© Libro N° 14939. La Pasión De Pilar Primo De Rivera. Zavala, José María. Emancipación. Marzo 21 de 2026
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LA
PASIÓN DE PILAR PRIMO DE RIVERA
José
María Zavala
La Pasión De Pilar Primo
De Rivera
José María Zavala
¿Envenenaron a su padre? ¿Pretendieron casarla con Hitler? ¿Conoció en persona al testigo del fusilamiento de su hermano? ¿Y al hermano falangista de Durruti? ¿Tuvo amores secretos? ¿Que representó para ella Dionisio Ridruejo? ¿Por qué la espiaron?… Tras el gran éxito del libro de su hermano, ofrecemos ahora al lector la vida y las pasiones de la hermana del fundador de la Falange y creadora de la Sección Femenina. Un libro elaborado con su archivo inédito cedido por Pelayo Primo de Rivera, sobrino nieto de nuestra protagonista, donde emergen documentos históricos excepcionales: fotografías de ella con los altos mandos del Tercer Reich durante su estancia en Berlín en plena Segunda Guerra Mundial; el reportaje gráfico del traslado de los restos de su hermano al Valle de los Caídos; imágenes desconocidas de ella y de su hermano antes y durante la Guerra Civil española; fotografías con el entonces príncipe Juan Carlos; cartas de la reina Victoria Eugenia de Battenberg y de la infanta Paz de Borbón… Este libro ofrece el retrato humano de una mujer que durante sus ochenta y cuatro años de existencia fue testigo de excepción de la Guerra Civil, la posguerra, el régimen franquista y la transición a la democracia. El retrato de una mujer polémica, que murió soltera tras renunciar al gran amor de su vida, «consagrada» a la memoria de José Antonio.
José María Zavala
La Pasión De Pilar Primo De Rivera
ePub r1.0
Titivillus 09-03-2026
José María Zavala, 2013
Ilustraciones: Archivo inédito de Pilar Primo de Rivera y Archivo personal del autor Diseño de la cubierta: Gemma Martínez
Editor digital: Titivillus ePub base r2.1
A Paloma, mi mensajera en tierra
Agradecimientos
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Pelayo Primo de Rivera y Oriol, sobrino nieto y albacea testamentario de Pilar Primo de Rivera, por permitirme acceder al archivo, hasta ahora inédito, del alma mater de la Sección Femenina, a quien rindo con esta obra justo homenaje a su memoria.
Mi gratitud, por supuesto, a la familia Primo de Rivera, empezando por
«el jefe» Miguel Primo de Rivera y Urquijo, sobrino y ahijado de José Antonio, y siguiendo por cada uno de sus hijos, con un recuerdo especial para Miguel, «Michi», el mejor relaciones públicas que conozco, además de gran persona.
Sería injusto no agradecer también la inefable ayuda y el generoso aliento de José Antonio Primo de Rivera y Urquijo, hijo del primo hermano de José Antonio y sobrino nieto del general Primo de Rivera.
Gracias también a Ana María de Azpillaga y a José María Velo de Antelo, amigos de la protagonista de estas páginas.
A mis editores de Plaza y Janés, siempre.
Y a mis hijos Borja e Inés, que jamás faltan en los agradecimientos de cada uno de sus «hermanos de papel».
INTRODUCCIÓN
Ella
Pilar Primo de Rivera es una lámpara votiva: tiene todo lo de una lámpara votiva, la consagración inacabable, el ardor silencioso, la docilidad obstinada, el recogimiento llameante, la caricia a las tinieblas, el suave aceite, la pacífica luz.
EUGENIO D’ORS
El lector tiene ahora en sus manos lo que Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, la hermana menor de José Antonio, no contó en sus memorias o simplemente prefirió hacerlo de puntillas: ¿Envenenaron a su padre?
¿Pretendieron en verdad casarla con Hitler? ¿Conoció en persona al testigo del fusilamiento de su hermano? ¿Y al hermano falangista de Durruti?
¿Tuvo amores secretos? ¿Por qué la espiaron?…
Estas páginas constituyen en sí mismas, valga la redundancia, un libro de Historia repleto de historias sorprendentes, en gran parte desconocidas, que rodearon los ochenta y cuatro años de existencia de Pilar Primo de Rivera.
No se trata así de una biografía, stricto sensu, de ella; como tampoco de una historia de la Sección Femenina, aunque indefectiblemente salga a relucir esta a lo largo del relato; ni mucho menos de un tratado político sobre la Falange, puesto que bibliografía de todo ello existe ya en abundancia.
De Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia se pueden decir muchas cosas —la mayoría de ellas buenas—, pero nadie duda de que esta gran mujer, todavía hoy muy desconocida, ha pasado a la Historia reciente de España por ser «la hermana de José Antonio».
¿Y qué mejor «título» para ella que casi todo el mundo la erija hoy en la sombra femenina de su venerado hermano?
De hecho, la directora de la Sección Femenina intentó vislumbrar siempre todo lo que hubiese hecho José Antonio de haber vivido, entregándose en cuerpo y alma a su cumplimiento con mayor o menor acierto, pero sin faltar jamás a su lealtad acrisolada. Todavía a principios de los años setenta, ella misma proclamaba: «Yo creo que José Antonio, en treinta años de política, hubiera dicho muchas cosas nuevas que nosotros debemos tratar de adivinar».
El conocido escritor falangista Eugenio Montes glosaba esa armoniosa simbiosis entre el primogénito y la hermana menor, en una dedicatoria manuscrita que Pilar guardaba como un tesoro afectivo entre sus papeles privados, y que dice así: «A Pilar/unido a vida/y muerte/en el recuerdo/y el destino/de José Antonio/inmortal».
El insigne ensayista y filósofo Eugenio d’Ors comparaba a Pilar con
«una lámpara votiva», que posee todo lo inherente a ella: «La consagración inacabable, el ardor silencioso, la docilidad obstinada, el recogimiento llameante, la caricia a las tinieblas, el suave aceite, la pacífica luz».
A ese mismo «gran ardor, persistente y original, de familia» se refería el grafólogo Carlos Juan Ruiz de la Fuente, miembro del Sindicato Español Universitario (SEU) en los años fundacionales, en un informe que la propia Pilar conservaba a su muerte en su archivo y que reproducimos al final, en los anexos documentales; señal inequívoca de que ella debió otorgarle algún crédito.
Aludía Eugenio d’Ors a la «consagración inacabable» de Pilar;
«consagración», añadiría yo en esa misma línea, a la memoria de su hermano, a su legado político y religioso, e incluso a su propia personalidad que llegó a fundirse en una sola con la de él.
Sabida es, si no, la muletilla que en boca de Pilar escucharon quienes la conocieron más de cerca: «Como diría José Antonio…».
José Antonio siempre por delante y presente en todos los instantes de su longeva vida.
Quién sabe si Carlos Juan Ruiz de la Fuente no hubiese suscrito para el fundador de la Falange todos y cada uno de los rasgos de carácter que atribuyó a Pilar… Júzguelo si no el lector, a la vista del informe.
A lo largo de estas páginas asistiremos a los primeros pasos de nuestra protagonista en el hogar familiar y al conocimiento de las personas de su entorno que más le marcaron: su padre el general Miguel Primo de Rivera, su madre Casilda Sáenz de Heredia, su hermano menor Fernando, y por encima de todos ellos, como ya señalábamos, José Antonio, sobre quien conoceremos nuevos detalles de su vida.
Junto a pasajes inéditos relatados por la propia protagonista sobre su familia, los caídos de la Falange o los incesantes peligros durante la Guerra Civil, ofrecemos al lector episodios no menos interesantes y en gran parte ignorados de su biografía: la pertenencia a la Falange del hermano del anarquista Buenaventura, Pedro Durruti, a quien Pilar trató en persona, y su trágico final; su encuentro en Burgos con Joaquín Martínez Arboleya, testigo ocular del fusilamiento de su hermano, año y medio después de producirse este; la verdad sobre el insólito proyecto de boda nada menos que con Adolf Hitler, auspiciado por Ernesto Giménez Caballero; el documento, reproducido por primera vez completo, sobre los intentos de rescate de José Antonio de la cárcel de Alicante que poco antes de su muerte redactó su principal protagonista, Agustín Aznar, conservado en el archivo de Pilar; los entresijos de su enfrentamiento con Mercedes Sanz Bachiller desde la Sección Femenina y el Auxilio Social, respectivamente…
Por no hablar de dos excepcionales documentos gráficos recogidos en los cuadernillos de fotos: las imágenes del traslado de los restos mortales de José Antonio al Valle de los Caídos y su inhumación junto al altar mayor de la basílica, en marzo de 1959; así como una selección de las mejores fotografías del álbum que Pilar conservaba en su archivo sobre su tercer viaje a la Alemania de Hitler, en el verano de 1943.
Reservamos al lector otras muchas sorpresas, de entre las cuales anticipamos ahora solo dos más: la existencia de una red de espionaje que mantuvo informado puntualmente a Carrero Blanco, y en última instancia a Franco, de las andanzas de Pilar y de otros significados miembros de la Falange; y el gran amor de su vida, el marino Pablo Suanzes Jáudenes, a quien ella fue capaz de renunciar, «consagrada» como estuvo siempre a la memoria de José Antonio y de su magna obra.
Así que, sin más preámbulos, conozcamos ya las grandes pasiones de Pilar…
Los cochecitos
Esta novela es la vida de cualquier familia española, cuyos hijos nacieron en los alrededores de 1910…
PILAR PRIMO DE RIVERA
«Los cochecitos de la plaza de Oriente.» De esta forma tan pueril pensó titular sus memorias Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, la hermana predilecta de José Antonio, líder de la Falange.
En su archivo personal, inédito hasta ahora, la directora de la Sección Femenina durante más de cuarenta años conservaba a su muerte las notas personales de Los recuerdos de una vida, como se denominó finalmente su autobiografía publicada en 1983, que ella pensó en un principio disfrazar de novela, dado su natural recato para los asuntos íntimos y familiares:
«Esta novela es la vida de cualquier familia española, cuyos hijos nacieron en los alrededores de 1910…», escribía así ella en el primero de los dos únicos capítulos originales que todavía hoy se conservan en una de las cinco cajas que componen su archivo, custodiado con celo encomiable por su sobrino nieto Pelayo Primo de Rivera y Oriol, albacea testamentario y heredero de su título nobiliario del condado del Castillo de la Mota, concedido por Franco el 6 de enero de 1960.
El título de la novela se inspiraba en los cochecitos con campanillas tirados por borricos, que hacían las delicias de los niños cuando salían a pasear con su tía Inés por la plaza de Oriente en aquel pequeño Madrid de tranvías y simones (coches de alquiler), puestos de horchata y vendedores ambulantes que ofrecían a viva voz sus mercancías al público. Pero su tía Inés nunca les dejó subirse a aquellos «juguetes» de verdad poniendo como excusa que a bordo de ellos se cogían enfermedades. Con razón, Pilar consignaba ya en su vejez: «Fue la primera y pequeña frustración que recuerdo de mi vida».
Un periodista de su confianza hilvanó luego algunos —no todos— recuerdos de la protagonista en noviembre de 1983, cuando esta contaba setenta y siete años y era la única superviviente directa de una egregia familia sin la cual sería muy difícil, o tal vez imposible, entender los acontecimientos de la reciente Historia de España.
Interesa reproducir ahora el segundo pasaje de esa pretendida novela, tal y como lo concibió Pilar, quien, tratando de escabullirse en vano de la narración familiar plasmada en unas cuantas cuartillas manuscritas, recurrió al principio a la tercera persona del plural.
En el relato desfilan personajes reales que le imprimieron carácter para el resto de sus días. Empezando por sus propios padres, y singularmente por Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, «el general», como aún hoy se le conoce en familia; amén de su hermano mayor José Antonio, a cuya memoria consagró ella su vida entera, como advertíamos en la introducción, renunciando incluso al amor humano en riguroso celibato, para volcarse en cuerpo y alma al legado del fundador de Falange y a todo cuanto ella intuyó que hubiese hecho aquel de haber vivido para contarlo.
Escribe así Pilar:
Venid y vamos todos con flores a Porfía, con flores a María, que Madre nuestra es…
—¿Tía Ma, quién es Porfía?
Alrededor de un altar del Sagrado Corazón, con una Virgen en medio, se reunían todos los días del mes de mayo los cinco hijos de la familia de un militar, cuya mujer murió al nacer el pequeño, con dos tías hermanas del padre y las muchachas de la familia. Todos cantaban las flores y escuchaban los niños asombrados los ejemplos candorosos de un libro, que con la mayor devoción leían alternando las tías.
Pero gracias quizás a esa costumbre, los críos se habituaban a invocar a la Virgen y a confiar en Ella con amor.
Fuimos seis hermanos, dos varones primero, una niña después, dos gemelas y un varón, cuya vida le costó la suya a mi madre. Nacimos todos en Madrid, con poca diferencia entre unos y otros. Por eso, el único que recordaba vagamente a nuestra madre era José Antonio, el mayor, pero por oídas sabemos que fue un ser dulce y valeroso, a la vez con ojos azules y mucha entereza de carácter, como riojana que era de procedencia, aunque ella naciera en San Sebastián.
Al ocurrir la desgracia, vinieron a vivir con nosotros desde Andalucía, tierra de origen de mi padre, dos hermanas de él, una viuda y otra soltera que fueron desde entonces para nosotros otras segundas madres: Inés, la viuda, y tía Ma, en síntesis de su nombre (María), ideado por José Antonio, la soltera.
Los otros hermanos se llamaban: Miguel, Carmen, Angelita, gemela con Pilar, y Fernando.
Mi padre, Miguel, era militar y en nuestra infancia lo veíamos poco, porque casi siempre estaba en la guerra. Pero era, como suele ser, el padre para todos los hijos, la persona más admirada de la tierra, solo que en nuestro caso doblaba razón porque era de verdad admirable.
Mis primeros recuerdos son de cuando vivíamos en la calle Orfila; así, situando por casas, va a ser más fácil ordenar las memorias.
La abuela Inés, madre de mi padre, las tías, una inglesa y un sinfín de muchachas, porque si bien nuestra situación económica no era holgada, en aquella época era muy fácil tener un nutrido servicio doméstico.
Nuestras horas transcurrían casi todas en compañía de la inglesa, en el llamado «cuarto de los leones», donde nos era permitido todo: romper, destrozar, pelearnos, fantasear… Allí aprendimos las primeras letras y el inglés; mi padre tuvo siempre un gran empeño en que aprendiéramos idiomas y en cambio fue opuesto a mandarnos al colegio, sobre todo a los varones; sostuvo siempre que la mejor escuela de costumbres es la familia. La imaginación de la Miss [señorita Galballie] era prodigiosa; como buena inglesa tomaba té a todas horas y nos hacía creer a nosotros de cuatro o cinco años que los posos del té dejaban en la taza visiones fantásticas: hadas, caballos, estrellas. Ella veía de todo, pero Fernando y yo, por mucho que mirábamos, no veíamos nada, aunque por no quedar
mal nos uníamos al coro de su fantasía.
En aquella edad todos aspirábamos a ser cosa importante en la vida: obispos, generales, cantineras… Solo Carmen, más en la realidad, decía que ella quería ser «señorita cursi», lo que en su imaginación equivalía a persona normal.
Nos leían los cuentos de Grimm con láminas en color de Hansen y Gretel perdidos en el bosque o del enano Trasgolisto saltando de contento a la puerta de su casa ante la ilusión de casarse con la princesa.
Angelita, la gemela, por una malformación de la médula nació sin poder hablar ni moverse, pero la inteligencia era despierta y sus ojos
expresivos, demostraba querer hacer lo mismo que hacíamos los demás: salir con mi padre cuando nos llevaba a todos al circo, participar en los juegos.
Cogimos el sarampión y ella lo cogió también, pero su débil naturaleza no pudo superarlo. Murió Angelita a los cinco años y murió la abuela de un ataque al corazón.
En esa época éramos muy aficionados a poner motes a las personas además de tía Ma, a la tía viuda la llamábamos Inesa, a otra hermana de mi padre de nombre Juana casada con Juan: Nísima y Nísimo; a una de las muchachas, mi predilecta, Tesia, en vez de Teresa, y a un pequeño, como hermano nuestro, hijo de Polo, asistente de mi padre que vivía también con nosotros, Polín.
Polín era un elemento y uno más en la comunidad paternal.
De todos ellos hago memoria, porque todos ellos eran protagonistas de esta historia.
De las dos tías que vivían con nosotros, Inés era la apacible, la timorata. Viuda a los seis meses de casarse [con Pedro Pemartín], su vida se redujo a la eterna fidelidad a la memoria de su marido y a educarnos a nosotros.
Tía Ma era, en cambio, la enérgica y emprendedora, llevaba la casa y se interesaba por todo: libros, política, novedades. Las dos sabían guisar estupendamente y escribían sus recetas en cuadernos que todavía subsisten.
En la decoración familiar había otros personajes: los tíos por parte de padre y madre, infinidad de primos, el tío abuelo, y algo que se grabó en nuestra mente infantil como recuerdo imborrable: los veranos en Robledo de Chavela.
La tía Nísima vivía muy cerca de nosotros y sin hijos en su matrimonio, éramos también como suyos; con frecuencia nos llevaba de paseo y nos convidaba a merendar en una confitería del contorno que, en opinión de tía Ma, era muy bodriera y que Miguel sin reparos se lo soltó un día a la confitera con la mayor de las inocencias.
Como nota curiosa, Pilar conservaba al cabo de los años un divertido cuestionario de veinte preguntas que le hizo a su hermano José Antonio una prima suya, y que este contestó con todo el desenfado del mundo tan solo trece días antes de cumplir los diecisiete años, el 11 de abril de 1920.
El «encuestado» dedicó luego a su «encuestadora», cariñosamente, todas sus respuestas: «Tu primo, que te quiere, José Antonio Primo de Rivera».
He aquí, ahora, el «examen» merecedor de sobresaliente al ingenio, la ironía y el sentido del humor de ningún modo reñidos, en alguna que otra respuesta, con la verdad y hasta con el sentido profético:
Pregunta: ¿Cuántas rubias y morenas te han gustado en tu vida? Respuesta: Se me ha olvidado.
P: ¿Qué te gusta más en la mujer? R: La naturalidad.
P: ¿Si te casas, quieres suegra?
R: Me da igual, sobre todo si está lejos. P: ¿En dónde te gustaría haber nacido? R: En un barco de vela.
P: ¿Cuál es tu tipo de mujer? R: Todas las guapas.
P: ¿Por qué país te gustaría viajar? R: Por el Norte de Europa.
P: ¿Qué virtud crees más necesaria en una muchacha? R: La agilidad.
P: ¿Qué prefieres: caballo, auto o aeroplano? R: Bicicleta.
P: ¿Cuál es tu mayor deseo? R: Ser presbítero.
P: ¿En este momento, con quién te querrías hallar? R: Con N. N.
P: ¿Prefieres ser cola de león o cabeza de ratón? R: Cabeza de león.
P: ¿De qué sitios conservas mejores recuerdos? R: De Alfaro, donde estuve de un mes de edad. P: ¿Cuál es tu héroe favorito?
R: Hernán Cortés.
P: ¿Quién te ha inspirado más envidia? R: Colón.
P: ¿De qué edad prefieres a las muchachas? R: De año y medio en adelante.
P: ¿Por qué lado te gusta tomar la vida?
R: Por donde ponen los cartelitos «llevad la izquierda». P: ¿Piensas llegar a muy viejo?
R: Creo, ¡ay!, que no.
P: ¿Qué región de España te resulta más simpática? R: Todas.
P: ¿Cuál es tu «sport» favorito? R: El diábolo.
P: ¿Cuál es tu mayor defecto? R: La misantropía.
La madre
Joven, bonita, encantadora y muy rica, Casilda pronto se vio rodeada de una nube de pretendientes.
ANA MARÍA DE AZPILLAGA
La muerte rondó a nuestra protagonista desde el primer aliento.
Antes que ninguna otra, la muerte de su propia madre, Casilda Sáenz de Heredia, con tan solo veintiocho primaveras, acaecida a los nueve días de dar a luz a su benjamín y casi sietemesino Fernando, el 31 de mayo de 1908.
Cinco años atrás, un 24 de abril, Casilda había alumbrado ya a su primogénito José Antonio, a quien ella llamaba cariñosamente «mi Bodoque» (apodo destinado curiosamente en México a los seres queridos, sobre todo a los más pequeños), en el número 22 (hoy 24) de la madrileña calle Génova, esquina a la de García de Gutiérrez.
Miguel, el segundogénito, y las gemelas Pilar y Angelita vinieron al mundo en el hogar de su tío materno Ángel, en la calle Monte Esquinza, 15; y Carmen, en el de Orfila, 12 (hoy 10).
Situada entre las calles de Génova y Jener, Monte Esquinza estaba muy cerca de la casa donde nació José Antonio; llevaba el nombre de un promontorio, junto al de Montejurra, en Navarra, donde se libró una importante batalla carlista en junio de 1874.
No resulta extraño así que José Antonio comentase, resignado: «Cada vez que nuestro padre pronuncia un discurso, tenemos que trasladarnos de sitio»; ni que su hermana Carmen, la mayor de las niñas, preguntase muy seria a su padre: «Papá, ¿cuándo estaremos todos juntos?».
A su regreso de Barcelona, don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja animó a su cuñado Ángel Sáenz de Heredia, casado con Nieves Osio, a
instalarse en un piso alquilado justo encima del suyo, en la misma calle Monte Esquinza.
Fue así como Nieves Sáenz de Heredia, prima hermana de Pilar, se crio algunos años con ella: sus amas y niñeras las llevaban a los mismos paseos y jugaban siempre juntas. Nieves, mayor que Pilar, evocaba incluso la calurosa noche de verano en que nació Miguel, cuando unos ladrones sustrajeron varios objetos de plata y cuadros del comedor y del salón, tras penetrar por los balcones abiertos del piso bajo que ocupaban los Primo de Rivera.
Lula de Lara, compañera de juegos también de Pilar, añoraba así aquella tierna infancia: «Los cinco hermanos Primo de Rivera, estrechamente unidos y su inseparable compañero Polín, hijo de Polo, el fiel ordenanza y servidor de don Miguel, paseaban de casa en casa la algarabía de una infancia feliz… Y así, tan pronto se descolgaban unos a otros, atados con cuerdas, desde la altura del tejado, en trance de terribles aventuras, como se les veía muy callados y afanosos, sentados detrás de una mesa, confeccionando cada uno un periódico propio en que vertían sus personales idearios. “La Campanilla” se llamaba el de Pilar, con gracioso y femenino título; “La Fuente negra” el de Fernando, aficionado a misterios y truculencias… Sus tías María e Inés eran después las compradoras únicas, pero seguras, de los cinco periódicos, que les vendían a buen precio».
Pilar y su gemela Angelita habían nacido el 5 de noviembre de 1906, tras un parto muy largo y laborioso en casa de su tío Ángel, durante el cual se temió ya por la vida de la madre.
Antes de proseguir con nuestro relato, advirtamos un hecho desconcertante y llamativo como sin duda es la omisión que hace Pilar, en su autobiografía, de su propia fecha de nacimiento, que tampoco figura en la amena historia de la saga familiar publicada años después por su sobrina nieta Rocío Primo de Rivera y Oriol.
No menos extraña resulta también la exclusión de la fecha de nacimiento y de la edad a la que falleció nuestra protagonista en la esquela publicada en su día en el diario ABC por la Asociación Nueva Andadura que presidió Pilar hasta su misma muerte; ni siquiera en la de sus propios familiares, con motivo del primer aniversario del luctuoso suceso.
Por si fuera poco, en el obituario aparecido en el citado rotativo al día siguiente del deceso, se afirma que Pilar nació el 5 de noviembre, pero «de
1910»; es decir, cuatro años después de cuando en realidad ella vino al mundo.
Incluso el hispanista Paul Preston asegura en su semblanza biográfica sobre la fundadora de la Sección Femenina recogida en Las tres Españas del 36 (obra galardonada con el Premio Así Fue 1998) que Pilar nació «en Madrid el 4 de noviembre de 1907»; esto es, un año después y también en un día distinto del que figura anotado en su certificación de partida de bautismo expedida en Madrid el 3 de julio de 1957 por don Gabriel Mateo Montes, encargado del Archivo Parroquial de Santa Bárbara, cuya copia obra en poder del autor.
La fecha ya indicada del 5 de noviembre de 1906 aparece inscrita en el libro 8, al folio 242, junto al nombre completo de nuestra protagonista: María del Pilar Isabel.
Hecha esta importante aclaración, añadamos que la infortunada Angelita se llamaba igual que su abuela materna y que la plantación de azúcar heredada por su madre en Cuba, de la cual nunca más se supo tras la independencia de la isla caribeña.
Casilda quedó muy delicada de salud con motivo del nacimiento de José Antonio, hasta el punto de que ya no pudo amamantar a sus hijos y el médico que la atendió le advirtió que si volvía a tener otro vástago su vida peligraría. Pero ella, mujer recia y valerosa como pocas, siguió el consejo de su madre: «No le digas nada a tu marido y ten todos los hijos que Dios te mande».
Para atender el parto gemelar se avisó al eminente ginecólogo Eugenio Gutiérrez, que había asistido ya en palacio a la reina Victoria Eugenia de Battenberg durante el alumbramiento del príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón, el 10 de mayo anterior.
El doctor Gutiérrez, distinguido por sus servicios en la Corte con el título nobiliario de conde de San Diego, supervisó el material aséptico, los sueros artificiales, las ampollas con soluciones hipodérmicas y los medicamentos esterilizados empleados con la madre de nuestra protagonista. Casilda se limitó a rechinar una vez más los dientes de dolor presintiendo su próximo final, sobrevenido, como decíamos, a los nueve días de dar a luz a Fernando.
En la noche del 9 de junio de 1908, Miguel consignó telegráficamente:
«Casilda ha muerto: rezad por todos».
Días después, el general redactó desolado una carta a su amigo, el también general Javier Azpillaga Arteche y a la esposa de este, Petra Jesusa Yarza, «Petrita»; carta que la hija de ambos, la historiadora Ana María de Azpillaga, que firmó todas sus obras con el apellido Sagrera del marido, reproduce en su excelente biografía Miguel Primo de Rivera. El hombre, el soldado y el político. Así escribía el general:
El testimonio de interés y de vuestra amistad me ha acompañado durante la enfermedad y después de la desgracia tremenda de haber perdido a mi Casilda. Cuando a mi llegada, ella buena y sin amenazar peligro, me contaba su viaje, luego cuando se recibió el talón y juguetes de Petrita para los chicos, siempre tenía vuestra amistad y vuestro recuerdo muy presentes. Sobrevino en horas una gravedad horrible, una invasión infecciosa del peritoneo y la necesidad de una operación a vida o muerte y la llegada de esta a las pocas horas. ¡Qué días!
Mi pena grande es que al irse ha perdido la dulzura del amor de los hijos, que eran su alegría y vida. Estos pobres niños andan ahora dispersos en manos de la familia, y hasta octubre no los reuniré al amparo de mi madre que, conmigo, se establecerá aquí en Madrid.
La futura líder de la Sección Femenina tuvo que contentarse así con el recuerdo entrañable de su madre que otros familiares cercanos le brindaron; empezando por el de su padre viudo, que escribió sobre ella en su recordatorio para la oración: «Fue hija, esposa y madre ejemplar. Amó a Cristo y a la Patria, y en estos momentos y en el de la Verdad y el Deber, educaba a sus hijos cuando la muerte nos la llevó, privándonos de su noble compañía y de su eficaz cooperación».
No sorprende así que, habiendo perdido a su madre sin haber cumplido los dos años de edad, Pilar plasmase este lacónico recuerdo de ella en su autobiografía:
A los nueve días de nacer Fernando murió mi madre. Debió ser un terrible golpe para mi padre, ya que eran un matrimonio feliz. Fue una muerte cristiana, como siempre había vivido, y, además, heroica. Ella sabía, posiblemente, desde el primer momento, que podía morir al tener un
hijo, y, sin embargo, cumplió con su deber de casada, porque así se lo pedía su conciencia de verdadera cristiana. «Miguel, nuestros hijos», encargó a mi padre al sentir ya su muerte segura. Mi tío-abuelo, el marqués de Estella, al asistir a su entierro, dicen que comentó: «Esta muerte ha tenido tanto mérito como una muerte en campaña».
Cinco años después, Pilar debió enfrentarse también a la muerte de su hermana gemela a causa del sarampión. El inesperado fallecimiento de Angelita le marcó mucho más que el de su madre, pues Pilar contaba ya entonces casi seis años, en lugar de solo dos.
Tener una hermana gemela era, como ponía figuradamente el escritor Antonio-Prometeo Moya en boca de Pilar, «tener un cuerpo repetido, con dos corazones».
Ella elucubraba así en una de esas falsas entrevistas que solo la habilidosa pluma del autor de Últimas conversaciones con Pilar Primo, capaz de crear una atmósfera verosímil, hicieron creer a algunos que habían existido:
Yo percibía [decía supuestamente Pilar] el cuerpo de mi hermana, sabía lo que tenía en cada órgano. Nos adivinábamos las intenciones y casi podía decirse que pensábamos a medias. Cuando desaparece la otra persona se crea un vacío que no se puede llenar con nada, y hay una extraña sensación de culpa que vuelve infinito el remordimiento, porque cuando en una misma maceta salen dos plantas, una acaba prosperando a expensas de la otra, y es como si la más lozana se quedara con la vida que falta a la que languidece. Ya de muy pequeñas temíamos que, si algo malo le ocurría a una, la otra pudiera padecerlo también. Desde que murió Angelita he vivido con la conciencia de que la muerte podía sobrevenirme en cualquier momento.
Evocando de nuevo a Casilda, Ana María de Azpillaga, cuya madre era amiga íntima de aquella, la describe con toda justicia: «Joven, bonita, encantadora y muy rica, Casilda pronto se vio rodeada de una nube de pretendientes».
El romance entre el entonces teniente coronel y mujeriego empedernido Miguel Primo de Rivera y Orbaneja con Casilda Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín, hija del último alcalde mayor de La Habana
durante la dominación española de la isla, guardó años después cierto parangón con el frustrado idilio de su hijo José Antonio con Pilar Azlor de Aragón y Guillamas, hija de los duques de Luna.
La muerte extinguió, al fin y al cabo, sendas llamaradas de amor: una muerte natural impuesta por el designio divino, en el caso de Miguel y de Casilda; y otra muerte tal vez aún peor, dictada por los recelos humanos y, en concreto, por la negativa del duque de Luna, recalcitrante monárquico, a que su hija se desposase con el hijo del dictador, a quien responsabilizaba en última instancia de la caída del rey Alfonso XIII.
No en vano Pilar recordaba, sobre José Antonio: «Decía que su lema era “Pilar y Pilar” porque tuvo una novia que también se llamaba así, de la que estaba verdaderamente enamorado; la otra Pilar era yo».
Si José Antonio escaló más de una vez los altos muros cubiertos de hiedra del castillo de Pedrola, en Zaragoza, para lanzar a Pilar Azlor cartas y poesías de enamorado, cual intrépido Romeo en busca de su adorada Julieta, don Miguel quedó prendado de los irresistibles encantos de la joven Casilda Sáenz de Heredia nada más verla frente al madrileño palacio de Linares, en noviembre de 1900, mientras se hallaba en la capital en situación de excedente.
Llevaba Miguel una vida mundana y sus conquistas sentimentales se celebraban con admiración y cierta envidia, por qué no decirlo, entre sus compañeros de armas.
A las animadas tertulias de Pilar León y de Gregorio, marquesa de Esquilache y esposa del opulento malagueño Martín Larios, celebradas al principio en un piso principal de la plaza de Colón, acudía ya Miguel, de casi treinta años, en compañía de Martínez Campos para jugar muy entretenidas partidas de tresillo.
Fue durante unos carnavales, paseando por Recoletos con su amigo Armando Mantilla de los Ríos, como refiere Ana María de Azpillaga, cuando Miguel vio al gran amor de su vida a bordo de un coche adornado con violetas, vestida de colombina, de pelo castaño claro y ojos verdes.
Intrigado, preguntó quién era y le contestaron: «Una muchacha cubana, próxima a contraer matrimonio».
En la entrada de la avenida de Calvo Sotelo, esquina a la plaza de Castelar, paraje antaño ocupado por el Pósito, se conservaba en efecto el palacio de Linares, vulgarmente llamado de Murga, rico en alfombras y tapices. El salón ovalado era muy original, con figuras de mujer en talla
dorada. La tapicería era de color fresa. Las luces, abundantísimas; los espejos, muy grandes; y las palmeras, gigantes.
Aquella visión fugaz de la musa volvió a repetirse al invierno siguiente, mientras Miguel conversaba esta vez en «La Pecera» de La Peña, situada entonces en la calle Alcalá, junto a las Calatravas. Asomado al ancho balcón donde los socios se apoyaban para ver el paseo de coches en la calle, volvió a verla. La joven alzó la cabeza y las miradas confluyeron.
—¿Quién es esa preciosidad? —preguntó el militar, deslumbrado.
—Una prima de la marquesa de Casa Argudín —le respondieron.
Enseguida averiguó su nombre y supo que llevaba una vida algo retraída a causa de la enfermedad de su madre.
Amante de la música, Casilda era asidua a las funciones del Real.
A Miguel no le importó su desinterés por la ópera. Una noche acudió al teatro para subir al palco de los marqueses de la Casa de Argudín y poder contemplar de cerca a su amor platónico. Paradójicamente, el héroe en los combates librados siete años atrás en Melilla, y muy especialmente en la batalla en Cabrerizas Altas, tras la cual había sido ascendido a capitán y condecorado con la Cruz de Primera Clase de San Fernando con apenas veinticuatro años, sintió más miedo aquella noche que en el mismo frente de guerra.
Él mismo reconocería, años después, que nunca experimentó tanto pánico como ante la acogida que le aguardaba aquella noche en el palco del Real. Pero los Argudín, a quienes conocía de Cuba, le saludaron amablemente presentándole a su hija ante la que él cayó rendido como un vasallo ante su reina.
«Desde entonces se hacía el encontradizo, persiguiéndola por iglesias y teatros y buscando amigos que les pudieran reunir», señala Azpillaga.
La familia Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín era patriota por los cuatros costados. Regresó a España, desde La Habana, antes de concluir la guerra contra Estados Unidos en 1898, durante la infancia de Alfonso XIII y la regencia de su madre, la reina María Cristina de Habsburgo, con Práxedes Mateo Sagasta como presidente del Gobierno.
El futuro abuelo materno de Pilar, Gregorio Sáenz de Heredia y Tejada, era de noble alcurnia y poseía en Alfaro (Logroño) un palacio que
él mismo mandó construir en 1871, repleto de blasones y hasta con un teatro y una pequeña plaza de toros donde Pilar y sus hermanos pasaron parte de su más tierna infancia. El edificio se levantaba sobre la antigua casona que albergó al primer rey Borbón, Felipe V, durante sus breves estancias en la ciudad en 1711, de cuyo recuerdo todavía se conservan hoy en el vestíbulo unas gruesas cadenas. Ubicado en la calle Mayor, el palacete acoge en la actualidad el colegio de las Madres del Amor Misericordioso.
Don Gregorio fue abogado y magistrado de la Audiencia de Cuba y Puerto Rico, y clavero mayor de la orden de Santiago. Se había casado ya maduro con una bella dama de la alta sociedad habanera: Ángela Suárez de Argudín y Ramírez de Arellano. Con su habitual ironía, José Antonio, al recordar sus apellidos familiares, comentaría luego: «Soy un desgraciado a quien es imposible hacerse tarjetas al minuto».
Nacida en San Sebastián, el 15 de octubre de 1879, Casilda era la única mujer entre seis hermanos varones: Cesáreo, Antón, Pepe, que murió joven, Ángel, Gregorio y Ramón. Varias hermanas suyas, llamadas una tras otra Teresita, se malograron en los sucesivos partos de doña Ángela.
Bautizada en la parroquia de Santa María por don Norberto Sarobe, con los nombres de Casilda de la Caridad, María Teresa, Rafaela y Gala, la madre de Pilar aprendió con los años a hablar francés e inglés, y a educar con pasmosa facilidad su oído para la música hasta ser capaz de entonar arias con voz casi angelical.
Físicamente, José Antonio era un calco de su padre, pero había heredado de su madre los ojos azul verdosos tan penetrantes.
Aún tuvo Miguel, flamante teniente coronel de infantería, que vencer en el más difícil campo de batalla del corazón a un poderoso contrincante que aspiraba a desposarse con su amada Casilda. Auspiciado por los propios hermanos de ella, de quienes era amigo, Rafael Cebrián, conde de Fuenclara, era un hombre apuesto y gallardo que gozaba de predicamento en la Corte, acreditado por su extensa amalgama de títulos con Grandeza de España.
Todos alentaban ese noviazgo. Empezando, claro está, por la propia madre del novio, marquesa de Pico de Velasco, para quien la joven y bella Casilda encarnaba todos los encantos con que deseaba complacer a su hijo del alma.
Se adelantó incluso la fecha de la boda. El pretendiente ofreció a la novia, durante la petición de mano, una ostentosa pulsera con un grueso zafiro rodeado de hermosos brillantes. Los periódicos anunciaron el enlace, como harían años después con el de la duquesa de Luna, el gran amor de José Antonio, con Mariano de Urzáiz, conde de El Puerto. Solo que el padre de Pilar, a diferencia de su primogénito José Antonio, logró salirse al final con la suya. Previamente, en el hotel de la Castellana, esquina con la calle María de Molina, donde Casilda residía con sus padres desde su llegada a Madrid, se decoraron los salones para la exposición de regalos junto al ajuar de la novia, cuya ropa bordada de encajes y gasas llevaba la corona condal.
Como era costumbre, se exhibieron los vestidos en maniquíes que todos los visitantes alababan. Únicamente el novio, señalando un día los encajes vaporosos, osó decir: «Mejor sería un buen collar de perlas, para poderlo empeñar en un momento dado…».
Dolida por el comentario, Casilda se retiró del salón para encerrarse en su cuarto mientras Rafael Cebrián abandonaba la casa a la que no regresó jamás. Poco después, él contrajo matrimonio con Gloria, condesa de Requena, una de las hijas de la marquesa de la Laguna.
Desde entonces Elvira Lazcano, amiga íntima de Casilda y confidente de sus amoríos, influyó decisivamente en la boda con Miguel, pues su familia estaba emparentada con los Dávila, que a su vez lo estaban en grado muy cercano con los Orbaneja. A este propósito, recuerda Ana María de Azpillaga: «En su casa [la de Elvira Lazcano] y en torno a una camilla con humeantes jícaras de chocolate, se hicieron aquellas relaciones entre dos seres tan distintos como Miguel, apasionado, vehemente, sociable por excelencia, y Casilda, tímida, reservada y retraída del mundo. El uno desconocía la música, la otra era toda armonía. Él era un soldado con una admirable salud, ella era una delicada flor de los trópicos. Ella era muy celosa en sus afectos, él, en cambio, por su misma expansiva vitalidad y su desbordante simpatía, fue siempre muy inclinado a disfrutar de los encantos del bello sexo».
En solo seis años de matrimonio, disuelto por su prematura muerte, Casilda vivió ajena todo lo que pudo a las fiestas de sociedad, que constituían para ella un verdadero calvario. Atormentada por los celos, igual que su padre, sufría lo indecible observando a su esposo convertido en el centro de las conversaciones y miradas femeninas a las que él
correspondía gustoso y parlanchín. Cuando este veía a su esposa consumida por los celos, le replicaba: «Pero ¿qué tienes que temer…? Tú sabes bien que después de haber conocido mujeres en los cinco continentes tú y solo tú has sido la elegida».
La víspera de la boda, Casilda había confesado una vez más a su amiga Elvira Lazcano su enamoramiento del novio: «Miguel es tan distinto de todas las personas que he tratado y es tan sincero, que en vez de ofrecerme ensueños y glorias me ha dicho: “De mí ya sabes que no puedes esperar ni títulos, ni fortuna, ni honores; mas lo único que sí te prometo es que conmigo vivirás un gran amor”».
El enlace se celebró el miércoles 16 de julio de 1902, festividad de la Virgen del Carmen, en el recogido oratorio del hotelito de la Castellana; si bien la firma del acta matrimonial tuvo lugar en la iglesia del Buen Suceso.
Los recién casados partieron aquella misma noche a Barcelona, camino de París, donde pasaron su breve luna de miel a la que sobrevendría otro día 16, pero de marzo de 1930, en la misma capital francesa, la luna de hiel: el inesperado fallecimiento del general en la asfixiante soledad del destierro.
El padre
No hagáis caso de novelas policíacas.
JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
Pilar guardaba como oro en paño, al final de su vida, las seis cuartillas manuscritas rubricadas por José Calvo Sotelo con motivo de la muerte de su padre en París, a los sesenta años, el domingo 16 de marzo de 1930.
Frases sentidas y espontáneas, redactadas con la tinta negra de su estilográfica, de riguroso duelo, bajo el membrete del hotel Continental donde se hospedaba entonces el líder monárquico. Un bello homenaje póstumo, escamoteado curiosamente por Pilar en sus memorias, del antiguo ministro de Hacienda al hombre, político y militar que tanto había confiado en él.
Ante el cuerpo inerte del general caído en el amargo exilio («Él murió de diabetes, pero sobre todo de tristeza, al ver cómo se estaba destrozando España», advertía su hija Pilar), tendido en una amplia cama de bronce encuadrada entre dos mesillas con sus pantallas verdes, Calvo Sotelo sintió, en sus propias palabras, «un escalofrío medular».
Horas antes, el moribundo aún bromeaba sacando fuerzas de flaqueza:
«Casi creo que estoy en casa», decía complacido, al advertir que las iniciales del hotel coincidían con las suyas, pues desde las toallas hasta las sábanas y los manteles estaban bordados con las letras «P. R.».
Desde su misma llegada a París, se alojó en el sencillo hotel Pont-Royal, situado en la calle du Bac, frente a la iglesia de Santo Tomás de Aquino y en pleno barrio de Saint Germain. El patio central acristalado, cubierto con un sinfín de plantas y flores, le recordaba con nostalgia a un rincón típico sevillano.
El general rechazó amablemente el gabinete con saloncito que le ofreció el director del hotel, para instalarse en la habitación número 70 de
la que ya nunca más saldría con vida, sino como cadáver embalsamado en el interior de un féretro de caoba revestido de plomo, con incrustaciones de plata y un crucifijo del mismo metal, en cuya caja se había practicado una pequeña abertura para que su rostro pudiese ser reconocido al llegar a la frontera, de regreso a Madrid, donde recibió cristiana sepultura en el cementerio de San Isidro.
Profanado su cuerpo por unos vándalos durante la Guerra Civil española, se dispuso su traslado a la iglesia gaditana de la Merced, en su pueblo natal de Jerez de la Frontera, donde hoy reposa.
Ante ese mismo cadáver escribió Calvo Sotelo su sentido obituario, como testigo de excepción:
Yace aún en el lecho. Sus manos, cruzadas, acarician una medalla, un rosario. Su faz, llena ahora, desafía serena y noblemente el pavoroso interrogante. Duerme, cerrados aquellos ojos penetrantes, nerviosos, que tantas almas y verdades y pasiones supieron taladrar. La frente ancha, despejada, sin una arruga, cobija para siempre un cerebro gigante que solo latió por España y para España. Una monjita reza silenciosa. Y yo, mudo, rodilla en tierra, lloro con el alma y rezo también con el corazón.
Pero una inquietante pregunta sigue todavía hoy latente en las oscuras simas de la Historia, más de ochenta años después: ¿Murió envenenado el general, o lo hizo por causa natural, a raíz de la diabetes que padecía, complicada a última hora por un fuerte resfriado? Las versiones difieren por completo unas de otras.
Sigamos el rastro a los testimonios de los principales biógrafos de don Miguel sobre este auténtico enigma: Eduardo Aunós, por ejemplo, ministro de Trabajo durante la Dictadura, recordaba en 1944, siendo ministro de Justicia con Franco, en alusión al padre de Pilar, que «la víspera de su muerte asistió a una representación de Cyrano de Bergerac, de Rostand».
Pero ¿acaso un hombre al borde de la muerte estaba en condiciones de presenciar, como cualquier otro espectador, una función teatral seguida de una suculenta cena, como enseguida veremos? ¿No resulta extraño que el mismo biógrafo Aunós incurriese en una palmaria contradicción, añadiendo a continuación que entonces «se observó una caída vertical, tanto en su estado de ánimo como en su aspecto exterior»? ¿Cómo era
posible que aquella misma mañana, el hombre que horas después asistió al teatro y cenó en compañía de varios comensales, hubiese manifestado al periodista Mariano Daranás, del diario El Debate, sentir «un ahogo; una asfixia de un extremo a otro del pecho, como una especie de cuerda tirante debajo de la garganta», concluyendo que tenía «el presentimiento de que es una angina de pecho; algo grave»?
Sabemos que el general tenía previsto viajar a Frankfurt con su hijo Miguel para someterse a un tratamiento de rehabilitación en una clínica especializada.
Si retrocedemos hasta el 17 de febrero, un mes antes de su muerte, hallamos una reveladora carta del general a su homólogo de armas y sucesor al frente del Gobierno, Dámaso Berenguer, en la que, tras referirle el consabido intercambio de puñetazos entre su hijo José Antonio y el general Queipo de Llano, añade así de radiante:
He aceptado escribir cuatro artículos para La Nación, de Buenos Aires, sobre la génesis, desarrollo y fin de la Dictadura, que estoy seguro van a ser un sedante que contribuirá mucho a calmar las pasiones y fortalecer el estado actual de las cosas. Además, me los pagan espléndidamente, ocho mil pesetas, que costeará la estancia mía y de mis hijas en París, donde lo paso muy bien, rehuyendo exhibiciones y me repongo de salud, pues las últimas semanas no conciliaba el sueño en Madrid.
Pilar guardaba también sepulcral silencio en su autobiografía sobre el almuerzo ofrecido entonces por José Quiñones de León, embajador español y albacea testamentario del rey Alfonso XIII, con motivo de su llegada y la de su hermana Carmen a París para acompañar a su padre en el exilio. Almuerzo de carácter íntimo al que asistieron también el mariscal Pétain con su esposa, entre otros ilustres comensales como Luis Soler Puchol, secretario de la embajada española en París, quien señalaba esto mismo: «Pese al régimen impuesto, el general comió con excelente apetito y ya a los postres, charlando con Pilar, que estaba a mi lado, me dijo que añoraba la comida casera, fatigada de la del hotel. Le evoqué el cocido madrileño. “¡Ay, qué rico!” Pues si tanto te agrada, tendrás cocido, respondí. A lo que el general, que no perdía comba, interrumpiendo exclamó: “¡Al que me apunto, desde luego!”».
El propio ex dictador escribió al marqués de Sotelo, presidente de la Unión Patriótica de Valencia, tan solo seis días antes de morir:
Una agudización diabética, provocada por un fuerte enfriamiento, me ha tenido diez días ausente de nuestra vida nacional, en los momentos que más podían interesarme… Si tengo salud yo, y si me falta, otro español cualquiera volverá a dar la mano a la Patria…
Sin ir más lejos, el mismo día del fallecimiento, Eduardo Aunós anotaba esto otro:
Aquella mañana, sus hijos Miguel, Carmen y Pilar, cuando entraron a verle antes de ir a Misa, le hallaron más animado que el día anterior. Estaba sentado en la cama, disponiéndose a escribir sobre un bloc de cuartillas, esas cuartillas que fueron compañeras inseparables de su vivir apasionado y cordial. «Hijos míos —les dijo el general— he pasado una noche excelente y me siento mejor que nunca. Id a Misa tranquilos, pero no tardéis mucho en regresar.»
A juzgar por los testimonios de quienes acompañaron al general en aquellos días, no cabía esperar una muerte tan repentina, a no ser que alguien la hubiese provocado tal vez…
La carta del embajador Quiñones de León al presidente del Gobierno, Dámaso Berenguer, tres días después de producirse el fatal desenlace, arroja algo de luz:
¿Qué puedo decirte de la muerte del pobre Miguel, que en paz descanse? Desde hacía muchos días le veía mortalmente herido. Además, cuidado por un médico que tiene muy poco de médico, persona muy poco apreciable en todos los conceptos, no se sujetó al estricto régimen que su estado de salud requería. La diabetes había adquirido enormes proporciones y la amenaza de la angina de pecho era constante.
El mismo doctor Bandelac de Pariente, a quien Quiñones consideraba mal médico y peor persona, fue quien firmó el certificado de defunción esgrimiendo como mortis causa una «embolia»; pese a lo cual, Aunós daba fe de la sorprendente paradoja en que incurrió luego el galeno en su propia presencia y en la de Calvo Sotelo: «Meses más tarde, ante nosotros
[el propio Bandelac] dijo que creía, no obstante, en la tesis del envenenamiento», aseguraba el biógrafo.
¿Quién era en realidad Alberto Bandelac de Pariente? Judío sefardita, había nacido en Tánger en 1870, aunque más tarde se nacionalizó español. Bandelac se había formado en la Alianza Israelita Universal y estudiado medicina en París, donde trabajó como doctor en la embajada de España y fue luego director del Hospital Español. Por sus manos pasaron otros egregios personajes como el rey Alejandro de Serbia o el infante
sordomudo don Jaime de Borbón, segundogénito de Alfonso XIII.
El también biógrafo del general, César González-Ruano, lo mismo que Ana María de Azpillaga, hace suya la versión original de Aunós, según la cual don Miguel falleció inopinadamente mientras sus hijos asistían a la Santa Misa: «Una hora después —relataba el ex ministro— volvía su hijo Miguel, quien, al aproximarse al lecho, vio a su padre como en actitud de descansar, inclinada su cabeza sobre el hombro derecho. Creyendo que se trataba de un desvanecimiento, llamó al médico de cabecera, quien no pudo sino certificar su fallecimiento producido, según él diagnosticó, por una embolia».
A lo que Azpillaga, añade: «Entraron Carmen y Pilar que, llorosas al verle, le abrazaron tratando de reanimarle, pero no había nada que hacer».
Pilar tampoco desvela en sus memorias un solo detalle de aquellos cruciales momentos. Pero el hallazgo de un revelador documento nos permite conocer por fin ahora lo que en verdad sucedió la fatídica mañana del 16 de marzo en la habitación número 70 que ocupaba el general Primo de Rivera.
Se trata de una carta del sacerdote Emilio Martín, misionero de los Hijos del Inmaculado Corazón de María, a quien la propia Pilar telefoneó angustiada para que acudiese de inmediato a administrar los santos sacramentos a su padre moribundo; señal inequívoca de que, al contrario de lo que todos sus biógrafos sostienen, el general no expiró mientras sus hijos asistían a misa.
Destinado en la Misión Española de la citada orden religiosa, instalada entonces en el número 51 bis de la rue de la Pompe, el padre Emilio Martín escribía a su superior, don Leocadio Lorenzo, ocho días después del triste acontecimiento, relatándole de primera mano lo sucedido aquella mañana:
Me suplicaba [Pilar, de veintitrés años entonces] que fuese inmediatamente al hotel Pont Royal, pues al volver de comulgar se habían encontrado con su papá en un estado tan grave y tan extraordinario que temían hasta por su vida.
Serían como las diez y media [de la mañana], cuando, después de confesar a las dos hijas del difunto general y ofrecerles la Sagrada Comunión, me indican que debían volver enseguida al lado de su papá, pues este, al saludarlas por la mañana, les había dicho: «Id a Misa pero no tardéis mucho en volver».
Obedientes a estas indicaciones, comulgaron de mis manos y se dirigieron al hotel; minutos después se recibía el aviso telefónico, al que obedecí al momento, tomando un taxi.
Llegado al hotel, fui introducido en la modesta habitación del general y no debo ocultar la tristísima impresión que me produjo la vista del ilustre enfermo; creí que estaba en sus últimos momentos y, mientras un doctor francés [Bandelac de Pariente] le ponía una inyección de aceite alcanforado, me acerqué a la cama y con voz emocionada le dije: «Mi general, arrepiéntase de sus pecados de toda su vida: yo, en nombre de Dios y de su Misericordia infinita, le voy a dar el perdón de todos ellos…». Y pronuncié la fórmula sacramental, y apliqué la indulgencia plenaria.
Una de las hijas [Pilar de nuevo] con entereza y serenidad cristianas, me dijo: «Padre, lo primero su alma… su alma. Tráigale usted la extremaunción, que se salve su alma». De la parroquia inmediata, Santo Tomás de Aquino, traje los Santos Óleos con los que ungí al general, que parecía respirar aún.
Momentos después y perdidas todas las esperanzas de reacción, el doctor me dijo: «Mr. Pabbé, tout est fini»; convencidas las hijas de su muerte, se rezaron las preces litúrgicas y los seis Padrenuestros de la Inmaculada, a propuesta mía. Después, lo que vuestra reverencia puede suponer en un caso tan triste: las hijas me pidieron para el cadáver de su padre y como única mortaja el hábito del Carmen; el muy R. P. Constantin, ex Provincial, prestó el suyo y así apareció a los ojos atónitos del público el cadáver de quien tuvo en sus manos durante más de seis años los destinos, las glorias y la grandeza de España.
Antes de despedirme de sus apenadas hijas, no pude menos que decirles: «En nombre de la Misión Española y de toda España doy a ustedes el más sentido pésame, y pocas veces, en el curso de la Historia, se habrá podido decir con tanta razón que “Hoy es un día de luto nacional”». Lo demás lo sabe vuestra reverencia por el telégrafo y la Prensa.
Insistamos en que, al contrario de lo que sus biógrafos sostienen, don Miguel no murió solo sino tras recibir, según acabamos de comprobar, los últimos auxilios cristianos de manos del padre Emilio Martín, y rodeado del calor familiar de sus hijos Miguel, Carmen y Pilar.
Y, entre tanto, persiste el gran misterio: ¿Murió en realidad envenenado?
El propio Ernesto Giménez Caballero, director de La Gaceta Literaria entre 1927 y 1932, amigo de José Antonio y falangista de la primera época, escribía en la revista La joven Europa, en febrero de 1942, que el general falleció en París «probablemente envenenado momentos antes de irse a refugiar en Alemania, en 1930».
También Sancho Dávila, primo de Pilar, aseguraba: «Me contó Miguel que la policía internacional, recién fallecido su padre, le llamó para comunicarle que había sido envenenado».
El abogado y escritor José Luis Jerez Riesco se ha mostrado aún más rotundo, al afirmar: «La masonería acabó con la Dictadura del general Primo de Rivera y con su vida».
Pero Miguel y sus hermanas se negaron a creer que su padre hubiese sido envenenado, víctima de un complot masónico internacional, tal y como sostenía el falangista Julián Mauricio Carlavilla del Barrio en su libro El enemigo, publicado con el seudónimo de Mauricio Karl.
Aludimos al mismo Carlavilla que protagonizó, en septiembre de 1936, el intento pionero de rescatar a José Antonio de la cárcel de Alicante junto con su camarada Miguel Primo de Rivera y Cobo de Guzmán, y que más tarde arrancó al hijo de Largo Caballero una carta para su padre, planteándole su propio canje por el de José Antonio; carta que el mismo Carlavilla llevó luego en mano hasta Gibraltar, junto con una relación de veinticinco prisioneros canjeables.
Pues bien, vale la pena reproducir seguidamente la inquietante versión de Carlavilla, con las debidas observaciones anotadas entre corchetes,
cuya veracidad, por cierto, ni González Ruano ni Giménez Caballero descartaban del todo.
Recordemos también que incluso el mismo doctor Bandelac de Pariente barajó la hipótesis del envenenamiento, mientras Miguel recibía la confirmación de la policía internacional de que su padre había sido en realidad emponzoñado:
Y no presintió [el general Primo de Rivera] —escribe Mauricio Carlavilla— que en París le esperaba la muerte más extraña. Una muerte estúpida, incomprensible, llena de misterios. Primo de Rivera no estaba enfermo. La diabetes que padecía era una cosa insignificante, que soportaba con entereza. Apenas le causaba trastornos [lo cual no es del todo cierto, pues Aunós certificaba, por ejemplo, que el paciente tuvo una subida de 67 gramos de azúcar, reducida hasta 31 gramos tras un régimen severísimo, pero agravada de nuevo por una fuerte gripe; versión corroborada en una carta del propio general].
Prosigue Mauricio Carlavilla:
Lo primero que sorprendió a la gente y a nosotros de una manera singularísima fue la oportunidad de la muerte del general. Aquella oportunidad tan oportuna. Aquel fallecimiento tan repentino.
La sorpresa se trocó en una cruda y terrible sospecha. ¿Sería natural aquella muerte? Era demasiada oportunidad… Veamos: sobreviene la muerte de Primo de Rivera en el preciso instante en que afloran a la superficie político-social los primeros hechos clarividentes de la descomposición del régimen. Estos hechos, que movieron los impulsos del general, para remover a fondo un amplio sector de la opinión española que le seguía ciegamente, y que necesitaba para llevar a cabo el movimiento que tenía proyectado desde su caída […]
El propio Emilio Mola, nombrado director general de Seguridad a primeros de febrero, confirmó el plan del marqués de Estella para retomar el poder: «Su temperamento inquieto no le permitía resignarse al infortunio, y aun desde París siguió alentando a sus incondicionales de acá. Cuando tal ocurría, casi mediaba el mes de febrero». [Lo que yo supe. Memorias de mi paso por la Dirección General de Seguridad].
Carlavilla trataba, a continuación, de desenmascarar una presunta conspiración:
Todo su plan fue conocido. En palacio, en el Gobierno, en las logias masónicas, en la Dirección de Seguridad, pero con mayor interés en el Gran Oriente Internacional.
Su estancia en París fue controlada paso a paso por Quiñones de León, embajador de España. El «valet» de Briand [Aristide Briand, uno de los precursores de la unidad europea], intrigante en la política anglo-francesa, se constituyó en la sombra de Primo de Rivera. Le seguía a todas partes. Fue el asiduo del general, como si le hubiera nacido una amistad fraterna. Y antes… Apenas se conocían. Esto no quiere decir que Quiñones de León… No; al embajador solamente le asignamos el papel de informador.
Y es suficiente para nuestra hipótesis. Primo de Rivera hace una vida corriente en París. Come bien, pasea, duerme, escribe y reflexiona. Nada hace presagiar su rápido fin […] No es posible afirmar nada. No es posible, pero la víspera de su muerte el general estuvo cenando con un masón de calidad, aún más: este hermanito era un judío que… ¿Sería este hombre el autor?
Y cernía sobre el doctor Bandelac toda sombra de sospecha:
Bandelac de Pariente, médico de la Embajada, que había atendido al general, efectúa con presteza el embalsamamiento del cadáver por un método que impide en absoluto una investigación visceral posterior [¿Qué sentido tenía entonces que el presunto autor del homicidio, en opinión de Carlavilla, admitiese luego la posibilidad del envenenamiento ante Aunós y Calvo Sotelo?].
De este modo no hay manera de encontrar un indicio criminal, y faltando este indicio no se puede personalizar al autor material del hecho.
Nadie ve nada. Ni se sospecha ni se investiga. Cae una losa de olvido sobre el cadáver del general, mientras los policías de París dejan escapar del hotel a dos criados muy sospechosos, que habían estado al servicio de Primo de Rivera. Estos criados, hombre y mujer, huyen misteriosamente, sin duda para canalizar en ellos la sospecha y librar al verdadero autor, que continuaba en el mismo lugar del crimen.
Fue una precaución inútil, porque la declaración médica certificaba muerte natural, y la Seguridad de París carecía del indicio oficial para iniciar el más leve trabajo de pesquisa.
Tras advertir la falta de un indicio que propiciase una investigación, Carlavilla se aventuraba a confirmar, sin más pruebas que su mera intuición, la evidencia de un complot y de unos criminales:
Una fina investigación hubiera llevado a los detectives hasta encontrar enseguida a la banda de ejecutores, que no era otra sino el grupo M…, que ejecutó al P. Paredes, S. J. en su casa de París no hacía mucho tiempo, y cuyo asesinato quedó impune, exactamente igual que el del infortunado general…
Los mismos masones dijeron tantas cosas… Afirmaron que ellos lo habían ejecutado. ¡Pero como mienten tanto…! Esta vez han dicho la verdad.
José Antonio y sus hermanos se resistieron a dar pábulo a los rumores sobre el asesinato de su padre, y por tanto a la participación en el mismo del doctor Bandelac en calidad de médico y embalsamador del cadáver, tal y como apuntaba Carlavilla.
Pero eso no impidió a José Antonio declarar, en otro sentido, a un periodista del diario Informaciones, dos días después del fallecimiento de su padre: «Lo han matado… Ha muerto por mano artera, no naturalmente; no ha podido resistir que su conciencia limpia se vea envuelta injustificadamente en una campaña de responsabilidades».
El gran biógrafo del jefe de Falange, Felipe Ximénez de Sandoval, refería lo que, a propósito de la trama denunciada por Carlavilla, le comentó el propio José Antonio: «A mí nadie me ha traído pruebas de todo ello y yo soy incapaz de acusar sin pruebas. Esas denuncias de Mauricio Karl son por su cuenta y riesgo».
Pero Ximénez de Sandoval añadía, a título particular: «José Antonio no quiso prestar oídos a esos rumores, no sé si por convencimiento de su inexactitud o por no querer pasear el nombre de su padre en campañas de agitación política».
Por si acaso, el líder de Falange solía despachar así el asunto: «No hagáis caso de novelas policíacas».
Alineada con José Antonio, Ana María de Azpillaga me comenta hoy, durante una larga entrevista celebrada en el salón de su residencia madrileña, lo siguiente: «Don Miguel murió de tantos disgustos que le dieron y porque, siendo diabético, no sabía controlarse con los dulces. Poco antes de morir, le dijo a mi padre: “Javier, el rey está con los artilleros. Tengo una gran desilusión. Se ha visto a mis espaldas con ellos y he perdido su confianza por completo”».
Sea como fuere, poco antes de fundarse la Asociación Militar Republicana (AMR), la Dictadura de Primo de Rivera ya se tambaleaba.
Existían entonces núcleos de militares de izquierda en Cataluña, liderados por el capitán de Ingenieros Alejandro Sancho, a los que pertenecían significados oficiales como Pérez Farrás, Medrano, Pérez Salas y Díaz Sandino.
Precisamente este último contaba que en 1929, en las postrimerías de la Dictadura, tras una conversación con Alejandro Sancho en Barcelona, había surgido la idea de crear una asociación de militares demócratas y garantes de la libertad, dispuestos a derribar como fuera el régimen de Primo de Rivera y la monarquía que lo amparaba.
Sancho había participado en la guerra de Marruecos en 1924, en la que conoció a Mola y a Berenguer. Estaba muy influido por Marcelino Domingo, enemigo acérrimo de Primo de Rivera.
De regreso a su destino, en el aeródromo de los Alcázares, Díaz Sandino creó allí la organización con varios compañeros suyos, los capitanes Arturo Menéndez y Pedro Fuentes, a quienes enseguida se unió el comandante Luis Romero Basart y, por ende, su buen amigo Ramón Franco, el hermano menor de Francisco Franco que había liderado la inolvidable gesta del hidroavión Plus Ultra, a bordo del cual atravesó el Atlántico Sur en 1926, junto con Julio Ruiz de Alda, el teniente de navío Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada.
Muy pronto, la AMR alcanzó gran influencia y renombre entre los militares, nutriéndose de otros prestigiosos miembros como el comandante Juan Hernández Sarabia, futuro jefe del Gabinete de Azaña, y los capitanes Pedro Romero, Fermín Galán, García Hernández y Páramos.
El proselitismo fue la causa de la rápida expansión de esta asociación, más o menos secreta, liderada entonces por Queipo de Llano, que trataba de aglutinar a los partidos de oposición, republicanos y constitucionales.
Muchos de sus miembros eran aviadores con un sentido del compañerismo muy marcado, lo cual facilitaba las confidencias políticas; además, por razones de adiestramiento en el vuelo, a los jóvenes oficiales se les permitía trasladarse en avión militar a cualquier guarnición de España, donde podían llevar a cabo sus tareas propagandísticas y extender así la organización.
La AMR conspiraba en cuarteles y centros oficiales, repartiendo folletos y artículos de prensa que fomentaban la indisciplina y el levantamiento contra el régimen establecido.
La siembra propagandística fructificó rápidamente, pues el 8 de diciembre de 1929 se dio ya un serio aviso al rey Alfonso XIII, recibido con frialdad por los oficiales asistentes a la cena de la Inmaculada, patrona de Infantería.
La Dictadura de Primo de Rivera había empezado ya a declinar, como decimos, pese a que el general hubiese salido reforzado por la gran victoria que supuso el desembarco de Alhucemas, cuatro años atrás.
Los militares africanistas olvidaron entonces todas sus diferencias con el dictador y se convirtieron en sus mejores aliados. Pero la reconciliación duró poco. La Dictadura acabó erosionando la fidelidad monárquica de los militares, fortaleciendo al mismo tiempo la oposición republicana.
La figura del rey como defensor del cuerpo de oficiales pasó así a mejor vida tras las impopulares reformas militares de Primo de Rivera, efectuadas con la silenciosa complicidad de Alfonso XIII.
Los pronunciamientos, que parecían sepultados para siempre en el convulso siglo anterior, florecieron de nuevo en 1925, cuando el coronel de Caballería Segundo García, laureado en las campañas coloniales, se puso al frente de una conspiración contra el dictador, secundado por los también coroneles Pardo y López Ochoa.
El complot fue para Primo de Rivera una seria advertencia de lo que se avecinaba. Pero aun así, aquel siguió adelante con sus reformas, pretendiendo esta vez que los artilleros e ingenieros dejasen de ascender por antigüedad, como el resto del Ejército.
La medida indignó de nuevo al coronel Segundo García. Pero esta vez, la trama conspiratoria era mucho más ambiciosa. Además de López Ochoa, se enfrentaban ahora a Primo de Rivera los dos generales más
antiguos del Ejército, Weyler y Aguilera, respaldados por los tenientes coroneles Batet y Bermúdez de Castro, los comandantes Borrero y Sarabia, los capitanes Hernando, Perea y Fermín Galán, y el teniente Rubio.
Todos ellos contaban con el apoyo de significados políticos como Melquiades Álvarez, el conde de Romanones y Alejandro Lerroux, en contacto con Alianza Republicana y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Pero el pronunciamiento, conocido como «la Sanjuanada», fracasó.
Primo de Rivera ya había impuesto su reforma a los artilleros, cuyos jefes y oficiales se encerraron en sus cuarteles mientras los alumnos de la Academia de Segovia se situaban al borde de la sedición.
El dictador suspendió entonces de empleo y sueldo a los oficiales no destinados en Marruecos, lo cual suponía accionar una peligrosa bomba de relojería en las entrañas de uno de los cuerpos más solidarios del Ejército.
Entre tanto, numerosos militares enfrentados al dictador empezaron a ingresar en logias masónicas: los generales Riquelme y Gómez Morato, junto a Núñez de Prado, López Ochoa, Carratalá, Díaz Sandino y Fermín Galán.
La masonería se convirtió así en un poderoso foco de oposición a la monarquía de Alfonso XIII. En Madrid, empezó a funcionar la logia Danton, frecuentada por los radicales de Lerroux; y en Valencia cobró gran auge la logia Patria Nueva. La masonería caló incluso en el cuerpo naval: en Ferrol actuó así la logia Breogán y en Cartagena, la Tolstoi, integrada por radiotelegrafistas, contadores y maquinistas.
Al mismo tiempo, las medidas represivas contra los artilleros impulsaron las adscripciones a la masonería. Sin ir más lejos, el comandante de artillería Enrique Pérez Farrás ingresó en una logia tras la supresión de los ascensos por antigüedad.
El dictador no solo se enfrentaba ya a los elementos civiles y militares que formaban la oposición, sino que empezaba a ser traicionado por personas muy próximas al trono, como el duque de Alba, gran amigo y compañero de cacerías de Alfonso XIII, el general Berenguer, la duquesa de Santoña, y otros nobles y aristócratas relacionados con Cambó. Hasta el propio Alfonso XIII había perdido ya la confianza en él.
El pueblo tampoco olvidaba la forma en que Primo había alcanzado el poder, tras un golpe militar secundado por el propio monarca en
septiembre de 1923, que faltó a su juramento constitucional, sobre el cual volveremos en el epílogo a estas mismas páginas.
El rey era consciente también de que la continuidad del presidente del Gobierno comprometía seriamente la estabilidad de su Corona. La propia reina María Cristina, temerosa de que la Dictadura costase finalmente el trono a su hijo, sufrió mucho viendo encarcelado al ex primer ministro Sánchez Guerra, postulado como sucesor del dictador.
Pero había otros miembros de la Familia Real que recelaban del marqués de Estella, como el infante don Carlos de Borbón, tío del rey. Don Carlos era capitán general de Andalucía, desde donde había sido testigo de la proliferación de militares descontentos con la Dictadura. Él mismo fue quien alertó a su sobrino de la conveniencia de prescindir del marqués de Estella, y el monarca tomó buena nota de ello.
A finales de noviembre de 1929, durante una cacería en la finca del duque de Peñaranda, en Guadalperal (Cáceres), se intentó persuadir a Primo de Rivera para que cediese el paso a un Gobierno presidido por el duque de Alba que fuera capaz de restablecer el orden constitucional.
Las miradas de los poderosos se detuvieron luego en un ambicioso general con un brillante historial militar. Su nombre era Manuel Goded y estaba al frente de la Comandancia Militar de Cádiz.
Igual que Francisco Franco, Goded había mandado una columna en el desembarco de Alhucemas; en recompensa por sus servicios durante la campaña, fue designado jefe del Estado Mayor del general Sanjurjo.
Aun siendo diez años mayor que Francisco Franco, Goded rivalizaba con él entre los generales más prestigiosos y con mejor futuro en el Ejército.
Pero la balanza del reconocimiento se inclinó finalmente del lado de Franco, nombrado director de la Academia General de Zaragoza, mientras su rival era enviado a Cádiz.
Goded llegó a convertirse así en un peligroso enemigo de la Dictadura. Sus partidarios pensaban que era el general idóneo para derribar a Primo de Rivera de la misma forma en que este había llegado al poder: mediante otro pronunciamiento militar, a la vieja usanza del siglo anterior. Por eso, los miembros de la Asociación Militar Republicana empezaron a motejarle
«El nuevo Prim».
Pero el gato al agua se lo llevó finalmente otro general, Dámaso Berenguer, después de que Primo de Rivera comunicase su presagiada
dimisión, el 29 de enero de 1930.
La nota oficial del Gobierno decía así:
El Consejo de Ministros ha conocido las razones personales y de salud que su Presidente ha expuesto, como motivo irrevocable para presentar su dimisión al Rey, y los ministros comprendiendo diáfanamente que la dimisión del Presidente envuelve la de todos, le han rogado presente la de todos a Su Majestad.
En la pérdida de confianza regia pesaron, sin duda, el movimiento estudiantil de 1928 contra la equiparación de los títulos de las universidades privadas y públicas, así como el malestar en el Ejército tras la modificación de los criterios tradicionales de ascenso en el arma de Artillería, el frustrado pronunciamiento republicano de José Sánchez Guerra en 1929, y la crisis de la peseta y su devaluación con respecto a la libra esterlina.
Pero otro turbio asunto, sobre el que Pilar guardó de nuevo silencio en sus memorias, pudo influir también en la pérdida de confianza del rey en su fiel vasallo…
Galgo corredor
La camarilla regia ha explotado en España fraudulentamente, con el apoyo de don Alfonso de Borbón, el fabuloso negocio de las carreras de galgos en pista con apuestas mutuas.
Heraldo de Madrid, 8 de abril de 1932
Hubo al menos una vez en que el general no se dejó «borbonear» por Alfonso XIII. El monarca y su camarilla regia —el duque de Alba, el marqués de Villabrágima y el conde de la Dehesa de Velayos, entre otros
— intentaron convencer al dictador para que aprobase la concesión estatal de carreras y apuestas.
Pero este, consciente de la extrema delicadeza del asunto, negó terminantemente el permiso. Semejante desafío del vasallo a su rey hizo caer seguramente al primero en desgracia para siempre.
El valiente gesto del general encerraba un mérito añadido, teniendo en cuenta lo que su bisnieta, Rocío Primo de Rivera, comenta sobre él: «Al igual que su hermano pequeño Fernando, el héroe de Monte Arruit, [Miguel] era un gran aficionado al juego, algo muy común en la época. Y pienso que esa tendencia, tan constante en él, fue lo que le llevó a cerrar los casinos y las salas de juego, para no caer en la tentación».
Don Miguel, en efecto, llegó a perder una cantidad muy importante de dinero en el tapete verde del casino de San Sebastián en tan solo dos noches, y eso le hizo aborrecer el juego, según me confirma también Ana María de Azpillaga.
El día en que firmó el Decreto de octubre de 1924, cerrando los casinos y salones de juego, el dictador le dijo a su ayudante: «Hoy, querido Ibáñez, he hecho una de las mejores cosas de mi vida, pues sé desgraciadamente hasta dónde puede llevarle a uno este tipo de juegos».
Azpillaga recuerda incluso que, era tal su deseo de mantener la prohibición, que aun pidiéndole la propia reina María Cristina que abriese las salas de juego de San Sebastián, se negó a hacerlo repetidas veces.
Respecto a la honradez de Miguel Primo de Rivera tampoco alberga la menor duda el insigne economista Juan Velarde Fuertes, autor de un concienzudo estudio sobre la política económica de la Dictadura, al subrayar: «Y lo más importante, él consiguió que no hubiera escándalos y que no se hicieran golferías con las obras públicas».
Estamos a punto de abordar uno de los mayores escándalos silenciados de la época. Pero permítame el lector señalar antes que la dimisión de Primo de Rivera produjo un vacío de poder que su sucesor, el general Berenguer, jefe del Cuarto Militar del rey, no supo llenar.
El gobierno se convirtió en una especie de corte paralela del rey Alfonso XIII, pues al nombramiento del duque de Alba como ministro, se sumaron los de Leopoldo Matos y Elías Tormo, este último académico de la Historia y profesor de los hijos del monarca. Hasta el dentista del rey, Florestán Aguilar, fue propuesto inicialmente como ministro.
Al mismo tiempo, una nutrida representación de la nobleza fue puesta al frente de grandes instituciones: el conde de Gamazo, gobernador del Banco de España; el marqués de Hoyos, presidente de las Potasas de Suria; y el de las Marismas del Guadalquivir, alcalde de Madrid.
El duque de Alba ocupó primero la cartera de Instrucción Pública apenas un mes (desde el 28 de enero hasta el 24 de febrero de 1930), y a continuación la de Estado, pese a que el rey deseaba que se encargase de Exteriores.
Finalmente, el monarca se salió con la suya y su amigo estuvo al frente del Ministerio de Exteriores durante un año, hasta justo un mes antes de proclamarse la República.
Mientras la monarquía de Alfonso XIII se tambaleaba, incapaz de hacer frente ya a la fuerte demanda de un cambio social, Jacobo Alba presionó al fundador del diario El Sol, Nicolás Urgoiti, a raíz de la publicación del célebre artículo de Ortega y Gasset «El error Berenguer», aparecido en ese periódico el 17 de noviembre de 1930.
El nuevo presidente del Gobierno, el general Berenguer, había sido un claro opositor a la Dictadura de su homólogo de armas. Pero carecía de la capacidad política suficiente para lograrlo y su mentalidad tampoco era la más idónea para adaptarse a los nuevos tiempos, como lo probaba su
intención de volver a la Constitución de 1876 y a los métodos políticos tradicionales que garantizaban el control de los ciudadanos en un proceso electoral y mantenían en vigor el caciquismo.
Ortega señalaba así, en su artículo, que la equivocación del general consistía en «hacer como si aquí no hubiera nada radicalmente nuevo», y en pretender al mismo tiempo una vuelta atrás en los procedimientos.
Por si fuera poco, la monarquía era impopular entre los intelectuales y escritores. También en este campo el duque de Alba intentó echar una mano a su amigo y señor, organizándole un encuentro con Ortega y Gasset en su palacio de Liria. Durante la entrevista, Alfonso XIII preguntó al filósofo qué materia impartía en la universidad, a lo que este respondió:
«Ética y Estética». Entonces, el rey, chascando los dedos con aire picarón, comentó: «¡No debe ser difícil eso ni nada!».
Entre tanto, desde Rusia, Dimitri Manuilski, uno de los grandes prebostes de la Internacional Comunista, no se recataba en calificar al gobierno Berenguer de «régimen fascista» en las páginas del diario Pravda.
La monarquía en España estaba herida de muerte y, desde el 18 de febrero de 1931, el nuevo Gobierno del almirante Aznar se encargó de enterrarla.
Si hasta 1923 esa institución había sido capaz de atraer a los republicanos como un poderoso imán, ahora sucedía justamente lo contrario: los seguidores de Lerroux y los de Azaña se habían unido a liberales monárquicos como Alcalá Zamora o Maura frente al régimen de Alfonso XIII.
La situación desembocó en el Pacto de San Sebastián, que reunió en el mes de agosto a todos los sectores republicanos y contó con la bendición de los socialistas. En aquellos días, Ortega y Gasset, junto con el doctor Gregorio Marañón y el escritor Pérez de Ayala lanzaron a la opinión pública el manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República. Era el principio del fin.
Pero hasta que ese momento llegó, Alfonso XIII y su camarilla regia aprovecharon para poner en marcha sus planes tras la dimisión de Primo de Rivera. El monarca no era precisamente un ejemplo de honradez; no lo era, al menos, para quienes decidieron llevarle a los tribunales.
Y si no, ¿quién iba a decirme a mí que, ochenta años después de aquel tenso pulso entre el monarca y su díscolo vasallo, hallaría por fin el
extenso sumario judicial donde se involucraba al rey y a destacados miembros de su camarilla en delitos de asociación ilícita, juego prohibido, malversación, estafa, prevaricación y falsedad?
Todo empezó con una denuncia, de la que tuve conocimiento al leer el Heraldo de Madrid del 8 de abril de 1932. El periódico titulaba así su editorial: «Una gravísima denuncia ante la Comisión de Responsabilidades». A continuación, el rotativo informaba también en gruesos caracteres:
La camarilla regia ha explotado en España fraudulentamente, con el apoyo de don Alfonso de Borbón, el fabuloso negocio de las carreras de galgos en pista con apuestas mutuas.
Al principio me pareció que aquel titular era una broma pesada: «Otro reproche sin fundamento contra el rey, en plena República», pensé.
Pero a medida que fui desbrozando el artículo, surgió en mí la fundada sospecha de que aquello, por desgracia, iba en serio. A partir de aquel día busqué sin desfallecer el sumario judicial. El denunciante era un tal José de Arrizabalaga Mendoza. El periódico anunciaba:
Entre los acusados figuran los duques de Alba, Pastrana y Montalvo, el marqués de Villabrágima, los condes de Lérida y de la Dehesa, y el vizconde de Altamira.
La denuncia revelaba, en síntesis, que Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez, marqués de Villabrágima, hijo del conde Romanones y varias veces presidente del Consejo de Ministros con Alfonso XIII, había obtenido de este el permiso para organizar de manera ilegal un próspero negocio en beneficio de unos pocos elegidos que gozaban de la confianza regia.
Para tal fin se creó en 1929 una sociedad, en apariencia con fines deportivos, denominada Club Deportivo Galguero Español, que presentó sus estatutos y reglamentos en el Gobierno Civil de Madrid.
Al mismo tiempo, el 2 de enero de aquel año, mediante un colaborador suyo, Carlos Luis de Izaguirre, el marqués de Villabrágima constituyó una sociedad anónima con un capital de 100 000 pesetas que denominó Liebre Mecánica, cuyo objeto social era la explotación de las carreras de galgos en pista.
Hagamos ahora un breve inciso para mostrar el fabuloso negocio que esta actividad suponía entonces. Tras el crack bursátil de 1929 en Nueva York, un individuo llamado Charles Munn inventó en Estados Unidos una liebre artificial que denominó «liebre mecánica», y más tarde «liebre eléctrica», tras la cual corrían como locos los galgos en un canódromo, creyendo que era auténtica. Surgieron así las carreras de galgos en pista.
Pero al principio, el negocio no fue tal: las entradas que pagaban los espectadores no bastaban para rentabilizar la organización de las carreras. Hasta que un día llegó a oídos del mismísimo gángster Al Capone la existencia de la «liebre eléctrica». De inmediato, el célebre mafioso concibió un negocio formidable: «¿Por qué no implantar las apuestas mutuas en las carreras de galgos en pista?», advirtió, eufórico.
Con ese fin constituyó enseguida una sociedad junto a Munn; ambos emitieron acciones e inauguraron en Chicago un canódromo con apuestas cruzadas.
Esta especie de «ruleta galguera», con los propios canes convertidos en croupiers, proporcionó muy pronto pingües beneficios a los dos socios: las acciones de diez dólares se cotizaron a cuatrocientos veinte dólares, y esa increíble subida se tradujo en varios millones de dólares de ganancias que les supieron a música celestial.
Sorprendido por el milagro de su modesto invento en Estados Unidos, Munn decidió explotarlo por su cuenta en Europa, exportando el andamiaje de Al Capone a Inglaterra, donde constituyó la sociedad Greyhound Racing, cuyas siglas eran I. G. R. A.
Esta sociedad se creó con un capital de ochenta mil libras esterlinas, y alquiló el campo de la exposición inglesa conocida por la White City de Londres, donde construyó un espléndido canódromo.
En solo cuatro años, el señor Munn ganó en Inglaterra ¡más de treinta millones de libras esterlinas!
Volviendo a España, tras constituir la sociedad Liebre Mecánica con un colaborador suyo, el marqués de Villabrágima adquirió la mayor parte de las acciones de otra sociedad denominada Stadium Metropolitano, que explotaba el local del Stadium, el campo de fútbol donde jugaba entonces
el Atlético de Madrid; años después, el propio club promovería la construcción del Vicente Calderón, también llamado Manzanares.
Listo ya el entramado societario, el duque de Pastrana, pariente del marqués de Villabrágima, solicitó al Ministerio de Fomento, en su calidad de presidente del Club Deportivo Galguero Español, la autorización pertinente para «organizar en España las carreras de galgos en pista, bajo la indeclinable base de que todos los beneficios que produjera se dedicaran íntegros y sin la menor idea de lucro al fomento de la raza del galgo español [las cursivas son del autor]».
El ministro de Fomento, por Real Orden de 26 de abril de 1930, accedió a esta solicitud. Luego, el general Emilio Mola, director general de Seguridad, otorgó el permiso para las apuestas mutuas en las carreras de galgos en pista «con la condición de que el producto de ellas lo destinara el Club Deportivo Galguero Español al fomento del galgo español, sin la menor idea ni posibilidad de lucro».
Pero en realidad este club deportivo, como denunciaba José de Arrizabalaga, cedió «fraudulenta y dolosamente la organización de las carreras de galgos en pista, el producto íntegro de este espectáculo y las apuestas mutuas en él a la sociedad mercantil anónima Liebre Mecánica, y al propio tiempo esta sociedad concertó un arriendo fabuloso del Stadium Metropolitano».
El negocio, sin embargo, no colmó al principio los bolsillos de los denunciados, que decidieron perfeccionarlo para no dejar escapar ni una sola peseta, según la denuncia. Para ello adquirieron en Inglaterra galgos más veloces que los españoles, y así los perros del marqués de Villabrágima obtuvieron pronto el 80 por ciento de los premios.
Al mismo tiempo, el Club Deportivo Galguero Español, bajo el falso pretexto de sus fines exclusivamente deportivos, consiguió quedarse con el 17 por ciento del importe bruto de las apuestas. Un magnífico negocio, si se tiene en cuenta que en cada reunión se celebraban ocho carreras y el botín de la camarilla regia suponía así multiplicar por esa cifra el porcentaje del canon adjudicado.
Eso, sin contar con el importe de las entradas, la publicidad, y los servicios de cafetería y restaurante en el local de apuestas.
Una fortuna, en suma, que según el denunciante fue a parar a manos de los accionistas de Liebre Mecánica y de Stadium Metropolitano, quienes,
sirviéndose de su privilegiada influencia, crearon su particular entramado, oculto bajo la entelequia del Club Deportivo Galguero Español.
Desde 1930 y hasta poco antes de presentarse la denuncia, cuando se suprimieron las apuestas en las carreras de galgos en pista, los accionistas de Liebre Mecánica y de Stadium Metropolitano obtuvieron fraudulentamente un beneficio superior a los tres millones de pesetas, equivalentes a más de 6,5 millones de euros en la actualidad, según Arrizabalaga.
No contentos con eso, los accionistas, alentados en todo momento por el marqués de Villabrágima, extendieron el negocio por toda España mediante la constitución de sociedades anónimas filiales de Liebre Mecánica. Fue así como en Valencia o en Palma de Mallorca prosperaron sociedades amparadas en clubes deportivos galgueros regionales.
Muy pronto, la dimensión del negocio requirió la presencia de un socio que pudiese dar la cara ante un hipotético escándalo, y que al mismo tiempo proporcionase fuertes dividendos a la camarilla regia, arriesgando también su propio dinero en la instalación de canódromos. El marqués de Villabrágima ofreció así a Enrique Zimmermann y Urbina, conocido organizador de carreras de galgos en pista en Sudamérica, la cesión por cinco años de la explotación de las carreras en España; lo hizo en nombre de las tres sociedades involucradas: Club Deportivo Galguero Español, Liebre Mecánica y Stadium Metropolitano.
El marqués aseguró a Zimmermann que el club gozaba «de una exclusiva del Gobierno español para la organización y explotación mercantil de las carreras de galgos en pista, con apuestas mutuas, para toda España».
Nada más lejos de la realidad. Zimmermann mordió el anzuelo y suscribió un contrato con las tres sociedades mencionadas, el 16 de octubre de 1931.
Hasta aquí, el contenido de la denuncia formulada por José de Arrizabalaga y publicada en el Heraldo de Madrid del 8 de abril de 1932.
Una semana después, el mismo periódico reprodujo una carta dirigida por Enrique Zimmermann a su director, en la que el antiguo promotor recordaba que, hallándose en Montevideo, había recibido un comunicado de la sociedad Liebre Mecánica proponiéndole celebrar un contrato exclusivo de arrendamiento para explotar en España las carreras de galgos en pista.
Zimmermann llegó a Madrid a primeros de octubre de 1931 y se hospedó en el hotel Palace, donde le visitó el marqués de Villabrágima.
Durante el encuentro, el marqués le manifestó que las tres sociedades aludidas, de las que aseguró actuar como representante, estaban dispuestas a arrendarle por un plazo de cinco años la explotación comercial de las carreras de galgos en pista, subrayando que habían sido autorizadas por el Gobierno para celebrar apuestas mutuas.
Al mismo tiempo, el 14 de octubre, el Club Deportivo Galguero Español cedió mediante un contrato a Liebre Mecánica «la totalidad de los ingresos que por todos los conceptos se obtuvieran de todas las carreras que se organizasen, como entradas, inscripciones, porcentaje de apuestas, etcétera».
En la cláusula decimoctava se autorizaba a Liebre Mecánica la cesión de los derechos y obligaciones estipulados a otras entidades o particulares. El documento fue protocolizado el 11 de noviembre ante el notario de Barcelona Alfredo Arias de Miranda.
Solo dos días después de que el Club Deportivo Galguero cediese todos sus ingresos a Liebre Mecánica, Zimmermann suscribió su contrato con Liebre Mecánica, Stadium Metropolitano y el Club Deportivo Galguero, mediante el cual las tres sociedades arrendaban a Zimmermann la explotación de las carreras de galgos con apuestas mutuas en Madrid a cambio del pago de 450 000 pesetas durante cada uno de los dos primeros años, y de otras 600 000 pesetas en cada uno de los tres posteriores (cláusula sexta); para provincias, se fijó una participación en el canon de las apuestas mutuas.
El Club Deportivo Galguero quedó al margen del reparto de ingresos, mientras Liebre Mecánica y Stadium Metropolitano obtuvieron más de tres millones de pesetas solo en Madrid por el arrendamiento de las apuestas mutuas y el producto de las carreras de galgos en pista. En provincias, ambas sociedades se repartieron una cantidad semejante.
Es decir, que los ingresos totales se elevaron al final a 5,4 millones de pesetas (más de once millones de euros en la actualidad).
A la hora de firmar el contrato, el marqués de Villabrágima mostró a Zimmermann la liquidación de ingresos y beneficios obtenidos por el arrendamiento y las carreras en Madrid: más de 600 000 pesetas anuales (1,3 millones de euros).
Solo en los meses de julio, agosto y septiembre de 1931, los beneficios de Liebre Mecánica por las apuestas y carreras de galgos habían sumado ya 200 828 pesetas (unos 450 000 euros).
Pero Zimmermann descubriría demasiado tarde aquel enredo empresarial en el que aparecían implicados los miembros de la camarilla regia, con quienes Alfonso XIII se había compinchado antes de emprender el camino del exilio, como se desprende de la investigación judicial que examinaremos enseguida.
No en vano la Junta Directiva del Club Deportivo Galguero Español, entidad a través de la cual se desviaban presuntamente los fondos a las otras dos sociedades, estaba compuesta por los duques de Alba, Pastrana y Montalvo, el conde de Lérida, Juan Martín, Francisco Cadenas Blanco, y el propio marqués de Villabrágima.
El Consejo de Administración de Liebre Mecánica lo integraban Antonio Machimbarrena, el conde de la Dehesa de Velayos, Carlos de Izaguirre, Vicente de Altamira, y los ya citados Francisco Cadenas y el marqués de Villabrágima.
