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LEYENDO
(TODAVÍA)
A ANTONIO GRAMSCI
Gilberto
Loaiza Cano
Leyendo
(Todavía) A Antonio Gramsci
Gilberto Loaiza Cano
Leyendo (todavía) a Antonio Gramsci
Enero de 2009 [*]
Gilberto Loaiza Cano [**]
«L’historien n’est pas celui qui sait. Il est celui
qui cherche» [1].
La libertad intelectual se mide, entre otras cosas, por la capacidad de
decidir qué se consume, intelectualmente hablando. La capacidad de elegir es la
capacidad de discernir. Es también la capacidad de eliminar. Estar sometido a
las modas intelectuales, a las novedades editoriales, a los afanes
conmemorativos o a los predominios discursivos y bibliográficos de comunidades
específicas (en las universidades esos predominios suelen estar acompañados de
poder y de intolerancia) no constituye un buen indicio de libertad. Existe el
riesgo de perderse en el maremagnum de las novedades, pero también existe el
riesgo de estancarse en una situación conocida y cómoda. Las palabras de Febvre
que sirven de epígrafe son enteramente aplicables a los intelectuales en general.
No se trata de detenerse en una esquina a ver hacia dónde empuja el viento de
las novedades, más bien se trata de poseer un atisbo de lucidez para salir a la
calle a buscar, siempre, algo. Y es ese espíritu de búsqueda el que nos puede
ayudar a construir el necesario criterio para decidir qué leemos y qué dejamos
a un lado.
Deseo y debo hablar de lo que ha significado para mí la obra de Antonio
Gramsci (1891-1937). He escrito tres libros (uno inédito) que tienen en común
la deuda con los apuntes del pensador italiano[2];
eso puede tomarse como un ostensible defecto, una fijación, un dogmatismo, un
estancamiento intelectual o cualquier atrocidad semejante. Ya he escuchado
críticas por mi evidente apelación a la obra gramsciana. Por supuesto que no he
recurrido solamente a él, pero siempre he encontrado la necesidad de evocarlo,
de ponerlo en diálogo con otros autores. La razón o excusa parecen sencillas:
la gran parte de lo que he escrito tiene que ver con lo que podríamos llamar
historia intelectual; siendo así, acudir a las notas de los Cuadernos
de la cárcel[3] parece
un recurso muy obvio. De todos modos, creo que esa persistencia de su obra en
la mía merece una explicación o, si se quiere, una expiación; y me ha parecido
necesario responder o responderme a las preguntas para qué Gramsci, por
qué Gramsci.
Pero antes necesito comenzar por un ejercicio de introspección y
retrospección, un ejercicio de la memoria para tratar de reconstruir la génesis
de mi acercamiento a la obra del pensador italiano. Creo que debo responderme,
primero, cómo fue el origen de una relación que se fue prolongando; el origen
de esa relación puede ser frívolo o ingenuo, como le hubiese sucedido a
cualquier estudiante universitario que hace lecturas dispersas y atolondradas
que no responden a un plan definido. Más por curiosidad que por un estudio
sistemático de algo, tomé de la biblioteca central de la Universidad Nacional
una selección de textos de 1968 preparada por un dirigente socialista catalán
que fue durante algunos años ministro de la Cultura en el gobierno de Felipe
González (eso lo supe mucho después), llamado Jordi Solé-Tura[4]. Hurgando ahora en viejos
papeles, encuentro algunos recortes de prensa de 1987 que se habían dedicado a
hacer semblanzas de Gramsci a propósito de la conmemoración de los cincuenta
años de su muerte. Yo no pude escapar, parece, a la seducción de esas evocaciones
y se me ocurrió que, aunque no hubiese tenido (ni nunca la tendré, lo confieso)
una sólida iniciación en el pensamiento marxista, sería bueno saber qué había
escrito aquel hombre. Algo más, que puede ser tan frívolo como lo anterior, me
empujó a averiguar un poco más sobre su vida e infortunios; las circunstancias
de su muerte, perseguido y casi aplastado por la máquina represiva del régimen
de Benito Mussolini; la precariedad de su cuerpo que luego la constaté en una
iconografía que algún buen colega mío me robó recientemente. Nunca lo he visto como a un ser deforme; más bien
como un hombre físicamente frágil que fue capaz de imponerse a las desventajas
de su cuerpo. Eso me causó y me sigue provocando admiración.
Luego tuve intereses un poco más serios, si cabe decirlo. Alguna vez,
mientras debía cumplir con la escritura de un ensayo sobre José Carlos
Mariátegui (1894-1930) para un curso de literatura hispanoamericana, se me
ocurrió averiguar si el pensador peruano había tenido algún tipo de contacto,
mientras vivió en Italia entre 1919 y 1923, con la personalidad de Gramsci; al
final, esa pequeña averiguación no pasó de las conjeturas. Pero, un poco más
tarde, cuando ya comenzaba a vislumbrar lo que debería ser mi monografía de
grado como estudiante de filología, me había sentado a leer otra obra abierta
hecha a base de apuntes sugerentes, me refiero a La estética de la
creación verbal de Mijail Bajtin(1895-1975)[5]; más
adelante, tuve el inmenso placer de leer del mismo autor su libro acerca de la
obra de Rabelais y la cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento[6]; allí
encontré unas afinidades más decisivas. Bajtin y Gramsci pertenecen a aquellos
escritores que han vislumbrado la participación activa de los sectores
populares en los procesos de creación de cultura; cada uno por caminos
distintos, pero contiguos, quisieron demostrar que la cultura popular no es el
resultado de una pasiva asimilación de los elementos de la cultura de las
élites; ambos creyeron en un diálogo más intenso y no en la imposición en un
solo sentido de una concepción del mundo. Después de leer a Bajtin tuve otra
experiencia muy placentera y formativa, me encontré con una de las obras
maestras de la historiografía social del siglo XX, La formación de la
clase obrera en Inglaterra de Edward Palmer Thompson[7].
