© Libro N° 8897. El Cazador De Orquídeas. Arlt, Roberto. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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El Cazador De Orquídeas. Roberto Arlt
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Roberto Arlt
El Cazador De Orquídeas
Roberto Arlt
Djamil entró en mi camarote y me dijo: «Señor, ya están apareciendo las
primeras montañas».
Abandoné precipitadamente mi encierro y fui a apoyarme de codos en la
borda. Las aguas estaban bravías y azules mientras que en el confín la línea de
montañas de Madagascar parecía comunicarle al agua la frialdad de su sombra.
Poco me imaginaba que dos días después me iba a encontrar en Antananarivo con
mi primo Guillermo Emilio, y que desde ese encuentro me naciera la repugnancia
que me estremece cada vez que oigo hablar de las orquídeas.
Efectivamente, dudo que en el reino vegetal exista un monstruo más
hermoso y repelente que esta flor histérica, y tan caprichosa, que la verán
bajo la forma de un andrajo gris permanecer muerta durante meses y meses en el
fondo de una caja, hasta que un día, bruscamente, se despierta, se despereza y
comienza a reflorecer, coloreándose de las tintas más vivas.
Yo ignoraba todas estas particularidades de la flor, hasta que tropecé
con Guillermo Emilio, precisamente en Madagascar.
Creo haber dicho que Guillermo Emilio era cazador de orquídeas. Durante
mucho tiempo se dedicó a esta cacería en el sur del Brasil, pero luego,
habiendo la justicia pedido su extradición por no sé qué delito de estafa, de
un gran salto compuesto de numerosos y misteriosos zigzags se trasladó a
Colombia. En Colombia formó parte de una expedición inglesa que en el espacio
de pocos meses cazó dos mil ejemplares de orquídeas en las boscosas montañas de
Nueva Granada. La expedición estaba costosamente equipada, y cuando los
ingleses llegaron a Bogotá, de los dos mil ejemplares les quedaban vivos
únicamente dos. El resto, malignamente, se había marchitado, y el financiador
de la empresa, un lustrabotas enriquecido, enloqueció de furor.
Completamente empobrecido, y además mal mirado por la policía, Guillermo
Emilio emigró a México, donde pretende que él fue el primero en descubrir la
especie que conocemos bajo el nombre de «orquídea del azafrán». No sé qué
incidentes tuvo con un nativo —los mexicanos son gente violenta—, que Guillermo
Emilio desapareció de México con la misma presteza que anteriormente salió de
Río Grande, después de Natal, luego de Bogotá y finalmente de Tampico. Algunos
maldicientes susurraban que el primo Guillermo Emilio combinaba el robo con la
caza, y yo no diré que sí ni que no, porque bien claro lo dicen las Sagradas
Escrituras: «No juzgues si no quieres ser juzgado».
Era él un hombre alto como un poste, de piernas largas, brazos largos,
cara larga y fina y mucha alegría que gastar. Se le encontraba casi siempre
vestido con un traje caqui, polainas y casco de explorador y un cuaderno bajo
el brazo. En este cuaderno estaban pegados varios recortes de periódicos de
provincia, donde se le veía junto a una planta de orquídeas acompañado de un
grupo de indígenas sonrientes. Tal publicidad le permitió robar en muchas
partes.
Este es el genio que yo me encontré una mañana de agosto en Antananarivo
cuando semejante a un babieca abría los ojos como platos frente al disparatado
palacio que ocupó la exreina indígena Ranavalona. Este palacio lo construyó un
francés aventurero que recaló en Madagascar huyendo de sus crueles deudores, y
de quien me contaron extraordinarias anécdotas; pero dejémoslas para otro día.
