© Libro N° 13287. Filosofía Del Arte. Taine, Hipólito Adolfo.
Tomo III. Emancipación. Diciembre 14 de 2024
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Filosofía Del Arte. Hipólito Adolfo Taine. Tomo III
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Tomo III
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Guillermo Molina Miranda
FILOSOFÍA DEL ARTE
Hipólito Adolfo Taine
Tomo III
Filosofía Del Arte
Hipólito
Adolfo Taine
Tomo III
FILOSOFÍA
DEL ARTE HIPÓLITO ADOLFO TAINE
TOMO III
TRADUCCIÓN: A. CEBRIÁN
Editado
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FILOSOFÍA DEL ARTE CUARTA PARTE
LA ESCULTURA EN GRECIA
Señores:
Durante
los años precedentes os he expuesto la historia de las dos grandes escuelas
originales que han representado, por medio de la pintura, el cuerpo humano: la
escuela italiana y la de los Países Bajos. Réstame, para terminar este curso,
daros a conocer la más grande y de mayor originalidad de todas: la antigua
escuela griega. Ahora no os hablaré de pintura. A excepción de algunos vasos y
mosaicos, y las decoraciones murales de Pompeya y Herculano, los monumentos del
antiguo arte pictórico han desaparecido y no se puede decir nada exacto en
relación con este tema. Por otra parte, para la representación plástica del
cuerpo humano poseía Grecia un arte más nacional, mejor adaptado a las
costumbres y gustos públicos, probablemente más culti- vado y perfecto: la
escultura. La escultura griega es asunto de que nos ocuparemos en este curso.
Desgraciadamente,
en esto, como en todo, la antigüedad no es mas que una ruina. Lo que conocemos
de la estatuaria antigua no es casi nada comparado con lo que se ha perdido.
Sólo existen dos cabezas por las cuales nos figuramos cómo serían los dioses
colosales que ex- presaban las ideas del siglo más glorioso y cuya majestad
henchía los templos. No poseemos ni un trozo auténtico de la obra de Fidias. No
conocemos a Myron, Policleto, Praxiteles, Scopas o Lisipo mas que a través de
copias o imitaciones más o menos directas y problemáticas. Las hermosas
estatuas de nuestros museos son, en general, de la época romana, o datan, a lo
sumo, del tiempo de los sucesores de Alejandro, y aun de éstas, los mejores
ejemplares están mutilados. El museo de reproducciones parece un campo de
batalla después del combate: tor- sos, cabezas, miembros esparcidos.
Sumad a
todo lo dicho anteriormente que las biografías de los grandes maestros faltan
en absoluto. Han sido necesarios prodigios de erudición, llena de ingenio y
perseverancia, para descubrir, en medio de capítulos de Plinio, en algunas
malas descripciones de Pausanias, en ciertas frases aisladas de Cicerón,
Luciano y Quintiliano, la crono- logía de los artistas, la filiación de las
escuelas, el carácter del talento, el desarrollo y las alteraciones graduales
del arte. No disponemos mas que de un medio para llenar tales vacíos. A falta
de la historia especial del arte, tenemos la historia general de Grecia. Ahora,
más que en ninguna ocasión, estamos obligados, para conocer la obra, a estudiar
el pueblo que la ha producido, las costumbres que la determinaron y el medio en
que apareció.
CAPÍTULO
PRIMERO
La raza.
Tratemos,
en primer lugar, de representarnos esta raza con exac- titud, y para ello
observemos el país. Los pueblos conservan siempre la huella del país donde han
habitado, huella que es más profunda si en el momento de establecerse eran
pueblos incultos y jóvenes. Cuando los franceses colonizaron la isla de Borbón
o la Martinica, cuando los ingleses poblaron la América del Norte de Australia,
llevaban consigo armas, instrumentos, artes, industrias, instituciones, ideas,
es decir, una civilización antigua y completa con la cual podían mantener el
tipo adquirido y resistir a los influjos del nuevo medio. Pero cuando un hombre
nuevo e inerme se encuentra entregado en manos de la Naturaleza, ésta le
envuelve, le transforma, le moldea; y la arcilla mo- ral, todavía blanda y
flexible, se moldea y se pliega bajo la presión del medio físico, del cual no
le defiende su pasado. Los filólogos nos muestran una época primitiva en la
cual los indios, los persas, los germanos, los celtas, los latinos y los
griegos tuvieron el mismo idio- ma y grado de cultura; otra época, menos
remota, en la que los latinos y griegos, ya separados de sus demás hermanos,
estaban todavía uni- dos entre sí, conocían el vino, vivían de los pastos y la
labranza, po- seían barcas con remos y habían añadido a las antiguas
divinidades védicas una nueva deidad: Hestia, Vesta, el hogar.
Tales son
los primeros rudimentos de la cultura, y estos pueblos no son ya salvajes, sino
bárbaros. Pero a partir de este momento, las dos ramas, nacidas del mismo
tronco, comienzan a tomar direcciones divergentes. Cuando más tarde volvemos a
encontrarlas, la estructura y los frutos, en vez de ser iguales, son distintos;
y es porque una ha arraigado en Italia y la otra en Grecia. Así nos vemos en la
necesidad de estudiar el ambiente del árbol griego para ver si el aire y el
suelo que le han alimentado pueden explicarnos las particularidades de su forma
y la dirección de su desarrollo.
I
Demos un
vistazo a un mapa. Grecia es una península en forma de triángulo, apoyada por
su base en la Turquía europea, que se destaca avanzando hacia el Sur, penetra
en el mar y se estrecha en el istmo de Corinto, para formar, al cabo, una
segunda península, más meridional todavía, el Peloponeso, que recuerda una hoja
de morera unida por el tallo delgado al continente. Añadid a esto un centenar
de islas y la costa asiática que tiene enfrente; numerosos países pequeños
bordean- do como una franja los grandes continentes bárbaros; un semillero de
islas esparcidas en el mar azul que aparece limitado por esa franja: tal es la
región que mantuvo y formó a este pueblo tan precoz e inteli- gente.
Y el país
era singularmente propicio para esta obra. Al norte del mar Egeo el clima es
duro, parecido al del centro de Alemania. Ru- melia desconoce los frutos del
Mediodía; en su costa no se ven los mirtos. El contraste que se ofrece al
descender hacia el Sur y entrar en Grecia es muy notable. A los 40º, en
Tesalia, comienzan los bosques de hojas siempre verdes; a los 39º en Phtiótida,
el aire tibio del mar y de las costas hace brotar el arroz, el algodón y el
olivo. En la Eubea y el Atica hay ya palmeras; abundan en las Cíclades; en la
costa oriental de Argólida hay espesos bosques de naranjos y limoneros; la
palmera africana vive en un rincón de Creta.
En
Atenas, que es el centro de la civilización griega, los frutos más nobles del
Mediodía crecen sin cultivo. Allí no hiela más que cada veinte años; el gran
calor del estío está mitigado por la brisa del mar. Salvo algunas ráfagas de
Viento de Tracia y las bocanadas del siroco, la temperatura es deliciosa.
Todavía en la actualidad “el pueblo duerme en las calles desde mediados de mayo
hasta fines de septiem- bre; las mujeres pasan la noche en las azoteas.” En un
país como éste se vive al aire libre. Los antiguos pensaban que su clima era un
don de los dioses “¡Suave y clemente, decía Eurípides, es nuestra atmósfera; el
frío del invierno no nos atormenta con sus rigores, y los rayos de Febo tampoco
nos hieren.” Y otra vez añade: “¡Oh vosotros, descen- dientes de Erecteo,
dichosos desde la antigüedad, hijos predilectos de los dioses bienaventurados!
Podéis recolectar en vuestra sacra patria, nunca sometida, la gloriosa
sabiduría como un fruto de vuestro suelo; camináis constantemente llenos de una
grata satisfacción en medio del éter radiante del cielo que os cubre, donde las
nueve Musas, sagradas Piérides, alimentan la Armonía de dorados rizos, vuestra
hija común. También se cuenta que Cipris la diosa ha tomado las ondas del
Iliso, de hermosa corriente, las ha esparcido por todo el país en forma de
céfiros blandos y frescos, y que de continuo, la seductora deidad, coronándose de rosas perfumadas,
envía los amores para que se unan con la venerable sabiduría a fin de sustentar
las obras de todas las virtudes.”
Estas son
bellas frases de un poeta; pero a través de la oda se trasluce la verdad. Un
pueblo formado por clima de tal naturaleza se desarrolla más pronto y más
armónicamente que otro cualquiera; el hombre no se encuentra ni aplanado ni
abatido por el excesivo calor, ni encogido ni apocado por la inclemencia del
frío. No se halla conde- nado ni a la soñadora inercia ni al ejercicio
continuo; no se estaciona- rá en las contemplaciones místicas ni en la barbarie
brutal. Comparad un napolitano o un provenzal con un bretón, un holandés con un
in- dio; veréis claramente cómo la suavidad y moderación del medio físi- co dan
juntamente al alma vivacidad y equilibrio para llevar el espí- ritu ágil y bien
dispuesto hacia el pensamiento y la acción.
Dos
caracteres del suelo colaboran a la misma obra. En primer lu- gar, Grecia es un
laberinto de montañas. El Pindo, su arista central, prolongada hacia el Sur por
el Otrys, el Eta, el Parnaso, el Helicón, el Citerón y sus contrafuertes, forma
una cadena cuyos múltiples anillos van, pasado el istmo, alzándose y
complicándose en el Peloponeso. Más allá, las islas no son sino lomos o cabeza
de montañas emergen- tes. El terreno, muy accidentado, apenas tiene llanuras;
dondequiera afloran las rocas como en nuestra Provenza. Las tres quintas partes
del suelo no son propias para el cultivo. Mirad las vistas y paisajes de
Stackelberg, donde continuamente se ve la roca viva. Riachuelos o torrentes
dejan, entre su lecho medio seco y la roca estéril, una faja estrecha de tierra
vegetal. Herodoto comparaba ya Sicilia y la parte sur de Italia, esas opulentas
nodrizas, con la flaca y austera Grecia, que al nacer «tuvo a la pobreza por
hermana de leche». Especialmente el suelo del Atica es el más pobre de Grecia:
olivos, vides, cebada, un poco de trigo; esto es todo lo que ofrece a sus
habitantes. En esas islas bellísimas de mármol que constelan el mar Egeo,
encontrábase aquí o allá un bosque sagrado de cipreses, laureles y palmas, un
elegante ramillete de verdura, viñedos esparcidos por las pedregosas colinas,
algunas mieses en una rinconada o en una ladera, hermosas frutas en las
huertas; todo lo cual más bien sirve para alegría de los ojos y re- finamiento
de los sentidos que para sustentar el cuerpo con sus nume- rosas necesidades.
Un país como éste produce montañeses esbeltos, activos, sobrios, alimentados de
aire puro. Todavía en la actualidad, el alimento de un labrador inglés bastaría
en Grecia para una familia de seis personas. Los ricos se contentan muy a gusto
con un plato de le- gumbres como comida; los pobres, con un puñado de aceitunas
o un trozo de pescado salado. El pueblo entero come en Pascua la carne para
todo el año.” En este respecto es muy curioso verles en Atenas durante el
verano. «Los paladares refinados se reparten entre siete u ocho una cabeza de
carnero de seis sueldos. Los hombres sobrios compran una raja de sandía o un
gran cohombro, que comen a boca- dos como si fuese una manzana.» No hay
borrachos; todos son gran- des bebedores de agua clara. «Si entran en una
taberna es para char- lar»; en el café piden una taza de café de un sueldo, un
vaso de agua, lumbre para encender el cigarro, un periódico y el dominó, con lo
que tienen para pasar el día entero». Con este régimen no se embota el
espíritu; mermando las exigencias del estómago, aumentan las de la
inteligencia. Ya los antiguos habían advertido el contraste entre Beo- cia y el
Ática y entre un beocio y un ateniense; el uno, alimentado en llanuras
fértiles, de aire denso, acostumbrado a la comida abundante y a las anguilas
del lago Copais, era tragón, bebedor, tardo de inteligen- cia; el otro, nacido
sobre el suelo más pobre de Grecia, satisfecho con una cabeza de pescado, una
cebolla y unas cuantas aceitunas, criado en medio de un aire sutil, transparente,
luminoso, mostraba desde su nacimiento una finura y vivacidad de espíritu
extraordinarias; inven- taba, gozaba, sentía, maquinaba sin cesar, sin
preocuparse mas que de su pensamiento, “que era lo único que parecía tener como
cosa pro- pia.”
Por otra
parte, si Grecia es un país de montañas, es al mismo tiempo un país de costa.
Aunque menor que Portugal, tiene más ex- tensión litoral que España entera. El
mar la penetra por una infinidad de golfos, de entrantes, de huecos, de
dentellones. Si miráis las vistas que traen de Grecia los viajeros, de dos
veces una, aun en el interior, encontraréis siempre la faja azulada del mar, el
triángulo o el semicír- culo luminoso en su horizonte. Generalmente está
encuadrado por rocas que se adelantan o por islas que se aproximan formando un
puerto natural. Tal situación impulsa a la vida marítima, sobre todo cuando el
suelo es pobre y las áridas costas no bastan para alimentar a sus habitantes.
En las épocas primitivas no hay mas que un género de navegación, el cabotaje, y
ningún mar del mundo ofrece más facilida- des que éste para invitar a sus
ribereños a practicarlo. Cada mañana el viento norte se levanta para conducir
los barcos desde Atenas a las islas Cíclades; cada noche el viento contrario
los trae al puerto. Desde Grecia hasta el Asia Menor las islas están colocadas
como las piedras en un vado; con tiempo claro, la nave, que hace este recorrido
tiene siempre tierra a la vista. Desde Corcira se ve Italia; desde el Cabo Maleo,
las cimas de Creta; desde Creta, las montañas de Rodas; desde Rodas, el Asia
Menor; dos días de navegación median entre Creta y Cirene; en tres puede
pasarse desde Creta a Egipto.
Todavía
en la actualidad “los griegos son de madera de marinos.” En este país, que
tiene más de novecientas mil almas, había en 1840 treinta mil marinos y cuatro
mil barcos; casi todo el cabotaje del Me- diterráneo lo hacen los griegos.
Ya en
tiempo de Homero tenían las mismas costumbres; con gran facilidad lanzan un
barco a la mar; Ulises construye uno con sus ma- nos. Van a comerciar, a
merodear en las vecinas costas. Negociantes, emprendedores, aventureros,
viajeros, piratas, lo fueron desde el prin- cipio y durante toda su historia.
Con diestras o enérgicas manos iban a ordeñar las opulentas monarquías de
Oriente o los pueblos bárbaros de Occidente; traían de sus viajes oro, plata,
marfil, esclavos, maderas de construcción, todas las mercancías más preciosas,
compradas a vil precio, y con ellas los inventos y las ideas de los demás; de
Egipto, de Fenicia, de Caldea, de Persia, de Etruria. Tal género de vida pule y
excita la inteligencia de modo extraordinario; esto lo confirma el que todos
los pueblos más precoces, civilizados e ingeniosos de la antigua Grecia, eran
marinos; los jonios del Asia Menor, colonos de la Magna Grecia, corintios,
eginenses, sicionienses y atenienses. Por el contra- rio, los de Arcadia,
encerrados entre sus montañas, permanecieron rústicos y sencillos; de un modo
análogo los de Acarnania, Epiro y Lócrida, que tienen un mar menos favorable y
no poseen el espíritu aventurero, fueron semibárbaros hasta el fin de la
historia de la Grecia clásica; en los tiempos de la conquista romana, sus
vecinos los de Etolia tenían aldeas sin murallas y eran unos feroces
salteadores. El aguijón que había empujado a los demás no había excitado su
inteli- gencia.
He aquí
las circunstancias físicas que desde un principio han sido propicias al
despertar del espíritu. Puede compararse este pueblo con una colmena que,
colocada bajo un cielo clemente, pero en una tierra pobre, aprovecha los
caminos aéreos que se abren ante ella para salir en busca de botín y de
cosecha; forma otros enjambres; se defiende con su destreza y su aguijón;
construye delicados edificios; fabrica una miel exquisita, siempre buscando,
inquieta, agitada, zumbadora, en medio de los tardos seres que la rodean y que
sólo saben pastar bajo la custodia de un amo o luchar sañudamente entre sí.
Todavía
en nuestros días, aunque muy decaídos «tienen tanto in- genio como el pueblo
más inteligente de la tierra, y no hay ningún trabajo intelectual de que no
sean capaces. Comprenden pronto y bien; aprenden con maravillosa facilidad todo
cuanto les place. Los comer- ciantes jóvenes en poco tiempo pueden hablar cinco
o seis idiomas». Los obreros, en algunos meses están en condiciones de aprender
un oficio aunque sea difícil. Todos los habitantes de un pueblo, con sus
autoridades, preguntan y escuchan con curiosidad a los viajeros. «Lo más digno
de notarse es la laboriosidad infatigable de los estudiantes», grandes o
pequeños; los sirvientes hallan manera de examinarse de médicos o abogados sin
desatender sus obligaciones. «En Atenas se encuentran toda clase de
estudiantes, menos los que no estudian.» En este aspecto ninguna raza ha
recibido tan grandes dotes de la Natura- leza, como si todas las circunstancias
se hubiesen reunido para des- envolver su inteligencia y afinar sus facultades.
II
Estudiemos
este dato en su historia. Ya sea en la especulación, ya en la práctica, siempre
se manifiesta el espíritu sutil, hábil, ingenioso.
¡Cosa
extraña! Cuando en el alborear de la civilización el hombre es en todas partes
violento, ingenuo, brutal, uno de sus héroes es el cauto Ulises: el hombre
avisado, previsor, artero, inagotable en ardides, fe- cundo en mentiras; el
diestro navegante que nunca pierde de vista sus intereses. Cuando vuelve de sus
aventuras disfrazado, aconseja a su mujer que se haga regalar por los
pretendientes collares y brazaletes, y no los mata hasta que no le han
enriquecido su casa. Cuando Circe se le entrega o Calipso le propone partir,
les hace prestar primero un juramento a guisa de precaución. Si le preguntan su
nombre, siempre tiene dispuesta y bien tramada alguna nueva historia o
genealogía. La misma Palas, a quien sin conocerla la está contando sus
imaginarios relatos, le admira y le alaba exclamando: “Oh falso engañador,
sutil e inagotable en ardides, ¿quién podrá superarte en tales invenciones a no
ser un dios?” Y los griegos son dignos hijos de su padre: al final, como al
comienzo de la civilización, lo que domina en ellos es el in- genio; siempre
fijó superior al carácter, y actualmente le sobrevive. Una vez Grecia sometida,
apareció el griego dilettante, sofista, retóri- co, escriba, critico, filósofo
a sueldo; más tarde, el gréculo de la do- minación romana, parásito, bufón,
hábil en tercerías, siempre a punto, despierto, cómodo, proteo complaciente,
bueno para todos los oficios, que se pliega a todos los caracteres y sale de
todos los trances apura- dos con una destreza maravillosa; primer antecesor de Scapin,
de Mascarilla y de todos los pícaros que, como no tienen más herencia que su
ingenio, lo utilizan para vivir a costa de los demás.
Volvamos
de nuevo a la época griega más gloriosa y consideremos su obra más alta, la que
les hace acreedores a la simpatía y admiración del género humano: la ciencia.
Porque si los griegos la crearon fue en virtud del mismo instinto o idénticos
anhelos. El fenicio, que es co- merciante, halla fórmulas aritméticas para
hacer sus cuentas. El egip- cio, agrimensor y cantero, tiene procedimientos
geométricos para amontonar los bloques de piedra y para hallar la medida de sus
tierras cubiertas cada año por la inundación del Nilo. El griego recibe de am-
bos la técnica y los procedimientos, pero no le satisfacen; no le basta la
explicación industrial y comercial; es curioso, especulativo; él quie- re
conocer el por qué, la razón de las cosas; busca la prueba abstracta, sigue el
hilo sutil de las ideas que conducen de un teorema a otro. Más de seiscientos
años antes de Cristo Thales se preocupaba de demostrar la igualdad de los
ángulos del triángulo isósceles. Cuentan los anti- guos que Pitágoras tuvo tal
transporte de júbilo al hallar la proposi- ción del cuadrado de la hipotenusa
que prometió una hecatombe a los dioses.
Lo que
les interesaba era la verdad pura; Platón, al ver que los matemáticos de
Sicilia aplicaban sus descubrimientos a las máquinas, les censuró por degradar
la ciencia; según su criterio, debía la ciencia consagrarse a la contemplación
de líneas ideales. Y en efecto, impul- sáronla siempre en un progreso continuo,
sin preocuparse de la utili- dad. Por ejemplo, sus investigaciones acerca de
las propiedades de las secciones cónicas no tuvieron aplicación mas que diez y
siete siglos más tarde, cuando Kepler buscó las leyes que regulan el movimiento
de los planetas. En esta obra, que es la base de todas las ciencias exactas, su
análisis es tan riguroso que todavía hoy en Inglaterra la geometría de Euclides
sirve de manual a los estudiantes.
Descomponer
las ideas, establecer sus relaciones, formar una ca- dena de tal suerte que no
falte ningún eslabón y que la cadena entera esté sujeta a un axioma
incontrastable o a un conjunto de experiencias conocidas; gozar con la forja,
el enlace, el aumento, el ensayo de cada uno de esos eslabones, sin otro que el
deseo de verlos aumentar y comprobar que son fuertes, tal es el don especial
del espíritu griego. Piensan por el placer de pensar, y para esto crean la
ciencia. Ninguna de las que se elaboran en la actualidad deja de sustentarse en
los ci- mientos que los griegos establecieron; muchas veces les debemos la
planta baja de este edificio, en otras ocasiones un ala entera. Una serie de
inventores se desenvuelve en las matemáticas, desde Pitágoras hasta Arquímedes;
en la astronomía, desde Thales y Pitágoras hasta Hiparco y Ptolomeo; en las
ciencias naturales, desde Hipócrates hasta Aristóteles y los anatómicos de
Alejandría; en la historia, desde Hero- doto hasta Tucídides y Polibio; en la
lógica, la política, la moral, la estética, desde Platón, Jenofonte,
Aristóteles hasta los estoicos y neo- platónicos.
Hombres
tan enamorados de las ideas no podían dejar de apasio- narse por las más bellas
de todas: las ideas de conjunto. Durante once siglos, desde Thales a
Justiniano, la filosofía no ha interrumpido ja- más su actividad; siempre un
nuevo sistema florece al lado o por cima de los sistemas anteriores; todavía,
cuando la especulación queda pri- sionera de la ortodoxia cristiana, logra
abrirse camino y brotar a tra- vés de alguna hendedura. “La lengua griega,
decía un padre de la Iglesia, es la madre de las herejías”. En el enorme tesoro
de su saber, donde aun en nuestro tiempo encontramos las hipótesis más fecundas
había tanto pensamiento acumulado, tenían un talento tan certero, que muchas
veces sus conjeturas han coincidido con la verdad.
En este
respecto no hay nada superior a su obra a no ser la afición que sentían por
ella. Dos ocupaciones, a su entender, distinguían al hombre del bruto y al
griego del bárbaro: el cuidado de los negocios públicos y el estudio de la
Filosofía. No hay más que leer el Theages y el Protágoras de Platón para ver
con cuánto entusiasmo, que no decae jamás, los muchachos más jóvenes buscan las
ideas a través de los abrojos y espinas de la dialéctica. Y lo más notable es
su gusto por la dialéctica en sí misma; no se aburren de los rodeos largos;
tanto les interesa la cacería como la pieza cobrada y el viaje como el término
y objeto de él. El griego es más razonador que metafísico o sabio; goza con las
distinciones delicadas, con las analogías sutiles; y tanto sutili- za, que
muchas veces hace gustoso verdaderas telarañas complicadas. En esto nadie le
aventaja. Que la red demasiado tenue y excesiva- mente enrevesada quede sin
utilidad en la práctica y en la teoría, le tiene sin cuidado; está satisfecho
de contemplar los leves hilos que se entrecruzan en mallas imperceptibles y
simétricas.
De este
modo el vicio nacional acaba de poner de manifiesto el talento propio de la
raza. Grecia es la madre de los ergotistas, los so- fistas y los retóricos. En
ningún otro sitio, fuera de este país, se ha visto jamás un grupo de hombres
eminentes y Populares enseñando con éxito y con gloria, como hacían Gorgias,
Protágoras y Polus, el arte de que parezca buena una causa siendo mala, y
sostener, con apa- riencia de razón, una proposición absurda por disparatada
que fuese. Retóricos griegos fueron los que llegaron a hacer el elogio de la
peste, de la fiebre, de las chinches, de Polifemo y de Tersites. Un filósofo
griego pretendía que el sabio sería feliz aun dentro del toro de Falaris. Había
escuelas, como las de Carneades, para enseñar a defender el pro y el contra;
otras, como la de Enesidemo, que establecían no ser nin- guna proposición más
cierta que su contraria. En el legado que hemos recibido de la antigüedad hay
una colección abundantísima de argu- mentos especiosos y paradojas. El sutil
ingenio de los griegos hubiese hallado estrecho el camino de los razonamientos,
a no haber caminado tanto en el sentido del error como en el de la verdad.
