hermanos en sus puestos.
Tuvo que sofocar un conato de motín: los Agayl se habían alzado contra su jefe,
que los había multado y azotado con indebido rigor. Saquearon su tienda,
golpearon a sus criados y, cada vez más excitados, recordaron cuentas
pendientes con la tribu de los Atayba, y se precipitaron a cortar cabezas.
Faisal, que vio las antorchas, corrió a contenerlos y los trató a cintarazos de
su espada. Sus esclavos le imitaron. Por fin, sometieron a los Agayl disparando
bengalas con pistola. Las bengalas prendieron fuego a su ropa y los aterraron.
Hubo dos muertos y treinta heridos. El jefe de los Agayl dimitió de su cargo y
se acabaron los alborotos.
La armada montó en al-Wachh un puesto de señales inalámbricas y se
recibieron de Suez dos vehículos blindados, recién llegados de la campaña del
África oriental. Los automóviles y motocicletas, que iban con ellos,
entusiasmaron a los árabes. Llamaron a las segundas «caballos diabólicos»,
criaturas de los autos, que eran hijos e hijas de los trenes de la vía férrea
de los peregrinos. Por aquel entonces llegó Chafar, bagdadí, a quien Faisal
nombró inmediatamente jefe de las fuerzas musulmanas regulares. Había servido
en el ejército otomano y luchado muy bien contra los británicos. Enver le
eligió para organizar las tribus senusías del desierto del oeste de Egipto,
adonde se trasladó en submarino: convirtió a aquella gente salvaje en una
estupenda fuerza guerrera. Los ingleses le capturaron y le encarcelaron en El
Cairo. Quiso evadirse una noche de la ciudadela, deslizándose por una manta;
cayó, se lastimó una pierna y le prendieron. En el hospital, leyó en un
periódico un artículo sobre la rebelión del jerife y la noticia de las
ejecuciones de nacionalistas en Siria. Comprendió de pronto que había luchado
en el bando equivocado.
La diplomacia de Faisal surtía efecto. Se unieron a él los Billi,
Muahib, Huwaytat y Banu Atiyah, estas dos tribus más alejadas que las dos
primeras, de suerte que controló entonces la región existente entre el
ferrocarril y el mar, desde un punto situado a doscientos cuarenta y un
kilómetros al norte de al-Wachh hasta Medina. Más allá de las tribus
septentrionales de los Huwaytat y los Banu Atiyah, extendiéndose por el ingente
desierto de guijos y lava hasta la frontera de Mesopotamia, vivían los poderosos
Ruwalla, cuyo emir Nuri era uno de los cuatro grandes príncipes árabes. He aquí
los tres restantes: Ibn Saud de Nachd en los oasis centrales, el emir del
Chabal Shammar y el jerife de La Meca. El anciano Nuri, hombre duro, cuya
palabra era ley, no podía ser amedrentado ni engatusado; para obtener la
supremacía había asesinado a dos hermanos. Por suerte, tenía buenas relaciones
desde hacía años con Faisal, cuyos mensajeros, que se disponían a pedirle
permiso para que el ejército cruzara su territorio, encontraron en el camino a
los de Nuri, portadores de un importante regalo de camellos de carga para
Faisal. Nuri no podía prestar apoyo armado en aquel trance, porque, si
sospechaban de él, los turcos harían pasar hambre a su gente en el plazo de
tres meses; pero, en el momento oportuno, Faisal podría contar con su
colaboración armada. Era trascendental la amistad de Nuri, puesto que dominaba
Sirhan, la única gran cadena de lugares de acampamiento provistos de agua del
desierto septentrional hasta el límite de Siria, donde habitaba la famosa tribu
de los Huwaytat. Uno de los clanes de ésta, el de los Abu Tayi, estaba al mando
de Awda, el guerrero más excelso del norte de Arabia. Hacía meses que Faisal y
Lawrence deseaban hablar con él. Con la amistad de Awda, resultada posible
atraer todas las tribus que vivían entre Maan y Aqaba, y, tomada esta segunda
ciudad, llevar la rebelión mucho más al norte, incluso a la retaguardia de las
líneas otomanas en Siria. Y Awda se mostró dispuesto a escucharlos. Su primo llegó
al campamento con regalos el 17 de febrero de 1917, el mismo día que el jefe de
un clan de los Huwaytat, que habitaba en las proximidades de Maan. Hubo otras
comparecencias el 17 de febrero: los guerreros de la tribu de los Sherarat,
moradores del desierto que había entre al-Wachh y la vía férrea, con un
donativo de huevos de avestruz; el hijo de Nuri, con una yegua, y el cabeza de
otro clan de los Huwaytat, de la costa meridional de Aqaba, con el botín de un
par de puestos turcos del mar Rojo, que acababa de destruir.
Los caminos de al-Wachh se llenaron de mensajeros, voluntarios y grandes
jeques dispuestos a comprometerse en la sublevación. Los Billi, hasta entonces
muy tibios, se contagiaron del entusiasmo general. Faisal los hacía jurar sobre
el Corán que sostenía; le besaban las manos y prometían: «Aguardaremos cuando
tú aguardes, y marcharemos cuando tú marches. Trataremos con afabilidad a
cuantos hablen nuestra lengua, sean árabes, sirios, mesopotámicos o de otro
pueblo. Ponemos la independencia de Arabia por encima de nuestra vida, familia
y bienes». A veces, al acudir a Faisal, coincidían enemigos mortales. El emir
los presentaba como si no se conociesen y luego actuaba de componedor, de modo
que sus ventajas e inconvenientes se equilibrasen. Incluso mejoraba las
componendas, pagando de su tesoro a la tribu que había salido más malparada.
Durante dos años, esta tarea de apaciguador fue el pan diario de Faisal. Así
combinó los centenares de fuerzas hostiles que había en Arabia contra el
enemigo común. Por los distritos que recorrió no persistió enemistad alguna, y
nadie discutió su justicia. Se la reconoció con autoridad superior a los odios
y querellas de las tribus, y finalmente adquirió supremacía moral sobre los
beduinos, desde Medina, en el sur, hasta allende Damasco.
Capítulo XII
A principios de marzo, Egipto informó a Lawrence que Enver, general en
jefe de Turquía, había ordenado a sus fuerzas que abandonasen Medina sin
dilación. El mensaje se interceptó en el ferrocarril de los peregrinos, donde
Newcombe y Garland, con colaboración árabe, volaban ya puentes y raíles. Se
ordenaba a los contingentes otomanos que avanzaran agrupados por la línea, con
convoyes ferroviarios incluidos entre ellos; habrían de recorrer seiscientos
cuarenta y tres kilómetros hasta una estación (Tabuk), por debajo de Maan, y
formar allí el poderoso flanco izquierdo del ejército que se enfrentaba con los
británicos. Puesto que los turcos de Medina eran un cuerpo de ejército íntegro
de las mejores tropas de Anatolia, los ingleses anhelaban alejarlos. Por consiguiente,
se rogó a Faisal (y se mandó a Lawrence) que, o conquistasen Medina sin pérdida
de tiempo, o destruyesen la guarnición en su avance por la vía del ferrocarril.
El emir contestó que haría todo lo que pudiera, aunque el mensaje otomano tenía
ya bastantes días de antigüedad y la operación ya habría comenzado. Las fuerzas
de Faisal se adelantaban entonces para hostilizar la línea ferroviaria desde
al-Wachh, en una extensión de doscientos cuarenta kilómetros; por lo tanto, se
satisfacía la segunda parte de la petición de Egipto. Si el tiempo daba para
ello, se podría destrozar toda la hueste otomana. Los árabes dañarían los
raíles hasta que no pudieran utilizarlos los convoyes de intendencia, y el
enemigo no lograría progresar sin suministros. Y, cuando retrocediese, vería
que la línea también estaba destrozada en aquella parte. Lawrence optó por
reunirse con Abd Allah, que se había desplazado al noroeste de Medina, para
comprobar la posibilidad de atacar a los turcos, si seguían en la ciudad.
Emprendió el viaje muy debilitado por la disentería contraída al haber
bebido en al-Wachh agua en malas condiciones. Tenía mucha fiebre y, además,
furúnculos en la espalda, que transformaron en martirio la jornada en camello.
Con trece hombres de varias tribus, incluidos cuatro de la de los Agayl y un
moro, emprendió al amanecer la travesía de doscientos cuarenta kilómetros a lo
largo de las montañas graníticas. Sufrió dos síncopes durante el camino y a
duras penas se mantuvo en la silla. En cierto momento, la escolta mal elegida
comenzó una riña y el moro mató a traición a un Agayl. Se celebró un consejo de
guerra aprisa y corriendo, el homicida fue ejecutado, con la aprobación
general, por un miembro de la partida. No estaba emparentado con otros moros del
ejército de Faisal que pudieran reclamar la venganza de sangre.
Es de imaginar la soledad de Lawrence en aquel viaje. Ya no era oficial
británico, porque su lealtad a la rebelión por voluntad propia le había
exonerado del cargo; tampoco era árabe, como la falta de tribu propia le
recordaba con fuerza. Se cernía entre ambos extremos, como el ataúd de Mahoma,
según la leyenda islámica, se hallaba en el aire. Más inmediata era la
intranquilizadora posibilidad de que la enfermedad le impidiese cabalgar, y la
de estar en manos de los beduinos, cuya idea de los cuidados médicos consistía
en practicar agujeros con brasas en el cuerpo del paciente, para que escapasen
los malos espíritus. Cuando el así tratado chillaba, decían que protestaba el
diablo que se albergaba en él. Por fin, llegó al campamento de Abd Allah a
tiempo de evitar el colapso. Entregó al emir el mensaje de Faisal, y se fue a
acostar en una tienda, en la que la debilidad le retuvo inerme durante diez
días.
La inactividad forzosa tuvo frutos interesantes. La debilidad del cuerpo
afinó su mente. Se puso a reflexionar sobre la rebelión árabe con más
parsimonia y cuidado que hasta entonces. Había actuado por instinto, sin
considerar lo que había a un palmo de su nariz; entonces utilizó la razón
plenamente. Recordó los autores militares que había leído en Oxford. Sus
mentores no le exigieron que conociese campañas posteriores a Napoleón, mas él,
al parecer, por curiosidad leyó la mayoría de las obras más modernas, como las
del gran Clausewitz, Von Moltke y francesas más recientes, incluidas las de
Foch (cuyos Principes de la Guerre le causaron honda impresión
hasta que descubrió que este tratadista francés había birlado buena parte de
sus principios más importantes, sin indicarlo, de un informe austríaco sobre la
campaña de 1866). Comenzó recordando que todos aquellos autores coincidían en
una regla: que las guerras se ganan destruyendo el principal ejército del
contrario. Más aquello no tenía aplicación al caso árabe. Y se sintió
preocupado.
Se preguntó por qué se molestaban en atacar Medina. ¿Qué conseguirían
los beduinos si la tomaban? No representaba ya una amenaza como cuando tenía
tropas de sobra para dirigirlas contra La Meca. Carecía de utilidad como base o
almacén. Los otomanos que había en ella no poseían fuerza para perjudicar a los
árabes. Entonces comían sus acémilas, ya que no podían alimentarlas. ¿Por qué
no dejarlos en la ciudad? ¿A santo de qué no contentarse con bloquearla? ¿Y el
ferrocarril, que exigía enormes cantidades de hombres, distribuidos en puestos,
a lo largo de la línea, no obstante lo cual no estaba bien protegida? ¿Por qué
no se limitaban a atacarla con frecuencia, entre los puestos de guardia,
volando convoyes y puentes, y al mismo tiempo permitían —sólo permitir— que
funcionase, para sangrar a los turcos en el norte, mientras procuraban
conservarla y alimentaban a las tropas de Medina? Sería un error cortarla del
todo, permanentemente. La rendición de Medina implicaría que habría que nutrir
a los prisioneros otomanos, que muchos soldados enemigos, custodios de la
ferrovía, retrocederían al norte, y que la sangría de hombres, convoyes y
víveres turcos llegaría a su fin. Se favorecería más a la causa aliada
atrayendo y reteniendo muchas tropas adversarias en aquel escenario bélico de
escasa importancia, y utilizando el mayor número posible de árabes en el teatro
trascendental de la guerra: Palestina.
Por consiguiente, cuando sanó y abandonó su tienda apestosa y llena de
moscas, Lawrence no animó a Abd Allah a que acometiese Medina, sino le
recomendó una serie de alfilerazos, de incursiones, contra el ferrocarril, y se
ofreció a proporcionar un ejemplo de ellos. Abd Allah, más político que hombre
de acción, prefería los deportes y las bromas al ejercicio del generalato.
Permitió que el jerife Shakir, su pintoresco primo medio beduino, atacase la
estación más próxima, situada a ciento sesenta kilómetros de ellos, con una
tropa de hombres de los Atayba y uno de los cañones de montaña que los
artilleros egipcios habían cedido a Faisal, y que éste le había regalado
últimamente. Lawrence, en plena convalecencia, fue con Shakir. Y el 27 de marzo
puso la primera mina de su vida, una automática, en los raíles. Por ser la
primera no resultó muy efectiva. Destrozó la rueda delantera de una locomotora,
pero la carga no tuvo la potencia suficiente para causar grave daño. Tampoco
Shakir obtuvo un éxito resonante: mató una veintena de turcos, estropeó el
depósito elevado de agua y la estación con la pieza artillera, y prendió fuego
a unos cuantos vagones; pero no consiguió botín digno de mención. El núcleo
dramático del golpe de mano residió en un zagal, que los árabes capturaron y
maniataron, tras lo cual sus corderos, propiedad de los otomanos, fueron
devorados ante sus desdichados ojos. Al cabo de un par de días, con un grupo de
la tribu de los Chuhayna, Lawrence efectuó un nuevo experimento con las minas
automáticas. Tuvo la suerte de sufrir un fracaso preliminar. Un largo convoy
procedente de Medina, abarrotado de mujeres y niños, «bocas inútiles» que los
turcos no podían alimentar, y que eran enviadas a Siria, pasó sobre el
artefacto sin que estallara. Durante la víspera un chubasco había sorprendido a
los saboteadores, y el mecanismo, sin duda porque la lluvia rebajó el nivel del
suelo, no quedó en contacto con los rieles. Lo ajustó al cerrar la noche y,
volando unos pocos raíles y un puentecillo, para dar a entender a los otomanos
(que los habían visto, disparaban y hacían sonar clarines en toda la longitud
del ferrocarril) sus propósitos, Lawrence se retiró dejando la mina. Castigó al
tren esperado de reparaciones. La mayor parte de esta historia, los episodios
de marzo y abril de 1917, no se menciona en Rebelión en el desierto.
El lector curioso la hallará, más detallada, en la revista World’s Work,
que la publicó como artículo, en Estados Unidos, en 1921. El pago de esta
colaboración, y de otras tres, no fue a parar a Lawrence, sino a un poeta, que
así salvó de la bancarrota que había sufrido al querer fundar una tienda de
ultramarinos. Por motivo desconocido, Lawrence se esforzó en que no aparecieran
en Inglaterra. Y como yo era el poeta, y este libro presenta el mismo texto en
Gran Bretaña y Norteamérica, no precisaré los detalles.
Los resultados de la visita de Lawrence a Abd Allah no fueron cosa de
mayor monta desde el punto de vista de la acción. Abd Allah no tenía la energía
y penetración militares de su hermano, y se le había asignado una parcela poco
atractiva de la campaña, el bloqueo de Medina, que convenía a su carácter poco
emprendedor. (El asedio de la ciudad duró hasta después del armisticio de
octubre de 1918, data en que Constantinopla ordenó al bajá Fajri entregarla a
las fuerzas árabes; un motín de los principales jefes del estado mayor le
obligó a hacerlo). No obstante, su estancia con el emir tuvo mucha importancia,
ya que señaló un punto decisivo en la guerra del desierto. Su larga meditación
solitaria en la tienda le proporcionó convicciones, que decidieron la táctica y
la estrategia imprescindibles que sus aliados necesitaban: el triunfo en el
norte justificaría la rebelión. En adelante, como veremos, obró con
deliberación y confianza grandes, que contrastaron con su vacilante actitud
como consejero de Faisal en las operaciones de Yanbu y al-Wachh. Antes había
acertado, pero, más o menos, por casualidad.
Volvió a al-Wachh el 10 de abril a etapas lentas. Abd Allah había sido
muy hospitalario, pero Lawrence prefería el ambiente del campamento de Faisal,
más enérgico y dispuesto a vencer con la menor ayuda posible de los aliados.
Muy al norte, en la línea férrea en que había puesto las minas, había entonces
dos grupos de sabotaje (el de Garland y Newcombe, y el de Hornby); pero los
turcos tuvieron, relativamente, menos dificultades en mantener el ferrocarril
en funcionamiento entre Damasco y Medina, que en sacar de ésta su guarnición,
lo que representaba una marcha tan larga como peligrosa. En al-Wachh, la
situación era buena. Se habían recibido más vehículos blindados de Egipto, y se
habían retirado todos los depósitos y hombres de Yanbu y Rabig, prueba de que
la sublevación había arraigado en el sur y se movía hacia septentrión. Habían
llegado los aeroplanos del comandante Ross y una nueva compañía de
ametralladoras, originada de modo singular. Al abandonar Yanbu, quedaron
montones de armas descompuestas y dos sargentos armeros ingleses, así como
treinta árabes enfermos o heridos. Los sargentos se aburrían, y para
entretenerse medicaron y curaron a los pacientes, recompusieron las
ametralladoras y las juntaron en una compañía. No sabían una palabra de árabe, pero
instruyeron tan bien a sus hombres mediante gestos, que pudieron parangonarse a
la mejor tropa del ejército islámico.
Capítulo XIII
Lawrence se disponía a retirarse de la tienda de Faisal, en al-Wachh,
después de saludarle y cambiar noticias, cuando hubo una ligera conmoción. Un
mensajero murmuró algo al emir, que se volvió hacia Lawrence con los ojos
brillantes e intentando dominar su emoción.
—Ha llegado Awda.
Se levantó el faldón de la entrada de la tienda y una profunda voz
resonante saludó a «nuestro señor, el príncipe de los creyentes». Apareció un
hombre alto, vigoroso, de semblante zahareño, apasionado y trágico. Era Awda.
Iba con él Muhammad, su único hijo superviviente, muchacho que, a los once
años, era un guerrero de pies a cabeza. Faisal se levantó de un salto, honor
que el recién aparecido no debía a su rango, pues otros jefes más nobles que él
no lo habían merecido, sino a ser el combatiente más espléndido de toda Arabia.
Awda besó la mano del emir y los dos se apartaron un poco y se miraron. Nada
había más distinto que ellos, ni tan magnífico; Faisal el profeta y Awda el
batallador. Se habían entendido y estimado desde que se conocieron.
Awda vestía sencillas ropas de algodón blanco y se tocaba con un pañuelo
encarnado. Parecía tener más de cincuenta años y en su negro cabello había
mechones canos; pero tenía porte erecto y robusto, y la actividad propia de un
varón mucho más joven. Su hospitalidad contentaba incluso a los huéspedes más
famélicos, y su generosidad le condenaba a la pobreza a pesar de los tesoros
ganados en cientos de correrías. Se había casado veintiocho veces, y había sido
herido trece. Había matado con su mano a setenta y cinco enemigos en campo
abierto, y sólo en campo abierto. Todas sus víctimas fueron árabes, porque los
turcos no contaban y nadie sabía cuántos habían sido. Casi toda su familia y
adeptos había perecido en guerras que él había provocado. Se había impuesto la
regla de estar enemistado con casi todas las tribus beduinas, con el fin de
tener objetivos bélicos, que cumplía con la mayor frecuencia posible. Sus
aventuras más descabelladas se basaban siempre en un ingrediente de previsión,
y su paciencia en los enfrentamientos era proverbial. Cuando se encolerizaba,
su rostro temblaba incontrolablemente. Sus arrebatos sólo se calmaban luchando;
entonces, se portaba como una fiera salvaje y los hombres le rehuían. No había
poder en la tierra que le hiciera cambiar de idea, obedecer órdenes o efectuar
algo que se desaprobase. Concebía la vida como una epopeya que él
protagonizaba, aunque reconocía que sus antepasados fueron más heroicos. Su
mente albergaba miles de cánticos de guerra, que siempre interpretaba con su fuerte
voz, o para entretener a alguien, o a solas. Se refería a sí mismo en tercera,
y estaba tan seguro de su fama, que relataba historias contrarias a su persona.
Su malicia superaba la de Lawrence, y en las reuniones públicas decía cosas
inauditas o faltas de tacto, y, más aún, inventaba hechos espantosos sobre sus
invitados o huéspedes, y juraba y perjuraba que eran verdad. Incluso los
ofendidos le amaban cordialmente, pues era modesto, sencillo como un niño,
honrado y liberal de corazón.
Un amigo me refirió lo siguiente, que presenció en un banquete dado en
Maan, en Transjordania, después de la guerra. Sir Herbert
Samuel, que había sido nombrado alto comisario de Palestina, recibía a todos
los grandes del distrito con el fin de conocerlos. Aún una pizca aturdido por
el atentado que acababa de sufrir, se alegró de la asistencia casual de
Lawrence como intérprete. Dijo en su discurso que el magnífico Awda (se volvió
hacia él) se alegraría de la derrota del imperio otomano y esperaría que en Oriente
reinara en adelante la paz. Lawrence tradujo las palabras y Awda exclamó con
violencia:
— ¿Qué paz habrá mientras los franceses estén en Siria, los británicos
en Mesopotamia y los judíos en Palestina?
Lawrence, maliciosamente, tradujo las palabras al pie de la letra sin
alterarse. Por suerte, Sir Herbert se contentó con responder
con una sonrisa.
Awda había llegado a al-Wachh impaciente por la dilación de la campaña.
Anhelaba llevar la libertad árabe a sus posesiones. Lawrence y Faisal se
sentaron muy aliviados a cenar, y lo hicieron con alegría, hasta que Awda se
levantó y se lanzó fuera de la tienda, chillando: « ¡Dios no lo quiere!». Se
oyeron golpes en el exterior: el jefe destrozaba su dentadura postiza con una
piedra.
—Había olvidado que el bajá Chemal (jefe otomano que había ahorcado a
numerosos cabecillas árabes en Siria) me regaló eso. Como el pan de mi señor
Faisal con dientes turcos.
A consecuencia de su arranque, como tenía muy pocos propios, Awda pasó
casi hambre durante un par de meses, hasta que enviaron un dentista de Egipto
para que guarneciese sus encías con piezas dentales aliadas.
Awda y Lawrence fueron amigos desde el primer instante. Jamás se ha
comprendido la esencia irónica de su amistad. Desde sus días de escolar, la
imaginación de Lawrence se había alimentado de leyendas y relatos medievales de
la caballería franca y normanda. No fue una debilidad pasajera romántica,
porque la parte irlandesa y hebridense de su sangre no lo consentía: el
romanticismo superficial es rasgo inglés. Su romanticismo es incurable y no se
distingue en ocasiones del realismo. Un colegial juega durante un tiempo a ser
caballero de la Tabla Redonda, inspirándose en los Idilios del rey,
o un barón justiciero, basándose en Ivanhoe, pero, a la larga,
prefiere cambiar ese juego estúpido por el fútbol, los cigarrillos y la
adoración de actrices cinematográficas. Lawrence, en cambio, salvó el
sentimentalismo victoriano recurriendo a la fuerte y osada Muerte de
Arturo de Mallory, y no se redujo a representar un caballero del Santo
Grial sin comprometerse, por razones de eficacia personal, a las mismas reglas
de castidad, templanza y caballerosidad que el Galaad de Mallory; conservó y
conserva un noble sentido del honor tan estricto como el de Geraint o Walter de
Manny. Saltó por encima del falso medievalismo de Scott en busca del auténtico;
estudió en serio las armaduras, catedrales y castillos, leyó en francés antiguo
e investigó las cruzadas en Tierra Santa. En los primeros cursos
universitarios, confió a un compañero su opinión de que el mundo había
terminado en 1500, con la aparición de la pólvora y la imprenta, divulgadora y
barata. La carrera romántica de Lawrence fue tan lógica que primero se quemó
las cejas con las páginas de Scott y Tennyson, después con las de Morris y
Mallory, y luego con las de las novelas francesas y latinas del Medievo, y
acabó metiéndose en cuerpo y alma en una epopeya real, en trance de escribirse,
y en el primer canto encontró a Faisal, y en el segundo a Awda.
Todo habría marchado perfectamente si su medievalismo hubiera sido como
el de Awda, porque la Edad Media no había concluido en Arabia cuando nació. En
su lucha por dominar las falsas fuerzas románticas, y evitar convertirse en
otro don Quijote, tuvo que equiparse de un escepticismo muy del siglo XX, y lo
utilizó de continuo para ensayar su conducta; el medievalismo verdadero fue a
menudo cínico, jamás escéptico. Por lo tanto, agradará saber que llevó consigo
tres obras durante la campaña árabe: la Muerte de Arturo de
Mallory, las comedias de Aristófanes, cuyo risueño escepticismo, en especial el
de la Lisístrata antimilitarista, suministra el antídoto
contra el romanticismo falso, y el Oxford Book of English Verse,
antología que, a mi juicio, proporciona a la poesía que contiene una atmósfera
demasiado pesada de artificio literario.
Tal vez debí agregar, a mi retrato de Lawrence, que su ciego deseo de
ser literato intriga tanto más cuanto que bien podría ser algo mejor que un
simple artista. Escribir de modo artístico nace del ambiente literario
competitivo, cosa que sería la última a que él aspiraría; el «estilo» es una
busca social del género más vulgar. Se le puede excusar que llevase esa
antología (ni mejor ni peor que tantas otras, y que pesa muy poco impresa en
papel biblia), si la eligió como una mezcolanza de vates ingleses que recuerda
débilmente el aroma de cada uno de ellos. Pero no creo que fuese eso, porque
forzarse por la estética literaria es una de sus características. La
justificación de la epopeya resultante de sus aventuras, Las siete
columnas, es que, cuando prescinde de la búsqueda del estilo en la pasión
del relato, está bien, limpiamente redactada, y que, cuando no lo hace, se
presiente que reconoce un rasgo desdichado, la supresión del cual equivaldría a
la supresión de una parte de su verdad. Lo ha conservado su integridad
confesando algunas debilidades. De eso se tratará más adelante. Merecería la
pena estudiar la influencia de dicha antología sobre sus sentimientos y actos
durante la campaña. Se conserva el ejemplar con notas marginales, muchas de
ellas fechadas.
En fin, Awda le aceptó como colega medievalista (afortunadamente, la
sombra de las cruzadas no se interpuso entre ellos). Lawrence se sintió a gusto
en su compañía y anduvo por el capítulo siguiente de la novela épica con alguna
que otra duda crítica sobre sí mismo. Se necesitaba aliento épico para
conquistar la plaza de Aqaba, hazaña fuera del alcance de la milicia anti
heroica de nuestro siglo. Acordaron dirigirse al norte en busca de los Huwaytat
de Awda, que estarían en sus pastos primaverales del desierto sirio.
Congregarían un cuerpo de camelleros y conquistarían Aqaba por sorpresa, sin
armas de fuego, fuesen o no fuesen automáticas. Eso impondría una marcha
arqueada de novecientos sesenta y cinco kilómetros, para llegar a una posición
que estuviera bajo el fuego de la flota británica (en aquel instante se hallaba
en el puerto). El camino más largo era el único posible. Aqaba estaba
fuertemente protegida por los montes, con complicadas fortificaciones a lo
largo de muchos kilómetros, y si se intentaba un desembarco, una pequeña fuerza
turca detendría a una división aliada en los desfiladeros. Por otro lado, los
otomanos no pensaron en orientar las defensas hacia el este, contra un ataque
terrestre. Los hombres de Awda los dominarían con la ayuda de los clanes de los
Huwaytat que había entre el litoral y las montañas. Aqaba, de gran importancia,
representaba una constante amenaza contra el ejército británico, que ya había
llegado a la línea Gaza-Bersabee, dejándolo, por consiguiente, detrás de su
flanco derecho, Un pequeño contingente turco, saliendo de Aqaba, podría hacer
mucho daño y hasta arremeter contra Suez. Para Lawrence, los árabes necesitaban
aquella plaza más que los británicos, porque, si la conquistaban, podrían
enlazar con las tropas británicas de Bersabee y su presencia haría admitir que
eran un ejército nacional, digno de tenerse en cuenta. Establecido el contacto,
no habría carestía de armas, dinero y pertrechos, la campaña musulmana no sería
algo colateral, sino parte de la guerra general, y Gran Bretaña cuidaría de
proporcionarle los debidos suministros.
Lawrence expuso a los consejeros británicos de Faisal en al-Wachh lo que
se le había ocurrido durante su enfermedad en el campamento de Abd Allah. No se
escucharon sus razones. Semanas antes se había decidido, y Lawrence había sido
el principal impulsor, ocupar un largo trecho de la vía férrea con tropas
mixtas, egipcias y árabes, con la esperanza de que Medina se rendiría pronto.
El joven argumentó contra este proyecto varias cosas: era mala política mezclar
a egipcios y árabes; los árabes no eran dignos de confianza para atacar o
defender un paraje contra fuerzas regulares; la tierra que deseaban tomar era
puro desierto; y obligar a los otomanos a malgastar hombres, armas y alimentos,
para conservar Medina y el tren, les perjudicaría más que cualquier derrota. En
vista de que nada conseguía, decidió esquivar la expedición, ir a Aqaba y no
solicitar armas y víveres de sus superiores.
Faisal, que pensaba, planeaba y trabajaba por todos, le concedió
veintidós mil libras en oro de su tesoro para pagar a los hombres de la partida
y los que se sumasen a ella durante la marcha. Diecisiete beduinos de los Agayl
sirvieron de escolta. Zaki y Nasib, damascenos principales, tratarían con los
conversos sirios del norte. El jerife Nasir, que intervenía en todas las
empresas descabelladas, se encargó del mando. Él, Awda, Nasib y Zaki se
repartieron el oro. Salieron el 8 de mayo. Cada combatiente llevaba un saco con
veinte kilogramos de harina para otros tantos días. Recibieron el donativo de
algunos rifles, y seis camellos cargados de gelatina explosiva para volar
rieles, convoyes y puentes en el norte. El representante de Francia junto a
Faisal pensó, con motivo, que era una fuerza demasiado pequeña para apoderarse
de toda una provincia. Hizo fotografías, en especial de Awda, engalanado con
sus compras en al-Wachh: un gabán de paño color de ratón, con cuello de
terciopelo, y botas amarillas con elásticos laterales. Los guió Nasib, que
conocía aquella región tan bien como la propia. Al cabo de un par de años de
luchar y predicar tras las líneas de Faisal, estaba tan aburrido como fatigado.
Habló a Lawrence con nostalgia de su hermosa, grande y fresca casa medinesa, de
huertos plantados de toda especie de árboles frutales, caminos umbrosos,
piscina emparrada, pozo del que sacaba agua una noria movida por un buey y
numerosos surtidores. Los turcos se habían adueñado de ella, y talado los
árboles y palmeras. La noria había callado sus crujidos por primera vez en seis
siglos. Los huertos, consumidos por el sol, se hacían tan áridos como los
montes por los que trotaban.
Los camellos de carga, debilitados por la sarna que azotaba al-Wachh,
avanzaban despacio, ramoneando. Awda se opuso al deseo de los demás de
avivarlos, pues la travesía era larguísima y había que ahorrarles esfuerzos. La
blanca arena escocía los ojos con su resplandor hasta extremos insoportables.
Se alegraron de llegar al reducido oasis de un valle, que un anciano, con su
esposa e hijas, los únicos habitantes, habían cultivado en parte. Cosechaban
tabaco, judías, melones, cohombros y berenjenas, laborando de sol a sol,
despreocupados del mundo exterior. El viejo preguntó riendo si tanta lucha y
sufrimiento aportaría al mundo más comida y bebida; no entendió su descripción
de la libertad árabe. Vivía sólo para su huerto. Cada año vendía el tabaco
recogido y compraba una camisa para sí mismo y para cada miembro de su familia;
aparte dicha prenda, llevaba un gorro de fieltro, que había pertenecido a su
abuelo un siglo antes.
Allí encontraron a Rasim, jefe de la artillería de Faisal, su ayudante
Mawlud y otros, quienes les contaron que el jerife Sharraf, primo de su
caudillo, con el que había de encontrarse en la etapa siguiente, efectuaba
incursiones. Así pues, descansaron en el oasis un par de días. El viejo les
vendió hortalizas, Rasim y Mawlud proporcionaron carne enlatada y, por la
noche, alrededor del fuego hicieron música. No fue la monótona y vociferante de
los beduinos, ni las excitantes melodías de los oasis centrales que los Agayl
cantaban, sino los gorgoritos y voces en falsete de las canciones amorosas de
Damasco, que acompañaban las guitarras de los músicos militares de Mawlud.
Nasib y Zaki interpretaron con pasión himnos de libertad, que todos escuchaban
hasta que concluía cada estrofa, momento en que se unían a la última nota,
alargada y suspirante. El anciano, mientras tanto, chapoteaba en las acequias
de arcilla de su huerto, riéndose de tanta locura.
Awda desdeñaba el vergel y anhelaba volver al desierto. Se pusieron en
marcha a la segunda noche, precedidos por él, que cantaba una interminable
balada de los Huwaytat. « ¡Ho, Ho, Ho!», profería su voz de bajo, y así guiaba
a los restantes en los valles oscuros. Lawrence no entendía muchas palabras de
su dialecto, que era muy antiguo. Durante el viaje, Nasir y Muhammad al-Dallan,
primo de Awda, le dieron clases de árabe clásico de Medina y el vivo lenguaje
del desierto. Antes había hablado, con vacilaciones, los dialectos de la
comarca de Karkemish. Entonces, por estar en contacto con tantas tribus,
utilizaba con soltura una mezcla antigramatical de su vocabulario. Quienes no
le conocían imaginaban que procedía de un distrito inculto y desconocido, algo
así como el vertedero de toda la península arábiga. Lawrence me ha escrito,
recientemente, una carta sobre su conocimiento del árabe:
«En Oxford, antes de irme, aprendí una pizca de gramática rudimentaria.
En los cuatro años siguientes, agregué un vocabulario considerable (cuatro mil
voces) a este esqueleto, útil sobre todo en materias arqueológicas.
”Apenas lo hablé en los dos primeros años de la Gran Guerra, y como jamás supe
leerlo ni escribirlo —y sigo igual a estas alturas—, casi lo olvidé. Al
juntarme con Faisal, hube de empezar de nuevo desde el principio, con un
dialecto nuevo y muy distinto. La campaña me llevó de uno a otro lado, de modo
que jamás aprendí uno como es debido. Se me pegaron de oídas (porque no
conozco, insisto, el alfabeto) y, por eso, incorrectamente; y mis maestros —mis
criados— me respetaban demasiado para señalarme las incorrecciones. Les era más
fácil aprender mi lengua que enseñarme la suya.
”Por último, dominé catorce mil palabras, lo que, si en inglés es mucho, en
árabe resulta insuficiente por su enorme y extensa riqueza. Me acostumbré a
encajarlas en una gramática y una sintaxis que había inventado. Faisal
describió mi árabe como «una perpetua aventura», y me hacía hablar para
divertirse…
”Nunca he oído a un inglés hablar el árabe lo suficientemente bien para que se
le tenga por nativo de cualquier parte del orbe arabo-parlante durante cinco
minutos».
La comarca rocosa dificultó la marcha. El camino se convirtió en sendero
de cabras, que zigzagueaba por una ladera. Había que subirla a gatas.
Desmontaron. Pronto tuvieron que empujar las grupas de los camellos y
aliviarles de la carga. Dos, muy débiles, se derrengaron y tuvieron que
matarlos. Cortaron su carne para aprovecharla como comida. Lawrence se alegró
de llegar a una especie de meseta, puesto que tenía aún fiebre y forúnculos.
Cabalgaron sobre lava, entre colinas de arenisca encarnada y negra, y llegaron
al fin a una honda garganta, poblada de tamarindos y adelfas, en la cual
acamparon. Sharraf no había regresado todavía, y tuvieron que esperarle durante
tres días.
Despertó a Lawrence la voz de un muchacho de los Agayl que le pedía
compasión. Era Daudá, amigo inseparable de Farrach. Éste había quemado su
tienda por broma y le azotaría el capitán de los Agayl, que estaba con Sharraf.
¿Los defendería Lawrence? Lo hizo. El capitán dijo que estaba harto de las
jugarretas de los dos jóvenes y que debía darles un escarmiento. Daudá, y era
lo más que haría, podía compartir la sentencia de Farrach. El muchacho besó la
mano de su defensor y de su jefe, y desapareció corriendo. A la mañana
siguiente, los dos truhanes se presentaron a Lawrence, que hablaba con Awda y
Nasir, y se pusieron a su servicio. No, no necesitaba criados, y, además,
después de la paliza, no podrían cabalgar. Daudá se fue enojado, pero Farrach
se arrodilló a los pies de Nasir y le rogó humildemente que persuadiera al
inglés. Lo hizo.
Sharraf regresó. Expuso que había agua de lluvia recién caída a lo largo
del camino. Les había preocupado la posibilidad de que faltase. Iniciaron la
jornada. A poco de ello, encontraron cinco jinetes que llegaban del
ferrocarril. Lawrence, que iba a la vanguardia con Awda, sintió la emoción,
habitual en el desierto, de ignorar si eran amigos o enemigos. Eran amigos.
Frente a ellos trotaba un inglés rubio y barbudo, de uniforme estropeado:
Hornby, el secuaz de Newcombe, con quien competía en hacer saltar la vía
férrea. Aquella pareja persistente se pegaba a los raíles semanas enteras, con
escasos auxilios y menos víveres, hasta que agotaba los explosivos, o las
monturas, y debía reponerlos. Newcombe abusaba de sus camellos, obligándoles a
trotar, lo que los destrozaba pronto en aquel árido distrito. Sus hombres
tenían que abandonarle —lo que era vergüenza duradera en el desierto—, o
imitarle. Se quejaban siempre: «Newcombe es como el fuego, que quema a amigos y
enemigos». Contaron a Lawrence que dormía con la cabeza apoyada en un riel, y
que cuando se les agotaba el explosivo, Hornby limaba los raíles con los
dientes. La exageración expresaba la destructiva energía que mantenía ocupados
a cuatro batallones turcos de trabajo.
Recorrieron el desierto de lava y, al octavo día, acamparon en un valle
húmedo, lleno de espinos, demasiado amargos para alimentar a los camellos.
Hicieron con ellos una gran hoguera y cocieron pan. De las llamas, salió una
gran serpiente negra, a la que, sin duda, el frío nocturno había adormecido
entre las ramas cogidas. El noveno día de jornada, por kilómetros de lava, en
la que destacaban piedras areniscas, los puso en contacto con una tierra
muerta, agotada, fantasmagórica, que carecía de pastos. Los camellos estaban
agotados.
La lava terminó al fin. Se hallaron en una llanura abierta, de arena
dorada y verdes matojos dispersos. Había varias aguadas que alguien había
excavado tras la tormenta que azotó tres días antes. Acamparon junto a ellas y
descargaron los camellos para que comieran. Una docena de jinetes, venidos del
ferrocarril, aparecieron, tirotearon a los cuidadores de los animales, y la
partida, amparándose en los montículos y rocas, hizo fuego chillando. Los
atacantes se alejaron. Awda pensó que eran exploradores de la tribu de los
Shammar. El llano los llevó a un valle fantástico, en el que había columnas de
arenisca rojiza, de todos los grosores y formas, de tres a veinte metros de
alto, separadas por estrechos senderos arenosos; después a una altiplanicie
sembrada de basalto negro, y, por último, a los pozos de que Sharraf les había
hablado. Hornby y Newcombe habían acampado indudablemente allí: había latas
vacías de sardinas.
Daudá y Farrach resultaron ser buenos criados, valientes, alegres,
excelentes jinetes y dispuestos a cumplir. Dedicaron mucho tiempo a curar la
camella de su señor, que tenía la cabeza cubierta de sarna. Careciendo del
ungüento adecuado, la frotaron con manteca, lo que alivió algo el picor
insoportable. Al décimo día, encontraron la vía férrea, que cruzarían cerca de
la estación de Dizad. No había nadie a la vista. Aquello los tranquilizó,
porque, según Sharraf, había continuas patrullas turcas montadas en mulos,
cuerpos de camelleros y vagonetas automotoras con armas automáticas. Los
animales de los jinetes pastaron la excelente hierba que había a ambos lados de
los raíles, en los que Lawrence y los Agayl colocaron cargas de algodón,
pólvora y gelatina explosiva. El valle repitió los estampidos. Awda, que jamás
los había oído, improvisó unos versos sobre su poder y gloria. Cortaron tres
alambres telegráficos, ataron los cabos sueltos a las sillas de seis camellos y
los obligaron a avanzar hasta que la tensión arrancó los postes. Tiraron de
ellos hasta el agotamiento y los abandonaron muy lejos de la vía. Cabalgaron en
la penumbra vespertina; renunciaron a seguir adelante cuando la oscuridad no
les permitió ver los dorsos de las rocas y sus espolones, que amenazaban las
patas de las bestias. No encendieron fuego. Los turcos, alertados por los
estampidos del sabotaje, chillaban en los blocaos y disparaban contra las
tinieblas. Los gritos y detonaciones eran perceptibles en su campamento.
Por la mañana, se hallaron en una vasta llanura, desconocida por los
europeos. Awda mencionó a Lawrence los nombres de los picos y valles, y le
animó a señalarlos en el mapa, a lo cual repuso que no se proponía atizar la
curiosidad de los geógrafos. Awda se mostró encantado de la respuesta y le
habló de los asuntos personales de los jefes que iban con la expedición, o de
los que hallarían en el camino. Se acumularon las horas de avance lento por
aquella desolación de arena y piedra erosionada. Estaban en el Desierto
Desolado, en el que no había huellas de gacela, lagartos ni ratas, y en el que
no volaban las aves. Un viento cálido, como salido de un horno, arreció a
medida que se remontó el sol. Se pareció mucho al mediodía a una galerna. Los
árabes se sujetaron los pañuelos de su tocado firmemente a través del rostro
para evitar la aparición de llagas. La garganta de Lawrence tragó con
dificultad y dolor durante unos días a causa de la sequedad sufrida. Al ocaso,
habiendo recorrido noventa kilómetros, estuvieron en un valle en el que
abundaban los matorrales. Con ellos hicieron una hoguera para orientar a los
compañeros que se habían separado en la vía, y descubrieron que no tenían
cerillas. Sin embargo, sus amigos comparecieron, pusieron centinelas y dejaron
pastar a los camellos.
Al mediodía de la mañana siguiente alcanzaron el pozo, de nueve metros
de hondo, que era su meta. Contenía mucha agua, pero salobre; se estropeó en
los odres. En la decimotercera jornada, el sol se hizo insoportable. Awda y su
sobrino Zaal fueron a cazar a una extensión verde, y regresaron con dos
gacelas. Con ellas y el agua, celebraron un festín. En la decimocuarta,
avistaron las dunas del enorme desierto de Nafud, que habían recorrido
exploradores de la talla de Wilfred Scawen Blunt y Gertrude Bell. Awda se opuso
al deseo de Lawrence a atajar por un ángulo de él, porque nadie entraba en su
inmensidad sino a la fuerza. El hijo de su padre no lo haría en una camella
sarnosa y tambaleante. Había que llegar vivos a Arfacha.
Además de la monótona arena destellante, había extensiones —a veces de
varios kilómetros cuadrados— de barro liso y seco, cuyo reflejo atormentaba sus
ojos, aunque los cerrasen. El dolor desaparecía y aparecía hasta que el jinete
casi se desmayaba, y las treguas no hacían más que renovar la capacidad de
sufrimiento. Por la noche amasaron pan; Lawrence dio la mitad de su ración a su
camella, fatigada y hambrienta, de pura raza, regalo de Faisal, quien la había
recibido del emir Ibn Saud de los oasis centrales. Las hembras son más mansas,
menos ruidosas y mucho más cómodas de montar, capaces de andar hasta caer
reventadas; los machos cansados braman, se tiran al suelo y mueren de pura
rabia.
El decimoquinto día no prometía nada bueno. Carecían de agua y un viento
cálido podía retrasarlos veinticuatro horas. Partieron antes del alba. Los
guijarros de una llanura ilimitada cortaron los pies de los animales, que
pronto cojearon. Percibieron nubecillas de polvo en lontananza. «Avestruces»,
sentenció Awda. Un hombre volvió con dos huevos enormes, que serían su
desayuno. Lawrence puso unas hebras de gelatina explosiva sobre unas briznas de
hierba, su único combustible, en las que descansaron los huevos, y las
encendió. Nasir y Nasib, el sirio, se miraron con aire de guasa. Awda rompió el
cascarón de uno con la empuñadura de plata de su daga y el hedor del contenido
ahuyentó a todos. El segundo huevo, de consistencia pétrea, fue comestible.
Incluso Nasir, que nunca se había rebajado a comer aquel manjar —los huevos
eran en Arabia yantar de pobres— aceptó una ración colocada sobre una laja.
Vieron posteriormente unos orixes, raro antílope arábigo, de largos cuernos
esbeltos y panza blanca, origen de la leyenda del unicornio. Se alejaron un
poco cuando los persiguieron y se detuvieron curiosos, porque no estaban
acostumbrados a la presencia humana. Aquello los perdió.
Avanzaron a pie, llevando las bestias del ronzal, para que no muriesen
si el viento arreciaba. Lawrence notó que faltaba Gasim, de rostro amarillento,
que había huido de Maan tras matar a un perceptor turco de impuestos. Los Agayl
pensaron que estaría con los Huwaytat de Awda. Encontraron su montura con el
fusil y comida, pero sola. El maanita quizá se perdió mucho antes y pudo
seguirlos a pie. La densidad de la calina impedía ver a más de tres kilómetros,
y la dureza del terreno no admitía huellas. Los hombres se tomaron la
desaparición a la ligera, pues Gasim era forastero, perezoso y malévolo. Acaso
alguien se había desquitado de una ofensa, o se había caído de la silla al
dormirse. Su compañero de marcha, el labrador sirio Muhammad, a quien
correspondía la obligación de buscarle, tenía su camella despeada y no conocía
el desierto. Los Huwaytat, capaces de investigar, se hallaban cazando o
explorando, y los Agayl sólo se preocupaban de los suyos. Por lo tanto,
Lawrence fue en su busca.
Estimuló a su reacia camella, furioso con sus criados, y en particular
con Gasim, gruñón y brutal. Ya se había arrepentido de haberlo aceptado en su
servicio. Con la ayuda de una brújula, con la que había mantenido la dirección
durante la etapa, esperaba encontrar el punto de partida, situado a veintisiete
kilómetros. Llevó su montura por unas áreas arenosas para que se marcasen sus
huellas y le guiasen al regresar. A la hora y media, se abultó una figura en la
bruma. Era Gasim, que se adelantó aturdido, medio ciego y con los brazos
extendidos. Le dio la última agua de los Agayl y la derramó por su cara y pecho
en su pasión por beber, mientras gimoteaba sus penas. Lawrence le colocó en el
lomo de su camella.
La brújula los llevó a las huellas que había dejado. El animal aceleró
su carrera. Gasim, llorando de dolor, miedo y sed, y mal sujeto, saltaba hacia
atrás a cada tranco, y ello hacía que la camella corriera a mayor velocidad.
Temiendo que se agotase, Lawrence ordenó silencio al maanita y, como no
callaba, le golpeó y amenazó con dejarle caer allí mismo. Más adelante, una
pompa oscura se recortó en la calina y se dividió en tres. Eran Awda y dos
hombres de Nasir que iban en su busca. Lawrence los apostrofó en broma por
abandonar a sus compañeros en el desierto. Awda aseguró que, si hubiera estado
presente, lo habría consentido que se fuera. Trasladaron a Gasim, con
acompañamiento de injurias, a otra bestia.
—Ése no vale el precio de un camello —dijo Awda.
—No vale ni media corona —afirmó Lawrence.
Awda golpeó con fuerza al maanita y le obligó a repetir como un loro su
precio. Por lo visto, se había desmontado por lo que fuere y se durmió.
Estuvieron hacia el atardecer en Shirhan, donde una cadena de pastos y
pozos subía a Siria. Aunque faltos de agua, que conseguirían al día siguiente,
habían dejado atrás el «Desolado». Encendieron fuego para guiar al esclavo del
emir de los Ruwalla. También había desaparecido, pero, como conocía la región,
tal vez hubiese ido a al-Chawf, capital del príncipe Nuri, para conseguir una
recompensa con la noticia de que llegaba la partida con regalos. Meses después
Nuri contó que había encontrado su cadáver desecado, junto a su camello, muy al
interior del desierto, sin señales de violencia. Muerte breve —el hombre más
vigoroso perecería a los dos días en tan cruel ardor estival—, pero muy
dolorosa. El miedo se apoderaba del cerebro y el más corajudo enloquecía muy
pronto, y el sol le remataba. Lawrence aprendió a soportar la sed como un
beduino. No bebía durante las marchas. Imitó su hábito de saciarse en los pozos
y estar dos o tres días, en caso necesario, sin catar el agua. Sólo una vez
enfermó por culpa de la sed.
En la jornada siguiente, la decimosexta, encontraron los pozos de
Arfacha, rodeados del arbusto aromático que daba nombre al lugar. El agua
pastosa, oliente y salobre, se corrompía en seguida en los odres. Aprovechando
la abundancia de pasto, se quedaron veinticuatro horas y despacharon emisarios
en busca de los Huwaytat. En el norte, donde quizá estuviesen, los
encontrarían.
Descubrieron tres hombres de los Shammar ocultos entre los arbustos.
Muhammad al-Daylan y varios de los suyos los localizaron, pero no se lanzaron
tras ellos a causa de la debilidad de sus camellos. Muhammad, primo de Awda y
segundo jefe de su tribu, tendría treinta y ocho años. Alto, membrudo y
diligente, poseía más riquezas que el jeque, puesto que era menos generoso:
tierras y una casita en Maan. Los Huwaytat, influidos por él, viajaban con
parasol y botellas de agua mineral. Dirigía la política del clan, del que era
el cerebro.
Aquella noche se sentaron alrededor de la hoguera. Majaron café en un
mortero (lo perfumaron con tres granos de cardamomo), lo hirvieron y colaron
con una esterilla de palma. Estaban hablando de la rebelión, cuando hubo una
descarga. Un Agayl se desplomó gritando. Muhammad al-Daylan cubrió el fuego con
arena de una patada y lo apagó. Corrieron a sus fusiles y dispararon. Su
resistencia descorazonó a los atacantes, acaso unos veinte, que huyeron. El
herido no tardó en morir.
Los días decimoséptimo y decimoctavo transcurrieron sin percances.
Fueron de un oasis a otro, mientras Nasib y Zaki hablaban de crear
plantaciones, que el gobierno árabe se encargaría de desarrollar. Era propio de
los sirios que vivían en ciudades idear planes maravillosos para el futuro y
cargar las preocupaciones del presente en hombros ajenos. Fechas antes,
Lawrence había dicho: «Zaki, tu camella tiene sarna». « ¡Ay, así es!»,
reconoció el sirio. «Esta misma noche le aplicaremos ungüento». Al otro día, Lawrence
se refirió de nuevo a la sarna, y Zaki exclamó que sus palabras le habían
inspirado algo: cuando Damasco fuese árabe, fundaría un departamento
veterinario, con especialistas que cuidasen de los camellos, caballos, burros,
oveja y cabras. Se establecerían hospitales centrales, en los que se
ejercitasen estudiantes, en cuatro distritos. Habría inspectores, laboratorios
de investigación, etc. Pero no atendió a su camella.
Lawrence criticó sus proyectos, y ellos rompieron a hablar de servicios
de remonta que mejorasen las castas animales. La camella murió al sexto día y
Zaki dijo: « ¡Claro! No la habéis cuidado». Los demás atendían a sus bestias lo
mejor que podían, en espera de llegar a una tribu que tuviera la cura
necesaria.
Un pastor de los Huwaytat los guió al campamento de un jefe. Había
concluido la primera parte del viaje. Conservaban el dinero y los explosivos.
En conciliábulo decidieron dar seis mil libras a Nuri, que les permitía
transitar por Sirhan, y que tal vez accediese a que alistasen voluntarios. Y,
cuando se fuesen, protegería a sus familias, rebaños y bienes muebles. Awda,
amigo suyo, se encargó de la embajada. Nuri, cercano y muy poderoso, aceptaba
su belicosidad —que entonces contuvo—, y ambos soportaban con amistosa
paciencia las rarezas del otro. Le expondría sus deseos, y los de Nasib y
Lawrence, y la intención de Faisal de que mostrase en público buena voluntad a
los turcos. Así disimularía el avance hacia Aqaba. Faisal sabía que Nuri se
hallaba a merced de los otomanos, que podían bloquear la provincia por el
norte. Fuese Awda con seis taleguillas de oro, anunciando que, de paso, pondría
en pie de guerra a toda su tribu, los Abu Tayi Huwaytat.
Hubieron de aceptar la generosísima hospitalidad de las familias
locales, consistente en banquetes pantagruélicos. Asistieron a ellos unos
cincuenta hombres. Los alimentos se presentaban en una sola vasija de cobre, de
metro y medio de diámetro, que pertenecía a Awda y que los anfitriones se
cedían unos a otros. El festín consistía sin excepción en carnero y arroz: dos
o tres reses enteras apiladas en el centro y una base de arroz de treinta
centímetros de lado y quince de profundidad, que recibía las costillas y patas.
En el mismísimo centro se erguían las cabezas, con las orejas caídas y las
mandíbulas abiertas para que mostrasen los dientes. En el ingente plato se
vertían calderos de grasa hirviente, con trocitos de hígado, piel y carne.
Cuando rebosaba, el anfitrión los invitaba a comer. Veintidós huéspedes, con
cortés modestia, fingida, rodearon el descomunal recipiente con una rodilla en
tierra.
Mirando a Nasir, el prócer, se arremangaron el brazo derecho,
pronunciaron una jaculatoria y metieron los dedos, sólo los de la diestra, como
dictaba la buena educación. Lawrence lo hizo con cautela, porque no soportaba
el contacto de la grasa caliente. Nadie habló. Había que hacer gala de hambre
canina y tragar con celeridad. Nasir los animó, mientras mojaban, desgarraban y
engullían. Poco a poco, el consumo se hizo más lento y todos se acodaron en la
rodilla, con la mano doblada por la muñeca para que gotease en el borde de la
colosal azafata. Una vez ahítos, Nasir carraspeó y se levantaron con premura,
murmurando «Dios te lo premie, oh huésped», y cedieron el puesto a otros
veintidós comensales. Los más delicados se secaron los dedos en un pedazo de
tela de tienda destinado a ello. Se sentaron suspirando en la alfombra, y los
esclavos distribuyeron agua para el lavado y el jabón de la tribu. Acabado el
banquete y bebido el café, se alejaron bendiciendo. Entonces llegaron los
chiquillos para comer las sobras y los huesos mal aprovechados, y algunos
huyeron a algún matojo lejano para comer en paz. Los perros limpiaron lo poco
que quedaba. Nasib y Zaki, no acostumbrados a la alimentación forzada del
desierto, se rindieron. Lawrence y Nasir hubieron de comer dos veces seguidas
por el honor de Faisal.
El 30 de mayo reemprendieron la marcha con todos los Abu Tayi. Por vez
primera, Lawrence asistió al desplazamiento de una tribu beduina. Sin orden
aparente, la caravana avanzó en un frente amplio, en que cada familia formaba
una agrupación aparte, los hombres montados, y las mujeres en howdas que las
ocultaban, y las tiendas negras de pelo de cabra, en los camellos de carga.
Farrach y Dawud, aprovechando el ambiente festivo del viaje, iban de acá para
allá haciendo bromas, sobre todo acerca de las serpientes, que abundaban aquel
año en Sirhan: cerastas, víboras, cobras y culebras negras. De noche, para
evitar el peligro, golpeaban las matas con varas. Había el riesgo de que, en la
oscuridad, al sacar agua, algunas, dentro de ella o en sus bordes, atacasen a
los aguadores. En dos ocasiones, las víboras interrumpieron el consumo de café.
Los cincuenta hombres de Lawrence mataban unas veinte a diario. De los
siete que fueron picados, tres murieron y cuatro se recuperaron a costa de
grandes apuros y dolores. Los Huwaytat los trataron con cataplasmas de piel de
serpiente y lecturas de versículos alcoránicos, en el caso de los agonizantes.
Se acostumbraron a dormir calzados con gruesas botas damascenas, rojizas y con
adornos azules, porque los reptiles buscaban el calor de los cuerpos y se
colocaban encima de las mantas o debajo de ellas. Aquello enervaba a todo el
mundo, salvo a Dawud y Farrach, aficionados a generar falsas alarmas y dar
furiosas palizas a ramas y raíces inocentes. Lawrence acabó por prohibirles que
gritaran « ¡Serpientes!». Una hora después, estando sentado en la arena, advirtió
que los dos muchachos se propinaban codazos, sonriendo con malicia. Siguiendo
su mirada, descubrió en la mata en que se recostaba una serpiente parda que se
disponía a atacarle.
Se apartó gritando y llamó a uno de sus hombres, que la mató con su
látigo de montar. Lawrence le ordenó que propinase seis azotes a cada muchacho,
para que aprendiesen a no tomar las indicaciones tan al pie de la letra. Nasir,
que dormitaba al lado de él, chilló: « ¡Y seis en mi nombre!». Lawrence
intervino para que los demás, hartos de las travesuras de los compinches, no
agregaran más castigo. Proclamó a ambos moralmente réprobos y los obligó a
recoger leña y buscar agua bajo la férula de las mujeres, la sanción peor que
podía sufrir un chico de dieciséis años que se tenía por hombre.