Estaba, como digo, de pie, abriendo los ojos frente al palacio y rodeado
de un grupo de cobrizas chiquillas con motas trenzadas y desparramadas, como
los flecos de una alfombra, sobre su frente de chocolate. Por momentos miraba
el palacio de la pobre Ranavalona, y si le volvía la espalda tropezaba con una
multitud de robustos malgaches, que con la cabeza cargada de cestos de cañas
pasaban hacia el mercado transportando sus plátanos. También pasaban
rechinantes carros arrastrados por pequeños cebúes despojados de su rabo por
una infección que permite salvar al buey sacrificando su cola. Yo conocía un
chiste muy divertido respecto al buey y su cola, pero ahora no lo recuerdo.
Adelante.
Mis proyectos eran variados. Uno consistía en marcharme a los arrozales
de Ambohidratrimo, otro —y este me seducía muy particularmente— en cruzar
oblicuamente la isla partiendo de Antananarivo para el puerto de Majunga, y
embarcarme allí para el archipiélago de las Comores. Ninguno de estos proyectos
estaba determinado por la necesidad de los negocios, sino por el placer. De
pronto escuché una gritería y vi a un viejo con casco de corcho que salió
maldiciendo y riéndose a la puerta de su almacén, y al tiempo que maldecía y se
reía, amenazaba con el puño la copa de un cocotero. Entonces, fijándome en
donde señalaba el viejo, vi un mono con un gran cigarro encendido que se lo
había robado. En el almacén ladero, un chino, con un blusón azul que le llegaba
a los talones y una gran coleta, miraba al mono, que fumaba haciéndole
amenazadoras señales.
—¡Tony! ¡Tú aquí, Tony!
¿Quién diablos me llamaba?
Me volví, y allí, para mi desgracia, estaba el primo Guillermo, con su
traje caqui y el cuaderno debajo del brazo. Mientras cambiábamos las primeras
preguntas yo pensaba en echarle escrupuloso candado a mi cartera. Sin embargo,
me dejé persuadir, y Guillermo, tomándome de un brazo, exclamó en voz alta, tan
alta que creo que la pudo escuchar el chino del fondak frontero:
—Nunca entres al restaurante de un chino. Será un misterio para ti lo
que te dé de comer.
Terminó mi primo de pronunciar estas palabras, se corrió una cortinilla
de abalorios, y corpulento, con una barba despejada sobre su pecho y un
turbante del razonable diámetro de una piedra de molino, apareció Taman.
Arrastrando sus amarillas babuchas por el piso de madera, se aproximó a nuestra
mesa y Guillermo Emilio le dijo:
—Honorable Taman, te presentaré a un primo mío, perteneciente a una muy
noble familia de América.
Taman me saludó al modo oriental, luego estrechó calurosamente mi mano y
yo pensé si no había caído en una emboscada. Luego un chico tuerto, con una
lamentable chilaba colgando de sus hombros y un fez rojo depositó tres vasos de
café sobre la mesa y el primo Guillermo me lo presentó:
—Es sabio y virtuoso como el ojo de Alá.
El pequeño tuerto me saludó lo mismo que su amo, y el primo Guillermo
continuó:
—A ti puedo confiarme —miró en derredor cautelosamente—. Este prodigioso
niño llamado Agib ha descubierto la orquídea negra. Dice que de pétalo a pétalo
la flor mide cerca de cuarenta centímetros.
—¿Y dónde descubrió ese prodigio?
—A ti puedo confiártelo: en el oeste del lago Itasy, sobre una falda del
Antananarivo.
—¿Y por qué no la cazó él?
El tuerto, a quien su tío Taman encontraba sabio y virtuoso como el ojo
de Alá, me respondió:
—Te diré, señor. He oído decir en ese paraje que en el tronco mismo de
la orquídea se oculta una venenosísima serpiente negra…
El primo Guillermo masculló:
—¡Supersticiones! ¿No sabes acaso que el perfume de las orquídeas
ahuyenta a las serpientes?
—¿Y qué piensas hacer tú? —intervine yo, que a mi pesar comenzaba a
sentirme interesado en la aventura.