Desde la didáctica y decisiva introducción, el historiador británico ponía en
evidencia el influjo del autor de Los cuadernos de la cárcel. Especialmente algunos pasajes del libro de
Thompson, aquellos que hablan de los intelectuales que contribuyeron a cimentar
la cultura política radical en Inglaterra; en otros ensayos dispersos de la
obra de Thompson también he ido hallando reflexiones afines; por ejemplo,
aquella sobre la importancia de los períodos de transición en la historia, en
que Gramsci y Thompson coinciden en adjudicarles intensidad y densidad.
La lucha por una nueva cultura.
Mi primer ejercicio de investigación, la compilación de la obra del
cronista Luis Tejada (1898-1924),contó con las luces de las obras de Mijail
Bajtin y Antonio Gramsci. El uno me había ayudado a fijar una premisa
metodológica que se convirtió, casi, en el lema con que defendí esa pequeña e
ingrata aventura de reunir todas las crónicas que Tejada pudo publicar en su
corta existencia y en su breve paso por los periódicos colombianos. Bajtin decía que «donde no hay texto, no hay objeto
para la investigación y el pensamiento en las ciencias humanas»[8].
Esa premisa resultaba obvia y elemental –lo sigue siendo- pero en nuestro medio
era –sigue siendo- necesaria. Los historiadores –o quienes creemos serlo- nos
hemos desentendido de contar con esa premisa para darle sustento a nuestro
oficio; en la literatura son muy escasos esos esfuerzos preliminares de
compilación y presentación de obras completas de autores; conozco unas cuantas
aves raras que se la pasan en las bibliotecas revisando colecciones de prensa
para hallar poemas, cuentos o novelas por entregas que nunca han hecho parte de
un libro o que esperan que por fin les brinden acceso a un archivo privado en
búsqueda de un manuscrito todavía inédito. Pero, insisto, son
aves raras que incluso gozan de un particular desprecio en los círculos
académicos.
Terminada la compilación, que implicó resolver algunos problemas de
fijación de fechas originales de publicación, de determinación de la paternidad
de algunos textos y de definición de algunas recurrencias estilísticas del
autor, siguió el reto de elaborar una interpretación global de la obra y,
luego, de decidirse por la aventura de escribir una biografía[9]. Para ese tiempo, se
volvieron simultáneas la lectura de la obra del cronista colombiano; la lectura
de historiografía sobre el período en que vivió y escribió Tejada; la lectura
sistemática de los Cuadernos de la cárcel; del libro de Bajtin
sobre Rabelais y los ensayos de Edward P. Thompson reunidos bajo el
título Tradición, revuelta popular y consciencia de clase[10]. Esa mezcla fue fecunda y
orientó los primeros borradores de lo que iba a ser la biografía. Los aportes
fueron en varios sentidos: en la descomposición temática de la obra de Tejada;
en la afirmación de la tesis según la cual cada autor condensa de algún modo
los conflictos de la época en que escribió; que su escritura sintetiza, también
de algún modo, esos conflictos o, por lo menos, los delata; que, en últimas,
cada crónica y el conjunto de las crónicas eran un fragmento de cultura y que
cada fragmento remitía al contexto, al paisaje cultural en que ese pequeño
texto se produjo.
Pero detengámonos en el aporte proveniente en
exclusiva de mi lectura de los Cuadernos de la cárcel. Primero, hay
que insistir en el carácter fragmentario y provisional de esa obra; son notas
escritas en condiciones muy adversas por la reclusión y por la débil salud del
escritor sardo. Sus notas no son más que apuntes,
aproximaciones sobre un tema, exploraciones sobre un programa de investigación
que el autor quería desarrollar cabalmente algún día. No es difícil, por
tanto, hallar en sus apuntes advertencias en que señala el «carácter
provisional de tales notas y apuntes», como cuando va a comenzar el Cuaderno 8
con unas «notas varias y apuntes para una historia de los intelectuales
italianos…Se trata a menudo de afirmaciones no controladas»[11]. Por eso, como lo advirtió
el mismo Gramsci, sus Cuadernos tienen que ser leídos con
«discreción y cautela», como algo provisional, incompleto y sugerente.
