© Libro No. 645. Páginas
Críticas del Diario de un Escritor. Dostoievski, Fedor. Colección E.O. Marzo 8
de 2014.
Título original: © FEDOR DOSTOIEVSKY. Páginas
críticas del “Diario de un escritor”. Traducción directa del ruso y prólogo de
BERNARDO VERBITSKY
Emecé
Editores, 1944
Versión Original: © FEDOR DOSTOIEVSKY. Páginas críticas del “Diario de
un escritor”
Circulación conocimiento
libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://10millibrosparadescargar.com/bibliotecavirtual/libros/LETRA%20D/Dostoievski,%20Fedor%20-%20Paginas%20criticas%20del%20Diario%20de%20un%20escritor.doc
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de
Imagen original:
http://4.bp.blogspot.com/-1Ip2NgtpStg/UIb7VlPlMmI/AAAAAAAAYQk/GT0q9oRpAUY/s640/getcover.jpg
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
FEDOR DOSTOIEVSKY
Páginas
críticas del “Diario de un escritor”
Traducción directa del ruso y prólogo de BERNARDO VERBITSKY
Emecé Editores, 1944
ÍNDICE
LA MUERTE
DE NEKRASOV. ACERCA DE LO QUE SE DIJO ANTE SU TUMBA
PALABRAS
ACERCA DEL DISCURSO SOBRE PUCHKIN INSERTO MÁS ADELANTE
ALEKO Y
DIERYIMORDA SUFRIMIENTOS DE ALEKO POR LA SERVIDUMBRE DEL MUJIK. ANÉCDOTAS
HUMÍLLATE
ANTE UNO, MUÉSTRATE ARROGANTE ANTE OTRO. TEMPESTAD EN EL VASITO
ALGUNAS
PALABRAS SOBRE GEORGE SAND
El Diario de un
Escritor, que Dostoievsky comenzó a publicar en El Ciudadano, en
1873, apareció más adelante en cuadernos mensuales destinados íntegramente a
esa comunicación singular que mantenía con sus lectores aparte de la que
establecía a través de sus novelas. Y sus escritos tienen ciertamente la
vivacidad del diálogo. Su genio "se pone cómodo" en esta larga
conversación a propósito de muchas cosas: el libro de actualidad, el suceso del
día, el proceso sensacional. Pero todo ello no es objeto de una divagación para
llenar espacio, sino que es referido concretamente a las ideas generales de
Dostoievsky, perfectamente definidas por esos años, ocurrida ya esa
"transformación de sus convicciones" violentamente debatida por sus
contemporáneos y que aún boy puede suscitar discusión. (Lo importante en todo
caso es comprender esa crisis o mejor dicho proceso espiritual). De esta manera
el tono de intimidad que distingue los ensayos que fueron para sus autores la
forma plena de su expresión, adquiere en Dostoievsky el matiz de lo polémico,
pero llevado a una intensidad superior a la que puede adquirir cualquier
discusión literaria de tipo corriente. Por lo demás, esa violencia traduce la
hondura con que los escritores rusos encaraban los problemas estéticos,
humanos. Las novelas de Dostoievsky constituyen un mundo, pero su novelística es
además una concepción del mundo, interpretación del pasado, sentimiento del
presente y visión del porvenir. El Diario de un Escritor es el mejor
complemento de su obra de creación al par que revela que en ella todo es
consciente.
Es probable que el rótulo
general de Literatura Rusa despierte comúnmente en el espíritu un eco favorable
que se traduce sobre todo en un reconocimiento implícito de la generosidad de
los ideales, del sentimiento cristiano de que está empapada. Pero no es muy
seguro, en cambio, que si en una encuesta se pidiera el trazado de un cuadro de
lo que pudiera llamarse literatura clásica europea incluyesen la mayoría de las
respuestas a los escritores rusos. Éstos son más bien relegados a una categoría
especial. Su casi exceso de humanidad parece excluirles en cierto modo del
encasillamiento de lo clásico. Ese desborde de humanidad y de piedad excluiría
la calidad moderada, ordenada, de lo literario clásico. En un aspecto, al
menos, la verdad es, sin embargo, otra. Un Tolstoy, por ejemplo, es la más alta
expresión de literatura estructurada. Tolstoy o Turguenev son severos
arquitectos. Y Dostoievsky tiene supremamente desarrollada la facultad de
construir. Es un técnico estricto, el más hábil quizá de cuantos hayan existido.
Cualquiera haya sido el apremio con que escribiera, concebía sus novelas dentro
de un desarrollo severamente planeado por la inteligencia. Si ante sus novelas
parece soportar el lector una avalancha volcánica, esa erupción de lava
incandescente está perfectamente controlada por el novelista. Lo mismo ocurre
cuando reacciona con redoblado furor contra las evidencias. Su insurrección
contra las verdades que aceptan las "gentes inmediatas", contra
"los todos" (vsiemstvó), su famosa discrepancia con el
"dos más dos son cuatro", tiene forma ordenada. Sus embestidas contra
el muro no se traducen en gritos inarticulados. Dostoievsky sabe razonar su
negación de la razón.
Esa característica suya de
conciliar la máxima exaltación dentro de un orden, implica asimismo la
existencia de intenciones definidas y éstas son las que se ven
considerablemente aclaradas a través del Diario de un Escritor, que
inclusive ayuda a la mejor comprensión de determinados personajes de sus
novelas. Lo que no quiere decir que es indistinto tomar contacto con el
universo dostoievskiano a través de sus esquemas ideológicos o de sus novelas.
Éstas son, desde luego, mucho más amplias, no ya porque incluyen más aspectos
de su total mensaje —entre ellos el esencial, o sea su conocimiento
implacablemente lúcido del alma humana—, sino porque en el orden mismo de lo
religioso-político ocurre un fenómeno que no puede pasarse por alto. En el Diario
de un Escritor la fe de Dostoievsky se muestra de una sola pieza, embalada
en la velocidad del ariete polémico. ¿Creía tan categóricamente? Sabido es que
no. Sus afirmaciones son un instante de su lucha, un episodio en la dinámica de
sus convicciones, en cuyas alternativas cree con esa categórica energía, pero
en la que hay asimismo dudas desgarradoras. Pero esas dudas que le atenacearon
toda su vida, esas dudas que justamente dramatizan hasta el paroxismo su
planteamiento del problema de la existencia de Dios, que le atormentó siempre,
en sus ensayos no existen. Transfiere a los personajes de sus novelas toda
vacilación y en la polémica sólo embiste con sus afirmaciones de fanático sin
fisuras, mostrándose feroz como buen profeta, aferrado a sus convicciones como
a sus odios, que se manifiestan con el vigor incomparable que sólo puede
prestarles el genio de Dostoievsky.
Las partes elegidas para
esta edición —y decimos partes y no fragmentos porque se traducen íntegramente
los capítulos elegidos— fueron escritas por Dostoievsky en los últimos cinco
años de su vida. El primero, cronológicamente, es el que dedica a George Sand
al tener noticia de la muerte de la escritora en junio de 1876. Dostoievsky
explica, no sin emoción y con perfecta ecuanimidad, los sentimientos distantes
en el tiempo y en la evolución de las ideas que la obra de George Sand
despertara en él treinta años atrás, cuando veía en la literatura europea de
1840, con todos los literatos de su generación, una transposición de las
conquistas de la Revolución Francesa y su Declaración de los Derechos del
Hombre, cuando una y otra eran para él el punto de partida hacia un mundo
mejor.
Varios son los capítulos
que en el Diario de un Escritor se dedican a Nekrasov. En la entrega
correspondiente al mes de febrero de 1877, y con motivo de la aparición de su
libro Ultimas Canciones, Dostoievsky recuerda su lejano encuentro con el
poeta, tantas veces citado, y que tanta importancia tuvo en su vida. En el
número de diciembre se refiere Dostoievsky a la muerte de Nekrasov, relata el
episodio registrado en su sepelio y hace una estimación de la obra del poeta al
mismo tiempo que le explica como persona con una lucidez digna de sus novelas.
Al juzgar a Nekrasov formula prácticamente una introducción a su posterior Discurso
sobre Puchkin, pronunciado tres años más tarde y en el que concluye de dar
forma a viejas ideas muchas veces expresadas. Dostoievsky tiende toda su vida a
perfeccionar una construcción que armonice sus convicciones y parece vivir sólo
el tiempo necesario para lograrlo. El esfuerzo se cumple con Los hermanos
Karamazov y luego de concluida ya no escribe prácticamente otra cosa que el
Discurso sobre Puchkin, considerado como su testamento literario,
después de lo cual muere. Todo parece predestinado en esa existencia donde lo
corriente y normal se excluyen y por eso casi no asombra esta última
coincidencia. Dostoievsky, que casi cuarenta y cinco años antes, al morir
Puchkin, cuando él sólo tenía 16, afirmara que de no llevar luto por su madre,
muerta hacía muy poco, lo habría vestido por el poeta, concluye su vida dando
entera forma a lo que era algo superior a la devoción misma. Cuando Dostoievsky
amplía sus palabras ante la tumba de Nekrasov, parece terciar en la vieja
disputa, o simplemente indecisión, acerca de la posibilidad de definirse en
favor de Puchkin, Lermontov o Nekrasov, pero no bien se explica se comprende
que su intervención en la controversia es algo nuevo. Interfiere en una
discusión y lo hace asombrando materialmente a los que discutían, con la
profundidad de su propio punto de vista. Su concepción de Puchkin basta para
revelarnos la terrible profundidad de su vocación de artista, así como el
sentido de esa tensión de su obra, pasión inigualada.
Hay varios aspectos a
considerar en esa glorificadora ubicación de Puchkin. Éste es para Dostoievsky
el mejor intérprete del pueblo ruso, el primero, y en algún sentido seguía
siendo el único. Pero además era el profeta de Rusia, el hombre que en su obra
y en su destino de poeta había resumido y anticipado el destino futuro de
Rusia. Eso representó sacar de los términos relativos en que planteaban sus
divergencias los occidentalistas y los eslavófilos, los dos sectores que
agrupaban a la intelectualidad del país. En general, frente a. Dostoievsky se
siente en qué medida supera la escala a que ajusta su obra el común de los
escritores. Trabajan éstos un sector, cultivan su lote, por decirlo de algún
modo. En la amplitud inmensa de sus temas Dostoievsky abarca los problemas
humanos y divinos, o mejor dicho no hace siquiera tal división porque para él
es todo uno. Mira y ve en todas direcciones. Esto es lo que también ocurre en
su Discurso sobre Puchkin, que tanta impresión causara en toda Rusia,
sobre la que se reflejó la admiración que levantó en Moscú al pronunciarlo el 8
de junio de 1880 en sesión organizada por la Sociedad de Amigos de la
Literatura Rusa. Allí mostró que Puchkin se mantenía vivo, y mostró también la
dignidad de la función asignada al arte y a los poetas. A su modo es una
indirecta concepción del poeta y de la poesía.
Dostoievsky alcanzó de
este modo, y muy poco antes de su muerte, acaecida en enero de 1881, el máximo
eco imaginable. Él señala en Puchkin el punto posible de coincidencia de toda
la intelectualidad de su país, y esto se revela exacto en la conciliación que
logra respecto a sus propias palabras. Su explicación de Puchkin hace que la
gloria de éste se confunda por un instante con la propia, para sus
contemporáneos, muy poco dispuestos a distinguirlo de ese modo. Su análisis tan
amplio, tan hondo, revela con respecto a todo cuanto se había dicho hasta
entonces la misma desproporción que anotábamos con respecto a su obra entera,
referida al nivel común. Lanzó tanta luz sobre un tema, que por conocido no
parecía susceptible de esclarecimientos, que deslumbró a todos. Pero como lo
había previsto él mismo, no tardaron en alzarse voces contrarias a la suya
rechazando esa momentánea tregua entre occidentalistas y eslavófilos. Figuraba
en el último bando, pero lo excedía, como no cuesta imaginarlo. Su eslavismo, que
admitía las reformas de Pedro el Grande, en las que veía el primer impulso
hacia la universalidad de un fraterno espíritu ruso, no era sino un camino
hacia la misión que asignaba a su patria. Dostoievsky no conoce limitaciones en
su sueño mesiánico. Parece intervenir en una disputa literaria, pero ocurre que
a través de sus términos literatura es vida, individuo es nación, cristianismo
es concepción del universo. Sus ideas sobre Puchkin reciben una polémica
ampliación en la respuesta que Dostoievsky cree necesario hacer en uno de los
últimos cuadernos del Diario de un Escritor al comentario que de su
Discurso hace un publicista, profesor de Derecho, A. D. Gradovsky, cuyo nombre
nada significa hoy día, veinte años menor que Dostoievsky, a quien sólo
sobrevive ocho. El interés de la controversia con este señor Gradovsky —es además
una de las últimas páginas de Dostoievsky, quien muere pocos meses después—
reside en que ejemplifica un conflicto en la sociedad rusa con relación a
Europa, e importa además no sólo por la inconmovible seguridad de Dostoievsky,
sino porque permite al lector formarse su propia opinión sobre la materia en
debate y hasta sobre la manera de encarar la discusión por Dostoievsky. La
misma amplitud de los cargos que éste dirigió a los occidentalistas, a los
"intelectuales liberales", evita algún malentendido; pero tal vez
convenga disipar cierto añadido de confusión que suma la terminología.
Denominaciones harto modernas pueden inducir a error, por lo cual es preciso
quizá ponerse de acuerdo sobre ciertas palabras y señalar asimismo los
distintos aspectos que abarca la áspera respuesta de Dostoievsky. Tal vez no
sea conveniente admitir como absoluta la identidad entre los destinatarios de
la andanada de Dostoievsky y los que hoy consideramos intelectuales que creen
en la libertad. De todos modos él se coloca en el extremo opuesto al movimiento
liberal, y debido a ello no es el señor Gredovsky el único que le ataca.
Dostoievsky asegura estar con el pueblo y contra el occidentalismo, pero aun
aquello que el pueblo soporta Dostoievsky se lo adosa como inseparable a su
destino. Por la ruta de Cristo llega a dar su apoyo al zar, que sume al pueblo
en la ignorancia, en la espantosa miseria, impidiendo su redención.
Dostoievsky, lector del Evangelio, parte de la pureza de los principios y
termina por defender las aprovechadas apariencias. Curioso equívoco que no
tiene siquiera nada de nuevo y que extremaba su disidencia con la
intelectualidad de su tiempo, que no podía tragar ese mesianismo cristiano
encarnado en el zar.
Hay una multitud de
confusiones que Dostoievsky entrecruza con desenvoltura. No es la simplificada
oposición derecha-izquierda de hoy. Sus ataques a los liberales europeizados
implican la negación de la fórmula de Hegel: "Todo lo real es razonable",
mediante la exaltación de valores típicamente rusos y el Evangelio. ¿No es ésta
una protesta contra cierto orden constituído? Dostoievsky así lo entiende y es
capaz de sentir una nueva organización del mundo sobre la base de ese Evangelio
que impregna su espíritu. En los cuatro años de su vida en la casa de los
muertos no frecuenta otro libro, y este contacto permanente parece asimilar a
su sangre ese libro escrito con parábolas. El mismo hermetismo de gran
arquitecto de estructuras difíciles puede haberse originado en su frecuentación
de un libro cuyo resplandor surge a través de una oscuridad formal. Con el
Evangelio como arma asumía llameante la posición opuesta a la civilización
materialista de Occidente. Ama a su pueblo, tiene fe en él, lo ve incontaminado
y le cierra con sus admoniciones el camino de Europa. Pero su exaltación de
valores rusos, aunque lleva la meta de la universal reconciliación, produce un
desequilibrio que se percibe más fuertemente en las páginas de la polémica. El
catolicismo y el judaismo, el socialismo y el ateísmo son objeto de una sola
diatriba. Él, armado del Cristo ruso, arremete contra todo y contra todos.
Percibe verdades, y bultos que no lo son. Estos supuestos intelectuales que
consumían champaña y manjares tan superexquisitos como los que describe, ¿eran
acaso los escritores de la época? Es probable que viejos rencores afluyan a
esta polémica, envenenándola, desequilibrándola. Dostoievsky parece complacerse
en este caso en fomentar todos los equívocos. Podía irritarle quizá la actitud
de Tolstoy, tan quejoso mientras retenía sus propiedades, pero razona además de
tal manera que puede suponerse que un Turguenev, por ejemplo, se opuso a la
supresión de la servidumbre, siendo como fue uno de los que primero pusieron su
arte al servicio de la lucha por la abolición. Considera en un mismo plano
cierto europeísmo intelectual y a la naciente burguesía que ansiaba
modernizarse ensanchando los incómodos moldes feudales. Pero éstos habían
preservado una intrínseca pureza del pueblo ruso, y esto lo veía muy bien
Dostoievsky. Creía en Cristo y en su pueblo, y él, cuya alma turbulenta
reflejaba más que ninguna otra el caos, tenía no obstante una tendencia al
orden y deseaba encontrar en la vida una idea, una posibilidad de organización.
Y hay en esto elementos muy firmes: su fe en Cristo y en el pueblo. Sobre esos
pilares tendía a edificar una estructura tan perfecta como sus novelas. El
Cristo ruso y su fe en el pueblo. Y eso lo concibe tan fuertemente que excluye
todo lo demás. De ahí sus "anti" muchas cosas. En todo esto, lo más
importante es que Dostoievsky comprende que el Occidente perece y que sus
formas caducas no deben trasplantarse a Rusia, porque aun en su lugar de origen
durarán poco. Ve de un lado la Europa burguesa —que vive la etapa más voraz del
capitalismo— y del otro, un modo ruso, espiritual, moral, profundamente
cristiano. Su patria no puede tomar el rumbo de la Europa utilitaria cuyo
derrumbe pronostica con la tremenda voz del profeta iracundo que ya está viendo
lo que va a ocurrir. Señala a Rusia otro camino y ésa es su predicción más
acertada, ya que su patria tomó en efecto un camino distinto al de Europa en el
cuarto de siglo último. La proyección hacia la actualidad, su vínculo con todo
el destino de Europa, aproxima esta dramática coyuntura literaria, este drama
en una literatura, al interés general. Ocurre con Dostoievsky que no
simplificaba los problemas. En una trinchera de combatientes no sólo pensaba en
los fines inmediatos, en el desarrollo mismo de la lucha que no le era
indiferente, y complicaba con sus interrogantes la tarea de la liberación. Pero
en verdad él muestra con qué complejidad encaraban su liberación sus
compatriotas. Y esto es válido para siempre, porque Dostoievsky, el más
fidedigno portavoz ruso, es el intérprete de una Rusia intemporal.
La última parte incluida
en esta selección se publicó en enero de 1877. Comienza con un cumplido elogio
al Conde Tolstoy, según entonces se decía, por un sutil análisis del alma
infantil, y luego confronta ese episodio de Infancia y Adolescencia con
un suceso real donde la ficción se hace verdad tremenda y un niño castigado en
una escuela se inflinge la muerte, realizando las imaginaciones del personaje
del novelista. Dostoievsky saca conclusiones del hecho. Señala que Tolstoy es
el historiador de un tipo de familia de nobleza media, pero afirma que este
cuadro social y familiar que el autor de Ana Karenina describe tiende a
desaparecer, a modificarse; nuevas transformaciones sociales crean grupos
numéricamente más importantes y que aun carecen de un artista que los
represente. La vida se disgrega y al desaparecer los viejos cauces se crea una
indeterminación de los sectores y se favorece un caos en el que urge encontrar
algún orden. Y Dostoievsky se pregunta quién será capaz de discernir e indicar
los nuevos principios sobre los cuales se edificará una nueva vida. Con todo lo
cual el trozo deja de ofrecer la inofensiva apariencia de simple comentario que
reúne el suceso de actualidad y la reminiscencia literaria, y nos transporta
nuevamente hacia la pieza fundamental de esta selección, el Discurso
sobre Puchkin. Dostoievsky señala la extrema grandeza de Puchkin, el primero en
describir a ese skitalietzs, especie de vagabundo moral, descontento,
inadaptado en su medio, sin arraigo en su tierra y sin amor a su pueblo.
¿Podían hacer otra cosa que sentir desasosiego en la Rusia de la servidumbre y
el absolutismo? Dostoievsky al menos es categórico. Pero agrega, además, que
Eugenio Onieguin es un tipo que luego se repite en la literatura rusa, pues ha
sido el modelo de los héroes de Gogol y Lermontov, Turguenev y Tolstoy. Esta
observación hace evidente el pensamiento de Dostoievsky. Lo que no llega a
decir, pero sin duda piensa y hasta quiere sugerir, es que son sus propias
novelas las que representan una novedad sobre lo ya creado por Puchkin; es en
sus novelas donde esos nuevos sectores, producto de la disgregación y evolución
que anota, son reflejados, encuentran eco. Y Dostoievsky pretende al mismo
tiempo explicar la causa del infinito desamparo y devolverle un rumbo en la
vida a esa masa que deja de ser innominada a través de sus personajes, los
Raskolnikov, por un lado, y los Marmeladov por otro, los Smerdiakov y los
Alioscha. Dostoievsky es consciente autor de una obra vasta cuyo plan total no
ha sido quizás íntegramente señalado aún y es él mismo quien nos proporciona
algunos lineamientos generales dentro de su mundo. Pero Dostoievsky no habla de
sí mismo, no puede o no quiere hacerlo. No llega a decir que mientras los demás
ensayan variaciones sobre Aleko y Onieguin su propia obra avanzaba por el
camino que Puchkin dejó abierto. Y ese callar se deforma quizás en virulenta
injusticia hacia los demás. De todas maneras ese silencio tiene algo de
conmovedor. No participa en la polémica con esa estatura gigantesca que hoy le
vemos. Es uno, en medio de una generación de escritores, y si bien se le
admira, no es tan excluyente su figura como hoy la vemos. Sólo la fuerza de sus
convicciones es digna de su gloria actual. Por otra parte, aquó le vemos, no
como estamos acostumbrados a enfrentarle en sus novelas, impersonal como un
Dios creador de un universo, sino en algún modo tal como le vieron sus
contemporáneos: polemista, apasionado, humano, y como tal, vulnerable. Y de
todos modos, a pesar de sus exageraciones o justamente por ellas, en tanto le
asigna una misión ecuménica, expresa la tónica del alma rusa, mide su
coeficiente de exaltación.
BERNARDO
VERBITSKY
LA MUERTE
DE NEKRASOV. ACERCA DE LO QUE SE DIJO ANTE SU TUMBA
Ha muerto Nekrasov. Yo lo
vi por última vez un mes antes de su muerte. Ya entonces parecía casi un
cadáver, de tal modo que hasta resultaba extraño ver que semejante cadáver
hablase, moviese los labios. Pero no sólo hablaba, sino que también conservaba
toda la lucidez de su inteligencia. Al parecer, aún no creía en la posibilidad
de su cercana muerte. Una semana antes de ella sobrevino una parálisis que
afectó la parte derecha de su cuerpo, y en la mañana del día 28 supe que
Nekrasov había muerto la víspera, el 27, a las ocho de la noche. Ese mismo día
fui a verlo. Horriblemente extenuado, enflaquecido por el sufrimiento, su
rostro impresionaba extraordinariamente. Al salir, escuché cómo el salmista,
lenta y cadenciosamente, leía ante el difunto:
"No
hay hombre que no haya pecado."
Al volver a casa ya no
pude trabajar; tomé los tres tomos de Nekrasov y comencé a leerlos desde la
primera página. Pasé la noche leyendo, hasta las seis de la mañana, y fue como
si hubiera vuelto a vivir todos esos treinta años.
Esas primeras cuatro
poesías, con las que se inicia el primer tomo, se publicaron en La Colección
Petersburguesa, en la que apareció mi propia primera narración. Después, a
medida que iba leyendo (y yo leía consecutivamente), ante mí parecía volver a
extenderse toda mi vida. Reconocí y recordé hasta aquéllas de sus poesías que
primero leí en Siberia, cuando al salir de mi encierro de cuatro años en la
cárcel, alcancé por fin el derecho de tomar en la mano un libro. Recordé
también la impresión entonces recibida.
Lo menos en esa noche
releí, así, las dos terceras partes de todo cuanto escribió Nekrasov; y,
literalmente por primera vez, llegué a comprender qué lugar importante ocupó en
mi vida Nekrasov como poeta, durante esos treinta años. Como poeta, claro está.
Personalmente nos encontrábamos poco, raramente, y sólo una vez con un
sentimiento plenamente cálido y comunicativo, en el comienzo de nuestra
relación, en el año 45, en la época de Pobres Gentes. Pero ya he hablado
acerca de esto.
Hubo entre nosotros
algunos momentos en los cuales, de una vez para siempre, se diseñó ante mí ese
hombre enigmático en el más esencial y el más encubierto aspecto de su
espíritu. Éste era justamente, de pronto lo intuí entonces, el corazón herido
en el comienzo mismo de la vida; y precisamente esa nunca cicatrizada
herida fue el comienzo y el origen de toda su apasionada, martirizada, poesía
del resto de su vida. Él me hablaba entonces, con lágrimas, de su infancia, de
su atormentada vida en la casa paterna, de su madre. Y el modo como hablaba de
su madre, la fuerza de la ternura con que él la recordaba hacían nacer el
presentimiento de que si alguna cosa habría sagrada en su vida al punto que
pudiera salvarle y servirle de faro, la estrella indicadora de una ruta, aun en
medio de los más oscuros y fatales instantes de su destino, sólo sería,
seguramente, esa inicial emoción de sus lágrimas infantiles, cuando juntos
sollozaban abrazados en alguna parte, furtivamente, evitando (como él me lo
contaba) que los vieran, con su martirizada madre, con ese ser para él tan
amado. Yo creo que ninguno de los ulteriores apegos en su vida pudo como éste
influenciar y dominar tan poderosamente sobre su voluntad y sobre las no
controladas y oscuras tendencias de su espíritu, que le inquietaron toda la
vida. Y aquellos oscuros impulsos del espíritu se manifestaron ya entonces.
Después, recuerdo, y sin
que pasara mucho tiempo, de algún modo nos distanciamos. Nuestra intimidad no
se prolongó más allá de algunos meses. Contribuyeron a esto algunos equívocos,
circunstancias exteriores y la buena gente. Más tarde, pasados muchos años,
cuando yo había vuelto ya de Siberia, aunque no nos reuníamos a menudo, y a
pesar de la diferencia de nuestras convicciones que ya entonces comenzaba a
manifestarse, conversábamos a veces hasta de extrañas cosas, como si en verdad
algo continuara en nuestras vidas, algo iniciado en la juventud, en el año 45,
y que no quería ni podía romperse aunque pasaran años enteros sin que nos
encontráramos. Así, una vez, creo que en el año 63, entregándome un tomito de
poesías suyas me señaló uno de los poemas, Desdichados, y dijo
sugestivamente: "Pensaba en usted cuando escribía esto" (es decir,
sobre mi vida en Siberia), "esto ha sido escrito acerca de usted". Y
por fin también en los últimos tiempos volvimos a vernos alguna vez, mientras
publicaba en su periódico mi novela Un adolescente.
En el entierro de Nekrasov
se reunieron unos mil de sus admiradores. Era numerosa la juventud estudisa.
Salió el cortejo a las nueve de la mañana, y nos separamos en el cementerio ya
en el crepúsculo. Muchas oraciones se pronunciaron ante su ataúd, si bien
hablaron pocos literatos. Entre otros, se leyeron unos hermosos versos, no
recuerdo de quién. Encontrándome bajo una profunda impresión, me abrí paso
hasta su todavía abierta sepultura, cubierta de flores y coronas, y con mi voz
débil pronuncié después de los otros algunas palabras. Comencé justamente con
aquello de que era un corazón herido una vez para toda la vida, y esa herida no
cerrada había sido la fuente de toda su poesía, de aquel terrible amor, de ese
hombre, que llegaba al sufrimiento, hacia todos cuantos sufren por la
violencia, por la crueldad de una voluntad desenfrenada, que oprime a nuestra
mujer rusa, a nuestro niño en la familia rusa, a nuestro hombre de pueblo en su
suerte, tan frecuentemente amarga. Expuse también mi convicción de que, en
nuestra poesía, Nekrasov está a la par de aquellos poetas que vinieron con su
"nueva palabra". Y en verdad (eludiendo toda cuestión acerca de la
fuerza artística de su poesía y sus dimensiones), Nekrasov fue realmente en
alto grado original, y realmente trajo una "nueva palabra". Es de su
tiempo, por ejemplo, el poeta Tiuchev, poeta de más amplitud y más artístico, y
sin embargo Tiuchev nunca ocupará lugar tan visible y memorable en nuestra
literatura como el que indiscutiblemente corresponde a Nekrasov. En este
sentido, en la serie de esos poetas (esto es, de los que vinieron con su
"palabra nueva") debe estar directamente colocado después de Puchkin
y Lermontov. Cuando en voz alta expresé ese pensamiento ocurrió un pequeño
episodio: una voz desde la multitud gritó que Nekrasov era "superior"
a Puchkin y Lermontov, y que éstos tan sólo fueron unos "byronianos".
Algunas voces apoyaron y gritaron: "Sí, superior".
Yo, por lo demás, no
pensaba pronunciarme sobre alturas y medidas comparativas acerca de los tres
poetas. Pero he aquí lo que ocurrió después: en Noticias de la Bolsa, el
señor Scabichevsky, en su mensaje a la juventud acerca de la significación de
Nekrasov, al relatar que, al parecer, cuando ante la tumba de Nekrasov a alguien
(esto es, yo) "se le ocurrió comparar su nombre con los de Puchkin y
Lermontov, ustedes todos (esto es, toda la juventud estudiosa) a una sola
voz, en coro, gritaron: "Era superior, superior a ellos". Me
permito asegurar al señor Scabichevsky que le han transmitido mal, y que yo
recuerdo muy firmemente (confío en que no me equivoco) que en un principio una
sola voz gritó: "superior, superior a ellos", y de inmediato agregó
que Puchkin y Lermontov fueron "byronianos" —agregado que es más
apropiado y natural en una sola voz y opinión que en todos, en un único
momento, esto es, en un coro de mil—, de tal modo que este hecho atestigua, por
cierto, más bien en favor de mi demostración de cómo fue este asunto. Y ya
después, inmediatamente a continuación dé la primera voz, gritaron todavía
algunas otras voces, pero sólo algunas —yo no escuché aquel coro de mil—, lo
repito, y tengo la esperanza de no equivocarme en esto.
Insisto de tal modo acerca
de esto, porque para mí sería sensible ver que toda nuestra juventud cae
en semejante error. La gratitud hacia los eminentes hombres desaparecidos debe
ser inherente al corazón juvenil. Sin duda, el irónico grito acerca del
"byronismo" y las exclamaciones "superior, superior"
surgieron no del deseo de intentar ante la abierta tumba de nuestro amado
difunto una disputa literaria, que hubiera estado fuera de lugar, sino que
simplemente hubo un cálido impulso de expresar con la mayor intensidad posible
todo el sentimiento de ternura, gratitud y entusiasmo acumulado en el corazón
hacia el grande y tan fuertemente perturbado poeta nuestro, tan cercano a
nosotros no obstante hallarse en el féretro (¡mientras aquellos otros grandes
poetas de pasados tiempos están ya tan lejos!).
Pero este episodio, allí mismo, en el lugar,
despertó en mí el propósito de explicar mi pensamiento con más claridad en el
número inmediato del Diario y expresar más detalladamente cómo veo yo
tan notable y extraordinario fenómeno de nuestra vida y nuestra poesía como fue
Nekrasov, y en qué residía justamente, a mi juicio, la esencia y el sentido de
ese fenómeno.
II
Y en primer lugar, con esa
palabra "byroniano" no se puede insultar. El "byronismo"
fue, aunque momentáneo, un grande, sagrado e indispensable fenómeno en la vida
europea, si no en la de toda la humanidad. El "byronismo" apareció en
un minuto de aterradora angustia de los hombres, de su desilusión y casi de su
desesperación. Después del exaltado entusiasmo de la nueva fe en los nuevos
ideales proclamados al final del pasado siglo en Francia, a la cabeza entonces
de las naciones del mundo europeo, se llegó a una salida tan distinta a la que
se aguardaba, tan decepcionante para la fe de los hombres, que acaso nunca hubo
en la historia de la Europa occidental minuto tan triste. Y no se debió
únicamente a motivos exteriores (políticos) el que cayeran de nuevo los ídolos,
los ídolos levantados por un instante, sino a una íntima insolvencia que
claramente vieron los corazones perspicaces y avanzadas inteligencias. La nueva
salida no se había definido aún, la nueva válvula no se abría, y todo se
ahogaba bajo el pasado horizonte, terriblemente restringido y encimado en el
hombre. Los viejos ídolos yacían rotos. Y en ese preciso minuto apareció un
grande y poderoso genio, un apasionado poeta. En su voz resonó aquella angustia
de entonces de la humanidad y la sombría desilusión en su destino y sus
engañosos ideales. Fue una nueva y hasta entonces no escuchada musa de venganza
y dolor, anatema y desesperación. El espíritu del "byronismo" de
pronto atravesó toda la humanidad, todo le hizo eco. Eso fue justamente como la
apertura de la válvula; al menos, en medio de los generales y sordos gemidos,
inclusive en buena parte inconscientes, fue un grito poderoso en el que se
reunieron y acordaron todos los gritos y gemidos de la humanidad. ¿Cómo,
entonces, no habría de obtener respuesta entre nosotros, y sobre todo por parte
de un espíritu conductor, tan grande y genial como Puchkin? Ningún fuerte
talento, ningún generoso corazón, podía entonces entre nosotros evitar el
"byronismo". Y no tan sólo por simpatía a la distancia hacia Europa y
hacia la humanidad europea, sino porque, también, entre nosotros, en Rusia,
precisamente en aquel tiempo, se revelaron muchos nuevos, insolubles y
dolorosos problemas y muchos viejos desencantos... Pero la grandeza de Puchkin,
como genio conductor, consistió justamente en que no obstante estar casi
totalmente rodeado por gentes que no le comprendían, halló tan pronto un firme
camino, encontró una grande y anhelada salida para nosotros los rusos, y la
señaló. Esa salida fue lo popular, el acatamiento de la verdad del
pueblo ruso. "Puchkin fue un fenómeno grande, extraordinario".
