© Libro N° 13288. Filosofía Del Arte. Taine, Hipólito Adolfo.
Tomo IV. Emancipación. Diciembre 14 de 2024
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Filosofía Del Arte. Hipólito Adolfo Taine. Tomo IV
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Tomo IV
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Guillermo Molina Miranda
FILOSOFÍA DEL ARTE
Hipólito Adolfo Taine
Tomo IV
Filosofía Del Arte
Hipólito
Adolfo Taine
Tomo IV
FILOSOFÍA
DEL ARTE HIPÓLITO ADOLFO TAINE
TOMO IV Y
ÚLTIMO TRADUCCIÓN: A. CEBRIÁN
Editado
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FILOSOFÍA
DEL ARTE CUARTA PARTE Y ÚLTIMO
QUINTA
PARTE
DEL IDEAL
EN EL ARTE
Señores:
El asunto
de que voy a ocuparme parece que no puede ser tratado más que en poesía. Cuando
se nombra el ideal es el propio corazón el que habla; pensamos entonces en el
hermoso y vago ensueño, expre-sión de los más íntimos sentimientos; no lo
pronunciamos mas que en voz baja, con una especie de exaltación contenida; y
cuando en alta voz discurrimos acerca de ello, es siempre en verso, en un cauto
poéti-co. No nos atrevemos mas que a rozarlo con nuestros dedos, o a to-carlo
religiosamente, con las manos juntas, como al tratar de la felicidad, del cielo
y del amor. Nosotros, según nuestra costumbre, lo estudiaremos metódicamente
como naturalistas; procederemos por análisis y tra taremos de llegar, no a una
oda, sino a una ley.
Preciso
es, en primer lugar, entender el significado de la palabra ideal; la
explicación gramatical no es difícil. Recordemos la defini-ción de la obra de
arte que encontramos al comienzo de este curso. Hemos dicho que la obra de arte
tiene como fin manifestar algún c a-rácter esencial o saliente con más claridad
e intensidad que lo man i-fiestan los objetos reales. Para ello el artista se
forma una idea de ese carácter, y en consecuencia con su idea, transforma el
objeto real. Este objeto, transformado de tal suerte, se halla en conformidad
con la idea, o, en otros términos, es ideal. Así, las cosas pasan de la
realidad al ideal, cuando el artista las repro duce modificándolas conforme a
su idea, y las modifica conforme a su cuando, advirtiendo y destacando en ellas
algún carácter de importancia, altera sistemáticamente las relaciones naturales
de los elementos del objeto para hacer visible y dominante aquel carácter.
CAPÍTULO
PRIMERO
Especies
y grados del ideal.
I
Entre las
ideas que los artistas dejan impresas en sus obras ¿hay algunas que sean
superiores a las demás? ¿Puede determinarse si un carácter tiene más valor que
otro? ¿Hay para cada objeto una forma ideal fuera de la que todo sea un error o
una desviación? ¿Puede de s-cubrirse un principio para clasificar las obras de
arte, como si hubiese diferentes categorías entre ellas?
A primera
vista nos sentimos inclinados a con testar con una ne-gativa; la definición a
que llega mos anteriormente parece cerrar el paso a toda investigación en el
sentido de las preguntas; nos inclina a pensar que todas las obras de arte
están al mismo nivel y que hay campo libre para lo más arbitrario. En efecto,
si el objeto deviene ideal sólo por la circunstancia de ser adecuado a la idea,
lo de menos es la idea misma; pertenece por entero a la elección del artista y
escogerá ésta o aquella conforme a sus gustos; no tenemos derecho a protestar
de nada. El mismo asunto puede ser tratado de una manera, de la m a-nera
opuesta y de todas las infinitas maneras intermedias. Y aun par e-ce, en este
caso, que la historia va de acuerdo con la lógica y que la teoría está
confirmada por los hechos. Consideremos los distintos si-glos, las distintas
naciones y las distintas escuelas. Como los artistas son diferentes por la
raza, por el espíritu y por la educación, tienen impresiones distintas ante el
mismo objeto; cada cual descubre en él un carácter diferente; cada cual se
forma acerca del objeto una idea original, y esta idea, manifestándose en la
nue va obra, levanta de pronto en la galería de las formas ideales una obra
maestra enteramente nueva, como un nuevo dios en un olimpo que parecía estar
completo.
Plauto
llevó a la escena a Euclión, el avaro pobre; Molière toma de nuevo el mismo
personaje y lo convierte en Harpagón, el avaro rico. Dos siglos después el
avaro, no ya necio y ridículo como enton-ces, sino temible y triunfador, se
convierte en el Padre Grandet en manos de Balzac; y el mismo avaro, arrancado
de la provincia, con-vertido en parisiense, cosmopolita y poeta para andar por
casa, pr o-porciona al propio Balzac el tipo de Gobseck, el usurero. Una, sola
situación, la del padre maltra tado por su ingrata prole, ha inspirado sucesivamente
el Edipo de Colona, de Sófocles; el Rey Lear, de Sha-kespeare, y el Padre
Goriot, de Balzac. Todas las obras y todas las novelas teatrales representan
unos jóvenes que se quieren mucho y desean casarse. ¡De cuántas maneras
distintas ha reaparecido esta eterna pareja desde Shakespeare a Dickens y de
madame La Fayette a Jorge Sand! Los enamorados, el padre, el avaro, todos estos
grandes tipos pueden ser renovados siempre; lo fueron incesantemente y lo serán
todavía de un modo ilimitado. La señal del genio, su única gl o-ria, la
obligación hereditaria de los espíritus geniales estriba en i n-ventar formas
nuevas fuera de lo convencional y acostumbrado.
Si
después de las obras literarias consideramos las artes del d i-bujo, parece aún
más innegable el derecho de elegir, por voluntad propia, un carácter con excl
usión de los demás.
Una
docena de personajes y de escenas evangélicas o mitológicas han bastado para
proporcionar asuntos a toda la pintura de gran estilo. Lo arbitrario del
artista se manifiesta en ella, tanto por la diversidad de obras como por la
plenitud del acierto. No osamos alabar a uno más que a otro, ni colocar una
obra perfecta por bajo de otra obra también perfecta, como tampoco decir si es
mejor inspirarse en la escuela de Rembrandt que en la de Veronés, o afirmar
todo lo contrario. Pero ¡qué enorme contraste entre ambos pintores! En la
Comida en Emmaús , el Cristo de Rembrandt es un resucitado de rostro
cadavérico, amarillento y dolorido, que conoce el frío de la tumba y cuya
mi-rada triste y misericordiosa se fija una vez más en las miserias hum a-nas.
Junto al Maestro se hallan dos discípulos, obreros viejos y fatigados, de
cabeza calva y encanecida; están sentados en la mesa de una posada; un mozo de
cuadra, jovencillo, mira con aire estúpido; ciñendo la cabeza del crucificado
que se aparece brilla una extraña claridad de otro mundo; en el Cristo de los
cien florines se expresa con más fuerza la misma idea.
Ese es el
Cristo del pueblo, el Salvador de los pobres, de pie, en una de aquellas
bodegas flamencas donde en otro tiempo rezaban y tejían los partidarios de
Lollard. Mendigos cubiertos de harapos, resi-duos de hospital, tienden hacia el
Cristo sus manos suplicantes; una tosca aldeana, de rodillas, le mira con los
ojos extáticos de la fe pro-funda; traen a un paralítico atravesado en una
carretilla. Por todas partes se ven harapos agujereados, capas viejas y
mugrientas, descolo-ridas por la intemperie; miembros deformes llenos de
escrófulas; ros-tros pálidos, gastados o embrutecidos; montón lamentable de
fealdad y de miserias, bajos fondos de la humanidad que los dichosos del siglo,
el burgomaestre panzudo y unos lucios ciudadanos, miran con inso-lente indiferencia,
pero sobre las cuales el Cristo, lleno de bondades, extiende sus manos que
sanan a los enfermos, mientras que la claridad sobrenatural que derrama su
figura atraviesa la obs curidad y resplan-dece hasta en los muros, que rezuman
agua.
Si la
miseria, la tristeza y el aire obscuro atra vesado por vagos resplandores han
proporcionado obras maestras, la riqueza, la alegría, la luz cálida y riente
del pleno sol producen también otra obra mae s-tra. Consideremos en Venecia o
en el Louvre las tres comidas de Cristo por Veronés. El ancho cielo se extiende
por encima de una a r-quitectura de balaustradas, estatuas y columnas; la
reluciente blancura del mármol y sus abigarradas coloraciones encuadran una
reunión de caballeros y damas que celebran un festín. Es una fiesta ostentosa,
ve-neciana y del siglo XVI. El Cristo está en el centro, y, en largas hileras,
a sus lados, nobles con jubones de seda, princesas con trajes de brocado comen
y ríen, mientras que lebreles, negritos, enanos y músi-cos distraen la vista y
el oído de los asistentes. Las túnicas recamadas de negro y plata ondulan junto
a las faldas de terciopelo bordadas de oro; las gorgueras de encaje aprisionan
la sedosa blancura de las nu-cas; las perlas lucen en las rubias trenzas; la
carnación florida hace adivinar la fuerza de una sangre rica que circula con
facilidad por todas las venas; las cabezas, vivas y espirituales, están
próximas a la sonrisa, y, por encima del brillo argentino o rosado del tono
general, los amarillos de oro, el azul turquí, el escarlata intenso, los verdes
rayados, los tonos contrapuestos o reunidos completan, con su armo-nía
deliciosa y elegante, la poesía de aquel lujo aristocrático y volup-tuoso.
¿Qué hay-
en otro tipo- más determinado que el Olimpo pagano? La literatura y la
estatuaria griega han precisado todos sus contornos; parece que en ese campo
cualquier innovación sería imposible, porque todas las formas están definidas y
la imaginación se encuentra tota l-mente atada. Y, sin embargo, cada pintor al
transportarlo a su lienzo hace perceptible un nuevo carácter que hasta entonces
no había tenido valor alguno. El Parnaso de Rafael presenta ante nuestras
miradas mujeres jóvenes y bellas de una gracia y de una dulzura enteramente
humanas; un Apolo que con la mirada en el espacio olvida cuanto le rodea
escuchando los acordes de su cítara; una arquitectura mesurada de formas
rítmicas y apacibles; puras desnudeces que el tono sobrio y casi apagado del
fresco hacen todavía más castas.
Con
opuestos caracteres, Rubens emprende de nuevo la misma obra. No hay nada menos
clásico que sus mitologías. En sus manos las divinidades griegas se convierten
en cuerpos flamencos, de pulpa lin-fática y sanguínea, y sus fiestas
celestiales recuerdan las mascaradas que en aquel momento Ben Jonson preparaba
en la corte de Jacobo I. Atrevidos desnudos, realzados además por el esplendor
de los pliegues majestuosos de las telas; Venus gordas y blancas que retienen a
susamantes con el ademán de abandono de una cortesana; Ceres llenas de
picardía, que miran intencionadamente; torsos torneados y palpitantes de
sirenas retorcidas; blandas y amplias inflexiones de la carne viva y
estremecida; empuje violento; ímpetu de los deseos; ostentación mag-nífica de
la sensualidad desenfrenada, triunfadora, sostenida por el temperamento, a
extramuros de lo consciente, que llega a ser poética, rebosando animalidad, y
que, por una coincidencia única, junta en sus goces toda la libertad de la
naturaleza y toda la pompa de la civiliz a-ción. Con esto se llega también a
otra cum bre; el “colosal buen h u-mor” cubre y arrastra cuanto encuentra: «el
Titán neerlandés tenía alas tan poderosas que voló hasta el sol, a pesar de que
de sus piernas colgaban muchos quintales de queso de Holanda».
Si, por
fin, en lugar de comparar dos artistas de distinta raza nos limitamos a una
sola nación, po demos tomar como ejemplo las obras italianas que os he
descrito: tantas Crucifixiones, Natividades, Asu n-ciones, Madonas con el niño;
tantos Júpiter, Apolos, Venus y Dianas, y, para concretar vuestros recuerdos,
fijémonos en la misma escena tratada sucesivamente por tres maestros: Leonardo
de Vinci, Miguel Ángel y Corregio. Hablo de sus Ledas, de las cuales, por lo
menos, conoceréis alguna reproducción. La Leda de Leonardo está en pie, púdica,
con los ojos bajos, y las líneas sinuosas, serpentinas, de su hermoso cuerpo,
ondulan con soberana y refinada elegancia, con un ademán de esposo, el cisne,
casi humano, la envuelve con su ala, y los lindos gemelos que brotan junto a él
tienen la mirada oblicua del ave. Nunca el misterio de los remotos tiempos, el
profundo parentesco del hombre y el animal, el vago sentimiento pagano y
filosófico de la vida universal y una, ha sido expresado con más exquisita
intención ni ha hecho patentes las intuiciones maravillosas de genio más
comprensivo y más sagaz. La Leda de Miguel Ángel es una reina de la raza
colosal y militante, una hermana de las vírgenes sublimes que en la capilla de
los Médicis duermen fatigadas o se despiertan dolorosamente para proseguir la
lucha de la vida. Su cuerpo, gran de y alto, tiene los mismos músculos y la
misma estructura; sus mejillas son enjutas; no hay en todo su ser la menor
señal de goce o de abandono; hasta en un momento semejante permanece seria,
acaso sombría. El alma trágica de Miguel Ángel suscita esos miembros poderosos,
yergue el torso heroico y presta dureza a la mirada bajo el pensativo ceño.
Pasa el
tiempo y los sentimientos varoniles ceden el puesto a otros más femeninos. La
escena, en Corregio, se transforma en un baño de muchachas jóvenes, bajo los
suaves reflejos verdes de los ár-boles y entre el ágil movimiento de las aguas
que corren murmurando. Todo es allí seductor y atractivo; los sueños de dicha,
la graciosa du l-zura la voluptuosidad perfecta nunca ha dilatado el cora zón,
turbá n-dolo, al mismo tiempo, con un lenguaje más insinuante y lleno de vida.
La belleza de los cuerpos y las cabezas no es noble, sino sugesti-va y
acariciadora. Risueñas y de gratas redondeces, tienen el brillo sedoso y
primaveral de flores iluminadas por el sol; la frescura de la adolescencia más
gentil hace tersa y firme la delicada blancura de su carne impregnada de luz.
Una, rubia, complaciente, con torso y cab e-llera ambigua de efebo, aparta al
cisne; otra, pequeñita, linda, pícara, sostiene una camisa; su compañera entra
en la nívea prenda, y el tej i-do tenue, que apenas la roza, no vela
enteramente los contornos ple-nos de su hermoso cuerpo; otras, juguetonas, de
estrecha frente, labios y barbilla carnosos, juegan en el agua con un abandono
retozón y tie r-no. Con mayor abandono aún, y feliz al entregarse, Leda sonríe
y desfallece. La sensación deliciosa, embriagadora, que se exhala de toda la
escena llega al colmo en el éxtasis y el desfallecer de Leda.
¿Cuál de
estas obras debemos preferir? ¿Qué carácter es el supe-rior? ¿La gracia
encantadora de la felicidad desbordante, la trágica grandeza de la altiva
energía o la hondura de la comprensión inte-ligente y refinada? Todos estos
caracteres corresponden a alguna por-ción esencial de nuestra natu raleza o a
algún momento esencial del desenvolvimiento humano. La dicha y la tristeza, la
sana razón y el ensueño místico, la fuerza activa o la fina sensibilidad, las
altas miras del espíritu inquieto y el amplio desbordamiento del goce animal,
to-das las grandes concepciones de un aspecto de la vida tienen su valor
propio. Durante siglos, pueblos enteros se han esforzado para sacarlos a la
luz; lo que la historia nos ha enseñado el arte lo resume, y así como los
diversos seres naturales, cualesquiera que sean su estructura e instintos,
encuentran un lugar en el mundo y su explicación en la ciencia, las diversas
creaciones de la imaginación humana, cualquiera que sea el principio que las
anima y la dirección que manifiestan, h a-llan su justificación en la simpatía
de la crítica y su lugar en el proce-so del arte.
II
Y, sin
embargo, en el mundo de la imaginación, como en el mundo real, hay diversas
categorías porque hay valores distintos. El público y los inteligentes conceden
las unas y aprecian los otros. Este ha sido nuestro propósito durante los cinco
años empleados en est u-diar las escuelas de pintura de Italia y de los Países
Bajos y la escultu-ra en Grecia. Constantemente y a cada paso hemos emitido
juicios; sin darnos cuenta de ello, llevábamos en la mano una medida. Los demás
hombres hacen lo que nosotros hemos hecho, y en el arte, como fuera de él,
existen verdades adquiridas. Todo el mun do reconoce hoy que algunos poetas,
como Dante y Shakespeare, algunos compositores, como Mozart y Beethoven, ocupan
el primer lugar en las artes respec-tivas, como asimismo se coloca a Goethe
antes de todos los demás escritores de nuestro siglo. Entre los flamencos nadie
puede negar esa situación a Rubens; entre los holandeses, a Rembrandt, entre
los al e-manes, a Alberto Durero; entre los venecianos, a Ticiano. Tres artistas
del Renacimiento de Italia, Leonardo de Vinci, Miguel Ángel y R a-fael, se
destacan con una notoria superioridad sobre todos los demás.
Además,
esos juicios definitivos que la posterioridad pronuncia justifican su autoridad
por la especial manera con que son emitidos.
En primer
lugar, los contemporáneos del artista se han reunido para juzgarle, y esta
opinión, a la cual tantos espíritus diferentes por te m-peramento y por
educación han contribuido, es ya muy importante, puesto que las limitaciones de
cada gusto individual han sido subsa-nadas por la diversidad de otros gustos;
los prejuicios al entrechocarse se equilibran, y esa compensación mutua y
continua determina poco a poco la opinión final, muy próxima a lo verdadero.
Des pués de esto ha comenzado otro siglo, dotado de un espíritu nuevo; después
de éste, otro. Cada uno de ellos ha revisado el proceso pendiente, cada cual
desde su punto de vista. Y cada uno de estos juicios son otras tantas
rectificaciones profundas y poderosas confirmaciones. Cuando la obra, después
de haber pasado de esta suerte de tribunal en tribu nal, sale de todos
calificada de la misma manera, y los jueces, escalonados a lo largo de los
siglos, coinciden en el fallo, es muy probable que la sen-tencia sea justa.
Porque si la obra no fuese superior no hubiera reunido las simpatías más
diferentes en un solo haz. Si la estrechez de espíritu, propia de las épocas y
los pueblos, les lleva algunas veces, lo mismo que a los individuos, a juzgar
desacertadamente y a comprender de manera imperfecta, en este caso, como para
los individuos, las diver-gencias rectificadas y las oscilaciones, anulándose
mutuamente, lle-gan, por grados, a ese estado de fijeza y certidumbre en el
cual la opinión se halla sólida, y legítimamente establecida para que podamos asentir
a su juicio con toda confianza y razón.
Por
encima de la coincidencia instintiva de los diversos gustos, los modernos
procedimientos de la crítica vienen a sumar la autoridad de la ciencia a la
autoridad del sentido común. El crítico sabe ahora que su gusto personal no
tiene valor alguno; que debe hacer abstrac-ción de su temperamento, de sus
inclinaciones, de su partido, de sus intereses; que antes de todo su talento
está la simpatía, y que la prime-ra operación en historia consiste en situarse
en el lugar de los hombres que vamos a juzgar, penetrando en sus instintos y en
sus costumbres; en adoptar sus sentimientos, en repensar sus ideas, en
reproducir en sí mismo su estado interno; en representarse minuciosamente y de
man e-ra palpable el medio en que vivían, en seguir con la imaginación las
circunstancias y las impresiones que, actuando sobre su carácter i n-nato, han
deter minado los hechos y guiado la vida de aquellas gentes. Este trabajo,
colocándonos en el punto de vista del artista, nos ayuda a entenderle mejor y,
como se compone, de análisis, es, al igual de toda la operación científica,
susceptible de comprobación y perfecciona-miento. Siguiendo este método hemos
podido aprobar y desaprobar a algún artista, censurar un fragmento y alabar
otro de la misma obra, establecer valores, indicar progresos y desaciertos,
reconocer la flora-ción y las degeneraciones, no arbitrariamente, sino conforme
a una regla general. Esta regla escondida es la que voy a tratar de deducir, de
precisar y de probar ante vuestra atención.
III
Consideremos
para ello las distintas partes de la definición que hemos obtenido. Hacer que
un carácter predomine sobre todos los de-más: tal es el fin de la obra de arte.
Por esto, cuanto más se acerque a ese fin, tanto más perfecta será una obra. En
otros términos: cuanto más exacta y completamente llene las condiciones
indicadas, ocupará un lugar más alto en la escala de los valores. Las
condiciones son dos: es preciso que el carácter sea lo más notable posible y
que aparezca como dominante en el más alto grado. Estudiemos con dete nimiento
estas dos obligaciones del artista.
Para
abreviar el trabajo voy sólo a examinar las artes de imit a-ción: la escultura,
la música dramá tica, la pintura, la literatura, y e s-pecialmente las dos
últimas. Esto nos basta, puesto que conocéis la relación que existe entre las
artes de imitación y las que no tienen este carácter. Unas y otras tratan de
hacer dominante algún carácter de importancia. Unas y otras lo consiguen
empleando un conjunto de partes ligadas entre sí cuyas relaciones combinan o
modifican. La úni-ca diferencia consiste en que las artes de imitación, la
pintura, la e s-cultura y la poesía, reproducen relaciones orgánicas y morales,
haciendo las obras correspondientes a los objetos reales, mientras que, las
otras artes, la música propiamente dicha y la arquitectura, comb i-nan
relaciones matemáticas para crear obras que no corresponden a los objetos
reales. Pero una sinfonía, un templo, construidos de este modo, son seres tan
vivos como un poema escrito o una figura pinta-da. Porque son también seres
orgánicos cuyas partes conservan una dependencia mutua regidas por un principio
director, tienen también una fisonomía, manifiestan una intención, hablan con
su expresión propia producen un efecto determinado. Por todos estos títulos son
criaturas ideales del mismo orden que las demás obras de arte, som e-tidas a
idénticas leyes de formación, como asimismo a las leyes de la crítica; no
constituyen mas que un grupo distinto de la clase total, y con una restricción
conocida de antemano, las verdades encontradas, dejando a un lado estas obras,
se aplican, sin embargo a ellas.
