© Libro N° 8000.
200 Años De Marx: Lo Político Ante Los Retos De Hoy. Concheiro
Bórquez, Elvira. Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
Título
original: ©
200 Años De Marx: Lo Político Ante Los Retos
De Hoy. Elvira Concheiro Bórquez
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Retos De Hoy. Elvira Concheiro Bórquez
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200 AÑOS DE MARX:
LO POLÍTICO ANTE LOS RETOS DE HOY
Elvira
Concheiro Bórquez
200 Años De Marx: Lo
Político Ante Los Retos De Hoy
Elvira Concheiro Bórquez
Pese a los malos momentos que ha vivido la obra de
Karl Marx en las décadas regresivas del capitalismo neoliberal, sigue siendo
ampliamente reconocido que estamos ante un personaje de enorme importancia que
dejó una obra que es patrimonio del conocimiento de la humanidad. Pero también
sabemos que se trata de una obra de consecuencias fundamentales si pensamos en
términos de la transformación social, lo cual ya no es tan cómodo.
Una obra sobre la que siempre hay diversos aspectos
que analizar, como corresponde a una obra-río, como decía el
escritor Cardoza y Aragón, es decir, una obra que siendo la misma, corren por
sus páginas siempre diferentes aguas, transformándola. La herencia que ha
dejado Marx, por sus múltiples consecuencias, obliga a repensarla una y otra
vez.
En esa dirección, al conmemorar los doscientos años
del nacimiento de Marx, nos permitimos presentar aquí algunas ideas sobre el
significado que tiene en la obra de Marx lo político, tema que adquiere en
nuestros días, por inesperados caminos, renovada importancia sobre todo a la
luz de las grandes transformaciones regresivas que, específicamente en ese
campo, el mundo ha padecido desde hace más de cuatro décadas.
Decimos que no hay duda de que el conjunto de la
obra de Marx ha tenido grandes consecuencias políticas, no obstante, ese
reconocimiento es, con frecuencia, entendido en forma simple o limitada. La
propia figura de Marx fue y es asociada a cuanto proceso de lucha por la
liberación, la igualdad, la justicia se presenta en cualquier rincón del
planeta. Hay, podemos decirlo, una reacción ideológica que aún sin haber leído
una sola obra del revolucionario alemán, se le vincula en general a los
procesos de cambio, incluso si son de muy distinta naturaleza a la qué Marx
pudo hacer referencia.
No obstante, resulta paradójico el hecho de que no
es frecuente abordar lo político en la obra de Marx, y particularmente El
Capital, pues ha sido considerada por visiones dominantes como una obra
económica o, en el mejor de los casos, de crítica económica. Tenemos
obligación, por tanto, de preguntarnos cómo ha sido leído el trabajo de Marx y,
en particular, El Capital, que ha permitido tan extraña escisión o
despojo de quien, como dijera Engels, fue ante todo un revolucionario.
Aparejada a esta ausencia del análisis, nos topamos
recurrentemente con la escisión que se hace del aporte de Marx, sobre todo a
partir del cientificismo con el cual ha sido leído en no pocas
interpretaciones. De manera que, desde Bernstein hasta nuestros días, es
habitual encontrar separado, y hasta contrapuesto, el aporte científico de Marx
respecto de su actividad política.
En particular ahora es difícil y hasta visto como
poco adecuado a los fines “científicos” con los que se consulta la obra de
Marx, entenderlo como integrante de un específico movimiento de trabajadores
que no sólo lo involucra directamente en la lucha política de su tiempo, sino
le proporciona el horizonte desde el que elabora su obra. Como
se sabe, Marx se convierte en parte importante de ese movimiento, que entonces
adquiere propia fisonomía y creciente organicidad y fuerza, lo que le permite
intervenir de manera enérgica para que sus organizaciones se desprendan de su
primera forma y desplieguen nuevas maneras políticas en correspondencia con la
condición colectiva y los propósitos emancipadores de quienes las constituyen.