Finalmente, Stadium Metropolitano estaba gestionado por José María Otamendi, Antonio González, Juan Bautista Coll y Juan Antonio Bravo.
En su carta al director del Heraldo de Madrid, Enrique Zimmermann denunciaba el engaño sufrido, «ya que, burlando la legalidad dicho documento [el contrato], y con falsas manifestaciones, se había concertado sorprendiendo mi buena fe, un negocio de juego expresamente prohibido en España, y que solo por un artificio pseudolegal intentaba practicarse por las tres sociedades».
Zimmermann aseguraba, por último, que el marqués de Villabrágima y sus socios lograron engañarle, «valiéndose de la natural confianza que su personalidad me inspiró».
Evidentemente, la camarilla regia hizo valer la aparente honestidad que le conferían sus títulos, méritos e influencias para emprender en España un negocio que entonces era ilegal.
En vista de la denuncia de Arrizabalaga, y de su propia carta al director del Heraldo de Madrid, Zimmermann presentó una denuncia formal ante la Comisión de Responsabilidades, el 20 de abril de 1932.
La Comisión, al considerar que los hechos eran constitutivos de delito común, optó por inhibirse y envió la denuncia al fiscal general de la República, quien a su vez la remitió al Juzgado de Guardia y este
finalmente al Juzgado de Instrucción número 10, que empezó a incoar el sumario número 484 de 1932.
Fue así como Enrique Zimmermann y la Asociación de Propietarios de Galgos de España se convirtieron en querellantes contra Alfonso XIII y su camarilla.
El 6 de noviembre de 1933 presentaron un escrito pidiendo que se procesase a los acusados por considerar que los cargos contra ellos estaban plenamente demostrados tras las diligencias de ocupación de documentos practicadas en la sede de Stadium Metropolitano por orden judicial.
Además, las resoluciones de los Ministerios de Gobernación y Agricultura amparaban su denuncia al declarar fraudulenta la actuación de los directivos del Club Deportivo Galguero.
En su escrito, los querellantes no dejaban títere con cabeza, apuntando a lo más alto de una institución que había dejado de existir en España tras la proclamación de la República, el 14 de abril de 1931.
La relación definitiva de encartados, para quienes pedían su procesamiento, era la siguiente, según consta en la querella:
Don Alfonso de Borbón, ex Rey de España; don Jacobo Stuart y Falcó, ex duque de Alba y ex ministro de la Corona; don Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez, ex marqués de Villabrágima; don Luis de Figueroa y Alonso Martínez, ex conde de la Dehesa de Velayos; don Carlos de Mendoza Sáez de Argandoña; don José Otamendi Machimbarrena; don Rafael de Bustos y Ruiz de Arana, ex duque de Pastrana; don Fernando de Bustos y Ruiz de Arana, ex duque de Montalvo; don Manuel Álvarez de las Asturias Bohorques, ex conde de Lérida; don Agustín Hernández Francés, ex vizconde de Altamira; don Francisco Cadenas Blanco; don Joaquín Losada; don Juan Martín Gómez; don José Antonio Machimbarrena; don Domingo Rueda Muñiz; don Nicolás Cotoner; don Miguel Fonts Masieu, abogado del Estado en funciones en Palma de Mallorca; don Pedro Dezcallar, y don Rafael Lacy.
Los querellantes hacían responsable civil de lo sucedido a la sociedad Stadium Metropolitano, y expresaban su esperanza de que por fin dejara de ser un amargo apotegma en España la célebre frase del jurisconsulto Durán y Bas: «En España, los hombres de blusa van a la cárcel; los de americana, alguna vez; los de levita, nunca».
Veamos ahora, con mayor detalle aún, cómo se fraguó y desarrolló la presunta estafa y malversación del rey Alfonso XIII y su camarilla, a sabiendas de que el artículo 353 del Código Penal tipificaba entonces como delito el juego en España.
Bajo el epígrafe «Hechos sumariales probados, constitutivos de delito, perpetrado en perjuicio del Estado, de la Beneficencia y del Fomento del Galgo español», los querellantes denunciaban cómo el duque de Alba había escrito una carta a Charles Munn (recordemos que él había inventado la «liebre eléctrica», exportándola a Inglaterra) solicitándole las patentes de su invento para la sociedad que se proponía fundar en España.
Tanto el duque de Alba como Alfonso XIII tenían grandes intereses económicos en Stadium Metropolitano y eran conscientes así de la delicada situación de esta sociedad, al borde de la quiebra. La estrecha vinculación del monarca con Stadium Metropolitano era vital para relacionarle con la trama urdida luego por sus cómplices.
Alfonso XIII había creado en 1920 un grupo empresarial con el duque de Alba, el marqués de Villabrágima, el conde de la Dehesa de Velayos y los hermanos Otamendi. A este grupo pertenecían el Metro de Madrid, la compañía Bengemor, la Urbanizadora Metropolitano Alfonso XIII y, por supuesto, Stadium Metropolitano.
En el folio 501 del sumario judicial se halla la escritura de constitución de Stadium Metropolitano, y en el folio 15 del ramo separado
«Documentos» figura una carta de Mayordomía de Palacio en la que consta que en la Intendencia de la Real Casa y Patrimonio se depositaron, como propiedad de Alfonso XIII, un total de cien acciones de Stadium, junto a diez cédulas de fundador.
En ese mismo escrito se autoriza a Carlos de Mendoza, ingeniero de Caminos que participó en la construcción del Metro de Madrid, a representar al monarca en el Consejo de Administración de Stadium.
Más tarde, en 1931, esa participación del rey desaparecerá del balance de valores en posesión de Alfonso XIII y de la Familia Real en empresas de deporte-espectáculo, figurando tan solo a nombre de la reina Victoria Eugenia veinticinco acciones de Stadium Metropolitano, de quinientas pesetas de valor nominal cada una, equivalentes a una inversión de 12 500 pesetas.
El documento 14 del expediente judicial corresponde a otra carta del duque de Alba, en la que este autoriza a Carlos de Mendoza a representarle
a él también en el Consejo de la sociedad. Además, en la memoria de la Junta General de Stadium aparece Carlos de Mendoza como delegado de los intereses del rey y del duque de Alba en la compañía.
No hay duda, por tanto, de la vinculación del monarca y de su noble socio con esta empresa, que entre 1925 y 1929, a raíz del alquiler del Stadium al Atlético de Madrid, atravesó por una grave crisis financiera debido a que su finalidad comercial (la explotación del fútbol) no generaba entonces más que pérdidas.
Prueba de ello es el acta del 15 de diciembre de 1929, donde se afirma textualmente:
El director convoca a Junta, a fin de tratar de la situación económica del Stadium y tomar los acuerdos que el Consejo estime procedentes, pues la situación ha llegado a ser crítica al terminar totalmente los ingresos.
La realidad desvaneció, en efecto, los cánticos de sirena con que se constituyó Stadium Metropolitano el 16 de junio de 1922 ante el notario Dimas Álvarez y Horcajuelo, con un capital inicial de 1,5 millones de pesetas.
La suscripción de las tres mil acciones fue garantizada conjuntamente por el Banco de Vizcaya, la Compañía Metropolitano Alfonso XIII, y la Compañía Urbanizadora Metropolitano.
Los accionistas y sus garantes desbordaron al principio gran entusiasmo en el proyecto. Pretendían construir un estadio moderno con más capacidad, situado a novecientos metros de la glorieta de Cuatro Caminos, y con acceso también desde la avenida de la Reina Victoria; una colosal obra entonces que sus impulsores esperaban rentabilizar en poco tiempo.
Pero muy pronto ese optimismo se esfumó. Para combatir la amenaza de quiebra, Alfonso XIII y el duque de Alba encargaron expresamente a su comisionado, Carlos de Mendoza, que ofreciera al Consejo de Administración una participación en las carreras de galgos, de modo que estas pudieran celebrarse en el propio Stadium.
Fue así como Carlos de Mendoza logró convencer al resto de los consejeros para que suscribieran el proyecto de Alfonso XIII y del duque de Alba; solo Luciano Urquijo se opuso, presentando su dimisión irrevocable en aquella misma sesión.
La gran trascendencia de esta reunión se reflejaba en la propia acta del Consejo, que decía literalmente así:
El señor Otamendi (don Miguel) hizo una síntesis de las gestiones efectuadas por el accionista don Carlos de Mendoza, como consecuencia de ciertas gestiones hechas en el Stadium por mediación de dicho señor, consistentes en la habilitación de la pista del Stadium para celebrar en ella carreras del galgos; expone la especial índole del asunto, mencionando las personas que en él median [las cursivas son del autor] y el interés que podía encerrar para el Stadium, por el éxito económico de que viene precedido en Inglaterra y los Estados Unidos y su perfecta compatibilidad con el foot-ball, y terminando proponiendo [sic] que hasta definir características y encauzamiento del negocio en forma que pueda ser más ampliamente tratado y estudiado por el Consejo en posteriores sesiones. Acordándose así, en la propia sesión presenta su dimisión del cargo el consejero don Luciano Urquijo.
Observemos cómo, según los querellantes, «la especial índole del asunto» sugería la necesidad de efectuar un montaje empresarial para conseguir la concesión del juego; y al mismo tiempo, «las personas que en él median» certificaba la participación destacada en el negocio de Alfonso XIII y del duque de Alba, valiéndose de su poderosa influencia.
El propio rey Alfonso XIII, como accionista, seguía con gran preocupación los problemas de Stadium Metropolitano. En el archivo de palacio se conserva hoy un documento en el que Joaquín Losada, director gerente de esta sociedad, comunica a Miguel G. de Castejón —conde de Aybar, intendente de la Real Casa—, hombre de confianza del monarca, la convocatoria de una Junta General de Accionistas el 26 de marzo de 1927. El siguiente paso consistió, según los querellantes, en urdir una asociación benéfica y filantrópica, denominada Club Deportivo Galguero Español, que surgiera al amparo de las disposiciones legales en España para las razas caninas; la decisión se tomó en el Consejo de
Administración del 28 de julio de 1927.
El nuevo club pidió al Estado una concesión oficial de exclusiva de carreras y apuestas destinada (solo en apariencia, por supuesto) al fomento del galgo español y de la Beneficencia. Pero luego, esa concesión se transfirió subrepticiamente a la sociedad Liebre Mecánica que, en
connivencia con Stadium Metropolitano, absorbió los fabulosos beneficios al margen del Club Deportivo Galguero.
Este club se constituyó en Madrid el 3 de enero de 1928 ante el notario Mateo Azpeitia, haciéndose constar en la escritura que «esta Asociación se creaba para organizar y desarrollar las carreras de galgos en pista dentro del territorio español, sin propósito de lucro alguno» [las cursivas son del autor].
El 2 de enero de 1929, ante el mismo notario, se constituyó Liebre Mecánica con un capital nominal de 100 000 pesetas; su objeto social era
«la explotación de las carreras de galgos y deportes semejantes y de cuyos negocios se deriven de ellas».
Los accionistas de Liebre Mecánica eran, según consta documentalmente, los siguientes: Alfonso XIII, representado por Carlos de Mendoza, con cuarenta acciones, las mismas que el marqués de Villabrágima y que José Otamendi; el conde de la Dehesa de Velayos, con treinta; el duque de Alba, Domingo Rueda y Carlos Eizaguirre, cada uno con veinte; Juan Martín Gómez, el vizconde de Altamira y Francisco Cadenas, con diez acciones también cada uno.
A continuación, los querellados fusionaron los Consejos de Administración de Stadium Metropolitano y de Liebre Mecánica en uno solo, designando un gerente para ambas compañías a fin de malversar los fondos con mayor facilidad, según los querellantes.
Liebre Mecánica y Stadium Metropolitano nombraron gerente a José Antonio Machimbarrena; el presidente era Carlos Eizaguirre y los consejeros, el marqués de Villabrágima, conde de la Dehesa de Velayos, vizconde de Altamira, José Otamendi, Francisco Cadenas Blanco y Juan Martín Gómez.
Simultáneamente, el Comité del Club Deportivo Galguero quedó integrado por los siguientes miembros de las dos compañías que se repartían el negocio, lo cual daba idea del grado de confabulación entre los acusados: presidente, el duque de Pastrana; vicepresidente, el conde de Lérida; y vocales, el duque de Alba, el marqués de Villabrágima, el vizconde de Altamira, el duque de Montalvo, Francisco Cadenas Blanco y Juan Martín Gómez. Para el cargo de director fue designado Domingo Rueda.
Entre tanto, como decíamos, el duque de Alba gestionó la concesión de la patente para España con Charles Munn, firmándose el acuerdo el 21 de
marzo de 1929.
Pero antes, el 24 de diciembre de 1926, el duque de Alba había escrito ya a mister Critchley, apoderado de Munn, solicitando la patente de la
«liebre eléctrica» para España.
Una semana después, el propio Critchley le respondió así:
Querido amigo duque de Alba: He tenido ocasión de hablar con mis compañeros sobre el mensaje enviado el 24 de diciembre respecto a las condiciones preliminares para acoplar la «liebre eléctrica» en Madrid. Ante todo, no comprendo la necesidad de que haya dos compañías; me gustaría vender los derechos directamente al Stadium, mejor que a un intermediario.
Cuatro días después, el 4 de enero de 1927, el propio Munn escribió al duque de Alba en estos términos:
Querido Duque: Gracias por su atta. del 6 de diciembre, en la que me informa de lo que le escribe el general Critchley. Me satisface mucho saber que ha podido usted constituir una compañía y que ha encontrado un lugar disponible en Madrid. Puesto que tengo el mayor deseo de ayudarle a introducir las carreras de galgos en España, estoy dispuesto a reducir mi canon del 10 por ciento; comprobará así usted la lealtad con que procedo; espero que a sus amigos les satisfaga. En América, el canon es del 10 por ciento, pero estoy dispuesto a recibir solo el 2 por ciento de las apuestas.
Esta última carta revelaba que el duque de Alba ya había escrito el 6 de diciembre a Munn; recordemos que al día siguiente, 7 de diciembre, Carlos de Mendoza acudió al Consejo de Stadium, seguramente ya con instrucciones precisas de Alfonso XIII y del duque, quienes, como acabamos de ver, ya habían empezado a maquinar el negocio.
El 21 de marzo de 1929 se cerró el acuerdo definitivo entre Stadium Metropolitano y la compañía I. G. R. A. de Munn.
Existe otra prueba más de la complicidad de Alfonso XIII: una carta de Francisco Cadenas Blanco a Carlos de Izaguirre, fechada el 28 de mayo de 1928, que dice así:
Galgos: Espero que conozca usted el anuncio de la Junta Extraordinaria para el día 5 de junio, así como que estén en su poder las
tarjetas de asistencia para 237 acciones que necesitamos; según el Código [Mercantil], las dos terceras partes en primera convocatoria y la mitad más una en segunda; yo hablaré con Mendoza para rogarle que represente un buen paquete, entre ellas las del Rey. Villabrágima salió anoche para Londres, más optimista; me ha enviado la lista del Comité Ejecutivo del Club, que adjunto. Estará un mes en Londres.
La misiva fue interceptada por el Juzgado de Instrucción al registrar la sede de Stadium Metropolitano, y las palabras en cursiva figuran así destacadas en el propio original.
A la vista de estos y otros documentos, los querellantes no albergaron la menor duda de «hasta qué extremo don Alfonso de Borbón ha actuado y ha mediado en la confabulación criminosa en compañía de los otros encartados».
La participación del duque de Alba en las negociaciones quedó también, a su juicio, perfectamente acreditada.
En el madrileño palacio de Liria, que acoge hoy el archivo particular del duque de Alba, pude localizar hace seis años una carpeta titulada
«Liebre Eléctrica», en la que, junto a los estatutos de Stadium Metropolitano y de Liebre Mecánica, hallé la cédula de citación que recibió don Jacobo Stuart y Falcó el 21 de junio de 1932 para declarar en el Juzgado de Instrucción del Distrito de Universidad, como parte de las diligencias del sumario 484.
Me extrañó descubrir, adjuntada a esa cédula, la siguiente nota manuscrita con instrucciones para la declaración judicial, redactada probablemente por su propio abogado:
Si le preguntan si intervino en las negociaciones para la formación de las sociedades, dirá que en 1926 unos amigos suyos de Inglaterra le pidieron que los introdujese a personas o empresa española que pudieran interesarse en la explotación en España de la patente de la liebre eléctrica.
Que puso en relación a los inventores con elementos del Stadium Metropolitano y no recuerda si con alguien más y que, ya ellos directamente, se arreglaron entre sí y arreglaron lo de las sociedades, sin que él tuviera más interés ni participación que la dicha antes.
Más abajo, el propio duque de Alba había anotado:
Di 5000 pesetas a Álvaro [marqués de Villabrágima] para cosa deportiva, y desde entonces no sé nada, de nada.
25 de junio de 1932 [a lápiz].
Pero a la luz de los documentos reproducidos hasta ahora, puede desprenderse que el duque de Alba sabía mucho más de lo que él mismo aseguraba en esa telegráfica nota.
¿Pretendía entonces Jacobo Alba proteger de ese modo sus propios intereses ante la actuación de la Justicia?
Al analizar concienzudamente la relación del duque con Stadium Metropolitano, el escritor Guillermo Gortázar subrayaba en su admirable obra Alfonso XIII, hombre de negocios, la excelente información que el noble inversor recababa siempre antes de tomar cualquier decisión que comprometiese su patrimonio; lo cual no encajaba con que el duque estuviese al margen, como aseguraba, de los pormenores de Liebre Mecánica: «El estilo de trabajo del duque Jacobo —aseguraba Gortázar—, a juzgar por la documentación conservada, distaba por completo de la improvisación. Muy al contrario, el duque estudiaba hasta el último detalle los proyectos que le ofrecían y buscaba siempre información complementaria del extranjero o de alguna agencia española especializada».
En la misma carpeta de Liebre Eléctrica, conservada en el archivo del palacio de Liria, hallé también dos reveladoras cartas.
La primera, escrita por Carlos de Mendoza al propio duque el 9 de junio de 1930, dice, entre otras cosas:
Villabrágima volvió a Londres y según me ha manifestado su hermano Velayos, lleva el propósito de arreglar lo que tienen pendiente con míster Munn (…) Independientemente de esto, parece ser que nuestro común amigo [se refiere a Villabrágima] y míster Munn hablaron de la oportunidad, en caso de que se autorizaran las apuestas en España, de reservar a este último una pequeña participación en el importe de las mismas.
La segunda misiva, enviada dos años antes, el 17 de mayo de 1928, por el marqués de Villabrágima al duque de Alba, reza así:
Querido Jimmy: Por fin han quedado ultimadas todas las gestiones que durante estos meses han venido tramitándose para hacer viable la instalación en el Stadium Metropolitano de la liebre eléctrica. Las obras podrán iniciarse en fecha próxima, con objeto de que la instalación quede terminada y en condiciones de proceder a la inauguración cuanto antes. Todo ello a pesar de no contar con las apuestas mutuas.
Retomemos ahora la exposición de hechos contenida en la querella, además de las diligencias judiciales practicadas en su día, antes de concluir con el rotundo informe que el magistrado Mariano Luján, titular del Juzgado de Instrucción número 10 de Madrid, elevó al Tribunal Supremo, que previamente había delegado en él la instrucción del caso.
Establecido el armazón societario, Alfonso XIII y su camarilla, tal y como advertíamos al principio de este capítulo, intentaron convencer en vano al general Primo de Rivera para obtener la concesión estatal de carreras y apuestas.
Fue así como, mientras el general estuvo al frente de los designios de la nación, Alfonso XIII y su camarilla no tuvieron más remedio que esperar a tiempos mejores para ver cumplidos sus espurios intereses.
Y esos tiempos llegaron al fin, en 1930, cuando Primo de Rivera se vio obligado a dimitir tras perder, curiosamente, la confianza del rey.
La camarilla palatina subió así al poder, con el general Dámaso Berenguer al frente del Gobierno. Fraguado en el propio palacete del duque de Alba, el nuevo Gabinete contó entre sus filas con Jacobo Stuart y Falcó, quien primero dirigió la cartera de Instrucción Pública, y luego la de Estado; en Fomento se nombró a Leopoldo Matos, abogado del rey, financiero y amigo íntimo del duque de Alba. El escenario había cambiado por completo y el telón estaba listo para ser izado.
Todo había sido minuciosamente preparado, como ya hemos visto, para cuando llegase la hora de la verdad. Aparentando que el Club Deportivo Galguero, sin ánimo alguno de lucro, era filial de Fomento de las Razas Caninas, entidad regulada por el Estado con carácter oficial y bajo Patronato Real, el duque de Pastrana, presidente del club, se puso manos a la obra, tal y como recordaban los querellantes.
La operativa fraudulenta, si me lo permite el lector, recuerda hoy bastante a la del Instituto Nóos de Iñaki Urdangarín: una sociedad sin
ánimo de lucro utilizada también para desviar presuntamente dinero público.
Pero volvamos a los galgos: el 8 de abril de 1930, el duque de Pastrana cursó una instancia al Ministerio de Fomento, dirigido entonces por su buen amigo Leopoldo Matos, adjuntando los estatutos del club que subrayaban su carácter filantrópico y resaltando los méritos de las personalidades que integraban su Comité Ejecutivo, empezando por el duque de Alba.
Pastrana insistió en que el Club Deportivo Galguero destinaría todos sus ingresos al fomento del galgo español y de la Beneficencia. Menuda patraña. No contento con eso, al cabo de veinte días remitió otra instancia a la Presidencia del Consejo de Ministros abundando en esa idea.
Poco después, el duque de Alba y sus socios vieron colmados sus deseos. El Ministerio de Fomento, por la Real Orden de 23 de abril de 1930, y la Dirección General de Seguridad, por otra de 10 de mayo, otorgaron las concesiones de carreras y apuestas, reconociendo oficialmente la personalidad del Club Deportivo Galguero como autoridad única en la materia.
Pero en ambas disposiciones, el Estado condicionó taxativamente esas concesiones al fomento del galgo y a la Beneficencia, sin que bajo ningún concepto pudiese existir afán de lucro.
Una vez obtenidas las concesiones, el duque de Pastrana (presidente del Club Deportivo Galguero), el conde de Lérida (vicepresidente), y el duque de Alba, el marqués de Villabrágima, el vizconde de Altamira, el duque de Montalvo, Francisco Cadenas y Juan Martín (consejeros) cedieron subrepticiamente a Liebre Mecánica y a Stadium Metropolitano, mediante sendos contratos firmados el 19 de julio de 1930 y 14 de octubre de 1931, el producto íntegro de sus carreras y apuestas. Así, según los querellantes, Liebre Mecánica y Stadium Metropolitano se apropiaron indebidamente de 1.861 275 pesetas (equivalentes a más de cuatro millones de euros) pertenecientes al Club Galguero, que este debía destinar al fomento del galgo español y a la Beneficencia.
En la propia memoria de Liebre Mecánica de 1931 se admite, curiosamente, el desvío de fondos: «Hemos celebrado también el contrato con el Club Deportivo Galguero, en virtud del cual disponemos nosotros de los ingresos totales obtenidos en las reuniones por él organizadas».
Por si fuera poco, en la cuenta de resultados de Liebre Mecánica del 30 de noviembre de 1932, el movimiento del «Haber» alcanzó 3.039 351,87 pesetas (más de 6,5 millones de euros). La propia sociedad fue la que fijó el dinero supuestamente desviado a los bolsillos de los querellados.
El duque de Alba y sus socios desvirtuaron así, según los querellantes, las reales órdenes del Ministerio de Fomento y de la Dirección General de Seguridad, además de los estatutos del propio Club Deportivo Galguero; y ello, a espaldas del Estado e incluso de los propietarios de galgos que integraron más tarde el citado club.
Pero su engaño fue descubierto el 5 de enero de 1932, cuando el Ministerio de la Gobernación declaró «caducada y sin ningún valor ni efecto la concesión administrativa» otorgada por el extinguido Ministerio de Fomento en abril de 1930. A continuación, el Ministerio de Agricultura anuló también sus propias concesiones. El fabuloso negocio de las apuestas se desmoronó sin remedio.
Recordemos que Liebre Mecánica y Stadium Metropolitano subarrendaron durante cinco años a Enrique Zimmermann las concesiones mercantiles, previo compromiso de pago de 5,75 millones de pesetas, equivalentes a más de doce millones de euros.
Centrémonos ahora en los dos principales acusados: Alfonso XIII y el duque de Alba, sobre quienes los querellantes, y hasta el propio juez Mariano Luján no albergaban la menor duda de su responsabilidad en los delitos de estafa, malversación, juego prohibido, asociación ilícita, falsedad y prevaricación.
Ocupémonos primero del duque de Alba, que era ministro de la Corona cuando se perpetraron los presuntos hechos delictivos, o sea, desde el primero de enero de 1930 hasta 1931; hechos urdidos por él y sus cómplices entre 1926 y 1929.
Recordemos que fue él quien escribió a su amigo Charles Munn, el 26 de diciembre de 1926, pidiéndole las patentes de la liebre eléctrica para España y estableciendo luego el contrato con la empresa I. G. R. A. de Munn.
Por medio de su representante, que era el mismo de Alfonso XIII, es decir, a través de Carlos de Mendoza, y para salvar sus acciones del Stadium Metropolitano, al borde de la quiebra, ofreció en la Junta del 7 de diciembre de 1926 a la propia compañía la realización del negocio de las
apuestas en las carreras de galgos en pista, alegando «la especial índole del asunto y las personas que en él mediaban».
Participó también, según los querellantes, junto a los demás acusados en la maquinación urdida en el Stadium el 28 de julio de 1927 para violar la prohibición del juego en España.
Además, como hemos visto, fue accionista de la empresa Liebre Mecánica con veinte títulos, tal y como él mismo advertía en su carta al marqués de Villabrágima del 22 de mayo de 1928:
Querido Álvaro: Contesto a tu carta del 17, relativa a Liebre Mecánica y a la constitución de la sociedad para ponerla en planta, en cuya carta tú me preguntas con qué cantidad deseo contribuir a la constitución de la sociedad. Puedes inscribirme con 5000 pesetas; ya me dirás oportunamente cuándo y cómo ha de hacerse la entrega. Queda tuyo siempre muy afectísimo amigo, J.
Si alguna pregunta debía responder el duque de Alba era esta: ¿Cómo era posible que el 3 de enero hubiese constituido el Club Deportivo Galguero, sin afán alguno de lucro, siendo designado miembro de su Comité, y que el 22 de mayo del mismo año concurriese con su capital a la creación de Liebre Mecánica, que tenía como único objetivo, según la escritura del 2 de enero de 1929, la explotación de las carreras de galgos en pista? ¿No era eso una clara contradicción?
Por si fuera poco, los querellantes insistían en que el duque de Alba se comprometió a gestionar para el ficticio Club Deportivo Galguero la concesión de las apuestas ante el general Primo de Rivera, como evidenciaba el acta del Stadium Metropolitano del 6 de julio de 1927.
A principios de enero de 1930, siendo ministro en el Gabinete Berenguer, el duque de Alba estampó su firma en la instancia que el duque de Pastrana, presidente del Club Deportivo Galguero, envió al Ministerio de Fomento pidiendo la concesión de las carreras y apuestas; en esa instancia, recordemos, se alegaba el exclusivo fin altruista del club, lo cual resultó ser mentira.
Los querellantes ponían de manifiesto el hecho escandaloso de que un ministro de la Corona rubricase un documento como aquel, sirviéndose así de su influencia para obtener una concesión ilícita de otro ministerio. ¿No era esa una forma de prevaricar?
Pese a todos los indicios en su contra, el duque de Alba declaró sorprendentemente lo siguiente al juez, el 25 de junio de 1932: «Que ignora la existencia de los orígenes de Liebre Mecánica y de Stadium; que si bien es miembro del Comité del Club, todo lo ha hecho Villabrágima, y que lo único que sabe es que regaló cinco mil pesetas para el fomento del galgo, cuya cantidad entregó a Villabrágima. Que el Club Deportivo Galguero era una entidad benéfica y filantrópica, filial de Razas Caninas, y que tenía que dedicar todos sus ingresos a aquella finalidad».
Villabrágima negó categóricamente las afirmaciones del duque de Alba y para demostrar su falsedad aportó al sumario tres documentos (folios 637, 638 y 639), añadiendo que su antiguo amigo era accionista de Liebre Mecánica y de Stadium Metropolitano, y que las cantidades que entregó fueron para la compra de acciones de Liebre Mecánica.
En su segunda declaración, efectuada el 13 de diciembre, el duque de Alba admitió esta vez que era accionista de Liebre Mecánica y de Stadium Metropolitano, y que las cinco mil pesetas entregadas fueron para comprar acciones de Liebre Mecánica. Añadió que, tras otorgarse las concesiones, compró otras cinco mil pesetas en acciones, y que al transferirse el negocio de Liebre Mecánica a Stadium Metropolitano había canjeado todos sus títulos de Liebre Mecánica por los de aquella compañía, los cuales aún conservaba.
Y dijo aún más: que autorizó a Villabrágima a constituir el club y a nombrarle a él mismo miembro de su Comité, reconociendo su amistad con Alfonso XIII, el ministro Matos, el general Mola, el propio Villabrágima y el resto de los acusados. Por último, ratificó su duplicidad de cargos: el de ministro de la Corona y el de miembro del Comité del Club Deportivo Galguero.
A la vista de las pruebas y declaraciones, los querellantes pidieron al juez que hiciese recaer sobre el duque de Alba todo el peso de la ley: «Este acusado se halla, pues, convicto y confeso, es totalmente culpable y le alcanza una responsabilidad absoluta en los delitos de asociación ilícita, juego prohibido, estafa, malversación y falsedad, con una característica específica: la de hallarse incurso, como ministro de la Corona, por sus actos en el desempeño de tal cargo, en relación con los hechos criminosos, en el delito de prevaricación, sancionado en el artículo 364 del Código Penal vigente».
En el vértice superior de esta pirámide presuntamente delictiva se hallaba el mismísimo rey Alfonso XIII. Pese a que el juez exhortó al monarca, por vía diplomática, para que declarase ante el Tribunal del Sena, en París, el regio imputado no compareció ni dio señales de vida.
A raíz de su desacato, los querellantes consideraban que Alfonso XIII
«ha de ser procesado en mérito de las pruebas indiciarias y directas que contra él han surgido en la causa, probatorias hasta la saciedad de las responsabilidades criminales en que incurrió».
A su juicio, las pruebas de su implicación en los delitos denunciados eran aplastantes. En primer lugar, Alfonso XIII había sido accionista fundador del Stadium Metropolitano y tenía intereses económicos en esta compañía.
El certificado intervenido por el Juzgado en las oficinas de Stadium era muy elocuente, y decía así:
Intendencia General de la Real Casa y Patrimonio. — Don Manuel Hurtado del Valle, cajero de la Intendencia General de la Real Casa y Patrimonio, CERTIFICO: Que en la Caja de esta Intendencia existen depositadas 100 acciones, números 2413 a 48 y 2498 a 522, y 10 cédulas de fundador, números 231 a 240, de la S. A. Stadium Metropolitano, emisión de 10 de julio de 1922, pertenecientes a S. M. el Rey D. Alfonso de Borbón y Austria [las cursivas son del autor], y para que conste, firmo la presente en Palacio, a 17 de marzo de 1927. Manuel Hurtado. — Hay un sello que dice: «Intendencia General de la Real Casa y Patrimonio. — Caja».
Este certificado guardaba relación con la siguiente carta:
Metropolitano Alfonso XIII, Pi y Margall número 7. — 20 de marzo de 1926. — Señor D. Luis Rico. — Muy señor nuestro: Adjunto tenemos el honor de enviar a usted un certificado de la Intendencia General de la Real Casa y Patrimonio de 100 acciones, números 2498 a 522 y 2413 a 48;
10 cédulas de fundador, números 231 a 240, de la S. A. Stadium Metropolitano, emisión de 10 de julio de 1922, propiedad de S. M. el Rey [las cursivas son del autor], a quien representará en la primera Junta nuestro consejero don Carlos de Mendoza. — El secretario de la Dirección, V. Sáez.
No era extraño así que los querellantes concluyeran que «la actuación de don Carlos de Mendoza es, pues, la de don Alfonso de Borbón».
De este modo, aseguraban que Alfonso XIII, actuando a través de Carlos de Mendoza y de acuerdo con el duque de Alba, Villabrágima, Velayos y Otamendi, propuso a Stadium Metropolitano el negocio ilegal de las apuestas mutuas el 7 de diciembre de 1926. La alusión al rey era tan directa que, recordemos, en el libro de actas de la compañía había quedado consignado lo siguiente: «La especial índole del asunto y las personas que en él median. [las cursivas son del autor]».
En definitiva, que Alfonso XIII, según los querellantes, valiéndose de Carlos de Mendoza y de acuerdo con los otros acusados, elaboró el plan de maquinación para el negocio fraudulento, que culminó con el acta de Stadium Metropolitano del 28 de julio de 1927. Además, intervino a su juicio en la formación de los dos instrumentos para el engaño, el Club Deportivo Galguero y Liebre Mecánica, contactando en Londres con el señor Munn y los agentes de la I. G. R. A., en unión del duque de Alba, Villabrágima y Velayos.
La implicación de Carlos de Mendoza y, por ende, del rey se hacía también patente en el acta de Stadium Metropolitano del 3 de enero de 1928, en la que se afirmaba: «Entre tanto, el Stadium seguirá prestando al negocio la máxima atención, hasta su organización completa y definitiva, siendo de especial importancia la concesión de las apuestas, el Consejo acuerda rogar al señor Mendoza que gestione tal petición cerca del duque de Alba».
Por si fuera poco, en el libro de actas de Stadium Metropolitano figuraba don Alfonso de Borbón compareciendo en todas las Juntas de accionistas, representado por Carlos de Mendoza, desde 1926 hasta abril de 1931, cuando se proclamó la República y el monarca tuvo que exiliarse de España con su familia.
También estuvo representado el rey en las asambleas de accionistas de Liebre Mecánica, sociedad de la que poseía cuarenta acciones a través de su testaferro Mendoza.
Parece evidente, por tanto, que Alfonso XIII conocía el negocio ilegal que se estaba maquinando. Y no solo eso: según los querellantes, «existe, pues, la ocultación del delito por parte de don Alfonso de Borbón y, a su vez, la intervención en la malversación, ya que, como accionista de Liebre
Mecánica y de Stadium absorbió, con perfecto conocimiento del fraude que realizaba, el producto de las concesiones benéficas y filantrópicas por medio de sus acciones».
La acusación de los querellantes se extendía al delito de prevaricación, dado que este «ejercía en dicho Gabinete, que tuvo el carácter de dictadura, una decisiva influencia, ya directa, ya a través del duque de Alba, que era ministro».
Además, los querellantes subrayaban que, «al poner en práctica los acusados la maquinación urdida durante los cuatro años anteriores, es innegable que don Alfonso aprovechó su cargo de jefe del Estado para obtener las concesiones y ocultó a su Consejo de Ministros el engaño que encerraba la petición de concesiones de carreras y apuestas, y que para esto fue una garantía de licitud falaz el saber que el ex rey mediaba en el asunto».
Finalmente, el 6 de diciembre de 1933, el magistrado Mariano Luján, titular del Juzgado de Instrucción número 10 de Madrid, elevó su informe definitivo al Tribunal Supremo, que previamente había delegado en él la instrucción del caso. El informe del magistrado se reproduce íntegramente en el Anexo n.º 6.
Tras practicar innumerables diligencias, el juez consideró probadas la mayor parte de las acusaciones formuladas por Enrique Zimmermann en su querella, al mismo tiempo que implicó también en los hechos al rey Alfonso XIII y al duque de Alba.
Durante la instrucción del caso, y al figurar como querellado el duque de Alba, que fue ministro de la Corona cuando se perpetraron parte de los hechos, se suscitó la posible competencia en el caso del Tribunal de Garantías Constitucionales.
En esta discusión competencial sobre si correspondía al Tribunal Supremo o al de Garantías Constitucionales procesar a los imputados (providencia del 20 de enero de 1934) se consumió un tiempo precioso.
Busqué afanosamente en la colección de sentencias dictadas por el Tribunal Supremo desde enero de 1934 hasta poco antes del estallido de la Guerra Civil, pero no hallé ninguna sobre el caso que nos ocupa.
Ignoro si los convulsos sucesos de octubre de 1934 y la inestabilidad política anterior a la sublevación militar de julio de 1936 pudieron aplazar sine die o no la resolución del procedimiento. Desde luego, no es descartable que así sucediese. Sin duda, la contienda civil y la
consiguiente instauración del régimen franquista imposibilitaron con toda seguridad la publicación de una sentencia judicial sobre el intrincado asunto de los galgos.
No en vano Franco, que devolvió a Alfonso XIII todos sus bienes en España tras alzarse victorioso en la Guerra Civil, no iba a permitir en principio que se condenase al monarca, que había sido además su padrino de boda, por semejantes delitos. Ni tampoco al amigo y socio del ex rey, el duque de Alba, que desde el primer momento del Alzamiento militar se puso de parte del bando nacional, intermediando incluso desde Londres para salvar la vida de José Antonio.
Además, Jacobo Alba cedió a Franco su palacio salmantino de Monterrey para que instalase allí un gabinete de prensa a cuyo frente se situó Luis Antonio Bolín, antiguo corresponsal del diario ABC. Precisamente Bolín, en su libro España, los años decisivos, aseguraba que el duque estaba perfectamente al corriente de los planes subversivos contra la República, y que incluso llegó a decir, en el hotel Claridge de Londres:
«Esta vez no podemos fallar».
El 12 de septiembre de 1936, el duque Jacobo fue testigo del violento enfrentamiento dialéctico entre Miguel de Unamuno y el general Millán Astray, acaecido en el salón de actos de la Universidad de Salamanca, donde el filósofo y escritor llegó a insultar al militar, increpándole:
«España, sin contar las Vascongadas y Cataluña, sería tan inútil como un cuerpo manco y tuerto», en clara alusión a las mutilaciones de guerra sufridas por Millán Astray.
Tres años antes, el 10 de febrero de 1933, José Antonio había conversado precisamente sobre España con Unamuno en presencia de sus camaradas Rafael Sánchez Mazas y Francisco Bravo.
El diálogo, celebrado también en Salamanca, discurrió en parte así:
—Yo quería conocerle, don Miguel —explicó José Antonio—, porque admiro su obra literaria y sobre todo su pasión castiza por España, que no ha olvidado usted ni aun en su labor política de las Constituyentes. Su defensa de la unidad de la Patria frente a todo separatismo nos conmueve a los hombres de nuestra generación.
—Eso siempre —asintió, tajante, el filósofo—. Los separatismos solo son resentimientos aldeanos. Hay que ver, por ejemplo, qué gentes enviaron a las Cortes. Aquel pobre Sabino Arana que yo conocí era un
tontiloco. Macià también lo era, acaso todavía más por ser menos discreto… Confío en que ustedes tengan, sobre todo, respeto a la dignidad del hombre. El hombre es lo que importa; después lo demás: la sociedad, el Estado. Lo que he leído de usted, José Antonio, no está mal, porque subraya eso del respeto a la dignidad humana.
—Estamos necesitados, don Miguel, de una fe indestructible en España y en el español.
—¡España! ¡España!… —exclamó Unamuno—. Muchas veces he pensado que he sido injusto en mis cosas; que combatí sañudamente a quienes estaban enfrente; acaso quizá a su padre. Pero siempre lo hice porque me dolía España, porque la quería más y mejor que muchos que decían servirla sin emplearse en criticar sus defectos.
Aquel día Unamuno, como recordaba Pilar Primo de Rivera, asistió al mitin de José Antonio en Salamanca y almorzó luego con ellos.
Cuando el pensador falleció tres años después, el 31 de diciembre de 1936, fue la Falange, con Víctor de la Serna, la que recogió su cadáver y le dio sepultura.
Volviendo al duque de Alba, su identificación con el régimen de Franco se hizo evidente incluso ya antes de estallar la Guerra Civil, como hemos visto, y durante el transcurso de la contienda, al hacerse cargo de la representación oficiosa de la España de Franco en Londres.
Alba deseaba que la monarquía fuese restaurada cuanto antes; además, su propio hermano había sido asesinado por los «rojos», que se apropiaron de todos sus bienes.
Tras el reconocimiento de la España nacional por el Reino Unido, se convirtió en el embajador del régimen de Franco hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, guardando fidelidad al Caudillo una vez convencido de que Alfonso XIII difícilmente volvería a reinar.
En junio de 1937 acudió a casa de los marqueses de Londonderry, donde tuvo oportunidad de desmentir al rey Jorge VI los presuntos fusilamientos de ciudadanos británicos a manos de las tropas nacionales.
En enero del año siguiente, organizó una misa en memoria de los caídos, en la iglesia de Santiago de los Españoles, a la que asistieron la infanta María Cristina de Borbón y Battenberg y diplomáticos portugueses, alemanes e italianos.
Alba fue así la imagen fiel del Caudillo en el Reino Unido.
¿Cómo iba este a resucitar, años después, los viejos fantasmas del duque con la Justicia?
Cáscara muerta
De haber vivido vuestro padre, no hubiera pasado esto.
VICTORIA EUGENIA DE BATTENBERG
Pilar sí quiso dejar muy claro, en sus memorias, que su presencia y la de su hermano Miguel en la estación de ferrocarril de El Escorial para despedir a la reina Victoria Eugenia —Ena, como se la conocía en la intimidad— y a sus hijos camino del exilio, en abril de 1931, no obedeció precisamente a su simpatía por el monarca destronado.
Tampoco José Antonio ni Carmen, que acudieron antes que ellos a Galapagar para despedirse también, lo hicieron por gratitud a Alfonso XIII, sino «porque la reina siempre se portó bien con mi padre, lo que no podíamos decir del rey», advertía Pilar.
El mismo Franco, en unas notas manuscritas para uso personal custodiadas hoy en la Fundación Nacional que lleva su nombre, deslizó estas atinadas palabras: «Ingratitud de la Monarquía con el general Primo de Rivera, que con tanta eficacia la había servido durante siete años».
Se contó repetidas veces que Alfonso XIII, proclamada la República, a varios asistentes que recibió en Roma y que se atrevieron a formularle alguna defensa del marqués de Estella, les endilgó la siguiente contestación: «Sí, sí, la Dictadura hizo dos cosas importantes en España: los firmes especiales (carreteras) y la República».
La propia Ana María de Azpillaga me comenta otro hecho significativo: «El día en que don Miguel cumplió los sesenta, el rey le envió un telegrama de felicitación, pero la reina Victoria Eugenia le llamó por teléfono; ella siempre confió en el dictador, a diferencia de la reina María Cristina».
Entristecida y enojada, Victoria Eugenia les dijo a los hijos del general, rumbo al destierro: «De haber vivido vuestro padre, no hubiera pasado
esto».
Pilar conservaba, entre sus papeles privados, un billete de puño y letra de Victoria Eugenia de Battenberg con motivo del octogésimo cumpleaños de la reina, en octubre de 1967.
Datado en su palacete suizo de Vieille Fontaine, en Lausana, la soberana correspondía así a la afectuosa carta de la directora de la Sección Femenina:
Querida Pilar: Agradecidísima a tu carta de felicitación. Ya sabes el cariño y estima que tenía por tu padre, que para qué murió demasiado pronto. Te saludo muy afectuosamente, Victoria Eugenia.
Sin ser monárquica, como tampoco lo fue José Antonio, Pilar mantuvo siempre una relación cordial con la Familia Real española, fundada en el cariño a la reina Victoria Eugenia; relación extensible primero a su hijo don Juan y a la esposa de este, María de las Mercedes, a quienes distinguió con un obsequio en sus bodas de plata celebradas en noviembre de 1961; y más tarde, al príncipe Juan Carlos, que el 7 de junio de 1955 agradeció a Pilar en una carta su visita al castillo de la Mota, en Medina del Campo (Valladolid), cedido por Franco a la Sección Femenina al término de la Guerra Civil:
Volví encantado de mi excursión. Lo pasé divinamente en el castillo, y tanto los bailes como la preciosa oración me emocionaron mucho. Muchas gracias y sabes que deseo siempre ser tu muy afectísimo, Juan Carlos.
Y por último, con el nieto predilecto de la reina, Alfonso de Borbón Dampierre, duque de Cádiz, invitado también al castillo en julio de 1965 junto con su hermano Gonzalo, tras lo cual escribió él también, agradecido, a Pilar:
Ha sido una visita gratísima a uno de los eslabones principales de esa gran obra que ha realizado y que España tanto necesitaba.
Al mismo tiempo quiero agradecerle las publicaciones que nos ha enviado, y en especial modo, las obras completas de ese gran político y gran español que fue su hermano José Antonio y al que tengo una gran admiración. Con mucho afecto y cariño, Alfonso de Borbón.
El 6 de enero de 1960, Franco había otorgado a Pilar el título nobiliario de condesa del Castillo de la Mota. En dicha concesión, como advertía Laureano López Rodó en sus memorias, pudo haber influido esto mismo:
«El deseo de contrarrestar con esta muestra de aprecio a Pilar Primo de Rivera el disgusto que ella había manifestado por no haber mencionado el nombre de José Antonio en su discurso ante las Cortes sobre la Ley de Principios Fundamentales de 17 de mayo de 1958, ni haber aludido siquiera a los 27 puntos de la Falange».
En esta antigua fortaleza medieval de la Mota, vinculada a la reina Isabel la Católica, se había instalado la Escuela de Mandos de la Sección Femenina tras la donación efectuada por la duquesa de Alba y su posterior restauración.
Retomemos de nuevo los tiempos de la incipiente República.
Derribada la monarquía que, en palabras de José Antonio, «se quedó sin sustancia y se desprendió como cáscara muerta el 14 de abril de 1931», la última noche en palacio fue una horrible pesadilla.
Hasta las galerías y estancias llegaban, desde la plaza de Oriente, los bramidos de una muchedumbre enfervorizada que exigía la muerte de los Borbones y saludaba con efusión a la República.
La agónica monarquía contaba tan solo con medio centenar de hombres dispuestos a defenderla, la mitad de los cuales se disponía en una sección de Húsares de Pavía, alineada en el gran patio de palacio, mientras la otra se integraba en un zaguanete de Alabarderos que vigilaba las habitaciones.
Frente a ellos se oponía una marea desbordada de energúmenos, adornados con lazos rojos y republicanos, y gorros frigios, que se acercaban peligrosamente a la fachada profiriendo amenazas e insultos.
Varios hombres treparon por los resaltes de los pilares y alcanzaron el balcón principal. Izaron la bandera republicana, amarrándola a la barandilla, para luego descender entre el estruendo de la multitud.
En el interior de palacio, el pánico y la inquietud se adueñaron del príncipe y de los infantes, «huérfanos» de padre en aquellos momentos angustiosos.
Horas antes, Alfonso XIII había abandonado el palacio solo y con nocturnidad, rumbo al exilio.
Hubo quienes censuraron muchos años después, con dureza implacable, la decisión del monarca; entre ellos, el que sería ministro de la Corona con el nieto de Alfonso XIII, Ricardo de la Cierva, quien recordaba haber escuchado «muchas críticas de amigos de casa contra el rey por haberles dejado solos esa noche en palacio». Como si quisiera dar a entender que quien calla, otorga, De la Cierva añadía que su abuelo, Juan de la Cierva y Peñafiel, «no decía, al oír esas críticas, una sola palabra».
Incluso el insigne novelista Pío Baroja criticaba al monarca por haber puesto cobardemente, a su juicio, pies en polvorosa dejando desamparada a su familia: «Recuerdo —escribía el autor de Zalacaín, el aventurero— la tarde de la revolución del año 31 en esta plaza [la de Oriente]. La reina Victoria Eugenia estaba en palacio, sola con sus hijos, sin defensores, rodeada de una turba curiosa que podía convertirse en inquieta y amenazadora. Todos los fieles la habían abandonado, comenzando por su marido. ¡Qué miseria!».
La reina resultó presa del pánico. Traumatizada en gran medida por el horrible final de su prima, la emperatriz Alejandra Fiodorovna, ocurrido trece años atrás, tenía visiones en las que se veía arrastrada con sus hijos hasta un destino similar al de sus primos rusos, durante la revolución bolchevique.
Tanto Victoria Eugenia, como sus hijos, temieron entonces que el pueblo encolerizado rompiese las puertas y asaltase las ventanas durante su última noche en palacio. El jefe de las exiguas fuerzas leales no quiso desplegarlas ante la muchedumbre por temor a que pareciese una provocación. Se telefoneó al Ministerio de la Gobernación, donde ya ejercía Miguel Maura. Este envió refuerzos: los llamados «guardias cívicos». Eran individuos vestidos con trajes modestos, en su mayoría obreros, que lucían como distintivo una faja roja en el brazo izquierdo.
Tras disolver a los manifestantes, algunos de esos guardias penetraron en palacio y procedieron a requisar todas las habitaciones, incluida la del príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón y Battenberg, quien, postrado en el lecho por culpa de la hemofilia que padecía, pudo escuchar la voz firme del oficial de guardia: «Estas son las habitaciones de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias, que está gravemente enfermo. Pueden ustedes recorrer todo el alcázar, pero aquí no entrará nadie».
Ante la resistencia de los invasores, el militar tuvo que intervenir de nuevo: «Si intentan ustedes si quiera dar un paso, yo, bajo mi responsabilidad, formo la guardia y todos nos atendremos a las consecuencias. ¡Estoy decidido a llegar hasta lo último!».
La noche fue insomne en palacio.
Como las arañas de cristal estuvieron siempre encendidas, los canarios de los infantes no dejaron de cantar en toda la velada.
Por primera vez, la reina Victoria Eugenia se instaló en el cuarto de estar de las infantas. María Cristina, la pequeña, tenía miedo y su madre permaneció con ella, mientras Beatriz no se movió de la habitación de arriba.
A las cinco de la madrugada, una de las damas avisó a Victoria Eugenia de que un amigo del rey, Joaquín Santos Suárez, deseaba verla con urgencia.
La reina se puso la bata y salió a la estancia contigua. «Estamos en revolución», indicó, alarmado, el visitante. Luego, aconsejó a la reina que saliese de palacio con sus hijos por la «puerta incógnita» y que desde allí tomase la carretera para coger el tren en El Escorial, insistiendo en que, si no obraba así, sus vidas correrían serio peligro.
A las siete de la mañana, el capellán Urriza celebró misa en palacio, ayudado por el infante don Gonzalo.
El aspecto que ofrecía entonces la plaza de Oriente era desolador. Vendedores de periódicos vociferaban los titulares de portada irrespetuosos con el rey.
«¡No se ha marchao, que le hemos echao!», gritaba el gentío tras la salida de Alfonso XIII. Y el periódico El Socialista, fundado por Pablo Iglesias, titulaba el 15 de abril en su primera página: «¡Viva España con honra y sin Borbones!».
Coches y camiones, con banderas republicanas y pancartas, transitaban sin cesar repletos de mujeres y hombres trastornados. La verja del Campo del Moro aparecía cubierta por un enjambre humano.
Llegó el agrio turno de las despedidas. Los criados de palacio dieron el último adiós a la Familia Real, entre lágrimas y gestos emocionados. Doncellas, amas de llave, ayudas de cámara… El príncipe de Asturias correspondió a su criado personal, Barreno, regalándole un estuche que contenía todos sus ahorros en valores del Estado.
A las ocho de la mañana partió la reina con sus hijos hacia El Escorial en varios coches. Los chauffeurs iban sin librea y con boina.
El príncipe de Asturias, incapaz de moverse por sí solo («más que un ser humano era yo, en aquellas horas, un fardo inútil», se lamentaría luego), fue trasladado hasta el vehículo en brazos del marqués de Orellana y de otros amigos, como su mecánico Paco y su médico Elósegui. Su perro Peluzón saltó al coche detrás del amo.
En un segundo vehículo iba el infante don Gonzalo con sus profesores y, detrás, el infante don Jaime. Cerraba la caravana el automóvil ocupado por la reina y sus dos hijas.
Cruzaron el Campo del Moro hacia la Casa de Campo. Transitaban por una carretera particular, atravesando tierras del Patrimonio Real que ya no eran suyas, hasta salir a la vía principal El Escorial-Madrid, a escasos kilómetros de la estación.
Justo entonces sucedió un hecho extraordinario, ignorado por los biógrafos e historiadores de los reyes; una curiosa anécdota que, setenta y ocho años después, me reveló, como un regalo inesperado, el hematólogo Alfonso Elósegui Grasset, hijo del también hematólogo Carlos Elósegui Sarasola, médico de cabecera y amigo del príncipe de Asturias: «Mi padre se fue con la reina y sus hijos a Galapagar, donde hicieron una breve parada antes de tomar el tren hacia Hendaya; casualmente, la finca donde hicieron el alto, aquella en la que aparecen retratados todos junto a la célebre piedra [José Antonio y Carmen, entre otros], fue adquirida luego por mi padre, tras cuya muerte mi madre no tuvo más remedio que vender.
»La reina llevaba un maletín con todas sus valiosas joyas. Tenía miedo de que en la frontera, al llegar a Hendaya, pudieran robárselas. Por eso, cuando el tren paró en Tolosa, doña Victoria Eugenia entregó el maletín a mi padre para que se lo diese a su vez a mi tío Juan, quien lo llevó en coche hasta Hendaya, donde se lo devolvió a la reina. Fue así como la reina pudo poner a salvo todas sus valiosas alhajas. Se daba la circunstancia de que mi padre había nacido en Tolosa, localidad regida entonces por mi abuelo, en calidad de alcalde».
Años después, la reina Victoria Eugenia confesaría a Gregorio Marañón Moya y a su mujer, María Caro, durante un almuerzo en el exilio de Lausana: «De quien siempre le previne a Alfonso fue de Romanones. Pero a Alfonso le era cómodo y le hacía gracia. Ya en el destierro me dijo un día Alfonso, en París, que cuánta razón tenía yo, y que no se podía uno
fiar de ningún Figueroa. “Me ha hecho mucho daño”, me dijo Alfonso. Fue Romanones el que se negó a que fuera La Cierva el ministro de la Gobernación del último gobierno. Impuso al “tonto” de Hoyos. Si llega a estar La Cierva, no hay 14 de abril. Yo no olvidaré nunca que la noche aquella trágica, Álvaro de Figueroa, Grande de España, quiso invadir el Alcázar con la plebe… La Cierva y Mola hubieran podido impedir la República».
Ena recordaba, en efecto, la noche del 13 de abril en que su hijo Jaime se llevó un sobresalto mientras jugaba en su cuarto con una de sus escopetas.
El infante oyó entonces gritos al otro lado del balcón, situado a unos cinco metros de la calle. Se asomó y vio acercarse a la Puerta del Príncipe un coche descubierto, en cuyo interior reconoció a un hijo del conde de Romanones. Agitaba una extraña bandera roja colocada en un palo de golf y vociferaba como un energúmeno: «¡Que se vaya la Familia Real! ¡No la necesitamos para nada!».
La soberana tenía también razón, pues la tarde del día 14, durante la celebración del último Consejo de Ministros del reinado de Alfonso XIII, el ministro Juan de la Cierva había sido la rara avis que se opuso con todas sus fuerzas a que el monarca abandonase España sin oponer resistencia; curiosamente era esta la mejor solución que defendía el conde de Romanones: huir sin plantar cara.
A propósito de Romanones, era ya conocida por algunos la anécdota verídica, según la cual cierto atardecer veraniego, hallándose en San Sebastián, don Alfonso XIII jugó un partido de tenis de dobles; el aristócrata que formaba pareja con él era un experto en la raqueta y en un momento de la reñida competición, le indicó al rey: «Más a la izquierda, Majestad; un poco más a la izquierda».
El monarca acató la orden y exclamó, mientras recogía la pelota: «¿Tú también? ¡Pero si es eso, exactamente, lo que con machaconería y a diario me recomienda Romanones!».
La restauración de los Borbones de España, tras el pronunciamiento militar del general Arsenio Martínez Campos en Sagunto, en 1874, se extinguió de nuevo casi sesenta años después.
De nada sirvieron los consejos de De la Cierva, pues el rey terminó acatando la orden de expulsión de Niceto Alcalá Zamora, jefe del Comité Revolucionario, que exigía su marcha «antes de la puesta del sol».
Aquella tarde, víspera de la salida de Madrid de la reina y de sus hijos, De la Cierva apeló con duras palabras al deber que tenían los ministros de defender con uñas y dientes la monarquía tras su juramento. Pero el conde de Romanones, en nombre de la mayoría, insistió una y otra vez en que la mejor solución era que el rey abandonase España, plegándose a la orden terminante de los revolucionarios.
La tensión generó una fuerte discusión, durante la cual De la Cierva, enardecido, espetó al rey: «Pues yo me basto y me sobro para organizar un gobierno que haga frente a la revolución. Señor: aquí habría que mirar los calzoncillos de estos señores».
El rey zanjó la disputa, alegando con aparente calma: «Yo no quiero resistir. Por mí no se verterá una sola gota de sangre. Si el bien de España exige que me vaya, lo haré sin vacilaciones».
De la Cierva no se dio por vencido, mientras el rey callaba.
Irrumpió entonces en el Salón del Consejo de palacio un ayudante del monarca, que enseguida se dirigió a Romanones: «Señor conde, el señor Alcalá Zamora acaba de anunciar que, si antes de las siete de la tarde no se entrega el poder a la República, no responde de nada de lo que ha ofrecido».
Sin dar crédito a lo que acababa de escuchar, De la Cierva intervino, indignado: «¿Cómo? ¿Es que se ha pactado la entrega de la monarquía y el advenimiento pacífico de la república?».
Y Romanones atajó: «Sí. He tenido con Alcalá Zamora una entrevista, y para salvar la vida del rey y de la Familia Real se ha convenido entregar el poder esta tarde, y el rey saldrá inmediatamente para el extranjero».
Alfonso XIII impuso silencio de nuevo; luego, tratando de disimular los nervios, se dispuso a leer en voz alta el manifiesto de despedida a España, en el que expresaba su firme deseo de no «lanzar a un compatriota contra otro en fratricida Guerra Civil».
Pero Alfonso XIII se equivocó, pues la guerra que pretendía evitar a costa de la institución monárquica, estallaría sin remedio cinco años después.
Con razón Miguel Maura, miembro del Gobierno provisional republicano, celebró la inesperada dádiva con la que les había obsequiado el monarca: «Nos regalaron el poder, que nosotros no hicimos sino recoger en nuestras manos».
El propio almirante Aznar reconoció a los periodistas el súbito cambio de régimen: «¿Crisis? ¿Qué más crisis quieren ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se despierta republicano?».
Incluso el general Franco confesaría años después al nieto mayor de Alfonso XIII, Alfonso de Borbón Dampierre: «La decisión de su abuelo, prefiriendo abandonar el trono, el honor, fue lamentable. Desde el punto de vista militar que yo defiendo, creo que se equivocó: la sangre de los españoles corrió mucho más cinco años después, con la Guerra Civil que costó al país un millón de muertos [Franco, como Gironella, exageraba algo con semejante balance de víctimas]».
Al año de la muerte del general Primo de Rivera, los montaraces embistes contra su persona inspiraron a su hijo José Antonio la publicación en ABC de su célebre artículo «La hora de los enanos»: «Aquí están los políticos a quienes nadie desconoce […] Casi ninguno sirvió para nada […] Aquí están los ridículos intelectuales, henchidos de pedantería […] Los enanos han podido más que el gigante».
Pero de haber vivido el «gigante», tal y como la reina Victoria Eugenia advirtió a los hijos del dictador, la monarquía no habría fenecido tan fácilmente.
Los caídos
La Falange decidió hacer justicia por su mano. Pistolas que se encasquillaban, guardias y policías por todas las esquinas…
PILAR PRIMO DE RIVERA
La «consagración» de Pilar a la memoria de su hermano José Antonio prendió en su alma política la mañana del 29 de octubre de 1933, con casi veintiséis años, en el teatro madrileño de la Comedia, en la calle del Príncipe.
Su propietario cedió gratuitamente aquel día el local para celebrar un acto político de reafirmación nacional presidido por Narciso Martínez Cabezas, en el que intervinieron Alfonso García Valdecasas, Julio Ruiz de Alda y José Antonio Primo de Rivera, por este orden.
Pero Pilar y las otras cuatro jóvenes que la acompañaban (su hermana Carmen y sus primas Inés y Dolores, junto a una amiga de la infancia, Luisa María de Aramburu), rodeadas de los casi tres millares de hombres que abarrotaban el aforo, quedaron encandiladas con el destellante discurso de José Antonio.
Parafraseando el vigésimo verso del Poema del Cid, «¡Dios, qué buen vasallo si oviera buen señor!», el hermano de Pilar añadió, ovacionado por una salva atronadora de aplausos: «Eso venimos a encontrar nosotros en el movimiento que empieza en este día: ese legítimo señor de España; pero un señor como el de San Francisco de Borja, un señor que no se nos muera. Y para que no se nos muera ha de ser un señor que no sea al propio tiempo esclavo de un interés de grupo ni de un interés de clase».
El luminoso colofón del orador encendió ya para siempre el ánimo de Pilar: «Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la
noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros, fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya sentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas».
No en vano ella misma recordaba, al cabo de medio siglo: «En el mismo momento en que habló José Antonio yo quedé decidida a entregarme a la Falange con todas mis fuerzas».
Cuando el 2 de noviembre de 1933 se fundó Falange Española, Pilar y sus cuatro acompañantes intentaron afiliarse al partido, pero fueron rechazadas: José Antonio no concebía entonces la participación de mujeres en un grupo formado para librar una lucha tensa y arriesgada.
Como alternativa, se les ofreció ingresar en el Sindicato Español Universitario (SEU), donde figuraban ya como estudiantes Justina Rodríguez de Viguri y Mercedes Fórmica.
No fue hasta junio de 1934 cuando se creó, todavía dentro del SEU, una sección de mujeres para realizar labores de propaganda menos peligrosas que las de los hombres, atender a los detenidos de Falange proporcionándoles alimentos o tabaco, asistir a las familias de los caídos y recaudar dinero.
De ese modo tan sencillo nació la Sección Femenina, que no
«feminista», como instrumento al servicio de una doctrina social basada en la dignificación de la mujer no solo en cuanto ser humano con los mismos derechos exactamente que el varón, sino también en cuanto portadora de valores específicamente «femeninos».
Pilar encarnó con toda fidelidad, como jefe nacional de la Sección Femenina, el significado del discurso pronunciado por su hermano mayor el 28 de abril de 1935, en Don Benito (Badajoz):
La galantería —dijo entonces José Antonio, ante una treintena de muchachas— no era otra cosa que una estafa para la mujer. Se la sobornaba con unos cuantos piropos, para arrinconarla en una privación de todas las consideraciones serias. Se la distraía con un jarabe de palabras, se la cultivaba una supuesta estúpida, para relegarla a un papel frívolo y decorativo. Nosotros sabemos hasta dónde cala la misión entrañable de la mujer, y nos guardaremos muy bien de tratarla nunca como tonta destinataria de piropos.
Tampoco somos feministas. No entendemos que la manera de respetar a la mujer consista en sustraerla a su magnífico destino y entregarla a
funciones varoniles. A mí siempre me ha dado tristeza ver a la mujer en ejercicios de hombre, toda afanada y desquiciada en una rivalidad donde lleva —entre la morbosa complacencia de los competidores masculinos— todas las de perder. El verdadero feminismo no debiera consistir en querer para las mujeres las funciones que hoy se estiman superiores, sino en rodear cada vez de mayor dignidad humana y social a las funciones femeninas… Ved, mujeres, cómo hemos hecho virtud capital de una virtud, la abnegación, que es sobre todo vuestra. Ojalá lleguemos en ella a tanta altura, ojalá lleguemos a ser en esto tan femeninos, que algún día podáis de veras considerarnos ¡hombres!
Lo femenino no excluía de ningún modo la reciedumbre para asumir cada una de las contrariedades de la vida, ni el valor, llegado el caso, para arriesgarla.
Creo oportuno ofrecer ahora al lector otro de los pasajes inéditos de las memorias de Pilar, titulado por ella misma «Los caídos», quienes, a fin de cuentas, constituyeron siempre el alimento del espíritu combativo de la Falange y de su Sección Femenina.
Tras encabezar este desconocido texto con los nombres de los muertos
«José Ruiz de la Hermosa, Tomás Polo, Francisco de Paula Sampol y Matías Montero», su autora escribía esta especie de elegía en homenaje y justificación de la lucha:
A vosotros que caísteis los primeros llenos de fe, porque solo por el convencimiento se da la vida. Por eso la Falange es la verdad de España, si no nunca se hubiera derramado vuestra sangre.
Por vosotros y por los cien camaradas que cayeron en los tres primeros años, se hará la Revolución.
Nos manda vuestra sangre que cayó sobre las piedras de las calles de España. Sentimos vuestro espíritu junto con nuestro espíritu. En nuestra marcha vais delante de nosotros. Y vuestra muerte nos dice que sigamos.
Cobardes seríamos si al final no os ofrecemos acabada la Revolución por la que vosotros caísteis los primeros.
Esperad de Dios la paz perdurable, y de nosotros el Yugo y las Flechas como señal de completa victoria.
Salpicado de enmiendas y tachaduras de su mano, además de contener alguna que otra redundancia e incorrección gramatical que hemos respetado, el original reproduce acto seguido la «Oración por los muertos de la Falange» que compuso Rafael Sánchez Mazas y publicó la revista Haz, el 12 de octubre de 1935.
Pilar advierte, entre otras cosas, que «la Falange decidió hacer justicia por su mano», obligada ante la ceguera de las autoridades competentes; y reconoce que sus compañeras de la Sección Femenina debieron «esconder las pistolas disparadas por los camaradas» y acudir a los juicios en calidad de testigos para restar importancia a las acusaciones formuladas contra aquellos. Pilar escribe:
Según se iban dando cuenta de la importancia que adquiría la Falange, la atacaban los enemigos con procedimientos más duros. Por un lado era la falta de asistencia y de calor por parte de las derechas, y por el otro los asesinatos de nuestros camaradas en todos los pueblos de España.
En tres meses, desde el 29 de octubre [de 1933] habían caído ya cuatro camaradas, y el 9 de febrero mataron por la espalda en Madrid a Matías Montero. Había como una especie de dolor y de confianza entre todos los camaradas después de aquel asesinato. «Nos han matado a Matías Montero», era lo que se oía decir por todas partes y aquella afirmación encerraba la voluntad de atacar a nuestros enemigos con las mismas armas con que ellos nos atacaban.
Matías Montero, el estudiante de medicina, cayó por la Revolución. Sabía que lo iban a matar porque se lo habían dicho, pero sabía también que la Falange no podía esconderse ante aquellas amenazas y murió alegremente en acto de servicio, en una mañana llena de sol. Llevaba en el bolsillo un artículo escrito por él para publicarlo en F. E. sobre las Flechas de Isabel y Fernando.
La reacción que produjo esta muerte dentro y fuera de la Falange fue enorme, puede decirse que desde aquel día empezaron a aumentarse las inscripciones en Falange. Casi todos los compañeros de Matías Montero, procedentes como él de la F. U. E., venían a alistarse en nuestras filas.
Y al día siguiente, el entierro. Sostenían el cuerpo de aquel camarada los hombros robustos de seis falangistas, como queriendo dar a entender
que de la misma manera sostendrían la fe en la Falange y en nuestra revolución.
Después del responso, José Antonio, brazo en alto, dijo estas palabras que encierran en sí toda la voluntad de no olvidar por lo que cayeron nuestros muertos: «Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos niegue el descanso hasta que hayamos sabido ganar para España la cosecha que siembra tu muerte».
Después de estos asesinatos cometidos por los marxistas, tenían siempre las represalias preparadas por las milicias de la Falange con todas las dificultades y con todos los riesgos, pero también con todo el valor y toda la serenidad de los convencidos de que el único camino para la redención de la Patria era ese, y de que no podíamos cruzarnos de brazos ni esperar el apoyo de la justicia, porque todos eran sordos y ciegos cuando se trataba de descubrir a los que habían asesinado a nuestros hombres.
Por eso la Falange decidió hacer justicia por su mano. Pistolas que se encasquillaban, guardias y policías por todas las esquinas y sin embargo se hacía siempre justicia contra aquellos marxistas que, escudados en la impunidad, asesinaban a los nacional-sindicalistas.
Y entonces era cuando empezaba el trajín de la Sección Femenina. Siempre dispuestas a esconder pistolas disparadas por los camaradas, dispuestas a buscarles sitio donde se pudieran ocultar los que cumplieron aquel servicio, yendo a los juicios como testigos para quitarles importancia a las acusaciones que se hacían contra los camaradas.
Pero no pasaba inadvertida esta actividad de las mujeres para los enemigos de la Falange. El Mundo Obrero, periódico comunista que salía todas las mañanas indignado por esta actuación de las mujeres nacional- sindicalistas, quería achacar contra toda verdad a ellas las represalias cometidas. «El asesinato de Juanita Rico lo han hecho las mujeres de Falange», decía, lleno de odio, aquel periódico de los marxistas. En primera plana venían retratadas las camaradas de la primera hora a las que se acusaba desde aquel diario, concretamente a mí (incapaz de matar una mosca) de los crímenes más espantosos, para que recayera sobre nosotras todo el odio de las masas (iguales calumnias se vertían en las Cortes).
Pilar aludía así a los sucesos registrados un domingo de junio de 1934, cuando varios miembros de las juventudes socialistas, los llamados
«chíbiris», acudieron a la localidad madrileña de El Pardo para pasar una jornada de esparcimiento.
Pero al encontrarse allí con un grupo de falangistas, decidieron atacarles cuando estos se negaron a entonar con ellos La Internacional; como consecuencia de la refriega, murió asesinado el falangista Juan Cuéllar, de dieciocho años, a quien destrozaron la cabeza con un objeto contundente. La joven modista Juanita Rico fue acusada luego de vejar su cadáver.
Ximénez de Sandoval, basándose en el testimonio de un testigo, describía así la horripilante escena: «Le pisotean, le arrancan el pelo, le machacan el rostro con un cántaro lleno de vinazo que se mezcla con su sangre, le insultan, bailan satánicamente en derredor de su cuerpo, y Juanita Rico orina encima de él».
Todavía los falangistas debían aguantar las macabras burlas de sus enconados adversarios, para los cuales las siglas F. E. no significaban Falange Española, sino Funeraria Española.
Los falangistas prometieron venganza y esa misma tarde, cuando los socialistas regresaban de su excursión, fueron atacados en la calle Eloy Gonzalo, resultando muerta Juanita Rico y herido su hermano Lino, que quedó inválido de por vida.
Mundo Obrero acusó de los hechos a Agustín Aznar, Alfonso Merry del Val, Alberto Ruiz Gallardón… y a Pilar Primo de Rivera. Se repartieron por Madrid carteles con la fotografía de la hermana del líder de Falange, bajo el lema de los pistoleros del Lejano Oeste: Wanted («Se busca», en inglés).
El propio José Antonio, desde la cárcel, ordenó a Pilar: «Vete de casa, porque a ti te matan».
Dolores Ibárruri se afanó luego en vincular a Pilar con «la falange de la sangre», acusándola veladamente en el Congreso de los Diputados, sin pronunciar su nombre, de ser la responsable de numerosos actos terroristas cometidos por la Falange. En aquella sesión parlamentaria del 6 de junio de 1936, Calvo Sotelo salió en defensa de Pilar y poco después fue asesinado.
En recuerdo de las bravas mujeres de Falange, la fundadora de la Sección Femenina proseguía así con su relato:
Pero ellas seguían impávidas, sin arredrarse ante las amenazas porque sabían que aunque cayeran, la muerte era un acto de servicio en la Falange y ya nos habían enseñado cómo se cumplía este servicio, los ocho o diez camaradas que habían caído los primeros.
Después venían los funerales. No había dinero ni para mandar decir unas misas, pero la Sección Femenina se lanzaba otra vez a la calle, y de puerta en puerta recaudaba para que no les faltaran sufragios a las almas de aquellos camaradas. Y aquellas misas que eran seguidas por todos con verdadero recogimiento, tenían un cierto ambiente de catacumba.
También se ocupaban las mujeres de la Falange de procurarles un último decoro a aquellos camaradas que morían, y así en un cementerio de un pueblo de Madrid se puso sobre la tumba de unos de los caídos una lápida de piedra, con el Yugo y las Flechas grabadas a cincel. Será esta quizás la primera piedra de España donde se grabaron el Yugo y las Flechas de nuestra época.
Y acompañaban las falangistas a las familias de los caídos como si fueran de su propia familia, porque así era la hermandad que había entre toda la Falange.
Al lado de estas mujeres no nos parecían nada las dificultades ni las persecuciones con que constantemente tropezaba la Falange.
¿Qué significaba al lado de aquello el que un día detuvieran a dos camaradas de la Sección Femenina en un cementerio de Madrid porque habían acudido vestidas de uniforme a poner flores sobre la tumba de uno de los caídos?
Ni los ataques que la Pasionaria lanzaba contra mí concretamente en el Congreso, ¿ni qué importaba tener que hacer los ficheros a oscuras, porque la compañía se negaba a darnos una luz que no podíamos pagar? La cuestión monetaria, dificultad permanente de la Falange.
Hubo un día, cuando se preparaban las elecciones de febrero de 1936, en que la J. O. N. S. de Madrid recurrió a la Sección Femenina en demanda de dinero para hacer la propaganda electoral. Y la Sección Femenina entregó exactamente 19,50 pesetas como único fondo que poseía. Mientras que el Frente Popular y los cedistas derrochaban millones para hacer ver las ventajas de sus procedimientos y las garantías que ofrecían los nombres de sus candidatos.
Pero el puesto de la Falange no estaba ahí, entre la atmósfera turbia de colegios electorales y de intrigas caciquiles. Ya había dicho José Antonio que nuestro puesto estaba «al aire libre, bajo la noche oscura, arma al brazo y en lo alto las estrellas», y encima de esas estrellas había ya más de veinte camaradas caídos.
Pero así y todo había que ir a las elecciones y fue la Falange, aunque sin ninguna fe en aquellos procedimientos. Las perdió como nadie las había perdido nunca. Todos sus candidatos fueron derrotados en todas partes, y precisamente el día en que se perdieron las elecciones fue cuando España se dio cuenta de que existía un movimiento juvenil y revolucionario que se llamaba Falange Española de las J. O. N. S. y que era el único que podía salvar a España de la avalancha comunista.
Los que se rieron de nosotros ya no se reían, los que nos tuvieron por locos se dieron cuenta entonces de que nuestros hombres sabían morir por la Patria.
Y cuando toda España estaba desolada por la pérdida de las elecciones, solo la Falange hecha milicia como un gigante, como un titán cada vez más grande y más fuerte, cogió las armas y salió a la calle para darle la batalla al Frente Popular en el mismo campo en que ellos la presentaban.
Y se cumplió aquello de la oración por nuestros caídos «de que solo en nuestras filas se moría por España…».
«Camarada Morris»
Debajo de sus asientos se escondieron pistolas, muchas veces hubo que apretarle el acelerador para huir de la policía o de las pedradas de los marxistas.
PILAR PRIMO DE RIVERA
A la historia inédita de la Sección Femenina pertenece este otro capítulo que Pilar tituló «La Propaganda» y en el que, con todo su poder evocador, da cuenta incluso de cómo en mayo de 1936, con José Antonio ya encarcelado, las mujeres de Falange anotaron con su delicada caligrafía y en sobres de diversos colores, las direcciones de los militares sublevados para que el manifiesto de su jefe pudiese llegar, sin levantar sospechas en Correos, a todos los acuartelamientos de la Península, incluidos los de Canarias, Baleares y Marruecos:
Desde el primer momento —advierte la hermana de José Antonio— fue difícil difundir las propagandas nacional-sindicalistas, porque desde el primer momento, y como si todos los gobiernos que se iban sucediendo se hubiesen puesto de acuerdo, las prohibían terminantemente.
Así que, además de la que con repartos públicos de hojillas hacían las milicias de Falange desobedeciendo las órdenes de la Dirección General de Seguridad, las mujeres de la Sección Femenina iban por los cines y por los cafés, por las tiendas y por las calles de las ciudades y pueblos dejando por todas partes la propaganda del Movimiento.
Porque también las mujeres fueron un buen medio para difundir las ideas nacional-sindicalistas, ya que todavía no eran tan sospechosas para la policía como los hombres del Movimiento. Y con esa alegría con que se hacía todo en la Falange se les pidió a las chicas propaganda y sellos para que los repartieran y los pegaran por todas partes.
Los tranvías, el Metro, los faroles, los escaparates de las tiendas, los cafés, las butacas de los cines, todo era bueno para dejar pegado un sello del socorro de presos o para soltar una hoja de propaganda sin que las vieran los guardias, que como en los cuentos de niños, por donde pasaban las mujeres de la Falange quedaba siempre marcado el camino con el signo del Yugo y las Flechas.
Unas veces pintado en las paredes con las barras de los labios, para que quedasen en rojo bien señaladas, otras apareciendo las hojas clandestinas y los sellos de cotización, debajo de los platos de algún bar donde las chicas habían tomado un refresco, o echadas las hojillas como cartas en los buzones de correos para que las leyesen los carteros, y hasta dentro del mismo Ministerio de la Gobernación encontraron un día pegados por las mujeres nacional-sindicalistas los sellos de cotización de la Falange.
Porque era tal el entusiasmo por esta especie de deporte callejero, que las camaradas en vez de reunirse a la salida del trabajo para merendar o para ir al cine como hubieran hecho dos años antes, se citaban en el Centro para salir por parejas a pegar sellos por todas las esquinas o para tirar por encima de las vallas de las casas en construcción las hojas de propaganda, con el fin de que al día siguiente, cuando entraran los obreros a trabajar, pudieran leerlas y se dieran cuenta de que la Falange no era enemiga de ellos como les aseguraban sus dirigentes.
Y de nada servían las amenazas de la policía, ni los continuos registros a domicilio ordenados por la Dirección de Seguridad, para que las camaradas de la Sección Femenina dejasen de guardar en sus casas la propaganda de Falange aunque fuera debajo de una losa, y eran ellas las que escribían los miles de sobres en donde se metían las hojillas que después los camaradas echaban por debajo de todas las puertas para que los españoles conocieran nuestra doctrina.
De esta manera tan trabajosa, hubo que hacer siempre la propaganda de la Revolución Nacional, porque, desde el momento en que José Antonio alzó bandera contra las injusticias de la Patria, fueron prohibidos inmediatamente todos los medios de difusión del nacional-sindicalismo. Pero como nuestros camaradas se dieron cuenta de que lo que se pretendía era que no conociese nuestras consignas el pueblo, acudieron todos con entera decisión para que por cualquier medio llegaran las propagandas a la gente. Y dándose cuenta de que tenía que suplir con el riesgo y el esfuerzo personal la falta de dinero y de apoyo nacional con que tropezó siempre la
Falange, cada una se esforzaba en hacer más propaganda que las demás, porque estaban seguras de que para España no había más salvación que la Revolución que en aquellas hojas se predicaba.
Por eso nuestros enemigos, que lo sabían, se afanaban en hacer callar aquellas propagandas con tiros, con calumnias, con desprecios, encarcelando a nuestros camaradas. Pero nuestra fe y nuestro ímpetu revolucionario eran más fuertes que todas las persecuciones y no nos importaba, como ha dicho José Antonio, dejarnos «la piel y las entrañas en la lucha».
Así, a cada camarada que se iba a su pueblo, se le daba un montón de hojas con los 27 puntos nacional-sindicalistas para que las repartiera entre los vecinos y, si salíamos por carretera, al pasar por cada aldea tirábamos en la plaza la propaganda de la Falange y nos llenábamos de gozo cuando veíamos por la ventana de detrás del automóvil cómo los campesinos se tiraban al suelo para leer aquellas hojas que no les pedían votos, sino que les hablaban de servicio y de sacrificio, y les decían que la Falange «iba a devolver a los españoles los sabores antiguos de la norma y el pan».
Y veíamos también con qué timidez las leían algunas personas, porque todo lo que en aquella propaganda se decía estaba prohibido y ellas no podían exponerse a leer cuartillas que estuviesen fuera de la ley.
Y últimamente, en mayo de 1936, cuando ya José Antonio estaba en la cárcel y dirigió el manifiesto a los militares, fueron las mujeres de la Falange las que se encargaron de escribir en sobres de distintos colores y con sus letras femeninas todas las direcciones para que no sospechasen en Correos que aquellas cartas eran subversivas. Y así llegaron a todos los cuarteles de la Península, de las islas y de Marruecos.
Y el 17 de julio se levantó el Ejército con la Falange en contra de aquel gobierno de Casares Quiroga, que quería hacer de España una colonia rusa.
El primer manifiesto de la Sección Femenina, llamando a las mujeres a la Falange, salió en 1934. Lo escribió José Antonio, y entre toda la Sección Femenina de Madrid reunieron veinte duros para imprimirlo.
Decía así:
«Falange Española de las J. O. N. S. Mujeres españolas.
Falange Española de las J. O. N. S. incorpora nuestra ayuda a su tarea. Reclama nuestro esfuerzo como contribución al duro propósito de hacer una España más grande y más justa: una España con la fe recobrada en sus magníficos destinos y con la vida de todos sus hijos elevada hasta el punto que la dignidad humana exige.
Nuestra misión no está en la dura lucha, pero sí en la predicación, en la divulgación y en el ejemplo. Y además en alentar al hombre con la seguridad de que lo entendemos y compartimos sus inquietudes.
Nosotras, mujeres españolas, no solo padecemos los males que a España entera alcanzan, sino que somos heridas directamente por efectos que a nosotras especialmente toca sufrir: asistimos al espectáculo de las angustias internas de las casas, acongojadas por los efectos de una economía injusta y absurda, y al fracaso espiritual de tantos hombres que tenemos cerca; padres, hermanos, maridos, hijos, a los que una época sin fe en Dios ni en España, llenó de aridez y desaliento.
Por España, por ellos y por nosotras mismas hemos de imponernos todos los sacrificios para recobrar el ímpetu, la justicia y la alegría de España. Por duros que sean los trabajos, valdrá más el precio de alcanzar las horas de una nueva y eterna España, grande, justa y unida.
¡ARRIBA ESPAÑA!
(Madrid, 1934)».
Solo se pudieron hacer veinte mil ejemplares que se repartieron cuidadosamente entre todas las provincias con la consigna de que cada provincia debía reproducirlo para que se multiplicase la propaganda.
Pero el dinero era cosa que en la Falange escaseaba de tal manera, que en la mayoría de las provincias no pudieron ni reunir las cien pesetas para mandar hacer más.
Pobre de presentación por falta de dinero era siempre la propaganda de la Falange. Pero qué cosas decían aquellas hojas escritas por José Antonio, por Rafael, por Raimundo, por Onésimo. Qué carteles aquellos de las elecciones de febrero en que escuetamente se leía sobre un mapa de España: «El 7 de octubre hubo puestos para la Falange». Queriendo recordar la Revolución de Asturias en donde, como dijo José Antonio, todos los puestos de la vanguardia y de la retaguardia fueron para Falange, en donde ya a tres camaradas nuestros se les dio la Laureada y la Medalla Militar por su heroico comportamiento en Asturias y en León contra las masas levantadas en armas por el comunismo.
Queriendo recordar aquella manifestación de Falange que salió por las calles de Madrid, el 7 de octubre de 1934, para levantar el ánimo de los
ciudadanos, cuando todavía las calles de Madrid estaban abatidas por las pistolas de los socialistas.
Pero entonces, en aquellas elecciones, según las derechas «no había sitio para los nombres de los falangistas en las candidaturas».
Además, el F. E., el Arriba y el No Importa, los tres periódicos que publicaba la Falange en Madrid cuando quería el ministro de la Gobernación, que solía ser muy pocas veces, y el Libertad que salía en Valladolid. La venta de estos periódicos costaba todas las semanas una o dos víctimas y, sin embargo, cada semana había más voluntarios para salir a la calle a venderlos.
Cada una de las afiliadas a la Sección Femenina compraba cuatro o cinco números para repartirlos entre las gentes que por miedo o por odio no los leían, porque no había más remedio que dar a conocer a los españoles todas aquellas cosas nuevas que decían nuestros periódicos.
Y las chicas iban en los tranvías y en el Metro con los periódicos extendidos a todo su tamaño, para que el cobrador, el que bajaba o subía, el del asiento de detrás, todos, leyeran las palabras revolucionarias de José Antonio que quizá solo por aquel procedimiento llegarían hasta ellos.
Porque no se le olvidaba a la gente de España que uno de nuestros primeros caídos, Francisco de Paula Sampol, murió asesinado en la calle de Alcalá solo por leer en público el F. E. y, claro, después de aquellos los había tan prudentes que no se atrevían a comprar el semanario de la Falange.
Y así, sin periódicos, porque el del partido estaba siempre suspendido por el Gobierno, y sin calor en la prensa de izquierdas ni de derechas porque intencionadamente silenciaban nuestros mítines y nuestros servicios, se iba haciendo solo con el esfuerzo de los afiliados la propaganda revolucionaria de esta nueva verdad que José Antonio enseñaba a los españoles.
Cada hombre rendía en esfuerzo personal como diez hombres, y cada mujer se esforzaba como diez mujeres, porque nadie, absolutamente nadie ayudó nunca a nuestros camaradas. De esta manera, y con la muerte impasible de nuestros caídos, se iba formando día tras día la Falange, y en España un clima nuevo movido por la fe de la Juventud.
Antes de terminar esta historia quiero dedicar un recuerdo al pequeño automóvil Morris [de cuatro plazas] que nos sirvió para todas nuestras andanzas. El «camarada Morris», como lo llamábamos en la Falange. Él
ha sido testigo y portador de la propaganda que hacíamos por los pueblos. Debajo de sus asientos se escondieron pistolas, muchas veces hubo que apretarle el acelerador para huir de la policía o de las pedradas de los marxistas.
El camino de la cárcel se lo sabía de memoria y él oía las primeras notas del himno cuando íbamos aprendiéndolo por los caminos de España para enseñárselo a las camaradas de provincias. No sé qué suerte habrá corrido, pero lo cierto es que prestó buenos servicios.
Al «camarada Morris» le sustituyó algunas veces el «camarada Buick», como recuerda hoy Ana María de Azpillaga: «Lo más divertido — sonríe ella, durante nuestra entrevista—, aunque Carmen [la hermana de Pilar] se enfadara en ocasiones, era que cogíamos la propaganda de Falange y nos íbamos a repartirla en el Buick de mis padres conducido por Juan, el chófer de la familia, que para colmo era socialista pero nos apreciaba mucho y se portó luego fenomenal con nosotros durante la guerra. Él jamás denunció, por ejemplo, que habíamos recogido a José Antonio más de una vez en la estación de tren. Solíamos ir Lola, Inés, Pilar y yo en el Buick con Juan al volante. Nos llevábamos paquetes enormes de hojas y, coche español que veíamos, coche al que lanzábamos la propaganda, lo cual era bastante peligroso entonces».
Ana María resalta también el compromiso abnegado de Pilar con el servicio a todos y cada uno de sus camaradas: «Cierto día —añade ella—, me telefoneó Pilar para decirme si quería merendar e ir luego juntas al cine. Me pareció un plan estupendo. Vino a recogerme en su Morris y me dijo: “Mira, Ana María, no me he atrevido a decírtelo por teléfono, pero tengo que ir primero a la cárcel porque acaban de ingresar allí a un pobre albañil de Falange”. Era en enero de 1934. Yo le contesté que no se preocupase, que la acompañaba sin ningún problema a la prisión, y que luego iríamos a visitar a los familiares del preso. Fíjese usted si a una chica de dieciséis años, como era yo entonces, le hacía una ilusión tremenda aquello, que estuvimos juntas en la cárcel tan contentas y llevamos luego vituallas a los niños del albañil encarcelado…».
Tras las elecciones
Recuerdo que a casa de Serrano 86 iban constantemente camaradas de provincias para recoger las órdenes circulares de José Antonio que nosotros guardábamos, junto con algunas armas, en un cuartito oculto detrás del piano.
PILAR PRIMO DE RIVERA
Pilar guardaba celosamente en su archivo otro documento personal titulado «Después de las elecciones», en cuyo margen superior ella misma anotó a mano: «Muy reservado».
Antes de reproducirlo, conviene revivir el clima de lucha sangrienta que se respiraba en las calles de España, tras las elecciones de febrero de 1936 que dieron la victoria al Frente Popular, tal y como José Antonio había vaticinado con una lucidez sorprendente la mañana del sábado 15 de junio del año anterior, durante la Junta Política de Falange celebrada en el parador de Gredos: «Yo os digo que en las próximas elecciones el triunfo será de las izquierdas y que Azaña volverá al poder», aseguró con aire mesiánico.
El líder de Falange pronosticó ya entonces «días tremendos». Y por desgracia, tampoco esta vez se equivocó: el 8 de marzo de 1936, cuando todavía no se había cumplido un mes de la muerte de Matías Montero, asesinaron a Ángel Montesinos mientras vendía el periódico F. E. en la madrileña glorieta de Bilbao a la hora del almuerzo; y al cabo de tres días, en la calle Alberto Aguilera, fue abatido a tiros también por una banda izquierdista el estudiante Juan José Olano, del SEU de la Facultad de Derecho, cuyo crimen disparó de inmediato la cadena de venganzas.
De este modo, al día siguiente un grupo de estudiantes falangistas intentó asesinar al catedrático Luis Jiménez de Asúa, uno de los
principales redactores de la Constitución, expedientado y confinado en Chafarinas durante la Dictadura de Primo de Rivera.