Tal es la
finura de espíritu que, trasplantada del razonamiento al campo de la
literatura, formó el gusto «ático», es decir, el sentimiento del matiz, la
gracia ligera, la ironía imperceptible, la sencillez de es- tilo, la facilidad
del discurso, la elegancia de la prueba. Dicen que Apeles, habiendo venido a
ver a Protógenes, no quiso decir su nom- bre; tomó un pincel y trazó en una
tabla preparada una finísima línea sinuosa. Protógenes, a la vuelta, cuando vio
el trazo, dijo que no podía ser mas que de Apeles; después, tomando el apunte,
puso en torno de la línea anterior otra más airosa y sutil, y ordenó que se la
enseñasen al extranjero.
Volvió
Apeles, y avergonzado, al ver que otro le había superado, cortó los dos
contornos anteriores con una tercera línea, cuya finura era muy superior a la
de las otras. Cuando la vio Protógenes, exclamó: “Estoy vencido y voy a abrazar
a mi maestro.”La leyenda que os he contado nos da la idea más aproximada del
espíritu griego. Este es el trazo airoso dentro del cual encierra el contorno
de las cosas; tales son la destreza, la precisión, la agilidad nativas con las
cuales se mueve a través de las ideas para distinguirlas y relacionarlas.
III
Sin
embargo, esto no constituye mas que el primer rasgo caracte- rístico; pero si
volvemos nuestra atención hacia el país, veremos pronto precisarse el segundo.
También en esta ocasión la estructura física del terreno ha impreso en la
inteligencia la huella perceptible, tanto en sus obras como en la historia. En
la tierra de Grecia nada es enorme ni gigantesco; las cosas circundantes no
tienen dimensiones desmesuradas ni aterradoras. Allí no hay nada que se parezca
al monstruoso Himalaya, ni a los inextricables laberintos de vegetación
invasora, a los enormes ríos que describen los poemas indios. Nada que recuerde
tampoco los bosques interminables, las dilatadas llanu- ras, el océano salvaje
e ilimitado del Norte de Europa. La vista puede apreciar sin dificultad la
forma de los objetos y tener de ellos una imagen precisa. Todo en este país es
proporcionado, medido, fácil y claramente perceptible por los sentidos. Las
montañas de Corinto, del Atica, de Beocia, del Peloponeso tienen tres o cuatro
mil pies de altu- ra; sólo algunas llegarán a seis mil pies; es necesario ir
hasta el ex- tremo de Grecia, en el confín norte, para encontrar una cima
parecida a las de los Pirineos y de los Alpes; es el Olimpo, del cual hicieron
los griegos la morada de sus dioses. Los ríos más caudalosos, el Peneo y el
Aquelao, tiene a lo sumo treinta o cuarenta leguas de curso; los de- más no
son, por lo común, mas que arroyos y torrentes. El mismo mar, tan imponente y
amenazador en el Norte, aquí parece más bien un lago. No produce la impresión
de solitaria inmensidad, porque siempre se ve la costa y alguna isla; tampoco
evoca imagen siniestra, ni aparece como un ser terrible y destructor; no tiene
el color blancuz- co, cadavérico o plomizo; no despedaza las costas, no tiene
mareas que cubran las playas de cieno y piedras arrastradas por las olas. El mar
aparece siempre bruñido y, según la frase de Homero, «resplan- deciente, color
de vino o del matiz de las violetas»; las rojizas rocas de la orilla encierran
su brillante superficie en un margen labrado que parece el rico marco de un
cuadro.
Imaginad
las almas jóvenes y primitivas que por toda educación, y como educación
incesante, presencian un espectáculo como éste. Sin duda se acostumbrarán a las
imágenes determinadas y nítidas sin pa- decer la vaga turbación del ensueño
arrebatador, la adivinación in- quietante del más allá. Así se forja el molde
de un espíritu donde to- das las ideas tendrán marcado relieve.
Múltiples
circunstancias de la tierra y del clima colaboran a tal obra. En este país, el
esqueleto geológico es más visible aún que en nuestra Provenza; no queda
atenuado y borroso como sucede en los países húmedos del norte de Francia por
la capa uniforme de tierra laborable y de verdura vegetal. La osamenta de la
tierra, el mármol gris de tono violado aflora en ásperos salientes, se prolonga
en ver- tientes escarpadas y desnudas, destaca sobre el cielo sus recortadas
siluetas, encierra los valles entre sus crestas y picachos, de suerte que el
paisaje, cruzado por vivos pliegues, hendido por brechas y tajos inesperados,
parece el dibujo de una mano vigorosa que, aun en medio de sus fantasías y
caprichos, no pierde nunca la seguridad y precisión. La naturaleza del aire
aumenta todavía la claridad de los contornos; especialmente el ambiente del
Ática es de una transparencia extraor- dinaria. Al doblar el cabo Sunio se
veía, a varias leguas de distancia, el penacho de Palas sobre la Acrópolis. El
Himeto está a dos leguas de Atenas, y el europeo que desembarca allí le parece
que podrá llegar a la montaña dando un paseo antes de almorzar. Los tenues
vapores que flotan siempre en nuestra atmósfera no suavizan allí los lejanos
con- tornos; no se presentan inciertos, medio borrosos, esfumados, sino que se
destacan de los fondos como las figuras de los vasos antiguos.
Contad,
además, con el admirable resplandor del sol, que lleva al límite el contraste
entre la parte iluminada y la que permanece en la sombra, y que añade la
oposición de las masas a la determinación de las líneas. De tal suerte la
Naturaleza, por medio de las formas con que puebla el espíritu, inclina
directamente el griego hacia las concep- ciones definidas y claras; además le
lleva también indirectamente a este fin por el género de asociación política a
que el medio le conduce y le fuerza.
En
efecto, Grecia, comparada con su gloria, es un país muy pe- queño, y aun
parecerá menor si se tiene presente que está muy dividi- da. De un lado la
cadena principal y las derivaciones laterales de las montañas y de otro el mar
la dividen en gran cantidad de provincias distintas, que son verdaderos
recintos amurallados: Tesalia, Beocia, Argólida, Mesenia, Laconia, todas las
islas. En las épocas bárbaras, el mar es difícil de atravesar y los
desfiladeros de las montañas son ex- celentes defensas naturales. Los pueblos
de Grecia pudieron fácil- mente librarse de las conquistas y subsistir unos al
lado de otros como pequeños Estados independientes. Homero enumera unos
treinta, y llegaron a ser varios centenares cuando las colonias se
establecieron y se multiplicaron. Para las miradas modernas, un Estado griego
parece una miniatura. La Argólida tiene ocho o diez millas de largo y cuatro o
cinco de ancho; la Laconia es poco más o menos; la Acaya es una faja estrecha
de tierra sobre el flanco de una montaña que desciende hacia el mar; el Atica
entera no llega a ser como la mitad de uno de los departamentos franceses más
pequeños; el territorio de corinto, de Sicione, de Megara, se reduce a la
extensión de los alrededores de una ciudad. Por lo general, y especialmente en
las islas y en las colonias, el Estado no es mas que una ciudad con una playa y
algunas granjas en las inmediaciones. Desde la acrópolis pueden verse a simple
vista la acrópolis o las montañas del Estado vecino. En un espacio tan li-
mitado, todo es perfectamente claro para el espíritu; la patria moral no tiene
nada de grandioso, ni de abstracto, ni de impreciso, como sucede en nuestra
civilización; los sonidos la pueden percibir, y así se funde con la patria
física; ambas quedan bien definidas en el espíritu del ciudadano con precisos
contornos. Para representarse Atenas, Corinto, Argos o Esparta, evoca la forma
del valle donde se hallan o la silueta de la ciudad. Conoce en ella a todos los
ciudadanos, lo que le permite representarse los pormenores de la vida política;
de igual manera que la forma de su recinto natural le da por adelantado el tipo
medio y claramente definido dentro del cual se encierran todas sus concepcio-
nes.
En tal
respecto consideremos su religión. No tienen el sentimiento del universo
infinito, dentro del cual una generación, un pueblo, un ser limitado, por
grandes que sean, no son mas que un momento, un punto. La eternidad no eleva
ante ellos la pirámide de los miles y mi- llones de siglos, como una montaña
monstruosa a cuyo lado nuestra corta vida no es mas que un grano de arena. No
se preocupan, como los indios, los egipcios, los semitas y los germanos, del
círculo siem- pre renovado de la metempsicosis, ni del sueño eterno y
silencioso de la tumba, ni del abismo sin forma y sin fondo de donde brotan las
criaturas como efímera humareda, ni del Dios único, absorbente y terrible, en
el cual se encuentran todas las fuerzas de la naturaleza y para el cual los
cielos y la tierra no son mas que su tienda o el tapiz de sus pies; ni de esa
potencia augusta, misteriosa e invisible que la vene- ración del corazón
descubre a través de las cosas y más allá de todo cuanto existe.
Las ideas
de los griegos son excesivamente claras y elaboradas con un módulo muy pequeño.
Lo universal no les atañe, o, a lo más, les preocupa sólo a medias; no hacen de
ello un dios, y todavía menos una persona; queda en segundo plano en su
religión; es la Moira, el Aisa, la Eimarmene, en otras palabras, la parte que
corresponde a cada cual. Está determinada de antemano, y ningún ser, ni hombre
ni dios, puede substraerse a los acontecimientos que guarda su destino. En el
fondo ésta es una verdad abstracta: si las Moiras de Homero son diosas, no es
mas que por una ficción; bajo la frase poética, como a través del agua
transparente, se ve aparecer el encadenamiento indisoluble de los hechos y los
contornos indestructibles de las cosas. Nuestras ciencias admiten estas
deidades en su seno, puesto que la idea griega del destino no es otra cosa que
las ideas modernas de la ley. Todo está deter- minado, dicen nuestras fórmulas,
y esto es lo que había presentido su adivinación.
Cuando
explanan esta idea es para fortificar más y más los límites que impone a los
seres. De la obscura potencia que rige el destino ha- cen su Némesis, que
humilla a los soberbios y reprime todos los de- sórdenes. “Nada con exceso”,
decía una de las grandes sentencias del oráculo. Permanecer alerta contra los
vehementes deseos, temer la felicidad completa, defenderse de todos los
delirios, conservar siempre la mesura; he aquí los consejos que dan los poetas
y pensadores del tiempo más glorioso. En ningún otro país ha sido tan
clarividente el instinto y la razón tan espontánea. Cuando, al despertar la
reflexión, tratan de concebir el mundo, lo hacen a imagen de su espíritu. Es el
orden, el Kosmos, la armonía, una bella y regular disposición de las cosas que
subsisten y se transforman por sí mismas. Más tarde los estoicos lo han de
comparar con una gran ciudad gobernada por las mejores leyes. No hay aquí lugar
para los dioses inconmensurables y vagos, ni para los despóticos y devoradores.
El vértigo religioso no entra en los espíritus que han concebido un mundo de
tal naturaleza. Sus dioses pronto se hacen hombres; tienen padre, hijos,
genealogía, historia, vestiduras, palacios, un cuerpo semejante al nuestro;
pueden sufrir y ser heridos. Los más altos, como el propio Zeus, han conocido
su advenimiento y acaso verán también el fin de su reinado. En el escudo de
Aquiles, que representaba un ejército, «los hombres mar- chaban conducidos por
Ares y Atenea, los dos de oro, vestidos de oro, hermosos y altos como corresponde
a los dioses, porque los hombres eran más pequeños». En realidad, entre ellos y
los mortales no hay casi mas que esa diferencia. Repetidas veces en la Odisea,
cuando Ulises o Telémaco encuentran de un modo inesperado a un personaje bello
y de aventajada estatura, le preguntan si es un dios.
Dioses
tan humanos no traen la inquietud al espíritu que los ha concebido. Homero los
maneja como le place; hace que intervenga Atenea en menudos oficios, ya para
indicar a Ulises la casa de Alei- noo, ya para señalar el sitio donde ha caído
su disco. El poeta teólogo circula en su mundo divino con la libertad y la
sencillez de un niño que juega. En ocasiones se divierte y ríe; cuando muestra
a Ares sor- prendido con Afrodita, Apolo bromea y pregunta a Hermes si querría
encontrarse en lugar de Ares. «Quieran los dioses, ¡oh divino arquero Apolo!,
que tal cosa suceda; que sea envuelto en lazos tres veces más intrincados y que
todos los dioses y las diosas me vean, siempre que yo esté junto a la rubia
Afrodita.» Leed el himno en que Afrodita vie- ne a ofrecerse a Anquises y sobre
todo el himno a Hermes, que desde el día de su nacimiento es inventor, ladrón y
embustero como un grie- go, pero con tal gracia, que el relato del poeta parece
el pasatiempo de un escultor. Entre las manos de Aristófanes, en las Ranas y en
las Nubes, Hércules y Baco son tratados aún con más ligereza. Por este camino
se llega a los dioses decorativos de Pompeya, a las bromas lin- das y
divertidas de Luciano, a un Olimpo de adorno, de salón y de teatro. Los dioses,
que viven tan cerca de los hombres, pronto se con- vierten en sus camaradas y,
más tarde, en su juguete. El espíritu tan claro, que para ponerlos a su alcance
les ha despojado del infinito y del misterio, reconoce en ellos sus criaturas y
se divierte con los mitos que su propio talento ha fabricado.
Volvamos
ahora nuestras miradas hacia la vida práctica. El griego no sabe, como el
romano, subordinarse a una gran unidad, a una ex- tensa patria que se concibe,
pero que no se ve. No ha superado la for- ma de asociación en la que el Estado
es ciudad. Sus colonias son due- ñas de sí mismas; reciben de la metrópoli un
pontífice y miran siem- pre la ciudad madre con una emoción filial; a esto se
reduce su depen- dencia: son hijos emancipados, parecidos al joven ateniense
que, al llegar a la virilidad, no depende de nadie y entra en posesión de sí
mismo; en tanto que las colonias romanas no son mas que puestos militares,
parecidas al joven romano que, con esposa, magistrado y aun cónsul, siente
constantemente en el hombre el peso de la firme diestra de su padre y la
autoridad despótica de la cual sólo una triple venta puede libertarle.
Abdicar
su voluntad, someterse a lejanos magistrados que no co- noce, considerarse como
parte de un vasto conjunto, olvidarse de sí mismo por un gran interés nacional,
y con la continuidad necesaria, esto nunca pudieron hacerlo los griegos. Se
aíslan unos de otros, tie- nen rivalidades entre sí; cuando Darío y Jerjes
llegan a invadir el país, les cuesta trabajo unirse. Siracusa rechaza todo
auxilio porque no le han otorgado el mando; Tebas se pone de parte de los
Medos. Cuando Alejandro los reúne por la fuerza para reconquistar el Asia, los
lace- demonios no acuden al llamamiento. Ninguna ciudad logra agrupar a las
demás formando una confederación bajo sus normas; sucesiva- mente Esparta,
Atenas y Tebas fracasan en la empresa. Antes que obedecer a sus compatriotas,
los vencidos van en busca de dinero a Persia y hacen al gran rey solemnes
acatamientos. En cada ciudad los partidos distintos se destierran
sucesivamente, y los proscritos, como en las repúblicas italianas, tratan de
volver a su patria por la violencia y con la ayuda del extranjero. Grecia,
dividida de esta suerte, fue con- quistada por pueblos semibárbaros, pero
disciplinados, y la indepen- dencia de cada ciudad vino a acabar en la
servidumbre de la nación entera.
Esta
caída no fue un accidente, sino un resultado fatal. Tal como los griegos
entendían el Estado, era demasiado pequeño, insuficiente para resistir el
empuje de las grandes masas exteriores; era una obra de arte, ingeniosa,
perfecta, pero frágil. Sus pensadores más grandes, Platón y Aristóteles,
reducen la ciudad a un grupo de cinco o diez mil hombres libres que viven en
sociedad. Atenas tenía veinte mil; un número mayor es para su criterio una
turba; no piensan que una aso- ciación más amplia pueda estar bien organizada.
Una acrópolis cu- bierta de templos, consagrada por los huesos de los héroes
que funda- ron la ciudad y las imágenes de los dioses nacionales; un ágora, un
teatro, un gimnasio, algunos millares de hombres sabios, bellos, valerosos y
libres, ocupados en «la filosofía o los negocios públicos», ser- vidos por
esclavos que cultivan la tierra y desempeñan los oficios, tal es la ciudad que
imaginan; admirable obra de arte, que cada día, en Tracia, en las costas del
Euxino, de Italia, de Sicilia, aparece ante sus miradas, y fuera de la cual
toda otra forma de sociedad le parece con- fusión y barbarie, pero cuya
perfección estriba en su pequeñez, y que en medio de las brutales sacudidas del
conflicto humano no se sosten- drá mucho tiempo.
A todos
estos inconvenientes corresponden otras tantas ventajas. Si en sus concepciones
religiosas falta gravedad y grandeza; si un só- lido fundamento, garantía de
larga duración, se echa de menos en sus instituciones políticas, están, en
cambio, libres de las deformaciones morales que la grandeza de la religión o
del Estado impone a la natu- raleza humana. Fuera de este país, siempre la
civilización ha roto el equilibrio natural de las facultades; ha desarrollado
algunas con de- trimento de las otras; ha sacrificado la vida presente a la
vida futura; el hombre, a la divinidad; el individuo, al Estado; ha producido
el fakir de la India, el funcionario egipcio y el de la China, el hombre de
leyes y el legionario romano, el monje de la Edad Media, el súbdito, el
administrado, el burgués de los tiempos modernos. Bajo el influjo de esta
presión, el hombre unas veces se ha visto empequeñecido, otras exaltado, y a
veces han coincidido los dos aspectos, se ha convertido en rueda de una gran
maquinaria o se ha sentido aniquilado ante el infinito.
En Grecia
se han sometido las instituciones a su naturaleza, en vez de someter ésta a las
instituciones; se han convertido en un medio y no en un fin, utilizándolas para
su armónico y total desenvolvi- miento; y así ha podido ser el griego al mismo
tiempo poeta, filósofo, crítico, magistrado, pontífice, juez, ciudadano y
atleta; ejercitar sus miembros, su ingenio y su gusto; reunir en sí mismo
veinte géneros de talento sin que ninguno de ellos dañe a los demás; ser
soldado, sin degenerar en autómata: bailarín y cantor, sin convertirse a
figurante de teatro; pensador y letrado, sin sentirse hombre de biblioteca y de
gabinete; decidir de los asuntos públicos, sin conferir su autoridad a ningún
representante; honrar a los dioses, sin encerrarse en las fór- mulas de un
dogma, sin inclinarse bajo la tiranía de un ser omnipo- tente y sobrehumano,
sin abismarse en la contemplación de una divi- nidad universal e indefinida.
Parece
como si, habiendo determinado la silueta clara y precisa del hombre y de la
vida humana, prescindiese de todo lo demás y, ante la visión nítida del hombre
y de su existencia, pensase: “Este es el hombre real; un cuerpo activo y
sensible dotado de pensamiento y voluntad; y la vida real son los sesenta o
setenta años que median en- tre los vagidos de la infancia y el silencio de la
tumba. Tratemos de hacer que ese cuerpo sea tan ágil, tan fuerte, tan sano, tan
bello como sea posible; tratemos de desplegar el pensamiento y la voluntad en
el conjunto de todas las acciones viriles; adornemos la vida con toda la
belleza que los sentidos refinados, el talento fácil, el alma vibrante y altiva
sean capaces de crear y de apreciar.» Fuera de esto no ven nada, y si hay algo
más allá, es para los griegos como el país de los Cimme- rianos de que habla
Homero, pálida región de los muertos, envuelta en nieblas angustiosas, donde
débiles fantasmas vienen como murciéla- gos, en bandadas y con agudos gritos, a
henchir y calentar sus venas sorbiendo en el foso la roja sangre de las
víctimas. La estructura de su espíritu ha encerrado deseos y esfuerzos en un
espacio limitado y alumbrado por la luz del sol. En esta arena, tan luminosa y
circuns- crita como la de un estadio, veremos desenvolverse toda su actividad.
IV
Para
lograr lo que nos proponemos, volvamos otra vez a contem- plar el país a fin de
tener una impresión de conjunto. Es una tierra hermosísima, que dispone el alma
a la alegría y lleva al hombre a considerar la vida como una fiesta. Hoy no
queda mas que su esqueleto. Lo mismo, y aun más, que Provenza, ha sido
despojada, arañada y casi podríamos decir raída; la tierra se ha desmoronado;
la vegetación se ha hecho escasa; la roca viva y áspera, apenas salpicada de
algunas raquíticas malezas, ocupa casi todo el espacio y cubre las tres cuartas
partes del horizonte. Sin embargo, podemos tener una idea de lo que sería
siguiendo las costas aun intactas del Mediterráneo entre Hyéres y Tolón, entre
Nápoles y Amalfi. Pero hemos de añadir a estos paisajes un cielo más azul, un
aire más diáfano, formas más puras y armonio- sas en las montañas. Parece que
el invierno no existe en este país. Los alcornoques, los olivos, los naranjos,
los limoneros y los cipreses for- man en las hondonadas y en las laderas de las
gargantas un eterno paisaje estival; llegan hasta el borde de las aguas, y en
febrero, en al- gunos sitios, las naranjas que se desprenden de las ramas caen
encima de las olas. No existe la bruma y casi nunca llueve; el aire es tibio;
el sol, hermoso y grato. El hombre no se ve forzado, como en los climas del
Norte, a defenderse de las inclemencias del cielo a fuerza de in- ventos
complicados; empleando el gas, las estufas, los trajes dobles, triples y
cuádruples; las aceras, los barrenderos y todas las demás in- numerables
precauciones con las cuales consiguen hacer habitable la cloaca de fango
hediondo, en la cual, a no ser por sus cuidados y sus ordenanzas municipales,
chapotearía indefectiblemente. No es ne- cesario inventar salas de espectáculos
ni decoraciones de ópera. Le basta con mirar alrededor, y la Naturaleza se las
ofrece más hermosas que todas las que el arte pudiese imaginar. En Hyéres, en
enero, veía yo levantarse el sol detrás de una isla; la luz creciente llenaba
el aire; de pronto, en lo alto de una roca brotaba una llamarada; el enorme
cielo de cristal extendía su bóveda sobre la llanura inmensa del mar, sobre las
innumerables ondulaciones del agua, sobre el potente azul de las olas, por
donde se extendía un arroyo de oro; por la tarde las montañas lejanas tomaban
tonalidades de malva, de lila, de rosa de té. En el verano, la claridad del sol
llena el aire y el mar de un resplandor tal, que los sentidos y la imaginación,
anegados con tanta hermosura, se creen transportados a una triunfal apoteosis o
a la gloria celeste. Todas las olas resplandecen; el agua toma colores de
piedras precio- sas: turquesas, amatistas, zafiros, lapislázulis, ondulantes y
movedizos bajo la blancura universal e inmaculada del cielo. En esta inundación
luminosa hemos de representarnos las costas de Grecia como gráciles vasos de
mármol diseminados en medio del azur.
No es de
extrañar que encontremos en el carácter griego un fondo inagotable de alegría y
de buen humor; ese anhelo de felicidad intensa y sensible que todavía en
nuestro tiempo podemos observar en los na- politanos y, por lo general, en
todos los pueblos meridionales. El hombre sigue de continuo el movimiento que
le imprime en un princi- pio la naturaleza, porque las aptitudes y las
tendencias que establece definitivamente dentro de sí mismo son aquellas
aptitudes y tenden- cias que satisface diariamente. Algunos versos de
Aristófanes os re- velarán esa sensualidad tan manifiesta, tan ligera y tan
brillante. Se trata de aldeanos atenienses que celebran la vuelta de la paz.
“¡Qué alegría, qué dicha poder quitarse el casco y dejar de una vez los quesos
y las cebollas! A mí no me gusta pelear, sino beber con amigos y ca- maradas,
ver como chisporrotea el fuego de ramas secas cortadas en el verano, asar los
garbanzos en las brasas, tostar los hayucos, acariciar a Thratta, la moza,
mientras que mi mujer está en el baño. Nada hay más grato, cuando ya se ha
hecho la sementera y el dios la riega con la lluvia, que hablar de este modo
con el vecino: Dime, Comárquides,
¿qué
haremos? Me agradaría mucho que bebiéramos mientras Zeus fecunda la tierra.