En buena medida, es por esa motivación por lo que Marx se detiene con tanta
precisión y detalle en el proceso de constitución de la clase obrera industrial
y, en particular, en el momento que se refiere a la madre del
antagonismo, como llama a la gran industria, en el que esta clase adquiere
plena forma como sujeto colectivo.
A su vez, es desde la perspectiva que proporciona
un movimiento social de la envergadura y relevancia que comienza a tomar el de
los trabajadores a mediados del siglo XIX, un movimiento que en el curso mismo
de su experiencia de lucha rebasa la mera transformación política y se adentra
en la transformación social de raíz, que Marx puede explotar la visión de totalidad que
proporciona el propio capitalismo.
Es, también, en ese sentido que sostenemos que la
perspectiva de la totalidad permite que su obra trascienda la
mirada disciplinar de la economía, o la filosofía, o la historia, para
proponernos no sólo una perspectiva epistemológica nueva, ni tampoco sólo un
método de investigación diferente, sino la comprensión de lo que es una
estrategia política encaminada a la transformación radical de la sociedad.
Desde la mirada abierta por el movimiento que
representa la posibilidad más avanzada y audaz de la transformación social
(iniciada con la Conjura de los iguales hasta la Comuna
de París de 1871, pasando por la insurrección de junio de 1848 en
París), Marx engarza la experiencia política que él mismo tiene a partir de
esos acontecimientos, con su investigación teórica. Para Marx, todos estos
momentos perfilan en los hechos una nueva perspectiva que trasciende los
términos consagrados de la lucha política y del programa de transformaciones
sociales, trastocando los términos mismos de la participación de la polis que
inauguró la revolución francesa de 1789, al constituir la autoemancipación como
el nuevo sentido de los combates por la justicia, la igualdad y la libertad.
Es relevante recordar la temprana afirmación de
Marx que expresa sintéticamente lo que en su obra posterior desarrollará:
“[T]oda revolución derroca la sociedad anterior; en ese sentido
es social. Toda revolución derroca el poder anterior;
en ese sentido es política” (Marx, 1978, p. 245). Tal concepción
que vincula las diversas esferas que aparecen disociadas es, podemos afirmar,
lo distintivo de la perspectiva de Marx.
De igual forma, veremos posteriormente en El
Capital una manera diferente de entender lo político a partir del
estudio del conflicto puntual del que deviene la relación que implica esta
esfera, proceso que no puede ocurrir de manera mecánica sino compleja y en una
esfera diferente que llega a adquirir cierta autonomía. A partir de esto,
entender el Estado como garante de la norma que nace de la violencia del
conflicto entre segmentos de la sociedad, es para Marx pista a seguir para
articular el análisis y adentrarse en la comprensión de las interconexiones
internas de la totalidad social. Tal es la razón por la que, en efecto, no
encontraremos una teoría separada sobre el Estado, lo cual está muy lejos de la
idea althusseriana de que se trata de un faltante en la obra de Marx.
Ciertamente, el autor de El Capital parte
de una visión histórica que no admite formas políticas universales e
inmutables, ni tampoco, por tanto, concepciones sobre las organizaciones
políticas y los programas para todo tiempo y lugar, pues se trata de
expresiones del movimiento político real y del desarrollo incesante de la
praxis que se realiza siempre a partir de una ubicación temporal y geográfica
específica. De hecho, sus escritos políticos dan cuenta de la extraordinaria
dinámica cambiante que conllevan estos fenómenos por contraste con el dinamismo
conservador de las relaciones materiales.