CAPITULO
II
Del grado
de importancia del carácter.
I
Y ahora
preguntamos: ¿qué es un carácter de importancia? Entre dos caracteres dados,
¿cuál es el más importante de ambos? Al pla n-tear esta cuestión nos hallamos
transportados al dominio de las cie n-cias, puesto que se trata ahora de
apreciar los seres en sí mismos y la misión de las ciencias es precisamente
valorar los distintos caracteres que integran cada ser. Tenemos que hacer una
escapada hacia la hi s-toria natural; os pido perdón de an temano; si la
materia parece en un principio seca y abstracta, la primera impresión no debe
preocu parnos. El parentesco que liga el arte con la cien cia es un honor tanto
para uno como para otro; es una gloria para la ciencia proporcionar a la
belleza sus principales fundamentos; es una gloria para el arte basar sus más
elevadas construcciones en los cimientos de la verdad.
Hace
próximamente cien años que las ciencias naturales desc u-brieron una regla de
valoración de la que vamos a hacer uso en nue s-tros trabajos; fue ésta el
principio de la subordinación de los caracteres. Todas las clasificaciones de
botánica y de zoología han sido hechas ateniéndose a este principio, y su
importancia queda d e-mostrada por descubrimientos tan inesperados como
profundos. En una planta o en un animal, determinados caracteres han sido recon
o-cidos como más importantes que el resto de ellos; estos caracteres
principales son los menos variables; sólo por esta condición tiene m a-yor
fuerza que todos los demás, porque resisten mejor al ataque de las
circunstancias interiores o exteriores que pueden destruirlos o alte-rarlos.
Por ejemplo: en una planta la altura y el desarrollo que adquiera son menos
importante que su estructura. El guisante, que se arra s-tra por el suelo, y la
acacia, que eleva su tronco en el aire, son legu-minosas muy semejantes; un
tallo de trigo de tres pies de alto y un bambú que tiene treinta son gramíneas;
el helecho, poco desarrollado en nuestros climas, es un árbol en los países
tropicales.
De un
modo análogo, en un vertebrado el número, la disposición y el empleo de los
miembros tienen menos importancia que la presen-cia de glándulas mamarias.
Podrá ser acuático, terrestre o volátil; e x-perimentar todos cambios que trae
consigo el cambio de medio sin que por ello se altere o se destruya la
estructura que le capacita para am a-mantar a sus crías. El murciélago y la
ballena son mam íferos, como el perro, el caballo y el hombre. La potencia
constructora que, adelga-zando los miembros del murciélago, ha transformado sus
manos en alas; que ha soldado, acortando y borrando casi por completo, las
ex-tremidades posteriores de la ballena, no ha actuado ni en uno ni en otro
caso sobre los órganos lactantes, y el mamífero que vuela, como el mamífero que
nada, son hermanos del mamífero que anda. Esto ocurre lo mismo en toda la
escala de los seres y en toda la escala de los caracteres. Una determinada
disposición orgánica tiene un peso considerable que no puede conmover fuerzas
que, actuando sobre el mismo ser, son capaces de alterar caracteres de menos
importancia.
De
consiguiente, cuando una de las masas se desplaza, arrastra consigo masas
proporcionales. O lo que es lo mismo: un carácter lleva consigo otros
caracteres de tanta mayor importancia y permanencia cuanto más importante e
invariable es aquel determinado carácter. Por ejemplo: la presencia de las
alas, que es un carácter muy subalterno, no trae consigo mas que leves
modificaciones y no altera la estructura general. Animales de clases muy
distintas pueden tener alas; junto a las aves se hallan los mamíferos alados,
como el murciélago; lagartos con alas, como el antiguo pterodáctilo; peces
voladores, como los exo-cetos. Y aun la disposición especial que hace imposible
el vuelo tiene tan pocas consecuencias, que se encuentra hasta en ra mas
distintas.
No sólo
muchos vertebrados, sino muchos articulados, tienen alas, y, por otra parte,
esta facultad es tan poco importante que sucesivamente se manifiesta o no
existe en una misma clase; como familias de in-sectos vuelan y no vuela la
última, la de los ápteros.
Por el
contrario, la presencia de las glándulas mamarias, que es un carácter de gran
importancia, trae consigo modificaciones consid e-rables y determina, en sus
rasgos esenciales, la estructura del animal.
Todos los
mamíferos pertenecen al mismo orden; todo mamífero es indefectiblemente
vertebrado. Y aun hay más; la presencia de las glándulas mamarias trae siempre
consigo la doble circulación, la r e-producción vivípara, la circunscripción de
los pulmones, en la pleura, lo cual les distingue del resto de los vertebrados:
aves, reptiles, anfi-bios y peces. En general, si leéis el nombre de una clase,
de una fami-lia, de un grupo cualquiera de los seres naturales, nombre que
expresa el carácter esencial, os mostrará la disposición orgánica que se ha e
s-cogido como tipo. Leed luego las dos o tres líneas que van a continua-ción;
en ellas encontraréis enumerados una serie de caracteres que son compañeros
inseparables del primero y cuyo número e impor tancia determinan el valor de
las masas que le acompañan cuando aparece y desaparece.
Si ahora
investigamos la razón que confiere a determinados c a-racteres mayor
importancia e invariabilidad, casi siempre se apoya en la siguiente
consideración. En todo ser vivo pueden distinguirse dos partes: los elementos y
la disposición de ellos, la disposición es ult e-rior, los elementos son
primitivos. Puede alterarse la disposición sin que se alteren los elementos en
sí mismos; no pueden alterarse éstos sin que se altere su disposición. Así,
pues, deben distinguirse dos cla-ses de caracteres: unos, profundos, íntimos,
originales, fundamentales, que son los materiales o elementos. Otros,
superficiales, extremos, derivados, superpuestos, que constituyen la
disposición o agrupación.
Tal es el
principio de la teoría más fecunda de las ciencias natu-rales, la de la
analogía de caracteres, por la cual Geoffroy Saint Hilaire explicó la estruc
tura de los animales y Goethe la estructura de las plantas. En el esqueleto de
un animal hay que sepa rar dos forma-ciones de caracteres distintos; una, a que
corresponden las piezas anatómicas y sus conexiones; otra, que comprende sus
prolongaciones, reducciones, suturas y adaptaciones a una u otra función. La
primera es una formación primitiva; la segunda es derivada. Las mismas art
i-culaciones análogas se observan en el brazo del hombre, en el ala del
murciélago, en la pata del caballo, en la del gato, en la aleta de la b
a-llena. Por otra parte, en la serpiente de vidrio, en la boa, algunas pie-zas,
que ya no son útiles subsisten como vestigios; y estos rudimentos conservados,
lo mismo que la unidad de plan que persiste, atestiguan la existencia de
fuerzas elementales que las transformaciones ulte-riores no han logrado
aniquilar.
Del mismo
modo se ha demostrado que primitivamente y en el fondo todas las partes de la
flor no son mas que hojas; y esta distin-ción de dos na turalezas, una
esencial, otra accesoria, ha explicado abortos, monstruosidades y analogías tan
numerosas como obscuras, oponiendo la trama íntima del tejido vivo a los
pliegues, las soldadu-ras y los adornos que vienen a diversificarla y
enmascararla. De estos descubrimientos parciales se ha deducido una regla
general, a saber: que para discernir el carácter más importante es necesario
considerar el ser en sus orígenes o en sus elementos, observarle en la forma
más sencilla- como se hace en la embriogenia- o notar los caracteres
dis-tintivos que son comunes a todos sus elementos- como se hace en la anatomía
y fisiología general-. Efectivamente, en vista de los caracte-res suministrados
por el embrión, o según la manera de desenvolverse todas las partes de éste, se
clasifica en la actualidad el innumerable ejército de las plantas; estos dos
caracteres son de tan extraordinaria importancia que van mutuamente ligados y
contribuyen ambos a esta-blecer la misma clasificación. Según que el em brión
está provisto de hojitas primitivas o carezca de ellas; según posea una o dos
de estas hojas, entra en uno de los tres grandes grupos del reino vegetal. Si tiene
dos hojas, los tallos estarán formados de capas concéntricas más duras en el
centro que en la circunferencia; su raíz procede del eje primario; sus
verticilos florales se componen de dos piezas, de cinco, o de un número de
piezas múlti ples de dos o de cinco. Si no tiene mas que una de esas hojuelas,
su tallo estará compuesto de haces disemi-nados y será más blando en el centro
que en la circunferencia; su raíz procederá de ejes secundarios, sus verticilos
florales serán siempre de tres piezas o de un número de éstas múltiplo de tres.
Esta
correspondencia, tan general y permanente se observa en el reino animal, y la
conclusión que, como término de sus trabajos, legan las ciencias naturales a
las ciencias del espíritu es que los caracteres son más o menos importantes
conforme sean el resultado de fuerzas más o menos poderosas; que se encuentra
la medida de su fuerza en el grado de la resistencia al ataque, y que, por
tanto, su in variabilidad, más o menos grande, les señala en la jerarquía un
lugar más o menos elevado; y que, finalmente, su invariabilidad será mayor a
medida que dichos caracteres constituyen en el ser una capa más profunda, pert
e-neciente no a la disposición, sino a los elementos constitutivos.
II
Apliquemos
este principio al hombre, y ante todo al hombre mo-ral y a las artes que lo
toman como objeto; es decir, a la música dr a-mática, a la novela, al teatro y,
en general, a la literatura. ¿Cuál es, en este caso, el orden de importancia de
los caracteres y cómo comprobar los diversos grados de variabilidad? La
historia nos proporciona un medio muy sencillo y seguro; porque los
acontecimientos, actuando en el hombre, alteran en distin tas proporciones las
diversas capas de ideas y sentimientos que observamos en él. El tiempo va
des-moronando y ahondando nuestro ser como un cavador que remueve el terreno y
así pone de manifiesto nuestra geología moral: con la inten sidad de su
esfuerzo todos nuestros terrenos superpuestos desaparecen poco a poco, unos muy
lentamente, otros con mayor rapidez. Los pri-meros golpes del azadón arrancan
con facilidad un terreno movedizo, una especie de aluvión blando y enteramente
externo; vienen después las gravas más coherentes, las are nas de mucho
espesor, que para ser arrancadas necesitan un trabajo más largo. Mas en lo
hondo se extie n-den las calizas, mármoles, esquistos super puestos,
resistentes y com-pactos. Se necesitan largas etapas de trabajo asiduo, zanjas
profundas, explosiones numerosas para acabar con toda esa formación. Más abajo
aun, se hunde, a profundidades desconocidas, el granito primitivo, sostén de
los demás materiales; y aunque el ataque de los siglos tenga una extraordinaria
potencia, no llega a arrancar totalmente esos c i-mientos misteriosos.
En la
superficie del hombre se hallan las costumbres, las ideas, una especial aptitud
de espíritu que duran tres o cuatro años; éstos corresponden a la moda, y al
momento. Un viajero que se marcha a América o a la China no halla a su regreso
el mismo París que dejó. Se encuentra ahora provinciano y desorientado; los
chistes y bromas son otros; el vocabulario de los clubs y teatrillos es
diferente; el ele-gante que impera no tiene la misma clase de elegancia, luce
otras co r-batas y otros chalecos; sus escándalos y caprichos repercuten de
otra manera; el nombre con que se le conoce es también distinto: hemos tenido
sucesivamente el petit-maître, el incroyable, el mirliflor, el dandy, el lión ,
el gandin, el cocodès y el petit crevé . Bastan unos cuantos años para barrer y
reemplazar el nombre y la cosa. Las vari a-ciones en la manera de vestir miden
las varia ciones de ese estado de espíritu; de todos los caracteres del hombre,
éste es el más superficial e inestable.
Más abajo
se extiende una capa de caracteres algo más sólidos: dura veinte, treinta,
cuarenta anos; próximamente la mitad de un p e-ríodo histórico. Acabamos de ver
terminar una de estas épocas: aqu e-lla que tuvo su centro en las inmediaciones
del año 1830. Podéis encontrar el personaje reinante en el Antony de Alejandro
Dumas, en los galanes del teatro de Víctor Hugo, en los recuerdos y los relatos
de nuestros padres y tíos. Se trata de un hombre de pasiones exaltadas, de
ensueños lúgu bres, entusiasta y lírico, político y rebelde, humanitario e
innovador, con mucha frecuencia enfermo del pecho, víctima de la fatalidad, de
aspecto melancólico, con chalecos trágicos, con cabellera de gran efecto, como
nos muestran las estampas de Dévéria. Actua l-mente le encontramos enfático e
ingenuo, pero no podemos evitar que nos parezca ardiente y generoso. En suma,
es el plebeyo de nueva ra-za, dotado ricamente de facultades y deseos, que al
llegar por primera vez a las cumbres sociales ostenta ruidosamente la turbación
de su espíritu de su corazón. Sus ideas y sentimientos son los de una
gene-ración entera, y es necesario que pase una generación para verlos d
e-saparecer. Tal es la segunda capa del terreno, y el tiempo que la historia
tarda en arrastrarla nos da a conocer el grado de importancia que tiene al
mostrarnos el grado de profundidad a que se halla.
Ya hemos
llegado a las capas de tercer orden, de gran extensión y espesor. Los
caracteres que la constituyen duran un período histórico completo, como la Edad
Media, el Renacimiento o la época clásica. La misma forma de espíritu se
mantiene durante uno o varios siglos y resiste al desgaste sordo, a las
destrucciones violentas, a todos los gol-pes de zapa y de mina que durante un
largo intervalo no cesan de at a-carla. Nuestros abuelos vieron desaparecer una
de estas formaciones: el período clásico, que terminó con la revolución de
1879, en la lit e-ratura, con Delille y Mr. de Fontanes; en religión, con la
figura de José de Maistre y la caída del galicanismo. Había comenzado en la
política con Richelieu; en literatura, con Malherbe; en la religión, por la reforma
pacífica y espontánea que en los comienzos del siglo XVII renovó el catolicismo
francés. Subsistió cerca de dos siglos y puede reconocerse en muchos signos
exteriores. Al traje de caballero y va-lentón que llevaban los elegantes del
Renacimiento sucede un verda-dero traje de etiqueta tal como se necesita en los
sajones y en la corte; la peluca, los encañonados, el calzón, el ves tido
cómodo que se adapta a los ademanes mesurados y varios del hombre de mundo, las
telas de seda bordadas, doradas, adornadas con encajes; los atavíos agradables
y majestuosos, hechos para señores que quieren lucir, conservando su rango. A
través de variaciones continuas y secundarias este traje dura hasta que el
pantalón, la bota republicana y el frac negro, serio y ut i-litario, vinieron a
reempla zar los zapatos de hebilla, las medias de seda, las chorreras de
encaje, los chalecos floreados y la casaca rosa, azul pálido o verde manzana de
la antigua corte. En todo este inte r-valo domina un carácter que aun Europa
entera nos atribuye: el fra n-cés galante, fino, diestro en las artes del trato
social, de palabra correcta, calcado más o menos directamente del cortesano de
Versa-lles, fiel al estilo noble y a todas las conveniencias monárquicas del
lenguaje y las maneras. Todo un grupo de doctrinas y sentimientos se une a este
especial modo de ser o se deriva de esas circunstancias: la religión, el
Estado, la filosofía, el amor y la familia reciben entonces las huellas del
carácter, reinante, y este conjunto de disposiciones m o-rales constituye uno
de los tipos más elevados que guardará siempre la memoria del hombre, porque
reconoce en su existencia una de las formas principales del desenvolvimiento
humano.
Por
firmes y duraderos que sean estos tipos, también acaban. Vemos, desde hace
ochenta años, al francés, absorbido por el régimen democrático, perder una gran
parte de su finura, casi toda su galant e-ría, usar un estilo más cálido y más
vario; enten der de modo distinto todos los grandes intereses de la sociedad y
del espíritu. Un pueblo, en el transcurso de su larga vida, pasa por muchas
renovaciones seme-jantes, y sin embargo permanece siempre el mismo, no sólo por
la continuidad de las generaciones que la componen, sino aun más por la
persistencia del carácter que le ha formado. En esto con siste la capa
primitiva; más abajo de las corrientes poderosas que los períodos his-tóricos
arrastran se hunde y se extiende un fundamento mucho más resistente que los
períodos históricos no pueden arrastrar.
Consideremos
sucesivamente los grandes pueblos desde su apari-ción hasta la época presente;
siempre hallaréis en ellos un grupo de instintos y aptitudes que están en la
sangre y con ella se transmiten; se necesita para alterarlos una alteración de
la sangre, es decir, una inv a-sión, una conquista durante lar gos años, y, por
tanto, un cruce de r a-zas, o cuando menos una alteración del medio físico,
esto es, una emigración con las huellas lentas y permanen tes que va marcando
un nuevo clima; es decir, una transformación del temperamento y de la
estructura corporal.
Cuando en
el mismo país la sangre conserva idéntica vitalidad, el mismo fondo de alma y
el espíritu que se manifestó en los primeros antepasados se conserva en los
últimos descendientes. El aqueo de Homero, el héroe decidor y charlatán que en
el campo de batalla e x-plica genealogías y narra historias a su adversario
antes de herirle con su lanza, es en puridad lo mismo que el ateniense de
Eurípides, filó - sofo, sofista, ergotista, que recita en pleno teatro
sentencias académi-cas y discursos del ágora; más tarde reaparece en el
Græculus dilet-tante, agradable parásito de la dominación romana, en el crítico
b i-bliófilo de Alejandría, en el teólogo discutidor del Bajo Imperio; los
Juanes Cantacucenos y los razonadores que se obcecaban discutiendo la luz increada
del monte Athos son herederos directos de Néstor y de Ulises; a través de
veinticinco siglos de civilización y decadencia per-siste el mismo don de
palabra, de análisis, de dialéctica y de sutileza.
De un
modo semejante, el anglosajón, tal como se dibuja a través de las costumbres,
las leyes civiles y los antiguos poemas de la época bárbara, especie de fiera
llena de pasiones, carnívoro y militante, pero heroico y dotado de muy nobles
instintos morales y poéticos, reapare-ce, después de quinientos años de
conquista normanda y de import a-ción francesa, en el teatro pasional e imagina
tivo del Renacimiento, en la brutalidad y cinismo de la Restauración, en el
sombrío y austero puritanismo revolucionario, en el establecimiento de la
libertad políti-ca y el triunfo de la literatura moral en la energía, el
orgullo, la tristeza, la elevación de las costumbres y los preceptos que
sostienen y ali-mentan en Inglaterra al trabajador y al ciuda dano.
Mirad el
español que describen Estrabón y los historiadores lat i-nos: solitario,
altivo, indomable, vestido de un sayo pardo, y vedle más tarde, en la Edad
Media, igual a la silueta anterior, aunque los visig o-dos hayan traído algo de
sangre nueva que corre por sus venas: tan obstinado, tan intratable y tan
altanero; arrinconado junto al mar por los moros, ganando paso a paso todas sus
tierras, en una cruzada de ocho siglos; exaltado y endurecido a consecuencia de
una lucha tan larga; fanático y estrecho de espíritu, encerrado en los hábitos
de in-quisidor o de caballero, el mismo en tiempos del Cid que en los de Felipe
II o Carlos II; Idéntico en la guerra de 1700, en la de 1808 y en el caos del
despotismo y sublevaciones por que atraviesa actualmente.
Consideremos,
en fin, a los galos, nuestros antecesores; los ro-manos al hablar de ellos
decían que tenían a gala dos cosas: luchar con valentía, y hablar con agudeza.
Estos son, en efecto, las grandes dotes naturales que resplandecen en nuestras
obras y en nuestra hist o-ria: de una parte, el espíritu militar, el valor
esforzado, a veces insen-sato; de otra, el talento literario, el encanto de la
conver sación, la delicadeza del estilo. Inmediatamente que nuestro idioma está
form a-do, en el siglo XII, el francés alegre, malicioso, que quiere divertirse
y divertir a los demás, habla con soltura y a veces demasiado; que sabe
dirigirse a las mujeres; que le gusta brillar; que ama el peligro por bravata y
por verdadera valentía; muy sensible a la idea del honor, menos a la del deber,
aparece en la literatura y en las costumbres. Las canciones de gesta y los
fabliaux, la Novela de la rosa, Carlos de Or-leáns, Joinville y Froissart os lo
presentan tal y como le veréis más tarde en Villon, Brantome y Rebelais, como
seguirá siendo en los momentos de mayor esplendor en la época de La Fontaine,
Moliere y Voltaire, en los encantadores salones del siglo XVIII y hasta en el
siglo de Béranger. Lo mismo ocurre en cada pueblo: basta comparar una época de
su historia con la época contemporánea de la historia de otro pueblo para
encontrar, bajo alteraciones secundarias, el fondo nacional siempre intacto y
persistente.
Este es
el granito primitivo, subsiste durante la vida entera de un pueblo y sirve de
apoyo a las capas sucesivas que los períodos anterio-res vienen a depositar en
la superficie. Si ahondáis más aún, hallaréis más profundos yacimientos: son
los estratos obscuros y gigantescos que la lingüística comienza a descubrir.
Bajo los caracteres de los pue-blos yacen los caracteres de la raza. Algunos
rasgos comunes acusan arcaicos parentescos entre naciones de genio diferente:
los latinos, los griegos, los germanos, los eslavos, los celtas, los persas,
los indios, son brotes de la misma antigua raíz; ni las emigraciones, ni los
cruces, ni las transformaciones del temperamento han podido deshacer en ellos
ciertas aptitudes filosóficas y sociales, determinadas maneras de concebir la
moral, de entender la naturaleza, de expresar el pens a-miento. Por otra parte,
esos rasgos fundamentales que son comunes a todos no se encuentran en una raza
diferente, por ejemplo, en el s e-mita o el chino; éstos poseen otros caracteres
del mismo orden. Las diferentes razas tienen entre sí la misma relación, en lo
moral, que las que tienen entre sí un vertebrado, un articulado y un molusco en
lo físico: son seres construidos con arreglo a planes distintos y que
perte-necen a distintos grupos. En fin, en la capa más profunda se encue n-tran
los caracteres propios de toda raza superior, capaz de civilización espontánea,
es decir, dotada de esa aptitud para las ideas generales que es patrimonio del
hombre y que lleva a fundar sociedades, religio-nes, filosofías, artes; estas
disposiciones subsisten a través de todas las distintas razas, y las
diversidades fisiológicas que dominan en todo lo demás no llegan a
modificarlas.