Vamos, mujer, pon a secar tres medidas de habas, añádeles un poco de trigo,
elígenos unos higos sabrosos; hoy no es posible podar la viña ni deshacer
terrones porque el suelo está empa- pado. Que nos traigan de casa el mirlo y
los dos pinzones; todavía deben quedar allí calostros y cuatro pedazos de
liebre. Muchacho, tráenos tres y dale el otro a mi padre; pídele a Equinades
ramas de mirto con sus frutos y, al mismo tiempo, que cualquiera se llegue al camino
y dé una voz a Carinades para que venga a beber con nosotros mientras el dios
nos ayuda, haciendo brotar nuestras semillas... ¡Oh venerable y regia diosa!
¡Oh Paz, soberana de los corazones, soberana de las bodas, recibe nuestros
sacrificios!... Haz que abunden en nues- tros mercados las cosas apetecibles,
las hermosas cabezas de ajo, los cohombros tempranos, las manzanas, las
granadas. Que lleguen a la plaza los beocios cargados de gansos, de patos, de
pichones, de alon- dras; que las anguilas del lago Copais vengan a cestos, y
que empuján- donos, apresurándonos para anticiparnos a comprarlas, alrededor de
las banastas, luchemos con Moricos, Teleas y los demás glotones... Corre de
prisa al festín, Dicoeopolis... el sacerdote de Dionysos te in- vita...
Apresúrate, porque te está esperando. Todo está dispuesto: me- sas, lechos,
cojines, coronas, perfumes, golosinas para el postre. Ya han llegado las
cortesanas y con ellas los pasteles, bollos, hermosas danzarinas, todas las delicias.”
Corto en
este punto la cita, que se hace demasiado expresiva; la sensualidad antigua y
la sensualidad meridional tienen ademanes muy atrevidos y frases excesivamente
precisas.
En tal
disposición de espíritu, está el hombre muy cerca de tomar la vida como una
diversión. En manos de los griegos, las ideas y las instituciones más serias se
hacen rientes; sus dioses son “los felices dioses que no han de morir”. Viven
en las cumbres del Olimpo “que los vientos no azotan, ni son nunca mojadas por
la lluvia, adonde la nieve no se acerca jamás, donde se muestra el cielo sin
nubes, donde corre con ligereza la blanca luz”. Allí, en un palacio
deslumbrador, sentados en tronos de oro, beben el néctar y se alimentan de
ambrosía, mientras que las Musas “cantan con sus acordadas voces”. Un festín
eterno a plena luz, esto es el cielo para un griego, y, por tanto, la vida más
bella es la que más se asemeja a esta vida de los dioses. Para Ho- mero, el
hombre feliz es el que «puede gozar de su juventud florida y llegar al umbral
de la vejez». Las ceremonias religiosas son un gozoso banquete en el cual los
dioses están satisfechos porque tienen su porción de carne y de vino. Las
fiestas más augustas son representaciones de ópera. La tragedia, la comedia,
los coros de danza, los juegos gim- násticos son una parte del culto. No
imaginan que para honrar a los dioses sea necesario mortificarse, ayunar, orar
estremecidos, proster- narse llorando sus culpas, sino, por el contrario, que
es preciso tomar parte en su júbilo, ofrecerles el espectáculo de los hermosos
cuerpos desnudos, engalanar para los dioses la ciudad, elevar el hombre hasta
la altura divina, sacándole por un momento de su condición mortal, con el
concurso de todas las magnificencias que el arte y la poesía pueden ofrecer.
Para los griegos ese “entusiasmo” es la piedad, y des- pués de haber desbordado
por la tragedia del lado de las emociones grandiosas y solemnes, se expansiona
aún en la comedia del lado de las bromas desatinadas y de la licencia
voluptuosa. Es necesario haber leído Lisistrata y la Fiesta de las Tesmoforias
de Aristófanes para imaginar los arrebatos de la vida animal, para comprender
que se ce- lebraban públicamente las fiestas Dionisíacas, que se bailaban
danzas lascivas en el teatro; que en Corinto, mil cortesanas servían el templo
de Afrodita, y que la religión consagraba todo el escándalo, todo el vértigo de
una kermesse y de un carnaval.
Desenvolvieron
la vida, social con igual facilidad que la vida reli- giosa. El romano
conquista para adquirir; explota los pueblos venci- dos como administraría una
granja, como un hombre de negocios, con método y estabilidad. El ateniense
navega, desembarca, combate, sin fundar nada, irregularmente, según el impulso
del momento, por nece- sidad de acción, por empuje imaginativo, por espíritu de
aventura, por deseo de gloria, para tener el gusto de ser el primero entre los
griegos. Con el dinero de sus aliados, el pueblo embellece la ciudad, encarga
templos a sus artistas, teatros, estatuas, decorado, procesiones; goza todos
los días y con todos sus sentidos de la fortuna pública. Aristófa- nes le
divierte con la caricatura de su política y de sus magistrados. Tiene gratis la
entrada en el teatro; al terminar las Dionisíacas le re- parten el dinero que
sobra en caja de las contribuciones de los aliados.
Pronto se
hace pagar por venir a juzgar en los dicasterios, por asistir a las reuniones
públicas. Todo es suyo: obliga a los ricos que le provean de coros, actores,
representaciones y los espectáculos más hermosos. Por muy pobre que sea, tiene
sus baños, sus gimnasios pagados por el Tesoro, tan agradables como los de los
caballeros. Al final ya no quie- re pasar ningún trabajo y paga mercenarios
para que hagan la guerra en su lugar; si se ocupa de política, es para charlar;
escucha a los ora- dores como un dilettante, y asiste a sus debates, a sus
recriminaciones, a sus torneos de elocuencia, como a una riña de gallos. Juzga
de los méritos y aplaude los golpes certeros. El negocio que más le preocupa es
tener fiestas, bien entendidas; decretó la pena de muerte para aquel que
propusiera emplear en la guerra el dinero que estaba destinado a las fiestas
públicas. Sus generales eran sólo de parada. «Excepto uno que va a la guerra-
dijo Demóstenes-, los demás decoran vuestras fiestas en el séquito de los sacrificadores.»
Cuando es necesario equi- par la flota y hacerla partir, nadie se decide, o se
decide muy tarde; por el contrario, para las procesiones, las representaciones
públicas, todo está previsto, ordenado, exactamente realizado como es necesario
y a la hora señalada. Poco a poco, bajo el influjo de la sensualidad primitiva,
el Estado se ha convertido en una empresa de espectáculos, encargada de ofrecer
goces poéticos a gente de buen gusto.
De un
modo análogo, en la filosofía y en la ciencia sólo quisieron coger la flor de
las cosas; no tuvieron la abnegación del sabio moderno que emplea todo su
talento para esclarecer un punto oscuro en la eru- dición; que observa durante
diez años seguidos una especie animal; que realiza y comprueba incesantemente
sus experimentos y que, con- finado por su voluntad, en un trabajo ingrato,
pasa la vida ocupado en labrar pacientemente dos o tres sillares que se
emplearán en levantar un inmenso edificio, el cual no ha de ver acabado, pero
que será útil a las generaciones futuras. En Grecia la filosofía es una
conversación; nace en los gimnasios, bajo los pórticos, en las avenidas
bordeadas de plátanos; el maestro habla paseando, y los discípulos le
acompañan.
Todos se
lanzan, de un vuelo a las más altas conclusiones, porque es para ellos un
placer tener ideas de conjunto; lo que les produce tal satisfacción, que sólo a
medias se ocupan en construir un camino sóli- do y bien trazado; sus pruebas no
son en muchas ocasiones mas que verosímiles. En suma, son gentes especulativas,
que se emplean en caminar por las cumbres, recorriendo en un instante, como los
dioses de Homero, una vasta extensión desconocida y que abarcan el mundo entero
de una sola ojeada. Un sistema es algo como una ópera su- blime, ópera para
espíritus comprensivos y curiosos. De Thales a Pró- culo, la filosofía griega
se ha desenvuelto, como sus tragedias, en tor- no de treinta o cuarenta temas
principales, a través de una infinidad de variantes, de amplificaciones y
combinaciones. La imaginación filosófica ha manejado las ideas y las hipótesis
corno la imaginación mitológica manejaba los dioses y las leyendas.
Si
pasamos de considerar sus obras a considerar sus procedimien- tos, hallaremos
también la misma disposición de espíritu. Son tan sofistas como filósofos; les
gusta ejercitar su inteligencia por el placer de ejercitarla. Una distinción
sutil, un largo análisis delicadísimo, un argumento capcioso y difícil de
desembrollar les atrae y les retiene. Se divierten y gastan tiempo en la
dialéctica, las argucias y las paradojas; no tienen toda la seriedad necesaria;
si emprenden una investigación, no es para un resultado firme y definitivo; no
aman la verdad de un modo único, absoluto, olvidando y despreciando todo lo
demás. Es una pieza que algunas veces cobran en sus cacerías; pero cuando se
les oye razonar, pronto se comprende que, aun sin confesarlo, prefieren la
cacería a la pieza cobrada, la cacería, con las destrezas, los ardides, los
rodeos, el ímpetu y el sentimiento de la acción libre, aventurera y triunfal
que comunica a los nervios y a la imaginación del cazador. “¡Oh griegos,
griegos- decía un sacerdote egipcio a Solón-, sois unos niños!” Y
efectivamente, jugaron con la vida, con todas las cosas gra- ves de la vida, la
religión y los dioses, la política y el Estado, la filo- sofía y la verdad.
V
Y por eso
precisamente han sido los artistas más grandes del mundo. Tuvieron la
encantadora libertad de espíritu, la desbordante alegría inventiva, la graciosa
embriaguez de imaginación que lleva de continuo al niño a fabricar y manejar
constantemente pequeños poe- mas sin más fin que dar rienda suelta a sus
facultades nuevas y llenas de vida que siente de pronto despertarse en su
interior. Los tres rasgos más importantes que hemos deslindado en su carácter
son justamente los que constituyen el espíritu y el talento del artista.
Delicadeza en la percepción, aptitud para advertir las relaciones más
delicadas, sentido del matiz; tales son los medios que le permiten construir
conjuntos de formas, de colores, de sonidos, de acciones, es decir, elementos y
por- menores tan bien ligados entre sí, por relaciones íntimas, que su orga-
nización se convierte en algo vivo que supera en el mundo imaginario la armonía
profunda del mundo real. Necesidad de una claridad ab- soluta; sentido de la
medida; horror a lo vago y abstracto; desdén de lo enorme y monstruoso; gusto
por los contornos precisos y definidos, tales son los medios que le inclinan a
encerrar sus concepciones en formas fácilmente asequibles a la imaginación y a
los sentidos y, por tanto, a crear obras que todas las razas y todos los
tiempos pueden en- tender y que, por lo mismo que son humanas, serán eternas.
Amor y culto a la vida presente; comprensión de la potencia humana; anhelo e
serenidad y alegría: estos son los medios que le llevan a evitar la re- presentación
de la miseria física y de las enfermedades espirituales, a retratar la salud
del alma y la perfección del cuerpo y a sustentar la belleza adquirida de la
expresión en la belleza fundamental del sujeto. Tales son los rasgos
distintivos de todo el arte griego. Una ojeada a su literatura, comparada con
la de Oriente, la de la Edad Media y la de los tiempos modernos; una lectura de
Homero, comparada con la Divina Comedia, el Fausto o las epopeyas indias; el
estudio de su prosa, comparada con la prosa de todos los demás países y épocas,
os con- vencería de lo que acabo de decir.
Al lado
de su estilo literario, todos parecen enfáticos, pesados, inexactos, violentos;
al lado de los tipos morales que han creado, los demás tipos resultan
excesivos, tristes, enfermizos; junto a los cuadros poéticos y oratorios, todo
cuadro que no proceda de lo griego es des- proporcionado, incoherente,
dislocado para la obra que contiene.
Pero nos
falta espacio y tenemos que elegir un ejemplo entre cien que podrían
presentarse. Consideremos lo que aparece ante la vista y que impresiona las
miradas al llegar a la ciudad; ya comprenderéis que me refiero al templo. Por
lo común está en una altura, que es la acrópolis, sobre un pedestal de roca,
como en Siracusa, o en un cerro, que fue, como en Atenas, el primer lugar de
refugio y el primitivo emplazamiento de la ciudad. Se le ve desde todo el llano
y las colinas próximas; las naves le saludan de lejos al acercarse al puerto.
Se des- taca íntegro y con nitidez en el aire diáfano. No se halla, como las
catedrales de la Edad Media, apretado y ahogado por las hileras de casas,
disimulado y medio oculto a las miradas, apenas visible mas que en los pormenores
y las partes más altas. Su base, sus flancos, toda su masa y proporciones
aparecen en conjunto. No es necesario adivinar la totalidad por una muestra
pequeña, sino que la colocación del templo griego le da las proporciones justas
ante los sentidos del hombre. Para que nada falte a la claridad de la
percepción, es de di- mensiones medianas o pequeñas. Entre los templos griegos
sólo hay dos o tres tan grandes como la Magdalena. Nada parecido a los enor-
mes monumentos de la India, Babilonia y Egipto, a los palacios su- perpuestos y
aglomerados, al dédalo de avenidas, recintos, salas y co- losos, cuya
inmensidad acaba por producir en el espíritu la inquietud y el deslumbramiento.
Nada parecido a las gigantescas catedrales que cobijaban bajo sus naves a la
población entera de una ciudad, las cua- les, aun cuando estén en una altura,
no puedan ser abarcadas en conjunto por la vista, cuya silueta no se determina
con precisión y en las que para darse cuenta de la armonía de conjunto es
necesario el plano que la muestre en toda su integridad.
El templo
griego no es un lugar de reunión, sino la morada parti- cular de un dios; un
relicario para su imagen, la custodia de mármol que encierra una sola estatua.
A cien pasos del recinto sagrado que le rodea se percibe la dirección y el
enlace de sus líneas principales. Además son éstas tan simples que basta una
mirada para comprender el conjunto. Ninguna complicación, extravagancia ni
rebuscamiento en tales edificios; es un rectángulo rodeado de un peristilo de
colum- nas; tres o cuatro formas elementales de la geometría bastan para to-
do, y la simetría de la composición las acentúa repitiéndolas o con-
trastándolas. El coronamiento del frontón, el acanalado de los fustes, la talla
del capitel, todos los accesorios y pormenores concurren a mostrar, con más
relieve, el carácter propio de cada elemento; y la diversidad de la policromía
acaba de determinar con precisión todos estos valores.
En los
diversos rasgos enumerados habréis reconocido la necesi- dad fundamental de las
formas definidas y claras. Otra nueva serie de caracteres os demostrará la
finura de tacto y la exquisita delicadeza de sus percepciones. Existe un lazo
entre todas las formas y las dimen- siones de un templo, como entre todos los
órganos de un cuerpo vivo; y los griegos acertaron a encontrar ese lazo fijando
el módulo arqui- tectónico, el cual, dado el diámetro de una columna, determina
su altura y, como consecuencia, el orden a que pertenece la base, el ca- pitel,
la separación de columnas y la economía general del edificio. Han alterado
intencionadamente la tosca rigidez de las formas mate- máticas y las han
adaptado a las misteriosas exigencias de la vista, engrosando la columna con
una sabia curva a los dos tercios de su elevación, abombando todas las líneas
horizontales e inclinando hacia el centro las verticales del Partenón, con lo
cual se libertaron de la simetría, absolutamente mecánica; han construido sus
Propileos con dos alas desiguales, y también los santuarios del Erecteo tienen
niveles distintos. Supieron entrecruzar, alterar, animar en cierto modo los
planos y los ángulos, de tal suerte que comunican a la geometría ar-
quitectónica la gracia, la diversidad, lo imprevisto, la flexible fluidez de la
vida y, sin aminorar el efecto de las masas, han bordado en la superficie una
trama elegantísima de ornamentación pintada y escul- pida. En este respecto no
hay nada comparable a su gusto maravilloso, a no ser la ponderación que reina
en él; supieron reunir dos cualidades que parecen antitéticas: la riqueza
extremada y la estricta sobriedad. Nuestros actuales sentidos no alcanzan tal
delicadeza, y sólo a medias y gradualmente llegamos a enterarnos de la
perfección de sus obras.
Ha sido
necesaria la exhumación de Pompeya para que llegásemos a tener una idea
aproximada del vivo y armonioso encanto de la deco- ración mural, y en nuestros
días un arquitecto inglés ha medido la imperceptible inflexión de las
horizontales levemente henchidas y de las perpendiculares convergentes que
producen la suprema belleza del más hermoso templo griego. Nos encontramos ante
ellos como un oyente vulgar ante un músico que ha nacido para la música y se ha
educado en ella; la ejecución tiene tanta delicadeza, tan puros sonidos, tal
plenitud en los acordes, tantas sutilezas de intención, tales aciertos
expresivos, que el oyente con pocas dotes y mala preparación no coge sino lo
más burdo, y sólo de vez en cuando. Nos queda únicamente la impresión total, y
esta impresión, conforme al genio de la raza, es como la de una fiesta gozosa y
tonificante.
La
criatura arquitectónica es en Grecia sana y absolutamente via- ble; no necesita
que acampe a su sombra una colonia de canteros o albañiles que reparen
incesantemente su ruina incesante; no pide prestado el apoyo de las bóvedas a
los contrafuertes exteriores; no le es preciso una armadura de sostener el
prodigioso andamiaje de hierro para sus campanarios labrados y recortados, para
sujetar a los muros el maravilloso y complicado encaje, la frágil filigrana de
piedra. No es obra de la imaginación sobreexcitada, sino de la razón lúcida;
está hecha para durar por sí misma sin ayuda de nadie. Casi todos los tem- plos
de Grecia se hallarían intactos si no hubiese intervenido en su destrucción la
brutalidad o el fanatismo de los hombres. Los templos de Poestum están en pie
desde hace veintitrés siglos, y fue la explosión de un polvorín lo que dividió
en dos el Partenón. Entregado a sus pro- pias fuerzas, el templo griego
persiste y se sostiene; lo que se com- prende al ver su sólida traza; la masa
le da coherencia en vez de con- tribuir a su ruina. Sentimos que los distintos
miembros están en equi- librio porque el arquitecto ha manifestado la
estructura interna por medio del exterior sensible, y las líneas que agradan a
la vista con sus armoniosas proporciones son precisamente las líneas que
satisfacen a la inteligencia con promesas de eternidad. Añadid a este aspecto
de la resistencia el de la elegancia y facilidad; el edificio griego no se pro-
pone sólo perdurar, como las construcciones egipcias. No se encuentra agobiado
por el peso de su mole, como un Atlas terso y fornido, sino que se desarrolla,
se levanta, se yergue, como el cuerpo hermoso de un atleta con quien coinciden
el vigor con la delicadeza y la serenidad. Fijémonos también en sus adornos,
los escudos de oro que brillan co- mo estrellas en el arquitrabe, las acroteras
de oro, las cabezas de león que resplandecen a la luz del sol, los hilos
dorados, y algunas veces los esmaltes que serpentean en los capiteles; la capa
de bermellón, de minio, de azul, de ocre pálido, de verde, de todos los tonos
vivos o apagados que, unidos y en oposición, como en Pompeya, producen en la
vista, la sensación de la sana alegría meridional. Contad, pues, por fin, los
bajorrelieves, las estatuas de los frontones, de las metopas y del friso y,
sobre todo, la efigie colosal de la cella interior; todas las esculturas de
mármol, de marfil y de oro; todos los cuerpos heroicos o divinos que ponen ante
las miradas de los hombres las imágenes aca- badas de la fuerza varonil, de la
perfección atlética, de la virtud mili- tante, de la noble sencillez, de la
serenidad inalterable, y así tendréis una primera idea del genio y del arte en
Grecia.
CAPITULO
II
El
momento.
Necesitamos
ahora dar un paso más y considerar un nuevo carác- ter de la civilización
griega. No sólo un habitante de la antigua Grecia es un griego, sino que además
es un hombre de la antigüedad; no se diferencia de un inglés o de un español
por la diversidad de raza que trae consigo distintas inclinaciones y aptitudes,
sino que se diferencia de un inglés, de un español y de un griego contemporáneo
por hallarse colocado en una época anterior de la historia, con ideas y
sentimientos muy distintos de los nuestros. Nos precedió y vamos siguiendo sus
pasos. No construyó su civilización sobre la nuestra, sino que, al con- trario,
ésta fue cimentada, sobre la civilización griega y otras muchas. Vivió en la
planta baja del edificio del cual actualmente habitamos el segundo o tercer
piso, lo cual produce infinitas consecuencias en nú- mero e importancia ¿Puede
haber algo más distinto que la vida al ni- vel del suelo, con todas las puertas
abiertas hacia el campo, y la vida encerrada entre las cuatro paredes de un piso
estrecho, encaramado en lo alto de una casa moderna? Tal contraste puede
expresarse en breves palabras; vida, y su espíritu eran sencillos; nuestra vida
y nuestro espí- ritu son muy complicados. Por consiguiente su arte es más
sencillo que el nuestro, y la idea que tienen del alma y del cuerpo del hombre
les ofrece materia para realizar obras que nuestra civilización no pue- de
producir.
I
Basta
dirigir una ojeada sobre lo más externo de la vida griega pa- ra comprender
toda su sencillez. La civilización, al correrse hacia el Norte, ha tenido que
proveer a muchas necesidades de las que no ha- bía de preocuparse en los
primeros puntos meridionales donde se esta- bleció. En un clima húmedo o frío
como el de la Galia, Germania, In- glaterra, América del Norte, el hombre
necesita comer más; las casas han de ser más sólidas y más hospitalarias; los
trajes, más fuertes y de más abrigo; es indispensable más fuego y más luz; más
defensas con- tra la intemperie, más víveres, instrumentos e industrias.
Forzosa- mente ha de convertirse en un hombre industrioso, y como las exigen-
cias aumentan al satisfacerlas, consume las tres cuartas partes del es- fuerzo
en proporcionarse el bienestar. Pero las comodidades que con- quista son otras
tantas trabas con que se sujeta y se convierte en escla- vo de la comodidad.
¡Cuántas
complicaciones en el traje de un hombre de nuestro tiempo! ¡Y cuánta
complicación, mayor todavía, en el de la mujer, aun de la clase media! Dos o
tres armarios no bastan a contener todos sus complicados atavíos. Fijaos en que
ahora siguen nuestra moda las da- mas de Nápoles y Atenas. Un palicaro lleva
también un indumento tan excesivo como el nuestro. La civilización del Norte,
al influir sobre los pueblos atrasados del Mediodía, ha llevado a esos países
el traje del norte y centro de Europa, de una complicación superflua; y es
necesa- rio internarse en las regiones más apartadas o descender a las clases
sociales más humildes para encontrar en Nápoles los lazzaroni en- vueltos en
una especie de manto o las mujeres de Arcadia vestidas con una simple túnica;
es decir, para tropezar con gentes que subordinen y reduzcan el vestido a las
estrictas exigencias de su clima.
En la
antigua Grecia, una túnica corta y sin mangas, para el hom- bre, y una túnica
larga y doble desde los hombros a la cintura, para la mujer, constituyen la
parte principal del traje, a lo que puede añadirse un trozo cuadrado de tela
para envolverse o un velo para salir a la calle en el tocado femenino, y
sandalias con frecuencia; Sócrates, no las llevaba mas que en los días de
festín, a menudo el griego iba des- calzo y con la cabeza descubierta. Todas
estas vestiduras pueden qui- tarse en un momento, no oprimen el talle, sino que
indican las formas del cuerpo: el desnudo aparece por los intersticios y en los
movimien- tos. Se despojan de sus ropas en los gimnasios, en el estadio y en
mu- chas danzas solemnes. «Es costumbre de los griegos- dice Plinio- el no
querer ocultar cosa alguna». El traje no es para ellos mas que un accesorio
holgado, que permite al cuerpo moverse libremente y que puede desaparecer, si
se desea, con una gran rapidez.
Idéntica
sencillez en la segunda envoltura de cuerpo, es decir, en la habitación.
Comparad una casa de Saint-Germain o de Fontaine- bleau con una casa de Pompeya
o de Herculano, esas dos lindas ciuda- des que, con relación a Roma,
desempeñaban la misma función que Saint-Germain o Fontainebleau desempeñan en
relación con París. Contad todo lo que compone en la actualidad una casa
aceptable: la gran edificación de piedra con dos o tres pisos; ventanas con sus
co- rrespondientes vidrios, papeles, tapicería, persianas, dobles cortinas y
hasta triples en ocasiones; estufas, chimeneas, alfombras, lechos, asientos,
muebles de todas clases, y los innumerables cachivaches úti- les o de lujo.
Poned frente a este cúmulo de cosas los muros endebles de una casa de Pompeya;
las diez o doce habitaciones pequeñas, agru- padas en torno de un patio donde
murmura un hilillo de agua; las de- licadas pinturas, los bronces primorosos.