De pozo en pozo —siempre de contenido salobre—, y a través de un paisaje
cuya rala vegetación sólo servía para albergar serpientes, llegaron a Agayla,
donde había un poblado de tiendas. Los recibió Awda con una fuerte escolta de
jinetes de los Ruwalla, prueba de que había persuadido a Nuri: los nuevos
combatientes los llevaron a la casa vacía de su príncipe, gritando, blandiendo
lanzas y disparando fusiles, con la cabeza destocada.
Los clanes los visitaron y regalaron huevos de avestruz, golosinas de
Damasco, camellos y jacos. Tres hombres prepararon café para los visitantes,
que se presentaron a Nasir como delegados de Faisal; juraron lealtad a la causa
árabe y prometieron obediencia a Nasir. Entre los regalos hubo más de un piojo,
que los atormentó al atardecer. Awda, cuyo brazo izquierdo estaba casi impedido
a consecuencia de una antigua herida, les enseñó a rascarse con un palo, que
introducía por la manga del miembro rígido y le llegaba a las costillas.
La reunión general se celebró en Nabk, donde había mucha agua y algunos
pastos. Nasir y Awda estudiaron el enrolamiento de voluntarios y el
desplazamiento a Aqaba, situada a doscientos treinta kilómetros al oeste.
Aquello atizó la imaginación de los sirios Nasub y Zaki, que, como Lawrence, no
intervinieron en la conversación. Los dos primeros se veían dueños de Aqaba y
dirigiéndose a Damasco, en el camino de la cual sublevaban a los drusos y los
Shaalan. Pillarían desprevenidos a los otomanos y conseguirían la victoria.
Todo ello sin tener en cuenta las etapas intermedias.
Era puro absurdo. Los turcos amasaban un ejército en Alepo para recobrar
Mesopotamia y podían enviarlo a Damasco. Faisal seguía en al-Wachh. Los
británicos se habían detenido en el peor lado de Gaza. Si debía tomar Damasco,
Nasir habría de hacerlo sin apoyo, recursos, organización y comunicaciones con
sus amigos. Lawrence, para impedir el disparate, dijo a Awda que, si Damasco se
convertía en el objetivo siguiente, el mérito y el botín pertenecerían a Nuri.
Apoyándose en su amistad, convenció a Nasir de que se atuviese a lo de Aqaba.
En el supuesto que conquistasen Damasco, no la conservarían más de seis
semanas, ya que los británicos, retenidos en Gaza, no lograrían desembarcar en
Beyrut. Y un fracaso sería el fin de la rebelión. Había que hacerse en primer
lugar con Aqaba.
Awda y Nasir lo aceptaron, pero Nasib y Zaki decidieron ir a los montes
de los drusos para preparar su gran proyecto. Como no les bastaba el dinero que
Faisal les había dado, solicitaron de Lawrence que les proporcionase más si
conseguían establecer un movimiento separado en Siria. El joven no podía
comprometerse a ello. Dijo a Nasib que, si prestaba algo del suyo a Nasir, para
que lo destinase a la empresa de Aqaba, reunirían entre todos los fondos
suficientes para el movimiento sirio. Estuvo conforme. Nasir se alegró de las
dos inesperadas talegas de oro, que le permitirían pagar la soldada de nuevos
voluntarios. Nasib se fue lleno de optimismo. Lawrence sabía que poco daño
podía hacer con el bolsillo vacío. Quizá, al propio tiempo, sus actos
persuadirían a los otomanos de que se tramaba una campaña contra Damasco.
Capítulo XIV
Lo que va a continuación es el breve relato insatisfactorio de la
aventura más descabellada y peligrosa que el hombre emprendió en el curso de la
Gran Guerra: un recorrido de dos mil cuatrocientos treinta y seis kilómetros
por territorio otomano, para espiar sus posiciones clave, sin disfraz alguno.
Lawrence se propuso ir a Damasco y estudiar el ferrocarril que había al norte
de la ciudad. No se tiene informe exacto de la hazaña, ni siquiera en Las
siete columnas de la sabiduría, obra suya, y no he conseguido enhebrar con
lógica los fragmentos que, a veces, ha proporcionado a sus amigos. Pero es
indiscutible el motivo, tanto como el hecho de que efectuó el viaje. En Nabk,
al reflexionar, le disgustó su papel en la rebelión, y empezó a ver con
claridad lo que hasta entonces había arrinconado en el fondo de su mente.
En primer lugar, era, lo quisiera o no, inglés y tenía que evitar la
derrota de su patria. Un triunfo en Oriente tal vez decantase la balanza,
entonces paralizada en Occidente, y evitase la tremenda sangría de vidas
humanas. En segundo lugar, era árabe por adopción, ya que las tribus confiaban
en él y le amaban, y, por lo tanto, debía hacer cuanto pudiera por ellas. Los
árabes, mientras luchaban por su libertad, podían auxiliar a los británicos.
Pero he aquí el escollo: la rebelión había partido de principios falsos. El
gobierno de Gran Bretaña había accedido a las demandas de independencia del
jerife Husayn, y no sólo de Arabia, sino también de partes de Mesopotamia y
Siria, «respetando los intereses de nuestra aliada, Francia». Esta cláusula
concernía al tratado secreto de Sykes-Picot, concordado por Inglaterra, Francia
y Rusia, según el cual las partes se anexionarían determinadas regiones y
establecerían «esferas de influencia» en las restantes. Por lo tanto, de hecho,
no había independencia posible. El alto comisario, firmante del compromiso con
el jerife, lo ignoraba tanto como éste. Ocurrió, por lo visto, que había en el
Foreign Office dos departamentos, cada uno de los cuales se encargaba de uno de
los acuerdos y entre los cuales no había comunicación. El gobierno, hay que
decirlo, instruyó al alto comisario y éste se apresuró a responder que, al
ayudar al nacionalismo arábigo, se incurría en una peligrosa situación, porque
la libertad tal vez se convirtiera en un monstruo. Insistió en que se tratara
con honradez a los líderes árabes y, en particular, en que un solo departamento
gubernamental se encargase de todas las negociaciones.
La revolución rusa sobrevino en la primavera de 1917, y los bolcheviques
publicaron el tratado, del que los turcos enviaron copias a los lugares en que
más podían perjudicar a Gran Bretaña. Nuri había recibido una y preguntó al
consternado Lawrence en cuál de los dos compromisos antagónicos tenía que
creer. Lawrence no supo qué responder. Pensó que lo más honrado sería devolver
a los beduinos a sus tierras; no obstante, con la ayuda de los beduinos quizá
se ganara la guerra en Oriente. Por lo tanto, contestó al fin que Inglaterra
mantenía la letra y el espíritu de su palabra, y que el segundo tratado anulaba
el primero. Nuri se tranquilizó y los árabes, confiando en el joven, lucharon
espléndidamente. Lawrence se avergonzó de su triquiñuela. Posteriormente, calmó
su conciencia contando a Faisal todo lo que sabía y rechazando las
condecoraciones, categoría y riqueza que le ofrecieron por su papel en la
rebelión. Conseguiría que la sublevación triunfase tan bien, que las potencias
no podrían, por honor o sentido común, robar a los árabes lo que habían
conquistado. Se enzarzaría en otra batalla por la causa islámica en la Cámara
del Consejo una vez terminada la guerra.
Pero había más. Sabía que la contienda mundial entraba en otra fase. La
reputación de Gran Bretaña en Siria era grande, y la de los jefes beduinos y de
La Meca escasa. Era el único que, por haber conocido anteriormente a los
sirios, gozar de la confianza árabe y ser representante de Inglaterra, podía
llevar con éxito la revolución al norte. ¿Tenía fuerza para aceptar aquella
responsabilidad? No se consideraba hombre de acción; los libros y los mapas
eran su alimento, y había salido de El Cairo casi a la fuerza. ¿A cuál
independencia llevaría a los árabes? Una confederación de Estados musulmanes,
suponiendo que se fundase contra los intereses británicos y franceses, se
convertiría en heredera del imperio turco. La dirigirían hombres como los
sirios Nasib y Zaki, y sus gobiernos, acaso más emprendedores que el otomano,
serían igualmente corruptos. Y la inocencia y el idealismo de los beduinos tal
vez se contagiase de la suciedad de Damasco o Basora. ¿Merecía aquello el don
de la libertad?
En tal tesitura optó, al parecer, por entregarse a los caprichos del
destino, como sus amigos del desierto. Iría al norte, a cumplir su loca
empresa, sin tomar precauciones, exponiéndose a todos los peligros. Si cometían
el pecado de permitir que regresase, los otomanos pagarían su destino, pues
estaba dispuesto a llevar la rebelión a su fin, sin más dudas. Si le
capturaban, la rebelión no saldría de los desiertos de Arabia.
Así, el 3 de junio de 1917, a la quinta semana de la partida de
al-Wachh, se encaminó al norte con una corta guardia de corps y estuvo ausente
una semana. Se desconoce cómo llegó a Damasco —confiesa que estuvo en ella—; es
posible que marchase por el Chabal al-Druz y el Líbano, visitando en él a sus
amigos cristianos sirios, y que doblase hacia el sur cerca de Baalbek. Se
cuenta que se encargaron de él relevos de los clanes, que cambiaban en los
límites de cada tribu. Aparentemente, ninguno de sus guardias completó el
itinerario con él. Se rumorea que le ayudaron cartas de Faisal, pero, repito,
se trata de cábalas sobre sus propósitos inmediatos, odisea y resultados
conseguidos. En Ras Baalbek, al sur de Hama, mucho más allá de Damasco y
Baalbek, las localidades más distantes que se asocian a su viaje, el tráfico
ferroviario entre Constantinopla y Siria se movía por un importante puente. Se
interceptó aquel mes un informe del enemigo que menciona la destrucción de
aquel puente, y se siente la tentación de considerar el hecho como una
coincidencia. No obstante, la demolición supuso el empleo de una cantidad
enorme de explosivo y Lawrence viajó, según se cree, con muy poca carga.
De la estancia en Damasco sólo puede aducirse información negativa. No
cenó, almorzó o desayunó con el bajá Alí Riza, el gobernador (como afirman
Lowell Thomas y otros), ni estuvo entonces, ni más tarde, con Yasin, un
patriota árabe. En cambio, parece que acordó con miembros prominentes del
comité de libertad de Damasco lo que se haría tras la expulsión de los turcos.
Se relata que entró en Damasco en camello, vestido con el uniforme inglés, y
que le llamó la atención un aviso, con fotografía de «Al-Awrans, destructor de
ferrocarriles», prometiendo una recompensa a quien lo capturase vivo o lo
matase; y que decidió someterse a una prueba suprema: tomó café debajo de uno
de aquellos avisos y, como nadie le reconoció, se fue al cabo de un par de
horas. También se narra que, mientras estaba en la ciudad, y sus hombres
acampados en un huerto de cerezos, una patrulla otomana los importunó, y que
los inoportunos descansan ahora al pie de aquellos frutales. Sea como fuere, la
anécdota del aviso es patraña, primero porque no lo pusieron y segundo porque
los otomanos no dispusieron de retrato que pudiera ampliarse de aquel modo.
Lawrence, en cambio, me ha contado que no se disfrazó de mujer ni de otra cosa
durante el viaje, y que pospuso la entrada en lugares peligrosos hasta que la
noche cerró. En la oscuridad, su figura no se distinguía de la de cualquier
beduino. Y la mención en Las siete columnas de la sabiduría de
que solía ponerse el uniforme británico para visitar los campamentos enemigos,
puede ser costumbre que se inició entonces. Desconozco si consideró Damasco
como lugar «peligroso». Otros pintorescos incidentes que, se cuenta, ocurrieron
en aquel viaje son tan falsos como la anécdota del aviso. Por ejemplo, el
intento de visita a una academia militar en Baalbek, que refiere Lowell Thomas,
queda desmentido por el hecho de que no hubo allí academia militar, sino un
depósito de infantería y un campo de instrucción. Tal vez fuese a éstos.
Tampoco estuvo en el enlace de Rayak («para inspeccionar los talleres de
reparación del ferrocarril», cuenta otra historia). No obstante, reconoció,
seguramente, uno o más puentes sobre el río Yarmuk, de lo que se tratará en un
capítulo posterior, y estuvo en el centro de la tribu de los Banu Sajr.
La reticencia de Lawrence sobre tal viaje es deliberada. Se basa en
razones personales. En mi opinión, ha resuelto que, ante errores y
declaraciones tan desorientadas o contradictorias, era preferible callar,
aunque sucediera entonces algo importante. Volvió al sur por un puente del río
Yarmuk y, a lo largo del ferrocarril de Dara-Ammán, a Azraq y Nabk. He señalado
el itinerario en el mapa. Los puntos denotan mi inseguridad.
Capítulo XV
El 16 de junio encontró a Nasir y Awda en Nabk. Estaba todo listo para
dirigirse a Aqaba. Awda compró un rebaño pequeño de corderos y dio un banquete
de despedida, al que asistieron centenares de hombres. Se vació cinco veces la
enorme azafata. Luego los comensales se juntaron para tomar café bajo el
titilar de las estrellas y se refirieron historias. Lawrence abrió el fuego,
comentando que había buscado en vano a Muhammad al-Daylan aquella tarde para
agradecerle el regalo de una camella de ordeño. Awda se rió con tanta fuerza,
que todos le miraron para saber cuál era la gracia. Señaló entonces a Muhammad,
sentado cerca del mortero de café, exclamó:
— ¡Ja, ja! ¿Os digo por qué hace quince días que Muhammad no duerme en
su tienda?
Inmediatamente empezó el cuento. Muhammad había comprado en el zoco de
al-Wachh un valioso collar de perlas y, como no se lo dio, sus esposas
protestaron, se pelearon y se pusieron de acuerdo en una sola cosa: no le
dejarían entrar. Era una de las acostumbradas invenciones de Awda. Muhammad,
cuyas mujeres se habían acercado mucho a los faldones para escuchar, rogó muy
confundido a Lawrence que atestiguara que se trataba de una mentira.
Lawrence comenzó la contestación como suele hacerse en Arabia cuando se
relata un cuento.
— ¡En el nombre de Dios, clemente y misericordioso! Éramos seis en
al-Wachh: Awda, Muhammad, Zaal, Gasim, Mufaddi y este pobre hombre (o sea el
propio narrador). Y una noche, antes del amanecer, Awda dijo: «Efectuemos una
incursión contra el zoco». Y dijimos: «En el nombre de Dios». Y fuimos. Awda de
blanco, con pañuelo colorado y sandalias de cuero. Muhammad con una túnica real
de seda y descalzo. Zaal… No me acuerdo de cómo vestía Zaal. Gasim llevaba ropa
de algodón, y Mufaddi de seda con una lista azul y un pañuelo bordado. Vuestro
siervo como va al presente.
Hizo una pausa. Los Huwaytat guardaron silencio religioso. Imitaba el
estilo épico de Awda, sus ademanes, voz resonante y altibajos de tono, y como
los beduinos no conocían la parodia, tuvo efecto impresionante en ellos.
Continuó exponiendo cómo abandonaron las tiendas (toda una serie) y bajaron a
la población; describió a todos los peatones y las laderas «sin pastos, ¡oh
Dios mío!, sin pastos, que la tierra estaba desnuda. Y anduvimos, y cuando
hubimos andado lo que se tarda en fumar un cigarrillo, oímos algo, y Awda se
paró y dijo: “Amigos, he oído algo”. Y Muhammad se paró y dijo: “Amigos, he
oído algo”. Y Zaal exclamó: “Alabado sea Dios, tenéis razón”. Y nos paramos a
escuchar, y no ocurrió nada, y este pobre hombre dijo: “Yo no oigo nada”. Y
Zaal dijo: «Yo no oigo nada». Y Muhammad dijo: «Yo no oigo nada». Y Awda dijo:
«Yo no oigo nada». Y caminamos y caminamos, y la tierra estaba desnuda, y no
oímos nada. Y a nuestra derecha apareció un negro sobre un asno. El asno era
gris, con las orejas y una pata negras, y llevaba una marca así (Lawrence trazó
en el aire un garabato); movía sus extremidades y la cola. Awda lo vio y dijo:
« ¡Vaya! Un burro». Y Muhammad dijo: « ¡Vaya! Un burro y un esclavo».
Lawrence prosiguió su versión árabe de «Los tres galos joviales:
—Y anduvimos. Y había una loma, no muy grande, una loma como de aquí al
sitio Tal; y anduvimos hasta la loma, y estaba desnuda. La tierra estaba
desnuda. Desnuda, desnuda. Y anduvimos, y más allá de ese sitio Tal había otro
Tal, como de aquí al sitio Tal, y luego una loma. Y llegamos a la loma: estaba
desnuda, toda la tierra estaba desnuda. Y cuando subimos a esa loma, y llegamos
a su cima, y llegamos al final de la cima de esa loma, por Dios, por mi Dios,
por el mismísimo Dios, el sol nació sobre nosotros.
Hubo un estallido de regocijo. Todos conocían las repeticiones y el
eslabonamiento de frases con que Awda creaba alguna tensión en el relato de una
incursión vulgar, en la que nada sucedía, y asimismo el final dramático del
orto solar. Y se revolcaron presos de la hilaridad.
Awda rió más que nadie, no sólo porque aceptaba que ironizasen a su
costa, sino también porque la parodia había probado que era un narrador
consumado. Abrazó a Muhammad, reconociendo que lo del collar había sido una
invención. El desagraviado invitó a todo el mundo a desayunar a la mañana
siguiente una cría de camello cocida en leche agria.
Fuéronse poco después del desayuno a Bayir, que estaba a noventa y seis
kilómetros en dirección de Aqaba. La hueste constaba de quinientos hombres,
satisfechos y confiados. El terreno se componía de arenisca sembrada de guijos
negros, y en la distancia había tres colinas blancas de caliza. Aquella noche
cenaron con los jefes de los Abu Tayi, y, mientras bebían café, Awda provocó a
Lawrence con la pregunta de « ¿Por qué los occidentales lo queréis todo?». El
joven había hablado que los astrónomos fabricaban cada año telescopios más
potentes, con los que precisaban el mapa de los cielos con el descubrimiento de
millares de estrellas.
—Detrás de las contadas estrellas que percibimos vemos a Dios, que no
está detrás de vuestros millones —dijo Awda.
—Queremos llegar al fin del mundo —repuso Lawrence.
—Pero ¡eso es Dios! —se impacientó Zaal, casi enfadado.
Awda aseguró que, si la meta de la sabiduría era añadir estrellas y más
estrellas, le gustaba más la ignorancia de los árabes.
Llevó a Lawrence, al día siguiente, a que conociera la tumba de su hijo
predilecto, que estaba en Bayir. Sus primos de los Mutalga le habían atacado en
número de cinco y luchó contra ellos hasta morir. Al ascender por la cuesta del
lugar del Sepulcro, les asombró ver retorcerse humo alrededor de los pozos. Se
aproximaron cautelosamente a uno: habían destrozado el brocal, arrancado las
piedras del interior y cegado el fondo.
—Es obra de los Chazi —dijo Awda.
Habían reventado aquél y los demás, a juzgar por el olor, con dinamita.
Los turcos, enterados sin duda de su llegada, habían impulsado aquello, y era
muy posible que hubieran corrido igual suerte los de al-Chafr, donde pensaban
concentrarse antes del ataque. De cualquier suerte, no podían llegar a tal
sitio sin el agua de Bayir. Recordando que había un cuarto pozo más lejos,
fueron desanimados a estudiarlo. Lo hallaron intacto. Como pertenecía a la
tribu de los Chazi, y se había salvado de la destrucción, tal vez Awda hubiese
acertado en su sospecha. Uno no bastaba para abrevar quinientos camellos.
Habría que arreglar el menos dañado de los otros tres. Lawrence bajó a uno en
un pozal y descubrió en su fondo una carga de dinamita que no había estallado,
posiblemente porque los turcos los vieron llegar y huyeron. Lo limpiarían. Así,
pues, disponían de dos puntos de agua y un beneficio de doce kilogramos de
dinamita.
Estuvieron una semana en Bayir, y enviaron dos partidas, una a comprar
harina en las inmediaciones del mar Muerto —regresaría a los cinco o seis
días—, y otra a inspeccionar los pozos de al-Chafr. Si no los habían arruinado,
cruzarían la vía férrea por debajo de Maan y se apoderarían del gran paso que
bajaba del altiplano a la llanura rojiza de Guweyra. Para retener el paso,
tendrían que tomar Abu-l-Lisan, que se encontraba a unos veinte kilómetros de
Maan y poseía una fuente de agua abundante; podrían derrotar a su reducida
guarnición. De esta forma, los puestos otomanos habrían de rendirse en una
semana por falta de víveres, si no los eliminaban antes las tribus monteses por
simpatía a los atacantes.
La destrucción de los pozos de Bayir indicaba que el enemigo estaba al
corriente de la llegada de los Huwaytat. Deberían simular que no se encaminaban
a Aqaba, sino al septentrión. Newcombe permitió que le robasen en al-Wachh
documentos que revelaban el propósito de avanzar contra Damasco y Alepo. Nasib
predicaba la rebelión entre los drusos, a los cuales Lawrence había insinuado,
en su viaje a la ciudad damascena, que pronto aparecería en sus tierras un
ejército árabe. Los otomanos cayeron en el garlito y reforzaron las
guarniciones del norte.
Para engañarlos más aún, quiso atacar la línea férrea a unos ciento
noventa y tres kilómetros, cerca de Dara, con Zaal y ciento diez guerreros
elegidos. Marcharon en etapas de seis horas, con dos de descanso, día y noche.
La operación fue memorable para Lawrence por ser la primera que él, o cualquier
otro occidental, formaba parte de una incursión beduina. A la segunda tarde,
estuvieron en una aldea circasiana, situada al norte de Ammán, en
Transjordania. No lejos de ella había un gran puente tentador. Lawrence y Zaal
fueron a reconocerlo y encontraron multitud de otomanos. La inundación
primaveral había arrastrado cuatro arcos, y los raíles se tendieron en una
estructura provisional mientras lo reparaban. Podían olvidarse de aquella
ruina. Atacarían un tren, lo que llamaría más la atención que la voladura de un
puente, y haría pensar a los turcos que el principal cuerpo árabe estaba en
Azraq, en Sirhan, a noventa kilómetros al este. Galoparon en el seno de la
oscuridad por una llanura. Oyeron un estrépito y pasó un convoy a mucha
velocidad. Lawrence, si lo hubiese sabido con dos minutos de antelación, habría
convertido la locomotora en una masa de chatarra. Al alborear, descubrieron un
sitio ideal para la emboscada, un anfiteatro rocoso con pasto para los camellos,
junto al cual trazaba una curva el ferrocarril, curva que los ocultaba. Lo
coronaba una antigua atalaya árabe, que les proporcionó una excelente vista de
la vía. La minarían aquella noche. Pero, mediada la mañana, ciento cincuenta
jinetes de la caballería regular turca parecieron ir hacia ellos. Los beduinos
se fueron cuando los soldados llegaron. Aquel paraje se llamaba Minifar.
En otra colina, avistaron las tiendas de pelo negro de una tribu de
labriegos sirios. Los emisarios de Zaal volvieron con pan, con que
reemplazarían la cebada tostada de que se alimentaban, tan dura que Lawrence
había preferido ayunar durante dos días antes que destrozarse la dentadura en
el intento de comerla. Aquella gente prometió decir a los otomanos que la
partida cabalgaba hacia Azraq. En la oscuridad soterró con Zaal una mina grande
y esperó a que pasase un tren; esperó toda la noche y la mañana siguiente. Por
la tarde, doscientos otomanos en mulos despuntaron en el sur. Zaal se mostró
dispuesto a combatirlos, porque cien hombres en camello, que descendiesen como
un torrente de las alturas, tenían ventaja sobre el doble número de
combatientes peor montados. Capturarían presos y animales. Lawrence le preguntó
cuántas bajas tendrían ellos. Cinco o seis. Demasiadas, en opinión del inglés.
Debían tomar Aqaba, razón por la cual les habían mandado allí, con el fin de
convencer al adversario de que el grueso de sus fuerzas estaba en Azraq. Zaal
le hizo caso. Los Huwaytat estaban furiosos; querían los mulos a todo trance.
La tentadora compañía turca desfiló ante ellos. Un muchacho, primo de Awda, no
pudo resistir el espectáculo. Se lanzaba contra los turcos, cuando Zaal le
atrapó, le derribó y le golpeó. Lawrence intervino para que sus gritos no
alarmasen al enemigo.
Una batalla hubiera apartado a los Huwaytat de la campaña de Aqaba.
Habrían llevado los mulos en triunfo a sus tiendas y no habrían regresado a
tiempo. Como no hubiesen podido alimentar a los prisioneros, habrían tenido que
pasarlos a cuchillo o dejarlos ir, y los liberados hubiesen delatado sus
movimientos. Peor fue aún que no circulase tren alguno el resto de aquel día.
Por lo tanto, volaron de noche los rieles más curvos que pudieron encontrar,
porque los ingenieros otomanos tendrían que pedir repuesto de ellos a Damasco.
(Tardaron tres días en recibirlos, y el convoy de reparaciones hizo saltar la
mina y perdió la locomotora. Tres días más invirtieron en inspeccionar el
tendido en busca de artefactos. Los rebeldes lo supieron posteriormente).
Encontraron dos desertores turcos. Uno, muy malherido cuando huía,
falleció casi inmediatamente; otro, de herida superficial, estaba débil y
cubierto de llagas, que le obligaban a dormir boca abajo. Los beduinos le
dieron su último pedazo de pan y agua, y le cuidaron como pudieron. Tuvieron
que dejarle en la colina, pues no podía caminar ni montar. Lawrence clavó en la
vía férrea un aviso en francés y alemán, explicando dónde se hallaba el
infeliz, que había sido herido tras feroz resistencia. Esperaron de esa guisa
evitar que los turcos le fusilasen al encontrarle. Seis meses después, cuando
volvieron a Minifar, hallaron su esqueleto en el lugar en que habían acampado.
A la mañana siguiente, tras recorrer muchos kilómetros en el camino de
regreso, abrevaron los animales en las mismas cisternas que a la ida.
Percibieron a un joven circasiano con tres vacas. Caminaba hacia ellos. Para
evitar que diera la alarma, Zaal mandó que lo prendiera el hombre que más había
ansiado combatir la víspera. Lo capturó, ileso, pero aterrado. Los circasianos
eran tan fanfarrones como cobardes, y aquél se retorció de terror. Zaal le dio
la ocasión de recobrar la dignidad perdida: le hizo pelear con dagas contra un
individuo del clan de los Shararat, al que habían sorprendido robando durante
el viaje; pero, así que recibió un arañazo, se tendió en el suelo aterrorizado.
No deseaban matarle, tampoco podían libertarle, para que no avisase a los suyos
y lanzase tras ellos a los jinetes de su poblado; si le ataban, moriría de sed.
Además, no tenían cuerdas de sobra.
El de los Sherarat prometió solventar el problema. Arrastró de la muñeca
con el camello al joven durante una hora. A los seis kilómetros, cerca de la
vía férrea, desmontó, desnudó al circasiano y lo tiró de cara al suelo. Después
le cortó con la daga la planta de los pies. La víctima aulló como si le
matasen. Lawrence comprendió: tendría que andar a gatas y la desnudez le
impediría entrar en su poblado hasta que anocheciese.
Vieron poco más tarde una pequeña estación, consistente en dos edificios
de piedra. Reptaron hasta estar a unos cien metros de distancia de ella.
Ocultos detrás de unas rocas calizas, oyeron cantos. Un soldado salió con un
tropel de corderillos. Los beduinos los contaron con ojos hambrientos, hartos
de su dieta de cebada tostada. Los corderos sentenciaron a la estación. Zaal
capitaneó un grupo que fue por la parte opuesta. Lawrence vio que apuntaba
cuidadosamente contra los funcionarios y oficiales que tomaban café a la sombra
de la marquesina. Hubo una detonación y el hombre más grueso se inclinó
despacio en la silla y se desplomó en medio del horror de sus compañeros. El
disparo impulsó a los beduinos hacia el otro edificio y empezaron a saquearlo.
Los militares y funcionarios cerraron las contraventanas de acero e hicieron
fuego. Lawrence y los suyos apoyaron a sus amigos. Era un despilfarro de
proyectiles. Los turcos debieron de pensar lo mismo, porque no volvieron a
disparar y permitieron el pillaje.
Llevaron los corderos a las colinas, donde estaban los camellos, e
incendiaron con parafina el edificio saqueado. Los Agayl, mientras tanto,
colocaron las cargas explosivas: una alcantarilla, muchos rieles y
cuatrocientos metros de alambres cablegráficos quedaron deshechos. Los camellos
y corderos se dispersaron aterrados al oír el estampido, y se tardó tres horas
en recobrarlos, sin que los turcos contraatacasen. La partida llegó a Bayir al
quebrar el día sin haber perdido un solo combatiente. Ciento diez hombres
devoraron veinticuatro corderillos. No sobró nada, porque habían acostumbrado a
los camellos a comer las sobras de carne. Los despellejaron con pedernales,
porque los cuchillos no abundaban.
Supieron en Bayir que Nasir había comprado harina de trigo para una
semana, lo que les evitaría pasar hambre antes de conquistar Aqaba. Un emisario
del emir Nuri llegó al galope, avisándoles de que un regimiento de caballería
otomano, de cuatrocientos hombres, se encaminaba en su busca desde Dara a
Sirhan. Su sobrino, que les servía de guía, los había descaminado, y los
soldados y caballos estaban medio muertos de sed. El gobernador turco creía que
los beduinos se hallaban aún en Sirhan. Por tanto, tenían el camino expedito,
tanto más cuanto que el enemigo se fiaba de la destrucción de los pozos de
Bayir y al-Chafr. Los del último lugar no parecían seriamente dañados. Un jeque
de los Huwaytat, que había prometido lealtad en al-Wachh, presenció lo ocurrido
y envió un mensajero con la noticia de que el Pozo del Rey (propiedad de la
familia de Awda y el mayor de todos) había sido dinamitado desde arriba; pero
había oído entrechocar las piedras como si se hubiesen atascado durante la
caída. El 28 de junio fueron a averiguar la magnitud del desperfecto por una
llanura de barro duro, en la que relumbraba la sal.
Habían sido arruinados siete pozos de al-Chafr. El del Rey sonó a hueco
cuando lo sondaron, y voluntarios de los Agayl se pusieron a excavar alrededor
de él. El cañón del pozo comenzó a destacarse como una torre rudimentaria.
Retiraron las piedras y comprendieron lo acertado de la información del jeque:
pedazos de limo se deslizaban entre las piedras y caían sobre agua libre. Se
relevaron en el arduo trabajo. Los que descansaban animaban a los excavadores
con cánticos y les prometían recompensas de oro si hallaban el líquido. Al
atardecer, se oyó un estruendo, seguido de chillidos: habían abierto el pozo.
Las piedras-obturadoras habían cedido y un hombre nadaba en el fondo. Abrevaron
durante toda la noche, cantando a coro; construyeron una nueva boca y apisonaron
la tierra a su alrededor hasta que, al menos, pareció nuevo. Los Agayl fueron
recompensados con la carne de un camello que se había derrengado durante la
marcha.
De al-Chafr tenían que ir al paso de Abu-l-Lisan, cuya cresta defendía
un blocao otomano. Un clan de los Huwaytat, que vivía en las inmediaciones, se
comprometió a acabar con él, y se enviaron combatientes selectos para que les
ayudasen. No sorprendieron a los turcos; antes bien, éstos los rechazaron.
Pensando que era una incursión beduina ordinaria, despacharon una tropa para
desquitarse a expensas del aduar más cercano. Sólo había en él un anciano, seis
mujeres y siete niños: los degollaron. Los beduinos, que regresaron demasiado
tarde, se lanzaron furiosamente colina abajo contra los asesinos, que
regresaban a su base, y no dejaron a uno con vida; luego, acometieron el fortín
falto de hombres, lo tomaron en seguida y acuchillaron a todos los defensores.
El contingente de al-Chafr recibió noticias de ello y se puso en marcha.
A treinta y dos kilómetros al sur de Maan, volaron un gran trecho de la vía
férrea y doce puentes. Lawrence había aprendido a volar éstos con el gasto
mínimo de explosivo: llenaba con cinco cargas de gelatina los agujeros de
desagüe de las enjutas, y el estallido destruía el arco, los puntales y las
paredes laterales. Con mecha corta, se empleaban sólo seis minutos en destrozar
un puente. Se dedicaron a aquella tarea hasta que la gelatina se les agotó.
Doblaron al oeste, hacia Abu-l-Lisan. Acamparon a ocho kilómetros del
ferrocarril de Aqaba. Apenas habían hecho el pan, tres hombres se presentaron a
uña de caballo con el informe de que se habían perdido Abu-l-Lisan, el fortín,
el paso y el control de la carretera hacia el mar. Se había avecinado,
procedente de Maan, una fuerte columna enemiga con infantería y artillería, y
los beduinos abandonaron la custodia de aquellos puntos. Lawrence se enteró más
tarde de que la inesperada maniobra había sido casual. Había llegado a Maan un
batallón otomano del Cáucaso para relevar a la guarnición; estando aún formado
en la estación, se supo lo sucedido en Abu-l-Lisan y, con la adición de algunos
cañones de montaña, se envió aquella tropa a rescatar el fortín. Los
alrededores de éste, y éste mismo, parecían desiertos, salvo unos buitres que
se cernían sobre los muros. El comandante, temiendo que la visión de la
mortandad asustase a sus soldados bisoños, los hizo acampar al pie de la
colina, junto a la fuente de la carretera.
Los beduinos partieron de nuevo, comiendo el pan recién hecho. Awda
cantaba en la vanguardia y los hombres respondían con el entusiasta vigor de
los guerreros. Las patas de los animales topaban con los ajenjos y enviaban al
aire su penetrante aroma. Llegaron de amanecida a una cumbre que dominaba el
paso, donde les esperaban los jefes de quienes habían tomado el fortín, con los
semblantes ansiosos aún manchados de sangre. Atacarían, para que no resultasen
estériles las pruebas y peligros sufridos en los dos meses anteriores. Los
turcos, dormidos en el valle, les facilitaron las cosas. Con los beduinos en
todas las cimas de los contornos, se hallaban en una trampa.
Empezó el tiroteo, que duró todo el día. Zaal fue con sus jinetes a
cortar los cables telefónicos y telegráficos que había en el llano. Las
esporádicas salidas otomanas eran repelidas. El calor que reinaba en los montes
fue el peor que Lawrence había sufrido, y lo aumentaban la ansiedad y los
movimientos constantes de un lugar a otro, para simular que eran más numerosos
de lo que correspondía a la realidad. Los cortantes bordes de las piedras
calizas herían sus pies descalzos, y mucho antes de que atardeciera los
guerreros más activos dejaban una huella herrumbrosa en el suelo. Algunos de
los durísimos miembros de los clanes hubieron de ser colocados a la sombra para
que se recobrasen de un colapso.
Al mediodía, los fusiles abrasaron las manos; las piedras en las que se
apoyaban para apuntar quemaron brazos y pechos, que días después se pelarían.
El agua escaseaba y cada uno hubo de administrar su ración. Se consolaban con
el pensamiento de que en el valle hacía mucho más calor y que los turcos
estaban menos habituados a él. Las piezas de montaña los hacían reír con sus
disparos, que pasaban altos; al parecer, los artilleros creían que estaban
causando muchas bajas.
Al iniciarse la tarde, Lawrence sufrió una especie de insolación. Se
retiró a una cuevecilla, detrás de la cima, donde había un chorrito de barro.
Chupó su humedad filtrándola con la manga. Nasir se unió a él, con los labios
agrietados y ensangrentados. También lo hizo Awda, con los ojos rojos y fijos,
y el rostro tembloroso de excitación. Sonrió maliciosamente a Lawrence.
— ¿Qué? ¿Cómo son los Huwaytat? ¿No hacen más que hablar? —preguntó con
voz ronca.
Lawrence, enfadado consigo mismo y con todo el mundo por su debilidad,
graznó:
— ¡Por Dios, que disparan mucho y atinan muy poco!
Awda, pálido y estremeciéndose de rabia, se arrancó el pañuelo de la
cabeza, lo arrojó a tierra y se precipitó colina abajo chillando como un loco,
con voz extrañamente ronca y fuerte, a sus hombres, que se juntaron y corrieron
hacia sus monturas. Lawrence temió que hubiese un desastre. Ascendió como pudo
hasta Awda, que, en lo alto de la cumbre, contemplaba al enemigo.
— ¡Monta si quieres ver cómo se porta un anciano! —rugió el emir.
Los Huwaytat se dirigieron por la ladera al punto en que era más fácil
bajar al valle. Terminaba algo más allá del manantial a que se habían acogido
los otomanos. Detrás de la cima, Lawrence halló una masa de cuatrocientos
camelleros. Les preguntó dónde estaban los jinetes.
— ¡Allí, con Awda!
En aquel instante, resonaron gritos y tiros en el valle. Fueron a ver
qué sucedía. Cincuenta jinetes galopaban como rayos por otra pendiente hacia el
enemigo, disparando sin cesar. Se desplomaron dos o tres sin que su carga
aminorase. Los turcos vacilaron, se disgregaron y echaron a correr.
— ¡Vamos! —gritó Nasir con la boca sangrante.
Un torrente de cuatrocientos camelleros se precipitó hacia los
desbandados, que los descubrieron demasiado tarde: hicieron algunos disparos,
pero la mayoría sólo gritó y huyó. La camella de Lawrence se adelantó a las
otras, y su jinete se encontró en medio de los otomanos disparando el revólver.
El animal tropezó y cayó de cabeza. Como iba a más de cuarenta kilómetros por
hora, Lawrence fue lanzado a gran distancia. El choque le dejó exánime.
Por fin logró incorporarse. La batalla había concluido. El cadáver de la
camella había dividido la carga en dos corrientes. La bala pesada de su quinto
disparo le había roto el cráneo.
Del enemigo sólo huyeron los artilleros, en sus mulos, unos cuantos
jinetes y los oficiales. Se hicieron ciento sesenta prisioneros, casi todos
heridos, porque los Huwaytat vengaron el asesinato de sus mujeres e hijos.
Trescientos muertos y agonizantes yacían en el valle. Awda compareció a pie,
enardecido por el placer de la lucha, y murmurando de modo inconexo: «Trabajo,
trabajo… ¿Dónde hay palabras? Trabajo, balas, Abu Tayi». Mostró sus gemelos
destrozados, su pistolera perforada por un balazo y la vaina de su sable hecha
trizas. Una descarga había matado su yegua y seis proyectiles habían atravesado
su ropa sin tocarle. Confesó algún tiempo después a Lawrence que hacía tres
años había comprado un Corán en miniatura como amuleto; le costó ciento veinte
libras. Desde entonces no le habían herido. Era una foto reproducción hecha en
Glasgow, marcada con el precio de dieciocho peniques. No había que burlarse por
ello del mortífero Awda, sobre todo porque Lawrence, creo, envidiaba su ingenuo
estilo medieval. Muhammad al-Daylan se encolerizó entonces con Awda y Lawrence,
los insultó y dijo que el segundo era el peor de los dos, porque había
provocado al primero a cometer una locura que pudo ser irreparable. No había
nada de qué arrepentirse: sólo habían muerto dos beduinos. La victoria
asustaría a las reducidas guarniciones turcas situadas entre Abu-l-Lisan y
Aqaba, y quizá las indujera a rendirse. Los prisioneros contaron que había en
Maan únicamente dos compañías, contingente incapaz de defender la ciudad y más
aún de enviar refuerzos a Abu-l-Lisan.
Los Huwaytat pidieron a gritos que se atacase a Maan, que sería
espléndido lugar de saqueo, como si no les bastase el botín obtenido en el
valle. Nasir, Awda y Lawrence los aplacaron. Carecían de todo género de
pertrechos y artillería para hacerlo, y en especial de oro —habían emitido
pagarés con la indicación de se «cobrará a la toma de Aqaba», los primeros
billetes que circularon en Arabia—, y sin más base que la lejana al-Wachh.
Convenía, sin embargo, alarmar a Maan. Un cuerpo de jinetes fue al norte y tomó
dos aldeas, con guarniciones, situadas entre aquella población y ellos. Su
propósito se cumplió con lo anterior, las noticias de la derrota de Abu-l-Lisan
y la captura de un centro de camellos convalecientes, emplazado al norte de
Maan, por otra fuerza beduina.
De noche, Lawrence experimentó la reacción de vergüenza que sigue a la
victoria. Se paseó entre los cadáveres expoliados con la mente contristada,
dolida, hasta que Awda le llevó consigo. Debían abandonar el lugar de la lucha.
Lo pedía, en parte, por miedo supersticioso a los espíritus de los muertos y,
en parte, por temor a que llegasen refuerzos otomanos o los clanes enemigos de
las inmediaciones. Fueron a acampar entre los montes, en una depresión
resguardada del viento. Mientras los otros dormían, Nasir y Awda dictaron
cartas destinadas a los Huwaytat próximos a Aqaba, contándole la victoria y
recordándoles su obligación de asediar los puestos enemigos hasta que ellos
llegaran. Un oficial prisionero, al que habían tratado con bondad, escribió una
a las guarniciones de Guweyra, Katira y otros sitios, aconsejándoles que se
rindiesen.
La expedición, sin comida y con agua escasa, hubo de apresurarse. Por
suerte, un viejo jefe astuto de los Huwaytat de las montañas que no había
tomado partido hasta ver cómo iban los acontecimientos, dominó a la guarnición
de ciento veinte hombres de Guweyra. La siguiente, en dirección de Aqaba, se
resistió, y el viejo astuto y sus hombres, menos cansados, recomendaron que se
atacase de noche. El anciano, en vista de lo difícil del acceso al puesto, se
echó atrás, recurriendo a la excusa de que había luna. Lawrence, que había
tenido la suerte de enterarse por su cuaderno de notas que habría un eclipse
lunar, replicó que no la habría. Mientras los supersticiosos turcos disparaban
sus fusiles y golpeaban perolas para asustar al demonio de la oscuridad, devorador
del satélite, los beduinos reptaron y conquistaron la plaza sin una sola baja.
Recorrieron los desfiladeros. Todos los puestos habían sido abandonados,
para llevar sus hombres a trincheras abiertas a unos seis kilómetros de Aqaba,
posición magnífica para repeler un desembarco, pero no para encararse con una
operación hostil procedente del interior. Se dijo que había trescientos
hombres, muy pocos, tan pocos como su comida (los árabes sufrían igual
inconveniente), aunque dispuestos a resistir con energía. Y, en efecto, lo
estaban. Mataron a tiros al portador de la bandera blanca y a los prisioneros
que los beduinos enviaron a parlamentar con ellos. Por fin, un pequeño recluta
otomano dijo que él resolvería el problema. Volvió una hora después con la
noticia de que los defensores depondrían las armas si no recibían ayuda de Maan
en un par de días. Aquello era inaceptable, porque no se podía retener tanto
tiempo a las tribus. El recluta recibió un soberano de premio, y acompañó a
Lawrence y otras dos personas a las trincheras. Le pidieron que hiciese salir a
algún oficial. Uno accedió a entrevistarse. Lawrence le expuso que se agotaba
la paciencia de los beduinos. El oficial afirmó que se entregarían a la mañana
siguiente; pero, amanecida ésta, se reanudó la lucha: habían llegado cientos de
montañeses que no sabían de lo pactado. Nasir logró imponerse, cesaron los
disparos y los turcos se rindieron. Ya no había enemigos entre ellos y el mar.
Durante el saqueo, Lawrence vio a un ingeniero alemán de uniforme,
barbirrojo y de mirada azul desconcertada. Se dedicaban a perforar pozos y no
entendía el turco. Rogó al inglés que le explicase lo que ocurría, y se asombró
de que los árabes se alzasen contra los otomanos. Preguntó quién era el jefe.
«El jerife de La Meca». Entonces, le enviarían allí, ¿verdad? «No, a Egipto».
¿Era barato el azúcar egipcio, y abundante? Era ambas cosas. El alemán lamentó
tener que abandonar el pozo artesiano que preparaba, cuya bomba sólo estaba
medio montada. Después de apagar su sed con ayuda de un cubo de extracción de
cieno, Lawrence y sus hombres corrieron a Aqaba, en medio de una tempestad de
arena, y se mojaron los pies en el mar el 6 de julio, exactamente dos meses
después de haber partido de al-Wachh.
Capítulo XVI
Aqaba estaba en ruinas. Habían destrozado la pequeña ciudad los
continuos bombardeos de las flotas francesa y británica. Los árabes no la
consideraron merecedora de tanta sangre, hambre y dolor. Y el hambre no los
abandonaba. Tenían que alimentar a setecientos prisioneros, añadidos a
quinientos hombres suyos y dos mil aliados. Carecían de dinero (y de mercado
para comprar). Habían comido por última vez dos días antes. No disponían de más
alimento que los camellos, caros y no muy sustanciosos. Y dátiles. Pero los
dátiles estaban verdes en julio, de pésimo sabor, imposible de mejorar
cociéndolos. Y al hambre interminable se añadían molestias insufribles. Los
cuarenta y dos oficiales apresados les daban quebraderos de cabeza. El coronel
de Abu-l-Lisan se portaba como un botarate. Nasir le había salvado de la furia
de sus guerreros, cuando el turco pretendía cambiar el rumbo de la batalla con
una pistolita de señora. Protestó que le dieran un cuarto de pan negro del
rancho de sus tropas, que Farrach y Dawud habían conseguido para su señor.
Lawrence lo repartió entre los cuatro. El coronel exigía comida digna de su
rango. Lawrence respondió que aquello lo era (él, oficial del estado mayor, lo
comió con entusiasmo), y que sería probablemente el almuerzo y la cena de aquel
día, y el desayuno, el almuerzo y la cena del siguiente. El otomano se quejó de
que un árabe le había insultado con una palabra turca obscena, a lo que el
inglés respondió que la habría aprendido de los mismos turcos y que no hacía
más que dar al César lo que era del César. En Aqaba, fue peor aún: los
oficiales prisioneros se disgustaron al enterarse de la pobreza de sus
vencedores, y la atribuyeron al intento de molestarlos, convencidos de que
Lawrence y Nasir llevaban todas las exquisiteces cairotas en la bolsa de la
silla de montar.
Por la noche pensaron en la defensa. Awda fue a Guweyra. Tres puestos de
resistencia se establecieron en semicírculo en los contornos de Aqaba. Lawrence
se trasladaría inmediatamente a Egipto, para comunicar la gran noticia y
conseguir que les enviaran por mar, a modo de premio, víveres, dinero y armas.
Le acompañarían ocho hombres elegidos, casi todos de la tribu de los Huwaytat,
en las mejores camellas de la fuerza. Les esperaba un arduo viaje, tanto más
cuanto, o marchaban despacio en beneficio de los animales, que podrían morir de
hambre, o lo hacían aprisa, y en tal caso sus monturas se derrengarían o
despearían en pleno desierto. Optaron por ir al paso; si resistían, llegarían a
Suez en cincuenta horas. La prueba entonces recaía más en el hombre que en el
animal. Lawrence se hallaba en el límite de sus fuerzas, porque, en el mes
anterior, había recorrido ochenta kilómetros diarios apenas sin alimento. Para
no detenerse a cocinar, llevaron en un fardo camello hervido y dátiles
guisados.
La primera noche los animales temblaban de fatiga, porque el camino se
retorcía en los montes del Sinaí, ascendiendo más de un palmo a cada metro de
avance. Tuvieron que devolver una bestia, incapacitada para continuar con
ellos. Las otras pastaron una hora. A medianoche alcanzaron Tamad, los últimos
pozos del viaje, y se detuvieron sólo a abrevar y llenar los odres. A la
aurora, concedieron sesenta minutos a los camellos para que pastasen. No se
detuvieron hasta la puesta de sol, sólo otra hora. Viajaron en adelante de
manera maquinal por las montañas, y, al alba, encontraron un melonar que un
árabe emprendedor cultivaba en aquella tierra de nadie, entre dos ejércitos.
Con los melones verdes se refrescaron la boca y reanudaron el camino. Al fin,
vieron Suez, o algo que tal vez lo fuese, una confusión de bultos que danzaban
en la espesa calina. Hallaron largas líneas de trincheras, fortines y
alambradas, caminos y vías férreas. Los habían abandonado sus ocupantes, porque
el frente se había trasladado, hacía bastante tiempo, a doscientos cuarenta
kilómetros hacia el nordeste. Mediada la tarde del tercer día estuvieron en el
canal de Suez, sin haber dormido durante cuarenta y ocho horas y luego de
cubrir doscientos setenta kilómetros sin más pausa que cuatro breves
detenciones. Recuérdese que tanto los hombres como los animales ya estaban
cansados al partir. No obstante, Lawrence superó aquella proeza en fecha
posterior.
Estaban en el lado del canal que la guarnición había abandonado, como,
supieron luego, por culpa de una epidemia. Llevaron las tropas al desierto,
limpio de toda enfermedad. Utilizó el teléfono que encontró en una construcción
para llamar al cuartel general del canal. Lo sentían, pero no podían recogerle,
pues todas las embarcaciones estaban ocupadas. Lo harían a la mañana siguiente
y le conducirían a la sección de cuarentena (estaba, técnicamente, infectado).
Insistió en que debía comunicarse con urgencia con el cuartel general de El
Cairo y cortaron la comunicación. Por suerte, el telefonista, entre reniegos
amistosos, le explicó que era inútil hablar con los del canal, y le puso al
habla con un comandante, jefe de embarques en Suez, viejo partidario de la
rebelión, que obligaba a los barcos de guerra del mar Rojo a transportar
suministros para al-Wachh o Yanbu. Le envió su lancha, haciéndole jurar que no
revelaría hasta después de la contienda aquella infracción de las aguas
sagradas de las autoridades del canal. Sus compañeros y bestias fueron a un
campamento que había a dieciséis kilómetros de allí, y él pidió por teléfono
raciones para ellos.
Llegó a Suez sucio, con los harapos de su indumentaria pegados a las
llagas abiertas por la silla de montar. En un hotel tomó seis vasos de bebida
helada, una buena comida y un baño caliente, y se acostó en un lecho mullido.
Comprobó que pesaba cuarenta y cinco kilogramos. Su peso normal eran cincuenta
y siete; aunque en el primer curso universitario llegó a los setenta sin estar
grueso.
Fue a El Cairo en tren con un billete gratuito que le proporcionó el
comandante de Suez. La policía militar anglo-egipcia le consideró con sospecha.
Apenas creyó su afirmación de que llevaba el uniforme de oficial de estado
mayor del jerife de La Meca. Observaron sus pies descalzos, vestido de seda,
cordón de oro en el tocado y la rica daga.
— ¿Cuál ejército, señor? —preguntó el sargento.
—El mequí.
—No le conozco, ni tampoco conozco su uniforme.
— ¿Reconocería el uniforme de un dragón montenegrino?
Aquello enmudeció al sargento. Las tropas uniformadas de los aliados
podían viajar sin permiso especial y la policía no conocía los uniformes de
todas. Tal vez La Meca fuese un país recién incorporado. Telegrafiaron. Un
sudoroso oficial del servicio de inteligencia subió al tren cerca de Ismailiya
para comprobar las declaraciones del posible espía, y se enfureció al enterarse
de lo sucedido.
En Ismailía transbordaron al expreso de Port Said-El Cairo. Entró otro
convoy, y se apeó de él un general alto y de aire decidido, con el almirante
Wemyss, jefe de la armada, y dos o tres oficiales del estado mayor. Mientras se
paseaban hablando gravemente por el andén, un capitán naval, obedeciendo a una
seña de Lawrence, fue a preguntarle qué deseaba. Se enteró de la toma de Aqaba
y prometió enviar un barco con todo el alimento que sobrara en Suez. Lo haría
bajo su responsabilidad para no molestar al general Allenby.
— ¿Allenby? ¿Qué hace aquí? —dijo Lawrence.
—Ahora es el comandante en jefe.
El predecesor de Allenby, al principio contrario a la rebelión, había
acabado por admitir la importancia que tenía, y en sus últimos comunicados a
Londres alabó a los árabes y a Faisal en particular. Le habían retirado del
mando tras la derrota en la segunda campaña de Gaza, que Londres le había
impuesto en contra de su leal saber. Lawrence barruntó que acaso hubiera de
pasar meses convenciendo a Allenby de la trascendencia de los árabes. El
general había mandado divisiones en Francia desde el principio de la guerra, y
tenía la cabeza llena de ideas sobre la importancia de la artillería y de la
cantidad de soldados dispuestos a morir, ideas inaplicables en Oriente. Pero,
por pertenecer a la caballería, quizá aceptase las anticuadas de movimientos
tácticos rápidos.
En El Cairo, donde conoció el informe sobre Aqaba, convocó a Lawrence.
Fue una entrevista singular. Lawrence vestido de árabe (las polillas habían
destrozado el uniforme que tenía en el hotel), y Allenby mirando desconcertado
a aquel hombrecito flacucho, cubierto de seda, de rostro quemado por el sol,
que exponía sobre un mapa sus proyectos para que los sirios orientales se
sublevasen detrás de las líneas enemigas. Escuchó, formuló unas preguntas y
procuró decidir si Lawrence era un charlatán o un héroe. ¿Qué necesitaba?
Víveres, armamento y un fondo de doscientas mil libras en oro para convencer y
dirigir a los conversos. Allenby levantó, al fin, la cabeza con energía.
—Haré lo que pueda.
Y no hablaba por hablar. La unión de Lawrence con Faisal había señalado
una fase nueva y victoriosa de la guerra árabe; el encuentro con Allenby, marcó
el principio de una aún más importante.
Hasta entonces había enviado pocos informes, nada explícitos, a Egipto
—y, según entiendo, los retocó el estado mayor antes de entregarlos al general
en jefe—, pues no estaba seguro de que aceptase la verdad, ni de que se
callasen sus secretos; por ejemplo, no había comunicado la intención de
conquistar Aqaba. Pero confió en Allenby y jamás se arrepintió de ello. Apenas
se trataron entonces ni después —no se han hablado desde 1921—, pero siempre
confiaron el uno en el otro, y simpatizaron. Allenby, hombre muy práctico y
soldado de primer orden, no se inclina a los conflictos espirituales, ni a las
dudas filosóficas, y no se le concibe viviendo entre beduinos o realizando las
locuras que para Lawrence eran el pan cotidiano. Los métodos y motivos de éste
eran entonces, y fueron más tarde, un misterio para él, pero los aceptó. Me ha
dicho hace poco que Lawrence representó para él un líder notabilísimo de género
irregular, el que requería para proteger el oscilante flanco derecho de su
ejército. Le pregunté si Lawrence hubiese sido un buen general en las tropas
regulares.
—Lo habría sido pésimo, pero, en cambio, un bonísimo comandante en jefe
—me contestó Allenby. Creo que hubiese sido capaz de desempeñar cualquier
mando, con tal de que se le concediese entera libertad.
Pregunté a Lawrence qué opinaba de Allenby.
—Es un gran hombre.
—Por ejemplo…
—He aquí uno. Cuando un comandante general del cuerpo médico del
ejército, el primer cirujano de sus fuerzas, hubo de irse, Allenby eligió para
sustituirle al oficial médico de una unidad territorial, un teniente coronel.
Además, quien combina en una sola operación militar vehículos blindados,
caballería, infantería, camelleros, aeroplanos, buques de guerra y guerrilleros
beduinos, es un gran hombre, ¿verdad?
Cuando hace poco publicó su libro, Lawrence esperó con ansiedad la única
crítica favorable que le importaba, la de Allenby, porque el mariscal de campo
es tan estricto en materias de estilo —admira el Comus de
Milton— como en las de exactitud histórica. Y Allenby aprobó el estilo y la
exactitud de Lawrence.
Dieciséis mil libras en soberanos se sacaron de un banco cairota para
ser remitidas sin pérdida de tiempo a Nasir, que las emplearía en hacer buenos
los pagarés extendidos a mano en formularios telegráficos. En Suez se unirían a
la harina de trigo destinada a la hambrienta Aqaba. Hecho esto, se tenía que
discutir con el Arab Bureau el nuevo sesgo de la guerra en la península
arábiga.
Lawrence habló con autoridad. La conquista de Aqaba le había hecho
famoso y aumentado su confianza. Las operaciones importantes alrededor del tren
de Medina eran un error, porque el conflicto se había mudado al norte. Propuso
clausurar la base de al-Wachh, como se había hecho con la de Yanbu. El ejército
de Faisal tenía que trasladarse hacia septentrión y basarse en Aqaba, que se
encontraba a ciento sesenta kilómetros del centro del flanco derecho de
Allenby, y a mil doscientos ochenta y siete de La Meca. Faisal, una vez en
aquella base, y a tan larga distancia de su padre, jefe nominal de los árabes,
había de ser nombrado comandante de un cuerpo de ejército bajo el control
directo de Allenby. (Había tratado de aquello tiempo atrás con el príncipe, que
se mostró conforme). El alto comisario de Egipto, que hasta entonces había sido
su principal socio británico, lo aceptó, a pesar de que la marcha de Faisal
debilitaría las fuerzas en Arabia. Abd Allah, Alí y Zayd tenían poder
suficiente para estorbar que los turcos de Medina efectuasen otro intento
contra La Meca. Cabía que el jerife se opusiese a aquello. El coronel Wilson,
representante de la alta comisaría en Chidda, le convenció. Faisal envió el
cuerpo de camelleros por la costa y el resto de sus fuerzas, al mando de
Chafar, en buques de guerra. Se recibieron en Aqaba más pertrechos y los
distribuyeron oficiales ingleses bajo la dirección de Faisal.