Gramsci parecía haberse propuesto hacer una investigación sobre los
intelectuales italianos y su influencia en la organización del espacio de la
opinión pública en Italia desde el siglo XIX; eso implicaba estudiar sus
orígenes, sus formas de organización, las corrientes culturales a las que
pertenecieron o que ellos contribuyeron a crear, los diferentes niveles de
organización de lo que podríamos llamar la vida material de la
culturaintelectual: librerías, bibliotecas, imprentas, sistema educativo. El vínculo
de los intelectuales con la construcción de un ideal nacional; la diversidad
del trabajo intelectual, su tipología, sus funciones, en fin. Pero el pensador
italiano terminó escribiendo un plan de investigación sobre lo que podríamos
llamar la transformación de la vida pública italiana, y eso implicaba incluir
un examen de la esfera de la producción cultural, de sus cambios y
permanencias, y de las funciones que desempeñaron los intelectuales en el
proceso de transformación de esa vida pública. En un programa de reflexión tan
vasto, es inevitable que los Cuadernos de la cárcel sean
altamente provocadores en asuntos colaterales; para mencionar un solo ejemplo,
Gramsci brinda un modo de entender el comportamiento de la Iglesia católica, no
sólo en Europa, ante los avances de la ideología liberal y ante la producción
literario-ideológica de inspiración jacobina y anticlerical que pululó en buena
parte del siglo XIX. Estas
reflexiones suelen estar atadas, en su obra, al examen de los partidos
políticos, a su composición, sus alianzas, sus matices ideológicos, el papel
interno que cumplen los intelectuales, sean clérigos o laicos.
Una de las preocupaciones más inmediatas que arrastraba conmigo a raíz
de la interpretación de la obra de Tejada era su carácter sistemáticamente
críticoen varios aspectos de la vida; además, era una obra crítica inserta en
un período que nuestra historiografía acostumbró a caracterizar como una época
de transición. De modo que me
pareció prudente indagar la relación entre una escritura crítica, los tiempos
de transición y el papel que cumplen las generaciones intelectuales en esos
momentos. En los apuntes gramscianos encontré los aportes sustanciales –mas no
exclusivos- para entender esas relaciones y, sobre todo, para tener una
comprensión global de la obra de Tejada; y yo entiendo como comprensión global
de una obra de un escritor tanto la explicación de sus características de forma
y contenido como el nexo de esa obra con la época en que está situada. Y esa época estaba determinada por «luchas culturales», por
enfrentamientos entre concepciones del mundo antagónicas. Gramsci, en efecto,
me permitía entender que los períodos de transición son períodos de luchas
culturales y que hay luchas culturales porque hay concepciones del mundo
opuestas; eso me permitía entender, de adehala, la propensión del escritor
colombiano por ejercer lo que él llamaba «el espíritu de contradicción» o por
desnudar «las grandes mentiras» o por concentrarse en aquellas pequeñas cosas
que desafiaban las, en apariencia, trascendentales preocupaciones de los
dirigentes políticos de entonces. Toda
su escritura, y también episodios de su vida, exhibían una crítica de las
convenciones culturales, una permanente puesta en tela de juicio de lo que se
consideraba bueno, bello y verdadero hasta entonces.
Yo recurrí, entonces, a una especie de
analogía. Cuando Gramsci contrastaba las obras
del filósofo Benedetto Croce y del historiador de la literatura Francesco de
Sanctis, me parecía encontrar el examen de una situación muy semejante a la de
la época en que vivió el cronista colombiano[12]. Podía entender un período
de transición en la cultura como un período intenso de luchas de concepciones
del mundo. Gramsci hablaba
exactamente, a propósito de la obra de De Sanctis, de una crítica militante que
no era simplemente crítica literaria o artística, sino que además contenía
crítica moral, crítica de las costumbres y de los sentimientos, algo que
hallaba muy evidente en la obra de Tejada. Ese era el tipo de
crítica propio de una lucha cultural en que la obra de Tejada no pretendía
solamente que naciera un nuevo arte, sino que más bien le interesaba el
nacimiento de una nueva cultura, un nuevo modo de vivir la vida o, al menos de
entenderla y representarla; más adelante, en el Cuaderno 9, Gramsci reitera que
«se debe hablar de luchar por una nueva cultura, o sea por una nueva vida moral
que no puede dejar de estar íntimamente ligada a una nueva concepción de la
vida»[13]. La vida del cronista
colombiano terminé escribiéndola, en definitiva, como un proceso muy semejante
al que caracterizaba Gramsci; un proceso en que Tejada enunciaba un nuevo mundo
cultural posible que, quizás, correspondía con la utopía socialista a la que se
adhirió al final de su corta existencia. Pero, además, los apuntes sobre la dimensión varia
de la crítica literaria o artística militante, contenían un esbozo sugerente
sobre el papel de grupos creadores en ascenso que impugnan la estabilidad y la
preeminencia de grupos de intelectuales consolidados; un enfrentamiento que fue
muy intenso en la década de 1920 en Colombia. En efecto, Gramsci advierte que «un nuevo grupo que entra en la vida
histórica hegemónica», que esa era, a mi modo de ver, la pretensión de la
generación de Los Nuevos, «no puede dejar de suscitar en su interior
personalidades que antes no habrían encontrado una fuerza suficiente para
manifestarse» [14]. Afianzado en estas
apreciaciones, no fue difícil que me decidiera por titular mi estudio
biográfico Luis Tejada y la lucha por una nueva cultura.