Es un albergue grato y lige- ro, sólo para dormir durante la noche o pasar la
hora de la siesta en el centro del día, gozando de una frescura deliciosa,
mientras las mira- das se entretienen siguiendo los arabescos delicados y con
la bella armonía de color. El clima no pide otra cosa. En los siglos más
glorio- sos de Grecia aun eran mucho más limitadas las necesidades de este
género. Muros blanqueados que un ladrón podía atravesar sin dificul- tad; sin
pintura alguna, aun en los tiempos de Pericles; un lecho con algunas telas, un
cofre, unos cuantos hermosos vasos pintados, las armas colgadas y una lámpara
de estructura primitiva. Una casita pequeña, con un solo piso muchas veces,
bastaba para un noble atenien- se; vivía casi siempre fuera, al aire libre,
bajo los pórticos, en el ágora o en los gimnasios; y los edificios públicos,
donde se desenvolvía su vida pública, estaban tan sobriamente alhajados como su
propia casa. En lugar de un palacio como las Cámaras o el de Westminster de
Londres, con toda su complicada distribución, los asientos, el alum- brado, la
biblioteca, el buffet, múltiples secciones y servicios, no hay mas que una
plaza vacía, el Pnyx, con algunos escalones de piedra que sirven de tribuna al
orador.
Ahora
estamos construyendo una Ópera, y necesitamos una gran fachada, cuatro o cinco
vastos pabellones, vestíbulos, salones y corre- dores de todas clases, un
amplio espacio para la concurrencia, un es- cenario enorme, unos desvanes
gigantescos para guardar las decora- ciones y una infinidad de palcos y de
habitaciones para la administra- ción y los artistas; gastaremos cuarenta
millones y la sala será capaz para dos mil espectadores. En Grecia, un teatro
contenía cincuenta mil y costaba veinte veces menos que los nuestros, porque la
Naturaleza generosamente sufragaba todos los gastos. El flanco de una colina,
donde se dibujaba la gradería circular; un altar en el centro, y en lo más bajo
un gran muro esculpido, como el de Orange, para que resue- ne la voz del actor;
el sol por toda iluminación, y como decoración lejana, unas veces, el mar
resplandeciente; otras, grupos de montañas vestidas de luz. Los griegos sabían
llegar hasta la magnificencia por la sobriedad y atender a sus placeres, como a
todos sus asuntos, con per- fección inaccesible a nuestras prodigalidades de
dinero.
Pasemos
ahora a las construcciones morales. Actualmente un Es- tado comprende treinta o
cuarenta millones de hombres, esparcidos en un territorio que mide a lo ancho y
a lo largo muchos centenares de leguas. Tal estructura le da una gran solidez,
pero en cambio es más complicado, y para desempeñar una función cualquiera los
hombres tienen que estar especializados. Por consiguiente, los cargos públicos
necesitan especialización como todo lo demás. La gran masa de los habitantes no
interviene en los asuntos generales mas que de cuando en cuando, por medio de
las elecciones. Viven o vegetan en las pro- vincias, sin poder formar una
opinión personal ni exacta; limitados a impresiones vagas y emociones ciegas;
obligados a ponerse en manos de personas más instruidas, que envían a la
capital para que les repre- senten y decidan la paz, la guerra y los impuestos.
“Una sustitución análoga se produce en cuanto se refiere a la religión, la
justicia, el ejército y la marina. En cada uno de estos servicios tenemos grupos
de personas especializadas; es necesario un largo aprendizaje para de- sempeñar
los cargos que corresponden a un corto número de ciudada- nos. No tomamos parte
en estas funciones y tenemos delegados que, elegidos por los mismos ciudadanos
o por el Estado, combaten, nave- gan, juzgan o rezan por nosotros. Y no puede
suceder de otro modo, porque los servicios son muy complejos para que pueda
cualquiera realizarlos sin preparación; es preciso que el sacerdote pase por el
Seminario; el magistrado, por la Facultad de Derecho; el marino y el militar,
por las escuelas especiales, el cuartel y el barco; el empleado, por los
exámenes y las oficinas.”
Por el
contrario, en un Estado tan pequeño como la ciudad griega, cualquier hombre
está en disposición de desempeñar las funciones públicas; la sociedad no se
divide en funcionarios y administrados; no hay burgueses que hacen vida
retirada, sino ciudadanos activos. El ateniense decide por sí mismo de los
intereses generales; cinco o seis mil ciudadanos escuchan a los oradores y
votan en la plaza pública, que es la plaza del mercado. Allí se viene lo mismo
para hacer decre- tos y leyes que para vender el vino y las aceitunas; el
campesino no tiene mucho más trayecto que recorrer que el hombre de la ciudad,
porque todo el territorio no abarca mas que la extensión actual de los
arrabales en nuestras ciudades. Además, los asuntos de que se trata están a su
alcance; son intereses de campanario, puesto que la ciudad constituye todo el
Estado. No le cuesta trabajo entender la conducta que ha de seguirse con Megara
o Corinto; le basta recurrir a su experiencia personal y a las impresiones de
cada día; y no necesita para nada ser un político de profesión, versado en la
geografía y la historia, la estadística y tantos otros utilísimos
conocimientos. De un modo análogo realiza la función del sacerdocio en su casa
y de vez en cuan- do las de pontífice de su patria o de su tribu; porque la
religión es para un griego un hermoso cuento de niños, y las ceremonias que
celebra consisten en danzas o cantos que sabe desde pequeño, o en un festín que
preside de determinada manera. Es también juez en las dicasterias en lo civil,
en lo criminal y en lo religioso; abogado, con la obligación de defender su
casta. Un meridional, un griego es por naturaleza de espíritu despierto;
siempre habla bien y con gusto; las leyes aun no se han multiplicado ni forman
enrevesados códigos y compilaciones; las conoce en líneas generales, y los que
acuden ante el tribunal se las recuerdan; y, sobre todo, la costumbre le
permite escuchar su instinto y su buen sentido, sus emociones y sus pasiones,
por lo menos tanto como el estricto derecho y los argumentos legales.
Si fuese
rico, sería empresario. Ya hemos visto que el teatro grie- go es menos
complicado que el nuestro, y para hacer ensayar las dan- zas, los coros, los
actores, un griego, un ateniense, siempre tiene buen gusto. Rico o pobre, es
soldado; como el arte militar es todavía muy sencillo y se desconocen las
máquinas de guerra, la guardia nacional es el ejército. Y hasta los tiempos
romanos no lo ha habido mejor. Para constituirlo y formar el soldado perfecto
se necesitan dos condi- ciones, y ambas son resultado de la educación general,
sin preparación especializada, sin instrucción militar, sin disciplina ni
ejercicios de cuartel. De una parte, quieren que cada soldado sea el mejor
gladiador posible, con el cuerpo más robusto, más flexible y más ágil; el mejor
dispuesto para herir, para defenderse y el más diestro en la carrera. De esto
se encargan los gimnasios, que son los colegios de la juventud; allí aprenden
todo el día durante largos años el arte de luchar, saltar, correr, lanzar el
disco, y metódicamente se ejercitan y endurecen los miembros y los músculos.
Por otra parte, desean que los soldados sepan marchar, correr, hacer toda
suerte de evoluciones en buen orden, de lo cual se ocupa la orquéstrica. Todas
las fiestas nacionales y reli- giosas enseñan a los niños y a los muchachos la
manera de formar y deshacer los grupos: en Esparta, el coro de danza pública y
la compa- ñía militar están calcados de un mismo patrón. Preparado de tal
suerte por las costumbres, se comprende que el ciudadano sea soldado sin ningún
esfuerzo y desde el primer momento.
También
será marino sin mucho más aprendizaje. En aquel tiem- po una nave de guerra no
era mas que un barco de cabotaje con una tripulación cuando más de doscientos
hombres y que no pierde nunca de vista las costas. En una ciudad que tiene un
puerto y vive del co- mercio marítimo no hay nadie que no sepa hacer la
maniobra de un barco, nadie que no conozca anticipadamente o aprenda con
facilidad las señales del tiempo, los cambios del viento, las posiciones y las
distancias; toda la técnica y todos los accesorios que un marinero o un oficial
de marina no saben sino después de diez años de estudio y de práctica.
Todas
estas particularidades de la vida en la antigüedad arrancan de una misma raíz:
la extraordinaria sencillez de una civilización sin precedentes; y todas
producen un solo resultado, a saber: la maravillo- sa sencillez del alma bien
equilibrada, en la cual ninguna aptitud ni inclinación ha sido desarrollada en
detrimento de las otras; espíritu que no se ha sometido a ninguna influencia
exclusiva y que ninguna función especial ha deformado. En la actualidad
conocemos el hombre culto y el inculto, el hombre de la ciudad y el de la
aldea, el provin- ciano y el parisiense, sin contar además tantas especies
distintas como clases sociales, profesiones y oficios existen, considerando
siempre al individuo metido en la casilla que le corresponde y acosado por las
necesidades que ficticiamente se ha creado. El griego, menos artifi- cial,
menos especialistas, menos alejado del estado primitivo, actuaba en un círculo
político más proporcionado a las facultades humanas y vivía en medio de
costumbres favorables a la vitalidad de las facultades animales; más cerca de
la vida natural y menos esclavo de la civi- lización acumulada, era un hombre
más completo.
II
Pero todo
esto no es sino el ambiente circundante y los moldes externos que contribuyen a
modelar el individuo. Penetremos ahora en el interior del mismo individuo;
lleguemos hasta sus sentimientos e ideas, y aún quedaremos más impresionados al
ver la distancia que les separa de nuestro propio pensar y sentir. Dos culturas
distintas deter- minan siempre las ideas y sentimientos: la cultura religiosa y
la cultu- ra laica, y ambas actuaban en un mismo sentido, entonces para hacer-
los sencillos, ahora para complicarlos de un modo creciente. Los pue- blos
modernos son cristianos, y el cristianismo es una religión pro- ducto de una
segunda etapa de la civilización que contradice el ins- tinto natural; puede
compararse este movimiento religioso a una con- tracción violenta que ha
desviado la actitud primitiva del alma huma- na. En efecto, declara que el
mundo es malo y el hombre está corrom- pido, y, ciertamente, en el siglo en que
apareció el cristianismo era ésta una verdad indubitable. Es necesario que el hombre,
según el criterio cristiano, cambie de camino. La vida presente no es mas que
un destierro; volvamos nuestros ojos a la patria celestial. Nuestro fon- do
natural es vicioso; reprimamos, pues, todas nuestras inclinaciones naturales y
mortifiquemos nuestra carne. La experiencia de los senti- dos y el razonamiento
de los sabios son insuficientes y engañosos; tomemos como antorcha que nos guíe
en las tinieblas la revelación, la fe, la inspiración divina. Por medio de la
penitencia, el renuncia- miento y la meditación hagamos que se desarrolle en
nosotros el hom- bre espiritual y que nuestra vida sea un continuo y
apasionado, esperar la liberación, un abandono continuado de nuestra voluntad,
un suspiro incesante hacia Dios, un pensamiento de amor sublime, algunas veces recompensado
por el éxtasis y la visión del más allá. Durante catorce siglos el anacoreta y
el monje eran los modelos ideales que se debían imitar. Para medir toda la
potencia de semejantes ideales y la enorme transformación que impone a las facultades
y a las costumbres huma- nas, deben leerse sucesivamente el gran poema
cristiano, los grandes poemas del paganismo: de un lado, la Divina Comedia; de
otro, la Odisea y la Ilíada. Dante tiene una visión; se siente transportado
fuera de nuestro mundo perecedero, a las regiones eternas; allí ve todas las
torturas, las expiaciones, las delicias. Es presa de angustias y terrores
sobrehumanos; todo cuanto la imaginación frenética y refinada de justiciero y
de verdugo pueden inventar, aparece a sus ojos, sufre con los tormentos y
desfallece de dolor. Luego sale de las profundas tinie- blas, sube a la luz; su
cuerpo es ingrávido, y vuela involuntariamente atraído por la sonrisa de una
dama resplandeciente; escucha a las al- mas, que no son sino voces y melodías
flotantes; contempla los coros, la rosa de luz viva formada por las virtudes y
potencias celestes; las palabras sagradas, los dogmas de la verdad teológica
resuenan en el espacio. En las encendidas alturas donde la razón se deshace
como la cera, el símbolo y la aparición, confundidos y entrelazados, terminan
en un místico deslumbramiento, y el poema entero, infernal o divino, es un
sueño que comienza como una pesadilla para terminar en el éxtasis.
¡Cuánto
más natural y más sano es el espectáculo que nos presenta Homero! Es la
Troyade, la isla de Itaca, las costas de Grecia; todavía en la actualidad se
pueden seguir sus pasos; se reconocen los perfiles de las montañas, el color
del mar, las fuentes rumorosas, los cipreses, los olmos donde anidan las aves
marinas; ha sabido copiar la Natura- leza estable y permanente; por todas
partes en su obra huellan las plantas el suelo firme de la verdad. Su libro es
un documento históri- co, porque sus contemporáneos tenían las costumbres que
ha descrito; el mismo Olimpo no es sino una familia griega. No tenemos
necesidad de violentarnos o exaltarnos para reconocer en nosotros mismos los sentimientos
que expresa ni para imaginar el mundo que pinta; com- bates, viajes, festines,
discursos públicos, conversaciones privadas, todas las escenas de la vida real;
amistad, amor paterno y conyugal, necesidad de gloria y de acción; cólera,
calma, afición a las fiestas, alegría de vivir, todas las emociones y las
pasiones del hombre natu- ral. Se encierra en el círculo visible que en cada
generación halla la experiencia humana; a esto sólo se ciñe; este mundo le
basta, y es el único que le importa. El más allá no es otra cosa que la morada
in- cierta de las vanas sombras. Cuando Ulises, al encontrar a Aquiles en la
región de Hades, le felicita por ser también el primero entre las sombras,
Aquiles le responde: “No me hables de la muerte, glorioso Ulises. En más
estimaría ser labrador y servir por un salario a un hombre sin hacienda, que
pasase mil trabajos para sustentarse, en más estimaría tal suerte que mandar a
todos los muertos que han vivido. Háblame más bien de mi glorioso hijo; dime si
ha sido el primero en el combate.” Así, más allá del sepulcro le preocupa
todavía la vida presente. “El alma del raudo Aquiles se alejó entonces a
grandes pasos por la pradera de asfódelos, gozosa al saber de mis labios que su
hijo era ilustre y valeroso.” En todas las épocas de la civilización griega el
mismo sentimiento reaparece con diversos matices: su mundo es el que se ilumina
con la luz del sol; el moribundo tiene como consuelo y esperanza que le
sobrevivan en plena luz sus hijos, su gloria, su sepul- cro, su patria. “El
hombre más dichoso que he conocido- decía Solón a Creso- es Tellos de Atenas,
porque su ciudad goza de próspera fortu- na; tuvo hijos hermosos y buenos, que
han tenido asimismo otros hijos y han sabido conservar sus bienes mientras él
vivió; habiendo tenido la suerte dichosa de morir gloriosamente, porque,
combatiendo los de Eleusis con los de Atenas, salió Tellos en auxilio de los de
su ciudad y murió haciendo huir a los enemigos; los atenienses le sepultaron
por cuenta del Estado en el mismo sitio donde cayó y le hicieron grandes
honores.” En tiempo de Platón, Hippias, intérprete de la opinión po- pular,
dice también: “Lo más hermoso en todos los tiempos, para todos los hombres y en
todos los lugares, es tener riquezas y salud, ser considerado entre los
griegos, y llegar así a la ancianidad, y después de haber cumplido con decoro
los últimos deberes para con sus padres, ser también llevado a la tumba por sus
descendientes con idéntica so- lemnidad.”
Cuando la
reflexión filosófica viene a detenerse en el más allá, no parece tampoco
terrible, infinito, desproporcionado con la vida pre- sente, tan indubitable
como ésta, inagotable en suplicios o en delicias, espantoso abismo o gloria
angélica. “En la muerte- decía Sócrates a sus jueces- tiene que ocurrir una de
estas dos cosas que os expongo: o bien el que muere ya no es nada y no tiene
sensación alguna, o bien la muerte es, según se dice, un tránsito, el paso del
alma desde este mundo a otro lugar. Si cuando se muere ya no hay ninguna
sensación y se entra en una especie de sueño, en que ni siquiera se sueña,
enton- ces morir es una maravillosa ventaja; porque, según creo, si alguien
eligiese entre sus noches una parecida a la noche tranquila en que se duerme
profundamente y sin ensueños y la comparase con los demás días y noches de su
vida para averiguar si en todas estas horas hubo algunas más dulces que
aquellas, me figuro que no tendría gran tra- bajo en hacer la cuenta, y eso que
no sólo hablo ahora de un hombre vulgar, sino del gran rey. Si la muerte es
así, digo que al morir se ga- na, porque de esta manera todo el tiempo después
de la muerte no es mas que una larga noche. Pero si la muerte es el tránsito a
otro lugar donde se hallan todos los muertos reunidos, ¿qué mayor bien, ¡oh
jue- ces!, puede imaginarse? Si un hombre al llegar a la región de Hades, libre
de los que aquí se llaman jueces, encontrase allí jueces verdade- ros, aquellos
que según nos cuentan juzgan en ese lugar, Minos, Ra- damanto, Eaco, Triptolemo
y todos aquellos semidioses que fueron justos en vida, ¿por ventura sería este
cambio muy lamentable? Vivir con Orfeo, Hesiodo, Museo y Homero, ¿a qué precio
compraríamos dicha semejante? Para mí, si esto es cierto, deseo mil veces
morir.” Así, en uno y otro caso “debemos esperar confiados la muerte.” Veinte siglos
después, Pascal, volviendo a plantearse el problema, ante la misma
incertidumbre, no veía para el incrédulo otra esperanza que “la horrible
alternativa de ser aniquilado eternamente o ser eternamente desgraciado”. Tal
contraste nos muestra bien a las claras la enorme alteración que desde hace
diez y ocho siglos ha trastornado el alma humana. La perspectiva de una
eternidad de penas o de bienaventu- ranza ha roto su equilibrio; hasta terminar
la Edad Media, bajo esta presión inconmensurable ha fluctuado como una balanza
desquiciada, unas veces en lo más alto, otras en lo más bajo, siempre en los
extre- mos. Cuando, hacia el Renacimiento, la naturaleza oprimida se ha
enderezado de nuevo y ha recobrado su ascendiente, se encuentra frente a la
antigua doctrina ascética y mística, que trata de hundirla, no sólo con la
tradición y sus instituciones mantenidas o renovadas, sino aun más con el
profundo y duradero trastorno que había llevado al alma dolorida y a la
imaginación sobreexcitada. Todavía en nuestro tiempo la lucha subsiste; hay en
nosotros y en torno nuestros dos mo- rales, dos conceptos de la naturaleza y de
la vida; y este conflicto in- cesante nos hace sentir cuál sería el bienestar
armonioso de un mundo joven en el cual los instintos naturales se desplegaban
intactos y rectos al amparo de una religión que favorecía su desenvolvimiento
en lugar de reprimirlo.
Si la
cultura religiosa ha superpuesto a nuestras inclinaciones es- pontáneas
sentimientos en desacuerdo con ellas, la cultura laica ha enredado nuestro
espíritu en un laberinto de ideas elaboradas, extra- ñas a nosotros. Comparad
la primera y más poderosa educación, la que proporciona el idioma, tal como
Grecia la poseía y como se halla entre nosotros. Las lenguas modernas,
italiano, español, francés, in- glés, son verdaderos dialectos, restos deformes
de un hermoso idioma que una larga decadencia había corrompido y que
importaciones y mezclas acabaron de alterar y confundir.
Recuerdan
esos edificios construidos con los restos de un templo antiguo y algunos
materiales recogidos al azar; en efecto, con piedras latinas, mutiladas,
agrupadas en otro orden; con guijarros del camino y tal cual trozo de argamasa,
hemos construido el edificio en que vi- vimos; primero, castillo gótico; ahora,
casa moderna. Nuestro espíritu puede vivir así, porque dentro de esos muros se
ha formado; pero ¡con cuánta más holgura se movían los griegos dentro de los
suyos! No es fácil comprender de pronto nuestras palabras, que tienen un
sentido general: no son transparentes, no dejan ver su raíz, el hecho sensible
de donde arrancan. Es necesario que nos expliquen términos que en otro tiempo
el hombre entendía sin esfuerzo y por la sola virtud de la analogía: género,
especie, gramática, cálculo, economía, ley, pensa- miento, concepto y tantos
otros. Aun en el alemán, donde este defecto queda aminorado, falta muchas veces
el hilo conductor. Casi todo nuestro vocabulario filosófico y científico es
extranjero; para em- plearlo con propiedad nos vemos obligados a saber el
griego o el latín, y generalmente lo empleamos mal. Ese vocabulario técnico ha
inser- tado gran cantidad de palabras en la conversación corriente y en el
estilo literario; de todo lo cual resulta que actualmente hablamos y pensamos
con términos pesados y difíciles de manejar. Nos llegan ya hechos y enteramente
aceptados; los repetimos por rutina; empleá- moslos sin medir su alcance y sin
apreciar el matiz, y no expresamos sino aproximadamente lo que deseamos decir.
Un escritor necesita quince años para aprender a escribir, no con talento, que
eso no se aprende, sino con claridad, soltura, propiedad y precisión. No tiene
más remedio que sondear o profundizar diez o doce mil voces y expre- siones diversas,
saber sus orígenes, su filiación, sus alianzas; recons- truir de nuevo y sobre
un plano original todas sus ideas y todo su espí- ritu. Si no lo ha hecho así y
quiere razonar acerca del derecho, el de- ber, la belleza, el Estado y todos
los grandes intereses humanos, tro- pieza caminando a tientas; se enreda en las
frases vagas y grandiosas, en los lugares comunes sonoros, en las fórmulas
abstractas y repelen- tes. Considerad a este propósito los periódicos y los
discursos de los oradores populares. Esta es precisamente la situación de los
obreros inteligentes, pero que no han tenido una educación clásica; no son
dueños de las palabras, y, por tanto, tampoco lo son de las ideas; ha- blan una
lengua culta que no les pertenece; para ellos es poco clara, con lo cual se le
enturbia también el espíritu, porque no han tenido tiempo de irla filtrando
gota a gota. Enorme desventaja de que se ha- llaban libres los griegos, para
los cuales no mediaba ninguna distancia entre el idioma de los datos sensibles
y el del puro razonamiento, entre la lengua que hablaba el pueblo y la que
empleaban las personas doc- tas, ya que una era continuación de la otra. No hay
un solo término en un diálogo de Platón que fuese ininteligible para un
muchacho al salir del gimnasio; no hay una sola frase en una arenga de
Demóstenes que no pueda alojarse en su casilla adecuada, en el cerebro de un
herrero o de un campesino de Atenas.
Tratad de
traducir en un griego correcto un discurso de Pitt o de Mirabeau, y aun un
trozo de Addison o de Nicole, y tendréis necesidad de pensarlo de nuevo y hacer
toda una serie de transformaciones: os veréis forzados a hallar, para decir las
mismas cosas, expresiones más próximas a los hechos y a la experiencia
sensible. Una luz más intensa acentuará las líneas de todas las verdades y
todos los errores; lo que antes os parecía natural y claro, ahora quedará a
vuestros ojos como afectado y borroso, y comprenderéis, por la fuerza del
contraste, por qué los griegos, cuyo instrumento del pensar era de una gran
senci- llez, cumplían mejor su cometido con menor esfuerzo.
Por otra
parte, al mismo tiempo que el instrumento, la obra se ha complicado de un modo
desmedido. Además de las ideas de los grie- gos, tenemos todas las que se han
fabricado desde diez y ocho siglos a esta parte. Desde un principio nos hemos
visto recargados con nues- tras numerosas adquisiciones. Al salir de la
barbarie brutal, al des- puntar la Edad Media, el espíritu ingenuo que apenas
balbucía tuvo que abarcar como pudo los restos de la antigüedad clásica, de la
anti- gua literatura eclesiástica, de la espinosa teología bizantina, de la
vasta y sutil enciclopedia de Aristóteles, refinada y obscurecida por los comentaristas
árabes. A partir del Renacimiento, la antigüedad restau- rada vino a superponer
todos sus conceptos a los nuestros, muchas veces embrollando nuestras ideas:
imponiéndonos a tuerto y a derecho su autoridad, sus doctrinas y ejemplos;
haciéndonos latinos y griegos por la lengua y por el corazón, como los letrados
italianos del siglo XV; prescribiéndonos la manera de hacer dramas y el modo de
expre- sarnos en el siglo XVII; sugiriéndonos sus máximas y sus utopías po-
líticas como en el tiempo de Rousseau y de la Revolución.
Sin
embargo, el arroyo que iba creciendo se ensanchaba con una infinidad de
afluentes, por el caudal cada vez mayor de la ciencia ex- perimental y de la
invención humana; por las aportaciones distintas de las civilizaciones en plena
actividad que ocupaban a la vez cinco o seis grandes países. Añadid a esto,
desde hace un siglo, el conoci- miento cada vez más generalizado de las lenguas
y literaturas moder- nas; el descubrimiento de las civilizaciones orientales y
remotas; los progresos extraordinarios de la historia, que ha resucitado ante
nues- tros ojos las costumbres y los sentimientos de diversas razas y siglos.