Tal es el
orden en que se superponen los estratos de sentimientos, de ideas, de aptitudes
y de instintos que componen el alma humana. Podéis observar que, a medida que
se desciende de las superiores a las más hondas, cada vez tienen más espesor y
su importancia se mide por su estabilidad. La regla que hemos tomado de las
ciencias naturales encuentra aquí plena justificación y se comprueba en todas
sus consecuencias. Porque los caracteres más permanentes en la historia natural
son los más ele mentales, los más íntimos y los de mayor gene-ralidad.
En el
individuo psíquico como en el individuo orgánico es nece-sario diferenciar los
caracteres primitivos y los caracteres ulteriores; los elementos, que son datos
primordiales, de la disposición que es necesariamente derivada. Un carácter es
elemental cuando es común a todas las funciones de la inteligencia; tal
acontece con la aptitud de pensar por imágenes desligadas unas de otras, o por
largas series de ideas encadenadas con precisión. Tal apti tud no es sólo
característica de ciertas funciones de la inteligencia; establece su imperio en
todas las provincias del pensamiento humano y ejerce su acción en todas las
producciones del espíritu del hombre; así que éste razona, imagina y habla,
siempre la condición anteriormente citada se halla pre sente, ejerciendo su
dominio; impele al hombre en su sentido determinado y le cierra al mismo tiempo
otros caminos, y así sucede en otros respec-tos. Cuanto más elemental es un
carácter tanto más extensión tiene su influjo.
Pero
cuanto mayor es la extensión de su influjo mayor estabilidad tiene el carácter.
Las situaciones muy generalizadas: y, por tanto, las disposiciones no menos
generales son las que determinan los períodos históricos con su personaje
reinante: el plebeyo, desorientado e insa-ciable de nuestro siglo; el señor
cortesano y hombre de salón de la edad clásica, el barón solitario e
independiente de la Edad Media. Caracteres más íntimos, relacionados con el
temperamento físico, son los que constituyen el genio nacional: en España, el
ansia de sensaciones ásperas y penetrantes, y el empuje temible de la
imagina-ción frenética y reconcentradas en Francia, el deseo de ideas claras y
coherentes; y el caminar ligero de la razón ágil. Las disposiciones elementales,
la lengua con gramática o sin ella, la frase adecuada para el período o incapaz
de tomar esta forma: el pensamiento; ya reducido a una árida notación
algebraica, ya flexible, poético y lleno de matices ya apasionado, rudo y de
explosiones violentas, es lo que constituyen las razas: el chino, el ario, el
semita. Aquí, como en la historia natural, es preciso observar el embrión del
espíritu naciente para descubrir en él los rasgos distintivos del espíritu
desarrollado y completo; los caracteres de las edades primitivas son los, de
más alta
significación.
Por la estructura de la lengua y del género de los mitos se vislumbra la forma
futura de la religión, de la filosofía, de la sociedad y del arte, como por la
carencia y el número de cotiledones se deduce a que grupo pertenece la planta y
los rasgos esenciales del tipo vegetal.
Ya habéis
visto cómo en el reino del hombre, lo mismo que en el reino de los animales o
de las plantas, el principio de la subordinación de caracteres establece la
misma jerarquía; el puesto más elevado y la mayor importancia corresponden a
los caracteres más estables, y si éstos tienen la condición de estabilidad es
porque, siendo más el e-mentales, se hallan presentes en una superficie mucho
más amplia y no son arrastrados mas que por una revolución mucho más intensa.
III
A esta
escala de valores morales corresponde, grado por grado, la escala de valores
literarios. Suponiendo que todas las condiciones de un libro sean en apariencia
iguales, la obra es más o menos bella s e-gún que el carácter expresado por el
autor sea más o menos impo r-tante, es decir, más o me nos elemental y
permanente. Veréis de esta suerte cómo los estratos de la geología moral
comunican a las obras literarias que los expresan el mismo grado de intensidad
y de dur a-ción.
Hay en
primer lugar una literatura de actualidad, expresión del carácter que está en
boga; dura, en consonancia con tal estado del espíritu, tres o cuatro años; en
algunas ocasiones menos todavía; por lo general brota y muere con las hojas del
año. Eso son la romanza, el sainete, el folleto, la novela de moda. Podéis
leer, si a tanto alcanza vuestro valor, una piececita de teatro de 1835; el
libro se os caerá
de las
manos. Algunas veces se ha intentado ponerla otra vez en esc e-na; hace veinte,
años tenía un gran éxito; ahora, los espectadores bos-tezan y muy pronto el
título desaparece de los carteles. Aquella romanza que se cantaba junto a todos
los pianos se vuelve ridícula, nos parece falsa y sin gracia; acaso os la
volváis a encontrar en una provincia escondida y atrasada; la canción, sin
duda, expresó algunos de los sentimientos efímeros que en un ligero cambio de
costumbres son barridos definitivamente. Cuando la oímos, ya pasada de moda,
nos asombra que aquellas tonterías hayan podido gustarnos alguna vez. El tiempo
criba incesantemente los escritos abundantísimos que salen a la luz cada día y
condena a la desaparición a aquellas obras que expresaban los caracteres más
superficiales y menos duraderos.
Otras
producciones literarias corresponden a caracteres algo más estables y parecen
obras maestras a la generación que las lee. Así fue la célebre Astrea que
compuso d'Urfé al comenzar el siglo XVII; no-vela pastoril, infinitamente
larga, extraordinaria mente insípida, toldo de florida verdura donde los
hombres, hartos de la muerte y bandidaje de las guerras religiosas, vinieron a
escuchar los suspiros y ternezas de Celadón. Esto mismo fueron las no velas de
mademoiselle de Seudéry, el Gran Ciro, la Clelia, obras en que la galantería
exagerada, pulida y ceremoniosa, introducida en Francia por las reinas
españolas, los n o-bles discreteos de la nueva lengua, las sutilezas
sentimentales y el ce-remonial de la cortesía se ostentan como los trajes
majestuosos y las envaradas reverencias del palacio de Rambouillet. Numerosos
escritos han tenido este mismo éxito y en la actualidad no son mas que doc
u-mentos históricos, por ejemplo, el Euphues, de Ly1y; el Adone, de Marini; el
Hudibras, de Butler; las pastorales bíblicas de Gessner. Tampoco ahora
carecemos de obras análogas; pero prefiero no citarlas; tened en cuenta
únicamente que hacia 1806 «Mon sieur Esménard pasaba en París por un grande
hombre» y que hay muchas obras que parecieron sublimes al comienzo de la revolución
literaria y cuya d e-cadencia en el juicio público estamos presenciando: Atala,
El último Abencerraje, los Natchez y muchas creaciones de Mme. de Stael y de
Lord Byron. Ahora que han recorrido el primer estadio de la carrera, podemos
apreciar a distancia el énfasis y la afectación que los co n-temporáneos no
llegaron a ver. La célebre elegía de Millevoye acerca de La caída de las hojas
nos deja tan fríos como las Micénicas de Ca-simiro de la Vigne, y es porque
ambas obras, medio clásicas, medio románticas, convenían por su carácter mixto
a una generación situada en las fronteras de estos dos períodos, y su éxito
tuvo, justamente, la duración del carácter moral que manife staban.
Varios
casos muy interesantes muestran, con absoluta evidencia, cómo aumenta y
disminuye el valor de la obra en razón directa del valor del carácter expresado
en ellas. Parece como si la naturaleza, de modo consciente, hubiera establecido
con intención la prueba y la contraprueba. Se pueden citar como ejemplo muchos
escritores que entre veinte obras secundarias han dejado una de primer orden.
En uno y otro caso el talento, la cultura, la preparación, el esfuerzo, eran
casi enteramente los mismos, pero en el primero salió del crisol una obra
vulgar, mientras que en el segundo brotó a la luz una obra mae s-tra. El motivo
es que en el primer caso el escritor no había expresado mas que caracteres
superficiales y pasajeros, mientras que en el se-gundo escogió caracteres
hondos y permanentes. Lesage escribió doce tomos de novelas imitadas de la
literatura española y el abate Prevost veinte volúmenes de novelas trágicas, y
conmovedoras; sólo los er u-ditos las conocen; pero en cambio todo el mundo ha
leído Gil Blas y Manon Lescaut. Por dos veces una feliz casualidad puso bajo la
mano del artista un tipo estable, del cual todos reconocemos los rasgos
ca-racterísticos en la sociedad que nos rodea o en los sentimientos del propio
corazón. Gil Blas, es un burgués que ha recibido una educación clásica, que ha
pasado por muchas condiciones sociales que al fin ha hecho fortuna; de
conciencia un poco ancha, algo lacayo durante toda su vida, un tanto «pícaro»
en su juventud, acomodaticio con la moral del siglo, nada estoico y aun menos
patriota, sacando su tajada, co-miendo a dos carrillos de la olla grande; pero
alegre, simpático, nada hipócrita, ca paz de jugarse a sí mismo en ocasiones,
con arranques de probidad, con un fondo de honor y rectitud, termina en una
vida h o-nesta y ordenada. Un carácter de este género, término medio en todo;
una suerte tan azarosa y compleja se encuentra hoy, se encontrará mañana, lo
mismo que en el siglo XVIII. De un modo semejante Ma-non Lescaut, la cortesana
que es buena muchacha, inmoral por la n e-cesidad de lujo, pero afectuosa por
instinto, capaz al cabo de pagar con un amor igual el amor absoluto que ha
hecho por ella todos los sacrificios, es un tipo tan duradero que George Sand
en Leone Leoni y Víctor Hugo en Marion de Lorme lo han vuelto a escoger para
ponerlo en acción, alterando los pa peles o el momento.
De Foe
escribió doscientos volúmenes y Cervantes yo no sé cuántos dramas y novelas; el
uno con la minuciosidad, la verosimili-tud y la precisión árida en todos los
pormenores, propias de un puri-tano, hombre de negocios; el otro con el
ingenio, la brillantez, la i n-suficiencia y la generosidad de un caballero
español y aventurero. Del uno ha quedado Robinsón Crusoe; del otro, Don Quijote
de la Man-cha. Y es porque Robinsón es ante todo un verdadero ingles, amasado
con los profundos instintos de la raza, todavía perceptible en el mari-nero y
en el squater del país; violento e inflexible en sus decisiones, protestante y
bíblico de corazón; con ese obscuro fermentar de la fan-tasía y de la
conciencia que traen consigo la crisis de la conversación y la gracia;
enérgico, obstinado, paciente, infatigable, nacido para el trabajo, capaz de
roturar y colonizar continentes. El mismo personaje, además de su carácter
esencialmente nacional, pone, ante nuestra vista la prueba más grande de la
vida humana y el compendio de todos los inventos del hombre, presentándonos al
individuo separado de la sociedad civilizada y obligado a encontrar, con su
esfuerzo aislado, tan-tas artes e industrias cuyos beneficios nos rodean
continuamente sin advertirlo, como el agua rodea al pez que vive dentro de
ella.
De un
modo análogo, en Don Quijote vemos en primer lugar al español caballeresco,
enfermo de alma, producto de ocho siglos de cruzada y de exaltados sueños, pero
al mismo tiempo es uno de los personajes eternos de la historia humana; el
idealis ta heroico, sublime, fantástico, flaco y maltrecho, y a su lado, para
realzar la impresión, al palurdo sensato, positivista, vulgar y bien mantenido.
¿Habré de cita-ros todavía otro de esos personajes inmortales en los que una
raza y una época se ven retratados y cuyo nombre llega a ser uno de los más
corrientes del idioma, el Fígaro de Beaumarchais, esa especie de Gil Blas, más
exaltado y revolucionario? Y, sin embargo, su autor era sólo un hombre de
talento; tenía un ingenio chispeante en exceso para crear, como Molière, almas
vivientes; pero un día, pintándose a sí mismo con su alegría, sus mañas, sus
irreverencias, sus salidas, su valor, su bondad fundamental, su gracia
inagotable, pintó, sin prop o-nérselo, el retrato del francés en cuerpo y alma,
y entonces el autor llegó a la altura del genio.
También
se ha realizado la contraprueba de esto, viéndose ho m-bres geniales que han
descendido al nivel del mero talento. Algún escritor que sabe crear y mover
tipos llenos de vida deja, en medio del pueblo de personajes que ha creado,
algunos seres que no son viables y que al cabo de un siglo parecen muertos o
extravagantes, heridos por el ridículo, cuyo interés sólo subsiste para el
anticuario y el historia-dor. Por ejemplo, los galanes de Racine son marqueses
de su tiempo; como único carácter tienen los buenos modales; el autor acomodaba
los sentimientos de los enamorados al gusto de los petit maîtres; eran modelos
de galantería, muñecos de corte. Todavía actualmente los ex-tranjeros, aun
siendo cultos, no pueden soportar a M. Hippolyte y M. Xipharès. De un modo
análogo en Shakespeare, los graciosos ya no nos divierten y los jóvenes nobles
nos hacen un efecto extraño. Senecesita ser crítico y curioso de profesión para
colocarse en aquel punto de vista; sus retruécanos nos repelen, sus metáforas
son incomprens i-bles, su galimatías pretencioso es un modo convencional de
hablar en el siglo XVI, como los largos y correctos encajan en los gustos del
siglo XVII. Estos tipos son personajes de moda; lo externo y la impre-sión del
momento predominan de tal suerte en ellos que todo el resto desaparece. Ya
hemos visto, por esta doble experiencia, la importancia de los caracteres
profundos y duraderos, puesto que cuando faltan des-ciende al segundo lugar la
obra del hombre de genio y con su presen-cia elevan la obra de un talento
secundario a la más alta categoría.
Por esta
razón, si recorremos las grandes obras literarias hall a-remos que todas
expresan un carác ter profundo y permanente y que su categoría artística es
tanto más elevada cuanto más permanente y profundo es aquel carácter. Son
resúmenes que presentan al espíritu bajo una forma sensible, ya los rasgos
principales de un período histó - rico, ya los instintos y facultades
primordiales de una raza, ya algunos fragmentos del hombre universal y esas
fuerzas psíquicas, elementales que son la razón última de los acontecimientos
humanos. Para co n-vencernos de la verdad de estas afirmaciones nos bastará
recorrer las diversas literaturas y observar cómo se utilizan actualmente las
obras literarias para la historia. Con ellas se suple la insufi ciencia de
memo-rias, constituciones y piezas diplomáticas, mostrándonos, con una claridad
y precisión asombrosas, los sentimientos de las diversas ép o-cas, los
instintos y aptitudes de las distintas razas, todos los grandes resortes
ocultos cuyo equilibrio sostienen las sociedades y cuya altera-ción trae
consigo las revoluciones.
La
historia positiva y la cronología de la India antigua apenas existen; pero nos
quedan sus poemas heroicos y sagrados, y vemos en ellos su alma al desnudo, con
lo cual quiero decir que vemos la clase y estado de su imaginación, la magnitud
enor me de sus sueños, la ho n-dura e incertidumbre de sus adivinaciones
filosóficas, el principio i n-terno de su religión e instituciones. Pensad en
España al terminar el siglo XVI o a principios del XVII; si leéis Lazarillo de
Tormes y las novelas picarescas, si estudiáis el teatro de Lope, de Calderón y
de otros dramaturgos, veréis surgir ante vosotros dos figuras vivas, el pícaro
y el hidalgo, que os mostrarán todas las miserias, todas las grandezas y toda
la locura de esa extraña civilización. Cuanto más bella es la obra más íntimos
son los caracteres que manifiesta.
De Racine
se podría sacar todo el conjunto de sentimientos mo-nárquicos de nuestro siglo
XVII, el retrato del rey, de la reina, de los infantes, de los nobles
cortesanos, de las damas de honor y de los pre-lados; todas las ideas
directrices de aquel período de fidelidad feudal, honor caballeresco, sujeción
de antecámara, cortesía palaciega, abn e-gación de súb dito y de servidor,
corrección en las maneras, imperio y tiranía de las conveniencias, delicadezas
artificiales y espontáneas del lenguaje, del corazón, del cristianismo y de la
moral, es decir, los h á-bitos y sentimientos que constituyen los rasgos
esenciales del antiguo régimen.
Nuestras
dos grandes epopeyas modernas, la Divina Comedia y el Fausto, son el resumen de
las dos grandes épocas de la historia eur o-pea. Una expresa la manera que tuvo
la Edad Media de considerar la vida; la otra nos muestra cómo la consideramos
nosotros. Ambas m a-nifiestan la verdad más elevada que han podido alcanzar dos
espíritus soberanos cada cual según el ideal de su tiempo. El poema de Dante es
la pintura del hombre, arrebatado lejos de este mundo perecedero y que recorre
el mundo sobrenatural, único definitivo y eterno; llega a esas sublimes alturas
llevado por dos poderosas fuerzas: el amor exal-tado, entonces rey de la vida
humana, y la teología infalible, reina entonces del pensamiento especulativo;
sus sueños, ya espantosos, ya celestes, son la alucinación mística, que era en
aquella época el estado perfecto del espíritu humano.
El poema
de Goethe es la pintura del hombre que, discurriendo a través de la ciencia y
de la vida, queda dolorido, desalentado, camina a tientas sin rumbo fijo, y al
fin se refugia resignadamente en la acción práctica, sin que nunca, en medio de
tantas experiencias dolor o-sas y curiosidades insaciables, deje de vislumbrar,
bajo el velo legen-dario, el reino superior de las formas ideales y de las
fuerzas incorpóreas, en cuyo umbral se detiene el pensamien to y donde sólo
pueden penetrar los presentimientos del corazón.
Entre
tantas obras perfectas que manifiestan el carácter esencial de una época o de
una raza hay algunas que, por una extraña coinc i-dencia, expresan al mismo
tiempo algún sentimiento, algún tipo c o-mún a casi todos los grupos de la
humanidad. Así sucede en los Salmos hebreos, que colocan al hombre monoteísta
frente al Dios To-dopoderoso, rey y justiciero; la Imitación de Cristo , que
pinta el colo-quio del alma enamorada con el Dios piadoso y consolador; los
poemas de Homero y los Diálogos platónicos, que representan la j u-ventud
heroica del hombre entregado a la acción o la encantadora adolescencia del
hombre pensante; casi toda esa literatura griega que tuvo el privilegio de
representar los sentimientos sanos y sencillos; Shakespeare, por fin, el más
grandioso creador de almas, el más pr o-fundo observador de los hombres, el más
perspicaz de cuantos han comprendido el mecanismo de las pasiones humanas, la
sorda fer-mentación y las violentas explosiones de un cerebro imaginativo, los
súbitos desequilibrios internos, la tiranía de la carne y de la sangre, las
fatalidades del carácter y las cansas misteriosas de nuestra locura y de
nuestra razón. Don Quijote, Cándido, Robinsón Crusoe son libros de un alcance
parecido. Las obras de esta clase sobreviven al siglo y pue-blo que las
produjeron. Rebasan los ordinarios límites del tiempo y del espacio; son
comprendidas dondequiera que se encuentra un espíritu que piensa; su
popularidad es indestructible e ilimitada su duración. Última prue ba de la
correlación que liga entre sí los valores morales con los valores literarios, y
del principio que ordena jerárquicamente las obras de arte atendiendo a la
importancia, estabilidad y hondura del carácter histórico o psicológico que han
expres ado.
IV
Réstanos
ahora construir una escala análoga para el hombre en su parte física y las
artes que lo representan, es decir, la escultura, y muy especialmente la
pintura. Siguiendo el mismo método buscare-mos primero cuáles son en el hombre,
físicamente considerado, los caracteres más estables, puesto que serán al mismo
tiempo los de más importancia.
Claro es,
desde luego, que el traje de moda es un carácter muy secundario; cambia cada
dos años o cuando menos cada diez. Lo mismo ocurre con el vestido, tomado en
general; es algo externo, pu-ramente decorativo; puede cambiarse en un abrir y
cerrar de ojos; lo esencial del cuerpo vivo es el cuerpo vivo en sí mismo; todo
lo demás es artificial y accesorio. Otros caracteres que también en un aspecto
pertenecen a la parte corporal son asimismo de escasa importancia; me refiero a
las particularidades del oficio o profesión. El herrero tie-ne los brazos
distintos de los del abogado; un militar anda de otra m a-nera que un
sacerdote; un campesino, que trabaja todo el día, tiene otros músculos, otro
color, otra curvatura de espinazo, otras arrugas en el rostro, otra presencia
que un hombre ciudadano que pasa el día en los salones o en la oficina. Verdad
es que estos caracteres tienen una cierta estabilidad porque el hombre los
conserva durante toda su vida; después que el pliegue se ha formado, es
persistente; pero la cau-sa de esta alteración ha sido un accidente de poca
importancia y p o-dría haberse evitado con otro accidente también
insignificante. Tuvieron origen en un azar de nacimiento y de edu cación;
cambiad al hombre de medio y de género de vida y hallaréis en él las
característi-cas opuestas; el ciudadano educado como un campesino tendrá el
as-pecto de campesino, y el campesino educado como un ciudadano tendrá también
el aire de un hombre de ciudad. La señal de origen que persiste después de
treinta años de educación no será visible, dado
caso que
perdure, mas que para el psicó logo y el moralista, el cuerpo no conservará mas
que huellas imperceptibles, y los caracteres íntimos y permanentes que
constituyen su esencia forman una capa mucho más profunda y a la que no atacan
las causas transitorias.
Otras
causas de un gran influjo sobre el espíritu no dejan mas que señales muy leves
en lo corporal; me refiero a las épocas históricas. El conjunto de ideas y
sentimientos que llenaba el alma humana en tie m-po de Luis XIV era enteramente
distinto del actual, pero el armazón físico no difería apenas del de los
hombres de ahora; a lo sumo, des-pués de consultar los retratos, estatuas y
estampas, parece descubrirse entonces una mayor costumbre de las actitudes
nobles y mesuradas. Lo que más cambia es el rostro: una cara del Renacimiento,
tal como las vemos en los retratos del Bronzino o de Van Dyck es más enérgica y
más sencilla que un rostro moderno; desde hace tres siglos la multitud de ideas
con infinitos matices que se suceden sin cesar; la complica-ción de nuestros
gustos, la inquietud febril del pensamiento, el pred o-minio de la vida
cerebral, la tiranía del continuo trabajo han refinado, haciendo al mismo
tiempo inquieta y atormentada la expresión del rostro y de los ojos.