En las nuevas Cortes, Jiménez de Asúa era diputado socialista y vicepresidente. Como penalista, había defendido al hijo bastardo del rey Alfonso XII con la cantante de ópera Elena Sanz, llamado Alfonso, igual que el monarca, pero con los dos apellidos de la madre: Sanz y Martínez de Arrizala.
Jiménez de Asúa hizo leña del árbol caído, cargando contra el ya ex rey de España, mientras defendía la paternidad del regio bastardo con estas duras palabras: «De estas hojas forenses —advertía el letrado—, que se escriben sin apasionamiento, pero con emocionada sinceridad, surge la figura de un rey que denunciaba en sus actos la potencia de traición que más tarde había de llevarle al perjurio y al más alto crimen contra su Patria. Estas deslealtades de intimidad eran anuncio de las que luego habría de cometer en la esfera pública. El hijo de Elena Sanz, que ahora demanda justicia en España, supo de las traiciones de Alfonso de Borbón cuando todavía su pueblo no podía sospechar que un rey infiel regía sus destinos».
Para nadie constituía un secreto que José Antonio y Jiménez de Asúa se profesaban una recíproca animadversión.
El líder falangista reprobaba, desde luego, que el penalista hubiese defendido a un indeseable como Largo Caballero, con motivo de la Revolución de Asturias.
Así las cosas, la mañana del 12 de marzo, cuatro falangistas abrieron fuego contra Jiménez de Asúa desde el interior de un vehículo aparcado cerca del portal de su casa, en la madrileña calle Goya.
Advertido por su escolta, el catedrático pudo salvar la vida corriendo agachado y en zigzag hasta ganar la vecina calle de Velázquez y refugiarse en una carbonería; pero no así el policía, Jesús Gisbert, cuya muerte provocó una cascada de represalias: el día del entierro, quemaron dos iglesias y la sede del diario derechista La Nación.
En la misma jornada fueron detenidos catorce falangistas, entre ellos el estudiante Alberto Ortega, uno de los ocupantes del automóvil; los otros tres miembros del grupo huyeron a Francia ayudados por el aviador Juan Antonio Ansaldo.
Previamente, Ansaldo había recibido la visita de Miguel Primo de Rivera en la Peña para pedirle que pusiese a salvo a los tres falangistas
que, acosados por la policía, se veían obligados a cambiar de domicilio a diario.
Ansaldo se entrevistó luego con José Antonio y Ruiz de Alda, encarcelados ya entonces en la cárcel Modelo de Madrid. Tras cruzar los Pirineos en la pequeña avioneta Hornet Moth, que bailaba en el aire como una pluma, entre nubes más bajas que las crestas de las montañas, los falangistas burlaron finalmente a la policía española.
Contextualizado el clima de gran agitación, estamos ya en condiciones de transcribir este otro relato inédito que Pilar debió de redactar en plena Guerra Civil y donde pone al descubierto los entresijos de la Falange en los días posteriores a los comicios generales, que desembocaron en el fracaso del levantamiento militar en Madrid:
Recuerdo que a casa de Serrano 86 [hoy 88; último domicilio de José Antonio en Madrid, donde este residía con sus hermanas solteras Carmen y Pilar, junto a su inseparable tía Ma, hasta su detención efectuada el 14 de marzo de 1936], iban constantemente camaradas de provincias para recoger las órdenes circulares de José Antonio, que nosotros guardábamos junto con algunas armas, en un cuartito oculto detrás del piano.
Entre estos camaradas estaba Hedilla, encargado por Fernando [hermano de Pilar] de inspeccionar, me parece que eran las provincias del Norte. En una ocasión yo le di, de una caja encomendada a mi custodia, una gran cantidad de dinero (no recuerdo cuánto), para comprar armas para el Movimiento, en uno de sus viajes, me parece que a Navarra. Como esto no pudo realizarse, al poco tiempo me lo devolvió.
También recuerdo que en uno de estos viajes fue herido el camarada Hedilla, y por no despertar sospechas, no quiso curarse en la Casa de Socorro.
Otros de los camaradas que iban eran Panizo y me parece que Pepe Sanz y Manolo Mora. Todos ellos, además de las órdenes de José Antonio, se llevaban propaganda y sellos pro-presos.
También iba Sancho [Dávila], que luego me parece que por orden de José Antonio se quedó definitivamente en Madrid, hasta que fue detenido en nuestra casa, junto con Agustín [Aznar], Panizo y no recuerdo si alguno más.
En cuanto a la relación con camaradas caídos, recuerdo que estaba constantemente en casa Gerardo González Sampedro (Presente), jefe de
las Milicias de Madrid, y por lo tanto encargado de la movilización de las mismas. A este y a Barroso (Presente) pensaba José Antonio proponerlos para recompensas por una actuación destacada llevada a cabo por ellos en la Guindalera, o la Prosperidad, como represalia después de uno de los asesinatos de nuestros camaradas.
También poco después de esto sé que actuaron en represalias Guillermo Aznar (Presente), Alberto Ortega (Presente), Díaz Aguado y Aníbal, contra Jiménez de Asúa, por la muerte de los camaradas Olano y Bellsolell.
El camarada Bedriñana contra Mendizábal, y el camarada Pedro Pombo, fusilado más tarde, con motivo de una represalia efectuada en la Casa del Pueblo.
Siempre había en casa un destacamento de milicias en espera del levantamiento que por tres o cuatro veces se aplazó. Recuerdo, entre ellos, a los dos Aguilar (Presentes), Pita (Presente), Agustín Aznar, Ponce de León (Presentes), Bussel y otros, además de los ya dichos Barroso y Gerardo González Sampedro. También iba de vez en cuando, creo que para facilitar armas a los camaradas, un capitán López Pando, que no sé si era enlace con el Ejército.
También recuerdo que la encargada de Segovia de toda la organización, debido a que los jefes estaban en la cárcel, fue la camarada Angelita Ridruejo, jefe de la Sección Femenina, que recibió todos los enlaces y las órdenes de Madrid, por lo que ella, como los demás camaradas, terminó también en la cárcel.
Debido a los continuos registros que en casa hacía la policía, decidieron sacar de allí las armas que ocultábamos. La mayoría de ellas fueron sacadas por el camarada Manuel Sarrión, ayudado por el mecánico de Fernando, Francisco Almech, quienes las escondieron en una finca próxima. Otras fueron sacadas también por un camarada de nacionalidad alemana llamado Vercher [aludía ella en realidad a Fernando Monguió Becher, conocido entonces por Fernando Becher, su apellido materno de origen austríaco, de quien nos ocuparemos en un próximo capítulo].
Por orden de José Antonio salí de casa para burlar a la policía, que me buscaba, y me fui a la de Fernando que era el que dirigía el Movimiento por aquellos días. Allí recuerdo que iban a hablar con él Pepe Mayalde, me parece que también Fermín Daza, y un marino o aviador llamado Ponce de León.
También estaba enlazado Fernando con Julio González Valerio (Presente), antiguo artillero, y que entonces trabajaba en la estación del Norte, y creo que con el duque de Almazán y el teniente coronel Ortiz de Zárate, por intermedio de Josefina Díez, en cuya casa de Serrano 96 se celebraban las reuniones.
Desde dos o tres días antes del Movimiento, estuvieron alojados María Cobo de Guzmán, Inés y Lola Primo de Rivera, Dora Maqueda y yo en casa del jefe de Barrio del Distrito de Palacio, Martínez Hoyuelos. Desde allí, Rafael Aznar, Fermín Daza, Barrial, Arqués y no sé si alguno más, mantuvieron constantemente relación con el Cuartel de la Montaña y con la Falange, movilizada desde hacía varios días, así como con Manuel Mateo, que desde los talleres Ferga dirigía la movilización de los sindicados.
Precisamente en los talleres Ferga me parece que estuvo escondido el cuarto número de No Importa, que no llegó a repartirse por haberse perdido el Movimiento.
En cuanto a lo realizado por la Sección Femenina, obedeciendo órdenes de José Antonio, fue escribir todos los sobres dirigidos a los militares, donde iba el manifiesto escrito por José Antonio invitándoles al levantamiento [a cuyo hecho aludía también Pilar en su otro documento
«La Propaganda», reproducido en el capítulo anterior]. Este servicio, en ausencia de José Antonio, que estaba en la cárcel, fue dirigido por Fernando ayudado por Barroso, que organizaron tan perfectamente la distribución, que tenemos noticias seguras de que llegaron los manifiestos hasta los últimos cuarteles de Canarias y de Marruecos, sin que la policía consiguiera interceptar nada más que unos cuantos en Madrid.
Otro de los servicios a mí encomendados fue el de guardar el dinero que en aquellos días se nos entregaba con tan pródiga abundancia.
Casi ninguno de los que entregaban donativos quería dar su nombre por miedo a las represalias, así que me es muy difícil recordar a los que entonces ayudaron económicamente a la Falange. Recuerdo que este dinero se empleaba en comprar armas, en publicar No Importa, y para el socorro de presos y de sus familias. También me parece que se compraron dos automóviles de segunda mano que se utilizaron en las elecciones de Cuenca y en algún otro servicio. Creo que en la represalia contra Mendizábal, dirigida por el camarada Bedriñana.
Últimamente un grupo de la Sección Femenina hicimos los brazaletes rojos y negros que habían de utilizar las Milicias el día del Alzamiento. Algunos creo que los llevaron al Cuartel de la Montaña. Los demás, una vez perdido el Movimiento en Madrid, hubimos de esconderlos en un sótano junto con algunas armas, de donde fueron sacados más tarde por el camarada Rafael Aznar (Presente).
Dicho camarada y Fermín Daza (Presente) sé que tuvieron una actuación destacada aún después de perdido el Movimiento, por lo que fueron fusilados creo que junto con mi primo y camarada Fernando Primo de Rivera y Cobo de Guzmán.
Acusados por un tribunal popular de haber preparado el asalto al Ministerio de la Gobernación y a la emisora Unión Radio, durante un
«juicio» celebrado en la misma cárcel, Aznar y Daza fueron fusilados, en efecto, en compañía de los hermanos Fernando y Federico Primo de Rivera y Cobo de Guzmán.
Pero de una muerte igual de trágica tampoco se libraron sus camaradas de la Sección Femenina…
Las caídas
Perdonadme si os he ofendido; yo perdono a todos, hasta a mis verdugos. Nos lo enseñó Él en el Calvario y el discípulo no ha de ser menos que el maestro.
JOAQUINA SOT DELCLOS, en carta a sus hermanos
antes de morir fusilada
Pilar esgrimió siempre, con orgullo silencioso, el martirologio de la Sección Femenina. Mujeres jóvenes en su inmensa mayoría, con toda la vida por delante, caídas en el frente o asesinadas con increíble vileza en la retaguardia republicana; muchachas mutiladas o víctimas de las checas, donde se torturaba y mataba a placer a las infelices solo por reafirmarse en sus principios y tras resistirse una y otra vez, con la misma heroica contumacia, a la cobarde delación.
No era cuestión de números, como advertía el inefable Ortega y Gasset cuando, recién llegado a París en agosto de 1936, dejó sin habla a un contertulio que había admitido las tropelías del bando nacional apresurándose a matizar que eran casi insignificantes comparadas con las de los republicanos: «Mire usted, cuando se entra en lo métrico decimal, mal asunto», replicó el maestro filósofo.
A Pilar, de hecho, le hubiese sobrado con una sola víctima, pero fueron cincuenta y siete en total, según sus propios cálculos, las mujeres de Falange que entregaron sus vidas en admirable acto de servicio.
En su archivo personal guardaba copias de los informes de cada una de ellas, a modo de recordatorios póstumos, para no olvidarlas jamás; debió repasarlos con los años, seguramente sin poder contener sus lágrimas.
¿Cómo no recordar a Esperanza Sancho, la antigua doncella de sus primas Inés y Dolores Primo de Rivera, asesinada por no delatarlas a ellas,
como tampoco a la propia Pilar, cuyo paradero seguramente también conocía?
El valor sin límites de esta mujer soltera, confinada en una checa madrileña para hacerla hablar, sobrecogió a cualquiera de sus camaradas, y no digamos ya a la hermana de José Antonio, que también le debió la vida. Esperanza Sancho supo callar aun a riesgo de que la matasen. Y eso hicieron los canallas que la detuvieron: jamás regresó a su casa, en la calle
Cervantes número 30 de Madrid.
El informe sobre ella, como el de tantas otras camaradas suyas, habla por sí solo. Datado en Madrid, el 23 de septiembre de 1941, es el único que vamos a reproducir íntegro en este capítulo, dado el extenso número de ellos conservados también entre los fondos documentales de la Asociación Nueva Andadura, creada en mayo de 1977 en sustitución de la extinta Sección Femenina y depositados hoy en la Real Academia de la Historia.
Dice así:
Estaba [Esperanza Sancho] en calidad de doncella con Inés y Lola Primo de Rivera, a las que servía con todo cariño, siendo afiliada a Falange antes del Glorioso Movimiento.
Trabajaba en cuanto se le encomendaba con el mejor deseo, disciplina y sacrificio, habiendo hecho esa labor eficaz y callada, y salvando la vida de sus señores en infinidad de ocasiones.
Poco antes del asalto al Cuartel de la Montaña, recibieron orden de José Antonio de marcharse del domicilio Inés y Lola, quedando las chicas en el piso y el mismo día del asalto a dicho Cuartel, fueron los milicianos y detuvieron a Esperanza y a otra muchacha llamada Gregoria [García, falangista también]. Fueron llevadas a una checa, donde estuvieron detenidas.
Después de esto se las vio en la calle, pero aun sabiendo dónde se encontraban sus señores, por temor a comprometerles, ya que parece que les soltaron los milicianos para seguirlas y ver dónde iban, no hicieron acto de presencia.
En vista del fracaso, debieron los milicianos volver a cogerlas y a partir de esta fecha, que fue al principio de la guerra, no se volvió a saber de ellas, teniendo el convencimiento de que las mataron.
Previamente, María Martín de la Cámara, jefe provincial de la Sección Femenina de Madrid, había informado el 29 de noviembre de 1940 sobre la astucia y sutileza con que los milicianos decidieron ponerlas en libertad en vista de su obstinado silencio. Pero al verse burlados una y otra vez, volvieron a ingresarlas en la checa donde Esperanza, en concreto, fue
«maltratada repetidas veces», según este primer informe, que concluye así:
«Algún tiempo después se perdió su rastro y no se ha conseguido localizar su cadáver… Es todo lo que de ella hemos podido averiguar».
Por más que buscaron su cuerpo agujereado o mutilado en la Casa de Campo, la Pradera de San Isidro, El Pardo, la zona del Hipódromo (calles de Carbonero y Sol), el barrio de Argüelles (calles de Andrés Mellado e Isaac Peral), Atocha, el Paseo de Pontones… jamás apareció, como si se lo hubiese tragado la tierra.
Sí se localizó, en cambio, el cadáver de Luz Madera Pena, soltera de treinta y siete años. Una falsa carta en la que se le citaba en un lugar apartado para cumplir una supuesta misión le costó finalmente la vida. El indeseable Silvino Morán, uno de los muchos pistoleros sin escrúpulos que odiaban a la Falange y a su Sección Femenina, le aguardaba concretamente «en Viedes, posición próxima a Oviedo», según consta en la ficha, para asestarle a traición un tiro a bocajarro el 7 de marzo de 1937.
Luego, el mismo miserable asesino la sepultó fríamente en una fosa cerca de donde se encontraba su propio batallón.
Tan solo diecisiete años contaba Elena Díaz Fernández cuando ocho individuos fornidos la sacaron a empellones de su casa por el único
«delito» de ser falangista. Corría el 21 de octubre de 1937.
En Santibáñez de la Fuente, perteneciente al concejo asturiano de Aller, Elena «fue cruelmente maltratada», lo cual significaba, en casos similares, ser molida a palos ante el regodeo de sus verdugos. Mientras la pobre pedía clemencia, la orgía de sangre solía proseguir con mayor ensañamiento aún.
Elena logró escapar, escondiéndose en una «gavilla que había en una tierra», pero de nada le sirvió. Descubierta poco después, tuvo que soportar luego los «mayores atropellos hasta las once de la noche, hora en que le dieron muerte».
Una interminable agonía, durante la cual era frecuente entonces golpear a las mujeres en los senos, haciéndolas reclinar la cabeza a la altura de las rodillas de sus verdugos, despojadas previamente de la blusa y el sostén, para que, al quedar suspendidos los pechos en el aire y sujetos por su base, el dolor fuera más intenso. La mayoría se desmayaban ante semejante martirio, que solo una inquebrantable fe en el más allá podía otorgarle un sentido.
Francisca Magdalena de la Hoz no tuvo una calle a su nombre, pero sí un campamento de la Sección Femenina, en la playa granadina de Almuñécar, donde las chicas del Frente de Juventudes hacían gimnasia, entonaban canciones y danzas regionales, y rezaban el Rosario cada noche en el verano de 1942.
Seis años antes, en el mismo mes de agosto, Francisca Magdalena había entregado su vida por España. Conocía personalmente a José Antonio y organizó la Falange de Tarragona. Nunca tuvo miedo a la muerte, o al menos eso aseguraban quienes la conocieron. Una y otra vez desafió así al peligro, convirtiendo incluso su propia casa en la sede del partido; también repartió en plena calle los diarios Arriba y F. E. durante la campaña electoral de febrero de 1936. ¿Cabía una osadía mayor que exponerse a la luz pública en época de tantos recelos?
El 16 de agosto fue encarcelada por negarse a delatar a sus camaradas.
La respuesta que dio a sus familiares cuando fueron a visitarla coincidía con la pronunciada por otros muchos mártires en la historia de la Iglesia: «Sé que me matarán, pero les perdono a todos; mi muerte será una modesta contribución para el engrandecimiento patrio», proclamó.
Parecido deseo expresaría en su testamento ológrafo, casi tres meses después que ella, su jefe José Antonio antes de que lo fusilaran: «Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico», escribió en el cuarto de los siete folios.
El 24 de agosto anunciaron a Francisca Magdalena que iba a ser trasladada a Tarragona. Se convenció entonces de que había llegado su hora, pero en un alarde de admirable serenidad solicitó los servicios de un
peluquero, alegando, como si tal cosa: «Cuando salga quiero salir hermosa, como así quiero a nuestra España». Mujeres así, qué pocas…
Sus asesinos insistían en que les revelase el paradero de algunas camaradas suyas, pero ella prefirió morir antes que hablar.
Luis Sime Muste conducía el automóvil a bordo del cual trasladaron a la víctima hacia el patíbulo. Los dirigentes republicanos Oliva y Refes, testigos también del crimen, viajaban a bordo de otro vehículo pilotado por Narciso Serra Vallas.
Durante el trayecto, y según confesó luego el propio chófer Luis Sime, la detenida repetía: «Ruego a Dios que me perdone a mí y a los que me llevan a la muerte; mi único deseo es que España y la Falange triunfen».
Antes de llegar a Tarragona, los dos vehículos se desviaron hasta detenerse poco después a un kilómetro de distancia del enlace con la carretera a Constantí, en la orilla derecha del río Francolí, donde había un descampado.
Sus verdugos la conminaron a bajar del coche y a caminar hacia delante, pero ella «lo único que les pedía era morir como una digna española y que estas morían de cara». Sonaron varias descargas y Francisca Magdalena regó con su sangre la tierra que la vio nacer al grito de «¡Arriba España!».
Pilar lloró su muerte en cuanto tuvo noticia de ella.
Y qué decir de Carmen Tronchoni Soria, de veintidós años, asesinada en Barcelona por la perfidia de una supuesta amiga.
Carmen pertenecía a la Falange valenciana y desempeñó un papel destacado en la llamada Quinta Columna que operaba en la ciudad del Turia.
Tras contactar con los oficiales del Ejército Bielsa y García Bravo para viajar a Barcelona con objeto de ayudar a diversas personas de derechas a pasar del bando republicano al nacional, Carmen fue delatada por una amiga a quien ella había confiado su misión. La «amiga» resultó ser un
«agente de contra espionaje, al servicio de la policía».
Detenida en noviembre de 1937, Carmen Tronchoni fue condenada a muerte.
La pena capital se ejecutó el 26 de abril de 1938, en el foso de Santa Elena del castillo de Montjuich, en Barcelona.
La Ciudad Condal fue precisamente el macabro escenario donde actuó con total impunidad el chequista Julián Grimau García.
El testimonio de Joaquina Ventoldrá Niubo, vecina entonces de Barcelona, en la calle Rosellón número 267, resulta tan revelador como desconsolado.
Su marido, César Sánchez Catalina, era jefe técnico de la compañía Transradio Española cuando el 22 de marzo de 1938 una patrulla de la policía republicana, comandada por Julián Grimau, detuvo al matrimonio.
Grimau se apoderó, según la testigo, de todos los objetos de valor, dinero y documentos que llevaban ella y su marido. Registraron la casa, destrozando muebles e imágenes religiosas, y se incautaron de cuanto creyeron que podía venderse en el mejor momento.
Joaquina y César fueron conducidos a la Brigada Criminal, en el número 1 de la plaza de Berenguer el Grande, en cuyos sótanos había instalada una checa, donde torturaron al marido para que delatase en vano a varias personas. A la esposa, según esta, la hicieron desnudarse completamente venciendo su fuerte resistencia.
César Sánchez fue separado de ella y encerrado en una celda sin ventilación, debajo de la escalera de la casa, en la que era muy difícil mantenerse erguido. Permaneció así cuatro meses, al término de los cuales fue trasladado a la cárcel Modelo de Barcelona tras ser «juzgado» y condenado a muerte.
La causa instruida por el «juez especial» Pérez Caballero desembocó en un «juicio» durante los días 26 de mayo y 2 de junio de 1938 ante el Tribunal de Espionaje y Alta Traición de Cataluña. Grimau impidió a los familiares visitar a los presos mientras se celebraba la pantomima.
El 11 de agosto, César Sánchez Catalina murió fusilado en los mismos fosos de Santa Elena donde, antes que él, había caído como una heroína la falangista Carmen Tronchoni.
Junto a Sánchez Catalina perecieron sesenta y una personas más; entre ellas, como advierte el incansable recopilador de datos Ricardo Fernández Coll, «seis valientes mujeres, que fueron condecoradas con la “Y” de plata».
Hagamos un poco de historia, siguiendo a Fernández Coll y al célebre periodista Emilio Romero, que publicó en su día documentos reveladores
sobre cómo se las gastaba Grimau, para proseguir enseguida con el holocausto de las chicas de Falange.
El 10 de agosto de 1938, la prensa había informado de la reunión del Consejo de Ministros celebrado la víspera, en Barcelona.
El secretario del Consejo y ministro de Agricultura, el comunista Vicente Uribe, hizo pública una nota en la que, entre otras cosas, se decía:
«También han sido aprobados varios expedientes de pena de muerte por los delitos de deserción, alta traición y espionaje».
El escueto comunicado supondría la inminente ejecución de sesenta y cuatro personas, sesenta y dos de ellas en el castillo de Montjuich y las dos restantes en la localidad ilerdense de Pons.
El presidente del Gobierno era entonces el socialista Juan Negrín, el mismo que había mirado hacia otro lado el año anterior, mientras asesinaban en una checa de Alcalá de Henares, en Madrid, al líder del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), Andreu Nin; la policía secreta soviética de Stalin, dirigida en España por el general Alexander Orlov, desolló vivo a Nin, arrancándole la piel a tiras para poder seccionar mejor sus miembros en carne viva, ante la indiferencia del jefe del Gobierno, que sabía perfectamente dónde estaba recluido el secretario general del POUM.
Ahora, Negrín se desentendió de las voces internacionales que clamaban en favor de una amnistía. Como consecuencia de la campaña, intervino el embajador francés ante la República española, el ministro plenipotenciario británico e incluso el Vaticano. Pero todo resultó inútil.
El doctor Negrín denegó el indulto y los condenados fueron fusilados en la madrugada del 11 de agosto; entre ellos, seis mujeres vinculadas a la Sección Femenina: Rosa Fortuny Ramos, María Luisa Gil Cabrera, Sara Jordá Guanter, Joaquina Sot Delclos, Carmen Vidal Rovira y Catalina Viader Forns.
Joaquina Sot era otra de esas aguerridas «chicas de Pilar» que cada semana se jugaba el tipo cruzando de una a otra retaguardia para recoger cartas, recibir instrucciones y proporcionar dinero a los más necesitados.
Era astuta, además de valerosa: se hacía llamar «Josefina Pila» y recibía los paquetes comprometidos en el domicilio de su prima Sara Jordá para no ser descubierta. Pero de poco le sirvió.
Su hermana Ana Sot, que residía en la calle Correal número 19, de Gerona, declaró tras la guerra que el 1 de abril de 1938 fueron detenidas en la estación gerundense de M. Z. A. por un grupo de siete u ocho individuos que dijeron ser policías, quienes las obligaron a regresar a su domicilio sobre las diez de la mañana.
Los dirigentes del grupo de falsos agentes eran Julián Grimau y Joaquín Rubio. Mientras efectuaban el registro de la casa, Grimau intimidaba a las dos hermanas con la pistola apoyada en la espalda de una o en la de otra, alternativamente, para que entregaran todo lo que tuvieran de valor.
Las conminaron a preparar la comida y la cena para el grupo, trasladándolas luego a Barcelona, a la checa de la plaza de Berenguer el Grande, donde las confinaron en un habitáculo, cada una en un ángulo, separadas, de pie, y sin permitirles descansar ni hablar. Así permanecieron tres días, bajo la estrecha vigilancia de Grimau y de Rubio.
A continuación fueron conducidas a los calabozos de la Jefatura Superior de Policía, donde se las incomunicó y sometió a nuevos interrogatorios.
Contaba horrorizada Ana Sot que su hermana Joaquina fue torturada a manos de Grimau y arrastrada por los suelos, tirándole este del pelo para obligarla a declarar. Cuando, antes de morir fusilada, vio a su hermana, aún tenía señales de haberle sido arrancados de cuajo varios mechones de cabello.
Joaquina había confesado a su hermana que compartió el calabozo durante tres o cuatro días con un individuo que, según frases del propio Grimau, había sido introducido allí «para que saciara sus instintos de virilidad». Pero el tipo en cuestión se portó correctamente con ella; al parecer, era un delincuente de poca monta.
El abogado defensor Gabriel Avilés describía así a Joaquina Sot: «De unos cuarenta y cinco años, muy delgada, usando gafas y de aspecto insignificante, albergaba una energía extraordinaria y aunque tuvo que soportar groserías incalificables de Dranguet [Alfonso Rodríguez Dranguet] durante el interrogatorio, no logró este, como tampoco lo había conseguido la policía ni el juez rojo de Instrucción, arrancarle nombres y consignas».
Antes de morir fusilada, Joaquina envió a su familia esta estremecedora carta de despedida que constituye en sí misma el más
sincero homenaje a una mujer católica que supo vivir y morir por sus ideales:
A José Sot Delclos y familia. Estimadísimos hermanos:
Hoy he recibido con mucha alegría vuestra carta y la de los niños; me ha complacido mucho leeros y me iré más tranquila sabiendo que tú estás mejor. A las dos horas de leeros me han comunicado la gran nueva. Dios lo quiere así, bendito sea. Moriré tranquila y con honra por Dios y por la Patria, que bien se lo merecen.
Perdonadme si os he ofendido; yo perdono a todos, hasta a mis verdugos. Nos lo enseñó Él en el Calvario y el discípulo no ha de ser menos que el maestro. Quedad tranquilos; en el Cielo rogaré por todos. Amad mucho a Ana y a Dolores. Enseñad a vuestros hijos a amar mucho a Jesús para que les ayude en los momentos difíciles como hace conmigo.
Os quiere más que nunca vuestra hermana Joaquina. Últimos momentos de mi vida, 10 de agosto de 1938, día de San Lorenzo.
El testimonio de Mercedes Pla López, esposa del coronel de Caballería Luis Indart, es muy esclarecedor también. Tras permanecer tres meses detenida en los mismos calabozos que la infortunada Joaquina Sot, la mujer del militar fue llevada a la checa de Grimau, donde este la amenazó de muerte si no asumía los cargos sobre los que decía tener pruebas. Viéndose acorralada, Mercedes pidió finalmente un papel en blanco y firmó lo que Julián Grimau ordenó.
Ella sabía que Grimau había desnudado y torturado a Joaquina Sot, y que Sara Jordá Guanter había sido brutalmente maltratada también por él antes de su fusilamiento. Sara Jordá residía en la localidad gerundense de Figueras.
Fernández Coll localizó en la hemeroteca un ejemplar del periódico El Pirineo de Gerona, del 11 de agosto de 1939, donde se incluía a Sara Jordá en un amplio reportaje sobre «Mártires de la Cruzada»:
Acogía —señalaba el rotativo, en alusión a Sara Jordá— chicos y más chicos, que entre amaneceres suaves y tranquilos, y crepúsculos huracanados y tormentosos, depositaba en manos de expertos y seguros guías que los pasaban al otro lado del Pirineo […] Y luego las cárceles; en
ellas su cotidiana visita no podía faltar a los presos… Confidencias, informes, fotografías, planos, cartas… ¡Todo por España! […] Un villano traidor infiltrado en las filas de aquel grupo de abnegados y valientes patriotas, al que ella pertenecía, la había delatado, citando nombres, domicilios y señas personales… Vino el juicio y con él la sentencia: ¡Pena de muerte para ella y sus compañeros! Total catorce […] Y el 11 de agosto del 38 caía acribillada por las balas de sus verdugos…
Poco antes de morir, Sara Jordá se despidió de sus dos hijos con estas mismas palabras: «No quiero que mi muerte enturbie la felicidad que os traerá la paz de Franco, y como la vida es tránsito más o menos corto, en el Cielo nos volveremos a reunir».
El 20 de marzo de 1941, sus restos mortales fueron trasladados a Figueras, donde el Ayuntamiento le dedicó la rambla Sara Jordá.
Su camarada María Luisa Gil Cabrera cayó también, acribillada por las balas del pelotón de fusilamiento, en los fosos de Santa Elena.
Bastó con que María Luisa bordase una bandera de España para el Caudillo, que entregó luego a la persona equivocada, para merecer la pena de muerte. El encargo provenía de un policía republicano que se hizo pasar por sargento carlista.
De los horrores cometidos en el castillo de Montjuich daba fe Nicolás Riera Marsá Llambí, que residía durante la guerra en Barcelona, en la calle Muntaner número 575.
El testigo era consejero de las populares Industrias Riera Marsá y fue detenido a principios de 1938, siendo recluido en la checa de Julián Grimau, acusado de alta traición.
He aquí su espeluznante relato:
Sobre Grimau concretamente —recordaba Nicolás Riera, aún despavorido, al término de la guerra—, debo manifestar que desde el primer momento demostró una vileza y una degeneración absolutas. Los interrogatorios los hacía él personalmente, acompañado, en ocasiones, por dos más y una mecanógrafa.
Como actos graves conocidos, conozco lo realizado contra la integridad personal de don Francisco Font, doña Sara Jordá y algunos otros cuyos nombres no recuerdo.
Empleaba el tal Grimau un dispositivo eléctrico acoplado a una silla. Usaba también una cuerda de violín o de violoncelo puesta en un arco de violín, que provocaba, aplicada sobre la garganta del interrogado, una agobiante asfixia que enloquecía al torturado.
Otros interrogatorios se efectuaban con el preso atado a un sillón de barbería, situándose dos individuos detrás de él, mientras Grimau hacía las preguntas con una luz enfocada a la cara del interrogado; si la contestación no era de su agrado recibía dos golpes simultáneos de los hombres situados a su espalda, que lo dejaban, en primer lugar, baldado y, después, con un miedo atroz y una tensión nerviosa tan brutal que obtenía cuantas declaraciones quería, verdaderas o falsas.
A uno de los detenidos, Juan Villalta, se le castró en la silla de barbero, donde existían unas placas eléctricas que le fueron aplicadas a los testículos, produciéndole quemaduras horrorosas. Este tormento también lo sufrió don Francisco Font que, como el anterior, fue fusilado más tarde.
Las celdas de los sótanos empleados por esa checa en la plaza Berenguer el Grande eran extremadamente pequeñas. Escasamente cabía un preso tendido horizontalmente y una banqueta, y en ellas llegó a tener once presos juntos durante dos meses, encontrándose también junto a los hombres una señora, Sara Jordá, y las hijas de un farmacéutico de la barriada de Sans, que tuvieron que convivir durante todo ese tiempo privadas de toda comunicación.
Julián Grimau fue trasladado finalmente, en la madrugada del 20 de abril de 1963, a bordo de una furgoneta desde el cuartel militar del barrio madrileño de Campamento hasta el campo de entrenamiento de Carabanchel, donde tuvo lugar su fusilamiento.
Años después, Pilar seguía recordando a las seis mujeres ejecutadas en el castillo de Montjuich y a otras muchas, como las hermanas Vicenta y María Inmaculada Chabás, a quienes conoció personalmente y encomendó la fundación de la Sección Femenina en Valencia.
Ambas hermanas fueron encarceladas el 4 de agosto de 1936 durante poco más de dos meses, hasta su fusilamiento el 6 de octubre, a las diez de la noche.
«Sus cuerpos juveniles cayeron para siempre en el picadero de Paterna», reza el informe.
Tampoco se salvó Rosa Ríos Gómez, asesinada en Teruel el 2 de marzo de 1937 tras ingresar en la cárcel de Alcañiz, donde a las doce de la noche «caía por Dios, España y su Revolución Nacional Sindicalista».
Y así, un interminable «ejército» de valerosas mujeres: desde Luisa Cobo y María Dolores Moyano, hasta Marina Moreno y María Luisa Terry, pasando por Julia Sáenz y Pilar Castro, a cuya intercesión debió encomendarse Pilar a lo largo de su vida.
Mártires que, como José Antonio, hacían ya guardia junto a los luceros.
Durruti
El declarante quedó en Madrid, donde visitó a varios falangistas amigos suyos, entre los que recuerda al notario Juan Ávila Pla y a un estudiante de medicina llamado Luis Sánchez, con Fernando y Pilar Primo de Rivera.
De la declaración judicial de Pedro Durruti, hermano del
anarquista Buenaventura Durruti
Nuestra protagonista conoció en persona a Pedro Marciano Durruti Domingo, hermano pequeño del carismático líder anarquista José Buenaventura Durruti, muerto a causa de una bala asesina alrededor de las cuatro de la misma madrugada del 20 de noviembre de 1936 en que José Antonio, apenas dos horas después, rendía también su alma ante el Altísimo frente al pelotón de fusilamiento formado en el patio de la prisión de Alicante.
Sin saber que la muerte le traicionaría tan pronto, José Buenaventura se había pronunciado alto y claro poco antes en defensa de José Antonio, con quien se entrevistó al parecer dos veces, en octubre y diciembre de 1935, en el domicilio del administrador de Telégrafos de Alicante; de lo cual dejaba constancia el escritor falangista Ismael Medina, confirmando además la existencia de un documento sobre el segundo encuentro entre ambos líderes escrito y rubricado por ellos mismos y custodiado, según él, por «un hijo de H. Prieto, avecindado en París».
El propio Manuel Valdés Larrañaga, fundador del SEU, relató en varias ocasiones y a distintos interlocutores otra entrevista de Durruti y José Antonio celebrada por aquel entonces en el domicilio madrileño de este, situado, como ya sabemos, en el primer piso del número 86 de la calle Serrano.
Durruti debió contemplar entonces el gran retrato al óleo del dictador que presidía el salón, así como los otros dedicados del rey de Italia, de
María de Borbón y de María de Rumanía.
No era extraño así que Durruti denunciase, sin el menor complejo:
«Considero una insensatez y un error capital condenar y fusilar a José Antonio en estos momentos. Sinceramente, y hablando entre nosotros, no reconozco ninguna razón ni pretexto que aconseje, y mucho menos justifique, tan precipitada e insólita decisión… Con su muerte, si llega a consumarse, morirá también toda esperanza de reconciliar a los españoles antes de muchas décadas».
José Antonio estuvo también en contacto, bien directamente él o a través de Pedro Durruti, como enseguida veremos, con Ángel Pestaña, una vez separado este de la CNT para fundar el Partido Sindicalista; lo mismo que con Diego Abad de Santillán, dirigente de la FAI, quien dejó escritas para la posteridad estas laudatorias palabras sobre el líder de la Falange:
«Seguimos pensando que fue un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican España y sostienen lo español aun desde campos opuestos… ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España, si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!».
¿Cabía mayor claridad? Indudablemente, la estancia de José Antonio en Barcelona, donde residió con su familia desde el verano de 1922, tras el nombramiento de su padre como capitán general de aquella región militar, le influyó a la hora de concebir la Falange.
Mientras hacía el servicio militar como soldado voluntario en Caballería, vio a la CNT barcelonesa en movimiento, entendió su filosofía, comprendió sus reivindicaciones sociales y laborales… y asumió incluso luego sus colores rojo y negro en la misma enseña de Falange.
Pocos saben hoy todavía que de los siete hermanos de Durruti, el penúltimo de ellos, Pedro Marciano, Perico, como le llamaba cariñosamente José Buenaventura, correspondido a su vez por aquel con el apelativo de Pepe o Pepín, era falangista.
Así lo acredita su carnet del partido número 1501, expedido en León el 1 de abril de 1937; documento en el que, además de su nombre, figuran estos otros datos: «Edad: 26 años; Profesión: mecánico; Fecha de admisión: 5 de febrero de 1936».
La rúbrica del titular aparece al pie del texto del «Juramento» reproducido en el mismo carnet, a la derecha de su fotografía y del sello de Falange, y justo debajo del último párrafo, que proclama: «Juro vivir en santa hermandad con todos los de la Falange y prestar todo auxilio y deponer toda diferencia siempre que sea invocada esta santa hermandad».
Casi todo el mundo ignora también que Pedro Durruti trató a Pilar Primo de Rivera en Madrid, antes de ser encarcelado en la Modelo, como José Antonio; y que luego, tras su puesta en libertad, huyó de la capital con el beneplácito de la directora de la Sección Femenina.
Fue también Pedro Durruti, como recordaba su única hermana Rosa, quien comunicó con gran pesadumbre a su familia el trágico fallecimiento de Buenaventura: «La noticia de su muerte nos la trajo Pedro; vino a casa sudando y nos dijo: “Madre, Rosa, me ha dicho don Nicostrato Vela que han matado a Pepe…”».
Conozcamos más de cerca, antes de proseguir con nuestra historia, al Durruti falangista.
Nacido el 6 de marzo de 1911, en León, Pedro Durruti fue inscrito dos días después en el Registro Civil por su padre, Santiago Durruti Malgor, casado con Anastasia Domínguez Soler. Era así casi cinco años menor que Pilar Primo de Rivera.
El nombre «Durruti» procedía del término vasco «Urruti», que significa «lejos»; al parecer, se daba este nombre a los vascos que residían lejos de las grandes poblaciones, en los caseríos de la montaña.
De sus siete hermanos (Santiago, José Buenaventura, Vicente Castorio, Rosa, Clateo Pedro, Benedicto y Manuel), Pedro era el más inteligente y cultivado, según los testimonios directos recabados por el escritor José
A. Martínez Reñones en su lúcido trabajo sobre los Durruti.
Pedro Durruti terminó el bachillerato y, como añade Martínez Reñones, «la insaciable fe en la perfección humana que derrochaba Buenaventura, se multiplicaba utópicamente en Marciano [Pedro Marciano], que concibe un mundo donde la unidad obrera es posible y donde esta debe ser la organizadora y rectora de toda la sociedad».
Curiosamente, Pedro se apellidaba «Domingo» de segundo, en lugar de «Domínguez», como sus hermanos Buenaventura, Santiago y Rosa.
La razón era que su padre decidió rectificar el apellido en el Registro Civil de León en 1931, y en la misma no incluyó a sus hijos mayores.
En 1980 la revista leonesa Margen, ya desaparecida, publicó una elocuente carta de Buenaventura a su hermano Pedro, fechada en Barcelona el 17 de febrero de 1933, en la que sus planteamientos sociales no diferían ya tanto, como algunos piensan, de los de José Antonio:
Querido hermano Perico:
El trabajo. ¿Cuál es su bandera? La herramienta. No olvides, hermano, jamás que eres hijo de un trabajador; y que nuestro padre fue humillado durante toda su existencia; no olvides que los pedazos de pan que tú comiste desde niño le costaron a nuestro padre muchas horas de trabajo en las cuales consiguió el hombre como toda recompensa la enfermedad que le hizo sufrir tanto; no olvides, hermano, aquellos cajones en los cuales nuestro padre guardaba con orgullo las herramientas de carpintero […]
Me hablas, Perico, de un manifiesto que pueda tener la virtud de unir a todos los trabajadores. ¡Qué más quisiéramos nosotros que unir a todos los desheredados! Pero unirlos bajo la bandera proletaria; al margen de toda tutela política; pero hermano esto es difícil. Entre los trabajadores se mezclan ambiciosos que quieren medrar a costa de los explotados; y contra estos nos levantamos nosotros; no contra los trabajadores, sino contra aquellos que quieren vivir a costa de ellos […]
Nosotros abrimos los brazos a todos aquellos que quieren venir a nuestro lado siempre y cuando sean trabajadores. ¿Frente Único? Sí; con todos aquellos que no admiten más colaboración que la del trabajo. Frente Único con todos aquellos que son partidarios de una revolución en la cual termina la explotación del hombre por el hombre. ¡Qué más quisiéramos nosotros que unir a todos los trabajadores! Pero, hermano, pregunta a los capitostes del socialismo si quieren hacer el Frente Único con la clase trabajadora; y esa gente te contestará que trabajadores somos todos; lo mismo los que mueren de hambre que los que comen como patricios.
En fin, los socialistas ya han hecho el frente único; puesto que vivimos en una república de trabajadores. ¿Qué te parece? De la clase media no te hablo, porque yo no le doy importancia; para mí solo hay dos clases: el patrón y el obrero… Te abraza tu hermano Pepe.
¿Qué insalvables diferencias existían, pues, entre ese «Frente Único» que Durruti invocaba en carta a su hermano, y la «Revolución» con que
José Antonio titulaba su polémico artículo en La Nación, aparecido seis meses antes de la Revolución de Asturias?
Juzgue si no el lector:
España —escribía el líder de Falange— lleva varios años buscando su revolución, porque, instintivamente, se siente emparedada entre dos losas agobiantes: por arriba, el pesimismo histórico; por abajo, la injusticia social […] Por abajo, la vida de España sangra con la injusticia de que millones de nuestros hermanos vivan en condiciones más miserables que los animales domésticos.
Nuestra generación no puede darse por contenta si no ve rotas esas dos losas; es decir, si no recobra para España una empresa histórica, una posibilidad, por lo menos, de realizar empresas históricas, y, por otra parte, si no consigue establecer la economía social sobre bases nuevas, que hagan tolerable la convivencia humana entre todos nosotros […]
Y esa revolución, largamente querida y aún no lograda, ¿podrá
«escamotearse», podrá «eludirse», como, al parecer, se proponen Acción Popular y los radicales conversos? Eso es absurdo; la revolución existe ya, y no hay más remedio que contar con ella. Vivimos en estado revolucionario. Y este ímpetu revolucionario no tiene más que dos salidas: o rompe, envenenado, rencoroso, por donde menos se espere, y se lo lleva todo por delante, o se encauza en el sentido de un interés total, nacional, peligroso como todo lo grande, pero lleno de promesas fecundas […]
Mis amigos, que ahora se asustan de un vocablo, prefieren, sin duda, confiar en la política boba de «hacerse los distraídos» ante la revolución pendiente, como si no pasara nada.
A fin de cuentas, pese a que Unamuno no dijese de Durruti, como sí aseguró de José Antonio, que «se trata de un cerebro privilegiado; tal vez el más prometedor de la Europa contemporánea» (en carta al periodista y político argentino Lisandro de la Torre, de agosto de 1936, cuya referencia Pilar conservaba en su archivo; si bien ella le llamaba, por error, «Lisandro de la Fuente» en sus memorias), parece obvio que ambos líderes coincidían en sus reivindicaciones sociales; a diferencia del aspecto religioso, que resultó ser al final el escollo insalvable para un entendimiento mayor.
Añadamos, sobre Pedro Durruti, que fue la «oveja negra» de una familia de singular raigambre anarquista.
La causa abierta contra él en agosto de 1937, en León —la 405/37, custodiada en el Archivo Intermedio Militar del Noroeste de El Ferrol— por el presunto delito de «adhesión a la rebelión», y que le llevaría finalmente a la tumba tras un consejo de guerra sumarísimo, como finalmente veremos, nos permite seguir su rastro más de setenta y cinco años después.
De su primera declaración, prestada el 19 de agosto de aquel año ante el juez instructor José Manuel Fernández de Blas, oficial primero del Cuerpo Jurídico Militar, se desprende que Pedro Durruti siguió al principio los pasos de su hermano Buenaventura, siendo encarcelado el 11 de diciembre de 1933 por participar en una huelga ilegal.
Al año siguiente, el 10 de octubre, fue puesto a disposición del comandante militar de Asturias como destacado miembro de la Federación Anarquista Ibérica (FAI); aunque el propio detenido negase luego ante el juez su implicación en el movimiento revolucionario, alegando que en realidad se trató de una maniobra preventiva del capitán Mantecón para su seguridad personal, a raíz de que su hermano Buenaventura resultase herido en los enfrentamientos.
Pedro Durruti había pertenecido a la CNT en León, donde trabajaba como chapista en el Auto Salón antes de viajar a Madrid, a finales de enero de 1936, para ingresar en la Falange.
Portaba entonces dos cartas de presentación de falangistas leoneses como Luis Crespo, una de ellas para José Antonio, que «le recibió con los brazos abiertos», según recordaba él mismo.
La otra carta tenía como destinatario a Manuel Mateo, un navarro que desde muy joven había militado en el Partido Comunista y que, tras una estancia en la Rusia de Stalin, había llegado a ocupar la Secretaría de Organización del Comité Provincial de Madrid.
Mateo dirigía ahora la Central Obrera Nacional-Sindicalista (CONS), que atraía a los obreros desengañados del marxismo.
Sobre esta organización, La Nación publicaba en primera plana: «Los sindicatos nacional-sindicalistas inician la liberación del proletariado. Basados en principios opuestos al marxismo, en lo que el marxismo tiene de perturbador, antinacional y materialista, han levantado la bandera
sindical de la nueva norma que une al sentimiento sagrado de la Patria y de la tradición las legítimas y justas reivindicaciones del proletariado».
Durruti había realizado ya destacadas labores de propaganda falangista en León, y José Antonio confió ahora en él para desempeñar las actividades propias de la CONS, fundada el año anterior; más tarde, le encomendó varias gestiones con los anarquistas de Barcelona, incidiendo en los ideales antimarxistas y anticapitalistas que, según Durruti, acercaban entonces a falangistas y ácratas.
Martínez Reñones ofrece más detalles sobre esta desconocida misión:
«Las conexiones que Marciano Pedro propone a José Antonio, y que este asume con curiosidad perpleja, son con los anarquistas barceloneses, la región ácrata más organizada de la Península, a donde acude, pero donde es rechazado de plano por su hermano. Solo encuentra mínima comprensión en otro avanzado y moderado anarquista leonés, Ángel Pestaña, creador del Partido Sindicalista».
Tras recopilar diversos testimonios, Martínez Reñones añade sobre este intrincado asunto: «En la mente de Marciano Pedro se consolidaron dos utopías para él muy atractivas: el estado organizado de manera totalitaria que propugnaba José Antonio y la anarquía social que era el ideal de su hermano Buenaventura. Marciano Pedro consideró que los dos eran caminos diferentes para llegar a un idéntico fin: la sociedad igualitaria».
Cuando José Antonio ingresó en la cárcel Modelo, Durruti pasó a depender en última instancia de Fernando Primo de Rivera, a quien su hermano mayor encomendó los designios del partido extramuros, secundado por su hermana Pilar al frente de la Sección Femenina.
Entre los recortes de periódico guardados por Pilar en su archivo, hay uno muy significativo de La Vanguardia, del martes 14 de abril de 1936, en el quinto aniversario de la proclamación de la Segunda República.
El título debió de dejar ya boquiabierta a Pilar:
Han ingresado en la cárcel el anarquista Marcelo [sic] Durruti y el falangista Sinforiano Moldes, detenidos en la misma casa. La policía se incauta de los ficheros de Falange Española.
La hermana de José Antonio debió de leer entonces el texto principal de la página 27, que decía:
Ayer, ingresaron en el Juzgado de Guardia dos jóvenes. Cuando se supo la filiación de uno de ellos, produjo sensación la noticia de su arresto. Se llama este Marcelo [sic] Durruti, de 25 años, natural de León, de oficio chapista y hermano del conocido directivo de la FAI, Buenaventura. El otro es Sinforiano Moldes, de 28 años y conocido extremista.
Sobre estas detenciones dieron en los centros oficiales la siguiente información:
Procedentes de Barcelona llegaron a Madrid estos dos hombres. La Policía tuvo noticia de su llegada y supo que se habían instalado en el domicilio de una mujer de antecedentes anarquistas que habita en el número 13 de la carretera de El Pardo. Por la vida que hacían, las relaciones que mantenían y las conferencias que celebraban, la Policía practicó un registro en su domicilio donde encontró los ficheros de la agrupación política Falange Española y una extensísima documentación referente al ramo de la construcción, en lo que se relaciona con las actividades de Falange Española.
La Policía cree que se trata de una detención que por sus repercusiones puede considerarse como un hecho sensacional.
Durruti y Moldes prestaron primero declaración ante la Policía y luego ante el Juzgado número 12. Marcelo [sic] Durruti dijo al juez que, en efecto, él era anarquista y que no tenía ninguna vinculación con Falange Española. En cambio, Sinforiano Moldes dijo que, en efecto, él formaba parte de Falange Española, pero que no pensaban realizar ningún hecho grave. Los dos detenidos, después de comparecer ante el juez, ingresaron en la cárcel.
Fue así como Pedro Durruti, igual que otros muchos falangistas de aquella primera hora, dio con sus huesos en la cárcel Modelo donde José Antonio llevaba ya ingresado desde el 15 de marzo.
Pilar y su hermano sabían muy bien que Pedro Durruti era uno de los suyos. Tampoco albergaba duda de ello el veterano falangista Antonio Santiso Lamparte, afiliado con el número 2042 a la misma CONS donde actuaba Durruti, y nombrado jefe local sindical en Bembibre (León).
Santiso y Durruti eran grandes amigos, como confirmaba el propio Santiso a José María García de Tuñón, en una carta del 26 de marzo de 1996, en la que, entre otras cosas, aseveraba: «[…] En todo el tiempo que
conviví con él [con Pedro Durruti] tengo la impresión de que era un falangista de ley y toda la familia de León gozaba de un gran prestigio como honrados y trabajadores».
Tampoco la nota publicada en el diario anarquista Claridad, poco después de la detención de Durruti y de Moldes, levanta sospecha alguna sobre la sincera conversión del hermano de Buenaventura al falangismo, sino más bien al contrario: «En cuanto a la detención de un tal Marcelo [sic] Durruti en compañía de un pistolero a sueldo del fascio llamado Moldes hemos de decir que, aunque él se llama anarquista no es tal, pues los informes que de él tenemos son pésimos, y no hay más sino que nuestro querido compañero Buenaventura Durruti tiene la desgracia de ser hermano suyo, y este sinvergüenza trata de explotar el nombre limpio de su hermano, olvidando que este le tuvo que echar de su lado».
Pero ni las duras críticas a Pedro Durruti provenientes de círculos anarquistas, ni tampoco los testimonios sobre su sincera adscripción a la Falange sirvieron para que el fiscal de la causa 405/37 afirmase luego en su informe, sobre el procesado:
Trató [Pedro Durruti] meses antes de iniciarse el Movimiento Nacional de ingresar en la Organización de Falange Española de esta capital [León] y resultando inútiles las gestiones realizadas en tal sentido, con una insistencia sospechosa, se trasladó a Madrid donde era menos conocido y cotizando su apellido de historia revolucionaria de acción, sorprendió la buena fe de los dirigentes logrando su confianza.
En pago de ella, de la cordial acogida que le fue dispensada y del olvido generoso de sus antecedentes, como elemento de enlace que era de la organización de su procedencia, apareció pronto complicado en la desaparición del fichero, puesto bajo su custodia, siendo rumor que circuló con insistencia que lo vendió a la Dirección General de Seguridad y hecho cierto que aquel fichero sirvió para detener y fusilar a buen número de afiliados a la CONS madrileña.
Observemos cómo el fiscal empleaba términos para inculpar a Durruti del tipo «insistencia sospechosa» o «rumor que circuló»; sospechas y rumores, en suma, que bastaron finalmente para llevarle hasta el paredón.
Volviendo sobre la noticia de la detención de Durruti y Moldes con el fichero de Falange en su poder: ¿Por qué, a diferencia de lo que sostuvo el
fiscal, no pudieron en realidad ambos tratar de poner a salvo la identidad de los falangistas que figuraban en las listas?
Máxime, teniendo en cuenta que Sinforiano Moldes militaba en Falange desde julio de 1934 como dirigente del sindicato de Hostelería y Similares, y que intervino en la organización del mismo en Zaragoza. ¿Iba a ser capaz él de poner en riesgo las vidas de sus propios camaradas? ¿Un veterano falangista que, como Durruti, provenía de los grupos de acción libertarios?
A primeros de julio de 1936, Pedro Durruti seguía encarcelado en la Modelo.
Meses después, declaró al juez lo que José Antonio le había comentado antes de ser trasladado a la cárcel de Alicante, el 5 de junio anterior:
«Primo de Rivera le dijo en la cárcel que, como los tiempos eran malos, debían hacer una instancia al gobierno del Frente Popular diciendo que ellos eran unos equivocados, que reconocían a la República y a aquel gobierno como el legítimo de España. Pero como él era Durruti, conocido como elemento muy significado en Falange, era conveniente que viniese a Madrid su madre, que debía gestionar con personajes de la situación que fuese puesto en libertad el declarante, por lo que se trasladó a Madrid e invocando el nombre de su hijo Buenaventura, conocido anarquista, se entrevistó con el director general de Seguridad, Alonso Mallol, con el diputado sindicalista Pestaña, y con el de la Unión de Trabajadores, digo CNT, Benito Pavón, lo que consiguieron fuera puesto en libertad».
Sin embargo ni José Antonio ni Durruti escaparían finalmente a los disparos del diabólico mosquetón Mauser modelo Oviedo 1916, del calibre 7,57 milímetros, por más que el primero fuese trasladado de prisión y el segundo liberado de momento.
Sortearon ambos sin saberlo, al menos, la horrible escabechina perpetrada por los milicianos el 22 de agosto en los sótanos de la prisión Modelo, que costó la vida a Fernando Primo de Rivera, Ruiz de Alda o Melquiades Álvarez, y sobre la cual nos detendremos en un próximo capítulo.
Pero el destino cruel colocaría finalmente a los dos ante un pelotón con una fila de mosquetones apuntándoles; algo que en sí mismo era casi peor que la muerte.
Entre tanto, Pilar debió visitar alguna vez a Pedro Durruti en la cárcel Modelo.
Desde su confinamiento, el 13 de abril de 1936, Durruti era uno de los muchos camaradas atendidos por la Sección Femenina entre aquellos muros de la gran manzana comprendida entre la plaza de la Moncloa, el paseo de Moret y las calles de Martín de los Heros y Romero Robledo.
El poeta Victoriano Crémer, que compartiría cautiverio con Durruti en la prisión leonesa de San Marcos al año siguiente, lo describía así: «Bajo y fuerte como un legionario romano, de mirada insolente y penetrante, como todos los del clan, y palabra arrebatada».
Recordemos que Pilar había entablado ya contacto con Durruti desde su misma llegada a Madrid, a finales de enero de 1936, para entrevistarse con José Antonio y afiliarse al mes siguiente a la Falange; y que a primeros de julio, tras ser liberado Durruti de la Modelo, volvió a verle en compañía del notario Ávila Pla, el estudiante Luis Sánchez y su hermano Fernando, detenido el 13 de julio.
El propio Durruti declaró luego al juez: «Como notó gran nerviosismo en todos estos con quienes habló, y observó además la situación general de Madrid, resolvió venirse para casa [a León], habiéndoselo insinuado antes a Pilar Primo de Rivera. El viaje de Madrid a León lo hizo en tren correo un día cuya fecha exacta no recuerda».
La propia Pilar, en otro de sus escritos inéditos, relata de primera mano las visitas realizadas entonces a la cárcel madrileña:
Desde que detuvieron a los primeros camaradas, empezamos a ir a la cárcel para acompañarlos. Al principio, cuando había pocos presos, nos dejaron verlos a cualquier hora y todos juntos, pero después, según fueron entrando más, aumentaban las dificultades para la visita. Nos hacían ir a las siete de la mañana si queríamos verlos a todos, y salían al locutorio de comunes detrás de dos rejas y una tela metálica.
En esas visitas nos pedían libros, balones para jugar en el patio, monos, alpargatas, y sobre todo querían el Arriba, periódico de la Falange, para enterarse de cómo marchaba el Movimiento.
Pero el Arriba era imposible dárselo por entre aquellas dos rejas y si lo pasábamos por donde se metían los paquetes seguramente no se los daban, así que de vez en cuando y dándole coba al director de la cárcel, pedíamos visita especial para alguno, que además de tener la ventaja de que era a las once de la mañana, se le veía por una sola reja y sin tela metálica, y con
disimulo cuando el vigilante no miraba, le pasábamos los periódicos para que los repartiesen entre los de su galería.
Y en las visitas que les hacíamos a la cárcel les contábamos todo lo que pasaba por Falange, si había nuevos detenidos, si la policía había hecho más registros en el Centro, si el gobierno prohibía periódicos, si alguien por fin se decidía a darnos dinero y si en aquellos días caía algún camarada, que ya iban siendo muchos los que componían el cuadro de nuestros muertos. Les hablábamos de sus novias, de los cines y de todo lo que pudiera hacerles más llevadera aquella prisión que ellos consideraban como un acto de servicio.
Al entrar y al salir nuestro saludo y nuestra despedida a los camaradas detenidos era ya siempre brazo en alto, y cuando en octubre de 1934, después de la Revolución de Asturias, íbamos nosotras a visitar a nuestros presos y los marxistas a los suyos en el mismo locutorio de comunes, al despedirnos ellos cerrando el puño se decían: «Salud, compañeros»; y nosotras, brazo en alto y con la mano abierta: «Arriba España, camaradas». Parecía como si presintiésemos ya que la próxima lucha iba a ser únicamente entre estas dos maneras de ser que se señalan por el saludo […]
Pero llegaron las elecciones de 1936 y con el triunfo del Frente Popular los presos, que casi nunca habían pasado de cien, empezaron a aumentar por la persecución tan enorme que se desató contra la Falange; y todos los días entraban en la cárcel veinte o treinta camaradas hasta llegar al espantoso número de cerca de dos mil solo en Madrid.
Y encarcelaron a José Antonio, a Raimundo Fernández Cuesta, a Ruiz de Alda, a Agustín Aznar, y a tres Juntas de Mando que se formaron para sustituir a los que iban entrando en la cárcel.
Pero eran tantos los detenidos, que para mejor atenderlos cada una de las chicas de Falange se hizo cargo de un preso y una vez por semana les llevaban en paquetes individuales todo lo que ellas creían que podía alegrarles. Y del fondo de la tierra sacaba dinero la Sección Femenina para llevarles los cientos de cajetillas de tabaco y los monos para jugar en el patio y de vez en cuando hasta les poníamos cien pesetas a cada galería por si querían tomar café.
Y por entre aquellas rejas les metíamos el No Importa, periódico clandestino y arrogante que se componía en la cárcel y que empezó a salir para sustituir al Arriba, suspendido por el Gobierno. Y hasta les
pasábamos alguna que otra botella de vino, que aunque estaba prohibido, como a las mujeres no nos registraban al entrar debajo de los abrigos, les llevábamos todo lo que se nos ocurría.
Y la cárcel, más que la cárcel en aquellos días, parecía la Jefatura Nacional de Falange de las J. O. N. S., porque detrás de aquellas rejas seguía el jefe dando las órdenes por las que se habían de regir las organizaciones del Movimiento y allí estaba montada la Secretaría Nacional, y en el patio se cantaba el himno que todavía era desconocido para la mayoría de los españoles, pero que para nosotros era ya como un canto de esperanza.
Y el ambiente de la cárcel era como de día de fiesta y con aquel clima había alegría y llegaron a ser falangistas los oficiales, los vigilantes y hasta los presos de otras galerías que, sin saber qué sentían, saludaban con el brazo en alto y la Falange se hizo tan fuerte con aquellas persecuciones que su poder llegó a ser mayor que el del Consejo de Ministros y el del Parlamento.
Y así siguieron las chicas visitando a los presos y ocupándose de ellos después del 18 de julio, cuando ya las calles de Madrid estaban en poder de los rojos y a sus familias se les siguió dando el socorro con rigor de hermandad.
Y entre aquellos presos figuró, como decimos, hasta su liberación, el falangista Pedro Durruti.
La pantomima
Pedro Durruti falleció a causa de una «parálisis cardíaca, según resulta de la certificación facultativa y reconocimiento practicado».
FRANCISCO DEL RÍO, juez municipal que expidió el
certificado de defunción
El hispanista Paul Preston asegura que Pedro Durruti murió asesinado el 22 de agosto de 1936 en la cárcel Modelo, junto con Ruiz de Alda, Rico Avello, Melquiades Álvarez o Fernando Primo de Rivera: «También pusieron cuidado en elegir —escribe Preston, en El Holocausto español— a 4 antiguos izquierdistas que se habían pasado a la Falange: Enrique Matorras Páez, previamente miembro destacado del Partido Comunista en Sevilla; Sinforiano Moldes, que había abandonado la CNT y había montado un sindicato esquirol en el sector de la construcción, y 2 ex pistoleros de la CNT, un tal Ribagorza y Pedro Durruti, hermano de Buenaventura, el fundador de la FAI».
Es obvio que, cuando hizo esta afirmación, Preston, catedrático
«Príncipe de Asturias» de Historia Contemporánea Española, ignoraba el verdadero destino de Pedro Durruti; incluida, naturalmente, la existencia de la insólita causa 405/37 obrante en el Archivo Militar de El Ferrol sobre la que nos detuvimos en el capítulo anterior.
De regreso en León, y tras ser puesto en libertad por decisión del director general de Seguridad José Alonso Mallol, previa recomendación de los anarquistas Ángel Pestaña y Benito Pavón, el falangista Durruti decidió instalarse en Busdongo aconsejado por su madre, donde residía su hermano Clateo Pedro, que era ferroviario.
En Busdongo, localidad del municipio de Villamanín, a cinco kilómetros del Alto de Pajares, le sorprendió el Alzamiento del 18 de julio.
Por nada del mundo podía imaginarse Pedro Durruti que fueran a involucrarle en la «conspiración hedillista», como se denominó luego a los violentos sucesos de Salamanca en la Historia del anarquismo leonés.
Tras la muerte de José Antonio, la Falange quedó dividida en dos grupos: uno encabezado por Manuel Hedilla, y otro que propuso destituir a este y nombrar un triunvirato dirigente formado por Agustín Aznar, Sancho Dávila y Jesús Muro, reemplazado a última hora por José Moreno; también merodeaba por allí Rafael Garcerán, pasante del bufete de José Antonio.
El 15 de abril de 1937, Hedilla convocó para el día 25 un Consejo Nacional de Falange con objeto de erigirse en jefe principal del partido.
El día 16 por la mañana, el triunvirato se presentó ante Hedilla y lo destituyó. Hedilla fue a ver a Franco y este le garantizó que él era el jefe nacional de Falange. Pero la lucha interna por el poder no hizo más que empezar. Hubo enfrentamientos violentos, a consecuencia de los cuales murió José María Alonso Goya, jefe de milicias de Santander y amigo personal de Hedilla.
Mientras los falangistas se peleaban entre sí, Franco decretó el 19 de abril la unificación de todas las fuerzas en lo que se llamó desde entonces Falange Española Tradicionalista y de las JONS, dentro de su propio Movimiento Nacional.
Pilar acudió de inmediato a Salamanca para oponerse a la unificación y logró disuadir a Hedilla, cuya nueva actitud desafiante a Franco le costó el cese y la cárcel.
Presionado también por José Antonio Girón de Velasco, Dionisio Ridruejo y Agustín Aznar, Hedilla comprendió al final que la unificación suponía el sometimiento de la Falange a Franco y rehusó el cargo de vocal del secretariado que el Generalísimo le había ofrecido por decreto.
El 5 de junio, durante un consejo de guerra celebrado en Salamanca, Hedilla y otros tres falangistas fueron condenados a la pena de muerte, pero finalmente Franco se la conmutó por la de cadena perpetua.
La Sección Femenina acabó aceptando la unificación.
El testimonio tardío de Ramón Serrano Súñer tal vez ayude a comprenderlo: «Por encima de las cuestiones personales hay un hecho importantísimo y es que, efectivamente, la unidad de mando militar y también la unidad de mando político, pese a todas las incongruencias entre los grupos unificados, evitó poderosamente que se produjeran discordias,
reyertas, batallas en la retaguardia como las que tuvieron lugar en la zona republicana. Sin la unificación se hubieran producido en nuestra zona incidentes desagradables, como empezaron ya a producirse en la noche negra de Salamanca».
Un historiador de la talla de Luis Suárez se esmera en establecer dos interesantes conclusiones, la primera de las cuales es la siguiente: «A la Sección Femenina sentó muy mal el Decreto de Unificación, al que consideraba, en principio, como una especie de desobediencia a las órdenes postreras de José Antonio, pero nunca se pensó en una rebelión contra el mismo ni en disidencias graves».
Y la segunda, no menos certera, dice así: «Pilar Primo de Rivera nunca dudó de la sinceridad y honestidad de Hedilla, al que, según ella, no se hizo “la Justicia que merece”, de modo que no aceptó como buena la sentencia del Tribunal Militar. Hizo gestiones para el perdón cerca de la esposa de Franco, quien la tranquilizó aludiendo a que Serrano Súñer ya se ocupaba del asunto».
Pues bien, Pedro Durruti fue acusado de «hedillista» y de conspirar abiertamente para que la Falange, en lugar del Ejército, acaudillase el levantamiento contra el gobierno del Frente Popular.
Del sumario del consejo de guerra contra él se desprende que los días 21 y 22 de agosto de 1937, Durruti proclamaba también con descaro la disolución de la Guardia Civil, la desaparición del clero, o la admisión en Falange de socialistas y comunistas.
Confinado en la prisión leonesa de San Marcos, Durruti coincidió allí con el poeta Victoriano Crémer, el cual aseguraba, por cierto, que «ni siquiera el infeliz Pedro Durruti sabía absolutamente nada del conflicto salmantino».
A diferencia de este, Crémer sobrevivió a la guerra, fundó la revista
Espadaña y obtuvo el Premio Nacional de Literatura.
Crémer glosaba así, en su Libro de San Marcos, la sincera conversión de Durruti del anarquismo a los ideales de la Falange:
Desde que me localizó entre escondido y fugitivo, Pedro Durruti no me dejó ni a sol ni a sombra. Tampoco yo, al principio, rehuí su compañía, que se me antojaba, en cierto modo, garantía de mi seguridad […]
¿Por qué se me presentaba uniformado rigurosamente de falangista, camisa azul, negro correaje, botas de campaña y pistolilla urbana al cinto?
[…]
Una y otra vez, aquel Durruti sorprendente intentó explicarme el proceso no de su conversión, que no aceptaba, porque en el fondo continuaba nutriéndose de sus ideologías fluctuantes entre el anarquismo clásico y detonador de su hermano Buenaventura y la atracción que la espectacularidad de los fascismos le producía…
Convencido de que ambas fuerzas o versiones «de un mismo principio revolucionario —explicaba— antimarxista y anticapitalista» podían conjugarse, se entregó al juego, siempre peligroso, de las connivencias.
Y dado que de su radicalismo revolucionario nadie tenía derecho a dudar, conocidos los orígenes y biografías familiares y también su anterior militancia cenetista, entendió que debía predicar con el ejemplo, insertándose en las filas de Falange, como signo de la posible y conveniente fusión, que, por cierto, el propio José Antonio contemplaba con ilusión, pues que de esta manera se vendría a dotar de sangre proletaria, de verdad revolucionaria, el cuerpo teórico de un movimiento de señoritos…
Y le acogieron con los brazos abiertos. Y Pedro Durruti comenzó a desplegar actividades en los distintos campos, convertido en conspirador de la fusión o de la confusión. Y fue de José Antonio a Buenaventura y de este a Ángel Pestaña. Y a punto estuvo de ser estrangulado por su propio hermano cuando le llegó con la embajada del desaforado contubernio.
«No tiene visión de la realidad», me explicaba [Buenaventura Durruti]. Juega a revolucionario de novela rusa. Los tiempos han cambiado y las tácticas revolucionarias han de ajustarse a los tiempos nuevos…
Pedro, el hombre, sentía lo que decía. O al menos a mí me lo parecía.
Entre las acusaciones del consejo de guerra sumarísimo figuraba la entrega del fichero de Falange a la Dirección General de Seguridad, debido a lo cual habrían sido fusiladas decenas de personas de derechas por elementos marxistas.
Pero del testimonio de Crémer y de otros ya mencionados en el anterior capítulo, es fácil deducir que Durruti no era un traidor, sino un falangista leal y convencido, a quien la propia Pilar Primo de Rivera facilitó el paso a la zona nacional tras su salida de la cárcel Modelo, días antes del Alzamiento militar.
Durruti resultó ser así una víctima propiciatoria de aquel consejo de guerra.
Su defensor de oficio, el teniente Higinio Guerra Valcárcel, del Regimiento de Infantería Burgos número 31, nada pudo hacer para salvarle la vida.
La sentencia del Consejo presidido por el teniente coronel de Infantería José Usoz Loma cayó sobre él como una terrible losa: «Fallamos que debemos condenar y condenamos a Marciano Pedro Durruti Domingo como autor responsable de un delito de adhesión a la rebelión con circunstancias agravantes, a la pena de MUERTE».
Hubo prisa en ejecutar la sentencia contra un joven de veintiséis años. Prisa e inquina. El general Múgica, jefe de la División de León, elevó la sentencia telefónicamente al asesor jurídico del Jefe del Estado, a quien correspondía en última instancia dar el visto bueno a la pena capital.
Se organizó todo para que la ejecución del reo se celebrase aquel mismo día, tras las dos horas preceptivas del condenado en capilla.
En un gesto de inusitada crueldad, el general Múgica rubricó un estremecedor documento dirigido al juez militar especial José Manuel Fernández de Blas, que dice así: «Para la ejecución a la pena de muerte impuesta al falangista Marciano Pedro Durruti Domingo, he designado como lugar de ejecución el Campo de Tiro de Puente del Castro y hora de las seis de la tarde de hoy, habiéndose oficiado al señor Jefe Provincial de Milicias de F. E. T. y de las J. O. N. S. para que designe el piquete que al mando de un oficial ha de hacerse cargo del reo en el momento de su entrada en capilla y de ejecutar la pena impuesta. Dios guarde a V. S. muchos años. León, a 22 de agosto de 1937. Segundo año triunfal. El General Jefe de la División, Múgica».
Obsérvese cómo el propio general Múgica consideraba «falangista» a Pedro Durruti, y cómo aun así dispuso que sus mismos compañeros de partido formasen parte del piquete de ejecución. ¿A qué obedecía semejante «privilegio»?
El fusilamiento se efectuó finalmente en el campo de tiro de El Ferral del Bernesga, en lugar de en el de Puente del Castro.
En el documento de entrega del reo al jefe del piquete figura la firma de este: «F. Bonge».
Los alféreces del Cuerpo de Sanidad Militar, Fernando Rico Saavedra y Pablo Sánchez de Linares, reconocieron el cadáver de Durruti y
certificaron su defunción la misma tarde del fusilamiento.
Tres días después, el 25 de agosto, el juez municipal encargado del Registro Civil de León, Francisco del Río Alonso, extendió el certificado de defunción de Pedro Durruti, de acuerdo con el cual este murió a causa de una «parálisis cardíaca, según resulta de la certificación facultativa y reconocimiento practicado».
¿Qué interés había en ocultar la verdadera causa de su muerte?
Con razón, José María García de Tuñón advierte, sagaz: «Produce estupor el rigor de la sentencia que condena a la pena capital a Marciano Pedro Durruti, pues las declaraciones obrantes en autos, que constituyen las pruebas de cargo, no pasan de ser meros deseos y palabras, puro voluntarismo, sin traducirse en vulneraciones o acciones específicas que pudieran incardinarse, como consumadas, en ningún tipo penal (rebelión militar, sedición, adhesión), dado el radicalismo revolucionario del hermano Buenaventura, y como una seria advertencia para posibles aventuras de terceros que trataran de desmerecer o suplantar el protagonismo del Ejército, tras julio de 1936».
Durruti había sido ejecutado en un acto de flagrante injusticia, el sábado 22 de agosto de 1937.
El lunes 24, Victoriano Crémer fue sacado de la celda de castigo en el penal de San Marcos para hablar con «don Alfonso», como llamaban los presos con temor reverencial al auditor especial para delitos, culpas y complicidades.
Así evocaba Crémer su breve diálogo con el siniestro auditor:
—Ayer por la mañana [en realidad anteayer, día 22, y por la tarde] fue pasado por las armas su compañero Pedro Durruti. A usted le puede ocurrir lo mismo en un plazo no mayor de veinticuatro horas. Díganos, pues, dónde, cómo y para qué mantenía relaciones con Durruti y con otras personas… comprometidas en la traición de Hedilla.
—Pues verá usted, señor. Con el único que de verdad me he venido tratando ha sido con Pedro Durruti. A los demás les conocí casualmente y solamente durante unos pocos minutos, porque me los presentó Pedro, en el Café Central, a donde habíamos ido solamente a tomar un café…
—Pues caro café le va a salir…
Paradojas de la Historia: el mismo 22 de agosto, pero del año anterior, se había puesto ya en marcha el macabro cronómetro para el hermano pequeño de Pilar.
El benjamín
¡Fernando, por Dios, no abras! Vete por la puerta de la cocina…
ROSARIO URQUIJO DE FEDERICO
Pilar jamás olvidó su premonitoria pesadilla:
—Cosa verdaderamente increíble —recordaba ella, al cabo de casi cincuenta años—, aquella noche yo veía entre sueños que a Fernando le pasaba algo, así como que le perseguían y, al despertar, se lo conté a las que estaban conmigo:
—¡Mira que sueñas cosas raras!
—Toda la noche he estado viendo a Fernando en peligro, cuando yo creo que están en más peligro los de Alicante (en Alicante estaban en la cárcel José Antonio, Miguel, tía Ma, Carmen y Margot, la mujer de Miguel; estas habían sido detenidas el 1 de agosto y encerradas en el reformatorio de adultos). Porque a los de la cárcel Modelo no se atreverán a tocarlos, pensaba yo, aunque solo sea por cubrir el expediente con el exterior.
Sin embargo, poco después llegó a vernos la camarada Zaracondegui, y nos contó que la víspera por la noche habían asaltado la cárcel Modelo y que había habido muertos. Le pedimos que por favor intentase obtener más detalles. Volvió por la noche con la noticia de que Fernando había sido asesinado, junto con Julio Ruiz de Alda, Martínez de Velasco, Melquiades Álvarez, Rico Avello y muchos más.
Aquella fatídica noche del 13 de julio de 1936, los milicianos irrumpieron en el domicilio madrileño de Fernando, en la calle Martínez Campos.
El hermano pequeño de Pilar residía allí con su esposa, Rosario Urquijo de Federico, en avanzado estado de gestación de quien al cabo de dos meses resultó ser una niña, María Fernanda, llamada así en recuerdo de su difunto padre.
La pareja se había conocido cuatro años atrás, el 4 de noviembre de 1932, durante una fiesta organizada por Rosario Urquijo con motivo de su dieciocho cumpleaños en casa de sus padres, sede hoy de la embajada de Francia en Madrid.
El flechazo inquietó muy pronto al padre de la joven, el célebre banquero Juan Manuel Urquijo, receloso de que una de sus niñas bebiese los vientos por un Primo de Rivera, símbolo de revolución y peligro en el Madrid de la época. Y lo cierto es que, a juzgar por los hechos que sucedieron luego, el cauteloso progenitor no iba en absoluto descaminado.
Los tambores de boda redoblaron, aun así, el 8 de julio de 1933 con la significativa ausencia durante el enlace del padre de la novia, sustituido finalmente por José Antonio, que actuó como padrino en una ceremonia presidida por el nuncio de Su Santidad en España, monseñor Tedeschini.
A esas alturas, José Antonio le había formulado a su futura cuñada la célebre pregunta cargada de ironía: «¿Estás segura de querer entrar en esta familia de “locos”?»… Y por supuesto que «entró» ella, enamorada hasta el tuétano del gran galán de su vida.
Días antes de su detención, Fernando había visitado a José Antonio en la cárcel de Alicante, acompañado de su esposa, con el fin de informarle de su plan para liberarle a él y a Miguel. Su inesperada captura frustró la tentativa de fuga; en palabras de Miguel, aquel intento de huida era «tal vez el único sensato de cuantos planeamos».
Fernando, que era aviador, había logrado reunir a varios pilotos españoles e italianos dispuestos a arriesgar sus vidas con tal de salvar las de José Antonio y su hermano.
José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, le visitó también aquellos días para detallarle el plan de fuga. Muchos años después, el propio Finat relató al hispanista Ian Gibson la audaz intentona. Al parecer, Fernando y él habían conseguido copias de las llaves de las principales puertas de la prisión gracias a la complicidad de varios funcionarios adeptos, que les permitieron obtener moldes de cera de las cerraduras; entre aquellos carceleros figuraba uno apellidado Desplan, natural de Zaragoza, que impartía clases de dibujo en la prisión. En cuanto supo su
apellido, José Antonio bromeó haciendo uno de los juegos de palabras que tanto le gustaban: «Vamos a preparar el plan Desplan», ironizaba ante Pepe Finat y Miguel.
Los cómplices contaban también con la anuencia de la guardia militar del Regimiento de Infantería de Alicante, cuyos oficiales apoyaban sin condiciones al jefe de Falange. Faltaba solo saber cómo saldrían de Alicante José Antonio y Miguel. Con tal fin, el conde de Mayalde se entrevistó con el oficial más destacado de la base de hidroaviones de Los Alcázares, instalada en el Mar Menor, en Murcia.
Alfaro, como se llamaba este falangista, prorrumpió: «¿Problemas? ¡El único problema es que los capitanes de las escuadrillas nos disputamos el honor de llevarnos a José Antonio!».
El plan había sido trazado hasta el último detalle: el día y hora convenidos, tres hidroaviones bajarían sobre las aguas de Alicante, a menos de cuatrocientos metros de la cárcel, para poner a salvo al líder de Falange y a su hermano.
Pero los organizadores no contaron con que el asesinato de Calvo Sotelo y la posterior detención de Fernando Primo de Rivera evanescerían de momento aquellas ansias de libertad.
Por si acaso, el conde de Mayalde dijo: «Fernando se ha ganado la jefatura limpiamente».
Aquella noche tórrida del 13 de julio, el matrimonio Primo de Rivera-Urquijo había salido a la terraza de su casa en busca de alguna corriente de aire que mitigase el sofoco.
Sus dos hijos, Miguel, nacido el 17 de agosto de 1934, y María del Rosario, venida al mundo el 17 de julio del año siguiente, dormían ya plácidamente en su dormitorio.
El matrimonio había planeado un viaje a Alemania, donde Fernando pretendía ampliar sus estudios de pediatría y eludir sobre todo los acechantes peligros para su familia en una ciudad tan convulsa como era entonces Madrid.
El año anterior había trabajado durante un mes entero en un hospital alemán de niños.
Pero aquella noche alguien aporreó inesperadamente la puerta de entrada a la vivienda.
Su nieta Rocío Primo de Rivera reconstruye con los años aquella pesadilla real que escuchó tal vez de labios de la propia testigo
superviviente Rosario Urquijo, fallecida el 24 de diciembre de 1987:
—¡Fernando, por Dios, no abras! Vete por la puerta de la cocina —le dice la abuela intuyendo lo peor.
Pero el abuelo se encamina a la puerta y abre sin vacilar. Cuatro milicianos se introducen con violencia. Mientras uno de ellos le empuja con una pistola en la sien, él intenta tranquilizar a la abuela, que presa de un ataque de pánico grita para que le suelten…
—Rosario, no te preocupes, tranquila, no va a pasar nada —susurra al oído de ella, mientras le acaricia la mejilla.
El miliciano, nervioso, y sin dejar de amenazar al abuelo con el arma, se lo lleva detenido, mientras los demás vuelcan colchones, tiran muebles y rompen con saña todo lo que encuentran por la casa en busca de alguien más.
Era la última vez que ella lo vería. Cuando se van, la abuela, desconsolada y sin dejar de llorar, queda tendida en un sofá. Es un milagro que no rompa aguas allí mismo, pues el embarazo de su tercer hijo se halla en su último estadio. Una de las chicas de servicio (la única que había permanecido junto a ellos) le dice que se vaya al sótano, que su vida peligra en ese momento más que nunca. Pero la abuela quiere morir, ni siquiera tiene fuerzas para hablar…
En el momento de la detención, Fernando guardaba en el bolsillo los dos billetes de avión a Alemania que le había proporcionado su benefactor, el doctor Gregorio Marañón, según cuenta hoy el propio hijo de Fernando, Miguel Primo de Rivera y Urquijo.
Aquella noche, Pilar volvió a nacer gracias al aplomo de su hermano pequeño, quien rogó encarecidamente a sus captores que no despertasen a los niños, interponiéndose entre ellos y la puerta del dormitorio. Fernando era el más alto y moreno de todos los hermanos.
Pero quien en realidad estaba dentro era Pilar, que desde el asedio de la capital se había refugiado en casa de su hermano para ocultarse de los que iban en su busca.
En una semblanza del hermano querido guardada en su archivo, Pilar recuerda en cambio que lo prendieron en su casa guardias de Asalto, en lugar de milicianos, de idéntica forma y casi a la misma hora que a José
Calvo Sotelo, el mismo que había dedicado un sentido homenaje póstumo al dictador, tras contemplar su cadáver solitario en París:
Lo detuvieron en la madrugada del 13 de julio unos ocho guardias de Asalto en su casa, y al ver que su mujer se quedaba preocupada, le dijo al marcharse con el brazo en alto: «No te preocupes, Rosario. Por Falange.
¡Arriba España!». Estas fueron las últimas palabras.
Como lo detuvieran de la misma manera y a la misma hora que a Calvo Sotelo, quizás fueran con la misma intención de matarlo, pero el teniente de Asalto, que era compañero suyo de la Academia, lo libró llevándoselo detenido a la Dirección [General] de Seguridad.
El asesinato de Fernando fue un golpe tremendo para toda la familia, y en especial para Pilar, que siempre estuvo muy unida a él.
Ana María de Azpillaga me hace partícipe hoy de una revelación:
«Fernando pudo haberse salvado —asegura—. Yo conocía a todo un personaje que se quedó fascinado nada más verle: el banquero Juan March. Este, en persona, me contó un día cómo se sintió deslumbrado por su despierta inteligencia cuando Fernando fue a pedirle dinero de parte de José Antonio para el Movimiento que se estaba organizando. Entonces, Fernando le dijo: “Don Juan, debo regresar a Madrid porque el 16 de julio es la fiesta de mi suegra Carmen [de Federico y Riestra] y nos quiere tener a todos juntos”. Pero la fiesta se quedó al final en tragedia…».
Fernando tenía veintiocho años y todo un brillante futuro por delante. Pilar lo adoraba; había sido su compañero de juegos en la infancia y ambos compartían su innata timidez.
Al decir de Ximénez de Sandoval, Fernando y Pilar encarnaban la rama castellana de los Primo de Rivera; con José Antonio ellos eran más austeros, más proclives a la melancolía y al recogimiento interior, mientras que Miguel y Carmen pertenecían a la raigambre andaluza.
Fernando era cariñoso: «Para él, el peor castigo era decirle que no se le quería», recordaba Pilar. Pero al mismo tiempo, como todos los demás niños, era peleón y tenaz. Incapaz de engañar a alguien, creía a pies juntillas en los Magos de Oriente y en la bondad de las personas; no concebía la doblez ni la malicia.
Hizo su primera comunión en Cádiz, donde su padre estaba entonces destinado. De regreso a Madrid, cursó el bachillerato en el Instituto del
Cardenal Cisneros, incorporándose luego por voluntad propia a una congregación de Luises organizada en la parroquia de Santa Bárbara. Era un hombre religioso, como José Antonio. Su profundo respeto por la fe se manifestó el día en que decidió cancelar la suscripción y la de su hermana Pilar a una revista infantil, simplemente porque en uno de sus números se aludía con poco entusiasmo a las celebraciones de Semana Santa. El dinero ahorrado se lo entregó luego él mismo a un niño ciego que pedía limosna a la puerta del Cristo de la Salud.
Su devoción a la Virgen del Pilar era tan ferviente, que le encomendaba a Ella todas sus empresas. Antes de estudiar besaba su imagen y rezaba una oración que había en el dorso de la estampa a la
«Reina de la Sabiduría».
Cierto día, se presentó en su casa con varios sobresalientes y tía Ma le premió con cincuenta pesetas; le faltó tiempo para visitar a Jesús en el Sagrario y darle las gracias; acto seguido fue a casa de su antigua tata, que estaba enferma: «¿Qué tal Dolorcita, cómo se porta san Cayetano?», le preguntó.
Ella contestó, resignada: «Bien, hijo, pero para hoy no me queda ya ni una perra en el bolsillo».
Fernando salió de la casa y entró en una tienda de comestibles. Hasta donde le alcanzó el dinero recibido por sus calificaciones, compró arroz, azúcar, café… Después hizo un letrero con caligrafía bien grande para su antigua cuidadora, donde se leía: «San Cayetano a su devota».
Pilar añadía estas otras pinceladas a la personalidad religiosa de su hermano: «Su compostura en la iglesia llamaba la atención, parecía un ángel. Algunos días antes de su asesinato comulgó en la cárcel con muchos de los presos. Ya sabía él que lo mataban y recibió el Viático; ahora goza de la vida mejor con aquellos que tanto amó en la tierra y que le señalaron el camino para llegar al Cielo».
Terminado el bachillerato con quince años y brillantes calificaciones, decidió incorporarse a la Academia de Caballería de Valladolid, donde se licenció con el número uno de su promoción, convertido en galonista a los dieciocho años.
El coronel director de la Academia, Álvarez de Sotomayor, salió al paso así de los maldicientes y envidiosos: «Lo único que siento es que el chico sea hijo del general Primo de Rivera, porque todos creerán que el número uno se debe a su posición y no a sus méritos, pero el quitárselo por
estas habladurías sería la mayor injusticia del mundo, ya que es, sin duda, el mejor alumno de la Academia».
Su propio padre consideraba a Fernando el más valioso de sus hijos, según Pilar: «Era el mejor en lo intelectual, en los ejercicios físicos, en el compañerismo, en el valor, en la modestia… Jamás ninguno de sus éxitos se le subió a la cabeza; seguía siendo como de pequeño: auténtico y el orgullo de su familia».
¿Qué más piropos podían dedicarse a un ser humano? Proviniendo de Pilar, que tenía a José Antonio en un pedestal, resultaba aún más meritorio. Concluida la Academia de Caballería como alférez, en 1928, Fernando fue destinado al Regimiento de Húsares de la Princesa donde estuvo unos meses, durante los cuales participó en varios concursos hípicos y partidos
de polo con el equipo del regimiento logrando diversos trofeos.
Opositó luego a la Academia de Aviación y en los ejercicios de ingreso, firmados con seudónimo para evitar chismes y murmuraciones, obtuvo de nuevo el número uno. Pidió plaza como voluntario en Villa Cisneros, en el desierto español, donde le cogió por sorpresa la muerte de su padre acaecida, como ya sabemos, el 16 de marzo de 1930. Poco después falleció su tía Inés, madrina suya y especie de segunda madre para él.
Derribada la Dictadura y caído el dictador, Fernando se resistió a seguir obedeciendo a quienes despreciaban la labor política de su padre, vituperándole incluso, en los ambientes militares. Inició entonces los estudios de medicina en la Universidad de San Carlos con la misma brillantez que los castrenses. Tres años después de proclamarse la República, el 1 de noviembre de 1934, obtuvo la licenciatura con especialidad en medicina general y la admiración personal de don Gregorio Marañón, con quien trabajó en el Hospital General (hoy Museo Reina Sofía).
El 21 de febrero de 1935 se inscribió en el Colegio de Médicos. Todos sus profesores, incluidos los que fueron hostiles a la política de su padre, reconocieron sus méritos académicos: desde Jiménez Díaz, hasta Novoa Santos, Enríquez de Salamanca, Cardenal, Olivares, Goyanes o el ya mencionado Marañón.
Entre sus compañeros de carrera figuraba José Botella, que siendo presidente de la Fundación Gregorio Marañón y poco antes de fallecer, brindó a Rocío Primo de Rivera los recuerdos de su abuelo paterno:
Le convalidaron [a Fernando] los estudios y me cogió a mí cuando yo estudiaba ya tercero de Medicina, de manera que estudió conmigo los tres últimos años de la carrera. Lo recuerdo muy bien, era moreno, muy guapo y se fue a trabajar con Marañón… […]
Estaba muy entregada a él [su esposa Rosario], por las tardes llevábamos papeles de cosas científicas y me gustaba ver cómo copiaba ella las cosas a máquina. Hablábamos de Medicina y recuerdo que nos intercambiábamos revistas alemanas. Aprendió alemán para poder leerlas.