La corriente se ha convertido en un río multicolor y anchuroso. Y todo esto
tiene que devorar el espíritu humano, para lo que es necesario el genio, la
paciencia y la dilatada vida de un Goethe si se quiere conse- guir asimilarlo,
hasta cierto punto.
¡Cuánto
más límpida y recogida era la primitiva fuente! En los tiempos más bellos de
Grecia “un joven aprendía a leer, escribir y contar, a tocar la lira, a luchar
y a ser diestro en todos los demás ejer- cicios físicos.” A esto se reducía la
educación “para los hijos de las familias más ilustres”. Debemos advertir, sin
embargo, que el maestro de música le había enseñado a cantar algunos himnos
religiosos y na- cionales, a recitar versos de Homero, de Hesíodo y de los
poetas líri- cos: el paean, que cantaba en la guerra; la canción de Harmodio,
que decía en la mesa. Cuando era algo mayor escuchaba en el ágora los discursos
de los oradores, los decretos, las menciones de las leyes. En los tiempos de
Sócrates, si era de espíritu curioso, iba a oír las disputas y las
disertaciones de los sofistas, trataba, de procurarse un libro de Anaxágoras o
de Zenón de Elea; algunos jóvenes se interesaban en las demostraciones
geométricas. Pero la educación se reducía, en suma, a la gimnasia y a la
música, y el corto espacio de tiempo que empleaba, entre dos ejercicios
corporales, en seguir una discusión filosófica, no puede compararse a nuestros
quince o veinte años de estudios clásicos y de estudios especiales; como
tampoco sus veinte o treinta rollos de papiro manuscrito pueden compararse con
nuestras bibliotecas de tres millares de volúmenes. Todas estas encontradas
diferencias se reducen a una sola: la que separa una civilización espontánea y
nueva de otra elaborada y compleja. Menos medios y herramientas, menos instru-
mentos industriales, menos engranajes en la sociedad, menos palabras
aprendidas, menos ideas adquiridas; una herencia y una impedimento menor y, por
tanto, más fácil de manejar; un crecimiento sin trastor- nos en el momento
adecuado, sin crisis ni desatinos morales, y, por consecuencia, una actividad
más libre de las facultades; una concep- ción más sana de la vida, un alma y
una inteligencia menos atormen- tadas, menos fatigadas, menos deformadas. Estas
notas características de su vida las veremos muy pronto reflejadas, en su arte.
III
En
efecto; siempre la obra ideal es el resumen de la vida real. Si se estudia el
alma moderna, al punto se observan en ella alteraciones, disonancias,
enfermedades y casi podíamos decir hipertrofias de algu- nos sentimientos y
determinadas facultades, que, de rechazo, aparecen visibles en el arte de
nuestro tiempo. En la Edad Media el desarrollo exagerado del hombre espiritual
e interno, el anhelo de ensueños su- blimes llenos de ternura, el culto al
dolor, el menosprecio del cuerpo, llevan la imaginación y la sensibilidad
sobreexcitadas hasta las visio- nes y el éxtasis seráfico. Ya conocéis la
Imitación de Cristo y las Fiotetti, las obras de Dante y de Petrarca, las
delicadezas refinadas y las delirantes locuras de la caballería y las cortes de
amor. Como conse- cuencia de todo esto, en la pintura y la escultura los
personajes son feos y desprovistos de toda belleza; a menudo desproporcionados
y poco viables; casi siempre flacos, macilentos, mortificados y absortos en un
pensamiento que separa sus miradas de la vida presente; in- móviles en la
expectación o en el transporte, o la melancólica dulzura del claustro o el
arrebato del éxtasis, débiles o apasionados con exceso para vivir en la tierra
y ya futuros ciudadanos del cielo. En la época del Renacimiento, la universal
mejora de la condición humana, el ejemplo de la antigüedad que reaparece y es
entendida, el empuje del espíritu liberado y orgulloso por sus grandes
descubrimientos renue- van los sentimientos y el arte del paganismo. Pero las
instituciones y los ritos de la Edad Media, aún subsisten, y en Italia como en
Flandes podéis observar en las obras más bellas el extraño contraste de las
figuras y los asuntos: mártires que parecen acabar de salir del antiguo
gimnasio; Cristos que son unas veces la imagen de Júpiter tonante, otras Apolos
llenos de serenidad; Vírgenes dignas del amor profano; ángeles tan graciosos
como Cupido, y en ocasiones Magdalenas como sirenas tentadoras llenas de
atractivos, y bellos San Sebastianes, Hér- cules con demasiada gallardía; es
decir, un conjunto de santos y santas que, en medio de emblemas de penitencia y
de tortura, conservan la salud vigorosa, la hermosa carnación, la altiva
presencia que con- vendría en absoluto a una alegre fiesta de nobles canéforas
y hermosos atletas.
En la
actualidad el desorden que reina en toda cabeza humana, la multiplicidad y
contradicción de doctrinas, el exceso de vida cerebral, las costumbres
sedentarias, el régimen artificial y la febril excitación de las grandes
capitales ha exagerado la agitación nerviosa, ha exage- rado la necesidad de
sensaciones fuertes y nuevas, ha desarrollado la tristeza latente, las
aspiraciones vagas, las ilimitadas concupiscencias. El hombre ya no es lo que
era- y acaso hubiera debido seguir siendosiempre-, un animal de especie
superior, satisfecho de hacer y de pen- sar en la tierra que le sustenta, bajo
el sol que le ilumina, sino que se ha convertido en un prodigioso cerebro, un
alma infinita, para la que los miembros no son sino apéndices y los sentidos
ínfimos servidores; insaciable en las curiosidades y ambiciones, siempre en
busca de algo nuevo y deseando su conquista; con estremecimiento y arrebatos
que arruinan su armazón física; llevado y traído desde los confines del mundo
real hasta lo más profundo del mundo imaginario; unas veces embriagado, otras
deprimido por la inmensidad de sus adquisiciones y de su labor; obcecado en la
persecución de lo imposible o limitado tristemente en su oficio; transportado
por ensueños dolorosos, llenos de intensidad y de grandeza corno Beethoven,
Heine y el Fausto de Goethe, o metido dentro de la casilla en que le encerró la
sociedad, desenvolviéndose sólo en un sentido, por una especialidad o una mo-
nomanía, como los personajes de Balzac.
Para este
espíritu no bastan las artes plásticas; lo que le interesa en una figura no son
los miembros, el torso, toda la viviente armazón, sino la cabeza expresiva, la
fisonomía movible, el alma transparente, manifestándose a través del gesto o el
ademán; es la pasión o el pen- samiento incorpóreo, palpitantes, desbordando a
través de la forma y las apariencias exteriores; si llega a amar las bellas
proporciones es- culturales es por educación, previo un largo cultivo y por un
gusto consciente, de dilettante. Vario y cosmopolita como es, puede intere-
sarse por todas las formas del arte, por todos los momentos del pasa- do, por
todos los aspectos de la vida; aprecia la resurrección de estilos antiguos o
extranjeros, las escenas de costumbres rústicas, populares o bárbaras, los
paisajes exóticos y lejanos, todo lo que es un alimento para la curiosidad, un
documento para la historia, un motivo de emo- ción o de cultura. Harto y
disipado como se halla, pide al arte sensa- ciones imprevistas y fuertes, nuevos
efectos de color, de fisonomía y de ambiente; acentos que logren a cualquier
precio conmoverle, inquietarle o divertirle, es decir, un estilo a dos dedos
del amanera- miento, de lo excesivo y de lo convencional.
En
Grecia, por el contrario, los sentimientos son de una gran sim- plicidad y, en
consecuencia, los gustos son sencillos. Consideremos sus obras teatrales; nada
de caracteres complejos ni profundos como los de Shakespeare; nada de intrigas
hábilmente atadas y desenlaza- das; nada de sorpresas. La obra se apoya en una
leyenda histórica que sabe de memoria desde la infancia, y ya conoce todo lo
que va a suce- der y cómo ha de terminar. En cuanto a la acción, puede
explicarse en dos palabras: Ayax, en un momento de arrebato, degüella los
ganados del campo, pensando que lucha con los enemigos; avergonzado de su
locura, laméntase de ella y se mata. Filoctetes, herido, se encuentra
abandonado en una isla con sus armas; vienen en su busca, porque necesitan las
flechas que tiene; indignado, se niega, a entregarlas, hasta que al fin cede
bajo las órdenes de Hércules. Las comedias de Menandro, que conocemos a través
de las de Terencio, están hechas de muy poca cosa; necesitaban combinarse dos
para hacer una obra teatral a gusto de los romanos; la más complicada no tiene
materia sino para una escena de nuestras comedias. Leed el principio de la
República de Platón, las Siracusanas de Teócrito, los Diálogos de Luciano, el
último escritor ático, o bien las Económicas y el Ciro de Jenofonte; no hay
pasaje alguno en que se busque un efecto; todo se desenvuelve llanamente; son
breves escenas familiares, cuya excelen- cia principal consiste en su misma
naturalidad exquisita; ni un tono violento, ni un rasgo punzante o vehemente;
apenas se llega a sonreír, y sin embargo se siente un encanto parecido al que
experimentamos ante una flor campestre o un claro arroyo. Los personajes se
sientan, se levantan, se miran, hablando como de ordinario, sin más esfuerzo
que las figulinas pintadas en los muros de Pompeya. Con nuestro gusto
estragado, forzado, que se complace con las bebidas fuertes, tentados estamos
en un principio de encontrar el brebaje insípido; pero cuando durante algunos
meses humedecemos en él nuestros labios, no queremos beber mas que aquella agua
clara y fresca; las otras literatu- ras nos parecen, con su áspero sabor, algo
así como pimientos, burdos guisotes o verdaderos venenos.
Continuemos
ocupándonos de este aspecto en su arte, y especial- mente en el que estudiamos,
la escultura. Gracias a esta especial dis- posición de espíritu han podido
llevarla a la perfección y, en verdad, es su arte nacional, porque no hay arte
alguno que exija espíritu, sen- timientos y gustos más sencillos. Una estatua
es un gran pedazo de mármol o bronce, y una estatua de grandes dimensiones se
halla gene- ralmente aislada sobre el pedestal; no es posible dotarla de un
ademán muy vehemente ni de una expresión excesivamente apasionada, como
corresponde a la pintura, y puede tolerarse en el bajorrelieve, porque de este
modo el personaje resultaría afectado, puesto allí para causar impresión, y se
corre el peligro de caer en el estilo de Bernini. Por otra parte, una estatua
es sólida; el torso y los miembros tienen peso; se puede dar la vuelta en torno
suyo, y el espectador tiene conciencia de la masa de material que entra en su
composición; generalmente se halla desnuda o casi desnuda; el escultor se ve
obligado a dar al tronco y a los miembros una importancia igual a la que tiene
la cabeza y de ser tan entusiasta de la vida física como de la espiritual.
La única
civilización que ha satisfecho ambas condiciones ha sido la civilización
griega. En esta etapa de la cultura el cuerpo interesa extraordinariamente; el
alma no lo ha dominado todavía, relegándole al último término: es algo que
tiene valor por sí mismo. El espectador concede igual valor a las diferentes
partes, sean nobles o no lo sean; al pecho que respira con amplitud, al cuello
sólido y flexible, a los mús- culos que aparecen abultados o deprimidos en
torno del espinazo; a los brazos que lanzaron el disco, a las piernas y los
pies, cuyo impulso enérgico empujará el hombre entero hacia adelante en la
carrera o en el salto. Un adolescente, en un pasaje de Platón, reprocha a su
rival el tener el cuerpo rígido y el cuello flaco. Aristófanes promete al joven
que siga sus buenos consejos una salud floreciente y la belleza gim-
nástica.
“Siempre tendrás el pecho alto, la piel blanca, los hombros anchos, las piernas
fuertes... Vivirás hermoso y florido en las pales- tras; irás a la Academia
para pasear a la sombra de los olivos sagra- dos, ceñida tu frente con una
corona de juncos en flor, con un discreto amigo de tu edad, caminando a tu
gusto, perfumado con el aroma de las enredaderas y del álamo en brotes, gozando
de la hermosa prima- vera, cuando el plátano murmura junto al olmo.” Estos son
los pla- ceres y las alabanzas de un caballo de pura raza, y Platón en algún
lugar compara a los jóvenes con hermosos corceles consagrados a los dioses y
que corren libremente por las praderas para ver si su instinto les lleva a
buscar la virtud y la sabiduría. Hombres de este tipo no tie- nen necesidad de
estudios para apreciar con gusto inteligente un cuer- po como el Teseo del
Partenón o el Aquiles del Louvre; con qué ágil firmeza se apoya el tronco en
las caderas, el enlace flexible de los miembros, la limpia curva del talón, la
red de músculos movibles que se deslizan bajo la piel tersa y reluciente.
Pueden apreciar la belleza de todos estos pormenores como un gentleman cazador
de Inglaterra sabe distinguir la raza, la estructura y las cualidades de los
perros y caba- llos que cría.
No se
asustan ante el desnudo. El pudor aún no se había converti- do en gazmoñería;
para un griego, el alma no reside en una sublime altura, en un trono aislado,
para degradar y relegar a la obscuridad los órganos que sirven a fines menos
nobles; no se ruborizan ante ellos y no los ocultan; no despiertan ni vergüenza
ni sonrisas. Sus nombres no son ni groseros, ni picarescos, ni científicos;
Homero los pronuncia con la misma naturalidad que los de cualquier otra parte
del cuerpo. Las ideas que evocan en Aristófanes son de franca alegría, sin
llegar a ser repugnantes como en Rabelais. No forman parte estas expresiones de
una literatura secreta ante la cual las gentes austeras se cubren el rostro y
los espíritus delicados se tapan la nariz. Aparecen veinte ve- ces en una
escena, en pleno teatro, en las fiestas de los dioses, ante los magistrados,
con el falo que llevan las jóvenes, al cual se invoca como a un dios. Todas las
grandes fuerzas naturales son divinas en Grecia, y todavía no se ha establecido
en el hombre el divorcio entre el animal y el espíritu.
He aquí
el cuerpo vivo, íntegro y sin velos, admirado, glorificado, ostentado sin
escándalo, ante las miradas de todos, encima de un pe- destal. ¿Qué hará y qué
pensamiento comunicará la estatua, por sim- patía, a los espectadores? Un
pensamiento que para nosotros es casi nulo, porque es de otra edad y pertenece
a otro momento del espíritu humano. La cabeza no significa mucho; no contiene,
como las nues- tras, todo un mundo de ideas tenuemente matizadas, de pasiones
en desorden, de sentimientos complejos; el rostro no aparece con faccio- nes
demacradas, finas, atormentadas; apenas tiene indicados los ras- gos
principales; casi carece de expresión; por lo general siempre está inmóvil.
Precisamente por esto conviene a la estatuaria; tal como no- sotros lo vemos y
lo representamos actualmente, tendría una excesiva importancia y quedaría
muerto el resto de la estatua; dejaríamos de contemplar el tronco y los
miembros, o tendríamos la tentación de po- nerles un vestido. Por el contrario,
en la estatua griega la cabeza no despierta mayor interés que los miembros o el
tronco; sus líneas y pla- nos no son sino la continuación de otros planos y
otras líneas; la fiso- nomía no aparece pensativa, sino tranquila, casi
borrosa; no pueden descubrirse a través de ella ni costumbres, ni aspiraciones,
ni ambi- ción alguna que exceda a la vida corporal y presente; la actitud de
conjunto y la acción total actúan en el mismo sentido. Si el personaje se mueve
enérgicamente, con algún propósito, como el Discóbolo de Roma, el Combatiente
del Louvre o el Fauno danzante de Pompeya, el resultado que se propone,
enteramente físico, absorbe todas las ideas y emociones que es capaz de sentir;
lanzar bien el disco, parar o asestar el golpe con destreza, que la danza sea
viva y rítmica, le satisface ple- namente; su alma no pone el blanco más allá.
Por lo común la actitud es tranquila; no hace nada y no dice nada; no está
atento, concentrado por entero en una mirada profunda o anhelante; reposa,
descansa sin fatiga, unas veces de pie, apoyando más su peso en un pie que en
otro, en ocasiones medio vuelto, ya medio tendido, ya acaba de correr como la
joven Lacedemonia, ya sostiene una corona como Flora; casi siem- pre su acción
es indiferente; la idea que le ocupa es tan indeterminada a nuestros ojos y tan
remota, que todavía en la actualidad, después de diez hipótesis distintas, no
se ha podido decir con certeza la actitud de la Venus de Milo. Vive, esto le
basta, y satisface al espectador anti- guo. Los contemporáneos de Pericles y de
Platón no necesitaban efec- tos rebuscados o fuertes que aguzasen la atención
disipada o conmo- viesen la inquieta sensibilidad. Un cuerpo sano y florido,
capaz de todas las acciones viriles y gimnásticas; un hombre o una mujer de
raza noble y de hermosa presencia; una figura llena de serenidad a plena luz;
una armonía sencilla y natural de líneas felizmente ligadas; no necesitan
espectáculo de más intensidad. Quieren ver el hombre, proporcionado a sus
órganos y condición, dotado de toda la perfección que puede tener dentro de
esos límites, pero sin apetecer nada que exceda de este ideal; lo demás les
hubiera parecido extravagancia, deformidad o locura. Tal es el recinto dentro
del cual la sencillez de su cultura les ha colocado y del que hemos huido
nosotros, empujados por la complejidad de la nuestra. Acertaron a encontrar
allí un arte apropiado: la estatuaria. Nosotros, en cambio, lo hemos dejado muy
lejos, y si queremos hallar modelos de escultura, tenemos que volver nuestras
miradas al arte, griego.
CAPITULO
III
Las
instituciones.
Si alguna
vez la relación entre el arte y la vida se ha manifestado con caracteres
visibles ha sido, sin duda, en la historia de la estatuaria griega. Para lograr
hacer el hombre de mármol o de bronce han for- mado antes al hombre vivo, y la
escultura del mejor tiempo se desen- vuelve en Grecia al mismo tiempo que la
institución encargada de dar al cuerpo toda la perfección posible. Ambas
caminan juntas, como los Dioscuros, y, por una admirable coincidencia, el
crepúsculo indeciso de la historia lejana se ilumina a la vez con estos dos
nacientes res- plandores.
Aparecen
ambas en la primera mitad del siglo VII. En este ins- tante el arte descubre
técnicas de gran importancia. Hacia 689, Buta- des de Sicione tiene el acierto
de modelar y cocer en el horno figuras de barro, lo que le lleva a adornar con
máscaras el caballete de las techumbres. En la misma época, Roikos y Teodoro de
Samos hallan la manera de colar el bronce en un molde. Hacia 650, Melao de Chío
hace las primeras estatuas de mármol, y de olimpíada en olimpíada, durante el
final del siglo y todo el siglo siguiente, vese la estatua que poco a poco va
perdiendo tosquedad, hasta que aparece acabada y perfecta, después de las
gloriosas guerras médicas. Y esto sucede por- que al mismo tiempo la
orquéstrica y la gimnástica se convierten en instituciones regulares y
completas. Ha terminado un mundo, el de Homero y la epopeya, y empieza otro, el
de Archiloque, Calinos, Ter- pandro, Olimpos y la poesía lírica. Entre Homero o
sus continuadores, que son del siglo IX y el VIII, y los inventores de la nueva
música y los metros nuevos, que son del siglo siguiente, se ha realizado una
vasta transformación en la sociedad y las costumbres. El horizonte hu- mano se
ha ensanchado, y crece de día, en día; ha sido explorado el Mediterráneo
enteramente; Egipto y Sicilia son conocidos países acer- ca de los cuales
Homero no sabía sino consejas. En 632 los samios navegan por primera vez hasta
Tartessos, y con el diezmo de sus ga- nancias consagran a su diosa Hera una
crátera de bronce, adornada con grifos y sostenida por tres figuras
arrodilladas de once codos de altura. Las colonias, que van multiplicándose,
pueblan y explotan las costas de la Magna Grecia, de Sicilia, del Asia Menor,
del Ponto Eu- xino. Todas las industrias se perfeccionan; las barcas con
cincuenta remos de los poemas se convierten en naves con doscientos remeros. Un
hombre de Chío inventa el modo de ablandar, endurecer y soldar el hierro. El
templo dórico se levanta; se conocen la moneda, las ci- fras, la escritura,
ignoradas para Homero. Cambia la táctica de com- bate: se pelea, a pie y en
filas, en lugar de luchar desde los carros y sin disciplina. La sociedad
humana, tan laxa en la Ilíada y la Odisea, aprieta sus mallas. En lugar de
Itaca, donde cada familia vive aislada bajo la guardia de su jefe independiente,
donde no existen poderes públicos, donde pueden pasarse veinte años sin
convocar la asamblea, se establecen las ciudades amuralladas y defendidas,
dotadas de ma- gistrados, sujetas a una policía; ciudades que se convierten
luego en repúblicas de ciudadanos iguales, gobernados por magistrados que los
mismos ciudadanos eligen.
Al mismo
tiempo, y de rechazo, la cultura del espíritu se diversifi- ca, se propaga y se
renueva.
Todavía,
sin duda, es aun enteramente poética, puesto que la prosa no se escribe hasta
más adelante; pero la monótona melopeya que acompañaba al hexámetro épico cede
el lugar a multitud de cantos variados y metros diferentes. El pentámetro se
une al hexámetro; se inventa los versos troqueos, yambos y anapestos; se
combinan los pies nuevos con los antiguos, formando dísticos, estrofas y toda
suerte de medidas. La cítara, que sólo tenía cuatro cuerdas, llega a tener
siete; Terpandro fija sus modos y da los nomos de la música. Olimpos, y más
tarde Taletas, acaban de adoptar los ritmos de la cítara, de la flauta y de las
voces a los matices de la poesía que acompañan. Tra- temos de representarnos
este mundo tan remoto, cuyos restos casi han desaparecido por completo; no
existe nada más distinto de nuestro ambiente, y es necesario un gran esfuerzo
de imaginación para poder comprenderlo; pero esa sociedad tan lejana es el
primitivo y duradero molde en que se ha fundido el mundo griego.
Cuando
queremos representarnos una poesía lírica pensamos en las odas de Víctor Hugo o
en las estancias de Lamartine; esto se lee con la mirada, o a lo más se recita
a media voz, al lado de un amigo, en el silencio de una habitación recogida;
nuestra civilización ha he- cho de la poesía la confidencia de un alma que
habla a otra. La poesía de los griegos no sólo se decía en alta voz, sino que
era declamada, cantada a los acordes de los instrumentos, y aun se llegaba a
más, puesto que se unía a la acción, acompañada de gestos y ademanes y en
ocasiones de danza. Tratemos de evocar a Delsarte o Mme. Viardot cantando un
recitado de Efigenia o de Orfeo; a Rouget de l’Isle o Mlle. Rachel declamando
la Marsellesa; un coro del Alceste, de Gluck, tal como lo vemos en el teatro,
con un corifeo, una orquesta, grupos que se entrecruzan y se alejan ante la
escalinata del tempo, no como en nuestros teatros, a la luz de las candilejas y
con las decora- ciones pintadas, sino en la plaza pública, iluminados por el
verdadero sol; así tendremos la idea menos inexacta de aquellas fiestas y cos-
tumbres. El hombre entero, en cuerpo y alma, tomaba parte en ellas, y los
versos que han llegado hasta nosotros son como las hojas sueltas de un libreto
de ópera.
En una
aldea de la isla de Córcega la “voceratrice” en los funera- les improvisa y
declama cantos de venganza ante el cuerpo de un hombre asesinado, o cantos de
dolor ante el féretro de una joven muerta en edad temprana. En las montañas de
Calabria o de Sicilia, los días de baile las mozas representan con sus gestos y
actitudes pe- queños dramas o escenas de amor. Pensemos en un clima semejante,
bajo un cielo aún más hermoso, en ciudades pequeñas, donde todos, se conocen
entre sí; hombres tan imaginativos y gesticulantes, tan rápi- dos en la emoción
y en la manera de expresarla; con un alma aún más viva y más joven, con un
espíritu de más inventiva, más ingenioso, más inclinado a embellecer todas las
acciones y momentos de la vida humana. Esa pantomima musical, que ya no
encontramos mas que en fragmentos aislados y rincones perdidos, se desarrolla,
se multiplica en cien temas diferentes y da materia para una literatura
completa. No habrá sentimiento que no sepa expresar, no habrá escena pública o
privada que no venga a ennoblecer, no habrá situación o propósito que no
acierte a exteriorizar. Será así, pues, la lengua, espontánea, tan usada y
extendida como nuestra prosa escrita o impresa: ésta no es sino una notación
seca, por medio de la cual una pura inteligencia se comunica con otra pura
inteligencia; comparada con el primer lengua- je, plenamente imitativo y
corpóreo, no es mas que una fórmula de álgebra o un muerto detrito.