Finalmente, si se toman largos períodos, se podrá descubrir una cierta
alteración de la cabeza, en sí misma; los fisiólo-gos que han medido cráneos
del siglo XII han en contrado menos ca-pacidad en ellos que en los actuales.
Pero, a pesar de todo, la historia, que lleva un registro tan exacto de las
variaciones morales, no aprecia mas que en grandes conjuntos y con mucha
imprecisión los cambios físicos. Y es porque las mismas alteraciones que en la
parte moral del ser humano son enormes, son pequeñísimas en la parte física:
una modificación imperceptible del cerebro puede producir un loco, un imbécil o
un genio. Una revolución social que al cabo de dos o tres siglos renueva todos
los resortes del espíritu y de la voluntad no hace sino rozar apenas el
organismo; y la historia, que nos proporciona los medios de subordinar unos
caracteres del alma a otros caracteres también del espíritu, no ofrece medios
de subordinar unos caracteres del cuerpo a otros caracteres también corporales.
Necesitamos
emprender otro camino, y al llegar a este punto nos ha de guiar asimismo el
principio de la subordinación de caracteres. Ya hemos visto que un carácter es
estable cuando es más elemental, es decir, cuando su duración tiene como causa
la profundidad. Invest i-guemos en el cuerpo vivo cuáles son los caracteres
propios de los ele-mentos, y para esto recordad un modelo que habréis tenido a
la vista en vuestras salas de estudio. Es un hombre desnudo. ¿Qué hay de co-mún
en cada partícula de esa superficie animada? ¿Cuál es el el e-mento que,
repetido y diversificado, aparece en todas las partes del conjunto? Desde el
punto de vista de la forma es un hueso provisto de tendones y revestido de
músculos; aquí, el omoplato y la clavícula; allí, el fémur y el hueso de la
cadera, más arriba, la columna vertebral y el cráneo, cada cual con sus
articulaciones, sus depresiones, sus sa-lientes, su aptitud para servir de
punto de apoyo o de palanca, y esos haces de fibras retráctiles que se
distienden, o se contraen para com u-nicarles los movimientos y actitudes. Un
esqueleto articulado, revesti-do de músculos lógicamente encadenados, admirable
y sabia máquina de acción y de esfuerzo: tal es el fondo del hombre visible. Si
ahora tomamos en cuenta las modificaciones que la raza, el clima y el
tem-peramento producen en la parte física; la blandura o firmeza de los
músculos, las proporciones diversas de las distintas partes, la estatura
elevada o baja, los miembros alargados o cortos, tendréis el conjunto del armazón
interno del cuerpo huma no tal como la aprecia la escultu-ra o el dibujo.
Sobre la
superficie de los músculos se extiende una segunda en-voltura, también común a
todas las partes del conjunto: la piel con papilas vibrátiles, vagamente
azulada por la red de venillas, vag a-mente amarilla por la afloración de las
cubiertas de los tendones, v a-gamente enrojecida por la afluencia de la
sangre, nacarada al contacto de las aponeurosis; unas veces lisa, otras
estriadas; de una riqueza y variedad incomparable de matices, luminosa en la
sombra, palpitante a la luz, dejando traslucir, por su sensibilidad nerviosa,
la delicadeza de la blanda pulpa y la renovación de la carne mo vediza, cuyo
velo transparente constituye. Si además de esto advertís las diferencias de la
raza, el clima y el temperamento; si observáis cómo en el linfático, el bilioso
o el sanguíneo, esa carne, es ya tierna, fofa, rosada, blanca, lívida; ya
firme, consistente, ambarina, ferrínea, tendréis el segundo elemento de la vida
visible cuya expresión sólo posee el pintor colo-rista. Estos son los
caracteres internos y profundos del hombre físico, y no necesito demostraros
que son permanentes puesto que son insepa-rables del individuo vivo.
V
A esta
escala de valores físicos corresponde, grado por grado, la escala de valores
plásticos. Suponiendo que todas las condiciones de un cuadro o de una estatua
sean en apariencia iguales, la obra es más o menos bella según que el carácter
expre sado por el autor sea de más o menos importancia. Por eso, en lugar más
inferior encontramos esos dibujos, esas acuarelas y pasteles, esas estatuillas
que pintan, no el hombre, sino el vestido, y con más propiedad, el vestido de
moda. Las revistas ilustradas están llenas de cosas de este género; casi son
fig u-rines; allí aparecen todas las exageraciones del vestido: talles de
avis-pa, faldas monstruosas, peinados fantásticos y abrumadores; al artista no
le preocupa la deformación del cuerpo humano; lo que le agrada es la elegancia
del momento, el brillo de las telas, la pulcritud de los guantes, la perfección
del moño. Junto a los periodistas de la pluma existen los periodistas del
lápiz, que tienen, sin duda, talento y gracia, pero que no se dirigen mas que
al gusto pasajero, y los trajes se pasan de moda muy de prisa. Muchos apuntes
de ese género, que parecían llenos de vida en 1830, ahora no son mas que
grotescas caricaturas o documentos históricos. Numerosos retratos de las
exposiciones anua-les no son otra cosa que el retrato de un vestido, porque
junto a los pintores del hombre existen los pintores del raso y del terciopelo.
Otros pintores, aunque de más altura que éstos, permanecen todavía en los
grados inferiores de la actividad artística, o mejor dicho, tienen talento,
pero inadecuado a su arte. Son observadores descentrados, que, habían nacido
para escribir novelas y estudios de costumbres, y que en lugar de la pluma
manejan el pincel. Lo que les interesa son las particularidades del oficio, de
la profesión, del gé nero de vida; las huellas que marcan el vicio o la virtud,
la pasión o el hábito. Hogarth, Wilkie, Mulready y otros muchos pintores
ingleses han tenido estas dotes tan literarias y tan escasamente pictóricas. En
el hombre físico no ven mas que el hombre moral.
Para
ellos, el color, el dibujo, la verdad y la belleza del cuerpo humano son
condiciones subordinadas. Su propósito es presentar, por medio de formas,
actitudes y colores, unas veces la frivolidad de una dama a la moda, otras el
dolor honrado de un an ciano intendente, ya el envilecimiento de un jugador;
muchas comedias y dramas menudos de la vida real, todos ellos sin duda muy
instructivos e interesantes, destinados, casi siempre, a inspirar buenos
sentimientos o a corregir tendencias viciosas. A decir verdad, no pintan mas
que almas, espíri-tus, emociones; cargan la mano en este aspecto de una suerte
que fuerzan o amaneran la forma; muchas veces los cuadros parecen car
i-caturas, y siempre no son sino ilustraciones; las ilustraciones de un idilio
de aldea o de una novela de interior que Burns, Fielding o D i-ckens debieron
haber escrito. Las mismas preocupaciones no les aban-donan cuando tratan
asuntos históricos; los tratan no como pintores, sino como historiadores; para
mostrar los sentimientos morales de un personaje y de una época; la mirada de
Lady Russell, que ve comulgar piadosamente a su marido, condenado a muerte; la
desesperación de Edith, la del cuello de cisne al encontrar a Haroldo entre los
muertos de Hastings. Sus obras, compuestas de datos arqueológicos y documentos
de psicología, no se dirigen mas que a los arqueólogos o a los entendidos en
psicología o, por lo menos, a curiosos y filósofos. A lo más desempeñan el
papel de una sátira o un dra ma; el espectador siento tentaciones de reír o de
llorar como en el quinto acto de una obra de teatro. Pero, sin duda alguna,
esto constituye, más que una excentricidad, una invasión de la pintura en el
terreno literario o, mejor dicho, una invasión de la literatura en el campo
pictórico. Nuestros artistas de 1830, Delaroche el primero, incurrieron, aunque
sin tanta intensidad, en la misma equivocación. La belleza de una obra plástica
es plástica ante todo, y un arte se rebaja siempre cuando, prescindiendo de sus
propios medios, toma de prestado los de un arte distinto.
Llegamos
ahora al ejemplo más grande, que en cierra dentro de sí todos los demás: me
refiero a la historia general de la pintura, y ante todo de la pintura
italiana. Una serie de pruebas y contra pruebas de-muestran, en este caso
durante quinien tos años, la importancia pict ó - rica del carácter, reconocido
por la teoría como la esencia del hombre material. En un momento determinado,
el animal humano, el armazón óseo recubierto de músculos, la carne y la piel
coloreadas y sensibles fueron entendidas plenamente y amadas sobremanera sólo
por su pr o-pio valor. Esta es la época gloriosa, y las obras que nos ha legado
pa-san, por juicio unánime, como las mejores; todas las escuelas buscan en
ellas modelos y enseñanzas. En otras épocas el sentimiento del cuerpo es ya
insuficiente, ya se halla mezclado con otras preocupacio-nes o subordinado a
otras preferencias; éstas son las épocas de infan-cia, de alteración o de
decadencia. Aunque los ar tistas tengan dotes maravillosas no producen mas que
obras inferiores o secundarias; su talento no va bien encaminado, porque no han
percibido, o per ciben imperfectamente, el carácter fundamental del hombre
corpóreo. V e-mos así que constantemente el valor de la obra es proporcional al
pre-dominio del carácter más importante; para el escritor se trata, ante todo,
de crear almas que vivan; para el escultor y el pintor lo primero es crear
hombres que tengan vida también. Con arreglo a este princ i-pio habéis visto la
clasificación de los sucesivos períodos del arte.
Desde
Cimabue a Masaccio, el pintor desconoce la perspectiva, el relieve, la
anatomía; no hace mas que entrever el cuerpo palpable y sólido a través de un
velo. La consistencia, la vitalidad, la estructura activa, los músculos
vigorosos del tronco y los miembros no le intere-san; los personajes para él
son contornos y sombras humanas, en oc a-siones almas incorpóreas y
bienaventuradas. El sentimien to religioso se impone al instinto plástico;
repre senta símbolos teológicos como Taddeo Gaddi, ejemplaridades como Orcagma,
visiones seráficas co-mo M. Beato Angélico. El pintor, refrenado por el
espíritu de la Edad Media, camina a tientas y se detiene en la puerta del pleno
arte. Al fin penetra en su recinto gracias al descubrimiento de la perspectiva,
al perfeccionamiento del relieve, al estudio do la anatomía, al empleo del
óleo, con Paolo Uccello, Masaccio. Fra Filippo Lippi, Antonio Po-llaiolo,
Verocchio, Ghirlandajo y Antonello de Mesina, casi todos formados en la tienda
de algún orfebre, ami gos o sucesores de Dona-tello, Ghiberti y otros grandes
escultores de la época; todos apasiona-dos observadores del cuerpo humano,
todos admiradores enteramente paganos de los músculos y la energía animal, tan
llenos del sent i-miento de la vida física, que sus obras, a pesar de ser
rígidas, incom-pletas y plagadas de imitaciones, les colocan en una situación
única, en la que aun actualmente conservaron todo su valor. Los maestros que
las han superado no han hecho mas que desarrollar los gérmenes que en ellas
existían; la gloriosa escuela del renacimiento florentino les reconoce por
fundadores. Andrea del Sarto, Fra Bartolomeo y Mi-guel Ángel son sus
discípulos; Rafael estudió en ellos y la mitad de su genio a ellos es debido.
Ese es el
centro del arte italiano, del arte más grande. La idea d i-rectriz de todos
estos maestros es la del cuerpo lleno de vida, sano, enérgico, activo, dotado
de todas las cualidades animales y atléticas. «El punto más importante en el
arte del dibujo- dice Cellini- es pintar con acierto un hombre y una mujer
desnudos.» Y habla con entusias-mo «de los admirables huesos de la cabeza, de
los omoplatos, que cuando el brazo hace un esfuerzo dibujan magníficos rasgos;
de las cinco costillas falsas que, al inclinarse el torso hacia delante o hacia
atrás, forman en torno del ombligo surcos y relieves maravillosos». «Dibujarás-
dice- el hueso que se halla entre las dos caderas; es de una gran belleza y se
llama crupión o sacro.» Uno de los discípulos de Verocchio, Nanni Grosso,
estando agonizante en el hospital rechazó un vulgar crucifijo que le
presentaban y se hizo traer uno de Donate-llo, diciendo «que de otra suerte
moriría en la desesperación, porque no podía soportar las obras malas del arte
a que se había dedicado». Luca Signorelli, habiendo perdido a un hijo
idolatrado, hizo despojar al cadáver de todas las ropas y dibujó
escrupulosamente la musculatu-ra; porque, como, según su criterio, era lo más
esencial de hombre, quería grabar en su memoria la imagen de su hijo.
En este
instante sólo falta dar un paso más para completar el hombre corpóreo; insistir
con mayor cuidado en el estudio de la e n-voltura que cubre los músculos; en la
suavidad y en el tono de la piel viva; en la vitalidad delicada y múltiple de
la carne sen sible: Corregio y los Venecianos dan ese paso más, entonces el
arte se detiene. Ha llegado a la completa floración; el sentimiento del cuerpo
humano encuentra su expresión perfecta. Pero poco a poco va decayendo y
aminorándose; no es tan sincero ni tan concienzudo en las obras de Julio
Romano, el Rosso, el Primatice; acabando por degenerar en un convencionalismo
de escuela, en una tradición académica, en una r e-ceta de taller. A partir de
este instante, a pesar de la buena voluntad estudiosa de los Carraccio, el arte
se altera, se hace menos plás tico y más literario. Los tres Carraccio, sus
discípulos o continuadores Do-miniquino, Guido, Guercino, el Baroco, persiguen
efectos dramáticos: mártires ensangrentados, escenas conmovedoras, expresiones
senti-mentales. La insipidez del sigisbeismo y de la devoción se mezclan con
las reminiscencias del estilo heroico. Unidas a torsos atléticos y musculaturas
contorsionadas contempláis cabezas graciosas y sonrisas beatíficas. La
coquetería y los melindres de la vida mundana apuntan en las Madonas soñadoras,
en las lindas Herodías, en las seductoras Magdalenas pintadas a gusto del públi
co. La pintura, en su ocaso ex-presa desacertadamente matices propios de la
ópera, que comienza a alborear. El Albano es un pintor de boudoir; Dolci,
Cigoli, Sassofe-rrato, son almas delicadas, casi modernas. Luca Giordano y
Pietro de Cortona transforman las escenas de la leyenda sacra y profana en
agradables mascaradas de salón. El artista no es mas que un improv i-sador
brillante, entretenido, de moda, y acaba la pintura justamente al comenzar la
música, cuando la atención humana cesa de interesarse por la energía corporal y
vuelve sus ojos a las emociones del corazón.
Si ahora
consideráis las grandes escuelas extran jeras, hallaréis que su florecimiento y
excelencia dependieron también del predomi-nio del mismo carácter, y que
idéntico sen timiento de la vida física suscitó en Italia y fuera de ella las
obras maestras del arte. Lo que d i-ferencia unas escuelas de otras es que cada
cual representa un tempe-ramento: el característico de su clima y de su pueblo.
El genio de los artistas consiste en crear una raza; en este respecto son
verdaderos fisiólogos como son psicólogos los escritores; muestran todas las
con-secuencias y variedades del temperamento bilioso, linfático, nervioso o
sanguíneo, lo mismo que los grandes novelistas y dramaturgos mues-tran los
reflejos y diversidades del espíritu fantástico, razonador, ci-vilizado o
inculto.
Hemos
visto en los pintores florentinos el tipo esbelto, alargado, musculoso, de
instintos nobles y aptitudes gimnásticas, tal como puede percibirse en una raza
sobria, elegante, activa, de espíritu sutil, en un país seco. Hemos visto
también en los maestros venecianos las formas redondeadas, ondulantes y
opulentas, la carne amplia y blanca, los cabellos rojos o rubios, el tipo
sensual inteligente, feliz, tal como pue-de concebirse en un país luminoso y
húmedo, entre italianos, que por el clima se aproximan a los flamencos y que
son artistas en materia de voluptuosidad. Podemos ver en Rubens, el germano
blanco o lívido, sonrosado o rojizo, linfático, sanguíneo, la gran fiera que
come con abundancia, el hombre de la región septentrional y acuática, bien co
r-tado, pero nada pulido, de forma irregular y desbordante, de carne excesiva,
brutal y desenfrenado en sus instintos y cuya pulpa fofa se enrojece
súbitamente ante la emoción, se altera con facilidad al co n-tacto de la
intemperie y se deshace con espantosa rapidez en los bra-zos de la muerte.
Los
pintores españoles pondrán ante nuestros ojos el tipo de su raza: el animal
enjuto, nervioso, de músculos firmes, endurecido por el aire de las sierras y
el fuego del sol, tenaz o indómito, hirvien do en pasiones contenidas, ardiendo
en fuego interior, sombrío, austero y seco, en medio de los tonos discordes de
telas obscuras y humaredas negruzcas que de pronto se entreabren para dejamos
ver el rosa más encantador, la púrpura más viva, rebosan te de juventud, de
belleza, de amor, de entusiasmo, en unas mejillas femeninas.
Cuanto
más grande es el artista con más profun didad expresa el temperamento de su
raza; sin sa berlo, aporta, lo mismo que el poeta, los documentos históricos
más valiosos. Extrae y amplifica lo esencial del ser corpóreo, así como el
poeta extrae y amplifica lo esencial del espíritu; y el historiador distingue
por medio de los cuadros cuáles son la estructura e instintos corporales de una
raza, lo mismo que disti n-gue por medio de las letras la estructura y las
aptitudes espirituales de una civilización.
La
correlación es, pues, perfecta, y los caracteres comunican a la obra de arte el
mismo valor que tenían en la Naturaleza. Según que encierren en sí mismo más o
menos valor, transmiten ese mismo va-lor, grande o pequeño, a la obra de arte.
Cuando a través de la intel i-gencia del escritor o del artista pasan del mundo
real al mundo ideal, no dejan de ser lo que fueron antes, después de ese
tránsito se conser-van tales y como eran; son todavía fuerzas, más o menos
poderosas, más o menos resistentes a los ataques, capaces de resultados más o
menos vastos y profundos. Así se comprende cómo la jerarquía de las obras de
arte no es más que la representación de la jerarquía de los caracteres. En las
cumbres de la naturaleza hay potencias soberanas que dominan a las otras; en
las ci mas del arte están las obras maestras que superan a todas las demás;
ambas cumbres están a un mismo nivel y las potencias soberanas de la naturaleza
tienen su expresión en las obras maestras del arte.
CAPÍTULO
III
El grado
de la condición benéfica del carácter.
I
Existe un
segundo punto de vista desde el cual deben compararse los caracteres; porque
éstos son fuerzas naturales y, en este respecto, cada fuerza puede ser valorada
de dos maneras distintas: pri mero, en relación con las demás; después, en
relación consigo misma. Consid e-rada en relación con las de más, es mayor
cuando las resiste y las ven-ce. Considerada en relación consigo misma, es
mayor cuan do el curso natural de sus consecuencias la lleva, no a la
anulación, sino al acr e-centamiento. Tiene de esta suerte dos medidas, puesto
que se halla sometida a dos pruebas: primero, sufrir la presión de las otras
fuerzas; segundo, sufrir sus propios efectos. El examen que hicimos
anterior-mente nos ha mostrado la primera prueba y la categoría más o menos
elevada de los caracteres según que sean más o menos duraderos y que expuestos
al ataque de las mismas causas destructoras, permanezcan más o menos intactos
en el mayor espacio de tiempo. Un segundo examen nos mostrará la segunda prueba
y el lugar más o menos el e-vado que obtienen los caracteres según que,
entregados a sí mismos, lleguen más o menos completamente al aniquilamiento o
al propio desarrollo del individuo o del grupo en quien se hallan
representadas. En el primer caso descendimos escalón por escalón ha cia las
potencias elementales, que son el principio de la naturaleza, y vimos el pare
n-tesco del arte con la ciencia. En el segundo caso subiremos paso a paso hacia
las formas superiores, que son el fin de la naturaleza, y veréis el parentesco
que existe entre el arte y la moral. Primero consideramos los caracteres según
su mayor o menor importancia; vamos ahora a considerarles según sean más o
menos benéficos.
II
Empecemos
por el hombre moral y las obras de arte, que son su adecuada expresión. Es cosa
mani fiesta que los caracteres de que el hombre se halla dotado son más o menos
beneficiosos, dañinos o mixtos. Vemos cada día individuos y sociedades que
prosperan, au-mentan su poder, fracasan en sus empresas, se arruinan y se
hunden; y en cada caso, si se toma su vida en conjunto, pronto se advierte que
la causa de su caída es algún vicio en la estructura general; la exager a-ción
de una tendencia, lo desproporcionado de una situación o aptitud, lo mismo que
el éxito, tiene por causa la estabilidad del equilibrio interno, la moderación
de una concupiscencia o la energía de una f a-cultad. En la corriente
tempestuosa de la vida, los caracteres son pl o-mos o flotadores que unas veces
nos hunden al fondo y otras nos sostienen en la superficie. Así se establece
una segunda escala; los caracteres se clasifican en ella según que sean más o
menos perjudi-ciales o convenientes, por la magnitud de la dificultad o del
apoyo que aporten a nuestra vida para destruirla o conservarla.
Se trata
de vivir, y para el individuo la vida tiene dos direcciones principales: el
conocimiento o la acción, razón por la cual pueden distinguirse en el hombre
dos facultades principales: inteligen cia y voluntad. De donde se sigue que
todo carácter de la voluntad y de la inteligencia que empuja, al hombre a la
acción y al conocimiento es beneficioso y su contrario perjudicial. En el sabio
y en el filósofo su obra depende de la observación y la memoria exacta del
pormenor, unidas a la intuición rápida de las leyes generales y a la prudencia
escrupulosa que somete todas las hipótesis a comprobaciones conti-nuadas y
metódicas. En el hombre de Estado y en el de negocios es un tacto de piloto,
siempre vigilante y seguro; es la tenacidad del buen
sentido,
la adaptación incesante del espíritu al cambio de las cosas, una especie de
balanza interior pronta a apreciar todas las fuerzas ambientes; es una
imaginación limitada y reducida a las invenciones prácticas; es el instinto
imperturbable de lo que es posible y real. En el artista es la sensibilidad
delicada, la simpatía vibrante, la reprodu c-ción in terna y voluntaria de las
cosas, la súbita y original comprensión del carácter dominante y todas las
armonías del medio que le envuel-ve. Encontraríamos para cada una de las
actividades intelectuales un grupo de disposiciones análogas y distintas. Estas
son las fuerzas que llevan al hombre a la consecución de su fin, y es claro que
cada cual en su dominio es beneficiosa, puesto que si se altera es insuficiente
o nula, trae como consecuencia, en su esfera propia, la aridez y la
este-rilidad.