Lawrence se hallaba en Chidda con Wilson, cuando el servicio de
inteligencia de Egipto les envió dos telegramas alarmantes. Uno anunciaba que
los Huwaytat de Aqaba estaban en relaciones con los otomanos de Maan; y otro,
que Awda tenía que ver con la conjura. Lawrence no creía aquello de Awda, pero
sí de Muhammad al-Daylan y del viejo zorro que había conquistado Guweyra. A los
tres días, Lawrence bajaba a tierra en Aqaba. Nasir no estaba enterado de nada.
Le pidió una camella y un guía para reunirse con Awda. Llegó a Guweyra de
madrugada. Encontró a Awda, Muhammad y Zaal en una tienda. Los desconcertó su
inesperada aparición, pero comieron en santa compañía. Aparecieron otros jeques
de los Huwaytat, entre los que distribuyó los regalos del jerife, y anunció que
Nasir había conseguido el ansiado mes de permiso en La Meca. Nasir, agradecido,
le vendió Gazala, camella pura sangre. El hombre que la poseyese sería muy
honrado por los Huwaytat.
Terminada la comida, Lawrence fue a pasear con Awda y Muhammad. Mencionó
su correspondencia con los turcos. El primero se rió y el segundo frunció el
ceño. Explicaron que Muhammad había querido timar a los otomanos.
Por consiguiente, había escrito —y refrendado con el sello de Awda— al
gobernador de Maan ofreciéndose a desertar por una gruesa suma de dinero. Se le
envió, en efecto; pero Awda había asaltado al mensajero, arrebatándole todo, y
entonces se negaba a entregar a Muhammad la parte que le correspondía. Lawrence
celebró la anécdota con carcajadas, pero supo que, en el fondo, se habían
enfadado por no haber recibido armas y tropas desde que habían tomado Aqaba, ni
tampoco la merecida recompensa. Awda, más por generosidad que por traición,
estaba dispuesto a combatir al lado de los otomanos, a los que había derrotado
y por los que sentía lástima. Los dos árabes se asombraron de que Lawrence
supiera tantas cosas. Quisieron descubrir cómo lo había logrado y lo que sabía.
El joven se burló de ellos, citándoles al pie de la letra frases de su carta;
después, al ver su embarazo, les anunció la llegada de Faisal con su ejército.
Agregó que Allenby les enviaba fusiles, cañones, explosivos, víveres y dinero.
Concluyó comentando que la hospitalidad obligaba a Awda a hacer grandes gastos.
¿Le iría bien un anticipo del importantísimo regalo que Faisal le traía? Awda
lo aceptó muy complacido; con él tuvo a los Huwaytat bien alimentados y
contentos. Lawrence volvió a Aqaba, se embarcó para Egipto y aseguró que no
había traidores en Guweyra: todo se desarrollaba perfectamente. No explicó todo
lo sucedido, porque el cuartel general no lo habría entendido.
Capítulo XVII
Lawrence ordenó otra vez sus ideas, mientras esperaba a Faisal. La
guerra había terminado en Arabia, y el ejército de Faisal, bajo la dirección de
Allenby, participaría en la liberación de Siria. Conocía bien aquel país, no en
balde lo había recorrido antes de la contienda de ciudad en ciudad, y de tribu
en tribu. Incluso había escrito un libro sobre aquella experiencia. Siria era
una franja de tierra fértil entre la costa oriental del Mediterráneo y el gran
desierto, dividida por una espina dorsal montañosa. Había sido durante un siglo
un corredor entre Arabia y Europa, Asia y Egipto, y había pertenecido a turcos,
griegos, romanos, egipcios, árabes, persas, asirios e hititas. Los espolones de
los montes la distribuían en partes, y el constante trasiego de ejércitos la
había llenado de extraordinaria variedad de pueblos. Podría decirse que cada
valle tenía una población distinta, colonias que diferenciaban las
estribaciones de las montañas. Había circasianos, kurdos, otomanos, griegos,
armenios, persas, argelinos, judíos, árabes, etc., con la correspondiente
variedad de religiones.
Sus ciudades principales, Jerusalén, Beyrut, Damasco, Homs, Hama y
Alepo, también se diferenciaban. El único vínculo común entre las piezas del
mosaico sirio era el idioma arábigo. A pesar de que se hablase tanto en ella de
la independencia árabe, resultaba imposible concebir a Siria como una unidad
nacional. La libertad para los sirios era tener gobierno propio tanto comunal
como ciudadano, libertad irrealizable en una civilización que, como la moderna,
las carreteras, ferrovías, impuestos, ejércitos, correos y administración
dependían de un gobierno central. Y cualquiera de este género que se impusiera
en ella, a pesar de que el árabe fuese el idioma oficial, sería un gobierno
extranjero. Por lo tanto, había el problema enrevesado de llevar la rebelión a
Damasco a través de aquel cañamazo de comunidades, divididas contra la vecina
tanto por la geografía como por la historia, y, de manera más artificial, por
las intrigas otomanas. Sin embargo, Lawrence se dispuso a resolverlo.
Sería complicado intentar algo en la porción mediterránea de la serranía
central, puesto que su población se había europeizado y se resistiría
probablemente a aceptar una confederación árabe que tuviese su núcleo en la
antigua capital de Damasco. Preferiría un protectorado francés o británico.
Pero, tierra adentro, entre los montes y el desierto, vivían tribus más
sencillas e incultas, entre las cuales podría predicarse el ideal nacionalista.
Decidió construir una cadena de clanes amigos en la Siria oriental, empezando
en el sur con los Huwaytat, durante trescientos ochenta kilómetros, hasta
llegar a Azraq, que estaba a medio camino de Damasco. Era el método que se
había utilizado desde Chidda, a través de Rabig, Yanbu y al-Wachh, hasta Aqaba.
Una vez en Azraq, los árabes de Hawran se rebelarían, tal vez, por simpatía.
Hawran era una vasta tierra ubérrima, al sur de Damasco, de labriegos numerosos
y batalladores. Su rebelión concluiría la guerra.
Las tácticas serían las de llegar y partir, muy adecuadas en el caso del
desierto oriental. Podían concebirse como maniobras en el mar, con la
diferencia de que, en vez de barcos, habría camellos. El ferrocarril, para
alejarlo de la escuadra británica, se había tendido en el este de las montañas
centrales. Se le podría atacar sin miedo, porque los turcos carecían de cuerpo
de camelleros digno de mención. En la lucha en el sur, Lawrence había aprendido
que lo más conveniente era emplear grupos reducidos en camellos veloces, y
atacar lugares muy separados con los medios de destrucción más portátiles:
explosivos para la demolición y ametralladoras ligeras, Hatchkiss o Lewis, que
podían dispararse desde la silla, mientras la montura corría a treinta
kilómetros por hora. Lawrence las pidió inmediatamente a Egipto.
El quid de la campaña era que, aunque todas se uniesen a la rebelión,
los celos de las tribus no les permitían combatir en el territorio de otra. No
sería factible unirlas como en Arabia, gracias al prestigio y la autoridad de
Faisal, que en aquellas regiones tenían escasísimo peso. Así pues, serían las
del sur, como la de los Agayl, en grupitos, las que habrían de meterse en lo
más recio de la contienda, ya que no habría tantos prejuicios contra ellas por
ser extranjeras y mandarlas miembros de la familia del profeta. Los camellos,
bien abrevados, salvaban cuatrocientos kilómetros en tres días, y, en caso de
apuro, 170 en veinticuatro horas. (La célebre Gazzala de Lawrence había
cubierto en una sola jornada, a solas con él, doscientos veintiocho kilómetros,
y los efectuó no una, sino dos veces). Por lo tanto, no sería imposible atacar
un punto próximo a Maan el lunes, otro vecino a Ammán el jueves, y otro
contiguo a Dara el sábado, y levantar a las tribus para que colaborasen en cada
expedición. Y los atacantes debían depender sólo de sus propios recursos, para
evitar dilaciones y dependencia de los sistemas de suministro.
No habría la disciplina usual ni la jerarquía militar de todos conocida.
Cada hombre sería su propio general, decidido a combatir solo sin esperar
órdenes ni la colaboración de sus compañeros. El honor sería el único contrato,
y quien quisiera podría cobrar su paga y retirarse a su tienda cuando se le
antojara, como hasta entonces habían hecho. Sólo los Agayl y la pequeña hueste
de Chafar servían a plazo fijo. No habría incidentes vergonzosos como los del
frente occidental, donde el primer muerto que vi era un suicida inglés, y el
último, también.
Herbert Read —permítaseme decirlo— ha condenado Las siete
columnas de Lawrence por referir una campaña en que los soldados no
sufren heroicamente el hastío y la agonía de las trincheras europeas; no pueden
ser tomados en serio. Eso glorifica la clase de guerra más horrible a expensas
de la menos tremenda, lo que no puede ser lo que Read se propone (pues
antimilitarista, y con buenos motivos). No tendría que complicar sus argumentos
con una falsa comparación de heroísmos, si lo que pretende es condenar toda guerra
como un mal espantoso.
Los árabes habían podido reforzarse en las seis semanas que
transcurrieron desde la conquista de Aqaba. A esta población llegaron Faisal y
Chafar con el ejército. Se desembarcaron, procedentes de Egipto, gran acopio de
suministros, vehículos blindados y cañones —los de largo alcance no aparecieron
hasta el último mes de la guerra—, y obreros egipcios reconstruyeron Aqaba y
orientaron las fortificaciones hacia el norte..
Los desfiladeros quedaron guarnecidos de luchadores. Los turcos habían
pedido consejo al general alemán Falkenhayn, que los había salvado dos años en
los Dardanelos, y enviaron una división completa a Maan y la fortificaron de
modo que no podía tomarse más que con tropas regulares y artillería pesada.
Habían creado en Maan un campo de aviación y grandes almacenes de víveres y
armamento
Los otomanos tratarían, probablemente, de reconquistar la ciudad
portuaria. Habían avanzado por Abu-l-Lisan y erigido fortificaciones, mientras
la caballería vigilaba los contornos. Pensó Lawrence que Aqaba estaba bastante
segura, con puestos árabes en el norte y el sur del paso, el viejo Mawlud, con
su regimiento de jinetes en mulas, se había apostado en las vetustas ruinas de
Petra, al norte de Maan, y acuciaba a las tribus locales para que compitieran
con sus rivales de Delaga, más al sur, en hostigar las comunicaciones turcas.
Importunaron al enemigo durante semanas, el cual se exasperó más al sufrir Maan
un ataque aéreo salido de al-Arish, a la izquierda del ejército británico.
Los aeroplanos lanzaron treinta bombas, volando muy bajo, pero todos
volvieron, aunque acribillados, a un aeródromo provisional instalado a
cincuenta kilómetros al septentrión de Aqaba. Dos bombas cayeron en los
cuarteles y mataron varios turcos; ocho hicieron grave daño al cobertizo de las
locomotoras; una acertó en la cocina del general, y cuatro reventaron en el
campo de aviación. Al día siguiente fueron a Abu-l-Lisan, bombardearon las
caballadas y las tiendas, poniendo en fuga animales y hombres. Aquella misma
tarde, decidieron visitar la batería que los había cañoneado horas antes.
Bajaron a Abu-l-Lisan, aprovechando el amparo de las cimas, y se nivelaron a
noventa metros de altura. Interrumpieron la siesta ritual de los otomanos.
Lanzaron treinta bombas, enmudecieron la batería y se alejaron. El mando turco
ordenó excavar refugios y desperdigar los aviones, que se habían reparado. Por
si acaso.
Lawrence proyectó descongestionar de soldados enemigos las cercanías de
Aqaba con frecuentes golpes de mano contra la vía férrea. Se había recobrado de
la prueba de Abu-l-Lisan y estaba apercibido a nuevas aventuras. Se propuso
iniciar su actividad a mediados de septiembre, comenzando por la estación de
al-Mudawwara, a ciento veintiocho kilómetros al mediodía de Maan. Un tren
destrozado allí pondría en aprietos al adversario. Desconfiaba de las minas
automáticas, inseguras y que podían estallar al cruzar una vagoneta o un convoy
de civiles, que deseaban acoger; o, si los turcos ponían la locomotora detrás
en vez de delante, detonar bajo un modesto vagón. Pidió a Egipto, y las
recibió, minas accionadas eléctricamente y a voluntad. Los especialistas que
había en Aqaba le explicaron cómo funcionaban. Consistían en una pesada caja
blanca y muchos metros de cable aislado con goma. Destrozada la locomotora y el
tren —quizá— descarrilado, precisarían artillería y ametralladoras para
completar la destrucción. Las ametralladoras Lewis bastarían para ello; en
cuanto a la artillería, el cañón más ligero les obligaría a desplazarse
despacio. Lawrence recordó los morteros Stokes que se habían usado con mucho
éxito en Francia. Eran pequeños, semejantes a tuberías apoyadas en un trípode;
el proyectil se introducía por la boca y una carga en la base lo dispara a
doscientos o trescientos metros. Estallaba en el tiempo que se marcaba en una
espoleta graduada. Tenían el alcance suficiente para un sabotaje ferroviario, y
los proyectiles contenían ammonal poderoso.
Egipto envió a dos sargentos instructores para que enseñasen a los
árabes el manejo de aquellas armas. De las ametralladoras Lewis se encargaba un
australiano intrépido, charlatán, alto y flexible; de los morteros Stokes un
campesino inglés, lento, membrudo, apuesto y silencioso. Lawrence los llamó
respectivamente Lewis y Stokes. Eran excelentes profesores, que adiestraron a
los beduinos, cuya lengua ignoraban, a fuerza de gestos, hasta que un mes más
tarde utilizaron aquellas armas aceptablemente.
La estación de al-Mudawwara podía destruirse de noche con trescientos
hombres, que también arruinarían su pozo hondo. Sin su agua, la única abundante
en aquella comarca, los vagones habrían de llevar depósitos, lo que reduciría
su capacidad de transporte. Lewis, harto de enseñar en Egipto, anhelaba
participar en la correría; Stokes se mostró dispuesto a acompañarlos. Lawrence
los avisó —emocionando a Lewis y no impresionando a Stokes— que les esperaba
hambre, sed, calor y fatiga, y algún riesgo si se quedaban solos con los
beduinos. En vista de su empeño, les prestó dos de sus mejores camellas.
Partieron el 7 de septiembre y en Guweyra recogieron algunos hombres de
los Huwaytat. Lawrence temió que el intenso calor afectase a los sargentos. Las
paredes graníticas del valle ardían; días antes, en los palmares de Aqaba, el
termómetro había marcado más de cuarenta y dos grados, y entonces la
temperatura era más alta. Le divertía su comportamiento con los árabes. El
australiano Lewis estuvo a sus anchas con ellos, aunque le sorprendió que
tratasen como igual a un hombre blanco; su asombro acabó cuando le dijeron que
estaba más moreno que ellos. Stokes se portó con reserva insular, que recordó a
los beduinos que era distinto. Le llamaron «sargento», y «hombre largo» a
Lewis; uno reaccionó aceptando las costumbres del país, para aprovecharse de
ellas para imponer su voluntad, y el otro no las aceptó. Lawrence se pareció
más al australiano, pero fue más lejos, identificándose en ocasiones más con
los árabes que con sus compatriotas; no obstante, sintió, por lo visto,
disimulado respeto por la firme constancia del sargento Stokes.
Cerca de Guweyra un avión turco les hizo esconderse en la maleza. El
aparato aparecía a diario y apenas causaba daño; en cambio, proporcionaba a los
de Guweyra tema de conversación. Dejó caer tres bombas y se alejó.
Reemprendieron la marcha. Los Huwaytat estaban enfrentados. Awda que pagaba la
soldada a toda la tribu, y sólo tenía la jefatura de un clan, utilizaba su
poder para tratar de que los clanes menores le aceptasen como jefe. Aquello le
indispuso con ellos. Amenazaron regresar a sus tiendas o unirse a los otomanos.
Faisal había despachado a un jerife con el fin de que llegaran a una
componenda, pero Awda, comprendiendo que el éxito de la rebelión dependía mucho
de él, no se enmendó. Rogó a Lawrence que esperara los acontecimientos a varios
kilómetros de distancia con sus veinte camellos de carga.
Se alegraron de dejar atrás Guweyra, infestada de moscas. Lawrence se
admiró de la entereza con que los sargentos soportaban el calor, semejante a
una máscara de hierro. No se quejaban para no rebajarse a ojos de los árabes y,
como no entendían la lengua de éstos, ignoraban cómo sufrían con la
insoportable temperatura. Al-Ramm, lugar de manantiales, a medio camino de
al-Mudawwara, debía ser su primera etapa, pero avanzaron despacio y por la
noche se detuvieron en un soto de tamariscos murmuradores, al pie de un alto
acantilado rojizo. El jefe de la expedición, uno de los Harit, miembro pobre de
la familia del profeta, despertó a Lawrence.
—Señor mío, me he quedado ciego.
La ceguera era aún peor para los árabes que para los europeos. Sin
embargo, no se mostró dispuesto a regresar a su casa. Cabalgaría, aunque no
pudiese disparar, aquélla sería su última aventura y, con el socorro divino, se
retiraría de la existencia activa con el consuelo de haber contribuido a la
victoria.
Recorrieron, al día siguiente, el valle de al-Ramm durante horas. Era
una avenida de tamariscos, de tres kilómetros y medio de anchura, entre
colosales farallones encarnados, que se elevaban como rascacielos a más de
trescientos metros de altura. Había depresiones en ellos análogas a ventanas y
puertas. Las rocas que los remataban parecían cúpulas grises. Empequeñecida por
aquellos gigantes, la caravana anduvo en silencio. Hacia la puesta del sol,
encontraron una abertura en los despeñaderos de la derecha, que conducía al
agua. Se encontraron en un vasto anfiteatro ovalado, de arena húmeda y matas
oscuras, y los trescientos metros de la entrada hicieron más impresionante el
paraje. Había peñas desprendidas del tamaño de casas, y unos árboles medraban
en una cornisa lateral. Un sendero zigzagueaba hacia él, donde, a noventa
metros sobre el fondo, se hallaban los manantiales. Abrevaron los camellos y
cocieron arroz, al que agregarían la carne en conserva que, con galletas, los
sargentos habían llevado como raciones.
Prepararon café. Oyeron gritar voces árabes al otro lado del anfiteatro.
Los visitantes eran jefes de varios clanes de los Huwaytat, que bullían de ira
contra Awda. Sospechaban que Lawrence simpatizaba con él para obligarlos. Se
negaron a colaborar con Faisal hasta que les aseguraran la total independencia
de sus clanes. Gasim Abu Dumayq, magnífico jinete que había capitaneado la
carga en Abu-l-Lisan, era el más furioso. Lawrence discutió con él y logró
enmudecerle. Los otros jefes, avergonzados, apoyaron al inglés y le prometieron
ir con él a al-Mudawwara. Lawrence anunció que Zaal llegaría a la mañana
siguiente, y que aceptarían la colaboración de todos menos la de Gasim Abu
Dumayq, cuyo nombre y el de su clan, sería borrado de la lista de recompensas
de Faisal, que tanto merecían, por las palabras que había pronunciado. Gasim se
retiró afirmando que se uniría a los turcos, sin oír los consejos de sus
compañeros. Pero, al amanecer, seguía allí. Tal vez se sumase o no se sumase a
la expedición. Zaal llegó y tuvo un altercado con él, que cortaron Lawrence y
un par de jefes; los otros pidieron al joven que declarase a Faisal que le eran
leales.
Lawrence fue a exponer sin pérdida de tiempo la situación a Faisal, y
recomendó a los sargentos a Zaal, quien juró que los protegería incluso con la
vida. Acompañado de un auxiliar, tomó un atajo que le puso a las puertas de
Aqaba en seis horas. Faisal se alarmó de su temprano regreso y, enterado del
asunto, nombró a un miembro distinguido de su familia para que mediase en
al-Ramm. El jerife y Lawrence fueron juntos, y juntos convocaron a los jefes,
incluido Gasim, y procuraron calmarlos. Gasim, alicaído, se negó a hacer una
declaración pública, y, ante ello, cien hombres de los clanes menores osaron
desafiarle incorporándose a la incursión prevista. Algo era mejor que nada,
pero interesaba a Lawrence crear una tropa de trescientos hombres, que
asegurase el éxito en la estación. La ceguera del jerife le había dejado sin
capitán idóneo; Gasim pudo serlo. Les restaba Zaal, pero su estrecho parentesco
con Awda suscitaría sospechas; además tenía lengua muy suelta y mordaz. Por lo
tanto, la partida se puso en camino el 17 de septiembre sin jefe.
Había ocurrido en al-Ramm un curioso incidente que, aun cuando no tuvo
relación con la guerra, causó profunda impresión a Lawrence. Se bañaba en una
poza, bajo uno de los manantiales más pequeños —por primera vez en muchas
semanas—, cuya agua diáfana arrastraba la suciedad. Había dejado sus prendas de
vestir en una peña expuesta al sol, para que el calor eliminara los parásitos.
Un anciano, de gran barba gris, harapiento, cuyo rostro traslucía fuerza
espiritual y cansancio, se sentó sobre la ropa, sin darse cuenta de la
presencia del joven.
—El amor emana de Dios, es de Dios y vuelve a Dios —exclamó.
Jamás había oído aquello en Arabia, en la que relacionar Dios y el Amor
era anómalo. El Ser Supremo podía ser Justicia, Poder o Terror. El cristianismo
era un injerto del idealismo griego en la dura ley de Moisés, típicamente
semítica. El elemento griego había permitido al cristianismo dominar Europa.
Galilea, su cuna, era medio helénica. En Gadara (la de los cerdos) había una
escuela griega, en la que parece estudió Santiago, y las doctrinas de la cual
seguramente conoció su Maestro. El anciano de al-Ramm era un enigma, porque
siendo hombre de tribu y verdadero musulmán, su jaculatoria contradecía la
esencia religiosa de los semitas. Lawrence le invitó a cenar, con la esperanza
de que le expondría su doctrina, pero no hizo más que murmurar y mascullar frases.
Quienes le conocían aseveraron que toda su vida había vagado, cuchicheado cosas
extrañas y desdeñando los alimentos y albergues. Las tribus, apiadadas de su
pobreza y locura, le alimentaban; pero nunca hablaba sino a sí mismo o a las
ovejas y cabras.
A la media hora de abandonar al-Ramm, algunos hombres de Gasim se
incorporaron a ellos. Estaban avergonzados y no habían resistido la tentación
de acompañarlos. Reinaban diferencias entre los componentes de la expedición.
Zaal, el guerrero más experimentado, no era obedecido por los otros jefes en la
distribución de la columna. Lawrence tuvo que ir de un lado a otro sin
descanso, para convencerlos de la necesidad de un propósito unánime. Le
respondían con bastante respeto, como delegado de Faisal y dueño de Gazala,
aunque aquel día la célebre camella tenía rival superior con el que se la
comparaba: al-Chida, de la Arabia septentrional, propiedad del viejo Mutlug.
Al-Chida, un par de años antes, había motivado un durísimo conflicto entre
tribus.
Capítulo XVIII
Correspondió a Lawrence ser el jefe, a lo que se oponía por principio.
Los árabes tenían que encargarse del desarrollo de la rebelión, en la cual él
era sólo consejero y ayudante técnico. Pero cada vez le incumbía más la
dirección, no sólo por su capacidad de luchador y táctico más listo que los
otomanos, sino también por estar libre de lazos tribales, su entrega total a la
causa, su desprecio del botín y de las distinciones, y su generosidad y tacto.
Por lo demás, no estaba a la altura que exigía un golpe de mano beduino, que
imponía decidir cuestiones tan arduas como la elección de pastos, las paradas
para comer, orientación, pagos, disputas, distribución del botín, celos y orden
de la marcha. Sin embargo, aquel día salió bien librado y tuvo el placer de
advertir, cuando acamparon por la noche, que no había más que tres hogueras: la
suya, en la que había tres campesinos sirios de Hawran, que utilizarían para
pregonar la revolución en su país; la de Zaal, con veinticinco de sus famosos
camelleros; y la de los envidiosos jefes de al-Ramm. Cuando el pan caliente y
la carne de gacela hubieron aplacado los talantes, reunió a los cabecillas con
el fin de tratar con ellos del ataque del día siguiente. Estuvieron de acuerdo
en abrevar en un pozo de un valle recóndito, situado a tres o cuatro kilómetros
de la estación de al-Mudawwara. Después, comprobarían si podían tomarla con
fuerzas tan escasas.
Llegaron al pozo, que medía unos pocos metros cuadrados, a cielo
abierto. Tenía una capa de barrillo verde, en el que sobresalían bultos raros,
de color rosa, a modo de islas. Los beduinos contaron que los turcos habían
tirado al agua camellos muertos, para que se corrompiera; hacía de ello mucho
tiempo y el líquido se había saneado. Llenaron los odres hasta reventar, por si
no tomaban al-Mudawwara. Un hombre de Zaal resbaló a la aguada, y salió
hediendo. Lawrence, con Zaal, los sargentos y un par de guerreros se deslizaron
en la penumbra vespertina a una trinchera otomana que había en una loma, a
trescientos o cuatrocientos metros de la estación. Estaba vacía. Zaal y
Lawrence se adelantaron hasta que pudieron oír la charla de los soldados en las
tiendas. Un oficial joven, de aspecto enfermizo, se dirigió hacia donde
estaban, encendiendo un cigarrillo. Vieron sus facciones. Se dispusieron a
acogotarle, pero volvió sobre sus pasos. Celebraron un consejo de guerra en la
loma. La guarnición se compondría de unos doscientos hombres —Lawrence había
contado las tiendas—; la estación era demasiado sólida para que le afectasen
los morteros de Stokes; y los ciento dieciséis beduinos, aunque gozaran de la
ventaja de la sorpresa, tal vez no luchasen bien a causa de sus discordias. El
ataque se retrasó a otra ocasión; procurarían sabotear un tren. Al Mudawwara
cayó once meses después.
Acertaron con un sitio ideal para colocar las minas. Una cadena de
colinas bajas les ocultaría en su aproximación a la vía. Donde terminaban,
había un trecho de raíles curvos, en los que los desperfectos serían más
difíciles de arreglar. El sitio más oportuno para los artefactos era una
alcantarilla de desagüe de dos arcos. Aunque la locomotora se salvase de la
explosión, el puentecillo cedería y el convoy descarrilaría. Desde detrás de
las colinas, que se hallaban fuera de la curva, Lewis y Stokes podrían emplear
sus armas con el menor riesgo posible, porque Stokes adolecía de disentería, y
Lewis no estaba mucho mejor.
Los libertos negros de Faisal, que conducían las bestias de carga,
depositaron en el lugar elegido dos morteros, dos ametralladoras, el aparato de
las minas eléctricas y la gelatina explosiva. Lawrence excavó en el
puentecillo, debajo de dos traviesas de acero, para colocar un saco de veinte
kilogramos del explosivo. Tardó dos horas en acabar el trabajo, porque tenía
que llevar el balasto retirado en una capa a un lugar en que no se viese, y
asimismo borrar sus huellas. Conectó dos cables gruesos, de doscientos metros
de longitud, y tiró de ellos hasta las lomas, sujetándolos con gruesas rocas.
La operación le llevó tres horas. Alisó, por último, el terreno. Como quien
accionase el mando de explosión se hallaría detrás de las alturas, alguien
tenía que avisarle del momento más oportuno. Lawrence prefirió encargarse de
dar la señal. Salim, liberto favorito de Faisal, movería la palanca, que le
enseñó a manejar. Los restantes hombres abandonaron los camellos en el valle y
subieron a las lomas, donde se recortaron a la luz del sol poniente, a plena
vista de un puesto otomano, que había en el sur, y de al-Mudawwara. Lawrence y
Zaal los apartaron de allí demasiado tarde. Los turcos hicieron fuego. Se
retiraron al valle, para que las alturas estuviesen desiertas y el enemigo
creyese que se habían retirado; cocieron pan y se prepararon a dormir. Los
hombres ya no discutían y, avergonzados por la imprudencia de las colinas, los
Huwaytat eligieron capitán suyo a Zaal.
El 19 de septiembre, por la mañana, retuvieron con dificultad a los
beduinos en la depresión. Tal vez se habían notado sus movimientos, porque, a
las nueve, cuarenta turcos avanzaron desplegados desde el mediodía. Si
permitían que avanzasen, los descubrirían; si los rechazaban, se sembraría la
alarma y se interrumpiría el tráfico ferroviario. La solución que un grupito de
tiradores, fingiendo que huía, los arrastrase lejos de las colinas. La
estratagema tuvo resultado. Los disparos se percibieron cada vez a mayor
distancia.
Un pelotón de ocho soldados y un cabo gordinflón recorrió la línea
férrea en busca de minas u obstrucciones. Hacía mucho calor a pesar de ser sólo
las once y el cabo se enjugó la frente. No hallaron la gelatina; más allá, en
una atarjea, bebieron agua y se tumbaron a dormir. Hacia el mediodía, Lawrence
vio con los gemelos que un centenar de hombres iba hacia ellos desde la
estación, despacio y a regañadientes. Tardarían dos horas en llegar a su
altura. Los beduinos se retiraron, avisando a sus supuestos fugitivos que se
encontrarían tras unas peñas que había a un par de kilómetros de aquel puesto.
Un minuto después el vigía anunció que se veía humo en el sur. Un tren debía de
salir de otra estación. Se encaminó resoplando hacia su posición. Los árabes se
parapetaron detrás de la cima, y Stoke y Lewis, olvidando su disentería,
prepararon las armas.
El tren corría a gran velocidad. Lawrence vio que llevaba dos máquinas,
lo que trastornaba sus cálculos. Tendría que hacer detonar la mina debajo de la
segunda, que, si quedaba intacta, quizá continuase la carrera. Se alegró de que
no fuese automática. Los árabes se hallaban a ciento cincuenta metros del
puente, y los sargentos, a trescientos; el aparato disparador entre ellos. Los
del convoy dispararon al azar contra el desierto en que se había localizado el
enemigo. Las descargas cerradas obligaron a pensar a Lawrence si sus ochenta
hombres serían suficientes. En los diez vagones asomaban por las ventanillas
los cañones de los fusiles, y en los techos había tiradores de primera,
parapetados en sacos de arena. Entraron en la curva. Salim pidió a Dios que le
ayudase. Lawrence alzó la mano en cuanto las ruedas tocaron el puente: el
liberto había de apretar el detonador.
Hubo un terrible estampido, y la vía desapareció detrás de una columna
de humo y polvo negro, de la que cayeron ruidosos fragmentos de hierro y acero.
Una rueda de locomotora cruzó hacia el desierto y se desplomó con fuerza. Luego
reinó un silencio sepulcral. Lawrence se reunió con los sargentos, y Salim se
metió con su fusil en la humareda. Se oyeron disparos. Los beduinos saltaban
hacia los raíles. Del convoy parado los turcos se precipitaban al terreno del
lado opuesto, para escudarse en el terraplén. La ametralladora barrió a los
soldados que se parapetaban tras los sacos en el techo de los vagones. Cuando
estuvo al lado de Lewis y Stokes, Lawrence observó que los turcos del terraplén
hacían fuego a quemarropa contra los árabes. El mortero los sacaría de allí. El
segundo proyectil cayó en medio de ellos. Los supervivientes huyeron por el
desierto, arrojando su armamento y equipo. Llegó de nuevo el turno a la
ametralladora, que segó a los fugitivos. Las ráfagas concluyeron la batalla.
Había durado diez minutos. Lawrence vio que los cien hombres de al-Mudawwara
vacilaban en cortar el paso a los enemigos que huían hacia el norte a lo largo
de la línea férrea; por el sur, treinta beduinos competían en ser el primero en
mediar en el saqueo. Los otomanos con quienes habían combatido andaban tras
ello despacio, haciendo descargas cerradas. Por lo tanto, los saqueadores
tendrían media hora a su disposición.
Lawrence bajó de la loma e inspeccionó los efectos de la mina. El
puentecillo había desaparecido y el vagón delantero, lleno de enfermos, cayó en
el hueco. Todos los ocupantes, excepto tres o cuatro, perecieron y formaban
sangriento montón en un extremo. Uno de los vivos, en su delirio, murmuró la
palabra «tifus» y Lawrence cerró la puerta de golpe. Estaba algo mareado. Los
otros vagones habían descarrilado y estaban astillados. Algunos no se podrían
reparar. La segunda locomotora era un cúmulo de hierro humeante; la primera,
que se había salido de los rieles y semimontada en el vagón deshecho, tenía
intacto el sistema de conducción y conservaba la presión. Como la destrucción
de las máquinas era el objetivo primordial de aquella campaña, puso en el
cilindro una caja de algodón pólvora con un detonador, encendió la mecha y
ordenó a los saqueadores que se retiraran varios metros. Medio minuto después
saltaron el cilindro, y también el eje. Aquella locomotora no podría ser
recompuesta.
Los árabes habían enloquecido. Corrían con la cabeza descubierta,
semidesnudos, gritando y disparando al aire, peleando unos con otros, mientras
reventaban baúles y maletas, y se tambaleaban bajo el beso de inmensas balas
que les desgarraban junto a la vía. Rompían lo que no les interesaba. En el
tren habían viajado refugiados, enfermos, voluntarios del servicio de barcas
del Éufrates y familias de los oficiales otomanos que iban a Damasco. Treinta o
cuarenta mujeres histéricas, sin velo, se tiraban de la ropa y el pelo,
chillando como dementes. Los árabes no les hicieron caso ante la riqueza del
botín, el mayor de su vida: alfombras, colchones, mantas, vestidos masculinos y
femeninos, relojes, cacharros de cocina, alimentos, adornos y armas. Los
camellos, convertidos en propiedad común, fueron cargados con cuanto podían
soportar y enviados hacia el oeste, mientras su amo repentino buscaba más
tesoros. Las mujeres, al ver que Lawrence se mantenía apartado, fueron a
implorar su piedad. Les aseguró que no les sucedería nada, pero no se apartaron
de él hasta que sus maridos las obligaron. A su vez, se postraron ante Lawrence
suplicando que perdonase sus vidas. Los alejó a patadas de sus pies descalzos.
Un grupo de oficiales austríacos, instructores de artillería, fueron a pedirle
cuartel. Lo hicieron en turco y él respondió en alemán. Uno, mortalmente
herido, solicitó un médico. No lo había allí, contestó el joven; pero los de
los otomanos no tardarían en llegar. El oficial falleció. A muchos de sus
colegas les sucedió lo mismo, porque cometieron el disparate de oponerse a los
beduinos, y uno disparó contra un sirio de Lawrence, y antes de que éste
pudiera impedirlo, cayeron muertos varios austríacos.
Había cinco soldados egipcios que los turcos habían capturado en una
incursión nocturna contra Davenport, a trescientos veinte kilómetros al sur.
Conocían a Lawrence. Le refirieron los esfuerzos de Davenport en el sector de
Abd Allah, en el que los beduinos se hacían los remolones y había que importar
fuerzas de Egipto. Les ordenó que llevaran los prisioneros al lugar de reunión,
detrás de las colinas occidentales. Lewis y Stokes se presentaron para
ayudarle. Lawrence había temido por ellos, porque los beduinos, en su frenesí,
eran capaces de acometer incluso a amigos como ellos. Lewis, al otro lado de la
vía, contó hasta treinta víctimas de su ametralladora, y encontró oro y trofeos
en las mochilas de los cadáveres. Stokes contempló el efecto de su segundo
disparo en la depresión contigua al terraplén. Un sirio, con los brazos llenos
de botín, gritó a Lawrence que deseaba verle una anciana del penúltimo vagón.
Lawrence le mandó que buscara en seguida a Gazala y unos cuantos camellos de
carga para transportar el armamento. Los otomanos se acercaban y los beduinos
escapaban uno a uno hacia las colinas con las bestias abrumadas por el peso de
lo saqueado. Se dirigió, molesto consigo mismo por no haber pensado antes en
retirar las armas, al penúltimo vagón, y encontró una anciana inválida, la
señora Ayxa, amiga de Faisal, la cual le preguntó qué acontecía. La tranquilizó
y encontró a su criada, una vieja negra, a la que mandó buscar agua al ténder
goteante de la primera locomotora. La dama agradecida, le envió más tarde, en
secreto, desde Damasco, una carta encantadora y una alfombra beluchí como
recuerdo de su accidentado encuentro. Y más posteriormente —lo sé de fuente
indirecta, pero fidedigna—, Lawrence, que tenía por principio no beneficiarse
en modo alguno de la guerra, la regaló, acompañada de una carta igualmente
encantadora, a lady Allenby, que ahora la tiene en su alcoba.
El sirio no reapareció con los camellos, porque, como los demás
sirvientes del joven, cedió a la codicia y escapó con los beduinos. Los tres
anglosajones estaban solos; se decían que habría de abandonar el armamento,
cuando llegaron dos camellos. Eran Zaal y Huwaymil, que habían echado de menos
a sus amigos. Éstos recogían su único cable, y Zaal, en vez de ceder a la
invitación de montar, puso el cable y el aparato de explosión en los lomos del
animal, y Zaal se rió de que no tuviera botín. Huwaymil, que no podía andar
—cojeaba a consecuencia de una vieja herida—, hizo que se arrodillase su
camello y ligó las ametralladoras en su grupa. Quedaban los morteros. Stoke
compareció guiando torpemente a una bestia que había capturado; como estaba muy
débil, le cedieron la montura de Zaal. Huwaymil se fue con los tres animales,
las armas y el sargento. Lawrence, Zaal y Lewis amontonaron en un agujero
protegido cartuchos, petróleo y chatarra, los rodearon de cargas Lewis,
munición sobrante de fusil y algunos morteros. Prendieron fuego a la pila y
echaron a correr. Hubo una llamarada colosal, innúmero de cartuchos reventaron
tableteando como ametralladoras y los proyectiles de Stoke atronaron en
columnas de polvo y humo. Los turcos, impresionados por el feroz estrépito,
pensaron que los árabes se habían parapetado, y enviaron avanzadillas por los
flancos. Los tres hombres corrieron a ocultarse en las lomas más lejanas, a
través del hueco que dejó aquella maniobra.
Lawrence encontró sus camellos y los sirios, y dijo a los segundos en
tono glacial lo que pensaba de ellos por su deserción. Pretextaron que alguien
se había llevado los animales con los de propiedad común. Sin embargo, había
encontrado, ¿no?, los necesarios para transportar su botín. Le informaron que
había muerto un muchacho en el primer ataque, y que había tres heridos leves.
Un liberto de Faisal comunicó que Salim había desaparecido y que le habían
visto herido, en el suelo, algo más allá de la máquina. Lawrence se enfureció
tanto por no haber sido informado como porque Salim dependía de él. De nuevo le
horrorizó la indiferencia árabe en dejar amigos a sus espaldas. Pidió
voluntarios para ir a buscarle, y se ofrecieron Zaal y doce de sus hombres.
Llegaron a la vía demasiado tarde, porque ciento cincuenta turcos se avecinaban
al convoy destrozado. Ya habrían matado a Salim, tal vez luego de torturarle,
como solían hacer. (Los beduinos se acostumbraron a rematar a sus compañeros
gravemente heridos para liberarlos de aquel trágico fin).
Tendrían que regresar sin el liberto. Recogieron en el campamento
bagajes y la impedimenta de los sargentos. Los otomanos los sorprendieron
entonces y los hostigaron con fuego de ametralladora. Zaal, de magnífica
puntería, y cinco hombres más, se colocaron en el borde de la cima para
contener el avance enemigo, en tanto que sus compañeros se retiraban. Hirieron
a trece o catorce otomanos, durante su traslado de una altura a otra, y cuatro
de sus camellos sufrieron heridas. El enemigo renunció a perseguirlos.
La victoria siempre desorganizaba las fuerzas árabes. La expedición se
había transformado en una caravana de paso lento, abrumada con objetos
bastantes para enriquecer a las tribus durante años. De los noventa
prisioneros, veinte eran musulmanas amigas, que, volviendo a Damasco desde
Medina, habían decidido ir a La Meca desde Aqaba. Ellas y treinta y cuatro
heridos turcos cabalgaban en parejas en los camellos que se habían utilizado
para el transporte de los explosivos y las municiones. Los sargentos pidieron a
Lawrence que les diera una espada como recuerdo. Yendo a la retaguardia de la
columna, encontró a los libertos de Faisal y, atado a uno de ellos, al
desaparecido Salim: estaba inconsciente y tenía una herida sangrante cerca del
espinazo. Por lo visto, dejado por muerto durante el descenso de la colina
cerca de la locomotora, los beduinos le despojaron de capa, pañuelo, daga y
fusil. Le encontró uno de sus amigos y no avisó a Lawrence. Salim se repuso,
más adelante, tomó inquina al joven por haberle abandonado cuando dependía de
él.
Tuvieron que buscar agua en el pozo maloliente —los prisioneros la
habían consumido toda—, que, por estar próximo a al-Mudawwara, podía
representar un peligro. Lo hallaron desierto. Regresaron sin contratiempo a
al-Ramm por la misma larga avenida, bajo la impresionante línea irregular que
los acantilados invisibles trazaban en el firmamento. Fueron de al-Ramm a
Aqaba, donde entraron cubiertos de gloria, cargados de botín y jurando que los
trenes se hallaban a su merced. Los sargentos se apresuraron a volver a Egipto:
habían tenido la aventura que ansiaban, ganado una batalla, sufrido disentería,
vivido gracias a la leche de camella y aprendido a recorrer sin fatiga ochenta
kilómetros en una sola jornada. Allenby los condecoró.
El triunfo conmocionó el campamento de Aqaba. Todos ansiaron hincar el
diente en el desconocido deporte de minar la vía férrea. Pisani, capitán
francés de la compañía de artilleros argelinos, activo y ambicioso de
distinciones, fue el primer voluntario. Faisal proporcionó tres jóvenes nobles
de Damasco, deseosos de capitanear incursiones tribales, y el 27 de septiembre
salieron de al-Ramm en busca de beduinos dispuestos a acompañarlos. Lawrence
opinó que la expedición se destinaba especialmente al clan de Gasim, que no se
negó, como se temía. Lo difícil fue reducir el número de voluntarios. Partieron
ciento cincuenta, con una interminable recua de camellos para el botín.
En aquella ocasión se encaminaron a Maan, a través de la frontera Siria,
hasta los montes de Batra, donde el recio aire del desierto les llegó desde el
hueco de un collado. En Batra, se dirigieron al oeste hasta la vía férrea a lo
largo de la cual avanzaron. Por fin, encontraron un puente sobre un terraplén,
semejante al de al-Mudawwara. Entre medianoche y la aurora, sepultaron una mina
automática maravillosa, de tipo nuevo. Se emboscaron a novecientos metros entre
macizos de ajenjo. No pasó ningún tren aquel día y la noche siguiente. Lawrence
no podía soportar la espera. Los árabes no obedecían a los jefes designados por
Faisal. Sólo le escuchaban a él, cuyo éxito empezaba a tener consecuencias
desagradables. Le impusieron que fuese su juez. El recuerdo de su experiencia
en Karkamish y el ejemplo de Faisal le permitieron componer y sentenciar, en
los seis días de cabalgada, doce casos de ataque armado, cuatro robos de
camello, una boda, dos hurtos, un divorcio, catorce disputas, dos juicios de
aojadura y un embrujamiento.
Curó el mal de ojo mirando a los de los pacientes directamente con los
suyos durante diez minutos («Ojos horribles —dijo una vieja—, azules como
pedazos de cielo vistos a través de las cuencas de una calavera»), y
contrarrestó el embrujamiento con un ensalmo grotesco destinado al encantador.
Entonces advirtió lo que estaba haciendo —probablemente la presencia de Pisani
le recordó que no era sino un inglés que jugaba a ser beduino—, y se entregó a
pensamientos avergonzados sobre sí mismo y los engaños que ejecutaba. También
la presencia de Pisani le recordó que guiaba a los árabes a una guerra por una
libertad que tal vez les costaría conservar. Se le repitió, con más fuerza, la
agonía sufrida en Nabk. Un escorpión le había picado en la mano izquierda, y el
dolor del miembro hinchado estorbó que se entregara a sus pensamientos; pero
éstos reaparecieron por la mañana y determinó renunciar a la jefatura. Convocó
a los jeques para comunicar su decisión. Mas, en aquel instante, se anunció un
tren y como siempre le ocurría —era un Hamlet de carne y hueso—, la necesidad
de actuar se llevó sus vacilaciones filosóficas. Se levantó de un salto para
contemplar los efectos de la mina.
El convoy, cargado de aljibes de agua, pasó sin inconveniente. Los
árabes, que deseaban algo más apetecible que el agua, se lo agradecieron como
si lo hubiese hecho adrede. Bajó a colocar una mina eléctrica sobre la
anterior; aquélla sería la primera en estallar. Había tres puentes en el
terraplén, y el más meridional se había elegido para la emboscada. Colocó el
sistema de disparo debajo del arco del puente central. Las ametralladoras Lewis
quedaron bajo el septentrional con el fin de batir la parte trasera del convoy,
así que se produjera el estallido. Más cerca, una reguera cruzaba el valle, a
trescientos metros de la vía, en la que los árabes podrían atrincherarse detrás
de la espesura de ajenjos. No hubo ferrocarril aquel día. Las patrullas
otomanas recorrieron los rieles sin encontrar las minas. Al otro día, 6 de
octubre, salió un tren de Maan. Lo precedía una patrulla. ¿Quién llegaría
antes? Si la patrulla avanzaba con más rapidez, avisaría al convoy. Lawrence
calculó que los soldados no se anticiparían, sino que serían alcanzados
doscientos o trescientos metros antes, y distribuyó a los beduinos en sus
posiciones. El tren subió jadeando la pendiente: arrastraba doce vagones de
carga.
Lawrence se colocó en un lugar desde el que pudiera ver la mina, el
aparato detonador y las ametralladoras Lewis. Dio la señal cuando la locomotora
estuvo exactamente sobre el arco y se repitió lo sucedido en al-Mudawwara: una
detonación ensordecedora, una nube, verde porque usaron liddita en lugar de
gelatina, el tableteo de las ametralladoras y la carga de los árabes. Pisani
fue al frente cantando la Marsellesa, como si combatiera por la independencia
de Francia. Un soldado, en los parachoques del cuarto vagón contando por la
cola, desenganchó la retaguardia del convoy, que se deslizó cuesta abajo.
Lawrence procuró impedirlo, colocando una piedra en la vía, y, al no
conseguirlo, con desprecio absoluto de su seguridad, se rió de un coronel
asomado en una ventanilla de los vagones fugitivos. El otomano disparó la
pistola contra él y el proyectil le rozó la cadera.
La parte delantera del convoy había descarrilado. La locomotora quedó
destrozada, y el ténder y el primer vagón montados uno sobre otro. Murieron
veinte turcos. Se capturaron los supervivientes, entre ellos cuatro oficiales,
que imploraron llorando que no los matasen, cosa que los beduinos no se
proponían hacer. El cargamento constaba de setenta toneladas de víveres, que se
necesitaban urgentemente, como comprobaron por la cédula de envío. Lawrence la
firmó como acuse de recibo y la dejó en el lugar en que estaba, y envió una
copia a Faisal para que hubiese constancia de su éxito. Bajo la dirección de
Pisani, destruyeron todo lo que no pudieron llevarse.
Como en la ocasión anterior, los beduinos se trocaron en camelleros que
andaban al lado de una caravana pesadamente cargada. No dejaron a Lawrence a
solas, como en el pasado. Farrach le esperó con su camella y el jeque Salim,
hermano de Gasim, y otro notable le ayudaron a recobrar el cable y el aparato
detonador. Las tropas turcas de socorro se hallaban a cuatrocientos metros de
ellos, cuando iniciaron la retirada. No hubo bajas.
Los árabes se dedicaron más tarde al arte de minar y entre las tribus se
divulgó, no siempre de modo auténtico, el rumor de los éxitos que lograban. Los
Banu Atiya solicitaron por escrito a Faisal: «Envíanos un lurens y
haremos saltar trenes». El emir les mandó un hombre de los Agayl, que les ayudó
a emboscar un importantísimo convoy: viajaban en él el coronel otomano que
había abandonado su guarnición en la embestida de al-Wachh, veinte mil libras
en oro y trofeos preciosos. El hombre de los Agayl retuvo el cable y el aparato
detonador como su parte del botín. En los cuatro meses siguientes, se
destrozaron catorce locomotoras y hubo apetitosos saqueos. Los turcos se
asustaron de viajar. Se pagaban precios dobles por ir en los vagones
posteriores. Los maquinistas se declararon en huelga. Casi se interrumpió el
tráfico civil. La amenaza se esparció hasta Alepo, con el sencillo expediente
de pegar en Damasco un cartel que anunciaba que los patriotas árabes se
desplazarían en adelante por Siria aceptando el riesgo. Más grave fue la
situación para los turcos. No podían pensar ya en dirigirse contra Medina;
además, les faltaban en Palestina las máquinas imprescindibles para repeler la
amenazadora presencia de las fuerzas de Allenby.
Éste llamó, a mediados de septiembre, a Lawrence a Egipto para que le
explicase sus propósitos. ¿El vuelo de trenes era algo más que una triquiñuela
propagandística en favor de Faisal? Lawrence expuso sus planes, que no habían
cambiado desde que los meditó, seis meses atrás, en el campamento de Abd Allah.
Esperaba conservar la línea férrea de Medina en actividad, la mínima posible,
porque su guarnición no podía causar daño y era más cómodo y barato tenerla en
aquella ciudad que en un campo egipcio de prisioneros. Mientras se minaba el
ferrocarril, se instruían tropas regulares árabes para llevarlas a Siria.
Allenby le interrogó sobre el paso que llevaba de Abu-l-Lisan a Aqaba; los
espías notificaban que los otomanos preparaban un gran ataque. Lawrence dijo
que él y sus beduinos hacía meses que provocaban al enemigo para que saliera y
que, al fin, lo habían logrado, según aquellos informes. Los otomanos habían
vacilado, porque ignoraban la magnitud de la fuerza árabe. Su dispersión
impedía que los contasen los aeroplanos y los espías. Por otra parte, tanto él
como Faisal estaban enterados del número de las tropas adversarias, pues eran
regulares, y el servicio de inteligencia rebelde muy eficaz. Los árabes podían
decidir a voluntad si atacaban o dejaban de hacerlo.
Allenby entendió. Y cuando, finalmente, se desencadenó el gran avance
desde Maan hacia Aqaba por el paso septentrional, Mawlud y sus regulares
llevaron a los turcos a una trampa de la que pocos escaparon. Jamás hicieron
otro intento de recuperar aquella ciudad.
Capítulo XIX
Allenby, que reorganizaba prestamente el ejército británico de las
fronteras de Palestina, decidió iniciar una ofensiva en el frente de
Gaza-Bersabee el último día del mes de octubre de 1917. No fracasaría entonces
por falta de artillería y hombres, pero como Gaza, próxima al mar, estaba muy
bien defendida —y por ello mismo parecía haber atraído los desastrosos ataques
británicos anteriores—, se proponía emprender la campaña al sur, en Bersabee.
Los turcos capturaron documentos falsos, que los indujeron a creer que lo de
Bersabee no era sino una finta, y que la arremetida principal procedería de
Gaza.
Lawrence había de recapacitar sobre la ayuda que los árabes podrían dar
a Allenby. Estaba en la desdichada situación de servir a dos señores. Y «no
odiaba a uno y amaba a otro, no se atenía a aquél y despreciaba a éste».
Admiraba a los dos y confiaba en ellos, mas no se sentía con fuerzas de aclarar
toda la situación beduina al general inglés o todo el plan británico a Faisal.
Allenby esperaba de él lo mismo que de cualquiera de sus oficiales, y el emir
confiaba en él implícitamente, y su fe le obligaba a pensar más en la causa de
la rebelión de lo que tal vez fuese lícito. Y Faisal era el más débil, y la
debilidad siempre atraía a Lawrence. Ahora bien, el país situado detrás de las
líneas turcas estaba poblado de tribus amigas de Faisal, y su repentino alzamiento
podría tener un efecto enorme en la marcha de la Gran Guerra. Si disfrutaba de
un mes de buen tiempo, que permitiera el progreso de su pesada artillería y su
sistema de abastecimiento, Allenby llegaría no sólo a Jerusalén, que era su
meta, sino a Haifa. Entonces, los árabes tendrían ocasión de atacar el
importantísimo empalme ferroviario de Dara, centro neurálgico del ejército
otomano de Palestina, en el que el ferrocarril de Medina a Damasco se unía al
que iba a Haifa y Jerusalén. En los alrededores de Dara había enorme cantidad
de guerreros árabes no utilizados, a los que Faisal instruía y armaba
subrepticiamente desde su base de Aqaba. Había allí cuatro tribus principales
y, mejor aún, los campesinos del llano de Hawran, al norte, y los drusos, en las
montañas del este.
Como no había principiado la ofensiva de Bersabee, no supo si convocar o
no a aquellos auxiliares, destrozar las líneas férreas de Dara y tomar Damasco
por sorpresa, simultáneamente con ella. Dispondría cuando menos de doce mil
hombres, con cuyo auxilio pondría en un aprieto a los otomanos que se
enfrentaban con Allenby. Como oficial británico debía hacerlo, pero no como uno
de los adalides de la rebelión arábiga. Los sirios le imploraban que acudiera.
Tallal, jefe de las tribus de la región de Dara, envió mensajes repetidos que,
con unos cuantos hombres de Faisal, se apoderaría del empalme. El emir,
comprendiendo la importancia de la acción para Allenby, pensó que debía
asegurarse de que se conservaba Dara una vez capturada. Si fallaba el avance
británico, los otomanos enviarían refuerzos a Damasco y Alepo, la
reconquistarían y diezmarían la población de aquel territorio. Sólo era posible
una sublevación en el caso de que no hubiese errores. Lawrence no se fiaba de
la competencia de los subordinados de Allenby, capaces de llevar a buen término
un proyecto, como el desembarco en Suvla, en la campaña de los Dardanelos, pero
no las ventajas siguientes que les ofreciera. Y había que atender a los
caprichos del clima. Pospuso, por lo tanto, la rebelión hasta el año siguiente.
El ejército de Allenby combatió de manera espléndida, pero las lluvias lo
paralizaron.
Había de compensar de algún modo los víveres y armas entregados por el
general en jefe, por ejemplo, una incursión violenta sin recurrir a la gente
arraigada en la tierra, y que fuese útil a Allenby. Lo mejor sería volar uno de
los puentes que salvaban la honda garganta del río Yarmuk, al oeste de Dara, en
la línea que llevaba a Jerusalén, lo cual aislaría temporalmente las fuerzas
turcas de Palestina de su base de Damasco, y les impediría resistir el ataque
de Allenby, o escapar de él. Se tardarían quince días en reconstruir el puente.
El Yarmuk se hallaba a seiscientos setenta y cinco kilómetros de Aqaba, por el
camino de Azraq. Allenby, a quien presentó el plan, le pidió que lo pusiese en
práctica el 5 de noviembre o en cualquiera de los tres días siguientes.
Supuesto que tuviera éxito, y el tiempo atmosférico favoreciera el avance
británico, el ejército turco regresaría muy menoscabado a Damasco. Los beduinos
podrían, en tal caso, continuar hostigándolo donde los ingleses dejaran de
hacerlo por dificultades de transporte. Hasta quizá lograsen penetrar en
Damasco.
Se necesitaba un árabe destacado como adalid de la expedición. Nasir se
había ausentado, pero se disponía de Alí ibn al-Husayn, el joven noble que
Lawrence había encontrado disfrazado en su viaje para conocer a Faisal el año
anterior, y que había estado saboteando la línea férrea por encima de la
sección de Davenport. Conocía Siria por haber sido, con Faisal, huésped forzado
del general otomano Chemal en Damasco. De valor, inventiva y energía
comprobados. Alí aceptaba las aventuras y los desastres con una risa en los
labios. Su vigor era tal, que, arrodillado en el suelo, con un hombre sobre
cada antebrazo, se ponía en pie; vencía a la carrera a una camella que trotase
en un trecho de cuatrocientos metros y saltaba después a la silla. Era
testarudo, presumido, osado de palabra y hechos, y el combatiente más admirado
de los guerreros beduinos. Atraería a la tribu seminómada de los Banu Sajr, del
mediodía de Siria; tal vez consiguiera hacer lo mismo con los Serahin de Azraq,
y con las que hubiese más al norte.
Lawrence se proponía ir velozmente de Azraw a la aldea del Yarmuk
antiguamente llamada Gadara. Dominaba el puente más occidental, enorme
construcción de acero que custodiaba una guarnición de sesenta soldados,
acuartelados en una estación ferroviaria próxima. Los centinelas no pasaban por
lo común de seis, como había comprobado en su viaje a Damasco. Esperaba que le
acompañasen, al mando de Zaal, algunos de los duros beduinos de los Huwaytat de
Awda, que protegerían el asalto al puente. Se impediría el acceso del enemigo a
él con ametralladoras; los más indicados para el manejo de éstas serían los
jinetes de la caballería india musulmana, que entonces empleaban camellos, el
jefe de la cual se llamaba Chemadar Hasan Shah, veterano inquebrantable. Los
indios hacía meses que se encontraban en la región de al-Wachh destruyendo
rieles. Resolvió el problema de hacer saltar las gruesas vigas de acero con
pequeñas cantidades de explosivo como sigue: sujetaría las cargas con tiras de
lona y hebillas, y las dispararía eléctricamente. Como era operación que le
expondría al fuego de fusil, Wood, oficial de ingenieros, que estaba en Aqaba,
le acompañaría y le sustituiría si sufría alguna herida. Wood había recibido en
el frente del oeste un balazo en la cabeza y le habían declarado inútil para el
servicio activo.