El acento
de la lengua francesa es uniforme: no tiene canto; las sílabas largas y breves
se diferencian escasamente. Es necesario haber oído una lengua musical, la
melopeya continuada de una hermosa voz italiana que recita una estancia del
Tasso, para comprender lo que puede añadir la sensación auditiva a las
emociones del alma, como el sonido y el ritmo extienden su ascendiente a todo
nuestro ser y con- mueve a un tiempo nuestros nervios todos. Tal era esa lengua
griega de la cual no conocemos mas que el esqueleto. Se ve, por los comenta-
ristas y escoliastas, que el sonido y la mesura tenían una parte tan importante
como la imagen y la idea. El poeta que inventaba una for- ma métrica nueva
inventaba una clase de sensación. Un determinado conjunto de vocales breves y
largas era un allegro; otro, un largo; otro, un scherzo; imprimiendo, no sólo
en el pensamiento, sino en el ademán y en la música, sus inflexiones y su
carácter. De esta manera la edad que levantó la vasta construcción de la poesía
lírica produjo al propio tiempo la construcción no menos amplia de la
orquéstrica. Se conocen los nombres de doscientas danzas griegas. En Atenas los
jóvenes hasta los diez y seis años no tenían más educación que la or-
quéstrica.
«En
aquellos tiempos- dice Aristófanes- los jóvenes de un mismo barrio, cuando iban
a casa del maestro de cítara, caminaban juntos por las calles y descalzos y en
buen orden, aunque cayese la nieve como la harina del tamiz. Allí se sentaban
sin cruzar las piernas y les enseña- ban el himno “Palas temible, destructora
de ciudades” o “Un grito que se oye a lo lejos”, y se ejercitaban sus voces con
la ruda y varonil ar- monía transmitidas de padres a hijos.» Un joven de una de
las familias más ilustres, Hipócledes, habiendo venido a Sicione para visitar a
Clístenes el tirano, mostrada su maestría en todos los ejercicios corpo- rales,
quiso la noche del festín hacer gala de su esmerada educación. Ordenó a la
flautista que tocase la Emmelia y danzó con gran perfec- ción; un instante
después, haciéndose traer una mesa, subió sobre ella y bailó figuras diversas
de la orquéstrica lacedemonia y ateniense. Preparados de esta manera, eran a un
tiempo «cantores y bailarines» y se proporcionaban a sí mismos, con sus propias
personas, los nobles espectáculos pintorescos y poéticos para los cuales más
tarde pagaron figurantes. En los banquetes de las sociedades de amigos, después
de la comida se hacían libaciones y cantaban el paean en honor de Apolo;
después venía la verdadera fiesta, la declamación expresiva, los re- citados a
los acordes de la cítara o de la flauta; un solo, seguido de estribillo, que
más tarde es la canción de Harmodio y Aristogiton; un dúo con canto y danza,
como más adelante, en el banquete de Jeno- fonte, fue el encuentro de Baco y
Ariana. Cuando un ciudadano llega- ba a ejercer la tiranía y quería gozar de la
existencia, ampliaba y esta- blecía perpetuamente en torno suyo fiestas como la
que hemos enume- rado. Polícrates en Samos tenía dos poetas, Ibicos y
Anacreonte, para ordenar las fiestas y hacer la música y los versos. Los
jóvenes que re- presentaban estas poesías eran los más hermosos que podían
hallarse: Batilo, que tocaba la flauta y cantaba a estilo jónico; Cleóbulo, con
hermosos ojos de virgen; Simalos, que en el coro manejaba la pectis;
Esmerdis,
con abundante y rizada cabellera, que había sido traído desde el país de los
tracios. Era una ópera pequeña y a domicilio. To- dos los poetas líricos de
este tiempo son también maestros de coros; su casa es una especie de
Conservatorio, «la Morada de las Musas». Ha- bía muchas de este tipo en Lesbos,
además de la de Safo; las dirigían mujeres; tenían discípulas que venían de las
islas o de las costas veci- nas, de Mileto, Colofón, Salamina, Panfilia; allí
se aprendía, durante largos años, a recitar y el arte de las bellas actitudes;
se burlaban de las ignorantes, “las muchachas campesinas que no sabían levantar
la túnica por cima del tobillo”; de allí salían los corifeos y se preparaban
los coros para las lamentaciones de los funerales o la pompa de las bodas. De
tal suerte la vida privada en toda su integridad, con sus ce- remonias y con
sus festejos, contribuía a convertir a los hombres- en la acepción más noble de
la palabra y con una dignidad perfecta- en lo que hoy llamamos un cantor, un figurante,
un actor y un modelo.
La vida
pública colaboraba al mismo resultado. En Grecia la or- quéstrica interviene en
la religión y en la política; durante la guerra y durante la paz, para honrar a
los muertos y celebrar a los vencedores. En la fiesta jónica de los Targelias,
Mimnermos, el poeta, y Nanno, su amante, guiaban el cortejo tocando la flauta.
Calinos, Alceo, Teognis exhortaban a sus conciudadanos o a su partido con
versos que ellos mismos cantaban. Cuando los atenienses, varias veces vencidos,
de- cretaron la muerte para quien hablase de reconquistar Salamina, So- lón,
vestido de heraldo, tocado con el sombrero de Hermes, apareció súbitamente en
la asamblea, subió a la piedra donde se colocaban los heraldos y recitó con
tanta fuerza una elegía, que la juventud partió al instante “para libertar la
encantadora isla y apartar de Atenas el opro- bio y la deshonra”. En campaña,
los espartanos recitaban cantos, sen- tados bajo las tiendas. Por la noche,
después de la comida, se levanta- ban sucesivamente para decir y representar una
elegía, y el polemarco daba como premio al mejor cantor un gran trozo de carne.
Cierta- mente era hermoso espectáculo cuando aquellos apuestos mancebos, los
más fuertes y bellos de toda Grecia, con sus largos cabellos cuida- dosamente
recogidos en lo alto de la cabeza, la roja túnica, los anchos y brillantes
escudos, los ademanes de héroes y atletas, entonaban rít- micamente versos como
éstos:
“Luchemos
con valor por esta tierra que es nuestro suelo- y sepa- mos morir por nuestros
hijos sin escatimar las vidas.- Y vosotros, mancebos, combatid con firmeza unos
al lado de los otros;- que nin- guno dé ejemplo de huída vergonzosa ni de
temor;- antes bien, haced que un corazón grande y valeroso aliente en vuestro
pecho...- Por los ancianos, por los viejos de tardas rodillas,- no les
abandonéis, no hu- yáis;- porque es una ignominia ver caer en primera fila,
delante de los mozos,- un hombre viejo, con la cabeza y la barba blanca;- es
vergon- zoso verlo cómo yace exhalando en el polvo su alma valerosa,- opri-
miendo con las manos la roja herida de su cuerpo desnudo.- Por el contrario,
todo es gloria para los jóvenes- cuando están en la flor ro- zagante de la
adolescencia.- Admirados por los hombres, amados de las mujeres,- son hermosos
al caer en las primeras filas...- Lo que cau- sa horror es ver a un hombre
tendido en el polvo,- herido por detrás, con la espalda atravesada por la punta
de una lanza.- Que cada hom- bre, después del ímpetu primero, se mantenga
firme,- clavado en el suelo con sus plantas- mordiéndose los labios con los
dientes;- con los muslos, las piernas, los hombros y, más abajo, desde el pecho
hasta el vientre, todo el cuerpo- cubierto por su ancho escudo;- que luche pie
contra pie, escudo contra escudo- casco contra casco, penacho contra penacho-
pecho contra pecho; bien cerca- y que, tan cerca como pue- da, cuerpo a cuerpo,
hiriendo con su larga pica o con la espada, atra- viese y mate a un enemigo.”
Había
cantos parecidos para todos las circunstancias de la vida militar; entre otros,
versos anapestos para ir al combate al son de las flautas. Nosotros hemos visto
también un espectáculo semejante du- rante el primer entusiasmo de la
Revolución, el día en que Dumouriez, levantando su sombrero en la punta de la
espada, escaló las alturas de Jemmapes, entonó la Canción de la Partida, que
los soldados corea- ron, corriendo en pos de él. Por este gran clamor
discordante podemos imaginar lo que sería un coro organizado para cantar en la
batalla una antigua marcha musical. Hubo una después de la victoria de Salami-
na, en la cual Sófocles, que tenía entonces quince años, el adolescente más
hermoso de Atenas, se desnudó, como exigían los ritos, y bailó el paean en
honor de Apolo, en medio de la pompa militar y el trofeo de la victoria.
Aún más
ocasiones ofrecía el culto para el desenvolvimiento de la orquéstrica que la
guerra y la política. Según los griegos, el espectá- culo más grato a los
dioses era presentarles los cuerpos hermosos y florecientes, desarrollados en
todos las actitudes que muestran la fuer- za y la salud. Por eso sus fiestas
más sagradas eran desfiles de ópera y bailables serios. Ciudadanos escogidos,
algunas veces la ciudad ente- ra, como sucedía en Esparta, formaban coros
delante de los dioses; cada ciudad importante tenía sus poetas, que componían
la música y los versos, ordenaban los grupos y las evoluciones, enseñaban las
ac- titudes, instruían detenidamente a los actores, se ocupaban de las ves-
tiduras. Para tener una idea de estas ceremonias no existe mas que un ejemplo
contemporáneo: las representaciones que cada diez años se organizan en
Oberamergáu. (Baviera) donde desde la Edad Media todos los habitantes del
lugar, quinientas o seiscientas personas, pre- paradas de toda la vida,
representan solemnemente la Pasión de Cris- to. En estas fiestas, Alcman y
Stesichoro eran a la vez poetas, maes- tros de baile, algunas veces oficiantes,
primeros corifeos de los gran- des conjuntos en que los coros de mancebos y
doncellas representaban en público la leyenda heroica o divina. Uno de aquellos
bailes sagra- dos, el ditirambo, se convirtió más tarde en la tragedia griega.
Esta fue en un principio nada más que una fiesta religiosa, reducida y perfec-
cionada al mismo tiempo, transportada de la plaza pública al recinto limitado
de un teatro; una sucesión de coros interrumpidos por la de- clamación y la
melopeya de un personaje principal, análogo a un Evangelio de Sebastián Bach, a
las Siete Palabras, de Haydn, a un oratorio, a una misa de la Capilla Sixtina,
en la cual los mismos per- sonajes cantasen la misma partitura y representasen
los grupos.
Entre
todas estas diversas formas de poesía, las más populares y adecuadas para
darnos a entender estas remotas costumbres son los cánticos que encomian a los
vencedores en los cuatro grandes juegos. De toda Grecia, de Sicilia y de las
islas era solicitado para escribirlos Píndaro, el cual iba en persona o enviaba
a su amigo Estinfalión Eneas para enseñar al coro la danza, la música y los
versos de su canto. La fiesta comenzaba por una procesión y un sacrificio;
luego, los amigos del atleta, sus padres, los notables de la ciudad se sentaban
para celebrar un banquete. Algunas veces los cánticos eran interpreta- dos
durante la procesión y el cortejo se detenía para recitar el epodo; otras veces
el lugar elegido era la gran sala, donde se congregaban después del festín,
adornada con lanzas, espadas y corazas. Los acto- res eran compañeros del
atleta y representaban su papel con ese brío meridional que se encuentra en
Italia en la Commedia dell’arte. Pero no se trataba allí de una comedia; su
papel era de mucha gravedad, o por mejor decir, no era papel alguno;
experimentaban el placer más profundo y noble que pueden sentir los hombres:
verse gloriosos y bellos, elevados por encima de la vida vulgar, arrebatados
hasta las alturas y resplandores del Olimpo por el recuerdo de los héroes
nacio- nales, por la invocación de los grandes dioses, por la conmemoración de
los antepasados, por el elogio de la patria. Porque la victoria del atleta era
un triunfo público y los versos del artista asociaban a esa gloria la ciudad y
sus divinos protectores. Rodeados de aquellas gran- des imágenes, exaltados por
sus propios hechos, llegaban a ese estado de extrema emoción que llamaron
entusiasmo, indicando con esta pa- labra que estaban poseídos por el dios. Y
así era en realidad; el dios se une al hombre y entra en él, cuando el hombre
siente acrecentarse su fuerza y su nobleza fuera de toda medida, más allá de
todos los límites, por efecto de la energía armónica y el júbilo comunicativo
de todo el grupo que interviene en la acción.
No
comprendemos en la actualidad la poesía de Píndaro; es dema- siado limitada y
localista en exceso; se halla plagada de alusiones, de incongruencias, hecha
muy a propósito para los atletas griegos del siglo VI. Los versos que han
llegado hasta nosotros no son mas que un fragmento; el acento, la mímica, el
canto, el sonido de los instrumen- tos, la escena, la danza, el cortejo,
numerosos accesorios de igual im- portancia han desaparecido. Apenas podemos,
con extrema dificultad, figurarnos cómo son los espíritus enteramente intactos,
que aun no han leído, que no tienen ideas abstractas, en los cuales todo pensa-
miento es una imagen, toda palabra despierta formas coloreadas, re- cuerdos del
estadio y del gimnasio, templos, paisajes, costas del mar resplandeciente, un
pueblo de figuras llenas de vida, divinas como en los tiempos de Homero, o
acaso más que entonces. Y sin embargo, de tanto en tanto escuchamos el acento
de sus voces vibrantes; vemos, como en un relámpago, la actitud grandiosa del
mancebo ceñido de la corona que se destaca del coro para pronunciar las
palabras de Jasón o el voto de Hércules; adivinamos el ademán sobrio, los
brazos extendi- dos, los poderosos músculos que levantan su pecho; encontramos
de vez en cuando un jirón de la púrpura poética, tan vivo como una pin- tura
acabada de desenterrar en Pompeya.
Otras
veces es el corifeo que se adelanta y exclama: «Como el pa- dre que cogiendo
con mano liberal la copa de oro macizo, joya de su tesoro y ornato de sus
festines, la ofrece, llena del espumeante rocío de la viña, al joven esposo de
su hija, así yo envío a los atletas coronados un néctar líquido, este don de
las musas, y con los frutos perfumados de mi mente alegro a los vencedores de
Olimpia y de Pyto.»
Otras
veces el coro entero, más tarde los semicoros alternados, de- sarrollan en
crescendo las magníficas sonoridades de la oda resonante y triunfal. «En la
tierra y en el indomable Océano, los seres desdeña- dos de Júpiter aborrecen la
voz de los Piéridas. Así sucede con el enemigo de los dioses, Tifón, el
monstruo de las cien cabezas que yace en el espantoso Tártaro. Sicilia oprime
su velludo pecho; una columna que sube hasta el cielo- el nevado Etna, eterno
asilo de los helados cierzos contiene sus furores... y desde lo más profundo
vomita ríos resplandecientes de fuego, al cual ningún ser puede acercarse. En
las horas del día los arroyos, levantan una nube de humareda rojiza; du- rante
la noche, los torbellinos de llamas violentas lanzas con estrépito trozos de
roca al profundo mar... Asombra contemplar al prodigioso reptil, sujeto como se
halla bajo las altas cimas, oculto bajo los obscu- ros bosques del Etna,
sepultado en la llanura, enrojeciendo atado a las cadenas que señalan y
aguijonean su espalda humillada.»
El fluir
de las imágenes va en aumento, interrumpido a cada paso por arranques
imprevistos, repeticiones y arrebatos de cuya temeridad y grandeza no puede
hacerse traducción alguna. Claro es que esos griegos tan sobrios y lúcidos en
la prosa están embriagados, fuera de sí mismos, por la inspiración y la locura
lírica. Son estos excesos cosa desproporcionada para nuestros órganos gastados
y nuestra civiliza- ción reflexiva; sin embargo, adivinamos lo bastante para
comprender todo lo que una cultura como ésta puede proporcionar a las artes que
tienen por objeto la representación del cuerpo humano. Forma primero al hombre
por el coro; le enseña las actitudes, los ademanes, la acción escultórica; le
coloca, en un conjunto que es como un bajorrelieve en movimiento; se consagra
intensamente a lograr que sea un actor es- pontáneo que representa con brío y
por gusto, que se ofrece en espec- táculo a sí mismo; que lleva la altivez, la
seriedad, la soltura, el de- coro lleno de sencillez del ciudadano a las
evoluciones del figurante y a la mímica del bailarín. La orquéstrica ha dado a
la escultura las ac- titudes, los movimientos, los pliegues de las telas, las
agrupaciones: el friso del Partenón tiene por asunto el desfile de las
Panateneas y la danza pírrica ha sugerido las esculturas de Phigalie y de
Budrun.
II
Existía
en Grecia, junto a la orquéstrica, una institución de carác- ter aún más
nacional y que formaba la segunda parte de la educación: la gimnástica. En
Homero aparece ya cuando nos cuenta cómo luchan los héroes, cómo lanzan el
disco y corren a pie o en los carros; aquel que no es diestro en los ejercicios
corporales pasa por un «mercader», un hombre de baja condición, «que en una
nave de carga no tiene más cuidado que la ganancia y las provisiones». Pero esa
institución aun no está organizada, no es tan pura y completa como aparece más
tar- de. Los juegos no se celebran ni en sitio ni en época determinada, sino
que tienen lugar ocasionalmente, por la muerte de un héroe, para hon- rar a un
extranjero numerosos ejercicios, propios para aumentar la agilidad y el vigor,
son todavía desconocidos; y como compensación, de esta falta, empleaban los
ejercicios de las armas, el duelo, que lle- gaba hasta la sangre; el manejo del
arco, el lanzamiento de la pica. Sólo en el período inmediato se desenvuelve la
gimnástica; juntamente con la orquéstrica y la poesía lírica, toma normas fijas
y adquiere la importancia final que ya conocemos. La iniciación corresponde a
los dorios, pueblo que aparece descendiendo de las montañas; gentes de pura
raza griega que invaden el Peloponeso, y, como los francos en la Galia, traen
consigo e imponen su táctica, su ascendiente, renovando con su vigorosa savia
el espíritu nacional. Eran hombres enérgicos, rudos, muy semejantes a los
suizos de la Edad Media; menos vivos y vibrantes que los jonios; apegados a la
tradición, con un gran senti- miento de respeto, instinto de disciplina, de
alma elevada, varonil y serena, que habían marcado con su sello peculiar la
gravedad austera de su culto y el carácter heroico y moral de sus dioses. El
grupo más importante, el de los espartanos, se estableció en Laconia, en unión
de los antiguos habitantes, a los que explotaron y redujeron a la esclavi- tud;
nueve mil familias de amos orgullosos e inflexibles, que vivían en una ciudad
sin murallas, para mantener en la obediencia a ciento veinte mil labradores y
doscientos mil esclavos: era un verdadero ejér- cito acampado indefinidamente
en medio de enemigos diez veces más numerosos.
De esta
condición dependen todas las demás. Poco a poco el régi- men impuesto por los
hechos se fue consolidando, y hacia la época del restablecimiento de los Juegos
Olímpicos tenía ya su estructura com- pleta. Ante la idea del bien público, los
intereses y caprichos indivi- duales se desvanecen. La disciplina es como la de
un regimiento ame- nazado por un constante peligro. Sobre el espartano pesa la
prohibi- ción absoluta de comerciar, de ejercer una industria, de enajenar su
lote de tierra, de aumentar el producto de ella; no ha de pensar mas que en ser
soldado. Si va de viaje puede utilizar el caballo, el esclavo, las provisiones
de su vecino; entre camaradas, tales favores cons- tituyen un derecho, y la
propiedad de cada cual no está muy bien des- lindada. El recién nacido ha de
ser presentado ante un Consejo de ancianos y debe recibir la muerte si es muy
débil o deforme; en un ejército no se admiten mas que hombres útiles, y en este
país todos son reclutas desde la cuna. El anciano incapaz de tener descendencia
elige por sí mismo un hombre joven, que establece en su propia casa, por- que
cada casa ha de proporcionar algún soldado. Los hombres en ple- na edad viril,
como testimonio de amistad, se prestan entre sí sus mu- jeres; en un campamento
no existen grandes escrúpulos en asuntos de familia, y con frecuencia hay
muchas cosas que son de todos. Comen en común, por escuadras, en una
organización que tiene sus regla- mentos, y cada cual satisface su parte en
especie o en dinero. El ejer- cicio militar es ante todo; parecería deshonroso
entretenerse en la ca- sa; la vida del cuartel es antes que la vida del hogar.
El joven recién casado va siempre a escondidas a reunirse con su esposa, y pasa
el día, como antes de sus bodas, en el campo de ejercicio y en la plaza de
armas. Por la misma razón, los niños son hijos de la tropa, criados en común y
agrupados por compañías desde los siete años. En relación con los muchachos,
todos los hombres maduros son ancianos, oficiales que pueden castigarlos sin
que el padre se oponga a ello. Descalzos, envueltos en un manto, lo mismo en
invierno que en verano, van por la calle silenciosos, con los ojos bajos, como
jóvenes reclutas que han de ceñir las armas. El traje es uniforme, y el porte,
lo mismo que el paso, están determinados. Duermen en un montón de cañas; se
bañan cada día en el agua fría del Eurotas; comen poco y de prisa; viven peor
en la ciudad que en el campamento, porque un futuro soldado debe endurecerse.
Están divididos en pelotones de ciento, mandados por un jefe de poca edad, y
luchan con puños y pies: es el aprendizaje para la guerra. Si quieren añadir
algo a su escasa comida han de robarlo en las casas o en las granjas; un
soldado debe saber buscarse la vida me- rodeando. De tarde en tarde les ponen
de emboscada en un camino y matan por la noche a los ilotas que vuelven
retrasados; es bueno haber visto la sangre y acostumbrar el brazo antes de ir
al combate.
Las artes
que poseen son aquellas que convienen a un ejército. Habían traído, al
establecerse en el Peloponeso, un género de música peculiar, el modo dórico,
acaso el único de origen griego. Su carácter grave, viril, elevado, sencillo y
casi áspero es el más adecuado para inspirar la paciencia y la energía. No
queda entregado a la fantasía de cada cual; la ley prohíbe que se introduzcan
las variaciones, suavida- des y delicadezas de los cantos extranjeros; la
música dórica es una institución moral y pública; como los tambores y trompetas
de nues- tros regimientos, guía las marchas y las paradas; hay flautistas que
lo son de un modo hereditario, parecidos en esto a los que tocan la gaita en
los clanes escoceses. La misma danza se considera como un ejerci- cio o un
desfile. Los niños, desde los cinco años, aprenden en la danza pírrica-
pantomima de combatientes armados que imitan los movi- mientos de la defensa y
del ataque- todas las actitudes y ademanes de herir, parar, retroceder, saltar,
encorvarse, disparar con el arco, lanzar la jabalina. Había otra danza, llamada
anapala, en la cual los mucha- chos simulan la lucha y el pancracio. Otras eran
propias para los jóve- nes, habiéndola también para las muchachas con saltos
violentos, como de ciervas, veloces carreras en las que «como potros, con los
cabe- llos flotantes, levantan remolinos de polvo». Pero las principales son
las gimnopedias, grandes revistas en las que figura la nación entera,
distribuida en coros. El de los ancianos cantaba: «Antes fuimos jóve- nes
llenos de vigor»; los hombres maduros respondían: “Así somos ahora nosotros;
venid a probarlo si lo deseáis”; y los muchachos ter- minaban: «Nosotros
seremos pronto más valerosos aún.» Todos ha- bían aprendido y repetido el paso,
las evoluciones, el tono, la acción desde la infancia; en ningún otro país la
poesía coral formaba con- juntos más amplios y mejor ordenados. Si en la
actualidad quisié- ramos presenciar un espectáculo que se parezca, aunque
remotamente, a los que hemos relatado, Saint Cyr, con sus paradas y sus
ejercicios, y todavía con más aproximación la Escuela Militar de gimnasia,
donde los soldados aprenden a cantar en coro, podrían servirnos de ejemplo.
No es
extraño, pues, que una ciudad como ésta organizase y com- pletase la
gimnástica. Bajo pena de muerte era necesario que un es- partano valiese por
diez ilotas; como era hoplita, infante y combatía cuerpo a cuerpo, la mejor
educación era la que formaba el gladiador más ágil y más robusto. Para
conseguirlo se preocupaban de ello desde antes del nacimiento y, en oposición a
los demás griegos, preparaban, no sólo al hombre, sino a la mujer, para que el
hijo, heredero de la sangre de ambos, recibiese, tanto de la madre como del
padre, el vigor y la valentía. Las jóvenes, como los muchachos, tenían
gimnasios y se ejercitaban como los jóvenes, ya desnudas completamente, ya con
una túnica corta, en los ejercicios de la carrera, el salto, el lanzamiento del
disco y la jabalina; formaban también coros, y figuraban, como los hombres, en
las gimnopedias. Aristófanes admira, con un dejo de iro- nía ateniense, sus
frescos colores, su salud floreciente, su vigor un poco brutal. Además, la ley
fijaba la edad del matrimonio y las cir- cunstancias más favorables para la
buena generación. Es muy proba- ble que de tales padres nazcan hijos hermosos y
fuertes; es el mismo sistema que se emplea en la cría de potros, y se lleva
hasta el extremo de deshacerse de los productos que no son aceptables.