Puchkin era "no sólo un ruso, sino el primero de los hombres rusos".
Si no entiende un ruso a Puchkin deja de tener derecho a llamarse ruso. Él
comprendió al pueblo ruso y concibió su misión con tal profundidad y amplitud
como nunca lo hiciera nadie. Ya no hablo de que él, con la universalidad de su
genio y la capacidad de responder a los distintos aspectos espirituales de la
humanidad europea y casi de transformarse en genio de pueblos y nacionalidades
extranjeros, atestiguó acerca de la universalidad y el poder de abarcar del
espíritu ruso, de tal modo que fue como si predijera el futuro predestinado del
genio de Rusia en toda la humanidad, en la que actuaría como el principio
unificador, conciliador y regenerador. Ni siquiera me referiré a que Puchkin es
el primero, entre nosotros, que en su angustia y en profética vislumbre
exclamó:
¿Veré
acaso al pueblo liberado,
y la
esclavitud caída por orden del zar?
Sólo diré ahora del amor
de Puchkin hacia el pueblo ruso. Era un amor que lo abarcaba todo, un amor tal
como nadie mostró antes que él. "No me quieras a mí, sino quiere lo
mío", he aquí lo que os dirá siempre el pueblo si quiere cerciorarse de la
sinceridad de vuestro amor hacia él. Amar, en el sentido de compadecer al
pueblo por su necesidad, pobreza, sufrimientos, puede hacerlo cualquier señor,
sobre todo entre los humanitarios ilustrados europeístas. Pero el pueblo precisa
que no se le ame tan sólo por sus sufrimientos, sino que se le ame a él mismo.
¿Y qué significa amarle a él mismo? "Quiere aquello que yo quiero,
respeta aquello que yo respeto", he aquí lo que quiere decir y he aquí
cómo os contestará el pueblo; de lo contrario jamás os reconocerá como suyo
propio por mucho que os apesadumbréis por su suerte. También discernirá lo
falso por mucho que pretendáis seducirlo con compasivas palabras. Puchkin
justamente amó al pueblo como el pueblo exige que se le ame, y no trató de
adivinar cómo es preciso amar al pueblo, no se preparó, no lo estudió: él mismo
de pronto mostró ser pueblo. Se inclinó ante la verdad del pueblo, reconoció la
verdad del pueblo como su propia verdad. A pesar de todos los defectos del
pueblo y sus muchas ordinarias costumbres, supo distinguir la elevada esencia
de su espíritu cuando casi nadie miraba al pueblo de esa manera, y aceptó esa
esencia como su ideal. Y eso cuando hasta los más humanos y cultivados europeos
amigos del pueblo ruso lamentaban francamente que el pueblo nuestro fuera tan
bajo que de ningún modo pudiese elevarse hasta la multitud callejera de París.
En el fondo estos amigos siempre despreciaron al pueblo. Ellos creían
principalmente que era esclavo. Con la esclavitud disculpaban su caída, pero no
podían de todos modos querer a un esclavo; un esclavo era siempre repugnante.
Puchkin fue el primero en proclamar que el hombre ruso no es un esclavo,
y que nunca lo fue, a pesar de una servidumbre muchas veces secular. Hubo
esclavitud, pero no hubo esclavos (en el grueso, claro está, en general, no en
las frecuentes excepciones): tal la tesis de Puchkin. Hasta de la prestancia,
del paso del mujik ruso, deducía que no era esclavo ni podía serlo (aunque
permaneciera en la esclavitud), rasgo que en Puchkin testimonia su profundo y
directo amor hacia el pueblo. Él reconoció también el alto sentimiento de la
propia dignidad en nuestro pueblo (de nuevo en general, al lado de las
inevitables y habituales excepciones); previo aquella serena dignidad con la
que el pueblo nuestro recibiría la liberación de su servidumbre, cosa que no
entendieron, por ejemplo, los rusos europeístas más notablemente instruidos,
mucho después de Puchkin, quienes esperaron otra cosa del pueblo nuestro. ¡Oh!,
ellos querían al pueblo sincera y cálidamente, pero a su manera, es decir, a la
europea; alborotaban sobre la bestial condición del pueblo, de la inhumana
situación de su esclavitud, pero creían de todo corazón que el pueblo nuestro
era realmente bestia. Y fue con tal humana dignidad que de pronto ese pueblo se
encontró libre, sin el menor deseo de ofender a sus pasados señores: "Tú
en tu lugar, y yo en el mío; si quieres acercarte, siempre haré honor a todo lo
bueno que de ti proceda".
Sí, para muchos nuestro
campesino parecía extrañamente perplejo ante su liberación. Muchos hasta
decidieron que eso le ocurría debido a su incapacidad, a su estupidez, restos
de su pasada esclavitud. Y si esto se piensa ahora ¿cómo sería en tiempos de Puchkin?
¿No escuché yo mismo en mi
juventud, de gentes progresistas y "competentes", que el personaje de
Puchkin, Savelich, en La hija del capitán, siervo de los propietarios
Griniev, caído a los pies de Pugachov pidiéndole perdón por el señorito, y
ofreciendo que "para escarmiento se le ahorque mejor a él, un viejo",
que ese personaje es no sólo la imagen del esclavo, sino la apoteosis de la
esclavitud rusa?
Puchkin amaba al pueblo no
sólo por sus sufrimientos. Por los sufrimientos se compadece, pero la compasión
va muy a menudo al lado del desprecio. Puchkin amaba todo cuanto amó ese
pueblo, cuanto éste honró. Amó la naturaleza rusa hasta la pasión; hasta el
enternecimiento amó la campaña rusa. Era, no un señor misericordioso y humano
que compadecía al mujik por amargo destino, sino un hombre que identificaba su
corazón con el del hombre de pueblo, con su esencia encarnando casi su figura.
Disminuir a Puchkin como poeta, considerando que tendía al pueblo más bien
histórica y arcaicamente, más consagrado al pueblo antiguo que al de la
realidad, es erróneo y ni siquiera tiene sentido. En esos temas históricos y
arcaicos vibra tal amor y tal estima del pueblo, que pertenecerán al
pueblo eternamente, siempre, ahora y en el futuro, y no sólo a algún pueblo
pasado perteneciente a la historia. El pueblo nuestro ama su historia
principalmente porque en ella encuentra inconmovibles aquellas mismas cosas
santas en las cuales sigue depositando hasta ahora su fe, no obstante todo
cuanto soportó y sufrió. Comenzando por la grande, inmensa figura del cronista
en Boris Godunov, hasta las de los secuaces de Pugachov, todo eso en
Puchkin es pueblo en sus más hondas manifestaciones, y todo esto es
comprensible al pueblo como su propia sustancia. ¿Y es esto sólo? El espíritu
ruso se derrama en las creaciones de Puchkin; la vena rusa corre por doquier.
En los grandes, inimitables, incomparables cantos de los eslavos occidentales,
cuya esencia es, no obstante, clara expresión del gran espíritu ruso, se
volcaba toda la actitud rusa hacia los hermanos eslavos, se volcaba todo el
corazón ruso, se anunciaba toda la filosofía del pueblo, conservada hasta ahora
en sus canciones, "bilinas", tradiciones, leyendas, que expresaron
todo cuanto ama y venera el pueblo y su ideal acerca de los héroes, los zares,
los defensores y endechadores del pueblo, imágenes de la virilidad, la
humildad, el amor y el sacrificio; y la encantadora gracia de Puchkin, como por
ejemplo en la charla de los dos mujiks borrachos, o en el relato del oso al que
le mataron la osa, que constituyen una visión excepcionalmente amable y tierna
del pueblo. Si Puchkin hubiera vivido más, nos hubiera dejado tales tesoros
artísticos para la comprensión del pueblo, que con su influencia se habrían
abreviado tiempo y plazos para la conversión de nuestra
"inteligencia", tan altanera hasta ahora ante el pueblo en el orgullo
de su europeísmo, hacia la verdad del pueblo, hacia su fuerza y hacia la
conciencia de su misión.
Pues este acatamiento de
la verdad del pueblo lo veo en parte (puede que sea el único entre todos sus
admiradores) también en Nekrasov, en sus obras mas vigorosas. Yo considero que
es muy estimable que él sea el "afligido por la infelicidad del pueblo"
y que hablase tanto y tan apasionadamente de sus desdichas, pero aprecio mucho
más el hecho de que en los grandes atormentados y exaltados momentos de su
vida, a pesar de todo el influjo contrario y hasta contra sus propias
convicciones, se inclinase ante la verdad del pueblo con todo su ser, como lo
atestiguan sus mejores creaciones. Es en este sentido que yo lo coloqué como
venido después de Puchkin y Lermontov, casi con aquella misma nueva palabra de
éstos (porque la "palabra" de Puchkin es hasta ahora para nosotros
una nueva palabra. Y no sólo nueva: ni siquiera reconocida o descifrada por el
más viejo equipo de sus lectores).
Antes de pasar a Nekrasov
diré también dos palabras acerca de Lermontov, para justificar el haberlo
considerado también como un creyente en la verdad del pueblo. Lermontov fue,
por supuesto, un "byroniano", pero por la alta originalidad de su fuerza
poética fue, aun como "byroniano", excepcional, burlón, caprichoso y
arisco, siempre incrédulo hasta de su propia inspiración, de su propio
"byronismo". Pero si él hubiera dejado de ocuparse de la enfermiza
personalidad de los intelectuales rusos atormentados por su europeísmo,
seguramente hubiera terminado por descubrir un camino, como Puchkin, en el
acatamiento de la verdad del pueblo, y acerca de esto hay grandes y exactos
indicios.
Mas la muerte de nuevo se
interpuso. En realidad, en todas sus poesías es sombrío, caprichoso, quiere
decir la verdad, pero a menudo miente, y lo sabe, y se atormenta porque miente;
pero no bien roza al pueblo se vuelve claro, lúcido. Él ama al soldado ruso, al
cosaco, honra al pueblo. Y he aquí que una vez escribe un poema inmortal sobre
cómo el joven mercader Kalaschnikov mató por su deshonra al jefe de la guardia
Kiribievich, y llamado por el zar Iván, ante sus temibles ojos, le contesta que
él mató al servidor del príncipe Kiribievich "libre y voluntariamente, y
no sin querer".
¿Recuerdan ustedes,
señores, al siervo Schibanov? El siervo Schibanov lo era del príncipe Kurbsky,
un emigrado ruso del siglo XVI que escribía al propio zar Iván cartas de
oposición y casi insultantes desde el extranjero, donde él se refugiaba seguro.
Escrita una de esas cartas llamó a su esclavo Schibanov y le ordenó llevar la
carta a Moscú y entregarla personalmente al zar. Así lo hizo el siervo
Schibanov. En la plaza del Kremlin detuvo al zar saliendo del concilio, rodeado
de su cortejo, y le entregó el mensaje de su señor, el príncipe Kurbsky. El zar
levantó su cetro de aguda contera, blandiéndolo lo hincó en un pie de
Schibanov, se apoyó en él y comenzó a leer. Schibanov, con su pie traspasado,
no se movió. Y el zar, después, al contestar al príncipe Kurbsky, le escribió
entre otras cosas: "Avergüénzate ante tu siervo Schibanov". Esto
significaba que él mismo se avergonzó ante el siervo Schibanov. Esta imagen del
"esclavo" ruso debió de impresionar el alma de Lermontov. Su Kalaschnikov
habla al zar sin reproche, sin recriminaciones para Kiribievich, habla sabiendo
que le aguarda segura la pena de muerte. Dice al zar "toda la verdad
verdadera", que mató a su favorito "libre y voluntariamente, y no sin
querer". Repito, hubiera Lermontov vivido más, y hubiéramos tenido un gran
poeta que también habría reconocido la verdad del pueblo, y quizá hasta un
verdadero "cantor afligido por la desgracia del pueblo". Pero esta
denominación correspondió a Nekrasov...
Repito, yo no comparo a
Nekrasov con Puchkin, no mido con una archina para ver quién está más alto o
mas bajo, porque aquí no puede haber comparación, ni siquiera cuestión sobre
ella. Puchkin, por la amplitud y profundidad de su genio ruso, es hasta ahora
un sol en medio de nuestro mundo espiritual. Es un grande y todavía
incomprendido precursor. Nekrasov es sólo un pequeño punto en comparación con
él, un pequeño planeta, pero procedente de ese gran sol. Y más allá de todas
las medidas (quién está más alto, quién más bajo) a Nekrasov le está reservada
la inmortalidad, completamente merecida, y ya he dicho por qué: por inclinarse
ante la verdad del pueblo, lo cual procedía en él no de alguna imitación, ya
que eso ni siquiera era enteramente consciente, sino por exigencia de una
irresistible fuerza. Esto es tanto más notable en Nekrasov, cuanto que él en
toda su vida estuvo bajo la influencia de gentes que, si bien amaban al pueblo
y se compadecían de él acaso con absoluta sinceridad, nunca reconocieron la verdad
del pueblo y siempre colocaron su ilustración europea incomparablemente más
alto que la verdad del espíritu del pueblo. Sin profundizar en el alma rusa y
sin saber lo que ella aguarda y reclama, les ocurría frecuentemente que
deseaban para nuestro pueblo, no obstante todo su amor hacia él, aquello que
directamente podría servir para su mal. ¿No fueron ellos en el movimiento
popular ruso, en los últimos dos años, quienes casi desconocieron la altura de
aquella ascensión del espíritu del pueblo, que él, acaso desde la primera vez,
mostró con tal plenitud y fuerza, con lo que testimonia su buen sentido y su
hasta ahora poderosa viva unión con el único y magno pensamiento, con que casi
augura su destino? Y como si fuera poco el no reconocer la verdad del movimiento
popular, juzgábanlo casi retrógrado y un testimonio de la irremediable
inconsciencia del pueblo, de los endurecidos siglos de su estancamiento
espiritual. Nekrasov, no obstante su notable y extraordinariamente vigoroso
talento, carecía de una seria instrucción, o por lo menos su instrucción no era
muy grande. No pudo deshacerse en toda su vida de ciertas influencias
conocidas, pues no tenía fuerzas para ello. Pero contaba con su propia original
fuerza en el alma, que no le abandonó nunca: este verdadero, apasionado y sobre
todo inmediato amor al pueblo. Dolíase de sus sufrimientos con toda el alma;
pero veía en él no tan sólo una humillada imagen de la esclavitud, una forma
bestial, sino que supo con toda la fuerza de su amor comprender casi inconscientemente
la belleza del pueblo, y su fuerza y su inteligencia, y su martirizada
mansedumbre, y hasta confiar en su futuro destino. Conscientemente pudo
Nekrasov incurrir en muchos errores. Pudo exclamar, en un imprompto dado a
conocer por primera vez hace poco, con alarmados reproches, meditando en el
pueblo ya liberado de la servidumbre:
"...
Pero ¿es feliz el pueblo?"
Su corazón presentía la
aflicción del pueblo, pero si le hubieran preguntado: "¿qué debemos desear
para el pueblo, y cómo realizarlo?", entonces él tal vez hubiera dado una
respuesta desacertada y hasta perniciosa. Y por supuesto no es posible culparle:
el sentido político es escaso entre nosotros hasta la rareza, y Nekrasov,
repito, estuvo toda la vida sometido a ajenas influencias. Pero con su corazón,
con su elevada inspiración poética, irresistiblemente se unía en sus grandes
poemas a la esencia misma del pueblo. En ese sentido fue un poeta popular.
Cualquiera que proceda del pueblo, aunque sea mínima su cultura, entenderá
bastante bien a Nekrasov; pero a condición de que tenga alguna. Plantear la
cuestión de si Nekrasov podría ser comprendido ya por todo el pueblo ruso no
tendría sentido; sería absurdo. ¿Qué entendería "el simple pueblo" en
sus poemas Caballero por una hora, El silencio, Mujeres rusas? Hasta en
su grande Vlas, que puede ser comprendido por la gente (pero a la que no
entusiasmará porque toda esa poesía hace tiempo se apartó de la vida
inmediata), ésta distinguirá seguramente dos o tres rasgos falsos. ¿Qué
discernirá el pueblo en uno de sus más vigorosos y atrayentes poemas: En el
Volga? Éste es el verdadero espíritu y el tono de Byron. No, Nekrasov es
por ahora poeta de la "inteligentsia" rusa tan sólo y habla con amor
y pasión del pueblo y de sus sufrimientos a aquella misma
"inteligentsia" rusa. No hablo del futuro; en el futuro el pueblo se
fijará en Nekrasov. Comprenderá entonces que alguna vez existió tan bondadoso
señor ruso, que lloraba con afligidas lágrimas su dolor por el pueblo, y a
quien no se le ocurría nada mejor, escapando de su riqueza y de las pecadoras
tentaciones de su vida señorial, que venir a él en sus más angustiados minutos,
al pueblo; y en irresistible amor hacia él purificar su corazón atormentado,
porque en Nekrasov el amor al pueblo era solamente un desahogo de la pena
que hacia sí mismo sentía...
Pero antes de explicar
hasta qué punto comprendo yo esta "propia tristeza" del amado poeta
muerto hacia sí mismo, no puedo dejar de llamar la atención sobre una
característica y curiosa circunstancia, señalada en casi toda nuestra prensa,
inmediatamente después de la muerte de Nekrasov, en la mayor parte de los
artículos que a él se refieren.
III
Todos los diarios, no bien
llegaban a hablar de Nekrasov, a propósito de su muerte y sepelio, en cuanto
comenzaban a determinar su significación, agregaban, todos sin excepción,
algunas consideraciones sobre cierto "sentido práctico" de Nekrasov,
sobre ciertos defectos suyos, y hasta vicios sobre cierta duplicidad en esa
imagen que de sí nos ha dejado. Los diarios del interior sólo insinuaban apenas
este tema, en unos dos renglones, pero lo importante es que de todos modos lo
han insinuado, al parecer por alguna necesidad que no pudieron eludir. En otras
publicaciones ocurría todavía algo más extraño. Sin formular, en realidad, una
acusación detallada, y como eludiéndola por el profundo y sincero respeto hacia
el difunto, se lanzaban sin embargo... a justificarle, de tal modo que
resultaba aún más incomprensible. "Pero ¿qué pretenden justificar?",
surge involuntaria la pregunta; "si saben algo, no hay para qué ocultarlo;
pero nosotros queremos saber si aún tiene él necesidad de nuestras justificaciones".
Tal era la pregunta que se encendía. Nada precisaron, no obstante,
conformándose con las justificaciones y reservas, como si quisieran prevenir
cuanto antes a alguien, y especialmente, lo repito, como si no pudieran evitar
sus insinuaciones, aunque tal vez así lo quisieran. De manera general el caso
es extraordinariamente curioso, pero profundizándolo, ustedes, lo mismo que
cualquiera, llegarán a la conclusión, a poco que lo piensen, de que este caso
es completamente normal, que hablando de Nekrasov como poeta realmente no puede
de ningún modo evitarse el hablar de él como persona, porque en Nekrasov el
poeta y el ciudadano hasta tal punto están unidos, hasta tal punto no pueden
explicarse el uno sin el otro, y hasta tal punto considerados juntos explican
el uno al otro, que hablando de él como poeta, sin quererlo pasan ustedes al
ciudadano y sienten que están forzados y deben hacerlo así y no pueden
evitarlo. Pero ¿qué podemos decir y qué es ciertamente lo que vemos? Se
pronuncia la palabra "practicidad", esto es, la habilidad para
arreglar sus asuntos; pero no más, y se apresura a lanzar justificaciones:
"él ha sufrido; desde su infancia fue mordido por el ambiente";
soportó todavía joven en Petersburgo, desamparado y sin refugio, muchas
desdichas, y como consecuencia se volvió práctico (esto es, como si tal cosa no
hubiera podido ya evitarse). Otros van todavía más lejos y hasta insinúan que
sin este "sentido práctico" Nekrasov no hubiera realizado
obras tan notoriamente provechosas, dé general utilidad, como, por ejemplo,
llevar a cabo la edición del periódico y etc., etc. Entonces ¿dados los buenos
fines es preciso disculpar los malos medios? Y eso, hablando de Nekrasov,
hombre que conmovía el corazón, provocaba entusiasmo y ternura hacia lo bueno y
lo bello en sus poesías. Por supuesto, todo esto se dice para disculpar, pero a
mí me parece que Nekrasov no tiene necesidad de tales excusas. En tales excusas
siempre se encierra algo que de algún modo oscurece y disminuye la obra del
disculpado, rebajando su nivel. En realidad, no bien yo comience a disculpar la
"duplicidad y practicidad" de una persona, parece que insistiera en
demostrar que esta duplicidad es hasta natural dadas las circunstancias
conocidas, y casi indispensable. Y si es así, entonces es completamente preciso
reconciliarse con la imagen del hombre que hoy se golpea al pie del altar
familiar y grita: "he caído, he caído". Y esto en medio de la
inmortal belleza de los versos que él en esa misma noche escribirá, para
retomar al día siguiente, no bien pase la noche y se sequen las lágrimas, su
"practicidad", justamente porque ello, junto a todo lo demás, también
es indispensable. Pero entonces ¿qué significan estos lamentos y gritos
que lanzó en los versos?. El arte por el arte, nada más, y hasta en su más
vulgar significado, pues él mismo ha elogiado esos versos suyos; con ellos se
complace, está de ellos completamente satisfecho, los imprime y se hace acerca
de ellos este cálculo: añadirán, por así decir, lustre a la revista, agitarán
los corazones juveniles. No; de justificar todo eso sin explicárnoslo,
correríamos el riesgo de caer en un gran error y suscitaríamos perplejidad, y a
la pregunta: "¿A quién estáis enterrando?", nosotros, acompañando su
féretro, estaríamos forzados a contestar que enterramos "al más brillante
exponente del arte que existir pudiera". Pero, ¿había sido así, en
realidad? No, a la verdad esto no fue así; en verdad hemos enterrado al
"cantor dolido de la desdicha del pueblo" y eterno mártir de sí
mismo, eterno, incansable, que nunca pudo hallar la paz y que con repugnancia y
al precio del propio sufrimiento rechazaba una barata reconciliación.
Es preciso explicar este
asunto, aclarar sincera e imparcialmente, y aceptar lo aclarado tal como
resulta, prescindiendo de la persona de quien se trate y de lejanas
consideraciones. Aquí es justamente preciso aclarar en lo posible lo esencial
para obtener con la mayor exactitud su rostro de la explicación de la figura
del difunto; así lo exigen nuestros corazones para que no nos quede acerca de
él ni la menor incertidumbre que involuntariamente oscurezca su memoria, y que
a menudo deja sobre figuras eminentes indignas sombras.
Personalmente poco he
sabido de la vida práctica del difunto y no puedo por eso ilustrar con
anécdotas este asunto; pero, aunque pudiera, no lo quiero porque me sumergiría
directamente en aquello que yo mismo reconozco como murmuración. Porque estoy
firmemente convencido (y desde antes lo estaba) que de todo cuanto contaban del
extinto, por lo menos la mitad, y pudiera ser que las tres cuartas partes, es
pura mentira. Mentira, absurdo, y murmuración. A un hombre tan notable y de
tanto carácter como Nekrasov no podían faltarle enemigos. Y lo que realmente
hubo, lo que en verdad ocurrió, eso tampoco pudo dejar de ser, en el momento,
exagerado. Pero aun aceptado esto, veremos que hay, sin embargo, alguna otra
cosa. ¿Qué es, pues? Algo incontestablemente sombrío, oscuro y doloroso, porque
¿qué significan entonces aquellos quejidos, aquellos gritos, aquellas lágrimas
suyas, aquel reconocer que "había caído", aquella apasionada
confesión ante la sombra de la madre? ¿Era esto autocastigo, flagelación? Una
vez más evitaré el aspecto anecdótico, pero creo que la esencia de aquella
sombría y dolorosa mitad de la vida de nuestro poeta parecía a él mismo
presagiada ya en la aurora de su vida, en uno de sus primeros poemas, esbozado
al parecer antes de conocer a Bielinsky (y que más tarde rehizo hasta darles la
forma en que aparecieron impresos). He aquí esos versos:
Se
encendían las luces del anochecer,
El viento
soplaba, y empapaba la lluvia,
Cuando
yo, viniendo de Poltava,
Entraba a
la capital.
Llevaba
entre las manos un largo bastón
Con un
zurrón vacío a su extremo;
Sobre las
espaldas un capote de piel de carnero,
Y en mi
bolsillo quince centavos.
Sin
dinero, oficio ni familia,
De escasa
estatura y de aspecto ridículo;
Cuarenta
años han pasado desde entonces—
Tengo en
mi bolsillo un millón.
El millón, ¡he aquí el
demonio de Nekrasov! Entonces, ¿amaba él tanto el oro, el lujo, los placeres, y
para conseguirlos se lanzó a lo "práctico"? No, más bien era un
demonio de otro carácter, era el más sombrío y humillante de los demonios. Era
el demonio del orgullo; la ansiedad por la propia seguridad, la necesidad de
separarse de los hombres por una firme muralla y con independencia mirar
serenamente su maldad, sus amenazas. Yo creo que este demonio se apoderó del
corazón del niño, del niño de quince años que se encontraba en las calles
petersburguesas casi huyendo del padre. La tímida y orgullosa alma juvenil
sentíase derrotada y herida, no quería buscar protectores ni llegar a un
acuerdo con ese extraño tropel de gentes.
No era que la falta de fe
hacia los hombres se hubiera infiltrado en su corazón tan temprano, sino más
bien se trataba de un sentimiento de escepticismo hacia ellos, prematuro, y por
consiguiente, equivocado. Aunque no fueran ellos tan malvados, tan extraños
como de ellos se dice —se imaginaba él seguramente—, sólo constituyen con todo,
una débil y medrosa porquería, y por eso, sin maldad, lo perderían en cuanto se
rozaran sus intereses. Fue allí que empezaron, tal vez, las ilusiones de
Nekrasov; puede ser que entonces se compusieron en la calle aquellos versos:
En el
bolsillo mío un millón.
Era un ansia sombría,
taciturna, por la propia seguridad, para no depender de nadie. Yo creo que no
me equivoco; recuerdo algo así desde el comienzo mismo de mi conocimiento con
él. Al menos así lo creí después toda la vida. Pero ese demonio era no obstante
un demonio ruin.
¿Acaso esta clase de
seguridad podía provocar el ansia en el alma de Nekrasov, esa alma capaz de dar
resonancia a todo lo santo y a la no abandonada fe en ello?
¿Acaso con semejante
seguridad se defienden almas tan ricamente dotadas? Semejantes hombres se
lanzan descalzos al camino, con las manos vacías, pero en sus corazones hay luz
y claridad. La seguridad no reside para ellos en el oro. ¡El oro es vulgaridad,
violencia, despotismo! El oro puede ofrecer seguridad justamente a esa multitud
débil y pusilánime que Nekrasov mismo despreciaba. ¿Era posible que los cuadros
de la violencia, y después el ansia de placer y corrupción, pudiesen arraigar
en semejante corazón, el corazón de un hombre que pudo clamar al de los otros:
"Abandona todo, toma tu báculo y sígueme"?
Llévame a
donde están los que han perecido
Por la
causa grande del amor.
Pero el demonio venció, y
el hombre quedó en el lugar y a ningún lado fue. Por eso lo pagó con
sufrimiento, con el sufrimiento de toda su vida. Y verdaderamente, sólo
conocemos sus versos; pero, ¿qué sabemos de la última lucha con su demonio, la
lucha indudablemente dolorosa y prolongada por toda la vida? Y ya no hablo de
las buenas acciones de Nekrasov: él no las ha hecho públicas, y sin duda han
existido; la gente comienza a testimoniar la caridad, la delicadeza de esta
alma "práctica". El señor Suvorin ya ha publicado algo sobre esto;
estoy seguro que aparecerán aún otros buenos testigos, no puede ser de otro
modo. "¡Oh!, me dirán, pero usted también está tratando de justificarle, y
más baratamente que nosotros". No, yo no justifico, yo sólo esclarezco, y
he llegado a un punto tal que puedo plantear una pregunta, una pregunta
concluyente y que todo lo resuelve.
IV
Ya Hamlet se asombraba de
las lágrimas del actor que declamaba su papel llorando por cierta Hécuba:
"¿Qué le importa Hécuba?", preguntaba Hamlet. La cuestión se presenta
directa: ¿era nuestro Nekrasov igual que ese actor, esto es, capaz sinceramente
de echarse a llorar por sí mismo y por aquella santidad espiritual de la que él
mismo se privaba, volcar después su aflicción (auténtica aflicción) en la
inmortal belleza de los versos, y mañana mismo ser capaz de consolarse
verdaderamente ... con la belleza de sus versos (solamente con la belleza de
los versos) ? Y como si fuera poco, ¿llegaba a mirar la belleza de esos versos
como cosa "práctica", capaz de procurar ganancia, dinero, reputación,
y utilizarla en tal sentido? ¿O, por el contrario, esos versos no quitaban su
aflicción al poeta, no le satisfacían; su belleza, la fuerza en ellos
expresada, le oprimía y atormentaba, pero no teniendo fuerzas para dominar a su
eterno demonio, las pasiones que toda su vida le vencieron, volvía a caer, y
tranquilamente aceptaba su caída, sin que se renovaran, más fuertes, sus
quejidos y sus gritos en los secretos, sagrados minutos de la penitencia, o
cada vez se repetían y aumentaban en su corazón de tal modo que él mismo pudo
al fin ver claro cuánto le costaba su demonio y qué caro había pagado lo bueno
que de él había recibido? En una palabra, si él podía hasta reconciliarse
momentáneamente con su demonio, y hasta por sí mismo se resolvía a justificar
su practicidad en sus conversaciones con las gentes; si era para siempre
tal reconciliación y tranquilidad, o, por el contrario, volaba instantáneamente
de su corazón, dejando tras de sí un dolor más quemante, vergüenza,
remordimiento. Entonces —siempre que se pudiera resolver esta cuestión— ¿qué
nos quedaría a nosotros? Sólo nos restaría condenarle porque, no encontrándose
con fuerzas para concluir con sus tentaciones, no terminó con sí mismo, como
hiciera aquel mártir de la antigüedad que habitaba una cueva y que, hallándose
sin fuerzas para terminar con la sierpe de sus pasiones que le atormentaba, se
enterró hasta la cintura en la tierra y murió, triunfando así de su demonio, ya
que no pudo, naturalmente, ahuyentarlo. En tal caso nosotros mismos, esto es,
cada uno de nosotros, nos encontraríamos en una humillante y cómica situación
si nos atreviéramos a asumir el papel de los jueces que pronuncian tales
sentencias. Sin embargo, el poeta que escribió de sí mismo:
Tú puedes
no ser un poeta,
pero
estás obligado a ser ciudadano
con ello mismo parece
reconocer el derecho de las gentes a juzgarle como "ciudadano". Como
personas nos daría, por supuesto, vergüenza juzgarle. Personalmente, ¿cómo
somos cada uno de nosotros? Sólo que no hablamos de nosotros en voz alta y ocultamos
nuestra ruindad, con la cual íntimamente nos reconciliamos tan plenamente. El
poeta lloraba quizá por actos suyos que no nos habrían afectado de haberlos
cometido nosotros. ¡Si sabemos de sus caídas, de su demonio, por sus propios
versos! De no existir tales versos, que él con una sinceridad de confesión no
temía publicar entonces, todo cuanto se dijese de él como hombre, sobre su
practicidad y todo lo demás, todo esto hubiese muerto por sí mismo, y se
hubiera borrado de la memoria de las gentes, se hubiera reducido de tal modo
que cualquier justificación parecería totalmente innecesaria. Señalaré a
propósito que para un individuo práctico, y tan capaz de llevar adelante sus
asuntos, realmente no resultaba práctico pregonar sus gemidos y lamentaciones,
lo que demostraría que no lo era tanto como algunos lo afirman. De todos modos,
repito, debe ir al juicio civil porque él mismo reconoció ese juicio. De tal
manera que si aquella pregunta planteada ante nosotros más arriba: si el poeta
se satisfacía con sus versos, en los cuales vertía sus lágrimas, y se
reconciliaba consigo mismo hasta aquella tranquilidad que de nuevo le permitía
lanzarse con el corazón aliviado a su "practicidad", o por el
contrario las reconciliaciones eran sólo momentáneas, de modo que luego se despreciaba
a sí mismo por su infamia, atormentándose más y más amargamente, y así por toda
la vida; si esta cuestión, repito, pudiera ser resuelta según la segunda
suposición, entonces por supuesto en ese mismo instante podríamos
reconciliarnos con Nekrasov "ciudadano", porque los propios
sufrimientos le purificarían completamente en nuestro recuerdo. Bien entendido,
en seguida aparece una réplica: si ustedes no tienen fuerzas para resolver tal
cuestión (¿y quién es capaz de hacerlo?), entonces no debió siquiera ser
planteada. Pero la cosa es, justamente, que puede ser resuelta. Hay un testigo
que puede resolverla. Ese testigo es el pueblo.
Es su amor por el pueblo.