De un
modo análogo y en el mismo sentido la voluntad es una potencia y, considerada
en sí misma, es un bien. Admiramos la pe r-sistencia de una resolución que una
vez tomada subsiste invencible al agudo choque del dolor físico y la prolongada
obsesión del dolor mo-ral, al trastorno de las con mociones súbitas, al
atractivo de las seduc-ciones refinadas, a toda la diversidad de las pruebas
que, por la violencia o la ternura, por el trastorno del espíritu o el
desfalleci-miento del cuerpo tratan de quebrantarla. Ya sea, el punto en que se
afianza esta resolución el éxtasis del mártir, la razón del estoico, la
insensibilidad del salvaje, la terquedad nativa o el orgullo adquirido, siempre
es hermosa, porque no sólo buscamos modalidades de la inte-ligencia: lucidez,
genio, talento, razón, tacto, suti leza, sino modalida-des de la voluntad:
valor, iniciativa, actividad, firmeza, serenidad, fragmentos todos del hombre
ideal que intentamos ahora reconstruir, porque forman al mismo tiempo las
líneas de ese carácter beneficioso que de antemano hemos trazado.
Necesitamos
luego observar a este hombre en el grupo de que forma parte. ¿Cuál es la
disposición que hará beneficiosa su existencia para la sociedad en donde vive?
Ya conocemos los instrumentos inte-
riores
que son útiles para él; pero ¿dónde se halla el resorte interno que lo hará
útil para los demás? Sólo existe uno: su capacidad de amor; porque amar es
tener como único fin la dicha de otro ser, s o-meterse a él, emplearse en su
afecto y consagrarse su felicidad. En esto reconoceréis el carácter beneficioso
por excelencia que es, sin duda, el primero de todos en la escala que estamos
formando. Cual-quiera que sea su apariencia siempre nos conmueve; llámese
genero-sidad, delicadeza, ternura, bon dad natural; nuestra simpatía se
emociona en su presencia cualquiera que sea su objeto; ya constituya el amor
propiamente dicho, la entrega completa de una persona h u-mana a otra de sexo
distinto y la íntima compenetración de dos vidas que se funden en una sola; ya
lleve a las diversas formas del afecto familiar, cariño entre padres e hi jos,
de hermano a hermana; ya dé por resultado la amistad inquebrantable, la
completa confianza, la fidel i-dad mutua de dos hombres que no están ligados
por el lazo de la sa n-gre.
Cuando
más vasto es su objeto más hermoso nos parece. Y es porque su carácter
beneficioso aumenta al mismo tiempo que se en-sancha el grupo a quien favorece.
Por eso, en la historia y en la vida consagramos nuestra admiración más
ferviente para la abnegación puesta al servicio de intereses generales; para el
patriotismo, tal como se manifestó en Roma en los tiempos de Aníbal; en Atenas,
en los de Temístocles; en Francia, en 1792; en Alemania, en 18 13; para el gran
sentimiento de caridad universal que lleva a los misioneros budistas o
cristianos a vivir en medio de pueblos bárbaros; para el entusiasmo sin límites
que sostiene a tantos inventores desinteresados y suscita en el arte, la
ciencia, la filosofía y la vida práctica todas las obras y todas las instituciones
bellas o salvadoras.; pero todas esas virtudes superiores que bajo el nombre de
probidad, justicia, honor, capacidad de sacrifi-cio, subordinación del
individuo a una elevada idea de conjunto, real i-zan el desenvolvimiento de la
civilización humana, y de los cuales los estoicos, en primer lugar Marco
Aurelio, dieron a la vez el ejemplo y el precepto. No necesito demostraros cómo
en la escala construida de esta suerte los caracteres inversos ocupan también
el lugar inver so. Hace largo tiempo que fue hallado este orden: la noble moral
de la filosofía antigua lo estableció con seguridad de juicio y sencillez de
método incomparables; con un buen sentido, enteramente romano, Cicerón le
resumió en su tratado De oficiis. Si las edades posteriores han añadido
desarrollos de algún aspecto, en cambio han cometido muchos errores y, en moral
como en arte, debemos buscar nuestros preceptos en la antigüedad. Los filósofos
de este tiempo decían que el estoico conformaba su razón y su alma con las de
Júpiter; los hombres de entonces hubieran debido desear que Júpiter conformase
su razón y su alma con las de los estoicos.
III
A esta
clasificación de valores morales corresponde, paso a paso, una clasificación de
los valores literarios. Suponiendo iguales los d e-más elementos, la obra
literaria que expresa un carácter benefi cioso es superior a la obra que
expresa un carácter perjudicial. Dadas dos obras, si ambas reproducen con el
mismo acierto de ejecución fuerzas naturales de la misma intensidad, la que
representa un héroe vale más que la que retrata un badulaque, y veréis cómo en
esa galería de obras de arte viables, que forman el museo definitivo del
pensamiento hu-mano, se establece, en consonancia, con el nuevo principio
hallado, una valoración nueva.
En los
grados inferiores se hallan los tipos pre feridos de la lite-ratura realista y
el teatro cómico, es decir, los personajes limitados, sin relieve, recios,
egoístas, débiles, y vulgares. En efecto, éstos son los que aparecen en la vida
corriente y los que se prestan al ridículo.
En
ninguna parte podéis hallar un conjunto más completo de e s-tos tipos que en
las Escenas de la vida burguesa de Enrique Monnier.
Entre
ellos se reclutan casi siempre las figuras secundarias de las grandes novelas:
el Sancho de Don Quijote, los raídos hampones de las novelas picarescas, lo
squires, los teólogos y los criados de Fiel-ding; los lairds económicos y los
agrios predicadores de Walter Scott; toda la baja multitud que se remueve en la
Comedia humana de Bal-zac y en las novelas inglesas contemporáneas. Los
escritores que se proponen pintar los hombres como son se han visto obligados a
pin-tarlos defectuosos, vacilantes, inferiores, casi siempre malogrados en el
carácter o cohibidos por la condición social. En el teatro có mico basta citar
a Turcaret, Basilio, Orgon, Arnolfo, Harpagón, Tartuffe, Jorge Dandin, todos
los marqueses, criados, pedantes, galanes y médi-cos de Molière, lo cómico
consiste justamente en mostrar ante nue s-tros ojos, la insuficiencia humana.
Pero los
grandes artistas, que por las exigencias del género que cultivan o por amor a
la verdad sin velos han tenido que estudiar esta triste especie, disimulan con
dos artificios principales la vulgaridad y desagrado de los caracteres que
pintan. O bien los colocan como fondo o accesorio que hace destacarse la figura
principal; tal es el procedi-miento más usado por los novelistas, como puede
estudiarse en Don Quijote, de Cervantes; en Eugenia Grandet, de Balzac; en
Madame Bovary, de Gustavo Flaubert, o bien nos hacen antipático el tipo
lle-vándolo de disparate en disparate, provocando la risa de venganza o de
censura contra ellos, poniendo de manifiesto intencionadamente los resultados
de su incapacidad, arrojando y expulsando de la vida el defecto que domina al
personaje. El espectador, que ya es hostil, se muestra satisfecho; goza tanto
viendo aplastar la necedad y el egoísmo como contemplando el triunfo de la
bondad y de la fuerza; la derrota del necio vale por el éxito del discreto. Tal
es el gran procedimiento de los autores cómicos; pero los propios novelistas
los emplean, y el excelente resultado del procedimiento es visible no sólo en
las Precio-sas, la Escuela de las mujeres, las Mujeres sabias y en tantas otras
obras de Molière, sino en Tom Jones, de Fielding; en Martin Chuzzlewit, de
Dickens. Y en la Solterona, de Balzac.
Y, sin
embargo, el espectáculo de esas almas mezquinas y torci-das acaba por producir
en el lector una vaga sensación de fatiga, de disgusto, casi de enojo y
amargura. Si son numerosas y ocupan los principales puestos, nos quedamos
descorazonados. Sterne, Swift, los escritores cómicos ingleses del tiempo de la
Restauración, muchas comedias y novelas contemporáneas, las escenas de Enrique
Monnier, acaban por hastiarnos; la admiración o el asentimiento del lector
están mezclados con cierta repugnancia; la podredumbre, aunque apa rezca
aplastada, es un espectáculo desagradable y estamos deseando que nos presenten
seres más elevados y de savia más rica.
En este
lugar de la escala de valores se encuentra toda una fam i-lia de tipos
intensos, pero incompletos y, en general, faltos de equili-brio. Una pasión,
una facultad, una disposición cualquiera del espí ritu o del carácter se ha
desenvuelto en ellos en proporciones extraordina-rias, como un órgano con
hipertrofia, en detrimento de los demás, en medio de toda suerte de desastres y
dolores. Tal es el tema habitual de la literatura dramática y filosófica, por
que de una parte los personajes de tal estructura son los más adecuados para
proporcionar a escritor los acontecimientos terribles y conmovedores, las
luchas y mudanzas de los sentimientos, los cataclismos interiores que necesita
para su acción; y al mismo tiempo son los más propios para manifestar ante la
mirada del pensador el mecanismo de las ideas, las fatalidades de la
constitución humana, todas las misteriosas potencias que actúan sobre nosotros
sin darnos cuenta y que son las ciegas soberanas que rigen nuestra vida.
Encontraréis estos tipos en los trágicos griegos, españ o-les y franceses, en
Lord Byron y Víctor Hugo, en la mayoría de las grandes novelas, desde Don
Quijote hasta los Werther y Madame Bo-vary. Todos hacen patente la
desproporción que existe entre los ho m-bres y su propio ideal, entre el hombre
y el mundo que le rodea, el dominio de una pasión o una idea direc triz. En Gre
cia, es el orgullo, el rencor, la ferocidad guerrera, el ansia homicida, la
venganza filial, todos los sentimientos naturales y espontáneos; en España y
Francia, el honor caballeresco, el amor exaltado, el fervor religioso, todos
los sentimientos monárq uicos y elaborados; en Europa, actualmente, el malestar
íntimo del hombre descontento de sí mismo y de la sociedad. Pero jamás esta
raza de almas vehementes y atormentadas produjo especies más vigorosas, más
completas y distintas que en la obra de los dos conocedores más portentosos del
hombre, Shakespeare y Bal-zac. Con preferencia pintan la fuerza gigantesca,
pero dañosa para sí y para los demás. De doce casos, en diez el personaje
principal es siem-pre un vesánico o un malvado; dotado de las facultades más
sutiles y poderosas, en ocasiones de los sentimientos más generosos y
deli-cados, pero que, por carecer de una dirección que encauce estas dotes
extraordinarias, le llevan a su perdición o se desenvuelven en daño ajeno; la
máquina prodigiosa estalla o aplasta a quien encuentra en su carrera. Contad
los héroes de Shakespeare: Coriolano, Hotspur, H a-mlet, Lear, Timon, Leontes,
Mácbeth, Otelo, Antonio, Cleopatra, R o-meo, Julieta, Desdémona, Ofelia; los
más puros y heroicos, arrebatados por el ímpetu de la imaginación ciega, por el
estremec i-miento de la sensibilidad enloquecida, por la tiranía de la carne y
de la sangre, por la alucinación de las ideas, por el flujo irresistible de la
cólera o del amor; unid a éstos las almas desnaturalizadas y feroces que se
lanzan como leones en medio del rebaño humano: Yago, R i-cardo III, Lady
Mácbeth, todos los que no guardan en sus venas la última gota de leche de la
naturaleza, humana»; hallaréis en Balzac los dos grupos de figuras
correlativas; de un lado, los maniátic os: Hulot, Claes, Goriot, el primo Pons,
Luis Lambert, Grandet, Gobseck, Sarrazine, Frauenhofer, Gambara, aficionados a
las colecciones, ava-ros, enamorados y artistas; en los otros, los animales de
presa: Nucin-gen,Vautrin, de Tillet, Felipe Brideau, Rastignac, du Marsay, los
Marneffe, varón y hembra, usureros, pícaros, cortesanas, ambiciosos, gentes de
negocios; por todas partes especies fuertes y recias, nacidas de la misma
concepción que las de Shakespeare, pero de parto más laborioso, en un ambiente
respirado por muchas generaciones huma-nas, inficionado por gérmenes morbosos,
con una sangre empobrecida y con todas las deformaciones, las enfermedades, las
taras de una ci-vilización ya vieja.
Éstas son
las obras literarias más profundas; manifiestan mejor que todo el resto los
caracteres importantes, las fuerzas elementales, los estratos profundos de la
naturaleza humana. Al leerlas sen timos una emoción grandiosa, la que
experimenta el hombre al penetrar el secreto de las cosas, al encontrarse
admitido a la contemplación de las leyes que rigen el alma, la sociedad y la
historia. Sin embargo, des-pués de leídas dejan una penosa impresión; son
demasiadas miserias, demasiados crímenes; las pasiones desenfrenadas, al
entrechocarse violentamente, provocan demasiados desastres. Antes de entrar en
el libro mirábamos las cosas por fuera, tranquilamente, de un modo ma-quinal,
como un burgués que asiste a un monótono y acostumbrado desfile de tropas. El
escritor nos coge de la mano y nos lleva al campo de batalla; allí vemos los
ejércitos acometerse con furia, bajo una llu-via de plomo, cubriendo el suelo
con sus muertos.
Subamos
un escalón más alto y llegaremos a los tipos perfectos, a los verdaderos
héroes. Muchos se encuentran en la literatura dramát i-ca y filosófica de que
acabamos de hablar. Shakespeare y sus con-temporáneos han multiplicado las
imágenes acaba das de la inocencia, la bondad, la virtud y la ternu ra
femeninas. A través de todo el tran s-curso de los siglos sus creaciones han
reaparecido revistiendo formas diversas en la novela y en el drama de la
literatura inglesa, y enco n-traréis las últimas hijas de Miranda y de Imogenia
en alguna Ester o Inés, de Dickens. Tampoco faltan en Balzac los caracteres
nobles y puros: Margarita Claes, Eugenia Grandet, el marqués de Espars, el
médico de pueblo pueden servir de ejemplo. Y aun podríamos encon-trar en el
vasto campo de las distintas literaturas muchos escritores que deliberadamente
no ponen en sus obras mas que los sentimientos elevados y las almas superiores:
Corneille, Richardson, Jorge Sand; el primero, en Poliuto, el Cid, los
Horacios, representaciones del he-roísmo razonador; el otro, en Pamela, Clarisa
Grandison, llevando la voz de la virtud protestante; la última, en Mauprat.
François le Champi, la Charca del diablo, Juan de la Roche y tantas obras
re-cientes, pintando la generosidad nativa. Algunas veces, en fin, un a r-tista
superior: Goethe, en Hermann y Dorotea y, sobre todo, en Ifigenia; Tennyson, en
los Idilios del rey y en la Princesa, han tratado de remontarse al cielo ideal
más alto. Pero hemos caído desde las altu-ras, y el escritor sólo de nuevo logra
elevarse por las curiosidades del artista, las abstracciones del solitario y
las investigaciones del ar-queólogo. En cuan to al que intenta crear persona
jes perfectos, unas veces los ve como un moralista, otras como un observador;
en el pri-mer caso los emplea como argumentos que prueban una tesis, con
visibles muestras de frialdad o ideas preconcebidas; en el segundo, con una
confusión de rasgos humanos, de defectos de origen, de prejuicios locales, de
faltas pasadas, presentes y futuras, que acercan la figura ideal a la persona
de carne y hueso, pero que empañan el esplendor de su hermosura. El ambiente de
las civilizaciones adelantadas no es propicio para el florecimiento de este
tipo ideal; aparece muy lejos, en las literaturas épicas y populares, cuando la
in experiencia y la igno-rancia dejan ancho espacio para el vuelo de la
imaginación.
Hay una
época adecuada para cada uno de los tres grupos de tipos y cada uno de los tres
grupos literarios; tienden a producirse uno en el ocaso, otro en la plenitud,
el otro en el primer entusiasmo juvenil de una civilización. En las épocas muy
ocul tas y de gran refinamiento, en las naciones que empiezan a envejecer, en
el siglo de las hetaíras de Grecia, en los salones de Luis XIV y en los
nuestros, aparecen los tipos más bajos y más llenos de verdad, la literatura
cómica y realista. En las épocas adultas, cuando la sociedad está en su pleno
desarrollo, cuando la nación se encuentra en mitad de una carrera llena de gra
n-deza- Grecia en el siglo V, España e Inglaterra al terminar el siglo XVI,
Francia en el siglo XVII y en la actualidad-, apa recen los tipos llenos de
intensidad y dolor, la literatura dramática y filosófica. En las épocas
intermedias, en que se mezcla una plenitud y un ocaso- en nuestro tiempo, por
ejemplo-, las dos edades se confunden y entrecru-zan, y cada una de ellas da a
luz las creaciones de la otra, al lado de las genuinamente suyas.
Pero las
criaturas ideales no nacen generosamen te mas que en las épocas primitivas e
ingenuas; siempre en remotos tiempos, en el or i-gen de los pueblos, entre los
sueños de la humanidad infantil; allí h e-mos de remontarnos para encontrar los
héroes y los dioses. Cada pueblo tiene los suyos, sacados de su corazón y
alimentados con sus leyendas; a medida que avanza en la soledad inexplorada de
las nu e-vas edades y de la historia futura, las imá genes inmortales brillan
ante sus ojos como genios bienhechores, encargados de guiarles y prote-gerles.
Esos son los héroes de las verdaderas epopeyas: Sigfredo, en los Nibelungos;
Rolando, en nuestras viejas canciones de gesta; el Cid, en el Romancero;
Rostand, en el Libro de los reyes; Antar en Arabia, Aquiles y Ulises en Grecia.
Más elevados todavía, y en un cielo supremo se hallan los inspirados, los
salvadores y los dioses: los de Grecia, vivos, en los poemas de Homero; los de
la India, vislum-brados a través de los himnos védicos, de las antiguas
epopeyas y de las leyendas búdicas; los de Judea y del Cristianismo,
resplandecientes en los Salmos, los Evangelios, el Apocalipsis y en esa cadena
no inte-rrumpida de confidencias poéticas cuyos últi mos y purísimos eslabo-nes
son las Florecillas y la Imitación . En todas estas obras, el hombre,
transfigurado y enaltecido, adquiere toda la plenitud de su grandeza: divino o
divinizado, posee todas las perfecciones. Si su talento, su poder o su bondad
tienen un límite, es sólo para nuestras miradas y desde nuestro punto de vista;
no los tuvieron a los ojos de su raza y de su siglo. La fe le dio todo lo que
la imaginación había soñado, está en las más altas cimas, y a su lado, en la
cúspide de las obras de arte, se colocan las obras sublimes y sinceras que han
sabido llevar una idea sin encorvarse bajo su peso.
IV
Consideremos
ahora al hombre corpóreo junta mente con las artes que le representan, y
tratemos de investigar cuáles son, en este caso, los caracteres beneficiosos.
El primero entre todos es, sin la menor vacilación, la salud completa, y aun
con más pro piedad, la salud flore-ciente. Un cuerpo enfermizo, flaco, decaído,
extenuado, es más débil; lo que se llama el animal vivo es un conjunto de
órganos con sus c o-rrespondientes funciones, la alteración parcial de una sola
de estas funciones es un paso hacia la detención total de la máquina humana; la
enfermedad es el principio de la destrucción, el comienzo de la muerte. Por la
misma razón es necesario colocar entre los caracteres beneficiosos la
integridad del tipo natural, y esta observación nos lleva muy lejos en el
concepto de lo que constituye un cuerpo perfecto; no sólo quedan excluidas de
la perfección las grandes deformidades, las desviaciones del espinazo y los
miembros, y todos los horrores que pueden estudiarse en un museo patológico,
sino también las alteraci o-nes menos considerables que el oficio, la profesión
y la vida, social imprimen en las proporciones y el aspecto del individuo. Un
herrero tiene los brazos excesivamente gruesos; el cantero anda siempre
en-corvado; el pianista tiene las manos surcadas de venas y tendones, anchas en
exceso y terminadas por dedos planos; un abogado, un mé-dico, un hombre de
oficina o de negocios lleva en sus músculos blan-dos y en su cara fatigada la
huella profunda de la vida sedentaria y cerebral. Tampoco son menos enojosas
las consecuencias del traje, y sobre todo de los trajes modernos; sólo las
vestiduras amplias y flo-tantes, que se pueden quitar con facilidad y que de
hecho se quitan muchas veces; la sandalia, la clámide, el peplo de la
antigüedad, no estorban en manera algu na los movimientos y proporciones del
cuer-po. Nuestro calzado reúne, oprimiéndoles, los dedos del pie y los d
e-forma con el roce; los corsés y corpiños de las mujeres les ajustan el talle
de un modo antiestético. Si pasáis en una playa a la hora del baño os asombrará
la enorme cantidad de deformaciones tristes o grotescas, entre otras el color
crudo o lívido de la piel, que ha perdido el hábito del aire libre y de la luz;
el tejido no es recio; se estremece o se eriza al menor soplo del viento; está
fuera de su ambiente y no puede armo-nizar con los objetos circundantes. Es tan
distinta de la carne sana y vigorosa como una piedra acabada de arrancar de la
cantera es dif e-rente de la roca que ha vivido largo tiempo a la intemperie,
bajo la lluvia y el sol; la carne del hombre actual y la piedra de la cantera
tienen el color de un desenterrado y han perdido por completo su tono natural.
Siguiendo este principio en todas sus consecuencias llegar e-mos, después de
prescindir de las alteraciones que la civili zación i m-pone al cuerpo humano,
a descubrir las líneas generales del hombre perfecto.