Debió de terminar la carrera en el 35 [en realidad fue en noviembre de 1934] y mientras hacía la tesis doctoral sobre la hormona del crecimiento lo cogieron, lo metieron en la cárcel y lo mataron […]
Fíjate que tu bisabuelo [el dictador] metió en la cárcel a Marañón, pero él era un hombre muy generoso, y nada más morir don Miguel publicó un artículo poniéndole por las nubes. Y a Fernando, tu abuelo, le adoraba, era uno de sus discípulos favoritos. Quería especializarse en endocrinología […]
Yo creo que si no le hubieran matado hubiese sido investigador. Íbamos todos los días al Hospital General para hacer las prácticas […] El abuelo era, por su forma de ser, sereno, sólido y cariñoso, a la vez que muy querido por sus pacientes. Tenía vocación médica, que es lo mismo que
«vocación de querer».
Hasta tal punto Marañón confiaba en él, que encargó a su discípulo la traducción del italiano de los dos volúmenes de Endocrinología: patología y clínica de los órganos de secreción interna, de Nicolás Pende, cada uno de los cuales constaba de 694 y 508 páginas, respectivamente.
Pero fundada la Falange, Fernando se entregó también a ella con la misma autenticidad, vitalidad y dedicación con que ejercía hasta entonces la medicina vocacional.
José Antonio le encargó desde la cárcel la Jefatura Nacional de Falange y, pese a estar casado y con dos hijos pequeños, él no titubeó. Nombró a sus propios enlaces y mantuvo activa la organización clandestina, como recordaba Pilar, «con un equilibrio, con una calma, con una seguridad que transmitía a sus colaboradores».
En una bella semblanza publicada en Arriba el 23 de agosto de 1962, con motivo del vigésimo cuarto aniversario de su muerte, el historiador
argentino Enrique Pavón Pereyra vertía su sincera admiración por aquel hombre cabal.
Pilar guardaba en su archivo una copia de ese sentido homenaje a Fernando, que más de una vez debió leer conmovida:
Su verticalidad responde a una fisonomía insobornable, que empalma racialmente con el mandato que acaba de recibir de su hermano. Fernando pasa a ser el paradigma, lo resoluto, lo cuajado.
Todo lo que concibe José Antonio lo ejecuta Fernando, gemelos ambos en el temperamento, en la ardentía, en el dominio del arrebato […]
Ese período es pródigo en trampas, en lances sorteados a la desesperada, en sentido de la improvisación. El riesgo y ventura que se vive hace que cobre sentido la multiplicidad de Fernando, su genio pluriforme, su acusada solvencia como jefe nato.
Esa vocación de mando, ejercitada en la sangre —militar por los cuatro costados, él mismo acrecentaba su voluntad castrense como número uno de su promoción en las Academias de Valladolid, de Getafe, de Los Alcázares—, le capacitaba para tratar en forma simultánea problemas difíciles, en tanto la faz organizativa cobraba vuelo y coherencia merced a un don de autoridad que no conseguía disimular la exquisitez de su trato, antes bien empalmaba con la vigencia de una capitanía ejercitada con decisión, con absoluto dominio de sus nervios.
El destinatario de todos esos elogios dio con sus huesos en la cárcel Modelo, que ardió como una enorme falla el 22 de agosto de 1936.
Aquel día fue, sin duda, uno de los más dolorosos y cruentos de toda la guerra. ¿Se provocó el incendio para masacrar a los presos aprovechando como excusa el caos reinante? ¿Fue una treta para que el Gobierno no resultase comprometido en la matanza? ¿Fueron los propios prisioneros, como llegó a decirse, quienes provocaron el incendio para escapar?
Al parecer, quienes originaron las llamas fueron los presos comunes. Poco después, un numeroso grupo de milicianos asaltó el edificio haciendo creer que los verdaderos autores del incendio eran los «fascistas» que pretendían evadirse.
A las seis de la tarde, corrió por Madrid la alarma de que la prisión era pasto de las llamas. Enseguida se concentraron familiares de presos, junto a curiosos, en la plaza de la Moncloa, donde estaba la cárcel.
¿Qué sucedió en realidad entre aquellos muros?
Manuel Valdés Larrañaga, amigo íntimo de José Antonio y miembro del primer Consejo Nacional de Falange, lo vio todo con sus propios ojos y vivió para contarlo. Así lo relataba a la reportera gráfica Sofía Moro, coincidiendo con el 70.º aniversario del final de la Guerra Civil española:
El día 22 de agosto los presos comunes, atendiendo a un plan instrumentado entre La Pasionaria y un recluso comunista conocido como
«doctor Muñiz», simularon un incendio en el cual quemaron los ficheros, mataron a algún oficial de prisiones y posteriormente escaparon.
La huida del resto de los funcionarios permitió la entrada de grupos, previamente organizados, gritando que los presos políticos y los militares sublevados querían escaparse. Así la cárcel quedó en manos del populacho y nosotros a su absoluta merced.
Al día siguiente, desde las ventanas de la galería de políticos, vimos cómo alguno de los presos comunes que abandonaban la cárcel prendía fuego al cuarto donde estaban los ficheros. Aquel día ni salimos al patio ni comimos y, a partir del mediodía, ya no vimos a ningún oficial de prisiones.
A media tarde, desde las ventanas y azoteas de las casas contiguas, comenzó el ametrallamiento del patio de la primera galería, donde estaban ubicados los militares sublevados, provocando un muerto y varios heridos. Al mismo tiempo, en nuestra galería irrumpieron una especie de comisarios que trataban de atemorizarnos diciendo que habían quemado la
cárcel (sin decir quién) y que no sabían lo que allí podía pasar.
Más tarde, cuando casi había anochecido, entraron milicianos armados con mosquetones y pistolas y se apropiaron de todo aquello que pudiera tener algún valor. El registro nos dejó perplejos y sospechamos que algo grave podía pasar.
Ya de noche y entre la luz de las velas con las que paliábamos la falta de luz eléctrica, volvieron a irrumpir otra vez los milicianos, diciendo:
«No queremos vuestro dinero, queremos vuestras vidas». Entre culatazos nos trasladaron a la primera galería, que había quedado desierta, ya que a todos los militares detenidos se les había ubicado en el patio.
El espectáculo recordaba a las estampas de la Revolución Francesa: ex presidentes del Gobierno, ex ministros, políticos, aristócratas y presos en general tirados por el suelo o medio sentados esperando su suerte.
Reflejando en sus rostros la angustia de una muerte segura. Frente a nosotros, milicianos y mujerzuelas que se paseaban entre los presos con un morboso deseo de sangre.
Entre los milicianos que pululaban había unos campesinos de Jaén que llevaban sombreros de paja de ala ancha y otros de tipo más urbano con pañuelo rojo al cuello y zapatos entaconados [sic], que parecían proceder de los barrios bajos de la capital. Había también mujeres desgreñadas de ojeras grisáceas que nos miraban como si fuéramos seres extraños. Todos ellos como emergidos de las entrañas de la tierra. Seres a los que no había visto antes, ni volvería a ver.
Hacia medianoche, después de un detenido reconocimiento hicieron la primera saca eligiendo a los de más edad: Martínez de Velasco, ex presidente del Gobierno y ex ministro; Melquiades Álvarez, ex presidente de la Cámara de Diputados; Álvarez Valdés, ex ministro de Justicia, y el doctor Albiñana, fundador del Partido Nacionalista Español. Los cuatro ancianos subieron la escalera con la mirada perdida, insensibles a los culatazos de los milicianos y a los insultos de las mujeres. Al cabo de una hora oímos la descarga de su fusilamiento. Más tarde supe que durante esa hora los milicianos hicieron, según su manera y estilo, una especie de juicio sumarísimo popular antes de proceder a fusilarlos en los sótanos de la cárcel.
Un buen rato después hubo otra saca que incluía también a ex ministros y parlamentarios. Y, ya casi al alba, se produjo una tercera, de la que no pudieron librarse ni Andrés de la Cuerda, secretario de José Antonio, ni su propio hermano Fernando Primo de Rivera, entre otros.
Durante aquella interminable noche toda mi obsesión era buscar la manera de que al día siguiente se pudiera identificar mi cadáver, por lo que decidí anotar mi nombre en la camisa. Luego pensé que había hecho una estupidez e intenté borrarlo. Me vino la idea de que si llegaba el amanecer podría salvarme. Y así fue. También pensaba en las tropas del general Franco, que no podían estar distantes, ya que sabíamos que ese mismo día se habían librado combates en Maqueda, un pueblo de la provincia de Toledo. A primera hora de la mañana se nos hizo saber que podíamos estar tranquilos, que se habían acabado los fusilamientos.
Encarcelado en la Modelo, el abogado y diputado en Cortes Ramón Serrano Súñer pudo contarlo también de milagro.
Serrano era astuto, pulcro y dotado de una simpatía extraordinaria.
Desde el estallido de la guerra no había dejado de moverse en busca de refugio: primero en casa de sus hermanos, luego en la de su tía, y a continuación en una discreta pensión de la calle Velázquez.
Cuando lo detuvieron, se encontraba en el domicilio de un amigo. Un guardia de Asalto y un miliciano se lo llevaron después de la cena a bordo de un automóvil que continuó su trayecto por la calle de Alcalá, dejó a su izquierda la Cibeles y subió por la Gran Vía, deteniéndose finalmente en el desierto parque del Oeste. Serrano tembló de miedo, presintiendo que iban a darle el «paseo».
De hecho, sus captores le hicieron andar en la oscuridad y le pusieron contra un árbol para interrogarle sobre Franco, la insurrección y los demás generales, así como sobre sus relaciones con Gil Robles, el jefe de la CEDA, e incluso con el rey Alfonso XIII.
Sometido a la tensión nerviosa acentuada por su insomnio crónico, que le había provocado una úlcera de estómago, Serrano procuró responder con firmeza pese al pánico evidente. Insatisfechos con sus respuestas, el guardia y el miliciano le apuntaron con un fusil y una pistola ametralladora, respectivamente. Serrano rezó en silencio, en espera de lo inevitable. Pero los dedos de sus verdugos permanecían inertes en los gatillos. Siguió rezando.
El miliciano dijo: «Mire, voy a pedir información a mis superiores.
Aún está usted a tiempo. Deme alguna noticia y no le mataré».
Serrano se distanció unos pasos del árbol e insistió en que no podía suministrarle información útil. «Pues lo siento», replicó el miliciano, colocándole de nuevo de espaldas contra el árbol y apuntándole.
Pero tampoco esta vez hubo disparos.
Introdujeron finalmente en el coche al tembloroso Serrano, que poco después ocupaba una celda en el cuarto y último piso de la Modelo.
Fue así como la noche del 22 de agosto, Serrano creyó llegada de nuevo su última hora. Pero uno de los jefes milicianos que irrumpieron en la prisión, nada partidario de las matanzas, indicó que debían ser selectivos con los presos políticos. Mientras discutían entre ellos, se apagaron todas las luces. Tardaron unos minutos en reunir velas suficientes para alumbrar la fúnebre escena. Sentado a una mesa, un joven harapiento gritó los nombres de los camaradas de Serrano. Una treintena de políticos fueron
conducidos a empellones hasta el sótano para ser ejecutados. Serrano escuchó estremecido, durante horas, los disparos de los verdugos.
Cuando Juan Simeón Vidarte, vicesecretario general del PSOE y fiscal del Tribunal de Cuentas, bajó al sótano de la prisión antes del amanecer, provisto de una linterna, tropezó con los cadáveres, para poco después identificar a los políticos que habían sido sus compañeros de escaño en las Cortes.
Fernando Primo de Rivera llevaba aún en la mano el cigarrillo que pidió antes de morir, Melquiades Álvarez mantenía los ojos abiertos… Vidarte se los cerró piadosamente.
José Luis Gómez Tello, egregio periodista y voluntario de la División Azul, refería en página inolvidable la gallardía con que Fernando se comportó ante sus verdugos, aguardándolos vertical, erecto, implacable, como «un ángel clavado en las jambas del pórtico del Cielo».
Murió sin jactancia, pero con resolución no exenta de serena alegría, como diciendo «No importa el triunfo; importa el ejemplo».
Pilar recordaba así:
Fue asesinado sin juicio ni formación de causa, pero no sin dejar antes constancia de su temperamento al encararse con quienes venían a fusilarlo y que, en un alarde de chabacanería, pretendieron pegarle tirando por alto unos trabajos de medicina que en aquellos momentos escribía. «A mí podréis matarme si queréis, pero no consiento que me ponga ninguno un dedo encima», les dijo; e invocando a Dios y pensando en la Falange y en sus hijos, murió este hombre excepcional…
A la misma edad que su madre: veintiocho años.
¡Vive!
¿No se siente miedo a abandonarlo todo cuando las bocas de los fusiles le señalan a uno con su dedo redondo? ¿Se reza?… He nacido dos veces.
FERNANDO MONGUIÓ BECHER
Fernando Becher, a quien Pilar denominaba «Vercher» en su escrito «Muy reservado», reproducido en el capítulo «Tras las elecciones», pasó aquella noche en el patíbulo carcelario de la Modelo, entre montones de cuerpos ensangrentados sobre los que se movían los haces de las linternas eléctricas, escudriñando en busca del rostro conocido.
Los que presenciaron entonces el dantesco espectáculo confesaron luego que víctimas y verdugos se encharcaban hasta los tobillos en la sangre humana que corría por el suelo de cemento como un riachuelo…
La historia de Fernando Monguió Becher, nacido el 5 de enero de 1917 en Madrid, es uno de los episodios más increíbles y desconocidos de la Guerra Civil española.
Becher, como aludiremos a nuestro nuevo protagonista de ahora en adelante, volvió a nacer aquella horrible madrugada en la cárcel Modelo, como el Lázaro del Evangelio, dos mil años atrás.
Pilar le había conocido vagamente el 29 de octubre de 1933, en el teatro de la Comedia, donde José Antonio cautivó a la multitud allí congregada.
Hecho un mozalbete a sus dieciséis años, Becher grabó aquel día a fuego en la caja registradora de su cerebro las ardientes palabras del fundador de Falange, mientras formaba parte de la guardia de vigilancia durante el acto de afirmación.
Nacido, como decimos, en Madrid, su madre Agnes Becher Seite retornó con él poco después a Austria, de donde era originaria su familia.
De ahí que Pilar afirmase, confundida, que el mismo «Vercher» que había llevado consigo parte de las armas escondidas en su casa de Serrano 86, para ponerlas a salvo de los «rojos» en otro lugar, era «de nacionalidad alemana».
En cualquier caso, cuando Pilar redactó su documento «Muy reservado» aún no se había producido la anexión de Austria a Alemania, declarada por el propio Hitler tras su llegada a Viena, el martes 15 de marzo de 1938.
En un revelador artículo elaborado con la inestimable ayuda de los hijos de Becher (Pilar y Darío Monguió Vecino), basado a su vez en el publicado por el Diario de Cádiz un año antes, el 1 de noviembre de 1998, el historiador Iván García Vázquez recuerda que nuestro joven protagonista pasó su infancia en Waltersdorf an der March, ciudad de la región de Niederösterreich, junto a la frontera de Eslovaquia.
Concluida la enseñanza primaria en Austria, Becher regresó con su madre a España en 1927, matriculándose en el Colegio Alemán de Madrid, donde cursó el bachillero germano en Ciencias y seguidamente el español completo.
Hizo sus prácticas en el Dresdnerbank y, más tarde, en el Banco Germánico de la América del Sur. Su facilidad para los idiomas era innata: dominaba el alemán, inglés, francés y, por supuesto, el español, incluidas algunas nociones de italiano.
Llama la atención también su precoz militancia política, afiliado primero al Partido Nacionalista Español cuyo fundador, el doctor José María Albiñana Sanz, moriría asesinado la madrugada del 23 de agosto junto con el hermano de Pilar.
Constituido a mediados de abril de 1930 bajo el lema «Religión, Patria y Monarquía», el programa del partido de Albiñana constaba de veintidós puntos, entre los cuales destacaban la defensa de la unidad de la Patria, el respeto de los principios religiosos, la afirmación de la monarquía o la gratuidad de la enseñanza elemental y el acceso de las clases populares a la media y superior.
Becher se identificó en un inicio con aquel repertorio de principios que representaba Albiñana, elegido diputado por Burgos en las Cortes de 1933; precisamente el mismo año en que Becher sucumbió ante la envolvente oratoria de José Antonio, que además era veinte años menor que Albiñana.
Desde entonces hizo suyo, con todas sus consecuencias, el bello y solemne juramento de la Falange:
Juro darme siempre al servicio de España.
Juro no tener otro orgullo que el de la Patria y el de la Falange, y vivir bajo la Falange con obediencia y alegría, ímpetu y paciencia, gallardía y silencio.
Juro lealtad y sumisión a nuestros jefes, honor a la memoria de nuestros muertos, impasible perseverancia en todas las vicisitudes.
Juro, donde quiera que esté, para obedecer o para mandar, respeto a nuestra jerarquía del primero al último rango.
Juro rechazar y dar por no oída toda voz del amigo o enemigo que pueda debilitar el espíritu de la Falange.
Juro mantener sobre todas, la idea de unidad: unidad entre las tierras de España, unidad entre las clases de España, unidad en el hombre y entre los hombres de España.
Juro vivir en santa hermandad con todos los de la Falange y prestar todo auxilio y deponer toda diferencia siempre que sea invocada esta santa hermandad.
A mediados de 1934, Becher fue nombrado jefe de la Tercera Falange de la Tercera Centuria; y en octubre, presidente del Sindicato de Empleados de Oficinas.
En junio, constituido ya el SEU, sus dirigentes juveniles habían elegido a los mandos de la organización falangista femenina: Pilar fue designada así jefa nacional; Dora Maqueda, secretaria nacional; Luisa María de Aramburu, jefa provincial de Madrid, e Inés Primo de Rivera, secretaria provincial.
Entre las fundadoras, pero aún sin cargos oficiales, figuraban Dolores Primo de Rivera, María Luisa Bonifaz y Marjorie Munden.
Becher inició, en noviembre, la carrera de derecho en la Universidad Central de Madrid y fue elegido delegado del SEU en el primer curso.
Entre propaganda y mítines políticos, entabló amistad con Dora Maqueda y conoció también, cómo no, a su jefa Pilar.
Madrid empezaba a ser ya entonces, en palabras de García Vázquez,
«un avispero político y social: huelgas, tiroteos, revueltas, caos… y detenciones».
Apresado Fernando Primo de Rivera, su esposa Rosario Urquijo se refugió con Pilar y Dora Maqueda en el domicilio de su amigo Martínez Hoyuelos, ubicado en la plaza de España, a tiro de piedra del Cuartel de la Montaña, principal foco de la sublevación militar madrileña.
En aquella casa les sorprendió el Alzamiento del 18 de julio y pudieron contemplar con sus propios ojos la cruel derrota infligida por los milicianos a los militares rebeldes.
Pero antes de eso, y con motivo de los comicios celebrados en febrero de 1936, debió repetirse en mayo la segunda vuelta en la provincia de Cuenca.
José Antonio fue incluido en las listas electorales de la derecha por mediación de su amigo Serrano Súñer: era una forma de buscar la inmunidad del jefe de la Falange como aforado para propiciar su salida de la cárcel Modelo.
Becher estuvo en Cuenca poco antes que Miguel Primo de Rivera, Rafael Garcerán, Barroso y Tito Menéndez para desempeñar, como ellos, labores electorales. Y lo mismo que el hermano de José Antonio, el amigo de Dora Maqueda ingresó finalmente en la cárcel Modelo.
Miguel lo hizo el 1 de mayo, detenido la noche del 30 de abril a raíz de los turbulentos sucesos organizados en Cuenca por las milicias del socialista Indalecio Prieto.
A esas alturas, Becher era ya demasiado conocido por sus enemigos: su retrato se había publicado en la prensa «roja», y hasta le apodaban «el inglesito».
En una de las fotografías aparecidas en los periódicos se le veía tocado con un sombrero y con una pistola apuntando desde una esquina de la calle.
El diario personal de Becher constituye hoy un auténtico tesoro histórico, en manos de sus hijos.
Arranca así el protagonista, de su puño y letra, la narración:
Lo primero, relatar parte de mis vivencias, desde que ocurrió la primera calamidad, desde que verdaderamente yo me di cuenta de que sufría por Falange y al mismo tiempo por España.
Aconteció esto cuando me metieron en la cárcel Modelo, en la que pasé tres meses y un día de mi vida. Ya un mes antes, cuando la segunda vuelta de las elecciones, me detuvieron en Tarancón, y me pasé tres días
incomunicado en la 5.ª galería. Recuerdo que me pasé tres días golpeando la pared de mi compañero de fatigas, Román Laguna, y me alegraba como un chiquillo cada vez que mi amigo entendía, en la celda contigua, la canción que yo quería hacerle conocer.
El joven falangista fue detenido por segunda vez la madrugada del viernes 22 de mayo, pues como él mismo afirmaba se pasó en la Modelo
«tres meses y un día de mi vida», tras ingresar en prisión por primera vez en abril.
Él mismo lo relataba así:
El día 22 de mayo, a las dos de la mañana, vino la policía a casa en donde encontraron muchas armas (fue un chivatazo), y me detuvieron y pasé tres días incomunicado en la Dirección Nacional [General] de Seguridad.
Lo pasé bastante aburrido y sabiendo lo que me esperaba: estar encerrado en una celda que medía 5 por 5 pies, así que no me podía ni estirar. Pasó ese calvario y me tuvieron otros tres días en la 5.ª galería también incomunicado, luego me pasaron a la 2.ª galería, celda 27. Lo peor para mí era la plaga de bichos que había, que no valía la pena molestarse en matar […]
Todavía me acuerdo de la primera vez que me bajaron al patio, que me encontré con todos los compañeros que estaban allí, y no sabía si nos volveríamos a encontrar. Logré que me pasaran a [la celda] 254. En ella metieron a un espía alemán, un tal «Maximinum», pero me dieron el aviso y no pasó nada.
Becher se ahorraba los detalles de su detención, de la que sí informó la prensa el martes 26 de mayo.
La policía se presentó aquel día en su domicilio de la calle Hermosilla,
84. Poco después, descubrió en la terraza de la vecina vivienda del número 82 una maleta y un cajón con once pistolas y su munición correspondiente, las cuales había arrojado al parecer el detenido antes de irrumpir los agentes.
Y con Becher preso ya en la Modelo, llegó la funesta noche del 22 de agosto.
A los trágicos recuerdos de Valdés Larrañaga y de Serrano Súñer, se sumaba el no menos estremecedor del periodista Santos Alcocer, recluido en la misma prisión dos años después. Recordaba este que, en cuanto empezaron a correr por los patios y galerías los gritos de «¡fuego, fuego!», se cerraron a cal y canto las puertas de comunicación y los rastrillos, dejando acorralados a la mayoría de los presos.
Simultáneamente, por las puertas que penetraban los bomberos, lo hacían también los milicianos armados hasta los dientes; los jefes de las partidas de milicias de la CNT y de las Juventudes Socialistas Unificadas de Santiago Carrillo, según Alcocer, aprovecharon el caos reinante para instalar ametralladoras en las azoteas y balcones de los edificios colindantes, disparando a mansalva contra los presos atrapados: militares, falangistas y políticos.
Santos Alcocer denunciaba lo ocurrido: «¡Qué casualidad! Así la cosa parecía como obligada para mantener un “desorden preparado” y cometer el horrendo crimen sin comprometer al Gobierno; un acto del pueblo irresponsable, sin complicidad alguna para los que habían encerrado a los presos en los patios, ofreciendo magnífico blanco a las ametralladoras y fusiles».
Los vecinos, horrorizados, salieron a la calle para avisar a las autoridades.
La noticia llegó a oídos del ministro de Gobernación, el general Sebastián Pozas, que envió de inmediato varios coches con guardias de Asalto a la Modelo. Cesaron los disparos de las ametralladoras y los mosquetones, pero en la arena de los patios yacían, como en los coliseos romanos de los primeros siglos de persecución del cristianismo, los muertos y heridos cuyos lamentos percibieron incluso los vecinos de las casas utilizadas por los francotiradores para perpetrar su masacre.
No acabó ahí la horripilante matanza. Las ametralladoras y los fusiles volvieron a emplearse para asesinar ahora lejos de la vista del público espantado, llevadas hasta los sótanos abandonados por los «vagos y maleantes» que habían escapado en cuanto se olieron la chamusquina.
Allí mismo condujeron a Becher. Colocado frente a una fila de mosquetones, el infeliz de diecinueve años encaró, abnegado, la muerte. Instantes después, una salva de siete disparos le hirió en brazos y piernas; siete disparos con incontables orificios de entrada y salida por donde la sangre manó a borbotones.
El cuerpo de Becher cayó desplomado al suelo, entre cadáveres y heridos agonizantes, acosados hasta por las ratas inmundas en medio de la sangría.
Su instinto de conservación pudo entonces más que todo el sufrimiento del mundo. Becher tuvo el valor y los reflejos suficientes para hacerse el muerto sin exhalar un solo gemido. «Si quieres estar vivo, hazte el muerto», pensó.
Pistola en mano, uno de los milicianos se acercó a la pila de cuerpos ensangrentados para asestarles el «tiro de gracia». Cuando le tocó el turno a Becher, su revólver, providencialmente, se le encasquilló. Dándole por muerto, el verdugo desistió.
Entre cadáveres pasó varias horas Becher hasta que amaneció. Vivo aún de milagro, tras haber perdido mucha sangre, su amigo y camarada Fernando Reyes (años después teniente de la División Azul) pudo salir de la Modelo como súbdito mexicano y avisar a la madre del moribundo, que enseguida obtuvo un pasaporte austríaco para su hijo con el que este pudo abandonar también la cárcel.
A hombros lo llevó luego otro buen amigo suyo, Ruiz de las Heras, hasta la embajada de Austria, donde el médico empezó a curarle sus graves heridas, según cuenta García Vázquez.
Al cabo de dos días, el 25 de agosto, Becher pudo volar a Alicante y poco después a Lisboa, desde donde llegó a la ciudad alemana de Hamburgo el 5 de septiembre de 1936.
Al mes siguiente, Becher se encontraba ya restablecido en Burgos, donde se alistó en la Centuria de Madrid de la 2.ª Bandera de la Falange de Castilla, al mando del comandante de Caballería Manuel Fernández-Silvestre y Duarte, hijo del célebre general Fernández-Silvestre, que fue comandante general de Melilla durante el Desastre de Annual, en julio de 1921.
La Centuria de Becher participó en la defensa del Cuartel de la Montaña, pero nuestro protagonista pudo salvarse de nuevo providencialmente gracias a que se hallaba entonces prisionero. El comandante que la mandaba perecería en el frente de Toledo, el 10 de mayo de 1937, a los treinta y seis años.
García Vázquez reproducía otro emotivo fragmento del diario de Becher, cuya terrible experiencia dejó en este una huella indeleble:
Y miedo. ¿No se siente miedo a abandonarlo todo cuando las bocas de los fusiles le señalan a uno con su dedo redondo? ¿Se reza?
Miedo se siente antes. Los días antes de que todo pueda suceder. Es como si un hierro candente taladrara las entrañas. Creo que eso fue lo que sentí cuando se produjeron los primeros disparos, y un miedo terrible a dejar de ser.
Luego, cuando me coloqué de espaldas a la pared, era ya como un mecano. Toda mi capacidad de reacción estaba anulada. Después que pasó todo, cuando marché a Alemania para reponerme, fue cuando más miedo sentí. Y entonces yo, que soy católico, fui y me confesé.
El Altísimo concedió así a su siervo la gracia del perdón, prolongándole la vida para que un sacerdote pudiese impartirle la absolución.
Becher recibió aún un octavo disparo en el muslo mientras combatía en el frente de Retamares, al noroeste de Madrid, en noviembre de 1936; y por si fuera poco, resultó alcanzado por la metralla en Teruel, a finales de 1937. Pero, con todo y con eso, vivió para contarlo.
Sobre su pesadilla carcelaria, que le marcó de por vida, reflexionaba
así:
¿Cambia la vida cuando se ha traspasado la barrera de la muerte de pura chiripa? Sí; es como si me hubieran concedido una vida de repuesto. He nacido dos veces. Tengo en realidad treinta y cinco años [afirmaba en 1952] y pienso y vivo con la serenidad y la alegría de quien ha recibido el más precioso de los regalos.
La insólita epopeya de Fernando Becher pudo haber inspirado, según Álvaro Irigoyen, investigador de la Universidad de la República del Uruguay, la célebre película española Raza, en la que el protagonista José sobrevive milagrosamente a los impactos de bala del pelotón de fusilamiento.
Escribe así Irigoyen: «Álvaro [José Luis en realidad, nacido en 1911, pues su hijo Álvaro, también cineasta, lo hizo en 1960] Sáenz de Heredia era amigo del “fusilado” y hay fundadas sospechas de que él, como director de la película Raza, y el guionista Franco, se inspiraron en este
caso para añadir más hagiografía a las peripecias del protagonista de la imperial película».
Sea como fuere, Becher fue testigo también de los sucesos de Salamanca, donde volvió a coincidir con Pilar Primo de Rivera.
Enterado de la muerte de José Antonio, el antiguo guardia de vigilancia en el mitin del teatro de la Comedia apoyó sin ambages a Manuel Hedilla contra la fusión de la Falange y los tradicionalistas, tal y como pretendía Franco.
Su lealtad a Hedilla le costó de nuevo la prisión, tras la cual se alistó en el Ejército nacional como alférez provisional.
Concluida la guerra, Fernando Becher estaba en posesión de la Medalla de Sufrimientos por la Patria, de la del Mérito Militar, y de la de Campaña; además de la Cruz Roja del Mérito Militar y Cruz de Guerra, la Medalla de la Vieja Guardia con Cinta del Yugo y las Flechas, y el Pasador de dos Flechas Blancas.
Pero aun así, el nombre de Fernando Monguió Becher figuró inscrito en el Monumento de los Caídos en Madrid, pese a que él residía ya entonces plácidamente con su esposa y sus nueve hijos en El Puerto de Santa María, en Cádiz, hasta su fallecimiento el 29 de octubre de 1995.
A esas alturas, Becher había participado también en los intentos de rescate de José Antonio de la cárcel de Alicante con ayuda alemana…
El dossier
Yo aspiraba solo a tener a José Antonio en la puerta y ya me encargaría de trasladarlo al barco que nos esperaba.
AGUSTÍN AZNAR
Emparentado con Pilar por su matrimonio con Dolores Primo de Rivera y Cobo de Guzmán, hija del héroe de Monte Arruit, Agustín Aznar confió a Raimundo Fernández-Cuesta antes de morir, en mayo de 1984, un documento excepcional sobre los intentos de rescate de José Antonio que el ex ministro secretario general del Movimiento se limitó a extractar en su libro Testimonios, recuerdos y reflexiones, publicado al año siguiente.
Dada la trascendencia para la historia de la Falange, y de José Antonio en particular, del extenso documento redactado por Agustín Aznar, jefe nacional de Milicias de Falange entonces y campeón de Castilla de lucha grecorromana, se requiere en justicia que lo reproduzcamos íntegramente por primera vez. Y ello, gracias a que Pilar guardaba el original en su archivo.
Añadamos sobre el autor que, aparte de ser médico, como Fernando Primo de Rivera, era un auténtico Hércules, una apisonadora muscular bregada en las escaramuzas universitarias y célebre entre sus camaradas por haber propinado una paliza al jugador de rugby Mascaró, además de participar en el asalto a la Facultad de Medicina y a los almacenes Sepu de Madrid.
Pilar y Agustín se profesaron siempre mutuo cariño: la hermana de José Antonio fue, sin ir más lejos, su madrina de boda en Salamanca; previamente, ella y su prima hermana Lola se habían instalado en un pisito de la plazuela de San Julián, 16, aprovechando que el Cuartel General de Franco se hallaba entonces en la capital salmantina.
El interesante legajo de una docena de cuartillas mecanografiadas por Aznar se suma al no menos sugestivo que me proporcionó en su día Federico von Knobloch y del Alcázar, primogénito del barón Joaquín von Knobloch, el cónsul alemán en Alicante que tan heroicamente se obstinó en salvar la vida de José Antonio arriesgando la suya. Rubricado por este en Madrid, el 4 de noviembre de 1963, dieciséis años antes de su muerte, tuve oportunidad de reproducirlo ya en mi anterior libro La pasión de José Antonio, junto con otros extremos tan importantes como ignorados sobre el mismo intrincado asunto.
He aquí, ahora, el informe que Aznar tituló «Intentos de rescate de José Antonio», escrito por el mismo hombre a quien se le encomendó una misión que resultó ser imposible:
1. º Falangistas de Callosa del Segura
Cincuenta y dos falangistas, otros dicen que treinta, intentaron liberar a José Antonio; pero fueron ametrallados y muertos todos. Fue alertada la Policía. Un gran número de guardias de Asalto los esperaba en un lugar denominado «Siete Puertas», en la misma entrada de Alicante.
Pilar cifró, sin embargo, en «61 los falangistas de Callosa de Segura y de Rafal fusilados el 7 de septiembre de 1936»; pero en realidad, como escribía Aznar, fueron 52 los fusilados aunque no el día 7, sino el 12 de septiembre. Procedían también de Orihuela y de Catral, entre otros pueblos alicantinos. Al llegar a la zona de Babel, sitio de los Doce Puentes, fueron detenidos por un destacamento de guardias de Asalto y confinados luego en el Reformatorio de Adultos. Juzgados entre los días 6 y 11 de septiembre, se les condenó a la pena capital, excepto a siete de ellos, por ser menores de dieciocho años.
2. º Desembarco de Agustín Aznar en Alicante
No soy yo —agregaba Aznar— el que debe hablar del intento de rescate de José Antonio en Alicante, pero a grandes rasgos diré que un grupo de falangistas escogidos personalmente por mí, y cuyos nombres que daré a continuación hacen innecesario hablar de su categoría personal y falangista, y a mis órdenes como Jefe Nacional de Milicias, partimos de un puerto del Sur en un barco alemán, el cazatorpederos Iltis puesto a nuestra
disposición por una gestión directa del general Franco con el almirante jefe de la flota alemana del Mediterráneo [Rolf Carls].
Llevaba un millón de pesetas en billetes, que por indicación de Franco me proporcionó Queipo de Llano.
La expedición estaba compuesta por José María Rodríguez de Valcárcel, Miguel Primo de Rivera [y Cobo de Guzmán, pues el hermano de José Antonio estaba preso con este en Alicante], Guillermo Aznar, Aníbal Álvarez, Díaz Aguado, Menéndez, Serafín Olano, Garcerán y Rafael Alzaga.
Este último y yo, que éramos rubios, llevábamos pasaportes alemanes. Pero al llegar a Alicante, subió al barco el ministro consejero de la embajada alemana [Hans Hermann Helmuth Völckers], nos prohibió desembarcar y nos retiró los pasaportes.
En aquel momento, la embajada alemana estaba a punto de salir de España y tenía su residencia provisional en el Hotel Victoria.
Ante mi indignación, el cónsul de Alicante, Von Knobloch, magnífica persona que se había portado fenomenalmente con los españoles ayudando a salir de la zona roja a muchos de ellos, se ofreció a bajarme a mí solo en su motora, por la noche, cosa que acepté inmediatamente.
Al llegar a tierra sin ser vistos, me dio las señas de una heladería italiana [Las Palmeras] cuyo dueño era simpatizante de nuestra causa.
Fui a verle, y el italiano, con gran peligro por su parte, me cedió una buhardilla donde dormí los cuatro días que estuve en Alicante haciendo gestiones.
Por una confidencia supe que un alto cargo de Alicante había ayudado a escapar a un capitán de Artillería.
Me fui a verle (esta fue mi primera gestión) y aún recuerdo mi indecisión en la puerta del piso. Ignoraba su reacción y, más que mi suerte personal, me preocupaba el éxito o fracaso de la misión.
Llamé por fin, pedí verle y me presenté como enviado del capitán antes citado. Se quedó blanco y yo, al ver su indecisión, que no me pegaba un tiro ni llamaba a la Policía, comprendí que había ganado la partida.
Le ofrecí seis millones de pesetas, sacar a su familia de Alicante inmediatamente, sacarle a él junto con José Antonio, el puesto que quisiera en el otro lado, además del agradecimiento de cientos de miles de falangistas.
Entramos en franca conversación, pero me aseguró que era imposible conseguir una orden de libertad, pues él mismo había evitado que trasladaran a José Antonio a Málaga cuando un grupo de milicianos quiso sacarlo para fusilarlo.
Me contó que, gracias a su amistad con Martínez Barrio [uno de los consejeros más íntimos de Azaña y presidente de las Cortes republicanas], pudo impedirlo, y me aclaró que para trasladar a José Antonio tenían que estar delante, además del gobernador civil, el delegado de Orden Público, el director de la cárcel y no sé cuánta gente más.
Yo aspiraba solo a tener a José Antonio en la puerta y ya me encargaría de trasladarlo al barco que nos esperaba.
También me aseguró que no era posible sacarlo de la celda, pues había dos guardianes de la CNT en su puerta permanentemente.
Le pregunté entonces si se podría enlazar con algún oficial de Prisiones, que pudiera cerrar la celda de José Antonio para evitar que le mataran los guardianes de la CNT y que ya me encargaría yo con los que se habían quedado en el barco alemán de asaltar la cárcel.
Me dio algunas esperanzas y las señas de un oficial de Prisiones que era simpatizante nuestro, me hizo volver dos días después y me recomendó que sobornara al jefe de la CNT de los trabajadores del Puerto.
Tuve varias entrevistas con él y con el abogado de la CNT que no fueron nada fáciles y a los que, a cuenta, les di cierta cantidad de dinero.
El «alto cargo de Alicante» a quien Aznar eludía nombrar era en realidad Antonio Cañizares, apodado «Vaselina», miembro del Comité Provincial del Frente Popular y reputado cabecilla proletario, cuya intervención había resultado decisiva para salvar la vida de José Antonio el mes de agosto anterior, cuando un grupo de anarquistas intentó trasladarle no a Málaga, como señalaba Aznar, sino a Cartagena. Según Indalecio Prieto, pretendían sacar la noche del 2 de agosto de 1936 a José Antonio y a Miguel de la cárcel con el falso pretexto de conducirlos hasta Cartagena, para luego ejecutarlos sin contemplaciones a mitad de camino. El presidente de la República, Manuel Azaña, y el jefe del Gobierno, José Giral, intentaron evitarlo a toda costa. Puestos en contacto con el gobernador civil de Alicante, Francisco Valdés Casas, este se mostró impotente ante el Comité de Orden Público, que ejercía la autoridad efectiva en la ciudad. Telefoneó entonces Prieto a su camarada socialista
Antonio Cañizares, rogándole encarecidamente que hiciese todo cuanto estuviese en su mano para «ahorrar a la República semejante bochorno». Cañizares logró persuadir finalmente a sus compañeros del Comité para que no se interpusieran en la acción de la Justicia.
En estas gestiones —proseguía Aznar— me ayudaron enormemente dos camaradas de la Sección Femenina, Carmen y Matilde Pérez, hermanas de un falangista que estaba encarcelado [a ellas se refería así el propio Von Knobloch, en el documento cedido amablemente por su hijo:
«Las dos hijas del señor Pérez y López (Vicente Pérez y López, práctico del Puerto de Alicante), llamadas Carmen y Matilde Pérez y Pérez, falangistas antiguas y muchachas de un gran valor y elevado espíritu, ya me habían servido en mi primera etapa de enlace; especialmente, con ocasión de la llegada al puerto de referencia del entonces jefe nacional de Milicias de la Falange, camarada Agustín Aznar»].
Cuando se estaba perfilando la misión, tuve la desgracia de ser reconocido por un capitán de la Guardia de Asalto, al que por suerte o por desgracia, yo había pegado un tiro en el cuello en uno de mis jaleos de la Universidad [aludía Aznar al oficial de Asalto Antonio Zárraga, herido por él mismo cuando aquel era estudiante de las juventudes socialistas y afiliado a la Federación Universitaria Escolar (FUE), durante el asalto a la Facultad de Medicina del hospital San Carlos, perpetrado el 25 de enero de 1934].
Este hombre no se atrevió entonces a detenerme, pero sin duda me denunció porque poco más tarde me detuvieron en un restaurante donde estaba almorzando y haciendo tiempo para una nueva reunión con los dirigentes de la CNT.
Dos policías me pidieron la documentación. Yo rebusqué inútilmente en mis bolsillos, dije que la había dejado en el hotel y me dijeron que fuera con ellos. Les pedí que me dejaran tomar un café, pedí la cuenta y pregunté al camarero por los lavabos. Fui allí con los dos policías detrás, entorné la puerta para que no se escamasen, salté por la ventana y dando un rodeo llegué a la embajada de Alemania donde tuve la suerte de encontrar a Von Knobloch.
Este me llevó a una habitación donde estuve cinco horas sin saber nada de lo que estaba pasando, y a las nueve [de la noche] aparecieron seis
marinos alemanes mandados por un oficial. Aquel oficial lo traían ex profeso, porque era de mi talla. Iban a sacarme de allí con su uniforme.
Yo, a los 24 años, pesaba más de cien kilos. Aquel hombre se quedó metido en mi cama para que yo pudiera salir con los otros seis.
Llegué al puerto tranquilamente, subí en una gran chalupa que, junto con otras dos que esperaban con la tripulación armada, nos escoltaron hasta el torpedero Iltis y luego al crucero Graf Spee.
Más tarde tuve oportunidad de saber por el cónsul lo que había pasado en la embajada alemana durante aquellas larguísimas cinco horas.
El cónsul pidió al ministro que hacía funciones de embajador de Alemania [el ya citado Völckers, encargado de Negocios en realidad], que me diera asilo en la embajada. Este se negó. Von Knobloch insistió diciendo que yo era un enviado de Franco. Después de una dura discusión, al fin el ministro había accedido a preguntar al almirante de la flota [Rolf Carls], que era el jefe encargado de la evacuación de la embajada, advirtiendo al cónsul que, si a las nueve de la noche no habían contestado, rogarían al señor Aznar que abandonara la Embajada porque podía perjudicarles (excuso decir que de haberse enterado de su postura, hubieran abandonado la embajada inmediatamente con el resultado que es fácil suponer).
Y aquí viene el suspense. A las nueve menos cuarto llegó la orden del almirante de que me sacaran de Alicante. Había tres embarcaciones esperándome en el puerto. No sé si hubiera conseguido algo de haber tenido más tiempo y haber podido hacer otras gestiones, pero se puede comprender fácilmente mi desesperación. Por eso lo intenté una y otra vez, desde Argel y más tarde planeando un desembarco de acuerdo con Franco. Pero todo fue inútil…
3. º Preparación del comando para liberar a José Antonio
Al volver de Alicante fui a ver a Franco y le comuniqué el resultado del intento, la actitud fenomenal de Von Knobloch y la insidiosa y miserable de Völckers.
También le expuse las posibilidades de dar un golpe de mano, para lo que necesitaba que un barco bombardease Alicante para sembrar la alarma, el pánico y desconcierto, mientras un grupo de falangistas dirigidos por mí asaltaba la cárcel. Le comuniqué que uno de los oficiales
empleados de Prisiones con el que había hablado se comprometería a cerrar la celda para evitar que los de la CNT o la FAI que estaban de guardia pudieran matarlo [a José Antonio].
Llamó a Martín Moreno [Francisco], su Jefe de Estado Mayor, y planeamos el golpe. Se pensó que fuera el Canarias [crucero pesado, cuya botadura tuvo lugar el 28 de mayo de 1931 pero que no entró en servicio hasta septiembre de 1936; su velocidad de 33 nudos y sus poderosos cañones le hicieron muy temido por la escuadra republicana] el que efectuara el bombardeo y que yo desembarcaría con unos sesenta o setenta hombres. Dio orden, como así se hizo, de que me entregaran bombas de mano italianas, fusiles ametralladores (Smeichers) y explosivos. Y de nuevo en Sevilla con la gente concentrada, vuelta a ver a Salvador Moreno (capitán Francisco Moreno) [Aznar alude correctamente la primera vez al capitán de navío Salvador Moreno, a quien acto seguido, y entre paréntesis, denomina «Francisco»].
Más retrasos, más viajes al Cuartel General. Todo en vano. Mientras tanto, era difícil sujetar a 80 hombres, que estaban alojados en la finca de José Cámara, y hubo indiscreciones; hasta por radio se dejó decir que un grupo de arriesgados falangistas intentarían sacar a José Antonio de Alicante.
Así pasaron los días, y en vez de al cabo de 8 ó 9 días, como estaba previsto el golpe, a los 23 días de desesperación en la zona roja se publicó lo que había dicho la radio.
Nada había que hacer. ¡Estaba escrito!
4. º Gestiones en un barco alemán, en aguas de Alicante
Después de mi vuelta de Alicante, visité a Franco y le comuniqué la posibilidad de un golpe de mano y, al mismo tiempo que esta operación se preparaba, se intentó otra vez el soborno. Y en un barco alemán [el Albatros] salieron para Alicante Von Knobloch, Pedro Gamero [del Castillo] y Gabriel Roselló [en realidad se llamaba Gabriel Ravelló y su esposa era hermana de la suegra de Nicolás Franco Bahamonde], que conocía y era amigo del gobernador [civil] de Alicante [Valdés Casas] y pensaba en la posibilidad de sobornarlo.
Se invitó al gobernador a visitar el buque Admiral Scheer y otra vez Völckers, igual que había hecho conmigo en el primer intento, se ofreció a
que el gobernador civil no viese a bordo del buque alemán a ninguno de los delegados, y después de estar varios días en el Hansa [buque cisterna alemán] intentando inútilmente continuar las gestiones, fueron devueltos a la zona nacional.
Hay que considerar en toda esta actitud de Völckers su personalidad especial, fría, burocrática, además de la situación de las relaciones entre la España republicana y Alemania, a punto de romper las relaciones diplomáticas, así como el desmedido afán de protagonismo de Völckers para hacer y llevar a cabo exclusivamente él las gestiones de liberar a José Antonio. O bien, por el contrario, que su personal intervención excluyente fuera una forma de eludir la realización de cualquier gestión.
Está claro también, a través de todas las informaciones, [la existencia] de un enfrentamiento de hecho a lo largo de todas las gestiones y negociaciones entre la Marina alemana —Mando de la Flota del Mediterráneo, almirante Carls— y la embajada alemana en zona roja [al mando del] encargado de Negocios, Völckers.
5. º Argelia
Verges, antiguo falangista de Madrid, y a la sazón jefe de Milicias de Melilla, vino a verme y a decirme que los Croix de Feu franceses, organización nacionalista y semifascista, tenían enlaces en Alicante y se ofrecían a ayudar.
Volé rápidamente a Melilla y desde allí, en una avioneta de los Croix de Feu, volé hasta Argel. Naturalmente sin papeles ni pasaporte, pues no hay que olvidar que en aquel entonces mandaba en Francia Léon Blum, que creó el Frente Popular francés (integrado por socialistas y comunistas) y estaba volcando su ayuda a la España roja.
Pronto me di cuenta de que todo eran fantasías y no hacían más que darme largas hablándome de un barco mercante en el que podíamos ir a Alicante y que nunca apareció.
También me di cuenta de que su única intención era que yo interviniera con Franco para que les comprara un supuesto invento para que las balas de cañón explotaran siempre aunque cayeran mal. Me hicieron numerosas pruebas con balas de cañón de tamaño reducido en un estanque o acequia pequeña como lugar de partida.
A todo esto, yo había sido detectado por la Policía francesa y decidieron sacarme de Argelia. He de reconocer que se portaron fenomenalmente, pues además de tenerme oculto con el peligro consiguiente, me llevaron en coche —según ellos, perseguidos por la Policía— y en Bel Ales me montaron en una avioneta que esperaba con el motor encendido y que directamente y tras un horrible viaje, me dejó en Tablada, en Sevilla, con gran desesperación del jefe del aeródromo, pues había aviones alemanes en sus pistas…
Gracias al documento y salvoconducto especial del Cuartel general del Generalísimo, con la foto de Agustín Aznar y la firma oficial de Franco, en el que se ordenaba se me dieran todo género de facilidades y no pusiesen obstáculo algunos en mis movimientos, facilitándome coches y medios de transporte, no pasó nada y pude reintegrarme a Sevilla, volviendo la avioneta a Marruecos y a Argelia.
6. º Intentos diplomáticos
A petición de Eugenio Montes, el conde de Romanones y Sánchez Román se hicieron gestiones diplomáticas. También Santiago Alba y algunos más, con políticos franceses, ingleses y norteamericanos.
También hubo gestiones por parte de la princesa Bibesco [Elizabeth Asquith, hija del primer ministro británico entre 1908 y 1916, el liberal Herbert Asquith, y esposa del príncipe y diplomático rumano Antoine Bibesco, la cual estuvo enamorada de José Antonio] y de Miguel Maura (con Juan Delbós) [Yvon Delbos en realidad, a quien aludiremos enseguida].
Probablemente por falta de información, Agustín Aznar eludía referirse con detalle a los intentos diplomáticos para salvar a José Antonio.
Añadamos que hubo muchas otras personas que quisieron arrimar el hombro hasta el último momento, incluso cuando ya era tarde.
El 3 de diciembre de 1936, por ejemplo, se celebró en Burgos una ceremonia religiosa con motivo de la festividad de San Francisco Javier, organizada por la Comunión Tradicionalista.
Su jefe, Manuel Fal Conde, supo entonces que iba a examinarse la contribución de varios millones de pesetas para sufragar el rescate de José Antonio, a quien había conocido durante la campaña electoral de 1933, en la provincia de Cádiz.
Fal Conde negoció luego con el general Mola la participación de los carlistas en el Alzamiento, y en 1937 sería desterrado a Portugal.
Contaba yo —aseguraba Fal Conde— con los ofrecimientos del conde de Rodríguez de San Pedro en relación con las necesidades de la Comunión y, tras la Junta, le pedí su apoyo económico. Me brindó millón y medio de pesetas. Lo comuniqué al general Dávila, pidiéndole palabra de honor de que al informar al Generalísimo no aludiera a mi gestión. Yo lo había hecho por pura solidaridad. Dávila me dio su palabra.
El jefe del Partido Carlista recordaba que recibió la visita de José María Pemán, José Pemartín y Juan Ignacio Luca de Tena, quienes le dijeron que José Antonio iba a ser liberado pronto gracias a una gestión eficaz de Prieto.
Pero poco después, la triste realidad le abrió los ojos:
Dávila —admitía resignado el líder tradicionalista— me llamó para comunicarme que había informado al Generalísimo, sin omitir mi nombre. Franco, según aquel general, había manifestado que yo era un gran español. «Pero —añadió don Fidel Dávila— sabemos que efectivamente José Antonio ha sido fusilado.»
Antes de crearse el mito de El Ausente, el clamor internacional en favor del indulto para el reo de muerte se hizo más intenso.
La infatigable labor de Eugenio Montes, desde París, aunó cada vez más voces indulgentes: a las de Sánchez Román, Santiago Alba, Miguel Maura y José Ortega y Gasset, se sumó la de Joaquín Chapaprieta, ex ministro de Hacienda, quien, junto con Alba, intercedió ante el presidente del Gobierno francés, Léon Blum; exactamente igual que la princesa Bibesco, quien nada pudo hacer por salvar la vida de su amado, aunque sí la de su hermano Miguel y la esposa de este, Margot Larios, liberados mediante un canje de prisioneros y embarcados finalmente a bordo de un navío de guerra británico que zarpó del puerto de Alicante.
En San Juan de Luz residía entonces el conde de Romanones cuando le despertó Eugenio Montes al teléfono: «Preso de verdadera angustia — recordaba Romanones— deseaba que sin pérdida de tiempo me dirigiera al Gobierno francés para que obtuviera del de Madrid que no se cumpliera la
sentencia de muerte… advirtiéndome que la sentencia estaba a punto de cumplirse».
El conde telegrafió de inmediato al ministro francés de Relaciones Exteriores, Yvon Delbos, «poniendo en cada palabra el interés más supremo».
Recibió respuesta el 21 de noviembre, cuando ya era tarde. Decía así:
En el acto de recibir su telegrama, en unión del Presidente del Consejo, me dirigí al Gobierno de Madrid pidiéndole con apremio que la sentencia contra Primo de Rivera no se ejecutara. Se me contesta que por desgracia llegábamos tarde, pues Primo de Rivera había asido fusilado aquella misma mañana.
Y aquel día, en la misma localidad vascofrancesa de San Juan de Luz, el embajador argentino declaró: «Hace dos días telegrafié a mi Gobierno, poniendo en su conocimiento que me hallaba empeñado en hacer todas las gestiones posibles para salvar la vida de Primo de Rivera y evitar así que tomasen represalias. Mi colega sir Henry Chilton telegrafió al mismo tiempo al Foreign Office, en Londres, pidiendo que interviniese enérgicamente con igual propósito humanitario. Y tengo entendido que desde Londres se hizo todo lo posible para salvar la vida del jefe fascista [sic]. El Cuerpo Diplomático residente aquí se esfuerza en todas las formas imaginables por servir la causa de la humanidad en España. Es que comprende perfectamente que tales ejecuciones solo pueden empeorar las condiciones existentes en España, llena ya de tribulaciones».
Desde Buenos Aires, el presidente del Pen Club, Carlos Ibarguren, escribió a su ministro de Relaciones Exteriores para que pidiese el indulto de José Antonio, miembro del Pen Club de Madrid que presidía Azorín y al que pertenecía también una pléyade de singulares talentos como el doctor Marañón, Pío Baroja, Díez Canedo, Concha Espina, Pedro Salinas o Víctor de la Serna. «Este pedido de clemencia —alegaba Ibarguren— es ajeno en absoluto a toda tendencia de opinión política y responde no solo a razones de humanidad, sino también porque la posible víctima es un alto espíritu que honra la cultura hispana».
Tampoco aludía Agustín Aznar a los intentos de canje, entre ellos al protagonizado en un primer momento por Eugenio Montes tras contactar
con el político republicano Miguel Maura en París, iniciando así las gestiones para un posible intercambio del hijo de Largo Caballero por José Antonio.
Montes habló luego con el filósofo Ortega y Gasset; visitó también a Felipe Sánchez Román, ex ministro y camarada de Indalecio Prieto; a Santiago Alba Bonifaz, ex presidente de las Cortes y amigo del presidente francés Léon Blum.
Finalmente, Pilar Primo de Rivera autorizó en persona a Ramón Casaña, jefe de Falange en Marruecos, a que intentase el canje de su hermano preso en Alicante por la esposa y las hijas del general José Miaja, tal y como explicaba el propio Casaña: «En Melilla estaban la esposa y las hijas del general Miaja. Se hallaban en la Comandancia General, vigiladas, bajo la responsabilidad del coronel Bautista [Juan Bautista Sánchez]. Supe que un hijo de Miaja se hallaba en Orán, relacionándose con indígenas contrabandistas, a fin de procurar la evasión de su familia. Al saberlo, pedí y obtuve que las detenidas fuesen trasladadas a la cárcel, donde habitaron la casa del director suspendido de empleo. Les facilité todas las comodidades deseables y excelente comida. Monté una guardia falangista para prevenir cualquier intento de evasión».
Ramón Casaña entregó la propuesta de canje a un amigo de Miaja para que la hiciese llegar a su vez a este en Orán.
La oferta se basaba en estos tres puntos:
1. Canje de las detenidas y vigiladas por José Antonio y toda su familia.
2. Durante su vida, Miaja recibiría el doble de la paga de general, asegurada por un depósito en un banco extranjero.
3. Si Miaja quería incorporarse al Ejército nacional, José Antonio le apoyaría.
Por desgracia, el emisario de Ramón Casaña no obtuvo el salvoconducto necesario para viajar hasta Orán.
Meses después, las mujeres de la familia Miaja fueron canjeadas por el ex diputado tradicionalista Joaquín Bau, que llegaría a presidir el Consejo de Estado.
Pilar lo intentó también todo para salvar a José Antonio, pero el contumaz destino se interpuso una y otra vez en sus esperanzados anhelos.
Sin saberlo, ella iba a conocer en persona al testigo ocular del asesinato de su queridísimo hermano…
El mirlo
Se me había confiado un cofre lleno de alhajas, oro, cintillos matrimoniales… Iba destinado a Pilar Primo de Rivera.
JOAQUÍN MARTÍNEZ ARBOLEYA
Pilar recordaba, aún doliente: «En Burgos también supimos directamente, por el Caudillo, la muerte de José Antonio, en una junta donde nos la comunicó. Él lo sabía ya, por supuesto, pero nosotros queríamos aún mantener la esperanza».
Todavía año y medio después del asesinato de su hermano mayor, en mayo de 1938, Pilar seguía aferrándose a la vana esperanza de que el
«Ausente» se hiciese «Presente» de milagro algún día.
Durante los dos años que duró la «conspiración de silencio», en palabras de la historiadora María Antonia Fernández, Pilar aludía a su hermano en tiempo presente, pese a que su tía Ma y su hermana Carmen le contasen poco después cómo se despidieron de José Antonio el 19 de noviembre, y cómo «al día siguiente, 20 de noviembre, a las siete menos veinte de la mañana, nosotras mismas oímos la descarga que ponía fin a su vida».
Dionisio Ridruejo confirmaba también ese ciego afán de Pilar, que incluso «se oponía a que se cubriera el puesto de jefe supremo, porque aún esperaba un milagroso retorno de su hermano (y en la leyenda del Ausente participamos por algún tiempo casi todos…)».
Casi todos… y todas, sin excepción, pues José Antonio ejerció siempre un irresistible magnetismo entre las mujeres, de lo cual da fe hoy Ana María de Azpillaga: «José Antonio —me comenta ella, durante nuestra entrevista— venía a comer a mi casa. Yo tenía entonces catorce años y él,
veintinueve. Algunas veces, después de almorzar, se iba a ver a su gran amor, Pilar Azlor.
»Todo lo que le diga sobre José Antonio es poco: simpático, agradable, educado, inteligente… Era además muy guapo, tenía los ojos verdes azulados de su madre. No era tan alto como Miguel ni como Fernando, pero tenía un éxito enorme con las mujeres porque era de trato muy suave y dulce. Enamorada de José Antonio estaba toda la Sección Femenina».
Incluida la bella actriz Imperio Argentina, cuya incorporación a la Falange, según contaba ella misma, se debió a su fascinación por José Antonio, siete años mayor que ella, alimentada por el recuerdo de un candoroso coqueteo juvenil.
Pero no todas, si me permite el lector este breve «inciso romántico», conquistaron su corazón como Pilar Azlor de Aragón y Guillamas, la duquesa de Luna.
Ana María de Azpillaga saca a relucir hoy nuevas y sustanciosas entretelas de aquel romance frustrado, del que ya me ocupé con detalle en La pasión de José Antonio: «Cierto día —recuerda ella— me contó Amalia, la mujer de Julio Ruiz de Alda, que José Antonio se puso como loco cuando supo por los periódicos que Pilar Azlor iba a casarse con el hijo de la condesa del Puerto, que había sido aya de las infantas. El novio, Mariano de Urzáiz, que era marino, guapo y simpático, estuvo varias veces en mi casa.
»Pues bien, Amalia me dijo entonces: “No sabes lo nervioso que estaba José Antonio”. Al parecer, no se le ocurrió a él otra cosa que organizar una reunión de Falange en el parador de Gredos, convencido de que en aquel lugar tan apartado pasaría inadvertido. Él llegó allí muy tarde, en pleno mes de junio, procedente de Andalucía, según creo.
»Pilar Azlor me lo contó todo, años después, tras la muerte de su marido. Me dijo que José Antonio irrumpió aquella noche en el comedor del parador y la vio sentada a la mesa con el hombre que acababa de convertirse en su marido. Haciendo de tripas corazón, el jefe de Falange se acercó a ella y le besó la mano, como señora ya casada, y saludó como un caballero a Mariano, al que también conocía. Acto seguido, abandonó el comedor.
»Vicente Gaceo me contó a su vez lo que sucedió luego, pues ese día le tocó a él estar de guardia con José Antonio [Gaceo también era pasante suyo en el despacho de abogado].
»Gaceo era bajito, como yo, pero de una lealtad absoluta a su jefe, a quien apreciaba muchísimo. Hay una fotografía muy conocida tomada en Madrid, en octubre de 1934, durante la Revolución de Asturias, en la que se le distingue a él perfectamente en cabeza de la manifestación del medio millar de falangistas por la unidad de España.
»Aquella noche, José Antonio le dijo a Vicente: “Lo siento, pero no puedo dormir en este lugar… Anda y cógete unas mantas…”. Y con unas mantas bajo el brazo se fueron los dos hasta el riachuelo, abajo del parador, donde José Antonio se pasó toda la noche en vela, afligido y rezando.
»A la mañana siguiente, cuando subieron, ya se habían marchado los recién casados.
»Al contarle yo a Pilar Azlor, años después, lo que me había relatado Gaceo, ella me dijo, emocionada: “No sabes el bien que me has hecho, porque no te imaginas lo que ha sido para mí pensar toda la vida lo que debió pasar José aquella noche…”.
Pilar Azlor jamás olvidó a José Antonio.
Ana María me refería también las veces que ella permaneció en su casa con la mirada absorta en la fotografía de su antiguo novio, así como el día en que llegó a sus oídos el rumor de que le habían fusilado en Alicante:
«Estuvo enamoradísima de él —asegura—. Ella me contó que, cuando le mataron, se encontraba en el hotel de Pamplona: “No me di cuenta entonces, Ana María, de la tragedia de Alicante, porque mi única hija estuvo a punto de morir también”, me recordaba.
»Yo creo que ella se casó con Mariano de Urzáiz un poco presionada por su familia y también, cuidado, porque José Antonio tenía ciertas veleidades amorosas por la sencilla razón de que muchas señoras estaban locas por él.
»José Antonio también amaba profundamente a Pilar. Pudieron haberse casado. Hubo un momento, cuando los duques de Luna dejaron el Palacio de Villahermosa, que estuvieron a punto de arreglarse. Mi madre llamaba entonces por teléfono a José Antonio y le decía, sobre Pilar: “La he visto muy piadosa en las Reparadoras durante la bendición”.
»José Antonio y ella eran muy religiosos. Pilar era muy guapa e inteligentísima. Alguna vez le he comentado a su hermana Isabel, la soltera, que era muy amiga mía, si se hubiesen tirado los trastos a la
cabeza de haber seguido juntos… Ella me ha dicho que sí. Los dos tenían fuertes caracteres».
Volviendo a la otra Pilar, nuestra verdadera protagonista, recordemos que en mayo de 1938 residía en Salamanca, en la plazuela de San Julián, número 16.
La Sección Femenina aún no se había instalado en Burgos, donde sí estaba ya el Consejo de Ministros creado por Franco el 30 de enero del mismo año, tras promulgarse la segunda ley de su nuevo régimen.
Faltaba, sin embargo, muy poco para que Pilar se trasladase a Burgos, donde se reencontraría al fin con tía Ma y Carmen, a quienes no veía desde que fueron apresadas junto con Margot Larios, esposa de Miguel, en la capital alicantina.
Gracias a Dios, ambas fueron canjeadas finalmente por los hermanos Irujo, separatistas católicos vascos.
Pilar también logró ponerse a salvo, tras refugiarse en la embajada argentina, a donde fue conducida por el diplomático José María Jardón, quien poco después, con ayuda de funcionarios alemanes, consiguió que saliese de Madrid haciéndola pasar por súbdita argentina, casada con un alemán y con pasaporte de esta última nacionalidad. Casi nada. Jardón la llevó luego a la estación e hizo con ella todo el viaje en tren hasta Alicante.
Pilar lo relataba así: «Yo, la verdad, sin ningún alarde de valentía, iba en el tren tan tranquila y durmiendo, a pesar de los controles rojos que continuamente pasaban por los vagones. Jardón estaba atónito de mi serenidad, que no tenía ningún mérito, porque llega un momento en la vida en que lo mismo te da todo. Acababan de matar a Fernando; el resto de mi familia, incluida tía Ma, estaba en la cárcel y no sabía lo que podía pasarles… ¿Para qué quería yo seguir viviendo sin ninguno de ellos?».
Al llegar a Alicante aún tuvo que pasar ella el durísimo trago de no poder ver a José Antonio ni a Miguel para no comprometer a las embajadas de Argentina y Alemania, ni a José María Jardón.
Embarcó así en el crucero alemán Graf Spee, a bordo del cual se reencontró con su prima Lola y con su cuñada Rosario, la viuda de Fernando, con los dos niños que ya tenía y el que llevaba en sus entrañas.
Tras unos días de navegación, desembarcaron todos en Sevilla, donde residieron algún tiempo en casa de los Urquijo.
Y ahora, en Salamanca, Pilar hacía los preparativos para trasladar la Sección Femenina a Burgos, donde su hermana Carmen contraería matrimonio el 19 de diciembre de 1938 con Juan Peche, marqués de Rianzuela, que más tarde colaboró con Serrano Súñer en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Pero hasta entonces, las tres recias mujeres ocuparían una vivienda alquilada en la calle del Condestable, próxima al prestigioso colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón, en uno de cuyos departamentos cedido generosamente por las religiosas se instalaría la nueva sede de la Sección Femenina.
Fue entonces, en ese breve intervalo de tiempo entre una ciudad y otra, cuando Pilar conoció, sin saberlo, al testigo ocular del fusilamiento de José Antonio en el patio de la cárcel de Alicante, la fatídica mañana del 20 de noviembre de 1936.
Su nombre resultará ya familiar a los lectores de La pasión de José Antonio: Joaquín Martínez Arboleya, empresario uruguayo, nacido en Montevideo el 30 de diciembre de 1900; tenía, por tanto, treinta y siete años cuando conoció a Pilar y esta, a su vez, seis menos que él.
Más de treinta años después de aquel histórico encuentro sobre el que Pilar guardó siempre natural silencio al ignorar su trascendencia, Martínez Arboleya lo rememoraba en su libro Nací en Montevideo, publicado en la capital uruguaya, en 1971:
Se me había confiado un cofre lleno de alhajas, oro, cintillos matrimoniales y cuanto puede ser convertido en tesoro de una organización. Iba destinado a Pilar Primo de Rivera, camarada sin par, símbolo de lo más grande, fuerte y virtuoso de la mujer española en la hora de las pruebas.
El Caudillo la hizo jefe de la Falange Femenina y el Auxilio Social. Apenas llegué a Burgos la llamé a Salamanca, donde se encontraba, y le puse en conocimiento de lo que se me había confiado.
Pilar, mujer práctica desconocedora de esa costumbre muy española de decir «mañana», vino esa misma noche a Burgos, y en el Cuartel General le hice entrega del cofre, de las llaves y de la relación detallada de lo contenido.
Allí mismo se hizo el recuento de lo recibido y al día siguiente se me entregó un recibo y una carta para la jefe de la Falange Femenina de
Buenos Aires.
En noviembre de 1938, cuando la victoria final en la guerra era cuestión de escasos meses, Arboleya había empezado una nueva vida en Buenos Aires tras obtener la dispensa total del servicio por parte del Gobierno de Burgos.
El empresario había decidido sumarse el año anterior a las tropas de Franco.
El 10 de enero de 1937, el teniente coronel Juan Luis Beigbeder, designado en abril alto comisario de España en Marruecos, accedió finalmente a dejarle combatir en el bando nacional, pudiendo participar así en la conquista de Málaga.
Y ahora, con Pilar Primo de Rivera delante de sus narices, el «mirlo» Arboleya mantuvo el pico cerrado. Le faltó valor, sin duda, para revelarle la verdad con toda su crudeza. Tal vez considerase inoportuno y arriesgado desvelar entonces a la hermana del difunto, cuando ni siquiera Franco había comunicado todavía oficialmente su muerte, la manera tan espantosa en que José Antonio fue abatido por los ocho milicianos de la CNT que formaron parte del pelotón de ejecución a las órdenes de Guillermo Toscano Rodríguez, artífice del tiro de gracia en la sien de la víctima, como él mismo declaró luego ante el juez.
Aterrado tras contemplar lo que jamás pensó que soportaría su insólita mirada, Arboleya había abandonado Alicante a bordo del cazatorpedero británico Achattes, el 11 de diciembre de 1936.
Asegurado por anchas correas a uno de los hierros de las escotillas de la extensa cola del barco, viajó el súbdito uruguayo, que muchos años después aún recordaba: «Me alejaba de Alicante dejando en ella todas mis más amargas experiencias del comienzo de una época que me tocaría vivir en su máxima intensidad. Testigo de atrocidades de toda índole; testigo del holocausto de un héroe…».
Cinco meses antes, el 9 de julio de 1936, Arboleya había llegado a Valencia.
Los asesinatos de José Calvo Sotelo y de Fernando Primo de Rivera le sorprendieron en la capital levantina, mientras despachaba varios negocios de su agencia de préstamos e hipotecas con cuyos beneficios pretendía poner en marcha sus producciones cinematográficas.
Arboleya dirigiría el primer documental falangista Alma y nervio de España, producido a instancias también de Augusto Atalaya, en aquel mismo año 1936. Rodado en Tetuán, con Antonio Solano como operador de cámara, la definitiva versión del filme no se concluyó hasta 1937.
Augusto Atalaya presidía la Sección Iberoamericana integrada en el Servicio Nacional de Falange Exterior, además de ser inspector general de
F. E. T. para Argentina y el Cono Sur americano. Arboleya sería su secretario.
Los países iberoamericanos, incluidos naturalmente Argentina y Uruguay, representaban un objetivo propagandístico prioritario para la Falange. La Sección Iberoamericana contaba a su vez con un Servicio Cinematográfico que mantuvo en Buenos Aires, durante 1938 y 1939, una edición semanal del periódico Arriba.
Martínez Arboleya, en calidad de director, y Antonio Solano, en la de operador, realizarían una misión propagandística por varios países sudamericanos para acometer luego, junto con los escritores y guionistas Eugenio Montes, Rafael Duyos y Juan Potous, la edición de un noticiario en Buenos Aires que solo alcanzó dos números por falta de medios: Primer Noticiario Especial para América (1937) y Segundo Noticiario Internacional (1938).
La producción se realizaba en los estudios Lumiton de Buenos Aires, utilizándose los laboratorios automáticos Tecnofilms.
En 1938 Arboleya dirigiría también el documental Voluntad: Falange en Argentina, rodado con un brillante estilo narrativo que emulaba al maestro expresionista alemán Murnau, con un ritmo trepidante de montaje de música, rótulos de calles, neones, edificios, automóviles…
Pero hasta entonces, se hallaba Arboleya en Valencia, enfrascado en sus negocios, cuando se perpetraron, como decíamos, los crímenes de Calvo Sotelo y Fernando Primo de Rivera en Madrid.
La muerte del líder monárquico le trajo, en concreto, malos presagios para España. El 17 de julio, cuatro días después de su asesinato, el empresario viajó a Alicante para celebrar una jornada intensa de entrevistas con clientes en su hotel y en media docena de domicilios particulares. Poco antes de la medianoche, extenuado por el duro trabajo, se retiró a descansar.
Pero, mientras dormía, España había entrado ya en convulsión.
Un grupo de guardias de Asalto le despertó violentamente. Conducido desde el hotel hasta la Comisaría de Investigación y Vigilancia, fue sometido a un interrogatorio implacable. La policía quería saber cómo y por qué un súbdito extranjero como él había llegado a Alicante la víspera misma de la sublevación militar. Todos los contactos con sus clientes parecieron entonces sospechosos para la seguridad del Estado. Para colmo, las personas con las que se había entrevistado para firmar contratos eran de derechas.
De nada le sirvieron sus explicaciones ni sus ruegos para evitar que le confinasen en un lúgubre calabozo hasta el 23 de julio.
Por fin, aquella mañana Arboleya oyó gritar su nombre a uno de los carceleros. Minutos después, entró en la sala de guardia escoltado por un vigilante, que le condujo hasta una salita donde le aguardaba José Struch, vicecónsul de Uruguay en Alicante y amigo personal de Manuel Azaña.
El vicecónsul obtuvo la libertad para Arboleya aquel mismo día, tras garantizar que facilitaría su retorno a Madrid tan pronto como la situación lo permitiese.
Fue así como él se encontró la mañana del 20 de noviembre en el patio de la cárcel donde estaba preso José Antonio provisto de su pasaporte, en cuya décima página el comisario jefe, Rogelio Jover, había estampado la prórroga de permanencia en España; en el margen inferior izquierdo figuraba el sello de la «Comisaría de Investigación y Vigilancia de Alicante» que legalizaba el permiso de residencia.
Arboleya había acudido allí para no levantar sospechas, camuflado entre el gentío, presionado por un huésped de su misma pensión que era amigo de un miliciano de la CNT, hermano a su vez de la criada.
Tras salir del calabozo, el empresario uruguayo había alquilado una modesta habitación en espera de poder regresar a Madrid, donde mantenía su residencia y sus oficinas, en un piso de la calle Hortaleza número 15, muy cerca del emblemático edificio de la Telefónica en la Gran Vía, llamada luego Avenida de José Antonio.
La casa de huéspedes alicantina estaba en el mismo casco antiguo de la ciudad, detrás de la colegiata de San Nicolás —hoy concatedral— y muy cerca del barrio de Santa Cruz y de la Rambla, desde donde él se dirigió en coche con su compañero de pensión hacia la cárcel.
Poco después, la pesadilla se hizo realidad: encarado al pelotón y vestido con mono azul y alpargatas, como un auténtico miliciano,
Arboleya vio a José Antonio mirar fijamente a las bocachas de los ocho fusiles que le apuntaban.
Al querer vendarle los ojos, el reo rechazó el ofrecimiento sacudiendo enérgicamente la cabeza y gritando un «¡no!» tan rotundo que resonó en todo el recinto carcelario.
Su cuerpo —visualizaba el testigo ocular— se erguía como queriendo zafar sus brazos de los grilletes que aferraban sus manos por la espalda… Se quebró su cuerpo, cayendo doblado, empapadas en sangre sus rodillas. La chusma allí reunida gritó obscenidades; ni un grito, ni un «ay» en el mártir… La orden de ejecución preveía esa primera etapa de deleite a los triunfadores del momento… Petrificado, hipnotizado, veía yo hacer, impotente en mi terrible soledad. Fui allí confundido en la masa, aceptando el convite de un huésped de mi misma modesta pensión a quien se le atribuían grandes sospechas de ser soplón. Estaba allí por miedo a hacerme sospechoso de él, a la delación de mis recónditos pensamientos, a la auto traición de mí mismo que ya empezaba a sentir la necesidad de hacer algo en contra de todo aquello que asfixiaba mis sentimientos, que sin duda eran contrarios, cada día con más violencia, a tanta abyecta forma de entender la vida. Estaba harto, todo en mí se rebelaba y, sin embargo, estaba allí petrificado, hipnotizado, medio muerto de miedo quizás.
Lo que sucedió a continuación, quedó grabado a hierro y fuego en su memoria:
José Antonio —añadía Arboleya— recibió la descarga en las piernas; no le tiraron al corazón ni a la cabeza; lo querían primero en el suelo, revolcándose de dolor. No lo lograron. El héroe cayó en silencio, con los ojos serenamente abiertos. Desde su asombrado dolor, miraba a todos sin lanzar un quejido, pero cuando el miliciano que mandaba el pelotón avanzó lentamente, pistola martillada en mano y encañonándolo en la sien izquierda, le ordenó que gritase «¡Viva la República!» [en cuyo nombre cometía el crimen] recibió por respuesta otro «¡Arriba España!».
Volvió entonces a rugir la chusma, azuzando a la muerte. Rodeó el miliciano el cuerpo del caído y apoyando el caño de la pistola en la nuca de su indefensa víctima, disparó el tiro de gracia.
Año y medio después, al entrevistarse con Pilar en Burgos, Joaquín Martínez Arboleya no fue capaz de relatarle a la cara lo sucedido en Alicante.
¿Temió acaso que, si se lo contaba a Pilar, esta llegase a tildarle de cobarde o incluso de traidor? A fin de cuentas, mientras presenciaba el asesinato en el patio de la cárcel, él mismo experimentó una similar frustración.
¿Obedeció tal vez el mutismo del «mirlo» a un sentimiento compasivo para no hacerla sufrir más de la cuenta, considerando lo que tía Ma había dicho sobre José Antonio: «Quería muchísimo a las niñas, en especial a Pilar, a la que adoraba»? ¿O pensó quizá Arboleya que sería difícil justificar su presencia en el escenario del crimen, rodeado de una caterva de anarquistas y comunistas que bramaban exigiendo la sangre de su hermano, como hicieron con Jesucristo, y a uno de los cuales había acompañado él mismo para asistir al tétrico espectáculo?
Al testigo pareció faltarle también coraje para «cantar» diez años después, en mayo de 1948.
El 13 de febrero de ese año, el embajador argentino, Pedro Radío, fue recibido por Pilar con todos los honores en el castillo de la Mota. A esas alturas, los Coros y Danzas de la Sección Femenina constituían una plena garantía para conservar las canciones y bailes de la tierra española.
El propio Ramón Menéndez Pidal, cautivado tras una de sus exhibiciones, comentó que la diferencia que el folclore regional revelaba era la mejor demostración de la pluralidad española.
Las chicas interpretaban, en efecto, fielmente los gestos, la música y la palabra; cantaban en castellano, catalán, vascuence, gallego, y hasta en bable y sayagués.
El 11 de mayo, el buque Monte Albertia, que transportaba a la expedición de Coros y Danzas al frente de Lali Ridruejo y Maruja Hernández Sampelayo, atracó en los muelles de Mar del Plata, donde les aguardaban el general Juan Domingo Perón y su esposa, junto a varios representantes de la colonia española en Argentina.
Joaquín Martínez Arboleya frecuentaba el cuartel general de Falange Argentina, situado en una mansión en la calle Cerrito.
Concluida la Guerra Civil, en diciembre de 1939, los equipos de filmación de su nueva empresa Sucesos Argentinos habían realizado un
documental del acontecimiento más importante del comienzo de la Segunda Guerra Mundial: el hundimiento del acorazado alemán Admiral Graf Spee en Montevideo.
Enterado ahora de la gira de Coros y Danzas, Arboleya fue a ver el 13 de mayo su actuación en el Coliseo Argentino de Mar del Plata, y asistió también dos días después a un nuevo espectáculo en el teatro Colón.
En ambas ocasiones coincidió con Laly Ridruejo; sabía seguramente que Pilar y ella eran uña y carne. Pero si no había contado a Pilar, en Burgos, lo que vio y oyó en Alicante, con menor razón iba a confesárselo ahora a su amiga y camarada… ¿o tal vez hubiese sido una buena ocasión de sacar a relucir la verdad?
El «mirlo» tampoco cantó en diciembre de 1953 cuando, esta vez sí, Pilar estuvo en Buenos Aires con Laly Ridruejo, acompañadas por José María de Areilza, embajador de España.
Areilza las llevó a ver luego a la presidenta Evita Perón, mujer, a juicio de Pilar, «verdaderamente importante y entregada por completo a conseguir la justicia social para su pueblo».
Pilar visitó a continuación al presidente argentino Juan Domingo Perón, de cuyo encuentro se hizo eco el diario ABC: «Durante la entrevista
—señalaba el rotativo—, el general Perón tuvo palabras de elogio para la obra realizada por la Sección Femenina en la educación y formación social de la mujer española».
Pero Arboleya tardaría aún ocho años más en decidirse a hablar.
La «novia de Hitler»
Mi marido está encantado con usted. Y el Führer desea conocerle. Yo les hablé de esto que ahora vuelve a proponerme de esta manera ya concreta y certeramente personificada. Y que sería posible…
MAGDA GOEBBELS a Giménez Caballero
Pilar visitó por primera vez la Alemania de Hitler en abril de 1938.
Nos disponemos a reproducir a continuación lo más granado de la extensa crónica del viaje aparecida en el número de mayo de ese año en la revista Y; tal era el monograma de la reina Isabel la Católica que la Sección Femenina asumió como cabecera de su publicación, por deseo expreso de Pilar, «a manera de blasón heráldico de nuestro linaje».
Además del valor histórico del texto principal sin firmar, sorprende a primera vista la fotografía de Pilar a solas con el Führer que lo ilustra, en la que ella, con solo veintiún años, luce junto con la boina roja carlista el emblema del yugo y las flechas de la Falange y él, casi un cincuentón, su brazalete con la cruz gamada, mientras la directora de la Sección Femenina le hace entrega de una tizona y de una daga del más templado acero toledano.
El número de la citada revista no se conserva en el archivo de Pilar; logré conseguirlo, tras no poco esfuerzo, en una librería anticuaria.
Pilar sí guardaba a su muerte, en cambio, un soberbio álbum con el lomo de piel obsequio de su tercera estancia en Berlín, en el verano de 1943, que contiene decenas de imágenes de su visita con pies de foto redactados en alemán, muchas de las cuales se reproducen en los cuadernillos de este libro, junto a numerosos recortes de periódicos y revistas locales.
Titulado «Pilar Primo de Rivera en Alemania», el artículo de Y dice
así:
Alemania ha recibido con los mayores honores y la más sincera simpatía a Pilar Primo de Rivera.
El Canciller Hitler [presidente y canciller de Alemania desde 1933 y hasta su muerte, el 30 de abril de 1945] ha dispensado el alto honor de recibir y conversar largamente con nuestra Delegada Nacional de las Secciones Femeninas. Las Organizaciones femeninas nazis y su delegada, la señora de Scholtz-Klink, y las Juventudes Femeninas B. D. M. [Bund Deutscher Mädel] han rodeado a continuación a Pilar Primo de Rivera en un ambiente de verdadera camaradería […]
La entrevista con el Canciller Hitler tuvo toda la trascendencia que le prestaba la enorme personalidad del Jefe del Estado alemán. Mostrando su gran interés por España, el Canciller celebró una conversación con nuestra Delegada Nacional de las Secciones Femeninas. Pilar Primo de Rivera le obsequió con una daga y una magnífica espada debidas a la industria toledana. Estos regalos fueron muy del agrado del Führer.
A continuación recibió a los acompañantes de Pilar Primo de Rivera, camaradas María Josefa Viñamata, Regidora Central de Relaciones Exteriores; Blanca O’Donell, duquesa de Tetuán, Javier Conde, del Secretariado Técnico de F. E. T. y de las J. O. N. S. y camarada Pardo.
El Canciller Hitler estaba acompañado del señor Meissner, ministro sin cartera y jefe de la Cancillería Presidencial; del señor Werner Kievitz, consejero de la Cancillería particular, y de la señorita Paul, secretaria general de las Secciones Femeninas del Nacionalsocialismo alemán.
Pilar Primo de Rivera recibió un obsequio del Canciller Hitler: un magnífico florero con flores rojas y amarillas y —algo que el Canciller concede muy difícilmente— un retrato con expresiva dedicatoria y marco de plata.
Comparemos ahora esta crónica de la Sección Femenina con lo que la propia Pilar manifestaba en sus memorias, a propósito de aquel histórico encuentro con Adolf Hitler, que el historiador Luis Suárez afirmaba, por error, que se había producido en «septiembre de 1941» (Crónica de la Sección Femenina y su tiempo, p. 147):
En uno de estos viajes [abril de 1938] fui encargada por el Caudillo de entregar a Hitler en su nombre una espada de Toledo [nada dice ella sobre la daga, ni tampoco sobre el florero y la foto dedicada por el Führer]. En esta entrega de la espada es cuando vi a Hitler por primera y última vez […]
Por la época en que entregué la espada a Hitler era embajador de España el almirante Magaz, que fue vicepresidente del Gobierno de mi padre; eso para mí fue un encuentro importante, y sé, además, que después envió un informe muy favorable de nuestro viaje. Yo creo que debió ser debido a la contestación que di a dos ultras alemanes que querían enzarzar a la Falange contra Franco, porque creían que así me halagaban, y me preguntaron si aquella espada era enviada por Franco o por la Falange. Yo les contesté que Franco era entonces el jefe de la Falange.
Acto seguido, Pilar aludía al insólito proyecto de… ¡boda con Hitler!
Veamos cómo lo asimilaba ella misma al cabo del tiempo:
De ahí [de su encuentro personal con Hitler] es de donde debió nacer el rumor de que me iba a casar con él, o a causa de que el historiador y gran amigo mío, Giménez Caballero, concibió esta idea, nada menos que para hacer la unidad de Europa, idea que incluso comunicó indirectamente al mismo Hitler a través de Edith Faupel y Magda Goebbels, y también al Caudillo y a mi tío Antón para que me lo comunicara, según me he enterado hace poco por el propio Giménez Caballero, a quien agradezco, de todas maneras, que confiase tanto en mí.
Pero lo cierto es que yo no me enteré jamás de semejante proyecto, ni hubiera consentido en ello, entre otras cosas, porque nunca me sentí depositaria de tan importante misión y, además, porque mi vida privada era solo mía.
Analicemos estas palabras de Pilar, publicadas en noviembre de 1983. Tras asegurar, con intrínseca ironía, que «nunca me sentí depositaria de tan importante misión», añadía que se había enterado del increíble proyecto matrimonial «hace poco».
Pero lo cierto es que el propio Ernesto Giménez Caballero, carnet número 5 de la Falange, el mismo que había barajado la posibilidad de que el dictador Primo de Rivera hubiese muerto envenenado, como vimos en el
capítulo «El padre», había publicado ya la rocambolesca historia doce años antes, en la séptima edición de su célebre obra Genio de España (Doncel, 1971), que incluía un «Epílogo sobre hoy. Que es Prólogo de mañana», donde relataba precisamente el supuesto complot matrimonial; aunque no mencionase entonces expresamente a Pilar como candidata, eso no impedía al lector deducir que podía tratarse de ella.
De todas formas, seis años después, el 2 de marzo de 1977, la revista Historia 16 publicó el sensacional episodio en su número 2, revelando ahora así el nombre de la presunta «novia de Hitler».
El impacto mediático fue tal, que hasta el Sunday Times de Londres publicó un extenso artículo de su corresponsal en España, Keith Morphet.
Dos años después, Giménez Caballero volvió a hacerse eco de la historia en sus Memorias de un dictador (Planeta, 1979), esta vez con mención expresa a Pilar.
José Antonio, obviamente, no llegó a enterarse del asunto pues él leyó la primera edición de Genio de España, la cual elogió en parte el mismo año de su aparición, en 1932, cuando aún no se había producido el escandaloso asunto; tampoco se decía nada, como es natural, en la segunda edición de 1934, ni en la tercera de 1938, ni tampoco en la cuarta, quinta y sexta reimpresiones efectuadas sucesivamente al año siguiente.
Y si a José Antonio no le convenció del todo la obra de Giménez Caballero era porque, estando en una de las numerosas tertulias que la norteamericana Eva Fromkes organizaba en los salones de su ático de la calle Espalter de Madrid o en su casita segoviana, y tras escuchar las alabanzas de Dionisio Ridruejo al personaje y a su Genio de España, el jefe de Falange le replicó: «Sí, está bien, Dionisio, pero ¿no encuentras que todo eso parece demasiado simple? Por otra parte se percibe correr por el libro la vena presuntuosa de aparecer como un Führer, lo que es algo ridículo».
Ridruejo tomó luego nota en parte del comentario de su jefe, como él mismo consignaba en sus memorias: «Recuerdo siempre una sesión de cine en la que ambos dictadores aparecían en la pantalla. Cuando lo hacía Hitler decía yo: “Es un tipo ridículo”…».
¿Cómo era posible que un asunto de semejante calado hubiese pasado inadvertido para Pilar hasta poco antes de noviembre de 1983, cuando ya la prensa y el propio Giménez Caballero lo habían aireado a los cuatro vientos?
Sabemos, eso sí, por una carta inédita de una amiga de Pilar que firma como «Rosari», del 24 de diciembre de 1981, que la aludida se enteró ya entonces del proyecto matrimonial con Hitler, si es que en realidad aún lo ignoraba.
Tal vez fuera esa misiva, cuya remitente indicaba al final de la misma
«rompe esto en mi presencia», y a quien Pilar desobedeció dado que se conserva hoy entre sus papeles privados, la que indujese a esta a pedirle explicaciones a Giménez Caballero, que fue, como dice ella en sus memorias, quien finalmente se lo contó todo.
Sea como fuere, la carta de «Rosari» resulta cuanto menos curiosa.
Dice así:
Querida Pilar:
En el primer canal [TVE], a las 20 horas, en Nombres de ayer y de hoy, Ernesto Giménez Caballero habló también de tu padre el general Primo de Rivera, de José Antonio, que lo calificó de «místico y puro», y de ti.
Dijo de ti, cosa que me sorprendió, no que fuiste novia de Hitler sino su mujer… En fin, yo creo que detrás de todo esto hay demasiada mala
«UVA», como vulgarmente se dice. Pues, ¿a cuenta de qué viene esto? Con la época de brutalidades que estamos atravesando…
Antes de conocer los entresijos del proyecto de casamiento, advirtamos que Pilar visitó Alemania en tres ocasiones: la primera, como acabamos de ver, en abril de 1938, seguida de otra en agosto-septiembre de 1941, y de la última en el verano de 1943, cuando todavía no eran del dominio público las atrocidades cometidas por los nazis.
La invitación para la segunda visita corrió a cargo de Jutta Rüdiger, jefe de las Juventudes Femeninas Alemanas.