Y en primer lugar, ¿a qué habría de dejarse arrastrar un hombre
"práctico" por el amor al pueblo? Cada cual está ocupado en su
asunto: unos con lo práctico; otros, afligiéndose por el pueblo. Admitamos que
se tratara de un capricho de los que vienen y pasan. Pero a Nekrasov no le pasó
en toda su vida. Dirán: el pueblo para él era como aquella Hécuba, motivo de
lágrimas que desahogaba en los versos, y fuente de provecho. Pero ya no hablo
de que es difícil falsificar hasta tal punto semejante sinceridad en el amor
como la que se percibe en las poesías de Nekrasov (sobre esto la disputa puede
ser interminable), sino que sólo diré que a mí me resulta claro el porqué
Nekrasov quería tanto al pueblo, por qué tendía de tal modo hacia él en los
momentos penosos de su vida, por qué fue hacia él y qué es lo que en él
encontraba. Porque, como lo dije antes, el amor al pueblo era en Nekrasov como
una salida a la aflicción por sí mismo. Pongan esto, acepten esto, y ha
de serles claro todo Nekrasov, como poeta y como ciudadano. Se purificaba a sus
propios ojos en el servicio de su corazón y su talento al pueblo. El pueblo era
verdadera, íntima exigencia suya y no sólo tema para versos. En su amor hacia
él encontraba su justificación. Con sus sentimientos hacia el pueblo enaltecía
su espíritu. Pero lo más importante es que no encontró el objeto de su amor
entre las gentes que le rodeaban, o en lo que esas gentes honran y en aquello
ante lo cual ellas se inclinan. Él, por el contrario, se apartaba de esas
gentes y se iba hacia los ofendidos, los resignados, los sencillos, los
humillados, cuando le acometía repulsión hacia aquella vida a la que en los
minutos de desfallecimiento de su alma y de disolución se entregaba; él iba, y
sobre las losas del humilde templo campesino recibía allí la curación. No
habría elegido para sí semejante salida, si no creyera en ella. En el
amor al pueblo encontraba algo inmutable, una constante y sagrada salida para
todo cuanto le atormentaba. Y siendo ello así parece que no encontró nada más
sagrado, inmutable y verdadero ante lo cual inclinarse. No podía cifrar toda la
autojustificación sólo en sus poemitas sobre el pueblo. Por eso se inclinaba
ante la verdad del pueblo. Si no encontró en su vida nada más digno de
amor que el pueblo, significa, por consiguiente, que reconoció la verdad del
pueblo, y que la verdad está en el pueblo y que sólo reside y se
conserva en él. Si no reconocía esto de manera plenamente consciente ni
figuraba en el número de sus convicciones, con el corazón lo reconocía
incontenible e inevitablemente. En este mujik vicioso, esa imagen humillada y
rebajada que tanto le atormentaba, encontraba seguramente algo verdadero y
santo que no podía no honrar, hacia lo cual no podía responder sino con todo su
corazón. En ese sentido, hablando más arriba de su significación literaria, le
coloqué en la categoría de aquellos que reconocieron la verdad del pueblo. La
misma eterna búsqueda de esta verdad, la eterna ansiedad, el eterno impulso
hacia ella testimonian claramente, repito, que le arrastraba hacia el pueblo
una íntima exigencia, exigencia superior a todo y que seguramente no puede sino
atestiguar también sobre la íntima eterna angustia, angustia ininterrumpida, no
calmada con ninguna astuta argumentación tentadora, con ninguna paradoja,
ninguna justificación práctica. Y si fue así, resulta, por lo tanto, que sufrió
toda su vida... Y entonces, ¿qué jueces somos para él, después de esto? Y de
ser jueces, no seríamos acusadores.
Nekrasov es un tipo
histórico ruso, uno de los más macizos ejemplos de las contradicciones y hasta
bifurcaciones a que en el dominio de la moral y de las convicciones puede
llegar el hombre ruso, en nuestra época triste y de transición. Pero ese hombre
ha quedado en nuestro corazón. ¡Los impulsos del amor de este poeta tan a
menudo fueron sinceros, puros e ingenuos! Su impulso hacia el pueblo fue tan
elevado que le coloca como poeta en el más alto lugar. En lo que al hombre, al
ciudadano se refiere, también el amor al pueblo y su sufrimiento por él le
justificaban y le redimían de muchas cosas, si realmente había de qué
redimirle...
PALABRAS
ACERCA DEL DISCURSO SOBRE PUCHKIN INSERTO MÁS ADELANTE
Mi discurso sobre Puchkin,
y su significación, que se da a continuación y que constituye la base de la
materia de esta entrega del Diario del Escritor (número único en 1880)[1]
fue pronunciado el 8 de junio de este año en una solemne sesión de la Sociedad
de Amigos de la Literatura Rusa, ante numeroso público, y produjo significativa
impresión. Iván Sergueievich Aksakov, que en ese lugar dijo de sí mismo que
todos le consideran como jefe de los eslavófilos, anunció desde la cátedra que
mi discurso "constituye un acontecimiento". No en mi alabanza lo
recuerdo ahora, sino para decir esto: Si mi discurso constituye un
acontecimiento, lo es sólo desde un punto de vista que señalaré más abajo. Para
eso escribo esta introducción. Exactamente en mi discurso sólo quise señalar
los siguientes cuatro puntos sobre la importancia de Puchkin para Rusia.
I) Que fue Puchkin el
primero que con su profundo, su penetrante y su genial espíritu y su auténtico
corazón ruso, descubrió y anotó la característica más importante de la índole
enfermiza de nuestro tipo de intelectual, históricamente descuajado del suelo,
que se considera colocado por encima del pueblo. Él señaló, y con relieve
colocó ante nosotros nuestro tipo negativo, el hombre desasosegado que con
ninguna cosa se conforma, que no cree en el suelo natal, ni en las energías
patrias, que niegan a Rusia y a sí mismo (esto es, a su sociedad, a esa capa de
intelectualidad a que pertenece, elevada por sobre nuestra tierra nativa); al
fin de cuentas negativo, que no desea trabajar con los demás, y que sufre
sinceramente. Aleko y Onieguin originaron después una multitud semejante a
ellos en nuestra literatura artística. Detrás de ellos partieron los Pechorin,
los Chichikov, los Rudin y Lavretzky, Bolkonsky (en La guerra y la paz de
León Tolstoy) y multitud de otros, atestiguando ya con su aparición la verdad
del primitivo pensamiento de Puchkin. Le corresponde a su enorme talento el
honor y la gloria de haber señalado la más grave de las plagas existentes entre
nosotros después de la gran reforma social de Pedro. A su magistral diagnóstico
debemos la indicación y el reconocimiento de la dolencia que nos aqueja, y él
mismo fue quien primero dio también el consuelo: porque él mismo dio la elevada
esperanza de que esa enfermedad no es mortal, y que la sociedad rusa puede ser
curada, puede siempre renovarse y resucitar, si se aproxima a la verdad del
pueblo, pues
2) Puchkin fue el primero
(realmente el primero, y antes que él nadie) en darnos los tipos artísticos de
la belleza rusa, salidos directamente del espíritu ruso, descubiertos en la
verdad del pueblo, en nuestro suelo, y que él ha encontrado. De ello atestiguan
tipos como Tatiana, mujer plenamente rusa, que supo mantenerse indemne en medio
del aluvión de la mentira que la rodea; lo afirman tipos históricos, como por
ejemplo el monje y otros en Boris Godunov, tipos tan reales como los de La
Hija del Capitán, y muchas otras figuras que resplandecen en sus poemas, en
sus cuentos, en sus esbozos, hasta en su historia de la insurrección de
Pugachev. Y lo importante, lo que es preciso subrayar especialmente, es que
todos esos arquetipos de la positiva belleza del hombre ruso y de su alma son
tomados enteramente del espíritu popular. Aquí ya es necesario decir toda la
verdad: no en nuestra actual civilización, ni en la así llamada cultura
"europea" (que entre nosotros, dicho sea de paso, nunca existió), no
en las deformidades de una superficial asimilación de las ideas y formas
europeas percibió Puchkin esa belleza, sino únicamente la halló en el espíritu
del pueblo y sólo en él. Fue así que, repito, al par que señaló el mal
pudo darnos una gran esperanza: "Creed en el espíritu del pueblo y esperad
sólo de él la salvación, y seréis salvados".
Profundizando en Puchkin,
es imposible no hacer semejante deducción.
3) El tercer punto que yo
quiero señalar en la significación de Puchkin es aquella personal
característica, ese rasgo de genialidad artística que en ninguna parte y sólo
en él se encuentra: esa capacidad de una universal resonancia y plena
identificación con el genio de otras naciones, que llega a la encarnación casi
absoluta. Dije en mi discurso que Europa ha dado los más grandes genios
artísticos del mundo: Shakespeare, Cervantes, Schiller, pero que en ninguno de
ellos se advierte aquella capacidad, que sólo vemos en Puchkin. Y no se trata
aquí sólo de hacer eco, sino precisamente de la asombrosa plenitud de aquella
identificación. No pude, naturalmente, dejar de señalar este don en. la
valoración que hice de Puchkin, como la más característica particularidad de su
genio, don que sólo a él pertenecía entre los artistas de todo el mundo, y que
de todos le diferencia. Pero no ha sido, por supuesto, para disminuir a genios
europeos de la magnitud de Shakespeare y Schiller que dije aquello; tan
estúpida deducción de mis palabras sólo pudo haberla hecho un imbécil. No son
afectados por mi más pequeña duda la universalidad, la omnicomprensión,
la insondable profundidad de los tipos universales del hombre de raza aria
creados por Shakespeare por los siglos de los siglos. Y si Shakespeare hubiera
creado a Otelo realmente un moro veneciano y no un inglés, entonces sólo
le habría añadido una aureola de una local característica nacional, y el
significado universal de ese tipo habría quedado invariable porque también en un
italiano habría expresado con igual vigor aquello mismo que quiso expresar.
Repito: no fue para atacar la importancia universal de Shakespeare y Schiller
que yo señalé la facultad genial de Puchkin para encarnar el genio de otras
naciones, sino sólo porque deseaba señalar en esta facultad y en su plenitud la
indicación grande y profética que para nosotros alcanza, porque
4) Esa facultad es
enteramente un don ruso, nacional, y Puchkin no hace sino compartirla con todo
el pueblo nuestro, y como un perfecto artista ha sabido con más perfección que
nadie expresar esa facultad, por lo menos en su obra, en su actividad artística.
Justamente nuestro pueblo encierra en su alma esa tendencia a identificarse con
los demás pueblos, y hacia una universal reconciliación como ya lo evidenció
más de una vez en las dos centurias transcurridas desde las reformas de Pedro.
Pero al señalar esta facultad de nuestro pueblo era imposible no exponer al
mismo tiempo el alto consuelo que ella encierra para nosotros, para nuestro
futuro, la esperanza grande —tal vez la más grande— que alumbra nuestro camino
hacia adelante. Especialmente, yo señalé que nuestra tendencia hacia Europa,
inclusive con todo su arrebato y sus extremos, fue no sólo legítima y razonable
en sus fundamentos, sino que lo nacional coincidía completamente con las
aspiraciones del espíritu mismo del pueblo, y al fin y al cabo persigue
indiscutiblemente un elevado fin. En mi breve, demasiado breve discurso, no
pude, naturalmente, desarrollar ese pensamiento en toda su amplitud; pero, al
menos, todo lo que fue dicho me parece claro. Y no se debe, no es necesario
indignarse por haber yo dicho: "que la mísera tierra nuestra acaso dirá al
fin y al cabo la nueva palabra al mundo". También es ridículo asegurar que
antes de poder decir la nueva palabra al mundo "nos es preciso
desarrollarnos económica, científica y políticamente", y sólo entonces
soñar con "nuevas palabras" a organismos tan perfectos (en
apariencia) como los pueblos de Europa. Yo justamente insisto en mi discurso en
que no pretendo comparar al pueblo ruso con los pueblos occidentales en las
esferas de su prestigio económico o científico. Sólo digo simplemente que el
alma rusa, que el genio del pueblo ruso, le hacen tal vez el más capacitado de
todos los pueblos para recoger la idea de una unión de toda la humanidad, del
fraternal amor, de la posición imparcial que perdona lo hostil, distingue y
excusa lo incompatible y concilia las contradicciones. Esto no es un rasgo
económico y de ninguna otra clase: es sólo un rasgo moral, ¿y puede
alguien negar y discutir que el pueblo ruso lo posee? ¿Puede alguien decir que
el pueblo ruso es sólo una masa inerte condenada sólo a servir económicamente
el progreso y desarrollo de nuestra "inteligentsia" europea, que se
considera por encima de nuestro pueblo; que en sí mismo encierra sólo una
muerta inercia, dé la cuál nada corresponde esperar; que en el pueblo nó puede
depositar ninguna esperanza? Aunque son muchos quiénes lo aseguran, me arriesgo
a sostener otra cosa. Repito: yo, naturalmente, no pude demostrar esas
"fantasías mías" (como yo mismo las califiqué con la debida exactitud
y en la forma completa necesaria), pero no pude dejar de aludir a ello. Afirmar
que la mísera y desordenada tierra nuestra no puede encerrar tan elevada
aspiración en tanto no se torne económica y cívicamente semejante al Occidente,
ya es sencillamente un absurdo. Los fundamentos morales del tesoro espiritual,
al menos en su básica esencia, no dependen de las fuerzas económicas. Nuestra
mísera y desordenada tierra, aparte de su capa más elevada, es homogénea como
un solo hombre. Los ochenta millones de su población representan tal unidad
espiritual como en Europa no hay ni puede haber en parte alguna, y por
consiguiente siquiera por eso no puede decirse que nuestra tierra es
desordenada, y en sentido estricto no puede decirse que es mísera. Por el
contrario, en Europa, en esa Europa donde se acumulan tantas riquezas, todo el
fundamento civil de todas las naciones europeas, todo, está socavado y tal vez
mañana mismo se desplomará sin dejar vestigios por los siglos de los siglos, y
en su lugar llegará algo nuevo nunca oído, distinto a cuanto hubo hasta ahora.
Y todas las riquezas acumuladas en Europa no la salvarán de la caída, porque
"en un instante desaparecerá la riqueza". En tanto, pretenden mostrar
a nuestro pueblo justamente esa minada y contaminada estructura civil como un
ideal al que se debe aspirar, diciéndole que sólo cuando alcance ese ideal
podrá osar balbucear algún mensaje dirigido a Europa. Nosotros afirmamos que
llevando dentro la fuerza de un espíritu de amor y de unión es posible aun bajo
la actual miseria económica nuestra, y no sólo bajo una miseria como la actual,
hasta bajo una miseria como hubo después de la invasión de Batieev o después
del pogrom de tiempos del interregno, cuando únicamente debido al espíritu de
unidad del pueblo Rusia fue salvada. Y por último, si verdaderamente fuera tan
indispensable para tener derecho de amar a la humanidad y llevar en sí un alma
hermanadora; para contener en sí el don de no odiar a los pueblos extranjeros
porque no se parecen a nosotros; para no tener el deseo de fortalecer a
expensas de la de otros la propia nacionalidad con el objeto de que ella sola
todo lo obtenga, y considerar a las otras nacionalidades sólo como un limón que
es posible exprimir (¡y es que pueblos de ese espíritu los hay en Europa!), si
verdaderamente para alcanzar todo eso, repito, es preciso previamente volverse
un pueblo y adoptar entre nosotros la burguesa organización europea, ¿es
posible que a pesar de todo debamos también en esto copiar servilmente esta
organización europea que en Europa mismo se desplomará mañana? ¿Es posible que
ni aun en esto Jarán posibilidad y permitirán al organismo ruso desarrollarse
nacionalmente, según su propia energía orgánica, sino que inevitablemente en
forma despersonalizada imitaremos lacayescamente a Europa? ¿Qué haremos
entonces con ese organismo ruso? ¿Entienden esos señores qué es un organismo?
¡Y todavía nos hablan de ciencias naturales! "Eso el pueblo no lo
permitirá", dijo a propósito de esto dos años atrás su interlocutor a un
ardiente occidentalista. "Entonces es preciso aniquilar al pueblo",
contestó el occidentalista, tranquilo y majestuoso. Y no se trataba de un
cualquiera, sino de uno de los representantes de nuestra
"inteligentsia". Esta anécdota es verídica.
Con aquellos cuatro puntos
mencionados yo señalé la importancia de Puchkin para nosotros, y mi discurso,
repito, produjo impresión. No produjo esa impresión por especiales méritos
(insisto en esto), tampoco por el talento en la exposición (estoy en esto de
acuerdo con todos mis adversarios; no pretendo alabarme), sino por su franqueza
y, me atrevo a decir esto, cierta innegabilidad de los hechos por mí expuestos,
no obstante toda la brevedad y lo incompleto de mi discurso. ¿Pero en qué
consistió, sin embargo, el acontecimiento, según se expresó Iván Sergueievich
Aksakov? Justamente en que los eslavófilos, o el así llamado partido ruso
(¡Dios, tenemos entre nosotros un partido ruso!), hicieron que se diera un paso
grande y tal vez concluyente hacia la reconciliación con los occidentalistas;
porque los eslavistas declararon la legalidad de las aspiraciones de los
occidentalistas en Europa, toda la legalidad, hasta de las exageraciones y sus
consecuencias, y explicaron esta legalidad como una pura aspiración popular
rusa, coincidente con el espíritu mismo del pueblo. Justificaban hasta el
entusiasmo su histórica necesidad con la fatalidad histórica, de modo que al
fin y al cabo, en el total si alguna vez éste fuera calculado, resultaría que
los occidentalistas sirvieron a la tierra rusa y a las aspiraciones de su
espíritu tanto como toda aquella gente rusa que sinceramente amaba su tierra
natal y que acaso con excesivo celo ha vigilado hasta ahora contra todos los
arrebatos de los "rusos extranjeros". Se anunció, por fin, que todas
las desinteligencias entre los dos partidos y todas las más enojosas
controversias entre ellos había sido hasta ahora sólo un gran malentendido.
Todo esto, en conjunto, pudo constituir tal vez un "acontecimiento",
porque los representantes del eslavismo, allí mismo, inmediatamente después de
mi discurso, aceptaron plenamente todas sus conclusiones. Yo declaro ahora
—como ya lo hice en mi mismo discurso—que el honor de este nuevo paso (si es
que el sincero deseo de reconciliarse constituye un honor), el mérito de esta
palabra nueva, si desean considerarla así, de ningún modo sólo a mí me
corresponde, sino a todo el eslavismo, a todo el espíritu y la tendencia del
"partido" nuestro, que eso siempre estuvo claro para aquellos que imparcialmente
profundizaron el eslavismo, que la idea que yo expresé les fue, si no
expresada, por lo menos señalada más de una vez. Yo me limité a decirla en el
momento necesario. Y ahora la consecuencia: si los occidentalistas aceptaran
nuestra conclusión, y estuvieran de acuerdo con ella, entonces, claro está, se
anularán directamente todos los equívocos entre los dos partidos, de modo que
los "occidentalistas y los eslavistas" acerca de nada disputarán,
según se expresó Iván Sergueievich Aksakov, "como que desde ahora en lo
futuro todo está aclarado". Desde este punto de vista, puede aceptarse que
mi discurso fue un "acontecimiento". Pero, ¡ay!, la palabra
"acontecimiento" fue pronunciada sólo en sincero arrebato de una de
las partes, mas si será aceptada por la otra y no habrá de quedar sólo como
expresión ideal, esto ya es cuestión totalmente distinta. Junto a los
eslavófilos que allí en el estrado, apenas yo bajaba de la tribuna, me
abrazaban y apretaban mi mano, también se acercaron a estrecharla los occidentalistas,
y no cualesquiera de ellos, sino los primeros representantes del
occidentalismo, que ocupan en él un papel en primer plano, especialmente ahora.
Ellos estrecharon mi mano con el mismo cálido y franco arrebato de los
eslavófilos, y calificaron mi discurso de genial, y varias veces, apoyándose en
esa palabra, insistieron en que era genial. Pero temo, temo sinceramente, no
fuera todo aquello sino el producto de un momento de arrebato. ¡Oh!, no temo
que ellos renuncien a su opinión de que mi discurso era genial, yo mismo sé que
no lo es, por mucho que estuviera seducido por los elogios, de modo que de todo
corazón les perdono su desencanto sobre mi genialidad, pero he aquí lo que no
obstante puede suceder, he aquí lo que pueden decir los occidentalistas no bien
lo piensen: (Nota bene: no me estoy refiriendo a los que estrecharon mi mano
sino a los occidentalistas en general, insisto en esto): "Pero, dirán tal
vez los occidentalistas (escuchen: sólo "tal vez", y no más), pero
usted aceptó por fin, después de largas discusiones y controversias, que la
aspiración nuestra hacia Europa es legítima y normal, usted reconoció que
también de nuestra parte hubo razón, ha arriado su estandarte; y bien,
aceptamos su reconocimiento benévolamente y nos apresuramos a declarar que de
su parte esto no está tan mal: denota, al menos, en usted alguna inteligencia
que por lo demás nosotros nunca se la hemos negado, con excepción quizá de los
más embotados de los nuestros, por los cuales no deseamos ni podemos responder
— pero... aquí, ve usted, aparece otra vez cierto nuevo motivo de rozamiento, y
es necesario aclararlo cuanto antes. La cosa es que su suposición, su deducción
acerca de eso que en nuestros arrebatos coincidimos al parecer con el espíritu
popular y misteriosamente a él tendíamos, esta suposición sigue siendo con todo
para nosotros más que dudosa, por lo cual el acuerdo entre nosotros de nuevo
resulta imposible. Sepa que tendíamos a Europa, a su ciencia, y a la reforma de
Pedro, pero de ningún modo al espíritu del pueblo nuestro, porque el espíritu
ese no llegamos a encontrarlo ni a olfatearlo en nuestro camino; por el
contrario, le dimos la espalda y más bien escapamos de él. Nosotros desde el
comienzo mismo seguimos independientemente nuestro camino, y nada de atender a
cierto, al parecer, alado instinto del pueblo ruso hacia una universal
receptividad y hacia la fusión de la humanidad — en una palabra, hacia todo de
cuanto usted ahora tanto nos habló. En el pueblo ruso, ya que ahora se ha
presentado la oportunidad de expresarse con completa franqueza, nosotros, como
antes, sólo vemos una masa inerte de la que nada tenemos que aprender, que
obstaculiza el desarrollo de Rusia hacia un progresivo mejor, y a la cual es
preciso volver a crear y rehacer — y ya que no es posible y no se puede
orgánicamente, entonces, al menos, mecánicamente, esto es, simplemente
obligándola de una vez por todas a obedecernos, por los siglos de los siglos. Y
para alcanzar esta obediencia es que es indispensable asimilarse la
organización civil punto por punto como en los países de Europa, de los cuales
justamente ahora se trató. Verdaderamente nuestro pueblo es mísero y rústico,
como lo fue siempre, y no puede tener ni personalidad ni ideas. Toda la
historia de nuestro pueblo es un absurdo, en la que sabe el Diablo lo que no ha
inferido, y en la que sólo nosotros hemos visto con exactitud. Es necesario que
un pueblo como el nuestro no tenga historia, y aquello que tomó bajo tal
apariencia debe ser en conjunto olvidado con repulsión. Útil es que tuviera
historia sólo nuestra inteligente sociedad, a la que el pueblo debe limitarse a
servir con su trabajo y sus fuerzas. Por favor, no se inquieten ni griten: no
es esclavizar a nuestro pueblo lo que queremos, al hablar de su obediencia.
¡Oh, por supuesto que no!, no deduzcan, por favor, eso; somos humanos, somos
europeos, usted bien lo sabe. Por el contrario, estamos dispuestos a instruir
de a poco a nuestro pueblo, en orden, y coronar nuestra obra elevando al pueblo
hasta nosotros, y transformar su nacionalidad en otra, y cualquiera que ella
sea va a surgir sola después de su educación. Daremos a su educación la misma
base que nos sirvió a nosotros de comienzo, esto es, la negación de todo su
pasado, y la maldición con la que él mismo debe traicionar su pasado. No bien
enseñemos al hombre del pueblo a leer y escribir, en ese mismo instante
comenzaremos a seducirle con Europa, con su refinamiento, elegancia, ropa,
bebidas, bailes — en una palabra, le obligaremos a avergonzarse de los
"laptis" y el "kvas" de antes, a avergonzarse de sus
antiguas canciones, y aunque entre ellas hay algunas espléndidas y musicales,
de todos modos le obligaremos a cantar un rimado vodevil por mucho que usted se
encolerice por eso. En una palabra, para lograr tan buen fin influiremos
previamente con toda clase de recursos en las cuerdas débiles de su carácter,
tal como también ocurrió con nosotros, y entonces el pueblo será nuestro. Se
avergonzará de su pasado y lo maldecirá. ¡Quien maldice su pasado, ése ya es
nuestro!; he aquí nuestra fórmula. La aplicaremos enteramente cuando comencemos
la tarea de elevar al pueblo hasta nosotros. Si el pueblo se muestra incapaz
para la educación, entonces "apartarse del pueblo". Porque en ese
caso se manifestará ya claramente que el pueblo nuestro es sólo una indigna y
bárbara masa a la que solamente debe obligarse a obeceder. Porque ¿qué se puede
hacer aquí?: únicamente en la "inteligentsia" y en Europa reside la
verdad y por eso, bien que ustedes tienen ochenta millones de personas (con las
cuales usted, al parecer, se jacta), todos esos millones deben antes servir a
esa verdad europea, ya que no hay otra ni puede haberla. Con la cantidad de
millones usted no nos asusta. He aquí nuestra conclusión de siempre, sólo ahora
en toda su desnudez; a ella nos atenemos. No podemos nosotros, aceptando su
deducción, entretenernos con usted, por ejemplo, acerca de cosas tan raras como
la Pravoslavie (Ortodoxia) y cierto, al parecer, especial significado
suyo. Tenemos la esperanza de que usted no nos lo pedirá, especialmente ahora
que la última palabra de Europa y de la ciencia europea en general es el
ateísmo, ilustrado y humano; y nosotros no podemos dejar de seguir a Europa.
Por eso aceptamos recibir
aquella mitad de su discurso en la cual usted nos dedica alabanzas, con las
restricciones conocidas; tendremos con usted esa gentileza. Pero aquella mitad
que se refiere a ustedes y todos esos sus "principios", nos disculpa,
no la podemos aceptar...
He aquí cuál puede ser la
triste conclusión. Repito: yo no sólo no me atrevo a poner esa conclusión en
labios de aquellos occidentalistas que estrecharon mi mano, mas ni siquiera en
los labios de muchos, de muchos de los más ilustrados de ellos, dirigentes
rusos y gente plenamente rusa a pesar de sus teorías, honorables y respetados
ciudadanos rusos. Pero, por eso, la masa, la masa de los desarraigados y
disidentes, esa masa de vuestro occidentalismo, el término medio, cauce por el
cual corre la idea, toda esa masa que sigue la "dirección" y es
numerosa como las arenas del mar, ¡oh!, allí denigrarán de ese modo
inevitablemente, y hasta pudiera ser qué ya lo hubiesen hecho. (Nota bene: en
cuanto a la fe, por ejemplo, ya se declaró en una publicación, con todo su
natural ingenio, que el fin de los eslavistas es convertir a Europa al credo
ortodoxo.) Pero arrojemos los sombríos pensamientos y pongamos nuestra
esperanza en los más avanzados representantes de nuestro europeísmo. Y si ellos
aceptaran siquiera la mitad de nuestras conclusiones, entonces honor y gloria a
ellos por eso, y nosotros los recibiremos con el entusiasmo de nuestro corazón.
Aunque ellos aceptaran sólo una mitad, esto es, reconociesen siquiera la
independencia y personalidad del espíritu ruso, y la legitimidad de su
existencia, y su humanidad, lo unificador de sus aspiraciones, entonces ya no
habría cosa sobre la cual discutir — por lo menos sobre lo fundamental, lo más
importante. Entonces realmente mi discurso serviría de fundamento para un nuevo
acontecimiento. No habría sido él el acontecimiento, lo digo por última vez (es
indigno de semejante designación) , sino el gran triunfo de Puchkin que habría
contribuido al acontecimiento de nuestra unificación, unificación de todos los
rusos realmente cultos y sinceros para los futuros hermosos fines.
II
Pronunciado el 8 de junio
en la sesión de la Sociedad de los Amigos de la Literatura Rusa
Puchkin es un fenómeno
extraordinario y acaso la única revelación del espíritu ruso, ha dicho Gogol.
Agrego por mi parte: y profética. Sí, en su aparición reside para todos
nosotros, rusos, algo indiscutiblemente profético. Puchkin justamente adviene
cuando apenas comienza a insinuarse en nuestra sociedad una tendencia al
autoconocimiento, pasada ya toda una centuria después de las reformas de Pedro,
y su aparición favorece fuertemente la iluminación de nuestro oscuro camino con
una nueva luz orientadora. Es en este sentido que Puchkin constituye una
profecía al par que una guía. Yo divido la actividad de nuestro gran poeta en
tres períodos. No hablo ahora como crítico literario: en lo que se refiere a la
actividad creadora de Puchkin yo sólo quiero explicar mi pensamiento acerca del
significado profético que para nosotros adquiere y el alcance que doy a esa
palabra. Haré notar no obstante, al mismo tiempo, que los períodos de la
actividad de Puchkin no tienen, me parece, fronteras muy marcadas entre sí. El
comienzo de Onieguin, por ejemplo,
pertenece, a mi parecer, todavía al primer período de la actividad del poeta,
pero termina Onieguin en el segundo
período, cuando Puchkin ya había encontrado sus ideales en la tierra natal, que
él tomó apasionadamente, con toda su alma, amante y perspicaz. Se da por
aceptado que en el primer período de su actividad Puchkin imitó a los poetas
europeos, Parney, André Chenier y otros, especialmente Byron. Sí, los poetas
europeos tuvieron, sin duda, una gran influencia en el desarrollo de su genio,
y conservaron ese ascendiente durante toda su vida. Ello no obstante, ni
siquiera los primeros poemas de Puchkin fueron una pura imitación, ya que
también en ellos se expresaba la extraordinaria independencia de su genio. En
las imitaciones nunca aparece un sufrimiento tan individualizado y tan honda
conciencia como exhibió Puchkin, por ejemplo, en Gitanos — poema que yo atribuyo enteramente aún al primer período
de su actividad, creadora. No hablo ya de su fuerza creadora y de esa impetuosidad
de que habría carecido de ser sólo un imitador. En el tipo de Aleko, héroe del
poema Gitanos, manifiesta ya un
pensamiento vigoroso, profundo y absolutamente ruso, expresado después con tan
armoniosa plenitud en Onieguin, donde
casi aquel mismo Aleko aparece, no ya en una luz fantástica, sino bajo su
aspecto palpablemente real y comprensible. En Aleko, Puchkin ya descubrió y
esbozó genialmente aquel desdichado "skitalietz", vagabundo en su
propio suelo natal, ese histórico mártir ruso cuya aparición era históricamente
inevitable en nuestra sociedad descuajada del suelo. Por supuesto, no lo
descubrió en Byron solamente. El tipo es verdadero y está captado
infaliblemente, tipo constante y al que se encuentra desde hace tiempo entre
nosotros, en nuestra tierra rusa. Estos desheredados vagabundos rusos continúan
hasta ahora su vagabundaje y tardarán mucho, creo, en desaparecer, y si ellos
en nuestro tiempo ya no se dirigen a los campamentos de Gitanos a buscar sus ideales de vida en medio de su existencia
salvaje y original, y el reposo que en el seno de la naturaleza los defienda de
la confusión y el absurdo de la vida del sector refinado de nuestra sociedad
rusa, de todos modos derivan hacia el socialismo, que todavía no existía en
tiempo de Aleko; van con la nueva fe al otro campo y trabajan en él
celosamente, creyendo como Aleko que alcanzarán en su fantástico quehacer sus
fines y la felicidad, no sólo para sí mismos, sino para todo el mundo. Porque
al "skitalietz" ruso le es indispensable la felicidad universal para
tranquilizarse: no lo acepta a menor precio — por supuesto, en tanto el asunto
no sale de la teoría. Es siempre el mismo hombre ruso, pero aparecido en
distinto tiempo. Este hombre, lo repito, surgió precisamente en el comienzo del
segundo siglo después de las grandes reformas de Pedro, en nuestra sociedad
inteligente, desvinculada del pueblo, de la fuerza del pueblo. ¡Oh!, claro que
una inmensa mayoría de los rusos cultos, también en tiempo de Puchkin, del
mismo modo que ahora en nuestra época, servían y sirven pacíficamente como
funcionarios en el fisco o en los ferrocarriles o en los bancos, o simplemente
ganan dinero por distintos medios, o hasta se dedican a la ciencia, dictan
lecciones — y todo esto regularmente, perezosa y apaciblemente, recibiendo un
sueldo, jugando al "preferans", sin ninguna inclinación a correr a
los campamentos o a cualquiera otro lugar más adecuado a nuestro tiempo. Mucho,
mucho es que liberalicen con "un matiz de socialismo europeo", al que
dotan, sin embargo, de cierto benigno carácter ruso. Pero todo esto es cuestión
sólo transitoria. ¿Qué importa el que uno ni haya comenzado a inquietarse, y
otro haya llegado a alcanzar la puerta cerrada para darse contra ella un fuerte
golpe en la frente? A todos, a su debido tiempo, les espera eso mismo si no
salen al salvador camino de las humildes relaciones con el pueblo. Pero aunque
no les aguarde esto a todos, bastaría sólo con los "elegidos",
bastaría una décima parte de desasosegados para que la restante enorme mayoría
perdiese a través de ellos la calma. Aleko, claro está, todavía no sabe
expresar correctamente sus angustias: en él todo esto es como algo todavía
abstracto; en él la angustia sólo se debe a la naturaleza, sus quejas por las
modalidades mundanas; las aspiraciones tienden al mundo todo; el llanto, por
una verdad perdida por alguien en alguna parte y que él de ningún modo puede
encontrar. Hay acá un poco de Jean Jacques Rousseau. En qué consiste esa
verdad, y dónde y cómo pudiera volver a aparecer, y cuándo llegó justamente a
perderse, por supuesto, ni él mismo lo dirá, pero sufre sinceramente. Por ahora
el individuo fantasioso e impaciente sólo ansia la salvación, principalmente
por efecto de fenómenos exteriores; así debe ser: "la verdad, por así decirlo,
está en alguna parte fuera de él, tal vez en otras tierras, en las europeas,
por ejemplo, con su sólida organización histórica, con su estabilizada vida
social y ciudadana". Y nunca entenderá que la verdad ante todo se halla en
él, dentro de sí; ¿pero cómo ha de llegar a entenderlo si en su tierra él mismo
no se pertenece, si ya en todo un siglo se ha desacostumbrado del trabajo, no
tiene cultura, creció como una joven pupila entre paredes cerradas? Cumplía
obligaciones extrañas e irresponsables según que perteneciera a una u otra de
las catorce clases en que se divide la sociedad rusa instruida. Él, por ahora,
no es más que una desprendida brizna de hierba llevada por el aire. Y él eso lo
siente y lo sufre, a menudo muy dolorosamente. ¿Y qué importa si, perteneciendo
acaso a la nobleza por nacimiento, y hasta muy probablemente poseyendo siervos,
se permite, tomándose la libertad que le concede su nobleza, la pequeña
fantasía de entusiasmarse con gentes que viven "sin ley", y llega a
llevar y exhibir en el campamento gitano al oso? Se comprende que la mujer,
"la salvaje mujer", según la expresión de un poeta, pudiera
constituir para él la esperanza de una salida de sus angustias, y es con
aturdida, pero apasionada fe que se consagra a Zemfira: "¡He aquí, por así
decirlo, dónde está mi salida, he aquí dónde puede estar mi felicidad, aquí, en
el seno de la naturaleza, lejos del mundo, aquí, entre las gentes entre las
cuales no hay civilización ni leyes!" ¿Y qué resulta? En su primer choque
con las condiciones de esa salvaje naturaleza él no se contiene y enrojece sus
manos de sangre. No sólo no servía el desdichado visionario para la armonía
universal; tampoco para vivir entre Gitanos;
y ellos lo expulsan sin sentimiento de venganza, sin cólera, majestuosa pero
sencillamente:
Déjanos,
hombre orgulloso:
somos
salvajes, no hay entre nosotros leyes,
no
herimos, no damos muerte.