Los políticos letrados del siglo XIX.
Recurrí de nuevo a Gramsci durante el estudio de la vida y la obra de
Manuel Ancízar (1811-1882); en esa ocasión hubo otras obras que acompañaron o
completaron los apuntes provisionales del autor italiano: Benedict Anderson y
su libro Comunidades imaginadas[15]; Pierre
Rosanvallon y su estudio sobre la importancia del político e historiador
François Guizot en el proceso de construcción de una nueva relación entre
élites y pueblo en la Francia posrrevolucionaria[16]. Entre otras cosas, la
obra de Rosanvallon ha conocido un auge reciente con la reactivacion de la
historia politica del siglo XIX; él contribuye a dilucidar las perplejidades de
la instauración de sistemas republicanos cimentados en la apelación a la soberanía
popular mediante el ejercicio del voto. Le moment Guizot es, a
mi modo de ver, una obra matriz de la que se han desprendido elaboraciones
posteriores de este sociólogo francés, como Le Sacre du citoyen, Le
Peuple introuvable y La Démocratie inachevée[17];
este último libro ha conocido un par de traducciones al español –La
Democracia inconclusa- que han contribuido a popularizar al autor y, aún
mas, a promover el proyecto de una historia filosófica de la democracia en el
proceso de existencia republicana. Las obras de Anderson, Rosanvallon y, otro
autor imprescindible, François-Xavier Guerra[18],
permiten entender la dimensión del influjo de una élite político-intelectual en
la modelación de una sociedad; en la organización de la opinión pública; en la
consolidación de un sistema representativo; en la eclosión de artefactos
destinados a difundir la imagen de una sociedad que necesita integrarse en la
abstracta estructura nacional. Rosanvallon, principalmente, les concede a los
políticos letrados de la primera mitad del siglo XIX una gran importancia en lo
que, en palabras de Gramsci, se llamaría la construcción de hegemonía. Las
minorías letradas que controlan la vida cultural y política, que controlan las
prácticas asociativas, que extienden redes de sociabilidad para garantizar el
predominio de ciertos objetivos y de ciertas concepciones del mundo; esas
minorías activas fueron las responsables de una cultura política excluyente en
el proceso de construcción de la nación.
Pero detengámonos en un examen de lo que, según mi relativa experiencia,
son las contribuciones de los apuntes del pensador italiano a un estudio sobre
la relación entre intelectuales y la construcción de un Estado nacional durante
el siglo XIX. Primero, Gramsci
ayuda a entender qué tipo de intelectual podía ser aquel que cumplió un papel
protagónico en la organización y consolidación del sistema republicano.
Segundo, ayuda a entender el enfrentamiento entre el intelectual laico, que
aparece y se afirma durante el siglo XIX, y el intelectual tradicional
proveniente de las estructuras de la Iglesia católica. Tercero, contribuye al
estudio de las prácticas asociativas en el contexto de las pugnas entre el
Estado moderno en formación y las antiguas potestades de la Iglesia católica.
Cuarto, permite avanzar en el examen de lo que él mismo llamaba «la estructura
ideológica de una clase dominante». Sin duda, la obra
del pensador italiano sirve para inspirar, al menos en el método, la forma de
examinar la prensa decimonónica; para reconstituir la relación del periódico
con sus redactores, los impresores, los lectores. Hasta la lectura más
superficial de los Cuadernos podría hacer notar que Gramsci
presta mucha atención a la clasificación genérica de las publicaciones; analiza
su disposición topográfica, las secciones, las tendencias, la estructura
nacional o local de un periódico, la relación con una línea ideológica y con un
tipo de intelectuales, en fin[19].
En su constante examen –siempre como aproximación- de la opinión pública,
Gramsci no dejó de pensar, así fuera muy puntualmente, y a veces de manera
equívoca, sobre asuntos que consideraba específicos de la América meridional,
como sucede con algunos de sus apuntes sobre el jesuitismo y la masonería[20].
En este sentido, yo percibo la obra de Gramsci mucho más rica y pertinente que
la de Jurgen Habermas; no olvidemos que originalmente la obra de Habermas era
una historia de la transformación estructural de la vida pública en Europa,
luego, por razones editoriales, terminó siendo conocida como una Historia
y crítica de la opinión pública[21]. En
principio, Gramsci y Habermas abordan problemas semejantes. Pero el elemento
diferenciador y determinante es que aquel logra ver el asunto con mayor
voluntad de síntesis, aunque su punto de partida haya estado enteramente
circunscrito a la circunstancia italiana; el estudio de Habermas es más
provinciano y eurocéntrico, mientras que Gramsci, así sea con apuntes
fragmentarios, logra esbozar ideas en torno a la vida pública y la actividad
político-intelectual en Japón, Estados Unidos y América hispana, por ejemplo.
Vayamos por partes. En efecto, Gramsci ayuda a
entender qué tipo de intelectual podía ser aquel que cumplió un papel
protagónico en la organización y consolidación del sistema republicano. Se trataba de un intelectual constructor, organizador, dirigente que se
concretó en el hombre de leyes y de letras. Ese fue el caso de los abogados
cuya intervención fue decisiva en la fabricación de un sistema representativo,
de un cuerpo constitucional, de aparatos de control social; se trataba de lo
que Gramsci llamó «un tipo corriente de intelectual», que se creía «investido
de una gran dignidad social» y que, además, se estimaba él mismo como un
individuo que cumplía con una labor pionera y privilegiada en el tránsito del
mundo jerárquico colonial al difícil consenso republicano que, en el papel,
otorgaba libertades e igualdades[22].
