© Libro No. 498. Katherine
Mansfield. Cuentos. Compilación Molina Miranda Guillermo.
Colección E.O. Octubre 12 de 2013.
Títulos originales: © Katherine Mansfield. Cuentos. Compilación Gmm
Versión Original: © Katherine Mansfield. Cuentos. Compilación Gmm
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Katherine Mansfield. Cuentos
Compilación Gmm
CONTENIDO
Una vocación apasionada. La trágica y breve vida de
Katherine Mansfield
(Kathleen Beauchamp;
Wellington, 1888 - Fontainebleau, 1923) Narradora neozelandesa que cultivó la
novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más
representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo
constituido por J. Joyce, D. H. Lawrence, E. M. Foster y V. Woolf, quienes
liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim
de J. Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona
de la época, pues como el ruso A. Chéjov supo captar la sutileza del
comportamiento humano.
Pasó la mayor parte de su
infancia en Yarori, pequeña ciudad situada no lejos de Wellington, y a los
catorce años fue enviada a Inglaterra, donde frecuentó el Queen's College de
Londres. Luego volvió, en 1906, a Nueva Zelanda. Ya cuando niña empezó a manifestar
un talento vivo y la conciencia de una libertad moral que habían de imprimir en
su obra narrativa el sello de una profunda originalidad.
Después de haber permanecido
en el hogar durante dos años, obtuvo de su padre una modesta asignación que le
permitió residir de nuevo en Londres, siquiera pobremente. En 1909 contrajo
matrimonio con George Bowden, de quien muy pronto se divorciaría, y dos años
más tarde publicó su primer libro de narraciones, In a German Pension (1911),
revelador de una personalidad compleja y de difícil definición, así como de un
estilo original en el que se advierten acusadas influencias de Chejov.
Las sucesivas colecciones de
cuentos, Felicidad (1921), Garden-Party (1922), La casa de muñecas (1922) y El
nido de palomas y otros cuentos (1923), la impusieron rápidamente a la atención
de la crítica y del público como uno de los mayores talentos narrativos de la
época. En 1918 se unió al célebre crítico inglés John Middleton Murry, que
escribiría una de sus más cariñosas biografías (1949); sin embargo, este
vínculo resultó asimismo tempestuoso, y conoció frecuentes y prolongadas
separaciones.
Junto a John permaneció
Mansfield hasta el final en Francia, donde su nombre llegó pronto a ser famoso
en los círculos literarios, sobre todo por su amistad con F. Careo; y bajo el
sol meridional buscó remedio a la tuberculosis, que, no obstante, a los treinta
y cinco años, en el apogeo de la madurez artística, truncaría su existencia.
Se ha dicho que, como ocurrió
con Keats, la sutil dolencia puede considerarse una de las razones de su
particular visión del mundo, dominada por una sensibilidad finísima que la
inclina a entregarse con todas sus fuerzas al instante presente, que la escritora
analiza con una vigilancia y una seguridad extremadas. Ello dio a su Diario
(1933) y a sus cartas (The Letters of K. M., 1934), textos publicados póstumos,
y también a su poesía y a su obra narrativa, el carácter singular fruto de una
compleja e interesantísima personalidad de mujer y escritora.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/mansfield.htm
La trágica y breve vida de Katherine
Mansfield
Lisandro
Otero
Rebelión
La rebeldía femenina ha sido
una constante del pasado siglo XX. Muchas activistas sociales, escritoras y
sociólogas dieron el grito de alarma y convocaron a la emancipación; la última
minoría oprimida, la de las esposas relegadas, se declaró en estado de
insubordinación. Una de las escritoras que representó esa transgresión del
orden establecido fue Katherine Mansfield.
Su vida fue una constante
negación de su entorno, un rechazo de su ubicación social, una impugnación de
su tiempo. Perteneció a una familia burguesa acomodada que no toleraba ver a su
heredera gorda, tartamuda, con lentes. Tanta imperfección no se ajustaba a su
categoría social. Había nacido, además, en un confín olvidado del mundo, en
Wellington, Nueva Zelandia, con el nombre de Kathleen Beauchamp. Por sus
presiones la familia la envió a estudiar a Londres, al Queen´s College, donde
su vocación literaria maduró. En las clases de estudios bíblicos Katherine se
distraía estudiando las venas en el rostro de su profesor.
Su familia la reclamó y ahí
comenzó la gran sublevación. Su disgusto es evidente en cada paso que da.
Organiza una expedición a través de la selva virgen neozelandesa. Mantiene
numerosas relaciones eróticas, tanto sáficas como heterosexuales. Concibe un hijo
de un cantante y para legitimarlo se casa con un patriarcal profesor de música,
mucho más viejo que ella, a quien abandona la misma noche de la boda.
La familia decide recluirla en
un convento de Baviera. De ahí se escapa para vivir en una pensión donde
comienza a vivir con un traductor polaco que le trasmite una enfermedad venérea
que padecerá durante mucho tiempo. Pero el polaco hace algo más que eso. Le
enseña a leer a Chejov, la convierte en una entusiasta del ruso. La huella se
verá más tarde en su propia literatura. Ese episodio es su último vínculo con
sus raíces: su madre la deshereda. Se aficiona a tocar el violonchelo.
Regresa a Londres y se inicia
la etapa más productiva de su vida. Escribe incesantemente y lleva sus relatos
a todas las revistas, a todos los cenáculos literarios. En 1911 publica su
primer libro “En una pensión alemana”, basado en su experiencia en Baviera: una
protesta contra la irracional ferocidad de la vida cotidiana. Su obra comienza
a ser acogida y respetada. Y entonces se produce el gran encuentro: conoce al
editor John Middleton Murry que será su ángel custodio, su maestro y su amante.
No pueden casarse porque el viejo profesor de música se niega a concederle el
divorcio.
A Middleton le escribió:
“Aunque viviese hasta la edad de los patriarcas originales de la Biblia, jamás
conseguiría amarte todo lo que deseo… Te amo con toda la fuerza de nuestra vida
futura, nuestra vida en común, que tan sólo ahora parece haber arraigado y
vivir y crecer de cara al sol” Finalmente Katherine había encontrado la paz y
la armonía en el amor compartido con un ser semejante.
Cuando publica “La fiesta en
el jardín” parece haber llegado a la plenitud de sus fuerzas creativas, libro
escrito en Suiza a donde ha ido a curarse de una dolencia fatal. Virginia Wolf
la distingue con su amistad. Frecuenta el Bloomsbury Group. Ya es aceptada como
una fuerza mayor en las letras inglesas pero se debilita por días: la tragedia
asoma en su vida. De una relación con D.H.Lawrence había contraído
tuberculosis, que le fue diagnosticada en 1918. Middleton la interna en un
albergue en Fontainebleau, cerca de París.
Tras una ausencia Middleton la
visita. Para demostrarle su supuesta recuperación sube precipitadamente una
escalera y experimenta una súbita hemoptisis. Esa noche muere. Tenía treinta y
dos años. Unos días antes había escrito en su Diario: “Quiero la tierra y sus
maravillas: el mar, el sol. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en
él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí,
volverme un ser humano conciente y sincero. Al comprenderme a mí misma quiero
comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de hacer…
trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Quisiera tener un jardín, una
casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y sacar de todo esto lo que
quiero escribir; expresar todas estas cosas… Quiero vivir la vida cálida,
anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir,
pensar, actuar, eso es lo que quiero, a donde debo tratar de llegar”.
Todo ello le fue negado pero
dejó una impronta indeleble en la literatura de habla inglesa como uno de los
pilares del modernismo y legó una huella considerable en sus muchos y devotos
seguidores.
gotli2002@yahoo.com
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=50715
¿Ves aquel clavo grande a la
derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin
embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará
siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes
allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le
olvida del todo.
...No te puedes figurar cómo
cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no
es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la
gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados
largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te
parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el
efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por
ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después
de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía
saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la
atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales,
y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo
tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe
que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo
sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.
¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería!
Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer
algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca
me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por
nuestra vida. Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una
tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había
puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas
oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor
mío?». Y en aquel instante parecía brillar sólo para mí. Parecía que lo
comprendiera...; algo que es nostalgia y sin embargo no lo es. O quizá el dolor
de lo que uno echa de menos, sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de
menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.
...Pero, en cuanto el canario
entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y
aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se
detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de
sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me
sorprendí a mí misma diciéndole:
-¿Ya estás aquí, amor mío?
Desde aquel instante fue mío.
...Aún me asombra ahora
recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana
quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota
soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba
afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no
lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. Más tarde, en cuanto
terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra.
Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula
encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que
iba a ocurrir. «Eres un verdadero comediante», le decía riñéndolo. Le frotaba
el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de
agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio
chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de
esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. En su
percha jamás había una mancha. Y sólo viendo cómo disfrutaba bañándose se
comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en
la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero
sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las
plumas del pecho. Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no
quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres
ahora es que te miren». Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose
con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas,
ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera
recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto, me parecía
que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.
...Me hacía compañía,
¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido
sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis
tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos.
Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida
cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos:
tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me
llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima
importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar?
Pero me acuerdo de que aquella. noche me consoló pensar que no estaba sola del
todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la
llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza, y me miró con su ojito reluciente,
de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.
...¿Has tenido pájaros alguna
vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente
cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros
y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no
tiene un foxterrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad,
estoy segura. Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a
veces los sueños son terriblemente crueles) y, como que al cabo de un rato de
haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la
cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho.
Supongo que aún estaba medio dormida: pero, a través de la ventana sin postigo,
me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era
insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño
horrible» o «Protégeme de la oscuridad». Estaba tan asustada, que incluso me
tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La
jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que
le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido
compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy».
Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.
...Pero ahora se ha ido. Nunca
más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo
encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas,
cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en
mí. Me sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me
iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa,
y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a
Dios por habérmelo dado.
Sin embargo, a pesar de que no
soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la
tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que
es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza
y la muerte, no: es otra cosa distinta. Está en nosotros profunda, muy
profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque
trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está
esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo
puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa
tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?
FIN
A pesar de sus treinta años,
Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado
correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa,
marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla
a coger, o quedarse quieta y reír... simplemente por nada.
¿Qué puede hacer uno si, aún
contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente
una sensación de felicidad..., de felicidad plena..., como si de repente se
hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el
pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?
¿Es que no puede haber una
forma de manifestarlo sin parecer "beodo o trastornado"? La
civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de
mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?
"No, la comparación con
el violín no expresa exactamente lo que quiero decir-pensó mientras subía
corriendo la escalera, y, después de buscar la llave en su bolso y ver que la
había olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón-. Y no
lo expresa porque..."
-¡Gracias, Mary! -Entró en el
vestíbulo-. ¿Ha vuelto la niñera?
-Sí, señora.
-¿Han traído la fruta?
-Sí, señora; ya está aquí.
-Haga el favor de llevarla al
comedor; la arreglaré antes de vestirme.
El comedor estaba ya en
penumbra y en él se sentía algo de frío; pero, a pesar de ello, Berta se quitó
el abrigo: no podía soportarlo abrochado ni un momento más. El aire frío bañó
sus brazos.
Pero en su pecho ardía aún
aquel fuego resplandeciente que se extendía a todos los miembros como una
lluvia de chispas. Casi era insoportable. Apenas se atrevía a respirar por
miedo a avivarlo más y, sin embargo, lo hacía muy hondamente. Tampoco se decidía
a mirar al frío espejo..., pero miró al fin y vio en él a una mujer radiante,
sonriente, de labios trémulos, con unos ojos grandes y oscuros, y en toda ella
ese aire atento de quien escucha, esperando algo..., algo divino que va a
pasar... y que sabe ha de ocurrir infaliblemente.
Mary trajo la fruta en una
bandeja y dos grandes platos. Uno de ellos era de cristal y el otro de
porcelana azul, muy bonito, con un reflejo extraño, como si lo hubiesen
sumergido en un baño de leche.
-¿Doy la luz, señora?
-No, gracias; veo muy bien.
Había mandarinas como bolas de
fuego, manzanas llenas de lozanía con tintes de rosa; peras amarillas tan
suaves como la seda; uvas blancas con reflejos de plata y un gran racimo de
rojas, tan intensas que parecían moradas. Éstas las había comprado para que
entonaran con la nueva alfombra del comedor. Sí, tal vez pareciera algo absurdo
y rebuscado, pero no era otra la razón de haberlas elegido. En la frutería
había pensado: "Tengo que llevarme un racimo de uvas rojas para que en la
mesa haya algo que recuerde la alfombra". Y en aquel momento esta idea le
pareció muy razonable.
Cuando hubo hecho con todas
aquellas lustrosas redondeces dos pirámides, se alejó unos pasos para ver el
efecto, que era realmente muy curioso. La mesa oscura se fundía en la penumbra
de la habitación, y los dos platos -el azul y el de cristal cargados de fruta-
parecían flotar en el aire. Esto, debido quizás a su estado de ánimo, le
resultó increíblemente hermoso, y se echó a reír.
"¡No, no! Me estoy
volviendo histérica", se dijo. Y cogiendo el bolso y el abrigo, subió
hasta la habitación de la niña.
La niñera estaba sentada ante
una mesita baja dando de cenar a la pequeña Berta después de haberla bañado. La
niña vestía una bata de franela blanca y una chaquetilla de lana azul, y sus
negros y finos cabellos los llevaba peinados hacia atrás terminados en un
gracioso moñito. En cuanto vio a su madre, levantó la cabeza y empezó a saltar.
-No, querida, no; come
quietecita como una niña buena -dijo la niñera apretando los labios de una
forma que Berta conocía ya. Aquello significaba que era uno de los momentos
inoportunos para entrar al cuarto de la niña.
-¿Ha sido buena hoy, Tata?
-Toda la tarde ha estado
encantadora -contestó en voz baja-. Estuvimos en el parque y me senté en una
silla. Cuando la saqué del cochecito se acercó un perro muy grande que me puso
la cabeza sobre las rodillas, y la niña le agarró las orejas tirando de ellas.
¡Oh, me hubiese gustado que la señora la hubiese visto!
Berta quiso preguntarle si no
le parecía peligroso dejar que la niña tirara de las orejas a un perro
desconocido, pero no se atrevió y se quedó mirándolas con los brazos caídos,
como una niña pobre delante de otra rica que tiene una muñeca.
Su hijita volvió a levantar la
cabeza, contemplándola fijamente, y luego le sonrió de manera tan adorable que
Berta, sin poder resistir más, dijo:
-¡Oh, Tata, déjeme que termine
de darle la cena mientras usted arregla las cosas del baño!
-Como quiera la señora; pero,
mientras la niña come, no debe cambiarse la persona que le da de comer
-contestó la niñera en voz baja.
¡Qué absurdo! ¿Para qué tener
una niña si siempre había de estar guardada, no en una caja como un precioso y
raro violín, sino en los brazos extraños de otra mujer?
-Bien, pero yo deseo darle de
cenar -dijo Berta.
La niñera, muy ofendida, le
entregó la niña.
-Sobre todo, le ruego a la
señora que no la excite después de cenar. Ya sabe que es muy impresionable y
luego para dormirla me hace pasar un mal rato.
Gracias a Dios la niñera había
salido ya de la habitación con las toallas del baño.
-¡Ahora eres toda para mí,
preciosa mía! -dijo Berta mientras la niña se apretaba contra ella.
Comió graciosamente, tendiendo
los labios hacia la cuchara y agitando después sus manecitas. A veces no quería
soltarla, y otras, en el momento que Berta la tenía llena, hacía un además
apartándola lejos de sí.
Cuando terminó la sopa, Berta
se volvió hacia el fuego.
-Eres encantadora...,
sencillamente encantadora -dijo mientras la besaba, sintiéndola tan tibia y
suave-. ¡Te quiero tanto, tanto!
¡Claro que la quería! ¡La
quería por entero! Le gustaba sentir su cuello tibio y ver los deliciosos dedos
de sus pies que ahora brillaban con rojizas transparencias ante el fuego de la
chimenea... Sí, la quería; la quería tanto, que aquella intensa sensación de
dicha plena la dominó de nuevo, y otra vez no supo cómo expresarla, ni qué
hacer con ella.
-La llaman al teléfono, señora
-dijo la niñera volviendo con aire de triunfo y apoderándose de su pequeña
Berta.
Bajó corriendo. Era Harry.
-¿Eres tú, Berta? Se me ha
hecho tarde. Tomaré un taxi y llegaré tan pronto como pueda. Retrasa la cena
unos diez minutos, ¿quieres?
-Sí, Harry; perfectamente.
Oye...
-Dime.
¿Qué podía decirle? Nada, nada
en absoluto. Sólo deseaba seguir en contacto con él un momento más; pero no
podía gritarle absurdamente: "¡Qué día más preciosos hemos tenido!"
-¿Qué querías? -insistió la
vocecita lejana.
-¡Nada! Entendí -dijo Berta, y
colgó el auricular, pensando lo estúpida que es la civilización.
Tenían invitados a cenar. Los
Norman Knight -una pareja muy bien avenida: él iba a abrir un nuevo teatro y a
ella le interesaba la decoración de interiores-; un muchacho joven, llamado
Eddie Warren, que acababa de publicar un tomito de versos y a quien todo el
mundo invitaba a cenar, y Perla Fulton, un "hallazgo" de Berta. Ésta
ignoraba lo que la señorita Fulton hacía. Se habían conocido en el club y Berta
se entusiasmó enseguida con ella, como siempre le sucedía con una mujer guapa
que tuviera algo extraño y misterioso.
Lo que más le atraía de la
joven era que, a pesar de haberse visto y hablado muchas veces, aún no la
comprendía. Hasta cierto punto, encontraba a la señorita Fulton
extraordinariamente franca; pero había en ella esa línea divisoria imposible de
trasponer.
¿Existía algo más? Harry decía
que no. Le parecía insulsa y fría como todas las rubias, y quizá con un poco de
anemia cerebral. Pero Berta no estaba de acuerdo con él por el momento.
-Esa manera que tiene de
sentarse ladeando un poco la cabeza y de sonreír oculta algo, Harry -le había
dicho-. Tenemos que averiguar lo que es.
-Pues aseguraría que tiene un
buen estómago -contestaba Harry.
Le gustaba dejar a su esposa
sin respuesta con salidas de esta índole. Unas veces decía: "A mi juicio
tiene el hígado helado". Otras: "Quizás padece de narcisismo".
En ocasiones: "Tal vez sufre de una afección al riñón"..., y cosas
por el estilo. Sin embargo, por alguna razón extraña, a Berta le gustaba eso, y
casi lo admiraba.
Se dirigió al salón y encendió
el fuego en la chimenea. Luego cogió uno de los cojines que Mary había
arreglado con tanto esmero y volvió a disponerlos sobre los sillones y los
sofás. Así ya era otra cosa. La habitación pareció de repente cobrar vida. Mientras
dejaba el último almohadón, quedó sorprendida al ver que lo abrazaba fuerte y
apasionadamente. Pero esto no logró extinguir el fuego que ardía en su pecho.
¡Oh, no, no; al contrario!
Las ventanas del salón se
abrían a un balcón sobre el jardín. Al fondo, cerca de la tapia, un alto y
esbelto peral, totalmente en flor, se erguía magnífico y sereno recortado en el
cielo verde jade. Berta veía, a pesar de la distancia, que no tenía ni una flor
ni un solo pétalo marchito. Más abajo, en los arriates, los tulipanes rojos y
amarillos parecían apoyarse en la oscuridad. Un gato gris, arrastrando el
vientre, se deslizaba a través del césped, y otro negro -como su sombra- le
seguía. Al verlos tan rápidos y cautelosos, Berta sintió un extraño temblor.
-¡De qué forma más inquietante
se arrastran esos animales -balbuceó. Y, apartándose de la ventana, comenzó a
pasear por el cuarto.
¡Cómo flotaba el aroma de los
narcisos en el aire caliente del cuarto! ¿Olían demasiado? ¡Oh, no, no! Y, sin
embargo, como si no hubiese podido resistir más el intenso perfume, se echó en
un sofá apretándose los ojos con las manos.
-¡Soy feliz, demasiado feliz!
-dijo con un susurro.
Aún persistía en su retina,
bajo los párpados cerrados, el hermoso peral, con todas las flores
completamente abiertas como el símbolo de su vida.
Realmente..., realmente..., lo
tenía todo: era joven; Harry y ella se querían más que nunca, llevándose muy
bien; tenía una niña adorable; no le agobiaban preocupaciones económicas;
vivían en una hermosa casa, con jardín, que reunía todas las condiciones
deseables, y tenían amigos, modernos e interesantes: escritores, pintores,
poetas y hombres de mundo..., precisamente la clase de amistades que a ambos
les gustaban. Y, para colmo de su dicha, había descubierto una modista
maravillosa, el próximo verano saldrían de viaje por el extranjero, y su nueva
cocinera sabía hacer unas tortillas sabrosísimas...
-¡Soy absurda, absurda!
-murmuró levantándose. Pero notó que se sentía completamente aturdida, como
embriagada. Sería seguramente la primavera. ¡Sí, era la primavera! Estaba tan
cansada, que le costó trabajo subir a vestirse.
Se puso un vestido blanco, un
collar de jade y zapatos verdes. Esta combinación no era casual. Lo había
pensado tras muchas horas de haber visto el peral en flor por la ventana del
salón.
Los pliegues de su vestido
crujieron suavemente cuando entró en el vestíbulo y besó a la señora Knight que
estaba quitándose un extravagante abrigo color naranja, adornado con una
procesión de monos negros que orlaban todo el borde y subían después por las
solapas.
-No hago más que preguntarme
-dijo- por qué será la clase media tan obtusa y tendrá tan poco sentido del
humor. Querida mía, estoy aquí por pura casualidad, y gracias a Norman, que me
ha servido de protección. Mis adorables monos han revuelto el tren entero de
tal manera, que todos los ojos no eran ya más que un solo par. Se me comían,
sencillamente. No se reían, no; no les producía risa, cosa que al fin me
hubiese gustado. Sólo me miraban muy fijos, como si quisieran atravesarme.
-Pero lo gracioso del caso...
-repuso Norman calándose un gran monóculo con montura de concha-. No te importa
que lo cuente, ¿verdad, Cara? -En casa y entre amigos se llamaban Cara y
Careto-. Lo gracioso fue que cuando Face estaba más enojada se volvió a la
mujer que tenía a su lado y le dijo:"¿Es que nunca ha visto usted un
mono?"
-¡Oh, sí! -y su esposa unió su
risa a la de los demás-. Tuvo gracia,¿verdad?
Pero lo que resultó aún más
divertido fue que, una vez quitado el famoso abrigo, la señora Knight parecía
realmente un mono inteligente que se hubiese hecho un traje con tiras de papel
de plátano. Y sus pendientes de ámbar eran como dos pequeñas nueces colgantes.
Sonó otra vez el timbre de la
puerta. Era Eddie Warren, delgado y pálido como de costumbre y en su estado de
extrema angustia.
-Es ésta la casa ¿verdad? ¿Es
ésta? -preguntó.
-Sí, supongo que sí -contestó
riéndose Berta.
-He pasado un rato malísimo
con el chofer de un taxi: tenía un aspecto de los más siniestros y no había
forma de hacerlo parar. Cuando más tocaba en el cristal para avisarle, más
corría él. Bajo el claro de luna, era una figura grotesca con la cabeza achatada
hundida en el volante...
Al quitarse un inmenso pañuelo
de seda blanco que le envolvía el cuello se estremeció. Berta observó que sus
calcetines también eran blancos. ¡Una combinación realmente encantadora!
-¡Debió ser horrible! -le
dijo.
-Sí, verdaderamente lo fue
-continuó Eddie siguiéndola al salón-. Yo me veía rodando hacia la eternidad en
un taxi sin taxímetro.
A Norman Knight ya lo conocía,
pues estaba escribiendo una obra para su teatro.
-¿Qué tal, Warren? ¿Cómo va
esa comedia? -le preguntó, dejando caer el monóculo y concediendo a su ojo un
momento de libertad para que pudiera dilatarse a gusto antes de volver a quedar
otra vez prisionero tras el cristal.
La señora Knight también se
acercó a él.
-¡Oh, señor Warren! Sus
calcetines son preciosos.
-Celebro que le gusten -dijo
mirándose los pies-. A la luz de la luna producen mucho mayor efecto. -Y
volviendo su rostro delgado y triste hacia Berta, añadió-: Porque esta noche
hay luna, ¿no lo sabía usted?
Berta sintió ganas de gritar:
"¡Estoy segura de que la hay con frecuencia, con mucha frecuencia!"
Verdaderamente, Warren era muy
atractivo; pero también lo era Cara, que estaba inclinada ante el fuego, con su
vestido de pieles de plátano, y Careto, que, dejando caer la ceniza de su
cigarrillo, preguntaba:
-Pero, ¿dónde está el novio?