Todo esto, claro está, es
fantástico, pero ese "hombre orgulloso" es real y está exactamente
sorprendido. Por primera vez ha sido captado entre nosotros, por Puchkin, y
esto es preciso recordarlo. Precisamente no bien algo deja de estar a su gusto,
él con maldad despedaza y ajusticia por su ofensa, o, hasta lo que es más
cómodo, recordando que pertenece a una de las catorce clases, él mismo
recurrirá tal vez (porque también esto ha ocurrido) a la ley del despedazado y
ajusticiado, y la invocará con tal que sea vengada su personal ofensa. ¡No, ese
poema genial no es una imitación! Ya apunta aquí una solución rusa a la
cuestión: "Humíllate, hombre orgulloso, y antes que nada quiebra tu
orgullo; humíllate, hombre ocioso, y ante todo trabaja en el suelo natal";
ésa es la solución según la verdad del pueblo, según éste lo entiende. "No
se halla fuera de ti la verdad, sino en ti mismo; encuéntrate a ti mismo,
domínate, y divisarás la verdad. No en las cosas está esa verdad, no fuera de
ti, y no en alguna parte más allá de los mares, sino ante todo en tu propio
trabajo, en ti mismo. Si te vences, si te reprimes, te harás libre como nunca
siquiera lo has imaginado, y comenzarás una obra grande, harás libres a otros,
y divisarás la felicidad, porque cobrará plenitud tu vida, y comprenderás por
fin al pueblo tuyo y su santa verdad. No entre los Gitanos ni en parte alguna hallarás la universal armonía si eres
indigno de ella, si muestras maldad y soberbia y exiges gratuitamente la vida,
sin suponer siquiera que es preciso pagarla".
Esta solución de la
cuestión está ya fuertemente apuntada en el poema de Puchkin. Aún más
claramente está ello expresado en Eugenio Onieguin,
poema ya no fantástico, sino palpablemente real, en el cual corporiza la
verdadera vida rusa con tal fuerza creadora, y de manera tan acabada, como
nadie lo lograra hasta Puchkin ni después de él, me parece.
Onieguin llega desde Petersburgo,
indispensablemente desde Petersburgo; esto era indudablemente preciso en el
poema, y Puchkin no pudo omitir rasgo tan fuertemente real en la biografía de
su héroe. Repito de nuevo, éste es el mismo Aleko, según se advierte mejor más
adelante, cuando él exclama en su angustia:
¿Por qué
como el asesor de Tula
no estoy
paralitico?
Pero en el comienzo del
poema, es todavía a medias un fatuo y mundano, y demasiado poco ha vivido para
llegar a desencantarse por completo de la vida. No obstante ya le comienza a
visitar e inquietar el noble demonio del secreto aburrimiento.
Se siente extraño en ese
apartado rincón, en el corazón de su patria. No sabe qué hacer aquí y se siente
como si estuviera de visita en su propia casa. Más adelante, cuando en su
angustia vagabundea en la tierra natal y por tierras extranjeras, como hombre
indiscutiblemente inteligente e indiscutiblemente sincero, se siente aún más
extraño entre los extraños. Es cierto, él ama la tierra natal, pero no tiene
confianza en ella. Claro que no ignora que existen ideales patrios, pero no
cree en ellos. Sólo cree en la completa imposibilidad de cualquier trabajo en
el suelo patrio, y mira a los creyentes en esa posibilidad —y entonces como
ahora no muy numerosos— con triste burla. Mató a Lenski simplemente por
hipocondría, y, ¿cómo saberlo?, tal vez en su nostalgia por ideal universal —
lo cual sería muy nuestro, evidentemente. No es así Tatiana: ella es un tipo
firme sólidamente en pie sobre su suelo; es más profunda que Onieguin y por cierto más inteligente.
Con sólo su delicado instinto presiente dónde y en qué está la verdad, como se
expresa en el final del poema. Acaso Puchkin hasta hubiera hecho mejor si
hubiera titulado su poema con el nombre de Tatiana y no con el de Onieguin, porque indiscutiblemente ella
es su heroína. Es un tipo positivo y no negativo, es un tipo de auténtica
belleza, es la apoteosis de la mujer rusa, y a ella también elige el poeta para
expresar el sentido del poema en la famosa escena del último encuentro entre
Tatiana y Onieguin. Puede hasta
decirse que ese afirmativo tipo de mujer rusa casi ya no se repitió con tal
belleza en nuestra literatura — exceptuando tal vez la figura de Lisa en Nido
de Hidalgos de Turguenev. Pero la manera altanera de mirarlo todo hizo que Onieguin estuviera lejos de conocer bien
a Tatiana cuando su primer encuentro, bajo la figura modesta de una pura
inocente muchacha tan temerosa desde la primera vez. Él no supo distinguir en
la pobre niña la perfección de sus cualidades, y realmente tal vez la consideró
como un "embrión moral". ¡Y es a ella a quien tiene por ese embrión,
y después de su carta a Onieguin! Si
hay alguien que no pasa de un embrión moral en el poema es ciertamente el
propio Onieguin, y eso sin discusión.
De ningún modo pudo él comprenderla. ¿Acaso conoce el alma humana? Es hombre de
abstracciones, un inquieto soñador para toda su vida. No la reconoció ni
después, en Petersburgo, bajo su nueva figura de distinguida dama, cuando, según
sus propios términos en las cartas a Tatiana, "comprendía con el alma
todas sus perfecciones". Porque ésas solo son palabras. Ella pasó en su
vida, y junto a él siguió desconocida y por él invalorada; en eso reside la
tragedia de su romance. ¡Oh, si entonces, en el campo, en el primer encuentro
con ella, hubiera llegado allá, desde Inglaterra, Childe Harold, o hasta de
algún modo Lord Byron en persona, y notando su tímido, modesto encanto se la
indicase, ¡oh!, Onieguin en ese mismo
instante se habría consternado y asombrado, porque en esos mártires del dolor
universal ¡hay a veces tanto servilismo espiritual! Pero esto no sucedió, y Onieguin, el que buscaba la armonía
universal, leyéndole un sermón y conduciéndose de todos modos muy honradamente,
partió, con su angustia universal y con la sangre derramada sobre sus manos por
estúpida maldad, a vagabundear por la patria, sin detenerse a observarla, para
exclamar, maldiciendo, rebosando de salud y fuerza:
Soy
joven, la vida es en mí fuerte,
¡A qué
aguardar, angustia, angustia!
Esto lo comprendió
Tatiana. En inmortales estrofas del romance el poeta la describe visitando la
casa de ese hombre para ella todavía tan sorprendente y enigmático. Ya no hablo
de los méritos artísticos, de la inalcanzable belleza y profundidad de estas estrofas.
Hela aquí a ella en su habitación: examina sus libros, sus cosas, sus objetos;
procura adivinar por ellos su alma, descifrar su enigma, y el "embrión
moral" se detiene por fin en sus reflexiones, con extraña sonrisa, con el
presentimiento de la solución del enigma, y sus labios murmuran quedamente:
¿Y si él sólo fuera una
parodia?
Sí, ella debió murmurarlo,
ella había adivinado. En Petersburgo, pasado mucho tiempo, en su nuevo
encuentro, ella ya le conoce completamente. Y a propósito: ¿quién dijo que la
vida mundana, cortesana, tocó nocivamente su alma y que justamente su dignidad
de encumbrada dama de mundo y nueva concepción mundana fueron en parte motivos
de su rechazo a Onieguin? No, eso no
fue así. ¡No, ella es la misma Tania, la pasada lugareña Tania! Ella no está
corrompida; ella, por el contrario, está abrumada por esa ostentosa vida
petersburguesa, está quebrantada y sufre; odia su dignidad de dama de mundo, y
quien la juzga de otro modo no entiende absolutamente lo que quiso decir
Puchkin. Y he aquí que dice firmemente a Onieguin:
Estoy a
otro prometida
y habré
de serle siempre fiel.
Ella expresó esto
justamente como una mujer rusa, cuya apoteosis de este modo hace. Ella expresa
la verdad del poema. ¡Oh, yo no diré una palabra acerca de sus convicciones
religiosas, sobre su visión del sacramento del matrimonio; no, eso no lo
tocaré! Pero qué, ¿será por eso que renunció a seguirlo no obstante que ella
misma le dijo: "Yo lo amo a usted", justamente porque ella "como
una mujer rusa" (y no una meridional o alguna francesa) es incapaz de un
paso atrevido, carece de fuerzas para interrumpir su camino, carece de fuerza
para sacrificar el prestigio de los honores, la riqueza, su significación
social, las convenciones de la virtud? No, la mujer rusa es animosa. La mujer
rusa osadamente irá tras aquello en que cree, y ya lo ha demostrado. Pero ella
"está a otro prometida y habrá de serle siempre fiel". ¿A quién,
pues, y para qué es fiel? ¿Hacia quién son esas obligaciones? ¿Es a ese anciano
general a quien ella no puede amar, porque quiere a Onieguin, y con quien se casó sólo porque ante ella "suplicándole
con lágrimas la conjuraba su madre", y en su alma ofendida y lacerada sólo
había entonces desesperación y ninguna esperanza por alguna claridad? Sí, es
fiel a ese general, su esposo, al hombre honrado que la amaba, que la respeta y
que de ella se enorgullece. No importa que "la madre lo impetrara",
pero es ella y no alguna otra la que dio su asentimiento; fue ella, ella misma
que le juró ser su esposa fiel. No importa que se haya casado con él por
desesperación; ahora él es su esposo, y su traición lo cubriría de ignominia,
de vergüenza, y le mataría. ¿Acaso puede un hombre fundar su felicidad en la
desdicha de otro? La felicidad no consiste sólo en los deleites del amor, sino
en la elevada armonía del espíritu. ¿Pero con qué tranquilizar el espíritu si
detrás queda un deshonesto, despiadado, inhumano proceder? ¿Debía escapar sólo
porque eso haría su felicidad? ¿Pero qué felicidad puede ser ésta si está
fundada en la desdicha ajena? Permitidme imaginar que vosotros mismos levantáis
el edificio del destino humano con la finalidad de hacer feliz a la gente,
darle, por fin, paz y tranquilidad. Y he aquí, imaginadlo también, que para eso
fuera indispensable, inevitablemente, atormentar tan sólo a un único ser humano
que no es preciso sea de los mejores, que hasta podemos imaginar ridículo en el
concepto de otros, no algún Shakespeare, sino simplemente un honorable anciano,
marido de una mujer joven en cuyo amor él creyera ciegamente —bien que no
conoce su corazón—, a la que respeta, y de quien se enorgullece, que le hace
sentir feliz y tranquilo. ¡Y he ahí que sólo es preciso infamarle, deshonrarle
y atormentarle, para levantar sobre las lágrimas de ese viejo deshonrado el
edificio de la felicidad! ¿Consentiríais vosotros ser los arquitectos de tal
edificio bajo esa condición? Ésa es la cuestión. ¿Y podéis vosotros admitir por
un minuto la idea de que la gente para quienes vais vosotros a construir ese
edificio aceptaría tal felicidad si en sus fundamentos se coloca el sufrimiento
de un ser todo lo insignificante que se quiera, pero despiadada e injustamente
atormentado? Y, aceptando esa felicidad, ¿podrían seguir siendo siempre
felices? Diréis: ¿podía resolverlo de otro modo Tatiana con su alma elevada,
con su corazón que tanto conocía el sufrimiento? No, pues el alma rusa en su
pureza lo resuelve así: "Que sea yo sola la que me prive de la felicidad,
que mi desdicha sea inconmensurablemente más fuerte que la desdicha de ese
viejo; no importa que, por último, nadie y nunca, ni ese mismo viejo, se entere
de mi sacrificio y no lo valore; ¡no quiero ser feliz destruyendo a otro!"
En esto reside la tragedia, y ella se consuma; ya no puede pasarse el límite,
ya es tarde, y Tatiana despacha a Onieguin.
Diréis: ¡Pero si el desdichado es Onieguin!;
¡salvó a uno, pero destruyó al otro! Permitidme: otra es aquí la cuestión, y
tal vez la más importante del poema. Por otra parte, la cuestión de por qué
Tatiana no sigue a Onieguin tiene
entre nosotros, por lo menos en nuestra literatura, una historia en su género
muy característica, y por eso es que me he permitido extenderme tanto acerca de
esta cuestión. Y lo más característico de todo es que la solución moral de esta
cuestión fuera puesta en duda durante tanto tiempo. Yo pienso de este modo: aun
cuando Tatiana hubiera quedado libre, si hubiera muerto su anciano marido y
ella enviudara, ni aun entonces hubiera ido ella tras de Onieguin. Preciso es entonces comprender toda la esencia de este
carácter. Ella sabe muy bien a qué atenerse acerca de él: es un eterno
vagabundo que ha visto de pronto una mujer, a la que antes desdeñó, en su nueva
brillante posición, circunstancia ésta que me parece esencial en todo el
asunto. Pues esta niña a la que él casi despreció, ahora recibe el homenaje del
mundo, de la sociedad, esa autoridad tan imponente para Onieguin, no obstante todas sus aspiraciones universales. He aquí
por qué tiende hacia ella como encandilado. ¡He aquí mi ideal!, exclama. ¡He
aquí mi salvación, el alivio para mi angustia; lo había dejado pasar, y
"la felicidad fue tan posible, tan próxima!" Y como antes Aleko hacia
Zemfira, así acude él a Tatiana, buscando en la nueva caprichosa fantasía la
solución de todos sus problemas. ¿Acaso esto no lo ve en él Tatiana; acaso ella
no lo había comprendido hacía tiempo? Sabe muy firmemente que él
substancialmente sólo ama su nueva fantasía, y no a ella, humilde como la
Tatiana de antes. ¡Sabe que la toma por algo distinto, y no por lo que ella es;
que ni siquiera es a ella a quien quiere; que tal vez él no quiere a nadie, y hasta
es incapaz de amar a pesar de que tan dolorosamente sufre! Ama su fantasía,
pero es que él mismo es irreal. Si ella lo siguiera, él se mostraría
desencantado al día siguiente y miraría su arrebato burlonamente. No hay suelo
bajo sus pies, es una brizna llevada por el viento. Ella de ningún modo es así;
en ella, en medio de la desesperación y la martirizante conciencia de que está
ya perdida su vida, hay no obstante algo firme, inamovible, en que se apoya su
alma. Son sus recuerdos de infancia, los recuerdos del lugar del nacimiento, de
su rincón aldeano en el que comenzó su humilde, pura vida; esto es, la
"cruz y la sombra del ramaje ante la tumba de su pobre Niania". ¡Oh!,
esos recuerdos, esas imágenes del pasado, son ahora para ella lo más valioso,
lo único que le ha quedado, y lo que salva su alma de la definitiva
desesperación. Y eso no es poco; por el contrario, es mucho, porque aquí hay
toda una base, aquí hay algo inconmovible e indestructible. Es el contacto con
la patria, con el pueblo, con todo lo que tiene de sagrado. En cambio él,
¿quién es y qué es lo que tiene? No iba ella a seguirla por compasión, tan sólo
para consolarle, para regalarle siquiera por un tiempo, movida por una infinita
piedad, el espectro de una felicidad. No; hay almas profundas y firmes que no
pueden conscientemente entregar su santidad a la ignominia ni aun sintiendo una
infinita compasión. No, Tatiana no pudo seguir a Onieguin.
De este modo en Onieguin, su poema inmortal, Puchkin se
manifestó un gran escritor nacional como hasta él no lo hubo nunca ni lo fue
nadie. De una sola vez, del modo más exacto, más penetrante, llegó
profundamente en nuestra esencia, y señaló la actitud de nuestra sociedad colocada
por encima del pueblo. Describió el tipo del "skitalietz" ruso, al
vagabundo tal como fue hasta nuestros días y como es en nuestros días, cuyo
destino histórico y su enorme significado, inclusive para nuestro futuro, fue
el primero en adivinar con su genial percepción; colocó a su lado un tipo
positivo de indiscutible belleza en la figura de una mujer rusa. Puchkin, por
supuesto, fue también el primero de los escritores rusos en trazar ante
nosotros, en otras obras de ese período de su actividad creadora, toda una
serie de tipos rusos positivamente espléndidos, hallados en el pueblo ruso. En
su verdad reside la principal belleza de esos tipos, una verdad indiscutible y
palpable, de tal modo que ya no se les puede negar; están de pie como
esculpidos. Recordaré una vez más: no hablo como un crítico literario, y por lo
mismo no me pondré a aclarar mi pensamiento con un examen especialmente
detallado de esas obras geniales de nuestro poeta. Del tipo ruso del monje
cronista, por ejemplo, pudiera escribirse todo un libro para mostrar toda la
importancia y todo el significado que para nosotros tiene la grandeza de esa
figura rusa descubierta por Puchkin en la tierra rusa, por él revelada, por él
esculpida y colocada ante nosotros ahora ya para los siglos en la indiscutible
belleza espiritual, humilde y no obstante majestuosa, como testimonio de aquel
poderoso espíritu de la vida popular, que puede producir figuras tan
incontestablemente verdaderas. Ese tipo existe; no se puede poner en duda,
decir que es una ficción, que es sólo una fantasía e idealización del poeta.
Vosotros mismos lo contempláis y lo aceptáis: sí, es así; por consiguiente, la
fuerza vital de ese espíritu que los engendra es elevada e inmensa. En toda su
obra siéntese en Puchkin su fe en el carácter ruso, fe en su poder espiritual,
y tal fe, de este modo, es también esperanza, elevada esperanza en el hombre
ruso.
En la
esperanza de gloria y de bien
miro
hacia adelante sin temor,
dijo el mismo poeta acerca
de otra cuestión; pero estas palabras pueden adaptarse a toda su obra de
creación de sentido nacional. Y nunca antes ni después de él, escritor alguno
se unía tan íntimamente, con tanta afinidad, con su pueblo como Puchkin. ¡Oh!,
entre nosotros hay muchos peritos en el conocimiento de nuestro pueblo, entre
los escritores, quienes muy talentosamente, muy finamente y con tanta simpatía
le describen, y, sin embargo, si se les compara con Puchkin, entonces debe
convenirse en que hasta ahora, con la excepción de uno solo, cuando mucho de
dos de los más recientes de sus continuadores, no son sino "señores"
que sobre el pueblo escriben. Aun en los más talentosos de ellos, hasta en esos
dos que constituyen la excepción que yo recién recordaba, aparece de pronto
cierto modo altanero, como de otra condición, de otro mundo; cierto anhelo de
levantar al pueblo a su nivel, creyendo hacerle feliz con esa elevación. En
Puchkin justamente hay algo de veras entroncado con el pueblo, que llega
en él hasta cierta simplicidad enternecedora. Considérese, por ejemplo, su
relato sobre el oso y de cómo mató el mujik a su hidalga-osa, o recordad los
versos
Compadre Iván, no bien
empecemos a beber...
y vosotros comprenderéis
lo que yo quiero decir.
Son éstos, tesoros de arte
e intuición artística, legados por nuestro gran poeta como para orientar a los
artistas que le seguirían en el futuro, para los futuros laboradores en el
mismo campo. Positivamente puede decirse: si no hubiera existido Puchkin no
hubieran podido darse los talentos que le sucedieron. Al menos no hubieran
podido, a pesar de sus grandes dotes, manifestarse con tal vigor y claridad
como lograron expresarse posteriormente, y ya en nuestros días. Pero esto no se
reduce al plano de la poesía, a la creación artística: de no existir Puchkin,
no se hubiera determinado tal vez con la inconmovible fuerza con que apareció
después de él (y es preciso reconocer que ni siquiera en todos y hasta en
demasiados pocos) nuestra fe en nuestra independencia rusa, nuestra ya
consciente esperanza en nuestra fuerza como pueblo, y la fe, además, en la
futura independiente significación dentro de la familia de pueblos europeos.
Esta proeza de Puchkin especialmente se aclara si se profundiza en lo que yo llamo
tercer período de su actividad artística.
Una y otra vez repetiré:
esos períodos no tienen tan firmes fronteras. Algunas de las producciones
inclusive de ese tercer período pudieron, por ejemplo, aparecer en los
comienzos mismos de nuestro poeta, porque Puchkin fue siempre un todo compacto,
por así decir, un organismo que lleva en sí todas sus concepciones desde un
comienzo, en su interior, sin recibirlas de fuera. Lo exterior sólo despertaba
en él aquello que ya estaba encerrado en las profundidades de su alma. Pero ese
organismo se desarrollaba, y los períodos de su crecimiento realmente pueden
señalarse, distinguiéndose en cada uno de ellos su particular carácter y la
gradual transformación de un período en otro. De este modo al tercer período
puede atribuirse aquella categoría de sus obras en las cuales preeminentemente
resplandecían las ideas universales, se reflejaban formas poéticas de otros
pueblos que su genio encarnaba. Algunas de esas obras aparecieron ya después de
la muerte de Puchkin. Y en ese mismo período de su actividad nuestro poeta
ofrece en sí mismo algo hasta casi milagroso, nunca oído ni visto antes de él
en ninguna parte y que en nadie se había dado. Y en verdad, en las literaturas
europeas hubo genios artísticos de enorme magnitud, tales como Shakespeare,
Cervantes, Schiller. Pero mostradme siquiera en uno de esos grandes genios la
posesión de semejante capacidad de resonancia para lo universal como nuestro
Puchkin. Y esta aptitud, principalísimo don de nuestra individualidad nacional,
él la comparte precisamente con nuestro pueblo y por ello principalmente es
poeta del pueblo. Los más grandes entre los poetas europeos nunca pudieron
encarnar en sí con tal fuerza el genio ajeno —siquiera de los pueblos vecinos—,
su espíritu, toda la oculta profundidad de ese espíritu y toda la angustia de
su vocación, como podía manifestarse en Puchkin. Por el contrario, encarándose
con otros pueblos, los poetas europeos más a menudo los encarnaban adaptándolos
a su propio sentimiento nacional, los entendían a su manera. Hasta en
Shakespeare, sus italianos, por ejemplo, son casi sin excepción sus mismos
ingleses. Puchkin es el único entre todos los poetas del mundo que posee la
facultad de identificarse con la ajena característica nacional. Ejemplo de
ello, las escenas de Fausto, El Caballero Avaro, y la balada Vivía en
el mundo un pobre caballero. Leed su Don Juan, y de no existir la
firma de Puchkin nunca reconoceréis que eso no lo ha escrito un español. ¡Qué
profundas fantásticas imágenes en el poema Festín durante la peste! En
ellas se percibe el genio de Inglaterra: esa asombrosa canción sobre la peste
del héroe del poema, esa canción de Mary con los versos
De
nuestros niños en la ruidosa escuela,
dispersábanse
las voces,
son canciones inglesas, es
la pesadumbre del genio británico, su lamento, el martirizante pensamiento de
su futuro. Recordad los extraños versos:
Una vez ambulando entre
salvajes valles.
Esto es la casi literal
traducción de las tres primeras páginas de un extraño libro místico escrito en
prosa por un antiguo adepto a una secta religiosa inglesa. ¿Pero acaso esto es
simplemente una traducción? En esta triste pero extasiada música de estos
versos se siente el alma misma del protestantismo nórdico a través de ese
heresiarca inglés, místico desorbitado, con sus obstinadas, tenebrosas,
invencibles aspiraciones con toda la ausencia de trabas del pensamiento
místico. Leyendo estos extraños versos os parecerá escuchar el espíritu de los
siglos de la Reforma, se os hará comprensible este fuego bélico de los
comienzos del protestantismo y se os hará, por último, comprensible la historia
misma, y no tan sólo en su pensamiento: parecería como si vosotros mismos
hubierais estado allí, hubierais pasado junto al campo fortificado de los
sectarios, hubierais cantado junto a ellos sus himnos, llorado con ellos en sus
arrebatos místicos, y hubierais creído en lo que ellos creían. Y justamente: he
aquí al lado de ese misticismo religioso las estrofas religiosas del Corán o la
Imitación del Corán: ¿acaso aquí no se halla el musulmán, acaso esto no
es el espíritu mismo del Corán, y de su espada, la sencilla grandeza de la fe y
su temible fuerza sangrienta? Y he aquí también el mundo antiguo, he aquí Noches
egipcias, he aquí esos dioses terrenales que se impusieron como tales ante
el pueblo, cuyo genio y aspiraciones desprecian; sin creer ya más en él se
convierten en dioses solitarios que, enloquecidos en su aislamiento, en la
agonía de su tedio y de su angustia, se consuelan con fantásticas brutalidades,
placeres de insectos, placeres de la araña hembra comiéndose a su macho. No
hay, positivamente lo afirmo, no ha existido poeta con esa universal capacidad
de resonancia como Puchkin; pero no se trata tan sólo de la resonancia, sino de
su asombrosa profundidad, y de la consubstanciación de su espíritu con el
espíritu de pueblos extraños, identificación casi perfecta y por eso mismo
maravillosa, porque en parte alguna y en ningún poeta del mundo entero se ha
repetido semejante fenómeno. Sólo en Puchkin ha existido, y en ese sentido, lo
repito, constituye un fenómeno inaudito y nunca visto a mi entender, profético,
porque... porque precisamente en esto se manifiesta la esencia popular de su
poesía, el sentido nacional llevado hasta las últimas consecuencias de su
desarrollo, nuestra nacionalidad con su futuro implicado ya en el presente,
proféticamente revelado. Porque ¿cuál es la fuerza del espíritu de la nacionalidad
rusa sino su aspiración —en su última finalidad— hacia la universalidad y la
humanidad toda? No bien Puchkin, plenamente convertido en un poeta del pueblo,
se puso en contacto con la fuerza del pueblo, de inmediato presintió la grande
misión futura de esa fuerza. Él es aquí un augur, es aquí profeta.
¿Qué significa,
verdaderamente, para nosotros la reforma de Pedro, y no sólo en lo que se
refiere al porvenir, sino hasta en relación con lo que ya ha sido y aconteció,
lo que se ha desarrollado ante nuestros ojos? ¿Qué representó para nosotros
aquella reforma? No fue para nosotros sólo la adaptación de los trajes
europeos, costumbres, inventos y ciencias europeos. Profundicemos cómo fue la
cosa, observemos atentamente. Sí, muy bien pudiera ser que Pedro primitivamente
sólo en ese sentido comenzó a cumplirla, esto es, en su más próximo sentido
utilitario. Pero ulteriormente, al desarrollar sus ideas hasta sus últimas
consecuencias, Pedro, indudablemente, se sometió a cierto oculto presentimiento
que le llevó hacia fines futuros, sin duda más grandes que el inmediato
utilitarismo. Del mismo modo el pueblo ruso no aceptó tan sólo por el
utilitarismo la reforma, sino que sin duda tuvo el presentimiento de cierta
lejana, incomparablemente más alta finalidad que la más próxima del
utilitarismo, sintió esa finalidad, lo repito, sin duda inconscientemente, pero
no obstante de inmediato y con una vital plenitud. Pues de golpe se concretó
nuestra tendencia hacia una vital unión, ¡la unión de toda la humanidad! Sin
hostilidad (como pareció debía de ocurrir), sino amistosamente, con pleno amor,
admitimos en nuestra alma el genio de las naciones extranjeras, de todas ellas,
sin hacer preferencias por diferencia de origen, poseyendo casi desde el
principio el instinto necesario para eliminar las contradicciones, disculpar y
reconciliar diferencias, con lo cual se evidenció nuestra aptitud y nuestra
tendencia, para nosotros mismos recién reveladas, hacia la general unificación
de todos los pueblos de la raza aria. Sí, la misión del hombre ruso es
indiscutiblemente paneuropea y universal. Ser verdaderamente ruso, ser
plenamente ruso, puede que sólo signifique (en última instancia debieran
subrayar esto) convertirse en el hermano de todos los hombres, un omnihombre,
si lo prefieren. ¡Oh!, todo esto del eslavismo y del occidentalismo nuestros
sólo constituye un gran malentendido, aunque sea histórico e indispensable.
Para un verdadero ruso, Europa y la heredad de toda la gran raza aria le son
tan caros como la misma Rusia, como su suelo natal, porque nuestra heredad es
universal, adquirida no con la espada sino con el poder de la hermandad y la
fraternal aspiración hacia la unión de todos los hombres. Si quisierais
profundizar en nuestra historia después de la reforma de Pedro, encontraríais
ya los vestigios e indicios de esta idea, de esta ilusión mía, si lo preferís,
en el carácter de nuestras relaciones con las naciones europeas, hasta en
nuestra política exterior. Porque, ¿qué hizo Rusia en aquellos dos siglos con
su política sino servir a Europa, acaso bastante más que a sí misma? No pienso
que esto aconteció sólo por la incapacidad de nuestros políticos. ¡Oh, no saben
los pueblos de Europa en qué medida nos son caros! Y consecuentemente yo creo
en esto: que nosotros, es decir, por supuesto, no nosotros, sino la futura
gente rusa en el porvenir, comprenderemos unánimemente que llegar a ser un
verdadero ruso va justamente a significar: tender a una completa reconciliación
en las contradicciones europeas, mostrar una salida para la angustia europea en
su alma rusa, de omnímoda humanidad y fuerza conciliadora, albergar en ella con
fraternal amor a todos nuestros hermanos para pronunciar finalmente tal vez la
definitiva palabra de la grande, general armonía, el concluyente acuerdo
fraternal de todos los pueblos en las evangélicas leyes de Cristo. Sé,
demasiado sé, que mis palabras pueden parecer exaltadas, exageradas y
fantásticas. Así sea, pero yo no me arrepiento de haberlas pronunciado. Era
menester que fueran expresadas y especialmente ahora, en el minuto de nuestro
triunfo, en el minuto que honramos a nuestro gran genio, que precisamente
encarnó esa idea en toda su fuerza artística. Por lo demás, se ha expresado ese
pensamiento más de una vez, no es nada nuevo lo que digo. Sobre todo, todo eso
parecerá presuntuoso: "¿Es a nosotros, por así decirlo, a nuestra
indigente, a nuestra ordinaria tierra que corresponde semejante suerte? ¿Es a
nosotros que está predestinado expresar una nueva palabra a la humanidad?"
¿Pero qué? ¿Acaso yo hablo de gloria económica, de la gloria de la espada o de
la ciencia? Sólo hablo de la fraternidad de los hombres y de que para la
universal, para la fraternal unión de toda la humanidad, el corazón ruso puede
ser, entre el de todos los pueblos, el predestinado; lo veo en todos los
rastros en nuestra historia, en nuestros hombres mejor dotados, en el genio
artístico de Puchkin. Será pobre nuestra tierra, pero esta pobre tierra
"la ha bendecido Cristo recorriéndola bajo la figura de siervo". ¿Por
qué no habríamos de llevar en nosotros su última palabra? ¿No ha nacido él
mismo en un pesebre? Lo repito: por lo menos ya podemos referirnos a Puchkin, a
la universalidad y la omnímoda humanidad de su genio. Supo hacer eco en su
palabra al genio de otros pueblos como el propio. Al menos en arte, en la creación
artística, él puso indiscutiblemente de manifiesto esa aspiración del espíritu
ruso a la universalidad, en la cual ya hay un indicio grandemente orientador.
Si nuestro pensamiento es sólo una fantasía, en Puchkin hay, por lo menos,
sobre qué fundar esa fantasía. De haber vivido más largo tiempo, puede que
hubiera dado a conocer otras grandes e inmortales figuras del alma rusa, ya más
comprensibles para nuestros hermanos europeos, con lo cual los hubiera
aproximado más hacia nosotros, acaso hubiese logrado explicar toda la verdad de
nuestras aspiraciones; y ellos habrían llegado a comprendernos más ahora, se
anticiparían a adivinarnos, habrían dejado de mirarnos desconfiada y
altaneramente, como todavía nos miran. De vivir Puchkin más tiempo, también
entre nosotros habría tal vez menos equívocos y disputas de las que ahora
vemos. Pero Dios lo resolvió de otro modo. Puchkin murió en pleno desarrollo de
sus fuerzas e indiscutiblemente se llevó consigo a su tumba un secreto. Y henos
aquí ahora sin él, procurando adivinar ese secreto.