Y ahora
considerémosle en la acción, es decir, en movimiento. Pondremos en el grupo de
los caracteres beneficiosos la capacidad de movimiento físico; es necesario que
esté apto y preparado para todos los ejercicios y actividades físicas; que
tenga la estructura ósea, la proporción en los miembros, la amplitud de tórax,
la flexibilidad de articulaciones, la resistencia muscular necesaria para
correr, saltar, acometer, defenderse, luchar y resistir el esfuerzo y la
fatiga. Dotare-mos al cuerpo ideal de todas estas perfecciones sin que una
predomine perjudicando a las demás; todas coexistirán en el grado más alto,
pero equilibradas y armónicas; es preciso que de su fuerza no se origine
flaqueza alguna y que por lograr un excepcional desarrollo se encuen-tre limitado
en otros respectos. Y no basta sólo cuanto hemos dicho, sino que a las
disposiciones atléticas y a la preparación gim nástica hemos de añadir un alma,
es decir, una voluntad, una inteligencia y un corazón. El ser moral es la flor
y coronamiento del animal físico; si
faltase
el primero, el segundo no estaría completo; la planta se habría malogrado, no
tendría sus galas supremas porque un cuerpo perfecto sólo adquiere perfección
plena con un alma per fecta. Haremos res-plandecer este espíritu en toda la
economía del cuerpo, en sus aptitu-des, en la forma de la cabeza, en la
expresión del rostro; todo hará visible la grandeza, la libertad, la salud y la
superioridad del alma. Se podrá adivinar su inte ligencia, su energía y su
nobleza, pero única-mente adivinarse. Quedarán sólo indicadas, no tendrán todo
su reli e-ve, porque entonces serían perjudiciales al hermoso cuerpo que
deseamos representar.
Porque la
vida espiritual se opone en el hombre a la vida física; cuando crece en un
sentido, pierde en el otro; considera aquel que el cuerpo es una traba del
espíritu; la máquina fundamental se con vierte en accesoria; para pensar más
libremente, sacrifica al cuerpo enc e-rrándolo en un cuarto de trabajo; le deja
enmohecerse o ablandarse, casi le avergüenza y, con pudor exagerado, lo cubre
casi en absoluto; pierde la relación con él, no conoce mas que los órganos
pensantes o expresivos; el cráneo que encierra el cerebro, la fisonomía que
expresa las emociones; lo demás es un apéndice disimulado por el traje. La
civilización más elevada, el desarrollo más completo, la profunda el a-boración
del alma no pueden aunarse con un cuerpo desnudo, atlétic o, diestro en los
ejercicios gimnásticos. La frente meditabunda, las fac-ciones delicadas, la
fisonomía de compleja expresión disonarían de los miembros de un atleta. Por
esto, cuando queramos imaginar el cuerpo perfecto, tomaremos el hombre en la
época y situación intermedias, en las que el alma no ha relegado todavía el
cuerpo al segundo lugar; en las que el pensamiento es una función y no una
tiranía; en las que el espíritu no es un órgano desproporcionado y monstruoso;
en las que el equilibrio de todas las partes de la actividad humana subsiste
aún; en las que la vida fluye amplia y mesurada, como en un hermoso río, entre
la insuficiencia del pasado y los desbordamientos del porvenir.
V
Según
este orden de valores físicos, pueden clasificarse las obras de arte que
representan el hombre corpóreo y mostrar que, en igualdad de condiciones, la
obra es más o menos bella según expresa con mayor o menor plenitud los
caracteres beneficiosos para el cuerpo.
En los
escalones más bajos se halla el arte, que intencionad a-mente prescinde de la
hermosura corporal. Comienza en la caída del paganismo, dura hasta el
Renacimiento. Desde la época de Cómodo y Diocleciano se ve alterarse
profundamente la escultura; los bustos imperiales y consulares pierden su
característica nobleza y serenidad; la acritud, la fatiga, el temor, el
engrosamiento de las mejillas, el cu e-llo que se alarga y enflaquece, las
peculiaridades del individuo, la huella del oficio, substituyen a la salud
armoniosa y a la energía acti-va. Paulatinamente se llega a los mosaicos y
pinturas del arte bizanti-no, a los Cristos y Panagias, macilentos, flacos,
rígidos, y que no son mas que maniquíes, en algunos casos verdaderos
esqueletos, cuyos ojos hundidos, con las grandes córneas blancas, los la bios
sutiles, el rostro afilado, la frente estrecha, las manos cadavéricas e inertes
ev o-can la imagen de un asc eta, idiota y enfermo del pecho.
En menor
grado, la misma enfermedad reina du rante toda la Edad Media; al mirar las
vidrieras, las estatuas de las catedrales y las pinturas primi tivas, parece
que la raza humana ha degenerado y la sangre del hombre se ha empobrecido;
santos héticos, mártires disl o-cados, vírgenes de angosto pecho, pies largos y
manos sarmentosas, solitarios ascéticos y como desprovistos de sustancia;
Cristos que pa-recen no tener forma humana, ensan grentados y abatidos;
procesiones de tétricos personajes, envarados, fúnebres, con todas las huellas
de la miseria y todos los terrores de la opresión.
Cuando en
las proximidades del Renacimiento la desmedrada planta humana, medio torcida,
tiene nuevos brotes, no se endereza de repente porque la savia no es
enteramente pura todavía. El cuerpo humano no recobra la salud y la energía mas
que lentamente; hace falta un siglo para curar las antiguas llagas. En los
artistas del siglo XV aun se notan indicios numerosos de la inveterada
consunción y la inmemorial abstinencia; en las obras de Memling, que se
conservan en el hospital de Brujas, rostros de un recogimiento monacal, cabezas
demasiado grandes, frentes abultadas por los delirios del ensueño místico,
brazos endebles, la placidez monótona de una vida estática, conservada como una
flor descolorida a la sombra del claustro; en las del Beato Angélico, cuerpos
apenas indicados, perdidos bajo las capas y las túnicas resplandecientes, con
vertidos en fantasmas gloriosos; cabezas alargadas, bustos indecisos, frentes
prominentes; en las de Alberto Durero, piernas y brazos escuálidos, vientres
excesivamente grandes, pies feos, caras angustiadas, llenas de fatiga y de
arrugas, Evas y Adanes lívidos y encogidos que nos inspiran el deseo de
ves-tirlos inmediatamente. Y en casi todas las obras de los artistas de la
época esa forma de cráneo que recuerda a los faquires o a los hidr o-céfalos;
esos niños horribles que casi no parecen viables, como rena-cuajos de cabeza
enorme y tronco blanducho que acaba en unos miembros raquíticos y retorcidos.
Los primeros maestros del Renaci-miento italiano, los verdaderos restauradores
del paganismo antiguo, los anatómicos de Florencia, Antonio Pol laiolo,
Verocchio, Luca Sig-norelli, todos los predecesores de Leonardo de Vinci,
conservan, sin embargo, algunos restos del pecado original; en sus figuras, las
cabe-zas vulgares, los pies feos, las rodillas y clavículas salientes, los
mús-culos abultados, la actitud penosa y retorcida atestiguan que la fuerza y
la salud restauradas en el trono no han traído consigo todavía a sus naturales
compañeras y que faltan en el conjunto dos musas: la soltura y la serenidad.
Cuando, al fin, las diosas de la antigua belleza, en r e-torno del destierro,
toman de nuevo su legítimo poderío sobre las ar-tes, no son reinas absolutas
mas que en Italia; en los demás países su soberanía es aceptada con limitaciones
o intermitencias. Las naciones germánicas no las admiten mas que a medias, y
aun para este relativo dominio tienen que ser países católicos, como Flandes.
En las tierras protestantes, como Holanda, pronto se desentienden de sus
mandatos. Estos países sienten más la verdad que la belleza; prefieren los
carac-teres importantes a los caracteres beneficiosos; anteponen la vida del
alma a la vida del cuerpo, la vida de la persona individual a la regul a-ridad
del tipo idealizado; los sueños intensos y turbios, a la con-templación clara y
armoniosa; la poesía del sentimiento íntimo, al goce exterior de los sentidos.
Rembrandt, el pintor más grande de esta raza, no retrocedió ante ninguno de los
horrores y miserias físicas; rostros rojizos y arrugados de usureros y judíos,
mendigos y pícaros corcovados y patizambos, fregonas desnudas cuya carne
plebeya con-serva todavía las señales del corsé, vientres fláccidos y piernas
esteva-das, figuras de hospital y harapos de prendería, historias bíblicas que
parecen copiadas de un tugurio de Rótterdam; escenas de seducción donde la
mujer de Putifar, saliendo de su lecho, nos hace comprender perfectamente la
huída de José; audaz y doloroso abrazo con la reali-dad en toda su amplitud,
por repelente que sea.
Una
pintura de este género, cuando acierta del todo, va más allá de la pintura; lo
mismo que la del Beato Angélico, la de Alberto Dur e-ro y la de Memling es
poesía. El artista trata de manifestar una em o-ción religiosa, intuiciones
filosóficas, un con cepto general de la vida. El objeto propio de las artes
plásticas, el cuerpo humano, queda sacri-ficado; se halla sometido a una idea o
a un elemento cualquiera del arte. En efecto, en la obra de Rembrandt el
interés primordial del cu a-dro no se encuentra en el hombre, sino en la
tragedia de la luz agon i-zante, diseminada, palpitante, combatida de continuo
por la invasión de la sombra. Pero si, prescindiendo de esos genios
extraordinarios o excéntricos, consideramos el cuerpo humano como el objeto
adecuado de la limitación pictórica, hemos de reconocer que cuando las figuras,
pintadas o esculpidas, carecen del brío, salud y todos los demás elementos de
la perfección corporal, descienden, tomadas en sí misma, a los grados ínfimos
del arte.
En torno
de Rembrandt se agrupan otros pin tores de menor ta-lento a los que llamamos
los flamencos menores: Van Ostade, Te-niers, Gerardo Dow, Adrián Brourver, Juan
Steen, Pedro de Hoogh, Terburg, Metzu y otros muchos. Los personajes que pintan
son, por lo común, burgueses y gentes de condición humilde; los han tomado tal
y conforme los vieron en los mercados, en las calles, en las casas y en las
tabernas; burgomaestres orondos y acomodados, damas honestas y linfáticas,
maestros de escuela con antiparras, cocineras en sus m e-nesteres, hosteleros
barrigudos, bebedores que charlan y bromean, grandotes, rechonchos y macizos
personajes de granja, de taller o de bodegón. Luis XIV al verlos en su galería,
exclamó: “¡Que me quiten de ahí esos macacos!” Porque, a decir verdad, los
seres que han pinta-do parecen de una especie zoológica inferior; de sangre
fría, tez lívida o rojiza, talla pequeña, facciones irregulares, siempre dentro
de la vulgaridad y a veces rayando en la grosería, adaptados a la vida se-dentaria
y maquinal, desprovistos de la actividad y flexible destreza características
del atleta o del corredor. Para mayor realismo les han conservado dentro de
toda la esclavitud de la vida social: con las hue-llas del oficio, de la
condición y del vestido; todas las deformaciones que imponen a la estructura
del cuerpo y a la expresión de la fison o-mía, el trabajo rudo del campesino y
el porte ceremonioso del burgués.
Pero
estas obras ascienden a otro plano por ciertas cualidades; una, que hemos
examinado anterior mente; es decir, la representación de los caracteres
importantes y el acierto en manifestar lo esencial de una raza y de un siglo;
otra, que ahora vamos a estudiar, la armonía del color y la habilidad en la
composición. Por otra parte, esos pers o-najes, considerados en sí mismos, dan
alegría al que los mira, no son exaltados, enfermos de espíritu, abatidos y
dolientes como los anterio-res; tienen buena salud y están contentos de la
vida; se encuentran a sus anchas en familia, en su chiribitil; una pipa y un
jarro de cerveza bastan para su beatitud; no se agitan, no están inquietos;
ríen a carc a-jadas o miran distraídos sin desear cosa alguna. Nobles o
burgueses, están satisfechos de ver que sus vestidos son nuevos, que los pisos
encerados están brillantes, que el cristal reluce de limpio. Criados, aldeanos,
zapateros y hasta mendigos encuentran agradable su albe r-gue y están
cómodamente sentados en su taburete; se comprende que gozan tirando de la
lezna, y rastrillando las zanahorias. Los sentidos romos y la imaginación
sosegada no les impulsan a nada más; el ro s-tro es siempre tranquilo o
reposado, paternal o bonachón; en esto co n-siste la felicidad del temperamento
flemático, y la felicidad, es decir, la salud moral y física, siempre es
agradable de ver, aunque sea en estos rincones flamencos.
Llegamos
por fin a las figuras grandiosas en las cuales el animal humano alcanza su
máximo des arrollo y brío. Son las obras de los maestros de Amberes: Crayer,
Gerardo Zeghers, Santiago Van Oost, Van Roose, Van Thulden, Abraham Jansens,
Teodoro Rombouts, Jor-daens, y Rubens en primer lugar. Esos son los cuerpos
liberados de todas las trabas sociales y a los que nada ni nadie ha estor bado
el magnífico florecer: aparecen desnudos o apenas envueltos, en flotantes
pliegues; si están vestidos, los trajes, fantásticos y magníficos, no es-torban
a los miembros, sino que los decoran. Nadie ha pintado actitu-des más libres,
ademanes más im petuosos, músculos con más vigor y amplitud. En los cuadros de
Rubens, los mártires son gigantes fogosos y luchadores desatados. Las santas
tienen torsos de faunesas y caderas de bacantes. El vino espumeante de la salud
y del placer corre con brío por sus cuerpos sobrealimentados; desborda, como
una savia exube-rante, encarnaciones espléndidas, en ademanes de abandono, en
al e-grías colosales, en furores soberbios; la ola roja de la sangre que corre
por sus venas hace brotar una fuente de vida tan libre y opulenta que todas las
criaturas huma nas, junto a éstas, parecen opacas e indecisas. Es un mundo
ideal, y al verlo sentimos como un gran aletazo que nos arrebata muy lejos del
nuestro.
Pero, a
pesar de todo, no se halla todavía en la región más elev a-da, porque allí
reinan despóticamente los apetitos; no se alzan por cima de la tosca vida del
estómago y de los sentidos. Las concupis-cencias encienden en los ojos llamas
salvajes; la risa sensual rueda con excesiva frecuencia por los labios
carnosos; el cuerpo amplio, en una lujuriosa floración, no es apto para las
múltiples acciones varon i-les; no es capaz mas que del empuje bestial y de un
contento de ani-mal ahíto; la carne, demasiado sanguínea y floja en exceso,
desborda en formas exageradas e irregulares; el hombre está bien construido,
pero tallado a golpes rudos. Tiene miras limitadas, es violento, alg u-nas
veces cínico y desvergonzado; las dotes más elevadas del espíritu no existen en
él; carece de nobleza. Los Hércules no son dioses, sino cargadores. A la
musculatura de un toro une también el alma de la bestia. El hombre, tal como ha
sido concebido por Rubens, parece un bruto generoso y bello, condenado por sus
instintos a engordar en las praderas o a mugir furioso en la lucha.
Réstanos
encontrar un tipo humano en el cual la nobleza del a l-ma sea el complemento de
la hermosura física. Para hallarlo abando-naremos las tierras de Flandes,
encaminándonos a la patria de la belleza. Atravesaremos los Países Bajos de
Italia- me refiero a Vene-cia- y veremos en su pintura un tipo muy próximo al
perfecto; amplias morbideces, pero contenidas dentro de líneas más mesuradas;
una felicidad que irradia de todo el ambiente, pero de un superior refin
a-miento; una voluptuosidad generosa y franca, pero exquisita y embe-llecida;
cabezas llenas de energía y almas cuyo horizonte entero es la vida presente;
pero miradas inteligentes, fisonomías reflexivas y dig-nas, espíritus
aristocráticos y abiertos.
Iremos a
Florencia, contemplaremos la escuela en donde se for-mó Leonardo, donde acudió
Rafael, y en la cual, en unión de Ghiberti, Donatello, Andrea del Sarto, Fra
Bartolomeo, Miguel Ángel, desc u-briera el tipo más perfecto que el arte
moderno haya alcanzado. Co n-templad el San Vicente de Bartolomeo, la Madona al
sacco de Andrea del Sarto, la Escuela do Atenas de Rafael, la tumba de Médicis
y la Capilla Sixtina de Miguel Ángel; esos son los cuerpos que deberíamos
tener. Junto a esos hombres, los demás parecen mezquinos, flojos, tos-cos y mal
equilibrados. No sólo las figuras tienen la recia y viril ene r-gía que
permanece invencible contra los ataques de la vida; no sólo carecen de todas
las manchas y limitaciones que las exigencias de la sociedad humana y el
conflicto del mundo circundante traen consigo; no sólo su rítmica estructura y
la libertad de la actitud atestiguan el poder de la acción y el movimiento,
sino que, además, la cabeza, el rostro y el conjunto de todas las líneas
manifiestan en la obra de Mi-guel Ángel la energía sublime de la voluntad; en
la de Rafael, la te r-nura y la paz inmortal del alma; en Leonardo, la eleva
ción y la finura exquisita de la inteligencia; sin que, a pesar de todas estas
condici o-nes, en ninguno de estos maestros el refinamiento de la expresión e
s-piritual desentono de la desnudez del cuerpo o de las perfectas proporciones
de los miembros, sin que jamás el predominio del pen-samiento o de la parte
corpórea aleje a la persona humana de ese cielo ideal en que todas las
potencias se armonizan en un concierto supr e-mo. Sus personajes pueden luchar
y enfurecerse como los héroes de Miguel Ángel, soñar y sonreír como las mujeres
de Vinci vivir y s a-tisfacerse con la vida como las Madonas de Rafael; lo
interesante en todos no es la acción pasajera a que se entregan, sino su
estructura completa. La cabeza es sólo una parte; también el pe cho, los
brazos, los complementos, las proporciones, la forma entera, hablan y ayudan a
poner ante nuestra vista una criatura de especie distinta de la nue s-tra;
estamos ante ellos como los monos o los papúes ante nosotros. No podemos
situarlos en ningún punto de la historia positiva, y si quer e-mos hallar un
mundo digno de esos seres hemos de retroceder hasta las nebulosas lejanías de la
leyenda. La poesía de la distancia o la majestad de las teogonías pueden
únicamente ofrecer suelo digno de ser hollado por sus plantas. Ante las Sibilas
y las Vir tudes de Rafael, ante los Adanes y las Evas de Miguel Ángel, pensamos
en las figuras heroicas o serenas de la humanidad primitiva; en las vírgenes,
hijas de la tierra y de los ríos, cuyos grandes ojos reflejaban por primera vez
el azul del paterno cielo; en los combatientes desnudos, que descendían de las
montañas para ahogar entre sus brazos a los leones.
Al
apartarnos de esta contemplación pensamos que ya la meta está alcanzada y no es
posible encontrar nada más alto. Y, sin emba r-go, Florencia es la segunda
patria de la belleza; Atenas fue la primera. Algunas cabezas y estatuas
salvadas del naufragio de la antigüedad, la Venus de Milo, los mármoles del
Partenón, la cabeza de Juno, reina en la villa Ludovisi, nos muestran una raza
aun más pura y elevada. Al compararlas con los tipos italianos sentiréis acaso
que en los de Rafael la dulzura llega a ser algo empalagosa y que la traza de
los cuerpos es en ocasiones un poco maciza; que en las figuras de Miguel Ángel
la tragedia del alma acusa demasiado en la contracción de los músculos y en el
excesivo esfuerzo. Los verdaderos dioses visibles nacieron en otra parte, bajo
un cielo más diáfano. Una civilización más espontánea y sencilla, una raza más
fina y de mayor equilibrio, una religión más ad ecuada, una educación corporal
mejor entendida produjeron, en otro tiempo, un tipo más noble, de tranquilidad
me z-clada de altivez, de serenidad más augusta, de movimiento más libre y
continuado, de perfección más natural y más fácil. Sirvió de modelo a los
artistas del Renacimiento, y el arte que admiramos en Italia no es mas que un
brote menos bello del jónico laurel transplantado a otro suelo.
VI
Tal es la
doble escala según la cual se clasifica a la vez los c a-racteres de las cosas
y el valor de las obras de arte. Según que los ca-racteres sean más importantes
o beneficiosos, adquieren un rango más elevado las obras de arte que los
expresan. Notad ahora que la importancia y la condición benéfica del carácter
son las dos caras de una única cualidad, la fuerza, considerada sucesivamente
en relación con los demás o en relación consigo misma. En el primer caso es más
o menos importante según que resista fuerzas más o menos poderosas. En el
segundo es nociva o benéfica, según que la conduzca a su propia disminución o a
su acrecentamiento. Estos dos puntos de vista son los modos más elevados de
considerar la naturaleza, p uesto que encami-nan nuestras miradas ya hacía su
esencia, ya hacia su dirección. Por su esencia es un conjunto de fuerzas
ciegas, desiguales en magnitud, cuyo conflicto es eterno, pero cuyo trabajo y
suma total permanecen constantes. Por su dirección, es una serie de formas en
las cuales la fuerza contenida tiene la condición privilegiada de renovarse y a
u-mentar incesantemente; ya el carácter es una de esas potencias prim i-tivas y
mecánicas que constituyen la esencia de las cosas; ya es una de las potencias
ulteriores, capaz de aumento y que determina la dire c-ción del mundo. Después
de estas consideraciones se comprende la superioridad del arte cuando, tomando
por objeto la naturaleza, man i-fiesta ya alguna de las partes más hondas de su
fondo íntimo, ya algún momento superior de su desarrollo.
CAPÍTULO
IV
El grado
de convergencia de los efectos.
I
Después
de haber considerado los caracteres en sí mismos, résta-nos examinarlos
transportados a la obra de arte. No solamente es n e-cesario que en sí mismos
tengan el más alto valor, sino que además es preciso que en la obra artística
muestren su dominio con toda la inten-sidad posible. Así tendrán todo el brillo
y realce que necesitan y sólo de este modo aparecerán más visibles que en la
naturaleza. Para co n-seguirlo es imprescindible que todas las partes de la
obra concurran a este fin; ningún ele mento debe mantenerse inactivo, ni
desviar tam-poco la atención en otro sentido, porque sería entonces una fuerza
contraproducente.
O lo que
es lo mismo: en un cuadro, una estatua, un poema, en un edificio o en una
sinfonía, todos los efectos deben ser convergentes. El grado de esta
convergencia determina la categoría de la obra y ve-remos aparecer una tercera
escala al lado de las dos primeras para la valoración de las obras de arte.