De pronto, mientras ultimaban los preparativos, se presentó un aliado
inesperado: el jefe Abd al-Qadir. Este argelino había vivido en Damasco desde
que su abuelo, que luchó en Argelia contra los franceses, fue deportado tres
decenios antes. Pendenciero, sordo y zafio, era fanático religioso. Los turcos
le habían enviado recientemente a La Meca con un encargo político secreto; pero
se había presentado al jerife Husayn y se había despedido de él portando una
bandera carmesí y espléndidos regalos, medio convencido de la justicia de la
causa árabe. Ofreció a Faisal la ayuda de sus labriegos argelinos, desterrados
como él, que vivían en la ribera septentrional del Yarmuk, entre los dos
puentes principales y cerca de otros cuya destrucción podría interesar. Como
los argelinos no se mezclaban con los árabes vecinos, el sabotaje contra el
puente o puentes se efectuaría sin soliviantar a todos los campesinos de la
comarca.
Un telegrama del coronel francés acusó a Abd al-Qadir de ser espía de
los otomanos. Aquello alarmó, pero, como no presentaba pruebas y el militar
galo no era bienquerido desde las cartas que envió a Abd Allah sobre los
ingleses y sus intrigas anteriores en Chidda, se le supuso molesto por las
acusaciones privadas y públicas del argelino contra Francia. Así pues, Faisal
pidió a Abd al-Qadir que fuese con Alí ibn al-Husayn y Lawrence, y dijo a solas
éste: «Sé que está loco, pero le creo honrado. Guardad vuestras cabezas y
utilizadle». El argelino, espía o no espía, fue una espina para todos. Su
fanatismo religioso no soportó el cristianismo de Lawrence, ni que las tribus
tratasen mejor al inglés y Alí que a él mismo. Y su sordera…
Seis reclutas sirios formaron la guardia de corps de Lawrence, sobre
todo porque conocían los distritos que cruzarían, más dos hombres de los
Biyasha y los inseparables Farrach y Dawud. Éstos, que no habían corregido su
carácter bromista, desaparecieron por completo la mañana del 24 de octubre,
fecha de la partida de Aqaba. Recibieron al mediodía un mensaje del obeso jeque
Yusuf, el gobernador, comunicando que los había encarcelado y que deseaba
hablar con Lawrence. Encontró al gobernador dividido entre la risa y la ira. Su
nueva camella de color cremoso se había extraviado en el palmerar en que
acampaban los Agayl. Farrach y Dawud le habían pintado el cuerpo de rojo y las
patas de azul, y la dejaron libre. El animal arrancó carcajadas en toda Aqaba,
y Yusuf reconoció con dificultad a aquel payaso cuadrúpedo, y, cuando lo hizo,
despachó a la policía en busca de los culpables. Se encontró a Farrach y Dawud
cubiertos de pintura hasta los codos, y pese a sus protestas de inocencia,
recibieron una buena paliza y la sentencia de estar encarcelados, con
grilletes, durante una semana. Lawrence los liberó prestando al gobernador uno
de sus camellos hasta que la propia recobrase el color natural, y prometió que
Yusuf daría otra paliza a los reos después de la expedición. Marcharon cantando
con la caravana, a pie, porque la medicina del gobernador contra su travesura,
les impedía sentarse.
La expedición fue por al-Ramm, cruzando la vía férrea por Shadiya. No
reinaba la concordia en ella. Abd al-Qadir reñía de continuo con Alí ibn
al-Husayn, quien rogaba a Dios que le librase de las groserías, sordera y
presunción de aquel individuo. Wood estaba enfermo. Los indios, que cargaban y
descargaban mal los animales, hubieron de ser ayudados por la guardia de corps
de Lawrence y se rezagaron. Lawrence no se preocupó mucho de ello, porque le
acompañaba en aquel momento Lloyd (actual alto comisario británico en Egipto),
y le complacía hablar con un europeo culto después de estar tantos meses con
los árabes. No se acordó de los indios, que fueron quedándose atrás, y en su
distracción, casi se metió en la estación de Shadiya. Se deslizaron entre dos
blocaos, y se consolaron de su error cortando los cables telegráficos. Más al
norte, por donde atravesaban los raíles Alí y Abd al-Qadir, sonó un tableteo de
ametralladoras y detonaciones de fusil. Dos hombres murieron entonces.
Harían el primer alto en al-Chafr, donde habían reparado el pozo durante
el avance hacia Aqaba. Llevó sin contratiempos a su grupo a través de la
llanura plateada de barro y sal alisados, y, cerca de al-Chafr, encontró a Awda
acampado con Zaal, Muhammad al-Daylan y otros hombres de su tribu. El viejo
sostenía una violenta disputa sobre la distribución de las pagas que percibían
en nombre de todo el clan, y se avergonzaba de lo que sucedía. Lawrence los
aplacó como pudo, y expuso a Zaal su plan de destrucción en el Yarmuk. Su amigo
se mostró contrario a él. Aquel verano se había enriquecido a costa de los
otomanos, y la riqueza le daba apego a la vida, aparte de que en al-Mudawwara
había estado a punto de perderla. Iría si Lawrence insistía. Y no insistió. Lloyd,
que tenía que separarse de ellos en aquel lugar, se quedó desconfiado entre
árabes que sólo hablaban de guerra, tribus y camellos.
Había que arreglar ante todo las diferencias monetarias de Awda, y
atizar luego la mortecina llama del entusiasmo de los Huwaytat. De noche, junto
a la hoguera de Awda, les recordó con acento persuasivo su juramento de luchar
contra los otomanos, llamó a cada uno por su nombre, le recordó la gloria de
sus abuelos, sus hazañas, la bondad de Faisal, la vileza de los turcos y su
derrota próxima. A medianoche, Awda levantó su látigo pidiendo silencio.
Percibieron rumor como de tempestad en la lontananza. «Cañones ingleses», dijo
Awda. Allenby, a ciento cincuenta kilómetros al norte, allende los montes,
bombardeaba las posiciones enemigas como prólogo de su ataque —victorioso— a
Bersabee. Gaza caería al cabo de cinco días. El retumbo puso fin a la
discusión. La artillería pesada persuadía siempre a los beduinos. Awda abrazó
agradecido a Lawrence la mañana después y dijo: «La paz sea sobre ti».
Aprovechó la cercanía del abrazo para murmurarle precipitadamente: «Vigila a
Abd al-Qadir».
Aquel día, el 31 de octubre, se orientaron hacia Bayir. La vecindad del
invierno hacía el ambiente apacible, con albas brumosas, sol suave y noches
frías. La torpeza camellera de los indios les impedía cubrir más de cuarenta y
ocho kilómetros por etapa —ochenta eran los menos que los árabes consideraban
dignos de ellos—, y tenían que comer tres veces al día. El alto meridiano fue
alarmante. Hombres a caballo y en camello iban hacia ellos desde el norte y el
oeste. Se empuñaron los rifles. Los indios corrieron a sus ametralladoras. «No
disparéis hasta que se hayan acercado más», ordenó Alí ibn al-Husayn. Un
guardia de corps de Lawrence, que pertenecía a la desdeñada categoría de los
Sherarat, que eran siervos, buen criado y valiente guerrero, se incorporó agitando
los brazos. Hicieron fuego contra él o por encima de su cabeza. Respondió de la
misma manera. Los recién aparecidos se inmovilizaron y, después, agitaron a su
vez los brazos. El criado de Lawrence y uno de los atacantes se encontraron en
medio del campo. Se trataba de Banu Sajr, que habían salido en correría.
Fingieron avergonzarse de haberlos atacado y se adelantaron a pedir perdón.
Alí ibn al-Husayn hervía en ira. Los Banu Sajr se justificaron con su
costumbre de disparar sobre la cabeza de quienes encontraban en el desierto.
«Elogiable hábito, en el desierto —repuso Alí—. Pero presentarse por dos lados
de improviso se parece mucho a una emboscada bien meditada». La gente limítrofe
como los Banu Sajr es poco digna de fiar, ni campesina hasta el punto de haber
olvidado los hábitos rapaces de los beduinos, ni bastante beduina para recordar
el estricto código de honor del desierto. (La madre de Lawrence me enseñó un
proverbio escocés al mencionar otra frontera: «La orilla es la peor parte de la
telaraña»). Los fallidos ladrones se adelantaron a Bayir para notificar la
llegada de la columna. El jefe compensó lo sucedido con una gran fiesta. Hubo
una recepción pública a la que asistieron todos los hombres y caballos,
vítores, tiros al aire, galopes, caracoleos y nubes de polvo. «Dios dé larga
vida a nuestro jerife», chillaron en honor de Alí, y, en el de Lawrence:
«Bienvenido seas, Awrans, precursor de la lucha».
Abd al-Qadir, presa de los celos, trepó a la alta silla mora de su yegua
y, con siete argelinos detrás, la hizo piafar y girar, gritando « ¡Hupe!
¡Hupe!» y disparando su pistola. El jefe de los Banu Sajr suplicó a Alí y
Lawrence: «Señores míos, detened a vuestro servidor. No puede montar ni apretar
el gatillo, y, si hiere a alguien, se habrá terminado este día afortunado». Y
eso a pesar de que ignoraba la reputación de la familia del argelino por
«muertes» accidentales en Damasco. Su hermano Muhammad Said había causado tres,
una tras otra, de modo que Alí Riza, gobernador de la ciudad y pro árabe
secreto, comentó en cierta ocasión: «Hay tres cosas imposibles: que los turcos
ganen la guerra; que el Mediterráneo se vuelva champaña, y que yo me halle en
la misma habitación que Muhammad Said estando él armado».
Alí tuvo que atender a una diligencia antes de la cena. Faisal había
enviado un pelotón de obreros negros para que arreglasen un pozo, el que
Lawrence y Nasir compusieron con gelinita al encontrarlo cegado en la marcha a
Aqaba. Habían vivido durante meses de la hospitalidad de los Banu Sajr y no
habían movido un dedo. Alí los juzgó, los condenó y mandó que los azotasen sus
criados negros lejos de las miradas. Regresaron andando con dificultad, le
besaron las manos en señal de arrepentimiento y participaron en la cena, que se
sirvió inmediatamente.
La hospitalidad de los Banu Sajr superaba la de los Huwaytat. Comieron
con voracidad, por hambre y urbanidad, el arroz y el carnero, tan rociados de
grasa licuada que se pringaron los vestidos y caras. El ritmo se hacía más
lento en el instante en que Abd al-Qadir se levantó con un gruñido, se limpió
las manos con un pañuelo y se sentó en un rincón. Miraron a Alí, que se encogió
de hombros. Acabaron de hartarse y se lamieron los dedos. Alí carraspeó como
estaba prescrito, entró la segunda tanda de comensales y después aparecieron
los chiquillos. Uno, de cinco años, de camisa sucia, comió a dos manos; al fin,
con el estómago dilatado y la cara brillante, se retiró apretando una enorme
costilla contra su pecho. El esclavo del jefe devoró aparte la porción que se
le reservaba siempre: la cabeza. La partió y chupó los sesos. Los perros
trituraban huesos delante de la tienda.
Abd al-Qadir no se había portado mal según las reglas de la frontera,
que permitían que se abandonase el banquete en cualquier momento; pero había
injuriado a Alí, jerife y héroe, según las del desierto. Por ello, el argelino
estaba avergonzado y, para ocultarlo, se comportó peor: escupió, gruñó, se
mondó los dientes, mandó que le trajeran su botiquín y tomó un medicamento,
murmurando que carne tan dura le había dado indigestión. Era abominable.
Lawrence había conocido a un jeque que tenía una cicatriz en la mejilla
derecha: tragaba enormes bocados, educadamente, en un festín, cuando empezó a
ahogarse; no pudiendo hablar, pero queriendo significar que su atragantamiento
no pretendía insultar a nadie, se cortó con la daga desde la boca a la oreja
para mostrar el trozo de carne que causaba su extraña conducta.
Tomando el café —todos, salvo Abd al-Qadir, que fue a preparar el suyo—,
se oyeron de nuevo los cañones en el segundo día de bombardeo de Gaza. Era el
momento indicado para exponer al jefe la razón de su visita. Lawrence solicitó
su colaboración para la incursión de Dara. La ausencia de Zaal y sus hombres le
aconsejó no mencionar el puente, pues no podría volarlo sin ellos. El jeque
eligió quince hombres y a su hijo Turki, de diecisiete años, codicioso como su
padre, y amigo de Alí. Lawrence le regaló una vestidura de seda, con la cual se
pavoneó por el poblado, proclamando que debía avergonzarse quien no participara
en la aventura.
Partieron aquella noche de Bayir. El jefe de los Banu Sajr quiso visitar
la tumba de un antepasado, próxima a la del hijo de Awda, pues, en vista del
gran peligro a que se exponían, añadiría un cordón de tocado a las ofrendas que
cubrían la losa sepulcral. Como la incursión era idea de Lawrence, le pidió
uno. El joven le entregó un cordón de seda roja trenzado con plata, comentando
con una sonrisa que el mérito de la ofrenda correspondía al dador. El
avaricioso jefe le puso en la mano medio penique, medio de fingir una compra y
hacerse con el mérito. Semanas después, cuando regresó por allí, Lawrence
advirtió que el cordón había desaparecido. El jeque maldijo al ladrón
sacrílego, alguno de los Sherari, sin duda; pero Lawrence imaginó quién había
sido el caco.
A la otra mañana, casi sucumbió a la pereza del tiempo agradable. La
venció escuchando con fines interesados el dialecto de los Banu Sajr, y tomando
notas mentales de los fragmentos de su historia que aparecían en su
conversación con ellos. La historia familiar y tribal, transmitida por
tradición oral, era el libro de la gente del desierto. A pesar de ser tediosa,
aprovechaba recordarlas en los tratos con las tribus. Al detenerse aquella
noche, se oyó con claridad el trueno de los cañones de Allenby, porque la
depresión del mar Muerto hacía que reverberase en la altiplanicie. Los árabes
musitaron: «Están más cerca. Los ingleses avanzan. ¡Dios libre a los hombres de
esa lluvia!». Pensaban en los turcos, opresores débiles y corrompidos, a los
que estimaban más en el momento de la derrota que al vencedor, el fuerte
extranjero de justicia implacable.
Por la mañana recorrieron alturas de guijarros entre los que crecían tan
densos los azafranes, que el paisaje se llenaba de oro. Al mediodía,
descubrieron camellos que trotaban en su dirección. Turki avanzó con el fusil
preparado. A un kilómetro de distancia, el jefe de los Banu Sajr reconoció a
sus parientes Fahad y Adub, guerreros famosos y capitanes del clan. Corrían a
incorporarse a la incursión. Hicieron etapa en Ammari, en Sirhan, donde había
aguadas entre montecillos llenos de sal. Su contenido era demasiado salobre. En
el fondo de un hoyo de piedra caliza, había una poza de líquido excelente, de
color amarillo profundo. Dawud arrojó a Farrach a ella; el lanzado se escondió
debajo de un saledizo rocoso. Su amigo esperó su aparición. Al ver que no salía,
se quitó la capa y saltó al agua. Le buscó. Y le encontró oculto en el lugar
descrito. Lucharon sobre la gruesa arena, y volvieron al campamento chorreando,
con la ropa desgarrada, sangrando y llenos de barro y espinas, la imagen
contraria de los petimetres que eran. Mintieron diciendo que habían tropezado
con una mata mientras bailaban, y que sería muy propio de la generosidad de
Lawrence que les regalara nuevos vestidos. No los consiguieron. Les mandó que
fueran a adecentarse.
Hubo otra alarma en la jornada siguiente. Resultó falsa. Un centenar de
la tribu de los Serahin iban a prestar acatamiento a Faisal. Podían ahorrarse
el peligroso viaje jurando lealtad a Alí ibn al-Husayn. Lo hicieron y
regresaron alborozados a sus tiendas. Prepararon otro banquete para la columna.
Después de terminado, y de intentar dormir en las alfombras llenas de
parásitos, Lawrence y Alí despertaron al anciano jefe y a su lugarteniente y
les explicaron sus proyectos. Repusieron que era imposible volar el puente
occidental de Gadara, porque los turcos habían llenado sus bosques con
centenares de leñadores militares. No podrían reconocer los centrales bajo la
guía de Abd al-Qadir, de quien desconfiaban. El puente oriental, junto a Tell
al-Shihab, se hallaba en tierras de sus enemigos de sangre, que tal vez
aprovechasen la ocasión de atacarlos por la espalda. Y, si llovía, los camellos
no podrían trotar por las llanuras embarradas del lado más distante de la línea
entre Azraq y los puentes, y la columna se arriesgaba a una muerte cierta.
La situación, por lo tanto, era pésima. Los Serahin eran su última
esperanza. Sin ellos, no destruirían el puente el día convenido con Allenby.
Alí ibn al-Husayn y Lawrence congregaron a los mejores hombres de la tribu y,
con la asistencia del jeque de los Banu Sajr, Fahad y Adub, procuraron
debilitar su prudencia con frases heroicas. Su gloria, afirmó Lawrence,
consistía en vencer la resistencia y el dolor del cuerpo con la fuerza del
espíritu. El fracaso era más excelente que el éxito, y mucho mejor desafiar el
hado hostil eligiendo el camino más seguro hacia la muerte, renunciando a los
pobres recursos de la existencia física y la prosperidad, de modo que el
destino se avergonzase de lo mísero de su triunfo. Para los hombres de honor la
esperanza desesperada era la única meta, y, si vencían y salían vivos, la
siguiente. Tenían que creer que no había victoria definitiva sino la que, tras
innumerables altibajos, llevaba a la muerte con las armas en la mano. Embrujó a
los Serahin, que, antes del amanecer, juraron seguirle a cualquier parte.
Lawrence fue entonces tan sincero como lo ha sido toda su vida, y
aquella arenga, pronunciada por imperativos de la necesidad, orienta en cuanto
a gran parte de su extraña historia. Ha sentido amor romántico por el fracaso,
la auto humillación y la pobreza. Una actitud mental adquirida en el desierto,
aunque tal vez latente en su sangre, cuya corriente española —el español es
medio árabe— se delata en la severidad de su mandíbula y en su cólera, pronta a
encenderse y a apagarse. Y a pesar de su inclinación amorosa al fracaso, el
éxito le ha mimado. Como Gertrude Bell dijo de él, «todo lo que toca florece».
Todas sus esperanzas se realizan, lanza su pan con gesto magnífico a las aguas
y se rebela al encontrarlo de nuevo (muy hinchado) al cabo de muchos días.
Cuanto más se humilla tanto más le ensalzan. El destino hostil se desquita de
él negándose a aceptar sus sacrificios, y provoca en él una amargura
filosófica, que desmiente a cada paso su tendencia natural a la amabilidad y el
afecto.
Llevaron a Abd al-Qadir a una espesura vegetal y vociferaron junto a su
oreja que los Serahin los acompañarían y él los guiaría hasta los puentes
próximos a su casa. Aceptó gruñendo. Lawrence y Alí ibn al-Husayn se miraron
uno a otro que, si se sobrevivían, jamás volverían a conspirar con un sordo.
Descansaron un par de horas y se levantaron para inspeccionar a los Serahin.
Semejaban animados, audaces y demasiado fanfarrones para que se los tomase en
serio. Y carecían de jefe, porque el lugarteniente era más político que
guerrero. Pero algo era mejor que nada, y partieron con la columna hacia Azraq.
Azraq era lugar de antiguas leyendas. Parecía encantada como al-Ramm y
las magníficas ruinas de Petra. Había albergado a reyes pastores de nombres
musicales, cuya memoria caballeresca vivía en las epopeyas árabes. Antes de
ello, acogió a una guarnición de desdichados legionarios romanos. Había un gran
fuerte en una peña, que dominaba ricos prados, palmerales y aguadas. Alí gritó
« ¡hierba!» desde un lugar elevado, se apeó de su camella y se revolcó sobre
los enhiestos tallos verdes, que le emocionaban tras el desierto de sal y
piedra. Luego, con el grito de guerra de su tribu, corrió a lo largo del
pantano, arremangando los faldones de su vestido, y chapoteó entre las cañas.
Descubrieron que Abd al-Qadir se había esfumado. Le buscaron en el
castillo, entre las palmeras, por doquier. Averiguaron al fin que, a poco de
salir del campamento de los Serahin, se había dirigido al norte, a los montes
de los drusos. No se sabía qué se proponía y todos se alegraron de su
desaparición. No había razón para su alegría. Tendrían que renunciar al
proyecto de destruir los puentes centrales, y si no podían efectuarlo en Gadara
por la presencia de los leñadores, sólo cabía destrozar un puente, el de Tell
al-Shihab. Pero sin duda Abd al-Qadir avisaría a los otomanos también de este
propósito. Consultaron con Fahad, que recomendó que no lo abandonaran,
confiando en la incompetencia usual del enemigo. Pero la decisión se aceptó con
escasa confianza.
Capítulo XX
Al día siguiente, 4 de noviembre, fueron por valles ricos en pastos y
cazaron gacelas, cuyos trozos asaron con baquetas: quemados por fuera y jugosos
por dentro. Dos guardias de corps de Lawrence se pelearon, uno destrozó de un
tiro el cordón de la cabeza del otro, y éste le atravesó la capa de un balazo.
Su jefe se interpuso, los desarmó y ordenó que les cortaran el pulgar y el
índice derechos, con el deseado efecto de que se abrazasen con fuerza y sus
compañeros se responsabilizaran de su buena conducta. Lawrence nombró juez a
Alí ibn al-Husayn, que los comprometió a portarse bien. Como sello de esta
promesa, ejecutaron la antigua y curiosa costumbre de golpearse la cabeza con
el borde de una daga pesada hasta que la sangre se deslizó hasta la cintura. Las
heridas, sin importancia, le servirían de recordatorio.
En Abu Sawana, donde llenaron los odres con el agua deliciosa de un
amplio estanque, vieron a lo lejos una partida de jinetes circasianos enviados
para comprobar si la aguada estaba ocupada. No coincidieron en ella por
cuestión de minutos. El 5 de noviembre, llegados al ferrocarril, Lawrence y
Fahad, que lo exploraron al anochecer, recorrieron ocho kilómetros más allá sin
interrupción. Acamparon en una depresión de cinco metros de hondo, donde había
pasto para los animales, y próxima a la vía, cuidando que los camellos no se
dispersaran y andando con la cabeza gacha para que no los descubrieran posibles
patrullas enemigas.
Alí ibn al-Husayn y Lawrence decidieron ir a Tell al-Shihab a volar el
puente y regresar al alba. Aquello significaba recorrer ciento veintiocho
kilómetros en las trece horas que duraba la oscuridad. Como los indios no
soportarían la marcha, Lawrence escogió a los seis mejores jinetes con las seis
mejores monturas, y a Hasan Shah, el admirable oficial, con una sola
ametralladora. Los Serahin, de cuya capacidad bélica desconfiaban, guardarían
las bestias, mientras un grupo de los Banu Sajr avanzaban con la gelatina
explosiva. Por lo tanto, los combatientes fueron Fahad y veinte hombres de los
Banu Sajr, los siete indios, cuarenta Serahin, Alí ibn al-Husayn con seis
esclavos, Wood y Lawrence con ocho de sus sirvientes. El resto de la partida,
en el que figuraban dos criados enfermos de Lawrence, los aguardaría en Abu
Sawana.
Encontraron en el camino a un vendedor con dos mujeres, dos asnos y una
carga de uvas, harina y capas, que se encaminaban a la estación más cercana, y
uno de los Serahin los custodiaría hasta el amanecer para que no avisaran al
enemigo; después, por la línea férrea, se reuniría con la reserva de Abu
Sawana. Luego un pastor disparó contra ellos sin herir a nadie. Ladró un perro.
Hallaron un camello extraviado y una mujer, tal vez una gitana, que huyó
chillando. Hicieron fuego contra ellos desde la aldea, que estaba bastante
separada. Estos incidentes los retrasaron y los indios, que cabalgaban como
muñecos de madera, contribuyeron a la dilación.
Llovió, convirtiendo la fértil llanura en un campo de patinaje y cayeron
dos animales. Un criado de Alí ibn al-Husayn desmontó protestando y su señor le
golpeó el cráneo con un palo. Cesó la lluvia y pudieron trotar. Oyeron un sordo
caer de agua. La cascada de Tell al-Shihab apareció poco después en la
oscuridad en la garganta del río Yarmuk. El puente debía de estar a la derecha.
Descargaron. La luna no había asomado aún sobre el monte Hermón, pero las
estrellas titilaban en el firmamento. Lawrence repartió la gelatina a los
Serahin —unos doscientos kilogramos en saquitos de doce kilos—, y comenzó el
descenso.
Los precedieron los Banu Sajr, al mando de Adub. Algunos resbalaron en
el terreno mojado. Habían salvado la peor parte de la cuesta, cuando
percibieron jadeos y resoplidos, y olor a humo: era el tren de Galilea que
recorría la garganta por el borde del río. El resplandor del horno mostró a
Lawrence soldados vestidos de caqui, tal vez prisioneros británicos que se
trasladaban a Alepo en vagones abiertos. Descendieron por la derecha hasta
distinguir el negro bulto del puente y, en el extremo más distante, la lucecita
del puesto de guardia. Wood y los indios montaron la ametralladora para
utilizarla contra él. Los demás continuaron adelante en fila de a uno y
llegaron al punto en que los raíles empezaban a curvarse en dirección del
puente. Se detuvieron, mientras Lawrence y Fahad avanzaban a gatas. Por fin
llegaron adonde comenzaban las vigas.
Un centinela se paseaba frente al fuego, a unos cincuenta metros de
ellos, sin pisar el puente. Regresaron en busca de los portadores de la
gelatina. Atacarían la estructura del puente, arriesgándose a que el centinela
los descubriera.
Hubo un baque y el rebote de un fusil. Alguien se había caído, soltando
su arma. El centinela se irguió sobresaltado. Vio moverse algo al resplandor de
la luna, que ya había despuntado: los ametralladores se retiraban a un lugar en
que no los iluminase. El otomano dio el alto, disparó y llamó a la guardia. Se
produjo instantáneamente una confusión, acompañada de estrépito. Los Banu Sajr
dispararon a ciegas, los indios no pudieron ametrallar el puesto, ya que se
estaban moviendo, y la guardia se lanzó a la trinchera preparada, haciendo
descargas contra los fogonazos de los fusiles de los Banu Sajr. Los porteadores
de los Serahin, a los que se había informado que la gelatina explotaría si
recibía un balazo, lanzaron los sacos al fondo de la garganta y corrieron como
alma que lleva el diablo.
Lawrence y Fahad, en el extremo del puente, no podían recobrar la
gelatina sin los porteadores y con sesenta turcos haciendo fuego en su
dirección. Corrieron hacia Wood y los indios, y les avisaron que todo había
terminado. Ascendieron al borde del precipicio, del que los Serahin se alejaban
ya con la rapidez del viento. El campo se llenó de puntos luminosos y sonaron
tiros en las aldeas inmediatas. Toparon con labriegos que regresaban de Dara, y
los hombres de los Serahin, que estaban escocidos por los elogios sarcásticos
de Lawrence sobre sus cualidades bélicas, les robaron todo cuanto llevaban. Las
víctimas pidieron socorro, los habitantes de Ramta oyeron sus gritos y una
riada de jinetes salió a cortar el paso a los invasores. Los Serahin, cargados
de botín, se rezagaron, y sus compañeros no los esperaron, porque tenían
trabajo de sobra en arrear los camellos por aquel terreno resbaladizo.
Al alba, se hallaron a salvo junto a la línea férrea, de regreso a Abu
Sawana. Cortaron los cables telegráficos de Medina, único triunfo en expedición
tan trabajosa como bien planeada. El tronar de los cañones de Allenby le
recordó su fracaso. Llovió de nuevo. En el estanque de Abu Sawana tuvieron que
justificar a sus amigos aquel desastre, tan distinto de la gloria que Lawrence
les había descrito en su arenga. Que nadie tuviera la culpa y que todos la
tuvieran, no consoló a nadie. Los dos guardias de corps volvieron a pelear;
Farrach y Dawud golpearon a uno que no quería hervir el arroz; Alí hizo apalear
a un par de sus criados… A nadie importó.
Tuvieron un conciliábulo bajo la fría lluvia. Los Banu Sajr deseaban
recomponer su honor, y los Serahin borrar su desgraciado comportamiento.
Conservaban el disparador eléctrico y catorce kilogramos de gelatina. «Volemos
un tren», propuso Alí ibn al-Husayn, y todos miraron a Lawrence, que no estaba
muy dispuesto a efectuarlo. Tras aquella noche, no les quedaría comida, lo que,
si no importaba a los beduinos, afectaría a los indios, acostumbrados a
alimentarse con regularidad. Y no se minaba un tren sin ametralladoras. Y los
indios, pese a ser musulmanes, consideraban impropio de sus principios nutrirse
con carne de camellos.
Explicó aquello a Alí, quien dijo:
—Vuela el tren, y los árabes nos pasaremos sin las ametralladoras.
Los hombres estuvieron de acuerdo con él y estudiaron lo que harían,
mientras los indios se marchaban, mohínos, hacia Azraq. Para evitarles
humillación mayor, Lawrence pidió a Wood que fuese con ellos. El británico
accedió, sobre todo porque había notado en sí los síntomas de la pulmonía. Los
sesenta beduinos partieron, bajo la dirección de Lawrence, al campamento de
Minifar, bajo la atalaya arruinada en que había estado aquella primavera.
Pusieron a la puesta de sol una mina en la alcantarilla reconstruida que
ya habían volado. Un tren pasó cuando llegaron. A aquel contratiempo se unió
otro. Después de pasar la noche en blanco, esforzándose por asentar bien la
carga debajo de un tirante del arco, y por ocultar los cables del disparador,
indicaron a Lawrence que se escondiese, puesto que llegaba una patrulla.
Mientras lo hacía, percibieron demasiado tarde, a través de la niebla, un
convoy. Se deslizó frente a ellos a gran velocidad.
Alí ibn al-Husayn se quejó de su mala suerte. Sospechando que se
hablaría del mal de ojo, Lawrence propuso que se establecieran grupos de
vigilancia y trabajo a todos, para distraerlos. Así no pensarían en su hambre.
Bajo la lluvia y el viento fríos, sin comida, su único consuelo, si lo era,
estribaba en que el mal tiempo también detenía a Allenby.
Por fin, se notificó la aparición de un tren sumamente largo, que
avanzaba muy despacio. Lawrence, que sólo tenía sesenta metros de cable, situó
el aparato de disparo cerca de los rieles, al amparo de una mata. Transcurrió
media hora sin que el convoy se dibujara a lo lejos. Llegó a su altura. Los
primeros diez vagones no tenían techo y estaban llenos de soldados. Era
demasiado tarde para modificar el plan. Lawrence bajó el asa del disparador.
No sucedió nada. Lo movió cuatro veces con idéntico resultado.
Comprendió que el disparador sufría un desperfecto, y lo sufría en el momento
en que estaba arrodillado detrás de una mata de treinta centímetros de alto y a
cuarenta y cinco metros de un convoy militar, repleto de enemigos, que se movía
con la lentitud de un caracol. Los beduinos, a doscientos metros detrás de él,
se preguntaron qué le sucedía; pero no podía correr hacia ellos, para que los
otomanos no saltasen a tierra y acabasen con todos. Por lo tanto, se estuvo
quieto como si fuese un pastor y se serenó contando los vagones que rodaban
ante él: dieciocho abiertos, tres de mercancías cubiertos y tres de oficiales.
La locomotora resoplaba cada vez más despacio y pensó que se detendría de un segundo
a otro. La tropa no reparó en su figura; en cambio, los oficiales que había en
las plataformas le señalaban y miraban.
Su cordón de oro y su blanco vestido de seda no eran los propios de un
pastor, pero estaba sucio y mojado, y los turcos no conocían bien la
indumentaria árabe. Los saludó con la mano. El tren desapareció en una
depresión que había más hacia el norte. Lawrence echó a correr con el
disparador. Apenas se hubo puesto a salvo, el convoy se paró. Tardó una hora en
recobrar la presión, y un grupo de oficiales desmontó y revisó con mucho
cuidado el terreno que rodeaba la mata. No encontró los cables, muy bien escondidos.
La locomotora bufó y desapareció.
Los árabes estaban disgustados. Los perseguía la mala suerte, gruñeron
los Serahin. Lawrence se mostró sarcástico, y los Serahin y los hombres de los
Banu Sajr, que le apoyaron, comenzaron a enzarzarse en una pelea. Alí ibn
al-Husayn llegó corriendo, morado de frío y temblando a causa de la fiebre.
Jadeó que su antepasado, el profeta, había otorgado a los jerifes el don de la
presciencia, y que, gracias a él, sabía que su suerte estaba a punto de
cambiar. La afirmación los aplacó. En efecto, la suerte empezaba a cambiar,
puesto que Lawrence pudo abrir con la daga, la única herramienta de que
disponía, la caja del disparador y arreglar el sistema eléctrico. Aguardaron el
día entero el paso de un tren. La humedad no les permitió encender fuego y
nadie quiso comer camello crudo. Sufrieron hambre de nuevo. La noche fue fría y
desapacible. Lawrence veló junto al disparador, que había vuelto a empalmar con
los cables.
Alí se despertó mejorado y dio ánimos a todos. Mataron entonces el
camello y apilaron unas ramas, que habían semi secado debajo de sus capas, y
rebañaduras de gelatina explosiva. Les avisaron en el instante de prenderles
fuego que un tren llegaba del norte. Se abalanzaron a sus posiciones. Era un
convoy de doce vagones de pasajeros, tirado por dos locomotoras; avanzaba con
rapidez pendiente abajo. Lawrence estuvo junto al disparador cuando la rueda
motora de la máquina se situó sobre la carga. El estampido fue tremendo. Le
lanzó de espaldas. Se incorporó: tenía en el brazo izquierdo un corte de muy
mal aspecto, y la camisa desgarrada en el hombro. El disparador, entre sus
piernas, había sido aplastado por un tiznado pedazo de hierro; a poca distancia
yacía el cuerpo destrozado del maquinista. Renqueó medio inconsciente hacia sus
compañeros, susurrando en inglés: «¡Ojalá no hubiese ocurrido!». Los turcos
dispararon y se desplomó. Alí, Turki, varios sirvientes y los hombres de los
Banu Sajr se precipitaron hacia él. El enemigo tomó buena puntería e hirió a
siete rescatadores en escasos segundos. Los demás transportaron a Lawrence a
sitio más seguro. Además de los moretones y cortes que le habían inferido los
fragmentos de hierro, sufría cinco heridas de bala, leves, pero dolorosas. Y su
indumentaria se había convertido en harapos.
Las dos locomotoras se habían precipitado por el vacío del puente y no
podrían repararse; tres vagones cabalgaban uno sobre otro, y los restantes
habían descarrilado. Uno, decorado con banderas, servía de sala al general que
mandaba el octavo cuerpo de ejército otomano. Los supervivientes de los
cuatrocientos soldados, repuestos del asombro, descargaban sus armas bajo la
mirada del general. Los Banu Sajr, que habían tomado cierto botín —fusiles,
sacos, cajas y algunas medallas del vagón-sala—, hubieron de retroceder. Adub
preguntó por Fahad, y uno de los Serahin dijo que había muerto durante el
asalto. Le mostró en prueba de ello, y de que él y sus amigos habían procurado
salvarle, su cartuchera y su fusil. Adub corrió a buscarle entre los turcos.
Regresó milagrosamente indemne arrastrando a Fahad, malherido en el rostro. Los
otomanos contraatacaron y los beduinos los hicieron retroceder con una descarga
que mató a veinte soldados. Después, se echaron atrás, sin dejar de hacer
fuego. Lawrence, que andaba muy despacio por culpa de sus lesiones, disimuló
ante Alí con el pretexto de que estudiaba al adversario. Cuatro proyectiles
desgarraron el pañuelo de Turki, que los cubría con sus disparos.
Llegaron por último a los camellos cuarenta hombres en vez de sesenta, y
galoparon hacia el este. A los ocho kilómetros encontraron una caravana amiga,
con harina de trigo y uvas, y bajo una higuera estéril cocinaron su primera
comida en tres días. Agregaron carne de camello, que el guardia de corps Rahail
proporcionó: había pensado en llevarse un pernil de su anterior yantar
interrumpido. Se curó a los heridos. Al otro día fueron a Azraq, exhibieron su
botín de fusiles y medallas, y fingieron regresar triunfalmente, después de
haber cumplido todos sus propósitos.
Capítulo XXI
El tiempo empeoró definitivamente y los otomanos de Palestina estuvieron
a salvo hasta el año siguiente. Alí ibn al-Husayn, Lawrence y los indios
permanecieron en Azraq, y pidieron provisiones a Faisal, necesarias para el
invierno. Limpiaron el fuerte arruinado y recompusieron parte de su tejado.
Hassan Shah y sus hombres colocaron las ametralladoras en las torres y
centinelas, lo que era inaudito en Arabia. Mataron el tiempo bebiendo café y
refiriendo narraciones. Alí y Lawrence recibieron a diario gente que se
disponía a incorporarse a la rebelión: árabes que habían desertado de los
turcos, jefes beduinos, caciques de aldeas, políticos arabo-sirios y refugiados
armenios, así como mercaderes de Damasco que les regalaron pasteles, sésamos,
caramelos, pasta de albaricoque, nueces, vestidos de seda, capas de brocado,
pañuelos de cabeza, pieles de cordero, esteras y alfombras persas. Recibieron a
cambio, café, azúcar, arroz y rollos de tela de algodón, de los que carecían
por imposiciones de la guerra. La abundancia de Azraq tendría buen efecto
político en Siria.
Durante el tiempo lluvioso Lawrence tuvo ocasión de recorrer Hawran y,
en particular, el distrito de Dara, escenario inevitable del siguiente avance
árabe. Tallal, jeque de Tafas, aldea de Hawran, consintió en guiarle. Era
guerrero de fama, que los turcos habían puesto fuera de la ley; había matado
veintitrés con sus manos. Se había puesto precio a su cabeza, pero su poder le
permitía viajar por donde quisiera. Llevaba armas de rica ornamentación, y una
capa de paño verde recamada con ranas de seda y forrada de pelo de cabra de
Angora. Sus ropas restantes eran de seda, su silla de montar estaba ataraceada
de plata y usaba botas altas. Con él, Lawrence viajó sin tropiezos hasta el
empalme ferroviario vital, que sería el teatro de fuertes combates en el mes de
septiembre de 1918. Sin embargo, parece que al regresar, después de haberse
despedido de Tallal, fue prisionero de los otomanos (le confundieron con un
desertor), y que le castigaron por negarse a obedecer una orden del gobernador
militar, un comandante. Este hecho, sumado a los graves desengaños del puente y
el tren, y al agotamiento de los meses anteriores, afectó muy de veras, según
se cree, a su sistema nervioso.
Le contaron, ya en Azraq, la historia de Abd al-Qadir. Después de su
deserción, recorrió triunfalmente los poblados con la bandera árabe, mientras
los suyos disparaban al aire en señal de regocijo. Aquello asombró a la gente,
y Chemal, el gobernador otomano, fue a protestar de aquel ultraje. El argelino
le recibió con gran pompa y le comunicó que todo el país pertenecía al jerife
de La Meca, el cual confirmaba graciosamente a los representantes turcos en
todos sus puestos. Reanudó su peregrinación triunfal. El gobernador protestó de
nuevo y Abd al-Qadir desenvainó su espada mequí, labrada en oro, y juró que le
decapitaría. Los otomanos comprendieron que estaba loco y no creyeron su
información de que se atacaría al puente de Yarmuk. Volvieron a emplearle, como
antes de su ida a La Meca, para que tuviese tratos con los nacionalistas sirios
y los traicionase.
Nevó, heló y soplaron rudos vientos. En Azraq sólo se hablaba. Lawrence
se reprochó una vez más su deseo de revelar a aquella gente, sabiendo que sus
esfuerzos más serios no la beneficiaría. Y le exasperaban los cumplidos y el
servilismo de los sirios de las ciudades, que «imploraban una audiencia» con su
«príncipe y señor y libertador». Prefería la sencillez de los beduinos, que le
abordaban con las francas palabras de « ¡Ya, Awrans! Haz eso por mí». Determinó
marcharse de nuevo. Investigaría qué podía hacerse contra los turcos en el mar
Muerto. Confió su dinero y el cuidado de los indios a Alí ibn al-Husayn. Se
despidieron el 23 de noviembre, y Lawrence se encaminó al sur con la única
compañía de su fiel Rahail.
Viajó de noche hacia Aqaba. Los camellos patinaban en la llanura mojada
y, al cabo de unas horas, se apearon desesperados y se acostaron en el barro.
Hacia el mediodía de la etapa siguiente, al norte de Bayir, dispararon contra
ellos cuatro emboscados. Preguntaron el nombre de Lawrence y declararon
pertenecer a la tribu Chazi. Que mentían lo probaba la marca de los camellos,
la de los Fayz. Saltaron al suelo sin dejar de apuntarles, y les ordenaron que
hicieran lo mismo. Los asesinarían. Lawrence conservó la sangre fría, se rió y
no se movió de la silla. Preguntó al que parecía el jefe si sabía quién era él.
El hombre avanzó con el dedo en el gatillo. Lawrence, cubriéndole con la
pistola, escondida debajo de su capa, le cuchicheó: «Debes de ser Taras (vendedor
de mujeres), porque no hay mercader más grosero». Era un gravísimo insulto que
se pagaba en el desierto con la muerte; pero el beduino retrocedió
desconcertado, sospechando que habría otros hombres en los alrededores, porque,
de no ser así, no se atrevería a injuriar a un hombre armado. Lawrence giró
despacio y ordenó a Rahail que le siguiera. Cuando se recobraron los atacantes,
se hallaban a cien metros. Hicieron fuego y los persiguieron sin darles
alcance, porque iban mejor montados que ellos. Los Fayz era una tribu muy
voluble. El verano anterior —creo que durante la marcha a Damasco—, su jefe,
miembro destacado de la lucha por la libertad, concedió su hospitalidad a
Lawrence. Dormía en gruesas alfombras, cuando le despertó un murmullo. Uno de
los hermanos del jeque le advirtió que su anfitrión había mandado mensajeros a
la guarnición turca más cercana. Lawrence huyó a tiempo. El traidor pereció
poco más tarde, asesinado probablemente por su pueblo, al que su conducta
avergonzaba.
Pasaron por Bayir durante la noche y llegaron a al-Chafr al amanecer.
Habían cubierto por mal terreno doscientos nueve kilómetros en treinta horas.
Lawrence tenía fiebre, pero mantuvo aquel ritmo, pues deseaba estar en Aqaba
antes de que se fuese de ella la caravana de Azraq que había ido a buscar
provisiones. Asimismo, quería humillar a Rahail, que siempre se jactaba en tono
agresivo, de su vigor y resistencia. Antes de Bayir, el guardia de corps pedía
un descanso; antes de al-Chafr lloraba, pero muy bajito para que su señor no le
oyera. Más allá de al-Chafr encontraron las tiendas de Awda, mas sólo se
detuvieron para comer unos dátiles. Rahail, sin fuerzas ya para quejarse,
cabalgaba pálido y silencioso. Así siguieron todo el día y toda la noche, y
cruzaron la vía férrea. La fiebre de Lawrence se había disipado. Cayó en un
trance en el que se vio como varias personas, una a lomos de camello, y otras
revoloteando en el aire y discutiendo con él. Rahail le sacó del trance al
amanecer con el grito de que se habían desviado y trotaban hacia los turcos de
Abu-l-Lisan. Enmendaron el rumbo y alcanzaron Aqaba, por el camino de al-Ramm,
a la medianoche.
En dicha ciudad le esperaba un mensaje de Allenby. Había vencido a los
otomanos en una serie de combates y tomado Jaffa y los suburbios de Jerusalén.
Deseaba verle inmediatamente. Lawrence fue por aire y se enteró al aterrizar de
que Jerusalén había caído. Allenby estaba demasiado ocupado para perder el
tiempo en detalles. Le bastaba una descripción sucinta del fracaso del Yarmuk.
Le invitó a participar en la ceremonia de la entrada en Jerusalén. El joven se
puso el uniforme británico.
Por los hechos de Aqaba, le habían ascendido a comandante y nombrado
miembro de la orden de Bath, pero, entonces como ahora, se negó a aquella y
otras condecoraciones. El alto comisario le recomendó para la Victoria Cross,
pero, con gran alivio suyo, no se la concedieron. Esa cruz no premia a los
jefes y estrategas notables, sino a los combatientes heroicos. No lo había
sido, y él mismo no lo reconoció en su informe oficial —ni lo ha reconocido
posteriormente—, y la cruz no se le podía conceder por detalles técnicos:
«Ningún oficial de grado superior estuvo presente». El más próximo se hallaba a
centenares de kilómetros, en el flanco derecho de las líneas otomanas. Le
ascendieron a teniente coronel a principios de 1918, para que tuviese el mismo
grado que el teniente coronel Joyce, considerado jefe del estado mayor de
primera clase para que tratase con el ejército árabe regular. No sería exacto
decir que Lawrence aceptó aquel rango, pues continuó trabajando de la misma
manera, fuese cual fuere el título que se le diese. La medalla del
Distinguished Service Orden (Orden de Servicios Distinguidos) premió su
intervención en la batalla de Tafila. Solicitó el cargo de coronel (poco
después de la conquista de Damasco) con enorme asombro del cuartel general, en
el que era proverbial su indiferencia a aquellos galardones. Explicó que
aspiraba a la coronelía (especial, temporal, efectiva o como fuese) para lograr
acomodo en un tren militar que recorría Italia y que sólo admitía de coronel
para arriba. Lo consiguió. Lo llama su «rango de Taranto».
Por lo que sé sólo ha usado una vez los privilegios del rango en algo
diferente de los viajes. En cierta ocasión, en un campamento de tránsito, vio
que un oficial abusaba de dos infelices soldados, agotados por la guerra, que
se paseaban por el fondo del patio de los barracones.
— ¡Venid aquí, gandules! ¡Sacad las manos de los bolsillos! ¿Por qué no
me habéis saludado? ¿No reconocéis a un comandante?
Los soldados murmuraron algo ininteligible.
—Veamos, poneos aquí. Ahora, pasad y saludadme.
Obedecieron y se alejaron precipitadamente. Los detuvo un grito del
comandante.
— ¡Alto! Repetidlo y hacedlo bien.
Saludaron de nuevo.
—Un momento, comandante —dijo una voz a sus espaldas—. Olvida usted
algo.
El oficial dio media vuelta y se encontró ante un joven de cara
macilenta, destocado, que llevaba en las hombreras las insignias de coronel:
Lawrence. El comandante saludó aturrullado; los soldados, muy a su gusto, se
marcharon sonriendo. Lawrence los paró.
—Lo que usted ha olvidado, comandante —dijo—, es que en nuestro ejército
se saluda, no al hombre, sino al grado, y que el oficial saludado tiene órdenes
del rey de responder al saludo. Pero, claro, usted ya lo sabe.
El comandante, aturrullado, no contestó.
—Por lo tanto, salude a esos hombres como debió hacerlo.
El oficial cumplió la orden y Lawrence añadió despiadadamente:
—Comandante, esos soldados le han saludado dos veces. Tiene, por lo
tanto que responder a otro saludo.
Y el oficial obedeció… Esta anécdota trae otra a la memoria. Lawrence,
poco después del final de la Gran Guerra, se paseaba de noche por la Oxford
Street londinense, con la cabeza inclinada para esquivar los calabobos. Le
detuvo un teniente coronel al que no había saludado; le acompañaba una mujer, a
la que parecía que acababa de conocer. Lawrence se quitó lentamente la
gabardina y exhibió las insignias de su rango. El teniente coronel se ruborizó.
—Puede retirarse —exclamó Lawrence.
La mujer se marchó sola.
Allenby, que estaría inactivo hasta febrero, se proponía llegar a
Jericó, que está al norte del mar Muerto. Lawrence le prometió que el ejército
árabe enlazaría con el suyo en aquella ciudad, con tal de que las cincuenta
toneladas de víveres, que se enviaban a diario a Aqaba, se despostasen en
Jericó. Podrían abandonar Aqaba como base, porque no la amenazaban los turcos
(pronto se retirarían de Abu-l-Lisan a trincheras abiertas en los aledaños de
Maan). Allenby aceptó. Le importaba que las fuerzas árabes subieran a Jericó,
ya que, en su marcha, interceptarían los suministros que los otomanos recibían
de las aldeas meridionales del mar Muerto.
De regreso a Aqaba, con un mes de ocio antes de que comenzase la
campaña, Lawrence pensó en probar los vehículos blindados en un ataque contra
el ferrocarril. Estaban en Guweyra, entre la cual y Aqaba obreros egipcios
habían abierto una carretera, con la colaboración de las dotaciones de los
autos bélicos. Los llanos de barro seco y liso les permitirían llegar sin
dificultad a los alrededores de al-Mudawwara. Fue una excursión campestre para
Lawrence. Los vehículos, a prueba de balas de ametralladoras y fusiles, volaban
sobre el terreno. Eran tres Fords con ametralladoras, media batería de cañones
ligeros en otros tres coches, Talbot, y un Rolls-Royce descapotado de
reconocimiento. Los soldados eran británicos. Disponían de carne en lata,
galletas y té, más dos mantas por barba. Además de la expedición, sin árabes,
contentaba a Lawrence la idea de que no tenía el mando. Podría observar los
acontecimientos desde una colina con los gemelos de campaña. Aquellas salidas
agradables con los vehículos blindados y los aeroplanos le animaron a enrolarse
en el ejército posteriormente, si sobrevivía. Los automóviles bombardearon y
ametrallaron a los turcos atrincherados en la estación siguiente a la de
al-Mudawwara, y como no se rindieron, y no había beduinos que cargasen contra
ellos, fueron a tratar del mismo modo a la estación siguiente. Lawrence había
comprobado la eficacia de los vehículos blindados contra el ferrocarril. Tomó
nota de ello y volvió a Guweyra aquel mismo día.
Los hermanos de Faisal, Abd Allah y Alí, asediaban aún a Medina; Yanbu
era de nuevo su base. Lawrence no convenció de la inutilidad de aquel esfuerzo
a los consejeros británicos, que dependían del alto comisario de Egipto. Cuando
le pidieron que destrozase de una vez para siempre el ferrocarril en Maan,
porque ellos no podían hacerlo desde donde estaban, fingió que sus tropas eran
demasiado cobardes para llevar a cabo aquella operación.
Capítulo XXII
Lawrence, en Aqaba, aumentó su guardia de corps, que se había iniciado
con Farrach, Dawud y los sirios. (Remitimos al lector a la Introducción, en la
que se expone el criterio seguido en la utilización de los nombres personales).
Tenía que tomar aquella precaución, porque los turcos habían aumentado la
recompensa ofrecida por su cabeza —y la de Alí ibn al-Husayn— a veinte mil
libras. Eligió a hombres que vivían y cabalgaban duro, orgullosos de sí mismos
y de buena familia. Los tres o cuatro que ya había aceptado sentaron el
criterio a que se atendría en la elección. Leía[3] un día en su tienda cuando entró sin hacer ruido un individuo de
los Agayl, delgado, moreno y bajo, lujosamente vestido y con tres trenzas
negras a ambos lados del rostro. Llevaba en el hombro una bolsa de silla,
preciosa y multicolor. La dejó con respeto en la alfombra y dijo: «Para ti».
Desapareció tan de pronto como había llegado. Al día siguiente, se presentó con
una silla de camello, de largas perillas de bronce primorosamente labradas.
«Para ti», repitió y se fue. Al tercer día, compareció vestido con una simple
camisa de algodón, en prueba de su humildad, y se arrodilló suplicando que le
admitiera en su servicio. Lawrence le preguntó cómo se llamaba. «Abd Allah el
Ladrón». Expuso que había heredado el nombre de su venerado padre y contó su
triste historia. Había nacido en una ciudad de los oasis centrales, y a edad
temprana le encarcelaron por impiedad. Se alejó después de aquellos lugares por
un escandaloso asunto con una mujer casada, y le aceptó como criado el emir
local, Ibn Saud, actual gobernador de La Meca. Le habían castigado por jurar en
ambiente tan puritano y prefirió servir a otro príncipe. Por desdicha, le
molestó tanto un superior, que lo golpeó en público con un látigo de camello.
Se recobró en la cárcel de la terrible paliza con que se castigó su
atrevimiento y fue en busca de empleo al ferrocarril de los peregrinos, que
entonces estaban construyendo. Un contratista turco cercenó su sueldo porque se
dormía al mediodía y él se desquitó cercenando la cabeza del contratista. Le
encarcelaron en Medina, se evadió por una ventana, fue a La Meca y, en vista de
su integridad y maestría con los camellos, le encargaron llevar el correo entre
la ciudad santa y Chidda. Se estableció en ésta y puso a sus padres una tienda
en La Meca con los sobornos que obtenía, ya de los mercaderes, ya de los
malhechores. Al cabo de un año de prosperidad, le asaltaron y le arrebataron el
camello con la carga. Tuvo que pagarla con su tienda. Se alistó en la policía
jerifiana y ascendió a sargento, pero le degradaron por sus palabrotas y peleas
a cuchilladas. En esta ocasión, acusó a uno de los Atayba de ser el causante de
su desgracia y le acuchilló ante el juez, Sharraf, primo de Faisal. Casi murió
de la paliza que le dieron; pero ingresó en el servicio de Sharraf. Cuando se
declaró la guerra, fue ordenanza de un capitán de los Agayl; tras el motín de
al-Wachh, el capitán se convirtió en embajador y él echó de menos el contacto
con la gente distinguida, por lo que solicitaba servir a Lawrence. Tenía una
carta de recomendación del capitán conforme a la cual Abd Allah el Ladrón había
cumplido con lealtad, pero sin respeto alguno, durante dos años; era el más
experimentado de los Agayl, puesto que había servido a todos los príncipes de
Arabia y siempre había sido despedido con azotes y encarcelamientos, fruto de
su exagerado individualismo; tras el firmante, era el mejor jinete de su gente,
con buen ojo clínico para los camellos y tan valiente como cualquier hijo de
Adán. Lawrence le nombró en seguida jefe de la mitad de su guardia y nunca se
arrepintió de ello. Se trataba sencillamente de una categoría, ya que todos
cobraban lo mismo.
Abd Allah el Ladrón y Abd Allah al-Zaagi, capitán de la otra mitad,
hombre más normal, escogieron a los candidatos y se formó alrededor de Lawrence
una banda de bribones temerarios, que los británicos de Aqaba describieron como
rebana-cuellos, pero sólo los rebanaban si Lawrence se lo ordenaba. La mayoría
era Agayl, que mandaban a sus monturas desde cien metros de distancia y las
obligaban a estar quietas junto al equipaje. Cobraban seis libras mensuales y
percibían camellos y raciones alimentarias. Gastaban su sueldo sobre todo en la
compra de ropas de todos los colores imaginables, exceptuando el blanco, que
era el de su señor. Peleaban como diablos con los turcos y desconocidos, pero
no entre ellos. El Ladrón y al-Zaagi mantenían la disciplina con castigos tan
severos, que habrían sido monstruosos, si ellos no hubiesen aceptado sufrirlos
con orgullo. Sentían por Lawrence devoción ciega, casi supersticiosa, y cerca
de sesenta murieron en su servicio. La hazaña individual más sobresaliente de
la guerra fue la de uno de ellos que, por dos veces, entró en Medina a nado,
por un conducto subterráneo de agua, y regresó con un informe cabal de la
ciudad sitiada. Lawrence tuvo que mantenerse a su altura. Todos tenían la misma
resistencia, pero él los aventajaba en ánimo y energía. Durante la campaña,
cumplió una secreta ambición personal más fuerte que todas las intenciones,
propósitos y pasiones, y sólo gracias a ella se entienden sus gestas. Mas, poco
después de la toma de Damasco, esa ambición desapareció, y así se explica que
abandonase tan aprisa el teatro de sus triunfos y cediese a otros la tarea de
consolidar lo conseguido por los árabes; y también mucho de lo que ha sucedido
después.
* * * *
El 11 de enero de 1918, Nasir atacó Churf, la estación ferroviaria más
próxima a Tafila, grupo de aldeas del extremo meridional del mar Muerto. Le
acompañaron algunos Banu Sajr, soldados regulares mandados por Nuri Said (jefe
de estado mayor del general Chafar, que dirigía las fuerzas de Faisal), un
cañón de montaña y varias ametralladoras. Tuvieron la suerte de apoderarse de
la estación. Los camelleros de la tribu cargaron, anticipándose a las órdenes
de Nuri Said, y sólo murieron dos. Los ingenieros volaron un par de
locomotoras, la torre del agua, una bomba y los cambios de vía. Capturaron
doscientos prisioneros, siete oficiales, armas, mulos y siete camiones con
exquisiteces de Damasco destinadas a la oficialidad de Medina. Un camión
reventaba de tabaco. Faisal, enterado de que la guarnición medinesa no tenía
nada que fumar, se apiadó de ella, por ser un fumador empedernido, y envió
camellos con cigarrillos baratos a sus líneas, con saludos cordiales.
Lawrence se alegró de que el ejército se portase tan bien sin su
colaboración. Fue con Nasir y Awda, y los hombres de la tribu de éste, de
al-Chafr a Tafila. Desde el alto borde del valle, Nasir avisó a los habitantes,
al alba, que los bombardearía si no se rendían. Era un farol, pues Nuri Said
había vuelto a la base con la artillería, y los otomanos debían de saberlo.