CUATRO LECCIONES SOBRE DIVERSOS TEMAS A
PROPÓSITO DE UNA LECCIÓN QUE ME DICTÓ EL SEÑOR GRADOVSKY. CON UNA INVOCACIÓN AL
SEÑOR GRADOVSKY
I
ACERCA DEL MAS FUNDAMENTAL
ASUNTO
Había cerrado ya mi Diario
limitándome a mi Discurso pronunciado el 8 de junio en Moscú, y la
introducción al mismo, que escribí presintiendo el alboroto que verdaderamente
se levantó posteriormente en nuestra prensa, después de la aparición de mi Discurso
en Noticias de Moscú. Pero leída su crítica, señor Gradovsky, yo hice
detener la impresión del Diario para agregarle una respuesta a sus
ataques. ¡Oh!, mis presentimientos se justificaron, el alboroto que se levantó
es terrible: que soy un soberbio, que soy un cobarde y un Manilov[2],
y un poeta, y que hubiera sido preciso traer la policía para contener los
arrebatos del público —una policía moral, una policía liberal, naturalmente—.
¿Pero por qué no a la verdadera? Si la policía verdadera es ahora entre
nosotros liberal, de ninguna manera menos liberal que los liberales que así
accionan en mi contra. ¡En verdad no faltó mucho para que interviniese la
verdadera! Pero dejaremos esto por ahora; pasaré directamente a responderle a
usted acerca de sus puntos. Quiero hacer constar como cosa previa que
personalmente nada tengo que hacer ni discutir con usted. No me es posible
chocar con usted y ni se me ha ocurrido tener en vista el convencerle. Ya en
ocasiones anteriores, al leer algunos de sus artículos, me asombraba siempre
del curso de sus pensamientos. ¿Por qué entonces ahora le contesto? Únicamente
teniendo en cuenta a otros que nos van a juzgar, esto es, a los lectores. Para
estos otros es para quienes escribo. Yo siento, presiento, hasta veo, que
surgen y salen nuevos elementos ansiosos de una nueva palabra, a quienes se les
han hecho insoportables las viejas ridiculeces liberales, todas las palabras de
esperanza en Rusia del viejo pasado, el escepticismo liberal-desdentado de los
viejos cadáveres a los que se ha olvidado de sepultar y que siguen
considerándose como de la joven generación, hartos del viejo liberal-guía y
salvador de Rusia que en los veinte lustros de su residencia entre nosotros
sólo se destacó como "el hombre que grita a diestra y siniestra en el
mercado", según la expresión popular. En una palabra, se me ocurrió decir mucho
aparte de una respuesta a sus observaciones, de modo que contestando ahora no
hago sino aprovechar la ocasión.
Usted se ocupa antes que
nada de la cuestión, y hasta me reprocha porque no lo deduje más claramente:
¿de dónde proceden nuestros "vagabundos", de los que yo hablé en mi Discurso?
Pues esto es una larga historia; es preciso comenzarla desde lejos. Para ello,
sea lo que fuere aquello que a propósito de eso le contestase, usted de todos
modos no lo aprobaría porque ya tiene el preconcepto, ya tiene preparado su
propio juicio acerca de dónde ellos se crearon y cómo fueron creados: "De
la angustia, por así decir, de convivir con los Skvosnik-Dmujanovskis y de la
civil aflicción debida a que entonces aún no habían sido liberados los
campesinos". La deducción es digna de un liberal contemporáneo, hablando
en general, para quien todo cuanto atañe a Rusia está desde hace mucho resuelto
y despachado, según un criterio de extraordinaria ligereza, muy propia del
liberal ruso. No obstante, la cuestión ésta es bastante más complicada de lo
que usted piensa, a pesar de la tan concluyente solución que propone. De los
"Skvosniki y la aflicción" hablaré oportunamente; pero antes que nada
permítame recoger una característica palabrita empleada, una vez más, con
ligereza que tiene algo de petulancia y que no puedo pasar por alto.
Usted dice:
"Así o de otro modo,
pero hace ya dos siglos nos encontramos bajo la influencia de la ilustración
europea, que actúa sobre nosotros con extraordinaria fuerza, gracias a la
"universal capacidad de resonancia" del hombre ruso, reconocida por
el señor Dostoievsky como nuestro rasgo nacional. No podemos eludir aquella
influencia ni habría tampoco por qué intentarlo. Esto es un hecho contra el
cual nada podemos hacer, por el sencillo motivo de que cada hombre ruso,
deseoso de hacerse ilustrado indispensablemente recibirá esa ilustración
de fuentes europeo-occidentales, por la completa ausencia de fuentes
rusas".
Está dicho sin duda
impulsivamente; pero usted ha pronunciado una palabra importante:
"ilustración". Permítame, pues, preguntar qué abarca usted con ella:
¿La ciencia occidental, conocimientos útiles, la técnica, o la ilustración del
espíritu? Lo primero, esto es, ciencias y técnicas, no debemos eludirlo, y
realmente no hay razón para que nos apartemos de ellas. Acepto, asimismo,
completamente que no hay otra parte de donde recibirlas que de fuentes
europeo-occidentales, por lo cual la alabanza a Europa y nuestro agradecimiento
son eternos. Pero por ilustración yo entiendo (pienso que nadie puede
comprenderlo de otro modo) lo que ya literalmente se expresa en la palabra
misma "ilustración", esto es, luz espiritual, iluminando el alma,
alumbrando el corazón, orientando la inteligencia y mostrándole el camino en la
vida. Pero si es así permítame hacerle notar que no necesitamos derivar
semejante ilustración de fuentes europeo-occidentales, por la plena existencia
(y no por su ausencia) de fuentes rusas. ¿Se asombra usted? Ahí tiene usted: en
las discusiones me gusta comenzar planteando derechamente lo esencial del punto
cuestionado.
Yo afirmo que nuestro
pueblo se ha ilustrado ya hace tiempo, al recibir en su esencia a Cristo y sus
enseñanzas. Me dirá que el pueblo no conoce la doctrina de Cristo, y que no se
dirigen a él los predicadores. Pero esa objeción es vacua: lo sabe todo, todo
lo que precisamente debe saberse, aunque acaso no pudiese aprobar un examen de
catecismo. Aprendió en los templos, en los que por siglos escuchó las oraciones
y los himnos, superiores a los predicadores. Los aprendió, y los ha cantado en
los bosques, en trance de salvarse de sus enemigos; quizá al tiempo de la
invasión de Batievo ya los cantaba: "Señor, despierta nuestras
fuerzas", y los aprendió porque excepto Cristo nada le quedaba entonces;
pero en él, en ese solo himno, reside toda la verdad de Cristo. Y qué importa
si los predicadores han leído poco ante las gentes, y los diáconos rezongan
indescifrablemente, según la mayor acusación contra nuestra Iglesia imaginada
por los liberales, junto con aquella otra de que la lengua eclesiástico-eslava
es al parecer incomprensible para el pueblo. (¡Y los creyentes de la vieja fe,
por Dios!) En cambio, saldrá un pope y leerá: "Señor Vladico, vientre
mío", y en ese rezo se halla toda la esencia del cristianismo, todo
su catecismo, y el pueblo sabe esa oración de memoria. Sabe también de memoria
muchas de las vidas de santos, las repite y las escucha con enternecimiento.
¡Pero la principal escuela del cristianismo que el pueblo cursó son los siglos
de infinitos e interminables sufrimientos que ha sobrellevado durante su
historia, cuando, abandonado de todos, trabajando para todos, tan sólo le
quedaba Cristo, al que aceptó entonces en su alma para la eternidad, y que por
eso salvó de la desesperación su alma! Por lo demás, ¿para qué le estoy
diciendo esto? ¿Es que yo quiero convencerle? Mis palabras le parecerán,
naturalmente, pueriles hasta ser casi inelegantes. Pero repetiré por tercera
vez: no escribo para usted. El tema es importante y exige que sobre él se hable
mucho y en especial, y yo he de hacerlo en tanto tenga una pluma en las manos,
expresando ahora mi pensamiento sólo en su conclusión fundamental: Si nuestro
pueblo está desde hace mucho ilustrado por haberse asimilado en su esencia a
Cristo y sus enseñanzas, es que junto con Él, con Cristo, naturalmente, se
asimiló la verdadera ilustración. Con semejante reserva de ilustración, las
ciencias de Occidente, claro está, se convierten para él en verdadero
beneficio, y no será por ellas que Cristo se oscurezca entre nosotros como en
el Occidente, donde por lo demás tampoco se oscureció la imagen de Cristo
debido a las ciencias, como afirman los liberales, ya que ocurrió antes de su
desenvolvimiento, cuando la Iglesia occidental, transformada de Iglesia en el
gobierno de Roma, desfiguró la imagen de Cristo, encarnándola en el Papado. Sí,
en Occidente ya no hay, en realidad, Cristianismo ni Iglesia, si bien hay
muchos cristianos y nunca desaparecerán. El Catolicismo ya no es, en verdad,
Cristianismo, y se convierte en idolatría, y el protestantismo se convierte a
pasos gigantescos en ateísmo y en vacilante, fluida, cambiante (y no inmutable)
moral.
¡Oh, por supuesto, usted
en seguida me objetará que el Cristianismo y la adoración de Cristo de ninguna
manera son ni encierran en sí todo el ciclo de la ilustración, que no son sino
algunos de sus grados; que son precisas por el contrario las ciencias, las
ideas civiles, la evolución, etc., etc. Nada tengo a esto que contestarle, ni
sería elegante hacerlo, porque si bien tiene usted razón a propósito de las
ciencias, por ejemplo, nunca aceptaría usted, en cambio, que el Cristianismo de
nuestro pueblo es, y debe seguir siéndolo siembre, el fundamento más
importante, vital de su ilustración! Yo había dicho en mi Discurso que Tatiana,
renunciando a seguir a Onieguin, se
condujo a la rusa, según la verdad del pueblo ruso, y a uno de mis críticos,
ofendido porque el pueblo ruso tiene una verdad, se le ocurrió objetarme con la
cuestión: "¿Y el pecado contra el séptimo mandamiento?" ¿Acaso puede
contestarse a semejantes críticos? Se hallan ofendidos sobre todo porque el
pueblo ruso pueda tener su verdad y por lo tanto sea realmente ilustrado.
¿Acaso el pecado de adulterio existe en todo nuestro pueblo y existe como
verdad? ¿Lo acepta todo el pueblo como lo justo? Cierto, nuestro pueblo es
tosco, si bien está lejos de serlo su totalidad; ¡oh!, no todo, puedo jurarlo
como testigo, porque yo he visto a nuestro pueblo y lo conozco, he convivido
con él suficientes años, he comido con él, he dormido a su lado, y yo mismo a
"los malhechores estuve incorporado"; realicé con él trabajos que
verdaderamente encallecen, en el tiempo que otros, "lavándose las manos en
sangre", liberalizaban ante el pueblo, y lo ridiculizaban decretando en
sus conferencias y en sus artículos de los periódicos, que el pueblo nuestro
"tenía la figura de bestia y su misma estampa". ¡No me digan, pues,
que yo no conozco al pueblo! Lo conozco: de él acepté nuevamente en mi alma a
Cristo, al que conocí todavía niño, en la casa paterna, y al que perdí al
transformarme a mi turno en "un liberal europeo". Pero admitamos que
sea, que en efecto sea nuestro pueblo pecador y tosco, que sea todavía bestial
su figura: "El hijo a expensas de la madre viajaba, la joven esposa
enganchada", algún origen habrá tenido esa canción. Todas las canciones
rusas se tomaron de algún suceso, ¿notaron ustedes eso? Pero sean ustedes
justos siquiera una vez, gentes liberales: ¡recuerden todo cuanto el pueblo
debió soportar en tantos siglos! ¡Conviene preguntarse quién es más culpable de
su figura de bestia en lugar de condenarle por ella! Es ridículo condenar al
mujik porque no está peinado por un peluquero francés de la Bolshoi Morskoi,
pero justamente casi a tales acusaciones llegan nuestros liberales europeos
cuando se lanzan contra el pueblo ruso y se dan a despreciarle. ¡Que no
ha refinado su personalidad, que no tiene rasgos nacionales! Dios mío, y en el
Occidente, cualquiera sea el pueblo que ustedes consideren, ¿acaso hay menos
ebriedad y latrocinio, no hay acaso la misma brutalidad, y aliado de ésta una
crueldad (que no hay en nuestro pueblo) y una bien aderezada ignorancia, verdadera
desilustración, porque está unida a tal impiedad que ya ni la consideran
pecado, pero he aquí lo que hay en él de indiscutiblemente bueno: ¡y es que
tomado en su conjunto (y no tan sólo idealmente sino en su sentido más real),
nunca ha tomado, no lo toma ahora, ni tomará nunca, su pecado por la verdad! Él
pecará, pero siempre ha de decir tarde o temprano: he incurrido en falta. Si el
pecador no lo dice, lo dirá otro en su lugar, y la verdad será mantenida. El
pecado es hediondo, y la hediondez pasará cuando el Sol resplandezca
plenamente. El pecado es asunto transitorio, y Cristo es eterno. El pueblo peca
y se envilece diariamente, pero en sus mejores minutos, en los minutos de
Cristo, nunca se engañará en lo que respecta a la verdad. Y esto es lo
importante: en qué cree el pueblo como su verdad, dónde la coloca, cómo se la
representa, hacia qué dirige sus mayores anhelos, qué es lo que ama, qué pide a
Dios, qué le hace llorar, orando. Y el ideal del pueblo es Cristo. Y con
Cristo, naturalmente, viene la ilustración, y en sus momentos decisivos,
nuestro pueblo resuelve y ha resuelto cualquier asunto, social, público,
siempre cristianamente. Usted dirá con burla: "llorar es poco, también lo
es gemir; es preciso actuar, es preciso ser". Y entre ustedes mismos,
señores rusos ilustrados a la europea, ¿hay muchos justos? ¿Podríais indicarme
vuestros santos, los que vosotros colocáis en lugar de Cristo? Pero, sabedlo,
en el pueblo hay hasta santos. Hay caracteres positivos de inimaginables belleza
y fuerza, que todavía no alcanzó a tocar vuestra observación. Existen esos
santos y mártires de la verdad — ¿los vemos o no los vemos? No sé: al que le
está dado ver, aquél, naturalmente, los verá y comprenderá; aquel que sólo ve
en el pueblo figura de bestia, aquél, naturalmente, nada verá. Pero el pueblo,
al menos, sabe que cuenta con aquellos justos, cree que ellos existen, la
fuerza de ese pensamiento le hace esperar que ellos en el momento necesario
para todos le salvarán. ¿Y no ha salvado tantas veces nuestro pueblo a la
patria? Y todavía no hace mucho, cuando parecía enfangado de pecados, en su
ebriedad, en su inmoralidad, se regeneró espiritualmente, recuperando su
integridad, en la última guerra por la fe de Cristo, oprimida entre eslavos por
musulmanes. Aceptó la lucha, se aferró a ella como al sacrificio de su
purificación del pecado y de la inmoralidad, y mandó sus hijos a morir por la
causa santa, y no gritó ante la caída del rublo, o al encarecer el precio de la
carne. Escuchaba ávidamente, ávidamente preguntaba, y él mismo leía sobre la
guerra, lo cual muchos pueden atestiguarlo como nosotros. Lo sé: la elevación
del espíritu de nuestro pueblo en la última guerra, y, más aún, los motivos de
esa elevación no son reconocidos por los liberales, que se ríen de estas ideas:
"Esa gentuza tiene una idea unificadora, un sentimiento ciudadano, un
pensamiento político — ¿acaso puede esto permitirse?" ¿Y por qué, por qué
nuestro liberal europeo es tan a menudo enemigo del pueblo ruso? ¿Por qué en
Europa los que a sí mismos se llaman demócratas siempre están con el pueblo,
por lo menos en él se apoyan, en tanto que el demócrata nuestro frecuentemente
presume de aristócrata y termina al fin de cuentas sirviendo casi siempre a
todo aquello que aplasta la fuerza del pueblo, acabando por definirse
señorialmente? ¡Oh!, yo no afirmo que ellos conscientemente sean enemigos del
pueblo, pero precisamente esta inconciencia es lo trágico. ¿Sentirá usted
indignación por estas cuestiones? No importa. Para mí todo esto son axiomas, y
ya nunca, por cierto, dejaré de proclamarlos y demostrarlos en tanto escriba y
hable. Y así tendremos esta conclusión: con las ciencias ocurre como he dicho,
pero en cuanto a "ilustración" nada tenemos que tomar de las fuentes
europeo-occidentales. De lo contrario, extraeríamos fórmulas sociales, tales
como, por ejemplo: Chacun pour soi et Dieu pour tous, o, après moi le deluge.
¡Oh!, de inmediato gritarán: "¿Es que no tenemos entre nosotros refranes
semejantes, no se dice acaso entre nosotros: "La hospitalidad ya
aprovechada no se recuerda", y centenares de otros aforismos de la misma
categoría? Sí, tiene el pueblo muchos refranes y de todas las clases: el
espíritu del pueblo es amplio, lo es también el humor, y cuando se desarrolla
la conciencia apunta el desprecio, pero no son sin embargo más que refranes;
nuestro pueblo no cree en su verdad moral, se burla de ellos, y, por lo menos
en su conjunto, los niega. ¿Pero se atrevería usted a sostener que "chacun
pour soi et Dieu pour tous" es sólo un refrán, y no ya una fórmula social
por todos aceptada en Occidente, a la cual todos allá sirven y en la cual
creen? Por lo menos, todos aquellos que se alzan por encima del pueblo son los
mismos que lo sujetan por las riendas, poseen la tierra y los proletarios, y
los que hacen guardia a la "ilustración europea". ¿Para qué, pues,
precisamos semejante ilustración? Buscaremos otra entre nosotros. La ciencia es
una cosa, y la ilustración otra. Poniendo nuestra esperanza en el pueblo y sus
fuerzas quizá logremos mostrar ya en su totalidad, en el pleno esplendor y
brillo, esta nuestra ilustración en Cristo. Usted me dirá, se sobreentiende,
que toda esta larga divagación no es sin embargo respuesta a su crítica. No
importa. Yo mismo lo considero sólo como un prólogo, aunque, eso sí,
indispensable. De igual modo que usted ha señalado en mi Discurso aquellos
puntos de disentimiento que usted mismo considera los más importantes y hasta
importantísimos, así yo destaqué también un punto tal entre los suyos, que
considero el más fundamental de nuestra disensión, el mayor obstáculo para que
lleguemos a un acuerdo. Pero el prólogo ha terminado, acerquémonos a su crítica
y ahora ya sin digresiones,
II
ALEKO Y
DIERYIMORDA
SUFRIMIENTOS DE ALEKO POR LA SERVIDUMBRE DEL MUJIK. ANÉCDOTAS
Usted escribe al criticar
mi Discurso:
"Pero Puchkin,
representando a Aleko y Onieguin con
sus negaciones, no mostró qué es lo que justamente "negaban" ellos, y
sería en alto grado arriesgado afirmar que ellos negaban precisamente "la
verdad del pueblo", principio fundamental de una concepción rusa del
mundo. Esto no se ve en ninguna parte".
Bueno, se vea o no se vea,
sea o no arriesgado el afirmarlo, en seguida volveremos a eso, pero antes he
aquí lo que usted dice de los Dmujanovski, de los cuales al parecer escapó
Aleko hacia los gitanos:
"Pero realmente, el
mundo de los vagabundos de entonces —escribe usted— no era un mundo negador de
otro mundo. Para la explicación de esos tipos, son indispensables otros tipos,
que Puchkin no reprodujo, si bien se refirió a ellos circunstancialmente con
ardiente indignación. La naturaleza de su talento le impedía descender a esa
oscuridad y elevar a "perla de creación" los buhos, mochuelos y
murciélagos que llenan las plantas subterráneas de la vivienda rusa (y no las
superiores). Esto lo hizo Gogol, grande reverso de Puchkin. Él explicó al mundo
por qué Aleko escapó hacia los Gitanos,
el porqué del aburrimiento de Onieguin,
y por qué se multiplicaban en el mundo "los hombres superfluos"
inmortalizados por Turguenev. Los Korobochka, Sobakevich,
Skvosniki-Dmujanovski, los Dieryimorda, los Tiapkin-Liapkin, son al lado una
sombra de Aleko, Beltov, Rudin y muchos otros. Éste es el fondo sin el cual son
incomprensibles las figuras de los últimos. Pero estos héroes gogolianos eran
rusos, gente rusa, ¡y hasta qué punto! Korobochka no padecía de la tristeza
universal, Skvosnik-Dmujanovski sabía entenderse magníficamente con los
comerciantes, Sobakevich comprendía demasiado a sus campesinos, y ellos del
mismo modo le veían a él. Naturalmente, Aleko y Rudin no veían ni entendían
nada de esto; escapaban simplemente hacia donde cada uno podía: Aleko con los
gitanos, Rudin a París, para morir por un asunto que le era completamente
ajeno".
Ellos, ahí tiene usted, simplemente
escapaban. ¡Oh, la facilidad de los juicios periodísticos! ¡Y qué fácil le
resulta a usted todo esto, cómo lo tiene usted todo listo y de antemano
resuelto! Realmente, habla usted con lugares comunes. A propósito, ¿con qué
objeto se detiene usted a decir que todos esos héroes gogolianos eran rusos? —
"gente rusa, ¡y hasta qué punto!" Nada tiene que ver con nuestra
discusión. ¿Acaso alguien ignora que ellos eran rusos? Sí, tanto Aleko como Onieguin eran rusos, también somos rusos
usted y yo; ruso, completamente ruso, lo fue también Rudin, escapado a París
para morir por un asunto que le era al parecer completamente ajeno, como usted
lo afirma. Sí, justamente él es ruso en tan alto grado, porque el asunto por el
cual muere en París de ninguna manera le era tan ajeno como hubiera sido a un
inglés o a un alemán — porque todo asunto europeo, universal, de toda la
humanidad, hace ya mucho que no es extraño al hombre ruso. Sí, ¡ése es el rasgo
característico de Rudin! La tragedia de Rudin consiste propiamente en que no
encontró ocupación en su tierra y murió en tierra de otros, pero de ninguna
manera tan extraña a él como usted afirma. Pero he aquí, no obstante, en qué
consiste el asunto: todos esos Skvosniki y Sobakevich, aunque gentes rusas, son
gentes rusas echadas a perder, desarraigadas de su suelo, y aunque conocen al
pueblo por uno de sus lados, nada saben y ni siquiera sospechan que existe este
segundo lado — y en ello reside toda la cuestión. Nada sospecharon acerca del
alma del pueblo, de todo aquello que el pueblo ansia, de lo que orando pide,
porque despreciaban terriblemente al pueblo. Hasta le negaban alma, salvo tal
vez para su recuerdo. "Sobakevich comprendía demasiado a sus
campesinos", afirma usted. Esto es imposible. Sobakevich sólo veía en su
Proshka algo que se puede vender a Chichikov. Usted afirma que
Skvosnik-Dmujanovski sabía entenderse magníficamente con los comerciantes.
¡Tenga compasión! Mas lea usted mismo la tirada del alcalde a los comerciantes
en el quinto acto: es posible que así sólo se hable con los perros, pero no con
gente; ¿es esto lo que para usted significa entenderse magníficamente? ¿O es
que usted se jacta de ello? Ya sería preferible tomarlos a golpes o
arrastrarlos por el suelo, de los pelos. En mi infancia vi una vez pasar por la
carretera a un cazador, de vistoso uniforme, con sombrero de tres picos con una
pluma, que a lo largo de toda la carrera golpeaba con terribles puñetazos en la
espalda al cochero que, excitado, fustigaba a la galopante troika. Ese cazador
era, por supuesto, ruso de nacimiento, pero hasta tal punto ofuscado, y
divorciado del pueblo, que no podía entenderse con un hombre ruso de otro modo
que con su enorme puño en lugar de cualquier conversación. Y sin embargo él
pasó toda su vida entre cocheros y diversas gentes de pueblo. Pero los pliegues
de su uniforme, el sombrero con la pluma, su grado de oficial, sus lustradas
botas petersburguesas, le eran más caros, sincera y espiritualmente, no sólo
que el mujik ruso, sino, pudiera ser, que toda Rusia, que cruzaba a lo largo y
a lo ancho y en la cual él, según toda verosimilitud, nada había encontrado de
notable y digno de otra cosa que de su puño o la punta de sus lustradas botas.
A él toda Rusia se le figuraba bajo su mando, y todo cuanto estaba fuera de él
resultábale casi indigno de existir. ¡Cómo podría tal individuo comprender la
esencia del pueblo y su alma! Ése era un ruso, pero ya un ruso
"europeo", sólo que su europeísmo procedía no de la ilustración, sino
como en muchos, extraordinariamente muchos casos, de la depravación. Sí, esta
depravación se aceptó entre nosotros más de una vez como el medio auténtico
para transformar a los rusos en europeos. El hijo, pues, de semejante cazador
será quizás un profesor, esto es, un europeo patentado. Así que no hable de la
comprensión de ellos del alma del pueblo. Fueron necesarios Puchkin, los
Jomiakov, los Samarin, Aksakov, para que se comenzara a interpretar la
verdadera esencia del pueblo. (Antes de ellos también se la había mencionado,
pero siempre en cierto estilo clásico y teatral). Y cuando ellos finalmente
comenzaron a hablar de "verdad del pueblo", todos los miraron como a
idiotas y epilépticos, que tenían por ideal "comer rábano y escribir
denuncias". ¡Sí, denuncias! Ellos hasta tal punto asombraron a todos con
su aparición y con sus opiniones, que los liberales comenzaron a tener sus
dudas: ¿no llegarían tal vez a denunciarlos? Juzguen ustedes mismos: ¿acaso
están lejos de esa estúpida manera de ver a los eslavófilos muchos liberales
contemporáneos?
Pero al asunto. Usted
afirma que Aleko escapó hacia los gitanos por Dieryimorda. Supongamos que eso
es verdad. Pero lo peor de todo es que usted mismo, señor Gradovsky, reconoce,
completamente convencido, el derecho de Aleko a semejante aversión: "No
hubiera podido no ir con los gitanos porque era demasiado indeseable
Dieryimorda". Y yo afirmo que Aleko y Onieguin
eran también en su género Dieryimordas, y en otro sentido todavía peores. Sólo
con la diferencia que yo no los culpo de ningún modo, reconociendo plenamente
lo trágico de su destino, en tanto que usted los alaba por haber desertado:
"Hombres tan grandes e interesantes ¿cómo hubieran podido soportar
semejantes monstruos?" Usted se equivoca terriblemente; deduce que Aleko y
Onieguin no eran de ninguna manera
desarraigados de su suelo y no negaban la verdad del pueblo. Además de esto:
"No eran en absoluto soberbios", llega usted a afirmar. Pero es que
aquí la soberbia es consecuencia directa, lógica e inevitable de la abstracción
que hacían de su suelo, de su desapego hacia él. No podrán negar que ellos
ignoraban su tierra, que crecieron y sólo se educaron en institutos, que
únicamente conocían a Rusia a través de sus empleos en Petersburgo, y que con
respecto al pueblo estaban en la relación del señor con el siervo. No importa
que hubieran convivido en el campo con los mujiks. Mi cazador se había
entendido toda la vida con los cocheros y sólo les concedía que eran dignos de
sus puñetazos. Aleko y Onieguin eran
para con Rusia altaneros e impacientes como todas las gentes que viven en grupo
aparte del pueblo, teniéndolo todo a su disposición, esto es, el trabajo del
mujik y la ilustración europea, que también conseguían gratis. Pero
precisamente el que todos nuestros hombres inteligentes con una notoria preparación
histórica, en la casi totalidad de los siglos de nuestra historia, se
convirtieran en ociosos afeminados se explica por haber hecho abstracción, por
su desarraigo del suelo natal. No padecía por causa de Dieryimorda, sino por no
saber comprender a Dieryimorda y su origen. Era demasiado orgulloso para ello.
No se lo supo explicar y no encontró la posibilidad de trabajar en la tierra
natal. Pero consideraba como estúpidos a aquellos que creían en esa
posibilidad, o los tomaba por Dieryimordas. Y no sólo ante Dieryimorda era
orgulloso nuestro skitalietz, sino hasta con toda Rusia, porque toda Rusia,
según su concluyente deducción, sólo incluía esclavos o Dieryimordas. Si es que
contenía algo más honorable, era a ellos, los Aleko y Onieguin, y nada más. Después de esto la soberbia viene por sí
misma: viviendo en la abstracción, ellos realmente comenzaron a asombrarse de
su nobleza y eminencia con respecto a los ruines Dieryimordas, a los cuales no
podían sin embargo comprender. De no haber sido soberbios habrían visto que
ellos mismos eran Dieryimordas, y, entrevisto esto, habrían tal vez encontrado
entonces, precisamente en esa adivinación, una salida hacia la reconciliación.
Pero tenían para con el pueblo un sentimiento que ya no era tanto de orgullo cuanto
de repugnancia, y esto hacia todos sin excepción. Usted no creerá en todo eso;
usted, por el contrario, diciendo que verdaderamente los rasgos interiores de
Aleko y Onieguin no están bien
observados, altaneramente comienza a amonestarme por la estrechez de la visión
y porque "cura los síntomas sin atacar el mal en su raíz". Usted
afirma que yo, diciendo: "Humíllate, hombre orgulloso", sólo enjuicio
a Aleko en sus cualidades personales, omitiendo la raíz de la cuestión
"como si por así decir toda la esencia del asunto se redujese a las
cualidades personales del que se enorgullece y no desea humillarse".
"No está resuelta la cuestión, dice usted, de ante qué se mostraban
orgullosos los skital tsi, y queda sin respuesta la otra: ante qué corresponde
humillarse". Todo esto es demasiado altanero de su parte. Creo haber
deducido directamente que los "skitaltsi" son productos de la
evolución histórica de nuestra sociedad; por consecuencia no amontono toda la
culpa sobre ellos personalmente y sus condiciones personales.
Usted lo ha leído, así está escrito e impreso, luego, ¿para qué lo altera?
Resumiendo mi tirada sobre el "Humíllate", usted escribe:
"En esas palabras el
señor Dostoievsky expresa lo más sagrado de sus convicciones, aquello que
constituye simultáneamente la fuerza y la debilidad del autor de Los
hermanos Karamazov. En esas palabras se encierra un elevado ideal
religioso, una vigorosa predicación de una moral personal, pero no hay
la menor alusión a ideales sociales."
Y luego de esas palabras
comienza usted de inmediato a criticar la idea del "perfeccionamiento
individual en el espíritu del amor cristiano". Pasaré en seguida a su
opinión sobre el "perfeccionamiento individual", pero daré primero vuelta
ante usted los forros mismos de su pensamiento, los que quisiera precisamente
ocultar. ¡Se ha irritado usted tanto conmigo no tan sólo porque acuso al
"vagabundo", sino porque yo, al contrario que usted, no lo reconozco
como ideal de la perfección moral, ni lo considero el hombre ruso más sano, tal
como puede y debe ser! Reconociendo que en Aleko y Onieguin hay "rasgos no observados" usted argumenta de
mala fe. Para su íntima opinión, que usted por algún motivo no quiere
exteriorizar plenamente, los "vagabundos" son normales y magníficos,
bastando para ser esto último el haber huido de Dieryimorda. Usted mira con
indignación a quien se atreva a señalar en ellos el menor defecto. Ya lo dice
directamente: "Sería absurdo afirmar que ellos perecieron por su orgullo y
no quisieron humillarse ante la verdad del pueblo". Por último afirma con
calor e insiste en que esos hombres emanciparon al campesino. Usted escribe:
"Diremos más: si en
el alma de los mejores de estos "vagabundos" de la primera mitad de
nuestro siglo alentaba alguna idea, fue precisamente la idea del pueblo; el más
ardiente de sus odios se refería justamente a la servidumbre que pesaba sobre
el pueblo. No importa que hayan amado al pueblo y odiado la servidumbre a su
manera, a la "europea". Pero ¿quiénes sino ellos prepararon nuestra
sociedad para la abolición de la servidumbre? De la mejor manera que pudieron
sirvieron a la tierra nativa, en un comienzo en calidad de predicadores de la
liberación y después en calidad de intermediarios de primera fila."
Esto es lo que significa
que los "vagabundos" odiaban la servidumbre a su manera, a la
"europea"; en eso reside toda su fuerza. La cosa es que odiaban la
servidumbre, pero no a causa del mujik ruso, ya que éste trabajaba para ellos,
los alimentaba, de tal modo que se encontraban en el número de los opresores.
¿Quién les impedía, si hasta tal punto les abrumaba una ciudadana aflicción que
necesitaban irse con los gitanos, o a las barricadas de París; quién les
impedía liberar cuando menos a sus propios campesinos de la tierra para aliviar
de tal manera a su conciencia, en lo que concernía al menos a su personal
responsabilidad? Pero apenas se registraron tales liberaciones entre nosotros,
y en cambio las lamentaciones ciudadanas se extendían por muchas partes.
"El medio, por así decir, atrapaba, y ¿cómo, pues, privarse de su
capital?" Pero, ¿por qué no privarse cuando su aflicción por la
servidumbre llegaba a tal extremo que les hacía correr a las barricadas? Pues
la cosa es que en el "pueblito París" se precisa dinero a pesar de
todo, aunque se haya ido a luchar a las barricadas, y he aquí que eran los
siervos quienes proveían de la renta. Y aun hacían algo más simple:
hipotecaban, vendían o cambiaban los campesinos (¿no es todo lo mismo?), y
realizadas las moneditas se iban a París a ayudar a la publicación de
periódicos y diarios radicales franceses para la salvación de toda la humanidad
y no tan sólo del mujik ruso. ¿Asegura usted que a todos ellos les mordía la
aflicción por el mujik en servidumbre? No es que fuera sobre el mujik
esclavizado, sino en general la abstracta pesadumbre sobre la esclavitud en la
humanidad: no debe existir, es incivilizado, ¡Liberté, Egalité, Fraternité! En
lo que concretamente se refiere al mujik ruso, pudiera ser que la aflicción de
ningún modo acongojara a esos grandes corazones tan terriblemente. He oído
multitud de manifestaciones, dichas en la intimidad por personas muy, pero muy
"ilustradas" de los pasados buenos viejos tiempos, y las recuerdo:
"La esclavitud es, sin duda, un espantoso mal —convenían ellos entre sí—,
pero considerándolo bien, nuestro pueblo ¿es acaso un pueblo? ¿Se parece acaso
al pueblo de París del año 93? Ya está totalmente habituado a la esclavitud, su
rostro, su figura ya dan la imagen del esclavo, de modo que si bien, hablando
en general, la vara, por ejemplo, es desde luego una terrible ignominia,
resulta, ¡por Dios que sí!, que para el hombre ruso la varita es aún
indispensable: "Es preciso azotar al mujik ruso; el mujikito ruso se
entristece si no se le azota, porque así es este país", he aquí lo que yo
escuché en un tiempo, lo juro, hasta de gente de veras extremadamente culta.