Vale la pena reproducir la carta de invitación de Jutta Rüdiger, conservada en el Archivo de la Asociación Nueva Andadura, pues evidencia las buenas relaciones existentes entonces entre las organizaciones femeninas de ambos países:
Fechada en Berlín, el 3 de julio de 1941, dice así:
Querida Pilar:
Hace poco tiempo que las Jefes de la B. D. M. [Juventudes Femeninas Alemanas], bajo la dirección de la Jefe Provincial, Luise Michel,
regresaron de España. Estaban entusiasmadas y encantadas de la acogida efusiva y amistosa que allí encontraron.
Quiero aprovechar la ocasión para agradecerte de todo corazón la gran hospitalidad, y espero también que a tus camaradas españolas les haya gustado el viaje por el Reich.
Hoy deseo invitarte cordialmente a nuestros torneos veraniegos en Breslau. Como desgraciadamente no has podido venir a Garmisch durante el invierno, me alegraría mucho si lograras esta vez visitarnos.
Como la jefe provincial Michel nos informó de que te encantaría ver algunas ciudades de Alemania Meridional, he elaborado el siguiente programa:
Llegada en avión a Stuttgart, hacia el 15-8-41; visita a Munich y participación en la «Semana de Teatro de Salzburgo», que terminará el 20-8-41; luego, continuar el viaje a Viena y acto seguido participación en los torneos de verano en Breslau, desde el 25 al 31-8-41.
Si el tiempo te lo permite, también puedes ir de Breslau a Viena, donde a principios de septiembre se celebra la famosa Feria Vienesa.
En el camino de regreso a Stuttgart aún puedes visitar Nürnberg.
Todas mis camaradas alemanas se alegrarán con toda su alma, igual que yo, de saludarte en Alemania.
Un saludo de camaradería.
¡Heil Hitler! ¡Arriba España!
JUTTA RÜDIGER
Pilar contestó a la carta con esta otra, datada el 12 de agosto, más de un mes después:
Querida camarada:
Recibo con retraso la carta que me envías. Con mucho gusto acepto la invitación, pero lo que no será posible es salir el día 15 por la proximidad de la fecha.
Podríamos salir la camarada Eulalia Ridruejo, Regidora Central de Administración, y yo, el día 19 para volver a principios de septiembre.
En este tiempo que estemos allí nos gustaría mucho también ver a los camaradas de la División Azul, y por lo tanto te agradeceríamos a ver si puedes arreglarlo en el programa.
Desde luego estamos encantadas de poder ir ahora a Alemania y así también tendremos motivo en esta ocasión de saludar a todos los camaradas alemanes con los que tan cordiales relaciones nos unen de amistad, de simpatía y de compenetración.
Recibe un afectuoso saludo nacional-sindicalista.
¡Heil Hitler!
¡Arriba España!
PILAR PRIMO DE RIVERA
El balance de esta segunda visita fue satisfactorio en líneas generales para las relaciones entre ambas organizaciones, según se desprende del
«Informe sobre el viaje a Alemania» elaborado de forma esquemática por Pilar y Laly Ridruejo, el 16 de septiembre de 1941.
Sobre «el partido» y «Hitler» en particular, anotaron entonces:
«Organización, exigencia, respeto a los jefes, formación (moral, la raza, los ingleses), disciplina, ambición monumental, tendencia a influir sobre todo el mundo».
Respecto a «la vida en Alemania y la guerra», escribieron lo siguiente:
«Justicia social, alegría de la vida, moral estupenda, fe en el triunfo, nivel de cultura».
En relación con «España», apuntaron esto otro: «Mirada con simpatía, pero como pobrecillos y ausentes del mundo, no como un poder junto a otro poder».
Y sobre las «Juventudes»: «Plan sobre las Juventudes, necesidad de la presencia de España, conveniencia del intercambio, atención con la edad, falta de moral».
Finalmente, entre las «Consecuencias», destacaron: «Estudiar la organización social, de trabajo y educación; presencia de equipos falangistas con miras a influir moral y “falangistamente”, traer Juventudes Alemanas a España, decorosa presentación de los representantes de España, intercambio e influencia de España sobre Portugal, Francia, Bélgica, Hungría e Italia que, como países católicos, están propicios a dejarse influenciar por nosotros».
En su última visita a Alemania, la directora de la Sección Femenina fue recibida por el ministro de Educación y Propaganda del Tercer Reich,
Joseph Goebbels, y por un representante del ministro de Exteriores, Joachim von Ribbentrop, entre otros destacados miembros del Gobierno alemán.
Durante su estancia en Berlín, se celebró una recepción en la embajada española y otro acto en la sala de la cúpula del Campo de Deportes del Reich, donde Pilar recibió los saludos de la colonia española y de la Falange territorial.
Previamente, entre los días 14 y 18 de septiembre de 1942, Pilar había participado ya en el Congreso de Juventudes Europeas celebrado en Viena. En la Casa del Partido —el antiguo Parlamento austríaco— se reunieron el 14 de septiembre los representantes de las juventudes de trece naciones europeas. Junto a las delegaciones de Alemania y de Italia, se habían dado cita las de España, Bélgica, Bulgaria, Dinamarca, Finlandia,
Croacia, Holanda, Noruega, Rumanía, Eslovaquia y Hungría, a las que se sumó el representante del Gobierno portugués como observador oficial.
Una vez proclamada por unanimidad la constitución de la Federación de Juventudes Europeas, se nombró copresidentes de la misma al jefe de la Juventud del Tercer Reich, Arthur Axmann, y al secretario general del Partido Fascista, Aldo Vidussoni.
Para el estudio de los diversos problemas que afectaban a la juventud se formaron dieciséis comisiones; entre ellas, la de «Juventud y Familia», presidida por el jefe del Frente de Juventudes de España, José Antonio Elola Olaso, y la de «Juventud Femenina», cuya presidencia compartió Pilar con Penélope Testa, de Italia, y Jutta Rüdiger, de Alemania.
Pilar repasó durante el Congreso la historia y la obra de la Sección Femenina, pero antes saludó a todos los asistentes con estas desconcertantes palabras, en prueba de que ella ignoraba entonces las maldades que anidaban ya en el régimen nazi, tal y como consta en el Archivo de la Asociación Nueva Andadura: «Así —dijo entonces— como vamos a compartir ahora nuestros trabajos, compartieron también vuestros hombres con los nuestros los días duros de la guerra de España. Respetuosamente esta Delegación Española saluda también a vuestro Führer al que le desea la completa victoria y muchos años de vida para implantar en la Gran Alemania que él ha concebido, la justicia de su causa».
Estamos a punto de reconstruir ya la frustrada iniciativa de Giménez Caballero, de quien Pilar había leído «con admiración» su obra Genio de
España en 1932, la cual «tuvo una enorme influencia en esos momentos», como consignaba en sus memorias.
Lejos de guardarle algún rencor por el polémico asunto de la boda, Pilar le citaba en su autobiografía «entre los entrañables camaradas o amigos que asiduamente nos acompañaban».
De entre las cartas de Giménez Caballero que ella conservaba entre sus papeles personales, además de la ya extractada en uno de los anexos documentales, figura esta otra, del 18 de diciembre de 1970, en la que el excéntrico intelectual le escribe:
Pilar: En tus manos está el sacar la consecuencia de lo que entregó España a la memoria de José Antonio con motivo del Consejo de Burgos: los tres símbolos que siguen uniendo a los españoles: «¡Franco!» «¡Cara al Sol!» y «¡Arriba España!».
Ayuda a unirnos otra vez en haz. A tus órdenes, Ernesto.
De su amistad con José Antonio, a quien cita en esa carta, constituye una buena muestra esta otra que el líder de Falange le dirigió el 12 de julio de 1936 desde la cárcel de Alicante, y de la cual destacamos estos párrafos:
Querido Ernesto:
He agradecido mucho tus dos cartas, que recibí ayer, cada una por un conducto, y la dedicatoria de tus artículos de Informaciones que estoy siguiendo con el mayor interés.
Me pides noticias mías. Puedo decirte que estoy mejor que nunca de salud, a Dios gracias y en plena forma de ánimo. Esos casi cuatro meses de cárcel me han permitido calar más adentro en algunas cosas, y aparte de eso, a fuerza de tender cables, estoy ya en contacto con cuanto puede haber en España en este momento, de eficaz. Hasta tal punto de que sin la Falange no se podría hacer nada en este momento, como no fuera un ciempiés sin salida.
Créeme que no he descansado en la adopción de estas precauciones, porque me horroriza el temor de que la ocasión grave y magnífica que estamos viviendo aborte una vez más o, lo que es peor, dé a luz un monstruo. Si eso pasa, no será por mi culpa […]
Ya faltan pocos días me parece, para que la vía quede completamente libre y despejada. Y entonces creo que nada nos detendrá.
Gracias por tu confianza y disciplina. Procura ayudar cuanto puedas y yo me alegraré mucho.
Un abrazo, José Antonio.
Pilar y José Antonio apreciaban a Giménez Caballero, y ella al menos también le admiraba.
Igual que Emilio Romero, «el gran zorro» del periodismo español del siglo XX, que con su cultivado olfato para las personas decía lo siguiente de él: «Ernesto Giménez Caballero es uno de los intelectuales y escritores más originales que ha tenido este país en la primera mitad de este siglo. Es un recreador de la Historia, un cronista de ficción de la Historia misma, un surrealista de la Historia y de la política, pero con una imaginación extraordinaria…».
¿Significaba eso que Giménez Caballero, como el gran fabulador que era, había sido capaz de inventarse el increíble proyecto de boda con Hitler?
Juzgue si no el lector, a la vista de los hechos narrados por el propio Giménez Caballero, que tuvieron su origen en la ciudad alemana de Weimar, donde asistió al Congreso de Autores Europeos (Europäische Schriftsteller-Vereinigung), celebrado del 23 al 26 de octubre de 1941, cuando Pilar ya había regresado a España de su segundo viaje a Alemania.
No en vano, además de escritor insigne, Giménez Caballero era doctor en Filosofía y Letras y catedrático de Literatura en el instituto Cardenal Cisneros de Madrid (el lector hallará, en el Anexo documental n.º 6, un informe confidencial sobre él, elaborado por la red de informadoras
A. P. I. S., sobre la cual nos ocuparemos más adelante).
Presidido por el ministro Goebbels en persona, a quien acompañaba su esposa Magda, se dejaron ver también por el Congreso Alfred Rosenberg, ministro de los Territorios Ocupados del Este, y Heinrich Himmler, comandante en jefe de las SS. Sobre este último, Giménez Caballero comentaba: «Fue Himmler el que llamaría “judío” a Franco cuando se constató en la Cancillería alemana que España no entraría en guerra».
A Goebbels, en cambio, lo comparaba con Dionisio Ridruejo: «Por pequeño, orador y ambicioso. Físicamente se parecían algo. Salvo en la
cojera. Aunque Dionisio también cojeaba de un pie, el de Serrano Súñer, que no resultaría un Hitler, sino un todo lo contrario».
Goebbels, en efecto, renqueaba: además de que su brazo izquierdo era unos ocho centímetros más largo que el derecho, justo al revés que Stalin, tenía los pies deformes; sus compatriotas aseguraban que las taras no eran de nacimiento, sino consecuencia de una enfermedad infantil.
Giménez Caballero quedó deslumbrado desde el primer instante por la belleza y simpatía de Magda Goebbels. Se la presentó su buen amigo, el filólogo e hispanista Arturo Farinelli. Tuvo ocasión así de charlar con ella durante el Congreso, y luego Magda le invitó a su casa, donde él confió abiertamente a la atractiva anfitriona su visión del «genio de España», en cuya nota a la primera edición ya había escrito: «Lo importante es marchar. Lo importante es despertar. Lo importante es que un pueblo sienta su propia genialidad y, como sobre un río majestuoso, bogue en la barca, oportuna, que le ofrezca cualquier humilde y modesto barquero».
Aquel día, él confesó a Magda «las posibilidades de reanudar lo que se interrumpiera con Carlos II el Hechizado y se malograra con aquel archiduque de Austria, Carlos, que nos costaría Gibraltar».
En definitiva: «La renovación de una nueva Dinastía hispano-austríaca».
Magda, de nuevo según Giménez Caballero, le prometió informar de él a su marido, e incluso al mismo Führer, pues le había interesado extraordinariamente su exposición.
El escritor asegura que regresó a España para informar a Franco, en El Pardo, de su encuentro privado con la esposa de Goebbels; acto seguido se puso en contacto con el Vaticano, donde interesó mucho aquello de que
«había que catolizar a Hitler», según escribía.
Dos días antes de Nochebuena, retornó a Berlín para cenar en casa del matrimonio Goebbels. Llevaba consigo, como regalos, un capote de luces para el ministro de Educación y Propaganda, unas delicadas figuritas de nacimiento modeladas por el escultor murciano Antonio Garrigós y Giner para los hijos de la pareja, y un ejemplar de Genio de España, cómo no, para el Führer, con dedicatoria y todo.
Magda y Joseph tenían seis hijos, cuyos nombres empezaban todos por
«h», en memoria de Hitler: Helga Susanne, Hildegard Traudel, Helmut Christian, Holdine Kathrin, Hedwig Johanna y Heidrun Elisabeth.
Hitler había condecorado a Magda Goebbels como «la mejor madre del Tercer Reich», y los miembros del clan formaban la familia aria ideal para los alemanes.
Como ya es sabido, tras la caída del régimen nazi, cuatro años después de su encuentro con el intelectual español, Magda envenenó a toda su prole y luego se suicidó junto a su esposo.
Giménez Caballero evocaba así aquella inolvidable velada: «Antes de sentarnos a la mesa, durante los aperitivos, enseñé al pequeño y cojito Jerarca del Propagandismo germánico a manejar el capote, el modo de ceñirlo para el paseíllo y de veroniquearlo. Y a los niños les monté un Belén junto a la chimenea. Magda estaba radiante y conmovida.
»Durante la cena les conté chistes al modo madrileño y cuentos y cosas de España, definiendo a Franco como un nuevo Cisneros [el propio Caudillo le nombraría embajador en el Paraguay, en 1958] cuya figura y destino de instaurador imperial les expliqué apasionadamente. Y nuestro posible porvenir común. Estaban como fascinados, preguntándome y escuchándome.
»Antes de terminar los postres el Führer avisó a Goebbels con urgencia. Le entregué mi libro para él y le rogué lo tradujeran y publicaran enseguida, a ser posible en la editorial Diederichs de Jena, que estaba muy interesada […] Goebbels abandonó la mesa antes del café. Los niños fueron llevados a dormir por una Fräulein, tras besarme alegremente».
Y entonces, solos Magda y él, tuvo lugar una histórica conversación de la que únicamente queda constancia por el propio Giménez Caballero.
¿Realidad, ficción… o una mezcla de ambas?
Magda Goebbels le hizo pasar a su salón privado, donde ardía una chimenea de leños, que ella atizaba de vez en cuando mientras charlaban.
La mujer se acomodó frente a él en un sofá de raso verde y oro.
Giménez Caballero decía que ella le escuchaba embelesada pero, a juzgar por su detallada descripción de la anfitriona al cabo de más de treinta años, parecía más bien al contrario: «Cabellos rubios como el sol, que portaba con trenzas entrecruzadas, sobre la nuca. Ojos de lago. Y un vestido negro de terciopelo, hasta ocultarle los pies. Solo una perla sobre el nácar de su garganta, como un símbolo venusto».
La señora Goebbels le dijo, al parecer:
—Esto, ¿lo sabe alguien más aquí?
—Sí. Otras dos damas —repuso él.
—¿Quiénes son?
—Una, la que fuera embajadora de Alemania en Salamanca, Edith Faupel, hoy escarmentada de su fracaso allá, por la «solución Hedilla».
—No conozco esa solución. ¿Quizá para conducir nosotros la guerra de España?
—Más o menos. Haciendo de Hedilla, sencillo obrero santanderino y un buen hombre, el heredero de José Antonio Primo de Rivera. Otro día se lo contaré, pues viví aquello muy de cerca y por eso me estima mucho Frau Faupel.
—¿Y la segunda dama? —preguntó Magda.
—Suzanne Diederichs, la esposa del editor que va a publicar mi Genio de España prologado por Von Papen.
—Mejor que no insista con ellas.
El interlocutor sacó a relucir de nuevo la urgente reanudación de la estirpe hispano-austríaca que, según él, propiciaría un armisticio en Europa, con un enlace tradicional y revolucionario al tiempo.
—¿Y cuál sería la candidata a emperatriz? —inquirió la esposa de Goebbels.
—Solo podría ser una —sentenció Giménez Caballero. En la línea de princesas hispanas como Ingunda y Brunequilda y Gelesvinta y Eugenia… Solo una, por su limpieza de sangre, por su profunda fe católica y, sobre todo, porque arrastraría a todas las juventudes españolas: ¡la hermana de José Antonio Primo de Rivera!…
Magda enmudeció. De pronto, sus ojos se humedecieron, y no porque hubiese tomado alguna que otra copa de licor, que lo hizo, sino de incontenible emoción.
Cogiendo de las manos a su invitado, le susurró:
—Su visión es extraordinaria… Su misión también… Y además, audaz, valiente y concreta…
Y añadió:
—Mi marido está encantado con usted. Y el Führer desea conocerle. Yo les hablé de esto que ahora vuelve a proponerme de esta manera ya concreta y certeramente personificada. Y que sería posible…
—¡Sería posible…! —exclamó él, entusiasmado.
—Sería posible, si Hitler no tuviera un balazo en un genital, de la primera guerra, que le ha invalidado para siempre… Imposible, gran amigo, imposible. ¡No habría continuidad de estirpe!
—¿Y Eva Braun?
—Un piadoso enmascaramiento para la galería…
En octubre de 1941, Johanna Maria Magdalena Ritschel, conocida como Magda Goebbels y considerada como la primera dama del Tercer Reich hasta el matrimonio de Hitler con Eva Braun, sabía ya perfectamente que al Führer le faltaba un testículo, como a Napoleón Bonaparte.
Debieron transcurrir nada menos que sesenta y siete años, hasta noviembre de 2008, para que lo que entonces era un simple rumor para el común de los mortales y tan solo una certeza para el círculo íntimo del Führer, se confirmara vox populi tras desclasificarse un crucial documento. Hitler, efectivamente, había sufrido una grave herida en la batalla de Somme, en 1916, durante la Primera Guerra Mundial, a raíz de la cual
perdió una de sus partes más íntimas.
Pero, como ya indicamos, no existía entonces evidencia alguna de que el dictador fuese medio eunuco. De hecho, el rumor se empleó en la Segunda Guerra Mundial para entonar una popular canción, que decía en inglés: «Hitler has only got one ball, the other is in the Albert Hall» («Hitler tenía una sola pelota, la otra está en el Albert Hall», en el Royal Albert Hall de Londres).
Pero la desclasificación de un documento en 2008, como decimos, donde se transcribe la conversación entre el médico militar alemán Johan Jambor, que le atendió entonces, y el sacerdote Franciszek Pawlar, disipa ya cualquier duda.
Jambor recuerda a Hitler como el «gritón», porque no cesaba de chillar pidiendo auxilio tras recibir el impacto de una granada.
Rescatado por el escritor polaco Gregor Wawoczny y publicado en parte en el Daily Telegraph británico, el documento recoge, entre otras, estas afirmaciones: «Su abdomen y sus piernas [las de Hitler] estaban cubiertas de sangre. Su primera pregunta fue si iba a quedar incapacitado para tener hijos».
Magda Goebbels, como indicábamos, ya lo sabía en diciembre de 1941, cuando se entrevistó por segunda vez con Giménez Caballero, que regresó decepcionado a España al ver desbaratado su proyecto.
Debió contentarse únicamente con recibir, el 7 de octubre de 1943 y con la firma autógrafa de Hitler, el título de Caballero «des Ordens vom Deutschen Adler mit der Stern».
Según cuenta el escritor, a su llegada a Madrid informó a Franco de la frustrada iniciativa y este, al parecer, «comprendió»; lo mismo que su amigo Antón Sáenz de Heredia, tío de Pilar, con quien solía ir de caza.
Finalmente, hizo partícipe también de su confidencia al sacerdote jesuita Yzaga, en la villa de San José, y al mismísimo nuncio del papa Pío XI, monseñor Gaetano Cicognani.
Giménez Caballero relataba a continuación su audiencia privada con Pío XII, el Papa número 260 de la Iglesia católica: «Que mis intenciones
—recordaba— “de un nuevo Imperio católico español” habían llegado a Roma, todavía pude darme cuenta de ello cuando en 1943, al solicitar una audiencia colectiva a través del embajador Yanguas Messía se me concedió en el acto… ¡una privada! Con gran estupor de Yanguas y mío.
»En esa audiencia, a la que me acompañó mi esposa, el Pontífice solo tocó el tema nazi como para cerciorarse de que yo podría influir mucho entre las juventudes españolas a fin de que no se “nazificaran peligrosamente”».
Quedaría incompleto este capítulo si no aludiéramos a la verdadera relación de la Falange y de su Sección Femenina con el régimen nazi y el fascismo.
Pilar visitó la Roma de Mussolini en 1938, el mismo año en que viajó por vez primera a la Alemania de Hitler.
Lo hizo acompañada de Carmen Werner, la falangista malagueña enamoriscada de José Antonio («una amistad un poquito sentimental», decía Ridruejo), y a quien este a su vez había escrito una desconocida carta desde la prisión de Alicante, el 16 de julio de 1936, cuatro meses antes de su muerte, insinuándole, tan seductor como siempre: «Como único precio solo espero beber una limonada exprimida por tus propias manos bajo la sombra de los árboles de tu jardín».
Cuenta la historiadora Inmaculada de la Fuente que la carta llegó a Málaga el 19 de julio, donde vivía Carmen con su familia. Como la sublevación fue sofocada en la ciudad andaluza, la falangista confió esa epístola y otras recibidas de José Antonio a su amiga Mercedes Discher, que las enterró en su jardín. Pero cuando los milicianos registraron las
casas del Monte de Sancha, donde residía Mercedes, esta se asustó y las quemó. Aun así, Werner reconstruyó lo que recordaba de su contenido.
Muerto José Antonio, Carmen Werner correspondió a su memoria en la revista Y con una semblanza del líder en la que se deleitaba así con él:
«Imaginaos al más alto, al más fuerte, el mejor constituido de vuestros amigos, el más correctamente peinado, con los trajes oscuros y bien cortados, sin concesiones a las modas pasajeras […], camisas siempre o casi siempre blancas, cuellos altos y duros […] los hombros y el cuello muy poderosos y como de mucho potencial serenamente regido por una fría cabeza inteligente, que pudiera ser de un cuadro italiano o de aquellos flamencos que tienen influencia italiana en su pintura…».
Werner fue a Italia con Pilar y Carmen de Icaza, al frente de la Asesoría Social del Auxilio Social y luego de su Oficina de Propaganda.
Junto a ellas viajaron cuatro hombres: Dionisio Ridruejo; José María Pemán, presidente a la sazón de la Academia Española; Antonio Quintana, secretario del Ministerio de Educación, que financió el viaje; y Eugenio Montes, director de la Casa de España.
Coincidieron con el derrocado rey Alfonso XIII en el mismo Grande Albergo donde se hospedaban.
Ridruejo recordaba así el encuentro con el ex monarca: «Nos recibió en grupo en la salita de su suite, que no pasaba de decorosa. Sobre la mesa puso su pitillera de plata con cigarrillos negros de boquilla larga. Preguntó mucho, como era de rúbrica, pero también habló bastante. El modo de dirigirse a cada uno de nosotros era muy hábil y matizado. A Pemán con menos frecuencia y como diciéndole: “Usted es de la familia”. A Pilar con especial atención. Seguramente no ignoraba que todos los Primo de Rivera guardaban hacia él un cierto resentimiento».
También les recibió Mussolini.
A Pilar, el gran salón del Mapamundi donde se entrevistaron con el Duce le pareció inmenso, y el dictador italiano «una verdadera efigie romana».
Ridruejo se entrevistó luego con el secretario general del Partido Nacional Fascista, Achille Starace, y con el ministro de Cultura Popular, Dino Alfieri; por último, conversó también sobre política española con el ministro de Asuntos Exteriores, Galeazzo Ciano, casado con Edda Mussolini, primogénita del Duce.
Cinco años antes, en octubre de 1933, había estado ya José Antonio en Roma. Tras entrevistarse también con el Duce, aludía a este con simpatía, lo cual, como enseguida veremos, no significaba en modo alguno que al líder de la Falange se le pudiese tildar de fascista, ni mucho menos de nazi.
Evocaba así José Antonio, con la calidad de su prosa y el rigor descriptivo del mejor reportero, aquel encuentro privado:
Eran las seis y media de la tarde. No había en el Palacio de Venecia el menor asomo de ajetreo. A la puerta, dos milicianos y un portero pacífico. Se dijera que el penetrar en el palacio donde trabaja Mussolini es más fácil que tener acceso a cualquier gobierno civil. Apenas enseñé al portero el oficio donde se me citaba, me hizo llegar —por anchas escaleras silenciosas— a la antesala de Mussolini.
Tres o cuatro minutos después se abrió la puerta. Mussolini trabaja en un salón inmenso, de mármol, sin muebles apenas. Allá, en una esquina, al otro extremo de la puerta de entrada, estaba tras de su mesa de trabajo. Se le veía de lejos, solo en la inmensidad del salón. Con saludo romano y una sonrisa abierta me invitó a que me acercara. Avancé no sé cuánto rato. Y, sentados los dos, el Duce empezó su coloquio conmigo.
Yo le había visto en audiencia rituaria, años antes, cuando fui recibido con varios alumnos de la Universidad de Madrid. Aparte, como todos los habitantes del mundo, le conocía por los retratos: casi siempre en actitud militar, de saludo o de arenga.
Pero el Duce del Palacio de Venecia era otro distinto; con plata en el pelo; con un aire sutil de cansancio; con cierto pulcro descuido en su ropa civil. No era el jefe de las arengas, sino el de la maravillosa serenidad. Hablaba lentamente, articulando todas las sílabas. Tuvo que dar una orden por teléfono, y la dio en el tono más tranquilo, sin poner en la voz el menor asomo autoritario.
A veces, cuando alguna de mis palabras le sorprendía, echaba la cabeza hacia atrás, abría los ojos desmesuradamente y, por un instante, mostraba, rodeadas de blanco, sus pupilas oscuras. Otras veces sonreía con calma. Era notable su actitud para escuchar.
Hablamos cosa de media hora. Luego me acompañó hasta la puerta a través del inmenso salón. No es de gran estatura; ya no tiene, si alguna vez la tuvo, la erguida apostura de un jefe de milicias; antes bien, su espalda empieza a encorvarse ligeramente. Al llegar los dos a la puerta, me dijo
con una calma paternal, sin sombra de énfasis: «Le deseo las mejores cosas, para usted y para España». Luego se volvió hacia su mesa, despacio, a reanudar la tarea en silencio…
A Pilar, como advierte la historiadora María Antonia Fernández en una completa biografía de la directora de la Sección Femenina, le preocupaba mucho que la memoria de su hermano José Antonio fuese respetada.
Por eso, de haber vivido ella cuando José Luis Martín Prieto calumnió a José Antonio en sendos artículos publicados en un diario nacional el 28 de diciembre de 2002 y el 19 de noviembre de 2007, seguramente habría salido, furibunda, en su defensa.
¿Qué escribió Martín Prieto en su primera columna? Esto mismo:
«Pese a ser fusilado a los 33 años [José Antonio] nunca se le conoció mujer, ni por asomo, y sí su lealtad-amor por sus jóvenes escuadristas».
Creo haber desmontado tamaña falsedad en La pasión de José Antonio, donde, entre otras historias de amor del jefe de la Falange, salen a relucir sus nobles romances con la duquesa de Luna, la princesa Bibesco o Cristina de Arteaga, hija de los duques del Infantado.
Pero las injurias fueron aún más graves y explícitas en el segundo artículo, donde el columnista aseveraba de nuevo sin pruebas: «[…] José Antonio se había ganado el derecho a ser pasado por las armas. Hijo del dictador, homosexual en el armario y crecido a la sombra del emergente nazifascismo europeo…».
Por desgracia, las infamias se vertieron también con absoluta impunidad al otro lado del Atlántico, en un libro editado en Westport (Connecticut, Estados Unidos) en 1999, cuando Pilar tampoco vivía.
Titulado en inglés Spanish Writers on Gay and Lesbian Themes. A Bio-critical Sourcebook («Los escritores españoles sobre temas gays y lesbianas. Libro de consulta bio-crítico»), de la editorial académica Greenwood, en la introducción a cargo de David William Foster se afirmaba con perfidia: «Un líder de la derecha política y mártir, el asesinado José Antonio Primo de Rivera, tiene fama de haber sido un homosexual y amigo de Lorca».
Por no hablar del capítulo titulado «Homosexualidad en la Historia de España: de Adriano a Lorca», incluido en la Enciclopedia de la homosexualidad, debido a la pluma del hispanista cervantino de nacionalidad estadounidense Daniel Eisenberg, quien asegura, sin hacer
tampoco comprobación alguna, que «José Antonio Primo de Rivera mantuvo relaciones sexuales con Lorca».
Fallecida también Pilar, el hispanista Paul Preston se hizo eco en su libro Las tres Españas del 36 (1998) de los «rumores de lesbianismo, tanto sobre Pilar en particular como sobre la Sección Femenina en general».
Preston atribuía esos chismes a «la misoginia típica de una sociedad agresivamente masculina».
Y a continuación, amparándose en lo que según él le confió en privado el antifalangista Herbert Southworth, ofrecía una insólita versión, según la cual Constancia de la Mora Maura, la nieta comunista del político conservador Antonio Maura, estaba convencida de que su hermana Marichu «mantenía una relación lésbica con Pilar Primo de Rivera».
Tratando de enmendar el dislate, Preston añadía: «[…] No hay razón para creer que su amistad fuese algo más […] La acusación puede deberse, sencillamente, al hecho de que Constancia sentía considerable hostilidad hacia su hermana debido a su orientación radicalmente distinta».
Pilar ejerció siempre una defensa acérrima de José Antonio; incluso cuando la revista Historia 16 publicó en la portada de su primer número, en mayo de 1976, un montaje fotográfico de su hermano con una bandera nazi detrás para ilustrar el reportaje del historiador Ángel Viñas sobre los frustrados intentos alemanes de rescate de la cárcel de Alicante.
Pilar reaccionó de inmediato elevando su más enérgica protesta a la Dirección de la publicación.
Por nada del mundo consintió ella que la vinculasen con el nazismo, ni mucho menos a su hermano. Y eso, pese a sus reiterados viajes a la Alemania de Hitler, con quien llegó a entrevistarse también José Antonio si nos atenemos a lo que él mismo manifestó en su alegato defensivo ante el tribunal que le «juzgó» en Alicante, el 17 de noviembre de 1936.
Extremo, por cierto, ignorado por algunos historiadores tan conocidos como el hispanista Hugh Thomas, que escribía en su renombrada obra La Guerra Civil Española (Ruedo Ibérico, París, 1962) lo siguiente: «En la primavera de 1934, José Antonio visitó Alemania, pero no vio a Hitler y regresó a España deprimido a causa de los nazis…».
He aquí, ahora, la revelación de José Antonio al fiscal Vidal Gil Tirado: «El señor fiscal —repuso el líder de la Falange— sabe ya cuáles han sido mis viajes al extranjero. He estado en Berlín una sola vez, en mayo de 1934. No asistí al mitin que se decía organizado por [Rudolf]
Hess y con intervención de [Oswald] Mosley. No conozco ni a uno ni a otro. En cambio, nadie me preguntó si conocía a Hitler, lo que podía ser más comprometido, y sin embargo confieso que sí le he visto. Le vi unos minutos, cuatro o cinco, y ya comprenderéis en ese espacio de tiempo lo que pueden hablar un alemán y un español, un alemán que no sabe español y un español que no sabe alemán».
¿Puede señalarse entonces a José Antonio y a Pilar, en particular, así como a la Falange y a la Sección Femenina, en general, como herederos ideológicos del fascismo italiano y/o del nazismo alemán en lo que a la defensa del Estado totalitario se refiere?
Aclaremos antes que el concepto «totalitario», en línea con la postura de José Luis de Arrese, no tenía para José Antonio otro sentido que el de
«un Estado para todos».
Cierto que José Antonio propugnó un «Estado totalitario» al menos en cinco ocasiones: el 29 de octubre de 1933, en el discurso fundacional de Falange; en los «Puntos Iniciales» aparecidos el 7 de diciembre del mismo año; en su discurso pronunciado en Carpio del Tajo, en febrero de 1934; en unas declaraciones a la revista Blanco y Negro, en noviembre del mismo año; y en el discurso de clausura del II Consejo Nacional de Falange, en noviembre de 1935.
Pero frente a ese totalitarismo, la Falange defendió siempre la supremacía del individuo en lugar de su absorción por el Estado, a diferencia del fascismo y el nazismo; y lo hizo sencillamente porque, como acabamos de ver, abogaba por un Estado para todos y no tenía, ni remotamente, una idea panteísta del mismo.
Respecto al fascismo, al tratarse de un hecho universal, como sostenía Arrese, podían existir «fascismos» que no coincidiesen más que en el nombre.
Si acaso, los puntos de contacto de la Falange con el fascismo y el nazismo se justificaban por su particular cruzada contra el comunismo.
Pero ya se encargó José Antonio de aclarar que el Estado no constituía en sí mismo un valor supremo, como hizo en su artículo publicado en la revista F. E., en marzo de 1934, donde afirmaba tajante: «Amamos a la Patria, como ella debe ser amada, la primera después de Dios».
Merece la pena recordar, en este sentido, la brillante respuesta del fundador de la Falange a José María Gil Robles, líder de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), después de que este le acusara
de propugnar un concepto panteísta del Estado, durante una discusión parlamentaria en diciembre de 1933.
Recordemos que Gil Robles, pese a ganar las elecciones el mes anterior por una escasa mayoría, otorgó finalmente su apoyo al nuevo Gabinete presidido por el radical Alejandro Lerroux. «El señor Gil Robles
—repuso entonces José Antonio— entiende que el aspirar a un Estado integral, totalitario y autoritario es divinizar al Estado, y yo le diré al señor Gil Robles que la divinización del Estado es cabalmente lo contrario de lo que nosotros apetecemos […]
»Lo que diviniza al Estado es la creencia en que la voluntad del Estado, que una vez manifestaron los reyes absolutos, y que ahora manifiestan los sufragios populares, tiene siempre razón. Los reyes absolutos podían equivocarse; el sufragio popular puede equivocarse; porque nunca es la verdad ni es el bien una cosa que se manifieste ni se profese por la voluntad. El bien y la verdad son categorías permanentes de la razón y para saber si se tiene razón no basta preguntar al rey ni basta preguntar al pueblo […]
»Nosotros queremos que el Estado sea siempre instrumento al servicio de un destino histórico, al servicio de una misión histórica de unidad: encontramos que el Estado se porta bien si cree en ese total destino histórico.»
En marzo de 1934, José Antonio volvió a la carga en el teatro Calderón de Valladolid: «Todos saben que mienten cuando dicen de nosotros que somos una copia del fascismo italiano, que no somos católicos y que no somos españoles».
A diferencia del fascismo, y sobre todo del nazismo, la Falange y sus principales jefes no eran paganos sino católicos, apostólicos y romanos.
No hay más que profundizar en la personalidad religiosa de José Antonio y de Pilar para convencerse de esa gran verdad; a diferencia de Mussolini, que era ateo y se jactaba de serlo, por ejemplo.
La propia Pilar concluía así su prólogo al estudio sobre la personalidad religiosa de su hermano, obra de Cecilio de Miguel: «Por cuanto se ve que más que sinceridad o interés por la defensa de la religión, lo que latía bajo las críticas a los supuestos erróneos planteamientos de la Falange era la pasión política, ya que la Iglesia jamás la condenó».
¿Cómo explicar entonces que Pilar simpatizase en su día con el régimen de Hitler?
Insistamos en que ella ignoraba entonces los terribles desmanes cometidos por los nazis contra el pueblo judío.
Su condena se produjo después, cuando los alemanes perdieron la guerra y sus horribles crímenes salieron a la luz pública. De ahí su lógico empeño en desmarcarse luego de Hitler, de quien no conservaba recuerdo personal alguno a su muerte; ni tan siquiera la foto dedicada del Führer que este le entregó en mano durante su primer viaje a Alemania, antes de la Segunda Guerra Mundial.
Pero eso no impidió a Pilar aprehender en las sucesivas estancias en Alemania la estructura y el funcionamiento de las organizaciones femeninas germanas, tratando de aprovechar todos esos conocimientos en beneficio de la Sección Femenina: desde la Sección Administrativa nazi, a la que se agregaban los negociados de Tesorería general, Dirección, Organización, Prensa y Propaganda, hasta la Sección de Trabajo, que incluía el Negociado de Escuelas y Educación encargado de transmitir la ideología nacionalsocialista a las muchachas alemanas, pasando por la Sección del Auxilio Social, de la que dependían la Cruz Roja femenina, el Auxilio de Invierno, la protección de «madre e hijo» y la protección contra ataques aéreos.
Cosa muy distinta era entonces pretender que ella y José Antonio hubiesen comulgado con ruedas de molino.
Devoción
Por mi parte reconoceré como una bendición divina el haber estado cerca de ti en esta tarea, cuyos frutos será difícil borrar.
FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL, en carta a Pilar Primo
de Rivera
En la jerarquía de valores de Pilar siempre reinó Dios.
Jamás concibió ella la vida sin una entrega diaria a Jesucristo y a su Iglesia.
Si su hermano José Antonio murió con un crucifijo colgado al cuello, habiendo confesado la víspera de su fusilamiento con el sacerdote José Planelles Marco, recluido en la misma cárcel de Alicante, ella trató de vivir siempre en consecuencia con su ideario católico y eso le llevó a compartirlo con los demás, erigiéndose en celosa transmisora de su fe.
José Antonio conoció las manifestaciones íntimas de la gracia de Dios y supo muy bien que sin esta era imposible en el fondo ser feliz en la tierra.
Pilar hizo suyas, a lo largo de su vida, las palabras que su hermano dejó escritas a propósito de ello, el 18 de enero de 1934:
La felicidad —comparaba José Antonio— es como la gracia: en el fondo, la felicidad «es» la gracia. Y el estado primitivo que acaso, cuando verdadero, fue un estado feliz, es como el estado de inocencia: no se recobra jamás una vez perdido. La gracia, sí; pero por otro camino: por el de la penitencia, por el del rigor.
Quien ha perdido una vez la gracia inocente no llega a encontrarla siendo «bueno», en el sentido literario y flojo de la palabra: bueno a la manera blanca, blanda, filantrópica, dulce, de la Sociedad Protectora de Animales, o del Ejército de Salvación. Esa es una falsa, satánica manera
de cubrir en falso, con piel cerrada en falso, mucha carne podrida de culpas. Se puede volver a la gracia por la limpieza enérgica, dura, sincera, dolorosa y dolorida de la penitencia.
José Antonio resultó ser así modélico para Pilar también en el aspecto religioso, respetando siempre la libertad individual de su hermana.
Igual que la de sus camaradas, incluidos algunos tan ilustres como Agustín de Foxá, con quien mantuvo un día el siguiente diálogo:
—He hecho dos veces Ejercicios —indicó José Antonio—, una de ellas con ocasión de una gran crisis espiritual, y ambos me sirvieron de gran alivio y vigorización.
—Si me lo ordenas —contestó Foxá— te acompañaré en el retiro de la próxima Cuaresma. Iré contigo como subordinado falangista.
—Yo no puedo ni debo mandar eso como jefe —replicó—. Os lo aconsejo como amigo. Ahora, si no os ponéis bien con Dios y os toca caer un día, no aleguéis allá arriba el acto de servicio para libraros del infierno. Yo soy misionero de España, no misionero de Dios, como le digo a veces a Mateo.
Muchos testimonios de fe recibió Pilar directamente de su hermano mayor, pero otros le fueron referidos por amigas de la infancia, como Luisa María de Aramburu, que una noche del viernes de Cuaresma coincidió con José Antonio en una cena privada. Advertido este de que uno de los platos era de carne, y pese a su fama de tener «hambre de lobo», rogó a la anfitriona que le dispensase de aquel manjar.
La mujer se dirigió entonces a uno de los servidores en tono burlón:
—Oiga usted, al señorito José Antonio tráigale una tortilla. Hoy es viernes y por lo visto no se puede comer carne…
A lo que el aludido replicó:
—Es posible que me condene, señora; pero por un filete… Por un filete no vale la pena.
En otra ocasión, a su prima Nieves Sáenz de Heredia, obcecada en llevar la razón en un pleito de poca monta, José Antonio le preguntó:
—Si Dios quisiera conducirte ante el Supremo Tribunal de los Cielos,
¿insistirías en la demanda pretendiendo tener de vuestra parte la justicia?
—No. En este caso no insistiría —admitió ella, arrepentida.
—Pues hazte cuenta de que yo os pregunto eso mismo desde allá arriba
—sentenció, sonriente, José Antonio.
Pilar confirmaba los primeros pasos dados en el hogar: «Por tradición familiar —evocaba— la vida nuestra se desenvolvía en un ambiente de vida religiosa. Todas las devociones y obligaciones se cumplían fielmente, debido al cuidado de dos tías que vinieron a vivir con nosotros a la muerte de mi madre».
Se trataba de una familia que bautizaba a sus miembros con prontitud.
Ella, en concreto, recibió el sacramento del bautismo a los cinco días de nacer, el 10 de noviembre de 1906, en la iglesia madrileña de Santa Bárbara.
Como dejamos constancia ya en el capítulo «La madre», en el recordatorio de defunción de la madre de Pilar, su padre describía así a su mujer: «Fue hija, esposa y madre ejemplar. Amó a Cristo y a la Patria, y en estos momentos y en el de la Verdad y el Deber, educaba a sus hijos…».
Su propia hija concretaba en qué consistía para su familia la vida piadosa: «Se hacía el mes de María, no sé por qué, delante de un cuadro del Sagrado Corazón, y de la bendición de Pío X, que era el Papa de nuestra infancia; se rezaba el Rosario en familia; se ponía el nacimiento en Navidad y venían los Reyes; se frecuentaban los Sacramentos».
En aquel hogar cristiano afrontaron sus miembros, sin dejar de invocar a Dios, las penurias y sinsabores de la vida; como la noche del golpe de Estado dado por su padre, el 13 de septiembre de 1923, la cual rememoraba así José Antonio: «Nosotros estábamos en Capitanía General. Detrás del edificio existe un pasillo que, atravesando la calle, llega hasta la iglesia de la Merced. En la iglesia de vuestra Patrona [hablaba a los miembros de la Unión Patriótica de Barcelona] pasaron aquella noche rezando mis hermanas y mis tías».
Era lógico entonces que, en coherencia con su fe, José Antonio y Pilar trasladasen luego esta al ideario de Falange y de la Sección Femenina, respectivamente.
En la campaña electoral de 1933, en Cádiz, José Antonio ya había proclamado sin rodeos: «España, según nos dicen, ya no es católica. España es laica. Eso es mentira. No existe lo laico. Frente al problema
dramático y profundo de todos los hombres, ante los misterios eternos no se puede contestar con evasivas. Contesta esas preguntas la voz de Dios, o contesta la voz satánica del anti-Dios, aunque sea disfrazada de la sonrisa hipócrita de don Fernando de los Ríos».
Días después se fundaría la Falange, y a primeros de diciembre aparecieron ya los «Puntos Iniciales» de su programa, cuyo capítulo octavo no podía ser más explícito:
Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos.
Aspecto importante de lo espiritual es el religioso.
Ningún hombre puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá.
A esas preguntas no se puede contestar con evasivas: hay que contestar con la afirmación o con la negación.
La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera: pero es además, históricamente, la española.
Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación.
Así, pues, toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico.
En línea con esa auténtica declaración de fe, Pilar entró en contacto con el monje benedictino Justo Pérez Santiago (de Urbel por el lugar de origen: Pedrosa de Río Urbel, en la provincia de Burgos, donde había nacido el 8 de agosto de 1895), cuyo papel resultaría decisivo en la formación religiosa de la Sección Femenina (el lector hallará un informe confidencial sobre él en el Anexo n.º 6).
En Burgos, Severino Aznar, padre de Agustín, había dado a Pilar inmejorables referencias del joven monje de Silos, colaborador del abad Luciano Serrano en sus trabajos de investigación histórica, y dotado de una erudición y de una profundidad espiritual que lo acercaban a los intelectuales y a las almas en general.
En una carta conservada en el Archivo de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, de donde la exhumó el benedictino Manuel Garrido Bonaño para componer su excelente monografía Fray Justo y los hombres de su
tiempo, Pilar reclamaba por primera vez los servicios del sacerdote como orientador religioso.
Fechada el 17 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil, la directora de la Sección Femenina le decía lo siguiente a Pérez de Urbel, enclaustrado entonces en el Monasterio de Santo Domingo de Silos (Burgos), donde recibió el hábito monástico con tan solo quince años:
Vamos a abrir para final de mes la primera Escuela de Jefes de la Sección Femenina. Allí se les va a orientar para que sepan ellas en sus respectivas provincias formar a las mujeres en nuestro modo.
Quisiera también darles una orientación religiosa, sobre todo para la formación de las juventudes y de la misma Sección Femenina.
Me gustaría que fuese usted a explicársela, pero como es en Málaga y está tan lejos, por lo menos le agradeceré nos haga como una explicación de la Liturgia, Antiguo y Nuevo Testamentos, Cantos Gregorianos, el Oficio de la Virgen y todas estas cosas que son en las que queremos formar a las camaradas para que sean auténticamente católicas.
También algo sobre aquello que me dijo usted de embellecimiento de las iglesias, que también con esto se fomenta la devoción.
Pilar recibió una respuesta afirmativa del padre Justo, la cual agradeció ella en otra carta del 27 de enero de 1939, más de ocho meses después, en la que, entre otras cosas, le comentaba:
Porque así precisamente es como queremos orientar la formación religiosa de las chicas, que quizás se hubieran evitado muchas cosas si a los españoles se les hubiera enseñado la Religión de una manera más auténtica.
Previamente, ella había pedido permiso al padre abad de Silos, Luciano Serrano, para que dejase a su discípulo convertirse en asesor religioso de la Sección Femenina.
Desde entonces, Pérez de Urbel facilitó las normas sobre comportamiento religioso a las chicas de la Sección Femenina.
El 22 de febrero de 1939, Pilar envió esta carta circular a todas las jefas provinciales instándolas a cumplir y difundir las normas cristianas que fray Justo previamente le había indicado. El documento refleja con nitidez su arraigada personalidad religiosa:
Como Delegada provincial tienes la obligación de ir instruyendo a las camaradas en todo lo que la Iglesia ordena a los fieles cristianos.
Por lo tanto pondrás en conocimiento de las Delegadas locales, para que estas lo hagan saber a las camaradas, que hoy, Miércoles de Ceniza, empieza la Cuaresma, tiempo de penitencia, de oración y de ayuno.
Que son días de ayuno para todas las que tengan más de 21 años, los miércoles, viernes y sábado. Que todos los viernes son de vigilia, o sea de abstinencia de carne.
Pueden estar dispensadas del ayuno las que por su salud no puedan cumplirlo, pero esta dispensa tiene que darla un sacerdote.
Todos los sábados de Cuaresma reunirás a las camaradas en el Centro y les leerás en el Misal de Lefebvre la Misa correspondiente al domingo siguiente, para que vayan conociendo la liturgia de los días de Cuaresma.
Si en algunas jefaturas locales no tuvieran el Misal, pueden pedírselo al Párroco, para que se lo facilite y señale lo que tienen que leer.
Si hay alguna que no asista a estos actos, no tienes por eso que reprenderla, antes bien aconsejarle que vaya; pero si no quiere ir, no tiene obligación.
En las ciudades grandes estas reuniones de los sábados se harán por distritos, para evitar la aglomeración.
Así, poco a poco, y conforme manda la Iglesia, iremos enseñándole a las camaradas la Palabra de Dios, iremos enseñándoles a conocer y a celebrar las fiestas más importantes, y a unirse a la Iglesia en todos sus ritos.
Más adelante procuraremos facilitaros a todas las ediciones baratas del Antiguo y Nuevo Testamento, para que puedan tenerlo todas las camaradas.
No resulta extraño así que el nuncio de Su Santidad en España, Gaetano Cicognani, elogiase en diversas ocasiones la admirable labor apostólica que fray Justo ejerció en la Sección Femenina con sus orientaciones, conferencias, libros religiosos y dirección espiritual.
Las alabanzas del nuncio Cicognani se extendían a la formación religiosa de la Sección Femenina, gracias a la cual se inculcaron a sus miembros los ejercicios espirituales, los retiros mensuales, la preparación digna para las principales fiestas litúrgicas, el fomento de la música
sagrada, y la inspiración en el breviario de las oraciones de la mañana y de la tarde.
Con razón, entre los papeles privados de Pilar figuran hoy estas divagaciones manuscritas suyas sobre Dios y algunos valores humanos, como el de la convivencia, que demuestran su preocupación hasta por los asuntos más pequeños:
Explicación del por qué de las cosas [el subrayado es del original]: Necesidad de Dios (buscar a Dios).
Conocimiento de Dios.
Unión con Dios mediante una vida religiosa, profunda y auténtica. La Misa-Misal.
Dialogada, cantada y participación de los fieles. Oraciones.
Canto gregoriano.
Belleza, perfección-calma-tono-semitono-pausas con sentido, con unción, sin rutina.
Voluntariedad de la Misa y los Sacramentos, pero deseo que se les haga necesidad. Vida de los Santos.
Responsabilidad ante los casos difíciles. Recurrid al Capellán […]
Necesidad de la convivencia entre humanos. Detalle de la convivencia moral y social: comprensión, exigencia (limpieza, comer, no gritar, no romper, cuidarlo todo, higiene, cuadros torcidos, papeles en el suelo), refinamiento, sensibilidad.
No supone pérdida de personalidad sino por el contrario mayor categoría humana, más distancia entre la espontaneidad animal y lo que debe ser el hombre.
Su devoción a santa Teresa de Jesús le ayudó mucho en su empeño particular y universal:
Ella ha estado siempre a nuestro lado —escribía Pilar—, desde que empezamos nuestra tarea. Y si es verdad que en la Sección Femenina hay autenticidad, generosidad, ausencia de melancolía, rectitud de intención, a santa Teresa se lo debemos. Teniéndola por Patrona, no caben melindres ni falsedades, sino verdad, alegría, decisión, necesidad de llegarse a Dios.
Pilar creció también en vida interior de la mano de Pérez de Urbel, a quien tuvo como gran consejero espiritual durante cuatro décadas enteras.
La desconocida carta que ella le dirigió el 7 de julio de 1977, al suprimirse la Secretaría General del Movimiento, habla por sí sola:
Querido Fray Justo:
He tenido conocimiento, a través de Julita, de que acaba de recibir su cese como Asesor Nacional de Religión de la Sección Femenina, emitido por la Comisión de Transferencias de la extinguida Secretaría General del Movimiento.
Han sido treinta y nueve años en que como Asesor nuestro, la Sección Femenina encontró desde los primeros momentos de su existencia la más sabia dirección espiritual y en lo religioso que tan hondo caló en nuestras Escuelas, en todos nuestros cursos y en toda nuestra vida.
En cuanto al terreno de lo personal, en mis momentos de dudas, de grandes y serias preocupaciones, o a la hora de tener que tomar alguna gran decisión, siempre encontré en usted las más prudentes y acertadas palabras y los más sabios consejos.
Por todo ello, Fray Justo, no encuentro palabras, sino en muy limitada proporción, para expresarle mi más profundo reconocimiento por toda su dedicación a la Sección Femenina, por su fidelidad hasta el último instante y por tanto como le debemos.
Ahora, una vez extinguida la Sección Femenina, comenzará a escribirse la Historia. En esta Historia, un nombre, el de Fray Justo Pérez de Urbel, deberá ocupar con entera justicia un lugar preferente.
Con gran afecto,
PILAR PRIMO DE RIVERA
El 6 de junio anterior, el clérigo le había escrito esta otra carta que sonaba ya a emotiva despedida:
Querida Pilar:
Gracias por tu carta. Bien poca cosa son esas cuartillas mías, en reconocimiento de la obra gigantesca realizada por la S. F. bajo tu dirección.
Por mi parte reconoceré como una bendición divina el haber estado cerca de ti en esta tarea, cuyos frutos será difícil borrar.
Te acompaño una carta que me entregó ayer para ti una camarada de Valladolid a quien conocí en la Mota.
Te recuerda con afecto y te bendice,
FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL
Justo es, valga la redundancia, trazar a continuación una breve semblanza de fray Justo Pérez de Urbel, quien, como hombre de Dios, tendió siempre la mano a todas las almas, sin excepción.
Incluida la del gran poeta Rafael Alberti, afiliado al Partido Comunista en 1931 y secretario de la Alianza de Intelectuales Antifascistas en plena Guerra Civil, durante la cual llegó a entrevistarse con Stalin en Moscú, en 1937.
Pues bien, Alberti trabó amistad con el padre Justo, como lo prueba esta otra carta desconocida que figura entre los papeles privados del monje benedictino.
Datada por el gran poeta el 8 de agosto de 1929, dice así:
Querido Fray Justo:
Dentro de poco, irá a visitarle un buen amigo mío, que quisiera quedarse en ese maravilloso monasterio unos cuantos días. Yo le he hablado mucho de usted, de cuando le visité con mi hermano hace ya tiempo. Tiene verdaderos deseos de conocerle, hacer vida monacal, y pasearse por ese claustro bajo, donde se muere de frío en un rincón la Virgen de Marzo.
Tengo la certeza de que simpatizará con él y se hará muy amigo suyo. Se llama José Emilio Herrero y es un jovencísimo poeta, gran amigo de Berceo, cuyos códices le interesarán mucho.
¿Le molestaría a usted escribirme diciéndome si ahora es buena época para visitarle y si dispone de habitación para unos días? Mis señas: «Casa del Cocinero. Guadarrama».
Mi amigo le llevará algunos libros míos últimos que usted no conoce.
Saludos al Padre Abad. Y a Fray David, que no he olvidado que se negó a revelarme el secreto del licor benedictino.
Le abraza su amigo,
RAFAEL ALBERTI
Cinco años antes de esta sentida epístola, el 25 de agosto de 1924, el mismo año en que compuso su mejor obra, Marinero en Tierra, que le valió el Premio Nacional de Literatura, Alberti dejó estampados a vuelapluma estos versos en el Libro de Visitas de Silos, dedicados a la Virgen de Marzo:
¡Tan bonito como está,
Madre, el jardín, tan bonito!
¡Déjame bajar a él!
—¿Para qué?
—¡Para dar un paseíto!
—Y, mientras, sin ti, ¿qué haré?
—Baja tú a los ventanales;
Dos blancas malvas reales
en tu seno prenderé.
¡Déjame bajar, que quiero,
Madre, ser tu jardinero!
Ante la inminente derrota del Ejército republicano, Rafael Alberti abandonó España con María Teresa León. El matrimonio residió al principio en París, en casa de Pablo Neruda y Delia del Carril, junto al Sena.
El 27 de abril de 1977, tras treinta y ocho años de exilio, Alberti regresó por fin a España. Y nada más descender por la escalerilla del avión comentó, al parecer arrepentido: «Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta en señal de concordia entre todos los españoles».
De los desastres de la guerra tuvo noticia también a distancia fray Justo por mediación de Ramón Menéndez Pidal, de quien recibió carta el 2 de junio de 1937 con papel timbrado de la Universidad de La Habana.
Descorazonado desde su exilio, adonde fue a parar en diciembre de 1936, escribía así al fraile el insigne filólogo, historiador y miembro de la Generación del 98:
Mi querido Padre Urbel:
Cuando mi hija Jimena estuvo en Burgos, supo que usted se interesaba por noticias mías. Me obliga ese interés y doblemente me afecta en el estado de ánimo que me crea el destierro. El errar por el mundo es la jubilación que se me depara a mis 68 años. Y todo lo personal sería nada si no tuviera uno que presenciar tanta destrucción de toda la riqueza moral y material de la pobre España. Yo he tratado de poner a mal tiempo buena cara […]
Por añadidura, el 18 de mayo recibí la noticia de que mi hijo único, Gonzalo, estaba desde fines de abril en Vitoria, en el frente, y con esto la poca tranquilidad de que yo disponía se acaba.
Pero entre tantos dolores, ¿qué significan mis preocupaciones, ni que mis ilusiones de Historia del idioma se realicen o no? En Madrid dejé una hermana y un sobrino, hijo de mi hermano Luis, que por un feliz acaso pude sacarlo de la cárcel, donde estaba en vísperas de muerte. Corre siempre allí un gran peligro […]
Dé usted cariñosos recuerdos al Padre Serrano. ¡Cuánto me acuerdo de sus visitas al Centro de Medinaceli, mi Centro, ahora deshecho, todos dispersos! Los últimos días que fui a él tuve noticia del asesinato del Padre Villada y del conserje Benito, de quienes ustedes se acordarán, el hombre más bueno y menos significado en política que pudiera pedirse […]
Afectuosamente de todos ustedes les abraza,
R. MENÉNDEZ PIDAL
Que la caridad cristiana de fray Justo jamás reparó en ideologías ni partidismos constituye otra prueba fehaciente la colaboración del monje en el homenaje dispensado al célebre historiador Claudio Sánchez Albornoz por sus discípulos argentinos.
Al ver entre los participantes en el mismo al ya entonces abad del Valle de los Caídos, don Claudio le envió agradecido una carta el 25 de enero de 1965, desde París.
Redactada en papel timbrado con el escudo de la Segunda República y el título de presidente del Consejo de Ministros en el exilio, dice así:
Mi querido amigo:
El 29 del pasado me entregaron en Buenos Aires el homenaje que han preparado mis discípulos argentinos. Gran honor para mí recibir un tan importante volumen con juicios de grandes historiadores. Me emocionaron y me han abrumado la cantidad y el número de los participantes.
Figura usted entre ellos. Deseo agradecerle sus palabras amistosas y sus elogios. Hemos discutido mucho, pero estimamos recíprocamente nuestra labor histórica. Si yo no apreciara la suya no discutiría algunas de sus conclusiones. Y usted ha hecho pública la suya —su opinión— sobre mis cosas. Dios se lo pague.
Que los españoles se reconcilien es mi mayor anhelo: que se reconcilien en un clima de respeto recíproco y de libertad humana. Ojalá que presenciemos esa hora. Nuestro caso puede servir de ejemplo.
La diversidad de pareceres no debe dar motivo a la batalla y al odio.
Crea, Fray Justo, en mi estimación personal y en la verdadera y vieja amistad.
CLAUDIO SÁNCHEZ ALBORNOZ
Diez años después, fray Justo se convirtió en homenajeado, e igual que hiciera él con Sánchez Albornoz, hizo ahora este.
El político e historiador republicano le escribió desde Buenos Aires esta otra cariñosa carta de respuesta, el 10 de noviembre de 1975:
Querido amigo:
Me ha llegado su carta, sin fecha, convaleciendo de una grave enfermedad.
Afortunadamente y desgraciadamente Dios no me ha llamado todavía a juicio. Soy de la quinta de Franco y aunque no tengo su resistencia voy defendiéndome.
No tiene nada que agradecerme. He colaborado con mucho gusto en su Homenaje. Es usted un formidable investigador y merece ese reconocimiento de su trabajo. Me he honrado yo al enviar unas pobres cuartillas.
Estoy viejo y cansado. No abandono empero mi trabajo por completo, pero me van faltando las fuerzas.
Siempre es divertido atacar a los maestros. Algunos serretazos he dado y he de dar a los muchachos que me critican.
Un fuerte abrazo de su amigo,
CLAUDIO SÁNCHEZ ALBORNOZ
El historiador republicano había dado ya fe, cuarenta años atrás, del siguiente diálogo entre él y José Antonio, mientras ambos corregían las copias taquigráficas de sus respectivas oraciones parlamentarias con motivo de la discusión del proyecto de reforma agraria en las segundas Cortes de la República:
—Si continúa por el camino que le he visto avanzar esta tarde, va a desilusionar a las derechas españolas que le siguen —advirtió Sánchez Albornoz, miembro entonces del Partido de Acción Republicana, que presidía Azaña.
—Albornoz —le replicó José Antonio—, lo sé y hasta he podido comprobarlo. Desde que he girado hacia la izquierda, me han suprimido la subvención con que antes favorecían mis campañas.
A juzgar por toda esta correspondencia, la noble izquierda política no dio siempre la espalda al catolicismo.
Pilar conservaba en su archivo una carta de Victoria Kent, diputada por Jaén en las listas de Izquierda Republicana en las elecciones de febrero de 1936, que dieron el triunfo al Frente Popular.
Kent había sido directora general de Prisiones hasta 1934, y era abogada, como José Antonio.
El motivo de su carta, fechada en Nueva York el 12 de febrero de 1979, era agradecer a Pilar sus palabras de felicitación por unas declaraciones sobre su hermano emitidas en Televisión Española, el 28 de enero de aquel año, en el programa A fondo dirigido por el periodista Joaquín Soler Serrano.
Pilar le había escrito previamente:
Muchas gracias por su equitativo y sereno juicio sobre la personalidad de José Antonio, mi hermano; no todos tienen ahora la honradez de reconocer sus cualidades como Vd. lo ha hecho.
Victoria Kent había declarado sin complejos, ante las cámaras: «En dos ocasiones he tenido frente a mí a José Antonio Primo de Rivera de contrincante. Un perfecto caballero, un perfecto hombre, con toda la cortesía. Y debo decirlo porque eso es lo justo».
Kent expresó a su vez a Pilar sincera gratitud en esta otra carta enviada desde su residencia, en el 820 Fifth Avenue de Nueva York:
Distinguida Señorita Pilar Primo de Rivera Cristóbal Bordiú, 19-21
Madrid, 3
Unas líneas con mi agradecimiento por su fiel interpretación de unas palabras que pronuncié ante la Televisión, en las que aludí a la personalidad de su hermano José Antonio.
La justicia fue y será siempre la norma de mi vida. Con un afectuoso saludo,
VICTORIA KENT
Pero lo cortés no quitó jamás a Pilar lo valiente a la hora de reafirmarse en su fe.
Las rivales
Yo consideraba que la mujer debía ser siempre femenina, pero ella no. Pilar tenía un poco de calva la pobrecilla, pero no era tan fea. No era ni tan tonta ni tan humilde.
MERCEDES SANZ BACHILLER
Pilar tuvo siempre una rival de armas tomar. Su nombre: Mercedes Sanz Bachiller, viuda de Onésimo Redondo, uno de los fundadores de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, las JONS, integradas finalmente en Falange Española.
¿Qué confesaba Mercedes Sanz Bachiller sobre Pilar, ya en el ocaso de su vida, a la brillante reportera gráfica Sofía Moro, que esta recogió luego en su obra Ellos y nosotros, publicada en abril de 2007, cuatro meses antes de fallecer la viuda de Onésimo?
Sin dejar de dar una de cal y otra de arena a la antigua directora de la Sección Femenina, Mercedes la criticaba con desdén admitiendo que fue su enconada «enemiga»:
Mi única enemiga, porque fuimos un poco enemigas, fue Pilar Primo de Rivera. Son pequeñas cosas que hay en la vida. Nos queríamos mucho, pero tuvimos problemas porque ella era muy absorbente y yo era mujer y tenía el Auxilio Social y ella quería que todo lo que hiciese una mujer le perteneciera y eso no era así.
Yo siempre digo que era más inteligente de lo que parecía. No era tonta y estaba preparada. Era la hija de un dictador y en su casa no se respiraba precisamente un ambiente analfabeto, sino todo lo contrario. Pero era mucho menos humilde de lo que la gente creía porque la veían vestida, no mal, descuidada. Yo consideraba que la mujer debía ser siempre femenina, pero ella no. Tenía un poco de calva la pobrecilla, pero
no era tan fea. No era ni tan tonta ni tan humilde. Era descuidada. Es una cuestión de coquetería.
Las declaraciones de Mercedes Sanz contrastaban con la carta al director que ella misma había publicado en el diario ABC, dieciséis años antes, el 19 de marzo de 1991, con motivo del fallecimiento de la directora de la Sección Femenina:
Ha muerto Pilar: luchamos juntas muchos años, discrepábamos en algunos aspectos, pero teníamos los mismo ideales.
Nadie podrá decir de ella más que entregó toda su vida y su trabajo a una España en la que creía y a la que amaba con la misma pasión que su hermano.
Su vida fue austera y hasta de una modestia extremada, sin olvidar nunca la dignidad de una Primo de Rivera.
Pilar realizó a través de la Sección Femenina (tan injustamente olvidada hoy) una gran labor de formación de la mujer, y aun dando la valoración necesaria al papel que esta tiene que desarrollar en la familia, impulsó y alentó siempre la participación femenina en la vida política, social y cultural de España.
Disentimos muchas veces, Pilar, pero siempre nos sentimos unidas en comunes ideales. Descanse en paz. Mercedes Sanz Bachiller.
Pilar, en cambio, se mostraba algo más condescendiente con ella en sus memorias, sin atisbo alguno de rencor ni ánimo de revancha.
Recordaba incluso, agradecida, el día en que Franco comunicó oficialmente la dolorosa muerte de José Antonio, en Burgos: «Estaba allí Mercedes Sanz Bachiller, que, en estos momentos de triste certidumbre, se portó muy bien conmigo».
Pero aun así, Pilar sugería con elegancia la rivalidad existente entre ambas: «Mujer dotada de muy buenas cualidades y muy segura de sí misma, [Mercedes] empezó en cierto modo a agrupar a la Sección Femenina. Tenía la facilidad de haber estado siempre en zona nacional, lo que le había permitido organizar la de Valladolid e influir en otras provincias limítrofes. Al llegar yo a Salamanca, me encontré con ese problema que se crea a veces en períodos de crisis, y que no siempre es efecto de mala voluntad, sino de deseos de servir».
¿A qué problema aludía veladamente Pilar, evitando hundir el dedo en la llaga del mismo modo en que Mercedes lo hizo años después?
En realidad, se trataba de un gran problema que enseguida abordaremos, tras bosquejar lo que fue la ajetreada vida de Mercedes Sanz Bachiller.
Mercedes, o «Merceditas», como la llamaba también Pilar, era una mujer forjada, igual que ella, con el templado acero de la vida.
Procedía de una familia de Valladolid, aunque era madrileña por los cuatro costados, del barrio de Chamberí.
Como a Pilar, le rondó la muerte desde muy pequeña: con tan solo tres años perdió a su padre, y con catorce quedó ya por completo huérfana al fallecer su madre. A los nueve años había ingresado como interna en un colegio de monjas francesas de Valladolid; su madre, presintiendo su muerte, decidió endurecerla apartándola de ella.
Y así fue: Mercedes se convirtió en una adolescente sin padres, sin hermanos, sin tíos, sin abuelos… Únicamente su tutor, un hombre recto y frío pero una excelente persona al fin y al cabo, Millán Alonso Pimentel, quedó encargado de ella.
Aun así, necesitada de tanto cariño, Mercedes fue una chica simpática y extrovertida que se enamoró perdidamente de Onésimo Redondo con dieciocho años: «Era un hombre apuesto, moreno —evocaba ella con nostalgia, en su ancianidad—, tenía en aquel momento 25 o 26 años. Tenía los hombros más bonitos que los de su amigo José Antonio Primo de Rivera, que era un poco más caído de hombros. Yo le veía muy atractivo».
Tras un corto noviazgo de seis meses, la pareja se casó el 11 de febrero de 1931. Pero de nuevo, cinco años después, el 24 de julio de 1936, la parca volvió a sacudir a Mercedes donde más le dolía: su Onésimo del alma cayó fulminado por balas asesinas en Labajos, en plena campiña segoviana.
Su viuda lo recordaba aún con pavor, a Sofía Moro, al cabo de setenta años: «Iba al Alto del León a dar ánimo a los combatientes falangistas. Fue en coche con su escolta, bueno, con un chico, porque a él no le gustaba llevar escolta, con el conductor, que era un íntimo amigo, y con su hermano Andrés Redondo, que luego lo sustituyó como jefe de la Falange. Ellos tres se salvaron, se metieron por los trigos y pudieron escapar. Pero él no, porque, además, les hizo frente.
»Sucedió así: Al llegar a Labajos les pararon unos individuos que iban en un camión vestidos con camisas azules. Dijeron que eran de la columna de Mangada, pero la verdad es que no se sabe quiénes eran. Se detuvieron, porque el camión de los milicianos estaba atravesado en la carretera, de manera que el coche no podía continuar. Entonces empezaron a pegarles tiros.
»“¡Al de los cordones! ¡Al de los cordones!”, gritaban. Lo decían por Onésimo, que llevaba cordones. Primero le hirieron en las piernas y cayó. Desde el suelo, les decía a sus asesinos: “Estáis confundidos, yo no vengo en contra vuestra. Yo vengo a liberaros de muchas cosas que no son justas. Jamás mataré a un hombre con alpargatas”. Eso lo decía siempre, porque la alpargata era el calzado habitual de la gente más humilde. Entonces dijeron: “Dale en la cabeza”. Y lo remataron. Lo dejaron tirado en el suelo, cubierto de sangre. La vida es así…».
La vida, en efecto, fue muy dura para Mercedes Sanz Bachiller, viuda y madre de tres hijos con solo veinticinco años.
A esas alturas había tenido ya un aborto, y al enterarse de que habían matado a su marido, perdió para colmo al hijo que esperaba.
Su camarada Mercedes Fórmica recordaba aquellos momentos de tanto sufrimiento: «Alta, morena, delgada, vestida de luto riguroso, un velo negro sobre los cabellos —signo de dolor vigente en Castilla—, la joven aparecía en los despachos de los personajes envuelta en su desamparo. Llevaba en el vientre un hijo muerto que los médicos le obligaban a guardar hasta el término del embarazo, interrumpido a causa de las penalidades sufridas por la muerte del marido».
Pero el dolor jamás la doblegó.
En octubre de 1936 creó el Auxilio de Invierno, llamado luego Auxilio Social, para ocuparse de las víctimas de la guerra en centros benéficos.
Con la atractiva Carmen de Icaza organizó los Comités de Ayuda del Auxilio Social, uno de los cuales estaba presidido por la reina Victoria Eugenia de Battenberg, que residía entonces en Londres.
Curiosamente, Mercedes logró también la ayuda de los cuáqueros, nombre por el que se conocía a los miembros de la Sociedad Religiosa de los Amigos, fundada en Inglaterra por George Fox en el siglo XVII: «Son muy generosos —recordaba ella—. Solo nos pusieron una condición: que la misma ayuda que diesen para la zona nacional la querían hacer para la zona roja. A mí me pareció bien. Para mí todos eran españoles. Entonces,
de cada barco que llegaba a Alicante, la mitad era para Auxilio Social y la otra mitad para la zona roja».
A esas alturas ya habían surgido los primeros roces entre Pilar y Mercedes, como lo prueba esta carta inédita exhumada del Archivo de la Guerra Civil de Salamanca y dirigida por la directora de la Sección Femenina a Dionisio Ridruejo, asesor de la misma, el 27 de noviembre de 1936, desde Sevilla:
Mi buen amigo y camarada:
Recibí tu carta y atendiendo a tus indicaciones he escrito al Jefe de la Junta de Mando Provincial para ver si le parece bien que en cada provincia se nombren dos delegados, uno de la Sección Femenina y otro de la masculina, que se entiendan directamente con Valladolid en todo lo que se refiera a Auxilio de Invierno.
Desde luego es una obra magnífica a la que todos debemos prestar nuestro esfuerzo, pero le encuentro un defecto y así se lo he hecho saber a la mujer de Onésimo, y es que en la propaganda debía ir nuestro emblema y acabar con el «Arriba España». Por ejemplo, esa hoja que está muy bien de estilo nadie dirá que es una cosa nuestra porque ni siquiera pone F. E. y yo creo que la gente debe darse cuenta de que solo la Falange es capaz de emprender obras como esta.
Dale muchos recuerdos a tu hermana de mi parte y recibe un saludo de tu buena amiga y camarada, Pilar Primo de Rivera. ¡Arriba España!
El propio Ridruejo retrataba en certeras pinceladas a la fundadora de Auxilio de Invierno, conciliando sus rasgos físicos con su carácter:
«Mercedes era directa, vehemente y, tanto corporal como anímicamente, la imagen del fresco impulso natural y de la energía. Era una mujer morena, de voz y ademanes algo patéticos, fuerte, con una belleza que el luto y la austeridad un poco anticuada del aliño ponían en su mejor punto. Tenía un rostro ancho, un cuerpo firme, unas manos muy expresivas que parecían asir y conformar sus propias imaginaciones».
El jonsista Javier Martínez de Bedoya, con quien Mercedes se casaría tres años después, el 2 de noviembre de 1939, debiendo soportar ella duras críticas por ser la viuda de un héroe de guerra (en palabras de Dionisio Ridruejo, el enlace suponía «la violación de un mito»; el contraste entre la
«virginal dedicación de la hermana de José Antonio y la carnal debilidad
de la viuda de Onésimo Redondo»), le ayudó mucho a poner en marcha esta iniciativa, que recordaba bastante al sistema de beneficencia de las mujeres alemanas observado de cerca por Pilar en sus viajes a Berlín, pero también por Mercedes, según la directora de la Sección Femenina: «En un viaje que Mercedes Sanz Bachiller hizo a Alemania —recordaba Pilar— había estudiado allí la organización del partido nazi y algunas de sus facetas, entre estas el Auxilio de Invierno, que se llamó después Auxilio Social, una gran obra que vino a resolver muchos problemas en la retaguardia nacional.
»Más tarde creó también el Servicio Social de la Mujer, que obligaba a todas las mujeres a dar seis meses de servicio a España en comedores, hospitales, oficinas…».
Pero Mercedes desmentía a Pilar en su conversación con Sofía Moro:
«Dicen que yo copié el Auxilio Social de Alemania. Mi idea original fue dar de comer a los niños de España. Yo no había estado nunca en Alemania y, además, como se puede comprender, de julio a octubre [de 1936] no me moví prácticamente de Valladolid. ¡Si no se podía pasar!
¡Estábamos prácticamente en guerra mundial! Surgió de una manera espontánea. Yo pensaba: “¿Cómo vamos a permitir que los niños pasen hambre?” […] Entonces se nos ocurrió la idea de las huchas. Eso sí fue por imitación. Javier lo había visto en Alemania y se le ocurrió copiarlo. En nuestras huchas ponía “Auxilio Social” con unas letras que nos había hecho un dibujante alemán».
Nombrada delegada nacional de Auxilio Social en mayo de 1937, Mercedes integró en la nueva organización otras iniciativas: Auxilio Social al Enfermo, Fomento del Trabajo Familiar, Obra Nacional- Sindicalista de Protección a la Madre y al Niño, Defensa de la Vejez, Obra del Hogar Nacional-Sindicalista, y el propio Auxilio de Invierno encargado ahora, como una sección más, de los Comedores y Cocinas de Hermandad.
El problema al que aludía Pilar provenía de la división creada por Franco entre las organizaciones femeninas tan solo un mes después de su Decreto de Unificación del 19 de abril de 1937, mediante el cual había disuelto todas las formaciones políticas existentes en la zona nacional para fusionarlas, bajo su mando, en un nuevo partido único denominado Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S.
¿Qué hizo el Generalísimo entonces? Activar la espita del enfrentamiento entre Mercedes y Pilar. ¿Cómo? Constituyendo tres delegaciones femeninas, entre las cuales repartió las diversas competencias.
Al frente de cada organización puso a una mujer distinta: Mercedes Sanz Bachiller (Auxilio Social), María Rosa Urraca Pastor (Frentes y Hospitales) y Pilar, que se mantuvo como delegada de la Sección Femenina.
Prendida la mecha, se produjo enseguida la explosión entre la hermana de José Antonio y la viuda de Onésimo Redondo (remito al lector a las cartas de ambas a Raimundo Fernández-Cuesta, reproducidas en el Anexo n.º 1, apartado «B»).
La decisión de Franco supuso, de hecho, que de los cinco departamentos controlados hasta entonces por Pilar (Auxilio de Invierno, Administración, Prensa y Propaganda, Enfermeras y Aguinaldo del Soldado), la beneficencia pasase a depender del Auxilio Social y la prestación sanitaria, de Frentes y Hospitales.
Los investigadores José Manuel Alfonso y Laura Sánchez, de la Universidad Pontificia de Salamanca, advierten lo sucedido desde entonces: «Mercedes Sanz Bachiller desarrolló nuevos proyectos sin contar con Pilar Primo de Rivera ni con las afiliadas de la Sección Femenina, por lo que se crearon tensiones entre las dos delegadas nacionales. La primera recibió numerosas críticas de la Sección Femenina por los métodos que había seguido en Auxilio Social y por el nuevo proyecto del Servicio Social de la mujer».
El propio Martínez de Bedoya, marido y principal colaborador de Mercedes en el Auxilio Social, entonaría años después el mea culpa tras reconocer aquel craso error: «Este fue nuestro primer error político porque, evidentemente, invadimos un terreno que no era el privativo nuestro, con lo cual, desde ese mismo día, tuvimos la sorda y continua hostilidad de Pilar Primo de Rivera, de todas sus amistades políticas, de todos sus grupos de presión».
La propia Pilar lo veía de forma parecida: «Estas dos organizaciones [Auxilio Social y Servicio Social de la Mujer] estaban, naturalmente, nutridas por mujeres, de manera que si no dependían de la Sección Femenina esta tenía, en cambio, y controlaba las mujeres de que se nutría y, por lo tanto, gran parte de la Sección Femenina se convertía por el
momento en solo un fichero con el que proporcionar camaradas a Auxilio Social y al Servicio Social; ya que, por otro lado, Frentes y Hospitales que agrupaba igualmente mujeres dependía también de una delegación aparte, dirigida por María Rosa Urraca Pastor, valiosa persona perteneciente a la Comunión Tradicionalista».
Pilar concluía así entonces: «Todo esto suponía dificultades para la Sección Femenina, y había que usar de mucha diplomacia, pero, al mismo tiempo, de una tenacidad insobornable para poner las cosas en su sitio y devolver a cada cual su contenido».
El Auxilio Social atendió a muchas jóvenes, niñas incluso, embarazadas de los soldados. Para ello puso en marcha un servicio de maternidad, lo cual no hizo sino ahondar aún más en las diferencias entre Pilar y Mercedes, como esta última recordaba años después todavía con crueldad y desprecio hacia la que había considerado su «enemiga»: «Con esto —advertía Mercedes— también tuve problemas con Pilar Primo de Rivera. En aquel momento eso de ser madre soltera estaba bastante mal visto. Los conventos y las instituciones religiosas, de las que también sufrí muchas críticas, no las acogían porque no tenían fondos, y por otros motivos.
»Entonces, estas mujeres venían a mí, y Pilar se indignaba. Yo le decía: “Piensa que tú eres soltera y que no has pasado por la experiencia de tener hijos. ¡Que yo he tenido cuatro, hija mía! Y entonces, una chica de este tipo, cuando se acerca a mí, me habla, o yo le puedo hablar, de una manera que tú no puedes: primero, porque algunas cosas las desconoces y, segundo, porque hasta te da cierto pudor. En mí confían de una manera más amplia, así que tenemos que poner esa maternidad”.
»Yo creo que llegó a comprenderlo. Pilar solo me llevaba dos años, pero no era cuestión de la edad. Eran mi experiencia y la suya, que era nula. Yo era una mujer muy moderna para mi época, quizás porque mi formación era francesa y Francia siempre ha ido un paso por delante».
Pero Mercedes Sanz Bachiller olvidaba que la caridad cristiana de Pilar estuvo siempre por encima de rencillas políticas y de prejuicios humanos. Y no digamos ya sobre los conventos y otras instituciones religiosas de las que se quejaba Mercedes, que tantísimos mártires dieron a la Iglesia católica y tan valiosa ayuda prestaron también a los más necesitados durante la guerra.
Quizá la propia Mercedes tuviese más prevenciones de las que veía en ojos ajenos. El hecho de que Pilar, por circunstancias personales, no hubiese sido madre, no le impedía comprender a esas inocentes muchachas que buscaban consuelo. Además, jactarse de ser una mujer adelantada a su tiempo tampoco erigía a Mercedes en un alma más caritativa que el resto, sino únicamente su encomiable labor humanitaria al frente del Auxilio Social.
La historiadora María Teresa Gallego advierte otro punto de desencuentro entre ambas mujeres: mientras Pilar seguía fielmente el pensamiento de su hermano José Antonio, influenciado en parte por el fascismo italiano, Mercedes se veía amparada por su esposo Javier, que era jonsista y cuya formación académica procedía de la Alemania nazi.
El declive de Mercedes al frente del Servicio Social se vio favorecido por su matrimonio con Javier Martínez de Bedoya, quien recordaba años después la airada reacción de los intransigentes: «A la Falange de Madrid le sentó como un tiro nuestra boda; su alergia antijonsista disparó de nuevo, sin conformarse con la pieza que en mí habría cobrado; ahora quería la cabeza de Mercedes. El núcleo más visible de la maniobra se condensaba en torno a la Sección Femenina que reclamaba el Servicio Social de la mujer».
Para colmo, la boda coincidió con los preparativos para el traslado de los restos de José Antonio de Alicante a El Escorial.
La victoria de Pilar se produjo tras el Congreso Nacional de Auxilio Social, celebrado en el teatro Español de Madrid, el 21 de diciembre de 1939.
Serrano Súñer criticó entonces toda la base del Auxilio Social para asegurarse el respaldo de los Primo de Rivera. Circularon incluso rumores de que Mercedes había malversado varios cientos de miles de pesetas del Auxilio Social, pero los alegatos nunca pudieron demostrarse y su reputación quedó comprometida injustamente.
Mercedes presentó en aquel Congreso un ambicioso plan de guarderías para madres trabajadoras, que no satisfizo a Pilar ni a otros altos cargos del Movimiento, incluido el mismo Franco, quien, mediante un decreto publicado una semana después, decidió traspasar el Servicio Social a la Sección Femenina.
Derrotada de forma humillante, Mercedes fue sustituida el 9 de mayo de 1940 por un hombre, Manuel Martínez de Tena, como delegado
nacional del Auxilio Social, con su antigua colaboradora Carmen de Icaza como secretaria nacional.
Y una afrenta así, ella jamás la olvidó.
José Antonio
Se afirmó que el verdadero cuerpo de José Antonio había sido enterrado en el cementerio de Alicante, en un panteón que estaba a nombre de Antonio Lara Zurite…
MANUEL OÑOS, embajador español en México, en carta
al ministro Castiella
«Como diría José Antonio…» Quienes conocieron de cerca a Pilar, la oyeron repetir a menudo esta frase, a modo de muletilla.
La memoria de su admirado hermano se hizo presente en todas y cada una de sus decisiones al frente de la Sección Femenina.
El intelectual falangista Pedro Laín Entralgo, futuro presidente de la Real Academia Española, resumía así la aureola de inspiración que José Antonio ejerció siempre desde la tumba en el ánimo de su hermana del alma: «Por debajo y por dentro de su trato cordial y fino, como infantilmente desmañado, a veces, encendía sin llama visible su conciencia de ser la máxima y más autorizada representante de su hermano, el añorado y esperado “Ausente”».
Serrano Súñer, amigo de juventud de José Antonio, era aún más rotundo al calificar a Pilar de «sacerdotisa de la memoria y el pensamiento de su hermano ausente».
En el fondo de su corazón, Pilar se resistió a aceptar la muerte de José Antonio. Únicamente dejó de existir para ella en carne mortal, porque su recuerdo permaneció siempre en ella presente.
Por eso, entre otras razones, evitó asistir a la exhumación de sus restos en la sacramental de Florida Alta (Alicante), en abril de 1939.
Era una forma de engañarse a sí misma, manteniendo vivo el mito del Ausente; además de una medida de autodefensa para, sin abrir del todo los ojos, esquivar en lo posible el sufrimiento.
El destino quiso que Pilar tampoco estuviese en Alicante cuando encarcelaron a sus dos hermanos, sino que le tocase a Carmen presentir de cerca la muerte de José Antonio, porque era más fuerte que ella a la hora de reprimir las emociones.
Seguramente Pilar hubiese sido incapaz de seguir el consejo de tía Ma y de Margot Larios, mientras atravesaban con Carmen las galerías y el patio central en penumbra de la cárcel provincial, escoltadas por dos milicianos, para despedirse de José Antonio, la víspera de que lo mataran:
«No llores —advirtieron a la hermana del reo—, le harás pasar mucho peor rato a José».
Pero aun así, al verle sonriente y sereno, Carmen no pudo retener las lágrimas. ¿Qué no hubiese hecho entonces Pilar…?
Al día siguiente, 20 de noviembre de 1936, el conserje del camposanto, Tomás Santonja Ruiz, recibió el cuerpo de José Antonio acribillado a balazos y rematado en la sien por el miliciano Guillermo Toscano Rodríguez.
La esposa de Santonja conocía a Pilar Millán Astray y había bordado una bandera de Falange, que guardaba para exhibirla al final de la contienda.
Santonja recordaría siempre la sorprendente placidez del rostro desfigurado de José Antonio. Llevaba sujeto al cuello, con una cinta roja, el crucifijo que le había entregado la víspera su hermana Carmen.
Uno de los milicianos se lo arrebató y se lo guardó en el bolsillo. Advertido de ello, Santonja le obligó a devolverlo, alegando que los cuerpos depositados en el cementerio estaban bajo su estricta custodia.
El miserable obedeció a regañadientes, y el crucifijo quedó finalmente sobre el pecho del difunto… El mismo que halló sobre el cadáver, tres años después, Javier Millán Astray, el primer oficial de Franco que entró en Alicante tras la liberación de la ciudad.
Javier era el primogénito de Pilar Millán Astray, hermana a su vez del fundador de la Legión y una de las escritoras españolas más populares entonces, que plasmaría al año siguiente sus terribles recuerdos de la guerra en una joyita literaria titulada Cautivos 32 meses en las prisiones rojas.
Acompañado de su sargento, Javier se dirigió al cementerio, a unos tres kilómetros de la población, que parecía más bien un jardín, pues en lugar de cipreses y eucaliptus abundaban las acacias y las flores.
Así rememoraba el militar, al cabo de catorce años, su encuentro con Tomás Santonja: «Me enseñó el capataz su libro de notas. Leí: “Fosa 11”. Y detrás el nombre de nuestro muerto, seguido de Vicente Muñoz, Luis Segura, Ezequiel Mira, Luis López y Felipe Codina».
Pero no era la fosa 11 donde se había verificado la inhumación, sino la
5. Santonja cambió deliberadamente la numeración para evitar cualquier profanación si su libro caía en manos de los enemigos de Falange.
En realidad, en el Libro IV de Registros del cementerio, al folio 76, figuraban los datos auténticos: «Número 22 450, fosa número 5, fila novena, cuartel número 12».
Millán Astray regresó al coche para internarse en la ciudad, donde aquella misma noche del 3 de abril de 1939 convino con Miguel Primo de Rivera todo lo necesario para proceder a la primera exhumación de los restos del fundador de la Falange.
Todavía no había amanecido el 4 de abril cuando, entre varios camaradas y empleados del cementerio, extrajeron los cinco cadáveres de la fosa; tan solo el de Felipe Codina yacía en el interior de un ataúd, porque había fallecido de muerte natural en un hospital. El de José Antonio era el último de todos, en contacto directo con la tierra alicantina.
Por intercesión de Federico Amérigo, secretario del Tribunal que le juzgó y con quien trabó una insólita amistad, su cadáver fue colocado finalmente boca abajo (de cúbito prono) para facilitar su futura identificación, como me contaba Luis Amérigo Castaño, su primo nonagenario, en diciembre de 2011.
José Antonio llegó a pedirle a Amérigo, pese a su ascendencia socialista, que retirase del sumario la correspondencia íntima con algunas mujeres alegando que nada aportaban a la causa por rebelión militar, a lo cual el secretario del Tribunal accedió sin consultar ni tan siquiera al juez Federico Enjuto Ferrán.
«También le pidió —añadía Luis Amérigo— que le acompañase en el momento de la ejecución, a lo que mi primo se negó por falta de valor».
Las gestiones de Federico Amérigo surtieron efecto tres años después, cuando Javier Millán Astray reconoció el cadáver: «Limpio de tierra — ratificaba el testigo ocular—, José Antonio, intacto, como si pocos minutos antes hubiera muerto, descansaba en la honda sepultura, con la mano derecha crispada sobre el jersey en el lugar del corazón. Solo los
pies, descalzos con unas toscas alpargatas, habían sufrido los efectos de la descomposición».
El cuerpo de José Antonio había dejado sobre la tierra una huella indeleble con el paso del tiempo, que oscilaba entre veinte y treinta centímetros de diámetro. Lo que a simple vista parecía lógico, debido al peso de los otros cuatro cadáveres soportado en el interior de la fosa durante dos años y medio, resultaba sorprendente comparado con casos de similares características.
Por ejemplo, sobre cuatro de los cadáveres de falangistas de Callosa de Segura sin separación térrea, descansaban cuarenta y ocho más, pero aun así aquellos no dejaron en el suelo vestigio alguno. Igual sucedió con los siete cuerpos de los caídos en Crevillente, sobre los que se amontonaban otros veintinueve; y lo mismo con los de Petiel, Orihuela y Torrevieja.
Millán Astray ordenó a cuatro falangistas que montasen guardia alrededor de los restos mortales del jefe, y se trasladó de nuevo a la ciudad en busca de Miguel. Poco después, adquirieron un féretro y una bandera española, y fueron al cementerio donde avistaron a una decena de personas junto a la tumba, entre ellas Pilar Millán Astray, la madre de Javier, el farmacéutico José Mallol y Ricardo Núñez.