Son estos hombres de la palabra y de la pluma que van a darle sustento durante
la centuria del diecinueve a la soberanía de la razón, a la primacía de las
capacidades y la riqueza, y que desplazó el ideal rousseaniano de la soberanía
popular.
En sus anotaciones sobre la historia italiana del siglo XIX, en sus
análisis del Risorgimento, no podía desestimar el poder de la
Iglesia católica y, más exactamente, del papado que tuvo control
político-administrativo del centro de la península itálica. Y menos podía despreciar el papel jugado por los
jesuitas en la organización de un aparato ideológico que contribuyera a la
lucha del catolicismo contra la ofensiva de la modernidad liberal. Gramsci se dedicó, por ejemplo, a revisar la Civiltà Cattolica,
la publicación creada por los jesuitas en 1850 y que fue el órgano difusor de
la política papal[23]. En uno de sus planes de
una historia de los intelectuales, él concebía (deseaba) un capítulo dedicado a
la historia de la Acción Católica y a las principales tendencias del
catolicismo: integrales y modernistas. En el transcurso de los Cuadernos queda
claro que los «nuevos intelectuales», los intelectuales laicos aparecen para
competir con «categorías sociales preexistentes» que, como los eclesiásticos,
habían sido «monopolizadores durante largo tiempo» de la estructura
ideológica. El
enfrentamiento Iglesia-Estado es, por tanto, una de las recurrencias
insoslayables de los Cuadernos a la hora de examinar los
conflictos inherentes a las disputas hegemónicas en el proceso de formación de
los Estados nacionales durante el siglo XIX. En definitiva, vislumbra que uno de los conflictos que dotaron de
personalidad aquel siglo fue la lucha entre un proyecto confesional de Estado y
otro de sustancia secularizadora, una rivalidad entre el elemento tradicional,
católico, y el elemento civil y laico.
No sé si mi estudio biográfico sobre Manuel Ancízar haya sido lo
suficientemente sólido como para haber demostrado que se trataba de un político
civil que cumplió, primordialmente, con funciones organizativas; pero al menos
yo me convencí de que estaba reconstituyendo el proceso de existencia de un
persuasor y organizador permanente de hegemonías a favor de un proyecto
político fundado en la laicidad y la civilidad. Como cualquier político del
siglo XIX, le fue imposible deshacerse del peso de la tradición católica, pero
alcanzó a esbozar un comportamiento personal próximo al de un protestante e,
incluso, su muerte tuvo cierta aura librepensadora. Aun con todas las
vacilaciones e incoherencias inherentes a cualquier ser humano, Ancízar se
destacó por su capacidad para difundir prácticas asociativas. Trajo a la Nueva
Granada su experiencia de político liberal acumulada en Cuba y Venezuela. Pero,
sobre todo, trajo su experiencia de hombre de sociedades: fundador de frentes
asociativos concentrados en la modelación de la opinión pública; sabía que una
Sociedad Patriótica o un Ateneo Literario no podían funcionar sin el previo
impulso de una logia, es decir, de un grupo dirigente esclarecido, y que a su
vez esas asociaciones demandaban el acompañamiento propagandístico del
periódico. Con Ancízar, sin menospreciar a otros políticos de entonces, se
inicia una nueva etapa del periodismo asociativo, del periódico como vehículo
de formación y consolidación de una comunidad imaginada. El fue el pionero, con
la ayuda de sus amigos y “hermanos”, los impresores Echeverría, de tácticas
publicitarias que en Europa, con La Presse de Emile Girardin,
habían dado cimiento al periodismo como empresa y a la opinión como mercado.
Desde 1848, en Bogotá, como ya venía sucediendo en Lima desde 1845, con El
Comercio, se fue imponiendo una visión más mercantil del proceso de
producción y distribución de impresos. El establecimiento del taller de El
Neogranadino, la fundación del periódico del mismo nombre, la distribución
anexa de la novela por entregas, la difusión de biblias protestantes, la
llegada de artesanos litógrafos, la fundación de la logia anticlerical Estrella
del Tequendama, del club Escuela Republicana, de la Sociedad Filarmónica, de la
Sociedad Protectora del Teatro, todo eso sucedió de manera casi simultánea y
estuvo relacionado con un mismo individuo encargado de la organización de un
frente hegemónico que, a mediados del siglo XIX, correspondía con la disputa
que ya desde la década de 1820 sostenían la Iglesia católica y la elite civil
republicana.
Las luchas hegemónicas y nuestro siglo XIX.
Gramsci ayuda a comprender que la política es una permanente disputa;
más precisamente, que la democracia parlamentaria es tumultuosa, conflictiva.
Que la vida pública mezcla y prolonga la lucha política y la confrontación
armada. La vida pública no tiene sosiego, no conoce armonía, sino acaso
precarios equilibrios y relativas pausas. La vida pública es, en gran medida,
una lucha por el control, y aquí sí seguimos más de cerca a Gramsci, por el
control basado en el consenso y en la coerción. Es una lucha fundada o motivada
por proyectos de construcción del Estado, por ideales de hegemonía o por la
hegemonía de ciertos ideales; una lucha que apela a variados mecanismos, unos
más sutiles o “civilizados” que otros. La política se prolonga en la guerra y
viceversa.
Si nos detuviéramos en el ejercicio de mirar nuestro siglo XIX,
encontraríamos esa combinación “perfecta” de todas las formas de lucha. Sé que
acabo de pronunciar palabras desgraciadas y desagradables. Sin embargo, nuestro
siglo XIX brinda buen ejemplo de individuos que apelaron a múltiples mecanismos
para conquistar el triunfo hegemónico de tal o cual proyecto político de
nación. Apelaron a prácticas asociativas, a fundación de periódicos, a
fundación de escuelas y al uso de las armas. Los abogados, los hacendados, los
sacerdotes católicos, los artesanos, las mujeres, gentes de arriba y de abajo
fueron a varias guerras civiles, las urdieron, las prepararon, las
justificaron, las vivieron. Entre guerra y guerra se rediseñó el espacio
público: volvían a funcionar talleres de imprenta, aparecían nuevos periódicos,
otra vez se intentaba crear un sistema educativo, se apelaba o no a la
sabiduría de los jesuitas, se recurría o no al poder local del cura párroco, se
volvían a tejer redes de asociaciones con tal o cual énfasis, se recurría otra
vez a las lógicas de representación mediante el voto. También se volvía a
recurrir al fraude y a la intimidación durante las elecciones. Es posible, por
tanto, pensar en virtuosos ciudadanos armados que contabilizaban su influencia
o su poderío en el número de armas que poseían: “somos 14.000 bayonetas”, decía
un avezado dirigente artesanal liberal, fundador de clubes electorales, a la
hora de desafiar a sus rivales conservadores[24].
La segunda mitad del siglo XIX en Colombia, más que la primera, muestra
con generosidad que la formación de una opinión pública no puede entenderse por
fuera de “la lucha por el monopolio de los órganos de la opinión pública:
periódicos, partidos, parlamento, de modo que una sola fuerza modele la opinión
y con ella la voluntad política nacional”[25].
Algunos editoriales de periódicos de los decenios 1820 y 1830 ya señalaban la
necesaria relación entre el ejercicio de la opinión y la necesidad de construir
un consenso patriótico o de imponer una voluntad política nacional; pero es
principalmente después de 1848 que la expansión de la prensa de opinión estuvo
acompañada de otros mecanismos hegemónicos: la implantación de librerías,
bibliotecas, talleres de imprenta; la difusión de una literatura laica y de una
literatura religiosa católica que competían por un mercado de lectores.
Desde Gramsci hasta autores más recientes se ha insistido en el papel
central, regulador, cumplido por las élites letradas en la fabricación de
tradiciones, en la invención de comunidades nacionales, en el despliegue de
mecanismos de control y persuasión. Hubo dispositivos ilustrados que trataron
de darle consistencia a proyectos de cohesión entre el Estado y la sociedad.
Esas élites intentaron construir artefactos que sirvieran de enlace entre esas
dos entidades con la recurrente invocación de la patria o la nación. Apelaron a
la implantación de un sistema escolar; a la distribución masiva de periódicos;
a la formación de un personal administrativo laico, en algunos casos y en
algunos momentos; a la instalación de asociaciones de particulares que debían irrigar
los mensajes de consenso republicano o de adhesión a tal o cual partido. En
este punto, las reflexiones gramscianas no son desinteresadas ni ascépticas; a
él le interesaba consolidar una noción de intelectual o, mejor, adjudicarle una
función política muy precisa. El dice en varias partes de su obra que los
intelectuales cumplen primordialmente funciones conectivas y organizativas;
partiendo de ese aserto, Gramsci considera que ellos debían ser los encargados
de conectar un grupo social con otros, de ejercer funciones de hegemonía, de
organizar consensos. En diferentes grados, los intelectuales ejercen un influjo
que, valga la advertencia, tiene que examinarse teniendo en cuenta lo que el
autor de los Cuadernos llamaba “su actitud psicológica”
respecto a las grandes clases sociales que ponen en contacto. Es decir, si
participan en el juego hegemónico sintiéndose o creyéndoseexpresión
de las clases populares o miembros conspicuos de las clases dirigentes. Creo
que Gramsci participa, así, de la noción intersticial, flotante, de los
intelectuales.
En este punto hay otro autor que debe interesarnos a la hora de abordar
nuestra historia política del siglo XIX, cuyos estudios basados en comunidades
muy concretas nos permitirían entender cómo funcionaba el fluido político, cómo
se establecían los vínculos entre la “alta política” nacional, las grandes
ideas de los grandes dirigentes nacionales y las realidades aldeanas; cómo se
tejió la urdimbre de relaciones entre la vida menuda local -con sus atavismos,
arcaísmos e inercias- y la inmediatez y dinamismo de las ideologías políticas
circulantes; me refiero a la obra de Maurice Agulhon y más exactamente La
République au village, obra paradigmática y pionera en los estudios de
historia rural y regional en Francia, por ejemplo, pero ampliamente desconocida
y tímidamente mencionada en nuestro medio[26].