-Ahora llega.
Se oyó abrir y cerrar de golpe
la puerta de la calle y Harry gritó:
-¡Un saludo a todos! ¡Estaré
listo dentro de cinco minutos!
Y subió corriendo la escalera.
Berta no pudo contener una sonrisa. Sabía que a Harry le gustaba hacer las
cosas a gran velocidad, aunque al fin y al cabo, ¿qué importaban cinco minutos
más o menos? Pero él se convencía a sí mismo de que eran importantísimos y
además luego tenía el puntillo de entrar en el salón muy lento y sosegado.
Harry sabía exprimir a la vida
todo su sabor y Berta lo admiraba por ello. También sentía admiración hacia él
por su amor a la lucha, por dar en todo cuanto se le oponía una prueba de su
fuerza y de su valor, aún cuando delante de personas que no lo conocían bien.
Berta comprendía que este rasgo de su carácter lo ridiculizaba un tanto...,
pues había momentos en los que se lanzaba a la lucha cuando ésta en realidad no
existía. Hablando y riendo, Berta olvidó completamente que Perla Fulton no
había llegado aún y no se dio cuenta de ello hasta que su marido entró en el
salón exactamente como ella se había figurado.
-Estaba pensando si la
señorita Fulton se habrá olvidado de nosotros...
-No me extrañaría -dijo
Harry-. ¿Tiene teléfono?
-Ahora llega un taxi. -Y Berta
sonrió con aquel aire de posesión que siempre adoptaba mientras sus nuevas
amigas constituían para ella un misterio-. Es una mujer que vive en los taxis.
-Engordará demasiado si tiene
esta costumbre -repuso Harry tranquilamente, tocando el gong para la cena-. Y
eso es un terrible peligro para las rubias.
-Harry, por favor -le suplicó
Berta riendo.
Esperaron todavía un momento
hablando y riéndose como si tal cosa, pero quizá con demasiada naturalidad.
Luego apareció la señorita Fulton con un vestido de tisú de plata y una cinta
también de plata, sujetando sus rubios cabellos. Entró sonriendo y con la
cabeza ladeada.
-¿Llego tarde? -preguntó.
-No, no, de ninguna manera
-dijo Berta-. Venga. -Y, cogiéndola del brazo, la guió hasta el comedor.
¿Qué había en el contacto de
su brazo frío que avivaba... que avivaba... y hacía arder aquel fuego de
felicidad que Berta sentía en su interior sin saber cómo exteriorizarlo?
La señorita Fulton no advirtió
nada en su rostro porque rara vez miraba a las personas cara a cara. Sus
espesas pestañas le caían sobre los ojos, y una extraña sonrisa bailaba en sus
labios. Parecía vivir más para escuchar que para mirar. Pero de repente Berta
sintió como si se hubiera cruzado entre las dos la más íntima mirada y se
hubiesen dicho la una a la otra: "¿Tú también?". Y Perla Fulton,
mientras movía la sopa rojiza en el plato gris, sintió lo mismo.
¿Y los demás? Cara y Careto,
al igual que Eddie y Harry, hablaban de diversas cosas mientras subían y
bajaban las cucharas, se secaban los labios, desmenuzaban el pan y tocaban los
tenedores y los vasos. De cosas así:
-La conocí una noche de
estreno en el Alfa. Es un ser de lo más fantástico. No sólo tenía muy recortado
el pelo, sino que parecía también haberse quitado trocitos de sus piernas y
brazos, un pedazo de cuello, y algo de su pobre nariz.
-¿No está muy ligada con
Michael Oat?
-¿El autor de El amor con
dentadura postiza?
-Ahora quiere escribir un
monólogo para mí. El argumento es un hombre que decide suicidarse. Expone
primero todas las razones por las cuales debería hacerlo y a continuación las
que a su juicio se lo impiden y, en el preciso momento en que después de sopesar
el pro y el contra toma una determinación, cae el telón. Es una idea bastante
buena.
-¿Cómo va a titularla?
¿Digestión pesada?
-Creo haber visto la misma
idea en una pequeña revista francesa casi desconocida en Inglaterra.
No, no; ninguno compartía los
sentimientos que a ella le animaban, pero todos eran encantadores...¡todos! Le
gustaba tenerlos allí, sentados a su mesa, dándoles manjares exquisitos y
buenos vinos. Y le alegraba tanto su presencia, que hubiese querido decirles lo
simpáticos que eran, y lo decorativo que a su juicio resultaba el grupo en el
que cada uno parecía servir para hacer resaltar al otro, como si fueran
personajes de una comedia de Anton Chejov.
Harry estaba disfrutando con
la comida. Formaba parte de su... no diremos exactamente, naturaleza, ni
tampoco su actitud..., sino de su... algo... al hablar de los diversos platos y
vanagloriarse de su "exagerada pasión por la carne blanca de la langosta"
y "el verde de los helados de pistacho... tan verdes y fríos como los
párpados de las danzarinas egipcias".
Cuando mirando a su esposa le
dijo: "Berta, este soufflé es admirable", a ella le faltó poco para
echarse a llorar de felicidad como una niña.
¡Oh! ¿Por qué sentía tanta
ternura esta noche hacia el mundo entero? ¡Todo era bueno, todo justo! Cuanto
ocurría colmaba más y más la copa rebosante de su dicha hasta hacerla
desbordarse.
Y constantemente, en lo
profundo de su pensamiento, tenía fija la imagen del peral. Ahora debía ser
todo de plata bajo la luz de la luna a la que ser refirió el pobre Eddie;
plateado como la señorita Fulton, que estaba acariciando una mandarina con sus
dedos largos y tan pálidos que parecían despedir una extraña y débil luz.
Lo que Berta no llegaba a
comprender -y en ello estaba precisamente el milagro- era cómo había podido
adivinar exactamente y en el instante preciso el pensamiento de la señorita
Fulton, porque no tenía la más leve duda de que lo había adivinado y, sin embargo,
¿en qué se había fundado? En casi nada; en menos que nada.
"Supongo que esto pasa
alguna vez, aunque muy raramente, entre mujeres, pero nunca entre hombres
-pensó Berta-. Tal vez mientras prepare el café en el salón, la señorita Fulton
hará o dirá algo que ha comprendido."
En realidad no sabía lo que
quería decir con esto. ¡Tampoco imaginaba lo que pasaría después!
Mientras pensaba de este modo
se daba cuenta de que seguía hablando y riendo. Tenía que hacerlo así porque no
le era posible contener su alegría.
"Tengo que reírme -se
dijo- , si no, me moriría."
Y cuando se dio cuenta de la
extraña costumbre que Cara tenía de meterse la mano en el escote de su vestido,
como si guardara allí una diminuta y secreta provisión de avellanas, Berta tuvo
que clavarse las uñas en las manos para no estallar en una carcajada.
Por fin terminaron de cenar.
-Vengan a ver mi nueva
cafetera exprés -les dijo.
-Cada quince días tenemos una
nueva -comentó Harry.
Esta vez fue Cara quien la
cogió del brazo. La señorita Fulton las siguió con la cabeza ladeada.
El fuego del salón convertido
en ascuas brillaba como un ojo intenso y vacilante hecho "un nido de
pequeños Fénix", como dijo Cara.
-No encienda todavía la luz.
¡Es tan bonito!- Y volvió a inclinarse cerca de las brasas. Siempre tenía frío.
"Sin duda lo siento hoy porque no lleva su caquetita de lana roja",
pensó Berta.
Y en aquel instante la
señorita Fulton hizo el signo de inteligencia esperado.
-¿Tienen ustedes jardín?
-preguntó con voz tranquila y soñadora.
Pronunció estas palabras de
una manera tan delicada, que Berta no pudo hacer más que obedecer. Atravesó el
cuarto, y descorriendo las cortinas abrió los anchos ventanales.
-¡Aquí está! -murmuró.
Y las dos mujeres juntas
contemplaron el esbelto árbol en flor. Lo vieron como la llama de una vela que
se alargaba en punta, temblando en el aire tranquilo. Y mientras lo miraban les
pareció que crecía más y más, casi hasta tocar el borde de la luna plateada.
¿Cuánto tiempo estuvieron así?
Fue como si ambas hubieran sido aprisionadas por aquel círculo de luz
sobrenatural; como si fueran dos seres de otro planeta que, perfectamente
compenetrados, se preguntasen lo que estaban haciendo en este mundo, yendo como
iban cargadas con aquel tesoro de felicidad que ardía en sus pechos y caía
hecho de flores de plata de su cabeza y de sus manos.
¿Estuvieron así una
eternidad?... ¿un momento? La señorita Fulton murmuró:
-Sí, eso es -¿o soñó Berta que
lo decía?
Luego alguien encendió la luz
y, mientras Cara hacía el café, Harry dijo:
-Mi querida señora Knight, no
me pregunte por mi hija, porque no la veo casi nunca. No quiero ocuparme de
ella hasta que tenga novio-. Careto se quitó un momento el monóculo y enseguida
volvió a ponérselo. Eddie Warren se tomó el café y dejó la taza con una
expresión de angustia, como si al beber hubiera visto una araña.
-Lo que yo quiero es dar una
oportunidad a los jóvenes -dijo Careto-. Creo que Londres está lleno de obras
muy buenas, unas escritas y otras por escribir. A todos ellos quiero decirles:
"Aquí hay un teatro; trabajen y adelante".
-¿No sabe usted, amigo -dijo
la señora Knight-, que voy a decorar una habitación para los Jacob Narthan?
Estoy tentada de llevar a la práctica una idea que tengo. Hacer una decoración
a base de pescado frito: los respaldos de las sillas tendrían la forma de una
sartén y en las cortinas irían bordadas unas lindas papas fritas haciendo
dibujos.
-El inconveniente de nuestros
jóvenes escritores -continuó Careto- es que aún son demasiado románticos. No es
posible viajar por mar sin marearse y sin tener que echar mano de una
palangana. Pero, ¿por qué no tienen el valor de decir que ésta se necesita?
-Un poema horrible que trataba
de una niña a la que un mendigo sin nariz violaba en un bosquecillo.
La señorita Fulton se sentó en
el sillón más bajo y hondo y Harry le ofreció cigarrillos.
Se puso delante de ella y
presentándole la pitillera de plata le dijo fríamente:
-¿Egipcios? ¿Turcos?
¿Virginia? Están todos mezclados.
Berta entonces comprendió que
la señorita Fulton no sólo no le gustaba a Harry, sino que le molestaba. Y
comprendió también, por el modo en que la señorita Fulton le contestó que no
deseaba fumar, que esta antipatía la percibía y ofendía...
"¡Oh, Harry!" ¿Por
qué no te agrada? Estás equivocado. Es extraordinaria, y, además, ¿cómo es
posible que te sientas tan alejado de una persona que significa tanto para mí?
Cuando estemos acostados trataré de explicarte lo que ambas hemos sentido esta
noche", se dijo.
Y con las últimas palabras,
algo extraño y casi espantoso cruzó por la mente de Berta. Y este algo ciego y
sonriente le susurró: "Pronto se marcharán todos. Se apagarán las luces, y
tú y él se quedarán solos, metidos en la cama caliente, con el dormitorio a
oscuras..."
Se levantó rápidamente de la
silla y corrió hacia el piano.
-¡Es una lástima que nadie
sepa tocar! -dijo alto-. ¡Una verdadera lástima!
Por primera vez en su vida,
Berta Young deseaba a su marido.
Antes sí, lo quería... estaba
enamorada de él, pero de otras muy distintas maneras, no precisamente como
ahora. Y también había comprendido que él era diferente. Lo habían discutido
muchas veces. Al principio, a ella le había preocupado mucho descubrir que era
tan fría; pero al cabo de algún tiempo pareció que aquello no tenía la menor
importancia. Se trataban con entera confianza, eran muy buenos compañeros y, a
su entender, esto era lo mejor de los modernos matrimonios.
Pero ahora lo deseaba,
¡ardientemente, ardientemente! Esta sola palabra la sentía de una forma
dolorosa en su cuerpo abrasado. ¿Era esto lo que aquella sensación de felicidad
significaba? Pero, ¡entonces, entonces!...
-Querida mía -dijo la señora
Knight-. Ya conoce usted nuestras desgracias: somos víctimas del tiempo y del
tren. Vivimos en Hampstead y debemos retirarnos. Hemos pasado una agradable
velada.
-Los acompañaré hasta el
vestíbulo -dijo Berta-. No desearía que se marcharan aún, pero comprendo que no
deben perder el último tren. ¡Es tan desagradable!, ¿verdad?
-Tome antes otro whisky,
Knight -dijo Harry.
-No, gracias.
Como reconocimiento por esta
palabra, Berta, al darle la mano, se la estrechó un poco más.
-¡Adiós! ¡Buenas noches! -les
gritó desde la escalera, notando que su viejo ser se despedía de ellos para
siempre. Cuando volvió al salón, los demás se disponían también a marcharse.
-Usted podrá ir parte de su
trayecto en mi taxi -dijo la señorita Fulton a Warren.
-Me alegra mucho. Así no
tendré que hacer solo otro viaje después de la horrible aventura de esta tarde.
-Encontrarán una parada al
final de la calle. Sólo tendrán que andar unos metros.
-¡Qué cómodo! Voy a ponerme el
abrigo.
La señorita Fulton se dirigió
hacia el vestíbulo. Berta iba a seguirla cuando Harry se adelantó:
-Yo la acompañaré -dijo.
Berta comprendió que su esposo
se arrepentía de la poca amabilidad anterior... y dejó que fuera él. ¡Era a
veces tan niño en su comportamiento... tan impulsivo... tan sencillo!
Y Berta se quedó con Eddie
junto al fuego.
-¿Ha leído el nuevo poema de
Bilk Table d´Hote? -le preguntó Eddie lentamente-. ¡Es magnífico! Está en la
última antología. ¿Tiene usted el volumen? Me gustaría podérselo enseñar.
Empieza con un verso increíblemente maravilloso: "¿Por qué darán siempre
sopa de tomate?"
-Sí -dijo Berta. Y se dirigió
silenciosamente a una mesita que estaba al lado de la puerta, seguida de Eddie.
Tomó el librito y se lo dio, sin que ni él ni ella hubiesen hecho el más leve
ruido.
Mientras Eddie buscaba la
página correspondiente, Berta volvió la cabeza hacia el vestíbulo y vio a Harry
con el abrigo de la señorita Fulton en las manos y a ésta de espaldas a él con
la cabeza ladeada. Harry arrojó de pronto el abrigo, la cogió por los hombros y
la hizo volverse violentamente. Sus labios dijeron:
-Te adoro.
La señorita Fulton le puso sus
manos con aquellos dedos como rayos de luna en el rostro y le sonrió con su
sonrisa de perezosa. Harry entonces se estremeció y sus labios dibujaron una
terrible mueca mientras decían en voz baja:
-¿Mañana?
Y la señorita Fulton, bajando
los párpados, contestó:
-Sí.
-¡Aquí está! -exclamó Eddie-.
"¿Por qué darán siempre sopa de tomate?". Es completamente cierto.
¿No le parece? La sopa de tomate es desesperadamente eterna.
-Si lo desea -dijo Harry en el
vestíbulo- puedo pedirle un taxi por teléfono.
-No es necesario -contestó la
señorita Fulton. Y acercándose a Berta le tendió sus dedos levísimos-. Adiós, y
mil gracias.
-Adiós -dijo Berta.
La señorita Fulton le estrechó
un poco más la mano.
-¡Su hermoso peral...!
-murmuró.
Y se fue. Eddie la siguió,
como el gato negro había seguido al gato gris.
-Bueno, cerremos la tienda
-dijo Harry extraordinariamente frío y sereno.
"¡Su hermoso peral!...¡Su
hermoso peral!..."
Berta corrió hacia la ventana.
-¿Qué va a pasar ahora?
-gritó.
Y el peral alto y esbelto,
cargado de flores, seguía inmóvil como la llama de una vela que alargándose
estuviera casi a punto de tocar el borde plateado de la luna.
Y, después de todo, el tiempo
era ideal. Si lo hubieran hecho de encargo no habría resultado un día más
perfecto para la fiesta en el jardín. Sin viento, cálido, el cielo sin una
nube. Como ocurre a veces al principio del verano, una neblina de oro pálido
velaba, apenas, el azul. El jardinero estaba en pie desde el alba, segando el
prado y barriéndolo, hasta que el césped y los rosetones chatos y oscuros donde
habían estado las margaritas parecieron brillar. En cuanto a las rosas, no se
podía negar que habían comprendido que las rosas son las únicas flores que
impresionan a la gente en una fiesta en el jardín, las únicas flores que a
todos interesan. Cientos, sí, literalmente cientos habían abierto en la noche;
las zarzas verdes estaban inclinadas como si los arcángeles las hubieran
visitado.
No había concluido el almuerzo
cuando vinieron los hombres a levantar la carpa.
-¿Mamá, dónde quieres poner la
carpa?
-Mi hija querida, es inútil
preguntármelo. He resuelto que este año las niñas se encarguen de todo. Olviden
que soy la madre. Trátenme como a un invitado de honor.
Pero Meg no podía vigilar a
los hombres. Antes de almorzar se había lavado la cabeza, y estaba sentada
tomando café; llevaba un turbante verde, con un oscuro rizo húmedo pegado en
cada mejilla. Josefinafina, la mariposa, acostumbraba a bajar con sólo un viso
verde y encima su kimono.
-Tú tendrás que ir, Laura; tú
que eres artística.
Allá fue Laura, con su pedazo
de pan y mantequilla en la mano. Es tan delicioso encontrar una excusa para
comer fuera, y, además, adoraba arreglar cosas; encontraba que podía hacerlas
tanto mejor que cualquier otro.
Cuatro hombres en mangas de
camisa estaban juntos en un camino del jardín. Llevaban estacas cubiertas con
rollos de tela, y grandes cajas de herramientas a la espalda. Eran
impresionantes. Laura hubiera querido no tener ese pedazo de pan y mantequilla
en la mano, pero ni había donde ponerlo, ni se lo podía tragar entero.
Enrojeció y trató de parecer muy seria y hasta un poco corta de vista cuando se
acercó a ellos.
-Buenos días -dijo, imitando
la voz de su madre.
Pero resultó tan horriblemente
afectado que se avergonzó, y tartamudeó como una niñita.
-¡Oh, ustedes vienen...! ¿es
por la carpa?
-Así es, señorita -replicó el
más alto de todos, un tipo flaco y pecoso, cambiando de lado su caja de
herramientas, echando atrás su sombrero de paja y sonriéndole-. Es para eso.
Su sonrisa era tan espontánea,
tan amistosa, que Laura se repuso. ¡Qué lindos ojos tenía! ¡Pequeños, pero de
un azul tan oscuro! Miró a los demás que también sonreían. Parecían decirle:
"¡Ánimo, no te vamos a comer!" ¡Qué obreros tan simpáticos! ¡Y qué
hermosa mañana! Pero no tenía que mencionar la mañana; debía ser una persona de
negocios: la carpa.
-Bueno, ¿qué les parece aquel
macizo de lilas? ¿Servirá?
Y señalaba el macizo de lilas
con la mano que no tenía el pan y mantequilla. Se volvieron, y miraron. Uno de
ellos, bajo y gordo, apretó el labio inferior; el más alto frunció el ceño.
-No me gusta -dijo-. No es
bastante importante. Sabe, tratándose de una carpa -y se volvió hacia Laura-,
hay que ponerla en un lugar donde dé un golpe en el ojo, como quien dice.
Laura se quedó pensando si no
era una falta de respeto que un trabajador hablara de dar un golpe en el ojo.
Pero entendió muy bien.
-Una esquina de la cancha de
tenis -sugirió-. Pero la orquesta estará en otra esquina.
-Hum, ¿van a tener una
orquesta? -preguntó otro de los obreros. Era uno pálido. Tenía una mirada
feroz, mientras sus ojos oscuros medían la cancha de tenis. ¿Qué pensaría?
-Sólo una pequeña orquesta
-dijo Laura con dulzura.
Si la orquesta era pequeña,
quizá no le parecería mal. Pero el hombre alto la interrumpió.
-Mire, señorita, ése es el
lugar. Junto a aquellos árboles. Allá arriba. Ahí estará bien.
Junto a los karakas. Así los
karakas quedarían escondidos. Y eran tan hermosos, con sus anchas hojas
centelleantes, y sus racimos amarillos. Eran como árboles de una isla desierta,
orgullosos, solitarios, elevando sus hojas y frutos al sol en una especie de
silencioso esplendor. ¿Debía esconderlos la carpa?
Y los escondería. Ya los
hombres habían cargado las estacas y estaban arreglando el sitio. Sólo el alto
quedó atrás. Se inclinó, apretó una varita de alhucema, se llevó el pulgar y el
índice a la nariz y aspiró el perfume. Cuando Laura vio el gesto olvidó los
karakas, en su asombro de que al hombre le gustara una cosa así, le gustara el
perfume de la alhucema. ¿Cuántos hombres de los que ella conocía hubieran hecho
tal cosa? ¡Oh, qué simpáticos son los obreros! ¿Por qué no podía tener amigos
obreros en vez de los muchachos tontos con quienes bailaba y que venían a cenar
los domingos? Se entendería mucho mejor con hombres así.
Tienen la culpa -decidió, en
el momento en que el hombre alto dibujaba algo en el dorso de un sobre, algo
que debía ser izado o quedar colgado- estas absurdas distinciones de clase.
Bueno, por su parte, ella no las sentía. En lo más mínimo, ni un átomo... Y
ahora viene el tac-tac de los martillos. Uno de los hombres silbaba, otro
cantaba: “¿Estás bien ahí, camarada?” "¡Camarada!" El compañerismo,
el... el... Para probar qué contenta estaba y mostrar al hombre alto qué cómoda
se sentía, y cuánto despreciaba las convenciones estúpidas, Laura dio un gran
mordisco a su pan y mantequilla, mientras observaba el dibujito. Se sentía como
una pequeña obrera.
-¡Laura, Laura! ¿Dónde estás?
¡El teléfono, Laura! -gritó una voz desde la casa.
-¡Ya voy! -Y salió corriendo,
por el césped, por el sendero, subió los escalones, cruzó la terraza y llegó al
pórtico. En el pasillo, su padre y Lorenzo estaban cepillando sus sombreros,
listos para irse a la oficina.
-Mira, Laura -dijo Lorenzo con
prisa-, podrías revisar mi traje para luego. Mira si no le hace falta un
planchazo.
-¡Ya lo creo!
De repente no pudo contenerse.
Corrió hacia Lorenzo y le dio un rápido apretón.
-¡Oh! adoro las fiestas; ¿y
tú? -murmuró Laura.
-Bastante -dijo Lorenzo con su
voz cálida de muchacho. También apretó a su hermana y luego le dio un empujón-.
Rápido, al teléfono, chica.
El teléfono.
-Sí, sí; ¡oh, sí! ¿Kitty?
Buenos días, querida. ¿Vienes a almorzar? Sí, querida. Encantada. Va a ser una
comida ligera: restos de sándwiches y de merengues y alguna otra cosita. Sí,
¿no es un día divino? ¿El blanco? ¡Oh, seguramente! Un momento; espera. Mamá me
llama-. Laura se sentó. -¿Qué, mamá? No oigo.
La voz de la señora Sheridan
bajó flotando por la escalera.
-Dile que traiga ese delicioso
sombrero que usó el domingo.
-Dice mamá que te pongas ese
sombrero delicioso que llevabas el domingo. Bueno. A la una. Adiós.
Laura colgó el auricular,
levantó los brazos sobre la cabeza, hizo una aspiración profunda, los estiró y
los dejó caer. ¡Uf!, suspiró, y en seguida se enderezó en el asiento. Se quedó
quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa parecían abiertas. La casa
estaba viva, con rápidas pisadas y voces incesantes. La puerta de bayeta verde
que conducía a la cocina se abría y cerraba con un golpe sordo. Ahora se sentía
un sonido absurdo, cloqueando. Era el piano tan pesado arrastrado sobre sus
ruedas tiesas. Y ¡qué aire! Si uno se pone a pensar ¿será el aire siempre así?
Céfiros suaves se perseguían fuera y allá arriba, en las ventanas. Y había dos
marchitas de sol, una en el tintero, otra en un marco de plata, jugando
también. Deliciosas marchitas, sobre todo encima de la tapa del tintero. Estaba
casi caliente. Una cálida estrellita de plata. Daban ganas de besarla.
Sonó el timbre de la puerta y
se oyó crujir el vestido estampado de Sadie por la escalera. Una voz de hombre
murmuró; Sadie respondió, sin interés:
-Le digo que no sé. Espere.
Voy a preguntar a la señora.
-¿Qué hay, Sadie? -preguntó
Laura entrando en el pasillo.