Esto es "una sobria verdad". Pudiera ser que Onieguin no azotara a sus siervos, si bien esto es difícil de
determinar exactamente; pero de Aleko, estoy seguro que azotaba, y no por
crueldad de corazón, sino casi por piedad, hasta con buenos propósitos:
"Esto es para él indispensable, no puede vivir sin la varita, él mismo
viene y pide: azótame, señor, haz un hombre, está totalmente consentido. ¿Qué
hacer con gente de esta índole?, diréis: bueno, ¡la satisfaremos
azotándola!" Repito, el sentimiento en ellos hacia el mujik llegaba
frecuentemente hasta la ruindad. Y cuántas despreciables anécdotas circulaban
entre ellos sobre el mujik, despreciables e impúdicas, sobre su alma esclava,
sobre su "idolatría", sobre su pope, sobre su mujer, difundidas
desaprensivamente muchas veces por gentes cuya vida familiar semejaba
frecuentemente casi una casa de tolerancia. ¡Oh!, bien entendido que no siempre
por maldad, sino muchas veces justamente sólo por un excesivo calor en la
adopción de las últimas ideas europeas, a la Lucrecia Floriani, por ejemplo,
entendidas a nuestro modo y asimiladas con toda la vehemencia rusa. Eran rusos
en todo. ¡Oh!, esos apesadumbrados "skitaltsi" eran a veces grandes
bribones, señor Gradovsky, y precisamente estas mismas anecdotitas sobre el
mujik ruso, y la despreciativa opinión sobre él, casi siempre suavizaban en sus
corazones el filo de su civil aflicción por la servidumbre, dándole de este
modo un carácter que era solo abstracto, universal. Pero una aflicción de un
carácter abstracto-universal se hace perfectamente soportable por mucho que se
prolongue, porque en ese caso se hace alimento espiritual la contemplación de
la propia belleza moral y el vuelo de su pensamiento civil, en tanto que
corporalmente se alimentaban —¡y de qué modo!— con el censo de aquellos mismos
campesinos. Es oportuno recordar la anécdota que relataba hace poco en un
diario un hombre de edad, observador de aquellos tiempos, acerca de un
encuentro entre los más firmes liberales rusos, hombres de universal talento,
de aquel entonces, con una mujer del pueblo. Aquí se trataba de vagabundos
irremediables, por así decir, ya patentados, y que así mismos se consideraban,
en ese sentido, históricos. En verano, ahí tiene usted, justamente en el año
cuarenta y cinco, en una hermosa finca cercana a Moscú donde se servían
"comidas colosales", según la observación de aquel mismo lugareño, se
reunieron una vez multitud de visitas: los más humanitarios profesores,
admirables aficionados y peritos en bellas artes y otros etcéteras, gloriosos
demócratas posteriormente convertidos en ilustres dirigentes políticos de
significación casi mundial, críticos, escritores, damas encantadoras por su
educación. Y en cierto momento toda esa gente, seguramente después de la comida
con champaña, con empanadas de trufas y hasta de leche de ave (por algo han
sido llamadas comidas "colosales"), se dirigió a pasear al campo. Entre
el centeno encuentran a una segadora. Los trabajos rurales del verano son
conocidos: se levantan los mujiks y las mujeres a las cuatro de la mañana y van
a ganarse el pan trabajando hasta la noche. La cosecha es difícil; doce horas
encorvados, el sol quema. La segadora, introduciéndose en el centeno,
habitualmente ni se ve. Y he aquí que en el centeno encuentra nuestra banda una
segadora —imagínense ustedes— en "un traje primitivo" (¡en camisa!).
¡Es terrible! Se les despertaron todas sus nociones acerca del mundo, su humano
sentimiento, y se escuchó de inmediato una voz ofendida: "¡Sólo la mujer
rusa, entre todas las mujeres del mundo, no se avergüenza ante la gente!",
a lo que sigue, por supuesto, la deducción obtenida allí mismo: "Sólo la
mujer rusa, entre todas, es de tal modo que ante ella nadie y por nada se
avergüenza" (esto es, que no es preciso avergonzarse, ¿no es así?). Se
suscitó una discusión. Aparecieron defensores de la mujer, ¡pero qué
defensores, y contra qué objeciones les fue preciso combatir! Y semejantes
opiniones y juicios pudieron suscitarse en esa multitud de
vagabundos-propietarios que se habían atracado de champaña y de ostras. ¿Y a
expensas de quién? ¡Pero si es pobre su trabajo! ¡Si es para ustedes que ella,
mártires del mundo, trabaja, si es sobre su fatiga que ustedes se han hartado!
Porque atormentada por el sol y el sudor se decidió a aligerar su ropa,
quedando en camisa para trabajar en el centeno donde no se la veía, por eso era
una desvergonzada, ofendía vuestros pudorosos sentimientos: "era la más
desvergonzada entre todas las mujeres". ¡Oh ustedes, los castos! Pero
vuestras "diversiones en París", vuestros desahogos en el
"pueblito París", y el can can en el Mabille que hacía
derretir a estos rusos con sólo mentarlo, y la bonita cancioncita:
"Ma
commere quand je danse
"Comment
va mon cotillon?",
con un gracioso
arremangarse las polleras y un mover la cadera, eso no indigna a nuestros
castísimos caballeros; por el contrario, les seduce. "Por favor, si es en
ellas tan gracioso: ese can can, esos meneos de cadera, ¿qué son si no élegante
article de París, en su categoría? ¡En tanto que aquí sólo tenemos una
mujer, una campesina rusa, un verdadero leño!" No, aquí ya ni siquiera es
la convicción de la bajeza de nuestro mujik y el pueblo; aquí ya se ha
transformado en sentimiento; aquí ya se manifestaba una sensación personal de
repugnancia hacia el mujik. ¡Oh!, por supuesto involuntaria, casi inconsciente,
de la que ni ellos mismos se daban cuenta. Lo confieso: de ningún modo puedo
estar de acuerdo con punto tan capital de su tesis, señor Gradovsky. "¿Quiénes,
si no ellos, prepararon a la sociedad para la abolición de la
servidumbre?" Tal vez contribuyeron con su abstracta charlatanería,
gastando el filo de su aflicción ciudadana según todas las reglas. ¡Oh!, claro,
todo fue en beneficio común y sirvió para el asunto. Pero fueron hombres de la
clase de Samarin, por ejemplo, y no sus vagabundos, los que favorecieron la
liberación del campesino y ayudaron a los que se esforzaban por obtenerla.
Semejante tipo de hombres como Samarin, tipo que en nada se asemejaba a los
"skitaltsi", apareció para aquel gran trabajo de entonces en no
pequeño número, señor Gradovsky; pero sobre ellos, usted, por supuesto, ni una
palabra. A los "skitaltsi" este asunto, según todos los signos, les
aburrió pronto, y de nuevo comenzaron a experimentar repugnancia. No hubieran
sido vagabundos si hubieran procedido de otro modo. Recibido el rescate
procedían a vender sus restantes tierras y bosques a los comerciantes y
acaparadores para su tala y destrucción, y emigrando al extranjero crearon el
ausentismo... Usted, naturalmente, no estará de acuerdo con mi opinión, señor
profesor, ¡pero qué puedo hacerle! De ningún modo puedo yo aceptar reconocer
esa figura tan cara para usted del liberal ruso de elevado origen, como ideal
del verdadero hombre ruso normal, tipo representativo del ruso en el pasado, en
el presente y en el futuro. Poco de sensato hicieron estas gentes en las
últimas décadas en el campo del pueblo. Y esta afirmación es más exacta que su
ditirambo a la gloria de estos señores.
III
Y ahora pasaré a sus
observaciones sobre "el perfeccionamiento individual en el espíritu del
amor cristiano" y a su completa, al parecer, insuficiencia,
comparativamente con los "ideales sociales", y sobre todo con las
"instituciones sociales". ¡Oh!, usted mismo comienza diciendo que
éste es el punto más importante en nuestra divergencia. Escribe usted:
"Ahora llegamos al
punto más importante en nuestra divergencia con el señor Dostoievsky. Exigiendo
humildad ante la verdad del pueblo, ante los ideales del pueblo, él acepta esta
"verdad" y estos ideales como algo listo, inconmovible y eterno. Nos
permitimos decirle: No; los ideales sociales de nuestro pueblo se
encuentran todavía en proceso de organización, desarrollo. Mucho le
queda aún en este trabajo de auto-elaboración para hacer digno del nombre de
gran pueblo".
Ya le he contestado en
parte a propósito de la "verdad" e ideales del pueblo al comienzo del
artículo, en su primera parte. Esta verdad y esos ideales del pueblo usted los
encuentra francamente insuficientes para la evolución de los ideales sociales
de Rusia. La religión es una cosa, y la cuestión social otra, quiere usted
decir. Corta usted el vivo, integral organismo con su docto bisturí en dos
mitades, y afirma que estas dos mitades deben ser completamente independientes
una de la otra. Miremos más de cerca, analicemos esas dos mitades separadamente
y puede que algo lleguemos a deducir. Examinaremos en un comienzo la mitad que
se refiere al "perfeccionamiento en el espíritu del amor cristiano".
Usted escribe:
"El señor Dostoievsky
exhorta a trabajar en nuestro interior y a humillarse. El perfeccionamiento
individual en el espíritu del amor cristiano es, naturalmente, la primera
condición para toda acción pequeña o grande. Pero de esto no resulta que las gentes,
individualmente perfeccionadas en el pensamiento cristiano,
indispensablemente deben organizar una sociedad perfecta (?!). Nos permitiremos
traer un ejemplo:
"El apóstol Pablo
instruía a esclavos y señores en sus recíprocas relaciones, y unos y otros
podían escuchar y ordinariamente acataban la palabra del apóstol; ellos personalmente
eran buenos cristianos, pero la esclavitud no se redimía con ello y
seguía siendo una institución inmoral. Así exactamente el señor Dostoievsky, e
igualmente todos nosotros, habremos conocido excelentes cristianos entre los
propietarios rurales o entre los campesinos. Pero la servidumbre siguió siendo
una ignominia ante Dios, y el Zar Libertador apareció como intérprete de las
exigencias de la moral individual, tanto como de la moral social,
acerca de la cual no existía antaño debida comprensión, a pesar de que acaso no
era entonces menor el número de las "buenas gentes".
"La moral individual
y la social no son una misma cosa. De aquí resulta que ningún perfeccionamiento
social puede ser alcanzado sólo a través de un mejoramiento de la
calidad individual de los hombres. Traeremos de nuevo un ejemplo. Supongamos
que a partir del año 1800 una serie de predicadores del amor y la humildad
cristianos se hubiera propuesto mejorar la moralidad de los Korobochka y
Sobakevich. ¿Puede acaso suponerse que ellos consiguieran la abolición de la
servidumbre sin necesidad de una palabra de autoridad para la supresión
de ese "fenómeno"? Por el contrario, Korobochka habría comenzado por
argumentar que ella era una verdadera cristiana y auténtica "madre"
de sus campesinos, y hubiera seguido en esa convicción a pesar de todas las pruebas
del predicador...
"El mejoramiento de
los hombres en un sentido social no puede ser producido sólo con un
trabajo "sobre sí" ni con la humildad personal. Este actuar sobre sí
mismo y apaciguar sus pasiones puede hacerse hasta en el desierto y en una isla
deshabitada. Pero como seres sociales los hombres se desarrollan y mejoran en
el trabajo de uno junto al otro, de uno para el otro, uno con el otro.
He aquí por qué en muy alto grado la perfección social de los hombres depende
de la perfección de las instituciones sociales que educan en el hombre,
si no una cristiana, una cívica valentía".
¡Mire cuánto he citado de
su escrito! Todo esto es horrorosamente altanero y deja terriblemente malparado
al "perfeccionamiento individual por el espíritu del amor cristiano",
como si dijera: en los asuntos, por así decir, ciudadanos casi para nada sirve.
¡Es curioso el modo cómo usted entiende el Cristianismo! Supone sólo que
Korobochka y Sobakevich eran verdaderos cristianos, ya perfectos (usted
mismo habla de perfección), y pregunta si pudiera entonces persuadírseles a
renunciar a la servidumbre. He aquí una cuestión pérfida, la que usted plantea,
y es lógico que usted conteste: "No, no se puede persuadir a Korobochka,
aun siendo una perfecta cristiana". A esto contesta directamente: si
Korobochka fuera o pudiera ser una verdadera, perfecta cristiana,
entonces la servidumbre ni siquiera existiría en su dominio, de modo que no
habría de qué ocuparse, aun conservando ella en su baúl todos los contratos y
documentos donde consta la servidumbre. Permítame todavía: ¿acaso Korobochka fue
antes cristiana y nació tal? Por consiguiente, ¿según la doctrina de los nuevos
predicadores del Cristianismo, usted entiende el Cristianismo antiguo, igual
según su substancia, pero fortalecido, perfecto, por así decir, que ya
ha alcanzado su ideal? Pero entonces, por favor, ¡cómo podría hablarse de
esclavos y señores! ¡Es preciso comprender siquiera aproximadamente el
cristianismo! ¿Y qué le importaría entonces a Korobochka, ya perfecta
cristiana, que sus campesinos fueran siervos o liberados? Es para ellos una
"madre", ya una verdadera madre, y una "madre" en el
momento habría suprimido el pasado "señorío". Esto sucedería por sí
mismo. La condición pasada de señora y el pasado esclavo se habrían disipado
como la niebla ante el Sol, y en su lugar habrían surgido hombres completamente
nuevos, estableciéndose entre ellos relaciones antes no oídas. El asunto es si
en realidad podría cumplirse lo inaudito: si habrían aparecido en todo lugar
perfectos cristianos, antes tan escasos en número que era difícil encontrarlos.
Ya que usted mismo ha hecho tan fantástica suposición, señor Gradovsky, si
usted mismo se ha resuelto por tan asombrosa fantasía, acepte entonces las
consecuencias. Le aseguro, señor Gradovsky, que los campesinos de la Korobochka
no la abandonarían por sí mismos, por el sencillo motivo de que cada uno busca
donde estar mejor. En esas instituciones suyas, ¿acaso estarían mejor que con
la afectuosa y maternal propietaria? Me atrevo a asegurarle también que si en
tiempo del apóstol Pablo se conservaba la esclavitud era justamente porque las
comunidades que entonces surgían no eran todavía perfectas (como lo vemos en
las epístolas del apóstol). Pero aquellos miembros de la Iglesia que
personalmente alcanzaban entonces la perfección ya no tenían ni podían tener
esclavos, porque ellos se convertían en sus hermanos, y un hermano, un
verdadero hermano, no puede tener a su hermano por esclavo. Según usted, de
algún modo resulta que la predicación cristiana era débil. Por lo menos escribe
que la predicación del apóstol no concluía con la esclavitud. Pero otros
sabios, especialmente historiadores europeos, en su mayoría reprochaban al
cristianismo porque al parecer era contrario a la esclavitud. Eso significa no
comprender la esencia del asunto. Suponer tan sólo que María Egipcíaca tuviese
campesinos siervos y que no quisiese dejarlos en libertad. ¡Qué absurdo! En el
cristianismo, en el verdadero cristianismo, hay y habrá señores y servidores,
pero no puede concebirse que haya esclavos. Yo hablo del verdadero perfecto
cristianismo. Los servidores no son esclavos. El discípulo Timoteo servía a
Pablo cuando ellos iban juntos; pero lea las epístolas de Pablo a Timoteo. ¿Le
escribe como a un esclavo, siquiera como a un sirviente? ¡Por favor! Éste es
precisamente su "niño Timoteo", bienamado hijo suyo. ¡Tales,
justamente tales, serán las relaciones del señor hacia sus servidores, si unos
y otros se volvieran perfectos cristianos! Habrá señores y servidores, pero los
señores ya no serán amos, y los servidores ya no serán esclavos. Supóngase que
en la sociedad futura hubiese un Kepler, un Kant, un Shakespeare; todos les
venerarían reconociendo la importancia de la tarea eminente por ellos cumplida
en beneficio general. Pero no tendría tiempo Shakespeare para restar a su
trabajo, para dedicarse al arreglo de su habitación y otras pequeñas tareas
domésticas. Y créame: inevitablemente se ofrecerá a servirle, de modo
espontáneo, otro ciudadano para cumplir lo que este servicio de Shakespeare
exigiese. ¿Y se habrá humillado por eso, será un esclavo? De ningún modo. Sabe
que Shakespeare es infinitamente más útil: "Honor y gloria a ti, le dirá,
y para mí es una alegría servirte; siquiera habré servido en algo al provecho
general, al conservarte horas para tu elevada tarea, pero no soy esclavo. Precisamente
por tener la conciencia de que tú, Shakespeare, estás por encima de mí con tu
genio, al venir a servirte, pruebo justamente con esa conciencia que en cuanto
a dignidad moral humana yo no soy en nada inferior a ti, y como hombre
soy tu igual". Pero ya no dirá esto entonces, porque ni surgirán tales
cuestiones ni siquiera se pensará en ellas. Porque todos serán hombres
verdaderamente nuevos, hijos de Cristo, y toda la pasada animalidad será
vencida. Usted dirá, naturalmente, que esto es de nuevo una fantasía. Pero no
fui yo quien comenzó a fantasear primero, sino usted mismo: usted ha llegado a
imaginar a Korobochka ya una cristiana perfecta con "hijos siervos" a
los que no quiere dejar en libertad; lo cual es más claramente fantástico.
Los inteligentes se reirán
aquí, y dirán: "¿Vale la pena, después de eso, procurar la autoperfección
en el espíritu del amor cristiano, si el verdadero cristianismo, según se
deduce, no existe sobre la tierra, o tan escasamente que es difícil distinguirlo,
porque de otro modo (de acuerdo con mis propias palabras) al instante todo se
habría arreglado, toda esclavitud quedaría abolida, los tipos como Korobochka
se transformarían en genios luminosos, y a todos sólo quedará entonar himnos a
Dios? Sí, por supuesto, señores zumbones; los auténticos cristianos son aún
horriblemente escasos (aunque los hay). ¿Pero cómo sabe usted justamente
cuántos de ellos son precisos para que no muera el ideal del cristianismo en el
pueblo, y con él su gran esperanza? Aplique esto a las ideas mundanas: ¿cuántos
verdaderos ciudadanos son precisos para que no muera en la sociedad la valentía
ciudadana? Tampoco contestará usted a esto. Aquí hay una economía política
propia, de una naturaleza completamente especial, y para todos nosotros
desconocida, hasta desconocida para usted, señor Gradovsky. Objetarán de nuevo:
Si tan pocos son los que profesan la alta idea, ¿cuál es su utilidad? Y usted,
¿qué sabe, hacia qué utilidad finalmente conducirá? Hasta ahora, a mi juicio,
sólo fue preciso que no muriera el gran ideal. Distinto es lo que ahora sucede,
cuando algo nuevo avanza en el mundo en todas partes... Sí; aquí no se trata de
utilidad, sino de verdad. Porque si yo creo que la verdad reside aquí,
justamente en lo que yo creo, entonces, ¿qué me importa aun si el mundo entero
no creyese en mi verdad, se burle de mí y tome otro camino? Precisamente esto
es lo que hace la fuerza de una gran idea moral; con eso se une a los hombres
en la más fuerte alianza; porque se mide no en inmediato beneficio, sino que
les orienta hacia el futuro, a los fines eternos, al gozo de lo absoluto, ¿Con
qué unirá usted a los hombres para el logro de sus fines ciudadanos si no
cuenta con el fundamento primordial de una gran idea moral? Pero las ideas
morales se reducen a una: todas se basan en la idea de la perfección individual
absoluta, puesta al frente como un ideal, porque lo lleva en sí todo, todas las
aspiraciones, todas las ansias, y por consiguiente de ella salen también todos
vuestros ideales civiles. Pero pruebe usted unificar a los hombres en una
sociedad civil solamente con el fin de "salvar las pancitas". Nada
obtendrá aparte de la fórmula moral: Chacun pour soi et Dieu pour tous.
Con semejante fórmula ninguna institución ciudadana vivirá largo tiempo, señor
Gradovsky.
Pero yo iré más lejos,
tengo la intención de asombrarle. ¡Sepa, sabio profesor, que ideales sociales
sin conexión orgánica con los ideales morales, existentes por sí mismos, como
partes separadas del todo por su docto bisturí, tales, en fin, que pueden ser
tomados de fuera y trasplantados en cualquier lugar nuevo con éxito y subsistir
con la apariencia de una "institución", semejante ideales —digo yo—
no los hay absolutamente, no existieron nunca, y ni pueden existir! Pero,
además, ¿qué significa ideal social? ¿Cómo entender esta expresión?
Naturalmente, su esencia reside en la tendencia de los hombres a buscar una
fórmula para su organización social en lo posible correcta y capaz de
satisfacer a todos, ¿no es así? Pero esa fórmula no la conocen los hombres:
vienen buscándola en los seis mil años de su período histórico y no pueden
encontrarla. La hormiga sabe la fórmula de su hormiguero, también la abeja la
de su colmena (aunque no lo saben al modo humano, lo saben a su modo; no
necesitan más); pero el hombre no sabe su fórmula. ¿De dónde, pues, habría de
tomar el ideal de una organización civil la sociedad humana? Investigue en la
historia y en seguida verá de dónde se toma. Verá que es únicamente el producto
del perfeccionamiento moral de cada individuo; con él comienza; así ha sido
siempre y seguirá por los siglos de los siglos. En el origen de cada pueblo, de
cada nacionalidad, la idea moral siempre ha precedido a la creación de esa
nacionalidad, porque era ella que la creaba. Procedía siempre esta idea
moral de las ideas místicas, de la convicción de que el hombre es eterno, que
él no es simplemente un animal más sobre la tierra, sino que está vinculado a
otros mundos y con la eternidad. Estas convicciones se concretaban siempre y en
todas partes en la religión, en la adhesión a la nueva idea, y de inmediato se
creaba civilmente una nueva nacionalidad. Prestemos atención a los hebreos y
musulmanes: la nacionalidad en los hebreos se constituyó sólo después de la ley
de Moisés, aunque ya había comenzado desde la ley de Abraham, y las
nacionalidades musulmanas aparecieron sólo después del Corán. Para conservar el
tesoro espiritual recibido se atraen unos a otros, los hombres, y sólo
entonces, con celo, con inquietud, "trabajando uno junto al otro, uno
para el otro y uno con el otro (como usted con elocuencia ha escrito), sólo
entonces comienzan a buscar los hombres la manera de organizarse para conservar
el tesoro recibido sin perder nada de él, y a buscar una fórmula ciudadana
de la vida en común, que justamente les ayudaría a extender por todo el mundo
en la plenitud de su gloria aquel tesoro espiritual que ellos recibieron. Y
advertirá que no bien en el transcurso del tiempo, de los siglos (porque
también aquí hay una ley propia, para nosotros desconocida), comienza a
tambalearse y debilitarse en la nacionalidad que se considere su ideal
espiritual, de inmediato comienza a caer la nación misma y con ésta todo su
estatuto ciudadano, y desaparecen todos aquellos ideales ciudadanos que habían
llegado a configurarse. Según el carácter en que se constituía en el pueblo la
religión, en ese carácter se engendraban y se concretaban las formas ciudadanas
de ese pueblo. Por consiguiente los ideales ciudadanos están siempre ligados
directa y orgánicamente a los ideales morales, y lo más importante es que sin
duda sólo y únicamente de ellos se derivan. Pero por sí mismos nunca
aparecen, porque apareciendo tienen sólo por finalidad la satisfacción de la
aspiración moral de la nacionalidad considerada, en la medida en que esa aspiración
moral exista en ella. Pero, por consiguiente, "el autoperfeccionaitniento
en el espíritu religioso" en la vida de los pueblos es el fundamento de
todo, porque el autoperfeccionamiento es también culto de la religión
recibida, y "los ideales ciudadanos" nunca se dan solos, sin esa
aspiración hacia el autoperfeccionamiento, ni pueden de otro modo originarse.
Recordará tal vez que usted mismo dijo que el "autoperfeccionamiento
individual es el principio de todo" y que nada se le ha ocurrido dividir con
el bisturí. Esto es, sin embargo, lo que ha hecho; ha dividido un organismo
vivo en dos mitades. El autoperfeccionamiento individual es "no sólo el
principio de todo", sino también la continuación de todo y su salida.
Abarca, crea y conserva el organismo nacional, y lo hace sólo por sí mismo.
Para él vive la fórmula ciudadana de la nación, porque sólo fue creada para
conservarlo como lo primordial del tesoro recibido. Cuando se pierde en la
nación la exigencia general del autoperfeccionamiento de cada uno en aquel
espíritu que lo ha concebido, desaparecen entonces poco a poco todas las
"instituciones ciudadanas", porque ya no hay nada para conservar. De
esta manera de ningún modo puede decirse eso que usted expresó en esta
siguiente frase suya:
"He aquí por qué en
tal alto grado el perfeccionamiento social de la gente depende de la perfección
de las instituciones sociales que educan en el hombre, si no una
cristiana, una civil valentía!".
¡"Si no una
cristiana, una civil valentía"! ¿Acaso no se ve aquí el docto bisturí
dividiendo lo indivisible, despedazando la integridad de un organismo vivo en
dos separadas mitades muertas, la moral y la civil? Usted dirá que "en las
instituciones sociales" y en la dignidad de "ciudadano" puede
encerrarse la más sublime idea moral, que la "idea ciudadana" en las
naciones ya maduras, evolucionadas, siempre sustituye a la idea religiosa
primordial en la que se origina y a la cual por derecho sucede. Sí, así lo
afirman muchos; pero nosotros de tal fantasía no hemos podido comprobar la
confirmación. Cuando se extinguía la idea religiosa-moral en la nacionalidad,
siempre asumía formas de pánico la necesidad de unión con el sólo fin de
"salvar las pancitas", pues no existen en tales circunstancias otros
fines para esa unión ciudadana. Justamente ahora la burguesía francesa se une
con esa finalidad de "salvación de las pancitas", defendiéndose del
cuarto estado que está golpeando a las puertas de aquella clase. Pero la
"salvación de las pancitas" es la más débil y la más inferior de
cuantas ideas pueden unificar a la humanidad. Esto es ya el comienzo del fin.
Se unen, pero en tanto ya aguzan la vista como para dispersarse cuanto antes en
todas direcciones ante el primer peligro. ¿Y qué puede salvar aquí la
"institución" como tal, considerada en sí misma? De haber hermanos,
también habría hermandad. Pero si no hay hermanos, de ninguna
"institución" obtendrá usted fraternidad. ¿De qué sirve levantar una
"institución" y escribir al frente: Liberté, Egalité, Fraternité?
Nada se logrará, con semejante "institución", de tal modo que
inevitablemente será preciso añadir a las tres "instituciones"
palabritas una cuarta: "ou la mort", "fraternité ou la
mort", e irán los hermanos a decapitar a los hermanos para obtener, a
través de la "institución pública", la fraternidad. Éste es sólo un
ejemplo, pero bueno. Usted, señor Gradovsky, como Aleko, busca la salvación en
las cosas y fenómenos exteriores: "No importa que entre nosotros, en
Rusia, sólo haya tontos y pillos (tal vez sea así para ojos extraños), pero
bastará con trasplantar de Europa cualquier "institución" y según
ustedes todo estará salvado. La adaptación mecánica entre nosotros de formas
europeas (que allá mañana mismo se desplomaran) extrañas a nuestro pueblo,
inútiles para su libertad, es, como se sabe, la idea básica del europeísmo
ruso. Y aquí está usted, señor Gradovsky, censurando nuestro desorden con el
que avergüenza a Rusia señalándolo ante Europa, dignándose decir:
"Pero en tanto, ni
siquiera podemos encararnos con tales diferencias y contradicciones, que Europa
superó hace mucho tiempo".
¿Europa las ha superado?
¿Pero quién ha podido llegar a decírselo? Pero si vuestra Europa está en todas
partes en víspera de una caída general y terrible. El hormiguero en el cual
subsiste, sin Iglesia y sin Cristo (porque la Iglesia enturbió su ideal hace ya
tiempo, y en todo lugar se ha encarnado allá en el Estado), tambaleante hasta
su base el principio moral, perdido todo lo general y todo lo absoluto, ese
hormiguero, digo yo, está completamente minado. Se alza el cuarto estado, llama
y golpea a la puerta, y si no le abren romperá la puerta. No quiere los pasados
ideales, rechaza toda ley hasta ahora existente. No aceptará compromisos, no
hará concesiones; no salvaréis el edificio a fuerza de puntales. Las pequeñas
concesiones sólo enardecen, y él lo exige todo. Sobrevendrá algo que nadie es
siquiera capaz de imaginar. Todos esos parlamentarios, todas esas teorías
ciudadanas, ahora en boga, todas las riquezas acumuladas, los Bancos, las
ciencias, los judíos, todo eso se desplomará en un instante y pasará sin dejar
rastros, salvo quizá los judíos, que también entonces encontrarán cómo
conducirse, de modo que ellos más bien hallarán que hacer en medio de la nueva
situación. Todo esto "está cerca, a la puerta". ¿Usted se ríe?
¡Bienaventurados los que ríen! Que le dé Dios vida, y lo verá usted mismo. Se
asombrará entonces. Usted me dirá riendo: "Bien quiere usted a Europa
cuando de este modo le profetiza". ¿Acaso yo me alegro? Yo sólo presiento
que está lista la suma. La cuenta definitiva, el pago total, puede suceder
hasta mucho más pronto de lo que la más poderosa fantasía pudiera conjeturar.
Los síntomas son terribles. Bastaría esa duradera antinaturalidad de la
situación política de los estados europeos para provocar el comienzo del
derrumbe. ¿Y cómo podría ser natural cuando lo antinatural está puesto en sus
bases y se ha acumulado a lo largo de los siglos? No puede una pequeña parte de
la humanidad dominar a toda la humanidad restante como a esclavos, y sin
embargo para esa única finalidad se prestaron hasta ahora todas las
instituciones ciudadanas (que dejaron hace ya mucho de ser instituciones
cristianas) de Europa, ahora absolutamente pagana. Esta artificiosidad y esas
"insolubles" cuestiones políticas (de todos conocidas, por lo demás)
inevitablemente deben llevar a una magna, definitiva y divisoria guerra
política en la cual todos estarán envueltos, y que estallará aún dentro del
presente siglo y hasta en la década que transcurre. ¿Qué le parece a usted:
soportará allá la sociedad, ahora, una larga guerra política? El fabricante es
pusilánime y medroso, también el judío; las fábricas y los bancos se cerrarán
todos; apenas la guerra se prolongue o amenace prolongarse serán arrojados a la
calle millones de proletarios, habrá millones de bocas hambrientas. ¿Acaso
pondrá sus esperanzas en la prudencia de los políticos y en que ellos no
tramarán la guerra? ¿Pero cuándo fue posible poner esperanzas en esa prudencia?
Acaso tiene esperanzas en las Cámaras, en que ellas no concederán los fondos
para la guerra, previendo las consecuencias. ¿Pero cuándo previeron allá las
Cámaras consecuencia alguna y rehusaron fondos a un conductor turco? Y he aquí
al proletariado en la calle. ¿Qué piensa usted?, ¿ahora, como antes, esperará
pacientemente en tanto muere de hambre? ¿Esto, después del socialismo político,
después de las Internacionales, congresos socialistas y, la comuna de París?
No; ahora ya no será al modo de antes: ellos se arrojarán sobre Europa, y todo
lo viejo se desplomará para siempre. Ese oleaje sólo será contenido en nuestra
propia orilla, y sólo entonces se revelará ante todos hasta qué grado nuestro
organismo nacional es distinto del europeo. Entonces también ustedes, señores
doctrinarios, tal vez recapaciten para comenzar a buscar entre nosotros
"principios del pueblo", ante los cuales ahora sólo se ríen. Y es
ahora que ustedes, señores, ahora, nos señalan a Europa como modelo y aconsejan
implantar entre nosotros precisamente esas mismas instituciones que allá mañana
habrán de desplomarse, cumplido ya su ciclo de absurdo, en las cuales desde
hace tiempo ya ni creen en la propia Europa muchos hombres inteligentes, y que
sólo se mantienen y existen hasta ahora únicamente por la inercia. ¿Y quién,
salvo un abstracto doctrinario, puede tomar la comedia de la unión burguesa que
vemos en Europa por la fórmula normal de la unión de los hombres sobre la
tierra? ¿Que ellos han resuelto hace tiempo sus problemas? Esto, después de una
veintena de constitucio« nes en menos de un siglo y después de no menos de diez
revoluciones. Oh, si, tal vez, y sólo entonces, liberados por un instante de
Europa, nos ocuparemos ya por nosotros mismos, sin la tutela de Europa, de
nuestros ideales sociales propios, indispensablemente derivados de Cristo y el
autoperfeccionamiento, señor Gradovsky. Usted preguntará: ¿pero qué ideales
propios sociales y ciudadanos podremos tener junto a Europa? Sí, ideales
sociales, mejores que los suyos europeos, más fuertes que ellos, más fuertes y
hasta —¡oh, espanto!— más liberales, porque proceden directamente del organismo
del pueblo nuestro, en lugar de un lacayuno-impersonal trasplante del
Occidente. No puedo ahora naturalmente extenderme sobre esto, siquiera sea
porque aun sin ello el artículo resulta largo. En tanto, recuerde: ¿Qué fue y
qué procuraba ser la primitiva Iglesia Cristiana? Comenzó inmediatamente
después de Cristo sin más que con algunos hombres, y en seguida, casi en los
primeros días después de Cristo, se lanzó a descubrir su "fórmula
ciudadana", basada enteramente en la esperanza moral y el alivio del
espíritu según los principios del autoperfeccionamiento individual. Comenzaron
las comunidades cristianas —las Iglesias—, pronto comenzó a tomar forma una
nueva y hasta entonces desconocida nacionalidad, que a todos hermana, que
abarca a todos los hombres, bajo la forma de una ecuménica Iglesia universal.