—Contrataré a dos indígenas. Cargaremos el tronco en una angarilla y
traeremos la orquídea aquí.
Taman, el dueño del tabuco, que bebía su café silenciosamente, remató el
diálogo con estas palabras, al tiempo que acariciaba la nuca de su sobrino:
—Este precioso niño no se equivoca nunca. Le aconseja un djim.
Finalmente, después de muchas conferencias, tratos y disputas, como se
acostumbra en Oriente, Taman le alquiló al primo Guillermo Emilio su sobrino
con las siguientes condiciones, de cuya puntual enumeración fui testigo:
—Convenimos tú y yo en que no le pegarás al niño con el puño ni con un
bastón —dijo Taman.
—Únicamente le pegaré cuando haga falta —respondió Guillermo.
—Pero ni con el puño ni con el bastón.
—Pero sí podré utilizar una vara flexible.
—Sí. Le darás además de comer suficientemente.
—Sí.
—Le dejarás dormir donde quiera, sin forzar su voluntad.
—Sí, menos cuando esté de guardia.
—No serás con él cruel ni autoritario.
—¡No pretenderás que le trate como si fuera mi esposa preferida! —dijo
Guillermo impaciente.
—Bueno, bueno. Te recomiendo a la alegría de mi vida, al hijo de mi
hermana y a la preferencia de mis ojos —se rindió Taman.
Finalmente, una semana después, guiados por el tuerto Agib, salimos de
Antananarivo en dirección al norte. Dos malgaches, de pelo tan rizado que les
formaba en torno de la cabeza una corona de flecos de alfombra, nos acompañaban
como cargueros.
Primero cruzamos los arrabales y las aldeas vecinas, donde encontramos
por todas partes, frente a sus cabañas de bambú y rafia, verdaderas
colectividades de poltrones malgaches jugando al karatva, un juego muy parecido
al nuestro que se conoce bajo el nombre de las damas, con la diferencia que
ellos, en vez de tener trazado su tablero en una tabla, lo han pintado en un
tronco de árbol.
Después dejamos atrás una larga caravana de cargadores de carbón,
semidesnudos, andrajosos, algunos ya completamente ciegos, otros con larga
barba blanca caída sobre el pecho desnudo rayado de costillas. Algunos se
ayudaban para caminar con un báculo, y entre ellos venían jovencitas, y todos,
sin distinción de edad, cargaban hasta cinco cestas redondas, puestas una
encima de la otra sobre la cabeza. Cantaban una canción tristísima, y aunque el
sol se extendía sobre los próximos mambúes, aquella caravana de espectros
negruzcos me sobrecogió y la consideré de mal augurio para nuestra aventura.
Al caer la tarde alcanzamos los primeros bosques de ravenalas, plantas
de bananos de hasta treinta metros de altura, con anchas hojas abiertas como
abanicos. Indescriptibles gritos de monos acompañaban nuestra marcha. Nunca me
imaginé que los monos pudieran conectar tan variadísimas sinfonías de
chillidos, rugidos, lamentaciones, gritos, ronquidos, rebuznos y aullidos como
los que estas bestias peludas, negruzcas, rojas y amarillentas componían desde
sus alturas.
El «Ojo de Alá», como irreverentemente llamaba Taman a su sobrino Agib,
se había humanizado. De tanto en tanto volvía la cabeza y le dirigía una
sonrisa de señorita tímida a mi primo, que, implacable como un beduino, seguía
adelante sin mirar a derecha ni izquierda, a no ser para lanzar una de esas
malas palabras que hasta a las bestias de la selva las obligan a enmudecer.
¡Pobre Guillermo Emilio! ¡Si sabía él para qué se apresuraba!