Lo anterior nos lleva a cuestionarnos sobre las
lecturas predominantes acerca de Marx. No parece irrelevante pensar en forma
integral cómo se ha interpretado a Marx; cuáles son, al menos, los rasgos
principales de las más influyentes lecturas y las consecuencias que han dejado,
sobre todo en momentos como los actuales, en los que hay la tendencia a retomar
a ciertos autores o corrientes de manera desarticulada, sin la recuperación de
lo que es, sin duda, una rica historia interconectada, tal como mostró en su
momento Eric Hobsbawm (1979), en el mejor intento en esta dirección. Desde
luego es un tema muy amplio y que abarca ya siglo y medio. Aquí solo
señalaremos un aspecto que nos parece particularmente relevante y que, desde
nuestra perspectiva, permite preguntarnos sobre las formas actuales de abordar
la obra de Marx.
En cierto sentido, es esta una manera de reconocer
que a esas lecturas les debemos tanto lo alcanzado hasta ahora en el
conocimiento de una obra extraordinariamente compleja e importante, como
también los límites manifiestos que hemos tenido en su comprensión.
El tema no es inocente y tiene mucho de político.
Sin duda la vinculación de las diversas interpretaciones o maneras de abordar a
Marx con las miradas o posturas políticas que las sostienen permite entender la
dimensión del problema que enfrentamos. No hay que olvidar que es esta
correlación política la que ha definido siempre la recepción de la figura y
obra de Marx, y es la que puede explicar algo tan absurdo como declararlo
muerto al momento de la caída del muro de Berlín. Es claro que Marx ha dado múltiples
batallas políticas que llegan hasta nuestros días.
Ciertamente, desde la segunda mitad del siglo XIX
hasta ahora la comprensión de la obra de Marx ha provocado muy diferentes
lecturas, siempre ligadas a sus circunstancias históricas, a las preguntas del
momento, lo cual es absolutamente natural y puede ser muy productivo. El
problema ha sido confundir las respectivas preguntas y preocupaciones con las
que Marx, a su vez, pudo tener. En especial, obviar el lugar de enunciación de
Marx ha tenido relevantes secuelas.
Esto ha impedido, a más de 150 años de haberse
publicado el primer tomo de El Capital, abordajes de ese trabajo
desde una visión integral que permitan extraer exponer todas las consecuencias
políticas que tiene ese extraordinario libro de Marx.
La visión fragmentada comenzó tempranamente. Ya en
vida de Marx en ciertos ámbitos la preocupación fue encasillarlo y calificarlo,
entonces, como economista para unos, o filósofo para otros, cuestiones que para
el revolucionario alemán no merecían más que la burla por la pobreza de
análisis que mostraban y la rivalidad intelectual entre ingleses y alemanes que
expresaban.
Pero ese asunto no será, en realidad, tema entre
los trabajadores. Son otras las preocupaciones de Marx frente a las lecturas
posibles al interior de los partidos obreros, como lo muestra su debate con
Ferdinand Lasalle o, años después, con los dirigentes del Partido
Socialdemócrata Alemán, que dejó expresado en sus Glosas marginales al
Programa de Gotha (1875). Pero también, años antes, había sostenido un
intenso debate con Proudhon y, luego, con Bakunin y los anarquistas, alrededor,
entre otras cosas, de su rechazo de la lucha política para alcanzar los
objetivos de los trabajadores.
Una vez muerto Marx, el debate que suscita la
postura de Eduard Bernstein resultó extraordinariamente relevante desde la
perspectiva de una confrontación dentro de los partidos obreros, en relación
con el análisis de las consecuencias políticas de las diferentes maneras de
entender lo escrito por Marx. En realidad, no es una lectura ingenua ni
superficial la que hizo entonces el movimiento obrero de la obra del
revolucionario alemán. Por el contrario, en muchos sentidos fueron
interpretaciones más complejas que las realizadas después en el medio
académico, pero también fue donde comenzó esa fragmentación del trabajo teórico
del revolucionario alemán.
Es Bernstein quien se separa del Partido del que
fue dirigente y exponente teórico, el que realiza una de las primeras
interpretaciones que segmentan el aporte de Marx, al sostener que su método
dialéctico tomado de Hegel deviene en graves errores en la construcción
científica de Marx. De ahí surgirá la idea de un Marx científico “contaminado”
por un Marx militante; de una concepción del materialismo histórico
al que, como sostiene György Lukács, se busca eliminarle la dialéctica como
manera para “[…] fundar una teoría consecuente con el oportunismo, del
‘desarrollo’ sin revolución, del ‘crecimiento’ sin lucha hasta el socialismo
(1969, p. 6.)”.