Fue el atento Malcolm Deas quien advirtió hace ya un buen rato la importancia
de esa obra para entender los circuitos de comunicación de la política, y es
muy curioso que la perspectiva que ofrenda Agulhon no haya sido hasta hoy
justipreciada por los epígonos de las historiografias regionales[27].
Pero, en fin, la política de nuestro siglo XIX construyó una
comunicación entre los “grandes” políticos y un personal social y étnicamente
variopinto que se fue volviendo parte de una estructura de adhesiones y
manifestaciones programáticas a nombre de un partido. Manuel Murillo Toro o
Rafael Núñez o Tomas Cipriano de Mosquera no habrían podido garantizar
adhesiones, triunfos electorales o fidelidades bélicas sin el abogado
pueblerino, el maestro de escuela, el cura párroco, el artesano autodidacta, el
gamonal (en versión tanto femenina como masculina, según algunos relatos
costumbristas)[28].
Una historia de los partidos políticos del siglo XIX colombiano e
hispanoamericano tendría que contar con algunas de las premisas y hallazgos de
autores como Gramsci y Agulhon, entre otros. En lo que atañe al aporte
gramsciano, habría que reseñar la trascendencia que le concede al partido
político como una estructura intelectual colectiva; los partidos tendrían que
estar compuestos de intelectuales que garantizarían la elaboración de lo que él
llamaba una consciencia colectiva unitaria; un partido político, según Gramsci,
debía contar con la existencia de un grupo de individuos que guiara a las bases
de su partido político y, principalmente, dirigiera a toda la nación. El
control mediante el consenso sólo podría lograrse mediante una estructura
colectiva de espectro nacional, coherente y consistente, llamada partido
político. Gramsci advierte y reconoce, a propósito, que la vida diaria de los
partidos políticos sólo podía sostenerse por agrupamientos selectos de gentes,
por una dirigencia muy activa que “preparaba la atmósfera de las reuniones”;
que decidía de antemano qué iba a leerse o discutirse en las reuniones del club
político[29].
En conclusión
Cuando la escritura de la historia conlleva el compromiso de dar alguna
explicación convincente de lo que sucedió en el pasado; cuando la elaboración
de un relato va más allá del fácil recurso de trasladarle al lector un acopio
de fuentes o de inducir una representación demasiado interesada y servil,
apegada al deseo de hacer prevalecer una ideología o una militancia. En fin,
cuando escribir una historia es escribir un conocimiento aproximado (el uso de
artículos indefinidos es aquí deliberado) acerca del pasado, incompleto,
discutible pero confiable, entonces hay que apoyarse en modelos conceptuales,
en paradigmas provenientes de tradiciones historiográficas y, por supuesto, de
otras disciplinas; pero también es inevitable conversar con esos apoyos, depurarlos,
relativizarlos en el tenso equilibrio de lo tradicional con lo novedoso. Los
modelos teóricos con frecuencia enceguecen y no dejan ver aquello que ibamos a
estudiar. Existe el riesgo de darle más importancia al aparato conceptual
-hasta el punto de llegar a situaciones aparatosas- que dotar de claridad y
respuesta a aquel asunto concreto que merece, necesita, alguna respuesta
tentativa. El oficio de historiador es, por su naturaleza, antidogmático,
ecléctico, elástico; ese atributo es al mismo tiempo su más posible condena.
Entre lo abstracto y lo concreto, entre la teoría y la comprobación empírica se
construye un camino dialéctico, una fluidez de doble vía entre el macrocosmos y
el microcosmos. En estos tiempos de incertidumbre, de fronteras borrosas, de
cinismos, de mentiras, de plagios, de oportunismos, vale la pena recordar que
la investigación histórica es, ante todo eso, una permanente búsqueda en la
que, por lo menos, intenta uno hallarse.
Cali, noviembre de 2008.
*Este ensayo es un ejercicio de examen y balance
sobre lo que ha sido, para el autor, la investigación histórica -en temas de
política y de vida intelectual- y su relación con la obra de uno de los
pensadores que más ha influido en las ciencias sociales y humanas del siglo XX
y en lo que va del siglo XXI.«« Volver
** Profesor asociado del departamento de
Historia de la Universidad del Valle; doctor en Sociología de Iheal-Sorbonne
Nouvelle, 2006. «« Volver
[1] Lucien Febvre, Le problème de
l’incroyance au XIX siècle, Paris, Editions Albin Michel, 1968 (1942), p.