Al día siguiente cruzamos un bosque de ébanos; luego descendimos a un
valle y al cruzar un río cenagoso un cocodrilo, que tenía la misma cabeza
conformada que una corneta, atrapó por una pantorrilla a un carguero y se lo
llevó aguas adentro, y pudimos ver cuando otro cocodrilo, precipitándose sobre
él, le llevó un brazo. El agua se tiñó de rojo y nosotros nos alejamos
consternados. Quedaba ahora un solo cargador malgache, con cara de gato de
cobre, y cuyas motas las mantenía constantemente peinadas en trencitas que le
caían sobre la frente como los flecos de una gualdrapa.
El tercer día de nuestra expedición subimos a la altura de unos montes,
cuya planicie parecía de cristalización vidriada, piedra negra, resbaladiza
como canto de botella. Abajo se veía el mar de la selva, y allá, muy lejos, el
confín aguanoso del océano Índico. A pesar de que estábamos en verano, arriba
hacía frío. Después de caminar trabajosamente durante dos horas por esta
planicie cristalina oscura, pelada de toda vegetación, comenzamos el descenso
hacia un valle arborescente, verde como si estuviera recortado en grandes paños
de terciopelo verde cotorra. Un gran pájaro azul cruzó delante de nosotros
chillando ásperamente, y comenzamos a bajar, pero pronto nos envolvió una nube
de estaño; mascábamos agua, y cuando quisimos acordar, casi sin tiempo para refugiarnos
debajo de un peñasco, estalló una tempestad terrible.
Verticales centellas conectaban el cielo y la tierra, torbellinos de
agua rodaban en el espacio sus trombas de lluvia, y los truenos y la noche nos
mantenían acurrucados bajo una roca. De pronto, aquel monstruoso techo de
tinieblas se resquebrajó y nuevamente apareció el cielo azul, con un sol
centelleante de alegría. Eran las dos de la tarde. Nos desnudamos y pusimos a
secar nuestra ropa al sol, y por primera vez desde la salida de Antananarivo
oímos el rugido corto, parecido al ladrido de un perro afónico. Era una pareja
de panteras que andaba cazando cerca de nosotros. Cenamos varios puñados de
arroz hervido en agua con un poco de aceite y bebimos abundantes cuencos de
cacao.
Luego nos echamos a dormir. Al día siguiente alcanzaríamos el paraje
donde florecía la orquídea negra.
Aborrezco los detalles superfluos. Aquel viernes, a las diez de la
mañana estábamos a un paso de la orquídea negra. Ismaíl nos había guiado hasta
un pequeño sendero rayado de troncos podridos de ravanalas y acacias. Este
sendero estaba cerrado al fondo por un murallón de roca, pero cubierto también
de una alfombra de musgo, y allí, al fondo, derribado sobre el roquedal, se
veía un tronco podrido, tan deshecho, que no podía precisarse a qué especie
vegetal pertenecía. Y de este tronco arrancaba un tallo, y al extremo de este
tallo…, ¡jamás he visto nada tan maravilloso, ni aun pintado!
Era una estrella de picos fruncidos, tallada en un tejido de terciopelo
negro bordeado de un festón de oro. Del centro de este cáliz lánguido, inmenso
como una sombrilla de geisha, surgía un bastón de plata espolvoreado de carbón
y rosa.
Todos lanzamos un grito de admiración. Guillermo Emilio se aproximó,
estudió el tronco, lo removió con una palanca muy fácilmente, sacó del bolsillo
un puñado de monedas de plata, las repartió entre Agib y el carguero malgache y
les dijo:
—Retírenla cuidadosamente. Si llegamos a Antananarivo con la flor
completa, les daré el doble.
Armados de hachas y palancas Agib y el malgache comenzaron a separar el
tronco de su base musgosa. Guillermo y yo dimos principio a la construcción de
una angarilla de bambú provista de su correspondiente techo.
—Este ejemplar nos reportará veinte mil dólares, por lo menos
—cuchicheaba Guillermo mientras ataba las cañas.
Nunca escuché un grito de terror semejante. Salté hacia la orquídea, y
allí, arriba del murallón, vi al niño musulmán con la cara cruzada por un
látigo de aceite negro; de pronto este látigo de aceite negro cruzó el espacio
y ya no le vimos más. Un doble hilo de sangre corría por la mejilla de Agib.