Como se conoce, hubo rápida respuesta a esa
posición bernsteniana, como lo muestra la reacción de Karl Kautsky, Rosa
Luxemburg, después Lenin, Lukács, Karl Korsch y aún Gramsci, quien bien entrado
el siglo XX seguirá debatiendo las posturas de Bernstein considerando su
vigencia en el movimiento de los trabajadores y la implicación que tenían en la
estrategia política. Sin embargo, y pese a esas respuestas, hasta nuestros días
es habitual encontrar separado, y hasta contrapuesto, el aporte científico de Marx
respecto de su actividad y postura políticas.
A lo largo de todo el siglo pasado, aparejada a esa
incomprensión del papel que jugó la lucha política en la construcción de la
perspectiva teórica de Marx, hubo recurrentes voces que se sumaron a la
escisión que se hace de su aporte, sobre todo a partir de un cierto positivismo
cientificista desde el cual ha sido leído el autor del El Capital en
no pocas interpretaciones.
En directa oposición a esa visión que asignó a Marx
diversas adscripciones disciplinares, hay que recordar el énfasis que, años
después, el marxista húngaro Gyorgy Lukács puso en la relevancia del método de
Marx que le permite destacar la totalidad concreta no sólo
como el objeto mismo de su análisis, sino como la perspectiva epistemológica
que lo distingue de todos los demás.1
Es esta misma perspectiva la que permite entender
el surgimiento de las ciencias diversas como resultado de una percepción de los
hechos que deriva del carácter fetichista de las relaciones materiales, que
cosifica todas las relaciones humanas:
Así nacen hechos “aislados”, complejos fácticos
aislados, campos parciales con leyes propias (economía, derecho, etcétera)
–escribe Lukács– […] de tal modo que tiene que parecer especialmente
“científico” el llevar mentalmente esa tendencia –interna a las cosas mismas–
hasta el final y elevarla a la dignidad de ciencia. Mientras que la dialéctica,
que frente a esos hechos y esos sistemas parciales aislados y aisladores
subraya la concreta unidad del todo, y descubre que esa apariencia es
precisamente una apariencia –aunque necesariamente producida por el
capitalismo–, parece una mera construcción (1969, p. 7).
La mayor paradoja es que, pese a la sorprendente
visión de Marx, que no pasa desapercibido por sus seguidores y por sus
oponentes, no resultó factible en un ambiente en el que las disciplinas y
subdisciplinas en todas las ciencias se abrían paso generando enormes
expectativas y abriendo nuevos campos de conocimiento, extraer a Marx de esas
miradas disciplinares aún entre quienes insistieron en señalar como asunto
clave la perspectiva de la totalidad concreta. Por el contrario, pronto
empezaron a desarrollarse estudios que hablaban en nombre de una supuesta economía
marxista, o de una historia marxista o una filosofía
marxista.
Antonio Labriola fue uno de los primeros en
reaccionar contra esta visión que comenzaba a ser dominante y, como se sabe,
sostuvo la idea que Marx había eliminado la separación entre las diversas
ciencias y, en particular, toda distinción entre ciencia y filosofía. Para
Labriola la obra de Marx no pertenece a ninguna “especialidad” y formuló la
idea de que la ciencia del autor de El Capital era la
“crítica” como tal: “[S]u política ha sido como la práctica de su materialismo
histórico, y su filosofía ha sido como inherente a su crítica de la economía,
que fue su modo de hacer la historia” (1968, p. 63).