Pero ella fue perseguida, su ideal se edificó bajo tierra, y sobre ésta, por
encima del suelo, también se construyó un enorme edificio, un colosal
hormiguero, el antiguo Imperio Romano, que también aparecía como un ideal y
como una solución para las aspiraciones morales de todo el mundo antiguo.
Apareció el hombre-dios, el Imperio mismo se encarnó como idea religiosa, dando
en sí y consigo salida a los anhelos morales de todo el mundo antiguo. Pero el
hormiguero había sido socavado por la Iglesia. Ocurrió el choque de dos de las
ideas más antagónicas que pudieran encontrarse sobre la tierra: el hombre-dios
salió al paso del Dios-Hombre, Apolo Belvedere con Cristo. Surgió un
compromiso: el Imperio aceptó el Cristianismo, y la Iglesia el derecho y el
estado romanos. Una pequeña parte de la Iglesia se refugió en el desierto y se
decidió a continuar su anterior trabajo: aparecieron de nuevo comunidades
cristianas, después monasterios, todo tan sólo como un ensayo, y así hasta
nuestros días. La enorme parte restante de la Iglesia se dividió
posteriormente, como es sabido, en dos mitades. En la mitad de Occidente el
Estado terminó por vencer completamente a la Iglesia. La Iglesia se anuló y se
encarnó ya completamente en el Estado. Apareció el Papado, continuación del
antiguo Imperio Romano en su nueva encarnación. En la mitad oriental el Estado
fue subyugado y destruido por la espada de Mahoma, y quedó sólo Cristo, ya
separado del Estado. Y aquel Estado que aceptó y de nuevo elevó a Cristo
padeció por siglos terribles sufrimientos de los enemigos, de los tártaros, del
desorden, de la servidumbre, de Europa y del europeísmo, y de tal modo hasta
ahora los soporta que en su seno todavía no se ha elaborado realmente una
verdadera fórmula social en el sentido del espíritu del amor y del
autoperfeccionamiento cristiano. Pero no le corresponde a usted reprocharle por
eso, señor Gradovsky. En tanto el pueblo nuestro sólo sea portador de Cristo,
únicamente en él deposita su esperanza. Él se llamó a sí mismo
"crestianin" (campesino), esto es, cristiano, y aquí no se trata sólo
de la palabra; en ella reside la idea que llenará todo su futuro. Usted, señor
Gradovsky, reprocha cruelmente a Rusia por su desorden. ¿Pero quién dificultó
hasta ahora su organización, en estos últimos dos siglos, y especialmente en
las últimas cinco décadas? Pues todos los europeístas rusos semejantes a usted,
señor Gradovsky, que se han movido de acá en dos siglos y que ahora aún más especialmente
están sobre nosotros. ¿Quién es enemigo de un desarrollo orgánico e
independiente de Rusia según sus propios principios populares? ¡Quien
burlonamente no reconoce ni la existencia de estos principios y se obstina en
no verlos! ¿Quién quiso rehacer nuestro pueblo en un intento fantástico,
"elevándolo hacia si", para hacer simplemente a todos iguales a los
mismos liberales europeos, arrancando de tiempo en tiempo a hombrecitos a la
masa del pueblo, haciéndolos europeos siquiera sea en los pliegues del
uniforme? Con lo cual no sostengo que el europeo se ha corrompido; yo sólo digo
que transformar al ruso en europeo, tal como los liberales lo transforman, es a
menudo la esencia misma de la corrupción. Pero es que eso constituye todo el ideal
de su programa de actividad: justamente, arrancar de vez en cuando un
hombrecito al grueso de la masa. ¡Qué absurdo! Pretendieron de este modo elegir
y transformar a los 80 millones de nuestro pueblo. ¿Pero es posible que usted
seriamente piense que nuestro pueblo todo, en la integridad de su masa,
aceptará volverse tan impersonal como estos señores europeizantes rusos?
IV
HUMÍLLATE
ANTE UNO, MUÉSTRATE ARROGANTE ANTE OTRO. TEMPESTAD EN EL VASITO
Hasta ahora me había
limitado a discutir con usted, señor Gradovsky; pero ahora quiero reprocharle
por la intencionada alteración de mi pensamiento en el punto más importante de
mi Discurso:
Usted escribe:
"Demasiadas
injusticias, restos de la secular esclavitud, residen en él (esto es, en el
pueblo nuestro) para que pueda exigir la adoración y encima de todo
pretender orientar a toda Europa por el camino de la verdad, como lo predice el
señor Dostoievsky. ¡Extraño asunto! El hombre que condena el orgullo en la
persona de aislados vagabundos exhorta al orgullo a todo un pueblo en el cual
él ve algo así como un apóstol universal. A uno dice: "¡Humíllate!"
Al otro dice: "¡Yérguete!" Y más adelante:
"Y sin haber hecho lo
que corresponde en favor del pueblo, ponerse a pensar de pronto sobre su papel
en la humanidad, ¿no es prematuro? El señor Dostoievsky se enorgullece de que
nosotros durante dos siglos sirviéramos a Europa. Confesémoslo: ese "servicio"
suscita en nosotros un sentimiento que no es de alegría. El tiempo del Congreso
de Viena, y en general la época de los congresos, ¿puede ser objeto de nuestro
"orgullo"? ¿Aquellos tiempos en que nosotros, sirviendo a Metternich,
aplastábamos los movimientos nacionales de Italia y Alemania y hasta
atrepellábamos a los ortodoxos griegos? ¡Y qué odio concitamos en Europa
justamente por ese "servicio"!"
Me detendré para comenzar
en esta última pequeña, casi inocente modificación. ¿Acaso yo, diciendo que
"nosotros en los últimos dos siglos servimos a Europa tal vez hasta más
que a nosotros mismos", acaso alabé el modo cómo servimos? Sólo
quise señalar el hecho del servicio, y este hecho verdadero. Pero el hecho del
servir y aquello: cómo servimos, son dos asuntos totalmente distintos. Nosotros
pudimos haber incurrido en muchos errores políticos, también los europeos los cometen
numerosos a cada instante; pero no son nuestros yerros los que yo alabé, sino
sólo señalé el hecho de nuestro servicio (casi siempre desinteresado). ¿Es
posible que usted no comprenda que esas dos cosas son diferentes?
"El señor Dostoievsky
se enorgullece de que nosotros hayamos servido a Europa", dice usted. No
dije esto en absoluto; con orgullo sólo señalé un rasgo de nuestro espíritu
nacional, rasgo muy significativo. ¿De modo que buscar un espléndido, un fuerte
rasgo en el espíritu nacional significa inevitablemente enorgullecerse? ¿Y lo
dice usted a propósito de Metternich y los Congresos? ¿Es usted quien me va a
enseñar acerca de eso? Si cuando era usted todavía estudiante, hablaba yo sobre
el servicio a Metternich hasta con más fuerza que usted, y justamente por las
palabras sobre el frustrado servicio a Metternich (entre otras palabras, por
supuesto) debí responder treinta años atrás de la manera que es conocida. ¿Que
para qué ha desfigurado usted eso? Pues para demostrar esto: "Vean lo
liberal que soy yo, en tanto que el poeta, amante entusiasta del pueblo,
escuchen qué cosas retrógradas muele, enorgulleciéndose de nuestro servicio a
Metternich". Amor propio, señor Gradovsky.
Pero si esto naturalmente
son pequeñeces, no son pequeñeces lo que sigue. ¿De tal modo, diciendo al
pueblo: "elévate con el espíritu" significa decirle:
"Enorgullécete", significa incitarlo al orgullo, enseñarle el
orgullo? Imagínese, señor Gradovsky, que usted dice a sus queridos hijos:
"Hijos, elevad vuestro espíritu; hijos, sed nobles". ¿Es posible que
esto signifique que usted les enseña el orgullo, o que usted mismo,
enseñándoles, se enorgullece? ¿Y qué es lo que yo dije? Yo hablé de la
esperanza "de convertirse en el hermano de todos los hombres al final de
todo", pidiendo subrayar las palabras "al final de todo". ¿Es
posible que la luminosa esperanza de que siquiera alguna vez, en nuestro mundo
doliente, se realizará la fraternidad, y que tal vez también a nosotros nos
permitirán ser hermanos de todos los hombres, es posible que esta esperanza
sea en sí misma orgullo? Pero si yo directamente dije en el final del Discurso:
"¿Y qué: acaso hablo de la gloria económica, la gloria de la espada o de
la ciencia? Yo sólo hablé de la fraternidad de los hombres y de que para la
unificación universal, de toda la humanidad, el corazón ruso es tal vez entre
el de todos los pueblos el más predestinado ..." Ésas son mis palabras.
¿Acaso hay en ellas un llamamiento al orgullo? A continuación de las palabras
citadas de mi Discurso agregué: "Será pobre nuestra tierra, pero
esta pobre tierra la ha bendecido Cristo recorriéndola bajo la figura de
siervo".
¿Esta palabra de Cristo
significa una incitación al orgullo? ¿Y la esperanza de darle a esa palabra un
contenido es orgullo? Usted escribe con indignación: "Es prematuro para
nosotros exigir adoración". Pero, por favor, ¿qué exigencia de adoración
hay aquí? Este anhelo de universal servicio, de convertirse en servidores y
hermanos para todos, y servirles con nuestro amor, ¿significa exigir de todos
adoración? Si hay aquí exigencia de adoración, entonces el santo, desinteresado
deseo de servir a todos se convierte de inmediato en un absurdo. A los
servidores no se les adora, y el hermano no desea que el hermano se le hinque
de rodillas. Imagínese, señor Gradovsky, que hubiese hecho alguna buena obra, o
se dispusiese a realizarla, y he aquí que usted, en el camino, en medio de su
bondadoso enternecimiento, pensase y se figurase: "¡Cómo se alegrará ese
desdichado de la inesperada ayuda que le llevo; cómo se reanimará su espíritu;
cómo revivirá e irá a comunicar su alegría a sus familiares, a sus hijos, para
llorar con ellos!... Pensando e imaginando esto usted, por supuesto, usted
mismo sentirá enternecimiento, que llegará hasta las lágrimas (¿es posible que
esto nunca haya ocurrido con usted?), y he aquí que al lado suyo una voz
inteligente le dice al oído: "¡Tú te enorgulleces imaginándote todo esto!
¿Es de orgullo que derramas lágrimas?" Entiéndalo usted: la sola esperanza
de que también nosotros los rusos podamos significar algo para la humanidad,
que lleguemos a ser —siquiera en un futuro lejano— dignos de servirla
fraternalmente, esa sola esperanza despertó entusiasmo y lágrimas de exaltación
en los miles de personas de mi auditorio. Y no por vanagloria, no por orgullo,
recuerdo esto, sino únicamente para señalar la seriedad del momento. Sólo se
manifestó la luminosa esperanza de que también nosotros podemos ser algo en la
Humanidad, aunque solamente fuese ser hermanos para los demás hombres, y
he aquí que bastó esa cálida alusión para unirnos a todos en una sola idea y en
un solo sentimiento. Se abrazaban los desconocidos y se juraban unos a otros
ser mejores en adelante. A mí se me acercaron los ancianos y me dijeron:
"Hemos sido durante veinte años enemigos y nos dañamos uno al otro, pero
por vuestra palabra nos reconciliamos". En un diario se apresuraron a
observar que todo este entusiasmo nada expresa, que ya hubo semejante estado de
ánimo "con besos de mano", y que inútilmente los oradores subían,
hablaban y remataban sus discursos... "Cualquier cosa que ellos dijeran,
no habría sido distinto el entusiasmo, porque ya existía en Moscú tan propicia
disposición". Pero si ese periodista hubiera ido allá y hubiera dicho algo
por su cuenta, ¿habría logrado el mismo eco que yo, o no? ¿"Por qué,
entonces, a lo largo de los tres días anteriores, si bien se dijeron discursos
que alcanzaron enormes ovaciones, no se produjo con nadie aquello que ocurrió
después del discurso mío? Fue un momento único en el festival de Puchkin, y no
se repitió. Sabe Dios que no es para mi alabanza lo que digo, pero el momento
aquél fue demasiado serio, y eso no lo puedo silenciar. Su seriedad residía
justamente en el hecho de que en la sociedad se manifestaran con brillo y
claridad nuevos elementos, reveláranse gentes ansiosas de heroísmo,
pensamientos consoladores, votos de consagrarse a la obra. Lo cual significa
que se niega ya nuestra sociedad a satisfacerse tan sólo con las ridiculeces de
nuestros liberales ante Rusia, ¡significa que abomina ya de la teoría sobre la
eterna debilidad de Rusia! Bastó expresar una esperanza, una sola alusión, y
los corazones se encendieron con la santa ansiedad por una obra de amplitud
universal, el servicio fraternal y la proeza. ¿Es de orgullo que se habían
encendido? ¿Es de orgullo que derramaron lágrimas? ¿Era al orgullo que yo los
había incitado? ¡Ah, usted! Ve usted, señor Gradovsky: la seriedad de ese
momento asustó de pronto a muchos en nuestro vasito liberal, tanto más cuando
fue tan inesperado. "¿Cómo? Hasta ahora tan agradablemente, y para
nosotros tan útilmente, de todos nos reíamos y sobre todas las cosas
escupíamos, y resulta que de pronto... ¡pero esto es un motín! ¡Policía!"
Saltaron algunos asustados señores: "¿Y qué pasará ahora con nosotros?
También nosotros hemos escrito... ¿Adonde habremos de meternos ahora? Borrar,
borrar rápidamente, y, para que no quede ni rastro, explicar cuanto antes por
toda Rusia que eso fue sólo un generoso estado de animo que sobrevino en el
hospitalario Moscú, un bonito momento después de la alegría de los banquetes y
nada más; pero eso sí, de la conspiración que se haga cargo la policía". Y
empezaron: que yo era un miedoso, que era un poeta, que era un ser
insignificante, y era nula la importancia de mi discurso; en una palabra, en
medio de su fiebre se condujeron imprudentemente: el público podía no creerles.
Hubiera sido preciso, por el contrario, conducir este asunto astutamente,
acercarse con mas sangre fría, y elogiar siquiera alguna cosa en mi discurso:
"a pesar de todo hay fluidez en las ideas", y después, poco a poco,
poco a poco, perdiendo escrúpulo, borrarlo todo para satisfacción general. En
una palabra, procedieron con poco arte. Apareció una laguna, se hacía preciso
llenarla, y entonces de inmediato se encontró un sólido y experimentado crítico
que reuniera la irresponsabilidad del ataque con el conveniente
"comilfotismo". Ese crítico fue usted, señor Gradovsky: usted
escribió, le leyeron, y todos se tranquilizaron. Usted ha prestado un servicio,
y de manera excelente, a la sociedad; por lo menos, en todas partes han impreso
sus palabras: "No resiste una severa crítica el discurso del poeta; los
poetas son poetas, pero la gente inteligente se alarma y siempre es tiempo de
bañar con agua fría al visionario". En el final mismo de su artículo usted
pide que le disculpe las expresiones que yo pueda considerar ásperas. Yo,
concluyendo mi artículo, no pido a usted disculpas por la acritud, señor
Bradovsky, en caso que la hubiera en mi artículo. No he contestado
personalmente a A. D. Gradovsky, sino al publicista Gradovsky. Personalmente yo
no tengo ni el menor motivo para no respetarle. Y si no respeto sus opiniones y
a ello me atengo, ¿con qué lo suavizaré pidiendo disculpas? Pero me resultaba
penoso que el más serio y significativo minuto en la vida de nuestra sociedad
se representara desfigurado, se explicara equivocadamente. Penoso resultaba ver
que la idea que yo sirvo fuera arrastrada por las calles. Y era usted el que la
arrastraba.
Lo sé; me dirán de todos
lados que no valía la pena y era ridículo escribir tan larga respuesta a su
artículo, bastante corto comparativamente con el mío. Pero, repito, su artículo
sólo sirvió como pretexto: yo deseaba expresar algo en general. Tengo la intención
de reanudar el año próximo el Diario del Escritor. Que sirva así este
número del Diario a mi profession de foi para el futuro, un
número de "ensayo", por así decirlo.
Dirán todavía, quizá, que
yo con mi respuesta he destruido todo el sentido de mi Discurso
pronunciado en Moscú, donde exhortaba a los dos partidos rusos a unirse, a
reconciliarse, y reconocía la legitimidad de uno y de otro. ¡No, absolutamente
no, el sentido del Discurso no está destruido, y por el contrario resulta
fortalecido porque yo justamente señalo en mi respuesta a usted, que los dos
partidos, en su desvío, en su enemistad recíproca, colocan ellos mismos su
actividad en una situación anormal, cuando en la unificación y en la
reconciliación del uno con el otro pudieran tal vez elevarlo todo, salvarlo
todo, despertar infinitas fuerzas y llamar a Rusia a una nueva, fuerte y grande
vida, hasta ahora nunca vista!
LA SÁTIRA RUSA. "LA
TIERRA VIRGEN". "ÚLTIMAS CANCIONES". "VIEJOS
RECUERDOS".
También de literatura me
he ocupado este mes, es decir, de las letras, de las Bellas Letras, y he leído
ciertas cosas con mucho interés. A propósito, no hace mucho leí una extraña
opinión sobre la sátira rusa, sobre nuestra sátira contemporánea, actual. Ha
sido emitida en Francia. Hay en ella una conclusión visible. No recuerdo todas
sus palabras, pero he aquí un sentido: "La sátira rusa pareciera temer
toda buena acción en la sociedad rusa. Cuando se encuentra ante una acción de
ese género se llena de inquietud y no se tranquiliza hasta que descubre en los
forros de aquella conducta a un pillo. Entonces de inmediato se regocija y
grita: "No es de ningún modo una buena acción, no hay de qué alegrarse,
véanlo por sí mismos, también aquí hay un pillastre".
¿Es justa esta opinión? No
creo que sea justa. Sólo sé que la sátira tiene entre nosotros ilustres
representantes que tienen gran difusión. El público gusta mucho de la sátira, y
no obstante, ésta es al menos mi convicción, ese mismo público es incomparablemente
más afecto a la belleza positiva, a la que aspira y ansia ávidamente. El conde
León Tolstoy es, sin ninguna duda, el escritor más querido por el público de
todos los matices.
Nuestra sátira, por
brillante que ella sea, padece realmente de cierta imprecisión: he aquí lo que
acaso pudiera decirse de ella. Positivamente no se puede a veces comprender por
completo lo que en general quiere expresar nuestra sátira. De este modo parece
que en ella no hay ninguna segunda intención; ¿pero puede ser esto así? ¿En qué
cree la sátira?, ¿en nombre de qué acusa? Todo esto parece sumergirse en las
tinieblas de la incertidumbre. No puede de ningún modo averiguarse qué es lo
que ella misma tiene por bueno.
Y he aquí que tales
interrogantes suscitan extrañas reflexiones.
He leído La Tierra
Virgen de Turguenev, y espero la segunda parte. A propósito: ya hace
treinta años que escribo, y en todos esos treinta años, constantemente, muchas
veces tuve la oportunidad de hacer una cómica observación. Todos nuestros
críticos (y yo sigo el movimiento literario desde hace casi cuarenta años),
tanto los que han muerto como los actuales, todos aquellos, en una palabra, que
alcanzo a recordar, apenas comenzaban a escribir más o menos solemnemente sobre
literatura rusa de su tiempo (antes, por ejemplo, las revistas publicaban en
enero reseñas sobre todo el año transcurrido) empleaban siempre, con algunas
variantes, pero con gran complacencia, la misma frase: "En esta época en
que la literatura rusa se halla en tal decadencia", "en esta época en
que la literatura rusa presenta tal estancamiento", "en nuestro
anacronismo literario", "atravesando el desierto de la literatura
rusa", ect., etc. Bajo mil modos, el mismo pensamiento. Pero en realidad
en esos cuarenta años aparecieron las últimas obras de Puchkin, comenzó y
concluyó Gogol, hemos tenido a Letmontov, aparecieron Ostrovsky, Turguenev,
Goncharov y alrededor de otros diez escritores que, cuando menos, estaban
dotados de talento. ¡Y esto sólo referido a la literatura de creación! Positivamente
puede decirse que casi nunca y en ninguna literatura, en tan breve período,
aparecieron tantos escritores talentosos como entre nosotros, tan
consecutivamente, sin interrupción. A pesar de ello acabo de leer, aun ahora,
en el mes pasado, sobre el estancamiento de la literatura rusa y "sobre el
desierto de la literatura rusa". Por lo demás ésta no es sino una
observación divertida; la cosa es completamente inofensiva y no tiene
importancia alguna. De este modo puede uno reírse de ella.
De La Tierra Virgen,
por supuesto nada he de decir; todos esperan la segunda parte. Por lo demás no
es a mí a quien corresponde hablar. El mérito artístico de la obra de Turguenev
está fuera de duda. Sólo haré notar una cosa: en la página 92 de la novela El
Mensajero de Europa hay en su encabezamiento 15 ó 20 líneas, y en esas
líneas parece condensarse, a mi juicio, todo el pensamiento de la obra, como si
se expresara todo el punto de vista del autor al respecto. Siento decir que ese
punto de vista es completamente equivocado y que estoy con él en profundo
desacuerdo. Son las palabras que dice el autor acerca de uno de los personajes
de la novela: Solomin.
He leído las Últimas
Canciones de Nekrasov, en el volumen de enero de Anales de la Patria.
Canciones apasionadas y palabras inexpresadas como siempre en Nekrasov, ¡pero
qué dolorosos gemidos de enfermo! Nuestro poeta está muy enfermo y —él me lo ha
dicho— ve claramente su estado. Pero yo no lo creo... Es un organismo robusto y
sensible. Sufre atrozmente; tiene no sé qué úlcera en los intestinos, difícil
de diagnosticar, pero yo no creo que no la soporte hasta la primavera, y
entonces, en las termas, en el extranjero, en otro clima, se repondrá cuanto
antes; estoy convencido. Ocurren cosas extrañas con la gente: en nuestra vida
raramente nos hemos encontrado; existieron entre nosotros malentendidos, pero
también aconteció un hecho que hizo que yo nunca pudiera olvidarle. Fue
justamente nuestro primer encuentro en la vida. Y qué: no hace mucho fui a
verle, y Nekrasov, enfermo, atormentado, dedicó sus primeras palabras a
recordar aquellos tiempos. Entonces (fue hace treinta años) sucedió algo tan
juvenil, tan fresco, tan bueno, que su recuerdo debía quedar para siempre en el
corazón de los que en ello participaron. Teníamos poco más de veinte años. Yo
vivía en Petersburgo, un año después que entregara mi renuncia de ingeniero,
sin que yo mismo supiera por qué, movido por proyectos poco claros, imprecisos.
Era en mayo del año cuarenta y cinco. En el comienzo del invierno yo empecé de
pronto Pobres Gentes, mi primera obra; hasta entonces nada había
escrito. Terminada la novela, yo no sabía qué hacer con ella ni a quién
confiársela. Carecía en absoluto de vinculaciones literarias, salvo quizá con
D. V. Grigorovich; pero éste mismo nada había publicado aún aparte de un
pequeño artículo: Los Organilleros de Petersburgo, en una colección. Me
parece que entonces se disponía él a pasar el verano en el campo, pero en tanto
vivía desde un tiempo en casa de Nekrasov. Visitándome me dijo: "Tráigame
el manuscrito (él no lo había leído todavía). Nekrasov quiere editar una
colección el año próximo; se lo mostraré". Se lo llevé, vi durante un
minuto a Nekrasov, nos dimos la mano. Me confundía el pensar que había traído
mi obra, y me fui cuanto antes, sin cambiar con Nekrasov casi ni una palabra.
No me hacía ilusiones sobre el éxito, y temía al partido de los Anales de la
Patria, como decíamos entonces. Yo había leído años atrás con interés a
Bielinsky, pero él me parecía amenazador y terrible, y "ridiculizará él
mis Pobres Gentes", pensaba yo a veces. Pero sólo a veces:
"los he escrito con pasión, casi con lágrimas; ¿es posible que todas esas
horas que he vivido con la pluma en la mano ante esa novela, que todo sea
mentira, un espejismo, falso sentimiento?" Pera pensaba yo así no más que
por minutos y pronto retornaba a la desconfianza. La noche de ese día en que
entregué el manuscrito fui a visitar a uno de mis antiguos camaradas que vivía
lejos; conversamos juntos durante toda la noche de Las Almas Muertas y
la leímos no recuerdo por cuál vez. (Así ocurría entonces entre los jóvenes: se
reunían dos o tres —"¿y no habríamos de leer, señores, a Gogol?*'—, se
sentaban y leían, inclusive toda la noche. Entonces entre los jóvenes eran
muchos, muchos, los que parecían transidos por la espera de algo). Regresaba a
mi casa cuando ya eran las cuatro, en una bella noche blanca de Petersburgo,
clara como el día. Hacía una temperatura espléndida, tibia. Entré en casa; no
me acosté, y fui a sentarme ante la ventana abierta. De pronto el timbre me
sorprendió extraordinariamente, y he aquí que Nekrasov y Grigorovich se lanzan
a abrazarme, en un impulso de entusiasmo en el que los dos casi lloraban. Ellos
en la víspera, vueltos temprano a su casa, tomaron el manuscrito, y comenzaron
a leer, como ensayo: "Nos bastarán diez páginas para saber de que se
trata". Pero leídas diez páginas, resolvieron leer otras diez, y después,
sin interrumpirse, permanecieron toda la noche hasta la madrugada, leyendo en
voz alta, y turnándose cuando uno se fatigaba. "Leía el pasaje sobre la
muerte del estudiante" —me transmitía tiempo después Grigorivich— "y
de pronto noto, en la parte donde el padre corre en busca de un ataúd, que la
voz de Nekrasov se quiebra, una y otra vez y de pronto sin contenerse golpeó
con la palma el manuscrito: "¡Ah, qué hombre!" Se trataba de usted y
así fue toda la noche". Cuando terminaron (eran siete pliegos de hojas) a
una voz resolvieron ir a verme de inmediato: "¡Qué importa que duerma, le
despertaremos, esto es más importante que el sueño!" Después,
cuando pude observar de más cerca el carácter de Nekrasov, a menudo me
asombraba de aquel minuto: su carácter era cerrado, receloso, prudente, poco
comunicativo. Así, por lo menos, me pareció él siempre, de tal modo que aquel
minuto de nuestro primer encuentro fue verdaderamente la expresión de su
sentimiento más íntimo. Ellos permanecieron conmigo alrededor de media hora,
media hora durante la cual Dios sabe cuánto hablamos, entendiéndonos con medias
palabras, con exclamaciones, apurándonos: hablamos de poesía y de la verdad,
"la situación de entonces!" y, naturalmente, sobre Gogol, con citas
de El Revisor y Las Almas Muertas; pero sobre todo de Bielinsky.
"Hoy mismo le llevaré su novela y usted verá ¡qué hombre, qué clase de
hombre que es! Se conocerán ustedes, y verá ¡qué alma tiene!", decía con
entusiasmo Nekrasov, sacudiéndome las espaldas con las dos manos. "Y ahora
duerma, duerma, nos vamos, y mañana vaya a nuestra casa". ¡Como si pudiera
dormirme después de esa visita! ¡Qué entusiasmo, qué éxito!; pero
principalmente el sentimiento me era caro, lo recuerdo claramente: "Muchos
obtienen éxito, los elogian, los aceptan, los felicitan, pero ellos han venido
con lágrimas, a las cuatro, a despertarme porque esto es más importante que el
sueño... ¡Qué bueno es esto!" Así era lo que pensaba, ¡a quién se le
ocurría dormir!
Nekrasov llevó el
manuscrito a Bielinsky ese mismo día. Él mantenía una actitud de adoración
hacia Bielinsky y, al parecer, fue quien más le quiso en toda su vida. Por
entonces Nekrasov nada había escrito aún que fuera de la envergadura que
lograría pronto, un año más tarde. Nekrasov se encontraba en Petersburgo, a lo
que yo sé, desde los dieciséis años, completamente solo. También comenzó a
escribir a esa misma edad. Poco sé de cómo llegó a conocer a Bielinsky, pero
Bielinsky le adivinó desde sus comienzos, y tal vez influyó fuertemente sobre
el carácter de su poesía. A pesar de la juventud de Nekrasov y de la diferencia
de sus años, entre, ellos sin duda ya existieron tales instantes y fueron
dichas tales palabras de las que impresionan para toda la vida y ligan
indisolublemente. "Un nuevo Gogol ha aparecido", gritó Nekrasov
entrando en su casa con Pobres Gentes. "Para usted los Gogol crecen
como hongos", le observó Bielinsky con dureza, pero tomó el manuscrito.
Cuando Nekrasov volvió por la noche, Bielinsky lo recibió con "verdadera
agitación". "¡Tráigalo, tráigalo cuanto antes!" Y he aquí (eso
ya era al tercer día) me llevaron ante él. Recuerdo que al primer vistazo me
asombró mucho su exterior, su nariz, su frente... Me lo imaginaba, no sé por
qué, del todo distinto, "a ese espantable, terrible criticó". Me
recibió extraordinariamente grave y reservado. "Así deberá ser",
pensé yo; pero apenas pasaron, creo, pocos minutos todo se transformó: la
importancia no emanaba de su persona, no del crítico eminente que recibía al
escritor debutante de 22 años, sino, por así decir, de su respeto por aquellos
sentimientos que deseaba derramar sobre mí cuanto antes, por aquellas palabras
que con tan extraordinaria solicitud pronunció. Discurría ardorosamente, con
ojos de fiebre. "¿Y usted, comprende usted mismo, me repitió varias veces
en el tono enfático a que estaba acostumbrado, qué es lo que usted ha
escrito?" Siempre levantaba la voz, cuando hablaba poseído de emoción.
"Usted simplemente con un directo instinto, como un artista, ha podido
escribir esto, ¿pero ha medido usted mismo toda esta terrible verdad que nos ha
enseñado? No puede ser que usted con sus veinte años ya lo hubiera comprendido.
Este desdichado funcionario suyo que ha servido con tanta abnegación, y que se
ha anulado de tal modo a sí mismo que no se atreve a sentir por sí la menor
estima, se siente tan envilecido que ni se reconoce el derecho a ser desdichado
y considera toda queja como una impiedad, y cuando un hombre bueno, su jefe, le
da esos cien rublos, se siente deshecho, anonadado de asombro porque alguien
como él pudiera inspirar lástima a "Vuestra Excelencia", no a
"Su Excelencia" sino a "Vuestra Excelencia" según le hace
usted decir. ¡Y ese botón descosido, ese momento en que besa la mano del
general; aquí ya no hay piedad hacia ese desdichado, sino horror, horror! ¡En
esa gratitud hay pavor! ¡Hay allí una tragedia! Usted ha llegado a la esencia
del asunto, de una vez ha mostrado lo más importante. Nosotros, publicistas y
críticos, sólo sabemos razonar, con palabras procuramos explicarlo, y usted,
artista, de un trazo, en una imagen, representa la esencia misma, que puede
palparse, para que resulte todo comprensible al lector menos capaz de razonar!
¡He aquí el secreto del arte, he aquí la verdad en el arte! ¡He aquí el
servicio que el artista presta a la verdad! ¡La verdad le ha sido a usted
descubierta y anunciada como a un artista, la ha alcanzado usted como un don:
valorice, pues, su don, permanézcale fiel y será un gran escritor!"
Todo esto me dijo
entonces. Todo esto dijo él después acerca de mí a muchos otros que aún viven y
pueden atestiguarlo. Salí de su casa enajenado. Me detuve en la esquina de su
casa, miré hacia el cielo, el claro día, las gentes que pasaban, y yo todo, con
todo mi ser, experimentaba que transcurría una hora solemne en mi vida, en la
que una ruptura se había operado para siempre, que había empezado algo
totalmente nuevo, pero tal como yo no lo había imaginado entonces ni en mis
sueños más apasionados. (Y yo era entonces un soñador apasionado). "¿Es
verdaderamente posible que yo sea tan grande?, pensaba avergonzado de mí mismo
con cierto tímido entusiasmo. No se rían ustedes, nunca he pensado después que
yo era grande, pero entonces ¿acaso era posible resistirlo? "¡Oh, yo seré
digno de esos elogios! Pero ¡qué hombres! ¡Qué hombres! ¡He aquí donde hay
hombres! ¡Seré digno, procuraré ser digno como ellos, permaneceré
"fiel"! ¡Oh, qué aturdido soy! ¡Y si Bielinsky supiera cuántas cosas
malas, vergonzozas hay en mí! Y se dice siempre que todos estos literatos son
orgullosos, llenos de amor propio. Hombres tales sólo se encuentran en Rusia,
ellos "están solos, pero en ellos está la verdad, y lo verdadero, el bien;
la verdad siempre triunfa sobre el vicio y el mal: venceremos. ¡Oh, ir hacia
ellos, con ellos!"