Rezaron juntos un padrenuestro, gritaron «¡Presente!» al unísono y, a una señal de Miguel, el oficial de Franco bajó a la fosa de tres metros de profundidad.
Era poco más de la una de la tarde… ¿Qué pasó entonces?
Él mismo lo visualizaba de nuevo, años después: «Levanté la mano derecha de nuestro jefe muerto. Le desprendí un imperdible con tres medallas que llevaba sujeto al jersey y se las entregué al conmovido hermano. Después me bajaron unas tablas con unas cuerdas y sobre ellas deposité los restos. Salí de la fosa. Izamos con sumo cuidado la queridísima carga. José Antonio, a pesar del tiempo que llevaba enterrado, pesaba unos sesenta kilos. Le amortajé con la bandera española y, privándole voluntariamente de toda ayuda, le deposité en el ataúd. Lo cerré, y en silencio absoluto, con los ojos ardientes por las lágrimas que en ellos querían brotar, lo trasladamos al nicho número 55, que fue provisionalmente tapiado».
Por fin, el lunes 20 de noviembre de 1939, antes de que arrancase el impresionante cortejo hacia el Monasterio del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, en la sierra madrileña, Javier Millán Astray recibió una
pequeña piqueta con la que rompió la losa del nicho donde estaban depositados los restos de José Antonio ante millares de falangistas con las gargantas anudadas.
Acto seguido, trasladó el cadáver a un nuevo catafalco, envuelto en la bandera de Falange. Los restos pesaban ya mucho menos, «pero su gigantesco recuerdo, la hazaña de su vida, el sacrificio de su muerte gravitaban más que nada sobre nuestra memoria», recordaba el testigo, que concluía con este bello epitafio: «Me cabe el altísimo honor de haber sido el único español que puso sus manos pecadoras sobre el cuerpo queridísimo del más valiente y leal de mis amigos, del camarada entrañable e inolvidable, del fundador y primer jefe nacional de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, que en alba lluviosa de un 20 de noviembre dio su vida por Dios y por España para que en ella empezara a amanecer con el sol radiante de la Patria, de la Libertad, de la Justicia».
La Sección Femenina desempeñó un papel primordial en la procesión funeraria de antorchas, cuyos miembros, incluida la propia Pilar, bordaron los hábitos empleados en las iglesias durante los diez días y noches ininterrumpidas que duró el recorrido de Alicante hasta Madrid, de casi quinientos kilómetros, entre el 20 y el 30 de noviembre, así como el manto de terciopelo negro que cubría el féretro portado a hombros de sus seguidores.
Las mujeres de Falange se autoproclamaban orgullosas «las novias de José Antonio», igual que los legionarios de José Millán Astray clamaban ardorosos al «novio de la muerte».
Las extensas andas cambiaban de porteadores cada diez kilómetros; porteadores que no eran otros que los mandos y miembros del medio centenar de jefaturas provinciales de Falange, entre los cuales, permítame recordarlo el lector, arrimaba el hombro mi padre, con veintitrés años.
Con cada relevo se sucedían las salvas de cañón, el repicar de las campanas en iglesias próximas y los disparos de fusil. Millares de camisas azules recorrían los pueblos y ciudades en sepulcral silencio.
El 25 de noviembre llegaron a La Roda, en la provincia de Albacete, donde Serrano Súñer se sumó al cortejo.
A su llegada a Madrid, los altos mandos de los tres Ejércitos de Tierra, Mar y Aire portaron el féretro en sucesivos relevos.
Por la noche, en Las Rozas, el general falangista Juan Yagüe se incorporó a la comitiva. Y por fin llegaron a El Escorial, en cuya nave
central de la basílica, frente al altar mayor, descansarían los restos de José Antonio durante casi veinte años consecutivos, hasta marzo de 1959.
Bajo la bandera roja y negra que cubría el féretro se colocó un paño de terciopelo negro, con la Cruz de los Ángeles bordada primorosamente en oro, que simbolizaba la fidelidad inquebrantable de la Sección Femenina al jefe ausente; se había preparado en el taller de las chicas en la Costanilla de los Ángeles.
Como recordaba Luis Suárez, todo había sucedido con tal rapidez, que no pudo terminarse de bordar el paño hasta la medianoche del 19 de noviembre. De madrugada, la directora del taller, Sabina, junto con Dora Maqueda, emprendieron el viaje a Alicante. Llegaron a la iglesia de Santa María, hoy catedral, cuando el funeral solemne por José Antonio ya había comenzado. Luego se dirigieron a la cárcel de donde debía partir el primer turno de la comitiva y mientras este se ponía en marcha, Dora Maqueda cosió apresuradamente el paño de terciopelo negro y colocó el cordón de mando que solía llevar José Antonio en los actos oficiales.
Días después, ante la tumba abierta en el suelo de la basílica de El Escorial, mientras contemplaba emocionado el cadáver de su amigo y jefe, el poeta Dionisio Ridruejo pronunció esta estremecedora advertencia:
«¡Qué maldición de siglos ofenderá la memoria de quienes no sepamos defender, con la vida y la muerte, esta fresca esperanza!».
Palabras que se las llevaría el viento, a juzgar por todo lo que sucedió luego.
Franco, por su parte, repitió la frase que José Antonio pronunciara en el entierro del estudiante falangista Matías Montero: «Símbolo y ejemplo de nuestra juventud; que Dios te dé el descanso eterno, y a nosotros nos lo niegue hasta que sepamos recoger la cosecha que sembró tu muerte».
Pilar sí asistió a esta segunda exhumación, seguida del último traslado de los restos de su hermano desde El Escorial hasta el Valle de los Caídos, los días 29 y 30 de marzo de 1959, respectivamente.
Dos años y medio antes, el entonces ministro de la Presidencia del Gobierno, Luis Carrero Blanco, había escrito a fray Justo Pérez de Urbel una desconocida carta, fechada el 21 de noviembre de 1956, en la que, además de recordarle la decisión tomada por decreto el 1 de abril de 1939 de levantar «un grandioso monumento que perpetuase la memoria de todos los Caídos», le transmitía la idea del Caudillo de instalar allí una
comunidad benedictina «encargada de custodiar y dar vida al monumento».
Conservada en el Archivo de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, vale la pena reproducir la epístola:
El que suscribe, Ministro de la Presidencia del Gobierno, en nombre y por encargo de su Excelencia el Jefe del Estado Español, tiene la satisfacción de dirigirse a V. P. R. para exponerle lo siguiente:
No ignora V. P. R. cómo por Decreto del 1 de abril de 1939 se dispuso la construcción de un grandioso monumento que perpetuase la memoria de todos los Caídos durante la Cruzada de la Liberación de nuestra Patria.
Concluidas ya en su mayor parte las obras y, dispuesta la Iglesia para el culto, se hace necesaria la colaboración en inteligencia con una entidad religiosa que, además de honrar a Dios lo más dignamente posible, en memoria y en sufragio de cuantos dieron su vida por España y atraer de este modo las bendiciones divinas sobre nuestra Patria y sobre todo el mundo, quede encargada de custodiar y de dar vida al monumento y con el ejemplo de su estudio y trabajo y por todos los medios que, sin salirse de su Regla, estuvieren a su alcance, laboren por el conocimiento e implantación de la verdadera justicia social en España.
S. E. el Jefe del Estado Español ha pensado que la ilustre Abadía Benedictina de Santo Domingo de Silos, a la que V. P. R. preside actualmente y que en los siglos medios tanta influencia tuvo en la formación de Castilla y de la España cristiana y que en este mismo siglo ya ha conseguido crear nuevos centros de oración y trabajo, no solo en España sino hasta en Hispanoamérica, era una de las más indicadas para el logro de los elevados fines que con la nueva fundación se pretenden.
Todo lo cual expuesto, ruego a V. P. R. que, habidas con su Consejo y Capítulo las oportunas deliberaciones, y cumplidos los demás trámites canónicos necesarios, se sirva aceptar esta nueva fundación para mayor servicio de Dios y de la Patria y nueva gloria de su ilustre Abadía.
Dios guarde a V. P. R. muchos años,
LUIS CARRERO BLANCO
Huelga decir que el resultado de la votación capitular fue favorable a la fundación de una abadía benedictina en el Valle de los Caídos, donde se
inhumaron finalmente los restos de José Antonio.
Días antes, el 7 de marzo de 1959, Franco había dirigido esta emotiva carta a los hermanos del difunto:
Queridos Pilar y Miguel:
Terminada la grandiosa Basílica del Valle de los Caídos, levantada para acoger a los héroes y mártires de nuestra Cruzada, se nos ofrece como el lugar más adecuado para que en ella reciban sepultura los restos de vuestro hermano José Antonio, en el lugar preferente que le corresponde entre nuestros gloriosos Caídos.
Aunque su señera y trascendente figura pertenece ya a la Historia y al Movimiento, al que tan generosamente se entregó, siendo sus dos hermanos sus más inmediatos allegados, es natural seáis vosotros los que deis vuestra conformidad para el traslado de los restos, que reposarán allí en la misma forma y disposición que hasta hoy han tenido en el Monasterio del Escorial.
Este es el objeto de esta carta, ya que se aproxima el primero de abril, señalado para la inauguración del Monumento.
Con este motivo muy cariñosamente os recuerda vuestro buen amigo,
FRANCISCO FRANCO
Y cuatro días más tarde, el 11 de marzo, Pilar y Miguel respondieron complacidos al Caudillo con esta otra misiva:
Nuestro respetado General:
Tanto Pilar como yo agradecemos en todo su valor vuestra carta, que viene a mostrarnos hasta qué punto guardáis sincero y profundo cariño y respeto a la persona y a la obra de nuestro hermano José Antonio.
Levantada, como decís, la Basílica del Valle de los Caídos para acoger a los héroes y los mártires de nuestra Cruzada, nos parece justo y nos honra vuestro designio de depositar en ella los restos mortales de nuestro hermano.
Creemos interpretar así el deseo de José Antonio de reposar junto a sus camaradas, y que ese mismo es el sentir de la Falange, que bajo la jefatura de V. E. tan leal sigue a su memoria y a su idea.
Desearíamos que el traslado desde el Monasterio del Escorial hasta la Basílica del Valle de los Caídos tuviera, lo más posible, carácter íntimo y recogido, como está efectuándose el de todos aquellos que de ahora en adelante han de acompañarle y compartir con él sufragios y honores.
Reciba V. E. el respetuoso afecto de
MIGUEL y PILAR PRIMO DE RIVERA
Por fin, el domingo 29 de marzo, a las siete y cuarto de la tarde, la directora de la Sección Femenina penetró en la basílica de El Escorial acompañada de Miguel para asistir a la apertura de la tumba de José Antonio, a cuya derecha se dispusieron varios bancos, en el primero de los cuales tomaron asiento los dos hermanos, junto a los mandos nacionales de la Sección Femenina.
Al pie de la lápida, iluminada por un potente foco, permanecía el ministro subsecretario de la Presidencia, Luis Carrero Blanco, rodeado de sus compañeros del Consejo: José Solís (secretario general del Movimiento); Antonio Iturmendi (Justicia), en calidad de Notario Mayor del Reino, y José Luis de Arrese (Vivienda); también les acompañaba el ex ministro Raimundo Fernández-Cuesta.
Retirar la lápida de tres toneladas y media de peso requirió un esfuerzo titánico por parte de los canteros de Patrimonio Nacional y de los empleados de Pompas Fúnebres, quienes, con ayuda de tres gruesas barras de hierro que hicieron palanca sobre unos cilindros de madera maciza, lograron dejar al descubierto la mitad de la sepultura.
Uno de los empleados de Pompas Fúnebres aprovechó entonces para descender al interior con objeto de examinar el féretro, carcomido en su base, y pudo reconocer los restos mortales de José Antonio depositados en una caja de cinc.
El resto del ataúd, así como la bandera de Falange que lo cubría, estaban prácticamente intactos. Únicamente las flechas de plata en ambos lados del féretro y sus cuatro asas aparecían recubiertas por una ligera capa de moho.
A las ocho y veinte, el catafalco se izó con una gruesa cuerda, depositándose poco después con sumo cuidado en el pavimento de la basílica.
El prior de los agustinos del monasterio, reverendísimo padre Andrés Llardén, entonó un responso, tras el cual se colocaron seis hachones encendidos a ambos lados de la caja y se montó el primer turno de vela formado, entre otros, por los ministros presentes y por Miguel Primo de Rivera. El padre Rasilla, capellán de la Jefatura Provincial del Movimiento, inició el rezo del Santo Rosario, que Pilar, visiblemente emocionada, siguió desde su banco.
Pilar no paraba de sollozar; especialmente cuando le entregaron la bandera que cubría el ataúd de su hermano, que ella misma había pedido días antes para custodiarla en el castillo de la Mota, junto con la lápida que acababan de retirar.
A las nueve de la noche, ella y Miguel, acompañados por sus primos Dolores y Miguel Primo de Rivera y Cobo de Guzmán, abandonaron el recinto de la basílica.
Desde primeras horas de la madrugada del lunes 30 de marzo, las carreteras que conducían a El Escorial estaban colapsadas de vehículos con afiliados y simpatizantes de Falange a bordo.
A las siete de la mañana, Pilar regresó a la basílica para asistir a la misa oficiada en memoria de su hermano por el padre Rasilla, durante la cual las campanas del monasterio y las de todas las iglesias próximas no dejaron de repicar en señal de duelo.
Concluida la celebración eucarística, una hora después, el féretro fue izado a hombros de los ministros Carrero, Solís, Arrese e Iturmendi; de los Palmas de Plata, nombrados en su día por José Antonio; y de los miembros de la Vieja Guardia de Madrid, de la cual mi padre fue secretario.
Precedían al cortejo banderas de la Vieja Guardia madrileña y de la Falange de Alicante, y una monumental corona de laurel. Al llegar el túmulo con los restos mortales de José Antonio al Patio de los Reyes entonaron todos, brazo en alto, el himno del Cara al Sol. Eran exactamente las ocho y diez de la mañana.
La distancia de trece kilómetros que separaba El Escorial del Valle de los Caídos fue recorrida a pie por la comitiva a un promedio de tres kilómetros por hora; cada cien metros y sin que la marcha se interrumpiese, los miembros de la Vieja Guardia y de la Guardia de Franco efectuaban los relevos para llevar el féretro a hombros.
Millares de falangistas provenientes de todos los rincones de España abarrotaban la grandiosa explanada ante la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, cuando alrededor de la una de la tarde los restos de José Antonio llegaron hasta la puerta principal, siendo recibidos por el abad mitrado de la comunidad benedictina, fray Justo Pérez de Urbel.
Por los altavoces instalados en los alrededores se iba anunciando la llegada de las Falanges Provinciales. Las afiliadas a la Sección Femenina se hallaban situadas en dos interminables filas, a ambos lados de la entrada a la basílica.
Una vez en el interior del templo, el féretro se depositó a muy poca distancia del altar mayor, donde poco después recibió de nuevo sepultura.
Pilar y Miguel asistieron a la ceremonia a la izquierda del ataúd; en el lado del Evangelio se situaron los ministros Carrero Blanco, en representación del Jefe del Estado, Antonio Iturmendi, Felipe José Abárzuza (Marina), Cirilo Cánovas (Agricultura), Jesús Rubio (Educación Nacional), Fermín Sanz-Orrio (Trabajo), Solís y Arrese; además del jefe del Alto Estado Mayor, capitán general Agustín Muñoz Grandes; y de los ex ministros Ramón Serrano Súñer, Eduardo González Galarza, Raimundo Fernández-Cuesta y Carlos Rein Segura, entre otras personalidades.
Junto a Pilar estaban Miguel y su joven sobrino Miguel Primo de Rivera y Urquijo, primogénito de Fernando y ahijado de José Antonio, además de José Antonio Peche Primo de Rivera y de Ramón Sáenz de Heredia.
Poco después de las dos de la tarde, recibieron cristiana sepultura los restos mortales de José Antonio, conservados hoy allí. Una orden de la Presidencia del Gobierno había prohibido a los medios informativos presenciar la exhumación. El lector hallará ahora un amplio reportaje inédito de ese histórico momento en uno de los cuadernillos de fotos que acompañan a estas páginas.
Dos meses después, el 5 de mayo, Ramón Serrano Súñer contestó a una carta de Pilar y Miguel, reiterándoles su amistad pero quejándose al mismo tiempo, con disgusto y sorpresa, de que nadie le hubiese incluido en los turnos para portar a hombros el féretro de José Antonio.
La curiosa y desconocida epístola dice así:
Soy yo quien agradece vuestra carta, la que tú y Miguel me escribís con motivo de mi asistencia al traslado de los restos de José Antonio.
¿Quién más cerca de vosotros que yo en todo cuanto a su gran verdad se refiera? Al menos en lo humano y español, pues me interesa siempre tomar estas cautelas puntualizadoras, para no hacer especulaciones políticas o para salir al paso de la mezquindad de los especuladores.
(Lo único que no me pareció bien —así lo he manifestado sin rodeos— es que los organizadores no me incluyeron en ninguno de los turnos establecidos para llevarlo sobre mi hombro; claro que no importó para que lo llevara, porque en la misma basílica gentes delicadas realizaron en justicia el sacrificio de cederme su puesto, y así me evitaron el que yo mismo me lo tomara…).
Tú sabes que cierta y constante —cuán por encima de toda contingencia alguna personalmente penosa— es mi devoción por todo cuanto a José se refiere, y mi cariñosa amistad con vosotros.
Poco antes del traslado de los restos, la Falange había dirigido un manifiesto a los españoles, que concluía con un llamamiento a la reconciliación:
Nosotros queremos a José Antonio como símbolo de la Revolución.
Esta es la única garantía que exigimos.
Camaradas, el día 30 solo cabe un grito:
Caídos por la Revolución: ¡Presentes! Y una afirmación: ¡Victoria para todos!
Y una demanda: Liquidación definitiva de la Guerra Civil.
Pero, a juzgar por la carta confidencial que descubrí en su día entre los papeles de la Fundación Nacional Francisco Franco, los exiliados republicanos conservaban aún vivo el rencor veinte años después.
Juzgue si no el lector, a la vista de este documento inédito dirigido con reserva absoluta por el entonces embajador español en México al ministro de Asuntos Exteriores en el octavo Gobierno de Franco, Fernando María de Castiella y Maíz:
Ministerio de Asuntos Exteriores Gabinete Diplomático
Muy reservado Estado Español
Representación en México
México D. F. 25 de junio de 1959
Asunto: Versión sobre restos José Antonio Primo de Rivera. Confidencial y reservado.
Excmo. Señor:
Desde hace tiempo, en las tertulias de los refugiados españoles de esta capital se ha hablado con frecuencia de que los restos de José Antonio Primo de Rivera, descubiertos en Alicante, no correspondían a los verdaderos del fundador de la Falange, sino que, a propósito, fueron sustituidos con los de un miliciano fallecido en aquella época.
Actualmente, con motivo del traslado de los restos de José Antonio desde El Escorial al Valle de los Caídos, estos rumores han sido de nuevo repetidos con insistencia. Concretamente hace unos días, en el Casino Español y en una mesa que había varios refugiados, entre ellos el señor Mateo Toca, quien durante la guerra estaba en Alicante y quien a pesar de haber ido a España continúa su campaña contra nosotros, se afirmó que el verdadero cuerpo de José Antonio había sido enterrado en el cementerio de Alicante, en un panteón que estaba a nombre de Antonio Lara Zurite o algo semejante, pues tales son los nombres que pudo comprender uno de los propietarios del restaurante del Casino, don Emilio Larrañaga, personal solvente y completamente adicto a nosotros.
Aun cuando seguramente se trata de una de esas versiones fantásticas que sacuden a los refugiados en su odio contra José Antonio, he creído mi deber comunicárselo a V. E. a petición del propio señor Larrañaga, quien creyó en conciencia necesario poner dichos informes en mi conocimiento para que a mi vez los traslade a V. E.
Dios guarde a V. E. muchos años. El representante de España,
MANUEL OÑOS PLANDOLIT, Ministro Plenipotenciario
El ministro Castiella debió de informar a Franco de la descabellada versión que circulaba entre los exiliados republicanos en México y este, naturalmente, no le dio el menor crédito.
¿Qué mejor prueba si no del infundio, que el reconocimiento visual efectuado por el propio hermano del difunto, Miguel Primo de Rivera, y de
cuantos presenciaron la exhumación de los restos del fundador de la Falange en Alicante, dos años y medio después de su asesinato?
El descontento
Yo en conciencia no puedo seguir colaborando en esto que estamos haciendo creer a la gente que es la Falange pero que en realidad no lo es.
PILAR PRIMO DE RIVERA, en carta a Franco
No todo fueron cánticos y alabanzas. La Falange se sintió marginada al principio en el régimen de Franco; postergada de los centros de decisión y utilizada también, en cierto modo, como aval externo del Estado autoritario, dado que en realidad carecía de la influencia que muchos equivocadamente le atribuían.
Pilar resumía así las razones principales del descontento inicial en sus filas: «Por los condicionamientos —advertía— que consigo trajo la guerra, el Régimen no era un Régimen falangista, como habíamos soñado. Gran participación de los grupos capitalistas y de derechas, escasos miembros falangistas, le daban un talante que a veces poco tenía que ver con nosotros…».
Denunciaba Pilar, en suma, la escasa o más bien nula cuota de poder que impedía al régimen continuar la obra de José Antonio, quien, según manifestó ella misma, seguía dándole instrucciones desde la tumba.
No tardó en estallar así la primera gran crisis, en mayo de 1941.
Previamente se habían reunido, convocados por Miguel y Pilar en el domicilio de los Primo de Rivera, Ramón Serrano Súñer, Dionisio Ridruejo, José Antonio Girón, José Luis de Arrese y Antonio Tovar.
A la cúpula falangista liderada por Serrano Súñer no le había gustado ni un ápice el nombramiento del coronel monárquico Valentín Galarza como ministro de la Gobernación, hasta entonces en la Subsecretaría de Presidencia, donde Franco colocó al capitán de fragata Luis Carrero Blanco, cuya presencia al frente del traslado de los restos de José Antonio,
en 1959, levantaría suspicacias en sectores falangistas por su talante monárquico, tal y como señalaba la propia Pilar: «También lo aumentó — aseguraba— en alto grado [el descontento] el traslado de José Antonio de El Escorial al Valle de los Caídos, por motivos no muy explicables, de carácter monárquico, que sustentaba, sobre todo, el almirante Carrero Blanco».
Pilar y Miguel barajaron incluso, según recordaba ella, «recuperar para la familia el cuerpo de José Antonio y alejarlo de actos oficiales, pero la Falange exigió como suyos, y con razón, sus restos, y nosotros, finalmente, accedimos a ello».
Retrocedamos a mayo de 1941, cuando Pilar hizo llegar a Franco, por mediación de Serrano Súñer, una carta fechada el 1 de mayo que se conserva en el Archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco, presentándole su dimisión al frente de la Sección Femenina por considerar que se estaba traicionando nada menos que la memoria de José Antonio.
Serrano adjuntó así al Caudillo la carta de Pilar con esta otra suya, datada cuatro días después, en la que decía escuetamente:
Mi querido General:
Ayer [4 de mayo], al regresar de La Granja, me encontré con la carta que te adjunto de Pilar. La he llamado para hablar con ella y con la mayor consideración y la mayor tristeza —es una gran verdad que se trata de su vida misma, que es un ejemplo de virtud eficaz en medio de tanta frivolidad o de tanto «tópico virtuoso»— me insiste en que dé curso a su carta. Y así lo hago.
Vale la pena reproducir ahora la reveladora epístola de Pilar a Franco, fechada el mismo día que la de su hermano Miguel, en la que este renunciaba a su vez a los cargos de gobernador civil de Madrid y de jefe provincial del Movimiento para apartarse también de la política.
Pilar dibujaba un panorama desolador de la Falange, que a su juicio no era más que «una lánguida desorganización en la que lo único que queda en pie es la Sección Femenina», y cuyas Delegaciones estaban «totalmente deshechas», incluidas las Milicias y el Frente de Juventudes:
Mi General:
Después de meditarlo mucho por la gravedad de la resolución y porque dejo en ella toda la ilusión de mi vida, he decidido pedir a V. E. que me autorice para cesar en el cargo de Delegada Nacional de la S. F. porque yo en conciencia no puedo seguir colaborando en esto que estamos haciendo creer a la gente que es la Falange pero que en realidad no lo es [todas las cursivas son del autor].
No vea V. E. en esta carta una impaciencia injustificada, ni la menor sombra de indisciplina; día tras día hemos estado aguardando la solución que había de traernos la dicha, pero como el tiempo pasa sin que esto suceda, creo que honradamente solo puedo entregar mi vida a lo que sea servicio de la Falange, que es servicio de España, porque así lo he jurado y porque sé también que así me lo exige José Antonio desde su tumba de El Escorial.
La Falange, que debía ser un cuerpo total inspirador de los actos del Estado en este momento crítico quizás para España, desde hace mucho tiempo no es más que una lánguida desorganización en la que lo único que queda en pie es la Sección Femenina. Y esto por mucho que me halague no es bastante, teniendo en cuenta que se trata de un Movimiento como es este de la Falange, total, arriesgado, varonil y difícil…
Primeramente ha sido la ausencia casi total en los cargos del Estado de gente falangista. Desde los puestos más importantes se ha combatido a la Falange con toda clase de armas, y por otro lado una Secretaría de camaradas tibios no ha sabido hacerle frente a estas dificultades. Además, las Delegaciones están totalmente deshechas, así sucede con las Milicias y con el Frente de Juventudes.
Por otro lado, la Secretaría General vacante y los Jefes Provinciales totalmente desilusionados y desmandados haciendo cada uno por su cuenta lo que cree que es mejor pero sin unidad de mando.
Yo, como es natural, no voy a indicarle a V. E. quién debe poner en cada uno de los puestos. V. E., con su superior criterio, sabrá a quién designar; lo que sí le digo es que la solución es que los hombres elegidos para los cargos del Estado y del Partido, cualesquiera que sean, fueran falangistas de verdad, porque solo ellos saben calar hasta el fondo de la doctrina y transmitirla a los afiliados en todo su rigor y con toda su pureza.
Franco reaccionó modificando el Gobierno el 19 de mayo con la inclusión de dos ministros falangistas: José Luis de Arrese, como ministro
secretario general del Movimiento, y Miguel Primo de Rivera en Agricultura, además de confirmar a José Antonio Girón de Velasco en Trabajo.
El Caudillo logró así que Pilar y Miguel olvidasen sus respectivas dimisiones pero, como advierte la historiadora María Antonia Fernández, la relación entre la directora de la Sección Femenina y el Generalísimo obedecía en realidad a posturas personales y políticas muy distintas: «Ella apoyaba al régimen en la confianza de contribuir de la mejor manera posible a salvar a España de sus enemigos, mientras que él veía en la autoridad moral de la delegada nacional de la Sección Femenina un instrumento idóneo para alcanzar la obediencia civil. Además, a Franco este apoyo le salía muy barato, pues apenas conllevaba contrapartidas».
Tampoco ayudaron a la armonía interior del régimen los sucesos acaecidos en 1942 en el santuario de Nuestra Señora de Begoña, en Bilbao.
De hecho, Pilar jamás olvidó el fusilamiento, a consecuencia de los mismos, del camarada falangista Juan José Domínguez Muñoz, condecorado por su hermano José Antonio con el Aspa Roja y el Aspa de Plata.
Recordemos, en este sentido, que cinco años antes había sido fusilado en León otro falangista, Pedro Durruti, como vimos ya en los capítulos
«Durruti» y «La pantomima».
Según la versión de Luis Suárez, la secuencia de los hechos de Begoña comenzó el 14 de agosto de 1942, cuando el jefe del SEU de Vizcaya, Eduardo Berástegui, acompañado del «camisa vieja» y subjefe provincial de Falange de Valladolid, Hernando Calleja, partieron de esa ciudad en automóvil, deteniéndose en San Sebastián para recoger a Juan José Domínguez, inspector nacional del SEU.
Suárez sostiene que Berástegui y Calleja habían «recibido instrucciones» antes de salir de Valladolid. ¿Qué tipo de instrucciones?
¿Existía acaso un complot? Y si lo había, ¿cuál era su objetivo?
Tanto Domínguez, como Calleja, eran excombatientes de la División Azul y habían regresado hacía poco tiempo de Alemania. Llegaron a Bilbao en la madrugada del 15 de agosto. Tras tomar unas copas en el bar Amaya, siempre según el relato de Suárez, subieron algo animados a Begoña, donde la misa en sufragio por las almas de los requetés del Tercio de Nuestra Señora de Begoña caídos en la Guerra Civil debía comenzar a
las once y media de la mañana. Fuera de la basílica formaban ya los mozos carlistas con su uniforme tradicional de color caqui y boina roja.
Cuando las autoridades abandonaron el templo se cruzaron gritos e insultos entre estos y varios grupos de falangistas que oponían el «¡Arriba España!» al «¡Viva España!» y «¡Viva el rey!» de los carlistas.
En un momento dado, Domínguez arrojó al parecer dos granadas que causaron alrededor de setenta heridos de distinta consideración, carlistas en su mayoría. El general José Enrique Varela estaba presente y telefoneó enseguida a Franco para explicarle lo sucedido, «restándole importancia», según Suárez. «En las horas siguientes —añade el historiador—, las declaraciones obtenidas de los agresores detenidos y las protestas de carlistas y militares hicieron que cambiase el convencimiento: se trataba de un complot en toda regla cuyos hilos apuntaban a Berlín y cuyos ejecutores habían sido los grupos pro nazis de Falange.»
Fue precisamente el ministro Valentín Galarza, según Suárez, quien exigió a Varela la entrega de los detenidos a la jurisdicción militar para que recibiesen un castigo ejemplar.
El 24 de agosto, nueve días después de los violentos sucesos, Franco telefoneó a Varela; la conversación entre ambos quedó registrada y fue recogida años después por Laureano López Rodó en su ya clásica obra La larga marcha hacia la Monarquía.
«En ella Franco —recuerda Suárez—, que adoptó el tono de un compañero de armas, llamando al ministro Varelita, como en las salas de banderas de los viejos tiempos de Marruecos, intentó desarmar los argumentos de este, insistiendo en que los falangistas habían sido provocados por los que gritaron “¡Viva el rey!” con propósitos subversivos.
»Parecía tímido y vacilante, casi a la defensiva. Varela se mantuvo tenso, llegando a culparle por consentir que se sustituyese el “¡Viva España!” por el “¡Arriba España!” de los falangistas. No quiso ceder de ninguna manera: se había producido un atentado contra su persona y solo había escapado con vida gracias a la presencia de ánimo de alguien que desvió la bomba con el brazo.
»Ante esta actitud no quedaba a Franco otra opción que ceder: “Que se haga todo dentro de la mayor equidad, porque ya tratándose de una provocación las cosas varían y ya los hechos no son lo mismo”.»
La «equidad» que el Caudillo reclamaba consistió finalmente en colocar a Juan José Domínguez, de veintiséis años, ante el piquete de ejecución mientras entonaba el Cara al Sol o más bien solo la primera estrofa que las «balas amigas», las mismas que segaron la vida del Durruti falangista, le dejaron pronunciar.
Previamente, el general Antonio Castejón Espinosa, al mando del Tercio Duque de Alba de la Legión entre diciembre de 1939 y junio de 1942, había presidido el consejo de guerra y firmado la sentencia de muerte de Domínguez.
La versión del periodista Gustavo Morales difiere bastante de la de Suárez. Según Morales, tres falangistas bilbaínos —Berástegui, Calleja y Mortón— paseaban con sus novias por la zona de Begoña cuando, ante la algarabía tradicionalista, gritaron «¡Viva la Falange!» y «¡Arriba España!».
Sintiéndose provocados, los carlistas se enzarzaron en «una ensalada de golpes». Y fue entonces cuando entró en acción Domínguez con otros camaradas suyos.
Dejemos a Morales que explique cómo, en su opinión, sucedieron los hechos: «Pasaron por la zona otros cinco falangistas, que acudían a Archanda, para ir después a Irún, a recibir a algunos repatriados de la División Azul. Eran Jorge Hernández Bravo, Luis Lorenzo Salgado, Virgilio Hernández Rivadulla, Juan José Domínguez, Roberto Balero y Mariano Sánchez Covisa.
»Al pasar por Begoña, apercibidos de la paliza que les daban los carlistas a sus camaradas, por inferioridad numérica, ante los gritos de las novias, acudieron en su ayuda.
»Juan José Domínguez dispersó a los carlistas tirando dos granadas. Los falangistas fueron a denunciar los hechos en la comisaría de Policía. Y los carlistas hicieron lo mismo, cargando la mano, al acusar a los falangistas de “ataque al Ejército”, por la presencia de Varela, quien, en el vestíbulo del hotel Carlton de Bilbao prometió: “Se hará justicia. Yo me encargo de ello”».
Por si fuera poco, los carlistas, como recordaba Morales, cargaron aún más las tintas sobre los trágicos sucesos elevando a 117 los heridos: cuatro de ellos muy graves, tres graves y veinticinco de pronóstico reservado, de los que al final murieron tres.
Más significativo resulta todavía, de ser cierto, lo que añade Morales:
«Cuando el obispo de Madrid le pidió al Caudillo clemencia para Juan José Domínguez, Franco le contestó enigmático que tendría que condecorarlo pero ha de ejecutarle».
Quien sí le condecoró, como ya hemos visto, fue José Antonio. Pero de nada le sirvió a Domínguez, ni siquiera como atenuante para conservar la vida, su condición de «vieja guardia» ni su protagonismo en la creación del falangismo en Andalucía; como tampoco los servicios prestados antes de la guerra durante el tiroteo en Aznalcóllar, donde junto con Narciso Perales despojó al Ayuntamiento de la bandera republicana, rescatando a varios camaradas tras poner en riesgo su vida. El mismo Domínguez que, ya durante la guerra, llegó a cruzar hasta en seis ocasiones las líneas enemigas desafiando el peligro.
Resumamos ahora las discrepancias entre Suárez y Morales.
El primero aseguraba que la presencia de los dos acompañantes de Domínguez en Begoña obedecía a que estos habían «recibido instrucciones», y señalaba la existencia de un complot cuyos tentáculos llegaban nada menos que hasta la Alemania de Hitler.
Morales, en cambio, daba a entender que Domínguez pasaba casualmente por Begoña cuando se vio obligado a salir en defensa de sus camaradas, lo cual resultaba extraño si, como ya sabemos, iba armado hasta con granadas de mano; extremo que en el juicio se consideró indicativo de «su intención premeditada de provocar disturbios».
Tampoco queda del todo clara la postura del general Varela, que al principio restó importancia a los sucesos, según Suárez, pero que ya en el hotel Carlton había prometido hacer justicia, en opinión de Morales, lo cual concuerda mejor con la conversación telefónica que luego mantuvo con Franco.
Pero más lejos iba aún Alfredo Amestoy, tras entrevistarse sesenta años después, en septiembre de 2002, con la viuda del ajusticiado Domínguez, Celia Martínez, y con Ramón Serrano Súñer.
El encuentro se celebró en la residencia de Serrano en Marbella y contó también con la presencia de los hijos respectivos: el embajador Fernando Serrano Súñer y Mari Celi, que era un bebé de cuatro meses cuando fusilaron a su padre.
Aseguraba así Amestoy: «El general Varela, presente, se adjudicó sin razón ser él el objetivo del supuesto atentado (la granada se arrojó en el
exterior de la basílica bilbaína cuando Varela aún no había pisado la calle).
»El suceso, que serviría a Franco para domeñar a la Falange y destituir a los tres ministros más influyentes del régimen (Galarza, de Gobernación; el anglófilo Varela, del Ejército y cada vez más carlista por su matrimonio con la tradicionalista y riquísima vasca Casilda Ampuero, y Ramón Serrano Súñer, de Exteriores), se saldó con el sacrificio de Domínguez.
»Franco aprovechó lo ocurrido para reafirmar su poder personal, aprovechándose del pulso entre el Ejército (con el apoyo de monárquicos y la derecha más reaccionaria) y la Falange, el partido único. Relevó a su cuñado, el germanófilo Súñer, tres días después de que, por el referido fusilamiento, dimitieran los falangistas puros Narciso Perales y Dionisio Ridruejo».
Sea como fuere, de los dos condenados a muerte, Calleja y Domínguez, solo al primero se le conmutó la pena capital por ser caballero mutilado y haber perdido una pierna en la Guerra Civil.
Gracias a las gestiones de Girón de Velasco, la esposa y la hija de Domínguez pudieron viajar a Bilbao para despedirse de él. Llegaron allí el 31 de agosto, el mismo día en que se publicó la sentencia de muerte, alojándose en el hotel Alemania.
Una falangista, Emilia Santos, de la Sección Femenina, llamó a Celia Martínez el 2 de septiembre, a las ocho de la mañana, para decirle que había oído una descarga procedente de la prisión de Larrínaga. A la viuda, de tan solo diecinueve años, no le dejaron ver el cadáver.
El entierro se celebró al día siguiente. Una docena de falangistas de Bilbao asistieron a la inhumación del cuerpo en una fosa gratuita cavada en un descampado del cementerio de Derio.
Al cabo del tiempo, los restos de Domínguez fueron exhumados para trasladarlos a una sepultura más digna, en el camposanto del pueblo madrileño de Galapagar.
Con razón, Serrano Súñer confesó a Alfredo Amestoy, justo un año antes de su muerte: «Lo de Begoña fue un suceso lamentable, pero no hubo ni fuerza ni unión ni para salvar a Domínguez, ni para mantener el poder.
»En aquel momento vivíamos con un dinamismo trepidante, pero Franco, enseguida, se dio cuenta de que esos falangistas que parecían tan intransigentes, los Arrese, los Fernández Cuesta, los Girón, venían a comer de la mano. Y ese fue el principio del fin.
»El gran amigo de todas las horas, Dionisio Ridruejo, dimitió de todos sus cargos y lo mismo hizo Narciso Perales, Palma de Plata y el tercer hombre en el mando de la Falange después de José Antonio y Hedilla. Fue por eso por lo que yo propuse que la Falange fuera “dignamente licenciada”».
La red
Pilar es de escasísima inteligencia… Y además muy apta para dejarse influir.
MARÍA DOLORES DE NAVERÁN a Carrero Blanco
Pilar nunca imaginó que pudiesen espiarla; ni mucho menos que, quienes lo hiciesen, fueran de su propio bando.
Era buena y confiada, ingenua si se quiere, pero de ninguna manera tonta. Como alma cristiana y caritativa, se resistió siempre a pensar mal de los demás; por eso jamás hubiese creído que alguien pudiera traicionarla desde las mismas entrañas de la Sección Femenina.
¿El enemigo en casa? ¿Una pérfida Judas, en este caso? ¿Una mujer sin escrúpulos, al servicio de una red de espionaje que mantenía puntualmente informado a Franco de cuanto se «cocía» en el hogar de las chicas de Falange? ¿Sospechaba acaso el Caudillo de Pilar Primo de Rivera y de otros significados seguidores de la doctrina joseantoniana, a raíz de los desencuentros producidos con la Falange durante esos años, sobre algunos de los cuales dimos cuenta en el capítulo anterior?
¿Recelaba tal vez el Generalísimo de la mujer que le había concedido finalmente su más franco respaldo, valga la redundancia, como jefe del Estado tras la muerte de su hermano José Antonio?
Recuerdo, a este propósito, el testimonio que me brindó en su día José María Velo de Antelo, fundador de Alianza Popular y ex director de la Escuela Diplomática, además de buen amigo de Pilar, sobre la confesión que esta le hizo en más de una ocasión: «Pilar estaba segura —insistía Velo de Antelo— de que su hermano José Antonio, de haber sobrevivido, hubiese acatado la autoridad de Franco. Y me decía: “¿Acaso crees, José María, que Miguel y yo respaldaríamos a Franco de no tener la completa seguridad de que José habría hecho lo mismo?”».
Los informes secretos, para bien de la verdad histórica, se conservan todavía hoy; el lector podrá acceder en primicia a ellos en este mismo capítulo y en el Anexo n.º 5, al final de estas páginas.
Pero antes de conocer y ahondar en su contenido, creo oportuno detenernos en la red de información A. P. I. S., que probablemente a muchos les suene a chino.
Como señala Javier Domínguez, doctor en Historia y autor de una exhaustiva investigación sobre el delicado asunto: «En el período comprendido —al menos— entre comienzos de los años cuarenta y mediados de los sesenta, Franco recibió sin cesar innumerables informes que procedían de una red de espionaje dedicada sobre todo a la investigación antimasónica».
Y añade, en concreto, Domínguez: «Al menos una veintena de sus informes llegaron a Franco en 1942, más de cincuenta en 1943 y aún unos veinte en 1944».
Es curioso comprobar cómo, sobre todo entre 1942 y 1944, la mayoría de los informes procedían de la misma red de investigación: A. P. I. S., cuyas siglas Javier Domínguez, a falta de una confirmación definitiva, desglosa hipotéticamente como «Acción Patriótica contra las Internacionales Sectarias».
Buena parte de los documentos obrantes en los fondos archivos de la Fundación Nacional Francisco Franco y del Archivo de la Guerra Civil de Salamanca relacionados con este asunto contienen referencias y hasta el mismo sello de la organización, donde el nombre «A. P. I. S.-España» rodea la figura de una abeja, cuya raíz etimológica —apicula— significa precisamente «pequeña abeja».
Todo el mundo sabe que la abeja simboliza el trabajo abnegado y meticuloso de las obreras de la colmena, o de la red de espionaje en este caso, con un componente claramente femenino, pues todos los agentes de APIS eran mujeres.
En los informes secretos se advierten dos lemas: uno que los encabeza, atribuido a Franco («Por el mejor servicio a la Patria»); y otro estampado al final del texto manuscrito, reducido casi siempre a las iniciales
«Q. C. D.», pero algunas veces explicitado: «Quién como Dios».
Las mismas palabras vociferadas por el arcángel san Miguel a Lucifer y a los demás demonios sublevados contra Dios.
De ahí que, como arguye Domínguez, se eligiese al jefe de las milicias celestiales, que expulsó del Cielo a Satanás y a sus ángeles infieles, para encomendarle el combate de APIS contra la masonería.
La principal agente de la red de espionaje era una mujer que escondía su identidad bajo las siglas «A. de S.», y que solía enviar sus informes desde Cascais (Portugal), donde residía la Familia Real española en el exilio, pero también desde Ginebra, París e incluso Tánger.
Toda la información era canalizada por la verdadera alma mater de la organización, María Dolores de Naverán y Sáenz de Tejada, en calidad de secretaria general de APIS.
¿Quién era en realidad esta enigmática mujer que firmaba los informes confidenciales sobre Pilar y otros camaradas suyos enviándolos a continuación a Luis Carrero Blanco, subsecretario de la Presidencia del Gobierno desde mayo de 1941, de modo que acabasen en manos del Caudillo, tal y como se precisaba al comienzo de algunos documentos:
«Preparado para S. E.»?
María Dolores de Naverán era hija del conocido poeta vasco Onofre de Naverán, autor de Álbum poético infantil de Escuelas (1930); curiosamente, era monja teresiana dedicada en un principio a la docencia, como profesora en la Escuela Normal de Vizcaya, el centro de formación de maestros.
Durante los años en que trabajó para A. P. I. S., era la vocal del Consejo Superior de Protección de Menores, dependiente del Ministerio de Justicia, según consta en el encabezamiento de una carta confidencial suya a Carrero Blanco, fechada en Bilbao el 27 de diciembre de 1942 (ver Anexo n.º 5, «Informes generales»).
Años después, en febrero de 1952, sería nombrada inspectora extraordinaria permanente en Enseñanza Primaria por orden del Ministerio de Educación Nacional.
Su hermana mayor, Clementina de Naverán, fue la primera maestra de las escuelas infantiles Solokoetxe de Bilbao desde 1915 y, más tarde, directora de la Escuela del Tívoli de la misma ciudad.
La vinculación de Clementina de Naverán con la Sección Femenina era absoluta; sobre todo, desde la celebración del Consejo de Segovia, en enero de 1938, el segundo en la historia de la organización falangista, durante el cual Pilar incluyó a Clementina entre sus elegidas, junto con
Dora Maqueda, Laly Ridruejo, Carmen Werner, Syra Manteola, María Luisa Terry y las hermanas Irene, Maribel y Marilú Larios.
A Clementina de Naverán, Pilar la cubría incluso de halagos en sus memorias: «Procedente de la Comunión Tradicionalista —decía de ella— [era] honrada y noble persona que, aunque en apariencia discrepante, se mataba por España igual que nosotras y se encontraba en nuestro ambiente como pez en el agua».
Como pez en el agua…
Dispongámonos ya a examinar los informes que, antes de su muerte acaecida el 13 de febrero de 1967 en Madrid, cursó María Dolores de Naverán a Carrero Blanco sobre Pilar.
Uno de ellos, datado en Madrid el 13 de octubre de 1943, lo exhumó el académico de la Historia Luis Suárez entre un montón de legajos del archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco, pero aun así, descontextualizado, es natural que haya pasado casi inadvertido hasta hoy.
Tras criticar a Pilar por pedir la dimisión de José Luis de Arrese, ministro secretario general del Movimiento y años después primer ministro de la Vivienda en España, María Dolores de Naverán calificaba a la directora de la Sección Femenina de «energúmena», de «muy apta para dejarse influir», y hasta de poseer una «escasísima inteligencia», cuestionando también su liderazgo dentro de la organización.
Dice así el documento, en cuyo texto me he permitido introducir algunas matizaciones entre corchetes:
Excmo. Sr. D. Luis Carrero.
Mi respetable y buen amigo: Como hasta mañana no podré enviarle lo recibido de A. de S., y creo, sin embargo, que debe Vd. saber, sin pérdida de tiempo, una pequeña maniobra que se prepara aquí, me apresuro a interrumpir mi trabajo para comunicársela.
Pilar Primo de Rivera va a pedir que se reúna la Junta Política, pero hablará previamente a Miguel [su hermano era entonces ministro de Agricultura], Mora Figueroa, Pemartín y otros más que no recuerdo, para pedir la destitución de Arrese por haber dicho, en su discurso de Burgos (de 18-IX-43) que España no es un Estado totalitario.
Dice Pilar que no cuenta con Elola, que es adicto a Arrese, «ni con el ministro de la Guerra [en realidad había un ministro del Ejército, el
teniente general Carlos Asensio Cabanillas], porque ese irá a favor del Ejército y nada más».
Pero que ella y esos que antes ha citado dimitirán (como ya lo ha hecho Julián Pemartín del Instituto de Estudios Políticos) y que a ella la seguirá toda la Falange Femenina. Yo creo que de esto último está equivocada, pero debe vd. saber lo que hay.
Afirma Pilar que «decir que España no es totalitaria es hacer traición a la Falange», y que «la Falange es antes que nada». ¡Antes que España, por lo visto!
La colaboradora de A. P. I. S. que estaba presente [¿aludía acaso a la propia hermana de la informadora: Clementina de Naverán?] procuró calmarla diciéndole que, en primer lugar, quizá Arrese hablara por sí mismo; pero que si lo hacía de acuerdo con el Caudillo teníamos que tener confianza ciega en este, que sabe, en cada caso, circunstancias que nosotros ignoramos, y que bien probado tenía su amor a España y su sacrificio por la Patria y sus ambiciones para esta y sin ningún egoísmo.
Añadió que hay que buscar el bien superior de la Patria, y que puede convenir, por diplomacia, decir una cosa en circunstancias determinadas, por lo que es un crimen estorbar al Caudillo en momentos tan difíciles.
Pilar replicó que eso es ser liberal (¡!) y quedó muy descontenta con nuestra colaboradora [recordemos, por si acaso, cómo la propia Pilar, al referirse a Clementina de Naverán, solo le ponía un «pero»: «Aunque en apariencia discrepante…»].
Sé que [Pilar] ha empezado a cumplir lo dicho, poniéndose al habla con esos camaradas, que está decidida a pedir la reunión de la Junta Política con el fin dicho de censura; que no tolerará, ni ella ni su grupo, que no se vuelva atrás Arrese, y se deje sin declarar nuevamente que España es un Estado totalitario; que si no logra esto, ella y los otros se irán y cree que a ella le seguirá toda la Sección Femenina (?); que Pemartín anda en conciliábulos con ella, y que ambos afirman que se ha cambiado totalmente la ortodoxia de la Falange, y que hay que plantarse; que ayer — 12 del actual y onomástica de Pilar— reunió esta en su casa a un grupo de camaradas (a fumar, a beber, por cierto), entre los que estaban las Ridruejo [Laly, Angelita y Cristina] —que influyen mucho y mal en Pilar—, Marichu de la Mora, Villalonga, Veglison [Josefina Veglisón], Ontiveros [María o su hermana Pilar] y esa desdichada de Romaña [Montserrat
Romañá] (casi todo el grupo «juanista» y anglófilo, como ve, excepto las Ridruejo).
Se habló fuerte, censurando «el optimismo del Caudillo, siendo así que no están las cosas para ello». Se referían al discurso de la Ciudad Universitaria.
Pilar, fuera de sí, excitada además por lo de las Azores, dijo que ya está armado el bollo y que quieren hacer «que seamos colonia inglesa». Añadió que se había perdido la oportunidad histórica respecto a apoderarnos de Portugal (¡!) como pedía la Falange y que «hay que pedir cuentas».
Pilar es buena, D. Luis, muy buena y piadosa. Pero de escasísima inteligencia y no sabe distinguir lo que es un desiderátum de lo que es una posibilidad y de lo que esta determina sin renunciar a aquel. Es además muy apta para dejarse influir, y yo creo que convendría ponerse al habla disimuladamente con ella y atraerla también por nuestra parte.
Desde luego, eso de que la siga la Sección Femenina no hay que temer; pero habría defecciones y escándalo que aprovecharían los agitadores anglófilos y germanófilos, que de todo hay. ¡Cuándo seremos españoles y nada más! Llamen a Pilar, por Dios. Si nosotros hemos de hacer algo, dígamelo […]
Volviendo a Pilar: otra de las cosas que la ha enfurecido es que, según dice, ayer desfilaron ante el Caudillo las Milicias Universitarias, al grito de
«¡Viva España!» y la palabra «viva» ella no la traga, ¡qué pena! Se trató de calmarla indicando que quizá se fijó mal, que, aunque lo oyera bien, habría alguna razón, por ejemplo el que entre los estudiantes, los hay de todas las ideologías, y el «viva» es el grito del Ejército. Pero está como energúmena. Hay que calmarla, D. Luis, porque los mismos anti- falangistas la azuzan y ella se deja manejar, la infeliz […]
Perdóneme la lata, pero también yo me he agitado al fin. Mándeme siempre.
Q. C. D. M.ª DOLORES DE NAVERÁN
María Dolores de Naverán se cebaba no solo con la directora de la Sección Femenina, sino que se permitía incluso la licencia de criticar también a algunas de sus camaradas más queridas y admiradas, como las
hermanas Ridruejo, «que influyen mucho y mal en Pilar», según denunciaba a Carrero Blanco.
Entre ellas, Eulalia Ridruejo Jiménez: la misma que, durante veintidós años, hasta su fallecimiento el 22 de febrero de 1956, tras una larga y penosa enfermedad, se entregó en cuerpo y alma a la Falange durante la República, la guerra y la paz, mereciendo el distintivo «Y» de oro individual.
Rota por el dolor tras la muerte de su amiga y camarada, como tantas otras veces en su vida, Pilar comunicó la triste noticia a todas las afiliadas de un modo muy especial:
Camarada. Ayer, a las doce menos cuarto de la madrugada, dejó de existir Laly. No tengo que ponderar ahora la ejemplaridad de su vida porque todas la conocéis. Solo os diré que su muerte ha sido como su vida. Entregada enteramente a la voluntad de Dios, con todos los Sacramentos de la Iglesia recibidos en plena conciencia y repetidamente, ha aceptado la tremenda enfermedad y la muerte como la aceptan los
justos.
La pérdida para la Sección Femenina es inmensa, pero desde el Cielo seguirá pidiendo y ayudándonos en nuestra cada vez más difícil misión.
Haced por ella los sufragios que podáis. Las Escuelas y Preventorios que tengan Misa diaria, mandarán decir por su alma Misas Gregorianas a cuenta de esta Delegación Nacional.
También Miguel Primo de Rivera, aunque con cierto retraso, trasladó a su hermano Dionisio Ridruejo su más sentido pésame desde Londres, donde era entonces embajador de España.
Su carta inédita, con membrete de la Legación, se la envió el 4 de abril a su domicilio madrileño en la calle Narváez, 51:
Querido Dionisio:
Hasta ayer no he sabido la muerte de Laly. No sabía ni siquiera que estaba enferma y, aunque sea con mucho retraso, quiero decirte que, con el mayor afecto, te acompaño en tu dolor, rogándote hagas extensivo mi sentimiento de pésame a todos los tuyos.
Era un alma angelical, a la que siempre recordaremos como llama encendida en el altar de España.
Hoy le escribo a Pilar, pues sé que para ella la pérdida de Laly es causa de dolor tan profundo como pueda serlo para vosotros.
Espero verte en Madrid cuando vaya a España esta primavera y, hasta tanto, recibe un abrazo muy fuerte de tu amigo, Miguel.
Laly Ridruejo y Miguel Primo de Rivera salían a relucir en esta otra carta de Pilar rescatada del Archivo de la Guerra Civil de Salamanca, y escrita a raíz de la muerte de su único hermano superviviente, el 8 de mayo de 1964.
Pilar aludía también en ella a su tía Ma, «que ya era una santa», según indicaba a Ridruejo el 25 de mayo de ese mismo año:
Querido Dionisio:
Desde que recibí tu sincera e impresionada carta estoy queriendo escribirte para agradecer, no por cortesía, sino con toda verdad tu participación en esta pena que espero será para mí la última tan directa; porque como tú dices, es muy duro golpe tras golpe, con la angustia además de que de ti depende el que personas tan queridas se presenten ante Dios justificadas de toda su vida.
Gracias a Dios, en ese sentido tenemos la tranquilidad de que tanto tía Ma, que ya era una santa, como Miguel, han muerto con una entereza, una humildad, un valor y una serenidad que, eso sí, te hace envanecerte un poco de ser de su sangre.
Por otro lado, la muerte de Miguel ha venido como a revivir muchas cosas, entre ellas todo lo que tú recuerdas en tu carta. La vida puede venirnos como venga, pero la amistad y el cariño, Laly, tantos momentos compartidos con auténtica pasión, no pueden separarnos.
Miguel además siempre tuvo para ti estimación especial y estoy segura de que en estos momentos se alegra de que conteste a tu carta de las primeras entre las recibidas, como quien recupera con su muerte algo que sentíamos perder.
Cuando te encontré en París me hubiera gustado hablar contigo, pero la sorpresa y mi timidez natural me dejaron parada.
Me voy fuera unos días, pero a la vuelta cualquier rato que quieras encantada de veros a Gloria [su esposa Gloria de Ros Ribas], a tu madre y a ti, con todo afecto un abrazo, Pilar.
Volviendo a Laly Ridruejo, sirva también, en memoria suya, el cálido tributo del insigne novelista Rafael García Serrano en Arriba, la misma mañana del 23 de febrero en que la sepultaron en el panteón familiar de Burgo de Osma (Soria).
Titulado «Despedida a Laly», decía así García Serrano en este largo párrafo:
Quizá, a la hora de despedir a Laly Ridruejo, que ya hace su último camino hacia los campos fríos de Soria, me bastaría echar mano de un libro por mí muy querido y acercarme hasta el índice de Nombres Citados, buscar el de Laly e ir anotando después, una a una, simplemente, las razones por las cuales esta falangista excepcional era citada con verdadera constancia en el orden del día que, por tierras de América, iba redactando un sencillo periodista a quien siempre le complace contar cuanto ve. La razón de su paciencia, la de su humor; las razones de sus dotes de mando, de su humana flexibilidad, de su valor, de su entereza, de su pronta réplica, de su ternura, de su amor a tantas entrañables cosas que llenaron su vida y la vida de la mejor generación española, en fin, todo un universo de razones que entre la urgencia de unas crónicas, como ya en la serena placidez de un libro, llevaban el nombre de Laly Ridruejo a la pluma del mínimo historiador con justa y merecida tozudez.
Y qué decir también de Montserrat Romañá, a quien la informante Naverán calificaba de «desdichada».
Hermana del padre jesuita Antonio Romañá, astrónomo célebre, Montserrat era a finales de enero de 1939, cuando Barcelona fue liberada por las tropas de Franco, secretaria provincial de la Sección Femenina en la Ciudad Condal.
Más tarde, organizó los estudios de formación y hogar para las cumplidoras del Servicio Social, siendo nombrada por el Ministerio inspectora nacional de todas las escuelas tanto de la Sección Femenina, como de los institutos femeninos dependientes del Estado.
No contenta con su primer informe, María Dolores de Naverán volvió a la carga al día siguiente, 14 de octubre de 1943, con este otro dirigido también a Carrero en el que, además de arremeter de nuevo contra las hermanas Ridruejo, aseguraba que Pilar estaba cada vez más exaltada:
Mi respetable y muy estimado amigo: Creo debo añadir, sin pérdida de momento, algo más a mi carta de anoche.
La actitud de Pilar sigue en creciente exaltación. Asegura a gritos que Inglaterra ha obligado a S. E. a suprimir la División Azul, y que el Caudillo ha aceptado la orden.
Al replicarle que eso será un bulo y que en todo caso debemos tener confianza en el Generalísimo, porque él sabe lo que más conviene a la Patria en cada momento, se ha puesto a gritar diciendo que no hay tal bulo, que dentro de dos días se hará pública la supresión de la División Azul y que eso es una traición a la Falange y a Alemania, que se vengará de nosotros como lo está haciendo con Italia.
Se le ha contestado que nosotros no hemos enviado nuestra División a luchar por Alemania sino a pelear contra el comunismo; pero ella no atiende a razones, y sigue insistiendo en que va a pedir la reunión de la Junta Política.
Es una pena esta actitud, pues indudablemente está influida por las Ridruejo principalmente y por algunos exaltados falangistas, y aprovechan este estado de ánimo para azuzarla más y más ciertas camaradas
«juanistas», que abundan en el grupo que la rodea y están envalentonadas y más osadas en su acción con la marcha de la guerra.
Incluyo nuevos informes que hemos recibido. Mándeme siempre,
Q. C. D., M.ª DOLORES DE NAVERÁN
Una vez más, la confidente se equivocaba: la División Azul, tal y como se temía Pilar, sería disuelta a finales de aquel mismo año.
Tras la caída del frente en Stalingrado, Alemania desplegó más tropas en relevo de las españolas. La nueva situación coincidió con el cambio de Agustín Muñoz Grandes por Emilio Esteban Infantes al frente de la División, de modo que, desde mediados de octubre y tras una negociación con las potencias aliadas, hubo una repatriación escalonada de efectivos.
Se preguntará el lector, con razón, a qué «nuevos informes» se refería María Dolores de Naverán al final de su escrito.
Pues bien, de los dos remitidos a Carrero, el que más nos interesa ahora es el segundo, donde se denigra nada menos que al heroico sargento
Luis Nieto de la División Azul, nombrado luego inspector general de Excombatientes; así como a su propia madre, de quien también se asegura que estaba «loca», y a sus hijas, del SEU, «siempre excitadísimas».
Y por si fuera poco, se arremete al final contra José Luis de Arrese, tildándole poco más o menos que de ser un cobarde.
Una vez más, su autora —cuesta creer que fuese monja— se mueve en la delgada línea roja del chismorreo y la calumnia.
Juzgue si no el lector:
[…] Después de regresar ayer de verle a V., se presentó en mi despacho Luis Nieto, falangista Camisa Vieja que ha estado en Rusia en la División Azul, y que además de varias Cruces de Hierro, en las últimas recompensas que se dieron aquí el Día del Caudillo fue condecorado con las Aspas Verdes.
Dicho muchacho es un falangista estridente, más bien algo loco. Pertenece a los «Amigos de Alemania» del grupo de Federico Urrutia [en el Anexo n.º 6 hallará el lector otro informe secreto sobre ese asunto].
El hijo de Luis Nieto Antúnez (que fue presidente de la Diputación Provincial de Madrid, y destituido por hablar en público mal del ministro de Industria y Comercio). El sobrino de ese Sr. también Nieto Antúnez, director de la Escuela Naval de Marín, muy buena persona y que recordará V. que, cuando en el pasado mes hizo la ofrenda a Santiago, dijo con parecidas palabras: «España siempre estará y luchará al lado de la Cruz».
Quiero decir que esta familia Nieto Antúnez es buena, pero la madre del muchacho en cuestión está, a más de loca, siempre excitada, y es muy ambiciosa y creo que sin temor a equivocarme puedo decir que a padre e hijos los mete en danza, los azuza, etc.
Las hijas, hermanas del chico, están en el SEU femenino, siempre excitadísimas.
Luis Nieto, el chico, formó parte de aquella «escuadra» que hubo al terminarse la guerra, estilo FAI, y mató a gente, etc., etc. Creo que con esto queda dicho todo.
Se presentó, pues, ayer él en mi despacho, excitadísimo, enseñándome unas notas en un cuaderno en las que había copiado, al pie de la letra, trozos de los discursos de José Antonio, en los que define el Estado
totalitario y una carta para dirigírsela a Arrese invitándole a que leyese a José Antonio.
Ahora bien, sabemos por triste experiencia que Arrese, cuando se ve acosado, se resguarda en que obedeció órdenes superiores: incapaz el hombre de sacrificarse y pudiera derivarse de ahí algo enojoso para España.
Y reservamos al lector el último y tal vez más insólito párrafo del informe para el momento oportuno…
Dos mujeres
La niña era fea, tenía la cabeza excesivamente gorda y padecía estrabismo. Engracia consiguió lo que se proponía al hacer reconocer a su hija por D. Ramón.
Del informe policial sobre la viuda y la hija de Ramón
Franco
No era la primera vez que los informes confidenciales sobre Pilar y otras personas ajenas a la Falange acababan en manos de Franco.
El mismo año 1939 en que el Generalísimo hizo anotaciones manuscritas en uno de los informes de la red A. P. I. S., conservado en el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca, los sabuesos de la Dirección General de Seguridad en este caso investigaron nada menos que a la viuda y a la hija del valeroso aviador Ramón Franco, muerto en acto de servicio por España el año anterior.
Que el hermano republicano y masón del Generalísimo hubiese combatido en la Guerra Civil del lado de los sublevados, como jefe de la Aviación nacional en Palma de Mallorca, desconcertó primero y acabó enfureciendo a Alfredo Kindelán, máximo responsable del Ejército del Aire, así como a Mola y a Queipo de Llano.
Pero el Generalísimo, nombrado por decreto «Jefe del Gobierno del Estado Español» el 4 de octubre de 1936, tenía «todos los poderes del nuevo Estado» para tender la mano a su hermano menor en un noble gesto de reconciliación.
En la decisión de Ramón de luchar en el bando nacional pesó sin duda el cobarde asesinato de su amigo Julio Ruiz de Alda, a manos de izquierdistas, en la cárcel Modelo. Su muerte le conmovió. Aunque no pensara como él, Julio jamás dejó de ser su amigo.
El hermano menor de Ruiz de Alda, Pablo, tan falangista como él, glosaba en enero de 1939 la gesta que ambos culminaron en 1926, cruzando el Atlántico Sur en compañía de Durán y de Rada: «Y hoy — escribía Pablo entonces— que ya Ramón Franco y Juan Manuel Durán y Julio han volado gloriosamente a la cima suprema del sacrificio, sé que me acompañáis todos en el dolor de su recuerdo y que con este nuestro estilo austero os cuadráis brazo en alto ante la tripulación del Plus Ultra y gritáis el ¡Presente! ritual».
Incluso fray Justo Pérez de Urbel, director espiritual de la Sección Femenina, publicó aquel mismo año de 1926, en Barcelona, su libro Plus Ultra. Relación del glorioso vuelo del comandante Franco y de sus compañeros, desde el puerto de Palos al de Buenos Aires.
Abandonó así finalmente Ramón Franco su cargo de agregado aéreo en la embajada de la España republicana en Washington, para embarcar con su esposa e hija en el trasatlántico que zarpó de Nueva York rumbo a Lisboa.
A finales de octubre de 1936, el barco atracó en su destino y él, que aún conservaba el pasaporte diplomático de la República, tomó con su familia un coche hacia el puesto fronterizo de Fuentes de Oñoro, provincia de Salamanca, donde se encontró con su hermano Nicolás y este a su vez le condujo hasta el Cuartel General del Generalísimo.
Pero dos años después, el 28 de octubre de 1938, el hidroavión que pilotaba Ramón cayó en picado al abismo, en aguas de Palma de Mallorca, minutos después de despegar. Algunos calificaron la trágica muerte de simple accidente; aunque otros, incluida su hermana Pilar Franco, aseguraron que había sido un sabotaje.
Sea como fuere, el informe policial sobre la viuda y la hija de Ramón era cruel y despiadado: mezclaba datos fidedignos, obtenidos de instituciones públicas, con falsos testimonios y pistas engañosas para ofrecer un aire de verosimilitud.
¿Quién lo encargó…? La propia Pilar Franco manifestaba, en sus memorias: «Supongo que fue el Caudillo quien ordenó que se efectuara dicha investigación».
¿Iba acaso a remover la Dirección General de Seguridad, por su cuenta y riesgo, en la vida privada de dos mujeres tan señaladas sin que Franco lo supiese?
El mero hecho de que la segunda esposa del hermano menor del Caudillo, Engracia Moreno Casado, fuera considerada su viuda era motivo suficiente para incomodar al régimen, como luego veremos; lo mismo que la única hija de Ramón reconocida por este, Ángeles Franco Moreno, llevase tan distinguido apellido.
Engracia había cometido otro «pecado» imperdonable: posar como modelo para la célebre alegoría de la Segunda República, con veintitrés años, tocada con el mismo gorro frigio que Marianne, personificación de la República francesa que guiaba al pueblo en el conocido cuadro pintado por Delacroix en 1830.
El rostro deslumbrante de Engracia estampado en aquella alegoría tampoco era anónimo, como se creía, sino obra del cartelista valenciano Luis Dubón, que durante la Guerra Civil había trabajado en los talleres de la Alianza de Intelectuales Antifascistas.
Retomando el informe policial que nos interesa, conocidos autores como Ramón Garriga y José Antonio Silva mencionan en sus libros respectivos la existencia del mismo, pero ninguno de ellos lo reproduce.
Hace ya más de cuatro años, en una de mis visitas a la Fundación Nacional Francisco Franco, que me abrió generosamente las puertas de su magnífico archivo, pude localizar al fin el insólito dossier entre centenares de documentos digitalizados.
Para elaborar sus resultados, resumidos en poco más de cinco folios, los sabuesos del nuevo régimen removieron registros civiles en busca de partidas de nacimiento y certificados de matrimonio, escudriñaron en juzgados y notarías, solicitaron padrones municipales de habitantes, y recabaron también, por qué no decirlo, testimonios y chismes de conocidos y vecinos.
¿Qué perseguían con tan celosas pesquisas?
Vale la pena reproducir el informe completo antes de extraer conclusiones.
Dice así:
Engracia Moreno Casado nació en Alcubilla de Avellaneda (Soria), en donde pasó su niñez con sus padres Tomás Moreno y Ángela Casado, y sus hermanas Petra y Guadalupe.
El padre fue herrero en el pueblo, por lo que ellas eran conocidas por
«las herreras».
Al morir aquel, no tardó mucho tiempo [sic] para que su esposa estuviera señalada en el pueblo de inmoral porque hacía contacto carnal con hombres de la localidad. Esto fue una de las causas que motivaron su salida del pueblo con sus hijas, pasando a residir en Burgo de Osma. En este pueblo, Engracia estuvo de niñera en casa de un tal Eloy, dueño de una fábrica de harinas, y su hermana Petra de sirvienta.
Petra fue deshonrada por un individuo del pueblo apodado «El Soguero»; y por esto y la conducta inmoral de la madre [sic] fueron causas para que haciéndoselas la vida difícil en dicho pueblo decidieran trasladarse a Madrid.
Ya en Madrid, la madre [estuvo] de portera en un convento, Engracia de cocinera, y sus hermanas Petra y Guadalupe de sirvientas. Fue donde Engracia conoció al que luego había de ser su amante y padre de su hija, que tuviera en Barcelona.
Este individuo es natural de Madrid, llamado Leoncio Álvarez del Valle, de cuatro años de edad más que Engracia, y se dedicaba en Madrid y provincias a hacer exhibiciones en los circos y espectáculos de esta índole, que consistían en excentricidades tales como tragarse un reloj, monedas, sables, etc.
Se hizo novio de Engracia y la llevó consigo utilizándola en sus trabajos, auxiliándole [sic] en facilitarle durante su actuación los objetos que se tragaba.
Así recorrieron juntos varios puntos de España, y donde principalmente trabajaron fue en los circos de Barcelona, en donde él se afamó por haber llegado en sus trabajos a conseguir tragarse una bombilla encendida que se transparentaba a través de la pared abdominal, y entonces Leoncio se aplicó el nombre artístico de «Kanisca», por el que es muy conocido en su ambiente.
Pasaron después a trabajar al extranjero, principalmente a Francia, en cuyo país le cogió a «Kanisca» (Leoncio) la edad del servicio militar y no regresó a España quedando en aquel país como prófugo.
Tal vez cansada Engracia de estar con «Kanisca», quizá aprovechando la circunstancia de ser este prófugo, el caso es que aquella cogió al repetido «Kanisca» unos miles de francos (se cree que 6000) y regresó sola a Barcelona desde Francia. Con aquel dinero tomó lecciones de música y cante, compró algún vestuario, y empezó a trabajar como
canzonetista en los cabaret de Barcelona denominados Apolo, Pompeya, y algún café cantante [sic], con el nombre artístico de Dolores Moreno.
Ella por entonces hace vida licenciosa sin limitación; su madre y sus hermanas, ya en Barcelona, Guadalupe entra en relaciones íntimas con un militar con el que hace vida militar y Petra pretende hacerse artista como su hermana Engracia. No lo consigue Petra y se emplea de dependienta en los almacenes «El Siglo» y allí conoce a un individuo llamado Dimas Rodríguez de la Vega, ayudante de minas, casualmente cuando este iba de compras, y con él se une a hacer vida marital yéndose a vivir a la calle Provenza 424 entresuelo, puerta primera.
Con él continúa actualmente viviendo Petra y ha tenido dos hijos. (Dimas Rodríguez es el que después habría de ser padrino de boda de Engracia, y está al tanto de todo lo relacionado con el asunto que nos ocupa.)
Vuelve «Kanisca» a Barcelona (se cree que con falsa documentación), y reanuda sus relaciones íntimas con Engracia. Fue entonces cuando esta quedó embarazada de él. «Kanisca» se ausenta de nuevo y en su ausencia nace la niña.
Este nacimiento ocurre en la calle Pi y Molist número 2, piso 1.º, puerta 1.ª (barrio de Horta). Es de suponer que a este domicilio vino Engracia solamente a salir de su cuidado, en compañía de su madre, pues entran en la casa con contrato a nombre de la madre, en diciembre del año 1927 y salieron en los primeros días de abril siguiente.
Engracia llamaba la atención entre la vecindad por su manera de vestir ostentosa que desentonaba con la de la vecindad y el sitio, toda gente modestísima así como la casa, por cuyo piso pagaban 45 pesetas al mes.
Engracia hace allí manifestaciones (así como su madre) de que el padre de la niña es artista, significando que «se tragaba sables y cuchillos y bombillas eléctricas», y que la tenía muy abandonada y falta de recursos, agregando que creía que por entonces se hallaba en Madrid.
Algunos vecinos de la casa la ayudaron cuando nació la niña, principalmente la esposa de un tal Vicente Barraxina, que también tuvo un niño por entonces, la que amamantó alguna vez a la hija de Engracia, y la madre de aquella, llamada María Zaragoza, que cogía y asistía muchas veces a la niña diciendo que ni su madre ni su abuela sabían asistirla ni alimentarla, además [sic] que se ausentaban de su domicilio dejándola a su cuidado.
Estos comentarios los hace María Zaragoza (así como lo de que el esposo de Engracia y padre de la niña «se metía cuchillos en la panza» y que, según le decía Engracia, las tenía abandonadas a causa de sus trabajos de artista de constante viaje) un día precisamente, en casa del administrador de la casa en que vivían, Sr. Nialet, domiciliado en una
«torre» próxima, y a la esposa y cuñada de este señor.
Como pruebas documentales del sitio de nacimiento y paternidad de la niña, existen en los libros registros del Ayuntamiento de Barcelona y Juzgado municipal del distrito de Horta respectivamente, las inscripciones que copiadas literalmente se adjuntan al presente informe señaladas con los números 1 y 2 [los documentos no se hallaban entonces junto al informe en la Fundación Nacional Francisco Franco].
(Los testigos del acta de nacimiento de la niña, Ángel Sadornil López y Juan Gracia Mora, se trata: el primero de un guardia civil que por entonces era a la vez ayudante de oficial en aquel Juzgado y reside en igual domicilio; y el segundo, el alguacil de dicho Juzgado que aún lo es actualmente. Los que circunstancialmente fueron testigos, como lo eran en distintos casos, por una propina, dado el sitio y puesto que en el repetido Juzgado ocupaban).
A la niña se le puso por nombre Ángeles Leoncia: Ángeles se llama la madre de Engracia, y Leoncio su «esposo», padre de la niña.
De la calle Pi y Molist se trasladan a vivir a la calle de Cabañes número 60, piso 2.º, puerta 1.ª, Engracia, su madre y su hija.
Por entonces vuelve Leoncio a Barcelona y convive con Engracia en este nuevo domicilio corto tiempo. Como prueba de que vivió en dicho domicilio con Engracia existe en el Padrón General de Habitantes de 31 de diciembre de 1930 de Barcelona, distrito 2.º, sección 7.ª, cédula número 100, la siguiente inscripción:
Casa propiedad de Francisco Martínez, n.º 60, piso 2.º, puerta 1.ª de calle Cabañes.— Ángela Casado Boillos, hem., 51 años, viuda, sus labores, madre, de Cantalucia (Soria), residencia legal en Barcelona 5 años, clasificación, vecina.— Engracia Moreno Casado, hem., 22 años, soltera, artista, hija, de Alcubilla de Avellaneda (Soria), residencia legal en Barcelona 5 años, clasificación, vecina.— Ángeles Moreno Casado, hem., 2 años, soltera, nieta, de Barcelona, clasificación, domiciliada.— Leoncio Álvarez del Valle, var., 26 años, artista, huésped, de Madrid, residencia legal en Barcelona 8 años, clasificación, vecino.
«Kanisca» (Leoncio) y Engracia tienen frecuentes altercados por la vida licenciosa de esta, así como por la conducta de él que gastaba cuanto dinero ganaba, que a veces era abundante, en diversiones sin que atendiera a su hija y a la madre debidamente.
Se ausenta prontamente «Kanisca» de Barcelona y Engracia trabaja como canzonetista de tangos argentinos, con el nombre de Dolores Moreno, en el cabaret denominado Apolo. (Tiene por entonces un nuevo embarazo por el que sufre una operación quirúrgica que la deja imposibilitada de tener hijos).
En este domicilio de la calle Cabañes también hacía manifestaciones Engracia de que su marido y padre de la niña, por ser artista, tenía que viajar siempre por lo que se hallaba ausente. Precisamente a la portera que había entonces en dicha casa, esposa de un tal Tomás Bergüa, que actualmente viven [sic] en la calle de las Flores número 12, segundo piso, hizo más de una vez esas manifestaciones.
Engracia recibía pocas visitas. Salía a trabajar al cabaret por las tardes y noches, y regresaba a altas horas de la madrugada. No obstante, ocurrieron en este domicilio de Engracia algunas «juergas» a las que concurrían un marino amigo de ella, y el tal Dimas Rodríguez, amante de la hermana Petra.
De cuanto allí ocurriera de cosas de esta índole y demás, sabe una paisana de Engracia que vive en el último piso del mismo domicilio y que era su mandadera.
Estuvieron unos dos años en este domicilio y se mudaron a la calle Floridablanca 27. Aquí también frecuentaba [sic] el marino, con quien tenía relaciones íntimas.
Ya aparece en este domicilio de Floridablanca D. Ramón [Franco]. Con él hacía tiempo que se relacionaba Engracia y por su causa tenía frecuentes discusiones Engracia con su madre, porque esta decía que no hiciera caso a D. Ramón, que era muy alocado, y sí al marino que era más formal y daba más dinero.
Se aparta Engracia de otras amistades de hombres y ya prevalece la de
D. Ramón, que hace vida íntima con ella en esta casa. Deja de trabajar en los cabaret y se aviene a vivir costeada por este.
De la calle Floridablanca se van a vivir al barrio de la Bonanova, ya con D. Ramón. Fue en este último domicilio a donde fue por última vez
«Kanisca» en busca de Engracia y de la niña, instándola a que se marchara
con él, o si no, a que le dejara llevarse a la niña. Fue recibido por Ángeles Casado, la madre de Engracia, y amenazado por aquella con que si volvía a insistir en ello sería puesto en conocimiento de D. Ramón y este procedería en consecuencia.
«Kanisca» no volvió más. Sufrió mucha indignación y hacía referencias de lo ocurrido entre sus amistades y de que su mujer (Engracia) se portaba muy mal con él, no le quería dejar a su hija y que la iba a matar. En este sentido se expresó en más de una ocasión a su agente artístico José Cariteu, el que actualmente vive en la calle Pelayo número 5, entresuelo
1. ª puerta.
«Kanisca» después se ausenta de Barcelona y, que se sepa, no vuelve a intentar relacionarse, aunque sí desde el extranjero le escribió.
En enero de 1935 se trasladan a vivir a la calle Cerdeña 332 principal,
2. ª puerta, y también reza el piso a nombre de Ángela Casado Boillos, madre de Engracia, yendo con ellas D. Ramón.
En 24 de julio del mismo año, D. Ramón se casa con Engracia, como consta en el acta de matrimonio existente en el Juzgado número 2 de Barcelona, y cuya copia literal se acompaña a este escrito señalada con el número 3.
En 29 del mismo mes y año comparece D. Ramón ante el notario de Barcelona don Antonio Arenas y Sánchez del Río y otorga testamento en el que hace constar que reconoce como hija suya a la niña Ángeles Moreno Casado a que se refiere el acta número 80, tomo 49 de nacimientos, folio 94 v., del Registro Civil del Juzgado número 12, distrito de Horta, Barcelona.
Engracia hacía manifestaciones entre sus íntimos y familiares diciendo que procuraría conseguir dar buena situación a su hija, pues temía por su suerte dado que era feúcha y no tenía padre reconocido. (En efecto, la niña era fea, tenía la cabeza excesivamente gorda y padecía estrabismo. Engracia consiguió lo que se proponía al hacer reconocer a su hija por
D. Ramón).
Engracia, con su hija Ángeles, están viviendo accidentalmente en Barcelona desde el mes de octubre pasado, y aquí tienen piso puesto, así como casa en Palma de Mallorca.
De lo principalmente interesante que en el presente escrito se refiere están perfectamente enterados mejor que cualquier otra persona, las dos siguientes, residentes en Barcelona:
Dorotea Ortega Lucas, de Alcubilla de Avellaneda (Soria), de 43 años de edad, soltera. Es conocida por Dora; vive actualmente en la calle Margarit 52, y desde primeros del próximo mes y año vivirá en la calle Carmen 35, entresuelo.
Dimas Rodríguez de la Vega, natural de León, de 62 años de edad, casado, ayudante de minas, funcionario del Estado. (Este individuo es el amante de Petra, la hermana de Engracia, a que se hace referencia).
También, pero en [sic] menos: la cuñada del Sr. Nialet, administrador de la casa de la calle Molist n.º 2 (digo: Pi y Molist), que vive con su hermana y cuñado en una «torre» próxima a la casa.
La esposa de Vicente Barraxina, ya viuda, que vive actualmente por el barrio de San Andrés, por «La Reforma», calle Malast. (La madre de esta, María Zaragoza, también ha fallecido).
La esposa de Tomás Bergua, portera de la calle Cabañes, que vive actualmente en la calle de las Flores 12, 2.º piso.
Madrid, 29 de diciembre de 1939. Año de la Victoria
Pero ni Engracia Moreno era una mujer de vida fácil, ni mucho menos Ángeles era hija de aquel ridículo tragasables circense.
El 3 de abril de 1928, Engracia se había personado en el Registro Civil del distrito de Horta para inscribir a su hija sin padre reconocido.
La razón de esa omisión era comprensible, pues Ramón Franco convivía entonces maritalmente con Carmen Díaz Guisasola, con quien se había desposado en Hendaya cuatro años atrás, el 22 de julio de 1924, eludiendo así en Francia el preceptivo permiso del rey de España.
Pese a su condición de militar, Ramón se negó a solicitar la autorización regia para casarse pues no entendía cómo debía someterse a la voluntad ajena, por muy rey que fuese Alfonso XIII, para cumplir una decisión tan íntima.
A las once de la mañana, el teniente de alcalde de Hendaya, monsieur Léon Lannepouquet, declaró marido y mujer a Ramón y Carmen; media hora después, la pareja legal se desposaba ante Dios en la iglesia de San Vicente, en una ceremonia oficiada por el abate Frobbert.
Los testigos fueron dos buenos amigos de Ramón: Pedro Acítores e Hipólito Ostolaza, hoteleros de Hendaya.
Carmen, igual que sucedería luego con Engracia, fue sometida al principio a una campaña de descrédito.
Pilar Franco se lamentaba así, en sus memorias, por la suerte de su hermano: «Ramón fue un héroe nacional malogrado socialmente por su matrimonio con Carmen Díaz, que era una calamidad».
A continuación, la hermana de Ramón dedicaba a su cuñada estos otros «piropos»: «Este desdichado matrimonio le incapacitó [a Ramón] socialmente para alternar en ciertos sectores… Al casarse con la Carmenchu tuvo que apartarse de todo, pues a ella, naturalmente, no se la aceptaba. Más adelante Carmenchu lo abandonó por un marino… Ramón, por culpa de Carmenchu, pasó de relacionarse con la más alta aristocracia a codearse con gentes de los bajos fondos… Carmenchu era de una cultura muy baja. Una mujer arrabalera de rompe y rasga».
Pero acto seguido, Pilar Franco hacía una interesante revelación: «Paco tuvo mucha razón al querer anular aquel matrimonio».
¿Intentó realmente el Caudillo anular el primer matrimonio de su hermano Ramón? ¿Barajó tal vez, antes de su trágica muerte, la posibilidad de que su hermano, a quien quería mucho y había permitido instalarse con Engracia en Palma de Mallorca, pudiese desposarse con esta por la Iglesia tras la Guerra Civil?
Pese a enjuiciar a Carmen Díaz Guisasola, la hermana del Caudillo reconocía que solo la había visto una sola vez en su vida: «Fue en El Ferrol, donde había ido con Ramón a conocer a mi madre. Aquella vez recuerdo que estuvo normal. De ninguna manera la podíamos aceptar en la familia. No tenía ni el más mínimo requisito para que esto fuera posible…
¡Cómo podíamos aceptar a una mujer así en nuestra familia!».
Conozcamos ahora los hechos. La primera vez que Carmen vio a Ramón fue a mediados de 1923. «No era alto —recordaba ella, años después—, apenas un metro sesenta centímetros, tenía algo de tripa, y su pelo rizo había comenzado a desaparecer, pero yo no veía nada de eso. Solo sus ojos. Ni siquiera su uniforme con las alas de aviador y el pasador de la Medalla Militar».
Les presentó su amiga Ángeles Argüelles. Carmen tenía diecinueve años y Ramón, veintisiete.
Ella residía temporalmente en casa de unos primos, en Madrid. Acababa de completar el bachillerato en París, en el colegio del Sagrado Corazón de la calle Sainte Dominique, muy cerca de la Torre Eiffel.
Había nacido en el bello pueblecito cántabro de Castro Urdiales, pero siendo muy pequeña tuvo que trasladarse con su familia a París, donde su padre, ingeniero industrial, entró a trabajar en la Régie Renault.
Luego, su padre abrió un gran garaje con taller de reparación y alquiler de automóviles en Irún, donde residía su familia cuando ella conoció a Ramón en Madrid.
Ella misma evocaba: «Confieso que me enamoré de él totalmente, porque toda su persona, una desarreglada persona por cierto que siempre llevaba el uniforme arrugado, emanaba un extraño magnetismo y un atractivo que lo convertía en el príncipe azul de mis sueños de colegiala».
Muy pronto, las tías de Carmen repararon en aquel furtivo noviazgo, del cual informaron al rígido padre y a la piadosa madre, descendiente nada menos que del cardenal Victoriano Guisasola y Menéndez (1852-1920), que fue obispo de Osma, Jaén y Madrid-Alcalá, y arzobispo de Valencia y Toledo.
La enamorada tuvo que volver así resignada a Irún; pero Ramón no se dio por vencido y la visitó allí, pidiendo poco después su mano.
Carmen era una mujer de su época, que enseguida empezó a preparar animosa su ajuar. Se pasaba los días aprendiendo de su madre todas las tareas del hogar: cocina, costura, plancha… y por supuesto, a bordar con ilusión la ropa de su dote: manteles y sábanas en las que ella misma puso las iniciales «F/D» (Franco/Díaz) con primorosas figuras de hilo de seda.
«Mis padres —explicaba ella— le aceptaron pero sé que su familia no quería que se casara conmigo, ya que aspiraban a “algo más” para Ramón… Pero yo tenía el cariño de Ramón y no me importaba lo que opinara su familia.»
La pareja, entonces, se casó. Pero los cónyuges, desposados por la Iglesia, acabaron divorciándose en plena República, acogiéndose a la Ley del Divorcio de 2 de marzo de 1932.
En la demanda presentada por el abogado de Ramón, Eduardo Morales Díaz, a instancias de la propia Carmen, se aludía así a los motivos de la ruptura: «Desde el comienzo principió a dibujarse en sus caracteres una línea divisoria de tal naturaleza que bien pronto uno y otro pudieron apercibirse de que era imposible la vida en común. No obstante ello siguieron reunidos, creyendo que la cortesía consiguiente a una educación esmerada les podría hacer soportar lo que comenzó en diferencia de apreciaciones y terminó en mutua antipatía, siguiendo la mujer la
accidentada vida militar del comandante, pero con la natural y consiguiente repugnancia cuando los azares y preocupaciones del matrimonio no están guiados por un recíproco amor y se inspiran solo en las normas de una fría convivencia social».
Transcurrido el plazo legal de tres años de separación, la pareja obtuvo el divorcio. Pero solo se consideraba válido a los ojos de Dios el primer matrimonio de Ramón Franco, que jamás fue declarado nulo por un tribunal eclesiástico.
En cuanto se hizo con el poder, el Caudillo impulsó además la Ley del 23 de septiembre de 1939 que derogaba el divorcio.
Anteriormente, mediante la Ley del 12 de marzo de 1938, se habían dejado ya sin efecto los matrimonios civiles celebrados durante la República. Luego, el 22 de septiembre se anularon las inscripciones en el Registro Civil; y el 22 de abril del año siguiente, se estableció la obligación de inscribir los matrimonios canónicos celebrados durante el régimen anterior.
La derogación de la Ley del Divorcio fue uno de los principales objetivos de la jerarquía católica española, que desde 1937 negociaba ya con Franco este y otros aspectos de la legislación laica para devolver al país el sentido tradicional católico.
El propio cardenal primado de España, Isidro Gomá y Tomás, se había reunido con Franco el 3 de marzo de 1937 para trasladar al Generalísimo su rechazo a la Ley del Divorcio: «Varios prelados —explicó Gomá, luego
— me habían significado la conveniencia de que se derogara la Ley del Divorcio, atentatoria contra el dogma, la moral y la vida de la sociedad».
De modo que tanto el divorcio, como el segundo matrimonio civil de Ramón, eran papel mojado.
Aquellas dos mujeres (viuda e hija) se convirtieron así en dos extrañas para el régimen, sin el menor vínculo legal con su difunto esposo y padre.
Pero eso no facultaba a nadie para denigrarlas.
En octubre de 1950, cuando contaba veintidós años, Ángeles acudió a la consulta del afamado urólogo Antonio Puigvert, a quien su madre conocía desde 1942, para pedirle que fuese su padrino de boda y la entrara del brazo en la iglesia porque no quería que nadie más que él supliese a su padre muerto.
A sus parientes de El Pardo no quería verlos ni en pintura. No podía entender la decisión que le impidió a ella y a su madre asistir al entierro de
Ramón en Palma de Mallorca, doce años atrás; ni tampoco que, desde las altas instancias del Estado, se hubiese sustituido en el Registro Civil su nombre completo por el de Ángeles Moreno, sin el apellido Franco.
Nadie pudo evitar, sin embargo, que en su partida de defunción, archivada en el libro 272 de la Sección Tercera del Registro Civil de Barcelona, figurase como «Ángela Franco Moreno, hija de Ramón y de Engracia».
El doctor Puigvert amortajó a Ángeles con sus propias manos, el 30 de abril de 1976.
Luego su esposa, Elena Salvador, compró una sepultura en el cementerio del Sudoeste (hoy cementerio de Montjuïc) para que pudiera ser enterrada.
En el ángulo superior izquierdo de la lápida había una pequeña cruz y justo debajo, cincelado también sin pintura, el nombre completo de ella, con el apellido Franco, seguido de sus fechas de nacimiento y muerte:
«1-IV-1928. 30-IV-1976».