-Es el florista, señorita.
Y ahí estaba. En la puerta
abierta de par en par, había una ancha bandeja colmada de macetas con lirios
rosados. Nada más. Nada más que lirios, lirios, lirios, grandes flores rosadas,
muy abiertas, radiantes, terriblemente vivas sobre sus rojos tallos lustrosos.
-¡Ooh, Sadie! -dijo Laura como
en un gemido. Se agachó como para calentarse en ese resplandor de lirios; los
sintió en sus dedos, en sus labios, creciendo en su pecho.
-Debe ser una equivocación
-dijo en voz muy baja-. No se han pedido tantos. Sadie, vete a buscar a mamá.
En ese mismo instante llegó la
señora Sheridan.
-Está bien -dijo con calma-.
Sí, yo los encargué. ¿No son divinos?
Apretó el brazo de Laura.
-Pasaba por la florista ayer y
los vi en el escaparate. Y de repente se me ocurrió que por una vez en la vida
tendría todos los lirios que quisiera. La fiesta en el jardín era una buena
excusa.
-Pero yo te oí decir que tú no
querías intervenir.
Sadie había entrado. El hombre
de las flores volvió al camión, Laura rodeó el cuello de su madre con un brazo
y suave, muy suavecito, le mordió la oreja.
-Queridita, tú no quieres
tener una madre lógica, ¿verdad? No hagas eso. Aquí está el hombre.
Traía todavía más lirios, otra
bandeja llena.
-Deposítelos junto a la
entrada, por favor, a los lados del pórtico -dijo la señora-. ¿No te parece,
Laura?
-Oh, sí, mamá.
En el salón, Meg, Josefinafina
y el pequeño Hans habían logrado, al fin, cambiar el piano de sitio.
-Ahora, si pusiéramos este
cofre contra la pared y sacáramos todo menos las sillas, ¿no les parece?
-Bueno.
-Hans, lleva esas mesas al
cuarto de fumar, y que vengan a barrer para sacar esas marcas de la alfombra
y... un momento, Hans...
A Josefinafina le gustaba dar
órdenes a los sirvientes, y a ellos les gustaba obedecer. Les hacía pensar que
tomaban parte en un drama.
-Diga a mamá y a la señorita
Laura que vengan en seguida.
-Muy bien, señorita
Josefinafina.
Se volvió hacia Meg.
-Quiero ver cómo suena el
piano, por si alguien me pide que cante esta tarde. Vamos a ensayar “Esta vida
es triste”.
¡Pom. Ta-ta-ta! El piano sonó
con tal furia que Josefina cambió de color. Juntó las manos. Les pareció triste
y enigmática a su madre y a Laura cuando entraron.
Esta vida es tris-te,
Una lágrima... un suspiro
Un. amor que cam-bia
Esta vida es tris-te
Una lágrima... un suspiro
Un amor que cam-bia,
Y entonces... ¡adiós!
Pero en la palabra “adiós”, y
aunque el piano parecía más desesperado que nunca, su rostro se iluminó con una
brillante sonrisa, terriblemente antipática.
-¿Estoy en voz, mamita?
-sonrió.
Esta vida es tris-te,
La esperanza viene a morir.
Un sueño... un despertar.
Pero Sadie interrumpió el
canto:
-¿Qué hay, Sadie?
-Por favor, señora, la
cocinera pregunta si la señora tiene esas tarjetas para los sándwiches.
-¿Las tarjetas para los
sándwiches, Sadie? -repitió como un eco la señora Sheridan, casi ausente.
Y las hijas se dieron cuenta
de que no las tenía.
-Vamos a ver -dijo a Sadie con
firmeza-, diga a la cocinera que las llevaré dentro de diez minutos.
Sadie desapareció.
-Bueno, Laura -dijo la madre
rápidamente-, ven conmigo al cuarto de fumar. Tengo los nombres por ahí,
escritos en el dorso de un sobre. Tendrás que copiarlos. Meg, sube y quítate en
seguida ese trapo mojado de la cabeza. Josefina, corre a vestirte en el acto.
Niñas ¿me oyen, o tendré que decírselo a su padre cuando vuelva esta noche a
casa? Y... y, Josefina, si vas a la cocina trata de calmar a la cocinera,
¿quieres? Me tenía aterrada esta mañana.
Al fin el sobre apareció
detrás del reloj del comedor, aunque la señora Sheridan no se daba cuenta cómo
había ido a parar allí.
-Una de ustedes debe de
haberlo robado de mi cartera porque recuerdo perfectamente... queso fresco y
cuajada con limón. ¿Lo escribieron?
-Sí.
-Huevo y... -la señora
Sheridan alargó los brazos y retiró el sobre-. Parece atún, pero no puede ser,
¿verdad?
-Aceitunas, queridita -dijo
Laura, leyendo por encima del hombro.
-Por supuesto, aceitunas. ¡Qué
combinación atroz: huevos y aceitunas!
Por fin acabaron, y Laura los
llevó a la cocina. Allí se encontró con Josefina calmando a la cocinera, que no
parecía tan aterradora.
-Nunca he visto sándwiches tan
exquisitos -dijo Josefina, con voz extasiada-. ¿Cuántas clases hay? ¿Quince?
-Quince, señorita Josefina.
-Bueno, la felicito.
La cocinera recogió las
cortezas con el cuchillo de cortar pan, y sonrió satisfecha.
-Han venido de casa de Godber
-anunció Sadie, saliendo de la despensa-, vi pasar al hombre desde la ventana.
Eso significaba que habían
llegado los pastelitos de crema. Godber era famoso por sus pastelitos de crema.
A nadie se le ocurría hacerlos en casa.
-Tráigalos y póngalos sobre la
mesa -ordenó la cocinera.
Sadie los trajo y volvió a la
puerta. Por supuesto, Laura y Josefina eran demasiado grandotas para ocuparse
de estas cosas. Con todo, no podían negar que eran muy buenos. Mucho. La
cocinera empezó a arreglarlos, sacudiéndoles el azúcar sobrante.
-¿No le traen a uno el
recuerdo de todas las fiestas pasadas? -dijo Laura.
-Supongo que sí -respondió la
práctica Josefina, que no gustaba de recordar-. Parecen ligeros y plumosos, hay
que reconocerlo.
-Tomen uno cada una, queridas
-dijo la cocinera con voz amable-. Mamá no se dará cuenta.
Oh, imposible, ¡pastelitos de
crema tan enseguida del almuerzo!, la sola idea hacía estremecer. Pero dos
minutos después Josefina y Laura se estaban chupando los dedos con ese aire
absorto que sólo da la crema de batida.
-Salgamos al jardín por el
camino de atrás -sugirió Laura-. Quiero ver cómo van los hombres con la carpa.
¡Son tan simpáticos!
Pero la puerta trasera estaba
bloqueada por la cocinera, Sadie, el hombre de Godber y Hans.
Algo pasaba.
-Tac-tac-tac -cloqueaba la
cocinera como una gallina asustada. Sadie tenía una mano oprimiéndose la cara
como si le dolieran las muelas. La cara de Hans estaba fruncida en un esfuerzo
por comprender. Sólo el dependiente de Godber parecía contento. Él era quien
contaba la cosa.
-¿Qué hay, qué ha sucedido?
-Un horrible accidente -dijo
la cocinera-, un hombre ha muerto.
-¡Un muerto! ¿Dónde, cuándo?
Pero el dependiente de Godber
no iba a perder su relato.
-¿Sabe, señorita, aquellas
casitas allá abajo?
¿Conocerlas? Claro que ella
las conocía.
-Bueno, allí vive un muchacho
carretero, se llama Scott. A su caballo lo asustó esta mañana un camión y lo
tiró de cabeza en la esquina de la calle Hawke. Murió.
-¡Muerto! -y Laura miró al
hombre con asombro.
-Ya estaba muerto cuando lo
levantaron -contestó el hombre con fruición-. Llevaban el cuerpo a la casa
cuando yo venía.
Y dirigiéndose a la cocinera:
-Deja una mujer y cinco
chicos.
-Josefina, ven acá -Laura tomó
a su hermana de un brazo y se la llevó por la cocina al otro lado de la puerta
de bayeta verde. Se recostó contra ella.
-Josefina -le dijo
horrorizada- ¿vamos a suspender los preparativos?
¡Suspender todo, Laura! -gritó
Josefina atónita-. ¿Qué quieres decir?
-Suspender la fiesta en el
jardín, claro-. ¿POr qué fingía Josefina?
Pero Josefina estaba cada vez
más asombrada.
-¿Suspender la fiesta? Mi
querida Laura, no seas loca. No podemos hacer nada de eso. Nadie espera tal
cosa. No seas extravagante.
-Pero no es posible celebrar
una fiesta en el jardín con un muerto frente a nuestra puerta.
Decir eso era realmente
exagerado, porque las casitas estaban en un terreno aparte, en el fondo de una
cuesta empinada que llevaba a la casa. Había una calle ancha de por medio. Es
cierto que estaban demasiado cerca. Eran un verdadero adefesio y no tenían
derecho a estar en ese barrio. Eran pequeñas viviendas mezquinas, pintadas de
un color chocolate. En los retazos de jardín no había más que repollos,
gallinas flacas y latas de tomate. Hasta el humo que salía de las chimeneas era
miserable. Hilachas y fragmentos de humo, tan distinto de los grandes penachos
de plata que se elevaban de las chimeneas de los Sheridan. Vivían lavanderas y
barrenderos, y un remendón, y un hombre que tenía todo el frente de la casa con
jaulitas de pájaros. Los chicos hormigueaban. Cuando los Sheridan eran pequeños
les estaba prohibido acercarse, por el lenguaje que usaban los pobres y las
enfermedades que podían contagiarles. Pero desde que eran grandes Laura y
Josefina, en sus andanzas, solían meterse por ahí. Era sórdido y asqueroso.
Salían estremecidas. Pero se debe ir a todas partes; uno debe verlo todo. Por
eso iban.
-Estoy pensando lo que será la
música de la orquesta para esa pobre mujer -dijo Laura.
-¡Oh, Laura! -Josefina empezó
a irritarse seriamente.
-Si vas a suprimir la música
cada vez que sucede un accidente, vas a llevar una vida muy triste. Yo lo
siento tanto corno tú. Comprendo como tú-. Sus ojos se endurecieron y miró a su
hermana como la miraba cuando era pequeña y tenían una pelea-. No vas a
resucitar a un obrero borrachón con sentimentalismos -dijo blandamente.
-¡Borrachón! ¿Quién ha dicho
que estaba borracho? -Laura se volvió furiosa hacia Josefina. Dijo justamente
lo que acostumbraban decir en ocasiones semejantes-: Se lo voy a contar a mamá,
ahora mismo.
-Ve, querida -dijo Josefina
con un arrullo.
-Mamá, ¿puedo entrar? -Laura
hizo girar el picaporte de cristal.
-Por supuesto, querida. Pero
¿qué pasa? ¿Qué te ha hecho poner tan colorada? -La señora Sheridan se volvió
hacia atrás en su mesa tocador. Se estaba probando un sombrero nuevo.
-Mamá, ha muerto un hombre
-empezó Laura.
-¿Pero no en el jardín?
-interrumpió la madre.
-¡No, no!
-¡Ah, qué susto me has dado!
-la señora Sheridan dio un suspiro de alivio, se quitó el gran sombrero y lo
puso en sus rodillas.
-Pero escucha, mamá -dijo
Laura. Sin aliento, medio ahogada, contó la terrible historia-. Claro que no
podremos celebrar nuestra fiesta, ¿verdad? -suplicó-. La música y la gente
llegando. Nos van a oír, mamá; están cerquita, ¡son vecinos!
Con gran asombro de Laura, su
madre se comportó como Josefina; y era peor, porque la idea parecía divertirla.
Se negó a tomar en serio a Laura.
-Pero, querida mía, hay que
tener sentido común. Sólo por casualidad lo hemos sabido. Si alguien hubiera
muerto ahí de muerte natural -y no sé cómo están vivos en esos oscuros
agujeros- tendríamos igual nuestra fiesta, ¿verdad?
Laura tuvo que decir que sí,
pero comprendía que no era justo. Se sentó en el sofá y empezó a tironear el
fleco de los almohadones.
-Mamá, ¿no es una falta de
consideración de nuestra parte? -preguntó.
-¡Vidita! -la señora Sheridan
se le acercó, llevando el sombrero. Antes que Laura pudiera evitarlo se lo
plantó en la cabeza-. ¡Hija mía! -dijo la madre-, el sombrero es tuyo. Lo mandé
hacer para ti. Es demasiado joven para mí. Nunca te he visto más bonita.
¡Mírate! -y levantó su espejo de mano.
-Pero, mamá -volvió a decir
Laura. No se podía mirar; se puso de lado.
Pero ya la señora Sheridan
había perdido la paciencia lo mismo que Josefina.
-Laura, te estás volviendo
absurda -dijo fríamente-. Gente de esa clase no espera de nosotros ningún
sacrificio. Y no es altruismo aguarnos la fiesta, como lo estás haciendo.
-No entiendo -dijo Laura, y
salió apresurada del cuarto para encerrarse en el suyo. Allí, por pura
casualidad, lo primero que vio fue una encantadora muchacha en el espejo, con
su sombrero negro adornado de margaritas doradas y una larga cinta de terciopelo
negro. Nunca se imaginó que podía resultar tan bien. ¿Tendría razón mamá? Y
ahora deseaba que mamá tuviera razón. ¿Sería exagerada? Tal vez fuese una
locura. Sólo por un momento tuvo la visión de aquella pobre mujer y de aquellas
pobres criaturas, y del cuerpo que llevaban a la casa. Pero parecía borroso,
irreal, como una fotografía en el periódico. Lo recordaré nuevamente después de
la fiesta. decidió. Desde todos los puntos de vista le pareció el mejor plan...
Terminaron de almorzar a la
una y media. A las dos y media todo se hallaba en orden de batalla. Los músicos
con casacas verdes ya estaban colocados en una esquina de la cancha de tenis.
¡Querida! -aulló Kitty
Maitland- ¿no te parecen ranas verdes? Los debían haber colocado alrededor del
estanque y el director, en una hoja, en el centro.
Llegó Lorenzo y los saludó al
pasar para ir a vestirse. Al verlo, Laura volvió a pensar en el accidente.
Quería contárselo a él. Si Lorenzo estaba de acuerdo con los demás entonces
tendrían razón. Y lo siguió al pasillo.
-¡Lorenzo!
-¡Hola! -estaba en la mitad de
la escalera, pero cuando se volvió y vio a Laura, infló los carrillos y
revolvió los ojos-. ¡Lo juro, Laura! Te ves despampanante. ¡Qué sombrero más
elegante!
Laura dijo a media voz:
-¿Te parece?... -le sonrió, y
no le contó nada.
Poco después empezó a llegar
la gente a montones. La orquesta rompió a tocar; los sirvientes de alquiler
corrían de la casa a la carpa. Dondequiera que uno miraba se veían parejas
paseándose, inclinándose sobre las flores, saludando, caminando por el césped.
Parecían brillantes pájaros que se habían posado en el jardín de los Sheridan
por una tarde en su vuelo... ¿a dónde? ¡Ah, qué felicidad es estar con personas
alegres, estrechar manos, oprimir mejillas, sonreírse en los ojos!
-¡Laura, querida, qué bien
estás!
-¡Qué bien te va ese sombrero,
criatura!
-Laura, pareces española.
Nunca te he visto más admirable.
Y Laura, radiante, preguntaba
con dulzura: “¿Le han servido té? ¿No quiere un helado? Los helados de fruta
son especiales”. Corrió adonde estaba su padre y suplicó:
-Papaíto querido, ¿le podemos
servir algo de beber a la orquesta?
Y la tarde perfecta culminó
lentamente, se desvaneció lentamente, cerró sus pétalos lentamente.
“Nunca hubo fiesta más
deliciosa...” “Un gran éxito...” “La más grande...”
Laura ayudó a su madre en las
despedidas. Estuvieron una al lado de la otra hasta que todo se acabó.
-Se acabó, se acabó, gracias
al cielo -dijo la señora Sheridan-. Llama a los demás. Tomaremos café. Estoy
deshecha. Sí, un gran éxito. Pero, ¡ah, estas fiestas, estas fiestas! ¿Por qué
insisten, hijitas, en dar fiestas?-. Tomaron asiento en la carpa abandonada.
-Toma un sándwich, papaíto. Yo
escribí el nombre.
-Gracias -el señor Sheridan se
lo comió de un bocado. Tomó otro-. ¿Supongo que no han sabido nada del horrible
accidente de hoy? -dijo.
-Querido -dijo la señora
Sheridan, levantando una mano- ya lo sabíamos. Casi nos estropea la fiesta.
Laura quería suspenderla.
-¡Oh, mamá! -Laura no quería
que la fastidiaran con eso.
-¡De todos modos, es un asunto
horrible -dijo el señor Sheridan-. Además, el hombre era casado. Vivía en la
callejuela de abajo, y deja, según dicen, una mujer y media docena de
chiquillos.
Hubo un silencio embarazoso.
La señora no sabía qué hacer con la taza. Era una falta de tacto por parte de
papá...
De pronto levantó los ojos.
Estaba la mesa llena de sándwiches y pastas y pastelitos que tendrían que
tirarse. Tuvo, entonces, una de sus grandes ideas.
-Ya sé -dijo-. Vamos a
preparar una canasta. Vamos a mandarle a esa pobre un poco de estas cosas tan
ricas. A lo menos será una fiesta para los chicos. ¿No les parece? Y, además,
se alegrará de tener vecinos que la visiten. ¡Qué suerte que estén listos! ¡Laura!
-se levantó de un salto. -Trae la canasta grande de la alacena que está en la
escalera.
-Pero, mamá, ¿crees de veras
que es una buena idea? -dijo Laura.
Y otra vez ¡qué raro! parecía
sentir distinto a los demás! Llevar sobras de la fiesta. ¿Le gustaría eso a la
pobre mujer?
-Claro, ¿qué te pasa hoy? Hace
una hora o dos insistías en mostrar simpatía, y ahora...
-¡Oh, bueno!
Laura corrió con la canasta.
La llenaron; la señora Sheridan la dejó colmada.
-Llévala tú misma, queridita;
corre, así como estás. No, espera, lleva unos lirios. A esa gente le gustan los
lirios.
-Los tallos van a estropearte
el traje -dijo la práctica Josefina.
Es cierto, muy a tiempo.
-Entonces sólo la canasta.
Pero Laura -la madre la siguió hasta afuera de la carpa-, de ningún modo...
-¿Qué, mamá?
No, mejor no poner tales ideas
en la cabeza de la criatura.
-Nada, vete pronto.
Empezaba a oscurecer cuando
Laura cerró el portón. Un perro grande corría como un fantasma. El camino
blanco brillaba y las casitas estaban allá abajo en profunda oscuridad. ¡Qué
tranquilo parecía todo después de la tarde! Iba cuesta abajo hacia un sitio
donde yacía un muerto, y no podía creerlo. ¿Cómo iba a poder? Se detuvo un
minuto. Le parecía que llevaba dentro besos, voces, tintineo de cucharillas,
risas, el olor del césped aplastado. No podía pensar en otra cosa. ¡Qué raro!
Miró el cielo pálido y lo único que se le ocurrió fue: “Sí, ha sido todo un
éxito la fiesta”.
Llegó a un cruce del camino
donde empezaba la callejuela, oscura y llena de humo. Mujeres con chales y
hombres de gorra transitaban por allí, Sobre las empalizadas había otros
hombres asomados; los chicos jugaban en las puertas de calle. Un débil susurro
se oía en las casitas miserables. En algunas se veía fluctuar una luz y algunas
sombras moverse como fantoches, tras las ventanas. Laura inclinó la cabeza y
apresuró el paso.
Hubiera debido ponerse un
abrigo. ¡Qué llamativo era su traje! Y el gran sombrero con las cintas
colgando; ¡si a lo menos llevara otro sombrero! ¿La estarían mirando?
Seguramente. Era un error haber venido; ella sabía que era un error. ¿No sería
mejor volver?
No, demasiado tarde. Aquí
estaba la casa. Debía ser ésa. Delante había un grupo oscuro de gente. Al lado
de la puerta una vieja con una muleta estaba sentada, mirando. Descansaba los
pies sobre un diario. Al acercarse Laura, cesaron las voces. Se abrió el grupo.
Era como si la esperasen, como si supieran que iba hacia allí.
Laura estaba nerviosísima.
Echando la cinta de terciopelo sobre el hombro preguntó a una de las mujeres
ahí paradas:
-¿Es aquí la casa de la señora
Scott?
Y la mujer, sonriendo de un
modo raro:
-Aquí es, señorita.
¡Oh, salir de esto! Repetía:
“Ayúdame, Dios mío”, mientras subía la estrecha vereda y llamaba. No poder
estar lejos de esas miradas o cubierta con alguno de esos chales. Dejaré la
cesta y me marcharé, decidió. No voy a esperar que la vacíen.
Se abrió la puerta. Una
mujercita de luto apareció en la sombra.
Laura preguntó:
-¿Es usted la señora Scott?
Pero con gran horror suyo, la
mujer contestó:
-Entre, por favor, señorita -y
se encontró encerrada en el pasillo.
-No, no quiero entrar; sólo
quería dejar esta cesta. Mamá envió...
La mujer en el pasillo oscuro
no pareció oírla.
-Por acá, si gusta, señorita
-dijo con voz aceitosa; y Laura la siguió.
Llegó a cocina pequeña, bajita
y maltrecha, iluminada por una lámpara ahumada. Una mujer estaba sentada ante
el fuego.
-Emilia -dijo la mujer que la
dejó entrar-. ¡Emilia!... es una señorita. -Se volvió hacia Laura. Dijo
humildemente: -Soy la hermana. Discúlpela, señorita.
-¡Oh, por supuesto! -dijo
Laura-. Por favor, por favor no la moleste. Yo... yo sólo quería dejar...
Pero en ese momento la mujer
que estaba junto al fuego se volvió. Su cara inflada, colorada, con ojos y
labios hinchados, era horrible. Parecía no comprender por qué Laura estaba ahí.
¿Qué significaba? ¿Por qué esta desconocida estaba en la cocina con una
canasta? ¿Qué quería decir eso? Y el pobre rostro se frunció de nuevo.
-Está bien, querida -dijo la
otra-. Yo atenderé a la señorita. -Y comenzó otra vez-: Discúlpela, señorita -y
su cara, hinchada también, ensayó una untuosa sonrisa.
Laura no pensaba más que en
irse, en irse. Volvió al pasillo. Abrió la puerta. Entró directamente al
dormitorio en que yacía el muerto.
-¿No quiere verlo? -dijo la
hermana de Emilia, y empujó a Laura hacia la cama-. No tenga miedo, señorita -y
su voz era cariñosa, confidencial. Tiernamente bajó la sábana-, parece un
cuadro. No hay mucho que ver. Venga, querida.
Laura la siguió.
Ahí estaba un joven dormido,
profundamente dormido, tan dormido que estaba lejos, muy lejos de las dos. ¡Oh,
tan remoto, tan lleno de paz! Estaba soñando. No se despertaría jamás. Tenía la
cabeza hundida en la almohada; los ojos cerrados estaban ciegos bajo los
párpados cerrados. Estaba absorto en su sueño. ¿Qué le importaban los las
fiestas en los jardines, los cestos y los encajes? Ya estaba lejos de esas
cosas. Era asombroso, bellísimo. Mientras ellos reían y la orquesta tocaba,
había sucedido ese milagro en la callejuela. Feliz... feliz... Todo está bien,
decía el rostro dormido. Es lo que debe ser. Estoy contento.
Pero aún así hacía llorar, y
Laura no pudo dejar el cuarto sin decirle algo. Sollozó como una niña.
-Perdone mi sombrero -le dijo.
Y no esperó esta vez a la
hermana de Emilia. Encontró el camino para salir. Pasó por entre el grupo
oscuro de gente, vereda abajo. Al doblar la callejuela encontró a Lorenzo.
Surgió de la sombra.
-¿Eres tú, Laura?
-Sí.
-Mamá estaba inquieta. ¿Todo
fue bien?
¡Sí, Lorenzo! -tomó su brazo,
se apretó contra él.
-¿Pero no estás llorando,
verdad? -le preguntó el hermano.
Laura movió la cabeza. Estaba
llorando.
Lorenzo le pasó un brazo por
el cuello:
-No llores -dijo con su voz
afectuosa y cálida-. ¿Era horrible?
-No -sollozó Laura-. Era
maravilloso. Pero Lorenzo...
Se detuvo, miró a su hermano.
-La vida es... -tartamudeó-.
La vida es...
No podía explicar qué era la
vida. No importaba. Él comprendió.
-¿Verdad que es, queridita?