11.«« Volver
[2] Mis libros publicados son dos
biografias: Luis Tejada y la lucha por una nueva cultura, Bogota,
Tercer Mundo-Colcultura, 1995; Manuel Ancízar y su época, Medellín, Universidad
de Antioquia-Universidad Nacional-Eafit, 2004. El libro inédito es mi tesis
doctoral titulada Una historia de la vida pública (Colombia, siglo XIX),
Paris, Iheal-Sorbonne Nouvelle, 2006.«« Volver
[3] Antonio Gramsci, Cuadernos de la
cárcel, México, Ediciones Era, 1981. La primera edición en italiano data de
1975, preparada por el Instituto Gramsci, a cargo de Valentino Gerratana.««
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[4] La selección se llama Cultura y
literatura, Barcelona, Ediciones Península, 1968.«« Volver
[5] Mijail Bajtin, Estetica de la
creacion verbal, México, Siglo XXI editores, 1987. ««
Volver
[6] Mijail Bajtin, La cultura popular en
la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de Francois Rabelais,
Madrid, Alianza Editorial, 1989.«« Volver
[7] E.P. Thompson, La formación de la
clase obrera en Inglaterra, 2 vols., Barcelona, Editorial Crítica, 1989.««
Volver
[8] Mijail Bajtin, Estética de la
creación verbal, p. 294.«« Volver
[9] Dicho sea de paso, estas pesquisas de
filólogo son difíciles de apreciar por los colegas universitarios. Estas tareas
“preliminares” no revisten para ellos ningún valor intelectual.«« Volver
[10] E.P. Thompson, Tradición,
revuelta popular y consciencia de clase, Barcelona, Crítica, 1979; en el
mismo trance leí del mismo autor su biografía William Morris, de
romántico a revolucionario, Valencia, Edicions Alfons El Magnanim, 1988.««
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[11] Antonio Gramsci, Cuadernos
de la Cárcel, México, Ediciones Era, 1981 (1975), Tomo 3, Cuaderno 8, p.
213. En adelante, abreviaré la referencia al tomo, el cuaderno y la (s) página
(s).«« Volver
[12] Toda esta reflexión acerca de una
“lucha por una nueva cultura”, en Tomo 2, Cuaderno 4, p. 138.««
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[13] Tomo 4, Cuaderno 9, Miscelánea,
1932, p. 97.«« Volver
[14] Ibidem.«« Volver
[15] Benedict Anderson, Comunidades
imaginadas, reflexiones sobre el origen y difusion del nacionalismo,
México, Fondo de Cultura Económica, 1991. «« Volver
[16] Pierre Rosanvallon, Le moment G
uizot, Paris, Gallimard, 1985.«« Volver
[17] Le Sacre du citoyen
(histoire du suffrage universel en France), Paris, Gallimard, 1992; Le
peuple introuvable : histoire de la représentation démocratique en France,
Paris, Gallimard, 1998 ; La démocratie inachevée : histoire de la
souveraineté du peuple en France, Paris, Gallimard, 2000. Este último
libro fue traducido al español, en edición de la Universidad Externado de
Colombia, Bogotá, 2006.«« Volver
[18] De François-Xavier Guerra, por
supuesto, sus ensayos reunidos en Modernidad e independencias, México,
Fondo de Cultura Económica, 1992.«« Volver
[19] Acerca de la importancia de la
prensa en la “estructura ideológica”, Tomo 2, Cuaderno 3, p. 55.«« Volver
[20] A Gramsci le llega a interesar el
caso del político ecuatoriano Gabriel García Moreno (1821-1875), aunque cree
que es de Venezuela. Por ejemplo, Tomo 1, Cuaderno 1, p. 159.««
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[21] Jurgen Habermas, Historia
y crítica de la opinión pública, Barcelona, 1981.«« Volver
[22] “El abogado, el empleado, son el tipo
corriente de intelectual, que se cree investido de una gran dignidad social: su
modo de ser es la ‘elocuencia’ motriz de los afectos”. Tomo 2, Cuaderno 4, p.
224.«« Volver
[23] Uno de los aportes paralelos de
los Cuadernos es el frecuente examen de la Civiltà Cattolica. La
puerta de entrada en el asunto es, quizás, las notas del Tomo 2, Cuaderno 3, p.
126 y 127.«« Volver
[24] Carta del artesano Cruz Ballesteros a
su compañeros “de buen corazon”, Bogotá, junio de 1863, en Fondo Pineda 948,
No. 88, Biblioteca Nacional de Colombia.«« Volver
[25] Tomo 3, Cuaderno 7, p. 196.««
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[26] Maurice Agulhon, La
République au Village, Paris, Librairie Plon, 1970.«« Volver
[27] Malcolm Deas, “La presencia de
la política nacional en la vida provinciana, pueblerina y rural…”, en Del
Poder y la Gramática, Bogotá, Tercer Mundo, 1993, p. 175-206. ««
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[28] Hay un relato de Eugenio Diaz Castro,
por ejemplo, en que presenta a Teresa, una lavandera, como “un verdadero
gamonal” que le interesaba mucho la actividad eleccionaria: “Los aguinaldos en
Chapinero”, en Novelas y cuadros de costumbres, tomo 1, Bogotá,
Procultura, 1985. «« Volver
[29] Para el pensador italiano, el partido
político es, además, un mecanismo de fusión de diversos intelectuales con
diversas funciones y en diferentes niveles; todos los miembros de un partido
político tienen que cumplir, de algun modo, una función intelectual. Tomo2,
Cuaderno 1, p. 186-191. Pero más ampliamente, todo el Cuaderno 12, en Tomo 4,
p. 353-382. También son reveladores los apuntes bajo el título “Hegel y el
asociacionismo”, Tomo 1, Cuaderno 1, p. 122, 123.
FIN

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