Fue inútil cuanto hicimos. Cubierto de sudor sanguinolento,
estremeciéndose continuamente, pocos minutos después moría Agib. Tenía razón.
Una serpiente negra se ocultaba bajo el tronco de la orquídea.
Yo mentiría si dijera que la muerte del Ojo de Alá, como le llamábamos
un poco burlonamente, nos importó. Estábamos envenenados de codicia.
Veinte mil dólares danzaban ahora en nuestra mente. El mismo malgache
había salido de su apatía oriental, y dos horas después, no sin matar
previamente una araña venenosa, gorda como un sapo, cargamos en la angarilla el
tronco de la orquídea.
Y con esta preciosa carga, una semana después entrábamos al tabuco de
Taman.
—Déjame a mí… yo le hablaré —dijo el primo Guillermo Emilio.
Recuerdo que Taman salió a nuestro encuentro sumamente pálido. Tenía ya
noticia de la muerte del hijo de su hermana.
Pero me llamó la atención que no se dignó a dirigir una sola mirada a la
preciosa flor, cuyos festones de terciopelo y oro llenaban la mísera habitación
revestida de tapices baratos y alfombras, mezquinas, de un monstruoso prestigio
de sueño chino. Nos miramos todos en silencio. Luego Taman dijo:
—¿Dónde han dejado al hijo de mi hermana?
Creo que el primo Guillermo empleó cinco mil palabras para explicarle a
Taman el final del Ojo de Alá. Mesándose la barba, lo cual es signo peligroso
en un musulmán robusto, Taman escuchaba a Guillermo, y cuanto más profundo era
el silencio de Taman, más impaciente y voluble era la cháchara de Guillermo. Y
de pronto Taman, cuya exquisita educación no hacía esperar esta reacción de su
parte, agarró un garrote, y levantándolo sobre la cabeza de Guillermo, dijo:
—¡Perro maldito! ¡Cómete esa orquídea!
—¡Taman —suplicó el primo Guillermo—, entiéndeme: ni tú, ni yo, ni él
tuvo la culpa! En cuanto a comerme esa orquídea, no digas disparates. ¿Te
comerías veinte mil dólares?
—¿Cómete esa orquídea, he dicho!
—Entendámonos, Taman. Tu querido sobrino…
—¡Vas a comerte esa orquídea, perro!
El tono que esta vez empleó Taman para amenazar fue terrorífico. Que el
primo Guillermo se percató de ello lo demuestra el hecho que sin ningún pudor
se arrodilló delante de Taman, y tomándole la chilaba, le dijo:
—Escúchame, honorable hermano mío…
Una sombra de ferocidad cruzó el rostro de Taman.
Guillermo Emilio vio esa sombra, y con infinita melancolía se dirigió a
la angarilla donde la orquídea negra dejaba caer su picudo cáliz de terciopelo
y oro.
—Taman, piensa…
—¡Come! —ladró Taman.
Entonces por primera y probablemente por última vez en mi vida he visto
a un hombre comerse veinte mil dólares. El primo Guillermo desgarró la orquídea
de su tronco, y con la misma desesperación de quien devora sus propias entrañas
comenzó a morder y tragarse el suntuoso tejido de la flor.
Cuando Guillermo terminó de comerse el último pedacito de terciopelo y
oro, Taman salió del tabuco en silencio y Guillermo se desmayó.
Estuvo dos meses enfermo del estómago, y cuando creyeron que se había
curado una peste curiosísima, manchas negras con borde bronceado, le comenzó a
cubrir la piel en todas partes del cuerpo, y aunque varios médicos sospechan
que es una afección nerviosa, ninguna autoridad sanitaria le permite al primo
Guillermo abandonar la isla donde «se comió su fortuna».
Roberto Arlt

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