-dijo Lorenzo.
FIN
Desesperada, con una
desesperación gélida e hiriente que se clavaba en el corazón como una navaja
traidora, la señorita Meadows, con toga y birrete y portando una pequeña
batuta, avanzó rápidamente por los fríos pasillos que conducían a la sala de
música. Niñas de todas las edades, sonrosadas a causa del aire fresco, y
alborotadas con la alegre excitación que produce llegar corriendo a la escuela
una espléndida mañana de otoño, pasaban corriendo, precipitadas, empujándose;
desde el fondo de las aulas llegaba el ávido resonar de las voces; sonó una
campana, una voz que parecía la de un pajarillo llamó: «Muriel». Y luego se oyó
un tremendo golpe en la escalera, seguido de un clong, clong, clong. Alguien
había dejado caer las pesas de gimnasia.
La profesora de ciencias
interceptó a la señorita Meadows.
-Buenos días -exclamó con su
pronunciación afectada y dulzona-. ¡Qué frío!, ¿verdad? Parece que estamos en
invierno.
Pero la señorita Meadows,
herida como estaba por aquel puñal traicionero, contempló con odio a la
profesora de ciencias. Todo en aquella mujer era almibarado, pálido, meloso. No
le hubiera sorprendido lo más mínimo ver a una abeja prendida en la maraña de
su pelo rubio.
-Hace un frío que pela
-respondió la señorita Meadows, taciturna.
La otra le dirigió una de sus
sonrisas dulzonas.
-Pues tú parece que estás
helada -dijo. Sus ojos azules se abrieron enormemente, y en ellos apareció un
destello burlón. (¿Se habría dado cuenta de algo?)
-No, no tanto -respondió la
señorita Meadows, dirigiendo a la profesora de ciencias, en réplica a su
sonrisa, una rápida mueca, y prosiguiendo su camino...
Las clases de cuarto, quinto y
sexto estaban reunidas en la sala de música. La algarabía que armaban era
ensordecedora. En la tarima, junto al piano, estaba Mary Beazley, la preferida
de la señorita Meadows, que tocaba los acompañamientos. Estaba girando el atril
cuando descubrió a la señorita Meadows y gritó un fuerte «;Sssshhhh! ¡chicas!»,
mientras la señorita Meadows, con las manos metidas en las mangas de la toga, y
la batuta bajo el brazo, bajaba por el pasillo central, subía los peldaños de
la tarima, se giraba bruscamente, tomaba el atril de latón, lo plantificaba
frente a ella, y daba dos golpes secos con la batuta pidiendo silencio.
-¡Silencio, por favor!
¡Cállense ahora mismo! -Y, sin mirar a nadie en particular, paseó su mirada por
aquel mar de variopintas blusas de franela, de relucientes y sonrosadas manos y
caras, de lacitos en el pelo que se estremecían cual mariposas, y libros de
música abiertos. Sabía perfectamente lo que estaban pensando. «La Meady está de
malas pulgas.» ¡Muy bien, que pensasen lo que les viniese en gana! Sus pestañas
parpadearon; echó la cabeza atrás, desafiándolas. ¿Qué podían importar los
pensamientos de aquellas criaturas a alguien que estaba mortalmente herida, con
una navaja clavada en el corazón, en el corazón, a causa de aquella carta...?
«Cada vez presiento con mayor
nitidez que nuestro matrimonio sería un error. Y no es que no te quiera. Te
quiero con todas las fuerzas con las que soy capaz de amar a una mujer, pero, a
decir verdad, he llegado a la conclusión de que no tengo vocación de hombre
casado, y la idea de formar un hogar no hace mas que...» y la palabra
«repugnarme» estaba tachada y en su lugar había escrito «apesadumbrarme».
¡Basil! La señorita Meadows se
acercó al piano. Y Mary Beazley, que había estado esperando aquel instante,
hizo una inclinación; sus rizos le cayeron sobre las mejillas mientras
susurraba:
-Buenos días, señorita
Meadows. -Y, más que darle, le ofrendaba un maravilloso crisantemo amarillo.
Aquel pequeño rito de la flor se repetía desde hacía mucho tiempo, al menos un
trimestre y medio. Y ya formaba parte de la lección con la misma entidad, por
ejemplo, que abrir el piano. Pero aquella mañana, en lugar de tomarlo, en lugar
de ponérselo en el cinto mientras se inclinaba junto a Mary y decía: «Gracias,
Mary. ¡Qué maravilla! Busca la página treinta y dos», el horror de Mary no tuvo
límites cuando la señorita Meadows ignoró totalmente el crisantemo, no
respondió a su saludo, y dijo con voz gélida:
-Página catorce, por favor, y
marca bien los acentos.
¡Qué momento de confusión!
Mary se ruborizó hasta que lágrimas le asomaron a los ojos, pero la señorita
Meadows había vuelto junto al atril, y su voz resonó por toda la sala:
-Página catorce. Vamos a
empezar por la página catorce. Un lamento. A ver, niñas, ya deberían saberlo de
memoria. Vamos a cantarlo todas juntas, no por partes, sino todo seguido. Y sin
expresión. Quiero que lo canten sencillamente, marcando el compás con la mano
izquierda.
Levantó la batuta y dio dos
golpecitos en el atril. Y Mary atacó los acordes iniciales; y todas las manos
izquierdas se pusieron a oscilar en el aire, y aquellas vocecillas chillonas,
juveniles, empezaron a cantar lóbregamente:
¡Presto! Oh cuán presto
marchitan las rosas del placer;
qué pronto cede el otoño ante
el lóbrego invierno.
¡Fugaz! Qué fugaz la musical
alegría se quiere volver
alejándose del oído que la
sigue con arrebato tierno.
¡Dios mío, no había nada más
trágico que aquel lamento! Cada nota era un suspiro, un sollozo, un gemido de
incomparable dolor. La señorita Meadows levantó los brazos dentro de la amplia
toga y empezó a dirigir con ambas manos. «...Cada vez presiento con mayor
nitidez que nuestro matrimonio sería un error...», marcó. Y las voces cantaron
lastimeramente: ¡Fugaz! Qué fugaz... ¡Cómo se le podía haber ocurrido escribir
aquella carta! ¿Qué lo podía haber inducido a ello? No tenía ninguna razón de
ser. Su última carta había estado exclusivamente dedicada a la compra de unos
anaqueles en roble curado al humo para «nuestros» libros, y una «preciosa
mesita de recibidor» que había visto, «un mueblecito precioso con un búho
tallado, que estaba sobre una rama y sostenía en las garras tres cepillos para
los sombreros». ¡Cómo la había hecho sonreír aquella descripción! ¡Era tan
típico de un hombre pensar que se necesitaban tres cepillos para los sombreros!
La sigue con arrebato tierno..., cantaban las voces.
-Otra vez -dijo la señorita
Meadows-. Pero ahora vamos a cantarla por partes. Todavía sin expresión.
-¡Presto! Oh cuán presto...
-con la añadidura de la voz triste de las contraltos, era imposible evitar un
estremecimiento- marchitan las rosas del placer. -La última vez que Basil había
ido a verla llevaba una rosa en el ojal. ¡Qué apuesto estaba con aquel traje
azul y la rosa roja! Y el muy pícaro lo sabía. No podía no saberlo. Primero se
había alisado el pelo, luego se atusó el bigote; y cuando sonreía sus dientes
eran perlas.
-La esposa del director del
colegio siempre me está invitando a cenar. Es de lo más engorroso. Nunca
consigo tener una tarde para mí en esa escuela.
-¿Y no puedes rechazar la
invitación?
-Verás, una persona en mi
posición debe procurar ser popular.
-...la musical alegría se
quiere volver -atronaban las voces. Tras los altos y estrechos ventanales los
sauces eran mecidos por el viento. Ya habían perdido la mitad de las hojas. Las
que quedaban se agarraban, retorcidas como peces atrapados en el anzuelo.
«...No tengo vocación de hombre casado... » Las voces habían cesado; el piano
esperaba.
-No está mal -dijo la señorita
Meadows, pero todavía en un tono tan extraño y lapidario que las niñas más
jóvenes empezaron a sentirse asustadas-. Pero ahora que lo saben, tenemos que
cantarlo con expresión. Con toda la expresividad de la que sean capaces.
Piensen en la letra, niñas. Empleen la imaginación. ¡Presto! Oh cuán presto...
-entonó la señorita Meadows-. Esto es lo que debe ser un lamento, algo fuerte,
recio, un forte. Y luego, en la segunda línea, cuando dice el lóbrego invierno,
que ese lóbrego sea como si un viento helado soplase por él. ¡Ló-bre-go! -cantó
en un tono tan lastimero que Mary Beazley, frente al piano, sintió un
escalofrío-. Y la tercera línea debe ser un crescendo. ¡Fugaz! Qué fugaz la
musical alegría se quiere volver. Que se rompe con la primera palabra de la
última línea, alejándose. Y al llegar a del oído ya tienen que empezar a
apagarse, a morir.., hasta que arrebato tierno no sea más que un débil
susurro... En la última línea pueden demorarse cuanto quieran. Vamos a ver.
Y de nuevo los dos golpecitos;
y los brazos levantados.
-¡Presto! Oh cuán presto...
-«... y la idea de formar un hogar no hace más que repugnarme». Repugnarme, eso
era lo que había escrito. Aquello equivalía a decir que su compromiso quedaba
roto para siempre. ¡Roto! ¡Su compromiso! La gente ya se había mostrado
bastante sorprendida de que estuviese prometida. La profesora de ciencias al
principio no le creyó. Pero quizá la más sorprendida había sido ella misma.
Tenía treinta años. Basil veinticinco. Había sido un milagro, un puro milagro,
oírle decir, mientras paseaban hacia su casa volviendo de la iglesia aquella
noche oscura: «¿Sabes?, no sé exactamente cómo, pero te he tomado cariño». Y le
había cogido un extremo de la boa de plumas de avestruz- que la sigue con
arrebato tierno.
-¡A repetirlo, a repetirlo!
-exclamó la señorita Meadows-. ¡Un poco más de expresión, muchachas! ¡Una vez
más!
-¡Presto! Oh cuán presto...
-Las chicas mayores ya tenían el rostro congestionado; algunas de las pequeñas
empezaron a sollozar. Grandes salpicaduras de lluvia cayeron contra los
cristales, y se oía el murmullo de los sauces, «y no es que no te quiera...».
«Pero, querido, si me amas
-pensó la señorita Meadows- no me importa que sea mucho o poco, con tal de que
sea algo.» Pero sabía que en realidad él no la quería. ¡Que no se hubiera
preocupado por borrar bien aquel «repugnarme» para que ella no lo pudiese leer!
-Qué pronto cede el otoño ante
el lóbrego invierno.
Y también tendría que
abandonar la escuela. Nunca más podría soportar la cara de la profesora de
ciencias o de las alumnas una vez se supiese. Tendría que desaparecer, irse a
otro lugar.
-Alejándose del oído... -Las
voces empezaron a agonizar, a morir, a desvanecerse... en un susurro...
De pronto se abrió la puerta.
Una niña pequeña, vestida de azul, avanzó con aire remilgado por el pasillo,
moviendo la cabeza, mordiéndose los labios, y dando vueltas a la pulserita de
plata que llevaba en la muñeca. Subió los peldaños y se detuvo ante la señorita
Meadows.
-¿Qué sucede, Mónica?
-Señorita Meadows -dijo la
niña tartamudeando-, la señorita Wyatt dice que desea verla en la sala de
profesoras.
-De acuerdo -respondió la
profesora. Y llamó la atención de las muchachas-: Confío por el propio bien de
ustedes que sabrán comportarse y no hablar fuerte mientras salgo un momento.
-Pero estaban demasiado espantadas para alborotar. La gran mayoría se estaba
sonando.
Los pasillos estaban
silenciosos y fríos; y resonaban con los pasos de la señorita Meadows. La
directora estaba sentada a su mesa. Tardó unos segundos en mirarla. Como de
costumbre, estaba desenredándose las gafas que se le habían enganchado en la
corbata de puntillas.
-Siéntese, señorita Meadows
-dijo muy amablemente. Y tomó un sobre rosado que se hallaba sobre el secante
del escritorio-. Le he hecho avisar en mitad de la clase porque acaba de llegar
este telegrama1 para usted.
-¿Un telegrama para mí,
señorita Wyatt?
¡Basil! ¡Basil se había
suicidado!, decidió la señorita Meadows. Alargó la mano pero la señorita Wyatt
retuvo el telegrama un instante.
-Espero que no sean malas
noticias -dijo, con forzada amabilidad. Y la señorita Meadows lo abrió
precipitadamente.
«No hagas caso carta, debí
estar loco, hoy compré mesita sombrerero. Basil», leyó. No podía apartar los
ojos del telegrama.
-Espero que no sea nada grave
-dijo la señorita Wyatt inclinándose hacia adelante.
-Oh, no, no. Muchas gracias,
señorita Wyatt -replicó la señorita Meadows ruborizándose. No es nada grave.
Es... -dijo con una risita de disculpa-, es de mi prometido anunciándome que...
que... -se produjo un silencio.
-Ya entiendo -dijo la señorita
Wyatt. Hubo otro silencio. Y añadió-: Todavía le quedan quince minutos de
clase, señorita Meadows, si no me equivoco.
-Sí, señorita Wyatt -dijo,
levantándose. Y casi salió corriendo hacia la puerta.
-Ah, un instante, señorita
Meadows -dijo la directora-. Debo recordarle que no me gusta que las profesoras
reciban telegramas en horas de clase, a menos que sea por motivos muy graves,
la muerte de un familiar -explicó la señorita Wyatt-, un accidente muy grave, o
algo así. Las buenas noticias, señorita Meadows, siempre pueden esperar.
En alas de la esperanza, el
amor, la alegría, la señorita Meadows se apresuró a regresar a la sala de
música, bajando por el pasillo, subiendo a la tarima y acercándose al piano.
-Página treinta y dos, Mary
-dijo-, página treinta y dos. -Y tomando aquel amarillísimo crisantemo se lo
llevó a los labios para ocultar su sonrisa. Luego se volvió a las chicas y dio
unos golpecitos con la batuta-: Página treinta y dos, niñas, página treinta y
dos.
Venimos aquí hoy de flores
coronadas,
con canastillas de frutas y de
cintas adornadas,
para así felicitar...
-¡Basta, basta! -exclamó la
señorita Meadows-. Esto es terrible, horroroso. -Y sonrió a las muchachas-.
¿Qué demonios les pasa hoy? Piensen, piensen un poco en lo que cantan. Empleen
la imaginación. De flores coronadas, Canastillas de frutas y de cintas adornadas.
Y para felicitar -exhaló la señorita Meadows-. No pongan esa cara tan triste,
niñas. Tiene que ser una canción cálida, alegre, placentera. Para felicitar.
Una vez más. Venga, aprisa. Todas juntas ¡Ahora!
Y esta vez la voz de la
señorita Meadows se levantó por encima de todas las demás, matizada, brillante,
llena de expresividad.
FIN
1.
Telegrama:
Mensaje transmitido por telégrafo. Papel en que va escrito el comunicado
telegráfico y que se entrega al destinatario.
-Pues sí que está usted cómodo
aquí -dijo el viejo señor Woodifield con su voz de flauta. Miraba desde el
fondo del gran butacón de cuero verde, junto a la mesa de su amigo el jefe,
como lo haría un bebé desde su cochecito. Su conversación había terminado; ya
era hora de marchar. Pero no quería irse. Desde que se había retirado, desde
su... apoplejía, la mujer y las chicas lo tenían encerrado en casa todos los
días de la semana excepto los martes. El martes lo vestían y lo cepillaban, y
lo dejaban volver a la ciudad a pasar el día. Aunque, la verdad, la mujer y las
hijas no podían imaginarse qué hacía allí. Suponían que incordiar a los
amigos... Bueno, es posible. Sin embargo, nos aferramos a nuestros últimos
placeres como se aferra el árbol a sus últimas hojas. De manera que ahí estaba
el viejo Woodifield, fumándose un puro y observando casi con avidez al jefe,
que se arrellanaba en su sillón, corpulento, rosado, cinco años mayor que él y
todavía en plena forma, todavía llevando el timón. Daba gusto verlo.
Con melancolía, con
admiración, la vieja voz añadió:
-Se está cómodo aquí, ¡palabra
que sí!
-Sí, es bastante cómodo
-asintió el jefe mientras pasaba las hojas del Financial Times con un
abrecartas. De hecho estaba orgulloso de su despacho; le gustaba que se lo
admiraran, sobre todo si el admirador era el viejo Woodifield. Le infundía un
sentimiento de satisfacción sólida y profunda estar plantado ahí en medio, bien
a la vista de aquella figura frágil, de aquel anciano envuelto en una bufanda.
-Lo he renovado hace poco
-explicó, como lo había explicado durante las últimas, ¿cuántas?, semanas-.
Alfombra nueva -y señaló la alfombra de un rojo vivo con un dibujo de grandes
aros blancos-. Muebles nuevos -y apuntaba con la cabeza hacia la sólida estantería
y la mesa con patas como de caramelo retorcido-. ¡Calefacción eléctrica! -con
ademanes casi eufóricos indicó las cinco salchichas transparentes y anacaradas
que tan suavemente refulgían en la placa inclinada de cobre.
Pero no señaló al viejo
Woodifield la fotografía que había sobre la mesa. Era el retrato de un muchacho
serio, vestido de uniforme, que estaba de pie en uno de esos parques
espectrales de estudio fotográfico, con un fondo de nubarrones tormentosos. No
era nueva. Estaba ahí desde hacía más de seis anos.
-Había algo que quería decirle
-dijo el viejo Woodifield, y los ojos se le nublaban al recordar-. ¿Qué era? Lo
tenía en la cabeza cuando salí de casa esta mañana. -Las manos le empezaron a
temblar y unas manchas rojizas aparecieron por encima de su barba.
Pobre hombre, está en las
últimas, pensó el jefe. Y sintiéndose bondadoso, le guiñó el ojo al viejo y
dijo bromeando:
-Ya sé. Tengo aquí unas gotas
de algo que le sentará bien antes de salir otra vez al frío. Es una maravilla.
No le haría daño ni a un niño.
Extrajo una llave de la cadena
de su reloj, abrió un armario en la parte baja de su escritorio y sacó una
botella oscura y rechoncha.
-Ésta es la medicina
-exclamó-. Y el hombre de quien la adquirí me dijo en el más estricto secreto
que procedía directamente de las bodegas del castillo de Windsor.
Al viejo Woodifield se le
abrió la boca cuando lo vio. Su cara no hubiese expresado mayor asombro si el
jefe hubiera sacado un conejo.
-¿Es whisky, no? -dijo
débilmente.
El jefe giró la botella y
cariñosamente le enseñó la etiqueta. En efecto, era whisky.
-Sabe -dijo el viejo, mirando
al jefe con admiración- en casa no me dejan ni tocarlo-. Y parecía que iba a
echarse a llorar.
-Ah, ahí es donde nosotros
sabemos un poco más que las señoras -dijo el jefe, doblándose como un junco
sobre la mesa para alcanzar dos vasos que estaban junto a la botella del agua,
y sirviendo un generoso dedo en cada uno-. Bébaselo, le sentará bien. Y no le
ponga agua. Sería un sacrilegio estropear algo así. ¡Ah! -Se tomó el suyo de un
trago; luego se sacó el pañuelo, se secó apresuradamente los bigotes y le hizo
un guiño al viejo Woodifield, que aún saboreaba el suyo.
El viejo tragó, permaneció
silencioso un momento, y luego dijo débilmente:
-¡Qué fuerte!
Pero lo reconfortó; subió poco
a poco hasta su entumecido cerebro... y recordó.
-Eso era -dijo, levantándose
con esfuerzo de la butaca-. Supuse que le gustaría saberlo. Las chicas
estuvieron en Bélgica la semana pasada para ver la tumba del pobre Reggie, y
dio la casualidad que pasaron por delante de la de su chico. Por lo visto quedan
bastante cerca la una de la otra.
El viejo Woodifield hizo una
pausa, pero el jefe no contestó. Sólo un ligero temblor en el párpado demostró
que estaba escuchando.
-Las chicas estaban encantadas
de lo bien cuidado que está todo aquello -dijo la vieja voz-. Lo tienen muy
bonito. No estaría mejor si estuvieran en casa. ¿Usted no ha estado nunca,
verdad?
-¡No, no! -Por varias razones
el jefe no había ido.
-Hay kilómetros enteros de
tumbas -dijo con voz trémula el viejo Woodifield- y todo está tan bien cuidado
que parece un jardín. Todas las tumbas tienen flores. Y los caminos son muy
anchos. -Por su voz se notaba cuánto le gustaban los caminos anchos.
Hubo otro silencio. Luego el
anciano se animó sobremanera.
-¿Sabe usted lo que les
hicieron pagar a las chicas en el hotel por un bote de confitura? -dijo-. ¡Diez
francos! A eso yo le llamo un robo. Dice Gertrude que era un bote pequeño, no
más grande que una moneda de media corona. No había tomado más que una cucharada
y le cobraron diez francos. Gertrude se llevó el bote para darles una lección.
Hizo bien; eso es querer hacer negocio con nuestros sentimientos. Piensan que
porque hemos ido allí a echar una ojeada estamos dispuestos a pagar cualquier
precio por las cosas. Eso es. -Y se volvió, dirigiéndose hacia la puerta.
-¡Tiene razón, tiene razón!
-dijo el jefe. aunque en realidad no tenía idea de sobre qué tenía razón. Dio
la vuelta a su escritorio y siguiendo los pasos lentos del viejo lo acompañó
hasta la puerta y se despidió de él. Woodifield se había marchado.
Durante un largo momento el
jefe permaneció allí, con la mirada perdida, mientras el ordenanza de pelo
canoso, que lo estaba observando, entraba y salía de su garita como un perro
que espera que lo saquen a pasear.
De pronto:
-No veré a nadie durante media
hora, Macey -dijo el jefe-. ¿Ha entendido? A nadie en absoluto.
-Bien, señor.
La puerta se cerró, los pasos
pesados y firmes volvieron a cruzar la alfombra chillona, el fornido cuerpo se
dejó caer en el sillón de muelles y echándose hacia delante, el jefe se cubrió
la cara con las manos. Quería, se había propuesto, había dispuesto que iba a
llorar...
Le había causado una tremenda
conmoción el comentario del viejo Woodifield sobre la sepultura del muchacho.
Fue exactamente como si la tierra se hubiera abierto y lo hubiera visto allí
tumbado, con las chicas de Woodifield mirándolo. Porque era extraño. Aunque
habían pasado más de seis años, el jefe nunca había pensado en el muchacho
excepto como un cuerpo que yacía sin cambio, sin mancha, uniformado, dormido
para siempre. «¡Mi hijo!», gimió el jefe. Pero las lágrimas todavía no acudían.
Antes, durante los primeros meses, incluso durante los primeros años después de
su muerte, bastaba con pronunciar esas palabras para que lo invadiera una pena
inmensa que sólo un violento episodio de llanto podía aliviar. El paso del
tiempo, había afirmado entonces, y así lo había asegurado a todo el mundo,
nunca cambiaría nada. Puede que otros hombres se recuperaran, puede que otros
lograran aceptar su pérdida, pero él no. ¿Cómo iba a ser posible? Su muchacho
era hijo único. Desde su nacimiento el jefe se había dedicado a levantar este
negocio para él; no tenía sentido alguno si no era para el muchacho. La vida
misma había llegado a no tener ningún otro sentido. ¿Cómo diablos hubiera
podido trabajar como un esclavo, sacrificarse y seguir adelante durante todos
aquellos años sin tener siempre presente la promesa de ver a su hijo ocupando
su sillón y continuando donde él había abandonado?
Y esa promesa había estado tan
cerca de cumplirse. El chico había estado en la oficina aprendiendo el oficio
durante un año antes de la guerra. Cada mañana habían salido de casa juntos;
habían regresado en el mismo tren. ¡Y qué felicitaciones había recibido por ser
su padre! No era de extrañar; se desenvolvía maravillosamente. En cuanto a su
popularidad con el personal, todos los empleados, hasta el viejo Macey, no se
cansaban de alabarlo. Y no era en absoluto un mimado. No, él siempre con su
carácter despierto y natural, con la palabra adecuada para cada persona, con
aquel aire juvenil y su costumbre de decir: «¡Sencillamente espléndido!».
Pero todo eso había terminado,
como si nunca hubiera existido. Había llegado el día en que Macey le había
entregado el telegrama con el que todo su mundo se había venido abajo.
«Sentimos profundamente informarle que...» Y había abandonado la oficina destrozado,
con su vida en ruinas.
Hacía seis años, seis años...
¡Qué rápido pasaba el tiempo! Parecía que había sido ayer. El jefe retiró las
manos de la cara; se sentía confuso. Algo parecía que no funcionaba. No estaba
sintiéndose como quería sentirse. Decidió levantarse y mirar la foto del chico.
Pero no era una de sus fotografías favoritas; la expresión no era natural. Era
fría, casi severa. El chico nunca había sido así.
En aquel momento el jefe se
dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba
intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro,
socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero
estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó
una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un
pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre
la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se
agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la
inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por
encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar
por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de
puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo
consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora
uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad,
alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada
de nuevo para la vida.
Pero justo entonces el jefe
tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca
en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre
ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar
absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera
acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las
patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó
la tarea desde el principio.
Es un diablillo valiente
-pensó el jefe- y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así
era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes
vencer; sólo era cuestión de... Pero una vez más la mosca había terminado su
laboriosa tarea y al jefe casi le faltó tiempo para recargar la pluma, y
descargar otra vez la gota oscura de lleno sobre el recién aseado cuerpo. ¿Qué
pasaría esta vez? Siguió un doloroso instante de incertidumbre. Pero
¡atención!, las patitas delanteras volvían a moverse; el jefe sintió una oleada
de alivio. Se inclinó sobre la mosca y le dijo con ternura: «Ah, astuta
cabroncita». Incluso se le ocurrió la brillante idea de soplar sobre ella para
ayudarla en el proceso de secado. Pero a pesar de todo, ahora había algo de
tímido y débil en sus esfuerzos, y el jefe decidió que ésta tendría que ser la
última vez, mientras hundía la pluma hasta lo más profundo del tintero.
Lo fue. La última gota cayó en
el empapado secante y la extenuada mosca quedó tendida en ella y no se movió.
Las patas traseras estaban pegadas al cuerpo; las delanteras no se veían.
-Vamos -dijo el jefe-.
¡Espabila! -Y la removió con la pluma, pero en vano. No pasó nada, ni pasaría.
La mosca estaba muerta.
El jefe levantó el cadáver con
la punta del abrecartas y lo arrojó a la papelera. Pero lo invadió un
sentimiento de desdicha tan agobiante que verdaderamente se asustó. Se inclinó
hacia delante y tocó el timbre para llamar a Macey.
-Tráigame un secante limpio
-dijo con severidad- y dese prisa. -Y mientras el viejo perro se alejaba con un
paso silencioso, empezó a preguntarse en qué había estado pensando antes. ¿Qué
era? Era... Sacó el pañuelo y se lo pasó por delante del cuello de la camisa.
Aunque le fuera la vida en ello no se podía acordar.
FIN
Durante todo el día hizo un
calor terrible. El suelo levantaba un viento cálido, que silbaba entre los
montecillos de hierba y se arrastraba por todo el camino, empujando. El blanco
polvo calcáreo se elevaba en remolinos, impulsado por el viento, envolviéndonos
la cara y posándose sobre nuestros cuerpos como otra piel reseca e irritante.
Los caballos iban con paso lento, resoplando. El que llevaba la carga estaba
enfermo, con una gran llaga abierta que hería su vientre. De vez en cuando se
detenía en seco, giraba la cabeza para mirarnos, como a punto de llorar,
¿relinchando? Cientos de alondras gemían en el aire. El cielo se había teñido
de un color brilloso y los gemidos de las alondras me parecieron los que hacía
la tiza al escribir en un pizarrón. Se veía sólo una extensión de manojos de
hierba, una fila tras otra de montones de hierba, con alguna flor púrpura
perdida o zarzas secas cubiertas de telarañas densas.
Jo cabalgaba adelante. Llevaba
una camisa azul de tela gruesa, pantalones de pana y botas altas de montar. Un
pañuelo blanco con lunares rojos -parecía que acababa de limpiarse la sangre de
las narices- le rodeaba el cuello. Bajo las alas anchas de su sombrero se veían
mechones de cabellos blancos; sus cejas y el bigote estaban cubiertos de polvo.
Jo cabalgaba balanceándose muy suelto sobre la silla y se quejaba de tanto en
tanto. Ni una sola vez en el día, cantó aquello que decía:
"No me interesa, porque
verás, tengo a mi suegra siempre delante".
Era el primer día, luego de un
mes de estar juntos, en que no le habíamos oído canturrear aquella canción. Su
silencio nos ponía melancólicos. Jim iba junto a mí, blanco de polvo, de la
cabeza a los pies. Su rostro parecía el de un payaso y sus ojos negros
brillaban más que nunca en esa máscara empolvada; a cada rato, sacaba la lengua
para humedecerse los labios. Su chaqueta corta, de tela gruesa de algodón y los
pantalones azules, sostenidos por un cinturón muy ancho, mostraban su color
ante los huecos abiertos en la capa de polvo. Apenas si habíamos cruzado
algunas palabras desde el amanecer.
A mediodía nos detuvimos junto
al borde barroso de un arroyo para almorzar galletas duras y duraznos.
-Tengo el estómago como buche
de gallina -dijo Jo-. Veamos, Jim: tú que eres el guía de nuestro grupo, ¿dónde
diablos está ese almacén del que siempre nos hablas? "Por supuesto",
nos dices, "yo conozco un buen almacén, con sus troncos gruesos para atar
los caballos y una pradera verde bordeada por un arroyo. Su dueño es un buen
amigo mío", nos has dicho, "un tipo correcto que te ofrece un trago
de whisky y luego te da la mano". Me gustaría ver ese almacén, Jim, aunque
sólo fuera para calmar mi curiosidad. No quiero decir con eso que dude de tu
palabra, tú lo sabes muy bien, pero...
Jim se echó a reír.
-No olvides que en el almacén
hay una mujer, Jo; una hermosa mujer de ojos azules y cabello rubio como el
oro, que te ofrece algo mejor que el whisky antes de estrecharte la mano.
Métete eso en la cabeza y no lo olvides.
-El calor te debilita la
cabeza -comentó Jo, subiendo al caballo. Clavó las espuelas en los ijares y
nosotros lo seguimos unos metros más atrás. A poco de andar me quedé medio
dormida sobre la silla y, entre sueños, tuve la desagradable sensación de que todos
los caballos se detenían. De pronto me vi encima de un caballito de madera y mi
madre, que se hallaba detrás de mí, me retaba por levantar tanto polvo de la
alfombra. "La has gastado tanto que sus hermosos dibujos
desaparecieron", me decía y se abalanzó sobre mí para darme un golpe en
los riñones. Empecé a llorar en voz baja y me desperté asustada y encontré a
Jim inclinado sobre mí, sonriendo con malicia.
-Esa sí que es buena -me
dijo-. Acabo de sorprenderte. ¿Qué te sucede? ¿En qué mundo andabas?
-Ninguno -le respondí con
énfasis, alzando la cabeza-. ¡Gracias a Dios, por fin llegamos a alguna parte!
Estábamos al pie de la colina
y, más abajo, se veía un techo de chapa acanalada. Ocupaba el centro de un
amplio jardín, distanciado del camino. A su alrededor, una pradera verde se
extendía con un arroyo zigzagueante. El paraje estaba aislado por una cantidad
de sauces jóvenes. Por la chimenea, ascendía recto un hilillo de humo azul,
asomando por un rincón del techo. Mientras observaba la forma de aquel
cobertizo vi salir a una mujer seguida por una niña y un perro ovejero. La
mujer parecía llevar en la mano una larga vara negra. Nos había visto y estaba
haciéndonos alguna seña. Los caballos soltaron un prolongado y sonoro resoplido
final. Jo se quitó el ancho sombrero, dio un grito, sacó pecho y empezó a
cantar aquello de "no me interesa, porque ya ves..." De repente, el
sol reapareció entre las nubes pálidas e iluminó con brillosos resplandores
aquella escena. Uno de los rayos acentuó el cabello rubio de la mujer,
resplandeció el delantal agitado por el viento y brilló también el rifle que
llevaba en la mano. La chiquilla se escondió detrás de su madre, y el perro
ovejero, de pelaje blanco y sucio, regresó trotando al cobertizo, con la cola
entre las patas. Tiramos de las riendas, los caballos se detuvieron en seco y
desmontamos.
-¡Hola! -gritó la mujer-.
Creía que eran tres buitres. Mi chica llegó corriendo, azorada.
"Mamá", me dijo, "vienen bajando por la colina tres cosas
grises". Yo me preparé para recibirlas, estén seguros de eso. "Tienen
que ser buitres", le respondí a la chica. No saben la cantidad de buitres
que hay por aquí.
La niña nos dirigió la mirada
con uno de sus ojos, por detrás de las faldas de su madre, y se ocultó de
nuevo.
-¿Dónde está su hombre?
-preguntó Jim.
La mujer parpadeó rápidamente,
se pasó una mano por la boca y giró la cabeza para observarnos.
-Se fue a la esquila -nos
dijo, demorando su respuesta-. Hace casi un mes que anda fuera. Supongo que no
permanecerán aquí, ¿verdad? Una tormenta se avecina.
-No se intranquilice, pero nos
quedamos -afirmó Jo-. ¿De modo que está sola, señora?
Permaneció quieta, con la
cabeza gacha y empezó a acomodar los pliegues del delantal. Luego nos miró de
reojo, uno a uno, con una expresión de pajarito hambriento. Me sonreí al pensar
en la burla que le había hecho Jim a Jo, hablándole siempre sobre aquella
hermosa mujer del almacén. Cierto era que ella tenía los ojos azules y el poco
pelo que le quedaba era rubio como el oro viejo, pero no era bonita. Su figura
tenía un aspecto ridículo que daba lástima. Al observarla, se tenía la
impresión de que bajo su blanco delantal, sólo había palos y alambres
retorcidos. Los dientes de delante le faltaban, sus manos largas, agrietadas y
enrojecidas, le colgaban inútiles de los brazos y llevaba un par de botas de
hombre arrugadas, cubiertas de polvo.
-Voy a soltar los caballos en
el prado -dijo Jim-. ¿No tiene por casualidad algún linimento? El pobre Poi
tiene una llaga hecha un demonio.
-¡Un momento! -gritó la mujer
con algo de histérica. Se quedó en silencio, mirándonos, llena de ira: las
narices se le dilataron, temblándole al respirar. Y volvió a gritar con el
mismo tono chillón-. Es mejor que no se detengan. Váyanse y se acabó. No quiero
que los caballos pasten en mi prado. Tienen que irse; no tengo nada para
ofrecerles.
-¡Vaya, que me cuelguen! -dijo
Jo sorprendido. Me apartó hacia un costado-. El diablo salió de su cuerpo
-murmuró-. Será porque hace tiempo que está sola. Si la tratamos con respeto,
volverá a la coherencia.
Pero no fue necesario poner en
práctica la propuesta. La mujer había vuelto a sus cabales por sí sola.
-Quédense, si quieren -nos
dijo de mala gana, encogiendo los hombros. Luego giró y me dijo-: Si viene
conmigo, le daré el linimento para el caballo.
-Muy bien, yo se los llevaré
después al prado.
Seguí por el largo sendero que
atravesaba el jardín. A ambos lados había plantado repollos y tal vez por eso
el lugar olía a agua podrida. También había flores: una fila de amapolas dobles
y toda una plantación de arvejillas de olor. Me llamó la atención una porción
de tierra removida en medio de las flores, señalada por hileras de conchas y
caracoles. Al rato advertí que aquel terreno pertenecía a la niña, porque al
pasar frente a él se desprendió de las faldas de su madre y corrió para
escarbar esa porción de tierra con una percha rota. El perro atravesaba el
umbral de la puerta, matando las pulgas a mordiscos. La mujer lo apartó de
nuestro camino, de una patada.
-¡Eh, fuera de aquí, bestia
inmunda...! La casa está desordenada. No tuve tiempo de arreglarla... Estuve
planchando. ¡Adelante!
La "casa" era tan
sólo una habitación amplia cuyas paredes estaban empapeladas con las hojas de
viejos diarios londinenses. A primera vista, me pareció que el número más
actual era de la época del jubileo de la Reina Victoria. Había una mesa con una
tabla de planchar, un cubo de agua, algunos recipientes de madera, un diván
desarmado con un forro de crin negro y varias sillas de cañas rotas y apoyadas
contra la pared para que no se cayeran. La repisa que se hallaba encima de la
estufa estaba adornada con papel encarnado, flores, tallos y hojas secas en
floreros cubiertos de polvo y con una imitación de Richard Seddon en colores.
Había cuatro puertas: una, por el olor, parecía dar al almacén; la otra,
seguramente al patio trasero; en la tercera, que estaba entreabierta, se podía
ver una cama. Las moscas, volando en bandada, zumbaban contra el cielo raso. Y
sobre las cortinas de la única ventana tenía adheridos papeles matamoscas y un
montón de tréboles secos.
De repente me encontré sola en
la amplia habitación. La mujer se había ido al almacén a buscar el linimento.
Oía sus pasos recios y sus murmullos groseros. Hablaba sola, se preguntaba y se
respondía: "Tengo linimento", decía. "¿Dónde habré puesto la
botella? Estará detrás del frasco de los pepinillos... No está". Desocupé
un rincón sobre la mesa para sentarme allí, balanceando las piernas. Oía la
lejana voz de Jo, cantando en el prado y los golpes del martillo de Jim
clavando las estacas para afirmar la tienda de campaña. Era el momento del
crepúsculo. En Nueva Zelanda los días no gozan de la penumbra del poniente:
tienen una media hora de luz extraña y siniestra, donde todo es grotesco,
deforme y espantoso, como si el alma salvaje del país emergiera de repente
sobre antiguos poderes y renegara de lo que contemplaba. Al verme sola en la
gran habitación, iluminada por la escabrosa luz del poniente neocelandés, sentí
miedo. Aquella mujer tardaba demasiado en encontrar el linimento. ¿Qué estaría
haciendo allí dentro? Me pareció que la había oído golpear con las manos alguna
mesa y la escuché quejarse otra vez, luego toser y limpiarse la garganta. Tuve
deseos de gritar que regresara, pero me contuve y esperé en silencio.
"¡Qué vida atroz, Dios mío!", pensaba yo. "¿Cómo será eso de
compartir un día tras otro, con esa niña roñosa y el perro sucio siempre cerca?
¿Qué será eso de planchar aquí y de...? ¡Loca! ¡Claro que está loca! Quisiera
saber hace cuánto tiempo que vive aquí. Quisiera que me hablara..."
En ese preciso momento, la
mujer asomó su largo perfil por la puerta.
-¿Qué era lo que querían? -me
preguntó.
-Linimento.
-¡Ah, me había olvidado! Ya lo
encontré. Estaba junto al frasco de pepinillos -al decir esto, me alargó la
botella-. Se la ve nerviosa -agregó-. Le voy a preparar unos panecillos dulces
para la cena. Hay un poco de lengua en el almacén y si les gusta, cocinaré un
repollo.
-Muy bien, gracias -repuse
sonriendo-. Luego venga a nuestra tienda, en el prado, y lleve a la niña para
que nos acompañe a tomar la merienda.
Sacudió la cabeza, mostrando
los labios.
-Oh, no. Creo que no iremos.
Les mandaré a la niña con las cosas, cuando termine de cocinar los panecillos.
¿Quiere que le amase algunos más para llevarlos mañana?
-Gracias.
Se quedó de pie en la puerta,
apoyada contra el marco.
-¿Qué edad tiene la niña?
-En Navidad cumplirá seis
años. Tuve muchos dolores de cabeza con ella, por varias cuestiones. No pude
darle leche hasta que la chica tuvo un mes, estaba desnutrida y flaca como una
varilla.
-No se parece a usted. ¿Salió
a su padre?
Así como se había exaltado
antes, cuando nos indujo a que nos fuéramos, ahora se enfadó contra mí.
-¡No! ¡No es verdad! -gritó
hecha una furia-. Se parece a mí. Es mi vivo retrato. Hasta un ciego puede
verlo. -Luego, se dirigió a la niña, que seguía removiendo su terreno.
-Ven acá, rápido, Else, y deja
de remover esa tierra.
Me encontré con Jo pasando
sobre el cerco del prado.
-¿Qué tiene la vieja bruja en
el almacén? -me preguntó.
-No sé. No entré.
-¡Vaya! ¡Qué tontería! Jim te
anda buscando. ¿Qué estuviste haciendo durante todo este tiempo?
-Buscando el linimento. Oye,
Jo: qué elegante y bien peinado estás.
Jo se había aseado, traía el
pelo reluciente, peinado con raya al medio. Había elegido un saco limpio por
encima de la camisa. Me hizo un guiño.
Jim me quitó de las manos la
botella de linimento. Me fui sola, a través del prado, donde los sauces se
juntan, para bañarme en el arroyo. El agua clara me cubría el cuerpo, suave
como el aceite. Entre las hierbas y las raíces de las orillas, el agua formaba
orlas de espuma que se agitaban. Me quedé en el agua mirando cómo los sauces
movían sus hojas por un momento y luego las dejaba quietas. El aire traía olor
a lluvia. Me olvidé de la mujer y de su hija, hasta que regresé a la tienda.
Jim estaba tendido sobre el césped, mirando el fuego de la hoguera que acababa
de encender. Le pregunté si la chica había traído algo de comer y dónde estaba
yo.
-¡Bah! -repuso Jim con
disgusto, girando su cuerpo para acostarse de espaldas y observar de cara al
cielo-. ¿No te has dado cuenta de que Jo está como embrujado? Se fue al almacén
demasiado prolijo y me dijo: "¡Que me cuelguen si esa mujer no es más
bonita de noche que de día! De todas maneras, muchacho, es carne de
mujer". Esas palabras me dijo.
-Recuerda que tú tienes la
culpa por haber hecho creer a Jo, y a mí también, que había una mujer bella en
este almacén.
-No. No se trata de eso.
Escucha: no puedo entenderlo. Hace cuatro años pasé por este lugar y permanecí
dos días aquí. El marido de esa mujer fue compañero mío cuando ambos
deambulábamos por las costas occidentales. Es lo que yo llamo un buen tipo, del
tamaño de un toro y con una voz similar a un trombón. La mujer había sido
camarera en una cabaña de la costa, hermosa como una muñeca. Cuando estuve en
este almacén, cada quince días, la diligencia pasaba. Todo esto era antes de
que inauguraran el ferrocarril de Napier. Y puedo asegurar que aquella mujer no
perdía el tiempo. Recuerdo que me dijo, en un momento de confesión, que ella
besaba de ciento veinticinco maneras diferentes y todas sensuales e
irresistibles.
-¡Vamos, Jim! Por supuesto que
no se trata de la misma mujer.
-Tiene que serlo..., de otra
manera no me lo explico. Lo que yo creo es que su marido se fue y la abandonó.
Que engañe a otro con la historia de la esquila. ¡Qué terrible soledad! Los
únicos que aparecerán por aquí, de vez en cuando, serán los maoríes.
A pesar de la oscuridad,
divisamos el blanco delantal de la niña. Caminaba arrastrándose hacia nosotros,
con una enorme canasta al brazo y una olla de leche en la mano. Revisé dentro
de la canasta mientras la chica me miraba hacer.
-Ven aquí -le dijo Jim
haciéndole gestos con el dedo.
Se acercó. La lámpara que
colgaba del techo de la tienda la alumbró de cuerpo entero. Era una pobre
criatura escuálida y débil, con el cabello blancuzco y los ojillos tristes. Se
había parado con las piernas abiertas y el vientre al aire.
-¿Qué haces durante el día?
-le preguntó Jim.
La chica escarbó con el dedo
meñique su oreja, miró lo que había sacado y respondió:
-Dibujo.
-¿Eh? ¿Qué dibujas? ¡Deja de
escarbarte las orejas!
-Dibujos.
-¿Dónde los haces?
-En papeles llenos de grasa,
con el lápiz de mamá.
-¡Vaya! ¡Cuántas palabras de
golpe! -Jim la miraba sonriendo, con algo de afecto-. ¿Ovejitas que hacen beee
y vaquitas que hacen mu?
-No. Todas las cosas. Los
dibujaré a todos antes de que se vayan, a sus caballos y a la tienda y a ésa
con ningún vestido en el arroyo -dijo, señalándome a mí-. Yo la veía desde un
lugar donde ella no me veía.
-Te felicito -le respondió
Jim-. Así llegarás lejos en la pintura.
Entonces, le preguntó algo
atrevido:
-¿Dónde está papá?
La chica pareció asustarse y
comenzó a balbucear.
-No se lo voy a decir porque
no me gusta su rostro. Y volvió a escarbarse la otra oreja.
-Bueno -le dije-. Vete a casa,
llévate la canasta y avísale al otro hombre que venga a comer.
-No quiero.
-¡Te voy a dar una cachetada
si no obedeces! -la amenazó Jim, con suma violencia.
-¡Ay, ay! Se lo diré a mamá,
se lo diré a mamá -dijo la chica y salió corriendo.
Comimos hasta hartarnos. Había
llegado la hora del café y los cigarrillos, cuando Jo regresó, muy colorado y
contento, con una botella de whisky en la mano.
-Bébanse los dos un trago -nos
dijo alzando muy fuerte la voz y sacudiendo la botella en nuestras narices-.
¡Vamos! ¡Levanten las copas!
-Ciento veinticinco maneras
distintas... -le murmuré a Jim en el oído.
-¿Eh? ¿Cómo dicen? ¡Basta de
eso! -dijo Jo, serio-. ¿Por qué se la agarran siempre conmigo? Parecen niños de
escuela dominical en una excursión. Si quieren saberlo, nos ha invitado a los
tres para que visitemos su casa esta noche y charlemos. Yo -levantó la mano,
como si quisiera detener nuestras felicitaciones antes de tiempo- he sabido
tratarla y sé cómo tranquilizarla.
-Te creo -comentó Jim riendo-.
Pero ¿te dijo dónde está su marido?
Jo lo miró entre sorprendido e
irritado.
-En la esquila. Ella misma te
lo dijo, idiota.
La mujer había limpiado y
arreglado la habitación, incluso la adornó con un ramo de arvejillas en el
centro de la mesa. Fui a sentarme al lado de ella, frente a Jo y Jim. Además de
las flores de adorno, sobre la mesa había una lámpara de petróleo, la botella
de whisky, vasos y una jarra de agua. La chica, arrodillada en el suelo,
dibujaba en un papel de envoltura. Me pregunté, sobresaltada, si acaso no
estaría reproduciendo la escena del arroyo.
No había duda de que Jo tenía
razón cuando dijo que la mujer se vería mejor de noche. En verdad, esa noche
presentaba mejor aspecto. Las hebras de su cabello rubio estaban prolijas,
recogidas y alisadas, tenía cierto color en las mejillas y brillaban sus ojos.
Y advertimos que sus pies se hallaban apretados, bajo la mesa, por las botas de
Jo. Su delantal grasoso había sido reemplazado por una falda de lana negra y
una blusa blanca. La chica llevaba una cinta azul en el pelo. Así, en la
atmósfera asfixiante de aquella habitación, entre el zumbido de las moscas que
giraban en espirales ascendentes hacia el techo y descendían sobrevolando la
mesa, nos emborrachamos lentamente.
-Ahora escúchenme -interrumpió
la mujer dando puñetazos sobre la mesa-. Hace seis años que me casé y he tenido
cuatro abortos. Le dije a mi marido: ¿Quién crees que soy yo para que me tengas
aquí? Si estuviéramos en la Costa, te haría colgar por infanticidio. Y le
repetía: has doblegado y sometido mi espíritu, me has arruinado el cuerpo, la
apariencia. ¿Para qué? ¡Eso es lo que quiero saber! ¿Para qué? -Se agarró la
cabeza con las manos, apoyó los codos sobre la mesa, mirándonos fijamente. Y
comenzó a hablar de nuevo, con rapidez-. Durante días enteros, que sumados
formaban meses, me torturaban la cabeza aquellas dos benditas palabras. ¿Para
qué? A veces estaba aquí, frente a la estufa, cocinando papas, y al levantar la
tapa de la cacerola para moverlas, oía las mismas palabras de siempre y no sólo
aquel "¿Para qué?", con las papas y con la chica y con... Quiero
decir que... quiero decir... -un ataque de hipo la interrumpió-. ¡Usted sabe lo
que quiero decir, señor Jo!
-Lo sé -dijo Jo rascándose la
cabeza.
-Lo peor era -continuó la
mujer, inclinándose sobre la mesa- que me dejaba sola mucho tiempo. Cuando las
diligencias dejaron de venir, se iba por muchos días, semanas y hasta meses,
dejándome encargada del almacén. Y después regresaba, contento como en Pascuas.
"¡Hola!", me decía. "¿Cómo has estado? Ven aquí y dame un
beso". Y yo iba. Y cuando me negaba a ser afectuosa, él volvía a irse, a
desaparecer sin decir nada. Aunque si yo me mostraba complaciente, también se
iba. Cuando lo recibía, esperaba hasta hacerme bailar sobre un dedo y después
se despedía: "Bueno; hasta siempre. Ya me voy". ¿Y creen que yo podía
retenerlo? ¡No! Yo, no.
-Mamá -gritó la chica-. Hice
un dibujo de todos ellos, bajando por la colina, y de ti y de mí y el perro,
abajo.
-¡Cállate! -gritó la mujer.
La luz de un relámpago iluminó
en forma eléctrica la habitación y a los pocos segundos se oyó el sacudón del
trueno.
-Menos mal que se larga
-comentó Jo-. El clima nos ha estado sofocando desde hace tres días.
-¿Dónde está ahora su marido?
-insistió Jim, acentuando cada palabra.
Metió la cabeza entre sus
brazos, apoyados sobre la mesa, y empezó a lloriquear.
-Se ha ido a la esquila y otra
vez me dejó -gritó entre gemidos.
-¡Eh! ¡Cuidado con esos vasos!
-exclamó Jo-. Levante la cabeza y tome otro trago. No tiene sentido alguno
llorar por maridos ausentes. La has hecho buena, Jim.
-Señor Jo -suspiró la mujer,
levantando la cabeza y secándose las lágrimas con la solapa de su chaqueta
blanca-, usted es un tipo decente. Si yo fuera mujer de secretos, le confiaría
todo a usted. Y no crea que me opongo a beberme otro vaso de whisky.
La luz de los relámpagos era
cada vez más fuerte, lo mismo que la potencia de los truenos. Jim y yo
estábamos en silencio. La chica seguía de rodillas, apoyada en el banco y sin
moverse. Tenía la punta de la lengua fuera de la boca y, de vez en cuando, soplaba
sobre el papel en que dibujaba.
-Es la soledad -exclamó la
mujer, dirigiéndose hacia Jo, que la escuchaba con afecto-. Es la tristeza de
estar aquí, como una gallina ponedora en su nido.
Jo extendió su brazo sobre la
mesa y tomó la mano de la mujer. A pesar de que la posición de los dos parecía
muy incómoda, sobre todo al servirse whisky y al beberlo, mantuvieron unidas
sus manos, como si estuvieran adheridas.
Me levanté para acercarme a la
niña. Ella, por su parte, se incorporó con decisión y se sentó sobre el banco y
los papeles de sus dibujos, mirándome con desconfianza.
-No puede verlos -dijo,
desafiante.
-Vamos, no seas tonta.
Jim se acercó a nosotros. Los
dos habíamos bebido bastante, tomamos a la niña por los brazos y la arrancamos
del banco para ver sus dibujos. Los analizamos y, para mi asombro, estaban bien
hechos, algo repulsivos y groseros. Eran las composiciones de un lunático,
hechas con la habilidad de un lunático. No había duda de que la niña tenía la
mente perturbada. Y ahora se mostraba alegre de que viéramos sus dibujos. A
medida que los mostraba, sus nervios eran crecientes, reía, temblaba y tiritaba
en nuestros brazos con una fuerza muy particular.
-¡Mamá! -gritó en un momento
dado, en un punto extremo de la excitación-. Voy a hacerles el dibujo que tú me
dijiste que no hiciera nunca. Lo haré ahora.
Con una velocidad inusitada,
la mujer se levantó de la mesa, se lanzó hacia su hija y la golpeó con
brusquedad en la cabeza, con las dos manos abiertas.
-¡Te daré azotes desnuda si te
atreves a decir eso otra vez! -le gritaba, convertida en una fiera.
Jo estaba muy embriagado como
para darse cuenta de lo que sucedía. Jim tomó los brazos de la mujer para que
no siguiera pegando a la niña. La niña no lloró ni lanzó un solo grito. Al
terminar el forcejeo, se acercó pausadamente a la ventana y se quedó allí
despegando las moscas del papel.
Todos volvimos a la mesa. Esta
vez me senté junto a Jim para que la mujer se ubicara al lado de Jo y se
reclinara sobre su pecho. Nos quedamos los cuatro diciendo estupideces.
"Este cayó cerca. Otro más, y otro", y Jo, justo en medio del estruendo
de un trueno: "Ahora viene. Ya está. Agárrense. Ya llega", hasta que
empezaron a caer gotas gruesas sobre el techo de chapas acanaladas, que
perturbaban.
-Será mejor que esta noche se
queden a dormir aquí -dijo la mujer.
-Así es -afirmó Jo que, por
otra parte, estaba más que interesado por el ofrecimiento.
-Saquen lo que necesiten de la
tienda. Ustedes dos pueden dormir en el almacén junto con la niña, que ya está
acostumbrada a dormir allí y no le importará.
-Nunca he dormido ahí, mamá
-interrumpió la niña.
-¡Cállate y no digas mentiras!
El señor Jo puede dormir aquí.
La distribución de lugares
resultó absurda, pero era inútil cambiar su propuesta. Sin duda, Jo y la mujer
ya se habían puesto de acuerdo.
Mientras ella organizaba este
plan, Jo permaneció inmóvil en su silla, con una seriedad pocas veces vista en
él, con los carrillos enrojecidos y jugando con el bigote.
-Préstanos una linterna -dijo
Jim-. Iré a buscar las cosas a la tienda.
Salimos juntos. La lluvia nos
golpeaba la cara y al caminar sentíamos debajo de nosotros la tierra blanda,
como si fueran cenizas. Como niños frente a una aventura, y corriendo por el
prado, saltando, gritando, riendo entre el pavoroso estruendo de los truenos.
Al volver al almacén, la niña
ya estaba acostada sobre el mostrador. La mujer nos entregó una lámpara y Jo
tomó, de manos de Jim, el bolso con su ropa y salió con la cabeza baja,
cerrando la puerta.
-¡Buenas noches! -gritó desde
el otro lado.
Jim y yo nos dejamos caer
sobre dos bolsas de papas, sin poder aguantar la risa. De las vigas del techo
colgaban bolsones repletos de cebollas y piernas de jamón. Por doquiera que
miráramos se hallaban los anuncios del "Café Camp" y estantes con
latas de carne. Nos los mostrábamos uno al otro, tratando de leer los títulos
de letras más pequeñas, entre risas e hipos. La niña nos miraba desde el
mostrador, sin otra expresión que su mirada triste. De pronto, arrojó a un
costado la frazada y saltó al suelo. Se quedó donde había caído, muy seria, con
su camisón de franela gris, rascándose el empeine de un pie con la uña del dedo
gordo del otro pie. No le prestamos casi nada de atención.
-¿De qué se ríen? -nos
preguntó molesta.
-¡De ti! -repuso Jim, rápido-.
De ti y de tu tribu, niña mía.
La niña se ofuscó de pronto y
se daba golpes con los puños, gritando:
-¡No quiero..., no quiero que
se rían de mí! ¡Malos! ¡Malditos!
Jim se acercó a la chica, la
alzó con poca firmeza y la arrojó con violencia sobre el mostrador.
-¡Duérmete y calla! O dibuja,
si quieres. Aquí tienes lápiz, y usa si quieres el libro de cuentas de tu mamá.
Nos quedamos sentados en
silencio, y entre el murmullo de la lluvia oímos claramente los pesados pasos
de Jo en el piso de madera de la habitación vecina, luego una puerta que se
abría, y un rato después, cerrarse la misma puerta.
-Es la soledad -murmuró Jim.
-¡Pobre de él! ¡Ciento
veinticinco distintas maneras de besar, señor mío!
La chica arrancó violentamente
una hoja del libro de cuentas de su madre y, desde el mostrador, la arrojó
hacia donde estábamos nosotros.
-¡Allí está! -nos dijo con su
voz chillona de niña caprichosa-. Aunque no lo quiere mamá, lo hice. Lo hice
porque me encerró aquí, con ustedes. El dibujo que ella no quiere que haga.
Dijo que me mataría si lo hacía, pero lo hice igual. ¡No me importa! ¡No me
importa!
La chica había dibujado a una
mujer disparando un rifle contra un hombre y a la misma mujer haciendo un foso
en la tierra para enterrar al muerto. Saltó del mostrador y se puso a caminar
por el interior del almacén, mordiéndose las uñas. Jim y yo nos quedamos
sentados sobre las bolsas, sin decir palabra, al lado del dibujo, hasta que
comenzó a aclarar. La lluvia había cesado y la niña dormía respirando con
dificultad. Salimos rápidamente del almacén y corrimos hacia el prado, a
nuestra tienda. En el cielo color rosa transitaban pequeñas nubes blancas y
soplaba un viento frío con olor a hierba mojada. Cuando montamos para partir,
Jo salió de la casa y nos hizo señas de que nos fuéramos.
-Los alcanzaré después -gritó.
En el primer recodo del
camino, perdimos de vista aquel lugar.
FIN
Aunque hacía un tiempo
maravilloso el azul del firmamento estaba salpicado de oro y grandes focos de
luz como uvas blancas bañaban los Jardins Publiques. La señorita Brill se
alegró de haber cogido las pieles. El aire permanecía inmóvil, pero cuando una abría
la boca se notaba una ligera brisa helada, como el frío que nos llega de un
vaso de agua helada antes de sorber, y de vez en cuando caía revoloteando una
hoja -no se sabía de dónde, tal vez del cielo-. La señorita Brill levantó la
mano y acarició la piel. ¡Qué suave maravilla! Era agradable volver a sentir su
tacto. La había sacado de la caja aquella misma tarde, le había quitado las
bolas de naftalina, la había cepillado bien y había devuelto la vida a los
pálidos ojitos, frotándolos. ¡Ah, qué agradable era volverlos a ver espiándola
desde el edredón rojo...! Pero el hociquito, hecho de una especie de pasta
negra, no se conservaba demasiado bien. No acababa de ver cómo, pero debía
haber recibido algún golpe. No importaba, con un poquito de lacre negro cuando
llegase el momento, cuando fuese absolutamente necesario... ¡Ah, picarón! Sí,
eso era lo que en verdad sentía. Un zorrito picarón que se mordía la cola junto
a su oreja izquierda. Hubiera sido capaz de quitárselo, colocarlo sobre su
falda y acariciarlo. Sentía un hormigueo en los brazos y las manos, aunque
supuso que debía ser de caminar. Y cuando respiraba algo leve y triste -no, no
era exactamente triste- algo delicado parecía moverse en su pecho.
Aquella tarde había bastante
gente paseando, bastante más que el domingo anterior. Y la orquesta sonaba más
alegre y estruendosa. Había empezado la temporada. Y aunque la banda tocaba
absolutamente todos los domingos, fuera de temporada nunca era lo mismo. Era
como si tocasen sólo para un auditorio familiar; cuando no había extraños no
les importaba mucho cómo tocaban. ¿Y no iba el director con una levita nueva?
Habría jurado que era nueva. Frotó los pies y levantó ambos brazos como un
gallo a punto de cantar, y los músicos, sentados en el quiosco verde, hincharon
los carrillos y atacaron la partitura.
Ahora hubo un fragmento de
flauta -¡hermosísimo!-, como una cadenita de refulgentes notas. Estaba segura
de que se repetiría. Y se repitió; la señorita Brill levantó la cabeza y
sonrió.
Solo otras dos personas
compartían su asiento «especial»: un anciano caballero con un abrigo de
terciopelo, que apoyaba las manos en un enorme bastón tallado, y una robusta
anciana, que se sentaba muy rígida, con un rollo de media sobre el delantal
bordado. Pero no hablaban. Lo cual en cierto modo fue una desilusión, puesto
que la señorita Brill siempre anhelaba un poco de conversación. Pensó que, en
verdad, empezaba a tener bastante experiencia en escuchar haciendo ver que no
escuchaba, en sentarse dentro de la vida de otra gente durante un instante,
mientras los otros charlaban a su alrededor.
Miró de reojo a la pareja de
ancianos. Quizá pronto se fuesen. El último domingo tampoco había resultado tan
interesante como de costumbre. Un inglés con su esposa, él con un horripilante
panamá y ella con botines. Y la mujer se había pasado todo el rato insistiendo
en que debería llevar gafas; diciendo que notaba que las necesitaba; pero que
de nada servía hacerse unas porque estaba segura de que se le iban a romper y
de que no se le sujetarían bien. Y su marido se había mostrado tan paciente. Le
había sugerido de todo: montura de oro, del tipo que se sujeta a las orejas,
unas pequeñas almohadillas dentro del puente... Pero no, nada la satisfacía.
«Seguro que siempre me resbalarían por la nariz.» La señorita Brill le habría
propinado una buena azotaina con muchísimo gusto.
Los ancianos continuaban
sentados en el banco, quietos como estatuas. No importaba, siempre había
montones de gente a quien mirar. De un lado para otro, pasando frente a los
arriates cuajados de flores, junto al templete de la orquesta, paseaban
grupitos y parejas, se detenían a charlar, se saludaban, compraban un ramito de
flores a un viejo pordiosero que tenía la canastilla colgada de la barandilla.
Algunos niños corrían entre los grupos, empujándose y riendo; chiquillos con
grandes lazos de seda blanca atados al cuello, y niñitas, muñequitas francesas,
vestidas de terciopelo y puntillas. Y a veces algún pequeño que apenas caminaba
aparecía tambaleándose entre los árboles, se detenía, miraba, y de pronto se
dejaba caer sentado, ¡flop!, hasta que su mamaíta, calzada con altos tacones,
corría a socorrerlo, como una clueca joven, regañándolo. Otros preferían
sentarse en los bancos y en las sillas pintadas de verde, pero estos eran casi
siempre los mismos un domingo tras otro y -tal como la señorita Brill había
advertido a menudo- casi todos ellos tenían algún detalle curioso y divertido.
Eran gente rara, silenciosa, en su mayoría ancianos y, por el modo como
miraban, parecía que acabasen de salir de alguna habitacioncita oscura o
incluso de... ¡de un armario!
Detrás del quiosco se
levantaban esbeltos árboles de hojas amarillentas que pendían hacia el suelo, y
al fondo se divisaba el horizonte del mar, y más arriba el cielo azul con nubes
veteadas de oro.
¡Tum-tum-tum, ta-ta-tararí,
pachín, pachum, ta-ti-tirirí, pim, pum!, tocaba la banda.
Dos jovencitas vestidas de
rojo pasaron junto a ella y fueron a encontrarse con dos soldados de uniforme
azul, y juntos rieron, se aparejaron, y siguieron del brazo. Dos mujeres
rollizas, con ridículos sombreros de paja, cruzaron con toda seriedad tirando
de sendos borriquillos de hermoso pelaje gris ahumado. Una monja lívida y fría
pasó apresuradamente. Una hermosísima mujer perdió su ramillete de violetas
mientras se acercaba paseando, y un niñito corrió a devolvérselas, pero ella
las tomó y las arrojó lejos, como si estuviesen envenenadas. ¡Vaya por Dios!
¡La señorita Brill no sabía si admirar o no aquel gesto! Y ahora se reunieron
exactamente delante de ella una toca de armiño y un caballero vestido de gris.
El hombre era alto, envarado, muy digno, y ella llevaba la toca de armiño que
había comprado cuando tenía el pelo rubio. Pero ahora todo, el pelo, el rostro,
los ojos, era del color de aquel ajado armiño, y su mano, enfundada en un
guante varias veces lavado, subió hasta tocarse los labios, y era una patita
amarillenta. ¡Oh, estaba tan contenta de volver a verlo... estaba encantada!
Había tenido el presentimiento de que iba a encontrarlo aquella tarde.
Describió dónde había estado: un poco por todas partes, aquí y allí, y en el
mar. Hacía un día maravilloso, ¿no le parecía? ¿Y no le parecía que quizá
podían...? Pero él negó con la cabeza, encendió un cigarrillo, y soltó despacio
una gran bocanada de humo al rostro de ella, y mientras la mujer continuaba
hablando y riendo, apagó la cerilla y siguió caminando. La toca de armiño se
quedó sola; y sonrió aún con mayor alegría. Pero incluso la banda pareció
adivinar sus sentimientos y se puso a tocar con mayor dulzura, suavemente,
mientras el tambor redoblaba repitiendo: «¡Qué bruto! ¡Qué bruto!». ¿Qué iba a
hacer? ¿Qué sucedería ahora? Pero mientras la señorita Brill se planteaba estas
preguntas la toca de armiño se giró, levantó una mano, como si hubiese visto a
algún conocido, a alguien mucho más agradable, por aquel lado, y se dirigió
hacia allí. Y la banda volvió a cambiar de música y se puso a tocar a un ritmo
más vivo, mucho más alegre, y el anciano matrimonio sentado al lado de la
señorita Brill se levantó y desapareció, y un viejo divertidísimo con largas
patillas que avanzaba al compás de la música estuvo a punto de caer al tropezar
con cuatro muchachas que venían cogidas del brazo.
¡Oh, qué fascinante era
aquello! ¡Cómo le divertía sentarse allí! ¡Le agradaba tanto contemplarlo todo!
Era como si estuviese en el teatro. Igualito que en el teatro. ¿Quién habría
adivinado que el cielo del fondo no estaba pintado? Pero hasta que un perrito
de color castaño pasó con un trotecillo solemne y luego se alejó lentamente,
como un perro «teatral», como un perro amaestrado para el teatro, la señorita
Brill no terminó de descubrir con exactitud qué era lo que hacía que todo fuese
tan excitante. Todos se hallaban sobre un escenario. No era simplemente el
público, la gente que miraba; no, también estaban actuando. Incluso ella tenía
un papel, por eso acudía todos los domingos. No le cabía la menor duda de que
si hubiese faltado algún día alguien habría advertido su ausencia; después de
todo ella también era parte de aquella representación. ¡Qué raro que no se le
hubiese ocurrido hasta entonces! Y, sin embargo, eso explicaba por qué tenía
tanto interés en salir de casa siempre a la misma hora, todos los domingos,
para no llegar tarde a la función, y también explicaba por qué tenía aquella
sensación de rara timidez frente a sus alumnos de inglés, y no le gustaba
contarles qué hacía durante las tardes de los domingos. ¡Ahora lo comprendía!
La señorita Brill estuvo a punto de echarse a reír en alto. Iba al teatro.
Pensó en aquel anciano caballero inválido a quien le leía en voz alta el
periódico cuatro tardes por semana mientras él dormía apaciblemente en el
jardín. Ya se había acostumbrado a ver su frágil cabeza descansando en el cojín
de algodón, los ojos hundidos, la boca entreabierta y la nariz respingona. Si
hubiese muerto habría tardado semanas en descubrirlo; y no le hubiera
importado. ¡De pronto el anciano había comprendido que quien le leía el periódico
era una actriz. «¡Una actriz!» Su vieja cabeza se incorporó; dos luceritos
refulgieron en el fondo de sus pupilas. «Actriz..., usted es actriz, ¿verdad?»,
y la señorita Brill alisó el periódico como si fuese el libreto con su parte y
respondió amablemente: «Sí, he sido actriz durante mucho tiempo».
La orquesta había hecho un
intermedio, y ahora retomaba el programa. Las piezas que tocaban eran cálidas,
soleadas, y, sin embargo, contenían un algo frío -¿qué podía ser?-; no, no era
tristeza -algo que hacía que a una le entrasen ganas de cantar-. La melodía se
elevaba más y más, brillaba la luz; y a la señorita Brill le pareció que dentro
de unos instantes todos, toda la gente que se había congregado en el parque, se
pondrían a cantar. Los jóvenes, los que reían mientras paseaban, empezarían
primero, y luego les seguirían las voces de los hombres, resueltas y valientes.
Y después ella, y los otros que ocupaban los bancos, también se sumarían con
una especie de acompañamiento, con una leve melodía, algo que apenas se
levantaría y volvería a dulcificarse, algo tan hermoso... emotivo... Los ojos
de la señorita Brill se inundaron de lágrimas y contempló sonriente a los otros
miembros de la compañía. «Sí, comprendemos, lo comprendemos», pensó, aunque no
estaba segura de qué era lo que comprendían.
Precisamente en aquel instante
un muchacho y una chica tomaron asiento en el lugar que había ocupado el
anciano matrimonio. Iban espléndidamente vestidos; estaban enamorados. El héroe
y la heroína, naturalmente, que acababan de bajar del yate del padre de él. Y
mientras continuaba cantando aquella inaudible melodía, mientras continuaba con
su arrobada sonrisa, la señorita Brill se dispuso a escuchar.
-No, ahora no -dijo la
muchacha-. No, aquí no puedo.
-Pero ¿por qué? ¿No será por
esa vieja estúpida que está sentada ahí? -preguntó el chico-. No sé para qué
demonios viene aquí, si no la debe querer nadie. ¿Por qué no se quedará en su
casa con esa cara de zoqueta?
-Lo más di... divertido es esa
piel -rió la muchacha-. Parece una pescadilla frita.
-Bah, ¡déjala! -susurró el
chico enojado-. Dime, ma petite chère...
-No, aquí no -dijo ella-.
Todavía no.
Camino de casa acostumbraba a
comprar un trocito de pastel de miel en la pastelería. Era su extra de los
domingos. A veces le tocaba un trocito con almendra, otras no. Aunque entre uno
y otro existía una gran diferencia. Si tenía almendra era como volver a casa
con un pequeño regalo -con una sorpresa-, con algo que habría podido dejar de
estar allí perfectamente. Los domingos que le tocaba una almendra corría a su
casa y ponía el agua a hervir precipitadamente.
Pero hoy pasó por la
pastelería sin entrar y subió la escalera de su casa, entró en el cuartucho
oscuro -su aposento, que parecía un armario- y se sentó en el edredón rojo.
Estuvo allí sentada durante largo rato. La caja de la que había sacado la piel
todavía estaba sobre la cama. Desató rápidamente la tapa; y rápidamente, sin
mirar, volvió a guardarla. Pero cuando volvió a colocar la tapa le pareció oír
un ligero sollozo.
FIN
Camino de la estación, William
se dio cuenta de que había olvidado comprar algo para los críos. El olvido le
causó gran malestar. ¡Pobres niños! ¡Qué pena! Las primeras palabras que decían
siempre cuando corrían a saludarle eran: «¿Qué nos traes, papá?», y él no
llevaba nada. Tendría que comprarles unos dulces en la estación. Pero eso era
lo que había hecho los cuatro sábados anteriores, y la última vez sus caras
habían sido lo suficientemente expresivas al ver aparecer las mismas cajas de
costumbre.
Paddy había dicho:
-A mí ya me diste una con
cinta roja.
Y el comentario de Johnny fue:
-Y a mí siempre me toca rosa.
Odio el color rosa.
Pero, ¿qué podía hacer
William? El asunto no era fácil. Antes hubiera cogido un taxi hasta una buena
juguetería y en cinco minutos habría encontrado algo adecuado para ellos. Pero
ahora tenían juguetes rusos, franceses, serbios... juguetes de Dios sabe qué
parte del mundo. Hacía más de un año que Isabel había desechado los burritos,
las locomotoras y un montón de cosas más porque eran «demasiado sentimentales»
y «muy perjudiciales para la formación de los pequeños».
-Es importantísimo -había
explicado la nueva Isabel- que tengan gustos adecuados desde el principio.
Ahorra mucho tiempo más adelante. La verdad, si las pobres criaturas se pasan
la infancia contemplando semejantes monstruosidades, es muy normal que al crecer
insistan en que los lleven a la Real Academia de Pintura.
Y continuaba hablando como si
una visita a la Real Academia de Pintura fuese algo semejante a una condena a
muerte...
-Bueno, no estoy muy seguro
-dijo William lentamente-. Cuando yo tenía su edad me iba a la cama abrazado a
una toalla con un nudo en la punta.
La nueva Isabel le miró con
los ojos entornados y los labios entreabiertos.
-¡Querido William! Estoy
completamente segura de que lo hacías -y rió con su nuevo estilo.
Sin embargo, tendría que
volver a llevarles dulces, pensó melancólicamente William mientras buscaba
dinero suelto para pagar el taxi. Y se imaginó a los niños ofreciendo dulces
-su generosidad no conocía límites-, y a los remilgados amigos de Isabel no dudando
un momento en cogerlos...
¿Por qué no llevarles fruta?
William se detuvo ante uno de los puestos, dentro ya de la estación. ¿Qué tal
un melón para cada uno? ¿Tendrían que repartirlos también? O una piña para Pad
y un melón para Johnny. No era probable que los amigos de Isabel se colaran
furtivamente en la habitación de los niños a la hora de comer. Aun así,
mientras compraba la fruta William tuvo una visión horrible: imaginó a uno de
los amigos de Isabel, un joven poeta, sorbiendo una raja de melón detrás de la
puerta del cuarto de los pequeños.
Con los incómodos paquetes se
dirigió hacia su tren. El andén estaba repleto y el tren ya había llegado. Las
puertas no dejaban de golpear violentamente en su constante abrir y cerrar. La
locomotora lanzó un silbido tan potente que todo el mundo pareció aturdido en
su ir y venir. William se dirigió sin dudar a un vagón de primera clase para
fumadores, dejó su maleta y los paquetes y, tras sacar un manojo de papeles del
bolsillo interior de la chaqueta, se sentó en un rincón y se puso a leer.
«Nuestro cliente, además, está
convencido... Juzgamos oportuno volver a considerar... en el caso de que...»
Sí, así estaba mejor. William se alisó el pelo y estiró las piernas. La
sensación de angustia que le oprimía el pecho se mitigó. «Respecto a nuestra
decisión...» Sacó un lápiz azul y señaló cuidadosamente un párrafo.
Entraron en el compartimiento
dos hombres, pasaron por delante de él y se acomodaron en el rincón opuesto. Un
joven colocó en el portaequipajes sus palos de golf y se sentó enfrente. El
tren dio un suave tirón y se puso en marcha. William levantó la vista y vio
deslizarse ante sus ojos la calurosa estación. Una muchacha, sofocada por el
esfuerzo, corría por el andén con grandes aspavientos y voces. «Histérica»,
pensó William tristemente. Al final del andén apareció un obrero con la cara
grasienta y ennegrecida que sonrió al paso del tren. «¡Qué asco de vida!», se
dijo, y volvió a enfrascarse en sus papeles.
Cuando levantó la vista de
nuevo estaba en pleno campo. Los animales se cobijaban a la sombra de los
frondosos árboles. Un ancho río en cuya orilla chapoteaban unos niños desnudos
apareció fugazmente ante sus ojos. El cielo tenía un resplandor pálido, y un
pájaro se cernía en lo alto como una mota oscura en una piedra preciosa.
«Hemos examinado los archivos
de correspondencia de nuestro cliente...» Repitió mentalmente estas palabras,
como un eco. «Hemos examinado...» William se aferró a la frase, pero era
inútil; se le quebraba por la mitad, y los campos, el cielo, el pájaro, el
agua, todo le decía: «Isabel». Lo mismo le sucedía todos los sábados por la
tarde. En su camino de regreso junto a Isabel imaginaba innumerables encuentros
con ella. Estaba en el andén, algo apartada del resto de la gente; sentada en
el taxi a la puerta de la estación; junto a la verja del jardín; en la puerta,
o en el vestíbulo.
Y con su voz nítida y
cristalina decía: «William», «Hola, William» o «Así que has llegado, William».
Y él tocaba su fría mano, su fría mejilla.
¡El dulce frescor de Isabel!
De pequeño, le encantaba salir al jardín después de un chaparrón, colocarse
debajo del rosal y sacudirlo. Isabel era aquel rosal, con sus delicados
pétalos, su rocío y su frescura. Y él seguía siendo el niño de entonces. Pero
ahora ya no salía corriendo al jardín, ya no reía ni sacudía el rosal. La
sensación de angustia que le oprimía el pecho se reanudó. Recogió las piernas,
dejó a un lado los papeles y cerró los ojos.
«¿Qué pasa, Isabel? ¿Qué
pasa?», le preguntó con dulzura. Estaban en el dormitorio de la nueva casa.
Isabel estaba sentada en un taburete frente al tocador cubierto de cajitas
verdes y negras.
«¿A qué te refieres?» Se
inclinó hacia adelante, y su sedoso cabello rubio le cayó sobre las mejillas.
«¡Ah, tú bien lo sabes!»,
contestó él. Estaba de pie en el centro de aquella extraña habitación en la que
se sentía como un extraño.
Entonces Isabel se volvió
bruscamente en su taburete y se le quedó mirando.
«¡Oh, William!», gritó con
tono suplicante, blandiendo el cepillo del pelo. «Por favor, no seas tan
anticuado y... tan trágico. No paras de decir, hacerme ver o insinuar que he
cambiado. Tan sólo porque he conocido a algunas personas con las que congenio,
porque salgo un poco más y porque me tomo verdadero interés por las cosas, te
comportas como si...» Isabel se echó el pelo hacia atrás y rió, «como si
hubiese dado una puñalada a nuestro amor o algo parecido. ¡Resulta todo tan
absurdo», se mordió el labio, «y tan exasperante, William! Hasta te fastidia
que tenga esta casa nueva y servidumbre».
«¡Isabel!»
«Sí, sí, en cierto modo es
verdad», replicó inmediatamente Isabel. «Piensas que son otro signo negativo.
Sé que lo piensas. Me lo dice el corazón cada vez que subes por esas
escaleras», añadió bajando el tono de voz. «Pero no podíamos seguir viviendo en
aquel miserable agujero. Sé práctico al menos, William. Acuérdate, ni siquiera
había sitio para los niños.»
Era cierto. Todos los días, al
volver de su bufete, se encontraba a los niños con Isabel en la salita de
atrás. Galopaban sobre la piel de leopardo extendida en el respaldo del sofá o
jugaban a las tiendas utilizando el escritorio de Isabel como mostrador. A
veces Pad se sentaba en la estera que había delante de la chimenea y se ponía a
remar como loco con la badila, mientras Johnny disparaba contra los piratas con
las tenazas. Y al anochecer había que subirles a cuestas por aquellas escaleras
tan estrechas hasta los brazos de su vieja y gorda niñera.
Sí, debía admitir que era una
casa miserable. Una casita blanca con cortinas azules y una jardinera con
petunias en la ventana. William recibía a sus amigos en la puerta con un:
«¿Habéis visto nuestras petunias? Son espléndidas para Londres, ¿no os parece?
Pero lo más estúpido, lo más
inconcebible era que no se hubiese dado cuenta ni por asomo de que Isabel no
era tan feliz como él. ¡Qué ceguera, Dios mío! En aquella época ignoraba por
completo que ella odiaba la incómoda casita, que creía que la niñera gorda
estaba echando a perder a los niños, que se sentía muy sola, anhelando conocer
gente nueva, oír música nueva, ver películas... todo. Si no hubieran ido a la
fiesta que dio Moira Morrison en su estudio... Si Moira Morrison no hubiera
dicho cuando ya se marchaban: «Voy a liberar a tu esposa, egoísta. Es como una
delicada Titania.» ...Si Isabel no hubiera ido con Moira a París... Si...
El tren paró en otra estación.
Bettingford. ¡Cielos! Llegaría en diez minutos. Se guardó los papeles. El joven
sentado frente a él se había apeado hacía tiempo. Ahora se bajaron los otros
dos pasajeros. El último sol de la tarde caía sobre los vestidos de las mujeres
y sobre los niños que andaban descalzos, y arrancaba destellos a la delicada
flor amarilla de una planta cuyas ásperas hojas se extendían por una roca. El
aire que se colaba por la ventanilla olía a mar. «¿Tendrá Isabel también este
fin de semana la misma gente a su alrededor?», se preguntó William.
Y evocó las vacaciones que
solían pasar antes, los cuatro juntos, con Rose, una joven campesina que
cuidaba de los pequeños. Isabel llevaba jersey y el pelo recogido en una
trenza; parecía una niña de catorce años. ¡Dios mío! ¡Cómo se le pelaba la
nariz a William! Y cuánto comían, y cuánto dormían, entrelazados sus pies en la
inmensa cama de colchón de plumas... William no pudo reprimir una amarga
sonrisa al pensar en la consternación de Isabel si supiera hasta dónde llegaba
su sentimentalismo.
-Hola, William.
Después de todo estaba en la
estación, algo distanciada de los demás, tal como se la había imaginado, y -el
corazón le dio un vuelco de alivio- sola.
-Hola, Isabel -respondió
William mientras la miraba embelesado. Tan bella le parecía que consideró
necesario añadir algo-: Te veo tan fresca a pesar del calor.
-¿Sí? Pues no me siento nada
fresca. Date prisa, tu horrible tren ha llegado con retraso. El taxi nos espera
fuera. -Colocó la mano con gran suavidad sobre el brazo de William cuando
pasaron ante el encargado de recoger los billetes-. Hemos venido todos a
recibirte, pero hemos dejado a Bobby Kane en la bombonería y tenemos que
recogerle.
-¡Oh! -fue todo cuanto pudo
responder William por el momento.
El taxi esperaba a pleno sol.
Bill Hunt y Dennis Green, arrellanados en uno de los lados del asiento, tenían
el rostro medio cubierto por el sombrero. Al otro lado. Moira Morrison saltaba
sin parar. Llevaba un sombrero que parecía una fresa descomunal.
-¡No hay hielo! ¡No hay hielo!
¡No hay hielo! -gritó alegremente.
-Sólo lo conseguiremos en la
pescadería -intervino Dennis bajo el ala de su sombrero.
A lo que Bill Hunt, saliendo
de su sopor, contestó:
-Con peces dentro.
-¡Qué fastidio! -se lamentó
Isabel, y explicó a William cómo habían estado buscando hielo por toda la
ciudad mientras ella le esperaba-. Todo se está derritiendo como una vela,
empezando por la mantequilla.
-Tendremos que usarla para
ungirnos con ella -comentó Dennis-. Que a tu cabeza, oh William, no le falten
bálsamos.
-Oye, ¿cómo nos vamos a
sentar? -dijo William-. Será mejor que yo vaya delante con el conductor.
-No -replicó Isabel-, con el
conductor irá Bobby Kane. Tú siéntate entre Moira y yo. -El taxi se puso en
marcha-. ¿Qué llevas en esos misteriosos paquetes?
-Cabezas decapitadas
-intervino Bill Hunt, temblando con todo el cuerpo.
-¡Es fruta! -Isabel parecía
loca de contento-. ¡Qué buena idea, William! Un melón y una piña. ¡Es
maravilloso!
-No, espera un poco -dijo
William con una sonrisa, aunque en realidad estaba muy inquieto-. Eso es para
los pequeños.
-¡Oh, cariño! -Isabel rió y le
pasó la mano bajo el brazo-. Tendrán retortijones si se comen esa fruta. ¡No!
-le dio unas palmaditas en la mano-. La próxima vez les traes algo a ellos. Esa
piña es para mí.
-¡Qué cruel eres, Isabel!
Déjame olería, anda -dijo Moira, y extendió los brazos por delante de William
en actitud de súplica-. ¡Oh! -El sombrero se le venció hacia adelante. Parecía
a punto de desmayarse.
-«Dama enamorada de una piña»
-comentó Dennis en el momento en que el taxi se detenía frente a una pequeña
tienda con un toldo a rayas.
En la puerta apareció Bobby
Kane con un montón de paquetitos.
-Espero que sean buenos. Los
he elegido por el color. Son unas cosas redondas que tienen una pinta divina. Y
fíjense en este guirlache -gritó al borde del éxtasis-. ¡Fíjense bien! Es como
un ballet en miniatura-. En aquel momento hizo su aparición el tendero-. Ah, se
me olvidó decirles que no he pagado nada de esto -añadió con expresión de
temor. Isabel dio un billete al tendero y Bobby recobró la alegría-. ¿Qué tal,
William? Yo me siento delante. -Iba sin sombrero, vestido completamente de
blanco, con las mangas de la camisa remangadas. Saltó al lado del conductor y
gritó-: ¡Avanti!
Después del té los demás
fueron a darse un baño. William se quedó en casa para hacer las paces con los
críos. Pero Paddy y Johnny estaban durmiendo, el rojo resplandor del atardecer
había palidecido y los murciélagos ya habían empezado a revolotear, y los
bañistas aún no habían vuelto. William bajó a la planta inferior y se cruzó con
una doncella que llevaba una lámpara. La siguió hasta el salón, muy amplio y
pintado de amarillo. En la pared que quedaba frente a William alguien había
pintado un joven de tamaño mayor que el real, con piernas de pelele, ofreciendo
una inmensa margarita a una muchacha con un brazo muy corto y el otro muy largo
y delgado. Sobre las sillas y el sofá colgaban tiras de tela negra salpicadas
de grandes manchas similares a huevos rotos, y por todas partes había ceniceros
repletos de colillas. William se sentó en una de las butacas. Hoy en día,
cuando metía uno la mano por los costados del asiento, no encontraba una oveja
de tres patas, o una vaca a la que faltaba un cuerno, o una paloma del zoo en
miniatura, sino otro manoseado librito de poemas forrado con papel... Se acordó
entonces de los papeles que llevaba en el bolsillo, pero se sentía demasiado
hambriento y cansado para leer. La puerta estaba abierta, y hasta él llegaron
sonidos procedentes de la cocina. La servidumbre estaba parloteando como si no
hubiera nadie en la casa. De pronto oyó una sonora carcajada y un «¡Chist!» no
menos sonoro. Se habían acordado de su existencia. William se levantó, atravesó
el gran ventanal y salió al jardín. Permaneció inmóvil en la oscuridad, y al
rato oyó a los bañistas que subían por el camino de arena. Sus voces rompieron
la tranquilidad del momento:
-Creo que le toca a Moira
emplear sus artimañas.
Un trágico gemido de Moira.
-Deberíamos tener un
tocadiscos para los fines de semana; así podríamos escuchar La doncella de las
montañas.
-No, por favor, no -exclamó
Isabel-. No debemos hacerle eso a William. Sean amables con él, mes amis. Sólo
va a estar aquí hasta mañana por la tarde.
-Déjenlo en mis manos -dijo
Bobby Kane-. A mí se me da muy bien eso de entretener a la gente.
Se oyó el abrir y cerrar de la
cancela. William hizo un movimiento y ellos le vieron. «¿Qué tal, William?» Y
Bobby Kane, agitando la toalla en el aire, se puso a danzar y a hacer piruetas
por el agostado césped.
-¡Qué lástima que no hayas
venido, William! El agua estaba divina. Y después fuimos a un bar y nos tomamos
unas ginebras.
El grupo ya había entrado en
la casa. Bobby Kane se dirigió a Isabel:
-Oye, ¿te gustaría que esta
noche me pusiera mi traje estilo Nijinsky?
-No -repuso ella-. Esta noche
no se viste nadie. Todos estamos hambrientos. También William está muerto de
hambre. Vamos, mes amis, empecemos con unas sardinas.
-¡Encontré las sardinas!
-gritó Moira, y salió corriendo de la cocina con una lata en lo alto.
Dennis sentenció con gravedad.
-«La dama de la lata de
sardinas».
-Bien, bien. ¿Y qué tal por
Londres? -preguntó Bill Hunt mientras descorchaba una botella de whisky.
-No ha cambiado mucho
-respondió William.
-El viejo Londres... -comentó
cordialmente Bobby, al tiempo que pinchaba una sardina.
Pero un momento después
William había caído en el olvido. Moira Morrison se preguntaba de qué color
eran realmente las piernas bajo el agua.
-Las mías son de un color
champiñón palidísimo.
Bill y Dennis comieron
vorazmente. Isabel rellenó los vasos, cambió los platos, fue a buscar cerillas,
todo ello sin dejar de sonreír. De pronto dijo:
-Me gustaría que lo pintases,
Bill.
-¿Pintar qué? -preguntó Bill,
con la boca llena de pan.
-A nosotros alrededor de la
mesa -contestó ella-. Resultaría fascinante dentro de veinte años.
Bill alzó la vista y masculló
groseramente:
-La luz no es buena.
Demasiados amarillos -y siguió comiendo. Incluso esto pareció agradar a Isabel.
Después de cenar todos estaban
tan cansados que no hicieron sino bostezar hasta que llegó la hora de
acostarse.
Sólo a la tarde siguiente,
cuando estaba esperando el taxi, se encontró William a solas con Isabel. Al
verle bajar con la maleta hasta la entrada, Isabel dejó al resto del grupo y se
acercó a él. Se agachó y levantó la maleta.
-¡Cuánto pesa! -exclamó, y
soltó una risita forzada-. Déjame que te la lleve hasta la verja.
-No. ¿Por qué ibas a hacerlo?
-dijo William-. No, déjamela a mí.
-Por favor, déjame. De verdad
que quiero llevarla.
Echaron a andar en silencio. A
William no se le ocurría nada que decir.
-¡Ya estamos! -exclamó
triunfalmente Isabel, dejando la maleta en el suelo y mirando con impaciencia
en dirección del camino de arena-. Apenas te he podido ver esta vez -añadió
casi sin aliento-. Resulta tan corto, ¿verdad? Es como si acabaras de llegar.
La próxima vez... -A lo lejos apareció el taxi-. Espero que te cuiden bien en
Londres. Siento muchísimo que los niños hayan estado fuera todo el día, pero la
señorita Neil ya lo tenía todo organizado. Te echarán de menos. ¡Mi pobre
William, tener que volver a Londres! -El taxi se detuvo ante la cancela-.
Adiós. -Le dio un fugaz beso y se metió en la casa.
A un lado y a otro, campo,
árboles y setos. Atravesaron la diminuta ciudad, que parecía desierta, y
subieron pesadamente por la empinada cuesta de la estación.
El tren ya estaba en el andén.
William se dirigió a un vagón de primera clase para fumadores y se dejó caer en
un rincón del compartimiento. Esta vez no sacó los papeles. Cruzó los brazos
sobre el pecho, oprimido de nuevo por aquella sensación de angustia, y
mentalmente empezó a escribir una carta a Isabel.
Estaban sentados en el jardín
de la casa. Se cobijaban del sol bajo toldos multicolores, y el único que no
ocupaba una de las tumbonas era Bobby Kane, que estaba echado en la hierba a
los pies de Isabel. Era un día sofocante, tedioso y pesado. El correo se
retrasaba, como de costumbre.
-¿Creen ustedes que habrá
lunes en el cielo? -preguntó infantilmente Bobby.
-El cielo será un largo lunes
-susurró Dennis.
Pero Isabel permanecía
abstraída, preguntándose dónde habría ido a parar lo que sobró del salmón que
tomaron para cenar el día anterior. Había pensado preparar pescado con mayonesa
para la comida y ahora resultaba...
Moira estaba durmiendo. El
sueño era su descubrimiento más reciente: «¡Resulta tan maravilloso! Cierra uno
los ojos y ya está. ¡Es tan delicioso!»
Cuando el viejo y rubicundo
cartero apareció empujando su triciclo por el camino de arena, tuvieron la
sensación de que el manillar era como un par de remos.
Bill Hunt dejó el libro que
estaba leyendo y exclamó con satisfacción: «Cartas». Todos esperaron la llegada
del cartero. Pero -¡oh, cruel mensajero!, ¡oh, perverso mundo!- tan sólo había
una carta, muy abultada, para Isabel. Ni un mal periódico.
-Y para colmo es de William
-comentó Isabel con tristeza.
-¿De William? ¿Tan pronto?
-Te devuelve el certificado de
matrimonio como un dulce recordatorio.
-Pero ¿tiene todo el mundo
certificado de matrimonio? Yo creía que eso era sólo para los criados.
-¡Páginas y más páginas!
¡Mírenla! «Dama leyendo una carta» -dijo Dennis.
Mi querida y bien amada
Isabel... Y así páginas y páginas. A medida que iba leyendo, su sorpresa se fue
transformando en una sensación de sofoco. ¿Qué demonios habría inducido a
William a...? Era realmente extraordinario... ¿Qué le habría pasado para...? Se
sintió confundida, cada vez más agitada, incluso asustada. Era típico de
William. ¿O quizá no? De todos modos aquello resultaba absurdo, ridículo. «Ja,
ja, ja! ¡Dios mío!» ¿Qué haría? Se recostó en la tumbona y se echó a reír hasta
que ya no pudo parar.
-¡Dinos qué pasa! -suplicaron
los demás-. Tienes que decírnoslo.
-Estoy deseando hacerlo
-contestó Isabel medio ahogada. Se incorporó, recogió todas las hojas de la
carta y las blandió ante sus rostros.
-¡Escuchen! Es genial. ¡Una
carta de amor!
-¡Una carta de amor! ¡Es
divino!
Mi querida y bien amada
Isabel... Pero apenas había comenzado a leer cuando sus risas la
interrumpieron.
-Adelante, Isabel. Es
maravilloso.
-¡Qué interesante! Es
fabuloso.
-Por favor, Isabel, continúa.
No permita Dios, mi amor, que
yo sea un impedimento para tu felicidad.
«¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!»
«¡Chist! ¡Chist! ¡Chist!»
E Isabel prosiguió. Cuando
llegó al final todos estaban medio histéricos. Bobby, a punto de romper en
sollozos, se revolcaba por la hierba.
-Tienes que dejármela tal como
está, completa, para mi nuevo libro -dijo Dennis con firmeza-. Le dedicaré un
capítulo entero.
-¡Oh, Isabel! -gimió Moira-.
¡Qué bonita es esa parte en la que habla de tenerte en sus brazos!
-Siempre creí que esas cartas
que se presentan en los casos de divorcios eran falsificadas. Pero esta las
eclipsa a todas...
-Déjame tenerla en mis manos.
Déjame leerla, mi bien -dijo Bobby Kane.
Pero ante la sorpresa de
todos, Isabel estrujó la carta. Ya no reía. Los miró uno por uno; parecía
agotada.
-No. Ahora no, ahora no.
Y antes de que se hubieran
repuesto de la sorpresa, ya estaba dentro de la casa. Corrió escaleras arriba
hasta su dormitorio y se sentó en el borde de la cama. «¡Qué cosa tan vil,
odiosa, vulgar y repulsiva!», musitó. Se tapó los ojos con los nudillos, pero
los seguía viendo. No eran cuatro, sino cuarenta, riendo, gesticulando y
burlándose mientras ella les leía la carta de William. ¡Qué cosa tan repugnante
había hecho! ¿Cómo había sido capaz de semejante acción? No permita Dios, mi
amor, que yo sea un impedimento para tu felicidad. ¡William! Isabel hundió la
cara en la almohada. Pero tenía la sensación de que incluso aquel severo
dormitorio conocía su carácter: superficial, frívolo, vano...
Desde el jardín le llegaron
unas voces:
-Isabel, vamos a bañarnos.
¡Vente!
-¡Ven, oh consorte de William!
-Llámenla otra vez antes de
irnos. Vuelvan a llamarla.
Isabel se incorporó. Había
llegado el momento, tenía que decidirse ahora. ¿Iría con ellos o se quedaría
para escribir a William? ¿Qué elegir? «Debo decidirme.» Pero ¿cómo podía
dudarlo? Se quedaría y escribiría a William, por supuesto.
-Titania -gritó Moira.
-I-sa-bel.
No, era demasiado difícil.
«Iré; iré con ellos y escribiré a William después. En otro momento. Ahora no.
Le escribiré sin falta», pensó Isabel apresuradamente.
Y, con esa nueva risa suya,
bajó corriendo las escaleras.
FIN
Repentinamente...
horriblemente... ella se despierta. ¿Qué ha ocurrido? Ha ocurrido algo
horrible. No, no ha ocurrido nada. Es sólo el viento que estremece la casa,
sacudiendo las ventanas, golpeando un hierro del techo y haciendo temblar su
cama. Las hojas pasan aleteando frente a su ventana, alejándose hacia arriba;
en la avenida un periódico completo se agita en el aire como una cometa perdida
y cae clavándose en un pino. Hace frío. El verano ha terminado... es otoño,
todo es feo. Los carros pasan ruidosamente, balanceándose de lado a lado; dos
chinos avanzan a pasitos cargados con un balancín de madera del que penden los
cestos cargados de verduras... sus coletas y sus blusas azules volando al
viento. Un perro blanco de tres patas pasa aullando frente a la cerca. ¡Todo ha
terminado! ¿Qué ha terminado? ¡Oh, todo! Y ella empieza a recogerse el pelo con
dedos temblorosos, sin atreverse a mirar en el espejo. En el vestíbulo, mamá
habla con la abuela.
-¡Una perfecta idiota!
Imagínate, dejar todo en la cuerda con un tiempo como éste... Ahora mi mejor
mantel de Tenerife está hecho jirones. ¿Qué es ese olor tan raro? ¡Se quema el
guisado! ¡Oh, cielos, este viento!
A las diez tiene lección de
música. Ante esta idea, empieza a sonar en su cabeza el movimiento en tono
menor de Beethoven, con sus trinos largos y terribles como el redoble de
pequeños tambores... Marie Swanson corre por el jardín de la casa de al lado para
recoger los crisantemos antes de que se destrocen. La falda se le vuela por
encima de la cintura, ella trata de bajársela, de metérsela entre las piernas
mientras se agacha, pero de nada sirve... el viento se la levanta. Todos los
árboles y arbustos se agitan a su alrededor. Ella arranca las flores tan rápido
como puede, pero está muy aturdida. No sabe lo que hace: arranca las plantas de
raíz y dobla y retuerce los tallos, patalea y maldice.
-¡Por el amor de Dios, dejen
cerrada la puerta del frente! ¡Entren por atrás! -grita alguien. Y después la
voz de Bogey:
-Mamá, te llaman por teléfono.
Teléfono, mamá. Es el carnicero.
¡Qué horrible es la vida... un
asco, simplemente un asco! Y ahora, para colmo, se le ha roto el elástico del
sombrero. Por supuesto. Se pondrá su vieja boina y se escabullirá por atrás.
Pero mamá la ha visto.
-¡Matilde! ¡Matilde! ¡Regresa
de inmediato! ¿Qué diablos te has puesto en la cabeza? Parece un cubretetera.
¿Y por qué tienes esa melena cubriéndote la frente?
-No puedo demorarme, mamá.
Llegaré tarde a mi clase.
-¡Regresa de inmediato!
No lo hará. No lo hará. Odia a
su madre.
-¡Vete al infierno! -grita, y
corre calle abajo.
En olas, en nubes, en grandes
remolinos el polvo golpea, trayendo con él briznas de paja y pedregullo y
abono. Los árboles de los jardines rugen y, desde el fondo de la calle donde
vive el señor Bullen, llega el lamento del mar: “¡Ah... ah... !”
Pero la sala del señor Bullen
está silenciosa como una caverna. Las ventanas están cerradas; entrecerrados
los postigos, y ella no ha llegado tarde. La chica-que-está-antes ha comenzado
a tocar “A un iceberg”, de MacDoweIl. El señor Bullen le lanza una mirada y
esboza una sonrisa.
-Siéntate -le dice. Siéntate
en un rincón del sofá, damita.
Qué divertido es. No es que se
ríe de uno, exactamente... pero hay algo... ¡Oh, qué tranquilo está todo aquí!
Le gusta esta habitación.
Huele a sarga, a humo rancio y a crisantemos... hay un gran jarrón lleno de
crisantemos sobre la chimenea, junto a la desteñida fotografía de Rubinstein...
a mon ami Robert Bullen... Sobre el negro y reluciente piano está colgado
“Soledad”, un cuadro que representa a una mujer morena y trágica vestida de
blanco, sentada sobre una roca con las piernas cruzadas y el mentón apoyado en
las manos.
-¡No, no! -dice el señor
Bullen, y se inclina sobre la otra chica y toca ese pasaje en el piano, pasando
sus manos por encima de los hombros de la otra. ¡La muy estúpida... se sonroja!
¡Qué ridícula!
Ahora la chica-que-está-antes
se ha ido, la puerta del frente se cierra de un portazo. El señor Bullen
regresa y camina de arriba abajo muy suavemente, esperándola. ¡Qué
extraordinario! Sus dedos tiemblan tanto que no puede deshacer el nudo de su
carpeta de música. Es el viento... Y su corazón late con tanta violencia que le
parece que le levanta y le baja la blusa con cada latido. El señor Bullen no
dice una palabra. En el ajado y rojo taburete del piano entran dos personas. El
señor Bullen se sienta junto a ella.
-¿Empiezo con las escalas?
-pregunta ella, retorciéndose las manos-. También tenía unos arpegios.
Pero él no responde. Ella cree
que ni siquiera la ha oído... y entonces, de repente, su fresca mano, la que
tiene el anillo, se extiende y abre el tomo de Beethoven.
-Vamos a hacer algo del viejo
maestro -dice.
Pero por qué le habla con
tanta amabilidad... con tantísima amabilidad... y como si se conocieran desde
muchísimo tiempo atrás, y lo supieran todo uno de otro.
Lentamente, él vuelve la
página. Ella observa su mano... es una mano hermosa y siempre parece recién
lavada.
-Estamos aquí -dice el señor
Bullen.
Oh, esa voz amable. Oh, ese
movimiento: en tono menor. Aquí vienen los pequeños tambores...
-¿Hago la repetición?
-Sí, pequeña.
Su voz es demasiado, demasiado
amable, las corcheas y los trinos bailan de arriba abajo en el pentagrama como
negritos sobre una cerca. Por qué es tan... Ella no llorará... no tiene por qué
llorar...
-¿Qué te pasa, pequeña?
El señor Bullen le toma las
manos. Su hombro está justo junto a su cabeza. Se apoya un poquitito en él,
pone su mejilla contra la áspera tela.
-La vida es tan horrible
-murmura, pero no siente en absoluto que sea horrible. Él dice algo acerca de
“esperar” y “marcar el tiempo” y “ese raro ser que es una mujer”, pero ella no
lo escucha. Es tan cómodo esto... para siempre...
De repente la puerta se abre y
aparece Marie Swanson que ha llegado horas antes de su clase.
-Toca el alegretto un poco más
rápido -dice el señor Bullen, y se levanta y empieza a caminar de arriba abajo
una vez más.
-Siéntate en el rincón del
sofá, damita -le dice a Marie.
*
El viento, el viento. Es
aterrador estar aquí sola en su cuarto. La cama, el espejo, el jarro y la
jofaina blancos relucen como el cielo. La cama es lo más aterrador. Allí está,
profundamente dormida... ¿Acaso mamá se imagina por un momento que ella zurcirá
todos esos zoquetes anudados sobre la colcha que parecen serpientes? No lo
hará. No, mamá. No veo por qué debo hacerlo... ¡El viento... el viento! Hay un
raro olor a hollín que se cuela por la chimenea ¿Alguien le ha escrito poemas
al viento...? “Traigo flores frescas a las hojas y lluvia”... ¡Qué tontería!
-¿Eres tú, Bogey?
-Vamos a caminar por la
explanada, Matilde. No aguanto más.
-Ahora mismo. Me pondré el
impermeable. ¡Qué día espantoso!
El impermeable de Bogey es
igual al de ella. Abrochándose el cuello, se mira en el espejo. Tiene el rostro
pálido, los dos tienen los mismos ojos excitados y los labios calientes. ¡Ah,
qué bien conoce a esos dos del espejo! Hasta luego, querido, regresaremos
pronto.
-Esto es mejor, ¿no es cierto?
-Agárrate de mi brazo -dice
Bogey.
No pueden caminar tan rápido
como quisieran. Con las cabezas gachas, apenas rozándose las piernas, dan
zancadas como una sola y ansiosa persona a través de la ciudad, por el asfalto
que zigzaguea y junto al que crece salvaje el hinojo, hasta llegar a la explanada.
Oscurece... empieza a oscurecer. El viento es tan fuerte que tienen que
esforzarse por avanzar, tambaleándose como dos borrachos. Todas las pobres
plantitas de pohutukawa de la explanada se doblan hasta el suelo.
-¡Vamos! ¡Vamos! ¡Acerquémonos
más!
El mar está muy alto por
encima de la escollera. Se quitan los sombreros y el pelo se les vuela hasta la
boca, con gusto a sal. El mar está tan revuelto que las olas no rompen sino que
golpean contra el áspero muro de piedra, absorbiendo las algas de los goteantes
peldaños. Una fina llovizna de agua de mar azota la explanada. Bogey y ella
están cubiertos de gotas, en la boca siente un sabor frío y húmedo.
A Bogey le está cambiando la
voz. Cuando habla recorre todos los extremos de la escala. Es divertido... hace
reír... y de algún modo está de acuerdo con el día. El viento se lleva sus
voces... lejos vuelan sus frases como delgadas saetas.
-¡Más rápido! ¡Más rápido!
Ya está muy oscuro. En el
puerto, las barcazas carboneras tienen dos luces: una en el mástil y otra en la
popa.
-Mira, Bogey. Mira allí.
Un gran vapor negro que deja
escapar una larga columna de humo, con las escotillas iluminadas, con luces en
todas partes, está saliendo al mar. El viento no lo detiene, corta las olas en
dirección al paso que se abre entre las rocas puntiagudas, en camino a... Es la
luz lo que lo hace parecer tan bello y misterioso... Ellos están a bordo, con
los brazos entrelazados y apoyados en la barandilla.
-... ¿Quiénes son?
-... Son hermanos.
-Mira, Bogey, allí está la
ciudad. ¿No parece pequeña? Allí está el reloj del correo dando la hora por
última vez. Allí está la explanada por la que caminamos aquel día ventoso. ¿Te
acuerdas? Aquel día lloré en mi clase de música... ¡Cuántos años atrás! Adiós,
islita, adiós...
Ahora la oscuridad extiende un
manto sobre las aguas revueltas. Ya no se ven las siluetas de esos dos. Adiós,
adiós. ¡No nos olviden!... Pero, ahora el barco se ha ido.
El viento... el viento.
FIN
Cuando el caballero literato,
cuyo apartamiento limpiaba la anciana señora Ma Parker todos los martes, le
abrió la puerta aquella mañana, aprovechó para preguntarle por su nieto. Ma
Parker se detuvo sobre el felpudo del pequeño y oscuro recibidor, alargó el
brazo para ayudar al señor a cerrar la puerta, y sólo después replicó
apaciblemente:
-Ayer lo enterramos, señor.
-¡Dios santo! No sabe cuánto
lo siento -dijo el caballero literato en tono desolado. Estaba a medio
desayunar. Llevaba una bata deshilachada y en una mano sostenía un periódico
arrugado. Pero se sintió incómodo. No podía volver al confort de la sala sin decir
algo, sin decirle algo más. Y como aquella gente daba tanta importancia a los
entierros, añadió amablemente:
-Espero que el entierro fuese
bien.
-¿Cómo dice, señor? -dijo con
voz ronca la anciana Ma Parker.
¡Pobre mujer! Estaba acabada.
-Que espero que el entierro
fuese bien... -repitió.
Ma Parker no respondió. Agachó
la cabeza y se encaminó hacia la cocina, llevando aquella usada bolsa de
pescado en la que guardaba las cosas de la limpieza, un mandil y unas
zapatillas de fieltro. El literato enarcó las cejas y volvió a sumirse en su
desayuno.
-Supongo que está abatida
-dijo en voz alta, tomando un poco de mermelada.
Ma Parker se quitó los dos
alfileres que le sujetaban la toca y la colgó detrás de la puerta. Se
desabrochó la raída chaqueta y también la colgó. Luego se ató el mandil y se
sentó para quitarse las botas. Ponerse o quitarse las botas era un verdadero
martirio, pero lo había sido durante años. De hecho estaba ya tan acostumbrada
a aquel dolor que su rostro se contraía en una mueca dispuesto a sentir el
pinchazo mucho antes de que hubiese empezado a desatarse los lazos. Terminada
esta operación, se recostó momentáneamente en la silla con un suspiro y empezó
a frotarse suavemente las rodillas...
-¡Abuela, abuela! -gritaba su
nietecillo subido con sus botines sobre su falda. Acababa de volver de jugar en
la calle.
-¡Mira cómo le has dejado la
falda a la abuela...! ¡Malo, más que malo!
Pero él le echaba los brazos
al cuello y frotaba su mejillita contra la de ella.
-Abuelita, ¡danos una moneda!
-le decía, zalamero.
-Fuera de aquí; ya sabes que
la abuela no tiene dinero.
-Sí, sí tienes.
-No, no tengo.
-Sí, sí tienes. ¡Danos una
moneda!
Y ella ya estaba buscando su
bolso viejo y desvencijado de cuero negro.
-Muy bien, ¿y tú a cambio qué
le darás a tu abuela?
El niño soltó una tímida
risita y se apretujó más contra ella. Notó sus pestañas haciéndole cosquillas
en la mejilla.
-Pero si yo no tengo nada...
-murmuró el niño.
La anciana se levantó como
impulsada por un resorte, tomó el hervidor de metal que estaba sobre la cocina
de gas y la llevó hasta el fregadero. El ruido del agua llenando el hervidor
amortiguó su dolor, o eso parecía. Aprovechó para llenar también el balde y el
barreño.
Se necesitaría un libro entero
para describir el estado de aquella cocina. Durante la semana el caballero
literato «se las apañaba solo». Lo cual significaba que vaciaba una y otra vez
los restos del té en un tarro de mermelada colocado ex profeso para tal fin, y
cuando se quedaba sin tenedores limpios limpiaba uno o dos en un trapo de
cocina. Por lo demás, como solía explicar a sus amigos, su «sistema» era
bastante sencillo, y no acababa de entender cómo la gente tenía tantos
problemas con la vida doméstica.
-No hay más que ensuciar todo
lo que tienes, contratar a una vieja una vez por semana para que lo limpie
todo, y ya está.
El resultado era una especie
de descomunal basurero. Incluso el suelo estaba plagado de trozos de tostadas,
sobres y colillas. Pero Ma Parker no le tenía inquina. Le daba lástima que
aquel pobre caballero, todavía joven, no tuviese quién le cuidara. Por la
ventanita tiznada se divisaba una inmensa extensión de cielo tristón, y siempre
que había nubes parecía que fuesen nubes raídas, usadas, desgastadas por los
bordes, agujereadas, como oscuras manchas de té.
Mientras el agua se calentaba
Ma Parker empezó a barrer el suelo. «Sí -pensó, mientras la escoba iba dando
bandazos-, entre una cosa y otra ya he soportado lo mío. Ha sido una vida
dura.»
Incluso sus vecinos se lo
decían. Muchas veces, cuando volvía exhausta a casa llevando aquella bolsa de
pescado, les oía decir, entre ellos, mientras esperaban en una esquina, o se
inclinaban sobre la verja de alguna casa: «Vaya una vida dura que le ha tocado
vivir a la pobre Ma Parker». Y era tan cierto, que no sentía el menor orgullo
por ello. Era como si alguien hubiese comentado que vivía en el sótano interior
del número 27 ¡Qué vida más dura...!
A los dieciséis años había
abandonado Stratford para ir a Londres como ayudante de cocina. Sí, había
nacido en Stratford-on-Avon. ¿Shakespeare, decía? No, señor, todo el mundo le
preguntaba siempre por él. Pero nunca había oído ese nombre hasta verlo en las
carteleras de los teatros.
Ya no recordaba nada de
Stratford excepto aquel «sentados junto al hogar podían verse las estrellas por
la chimenea», y «mamá siempre había tenido sus lonjas de tocino colgando del
techo». Y aún había algo más -una mata-, junto a la puerta de la casa, una mata
que siempre olía maravillosamente. Pero la mata era algo muy difuso. Sólo la
recordó una o dos veces en el hospital, la vez que había estado tan enferma.
Aquella casa había sido
horrible: la primera casa. No la dejaban salir nunca. Nunca subía a la planta
como no fuese para rezar por la mañana y por la noche. El sótano no estaba mal,
pero la cocinera era una mujer cruel. Le quitaba las cartas que le escribía su
familia antes de que hubiese tenido tiempo de leerlas y las echaba al fuego
porque la hacían soñar... ¡Y las cucarachas! ¿Quién lo hubiera dicho, eh? Pues
lo cierto era que hasta que había ido a Londres jamás había visto una cucaracha
negra. Al llegar a este punto Ma siempre soltaba una risita, como si... ¡mira
que no haber visto nunca una cucaracha! ¡vaya! Era como si alguien dijera que
nunca se había visto los pies.
Cuando aquella familia fue
desahuciada se fue como «ayudanta» a la casa de un doctor, y después de dos
años allí, corriendo arriba y abajo todo el día, se casó con su marido. Un
panadero.
-¡Un panadero, señora Parker!
-exclamaba el caballero literato. Porque algunas veces dejaba de lado sus
volúmenes y la escuchaba o, al menos, escuchaba ese producto llamado Vida-.
¡Debe de ser bastante bonito estar casada con un panadero!
La señora Parker no parecía
tan segura.
-Es un oficio tan limpio
-argüía el literato.
La señora Parker no estaba muy
convencida.
-¿No le gustaba entregar el
pan calentito a los clientes?
-Mire, señor -decía Ma
Parker-, yo no subía a la tahona muy a menudo. Tuvimos trece niños y enterramos
a siete. ¡Cuando aquello no era un hospital, era una enfermería, como quien
dice!
-Ni que lo diga, señora Parker
ni que lo diga -exclamaba el literato, estremeciéndose, y volviendo a empuñar
la pluma.
Sí, siete habían muerto, y
cuando los otros seis todavía eran pequeños su marido se volvió tísico. Harina
en los pulmones, le había dicho a ella el médico... Su marido estaba sentado en
la cama con la camisa subida hasta la cabeza, y el dedo del doctor trazó un
círculo sobre su espalda.
-Fíjese, si ahora se abriese
un agujero aquí, señora Parker, vería que tiene los pulmones embozados de pasta
blanca. Respire, buen hombre, ¡respire hondo! -Y la señora Parker jamás supo si
había visto o si había imaginado que veía una gran nube de polvo blanco salir
de los labios de su pobre marido...
Y lo que había tenido que
luchar para sacar adelante a aquellos seis renacuajos y para mantenerse en pie.
¡Había sido terrible! Y entonces, cuando ya empezaban a ser suficientemente
mayores para ir al colegio, la hermana de su marido había ido a vivir con ellos
para ayudarles un poco, y cuando todavía no llevaba allí dos meses se había
caído por una escalera lastimándose el espinazo. Y durante cinco años Ma Parker
cargó con otro niño -¡y vaya una cuando le daba por llorar!- a quien cuidar.
Luego la pequeña Maudie optó por el mal camino y arrastró con ella a su hermana
Alice; los dos chicos emigraron, y el pequeño Jim se fue a la India con el
ejército, y Ethel, la más pequeña, se casó con un camarerillo pelafustán que
murió de úlceras el año que nació el pequeño Lennie. Y ahora le había tocado al
pequeño Lennie, mi nietecito...
Lavó y secó la pila de tazas y
de platos sucios. Limpió los cuchillos negros con un trozo de patata y con el
corcho de un tapón. Fregó la mesa, el aparador y el fregadero en el que
flotaban colas de sardina...
Nunca había sido un niño
demasiado fuerte, nunca, desde que nació. Era uno de esos bebés rubios a quien
todo el mundo toma por una niña. Tenía rizos blancos, plateados, ojos azules, y
un lunar, como un diamante, a un lado de la nariz. ¡Lo que les había costado a
Ethel y a ella criarlo! ¡Habían probado tantas cosas que habían leído en los
periódicos! Cada domingo por la mañana Ethel leía en voz alta mientras Ma
Parker hacía la colada.
Señor director:
Sólo un par de líneas para
comunicarle que mi pequeño Myrtil que se hallaba grave de muerte... Y tras
cuatro frascos de... aumentó 8 libras en 9 semanas, y todavía continúa
engordando.
Y entonces sacaban del
aparador la huevera que servía de tintero y se escribía la carta, y al día
siguiente por la mañana, camino del trabajo, Ma compraba el impreso para el
giro postal. Pero no servía de nada. No había modo de que el pequeño Lennie
engordase.
Ni siquiera llevándolo al
cementerio cogía un poco de color; y un buen ajetreo en el autobús tampoco
lograba que mejorase su apetito.
Aunque desde el principio
había sido el niño mimado de su abuela...
-¿Quién te quiere a ti? -dijo
la anciana Ma Parker abandonando los fogones y dirigiéndose hacia la mugrienta
ventana. Y una vocecita tan cálida y próxima que casi la sobresaltó -pues
parecía brotar de debajo de su corazón- se echó a reír, respondiendo: «¡La
abuelita!».
En aquel momento se oyeron
pasos y el literato apareció, vestido de calle.
-Señora Parker, voy a salir.
-Perfectamente, señor.
-Encontrará la media corona en
la bandejita del tintero.
-Gracias, señor.
-Por cierto, señora Parker
-dijo el caballero rápidamente-, ¿no tiraría usted por casualidad un poco de
cacao la última vez que vino a limpiar, verdad?
-No, señor.
-¡Qué extraño! Hubiera jurado
que quedaba una cucharadita de cacao en la lata -explicó-. Y -añadió
amablemente pero con firmeza-: siempre que tire alguna cosa dígamelo, ¿eh,
señora Parker? -Y salió muy contento de sí mismo, convencido, en realidad, de
haberle demostrado a la señora Parker que, bajo su aparente despiste, era tan
observador como una mujer.
Se oyó el portazo. Ma Parker
tomó la escoba y el trapo del polvo y se encaminó al dormitorio. Pero cuando
empezó a hacer la cama, tirando de las sábanas, metiéndolas bien y alisándolas,
el recuerdo del pequeño Lennie se hizo insoportable. ¿Por qué había tenido que
sufrir tanto? Eso era lo que ella no podía comprender. ¿Por qué aquel angelito
había tenido que hacer esfuerzos sobrehumanos por respirar, luchando por cada
gota de aire? No tenía ningún sentido que un niño sufriese de aquel modo.
Del pecho del niño, de aquella
cajita, salía un sonido como si algo hirviese. Tenía un gran bulto, algo
bulléndole en el pecho y no podía expulsarlo. Cuando tosía toda la cabecita se
le cubría de sudor; los ojos se le saltaban, le temblaban las manos, y el gran
bulto oscilaba como una patata dentro de un cazo. Pero lo peor de todo era que
cuando no tosía permanecía sentado, recostado en la almohada, y nunca hablaba
ni contestaba, incluso hacía como si no oyese. Se limitaba a quedarse con la
mirada fija, como si estuviese ofendido.
-La abuelita no puede hacer
nada, cariñín -decía Ma Parker, apartándole suavemente el pelo húmedo de las
coloradas orejas. Pero Lennie movía la cabeza y se apartaba. Parecía
tremendamente enfadado con ella... y solemne. Agachaba la cabeza y la miraba de
reojo, como si nunca hubiera podido pensar que su abuela fuese capaz de
aquello.
Cuando menos... Ma Parker echó
la colcha sobre la cama. No, simplemente no podía pensar en ello. Era
demasiado... le había tocado sufrir demasiado en esta vida. Y hasta ahora había
aguantado, no había dejado que el sufrimiento hiciese mella en ella, y nadie la
había visto llorar ni una sola vez. Nunca, nadie. Ni sus hijos la habían visto
dejarse dominar por la desesperación. Siempre había mantenido la cabeza alta.
¡Pero ahora...! Lennie había muerto... ¿qué le quedaba? Nada. Era lo único que
le quedaba en esta vida, y ahora también se lo habían llevado. «¿Por qué habrá
tenido que ocurrirme precisamente a mí?», se preguntó.
-¿Qué he hecho? -dijo la
anciana Ma Parker-. ¿Qué he hecho?
Y mientras pronunciaba estas
palabras dejó caer inesperadamente el plumero. Y se encontró en la cocina. Se
sentía tan desgraciada que volvió a ponerse el sombrero y las agujas que
sujetaban la toca y la chaqueta y salió del apartamiento como una sonámbula. No
sabía lo que hacía. Era como una persona que traumatizada por el horror de lo
que le acaba de ocurrir, echa a andar... sin dirección alguna, simplemente como
si andando pudiese alejarse...
En la calle hacía frío.
Soplaba un viento helado. La gente pasaba con andar rápido, muy aprisa; los
hombres caminaban como tijeras; las mujeres deslizándose como gatos. Pero nadie
sabía nada, a nadie le preocupaba. Aunque se hubiese dejado llevar por la desesperación,
aunque después de todos aquellos años se hubiese echado a llorar, tanto si le
gustaba como si no, habría terminado por encontrarse metida en algún aprieto.
Y al pensar en la posibilidad
de llorar fue como si el pequeño Lennie hubiera vuelto a saltar a sus brazos.
Ah, sí, eso es lo que quiero hacer, pichoncito. La abuela quiere llorar. Si
ahora pudiese romper a llorar, si pudiese llorar cuanto quisiera, por todo
cuanto le había ocurrido, empezando por la primera casa en la que había servido
y aquella cruel cocinera, siguiendo por la familia del doctor, por los siete
hijos muertos, por la muerte de su marido, por la partida de los hijos, si
pudiese llorar por todos aquellos años de miseria que llevaban hasta el pequeño
Lennie. Pero llorar cabalmente por todas esas cosas requería muchísimo tiempo.
De todos modos, había llegado el momento de hacerlo. Tenía que hacerlo. No
podía continuar aplazándolo ni un minuto más; ya no podía esperar... ¿Adónde
podía ir?
«Una vida muy dura la de Ma
Parker, muy dura.» ¡Sí, más de lo que creían, durísima! La barbilla le empezó a
temblequear; no tenía tiempo que perder. Pero ¿adónde?, ¿adónde?
No podía ir a su casa; Ethel
estaba allí. La pobre se hubiera llevado un susto de muerte. No podía sentarse
en un banco en cualquier parte; la gente se pararía a hacerle preguntas. Y no
podía regresar al hogar del caballero literato; no tenía ningún derecho a
llorar en casa de otros. Y si se sentaba en la escalera de cualquier edificio
algún policía le diría que estaba prohibido hacerlo.
¡Ay! ¿No existía ningún sitio
donde pudiese esconderse, estar sola tanto como quisiera, sin que nadie la
molestase y sin molestar a otros? ¿No existía ningún lugar en el mundo donde
pudiese, por fin, solazarse llorando?
Ma Parker permaneció inmóvil,
mirando a uno y otro lado. El gélido viento le hinchó el delantal como si fuese
un globo. Y empezó a llover. No, aquel sitio no existía.
FIN


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