II
Consideremos
primero las artes que representan al hombre m o-ral, y especialmente la
literatura. Em pezaremos por diferenciar los elementos que constituyen un
drama, una epopeya, una novela; es decir, una obra que retrata almas en acción.
En primer lugar existen esas almas, es decir, personajes dotados de caracteres
distintos, y en cada uno de los caracteres pueden apreciarse varios elementos.
En el momento en que el niño, según dice Homero «cae por primera vez entre las
rodillas de una mujer» posee, por lo menos, un germen, fa-cultades e instintos
de especie determinada y en un cierto grado; mu-cho tendrá de su padre, de su
madre, de su familia y, en general, de su raza; y además estas condiciones
hereditarias, transmitidas con la sangre, toman en él magnitud y proporciones
que le diferen cian de sus parientes y compatriotas. Ese fondo moral innato se
halla ligado a un temperamento físico, y todo este conjunto forma la dote
primitiva que la educación, los ejemplos, el aprendizaje, todos los
acontecimientos y las acciones ulteriores de la infancia y de la juventud han
de torcer o completar. Cuando estas distintas fuerzas, en vez de anu larse unas
a otras, se suman conjuntamente, su convergencia marca en el hombre una huella
muy profunda, y entonces aparecen los caracteres intensos y fuertes.
A veces
en la naturaleza no se observa esta convergencia; pero nunca falta en la obra
de los gran des artistas; por eso sus caracteres, aunque compuestos de los
mismos elementos que los caracteres reales, tienen más fuerza que la realidad.
Prepara el autor su personaje con mucho tiempo y minuciosidad, y al
presentárnoslo comprendemos que no puede ser de otra manera. Un sólido armazón
le sostiene y una profunda lógica le ha construído. Nadie ha poseído este don
en más alto grado que Shakespeare. Si leéis cuidadosamente los distintos
pa-peles de sus dramas, encontraréis a cada momen to, en una palabra, en un
ademán, en una humo rada, en una idea incoherente, en el giro de una frase, una
alusión, un indicio que os revelarán todo el interior, todo el pasado y todo el
porvenir del personaje.
Esta es
la cara interna, el fondo último de las cosas. El temper a-mento corporal con
las aptitudes y tendencias originarias o adquiridas, la flora complicada de las
ideas y de las costumbres próximas o r e-motas, toda la savia de la naturaleza
humana, infinitamente transfo r-mada desde las raíces más antiguas hasta los
brotes más recientes, han contribuido a la producción de las acciones y de las
pala bras que constituyen su coronamiento.
Toda esta
multitud de fuerzas y este concurso de efectos concen-trados han sido
necesarios para dar vida a figuras como las de Cori o-lano, Mácbeth, Hamlet,
Otelo, y para componer, nutrir, exaltar la pasión que se adueña de sus almas
paralizándolas o arrebatándolas en su torbellino. Al lado de Shakespeare me
atrevo a nombrar un autor moderno, casi contemporáneo- Balzac-, el más rico
entre todos los que han manejado el tesoro de la natura leza moral durante
nuestra época. Ninguno ha mostrado mejor la formación humana, la superposición
sucesiva de sus fundamentos, las consecuencias agregadas e inter-puestas del
parentesco, las primeras impresiones, la conversación, las lecturas, las
amistades, la profesión, la vivienda; las huellas múltiples que cada día vienen
a imprimirse en nuestra alma, dándole al mismo tiempo forma y consistencia.
Pero
Balzac era novelista y sabio, en lugar de ser como Shakes-peare, dramaturgo y
poeta; por esto, en vez de ocultar la cara interna de las cosas, la muestra por
extenso. Hallaréis la enumeración de esos últimos fondos en sus descripciones,
en sus disertaciones infinitas, en los retratos minuciosos de una casa, un
rostro o un traje, en los relatos previos de una infancia o una educación; en
las explicaciones técnicas de un invento o de un proceso. Sin embargo, con todo
esto, su arte es el mismo, y cuando construye sus personajes, Hulot, el padre
Grandet, Felipe Brideau, la solterona, un espía, una cortesana, un gran hombre
de negocios, su talento consiste siempre en coger una cantidad enorme de
elementos constitutivos y de influencias morales en un solo cauce y en una
misma vertiente, como diversos caudales de agua que viniesen a engrosar y
enriquecer un mismo río.
Las
situaciones y acontecimientos constituyen otro grupo en los elementos de la
vida literaria. Es necesario que el conflicto en que se encuentra el personaje
sea adecuado para la manifestación del carácter que el autor ha concebido.
También en este respecto es muy superior el arte a la natura leza, porque en la
naturaleza no siempre suceden las cosas de esta suerte.
A veces
un carácter grande y vigoroso, por falta de ocasión o de incentivo, queda
esfumado e inerte. A no haber estado Cronwell en medio de la Revolución inglesa
es muy probable que hubiese conti-nuado llevando la vida que tuvo hasta los
cuarenta años: con su fam i-lia, en su distrito, propietario rural, autoridad
del municipio, austero puritano, ocupándose de los abonos, los animales, los
hilos y los es-crúpulos de conciencia. Si hacéis retroceder tres años la
Revolución francesa, Mirabeau no hubiese sido mas que un noble fuera de su
cen-tro, aventurero y vividor. Por otra parte, un carácter vulgar o endeble que
no se ha puesto a la altura de acontecimientos trágicos hubiese llenado su
cometido en circunstancias corrientes. Suponed a Luis XVI nacido en una familia
burguesa; con un modesto pasar, empleado o rentista, hubiera vivido tranquilo y
considerado; habría desempeñado honradamente sus tareas cotidianas; hubiera
sido pun tual en su ofici-na, dócil con su mujer, cariñoso con sus hijos; por
la noche, a la luz de la lámpara, dando una lección de geografía, y el domingo,
después de misa, entretenié ndose con sus herramientas de cerrajero.
El
personaje con todas sus condiciones, que la naturaleza entrega como una presa a
la vida, es como el navío que desde el astillero se desliza hasta el mar;
necesita brisa o viento fuerte, según sea barquilla o fragata; el huracán que
hace bogar de prisa a la fragata, hunde al barquichuelo; y la brisa suave que
basta para llevar a la barquilla, deja inmóvil a la fragata en medio del
puerto. Es, pues, necesario que el artista apropie las situaciones a los
caracteres.
He aquí
una nueva concordancia, y no necesito demostraros que los grandes artistas
nunca dejan de atender a ella. Lo que se llama en sus obras la intriga o la
acción es precisamente una serie de acontec i-mientos y un orden de situaciones
preparadas para manifestar los c a-racteres, para remover las almas hasta lo
más hondo, para notas que el flujo monótono de la costumbre impide que emerjan
a la claridad; para me dir, como en la obra de Corneille, la fuerza de
volun-tad y la grandeza de un heroísmo; para presentar, como en la obra de
Shakespeare, la concupiscencia, la locura, el furor, los extraños monstruos
hambrientos y rugientes que se arrastran, ciegos, en los fondos más recónditos
de nuestro corazón. Para un mismo personaje, las pruebas por que tiene que
pasar son distintas, se pueden disponer de modo que cada vez sean más intensas;
es el crescendo de todo es-critor, empleado en cada fragmento de la acción lo
mismo que en el conjunto, llegando por este procedimiento a una gran exaltación
o a la caída suprema. Ya veis que la ley se aplica lo mismo en los pormeno-res
que en las grandes líneas. Los elementos de una escena se dispo-nen para
producir un efecto calculado, y luego se agrupan todos los efectos, teniendo en
cuenta el desenlace; es decir, se construye la his-toria entera en relación con
las almas que se quieren pintar. La co n-vergencia del carácter total y de las
situaciones sucesivas manifiesta el carácter en toda su profundidad y hasta el
último límite, llevándole al triunfo definitivo o a la catástrofe final.
Queda
todavía un último elemento: el estilo. A decir verdad, es el único visible; los
otros dos constituyen la estructura íntima, mientras que el estilo reviste toda
la superficie. Un libro no es mas que una serie de frases que pronuncia el
autor o que pronuncian sus person a-jes; los ojos y los oídos corporales no
perciben mas que esas frases, y si la vista y el oído interno descubren algo
más, les será revelado por conducto de esas mismas palabras. He aquí, pues, un
tercer elemento de capital interés y cuyos efectos deben hallarse en
concordancia con los demás para que la impresión total alcance la intensidad
máxima.
Pero la
frase, considerada aisladamente, es susceptible de formas dis-tintas y, por
tanto, de efectos diferentes. Puede estar constituida por un verso seguido de
otros versos; puede comprender versos de igual lon-gitud o de longitud
desigual, ritmos y rimas diversamente combina-dos; en esto estriba toda la
riqueza de la métrica. Puede también formar una línea de prosa, seguida de
otras líneas análogas, y estas líneas unas veces se enlazan formando un período
y otras constituyen perío-dos sueltos y frases breves; tal es toda la riqueza
de la sintaxis. Final-mente, las palabras que integran la frase tienen su
carácter propio; según su origen o el empleo usual, son generales y nobles, o
técnicas y áridas; familiares y expresivas, o abstractas y borrosas; brillantes
y ricas de color. Es decir, toda frase enunciada pone en acción un con-junto de
fuerzas que interesan a la vez en el lector el instinto lógico, las aptitudes
musicales, las adquisiciones de la memoria, los resortes de la imaginación, y
que, por m edio de los nervios, los sentidos y el hábito, conmueven al hombre
por entero.
Es
necesario, por tanto, que el estilo se adapte al conjunto de la obra; éste es
un nuevo caso de convergencia, y en el terreno del estilo, la maestría de los
grandes escritores es infinita; revelan un tacto y una delicadeza
extraordinaria y su ingenio demuestra una fertilidad in a-gotable; en sus obras
no se encuentra ritmo, giro, construcción, pal a-bra, sonido, relación entre
las palabras, sonidos y frases que no hayan sido íntegramente sentidos y cuyo
empleo no sea deliberado. Una vez más el arte es superior a la naturaleza, ya
que por esta selección, ad e-cuación y propiedad del estilo, el personaje
imaginado habla mejor y más en armonía con su carácter que el personaje real.
Sin pretender penetrar en las sutilezas del arte y sin estudiar al pormenor los
proc e-dimientos, vemos con claridad que los versos son algo como un canto, y
la prosa, una especie de conversación; que los grandes versos ale-jandrinos
elevan la voz al tono sostenido y noble, mientras que la bre-ve estrofa lírica
es aún más musical y apasionada; que la frase corta y precisa tiene un tono de
imperio y de ligereza; que la frase de largo período marca el ritmo oratorio y
el énfasis majestuoso. Es decir, que cada forma de estilo determina un estado
de alma, desaliento o interés, arrebato o indiferencia, lucidez o confusión, y
que por esta circunsta n-cia los efectos de situaciones y caracteres se
intensifican o debilitan según que los efectos del estilo actúen en el mismo
sentido o en sent i-do contrario.
Supongamos
que Racine toma el estilo de Shakespeare y Shakes-peare el estilo de Racine;
sus obras resultarían grotescas o, para decir verdad, no se hubieran podido
escribir. La frase del siglo XVII tan nítida, tan mesurada, tan pulida, tan
bien tra bada, tan propia para las conversaciones palaciegas, es incapaz de
expresar las pasiones en toda su crudeza, el brío de la imaginación, la
tempestad interna e indom a-ble que se desencadena en el drama inglés. Por otra
parte, la frase del siglo XVI, una veces familiar, lírica otras veces,
atrevida, estridente, excesiva, incorrecta, sonaría mal en boca de los
personajes corteses, bien educados, impecables, de la tragedia francesa. En
lugar de Raci-ne y de Shakespeare hallaríamos los Bryden, Otway, Ducis y
Casimiro Delavigne.
Tales son
el poder y las condiciones del estilo. Los caracteres que las situaciones
revelan al espíritu se valen siempre del lenguaje para penetrar en nuestros
sentidos, y la convergencia de esas tres fuerzas dota al carácter de todo el
relieve necesario. Cuantos más elementos distintos, susceptibles de producir un
efecto, ha destacado el artista, agrupándolos de modo convergente en su obra,
mayor predominio adquiere el carácter que trataba de ex teriorizar. Todo el
secreto del arte se encierra en dos palabras: manifestar concentrando.
III
En
consonancia con este principio podemos clasificar una vez más las obras
literarias. Suponiendo que todos los demás elementos sean idénticos, serán más
hermosas aquellas en las cuales la conve r-gencia de los efectos sea más
completa; y por una coincidencia intere-sante, esta regla, aplicada a las dis
tintas escuelas, establece, entre los momentos sucesivos de un mismo arte, las
divisiones que ya han in-troducido en su observación la experiencia y la
historia.
En el
comienzo de todas las épocas literarias se advierte un p e-ríodo de tanteo; el
arte es vacilante e infantil porque la convergencia de los efectos es aun
insuficiente, error del cual sólo es culpable la ignorancia del escritor. No
carece éste, sin embar go, de inspiración; la tiene, y en ocasiones recia y
vigorosa; en el período a que nos referi-mos abunda el talento; grandes figuras
se agitan sordamente en el fondo de las almas; pero los procedimientos no son
conocidos; el arte de escribir no existe, y se ignora la distribución acertada
de las di s-tintas partes del asunto; no se emplean los recursos literarios.
Tal es el defecto de la primera literatura francesa de la Edad Media; al leer
la Canción de Roldán, Ogiero el Danés, Renato de Montalbán, com-prendéis muy
pronto que los hombres de aquel tiempo tenían senti-mientos originales y
grandiosos. Se había fundado una sociedad nueva; las Cruzadas conmovían a la
cristiandad; la altiva independe n-cia del barón, la inquebrantable lealtad del
vasallo, los hábitos hero i-cos y generosos, la fortaleza de los cuerpos y la
sencillez de las almas ofrecían al poeta caracteres parecidos a los pintados
por Homero. Pero no supo aprovecharlos íntegramente: sentía la belleza de
aquellos elementos, pero no acertaba a expresarla. El trovador era laico y
fran-cés, es decir, nacido de una raza que fue siempre amante de la prosa, y de
una condición social privada, por el monopolio del clero, de la cultura
superior. Por eso no llega mas que a narrar escuetamente y con pocas galas;
carece de las imágenes amplias y vigorosas de Homero y de la antigua Grecia; su
relato es descolorido; su verso monorrítmico repite treinta veces seguidas el
mismo monótono compás. No es dueño del asunto, no sabe abreviarlo,
desenvolverlo y darle las justas pro-porciones; ignora la manera de preparar
una escena, de acentuar un efecto sus obras no forman parte de la literatura
perdurable; desapar e-cen del mundo y no se ocupan de ellas mas que los
especialistas. Si alcanzan en alguna ocasión elevación sublime es en los
Nibelungos de Alemania, donde el fondo nacional más característico no estaba
aho-gado por la organización eclesiástica, o en la Divina Comedia de Dante, que
en Italia, por un esfuerzo supremo de trabajo, de exaltación y de genio, logra,
en un poema místico y erudito, la alianza inesperada de los sentimientos laicos
con las teorías teológicas.
En el
siglo XVI, cuando renace el arte, nuevos ejemplos atesti-guan la misma falta de
convergencia y una insuficiencia análoga. El primer dramaturgo inglés, Marlowe,
es un hombre genial; sintió como Shakespeare el furor de las pasiones
desenfrenadas, la tétrica grandeza de la melancolía septentrional, la
sangrienta poesía de la historia de su tiempo; pero no supo manejar el diálogo,
variar los acontecimientos, matizar las situaciones, oponer unos caracteres a
otros; su procedi-miento es el continuo asesinato y la muerte sin palabras. Su
teatro, lleno de potencia, pero malogrado, sólo es conocido por los
aficiona-dos a este género de curiosidades. Para que su concepto trágico de la
vida aparezca, al fin a la vista de todos y con la claridad plena es pr e-ciso
que, en pos de él, un genio más vasto, dotado de la experiencia adquirida,
vuelva a modelar las mismas almas. Se necesita que Sh a-kespeare, después de
repetidas vacilaciones, haga circular la vida v a-riada, plena y profunda por
los esbozos de su predecesor, que fue impotente para animar ese grupo de seres
extraordinarios con los r e-cursos de un arte todavía primitivo.
Por otra
parte, al terminar una época literaria siempre se advierte un período de
decadencia; el arte está corrompido, viejo, helado por la rutina y los
convencionalismos. También sus obras carecen de la con-vergencia de los
efectos, pero no tiene esta falta origen en la ignoran-cia. Por el contrario,
nunca fueron los autores más entendidos en achaques de arte; los procedimientos
llegan a la mayor perfección y refinamiento; casi son del dominio pú blico y
los emplea todo aquel a quien le viene en gana. El lenguaje poético está ya
hecho; el escritor más adocenado sabe pulir una frase, ligar dos rimas,
preparar el d e-senlace oportuno. Lo que rebaja al arte es la flojedad del
sentimiento.
Las
grandes concepciones que formaron y sostuvieron las obras de los maestros
anteriores languidecen y se resquebrajan. Ya no existen mas que por
reminiscencia y tradición; ya no se siguen hasta el fin sus ins-piraciones;
quedan alteradas al introducir en ellas un espíritu distinto; piensan
mejorarlas con adiciones incongruentes. Tal fue la situación del teatro griego
en los tiempos de Eurípides y del teatro francés en los de Voltaire. La forma
exterior subsistía idéntica, pero el alma que le daba vida había cambiado y el
contraste entre ambas produce grave disonancia. Eurípides conserva el aparato,
los coros, el metro, los per-sonajes heroicos y divinos de Esquilo y de
Sófocles; pero les quita grandeza con el sentimiento y las intrigas de la vida
corriente, pone en su boca discursos de abogados y sofistas, se complace en
mostrarnos sus errores, sus debilidades, sus quejas. Voltaire acepta o se
impone las apariencias exteriores y la grandiosa maquinaria del teatro de R
a-cine y Corneille, confidentes, grandes sacerdotes, príncipes, princesas, amor
elegante y caballeresco, verso alejandrino, estilo general lleno de nobleza,
sueños, oráculos y dioses. Pero inserta en este ambiente la intriga emocionante
tomada del teatro inglés; trata de darle un barniz histórico, añadiendo además
intenciones filosóficas y huma nitarias; insinúa ataques a la realeza y al
clero, es innovador y filósofo a desh o-ra y fuera de lugar. En ambos autores
citados, los diversos elementos de la obra escénica no colaboran para producir un
efecto buscado. Los pliegues antiguos cohíben el moderno sentimiento; los
sentimientos modernos alteran la perfección de los pliegues antiguos. Los
person a-jes permanecen indecisos entre dos papeles distintos; los de Voltaire
son príncipes iluminados por la Enciclopedia; los de Eurípides son héroes
cultivados por la escuela de retórica. Bajo este doble disfraz flota la
verdadera figura; no puede distinguirse o, por mejor decir, no vive mas que por
intermitencias, de tanto en tanto. El lector abandona ese mundo que se destruye
a sí mismo y va en busca de obras donde, como sucede en los seres vivos, todas
las distintas partes son órganos que cooperan al logro de un mismo efecto.
Tales
obras existen en la plenitud de las épocas literarias, en el momento en que el
arte florece; antes estaba en germen, después ya se marchita. En este instante
pleno, la convergencia de los efec tos es completa y una armonía admirable
equilibra entre sí los caracteres, el estilo y la acción. A este momento
corresponde en Grecia la obra de Sófocles, y, si no me equivoco, aun más la de
Esquilo; cuando la tr a-gedia fiel a su origen es todavía un canto ditirámbico;
cuando el sen-timiento religioso del iniciado la penetra por entero; cuando las
figuras gigantescas de la leyenda heroica o divina tienen toda su gra n-deza;
cuando la fatalidad, dueña de la vida humana y la justicia, gua r-da de la vida
social, tejen y cortan el destino, a los sones de una poesía obscura como el
oráculo, terrible como la profecía, sublime como una visión.
En Racine
podéis admirar la perfecta concordan cia de la habili-dad oratoria, de la
dicción pura y noble, de la sabia composición, de los desenlaces preparados,
del decoro teatral, de la cortesía principes-ca, de las delicadezas y
conveniencias de corte y de salón. Análogo concierto hallaréis en la obra
compleja y varia de Shakespeare si ob-serváis que, para pintar al hombre
intacto y completo, ha tenido que emplear los versos más poéticos al lado de la
prosa más familiar y todos los contrastes de estilo reveladores de los
altibajos de la natura-leza humana, la ternura delicada de los caracteres
femeninos y la vi o-lencia indómita de los caracteres varoniles; la ruda
crudeza de las costumbres populares y el refinamiento alambicado de las maneras
mundanas; la charla de las conversaciones corrientes y la exal tación de las
emociones extraordinarias; lo imprevisto de los sucesos menu-dos y la fatalidad
de las pasiones desmedidas.
Por
diferentes que sean los procedimientos, siempre tienen una total convergencia
en las obras de los grandes escritores. Son conver-gentes en las fábulas de La
Fontaine lo mismo que en las oraciones fúnebres de Bossuet, en los cuentos de
Voltaire como en las estrofas de Dante, en Don Juan, de Lord Byron, y en los
diálogos de Platón, en los autores antiguos y modernos, en los clásicos y en
los románticos. El ejemplo de los maestros no impone a los sucesores ni estilo,
ni es-tructura, ni forma alguna determinada. Autores hubo que consiguie ron el
éxito en una dirección; otros pueden encon trarla por opuesto cami-no; sólo una
cosa es imprescindible: que la obra siga un camino único, que marche con toda
su energía hacia un fin, único también. El arte, lo mismo que la naturaleza,
vacía sus criaturas en moldes muy diver-sos; pero para lograr que la criatura
sea viable es preciso, en la nat u-raleza y en el arte, que las diversas
porciones constituyan un conjunto y que hasta la mínima partícula del elemento
más insignificante sea fiel servidora del resultado total.
IV
Quédannos
ahora por considerar las artes que representan al hombre corpóreo y el estudio
de los distintos elementos que las cons-tituyen, especialmente en la pintura,
que es el arte de mayor riqueza. Lo primero que observamos en un cuadro son los
cuerpos vivos que lo ocupan, y en esos cuerpos hemos distinguido ya dos partes
principales: el armazón general óseo y muscular, es decir, el hombre sólo de
carne y hueso, y la envoltura exterior que cubre este hombre de huesos y
músculos, es decir, la piel sensible y coloreada. Desde luego compren-deréis
que ambos elementos deben armonizarse. La piel blanca y fe-menina del Corregio
no puede extenderse sobre las musculaturas heroicas de Miguel Ángel. Lo mismo
ocurre con un tercer elemento: la actitud y la fisonomía; algunas sonrisas
disuenan en determinados cuerpos; nunca un luchador sobrealimentado, una Susana
ostentosa o una Magdalena tentadora de Rubens pueden tener la expresión pens
a-tiva, delicada y honda que pone Leonardo en los rostros que pinta. Estas son
las concordancias más toscas y más externas; pero existen otras muchas, más
profundas y no menos necesarias. Todos los mú s-culos, los huesos, las
articulaciones, todos los pormenores del hombre corporal tienen una virtud
significativa; cada cual debe expresar di-versos caracteres. Los dedos del pie
y la clavícula de un doctor no son como los de un combatiente; la parte más
exigua del cuerpo contrib u-ye, por la amplitud, la forma, el color, las
dimensiones, la consisten-cia, a colocar al animal humano en esta o en aquella
especie. Hay un enorme número de elementos cuyo resultado debe ser convergente;
si el artista desconoce algunos, aminora su fuerza; si hace actuar otros de
modo inoportuno, destruye parcialmente el efecto de los demás. Por esto los
artistas del Renacimiento estudiaron tan intensa mente el cuerpo humano; por
esto Miguel Ángel hizo disecciones durante doce años. Y no era por pedantería
ni por minuciosidad de la observación directa, sino porque el estudio eterno
del cuerpo humano es un tesoro para el artista que pinta o que esculpe, lo
mismo que el alma es un tesoro del dramaturgo y el novelista. El relieve de un
tendón es para el uno lo que la observación de un hábito es para el otro. No
sólo ha de tenerlo en cuenta para poder construir un cuerpo viable, sino para
hacer un cuerpo enérgico o encantador. Cuanto más pro fundamente haya logrado
imprimir en su espíritu la forma, la diversidad, la d e-pendencia y actividad
que existen en el cuerpo humano, será, más dueño de emplearlas acertadamente en
su obra. Y si estu diáis con de-tenimiento las figuras de aquel siglo glorioso,
veréis que desde el talón hasta el cabello, desde la curvatura del pie arqueado
hasta las arru gas del rostro, no hay una sola dimensión, una forma, un matiz
de la ca r-ne que no contribuya a acentuar el carácter que el artista se
propuso hacer visible.
Aquí se
presentan nuevos elementos o, mejor dicho, los mismos elementos han de ser
considerados bajo otro aspecto. Las líneas que trazan el contorno del cuerpo, o
que marcan en este contorno los en-trantes y salientes, tienen un valor en sí
mismas, y conforme sean rectas, curvas, sinuosas, quebradas o irregulares,
producen en nuestro ánimo efectos diferentes. Lo mismo ocurre con las masas que
forman el cuerpo; sus proporciones tienen, también por sí mismas, un poder
significativo; según las diversas relaciones de magnitud que existen entre la
cabeza y el tronco, el tronco y los miembros y los miembros entre sí,
experimentamos distintas impresiones. Existe una arquitectu-ra del cuerpo, y a
las relaciones orgánicas que asocian esas partes v i-vas hay que agregar las
relaciones matemáticas que determinan sus masas geométricas y su concurso
abstracto.
Puede, en
este respecto, compararse con una columna en la cual la proporción del diámetro
y de la altura la hace jónica o dórica, el e-gante o maciza. De un modo
análogo, la proporción entre el tamaño de la cabeza y, el tamaño del conjunto
determina si el cuerpo es fl o-rentino o romano. El fuste de la columna no
puede ser mayor que su grueso multiplicado un cierto número de veces por sí
mismo; de igual manera el cuerpo, en conjunto, debe llegar, pero no exceder de
un múltiple cuya unidad es la cabeza. Todas las partes del cuerpo tienen, de
esta suerte, su medida matemática y, sin que estén ab solutamente ligadas a
estos números, oscilan en torno de ellos, y el grado de esta fluctuación
expresa un carácter distinto. El artista entra así en pos e-sión de nuevos
recursos: puede escoger cabezas pequeñas y cuerpos alargados, como Miguel
Ángel; líneas sencillas y monumentales, c o-mo Fra Bartolomeo; contornos
ondulantes e inflexiones varias, como el Corregio. Los grupos equilibrados o en
desorden, las actitudes ver-ticales u oblicuas, los diversos planos y alturas
del cuadro le ofrecen distintas simetrías. Un fresco o un cuadro es un cuadrado
o un rectá n-gulo, un arco de bóveda, es decir, un trozo de espacio en el cual
el talento humano construye un edificio. Considerad las estampas del Martirio
de San Sebastián por Baccio Bandinelli, o la Escuela de Ate-nas de Rafael, y
sentiréis ese género de belleza que los griegos, con un nombre enteramente
musical, llamaron euritmia. Mirad un asunto idéntico tratado por dos pintores
distintos: Antíope, de Ticiano, y An-tíope, de Corregio, y sentiréis los
distintos efectos de la geometría de las líneas. Esta es una fuerza nueva, que
es necesario enfocar en el mismo sentido que las otras y que, descuidada o mal
dirigida, impide la expresión completa del ca rácter.
Y
llegamos al último y capital elemento: el color. Por sí mismo y fuera de todo
empleo imitativo, los colores, como las líneas, tienen un sentido. Una gama de
colores que no representan ningún ob jeto real, como un arabesco de líneas que
no imitan un objeto natural, puede ser rica o escasa, elegante o pesada.
Nuestra impresión varía ante las combinaciones distintas: la relación de los
colores tiene, pues, una expresión. Un cuadro es una superficie coloreada en la
cual los dive r-sos tonos y los diversos grados de luz están, repartidos con
arreglo a determinado sentido; tal es su esencia íntima: que esos tonos y esos
grados de luz formen figuras, pliegues, arquitecturas, es para ellos una
propiedad ulterior que no priva a la propiedad primitiva de todos sus derechos
e importancia. El valor propio del color es enorme y el parti-do que los
pintores toman con relación a este elemento determina el conjunto de su obra.
Pero en
este, elemento hay otros muchos; en primer lugar, el gr a-do de sombra o
claridad. Guido pinta en blanco, gris plateado, gris de pizarra, azul pálido;
todo a plena luz. Caravagio pinta en negro, pardo negruzco, intenso, térreo;
toda la sombra opaca. Por otra parte, el contraste de claros y obscuros es en
un mismo cuadro más o menos fuerte, más o menos delicado. Ya conocéis la
gradación suavísima con que Leonardo destaca la figura de un fondo de sombra;
la gradación deliciosa de Corregio haciendo brillar la claridad más viva sobre
la claridad general; la aparición violenta con que Ribera lanza un tono claro
que rompe súbitamente la ne grura lúgubre; el aire húmedo y amarillento que
Rembrandt atraviesa con una llamarada de sol o con un rayo de luz perdido.
Finalmente,
además del grado de luminosidad, los tonos, co n-forme sean complementarios uno
de otro, tienen sus disonancias y consonancias, armonizan o se excluyen: el
naranja, el morado, el rojo, el verde, y todos los demás, simples o compuestos,
forman con su pro-ximidad, como las notas musicales por su combinación, una
armonía plena y fuerte, áspera y ruda, o suave y grata. Recordad en la Ester,
del Veronés, que se encuentra en el Louvre, la encantadora escala de amarillos
que, tenuemente apagados, intensos, argentinos, rojos, ve r-dosos, teñidos de
amatista y siempre moderados y ligados sabiamente, se funden unos en otros,
desde el junquillo pálido y el paja reluciente, hasta la hoja seca y el topacio
ahumado. Fijaos también en la Sagrada Familia del Giorgione; los briosos rojos
que desde la púrpura casi negra de las telas van diversificándose y aclarándose
se tiñen de ocre en las firmes carnes, palpitan y se estremecen, y en los
intersticios de los dedos se extienden bronceándose en un pecho varonil, y alternati-vamente
impregnados de luz y de sombra, ponen al fin en un rostro joven un reflejo de
sol poniente. De esta manera comprenderéis la potencia expresiva del color.
El color
es para las figuras lo que el acompaña miento es para el canto; mejor dicho, en
muchas ocasiones es el canto mismo, del cual las figuras no son mas que el
acompañamiento; de parte accesoria ha ascendido a elemento principal. Pero sea
su valor accesorio, principal o igual a los demás valores, no puede ponerse en
duda que constituye una fuerza distinta y que, para expresar el carácter, sus
efectos deben cooperar a la armonía de todos los demás.
V
Conforme
a este principio vamos a clasificar por última vez las obras pictóricas.
Suponiendo iguales todos los demás elementos, serán más o menos bellas según
que la convergencia de efectos sea más o menos completa; y esta regla, que
aplicada a la historia de la literatura ha servido para apreciar los momentos
de una edad literaria, nos facilita el medio de distinguir los estados
sucesivos de una escuela artísti-ca, si la aplicamos a la hist oria de la
pintura.
En el
período primitivo la obra es imperfecta. El arte es insufi-ciente y el artista
no acierta a rea lizar la completa convergencia de los distintos efectos.
Maneja alguno de ellos muy bien y hasta con maes-tría; pero desconoce todos los
demás; su falta de experiencia le impide verlos, o bien el espíritu de la
civilización, en cuyo medio se halla encerrado, extravía su talento. Tal es el
estado del arte durante las dos primeras épocas de la pintura italiana. Por el
alma y por el genio, Giotto se parece a Rafael; tenía la misma abundancia,
idéntica facili-dad, una originalidad parecida, igual belleza de composición.
Pero su idioma no estaba formado, y un artista no hace mas que balbucear
mientras que el otro habla correctamente. No se había formado junto al
Perugino, en Florencia; no conoció las estatuas antiguas. El cuerpo humano,
apenas estudiado en una ojeada superficial, era mal conoc i-do; se ignoraba la
potencia expresiva de los músculos; no hubiera sido posible atreverse a
comprender y admirar el hermoso animal humano, porque tal afición tenía un dejo
de paganismo y el ascendiente de la teología y el misticismo era aun muy
fuerte. La pintura permanece hierática y simbólica durante siglo y medio, sin
utilizar su principal elemento.
Empieza
la segunda época y los orfebres anató micos, transforma-dos en pintores,
modelan por primera vez en cuadros y frescos cuerpos sólidos y miembros bien
proporcionados. Pero les falta todavía una perfección superior del arte: no han
descu bierto esa arquitectura de líneas y masas que, buscando curvas y
proporciones ideales, transfor-ma un cuerpo real en un cuerpo bello. Verrochio,
Pollaiolo, Castagno, pintan figuras angulosas, sin gracia, llenas de las
nudosidades de los músculos y que, según la frase de Leonardo de Vinci, parecen
“sacos de nueces”. Ignoran la variedad del movi miento y la fisonomía, y en las
obras de Perugino, Fra Filippo, Ghirlandajo, en los antiguas fre s-cos de la
Sixtina, las figuras inmóviles y envaradas, alineadas en filas monótonas,
parece que esperan un último soplo que les dé vida; pero el aliento vivificador
tarda en llegar. Ignoran asimismo la riqueza y el refinamiento del color, y los
personajes de Signorelli, Filippo Lippi, Mantegna, Boticelli, opacos y secos,
se destacan en relieve brusco, de un fondo sin aire. Es necesario que Antonello
de Mesina traiga a Italia la pintura al óleo para que el brillo y la unión de
los tonos fundidos y lustrosos hagan correr la caliente sangre por sus venas.
Es preciso que Leonardo descubra la gradación insen sible de la luz, para que
el aire, al adquirir profundidad, haga emerger las fugitivas redondeces y
en-vuelva los contornos en la suavidad del claroscuro. Al terminar el si-glo XV
es únicamente cuando todos los elementos artísticos, descu-biertos uno a uno,
pueden al fin agruparse, cada cual con su peculiar potencia, en manos del
pintor para manifestar en su concordancia el carácter que el artista ha con
cebido.
Por otra
parte, en la segunda mitad del siglo XVI, cuando declina la pintura, la
convergencia momen tánea que había producido las obras maestras se disocia para
no rehacerse después. Antes faltó por que el artista no era bastante
competente; ahora falta porque el artista ha perdido toda la primitiva
frescura. En vano los Carraccio estudian con una laboriosidad incansable, y
recorren las distintas es que las para traer de ellas los procedimientos más
varios y fecundos; precisamente esa confusión de efectos heterogéneos rebaja
sus obras a un nivel infe-rior. El sentimiento que les anima es flojo y no
tiene potencia para engendrar un conjunto armó nico; piden prestado a unos y a
otros y se arruinan con tantos préstamos. Su saber les perjudica, agru pando en
una obra efectos que nunca pueden hallarse juntos. El Céfalo, de Aní-bal
Carracio, en el Palacio Farnesio, tiene los músculos de un luch a-dor
miguelangelesco, una solidez y una abundancia de carnes enteramente veneciana:
una sonrisa y unas mejillas tomadas del C o-rregio; causa desagrado contemplar
a un atleta que es al mismo tie m-po gordo y coquetón.
El San
Sebastián, de Guido, en el Louvre, tiene el torso del Anti-noo, clásico, bañado
en una luz que por su intensidad recuerda la del Corregio, pero cuyo matiz
azulado lo asemeja a la de Prudhon; tam-bién es desagradable ver un efebo de
palestra, sentimental y encanta-dor. Constantemente en la decadencia la
expresión de la cabeza disuena del cuerpo que la sustenta; encontraréis un aire
de beata, de devoto, de dama mundana, de sigisbé, de modistilla, de paje o de
cria-do, unido a musculaturas agitadas y cuerpos vigorosos. Esta mezco-lanza
produce dioses y santos que son actores insulsos; ninfas y madonas que parecen
las reinas de un salón y, con mayor frecuencia, personajes híbridos que
fluctúan entre ambos tipos y no representan nada en puridad. Incongruencias
semejantes detu vieron largo tiempo la pintura flamenca en medio de su camino,
cuando quiso hacerse italiana con Bernardo Van Orley, Miguel Coxie, Martin
Heemskerk, Franz Floris, Martin de Vos y Otto Venio. Para que el arte flamenco
recobrase el impulso y alcanzase su pleno desarrollo fue preciso que una
vigorosa corriente de inspiración nacional anegase las import a-ciones
extranjeras y diese libre curso a los instintos de la raza. Sólo entonces, con
Rubens y sus contemporáneos, reapareció la idea orig i-nal del conjunto; los
elementos artísticos que no se reunían mas que en una terrible discordancia se
asociaron para completarse, y a los abortos desdichados sucedieron las obras
enteramente viables.
Entre el
ocaso y la iniciación se coloca general mente un período de florecimiento. Pero
ya sea que lo encontremos, como sucede por lo general, hacia la mitad del
período completo, o en el breve intervalo que separa la ignorancia del gusto
falso, ya se halle, como ocurre con frecuencia si se trata de un hombre o una
producción aislada, en un punto excéntrico, siempre la obra maestra es el
resultado de la co n-vergencia total de los efectos. En confirmación de esta
verdad, la hi s-toria de la pintura italiana nos ha dado los más varios y
decisivos ejemplos. Todo el talento del artista se aplica en perseguir esa
fecunda unidad, y su delicadeza de percepción, característica del genio, se
revela plenamente lo mismo en la oposición de los procedi mientos que en la
coherencia de sus concepciones.
Habéis
visto en Leonardo la elegancia suprema y casi femenina de las figuras, la
sonrisa indefinible, la expresión intensa de las fa c-ciones, la superioridad
melancólica o la finura exquisita de las almas, las actitudes estudiadas o
espontáneas, armonizar con la flexibilidad ondulante de los contornos, con la
suavidad misteriosa del claroscuro, con las vagas profundidades de la sombra
creciente, con la gradación insensible del modelado, con la extraña be lleza de
las vaporosas leja-nías.
Habéis
visto en los Venecianos la luz amplia y rica, la consonan-cia sana y alegre de
los tonos opuestos o fundidos, el brillo sensual del color asociándose a la
esplendidez del decorado, a la libertad y mag-nificencia de la vida, a la
energía franca o la patricia nobleza de las testas, al voluptuoso atractivo de
la carne plena y viva, al movimiento fácil y desenvuelto de los grupos, a la
expansión univer sal de la ale-gría. En un fresco de Rafael la sobriedad del
color conviene a la fuerza y solidez escultórica de las figuras, a la
arquitectura serena de los con-juntos, a la gravedad y sencillez de las
cabezas, al movimiento mode-rado de las actitudes, a la sereni dad y elevación
moral de las expresi o-nes. Un cuadro del Corregio es una especie de jardín encantado
de Armida donde la seducción de la luz que se une a la luz, la gracia
caprichosa y acariciadora de las líneas ondulantes o quebradas, de la
deslumbrante blancura o las suaves redondeces de los cuerpos femeni-nos, la
irregularidad atractiva de los rostros, la vivacidad, la ternura, el abandono
en la expresión y el ademán se juntan para realizar el sueño de felicidad
deliciosa y delicada que la magia de un hada y el amor de una mujer disponen
para agradar al amante.
La obra
entera brota de una raíz fundamental; una sensación d o-minante y primitiva
favorece y ramifica hasta el infinito la vegetación complicada de los efectos.
En el Beato Angélico es la visión de la cla-ridad celeste y el concepto místico
de la dicha sobrenatural; en Rembrandt es la idea de la luz agonizante en un
ambiente húmedo y ob s-curo y la olorosa sensación de la realidad implacable.
También hall a-ríamos una idea directriz que determina y concierta las
diferentes líneas, los distintos tipos, la disposición de los grupos, la
expresión, el ademán, el colorido, en la obra, de Rubens y Ruysdael, en la de
Poussin y Lesueur, en la de Prud'hon y Delacroix. La crítica se afana inútil
mente en descubrir todas las consecuencias, ya que éstas son innumerables y
profundas. La vida es una, y lo mismo se manifiesta en las obras del genio que
en las de la naturaleza; en todas penetra, aun en lo infinitamente pequeño, y
el análisis más delica do no puede agotarla. Pero en unas y otras, la
observación atestigua las concorda n-cias esenciales, las dependencias
recíprocas, la dirección final y las armonías de conjunto cuyos pormenores
escapan a la percepción.
VI
Ahora
podemos, señores, abarcar con una ojeada el arte entero y comprender el
principio que asigna a cada obra un puesto determin a-do en la escala de
valores. Quedó establecido en estudios precedentes que el arte es un sistema de
elementos, unas veces creados absoluta-mente, como sucede con la música y la
arquitectura; otras veces toma-dos de la realidad, como ocurre en la
literatura, la escul tura y la pintura; y hemos recordado también que el fin
del arte es manifestar con este conjunto de elementos algún carácter de
importancia. De ello hemos deducido que la obra será tanto mejor cuanto más
importante y dominador sea ese carácter. Distinguimos después en el carácter
dos aspectos, según sea más importante, es decir, más permanente y el e-mental
y más beneficioso, es decir, más adecuado para contribuir a la conservación y
al desarrollo del individuo y del grupo que poseen di-cho carácter. Hemos visto
luego que a estos dos aspectos distintos en la valoración de los caracteres
corresponden dos escalas distintas para apreciar los valores de las obras de
arte. Hicimos notar que ambos aspectos se funden en uno solo y que, en
realidad, el carácter impor-tante o benéfico no es mas que una fuerza única
cuya in tensidad se calcula, ya por los efectos que ejerce en los demás, ya por
el que re-sulta de actuar sobre sí misma. De donde se deduce que, como el
carácter tiene dos géneros de fuerza, tiene también dos clases de valor.
Investigamos más tarde cómo el carácter puede manifestarse con más intensidad
en la obra de arte que en la de la naturaleza y v i-mos que toma mayor relieve
cuando el artista, dueño de todos los elementos de la obra, logra la
convergencia de sus efectos. Aparecía de esta suerte una tercera escala, y
vimos que las obras de arte son más bellas a medida que el carácter se imprime
y se exterioriza en ellas con más intensidad, dominando en la obra entera. Una
obra maestra es aquella que tiene la máxima potencia en su pleno desarr o-llo.
En lenguaje de pintor la obra más grande es la que, esco giendo el carácter de
mayor importancia por natu raleza, intensifica su valor hasta el más alto
límite. Dejad que os diga el mismo concepto en un estilo sin tecnicismos. Los
griegos, nuestros maestros, nos enseñan en esto, como en todo, la teoría del
arte. Mirad las transformaciones su-cesivas que gradualmente han erigido en su
s templos las imágenes del Júpiter mansueto, la Venus de Milo, una Diana
Cazadora, una Juno como la de la Villa Ludovisi, las Parcas del Partenón y
todas las e s-tatuas cuyos restos mutilados sirven todavía para hacernos
com-prender la limitación y errores de nuestro arte. Los tres pasos marc a-dos
en su concepción son exactamente los mismos que nos han condu-cido a nuestra
teoría. En un principio los dioses no son mas que fuerzas elementales y
profundas del universo: la Madre Tierra, los Titanes subterráneos, los corrien
tes Ríos, Júpiter lluvioso, el Hércules-Sol. Un poco después, esos mismos
dioses hacen que brote su humani-dad sepultada en las fuerzas ciegas de la
naturaleza, y Palas comb a-tiente, la casta Artemisa, Apolo libertador,
Hércules vencedor de los monstruos, todas las potencias benéficas, forman el
doble coro de los seres perfectos que los poemas de Homero colocan en tronos de
oro. Muchos siglos transcurren antes de que desciendan a la tierra; es n
e-cesario que revelen sus secretos las líneas y proporciones, durante tanto
tiempo manejadas, para que sean capaces de sostener la carga de la idea divina
que están destinadas a llevar. Por fin los dedos del hombre imprimen en el
mármol y el bronce la forma inmortal; el pr i-mitivo concepto, elaborado en
tiempo remoto en los misterios de los templos, transformado después por los
ensueños de los cantores, al-canza su perfección plena entre las manos del
escultor.
FIN DEL
TOMO IV Y ÚLTIMO DE «LA FILOSOFÍA DEL ARTE»

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