Del mismo modo, y seguramente inspirado en la obra
de Antonio Labriola, Lenin (1987, p. 113) se opuso a un marxismo vulgar que
maneja las categorías en forma atemporal y aislada, y planteó la idea de que
Marx había dotado de base científica por primera vez a la sociología al
formular el concepto de la formación económico- social como un todo concreto y,
en esa medida, insertarla en la perspectiva de la totalidad social. Aunque no
insistió en el tema de la disciplina, la obra de Lenin es de gran relevancia en
la conformación de una corriente que en el seno del pensamiento marxista
renueva las lecturas a la luz del análisis concreto de una praxis real, del que
deriva una estrategia de transformación revolucionaria que modificó por
completo las formas políticas durante buena parte del siglo XX, y a la cual las
disciplinas resultan camisas de fuerza extrañas al ámbito de lo político que
las conjuga.
Lenin, en su polémica con los populistas críticos
del marxismo, es insistente en la idea de que El Capital dista
de ser una obra estrechamente encajonada en el análisis económico; escribe:
Marx no se dio por satisfecho con este esqueleto,
que no se limitó sólo a la “teoría económica”, en el sentido habitual de la
palabra; al explicar la estructura y el desarrollo de una
formación social determinada exclusivamente por las relaciones de producción,
siempre y en todas partes estudió las superestructuras correspondientes a estas
relaciones de producción, cubrió de carne el esqueleto y le inyectó sangre […]
esta obra del ‘economista alemán’ presentó ante los ojos del lector toda la
formación social capitalista como un organismo vivo, con los diversos aspectos
de la vida cotidiana, con las manifestaciones sociales reales del antagonismo
de clases propio de las relaciones reproducción, con su superestructura
política burguesa destinada a salvaguardar el dominio de clase de los
capitalistas, con sus ideas burguesas de libertad, igualdad, etc., con sus
relaciones familiares burguesas (1974, pp. 151-152).
La comprensión del método de Marx, aparejado a una
enorme contribución en el terreno del análisis político, dejó tenue huella en
los marxistas que comenzaron a hablar en nombre de un supuesto leninismo, ante
lo cual no dejó de haber importantes voces discordantes. Tal es el caso de Karl
Korsch quien, paralelamente a lo que Lukács expresaba en su conocida obra,
expresaba en el año 1922, año de enorme discusión en el movimiento comunista
alemán, tras el fracaso revolucionario y a tono con la visión leniniana:
De hecho, los marxistas han interpretado
posteriormente el socialismo científico cada vez más como una suma de
conocimientos puramente científicos, sin relación inmediata con la práctica
política o de otra índole de la lucha de clases […] no puede haber ciencias
parciales, aisladas, independientes unas de las otras; como no puede haber una
investigación puramente teórica, científica, sin supuestos y al margen de la
praxis revolucionaria (1971, p. 31).
Por desgracia, la obra de Antonio Gramsci fue por
muchos años desconocida y poco trabajada por su condición de preso del fascismo
musoliniano y su prematura muerte, de manera que su propuesta quedó ignorada
para hacer frente al marxismo dogmático dominante en referencia a lo que
estamos tratando. Pero hoy sabemos del inmenso aporte que dio el dirigente
comunista italiano, en particular en sus Cuadernos de la Cárcel (1986).
Gramsci no solo compartió las perspectivas de Labriola y Lenin, sino que su
énfasis en el marxismo como filosofía de la praxis puso de
nuevo en cuestión las visiones economicistas y mecanicistas dominantes y abrió
un amplio espectro en el estudio de la relativa autonomía de lo político desde
el pensamiento inaugurado por Marx.
En efecto, en una dirección opuesta a los marxistas
que hasta aquí hemos mencionado, después de la muerte de Lenin el marxismo
soviético había encontrado la fórmula perfecta para consagrar la escisión de
Marx y sacar provecho de ello en su búsqueda de legitimación del nuevo poder:
el marxismo-leninismo, que presentaba un pensamiento “completado”
por la obra de dos personajes inolvidables, Marx y Lenin, a quienes se
presentaba como parte de una fórmula en la que a uno correspondía la parte
científica, la teoría; y al otro la lucha revolucionaria, la práctica. Así
quedó consagrado durante décadas que Marx carecía de una teoría del partido
(que sería así la obra fundamental de Lenin, para unos como complemento de lo
elaborado por Marx, para otros el desvío vanguardista), entre muchas otras
cuestiones.
En ese ambiente, el debate que introdujo Althusser
en los años setenta del siglo pasado tenía enormes posibilidades para
desplegarse, y hoy es una de las vertientes que la nueva generación busca
recuperar.
El filósofo comunista francés agregó varios
elementos que sólo puedo aquí enunciar: la separación del Marx joven respecto
al Marx maduro; que se corresponde con la escisión entre el Marx humanista y el
Marx científico. El divorcio entre una “estructura” que determina una
“superestructura”, términos que ya entraron en franco desuso. Esta visión, como
sabemos, se encumbró con la tajante idea, que en su momento conmocionó, de que
la labor científica de Marx había que buscarla sólo en el terreno económico, para
terminar sentenciando que el genio alemán carecía de una teoría del Estado.
Una importante reacción a la visión dominante es la
de Henri Lefebvre, quien desde una academia francesa que, invocando la manera
de las ciencias naturales, acentuaba la importancia de las disciplinas, fue una
voz acertada que alertó sobre el asunto de encasillar el pensamiento de Marx:
“[E]l pensamiento marxista no puede introducirse en esas estrechas categorías:
filosofía, economía política, historia o sociología”, escribió Lefebvre en su
conocido texto Sociología de Marx (1966).
En tiempos más recientes, podemos mencionar a David
Harvey, quien apuntó al importante asunto de dar integridad al análisis en la
perspectiva marxista e incorporar en su cuerpo constitutivo la visión
geográfica, no como un simple agregado más sino que, dentro de la perspectiva
de la totalidad, propuso contemplar no sólo la temporalidad histórica (en la
que se insiste al hablar del marxismo como materialismo histórico) sino la
espacialidad concreta en la que aquella ocurre.
Si observamos, las lecturas dominantes no han hecho
más que coger tijera y cortar, separar, fraccionar. Así, El Capital está
pleno de “teorías” específicas y, lo que ahora gusta tanto, está repleto de
“conceptos” que explorar en sí mismos.
En un sentido inverso, de nuevo recurrimos a la
postura de Lukács, que es extraordinariamente clara:
El aislamiento abstractivo de los elementos de un
amplio campo de investigación o de complejos problemáticos sueltos o de
conceptos dentro de un campo de estudio es, obviamente, inevitable. Pero lo
decisivo es saber si ese aislamiento es sólo un medio del conocimiento del
todo, o sea, si se inserta en la correcta conexión total que presupone y exige,
o si el conocimiento abstracto de las regiones parciales aisladas va a
preservar su autonomía y convertirse en finalidad propia. Para el marxismo,
pues, no hay en última instancia ninguna ciencia jurídica sustantiva, ni
ciencia económica sustantiva, ni historia, etc., sino sólo una única ciencia,
unitaria e histórico-dialéctica, del desarrollo de la sociedad como totalidad
(Lukács, 1969, p. 30).
Pese a lo encarnizado que fue por momentos el
debate acerca de cómo considerar en términos generales la obra de Marx, lo
cierto es que dista mucho de haberse resuelto en un sentido crítico. Pese a las
interconexiones que se señalan, la tendencia general fue y sigue siendo la de
entender a Marx desde alguno de los enfoques parciales, dentro de alguna
disciplina particular, aunque a todas éstas la obra de Marx las desborde
continuamente. Habría que preguntarse, recordando la interesante postura de
Manuel Sacristán (1983) sobre este tema, porqué ha imperado incluso entre los
marxistas, una visión fetichista de la ciencia que no hace frente al hecho de
su creciente subordinación a la dinámica y la lógica general del capital.
Lo anterior explica también por qué se mantiene
dominantes las lecturas “económicas” de El Capital, y, sobre todo
después del crack de 2008, en las que se siguen dando algunas discusiones
eternas justamente entre los economistas, estudiosos lúcidos de Marx, y sus
planteamientos sobre las crisis. Pero a su lado, están las lecturas
filosóficas, las cuales están proliferando, como es natural ante los tan
deteriorados mundos de lo político, lo social, lo económico. Al parecer, la
filosofía es un buen refugio cuando resulta difícil encontrar la salida a la
situación de este mundo al borde de su destrucción. En el fortalecimiento de
las lecturas hegelianas de Marx hay quien sostiene sin titubeo –y logra un
éxito mediático inconcebible– que El Capital es “la
quintaesencia del idealismo alemán” (Fusaro, 2017, p. 29), aunque también han
regresado otras posturas proponiendo algunas cuestiones refrescantes.
Pero, sobre todo, tenemos las nuevas lecturas
filológicas, que ha propiciado el proyecto de la MEGA2. A estas les
debemos el actual impulso a leer de nuevo a Marx, a redescubrirlo, a
despojarnos de viejas ideas, a cuestionar la forma en que se dio a conocer su
obra, a verla como es: inacabada, en constante revisión, con variantes. Pero
también es la visión que más olvida el sentido, el motor, la flama interna de
la obra de Marx: les estorba el Marx político; les molesta la conexión de la
obra con un mundo en lucha, una lucha de la que su autor fue parte fundamental
y a la que subordinó todo. En estas lecturas, de nueva cuenta y alimentándose
del discurso posmoderno, Marx es escindido hasta el extremo y la política es
expulsada de la obra-río.
Creo que, para poder rescatar el sentido de la
propuesta de Marx, que desde muy joven se propuso criticar sin
contemplaciones todo lo que existe, resulta indispensable trocar la mirada
y considerarlo no sólo parte integrante del movimiento de los trabajadores de
su época, sino su deudor. Es decir, no debiéramos prescindir del hecho de que
Marx fue no sólo su más relevante portavoz, sino quien expresó teóricamente lo
que este movimiento contenía en su interior, como ente colectivo que en su
praxis permite explotar el horizonte de visibilidad que abre el capitalismo.
Marx es parte en diversos momentos del encarnizado
combate que dieron los trabajadores y cuya culminación fue la Comuna de París
en 1871, los cuales perfilan con su obra una nueva perspectiva que destaca
la autoemancipación como el eje y nuevo sentido de los
combates comunitarios por la igualdad, la justicia y la libertad.
Esa sola inversión de los términos con los que se
trata a Marx abrirá, probablemente, nuevos senderos más fructíferos que
permitan enfrentar las condiciones que mantienen los trabajadores en el siglo
XXI y recuperar el sentido profundo de su trabajo.
No se trata, en efecto, de un asunto sencillo. Como
hemos tratado de señalar, en forma muy sintética, el hurgar en el sentido de
las conexiones e interrelaciones que los aportes de Marx brindan en diversos
aspectos de la vida social y, en particular, encontrar esa visión compleja que
nos ofrece sobre lo político, al margen de cualquier determinismo simple o del
frecuente economicismo con el que se le ha leído, ha sido intento incesante de
algunos marxistas cuyo punto de contacto es la determinación de mantener la
llama encendida de la propuesta radical, del cambio de raíz, que sigue
ofreciendo, pese a todo, la obra de Karl Marx.
NOTAS
1 Escribe Lukács: “[L]a totalidad concreta es,
pues, la categoría propiamente dicha de la realidad. La verdad de esta
concepción no se manifiesta, empero, con toda claridad más que situando en el
centro de nuestra atención el sustrato real, material, de nuestro método, la
sociedad capitalista con sus internos antagonismos entre las fuerzas de
producción y las relaciones de producción (1969, p. 11).
REFERENCIAS
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edición histórico-crítica, Memoria, 261, México. Artículo disponible https://revistamemoria.mx/?p=1415
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