Tanto ellos como casi todos los aldeanos dispararon a los Huwaytat, que se
diseminaron por el borde del acantilado y les respondieron. Pero Awda, dominado
por la ira, descendió por el culebreante sendero y se detuvo en las
inmediaciones de las casas.
— ¡Perros! —bramó—. ¿No reconocéis a Awda?
El terrible nombre espantó a los aldeanos, que obligaron a los turcos a
deponer las armas.
Tafila preocupaba mucho a Zayd, hermano de Faisal, que le envió con más
cañones y ametralladoras para que se encargase de las operaciones del mar
Muerto. Los Abu Tayi de Awda y sus enemigos, también de la tribu de los
Huwaytat, los Multalga, dos veces más numerosos que ellos, compartían la
ocupación del lugar. Entre ellos había dos muchachos de buena cuna, cuyo padre
había matado Annad, hijo de Awda. El homicida había muerto a manos de los tíos
de los jóvenes. Awda hizo gala de gran magnanimidad con los muchachos, que no
habían olvidado la muerte de su padre y se disponían a vengarle. El viejo jeque
amenazó con perseguirlos a latigazos por el zoco. Zayd se anticipó a lo que
temía. Pagó con generosidad los esfuerzos de Awda y le envió a sus tiendas.
Todo se calmó en Tafila. Zayd poseía mucho dinero y comida para sus fuerzas, y
los aldeanos, que se habían unido a los turcos sólo porque su odiado vecino
apoyaba a Faisal, se sumaron a la rebelión.
El 24 de enero se supo que los otomanos habían salido de Karak con la
intención de reconquistar el poblado. Lawrence se asombró de ello, porque
Tafila no tenía utilidad para ellos; su única esperanza de conservar Palestina
frente a las tropas de Allenby era conservar todos los hombres en la defensa
del río Jordán. Aquello debía de ser un capricho, y contradecía el sentido
común estratégico. Mandaba al enemigo el general de la guarnición de Ammán, que
se presentó con unos novecientos soldados de infantería, cien de caballería,
veintisiete ametralladoras y dos obuses de montaña. La caballería rechazó a los
árabes montados que custodiaban Tafila por el norte. Hacia el ocaso estaban a
un kilómetro y medio de distancia. Lawrence se opuso enérgicamente al proyecto
de Zayd de abandonar la aldea y guarecerse en los acantilados meridionales del
valle, por dos razones: los aldeanos se ofenderían si los abandonaban, y los
turcos podían llegar a los acantilados desde el este y cortarles la retirada.
Zayd le escuchó. Defendería los acantilados septentrionales, pero no antes de
que la gente del pueblo se marchara con los bienes que podían transportar.
Hacía frío y el viento era duro en Tafila, que estaba a mil doscientos
metros sobre el nivel del mar. Lawrence estaba malhumorado. Los turcos pagarían
su codicia y estupidez. Les ofrecería la batalla que tanto ansiaban y se
arrepentirían de ello. Por primera y única vez renunció a la movilidad, y se
clavó en el terreno, y Zayd, escarmentado por su derrota en Rabig, se lo
permitió.
Toda la noche hubo disparos en el norte. Los aldeanos resistían a los
turcos y Lawrence les envió a los dos muchachos de los Mutalga, enemigos de
Awda, a animarles en su resistencia, porque les ayudarían. Los muchachos se
fueron a caballo, con un tío y veinte parientes más, es decir, cuantos lograron
reunir en la confusión. Frenaron la caballería otomana hasta que amaneció.
Lawrence envió ante todo al frente a Abd Allah, oficial mesopotámico de
Faisal, con dos armas automáticas. Debía comprobar la fuerza y la posición del
adversario. Encontró a varios miembros de su guardia de corps recogiendo los
objetos desparramados en la calle durante la huida, y les ordenó que subiesen
con sus camellos a lo alto de los acantilados septentrionales, por un camino
largo y tortuoso, y regresasen con otra ametralladora. Subió descalzo por el
despeñadero a la meseta septentrional, y encontró un saliente de doce metros de
altura, ideal para apostar hombres en él, si los encontraba. Por fin, encontró
a veinte de los Agayl, de la guardia personal, en una depresión, y los despachó
al saliente con palabras violentas. Allí representarían el papel de escuchas de
una fuerza nutrida. Les entregó su sello como signo de autoridad y les ordenó
que reclutasen todos los hombres que pudieran, incluidos sus demás compañeros
de la guardia de corps del emir.
La llegada de Abd Allah había envalentonado a los aldeanos y los
Mutalga. Entre todos empujaron a la caballería turca hasta la esquina de una
llanura de tres kilómetros de ancho, de configuración triangular, con el monte
como base y otro más bajo que servía de lado izquierdo a la supuesta figura
geométrica. Los árabes ocuparon posiciones defensivas en éste. Lawrence bajó
hacia ellos hasta que estuvo bajo fuego artillero. El cuerpo otomano principal
bombardeaba el monte bajo en que estaban los resistentes, mas los proyectiles
volaban demasiado altos. Encontró a Abd Allah cuando volvía a informar a Zayd:
el mesopotámico había perdido cinco hombres y un arma automática en el fuego
artillero, y había agotado sus municiones. Pediría al emir que se adelantase con
todas las tropas disponibles. Lawrence fue al monte más bajo.
Llegado a él advirtió que los turcos habían bajado el tiro y que las
granadas reventaban sobre los árabes. Debía de ser obra de un grupo de
observación, que orientaba a los artilleros. Lo vio a la derecha. Los turcos no
tardarían en expulsarlos de allí. Los Mutalga disparaban de arriba, y los
infelices campesinos, despeados y miserables, habían gastado sus municiones. Le
gritaron que habían perdido la batalla. Les contestó alegremente que acababa de
empezar, señalando al borde del acantilado, porque allí estaban las fuerzas de
reserva. Les recomendó que se llenasen las cartucheras y subiesen a lo alto del
despeñadero.
Los Mutalga, después de defender su posición otros diez minutos, sin
bajas, hubieron de retroceder. Atraparon a Lawrence, que iba a pie, y uno de
los jeques jóvenes le dijo que se sujetase a un estribo mientras corría.
Lawrence contó sus zancadas (así se distraía del dolor de trotar descalzo sobre
ramas cortantes y piedras). En el saliente de reserva, encontró ochenta
hombres, a los que se agregaban otros constantemente: el resto de su guardia de
corps con su arma automática, cien hombres de los Agayl y otras dos
ametralladoras. Los turcos estaban ocupando la altura que los Mutalga habían
abandonado, y mandó que disparasen de cuando en cuando los fusiles automáticos,
haciendo fuego bajo, para que los otomanos dilatasen su ataque. Zayd llegó con
el resto del ejército mediada la tarde. Veinte muleros, treinta jinetes
Mutalga, doscientos aldeanos, cinco rifles automáticos, cuatro ametralladoras y
un cañón egipcio de montaña.
Lawrence había bromeado durante todo el día sobre las tácticas
militares, que sustanciaba con frases de los libros de texto. Había dicho al
joven Mutalga que el gran Clausewitz había sentenciado que una retaguardia
resulta más útil existiendo que actuando. Pero veinte ametralladoras otomanas
disparaban contra ellos y distrajeron al muchacho, en el supuesto que hubiese
podido entender la broma. Ya tenía oficiales regulares árabes, adiestrados por
los turcos, para comprobar su talento estratégico. Envió a Rasim, entonces jefe
de la caballería, y no artillero, como solía, para que envolviese el ala
izquierda del enemigo, añadiendo instrucciones guasonas como «atácalos en un
punto, no en una línea. Siendo un ala finita, se encontrará reducida a un solo
punto, es decir, a un hombre». Rasim, muy divertido, prometió volver con aquel
hombre. Se llevó cinco fusiles automáticos y toda la tropa montada. El Mutalga
de más edad, desenvainó la espada y le espetó un discurso heroico llamándola
por su nombre (las espadas árabes, como las de la caballería medieval europea,
lo tienen). Se deslizaron al amparo del lado derecho del llano triangular.
Mientras lo hacían, se presentaron cien pastores de la comarca, que el día
antes se habían indispuesto con Zayd por cuestión de las soldadas, pero se
arrepintieron de su enfado al oír el combate.
El general Foch aconseja en algún texto que se ataque sólo por un
flanco, pero Lawrence decidió mejorar el consejo con una improvisación. Mandó a
los pastores con tres fusiles automáticos hacia la izquierda. Como conocían
cada palmo del terreno, llegaron sin ser vistos a trescientos metros del
extremo del ala derecha otomana. El enemigo había colocado las ametralladoras
en línea en la cima, sin montar centinelas o cualquier apoyo en sus flancos.
Lawrence los entretuvo con los disparos de cuatro ametralladoras y las
esquirlas que arrancaron de las rocas fueron tan peligrosas como las balas.
Se ponía el sol. La inesperada resistencia empezó a desanimar a los
turcos. Su general dijo: «En cuarenta años de servicio, nunca lucharon los
rebeldes de esta manera. Hay que avanzar». Era demasiado tarde. Rasim y los
pastores barrieron los servidores de las ametralladoras que había en cada
flanco. El grueso del contingente árabe se lanzó adelante, con la bandera
encarnada de los Agayl ondeando al viento. Lawrence se quedó con Zayd, que
aplaudió cuando el centro del enemigo cedió y escapó hacia Karak. Detrás de los
musulmanes, corrieron aldeanos armenios, deportados durante el genocidio de su
pueblo, con largos cuchillos y clamores de venganza.
Entonces Lawrence comprendió su error. Su burla de la táctica de una
batalla, y su deseo de desquite personal, habían generado una carnicería inútil
y la pérdida de amigos árabes. Los supervivientes turcos trepaban un
desfiladero abrupto volviendo a Karak, los acodaba toda la fuerza rebelde.
Renunció al intento inútil de contenerlos. Sólo cincuenta otomanos agotados
volvieron a su base. Los árabes los persiguieron alrededor de un kilómetro y
medio, pero los campesinos que había a lo largo de la carretera los abatieron
uno tras otro.
Los rebeldes capturaron dos obuses, veintisiete ametralladoras,
doscientos caballos y mulos, y doscientos cincuenta prisioneros. Los cadáveres
de veinte o treinta árabes fueron llevados a Tafila, y su visión avergonzó a
Lawrence. Comenzó a nevar y el viento se transformó en ventisca. Recobraron
tarde y con dificultad a sus heridos; los de los turcos quedaron en el campo y
habían muerto al día siguiente. La tempestad de nieve atajó el deseo de
Lawrence de recorrer los lugares de su victoria. Se entretuvo redactando, con
su letra de colegial, un informe para el cuartel general británico en
Palestina. Como la batalla, fue una parodia de los tópicos militares de los
despachos militares, y tuvo el disgusto de que se premiasen los dos con la
Distinguished Service Order.
Recobró la propia estimación tres días más tarde con la tarea mucho más
importante de interrumpir el suministro de víveres en el mar Muerto, a petición
de Allenby. Se puso de acuerdo con un jefe beduino de Bersabee para que atacase
las embarcaciones turcas en un puertecillo, al sur de Karak, en el extremo
sudoriental de dicho lago. Fue una de las dos ocasiones, en la historia
británica, en que jinetes combatieron contra barcos y los hundieron. Los
beduinos sorprendieron, al clarear, a los marineros dormidos en la playa,
barrenaron las lanchas y botes, y saquearon el puerto. Hicieron sesenta
prisioneros, quemaron el almacén y se marcharon sin sufrir una sola baja.
Lawrence, en su irónico informe, solicitó una Distinguished Service
Order naval, cuya cinta tiene color distinto. Pero el cuartel general se dio
cuenta de que le tomaba el pelo, lo cual no obstó a que reiterara más tarde
pretensiones tan ridículas.
* * * *
En Tafila hacía más frío que antes. Abundaba la comida, pero Lawrence no
pudo soportar el confinamiento de sus veintiséis hombres en dos habitaciones
minúsculas, las pulgas, el humo de la madera verde, las goteras del tejado de
barro y el humor de sus guerreros. Un sirio, que ya había dado trabajo antes de
la marcha del río Yarmuk, se peleó a cuchillazos con Mahmas, conductor de
camellos. Se hubiera descrito en Europa a Mahmas como maniático homicida,
atendiendo a lo cual tal vez el sirio no fuese culpable. Cuando le llevaban la
contraria, se reían de él o sentía el antojo, Mahmas empuñaba su daga y abría
en canal a su interlocutor. Había matado así a tres hombres, y correspondía a
Lawrence la desagradable tarea de desarmarle en tales momentos. Después de la
Gran Guerra, Eric Kennington estuvo en Transjordania dibujando retratos de
árabes. Uno de sus modelos fue, sin conocer su historial, Mahmas. Mientras
trabajaba, notó que los ojos del modelo se volvían hacia arriba de manera
extraña y que se le contorsionaba el semblante. De pronto, se dirigió hacia él
con la daga en el aire. Kennington simuló que no se daba cuenta y se inclinó
despacio para recoger un pedazo de clarión. Aquello le salvó la vida. Se calmó
el arrebato, y Mahmas fue tan simpático como antes. Kennington esbozó la daga
como recuerdo del episodio.
Por aquella pelea —hacerlo en el cuerpo de guardia se penaba
inexcusablemente—, al-Zaagi le azotó con crueldad, y el mismo trato mereció el
otro contendiente. Lawrence, que estaba en la otra habitación, no soportó el
ruido de los latigazos tras su experiencia de Dara y detuvo al capitán antes de
que fuese demasiado lejos. Mahmas lloró antes del castigo, y se le consideró un
cobarde. Al sirio, que aguantó el tormento sin queja, Lawrence dio un pañuelo
de cabeza de seda bordada por sus leales servicios; no le explicó el verdadero
motivo del regalo. Hecho esto, distribuyó su guardia entre varias casas, como
aconsejaba la belicosidad de los hombres hacinados. Mejoró el tiempo y fue en
busca del oro que Zayd necesitaba para pagar a las tribus por cuyo territorio
avanzarían.
Se dirigió con cinco hombres a Aqaba el 4 de febrero de 1918. La
travesía de los montes, en medio de tolvaneras de nieve y con frío glacial, fue
penosa. Por la noche, resguardados en un hueco rocoso, sus acompañantes se
resignaron a morir. No podían moverse ni hablar cuando los despertó, y hubo de
tirar las trenzas de uno para que se levantara y los otros le imitasen. Faisal
le entregó en Aqaba treinta mil libras en oro, más una escolta de dos
individuos de los Atayba y veinte más a las órdenes de un jeque. El oro ocupaba
mil talegas, cada una de las cuales pesaba alrededor de diez kilogramos. Los
camellos sólo podían llevar dos atadas a los lados de la silla. Apenas
iniciaron la marcha, el jeque se paró en la tienda de un amigo; quizá, si el
tiempo mejoraba, se reuniría con Lawrence al día siguiente. Barruntando lo que
aquello implicaba, el joven se fue para que le buscasen, al menos por
vergüenza, a la otra mañana. Sus hombres, oriundos de la Arabia central, nunca
habían conocido frío como aquél y sus pulmones doloridos les hicieron pensar
que se asfixiaban. Llegaron a la colina en que Mawlud y los suyos sitiaban a
los turcos de Maan, y se pararon entre ellos, con el fin de no dejar atrás un
campamento amigo sin estar cierto tiempo en él.
Los sitiadores hacía dos meses que se albergaban en refugios excavados
en la ladera, sin más combustible que matas de ajenjo, con las que apenas
lograban cocer el pan cotidiano. Vestían uniformes caquis de verano, y Egipto
respondió a las demandas del representante de Faisal, que deseaba otros más
gruesos, diciendo que Arabia era un país tropical y, por lo tanto, aquéllos
bastaban. También estaban faltos de botas militares. (Las tropas regulares las
tenían, en general. Las irregulares no, pese a que eran imprescindibles).
Dormían en oquedades húmedas y plagadas de insectos, sobre sacos vacíos de
harina, apiñándose siete u ocho para darse calor y aprovechar bien las mantas.
Más de la mitad murió o enfermó. Pero Mawlud retuvo con bravura a los
supervivientes en sus puestos, desde los que cambiaban disparos con los
otomanos. Su campamento estaba a mil doscientos metros sobre el nivel del mar.
El viaje empeoró. Menudearon las caídas. La violencia del viento no les
permitía sino avanzar dos kilómetros cada hora, y habían de desmontar cada dos
por tres para guiar a los camellos en los ribazos embarrados y riachuelos
helados. Luego de muchas horas de esfuerzo, los hombres se tiraron al suelo
llorando. Se negaron a avanzar; por lo tanto, acamparon en el lodo, entre los
animales. Llegados al día siguiente a un aduar de los Huwaytat, los dos Atayba
se opusieron a acompañar a Lawrence: preferían morir. Lawrence, reprochando su
cobardía, juró que haría solo el resto del viaje, con sus cuatro talegas y las
dos que él transportaba. Tenía una espléndida camella de color cremoso, llamada
Wudayda, la cual le salvó la vida. Se negó a atajar por unas planicies lodosas
y heladas, y, cuando él cayó y quedó hundido hasta la cintura en el cieno, le
alargó una pata para que se asiera de la cerneja. Viajó dieciséis kilómetros
aquella tarde e hizo alto en un castillo de los cruzados, donde acampaba un
jefe amigo. El anciano, mientras bendecía la comida, dijo que sus doscientos
hombres pasarían hambre al día siguiente o tendrían que robar, puesto que
estaban faltos de víveres y dinero, y la nieve había impedido que su enviado se
presentase a Faisal. Lawrence le entregó quinientas libras a cuenta del
subsidio que recibiría.
Partió del castillo hacia Tafila con dos subordinados del jeque, quienes
debían escoltarle. Pronto le abandonaron. Wudayda ascendía por la falda de una
colina en que la nieve ocultaba el sendero. Estaba muy cansada, dio un paso en
falso y resbaló cuesta abajo hasta un cúmulo nivoso. Se incorporó temblando y
se quedó inmóvil. Lawrence la empujó, estimuló, golpeó y montó sin lograr que
se moviera. Se cortó las muñecas y los tobillos con los fragmentos de hielo, al
abrir un camino hasta el sitio desde el que habían caído, cabalgó de nuevo y
llegaron a lo alto. Se adelantaron con cautela, tanteando y sondando la nieve.
Al cabo de tres horas, pisaron la cima que dominaba el valle del mar Muerto.
Había huertos verdes en aquel paraje de verano casi eterno. Wudayda, hacia el
anochecer, se espantó ante una masa de nieve. La hizo retroceder y atacó el
obstáculo al trote, lo salvó y resbaló sobre los cuartos traseros unos treinta
metros, con Lawrence en la silla. Las piedras ocultas la lastimaron y corrió
rabiosa, patinando trastabillando, por el sendero de la aldea más cercana.
Lawrence se aferró a las perillas para no romperse un hueso. Algunos soldados
de Zayd, retenidos en el poblado por la inclemencia del tiempo, se rieron de su
aparición, tan grotesca. Lawrence anduvo sin percance los últimos doce
kilómetros que le separaban de Tafila, entregó dinero y cartas a Zayd, y se
acostó con un suspiro de placer.
Para proyectar el ataque árabe, fue a la mañana siguiente a Karak y la
orilla oriental del mar Muerto. La mejoría del tiempo auguraba que avanzarían
sin dificultad. Jericó, dominada por los turcos, exigía que se hostigase el
flanco izquierdo del enemigo, que se hallaba en la ribera oriental del Jordán.
Explicó sus planes a Zayd. Pero el distrito de Tafila había sufrido tanto con
los vaivenes de la rebelión, que optaba por no arriesgarse más por ella. El
emir reconoció que no podía hacer nada.
Aquello preocupó a Lawrence, que había prometido a Allenby cumplir
determinados programas en fechas precisas, y había recibido créditos especiales
con tal fin. Todo se iba al traste no por causas militares, sino por
deficiencia de la propaganda, para la que le habían enviado al cuartel general
de Faisal. No le dejaba en buen lugar.
Debía presentarse en seguida a Allenby, reconocer su fracaso y dimitir.
Partió aquella misma tarde con cinco hombres, caminando a través de la región.
Descendió, ante todo, mil quinientos metros desde los montes de Tafila y subió
después novecientos en Palestina. En Bersabee estaba su viejo amigo Hogarth, al
que contó lo que ocurría. Que su incapacidad se hubiera declarado estando con
Zayd, hombrecito que le gustaba, daba una idea de su agotamiento. Se quejó que,
desde que había desembarcado en Arabia, no se le había dado una orden, sino le
habían formulado peticiones y ofrecido libertad de decisión. Estaba harto de
ello. Se proponía dimitir y solicitar un puesto en el que no tuviera que
pensar, sino obedecer; un cargo rutinario. En un año y medio había recorrido en
camello mil seiscientos kilómetros mensuales, eso sin contar los millares en
aeroplanos inestables y vehículos traqueteantes. En cada uno de los cinco
últimos combates había sido herido, y el miedo a experimentar más dolores le
obligaba a hacer un esfuerzo cuando se trataba de luchar. Había sufrido hambre
constantemente y, en tiempo más cercano, frío. La escarcha y la suciedad habían
infectado sus heridas, que eran llagas crecientes. Y le abrumaba la explotación
de los árabes y el recuerdo de los muertos en Tafila.
No se saldría con la suya. Hogarth le condujo al jefe del Arab Bureau,
que no consintió que dimitiera. El gabinete imperial de guerra esperaba que
Allenby resolviera el empate bélico de Occidente triunfando en Oriente. Si
conquistaba Damasco y, tal vez, Alepo, los otomanos habrían de rendirse, y
aquello quizá estimulase a Austria y Bulgaria a imitarles; los alemanes, en tal
caso, no resistirían mucho. Pero Allenby no obtendría la victoria con el flanco
derecho desprotegido, y Lawrence era el único hombre apto para conseguir
aquello de los árabes. Unos cuantos miles de libras esterlinas para conseguirlo
serían una fruslería. Por consiguiente, le ordenaron en aquella ocasión, como
quería, que aceptase, y él se resignó a lo inevitable.
Allenby deseaba saber si podía aún enlazar con él en Jericó, recién
conquistada, y avanzar hacia Ammán. Lawrence respondió que necesitaría mucha
ayuda. Maan, que frenaba al ejército árabe, debía ser tomada y el tren de los
peregrinos interrumpido definitivamente. Los rebeldes podían hacerlo siempre y
cuando se les proporcionasen setecientos camellos de carga, dinero, artillería,
ametralladoras y protección de un contraataque desde Ammán. Allenby prometió
todo aquello, y Lawrence prometió, por su parte, que, caída Maan, el ejército
musulmán se uniría en Jericó a la gran ofensiva de Damasco, desde el
Mediterráneo al mar Muerto.
Contó a Faisal, en Aqaba, que los turcos expulsarían a los beduinos de
Tafila, plaza que ya no importaba. Ammán y Maan serían en adelante sus
objetivos primordiales, y la guarnición otomana en Tafila representaría un
malgasto del poder enemigo. Faisal, puntilloso defensor del honor de su pueblo,
avisó a Zayd. Fue en vano. Seis días más tarde, los turcos le echaron de
aquella población.
Capítulo XXIII
Había llegado la primavera, y con ella se reanudó la guerra con
virulencia. El ejército árabe, provisto ya de cuanto deseaba, como transportes
y suministros, menos de los cañones necesarios, recibió la ayuda de una rama
especial del estado mayor de Allenby, a las órdenes del coronel Dawnay, que
cuidaría de sus intereses. Dawnay, escribe Lawrence, fue el único militar
británico que aprendió la diferencia entre una rebelión nacional, de
combatientes irregulares, y una guerra moderna, de grandes ejércitos modernos,
y que pudo satisfacer a ambas sin crear confusión.
Para tomar Maan, se convino que los vehículos blindados se presentarían
en al-Mudawwara e interrumpirían el ferrocarril permanentemente, mientras que
las fuerzas regulares árabes atacarían la vía férrea a un día de marcha al
norte de Maan, para que la guarnición otomana, por miedo a quedarse sin
suministros, saliesen a combatir. Los soldados regulares podían competir con
los turcos, y sus compatriotas irregulares los ayudarían en las alas. Faisal y
Chafar aprobaron el plan; pero los demás oficiales se empeñaron en atacar
directamente la ciudad, y el viejo Mawlud escribió al emir una carta
protestando de que los británicos se entrometieran en la libertad nacional. A
pesar de los pertrechos que se recibían de Gran Bretaña, Lawrence y Dawnay
comprendieron que sería preferible que los árabes hicieran las cosas a su
manera, aunque fuese una locura. Los musulmanes eran voluntarios en sentido más
estricto que el ejército británico. En éste, el alistamiento de todo hombre
útil para el servicio hacía algunos meses que, aun cuando considerado
«voluntario», era obligatorio de hecho (como dijo lord Carson, quizá con humor
inconsciente: «Hay que mantener a toda costa el suministro imprescindible de
héroes»). Y los árabes podían abandonar la lucha en el instante que lo deseasen.
Gran número de guerrilleros beduinos marchaban a Atara, a ciento doce
kilómetros al norte de Bayir, en espera de que Allenby atacase a Ammán, situada
a ochenta kilómetros al noroeste. Los acompañó Lawrence con su guardia de
corps. El 4 de abril una enorme caravana de dos mil camellos de carga siguió al
ejército, que llegó a Atara a los cuatro días. Lawrence se había adelantado a
sus servidores en el momento en que cruzó los raíles. Se avecinaba la puesta
del sol y todo estaba en paz. Su camello aflojó una piedra entre los raíles, y
de la sombra de una alcantarilla de la izquierda surgió un soldado turco, que
sin duda había dormido bajo ella. Miró atónito a Lawrence, que empuñaba su
pistola, y luego a su fusil, lejos de su alcance. Lawrence le dijo con voz suave:
«Dios es misericordioso». El soldado comprendió sus palabras, y por su cara
adormilada y gordinflona se extendió una expresión de alegría incrédula.
Lawrence tocó el hombro de la camella con el pie, y el animal descendió con
cuidado por el otro lado del terraplén. El turco tuvo el buen sentido de no
disparar contra su espalda, y él se alejó con un cálido sentimiento, el que
siente el corazón cuando se salva —se perdona— la vida a un semejante. Volvió
la cabeza. El soldado le contemplaba haciéndole un palmo de narices.
El verdor y la frescura de Atara complacieron a los camellos. Ammán
había sido tomada. Los árabes se apercibieron a unirse a los británicos, y
recibieron entonces la noticia de que éstos habían sido expulsados con graves
pérdidas. Lawrence, que había intentado persuadir a los árabes de que los
ataques de sus compatriotas nunca fracasaban, no quiso creerlo. Pero era
verdad. El batallón de camelleros ingleses del comandante Buxton entró en la
ciudad. La caballería australiana, que debía adelantarse por su derecha, tenía
los animales tan cansados por el combate en el vado de Jericó y la larga marcha
por los montes centrales, que no pudo socorrer a Buxton. Había perdido la mitad
de sus hombres y hubo de desistir de repetir el asalto al día siguiente. Otras
tropas fueron a ayudarle, pero, como me informó uno de sus oficiales, habían
bebido mucho ron con el estómago vacío.
En vista de ello, los árabes volvieron al sur. Antes, sin embargo,
Lawrence fue a espiar a Ammán con tres gitanas y Farrach, lo mismo que él,
disfrazado de gitano. Su inspección le hizo concluir que era una plaza
demasiado fuerte para que los beduinos la capturasen. A la vuelta, los
detuvieron unos soldados otomanos con propuestas amorosas. Huyeron a toda
velocidad. Lawrence pensó en utilizar en adelante como disfraz el uniforme
caqui inglés; nadie creería que respondía a la realidad. Farrach había cambiado
mucho desde la muerte de Dawud en aquel invierno frío y húmedo; se movía con
los ojos inexpresivos y sin parar. Se esmeró en cuidar la camella, sillas de
montar y ropa de su señor, y le preparó siempre el café, pero no bromeó de
nuevo y rezaba tres veces al día. Pereció a la semana de aquella visita a Ammán
en una incursión contra una patrulla ferroviaria turca.
Fueron a Maan a comprobar el resultado de los ataques. Chafar había
cortado la línea al norte de ella, y destruido una estación y tres mil raíles;
y en el sur, Nuri Said había hecho lo mismo con otra estación y cinco mil
rieles. Entonces acometían a Maan. Lawrence encontró a Mawlud con el fémur
astillado por encima de la rodilla; el anciano le dijo desde la litera: «No es
nada, alabado sea Dios. Hemos tomado Samna». Lawrence le contestó: «Voy a
verlo». Samna era una columna en forma de media luna, que dominaba Maan por el
oeste. Mawlud se inclinó en la litera, explicando en voz apenas audible el
mejor modo de defenderla de un contraataque. A los dos días, después de que los
Abu Tayi de Awda conquistaran dos puestos otomanos en la parte más alejada de
la estación, y Chafar, que había tomado el mando, concentrase la artillería en
el sur, Nuri Said se lanzó contra la estación. Se apoderaron de ella; pero,
consumida la munición de los cañones que los protegían, la perdieron. Fue una
desilusión. Pero los beduinos se portaron tan bien bajo el fuego de
ametralladora, y aprovecharon tan bien las desigualdades del terreno, que
probaron a las claras que no entorpecerían el movimiento de las tropas
británicas. El descubrimiento compensó la derrota.
El ataque se dirigió entonces contra los ciento veintiocho kilómetros de
vía férrea que había al septentrión de Maan. El coronel Dawnay mandó la acción,
que se ejecutaría con los vehículos blindados, bombardeo aéreo y egipcios y
árabes para la lucha cuerpo a cuerpo. Divirtió a Lawrence, acostumbrado a otra
forma de luchar, recibir órdenes de operación escritas a máquina, referencias
cartográficas y un programa horario y de objetivos. A su juicio, lo que se
avecinaba no era tan trascendente que justificase el uso de la máquina de
escribir.
Sirvió de intérprete al coronel, porque un malentendido, siempre
posible, rompería el delicado equilibro del frente árabe, y él era el único que
por conocimiento y trato podía evitar errores imperdonables. El programa dio
resultado, con el inconveniente de que el puesto turco que había al norte de la
primera estación se rindió diez minutos antes de lo calculado, y los beduinos
que tomaron el puesto meridional no avanzaron en grupos, cubiertos por el fuego
propio, sino se lanzaron a la carrera en masa. La estación se entregó y los
árabes disfrutaron del botín más desaforado de su historia. Incluso Lawrence
rompió su indiferencia y se adueñó de la campana de bronce (después de la Gran
Guerra, oí que la tañía en la ventana de su habitación del All Souls College de
Oxford, para despertar a alguien). Le llamaron para mediar en una peligrosa
reyerta entre los egipcios y árabes saqueadores. No le costó mucho, porque casi
todos los beduinos estaban, por una vez, satisfechos con lo que habían
obtenido. Quedaron unos pocos para el ataque de la otra estación, y no se
arrepintieron, pues no hubo combate —los otomanos habían huido— y sí mucho
botín. Por lo tanto, cantaron encomios de su propia lealtad. Al-Mudawwara era
el objetivo próximo, pero había en la estación un convoy de soldados, y,
además, la artillería enemiga disparó con enorme precisión contra los vehículos
blindados desde seis kilómetros y medio de distancia. Renunciaron, pues, al
ataque. Mientras tanto, Lawrence y Hornby recorrían en el Rolls-Royce la línea
férrea, volando puentes y raíles. Gastaron dos toneladas de pólvora algodón.
Fueron al sitio de al-Mudawwara en que Lawrence había minado su primer tren, y
destruyeron el largo puente en que dormía en aquella ocasión la tropa otomana.
Muhamma al-Daylan y los guerreros de los Abu Tayi se apoderaron de cinco
estaciones entre Maan y al-Mudawwara. Por lo tanto, ciento veintiocho
kilómetros de ferrocarril quedaron inutilizados durante mucho tiempo. Aquello
sentenció el destino de Medina.
A principios de mayo Lawrence fue a Palestina a hablar con Allenby. Le
disgustó enterarse de que el jefe del estado mayor se proponía atacar a Salt
con el auxilio de los Banu Sajr. Era meterse en el campo de sus competencias.
¿Quién los mandaría?
— ¡Fahad! Irá al frente de veinte mil guerreros.
Fahad jamás había podido levantar a cuatrocientos hombres de su clan, y,
encima, viajaba en aquel momento hacia el sur para intervenir en operaciones
próximas a Maan. Algún codicioso pariente suyo se habría presentado en
Jerusalén para sacar dinero a los británicos con promesas incumplibles. Por
tanto, no compareció la tribu de los Banu Sajr y la incursión se saldó con
graves pérdidas y el riesgo de que los hombres fuesen copados.
Los árabes habían reparado que el trato con los ingleses tenía ventajas
y desventajas. Allenby no efectuó su gran ataque, porque los alemanes habían
empezado su última gran ofensiva y sus mejores tropas fueron llevadas
precipitadamente a Francia para cerrar la brecha. Los beduinos hubieron de
aguardar a que llegasen contingentes de India y se reorganizasen, quizá en
cuatro o cinco meses. Allenby hacía equilibrios con el fin de conservar el
frente entre Jerusalén y Jaffa. Fue lo que comunicó a Lawrence el 5 de mayo,
día elegido para el gran avance conjunto hacia el norte, pésima noticia para
los atacantes de Maan, que tenían la mitad de fuerzas que la guarnición turca,
la cual disponía de muchos alimentos y municiones —había recibido una columna
de suministro—, y, habiéndose debilitado la presión inglesa, acaso se mandasen
desde Ammán muchos soldados para levantar el cerco y repeler a los árabes hasta
más allá de Abu-l-Lisan.
No obstante, Allenby se ofreció a apoyar a los rebeldes con ataques
aéreos al ferrocarril. No podría cederle hombres. Durante el té, el general
comentó que lamentaba haber tenido que suprimir la brigada camellera imperial,
que estaba en el Sinaí, pero necesitaba sus hombres para formar la caballería
en Jerusalén. ¿Qué se haría con los camellos?, preguntó Lawrence. Allenby le
remitió al intendente general, y éste, escocés por los cuatro costados, le
informó de que las bestias se necesitaban para transportar a una de las nuevas
divisiones de India. Lawrence le pidió dos mil, y el intendente replicó que
podía seguir pidiendo hasta la eternidad. Lawrence regresó a la sala del té y
declaró que había libres dos mil doscientos camellos de monta y mil trescientos
de carga, todos destinados a ésta, pero, desde luego, los camellos de
monta eran camellos de monta. Los oficiales presentes emitieron una
exclamación, con aire de entendidos, como si supieran que aquellos animales no
eran útiles para el transporte del bagaje. En vista de ello, no le extrañó
sentarse a la cena a un lado de Allenby, y que el intendente general estuviera
al otro lado.
Casi al comenzar la cena, Allenby habló de camellos y el intendente se
refirió a la fortuna de que el transporte de la división india pudiera llevarse
a cabo por la supresión de la brigada camellera. El general en jefe se volvió
con un guiño hacia Lawrence.
— ¿Para qué los quiere usted?
—Para tener un millar de hombres en Dara el día que usted indique.
El empalme de Dara era el centro neurálgico del ejército otomano. Su
destrucción aislaría de Damasco y Alepo tanto a Ammán y Mann, en el sur, como a
Haifa y la Palestina septentrional, en el oeste.
—Pierde usted, intendente —declaró Allenby, sonriendo.
Así pues, el ejército árabe podría apartarse mucho de su base y triunfar
cuando se lo propusiera. Lawrence buscó a Faisal en Abu-l-Lisan y le distrajo
con anécdotas, rumores sobre las tribus, emigraciones, pastos, etc., y de
pronto, con aire inocente, se refirió al regalo de dos mil camellos. El emir
muy complacido, mandó a buscar a Awda, Zaal, Fahad y los restantes jefes.
— ¡Alabado sea Dios! ¿Es una buena noticia? —preguntaron con ansiedad.
— ¡Alabado sea Dios! —dijo Faisal.
Los jefes, atónitos con el rico presente, se volvieron a Lawrence.
—La generosidad de Allenby —dijo.
—El Señor alargue su vida y la tuya —deseó Zaal.
—Ya nos ha concedido la victoria —afirmó Lawrence.
Antes de utilizar los camellos contra Dara, tenía que solventar un
peligro inminente, el que representaban las importantes fuerzas turcas que, en
Ammán, se disponían a salvar a Maan. Nasir retrasó el envío destrozando un gran
trecho de la vía férrea en Hesa, entre ambas ciudades, con el antiguo método de
hacer saltar los puentes de noche, bombardear la estación de día y lanzar una
carga de camelleros. No sufrió bajas. Hornby y sus ayudantes demolieron ciento
sesenta y cinco kilómetros de raíles.
Los turcos se retrasarían un mes, o sea no emprenderían el avance hasta
fines de agosto. Allenby estaría entonces preparado para la ofensiva y los
otomanos se quedarían quietos en aquella parte de la península. Entonces los
contingentes árabes podrían repartirse en tres grupos principales: un millar de
camelleros para la conquista de Dara; dos o tres mil infantes se unirían a
Allenby en Jericó, y los otros vigilarían Maan. Lawrence pidió al jerife
Husayn, general en jefe nominal de las tropas musulmanas, que enviase de Medina
todas las fuerzas asediantes mandadas por Abd Allah y Alí. Medina, sin
comunicación ferroviaria con los centros urbanos al norte, había racionado los
alimentos y sus habitantes tenían escorbuto. No había, pues, razones para
seguir hostigándola. El anciano, celoso de los éxitos de Faisal, se hizo el
remolón. Lawrence fue a Chidda para convencerle con cartas de Allenby, Faisal y
el alto comisario de Egipto, y el jerife, con el pretexto de observar el ayuno
del ramadán, se retiró a La Meca, ciudad en que Lawrence no podía, ni quería,
entrar. Consintió en hablar por teléfono con él, pero, cuando algo no le
gustaba, se quejaba de no entenderle por defectos de la comunicación. Lawrence
no soportó más la farsa, colgó el aparato y se fue.
Allenby atacaría el 19 de septiembre. Había que hacer algo para que los
turcos no se anticipasen avanzando contra Abu-l-Lisan. Dawnay tuvo la
inspiración de recordar los trescientos hombres que, al mando del comandante
Buxton, habían sobrevivido al asalto de Ammán. El estado mayor de Allenby los
cedió durante un mes con dos condiciones: presentar un esquema de las
operaciones y —la más singular— que no tuvieran bajas. El esquema, obra de
Dawnay y Lawrence, figura por su interés como apéndice en este libro.
La marcha de Buxton fue un movimiento de diversión. Se daría a Dara el
golpe real tres semanas más tarde. Lawrence calculó que los dos millares de
camellos nuevos proporcionarían medio de transporte a quinientos regulares
árabes, que montaban en mulo. La batería francesa de cañones de montaña de tiro
rápido, que, al fin, habían recibido de Suez, ametralladoras, dos vehículos
blindados, ingenieros, exploradores y dos aeroplanos, colaborarían en el ataque
a Dara, destruirían el empalme y paralizarían las comunicaciones turcas tres
días antes de la embestida de Allenby, el cual había declarado que se daría por
contento si «tres hombres y un muchacho con pistolas» estaban ante Dara el 16
de septiembre. La expedición era una traducción libre de la frase. Oficiales
británicos de Aqaba se encargarían de equipar aquélla fuera, en tanto Lawrence
se iba con Buxton.
El comandante Young ha expresado con claridad las relaciones de aquellos
militares —él fue uno de ellos— con Lawrence:
«Los oficiales británicos que ayudaban a los árabes estuvieron al
principio bajo control político; pero, en cuanto la rebelión adquirió forma
militar concreta, se formó una plana mayor especial de enlace en el cuartel
general de Allenby con el fin de atender lo que se llamaba las operaciones de
Hichaz, y cierto número de oficiales se agregó a las fuerzas árabes. Dawnay fue
oficialmente el jefe de ese grupo de enlace (cuyo nombre telegráfico fue
“Erizo”), de la misma suerte que Joyce lo fue en el ejército de Faisal. Pero
Lawrence tenía más peso que los dos junto a Allenby y el emir. Se movía entre
ellos como le parecía más conveniente.
”Además de suministro de municiones y víveres, se dieron en préstamo a Faisal
cinco automóviles blindados, un ala de aeroplanos, dos cañones de diez libras
montados en vehículos Talbot, un destacamento de veinte servidores indios de
ametralladoras, una sección franco-argelina de artilleros con cuatro cañones de
montaña del 65, un batallón egipcio que cuidó de custodiar Aqaba y, posteriormente,
un cuerpo de camelleros de Egipto y una compañía egipcia de transporte en
camello. Todos estuvieron bajo el mando de Joyce, cuyo personal consistió en un
jefe de estado mayor, un comandante de la base de Aqaba, un oficial de
suministros y municiones, dos médicos militares y un oficial de obras. Hubo
otros, que aparecían y desaparecían en actos de sabotaje, cifrando y
descifrando telegramas, tendiendo caminos de red metálica en la arena, etc.
”Las imágenes cinematográficas del caballero [Lowell Thomas] fueron un prodigio
de composición periodística, pero retrataron sólo al Lawrence del período
heroico y le atribuyeron erróneamente el mérito de haber hecho él solo todo el
trabajo posterior de “Erizo”, Joyce y la plantilla británica. Llegué demasiado
tarde y, por lo tanto, apenas vi al auténtico Lawrence isabelino, que, de
manera típica, se encerró en su cascarón durante los largos preparativos
posteriores a la conquista de Aqaba. Como los beduinos que le acompañaban, se
apartó de los soldados regulares y de cuanto hacían. Al propio tiempo, es de
justicia estricta concederle el mérito principal de la serie de operaciones
musulmanas que culminaron en el establecimiento de un gobierno árabe en
Damasco».
A esta explicación hay que añadir que el referido coronel Joyce,
sustituto de Newcombe, capturado durante una incursión en la Palestina
meridional, fue el superior jerárquico de Lawrence durante toda la campaña.
Mandó en Aqaba hasta que el trabajo portuario resultó demasiado absorbente
combinado con sus obligaciones en la primera línea, y designó a Scott,
comandante llegado de Egipto, para que los compartiera. Los asuntos árabes se
administraron con gran economía de ayudantes británicos; Lawrence deseó que se
cuidase de ellos una vigésima parte del personal que se hubiera empleado en
otros casos. Joyce decidía el grueso de la política de la rebelión cuando él se
ausentaba. Y Lawrence fue su principal fuente de información.
De los suministros se encargó el capitán Goslett, el cual opinaba de
modo muy distinto sobre la guerra árabe. Tenía que satisfacer las necesidades
de todos los partidarios de Faisal, diseminados a lo ancho de muchos centenares
de kilómetros cuadrados. También era responsable del transporte y regulación de
las enormes importaciones comerciales que arribaban a Aqaba. Goslett era (y es)
un hombre de negocios de Londres, cuyo talento organizador y paciencia fueron
sometidos a severísima prueba. Había centenares de ingleses en la ciudad
portuaria, pero, exceptuados los tripulantes de los vehículos blindados, no
tuvieron más baja que la muerte de un cabo, que murió accidentalmente mientras
se dedicaba a actividades policíacas por designio propio.
Allenby premió a los oficiales árabes del ejército regular por los
servicios prestados en la lucha de Maan y la del ferrocarril. Chafar, su
general en jefe, recibió la medalla de la orden de San Miguel y San Jorge, y le
llenó de placer asignándole como guardia de honor en la ceremonia la misma
tropa de la Dorset Yeomanry que se hizo famosa, dos años antes, capturándole en
el desierto de los senusíes. Como había obtenido la Cruz de Hierro alemana en
1915, se transformó en alguien que, probablemente, no tuvo paralelo en la
contienda.
Lawrence, a despecho de lo escrito por el comandante Young, no renunció
a las aventuras en aquellos meses de estudio y proyectos. En julio fue a Karak,
Tamad y Ammán, posesión de los turcos, para examinar el terreno por el que
pasarían los árabes hacia Jericó. En Karak, donde llegó de noche cerrada con
sus camelleros, los otomanos atrancaron sus puertas llenos de espanto. Después
de cenar carnero guisado por los lugareños, toparon con turcos en un arroyo,
los cuales hicieron fuego contra ellos. Lawrence los maldijo en su lengua y los
otomanos se fueron luego de enviar unas balas contra él.
Hizo propaganda de la causa árabe en tribus y clanes, de cuya
hospitalidad disfrutó. Al regresar, unos aeroplanos británicos los confundieron
con turcos y vaciaron contra ellos los cargadores de sus ametralladoras. Los
pilotos no tenían buena puntería. (Hablando tiempo después del incidente con
Geoffrey Salmond, vice mariscal del aire, solicitó irónicamente la
Distinguished Fling Cross por su «presencia de ánimo en no abatir dos cazas
Bristol, que se obstinaron en destrozar desde el aire a mi tropa». Había hecho
las señales de aviso de rigor, y en sus filas había veinte fusiles
automáticos). Desaparecieron los aeroplanos y compareció un escuadrón de la
policía otomana que les dio caza.
Algo mucho peor sucedió al día siguiente en las inmediaciones de Churf
—única fuente de agua que los turcos tenían en aquella parte de la línea—, que
inspeccionaba con la mente puesta en la próxima campaña. Les cortaron la
retirada soldados a pie y a caballo, y en la vanguardia surgieron muchos más.
Los beduinos se prepararon a combatir hasta el último aliento. Lawrence imitó a
Farrach, cabalgó solo hacia el enemigo, que le salió al paso con el dedo en el
gatillo, gritando: «¡Atestigua!». Él respondió: «Atestiguo que no hay dios sino
Dios, y que Jesús es el enviado de Dios». Ningún musulmán hubiera dicho
aquello. Le miraron con los ojos muy abiertos y exclamaron: «¡Awrans!». Eran
tropas musulmanas regulares disfrazadas con los uniformes de los otomanos muertos,
cuyos caballos montaban. También empuñaban sus fusiles. No conocían a Lawrence
y le confundieron con el jefe de una tribu a la que combatían por su
deslealtad.
Lawrence escribió la carta que sigue desde El Cairo, el 15 de julio de
1918, a su amigo de Oxford V. Richards, cuya débil vista le había apartado
hasta entonces del servicio activo. El estilo es apresurado, e impropio del
autor; en cambio, el contenido es prueba valiosa de su estado de ánimo en aquel
punto crítico de la campaña.
15-7-18.
«Bueno, me alegré de ver tu letra de nuevo, a pesar de ser tan
enrevesada. Y también me alegra recibir una carta que no encabece un “Con
referencia a su escrito 102487b del 45°”. La prosa del ejército es pésima, la
leo tantas veces, que acabaré por contagiarme.
”No puedo escribir a nadie en este momento. Recibí tu carta en
Abu-l-Lisan, pequeño fuerte montañés en la altiplanicie árabe, al sudeste del
mar Muerto, y fue conmigo a Aqaba, a Chidda, y después aquí. La tengo desde
hace un mes, y tú la enviaste hace tres. La despacharé por submarino y no la
tendrás hasta dentro de tres años.
”Siempre imaginé que tus ojos te impedirían servir. En consecuencia, has
asegurado tu continuidad. A mí, en cambio, me han desarraigado tan
violentamente, y me han metido en un trabajo que me viene tan grande, que todo
me parece irreal. He renunciado a todo lo anterior, y vivo como ladrón de
oportunidades, birlándolas cuándo y dónde las veo. Mi familia te habrá dicho
que fomento una rebelión árabe contra los turcos, y por ello debo disfrazar mi
aspecto occidental y parecer tan árabe como me sea posible. Se trata, pues, de
algo así como un escenario exótico, en que uno actúa día y noche, con traje de
fantasía, en lengua extraña, con el peligro de pagar con la cabeza cualquier
fallo en la representación.
”Acertaste al suponer que los árabes encendían mi imaginación. Es una
civilización antigua, muy antigua, que se ha refinado hasta librarse de dioses
lares y de la mitad de los jaeces que la nuestra se apresura a adoptar. El
evangelio de la desnudez material resulta excelente, e implica, en apariencia,
una especie de desnudez moral. Los árabes piensan en lo actual, y procuran
deslizarse por la vida sin doblar esquinas ni trepar montes. En parte se trata
de cansancio moral y mental, de una raza castigada, y para evitar dificultades
se desprenden de muchas cosas que nosotros consideramos honorables y
meritorias; y aunque no comparto en absoluto su punto de vista, creo que lo
entiendo lo necesario para contemplar desde él tanto a mí como a otros
extranjeros sin condenarlo. Soy y seré extranjero para ellos, pero no los creo
peores, ni intentaría cambiar su manera de ser.
”Largo exordio para explicar por qué me dedico constantemente a volar vías
férreas y puentes, en vez de buscar el pozo del extremo del mundo. De todas
suertes, estos años de desapego me han curado de todo deseo de hacer algo por
mí mismo. Cuando desaten mis ligaduras, no encontraré en mí incentivo alguno
para actuar. Con todo, en este momento uno no piensa en lo que vendrá: el
tiempo desde el principio es como esos sueños que parecen durar eones, y, cuando
nos despertamos sobresaltados, vemos que no han dejado nada en nuestra mente.
La única diferencia en el sueño de ahora es que mucha gente se duerme y no
torna a despertarse.
”No sé qué te habrán dicho mis familiares[4]. Hasta ahora no hemos hecho más que poner los cimientos de nuestra
revolución, y aún no está a punto. Ignoro si venceremos o perderemos cuando
ataquemos. Viene a ser como un juego y no hay que fiarse mucho de los sueños
que se tienen estando despierto. Si triunfamos, habré empleado bien los
materiales que se me concedieron, y eso responde a tu «luz de candilejas». Si
fracasamos, y tienen paciencia, supongo que seguiremos ahondando los cimientos.
Si lo conseguimos, habrá una gran desilusión, pero no lo suficientemente fuerte
para despertarme.
”Tu mente ha progresado evidentemente mucho desde 1914. Debes ese privilegio a
haber estado tanto tiempo fuera de la niebla. Nos tomarás a todos como a
estudiantes crecidos de primer curso, y tal vez no nos daremos cuenta de
nuestro inconveniente pelo canoso. Por eso no puedo seguir tus pasos ni andar
sobre tus huellas. Una casa que no comprometa a la actividad, tranquila, y
libertad para pensar y abstenerme a voluntad; sí, pienso en la abstención, en
dejar las cosas en paz y observar cómo pasan los otros, es lo que hoy eligiría
si los acontecimientos dejaran de empujarme. Tal vez sea sólo la reacción al
oportunismo de cuatro años, y no merezca la pena intentar interpretarla en
términos de geografía y empleo.
”Desde luego, el ideal es el de los «señores que» aún «se esperan con certeza»[5], pero la certidumbre no es para nosotros, mucho lo temo. Asimismo
poquísimos tendrán la alegría de ser tan perfectos que guardarán silencio.
Palabras como paz, silencio, descanso y otras, adquieren vividez en medio del
ruido, la preocupación y la fatiga, como si fuesen una ventana iluminada en la
oscuridad. Más, ¿para qué sirve una ventana iluminada? Y quizá sólo se deba a
que uno está abrumado y cansado. Sabes que cuando se anda por una llanura
interminable un otero (que es el otero más miserable de la tierra) se convierte
en un festín, y tras el calor abrasador adquiere una calidad (¿qué habrían
dicho antes de tener esta palabra?), inverosímil a ojos de quien trabaja en los
marjales. Probablemente, soy una película, que se torna negra o blanca conforme
a los objetos que se proyectan en mí, y si así, ¿qué esperanza hay de que la
semana o el año que viene, o mañana, se prepare hoy mismo?
”He aquí una carta estúpida. No significa más que el ansia de nuevos cambios,
lo que es una estupidez, porque yo cambio de morada a diario, y de trabajo cada
dos días, y de idioma cada tres, no obstante lo cual siempre estoy
desconcertado. Aborrezco hallarme delante, y aborrezco hallarme detrás, y no me
gustan las responsabilidades, y desobedezco las órdenes. En suma, no estoy a
mis anchas. Una quietud larga como purga, y luego contemplar y escoger caminos
futuros, eso es lo que debe buscarse.
”Te interesa, por lo visto, la vívida imagen de un vestido árabe, o de un turco
huyendo, y los tenemos en abundancia, porque forman parte de la mise-en-scène
del atacante afortunado en sus incursiones, y por ahora soy eso. Mi guardia
personal de cincuenta beduinos, jinetes selectos de la juventud del desierto,
es más espléndida que un jardín de tulipanes, y cabalgamos como lunáticos, nos
lanzamos sobre los turcos desprevenidos y los destruimos a decenas; y todo
parece cruel y desagradable tras la lucha. Me gusta preparar y marchar, y me
repugna el contacto físico de la batalla. Disfraces, nuestras cabezas puestas a
precio y las proezas temerarias forman parte de nuestra actitud. No sé cómo
reconciliarla con la actitud de Oxford. ¿Éramos tan llamativos en la
universidad?
”Si tu contestación —habrás notado que tengo la sesera embotada— y tus
pensamientos están libres de trabas, háblame, por favor, de B. y, si es
posible, de W. Éste se encontraría aquí como pez en el agua, porque disfruta
con el placer violento y frenético de los desahogos físicos…
”L».
Capítulo XXIV
El proyecto que Lawrence concibió para utilizar el cuerpo de camelleros
de Buxton era éste: iría del canal de Suez a Aqaba, a lo largo del Sinaí, y
llegaría el 2 de agosto; se trasladaría a al-Ramm, desde donde atacaría a
al-Mudawwara, que no se había rendido aún, y destruiría el suministro de agua a
los turcos, con lo que empeoraría la situación de Medina. Desde al-Mudawwara,
marchando por la vieja ruta de al-Chafr y Bayir, se presentaría en Kisir, a
cuatro kilómetros y medio al sur de Ammán, para volar el gran puente, que los
ataques británicos y árabes no habían arruinado. De esta manera, se retrasaría
tres semanas la ayuda otomana a Maan y, para entonces, habría comenzado la
ofensiva de Allenby. El cuerpo de camelleros se presentaría el 13 de agosto en
el frente palestino a través de Tafila y Bersabee.
Lawrence, con los ingleses y su guardia de corps, recogería fiadores en
las tribus que encontrase en el camino. La marcha le echaba encima una grave
responsabilidad, la de llevar un contingente nutrido de cristianos uniformados
por aquella región. Pidió a Buxton que le permitiera hablar a sus hombres sin
que los oficiales estuvieran presentes. Tengo la versión del discurso que uno
me dio. Impresionó mucho tanto a él como a sus camaradas. No les gustó Lawrence
al principio por su indumentaria y sus gestos de beduino; murmuraron que era un
espía y que los traicionaría. No obstante, así que empezó a hablar —«Vamos a
emprender una marcha tan larga y dificultosa, que el estado mayor cree que no
saldremos de ella…»— los cautivó. Apelando a su vanidad personal, se refirió a
que tendrían que recorrer mil seiscientos kilómetros en treinta días, casi el
doble de la marcha ordinaria de la brigada, por desiertos, con poca comida para
hombres y animales, amén de dos ataques nocturnos que habrían de realizar.
Cualquier retraso significaría hambre o sed, o acaso ambas, y si agotaban a sus
monturas se perderían en la soledad y tal vez nunca regresarían. Les rogó que
tuvieran paciencia con los excitables árabes, sobre todo en los pozos.
Se sabe de la impresión que Lawrence causó a Buxton en su primer
encuentro por una carta que escribió a su casa el 4 de agosto. Estaba en
al-Ramm abrevando los camellos en los manantiales del amplio anfiteatro. Lo
hacía con mucha dificultad, porque los hombres de los Atiya daban de beber a
los suyos —mil animales al día—, y la rivalidad por efectuarlo antes que ellos
podía terminar en peleas y efusión de sangre:
4 de agosto de 1918.
IV aniversario de la guerra.
al-Ramm,
«Estoy sentado entre dos peñas, con un impermeable sobre la cabeza, en plena
Arabia, entre Aqaba y el Éufrates. Me rodean montes rocosos, que ayer la puesta
de sol convirtió en una masa de colores encarnados. Se convirtieron en carmesí
cuando las sombras se deslizaron sobre ellos. Los pozos se hallan a trescientos
metros de altura en un acantilado abrupto, y las dificultades para abrevar son
espantosas. Damos agua a nuestros camellos desde hace treinta y seis horas, día
y noche, y espero irme con mi columna esta noche. El jerife nos permite estar
aquí, pero los pobladores y los beduinos nos soportan a regañadientes, y
disparan constantemente sus fusiles como si estuvieran en un combate. Lawrence y
su guardia de facinerosos acaban de dejarnos para unirse con el jerife en los
alrededores de Maan. Ahora Nasir, pariente del jerife, actúa de intermediario
entre nosotros y los árabes.
”Nuestro primer ataque nocturno se efectuará, dentro de dos días, a sesenta y
seis kilómetros de este lugar. Mañana, al alba, iré con Nasir y dos o tres de
mis oficiales, disfrazados de árabes, o, mejor con el tocado y la capa de esta
tierra, a reconocer el terreno que atacaremos. Nos juntaremos con la columna en
marcha, después de estudiar nuestra táctica.
”Lawrence ha promovido esta rebelión. Parece un chiquillo, tranquilo, dueño de
sí mismo, de hermosa cabeza y cuerpo insignificante. Todos los árabes le
admiran por su valentía y destrucción de trenes. No sé si lo que atrae más a
esta gente es su intrepidez, su desinterés y aire misterioso, o su éxito en
encontrar ricos convoyes que él vuela y ellos saquean. Me ha explicado que,
destrozado uno, el ejército se convierte en un circo y se desintegra poco a
poco. Sea como fuere, hay que admirar lo que ha llevado a cabo con medios tan
pobres. Tiene influencia asombrosa no sólo sobre los indisciplinados nativos,
sino también sobre los oficiales y jefes británicos. Vive siempre con los
beduinos, viste como ellos, come lo que ellos y soporta las mismas fatigas que
el más ínfimo de ellos. Viaja siempre con ropa blanca inmaculada, y parece un
príncipe de La Meca. Espero que se reunirá con nosotros más adelante, porque su
presencia nos estimula y nos hace pensar que no sucederá nada malo mientras él
se halle presente…».
Buxton se equivocó. Lawrence no había ido a Maan, sino a Aqaba en busca
de los sesenta hombres de su guardia, con los que fue a Guweyra. Al-Zaagi los
distribuyó al modo de los Agayl: en una larga línea, que llevaba un poeta a la
derecha y otro a la izquierda, entre los mejores cantores. Gazala había perdido
una cría, cuyo pellejo seco llevaba Abd Allah el Ladrón, que cabalgaba al lado
de Lawrence. La camella se detuvo, en medio del canto, resoplando tristemente,
y Abd Allah extendió el pellejo delante de ella. Lo olfateó y reanudó sus
tristes resoplidos. Aquello se repitió varias veces, hasta que, al fin, pareció
consolarse. Lawrence ordenó que la guardia le esperara en Guweyra. Un aeroplano
le transportó a al-Chafr, donde Faisal le esperaba con el emir de los Ruwalla,
el mismo que les había permitido atravesar su territorio el año anterior.
Entonces el anciano de setenta años, duro y parco en palabras, debía
hacerles un favor más grande: que consintiera el paso de las tropas y vehículos
blindados británicos. Faisal y Lawrence le oyeron decir «Sí».
En la gran conferencia que celebraron los jeques de la tribu,
expusieron, con un método perfeccionado durante dos años, los principios de la
rebelión y los entusiasmaron tanto, que llegaron a pensar que ellos habían
tenido la idea de sublevarse.
Su breve estancia en al-Ramm con los hombres de Buxton, infundió a
Lawrence nostalgia de Inglaterra. (Una Inglaterra ideal por la que sentía un
afecto anglo-irlandés pervertido, compatible con su falta de simpatía para con
la mayoría de los ingleses). Aquello le hizo reprocharse en al-Chafr una vez
más el cruel engaño de que hacía víctimas a los árabes para que Gran Bretaña
triunfase.
Más entonces se le presentó Nuri con documentos. El gobierno británico,
cuyos departamentos diplomáticos no colaboraban, tenía, además del compromiso
de conceder la independencia a Arabia, otros dos: la promesa, hecha a siete
árabes prominentes en El Cairo, de cederles todos los territorios que
conquistasen a los turcos, y la promesa a los sionistas de establecer un Jewish
National Home, un hogar nacional judío, en Palestina. ¿A cuál debía creer?
Lawrence sonrió a Nuri: «Al de fecha más reciente». El árabe lo aceptó con buen
humor y, aunque siempre cooperó con su amigo, le advirtió:
—Si, en adelante, falto a una promesa, será porque la he sustituido con
una más reciente.
Otra prueba a la lealtad de Lawrence fue el descubrimiento de que se
habían iniciado conversaciones entre el gobierno británico y el partido
conservador turco sobre las condiciones de la rendición de Turquía, sin que se
consultase a los árabes. Los conservadores, a diferencia de sus poderosos
opositores los nacionalistas (su jefe era Kemal, presidente de la república
otomana), ofrecían más resistencia a que hubiera gobiernos árabes en Siria.
Lawrence animó a Faisal a empezar una correspondencia con los kemalistas para
que, en caso de que Allenby los fallara y se firmara la paz con los
conservadores, tuvieran una oportunidad de retener Damasco de acuerdo con los
nacionalistas.
En su desconcierto ante aquella situación, Lawrence recurrió a la acción
violenta, puesto que la única forma de acabar con su vergüenza quizá fuese
morir. No pensó en el suicidio, que hubiera sido, no una cobardía, sino una
petulancia impropia de él. Se expondría constantemente al peligro, con un
margen mínimo de seguridad, en espera de que le sucediera un accidente.
Bandar, sobrino de Nuri, le pidió ante todos los jefes un puesto en su
guardia de honor. Rahail, su hermanastro, que había ido con Lawrence a Azraq,
le había narrado desorbitados cuentos de heroísmos y pruebas. Como era un joven
sibarita, y una responsabilidad excesiva, Lawrence, que no quería avergonzarle,
respondió:
— ¿Soy un rey para que me sirvan los príncipes de los Ruwalla?
Nuri le aprobó con la mirada.
En Guweyra se decidió avanzar con los vehículos blindados hasta Azraq,
con el objeto de preparar el camino para Buxton. Se encontraron con éste en
Bayir, procedente de al-Mudawwara, que había atacado con su cuerpo de
camelleros. Había tomado la plaza y a su guarnición de unos ciento cuarenta
soldados, tenido catorce bajas (cuatro muertos), y destrozado los pozos, las
bombas hidráulicas, la gran torre ferroviaria de suministro de agua y casi dos
kilómetros de vía férrea. Pero la columna de intendencia que le acompañaba le
había abandonado en al-Chafr, temiendo el desierto, y había perdido, robado o
vendido un tercio de las raciones que transportaban los camellos de carga. Por
ello, hubo de retirar de su fuerza a los cincuenta hombres menos necesarios,
cien monturas y uno de los vehículos blindados. En Bayir, había grandes
dificultades para abrevar y abastecerse de agua en los dos pozos, rodeados de
los seiscientos camellos de los Huwaytat, Banu Sajr y de un millar de drusos,
más refugiados sirios, mercaderes damascenos y armenios, que se dirigían a
Aqaba. Lawrence intervino y Buxton tuvo agua. Los Huwaytat se sorprendieron de
que hubiera tantos individuos de la tribu inglesa en el mundo.
Lawrence cumplió entonces treinta años. Aprovechó la fecha para efectuar
un largo análisis de sí mismo, de su personalidad, de su deseo de entender su
personalidad, y las dificultades y trampas con que topaba aquel deseo al
comparar el efecto que su personalidad tenía en su prójimo; su ansia de ser
estimado y su ambición de ser famoso, y su cautela o vergonzante contención de
ambos impulsos; su resistencia a pensar bien de sí mismo y de sus obras; su
verdadero desagrado de su persona y de lo que veía, oía y sentía de su forma de
ser.
Interrumpieron su cavilación gritos y detonaciones. Los Shammar, habían
robado a cierta distancia ochenta camellos de los Huwaytat. Ordenó que los
persiguieran cuatro o cinco parientes de los expoliados. Con ello, se cortó el
hilo de sus pensamientos. Se pusieron en marcha. Su guardia de corps guiaba los
camellos portadores, dos mil setecientos kilogramos de algodón pólvora. Le
molestaba hacer aquel trabajo impropio de su categoría y las bestias, de
Somalía, sólo salvaban cinco kilómetros en cada hora. Al-Zaagi les hizo reír
con sus burlas y alargaron las etapas, viajando de noche y reduciendo el tiempo
empleado en el desayuno y la comida. Condujeron la caravana sin merma,
verdadera hazaña en hombres tan distinguidos, que, ciertamente, eran la flor y
nata de los camelleros árabes.
El cuerpo de camelleros de Buxton satisfizo a Lawrence. Su jefe había
modificado la organización de la marcha: los hombres avanzaban, no en línea
cerrada, sino en grupos irregulares, que elegían lo más expedito en los
terrenos malos. Había reducido y puesto de otra manera las cargas y desdeñado
el antiguo sistema de detenerse a cada hora. Y sus hombres, cada vez más
expertos y a gusto con los animales, se habían endurecido, adelgazado y
agilizado.
No obstante, el puente y el túnel de Kisir se salvaron.
El 20 de agosto hallaron la vía férrea y se ocultaron en las ruinas de
un templo romano. Lawrence envió a algunos de los suyos a que reconocieran las
tres aldeas que se interponían entre ellos y el puente. Regresaron con la
noticia de que había en ellas perceptores turcos de impuestos, midiendo la
cebada bajo la custodia de tropas montadas. Un aeroplano otomano había visto
sin duda a los incursores aquella misma mañana, Celebraron un consejo. Lawrence
estaba convencido de que los hombres de Buxton despacharían a los centinelas
del puente y volarían éste. Había la cuestión de si costaría la vida a muchos
británicos. Desmontarían más o menos a un kilómetro de la vía férrea. El
estampido consiguiente a hacer saltar el puente con dos toneladas y media de
algodón pólvora se oiría en toda la comarca, y las patrullas turcas podrían
encontrar los camellos, lo cual sería un desastre. Los hombres de Buxton no
sabían desperdigarse como los árabes y encontrar el camino sin ayuda. El
combate nocturno los coparía. Quizá perdiesen cincuenta. Demasiados. La
destrucción del puente se destinaba a distraer a los otomanos de Maan hasta el
30 de agosto, cuando se atacaría Dara desde Azraq. Faltaban diez días para
ello.
Lawrence aseguró a la tropa de Buxton, desilusionada por la renuncia al
sabotaje, que conseguirían la finalidad que allí los había llevado. Hizo
divulgar en las aldeas que se avecinaba un gran ataque a Ammán, del que
aquellos soldados eran las avanzadillas. Las patrullas turcas, muy
atemorizadas, encontraron una colina cubierta de latas vacías y las faldas del
valle surcadas por los neumáticos de grandes vehículos. Las había marcado
Lawrence con uno solo. La alarma los detuvo una semana; la destrucción del puente
sólo hubiera ganado algunos días más. Volvieron a Azraq, donde los ingleses se
bañaron en los estanques, y fueron luego a Bayir (gritando «¿Comemos bien? ¡No!
¿Vivimos? ¡Sí!»), donde los esperaban más raciones militares procedentes de
Aqaba. Buxton los llevó a Palestina y Lawrence se trasladó con los automóviles
a la ciudad portuaria.
Capítulo XXV
Los preparativos en Aqaba de la gran expedición, que interrumpiría los
ferrocarriles en Dara, habían terminado, y Dawnay y Joyce disfrutaban de
permiso. Lawrence encontró en la ciudad una situación inesperada y absurda.
Husayn, el jerife, había anunciado oficialmente en La Meca que los ignorantes
hablaban del bajá Chafar como del general en jefe del ejército árabe del norte,
siendo así que no existía tal rango, ni ninguno otro superior al de capitán en
las fuerzas rebeldes, en las que Chafar, como tantos, cumplía su deber. El
jerife sentía celos de la condecoración que había obtenido el mencionado en la
proclama, y con el fin de molestar a los sirios y mesopotámicos que había en el
contingente de Faisal. Luchaban por establecer en sus países un gobierno autónomo,
pero él, Husayn, aspiraba a un imperio árabe, que regiría desde La Meca,
apoyado en la jefatura espiritual de todo el mundo islámico. Chafar y todos su
colegas dimitieron inmediatamente. Faisal se negó a aceptarlo, porque el
nombramiento de oficiales dependía de él y él era en el fondo el ofendido.
Telegrafió a La Meca su renuncia al mando. Husayn le sustituyó con Zayd, que
rechazó el nombramiento. El jerife envió cables amenazadores y la vida militar
se paralizó desde Aqaba a Abu-l-Lisan.
Lawrence podía hacer una de tres cosas: conseguir que Husayn se
arrepintiera; seguir adelante sin hacer caso de un hombre de setenta años, de
espíritu estrecho; independizar a Faisal de su padre y ofrecerle un trono
cuando Damasco cayese. Lo malo era que debían partir al cabo de tres días para
llegar a Dara antes de que Allenby comenzase su ofensiva. Pusieron en
movimiento a Allenby y el alto comisario de Egipto (fuente de los subsidios de
Husayn) para que terciasen cerca del jerife, cuyas respuestas a Faisal, a
través de ellos, se cablegrafiaban en cifra a Aqaba. Lawrence, recordando su
conversación telefónica con Husayn, se las compuso para que la estación
telegráfica sólo aceptara las partes deseables y convirtiera en un caos las
restantes, comunicando a La Meca que resultaban ininteligibles. Por suerte, el
jerife no repitió los pasajes censurados, sino que los dulcificó hasta que se
transformaron en un largo mensaje, cuya primera parte era torpe excusa y
condena de la proclama, y la segunda la misma ofensa presentada de otra forma.
Lawrence suprimió la última, y llevó la primera, con la indicación de
«muy urgente», a Faisal, cuyo secretario la descifró. El príncipe la leyó en
voz alta, bastante sorprendido de la suavidad de su padre, tiránico y
obstinado. Al acabar, dijo:
—El telégrafo ha salvado nuestro honor.
Se inclinó con picardía hacia Lawrence y agregó:
—Bueno, el honor de casi todos.
—No entiendo lo que quieres decir —respondió Lawrence con aire inocente.
— ¿No te bastó que me ofreciera a servir en esta última marcha bajo tus
órdenes?
—Eso no hubiese convenido a tu honor.
—Tú siempre piensas más en el mío que en el tuyo —dijo Faisal y exclamó
con energía—: ¡Alabado sea Dios, hermanos! ¡Trabajemos!
La expedición partió con un día de retraso. Lawrence tuvo antes que
aplacar un motín de los soldados árabes regulares, que habían oído el rumor de
que Faisal había desertado. Pensando que sus oficiales los traicionaban,
apuntaron los cañones contra sus tiendas; pero Rasim, previendo aquella
situación, había retirado el mecanismo de cierre de todas las piezas. Lawrence
apareció entonces y les expuso los altibajos políticos como si fueran un
chiste, y Faisal pasó ante ellos y los demás combatientes, en su Vauxhall,
pintado de verde, color de la familia de Mahoma. Y todo se aquietó.
Lawrence fue en vehículo blindado a Azraq. En Bayir supo que los turcos
de Hesa se habían movido de pronto hacia Tafila y avanzaban hacia el sur con
ánimo de rescatar a Maan. El jefe de los Banu Sajr, portador de la noticia,
creyó que se había vuelto loco cuando se echó a reír. Como ya había empezado la
campaña, le tenía sin cuidado que el enemigo se hiciera con Maan, Abu-l-Lisan,
Guweyra y la propia Aqaba: habían tragado el anzuelo del fingido ataque a
Ammán, y aquello retendría buena parte de sus fuerzas. Dara era lo que entonces
importaba. Había completado el engaño enviando millares de sus «jinetes de San
Jorge» (monedas británicas) a los Banu Sajr para comprar todo el grano de que
disponían con destino a un contingente que cruzaría por sus aldeas hacia Ammán.
Los otomanos se enteraron inmediatamente de ello, como era su propósito. Hornby
mandaba la otra expedición, la que debía enlazar con Allenby en Jericó, de
suerte que, si lo de Dara fallaba, pudieran sumar sus fuerzas y convertir en
estocada la finta contra Ammán. Pero el progreso turco hacia Tafila le obligó a
defender Shubak.
La expedición tuvo reunidos todos sus efectivos en Azraq el 12 de
septiembre: la guardia de corps de Lawrence, dos aeroplanos, los vehículos
blindados restantes y un gran bagaje; Faisal con un millar de camelleros de la
tropa regular; Pisani con los artilleros franco argelinos; Nuri con los hombres
de los Ruwalla; Awda y Muhammad al-Daylan con los Abu Tayi; Fahad y Adub con
los Banu Sajr; los Serahin; y muchos beduinos, drusos y ciudadanos sirios, y el
gran forajido Tallal.
Para incomunicar Dara de Ammán, un destacamento gurkha, montado en
camellos, fue despachado para que acometiera un blocao de la línea férrea, algo
al norte de Ammán, mientras un grupo de camelleros egipcios volaba los puentes
y raíles de los aledaños. Los acompañaron guías locales y dos vehículos
blindados. El resto del ejército se movió hacia Umtayya, gran cisterna
emplazada a veinticinco kilómetros al mediodía de Dara, y esperó.
La demolición no tuvo efecto. Los beduinos de la comarca no dejaron
pasar a los indios y egipcios, a los que despreciaban. Lawrence, con dos
vehículos blindados y setenta kilogramos de pólvora algodón, fue a volar dos
puentes bastante cercanos. Joyce, que le acompañaba, entretuvo al blocao con el
fuego de automóvil. Lawrence, después de someter a una guarnición de ocho
hombres, que se rindieron como los del blocao, destruyó científicamente, con la
ayuda del británico, los arcos de un puente, cuya estructura quedó en pie, si
bien vacilante.
Huyendo de una partida otomana, el vehículo de Lawrence chocó contra una
irregularidad del terreno y sufrió un desperfecto en la ballesta y el freno,
imposible de reparar a campo abierto. El conductor, Rolls, aseguró que era el
primer contratiempo que había sufrido en dieciocho meses de corretear en nueve
coches por aquel maldito país. Pero, como la suerte de todos dependía de su
ingenio, se le ocurrió encajar la ballesta con cuñas en la posición original y
sujetar con cuerdas a la parte superior la porción suelta para que no se
moviera. Habría suficiente con tres trozos de madera cortados de los tablones
con que salvaban los terrenos embarrados. Sin embargo, no tenían sierra para
cortarlos. Lo hicieron a tiros, con las ametralladoras. El tableteo frenó el
avance de los turcos. Joyce, que lo había oído, fue a averiguar qué sucedía.
Entre todos, verificaron la reparación. En Umtayya la reforzaron con alambre
telegráfico y duró hasta que alcanzaron Damasco.
La expedición árabe, en el ínterin, llegó a Tell Arar, a unos seis
kilómetros al sur de Dara, dispuesta a interrumpir la comunicación ferroviaria
con Damasco. Lawrence y Joyce llegaron tarde, por la dificultad de guiar los
vehículos por los campos arados, y contemplaron la batalla desde una colina.
Los jinetes de la tribu Ruwalla se dirigieron al galope hacia los raíles, con
el apoyo de las ametralladoras de un Ford. Un puesto turco de guardia disparó
contra ellos, los artilleros de Pisani los silenciaron y los jinetes lo tomaron
con una sola baja mortal. Una hora de combates puso en sus manos dieciséis
kilómetros de rieles, que los egipcios, tras el desayuno, volaron
concienzudamente, mientras el ejército recorría la llanura como un enjambre.
Era el 17 de septiembre, dos días antes de que Allenby descargase su ofensiva.
Lawrence había deshecho el único ferrocarril que enlazaba a los otomanos de
Ammán, Maan, Medina, Nazaret, Nablus y el valle del Jordán con su base en
Damasco y con Alepo, Constantinopla y Alemania.
Los artificieros egipcios usaron «tulipanes», cargas de pólvora algodón
de ocho kilogramos y medio, colocadas en el centro de cada traviesa a diez
metros de distancia una de otra. Las traviesas de acero se desprendían al
saltar los raíles. Ocho aeroplanos de Dara bombardearon la tropa, sin descubrir
a los egipcios. Faltos de lugar en que ampararse, todos se dispersaron. Los
fusiles automáticos de Nuri Said y las piezas de montaña de Pisani les
obligaron a volar muy alto, lo que menoscabó su puntería.
Había que llegar a los puentes del Yarmuk, que Lawrence no había
conseguido destrozar un año antes. Su desaparición remataría el corte efectuado
en Dara. La aviación enemiga imposibilitaba la empresa. Los dos aeroplanos
británicos de apoyo no estaban en situación de intervenir. El Bristol Fighter,
el más útil, había sufrido daños la víspera en un enfrentamiento aéreo y se
había retirado a Jerusalén para que lo reparasen. El otro era un B. E. 12,
anticuado y casi inútil. Pero su piloto, Junor, enterado en Azraq de la
presencia de los aparatos otomanos, quiso luchar. Voló a Tell Arar, donde la
situación era dramática, atacó a los ocho aeroplanos turcos y los arrastró en
su persecución. Nuri Said dividió en pelotones a trescientos cincuenta soldados
regulares, y avanzó a lo largo de la vía hacia Muzarib, a doce kilómetros al
este de Dara, punto esencial para el asalto del puente del Yarmuk. Media hora
después, Lawrence le siguió con su guardia de corps.
Percibió un ronroneo lejano. Junor apareció rodeado de tres aparatos
otomanos, cuyas balas esquivaba con habilidad suma. Pero estaba condenado.
Lawrence, con Young, oficial inglés, y su guardia quisieron despejar el terreno
para que aterrizara. Junor volaba a baja altura. Evidentemente, se agotaba su
combustible. Aterrizó. El viento, cogiéndole de lado, le volcó y le lanzó fuera
del asiento. Con una sola herida en la barbilla, se levantó y rescató su fusil
automático, ametralladora y munición, antes de que un aeroplano turco
destrozara el suyo con una bomba. Pidió en seguida ocupación. Recibió un Ford,
corrió con él colina abajo hasta las inmediaciones de Dara y voló parte de los
raíles antes de que el adversario le descubriera. Regresó ileso, perseguido por
la artillería.
Un aeroplano sorprendió a Lawrence y su guardia de corps en el camino de
Muzarib. Su cuarta bomba les acertó de pleno. Se desplomaron dos camellos, pero
sus jinetes se salvaron y montaron a la grupa de compañeros. Otro aparato
reanudó el bombardeo. Lawrence sintió vivo dolor en el brazo derecho, y la
sangre se deslizó por él. Pensó con rabia que le habían herido cuando la
campaña culminaba; tal vez pudiera seguir adelante fingiendo no sentir nada. El
aeroplano los ametralló. Su camella brincó y, al sujetarse al pomo para no
caer, advirtió que movía el brazo. Se tocó la herida y encontró un fragmento de
metal clavado en la carne. Su susto probaba el mal estado de sus nervios. Era
la primera vez, dicho sea de paso, que le acertaban desde el aire. Su cuerpo tenía
ya más de veinte cicatrices debidas a la guerra.
Muzarib se rindió tras el bombardeo de los cañones de Pisani y las
descargas de veinte ametralladoras. (Tallal había intentado que se entregasen
sin lucha —conocía al jefe de estación—, y los otomanos hicieron fuego contra
él y Lawrence, que le acompañaba, casi a quemarropa; hubieron de volver
reptando por una extensión de cardos, que desataron la mala lengua de Tallal).
Centenares de campesinos de Hawran saquearon la estación y los vagones de las
vías muertas. Lawrence y Young cortaron los alambres telegráficos que
relacionaban el ejército otomano de Palestina con la metrópoli. Se volaron los
cambios de aguja y los cruces. Entre el botín hubo dos camiones cargados de
gollerías alemanas. Nuri Said encontró a un labriego abriendo una lata de
espárragos y le gritó: «¡Son huesos de cerdo!». El campesino los tiró como si
estuviesen envenenados y Nuri Said los recogió para compartirlos con sus
amigos. Se prendió fuego a los camiones y las llamas, como un imán, atrajeron
centenares de labradores rebeldes, entusiasmados por la liberación de su
tierra.
Se los acogió con los brazos abiertos. Los magistrados de Dara se
ofrecieron a abrir las puertas de la ciudad y se asombraron cuando Lawrence
rechazó la oferta. La población controlaba el suministro de agua, cuya posesión
obligaría a que se entregasen las fuerzas que defendían la estación; pero si
Allenby no barría a los otomanos, quizá Dara fuese reconquistada por ellos y
los labriegos de Hawran serían pasados a cuchillo.
La misión siguiente era destruir el puente de Tellal-Shihab. El juvenil
cacique de la aldea, que coronaba la escarpa al pie de la cual estaba, indicó
la posición del nutrido grupo de soldados que lo custodiaba. Pensó Lawrence que
mentía. El muchacho se fue y regresó con el capitán armenio de los otomanos,
que estaba dispuesto a traicionarlos. Propuso una emboscada en su habitación.
Llamaría a ella, uno tras otro, a los tenientes, sargentos y cabos, que
prenderían tres o cuatro árabes escondidos. El resto de la fuerza, sin jefes,
apenas resistiría el ataque árabe. Lawrence estuvo de acuerdo. A las once de la
mañana, estaba a corta distancia de la aldea con Nasir. Los camelleros y la
guardia de corps llevaban sacos de gelatina explosiva. Lawrence conocía el paraje
desde su fallido intento con Alí ibn al-Hasayn y Fahad. Estaba oscuro y el aire
húmedo impregnaba sus capas de lana. Oían los gritos del centinela a los
peatones, el rugido constante de la cascada y los ruidos en la estación
cercana. El jefe adolescente apareció, con la capa abierta para que su camisa
blanca se viera como una bandera de paz. Cuchicheó que el plan había fracasado.
Un tren acababa de llegar con reservas alemanas y turcas desde Afula, al mando
de un coronel teutón. Habían arrestado al capitán armenio por haberse ausentado
de su puesto. Había docenas de ametralladoras y docenas de patrullas.
Nuri Said se ofreció a tomar la plaza por la fuerza y Lawrence se opuso
para no tener que lamentar bajas. Se despidieron agradecidos del jefe y
protegieron la retirada de sus hombres, con los fusiles a punto. El de Lawrence
era famoso, un Lee-Enfield británico, cogido en los Dardanelos, que el
generalísimo turco Enver regaló, con una placa de oro grabada en la culata, a
Faisal, quien lo dio a su amigo. Dominando la tentación de disparar una bengala
para asustar a los alemanes, Nasir, Nuri y Lawrence ordenaron a algunos
guardias de corps, al mando de Tallal, que destruyesen los raíles a un par de
kilómetros del puente. Los estampidos no dejaron dormir a los alemanes. El
ejército se retiró hacia Nisib en su regreso a Umtayya, dejando a su paso una
mina debajo de la torre del agua. Cuando los alemanes salieron de Tell
al-Shihab enterados de que no había nadie en Muzarib, el tremendo estampido de
la mina les aconsejó no moverse de la base.
Nisib se hallaba a dieciséis kilómetros de Dara. La artillería de
Pisani, con la colaboración de las ametralladoras, maltrató la estación sin
conseguir que los otomanos se rindieran. Su verdadero objetivo era un gran
puente, situado a varios centenares de metros al norte, protegido por un
puesto. Nuri Said lo bombardeó. Los hombres de Lawrence, tan fatigados como sus
camellos, se negaron a atacar, sobre todo por miedo a que una bala acertara en
la gelatina explosiva que llevaban.
* * * *
Le fallaron por primera vez, pese a sus bromas y amenazas. Subió a la
cresta, batida por los proyectiles, y llamó al más joven y apocado para que le
acompañara hasta el puente. Aunque temblaba como un azogado, cabalgó a su lado;
por fin, Lawrence le despidió con el recado para su guardia de que, si no se
reunían con él, les haría más daño que las balas. Al-Zaagi y Abd Allah el
Ladrón, los más valientes, llenos de ira porque su señor hubiese sido
traicionado, se lanzaron contra los remolones y los empujaron cuesta arriba. El
puesto de guardia del puente estaba desierto. Lawrence hizo señales a Nuri Said
para que cesase el fuego. Llegó con sus hombres al puente, acumuló trescientos
sesenta y dos kilogramos de explosivo alrededor del arranque de los pilares, y
lo hizo añicos. Sería el último y más importante de los setenta y nueve que
había volado. Los árabes podrían esperar en los alrededores de Umtayya la
aparición de las tropas de Allenby.
Los martirizaron los aeroplanos turcos con sus bombardeos. Los beduinos
empezaron a perder la sangre fría, y había el peligro de que escapasen a sus
tiendas. Lawrence y Junor fueron a atacar el aeródromo otomano, que estaba
cerca de Dara, con dos coches blindados. Vieron tres aparatos en la pista.
Destruyeron uno, pero los otros dos escaparon y regresaron. Uno soltó a la vez
sus cuatro bombas desde bastante altura y no los acertó; el otro, volando bajo,
dejó caer las suyas, una tras otra y sin precipitación. Lawrence y Junor
rodaban despacio por un abrupto terreno lleno de rocas y desprotegido. Una nube
de piedrecillas hizo sangrar los nudillos de aquél; otro estallido arrancó un
neumático delantero y casi volcó el vehículo. Sin embargo, entraron en Umtayya
sanos y salvos.
Dos días más tarde un aeroplano de información despegaría de Azraq.
Lawrence se propuso ir en él a Palestina para rogar a Allenby que enviara
algunos Bristol Fighters. En el camino de Azraq, pensaba hacer saltar otro
puente; mas advirtió que su guardia de corps tenía mala cara, temblaba y
obedecía las órdenes sin titubear: era patente que al-Zaagi y Abd Allah el
Ladrón habían solfeado las costillas de los que se quedaron atrás en Nisib. Por
lo tanto, ya que no estaban en forma aquella noche, mandó a los egipcios y
gurkhas (en su primera etapa para auxiliar a Zay en Abu-l-Lisan) en su lugar y
los escoltó en un vehículo blindado y Junor en su Ford. Se perdieron en la
oscuridad, pues Lawrence hacía cinco noches que no dormía. A pesar de ello,
estuvieron con los egipcios cuando hicieron estallar eficazmente treinta
tulipanes, y ametrallaron un tren. Las rayas verdes de las balas trazadoras de
Junor arrancaron aullidos de espanto a los turcos.
El aeroplano esperaba en Azraq con la noticia de la victoria de Allenby.
Había roto todo el frente y los otomanos se batían en retirada. Lawrence lo
comunicó a Faisal y le aconsejó que proclamase la rebelión general. Un par de
horas después, estaba con Allenby quien, sin perder la sangre fría con la
magnitud de su triunfo, no daba respiro al enemigo. Atacaba por tres puntos:
hacia Ammán con los neozelandeses, hacia Dara con los indios y hacia Quneytra,
en Hawan, con los australianos. Los primeros se detendrían en su destino, y las
otras dos divisiones confluirían más tarde en dirección de Damasco. El general
pidió para ello la cooperación de Lawrence con sus árabes, y que no se
encaminase hacia Damasco hasta que los indios y australianos estuvieran en línea
con él. A cambio, el joven solicitó aeroplanos y obtuvo dos Bristol Fighters,
un colosal Handley-Page y un D. H. 9 para el transporte de combustible y piezas
de recambio.
De vuelta a Arabia, al día siguiente, informó a sus amigos de la
conquista de Nablus, Afula, Hayfa y Beysan. La noticia corrió como rayo por el
campamento. Tallal galleó, los Ruwalla exigieron a gritos la marcha contra
Damasco y la guardia de corps, a pesar de sus dolores, clamoreó. El 22 de
septiembre Lawrence desayunaba salchichas con los pilotos en Umtayya, cuando un
vigía vociferó: «Aeroplanos a la vista». Los pilotos de los Bristol Fighters
corrieron a sus aparatos y el del D. H. 9 clavó los ojos en Lawrence en muda
petición de que se encargase de las ametralladoras de su aeroplano. Lawrence se
hizo el tonto. Tenía conocimientos teóricos de los combates aéreos, pero no
práctica para convertirlos en acción refleja. El aviador le reprochó con la
mirada durante la lucha en el aire. Los pilotos de caza regresaron cinco
minutos después: habían derribado un dos plazas, y puesto en fuga a tres
aparatos de reconocimiento. Las salchichas estaban aún calientes. Las comieron,
bebieron té y se pusieron a comer uvas, regalo de la región drusa. De nuevo
gritó el vigía: «Aeroplano a la vista». Los aviadores corrieron a los cazas y
lo abatieron en seguida, envuelto en llamas.
Con Faisal (a quien fue a buscar con su plana mayor por el aire a Azraq)
y Nuri, el emir de los Ruwalla, viajó al norte en el Vauxhall verde del
príncipe, para asistir al aterrizaje del Handley-Page. A treinta y seis
kilómetros del aeródromo vieron a un beduino que corría al sur, como el profeta
Elías, con el cabello y la barba grises flotando en el aire, y la falda ceñida
a los lomos. Gritó a los del automóvil, agitando los flacos brazos, «¡El
aeroplano más grande del mundo!», prosiguió su carrera para esparcir la noticia
entre las tiendas. Una muchedumbre rodeaba al Handley-Page y lo ponderaba:
«Ciertamente, nos han enviado al fin el padre de los aeroplanos. Los demás son
crías suyas». El trascendental acontecimiento se supo por la noche en todo
Hawran y el Chabal al-Druz. Demostraba que los árabes pertenecían al bando
vencedor. El aparato gigante descargó una tonelada de petróleo, aceite y piezas
de recambio para los cazas, así, como raciones para los hombres. Luego despegó
para bombardear Dara de noche.
Allenby había encomendado al ejército árabe la misión de hostigar el
cuarto ejército otomano hasta que los neozelandeses lo expulsaran de Ammán, su
centro, y la de cortar su retroceso al norte. Faisal disponía de cuatro mil
hombres, tres mil de ellos de las fuerzas irregulares. Como la mayor parte de
éstos eran súbditos del emir Nuri, cuyas órdenes nadie osaba desobedecer,
Faisal podía estar seguro de su lealtad. El anciano capitaneó otra incursión de
los Ruwalla contra el ferrocarril y la tribu dio muestras de valor infrecuente
bajo sus ojos; los vehículos blindados colaboraron en aquella operación y el
ferrocarril entre Ammán y Dara dejó de existir. Sólo había que esperar a los
torrentes de fugitivos de Ammán, aterrados por el ataque neozelandés.
Se avisó que una caballería hostil se acercaba a ellos. El emir Nuri con
los Ruwalla y Tallal con los jinetes de Hawran, fueron a su encuentro. Los
acompañaron vehículos blindados. No era más que una muchedumbre de huidos que
atajaban hacia sus casas. Se tomaron cientos de prisioneros y muchos medios de
transporte. El pánico se extendió a lo largo de la línea y soldados muy
separados de los árabes arrojaron todo lo que llevaban, incluso sus fusiles, y
se precipitaron en loca carrera hacia la supuesta seguridad de Dara.
Capítulo XXVI
Lawrence propuso en un consejo, a medianoche, que el ejército árabe
fuese a Shayj Saad, al norte de Dara, a caballo de la línea de retirada del
grueso de las fuerzas turcas. Objetó a ello el oficial de estado mayor
británico que Joyce había dejado como principal asesor de la expedición, porque
Allenby había designado a los árabes simplemente como vigilantes del cuarto
ejército, y como éste había huido en desorden, su misión había terminado:
podían retirarse con honor hacia el este y ensamblar con los drusos
capitaneados por Nasib, el absurdo amigo de Lawrence.
Éste se negó. Ansiaba que los musulmanes llegasen en primer lugar a
Damasco y luchasen. Situarse en Shayj Saad ejercería más presión sobre los
otomanos que cualquier unidad británica, les impediría plantar cara en aquella
parte del territorio y la toma de Damasco sería el fin de la guerra en Oriente
y, tal vez, la de Europa. El oficial de estado mayor no se dejó convencer e
hizo lo posible para que Nuri Said interviniese en el debate. Por último, dijo
que como consejero militar principal debía hacer hincapié, aunque no por
vanidad, que como oficial de carrera sabía lo que llevaba entre manos.
Lawrence, que ya había oído otras veces referencias a su amateurismo
estratégico, suspiró y anunció que se iba a dormir porque madrugaría para
atravesar la línea con su guardia de corps y los beduinos, y que los soldados
regulares hicieran lo que quisieran. Nuri Said declaró que le acompañaría, otro
tanto afirmó Pisani y lo mismo profirieron los restantes oficiales británicos.
Entretanto, Tallal, el emir Nuri y Awda se hallaban ya en camino.
El primero y el tercero atacaron Ezraa y Gazzala, poblaciones contiguas
al ferrocarril de Damasco, y el emir dobló hacia Dara en busca de grupos turcos
fugitivos. Lawrence llegó a Shayj Saad el 27 de septiembre al amanecer. Los
invitaron a la tienda de uno de los enemigos mortales del emir Nuri, y éste,
cuando llegó, hubo de aceptar la hospitalidad de quienes odiaban a su familia.
Durante la campaña los habían molestado aquellos odios y rencillas entre
individuos y tribus, que apenas pudo eliminar la autoridad de Faisal. Exigía un
esfuerzo constante mantener aparte a los adversarios sin ser acusado de
favoritismo. Como Lawrence comenta, la campaña en Francia se hubiera complicado
mucho más si cada división y brigada del ejército británico se hubieran aborrecido
a muerte y hubieran peleado cuando se encontraban por casualidad.
Awda apareció satisfecho de haber conquistado Gazzala al asalto y tomado
un tren, cañones y doscientos presos. Tallal se había apoderado de Ezraa, que
defendía nada menos que Abd al-Qadir, el argelino loco. Los habitantes se
unieron a los conquistadores, y Abd al-Qadir escapó a Damasco sin que pudieran
impedirlo los jinetes, cargados de botín. El emir Nuri apresó cuatrocientos
soldados con mulos y ametralladoras. Los prisioneros fueron enviados a aldeas
remotas para que se ganasen el sustento con su trabajo. Compareció el resto del
ejército, al mando de Nuri Said, y los labriegos, con mucha timidez, se
asomaron a contemplar aquella tropa legendaria. Habían cuchicheado los nombres
de sus famosos jefes —Tallal, Nasir, Nuri, Awda, «Awrans»—, y los veían entonces
en persona.
Lawrence, con cinco o seis beduinos, fue a un otero a examinar el
territorio hacia el sur. Les asombró ver una tropa uniformada —turcos,
austríacos, alemanes—, andando despacio hacia ellos, con ocho ametralladoras a
lomos de acémilas. Iban de Galilea a Damasco, luego que Allenby los hubiese
derrotado, convencidos de estar por lo menos a ochenta kilómetros de cualquier
peligro. Algunos nobles de los Ruwalla se emboscaron en una estrecha. Los
oficiales, que ofrecieron resistencia, murieron instantáneamente, y los
soldados depusieron las armas. Cinco minutos después, registrados y
esquilmados, andaban hacia el campo de prisioneros que había en una aguada.
Zaal y los Huwaytat se dirigieron contra tres o cuatro partidas que se movían
en los alrededores, y pronto reaparecieron tirando de un mulo o caballo de
carga. Zaal no quiso apresar a aquellos infelices.
—Los hemos entregado como siervos a las muchachas y chicos de la aldea
—dijo desdeñosamente.
Todo el Hawran se había levantado. Un par de días más tarde, sesenta mil
hombres armados estarían a punto para cortar la retirada turca. Un aeroplano
dejó caer el aviso de que Bulgaria se había rendido. Evidentemente, la guerra
terminaría pronto, incluso la de Oriente. Los alemanes quemaban almacenes y
aeroplanos en Dara. Recibieron por aire el comunicado de que una columna
otomana de cuatro mil soldados retrocedía hacia Shayj Saad. Había otra de dos
mil procedente de Muzarib. Se atacaría ésta, más fácil. La más nutrida —luego
se comprobó que constaba de siete mil individuos— no sufrió más estorbos que
los ataques que los Ruwalla y algunos labriegos de Hawran asestaron a su
retaguardia.
El enemigo de Muzarib preocupó a Tallal, porque pasaría por su aldea
nativa de Tafas. Corrió hacia ella como un ciclón con el objeto de hacerse
fuerte en las alturas que había al mediodía de ella. Lawrence se le anticipó al
galope, con la esperanza de contener a los otomanos hasta la llegada del
ejército; sus camellos y caballos estaban cansados. Durante la carrera
encontraron árabes montados. Conducían a palos un rebaño de prisioneros turcos,
desnudos hasta la cintura. Les notificaron que eran el resto del batallón de
policía de Dara, con un tremendo historial de monstruosidades contra los
campesinos. Lawrence no pidió que los perdonasen.
Aparecieron en Tafas demasiado tarde. El regimiento de lanceros del
gobernador de Siria se había adueñado de ella y acuchillado a la población.
Estaban quemando las casas. Lawrence y los árabes tendieron una emboscada en
una altura del norte. Los otomanos avanzaron en buen orden: los lanceros en la
vanguardia y la retaguardia, la infantería en una columna central, una
protección lateral de ametralladoras, y la artillería en medio. Abrieron fuego
con las armas automáticas cuando la cabeza de la tropa dejó atrás las primeras
casas. Los turcos replicaron con cañones, pero las granadas rompedoras
estallaron más allá del monte. Se sumaron a ellos Nuri Said, Pisani con sus
piezas de montaña, Awda y Tallal, frenético con la noticia de la matanza de su
gente. Dispararon con rapidez los cañones, fusiles y ametralladoras, mientras
Tallal, el jeque Abd al-Aziz y Lawrence con sus hombres se deslizaban a la
retaguardia de la columna, cuyos últimos efectivos abandonaban la aldea
humeante. No había al parecer nadie vivo en las ruinas. De pronto, una niña de
tres o cuatro años salió vacilante de un montón de cadáveres, sucia de sangre
de la herida que le había inferido una lanza entre el cuello y el hombro. Dio
unos pasos y gritó de modo impresionante en el espantoso silencio: «No me
mates, baba». Abd al-Aziz, de Tafas como Tallal, sintió un nudo en la garganta.
Se tiró del camello. Su súbito movimiento espantó a la niña, que levantó los
brazos y quiso chillar… Cayó de repente al suelo. Había muerto desangrada.
Había cuerpos de otros niños sin vida, y docenas de cadáveres de hombres
y mujeres obscenamente mutilados. Al-Zaagi tuvo un arrebato de risa histérica.
—Los mejores de vosotros serán aquellos que me traigan más turcos
muertos —exclamó Lawrence.
Cabalgaron en pos del enemigo, matando sin piedad a los rezagados y
heridos. Tallal, que había visto todo, trotó gimiendo hacia los lugares altos y
estuvo inmóvil en su yegua, temblando y mirando con fijeza a los otomanos.
Lawrence quiso ir a hablarle, pero Awda lo impidió asiendo sus bridas.
Tallal se cubrió muy despacio el rostro con el pañuelo de cabeza, se
irguió y galopó hacia el enemigo, mientras se doblaba y oscilaba en la silla.
Fue una larga carrera por una pendiente suave y una depresión. Los combatientes
dejaron de disparar. Los cascos de su montura sonaron como fuerte redoble en la
calma súbita. A unos metros del adversario, se enderezó y lanzó con voz
pavorosa su grito de guerra: «¡Tallal, Tallal!». Los fusiles y ametralladoras
otomanos chascaron y él y su yegua entraron acribillados en medio de las puntas
de las lanzas.
— ¡Tenga Dios misericordia de él! —profirió Awda en tono sombrío—.
Cobraremos su precio de sangre.
Se movió lentamente hacia el enemigo. Haciéndose cargo del mando de los
beduinos, envió a diferentes puntos grupos de labradores y así logró arrinconar
a los turcos en terreno que no les favorecía y los dividió en tres partes. La
menos numerosa, compuesta sobre todo de alemanes y austríacos con
ametralladoras, se agruparon alrededor de tres automóviles y combatieron de
manera magnífica. Los árabes parecían endemoniados; el odio y la sed de
venganza los estremecían y apenas lograban sujetar los fusiles para disparar
con puntería. Lawrence y sus hombres galoparon hacia las otras dos partes, que
huían despavoridas. A la puesta del sol habían muerto casi todos los
adversarios. Por vez primera en aquella guerra, Lawrence ordenó: «No hagáis
prisioneros». Los labradores acudieron en manadas. Al principio, de seis sólo
uno estaba armado, pero se armaron poco a poco con los despojos de los turcos
caídos. Al cerrar la noche, todos poseían un fusil y un caballo.
Un grupo árabe no se había enterado del horror de Tafas y había
capturado a doscientos soldados. Lawrence preguntó por qué conservaban aún la
vida. Un hombre gritó desde el suelo y los árabes se volvieron hacia él. Era
uno de los suyos que, con el muslo destrozado, el enemigo no sólo había
abandonado allí, sino también le había atravesado a bayonetazos un hombro y la
otra pierna, dejándole clavado como un ejemplar entomológico.
— ¿Quién lo hizo, Hassan? —le preguntaron.
Por toda respuesta miró a los prisioneros agrupados cerca de él. Sus
amigos dispararon contra ellos a bulto. Todos murieron antes que Hassan.
La matanza y apresamiento de los otomanos en retirada duró toda la
noche. A medida que la lucha avanzaba, las aldeas se incorporaban a ella. La
parte principal de la columna pretendió hacer alto al crepúsculo vespertino,
pero los guerreros de los Ruwalla los empujaron en desorden al seno de la noche
fría y tenebrosa. Los árabes también se habían dispersado y había una confusión
indescriptible. El único destacamento que se conservaba unido era el alemán.
Lawrence sintió entonces admiración por el enemigo que había matado a sus dos
hermanos menores. Avanzaba, altivo y silencioso, como un acorazado, a través
del caos turco y árabe. Hacían alto, se colocaban en orden de combate y
disparaban a una voz de mando. Era glorioso. Se hallaban a más de tres mil
kilómetros de sus hogares, sin esperanza y sin guía, despeados, hambrientos,
insomnes; pero seguían adelante y su número se reducía lentamente.
Aquella noche los Ruwalla tomaron Dara en una carga a caballo. La
guarnición había contenido a los indios de Ramta. Lawrence fue a aquella
población con su guardia de corps y Nuri Said para ver cómo andaban las cosas.
Montaba su gran camella de carreras, Baha, así llamada por el balido que emitía
desde que una bala le hirió la garganta. La permitió marchar a paso veloz y,
como se anticipó a sus hombres, llegó solo a Dara a la alborada. Nasir ya
estaba en la ciudad, y establecía un gobernador y una policía militares.
Lawrence puso centinelas en las bombas, cobertizos de locomotoras y lo que
quedaba de los talleres y almacenes saqueados. Explicó luego a Nasir qué debía
hacerse si no se permitía que los árabes conservasen lo que habían ganado, y su
amigo se quedó atónito, porque no sabía de la dificultad de convencer a los
británicos de que tomasen en serio a sus compatriotas. Pero comprendió en
seguida.
El general Barrow, jefe de los indios, se dirigía a Dara para asaltarla.
Ignoraba que ya había sido conquistada. Algunos de sus soldados tirotearon a
los árabes, y Lawrence y al-Zaagi corrieron a detenerlos. Los servidores de
unas ametralladoras se enorgullecieron de haber apresado a hombres de vestidos
tan lujosos, hasta que se les dijo que uno era un oficial británico que deseaba
ver al general Barrow sin pérdida de tiempo. Las tropas cercaban la población y
los aeroplanos a los hombres de Nuri Said, que llegaban del norte. Barrow se
enojó de que los árabes se le hubieran anticipado. Lawrence no le compadeció,
en particular porque había desperdiciado un día y una noche en los menguados
pozos de Ramta, cuando el mapa mostraba el lago y el río de Muzarib no mucho
más allá, en la carretera por la que el enemigo escapaba. El general insistió
que tenía órdenes de ocupar Dara y que lo haría a despecho de quien estuviera
en ella, y solicitó que Lawrence cabalgase a su lado. El olor de Baha inquietó
a los caballos, y hubo que dejarla en el centro del camino, mientras las
monturas de Barrow y sus ayudantes se encabritaban a los lados. Barrow
establecería patrullas para contener al populacho, y oyó la suave respuesta de
que los árabes habían designado un gobernador militar. El general dijo que sus
ingenieros inspeccionarían las bombas de los pozos. Agradeciéndole aquella
atención, Lawrence le enteró de que los árabes habían encendido los hornos y
que esperaban abrevar sus caballos, a más tardar, dentro de una hora. El general
bufó que parecían hacer las cosas bien, de modo que sólo se cuidaría de la
estación ferroviaria, y su interlocutor señaló la locomotora que soplaba en
dirección de Muzarib, y solicitó cortésmente que los soldados no se metieran en
los trabajos que los árabes efectuasen en la línea.
Barrow, que no tenía instrucciones sobre la situación de los
guerrilleros, pensaba en ellos como en las fuerzas armadas de un pueblo
sometido. Lawrence se preguntó qué podía hacer para evitar que se indispusiera
con ellos. Había leído un artículo de aquel general, en una revista militar,
que defendía la doctrina de que el miedo era el principal resorte de la gente
en la guerra y la paz, y, por lo tanto, sabía a qué atenerse sobre Barrow. Éste
comentó que tenía poco forraje y víveres, y Lawrence le repuso que era huésped
de los árabes. Aquello le aplacó lo suficiente para saludar la banderita de
seda de Nasir, puesta en el balcón de las oficinas del gobernador, y vigilada
por un centinela. Los árabes, agradecidos del saludo, concedieron su
hospitalidad a los indios. Posteriormente, el jefe de la oficina política de
Allenby aseguró a Barrow que la actitud de Lawrence era la acertada. No hubo
disturbios, aunque los indios abusaron de sus huéspedes y los beduinos se
horrorizaron del trato que los oficiales británicos daban a sus hombres. Jamás
habían conocido desigualdad como aquélla.
Llegaban millares de prisioneros. Muchos se enviaron a las aldeas, y
algunos fueron entregados a los británicos, que los enumeraron como hechos por
ellos. Faisal llegó en su automóvil verde desde Azraq al día siguiente, 29 de
septiembre, con los vehículos blindados. Barrow debía encontrarse con Chauvel,
general de los australianos, para entrar juntos en Damasco. Dijo a Lawrence que
rogase a Faisal que se hiciera cargo del flanco derecho, lo que agradó mucho al
joven, pues allí, a lo largo de la vía férrea, Nasir continuaba hostigando a la
columna salida de Tafas con constantes ataques. Permaneció en Dara otra noche,
pero fuera de ella porque le horrorizaba aún el recuerdo de lo sucedido.
Como no pudo dormir, partió antes del amanecer en el Rolls-Royce hacia
Damasco, cuyos caminos abarrotaban los transportes indios. Harto de ello, atajó
por la línea férrea y alcanzó a Barrow, quien le preguntó dónde pernoctaría
aquel mismo día. «En Damasco», respondió y el general puso cara larga, pues
progresaba con mucha cautela, precedido de exploradores y avanzadillas
montadas, pese a estar en una comarca que los árabes habían limpiado de
otomanos. Lawrence halló al fin a Nasir, el emir Nuri y Awda con las tribus.
Todavía luchaban. Los siete mil turcos se habían convertido en dos millares.
Grupos de aquellos supervivientes se detenían de cuando en cuando a disparar
sus cañones de montaña. Nasir fue a saludar a su amigo, caballero en su garañón
alazán (espléndido alemán aún lleno de ímpetu no obstante los ciento cincuenta
kilómetros que había galopado), con el emir Nuri y unos treinta servidores. Le
preguntaron si recibirían refuerzos. Lawrence contestó que los indios estaban
muy cerca. Si detenían al enemigo otra hora…
Lawrence volvió a las fuerzas de India y comunicó a un anciano y
malhumorado coronel el regalo que los árabes tenían para él, y el militar,
aunque no muy agradecido, envió un escuadrón a través de la llanura. Los turcos
descargaron sus cañoncitos contra él y el coronel ordenó la retirada. Lawrence
y el oficial de estado mayor que iba en el auto le pidieron que no se asustase
de aquellas piezas, casi tan peligrosas como pistolas de señales, pero el
anciano le llamó andanada. Por tanto, retrocedieron hasta encontrar a uno de
los generales de Barrow, que envió representantes de la Middlesex Yeomanry y la
Royal Horse Artillery. Los turcos resistentes abandonaron aquella noche su
artillería y transportes, y se diseminaron por las alturas orientales, hacia un
territorio que creían desierto. Awda los esperaba emboscado, y en la oscuridad,
en su última batalla, el anciano guerrero mató y mató, saqueó y capturó hasta
que, a la aurora, advirtió que todo había terminado. Así desapareció el cuarto
ejército otomano.
Quizá interese conocer el informe que de estas operaciones aparece en un
libro oficial: Breve crónica del avance de la fuerza expedicionaria
egipcia.
«La IV División Montada (la del general Barrow), llegando del sur con
las fuerzas árabes a su derecha, entró en Dara sin oposición el 28 de
septiembre y, al día siguiente, tomó contacto con los turcos en retirada en el
área de Dilli. Se empujó y hostigó al enemigo durante dos días, se disparó
contra sus columnas y se las fragmentó. El 30 de septiembre la división se
reunió con otras del Desert Mounted Corps, y llegaron a Zeraqiya a hora
avanzada de aquella misma noche».
Otras referencias a los servicios de los árabes son igualmente
reticentes. (Hay, en cambio, muchos datos sobre cómo falló la
tribu de los Banu Sajr a los atacantes de Ammán unos meses antes). En mi
criterio, estos regateos se deben principalmente a Lawrence, quien no envió
informes detallados al cuartel general. Lo que le importaba en realidad no era
que los partes de Allenby elogiasen a los árabes —en el fondo, a los más les
hubiera tenido sin cuidado—, sino que los independentistas estableciesen en
Damasco un gobierno antes que nadie.
Capítulo XXVII
La guerra había concluido. Lawrence fue a Kiswa, donde los australianos
aguardaban a Barrow. No se demoró mucho en tal población, porque Allenby había
concedido a él y Faisal una sola noche para establecer el orden en Damasco
antes de la entrada británica. La caballería de los Ruwalla, en el momento del
crepúsculo, pidió a Alí Riza, el gobernador, que se encargase de todo. Dicho
personaje, presidente del comité de la libertad, hacía mucho tiempo que estaba
preparado a formar un gobierno árabe: pero, al irse los turcos, se hallaba
ausente, puesto que los otomanos le habían puesto al frente de las tropas que
se retiraban de Galilea. Pero su ayudante Shukri, con ayuda imprevista, como se
referirá, izó la bandera árabe cuando hubieron desaparecido los últimos contingentes
turcos y alemanes. Se cuenta que el general de retaguardia la saludó
irónicamente.
Cuatro mil hombres de la tribu Ruwalla ayudaron a Shukri a mantener el
orden. Desde la ciudad se oyeron fortísimas explosiones y se vieron chorros de
llamas que subían al cielo. Lawrence pensó que destruían Damasco; pero el
amanecer se la mostró tan bella como siempre: los alemanes habían hecho saltar
sus almacenes y polvorines. Un jinete le llevó al galope uvas de parte de
Shukri.
— ¡Albricias! —le dijo—. Damasco te saluda.
Lawrence, en su Rolls-Royce, transmitió la noticia a Nasir, al que las
cincuenta batallas en que había intervenido desde que comenzó la rebelión dos
años y medio antes daban derecho a entrar antes que nadie. Fuese con el emir
Nuri. Mientras se lavaba y afeitaba en un arroyo del camino, los soldados
indios detuvieron de nuevo a Lawrence. Recobrada la libertad, condujo su auto
por la larga calle que llevaba a los edificios gubernamentales.
Había un gentío en las aceras, ventanas, balcones y azoteas, llorando o
vitoreando con prudencia o descaradamente. Pero, en general, sonaba un murmullo
semejante a un suspiro desde las puertas de la ciudad hasta su corazón.
En cambio, en el Ayuntamiento, la gente se apilaba en las escaleras
gritando, abrazándose, cantando y bailando. Reconocieron a Lawrence y se
apretujaron para que pasase.
Encontró en la antesala a Nasir y el emir Nuri, sentados. A su lado, de
pie —y se quedó atónito al verlos— estaban su antiguo enemigo el argelino Abd
al-Qadir, que le había traicionado en el Yarmuk, y Muhammad Said, el asesino,
hermano suyo. Este último brincó adelante y anunció que él y Abd al-Qadir,
nietos del célebre Abd al-Qadir, emir de Argel, habían formado con Shukri un
gobierno la tarde de la víspera y proclamado a Husayn «emperador de Arabia»
ante las narices de los turcos y alemanes humillados. Lawrence se volvió hacia
Shukri, hombre honrado, muy querido en Damasco y casi un mártir a ojos del
pueblo por lo mucho que había sufrido a manos de Chemal, y él dijo que habían
sido las dos únicas personas de la ciudad que apoyaron a los turcos hasta que vieron
que emprendían la huida; después, con sus clientes argelinos, se habían
presentado brutalmente ante el comité y se habían apoderado de la autoridad.
Lawrence, de acuerdo con Nasir, decidió castigar su descaro, pero algo
lo impidió. El gentío se movió como si lo empujara un ariete, los hombres
trastabillaron entre mesas y sillas, y éstas se rompieron, mientras una voz
conocida les imponía silencio con un rugido. Awda se peleaba con el jefe de los
drusos. Lawrence y Muhammad al-Daylan los separaron, y alguien llevó al druso a
otra habitación. Awda, con la cara ensangrentada y las largas crenchas sobre
los ojos, estaba ciego de rabia. Le sujetaron a una butaca dorada en la pomposa
sala de ceremonias, y le dejaron chillar hasta que enronqueció. Temblaba, se
sacudía y buscaba un arma. El druso le había golpeado y juraba lavar con sangre
aquella ofensa. Zaal colaboró en el esfuerzo de calmarle. Transcurrió una hora
antes de que arrancasen a Awda la promesa de dilatar su venganza hasta tres
días más tarde.
Lawrence hizo salir al jefe druso de la ciudad rápidamente y en secreto.
A su vuelta, Abd al-Qadir y Nasir se habían ido. Lawrence llevó a Shukri en el
Rolls-Royce en paseo triunfal por las calles, más llenas que antes. Damasco
estaba loca de alegría. Los hombres lanzaban al aire sus feces, las mujeres se
arrancaban los velos; desde las casas se lanzaron flores, y colgaduras y
alfombras cubrieron la calzada. Desde detrás de las celosías de los harenes,
los perfumes salpicaron a los ocupantes del automóvil.
Los desvirches corrieron detrás y delante de ellos, aullando y
cortándose con cuchillos en su frenesí, y de la multitud surgió un grito
rítmico, que recorrió como una ola toda la ciudad: « ¡Faisal, Nasir, Shukri,
Awrans!». Chauvel, como Barrow, carecía de instrucciones sobre lo que debían
hacer con Damasco y se alivió al enterarse de que se había designado un
gobierno árabe. Lawrence le rogó que mantuviera a los australianos en las
afueras, porque los musulmanes celebrarían tales fiestas aquella noche, que podrían
pervertir a sus soldados. Chauvel le preguntó la conveniencia de hacer una
entrada formal al otro día. Ciertamente.
Dentro y fuera de Damasco esperaban a ambos tareas mucho más importantes
que aquellos actos de ceremonial. Lawrence corrió al Ayuntamiento en busca de
Abd al-Qadir y su hermano. No habían reaparecido y el criado que envió a su
casa recibió la seca información de que estaban durmiendo. Lawrence escuchó a
su mensajero mientras comía un yantar improvisado con el emir Nuri y Shukri,
entre otros, sentados en sillas doradas, en la mesa dorada del charro comedor
municipal. Indicó al criado que los argelinos habían de acudir inmediatamente o
los irían a buscar.
El anciano emir le preguntó qué se proponía. Expulsar a Abd al-Qadir y
su hermano. ¿Avisaría a las tropas inglesas? Tal vez habría de hacerlo, con el
inconveniente de que tal vez no quisieran irse después. El emir reflexionó.
«Tendrás a los Ruwalla para hacer todo lo que quieras. Ahora mismo», dijo. Fue
a congregar a su tribu. Los argelinos fueron al Ayuntamiento con sus guardias
de corps y con expresión asesina. En el camino los interceptaron el emir y sus
hombres; Nuri Said con las tropas árabes regulares ocupaba la plaza, y en el
Ayuntamiento, aguardaba Lawrence, con sus fieles servidores apostados en la
antesala. Estaban perdidos, pero la entrevista fue tempestuosa.
Lawrence, a fuer de representante de Faisal, anuló su gobierno, nombró a
Shukri gobernador militar hasta el retorno de Alí Riza, declaró a Nuri Said
general y designó también un jefe de seguridad pública y un ayudante general.
Muhammad Said denunció a Lawrence como cristiano e inglés, y pidió a Nasir, que
había sido huésped suyo y de su hermano, y que ignoraba su traición, que se
hiciese valer. El interpelado, que no entendía nada, se quedó quieto y
abrumado. Abd al-Qadir maldijo a Lawrence, dominado por la pasión. El injuriado
no le hizo caso, lo cual exasperó más al argelino, que se abalanzó sobre él
empuñando una daga.
Como un rayo, el viejo Awda, todavía furioso por la afrenta de la mañana
y ansioso de pelea, se abalanzó sobre él. Amaba y confiaba en Lawrence tanto
como aborrecía y desconfiaba de Abd al-Qadir. Habría destrozado al argelino con
sus grandes manos, pero le sujetaron una vez más. Abd al-Qadir se aterró. EL
emir Nuri concluyó el encuentro con su habitual laconismo: los hombres de la
tribu Ruwalla estaban incondicionalmente a disposición de Lawrence. Los
argelinos se fueron como un ciclón. Pensó Lawrence que se debía fusilarlos,
pero prefirió no mancillar el primer día del gobierno árabe con unas muertes
políticas.
Entre todos organizaron la administración ciudadana y provincial. El
tránsito de la guerra a la paz, sabía Lawrence, era siempre difícil, y los
rebeldes, sobre todo los rebeldes victoriosos, solían ser malos súbditos y
peores gobernantes. Faisal tendría el desagradable deber de rechazar a sus
compañeros de campaña y sustituirlos por funcionarios del antiguo gobierno
otomano, gente firme y de pocas luces, cuya estolidez no les había permitido
sublevarse y que trabajarían para el régimen árabe con la misma firmeza y pocas
luces. Nasir no lo comprendió, pero Nuri Said y el emir Nuri lo sabían muy
bien.
Buscaron personal sin demora y empezaron la organización administrativa
más imprescindible. Una fuerza policíaca. Suministro de agua (los conductos
estaban llenos de cadáveres humanos y animales). Electricidad, importantísima,
porque la iluminación callejera sería inicio patente de que la paz se había
restablecido; y lució aquella misma noche. Limpieza y sanidad: las arterias
públicas mostraban las reliquias de la huida otomana: vehículos estropeados,
impedimenta, animales muertos y víctimas del tifus y la disentería. Nuri Said
destinó barrenderos a tal tarea, distribuyó sus escasos médicos a los
hospitales y se comprometió, dentro de lo factible, conseguir medicamentos y
material sanitario. Una brigada de bomberos: los alemanes habían destrozado sus
vehículos y los almacenes aún ardían; se repartieron voluntarios para que
volasen los edificios próximos a los incendios con el fin de evitar que el
fuego se propagara. Las cárceles: los guardianes y los presos habían
desaparecido, por lo que Shukri dictó una amnistía general. Disturbios
públicos: se desarmaría poco a poco a los ciudadanos o, al menos, se los
convencería de que no fuesen armados por las calles. Beneficencia: los pobres
estaban medio muertos de hambre desde hacía algún tiempo y se distribuirían entre
ellos los alimentos que se salvaran de los almacenes en llamas.
El abastecimiento general. Damasco carecía de reservas alimentarias y el
hambre reinaría si no se atendía al problema inmediatamente. Sería fácil
obtener de momento víveres de las aldeas de los contornos si se restablecía la
confianza, se custodiaban los caminos y carreteras, y los animales de
transporte robados por los turcos se reemplazaban con los que se les habían
tomado. Los británicos se negaron a ello y los árabes hubieron de ceder los
suyos a la ciudad. El ferrocarril para abastecerse de alimentos. Se debían
reclutar inmediatamente guardagujas, maquinistas, fogoneros, dependientes y
personal de servicio de tren y de estación. El sistema telegráfico: había que
reparar las líneas y nombrar directores. Finanzas: los australianos habían
saqueado millones de libras en billetes turcos y los habían depreciado
lanzándolos por todas partes. Un soldado había regalado uno de quinientas al
muchacho que le había guardado el caballo durante tres minutos. Lo que quedaba
del oro británico de Aqaba se empleó para estabilizar la moneda a bajo precio
de cambio, pero, como habría que fijar otros precios, sería necesario un
sistema de impresión para lanzar moneda nueva.
Se requería un periódico que restaurara la confianza pública. Chauvel
exigió forraje para sus cuarenta mil caballos; si no se lo entregaban, lo
tomaría por la fuerza. Los árabes podían esperar poco de Chauvel y la libertad
de Siria dependía de mantener el contacto. Tres militares ingleses que sabían
árabe, y habían estado con él en la expedición de Aqaba, ayudaron a Lawrence,
Shukri, etc., en aquella apresurada organización. Lawrence había tenido la
intención de montar una fachada más que un edificio sólido, pero el alocado
trabajo de aquella tarde fue tan eficaz que, cuando se marchó a los tres días,
los sirios tuvieron un gobierno que duró dos años sin consejo foráneo, en un
país arrasado por la guerra y contra la voluntad, por lo menos, de uno de los
aliados ocupantes.
Lawrence escribe:
«Más tarde, trabajando a solas en mi habitación, y pensando con toda la
claridad que permitían los turbulentos recuerdos de la jornada, los almuédanos
lanzaron al aire la convocatoria a la última oración, en la húmeda noche, por
encima de la iluminación de la ciudad en festejos. Uno, de voz dulce y
resonante, invadió mi ventana desde una mezquita próxima. Sin advertirlo,
repetí sus frases: “Dios es grande. Atestiguo que no hay más dios que Dios; y
Mahoma es el profeta de Dios. Acudid al rezo; acudid a la salvación. Dios es
grande. No más dios que Dios”.
”Hacia el final, el tono de su voz descendió, casi como si hablara, y añadió
con suavidad: “Y Él ha sido muy bueno con nosotros el día de hoy, oh gente de
Damasco”. El vocerío se extinguió, porque todos parecieron someterse a la
llamada a la oración en su primera noche de libertad perfecta»
Con este pasaje, Lawrence cierra la popular versión abreviada de Las
siete columnas de la sabiduría, su gran libro, pero casi haciendo
trampa, porque había algo más:
«Mientras que mi magín, en aquella pausa abrumadora, me reveló mi
soledad y falta de razón en su movimiento; puesto que sólo para mí, de todos
los oyentes, era el suceso lamentable y la frase desprovista de significado».
Se refiere, creo, a la extinción del motivo personal que le había
mantenido vivo en las pruebas inimaginables de su misión, y a su vergüenza de
haber engañado a los árabes con lo que semejaba el fraude más burdo.
Capítulo XXVIII
Podría dormir por primera vez en varios días. Casi inmediatamente le
despertaron con la noticia de que Abd al-Qadir se había sublevado. Avisó a Nuri
Said, contento de que aquel chiflado excavase su tumba. El argelino había
congregado a sus adeptos, les había contado que los miembros del nuevo gobierno
eran títeres de Inglaterra y los exhortó a descargar un golpe en pro de la
religión cuando todavía tenían tiempo de hacerlo. Sus seguidores le creyeron y
corrieron a armarse. Consiguieron la asistencia de los drusos, furiosos de que
Lawrence se hubiera opuesto a recompensar sus servicios; se habían unido a la
rebelión demasiado tarde para que resultasen útiles. Unos y otros se pusieron a
saquear establecimientos.
Lawrence y Nuri Said, en cuanto amaneció, empujaron sus hombres desde
los suburbios hacia los distritos del río en el centro de Damasco. Las
ametralladoras que había en ellos formaron una valla de balas que se aplastaban
en las paredes y cerraron el paso. Capturaron a Muhammad Said y le
encarcelaron. Abd al-Qadir huyó a su aldea del Yarmuk. Los drusos, expulsados
de la ciudad, dejaron fusiles y caballos en manos de los damascenos enrolados
como guardias cívicos. Al mediodía todo estaba en paz y se reanudó el tráfico
callejero y los vendedores pregonaron, como antes, golosinas, bebidas heladas,
flores y banderitas árabes carmesíes.
Lawrence telefoneó a Chauvel al comenzar la contienda y el general
ofreció sus soldados sin vacilar. Le dio las gracias y le pidió una compañía de
caballería para que se agregase a la que ya estaba estacionada en el principal
cuartel turco. Por si acaso. No fueron necesarias. Los más impresionados fueron
los corresponsales de guerra. Una de las descargas de las ametralladoras dio en
la pared de su hotel, y al punto telegrafiaron a sus periódicos, sin
cerciorarse de la verdad, escalofriantes noticias basadas en rumores
descabellados.
Allenby, que continuaba en las inmediaciones de Jerusalén, pidió a
Lawrence que confirmase las mortandades descritas por los periodistas, y él le
remitió la lista de bajas: cinco muertos y diez heridos.
Reemprendió la organización de los servicios públicos. El cónsul
español, que representaba los intereses de diecisiete naciones y había buscado
en vano una institución gubernamental con que hablar, le visitó. Lawrence se
felicitó de la ocasión que se le ofrecía de usar los vehículos internacionales
para demostrar la autoridad de un gobierno que él había creado con audaz
iniciativa propia. Al mediodía un médico australiano le imploró en nombre de la
humanidad que recordase al hospital turco. Lawrence revisó mentalmente los tres
que dependían de los árabes —militar, civil y misional—, y le aseguró que todos
estaban atendidos lo mejor que se podía dadas las circunstancias. Los árabes no
podían inventar medicamentos y Chauvel se negaba a cederles parte de los suyos.
El médico le describió una enorme extensión de edificios sucios, sin doctores
ni sanitarios, rebosantes de muertos y agonizantes, víctimas sobre todo de la
disentería y el paratifus, pero, así lo esperaba, ni de la fiebre tifoidea ni
el cólera.
Lawrence se preguntó si se referiría al cuartel otomano en que se habían
estacionado a las dos compañías australianas. ¿Hay centinelas en las puertas?
—Sí, ése es el sitio —dijo el médico—. Está lleno de otomanos enfermos.
Lawrence fue al cuartel y gritó en la amplia entrada. Su voz resonó en
los pasillos polvorientos. Según el centinela con quien había hablado, sacaron
la víspera de allí millares de prisioneros y los llevaron a un campo de
extramuros. Desde entonces, nadie había entrado ni salido. Lawrence pasó a un
vestíbulo cerrado. Hedía a muerto. Y, en efecto, había un montón de ellos, en
uniforme o desnudos. Llevarían dos o tres días en aquel lugar. En una gran
sala, en la que oyó un gemido, había lechos y más lechos con cadáveres. Siguió
adelante y en algunas camas se alzaron varios brazos, y sonó un murmullo: «
¡Piedad, piedad!».
Lawrence corrió al jardín, donde los australianos tenían los caballos y
pidió ayuda. No podían ayudarle. Kirkbride, joven oficial inglés que iba con él
desde Tafila y había intervenido en la lucha contra los rebeldes argelinos y
drusos, explicó que se rumoreaba que había médicos turcos en el piso. Abrieron
una puerta y hallaron varios en camisa de noche, preparando café. Lawrence les
ordenó separar los muertos de los vivos, y entregarle una lista con la cantidad
de unos y otros al cabo de una hora. Kirkbride, alto, de gruesas botas y
revólver pronto, vigilaría la operación.
Lawrence habló con Alí Riza, el gobernador, que se había escapado de los
otomanos, y consiguió de él que enviase uno de los cuatro médicos árabes al
cuartel. Los cincuenta enfermos más válidos tuvieron que cavar una fosa en el
patio trasero, trabajo cruel para hombres tan débiles, pero necesario. El
doctor árabe informó que había cincuenta y seis muertos, doscientos moribundos
y setecientos poco graves. Dos más fallecieron mientras los enterraban. Los
australianos protestaron que aquél no era sitio para un cementerio, y que la
fetidez los echaría del jardín… Lawrence encontró cal viva y la desparramó
sobre los cuerpos sin vida. A medianoche, pudo regresar al hotel. Kirkbride
haría tapar la tumba común.
Durmió por fin. Por la mañana, todo había mejorado en Damasco.
Circulaban los tranvías, las tiendas estaban abiertas y se recibía de los
alrededores grano, hortalizas y fruta. Se habían regado las calles para retener
el polvo, pero no se remediaría con ello el mal que habían hecho tres años de
tráfico militar pesado. Soldados británicos transitaban desarmados. Se reparó
la comunicación telegráfica con Palestina y Beyrut. Le molestó enterarse de que
los árabes habían conquistado esta última ciudad la víspera por la noche,
porque en fecha tan lejana como la de las operaciones de al-Wachh les había
avisado que cediesen Beyrut y el Líbano a los franceses, y que tomasen el
puerto de Trípoli, situado a ochenta kilómetros más al norte.
Incluso el hospital había mejorado. Los cincuenta prisioneros, con el
nombre de «ordenanzas», lo habían adecentado; recorrieron las salas, lavando a
los enfermos. Habían retirado el ajuar de una, fregado su suelo y empleado
desinfectante. Los pacientes menos graves serían trasladados a ella y se
higienizaría la suya. Al cabo de tres días el hospital sería aceptable.
Estaba proyectando otras mejoras, cuando le abordó un comandante del
cuerpo médico del ejército británico, quien le preguntó sin preámbulos si sabía
inglés.
—Sí.
El comandante miró con disgusto sus faldas y sandalias.
— ¿Dirige esto?
—En cierta manera.
— ¡Escandaloso, ultrajante, desdichado, debieran fusilarle…! —chilló el
comandante.
A aquel exabrupto inesperado, Lawrence, que tenía los nervios de punta,
se rió como un loco. Se había enorgullecido de haber recompuesto lo que no
parecía tener arreglo. El médico británico no había presenciado el espectáculo
dantesco, ni percibido el hedor, ni ayudado a sepultar los cadáveres
putrefactos. Le propinó, en cambio, una bofetada y se fue.
Ante su hotel, una multitud compacta se apiñaba alrededor de un
Rolls-Royce gris, muy familiar. Lawrence corrió hacia Allenby. El general le
saludó y le felicitó por haber organizado gobiernos árabes en Dara y Damasco.
Refrendó a Alí Riza como gobernador militar y estableció los ámbitos
correspondientes a Faisal y Chauvel. Accedió a encargarse del hospital-cuartel
y del ferrocarril. En diez minutos se disiparon las dificultades. La confianza,
decisión y amabilidad de Allenby eran como un sueño agradable.
Arribó de Dara el tren de Faisal y, en medio de atronadores vítores,
que, a medida que avanzaba, se oían con más fuerza por la ventana, visitó a
Allenby. Lawrence fue el intérprete en el primer encuentro de sus dos jefes.
Allenby le pasó un telegrama, recién recibido y destinado al príncipe, en el
que el gobierno británico reconocía el status beligerante de los árabes. Nadie
entendió lo que significaba ni en inglés ni en lengua arábiga, y Faisal, con
los ojos aún brillantes de lágrimas por la acogida de la multitud, lo dejó a un
lado para satisfacer la ambición de un año: agradeció a Allenby su confianza,
que había contribuido a la victoria de su pueblo. «Contrastaban de modo extraño
—escribe Lawrence—. Faisal de ojos grandes, descolorido y gastado como una daga
bella; Allenby, gigantesco, encarnado y alegre, representante idóneo de la
potencia que había rodeado el mundo con una guirnalda de humor y comportamiento
autoritario».
La entrevista se acabó a los pocos minutos. Ido Faisal, Lawrence hizo a
Allenby su primera y última petición personal: que le permitiera irse. El
general se negó durante algún tiempo, pero Lawrence le señaló que los árabes
pasarían de la guerra a la paz con más facilidad si desaparecía su influencia.
Entendió Allenby y le concedió el permiso. Entonces, de pronto, Lawrence
comprendió cuánto sentía irse.
Se despidió de sus amigos árabes. Entre los que fueron a decirle adiós
figuró Chauvel, quien le agradeció cordialmente todo lo que había hecho por él.
Se marchó en un Rolls-Royce. Durante más de un año, grupos de sus amistades
frecuentaron los aeródromos con la esperanza de que retornase. Molestó a los
oficiales de la Air Force que, al aterrizar, una reducida turba corriera
siempre hacia sus aparatos y se apartase de ellos desilusionada, exclamando:
— ¡No Awrans!
Capítulo XXIX
Regresó a Londres, tras cuatro años de ausencia, el 11 de noviembre de
1918, día del armisticio. Acompañó a Faisal, que llegó unas semanas después, en
un recorrido por Inglaterra y luego a la Conferencia de la Paz, que se
celebraba en París. El Foreign Office le había nombrado miembro de la
delegación británica. Empleó la misma extraordinaria energía que aplicó para
ganar la guerra en el desierto en vencer en la lucha de la Cámara del Consejo.
Pero presintió que era una causa perdida.
Los franceses complicaron las cosas desde el principio, negándose a
reconocer a Faisal como gobernante de Damasco y otras provincias sirias, que
deseaban dominar.
Y la posición del príncipe árabe pecaba de insegura. Se consentía que
participase en las discusiones como representante del «aliado». Husayn, jerife
y padre suyo, al cual se le reconocía únicamente el derecho de denominarse rey
de Hichaz (la provincia santa y el litoral del mar Rojo hasta Aqaba). Todas las
materias oficiales se tratarían en su nombre, aunque no se habló en absoluto de
Hichaz en la Conferencia de la Paz. En cambio, se discutió sobre Siria y
Mesopotamia, en las cuales Francia no reconocía autoridad alguna al jerife.
Hubiera sido todo más fácil si Husayn y Faisal hubiesen estado de acuerdo, pero
el ambicioso y mezquino anciano sentía celos de su hijo. Quería regir un gran
imperio religioso compuesto de las regiones arabófonas de la Sublime Puerta, y
que La Meca fuese su capital.
Durante la guerra había sido prudente no llevarle la contraria, en
beneficio de la rebelión árabe; pero, firmado el armisticio, Lawrence planeó
ponerle en el lugar debido sin alborotos. La Meca era la peor ciudad del orbe
islámico, vivero de fanatismo religioso (y, también, de vicio), y, a causa de
su santidad y de su alejamiento de Siria y Mesopotamia, no podía transformarse
en la metrópoli de un estado ilustrado. Asimismo, el desierto (porque La Meca
era el desierto) jamás podría gobernar las tierras pobladas, que se abrían a la
civilización moderna. El desierto sería siempre bárbaro y primitivo.
Sir Henry McMahon, que, en su calidad de alto
comisario de Egipto había concluido el primer tratado con Husayn, por el que
entró en la guerra a favor de los aliados, me ha hablado de Lawrence en París.
—Me designaron miembro de la delegación británica, en lo concerniente a
Siria, Palestina y Mesopotamia, para que informase de la opinión de aquellos
países sobre los gobiernos que preferirían y de la posibilidad de contentarlos
en tal sentido. Noté en París que nadie entendía lo que estaba ocurriendo; ni
siquiera encontré a mis colegas. La única persona que parecía conocer todo y a
todos, y tener acceso a los Tres Grandes —Clemenceau, Lloyd George y Woodrow
Wilson—, era Lawrence. No sé cómo se las arreglaba, pero entraba y salía de sus
habitaciones privadas como Perico por su casa. Como era él solo, hombre que
dominaba la cuestión geográfica y racial de Oriente, supongo que se alegrarían
de consultarle. Descubrió mis colegas inmediatamente, salvo al delegado de
Francia, que, posiblemente, no pretendía que asistiera, porque no le nombraron
ni le nombrará. Por lo tanto, el asunto quedó en agua de borrajas.
Lawrence confió en Lloyd George, con el que compartía la simpatía a las
naciones pobres u oprimidas, y le expuso con sencillez el problema. La
independencia árabe había nacido en el desierto, como todos los grandes
movimientos de aquel pueblo; pero hubo de estabilizarse así que llegó a las
tierras, de población arraigada, de Siria y Mesopotamia. El desierto ha hecho
siempre esfuerzos magníficos que han acabado en nada. Quería que Damasco fuese
el centro firme de la nueva independencia árabe, y la metrópoli de Faisal como
primer gobernante de un estado sirio. Los franceses, como lo estipulaba el
tratado de Sykes-Picot, habrían de limitar sus posesiones a Beyrut, el Líbano y
la costa septentrional siria, con el privilegio de asesorar a Damasco si sus
administradores lo requerían.
Mesopotamia sería otro Estado árabe, o tal vez dos, y, al cabo de unas
generaciones, cuando hubiesen comunicaciones viarias, ferroviarias y aéreas, y
con ellas se hubiesen unido las provincias más civilizadas, podrían crearse
unos Estados Unidos de Arabia. Lawrence recomendó que no se fomentase una
confederación temprana; tampoco había que impedirla. Que se dejase al desierto
en libertad para que arreglase las cosas a su manera, sin interferencia de las
regiones árabes pobladas o del resto del mundo.
Tal vez Lloyd George hubiese accedido a aquello, pero, por desgracia, el
tratado de Sykes-Picot había situado a Mosul en la esfera de la influencia
francesa. Aunque eso no conturbó a Lawrence, la cláusula ponía en peligro la
ocupación militar de Mesopotamia que el gobierno imperial, luego de haber
conquistado Bagdad con enormes sacrificios, se proponía transformar en
provincia administrada por Gran Bretaña. Así pues, presentado el caso al Comité
de los Diez —Clemenceau y Pichón (Francia), Lloyd George (Inglaterra), Montagu
(Gobierno de India), Sonnino (Italia) y otros—, se permitió que los franceses
adoptaran en el caso de Siria la misma actitud equívoca que los británicos en
el de Mesopotamia. Lawrence, como intérprete de Faisal, asistió a aquella
importantísima reunión y habló en árabe, francés e inglés. Hubo un incidente
divertido. Pichón, en su discurso, mencionó a san Luis y los derechos de
Francia en Siria durante las cruzadas. Faisal, sucesor de Saladino, le indicó:
—Perdone, señor Pichón, ¿cuál de nosotros ganó las cruzadas?
Se discutieron las promesas contradictorias que el emir Nuri había
expuesto a Lawrence, y finalmente, al cabo de meses de intriga, parece que
Faisal y Clemenceau llegaron a un acuerdo secreto. Aquél, con la ayuda de
Francia, regiría desde Damasco la mayor parte de la Siria interior; los
franceses se quedarían con Beyrut y el litoral sirio. Se concedió, bajo la
tutela británica, un hogar palestino a los judíos. Gran Bretaña se reservó toda
Mesopotamia y condenó, previamente, toda agitación en favor de la independencia
árabe. No se hizo público aquel acuerdo, si lo fue, durante la Conferencia de
la Paz; mas Faisal regresó a Siria y lo acordado comenzó a dar señales de vida.
Lord Riddel ha tenido la amabilidad de contarme lo siguiente:
—Tras el debate final en Versalles, hablé con Faisal y Lawrence. Éste
atribuyó al príncipe esta observación: «En el desierto, cuando se encuentra una
larga caravana, se ve que cada camello está atado, por la cuerda que le pasa
por la nariz, a la cola del que le precede; pero, cuando se llega a un
manantial, después de una larga jornada, se descubre que un burrito guía la
reata». Eso quería decir, desde luego, que los estadistas eran torpes, de mente
roma, y los líderes, astutos, pero superficiales.
Lawrence estaba descontento del resultado de la Conferencia de la Paz,
como lo prueba su carta a The Times de 1920, que se presenta
en el apéndice B. Al llegar a Inglaterra, había rechazado las condecoraciones
que se le ofrecieron. Según la versión que me dio meses después, explicó
personalmente al rey que su intervención en la rebelión árabe le deshonraba, y
también deshonraba a su patria y su gobierno. Obedeciendo órdenes, había dado a
los árabes falsas esperanzas; agradecería mucho que le exonerasen de aceptar
galardones por haber realizado también aquella estafa. Con respeto como
súbdito, pero con firmeza como individuo, se proponía por todos los medios,
lícitos o ilícitos, luchar hasta que el gobierno de Su Majestad llegase a un
acuerdo equitativo con los árabes. Según esto, a lo que Lawrence no agregó nada
cuando, hace poco tiempo, le sometí mi versión para que la autentificase, el
soberano, aunque se resistió a creer que los ministros de la corona fuesen
capaces de jugar con dos barajas, respetó sus escrúpulos y consintió en que
renunciara a las condecoraciones. Lawrence manifestó su agradecimiento, y
devolvió asimismo sus galardones extranjeros con una exposición de sus motivos
para hacerlo.
Lord Stamfordham, secretario privado del rey, a quien he pedido
autorización para publicar el párrafo anterior, ha tenido la bondad de
consultar al soberano sobre lo que recuerda de la entrevista.
—Su Majestad no se acuerda de que las palabras del coronel Lawrence
fuesen las que usted registra. Al pedir licencia para rehusar las
condecoraciones que se le brindaban, el coronel Lawrence explicó sucintamente
que había hecho ciertas promesas al rey Faisal. Como esas promesas no se habían
satisfecho, y era muy posible que debiera luchar contra las fuerzas británicas,
era evidentemente imposible e inadmisible que llevase condecoraciones de Gran
Bretaña. El monarca no recuerda que el coronel Lawrence declarase que su
intervención en la rebelión árabe fuese deshonrosa para él, su patria y el
gobierno.
Fue a El Cairo, terminándose ya la Conferencia de la Paz, a recoger sus
diarios y fotografías del período bélico, y en Roma se estrelló el Handley-Page
en que iba. Murieron los dos pilotos. Lawrence, aparte otras heridas, se
fracturó tres costillas y una clavícula. En París empezó a redactar Las
siete columnas de la sabiduría, libro del que se tratará en el próximo
capítulo. Le desmovilizaron en junio de 1919 y, clausurada la Conferencia de la
Paz, vivió en Londres hasta el mes de noviembre del mismo año, cuando le
concedieron una beca de investigación por un septenio en el All Souls College
de Oxford. Pasó el año de 1920 en Londres.
Mientras tanto, hubo evoluciones políticas. Retirado Clemenceau, se
endureció la actitud del gobierno francés con Siria, y el acuerdo, que había
existido aparentemente, se transformó en velado estado de guerra. Pronto se
iniciaron las hostilidades y Faisal, que no resistió, fue expulsado de Damasco.
Se trasladó a Palestina y luego a Italia e Inglaterra, donde pidió ayuda al
gobierno británico. No podía hacerse nada en su favor. Regresó a La Meca. Vivió
en aquella ciudad hasta que, por mediación de su padre, elementos influyentes
de Bagdad le invitaron a visitar Mesopotamia como su candidato para ocupar el
trono vacante del país. Se aseguró de que el gobierno británico vería con
buenos ojos que aceptase, y se le coronó en Bagdad en presencia de Sir Percy
Cox, alto comisario inglés.
Luego de la expulsión de Faisal de Damasco, parecieron concretarse los
temores de Lawrence: había embriagado a los árabes con falsas ilusiones y no
había logrado para ellos un mínimo grado de independencia. Pero no se desanimó.
En febrero de 1921, se agudizó tanto la crisis de Mesopotamia, que los asuntos
del Oriente Medio se encargaron al Colonial Office y se nombró jefe de éste a
Winston Churchill. El nuevo ministro ofreció a Lawrence el puesto de consejero
y le prometió un trato justo si colaboraba con él. Lawrence aceptó con la
condición de que se cumplieran, al fin, las promesas que había hecho a los
árabes. Sus medios, «lícitos o ilícitos», se expresan en la siguiente carta, en
la que contestó a preguntas mías sobre sus razones e intenciones en ese período
oscurísimo:
«Los hechos de La Meca habían cambiado mucho entre junio de 1919, cuando
el ministerio de coalición se mostró, en mi opinión, opuesto a seguir una línea
liberal en el Oriente Medio, y marzo de 1921, en que el señor Winston Churchill
tomó las riendas. La City se hundía. La prensa, con la colaboración de muchas
personas, incluida la mía, atacaba los gastos de nuestros compromisos del
período de guerra en Asia. La falta de flexibilidad y sutileza de lord Curzon
había complicado una situación de por sí difícil a causa de la revuelta en
Mesopotamia, el disgusto de Palestina, el desorden de Egipto y el
desmembramiento continuo de la Turquía nacionalista. Por lo tanto, el gabinete
estaba medio dispuesto a renunciar a nuestras responsabilidades en el Oriente
Medio: evacuar Mesopotamia, “milnerizar”. Egipto y, quizá, entregar Palestina a
otra nación. El señor Churchill estaba decidido a encontrar procedimientos para
que no hubiese un cambio tan grande de la tradicional actitud británica. Yo
estuve de acuerdo con él, más aún, creo que llegué más lejos que el ministro en
mi deseo de que el imperio británico tuviese tantos dominios “negros” como
“blancos”. Triste será el día en que nuestro Estado deje de crecer».
(Cuesta conciliar a Lawrence que escribió la última frase con el
Lawrence nihilista, sin predilecciones nacionales; pero los dos son Lawrence
—o, mejor, Shaw—, y se puede elegir el que más guste).
El Ministerio de la Guerra (bajo Sir Henry Wilson)
abogaba con fuerza por retirarse de Mesopotamia, ya que el costo mínimo de la
ocupación militar ascendía a veinte millones de libras esterlinas anuales.
Churchill convenció a Hugh Trenchard, jefe del estado mayor del Aire, de que se
responsabilizase de reducir por lo menos aquella cantidad en cuarto. La Royal
Air Force se utilizaría en vez de fuerzas del ejército y el jefe de la aviación
mandaría todos los contingentes de Iraq. Aquello era una novedad para los
aviadores, pero Trenchard confiaba en sus subordinados. Y Lawrence, que
defendió aquel cambio con toda su alma, creyó que aquella responsabilidad
acrisolaría a la nueva arma. (¡Lawrence de nuevo con su objetivo!).
Esta política podría aplicarse sólo si la acompañaba cierta medida de
gobierno árabe independiente, consistente en un tratado entre Iraq (nombre
arábigo de Mesopotamia) y Gran Bretaña, y no en un mandato. El gobierno accedió
tras graves discusiones y la nueva política aportó la paz.
«Desde la firma del tratado con Iraq, los millares de bajas británicas e
indígenas, anteriores a ella, se han reducido a unas decenas. El gobierno
árabe, si bien no está libre de las enfermedades de la infancia, mejora sin
cesar en competencia y fe en sí mismo. Hay una reducción constante del personal
británico. La independencia económica despunta en el horizonte. Nos proponemos
que se admita el país en la Sociedad de las Naciones. Esperamos que continuará
relacionándose con Gran Bretaña por las manifiestas ventajas de un íntimo
contacto con una empresa tan importante como el imperio británico.
”Dije a Lloyd George en París que Bagdad sería el centro de la independencia
árabe, no Damasco, porque espera a Mesopotamia un gran futuro y el desarrollo
posible de Siria es limitado. Tiene ahora cinco millones de habitantes; Iraq,
tres. Pero Siria tendrá siete cuando Iraq cuente con cuarenta. Concebí Damasco
como capital de un Estado árabe durante unos veinte años. Cuando los franceses
la tomaron hace veinticuatro meses, hubimos de transferir inmediatamente el
foco del nacionalismo árabe a Bagdad, cosa difícil, porque, durante la guerra y
el armisticio, la política británica local reprimía severamente todo
sentimiento nacionalista.
”Creo tener cierta parte de mérito en la pacificación que el señor Churchill ha
logrado en el Oriente Medio, porque se apoyó en el conocimiento y la energía
que poseo. Suyos fueron la imaginación y el valor de empezar de nuevo, y la
destreza y el dominio del procedimiento para llevar a cabo, pacíficamente, su
revolución política en el Medio Oriente y Londres. Cuando, en marzo de 1922,
empezó a funcionar, comprendí que había triunfado en lo que me había propuesto.
Los árabes tenían una oportunidad y debían aprovecharla, si eran listos, para cometer
errores y escarmentar con ellos. Mi objetivo fue siempre que anduvieran con sus
pies. Había concluido el período de llevarlos de la mano. Por eso, abandoné la
política y me alisté. Mi trabajo había terminado, como escribí a Winston
Churchill, al despedirme de persona tan amable conmigo, que pareció más un
compañero de edad que un jefe. Lo que hice para él en 1921 y 1922 me parece,
visto de modo retrospectivo, el mejor trabajo de mi vida. En cierto modo, a mi
juicio, repara los riesgos inmorales e injustificables a que expuse la
existencia y la felicidad ajenas en 1917 y 1918.
”Cierto. Iraq era lo importante, porque no podía haber sino un solo centro de
nacionalismo árabe, o, mejor, no debía haberlo, y era justo que estuviese
dentro de la esfera británica y no dentro de la francesa. Pero, en esos años,
decidimos cortar los subsidios a los jefes árabes y establecer un muro
alrededor de Arabia, tierra que debe ser reserva del individualismo arábigo.
Mientras la escuadra vigile sus costas, Arabia tendrá ocasión de resolver su
destino complejo y fatal.
”Y, claro, de esa manera hemos sentenciado al rey Husayn. Le ofrecí un tratado
en el verano de 1921, que hubiera conservado Hichaz para él, si hubiese
renunciado a sus pretensiones hegemónicas sobre otras regiones árabes. Pero se
aferró al título que se había irrogado de «rey de los países arábigos». Por eso
Ibn Saud de Nach le depuso y reina en Hichaz. Ibn Saud no es un sistema: es un
déspota que gobierna con un dogma. Por consiguiente, le apruebo, como estoy
dispuesto a aprobar todo lo que en Arabia sea individualista, espontáneo y
asistemático.
”El señor Churchill se mostró moderado en Palestina para obtener la paz,
mientras se verifica el experimento sionista. Y en Transjordania ha cumplido
nuestras promesas a los rebeldes árabes, y ha ayudado a los jefes locales a
formar un principado tapón, entre Palestina y el desierto, cuya presidencia
nominal ostenta Abd Allah, hermano de Faisal.
”Por tanto, como he dicho, he conseguido todo lo que quería (para otros) —la
solución de Churchill sobrepasó mis esperanzas más ambiciosas— y he abandonado
el juego. Ignoro si el espíritu nacional árabe es permanente y fértil para
convertirse en un Estado moderno en Iraq. Quizá sí. Nuestro honor nos obliga a
dar esa oportunidad. Su éxito empujaría a los sirios a un experimento similar.
Deseo que Arabia se inhiba de los movimientos de los lugares poblados, como
Palestina, si los sionistas salen bien del paso. El éxito de éstos vigorizaría
enormemente el desarrollo material de Siria e Iraq.
”Le pido que puntualice en su libro, si emplea toda esta carta, que desde 1916
en adelante, y sobre todo en París, me opuse a la idea de una confederación
árabe, que se formase políticamente antes de convertirse en realidad comercial,
económica y geográfica por la lenta presión de muchas generaciones; que procuré
ofrecer a los árabes la posibilidad de establecer gobiernos provinciales en
Siria o Iraq; y que, a mi parecer, Winston Churchill ha satisfecho perfecta y
honrosamente nuestras obligaciones de guerra y mis esperanzas».
Poco hay que agregar a la anterior explicación. Los franceses han tenido
muchas preocupaciones en Siria desde la marcha de Faisal. Sus métodos
represivos les han metido en una guerra con los drusos y en un bombardeo
destructor de Damasco. Y en gastos onerosos en la administración de la
provincia.
Faisal, seguro en su trono de Bagdad, ha enviado su hijo a una escuela
inglesa; así, cuando le suceda, se mantendrán cordiales las relaciones entre
Iraq y Gran Bretaña. Zayd, por su edad, pudo ingresar como estudiante de primer
curso en el Balliol College, de Oxford. Remó en el segundo «Torpids» y, al
curso siguiente, pidió perdón por telégrafo al director de Balliol por su
retraso: Faisal había enfermado y consideró deber suyo gobernar como regente
hasta que se curó. Abd Allah de Transjordania, al este del Jordán y al sur del
río Yarmuk, con una salida al mar Rojo en Aqaba, se divierte aún haciendo
bromas y jugarretas; administra bien su reino (Alí Riza fue su primer
ministro), aunque los ciudadanos y los pueblerinos se quejan de que no cobre
con rigor los impuestos a las tribus semi nómadas. No se interprete esto como
debilidad del monarca, pues cuando el viejo Awda, en el borde de sus dominios,
se negó a pagar los tributos en un mensaje insolente, le prendió y encarceló en
Ammán. Claro que Awda, por ser quien era, se evadió; pero había aprendido la
lección y tributó como debía. El viejo guerrero murió de cáncer este año. Su
amuleto le había protegido en las batallas. Y, como Lawrence había vaticinado,
la Edad Media de la frontera del desierto se fue con él.
Abd Allah llegó a Transjordania con la idea de guerrear contra los
franceses, para vengar la expulsión de su hermano. Ha suspendido sus
intenciones hostiles. Se cuenta una anécdota sobre él. En 1921, encontró a dos
curas católicos de Francia difundiendo propaganda antibritánica. Los echó de su
reino y los sustituyó con dos misioneros presbiterianos estadounidenses. Hubo
una enérgica protesta del Vaticano y Abd Allah repuso inocentemente que
ignoraba las diferencias que había entre las sectas cristianas. Lawrence estaba
entonces con él, lo cual nos permite dudar de su veracidad.
La extraordinaria desaparición de una apisonadora, en la frontera
palestina, encontrada más tarde abandonada cerca de dicha frontera, después de
alisar muchas carreteras transjordanas, puede atribuirse casi con seguridad a
la magia de Lawrence; y tal vez asimismo la carta oficial de Abd Allah al
gobierno palestino, exponiendo la dificultad de reconocer, en el ejército de
apisonadoras de Transjordania, una desertora de Palestina. El estilo recuerda
el de Lawrence.
El vecino más peligroso de Abd Allah es Ibn Saud, que reina en la
práctica en toda la península arábiga. Tiene el apoyo de una secta puritana
islámica, la de los Hermanos, que fundó hace un siglo Wahhab. A veces se los
llama wahhabíes. Con él, Arabia pasa por un período análogo a la de la
Commowealth en Inglaterra bajo Cromwell, con la diferencia de que Ibn Saud es
más estricto que él en el mantenimiento de la virtud religiosa de sus súbditos.
Incluso fumar un cigarrillo se considera pecado abominable. Ha prohibido las
luchas de las tribus en su territorio; pero permite algaras desde sus
fronteras. Su influencia se extiende hasta al-Chafr, de la que ha expulsado a
los Ruwalla —el emir Nuri ha fallecido—, y Sirhan.
Lo peor de los wahhabíes es que han aprendido los métodos bélicos
otomanos y los emplean incluso contra los árabes que no son correligionarios
suyos. Un millar de fanáticos partió, en 1922, de los oasis centrales para una
campaña de dos mil doscientos ochenta y siete kilómetros, hacia Ammán. A
treinta y seis kilómetros de ésta, atacaron una aldehuela contigua al
ferrocarril y mataron todos los hombres, mujeres y niños. El jefe de los Fayz
de la tribu de los Banu Sajr los alcanzó un par de días después, y pocos fueron
los que regresaron a su tierra: no se hicieron prisioneros. La victoria del
clan recibió la ayuda accidental de un aeroplano británico que volaba por la
comarca: los wahhabíes creyeron que los bombardearía y arrojaron las armas.
Abd Allah tiene una tropa muy eficaz contra las incursiones, en la que
operan consejeros ingleses. No es probable que la fe wahhabí se extienda hasta
la poblaciones sedentarias. Se opondrá a ello la nueva prosperidad de que
disfruta el norte de la región desde la partida de los turcos. Funciona otra
vez la línea férrea de Damasco hacia el sur, pero sólo llega a Maan y no tiene
mucho trabajo. Sin embargo, hay el proyecto de tender un ramal hasta Aqaba.
Se refieren muchas anécdotas sobre Lawrence en este período político. Un
día se recogerán, sean apócrifas o no, en un tomo de «Vida y cartas», que este
libro no aspira a ser, naturalmente. Hay dos o tres cuya autenticidad
certifico. Fue a Chidda en junio de 1921 y trató de concertar con Husayn el
acuerdo a que se refiere la carta que he citado. El jerife le hizo discutir
durante dos meses, en pleno calor, con la intención de quebrantar la oposición
británica a su pretendida superioridad sobre los otros príncipes árabes, y, por
último, se lo quitó de encima con la recomendación de que hablase con su hijo
Abd Allah, que estaba en Ammán. Lawrence envió un cable cifrado a lord Curzon,
ministro de Asuntos Extranjeros. «No saco nada con Husayn. ¿Está usted harto o
prosigo con Abd Allah?». Curzon, apegado a la fraseología de los burócratas,
preguntó a su secretario:
— ¿Qué significa «harto», por favor?
El secretario, que tenía sentido del humor, respondió:
—Creo, excelencia, que equivale a «disgustado».
— ¡Ah! —profirió el ministro—. Debe de ser una expresión propia de la
clase media.
Una vez interpretado lo de «prosigo», Curzon optó por la negociación con
Abd Allah y Lawrence la «prosiguió». Mientras tanto, el secretario, amigo suyo,
le había informado en una carta del episodio de «harto». Concluidas con éxito
las negociaciones con Abd Allah, Lawrence envió otro cable cifrado al ministro:
«He amañado todo con Abd Allah. Envío epístola con los pormenores. Nota: el
vocablo “amañar”, tan imprescindible, no figura en el código cifrado
diplomático. Sugiero que se le asigne una letra para no tener que escribirlo
por extenso». La voz aparece ahora en el código de cifras.
Un funcionario del Foreign Office, que desea conservar el anonimato, me
ha contado algo aún más singular de Lawrence y lord Curzon.
—Se reunió el gabinete para discutir por primera vez la situación del
Medio Oriente. Curzon presentó a Lawrence con grandes elogios retóricos.
Lawrence se agitaba inquieto al oír la alabanza, que consideraba fuera de
lugar, y el tono protector. El discurso fue bastante largo. Una vez hubo
concluido, Curzon le preguntó si quería decir algo.
—Sí, pongamos manos a la faena. La gente como usted (¡llamar a Curzon
«la gente como usted»!) no imagina en el lío que nos ha metido.
Entonces ocurrió algo notable. Curzon lloró. Gruesas lágrimas bajaron
por sus mejillas, acompañadas de sollozos. Fue tan espantoso como un milagro
medieval, como el llanto de una imagen. Me avergoncé; Lawrence también, sin
duda. Sin embargo, lord Robert Cecil, al parecer más hecho a escenas como
aquélla, y al que yo sólo conocía de oídas, exclamó con dureza:
»—¡Vamos, muchacho! ¡Déjese de tonterías!
»Curzon se secó los ojos, se sonó con el pañuelo de seda de la americana
y se serenó. Y la sesión se celebró como si tal cosa.
Lawrence tuvo en París varios altercados con políticos y militares. El
más sensacional ocurrió en el vestíbulo del Hotel Majestic, donde se albergaba
la delegación británica. Un comandante general le acusó de ser un entrometido
que no tenía motivos para inmiscuirse en asuntos que no le concernían. Lawrence
le replicó acalorado.
—No me hable en ese tono —ladró el general—. Usted no es soldado de
carrera.
Aquello irritó aún más a Lawrence.
—No, tal vez no lo soy. Pero si usted tuviese una división y yo otra, sé
cuál de los dos caería prisionero.
Durante esos años, vivió muy retirado. Los anuncios de su aventura árabe
en la prensa y el ciclo de conferencias cinematográficas del señor Lowell
Thomas resultaron muy molestos, porque recibió un alud de cartas, entre ellas,
se asegura, más de cincuenta proposiciones matrimoniales de una desconocida, e
infinidad de invitaciones de damas de la buena sociedad para que frecuentase
sus salones. En aquel entonces, cuando no escribía su libro o no resolvía
materias políticas, se dedicaba a leer para ponerse al corriente de la
literatura moderna, que había descuidado durante cuatro años, y a contemplar
cuadros y esculturas.
En su viaje de 1921 a Oriente, para arreglar tratados, llegó por el aire
como se había profetizado. Una multitud le esperaba en el aeródromo. Le acogió
con un «¡Awrans, por fin!». Un amigo mío hablaba con él, poco después, en
Jerusalén, cuando un árabe fue a saludarle. Era un miembro de la guardia de
corps, «de terrible aspecto de bandolero y el cinto erizado de armas». Lawrence
le preguntó si hacía algo importante en aquel momento y el hombre, temblando de
placer por haber encontrado a su jefe, respondió:
—No, señor mío; nada importante.
—En tal caso, ve a Basora y entra al servicio de nuestro señor Faisal,
que te necesitará y necesitará a los otros.
Lawrence conoció a Foch en París. Se cuenta que el mariscal le dijo en
tono amistoso:
—Supongo que dentro de poco habrá guerra en Siria entre mi país y sus
árabes. ¿Capitaneará usted sus ejércitos?
—No —contestó Lawrence—, a no ser que me prometa que mandará usted
personalmente las tropas francesas. Entonces, me complacería hacerlo.
El anciano mariscal le amenazó con un dedo.
—Joven amigo, está muy equivocado si cree que sacrificaré mi reputación,
tan cuidadosamente ganada en el frente occidental, en su terreno y en las
condiciones que me imponga.
Le preguntaron si esta anécdota era verdadera y Lawrence contestó que
«el suceso se ha borrado de mi memoria», lo que puede significar cualquier
cosa.
Una anécdota más (no muy adecuada a este momento, pero la suscita esta
referencia de los asuntos internacionales):
Durante el avance de Aqaba a Siria, Lawrence fue a una correría en un
dispensario móvil. Todos los camellos con parihuelas habían sido destinados al
transporte de dinamita por motivos de economía. En el cuartel general del Royal
Army Medical Corps de Palestina se enteraron de ello y cablegrafiaron que, en
adelante, esperaban que el ejército árabe respetase la Convención de Ginebra,
por la cual el transporte de armamento ha de diferenciarse del consagrado a las
atenciones médicas. Por lo tanto, en la algara siguiente renunció al
dispensario móvil y a su médico. El cuartel general tornó a protestar y
Lawrence repuso que no podía malgastar los medios de locomoción en no
combatientes. Enojado, el cirujano general telegrafió cómo se proponía
Lawrence, en ausencia del oficial médico, atender a sus heridos.
—Mataremos de un tiro a aquellos que no puedan cabalgar.
Aquello zanjó la discusión.
Capítulo XXX
Lawrence escribió su gran historia de la rebelión árabe, Las
siete columnas de la sabiduría, o, más exactamente, siete de sus diez
libros, en París, entre febrero y junio de 1919. Redactó el actual principio de
la introducción en seis horas en el aeroplano Handley-Page, en el que iba de la
capital francesa a El Cairo a recoger sus pertenencias. Dice que afectó al
estilo el lento ronroneo de sus motores Rolls-Royce. En Londres escribió el
octavo libro, pero le robaron los ocho en la Navidad de 1919 al cambiar de tren
en Reading. Sólo conservó la introducción y los esbozos de dos de ellos.
Jamás ha sospechado que el robo tuviera móvil político, pero sus amigos
sí. Incluso murmuran con aire de conspirador que tal vez el texto perdido
reaparezca en ciertos archivos oficiales. Lawrence espera que la predicción no
se verifique. Había destruido casi todas las notas tomadas durante la guerra a
medida que la redacción progresaba, cuando reemprendió el abrumador trabajo de
escribir de nuevo un cuarto de millón de palabras, no se fió de su memoria. Sin
embargo, el coronel Dawnay, que leyó los dos originales, me asegura que un
capítulo al que atendió más que a los otros en el manuscrito aparece idéntico,
vocablo a vocablo, y coma a coma, en la segunda versión. Lawrence tenía aún dos
diarios concisos y algunos itinerarios imperfectos, y poco más.
La segunda redacción se ejecutó en menos de tres meses a un promedio de
cuatro o cinco mil palabras diarias. Pero, tan desmesurado como siempre, no se
atuvo a aquel ritmo cotidiano. Estuvo largas horas sentado a la mesa, y
probablemente estableció un récord literario mundial al despachar el sexto
libro en veinticuatro horas, de amanecer a amanecer, sin pausa alguna. Y el
libro sexto consta de treinta y cuatro mil palabras. «Naturalmente, el estilo
es descuidado», dice. Pero fue la base de una cuidadosa corrección, que
son Las siete columnas tal como se publicaron. Escribió la
obra en Londres, Chidda y Ammán en 1921; Londres, en 1922; en el Royal Tank
Corps, cerca de Dorchester, en 1923 y 1924, y en la Royal Air Force, en la
vecindad de Cranwell, en 1925 y 1926. Comprobó la exactitud histórica con la
ayuda de todos los documentos oficiales disponibles y sus amigos británicos que
habían servido en el ejército árabe.
Lawrence nada hace a medias. No sólo quiso trazar una historia de la
rebelión, que los árabes jamás escribirían, sino también una obra literaria
digna. Con tal fin, se aseguró la tutela de dos de los más famosos escritores
en lengua inglesa, bajo la guía de los cuales aprendió a redactar como un
profesional.
Las siete columnas de la sabiduría es, sin
discusión, una gran obra, aunque se le puede achacar que está demasiado bien
escrito, que es en exceso literario. Consciente de ello, Lawrence estuvo a
punto en una ocasión de lanzarlo al Támesis, en Hammersmith. Uno piensa que
debió ser más espontáneo, pues la tensión nerviosa de su ideal de impecabilidad
resulta opresiva. Él se acusa, injustamente, de «pedantería literaria». Se
propuso siempre expresarse con sencillez y claridad, y lo ha conseguido de
sobra. Ha confesado en alguna parte su general desconfianza de los peritos, y
que hubiera tenido que obedecerla, renunciando al consejo de expertos en
materias estilísticas. (Es posible que lo hiciese, porque siempre ha sido un
discípulo difícil). En conjunto, me gusta más la versión primera que se
conserva, el texto denominado de Oxford, que la que se editó (la que yo leí en
primer lugar). Es una reacción física más que crítica. La versión original de
trescientas treinta mil palabras, en lugar de doscientas ochenta mil, mucho más
suelta, se sigue con más soltura. Desde el punto de vista crítico, la supera la
corregida. Es imposible que un hombre de su fuste dedique un cuatrienio a limar
un original sin mejorarlo, pero el nervioso rigor que me dio la obra revisada
ha embotado por lo visto mi sentido crítico. Agregaré que Lawrence, previendo
el efecto que me causaría, no me dejó verlo en muchos años.
Lawrence, en su afán de dar a su obra la mayor solidez posible, empleó
los mejores artistas que encontró para ilustrarla bajo la dirección artística
de Eric Kennington.
Publicó algo más de cien ejemplares para suscriptores a treinta guineas
cada uno, y regaló, la mitad de otros tantos a amigos. En su anhelo de
perfección la edición le costó trece mil libras esterlinas —sólo la
reproducción de las ilustraciones superó el beneficio de las suscripciones—,
dejándole con un déficit de diez mil. Para pagar esa deuda a sus financiadores
(carecía de bienes) se llevó a cabo el resumen de la obra, resumen
titulado Rebelión en el desierto, destinado a la venta pública. Los
realizó en dos noches, en el Cranwell Camp, con el auxilio de los aviadores
Miller y Knowles. Las siete columnas no se concibieron para
ser publicadas, sino como memoria privada para Lawrence y un puñado de
amigos. La Rebelión en el desierto vio la luz por el percance
de las diez mil libras adeudadas. Presenta una serie de incidentes eslabonados
de modo lato y expurgado del material más personal. Los ejemplares sueltos
de Las siete columnas se venden ahora a precio exorbitante.
Lawrence no ha ganado un céntimo en esos dos libros. Ordenó por
escrúpulos que, pagado el débito de Las siete columnas, no se le
entregase el dinero que se siguiera percibiendo por Rebelión en el
desierto. Jamás ha querido beneficiarse, directa o indirectamente, de la
guerra árabe. Su paga se invirtió en gastos de campaña. No gastó en sí mismo el
sueldo que cobró durante un año de servicio en el Colonial Office de Winston
Churchill, sino que lo aplicó a fines oficiales. (En cambio, su generosidad ha
colmado a sus amigos. El regalo de un Siete columnas, con la nota
«Por favor, véndase una vez leído», ha supuesto para ellos cantidades incluso
de quinientas libras esterlinas).
El éxito de Rebelión en el desierto estimuló una
traducción francesa. Lawrence cedió los derechos a un editor de París, siempre
y cuando se publicara en la portada este texto: «Los beneficios de esta obra se
aplicarán a un fondo para las víctimas de la crueldad francesa en Siria». Así
pues, no se traducirá en Francia mientras él tenga los derechos intelectuales.
No he encontrado ninguna explicación del significado de Las
siete columnas de la sabiduría en todo lo que se ha escrito sobre la
obra. Es reminiscencia de un capítulo del Libro de los proverbios,
una parte del cual reza lo que sigue:
«La Sabiduría ha erigido su casa: ha labrado sus siete columnas…
Proclamó desde los lugares más altos de la ciudad: “¿Quién es simple? Que entre
aquí… Dejad la simpleza y viviréis, y caminad por la senda de la
inteligencia”».
Los escritos teológicos judíos posteriores desarrollan, según creo, la
misma idea. El título es lo único que Lawrence conservó de un libro de viajes
compuesto en 1913 y destruido en 1914. En él comparó siete ciudades: El Cairo,
Esmirna, Constantinopla, Beyrut, Alepo, Damasco y Medina.
Las siete columnas de la sabiduría no se
reimprimirán en vida de Lawrence. Hay personas que están de acuerdo con él en
que no es propio del público en general. (Un representante de éste,
electricista, aceptó leer el capítulo más penoso durante la revisión de
galeradas. Fue incapaz de trabajar en una semana; se paseó arriba y abajo por
la acera, frente a su casa, sin conseguir dominar el horror que le había
producido. El capítulo sobre el hospital otomano es casi tan penoso como
aquél). Además, una edición corriente expondría, según dicen, al autor a una
serie de demandas por difamación. No perdona a nadie, al parecer, en su afán de
explicar la historia con veracidad (y menos aún a él mismo). Y el censor,
agregan, pudiera prohibir por repugnantes pasajes que describen puntualmente
los métodos bélicos turcos. Con todo, ya que Lawrence no pretendió dar a la luz
sus escritos, salvo de manera privada, esos supuestos obstan. La obra se
redactó, en principio, como un retrato de cuerpo entero y sin reservas del autor,
de sus gustos, ideas y actos. No habría confesado tanto con deliberación si la
obra hubiese aspirado a difusión más amplia. Sin embargo, narrar todo fue la
sola justificación de escribirlo. Y, una vez concluido, una edición
limitadísima significaba la supresión tajante de la necesidad de pensar de
nuevo en aquella época de su existencia.
Algunos críticos de ultramar han puesto en duda la exactitud histórica
de Rebelión en el desierto, y le han acusado de exageración
ególatra. Pero, además de los árabes, cuarenta o cincuenta oficiales británicos
presenciaron sus actividades y, como ninguno ha discutido lo que relata, tales
críticas no merecen contestación. Por otra parte, toda la documentación de la
rebelión árabe se guarda en los archivos del Foreign Office y no tardarán en
hallarse a disposición de los estudiosos. Así podrán compulsar la narración de
Lawrence, y es posible que averigüen que su principal falta ha sido la
modestia.
Se ha hablado de que su intervención en la guerra de Oriente carece de
importancia militar auténtica. Citaré, tomándola de un semanario londinense,
una carta que protesta de ese punto de vista. El firmante, bien lo sé, es
experto en esas cuestiones:
Muy señor mío:
”Su crítico, al enjuiciar Rebelión en el desierto, regatea al ejército árabe
todo «alcance militar importante» e insinúa que el avance de Allenby a Damasco
también se habría efectuado sin él. ¿Puedo afirmar lo contrario, puesto que
intervine en la campaña de Palestina y se me confió durante mucho tiempo la
preparación del «orden enemigo de batalla»? La sublevación de 1916 aisló los
seis batallones de la división Assir, destruyó dos tercios de la división
Hichaz, compuesta de nueve batallones, y atrajo una división de refresco
(LVIII) de Siria a Medina. En otoño de 1917, cuando lord Allenby descargó el
primer golpe, el equivalente de veinticuatro batallones se extendía entre Dara
y Medina. Incluyo en ellos la infantería montada y el cuerpo de camelleros. Si
los árabes no hubiesen actuado, dos tercios de ese contingente, que incluía
excelentes unidades anatolias, como los regimientos XLII y LV, hubiesen estado
listos para presentarse en el frente de Gaza-Bersabee. En 1918, la ofensiva
británica contra Transjordania fue posible sólo por la fuerza creciente de la
revuelta y el incremento de la simpatía de la población local por el triunfo
árabe. Las actividades de lord Allenby y de los árabes exigió más unidades
turcas y algunas alemanas, y en septiembre de 1918, refuerzos de Rumania (parte
de la división XVI) y del frente de Caucasia (división XLVIII), que el colapso
ruso-rumano permitió utilizar, fueron al este del Jordán y no al frente
palestino. Sin entrar en detalles sobre la organización militar y el
desplazamiento de tropas, que sólo interesan al historiador militar
profesional, asevero que los 4000 hombres del ejército árabe y un número
impreciso de saqueadores ocasionales tuvieron para el ejército británico el
valor de un cuerpo de ejército en el frente de Palestina, no sólo porque
mantuvieron ocupados a los turcos en un lugar inconveniente, sino porque
impusieron un esfuerzo inesperado a sus transportes y suministros.
”Por último, Lawrence y los árabes vieron en Tafas mucho más que una Arabia
mutilada, y no me asombra que vieran rojo entonces, sino que acostumbrasen a
tratar con tanta decencia a un enemigo que, por lo regular, fusilaba a los
árabes prisioneros, atormentaba a los heridos con refinamiento ingenioso y a
menudo cometía indescriptibles brutalidades con los no combatientes, mujeres y
niños.
”Le saluda atentamente,
”B».
Lo curioso de la controversia estriba en que Lawrence estuvo de acuerdo
con los críticos, a los que «B.» trata con tanto rigor. Lo de «alcance militar
importante» es concepto de la moderna teoría bélica, por el cual un bando
procura destruir los contingentes organizados del otro, teoría que él rechazó
siempre como inútil y bárbara. Él deseó dar trascendencia política a
la rebelión con los medios de que disponía. Los combates, diferentes de las
incursiones veloces y las demoliciones, fueron un lujo que concedió a los
árabes sencillamente para que conservasen la estimación propia. Sin ellos, no
habrían conseguido la independencia con honra. La toma de Aqaba es ejemplo
patente de una operación que, si bien influyó en la guerra convencional de Gaza
y Bersabee, tuvo más trascendencia política que militar. Fue una casualidad que
el batallón turco estuviera cerrando el acceso a Abu-l-Lisan como una
invitación a que lo destruyesen. El resto de la operación se pareció a un
problema de ajedrez: las blancas mueven y dan mate en tres jugadas.
Éste no es el lugar adecuado, ni tal vez el momento oportuno, de sopesar
la estrategia y la táctica de Lawrence. No silencia la estrategia. La presenta
en Rebelión en el desierto a toda persona que sepa consultar un mapa. Las siete
columnas proporcionan más datos, y el primer número de la Army Quarterly (1920)
publica un largo artículo suyo sobre la guerra irregular, resultado de sus
cavilaciones mientras la enfermedad le retuvo, en marzo de 1917, en el
campamento del emir Abd Allah. El comentario más obvio de su estrategia es que
permitió a la rebelión árabe, tanto en la esfera política como en la bélica,
conseguir más influencia y atención de lo que justificaba su importancia
material. La carta de «B.», que se acaba de presentar, lo habría hecho mucho más
evidente si hubiese comparado el armamento, pertrechos y recursos humanos de
los árabes con los de las fuerzas turcas. Probablemente, Lawrence lo hubiese
considerado como elogio inapreciable, porque siempre repite, con una
insistencia que delata la dificultad de su problema, en la extraordinaria
economía de los medios empleados. La ayuda militar y material que, por sí
mismos, podían conseguir los árabes, con toda la buena fe del mundo, fueron
exiguas. Y obtenerlas de los aliados en la magnitud imprescindible les hubiese
comprometido con una deuda política posterior. Lawrence puede, pues,
enorgullecerse de haber logrado que tan poco durase tanto —los diez millones de
libras esterlinas y la veintena de bajas que la rebelión costó a Gran Bretaña
fueron un pellizco comparados, verbigracia, con los dispendios mensuales
humanos y monetarios de la fuerza expedicionaria de Mesopotamia—, y de haber
conseguido tanto políticamente de algo casi inexistente.
En cuanto a la táctica, su conducta resulta menos clara. La lectura
superficial de sus libros induce a pensar que basó sus combate en baladronadas
y banderas carmesíes; o en el efecto hipnótico que su presencia parece haber
ejercido sobre los árabes, y que se hizo extensivo a los otomanos, fascinados
hasta la estupidez; o que la luna, dominada por él, le ayudó a abrir una de las
puertas más difíciles de Aqaba. Pero sus tácticas, a juicio mío, fueron
consecuencia de la atención y cuidado, por no decir del humor, los mismos que
aplicó a la estrategia. Y sus motivos para no hacer hincapié en los modos y
medios del combate se relacionan con la política del gobierno sirio y Francia,
en 1919, cuando redactó el libro por primera vez. Los dos bandos se disponían a
luchar en Siria, y parece que Lawrence se negase a contribuir con un manual
bélico que aquéllos pudieran utilizar. Sus revisiones posteriores de la obra,
cuando el peligro había remitido bastante, sólo modificaron el estilo sin
añadir (o quitar) algo al contenido. Tuvo que seleccionar el material y lo
empleó con gran severidad. Sus dos años de actividad proporcionaron el
suficiente para diez volúmenes del tamaño a que él se redujo —su memoria estaba
llena de recuerdos claros e incómodos—, y por eso sacrificó los detalles de las
luchas.
Por ejemplo, cita sólo dos o tres vehículos blindados en las acciones en
que participó; más parece que empleó por los menos cincuenta, número con el que
pudo organizar los movimientos tácticos. (Los lectores de Rebelión en
el desierto habrán observado que sólo habla de dos o tres heridas,
frente a las cuatro o cinco de Las siete columnas; pero le hirieron
nueve veces, incluida la operación de Minifar, cuando sufrió cinco balazos
superficiales, cortes de esquirlas en la cadera y un dedo roto en el pie). No se
narra por extenso en ninguna de las dos obras ninguno de los numerosos
encuentros con los que convirtió su guardia de corps en arma eficaz. Esas
referencias inconcretas aconsejan colegir que cambió la táctica del desierto.
Fundó su estrategia en un estudio exhaustivo de la geografía de la
región; del ejército turco; de la índole de las tribus beduinas y su
distribución, de las algaras árabes. Como hemos visto, uno de sus primeros
hechos, cuando fue nombrado consejero militar de Faisal, fue acompañar a los
componentes de una correría contra la fuerza otomana que atacaba Rabig. Y
amplió su educación, en la escuela de Awda, Zaal y Nasir, hasta después de la
conquista de Aqaba. Únicamente con sus enseñanzas tendría la experiencia y el
prestigio que consentirían que modificase sus tradiciones.
En parte alguna se explican cuáles fueron tales modificaciones; mas
parecen haber dado más de unidad de propósito a los guerreros, en los momentos
críticos anteriores y posteriores al ataque, sin alterar la confianza y la
sangre fría de cada individuo. Sus compatriotas notaron la diferencia que había
en una incursión si él estaba o no presente; pero, como no eran soldados
profesionales, ni estudiosos de la guerra, no pudieron precisar en qué radicaba
aquella diferencia. Y él mismo, excepto en la batalla del norte de Tafila, se
abstiene de describirse ejerciendo el mando. Dicha batalla prueba lo que ya
sabíamos, que se fiaba de los fusiles automáticos y no de los ordinarios.
Disparar éstos, apuntando, quince o treinta veces en un minuto salvó a la
fuerza expedicionaria británica en la primera batalla de Ypres, frente a un
fuego muy superior de ametralladoras; pero fue fruto de las mañas de
adiestramiento intenso en los campos de tiro. Los beduinos no habrían tenido la
paciencia de someterse a él y, en cualquier caso, de poco les hubiera servido
en los combates a lomo de camello.
Rechazó con desprecio las bayonetas en memorándum (destinado al cuartel
general, nada menos) por ser «pedazos de acero, por lo común fatales para los
individuos que las emplean». Pudo haber añadido que el turco, muy hábil en su
manejo, se hubiera felicitado de que las utilizasen. Las ametralladoras, menos
cuando pertenecían a vehículos blindados, eran menos adecuadas para su estilo
de combate que los fusiles automáticos, porque sus descargas más duraderas no
compensaban su peso y la dificultad de moverlas. Hay el caso comprobado de un
sargento inglés de ametralladoras que usó en Francia una como si se tratase de
un fusil, pero era un gigante. Prefería los Hotchkiss a los Lewis, porque se
ensuciaban menos con el barro y la arena; no obstante, los archivos del cuartel
general de la fuerza expedicionaria egipcia rebosan de peticiones suyas de
fusiles automáticos de las dos marcas. La batalla de Tafila es una muestra
diáfana, aunque no, se barrunta, la única, de lo que se llama técnicamente
«ataque por infiltración» con esa clase de armas de fuego en la vanguardia. Al
parecer, Lawrence redujo sus servidores a dos hombres. Los cuarenta y ocho
componentes de su guardia de corps emplearon veintiocho fusiles automáticos
contra un regimiento de caballería otomana (se ignoran el lugar y la fecha del
encuentro). Él llevaba en un cubo, en la silla de su camella, un Lewis obtenido
de la fuerza aérea. Dijo en una ocasión que, si pudiera controlar una fábrica
de armamento para obtener fusiles Hotchkiss, eliminaría los ordinarios en los
conflictos bélicos. ¡Bonito regalo a la civilización!
Su actitud acerca de la guerra era la de que no se oponía a ella, como
tal, de la misma suerte que no se oponía a la raza humana como raza humana; le
repelen las guerras en que la masa hace desaparecer al individuo. Me comentó,
una vez, la poesía antibélica de Siegfried Sassoon, que tuvo la mala suerte de
servir en el frente occidental en divisiones que estaban acostumbradas a perder
la totalidad de sus efectivos cada cuatro o cinco meses: si Sassoon hubiese
estado con él en Arabia habría compuesto sus poemas con otro talante. Es muy
posible. La rebelión de Lawrence en el desierto fue una lucha tan distinta de
la guerra «civilizada», y tan atractiva desde el punto de vista romántico, que
tal vez sea una suerte que Siegfried Sassoon, Wilfred Owen, Edmund Blunden y
otros poetas fuesen todos infantes en Francia.
El uso de ametralladoras pesadas (Vickers) en los autos blindados fue
una aplicación de Lawrence, tras los ataques experimentales posteriores a la
toma de Aqaba, hasta que le fue posible utilizarlas en operaciones combinadas
de los grupos de camelleros, vehículos blindados y aeroplanos. También mejoró
las indicaciones que sobre los explosivos potentes contenía el Manual de
Ingeniería de Campaña. Descubrió cómo utilizar las minas eléctricas a lo largo
de los cables telegráficos y cómo introducir artefactos en las calderas de las
locomotoras, escondiendo infernales ingenios en los maderos usados como
combustible, sin que los fogoneros los descubrieran. Pero le domina tanto lo
que pudiéramos llamar el «estilo literario» de la epopeya en que se vio
envuelto —«un astutísimo Ulises», podríamos decir—, que siempre tuvo sus
invenciones técnicas por ajenas e incongruentes en el escenario árabe. Por lo
tanto, poseemos únicamente indicios vagos de su importancia y efectividad en la
campaña.
Capítulo XXXI
Lawrence renunció definitivamente a usar ese apellido en agosto de 1922
y se enroló en la Royal Air Force. Efectuó todas las faenas que competen al
soldado raso y se negó a que le ascendieran. Durante seis meses, su identidad
no levantó sospechas. Se entendió bien con sus camaradas, aunque se desenvolvía
con torpeza de novato en su nueva vida. Por fin, un oficial le reconoció y
vendió la noticia por treinta libras a un periódico, con el resultado de que
hubo una enorme publicidad. ¡Los hombres murmuraron que era un espía! El
secretario de Estado para la Aviación temió que los Comunes preguntaran qué
hacía aquel personaje con un nombre postizo, y le licenció en febrero de 1923.
Desilusionó a Lawrence verse en la calle, tras haber soportado honradamente la
dureza y pruebas de la instrucción preliminar.
Había estado estacionado en Uxbridge, donde sus conocimientos de la
fotografía le hicieron ingresar, según parece, en el cuerpo de los
especialistas fotográficos. Disfrazó su existencia anterior con medias
verdades. Por ejemplo, explicó su envidiable puntería en el campo de tiro con
el pretexto de que había cazado piezas mayores (tal vez algunos de los
oficiales de la plana mayor que viajaban en el tren descarrilado de Minifar).
Declaró verazmente al oficial de la oficina de reclutamiento que no
había servido antes en ningún regimiento, y sus explicaciones fueron tales,
por lo visto, que se anotó en su hoja que había sido prisionero de los otomanos
durante mucho tiempo en la Gran Guerra. En Uxbridge casi exageró su eficacia en
oscurecerse. Le eligieron para el pelotón que se ejercitaría para asistir a la
ceremonia del Cenotafio en el armisticio. Temió que le reconocieran. Pero le
salvó su altura: le rechazaron por no tener la talla debida.
Estoy convencido de que Lawrence, si pudiera, no «pensaría agregar un
codo a su estatura» (ni siquiera un par de centímetros). La altura no es útil
salvo en los deportes y el gentío (él los evita), y resulta llamativa. Recuerdo
haberle oído decir de un oficial: «Un metro y ochenta y siete centímetros, y,
sin embargo, es inteligente». Como yo mido un metro y ochenta y cinco
centímetros, me pregunto con inquietud a qué altura piensa Lawrence que termina
la inteligencia normal.
En Uxbridge, en una inspección de los dormitorios, el comandante de ala
hacía preguntas personales a todos los reclutas. Vio unos libros poco
corrientes en la taquilla de Lawrence (que estaba muy ordenada) y le dijo:
— ¿Lee eso? ¿Qué era en la vida civil?
—Nada especial, señor.
— ¿Cuál fue su último empleo?
—Trabajé en una firma de arquitectos, señor.
(Y no mentía. Sir Herbert Baker le había prestado una
habitación en su oficina de Barton Street para que escribiera Las siete
columnas).
— ¿Por qué se enroló en la aviación?
—Debí de sufrir un colapso mental, señor.
— ¿Qué? ¿Cómo? Sargento mayor, anote el nombre de este recluta. ¡Qué
impertinencia!
Al día siguiente, Lawrence se había recobrado de su «colapso» y logró
explicar que el comandante de ala le había entendido mal.
En la escuela de Uxbridge —la Royal Air Force concede mucha importancia
a la educación—, el maestro, un civil, pidió a los novatos que escribieran una
redacción, que sólo él leería, detallando sus estudios. Era, visiblemente, un
hombre decente y sincero. Lawrence expuso la verdad: desde la edad de trece
años había conseguido becas, que le permitieron pagar la enseñanza secundaria y
la universidad; se graduó en Historia y le habían elegido como becario de
investigación de teoría política. A consecuencia de las dificultades de la
posguerra, había tenido que alistarse. Se consideraba demasiado culto para la
existencia de entonces. El maestro respetó sus confidencias, y le llevó libros
para que leyera en el aula, en un sitio tranquilo, durante las clases.
Al mes de su licenciamiento de la aviación, se alistó, con el permiso
del Ministerio de la Guerra, en el Royal Tank Corps. Se le aseguró que, si
servía en el ejército sin incidentes, se estudiaría su reingreso en la
aviación. Estuvo dos años estacionado cerca de Dorchester. Era una vida
difícil, pero ganó muchos amigos entre los soldados, y Thomas Hardy, y su
esposa, que yo tuve el gusto de presentarle, vivían por suerte en las
inmediaciones.
Más de un periodista y cazador de celebridades, que interrumpió la paz
de los Hardy, encontró una figurilla, mal uniformada, que contemplaba con
serena mirada, casi filial, al anciano poeta. Pero no reparó más en él. La
señora Hardy me ha dicho que, «si hubiesen sabido quién era, habrían dado la
mano derecha por hablar con él».
Lawrence jamás se separa de una motocicleta Brough-Superior de carreras.
Todos los años saca el último modelo a los fabricantes y lo destroza a fuerza
de correr. Las llama «Boanerges». (Hijos del trueno). Ha tenido cinco en cuatro
años, con las que ha recorrido más de un millón y medio de kilómetros, sin
tener que recurrir sino dos veces al seguro (por desperfectos insignificantes
debidos a patinazos), y sin atropellar a nadie. Su mayor placer actual es la
velocidad en la carretera. La moto puede salvar ciento sesenta kilómetros en
una hora, pero él, dice, no es un carrerista. La primera vez que dio todo el
gas a Boanerges III, al amanecer en un largo tramo recto, próximo a Winchester,
el indicador de velocidad dio dos vueltas completas y se estropeó. Por lo
tanto, se ufanaba de haber corrido a una cantidad de kilómetros muy superior a
los ciento sesenta. Pero no acostumbra hacerlo.
Me contó en una carta:
«Me satisface por lo regular ronronear a noventa kilómetros por hora,
absorbiendo el aire y el panorama. Pierdo los detalles, aun a velocidad tan
moderada, pero gano en percepción. Cuando doy más gas, hasta los ciento veinte,
en la Salisbury Plain, siento que la tierra se moldea debajo de mí. Soy yo el
que acumula la pendiente, ahueca el valle y extiende la llanura. La tierra
parece cobrar vida, abultándose y meciéndose a los lados, como el mar. Eso no
se percibe en coches lentos. Es la recompensa de la velocidad. Podría escribir
páginas enteras sobre la lujuria de moverse aceleradamente».
Tuvo un conflicto serio con los jefes en el Royal Tank Corps. Se le
acusó de insubordinación a un cabo. (No sería el único. No obstante, no
tuvieron secuelas desagradables, porque no constaban en su hoja de servicios
cuando se fue de aquella arma).
Sobre él escribe un camarada, el soldado Palmer:
«El cabo era un escocés de la vieja escuela, un antiguo oficial, abusón,
con un magnífico concepto de su importancia. T. E. se metía con él
despiadadamente. El cabo tenía la costumbre de asentar el polvo del barracón
salpicándolo con un bol de agua. Aquello irritaba tanto a T. E. como a
nosotros. Por ello, T. E. madrugó un día y vertió en el barracón no sé cuántos
boles de agua. Chapoteamos. Después, el cabo arrestó injustamente a un hombre a
no salir del barracón durante unos días. T. E. metió la maleta del cabo en la
letrina».
Palmer ha tenido la bondad de suministrarme pormenores divertidos y sin
importancia de la vida de Lawrence en el Tank Corps:
«Cumplió las obligaciones ordinarias de un soldado, a pesar de sufrir
tres días de “arresto en la compañía” por haber dejado su traje de faena sobre
la cama. Después de la “revista”, hacía policía. Así le conocí. Hablamos de
Thomas Hardy. Yo estaba destinado al almacén de intendencia, donde él se
incorporó más tarde. Trabajaba bien. Tenía que poner el número de los reclutas
en su equipo, proporcionarles prendas, botas, etc. Algunas tardes resolvíamos
juntos las palabras cruzadas. En general, T. E. trabajaba en pasajes de Las
siete columnas. Corregía, etc., en el despacho del intendente, al atardecer y,
en ocasiones, a primeras horas de la mañana.
”Un día le tomé el pelo y me atizó con una zapatilla, desde luego, después de
luchar a brazo partido. Apareció el intendente y preguntó si el almacén era un
gimnasio. «No, señor», dijo T. E.; «lo siento. Estaba dando una lección al
soldado Palmer con esta zapatilla». El intendente se rió y dijo: «Siga».
”Cuando corrieron rumores de quién era, divertía ver a nuestros compañeros
estudiando sus fotografías del Daily…, y comparándolas con el original. «No es
él». «Te apuesto un chelín a que es él». Eso decían o cosas por el estilo. T.
E. se despreocupaba de lo que pensaban y comentaban sobre él. Pasó aquel estado
de curiosidad excitada casi en seguida y le volvimos a tratar como a uno de
nosotros. Sin embargo, los vendedores le trataron con más cortesía.
”Su recreo eran la música gramofónica —le entusiasma el «Concierto en re menor
para dos violines» de Bach— y las motos. Muchos domingos me llevaba de paquete
a desayunar en Corfe; encargábamos el desayuno y recorríamos el castillo
mientras lo preparaban. Nunca se cansaba de visitarlo. En ocasiones me llevaba
a las catedrales: Salisbury, Winchester, Wells. Dejábamos atrás, claro, todo lo
que encontrábamos en la carretera. T. E. no resistía el ansia de correr.
”Su marcha del Tank Corps fue la octava maravilla del mundo. Me bombardearon
con preguntas. La gente que le conocía se ha dispersado y su nombre se ha
convertido en una leyenda. Lo curioso es que se le recuerde, no por lo que hizo
durante la guerra, sino por sus prodigios en aquella maravillosa motocicleta».
Que «T. E. no resistía el ansia de correr» me parece una mala
interpretación. No es de naturaleza competitiva; le disgusta el polvo que
levanta su prójimo. Y jamás sacó la moto de un camino polvoriento sin librarse
de él, por completo, lanzándola a toda velocidad a cada ciento sesenta
kilómetros que recorría. Así no se entumecían ni él ni la máquina.
En el mes de agosto de 1925, por la intercesión de un amigo, muy bien
situado, cerca del primer ministro, le trasladaron a la Royal Air Force, como
ambicionaba desde hacía dos años, y en diciembre de 1926 le enviaron a la
frontera india, donde se halla al presente. Me escribió, hace unos meses:
«Si P. le vuelve a preguntar por qué estoy en la RAF, dígale que lo hago
porque la RAF me gusta. Me alivia que se cuiden de mí, la conducta pautada y la
imposibilidad de cometer cosas irregulares. Encierran placer eficiente, el
compañerismo, la obligada rutina del trabajo sencillo y los ocios ocasionales.
Seguiré mientras mi salud aguante. El ejército apenas me agrada, y la RAF es
tan distinta de él como el aire de la tierra. En el ejército, el individuo no
importa: lo ideal en él es el movimiento combinado, la masa de los hombres. En
la RAF no hay movimientos combinados. La instrucción es una guasa, salvo la de
un pelotón selecto al que se adiestra para las retretas y alguna que otra
ceremonia. Se enseña al aviador a despreciar el ejército. Nuestro peor insulto
es “soldado”, un vocablo risible».
Menciono todo esto con la esperanza de que no se me tenga por
imprudente; me arriesgaré a ello. Hace un par de años me escribió por el mismo
tenor:
«Estuvo usted en infantería y, por consiguiente, quizá tenga una idea
disparatada de la vida en la RAF. Nuestro ideal es el mecánico, en el taller o
en la máquina. Nuestro fin conquistar el aire, nuestro elemento. Es un esfuerzo
más que suficiente para absorber toda nuestra inteligencia. Nos exaspera el
deber rutinario, inventado para que los soldados no cometan disparates, y
desfilamos con deliberada torpeza con el fin de no perder nuestro perfil y
librarnos de la degradación de transformarnos en partes de una maquinaria. Los
hombres, en el ejército, pertenecen a la maquinaria. Las máquinas, posadas en
el suelo, pertenecen a la RAF, a los hombres; en el espacio, a los oficiales.
Así, pues, los hombres las poseen más. La instrucción es punitiva en las fuerzas
aéreas, tanto para los números como para los oficiales. Cuando el público ve un
destacamento en una parada (ceremonial), debe comprender que aquellos
servidores suyos, tan caros, se emplean mal de momento, como si los ministros
tuvieran que transportar carbón en las horas de trabajo».
El sargento Pugh, de su ala en Cramwell, en el Lincolnshire, me ha
escrito una carta sobre Shaw en la RAF, que copio al pie de la letra:
«LLEGADA A CRANWELL
”Hasta donde alcanza mi memoria, llegó al campamento en la primera
semana de septiembre de 1925, y aunque muchos sabían de sus «movimientos»,
pocos le conocían. Le recibió todo género de miradas (sospechosas): ¿Se
proponía averiguar el quién es quién y el qué es qué de la RAF? ¿Por eso le
licenciaron antes? (asombro). Habíamos oído decir que era un tipo de gesto
duro, ceño adusto, etc., etc. (cólera): era un ex oficial que nos tomaba el
pelo; pero, ¡ya sabe cómo es! Su apariencia delgada, suave, modesta. ¿Por qué
se emocionaba el campamento sólo porque llegaba?
PRIMER SERVICIO (Yo revisaba los nombres).
”Una docena de hombres tendría que limpiar los cubos llenos de arena
usada contra los incendios. Revisando los nombres (sabe usted por qué), el suyo
figuraba al principio de la lista. Lo pronuncié. Se cuadró. El segundo y el
tercero, pronunciados ante el oficial de servicio, merecieron la repulsa de
éste por no imitarle. El oficial comentó que Shaw había probado su preparación
militar: «Tomad ejemplo de él. Os echáis a perder», con acompañamiento de
frases más fuertes. (Así empezó). Tuve ocasión de inspeccionar la faena (y,
entre usted y yo, la de ver de cerca al hombre que desconcertaba a todos), y
allí estaba con un estropajo, frotando y escamondando, como si su vida
dependiera de ello (el ahínco personificado), y riendo de corazón un chiste
grosero de su compañero de trabajo, un aviador que, para hablar bien de él, no
destacaba por su intelecto, y que, sin hacer nada, miraba a su camarada
sonriente.
DEUDA DEL TANK CORPS
”Recorrió como una exhalación por el campamento la noticia de que el
Tank Corps le adeudaba cincuenta libras, y en «descanso», cuando se encargan a
la cantina té y galletas, pidió tres o cuatro servicios extras. Invitó a unos
aviadores (que le estudiaban en secreto) a que comieran con él, y por lo menos
tres tipos no supieron qué hacer, muy embarazados; sonrisas y cortesías, etc.,
se usaron en aquel momento.
IGLESIA
”Le gustaba la iglesia del campamento, y nada más. Como un buen soldado
preparado para marchar, echó a andar cuando le llegó el turno. Pero fue una
condenada pena que hombres de su calibre tuvieran que asistir, porque los
sermones no eran la debilidad de Shaw. Generoso con una causa justa. Estúpido
en apariencia (lo que divirtió a cuantos le observaron) por cuanto le obligaron
a ir al lugar de culto mencionado. La política chocó con la divinidad, opinión
de Shaw.
S. SE UNE A LA RAF POR SEGUNDA VEZ
”Se cuenta un hecho divertido de su segunda admisión en la RAF. Antes de
ser aceptados, los presuntos reclutas han de someterse a un examen sobre su
educación. Shaw tuvo que escribir acerca de una visita a este o aquel lugar, y
lo efectuó con tanta rapidez, habilidad y arte de escritor nato, que el oficial
le preguntó por qué se había alistado, si era capaz de «soltar» tanta materia
sin esfuerzo. Y le contestó: «Busco sobre todo descanso mental», lo que
deshinchó su velas; pero su máscara de inocencia le salvó de una represión.
Tuvieron una charla íntima sobre los autores a los que podría pedir un empleo.
Por fin, le enseñaron una lista de los servicios de la RAF, y juro que podía
haber desempeñado todos, uno tras otro; mas optó por ser auxiliar de aviación,
lo que implica que hace de todo y le tratan como si fuera un cero uniformado.
ALA B, CRANWELL
”Le destinaron a la Ala B y se portó, durante su estancia, de forma
modélica. Le hicieron trabajar en todo lo concebible como «botones» de nuestro
grupo. (Le podría dar una buena lista de lo que hizo). Dominaba todos los
trabajos en una semana y los dejó listos para quien le siguiera. Nuestro
teniente comprendió en seguida su valía. Lo que le «jorobó» fue que Shaw
consiguiera con mayor facilidad las cosas que él mismo. (Que me muera si no
hablo en serio). Nunca dio ocasión a nadie de que pensase que decía o hacía lo
que él quería. La fuerza de su personalidad obtenía, de alguna forma he de
decirlo, infinidad de cosas necesarias para nuestro trabajo, que ni los
sargentos podían conseguir, y mucho menos los soldados. Conocerle significaba
quedar prendido en la red de su personalidad magnética y, así me caiga el cielo
sobre la cabeza, eso sólo bastaba para que sus compañeros se rascasen el cogote
y pensasen.
LA COMPRA DE UN GRAMÓFONO
”Escuche una buena historia. Se trata de una hermosa máquina con discos.
Al principio, nos mantuvimos aparte pensando qué música le gustaría: ¿Mozart,
Beethoven, Tannhauser? (Perdone mi ignorancia de la variedad clásica). Nos dejó
en suspenso, hasta que comprendimos que se burlaba de nosotros comprando
algunos de los discos peor sonantes que podía encontrar, y sin inmutarse. ¿Qué
haríamos? ¿Reír, gemir, llorar? Aquello deshizo la barrera de hielo de
desconfianza que nos separaba de él.
MADRUGA
”Ningún reloj ganaba a Shaw a despertarse en el momento que deseaba. A
cualquier hora. ¿Cómo lo lograba?
”Se dice que los marineros hacen lo mismo, pero a períodos fijos. No había una
hora más difícil que otra para Shaw. Pero siempre anterior a la diana. Los
baños eran su dios. Compraba al fogonero civil para que cuidase de la caldera
del suyo antes que la de los otros; y verle disfrutar uno turco, que se
enfriaba gradualmente, era conocer a un individuo dichoso. El deber me obligaba
a una semana de servicio antes de las seis de la mañana. Por lo tanto, es
auténtico lo que digo, porque lo he visto. Baños es el segundo apellido de
Shaw.
”En prueba de su estima, pone uno de los discos más horrendos del mercado y le
dan ataques de risa escuchar gruñidos y protestas bienintencionados. Su punto
débil o fuerte era «Adelante, soldados cristianos». Reservaba el himno nacional
para la inspección médica de los lunes de las compañías. Molesto, pero cierto.
Regaló a un marino adormilado (a aquellas horas de la noche), al que embromaba,
unos gloriosos escarpines rosa tejidos a mano. Los había encargado
especialmente en nuestra ciudad.
BROUGHS
”Shaw tenía un Brough-Superior modelo de 1926. Se podía describirlo como
su casa. Bastaba verle conduciendo. Ver aquél nene en una máquina como aquélla
a toda velocidad dejaba boquiabierta a la población. Dice que el Brough júnior
es lo contrario de su «bus»: «Two Superiors». He aquí una historia que le
atañe:
”Correteando una tarde estival, encontró a un viejales que había atropellado a
un peatón. Una vez introducido el herido, inconsciente, en la parte trasera del
coche, para llevarle al hospital, el viejales pidió a Shaw que le diese a la
manivela. El nerviosismo y la preocupación le habían hecho olvidar que la
ignición estaba puesta, de modo que la manivela se disparó hacia atrás y le
rompió un brazo. Sin la menor señal de haber tenido aquel accidente, Shaw le
pidió con amabilidad que retuviera la manivela y la utilizó con la mano
izquierda. Cuando el auto estuvo a distancia prudencial, Shaw hizo que un
explorador «patease» su Brought, y con el brazo derecho colgando, y cambiando
la marcha con el pie, llegó a casa sin decir a nadie el dolor que
experimentaba. No se sabe por qué, el oficial médico se había ido. Tuvo que
esperar hasta la otra mañana para que le «hiciese» el brazo. Eso es un hombre…,
hablo, claro está, de Shaw.
”Se proponía ir en aeroplano conmigo para lanzarse con paracaídas. Su brazo lo
estropeó para los dos. (Yo esperaba que su personalidad consiguiera la licencia
de «saltar»; como ve, ablandaba a todos con su manera de ser). Hace tiempo que
sirvo en la RAF, y todavía no he conocido a un hombre que se niegue a ir al
hospital por haberse quebrado un brazo. Pero Shaw, sí y se «salió con la suya».
Reemprendió su trabajo, porque aprendió a escribir con la mano izquierda en
diez días. La destreza y autoridad de un hombre en su situación nos admiraba a
todos. Él querrá borrar esto, pero le digo, como amigo suyo, que era el hueso
treinta y tres que se rompía; en una ocasión, se cascó once costillas.
Compruebe si aprueba esta noticia. En su libro Las siete columnas de la
sabiduría habla de que un oficial turco le apresó y cómo le trató. Le metieron
una bayoneta al tercer intento en el costillar, y aún es muy visible la
cicatriz en su cuerpo cuando está en cueros.
MANDADERO Y BOTONES
”Ya he mencionado que Shaw realizaba cualquier trabajo, encargo o cosa
mortal que se le ordenaba con estupenda rapidez y corrección. Eso nos había
hecho preguntamos cuál era la facultad que le hacía sobresalir por encima de
nosotros millares de metros en todo lo que efectuaba. Sus cartas se encontraban
en todas partes. Estoy convencido de que, si se le hubiese dado tiempo, habrían
desbordado las bandejas, mesas, casillas, todo, en fin. Tenía su equipo en
orden, pero su correspondencia podía con él. Verle firmar un cheque en su
talonario (Las siete columnas) por una gran cantidad, con la mano izquierda, a
consecuencia del accidente, me hacía pensar qué prueba tenía el banco de que la
firma no era falsa. Pero los hacían buenos sin vacilación.
FUEGOS
”Shaw tenía la misión, en las épocas de frío, de encender los fuegos de
las oficinas. Costaba encontrar carbón, pero se encendían como si tal cosa. Un
día taló un árbol muerto propiedad particular del comandante, y fue con él por
escaleras y despachos hasta el Ala B. Sudaba y sonreía ampliamente. Se habría
creído que era invisible. Inventó la «mezcla Shaw», compuesto de aceite
retirado de los motores de los aeroplanos, serrín y carbonilla, a los que daba
la apariencia de mortero. Con sus árboles y sus mezclas, las llamas danzaban en
las chimeneas todo el día.
SALIDAS NOCTURNAS
”Le pregunté cuál era su salida nocturna ideal. Me contestó que llevar a
un hombre a una ciudad decorosa en su Brough, ofrecerle una buena cena y pasar
un buen rato era O. K. hasta cierto límite. Ese límite consistía en que el
compañero de escapatoria debía ser, por lo menos, un sinvergüenza, al que se
complacía en estudiar sin que él lo notase[6]. «Hay
demasiada gente buena en este mundo y varios bribones más lo harían muy
interesante». Tomaba la medida a un truhán simpático y sonreía con el resultado
de su observación.
ASCENSO
”Al principio de cada trimestre hay que presentar una relación de los
individuos propuestos para ascender, con detalles sobre ellos. El jefe del ala
consultó a Shaw acerca de lo que opinaba, y él se mostró contrario a que le
ascendiesen, y el comandante se retorció de risa.
EXCURSIONES NOCTURNAS
”En ocasiones, fuese verano, fuese invierno, Shaw se lanzaba como un
loco a la noche en su motocicleta, recorría tantos kilómetros como la prudencia
le permitía y volvía al campo, muerto de cansancio y sucio, pero alegre. Se
metía en la cantina en busca de dos bolsas de patatas fritas «Smith’s Crisps»,
su cena invariable. En cambio, se cargaba de cosas apetitosas para sus
compañeros de dormitorio. Le gustaba la fruta, y andaba mucho en busca de una
buena manzana. Le agradaban las demás, como he dicho. Pero las manzanas eran
sus favoritas.
OFERTA DE UN JEFE DE LA AVIACIÓN
”El comodoro de Cranwell le invitó a su casa para que pasase con él la
Navidad. ¡No! Era un número de la fuerza aérea y se mantenía en su puesto, como
ya he dicho, para que nada modificase su situación en la RAF.
”Alimentaba, por lo visto, el propósito de ser aviador de ínfimo grado y que le
dejaran disfrutar de su Brough en Cranwell. Todos le veneraban como héroe por
su alegría infalible, su habilidad para obtener cuanto les beneficiase, su
incapacidad para quejarse, y su generosidad con sus compañeros hasta el punto
de que parecía a veces que se preocupaba en exceso por ellos, y ellos se
desvivían por contentarle. Cesaron las disputas. El ala se congratuló de la
suerte de estar con él por su compañerismo, colaboración, costumbres, alegría y
el hábito de jugar limpio. Fue como un padre para nosotros, y se marchó
dejándonos con la ansiedad de recibir sus cartas o con la de que reapareciera.
VOLAR Y FREGAR
”Siempre que pudo voló con los oficiales del ala, de modo que todos
acabaron conociéndole, y, a mi juicio, se enorgullecían de ello. Bastaba ver
cómo le sonreían cuando subía al aparato. Volar es una vieja afición suya.
Continúa haciéndolo, a pesar de que se ha estrellado siete veces. En ocasiones,
se escapaba de la oficina, se ponía el traje de faena, entraba en el hangar y
fregaba y limpiaba los motores, aunque ya estaban como una patena. Para
convencerse de que podía hacer cualquier trabajo que se le presentase. Me ha
corregido errores, y mis faltas son innumerables, al escribir, y temo haber
recaído en ellas durante su ausencia. Su lenguaje nos dejaba boquiabiertos,
pero no abusaba de su superioridad, a no ser que alguien se lo buscase.
RATERÍAS
”La mesa del dormitorio era una calamidad. Allá fueron Shaw y otros para
cambiarla por una estupenda que había en el comedor. Erró entonces, su solo
error: birló una marcada. Le gruñeron, pero, como siempre, no le pasó nada. El
intendente era buena persona. Shaw lo afirmó.
”Ha robado toda clase de artículos para nuestro uso, hablando a veces con la
víctima. Los tomaba para nosotros. Nunca para él.
CARBÓN
”Hubo algo memorable durante la huelga. No recibimos carbón, y el Ala B
sólo tenía polvo y cachitos.
”Shaw, con mucha parsimonia, puso manos a la obra, llenó de polvo un enorme
cubo y preguntó el nombre del jefazo que había interrumpido las entregas. Entró
en la oficina del oficial, vio que no había cortado sus raciones de carbón y
cambió su carga por unos estupendos pedazos tan grandes como él mismo. Nadie ha
descubierto quién efectuó el trueque. Sus comentarios son una amplia sonrisa y
silencio.
POLICÍA CIVIL
”Le multó en tres ocasiones por cosas del tráfico el mismo «guri» en la
Ciudad (Sleaford) y se quejó al superintendente. Le dijo que la policía estaba
al servicio del público, que el público la pagaba y que no creía que el «guri»
entendiese una palabra de su trabajo, porque era aplastantemente ineficaz y,
además, un sueco (así se llama en la aviación a los aldeanos). Siguió una viva
discusión, pero la elocuencia de Shaw atizó una paliza al superintendente, al
que dejó pensando de donde había sacado la RAF a aquel sujeto. Se ha separado
al “guri” de la dirección de tráfico[7].
EXHIBICIÓN AÉREA
”Llevó a toda el ala y sus mujeres a Hendon en un autobús, aunque sé que
pretendía fletar un aparato de las Imperial Airways y hacerlo por el aire, pero
le fallaron en el último minuto.
”Durante el viaje de ida y vuelta no se sentó más de una hora, atento al
tráfico y la conducción, fresco como una rosa mientras los otros dormían o
descansaban, muertos de fatiga.
EMPLEOS
”Se acercaban los permisos estivales. Nos dijo que le habían ofrecido el
empleo de sobrecargo en un transatlántico que se dirigía a los Estados Unidos.
Lo rechazó para seguir trabajando en su libro. (¡Ojalá ya hubiera salido!).
UNA VISITA
”Acostumbraba ir a “Humo”. (Londres) en la Brough casi todos los sábados
para echar una ojeada a la impresión de su libro, y dormía en el Union Jack
Club. Una noche, que estaba lleno de bote en bote, le metieron en cualquier
parte. A la vuelta, nos contó cómo le había ido. Dijo que había compartido un
dormitorio: en él tuvo, a un lado, un marinero borracho y, al otro, a un marino
ignorante que no hacía más que jurar».
Aquí termina la información del sargento Pugh.
Por lo que sé, Lawrence ha respondido sólo a las preguntas de un álbum
de «confesiones», el de un camarada de la Royal Air Force. Sus contestaciones,
insignificantes y divertidas, quizá hayan de tomarse en serio:
· Color favorito: Escarlata.
· Comida favorita: Pan y agua.
· Músico favorito: Mozart.
· Escritor favorito: William
Morris.
· Personaje histórico
favorito: Ninguno.
· Lugar favorito: Londres.
· Mayor placer: Dormir.
· Mayor dolor: Ruido.
· Mayor miedo: Fogosidad.
· Mayor deseo: Que me olviden
los amigos.
Proyecta servir en la Royal Air Force hasta el término de su compromiso
y retirarse luego a una habitación de Londres, «el único lugar en que puede
vivirse permanentemente», con una casita en el campo, en cualquier sitio, para
solazarse, y un par de neumáticos mecánicamente movidos para enlazar las dos
viviendas. Otra es la cuestión de si echará raíces. La lacónica opinión del
señor Winston Churchill sobre él es muy penetrante: «Animal raro, que no medra
entre barrotes». Me ha sugerido el texto de la Vulgata que utilizo como
epígrafe de este libro.
Apéndice A
Operaciones de la columna móvil británica contra el ferrocarril de
Hichaz
Instrucciones especiales
1) Dos compañías, Imperial Camel Corps (jefe, comandante R. V. Buxton;
fuerza: 16 oficiales, 300 hombres, 400 camellos, con 6 ametralladoras Lewis),
han sido puestas temporalmente a disposición de las Operaciones Hejaz, con el
propósito de cumplir las misiones siguientes en el ferrocarril de Hejaz:
a) Tomar Mudawra[8],
con el objetivo primordial de destruir el importante suministro de agua que el
enemigo tiene en esa localidad.
b) Destruir el principal puente ferroviario y el túnel de Kissela, a 5
millas al sur de Ammán o si las circunstancias impidieran efectuar (b),
c) Demoler el puente ferroviario que hay inmediatamente al norte de Jurf
Ed Derwish, y destruir los almacenes y pozos que el enemigo tiene en la
estación de Jurf.
2) Las instrucciones siguientes y el programa de marchas adjunto se
basan en el supuesto de que se cumplan los objetivos (a) y (b).
Si fuese necesario, como segunda fase de las operaciones, sustituir b)
por c), eso dependerá sólo del parecer del oficial comandante, Imperial Camel
Corps, que enmendará estas instrucciones y preparará un plan revisado.
3) Marchas
La columna marchará, con las modificaciones que las circunstancias,
ahora imprevisibles, impongan, según el programa y el horario que se adjunta
con el nombre de «A».
4) Operaciones
a) Las operaciones de Mundawra y Kissela (o Jurf Ed Derwish) se
efectuarán de noche, al amparo de la oscuridad. En cada caso, el plan de ataque
preciso lo decidirá, tras reconocimiento personal del objetivo, el O. C., I. C.
C. En este sentido, se hace hincapié en el valor de la sorpresa, porque los
turcos del área de Hejad no están acostumbrados a los ataques nocturnos y, por
lo tanto, se hallarán mal preparados para resistir una operación de esta
naturaleza.
b) Como apoyo artillero a la operación de Mudawra, la sección de diez
libras de Hejaz será puesta a disposición temporal del O. C., I. C. C., por el
O. C. de las tropas del Hejaz septentrional. Acabada la operación, la sección
no se dirigirá al este del ferrocarril, sino regresará independientemente a
Guweyra u otro punto, bajo las órdenes del O. C. de las tropas del Hejaz
septentrional.
c) Para la operación de Kissela, el O. C. de las tropas del Hejaz
septentrional solicitará la cooperación de un destacamento de automóviles
blindados, que estará apercibido en cualquier punto conveniente del este del
ferrocaril, para cubrir la retirada de la columna a Bair en el caso de que la
persiga la caballería hostil de Ammán.
5) Suministros
La columna partirá de Akaba, con víveres y agua para tres días para los
hombres, y forraje para los animales. Además, cada hombre llevará una ración de
conservas de emergencia, que consumirá sólo por orden directa del O. C. de la
columna.
Se establecerán por adelantado depósitos de víveres y forraje, de los
que se encargará el O. C. de las tropas del Hejaz septentrional, como sigue:
a) En Rum, 5 raciones diarias para los hombres y forraje para los
animales.
b) En El Jefer, 4 raciones diarias para los hombres y forraje para los
animales.
c) En Bair, 14 raciones diarias para los hombres y forraje para los
animales.
6) Agua
Se encontró agua abundante para los hombres y animales en las siguientes
localidades:
Rum, Mudawra, El Jefer, Bair, Wadi Dakhl (véase la tabla anexa de
marchas).
7) Medicina
Se organizará en Akaba una hamla de heridos capaz para 24 casos (12
sentados y 12 tumbados), a fin de que acompañe a la columna, bajo la dirección
del comandante Marshall, M. C., R. A. M. C., conforme a las instrucciones del
O. C. de las tropas del Hejaz septentrional.
8) Munición
Se transportarán 260 proyectiles por hombre y 2000 por fusil Lewis.
9) Explosivos
a) Organizada por el O. C. de las tropas del Hejaz septentrional, una
hamla de explosivos, con 2000 libras de algodón pólvora, acompañará a la
columna desde Akaba a Mudawra. Los camellos descargados y sus conductores
regresarán de Mudawra a Akaba al concluir esa fase de las operaciones.
b) Para la operación de Kissela, se organizará una hamla de explosivos,
con 6000 libras de algodón pólvora, que se encontrará con la columna en Bair,
desde donde la acompañará a Kissela.
10). Guías
a) Para la primera fase de las operaciones (desde Akaba a El Jefer,
inclusive), el O. C. de las tropas del Hejaz septentrional, a través del Sherif
Feisal, tomará las siguientes disposiciones:
a) Guías (Amran Howeitat) que encontrarán la columna en Akaba y la
conducirán a Rum.
b) Un Sherif adecuado elegido por el Sherif Feisal, con los guías
requeridos (Abu Tayi), se unirán a la columna en Rum, y la conducirán a
Mudawra, y después de Mudawra a El Jefer.
Deben incluirse provisiones para los guías y forraje para sus camellos,
mientras los emplee la columna, en las disposiciones indicadas en el párrafo 5
(Suministros).
c) El teniente coronel Lawrence se encargará de obtener guías para la
columna, con destino a Kissela, a partir de El Jefer.
11). Comunicaciones
El O. C. de las tropas del Hejaz septentrional procurará mantenerse en
contacto, lo más estrecho posible, con la columna, mientras opere al este del
ferrocarril, hasta el norte de El Jefer (inclusive) con aeroplanos del Ala de
Hejaz.
Si es posible, se observarán disposiciones similares para mantener
contacto directo con el cuartel general, mediante un aeroplano de la brigada
Palestina, durante la segunda fase de las operaciones, al norte de Biar.
12). Oficiales adscritos
El O. C. de las tropas del Hejaz septentrional hará que los siguientes
oficiales acompañen a la columna desde Akaba:
Oficial político de enlace con los árabes: Comandante Marshall, M. C.,
R. A. M. C. (además, deberes como O. M.).
Oficial de demolición: (O) Capitán Scott-Higgins (o) Bimbashi Peake, A.
I.
Oficial de estado mayor (sólo para la primera fase de las operaciones,
hasta El Jefer): Comandante Stirling, D. S. O., C. M.
13). El C. O. de las tropas del Hejaz septentrional informará
telegráficamente a esta oficina del término de las disposiciones de que es
responsable, véanse párrafos 4, 5, 7, 9, 10, 11 y 12, y confirmará las medidas
tomadas, con más detalles, por correo, en cuanto le sea posible.
14). Acuse de recibo por cable
Si es posible, se sugiere que se obtengan los servicios del Sherif
Hazaar o del Sherif Fahad.
Cairo.
Savoy Hotel,
16, julio, 1918.
(Firmado). A. C. Dawnay,
Teniente coronel
Estado Mayor
Operaciones Hejaz.
Copias: N°1 y N°2: Operaciones Hejaz.
N°3: O. C., tropas Hejaz sept.
N°4: O. C. Imperial Camel Corps.
N°5: Cuartel general.
A:» Programa provisional y horario de marchas.
|
Día 0 |
La columna sale de Akaba |
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C+1 |
Akaba-Rum (11 horas). |
|
C+2 |
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C+3 |
Día de descanso, Rum. |
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C+4 |
Rum-oeste de Mudawra (14 horas) |
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C+5 |
|
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Noche C5/C6. |
Ataque a Mudawra |
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C+6 |
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C+7 |
Mudawra-El Jefer (20 horas) |
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C+8 |
|
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C+9 |
Día de descanso, El Jefer. |
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C+10 |
|
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C+11 |
|
|
C+12 |
Día de descanso, Bair |
|
C+13 |
|
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C+14 |
Bair-este de Kissela (30 horas) |
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C+15 |
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Noche C15/C16 |
Ataque al puente y túnel de Kissela. |
|
C+16 |
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C+17 |
Kissela-Bair (30 horas). |
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C+18 |
|
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C+19 |
Días de descanso, Bair. |
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C+20 |
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C+21 |
|
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C+22 |
Bair-Wadi Dakhl (24 horas). |
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C+23 |
|
|
C+24 |
Wadi Dakhl-Bir es Aaba (20 horas). |
|
C+25 |
|
Nota: Todas las marchas se calculan conforme a un promedio de 3 1/2
millas por hora.
Secreto
G. S. 31
Comandante R. V. Buxton,
I. C. C. Ismailía.
Ampliando las instrucciones especiales, G. S. 31, que se le entregaron
el 16 del presente mes, si circunstancias imprevisibles hicieran impracticables
los objetivos (b) y (c) en el tiempo fijado para las operaciones, se le
autoriza, alcanzado el primer objetivo, adoptar, de acuerdo con el teniente
coronel Joyce y el teniente coronel Lawrence, como alternativa, cualquier plan
modificado contra el ferrocarril de Hejaz, al norte de Maan, que, en opinión de
usted, la situación justifique, y que permitan realizar las circunstancias
locales.
(Fmdo). A. C. Dawnay,
Teniente coronel
Estado Mayor,
Operaciones Hejaz.
Copias a: O. C. de las tropas del Hejaz septentrional.
Para información.
Apéndice B
Carta de Lawrence al Times de Londres
22 de julio de 1920
Muy señor mío:
En el debate de esta semana en los Comunes sobre el Medio Oriente, un veterano
miembro de la Casa se asombró de que los árabes de Mesopotamia se alzasen en
armas contra nosotros, a pesar de nuestro bienintencionado mandato. Su sorpresa
ha tenido eco, acá y allá, en la prensa. Se me antoja basada en un conocimiento
tan parvo y desviado de la nueva Asia y la historia del último lustro, que me
atrevo a abusar de su espacio con una larga exposición, en la que le daré mi
interpretación de ese estado de cosas.
Los árabes se sublevaron contra los turcos durante la guerra no porque el
gobierno otomano fuese notablemente malo, sino porque deseaban ser
independientes. No expusieron sus vidas en los combates para cambiar de
señores, para convertirse en súbditos británicos o ciudadanos franceses. Lo
hicieron para autorregirse.
Está por comprobar si se hallan preparados o no para ser independientes. El
mérito no califica para ser libres. Los búlgaros, afganos y tahitianos lo son.
La libertad se disfruta cuando se está tan bien armado, o se es tan turbulento,
o se habita en un país tan espinoso, que el gasto para que nuestro gobierno lo
ocupe supera el provecho de lograrlo. El gobierno de Faisal en Siria ha sido
independiente durante dos años, y ha mantenido en su área la seguridad pública
y los servicios cívicos.
Mesopotamia ha tenido menos ocasión de probar su armamento. Jamás combatió
contra los turcos, y lo hizo de manera tibia contra nosotros. Por lo tanto,
hubimos de instalar en ella una administración propia del tiempo de guerra. No
pudimos hacer otra cosa; mas eso aconteció hace un par de años, y todavía no la
hemos puesto a la altura de la paz. Cierto, no hay en ella indicios de cambio.
Se envían a su territorio «grandes refuerzos», según la declaración oficial, y nuestra
guarnición habrá ascendido a seis cifras el mes que viene. La curva de gastos
aumentará a cincuenta millones de libras en este año fiscal, y, no obstante, se
nos exigirán más esfuerzos a medida que crezca el afán de independencia de
Mesopotamia.
No maravilla que hayan perdido la paciencia al cabo de dos años. El gobierno
que establecimos es de estilo inglés, y se administra en idioma inglés. Lo
dirigen cuatrocientos cincuenta funcionarios ejecutivos británicos, y ningún
mesopotámico responsable. En la época turca, el 70% de la burocracia civil
ejecutiva era indígena. Nuestros ochenta mil soldados se ocupan allí de
misiones de policía; no defienden las fronteras. Someten al pueblo. En el
período otomano, los dos cuerpos de ejército de Mesopotamia tenían el 60% de
oficiales y el 95% de soldados árabes. Que se les prive del privilegio de
intervenir en la defensa y la administración de su patria, irrita a los
mesopotámicos cultos. Es cierto que hemos aumentado su prosperidad, pero ¿qué
importa eso cuando en el otro platillo reposa la libertad? Esperaron, y
aplaudieron nuestro mandato, porque esperaban convertirse en un dominio, que
ellos gobernarían. Ahora empiezan a desconfiar de nuestras intenciones.
¿Remedio? Lo veo en un cambio inmediato de nuestra política. La lógica de las
cosas actuales tiene mal sesgo. ¿Por qué han de morir ingleses (o indios) para
que exista el gobierno árabe en Mesopotamia, lo que es la meditada intención
del gobierno de Su Majestad? Estoy de acuerdo con la intención, pero yo encargaría
el trabajo a los árabes. Pueden hacerlo. Mi modesta experiencia en el
encumbramiento de Faisal me ha probado que el arte de gobernar exige antes
carácter que inteligencia.
Yo establecería el árabe como lengua gubernamental. Eso implicaría una reducción
de los funcionarios británicos y que los árabes idóneos recuperasen su empleo.
Formaría dos divisiones de tropas voluntarias, árabes sin excepción, desde el
general hasta el soldado de segunda. (Hay millares de oficiales y subalternos
veteranos y adiestrados). Confiaría a esas unidades el mantenimiento del orden
público, y despacharía del país a todos los militares británicos o indios. Esos
cambios se cumplirían en doce meses, y entonces tendríamos a Mesopotamia de la
misma manera que tenemos, poco o mucho, a Sudáfrica o Canadá. Creo que, en
tales condiciones, los árabes serían leales súbditos del imperio y no nos
costarían ni un céntimo.
Me replicarán que es grotesca la idea de un dominio «moreno» en el imperio
británico. No obstante, los esquemas de Montagu y Milner tienden a eso. La
única alternativa a ello parece ser la conquista, que el inglés corriente ni
quiere ni puede pagar.
Desde luego, hay petróleo en Mesopotamia, pero inaccesible para nosotros
mientras haya guerra en el Oriente Medio. Y pienso que, si tanto lo
necesitamos, podría ser motivo de una negociación. Los árabes parecen
dispuestos a verter su sangre por la independencia. ¡Por consiguiente, harán lo
mismo, con mayor facilidad, con su petróleo!
T. E. Lawrence.
All Souls College,
22 de julio
F I N
Notas:
[1] El episodio se narra en Dead Towns and Living Men, de
Woolley. Las leves discrepancias que existen entre las dos versiones proceden
de enmiendas introducidas por Lawrence.
[2] Lowell Thomas ha retratado a Lawrence como jerife de La Meca, cosa
diáfanamente grotesca. A pesar de la mezcla de sangre de distinta procedencia
que lleva en las venas, no desciende del profeta. Jamás estuvo en La Meca, ni
ofendería a los musulmanes intentando visitarla.
[3] Se ha dicho que, aparte Mallory, Aristófanes y The Oxford
Book of English Verse, llevaba la Arabia Deserta de
Doughty. No es verdad. Aunque su recuerdo de esta obra le fue muy útil en la
primera parte de la campaña, cuando no tenía mapas.
[4] La señora Lawrence había escrito: «Hace más de un año que Ned
lucha con los árabes en Hichaz contra los turcos. Ha hecho cosas maravillosas
como volar puentes, sabotear vías férreas, etc., y matar turcos a montones. Le
han concedido todo género de condecoraciones, a las que no hace caso. Dice que
devolverá sin abrir todas las cartas en cuyos sobres consten su rango y
dignidades.».
[5] Referencia a una carta que escribió en El Cairo en 1915: «Ya
conoces la descripción de Coleridge de los cuerpos celestes en The
Ancient Mariner “Señores que se esperan con certeza”… No quiero ser
señor ni cuerpo celeste, pero creo que un cabo de mi órbita debiera estar
contigo en una imprenta. ¿Empezaremos imprimiendo El asno de oro de
Apuleyo, mi muleta actual?».
[6] El propio Shaw me ha contado que salió con casi todos los hombres
del Ala B. «Todos eran personas decentes —dijo—, a las que admiraba mucho. Creo
que el sargento Pugh ha expresado con excesiva seriedad lo que fue una broma»
[7] Muchos lectores quizá no comprendan la esencia de esta anécdota,
por ignorar el trato despectivo que los soldados uniformados reciben de los
policías. Los de Cranwell se sorprendieron que no se arrestase a Shaw por
protestar de la ineficacia de un guardia.
[8] La grafía de los nombres en el documento no corresponde a la usada
en este libro. La cuestión carece de importancia, porque no hay un sistema
puntual inglés de transcripción del árabe.

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