Descanse ya para siempre en paz.
Historia de una amistad
Pilar está enamorada de Ridruejo.
MARÍA DOLORES DE NAVERÁN a Carrero Blanco
Reservamos al lector el insólito colofón que la confidente de Carrero Blanco, y en última instancia de Franco —la monja María Dolores de Naverán, secretaria general de la red A. P. I. S.— dedicaba a nuestra protagonista Pilar Primo de Rivera en su informe del 14 de octubre de 1943:
Antes le dije, y guarde por Dios secreto de esto —rogaba Naverán a Carrero—, salvo para el Caudillo por si le sirve para utilizar alguna fuerza contraria, que Pilar está enamorada de Ridruejo y que este y sus hermanas influyen enormemente en ella.
Pero debo añadir que Suanzes podría contrarrestar mucho esto, puesto que la acompaña mucho y parece, a su vez, enamorado de Pilar.
Como el otro sentimiento de esta no se vio nunca correspondido, por fuerza tiene que ser poco profundo, y en la Sección Femenina nos parece que acabará casándose con Suanzes (con lo que saldría ganando), pues va notándosele simpatía creciente por este. ¿Y no podría influir ahora este Sr. para calmarla?
Me limito a decírselo, pero ¡por Dios! Que no se tome en boca de Pilar, que es merecedora de todo respeto, por ella misma y por su hermano José Antonio.
Le avisaré de cuanto haya. Pidiendo mucho,
Q. C. D.
Antes de nada, si José Antonio —al que invocaba con deferencia la autora del informe, como a Pilar— levantara la cabeza… ¿Hubiese consentido que murmurasen así de su hermana a sus espaldas desde las más altas instancias del Estado?
Unamos ahora las frases separadas que aluden al presunto affaire
amoroso de Pilar con Dionisio Ridruejo, para ocuparnos a continuación
del mismo y analizar en el siguiente capítulo el segundo de los pretendidos romances.
Insistamos en lo que dice María Dolores de Naverán: «Pilar está enamorada de Ridruejo… Como el otro sentimiento de esta no se vio nunca correspondido, por fuerza tiene que ser poco profundo».
De este modo Pilar, según la espía, estaba enamoriscada de Ridruejo pero no era correspondida por él.
¿Cómo averiguar si esto era o no verdad? Ninguno de los testigos supervivientes de aquellos años, que se cuentan con los dedos de una mano, está en condiciones de confirmar los sentimientos de Pilar hacia Ridruejo; tampoco Ana María de Azpillaga, que trató estrechamente a la directora de la Sección Femenina y con quien me entrevisté largamente, como ya sabe el lector, mientras componía estas páginas; ni mucho menos su amigo José María Velo de Antelo, depositario de importantes confidencias de Pilar, pero a quien esta, siendo encima varón, difícilmente iba a confesarle sus amoríos.
De entre los Primo de Rivera, su sobrina nieta Rocío tampoco dice nada sobre el asunto, pese a hablar en su día con Icha Cuesta, la secretaria personal de Pilar durante más de cincuenta años; y lo mismo que Rocío, otros miembros de la saga familiar tampoco recuerdan el menor detalle sobre el asunto.
¿Entonces…? ¿De qué medios disponemos para acercarnos lo más posible al conocimiento de la verdad?
Contamos, por fortuna, con una fuente muy importante: la correspondencia cruzada entre Pilar y Dionisio, la cual nos ofrece pistas de sus respectivas trayectorias vitales en aquellos años para poder discernir en parte si lo que sostenía María Dolores de Naverán, en su informe a Carrero Blanco, tenía o no visos de realidad; y disponemos también de las reveladoras memorias del propio Ridruejo.
En el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca se custodia una carpeta dedicada por entero a Dionisio Ridruejo, que contiene, entre otros muchos documentos, las cartas microfilmadas que recibió de Pilar; esta, a su vez, conservaba alguna que otra epístola y varias postales de él en su archivo privado.
De entre las seis cartas seleccionadas de Pilar a Dionisio, la primera aparece fechada el 13 de junio de 1937, en plena Guerra Civil.
Llama la atención la cuidada y recta caligrafía de su autora, así como el escrupuloso respeto a los márgenes, en claro contraste con la letra de las restantes cartas correspondientes a los años 1941 y 1942, principalmente, que aparece ya un tanto deslavazada y orientada hacia la derecha (remito al lector al interesante informe grafológico de Pilar reproducido en el Anexo n.º 3).
La epístola inédita, datada después de producirse los sucesos de Salamanca en torno al Decreto de Unificación de Franco, dice así:
Me hubiese gustado hablarte de mil cosas relacionadas con nuestra España, pero no ha podido ser, además no importa pues todas ellas las habrás tú ya pensado y meditado, pero sí quiero antes de que te marches decirte que dejas una amiga que te estima y está decidida a ayudarte.
«¿Cómo?», dirás. Espiritualmente.
Desde ahora tienes en mí un verdadero apoyo moral, te lo aseguro. Crees, como yo, fuertemente en Jesucristo; te prometo pedirle cada [subrayado en el original] día por ti, para que dirija y divinice toda tu actividad pues ya sabes que Cristo no ha venido solamente a fundar una escuela de Santos sino también y sobre todo a dar sentido y valor a todo esfuerzo de la criatura.
Por ahora me es imposible cooperar de otro modo, pero te aseguro que en este terreno invisible pero de una potente realidad haré cuanto pueda.
Creo que has de tener ratos muy penosos porque te adularán, te cargarán, te envidiarán, muchos no te comprenderán, porque es enorme lo que hay que hacer y ¡nos sentimos tan poca cosa…! No te desanimes nunca, ten fe firme y si te puede servir de alivio o reposo, piensa que tienes en mí una segura y fiel amiga.
Te hablo con toda franqueza y sencillez, como me atrevo con muy pocas personas. Te pido para probarme que comprendas y aceptes mi amistad, que guardes para ti solo estas líneas y no contestes a ellas, Pilar.
Resulta obvio, a juzgar por estas letras, que Pilar se consideraba entonces amiga de Dionisio; una amiga especial, sí, pero solo en el plano espiritual y, como tal, comprometida a rezar por él «cada día».
Pero ¿sabía ella acaso que él empezaba a coquetear ya con uno de esos amores imposibles que tanto le atrajeron siempre?
Aludimos a Marichu de la Mora, la nieta falangista de Maura, a quien Ridruejo ya había conocido dos años antes de la carta de Pilar, en la casa segoviana de Eva Fromkes, esposa del pintor americano Maurice Fromkes, donde, por cierto, también había coincidido con la hermana de José Antonio, como él mismo recordaba en sus memorias:
En el verano, todavía sin premoniciones, de 1935 vinieron sucesivamente a pasar unos días a la casita segoviana de mistress Fromkes, Blanca Tetuán y Lolita Pedroso. Mis amigos segovianos y yo íbamos cada tarde […]
Blanca me avisó de la llegada de Pilar Primo de Rivera. Venía con una de sus primas. Yo fui a buscarlas, con una de mis hermanas, a un café de la Plaza Mayor y luego dimos una vuelta por la ciudad […]
Pilar Primo de Rivera era una muchacha muy sencilla, poco preocupada de su arreglo y agradablemente tímida que hablaba con voz de niña. En Madrid volvimos a vernos en casa de Blanca […] También visité a Pilar en su propia casa cuando a su hermano lo pusieron en prisión.
Al mes siguiente de conocer a Pilar, Lolita Pedroso llevó a tomar el té a casa de los Fromkes a Marichu de la Mora, que veraneaba en La Granja.
Lolita Pedroso era una de las tres hijas del diplomático conde de San Esteban de Cañongo, apasionada por los asuntos árabes, hasta el punto de aparecer a veces ricamente vestida de blanca novia marroquí en la terracita segoviana. Entonaba Lolita, acompañándose muy bien de la guitarra, canciones que ella misma componía.
Ridruejo recordaba, al cabo de más de cuarenta años, el gran impacto que le produjo ver a Marichu por primera vez:
La señora de Chávarri, que era el nombre de casada de Marichu de la Mora, pertenecía en todo y por todo al tipo de señora de «sociedad», aficionada a la literatura y la política, de aquellas que aún ejercían en el Madrid de entonces —y quizá de ahora— una cierta influencia de salón […]
La señora de Chávarri causó, como era normal, bastante impresión en el pequeño círculo provinciano donde vino a caer. Era lógico. Aunque tres veces madre ya, era joven y muy atractiva y poseía todas las destrezas de la vida social «entonada».
Con una voz lánguida y nerviosa, preguntaba por todo, incluso por las cosas que de seguro no podían interesarle mucho, como eran nuestras pequeñas andanzas provincianas, nuestras esquemáticas ideas políticas y nuestros difusos proyectos literarios.
Como de costumbre, llevé a mi nueva amiga a pasear por Segovia y le chocaron los muchos escudos vacíos conservados en las casas que fueron de comuneros y en los que Carlos V hizo picar las armas. Una de esas casas, no lejos del Carmen, grande y cerrada, le intrigó particularmente. Para divertirla le envié, pocos días después, el romance o «leyenda» de
«La Secuestrada» que aparece en alguno de mis libros.
Sin saberlo, Marichu se convirtió aquel día en la musa del poeta a cuya inspiración se deberían, en diciembre de 1935, estos dos versos del Cara al Sol: «Volverán banderas victoriosas/al paso alegre de la paz».
Su composición «La Secuestrada» concluía con una sugestiva pregunta: «¿Para quién guardo mis ojos/cerrados a canto y llave?».
Manuel Penella, secretario particular de Dionisio Ridruejo desde 1971 hasta su muerte, además de insigne biógrafo suyo, rescataba la respuesta que Marichu, de veintiocho años, dató en La Granja para él, de veintidós:
Querido Dionisio: Gracias por el romance […] ¿Estará ella (la secuestrada) lo bastante viva para poder comprenderlo? […] Pero su mantilla de hierro no puede dejar pasar más que una idea —unos versos, un poeta, que es un hombre, tentaciones del demonio. Pobre secuestrada que ya no puede comprender. Dionisio, tu romance es un poco terrible porque tiene su verdad. Y perdona —ella ya es algo tuya— si mi reacción ha sido más humana que romántica. Tu buena amiga…
Acostumbrado a las insulsas cartas de Cándida, la novia juvenil que conoció mientras estudiaba en El Escorial, Dionisio se quedó sin habla, rendido primero ante la belleza física de Áurea, como aludiría él a Marichu en sus poemas, y ahora encima ante su ingenio y agudeza.
Pero no acabó ahí la cosa. Al sábado siguiente, Marichu le invitó a merendar en La Granja, en una casa del siglo anterior con jardín de arboleda fresca, alquilada a la madre de Edgar Neville, donde conoció a la poetisa Ernestina de Champurcín, que se casaría poco después con Domenchina, el poeta secretario de Azaña. Cuando se fueron estos,
apareció por sorpresa José Antonio con Agustín de Foxá. Fue la primera vez que Dionisio y su jefe se vieron en persona, al margen de la liturgia de los actos oficiales. José Antonio apeado de la tribuna.
«El tiempo pasó de prisa», recordaba Dionisio. Se hizo tarde y acabaron los invitados cenando en La Granja con la bella anfitriona y Lolita Pedroso.
Luego, Dionisio propuso aprovechar la luna clara para recorrer Segovia de noche. Poco después, el automóvil con sus ocupantes a bordo tomaba la carretera de circunvalación, hacia el llamado Puente Castellana, desde donde se divisaba el gran espectáculo de la proa del Alcázar segoviano enfilando el paso arbolado de la Fuencisla y el Eresma recogido al Clamores.
José Antonio y Dionisio compartían su atracción por los indudables encantos de Marichu de la Mora.
Mientras componía estas páginas, el hijo de Ridruejo —Dionisio Ridruejo Ros— me confirmó amablemente la existencia de varias cartas de José Antonio a Marichu, escritas durante su estancia en la cárcel Modelo, que fueron destruidas en un incendio. La destinataria de las mismas recompuso luego a mano su contenido, apelando a su memoria.
Ridruejo Ros conserva el original de una de ellas, chamuscada en parte en el interior de un sobre marrón.
En su exhaustiva investigación La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36, la historiadora Inmaculada de la Fuente rescata fragmentos de esas cartas redactadas de nuevo por Marichu en un cuaderno de tapas color verde agua que conservaba Dionisio a su muerte, y de cuyo contenido se desprende una relación que iba más allá de la pura amistad o camaradería.
Como advierte De la Fuente, José Antonio le escribió al menos tres cartas a Marichu desde la cárcel entre mayo y junio de 1936. La falangista las recogía en una estafeta de Correos madrileña para evitar riesgos innecesarios.
En la primera de ellas, datada erróneamente en Alicante el 2 de mayo de 1936, cuando en realidad José Antonio permanecía aún confinado en la cárcel Modelo de Madrid, de donde no fue trasladado a la de Alicante hasta el 6 de junio, el recluso escribía:
Tus cartas son la mayor alegría en mis horas de cárcel […] Te diré que esta temporada de cárcel está siendo, contra lo que me imaginé al principio, la más estéril de mi vida. Perdona que termine con esta confesión que quizá te entristezca. Recibe como prueba de cariño este humilde descubrimiento de debilidad. Renuncio ante ti a la apariencia de héroe. Mira que si te desilusionas: de todas maneras no creo que dejes de seguir queriéndome algo hasta que salga de la cárcel […] No sé por qué te digo esto, a primera vista parece un exceso de actitud autobiográfica un poco impertinente [se refiere a su régimen de vida y horario en prisión], pero sospecho que si tuviéramos el teléfono para hablarnos (el teléfono, odioso aparato que solo tú redimes) terminaríamos por examinar juntos […] el empleo de cada una de nuestras horas. (Si es vanidad, perdona) […] Tus cartas son necesarias hasta para contrarrestarte a ti misma, maravillosa mujer.
En la última misiva, del 9 de julio, le dice a Marichu:
No estoy alegre […] Para mí sería la suprema delicia porque me autorizaría a retirarme de la vida pública sin remordimiento de conciencia […] A mí nadie podrá decirme que para evitarlo yo no haya arriesgado mi comodidad [se refiere a la sensación de menosprecio de quienes manejaban entonces los hilos del Alzamiento del 18 de julio]. La vida es larga y aún somos jóvenes y quién sabe si no volverá a nuestra coyuntura que es la de España. A ti que todo lo entiendes y lo compartes te recuerdo constantemente y te quiero.
La carta sonaba a involuntaria despedida.
Muerto José Antonio, y ateniéndonos a lo que sostiene Manuel Penella, el poeta se decidió a beber ya sin disimulo los vientos por Marichu aquella primavera de 1937 en la que, siendo jefe de Falange en Valladolid, escribió a Pilar.
Empezaba a cortejarla con fulgor, embelesado por su rubia melena y sus ojos como tragaluces, que le inspiraron algunos sonetos de su Primer libro de amor, editado por Yunque dos años después, uno de cuyos ejemplares regaló a Pilar con esta dedicatoria: «A Pilar, primera entre nosotros. Por todo lo que recordamos y esperamos juntos. Fervorosamente, con mi cariño, Dionisio».
Pero tan afectuosas palabras se quedaron en simple retórica comparadas con este soneto ardiente, encendido por Áurea en el alma poética de Ridruejo:
En el camino recto y amparado
por riberas de trigo adolescente,
íbamos juntos, cada cual ausente,
juntos en otro reino entresoñado.
El aire vagamente atormentado
consolaba la niebla del poniente
desordenando luz sobre tu frente
y vistiendo tu paso aligerado.
Loca y grave, con voz de primavera
la palabra en tus labios extrañada
citó al amor para su sed primera.
Y brotaste de ti, como una espada
desnuda, repentina, verdadera,
como yo te vivía y te pensaba.
«La escena —explica Penella— figura en el fragmento autobiográfico Dos horas en soledad, donde he encontrado la pregunta misteriosa: “¿Por qué no te enamoras de mí?”. Como es obvio, él ya estaba enamorado de Áurea».
Pilar sabía muy bien que a Dionisio, como a José Antonio, le atraían los amores difíciles. Pero el de Marichu de la Mora resultaba además imposible para un católico consecuente, pues ella estaba casada con Tomás Chávarri desde marzo de 1929. Y eso, para un seguidor de Jesucristo, a quien Pilar invocaba en su carta a Ridruejo, era más peligroso que jugar con fuego.
En el afán seductor de Ridruejo debió pesar la atracción ejercida por Marichu de la Mora en su idolatrado Ausente. ¿Cabía acaso mayor honor para un camarada que compartir el mismo amor que su jefe, viéndose además correspondido?
Marichu de la Mora dejó a sus niñas con sus cuidadoras y sus padres y se marchó a Salamanca, a la plazuela de San Julián, donde estaba también Pilar… y Dionisio.
Convertida finalmente en delegada nacional de Prensa y Propaganda, Marichu desplazó a Clarita Stauffer, hija del químico de la fábrica de cervezas Mahou, al cuarto escalafón como secretaria nacional del mismo Departamento.
Marichu era y fue entonces, desde 1935 hasta mediados-finales de 1941, la mujer más importante en el corazón de Ridruejo.
Su relación con Pilar era muy distinta, pero no por ello entrañable, como evidencia esta otra carta que ella le envió a Rusia, el 27 de octubre
de 1941, mientras Ridruejo combatía a los comunistas enrolado en la División Azul.
Pilar conocía ya de sobra los sentimientos que su amigo profesaba a Marichu, y por eso le advertía, con cariño: «Dionisio, que seas bueno. Ya sabes lo que te quiero decir…».
He aquí la segunda carta:
Querido Dionisio:
Si vieras cómo te echo de menos, no solo para los asuntos de la S. F. sino también para los de índole particular, porque tengo muchas cosas que consultarte, pero espero que pronto vendrás victorioso y entonces hablaremos de todo.
El otro día organizaron en Escorial [la revista que él había fundado con Pedro Laín Entralgo] un homenaje a la División Azul, en atención a ti se dijeron numerosos versos y Pedro nos leyó una carta tuya. Todo esto coincidió con el parte alemán en donde decían que la División había actuado heroicamente y estábamos todos enardecidos. Desde luego estábamos seguros de que los camaradas se portarían así.
Os estamos preparando un aguinaldo estupendo con revistas y todo para que os entretengáis. También muchas prendas de lana, porque me figuro que estaréis helados.
Dionisio, que seas bueno. Ya sabes lo que te quiero decir. Quizás esta sea una buena ocasión para que pienses en otras cosas. La distancia, la guerra y la virtud procura que te hagan olvidar.
Dale recuerdos a Agustín y a todos los que veas que yo conozca, y recibe tú un cordial saludo de tu buena amiga y camarada, Pilar. Arriba España.
No hay constancia de la respuesta de Dionisio a esta carta; y si existe, no figura en el archivo de Pilar.
Sí se conserva, en cambio, una postal de él enviada a ella el 5 de noviembre del mismo año 1941, a la dirección de la Sección Femenina (calle Almagro, 37), en la que el «soldado número 22 800», como se indica en la hoja oficial del Feldpost (Correo Militar alemán), escribe esto mismo:
Querida Pilar: Debo respuesta a una firma tuya en una tarjeta, a unos cigarrillos y a una o dos postales. Te debo por lo tanto una carta larga que te escribiré. Pero, por si acaso y en anticipo, estas líneas que te dirán que estoy bien, que estoy alegre, que —en un plano más general— estoy orgulloso y esperanzado de ver y estar en el maravilloso espectáculo de calidad que dan nuestros españoles, nuestros camaradas, aquí.
Todo eso que, de por sí, interesante por encima de toda incomodidad inferior, ahora es apasionante y hermoso. No sé de fijo si ahí, en cambio, es o ha sido todo lo mismo. En todo caso me alegro de estar aquí —sin egoísmo— porque merece la pena y hasta la gloria.
Te recuerdo. Te recordamos y hablamos de ti con un inmenso cariño y la fe de siempre.
Un saludo con toda el alma, Dionisio. Arriba España.
Entre tanto, Pilar no se cansaba de escribirle, como el 11 de diciembre de ese mismo año, insistiendo de modo implícito en su relación improcedente con Marichu: «… Le pediré al Señor muy especialmente para que te libre de todos [subrayado en el original] los peligros», escribía.
La tercera carta dice así:
Querido Dionisio:
Próximo ya nuestro VI Consejo no tengo más remedio que escribirte, porque este es el único año que nos vas a faltar, y no sabes cómo notamos tu falta.
No te creas que solo en el Consejo sino también por el aprecio personal que se te tiene. En fin, creo que pronto volveréis victoriosos y seguirás siendo nuestro asesor de la S. F. y el mío personal, que tampoco sería la primera vez.
Más que nada esta carta es para felicitarte las Pascuas. En estos días de Navidad le pediré al Señor muy especialmente para que te libre de todos los peligros.
Por aquí la cosa de Falange parece que se va afianzando, aunque poco a poco. Mucho ha contribuido vuestra actuación tan maravillosa que nos tiene a todos atónitos, aunque ya lo esperábamos.
No sabes lo que ha sido para preparar el aguinaldo. Tu hermana Laly, la que mejor se ha movido. Creo que reconocerás el salmo de la estampa y
que verás en todo la mano de la S. F. Por lo menos con mucho cariño lo hemos hecho.
Que seas muy bueno, ya sabes lo que te quiero decir. Dale recuerdos a Agustín [Aznar] y a todos los camaradas. ¿Por qué no nos mandas algún verso de vez en cuando?
Te saluda brazo en alto con el afecto de siempre tu madrina y camarada, Pilar. Arriba España.
Al año siguiente, 1942, Pilar escribió otras tres cartas que hemos seleccionado del epistolario de Ridruejo, en la primera de las cuales, del 12 de enero, le comenta:
Querido Dionisio:
No sé si recibirías una carta que te escribí cuando íbamos a empezar nuestro VI Consejo. Ayer lo terminamos y no tengo más remedio que volverte a escribir como a nuestro asesor más permanente para que sepas qué bien nos ha salido (g a D.)
Pero te hemos echado mucho de menos y espero que para el año que viene no nos volverás a hacer esta faena. Estoy deseando que volváis Agustín y tú porque hacéis muchísima falta a esta Falange que todavía no ha terminado de asentarse. Nosotros la iremos aguantando como podamos, ya sabes que para mí no cuenta el desaliento, pero venid pronto, que con el prestigio ganado en Rusia y lo grande que es la Falange podremos hacer muchas cosas.
Personalmente también se te echa mucho de menos a pesar de la ingratitud con que nos tratas. Por un lado me alegro de que estés malo porque así descansarás una temporada de lo tremenda que debe ser la lucha.
Te mandé unos libros y un telegrama que no sé si has recibido. También a Enrique Sotomayor y luego me enteré de su muerte. Ese era uno que nunca debía haber caído y es una pena que con la falta de hombres que hay se nos vayan los mejores.
Tienes que venir porque nos haces mucha falta y Agustín también.
No sé si habréis recibido ya el aguinaldo, desde luego os lo hemos hecho con un cariño muy grande porque todo el mundo está admirado de vosotros.
Que seas bueno, ya sabes lo que te quiero decir.
Espero que de vez en cuando me escribirás, aunque ya voy perdiendo las esperanzas por el abandono en que nos tienes.
Dile a Agustín que nos acordamos mucho de él también y que continuamente pedimos para que no os pase nada.
Recibe un cariñoso saludo brazo en alto de Pilar. Arriba España.
Infatigable siempre, Pilar insistía a Dionisio en que fuese «bueno», incluso a su regreso de Rusia, en esta otra carta inédita —la quinta y penúltima que reproducimos completa— del 28 de septiembre de 1942:
Querido Dionisio:
Te mando el Misal que te prometí. La Misa del próximo domingo va señalada con la cinta verde que no tienes más que irla corriendo de domingo en domingo, y el ordinario de la Misa, que es donde tienes que intercalar las variantes de cada domingo, con cinta azul.
Tiene el oficio de Semana Santa y todo lo necesario, lo que hace falta es que no te lo dejes en casa cuando vayas a Misa.
A la vuelta de la playa desierta nos veremos. Que seas bueno. Brazo en alto te saluda afectuosamente tu camarada, Pilar. Arriba España.
El 23 de diciembre, Ridruejo le envió esta postal a la avenida de Calvo Sotelo, 37, donde Pilar residía con su tía:
Querida Pilar: Os deseo a ti y a tía Ma unas navidades felices y un año bastante bueno (no exijamos demasiado). Con el grandísimo afecto de tu camarada, Dionisio.
Desterrado en Ronda (Málaga), tras romper con Franco y el régimen por su falta de carácter falangista, abandonó la Falange y todos sus cargos públicos.
Aun así, Pilar le visitó allí; tampoco dejó de apoyarle, como prueba esta última carta que reproducimos íntegra, en la que, tras tildarle de mujeriego empedernido, le confesaba: «Ya sabes que estamos deseando que te cases…».
Datada el 30 de octubre de 1942, dice así: Querido Dionisio:
En Medina recibí tu carta que me fue remitida, fíjate en qué sitio. Veo por ella que te has aclimatado a Ronda, cosa que no me extraña porque eres fácil para las adaptaciones tanto territoriales como humanas.
Me hizo mucha gracia alguna cosa de las que decías y Laly y yo la estuvimos comentando en mi cuarto del Castillo [de la Mota], donde también tenemos flechas y me parece que hacia abajo.
Ya verás cómo Ronda te sienta bien, es muy sano y tendrás reposo espiritual para estudiar y escribir. A no ser que a estas horas te hayas complicado ya la vida con alguna complicación amorosa, a las que desde luego siempre estás propicio. Mientras no sea un disparate, ya sabes que estamos deseando que te cases, porque sin amor no se puede vivir,
¿verdad?
Escríbeme de vez en cuando y cuéntanos lo que haces, sobre todo que seas bueno para con Dios y hagas versos.
Recibe un saludo de tu camarada y buena amiga, Pilar.
Tras romper con Marichu, Dionisio se enzarzó en otra loca aventura con la condesa alemana Mechthild Von Hese Podewils-Dürniz, quien, además de bella, era una espía a las órdenes directas del almirante Canaris.
Paradojas de la Historia: la misma condesa mantuvo luego una esporádica relación con otro espía, el actor británico Leslie Howard.
Pero las incesantes oraciones de Pilar obraron finalmente lo que parecía un prodigio imposible, y Dionisio contrajo santo matrimonio con Gloria de Ros Ribas, en junio de 1944.
El 6 de diciembre de aquel año, Pilar volvió a escribir a Ridruejo, complacida: «Dale muchos recuerdos a Gloria de mi parte. Si voy por Barcelona me encantará veros y hablar de muchas cosas. Os saluda afectuosamente, Pilar».
¿Era esta la misma mujer que, tal y como informaba María Dolores de Naverán a Carrero Blanco, en octubre de 1943, estaba tan enamorada de Ridruejo?
Todavía en 1948, «ya vividas muchas vicisitudes y angustias», el poeta le hizo llegar su obra Elegías con esta dedicatoria: «A Pilar Primo de Rivera estos cantos de nuestra melancolía que no eximen nuestra esperanza. Con la amistad fiel de Dionisio».
Y de la amistad al amor apasionado mediaba un abismo.
El gran amor
Era encantador. Pilar estuvo bastante colada por él. Ella me lo presentó en una cafetería…
ANA MARÍA DE AZPILLAGA
La espía de Carrero Blanco mencionaba en su informe a un tal «Suanzes», que acompañaba a Pilar en aquella época (octubre de 1943) y que, al parecer, estaba enamorado de ella hasta el tuétano.
El supuesto pretendiente de Pilar era considerado por la informante como un simple naipe de una baraja sentimental que podía neutralizar la peligrosa influencia política e ideológica de Ridruejo, desterrado por el Caudillo en Ronda a causa de su rebeldía.
Recordemos, una vez más, la confidencia de María Dolores de Naverán a Carrero: «[…] Debo añadir que Suanzes podría contrarrestar mucho esto, puesto que la acompaña mucho y parece, a su vez, enamorado de Pilar. Como el otro sentimiento de esta no se vio nunca correspondido [el de Ridruejo], por fuerza tiene que ser poco profundo, y en la Sección Femenina nos parece que acabará casándose con Suanzes (con lo que saldría ganando), pues va notándosele simpatía creciente por este. ¿Y no podría influir ahora este Sr. para calmarla?».
¿Quién era ese «Suanzes», a quien Pilar no cita ni una sola vez en sus memorias, como si para ella jamás hubiese existido?
Escudriñando en sus recuerdos, hallamos este enigmático párrafo suyo:
«Por aquel entonces —escribía Pilar— [mediados-finales de 1938], en Burgos, íbamos algunas noches al hotel Condestable a oír el parte de guerra, y allí conocimos a un grupo de marinos, hecho que para algunas de nosotras fue trascendental. La vida después nos llevó por otros caminos, pero ese conocimiento ha sido, al menos para mí, lo más importante que ha sucedido en mi existencia».
Aludía así ella a un «hecho trascendental», a «lo más importante que ha sucedido en mi existencia»… Y si era tan crucial y pareció dejarla tantísima huella, ¿por qué no fue ella más explícita para la posteridad?
Ana María de Azpillaga, que conoció a Pilar y a su familia desde los años veinte y tuvo oportunidad de tratarla a menudo hasta una o dos semanas antes de su muerte, nos brinda hoy la posible razón de ese llamativo silencio: «Pilar era una mujer muy tímida —asegura—. Cuando vivía su padre, estaba siempre detrás de su hermana Carmen, en un segundo plano. Siempre fue muy humilde, aunque inteligente, pero muy humilde. Era de una sencillez y de una discreción extraordinarias…».
Su propia personalidad pudo impedirle así a Pilar escribir sobre ello, decidida a llevarse consigo el secreto a la tumba… Pero no lo consiguió.
Su sobrina nieta Rocío Primo de Rivera está segura de saber quién era
«Suanzes» en realidad: «Era Pablo Suanzes —afirma—, un viudo con tres niños y una niña que vivía también con una hermana que, igual que tía Ma, hizo las veces de madre y que por lo visto miraba con recelo a la tía abuela Pilar».
Su sobrino, el almirante Saturnino Suanzes, le recordaba así: «Era comandante de submarino, instructor en la guerra y almirante de la flota. También consiguió una medalla militar individual. Era muy echado para adelante, inteligente, religioso y bromista. Le llamaban Pablito porque era bajito. En el mundo de la Marina se cuentan mil historias de él».
Rocío añade sobre el romance: «Al parecer el noviazgo se prolongó unos cinco años, siempre rodeado por un aparente “misticismo”. Hasta el día del ultimátum, cuando Suanzes le propuso casarse si dejaba la Sección Femenina».
La propia secretaria personal de Pilar, Icha Cuesta, refirió a Rocío que sus compañeros cruzaban incluso apuestas sobre el futuro de la relación:
«Los marinos decían: a ver quién va a tener más fuerza, si la Sección Femenina o la Marina».
Pero al final pudo más la Sección Femenina que la mismísima Armada española, a juzgar por los hechos que refiere Rocío: «La tía abuela le dijo que no. Le costó, eso sí, ¡vaya si le costó! En cualquier caso, a pesar de la negativa, siguieron siendo muy amigos y se llamaban con frecuencia para consultarse cuestiones diversas. Ella guardó toda la vida el broche de oro con forma de transatlántico que él le regaló por su santo. Pablo Suanzes murió casualmente el día de la Virgen del Pilar».
Hagamos algunas precisiones sobre lo expuesto hasta ahora antes de hundirnos en las raíces de Pablo Suanzes Jáudenes, nacido el 12 de enero de 1901, en El Ferrol. Empezando porque él no murió «el día de la Virgen del Pilar» (12 de octubre), sino la víspera, tal y como figura en la esquela publicada por su familia en ABC, el miércoles 28 de octubre de 1987, poco más de dos semanas después de su fallecimiento.
Además, el finado no tenía «tres niños y una niña», sino una sola hija y dos varones; es decir, tres vástagos en total: Karin (1926-2006), José María, nacido en 1928, y Jorge, venido al mundo dos años después.
Ambos varones eran militares, como el padre, aunque no marinos: José María, general de división y gobernador militar de Valladolid en 1990; y su hermano Jorge, general de brigada de Artillería desde septiembre de 1987.
El obituario de su padre, publicado en El País al día siguiente de su muerte, nos proporciona más detalles sobre su historial militar.
Dice así:
El almirante en situación de reserva Pablo Suances [sic] falleció en la madrugada de ayer en El Ferrol (La Coruña). Nacido en El Ferrol en el seno de una familia de tradición en la Armada, en 1945 fue profesor de la Escuela de Guerra Naval; en 1950 fue comandante del crucero Méndez Núñez y jefe del Estado Mayor del Departamento de El Ferrol; en 1955 fue contralmirante jefe del arsenal de El Ferrol, y luego jefe de la I División de la flota.
El almirante Suances [sic] también fue comandante general de Baleares y, con el cargo de vicealmirante, comandante general de la flota a bordo del crucero Canarias. Ocupó la capitanía general del Departamento de El Ferrol desde 1963 hasta 1965, fecha en que pasó a la jurisdicción central de Marina, en Madrid, hasta su pase a la reserva.
Ana María de Azpillaga recuerda hoy a Pablo Suanzes con gran cariño: «Era encantador. Pilar estuvo bastante colada por él. Ella me lo presentó en una cafetería, me hizo salir de donde estaba para que le conociera. Él se volvió loco por Pilar, según me contó una de sus hermanas, y ella a su vez por él.
»Se gustaban muchísimo. Cuando él venía a Madrid salían juntos y ella se arreglaba un poco más.
»Al final, él le puso en una difícil disyuntiva: “O sigues con tus chicas de Falange, o te casas conmigo; si nos casamos, tienes que dejar lo de Falange”, insistió. Fue taxativo, pero al mismo tiempo muy noble».
¿Por qué eligió Pilar seguir al frente de la Sección Femenina, en lugar de arrojarse en brazos del que fue sin duda el hombre de su vida?
He aquí la gran cuestión, que Ana María de Azpillaga nos ayuda a despejar en parte: «Había un problema —advierte—: el almirante había perdido muy pronto a su esposa y tenía varios hijos, así como una hermana muy simpática y agradable, que había sido una especie de madre para los chicos y que hacía las veces de “almiranta”. Pilar no quiso desplazarla. Me lo dijo ella misma al cabo de los años: “Con lo que significaba tía Ma para nosotros, no quise suplantar a la hermana de Pablo; y además, las camaradas de Falange me necesitaban”.
»Yo pienso que debió pesar también en su decisión su deseo de no querer dejar sola a su tía Ma, dado que si se casaba con Suanzes no podían vivir todos juntos».
La reflexión de Ana María coincide, en lo que a tía Ma respecta, con las palabras que Antonio-Prometeo Moya atribuía figuradamente a Pilar en una de sus inexistentes entrevistas empleadas hábilmente como recurso para componer una amena biografía:
—La famosa tía María Jesús. Cuando se estudia la vida de ustedes, es un personaje ineludible. Fue quien les educó —comentaba el escritor.
—La pobre —recordaba Pilar—. Incluso estuvo en la cárcel, en Alicante, por culpa nuestra, por querer ayudar a José. Hizo de todo en aquella época, de madre, de enfermera, de espía. Con setenta años recién cumplidos llegó a correr delante de las balas de los rojos. Un día le preguntaron si quería aprender a disparar con pistola y dijo que si no había más remedio, que bueno. Después de la guerra viví con ella hasta que murió.
—¿Por eso no se casó usted?
—Algo contribuyó, supongo.
Pablo Suanzes Jáudenes sabía lo que era sufrir de verdad, como Pilar.
Hijo de José María Suanzes (1867-1945) y de María Dolores Jáudenes (1872-1922), había pasado por un trance similar al de su padre, que perdió a su esposa cuando esta contaba cincuenta años y él, cincuenta y cinco.
Solo que Pablo Suanzes, con treinta y un años, ya era viudo, tras la prematura muerte de su mujer, la noruega Karin Siljeström, con tan solo veinticuatro años.
Una inesperada enfermedad acabó con la vida de ella el 11 de marzo de 1932, en Cartagena, donde su padre, John Otto August Siljeström, consignatario de buques e ingeniero de minas, fue sucesivamente cónsul de Suecia y vicecónsul de Dinamarca.
Sepultada luego en El Ferrol, Karin Siljeström había nacido el 1 de agosto de 1907 en Narvik, una bella ciudad noruega en la provincia de Nordland, en el interior del círculo polar ártico.
El destino quiso también que su padre perdiese, trece años antes de su muerte, a su esposa Signy Schjetlein, el 11 de enero de 1955.
Volviendo al novio de Pilar, Pablo Suanzes Jáudenes era el segundo de diez hermanos nacidos entre 1896 y 1908: María Asunción, Ángela, el propio Pablo, Josefina, Eduardo, Joaquín, Carlos, María Dolores, Ignacio y Ángel.
Casualmente, su hermana mayor, María Asunción, era soltera como la tía Ma y compartía con ella el primer nombre: María. Tenían además en común que ambas ejercieron de segundas madres para los hijos de sus respectivos hermanos.
Pablo Suanzes falleció siendo viudo, a los ochenta y seis años, y sus restos descansan hoy junto a los de su mujer, en El Ferrol.
Pilar tenía entonces cinco años menos que él. Cuando publicó sus memorias, Pablo aún no había fallecido y seguía guardándole en lo más profundo de su corazón, a juzgar por el párrafo donde aludía veladamente a él.
Antes que a él, Pilar había conocido a otro hombre que fue novio suyo durante algún tiempo, pero a quien ni siquiera hacía alusión implícita en sus memorias.
Ana María de Azpillaga nos habla de él: «Se llamaba Perico Varela de Limia, y era gallego, como Suanzes.
»A Perico, que era diplomático, le conocí vagamente. Su relación con Pilar estaba a punto de cuajar cuando estalló la guerra y él, que era entonces cónsul en Tánger, se fue una noche de copas y, bebido como estaba, empezó a hacer comentarios inapropiados en presencia de Luis García de Miera, diplomático como él y amigo de mi marido [Bartolomé
Sagrera Escalas, técnico comercial del Estado]: “Mira que si tenemos que seguir a todos los militares que se han sublevado en España…”.
»Su compañero de carrera tomó buena nota de estas y de otras palabras suyas, y envió el atestado correspondiente. De vuelta a España, pretendieron expulsar a Perico del cuerpo diplomático. Enterada de ello, Pilar recurrió a sus influencias para ayudarle. Salió en su defensa, alegando que él era muy católico y religioso, pero no sé si al final logró que no le echasen…».
El primer novio de Pilar —Pedro Varela de Limia y País— había ingresado en la carrera diplomática en junio de 1930, tras obtener en los exámenes la plaza número 27 de las 34 convocadas.
Por avatares de la vida, Pedro Varela de Limia, «Perico» en familia, concurrió a esas oposiciones junto con Gerardo Gasset Neyra, hermano del abuelo materno de mi esposa Paloma, sobrina nieta a su vez del insigne pensador José Ortega y Gasset y descendiente directa también del general Manuel Gasset y Mercader, distinguido por el rey Alfonso XII con el marquesado de Benzú tras su heroica victoria en la batalla del mismo nombre, en la guerra de Marruecos; así como del fundador del célebre periódico El Imparcial, Eduardo Gasset y Artime, bisabuelo suyo, que fue luego ministro de Ultramar durante el efímero reinado de Amadeo de Saboya.
Gerardo Gasset fue el número 4 de su promoción, de la que, además del mencionado Perico, formaban parte otros hombres ilustres como Agustín de Foxá (número 12), Mario Ponce de León (número 21) o Juan Pablo de Lojendio, que fue el número uno.
El novio de Pilar pertenecía a una egregia familia de Galicia. Su padre, sin ir más lejos, era José Varela de Limia y Menéndez López de Leis y Jove-Huergo, vizconde de San Alberto, además de caballero de la Orden Militar de Santiago, maestrante de Ronda, gentilhombre de Cámara de Alfonso XIII, consejero del Banco de España y senador del Reino, entre otras distinciones.
Perico era el único hijo varón entre cuatro hermanas: María de la Concepción, María del Carmen, María del Pilar (condesa de Torre-Cedeira) y María Teresa, quien, lo mismo que la tía Carmen, era monja, pero de la Congregación de las Hijas de Jesús.
Tras el estallido de la Guerra Civil, las verdaderas preocupaciones de Pilar transcurrieron por distintos derroteros que los de Perico Varela, que
acabó desposándose con María Luzdivina Camín al término de la contienda.
Durante la posguerra, Perico se distinguió en sus ratos de ocio por ser jugador y árbitro de «bridge» (juego de cartas con baraja inglesa): en mayo de 1949 arbitró así el Primer Campeonato de Bridge de Madrid, y al año siguiente compitió contra el marqués de las Marismas y el conde de San Esteban de Cañongo en un torneo celebrado en los salones del Real Automóvil Club de España.
Pilar debió enterarse de su muerte en Madrid, acaecida el 3 de diciembre de 1982, cinco años antes que la de Pablo Suanzes.
«A Pilar —me comenta Ana María de Azpillaga— no debió importarle mucho permanecer soltera. Le gustaba tomarse un whisky cada día, sobre las ocho de la tarde, a veces en compañía de mi marido y mía. También le agradaba comer bien. No se sacrificaba nada para mantener el tipo. Su hermana Carmen le recriminaba por eso: “¡Por Dios, Pilar…! Tienes que ponerte un corsé para disimular la tripa”. Y luego Carmen me decía: “No sabes cuántas veces se lo he dicho, pero no me hace ni caso; me alegro de que tú también se lo digas”.»
Pilar eligió así la soltería, a modo de celibato, para «consagrarse» al legado doctrinal de su hermano mayor.
Con razón, asegura hoy Ana María:
«José fue la persona que más le marcó a ella en su vida, mucho más que su padre y que su hermano Fernando».
Mucho más que el amor conyugal.
EPÍLOGO
El golpe
Mis lealtades serán siempre a España, al Rey [su nombre figura tachado en el original] y a mis muertos, que quiero pensar que no en balde dieron la vida por la Patria.
PILAR PRIMO DE RIVERA, en el borrador de una carta a
Adolfo Suárez
Franco murió la madrugada del 20 de noviembre de 1975; el mismo día, pero de 1936, en que José Antonio, con apenas dos horas de diferencia, fue acribillado a balazos con odio y saña en el patio de la prisión de Alicante.
Los restos mortales de ambos, como todo el mundo sabe, descansan hoy en la basílica del Valle de los Caídos: los de José Antonio, delante del altar mayor, y los de Franco, justo detrás.
Previamente, el 22 de julio de 1969, Franco había anunciado en el Palacio de las Cortes a su futuro sucesor en la Jefatura del Estado a título de rey: Juan Carlos de Borbón y Borbón.
Al día siguiente, por la mañana, se celebró en el Palacio de la Zarzuela el acto solemne de comunicación al príncipe de España del acuerdo alcanzado por las Cortes.
Vestido con uniforme de verano de teniente de navío y luciendo el Toisón de Oro y la Gran Cruz de Carlos III, don Juan Carlos aceptó el acuerdo parlamentario y pronunció a continuación un breve pero diáfano discurso en presencia, entre otras personalidades, del ministro de Justicia y notario mayor del Reino, Antonio María de Oriol y Urquijo.
Proclamó así entonces, a micrófono abierto, el recién nombrado sucesor:
Formado en la España surgida el 18 de julio [de 1936], he conocido paso a paso las importantes realizaciones que se han conseguido bajo el mandato magistral del Generalísimo […] Mi aceptación incluye una promesa firme que formulo ante VV. EE. para el día, que deseo tarde mucho tiempo, en que tenga que desempeñar las altas misiones para las que se me designa, dedicando todas mis fuerzas no solo al cumplimiento del deber, velando porque los Principios de nuestro Movimiento y Leyes Fundamentales del Reino sean observadas, sino también para y dentro de esas normas jurídicas, los españoles vivan en paz y logren cada día un desarrollo creciente en lo social, en lo cultural y en lo económico.
Aquella misma tarde del 23 de julio, Franco fue con el príncipe a las Cortes.
En medio de un silencio sepulcral, poco después de las siete, don Juan Carlos se hincó de rodillas sobre un cojín de terciopelo granate, colocado sobre una tarima de madera, dispuesto a prestar juramento ante un ejemplar de los Santos Evangelios; el mismo volumen ante el que también juraron la reina María Cristina como regente y el rey Alfonso XIII, bisabuela y abuelo, respectivamente, del entonces príncipe.
El presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, Antonio Iturmendi, que diez años antes había dado fe del traslado de los restos de José Antonio de El Escorial al Valle de los Caídos, preguntó ahora al príncipe:
—En nombre de Dios y sobre los Santos Evangelios, ¿juráis lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino?
A lo que don Juan Carlos contestó, rotundo:
—Sí, juro lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino.
Finalmente, Iturmendi le advirtió con sincera responsabilidad:
—Si así lo hiciereis que Dios os lo premie, y si no, que os lo demande.
A continuación, en su discurso ante los presentes, don Juan Carlos se ratificó en su juramento con estas palabras:
Mi General, señores Ministros, señores Procuradores:
Plenamente consciente de la responsabilidad que asumo, acabo de jurar, como sucesor a título de Rey, lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino […] A pesar de los grandes sacrificios que esta tarea pueda proporcionarme, estoy seguro que mi pulso no temblará para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar.
Naturalmente, nadie sabía entonces lo que en realidad pasaba por la cabeza del juramentado. Debieron transcurrir aún veinticuatro años para que el propio don Juan Carlos, convertido ya en rey de España, revelase toda la verdad a su biógrafo José Luis de Vilallonga, durante una de sus conversaciones con él para su libro El Rey (Plaza y Janés, 1993):
—Sé que Vuestra Majestad estaba muy molesto por tener que jurar ante las Cortes el mantenimiento de los principios del Movimiento.
—Sí, porque sabía que incluso si juraba mantenerlos, los principios del franquismo no podían seguir vigentes, pues ello equivalía a admitir que el régimen precedente seguía en su lugar. Pero Torcuato [Fernández- Miranda], sin perder la calma, me decía: «Vuestra Alteza no debe preocuparse. Jurad los principios del Movimiento, que más tarde los iremos cambiando legalmente uno tras otro». Su frase favorita era: «Hay que ir de la ley a la ley». Y así fue como se hizo…
Tres años después, en noviembre de 1996, en conversación ahora con la periodista Pilar Urbano para su libro La Reina, don Juan Carlos se reafirmó en su falso juramento:
—Por lo que acaba de decir, ¿Vuestra Majestad, en 1969, ya pensaba hacer una democracia?
—Sí. Yo pensaba que el franquismo no podría continuar después de Franco. De ninguna manera. Por eso, cuando juré lealtad a las leyes del franquismo y a los Principios del Movimiento, tenía la preocupación de incurrir en perjurio. La misma tarde de la jura telefoneé a Fernández-Miranda y le pregunté: «Torcuato, ¿esto se puede jurar y luego cambiarlo… sin ser perjuro, ni que puedan llamarme perjuro?». Y él me contestó: «Sí. Con toda normalidad. Una ley, del mismo modo que se hace, luego se deshace. Además, esa Ley Orgánica del Estado contiene en sí
misma el principio de su propia transformación. El franquismo legal se puede cambiar desde dentro». Y me repitió lo de «ir de la ley a la ley».
El príncipe consultó así a Torcuato Fernández-Miranda, a quien, en calidad de vicepresidente del Gobierno y ministro secretario general del Movimiento, Pilar envió luego, el 23 de noviembre de 1973, una contundente carta (reproducida íntegra en el Anexo n.º 1), recordándole entre otras cosas que «tenemos una enorme responsabilidad y les debemos una lealtad absoluta a los que murieron».
Pilar compartía con Fernández-Miranda la necesidad de acometer una
«ofensiva institucional», admitiendo incluso que «José Antonio la hubiera hecho», pero insistía en el deber de guardar fidelidad «a las miles de personas que han entregado su esfuerzo sin regatear nada».
La actitud de don Juan Carlos pudo recordar a algunos la de su antepasado el rey Fernando VII, que juró lealtad a la Constitución liberal de Cádiz de 1812, entonando la célebre frase «Marchemos, y yo el primero, por la senda constitucional», para desdecirse poco después de sus palabras instaurando una monarquía absoluta durante la cual persiguió sin piedad a los liberales; o al juramentado prestado también por su abuelo Alfonso XIII para respetar la Constitución de 1876, que al final quedó en papel mojado tras el regio beneplácito a la Dictadura de Primo de Rivera, en 1923.
Confiada, como tantos otros, y por lealtad a Franco, que era quien le había designado al fin y al cabo efectuando el salto dinástico con su Ley de Sucesión de 1947, Pilar Primo de Rivera otorgó su respaldo al rey en una circular dirigida a toda la Sección Femenina el 29 de noviembre de 1975, en la que decía:
Camaradas: después de los acontecimientos que se han producido en España, tenemos una vez más que agruparnos en torno del Rey Juan Carlos, ya que el Caudillo, con su vida y su testamento nos ha dejado un camino a seguir que no supone desde luego, un desmontaje total, como algunos apetecen.
El sistema establecido por las Leyes ha demostrado su validez al producirse un cambio tan radical, sin traumas ni revueltas. Pero alerta hemos de estar porque muchos de los que se unieron al Movimiento quieren volver al sistema de partidos por ambiciones personales.
Por eso interesa que ayudemos con toda lealtad alrededor del Rey en su difícil misión, que ha jurado, apoyada en los Principios del Movimiento y a la que, lleno de buena voluntad y acierto, viene sirviendo desde que aceptó su misión.
Hay que hacer algunos reajustes de organización y prescindir de algunas posturas, porque cuarenta años no pasan en balde en la historia de los pueblos, pero la doctrina de José Antonio base y sustento de estos cuarenta años de política franquista, es actual. Claramente lo ha demostrado el pueblo con su sensibilidad política, al rendir el impresionante y respetuoso homenaje que ha rendido en el momento de morir. El pueblo sin duda formado por el Movimiento. Por eso, una vez más afirmamos nuestros principios. Arriba España.
El 16 de diciembre de 1975, ante el Consejo Rector de la Sección Femenina que le dio su completo respaldo en el Palacio de Oriente, don Juan Carlos respondió con un breve discurso en tono afectuoso:
Si vuestra política es una política de servicio, ya os digo que esa es también mi política: el servicio a España, el servicio a todos los españoles. Y si decís que seréis fieles a Franco por la común empresa realizada con él y por todo lo que le debéis, aún más fiel debo serle yo, que le debo más que nadie. Yo sé de vuestra lealtad, y contamos la Reina y yo con vosotras para la tarea de hacer esta España Una, Grande y Libre, que todos deseamos.
Y de las lindas palabras, pronunciadas entonces, se pasó a los hechos palpables el 1 de abril de 1977.
Justo el mismo día en que se conmemoraba el 38.º aniversario de la victoria en la Guerra Civil, se comunicó una solemne derrota para Pilar y otros muchos leales al régimen: la supresión del Movimiento, mediante un Decreto firmado al alimón por el rey Juan Carlos I y por el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, que había sido antes ministro secretario general del Movimiento.
En otro decreto del 17 de mayo se dispuso el cese de Pilar Primo de Rivera como Delegada Nacional de la Sección Femenina, que ya había dejado de existir.
Desengañada, Pilar advertía años después en sus memorias: «La muerte de Herrero Tejedor fue otro duro golpe para la Falange y para España, porque de vivir él probablemente no se habrían producido muchas de las cosas que después sucedieron, o se habrían resuelto de otra manera, ya que era un hombre muy preparado, honesto y gran español.
»Con él, y protegido por él, había empezado ya a brujulear hacía unos años Adolfo Suárez, que, peldaño a peldaño, iba haciendo toda una carrera política en el interior del Movimiento. Confiar en él fue un fallo importante de Herrero Tejedor».
Dolida por la traición, seguía desahogándose: «Así empezó el desmantelamiento de lo que durante cuarenta años se había edificado con tanto esfuerzo. Todos los descontentos, los aprovechados, los ambiciosos, los miedosos, los decididos a cambiar de chaqueta con tal de situarse se lanzaron al ruedo de la nueva situación.
»Camaradas que habíamos conocido durante años llenos de entusiasmos falangistas eran ahora unos demócratas irrefrenables. Si habían ocupado altos puestos en el régimen de Franco, renegaban de ello, como en una carrera, para hacerse perdonar el haber sido ministros, embajadores, rectores de Universidad… una vergüenza, y, en casos, una traición a juramentos prestados».
Pilar guardaba a su muerte, sobrevenida la madrugada del 17 de marzo de 1991 a consecuencia de un paro cardíaco, el borrador de una carta suya al presidente Adolfo Suárez que intuyo por qué razón escamoteó finalmente en sus memorias.
Fechada el 5 de abril de 1977, la carta habla por sí sola:
Querido Adolfo:
Te estuve llamando ayer todo el día, pero no pude hablar contigo, para que se modifique la redacción del Decreto de transformación de la Secretaría General. Que indudablemente con los nuevos planteamientos el Movimiento debía transformarse es indudable, pero la Sección Femenina ha quedado en una situación verdaderamente precaria y denigrante ante los enunciados de la Juventud y el Deporte que mantienen su denominación.
Ya entiendo que el nuevo Estamento no puede llamarse Sección Femenina, pero sí dar una primacía y entidad propia a la mujer sobre la Familia porque en estos momentos no se sabe si la que prevalece es la Delegación de la Familia con la desaparición total de la Sección Femenina
(como dice el Blanco y Negro), después de cuarenta años ininterrumpidos de servicio a España con una generosidad, una eficacia y sin regatear un solo esfuerzo, que ahí está su obra, muy superior con todos los respetos a la de la Delegación de la Familia.
Por otro lado y para que este nuevo Estamento, con las reformas pertinentes, sea como una continuación, yo pido que la que haya de quedar al frente sea propuesta por nosotras, como garantía de que no todo se va a romper, donde ya tantas cosas se están rompiendo, entre ellas la unidad de España.
Yo, por mi parte, he terminado mi vida política con la Sección Femenina, en la seguridad de que, esté donde esté, mis lealtades serán siempre a España, al Rey [su nombre figura tachado en el original] y a mis muertos, que quiero pensar que no en balde dieron la vida por la Patria. Vosotros sois más jóvenes y no lo habéis vivido, pero a mí, sin nostalgias, me pesa su sacrificio.
Estoy segura de que en adelante, periódicos, revistas y libelos nos pedirán cuentas de lo que hemos hecho en estos cuarenta años, ya lo están haciendo, pero no tenemos nada que ocultar. Lo habremos hecho mejor o peor, pero honradamente, entregando nuestras vidas y con una generosidad en todo el colectivo de la Sección Femenina que no creo pueda igualarse.
Espero que comprenderás mis razones y accederás a ellas; en este sentido escribí a Graullera [José Luis, secretario de Estado para la Administración Pública], no sé si te habrá enseñado mi carta. Con todo afecto.
Pilar ya nunca más se repuso del golpe.
ANEXOS
ANEXO 1
Epistolario
De entre el más de un centenar de cartas conservadas por Pilar en su archivo, entresacamos los párrafos más significativos de un elenco de ilustres remitentes, además de las que ya se reproducen en el texto principal y de las que transcribimos íntegramente en este mismo anexo documental:
A) EXTRACTOS DE CARTAS
Lo que dije de la contribución de la Sección Femenina a la Cultura no es más que la verdad, y el que la gente quiera o no quiera reconocerlo ya no es cosa tuya ni mía. No tienes, por tanto, nada que agradecerme.
CAMILO JOSÉ CELA, 12 de enero de 1980
Muchas veces, siempre, pero sobre todo en estos últimos tiempos, hablábamos de la Falange, de José Antonio y de ti. Por la Falange masculina y femenina sentía gran admiración Natividad, que fue enfermera (en hospital de sangre en el frente de Madrid) de la Primera Bandera de Castilla. Evocaba con emoción los orígenes heroicos, y lamentaba, como lamento yo, que se le pongan obstáculos a la perennidad de una doctrina eterna.
EUGENIO MONTES, 22 de octubre de 1978
Al alma de la Falange, doña Pilar Primo de Rivera, con todo mi afecto y mi admiración
JUAN DOMINGO PERÓN, 5 de febrero de 1961
En el nombre de mi hermana y de mi hermano Rodolfo, así como en el mío propio, quisiera escribir esta carta para decir toda nuestra gratitud por las encantadoras horas que pudimos pasar en el castillo de la Mota. La obra que usted realiza allí es, de verdad, admirable. Salí muy impresionado por el espíritu que rige la escuela. Todos nuestros votos son para lo que usted hace allí al servicio de España y de la causa católica.
OTTO DE HABSBURGO, 2 de noviembre de 1962
Insisto en mi felicitación a esa magnífica Sección Femenina, que es la Delegación que mejor funciona entre las treinta y tantas que dependen de mí, y conste que este chicoleo es la primera vez que se lo digo a alguien.
JOSÉ MOSCARDÓ, 29 de julio de 1954
Carta de José Moscardó a Pilar Primo de Rivera del 29 de julio de 1954.
Querida señorita de Rivera: su fotografía y el libro-informe sobre la organización de la Sección Femenina de la Falange Española han sido recibidos. Muchas gracias por ello. He leído su texto y lo encuentro de mucho interés, especialmente a la vista de la amplitud y variedad del trabajo y actividades atendidos por su organización. Están ustedes haciendo un espléndido trabajo. Con la fotografía adjunta le envío los
buenos deseos y los saludos de las mujeres de China libre a las mujeres de España. Suya sinceramente.
Señora de CHIANG KAI SHEK, esposa del presidente de la República de
China, 10 de febrero de 1955
Tú nunca me pides nada porque siempre me entregas el regalo de tu ejemplo, que es para mí precioso y necesario… Ya sabes con cuánta admiración, con cuánto íntimo respeto correspondo a todo ello y hasta qué punto en mí no es vano decir que estoy a tus órdenes. A esas camaradas ejemplares que te siguen en la más hermosa obra del Régimen, en la más pura, en la más diamantina, te ruego que les expreses, con mi gratitud, la esperanza de que ellas, bajo tu mando, han de seguir orando y laborando por la estirpe y ordenando la mentalidad, el corazón y la existencia de quienes hayan de seguirnos en la Historia.
JOSÉ ANTONIO GIRÓN DE VELASCO, 24 de enero de 1953
Felicita en mi nombre a las recompensadas, pero que no se envanezcan, que si bien todos les debemos gratitud por la labor que realizan, es más, mucho más, lo que ellas deben a Dios por haber nacido en España. Como labor inmediata que solo vosotras podéis realizar está la de reponer rápidamente los estragos que la guerra produjo con la pérdida de cerca de un millón de hombres en plena juventud, dedicando vuestra atención preferente al niño y muy particularmente en su período de lactancia, educando, al propio tiempo, a la madre en la tan importante y difícil misión que en la vida le corresponde. Hay que evitar a toda costa la terrible mortandad infantil que hoy nos azota, haciendo una intensa campaña casa por casa y organizando todos los establecimientos de puericultura que sean precisos, hasta desterrar tan grave mal; Franco lo exige porque sabe que de otro modo España se hundiría y la F. E. T. de las
J. O. N. S. pasaría por la vergüenza de no haber sabido evitarlo.
AGUSTÍN MUÑOZ GRANDES, 15 de octubre de 1939
No es posible que las mujeres vivan solo para remediar miserias y consolar desdichas. Junto a esa misión abnegada y sublime les corresponde la de saturar el ambiente nacional, purificándole.
DIONISIO RIDRUEJO, enero de 1939
Hay que mantener la piedad, la memoria, la gratitud, sin desfallecimientos, día a día, hora a hora, año tras año, ante los que sois, como José y tú, haces místicos de una victoria que hoy gozan millones de seres sin saber ya a quién se la deben.
ERNESTO GIMÉNEZ CABALLERO, 28 de marzo de 1966
En España, después de nuestra guerra, se han hecho grandes cosas en el terreno de las Bellas Artes. Acaso ninguna tan perfectamente conseguida como la resurrección de nuestras danzas populares, gracias al esfuerzo de la Sección Femenina de la Falange Española. Los espectáculos de danzas folclóricas, organizados por esa entidad, son algo único y extraordinario, que en riqueza de color y de movimiento, en sentido tradicional y en finura y perfección de detalle, acaso no tengan rival en ningún país del mundo. Todo esto que iba a morir lo ha salvado la Sección Femenina, y merece, por esto, la gratitud de todos los amantes de lo bello, cualquiera que sea su pensamiento político.
MARQUÉS DE LOZOYA, 24 de marzo de 1948
Por separado, me he permitido remitirle un ejemplar de mi último grabado referente a su hermano José Antonio, que le ruego me haga el honor de aceptar. Puede usted suponer la emoción y el cariño que he puesto en este trabajo recordando al amigo y al hombre a quien tanto debemos todos los españoles.
MARÍA DE MAEZTU, 24 de diciembre de 1937
Por mujeres, debéis ser siempre fieles a vuestro temperamento femenino, evitando toda falsificación. Debéis cultivar, sobre todo, con anhelo de superación, las cualidades genuinas de la mujer, y si queréis acertar siempre, sed siempre mujeres auténticas.
JULIÁN PEMARTÍN, 1939
Mucho le agradezco, querida y admirada Pilar Primo de Rivera, su tan cariñosa felicitación en mi noventa aniversario, y las preciosas flores ciclamen que, aun inmarcesibles, recrean mi vista; mucho le agradezco también los libros, muestra de la fecunda obra de Falange Femenina que siempre me ha interesado sobremanera.
RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL, marzo de 1959
Van, en estas líneas, mis más cordiales gracias para que las transmitas a los artistas incomparables de la Sección Femenina de Coros y Danzas que han hecho lo mejor que se puede hacer en esta vida: hacer olvidar sus dolores físicos y sus penas a los que de unos y otras sufren. En su nombre, a usted y a todos, les dedico el mejor y más agradecido recuerdo.
GREGORIO MARAÑÓN, 31 de diciembre de 1951
La gran amistad que le tuve [a Miguel Primo de Rivera] me reaviva con inmenso dolor cuantos recuerdos imborrables, entrañables y patéticos tantas veces, desde la muerte de vuestro padre, que de vosotros guardo, y no te digo ya de José Antonio. Todos habéis honrado a vuestra casa y servido a España durante generaciones, con egoísmo emocionado e inteligente, y Miguel no faltó a la tradición de los suyos. Con gran pena también supe el fallecimiento de vuestra tía monja [Carmen] en Andalucía. José Antonio me daba escapularios que ella le mandaba. Quedas ahora tú, querida Pilar, que tanto has hecho y harás todavía, si Dios quiere, para rezar y recordar a los tuyos, cuyas vidas todas te pueden llenar de consuelo.
RAFAEL SÁNCHEZ MAZAS, 19 de mayo de 1964
Retirarse en este momento de confusión, de cinismo y de apostasía sería un gesto bonito y que aplaudiría todo el mundo menos los brigantes [subrayado en el original], claro está, pero hay otra cosa más útil, aunque te cueste. De ninguna manera dimitir; a lo mejor les interesa que te fueses. Lo mejor es continuar, pero sin claudicar, profesando nuestro Movimiento con tesón, con terquedad. Si no les gusta, que te echen. Sería una manera más elegante de salir, aunque no creo que lleguen a ese extremo. Nadie, por lo demás, podría asustarse de haber creado una situación difícil. Sería el desenlace normal de las cosas. ¿Cómo la hermana de José Antonio podría renunciar a José Antonio y su doctrina? Yo creo que nada de esto ha muerto. Espero que sin pasar mucho tiempo alguien ha de levantar la bandera de una Falange aún inédita.
FRAY JUSTO PÉREZ DE URBEL, 4 de noviembre de 1969
Querida Pilar: Antonio Quintana va a verte de mi parte para informarme de cuál es tu criterio sobre la relación que debe tener la Organización Femenina con este Ministerio o con la Delegación de Educación. Sin perjuicio de que tú le des una primera explicación, creo debemos tener una conversación detenida en la que te diré cuál es mi criterio sobre la educación de la mujer. Ya sabes que por mi parte te daré las máximas facilidades para todo y que deseo que marchemos de común acuerdo y sinceramente unidos.
PEDRO SÁINZ RODRÍGUEZ
(Ministro de Educación Nacional)
Estos días he tenido una alegría y una conmoción muy grande al revivir toda la historia de la Falange… Considero para la memoria de José Antonio una verdadera fortuna la existencia de un libro así [se refiere a Falange, a Historic of Spanish Fascism, de Stanley G. Payne], que lo aísla de lo que ha venido después y lo pone en su sitio, yo creo que con justicia
y admiración. No dejes de procurarte este libro. Yo voy a ver si consigo que lo publiquen en español en alguna parte.
ANTONIO TOVAR, 20 de enero de 1962
No necesito decirte, porque estoy convencido de que lo sabes, que mi fidelidad a ti es muy honda, a ti y a todo lo que permanece válido y esperanzado en el pensamiento de tu hermano. Por desdicha, los hombres de nuestra generación no hemos sido capaces de hacer fructificar ese pensamiento en las entrañas de nuestro pueblo; si se hubiesen realizado los cambios de estructura que él preconizaba, a estas horas se abrirían a nuestra Patria horizontes más claros. Sin embargo, nadie tiene derecho a desesperanzarse, y unos en una latitud, otros en otra, hemos de seguir en la brecha hasta conseguir para nuestra España la justicia, la libertad y la paz auténticas con que él soñara.
JOAQUÍN RUIZ-GIMÉNEZ, 4 de junio de 1966
Himno a Pilar:
En pie, Flechas de España, Falange victoriosa, dame el fusil pequeño, que oigo una clara voz, para que yo gozoso viera una Patria hermosa mis hermanas mayores cayeron cara al sol.
Recia tierra de España, juro en tus primaveras que mi mano de niño, cansada de jugar,
será ancha, y grande, y libre para clavar banderas en todas tus montañas y alzarlas sobre el mar.
Un día dejaremos la madre y los amigos, cuando la Patria quiera y suene su tambor; montaremos guardia en medio de los trigos para ganar, valientes, las batallas de Dios.
En pie, Flechas de España, ¡arriba, camaradas! escuelas y talleres tenemos que fundar
en un soto florido, al pie de las espadas, porque en la España nueva ha amanecido ya.
La amistad de siempre, desde mi amistad inolvidable con José Antonio y los tibores chinos de tu casa de Madrid y la plazuela de San Julián. Salamanca, los «onejos» de Lima, han fundamentado, a través de los años, mi afecto y mi admiración hacia ti y a tu magnífica obra patriótica.
AGUSTÍN DE FOXÁ, 16 de mayo de 1954
B) CINCO CARTAS COMPLETAS
1. De la infanta Paz de Borbón, hija de la reina Isabel II y hermana del rey Alfonso XII, fechada en Munich el 23 de junio de 1937:
Querida Pilar:
Puedo llamarla a V. así desde luego por el apellido que lleva. Todos los Primo de Rivera que desde muy joven encontré en mi camino han dejado un afectuoso recuerdo en mi corazón y por eso me dirijo a V. con plena confianza.
He oído con gusto que es V. la Jefa Nacional de las mujeres en España y como tal me dirijo a V. para presentarle una tocaya suya: Pilar Shorch de Gracia. Española de corazón aunque de nacionalidad alemana. Está en el mismo caso que yo y a las dos se nos puede emplear para el servicio en España. En estos meses que ha estado refugiada en Alemania ha tenido ocasión de estudiar todas las instrucciones, tanto nacionales como religiosas, y me alegraría pudiese hablar con V.
A mí además me consolaría estar al corriente de cuanto Vds. hacen y ver cómo va amaneciendo.
Dios la bendiga y la ilumine a V. La recuerda siempre su afectísima,
PAZ DE BORBÓN
Carta de la infanta Paz de Borbón a Pilar Primo de Rivera del 23 de junio de 1937.
2. De su tía Carmen, la monja, fechada en La Granja (Segovia), el 5 de diciembre, probablemente de 1936:
Queridísima Pilar:
Acabo de recibir tu carta, que ha sido para mí como una resurrección. No sabes lo que le he llorado [¿José Antonio?] y los sufragios que por su alma hemos ofrecido. Ojalá se contente el Señor con el sacrificio de Abraham, ya que ni un momento ha estado nuestra voluntad separada de la Divina y acatamos todo lo que venga como venido del mejor de los Padres, con alegría de espíritu.
Con este abandono en manos de su Providencia, con esta amorosa confianza en su Providencia, seguras de que lo que permita es lo mejor para él y para España. Se agrada tanto Su Majestad, que a veces se consuela su Corazón con tanto abandono y quiere estas amarguras para después decirnos con San Pedro: «Mujer de poca fe, ¿por qué dudaste?».
No hay que hacerse todavía muchas ilusiones y estar preparado para lo que Dios haga o permita, que será lo que más nos convenga.
Otra noticia agradable tenía que darte, pero como me han exigido absoluto
secreto tienes que preguntar a la Madre Provincial lo que quiere decir pues tú seguramente no me comprenderás. Mucha alegría me hubiese dado si juntamente con ella no hubiera venido la radio con la otra tan horriblemente espantosa.
Dile a la Madre Provincial: Que del asunto que yo hice por medio de Cristina, la
persona a quien iba la recomendación dice: Que se está ocupando con verdadero interés de ello, pero que exige secreto porque podría ser de grave perjuicio para todos. Esto se lo escribe a Cristina para que ella me lo haga saber a mí.
En fin, Dios tiene muchos medios y la oración no se pierde y parece que Dios me
ha traído a esta soledad libre de toda otra ocupación que no sea la de estar en cruz a toda hora, además con más salud que nunca para quitar horas al sueño y darlo sin intervalos a Dios.
La pequeña Fernanda, si su papá se la quiere llevar, no hay para qué impedirlo.
A Lola, que recibí y agradecí su carta, yo pido por todos, ¿qué sabe de su hermano Miguel? ¿Cómo sigue Rosario? A todas abrazo con verdadero cariño deseando y pidiendo al Señor se termine pronto esta situación tan angustiosa.
Recibe todo el interés y cariño de tu tía, María del Carmen.
PD: ¿Recibiste las cartas que te envié de tía Ma del 2 y 6 de agosto? Fe, oración y Eucaristía.
3. De Mercedes Sanz Bachiller, fundadora del Auxilio Social, a Raimundo Fernández-Cuesta, secretario general de F. E. T. y de las J. O. N. S., fechada el 12 de noviembre de 1938 en Valladolid:
Mi estimado amigo y camarada:
Hemos recibido hoy las llamadas telefónicas de tu secretaría para que, a ser posible, nos entrevistásemos contigo y Pilar el próximo lunes. Así íbamos a hacerlo cuando Bedoya ha caído en la cuenta de que tenía precisamente para ese día citada a la ponencia que está redactando la nueva Ley de Beneficencia y Obra Social. Ante esta circunstancia aplazamos el viaje para otro día más propicio y que a ti te parezca bien.
Como me cabe la sospecha de que esta reunión sea una de las ya famosas y varias a las que el Auxilio Social se ha visto obligado a concurrir a instancia de la Sección Femenina, quiero enviarte estas líneas para que el aplazamiento de la entrevista no suponga para ti retraso alguno en la posesión de mi criterio con respecto a estas cuestiones, y que ya otras veces, de una forma o de otra, te he expuesto. El día que fijes para la reunión aludida, sostendré estos mismos puntos, que por las razones que a continuación te detallo son para mí invariables.
Quiero, en primer lugar, exponerte la tristeza que me proporciona el hecho de tener que perder tanto tiempo en volver a tratar cuestiones perfectamente definidas y resueltas.
Cuando son tantas las tareas que reclaman la atención de la Falange es más de lamentar estos escarceos sin trascendencia.
No es de ahora la ofuscación que viene pareciendo tener la Sección Femenina con respecto a Auxilio Social. Parece natural que no puede caber en ninguna mente la afirmación de que aquellas obras o servicios encargados de realizar en gran parte la justicia social, anhelada por los españoles, no sea sino uno de los departamentos de la Sección Femenina. Si esta afirmación se sostiene en serio, supone el tener un concepto risible de la justicia social que ambiciona el pueblo español y de la dignidad de los españoles necesitados de esta Justicia.
Yo no conozco en los movimientos totalitarios a nadie que se haya atrevido a mantener que las actividades político-sociales del Movimiento deban ser realizadas por las mujeres. A esto no han llegado los grupos feministas de Inglaterra y Francia. Únicamente en los populismos ha podido acariciarse, de lejos, esta idea blanda y recortada de la Justicia social realizada a través de las Juntas de Damas.
Cuantos trabajamos fervorosamente en el Auxilio Social y nos forzamos en hacer
justicia social en nombre de todo el Movimiento, y cuantos reciben sin humillaciones lo que la Falange les da como organización total del pueblo, no podríamos aceptar que todo esto se desnaturalizase para caer en un capricho feminista.
Ya te he dicho alguna vez, que quizás ha contribuido a desenfocar el problema mi presencia al frente del servicio. Pero esto es tan absurdo como si por la circunstancia de que una mujer llegase por sus propios méritos a ser, pongo por caso, ministro de Trabajo, pudiese decir la Sección Femenina que el Ministerio del Trabajo le correspondía.
El Auxilio Social es una Delegación Nacional completamente diferente de la Delegación Nacional de la Sección Femenina, con la que no tiene nada que ver ni que tratar. Toda nuestra Organización está hecha a base de hombres; en las Delegaciones Locales que hasta ahora se habían venido utilizando mujeres se han producido tal cantidad de fracasos que ya, a partir de unos dos meses, se están sustituyendo en casi toda España por hombres.
En puestos completamente subalternos, modestísimos, se utiliza a mujeres, como
para cocineras, servicio de comidas, criadoras de niños, etc. Sin embargo, esta colaboración en puestos ínfimos, que no afectan la dirección de la actividad a nosotros encomendada, no puede ser argumento para nadie porque también mujeres trabajan en puestos sin importancia en Sindicatos, Prensa y Propaganda, Administración, etc.
La Sección Femenina ni tiene por qué hacer la propaganda del Movimiento ni la política sanitaria del mismo, ni tampoco la política social. La Sección Femenina bastante tiene con formar la conciencia de las mujeres de un modo nacional- sindicalista y en determinar su conducta mediante normas falangistas.
No poco habrá conseguido la Sección Femenina cuando las mujeres españolas sepan todas lo que es la Falange y todas ellas actúen en su vida privada y pública como verdaderas falangistas. Esa parece su misión específica.
A nosotros, como Delegación Nacional de Auxilio Social, nos corresponde atender a todos aquellos que a pesar de los buenos propósitos que animan al Estado viven o caen en necesidad ayudándoles, en nombre de la solidaridad nacional, que toda la Falange hombres y mujeres vienen propugnando desde su fundación como sentimiento básico de la nueva política.
Y en este sentido no tenemos que sostener con la Sección Femenina relaciones especiales, sino aquellas naturales que entre todos los servicios del partido debe haber.
Por otro lado, como te decía al principio, esta cuestión está resuelta y no soy yo la
que tenga facultades para ceder nada, cambiar los fines de este servicio o no adoptar distintas orientaciones que las seguidas hasta ahora.
Como datos que pueden corroborar esta opinión, vayan los siguientes: En el Decreto 333, el Caudillo, al promulgar los Estatutos por los que se rige la Falange, ya hacía una enumeración la Delegación Nacional que, desde luego, diferenciaba unas materias de otras, y así se hablaba de Milicias, Sindicatos, Prensa y Propaganda, Sección Femenina, Transportes, Obras Sociales, etc.
No se le ocurrió al parecer al Caudillo, en ningún momento, confundir los Sindicatos con la Milicia, ni mucho menos la Sección Femenina con las Obras Sociales.
Y esta es justamente la actividad del Auxilio Social dentro del Movimiento, las obras sociales, que en el Estado tienen su correspondiente Servicio Nacional de Obras Sociales en el Ministerio del Interior, y, que como ya sabes, lleva Bedoya para así mejor armonizar estas dos actividades paralelas: las Estatales y las del Partido.
Esta finalidad social vuelve a mantenerla el Caudillo en el Decreto 378 estableciendo el Servicio Social de la mujer. Y cerca de dos meses después, vuelve a proclamarlo en el Decreto en el que promulga el Reglamento del Servicio Social, que fue él quien a pesar de su categoría reglamentaria le quiso dar categoría de Decreto para asegurar mejor la inamovilidad de sus preceptos.
En este Reglamento se establecen también concretamente las Residencias- Hogares de la Mujer sujetas al Servicio Social y que ahora, a los doce meses, parece que han inquietado al grupo que rodea a Pilar.
Más tarde, toda la serie de disposiciones que ha dado el Ministerio del Interior,
muchas de ellas aprobadas en Consejo de Ministros y firmadas por Franco, confirman de la misma manera la opinión que estoy dispuesta a sostener.
Por último, cuando el otro día llevaron este problema minúsculo que plantea la Sección Femenina a la Junta Política presidida por nuestro Caudillo y Jefe, se volvió a dejar soldado este criterio antiguo por un órgano tan máximo dentro del partido como este. Por consiguiente, Auxilio Social desde el primer momento no ha hecho sino moverse por los cauces que le han sido señalados con la máxima solemnidad por el Caudillo y Jefe de la Falange, obrando conforme a los criterios por él claramente establecidos, y, hasta ahora, a su plena y total conformidad y satisfacción.
Yo creo que mi lealtad mantenida al Caudillo en todas las circunstancias me obliga en este momento a no prestarme a ningún cambio, en cuestión tan fundamental como esta de la marcha y de la organización del Auxilio Social, cuando él ha hablado con toda claridad en esta materia.
Esto era cuanto quería adelantarte para el caso de que la entrevista a que me llamas sea para tratar de estas cuestiones, que sin descanso y tenacidad dignos de mejor causa viene planteando siempre la Sección Femenina, bien en contraste con nuestra actitud discreta y nuestro silencio disciplinado.
Brazo en alto, con mi mejor afecto, recibe saludos nacional-sindicalistas.
4. De Pilar Primo de Rivera a Raimundo Fernández-Cuesta, fechada el 15 de noviembre de 1938 en Burgos:
Querido Raimundo:
Después de leída la carta de Merceditas, te contesto punto por punto a cada una de sus partes:
1. º Me extraña que mentes tan despejadas como las del Auxilio Social no se
hayan dado cuenta todavía de que lo que reclama la Sección Femenina no es para nada el Auxilio Social.
2. º Las que ella llama famosas reuniones donde supone que se pierde el tiempo, se hubieran evitado con una sola antes de llevar al Caudillo el Decreto del Servicio Social de la Mujer, pero claro entonces no les convenía entrevistarse conmigo porque sabían que la movilización y formación de mujeres correspondía íntegramente a la Sección Femenina y que en ese Decreto se le arrebataba, abusando quizás de la confianza del Caudillo o haciéndole creer que estábamos de acuerdo. Además de que esta reunión no ha sido convocada precisamente por la Sección Femenina, sino por orden de la Junta Política para ver si nos ponemos de acuerdo.
3. º Yo no sé a qué le llamarán «justicia social» los de Auxilio, porque no creo que el repartir unos miles de comidas no del todo abundantes sea suficiente para quedarse tranquilos, cuando el Servicio Social de la Mujer solo obliga a aquellas que por su precaria situación económica tienen que trabajar, puesto que a las que están en buena posición, como no necesitan el certificado de haber cumplido el Servicio Social para colocarse, pueden pasarse la vida sin cumplir con la Patria.
4. º De sobra sabemos que el Auxilio Social no es un departamento que deban dirigir las mujeres. Por eso nada más lejos de nuestro ánimo, como he dicho antes, que solicitar este servicio para la Sección Femenina, pero aunque los puestos directores no los ocupen las mujeres hay ciertos servicios dentro de la beneficencia y obras sociales, que no creo que sean los más apropiados para que los realicen los hombres, mucho más si se tiene en cuenta que la Nación está en guerra y que todos los varones de 18 a 32 [años], ni impedidos físicamente o que tengan que cumplir una misión política dentro del Estado o del Partido, deben estar con el fusil en la mano defendiendo a la Patria en las trincheras.
5. º Lo que tiene que hacer la Sección Femenina respecto a la formación de las mujeres naturalmente no es Auxilio Social quien nos lo tiene que sugerir. Pero por eso que me doy cuenta de la importancia enorme de esta formación y de la responsabilidad que pesa sobre las secciones femeninas, reclamo para esta Delegación Nacional la formación completa de las mujeres, sin que nadie se entrometa en nuestros procedimientos, ni por dos meses, ni por un año.
Pero estas afirmaciones que hace hoy la Delegada de Auxilio Social de que la formación de las mujeres le corresponde a la Sección Femenina no son las mismas que hizo en sus declaraciones al Diario Vasco, el 8 de Noviembre de 1938, porque allí según ella toda la formación para prepararlas para el buen gobierno de sus vidas se la iban a dar los de Auxilio Social, para que vieran los españoles que no se limitaban solo a la cuestión benéfica.
6. º Aclarado lo de que las dos Delegaciones no tienen nada que ver y que nuestra aspiración no es el Auxilio Social, huelga hablar del Decreto 333 donde se
promulgan los estatutos. Pero conviene saber en qué términos está redactado mi nombramiento que se me otorgó en nombre del Caudillo y en qué términos está redactado el que se le dio a la Delegada Nacional de Auxilio Social.
«En nombre del Caudillo expido este nombramiento provisional de Delegado
Nacional Femenino del Movimiento de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, a favor de Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia para que proceda con la máxima urgencia a la organización e integración en el Movimiento de las antiguas organizaciones femeninas de Falange Española de las JONS, Comunión Tradicionalista y Auxilio de Invierno.
Salamanca, 30 de abril de 1937. El Secretario. López Bassa. Arriba España.
—Camarada Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. Salamanca».
Así y todo entendiendo que el Auxilio Social era un servicio que en sí no tenía nada que ver con la Sección Femenina, esta Delegación Nacional renunció a él en beneficio de la Falange.
7. º Ahora, en cuanto al Decreto 378 y al 418, ahí sí que reclamamos nuestra parte, porque se mete de lleno en la formación y movilización de las mujeres y eso, según mi nombramiento, solo corresponde a la Sección Femenina. Y no creo que el habérselo presentado ellos al Caudillo sin conocimiento de esta Delegación Nacional, les dé derecho a llevarlo a cabo, porque es como si la Sección Femenina presentara un proyecto de movilización sindical e inmediatamente le entregaran los sindicatos, a los que naturalmente no tiene derecho.
Por lo tanto al Caudillo, que es el único que puede decidir lo que corresponde a cada uno, acudimos en demanda de que reforme el Decreto 378 si cree que por todo lo expuesto llevamos razón, en la seguridad de que cualquiera que sea su decisión acataremos sus órdenes. Así pues, la Junta Política y el Caudillo que la preside decidirán sobre este asunto que tienen en sus manos.
8. º En cuanto a lo del Movimiento Feminista, de sobra sabes tú por las conversaciones que has tenido conmigo, por los discursos de los Consejos Nacionales de la Sección Femenina, por las circulares salidas de esta Delegación Nacional, que la orientación que le damos a las mujeres es únicamente como complemento del hombre, sin apartarla para nada de la familia ni de aquellas tareas que le son propias.
Por eso nos pareció adecuado ofrecerlas íntegramente al Auxilio Social, porque no creo que el cuidar de los niños, el darles de comer, el arreglar con coquetería los comedores, el salir a la calle con las huchas, etc., sea misión apropiada para los hombres, pero por lo visto en Auxilio Social, quitando a las cocineras, todos los demás servicios los pueden hacer ellos.
9. º A propósito he dejado para lo último la defensa de la Sección Femenina, puesto que en esa carta de tan bajos sentimientos no se reconoce la labor realizada por las camaradas dentro del Auxilio Social.
Desde octubre de 1936, hasta octubre de 1937, como no tenían a nadie, como no les daban dinero, como necesitaban del apoyo de la Sección Femenina para llevar a cabo su obra, Merceditas y Bedoya fueron a vernos a Sevilla donde estaba yo recién salida de Madrid, para pedirme la ayuda y el trabajo de las secciones femeninas para aquella nueva obra de la Falange.
Y desde aquel momento empecé a circular órdenes para que todas las Jefes de la Sección Femenina se hicieran cargo de montar este servicio en sus respectivas provincias. Y fueron las camaradas durante todo el transcurso de ese año, las que montaron comedores, cobraron la ficha azul, hablaron con los gobernadores para
conseguir donativos y locales, hicieron las cuestaciones, buscaron a los niños necesitados, bordaron los manteles, etc.
Y para demostración de que este trabajo de las camaradas de la Sección Femenina no fue un fracaso como ellos dicen, pongo por testimonio las estadísticas publicadas por ellos mismos en octubre de 1937, como resumen de un año de labor, cuando todavía no habían intervenido en los mandos de Auxilio Social ni un solo hombre.
Entonces fue cuando, gracias al trabajo alegre y disciplinado de la Sección Femenina, se dio cuenta España de que el Auxilio Social era una realidad. Y entonces fue cuando empezaron a conseguir subvenciones oficiales y cuando sacaron, sin decir nada a la Sección Femenina, el Decreto del Servicio Social, como si la mujer, hasta que a ellos no se les pasó por la cabeza, no hubiera hecho nada en beneficio de la Patria, cuando además del Auxilio Social estaba atendiendo voluntariamente los hospitales, los lavaderos del frente, los talleres, y todas aquellas cosas en las que la Patria la reclamaba.
Aún hoy mismo, a pesar de mover ellos las mujeres del Servicio Social, si se da
una orden por esta Delegación Nacional para que las camaradas abandonen los servicios de Auxilio Social, los comedores quedarían desatendidos. Pero eso no lo hago por la guerra, y porque lo único que me interesa es meter bien dentro del espíritu de los españoles este modo de ser que nos enseñó José Antonio y que hoy nos enseña el Generalísimo, y los comedores perderían toda la gracia y toda el alma si se apartara de ellos a las camaradas para meter a las del Servicio Social que solo van a cumplir para conseguir un certificado.
Después de estas cartas un tanto violentas, creo innecesario la entrevista porque
no nos pondríamos de acuerdo. Lo mejor es que estas dos cartas vayan a la Junta Política, ya que ella expone todas las razones que tiene y yo las que creo tener.
Un afectuoso saludo nacional-sindicalista de tu amiga y camarada.
5. De Pilar a Torcuato Fernández-Miranda, vicepresidente del Gobierno y secretario general del Movimiento, fechada en Madrid el 23 de noviembre de 1973:
Querido Torcuato:
Más bien lenta de reacciones, me quedé el otro día con la preocupación de no haber expresado en la Permanente mi pensamiento con entera claridad. Y por la confianza que me inspiras, porque sé que, dada tu preparación y buenas dotes, lo harás todo para lo mejor, te lo expongo ahora con la responsabilidad de ser cabeza de una organización a la cual he arrastrado a miles de personas.
Primer punto: Estoy absolutamente de acuerdo, como dije allí, con el planteamiento que hiciste; un Movimiento no puede estar parado durante cuarenta años, porque eso sería su muerte. Además, hay que preparar el futuro del Príncipe. Pero me acomete la duda de si la falta de atractivo que ofrece el Movimiento para la gente joven no habrá sido por haberlo dejado vacío de contenido político concreto, ya que dentro de él los falangistas siguen siendo falangistas; los tradicionalistas, tradicionalistas; los de la democracia, demócratas; el Opus, Opus, pero el Movimiento en sí no es nada, y se comprende que para la juventud no ofrezca atractivo, aunque sí siguen ofreciéndolo los grupos en él inmersos.
Yo de la Sección Femenina sé decirte que todos los años tenemos una incorporación de unas 3000 chicas, de entre 17 y 20 años, que unas se afilian y otras no, pero que se incorporan voluntariamente y aceptan nuestros planteamientos, que, en definitiva, las llevan al Movimiento.
Por otro lado, fuera del Movimiento siguen existiendo otros grupos que también ofrecen sugestión: los Círculos José Antonio, las F. E. S., los tradicionalistas, que se van a Montejurra, y, por supuesto: socialistas, comunistas, etcétera. Me voy a permitir una pedantería, pero que viene muy bien al caso. Al Movimiento, como dice Ortega, «le ha faltado un proyecto sugestivo de vida en común».
Segundo punto: Creo que tenemos una enorme responsabilidad y les debemos una lealtad absoluta a los que murieron. Dieron la vida, que es lo más que puede entregar un hombre, a más de situaciones cómodas y gangas terrenas.
Tercer punto: Como te digo, estoy de acuerdo con la Ofensiva Institucional; hay que hacerla, y José Antonio la hubiera hecho, pero también debemos tener en cuenta, según como quede la cosa, a las miles de personas que han entregado su esfuerzo sin regatear nada, sin ambicionar nada, solo por servir, y no por subir, que es mucho de lo que pasa ahora, y que por no tener una seguridad económica se vayan a quedar al garete.
No sé si subsistirán las organizaciones, si se va más a las asociaciones, como quiera que sea, también a mí algún día me gustaría hablarte de ciertas personas.
Perdona esta larga carta, pero creo obligación mía el decirte las cosas con la sinceridad que tú nos pides y en la seguridad de que lo que hagas estará bien hecho.
Con todo afecto, Pilar Primo de Rivera.
PD: Perdona lo mal que va esta carta, pero la hice a toda velocidad porque me tengo que ir a Pamplona.
ANEXO 2
Lo que Pilar dijo sobre… DIOS
«No concibo la vida sin la fe en Dios, el amor a Dios y recabar su ayuda en todos los apuros que la existencia nos depara… Es la esperanza en la eternidad feliz y la comprensión, la justicia y el perdón en esta vida terrena. En fin, es todo, y cerca de nosotros en la humanidad de Cristo.»
LA HUMANIDAD
«Que existe la Humanidad es indudable, pero en cuanto a los humanos en unos creo y en otros, no tanto.»
LAS DOS ESPAÑAS
«Eso, para nosotros, nunca ha sido un problema. Más bien me parece un tópico. Desde el primer momento, en la Sección Femenina admitíamos a todas las que de buena fe y con el fin de servir a España, venían a nuestras filas, fuera su procedencia la que fuera. Porque hay que dejar bien claro que la Falange no ha sido nunca un movimiento de derechas ni de izquierdas. La Falange es la Falange, con una capacidad de asimilación para todos aquellos que creen en la integridad histórica de España y buscan la justicia social.»
ESPAÑA
«“Ser español —como decía José Antonio— es una de las pocas cosas que se pueden ser en el mundo.” Pero esto no quiere decir que veamos en España solo un dechado de virtudes; el amor amargo por España, el amar a España porque no nos gusta es mucho más constructivo que amarla bobaliconamente, solo porque es nuestra Patria. Hay que amarla y servirla con afán de perfección y tampoco aferrados a un nacionalismo aislado sino viendo en ella el destino universal que con tanta claridad y anticipándose a los tiempos vio José Antonio.»
SU PADRE
«Para nosotros, sus hijos, fue siempre un ejemplo. También con unas enormes inquietudes sociales y, como militar, qué voy a decir; terminó con la Guerra de Marruecos, que era una eterna pesadilla para España, logró muchos de sus ascensos por méritos de guerra y tenía dos Laureadas, conseguida la primera a los 22 años. Familiarmente era cariñoso y preocupado, por supuesto, siempre porque nuestra educación fuera perfecta. Tuvo un gran empeño en que aprendiéramos inglés y música, cosa bastante asombrosa, porque él tenía mal oído y personalmente no demostró una gran afición…»
JOSÉ ANTONIO
«Era tímido, pero a pesar de su timidez tenía buen humor, gracia y oportunidad en la conversación. Cariñosamente nos recriminaba a mi hermana y a mí cuando repetíamos alguna frase un poco rimbombante, y
al indagar su origen resultaba que la habíamos leído en la hojilla del almanaque. De entre los hermanos tuve la suerte, con Fernando, de ser bastante preferida.»
FRANCO
«Para mí es admirable. Su vida íntima, como es natural, no la conozco profundamente, pero sí que era un militar también excepcional y después se demostró, todos lo sabemos, como un verdadero estadista, como un Jefe de Estado que sacó a España de todas sus dificultades: primero, la Guerra Civil, y posteriormente los casi cuarenta años de buen gobierno, donde todos los españoles tenían trabajo. Mantuvo la integridad histórica de España y supo dar tranquilidad y confianza, incluso a naciones que al principio no nos querían.»
AGUSTÍN MUÑOZ GRANDES
«Al igual que José Antonio, concibió la vida como servicio, y en ese buen servir sin egoísmos, sin ambiciones bastardas, sin beneficios personales, no hizo más que sacrificarse por España.»
SECCIÓN FEMENINA
«No creo que tenga secretos. Si acaso, el de su entrega y fidelidad a José Antonio.»
LA MUJER
«Tiene la misma misión [socio-política] que la del hombre. Creo que, hablando de política, de sociedad, el concepto “hombre” abarca los dos sexos, sin ninguna diferenciación… Lo malo es que aquí, o nos pasamos o no llegamos. Todavía hay, aunque cada vez menos afortunadamente, la mujer parásito que vive a costa del esfuerzo de los demás; o la que, olvidando deberes primordiales y fecundos para la comunidad, se lanza como una loca a trabajar sea como sea.»
MATRIMONIO
«Es el cauce normal por el que toda mujer debería encauzar su vida. Es la plenitud. Pero no siempre puede alcanzarse la plenitud, pues depende de tantas cosas…»
DIVORCIO
«En algunos casos es posible que sea justo, y hasta preciso; concretamente en el caso de matrimonios nulos pero como sistema, no. No hay posibilidad de divorcio cuando ha habido verdadero matrimonio, porque el matrimonio es indisoluble por Derecho Natural y si se establece legalmente, se pierde responsabilidad ante el hecho del matrimonio para toda la vida como amorosa compenetración entre la pareja que debe compartir lo bueno y lo adverso, hasta que la muerte los separe.»
CONTROL DE NATALIDAD
«La procreación es uno de los fines del matrimonio y solo en algunos casos debe limitarse por razones justificadas, como dice la [encíclica] Humanae Vitae. Ahora bien, sin duda la vida es difícil y el cargarse de hijos puede ser un problema. Por eso la resolución de limitar la natalidad debe dejarse a la responsabilidad de los padres, que en conciencia y nunca por egoísmo o comodidad, crean que así debe ser.»
LA PÍLDORA
«En cuanto a la píldora, eso ya es otra cosa. Si la píldora sirve para hacer todo lo que apetece sin comprometerse a nada me parece nefasta. En todo caso, si se ha tenido la debilidad de consentir, es más honrado afrontar las consecuencias ante la sociedad y responsabilizarse del hijo, que hacer todo lo que se quiere sabiendo que no va a pasar nada.»
EUTANASIA
«Creo que Dios es el único dueño de la vida y nadie puede quitarla antes de tiempo.»
MUSAS DE LA HISTORIA
«Hay varias mujeres que admiro, pero sobre todas a santa Teresa; por supuesto, a Isabel la Católica, en un “tanto monta” con Fernando, a las mujeres de los conquistadores de América, a Isabel Clara Eugenia, a la Pardo Bazán, y a otras muchas que harían interminable la lista.»
OBRAS Y AUTORES MÁS LEÍDOS
«Como leer, leer, yo creo que la Biblia. Pero influir en mí e impresionarme, además de la Biblia: Cervantes, santa Teresa, san Juan de la Cruz, Lope de Vega, san Agustín, Rubén Darío, Antonio Machado, Ortega y Gasset, Valle-Inclán, Unamuno, Menéndez Pidal… Y de los extranjeros: Kipling, Lin Yutan, Walworth, W. Thomas Walsh, André Maurois…»
SOCIALISMO
«Tuvo su razón de aparecer en demanda de una más justa distribución de la riqueza entre las clases trabajadoras, pero perdió parte de su razón al entregarse al materialismo y a la lucha de clases.»
COMUNISMO
«La negación de la dignidad humana.»
FALANGISMO
«El respeto a la dignidad y a la libertad del hombre, y por tanto de la Patria. Nadie es de veras libre si no forma parte de una Nación fuerte y libre.»
JUVENTUD
«Lo cierto es que José Antonio fue capaz de hacer atractivo el proyecto de una España que se debatía entre la acritud y la estupidez y arrastrar tras de sí a lo mejor de la juventud con las almas partidas. Porque al ser el hombre en sí sujeto político necesita llenar esta dimensión de su naturaleza para encontrarse a sí mismo. De ahí el triste espectáculo de la juventud actual, que en el afán natural de concebir su propia fórmula busca y no encuentra, y al hallarse con la desilusión se entrega a la apatía y a la
indiferencia sin darse cuenta de que la solución la tienen tan cerca, con solo remozarla al talante de su época.»
ANEXO 3
Informe grafológico
Para conocer mejor a nuestra protagonista disponemos del informe grafológico del perito Carlos Juan Ruiz de la Fuente. La propia examinada guardaba el siguiente documento a su muerte y lo reprodujo en sus memorias, señal de que debió compartir todas o alguna de sus conclusiones.
Helo aquí:
Tipo de letra: Ascendente, regular, dextrógira, clara, redondeada (leves indicios angulosos), dinamogeniada, (Brown-Séquard), bien espaciada, igual, graciosa, grande, rellenada, natural, rápida y ligada.
Su escritura indica una fuerte personalidad, contra la que seguramente se habrán estrellado inútilmente esfuerzos y presiones ajenas. Es una de esas personas de las cuales dicen sus profesores que «no pueden hacer carrera de ella».
En su grafología se encuentran algunos resultados en aparente contradicción. Así, por ejemplo, da generosidad y egoísmo. La explicación es sencilla: es de una gran generosidad para las cosas grandes, y su egoísmo se manifiesta en un acendrado amor a los objetos, sobre todo a los de uso personal. Más que egoísmo, se podría decir que es escrúpulo exagerado.
Los rasgos básicos de su carácter son:
Ardor: gran ardor, persistente y original, de familia. Gran imaginación. Gracia. Actividad. Alegría. Claridad de espíritu. Dulzura. Firmeza. Cultura (espíritu muy cultivado). Gran rectitud. Mucha vivacidad. Orgullo del nombre. Orden, pero tal vez más para las cosas externas que para las particulares.
Todas estas cualidades las tiene marcadísimas y en alto grado. Y continuando por orden alfabético:
Agrado. Afecto. Admiración entusiasta por las cosas bellas. Agitación. Cierto altruismo. Alegría atractiva. Ambiciones nobles. Cierto amor al
confort. Amabilidad. Naturaleza ardiente y sensible. Grandes aspiraciones. Deseo de atraer y retener. Amor a la claridad.
Benevolencia. Buen humor. Buena salud.
Algo candorosa. Propensa a los celos. Continuidad de ideas. Constancia. Momentos de cólera rápida que se va como llega. La coquetería indispensable en una mujer, pero atormentada por un leve complejo de inferioridad. Espíritu crítico. Rachas de confianza en sí misma. Cuidado. Corrección. Cortesía, un poco limitada por la timidez. Naturaleza comunicativa, pero que determinadas circunstancias transformaron en prudente reserva.
Distracciones momentáneas: Discreción. Desconfianza formada al correr de la vida. Sentido estético. Entusiasmo. Espíritu emprendedor. Esperanza. Energía. Excitación. Fidelidad. Finura.
Intuición. Inspiración. Inteligencia viva. Impresionabilidad. Justicia. Juicio. Lealtad. Lógica. Perfectibilidad. Precisión. Ponderación. Cierto positivismo. Precipitación en determinadas ocasiones y circunstancias.
¿Presbicia? Prudencia. Espíritu de protección. Perseverancia. Paciencia a voluntad. Capacidad de pasión (¡Aquí de los celos!).
Reserva. Resistencia. Razón. Sencillez. Susceptibilidad. Una gran sensibilidad acompañada de una ternura contenida. Timidez. Talento. Cierta terquedad en ocasiones. Espíritu vivo. Voluntad. Gran valentía. Posee las mejores cualidades para ser una falangista de primer orden. Ardor e ingenuidad en alto grado (la ardorosa ingenuidad de que hablara José Antonio). Valentía. Rectitud. Intuición. Firmeza y alegría. Alteza de miras y espíritu de justicia. Sensibilidad y discreción. Orgullo. Actividad. Espíritu emprendedor y perseverancia. Tal es el resumen.
ANEXO 4
Curriculum vitae
Pilar conservaba este currículo elaborado por ella misma poco antes de retirarse de la política:
Procurador en Cortes en su condición de Consejero Nacional designado por el Jefe del Estado.
Delegada Nacional de la Sección Femenina de la Falange, desde su fundación en 1934.
Nacida en Madrid. Es hermana de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange.
Cursó sus estudios en los colegios de las Damas de Saint Maur y de las Esclavas del Sagrado Corazón. Obtuvo el título de Enfermera en la Facultad de San Carlos de Madrid.
En 1934 fundó la Sección Femenina de la Falange Española, organización que ha dirigido y animado desde entonces con el cargo de delegada nacional.
Consejero Nacional del Movimiento designada por el Caudillo y miembro, por elección, de su Comisión Permanente.
Vocal del Consejo Nacional de Educación y de otras muchas Juntas y Comisiones en los distintos organismos oficiales.
En las Cortes: Procurador en Cortes en todas las legislaturas; en la actual pertenece a las Comisiones de Leyes Fundamentales y Presidencia del Consejo y de Educación y Ciencia.
Ha actuado como Presidente del Primer Congreso Femenino Hispanoamericano en junio de 1951, y del Segundo Congreso Internacional de la Mujer, en junio de 1970.
Presidente de la Comisión Nacional del Año Internacional de la Mujer en 1975.
Condecoraciones: Es titular de gran número de condecoraciones nacionales y extranjeras; entre otras, las Grandes Cruces de Isabel la Católica, de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas, del Mérito Agrícola; es comendador con Placa de la Orden del Sol del Perú, de la Orden de Bogotá de Colombia, etc.
En noviembre de 1970 se le concedió, por un Decreto de la Jefatura del Estado, el Gran Collar de la Orden de Cisneros.
Estado civil: Soltera.
Domicilio: Cristóbal Bordiú, 19. Madrid.
ANEXO 5
Informes secretos de la red APIS
La red de informadoras APIS, sobre la que nos detuvimos en el capítulo titulado «La red», hizo llegar a Franco por mediación de Carrero Blanco, para quien trabajaba a su vez la monja teresiana María Dolores de Naverán, numerosos dossieres confidenciales cuyo contenido, considerado de alto secreto en su día, nos disponemos a revelar ahora.
Nadie sabía entonces en Falange que el Caudillo estaba puntualmente informado de algunos comentarios efectuados de puertas adentro en la Sección Femenina; ni tampoco de los referidos informes secretos sobre destacados falangistas, ministros del Gobierno de Franco, monárquicos, e incluso el monje benedictino Justo Pérez de Urbel, director espiritual de la Sección Femenina.
En la cabecera de algunos de esos informes, al recibirlos, el propio Generalísimo anotaba de su puño y letra: «Por el mejor servicio a la Patria», tal y como puede observarse en alguna reproducción.
He aquí, ahora, esos documentos custodiados hoy en el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca.
Carta de María Dolores de Naverán a Luis Carrero Blanco, a quien la monja teresiana informaba puntualmente de las vicisitudes de la Sección Femenina y de los pormenores de los
más significados camaradas de la Falange.
A) INFORMES PERSONALES
Encabezamiento del informe original sobre Pedro Laín Entralgo.
1. Pedro Laín Entralgo
Natural de Teruel. Hijo de Pedro y de Concepción. 33 años. Médico.
Domicilio en Lista, 11 (Madrid).
Hijo de familia liberal y educado en el Colegio de Burjassot (Valencia), presenta, en su criterio de las cosas, una base magnífica de sentimiento y formación católicos y, a veces [todos los subrayados son del original], resabios de errores liberales.
Sin filiación política con anterioridad al Glorioso Movimiento Español, según él. Pero formaba parte de la C. E. D. A.
Pertenecía a Acción Católica, siendo vocal de su Junta de Propagandistas.
El Alzamiento le sorprendió en Santander, donde se encontraba dando un curso, en el Colegio Cántabro, organizado por Acción Católica y por la
F. A. E. (Federación de Amigos de la Enseñanza, para defender a los colegios religiosos en tiempo de la República y que aún continúa).
El 22 de agosto del 36 pasó en un barco alemán a Francia y, de aquí, a la Zona Nacional, dirigiéndose inmediatamente a Navarra, donde residió casi todo el tiempo que duró la guerra.
En Pamplona se afilió a la Falange, presentándose como voluntario a sus Milicias y llegando a sargento de Complemento: pero toda su labor fue en la retaguardia, sin pisar el frente, a pesar de estar en plena edad militar.
Al poco tiempo, le reclamó Arriba, marchándose entonces de Pamplona a trabajar al servicio de Prensa y Propaganda Nacional.
Fue después Inspector de Milicias de Retaguardia, Secretario de la Revista F. E. y Profesor, además de periodista, hasta febrero del 38, siendo Jefe Nacional de Ediciones hasta el final de la guerra.
Pasó dos veces a Francia, durante el Movimiento, con objeto de recoger a su mujer. Procede ella de la F. U. E., en la que actuó intensamente de soltera, haciendo además una propaganda activísima; así como de la Institución Libre de Enseñanza, como colaboradora adicta de María de Maeztu.
Es mujer ambiciosísima, e influye muy mal en su marido.
Laín ha sido médico del Manicomio de Valencia (Marqués de Turia, 60), donde no se le han conocido actividades políticas, si bien estaba afiliado al Partido de Gil Robles.
Lo que más le distingue y lo que más se le critica es su «mariposeo» por la retaguardia, procurándose buenos puestos, sin excepción.
En Valencia se le sigue expediente, que está paralizado [hay un signo de interrogación a lápiz].
Muy bien conceptuado en su vida pública y privada, como hombre de honor. Situación económica, buena.
Científicamente, entre sus comprofesionales [sic], se le tiene por nulo: más literato y periodista que investigador-médico. Por ello, aspirando a una Cátedra de la Facultad de Medicina de Madrid, logró que se crease la
de «Historia de la Medicina», que le fue concedida por oposición, con los comentarios consiguientes en el Rockefeller y en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Desde que entró en posesión de su Cátedra se nota en él cierta prevención a la Libertad de Enseñanza que preconiza la
S. M. Iglesia, y un excesivo criterio estatal y de apoyo al Profesorado Oficial, cuanto de restricciones a la Enseñanza Privada.
Es Consejero Nacional y Subdirector de la revista Escorial, habiéndole sentado malísimamente el nombramiento de Alfaro, al cesar Ridruejo, lo que Laín ha estimado como una injusticia para él, que es quien —según dice— ha hecho lo que es Escorial, «bueno o malo».
Esto le hace decir que él está «ya de vuelta con esta Falange». Por lo demás, buena persona.
Madrid, 15-VII-1943
—Informe (Complemento de ficha entregada):
La esposa de Pedro Laín Entralgo se llama Milagros Martínez Prieto. (Se lo digo porque no pude incluir el nombre en la ficha de Laín, y
quedé con V. en averiguarlo).
Ya sabe que influye enormemente en su marido y que, por desgracia, es ella de ideas avanzadas, habiendo sido fundadora de la F. U. E.
Está muy rabiosa porque su marido «es un tonto que no se acaba de convencer de que, con esta gentuza no va a ninguna parte, y confirmará para él la serie de injusticias».
Es íntima de la C. I. E. (Centro Internacional de Enseñanza) que ya sabe V. es todavía de la Institución Libre de Enseñanza, de la que hacía mucha propaganda la mujer de Laín, de soltera.
Q. C. D. [Quién como Dios]
2. Ernesto Giménez Caballero
Periodista y catedrático de Enseñanza Media.
Domicilio: San Bernardo, 82. Editora Caro Reggio. Madrid.
Antes de nuestro Glorioso Movimiento Nacional, vivía de su trabajo periodístico y libresco, así como de la Editorial Caro-Reggio, que el año
27 le editó Los Toros y, más adelante, el libelo blasfemo Las castañuelas y la Virgen —donde lleva su osadía a hablar contra la Inmaculada Concepción— y otras obras contra los Fueros de Navarra, etc.
Colaboraba asimismo en las revistas literarias vanguardistas, y su producción es soez, sectaria y antimilitar.
Véase: Yo inspector de alcantarillas, especialmente en Infamia de Don Juan (Cuadernos de un Jesuita) —Biblioteca Nueva, 1928, págs. 57 a 73
— narración de un sadismo diabólico (ver págs. 65, 66 y 68 al final). Ver
Confesonario, del mismo libro, págs. 193 y 194.
Encabezamiento del informe original sobre Ernesto Giménez Caballero.
En Notas marruecas de un soldado (Espasa-Calpe, 1927), al hablar de la derrota de Annual, llama a los Jefes y Oficiales de nuestro Ejército:
«Gañanes con estrellas».
El Ejército, indulgente, lo admitió más tarde en su seno, otorgándole el n.º 1 de los Cursillos que tuvieron lugar en Pamplona en el año 1937, siendo promovido entonces a Alférez Provisional de Infantería.
Durante la República, acentuó aún estas directrices de su pluma: La Virgen y la pandereta, etc.
Efectuó, por aquel entonces (¿1932?), como pensionado por
«Relaciones Culturales» del Ministerio de Estado republicano, un viaje por los Balcanes, visitando comunidades judeo-sefarditas, y propugnando ante las mismas y en la rendición de cuentas de su misión, la necesidad de conceder la nacionalidad española a todos los sefardíes, cualquiera que fuese su residencia y con solo el certificado de sus Jefes Religiosos.
Aconsejaba también, «dada la ineficaz labor de las Misiones Españolas en Palestina y por ser la República laica» (recogemos, con la máxima exactitud el concepto, mas no la letra, pues escribimos de memoria) que la subvención para misiones se transformase «en otra para escuelas de sefardíes».
En el Ministerio de Asuntos Exteriores (Relaciones Culturales) debe existir la entusiasta Memoria, en la que tan calurosamente se defiende a los sefardíes, a los que Giménez Caballero llama «hermanos de sangre», o cosa por el estilo.
Hasta algo antes del Movimiento Nacional debió de mantener buena amistad con Lerroux, pues le dedicaba todas sus producciones.
En el año 1933 fundó la Gaceta Literaria, semanario de tipo nacional revolucionario, aunque ni falangista ni albiñanista, ni de los otros dos que se fundieron con aquella: procuraba, por el contrario, atraerse a escritores noveles y desamparados, con miras a lograr un grupo intelectual controlado por él. Entonces publicó Genio de España, y esto y un artículo sobre Mussolini —por el que le fue concedido un premio, dándole fama y predicamento ante la primitiva Falange— le inclinaron hacia esta, modificándose su anterior orientación de escritor.
Acababa de fundarse la Falange: Giménez Caballero, por su parte, colaboró muy activamente con un grupo del marqués de la Eliseda.
Realmente su matiz político anterior no está plenamente aclarado, en cuanto a estar afiliado se refiere.
A. P. I. S. no ha logrado descubrir si perteneció, como socio, a algún otro partido, salvo su ya citada actuación con Eliseda.
Pero, eso sí, su inteligencia con José Antonio no debió ser absoluta ni cordial, ya que el Fundador le expulsó del Partido y, desde luego, Giménez Caballero aparece como candidato del «Bloque Patronal» de Madrid en las elecciones de 1936, frente a la candidatura de Falange Española (en la que
figuraban el propio José Antonio, Ruiz de Alda, Sánchez Mazas y Fernández Cuesta).
El Movimiento Libertador le sorprendió en Zona Nacional, donde parece que propuso a S. E. el Caudillo formar un grupo «franquista»; pero el Generalísimo rechazó la idea de grupos.
Tras sus mencionados estudios en Pamplona, salido Oficial Provisional de Infantería, se fue al frente; pero, al poco tiempo, volvió, quedándose a residir en Burgos.
Posteriormente al Grito de Alzamiento, se le tiene a Giménez Caballero por uno de los definidores (¡!) —fama que él mismo se suele dar
— del pensamiento de José Antonio, y ello no obstante haber sido repudiado por este.
Desde luego, hay que reconocer que su actuación es muy distinta a la del primer período de su vida, pese a repetidos patinazos.
Desde el punto de vista religioso, es un pretencioso ignorante.
En el folleto —¿editado por la España Nacional?— La Falange — hecha hombre— ¡conquista el Estado! (Salamanca, 1937) dice en una nota, pág. 7: … Los etnólogos han llamado, a esos momentos, «ritos de tránsito» y la religión católica, «sacramento». El «bautizo» (sic) es el paso de la entraña materna a la infancia. La «comunión» tiene el profundo y milenario sentido de la fiesta de la pubertad. Así como el «matrimonio», de la juventud hacia la etapa viril y paterna.
Actualmente, después de haber estado de simple Encargado de Curso
—nombramiento de gracia de Ibáñez Martín— en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, acaba de concedérsele Cátedra por oposición habiendo sido nombrado Catedrático de Lengua y Literatura Españolas del citado centro, saltando sobre todos los más antiguos que desempeñan el cargo en provincias.
Debe, además, a la España Nacional, el ser en estos momentos: Consejero Nacional de F. E. T. y de las J. O. N. S., y Procurador en Cortes.
Es persona mordaz y agresiva: se le considera enemigo temible, capaz de ensañamiento mediante calumnia. Carece de simpatizantes, pero le temen y nadie se atreve a enfrentarse con él y provocar su enojo.
Es deplorable el concepto de «desleal» en que se le tiene en el Partido. Tiene muchos negocios al amparo de su editora —dicen— pero esto habría que probarlo, pues pudiera ser imputación calumniosa.
Cuando fueron trasladados los restos de José Antonio, de Alicante a El Escorial, fue Giménez Caballero invitado por Miguel Primo de Rivera a que saliese, cuando en la estancia (en Alicante) se iba a rezar el Santo Rosario, dirigiéndole estas o parecidas palabras: «Si como Consejero Nacional hemos de soportar tu presencia, en esto, que es una cosa íntima, no la queremos».
En otro acto, organizado en el Campo de Comillas, le echó igualmente el camarada Foxá.
Se le tiene por persona voluble y poco moral. Se ha dicho que S. E. el Caudillo ha firmado su expulsión del Partido.
Hay, pues, antagonismo, con mejora actual, entre lo que fue antes de escribir Genio de España y lo que ha sido después y principalmente desde el Glorioso Movimiento Nacional. Esto es un hecho.
Pero, como españoles, los informantes, y obrando con cordura, no podrían fiarse de persona tal que, celosa de su medro personal, se hizo notoria como procaz y sectaria en sus escritos; alentó a los judíos sefarditas, llegando a propugnar ante el Ministerio del Exterior (Estado) el derecho de los tales a ser españoles y retornar a nuestra Patria, y políticamente estuvo en amistad con Lerroux, para terminar por enfrentarse con José Antonio en las elecciones de 1936, vísperas de la tragedia de España.
Y todo para ufanarse ahora de su compenetración con el Fundador, que es probable que este desmintiera si viviese.
(Ver el folleto citado: La Falange —hecha hombre— ¡conquista el Estado!, págs. 3 a 9).
En sus escritos, conferencias, etc., pondera mucho a S. E. el Generalísimo, y quizá lo haga sinceramente; pero con torpeza tal, a veces, que se diría tiene la aviesa intención de producir efecto antitético, o más probablemente la osadía de lograr sus fines escudándose tras la gloriosa figura del Caudillo cuando se ha provocado una reacción lamentable.
15-VII-1943
3. Carlos María Rodríguez de Valcárcel
Es actualmente Jefe Nacional del SEU.
Antes de la guerra no pertenecía a ningún partido político.
Le sorprendió nuestro Glorioso Movimiento Nacional en la Zona Liberada, y se afilió a la Falange, llegando a teniente de Aviación.
Tiene concedidas varias cruces por méritos de guerra. Observa buena conducta moral.
Está falto de capacidad para el cargo que desempeña, principalmente en las circunstancias actuales.
(Continúa la investigación).
4. Fray Justo Pérez de Urbel
Está muy contento de los discursos de estos días de S. E el Caudillo. Pero respira a favor de Laín y de Tovar en lo de la Ley de Ordenación
Universitaria. Me ha dicho aquel que lo que ha ocurrido con dicha Ley de Enseñanza en las universidades no se podía consentir: que cualquiera podía fundar un Colegio Mayor, siendo que solo debía de ser atribución del Estado y de la Falange (¡!). Ha añadido que Tovar y Laín habían protestado, pues formaban parte de la Ponencia que presidía el Sr. Obispo, pero no les habían dejado hablar ni emitir su voto particular, por lo que Antonio Tovar había entregado sus carnets de Procurador en Cortes y de Consejero Nacional.
Sigue diciendo Fray Justo que los rectores de las universidades no hablaron por conservar los puestos que actualmente tienen, y que habían recibido órdenes de no hablar.
Agregó Fray Justo —y yo, por eso, le aviso a V.— que él forma parte de la Ponencia de la Ley de Primera Enseñanza, y que se van a reunir varios ponentes antes de ver el asunto en las Cortes, a fin de evitar que en estas les sorprendan como ha ocurrido ahora, y estudiarlo previamente.
Me ha parecido interesante avisar a V. para evitar un grave mal; pero advirtiéndole, al mismo tiempo, que el grupo Tovar-Laín —y Fray Justo pensaba igual el pobre— censuran «el que se haya coaccionado a los Procuradores».
Me da pena este fraile, ¿no se podrá acudir a sus superiores? Yo no sé si será cierto eso de que cualquiera pueda abrir Colegios Mayores: supongo que en la ley se habrán designado las condiciones y los derechos del Estado, según la encíclica Divini Illius. Pero es extraño que un benedictino se sume a quienes —por falta de formación unos y por
anticatolicismo otros y por egoísmo profesional todos— tratan de conculcar el derecho de la Iglesia en la libertad de enseñanza. La Iglesia no pasaría por ahí. Y me pregunto: ¿No estarán empujados por quienes quieren hacer dar al Caudillo un patinazo?
Por lo demás, es de justicia decir que Fray Justo afea la conducta de algunos falangistas (agriados porque han sido destituidos) respecto a S. E. el Caudillo. Dice: «Yo los quiero mucho particularmente a algunos; pero veo que se están portando mal con el Caudillo».
Dice Fray Justo: «La semana pasada me llamó uno de ellos al convento para que yo le acompañase a Silos, pues hacía ese viaje con objeto de ausentarse de Madrid». Y le contesté: «Lo siento, pero mi obligación es estar en Madrid en las fiestas del 18 de julio y asistir a los actos como creo que es tu obligación».
Repito que le ha afeado mucho, pero no me ha querido decir quién era. También me ha dicho Fray Justo que Pilar tiene una «décima» hecha por Julián Pemartín —que es el hermano de D. José Pemartín, el que fue director general de Enseñanza Superior y Media en el Ministerio de Educación Nacional— la cual «décima» está dedicada a D. Juan de Borbón, y dice algo parecido a esto: «Don Juan, en quien descansa el trono de la Reina Isabel, no queremos que vengas a España de virrey, sino cuando seas Rey totalmente». Algo así. Figúrese que a este le he oído tantas veces disparatar de D. Juan, ¡y no se hablaba con su hermano por
ello!
Sigue llegando propaganda inglesa en cantidades a nombre y dos apellidos de las jerarquías del Partido.
Q. C. D.
5. Pedro Sáinz Rodríguez
Entidades: Escuela Nueva (1910-1920).
Fue la primera en dotar al Partido Socialista de España de un centro de estudios teóricos y prácticos (pág. 5 del folleto de propaganda).
Reglamento:
Art. 2.º: Para pertenecer a esta Sociedad se requiere:
A) No profesar ideas anti-socialistas ni confesionales.
B) Solicitarlo, por escrito, del Presidente, manifestando conformidad absoluta con este Reglamento: Las solicitudes de ingreso irán firmadas por tres socios.
Art. 3.º: Existirán tres categorías de socios: profesores extraordinarios, profesores de número y amigos de la Escuela Nueva.
Socios de la Escuela Nueva: Creemos un deber consignar aquí todos los que han sido socios de la Escuela Nueva… (pág. 25). Sigue relación alfabética (pág. 37).
Pedro Sáinz Rodríguez-Doctor en Filosofía y Letras.
Informe: El movimiento pedagógico llamado «Escuela Nueva» se basa en las teorías misonianas: «El niño nace perfecto; educarle es deformarle». Hay una declaración de «Los derechos del niño».
He aquí algunos: «El niño es un ser libre desde el nacer: nadie, ni aun sus padres, podrán forzar su voluntad libre». «El niño tiene derecho a no ser castigado: empléese la reflexión para convencer a su razón libérrima».
«Entre los derechos del niño está el de que no se le sujete a una disciplina, a un horario, a una enseñanza que no le sea grata». «El “niño nuevo” vendrá a la escuela cuando le plazca, hará los trabajos que quiera, se marchará cuando le apetezca; el maestro se ha de limitar a proveerle de “circunstancias ambientales” y de material escolar, así como de cuanto pida para sus pequeñas construcciones y demás trabajos manuales». «Nada de hablarle al niño de Religión: ha de respetarse su “libertad de conciencia”. Es él mismo quien, más adelante, elegirá si quiere sus creencias, sin que nadie tenga derecho a imponérselas». «Los padres no tienen derecho a imponer profesión a sus hijos: es la Escuela la que, en su Laboratorio Psico-Pedagógico, por medio de los tests o reactivos, dará la debida “orientación profesional”, según las aptitudes del niño, y el Estado obligará a los padres a cumplirlas. Así no será la fortuna económica la que pese en la decisión de estudios universitarios o altos estudios científicos: “La contribución de esa fortuna” para necesidades docentes dará lugar a que estudie el niño apto, sin tenerse en cuenta la fortuna o pobreza de los padres, y a que aprenda un oficio igualmente aquel niño más apto para esto, por elevada que fuese la situación económica de la familia que, sin embargo, aportará el pago de becas proporcional a su capital», etc.
Fundó la Escuela Nueva (Movimiento Pedagógico moderno), bajo el patronato de Juan Jacobo Rousseau, el Instituto Juan Jacobo Rousseau de Ginebra, fundado a su vez por la Asociación Masónica Internacional, lo mismo que la Universidad de Bruselas, a la que la A. M. I. dio vida para enfrentarla con la Universidad Pontificia de Lovaina.
6. Blas Pérez
Cargo profesional: Fiscal y Jurídico Militar. Cargos que ha desempeñado en la España Nacional:
a) Miembros de la Asesoría Jurídica de S. E. el Caudillo, con Fusset.
b) Delegado Nacional de Justicia en el Partido.
c) Fiscal del Tribunal Supremo.
Ocupación actual: Ministro de la Gobernación.
Capacidad: Regular nada más; pero se ha dado a sí mismo fama de
«neutralidad», que es un mito del que se ríen en la Magistratura.
Psicología: Extremadamente ambicioso.
Clasificación en A. P. I. S.: Su ambición sin meta final le hace apto para ser utilizado por la Masonería. Tiene amistades de masones e incluso ha anudado con algunos de estos ahora intimidad. Esto y su apoyo decidido y probado a diversos masones y su benévola opinión acerca de la masonería, manifestada repetidas veces, hacen dudar entre clasificarlo como «probable masón» o simplemente como «utilizable por la secta». Queda, de momento, encasillado con este último carácter, a resultas de nuevos datos.
Historial: De familia rica de Canarias, aborrece al marxismo pero sus ideas son izquierdistas, su respeto a la S. M. Iglesia es nulo y su vocabulario en la intimidad angustia por su sectarismo: «Los clericales», etc.
Sin duda por su anti-marxismo, fue decidido partidario del Movimiento Nacional.
Ante los magistrados del Tribunal Supremo (uno de los testigos es don Rafael Rubio, presidente de la Sala 1.ª) afirmó que no había por qué atacar tanto a los masones, ya que «por ser masón, se puede ser buena persona».
A los mismos Sres. Magistrados del Supremo recomendó a un masón y al decírselo aquellos, contestó D. Blas Pérez que «lo había ignorado».
Se presentó a visitar a D. Marcelino de Ullívarri (en la pensión de la Plaza de Bilbao) acompañando personalmente a un militar masón expedientado como tal, recomendándolo D. Blas a D. Marcelino con todo empeño.
Entre los documentos llegados de Portugal hay uno fechado el 25-X-42, que se entregó con destino a S. E. el 30 de octubre de 1942 y en el que se lee:
«[Ilegible] y los otros de la A. M. I. tienen noticias de que vuestro actual ministro del Interior, D. Blas Pérez, no hará nada contra ellos. ¡Por Dios! No te fíes de él ni le hables de mí ni de mi R.; sería espantoso. Aunque no sé por qué tiemblo sabiendo la discreción de siempre. De todos modos, en la A. M. I. se reciben noticias de que este Sr. Pérez va a dejar el Departamento de Interior y pasará a Justicia, y el de Justicia va a ser nombrado Presidente de las Cortes, designándose a un general para Interior. La combinación les ha apurado y andan agitadísimos en sus radios». De esto hace tres meses.
El secretario del Ayuntamiento de Valencia, D. Luis Larrea, masón, tiene ahora gran amistad con D. Blas Pérez, hasta el punto de venir de Valencia y comer en casa de dicho ministro. Esa íntima amistad no existía en absoluto antes de nuestro Glorioso Movimiento Nacional.
D. Blas Pérez ha traído a su Secretaría al «probable masón»
D. Romualdo Hernández, al que ha propuesto a Aunós para subsecretario, a cambio de apoyarle a él para ministro de Justicia.
Ha traído de subsecretario de la Gobernación a un «probable masón».
Su hermano Esteban Pérez, subsecretario de Trabajo, es también izquierdista en ideas; pero tiene la capacidad intelectual que no brilla en su hermano Blas, no obstante la auto-propaganda de este y la [ilegible] que realizan. Fusset —muy adicto a S. E, el Caudillo— estima a ambos por ser de Canarias y saberles anti-marxistas y del Movimiento, y quizá sea él quien ha logrado el aprecio en que dicen tiene el Caudillo al actual ministro de la Gobernación. (1 de febrero de 1943).
7. Eduardo Aunós
Ministro de la Dictadura del General Primo de Rivera (q. e. p. d.).
Ambicioso, intrigante, osado, pero su característica más saliente es la adulación, a veces hasta lo absurdo: adulación a altos y bajos; va a lo suyo. Fue él quien llevó a Largo Caballero al Consejo de Estado —primera vez que un obrero escalaba tal lugar— y ello no obstante estar incapacitado por la falta de cultura propia del cargo y sus ideas disgregadoras que le hacían inepto para que su consejo pudiera tomarse por bueno por la Monarquía. Es, pues, Aunós responsable del daño que se hizo a la Patria, ya que desde el propio Consejo de Estado y con el favor oficial organizó el estuquista la U. F. E. en España, que se nos echó encima
al caer la Dictadura.
Fuera de la Patria ya el general Primo de Rivera, Aunós se separó de sus compañeros (que habían creado la Unión Monárquica) y fundó él, a su vez, un Partido de halago a las masas obreras, imitación del Laborista inglés, al que dio el nombre de Partido Laboral Español, y al que los políticos llamaron «El Novato» porque fracasó sin haber nacido por falta de secuaces.
Durante el triste intermedio Berenguer, el fichado se mantuvo totalmente al margen y sin manifestar su posición una vez fallado su intento de jefatura política.
Al estallar nuestro Movimiento Nacional, Aunós huyó a Francia y se adhirió al Generalísimo Franco, ofreciendo sus servicios en París y en Bayona. Se mantuvo así alejado de las molestias de la guerra, viniendo de vez en cuando a España en visita «de servicio».
Halagó privadamente a familias de personalidades de izquierdas, que acudían a él suplicando protección.
Ha hecho un viaje a la República Argentina para hablar de «cuestiones económicas», al parecer con acierto, hablando allí en sentido español y del Régimen.
Su secretario aseguraba que, al regresar, sería nombrado ministro. Le apoya Blas Pérez, quien le ha presentado —según se dice— su candidato para la Subsecretaría de Justicia: el fiscal D. Romualdo Hernández, probable masón, candidato que ha sido aceptado plenamente y como cosa propia por Aunós, en pago al apoyo de Blas Pérez para la obtención de una cartera. (1 de febrero de 1943).
B) INFORMES GENERALES
Primer informe
Se venía propalando estos días —e incluso el camarada Blas Pérez se hizo eco de la noticia ante sus secretarios políticos— que el camarada José Luis de Arrese está a punto de cesar en la Secretaría General del Partido, a consecuencia de su discurso belicista de Málaga, que alarmó a las masas obreras y a la clase media y disgustó sobre todo al capital.
Elementos del grupo de Amigos de Alemania, ya conocidos como tales, aseguraron que dicho cese se debía a presión yanqui-inglesa.
Con esta afirmación insidiosa lograron inquietar al gran núcleo de españoles que no olvidan que los países anglosajones (y Francia) son los eternos enemigos históricos de la Patria, hasta el punto de que —desde la Guerra de la Independencia— suele terminarse en los hogares labriegos de Navarra el Sto. Rosario familiar, diciendo a modo de otra letanía:
¡Guerra al francés, guerra al inglés,
que hicieron la guerra a nuestros abuelos!
¡Amén!
A lo que, más tarde, se añadió:
¡Guerra al bandido yanqui el peor de los tres!
¡Amén!
Completado desde nuestra Cruzada:
¡Guerra al rojo
que trae al demonio con él!
¡Amén! ¡Amén!
Hoy se asegura que el camarada Arrese continúa por ahora en el cargo.
Bulo o no, todo ello, A. P. I. S. ha aprovechado la ocasión para hacer la debida propaganda en el sentido de:
Que el Caudillo ha logrado para España la libertad de decisión que los anglo-franceses nos tuvieron hipotecada.
Que esta es una de las magníficas conquistas de nuestra Cruzada: ser los amos en nuestro solar.
Que ni nombramientos ni ceses se harán ya en España por presión, ni se contendrán por rumores absurdos y tendenciosos, sino que el Caudillo
decidirá, en cada caso, lo que conviniere a España, y a nadie más que a España, según el interés español del momento.
Que la España rescatada por el Ejército ayudado por la Nación no tolerará presión alguna extranjera en el interior de la Patria, fuese cual fuese el sector que osara intentarla. (3 de marzo de 1943).
Q. C. D.
Segundo informe
En los medios falangistas de Madrid se dice que están organizando los
«juanistas» una Comisión que se presentará, en nombre del Partido, a S. E. el Generalísimo, «para exigirle que se marche».
No hemos podido localizar aún a los inductores; pero el rumor lanzado pudiera ser el agente, ya que se está haciendo creer en la inminencia de un cambio de Régimen, y abundan los que se suman a lo que tenga probabilidades de éxito.
Asombra también el ver la exactitud del cometido que se supone a dicha Comisión del Partido, con lo que se ordena en la última «palabra Semestral» de la masonería —a propuesta y con firma de Martínez Barrio
— para una Comisión de Jefes del Ejército.
Hay que desconectar, sin pérdida de momento, y que hacer contra- propaganda de estabilidad.
Los descontentos son pocos: la masa se inclina a lo que crea va a triunfar.
De Barcelona nos avisan que fueron setenta los firmantes del documento monárquico y que pasan de 6000 las firmas que llevan recogidas en aquella capital.
¿Simple exageración de un pequeño suceso? ¿O es que realmente se están recogiendo firmas por España?
Y conste que en A. P. I. S. no nos fiamos de Correa, y que este tiene muchas simpatías en Barcelona, quizá porque es muy tolerante.
15-VII-1943
Tercer informe
Varios falangistas conspicuos se están acercando a elementos destacados de Renovación Española, y ofreciéndoles sus simpatías y servicios.
Entre otros, Rafael Sánchez Mazas sostiene —ante camaradas— que
«hay que situarse para la Monarquía que viene».
Ha habido quien le ha insultado, pero él ni siquiera se ha molestado por esto, y ha dicho que es necio oponerse a la corriente, porque no hay dique ya para el triunfo de los Aliados que impondrán en España a
D. Juan.
Q. C. D.
Cuarto informe Ministerio de Justicia
La Vocal del Consejo Superior de Protección de Menores. Bilbao, 27-XII-42
Ilmo. Sr. D. Luis Carrero. Subsecretario de la Presidencia. Mi respetable amigo:
Apenas he llegado, me encuentro con nuevos datos en clave, cuya traducción ha de llevarnos más tiempo del que yo quisiera, por lo que no podré hacérselos llegar antes de mi proyectado regreso. Pero, entre lo que llevamos traducido ya, hay algo que creo conveniente que sepa Vd. cuanto antes.
Hacia el 15 de diciembre ha vuelto a Madrid, desde Portugal, aquella Lolita Miranda de que se hace mención en la carta última de A. de S. Ruego a Vd. la relea, pues estimo que se trata de algo grave. Ha venido comisionada por Rolão Preto —el «Chefe» de la Falange de los portugueses— para ponerse, en nombre de aquel, al habla con cuantas personalidades de F. E. T. y de las J. O. N. S. pudieran sentirse malcontentas.
Aparte del peligro directo por su siembra aquí respecto a nuestro Caudillo, temo mucho también que con estas intrigas políticas desde España para Portugal se malogre la magnífica labor de aproximación hispano-lusitana que tanta satisfacción ha producido en todo el sector ibérico de orden, y pongan a nuestra Patria en entredicho con Oliveira [Salazar], tan bien dispuesto hoy con nosotros (g a Dios N. S.) y quien además, por gobernar completamente en católico, es mucho más de desear que ese pobre alocado.
La Sra. en cuestión piensa regresar a Portugal dentro de brevísimos días. No sé si atreverme a decir que convendría que se la vigilase, saber con quién se entrevista y, a ser posible, sonsacarle su impresión acerca de las visitas ya realizadas.
Son Vds. los que saben qué es más acertado, y quizá crean preferible impedir a rajatabla sus manejos. ¿Pero no sería mejor, por el contrario, darle sensación de seguridad, al mismo tiempo que se controlen plenamente sus andanzas, para que nos sirva de hilo conductor que descubra toda la trama? Sé lo que es quedar desconectados, y son movimientos muy interesantes.
Mándeme siempre. Mi teléfono aquí: 17 364.
Q. C. D.
M.ª Dolores de Naverán
PD: Me permito rogar que nadie absolutamente, aparte de Vd. y de Su Excelencia, vea esta carta.
Quinto informe 9 feb. 1943.
Se suplica secreto absoluto —mejor destrucción del Informe— por tratarse de una austríaca (agente informativo de A. P. I. S.) infiltrada en el Consulado General de Alemania en Madrid.
I) Hitler está desagradablemente impresionado con el viraje que los alemanes notan en España para el lado de los Aliados, o cuando menos
neutral, y no como antes no-beligerante. En el Consulado se dicen palabras gordas contra los españoles, y llaman al General Franco [ilegible] y
«toreador» y «oportunista». Le vigilan mucho y también creo que están algunos dentro del Palacio de El Pardo, y están descontentos.
El viaje del Ministro Secretario ha suavizado algo la cosa, pero más para el mismo Arrese y para la Falange, que para el Generalísimo; porque dicen aquí que Arrese ha explicado que cuenten con él para influenciar a Franco, como ya lo estaba haciendo desde antes.
De Berlín se ha recibido que el Ministro de España se muestra bien para la Alemania y que hay que cultivarle. El telegrama lo que dice:
«Importación azúcar aceptable. Compran más».
Pero «azúcar» es el Ministro; si se tratara del Generalísimo Franco diría «corcho», pero ya ve Vd. que no dice nada de él. «Comprar» es seguir más adelante una gestión.
Creen, pues, aquí que pueden esperar los buenos oficios del Ministro cerca del Generalísimo Franco.
Hablé con Lea=11-72.
Q. C. D.
II) «Amigos de Alemania».
Contesto a la pregunta que me envía Lea: 11-73, y le añado:
Estos «Amigos» que le dije son falangistas españoles que están debajo de un representante alemán que depende de la embajada, pero que todavía no sé.
No están ellos en la embajada ni en el Consulado General los españoles para, si querían enterarse, que no puedan, y también para disimular mejor.
Dependen, por eso, de la embajada, pero están en un piso que ya le diré pronto.
Les dan a llenar a cada uno un cuestionario, y cada uno firma comprometiéndose a comunicar allí todas las noticias que saben y con urgencia.
Y a ellos no les dicen que es la Gestapo en una rama de ella, pero que es para que sea grande Europa y que sea grande España, para lo que hace falta ayudar a Alemania bien en todo. Y se quedan estos chicos satisfechos
porque les halagan diciéndoles noticias de España que los demás no saben; todos los cambios que va a haber, crisis, etc. […]
Hay bastantes españoles en esta sociedad de «Amigos de Alemania», y ya iré sabiendo; hoy le digo que uno es Timmermans (que es español, aunque el nombre). Otro es Federico de Urrutia (este hasta ahora con el ministro Arrese; antes no trataban y Arrese no le quería). Otros se llaman Puche, Chano Cabezas, Dionisio Ridruejo, Alfredo Marquerie, Agustín Aznar, R. Redondo, Calleja (que estaba castigado por lo de Bilbao).
Ya le iré diciendo más nombres. Hay chicas también: una de Bilbao, Emilia Santos, que dicen hace muchos trabajos, y otra, esa que me preguntaba V., Dolores Galvarriato, que sí está muy metida, y otras. También el periodista La Serna. Ya le diré, algunos son locos, otros tontos y todos para servir más a la Germania que a la España; porque si solo fuera para ayudar contra los comunistas, bien estaría todo esfuerzo, pero es para saber cosas también de España y para hacer agitación en la España según les conviene a los germánicos, y les engañan muy bien y las chicas son las peores, y esas dos que le he dicho no muy católicas, casi nada creo. La hermana de Timmermans también es.
Yo le digo que las noticias aquí son malas y tengo miedo de que gane Rusia y sería terrible. La culpa la tienen Inglaterra y Estados Unidos, que son casi todos masones y han perdido la conciencia. Quiero la Religión y la Austria Eterna.
Ya le mando todo lo que veo aquí y copio de los Aliados […]
Q. C. D.
ANEXO 6
Informe del juez Mariano Luján
El titular del Juzgado de Instrucción número 10 de Madrid, Mariano Luján, implicó al rey Alfonso XIII y al duque de Alba en delitos como los de estafa y apropiación indebida, por su participación en las carreras de galgos en pista cubierta prohibidas entonces en España.
He aquí, ahora, el informe completo del magistrado:
«INFORME que eleva al Tribunal Supremo en Pleno, constituido en Sala de Justicia, el Juez de Instrucción número 10, que por delegación instruye el
Sumario número 484 de 1932 del antiguo distrito de la Universidad, por los delitos de asociación ilícita, juego prohibido, malversación, estafa, prevaricación y falsedad.
«De lo actuado hasta la fecha, aparece comprobado lo siguiente:
1. º Por el mes de diciembre de 1926, varias personas concibieron, con manifiesta intención de lucro, la implantación en España de la explotación, con carácter de exclusiva, de las carreras de galgos en pista con apuestas mutuas, mediante un aparato o liebre eléctrica [en cursiva en el original], cuyos grandes rendimientos en el extranjero conocían.
Dichas personas, asimismo, conocían la imposibilidad legal de establecer ese negocio sin una autorización del Gobierno, de difícil consecución a la sazón, dada la índole del asunto, por la rigurosa prohibición del juego, confiando, sin embargo, a ese efecto la influencia que la elevada posición social y política de alguna de las personas dichas pudiera ejercer sobre el Gobierno (sesiones del Consejo de Stadium Metropolitano S. A. de 7 de diciembre de 1926 y 6 de julio de 1927 y citas posteriores).
2. º Para llevar a efecto sus propósitos, a través de D. Jacobo Stuart y Falcó, ex Duque de Alba, y de D. Carlos de Mendoza Sáez de Argandeña, accionistas ambos de Stadium Metropolitano, propusieron al Consejo de Administración de la misma su colaboración en la realización del negocio que había de implantarse en el campo de deportes de Stadium, propiedad de la expresa empresa, cuya situación económica era crítica por entonces (actas del Consejo de Stadium ya citadas y de 7 de febrero de 1927, y carpeta de la I. G. R. A. 1927 a 1929, folios 135, 136 a 138).
3. º Practicadas por el Consejo de Administración del Stadium las informaciones y gestiones que estimó oportunas, incluso la de enviar a Londres, para estudiar los aspectos técnicos y administrativos del negocio, a su presidente, D. Carlos L. de Eizaguirre (fallecido), y previas negociaciones con el grupo iniciador y especialmente con uno de los elementos más caracterizados, D. Luis de Figueroa y Alonso Martínez, ex Conde de la Dehesa de Velayos, fue aceptada en principio la proposición antes dicha, a reserva de su organización completa y definitiva (actas de Consejos de Stadium citadas y las de 28 de febrero, 10 de marzo de 1927, carpeta de la I. G. R. A., 1927 a 1929, folios 112, 113, 115, 116, 117, 124,
126, 131, 132 y 134; ramo de documentos folio 63, 65 a 70, 72 y 81 a 83).
4. º Las apuestas mutuas en las carreras constituían la base determinante del negocio, y su gestión se inicia al comenzar las conversaciones antes mencionadas, encomendándose el encargo de ello a D. Jacobo Stuart y Falcó, ex duque de Alba, por la mediación de D. Carlos de Mendoza (sesión del Consejo del Stadium de 6 de julio de 1927 y carpeta de I. G. R. A., 1927 a 1929, folio 113).
La concesión de las apuestas dichas es la constante preocupación de los organizadores (carpeta de la I. G. R. A., folios 94, 95, 101, 115, 148, 154, 432,
487 vuelto, 489 vuelto, 491 a 493 vuelto, 495 vuelto y 496 vuelto, y sesiones del Consejo del Stadium de 26 de abril de 1928 y de Liebre Mecánica de 21 de septiembre de 1929). A pesar de las gestiones referidas, la esperanza de conseguir la correspondiente concesión se vio defraudada por la actitud del entonces Jefe del Gobierno, General Primo de Rivera, atravesando este asunto por el mes de
diciembre de 1927 por tales vicisitudes, que hacían presumir la imposibilidad durante algún tiempo de obtener las apuestas, vicisitudes que más tarde hicieron pensar a D. Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez, ex marqués de Villabrágima, en acogerse, entre tanto, a la gestión de una subvención del Estado, «según en más de una ocasión había indicado P. de R.».
Es probable que el deseo de allanar aquellas dificultades influyera en el ánimo de los elementos dirigentes, al proyectar la organización del negocio de carreras de galgos en la forma que se expondrá a continuación.
5. º El Consejo de Administración de Stadium, entrando ya en periodo de formalización, elaboró un proyecto orgánico de coordinación de los diferentes elementos interesados para la realización del negocio, proyecto que fue presentado por el director de Stadium, D. Joaquín Losada, en la sesión del Consejo de 28 de julio de 1927, y en el que en síntesis se consigna lo siguiente:
Primero: Creación de un Club exclusivamente deportivo (a través del cual habrían de obtener la exclusiva de organización de carreras y la autorización de apuestas mutuas en ellas).
Segundo: Constitución de una sociedad mercantil anónima, que se denominará Liebre Mecánica S. A., de estructura análoga a la de Stadium Metropolitano
S. A., a fin de facilitar posteriormente la fusión de ambas.
Tercero: La sociedad mercantil dicha, una vez adquirida la patente del mecanismo de la liebre eléctrica, celebrará un contrato con el Club Deportivo Galguero, por el que este traspasará a aquella el derecho de explotar industrialmente las pistas y de servirse de las apuestas mutuas, al objeto de que los beneficios que se obtengan sean para la sociedad mercantil Liebre Mecánica Eléctrica.
Cuarto: Alternativamente:
a) Compra del Stadium Metropolitano por Liebre Eléctrica.
b) Arrendamiento del Stadium por Liebre Eléctrica durante cinco años, con opción de compra a favor de Liebre.
Quinto: Stadium Metropolitano S. A. ayudará a las gestiones que se hagan para ultimar todo lo referente al asunto.
El expresado proyecto fue aprobado por el Consejo, que acordó someterlo a los elementos interesados iniciadores del asunto, quienes debieron dar su asentimiento al mismo por el mes de agosto de aquel año de 1927 (acta del Consejo de Stadium de 28 de julio de 1927, y ramo de documentos, folio 86).
Sexto: Concertados los elementos colaboradores y de acuerdo en la escritura a que había de adaptarse la organización del negocio, con arreglo al proyecto del Consejo de Stadium, en 3 de enero de 1928, por D. Francisco Cadenas Blanco y
D. José Ramón de Hoces Dortico-Marín, ex duque de Hornachuelos, se constituyó el Club Deportivo Galguero, diciendo obran los dichos señores en nombre propio y en el del ex duque de Medinaceli, ex conde de Lérida, ex duque de Alba, ex duque de Alburquerque, ex conde de Rincón, ex duque de Pastrana, ex marqués de Villabrágima, ex vizconde de Altamira, y D. Manuel Romero de Tejada. Hicieron constar que el Club tenía por fin la organización y fomento de las carreras de galgos, sin propósitos de lucro; que todos los ingresos se
dedicarían al fin social, renunciando los socios a todos los beneficios, y que a la disolución del Club, el importe de sus bienes y valores se destinaría a la Beneficencia (pieza 3.ª del Sumario, folio 614). Con ello quedó cumplido el primer apartado del proyecto de Stadium.
Este Club, sin embargo, no empieza a actuar hasta más de dos años después, en marzo de 1930, a raíz de haberle sido concedida la exclusiva de la organización de apuestas (primera acta del Consejo del Club Galguero de 11 de marzo de 1930).
Séptimo: A continuación transcurre casi un año en que por la tardanza en constituirse Liebre Mecánica, en desembolsar sus componentes la aportación económica convenida y por los inconvenientes surgidos por la obtención de las apuestas, se demora la realización del proyecto, si bien continúa Stadium su correspondencia con míster Munn, propietario de la patente de la liebre, encaminada a completar los proyectos y presupuestos de instalación y precisar las condiciones de adquisición, tanto del aparato como del uso de la patente (ramo de documentos, folios 93 al 107; carpeta de I. G. R. A. de 1927 a 1929, folios 86 al 103, y actas del Consejo de Stadium de 13 de diciembre de 1927, 30 de enero, 27 de febrero, 22 de marzo, 26 de abril, 14 de mayo, 2 de junio y 13 de diciembre de 1928).
Por fin, en 2 de enero de 1929, D. Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez, ex
marqués de Villabrágima, y D. Carlos Luis de Eizaguirre (fallecido), presidente del Consejo de Administración de Stadium, constituyendo la sociedad mercantil anónima Liebre Mecánica S. A., manifestando que el objeto del fin social es la explotación de las carreras de perros y deportes semejantes, y cuantos negocios se deriven de ellos (pieza segunda del Sumario, folio 341).
Realizada la suscripción del capital de la nueva entidad, aparecen como accionistas los inculpados D. Jacobo Stuart y Falcó, ex duque de Alba; D. Carlos de Mendoza Sáez de Argandeña, D. Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez, ex marqués de Villabrágima; D. Luis Figueroa y Alonso Martínez, ex conde de la Dehesa de Velayos; D. Francisco Cadenas Blanco, D. Agustín Hernández Francés, ex vizconde de Altamira; D. José María Otamendi Machimbarrena,
D. Juan Martín Gómez, D. Domingo Rueda Muñiz, en unión de otros a quienes
no se hace referencia en el escrito de la parte querellante que motiva este informe (pieza cuarta del Sumario, folio 778).
El Consejo de Administración de la nueva sociedad quedó integrado por D. Luis de Figueroa, presidente; D. Carlos L. de Eizaguirre (fallecido), D. Juan Bautista Toll, D. Agustín Hernández Francés, ex vizconde Altamira; D. Francisco Cadenas Blanco y D. Joaquín Losada (acta del Consejo de Liebre Mecánica de 14 de enero de 1929).
Con esto quedó cumplido el segundo extremo del proyecto del Consejo de Stadium. La diferencia de denominación que se observa en el nombre de la sociedad se debe a que la incertidumbre en la concesión de las apuestas obligó a entender en el negocio con más economías, sustituyendo el aparato liebre eléctrica por otro mecánico de menor coste.
Octavo: Seguidamente, continuando el plan trazado, en 1.º de marzo del año 1929 se celebró entre Stadium Metropolitano S. A. y Liebre Mecánica S. A. un contrato de arrendamiento del campo de deportes del Stadium, si bien la opción de compra proyecto se establece a favor del Stadium y no de Liebre. Este contrato fue
negociado entre el ex marqués de Villabrágima y el Consejo de Stadium, aprobado por este en sesión de 28 de enero de 1929, y por el Consejo de Liebre de 13 de mayo de 1929. Fue suscrito por D. José María Otamendi y D. Juan Bautista Bravo, consejeros de Stadium, y D. Luis Figueroa y D. Francisco Cadenas Blanco, consejeros de Liebre Mecánica (ramo de documentos, folio 104 a 109, 112, 116, y sesiones del Consejo de Stadium en 13 de diciembre de 1928, 28 de enero y 10 de abril de 1929, y de Liebre Mecánica en 16 de enero y 13 de mayo de 1929).
En esta época, por el 26 de abril de 1929, mediante un nuevo viaje a Londres del presidente del Consejo de Administración de Stadium Metropolitano, consejero de Liebre Mecánica, D. Carlos L. de Eizaguirre, se firmó el contrato por el que esta última sociedad adquirió de míster Munn el aparato de la liebre mecánica y la concesión para España del uso exclusivo de su patente (carpeta de la
I. G. R. A., 1927 a 1929, folios 54 a 83; ramo de documentos, folios 128 a 131; sesiones del Consejo de Liebre Mecánica de 7 y 21 de marzo, 15 de abril y 13 de mayo de 1929, y pieza cuarta del Sumario, folio 754).
De este modo, quedó realizado el apartado 4.º del proyecto del Consejo de Stadium y preparado el 3.º, pendiente tan solo de que la concesión de las apuestas hiciera posible la transferencia en él consignada.
Noveno: Ya en posesión de la patente de la liebre, la S. A. Liebre Mecánica, siguiendo la trayectoria trazada, inicia el estudio del contrato a celebrar con Club Deportivo Galguero para consultar el plan de absorción de los beneficios producidos por las carreras (folios 114, 115 del ramo de documentos), aparece una carta de D. Francisco Cadenas Blanco, acompañando un esquema de contrato por el que el Club transfiere a Liebre todos sus ingresos de carreras, incluyendo el tanto por ciento de las apuestas y las subvenciones de organismos oficiales. Este contrato no se llegó a firmar hasta después de obtenidas, para las apuestas, la autorización, como más adelante se verá.
En el intermedio, la actividad de los elementos directores se emplea en el acondicionamiento del Stadium, instalación de aparatos, organización de las carreras y, sobre todo, en la gestión de las apuestas, que se estimaba lo más interesante (acta del Consejo de Liebre Mecánica de 21 de septiembre de 1929).
Décimo: Durante todo el periodo de tiempo relacionado, aunque constantemente se habla por los organizadores de la gestión de las apuestas, no aparece indicio alguno de que se produjera solicitud oficial encaminada a ese fin. Esta aparece formalizada sin acuerdo previo de Club Deportivo Galguero mediante dos instancias fechadas en 8 y 10 de abril de 1930, suscritas por el presidente del Club, D. Rafael de Bustos y Ruiz de Arana, ex duque de Pastrana, y de ellas la primera, dirigida al ministro de Fomento, se encamina a obtener el reconocimiento del Club como entidad oficial y la exclusiva para el fomento y la organización de las carreras de galgos, y la segunda, dirigida al presidente del Consejo de Ministros, solicita autorización para establecer las apuestas mutuas en las carreras de galgos, análogamente a como estaba establecida para los caballos. Estas instancias se fundamentaban y amparaban en el carácter deportivo y desinteresado del Club Deportivo Galguero, y son acompañadas de una relación de las personas que componen su Comité directivo, en la que figura D. Jacobo Stuart Falcó, ex duque de Alba, a la sazón ministro de Estado. Teniendo en cuenta las circunstancias invocadas en las solicitudes, fueron otorgadas las peticiones y
autorizaciones por ellas formuladas en RR. OO. del Ministerio de Fomento de 11 de abril y 12 de mayo y del Ministerio de la Gobernación de 5 de este último mes, todas ellas del mismo año de 1930 (pieza primera, folios 325 al 392; segunda, folios 346 y 347, y quinta, folios 1121 al 1123).
Undécimo: Inmediatamente empieza la actuación del Club Deportivo Galguero, cuyo Comité directivo, en definitiva, fue formado por D. Rafael Bustos y Ruiz de Arana, ex duque de Pastrana, D. Manuel Álvarez de Bohorques, ex conde de Lérida; ex duque de Hornachuelos, D. Álvaro de Figueroa Alonso Martínez, ex marqués de Villabrágima; D. Joaquín Losada, D. Jacobo Stuart Falcó, ex duque de Alba; D. Adelaido Rodríguez, D. Francisco Cadenas, D. Fernando de Bustos y Ruiz de Arana, ex duque de Montalvo, y D. Juan Martín Gómez.
En 19 de julio de 1930 se firmó un contrato, en virtud del cual (cláusula 5.ª) Club
Deportivo Galguero cede a Liebre Mecánica los ingresos que por todos los conceptos obtenga de las carreras de galgos, como entradas, inscripciones, jaulas, porcentaje de apuestas, etc.
Firmaron el contrato el ex duque de Pastrana, como presidente del Club
Galguero, y D. Luis de Figueroa y Alonso Martínez, ex conde de Velayos, como presidente del Consejo de Liebre Mecánica.
Este contrato, a diferencia de los demás concertados por las entidades dichas, no fue transcrito en ninguna de las actas de reuniones de Consejo o Comité, y de él no hay, fuera del contrato original, otros antecedentes que alusiones al mismo y su aprobación en las actas de sesiones del Comité del Club Galguero de 11 de marzo de 1930 y de 9 de marzo de 1931, y del Consejo de Liebre de 22 de enero y 24 de junio de 1930.
Dicho contrato fue modificado, sin alteración sustancial, posteriormente, en 14 de octubre de 1931 (ramo de documentos, folios 10 y 11; actas del Consejo antes citadas y de las de Liebre de 6 a 14 de octubre y 17 de noviembre de 1931 y 4 de marzo de 1932).
De este modo quedó completa la organización concertada entre los elementos iniciadores de carreras que habían de formar y que formaron la S. A. Liebre y el Club Deportivo Galguero y el Consejo de Administración de Stadium Metropolitano.
De este último Consejo formaron parte durante la realización de los hechos expuestos D. José María Otamendi Machimbarrena, D. Juan Bautista Toll,
D. Miguel Otamendi y D. Juan Antonio Bravo, excluyendo a D. Carlos L. de Eizaguirre, su presidente, que falleció después de iniciado este Sumario, y
D. Luciano Urquijo y D. Manuel Rodríguez Arsuaga, que al iniciarse los hechos sumariales dejaron de pertenecer al Consejo.
En la preparación, organización y explotación de las carreras de galgos han actuado, a las órdenes del Consejo de Administración de Stadium Metropolitano y de Liebre Mecánica, el director de la primera y consejero y tesorero de la primera D. Joaquín Losada, y el gerente de ambas D. José Antonio Machimbarrena, cuyos señores no figuran como accionistas de las nombradas sociedades, de las que percibían una retribución por razón de sus cargos. Sin embargo, por su asidua y relevante intervención, más destacada en cuanto al señor Losada, no podían ignorar las características del negocio y los propósitos de los que en él participaban.
Doceavo: Fueron inauguradas las carreras en 12 de abril de 1930 (sesión Consejo de Liebre de 29 de abril de 1930), desde cuya fecha, hasta el 21 de marzo de 1932, en que por orden gubernativa quedaron prohibidas (pieza segunda del Sumario, folio 347), han sido percibidos por Liebre Mecánica cuantos ingresos han producido las carreras organizadas por el Club Deportivo Galguero, según consta de la cuenta de carreras, al folio 441 del Sumario (pieza segunda).
RESUMEN DE LOS APARTADOS ANTERIORES
Un grupo de personas, entre las cuales se encontraban, indudablemente,
D. Jacobo Stuart Falcó, D. Carlos Mendoza Sáez de Argandeña, D. Álvaro y
D. Luis de Figueroa y Alonso Martínez y D. Francisco Cadenas Blanco, probablemente D. Rafael de Bustos y Ruiz de Arana, D. Agustín Hernández Francés, D. Juan Martín Gómez y D. Domingo Rueda Muñiz, y posiblemente
D. Indalecio Abril, D. Adelaido Rodríguez, D. Fernando de Bustos y Ruiz de Arana. D. Manuel Álvarez de Bohorques y los consejeros de Stadium D. José María y D. Miguel Otamendi Machimbarrena, D. Juan Bautista Toll y D. Juan Antonio Bravo, se concertaron para la explotación de las carreras de galgos con apuestas mutuas en España, en provecho propio y de la sociedad Stadium Metropolitano, de que algunos de ellos eran accionistas, para lo cual crearon un Club Deportivo Galguero, que al amparo del cual, por su carácter deportivo y desinteresado y del prestigio e influencia de sus componentes, entre ellos D. Jacobo Stuart y Falcó, ministro de Estado a la sazón, obtuvieron de los Ministerios de Fomento y Gobernación autorización exclusiva para organizar carreras de galgos con apuestas, habiéndolas venido celebrando desde el 12 de abril de 1930 hasta el 21 de marzo de 1932, y aplicando los productos de las mismas en beneficio de las sociedades Liebre Mecánica y Stadium Metropolitano, de que eran los dichos señores accionistas, a excepción de D. Fernando de Bustos y Ruiz de Arana y Manuel Álvarez de Bohorques, y en perjuicio del fomento de la raza galguera (artículo 3.º del Reglamento del Club Deportivo Galguero) y de los propietarios de galgos (artículo 7.º del Código de Carreras de Galgos), e indirectamente de la Beneficencia (artículo 25 del Reglamento del Club Deportivo Galguero), por no definirse su derecho hasta el momento de la disolución del Club Deportivo Galguero; habiendo intervenido en la preparación y desarrollo de los hechos, a sabiendas de la índole de ellos, D. Joaquín Losada y D. José Antonio Machimbarrena, como director de Stadium y gerente de Stadium y Liebre Mecánica, respectivamente, a nombre de estas entidades como empleados de la misma.
Treceavo: El organismo integrado por Club y Liebre, deseando ampliar su negocio, implantándolo en otras provincias, entre ellas Sevilla, Barcelona, Palma de Mallorca, hicieron gestiones casi siempre dirigidas por el ex marqués de Villabrágima, conducentes a la creación de entidades semejantes a ellas y con ellas relacionadas en aquellas poblaciones. En 10 de enero de 1931 y 24 de diciembre de 1930, se constituyeron el Club Deportivo Galguero Balear y la Liebre Mecánica Balear, con intervención de D. Joaquín Losada y D. Francisco Cadenas Blanco, en representación de Club Deportivo y Liebre Mecánica de
Madrid, y como elementos locales, entre otros señores, D. Nicolás Cotoner,
D. Miguel Fonts Masieu, D. Pedro Dezcallar y D. Rafael Lacy.
Los propósitos, fines y organización de estas entidades son idénticos a las correspondientes de Madrid.
Hacen referencia los hechos contenidos en este apartado, los siguientes antecedentes: Pieza primera del Sumario, folios 27 y 164. Pieza segunda, folios 373 a 382, 415 a 421 y 438. Pieza cuarta, folios 827 a 837. Pieza quinta, folios
898 a 921, 932 a 945 y 1047 a 1105. Ramo de documentos, folios 14 y 135; y
sesiones del Consejo de Liebre Mecánica de 11 de julio, 27 de octubre, 22 de noviembre, 2, 4 y 19 de diciembre de 1930, 29 de enero, 25 de marzo, 30 de abril,
8 de mayo, 6, 14, 27 y 31 de octubre, 1 de noviembre, 15 y 28 de diciembre de
1931, 8, 19 y 26 de enero, 1 y 13 de febrero de 1932, y de Club Deportivo Galguero de 31 de octubre, 20 de noviembre y 22 de diciembre de 1930, y 5 de octubre de 1931.
Catorceavo: En 16 de octubre de 1931, previas negociaciones entabladas por el ex marqués de Villabrágima y D. José María Otamendi, en representación de Stadium y de Liebre Mecánica, con D. Enrique Zimmermann, interviniendo en ellas a nombre de Club Galguero el ex vizconde de Altamira, se llegó a la firma de un contrato de cesión en arrendamiento de la explotación de las carreras de galgos y del derecho a utilizar a este fin el campo del Stadium.
El arrendamiento debía durar cinco años, fijándose durante los dos primeros el precio de 450 000 pesetas y pesetas 600 000 los restantes. La efectividad del contrato estaba condicionada con la subsistencia de las autorizaciones para las apuestas mutuas, al amparo de las cuales, según manifestaron Stadium y Liebre Mecánica, disfrutaban en España de la organización y explotación de las carreras de galgos. El documento fue suscrito por el Sr. Zimmermann y D. José Antonio Machimbarrena, gerente de Stadium y de Liebre.
Este arrendamiento no se llegó a poner en práctica por diferencias de apreciación
entre los contratantes, anteriores a la fecha en que había de empezar a regir, 1.º de abril de 1932, antes de la cual, por otra parte, en 21 de marzo de aquel año, fueron prohibidas las apuestas, a cuyo mantenimiento está supeditada la virtualidad del contrato. D. Enrique Zimmermann pretende haber sufrido perjuicios por ello, afirmando que fue inducido a contratar por la manifestación engañosa de los contratantes de que disponían de una concesión oficial de explotación de carreras de galgos en pista (ramo de documentos, folio 4; pieza primera del Sumario, folios 41 a 85 y 212 a 226; pieza cuarta, folios 839 a 845 y 883; sesiones del
Consejo de Stadium de 6, 14 y 27 de octubre y 28 de diciembre de 1931, 23 de
febrero y 15 de abril de 1932; de Liebre Mecánica de 6, 14 y 27 de octubre y 28 de diciembre de 1931, 26 de enero, 13 de febrero y 16 de abril de 1932, y reunión del Comité del Club Galguero de 13 de octubre de 1931).
PERSONAS QUE HAN INTERVENIDO EN LOS HECHOS Y PRINCIPALES ANTECEDENTES DE SU ACTUACIÓN
Don Alfonso de Borbón. Accionista de Stadium Metropolitano. (Pieza cuarta del Sumario, folio 783, y pieza quinta, 1107. Ramo de documentos, folios 100 y 417.
Carpeta de la I. G. R. A., 1927 a 1929, folio 113, y sesión del Consejo de Stadium de 7 de diciembre de 1927).
Don Jacobo Stuart Falcó. Declara a los folios 114 y 665. Accionista de Stadium Metropolitano y de Liebre Mecánica, y Vocal del Comité de Club Galguero. (Pieza tercera, folio 637; cuarta, folios 778 y 783, y quinta, folios 1121 a 1123. Ramo de documentos, folios 28, 57 vuelto y 79. Carpeta de la I. G. R. A., folios 113, 135 y 136 a 138. Actas del Consejo de Stadium de 7 de diciembre de 1926, 7 de febrero y 6 de julio de 1927 y 26 de abril de 1928. Acta de reunión del Comité del Club de 6 de mayo de 1930).
Don Carlos Mendoza. Declara a folio 1111 de la pieza quinta. Accionista de Stadium y de Liebre. (Pieza cuarta del Sumario, folios 778 y 783. Ramo de documentos, folios 26, 29, 31, 33, 63, 65, 70, 79, 84, 100 y 104. Actas del Consejo de Stadium de 7 de diciembre de 1926 y de 6 de febrero de 1927, y de Liebre Mecánica de 19 de mayo y 11 de julio de 1930).
Don Álvaro de Figueroa y Alonso Martínez. Declara en los folios 116, 176, 450, 587, 596, 620, 627, 633 y 654. Accionista y consejero de Liebre y del Comité del Club. (Pieza segunda del Sumario, folio 340 vuelto; pieza cuarta, folios 778 y 784. Ramo de documentos, folios 26, 32, 35 a 37 vuelto, 89, 100,
101, 105, 153, 157, 417 vuelto, 418, 431, 432, 434 a 436, 438 vuelto, 476 vuelto,
483 y 492 vuelto. Carpeta de la I. G. R. A., 1927 a 1929, folios 21, 86, 90, 103, 110 y 111. Actas del Consejo de Stadium de 26 de octubre de 1927, 30 de enero, 14 de mayo, 2 de junio y 13 de diciembre de 1928, 29 de enero, 6, 14 y 27 de octubre de 1931; de Liebre Mecánica de 14 y 16 de enero de 1929, 24 de junio y 11 de julio de 1930, 8 y 29 de enero, 23 de febrero, 6 de marzo, 8 y 29 de mayo,
6, 14 y 27 de octubre, 17 de noviembre y 15 y 28 de diciembre de 1931, y 8, 19 y 26 de enero de 1932, y de reuniones del Comité del Club Galguero de 6 de mayo, 31 de octubre, 20 de noviembre y 22 de diciembre de 1930).
Don Luis Figueroa y Alonso Martínez. Declara a folio 189. Accionista de Liebre Mecánica y presidente del Consejo de Administración de la misma. (Sumario, pieza cuarta, folio 778. Ramo de documentos, folios 1, 11, 42, 79, 103,
113, 116, 119, 127, 133, 136, 137, 143, 148 a 150, 152, 153, 156, 157 y 413.
Actas del Consejo del Stadium de 6 de julio de 1927, 10 de abril de 1929 y 29 de enero de 1931; de Liebre Mecánica de 14 y 16 de enero y 13 de mayo de 1929, 24
de junio y 2 y 4 de diciembre de 1930, 6 de marzo y 14 de octubre de 1931).
Don José María Otamendi Machimbarrena. Declara a folio 184. Consejero y accionista de Stadium y accionista de Liebre Mecánica. (Pieza cuarta del Sumario, folios 778 y 784. Ramo de documentos, folios 1, 19, 26, 85, 92, 93,
102, 104, 107 y 116. Actas del Consejo de Stadium de 28 de julio de 1927, 30 de
enero de 1928, 28 de enero y 10 de abril de 1929, 6 de mayo de 1930, 6 y 27 de octubre y 28 de diciembre de 1931; de Liebre Mecánica de 23 de febrero, 6 de marzo, 6, 14 y 27 de octubre y 28 de diciembre de 1931, 19 y 26 de enero de
1932).
Don Rafael de Bustos y Ruiz de Arana. Declara a folio 192. Presidente del Club Deportivo Galguero y accionista del Stadium después de la compra por este
de Liebre Mecánica. (Pieza primera del Sumario, folios 325 a 328; pieza segunda, folios 346 y 347; pieza cuarta, folio 789. Ramo de documentos, folios 11, 13 y 57 vuelto. Acta del Consejo de Liebre Mecánica de 21 de mayo de 1931, y del Comité del Club Galguero de 6 de mayo de 1930).
Don Fernando de Bustos y Ruiz de Arana. Declara a folio 321. Vocal del Club Galguero. (Acta del Comité del Club Galguero de 6 de mayo de 1930).
Don Manuel Álvarez de Bohorques. Declara a folio 119. Vicepresidente del Comité del Club Galguero. (Pieza cuarta del Sumario, folios 816 a 819. Ramo de documentos, folio 57. Acta del Comité del Club Galguero de 6 de mayo de 1930).
Don Agustín Hernández Francés. Declara a folio 121. Accionista y consejero de Liebre Mecánica. Vocal del Comité del Club Galguero y accionista de Stadium al adquirir este a Liebre Mecánica. (Pieza cuarta del Sumario, folios 778 y 789. Ramo de documentos, folios 57, 113, 114, 116, 118, 136 y 137. Actas del Consejo de Liebre Mecánica de 14 y 16 de enero y 13 de mayo de 1929, 22 de enero de 1930 y 14 de octubre de 1931, y del Comité del Club Galguero de 16 de junio y 13 de octubre de 1931).
Don Francisco Cadenas Blanco. Declara a los folios 186 y 966. Accionista y consejero de Liebre Mecánica y Vocal del Comité del Club. (Pieza cuarta del Sumario, folio 778. Ramo de documentos, folios 1, 14, 27, 38, 57, 109, 110, 111,
113 a 142, 145, 148, 150, 152, 153, 421 y 422. Actas del Consejo de Stadium de
10 de abril de 1929 y 29 de enero de 1931; de Liebre Mecánica de 14 y 16 de
enero, 7 de marzo y 13 de mayo de 1929, 24 de junio, 2 y 4 de diciembre de
1930, 2 y 23 de febrero, 6 de marzo, 30 de abril, 21 de mayo, 6, 14 y 27 de
octubre y 15 y 28 de diciembre de 1931, 8 y 26 de enero de 1932, y del Comité del Club Galguero de 11 de marzo y 6 de mayo de 1930 y 9 de febrero y 13 de octubre de 1931).
Don Joaquín Losada Pinedo. Declara al folio 1112. Director de Stadium Metropolitano, consejero de Liebre Mecánica y vocal del Comité del Club. Está a su nombre casi toda la correspondencia del Stadium en la época en que fue director. (Ramo de documentos, folios 14, 40, 41, 57, 62 y 144. Actas del Consejo de Stadium de 28 de julio de 1927 y 13 de diciembre de 1929; de Liebre Mecánica de 16 de enero y 8 de marzo de 1929, 22 de noviembre y 2 y 4 de diciembre de 1930 y 25 de marzo de 1931, y del Comité del Club Galguero de 6 de mayo de 1930, 9 de febrero, 26 de agosto y 18 de septiembre de 1931).
Don Juan Martín Gómez. Declara al folio 522. Accionista y consejero de Liebre Mecánica; fue secretario del Club Galguero y accionista del Stadium al comprar Liebre Mecánica. (Pieza cuarta del Sumario, folios 778 y 789. Ramo de documentos, folios 42, 57, 135 y 413. Actas del Consejo del Stadium de 29 de enero y 6 de octubre de 1931; de Liebre Mecánica de 22 de enero, 24 de junio, 11 de julio, 2 y 4 de diciembre de 1930, 2 y 23 de febrero, 21 de mayo, 6, 14, 27 y
31 de octubre y 28 de diciembre de 1931, 8 y 26 de enero y 4 de marzo de 1932, y del Comité del Club Galguero de 11 de marzo y 6 de mayo de 1930).
Don José Antonio Machimbarrena. Declara al folio 567. Fue gerente de Stadium Metropolitano y de Liebre Mecánica. (Ramo de documentos, folios 4 y
13. Actas del Consejo de Stadium de 10 de diciembre de 1930 y 29 de junio de 1932; de Liebre Mecánica de 29 de enero de 1931 y 29 de junio de 1932).
Don Domingo Rueda Muñiz. Declara a los folios 315 y 949. Director del Club Galguero y accionista de Liebre Mecánica y del Stadium al fusionarse ambas. (Pieza primera del Sumario, folio 27; pieza cuarta, folios 778 y 789. Ramo de documentos, folios 15 y 20. Actas del Consejo de Liebre Mecánica de 25 de marzo, 30 de abril y 31 de octubre de 1931; del Comité del Club Galguero de 28 de julio de 1931).
Don Nicolás Cotoner. Declara al folio 419. Forma parte del Comité directivo del Club deportivo Galguero Balear y es consejero de Liebre Mecánica Balear. (Pieza quinta del Sumario, folios 1043 a 1106. Ramo de documentos, folio 14; y demás antecedentes referentes al Club y Liebre Balear, citados en el apartado 13 de la relación de hechos).
Don Miguel Fonts Massieu. Declara al folio 415. Contribuyó a la constitución del Club Deportivo Galguero Balear y es consejero de Liebre Mecánica Balear. (Pieza quinta del Sumario, folios 1043 a 1106. Ramo de documentos, folio 14; y antecedentes referentes al Club y Liebre Balear citados en el apartado 13 de la relación de hechos).
Don Pedro Dezcallar. Declara al folio 420. Pertenece al Comité del Club Deportivo Balear y es consejero de Liebre Mecánica Balear. (Pieza quinta del Sumario, folios 1043 a 1106. Ramo de documentos, folio 14; y antecedentes citados en el apartado 13 de la relación de hechos).
Don Rafael Lacy. No ha declarado. Pertenece al Consejo de Administración de Liebre Mecánica Balear. (Pieza quinta del Sumario, folios 1043 a 1106. Ramo de documentos, folio 14; y antecedentes citados en el apartado 13 de la relación de hechos).
Para que este informe sea exacto reflejo de la realidad sumarial, ha de hacerse constar que análoga intervención a la que los inculpados en el escrito de la parte querellante, que quedan relacionados, han tenido en los hechos de autos las siguientes personas:
Don Miguel Otamendi Machimbarrena. No ha declarado. Accionista y consejero de Stadium Metropolitano, accionista de Liebre Mecánica. (Pieza cuarta del Sumario, folios 778 y 784. Ramo de documentos, folios 26, 76, 78, 84,
88, 96, 102, 104 y 132. Actas del Consejo de Stadium de 7 de diciembre de 1926,
28 de julio de 1927, 22 de marzo y 26 de abril de 1928, 28 de enero y 13 de
diciembre de 1929 y 29 de enero de 1931).
Don Juan Bautista Toll. Declara al folio 187. Accionista y consejero de Stadium Metropolitano y de Liebre Mecánica. (Pieza cuarta del Sumario, folios 778 y 787. Ramo de documentos, folios 57, 84, 104, 117, 120 a 126 y 155. Actas del Consejo de Stadium de 28 de julio de 1927, 28 de enero de 1929, 10 de diciembre de 1930; de Liebre Mecánica de 14 y 16 de enero, 7 y 21 de marzo y 15 de abril de 1929, 24 de junio y 2 de diciembre de 1930, 8 y 21 de mayo y 27 de octubre
de 1931).
Don Juan Antonio Bravo. Declara al folio 191. Accionista y consejero de Stadium Metropolitano. (Pieza cuarta del Sumario, folios 778 y 785. Ramo de documentos, folios 1, 26, 104, 116 y 147. Actas del Consejo del Stadium de 28 de
enero, 10 de abril y 13 de diciembre de 1929, 10 de diciembre de 1930 y 29 de
enero de 1931).
Don Indalecio Abril. No ha declarado. Accionista y consejero de Liebre Mecánica y accionista de Stadium Metropolitano después de la fusión de ambas sociedades. (Pieza cuarta del Sumario, folios 778 y 788. Ramo de documentos, folio 26. Actas del Consejo de Liebre de 7 de marzo de 1929, 24 de junio, 2 y 4 de diciembre de 1930 y 29 de enero de 1931).
Don Adelaido Rodríguez. No ha declarado. Accionista de Liebre Mecánica y vocal del Club Galguero. (Pieza cuarta del Sumario, folio 778. Actas del Comité del Club Galguero de 11 de marzo y 6 de mayo de 1930 y de 9 de febrero de 1931).
En el escrito de la parte querellante que motiva este informe, a folio 53 del Sumario y bajo el apartado 4.º y epígrafe «Falsedad perpetrada en testimonios remitidos al Juzgado de Instrucción», se relaciona un supuesto hecho delictivo, con referencia al cual resulta de los autos lo siguiente:
Al proceder a la firma del contrato de 14 de octubre de 1931, por el cual se modificó el anterior existente entre Liebre Mecánica y Club Deportivo Galguero, el presidente del Club estimó deber rectificar el texto en cuanto a dos palabras, una de ellas la de «creadora», con que se califica a Liebre Mecánica respecto al Club Galguero, que sustituyó por la de «fomentadora», haciéndolo presente dicho señor al Comité en 29 de febrero de 1932 (ramo de documentos, folio 47 vuelto), que aprobó dicha modificación, apareciendo el texto rectificado en el documento original, obrante al folio 12 del ramo de documentos. Ello puede explicar el que
D. Domingo Rueda, al certificar el primitivo contrato de 19 de febrero de 1930, consignase la palabra «creadora» y al hacerlo del de referencia emplee la de
«fomentadora» (pieza segunda del Sumario, folios 404 y 407).
Es cuanto tiene el honor de informar a ese Alto Tribunal, al elevar lo actuado con el escrito de la parte querellante en que solicita el procesamiento de los inculpados, en cumplimiento de lo ordenado en el auto de 24 de marzo de 1933. Madrid, 6 de diciembre de 1933. — Mariano Luján (firmado).
Fuentes consultadas
1. ARCHIVOS Y OTRAS INSTITUCIONES PÚBLICAS
—Archivo de Pilar Primo de Rivera
—Archivo Histórico Nacional
—Archivo de la Guerra Civil de Salamanca
—Archivo de la Asociación Nueva Andadura
—Archivo del Palacio Real
—Archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco
—Biblioteca Nacional
—Hemeroteca Nacional
—Archivo del general Juan Yagüe
—Archivo personal del autor
2. PERIÓDICOS Y REVISTAS
—ABC (Madrid)
—Arriba (Madrid)
—Teresa (Madrid)
—Y (Madrid)
—Medina (Madrid)
—Aspa (Versión española)
—La Vanguardia (Barcelona)
—El Mundo (Madrid)
—El País (Madrid)
—El Alcázar (Madrid)
—Blanco y Negro
3. ARTÍCULOS
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—, «La causa de Marciano, el hermano falangista de Buenaventura Durruti», El Catoblepas n.º 118, diciembre de 2011.
—, «Mercedes Sanz Bachiller, fundadora de Auxilio Social», El Catoblepas n.º 107, enero de 2011.
García Vázquez, Iván, «Fernando Monguió: el falangista que nunca fue fusilado», Hispaniaínfo, 19 de abril de 2009.
Garcival, Mariano, «El hermano falangista de Durruti», crónica de El Mundo, 1 de abril de 2007.
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Pavón Pereyra, Enrique, «Fernando Primo de Rivera, lugarteniente de José Antonio», Arriba, 23 de agosto de 1962.
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Zugazagoitia, Julián, Guerra y vicisitudes de los españoles, Crítica, Barcelona, 1977.
Ilustraciones
José María Zavala (Madrid, 1962) es periodista e historiador. Estudioso de los archivos y la documentación sobre la Casa de Borbón, en los últimos años ha publicado obras de síntesis e investigación como Dos infantes y un destino, La maldición de los Borbones, El patrimonio de los Borbones, Bastardos y Borbones e Infantas, y biografías pioneras que han aportado datos decisivos sobre Eulalia de Borbón (La infanta republicana), los hermanos de don Juan de Borbón, Alfonso (El Borbón de cristal) y Jaime (Don Jaime, el trágico Borbón), y el duque de Cádiz (El Borbón non grato). Todo ello, sin abandonar el interés por la actualidad, plasmado en el libro-entrevista Conversaciones con Rouco Varela o en el fulgurante análisis político de Las mentiras de ZP. Además, es autor de la trilogía sobre la Guerra Civil (Los horrores de la Guerra Civil, En busca de Andreu Nin y Los gángsters de la Guerra Civil), que lo ha convertido en un autor de referencia para la divulgación histórica en España. En 2011 publicó La pasión de José Antonio y en 2013 su primera novela, El secreto del rey, con excelente crítica.
FIN

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