Cuando el
niño empieza a andar, no solamente se trata de endure- cerle y acostumbrarle a
los ejercicios, sino que además se proponen hacerle flexible y fuerte
metódicamente. Jenofonte dice que los espar- tanos son los únicos entre los
griegos que ejercitan por igual todos los miembros y partes del cuerpo, el
cuello, los brazos, los hombros, las piernas; y no sólo durante la
adolescencia, sino en el transcurso de la vida entera; en el campamento se
hacen ejercicios físicos dos veces cada día. El efecto de tal disciplina se
hizo muy pronto visible. “Los espartanos- dice Jenofonte- son los más sanos de
todos los griegos, y entre ellos se encuentran los hombres y mujeres más
hermosos de Grecia.” Dominaron a los mesenios, que combatían con el desorden y
la impetuosidad de los tiempos homéricos; convirtiéronse en los árbi- tros de
Grecia, y en el momento de las guerras médicas su ascendiente estaba
establecido de tal manera, que no sólo en tierra, sino hasta en el mar, aunque
apenas tenían naves, todos los griegos, incluso los ate- nienses, los admitían
como generales sin la menor protesta.
Cuando un
pueblo llega a ser el primero en la política y en la gue- rra, los que viven
cerca de él imitan más o menos las instituciones que les han conquistado la
supremacía. Poco a poco los griegos toman de los espartanos, y en general de
los dorios, rasgos característicos de sus costumbres, de su régimen y de su
arte: la armonía dórica, la elevada poesía coral, varias figuras de las danzas,
el estilo arquitectónico, la vestidura más sencilla y varonil, la ordenanza
militar más fuerte, la desnudez completa del atleta, la gimnástica elevada a
sistema. Mu- chos términos del arte militar, de música y de palestra son de
origen dórico o pertenecen a su dialecto. Ya en el siglo IX se había ma-
nifestado la reciente importancia de la gimnástica por la restauración de los
juegos, antes interrumpidos, y una porción de hechos muestra que de año en año
crecía su popularidad. En 776 los Juegos de Olim- pia sirven para marcar el
punto de partida de donde arranca la cadena de los años. Durante los dos siglos
que siguen se instituyen los de Pyto, del Istino y de Nemea. Redúcense primero
a la carrera en el es- tadio sencillo; después se añade sucesivamente la
carrera en doble estadio, la lucha, el pugilato, las carreras de carros, el
pancracio, la carrera a caballo; más tarde, para los niños, la carrera, el
pugilato y otros varios juegos, hasta el número de veinticuatro ejercicios. Las
costumbres lacedemonias prevalecen frente a las tradiciones homéri- cas; el
vencedor ya no recibe un objeto precioso, sino una sencilla co- rona de
follaje; ya no conserva el antiguo cinturón, y al llegar a la olimpíada
decimocuarta se desnuda completamente. Los nombres de los vencedores indican
que acuden de toda Grecia, de la Magna Gre- cia, de las islas y colonias más
remotas. Desde ahora en adelante no hay ninguna ciudad que no tenga su
gimnasio, y ésta es una de las señales para reconocer las ciudades griegas. En
Atenas el más antiguo data del año 700. En tiempo de Solón existían tres
grandes, que eran públicos, y gran número de pequeños. Desde los diez y seis
hasta los diez y ocho años el adolescente pasaba allí todo el día, como en un
liceo para externos, preparado, no para la cultura del Espíritu, sino para el
perfeccionamiento corporal. Parece que al llegar a esta edad se suspendía el estudio
de la música y la gramática para que los jóvenes asistiesen a otras clases más
especializadas y de más altura.
El
gimnasio era un gran cuadrado con pórtico y avenidas de plá- tanos, por lo
general en sitio próximo a una fuente o a un río, decora- do con numerosas
estatuas de dioses y atletas triunfadores. Tenía su jefe, sus instructores, sus
profesores especiales, su fiesta en honor de Hermes. En el intervalo de los
ejercicios los adolescentes jugaban; los ciudadanos entraban cuando les placía;
numerosos asientos rodeaban el campo de carreras; allí venía la gente para
pasear, para ver a los muchachos; era un lugar de conversación, donde más tarde
nació la filosofía. Esta escuela, que tiene como fin un concurso de emulación,
lleva a muchos excesos y hace milagros en otras ocasiones; hay allí hombres que
se ejercitan durante toda su vida. El reglamento de los juegos les obliga a
jurar al descender a la arena que se han ejercitado, a lo menos durante diez
meses seguidos, sin interrupción y con el cui- dado más escrupuloso; pero la
realidad es mucho más intensa que lo obligatorio, porque su entrenamiento dura
años enteros y llega hasta la edad madura. Siguen además un régimen adecuado:
comen mucho y a horas determinadas; endurecen los músculos con el uso del
estri- gilo y el agua fría; se abstienen de placeres y de excitaciones; se con-
denan a la continencia. Muchos de los atletas renovaron las hazañas de los
héroes fabulosos. Se cuenta que Milón llevaba un toro a hom- bros y que
sujetando por la trasera un carro con sus caballos le impe- día avanzar. Una
inscripción colocada al pie de la estatua de Failos de Cretona dice que salvaba
de un salto un espacio de cincuenta y cinco pies y lanzaba a noventa y cinco el
disco de ocho libras. Entre los atletas de Píndaro los hay que son verdaderos
gigantes.
Advertid
que en la civilización griega esos cuerpos admirables no son una rareza, ni
productos de lujo, o, como sucede en la actualidad, amapolas inútiles en un
campo de trigo; hemos de compararlos, por el contrario, con las espigas más
hermosas de una cosecha espléndida. El Estado los necesita; las costumbres
públicas los reclamen. Los hércu- les que he citado antes no sirven sólo para
exhibirse. Milón conduce sus conciudadanos al combate, y Failos fue el jefe de
los de Cretona, que vinieron a auxiliar a los griegos contra los medos. Un
general no era entonces un calculador que subido en una altura dirige la
batalla con un mapa y unos gemelos, sino un hombre que con la jabalina en la
mano, a la cabeza de su gente, lucha cuerpo a cuerpo como un solda- do. Milcíades,
Aristides, Pericles, y aun mucho después Agesilao, Pe- lópidas y Pirro, ponen
en actividad, no sólo su inteligencia, sino sus brazos para herir, defenderse,
asaltar, a pie y a caballo, en lo más fuerte de la pelea. Epaminondas, político
y filósofo, habiendo sido herido mortalmente, se consuela, como el último
hoplita, pensando que ha salvado su escudo. Un vencedor en el pentalto, Arato,
fue el último capitán de Grecia y le valió mucho su agilidad y fuerza en los saltos
y sorpresas; Alejandro cargaba en Gránico como un húsar y saltaba el primero en
la ciudad de los Oxidracos como un soldado de avanzada. Con una manera tan
directa y personal de guerrear, los ciu- dadanos más importantes, hasta los
príncipes, estaban obligados a ser buenos atletas. Pero además de las
exigencias del peligro existía la permanente invitación de las fiestas; las
ceremonias, lo mismo que los combates, necesitaban cuerpos diestros en los
ejercicios físicos; no se podía figurar en los coros si antes no se pasaba por
el gimnasio. He relatado cómo el poeta Sófocles danzó el paean desnudo, después
de la victoria de Salamina; al terminar el siglo IV subsisten todavía las
mismas costumbres. Alejandro, al llegar a la Troyada, despojóse de sus ropas y
corrió en honor de Aquiles, con sus compañeros, en torno de la columna que
señalaba donde el héroe se hallaba sepultado. Un poco más lejos, en Faselis,
como viese en la plaza pública la estatua del filósofo Teodecto, vino, después
de la cena, a danzar alrededor de la estatua, arrojándole coronas.
El
gimnasio era la única escuela que satisfacía estos gustos y aspi- raciones,
semejante a esas academias donde en los últimos siglos iba la juventud de
nuestra nobleza para adiestrarse en la danza, la esgrima y la equitación. Los
ciudadanos libres eran la nobleza de la antigüedad y, por tanto, no había un
solo ciudadano libre que no hubiese asistido asiduamente al gimnasio. Sólo en
este caso podía llamársele un hom- bre bien educado; de lo contrario, se le
miraba como un artesano de baja extracción. Platón, Crisipo, el poeta Timocreon
habían empezado por ser atletas; se dice que Pitágoras obtuvo el primer premio
en el pugilato; Eurípides fue coronado como vencedor en los juegos de Eleusis.
Clístenes, tirano de Sicione, habiendo recibido en su casa a los pretendientes
de una hija suya les llevó a un campo de ejercicios, a fin, según dice
Herodoto, de que “pudiesen dar muestras de su raza y de su educación.” En
efecto, el cuerpo conservaba siempre las huellas de la educación gimnástica o
servil; a la primera ojeada se le distin- guía en su prestancia, en su porte,
en sus ademanes, en la manera de envolverse en el manto; como antaño se
diferenciaba el gentilhombre, por la soltura y nobleza que adquiría en las
academias, del patán del campo o del encogido obrero.
Aun
inmóvil y desnudo atestiguaba los ejercicios con la belleza de sus líneas. La
piel, tostada y endurecida por el sol, el aceite, el polvo, el estrigilo y los
baños fríos, no parecía que estuviese desnuda; estaba acostumbrada al aire, y
al contemplarla a la intemperie se veía muy claro que se hallaba en su
elemento; seguramente no tiritaba ni se ponía amoratada, o como carne de
gallina; era un tejido vigoroso, de un bello color que delataba la vida libre y
varonil. Agesilao, para ani- mar a sus hombres, hizo un día desnudar a los
persas prisioneros; a la vista de aquella carne blanca y floja, los griegos
rompieron a reír y marcharon adelante llenos de desdén hacia sus enemigos.
Todos los músculos habían logrado fortaleza y flexibilidad; ninguno había sido
echado en olvido; las diversas partes del cuerpo se equilibraban armó-
nicamente. El antebrazo, tan flaco en la actualidad, los omoplatos salientes y
poco cubiertos se habían redondeado y hacían pareja pro- porcionada a las
caderas y a los muslos.
Los
maestros, como verdaderos artistas, ejercitaban el cuerpo, no sólo para darle
vigor, resistencia y agilidad, sino también la simetría y la elegancia. El Galo
moribundo, que es de la escuela de Pérgamo, muestra, en comparación con las
estatuas de los atletas, la distancia que separa un cuerpo sin cultura física
de un cuerpo educado en este sentido. La cabellera, espesa como una melena de
león; manos y pies de aldeano; una piel gorda; músculos sin flexibilidad; codos
puntiagu- dos; venas hinchadas; contornos angulosos; líneas sin armonía; nada
mas que el cuerpo robusto de un animal salvaje. En los atletas, por el
contrario, el talón, en un principio plano y sin fuerza, se circunscribe a un
óvalo de gran pureza; el pie, antes ancho y claramente emparen- tado con el del
simio, ahora es arqueado y más elástico para el salto; la rótula, las
articulaciones, toda la osamenta, primero saliente y acu- sada, ahora apenas
marcada e indicada con sobriedad; la línea de los hombros, antes horizontal y
rígida, ahora con alguna inflexión y más suave; en todas partes la armonía de
las formas que continúan, fun- diéndose unas en otras; la frescura y juventud
de una vida fluida, tan natural y sencilla como la de un árbol o una flor.
Encontraríamos mu- chos pasajes en el Ménexenes, los Rivales o el Carmides, de
Platón, que cogen al vuelo cualquiera de esas actitudes. Un joven educado de
esta manera puede moverse con facilidad y sin afectación; sabe incli- narse,
estar en pie, apoyarse en una columna, y en cualquiera de estos movimientos ser
tan hermoso como una estatua. De igual manera, un gentil hombre, antes de la
Revolución, al saludar, al tomar un polvo de tabaco, al escuchar, tenía la
soltura señoril que observamos en los grandes y retratos de la época. Mas lo
que se veía en los modales, en los ademanes y en la actitud de un griego no era
de un hombre de Corte, sino del hombre de la palestra. Mirad cómo le describe
Platón, tal como la gimnasia hereditaria de una raza selecta le había formado:
“Es natural, Cármides, que aventajes a todos los demás, porque ninguno de los
que están aquí creo yo que podría nombrar dos casas en Atenas cuya alianza
engendrase algo mejor y más hermoso que aquellas dos familias de que tú
procedes. En efecto, vuestra familia paterna, la de Critias, hijo de Drópidas,
ya fue alabada por Anacreon- te, Solón y otros muchos poetas como eminente en
belleza, en virtud y en todos aquellos bienes en que los hombres cifran la
felicidad. Y lo mismo la de tu madre. Nadie, según dicen, era más alto y
hermoso que tu tío Pirilampo cuando se le envió como embajador al gran rey, o a
cualquier otro país del continente; y toda esta segunda casa, la ma- terna, en
nada es inferior a la primera. Habiendo nacido de tales pa- dres, es natural
que seas el primero en todo lo que te propongas. Y por cuanto está a la vista,
por tu apariencia, querido hijo de Glauco, no creo que ninguno de tus
antepasados se avergonzase de ti.” “Y en rea- lidad- añade Sócrates- me
parecería admirable por la estatura y la be- lleza... Que nos pareciese así a
los hombres no es nada extraño; pero me fijé en que ni los mismos niños, nadie,
ni aun los más pequeños, miraban mas que a él...; y todos le contemplaban como
la estatua de un dios.” Y Querefón, alabándole, dijo: «¡Qué hermoso es su
rostro!
¿No es
verdad, Sócrates? Pues si quisiese desnudarse, el rostro que- daría eclipsado,
pues tanta es la belleza de su figura entera!»
En esta
breve escena, que nos transporta más lejos aún de la fecha en que fue escrita,
hasta los tiempos más hermosos del desnudo, todo es precioso y significativo.
Vemos aquí la tradición de la sangre, el efecto de la educación, el gusto
popular y generalizado de la belleza, todos los orígenes de la escultura
perfecta. Numerosos textos nos con- firman la misma opinión. Homero había
citado a Aquiles y Nereo co- mo los griegos más hermosos reunidos ante Troya;
Herodoto nombra a Calícrates el Espartano como el más hermoso de los griegos
armados contra Mardonio. Todas las fiestas de los dioses, todas las grandes
ceremonias daban ocasión para concursos de belleza. Los ancianos más hermosos
eran elegidos en Atenas para llevar ramas en las Pana- teneas; los hombres más
bellos de Elis eran encargados de llevar las ofrendas a la diosa. En Esparta,
en las gimnopedias, los generales, los hombres ilustres que no tenían una noble
presencia eran relegados a las últimas filas en las procesiones de los coros.
Los lacedemonios, según dice Teofrasto, condenaron a pagar una multa a su rey
Arqui- damos porque se había desposado con una mujer muy pequeña, ale- gando
que les daría reyezuelos en lugar de reyes. Pausanias vio en Arcadia concursos
de belleza en los que rivalizaban las mujeres; tales fiestas databan de hacía
nueve siglos. Un persa, pariente de Jerjes y el más alto de su ejército,
habiendo muerto en Acanto, hiciéronle sacrifi- cios como a un héroe. Los de
Egesto habían levantado un templo pe- queño en la tumba de uno de Crotona que
se refugió entre ellos, Fili- po, vencedor en los Juegos Olímpicos, el más
hermoso de los griegos de su tiempo, y en vida de Herodoto todavía le dedicaban
sacrificios. Tal es el ambiente en que se había desenvuelto la educación, y
que, a su vez, actuando sobre ella, le proponía por objeto la producción de la
belleza. Seguramente era una raza hermosa, pero se había embellecido sistemáticamente.
La voluntad perfeccionó la naturaleza, y la estatua- ria iba a terminar lo que
la naturaleza, aun cultivada, no logró realizar más que a medias.
Hemos
visto cómo durante dos siglos las instituciones que forman el cuerpo humano, la
orquéstrica y la gimnasia, nacen, se desenvuel- ven, se propagan alrededor de
los puntos de origen, se extienden por todo el mundo griego, proporcionan el
instrumento de la guerra, la decoración del culto, la era para la cronología;
ofrecen la perfección corporal humana como fin principal de la existencia y
llevan hasta el vicio la admiración de la forma bella. Con lentitud,
gradualmente y a distancia, el arte, que hace las estatuas de metal, de madera,
de marfil o de mármol, acompaña a la educación, que hace la estatua viva. No
caminan a la par; aunque contemporáneos, durante dos siglos perma- nece el arte
en situación inferior y es meramente copista. Primero pen- saron en la verdad,
antes de intentar la representación de ella; los cuerpos reales interesan antes
que los cuerpos simulados; se forma el coro antes de esculpirle. Siempre el
modelo, moral o físico, precede a la obra que representa; pero la precede muy
de cerca, porque se nece- sita que al realizarse la obra esté aún vivo en todas
las mentes. El arte es un eco armonioso y amplificado; adquiere toda su nitidez
y pleni- tud, precisamente en el momento que languidece la vida de la cual es
la resonancia. Este es el caso de la estatuaria griega; llega a su mayor edad
justamente en el instante en que termina el período lírico; en los cinco años
que siguen a la batalla de Salamina, cuando comienza una cultura nueva con la
prosa, el drama y las primeras investigaciones de la filosofía. De pronto se
advierte el tránsito de la mera copia a la be- lla creación; Aristocles, los
escultores de Egina, Onatas, Kanakos, Pitágoras de Regio, Kalamis, Ageladas,
copiaban la forma real con fidelidad absoluta, como Verocchio, Pollaiolo,
Ghirlandajo, Fra Fi- lippo y el mismo Perugino. Pero entre las manos de sus
discípulos Mirón, Policleto y Fidias, brota la forma ideal, como entre las
manos de Leonardo, Miguel Ángel y Rafael.
III
La
estatuaria griega no sólo representa los hombres más bellos, si- no también las
imágenes de los dioses; y según el sentir de los anti- guos, éstas fueron sus
obras maestras. Al hondo sentimiento de la perfección corporal y atlética se
unía, lo mismo en el público que en el artista, un original sentimiento
religioso, una idea del universo, perdi- da en la actualidad; una manera
peculiar de entender, reverenciar y adorar las fuerzas naturales y divinas.
Hemos de tener presente este conjunto especial de emociones y creencias cuando
queramos penetrar en cierto modo el alma y el genio de Policleto, Agorácrito o
Fidias.
Basta
leer a Herodoto para comprender cuán viva estaba todavía la fe en la primera
mitad del siglo V. No sólo Herodoto es piadoso y tan devoto que no se atreve a
pronunciar algunos nombres sagrados, a revelar determinadas leyendas, sino que,
además, la nación entera mantiene en el culto la grandiosa austeridad
apasionada que expresan en este mismo tiempo los versos de Esquilo y de
Píndaro. Los dioses aún viven, están presentes, hablan; los mortales los ven,
como sucede- rá en el siglo XIII con la Virgen y los Santos. Habiendo dado
muerte los de Esparta a los heraldos de Jerjes, las entrañas de las víctimas
muestran señales desfavorables; es porque el asesinato ha ofendido la memoria
de un muerto, Taltibios, el glorioso heraldo de Agamemnón, a quien los espartanos
consagrar especial culto. Para desenojarle, dos hombres de la ciudad, nobles y
ricos, se encaminan al Asia, entregán- dose a Jerjes. A la llegada de los
persas, todas las ciudades consultan el oráculo. Su voz ordena a los atenienses
que llamen en su ayuda a su yerno; recuerdan entonces que Boreas raptó a
Oritia, hija de Erecteo, su más remoto antepasado, y levantan en su honor un
templo cerca del Iliso. En Delfos el dios declara que se defenderá por sí
mismo; cae el rayo en medio de las tropas bárbaras; los peñascos que se
desprenden de las montañas les aplastan en su caída, en tanto que del templo de
Palas Pronoea se escapan voces y los gritos de guerra, y dos héroes del país,
con estatura más que humana, Fílacos y Autonoos, acaban de poner en huída a los
persas, presa de espanto. Antes de la batalla de Salamina, los atenienses traen
de Egina las estatuas de los Eácidas para luchar a su lado. Durante la batalla,
algunos viajeros que pasaban cerca de Eleusis vieron una gran polvareda y
oyeron la mística voz de Iacco que venía en ayuda de los griegos. Terminada la
batalla ofrecen a los dioses, como primicias, tres naves apresadas, una de las
tres con- sagrada a Ayax; y del botín apartan en primer lugar la plata
necesaria para erigir en Delfos una estatua de doce codos de altura.
No
terminaría nunca si enumerase las muestras de pública piedad; todavía latía en
el pueblo férvidamente cincuenta años más tarde. Diópitas, dice Plutarco,
“publicó un decreto que ordenaba denunciar a todos aquellos que no reconociesen
la existencia de los dioses y que enseñaban doctrinas nuevas acerca de los
fenómenos celestes”. Aspa- sia, Anaxágoras, Eurípides, sufrieron molestias y
persecuciones por esta causa; Alcibíades fue condenado a muerte, y Sócrates
murió por el delito presunto o comprobado de impiedad; la indignación popular
fue terrible contra los que habían falsificado los misterios tradiciona- les,
mutilando también a los dioses. Cierto es que todos estos porme- nores
demuestran, al mismo tiempo que la persistencia de la antigua fe, el advenimiento
de la libertad de pensar. En torno de Pericles, co- mo en torno de Lorenzo de
Médicis, se agrupaba un cenáculo selecto de pensadores y filósofos; también
Fidias fue admitido en este grupo escogido, como, pasados los siglos, lo fue
también, en un medio aná- logo, Miguel Ángel, pero en ambas épocas la tradición
y la leyenda ocupaban y dirigían como soberanas la imaginación y la conducta de
los hombres. Cuando el eco de las discusiones filosóficas hacía vibrar un alma
henchida de formas pintorescas era para depurar y engrande- cer en ella las
figuras divinas. La nueva sabiduría no destruyó la reli- gión, sino que,
interpretándola, le llevó a su emoción más profunda, al sentimiento poético de
las fuerzas naturales. Las grandiosas hipótesis de los primeros físicos
conservaban para el mando toda su vitalidad, pero haciéndola más augusta. Acaso
por haber oído a Anaxágoras hablar del Nous, pudo Fidias concebir las estatuas
de Júpiter, de Palas, de la celeste Afrodita, llevando, como decían los
griegos, a la perfec- ción más acabada la majestad de los dioses.
Para
tener el sentimiento de la divinidad es necesario poder dis- cernir, a través
de la forma concreta del dios legendario, las poderosas y constantes fuerzas de
donde proviene. Si más allá de la representa- ción personal el hombre no
entrevé en una especie de resplandor la potencia moral o física, cuyo símbolo
es aquella figura, quedará fatal- mente encerrado en una idolatría pobre y
mezquina. En tiempo de Cimón y de Pericles los hombres entreveían esa grandeza
de los dio- ses. La mitología comparada ha demostrado recientemente que los
mitos griegos, emparentados con los sánscritos, no expresaban en su origen otra
cosa que la actividad de las fuerzas naturales, y que poco a poco el lenguaje
fue convirtiendo en dioses los elementos y los fenó- menos físicos, con toda su
variedad, su belleza y su fecundidad ina- gotable. En el fondo del politeísmo
late el sentimiento de la naturaleza llena de vida, inmortal y creadora, y este
sentimiento subsiste siempre. Todas las cosas se hallaban empapadas de la
esencia divina; el hom- bre habla con la naturaleza que le envuelve; numerosas
veces en Es- quilo y en Sófocles vemos a los hombres dirigirse a los elementos,
como a seres sagrados con los cuales está unido, para dirigir el gran coro de
la vida.
Filoctetes,
en el momento de partir saluda a las “ninfas que fluyen de las fuentes, la
sonora voz del mar que se estrella contra los pro- montorios.” “Adiós, tierra
de Lemnos, ceñida por las olas; envíame sin daño, envíame en una travesía feliz
allí donde el poderoso Destino quiera llevarme.” Prometeo, encadenado a la
roca, llama en su auxilio a todos los seres grandiosos que llenan el espacio:
“¡Oh Éter divino, rápidos Vientos, Manantiales de los ríos, Sonrisa infinita de
las ondas del mar! ¡Oh Tierra, madre de cuanto existe! ¡Orbe del Sol, testigo
de cuanto acontece, yo os invoco! ¡Mirad los males que sufre un dios por mano
de los dioses!” Los espectadores no tienen mas que dejarse lle- var por la
emoción lírica para encontrar las primitivas metáforas que, sin que ellos lo
sospechen, fueron el germen de su religión.
“El cielo
purísimo- dice Afrodita en una obra perdida de Esquilo- goza penetrando en la
Tierra; el Amor la toma por esposa; la lluvia que desciende del Cielo generador
fecunda la Tierra, y entonces nacen de ella los pastos de los animales y el
grano de Demeter”. Para, com- prender este lenguaje bástanos salir de las
artificiales ciudades y los campos cultivados con simetría. El que viaja solo
en un país montaño- so a orillas del mar y se deja absorber enteramente por los
diversos as- pectos de la naturaleza intacta, muy pronto conversará con ella.
Poco a poco se anima a sus ojos como un rostro expresivo; las montañas,
inmóviles y ceñudas, se convierten en calvos gigantes o monstruos agazapados.
Las aguas, que brillan y rebotan contra las rocas, parecen criaturas alocadas
que ríen y charlan; los altos pinos silenciosos se- mejan vírgenes severas, y
cuando dirige sus miradas al mar en pleno mediodía y lo ve azulado,
deslumbrador, engalanado como para una fiesta, con la infinita sonrisa de que
hace un momento hablaba, Es- quilo, se siente llevado, para expresar la
voluptuosa belleza que le envuelve y penetra su ser entero, a pronunciar el
nombre de la diosa nacida de las espumas, que al salir de las ondas vino a
arrebatar el corazón de los dioses y los mortales.
Cuando un
pueblo siente la vida divina de las cosas naturales, en- cuentra fácilmente el
fondo natural de donde brotan las personas divi- nas. En los siglos más
gloriosos de la estatuaria este último fondo se hace visible todavía bajo las
apariencias de la figura humana y con- creta que la leyenda le había prestado.
Hay algunas divinidades, en especial las de las aguas corrientes, los bosques y
las montañas, que siempre han permanecido transparentes. La náyade o la oréade
era, sin duda, una joven como la que se ve sentada en una roca en las me topas
de Olimpia; al menos la imaginación figurativa y escultural la representaba de
esa manera; pero al nombrarla sentíase la misteriosa majestad del bosque
tranquilo o la frescura de la fuente rumorosa. En Homero, cuyos poemas son la
Biblia de los griegos, Ulises náufrago, después de haber nadado por espacio de
dos días llega “a la desembo- cadura, de un río de hermosas aguas y dice al
río:- Escúchame, rey, quienquiera que seas, vengo a ti suplicándote
ardientemente, huyendo del mar, para librarme de la cólera de Poseidón... Ten
Piedad ¡oh, rey!... porque es para mí una gloria poder suplicarte”.- Habló así
y el río se calmó deteniendo su corriente y sus olas, y quedó tranquilo ante
Ulises, recogiéndole en su desembocadura.
Claro es
que el dios en este caso no es un personaje barbudo es- condido en una gruta,
sino el propio río, que fluye hacia el mar, la gran corriente apacible y
acogedora. Y lo mismo sucede cuando habla del río encolerizado contra Aquiles:
«El Xanto habló así y se lanzó sobre él, hirviendo de cólera, estruendoso y
espumeante de sangre y de cadáveres. Y las ondas brillantes del río, nacido de
Zeus, se irguieron aprisionando al hijo de Peleo. Entonces Efestos volvió
contra el río sus llamas resplandecientes, y ardieron los olmos, los sauces y
los tama- rindos; ardían los lotos, los gladiolos y los cipreses que abundaban
junto al río de las hermosas aguas; las anguilas y los peces nadaban inquietos
o se sumergían en los remolinos perseguidos por el hálito abrasador de Efestos,
y la misma fuerza del río fue consumida; enton- ces exclamó:- ¡Efestos! Ningún
dios puede luchar contigo; cesa, pues, te lo ruego.- Hablaba así ardiendo y sus
límpidas aguas hervían.»
Seis
siglos más tarde, cuando Alejandro se embarcó en el Hidas- pes, de pie en la
proa hizo libaciones al río, al otro río hermano suyo, y al Indo que recibía a
ambos y cuyas aguas le habían de transportar. Para un alma ingenua y sana, un
río, sobre todo si es desconocido, es por sí mismo un poder divino. El hombre
en su presencia se siente ante un ser eterno, siempre en movimiento, unas veces
benéfico, otras destructor, de formas y apariencias innumerables; su inagotable
y ordenado fluir le da la idea de una vida tranquila y varonil, pero majes-
tuosa y sobrehumana. En los siglos de decadencia, en las estatuas co- mo la del
Tíber y la del Nilo los escultores antiguos aún recordaban la impresión
primitiva y el amplio torso; la actitud reposada, la mirada indecisa de la
estatua demuestran que por medio de la forma humana trataba de expresar la
expansión magnífica, uniforme e indiferente de las aguas caudalosas.
Otras
veces, el nombre del dios hacía entrever su naturaleza. Hes- tia significa el
hogar, y jamás la diosa ha podido separarse completa- mente de la llama
sagrada, que era el centro de la vida doméstica; Demeter representa la tierra
madre, y los epítetos rituales la llaman la obscura, la profunda y la
subterránea, la nodriza de todos los seres, la verdeante, la que nos trae los
frutos. El Sol para Homero es un dios distinto de Apolo, y la persona moral se
confunde en este dios con la luz sensible. Numerosas divinidades, Horai, las
Estaciones; Dicé, la Justicia; Némesis, la Represión, llevan al alma del
adorador su sentido sólo con el propio nombre. No citaré sino uno, Eros, el
Amor, para mostrar cómo el griego de espíritu ágil y penetrante reunía en el mis-
mo sentimiento la adoración de una persona divina y la adivinación de una
fuerza natural. “Amor- dice Sófocles-, invencible en el combate; Amor, que
desciendes sobre los afortunados y los poderosos, vives en las mejillas
delicadas de la doncella. Tú salvas el mar y entras en las rústicas chozas, y
no hay nadie entre los inmortales ni entre los hom- bres perecederos que pueda
librarse de ti.” Un poco más tarde, según las diversas interpretaciones del
nombre, en manos de los invitados al Banquete varía la naturaleza del dios.
Para unos, si amor significa simpatía y concordia, el Amor es el más universal
de todos los dioses y, conforme a la idea de Hesíodo, el autor de todo orden y
toda armo- nía en el mundo. Según otros es el más joven de los dioses, porque la
vejez excluye el amor; es el más delicado, puesto que camina y reposa en lo más
tierno que existe, los corazones, y sólo en aquellos que tie- nen ternura; es
de una esencia líquida y sutil, porque entra y sale en las almas sin darse
cuenta de ello; tiene el color de una flor, puesto que vive entre flores y
aromas. Según otros, finalmente, como el amor es un deseo, y por tanto la
carencia de algo determinado, es un hijo de la pobreza, flaco, sucio, descalzo,
que duerme al raso, pero ávido de belleza y, por tanto, activo, industrioso,
perseverante, y filósofo. El mito renace, pues, de sí mismo y ondula, a través
de mil formas dis- tintas, en manos de Platón.
Entre las
de Aristófanes las nubes se convierten por un momento en divinidades casi
semejantes a Eros. Si se observa en la Teogonía de Hesíodo la confusión, medio
consciente, medio involuntaria, que esta- blece entre las personas divinas y
los elementos físicos; si se advierte que cuenta “treinta mil dioses guardianes
encima de la tierra fecun- da”; si se recuerda que Tales, el primer físico y el
primer filósofo, de- cía que todo procede de la humedad, al mismo tiempo que
todo está lleno de dioses, comprenderemos el profundo sentimiento que susten-
taba entonces la religión griega, la emoción sublime, la admiración, la
veneración con que aquel pueblo adivinaba las fuerzas infinitas de la
naturaleza viva bajo las imágenes de sus dioses.
A decir
verdad, no todos estaban en el mismo grado relacionados a las cosas, Los había-
y eran precisamente los más populares- desta- cados aisladamente y convertidos
en seres con personalidad propia, en virtud del trabajo más intenso de la
leyenda. El Olimpo griego puede compararse con un olivo al terminar el estío.
Según la altura y si- tuación de las ramas, los frutos están más o menos
adelantados; unos, apenas visibles, no son mas que un istilo abultado y
pertenecen ple- namente al árbol; otros, ya maduros, están aún sujetos al
tallo; otros, en fin, maduros por completo, han caído y se necesita alguna
atención para reconocer el pedúnculo que los sostuvo. Así, el Olimpo griego,
según el grado de trasformación que ha humanizado las fuerzas natu- rales, presenta
en diversas alturas divinidades en las que el carácter físico se considera de
más importancia que el aspecto personal; otras en que ambos aspectos son
iguales; otras, en fin, en el que el dios, convertido en hombre, sólo queda,
unido por algunos hilos, o sola- mente por uno sutilísimo, al fenómeno
elemental de que procede. Y sin embargo queda ligado a él. Zeus, que en la
Ilíada es un jefe de fa- milia dominante y en Prometeo un rey usurpador y
tiránico, conserva, a pesar de todo, muchos rasgos de lo que fue primeramente:
el cielo lluvioso y fulgurante. Epítetos rituales y antiguas frases indican su
naturaleza original. De él «descienden los ríos», “Zeus llueve”. En Creta su
nombre significa el día; más tarde Ennio dirá en Roma que es “aquella sublime claridad
ardiente que todos invocan bajo el nom- bre de Júpiter”. Se ve en las obras de
Aristófanes que para los aldea- nos, los hombres del pueblo, los espíritus
sencillos y arcaicos, es siempre «el que riega los campos y hace brotar las
cosechas». Cuando un sofista les dice que Zeus no existe, se asombran y le
preguntan quién es entonces el que hace retumbar el trueno o el que derrama la
lluvia. Ha herido con el rayo a los Titanes, al monstruoso Tifón de las cien
cabezas, los negros vapores, que, nacidos de la tierra, se enrosca- ban como
serpientes, invadiendo la bóveda celeste. Habita las cimas de las montañas que
llegan al cielo, donde se amontonan las nubes, donde desciende el rayo: es Zeus
del Olimpo, Zeus del Ithome, Zeus del Himeto. En el fondo, como todos los
dioses, es múltiple; unido a los diversos lugares donde el corazón del hombre
ha sentido más in- tensamente su presencia, a las diversas ciudades y aun hasta
a las fa- milias, que, habiéndole contemplado en su horizonte, lo hicieron suyo
ofreciéndole sacrificios. “Te conjuro- dice Tecmeses- por el Zeus de tu hogar.”
Para
representarnos exactamente el sentimiento religioso de un griego, debemos
imaginar un valle, unas costas, todo el paisaje primi- tivo donde el pueblo
griego se estableció. No es el cielo en conjunto ni la tierra universal lo que
siente como seres divinos, sino su cielo, con su horizonte de onduladas
montañas; es la tierra en que vive, son los bosques que la pueblan, las aguas
corrientes junto a las que habita. Tiene su Zeus, su Poseidón, su Hera, su
Apolo, como tiene las ninfas de los bosques y de los ríos. En Roma, en una
religión que había con- servado mejor el espíritu primitivo, Camilo decía: «No
hay en esta ciudad un lugar que no se halle impregnado de religión y no esté
ocu- pado por alguna divinidad.»
«No temo
a los dioses de vuestro país- dice un personaje de Es- quilo- porque nada les
debo.» Para hablar con propiedad, el dios es local, puesto que por su origen es
la región misma; por esto, a los ojos de un griego su ciudad es sagrada y las
divinidades forman un todo con ella. Cuando la saluda a su regreso, no es por
una conveniencia poética, como el Tancredo de Voltaire; no experimenta sólo,
como un hombre moderno, la alegría de encontrar de nuevo los objetos familia-
res y regresar a su casa; la playa, las montañas, el recinto amurallado que
guarda su pueblo, la vía de los sepulcros que encierran los huesos y los manes
de los héroes que la fundaron, todo cuanto le rodea es para su espíritu como un
templo. “Argos y vosotros, dioses indígenas- dice Agamemnón-, sois los primeros
a quienes he de saludar, porque habéis sido los auxiliares de mi regreso y de
la venganza que he toma- do de la ciudad de Príamo.»
Cuanto
más de cerca estudiamos su sentimiento más profundo nos parece, más
justificable su religión, mejor fundamentado su culto. Sólo más tarde, en las
épocas de frivolidad y decadencia, se convirtie- ron en idólatras. “Si
representamos los dioses con figura humana- dicen- es porque no hay otra forma
más bella.” Pero sobre la forma expresiva veían flotar, como en un sueño, las
fuerzas generales que gobiernan el alma y el universo.
Sigamos
una de sus procesiones, la de las grandes panateneas, y tratemos de descubrir
los pensamientos y las emociones de un atenien- se que unido al solemne cortejo
se encaminaba a visitar el santuario. Era a principios del mes de septiembre.
Durante tres días la ciudad entera había presenciado los juegos; primero, en el
Odeón, toda la pompa de la orquéstrica; los recitados de los poemas de Homero,
los concursos de canto, de cítara y de flauta; los coros de jóvenes desnudos en
la danza pírrica; otros, vestidos, formando un coro cíclico. Luego, en el
estadio, todos los ejercicios corporales sin vestiduras: la lucha, el pugilato,
el pancracio, el pentalto para hombres y niños; la carrera a pie, sencilla y
doble, para hombres desnudos y hombres ar- mados; la carrera a pie y con
antorchas; la carrera a caballo, la carrera de carros con dos o cuatro
caballos; de carro ordinario o de carro de guerra, con dos hombres, de los
cuales uno saltaba al suelo y conti- nuaba corriendo junto al carro hasta que
volvía a montar en él de un salto. Según una frase de Píndaro “los dioses eran
amigos de los jue- gos” y no se podía honrarles mejor que con este espectáculo.
Al cuarto
día, la comitiva, cuya imagen nos ha conservado el friso del Partenón, se ponía
en marcha. Al frente iban los pontífices, ancia- nos elegidos entre los más
hermosos; las vírgenes de familia noble; las representaciones de las ciudades
aliadas, con las ofrendas; luego los metecos, con los vasos y objetos de oro y
plata cincelados; los atletas a pie, a caballo o en sus carros; una larga fila
de sacrificadores, con las víctimas, y, por fin, el pueblo, con trajes de
fiesta. La galera sagrada se ponía en movimiento, llevando en un mástil el velo
de Palas que las jóvenes recogidas en el Erecteion habían bordado. Saliendo del
Cerá- mico iba hasta el Eleusino, dando un rodeo; costeaba la Acrópolis por el
Norte y el Este, y se detenía junto al Areópago. Allí se desprendía el velo de
la nave para llevarlo a la diosa, y el cortejo entero subía la inmensa
escalinata de mármol de cien pies de largo y setenta de an- cho, escalinata que
conducía a los propíleos, vestíbulo de la Acrópolis. Como en la antigua Pisa, donde
apretados en un espacio reducido se encuentran juntos la Torre inclinada, el
Camposanto y el Baptisterio, la abrupta meseta de la Acrópolis, consagrada
enteramente a los dio- ses, desaparecía bajo los monumentos sagrados; templos,
capillas, colosos, estatuas; pero desde su altura, de cuatrocientos pies de
eleva- ción, se dominaba el país entero. Entre las columnas y los ángulos de
los edificios, perfilados sobre el cielo, los atenienses contemplaban la mitad
del Ática, un anfiteatro de montañas desnudas, abrasadas por el estío; el mar
resplandeciente, encuadrado por el contraste opaco de las costas; todos los
grandes seres eternos, raíces de donde habían brotado los dioses; el Pentélico,
con sus altares y la lejana estatua de Palas Atenea; el Himeto y el Anquesmes,
donde las efigies colosales de Zeus indicaban todavía el parentesco primordial
del cielo tempestuoso y las cimas elevadas.
Llevábase
el velo al Erecteion, el templo más augusto, verdadera urna sacra donde se
conservaba el palacio caído del cielo, el sepulcro de Cecrops y el olivo
sagrado, padre de todos los demás. Allí la leyen- da entera, las numerosas
ceremonias, los diversos nombres divinos levantaban en el espíritu un vago y
grandioso recuerdo de las primeras luchas y los primeros avances de la
civilización humana. A la luz cre- puscular del mito vislumbraba el hombre la
lucha arcaica y fecunda del agua, la tierra y el fuego; la tierra, alzándose de
las aguas, pletóri- ca de vida, cubriéndose de plantas hermosas, de semillas y
árboles nutritivos; poblándose y humanizándose bajo el impulso de los pode- res
misteriosos que hacen entrechocar los elementos indómitos, y poco a poco, a
través del desorden, establecen la supremacía del espíritu. Cecrops, el
fundador, tenía como símbolo un ser que llevaba su mismo nombre, la cigarra,
que se suponía nacida de la tierra; insecto atenien- se por excelencia,
melodioso y flaco habitante, de las colinas secas, y del cual los antiguos
atenienses llevaban la imagen en el cabello. A su lado, el primer inventor,
Triptolemo, el que molía el grano, que tuvo por padre a Diaulos, el surco
doble, y por hija a Gordis, la cebada. Más significativa todavía era la
leyenda, de Erecteo, el gran ante- pasado. En medio de las desnudeces de la
imaginación infantil que expresaba ingenua y extrañamente su nacimiento, el
nombre, que sig- nifica el Suelo fértil, los de sus hijas, que son el Aire
claro, el Rocío y el Copioso Rocío, se adivinaba la idea de la tierra seca
fecundada por la humedad nocturna. Numerosos detalles del culto completan este
mismo sentido. Las jóvenes que han bordado el velo se llaman Cané- foras,
portadoras de rocío; por la noche van a buscar los símbolos del rocío en una
caverna cerca del templo de Afrodita. Talo, la estación de las flores; Karpo,
la estación de los frutos, honradas muy cerca de aquel lugar, también son los
nombres de dioses agrícolas. Todos estas denominaciones expresivas imprimían su
profundo sentido en el espí- ritu del ateniense; advertía en ellos, borrosa y
velada, toda la historia de su raza. Convencido de que los manes de los
fundadores y antepa- sados seguían viviendo en torno de la tumba y continuaban
colmando de dones a los que honraban su sepultura, ofrecíales pasteles, miel y
vino, y al depositar estas ofrendas abarcaba de una sola ojeada el pa- sado y
el porvenir, la prolongada prosperidad de su ciudad nativa, uniendo ambos
términos en una sola esperanza.
Al salir
del antiguo santuario, donde la primitiva Palas se mostra- ba bajo el mismo
techo que Erecteo, veía casi enfrente el nuevo templo construido por Ictino,
donde la diosa reinaba sola y donde cuanto la rodeaba hablaba de su gloria. Y
el ateniense apenas vislumbraba, lo que fue esta divinidad en los tiempos
primitivos; su origen físico que- daba esfumado ante su persona moral; mas el
entusiasmo es una agu- da adivinación, y los fragmentos de leyenda, los
atributos consagra- dos, los epítetos de la tradición encaminaban su mirada
hacia la leja- nía de donde había brotado. Sabían que era hija de Zeus, el
cielo ful- gurante, y que había nacido sólo del dios; salió de su frente, en
medio de los relámpagos y el tumulto de los elementos; Helios se detuvo; la
Tierra y el Olimpo se estremecieron; el mar encrespó sus olas; una lluvia de
oro de rayos luminosos se había extendido por toda la tierra. Ante aquella
súbita blancura virginal los hombres cayeron de hinojos, penetrados por la
frescura vivificante que viene tras la tormenta. Compararon a la diosa entonces
con una mágica doncella y le dieron el nombre de Palas. Pero en aquel Ática,
cuyo éter es más puro y más sutil que el de parte alguna, se convirtió más
tarde en Atenea, la Ate- niense. Otro de sus sobrenombres más antiguos,
Tritogenia, nacida de las aguas, recordaba también que había brotado de las
linfas celestes, o sugería el cabrilleo luminoso de las olas. Restos también de
su antiguo origen eran el color de sus ojos glaucos y la elección del pájaro que
le acompañaba, el búho, cuyas pupilas, durante la noche, son cla- rividentes
luminarias. Gradualmente su figura, había ido perfilándose y había crecido su
historia. El tempestuoso nacimiento la había mos- trado guerrera, armada de
todas armas, terrible compañera de Zeus en el combate contra los Titanes
rebeldes. Como virgen y pura luz, poco a poco fue representando el pensamiento
y la inteligencia, y la llama- ban la industriosa, porque había inventado las
artes; la caballista, por- que había domado los caballos; la saludable, porque
sanaba las enfer- medades. Todos los beneficios y todas las victorias de la
diosa hallá- banse representados en los muros, y la mirada que iba del frontón
del templo al inmenso paisaje abarcaba en un segundo los dos momentos de la
religión interpretados el uno por el otro y reunidos en el alma con la
sensación sublime de la belleza perfecta.
En el
horizonte, hacia el mediodía, se divisaba el mar limitado, Poseidón, que
acaricia y conmueve a la tierra, el azulado dios cuyos brazos rodean la costa y
las islas; y en una misma ojeada le encuen- tran de nuevo en el frontón
occidental del templo, erguido, encoleri- zado, alzando su torso musculoso, su
potente cuerpo desnudo, con un ademán indignado de dios furioso, mientras que
tras él, Anfitrito, Afrodita, casi desnuda en el regazo de Thalassa, Latona con
sus hijos, Leucotea, Halirotios, Eurites, hacen sentir, por la ondulante
inflexión de sus contornos infantiles o femeninos, la gracia, la inquietud, la
libertad, la eterna sonrisa del mar. En el mismo mármol Palas victo- riosa doma
los caballos que un golpe de tridente de Poseidón ha hecho salir de la tierra;
la diosa los conduce hacia las divinidades del suelo: Cecrops, el fundador;
Erecteo, el primer antepasado, el hombre de la tierra; hacia sus tres hijas,
que atemperan con el rocío la sequedad del suelo pobre; hacia Caliroe, la
hermosa fuente, e Iliso, el umbroso río. La mirada, al descender, después de
haber contemplado sus imágenes, los encontraba en la realidad al pie de la
altura de la Acrópolis.
Pero la
propia Palas resplandecía en toda la extensión del espacio. No eran necesarias
la reflexión y la sabiduría, sino el alma y los ojos del artista para descubrir
la afinidad de la diosa con todo lo circun- dante; para sentir su presencia en
el esplendor del aire luminoso, en el brillo de la rauda luz, en la limpidez
del aire sutil, causa para los ate- nienses de la agilidad de su inteligencia y
la vivacidad de su fantasía. La diosa era el genio de la raza, el verdadero
espíritu de la nación; tan lejos como la mirada podía alcanzar, no se veían más
que los dones, los inventos, la obra entera que Palas ofrecía a los atenienses:
los ce- nicientos olivares, las policromas laderas rayadas por los surcos, los
tres puertos donde humeaban los arsenales y se apretaban los navíos; las
murallas largas y resistentes que unían la ciudad con el mar, y la hermosa
ciudad, sobre todo, con sus gimnasios, sus teatros, su Pnyx; con los monumentos
restaurados y las edificaciones nuevas que cu- brían el lomo, y las pendientes
de las colinas y que, por su arte, su industria, sus fiestas, sus invenciones,
su valor incansable, convertida en la «escuela de Erecia», extendía su dominio
por todo el mar y su influjo en la nación entera.
En este
momento se abrían las puertas del Partenón y aparecía ro- deada de ofrendas,
vasos, coronas, armaduras, carcajes, máscaras de plata, la colosal efigie, la
protectora, la doncella, la victoriosa. De pie, inmóvil, con la lanza apoyada
en el hombro, el escudo al lado, soste- niendo en la mano una victoria de oro y
marfil, la égida de oro encima de su pecho, ceñida la cabeza de un áureo casco,
con una hermosa túnica de oro de diversos matices, y destacándose sobre el
esplendor de las armas y las vestiduras, con la cálida palidez del marfil del
ros- tro, los brazos, las manos y los pies de la diosa. En la media luz de la
cella centelleaba el brillo de sus claros ojos de piedras preciosas. Cier-
tamente, al imaginar su expresión serena y sublime, Fidias había con- cebido un
poder que rebasaba todo humano límite; una de las fuerzas universales que guían
el curso de lo existente: la inteligencia activa, que para Atenas era el alma
de la patria. Acaso había percibido en su corazón las resonancias de la nueva
física, y de la nueva filosofía que, confundiendo todavía el espíritu y la
materia, consideraban el pensa- miento como «la sustancia más pura y más
ligera», especie de éter sutilísimo extendido por todos los ámbitos para
producir y mantener el orden del universo. Así llegó a concebir una idea muy
superior a las creencias populares: la Palas de Fidias superaba a la de Egina,
tan llena ya de grandeza, con la majestad de las cosas eternas.
Por un
largo rodeo y con círculos cada vez más ceñidos hemos estudiado el origen de la
estatua, y ahora nos encontramos en la plaza desierta, que todavía puede
reconocerse, donde se levantó su pedestal y de donde ha desaparecido la forma
augusta.
FIN DEL
TOMO TERCERO

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