Yo pensaba todo esto;
recuerdo aquel minuto con la más completa claridad, y nunca pude después
olvidarlo. Fue el instante más maravilloso de mi vida. En el presidio,
recordándolo, fortalecía mi espíritu. Aun ahora cada vez que lo recuerdo es con
exaltación. Y he aquí que pasados treinta años, yo he vuelto a recordar todo
ese instante, y ha sido como si de nuevo lo viviera, sentado junto a la cama de
Nekrasov enfermo. Yo no se lo evoqué detalladamente, me limité a recordarle lo
que fueron esos instantes nuestros de entonces y pude ver que él mismo lo
recordaba. Y yo sabía que él se acordaba. Cuando volví del presidio él me
indicó una de sus poesías en un libro suyo: "esto lo escribí yo entonces
pensando en usted", me dijo. Y pasamos toda nuestra vida separadamente. En
su lecho de dolor él recuerda ahora a los amigos desaparecidos:
Sus
cantos proféticos no llegaron a cantarse,
cayeron
víctimas de la maldad, de la traición,
en la
flor de la edad; me miran sus retratos
con
reproche desde la pared.
Pesada es aquí esta
expresión: con reproche. ¿Hemos sido "justos", lo hemos sido?
Que cada uno resuelva según su juicio y conciencia. Pero lean ustedes mismos
estas canciones sufrientes, ¡y que de nuevo se reanime nuestro amado y
apasionado poeta! ¡Poeta que se apasionaba por la desdicha...!
¿Recuerdan ustedes Infancia
y Adolescencia del Conde Tolstoy? Hay allí un muchacho, héroe del poema.
Pero no es un muchacho cualquiera, no es como otros niños, no es como su
hermano Volodia. No tiene más de unos doce años, pero en su cabeza y en su
corazón se albergan pensamientos y sentimientos impropios de su edad. Se
abandona ya a sus sueños con pasión y ya sabe que mejor es guardarlos para sí
mismo. Un arisco pudor y un alto orgullo le impiden exteriorizarlos. Envidia a
su hermano, a quien considera incomparablemente superior a él, especialmente
por su habilidad y la belleza del rostro, y si bien secretamente tiene el
presentimiento que su hermano es inferior a él en todo sentido, persigue este
pensamiento y lo considera una bajeza. Se mira demasiado a menudo en el espejo
y llega a la conclusión de que es monstruosamente feo. Le ronda el pensamiento
de que nadie le quiere, que le desprecian ... En una palabra, es un muchacho
fuera de lo común, al par que pertenece a ese tipo de familia de esa nobleza media,
de la que fue poeta e historiador, según la tradición de Puchkin, plenamente,
el Conde León Tolstoy. Y he aquí que en su casa, en la gran casa familiar
moscovita, se reúnen visitas. Es el cumpleaños de su hermana; se reúnen con
grandes y niños, también muchachas y chicos. Comienzan los juegos, el baile.
Nuestro héroe es torpe, danza peor que todos, quiere distinguirse por el
ingenio, pero no lo consigue —y hay aquí justamente tantas muchachas bonitas—
y, su pensamiento constante, su eterna sospecha de que él es más feo que todos.
En su desesperación está resuelto a todo para asombrar a los presentes. Ante
todas las jovencitas y ante todos esos muchachos, orgullosos y mayores, que no
le tomaban en cuenta, de pronto, fuera de sí, con ese sentimiento que hace
arrojarse al abismo abierto ante los pies, saca la lengua a su preceptor, y
ante todos, lo golpea a puñetazos. "¡Ahora sabrán todos quién es él, lo ha
mostrado!" Le arrastran afrentosamente y le encierran en una pieza que
sirve de depósito. Sintiéndose perdido, y ya para siempre, el muchacho comienza
a soñar. Se escapó de la casa, ingresa en el ejército, en un combate mata
numerosos turcos y cae atravesado de heridas. ¡Victoria!, ¿dónde está nuestro
salvador?, gritan todos abrazándole, estrechándole. Ya está él en Moscú,
desfila por el boulevard Tver con el brazo vendado, le recibe el Emperador... Y
de pronto el pensamiento de que la puerta se abrirá para dar paso al preceptor
con una vara, dispersa esas imaginaciones como si fueran polvo. Comienzan otras.
De pronto se le ocurre el motivo por el cual "todos le detestan":
¡seguramente es un bastardo y se lo ocultan...! El torbellino se acelera: he
aquí que muere, entran en ese cuarto y encuentran su cadáver: "¡Pobre
muchacho!", todos le compadecen. "¡Era un buen muchacho! Usted ha
causado su muerte", dice el padre al preceptor, y las lágrimas ahogan al
soñador. Toda esa historia concluye con la enfermedad del niño, en la fiebre y
el delirio. Estudio psicológico extraordinariamente serio del alma infantil,
admirablemente escrito.
Es a propósito que recordé
este estudio de manera tan detallada. Recibí desde K. una carta en la que se me
describe la muerte de un niño, de un muchacho que también tiene doce años, y
bien pudiera ser que se trate de algo parecido. Por lo demás, reproduciré las
referencias de la carta sin cambiar palabra de su texto. El tema es
interesante.
"En la tarde del 8 de
noviembre se extendió en la ciudad la noticia de un suicidio; se había ahorcado
un adolescente de doce o trece años, que estudiaba en el Gimnasio. Las
circunstancias del suceso fueron las siguientes: El profesor de la materia cuya
lección no supo ese día el niño, le castigó, obligándole a quedar en el colegio
hasta las cinco de la tarde. El escolar desató una cuerda de una polea que
descubrió y la aseguró a un clavo del cual se acostumbraba a colgar la pizarra
(que por algún motivo fue descolgada ese día) y se estranguló. El sereno,
lavando los pisos de las habitaciones vecinas, vio al desdichado, se precipitó
a llamar al Inspector, éste acudió, quitaron el lazo al suicida, pero no
pudieron devolverle a la vida... ¿Cuál fue el motivo del suicidio? El niño no
se había manifestado ni violento ni retraído, estudiaba en general, sólo en los
últimos tiempos había recibido de su maestro algunas amonestaciones que
concluyeron por determinar que fuera castigado... Resulta que su padre era muy
severo y que en el día del suceso el niño cumplía años. Acaso con entusiasmo
infantil pensaba en cómo le recibirían en casa: la madre, el padre, los
hermanitos, las hermanitas... Y en lugar de esto debía quedar solo, sólito,
hambriento en la casa vacía, teniendo presente el enojo del padre que debería
afrontar, así como la humillación, la vergüenza y tal vez el castigo que
tendría que soportar. Que existía la posibilidad de poner fin a su vida, no lo
ignoraba (¿y cuál de los niños de nuestra época no sabe eso?). Es una terrible
pena por el chico, lamentable por el Inspector, hombre y pedagogo excelente a
quien sus alumnos adoran; terrible para la escuela que ve ocurrir tales cosas
entre sus paredes. ¿Qué habrán sentido los compañeros del muerto y los otros niños
que allí estudiaban —los de las clases preparatorias son aún verdaderas
criaturas—, cuando se enteraron de lo que había ocurrido? ¿No es excesivamente
fuerte semejante aprendizaje? ¿No es dejar que tome demasiada importancia para
los inscriptos en la pizarra de notas y promociones los clavos de los que se
cuelgan los alumnos? ¿No hay demasiado formalismo y una sequedad sin corazón en
nuestra educación?" Naturalmente da una terrible pena este pequeño que
cumplía años, pero yo no quiero extenderme acerca de los probables motivos de
este amargo suceso y especialmente sobre el tema "de los dos, los puntos,
la excesiva severidad, etc." Todo esto también existía antes y no se
llegaba al suicidio y esto asegura que la causa es otra. He citado el episodio
de "Adolescencia" del Conde Tolstoy por la setaejanza de ambos casos,
pero hay entre ellos enorme diferencia. No hay duda de que si el pequeño Mischa
se mató, ello no se debe únicamente a la furia y el temor. Estos dos
sentimientos —tanto ese furor como el enfermizo miedo— son demasiado simples y
más bien hubieran encontrado salida en sí mismos. Por lo demás,
realmente pudo influir el terror al castigo, especialmente sobre una enfermiza
susceptibilidad, pero de todos modos el sentimiento existente en ese caso es bastante
más complejo y bien pudo haber ocurrido algo por el estilo de lo que ha
descripto el Conde Tolstoy, esto es, esos problemas infantiles rechazados y
todavía inconscientes, la fuerte sensación de una opresiva injusticia* la
precoz sensación recelosa y martirizante de la propia insignificancia, la
pregunta multiplicada enfermizante. "¿Por qué todos hasta tal punto no me
quieren?", el anhelo terrible de obligarles a compadecerle, esto es, en el
fondo, el desesperado deseo de ser amado por todos, y tantas otras
complejidades y matices. Lo cierto es que si estos u otros matices existieron,
hay rastros de cierta nueva realidad, completamente distinta a la que pudo
haber encontrado en ese tipo de antigua familia de Moscú de la que resultó
historiador entre nosotros el Conde León Tolstoy, cuyo advenimiento tuvo lugar
justamente al tiempo que sobrevenía una escisión radical entre la antigua
nobleza y las nuevas formas de vida todavía en gestación y casi absolutamente
desconocidas.
Hay aquí en este caso del
niño que cumplía años un rasgo especial ya completamente de nuestro tiempo. El
muchacho del Conde Tolstoy pudo soñar con dolorosas lágrimas de una
desfalleciente ternura en el alma, que ellos entrarían para encontrarle muerto,
y que comenzarían a quererle, compadecerle, y acusarse a sí mismos. Inclusive
pudo pensar en el suicidio, pero sólo pensar: las severas tradiciones de
una familia noble se hubieran dejado sentir hasta sobre un niño de doce años y
no hubiera conducido su sueño al acto; pero aquí lo pensó y lo hizo.
Señalándolo no me refiero a la actual epidemia de suicidios. Se siente que aquí
algo no está bien, que una enorme parte de la organización rusa de la vida
quedó del todo sin que nadie la observara, sin historiador. Por lo menos
resulta claro que la vida de nuestra nobleza media, tan brillantemente
descripta por nuestros escritores, es demasiado insignificante y constituye un
sector particular de la vida rusa. ¿Quién será, pues, el historiador de los
restantes sectores, más numerosos de lo que parece? Y si en ese caos en el que
ya hace tiempo, pero especialmente ahora, se debate nuestra vida social no es
dado descubrir una ley regular, ni siquiera hilos conductores, ni a un artista
de la magnitud de un Shakespeare, ¿quién aclarará siquiera una parte de ese
caos aun sin pensar en hilos conductores? Lo más grave es que nadie parece
inquietarse, como si fuera demasiado prematuro para nuestros más eminentes
artistas. Entre nosotros es indiscutible que la vida se disgrega y que por
consiguiente también la familia se va disgregando entre nosotros. Pero es
inevitable, y la vida de nuevo se constituirá ya sobre nuevos principios.
¿Quién los discernirá y nos lo mostrará? ¿Quién podrá siquiera definir y
expresar las leyes de esa disgregación y la nueva creación? ¿O es aún muy
pronto? Pero, ¿acaso conocemos tan bien nuestro mismo pasado?
El último número del Diario,
correspondiente a mayo, estaba ya compuesto y en prensa cuando me enteré por
los diarios de la muerte de George Sand (murió el 27 de mayo-8 de junio de
1876). De este modo no alcancé a decir siquiera una palabra acerca de esta
muerte. Pero había bastado que leyera esa noticia para comprender cuánto
significó en mi vida aquel nombre, cuánto correspondió en una época a ese
poeta, de mi entusiasmo, de mi admiración, y todo lo que me dio entonces de
alegría, de felicidad. Sin temor escribo cada una de estas palabras, porque así
fue literalmente. Ella fue una de nuestras contemporáneas (quiero decir, nuestras)
que más plenamente realizó el tipo de idealista de los años treinta y cuarenta.
Es uno de los nombres de nuestro poderoso siglo, presuntuoso y al mismo tiempo
doloroso, pleno de ideales inexpresados, de los más indefinidos deseos, nombre
que surgió allá lejos, "en el país de las sagradas maravillas!", que
nos atraía quitando a lo nuestro, nuestra Rusia siempre en gestación, mucho
pensar, mucho amor, la fuerza de santos y nobles impulsos, vivísima vida y
caras convicciones. Pero no debemos lamentarlo: exaltando tales nombres y
admirándolos, los rusos sirvieron y sirven a su más verdadera misión. Que no se
asombren de estas palabras mías, y sobre todo en relación a George Sand, acerca
de quien puede hasta hoy discutirse y a quien la mitad de nosotros, si no las
nueve décimas partes, ya alcanzaron a olvidar; pero ella a pesar de todo
desempeñó un papel entre nosotros en su tiempo, ¿y quién estará más dispuesto a
recordarla sobre su tumba que nosotros, sus contemporáneos de todo el mundo?
Nosotros, los rusos, tenemos dos patrias: nuestra Rusia y Europa, aun en el
caso de llamarnos eslavófilos (que ellos no me guarden enojo por esto). No es
preciso disputar sobre ello. La más alta entre las altas misiones que los rusos
reconocen como un deber asumir en el futuro, es la misión de reunir la
humanidad en un solo haz, es el universal servicio a la humanidad; no sólo a
Rusia, no al mundo eslavo, sino a la humanidad toda. Reflexionadlo, y también
vosotros aceptaréis que los eslavófilos reconocieron eso mismo —por eso nos
exhortaban a ser más estrictamente rusos, a serlo más firme y
responsablemente—, comprendiendo precisamente que esa tendencia a unificar la
humanidad es el más importante rasgo de la personalidad rusa, así como su
misión. Por otra parte, todo esto exige todavía muchas explicaciones, por lo
menos la de que el servicio de un ideal universalmente humano y un aturdido
vagabundear por Europa, abandonando voluntariamente la patria, son dos cosas
diametralmente opuestas, aunque hasta ahora se las confunda. Por el contrario,
mucho, mucho de lo que tomamos de Europa y trasplantamos entre nosotros no se
limitó a la copia servil, como indispensablemente lo exigen los Potuguin, sino
que lo incorporamos a nuestro organismo, a nuestra carne y nuestra sangre;
hemos sobrellevado y hasta padecimos con independencia punto por punto, como en
el Occidente, otras cosas que allá eran familiares. Esto es lo que los europeos
no quieren admitir por nada del mundo; lo que ha sido mejor, por el momento. De
ese modo se cumplirá más imperceptible y tranquilamente un proceso
indispensable que asombrará al mundo en sus consecuencias, proceso que puede
seguirse del modo más claro y palpable en la actitud que observamos con
respecto a la literatura de los demás pueblos. Sus poetas son para nosotros, al
menos para la mayoría de nuestras gentes cultivadas, igualmente familiares que
los suyos en sus países de Occidente. Yo afirmo y repito que todo poeta,
pensador, filántropo europeo, aparte de su propia tierra, en ninguna otra parte
del mundo es tan íntimamente comprendido y más aceptado como en Rusia.
Shakespeare, Byron, Walter Scott, Dickens, nos son más familiares y
comprensibles que, por ejemplo, a los alemanes, si bien por supuesto circula
entre nosotros sólo la décima parte de los ejemplares, en su traducción rusa,
que en la libresca Alemania. La Convención francesa del año 93 al otorgar una
credencial de ciudadano "au poète allemand Schiller, l'ami de
l'humanité", a pesar de haber hecho con ello un gesto hermoso, soberbio,
profético, no sospechaba siquiera que en el otro extremo de Europa, en la
bárbara Rusia, ese mismo Schiller era bastante más nacional y bastante más caro
a los bárbaros rusos, no sólo que a Francia, la de aquel tiempo, sino a la de
más tarde, en todo nuestro siglo, durante el cual Schiller, ciudadano francés y
"l'ami de l'humanité", sólo era conocido en Francia por los profesores
de literatura y eso no por todos. Entre nosotros en cambio, junto con Yukovsky,
se introdujo en el alma rusa, dejó en ella una señal, significó por sí mismo
casi un período en la historia de nuestra cultura. Esta actitud rusa respecto a
la literatura universal es un fenómeno que casi no se ha repetido en otros
pueblos en tal medida a lo largo de toda la historia, y si esta característica
es realmente nuestra particularidad nacional rusa, ¿qué susceptible
patriotismo, qué chauvinismo tendría derecho a protestar contra este fenómeno y
no querría ver por el contrario un hecho pleno de promesas y claramente
profético para la adivinación de nuestro porvenir?
¡Oh!, por supuesto, muchos
sonreirán, tal vez, al leer más arriba la importancia que yo atribuyo a George
Sand; pero los que rían serán injustos: ya ha transcurrido bastante tiempo de
estos hechos pasados y hasta la misma George Sand ha muerto viejita, a los
setenta años, habiendo tal vez sobrevivido en mucho a su gloria. Pero todo
aquello que en la aparición de ese poeta significó una "nueva
palabra", todo lo que tuvo valor universal, todo eso suscitó en el mismo
instante en nuestra Rusia fuerte y profunda impresión, no pasó inadvertido,
demostrándose con ello que todo poeta que surgiera en Europa, que se levantara
allá para enunciar un pensamiento y manifestar una fuerza nueva, no podía dejar
de convertirse de ¡inmediato en un poeta ruso, no podía evadirse al pensamiento
ruso, y no convertirse casi en una fuerza rusa. Por lo demás, de ningún modo
aspiro a escribir un artículo crítico sobre George Sand, sino simplemente decir
unas palabras de adiós a la que se ha ido, ante su tumba todavía fresca.
ALGUNAS
PALABRAS SOBRE GEORGE SAND
La aparición de George
Sand en la literatura coincide con los años de mi primera juventud, y mucho me
alegra ahora que fuera hace tanto tiempo, porque pasados más de treinta años
puede hablarse casi con entera franqueza. Es preciso señalar que entonces la
única forma permitida era la novela, y todo el resto, poco menos que todo
cuanto fuera pensamiento, y especialmente si venía de Francia, estaba
severamente prohibido. Por supuesto, a menudo ocurría que no sabían vigilar —¿y
de dónde habrían de aprenderlo?—. El mismo Metterních lo hacía mal, con más
razón sus imitadores entre nosotros. Y por eso es que dejaban pasar "cosas
terribles" (por ejemplo, logró pasar todo Bielinsky). Pero por ello mismo
para no equivocarse, resolvieron prohibirlo casi todo sin excepción, de modo
que se terminó, como se sabe, con las "transparencias". Pero las
novelas, sin embargo, se permitieron desde un comienzo, después y hasta en el
final, y justamente con George Sand los guardianes se engañaron en grande. Recuérdense
los versos:
Los tomos
de Thiers y Rabó
él se
sabe de memoria,
y como un
furibundo Mirabeau
glorifica
la libertad.
Estos versos son notables,
de un raro talento, y quedarán para siempre porque son históricos y tanto más
valiosos porque fueron escritos por Denis Davidov, poeta tan puramente ruso.
Pero cuando Davidov, que a Thiers (por su Historia de la Revolución, bien
entendido) consideraba entonces peligroso y le ubicaba en sus versos junto a
cierto Rabo (quien no sé por cierto si existió), se comprende que era muy poco
lo que estaba oficialmente permitido. Y que resultó: que lo que nos invadió
entonces bajo la forma de novelas no solo sirvió igualmente para el caso, sino
que fue tal vez por el contrario la forma más "peligrosa", según
aquellos tiempos, porque para Rabo no se encontraron tantos cazadores, pero los
hubo por millares para George Sand. Aquí es preciso señalar también que entre
nosotros, a pesar de todos los Magnitski y Liprandi, ya desde el pasado siglo
se seguía de cerca todo el movimiento intelectual de Europa, y de inmediato, de
las capas superiores de nuestra "inteligentsia" pasaba a la masa, que
apenas comenzaba a interesarse por los hombres de pensamiento. Exactamente es
lo que sucedió con el movimiento europeo del año treinta. Muy pronto se
comprendió entre nosotros el gran movimiento literario producido en Europa en
el comienzo mismo de la cuarta década. Ya eran conocidos entre nosotros los
nombres de muchos oradores, historiadores, profesores, que acababan de hacer su
aparición. Y siquiera en parte, se hizo notorio hacia dónde tenía todo ese
movimiento, que se manifestó con especial impulso en el arte, en la novela, y
sobre todo, en George Sand. Es cierto que Senkovsky y Bulgarin pusieron en
guardia al público contra George Sand aun antes de la aparición de sus novelas
en idioma ruso. Asustaron especialmente a las damas rusas con que ella usaba
pantalones, quisieron atemorizar con la depravación, y procuraron
ridiculizarla. Senkovsky, disponiéndose él mismo a traducir a George Sand para
su revista "Biblioteca para la lectura", comenzó a llamarle en letras
de molde Señor Egor Sand, y al parecer quedó seriamente satisfecho de su
ingenio. Ulteriormente, en el año 48, Bulgarin escribió en La Abeja del
Norte que ella se emborrachaba diariamente con Pierre Leroux en los
arrabales y que participaba en las noches atenienses en el Ministerio del
Interior, que daba el ministro, ese bandido de Ledru-Rollin. Yo mismo lo he
leído y lo recuerdo muy bien. Pero entonces, en el año 48, George Sand ya era
conocida de todo el público lector y nadie creía a Bulgarin. Ella apareció en
idioma ruso aproximadamente por la mitad del año treinta; lástima que no
recuerdo cuál fue la primera de sus obras ni en qué fecha se tradujo entre
nosotros; pero la admiración que produjo fue de todos modos considerable. Creo
que como a mí, todavía en la adolescencia, a todos sorprendió la castidad, la
elevada pureza manifestada en sus tipos y los ideales que sustentaba y el
encanto sobrio, el tono contenido del relato. ¡Y esa mujer era la que llevaba
pantalones y exhibía su depravación! Tenía, yo creo, unos dieciséis años,
cuando leí por primera vez su novela "L'Uscoque", una de las más
encantadoras entre sus primeras producciones. Recuerdo que después pasé la
noche en estado febril. Creo no equivocarme si digo que George Sand, por lo
menos, según mis recuerdos, ocupó de inmediato el primer lugar entre una
pléyade de nuevos escritores de pronto destacados ruidosamente en toda Europa.
Hasta Dickens, que apareció entre nosotros casi simultáneamente, debió tal vez
ceder ante ella en la atención de nuestro público. Ya no hablo de Balzac, que
apareció antes que ella y que dio por el año treinta obras tales como Eugenia
Grandet y El Viejo Goriot (y con quien fue tan injusto Bielisnky que no
advirtió en absoluto su importancia en la literatura francesa). Por lo demás,
yo digo todo esto no desde el punto de vista de alguna estimación crítica, sino
que lo recuerdo simplemente a propósito del gusto de la masa de lectores rusos
de entonces, de la impresión inmediata que le causaban sus lecturas. Lo
principal era que el lector sabía extraer hasta de las novelas todo aquello
contra lo que se le quería preservar. Por lo menos entre nosotros, hacia
mediados del año cuarenta no ignoraba la mayoría de los lectores que George
Sand era uno de los representantes más brillantes, más austeros, más probos, de
aquella nueva clase de hombres de Occidente que aparecieron comenzando por
negar formalmente las conquistas "positivas" con las que terminó su
actividad la sangrienta Revolución Francesa (más exactamente, europea) de fines
del pasado siglo. A su término (después de Napoleón I), aparecieron nuevas
tentativas para expresar los nuevos anhelos y los nuevos ideales. Las
inteligencias avanzadas bien pronto comprendieron que sólo se había cambiado de
despotismo, "Ote toi de là que m'y mette", que los nuevos triunfadores
del mundo (los burgueses) se mostraron peores, de ser posible, que los pasados
déspotas (los nobles) y que "libertad, igualdad y fraternidad"
resultaron sólo frases sonoras y nada más. Además, aparecieron tales doctrinas
por las cuales las frases sonoras se revelaron frases irrealizables. Los
triunfadores pronunciaban, o mejor recordaban, esas tres palabras sacramentales
sólo para ridiculizarlas; hasta apareció una ciencia (la de los economistas)
cuyos brillantes representantes, que entonces parecían llegar con una palabra
nueva, ayudaban a la burla y la condenación del significado utópico de esas
tres palabras, por las cuales tanta sangre se había derramado. De este modo
junto a los vencedores llenos de entusiasmo, comenzaron a aparecer rostros
desalentados y tristes, que asustaban a los triunfadores. Y fue en esta época
que de pronto surgió realmente una nueva palabra y nacieron nuevas esperanzas:
aparecieron gentes que proclamaban directamente que se había procedido mal al
no llevar las cosas hasta el fin, que nada se había logrado con el cambio
político de los vencedores, que era necesario proseguir, que la regeneración de
la humanidad debía ser radical, social. Por supuesto aparecieron junto a esos
llamamientos las conclusiones más funestas y monstruosas, pero lo importante
fue que se encendió de nuevo la esperanza y de nuevo comenzó a renacer la fe.
La historia de ese movimiento es conocida, hasta ahora continúa y no parece que
esté dispuesto a detenerse. Yo no quiero hablar aquí en favor o en contra: sólo
deseaba señalar el lugar de George Sand en ese movimiento. Su lugar hay que
buscarlo en el comienzo mismo de aquél. Entonces, encontrándola en Europa,
decían que ella predicaba sobre la nueva situación de la mujer y que
profetizaba acerca "de los derechos de la mujer libre" (expresión que
acerca de ella usó Senkovsky); pero esto no era cierto porque no predicaba
únicamente acerca de la mujer y no había inventado ninguna "mujer
libre". George Sand pertenecía a todo el movimiento y no sólo a la predicación
de los derechos de la mujer. Cierto, como mujer ella prefería, naturalmente,
crear heroínas a héroes, y las mujeres de todo el mundo deben
ahora llevar luto por ella, pues ha muerto una de sus más altas y espléndidas
representantes, y aparte de eso, mujer como casi no existió otra por la fuerza
de su talento y su inteligencia, y cuyo nombre en adelante histórico, nombre
que no está destinado al olvido, no desaparecerá de la humanidad europea.
En cuanto a sus heroínas,
de nuevo lo repito, desde la primera vez cuando sólo tenía 16 años me
sorprendió la extraña contradicción entre todo cuanto sobre ella se escribía y
decía y lo que yo realmente estaba viendo. En el hecho, muchas o por lo menos algunas
de sus heroínas representaban un tipo de tan elevada pureza moral, que ni
hubiera sido posible concebir sin un enorme anhelo de pureza en el alma misma
del poeta, sin el culto estricto del deber, sin comprender y reconocer como más
elevada la belleza de la misericordia, la paciencia y la justicia. Cierto que
entre la misericordia, la paciencia, y el reconocimiento de las obligaciones
aparecía el extraordinario orgullo de sus reivindicaciones, pero también este
orgullo tenía un valor porque procedía de aquella alta verdad sin la cual nunca
hubiera podido mantener la humanidad su nivel moral. Ese orgullo no es la
hostilidad "quand même", fundada en que yo, por así decir, soy mejor
que tú, y tú eres peor que yo, sino sólo en el sentimiento de la absoluta incapacidad
de reconciliarse con la falsedad, el vicio, aunque lo repito, este sentimiento
no excluye ni el perdón ni la misericordia; además este orgullo impone
voluntariamente una responsabilidad proporcionalmente grande. Esas heroínas
suyas ansiaban el sacrificio, la proeza. Especialmente me gustaban entonces, en
sus primeras obras, algunos tipos de muchachas, las de sus llamadas novelas
venecianas (a las que pertenecen "L'Uscoque" y "Aldini"),
tipos completados después con la novela Jeanne, obra ya genial, que
ofrece la más clara, y tal vez indiscutible, solución del problema histórico
sobre Juana de Arco. En la pequeña campesina moderna ella de pronto resucita
ante nosotros la figura histórica de Juana de Arco y claramente justifica la
real posibilidad de este fenómeno grande y milagroso, a través de ella misma,
porque nadie fuera de George Sand entre los poetas contemporáneos llevaba en su
alma el puro ideal de la inocente muchacha, pura y tan poderosa en su
inocencia. Todos esos tipos de muchachas, de las que yo hablé más arriba,
repiten en varias obras consecutivas un único problema, un solo tema (por otra
parte no son sólo las muchachas: el tema se repite después en su magnífica
novela La Marquise, también de las principales). Describe el recto,
honrado pero inexperto carácter de una mujer joven, con esa orgullosa castidad
que no teme y no puede ser enlodada ni por la proximidad del vicio, aunque de
pronto ese ser se encontrara por azar en la guarida misma del vicio. La
necesidad de un sacrificio (como si justamente de ella se lo aguardara)
impresiona el corazón de la muchacha y sin pensarlo y sin ahorrárselo,
desinteresadamente, abnegadamente, realiza de pronto el paso más peligroso y
fatal. Aquello que ella ve y encuentra no la turba después ni la asusta; por el
contrario, al instante eleva la valentía en el joven corazón que entonces por
primera vez conoce todas sus fuerzas —fuerzas de la inocencia, la honestidad,
la pureza—, duplica sus energías y muestra nuevos caminos, nuevos horizontes no
conocidos hasta entonces por ella, pero sí por su valeroso y fresco espíritu no
contaminado por las transigencias de la vida. Agregúese la más irreprochable y
espléndida forma poemática. George Sand gustaba especialmente entonces terminar
sus poemas felizmente, con el triunfo de la inocencia, la franqueza y la
juventud, la ingenua intrepidez. ¿Semejantes figuras podrán perturbar la
sociedad, despertar dudas y espanto? Por el contrario, los padres y las madres
más severas permitieron en sus familias la lectura de George Sand; sólo que se
asombraban: "¿por qué todos hablan tanto de ella?" Pero aquí se
levantaron voces de advertencia: "en el orgullo de esta requisitoria
femenina, en esa castidad irreconciliable con el vicio, en esta osadía con que
la inocencia se lanza a la lucha y mira claramente a los ojos, se encierra un
veneno, el futuro veneno de la protesta femenina, de la emancipación de la
mujer". ¡Y qué!, pudiera ser que con respecto al veneno dijeran lo justo;
realmente se ha dado origen al veneno, pero qué es lo que va a destruir, qué
puede hacer perecer ese veneno, y qué puede salvarse — todo esto es lo que
integraba el problema, pero por largo tiempo no se había resuelto.
Ahora hace mucho que todos
estos problemas están ya resueltos (creo que así es). Es preciso señalar que
hacia el año cuarenta la gloria de George Sand y la fe en sus fuerzas y su
genio estaba tan alto, que nosotros, sus contemporáneos, esperábamos todos de
ella algo incomparablemente más grande para el futuro, una todavía no oída
palabra nueva, algo ya concluyente y definitivo. Tales esperanzas no se
cumplieron: resultó que en aquel tiempo, esto es, hacia fines del año 40, ella
había ya dicho todo cuanto le estaba destinado expresar, y ahora ante su tumba
aún fresca puede decirse la última palabra acerca de ella.
George Sand no es un
pensador, pero sí uno de los más videntes presentidores (si es que me está
permitido expresarme con tan amanerada frase) de ese futuro feliz que espera a
la humanidad, en el logro de cuyos ideales creyó animosa y generosamente toda la
vida, precisamente porque en su propia alma fue capaz de alentar un ideal. La
conservación de esta fe hasta el fin constituye el privilegio de todas las
almas elevadas, de todos los que verdaderamente aman al género humano. George
Sand ha muerto deísta, creyendo firmemente en Dios y en su propia inmortalidad,
pero tratándose de ella, poco es decir esto: por encima de todo fue quizá la
más cristiana de todos los escritores franceses contemporáneos suyos, aunque
formalmente (como católica) no confesaba a Cristo. Por supuesto, como francesa
que era, de acuerdo con las concepciones de sus compatriotas, George Sand no
podía en conciencia reconocer que "en todo el universo no hay otro nombre
que el Suyo, por el cual se puede ser salvado", idea principal de la ortodoxia;
no obstante esa contradicción aparente y formal, lo repito, George Sand se
cuenta tal vez entre quienes más perfectamente confesaron a Cristo, sin que
ella lo supiera. Ella basó su socialismo, sus convicciones, sus esperanzas, sus
ideales, en el sentido moral, en la sed espiritual del hombre, en su aspiración
a la perfección y la pureza, y no en las necesidades que tienen las hormigas.
Ella creía incondicionalmente en la personalidad humana (hasta su
inmortalidad), y ha exaltado y objetivado su concepción, durante toda su vida,
en cada una de sus obras, y así coincidía, en su pensamiento y sentimiento, con
una de las ideas fundamentales del cristianismo, esto es, con el reconocimiento
de la personalidad humana y su libertad (y por consiguiente, su responsabilidad).
De ahí que reconociera el deber y las exigencias morales, y de ahí su completo
reconocimiento de la responsabilidad del hombre. Y pudiera ser que no hubo
pensador o escritor de su tiempo en Francia que con tanta fuerza comprendiera "que
no sólo de pan vive el hombre". ¿Qué importa así el orgullo de sus
reivindicaciones y su protesta, si este orgullo, lo repito, nunca excluyó la
misericordia, el perdón de las ofensas, y hasta una ilimitada paciencia fundada
en la piedad hacia el mismo ofensor? Por el contrario, George Sand en sus obras
más de una vez se dejó seducir por la belleza de esas verdades y más de una vez
encarnó tipos que profesaban aquel sincero perdón y amor. Escriben de ella que
murió como madre admirable, esforzándose hasta el fin de su vida, manteniendo
relaciones cordiales con los campesinos de los alrededores y adorada por sus
amigos. Parece que ella se inclinaba a dar importancia a su origen
aristocrático (descendía por la madre de la casa real de Saxe), pero se puede
sostener firmemente que si ella valoraba la aristocracia en las gentes, sólo la
consideraba fundada en la perfección del espíritu, del alma humana: ella no
podía dejar de amar todo cuanto fuera grande, reconciliarse con lo bajo,
transigir con las ideas... y tal vez en este sentido fuera excesivamente
orgullosa. Cierto, tampoco le gustaba presentar en sus novelas personajes
humildes, justos pero forzados a ceder, ridículos y castigados, como los hay en
las novelas de ese gran cristiano que es Dickens; por el contrario, pintaba
orgullosas a sus heroínas, las hacía igual que reinas. De esto es de lo que
ella gustaba, y tal particularidad, debe señalarse, es bastante característica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario