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martes, 11 de febrero de 2025

 

© Libro No. 644. Cuentos del Don. Shólojov, Mijaíl Alexándrovich. Colección E.O. Marzo 8 de 2014.

 

Título original: ©  Donskie rasskazi. Traducción del ruso por José Laín Entralgo

© Mezhdunarodnaia-Kniga, 1967. Editorial Planeta, S. A., Calvet, 51-53, Barcelona (España)

 

Versión Original: ©   Donskie rasskazi. Traducción del ruso por José Laín Entralgo © Mezhdunarodnaia-Kniga, 1967. Editorial Planeta, S. A., Calvet, 51-53, Barcelona (España)

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

http://www.cossackweb.narod.ru/cosacos/s_cosacos.htm

 

 

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Portada E.O. de Imagen original:

http://www.cossackweb.narod.ru/cosacos/s_cosacos.htm

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MIJAÍL ALEXÁNDROVICH SHÓLOJOV

 

Cuentos del Don

 

OBRAS COMPLETAS, IV EDITORIAL PLANETABARCELONA

 

 

                                                                                                                                                                                                     

 

 

 

                                                                                                                                                                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: Donskie rasskazi

Traducción del ruso por José Laín Entralgo

© Mezhdunarodnaia-Kniga, 1967

Editorial Planeta, S. A., Calvet, 51-53, Barcelona (España)

 

Sobrecubierta: Palet

 

Segunda edición: marzo de 1974

 

Desito legal: B. 11.376 -1974

 

ISBN 84-320-5454-2

 

Printed in Spain/Impreso en España

 

Gráficas Lorente, Ciudad, 13, Barcelona-2 http://www.cossackweb.narod.ru/cosacos/s_cosacos.htm

 

 

Mijaíl Aleksándrovich Shólojov (en ruso: Михаи´л Александрович Шо´лохов) fue un novelista soviético nacido el 24 de mayo de 1905 en la aldea de Kruzhílino (Rostov del Don) y fallecido el 21 de febrero de 1984.

Además fue un político y miembro importante del Partido Comunista. Principal exponente  de la cultura soviética, sus obras han sido traducidas a más de 30 idiomas. En el año 1965 ga el Premio Nobel de Literatura.

 

Biografía

 

Shólojov y su mujer en 1924.

       

Slojov                                          fue  la  figura  más

importante  en  el  siglo  XX  dentro  de la  literatura  rusa.  Nació  a orillas del río Don en una pequeña aldea de la stanitsa Vyóshenskaya, en el seno de una familia cosaca. Partici en la Primera Guerra Mundial y luego en la Guerra Civil Rusa. En 1917, conmovido  por los  eslogan  y proclamas  de  los  bolcheviques,  se alista  al  Ejército  Rojo; también  trabajó  como periodista  y editor. Ocupó diversos  cargos  militares,  administrativos  y políticos, llegando  a ser elegido  diputado  del  Sóviet Supremo  de la URSS. Fue galardonado con diversos premios, medallas y órdenes por el gobierno de  la URSS  de  la época.  Obtuvo reconocimiento internacional por sus logros en el campo literario, y en 1965  se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

Después del triunfo bolchevique, Slojov se estableció en Moscú,  donde  comenzó  su carrera  como escritor.  Ingresó  en  el Partido Comunista en 1932 y en 1937

fue elegido para el parlamento soviético. La publicación de El Don apacible, que consiguió el premio Stalin en 1941, le llevó a convertirse en  el  escritor  más  influyente  de  la

Unión Soviética. Slojov acompañó  en 1959  a Nikita Jruschov en su viaje a Europa occidental y Estados Unidos, y en 1961 fue elegido para el Comité Central. Para la década de los 80 se habían  impreso sesenta y nueve millones de copias de sus obras en ochenta y cuatro idiomas de la Unión Soviética. En sus discursos y escritos periodísticos siempre respal las políticas oficiales del gobierno de la época.

Monumento  a Mijaíl Shólojov en Rostov del Don.

 

 

Las obras de Shólojov son el reflejo del ambiente y circunstancias históricas  del  lugar  específico.  Este autor  se movió siempre  en la más estricta ortodoxia soviética. Según los críticos, sus escritos son marcados por la contradicción entre la fidelidad a un arte realista que Shólojov llegó a dominar como pocos, madurez literaria precoz para un escritor (a los veintitrés años Shólojov publica “El Don Apacible), y la sumisión a los dictados de la propaganda oficialista. Sin duda es el destino de todo escritor debatirse entre llamadas contradictorias.

Algunas de sus novelas rezuman sinceridad; se puede reconstruir la historia de la cruenta Guerra Civil  Rusa  en  El Don Apacible  (Тихий Дон) mejor  que  en  cualquier  manual  de  historia contemponea.  Ésta, su mejor novela a juicio de la crítica, escrita entre 1928 y 1940, relata la epopeya de los cosacos del Don, desde el inicio de la guerra hasta el triunfo bolchevique, vista a través de la historia individual del protagonista Mélejov.

Campos roturados (Поднятая целина), escrita entre 1932 y 1960, evoca las transformaciones producidas en la agricultura soviética por las granjas colectivas (koljós). Lucharon por su patria(Они сражались за Родину)  exalta el heroísmo  de los soldados soviéticos que libraron la Gran Guerra Patria contra el invasor nazi.

En la actualidad en Rusia, las generaciones de la comunidad cosaca consideran a este novelista como uno de los personajes trascendentales en la historia de su pueblo.  Gracias a sus obras  se preservaron valiosos detalles de la tradición y la cultura cosaca, valores y costumbres que el mismo escritor absorbió en el seno de su familia durante su infancia.

Durante muchos años las obras de Slojov formaron parte de los programas de estudio y conocimiento obligatorios en Rusia y en otros países de la extinta Unión Soviética.

 

Obras destacadas

Donskiye rasskazi (Cuentos del Don), 1925

Lazúrevaya step, 1926

Tijii Don (El Don apacible), en 4 volúmenes, 1928-1940 - Premio Nobel

Pódniataya tseli (Campos roturados), en 2 volúmenes, 1932-1960

Oní srazhalis za Ródinu (Lucharon por su patria), 1942

Nauka nénavisti (La ciencia del odio), 1942 '

Slovo o ródine, 1951

Sudbá cheloveka, (El destino de un hombre) 1956-1957

Cine

Dos de sus obras más destacadas fueron llevadas al cine:

Tijii Don (El Don apacible), 1957-58, dirigida por Serguéi Guerásimov, con P. Glébov, L. Jitiáieva, Z. Kirienko y E. Bistrítskaia. [1]

Sudbá cheloveka (El destino de un hombre), 1959, dirigida por Serguéi Bondarchuk, con el propio Bondarchuk,  Pávlik Boriskin, Zinaída Kirienko, Pável Vólkov, Yuri Avelin, K. Alekséyev (2)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL LUNAR

 

 

 

 

I

 

LA MESA ESTÁ CUBIERTA de cartuchos que todavía huelen a pólvora, un hueso de carnero, un plano, un parte, una brida que apesta a sudor de caballo, una rebanada de pan. Todo  eso es lo que hay en la mesa. En el banco, de madera acepillada y cubierto de moho —producto  de la humedad que invade la pared—,  se halla sentado el jefe de escuadrón Nikolka Koshevoi, recostado de espaldas al antepecho de la ventana. Sus dedos, agarrotados por el frío, apenas si pueden sujetar el lápiz. Junto  a unos carteles viejos extendidos sobre la mesa, un cuestionario a medio llenar. El rugoso papel es lacónico en sus explicaciones: Koshevoi, Nikolai. Jefe de escuadrón. Miembro de la Unión de Juventudes Comunistas.

Frente al apartado «Edad», el lápiz traza lentamente: 18 años.

Nikolka es ancho  de hombros,  aparenta más años de los que tiene. Le hacen de más edad las arrugas de los ojos y la espalda, cargada a la manera de los viejos.

—Es un chiquillo, un mocoso —dicen de él en el escuadrón, en broma—.  Pero a ver dónde hay otro que se le parezca, que casi sin pérdidas haya sabido acabar con dos bandas. Hace ya medio año que conduce el escuadrón de combate tan bien como podría hacerlo un comandante veterano!

Nikolka siente vergüenza  de sus dieciocho años. Siempre ocurre lo mismo: al llegar al odioso apartado «Edad», el lápiz se desliza, deteniendo su carrera, y las mejillas de Nikolka se encienden en un rubor irritado. El padre de Nikolka era cosaco; él también lo es. Recuerda como  un sueño que, cuando tenía cinco a seis años, su padre le montó en el caballo:

—¡Agárrate  de la crin, hijo! —le gritó, mientras la madre, desde la puerta de la cocina, pálida y con los  ojos  muy abiertos,  miraba  sonriente  las  piernecitas  del  chiquillo pegadas  al  saliente espinazo del animal y al padre, que sujetaba la brida.

Hacía mucho  de eso. El padre de Nikolka había desaparecido en la guerra contra los alemanes sin  dejar  rastro. No volvió a saberse  nada  de  él.  La madre murió. De  su padre, Nikolka  había heredado el amor a los caballos, un valor a toda prueba y un lunar, lo mismo que el del padre, del tamaño de un huevo de paloma, en la pierna izquierda, encima del tobillo. Hasta los quince años anduvo  de bracero  de aquí  para allá;  luego  consiguió  un capote  de largos  faldones  y, con un regimiento rojo que pasaba por la stanitsa1, se marchó  a combatir contra Wrangel.

Aquel  verano, Nikolka  se había  bañado  en  el  Don con el  comisario.  Este, tartamudeando  y torciendo el cuello, en el que había recibido una fuerte contusión, comentó, dando una palmada en

la espalda de Nikolka, inclinada y renegrida por el sol:

—Tú...  tú... eres feliz. ¡Sí, sí, feliz! El lunar, según dicen, da buena suerte.

Nikolka mostró sus blancos dientes, se zambulló, dio un resoplido al salir a la superficie y gritó desde el agua:

—¡Eso  son estupideces! Me quedé huérfano muy pronto, toda mi vida me rompí el espinazo trabajando. ¡Vaya una suerte!....

Y nadó hacia la lengua de arena amarillenta que bordeaba el Don.

 

 

 

_________

1 Cabeza de distrito en las regiones cosacas.

 

 

 

II

 

LA CASA DONDE NIKOLKA  SE ALOJA Se halla sobre la alta y abrupta pendiente del Don. Desde las ventanas  se ve la orilla verde batida por las ondas y el negro acero del agua. Por las noches, cuando hay tormenta, las olas chocan al pie de la pendiente, las maderas de las ventanas gimen y se hinchan y Nikolka se imagina que el agua se filtra por las rendijas del suelo, sube de nivel y sacude la casa.

Quiso cambiar de alojamiento, pero no llegó a hacerlo y se había quedado  allí hasta el otoño. Una mañana helada, Nikolka salió al portal, rompiendo el frágil silencio con el ruido de sus botas claveteadas. Bajó hasta el huerto de los cerezos y se tumbó  en la hierba cubierta de lágrimas y toda gris a consecuencia del rocío. En el cobertizo, él podía oírlo, la dueña de la casa pedía a la vaca que se estuviese quieta, el ternero mugía en tono bajo e imperioso y los chorros de leche resonaban en la pared del cubo.

En el patio rechinó el portillo, el perro gruñó. Oyóse la voz de un jefe de sección:

—¿Está el comandante en casa? Nikolka se incorporó sobre los codos:

—¡Aquí estoy! ¿Qué pasa?

—Ha venido un propio de la stanitsa. Según dice, por el distrito de Salsk se ha abierto paso una banda. Se ha apoderado del sovjós1. Grushinski...

—Tráelo aquí.

El propio tira  hacia  la  cuadra del  caballo  bañado  en ardiente  sudor. En medio  del  patio,  el caballo cae sobre las patas delanteras, luego de costado, lanza un gemido ronco y breve y se queda muerto, mirando con ojos vidriosos al perro sujeto a la cadena, que ladra furiosamente. Ha muerto porque en el sobre traído por el propio había tres cruces y el propio había cubierto sin descansar cuarenta verstas al galope.

Nikolka leyó que el presidente le pedía que acudiera con el escuadrón  en ayuda  y se dirigió hacia la casa, ciñéndose el sable mientras pensaba cansadamente: «Debería ir a estudiar a cualquier sitio, y ahora nos viene esta banda... El comisario no cesa de reprocharme  que estoy al mando de un escuadrón y no sé escribir una palabra a derechas... ¿Qué culpa tengo yo, si no terminé siquiera los estudios en la escuela parroquial? Tiene unas cosas... Y ahora otra banda... Otra vez sangre, estoy harto de esta vida... Me cansa todo...»

Salió al portal, cargando la carabina sobre la marcha, y sus pensamientos galopaban como el caballo por un camino bien pisado: «Debería ir a la ciudad... Debería estudiar...»

Por delante del caballo muerto  se dirigió a la cuadra, miró la cinta negra de sangre que fluía de las polvorientas narices del animal y volvió la cabeza.

 

 

 

III

 

A LO LARGO DEL DESIGUAL CAMINO, por las rodadas de los carros, lamido por los vientos, el musculoso llantén se retuerce;  el armuelle y el lampazo parece que vayan  a estallar. En otros tiempos,  por este camino  llevaban  el  heno  hasta las  eras, que  se extendían  por la  estepa como salpicaduras de ámbar, mientras que los postes del telégrafo avanzaban paralelos a la carretera. Van pasando ahora los postes en la neblina otoñal, como lechosa, a través de vaguadas y barrancas, y junto a los postes, por la carretera reluciente, el atamán conduce  a su banda: una cincuentena de cosacos del Don y del Kubán descontentos con el Poder Soviético. Tres días llevan retrocediendo, como el lobo que sembró la calamidad en el rebaño de ovejas, por caminos y a través de la estepa virgen; tras ellos, pisándoles los talones, va el destacamento de Nikolka Koshevoi.

 

 

1 Hacienda agrícola soviética. A diferencia del koljós, es propiedad del Estado.

 

 

 

La  banda la  integra  gente  segura,  veteranos  que  se vieron  en  los  más duros  trances,  y sin embargo, el atamán da muestras de gran preocupación: se pone en pie sobre los estribos, recorre la estepa con la vista, cuenta las verstas hasta el borde azulado del bosque que se extiende al otro lado del Don.

Así se retiran, como lobos, y tras ellos el escuadrón de Nikolka Koshevoi, que les va pisando los talones.

En los días calurosos del verano, bajo el cielo denso y transparente de las estepas del Don, las espigas se balancean y llaman con un sonido de plata. Es en vísperas de la siega, cuando las espigas de grueso grano de trigo ven negrear sus aristas como el bigotillo de un mozo de diecisiete años, mientras que el centeno sigue hacia arriba, tratando de sobrepasar al hombre en altura.

Los barbudos cosacos siembran pequeños campos de centeno en las tierras arcillosas y arenosas, junto a los bosques anegadizos de la orilla. Jamás se dieron allí buenas cosechas, la desiatina1  no dio nunca más de treinta medidas, pero lo siembran porque ese centeno les proporciona un vodka más claro que las lágrimas de doncella; porque todos bebieron de siempre, sus abuelos y sus bisabuelos; porque, no en vano, en el escudo de la Región de las Tropas del Don figura un cosaco ebrio y desnudo a caballo en una cuba. Jútores2  y stanitsas se hallan sumidos el otoño entero en los vapores del alcohol, los gorros de tapa roja se balancean inseguros sobre las cercas de mimbre.

Por eso mismo, el atamán no pasa un día sereno; por eso mismo, todos los cocheros y servidores de ametralladora se acurrucan, borrachos, en los carricoches de ballesta.

Siete años hacía que el atamán no había visto su tierra natal. Prisionero de los alemanes, luego Wrangel, Constantinopla derretida bajo el sol, el campo cercado de alambre de espino, el falucho turco de ala manchada de brea y de sal, los juncos del Kubán con sus espléndidos penachos, y la banda.

Esa es la vida del atamán si se vuelve a mirar por encima del hombro. Su alma se ha endurecido lo mismo que durante el verano, en pleno calor, se endurecen  las huellas de las pezuñas abiertas de los bueyes junto a las charcas de la estepa. Un dolor extraño  e incomprensible le roe las entrañas, las náuseas se apoderan  de sus músculos, y el atamán lo siente: el vodka no será capaz de ahogar los  recuerdos  de su azarosa vida.  Pero bebe, ni un solo  día permanece  sereno; bebe porque  el centeno florece con un olor penetrante y dulce en las estepas del Don, abiertas sus ávidas entrañas al sol, y las mujeres de morenas mejillas, cuyos maridos no han vuelto de la guerra, destilan un vodka tan transparente que nadie lo distinguiría del agua que brota del manantial.

 

 

 

IV

 

AL AMANECER LLEGARON las primeras heladas. Un gris de plata salpicó las anchas hojas de los nenúfares, y en la rueda del molino, por la mañana, Lúkich advirtió unos finos carámbanos de diversos tonos, como de mica.

Lúkich se había  levantado de mal cuerpo: le dolían los riñones y los pies, como de plomo, no querían separarse del suelo. Al caminar por el molino, el cuerpo  se desplazaba con gran esfuerzo, cual si no quisiera seguir a los huesos. De la sección del mijo asomó la cabeza una cría del ratón; los ojos lacrimosos del abuelo miraron hacia arriba: desde el travesaño del techo, un palomo dejaba caer  el  repiqueteo  rápido  de  su  arrullo.  Las aletas  de  su  nariz,  como moldeadas  en  arcilla,  se ensancharon  al  aspirar  el  pegajoso  olor a humedad  y a centeno  molido, se paró  a escuchar  el siniestro rumor del agua que lamía los pilotes y estrujó, pensativo, su barba de estropajo. En el colmenar, Lúkich se tumbó  a descansar un rato. Bajo el capotón,  se durmió atravesado, con la boca abierta.  Una saliva  pegajosa  y templada  empapó  su barba  en las  comisuras  de los  labios.  Las

 

 

 

1 Medida de superficie equivalente a 1,092 Ha.

2 Poblado cosaco.

 

 

 

primeras luces tiñeron de espesos colores la miserable casa del abuelo, el molino se perdió entre los flecos lechosos de la bruma...

Cuando se despertó, del bosque salían dos hombres  a caballo. Uno de ellos gritó al abuelo, que caminaba por el colmenar:

— ¡Eh, abuelo, ven aquí!

Lúkich, receloso, se detuvo.  En aquellos años confusos habían pasado por allí muchos hombres armados como esos que ahora se acercaban, gente que, sin pedir permiso, se llevaban el grano y la harina. A todos ellos, sin distinción alguna, los aborrecía.

— ¡Date prisa, vejestorio!

Lúkich avanzó por entre las colmenas medio hundidas en el suelo; suavemente, sin ruido, tosió sin  despegar los  labios,  unidos  por la  saliva  al  secarse,  y se detuvo  apartado  de los  visitantes, observándolos de reojo.

—Nosotros  somos rojos, abuelo... No tengas miedo —dijo pacíficamente el atamán—. Perseguimos a una banda, nos hemos rezagado de los nuestros... ¿Viste por casualidad si ayer pasó por aquí un destacamento?

—No sé quienes eran, pero pasaron.

—¿Hacia dónde se fueron, abuelo?

— No tengo ni idea.

—¿Ninguno de ellos se quedó en el molino?

— Ninguno —dijo Lúkich brevemente, y se volvió de espaldas.

—Espera, viejo. —El atamán descabalgó de un salto, se balanceó sobre sus piernas curvadas y con voz de borracho,  lanzando  un aliento  que apestaba a vodka,  dijo—: Nosotros, abuelo,  nos dedicamos a matar comunistas... Para que lo sepas... ¡Nada te importe quiénes somos nosotros, pero eso no es cosa tuya! —Dio un tropezón y dejó escapar la brida—. De lo que debes preocuparte  es de preparar pienso para setenta caballos y de no abrir los labios... ¡Quiero tenerlo ahora mismo!....

¿Has comprendido? ¿Dónde guardas el grano?

—No tengo —dijo Lúkich, volviendo la vista.

—Y en ese granero,  ¿qué hay?

—Trastos viejos... No hay grano.

—¡Vamos a verlo!

Agarró al viejo del cuello y de un rodillazo lo empujó hacia el granero, una dependencia que se cuarteaba como hundida en el suelo. Abrió la puerta de par en par. Las arcas estaban llenas de trigo y de cebada.

—¿Y esto qué es, maldito viejo?

—Grano, bienhechor  mío... Es la  maquila...  Un año entero  me  ha costado  el  reunirlo,  y tú quieres que lo estropeen las bestias...

—¿Prefieres que nuestros caballos revienten de hambre? ¿Eres partidario de los rojos? ¿Buscas la muerte?

—¡Ten compasión de este desgraciado! ¿Por qué me vas a matar? —Lúkich se quitó el gorro, cayó de rodillas, se apoderó de las velludas manos del atamán, las besó...

—Di, ¿eres de los rojos?

—¡Ten piedad de mí!.... No hagas caso de lo que he dicho, soy un ignorante. Perdóname, no me mates —gritaba el viejo, abrazando las piernas del atamán.

— Jura que no eres de los rojos... Santíguate, ¡y come tierra!....

El abuelo  toma un puñado  de arena, la  mastica  con su boca  sin  dientes  y la  moja  con sus lágrimas.

—Bueno, ahora te creo, ¡Levántate, viejo!

Y el atamán ríe al ver que las piernas se niegan a sostener  al viejo. Los jinetes que acaban de llegar, sacan del granero la cebada y el trigo, lo echan  a los pies de los caballos y el patio se ve cubierto de una capa de dorado grano.

 

 

 

 

 

V

 

LA AURORA SE ANUNCIABA apenas entre la niebla húmeda y espesa.

Lúkich evitó el centinela y por un sendero del bosque que él solo conocía  se dirigió hacia el Jútor a través de las torrenteras y a través del bosque, alertado en el leve dormitar que precede al día.

Llegó, mal que bien, hasta el molino de viento, quiso torcer por un atajo hacia la calleja, pero ante sus ojos surgieron las siluetas confusas de unos jinetes.

—¿Quién va? —preguntó una voz, turbando el silencio.

—Soy yo... —balbució Lúkich, espantado y tembloroso.

—¿Quién eres? ¿Traes pase? ¿Por qué andas danzando a estas horas?

—Soy molinero... Del molino de agua de ahí cerca. Tenía necesidad de venir al jútor.

—¿De qué se trata?  Ea, vente  con nosotros, te llevaremos al jefe. Ve delante... —gritó uno, echándole encima el caballo.

Lúkich sintió en el cuello el cálido belfo del animal y, cojeando, se encaminó hacia el Jútor.

En la plaza, ante una casa de pobre  aspecto, se detuvieron. El jinete, carraspeando, echó pie a tierra, ató el caballo a la valla y, haciendo resonar su sable, subió los escalones de la entrada.

—Sígueme...

Una lucecita llameaba en las ventanas. Entraron.

Lúkich estornudó  al  verse  en aquella  atmósfera  de humo de  tabaco,  se quitó el  gorro y se apresuró a persignarse vuelto hacia el rincón más próximo.

—Hemos detenido a este viejo. Venía al jútor.

Nikolka levantó de la mesa la cabeza de revuelta caballera salpicada de plumas. Con voz de sueño, pero severa, preguntó:

— ¿Adónde ibas?

Lúkich dio un paso adelante y pareció que se volvía loco de alegría.

—Querido, sois vosotros. , yo creí que otra vez eran esos enemigos y me entró miedo. No me atrevía a preguntar... Soy el molinero. Cuando pasábais por el bosque de Mitrojin os parásteis en mi casa, te di leche... ¿Lo has olvidado?...

—Bien, ¿y qué me dices?

—Escucha lo que voy a decirte, amigo: ayer, antes de hacerse de día, llegaron esas bandas  y todo el grano que tenía se lo dieron a los caballos... Se burlaron de mí... Su jefe estaba empeñado en hacerme jurarles fidelidad, me obligó a comer tierra.

—¿Y dónde están ahora?

—Allí. Traían vodka y no paran de beber  y de ensuciarlo todo. Yo he venido a informaros. Acaso encontréis la manera de meterlos en cintura.

—¡Di que  ensillen!....  —Nikolka  se  puso  en  pie,  sonriendo  al  viejo,  y metió  con aire  de cansancio el brazo por la manga del capote.

 

 

 

 

VI

 

HABÍA AMANECIDO.

Nikolka, con las mejillas de color verdoso a consecuencia de las noches pasadas en vela, galopó hacia el cochecillo que transportaba la ametralladora.

—En cuanto vayamos al ataque, tirad sobre el flanco derecho. ¡Tenemos que partirles el ala! Y volvió hacia el escuadrón, ya desplegado.

 

 

 

Tras una aglomeración de robles raquíticos, en la carretera apareció un grupo  montado,  de a cuatro en fondo y con los carros en el centro de la columna.

—¡Al galope! —gritó Nikolka, y sintiendo a su espalda el estruendo creciente de los cascos, dio un fustazo a su potro.

La ametralladora traqueteó  desesperadamente a la salida del bosque. Los de la carretera desplegaron rápidamente, como si se tratase de un ejercicio. A la salida del bosque.

 

* * *

 

De entre los matorrales de la loma saltó un lobo con los flancos llenos de cardos. Inclinó la cabeza hacia delante, prestando atención. Los disparos repiqueteaban en las cercanías y un clamor de gritos estremecía el aire.

¡Tuc! , caía en el grupo de alisos una bala, y al otro lado de la loma, más allá de las tierras de labor, el eco balbuceaba rápido: ¡tac!

Y de nuevo, ahora en rápida sucesión: ¡tuc, tuc, tuc! Al otro lado de la loma contestaban: ¡Tac, tac, tac!....

El lobo se quedó  quieto unos instantes y sin prisa, al trote corto,  se dirigió hacia la vaguada, perdiéndose entre los altos matorrales amarillentos de los carices...

—¡Teneos  firmes!....  ¡No abandonéis  los  carros!....  Al  bosque...  ¡Al  bosque,  hijos  de  mala madre! —gritaba el atamán, poniéndose de pie sobre los estribos.

Pero conductores  y tiradores de ametralladora se agitaban  ya junto a los carros, cortando los tirantes, y la línea de tiradores, rota por el fuego constante de ametralladora, huía ya sin que nada pudiera detenerla.

El atamán dio la vuelta, sobre él volaba un jinete que blandía su sable. Por los prismáticos que le bailaban en el pecho y por la burka1, el atamán adivinó que no se trataba de un simple soldado rojo y tiró de la brida. Desde lejos vio la cara joven e imberbe, desfigurada por la cólera, y los ojos casi cerrados por el viento. El caballo del atamán piafó, sentándose sobre las patas traseras; él tiró de la pistola, que se había enganchado en el cinturón, mientras gritaba:

—Cachorro... Agita, agita el sable, ahora verás lo que es bueno...

El atamán disparó contra la negra burka, que iba aumentando en tamaño. La montura, después de recorrer ocho brazas, cayó. Nikolka se deshizo de la burka y, sin cesar de disparar, siguió hacia el atamán, acercándose más y más...

Tras el bosquecillo, alguien lanzó un chillido de fiera, que se vio cortado de súbito. El sol quedó oculto por una nube y sobre la estepa, sobre el camino y sobre el bosque, desmelenado por los vientos de otoño, cayeron sombras de inciertos contornos.

«Sabe muy poco, es un mocoso,  se acalora y eso le va a costar la vida», cruzó por la mente del atamán, que, esperando a que el otro agotara el cargador, aflojó la brida y se arrojó contra él como un milano.

Inclinándose  sobre  la  silla,  descargó  un sablazo  y por un instante  sintió  que  el  cuerpo  se reblandecía al percibir el golpe y caía lentamente de bruces. El atamán saltó a tierra, quitó al muerto los prismáticos, miró sus piernas sacudidas por un leve temblor, lanzó una ojeada alrededor y se puso en cuclillas para despojar al cadáver de sus botas. La primera la sacó pronto,  sin dificultad, apoyando su pie en la crujiente rodilla del muerto. Pero la otra no salía de ninguna manera: como si la media formase un tapón dentro. Tiró con rabia, con un juramento, y sacó media bota de una vez. En la pierna, por encima del tobillo vio un lunar del tamaño de un huevo de paloma. Despacio, como temiendo  despertarlo,  dio la  vuelta  a la  cabeza,  que  se iba  quedando fría,  sus manos  se empaparon  de la sangre que brotaba  a borbotones  de la boca del muerto, miró fijamente y sólo entonces abrazó torpemente los hombros caídos y dijo con voz sorda:

 

 

1 Capote caucasiano de pelo de cabra.

 

 

 

—¡Hijo!.... ¡Nikólushka!.... Sangre de mi sangre... Congestionado, gritó:

—¡Pero di una palabra siquiera! ¿Cómo ha podido ser esto?

Cayó sin apartar la vista de los ojos que se habían apagado; levantó los párpados manchados de sangre, sacudió el cuerpo inerte... Pero Nikolka se había mordido fuertemente la punta de su lengua azulenca, como si temiese decir algo que no debiera, algo de una importancia inmensa.

Apretándolas a su pecho, besó el atamán las manos frías de su hijo y, mordiendo el acero empañado de la pistola, se disparó en la boca...

 

* * *

 

Al  anochecer,  cuando  al  otro lado  del  bosquecillo  aparecieron  las  siluetas  de  unos  jinetes, cuando el viento trajo sus voces, los resoplidos de las monturas y el ruido de los estribos, un cuervo salió volando, sin ganas, de la hirsuta cabeza del atamán. Remontó el vuelo y se diluyó en el cielo gris e incoloro del otoño.

 

 

 

1924

 

 

 

 

 

EL PASTOR

 

 

 

I

 

 

 

DESDE HACÍA DIECISÉIS DÍAS, un viento abrasador soplaba de parte de la estepa pardusca, quemada por el sol, un viento que venía del Este, de las tierras salinas blancas y resquebrajadas.

La tierra  parecía  como carbonizada,  la  hierba  se retorcía   amarillenta;  los  pozos,  que  tanto abundaban  a lo largo del camino, se habían  secado. Y las espigas del trigo, sin haber llegado a granar, se inclinaban marchitas hacia el suelo, encogidas como ancianos.

Hacia el mediodía, el jútor sumido en el sueño fue despertado por el bronce de la campana.

El calor es agobiante. Silencio. Sólo se oye el arrastrar de pies que revuelven el polvo a lo largo de las cercas, y los bastones de los viejos que golpean en el suelo, explorando el camino.

La campana convoca a asamblea del jútor. En el orden del día, la contrata de un nuevo pastor. La sala del comité ejecutivo es un murmullo de voces. Humo de tabaco.

El presidente golpea sobre la mesa con un pequeño trozo de lápiz.

—Ciudadanos, el viejo pastor se niega a seguir al cuidado del rebaño. Dice que se le paga poco, no le conviene. Nosotros, el comité ejecutivo, proponemos  que se contrate  a Grigori Frólov. Es nacido en el lugar, huérfano, del Komsomol... Su padre, como todos sabéis, fue zapatero. Vive con su hermana  y carecen de recursos.   Creo ciudadanos, que os haréis cargo, y lo contrataréis para guardar el rebaño.

El viejo Nésterov no pudo contenerse, se revolvió inquieto,

—Eso no podemos hacerlo. Se trata de un rebaño grande y él no vale para pastor... Los animales hay que llevarlos lejos, del pueblo, porque en las cercanías no hay pasto. Y él no, tiene costumbre. Cuando llegue el otoño se habrá extraviado la mitad de los terneros...

Ignat, el molinero, un vejete que presumía de listo, dijo con voz gangosa, melosa, pero llena de sorna:

—Nosotros mismos encontraremos pastor sin ayuda del comité ejecutivo; eso es cosa nuestra  y de nadie más... Hay que elegir una persona de edad, de confianza y que sepa tratar a los animales...

—Tiene razón el abuelo...

—Si contratáis a un viejo, ciudadanos, antes se perderán  los terneros... Los tiempos han cambiado, los robos son muy frecuentes...

Así dijo el presidente, insistiendo, y quedó a la expectativa. Desde las filas de atrás le apoyaron:

—Un viejo no sirve... Hay que pensar que no se trata de vacas, sino de terneros de un año. Hace falta alguien de pies ligeros. Si el rebaño  se dispersa, a ver quién lo junta. Cuando el viejo eche a correr, perderá las tripas...

Una risotada estruendosa fue el comentario; pero el abuelo Ignat, a media voz, siguió en sus trece:

—Los  comunistas  aquí  no tienen  nada que  ver...  Hay  que  entender  de oraciones,  y no de cualquier manera... —y el dañino vejete se pasó la mano por la calva.

Pero el presidente le cortó con aspereza:

—Déjese de comentarios, ciudadano... Si sigue así... si sigue en ese tono...  le expulsaré de la asamblea...

 

* * *

 

 

 

Al amanecer, a la hora en que un humo sucio sale de las chimeneas, se arrastra y se extiende por el suelo de la plaza, Grigori reúne el rebaño de ciento cincuenta cabezas y lo conduce a través del jútor hacia la loma gris e inhóspita.

La estepa se halla cubierta de los pequeños montículos grises que construyen las marmotas al abrir sus madrigueras; los citilos dejan oír su silbido, largo e inquieto. De entre los matorrales bajos de las barrancas, las avutardas remontan el vuelo, haciendo brillar su plumaje plateado.

El rebaño se muestra tranquilo. Sobre la corteza agrietada del suelo resuena como el tamboreo de la lluvia el tac-tac de las pezuñas de los terneros.

Junto a Grigori camina Duniatka, su hermana y auxiliar en las funciones de pastor. Todo ríe en ella: las mejillas, pecosas y tostadas por el sol, los ojos, los labios. Y eso porque acaba de cumplir diecisiete primaveras y a los diecisiete años todo parece divertido: la ceñuda cara del hermano, y los terneros de largas orejas que sobre la marcha rumian los hierbajos; resulta divertido hasta eso de que hace ya dos días no tienen ni un pedazo de pan.

Pero Grigori no se ríe. Bajo su gorra  raída se ve una frente abultada que surcan las arrugas, y unos ojos cansados, como si hubiese vivido mucho más de diecinueve años.

El rebaño marcha tranquilo por un lado del camino, alargándose en una mancha de diversos colores.

Grigori silba a los terneros rezagados y se vuelve hacia Duniatka:

—Con lo que ganemos hasta el otoño, Dunia, iremos a la ciudad. Yo ingresaré en una facultad obrera1   y a  ti te colocaré  en  algúnsitio....  A lo mejor  también  podrás estudiar...  En la  ciudad, Duniatka, hay muchos libros, y el pan es limpio, sin hierbas como el que nosotros comemos.

—¿Y de dónde sacaremos dinero para el viaje?

—Eres tonta... Nos pagarán en especie, veinte puds2 de grano. Ahí tienes el dinero... Lo venderemos  a rublo el pud, venderemos el mijo, el estiércol seco.

Grigori se detiene en medio del camino, con el mango del látigo traza unas figuras en el polvo del suelo. Está echando cuentas.

—¿Qué vamos a comer, Grisha? No nos queda nada de pan...

—En la bolsa tengo un trozo duro.

—¿Lo comemos ahora o esperamos a mañana?

—Mañana vendrán del jútor y nos traerán harina... El presidente lo ha prometido...

El sol del mediodía abrasa. La camisa de Grigori, de tela áspera, está empapada de sudor y se le pega a la espalda.

El rebaño marcha inquieto, los tábanos y las moscas pican a los terneros, el aire recalentado se estremece con el bramido de los terneros y con el zumbido de los tábanos.

A la caída de la tarde, cuando se pone el sol, el rebaño llega a la cerca. No lejos hay una charca y una choza de paja podrida por las lluvias.

Grigori se adelanta al trote. Alcanza fatigosamente el redil y abre la puerta de mimbres.

A continuación cuenta los terneros, haciéndolos pasar de uno en uno por el cuadrado negro del portón.

 

 

 

II

 

SOBRE UN MONTÍCULO que como un apretado garbanzo se levantaba al otro lado de la charca, construyeron una choza nueva, de barro. Las paredes las recubrieron de estiércol amasado y Grigori la techó con hierbas.

Al otro día llegó el presidente montado en su caballo. Traía medio pud de harina de maíz y una bolsa de mijo. Se sentó al fresco y encendió un pitillo.

 

1 Escuelas donde los jóvenes obreros se preparaban para el ingreso en centros de enseñanza superior.

2 Medida de peso equivalente a 16,30 kgs.

 

 

 

—Eres un buen mozo, Grigori. Cuando termines este trabajo del rebaño, este otoño te llevaré a la cabeza del distrito, a estudiar. Tengo un amigo en la sección de instrucción pública, te ayudará...

Grigori se puso rojo de alegría, y al despedir al presidente le sujetó el estribo y le dio un fuerte apretón  de manos. Durante  largo  rato siguió  con la  mirada  las  esponjosas  nubes de polvo que levantaban los cascos del caballo.

La estepa, reseca, al amanecer se teñía de un rosado tísico; al mediodía parecía sofocada por el calor. Tumbado  de espaldas, Grigori miraba el cerro vecino envuelto en una neblina azul. Se le figuraba que la estepa era un ser dotado de vida y sufría bajo abrumados de poblados, stanitsas y ciudades. Se le figuraba que el suelo subía y bajaba al ritmo forzado de su respiración, y allá dentro, bajo las gruesas capas de tierra, una vida distinta, desconocida, se desarrollaba y fluía pletórica.

Y en pleno día, sentía miedo.

Medía con la vista las incontables filas de cerros, contemplaba los remolinos de la calígine, el rebaño, la hierba pardusca y manchada.  Pensaba que había sido separado del resto del mundo lo mismo que una rebanada de pan que es cortada de la hogaza.

Un atardecer,  víspera  de  domingo, Grigori recogió  el  rebaño  en  el  redil.  Duniatka  había encendido fuego ante la choza y estaba preparando  unas gachas de mijo y aromáticas acederas.

Grigori se sentó ante la hoguera y dijo, revolviendo las brasas de estiércol seco con el mango del látigo.

—La ternera de Grishaka se ha puesto enferma. Deberíamos avisar al dueño...

—¿Quieres que vaya yo al jútor? —preguntó Duniatka, tratando de parecer indeferente.

—No. Yo no podría cuidar solo el rebaño... —sonrió—. Echas de menos a la gente, ¿verdad?

—No puedes figurártelo, Grisha... Hace un mes que vivimos en la estepa y no hemos visto más que a una persona. Si una pasase aquí el verano, se olvidaría hasta de hablar.

—Aguanta,  Dunia...  Este  otoño iremos  a  la  ciudad.  Estudiaremos  los  dos  y luego,  cuando hayamos aprendido, volveremos aquí. Cultivaremos el suelo como mandan los libros, porque ahora la gente es de una ignorancia terrible... Nadie sabe leer... no hay libros...

—A nosotros no nos dejarán estudiar... También nosotros somos ignorantes...

—Sí que nos dejarán. El invierno pasado, cuando estuve en la stanitsa, el secretario de la célula me dio a leer un libro de Lenin. Allí decía que el poder pertenece a los proletarios. Y del estudio decía que los primeros que tienen que estudiar son los pobres.

Grishka se incorporó y se puso de rodillas. En sus mejillas brillaron los reflejos bronceados del fuego.

—necesitamos estudiar para aprender a dirigir nuestra República. En las ciudades el poder es de los obreros, mientras que aquí el presidente de la stanitsa es un ricachón,  y en los jútores, los presidentes son gente rica.

—Yo, Grisha, podría fregar pisos, lavar ropa, ganaría, y tú estudiarías...

El fuego se extingue, las brasas humean y despiden chispas. La estepa calla, medio dormida.

 

 

 

III

 

CON UN MILICIANO que se dirigía a la ciudad, Polítov, el secretario de la célula, avisó a Grigori que debía presentarse en la stanitsa.

Cuando Grigori salió  aún  era de  noche.  A la  hora  de la  comida  divisó  desde una  loma  el campanario y las casitas, unas cubiertas de paja y otras de chapa.

Arrastrando los pies, cubiertos de callos, llegó a la plaza. El club estaba en la casa del pope. Por una alfombrilla nueva, que olía a paja fresca, penetró en una espaciosa pieza. Los postigos entornados la mantenían en la oscuridad,

Polítov estaba, cepillo de carpintero en mano, arreglando un marco de ventana.

 

 

 

— He oído hablar de ti, hermano... —dijo sonriendo, a la vez que le alargaba la mano envuelta en sudor—. Por ahora no hay nada que hacer. Ya pregunté a la ciudad: pedían muchachos para una fábrica de aceite, pero de los reunidos les sobraban doce... Sigue guardando el rebaño, en cuanto llegue el otoño te mandaremos a estudiar.

—Y que no me falte ese trabajo... Los ricos del jútor se resistían a tomarme  de pastor... Que si soy del Komsomol, que si no creo en Dios, que sin oraciones no se puede guardar bien el ganado...

—rió cansadamente Grigori.

Polítov limpió con la manga las virutas y se sentó en el antepecho. Se quedó mirando a Grigori, arrugando las cejas, empapadas de sudor.

—Tú, Grisha, parece que has enflaquecido... ¿Cómo anda la cuestión de comida?

—Vamos tirando. Hicieron una pausa.

—Ea, ven conmigo. Te daré algo para leer. Hemos recibido periódicos y folletos.

Avanzaron por la calle,  que desembocaba  en el  cementerio.  Las gallinas se revolvían en los montones  grises  de ceniza.  A lo lejos  rechinó  el  cigoñal  de un pozo. Pero el  silencio  era tan pegajoso que se metía por los oídos.

Quédate. Hoy hay asamblea. Los muchachos ya han preguntado por ti, quieren saber qué haces y cómo te va. Verás a la gente... Yo voy a hacer  un informe sobre la situación internacional... Te quedas a dormir en mi casa y mañana te puedes ir. ¿Conformes?

—No puedo  quedarme  a dormir. Duniatka no puede guardar ella sola el rebaño. Acudiré a la asamblea, pero esta misma noche, en cuanto termine, me iré.

En el zaguán de la casa de Polítov hacía fresco.

Había un dulce aroma a manzanas puestas a secar. Los collerones y las cabezadas que colgaban de las paredes despedían un olor a sudor de caballo.

En un rincón había una cuba de kvas1 y una cama  desvencijada.

—Me he refugiado aquí: dentro hace mucho calor...

Polítov  se inclinó y de debajo  del  terliz  sacó cuidadosamente unos ejemplares  viejísimos  de

Pravda y dos folletos.

Los puso en manos de Grigori y desató un saco que era un puro remiendo:

—Sujeta...

Mientras Grigori sostenía el saco por el borde, sus ojos buscaban los títulos de los periódicos. Polítov, a puñados, llenó el saco hasta la mitad y desapareció en el interior.

Trajo dos pedazos de tocino, los envolvió en una hoja de col, los colocó junto al saco y gruñó:

—Cuando te vayas, acuérdate de llevarte esto.

—No me lo llevaré —se resistió Grigori, enrojeciendo.

— ¿Por qué?

—Porque no...

—¡Eres un miserable! —gritó Polítov, palideciendo, con los ojos clavados en Grisha—. ¡Y aún se tiene por camarada! Es capaz de reventar  de hambre  y no decir ni una palabra. Tómalo, o se acabó la amistad...

—No quiero llevarme lo último que tienes...

—La última es la mujer del pope —dijo Polítov ya tranquilo, mientras miraba a Grigori, que, enfurruñado, ataba el saco.

La asamblea terminó poco antes del amanecer.

Grisha emprendió el camino por la estepa. Sus hombros  se vencían bajo el peso de la harina. Los pies,  lastimados,  le  ardían  como si  fueran  a  reventar,  pero  él  caminaba  animoso  y alegre  al encuentro de las primeras luces del alba.

 

 

 

 

1 Bebida refrescante.

 

 

 

 

IV

 

AL  AMANECER, Duniatka  salió  de  la  choza  para  recoger  estiércol  seco,  que  le  servía  de combustible. Grigori venía corriendo del redil. Imaginó que algo malo había ocurrido.

—¿Ha sucedido algo?

—La ternera de Grishaka ha muerto...  Y otros tres animales se han puesto enfermos. —Tomó aliento y añadió—: Ve al Jútor, Dunia. Di a Grishaka y a los demás que vengan ahora mismo... que el ganado está mal.

Duniatka se arregló aprisa y corriendo. Emprendió la marcha y cruzó la loma, dando la espalda al sol que se asomaba por encima del montículo.

Cuando Grigori se hubo quedado solo, se dirigió lentamente al redil.

El rebaño salió  a  la  hondonada,  pero  junto a  la  cerca quedaron  tumbados  tres terneros.  Al mediodía habían muerto.

Grigori no cesaba de correr del rebaño al redil: otros dos animales estaban enfermos... Uno había caído sobre el limo húmedo al borde de la charca; con la cabeza vuelta hacia Grishka, emitía unos mugidos interminables;  sus ojos, saltones  y vidriosos, se habían  llenado  de lágrimas.  Y por las mejillas bronceadas corrían también lágrimas saladas.

Cuando el sol se ocultaba, llegaron Duniatka y los dueños...

El abuelo Artémich dijo, tocando con su bastón el cuerpo inmóvil de la ternera:

—Es la peste. Se llevará a todo el rebaño.

Desollaron los animales muertos y los enterraron en las proximidades de la charca. La tierra seca y negra formó un nuevo montículo.

Al día siguiente, Duniatka emprendió de nuevo el camino del jútor. Otros siete animales habían enfermado de golpe...

Los días se sucedían en negro desfile. El redil se iba quedando vacío. Vacía se quedaba también el alma de Grishka.

De ciento cincuenta cabezas no quedaban más que cincuenta.

Venían los dueños en sus carros, desollaban los animales muertos, abrían unas zanjas poco profundas en la hondonada, cubrían con un poco de tierra los sangrientos despojos y se iban. El rebaño  se resistía a entrar  en el redil. Los terneros mugían, sintiendo la sangre y la muerte que se deslizaba invisible entre ellos.

Al amanecer, cuando Grishka, que se había quedado  amarillo, abría el portón del redil con el chirrido de siempre, el rebaño salía a pastar. E inevitablemente, pasaba junto a los secos túmulos de las tumbas.

Olor a carne descompuesta,  el polvo que levantaban las bestias enfurecidas, un mugido largo e impotente y el sol abrasador a su paso lento por la estepa.

Venían  cazadores del jútor. Disparaban alrededor de la cerca de mimbre con el propósito de ahuyentar la terrible peste. Y los terneros seguían muriendo. Cada día el rebaño era más reducido.

Grishka acabó por advertir que alguna fosa había sido abierta. Huesos roídos  aparecían en las inmediaciones. Y el rebaño, inquieto por las noches, se volvió asustadizo.

A altas horas, cuando mayor era el silencio, resonaba un bramido salvaje y el rebaño, rompiendo las cercas, corría alocado por el redil.

Los terneros derribaban  la empalizada y, en grupos,  se acercaban  a la choza.  Se quedaban  a dormir junto al fuego, rumiaban y lanzaban hondos suspiros.

Grishka no se dio cuenta de lo que sucedía hasta que una noche le despertó un ladrar de perros. Salió de la choza poniéndose la pelliza sobre la marcha. Los terneros arrimaron a él sus flancos húmedos de rocío.

 

 

 

Se quedó junto a la puerta, silbó a los perros y en respuesta le llegó, de la parte del barranco de las Culebras, el aullido discorde y desgarrado de los lobos. Otro aullido, más grave, contestó en los endrinos que rodeaban el cerro...

Entró en la choza y encendió la lamparilla.

—¿Oyes, Dunia?

Los prolongados aullidos se extinguieron al amanecer, a la vez que las estrellas se apagaban.

 

 

 

V

 

AL DÍA SIGUIENTE, a primera hora, llegaron Ignat el molinero y Mijei Nésterov. Grigori estaba en la choza, remendando sus botas. Los viejos entraron. El abuelo Ignat se descubrió y, arrugando los párpados, apartando la vista de los oblicuos rayos del sol que se arrastraban  por el suelo de tierra de la choza, levantó la mano: quería persignarse ante el pequeño retrato de Lenin que colgaba en un rincón. Pero dándose cuenta del error,  se apresuró a retirar la mano tras la espalda. Escupió rabioso.

—Ya veo... ¿No tienes aquí una imagen de Dios?...

—No...

—¿Y quién es ése que has puesto en el lugar sagrado?

—Lenin.

—Ésa es la causa de todas nuestras desgracias... Falta la imagen de Dios, por eso vino la peste... Por eso han muerto nuestros terneros... Oh, Señor nuestro misericordioso...

—Los terneros, abuelos, han muerto porque no llamaron al veterinario.

—Antes vivíamos sin esos veterinarios vuestros... Eres tú muy listo... Mejor hubiera sido que santiguaras más tu frente impura. Entonces no habría habido necesidad de veterinarios.

Mijei Nésterov gritó, con los ojos fuera de las órbitas:

—Retira del rincón a ese Anticristo... Por tu culpa, impío sacrílego, ha muerto el rebaño. Grishka palideció ligeramente.

— Podéis mandar en vuestra casa, pero no aquí... No hay por qué alborotar... Es el jefe de los proletarios...

Mijei Nésterov  se engalló, atronó congestionado:

—Estás al servicio de la comunidad y debes hacer como nosotros queramos. Ya os conocemos... Ten cuidado, pronto os ajustaremos las cuentas.

Salieron con los gorros echados sobre las cejas y sin despedirse. Duniatka miró asustada a su hermano.

Dos días después el herrero Tijón llegaba del jútor a ver cómo se encontraba su ternera.

Puesto en cuclillas a la entrada de la choza, encendió un pitillo y explicó, sonriendo amargamente:

—Nuestra vida no puede ir peor... Han cambiado de presidente, ahora manda el yerno de Mijei Nésterov. Hacen las cosas según les conviene... Ayer hubo reparto de tierras: pues bien, en cuanto una buena parcela le tocaba a un pobre, volvían a empezar  el sorteo. Otra vez vamos a tener a los ricos montados sobre nuestros hombros...  Todas las tierras buenas  se les han quedado para ellos, Grisha. A nosotros nos han dejado la tierra arcillosa... Juzga tú mismo...

Grigori estuvo trabajando hasta la medianoche. Con carbones, sobre alargadas hojas azafranadas de maíz, trazó sus garabatos. Escribía acerca del injusto reparto de tierras, escribía que en vez de llamar al veterinario habían tratado de combatir la peste a tiros. Y al entregar el manojo de hojas de maíz a Tijón el herrero le dijo:

—Si tienes ocasión de acercarte a la cabeza del distrito, pregunta dónde hacen el periódico Krásnaia Pravda. Les darás esto. He procurado escribir claro, tú no aplastes las hojas para que no se borre.

 

 

 

El herrero tomó cuidadosamente las crujientes hojas con sus dedos, requemados  y negros de carbón, y las guardó en el seno, junto al corazón. Al despedirse dijo, con la misma sonrisa de antes:

—Iré a pie, acaso encuentre allí al poder Soviético... Ciento cincuenta verstas las puedo hacer en tres días. Dentro de una semana cuando vuelva, me acercaré a verte...

 

 

 

VI

 

EL OTOÑO LLEGÓ con sus lluvias y sus húmedas brumas. Duniatka había ido por la mañana al

jútor en busca de provisiones.

Los terneros pacían al pie de la loma. Grigori, con el capotón sobre los hombros, los seguía, estrujando  pensativo  una flor seca de cardo.  Poco  antes del  anochecer, tan corto en otoño,  dos jinetes bajaron la cuesta de la loma.

Chapoteando en el barro, galoparon hacia Grigori.

Éste reconoció en uno de ellos al presidente, el yerno de Mijei Nésterov; el otro era el hijo de

Ignat el molinero.

Los caballos estaban bañados en sudor.

—Hola, pastor...

—Hola...

—Hemos venido a hacerte una visita...

Inclinándose en la silla, el presidente tardó largo rato en desabrocharse el capote con sus dedos entumecidos. Sacó una hoja amarillenta de periódico y la desplegó al viento.

—¿Eres tú el que ha escrito esto?

Ante los ojos de Grigori bailaron las palabras que él había trazado en las hojas de maíz: sobre el reparto de las tierras, sobre lo del ganado.

—Bueno, ¡ven con nosotros!

—¿Adónde?

—Ahí, al barranco... Tenemos que hablar... —Se contrajeron los labios del presidente, morados por el frío; sus ojos miraban torvos y amenazadores.

Grigori sonrió.

—Habla aquí.

—Podemos hacerlo aquí... si quieres...

Sacó el revólver del bolsillo y dijo con voz ronca, tirando de la brida para contener al caballo, que se removía inquieto:

—¿Vas a escribir más en los periódicos, canalla?

—¿Por qué te pones así?

—¡Porque por tu culpa  me  van  a procesar!  ¿Vas  a  seguir  escribiendo  denuncias?...  ¡Habla, cachorro de comunista!....

Sin esperar la respuesta, disparó a Grigori en la boca, cerrada, por el silencio.

Grigori cayó a los pies del caballo, que se había encabritado, dejó escapar un suspiro, sus dedos crispados arrancaron unas hierbas húmedas y amarillentas y quedó inmóvil...

El hijo de Ignat el molinero se apeó de un salto, cogió un puñado de tierra negra y la metió en la boca de Grigori, de la que brotaba una sangre espumante...

 

* * *

 

La estepa es ancha, nadie la ha medido. Son muchos los caminos, grandes y pequeños, que la cruzan. La noche de otoño es de una oscuridad impenetrable, y la lluvia borra por completo las huellas d elos caballos…

 

 

 

 

VII

 

HIELA LIGERAMENTE. Anochece. Un camino de la estepa.

La marcha no es pesada para quien no lleva más que una bolsa a la espalda, con un trozo de pan de cebada, y un palo que le sirve de bastón en la mano.

Duniatka avanza por el borde del camino. Las ráfagas de viento agitan los bordes de su rota chambra y le empujan por la espalda.

La estepa se extiende inhóspita alrededor. Anochece.

Un montículo se dibuja cerca del camino. Sobre él, una choza con su techumbre desflecada de hierbas.

Se acerca con paso inseguro, como ebria, y cae de bruces en la tumba ya aplastada. Es de noche...

Duniatka marcha por el camino frecuentado que lleva derecho a la estación del ferrocarril.  Le es fácil  caminar  porque  en la  bolsa  de  la  espalda,  con el  trozo de  pan  de  cebada,  lleva  el  libro manoseado,  cuyas  páginas  huelen  al  polvo amargo  de la  estepa,  y la  camisa  de  lienzo  de  su hermano Grigori.

Cuando  el  corazón  le  rebosa  de  dolor, cuando  las  lágrimas  le  abrasan  los  ojos,  entonces, procurando que nadie la vea, saca de la bolsa la camisa de lienzo sin lavar... Hunde la cara en ella y siente el olor de aquel sudor que le es tan querido... Y durante largo rato permanece inmóvil...

Las verstas se van quedando atrás. De las barrancas de la estepa sube el aullido del lobo, que parece quejarse de la vida. Duniatka, por el borde del camino, va a la ciudad, donde hay Poder Soviético, donde los proletarios estudian para en lo futuro gobernar ellos la República.

Así lo dice el libro de Lenin.

 

1925

 

 

 

 

 

 

 

EL COMISARIO DE ABASTOS

 

 

 

 

A LA CABEZA DEL DISTRITO llegó el comisario de abastos de la región.

Hablaba con prisa, con un tic nervioso en sus labios recién afeitados:

—Según las estadísticas, su distrito debe proporcionar obligatoriamente ciento cincuenta mil puds de grano. Usted, camarada Bodiaguin, queda designado comisario de abastos del distrito. Confío en su energía  y en su espíritu  emprendedor.  Dispone  de un mes de plazo...  El tribunal extraordinario  llegará  aquí  uno de  estos  días.  El ejército  y las  capitales  necesitan  ese  grano imperiosamente... —Se pasó la mano por la afilada y peluda nuez y apretó los dientes—. A quienes se resistan a entregarlo premeditadamente, se los fusila...

Inclinó la cabeza, rapada al cero, y se fue.

 

 

 

II

 

LOS POSTES DEL TELÉGRAFO,  que a saltos  de gorrión recorrían el  distrito entero, dijeron:

cupos de entrega.

En los jútores y stanitsas, los cosacos que habían recogido una cosecha abundante se apretaron los cinturones y decidieron todos de una vez, sin pararse a pensarlo:

—¿Entregarles el grano sin más ni más?... No lo daremos...

En los patios, en las calles, donde a cada uno le parecía mejor, abrían de noche zanjas en las que enterraban decenas y cientos de puds de trigo de grueso grano. Cada uno conocía perfectamente el escondrijo del vecino.

Pero guardaban silencio...

Bodiaguin recorría el distrito con su destacamento de abastos. La nieve chirriaba bajo las ruedas del carricoche, se quedaban  atrás las cercas recubiertas de escarcha. Las luces del crepúsculo se apagaban. La stanitsa era como una de tantas, pero Bodiaguin había nacido en ella.

Las  cosas habían ocurrido así:  era  un caluroso  mes  de  julio, las  manchas  amarillas  de  la margarita salpicaban las lindes, estaban en plena siega. Ignashka Bodiaguin era un chico de catorce años. Eran tres a segar: el padre, un bracero y él. El padre golpeó al bracero porque éste había roto una horquilla. Ignat se acercó a las mismas barbas de su padre y le dijo, apretando los dientes:

—Eres un canalla, padre...

—¿Quién, yo?

—Sí, tú...

De un puñetazo tiró al suelo a Ignat, luego le golpeó con la cincha hasta hacerle sangre. Aquella tarde, a la vuelta del campo, el padre cortó en el huerto un palo de cerezo, lo alisó y, acariciándose la barba, lo puso en las manos de Ignat:

—Vete, hijo, a pedir limosna. Cuando te hayas vuelto una persona sensata, vuelve —y dejó ver una sonrisa irónica.

Así había ocurrido. Y ahora el carricoche rodaba junto a las cercas cubiertas de escarcha, corrían hacia atrás las techumbres  de paja y los postigos pintarrajeados. Bodiaguin miró los álamos que crecían delante de la casa de su padre, el gallo de chapa que lanzaba su grito mudo en lo alto del tejado; sintió que un nudo  se le hacía en la garganta y que  se le cortaba la respiración. Aquella noche preguntó al dueño de la casa en que se alojaba:

—¿Sigue vivo el viejo Bodiaguin?

 

 

 

El  dueño,  que  estaba  reparando  los  aparejos,  acabó  de  enhebrar  el  cabo  con sus  dedos embadurnados de pez, y arrugó los párpados:

—No piensa más que en enriquecerse... Se ha buscado otra mujer, la vieja murió hacia tiempo, el hijo no se sabe por dónde anda. Pero ese vejestorio anda siempre metido en líos de faldas...

Y cambiando de tono, ya en serio, agregó:

—Como labrador no hay nada que decir, es hacendoso... ¿Es por un acaso conocido suyo? Por la mañana, mientras se desayunaban,  el presidente del tribunal revolucionario dijo:

—Ayer  dos ricos  hicieron  en la  asamblea  propaganda  para que los  cosacos  no entreguen el trigo... Al practicar un registro en sus casas ofrecieron resistencia, golpearon a dos soldados rojos. Celebraremos el juicio en público y los llevaremos al paredón…

 

 

 

III

 

EL PRESIDENTE DEL TRIBUNAL, Un antiguo tonelero, dijo desde el escenario de la casa del pueblo, como si colocase un sonoro aro en una cuba:

—Serán fusilados...

Se llevaron a los dos hacia la salida... En el segundo, Bodiaguin identificó a su padre. Siguió con la vista su cuello, surcado de arrugas y quemado por el sol, y salió a continuación.

En el portal dijo al jefe de la guardia:

—Tráeme  a ése, al viejo.

Se acercó el viejo con aspecto abatido, reconoció a su hijo y en sus ojos brilló una chispa, que se apagó al instante. Sus ojos se ocultaron bajo el hirsuto centeno de las cejas.

—¿Con los rojos, hijo?

—Con ellos, padre.

—Ya... —Apartó la vista. Guardaron silencio.

—Hace seis años que no nos veíamos, padre. ¿No tenemos nada de qué hablar? El viejo, colérico y tozudo, mostró ceño.

—Casi, casi... Nuestros surcos se han separado. Porque defiendo lo que es mío me van a fusilar, porque no permito  que  se acerquen  a mi granero soy un contrarrevolucionario.  ¿Y  los  que se apropian de lo ajeno con la ley en la mano? Robad, tenéis la fuerza.

La piel de los salientes pómulos del comisario de abastos Bodiaguin adquirió un tinte terroso.

—A los pobres no los robamos; nos apropiamos de las riquezas acumuladas con el sudor ajeno.

¡Tú eres el primero que chupó la sangre a los braceros!

—Yo mismo trabajé día y noche. ¡No como tú, que has ido por ahí haciendo el gandul!

—El que trabajó mira con simpatía al poder de los obreros y campesinos. Tú los recibiste con una tranca  en la mano... No dejaste que  se acercaran  a la cerca...  Por  eso es por lo que van  a fusilarte...

Al viejo se le escapó un ronquido. Dijo con voz sorda, como si rompiese el fino hilo que hasta entonces los mantuviera unidos:

—Ni tú eres hijo mío, ni yo soy tu padre.  Por  esas palabras contra tu padre,  seas tres veces maldito, caiga sobre ti el anatema... —lanzó un escupitajo y echó a andar en silencio. Luego se volvió en redondo y gritó provocativamente—: Espera, Ignashka!.... Acaso no nos volvamos a ver, hijo de perra... Desde el Jopior vienen los cosacos a cortarle el cuello a tu poder. Si no muero, y que la Virgen santísima me conserve la vida, yo mismo te arrancaré el alma con mis manos.

 

 

 

* * *

 

 

 

A la caída de la tarde en las afueras de la stanitsa, el grupo torció junto al molino de viento hacia el arenal que servía de muladar. El comandante de la guardia, Teslenko, sacó la pipa y dijo brevemente:

—Colocaos al borde de la zanja...

Bodiaguin miró el trineo, con los patines hundidos en la nieve violácea al borde del camino, y dijo con acento sincero:

—No te enfades, padre... Esperó la respuesta. Silencio.

—Una... dos... ¡tres!....

El caballo se hizo atrás, el trineo chirrió asustado por los baches del camino, y durante largo rato se agitó aún, atrás y adelante, el arco pintado del aparejo, por encima de la capa azulina de la nieve de otoño

 

 

 

IV

 

LOS POSTES DEL TELÉGRAFO,  que a saltos  de gorrión recorrían el  distrito entero, dijeron: levantamiento en el Jopior. Los comités ejecutivos han sido incendiados. Parte del personal ha muerto, el resto se ha dispersado.

El destacamento  de abastos se retiró a la cabeza del distrito. Bodiaguin y el comadante de la guardia del tribunal revolucionario, Teslenko, se quedaron  al objeto de acelerar  el envío  de los últimos carros de trigo a los depósitos generales. El día amaneció revuelto. Los copos se arremolinaban, enturbiando el aire de la stanitsa. A media tarde una veintena de jinetes llegaron al galope a la plaza. El poblado, desaparecido bajo la nieve, se estremeció al toque de rebato. Relinchos, ladridos, el grito ronco de las campanas...

Era el levantamiento.

Dos jinetes cruzaron con gran esfuerzo la calva aplastada del montículo. Al pie de la cuesta, el patear de caballos sobre el puente. Un grupo de jinetes. El que iba en cabeza, de gorro alto de oficial, sacudió un fustazo a su montura,  una yegua larga de remos de pura sangre.

—¡No escaparán los comunistas!....

Al otro lado del montículo, Teslenko, un ucraniano de bigotes caídos, dio un tirón de las bridas de su caballo kirguizo, robusto y de poca alzada.

—¡No nos alcanzarán!

Procuraban no cansar los  caballos.  Sabían que por delante  los  aguardaban treinta  verstas de camino accidentado.

A  sus  espaldas,  los  perseguidores  se  habían  desplegado.  La  noche  aparecía por poniente, inclinada tras la línea del horizonte. A tres verstas de la stanitsa, en una barranca, Bodiaguin vio el bulto de una persona sentada en un revuelto montón de nieve. Se acercó y gritó con voz ronca:

—¿Qué demonios haces aquí?

Era un chiquillo menudo, como fundido en cera azulada. Bodiaguin levantó la fusta, el caballo, tirando de la cabeza, se acercó bailando.

—¿Quieres quedarte helado, hijo de Satanás? ¿Qué te ha traído hasta aquí? Sé apeó, se inclinó y oyó un murmullo confuso:

—Tengo frío... Soy huérfano... pido limosna por ahí. Escondió estremecido la cabeza en los bajos de una andrajosa chambra y quedó inmóvil.

Bodiaguin desabrochó en silencio su pelliza, envolvió en los faldones el frágil cuerpecillo y durante largo rato estuvo tratando de subir al caballo, que se resistía nervioso.

Prosiguieron el galope. El chiquillo, al abrigo de la pelliza, pareció reanimarse, entró en calor;

sus manos  se agarraban  con fuerza  al  cinturón de cuero. La  marcha de los  caballos  se reducía

 

 

 

sensiblemente. Su respiración era fatigosa, resoplaban violentamente al oír el ruido de cascos que se acercaban  a sus espaldas.

Teslenko, a través  del viento que les cortaba la cara, gritó, agarrando la crin de la montura de

Bodiaguin:

—¡Deja al chico! ¿No oyes, diablo? Déjalo, que nos van a alcanzar... —añadió con una soez blasfemia,  y dio un fustazo  en  las  manos  violáceas  de  Bodiaguin—.  Si  nos  alcanzan,  somos muertos... ¡Así os consumáis al fuego tú y tu chiquillo!....

Los caballos  avanzaban  con las  bocas  espumantes  casi  pegadas.  Teslenko  siguió  golpeando hasta que la sangre brotó  de las manos de Bodiaguin. Los dedos agarrotados de éste sujetaban el blando cuerpecillo, la brida había quedado abandonada en el arzón, quiso desenfundar el revólver.

—¡No dejaré al chico, se helaría!....

El ucraniado de bigotes grises tiró de la brida, comentando con voz llorosa:

—¡Es imposible escapar! ¡Se acabó!....

Los dedos parecían ajenos, no obedecían. Rechinando los dientes, Bodiaguin ató al pequeño de través en la silla, con una correa. Probó si quedaba bien sujeto y sonrió:

—¡Agárrate  a la crin, cabeza gorda!

Con la vaina del sable dio un fuerte golpe en la grupa sudada del caballo. Teslenko metió dos dedos bajo sus bigotes caídos y lanzó un penetrante silbido. Durante largo rato estuvieron siguiendo con la vista a los animales, que se alejaban rápidos, ahora aligerados de su carga. Se tumbaron  uno junto a otro. Una descarga seca recibió a los gorros de piel de carnero que asomaban del otro lado de la elevación vecina...

 

* * *

 

Permanecieron tirados tres días. Teslenko, en sucios calzoncillos de punto, mostraba al cielo un cuajarón de sangre helada que le salía de la boca, rajada hasta las orejas. Sobre el pecho desnudo de Bodiaguin saltaban sin temor alguno unas aves moñudas  de la estepa, picoteando los granos de avena de que habían llenado las cuencas vacías de los ojos y el vientre abierto a sablazos.

 

1925

 

 

 

 

 

SANGRE DE SHIBALOK

 

 

 

 

 

—ERES UNA MUJER INSTRUIDA, llevas gafas, pero no lo quieres entender... ¿Qué voy a hacer con él?...

Nuestro  destacamento se encuentra a cosa de cuarenta verstas de aquí, he venido andando, lo he traído en brazos. ¿Ves la piel de los pies toda lacerada? Tú eres la directora de esta casa de niños,

¡hazte, pues, cargo de la criatura! ¿Que no hay sitio? ¿Y yo, qué voy a hacer  con él? Bastantes fatigas me ha costado. No sabes cuánto he sufrido... Sí, es mi hijo, mi sangre... Va para los dos años y no tiene madre. Lo de ella es una historia aparte. El año antepasado me encontraba  yo en una sotnia1 encargada de misiones especiales. Por aquel entonces perseguíamos en las stanitsas del Alto Don a la banda de Ignátiev. Yo era justamente tirador de ametralladora. Habíamos salido de un pueblo y alrededor se extendía  la estepa desnuda como una cabeza calva, el calor era insoportable. Cruzamos  una loma y empezamos la bajada hacia un bosquecillo; yo, era de los primeros en el carro donde iba montada la ametralladora. Me pareció que cerca del camino había una mujer tendida.  Arreé los  caballos  y me dirigí hacia  allá.  Era  una mujer  como cualquiera  otra. Yacía tendida boca arriba y con las faldas subidas hasta más arriba de la cabeza. Me apeé y vi que estaba viva, respiraba... Le metí el sable entre los dientes para separárselos y le di a beber de la cantimplora. Acabó de reanimarse. En esto se acercaron  los cosacos de la sotnia y empezaron las preguntas:

—¿Quién eres? ¿Por qué estás tendida junto al camino enseñando las vergüenzas?...

Empezó  a llorar como si se despidiera de un difunto, a duras  penas pudimos sacarle que una banda que venía de los alrededores de Astrajan se había apoderado  de ella, se la llevaron en los carros y después de abusar la habían abandonado en pleno camino... Yo les dije a los compañeros:

—Hermanos, permitidme que, como víctima que es de los bandidos, la lleve con nosotros en el carro.

—Recógela, Shibalok. Las mujeres tienen siete vidas, las muy zorras; que se reponga un poco, y después ya veremos lo que se hace.

¿Qué te creías? Aunque no me gusta ir oliendo las faldas de las mujeres, sentí lástima y la recogí para mi desgracia. Se repuso,  se acostumbró  a nosotros:  lavaba la ropa a los cosacos, remendaba sus calzones, hacía trabajos propios de mujer. A nosotros nos daba reparo tenerla en la sotnia. El jefe no cesaba de renegar:

—¡Agárrala del rabo y arréale una patada en el c...! A mí me daba mucha lástima. Empecé  a decirle:

—Vete de aquí, Daria, vete por las buenas. Cualquier día puede alcanzarte una bala y entonces sabrás lo que es llorar...

Ella empezaba a gritar y a lamentarse:

—Fusiladme aquí mismo, queridos cosacos, pero no me separaré de vosotros.

Al poco tiempo mataron  a mi conductor y me vino con una cuestión aún más espinosa:

— Ponme de conductor.  Sé manejar los caballos tan bien como otro cualquiera. Le entregué las riendas y le dije:

— En cuanto empiece el combate,  da la vuelta y te quedas con la trasera hacia delante. Pero debes hacerlo en un segundo. De lo contrario, tenlo por seguro, te moleré a golpes.

 

 

 

 

1 Escuadrón de caballería cosaca.

 

 

 

Todos los cosacos veteranos quedaron maravillados de la forma en que se desenvolvía, nadie diría que era mujer. Al colocarnos en posición, hacía girar a los caballos en redondo. Y conforme el tiempo pasaba, mejor era su comportamiento. Acabamos por enredarnos ella y yo. Bueno, hasta que quedó embarazada. Así estuvimos como cosa de ocho meses persiguiendo a la banda. Los cosacos de la sotnia se burlaban de mí:

—Mira, Shibalok, tu conductor engorda tanto con el rancho, que ya no cabe en el pescante.

Así las cosas, en una ocasión se nos acabaron  los cartuchos. Y los del servicio de municionamiento que no venían. La banda se encontraba en un extremo de un jútor y nosotros en el otro. En el pueblo nadie sabía que estábamos sin cartuchos, lo guardábamos con mucho secreto. Pero alguien nos hizo traición. Yo estaba de puesto y a medianoche oí un ruido: parecía que la tierra temblaba. Venían sobre nosotros como un alud con el propósito de envolvemos. Avanzaban a cuerpo descubierto, sin temor alguno, y hasta se permitían gritar:

—¡Rendíos,  cosacos rojos! ¡Sabemos que se os han acabado los cartuchos! ¡De lo contrario, os daremos una buena carrera!....

Y nos la dieron... Nos retorcieron el rabo de tal modo que tuvimos que salir loma arriba a uña de caballo. A la mañana siguiente nos reunimos a unas quince verstas del jútor, en un bosque. Faltaba más de la mitad de la gente. Los demás habían muerto a sablazos. La pena me abrumaba. Y para colmo, Daria se sintió mal. Había pasado la noche a caballo, galopando, y ahora estaba con la cara desfigurada, morada. Dio unas vueltas y se apartó  del campamento, metiéndose en lo más espeso del bosque. Comprendí  de qué se trataba y me fui tras ella. Entró en un barranco, encontró un hoyo, lo cubrió con hojas secas, como  una loba,  y se acostó,  primero de bruces y luego se volvió de espaldas. Se quejaba con los primeros dolores del parto, mientras que yo permanecía sin moverme detrás de unos arbustos, mirando por entre las ramas... Primero se quejaba, luego empezó  a gritar, las lágrimas corrían por sus mejillas, con la cara lívida y los ojos que parecía que se le iban a salir. Hacía fuerzas, como si le hubiera dado un calambre. No es cosa de hombres, pero me di cuenta de que no podría parir ella sola, que iba a morirse... Salí del arbusto y corrí hacia ella, tratando de ver la manera de ayudarla. Me incliné, me arremangué, pero era tal el miedo que sentía que el cuerpo se me cubrió de sudor. He matado sin la menor vacilación, pero eso... Procuré atenderla, ella dejó de gritar y me vino con semejante salida:

—¿Sabes, Yasha, quién ha dicho a la banda que se nos habían acabado los cartuchos? —y se me quedó mirando muy seria.

—¿Quién? —pregunté  a mi vez.

—Yo.

—No seas  estúpida.  ¿Has  comido algo  malo?  Cállate  y estáte  quieta.  No es momento   de conversaciones...

Ella insistió:

—La muerte  está a mi cabecera, quiero confesar mi culpa, Yasha... No sabes tú a qué clase de víbora dabas calor bajo tu camisa...

—Está bien, confiésalo y vete al diablo —dije yo. Y me lo reveló todo. Mientras lo contaba no cesaba de dar cabezadas contra el suelo.

—Yo —me explicó— estaba en la banda por mi voluntad, y me entendía con el jefe de ellos, Ignátiev... Hace un año me mandaron  a vuestra  sotnia para que les proporcionara toda clase de informes vuestros. Para disimular fingí lo de que me habían violado... Me muero, pero, de lo contrario, habría logrado acabar con toda la sotnia...

Sentí que el corazón se me encendía y no pude contenerme: le di una patada y empezó  a echar sangre por la  boca.  Pero  en esto le  empezaron otra vez los  dolores  y vi que entre  las  piernas asomaba la criatura... Era una cosa húmeda que lanzaba vagidos como la liebre entre los dientes del zorro... Daria lloraba y reía, se arrastraba  hacia mí y trataba de abrazarme las rodillas... Yo di la vuelta y me fui a la sotnia. Les conté a los cosacos todo cuanto había pasado...

 

 

 

El escándalo fue fenomenal. La primera intención fue la de pegarme cuatro tiros, luego me dijeron:

—Tú saliste en su defensa, Shibalok, tú debes terminar con ella y con el recién nacido. De lo contrario, te haremos picadillo...

Yo me puse de rodillas y les dije:

—¡Hermanos! A ella la mataré no por miedo, sino porque así me lo dice la conciencia. Por los camaradas a los que su traición costó la vida. Pero tened compasión de la criatura. El niño es de ella y mío por mitad, es sangre mía:  que quede con vida. Todos vosotros tenéis mujer e hijos. Yo no tengo a nadie más que a él...

Supliqué a la sotnia, besé el suelo. Ellos sintieron lástima de mí y dijeron:

—¡Está bien,  sea!  Que tu sangre crezca  y que de ella  salga  un tirador  de ametralladora  tan valiente como tú, Shibalok. ¡Pero a la mujer la tienes que matar!

Volví hacia Daria. Ella estaba sentada, ya compuesta y con la criatura en brazos. Le dije así:

—No permitiré que acerques la criatura a tus pechos. Nació en una época calamitosa y no debe probar la leche de la madre. Y a ti, Daria, debo matarte por ser enemiga de nuestro Poder Soviético.

¡Ponte de espaldas al barranco!....

—¿Y el niño, Yasha? Es carne tuya. Si me matas quedará sin leche y morirá también. Deja que lo críe y luego podrás matarme. No me importa...

—No —le  dije—,  la  sotnia  me  ha dado  una  orden  muy severa.  En cuanto  al  niño, no te preocupes. Lo criaré con leche de yegua, no dejaré que se me muera.

Me eché dos pasos atrás y preparé el fusil. Ella se abrazó a mis piernas, me besaba las botas...

Me alejé sin mirar. Me temblaban las manos, las piernas se me doblaban, se me caía la criatura, aquella cosa desnuda y resbaladiza...

Cinco días después de eso volvimos a pasar por aquellos lugares. En la hondonada sobre los árboles, vimos una nube de cuervos...  No puedes imaginarte las fatigas que me ha costado esta criatura.

—Agárralo de los pies y estréllalo contra una rueda. ¿Por qué te preocupas tanto de él, Shibalok?

—me decían los cosacos.

A mí me daba mucha compasión el diablillo. Pensaba así: «Que crezca; si al padre le retuercen el pescuezo, el hijo sabrá defender el Poder Soviético. Quedará un recuerdo de Yákov Shibalok, no moriré  como una  mala  hierba,  dejaré  descendencia...»  Al  principio, puedes  creerme,  buena ciudadana, lloraba por culpa de él, y eso que nunca había vertido una lágrima. En la sotnia parió una yegua, al potrillo le pegamos un tiro y así tuvimos leche. Él se resistía a mamar,  lloraba, pero luego, se acostumbró  y chupaba como cualquier chico del pecho de su madre.

Le hice una camisa de unos calzoncillos míos. Se le ha quedado pequeña, pero no importa, ya se arreglará...

Y ahora ponte en mi situación: ¿qué quieres que haga con él? ¿Que es demasiado pequeño? Es muy listo y come de todo... ¡Quédatelo, evítale más calamidades! ¿Te quedas con él?... ¡Gracias, ciudadana!.... Yo, en cuanto aplastemos a la banda de Fomín, vendré a ver cómo marcha.

¡Adiós, hijo, sangre de Shibalok!.... Hazte fuerte... ¡Ah, hijo de perra! ¿Por qué le tiras de la barba  a tu padre? ¿No te he cuidado? ¿No te he dado todos los mimos? ¿Por qué buscas ahora pelea? Ea, deja que como despedida te dé un beso en la cabecita...

No se preocupe,  buena  ciudadana, ¿piensa que va a llorar?  No... Tiene algo de bolchevique: morder sí que muerde, no voy a negarlo, pero en cuanto a lágrimas, ¡no hay quien le haga verter una sola!....

 

1925

 

ILIUJA

 

 

 

 

LA COSA EMPEZÓ con la caza de un oso.

Tía Daria estaba cortando leña en el bosque, se adentró en la parte más espesa y estuvo a punto de meterse en el cubil de un oso. Daria, mujer de pelo en pecho, dejó a su hijo de vigilancia y echó a correr hacia la aldea. Directamente, se dirigió a la isba de Trofim Nikítich.

—¿Está el amo en casa?

—Sí.

—He encontrado un oso en su cubil... Si lo matas nos lo repartiremos.

Trofim Nikítich la miró de arriba abajo, luego de abajo arriba, y dijo en tono despectivo:

—Si es que no mientes, llévame. Una parte de las ganancias será para ti.

Hicieron los preparativos y salieron en busca del oso. Daria abría marcha, seguida de Trofim y de Iliá,  el  hijo de éste. Pero  el  asunto  se estropeó:  hicieron  salir  del  cubil a una  osa preñada, dispararon  sobre ella  casi  a boca  de jarro,  pero o el  fallo  fue  imperdonable  o por otras causas desconocidas, el caso es que dejaron escapar la fiera. Trofim Nikítich se quedó  mirando su vieja escopeta, lanzó una interminable retahíla de juramentos y volviendo la vista de reojo a Iliá, que sonreía irónico, acabó por decir:

—De ninguna manera podemos dejar escapar  a la fiera. Tendremos  que pasar la noche  en el bosque.

A la mañana siguiente pudieron ver a la osa que, a través de una enmarañada aglomeración de pinos jóvenes, se alejaba hacia el Este, al amparo del bosque de Glinischev; las confusas huellas quedaban perfectamente marcadas en la nieve recién caída. Trofim y su hijo siguieron el rastro durante dos días. Pasaron frío y hambre —pues las provisiones se les habían agotado—, y sólo al tercer día, en un claro del bosque, al pie de un abedul que lloraba sus penas solitario, pudieron sorprender  a la osa. Y en esta ocasión, viendo cómo Iliá removía sin esfuerzo el cuerpo del animal, dijo Trofim Nikítich por primera vez:

—Eres fuerte, mozo... Hay que casarte, yo me voy volviendo viejo, pierdo energías, no puedo ir contra la fiera y la puntería me falla: el ojo me llora. Ya ves, la fiera lleva en el vientre su cría, su descendencia... Lo mismo ocurre con las personas.

Iliá hundió el cuchillo rojo de sangre en la nieve, se apartó de la frente el mechón sudoroso de pelo y pensó: «Oh, ya empieza la canción...»

Ya no paró la cosa. Cada día se mostraban más insistentes el padre y la madre: debes casarte, te llega a ti la vez, madre ha trabajado mucho  en su vida, en la casa hace falta una mujer joven que ayude a la vieja... Todo era dar vueltas al mismo tema.

Iliá se limitaba a callar y a dar sorbetones. Pero hasta tal extremo le sacaron de sus casillas, que el mozo, a escondidas de los viejos, reunió en su saco una sierra, un hacha y otras herramientas de carpintero,  preparándose  para alejarse  del  pueblo.  No quería ir a  un sitio  cualquiera,  sino  a la capital, donde su tío Efim era vendedor en una panadería.

La madre no cejaba en su empeño:

—Te he buscado novia, Iliúshenka. Una moza guapa y que te conviene, una manzana en sazón. Sabe trabajar en el campo y mantener con las visitas una conversación agradable. Debemos pedirla antes que otro se adelante y te la quite.

El muchacho  estaba desesperado, no tenía el menor  deseo de casarse y, para colmo, no había ninguna muchacha que le agradase: en ninguna de las aldeas vecinas encontraba nada de su gusto. Cuando supo que la novia que le habían  buscado era la hija del tendero Fediushin, ya no pudo aguantar.

 

Una mañana, después de almorzar cualquier cosa, se despidió de sus padres y dirigió sus pasos a

la estación del ferrocarril. La madre rompió a llorar y el padre, frunciendo las grises cejas, le dijo colérico y enfadado:

—Si tienes ganas de ver mundo, Iliá, vete, pero a casa no vuelvas. Veo que te han contagiado los del Konsomol; no haces más que ir alrededor de esos malditos. Vive como mejor te parezca, yo no soy ya quién para mandarte...

Cerró la puerta violentamente, miró por la ventana cómo  se alejaba Iliá por la calle, ancha y recta, y al escuchar el malhumorado llanto de la vieja arrugó la frente y lanzó un profundo suspiro.

Mientras  tanto, Iliá  había salido  del  pueblo.  Se sentó  un rato  en la  cuneta y se echó  a reír recordando  a Nastia, la novia que le habían buscado. Era la imagen clavada de una monja: los labios apretados y taimados, no cesaba de suspirar y de persignarse como una vieja, no se perdía ni una sola misa. Y de carácter no podía ser más agria.

 

 

 

II

 

MOSCÚ NO ADMITÍA COMPARACIÓN ni siquiera con Kostromá. Al principio, Iliá se asustaba de los bocinazos de los automóviles, se estremecía  al mirar  los tranvías,  que pasaban con gran estruendo. Luego se acostumbró.  Su tío Efim le buscó trabajo de carpintero.

....Era ya de noche, más tarde que de costumbre, cuando volvía del trabajo por la Pliuschija, bajo la muda hilera de los ojos amarillos de las farolas. Para acortar  el camino torció por una calleja oscura y torcida. Junto  a un portón oyó un grito ahogado, pasos y el ruido de una bofetada. Iliá aceleró la marcha y se asomó  a la bocaza negra de la puerta:  pegado a la pared abovedada, un borracho baboso de abrigo de cuello de piel de cordero, alargaba las manos hacia una mujer y, entre eructo y eructo, gruñía con voz sorda:

—Ea, ea... permítame, cariño... en nuestros días esto no tiene importancia. La felicidad de un instante...

Tras el cuello de piel de cordero, Iliá vio un pañuelo rojo y unos ojos de muchacha rebosantes de espanto, de lágrimas y de repugnancia

Iliá dio unos pasos hacia el borracho, agarró el cuello de piel de cordero y arrojó aquel cuerpo fofo contra la pared. El borracho lanzó un ay, eructó, se apoyó con un absurdo temblor de buey en Iliá  y, sintiendo  los  ojos  del  mozo clavados  en  él  con una mirada  fiera,  dio la  vuelta  y entre tropezones, mirando atrás y cayendo, escapó por la calleja.

La muchacha del pañuelo rojo y la raída chaqueta de cuero se agarró fuertemente al brazo de

Iliá.

—Gracias, camarada... Muchas gracias.

—¿Por qué te importunaba así? —preguntó  Iliá, confuso.

—Está borracho el muy canalla... Se empeñaba en molestarme. No lo había visto nunca.

La muchacha le puso en la mano un papel  con su dirección  y hasta que llegaron  a la plaza

Zúbovskaia no dejó de repetir:

—Cuando tenga un rato libre, camarada, venga a verme. Me dará una alegría.

 

 

 

III

 

ILIÁ  ACUDIÓ a casa de la muchacha un sábado. Subió al sexto piso, se detuvo  ante la rayada puerta con el nombre de ella: «Anna Bodrújina», buscó a tientas y llamó suavemente. Le abrió la muchacha misma. De pie en el umbral, miró con ojos cegatos, lo reconoció y su cara se iluminó al sonreír. —Pase, pase.

 

 

 

Venciendo la turbación, Iliá se sentó en el borde de la silla, miró tímidamente alrededor, y a las preguntas que ella le hacía fue contestando con palabras redondas y pesadas:

—De Kostromá... carpintero... he venido a buscar trabajo... tengo veintiún años.

Y cuando, involuntariamente, se le escapó que había huido para evitar que le casasen con una moza muy beata, la muchacha lanzó una sonora risotada e insistió:

—Cuenta, cuenta

Mirando la cara de ella, encendida por la risa, también rió Iliá. Con torpe movimiento de manos, habló largamente de todas sus cosas; su relato no cesaba de verse interrumpido por los estallidos de unas risas jóvenes y primaverales.

A partir de aquel día sus visitas menudearon.  Se le hizo familiar la habitación recubierta de un papel descolorido y el retrato de Lenin. Después del trabajo le agradaba permanecer un rato con ella, escuchar sus sencillas palabras sobre Lenin y mirar sus ojos grises, de un azul claro.

Las calles  de la  ciudad  se  engalanaron  con la  suciedad  de la  primavera.  En una ocasión  se encaminó directamente a verla a la salida del trabajo, dejó las herramientas en el suelo, agarró el tirador de la puerta y sintió la quemadura del frío. En una hoja de papel clavada en la madera, la familiar escritura inclinada decía: «Estaré fuera un mes. Tengo que cumplir una misión en Ivánovo- Voznesensk».

Bajó los seis pisos con la vista fija en el oscuro hueco de la escalera y lanzando unos espesos escupitajos. Un fuerte dolor le oprimía el corazón. Calculó cuántos días quedaban para la vuelta, y conforme el momento  deseado se acercaba, mayor era su impaciencia.

El viernes  no acudió  al  trabajo:  por la  mañana, sin  entretenerse  en almorzar,  se dirigió a la conocida calleja, bañada por el intenso aroma de los álamos en flor, viendo cómo  se acercaba y alejaba cada pañuelo rojo. Mediada la tarde, la vio salir de la calleja, y sin contenerse corrió a su encuentro.

 

 

 

IV

 

VOLVIERON LAS VELADAS en compañía  de ella, bien en casa, bien en el club de los komsomoles. Enseñó a Iliá a deletrear, y luego a escribir. La pluma temblaba entre los dedos como una hoja de pobo, el papel se llenaba de borrones. El pañuelo rojo se inclinaba hacia él hasta casi tocarle, y entonces Iliá sentía dentro de la cabeza el martilleo monótono y cálido de una forja.

La pluma bailaba entre los dedos, trazaba en la hoja de papel unas letras anchas de hombros  y cargadas de espaldas como él mismo, como Iliá, y los ojos se le nublaban.

Pasado un mes, Iliá entregó al secretario de la célula de la obra donde trabajaba la solicitud de ingreso en la Unión de Juventudes Comunistas, pero no una solicitud cualquiera, sino escrita de su puño y letra, con unos renglones torcidos que habían caído en el papel como las virutas espumosas al salir de la garlopa.

Una semana después, al verlo en la entrada de la alta casa de seis pisos, Anna gritó con voz alegre y sonora:

—¡Saludo al joven comunista camarada Iliá!

 

 

 

V

 

—BUENO, ILIÁ, ya pasa de la una. Debes irte a casa.

—Espera, ¿no tienes tiempo para dormir?

—Ya son dos noches las que duermo poco. Vete, Iliá.

—Hay mucho barro en la calle... En casa, la patrona protesta de que la obliguemos a levantarse constantemente  a abrir la puerta cuando llega cada uno...

 

 

 

—Entonces  vete antes, no te quedes hasta medianoche...

—¿No podría pasar la noche aquí... en cualquier sitio?

Anna se puso en pie y se volvió de espaldas a la luz. Una arruga surcó de parte a parte su frente.

—Escucha, Iliá... si vienes buscándome  a mí, puedes marcharte.  Estos últimos días veo lo que pretendes... Debes saber que estoy casada. Mi marido trabaja desde hace cuatro meses en Ivánovo- Voznesensk, y yo me voy a reunir con él dentro de unos días...

Los labios de Iliá parecieron cubrirse de una ceniza gris.

—¿Estás ca-sa-da?

—Sí, mi marido es komsomol. Siento no habértelo dicho antes.

Durante dos semanas no acudió al trabajo. Permaneció tumbado en la cama, abotagado y como verdoso. Luego  se levantó,  pasó el  dedo por los  dientes  de la  sierra,  que  se había  cubierto  de herrumbre, sus labios se contrajeron en una sonrisa forzada.

Los muchachos de la célula le asaetearon a preguntas al verle:

—¿Qué mal bicho te ha picado, Iliuja? Pareces un resucitado. Estás todo amarillo. En un pasillo del club se tropezó con el secretario de la célula.

— ¿Eres tú, Iliá

—El mismo.

—¿Dónde te has perdido?

—He estado enfermo... me dolía la cabeza.

—Tenemos una plaza para asistir a un cursillo de agronomía. ¿Quieres ir tú?

— Con mucho gusto iría, pero escasamente sé leer y escribir...

—¡No digas tonterías! Es un curso de capacitación, teenseñarán....

 

* * *

 

Una semana más tarde, a la salida del trabajo, cuando se dirigía a clase, Iliá oyó que le llamaban a su espalda:

—¡Iliá!

Se volvió: era ella, Anna, que trataba de alcanzarle y le sonreía desde lejos. Le dio un fuerte apretón de manos.

—¿Cómo va esa vida? He oído decir que estás estudiando.

—Vivo sin grandes novedades, estudio. Gracias a lo que tú me enseñaste.

Caminaban uno junto a otro, pero la proximidad del pañuelo rojo ya no le producía mareos. Al despedirse, ella le preguntó, sonriendo y mirando a un lado:

—¿Te has curado de aquella enfermedad?

—Estudio la forma de curar distintas enfermedades de la tierra, pero ésa...

Hizo un gesto  de  desesperanza,  se pasó  las  herramientas  del  hombro derecho  al  izquierdo, sonriendo, y siguió adelante, pesado y torpe.

 

1925

 

 

 

 

 

 

 

EL CORAZÓN DE ALIOSHKA

 

 

 

DOS VERANOS SEGUIDOS la sequía había dejado negros los campos de los mujiks. Dos veranos seguidos que un fuerte viento soplaba del Este,  desde las tierras kirguisas, agitando las espigas enrojecidas y secando los ojos de los mujiks, fijos en la abrasada estepa, las lágrimas punzantes del mujik. Tras el viento venía el hambre. Alioshka se la imaginaba como un hombre grande y sin ojos: caminaba por los descampados, buscaba con las manos en los caseríos y aldeas, estrangulaba a la gente. Sus sarmentosos dedos se aprestaban a aplastar el corazón de Alioshka.

A Alioshka le había quedado un vientre abultado, los pies hinchados... Apretaba con el dedo su pantorrilla, violácea, y en un principio se le formaba un hoyo blanco; luego, poco a poco, alrededor del hoyo le aparecían como  unas ampollas, y el lugar donde apretó era invadido por una sangre terrosa.

Las orejas de Alioshka, la nariz, los pómulos, la barbilla quedaban cubiertos por una piel tirante que no podía ser más; y la piel era como la corteza  seca del cerezo. Sus ojos se habían  hundido tanto que las órbitas parecían vacías. Alioshka tenía catorce años. Hacía cinco meses que no veía el pan. Alioshka se hinchaba de hambre.

Una mañana temprano, en que la sibirka en flor expande al pie de las cercas su olor empalagoso a miel, cuando las abejas se columpian ebrias en sus flores amarillas y cuando la mañana, bañada por el  rocío, resuena  con un silencio  transparente, Alioshka,  tambaleándose  a  los  embates  del viento, llegó a duras penas hasta la zanja. Jadeante, la cruzó con gran esfuerzo y se sentó junto a la cerca. La alegría le producía un dulce mareo, en la garganta se le hizo un nudo de ansia. La cabeza le daba vueltas porque al lado de sus pies, inmóviles y azulencos, yacía el cadáver de un potrillo, todavía caliente.

La yegua del vecino estaba preñada. En un descuido de los dueños, el toro de la dula le había dado una cornada, abriéndole las tripas: la yegua había malparido. El potrillo estaba allí, al pie de la cerca,  todavía  caliente,  envuelto  en  el  vapor  de la  sangre.  Alioshka,  sentado,  con las  palmas huesudas apoyadas en el suelo, se reía, se reía...

Trató Alioshka  de levantarlo  entero, pero le  fallaron  las  fuerzas.  Volvió a  casa  y cogió un cuchillo. Mientras llegó a la cerca, en el lugar donde estaba el potrillo se habían amontonado  los perros, que se peleaban y arrastraban por la tierra polvorienta los trozos de carne sonrosada. De la boca, contraída,  se le escapó un grito. A tropezones y agitando el cuchillo, corrió hacia los perros. Reunió en un montón todo, hasta el último trozo de intestino y, en varios viajes, lo llevó a su casa.

Aquella tarde, una indigestión de aquella carne fibrosa produjo la muerte de la hermana menor de Alioshka, una niña de ojos negros.

La madre quedó largo rato echada de bruces en el piso de tierra; luego se levantó, se volvió hacia Alioshka y dijo, moviendo sus labios color de ceniza:

—Cógela de los pies...

La levantaron. Alioshka de los pies y la madre de la rizada cabecita, la llevaron a la zanja y la cubrieron de una leve capa de tierra.

Al día siguiente, el chiquillo del vecino vio a Alioshka que se arrastraba  por el sendero y dijo, hurgándose la nariz y mirando a otra parte:

—Alioshka, nuestra yegua ha malparido y los perros se comieron el potro.. Alioshka guardó silencio, apoyado en el portón.

—Y a vuestra Niuratka los perros la han desenterrado de la zanja y le han comido las entrañas... Alioshka dio la vuelta y se alejó sin decir nada ni mirar atrás.

El chicuelo, saltando sobre un pie, le gritó mientras se alejaba:

 

 

 

—Nuestra madre dice que a los que entierran sin pope y fuera del cementerio se los comen los diablos en el infierno... ¿Oyes, Alioshka?

 

* * *

 

Pasó una semana. Las encías de Alioshka empezaron a supurar. Por las mañanas, cuando para calmar las náuseas del hambre masticaba unas cortezas resinosas, los dientes se le movían y bailaban, y un espasmo le oprimía la garganta.

La madre, que llevaba tres días sin levantarse, murmuró:

—Alioshka, ve a coger unas hierbas al huerto...

Las piernas de Alioshka parecían dos briznas. Él las miró recelosamente y se echó de espaldas. El dolor que le atravesaba las encías le obligó a alargar las palabras:

—No puedo ir, madre... El viento me tira al suelo...

Ese mismo día Polka, la hermana mayor de Alioshka, vio que una vecina rica —a la que llamaban la Makárchija— se disponía a ir al otro lado del río a escardar.  Siguió con la mirada el pañuelo amarillo que se alejaba por entre los huertos y, saltando por la ventana, se metió en la casa. Acercó un banquillo al horno, metió la cabeza en él  y se dio un atracón  de la sopa de col que encontró en el puchero; los trozos de patata los sacó con los dedos. Con el estómago lleno, se quedó dormida  tal  como estaba:  con la  cabeza  descansando  en  el  horno y los  pies  apoyados  en  el banquillo. A la hora de la comida volvió la Makárchija, que era una mujer robusta y de mal genio. Al ver a Polka lanzó un chillido, con una mano agarró los pelos revueltos de la muchacha y con otra, que había empuñado una plancha, sin despegar los labios, golpeó una vez y otra en la cabeza, en la cara, en el pecho, hundido y sonoro.

Desde su patio, Alioska vio a la Makárchija que, después de asomarse a mirar, sacaba a Polka arrastrándola de los pies. Las faldas se le habían subido a Polka por encima de la cabeza, el pelo barría el polvo y dejaba en el patio un rastro de sangre.

A través de la cerca de mimbre, sin pestañear, Alioshka vio que la Makárchija tiraba a Polka a un pozo viejo y echaba apresuradamente tierra encima.

 

* * *

 

De noche, el huerto se ve invadido por el olor a tierra húmeda,  a ortiga, y por el embriagador aroma  de la  adormidera.  A lo largo  de  la  cerca  medio  desvencijada,  los  lampazos  montan su guardia perpetua.

Es de noche.  Alioshka  ha salido  al  huerto y mira  largamente  al  patio  de la  Makárchija,  los ventanucos cubiertos de placas de mica, las salpicaduras de la luna en el ramaje desmelenado de los huertos, y se acerca silencioso al portón de la Makárchija. Al pie del granero resuena una cadena y gruñe el perro atado a ella.

—¡Cállate!.... Serko... Serko...

Juntando los labios, Alioshka lanza un leve silbido y el perro se apacigua.

Alioshka no se dirigió al portillo, sino que saltó la cerca y a tientas, arrastrándose, llegó hasta la cueva, cubierta de hierbajos y ramas. Con el oído atento, quedó a la escucha del ruido de la cadena. La cueva no es taba cerrada. Levantó las tablas y, encogido, bajó la escalera.

Alioshka no vio cuando la Makárchija salía de la cocina de verano. Recogiéndose la camisa, llegó a saltos hasta el carro que había en medio del patio, sacó de él una estaca y se dirigió hacia la cueva. Asomó  la  desgreñada  cabeza  por el  hueco,  mientras  Alioshka,  con los  ojos  turbios  y cerrados, sin oír otra cosa que los fuertes latidos de su corazón,  sin tomar aliento, bebía la leche guardada en un jarro.

 

 

 

—¡Ojalá se te atragante!.... ¿Qué haces ahí, hijo de perra? El jarro, convertido en una pesa de plomo, se escurrió de los helados dedos de Alioshka y se rompió en mil pedazos al chocar con el borde del último peldaño.

La Makárchija cayó echa una pelota en la cueva...

 

* * *

 

Sin el menor esfuerzo, levantó a Alioshka agarrándolo por las axilas y con los labios apretados, salió al callejón, siguió al amparo de las cercas hasta el río y tiró el cuerpo desmadejado en el fango de la orilla, junto al agua.

Al día siguiente era la Trinidad. El suelo de la casa de la Makárchija estaba cubierto de ajedrea y de hierba de la Virgen. A primera hora había ordeñado a la vaca y la había echado a la dula. Sacó del arca la pañoleta de colorines, de flecos, se la puso y se encaminó a ver a la madre de Alioshka. La puerta del zaguán estaba abierta de par en par; del cuarto, sin barrer, salía un olor pestilente. Entró. La  madre de Alioshka  estaba  en  la  cama, con las  piernas  encogidas,  y con la  mano se resguardaba de la luz. La Makárchija se persignó devotamente  ante el icono, ennegrecido por el humo.

—Buenos días, Anísimovna.

Silencio. Anísimovna estaba con la boca torcida, las moscas formaban negras manchas en sus mejillas y volaban con sordo zumbido sobre los labios. La Makárchija dio un paso hacia la cama.

—Madrugas, muy poco, querida... Venía a preguntarte si quieres vender la casa. Ya sabes que tengo una moza en edad de casarse, querría  buscarle un sitio para cuando  se presente el yerno... Pero ¿me oyes?

Le tocó la  mano y sintió  que un frío punzante la abrasaba. Lanzó  una exclamación  y quiso escapar de la muerta, pero en la puerta estaba Alioshka, más blanco que la cera. Permanecía agarrado al marco, todo manchado de sangre y de fango del río.

—Estoy vivo, tía... no me mates... no lo haré más.

 

* * *

 

Anochecía. Alioshka  caminaba  a través  de las  calles  engalanadas  con los  rizosos  tapices  de polvo, a través  de la  plaza.  Pasó  a lo largo  de la valla semiderruida de la iglesia,  buscando la sombra.  Cerca de la escuela, bajo las ceñudas acacias,  se tropezó  con el pope. Éste salía de la iglesia, encorvado por el peso de un saco de pastelillos y carne en salazón. Alioshka, torciendo los labios, pidió con voz ronca:

—Una limosna por el amor de Dios...

—Dios te socorrerá... —contestó el pope, que siguió su camino, encorvado y enredando los pies en los faldones de la sotana.

A la orilla del río, en los cobertizos y graneros de ladrillo había trigo. La casa era de techumbre de chapa. Era la oficina número 32 del Comisariado de Abastos del Don. En uno de los cobertizos había una cocina de campaña y dos cochecillos de dos ruedas con cajas de munición. Junto a los graneros, pasos y los aguijones sucios de las bayonetas. La guardia.

Alioshka aguardó a que el centinela estuviese de espaldas y se introdujo en uno de los graneros (por la mañana había visto que por entre las rendijas salía el trigo como un chorro amarillo). Tomó un puñado de duro grano y masticó con avidez. Una voz a sus espaldas le hizo volver a la realidad:

—¿Quién anda por ahí?

—Yo...

—¿Quién eres?

—Alioshka...

—Ea, sal...

 

 

 

Alioshka se puso en pie, cerró los ojos y se tapó la cara con las manos, a la espera del golpe. Así permanecieron largo rato... Luego, una voz bondadosa gruñó:

—Ven conmigo, Alioshka. Tengo trigo cocido.

Alioshka pudo ver unas gafas de cristales sucios que cabalgaban en una nariz encorvada y una sonrisa que no tenía nada de enfado. El de las gafas caminaba a largos pasos, con unas piernas tan largas que parecían zancos; Alioshka le siguió entre tropezones. En la oficina, la segunda puerta de la derecha del pasillo ostentaba esta incripción:

«Comisario político Sinitsin.»

Entraron. El de las gafas encendió una lamparilla de aceite, se sentó en un taburete, abriendo ampliamente las rodillas, y alargó a Alioshka una escudilla de trigo cocido, en la que echó aceite de girasol. Se quedó mirando cómo se movían las mandíbulas de Alioshka y cómo le subían y bajaban los músculos de la cara al masticar. Luego se levantó y cogió la escudilla. Alioshka la agarró por el borde con sus dedos cubiertos de verrugas. Gritó, sacudiendo la cabeza:

—¿Te da pena que coma más, avaricioso?

—No me da pena, cabeza de alcornoque, pero si te hartas podrías reventar.

 

* * *

 

Apenas había amanecido cuando Alioshka se presentó  en el patio de la oficina de Abastos. Se sentó en los rotos peldaños del portal y, dando diente con diente, aguardó hasta la salida del sol a que rechinase la puerta con la inscripción «Comisario político Sinitsin» y en el umbral apareciese el de las gafas.

El sol había cruzado por encima de los cobertizos de ladrillo cuando el de las gafas se levantó. Salió al portal y arrugó la nariz.

—¿Eres tú el que huele mal, Alioshka?

—Quiero comer... —gruñó Alioshka, y miró al de las gafas de abajo arriba.

—Ahora haremos unas gachas, pero... hueles que apestas, Alioshka Popóvich1. Alioshka explicó en tono sencillo y práctico:

—La Makárchija quiso matarme, ahora tengo calentura, y me han salido gusanos en la cabeza... El de las gafas palideció.

— ¿Te han salido gusanos?

— Sí, en la cabeza... Me pican mucho...

Alioshka levantó el puñado de cáñamo que le cubría, hecho un pegote de sangre, y el de las gafas miró la herida redonda bordeada de pus. En la parte de dentro vio las cabezas aguzadas de unos gusanos blancos y lanzó un gemido, inclinándose por la barandilla del portal.

Alioshka cobró ánimos y dijo:

—Mira... sácamelos con un palito y en el agujero echa petróleo... Con el petróleo se morirán,

¿no crees?

El de las  gafas  hurgó con un palito  aguzado,  sacando de la herida los  escurridizos  gusanos, mientras que Alioshka enseñaba los dientes y daba patadas en el suelo.

Lazos de amistad se establecieron desde entonces entre ellos. Cada día, Alioshka se acercaba  a la  oficina  de Abastos  y comía una escudilla  de gachas de avena  aderezadas con aceite.  Comía mucho y con avidez, y siempre sentía en él, inquieto, una mirada cariñosa e inquisitiva.

 

* * *

 

Al otro lado del camino, más allá del muro que formaba el maíz con sus crujientes mazorcas, el centeno acabó de perder la flor. Las espigas se llenaron con un gran grueso y cerúleo. Todos los

 

 

1 Uno de los paladines de las viejas leyendas rusas.

 

 

 

días, Alioshka sacaba a pastar  a la estepa, por junto a los campos de cereal, los caballos de la oficina de Abastos. Sin trabarlos, los dejaba sueltos por las laderas cubiertas de ajenjo y de estipa, de penachos grandes y grises, y él se acercaba  al centeno. Los tallos, ya muy altos, se apretaban acogedores, ofreciendo un lugar, y Alioshka se tumbaba  con cuidado, procurando no aplastarlos. Echado sobre sus espaldas, desgranaba las espigas en la palma de la mano y comía hasta hartarse aquel grano suave y oloroso, henchido de una leche blanquecina.

Un día, Alioshka sacó los caballos a la estepa. Durante largo rato anduvo alrededor de una yegua guita, tratando de quitarle los cardos de la crin y de limpiarle la piel de las cortezas que la cubrían. El animal enseñaba los ennegrecidos dientes, tratando de morderle y de darle una coz. Alioshka consiguió agarrarla de la cola cuando a sus espaldas oyó una voz:

—Hola, Alioshka... Basta de hacer el vago. ¿Quieres venir a trabajar conmigo? Te daré la comida; bueno, y también el calzado.

Alioshka soltó la cola de la  yegua y volvió la cabeza. Iván Alexéiev,  un rico del pueblo, le miraba sonriente.

—¿Quieres  colocarte de criado  conmigo?  Te daré de comer  bien,  lo que  se dice una buena comida... Leche y todo lo demás.

Sin pararse a pensarlo, contento de encontrar trabajo y pan, Alioshka dijo:

—Acepto, Iván Alexéiev.

—Conforme, preséntate con tus cosas esta tarde.

Y la camisa desteñida de Iván Alexéiv se perdió entre los maizales.

Al que está desnudo le cuesta poco vestirse; le basta con apretarse el cinturón. Alioshka no tenía a nadie en el mundo. Todos sus bienes eran unas piedras. Todo cuanto poseían, había sido vendido antes de la muerte  de su madre  a los vecinos: la casa, por nueve puñados de harina; las dependencias, por un poco de mijo; el huerto lo había comprado  la Makárchija por un jarro de leche. Lo único que a Alioshka le quedaba era el chaquetón del padre y las remendadas botas de fieltro de la madre.

La dula volvió del campo y Alioshka se dirigió a la casa de Iván Alexéiev. Sobre un terliz que la dueña  había  extendido  junto a  la  cocina  de verano,  toda  la  familia  se había  reunido  a cenar. Alioshka sintió que hasta él llegaba el olor a carne de cordero.  Tragando  saliva, se quedó  a la espera, mientras hacía una pelota de la gorra y pensaba: «Si por lo menos me hiciese sentar la dueña a cenar con ellos...» Pero la mujer, no era de esas trazas. Sin cesar de hacer ruido con los pucheros, gritó:

—¡Otra  boca más que has traído! Comerá  más de lo que trabaje. Dile que se vaya  con Dios, Iván. ¡En los tiempos que corren no lo necesitamos para nada!

—¡Calla, mujer! Sin rechistar, haz lo que se te dice...

Iván Alexéiev se limpió la barba con la manga de la camisa. La conversación no pasó de ahí.

Alioshka estaba acostumbrado  al trabajo. Con su madre iba ya al campo,  desde los siete años sabía guiar la yunta y retorcerles el rabo a los bueyes. A dormir se quedó  en el cobertizo. Aquella misma noche se acercó el amo y le dijo, echando una bocanada de aire que apestaba a cebolla:

—Escucha, hijo de perra, si se te ocurre  fumar aquí te retorceré el pescuezo con mis propias manos. ¡Mucho cuidadito!

—Yo no fumo, tío...

—Pues mucho ojo...

Se marchó.  Alioshka  no podía  conciliar  el  sueño.  Lo mismo  le  ocurrió la  segunda  noche. Después del trabajo en el campo le dolían los brazos y las piernas, se sentía molido y el sueño no venía. Al tercer día, muy de mañana, se acercó a la oficina. El de las gafas se estaba lavando en el portal, entre carraspeos y resoplidos.

—¿Dónde te has perdido, Alexei?

—Me he puesto a trabajar.

 

 

 

—¿Con quién?

—Con Iván Alexéiev, que vive a la salida del pueblo.

—Está bien, hermano, acércate esta tarde. Hablaremos de esas cosas.

Por la tarde, después de abrevar a los animales, Alioshka se dirigió a la oficina. El de las gafas estaba buscando entre sus libros.

—¿Sabes leer, Alexei?

—Estudié en la escuela parroquial. Sé firmar.

—Ven conmigo.

Siguieron  pasillo  adelante.  En la  puerta  del  fondo había  escrito  con tiza  algo  extraño que Alioshka no pudo entender: «Club de la U.J.C.R.»1. El de las gafas entró, Alioshka le siguió con paso tímido. En el cuarto, una pieza de reducidas proporciones, había retratos y una bandera de un rojo desteñido. Varios muchachos conocidos. Leían en voz alta un folleto, volvieron la vista al oír el chirrido de la puerta y de nuevo  quedaron agrupados en torno a la mesa, atentos  a la lectura. Alioshka se unió a los que escuchaban. Se trataba de las normas a seguir cuando alguien contrataba a un bracero y de otras muchas cosas. Cuando Alioshka volvió del club era ya medianoche. Durante largo rato dio vueltas en la manta hecha un andrajo sobre la que se acostaba. Apuntaba ya el día y la luna en cuarto creciente seguía mirándole fijamente a los ojos.

* * * Iván Alexéiev decía a Alioshka:

—A ver si trabajas de prisa, hijo de perra...  A la primera vez que vea que haces el vago, te

echaré a la calle... Y entonces a ver si revientas...

Alioshka trabajaba en la siega de heno y en la trilla, cuidaba los animales. Mientras tanto, Iván Alexéiev, con las manos metidas en el cinturón de paño rojo, se paseaba por el patio, dejando ver una ligera sonrisa.

Un día de fiesta le interpeló el vecino:

—Buenos días, Iván Alexéiev.

—Buenos días.

—¿Has perdido la poca conciencia que te quedaba?

—¿A qué te refieres?

—A lo que  estás haciendo...  Haces  trabajar  a  Alioshka  como si  fuese  un caballo...  Vas  a conseguir que reviente el muchacho. Acabarás por cargar con ese pecado...

—Cuídate  de tus cosas, vecino, y no metas la nariz en las ajenas. ¿Sabes lo que te digo? Que te vayas con la p... de tu madre...

Le volvió la espalda al vecino y se alejó con continente grave, balanceándose; al dar la vuelta al cobertizo lanzó una retahíla de furiosos juramentos. De momento,  hasta que las cosas cambiasen, trataba de ocultar lo que llevaba en lo más íntimo de sus pensamientos.

A partir de entonces procuró  hacer cuanto mal pudiera al vecino, un campesino pobre que no tenía ni siquiera un caballo: en cuanto veía que la miserable vaca de éste se metía en sus tierras, se la llevaba y la tenía atada dos días enteros sin darle de comer. Y a Alioshka todavía le cargó más de trabajo, y al menor descuido le zurraba la badana.

Alioshka pensó en quejarse al de las gafas, pero no lo hizo, temeroso de que Iván Alexéiev le pusiera en la calle. Se calló. Durante las noches, cortas y calurosas bajo el entramado del cobertizo, mojaba la almohada con el amargor de las lágrimas; y todas las tardes, en cuanto acababa de dar de beber a los animales, por la era, escondiéndose tras las cercas, corría hasta el club. Allí encontraba siempre al de las gafas. Éste sonreía, mirándole por encima de los sucios cristales, y le daba unas palmadas en la espalda.

 

 

1 Unión de Juventudes Comunistas de Rusia. Komsomol.

 

 

 

Un domingo, Alioshka llegó al club más temprano que de costumbre. La reducida habitación estaba de bote en bote; todos iban armados con fusiles. El de las gafas llevaba al cinturón la funda de una pistola, sujeta con un cordoncillo trenzado, y una cosa brillante que parecía una botella.

Al ver a Alioshka, se acercó sonriente.

—Una banda ha aparecido en nuestro distrito, Alexei. En cuanto se presenten en el pueblo, ven a defender el club.

Alioshka  quiso  preguntar  detalles,  pero  había  mucha  gente  y no se  atrevió.  A  la  mañana siguiente, mientras estaba engrasando la segadora, vio que el amo salía de la cocina de verano y se dirigía hacia él. El corazón le dio un vuelco: el amo venía cejijunto y se tiraba de la barba. No creía haber incurrido en falta, pero Alioshka tenía miedo al amo, siempre dispuesto al castigo. Se acercó a la segadora:

—¿Adónde vas por las noches, canalla?

Alioshka  permaneció  mudo. El bote  de  aceite  con que  estaba  engrasando  la  máquina  le temblaba entre los dedos.

—Te pregunto que adónde vas.

—Al club...

—¿Al club, eh?...  ¿Y esto, no lo has probado nunca, hijo de mala madre?

El puño del amo, cubierto de unos pelos amarillos, era pesado como  una maza. Descargó  un golpe en la nuca de Alioshka, que cayó de bruces sobre las aspas de la trilladora; le pareció que un haz de chispas brotaba de sus ojos.

—¡Eso  se tiene que acabar!.... De lo contrario, puedes largarte de aquí. No quiero de ti ni el rastro... —Mientras aparejaba los caballos a la segadora, el amo no cesó de gruñir—. Lo tomé por pura lástima y él se junta con esos granujas. Pondrán otras autoridades que saldrán en defensa de este miserable... Si te acercas otra vez por allí, te daré una paliza que te dejará recuerdo para toda la vida...

Los dientes de Alioshka eran escasos y grandes, pero su corazón era sencillo, jamás había guardado rencor a nadie. Su madre acostumbraba a decirle:

—Cuando yo me muera, Alioshka, no sabrás defenderte.

Los polluelos te cubrirán de estiércol. ¿A quién has salido? Tu padre tenía un genio que le hizo dar con él  en la mina...  Nada le arredraba... Tú dejas que los chicos te peguen, y más tarde te pegarán todos...

El corazón de Alioshka era bondadoso,  no guardaba rencor ni siquiera al amo: ¿no le daba un trozo de pan? Alioshka se levantó y descansó unos instantes. El amo puso de nuevo en juego el puño: al  caer  sobre  la  segadora  había  vertido  el  aceite...  A trancas  y a barrancas  pasó  el  día. Alioshka se tumbó sobre la manta y se tapó la cabeza con la almohada...

Se despertó de madrugada. En la calleja resonaban unos cascos de caballo, que dejaron de oírse delante del portón.

Se oyó la anilla del portillo. Unos pasos, y alguien llamó a la ventana.

—Patrón... —dijo a media voz.

Alioshka  aguzó  el  oído: crujió la  puerta  y apareció  Iván  Alexéiev.  Durante  un buen  rato estuvieron cuchicheando.

—Hay que darles un pienso a los caballos... —llegó hasta el cobertizo.

Alioshka levantó la cabeza y vio que dos hombres, vestidos con sendos capotes, hacían entrar en el patio a sus caballos ensillados y los ataban en la barandilla del portal. El  amo y uno de ellos se dirigieron a la era. Al pasar por delante del cobertizo, Iván Alexéiev se asomó  y preguntó en voz baja:

—¿Duermes, Alioshka?

Alioshka se acurrucó  y lanzó un leve ronquido por la nariz. Siempre atento, levantó ligeramente la cabeza.

—Es un chico que vive conmigo... No es de fiar...

 

 

 

Cinco minutos después rechinó el portillo de la era. El amo traía una brazada de heno, seguido de uno de los desconocidos, que hacía resonar el sable y se enredaba en los faldones del capote. Las voces llegaron a Alioshka roncas y apagadas:

—¿Tienen ametralladoras?

—¿De dónde las van a sacar?... Hay  dos secciones de rojos en el patio de la oficina... Nada más... Bueno también están el comisario político y los pesadores...

—Mañana  a medianoche os haremos una visita... Estamos reunidos en el bosque Kazenni... Los degollaremos a todos si conseguimos dar un golpe de sorpresa...

Cerca del portal relinchó un caballo. El otro desconocido del capote gritó colérico:

—¡Cállate, maldito!....

Se oyó el ruido de un fustazo y el repiqueteo de los cascos del animal.

Al amanecer empezaba a barrer  las sombras cuando del patio de Iván Alexéiev salían los dos jinetes y, al trote corto, se alejaban por el camino del bosque Kazenni.

 

* * *

 

Por la mañana, Alioshka apenas si probó bocado. Permanecía quieto, sin levantar los ojos. El amo le miró receloso.

—¿Por qué no comes?

—Me duele la cabeza.

A duras penas aguardó a que el desayuno terminase. Procurando no ser visto, se acercó  a la era, saltó la cerca y, al trote, se dirigió a la oficina. Como una ráfaga de viento, semetió en la habitación del comisario político Sinitsin, cerró la puerta y se detuvo  en el umbral, apretándose con las manos el corazón, que le repiqueteaba como un tambor.

—¿De dónde vienes, Alioshka?

Confusamente, Alioshka contó la visita que el amo había tenido aquella noche, los fragmentos de la conversación que había escuchado. El de las gafas escuchó sin decir una sola palabra, luego se puso en pie y dijo cariñosamente a Alioshka:

—Espérame aquí... —y salió.

Así  estuvo Alioshka  como cosa de media  hora  en el  cuarto del  de las  gafas.  En la  ventana zumbaba enfadada una avispa, en el suelo se removían  los mechones de la luz del sol. Al oír en el patio  unas voces,  Alioshka  se asomó  a la  ventana.  En el  portal  estaban  el  de las  gafas  y dos soldados  rojos,  entre los  cuales  se encontraba  su amo,  Iván  Alexéiev.  La  barba de este último temblaba y sus dientes no cesaban de saltar:

—Es una denuncia de alguien que me quiere mal...

—Eso se verá...

Nunca había visto Alioshka así al de las gafas: sus cejas se habían juntado y tras los cristales de las gafas sus ojos tenían un brillo duro. Abrió la puerta de un granero,  se hizo a un lado y dijo severamente a Iván Alexéiev:

—Entra...

Encorvándose, el amo de Alioshka desapareció en el granero. La puerta se cerró de golpe a sus espaldas.

 

* * *

 

—Fíjate bien: así y así, y luego de esta manera  y de ésta, y la vaina sale despedida. Aquí se coloca el cargador...

Rechina el cerrojo del fusil bajo la mano del de las gafas, mira a Alioshka por encima de los cristales y sonríe.

 

 

 

La  oscuridad  se  extendió  sobre  el  pueblo  como un charco  de  pez.  Los  soldados  rojos permanecían cuerpo a tierra en la plaza, a lo largo de la tapia de la iglesia. Junto al de las gafas se encontraba Alioshka. La correa de su fusil despedía un penetrante olor a cuero,  la culata estaba húmeda del relente de la noche...

Hacia las  doce,  a la salida del  pueblo,  cerca del  cementerio,  ladró  un perro, luego  otro, y a continuación, de súbito, los oídos  se llenaron con el retumbar de los cascos de los caballos. El de las gafas, rodilla en tierra, apuntó al otro extremo de la calle y gritó:

—Compañía... ¡fuego!

¡Ta-a-ac! ¡Tac! ¡Tac!....

Al otro lado de la tapia, el eco repitió en frase confusa y rápida: ¡a-a-ac!

Alioshka accionó el  cerrojo en dos tiempos, la vaina salió despedida  y de nuevo  escuchó la ronca voz de mando: «Compañía, ¡fuego! ».

Al otro lado de la calle se armó un coro de imprecaciones, de disparos, de relinchos de caballos. Alioshka prestó atención: sobre su cabeza se oían unos zumbidos molestos: u-uu-u...

Una bala se fue a estrellar en la tapia, una vara por encima de la cabeza de Alioshka, salpicándole de ladrillo.  Al otro lado  de la calle se veía  de vez  en cuando  el  resplandor  de un fogonazo: el desordenado galopar parecía alejarse. El de las gafas se puso en pie de un brinco y gritó:

—¡Seguidme!

Echaron a correr.  Alioshka sentía en la boca una sensación de amargo y seco, el corazón no le cabía en el pecho. Al llegar al otro extremo de la calle, el de las gafas tropezó en un caballo muerto y se cayó.  Alioshka, que corría junto a él, vio que dos hombres, delante de los rojos, saltaron una cerca y cruzaron el patio. La puerta se cerró de golpe. Resonó el cerrojo.

—¡Ahí están! ¡Dos se han metido en la casa!.... —gritó Alioshka.

El de las gafas, cojeando después de la caída, llegó a la altura de Alioshka. Rodearon el patio. Los soldados rojos se ciñeron tras la tapia del cementerio, tras los húmedos groselleros y a lo largo de la  cuneta del  camino.  Desde las  ventanas  de la  casa, tapadas  con almohadas,  empezaron   a disparar; entre tiro y tiro se oían roncas imprecaciones y voces entrecortadas. Luego, todo quedó en silencio.

El de las gafas y Alioshka estaban juntos. Poco antes del amanecer, cuando una húmeda oscuridad se deslizó arremolinada por el huerto, el de las gafas, sin levantar la voz, gritó:

—¡Eh, vosotros, si no os rendís echaremos una granada! Dos tiros contestaron  desde la casa. El de las gafas hizo una seña con el brazo:

—Sobre las ventanas, ¡fuego!

Una descarga seca y rasgada. Otra y otra. Protegidos por las gruesas paredes de barro, los dos de la casa disparaban de tarde en tarde, pasando de una ventana a otra.

—Alioshka,  tú eres más  bajo  que yo. Acércate por la cuneta  hasta el  cobertizo  y lanza esta granada a la puerta... De lo contrario, tardaremos en cogerlos... Aquí, de esta anilla, tiras y lánzala. No te entretengas, porque te mataría...

El de las gafas desenganchó del cinturón aquella cosa que parecía una botella y la entregó  a Alioshka. Encorvado y apretándose  a la tierra húmeda, Alioshka se acercó;  arriba, sobre la zanja, las balas segaban los hierbajos y la regaban con las gotas frías del rocío. Al llegar al cobertizo tiró de la anilla y apuntó a la puerta, pero la puerta chirrió, se estremeció, se abrió de par en par... Dos hombres cruzaron el umbral; el primero de ellos llevaba en brazos una niña como de cuatro años, a la luz incierta del amanecer  se distinguía claramente la mancha blanca de su camisa de lienzo; el segundo traía los  calzones  de cosaco empapados  de sangre;  con la  cabeza colgando,  se detuvo agarrándose al marco de la puerta.

—¡Nos rendimos! ¡No disparéis! Vais a matar a la criatura.

Alioshka vio que de la casa salía una mujer, que se puso delante de la niña con intención de protegerla,  mientras  que  no cesaba de  gritar  y de retorcerse  las  manos. Miró hacia  atrás  y se

 

 

 

encontró con el de las gafas, que se incorporaba hasta ponerse de rodillas; su cara era más blanca que la cal. Sus ojos se volvieron a un lado y a otro.

Alioshka comprendió qué era lo que debía hacer. Los dientes de Alioshka eran grandes y espaciados, y las personas de dientes espaciados poseen un corazón blando. Así solía decir la madre de Alioshka. Se echó sobre la brillante granada, parecida a una botella, y se tapó  la cara con las manos...

Pero el de las gafas se acercó a Alioshka de un salto, lo apartó de una patada, agarró con la boca torcida la granada y la arrojó a un lado. Un instante después sobre el huerto se elevaba una columna de fuego, Alioshka oyó un estruendo horroroso, un grito de lamentación del de las gafas, y sintió que algo  que olía  a azufre  le  quemaba el  pecho y sus ojos  se cubrían  de una  niebla  espesa  y punzante.

 

* * *

 

Cuando Alioshka recobró el conocimiento, lo primero que vio fue la cara del de las gafas, ahora terrosa después de las noches de insomnio:

Trató Alioshka de levantar la cabeza, pero un doloroso pinchazo le hirió el pecho. Lanzó un gemido, rió.

—Estoy vivo... no he muerto...

—¡Y no morirás, Alioshka!.... Ahora no puedes morirte. Mira...

En la mano del de las gafas había un carnet con su número. Lo acercó a los ojos de Alioshka y leyó:

—Alexei Popov, miembro de la U.J.C.R... ¿Comprendes, Alioshka? A un dedo del corazón se te quedó el casco de granada... Ahora  te hemos curado, que tu corazón siga latiendo para bien del poder de los obreros y campesinos.

El de las gafas apretó la mano de Alioshka, y Alioshka, tras los cristales turbios, empañados, vio algo que jamás había visto antes: dos lágrimas pequeñas como  de plata y una sonrisa torcida y temblorosa.

 

1925

 

 

 

 

 

EL GUARDA DEL MELONAR

 

 

 

EL PADRE LLEGÓ de la entrevista con el atamán de la stanitsa satisfecho, como si le hubieran proporcionado una gran alegría. La risa parecía haberse enredado entre sus espesas cejas, los labios se arrugaban  en una sonrisa que era incapaz de contener. Hacía mucho tiempo que Mitka no había visto  así a su padre.  Desde  que  volvió del  frente  siempre  se había  mostrado  serio,  ceñudo; no escatimaba los bofetones con Mitka, un muchacho  de catorce  años, y pasaba  largos ratos acariciándose  pensativo  su  pelirroja  barba.  Y  ahora  —como el  sol  cuando  sale  por entre  las nubes— dijo sonriente y burlón a Mitka, que había aparecido junto a él en la entrada de la casa:

—¡Eh, rapaz!.... ¡Corre al huerto y di a madre que es la hora de comer!

La comida reunió a toda la familia: el padre bajo los iconos, la madre encogida en el borde del banco, cerca del horno, y Mitka al lado de Fiódor, el hermano mayor. Cuando hubieron dado fin a la modesta  sopa de col, el padre abrió su barba en dos mitades de dura pelambrera y de nuevo sonrió, arrugando sus azulencos labios:

—Debo  dar a la familia una noticia excelente: hoy he sido nombrado comandante del tribunal militar  de la  stanitsa...  —Y agregó  después de una pausa—:  En la  guerra contra los  alemanes también me gané con toda justicia los galones, el grado de oficial y las medallas. Mis superiores no lo han olvidado.

Y enrojeciendo, con la cara inyectada de sangre, se volvió furioso hacia Fiódor:

—¿Por qué bajas la cabeza, canalla? ¿No te alegra ver contento a tu padre? Ten mucho cuidado, Fedka... ¿Crees que no veo cómo andas con los mujiks? Por tu culpa, miserable, el atamán me ha echado una reprimenda. «Usted, Anísim Petróvich —me ha dicho—, es fiel, realmente, al honor de los cosacos, pero su hijo Fiódor mantiene tratos con los bolcheviques. El mozo ha cumplido los veinte años y es una lástima, podría salir perjudicado...» Di, hijo de perra, ¿es cierto que andas con los mujiks?

—Sí.

A Mitka le dio un vuelco el corazón, pensó que el padre iba a golpear a Fiódor, pero se limitó a echarse hacia delante, sobre la mesa, y a apretar los puños. Gritó:

—¿Y sabes, maldito rojo, que mañana tus amigos van  a ser detenidos? ¿Sabes que  el sastre

Egorka y el herrero Grómov  van a ser fusilados mañana mismo?

Y de nuevo oyó Mitka la voz firme de su hermano, que había palidecido:

—No, no lo sabía, pero ahora ya lo sé.

Antes que la madre pudiera ponerse en medio, antes que Mitka pudiera lanzar un grito, el padre, con toda su fuerza, arrojó sobre Fiódor la pesada jarra de cobre. El borde aguzado del asa rota se clavó algo más arriba del ojo del hermano. La sangre brotó como un fino escupitajo. En silencio, Fiódor se  cubrió con la  mano el  ojo cubierto  de sangre. La  madre, llorosa,  abrazó  su cabeza, mientras que el padre derribaba con gran estruendo el banco y salía de la casa dando un portazo.

Hasta que se hizo de noche la madre no cesó de trajinar. Sacó del arca un mazo de pescado seco, puso abundante provisión de galleta de pan en una bolsa y luego se sentó  junto a la ventana  a remendar la ropa de Fiódor. Pasando de largo, Mitka vio que su madre se había quedado inmóvil, con la cabeza hundida entre el revoltijo de prendas; sus hombros,  bajo la raída blusa de satén, se juntaban y se separaban convulsos.

El padre llegó de la dirección de la stanitsa cuando ya se había hecho de noche; sin cenar y sin desnudarse, se tumbó  en la cama. Fiódor, tratando que las tablas del piso no crujiesen, de puntillas, se dirigió al cuarto trasero, sacó de él una silla de montar y unas bridas, y salió al patio.

—Mitka, ven aquí.

 

 

 

Mitka estaba recogiendo los terneros; tiró la rama que llevaba en la mano y se acercó  a Fiódor. Tenía la vaga sospecha de que su hermano quería irse con los bolcheviques al otro lado del Don, allí donde todos los días, al amanecer, resonaba el rumor sordo del cañoneo, que luego se extendía en oleadas por toda la stanitsa. Fiódor preguntó, mirando a un lado:

—¿Está cerrada la cuadra?

—Sí... ¿Por qué quieres saberlo?

—Necesito entrar. —Fiódor hizo una pausa, dejó escapar un silbido entre los dientes y explicó, bajando inesperadamente la voz—: La llave la guarda padre debajo de la almohada... quítasela... quiero irme...

—¿Adónde?

—A la Guardia Roja... Tú eres pequeño para comprender  quién tiene la razón... Yo quiero ir a pelear para que los pobres conquisten la tierra, para que todos sean lo mismo, que no haya ni ricos ni pobres y todos sean iguales.

Fiódor soltó de entre sus manos la cabeza de Mitka y preguntó, severo:

—¿Cogerás la llave?

Mitka contestó sin vacilar:

—Sí, la cogeré —dio la espalda a Fiódor y sin volver la vista atrás se dirigió a la casa.

La habitación estaba sumida en la penumbra, del techo llegaba el zumbido de las moscas, medio dormidas. Al llegar a la puerta Mitka se descalzó, apretando el picaporte —para que no hiciera ruido—, abrió la puerta y se acercó sigilosamente a la cama.

Su padre estaba echado boca arriba, con la cabeza vuelta hacia la ventana. Una mano la tenía metida en el bolsillo, la otra le colgaba, dejando ver una uña grande y amarillenta por el humo del tabaco. Conteniendo la respiración, Mitka llegó a la cama, atento  a los resoplidos del padre. Un silencio denso e inmóvil... En la barba del padre habían quedado unas migas de pan y un trozo de cáscara de huevo;  de su boca, abierta, salía un olor nauseabundo  a alcohol; de la parte más honda de la garganta, la tos hacía esfuerzos por brotar al exterior.

Mitka alargó la mano a la almohada, su corazón no se detenía: tac-tac-tac-tac...

Y la sangre, que se le había subido toda a la cabeza, le zumbaba en los oídos con un punzante repiqueteo.  Metió  un dedo bajo  la  sucia  almohada,  luego  otro. Tocó la  escurridiza  correa y el manojo frío de las llaves, tiró de él suavemente. En ese momento,  el padre agarró a Mitka del cuello de la camisa:

—¿Qué haces aquí, canalla? ¡Te voy a arrancar hasta el último pelo!

—¡Padre! ¡Querido! Venía a buscar la llave de la cuadra... No quería despertarte... Los ojos hinchados y amarillentos del padre se clavaron en Mitka.

—¿Para qué la necesitas?

—Parece que los caballos están nerviosos...

—Haberlo dicho antes... —El padre tiró al suelo el manojo de llaves, se volvió de cara a la pared y un instante después volvía a resoplar como antes.

Mitka salió como una bala al patio y se acercó a Fiódor, que aguardaba en el cobertizo. Le puso las llaves en la mano y preguntó:

— ¿Qué caballo te vas a llevar?

— El potro.

Mitka, caminando tras Fiódor, lanzó un suspiro y dijo a media voz:

—¿Y si padre me pega?...

Fiódor, como si no hubiese oído nada, sacó de la cuadra al potro, lo ensilló, estuvo largo rato antes de acertar a meter el pie en el rebelde estribo, y ya al salir del portón murmuró, inclinándose en la silla:

—¡Aguanta, Mitka! Se acabarán nuestros sufrimientos. Y a nuestro padre, Anísim Petróvich, le dices de mi parte que si te toca a ti o a madre lo más mínimo, se acordará de mí toda la vida...

 

 

 

Y salió a la calle, espoleando al potro al emprender su largo camino. Mitka, al otro lado de la cerca, se puso en cuclillas. Miró hacia Fiódor, que se alejaba, pero sus ojos estaban cubiertos por un velo salado y el nudo que se le había formado en la garganta no le dejaba respirar.

 

 

 

II

 

EL PADRE SEGUÍA LANZANDO el borboteo  de sus ronquidos. Mitka había madrugado más que de costumbre,  había pasado la almohada al bayo y lo había llevado al Don a abrevar  y darle un baño. La greda reseca se deshacía rumorosa  bajo los cascos del animal. Se acercó hasta el agua al pie de la barranca, quitó la cabezada al caballo, se despojó de la ropa y, encogido por la humedad brumosa de la mañana, oyó cómo sobre el agua se extendía,  viniendo de muy lejos, el sordo ruido del cañoneo,  que se iba hasta perderse río abajo. Se zambulló de cabeza en el agua, tan fría que sintió como si le pinchasen todo el cuerpo, y sonrió al pensar: «Ahora  Fiódor estará ya con los bolcheviques... Hace su servicio en la Guardia Roja...»

La alegría se apagó como  la chispa en el viento cuando  sus pensamientos volvieron hacia la casa, hacia el padre. El regreso lo hizo con la cabeza gacha y los ojos apagados.

Ya  en las proximidades de la casa  se  le ocurrió: «Debería marcharme allí.... con los bolcheviques... Fiódor decía que ellos defienden la justicia... Con ellos me entendería bien. Ahora padre me arrancará el pellejo... me hará sangrar por la nariz...»

Al pie del portal quitó al caballo la cabezada y entró lentamente en  la casa. El padre le preguntó desde su cuarto con voz ronca:

—¿Por qué no has llevado a bañar al potro?

Mitka lanzó una mirada rápida a su madre,  encogida junto al horno, y sintió que la sangre escapaba presurosa de su corazón.

—El potro no está en la cuadra...

—¿Dónde está?

—No lo sé.

— ¿Y Fiódor?

— No lo he visto.

En el  cuarto  resonaron las  botas  del  padre  al  calzarse.  Sus  ojos,  inflamados  por el  sueño, echaban chispas cuando cruzó la cocina hacia el cuarto trasero.

—¿Dónde está la silla?... —atronó desde el zaguán.

Mitka se acercó a su madre  y, como hacía muchos años, en los años de la infancia, se agarró de su mano. El padre entró en la cocina estrujando una correa.

—¿A quién diste las llaves?

La madre se puso delante de Mitka.

—No lo toques, Anísim Petróvich. Por Cristo te lo pido, ¡no le pegues!.... ¿No tienes compasión de tu hijo?

—¡Déjame, canalla del diablo!.... ¡Déjame te digo!....

Apartó a la madre, tiró a Mitka al suelo y lo pateó largamente, cruelmente, como quien hace un trabajo.  Lo pateó  hasta que  de  la  garganta  de  Mitka  cesaron  de  salir  sus  gritos  y sus  sordos gemidos.

 

 

 

III

 

CADA VEZ SE OÍA MÁS DISTINTO el tronar de los cañones. Por las mañanas, cuando sacaban la dula al campo, Mitka permanecía largo rato sentado a la orilla del camino, al pie del viejo molino de viento. Las ráfagas hacían chirriar las aspas y la chapa que lo cubría; el chirrido de las aspas era

 

 

 

fastidioso y prolongado. Y elevándose sobre todos los pequeños ruidos, al otro lado de la loma retumbaba: ¡bu-u-m!

El trueno  se extendía  y tardaba largo rato en extinguirse sobre la stanitsa y en las barrancas teñidas de azul del amanecer. A través de la stanitsa, todas las mañanas  se dirigían hacia el Don largos convoyes con proyectiles de cañón, cartuchos y alambre espinoso. De vuelta traían cosacos heridos y piojosos que dejaban en plena plaza, frente a la dirección de la stanitsa. Las gallinas, curiosas, escarbaban diligentes en las puntas de cigarrillos, en las vendas teñidas de rojo, en los algodones con pegotes de sangre coagulada, y prestaban oído atento a los gemidos, al llanto y a las sordas imprecaciones de los heridos.

Mitka trataba de no ponerse a la vista de su padre.

Después del desayuno se iba con la caña de pescar al Don, y sentado en la orilla veía pasar por el puente la caballería en largas filas, los carros con las ametralladoras y la infantería envuelta en una nube de polvo. A casa volvía a la caída de la tarde.

Un día,  a esa hora,  llevaban  a la  stanitsa  un nutrido grupo de rojos  prisioneros.  Marchaban apretados, abatidos,  descalzos,  con los  capotes desgarrados. Las mujeres  salían  a la  calle  y les escupían en las caras grises por el polvo, los cubrían de obscenos denuestos entre las risotadas de los cosacos y de los hombres de la escolta. Mitka los siguió, tragando el polvo acre que levantaban los  pies  de  los  prisioneros;  su corazón,  oprimido, latía  agitado...  Él miraba  cada  par  de  ojos enmarcados en círculos viólaceos, recorría las caras imberbes y esperaba que en una de ellas iba a reconocer a su hermano Fiódor.

En la plaza, cerca del granero donde antes se guardaba el trigo de la comunidad, los prisioneros hicieron alto. Mitka vio que del portal de la dirección salía su padre, jugando con la mano izquierda con la correílla del sable. Gritó:

—¡Fuera gorros!....

Despacio, sin prisas, los guardias rojos se quitaron los gorros, con las hirsutas cabezas bajas y cambiando alguna frase de tarde en tarde. De nuevo la voz conocida y amenazadora:

—¡A formar!.... ¡De prisa, canalla roja!

Los pies descalzos de los prisioneros levantan un rumor sordo al moverse. La fila gris de caras extenuadas  se extiende hasta el portal de la dirección.

—¡Numerarse!

Voces enronquecidas. El giro automático de las cabezas. Mitka nota que en la garganta  se le hace un nudo, siente compasión hacia esos hombres,  al parecer extraños,  una compasión que le produce vivo dolor, que le sofoca, y por primera vez en toda su vida experimenta un odio corrosivo a su padre, a su sonrisa de hombre satisfecho de sí mismo, hacia su barba de dura pelambrera rojiza.

—Al granero, de frente ¡march!

Se acercaron de uno en uno al gaznate negro y abierto de la puerta. El último, un mozo de escasa talla, se tambalea, y el padre de Mitka le da un golpe en la cabeza con la vaina del sable; el mozo corre cinco pasos, tropezando  y tambaleándose,  y cae pesadamente  de bruces  en el duro suelo, apisonado por tantos pies. En la plaza estalla un coro de risas, un rumor de voces; las bocas de las mujeres se estrechan  en una risa babosa. Un grito sordo y desgarrado  se escapa de la garganta de Mitka, con sus manos frías se tapa la cara y tropezando con la gente, corre por la calle.

 

 

 

IV

 

LA MADRE TERMINABA de preparar la cena en el horno. Mitka se acercó de costado  y dijo, rehuyendo la mirada de ella:

—Madre...   haz  algo  de  pan...  yo se  lo llevaría  a  ésos,  a  los  que  hay  encerrados...  a  los prisioneros.

Una película húmeda cubrió los ojos de la madre.

 

 

 

—Llévaselo, hijo, también nuestro Fiódor puede sufrir en alguna parte... Y los prisioneros tienen madre, es seguro que las lágrimas mojan sus almohadas por la noche.

—¿Y si padre se entera?

—¡No querrá Dios! Tú, Mitka, llévalo cuando  se haga de noche. Se lo das a los cosacos de la guardia y les dices que lo entreguen  a los prisioneros...

El sol, como  a propio intento, frenaba su marcha y se arrastraba  lentamente sobre la stanitsa, imperturbable e indiferente a la impaciencia de Mitka. Se hizo, por fin, oscuro,  se acercó a la plaza, deslizándose como una lagartija por entre el alambre de espino hacia la puerta. Su mano apretaba contra el pecho el hatillo con la comida.

—¿Quién va? ¡Alto o disparo!

—Soy yo... traigo comida para los prisioneros.

—¿Quién eres? ¡Da  la vuelta antes que te eche de un culetazo! ¿Cómo se te ocurre  venir de noche? ¿Te parece poco traérsela de día?

—Espera, Prójorich, es el muchacho del comandante.

—¿Eres hijo de Anísim Petróvich?

—Sí...

—¿Quién te ha mandado? ¿Tu padre?

—No-o-o... Yo mismo.

Dos  cosacos se acercaron  a Mitka.  El de graduación  superior,  un hombre  barbudo,  agarró  a

Mitka de la oreja.

—¿Quién te ha enseñado a traer  comida a los  prisioneros?  ¿No puedes comprender  que son nuestros peores enemigos? ¿Y si se lo digo a tu padre? Te quedaría un buen recuerdo.

—¡Déjalo, Prójorich! ¿Te da lástima el pan ajeno? Es lo mismo, sólo tienes una boca. Coge la comida y se la entregaremos.

—¿Y si llega a oídos de Anísim Petróvich? A ti puede importarte poco, eres solo, pero yo tengo familia. Por cosas como ésta mandan al frente, y además le dan a uno una mano de vergajazos...

—¡No llores de esa manera, diablo!.... ¡Eh, chico, no te escapes! Trae aquí eso, yo se lo pasaré. Mitka puso el hatillo en las manos del joven. Éste se inclinó y le dijo al oído:

—Estoy de guardia los miércoles y los viernes... Puedes traer más.

Todos los miércoles y viernes, al hacerse de noche, se acercada Mitka a la plaza. Procurando no engancharse en el alambre de espino, cruzaba las defensas, entregaba su hatillo al centinela y volvía a casa, arrimado a las cercas y mirando a un lado y a otro.

 

 

 

V

 

TODOS LOS DÍAS, en cuanto la noche empezaba a extenderse como  un tapiz de vivas manchas doradas,  sacaban del encierro a un grupo de prisioneros rojos y los conducían  a la estepa,  a las barrancas envueltas en una niebla blanquecina. El estampido de las descargas y de los disparos sueltos de fusil venía con el viento hasta la misma stanitsa. Cuando los prisioneros eran más de veinte, los seguía, rechinando las ruedas, un carricoche en el que iba emplazada una ametralladora. Los servidores dormitaban en el ancho pescante, el conductor  daba chupadas al pitillo y meneaba perezoso las riendas, los caballos marchaban de mala gana, cada uno a su paso, y la ametralladora, sin funda, despedía un brillo turbio por el agujero de la boca, como si lanzase un bostezo al acabar de despertarse. Media hora más tarde, en las barrancas, la ametralladora disparaba unas ráfagas secas, el conductor  descargaba su látigo sobre los caballos, que resoplaban encabritados, los servidores bailaban en el pescante y la troika se detenía  de golpe frente a la comandancia, que miraba a la calle dormida con sus tres ventanas iluminadas.

Un miércoles por la tarde, el padre dijo a Mitka:

 

 

 

—¿Sigues haciendo el vago? Saca a pastar esta misma noche al bayo, pero cuida mucho de que no entre  en la  mies.  A la  primera  que vea, te doy una paliza  que te deslomo...  Mitka  puso la cabezada al bayo y apenas si tuvo tiempo de susurrar a su madre:

—Lleva la comida tú misma... Dásela al centinela.

Se fue con otros chicos del pueblo, que también sacaban a pastar a sus caballos en las afueras, más allá de las tierras comunales. Al día siguiente, antes de la salida del sol, estaba ya de vuelta. Abrió el portillo, quitó la cabezada al bayo, le dio una palmada en la tripa hinchada por la hierba y se dirigió a la casa. Al entrar en la cocina, en el suelo y en las paredes vio sangre. Una esquina del horno presentaba  una  mancha  blanco-rojiza.  Del  cuarto  salía  un continuo estertor,  como un mugido... Pasó al cuarto y encontró  a su madre,  que yacía en el suelo bañada en sangre; su cara estaba rojiza y tumefacta, el pelo le caía sobre los ojos formando unos carámbanos sanguinolentos. Al ver  a Mitka lanzó un mugido, se estremeció, pero sin poder articular ni una sola palabra. Su lengua, violácea, se movía entre los labios inflamados, sus ojos parecían reír con una risa salvaje y estúpida. De su boca crispada salía una espuma rosácea...

—Mi... Mi... Mitka...

Y de nuevo la risa sorda y quejumbrosa...

Mitka cayó de rodillas, besó las manos de su madre, los ojos cubiertos de negra sangre. Abrazó su cabeza y en los dedos se le quedaron unas manchas de sangre y unos grumos blancos y suaves... En el suelo estaba el revólver del padre con la culata manchada de rojo...

Salió escapado, sin darse cuenta de lo que hacía. Cayó junto a la cerca y el vecino le dijo:

Vete a donde puedas, querido! Tu padre ha sabido que ella llevaba comida a los prisioneros, la ha matado y amenaza con matarte a ti.

 

 

 

VI

 

HACÍA UN MES que Mitka se había contratado  de vigilante, para guardar la cosecha de los melonares. Una choza en lo alto del cerro le servía de vivienda. Desde allí se veía la cinta blanca lechosa del Don, la stanitsa agazapada en la parte baja y el cementerio con las manchas pardas de las tumbas. Cuando él pretendió colocarse, muchos cosacos protestaron:

—¡Es el hijo de Anísim! ¡No lo queremos! Su hermano está en la Guardia Roja y la perra de su madre llevaba comida a los prisioneros. ¡Hay que colgarlo de un pino, y no tomarlo de guarda!

—No pide paga alguna, señores ancianos. Dice que cuidará los huertos gratis. Si le damos un trozo de pan lo recibirá, y si no, se aguantará...

—No se lo daremos, ¡que reviente!....

Pero acabaron por escuchar la voz del atamán. Lo contrataron. ¿Cómo no iban a hacerlo? No pedía remuneración  alguna  y guardaría gratis  los  melonares  de la  stanitsa  el  verano entero. El beneficio era evidente...

Maduraban y se hinchaban al sol los amarillos melones y las sandías de manchas  y franjas blancas. Mitka iba por los huertos abatido, con la cabeza baja, espantando los grajos a gritos y con la sonora matraca. Por la mañana, al salir de la choza, se tumbaba sobre los secos hierbajos de las inmediaciones y, con los ojos velados por las lágrimas, miraba largamente hacia el lugar del Don de donde venía el ruido de los cañonazos.

El camino,  plagado  de baches, reptaba  hacia arriba, a lo largo  de los  huertos y las  abruptas barrancas de paredes gredosas. Por él transportaban los cosacos el heno durante el verano, por él llevaban a fusilar a los prisioneros rojos. De noche, muy a menudo,  Mitka era despertado por los gritos roncos y los disparos que se oían  allí abajo, tras las arboledas, tras el denso muro de los sauces. Después de los disparos oía el aullido de los perros y por el camino se alejaba el ruido de pasos, a veces el traqueteo del carricoche de la ametralladora, y el rumor de conversaciones a media voz.

 

 

 

En cierta  ocasión  se acercó  Mitka  al  lugar  donde  en confuso  nudo se  juntaban  las  sinuosas barrancas. En el declive vio sangre seca y en el fondo pedregoso, donde el agua había barrido la escasa tierra que cubría una fosa, un pie descalzo que asomaba; la planta estaba seca y arrugada. El viento  de la  estepa,  al  adentrarse por las  barrancas,  difundía  el  olor a cadáver.  No volvió por aquellos lugares...

Aquel día el grupo de prisioneros apareció en el camino, saliendo de la stanitsa, antes que de costumbre: los cosacos de la escolta a los lados y en el centro de ellos, los guardias rojos con los capotes echados sobre los  hombros. El sol  se sumergía  en la  resplandeciente  blancura del  Don despacio, como si quisiera contemplar lo que iba a ocurrir a la luz del día. Nubes negras de grajos se posaban  en  las  copas de los  sauces de  las  arboledas.  Un silencio  tenso  se extendía  por los huertos. Desde su choza, Mitka acompañó con la vista hasta la revuelta, a los que marchaban por el camino. Súbitamente oyó un grito, varios disparos, más, más...

Mitka se acercó  de un salto a la altura cercana y vio que unos guardias  rojos corrían por el camino  hacia  las  barrancas; los  cosacos,  rodilla  en  tierra,  disparaban  con prisas;  dos  de ellos, blandiendo los sables, corrían tras los fugitivos...

Los disparos revolvieron el tranquilo silencio. Tac-tac, tac-tac... Tac-tac...

Uno de los que escapaban tropezó, cayó sobre las manos, se puso en pie de un salto, de nuevo echó a correr...

Ya, ya... El brillo del sable describió un semicírculo y cayó sobre la cabeza...  se repitieron los tajos sobre el caído...

Los ojos de Mitka se nublaron, la boca se le llenó de fuego

 

 

 

VII

 

HACIA MEDIANOCHE, tres jinetes se acercaron  a la choza.

—¡Eh, guarda! ¡Sal un momento! Mitka salió.

—¿No viste esta tarde hacia dónde corrían tres con capote de soldado?

—No, no lo vi.

—No mientas. ¡Te costaría caro!

—No he visto nada... no sé...

—Ea, aquí no hay nada que hacer. Debemos ir por las barrancas hasta el bosque de Filínovo. Lo cercaremos y atraparemos  a esos canallas...

—En marcha, Bogachov...

Mitka no pegó los ojos en toda la noche. Por el Este retumbaba el trueno, nubarrones plomizos y desgarrados cubrían el cielo, cegaban los relámpagos. Empezó a llover.

Poco antes del amanecer, Mitka oyó cerca de la choza un rumor de pasos y un gemido.

Prestó atención, procurando no moverse. El terror había paralizado su cuerpo. Nuevos rumores y un gemido prolongado.

—¿Quién va?

—Sal, buen hombre, por el amor de Dios...

Mitka salió con paso inseguro, las piernas le temblaban. En la parte de atrás de la choza vio a alguien caído de bruces.

—¿Quién eres?

—No me denuncies... me matarían... Ayer me escapé cuando me iban a fusilar... los cosacos me buscan... en la pierna... tengo un balazo...

Mitka quiso decir algo, pero un nudo le atenazó la garganta. Se puso de rodillas, se arrastró  a gatas y abrazó las piernas ceñidas por las vendas de infantería.

 

 

 

—Fiódor... ¡Hermano! Querido...

Recogió y llevó a la choza una brazada de hojas de panocha  a medio secar, colocó a Fiódor en un rincón, lo cubrió con hierbajos y girasoles y se fue a hacer su recorrido por los melonares.

Hasta mediodía estuvo espantando de las franjas rizosas y verdes los grajos que las asediaban, venciendo los deseos de acercarse  a la choza, contemplar los ojos de su hermano, escuchar otra y otra vez el relato de sus desventuras  y sus alegrías. Lo habían decidido en firme: en cuanto oscureciese, Fiódor se vendaría  lo más apretado posible la pierna herida y por los senderos del bosque, dando un rodeo, irían hasta el Don; irían al otro lado, a unirse con quienes luchaban contra los cosacos para conquistar la tierra, en defensa de los pobres. Desde por la mañana hasta mediado el  día no cesaron  de pasar cosacos que  venían  por el  camino  de la  stanitsa;  un par  de veces torcieron hacia la choza para pedirle agua a Mitka. A la caída de la tarde éste vio que desde lo alto del montículo de arena, que relucía como una calva, bajaban ocho hombres a caballo; sus monturas, visiblemente fatigadas, marchaban al paso. Miska se sentó delante de la choza y siguió con la vista las siluetas encorvadas de los jinetes. Sin volver la cabeza, dijo a Fiódor:

—¡No te muevas! Uno viene por los huertos hacia la choza. Por debajo de las hierbas resonó, sorda, la voz de Fiódor:

—¿Y los demás le esperan o se han ido a la stanitsa?

—Los otros se alejan al trote, han desaparecido detrás del cerro... Sigue quieto.

Incorporado sobre los estribos, el cuerpo del cosaco se mueve atrás y adelante, agita la fusta, el caballo está bañado en sudor.

Mitka, palideciendo, murmuró:

— Fedor... es nuestro padre...

La barba cobriza del padre estaba mojada, su cara curtida por el sol era de un rojo violáceo. Detuvo el caballo delante de la choza, echó pie a tierra y se acercó a Mitka.

—Di, ¿dónde está Fiódor?

Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en el rostro palidecido de Mitka. Su guerrera azul de cosaco olía intensamente a sudor y a naftalina.

—¿Estuvo esta noche contigo?

—No.

—¿Y esa sangre que hay cerca de la choza?

El padre se inclinó hacia el suelo. Su cuello, encendido, formaba gruesos pliegues, oprimido por el uniforme.

—Vamos ahí.

Entraron, el padre delante y Mitka, lívido, detrás de él.

—Ten mucho cuidado, víbora... Si ocultas a Fiódor te arrancaré el alma...

—Yo no sé nada...

—¿Qué hay ahí en el rincón?

—Es donde yo duermo.

—Veremos.

El padre se acercó al rincón, se puso en cuclillas y empezó a remover  lentamente las crujientes hierbas y las cabezas de girasol.

Mitka estaba a sus espaldas. La guerrera azul, ceñida en la espalda, parecía dar vueltas lentamente.

Unos instantes después de la boca del padre salió una exclamación ronca:

—Hola... ¿Qué es esto?

El pie descalzo de Fiódor había quedado al descubierto entre los tallos parduscos. El padre se llevó la mano derecha al costado en busca de la funda del revólver. Balanceándose, Mitka dio un brinco, agarró el hacha que colgaba en la pared y aspirando fatigosamente una bocanada de aire, sintiendo que se ahogaba, la descargó con fuerza sobre la nuca del padre...

 

 

 

* * *

 

Cubrieron el cuerpo, ya frío, con los hierbajos, y se fueron de allí, por las barrancas, por lugares que abundaban  en árboles tronzados por el viento y en espesos espinos, abriéndose difícilmente paso.  A unas  ocho verstas  de  la  stanitsa,  en  un lugar  donde el  Don hace  una  cerrada  curva, apoyándose en la grisácea pendiente, bajaron hasta el agua. Nadaron hacia un islote de arena; el agua, enfriada durante la noche, los arrastraba rápidamente. Fiódor gemía y se sujetaba al hombro de Mitka.

Ya en el islote descansaron largamente, tumbados en la arena gruesa y húmeda.

—¡Ya es hora, Fiódor! No es mucho lo que nos queda.

Se metieron en el agua. El Don lamió de nuevo sus caras y sus cuellos. Los brazos, descansados, cortaban vigorosamente las ondas.

Hicieron pie. La  espesura del bosque  permanecía  inmóvil en  la oscuridad. Reanudaron presurosos la marcha...

Clareaba. Muy cerca de ellos retumbó un cañonazo. En el Este asomaba el festón rosado del amanecer.

 

1925

 

 

 

 

 

EL GRAN CAMINO

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE I

A LO LARGO DEL DON, hasta el mismo mar,  se extiende por la estepa el camino del Hetman1. En la margen izquierda, la suave pendiente arenosa, la calígine verdosa y marchita de los prados anegadizos, los escasos resplandores blanquecinos de las charcas sin nombre;  en la derecha, las montañas de abultada frente arrugada, y tras ellas, tras la borrosa cinta del camino del Hetman, tras la cadena de los bajos y antiguos túmulos de vigilancia, los riachuelos, los jútores y stanitsas de los cosacos —poblados grandes y pequeños— y el mar grisáceo e hirsuto de la estepa.

 

* * *

 

Aquel  año,  el  otoño había  llegado  muy pronto; la  estepa,  desnuda,  recibía  las  primeras salpicaduras abrasadoras de las primeras heladas.

Una mañana, mientras limpiaba la lana, dijo el padre a Petró:

—Ahora, hijo, empieza de veras el trabajo para nosotros. Las heladas se han echado encima, las mujeres se dedicarán a cardar la lana. Ya podemos remangarnos los brazos...

Levantando la  cabeza,  sonrió  el  padre.  Sus ojos,  grises  y descoloridos,  se arrugaron;   en sus mejillas, pobladas de una cerda gris, se acentuaron  los surcos negros y sinuosos.

Petró, sentado, estaba fabricando una horma;  en silencio, miró la sonrisa que se apagaba en el fatigado rostro de su padre.

En el local hacía un calor sofocante. Del techo inclinado caían gotas a intervalos regulares, las moscas se arrastraban  por el turbio cristal del ventano. Al otro lado, la cerca cubierta de escarcha, los  sauces  y  el  cigoñal  del  pozo presentan  cierta  iridiscencia  blancuzca,  revestidos  de  una herrumbre  verdosa. Petró lanza una ojeada al patio, vuelve los ojos hacia la espalda desnuda  e inclinada del padre, cuenta, bisbiseando, los salientes de su columna vertebral y se queda mirando largo rato cómo se mueven las paletillas y la piel forma gruesas arrugas.

Los dedos, nudosos, se mueven con la rapidez que da el hábito y limpia la lana de cardos, de espinas, de pajas; al compás del movimiento de la mano se balancean la cabeza hirsuta y la sombra de la cabeza en la pared. Un olor penetrante y dulzarrón de lana de oveja lo invade todo. El sudor perla la cara de Petró, los pelos mojados le caen sobre los ojos.

Se limpió la frente con la palma de la mano y tiró la horma al antepecho de la ventana.

—¿Almorzamos, padre? Fíjate qué alto está el sol. Casi se ha hecho la hora de la comida.

—¿Almorzar? Espera un poco... ¡Mira cuántos cardos tiene esta lana!.... Hace más de una hora que estoy con ella.

Petró bajó  de la  mesa  de un salto  y miró dentro del  horno. El calor  lamió  ávidamente  sus mejillas, sudorosas.

—Voy a sacar el schi1, padre. Estoy hambriento...

—Bueno, sácalo: el trabajo esperará.

 

 

 

1 Camino real.

1 Sopa de verdura.

 

 

 

Sin ponerse la camisa, se sentaron  a la mesa. Empezaron a tomar sin prisa el schi, condimentado con aceite de girasol. Petró miró de reojo a su padre y dijo, con la boca llena:

—Te has quedado flaco, parece como si estuvieses enfermo. No comes pan, el pan te come a ti... El padre sonrió, moviendo las mandíbulas:

—¡Eres un simple! ¿Cómo puedes compararte con tu padre? Para la fiesta de la Intercesión voy a cumplir los cincuenta y seis, mientras que tú acabas de hacer los diecisiete. La vejez me roe, y no la enfermedad... —dijo, lanzando un suspiro—. Si tu difunta madre pudiera verte...

Guardaron silencio, atentos al pesado zumbido de las moscas. El perro ladró furiosamente en el patio. Al pie de la ventana  se oyó un ruido de pasos. Se abrió la puerta, chocando con una tina de lana puesta  a remojar, y, de espaldas, entró Sídor el herrero. Sin quitarse el gorro escupió en el suelo.

—¡Vaya un perro el vuestro! El maldito trata de morder, pero no en cualquier sitio, sino que busca por encima de las piernas.

—Comprende  que vienes a buscar  las botas de fieltro, y como no están preparadas, no te deja pasar.

—No he venido a buscar las botas.

—Pues en ese caso, siéntate aquí, en el barrilete. ¡Bien venido!

—Jamás se me ocurriría venir a visitarte, y menos a un lugar tan húmedo. Tú, Petró, no seas una persona de tan malas intenciones como tu padre...

Riendo entre el matorral de su barba, Sídor  se sentó en cuclillas junto a la puerta, tardó largo tiempo en liar  un cigarrillo con sus torpes  dedos y, después de encender,  arrugando  los labios, gruñó:

—¿No sabes nada, abuelo Fomá?

El padre, entretenido en trasladar la lana a un saco, meneó la cabeza y sonrió, aunque se puso en guardia al advertir en los ojos de Sídor unas punzantes chispas de alegría.

—¿Qué ocurre?

A través de la nubecilla del humo de tabaco, la cara de Sídor se estiró, sus labios se juntaron en una risita de conejo, sus ojos se revolvieron bajo las cejas descoloridas, alegres e inquietos.

—Los rojos aprietan, se acercan  a la otra orilla del Don. En la stanitsa se habla de emprender la retirada... Esta madrugada, en mi herrería, he oído que por el callejón se acercaba gente a caballo. He salido a la puerta, y ellos venían en busca mía. «¿Está el herrero?», han preguntado. «Soy yo», les he respondido. «Hierra la yegua en menos que canta un gallo. Y si la estropeas, te arrancaré la piel a fustazos...» He salido de la fragua negro de carbón, se comprende. Por las insignias vi que se trataba de un coronel con su ayudante. «No se preocupe, señoría —le he dicho—. Conozco bien el oficio.» Mientras herraba la yegua de una mano, sin dejar de manejar el martillo, estaba atento a su conversación. Así he comprendido que sus asuntos marchan muy mal...

Sídor escupió y aplastó el pitillo con el pie.

—Bueno, os dejo. En cuanto me quede libre vendré a charlar un rato.

La puerta se cerró de golpe, el vapor se arremolinó sobre las húmedas paredes del taller. El viejo permaneció largo rato en silencio. Luego, limpiándose las manos, se acercó a Petró:

—Ea, hijo, por fin vamos  a ver  a los  nuestros. Pronto  dejarán  de mandar  los  cosacos sobre nosotros.

—Tengo miedo, padre, a que todo sean mentiras de Sídor... Siempre viene diciendo lo mismo, pero hasta ahora no se les ha visto el pelo...

—Espera, que ya se les verá, y los cosacos se hartarán de su vista.

El viejo apretó con fuerza su puño, surcado de hinchadas venas; un rojo enfermizo coloreó la tirante piel de sus pómulos.

—Nosotros, hijo, siempre hemos trabajado para los ricos. Ellos vivían en casas que otros habían construido, comían el pan recogido con el sudor ajeno. Ahora ha llegado el momento  de ponerlos en la puerta...

 

 

 

Una tos cavernosa brotó de la garganta del padre. En silencio, encorvado, hizo un ademán de indiferencia, apretó las manos contra el pecho y permaneció así, durante un buen rato, junto a la tina. Luego se limpió con el mandil los labios, cubiertos de una espuma rosácea, y sonrió.

—Por dos caminos no se puede ir a la vez, hijo. Nos ha correspondido uno y debemos seguir por él sin desviarnos, hasta la muerte. Nacimos trabajadores, fieltreros, quiere decirse que debemos apoyar a nuestro gobierno obrero...

Bajo los dedos del viejo la cuerda empezó  a cantar,  a temblar con un prolongado zumbido. El polvo cubrió la ventana con un velo como de telaraña. El sol se asomó por un momento al interior y siguió su marcha hacia el ocaso.

 

 

 

II

 

AL  DÍA  SIGUIENTE llegó  al  taller  un subteniente,  al  que  acompañaba  un funcionario  de  la dirección de la stanitsa. El oficial, joven y finchado, preguntó, haciendo resonar la fusta en sus flamantes polainas:

—¿Tú eres Fomá Kremnev?

—Sí, yo soy.

—De orden del atamán de la stanitsa y del jefe de Intendencia, vengo a recoger todas las botas de fieltro que tengas terminadas. ¿Dónde las guardas?

—Señoría,  mi hijo y yo hemos  trabajado  todo un año.  Si  se  las  lleva,  nos  moriremos  de hambre...

—¡Eso no es cosa mía! Debo requisar las botas. Nuestros  cosacos están en el frente descalzos. Contesta: ¿dónde las guardas?

—Señor subteniente... ¡No con nuestro sudor, sino con nuestra sangre las hemos regado! ¡Es nuestro pan!.... Por las mejillas del subteniente, cubiertas de granos, se deslizó una sonrisita malévola. Los dientes de oro brillaron debajo del bigote.

—Según  se dice, eres bolchevique. ¿Por qué te preocupas? Cuando vengan los rojos te pagarán las botas.

Dando una chupada al cigarrillo y haciendo resonar las espuelas, se acercó a un rincón y levantó un terliz con la empuñadura de la fusta.

—¡Hola, nos llevaremos estas botas! Tú, Shustrov, sácalas al patio. Ahora vendrá un carro.

El padre y Petró, hombro con hombro, se colocaron delante del rincón, defendiendo las botas de fieltro allí amontonadas.

El furor tiñó de  escarlata  las  mejillas  del  subteniente.  Soltando  una  salivilla  caliente,  pero conteniéndose, dijo con voz ronca:

—Contigo hablaré de otro modo mañana, perro viejo, cuando te lleven de las solapas al consejo de guerra...

Apartó de un empujón al viejo y llevó con los pies hacia la entrada las botas de fieltro, lustrosas y secas. El funcionario de la stanitsa las recogió en una brazada y las echó por la puerta, abierta de par en par.

Al otro lado de la cerca resonó un carricoche, que se detuvo delante del portón. En el rincón, los pares de las botas de fieltro iban disminuyendo uno a uno. El viejo callaba, pero cuando el de la stanitsa, de paso, se apoderó de unas botas grises y usadas que se encontraban  sobre el horno, dio un paso hacia él y, súbitamente, con su mano endurecida lo apretó contra la pared. El de la stanitsa, un hombre de cara de bruto y picado de viruelas, dio un tirón, la usada camisa se rasgó suavemente por el cuello, y sin levantar el brazo, descargó un golpe en la cara del viejo.

Petró lanzó un grito, quiso acudir en ayuda de su padre, pero a medio camino un fuerte golpe, asestado en la sien con la culata del revólver, le hizo caer con los brazos extendidos.

 

 

 

El subteniente, con los ojos inyectados de sangre, saltó hacia el viejo y le propinó una sonora bofetada.

—¡Mátalo a sablazos, Shustrov! ¡Yo respondo!.... ¡Mátalo, maldita sea tu madre!....

El interpelado, sin soltar las botas que sujetaba con la mano izquierda, agarró con la derecha la empuñadura del sable. El viejo cayó de rodillas, inclinó la cabeza, en su espalda, seca y pardusca, se movieron las paletillas. El funcionario de la stanitsa miró la cabeza gris caída hasta tocar  el suelo, la fláccida piel del viejo estirada sobre las salientes costillas, y reculando, volviendo la vista hacia el oficial, salió al patio.

El subteniente golpeó  al  viejo  con la fusta,  entre imprecaciones  roncas  e incoherentes...  Los golpes caían sonoros sobre la encorvada espalda dejando señales rojizas, la piel se hinchaba, la sangre corría en finos hilillos, y la cabeza ensangrentada caía cada vez más, sin dejar escapar ni un solo gemido, hacia el suelo de tierra.

 

* * *

 

Cuando Petka recobró el conocimiento y se levantó tambaleándose, en el taller no había nadie. La puerta estaba abierta de par en par y el viento frío sembraba generosamente el suelo del taller de hojas blanquecinas de álamo y de polvo. Junto al umbral, el perro del vecino terminaba de lamer presurosamente un espeso charco de sangre negra ya coagulada.

 

 

 

III

 

POR LA stanitsa cruza una vía muy frecuentada.

En la posada, junto a la capilla, se juntan los caminos que vienen de los jútores, de las colonias de «tauridanos»1  y de las factorías vecinas. A través de la stanitsa, hacia el Frente Norte, se dirigen los regimientos de cosacos, los convoyes, los destacamentos de castigo. En la plaza hay gente a cualquier hora. Cerca del edificio de la dirección, los caballos sudados de los correos mordisquean la hierba, descolorida por las lluvias. En las cuadras de la stanitsa se encuentran  los depósitos de intendencia y de artillería del II Cuerpo del Don.

Los centinelas alimentaban a los cerdos, ya bastante gordos, con conservas estropeadas. En la plaza olía a hoja de laurel y a hospital. También la cárcel se encontraba  allí. Unas rejas oxidadas puestas de cualquier modo. En la entrada, el cuerpo de guardia, una cocina de campaña volcada y una cabina telefónica.

Y en la stanitsa, por las callejuelas desiertas, a lo largo de las cercas de mimbre, el viento de otoño arrastra el oro rojizo de las hojas de arce y arranca desgreñados mechones  de junto de la

techumbre de los cobertizos.

Petka llegó hasta la cárcel. La puerta estaba guardada por centinelas.

—Eh, mozo, no te acerques tanto... ¡Te he dicho que alto!.... ¿A quién buscas?

—Vengo  a ver a mi padre... Se llama Fomá Kremnev.

—Aquí está. Espera, le preguntaré al jefe.

El centinela se acercó  a la cabina. De debajo del banco sacó una sandía empezada, cortó sin prisa una raja con el sable y se puso a comer,  masticando ruidosamente y escupiendo a los pies de Petka las pepitas, de un color pardusco.

Petka se quedó mirando la cara de salientes pómulos y bronceada por el sol, esperando a que el centinela terminase de comer. El cosaco, levantando el brazo con fuerza, tiró la cáscara a un cerdo que  pasaba  de  largo,  quedándosele  mirando  largo  rato,  con expresión  seria;  luego  bostezó  y descolgó el teléfono.

 

1 Ucranianos cuyos ascendientes habían sido trasladados, por orden de Catalina II, a las regiones meridionales lindantes con Crimea (Táurida).

 

 

 

—Hay aquí un chico que viene a ver a Kremnev. ¿Da su señoría autorización para que entre? Petka oyó que en el teléfono resonaba una voz parecida a un ladrido, pero no pudo distinguir las

palabras.

—Espera aquí, te deben registrar...

Un minuto después se abre el portillo y salen dos cosacos.

—¿Quién es el que viene a visitar a Kremnev? ¿Tú? Levanta los brazos...

Buscan en los bolsillos de Petka, miran en su raída gorra, en el forro de la chaqueta.

—¡Quítate los pantalones! Le da vergüenza al canalla... ¿Eres una moza acaso?...

El portillo se cierra a espaldas de Petka, rechinan los cerrojos, a lo largo de ventanas enrejadas se dirigen al despacho del comandante. Por cada abertura miran a Petka ojos de todos los colores.

En el  largo  pasillo  huele  a excrementos   humanos,  a moho. Los  muros  de piedra  se  hallan cubiertos de un musgo verde y húmedo y de hongos podridos. Las lamparillas despiden una luz turbia. Al llegar a la última puerta el centinela se detiene, descorre el cerrojo y abre la puerta de una patada.

—¡Pasa!

Tanteando con el pie en las desigualdades del suelo, con las manos extendidas adelante, Petka va hacia la pared. Desde arriba, por una ventana minúscula practicada bajo el mismo techo, se filtra la luz azul del día de otoño.

—¡Petka! ¿Eres tú?

La voz suena con intermitencias, como la de quien lleva mucho tiempo enfermo. Petka se hace adelante, su desnudo  pie toca en el suelo una estera de fieltro, se pone  en cuclillas  y abraza la vendada cabeza de su padre.

El centinela,  recostado  en la  puerta abierta,  juguetea  con la  correílla  del  sable  y canta una obscena canción de amor.

El eco se debate asustado bajo la bóveda del techo. El padre de Petka, jadeante, deja escapar una risita de ánimo, mientras que desde el suelo, a través del ventano redondo, Petka ve que fuera, en libertad, giran unas nubes pardas y bajo ellas hienden el cielo dos bandadas de grullas de voz de bronce.

—Dos veces me han llevado a interrogatorio...  El instructor me dio patadas, quería hacerme firmar unas declaraciones de cosas que yo no había dicho. Pero no, Petka, de Fomá Kremnev  nadie sacará ni una palabra por las malas... Que me maten, para eso les pagan; pero yo no me apartaré del camino que tengo marcado desde mi nacimiento.

Petka escucha la familiar risita, un poco ronca, y con un cosquilleo de alegría contempla la cara, de un negro terroso, tumefacta por las palizas.

—¿Y ahora qué va a pasar? ¿Te tendrán mucho tiempo encerrado, padre?

—¡No estaré mucho! Me soltarán hoy o mañana. Esos hijos de perra me matarían con mucho gusto, pero temen que los mujiks, los que no son cosacos, se declaren en huelga... ¡Y eso parece que no les agrada!

—¿Te dejarán libre del todo?

—No. Para guardar las apariencias harán que me juzguen los viejos de la stanitsa. Me juzgará la asamblea... Y allí veremos quién puede más... Eso todavía está por ver.

El centinela tamboreó en la puerta, dio una patada en el suelo y gritó:

—¡Eh, tú, hombre alegre, di a tu hijo que salga! La visita ha terminado...

 

 

 

IV

 

A LA CAÍDA DE LA TARDE, el chico del vecino  llegó corriendo al taller en busca de Petka.

—¡Petró!

—¿Qué hay?

 

 

 

—¡Ve en seguida a la reunión!.... Están matando a tu padre en la plaza, frente a la dirección...

Sin detenerse a coger la gorra, Petka  Corrió con todas sus fuerzas por el sinuoso callejón que se escondía a lo largo del río. Por delante, pegada a las cercas de ramas de sauce, le llamaba la camisa rosada del chico del vecino; el viento había revuelto en su cabeza un mechón de pelo descolorido por el  sol  del  verano; delante  de cada puerta  anunciaba  con una vocecita  chillona  que parecía romperse en su garganta:

—¡Corred  a la plaza!.... ¡Los cosacos están matando a Formá el fieltrero!

De los portones y portillos salían montones  de chicuelos que se sumaban  al repiqueteo de los pies delcalzos.

Cuando Petka llegó a la dirección, en la plaza no había nadie. Grupos  de gente se alejaban por las calles.

La gruesa mujer del pope, que había salido al portón  de su casa, miró, haciendo visera con la mano, a Petka, que pasaba corriendo. Sobre su vestido de percal se había echado una toquilla y sus labios, carnosos y malintencionados, mostraban una sonrisa de perplejidad. Después de ver pasar a Petka, se rascó con un pie la pantorrilla, que le temblaba como la gelatina, y se volvió hacia la casa.

—Fióklushka, ¿dónde dices que estaban matando al fieltrero?

—¡Te lo juro que es cierto! Con mis propios ojos he visto cómo le golpeaban...

Los peldaños del portal se hundieron bajo unos pies que se arrastraban. La cocinera, una vieja bizca, se acercó renqueando  a la mujer del pope y siguió con voz chillona y sofocada, agitando las manos:

—He visto, madrecita, cuando lo sacaban de la cárcel para llevarlo ante la asamblea. Los cosacos levantaron un gran alboroto, pero a él no parecía importarle. El viejo perro sonreía como burlándose de todos,  su cara estaba tan negra que daba miedo mirarlo... Los señores oficiales le habían golpeado antes... Lo han conducido hasta el portal y cuando han empezado los golpes sólo se oía: crac, crac...Él se ha puesto  a gritar como un desesperado, bueno, y allí mismo han acabado con él... Quién con un palo, quién con un hierro, pero la mayoría con los pies.

Del portal de la dirección, meneando el trasero, salió el secretario de la stanitsa.

—¡Iván Arsénievich, venga un momento!

El secretario se ajustó los anchísimos calzones y con pasos menudos, contemplando con placer las relucientes punteras de sus botas de montar,  se dirigió hacia la mujer del pope. A ocho pasos de distancia  enderezó  cuanto  pudo su  espalda,  encorvada,  y,  procurando  imitar  al  coronel  de intendencia, acercó negligentemente dos dedos a la visera.

—Buenas tardes, Anna Serguéievna.

—Buenas tardes, Iván Arsénievich. ¿A quién han matado? El secretario arrugó despectivamente el labio inferior.

—A Fomá el fieltrero. Pertenecía al bolchevismo, y los cosacos le han dado muerte. La mujer del pope gimió, con un estremecimiento de sus opulentos hombros:

— ¡Qué horror!.... ¿Es posible que usted haya tomado también parte en ese homicidio?

—Sí... cómo le diría... ¿Sabe una cosa? Cuando  han empezado  a golpearle, el miserable, caído en tierra, se ha puesto a gritar: «¡Podéis matarme, pero no renegaré del Poder soviético! » Entonces, naturalmente, también yo le he dado unos puntapiés. Y siento haberlo hecho. Ha sido una lástima... Las botas y los calzones se me han manchado de sangre.

—No me figuraba que fuese usted un hombre tan cruel.

La mujer del pope, entornando los ojillos, sonrió al presumido secretario. Mientras tanto, al pie del  portal  de la dirección,  Petka,  sentado en la  arena mojada  de sangre y rodeado  de la  banda variopinta de chicuelos, se quedó largo rato mirando aquel revoltijo informe y sanguinolento.

 

 

 

V

 

 

 

LAS GRULLAS VUELAN por encima de la stanitsa, esparciendo sobre la tierra fría sus llamadas de bronce. Petka permanece horas enteras sin apartarse del ventano del taller.

Sídor el herrero  se acercó en una ocasión, se quedó  mirando a Petka, que molía los granos de maíz entre dos ladrillos, y lanzó un suspiro:

—¡Cuántas desgracias  debes de sufrir,  infeliz!....  Pero  eso no es nada,  no pierdas  el  ánimo, pronto vendrán los nuestros y entonces se vivirá mejor. Ven mañana a casa, te daré dos medidas de harina.

Estuvo un rato, lanzando a través de los ennegrecidos dientes el humo del cigarrillo, lanzó un escupitajo hasta el horno y se fue sin despedirse.

Pero no llegó a conocer una vida mejor. Al día siguiente, poco antes de la puesta del sol, Petka atravesaba la  plaza cuando por la  puerta  de la  cárcel  salían  dos  cosacos  a caballo.  Entre ellos, vistiendo un blusón largo, que le llegaba hasta más abajo de las rodillas, marchaba Sídor. El blusón, desgarrado hasta la cintura, dejaba al descubierto el pecho, poblado de unos pelos hizados y duros.

Al llegar a la altura de Petka, dando un traspiés, volvió hacia él la cabeza:

—Me llevan para fusilarme. ¡Adiós, querido Petka! Hizo un ademán y rompió a llorar...

El tiempo fluía lento, como en un sueño angustioso y opresivo. Petka estaba plagado de piojos, sus mejillas, amarillas, se habían cubierto de unos pelos filamentosos, aparentaba más de diecisiete años.

Los  días transcurrían  despacio,  unidos  entre    por una  angustia  negra.  Y cada día  que  se marchaba   a  las  afueras  del  lugar,  junto con el  deslucido  sol,  más  se acercaban  los  rojos.  La inquietud crecía en el corazón de los cosacos.

Una mañana, cuando las mujeres sacaban las vacas a pastar, se oyó el estampido de los cañones tras el bosque de Schegol. El sordo estruendo flotaba sobre los patios adormecidos en la verde neblina matinal,  chocaba contra las  paredes de barro  del  taller,  hacía vibrar  el  sucio  cristal  del ventano. Petka bajó del horno,  se echó un chaquetón sobre los hombros y salió al patio. Se tumbó en el suelo, endurecido por una fina capa de hielo, junto al viejo y arrugado sauce. Las descargas de la artillería hacían gemir  la tierra,  que carraspeaba como un viejo.  Al otro lado  de los  álamos, amontonados  unos  contra  otros,  confundiéndose  con el  grito de  los  grajos,  traqueteaban  las ametralladoras.

También aquel día salió al patio a primera hora y acercó el oído a la helada tierra, quemándose con el pegajoso frío, y se puso a escuchar. Los cañones retumbaban soñolientos, las ametralladoras repiqueteaban animosas, cantando en el aire su sorda canción juvenil:

Ta-ta-ta-ta-ta...

Primero de tarde en tarde, luego con mayor frecuencia, tras unos segundos de intervalo, apenas perceptible, de nuevo se oía:

Ta-ta-ta-ta-ta...

Para que no se le helasen las rodillas, Petka extendió el chaquetón en el suelo y se tendió más cómodamente. Al otro lado de la cerca se oyó una voz constipada:

—¿Oyes la música, mozo? Es una música divertida...

Petka se estremeció y de un salto se puso en cuclillas. A través de la cerca unos ojos de anciano le miraban atentos y una sonrisa se ocultaba entre la barba amarillenta.

Por la voz, Petka reconoció al abuelo Alexander, a quien llamaban el Cuarto. Dijo enfadado, tratando de vencer el temblor de su voz:

—¡Sigue tu camino, abuelo! Aquí no tienes nada que hacer...

—Yo no tengo nada que hacer, pero tú sí parece que lo tienes.

—No me molestes, abuelo, o te tiraré una piedra, y entonces verás cómo te duele.

—¡Eres muy atrevido! ¡Demasiado atrevido! Espera, granuja, que te voy a pasar el bastón por la espalda para que aprendas a respetar a los viejos.

—Yo no me meto contigo, no te metas tú conmigo...

—Eres un mocoso si nos paramos a mirar, y todavía te engallas.

 

 

 

El abuelo se agarró  a un palo de la cerca y, sin gran esfuerzo, pasó sobre ella su cuerpo seco y fibroso. Se acercó a Petka, ajustándose los rotos calzones a rayas, y se sentó a su lado.

—¿Has oído las ametralladoras?

—Hay quien las oye y hay quien no las oye...

—Pues nosotros las oiremos.

Petka, de reojo, observó largamente al abuelo, tumbado de bruces, y acabó por decir, indeciso:

— Si uno se tiende detrás del sauce, se oye muy bien.

—¡Pues probaremos detrás del sauce!

El abuelo se arrastró  a gatas hasta más allá del sauce, se abrazó a las raíces desnudas de un color pardusco, con unas manos parecidas a las raíces, y durante un par de minutos quedó inmóvil y en silencio.

—Es curioso... —Se puso en pie, limpiándose la esponjosa escarcha adherida a las rodillas, y se volvió hacia Petka—. Tú, pequeño, escucha una cosa: yo soy capaz de ver lo que hay enterrado en el suelo, comprendo perfectamente lo que piensas. Esta música podemos escucharla hasta la consumación  de  los  siglos,  pero  mi hijo y yo hemos  pensado algo  distinto...  ¿Conoces  a  mi Yashka? Al que nuestros cosacos dieron azotes acusado de bolchevismo.

—Lo conozco, sí.

—Pues bien, él y yo hemos pensado ir al encuentro de los rojos, no esperar a que vengan...

El abuelo se inclinó hacia Petka, su barba le cosquilleó la oreja, un olor ácido se escapó con las palabras pronunciadas a media voz:

—Me da lástima de ti, mozo. Mucha lástima... Vente con nosotros. ¡Mandemos al demonio al

Gran Ejército del Don! ¿Estás de acuerdo?

—¿No será eso un embuste, abuelo?

—¡Eres demasiado joven para acusarme de embustero! ¡Si sigues así, te daré una buena mano de azotes!.... Mienten los perros, pero yo digo la verdad. No tengo ningún interés en discutir contigo. Si quieres, te quedas...

Y se alejó hacia la cerca, mostrando sus calzones a rayas. Petka le dio alcance y se agarró a su manga.

—¡Espera, abuelo!....

—No hay más que hablar. Si deseas venir con nosotros, en buena hora. De lo contrario, ya sabes el dicho: si la mujer se cae del carro, menos peso para la yegua...

—Iré, abuelo. ¿Cuándo será?

—De eso hablaremos más tarde. Ve esta tarde a mi casa. Yashka y yo estaremos en la era.

 

 

 

VI

 

ALEXANDR CUARTO era desde tiempos inmemoriales un vejete alborotador cuando levantaba el codo, pero en estado normal era un buen hombre excelente. Su apellido nadie lo recordaba. Hacía mucho tiempo,  cuando  volvió del  servicio,  de  Ivánovo-Voznesensk,  donde  se encontraba  una sotnia1  cosaca, habiendo bebido más de la cuenta, dijo ante los viejos de la stanitsa reunidos en asamblea:

—Vosotros tenéis como  zar a Alejandro Tercero, pero yo, aunque no soy zar, soy Alejandro

Cuarto, y de vuestro emperador me importa un bledo...

La  asamblea  decidió  desposeerle  de  su  condición de  cosaco  y  de  su  lote  de  tierra,  le administraron cincuenta azótes por haber faltado el respeto al nombre del augusto soberano, y se acordó no llevar  adelante  el  asunto. Pero Alexandr  Cuarto, subiéndose  los  calzones,  se  inclinó profundamente a los cuatro costados y después de abrocharse el último botón, dijo a sus paisanos:

 

 

1 Escuadrón de caballería cosaca.

 

 

 

—Os quedo muy agradecido, señores ancianos, pero con esto no me he asustado lo más mínimo. El atamán  de la  stanitsa  dio un golpe  sobre la  mesa con el  bastón  que era emblema  de su

dignidad:

—Si esto no le ha asustado, que se le dé una nueva ración...

Después de la  ración  complementaria,  Alexandr  guardó silencio.  Lo llevaron  en brazos  a su casa, pero el remoquete de el Cuarto se lo quedó para toda la vida.

Pues bien, Petka llegó a la casa de Alejandro Cuarto  a media tarde. Aquello estaba vacío. En el zaguán, una cabra pelirroja rumiaba unos tronchos de col. Petka atravesó el patio hacia el portillo de la era, que encontró abierto. La vocecilla constipada del viejo le llamó desde el secadero:

—¡Ven aquí, mozo!

Petka  se acercó  y dio las buenas tardes, pero el viejo no se volvió siquiera a mirarle. Estaba arreglando  una piedra  para la  trilladora;  puesto  de rodillas,  se  dedicaba  a  tallar  los  bordes. El martillo hacía brotar esquirlas grises y haces de chispas verduscas. El hijo del abuelo, Yákov, sin levantar la cabeza de la aventadora,  se dedicaba a sujetar una chapa desprendida del costado.

«¿Por  qué  se dedican  a  estos  trabajos  de  cara  al  invierno?»,  pensó Petka.  Pero  el  abuelo, después de dar el último martillazo, dijo, sin mirarle:

—Queremos dejar a la vieja todos los aperos en buen estado. Tiene un genio de mil demonios y por cualquier cosa pone el grito en el cielo. Podríamos haber dejado todo tal como está, pero temo que los reproches no terminarían nunca. Se han ido esos tales y cuales, diría, sin preocuparse en dejar la casa como es debido...

Los ojos del abuelo reían. Se puso en pie, dio una palmada en el cuello de Petka y dijo a Yákov:

—¡Deja eso, Yasha! Vamos a hablar con el hijo del fieltrero de otras cosas.

Yákov escupió en la palma de la mano los pequeños clavos con que estaba sujetando la chapa de la aventadora y se acercó a Petka. Sus labios se ensancharon  en una sonrisa

—Hola, rojo.

—Hola, Yákov Alexándrovich.

—¿Qué, has decidido venirte con nosotros?

—Ya se lo dije ayer al abuelo Alexandr.

—Eso no basta... Uno puede acalorarse, hacer los preparativos en una noche y decirle adiós a la stanitsa.  Tenemos que dejarles  un recuerdo. Es mucho  el  bien  que hemos recibido  de nuestros paisanos. A mi padre le azotaron,  a mí me dejaron medio muerto por la sola razón de que no quería ir al frente. A tu padre... ¡Para qué hablar!

Yákov se inclinó hasta casi tocar a Petka y murmuró, moviendo los bien trazados arcos de sus cejas caídas:

—¿Sabes,  mozo, que  aquéllos,  es  decir,  los  cadetes,  tienen  un depósito  de  artillería  en  las cuadras de la stanitsa? ¿Has visto cómo llevan allí los proyectiles y demás?

—Sí.

—Y si, por ejemplo, se les prendiera fuego, ¿qué ocurriría?

El abuelo Alexandr dio un codazo a Petka en el costado y sonrió:

—Un espanto...

—Mi padre piensa que sería un espanto, pero yo tengo otra cosa en la cabeza. ¿No es cierto que los rojos se encuentran  en el sector de Schegol?

—Ayer ocuparon el Jútor de Kruten —dijo Petka.

—Pues bien, si además de eso se produce aquí una explosión que deje a los cosacos sin víveres y sin municiones, entonces retrocederán sin volver la vista atrás hasta el mismo Dónetes. De eso es de lo que se trata...

El abuelo Alexandr se acarició la barba y dijo:

—Mañana,  en cuanto empiece a oscurecer,  ven a buscarnos  a este mismo sitio... Nos esperarás aquí.  Trae  lo necesario  para  ponerte  en  camino.  De  la  comida  no te  preocupes:  nosotros  la prepararemos.

 

 

 

Petka se dirigió hacia el portillo de la era, pero el abuelo le hizo volver:

—No vayas por el  patio,  en la  calle  hay gente. Cruza la  cerca y sigue  por el  campo... Las precauciones nunca están de más.

Petka saltó la cerca; atravesó la zanja, cubierta de manchas de hielo, siguió a lo largo de las eras de la stanitsa, a lo largo de las ceñudas fajinas, grises por la escarcha, y enfiló hacia su casa.

 

 

 

VII

 

ERA DE NOCHE. El viento  soplaba  del  este  y había  caído  una  nevada  de  copos  espesos y mojados. La oscuridad invadía cada patio, cada calleja. Envuelto en el chaquetón de su padre, Petka salió a la calle y se detuvo  junto al portillo, atento al rumor de los sauces en la orilla del río y encogido bajo el peso del viento que se le venía encima. Luego, lentamente, se encaminó a la casa de Alexandr Cuarto.

Desde el granero, en medio de la oscuridad, llamó una voz:

—¿Eres tú, Petró?

—Sí.

— Sigue por la parte de la izquierda, cuida de no tropezar con la grada.

Petka se acercó; el abuelo Alexandr y Yákov estaban a la entrada del granero.

Ultimaron los preparativos. El abuelo se persignó, lanzó un suspiro y se dirigió al portón. Llegaron a la iglesia. Yákov, sofocado por una tos ronca, murmuró:

—Petka, amigo, tú eres más ágil que nosotros y llamas menos la atención... a ti no te advertirán... Cruza la plaza y ve a los depósitos. ¿Has visto las cajas de munición que hay alineadas a lo largo de la pared?

—Sí.

—Toma  yesca y el eslabón, esto es estopa empapada  en petróleo... Cuando  estés allí, te tapas con el chaquetón y haz fuego. En cuanto la estopa prenda, ponla entre las cajas y aléjate lo más rápido que puedas... reúnete con nosotros. Ea, anda. ¡Y no tengas miedo!.... Aquí te esperaremos.

El abuelo y Yákov se acomodaron  junto a la cerca. Petka, tumbándose con el vientre pegado al suelo, recubierto de una escarcha desflecada y esponjosa, se arrastró hacia los depósitos.

El viento  se  filtraba  por el  raído  chaquetón  de Petka, el  frío recorría  sus espaldas  con una sensación de fuego y le pinchaba las piernas. Sus manos se le quedaban heladas al contacto con la tierra endurecida. A tientas, llegó al depósito. A quince pasos brillaban el punto rojo del pitillo del centinela. Bajo la techumbre del cobertizo aullaba el viento, haciendo chocar una tabla desprendida. Del lugar donde brillaba el punto rojo del pitillo el viento traía unas voces sordas.

Petka  se puso  en  cuclillas,  tapándose  la  cabeza  con el  chaquetón. En su mano  temblaba  el eslabón, la yesca se le escapaba de los dedos agarrotados.

¡Chac! ¡Chac!.... Apenas si se oye el choque del eslabón en el borde del pedernal, pero a Petka se le figura que el ruido se extiende por toda la plaza, y el espanto, viscoso como una serpiente, le oprime la garganta. La yesca se ha quedado húmeda entre sus dedos mojados, no prende... Otro golpe más, otro: una chispita escarlata empieza a echar humo  y el puñado  de estopa se enciende atrevido  y resplandeciente.  Con mano temblorosa  lo coloca  al  pie  de  una  caja,  percibiendo  al instante el olor a madera quemada. Al ponerse de pie, oye un ruido de pasos y voces sordas que se extienden en la oscuridad:

—¡Fuego! ¡Mira, mira!

Serenándose, Petka echa a correr en las tinieblas alarmadas. A sus espaldas suenan varios disparos, dos balas pasan sobre su cabeza con prolongado silbido, una tercera zumba perforando la oscuridad muy a la derecha. Casi había alcanzado la cerca. Por detrás gritaban a voz en cuello:

—¡Fue-go! ¡Fue-go!...

Se oyeron nuevos disparos.

 

 

 

«¡Hay que llegar a la cerca!», era el pensamiento que rebullía en la cabeza de Petka.

Corría poniendo en tensión todas sus fuerzas. Un zumbido penetrante le hería los oídos. «¡Hay que llegar a la cerca!....»

Un dolor súbito le abrasó la pierna. A trompicones corrió varios pasos. Por debajo de la rodilla se deslizaba algo líquido y templado... Petka cayó al suelo, un segundo  después se incorporaba y seguía a gatas, enredándose en los faldones del chaquetón.

El abuelo y Yákov tuvieron que esperar largo rato. El viento agitaba la cuerda de la campana grande, sujeta a la cerca, y hacía mover los badajos de las campanas pequeñas, que resonaban con voces discordes y suaves.

En la oscuridad, junto a los achaparrados depósitos que se levantaban en el centro de la plaza, primero fueron unas voces sordas, rotas por el viento; luego, una lengua rojiza lamió las tinieblas; retumbó un disparo, otro, un tercero... Ruido de pasos junto a la cerca, una respiración entrecortada, una voz sofocada:

—¡Ayúdame, abuelo!... Me han herido en una pierna...

El abuelo y Yákov tomaron  a Petka en sus brazos y se lanzaron hacia una oscura calleja, corriendo, tropezando en las desigualdades del suelo, cayendo una vez y otra. Habían dejado atrás dos manzanas de casas cuando  las campanas empezaron  a tocar  a rebato,  golpeando con su voz sonora la oscuridad y esparciéndose por la stanitsa dormida.

A un lado de Petka, el abuelo Alexandr jadeaba y movía presuroso las piernas. El mozo sentía en su mejilla el cosquilleo de la barba alborotada del viejo.

—¡A los huertos, padre!.... ¡Tuerza hacia los huertos!.... Saltaron una zanja y se detuvieron para tomar aliento.

Sobre  la  stanitsa,  sobre  la  plaza,  pareció  como si  la  tierra  se  hubiera  partido  en  dos.  Una columna roja de fuego saltó por encima del campanario, un humo denso lo envolvió todo... Otra explosión, otra...

Silencio. Luego, de una vez en toda la stanitsa, empezaron  a ladrar los perros, de nuevo volvió el toque de rebato, que había enmudecido, el grito desgarrado de las mujeres se levantó sobre los patios. En la plaza, el festón amarillo de la llama acababa de lamer las paredes hundidas de los depósitos; su larga mano se acercaba a las dependencias de la casa del pope.

Yákov se sentó detrás de un desnudo matorral de espino y dijo en voz baja:

—Ahora  es completamente imposible escapar. En la stanitsa se ve como si fuera de día, ¡fijaos qué llamas!.... Además tenemos que mirar la pierna de Petka...

—Debemos  esperar hasta el amanecer a que la gente se calme. Luego seguiremos hasta los bosques del gobierno.

—A pesar de sus años, padre, discurre usted como si fuera una criatura. ¿A quién se le ocurre el esperar en la stanitsa cuando nos buscan por todas partes? Si volvemos a casa, se apoderarán de nosotros inmediatamente. Somos los primeros en quienes recaerán las sospechas.

—Eso  es cierto... Tiene razón, Ya sha.

—¿Podemos pasar el día en la leñera de mi casa? —preguntó Petka, con un gesto de dolor.

—Eso  me  parece bien.  ¿Hay  algo  para  esconderse? —Tengo   un montón de  briquetas  de estiércol.

—Nos acercaremos con cuidado... Usted,  padre,  ¿adónde se mete el primero? Vaya despacio detrás de nosotros.

 

 

 

VIII

 

ANTES DE HACERSE DE DÍA, Yákov y Petka habían abierto en las briquetas de estiércol un hoyo profundo. Para resguardarse algo del frío, cubrieron el fondo y los lados con hierba seca. Una vez dentro, lo taparon con ramas secas y palos traídos del melonar para hacer fuego.

 

 

 

Yákov desgarró su camisa y vendó con ella la pierna herida de Petka. Permanecieron allí hasta que se hizo de noche. Por la mañana había venido gente. Se oyó una conversación sorda, el chirrido del cerrojo. Luego, una voz muy próxima dijo:

—El chico del fieltrero debe de estar fuera trabajando. ¡Deja la cerradura, hermano! ¿Para qué andas en ella? En la casa del fieltrero no hay más que pulgas y lana. No te harás rico ahí...

Los pasos se perdieron al otro lado del cobertizo.

Con la noche vino la helada. Ya antes se había oído cómo  se agrietaba en la calleja la tierra, generosamente regada por las lluvias del otoño. En el cielo, manchado por los copos de las nubes, se movía  en su marcha nocturna  la luna en cuarto creciente. Desde las profundidades azul oscuro llamaban con sus guiños las estrellas. La noche miraba a la leñera a través de los agujeros del techo.

En el hoyo, protegidos por las briquetas de estiércol, hacía calorcillo. El abuelo Alexandr, con la barbilla apoyada en las rodillas, dormitaba entre constantes ronquidos, sin cesar de mover las piernas. Petka y Yákov conversaban  a media voz.

—¡Despiértese, padre! ¿Cuándo va a dejar de dormir? ¡Ya es hora de ponerse en camino! Lentamente, con grandes precauciones, retiraron las briquetas. Abrieron un poco la puerta. Ni en

el patio ni en la calleja había un alma.

Dejaron atrás la última casa de la stanitsa. Atravesaron la arboleda y salieron a la estepa. Hasta la  primera  barranca, como cosa de cien  brazas,  se arrastraron  por la nieve.  A sus espaldas,  las ventanas iluminadas de la stanitsa miraban atentas al campo. Por la barranca, hasta el bosque del gobierno, siguieron callados, con precaución, como si marchasen  a la caza de la fiera. La fina capa de hielo se rompía  bajo sus pies, crujía la nieve. El fondo pedregoso y desnudo  de la barranca estaba cubierto en algunos lugares de montones de nieve sobre la que habían quedado las huellas azules de las liebres.

Una de las pendientes de la barranca se apoyaba en la salida del bosque. Subieron hasta lo alto del talud, miraron alrededor y, sin prisa, se adentraron  en la espesura.

—Hasta Schegol es peligroso seguir sin habernos informado antes. El frente está cerca y podemos tropezar con los blancos.

Yákov, metiendo la cabeza en la pelliza, probó durante largo rato a hacer fuego con el pedernal. Caían las  chispas,  el  acero chocaba con sonido  seco contra  la  piedra.  La  yesca, preparada con ceniza de girasol, acabó por prender, despidiendo un humo maloliente. Yákov dio dos chupadas al cigarrillo y contestó a su padre:

—Yo opino así:  vayamos  a casa del  guardabosque  Danila,  es  un buen  amigo  nuestro. Nos informará de cómo podemos atravesar las líneas y, además, lo aprovecharemos para que Petka entre en calor, porque si no se nos va a congelar.

—Yo, Yákov Alexándrovich, no tengo mucho frío.

—¡Cállate, no digas mentiras, mozo! Tu chaquetón sirve mejor para resguardarse del sol que del frío.

—En marcha,  Yasha,  en  marcha,  hijo... Mira  qué  altas  están  las  pléyades,  pronto será  la medianoche —dijo el abuelo.

A unas cincuenta brazas de la casilla del guardabosque,  se detuvieron... En la ventana había luz, el  humo se escapaba  perezosamente   por la  chimenea.  La luna,  suspendida sobre el  bosque, los miraba torpemente torcida.

—No debe de haber nadie. Vamos.

Dentro del cobertizo ladró el perro. Los peldaños del portal, helados, crujieron bajo los pies. Llamaron.

—¿Está el dueño en casa?

Una barba se acercó a la ventana.

—Sí. ¿A quién ha traído Dios?

—Somos amigos, Danila Lúkich. Déjanos entrar, por Cristo te lo pedimos, a calentarnos.

 

 

 

En el zaguán rechinó la puerta, el cerrojo fue descorrido con estrépito. En el umbral apareció el guardabosque. Por debajo de la mano derecha miró a los que llegaban, mientras que su izquierda mantenía el fusil escondido tras la espalda.

—¿Eres tú, abuelo Alexandr?

—El mismo... ¿Podemos pasar la noche?

—Qué quieres que te diga... Pero pasad, trataremos de acomodarnos.

En la pieza, de reducidas dimensiones, hace un calor sofocante. Junto al horno, sobre una manta extendida, hay tres hombres acostados: sus cabezas descansan en las sillas de montar y en un rincón han dejado los fusiles. Yákov retrocede hacia la puerta.

—¿Quién tienes aquí, patrón? Una voz sube desde la manta:

—¿No conoces a tus paisanos? Os esperábamos desde ayer. Pensábamos que vendríais al bosque del  gobierno  y que  pasaríais  forzosamente  por la  casilla  de  Danila...  Bueno, despojaos  de  las pellizas, queridos visitantes, pasaremos aquí la noche y mañana os llevaremos todo derecho a que os columpiéis en el cielo... La cuerda os estaba esperando con impaciencia...

Los cosacos, tumbados en la manta, se incorporaron y echaron mano a los fusiles.

—¡Procura maniatar bien a estos incendiarios, Semión!

 

 

 

IX

 

DOS  DUERMEN EN LA  CAMA,  el  tercero  permanece  sentado  tras  la  mesa  con la  cabeza colgando y el fusil entre las piernas. Danila, el guardabosque, extiende en el suelo una manta.

—Échate aquí, abuelo Alevandr, tus huesos estarán más blandos.

—Ten cuidado, eres demasiado compasivo. ¡A ver si tú mismo no vuelves a dormir sobre esa manta!.... ¿Has oído,  guardabosque? Recógela... Esta gente ha pegado fuego a los depósitos, por una acción como ésa se les debería dejar a dormir al frío, que hicieran compañía al perro...

Se acercaba la aurora cuando el abuelo pidió que le dejaran salir al patio.

—Déjame salir, hijo, a hacer mis necesidades...

—Eso no es nada,  abuelo, hazlo en los calzones o en las botas... Mañana te colgaremos de un buen travesaño y allí podrás secarte.

El débil amanecer invernal arañaba en las ventanas. Los cosacos se levantaron, se lavaron, se sentaron a tomar el desayuno. Yákov, sin que nadie lo advirtiera, susurró a su padre y a Petka:

—He logrado  desgastar  la  cuerda durante la  noche, frotando  contra el  suelo.  En cuanto nos acerquemos  a la stanitsa, cada uno por su lado, todos  a la arboleda. Y de allí al monte...  a las cuevas de donde sacábamos la piedra... ¡Allí no conseguirán dar con nosotros nunca!....

Se pusieron en camino, los tres atados con una cuerda de cañamo, uno tras otro. Petka cojeaba de la pierna herida, el intenso dolor hacía que le rechinaran los dientes.

Alcanzaron la stanitsa. Sus alrededores se perdían  entre los Mechones grises de las arboledas; era como una mujer en plenas calenturas. Cuando torcieron por la primera calleja, Yákov, con la boca contraída y los labios blancos por el esfuerzo, acabó de romper la cuerda y se lanzó hacia los árboles, torciendo a derecha e izquierda. El abuelo Alexandr y Petka le siguieron. Cada uno por su lado. Detrás se oyó un grito:

—¡Alto, alto, hijos de mala madre!....

Disparos  y ruido de cascos de caballos. Petka saltó una zanja y se volvió a mirar: el abuelo Alexandr había caído; su cabeza, atravesada por una bala, se había hundido en un montón de nieve y sus pies no cesaban de dar sacudidas.

El monte, coronado de nieve, corría a su encuentro. Como órbitas vacías negreaban los pozos de donde los cosacos acostumbraban  a sacar la piedra. Yákov se metió el primero, seguido de Petka.

 

 

 

Sin cesar de hacer giros rasgándose la ropa, con el cuerpo lleno de arañazos y de sangre al chocar con los agudos salientes, se arrastraron  en la oscuridad húmeda y sofocante. A veces, las botas de Yákov golpeaban dolorosamente la cabeza de Petka. La galería se bifurcaba, siguieron por la izquierda.  Las manos de Petka tocaban una arcilla helada,  gotas  de agua se le metían por el cuello.

Llegaron a la boca  de un pozo. Se sentaron el uno al lado del otro.

—¡Qué desgracia la mía!.... Han debido de matar a mí padre —murmuró  Yákov.

—Ha caído al borde de la zanja...

Estaban  como ensordecidos,  las  voces  les  parecían  ajenas.  La  oscuridad  se  adhería   a  los párpados.

—Bueno,  Petka, ahora van a tratar de cogernos por hambre. Estamos perdidos, como el conejo en el cado. Aunque ¡quién sabe!.... A venir hasta aquí tendrán miedo. Estas galerías las abrimos mí padre y yo antes de la guerra contra Alemania. Me conozco todos los pasos de memoria... Vamos a seguir adelante.

Siguieron. A veces se metían en una galería sin salida. Daban la vuelta y buscaban otra senda.

 

* * *

 

En aquella oscuridad densa y viscosa permanecieron dos días con sus noches.

El silencio les zumbaba en los oídos. Apenas si cambiaban alguna palabra. Dormían atentos al menor ruido. Allí arriba el agua horadaba la tierra. Se despertaban y se volvían a dormir...

Luego, tropezando en las paredes, como dos cachorros antes de abrir los ojos, buscaron la salida. Dieron numerosas vueltas, perdidos, hasta que la luz los cegó inesperada y dolorosamente.

A la entrada de la caverna de piedra había una confusión de ceniza gris, de punta de cigarrillo, de cartuchos  de fusil y huellas de un sinnúmero de pies humanos. Y cuando miraron al exterior vieron que por el camino de la stanitsa serpenteaban fuerzas de caballería con sus monturas de cola cortada; la infantería, que marchaba  a continuación, formaba como una nube gris; el viento hacía ondear una bandera roja y traía desde allí las exclamaciones, las risas, las voces de mando  y el chirrido de los patines de los trineos.

Se pusieron en pie de un salto. Corrían, caían. Yákov agitaba los brazos y gritaba con voz aguda y desgarrada:

—¡Los rojos! ¡Hermanos! ¡Camaradas!....

La caballería se amontonó  en el camino, formando una apretada mancha de grupas bayas. La infantería se acumuló detrás, empujando ruidosamente.

Yákov sacudió la cabeza, rompió a sollozar, se lanzó a besar los estribos y las claveteadas botas de los soldados rojos. A Petka lo levantaron en brazos, lo colocaron en uno de los trineos, sobre una brazada de bien oloroso heno, y lo taparon con varios capotes.

El trineo se balanceaba en la marcha. Los capotes despedían un olor agrio y familiar, como el que en otros tiempos despidiera la camisa de su padre...

La  cabeza le  da vueltas  a Petka,  las  náuseas le  invaden  el  pecho, y en el  corazón, como el centeno de mayo después de un chubasco, florece la alegría. Una mano sube el capote que le cubre, sobre Petka se inclina una cara afeitada y curtida por los vientos; la sonrisa aflora a sus labios.

—¿Sigues vivo, amigo? ¿Quieres un poco de galleta?

Meten en la rebelde boca de Petka unas galletas masticadas, los bastos guantes rozan sus dedos, congelados.  Quiere  decir  algo,  pero tiene  la  boca llena  de una  masa de pan  de centeno  y las lágrimas le forman un nudo en la garganta.

Coge una mano negra y dura, y la aprieta muy fuerte contra su pecho.

 

 

 

 

 

SEGUNDA PARTE I

ES UNA CASA GRANDE, recubierta  de chapa;  a la  calle  dan seis  ventanas  de maderas  azul celeste. Antes vivía allí el atamán de la stanitsa, ahora sirve de club de la célula de las Juventudes Comunistas. Corre el año de mil novecientos veinte, un septiembre ceñudo y entrado en lluvias; la oscuridad de la noche reina en los huertos y en las calles.

En el  club hay  reunión:  un aire  muy cargado,  rumor de  voces.  Tras  la  mesa  están  Petka Kremnev, secretario de la célula, y Grigori Raskov, miembro del buró. Se discute de una cuestión importante: del laboreo colectivo de los campos asignados a la célula por la Sección de Agricultura.

Media hora después, un fragmento del acta decía así:

 

Después de haber sido informados por el camarada Raskov acerca de la cesión de terrenos en el sector de Kruten, se acuerda que los camaradas Raskov y Kremnev salgan inmediatamente al objeto de reconocer y medir dichos terrenos.

 

La lámpara  fue  apagada.  Un repiqueteo  de pies  resonó  en los  peldaños  del  portal.  Petka se detuvo  en la esquina y mirando la blanca camisa de Raskov,  que se balanceaba en la oscuridad lechosa, gritó en el rumoroso silencio de la stanitsa dormida:

—Escucha, Grishka. La gente está ocupada en las faenas de labranza. No se te ocurra pedir un carro. ¡Iremos a pie!

 

 

 

II

 

UNA AURORA TÍSICA. La dula acaba de pasar por el apisonado camino. El polvo se cierne sobre las  matas  de  ajenjo  de  la  estepa.  En la  loma  están  labrando.  Los  hombres  se mueven  como hormigas, se arrastran  los bueyes uncidos al arado. El viento revuelve los gritos de los espoliques, el silbido y el restallar de los látigos.

Los dos jóvenes caminaban en silencio. El sol estaba en el mediodía cuando ellos llegaron al sector. Una docena de casas de «tauridanos», perdidas en la barranca de la estepa. Junto a la presa, una mujer con las faldas recogidas lavaba su ropa. Al otro lado, unas vacas variopintas se habían metido en el agua hasta el vientre. Con las orejas tiesas y aspecto estúpido, miraron largamente a los jóvenes. La primera de ellas, asustadas de algo, levantó furiosamente el rabo y se adentró  en el embalse, seguida por todo el rebaño. Restalló con un chasquido penetrante el látigo del pastor, un viejo de barba gris; el zagal corrió con paso corto a hacerlas volver, mostrando  sus sucios talones. En la era, entre el martilleo de una segadora, una voz cantarina de moza gritó:

—Garpishka, vamos a ver: han venido unos rojos...

Los jóvenes estuvieron toda la tarde buscando al presidente del sector, despacharon en casa de éste unos melones olorosos: en cuanto a los terrenos, decidieron ir a verlos a la mañana siguiente. La mujer del presidente les preparó en el zaguán un lugar para pasar la noche. Grigori se durmió inmediatamente. Petka dio muchas vueltas, buscando pulgas bajo el capotón de piel de carnero y pensando: ¿qué terreno les concedería el bribón del presidente?

Hacia medianoche, el dueño de la casa descorrió el pestillo, se quedó mirando desde el portal el cielo estrellado y se dirigió a echar  un pienso a los caballos. Rechinó el cigoñal del pozo,  en la estepa el prolongado relincho de un potro  se elevó como una prolongada llamada. Desde el patio llegaron unas voces sordas. Petka se despertó.

 

 

 

Grigori, en sueños, rechinó los dientes, se volvió del otro costado y pronunció con voz triste y clara:

— La muerte, hermano, no es una tontería...

El presidente entró en el zaguán con gran estruendo de botas.

—Mozos, mozos, ¿habéis oído?

—¿Qué pasa?

—El diablo lo sabe... Acaba de venir del Jútor Vezinski uno de los nuestros, parece que Majnó1

se ha apoderado de él. ¡Debéis marcharos lo antes posible!....

Petka, medio dormido, gruñó:

—¿Y el asunto de nuestro terreno? Lo amojonaremos mañana y entonces nos iremos. ¡No vamos a estar yendo y viniendo inútilmente!

Petka soñaba que estaba en una asamblea del comité de distrito; alguien golpeaba pesadamente en la chapa de la techumbre: bu-u-um! ¡bu-u-m!

Se despertó y se dio cuenta de lo que pasaba: aquello eran cañonazos. La inquietud le oprimió el corazón.  Prepararon  sus cosas a toda prisa, tomaron consigo la medida de madera, de una braza de longitud, espantaron a los perros enfurecidos y salieron a la calle.

—¿Cuántas verstas hay de aquí a Vezhinski? —preguntó Grigori.

Caminaba en silencio, arrancando pensativo los pétalos de una flor escarlata cogida al borde del camino.

—Unas treinta...

—¡Tenemos tiempo!

Bordeando los melonares, subieron a un montículo. Petka, que había dejado caer la bolsa de los cartuchos,  se volvió a recogerla y se quedó  con la boca abierta: por la otra parte del pueblo, en columnas bien formadas, bajaban varias unidades de caballería. El jinete que marchaba en cabeza portaba una bandera negra, que ondeaba al viento como el ala herida de un pájaro.

—¡Hijos de mala madre!....

—¡Ojalá os parta un rayo!.... —completó la frase Grigori, aunque los labios le temblaban y una palidez grisácea le había cubierto la cara.

El presidente dejó caer la medida y, maquinalmente, se llevó la mano al bolsillo en busca de la bolsa del tabaco. Petka se precipitó hacia la barranca, seguido de Grigori.

Los pies, rebeldes, tropezaban extrañamente;  avanzaban a paso de tortuga;  su corazón parecía que iba a abrirse en pedazos  y un calor sofocante invadía su boca. En el fondo de la barranca, barrida por el agua, olía a fango y los pies se hundían. Petka, sobre la marcha,  se quitó las botas y se ajustó mejor el fusil. La cara de Grigori se había puesto  verdosa,  con los labios apretados, y jadeaba trabajosamente. Cayó al suelo y arrojó lejos de sí el fusil.

—Tíralo, Petka. Si nos cogen con armas nos matarán... Petka se estremeció violentamente.

—¿Te has vuelto loco? ¡Cógelo en seguida, canalla!

Grigori agarró sin  ganas  el  fusil  por la  correa. Durante  unos instantes  se  miraron  con ojos rabiosos y extraños.

Prosiguieron su carrera. A la salida de la barranca, Grigori se dejó caer de espaldas. Rechinando los dientes, Petka agarró por debajo de los brazos el cuerpo sudado de su camarada y empezó  a arrastrarlo. La barranca se ramificaba; su última pendiente, sembrada de huesos de caballo y de matas grises de ajenjo, terminaba justo en los campos de cultivo. Cerca de un carro, un hombre uncía su pareja de caballos al arado.

—¡Necesitamos los caballos para ir a la stanitsa! ¡Los de Majnó nos vienen persiguiendo! Petka echó mano al yugo, el hombre a Petka.

—¡No os los daré!.... La yegua está preñada. ¿Cómo podréis montarla?

 

 

 

1 Jefe de las bandas anarquistas que durante los años de la guerra civil se concentraron  en Ucrania, combatiendo contra los blancos y contra los bolcheviques

 

 

 

El vigoroso viejo se aferró con sus dedos retorcidos al cañón del fusil. Un pensamiento cruzó por la mente de Petka: debía recuperar el fusil y matar a aquel hombre. Y todo a causa de una yegua preñada.

Sintiendo la mirada de aquellos ojos espantosos y punzantes, las cerdas pelirrojas de las mejillas y el leve temblor de las comisuras de los labios, dio un tirón y recuperó el fusil. El cerrojo rechinó sonoramente.

—¡Apártate!

El viejo se inclinó para coger el hacha que había en el suelo, cerca del carro. Petka, con una sensación viscosa de náuseas en la garganta, le descargó un culatazo en la prominente nuca. Las piernas,  enfundadas  en  unas  botas  altas  arrugadas,  se estremecieron  convulsivamente  como las patas de una araña...

Grigori cortó los tirantes y saltó sobre la yegua.  Petka se vio sobre un roano saltarín de raza tauridana. Salieron por los campos arados hacia el camino. Los cascos de las monturas repiqueteaban de buena gana. Petka miró hacia atrás: sobre la barranca, el viento arrastraba una nube de polvo. Los perseguidores se habían desplegado en abanico y avanzaban a galope tendido.

Dejaron atrás cinco verstas, los otros seguían cada vez más cerca. Podía distinguirse cómo el caballo delantero, con la cabeza levantada, dejaba atrás el terreno. El capote georgiano del jinete, negro y peludo, flotaba al viento.

La yegua de Grigori disminuía su velocidad a ojos vista; resoplaba y lanzaba unos relinchos breves y cortados.

—Este animal va a parir... ¡Estoy perdido, Petka! —gritó Grigori a través  del viento que les cortaba la cara.

Al dar una vuelta, cerca de un túmulo funerario, saltó a tierra sin frenar la marcha. La yegua cayó redonda. Petka siguió el galope unas brazas, pero al darse cuenta de lo ocurrido volvió hacia su compañero.

—¿Qué haces? —gritó Grígori con voz llorosa. Pero Petka, con mano segura y hábil, metió un cargador en el depósito, saltó del caballo y, rodilla en tierra, disparó contra el negro capote georgiano que se le venía encima y, haciendo saltar el cartucho, sonrió.

—La muerte, hermano, no es una tontería.

Disparó  una segunda vez.  El caballo  se  levantó  sobre las  patas traseras,  el  capote negro se deslizó hasta el suelo. Una de las botas se quedó enganchada en el estribo y el animal, entre nubes de polvo, se salió en furiosa galopada del camino.

Petka lo siguió con una mirada que no veía nada. Luego, abriendo ampliamente las piernas, se sentó en el camino. Grigori estrujaba entre sus manos sudadas una olorosa flor de ajedrea y sonreía como un loco.

Petka murmuró gravemente:

—Bueno,  ahora se acabó todo —y se tumbó de bruces en el suelo.

 

 

 

III

 

EN EL PATIO DEL COMITÉ EJECUTIVO,  los  funcionarios  enterraban los  sacos repletos  de papeles. El presidente, Yákov Cuarto, trataba en el portal de reparar una ametralladora vieja y roñosa.  Desde por la  mañana  esperaban  a los  milicianos  que habían  salido  de reconocimiento. Hacia el mediodía, Yakov llamó al joven comunista Antoshka  Grachov,  que pasaba por su lado. Sus ojos sonrieron al decirle:

—Toma  en la cuadra el caballo que te parezca mejor y acércate al sector de Kruten.  Sí te encuentras a nuestra patrulla de reconocimiento, les dices que vuelvan a la stanitsa. ¿Tienes fusil?

Antoshka echó a correr con sus pies descalzos al tiempo que gritaba:

—¡Tengo fusil y veinticinco cartuchos!

 

 

 

—¡Pues date prisa!

Cinco minutos después, del patio del comité ejecutivo salía Antoshka. Volvió hacia el presidente sus ojillos grises de ratón y desapareció envuelto en polvo.

Desde el portal del edificio, Yákov siguió con la vista los movimientos regulares del cuello del caballo y de la cabeza rizada y descubierta de Antoshka. Después de un rato entró en el pasillo, del que pendían abundantes telarañas grises. Los funcionarios y los miembros de la célula habían ultimado los preparativos. Miró a todos con ojos cansados y dijo:

—Antoshka ha salido al encuentro de la patrulla... —Después de una pausa agregó, tamboreando pensativo con los dedos—: Y los muchachos que fueron al sector... ¿podrán escapar de Majnó?

Iban y venían por las habitaciones sonoras y vacías del comité ejecutivo, releían por milésima vez las coplas de Demián Bedni1  en los descoloridos carteles. Dos horas más tarde, los milicianos de  la  patrulla  entraban  al  trote  en el  patio  y descabalgaban  de  un salto.  El primero  de  ellos, completamente envuelto en polvo, gritó:

—¿Dónde está el presidente?

—Ahí viene. ¿Los habéis visto? ¿Son muchos? ¿Resistiremos en el campanario? El miliciano movió con aire desesperado la fusta.

—Hemos tropezado con su escuadrón de vanguardia... ¡A duras penas hemos podido escapar! Serán unos diez mil. Avanzan como una nube negra.

El presidente, arrugando las cejas, preguntó:

—¿Habéis encontrado  a Antoshka?

—No hemos podido distinguir quién era, pero hemos visto que pasado el barranco Kruti, uno a caballo se dirigía hacia la estepa. Seguramente habrá tropezado  con los de Majnó... En apretado grupo, cambiaban impresiones en voz baja. El presidente se tiró de la desgreñada barba  y dejó escapar un suspiro profundo:

—Los mozos que mandamos a medir la tierra en el sector, de seguro que han muerto...  Y Antoshka lo mismo... Nosotros nos tendremos que esconder entre los cañaverales... Contra Majnó no somos nada...

El agente de abastos abrió la boca, quería decir algo, pero en la puerta  se oyó una voz seca de alarma:

—De prisa, camaradas. La caballería ha aparecido en la loma...

Fue como si una ráfaga de viento hubiera barrido a la gente. Visto y no visto. La stanitsa quedó desierta,  con las  maderas  de  las  ventanas  cerradas.  Sobre  los  patios  se  extendía   el  silencio. Solamente  entre  los  hierbajos  de  junto a  la  cerca  del  comité  ejecutivo,  una  gallina  cacareaba furiosamente: nadie podría decir quién la había asustado.

 

 

 

IV

 

EL VIENTO HINCHABA la camisa de Antoshka,  formando en su espalda una flamante vejiga. Cabalgar a pelo le producía daño. El trote del caballo le hacía bailar terriblemente. Tirando de las bridas, empezó  a subir la cuesta del barranco Kruti. Inesperadamente, a cosa de una versta vio un escuadrón y dos carros, detrás de los jinetes, con ametralladoras emplazadas. Una idea le sacudió:

«¡Los de Majnó! »

Sujetó  el  caballo,  un escalofrío  le recorrió  la espalda.  Y la montura, como a propio intento, movía perezosamente las patas, no quería pasar del trote tranquilo al galope tendido.

Fue visto, le conminaron a detenerse,  hicieron unos disparos. El viento le azotaba la cara, las lágrimas le velaban los ojos, el viento le zumbaba en los oídos. Daba miedo volver la cabeza. Sólo miró atrás cuando hubo pasado por las casas de las afueras de la stanitsa. Echó pie a tierra de un

 

 

1 Poeta soviético, muy popular en los años de la guerra civil.

 

 

 

salto y, encorvándose, corrió al amparo de la cerca. Pensaba: «Si cruzo la plaza, me verán y me darán alcance... A la cerca, al campanario...»

Apretando con la mano izquierda el fusil, empujó con la derecha el portillo. Sus pies, descalzos, pisaron con ruido las hojas secas que cubrían el suelo. La escalera de caracol de la iglesia. Un olor a incienso, a trastos viejos y a excremento  de paloma.

En la plataforma superior se detuvo, se tumbó  y prestó oído atento. Silencio. En la stanitsa se oía el canto de los gallos.

Colocó el fusil a su lado, se sacó la bolsa de costado y se limpió el sudor pegajoso que cubría su frente. Su cabeza era una confusión de pensamientos: «Es lo mismo, me matarán: dispararé contra ellos... Petka Kremnev dijo en una ocasión: Majnó es un mercenario de los burgueses...»

Recordó que la semana pasada habían hecho ejercicios de tiro al otro lado del río tomando como blanco una sandía colocada a cien pasos y que él, Antoshka,  había acertado más que ninguno otro de los jóvenes. En la garganta sentía un cosquilleo doloroso, pero el martilleo del corazón  se había hecho menos violento.

Seis hombres a caballo desembocaron con precauciones en la plaza, echaron pie a tierra y ataron sus monturas en la cerca de la escuela.

De nuevo se sobresaltó el corazón de Antosha, de nuevo empezaron sus violentos latidos. Apretó los  dientes,  tratando  de dominar  el  temblor,  y con unos  dedos que  no le  obedecían  metió  un cargador en el depósito del arma.

Un nuevo jinete desembocó en la plaza. Giró sobre su montura,  que se encabritaba furiosamente, le sacudió un fustazo y volvió atrás con el mismo galope frenético que a la llegada. Por su manera descuidada de montar, Antoshka  comprendió que se trataba  de un cosaco. Siguió con la vista la guerrera verdosa que se balanceaba sobre la grupa del caballo y lanzó un suspiro.

Llegaron con gran estrépito los carros, se oyó el tableteo de innumerables cascos de caballo y el estruendo de una batería. La stanitsa  era un hormiguero  de infantes  —como los  gusanos  en la carroña—, las calles estaban invadidas por los carros, por las cajas de munición y por los coches con ametralladoras emplazadas.

Antoshka, sintiendo un leve escalofrío, manipuló con dedos helados y extraños el cerrojo del fusil y se quedó a la escucha. Arriba, entre los travesaños,  se arrullaban unas palomas.

«Esperaré un poco...»

En las proximidades de la cerca, los hombres  de Majnó, desmontados,  daban de comer  a los caballos. Estaban tumbados entre los animales con sus calzones de vivos colores y sus llamativas fajas de lienzo; parecían el conjunto abigarrado que forman las piedras a la orilla del río. Charlas y explosiones de risa. Mientras tanto, por el camino, de dos en dos, seguían llegando las carretas...

Ya  decidido,  Antoshka  tomó como blanco  el  alto  gorro de  piel  gris  de  un servidor  de ametralladora. Retumbó el disparo y el de la ametralladora dejó caer la cabeza entre las rodillas. Otro disparo y un conductor de carro soltó las riendas y se deslizó lentamente bajo las ruedas. Otro, otro...

Los caballos se encabritaron, empezando  a cocear  a los hombres que cuidaban de ellos. En el camino se debatía,  herido, un caballo de varas enredado en el aparejo de tiro; cerca de la escuela volcó un carro con su ametralladora emplazada, y el arma, cubierta con su funda blanca, quedó impotente con el morro hundido en la tierra. Sobre el campanario subió como una nube la algarabía de relinchos, de exclamaciones, de voces de mando, de un desordenado tiroteo...

La  batería se hizo atrás  con gran  estrépito  de  hierros.  Antoshka fue  descubierto.  Una bala estampó un sonoro  beso en la madera del travesaño. La plaza quedó desierta. En el portal de la escuela, un marinero de Majnó manejaba con gran destreza su ametralladora. Las balas zumbaban quejumbrosas, resbalando por la vieja campana recubierta de una película verde. Una de ellas, de rebote, golpeó a Antoshka en el brazo. Él se arrastró  hacia atrás, se incorporó, pegado a la columna de ladrillo, e hizo fuego: el marinero abrió los brazos, se retorció y cayó, dándose con el pecho en los peldaños torcidos del viejo portal.

 

 

 

En las afueras de la stanitsa, cerca del cementerio, una pieza de tres pulgadas fue desenganchada de su tiro y volvió la boca de acero hacia la iglesia. El estampido sacudió la pequeña stanitsa, que parecía haberse aplastado contra el suelo.

La granada fue a estallar bajo la cúpula, cubriendo a Antoshka  con un montón de polvorientos ladrillos y arrancando de la campana el salivazo sonoro de su descontento.

 

 

 

V

 

PETKA YACÍA  BOCA ABAJO, sin moverse,  pero hasta él llegaban muy netamente el intenso aroma de la ajedrea y el repiqueteo de los cascos de caballo.

Por dentro  sentía unas náuseas violentas, era como si le revolviesen el alma entera. Meneó la cabeza. Incorporándose, vio junto a la camisa de lienzo de Grigori un morro de caballo cubierto de espuma, un caftán de cosaco, azul oscuro, y dos ojos oblicuos de calmuco en una cara bronceada por el sol y por los vientos.

A media versta de distancia los demás daban vueltas en torno al caballo que arrastraba el cuerpo destrozado envuelto en el desgarrado capote georgiano.

Cuando Grigori rompió a llorar sollozando como un niño y gritó con voz desgarrada, algo vivo se estremeció en el corazón de Petka. Sin pestañear, miró cómo el calmuco se ponía  en pie sobre los estribos y, de costado, levantaba la blanca hoja de acero. Grigori cayó sentado torpemente, se agarró con ambas manos la cabeza partida en dos, después se derrumbó  con un estertor y de su garganta fluyó a borbotones un chorro de sangre.

Su memoria guardó la imagen de las convulsiones de las piernas de Grigori y de la cicatriz de la mejilla abultada del calmuco. Su conciencia se apagó bajo los agudos clavos de las herraduras que se  le  clavaban  en  el  pecho;  en  el  cuello  sintió  el  trallazo  de  un látigo  de  crin: todo giró vertiginosamente entre chispas de fuego y una niebla abrasadora...

 

* * *

 

Al volver en sí Petka gimió del tremendo dolor que le traspasaba los ojos. Se llevó la mano a la cara y sintió con horror que del párpado  se deslizaba a la mejilla una masa espesa y gelatinosa. Le habían saltado un ojo y el otro, inflamado, no cesaba de lagrimear. A través de la pequeña rendija, Petke distinguió con trabajo ante sí belfos de caballo y caras de persona. Alguien se inclinó hasta casi tocarlo y dijo:

—Levántate, mozo; en otro caso puedes darte  por muerto...  Te vamos  a conducir  al  cuartel general  del  grupo, allí  deben  interrogarte...  Ea,  ¿te levantas?  A mí me  es lo mismo,  podemos llevarte al paredón sin necesidad de interrogatorio alguno.

Petka se incorporó. A su alrededor había un pintoresco mar de cabezas, de voces y de relinchos de caballo. El hombre  que se había encargado de él, cubierto con un gorro alto y gris de piel de cordero, marchó delante. Petka, tambaleándose, le siguió.

El cuello le ardía, traspasado por la crin del látigo; en los rasguños de la cara se empezaba  a restañar la  sangre;  el  cuerpo le  dolía  todo él  como si  durante largo  rato le  hubieran  golpeado implacablemente.

Mientras  lo llevaban  al  cuartel  general,  Petka miró a los  lados:  en todas partes hacia donde volviese  su ojo —en la  plaza,  en  las  calles,  en  las  callejas  angostas  y tortuosas—  veía gente, caballos y carros.

El cuartel general del grupo  se encontraba en la casa del pope. De las ventanas, abiertas de par en par, saltaba a la calle el estertor senil de una guitarra y el tintineo de platos y vasos; se veía, en la cocina,  que  la  mujer  del  pope  ponía  todo su empeño  en  agasajar  debidamente  a  los  queridos huéspedes.

 

 

 

El que había traído a Petka se sentó en los escalones del portal. Lió un cigarrillo, gruñendo:

—Espera aquí. ¡En el cuartel general están ocupados! Petka se recostó  en el pasamanos de la entrada. La boca se le había secado terriblemente. Moviendo difícilmente la lengua rota, dijo:

—Si me diera un sorbo de agua...

—Para eso te he traído al cuartel general, para darte de beber.

Un marinero picado de viruelas salió al portal. Usaba un caftán azul oscuro, que ceñía con una faja de tela roja cuyas puntas le colgaban hasta las rodillas; su gorra  de marinero conservaba la inscripción, descolorida por el tiempo:  «Flota del Mar Negro». En las manos traía un acordeón adornado con cintas de colores. Miró a Petka de arriba abajo con unos ojillos azulencos y aburridos, su cara se distendió en una sonrisa .y abrió perezosamente el fuelle:

 

Comunista joven,

¿por qué quieres casarte? Cuando venga el padre Majnó

¿dónde podrás esconderte?...

 

La voz del  marinero  era la de un hombre ebrio,  pero sonora. Repitió, sin  levantar  los  ojos cerrados:

 

Cuando venga el padre Majnó

¿dónde podrás esconderte?...

 

El que había traído  a Petka dio la  última  chupada al  cigarrillo  y dijo sin  volver  siquiera  la cabeza:

—¡Eh, tú, carroña tuerta, ven conmigo!

Petka subió los escalones del portal y entró en la casa. En el recibimiento, sobre la pared, había extendida una bandera negra. Unas letras blancas, rotas por las arrugas, decían: «Estado Mayor del Segundo Grupo», y algo más arriba: «¡Viva Ucrania libre! ».

 

 

 

VI

 

EN EL DORMITORIO DEL POPE repiqueteaba una máquina de escribir. Varias voces salían por la  puerta abierta.  Petka  esperó largo  rato  en la  penumbra  de la  entrada. El dolor sordo  que le oprimía paralizaba su voluntad y su razón. Pensaba Petka: los de Majnó han matado  a sablazos a los muchachos de la célula y a los funcionarios; y a él, desde el dormitorio del pope, que todavía conservaba el aire impregnado de olor a incienso, la muerte le hacía guiños invitándole a seguirle. Pero el temor no helaba su alma. La respiración de Petka era regular, sin intermitencias; mantenía los ojos cerrados, y únicamente su mejilla inundada de sangre temblaba levemente.

Del dormitorio salían voces, el repiqueteo de la máquina, risitas de mujer y el tintineo frágil de las copas.

La mujer del pope pasó trotando por el recibimiento seguida de uno de los hombres de Majnó, muy peripuesto, que hacía sonar las espuelas y se retorcía  las guías del rubio bigote. Ella traía una botella en la mano, sus ojitos florecían como el almendro.

—Es un licor de seis años, lo guardaba para una buena ocasión. ¡Oh! Si usted supiera qué horror es vivir con esos bárbaros. Una persecución continua. La célula había decidido hasta requisarnos el piano. Imagínese, llevarse un piano que es de nuestra propiedad. ¿Qué le parece?

Al pasar, fijó en Petka sus ojillos resplandecientes de lascivia, torció el gesto con disgusto y, reconociéndolo, dijo al oído del de Majnó:

 

 

 

—Es el presidente de la célula de las Juventudes Comunistas... un bolchevique rabioso... A ver si usted, de cualquier modo...

El frufrú de la falda impidió a Petka oír el final de la frase. Un minuto más tarde venían a buscarle:

—A la habitación del rincón, y de prisa, hijo de mala madre...

Al otro lado de la mesa, cubierto con un gorro plateado de astracán, estaba el del bigote rubio.

—¿Eres de las Juventudes Comunistas?

—Sí.

—¿Has disparado contra los nuestros?

—Sí...

El de Majnó se mordisqueó pensativo la guía del bigote y preguntó, mirando por encima de la cabeza de Petka:

—¿No te ofenderás si te fusilamos?

Petka se limpió con la mano la sangre que le había venido a los labios y dijo con voz firme:

—No podréis fusilar a todos.

El de Majnó se volvió violentamente y gritó:

— Dolbishov, llévate al mozo y entrégalo a la segunda sección, que le den el paseo...

Petka fue sacado al exterior. El hombre que lo conducía le ató en el portal las manos con una correa, apretó el nudo y preguntó:

—¿Te duele?

—Déjame en paz —gritó Petka, y se dirigió hacia el portón, moviendo torpemente los brazos atados.

El otro cerró tras sí el portillo y echó mano al fusil, que le colgaba del hombro.

—Espera, ahí viene el jefe de la sección.

Petka  se detuvo.  Se sentía  molesto,  le  picaba  la  barbilla  y no podía  rascarse con las  manos atadas.

El jefe de la sección, bajo y patizambo, se acercó. Sus altas polainas inglesas olían fuertemente a sebo. Preguntó al guardián:

—¿Me lo traes a mí?

—Sí. Han dicho que Blo despaches cuanto antes.

El jefe de la sección miró a Petka con ojos soñolientos y dijo:

—Esta gente... Se entretienen con un chiquillo, lo atormentan y se atormentan  ellos mismos. Arrugando las cejas pelirrojas, miró una vez más a Petka, lanzó un obsceno juramento y gritó:

—¡Anda, estúpido, acércate al cobertizo!.... ¡Vivo!.... Te digo que vayas y te pongas de cara a la pared...

El rubio del Estado Mayor de Majnó salió al portal y se inclinó hacia afuera, apoyándose en la balaustrada tallada. Dijo:

—Escucha, amigo... No fusiléis al mozo, que venga a mi despacho.

Petka subió los escalones del portal y se detuvo,  apoyándose en la puerta. El rubio se acercó a él de lleno y dijo, tratando de mirar en la estrecha y ensangrentada abertura del ojo del joven:

—Eres  fuerte,  mozo...  Te  perdono  la  vida,  te  daré  de  alta  en  el  ejército  del  padre  Majnó.

¿Prestarás servicio con nosotros?

—Sí —dijo Petka, cerrando el ojo.

—¿No tratarás de escaparte?

—Si me dan comida y ropa, no lo haré... El rubio rió, arrugando la nariz.

—Aunque quisieras  escaparte, no podrías...  Pondré  a alguien  que te vigile.  —Y volviéndose hacia el guardián le dijo—: Hazte cargo del mozo, Dolbishov, y apúntalo en tu sotnia. Le das la ropa que le haga falta. Irá en tu carro. Ten los ojos bien abiertos. De momento no le des fusil.

Dio a Petka una palmada en la espalda y, balanceándose, volvió a entrar en la casa.

 

 

 

De la stanitsa salieron hacia las doce del día siguiente. Petka iba junto a Dolbishov, éste con sus bigotes caídos, y entre las constantes sacudidas, permanecía sumido en sus pensamientos viscosos y molestos.

Después de la lluvia, el barro revuelto del camino se había  secado.  El carro daba mil saltos, balanceándose a un lado y a otro.  Pasaban junto a los postes de telégrafo, el camino no cesaba de dar vueltas y revueltas.

En los pueblos y aldeas, ruido, las miradas de reojo de los hombres, los alaridos desgarrados de las mujeres...

El segundo grupo se había separado del ejército y avanzaba en dirección de Míllerovo. El grueso de las tropas se movía  más a la izquierda.

A última hora de la tarde, Dolbishov sacó de debajo del pescante una hogaza aplastada y abrió una sandía. Sin dejar de masticar, dijo a Petka:

—Come, hermano, ahora eres uno de los nuestros.

Petka devoró  con avidez un trozo de madura  sandía y un canto de pan que olía a sudor  de caballo.

Dolbishov cortó con el sable otro trozo y lo ofreció a Petka.

—Toma,  aunque no tengo ninguna  confianza  en ti. Me imagino  que acabarás por escaparte.

¡Sería mucho más sencillo rematarte de un sablazo!

—Haces mal en pensar así. ¿Por qué me voy a escapar de vosotros? Acaso combatáis también por una causa justa...

— Sí, claro, por una causa justa. ¿Qué creías tú? Petka se ajustó la venda que le cubría el ojo y dijo:

—Pero si lucháis por una causa justa, ¿por qué agraviáis así a la gente?

—¿Qué agravios les causamos?

—¿Qué agravios? ¡Cuantos quieras! Ahora, por ejemplo, al pasar por ese pueblo, has requisado a un campesino  la última cebada que tenía  para los  caballos.  Y sus hijos  no tendrán  nada que comer.

Dolbishov lió un cigarrillo y le prendió fuego.

—Era orden del jefe.

—¿También ha dado la orden de ahorcar a todos los campesinos?

—Ejem... Ya veo adónde vas a parar...

Dolbishov ocultó su cabeza entre una nube de humo de tabaco y guardó silencio.

Pero cuando hicieron alto para pernoctar, el jefe de la sotnia —el marinero picado de viruelas

Kiriuja, el del acordeón— hizo llamar a Petka y le dijo, jugueteando con la pistola:

—Mira, hijo de tal y de cual, si otra vez vuelves a hablar de política mandaré que levanten la lanza de un carro y que te cuelguen de los pies... ¿Me has entendido?

—Sí... —contestó Petka.

—Pues lárgate con viento fresco y recuerda, maldito tuerto:  a las primeras de cambio te saco el otro ojo y mando que te ahorquen...

Petka comprendió que necesitaba ser más cauto en su labor de propaganda. Durante dos días se esforzó en reparar  su falta: preguntó  a Dolbishov acerca de Majnó, de los lugares donde habían estado, pero el otro seguía encerrado en su silencio, miraba a Petka con recelo, de reojo; a través de los dientes apretados dejaba escapar contadas palabras. No obstante, Petka consiguió ganarse la buena voluntad  de Dolbishov  (que había nacido  nada menos  que en Gulai-Pole,  lo mismo  que Néstor Majnó, de quien podía decirse que había sido vecino). El hielo acabó por romperse, empezó a conversar de buen grado con Petka y al cabo de dos días le entregaba una carabina y ochenta cartuchos.

La sotnia hizo un alto en las cercanías de Kashara. Dolbishov desenganchó los caballos del tiro. Puso en manos de Petka un caldero y le dijo:

—Acércate a aquellos sauces, mozo. Allí hay un estanque, trae agua y haremos unas gachas.

 

 

 

Petka, tratando de contener los brincos de su corazón, montó a caballo y, al trote corto, se dirigió al embalse.

«Cuando llegue allí, torceré cuesta arriba y a ver quién me encuentra», cruzó en su mente.

Ya  en el estanque, bordeó  la estrecha presa, semiderruida, tiró disimuladamente el caldero  y espoleando al caballo con los talones, subió a lo alto de la cuesta. Como advirtiéndole, una bala zumbó sobre su cabeza; en la parte del campamento resonó un disparo. Petka, con la mirada turbia, midió la distancia que les separaba: poco más de media versta.

Pensó: «Si sigo adelante, de seguro que me alcanza una bala». De mala gana volvió grupas. Dolbishov, después de suspender en la punta de la lanza del carro el calderete con las patatas,

miró a Petka y dijo:

—¡Si vuelves a hacer algo parecido, te mato! ¡Tenlo presente!

 

 

 

VII

 

UN DÍA, AL AMANECER, Petka se vio despertado por un terrible vocerío. Tiró del carro la manta de caballo con que se cubría por las noches. En el azul lívido de la aurora de otoño, el grito subía y bajaba en oleadas.

—¿De qué se trata?

Dolbishov,  de pie  en  el  pescante,  agitaba  desesperadamente  su peludo  gorro y rojo por el esfuerzo, vociferaba:

—¡Viva nuestro padre! ¡Hurra-a-a!....

Petka se incorporó y vio que por el camino pasaba un coche tirado por cuatro caballos negros. Los caballos estaban bañados en sudor, a su alrededor cabalgaban los hombres de la escolta. Majnó, que había sido  herido  en Chernishévskaia,  se apoyaba  en una  muleta  y arrugaba los  labios:  no estaba claro si era por el dolor de la herida o es que  sonreía.  En la trasera del coche, un tapiz colgaba  hasta  el  mismo  suelo;  el  polvo, formando  nubes  desflecadas,  se  almacenaba  entre las ruedas posteriores.

El coche pasó rápido. Un minuto después sólo quedaba el polvo que se arremolinaba a lo lejos del camino; el zumbido de las voces fue cediendo hasta acallarse por completo.

 

 

 

VIII

 

PASARON TRES DÍAS. El segundo grupo avanzaba hacia la línea del ferrocarril. En el camino no había habido ni un solo combate. Las unidades rojas, poco  numerosas,  se retiraban al Don. Petka tuvo tiempo de hacer conocimiento con toda la sotnia: de los ciento cincuenta hombres, algo más de sesenta eran tránsfugas del Ejército Rojo; el resto era gente de la más diversa catadura.

Un atardecer, reunidos  en torno a la  hoguera,  se pusieron  a  bailar,  al  son del  acordeón, un vigoroso trepak1. La tierra, endurecida por las primeras heladas, crujía con ruido seco bajo los pies.

Dolbishov daba vueltas al corro, dándose palmadas en las cañas de las  polvorientas botas y resoplando como un caballo después de una violenta carrera.

Luego extendieron los capotes y los chaquetones de cuero  y se tumbaron  en torno al fuego. Manzhulo, un tirador de ametralladora, encendiendo el pitillo con un tizón, dijo:

—Hay quien dice que Majnó nos lleva a Shajti para marchar luego a la frontera rumana. Que allí abandonará las tropas y se irá al extranjero.

—¡Eso son mentiras! —gruñó Dolbishov.

 

 

 

 

1 Baile popular ruso.

 

 

 

Manzhulo  se  alteró  y señalando  a  Dolbishov  con el  dedo,  prorrumpió en  toda  clase  de improperios:

—¡Ahí tenéis al idiota enamorado! ¡Por un rublo veinte se lo puede llevar el que quiera! ¿Qué creías, pellejo de cerdo, que te iba a hacer un sitio en su coche?...

—¡No es posible que abandone la tropa!.... —repuso con vehemencia Dolbishov.

—¡Estúpido!....  ¡Hijo de Dunka  la  ramera!....  ¿No  comprendes  que el  rey rumano no dejará entrar  en  sus  tierras  a  veinte  mil  hombres  armados?  —gritó, pálido  de  cólera,  el  tirador  de ametralladora.

Le apoyaron:

—Tiene razón...

—Has dado en el blanco, Manzhulo...

—Nosotros somos necesarios en tanto vertemos la sangre por Majnó y por las amantes que lleva con él.

—¡Ja-ja-ja! ¡Ja-ja-ja!.... Bien dicho, hermano —se oyó alrededor de la hoguera.

Dolbishov se levantó y se dirigió presuroso hacia el carro del sótnik2. Fue despedido por penetrantes silbidos y un abucheo general. Alguien le tiró un tizón.

—Ha ido a denunciarnos... Bueno, conforme... ¡En el primer combate le meteremos una bala en la nuca!

Petka vio que el sótnik Kiriuja se acercaba a la hoguera y se retiró a un lado del fuego.

—¿Qué: ocurre, muchachos? ¿Quién de vosotros echa de menos el dogal?... ¿Quién quiere verse colgado de un poste de telégrafo? Ea, decidlo...

Manzhulo se puso en pie, se acercó hasta casi tocar al sótnik y dijo, jadeando:

—¡Tú, Kiriuja, no tires demasiado de la cuerda! A lo mejor, se rompe...  Calla tu sucia lengua.

—¿Ah, sí? Ven conmigo al Estado Mayor.

Kiriuja agarró al tirador de ametralladora del brazo, pero alrededor se levantó un rumor sordo. La gente se puso en pie, agrupándose y formando detrás del sótnik un muro de peludos gorros.

—¡No lo toques!

—¡Te  vamos a sacar el alma!

Empezaron  a empujar a Kiriuja, alguien levantó la mano y le dio una sonora bofetada. El caftán azul oscuro del sótnik se abrió por el cuello. Resonaron los cerrojos de los fusiles. El sótnik dio un tirón hacia atrás. En el aire quedó un grito dolorido:

—¡Alarma! Trai...

El tirador de ametralladora le tapó la boca con la mano y le dijo al oído:

—Vete y no hables... ¡Te ganarías un balazo en la espalda! Abriéndose paso entre la gente, lo llevó hasta el primer carro y volvió a la hoguera.

De nuevo se oyeron las risotadas, pió el acordeón, repiquetearon los tacones de los bailarines. Y junto al carro, tiraron al suelo a Dolbishov, lo amordazaron con una faja y durante largo rato le molieron el cuerpo a culatazos y patadas.

 

* * *

 

Al día siguiente, un ordenanza llegado del cuartel general entregaba al sótnik una sucia hoja de papel arrancada de un cuaderno de notas. En la hoja no había más que cuatro palabras, escritas con lápiz tinta: «Ordeno tomar el sovjós».

 

 

 

 

 

 

 

 

2 Jefe de una sotnia.

 

 

 

 

IX

 

DESDE LO ALTO DE LA LOMA el sovjós quedaba a la vista. Tras la blanca tapia, construcciones de ladrillo y la alta chimenea de una fábrica de ladrillos.

La sotnia, que había dejado los carros en el camino, se acercó, desplegada en pleno campo.

El sótnik Kiriuja, con un pañuelo de lana de mujer alrededor de la cara, marchaba a la cabeza. Su yegua negra tropezaba  a cada paso. Él volvía la vista sin cesar hacia la clara fila de hombres que caminaban en silencio.

Petka era el séptimo del flanco izquierdo. Sin saber por qué, tenía la sensación de que este día — muy pronto—  debía suceder algo grande  e importante. Y esta sensación le producía una alegría cada vez mayor.

Cuando estuvieron a tiro de fusil del sovjós, el sótnik descabalgó y dio la voz de mando:

—¡Cuerpo  a tierra!

Se desplegaron  junto a una barranca.  Una  descarga desordenada fue a morir contra la tapia. Desde el tejado del sovjós, una ametralladora dejó oír su voz ronca e insegura. Dentro del recinto, figuras humanas iban y venían. Las balas caían a espaldas de la línea, levantando pelotas de polvo que se derretían acto seguido.

La sotnia marchó tres veces al ataque y otras tres veces tuvo que retroceder hasta la barranca. La última, cuando Petka volvía atrás, vio, junto a una madriguera de citilo, a Dolbishov, que estaba caído boca arriba. Se inclinó sobre él: en la frente, justo debajo del gorro, Dolbishov tenía un agu- jero. Petka comprendió que habían sido sus propios compañeros: habían disparado casi a boca de jarro a la cara, por encima de los ojos.

Por cuarta vez, el sótnik Kiriuja desenvainó el corvo sable caucasiano y, recorriendo la sotnia

con sus ojos de ruiseñor, gritó con voz ronca:

—¡Adelante, muchachos! ... ¡Seguidme!

Pero los muchachos, sin moverse del sitio, gruñeron sordamente. Manzhulo, el tirador de ametralladora, quitó el cerrojo del fusil y vociferó:

—¿Quieres llevarnos al matadero? ¡No iremos! ...

Petka, sintiendo que sus dedos se quedaban  fríos y su cuerpo  se cubría  de un sudor pegajoso, gritó con voz desgarrada:

—¡Hermanos! ... ¿Por qué derramáis sangre?... ¿Por qué vais a la muerte y matáis a otros que son trabajadores como vosotros?...

Las  voces enmudecieron.  Petka sintió  que,  entre  sus manos,  la  correa  de  su  fusil  se  había cubierto de sudor.

—¡Hermanos!  ¡Depongamos  las  armas!  ... Todos tenéis  familia...  ¿No  sentís  compasión  de vuestras mujeres y vuestros hijos? ¿Habéis pensado qué será de ellos si os matan?...

El sótnik sacó la pistola de la funda, pero Petka, anticipándose a sus movimientos, se echó  el fusil a la cara y, casi sin apuntar, disparó sobre el caftán azul. Kiriuja hizo una pirueta y cayó al suelo, apretándose el pecho con las manos.

Petka fue rodeado, le dieron un culatazo por la espalda, le empujaron y le hicieron caer. Pero

Manzhulo separó a la gente a empujones se inclinó sobre él y atronó con la voz descompuesta:

—¡Quietos! ... ¡No matéis al mozo! ... Que hable, luego lo podremos rematar... Ayudó  a Petka a levantarse y le dio una sacudida:

—¡Habla!

La tierra y el cielo cubierto de nubes hirsutas le daban vueltas. Hizo una pelota con toda su voluntad y empezó a hablar:

—¡Matadme!.... Sólo se muere una vez... Por detrás vociferaron:

—Más alto... no se oye nada.

 

 

 

Petka se limpió con la manga la sangre que le corría por la sien y dijo, levantando la voz:

—Pensadlo bien. Majnó os conducirá hasta Rumania y allí os abandonará. ¡Sólo ahora le sois necesarios!.... Los que quieran ser siervos, se irán con él. A los otros los aniquilará el Ejército Rojo. Pero si nos rendimos ahora, no pasará nada...

En la barranca el ambiente era muy húmedo. Silencio. Todos respiraban difícilmente, parecía que les faltase el aire...

El viento arrastraba las nubes a muy poca altura. Silencio... silencio...

El tirador de ametralladora se limpió la frente con la mano y preguntó a media voz:

—¿Qué hacemos, muchachos?...

Cabezas bajas. A un lado, el sótnik Kiriuja desgarró su camisa, atravesada en el pecho por la bala;  sus  piernas  dieron  la  última  sacudida  y se  quedó  definitivamente  inmóvil, con un leve temblor.

—¡El que quiera entregarse, a la derecha! ¡El que no quiera a la izquierda! —gritó Petka.

El tirador de ametralladora hizo un gesto de desesperación y se apartó  hacia la derecha. Otros muchos le siguieron en masa compacta. Quedaron ocho personas: después de dudarlo se juntaron al resto...

Cinco minutos después, en apretado grupo,  se dirigían al sovjós. A la cabeza marchaba Petka y el tirador de ametralladora Manzhulo. El primero de ellos, en la punta de su oxidada bayoneta había colocado su blanca camisa a modo de bandera.

Las puertas del sovjós se abrieron, dando salida a un puñado de hombres. Con los fusiles prestos, miraban desconfiados.

A trescientos pasos de distancia, la sotnia se detuvo.  Petka y Manzhulo se destacaron  de sus compañeros y, sin fusil, avanzaron hacia el sovjós. Al encuentro les salieron otros dos hombres. Se juntaron a medio camino. La conversación fue muy breve. Uno de los del sovjós dio un abrazo  a Petka. Manzhulo, limpiándose los bigotes, cambió sonoros besos con el otro.

Murmullos  de  aprobación  en  ambas partes. La  sotnia,  con gran  estrépito  de  hierros,  fue colocando los  fusiles en un montón, y de a uno y a dos, en pequeños  grupos,  entraron  por las puertas del sovjós, abiertas de par en par.

 

 

 

X

 

UN REPRESENTANTE DE LA CHEKA llegó de la cabeza del distrito. Interrogó a Petka,  tomó nota de sus manifestaciones en una libreta y, después de darle un apretón con las dos manos, se fue, dando su misión por terminada.

Parte de la sotnia se incorporó a uno de los regimientos de caballería roja que perseguían  a Majnó. Los restantes pasaron a la cabeza del distrito a la disposición del comisada-do militar. Petka se quedó en el sovjós.

Después de todo lo sufrido, ¡qué agradable era permanecer  en la cama sin moverse! Parecía como si se calmase el agudo dolor que sentía en la cuenca vacía del ojo. Era como si nadie hubiese arrastrado  a Petka con un lazo de crin de caballo, como si no le hubiesen golpeado hasta dejarlo medio muerto... El pasado reciente se resistía a ser recordado, Petka no quería recordarlo.

Pero  cuando  en el  club del  sovjós  pasaba  frente  al  espejo  rajado  y veía  su cara, terrosa  y desfigurada, la amargura le hacía apretar los labios y le resultaba más difícil el respirar.

Un martes por la tarde, en la habitación de Petka entró el secretario de la célula del sovjós. Se sentó al borde de la cama, recogiendo las piernas, embutidas en largas botas de cazador, y carraspeó:

—Dentro  de una hora ven al club, hay asamblea general.

—Conforme, iré.

 

 

 

Después de un rato de charla, el secretario se fue. Una hora después, Petka estaba en el club. Escuchó los informes del presidente del sovjós, del agrónomo, del director de la fábrica de ladrillos, del veterinario. Ante Petka, a través de las cifras de los informes, apareció la estampa de una vida bien organizada y regulada como un reloj.

El acta. La redacción de las resoluciones. Ruegos y preguntas. En este último punto, el secretario de la célula pidió la palabra.

—Camaradas:  en nuestro sovjós tenemos al joven comunista Piotr Kremnev. Todos sabéis que gracias a él nuestro sovjós se salvó de la destrucción. La célula propone que Kremnev sea enviado a la cabeza del distrito para que le curen como  es debido y que luego sea admitido en el puesto de nuestra fábrica que ahora tenemos libre. Vamos a votar. ¿Quién está en pro?

Unanimidad. Ni una sola abstención. Pero Petka se levanta del banco, desde la cuenca vacía de su ojo se desliza una lágrima rápida  y turbia.  Los labios  de Petka están contraídos.  Mira a los reunidos con el ojo entornado y dice, dominando a duras penas la lengua que no quiere obedecerle:

—Gracias, pero no puedo quedarme con vosotros… Me agradaría mucho trabajar aquí... Pero no se trata de eso... Es otra cosa: vuestra vida marcha como trazada a cordel, mientras que allí... en la stanitsa de donde yo vengo... allí la vida cojea. A duras penas habíamos conseguido organizar las cosas, y ahora acaso pasen muchos  arios... los  de Majnó  acabaron con ellos a sablazos... Y yo quiero ir allí... allí la gente es más necesaria que en cualquier otra parte...

Todos se callan. Todos están conformes. El club se ve dominado por el silencio.

 

 

 

XI

 

CASI TODO EL PERSONAL del sovjós salió a despedirle. Entre los últimos adioses, y mientras subía  a la loma, se hizo de noche. Sobre el camino, sobre la muda formación de los postes del telégrafo, se expandía la oscuridad...

El camino del Hetman  se deslizaba a lo largo del Don, por encima de las lomas abombadas y ceñudas. Petka camina taciturno.

Los pasos resuenan precisos en la oscuridad viscosa y negra, en el silencio vacío de la noche dormida. La escarcha cruje bajo los pies. Las hendiduras dejadas por los cascos de los caballos están recubiertas de una fina capa de hielo. Al romperse el hielo con sones de vidrio, brota el agua semicongelada.

La luna congestionada por el esfuerzo, se asoma por encima del cerro que monta la guardia en el camino. Las sombras, oblicuas y vaporosas,  se esparcen por la estepa. El camino reluce como si fuera de plata, el hielo se ha cubierto de reflejos azulados.

Petka camina en silencio, su boca abierta aspira ávidamente el aire. El mustio ajenjo de la orilla del camino despide un olor amargo, a sudor amargo...

El ancho camino no cesa de serpear, pero Petka camina con pie firme al encuentro de la noche que avanza, y desde la cortina azul del cielo, con una luz verde pálida centellea para él una estrella de cinco puntas.

 

1925

 

 

 

 

 

EL BORDE

 

 

 

MISHKA SUEÑA  que el abuelo ha cortado en el huerto una imponente vara de cerezo va hacia él con la vara en alto y dice con cara de pocos amigos:

—Ea, acércate, Mijailo Fomich, te haré unas caricias en el lugar donde crecen las piernas...

—¿Por qué, abuelo? —pregunta Mishka.

—Porque has robado todos los huevos del ponedero de la gallina moñuda y te has ido con ellos a montar en el tiovivo...

—Abuelo,  en  todo lo que va  de año no he montado  en el  tiovivo ni una sola  vez —grita asustado Mishka.

Pero el abuelo se acaricia gravemente la barba y da una patada en el suelo:

—¡Túmbate, granuja, y bájate los calzones!...

Mishka lanzó un grito y se despertó.  Su corazón  latía como si, en efecto, hubiese probado el sabor de la vara. Abrió un poco el ojo derecho: en la habitación ya había luz. La aurora matutina se asomaba a la ventana. Mishka levantó la cabeza y oyó en el zaguán unas voces: su madre chillaba, balbuceaba algo y parecía que iba a ahogarse de risa; el abuelo carraspeaba, y una voz desconocida atronaba: «Bu-bu-bu...»

Mishka se frotó los ojos. Vio que la puerta se abría y cerraba con estrépito, el abuelo entraba en el  cuarto corriendo  dando saltitos,  y los  lentes  le  bailaban  sobre la  nariz.  Mishka  creyó  en un principio que el pope había venido con los cantantes (para la Pascua, cuando se presentó el pope, el abuelo había dado las mismas muestras de agitación), pero tras el abuelo entró un desconocido, un soldado grandísimo de capote negro y gorra con unas cintas, pero sin visera; la madre, colgada del cuello del soldado, no cesaba en sus chillidos.

En medio de la habitación, el desconocido se desprendió de los brazos de la madre y atronó:

—¿Dónde está mi heredero?

Mishka, amedrentado  se metió debajo de la manta.

—Míniushka, hijo, ¿estás dormido? ¡Padre ha vuelto del servicio! —gritó la madre.

No había tenido tiempo Mishka de abrir y cerrar los ojos cuando el soldado lo agarró, lo subió hasta el techo y lo apretó contra su pecho. Los bigotes del soldado le pincharon terriblemente en los labios, en las mejillas y en los ojos. Los bigotes estaban humedecidos con algo salado. Mishka trató de desprenderse, pero ya, ya.

—¿Qué bolchevique me ha crecido en casa!.... ¡Pronto dejará pequeño a su padre! ¡Ja, ja, ja! — alborotaba el padre, sin cesar de darle vueltas a Mishka: lo sentaba en su mano, le hacía girar como una peonza, lo volvía a lanzar hasta el mismo techo.

Mishka lo soportó todo pacientemente hasta que frunció las cejas a la manera del abuelo, se puso serio y agarró los bigotes del padre.

—¡Suéltame, padre!

— ¡No quiero!

—¡Suéltame! Ya soy grande, y tú me tratas como si fuera un chico pequeño... El padre sentó a Mishka en la rodilla y preguntó, sonriendo:

— ¿Cuántos años tienes, granuja?

—Voy para ocho —gruñó Mishka, mirándole de reojo.

—¿Recuerdas, hijo, cuando hace dos años te hacía barcos? ¿Recuerdas cuando los echábamos al embalse?

—¡Sí que lo recuerdo!.... —gritó Mishka, abrazando tímidamente el cuello del padre.

Entonces  es cuando vino lo bueno: el padre montó  a Mishka sobre sus hombros  sujetándolo de las piernas, y echó a correr  dando vueltas por el cuarto; luego empezó a dar saltos y a relinchar

 

 

 

como un caballo. Mishka, entusiasmado, casi no podía ni respirar. La madre le tiró de la manga, gritando:

—Vete a jugar fuera... ¡Te digo que te vayas, condenado! —Y suplicó al padre—: ¡Déjalo, Fomá Akímich! ¡Por favor te lo pido!.... No me deja ni mirarte conforme es debido. ¡Hace dos años que no nos veíamos y tú no te ocupas más que de él!

El padre puso a Mishka en el suelo y dijo:

—Ve a jugar con los chicos; cuando vuelvas, te daré un regalito que traigo para ti.

Mishka cerró al salir la puerta. Pensaba quedarse en el zaguán y escuchar de qué hablaban, pero luego recordó: ninguno de los chicos sabía aún que su padre había llegado. Y cruzando el patio, por el huerto, pisando las patateras, corrió hacia el embalse.

Mishka se dio un baño en el agua estancada y maloliente, se revolcó en la arena, se zumbulló por última vez y, saltando sobre un pie, se puso los calzones. Quería volver a casa, pero en esto se le acercó Vitka, el hijo del pope.

—¡No te vayas, Mishka! Nos bañaremos y luego iremos a jugar a mi casa. Mamá  me ha dado permiso para que vengas.

Mishka se sujetó con la mano izquierda los calzones, que se deslizaban hacia abajo, se pasó los tirantes por los hombros y dijo sin ganas:

—No quiero jugar contigo. Te huelen mucho las orejas...

Vitka arrugó el párpado izquierdo con malicia y dijo, sacándose la camisa de malla y dejando al descubierto los huesos de la espalda:

—Eso es porque estoy escrofuloso, pero tú eres un mujik, y tu madre te tuvo junto a una cerca...

—¿Estabas tú allí?

—Lo he oído cuando nuestra cocinera se lo contaba a mamá. Mishka removió la arena con el pie y miró a Vitka de arriba abajo:

— ¡Tu madre miente!  En cambio, mi la  guerra, y el tuyo es una  sanguijuela  y que otros le llevan...

— ¡Borde!.... —gritó el hijo del pope, bios.

Mishka  agarró  una piedra  pulimentada  por el  agua,  pero  el  hijo del  pope,  conteniendo  las lágrimas, sonrió cordialmente:

—No te pelees, Mishka, no te enfades. ¿Quieres que te dé mi puñal de hierro?

Los ojos de Mishka brillaron de alegría. Tiró a un lado la piedra, pero, recordando la venida de su padre, dijo orgulloso:

—Mi padre me ha traído uno mejor que el tuyo, de la guerra.

—Es mentira... —dijo Vitka, incrédulo.

—Las mentiras las dices tú... Cuando te lo digo, es verdad...  Y también ha traído un fusil de veras...

—¡Qué rico eres ahora! —comentó Vitka con una sonrisa de envidia.

—Y también tiene una gorra, y de la gorra cuelgan unas cintas, y hay unas letras de oro, como las de tus libros.

Vitka pensó largamente en la manera de asombrar a Mishka, arrugó la frente y se rascó el pálido vientre.

—Pues mi papá será pronto arzobispo, y el tuyo fue pastor. ¿Qué dices ahora?

A Mishka le cansaba aquello, dio la vuelta y se alejó con dirección al huerto. El hijo del pope le llamó:

—¡Mishka, Mishka, escucha lo que te digo!

—Di.

—Acércate...

Mishka se acercó, mirando con aire sospechoso:

—Di, habla.

 

 

 

El hijo del pope se puso a bailar en la arena con sus piernas delgadas y torcidas. Gritó con una sonrisa maligna:

—¡Tu padre es comunista! Cuando tú te mueras y tu alma vaya al cielo, Dios dirá: «¡En castigo a que tu padre fue comunista, vete al infierno!....» Y allí los demonios te freirán en una sartén...

—¿Y crees que a ti no te freirán?

—Mi papá es sacerdote...  Tú eres un estúpido ignorante y no comprendes nada... Mishka sintió miedo. Dio la vuelta y se alejó en silencio hacia su casa.

Ante la cerca del huerto se detuvo y gritó, amenazando al hijo del pope con el puño:

—Se lo preguntaré  a mi abuelo. ¡Si es mentira, guárdate de pasar por cerca de mi casa!

Saltó la cerca y corrió hacia la casa; de sus ojos no se apartaba la visión de la sartén en la que él, Mishka, era frito... La sartén abrasaba y alrededor hervía la crema de leche formando burbujas. Sentía escalofríos en la espalda. Debía preguntarle al abuelo en seguida...

Como  a propio intento, la cerda se había quedado atravesada en el portillo, con la cabeza hacia el otro lado, las patas hundidas en el suelo, meneando el rabo y lanzando penetrantes chillidos. Mishka trató de ayudarla a salir y de abrir el portillo, pero la cerda aumentó sus gruñidos. Se montó en ella a caballo, la cerda se hizo atrás y acabó por arrancar el portillo, echando a correr por el patio hacia la era. Mishka la espoleaba a taconazos,  volaba de tal modo que el viento echaba atrás sus cabellos. En la era saltó al suelo, miró hacia atrás y vio que en el portal de la casa estaba el abuelo y le llamaba con el dedo:

—¡Acércate, pichoncito!

Mishka no cayó en la cuenta de para qué lo llamaba el abuelo. De nuevo le vino a la memoria lo de la sartén del infierno, y se dirigió hacia él al trote.

—Abuelo, abuelo, ¿hay diablos en el cielo?

—¡Ahora  te sacaré los diablos del cuerpo!.... Te escupiré en ciertos sitios y los secaré con la vara... Grandísimo bribón, ¿por qué montas a caballo en la cerda?...

El abuelo agarró a Mishka del pelo y llamó a la madre, que estaba en el interior de la casa:

—¡Ven a contemplar la faena de tu hijito! La madre salió a la puerta.

—¿Qué ha hecho?

—¿Qué  ha hecho?  Me he asomado  al  patio  y lo he encontrado  a caballo  en la  cerda. Si  lo hubieses visto cómo galopaba...

—¿En la cerda preñada? —se hizo cruces la madre.

Antes  que Mishka hubiera podido abrir la boca para justificarse, el abuelo, se quitó el cinto, sujetándose los calzones con la mano izquierda para que no se le cayesen, mientras que con la derecha metía la cabeza de Mishka entre sus piernas. Le zurró con alma, sin cesar de decir:

—¡No montes en la cerda! ¡No montes en la cerda!.... Mishka quiso levantar el grito, pero el abuelo dijo:

—¿No te da lástima de tu padre, hijo de perra? Viene muy cansado del camino, se ha acostado un rato y tú te pones a alborotar...

Tuvo que callarse. Probó a dar un puntapié al abuelo en la pierna, pero no le alcanzó. La madre lo agarró y lo llevó a empujones hacia la casa:

—¡Quédate aquí, cien demonios de tu madre!.... Ya te ajustaré yo las cuentas, y no como el abuelo, ¡te voy a desollar!....

El abuelo, en la cocina, acarició la espalda a Mishka.

Este se volvió hacia él, se limpió con el puño la última lágrima y dijo, apoyándose con el trasero en la puerta:

—Te acordarás, abuelo...

—¿Por qué me amenazas, maldito?

Mishka vio que el abuelo se quitaba de nuevo el cinturón y, previsoramente, entreabrió un poco la puerta.

 

 

 

—¿Me amenazas a mí? —volvió a preguntar  el abuelo. Mishka desapareció tras la puerta. Por una rendija vigilaba curioso cada movimiento del abuelo. Luego dijo:

—Espera, espera, abuelo... Cuando se te caigan las muelas no te masticaré la comida... ¡Aunque me lo pidas entonces!

El abuelo sale al portal y ve la cabeza de Mishka que sobresale por entre los tallos verdes  e hirsutos  del  cáñamo;  cruzan  los  calzones  azul  oscuro. El abuelo  le  amenaza  largo  rato con el bastón, mientras que en la barba se esconde la sonrisa.

 

* * *

 

Para el padre era Minka. Para la madre era Míniushka. Para el abuelo —en los momentos buenos— era «diablillo», y el resto del tiempo, cuando los mechones grises de las cejas se arqueaban sobre los ojos, era Mijailo Fomich: «¡Eh, Mijailo Fomich, ven aquí, que te voy a tirar de las orejas! »

Y para todos los demás, para las vecinas criticonas, para los chiquillos de su tiempo y para la

stanitsa entera, era Mishka y «el borde».

La madre era soltera cuando lo tuvo. Y aunque al mes de dar a luz se casó con Fomá el pastor, el padre de la criatura, el remoquete  de «borde»  se le quedó  a Mishka, como una lacra, para toda la vida.

Mishka era flaco; su pelo, en la primavera parecía como los pétalos del girasol en flor; al llegar el mes de junio, el sol los quemaba con sus rayos y lucía unos mechones pajizos; sus mejillas eran como un huevo de gorrión, todo pecoso; su nariz, bajo los efectos del sol y de los constantes baños en el embalse, estaba despellejada. Una cosa tenía de atractivo sobre sus piernecitas arqueadas: los ojos. A través de las estrechas aberturas  de los párpados miraban unos ojos azules y picarescos parecidos a trocitos de hielo del río antes de fundirse.

Estos ojos y esta borrascosa inquietud de que daba muestras era lo que más agradaba al padre. Del ejército había traído  a su hijo una rosquilla de Viazma, endurecida después de tanto tiempo como la llevaba consigo, y unas botas altas algo usadas. Las botas las envolvió la madre en un lienzo y las guardó en el arca. En cuanto a la rosquilla, aquella misma tarde Mishka la partió con el martillo en el umbral de la casa y se comió la última miga.

Al día siguiente,  Mishka se despertó  con la salida del  sol.  Sacó de la olla un poco de agua templada,  tanta como cabía  en sus manos,  y se  extendió  por la  cara la  suciedad  de la  víspera. Después de secarse salió al patio.

La madre estaba ocupada con la vaca. El abuelo permanecía sentado en el carasol. Le llamó:

—¡Métete debajo del granero, diablejo! Una gallina estaba cacareando, ha debido de poner ahí. Mishka estaba siempre dispuesto a obedecer al abuelo: se metió a gatas debajo del granero, salió

por el  otro y si  te he visto  no me acuerdo. Dando  brincos  a través  del  huerto corrió hacia  el embalse,  volviéndose  a mirar  si  el  abuelo  le  vigilaba.  Antes  de llegar  a la  cerca  se pinchó las piernas con las ortigas. Y el abuelo esperaba, carraspeando.  Impaciente, se introdujo debajo del granero. Todo manchado de excremento de gallina, sin ver en medio de la oscuridad y dándose un golpe doloroso en el travesaño, llegó hasta el extremo opuesto.

—Eres un estúpido, Mishka, como te lo digo... Buscas mucho y no encuentras nada... ¿Crees que es ahí donde va a poner la gallina? Aquí, debajo de esta piedra, debe de estar el huevo. ¿Dónde te has metido, pilluelo?

Tuvo la callada por respuesta. El abuelo se sacudió la porquería adherida a los calzones y salió del granero. Con los párpados arrugados, miró largo rato hacia el embalse, vio a Mishka y le llamó con la mano...

Los chicos rodearon a Mishka al borde del embalse y le preguntaron:

—¿Ha estado tu padre en la guerra?

—Sí.

 

 

 

—¿Y qué hacía allí?

—Ya se sabe, ¡pelear!....

— Es mentira... Se mataba los piojos y roía los huesos en la cocina...

Los chicos estallaron en una carcajada, se pusieron a saltar alrededor de Mishka, señalándole con el dedo. La viva ofensa hizo brotar lágrimas en los ojos de Mishka. Para colmo, Vitka, el hijo del pope, le zahirió dolorosamente.

—¿Es comunista tu padre? —preguntó.

—No lo sé…

—Pues yo sé que es comunista. Papá ha dicho esta mañana que había vendido el alma al diablo. También ha dicho que pronto ahorcarán a todos los comunistas...

Los chicos guardaron silencio y a Mishka se le oprimió el corazón. Ahorcarían a su padre, ¿por qué? Apretó con fuerza los labios y dijo:

—Mi padre tiene un fusil así de grande, y matará a todos los burgueses. Vitka, adelantando un pie, dijo con aire de triunfo:

—¡No alcanzará a tanto! Mi papá no le dará la bendición, y sin la bendición no podrá hacer nada...

Proshka, el hijo del tendero, hinchando las aletas de la nariz, dio a Mishka un empujón en el pecho y gritó:

—No presumas tanto  con tu padre... Cuando  vino la  revolución  se  llevó  género  de nuestra tienda, y mi padre dijo entonces: «Si cambia el gobierno, al primero que mataré  será a Fomá  el pastor...»

Natashka, la hermana de Proshka, dio una patada en el suelo:

—No os quedéis mirando, chicos, ¡duro con él!

—¡Duro con el hijo del comunista!....

—¡Borde!

—¡Dibújale la estrella, Proshka!

Proshka levantó la vara que tenía entre las manos y la descargó sobre las espaldas de Mishka. Vitka, el hijo del pope, le puso la zancadilla y le hizo caer de bruces violentamente contra la arena. Los chicos, entre gran vocerío, se lanzaron contra él. Natashka chillaba con su vocecita y arañaba el cuello de Mishka. Alguien le propinó un doloroso golpe en el vientre.

Mishka consiguió librarse de Proshka, que se le había echado encima, se puso en pie de un salto y a la carrera, haciendo  eses  por la arena —como  la liebre que  escapa a la  persecución de los galgos— se dirigió hacia su casa. Fue despedido por silbidos y pedradas, pero nadie salió tras él.

No recobró el aliento hasta que se sumergió de cabeza entre el punzante verdor del cáñamo. Se sentó en la tierra, húmeda y olorosa, se limpió la sangre de los arañazos del cuello y rompió a llorar. El sol, abriéndose paso a través de las hojas, trataba de mirar a Mishka a los ojos, de secar las lágrimas de sus mejillas y cariñosamente, como la madre, le besó el remolino del cogote.

Allí estuvo él largo rato, hasta que se le secaron los ojos; luego se levantó y se acercó lentamente al patio.

En el cobertizo, el padre estaba ensebando el carro. La gorra se le había caído hacia la nuca, las cintas colgaban de ella, y la camiseta de rayas azules y blancas cubría su pecho. Mishka se acercó de costado  y se detuvo  junto al  carro. Durante un buen rato guardó silencio.  Luego, cobrando ánimos, tocó una mano del padre y preguntó:

—Dime, ¿qué hacías en la guerra?

El padre dejó ver una sonrisa entre los rubios bigotes y dijo:

—Pelear, hijo.

—Pues los chicos... los chicos dicen que lo único que hiciste era matar piojos...

Las lágrimas oprimieron de nuevo la garganta de Mishka. El padre rió y lo tomó en brazos.

—¡Mienten, querido! Yo navegaba en un barco. Era un barco muy grande que iba por el mar, y en él navegaba yo y luego peleé.

 

 

 

—¿Contra quién peleabas?

—Contra los  señores, hijo. Tú eras pequeño  y por eso  yo tuve  que ir a la  guerra. Hay una canción sobre esto.

El padre sonrió y, mirando a Mishka, llevando el compás con el pie, entonó a media voz:

 

¡Oh, Mijaíl, Mijaíl, Mijaliatko mío!

No vayas tú a la guerra, que vaya tu padre.

Tu padre es viejo, ha vivido mucho en este mundo, y tú eres joven, aún no te casaste...

 

Mishka olvidó la ofensa de los chiquillos y rió: rió de que los bigotes pelirrojos del padre se erizaban sobre el labio como las ramas que su madre empleaba para hacer las escobas y de que, por debajo del bigote, los labios chasqueaban divertidamente y la boca se abría formando un agujero negro y redondo.

—Ahora no me molestes, Mishka —dijo el padre—, voy a arreglar el carro. Esta noche, cuando te acuestes a dormir, te contaré muchas cosas de la guerra.

 

* * *

 

El día se prolongó como un camino largo y desierto en la estepa. El sol se puso, por la stanitsa, se recogió la dula, el polvo acabó de posarse y en el cielo ennegrecido se asomó  tímidamente la primera estrella.

La impaciencia domina a Mishka. Y la madre, como a propio intento, se ha entretenido mucho con la vaca, ha estado largo rato colando la leche, ha bajado al sótano y ha estado allí toda una hora. Mishka se ha pegado a ella como una lapa.

—¿Cenaremos pronto?

—Tienes tiempo, culo de mal asiento. ¿Tanta hambre sientes?

Pero Mishka no se aparta  ni un solo paso de ella: la madre va al sótano y él tras ella; va a la cocina y él tras ella. Parece una sanguijuela, se agarra a las faldas, no cesa de dar vueltas.

—Madre...  Vamos a cenar en seguida...

—¡Apártate de mí, no seas tan pegajoso!.... Si tienes hambre, coge un trozo de pan.

Pero Mishka no se da por vencido. Ni siquiera el cachete que se gana de la madre le hace entrar en razón.

Cena aprisa y corriendo, tragando  de cualquier manera la sopa, y se lanza al cuarto. Tira los calzones hasta el otro lado del arca y se sube de una carrera a la cama, metiéndose bajo la manta de la madre, cosida con trozos de diversos colores. Se esconde  y aguarda a que el padre venga y le cuente de la guerra.

El  abuelo  permanece   de  rodillas  ante  las  imágenes,  bisbisea  sus  oraciones  y  hace  sus reverencias. Mishka levanta la cabeza: el abuelo, curvando trabajosamente la espalda, se apoya con los dedos de la mano izquierda en las tablas y se inclina hasta tocar el suelo con la frente: ¡tac!.... Y Mishka, con el codo contra la pared: ¡bum!

El abuelo torna a su bisbiseo, hace una nueva reverencia. Mishka golpea en la pared. El abuelo se enfada y se vuelve hacia Mishka:

—Espera, maldito, que el Señor me perdone... Ven  aquí conmigo en vez de dar golpes en la pared.

La paliza se avecina, pero en el cuarto entra el padre.

—¿Por qué te has acostado aquí, Minka? —pregunta.

—Yo duermo con madre.

El padre  se sienta al borde de la cama y, en silencio, empieza a retorcerse  los bigotes. Luego, después de pensar un poco, dice:

 

 

 

—Pues yo te había preparado la cama en el otro cuarto, con el abuelo...

—¡Con el abuelo no me acostaré!

—¿Por qué?

—¡Le huelen mucho los bigotes a tabaco!

El padre vuelve a retorcerse  el bigote y lanza un suspiró:

— No, hijo, debes acostarte con el abuelo.

Mishka se tapa la cabeza con la manta y asomando un ojo, ofendido, dice:

—Ayer, padre, te acostaste en mi sitio, y hoy... ¡Acuéstate con el abuelo! Se sienta en la cama y abrazando la cabeza del padre murmura:

—Acuéstate con el abuelo. Madre tampoco podría dormir contigo. ¡También hueles mucho  a tabaco!

—Bueno, conforme, me acostaré con el abuelo. Pero no te contaré nada de la guerra. Y el padre se levantó y se dirigió a la cocina.

—¡Padre!

—¿Qué quieres?

—Acuéstate  aquí —dijo Mishka, suspirando,  y se levantó—. Pero  ¿me contarás  cosas de la guerra?

—Te contaré, sí.

El abuelo se echó en la parte de la pared, a Mishka le dejó el borde de fuera. Al poco rato llegó el  padre. Acercó  a la  cama  una  banqueta,  se sentó  en  ella  y encendió  un cigarrillo  que  olía apestosamente.

—Verás...  ¿Recuerdas  que  en  otro tiempo  detrás  de  nuestra  era  estaban las  sementeras  del tendero?...

Mishka recordó el tiempo en que corría por el trigal alto y oloroso. Saltaba la cerca de piedra de la era y ya se veía entre las mieses. El trigo le cubría la cabeza, las pesadas espigas de bigote negro le pinchaban la cara. Olía a polvo, a manzanilla y a viento de la estepa. La madre acostumbraba a decir a Mishka:

—No te vayas muy adentro en el trigo, Míniushka, que puedes perderte... El padre hizo una pausa y siguió acariciando la cabeza de Mishka:

—¿Recuerdas  cuando  fuiste  conmigo hasta  pasado  el  montículo Peschani?  Nuestro  campo estaba allí...

Mishka  recordó  de nuevo  la  franja  estrecha  y torcida  de  cereal  al  otro lado  del  montículo Peschani. Cuando llegaron Mishka y su padre, los animales habían estropeado toda la siembra. El suelo estaba cubierto de sucias espigas pisoteadas, el viento hacía mover los tallos partidos. Mishka recordó  que su padre —un hombre tan grande y tan fuerte— había contraído  el gesto y por sus mejillas  cubiertas  de polvo habían corrido algunas  lágrimas.  Mishka  había  llorado  también,  al verle...

En el camino de vuelta, el padre había preguntado al guarda de los melonares:

—Dime, Fedot, ¿quién ha estropeado mi mies? El guarda escupió al suelo y contestó:

—El tendero llevaba una punta de ganado al mercado y la ha hecho pasar a propio intento por tu campo...

El padre arrimó la banqueta y siguió:

—El tendero y los otros ricos ocupaban toda la tierra y los pobres no tenían dónde sembrar. Así ocurría en todos los sitios, no era sólo en nuestra stanitsa. Eran muchas las cosas que nos hacían entonces... La vida era difícil y yo me coloqué  de pastor,  luego  me llevaron  al  servicio.  En el servicio lo pasé muy mal, los oficiales nos pegaban a las primeras de cambio... Luego aparecieron los bolcheviques, su jefe es uno  que se llama Lenin. Su aspecto  es el de una persona cualquiera, pero tiene más talento que un sabio, por algo es de nuestra sangre, de la sangre de los mujiks. Lo que decían los bolcheviques nos dejó a todos con la boca abierta. «Campesinos y obreros, decían,

 

 

 

¿por  qué  pescáis  cada  uno por vuestra  cuenta?...  ¡Echad  a  los  señores  y a  las  autoridades!

¡Barredlos con una escoba! ¡Todo  es vuestro!....»

»Estas palabras nos pusieron en conmoción a todos. Nos paramos a pensar, era cierto. Quitamos a los señores las tierras y las haciendas, pero a ellos se les descompuso el cuerpo con el maldito trigo, se pusieron en contra  y empezaron la guerra contra nosotros, contra los campesinos y los obreros... ¿Comprendes, hijo?

»Pues  bien,  ese  Lenin  de que  antes te hablaba  —el  que  más manda  de los  bolcheviques— levantó al pueblo lo mismo que el labrador levanta el campo con el arado. ¡Reunió a los soldados y a los obreros y empezó a sacudirles el polvo a los señores! ¡Los dejó sin una pluma! Los soldados y los obreros tomaron el nombre de Guardia Roja. Yo también fui de la Guardia Roja. Vivíamos en una  casa muy grande  que  se llamaba Smolni. Los  zaguanes son larguísimos y hay tantas habitaciones que uno puede perderse.

»Una noche yo estaba de guardia en la puerta. Hacía frío y yo no llevaba puesto más que el capote. El viento soplaba... De esa casa salieron dos hombres, que vinieron hacia donde yo estaba. Al acercarse vi que uno de ellos era Lenin. Él se acercó a mí y preguntó cariñosamente:

»—¿Tiene frío, camarada?

»Yo le contesté:

»—No, camarada Lenin, ¡ni el frío ni ningún burgués podrán con nosotros! ¡No tomamos el poder en nuestras manos para entregarlo a la burguesía!....

»Él se rió y me dio un fuerte apretón de manos. Luego se alejó despacio hacia la puerta.

El padre hizo una pausa, sacó del bolsillo la bolsa del tabaco, crujió el papel, encendió la cerilla y Mishka vio en el bigote pelirrojo y erizado una lágrima clara y brillante, parecida a una gota de rocío como las que por la mañana penden de las puntas de las hojas de ortiga.

—Así era aquel hombre. Era solícito con todos. Su corazón sentía las preocupaciones de cada soldado... Después de esto lo vi a menudo.  Pasaba junto a mí, me veía ya de lejos, sonreía y me preguntaba:

»—¿No podrán los burgueses con nosotros?

»—¡Eso  es imposible, camarada Lenin! —le contestaba yo.

»¡Todo salió tal y como él lo había dicho, hijo! Nos apoderamos de las tierras y las fábricas, y a los ricos, que nos chupaban la sangre, ¡un buen puñetazo!.... Cuando te hagas mayor,  no olvides que tu padre fue marinero y ha vertido cuatro años la sangre en defensa de la Comuna. Entonces yo habré muerto,  y Lenin  también,  pero  nuestra  causa vivirá  eternamente...   Cuando  seas mayor,

¿combatirás en defensa del poder soviético como tu padre ha combatido?

—¡Sí! —gritó Mishka, dio un salto en la cama y quiso abrazarse al cuello de su padre. Pero olvidó que a su lado estaba el abuelo y le dio una patada en el vientre.

El abuelo carraspeó y alargó la mano. Quería agarrar a Mishka del flequillo, pero el padre se apoderó del chico y lo llevó en brazos a su cuarto.

Así, en los brazos del padre, se durmió Mishka. Al principio había pensado largamente en aquel hombre que se llamaba Lenin, en los bolcheviques, en la guerra, en barcos. Al principio escuchaba medio dormido las voces contenidas, percibía los olores dulces a sudor y a tabaco fuerte. Luego sus párpados se pegaron, fue como si una mano los hubiese apretado.

Apenas había conciliado  el  sueño  cuando  se vio en una  ciudad:  las  calles  eran  anchas;  las gallinas se bañaban en la ceniza dispersa por la calzada; en la stanitsa abundaban mucho, pero aquí eran mil veces más. Las casas eran tal y como el padre le había contado:  veía una casa enorme recubierta de juncos recién cortados, en su chimenea se elevaba una segunda casa, en la chimenea de ésta una tercera, y la chimenea de la casa más alta llegaba hasta el mismo cielo.

Mishka caminaba por la ciudad, alta la cabeza, lo contemplaba todo; de improviso, sin saber cómo, a su encuentro venía un hombre muy alto de camisa roja.

—Mishka, ¿por qué vas por ahí sin hacer nada? —le preguntaba muy cariñosamente.

—El abuelo me ha dado permiso para jugar —contestaba Mishka.

 

 

 

—¿Sabes tú quién soy yo?

—No, no lo sé...

—¡Yo soy el camarada Lenin!

Las rodillas le temblaron a Mishka del miedo. Quería salir corriendo, pero el hombre de la camisa roja le sujetó del brazo y dijo:

—¡No tienes conciencia, Mishka, ni por valor de un ochavo! Sabes muy bien que yo combato en favor de la gente pobre del pueblo, ¿por qué no entras en mi ejército?

—El abuelo no me da permiso... —se justificaba Mishka.

—Bueno, como quieras —decía el camarada Lenin—, pero sin ti los asuntos no marchan bien. Tú debes entrar en mi ejército y se acabó...

Mishka le cogía la mano y decía con voz muy firme:

—Conforme, entraré en tu ejército sin pedir permiso a nadie y combatiré en favor de la gente del pueblo.  Pero si  por esta  causa  el  abuelo  me quiere  zurrar con la  vara,  tú deberás  salir  en  mi defensa...

—¡Ten la  seguridad  de  que  lo haré!  —decía el  camarada  Lenin,  que  seguía  calle  adelante. Mishka se sentía tan alegre que no podía respirar. Quería gritar, pero la lengua se le había secado...

Mishka se estremeció en la cama y dio una patada al abuelo. Se despertó.

El abuelo, dormido, gruñía y hacía sonar los labios. Por la ventana se veía que al otro lado del embalse el cielo se había  cubierto de una delicada palidez y una espuma rosada, sanguinolenta, envolvía las nubes que flotaban por el Este.

 

* * *

 

Desde aquel día, todas las tardes el padre contaba a Mishka algo de la guerra, de Lenin y de las tierras en que él había estado.

Un sábado, al  atardecer, el  guarda del  comité  ejecutivo  llevó  a  la  casa  un hombre  de baja estatura, de capote y con una cartera de cuero bajo el brazo. Llamó al abuelo y dijo:

—Le traigo a un camarada de los Soviets. Ha venido de la ciudad y pernoctará  en su casa. Dele de cenar, abuelo.

—Nosotros con mucho gusto —dijo el abuelo—. Y usted, señor camarada, ¿trae las credenciales en regla?

Mishka quedó maravillado de lo mucho que el abuelo sabía. Con un dedo en la boca, se quedó a escuchar.

—Sí que las traigo, abuelo, mis papeles están en regla —sonrió el hombre de la cartera de cuero, y entró en el cuarto.

El abuelo le siguió, Mishka siguió al abuelo.

—¿Y qué asunto le trae por aquí? —preguntó sobre la marcha el abuelo.

—He venido  para organizar  las  elecciones.  Habrá  que elegir  presidente  y los  miembros  del

Soviet.

Poco después el padre llegaba de la era. Saludó al forastero y ordenó  a la madre que pusiera la mesa para la cena. Después de cenar, el padre y el forastero se sentaron  en el banco uno junto a otro; el forastero abrió la cartera de cuero, sacó de allí un puñado de papeles y los mostró al padre. Mishka, impaciente, daba vueltas alrededor, quería mirar. El padre tomó una tarjeta y la enseñó a Mishka:

—Mira, Mishka, ¡éste es Lenin!

Mishka arrancó de la mano del padre la tarjeta y la devoró con los ojos. El estupor le hizo abrir la  boca:  veía  a un hombre  de estatura más bien  baja,  de cuerpo  enteco, que no vestía ninguna camisa roja, sino chaqueta. Una mano la tenía metida en el bolsillo de los pantalones, mientras que la otra señalaba hacia delante. Mishka clavó en él los ojos, sintiendo en aquel instante que para

 

 

 

siempre se habían grabado en su memoria las cejas arqueadas, la sonrisa escondida en la mirada y en las comisuras de los labios, cada uno de los rasgos de la cara.

El forastero tomó la tarjeta de las manos de Mishka, cerró la cartera y se retiró a dormir. Ya se había desnudado, se había cubierto con el capote, los ojos se le cerraban, cuando oyó el chirrido de la puerta. Levantó la cabeza:

—¿Quién va?

Unos pies desnudos se arrastraron por el piso.

—¿Quién es? —preguntó  de nuevo, e inesperadamente vio junto a su cama a Mishka.

—¿Qué quieres, pequeño?

Mishka permaneció unos instantes en silencio. Luego, juntando todo su valor, murmuró:

— Tú, tío, verás... tú... ¡dame a Lenin!

El forastero no dijo nada. Sacó la cabeza de la cama y se le quedó mirando.

Mishka sintió que el miedo se apoderaba  de él: ¿y si se enfadaba y no quería darle la tarjeta? Tratando de dominar el temblor de la voz, de prisa, atragantándose, susurró:

—Dámela para siempre, yo, en cambio... yo te daré una caja de hojalata muy buena, y también te daré todas las tabas que tengo, y... —Mishka hizo un gesto desesperado y prosiguió—: ¡Y te daré las botas altas que me trajo padre!

—¿Para qué quieres a Lenin? —preguntó el forastero, sonriendo.

«¡No me lo dará!....», cruzó por la mente de Mishka. Bajó la cabeza para que el otro no viese sus lágrimas y dijo con voz sorda:

—Cuando lo pido, es que me hace falta.

El forastero rió, sacó de debajo de la almohada la cartera y entregó la tarjeta a Mishka. Éste la apretó fuertemente bajo la camisa al pecho, al corazón y escapó al trote del cuarto. El abuelo se despertó, preguntó al chico:

—¿Qué haces por ahí, trasnochador? Te tengo dicho que no tomes leche a la hora de acostarte. Ahora te han entrado ganas de orinar. Hazlo en el cubo de la basura, no hay necesidad de que salgas al patio.

Mishka se acostó  sin rechistar. Sostenía la tarjeta con ambas manos y le daba miedo hasta de moverse: podía arrugarla. Así se durmió.

Cuando se despertó no había amanecido. La madre acababa de ordeñar la vaca y de sacarla a la dula. Vio a Mishka y se llevó las manos a la cabeza:

—¿Qué mosca te ha picado? ¿Por qué te levantas a esta hora?

Mishka apretó la tarjeta bajo la camisa, pasó por delante de la madre con dirección a la era y se metió bajo el granero.

Alrededor del granero crecían los lampazos y una pared verde e impenetrable de ortigas. Mishka se arrastró  allí dentro,  escarbó con la mano, arrancó una hoja de lampazo vieja, ya amarillenta, envolvió en ella la tarjeta y colocó encima una piedra para que no se la llevase el viento.

Desde la mañana hasta la tarde no cesó de llover. El cielo estaba cubierto de un velo violáceo, en el patio los charcos se cubrían de burbujas, por la calle corrían los arroyos, tratando de adelantarse unos a otros.

Mishka se vio obligado a quedarse en casa. Ya anochecía cuando el abuelo y el padre se aviaron para ir a la asamblea, que se celebraba en el comité ejecutivo. Mishka se encasquetó  la gorra del abuelo y salió tras ellos. El comité ejecutivo se encontraba  en la caseta del guarda de la iglesia. Mishka subió los escalones torcidos y sucios del portal y entró en la sala. Bajo el techo se arrastraba una nube de humo de tabaco, aquello estaba completamente lleno. Cerca de la ventana, al otro lado de la mesa, estaba el forastero, que decía algo a los cosacos reunidos.

Mishka, poco a poco, se abrió paso hasta las últimas filas y se sentó en el banco.

—Camaradas, quien  esté conforme con que Fomá Korshunov  sea presidente, ¡que levante la mano!

Prójov Lisenkov, el yerno del tendero, que estaba sentado delante de Mishka, gritó:

 

 

 

—¡Ciudadanos!.... Pido que sea retirada su candidatura. No es un hombre honrado. Ya pudimos comprobarlo cuando guardaba nuestro rebaño...

Mishka  vio que  el  zapatero  Fedot  se levantaba  del  antepecho  de  la  ventana  y se  ponía  a vociferar, agitando los brazos:

—Camaradas, los ricos no quieren como presidente a un pastor como Fomá, pero se trata de un proletario que defiende el poder soviético,..

Los cosacos acomodados, agrupados cerca de la puerta, empezaron a patear y a silbar. Se armó un verdadero alboroto.

—¡No queremos a un pastor!

—Ahora  que ha vuelto del servicio, su puesto es el de pastor de la comunidad.

—¡Al diablo Fomá Korshunov!

Mishka miró a la pálida cara de su padre, de pie junto al banco, y él mismo palideció, temiendo que pudiera ocurrirle algo.

—¡Silencio, camaradas!.... ¡Los que alboroten serán expulsados del local! —atronó el forastero, aporreando a la mesa con el puño.

—¡Elegiremos a uno de los nuestros, a un cosaco!

—¡No lo necesitamos!

—No lo que-re-mos... la p... de su madre... —alborotaban los cosacos, y más que ninguno otro

Prójor, el yerno del tendero.

Un cosaco vigoroso de barba rojiza, con un arete en la oreja y chaqueta roja y remendada, se puso de pie sobre un banco:

—¡Hermanos!.... ¡Ya veis qué es lo que pretenden! ¡Los ricos tratan de imponernos como presidente a uno de los suyos!.... Y así volveremos a las andadas...

A través del vocerío, Mishka no llegaba a oír más que alguna palabra suelta de lo que gritaba el cosaco del arete:

—La tierra... los repartos... los campos arcillosos para los pobres... se quedarán con las tierras negras...

—¡Prójor a la presidencia!.... —atronaban junto a la puerta.

—¡Pró-jor! Oh-oh-oh! ¡Ah-ah-ah!....

A duras penas si se acallaron. El forastero, con las cejas fruncidas y echando saliva por la boca, habló a gritos durante largo rato.

«Eso es que les riñe», pensó Mishka. El forastero preguntó en voz alta:

— ¿Quién vota a Fomá Korshunov?

Muchas  manos se levantaron sobre los bancos. Mishka también levantó la suya. Alguien, pasando de un banco a otro, contaba:

—Sesenta y tres...  sesenta y cuatro —y sin mirar a Mishka, indicando con el dedo su mano levantada, gritó—: Sesenta y cinco.

El forastero anotó algo en un papel y gritó:

—¿Quién quiere a Prójor Lisenkov? ¡Que levante la mano!

Veintisiete cosacos ricos y Egor el molinero levantaron la suya. El hombre que hacía el recuento de los votos, al llegar a su altura, lo miró de arriba abajo y le agarró fuertemente de la oreja.

—¡Eh, tú mocoso!.... ¡Lárgate de aquí, o te doy una buena! Pues no pretende votar...

Alrededor se pusieron a reír. El hombre llevó a Mishka a la entrada y le dio un empujón en la espalda. Mishka recordó las palabras de su padre cuando reñía con el abuelo, y resbalando por los escalones sucios y escurridizos, gritó:

—¡No tienes derecho a hacerlo!

—¡Ahora  te haré ver tu derecho!....

La ofensa era, como todas las ofensas, muy amarga.

 

 

 

Cuando  estuvo  en casa, Mishka vertió unas lágrimas y se quejó a la madre, pero ésta le dijo enfadada:

—No vayas a donde no debes. En todos los rincones has de meter la nariz ¡Qué tormento tengo contigo!

A la mañana siguiente se sentaron a desayunarse. Apenas si habían terminado cuando oyeron una música sorda y lejana. El padre dejó la cuchara en la mesa y dijo, limpiándose el bigote:

—Pero ¡si es una banda militar!

Mishka se levantó como si el viento le hubiese arrastrado. Resonó la puerta del zaguán, por la ventana llegaba un repetido ta-ta-ta...

El padre y el abuelo salieron tras él al patio, la madre asomó medio cuerpo por la ventana.

En la otra punta de la calle, como una ola verde y ondulante, irrumpían las filas de los soldados rojos. A la cabeza, los músicos soplaban unas trompas enormes, redoblaba el tambor, el sonido se extendía por toda la stanitsa.

Mishka miró con los ojos fuera de las órbitas. Desconcertado,  daba vueltas en un mismo sitio. Luego echó a correr hacia los músicos. Algo, en el fondo del pecho, le hormigueaba dulcemente y le subía a la garganta... Mishka miró las caras polvorientas y alegres de los soldados rojos, a los músicos, que hinchaban gravemente las mejillas, y decidió de pronto: «¡Me  voy a combatir con ellos!....»

Recordó el sueño y esto redobló su valor. Se agarró  a la bolsa de costado del que tenía más cerca.

—¿Adónde vais? ¿A combatir?

—Claro que sí. A combatir.

—¿Y en defensa de quién combatís?

—¡Del poder soviético, estúpido! Ven aquí, entre nosotros.

El soldado  hizo entrar  a Mishka dentro  de las  filas;  alguien,  riendo,  le dio un cachete  en el revuelto cogote; otro, sin interrumpir la marcha, sacó del bolsillo un sucio trozo de azúcar y lo puso en la boca de Mishka. Ya en la plaza, en las primeras filas resonó la voz de mando:

—¡Alto-o-o!....

Los soldados se detuvieron, se dispersaron por la plaza, se tumbaron  en espesos grupos al fresco, a la sombra de la tapia de la escuela. A Mishka se acercó  un soldado rojo alto y afeitado, con el sable al costado. Le preguntó, arrugando los labios en una sonrisa:

—¿Cómo es que te has unido a nosotros? ¿De dónde vienes?

Mishka, dándose importancia, dijo, sujetándose los calzones, que se le caían:

—¡Vengo  a combatir junto a vosotros!

—¡Camarada jefe de batallón, tómalo de ayudante! —gritó uno de los soldados rojos.

Todos soltaron una carcajada alrededor. Mishka batió repetidamente los párpados, pero el hombre  a quien habían dado el extraño  remoquete de «jefe de batallón» arrugó las cejas y gritó severamente:

—¿Por qué os reís, imbéciles? Claro que lo tomaremos,  pero a condición de que... —El jefe de batallón se volvió hacia Mishka y dijo—: Llevas los pantalones sujetos con un solo tirante, eso es una vergüenza... Mira, yo llevo dos tirantes, como todos nosotros. Corre, di a tu madre que te cosa el otro, y nosotros te esperaremos aquí... —Luego  se volvió hacia la tapia y gritó, haciendo un guiño—: ¡Tereschenko, trae al nuevo soldado rojo un fusil y un capote!

Uno de los que estaban tumbados se levantó, se llevó la mano a la visera y contestó:

—¡A sus órdenes!.... —y se alejó rápidamente a lo largo de la tapia.

—¡Ea, ve de prisa! ¡Que tu madre te cosa ahora mismo el otro tirante!.... Mishka miró severamente al jefe del batallón:

—¡No vaya a engañarme!

—¿Qué dices? ¡Eso no es posible!....

 

 

 

La distancia entre la plaza y la casa era larga. Cuando Mishka llegó al portón  estaba jadeante. No podía respirar. Sin detenerse,  se quitó los calzones y, corriendo con sus pies descalzos, entró como un torbellino en la casa.

—¡Madre! ¡Los calzones! ... ¡Cóseme el otro tirante!....

La  casa estaba en silencio.  Un negro enjambre  de moscas zumbaba  sobre el  horno. Mishka recorrió el patio, la era, el huerto: no estaban ni el padre, ni la madre, ni el abuelo. Penetró en el cuarto:  sus ojos tropezaron con un saco. Valiéndose de un cuchillo cortó una cinta larga; debía coserla, pero Mishka no tenía tiempo, además de que no sabría hacerlo. La sujetó como pudo a los calzones, la pasó por su hombro, la sujetó también por delante y salió escapado hacia el granero.

Levantó la piedra, echó una mirada a la mano de Lenin, que le señalaba a él, a Mishka, y murmuró con un soplo de voz:

—¿Lo ves? También yo he entrado en tu ejército...

Envolvió con gran cuidado la tarjeta en la hoja de lampazo, la guardó en el seno y echó a correr por la calle. Con una mano apretaba la tarjeta y con la otra se sujetaba los calzones. Al pasar por delante de la cerca próxima gritó a la vecina:

—¡Anísimovna!

—¿Qué quieres?

—¡Di a los míos que no me esperen a comer!....

—¿Adónde vas, granuja?

Mishka le dijo adiós con la mano:

—¡He sentado plaza de soldado!

Al llegar al sitio donde había dejado al jefe del batallón, se quedó de una pieza. Al pie de la tapia había puntas de cigarrillo, botes de conserva, unas vendas rotas. Y a la salida de la stanitsa resonaban los sordos acordes de la música, se oía cómo en la apretada tierra del camino se alejaban los pasos de los soldados.

Un sollozo se escapó de la garganta de Mishka; lanzó un grito y se echó a correr  con todas sus fuerzas, tratando de darles alcance. Y los habría alcanzado, de seguro que lo habría hecho, pero frente a la casa del guardicionero, en medio del camino, había un perro  de rabo largo  y que le enseñaba los dientes. Y en tanto Mishka cruzaba a otra calle, se perdieron la música y el ruido de los pasos.

 

* * *

 

Dos  días después llegaba  a  la  stanitsa  un destacamento de cuarenta hombres. Los  soldados calzaban botas grises, de fieltro, y vestían unas grasientas chaquetas de obrero. Cuando el padre llegó del comité ejecutivo para comer dijo al abuelo:

—Prepara  el  trigo que  guardamos  en  el  granero.  Ha  venido  un destacamento  de  abastos. Empieza la recogida de los cupos de entrega.

Los soldados iban de casa en casa; con las bayonetas, buscaban en el suelo de los cobertizos, sacaban el grano enterrado y lo llevaban en carros al granero comunal.

Llegaron también a la casa del presidente. El primero de ellos, que fumaba en pipa, preguntó al abuelo:

—¿Has entregado el trigo?  Di la verdad, confiésalo... El abuelo se alisó la barba y dijo con orgullo:

—Has de saber que mi hijo es comunista.

Entraron en el granero. El soldado de la pipa calculó a ojo lo que pudiera haber y sonrió:

—Lleva esta parte de aquí. Lo demás os lo quedáis, para comer vosotros y para simiente.

El viejo enganchó al carro el viejo Savraska, y entre carraspeos y lamentaciones, llenó ocho sacos, los miró desconsolado y los llevó al granero comunal. La madre, apesadumbrada, lloró un poco. En cuanto a Mishka, ayudó al abuelo a echar el trigo de los sacos y se fue a jugar con Vitka,

 

 

 

el hijo del pope.

Acababan de sentarse en la cocina, con los caballos recortados  en papel formados ante ellos, cuando entraron los mismos soldados de antes. El pope, con los pies enredados  en la sotana, se apresuró  a salir a su encuentro,  les invitó a pasar al cuarto, pero el soldado de la pipa dijo con cara de pocos amigos:

—¡Vamos al granero! ¿Dónde guardan el trigo?

La mujer del pope, despeinada, salió del cuarto, sonriendo con picardía:

—Pueden  creerme, señores, no tenemos ni un solo grano... Mi marido no ha recorrido aún las casas de los feligreses...

—¿Dónde tienen el sótano?

—No lo hay... Antes el trigo lo guardábamos en el granero...

Mishka recordó que Vitka y él habían bajado en una ocasión por la cocina a un espacioso sótano y dijo, volviéndose hacia la mujer del pope:

—¿Has olvidado que Vitka y yo bajamos al sótano por la cocina?... La mujer se echó a reír, palideciendo:

—¡Te equivocas, niño! Vitka, id a jugar al huerto...

El soldado de la pipa entornó los párpados y sonrió a Mishka:

—¿Cómo se baja, pequeño?

La mujer del pope hizo crujir sus dedos y dijo:

—¿Acaso van a creer a un chiquillo estúpido? ¡Les aseguro, señores, que no tenemos sótano! El pope, removiendo los faldones de la sotana, intervino:

—¿Desean tomar un bocado, camaradas? Pasen al cuarto.

La mujer,  al  cruzar por delante  de  Mishka,  le  dio un fuerte  pellizco  en  el  brazo  y sonrió cariñosamente:

—Id al huerto, niños, aquí estorbáis.

Los soldados se hicieron un guiño y empezaron a recorrer  la cocina, golpeando el suelo con las culatas de los fusiles. Apartaron  una mesa arrimada a la pared y dieron la vuelta a la estera. El soldado de la pipa levantó la tapa, se asomó al sótano y meneó la cabeza:

—¿No les da vergüenza? Decían que no tienen trigo y el sótano está lleno...

La mujer del pope miró a Mishka de un modo  que éste sintió miedo y le entraron  deseos de marcharse  cuanto  antes a casa. Se puso en pie y salió al zaguán. La mujer del pope, que le había seguido, dejó escapar un gemido, le agarró del pelo y empezó a arrastrarlo por el suelo.

Pudo librarse a duras  penas y, sin volver la vista, escapó hacia su casa. Bañado  en lágrimas, contó todo a la madre. Ésta se llevó las manos a la cabeza:

—¿Qué voy a hacer contigo?... Vete de mi vista antes que te dé una somanta...

Desde aquel día, siempre que Mishka se sentía  vejado, se metía  bajo el granero,  apartaba la piedra, desplegaba la hoja de lampazo y, mojando el papel con sus lágrimas, contaba  a Lenin sus desventuras y se quejaba del ofensor.

Pasó una semana. Mishka se aburría.  No tenía con quién jugar. Los chicos de la vecindad no querían la amistad con él, y al apodo de «borde» se unió otro, que habían oído a los mayores. Al ver a Mishka le gritaban:

—¡Eh, tú, comunista! ¡Acércate un momento, aborto de comunista!....

En una ocasión, al atardecer, cuando Mishka volvía del embalse, antes de entrar en casa oyó que el  padre hablaba con voz dura y que la madre lloraba  y se lamentaba como si  alguien  hubiera muerto. Mishka entró y vio que el padre había enrollado su capote y se estaba calzando las botas altas.

—¿Adónde vas?

El padre rió y dijo:

—¡A ver si puedes calmar a tu madre, hijo!.... Me parte el alma con sus gritos. ¡Me voy a la guerra y ella no me deja!....

 

 

 

—¡Yo iré contigo, padre!

El padre se ciñó el cinturón y se puso la gorra de las cintas.

—¡Tienes unas cosas! No podemos irnos los dos al mismo tiempo... Cuando yo vuelva irás tú, porque, en otro caso, ¿quién va a recoger el grano cuando maduren las mieses? Madre está ocupada en las faenas de la casa, el abuelo es viejo...

Al decir adiós al padre, Mishka contuvo las lágrimas, hasta tuvo fuerzas para sonreír. La madre, como la primera vez,  se colgó de su cuello, y a duras penas pudo  él desprenderse; el abuelo se limitó a carraspear; al besarle, le susurró al oído:

—Fómushka, hijo... ¿no sería mejor que  te quedases? ¿Se las podrías arreglar sin ti?... Si te matan, lo que Dios no quiera, entonces todos somos perdidos...

—No digas eso, padre... No está bien. ¿Quién va a defender nuestro gobierno si todos procuran esconderse bajo las faldas de su mujer?

—Bueno, anda, si tu causa es justa...

El abuelo volvió la cabeza y se limpió disimuladamente una lágrima. Los tres acompañaron al padre hasta el comité ejecutivo. Allí, en el patio, se había  reunido una veintena de hombres  con fusiles. El padre tomó también su fusil, dio el último beso a Mishka y emprendió la marcha, con el resto, hacia las afueras de la stanitsa.

El camino de vuelta lo hizo Mishka con el abuelo. La madre, con paso inseguro, iba detrás. En la stanitsa, escasos ladridos y escasas luces. Todo se hallaba cubierto por la oscuridad de la noche, como una  vieja  con su  mantón  negro.  Lloviznaba.  A lo lejos,  sobre  la  estepa,  zigzagueó  un relámpago y el trueno retumbó con sordos ecos.

Llegaron a casa. Mishka, que durante todo el camino había permanecido silencioso, preguntó al abuelo:

—Dime, abuelo, ¿contra quién ha ido padre a combatir?

— ¡Déjame en paz!

—¡Abuelo!

— ¿Qué quieres?

—¿Contra quién va a combatir padre?

El abuelo echó el cerrojo al portón y contestó:

—En las cercanías de nuestra stanitsa han aparecido unas gentes muy malas. Dicen que es una banda, pero a mi entender no son más que unos bandoleros... Pues bien, tu padre ha ido a combatir contra ellos.

—¿Son muchos?

—Según dicen, unos doscientos... Pero ve a dormir, granujilla. ¡Basta de dar vueltas!

En plena noche,  unas voces  despertaron  a Mishka. Pasó la mano por el lecho: el abuelo no estaba.

—Abuelo, ¿dónde estás?

—¡Cállate! ¡Duerme, enredador!

Mishka  se  levantó  y a tientas,  en la  oscuridad,  llegó  hasta la  ventana. El abuelo,  en paños menores, permanecía sentado en el banco,  asomado a la ventana: escuchaba. También Mishka se puso a escuchar. En el silencio mudo oyó claramente que fuera de la stanitsa resonaban frecuentes disparos. Luego, a intervalos regulares siguieron varias descargas.

¡Trac! ¡tra-tra-trac! ¡tra-trac! Era como si clavasen clavos.

Mishka se sintió dominado por el miedo. Se arrimó al abuelo y preguntó:

—¿Es padre el que dispara?

El abuelo guardó silencio. La madre reanudó el llanto y las lamentaciones.

Poco antes del amanecer, fuera de la stanitsa, se oyeron  algunos disparos. Luego todo quedó mudo. Mishka,  hecho un ovillo en el  banco,  se durmió con un sueño  pesado  y triste.  Con las

 

 

 

primeras luces, un grupo de jinetes pasó por la calle al galope con dirección al comité ejecutivo. El abuelo despertó a Mishka y salió al patio.

En el comité ejecutivo, una negra columna de humo  se levantaba, el fuego se había extendido a las dependencias. Hombres montados iban y venían por la calle. Uno de ellos se acercó  y gritó al abuelo:

—¿Tienes caballo, viejo?

—Sí...

—Pues apareja y ve a las afueras. Entre la retama encontrarás a vuestros comunistas... Cárgalos y los traes, que sus parientes les den tierra...

El abuelo enganchó  a Savraska, agarró con manos temblorosas las riendas y salió al trote del patio.

En la stanitsa se había levantado un verdadero griterío. Los bandidos, desmontados, sacaban el heno de las eras y se dedicaban a degollar ovejas. Uno de ellos echó pie a tierra frente al patio de la Anísimovna y entró en la casa. Mishka oyó el alarido de la Anísimovna. El bandido, blandiendo el sable, salió al portal, se sentó,  se descalzó, rompió por la mitad el chal de vivos colores que la Anísimovna solía lucir los días de fiesta, tiró los sucios trapos con que se cubría  los pies y los envolvió en las dos mitades del chal.

Mishka entró en el cuarto, se tumbó en la cama, se tapó la cabeza y sólo se levantó cuando oyó chirriar el portón. Salió al portal y vio que el abuelo, con la barba mojada por las lágrimas, hacía entrar el caballo en el patio.

Detrás, en el carro, yacía un hombre descalzo y con los brazos muy abiertos. Su cabeza rebotaba en la parte trasera, sobre las tablas caía una sangre espesa y negra.

Mishka, tambaleándose, se acercó  al carro. Miró la cara desfigurada por los sablazos: se veían los dientes, la mejilla colgaba, cortada junto con el hueso; en el ojo, hinchado y sanguinolento, se había posado un moscardón de verdes irisaciones.

Sin adivinar lo ocurrido, temblando levemente de espanto, Mishka apartó la mirada de la cara y la detuvo  en el pecho, en la camiseta de marinero, en las rayas azules y blancas manchadas de sangre. Se estremeció como si por detrás le hubieran dado un golpe en las piernas, miró otra vez con los ojos muy abiertos la cara negra e inmóvil y saltó sobre el carro.

—¡Padrecito, levántate! ¡Padrecito querido!

Se cayó del carro, quiso echar a correr,  pero sus piernas se doblaron. Se arrastró  a gatas hasta el portal y allí empezó a dar cabezadas contra la arena.

 

* * *

 

Al  abuelo  los  ojos  se  le  habían  hundido profundamente,  su  cabeza  bailaba,  sus  labios balbuceaban algo sin sonido.

Durante largo rato acarició la cabeza de Mishka. Luego, mirando a la madre, que permanecía tumbada de bruces en la cama, murmuró:

—Vamos, hijo, ven conmigo al patio...

Tomó a Mishka del brazo y lo llevó al portal.  Mishka, al pasar por delante de la puerta del cuarto, arrugó los ojos yse estremeció: allí dentro,  sobre una mesa, yacía, silencioso y grave, el padre. La sangre se la habían lavado; pero Mishka no podía olvidar  aquel ojo ensangrentado  y vidrioso y el moscardón verde posado en él.

El abuelo estuvo largo rato hasta que consiguió desatar la cuerda del pozo; se dirigió a la cuadra y sacó de ella a Savraska,  le limpió con la manga los  morros cubiertos  de espuma,  le  puso la cabezada y se quedó escuchando:  en la stanitsa, seguían los gritos y las risotadas. Por delante del patio pasaron dos hombres a caballo, en la oscuridad brillaron las luces de sus cigarrillos, y se oyó que decían:

 

 

 

—¡Les hemos distribuido los cupos de entrega!.... ¡En el otro mundo recordarán qué significa eso de quitarle a la gente su trigo!....

El repiqueteo de los cascos se acalló, el abuelo se inclinó sobre el oído de Mishka y murmuró:

—Yo soy viejo... no podría montar a caballo... Te montaré a ti, con la ayuda de Dios llegarás al jútor de Pronin... Te enseñaré el camino... Allí debe de estar el destacamento que pasó por aquí con la música... Diles que vengan: que aquí está la banda... ¿Has entendido?

Mishka asintió con la cabeza. El abuelo lo subió al lomo del animal y le ató los pies a la silla para que no se cayera. Cruzando la era, bordeando el estanque y evitando el puesto de vigilancia de la banda, sacó a Savraska a la estepa.

—En aquella  loma  empieza  una barranca,  síguela  sin  apartarte... Te  llevará  directamente  al

Jútor. Bueno, anda, querido mío...

El abuelo dio un beso a Mishka y dio una palmada a Savraska en la grupa.

La noche era de luna, la visibilidad era buena. Savraska emprendió un trote corto, resopló y sintiendo un peso tan ligero, acortó el paso. Mishka lo estimuló con las bridas, le dio unas palmadas en el cuello, bailando y saltando en la silla.

Las codornices cantaban animosas en la espesura verde de las mieses casi maduras. En el fondo de la barranca rumoreaba el agua de los manantiales, el viento traía una sensación de frescor.

Mishka sentía miedo al verse solo en la estepa. Abrazó el cuello caliente de Savraska y se apretó hacia él, hecho un ovillo pequeño y helado.

La barranca iba cuesta arriba, bajaba, subía de nuevo. Mishka no se atrevía  a mirar hacia atrás, murmuraba cualquier cosa, tratando de no pensar en nada. En sus oídos se coagulaba el silencio y sus ojos permanecían cerrados.

Savraska meneó la cabeza, resopló y avivó el paso. Mishka entreabrió apenas los párpados y vio que abajo, al pie de la cuesta, había unas lucecitas pálidas y amarillentas. El viento trajo un ladrido de perros.

Una oleada de alegría caldeó por un momento el pecho de Mishka. Dio varias veces con los talones en los flancos de Savraska y gritó:

—¡Arre-e-e!....

Los ladridos se aproximaban, sobre un montículo se divisaban ya los contornos confusos de un molino de viento.

—¿Quién va? —preguntaron  desde allí.

Mishka, en silencio, arreó a Savraska. En el jútor dormido se dejaron oír los gallos.

—¡Alto! ¿Quién va?,.. ¡Alto o disparo!....

Mishka tiró asustado de las bridas, pero Savraska, sintiendo la proximidad de otros caballos, relinchó y siguió adelante, sin obedecer.

—¡Alto-o-o!....

Cerca del molino restallaron los disparos. El grito de Mishka se perdió entre el ruido de los cascos  del  caballo.  Savraska  lanzó  un ronco silbido,  se levantó  sobre las  patas traseras  y cayó pesadamente sobre el flanco derecho.

Mishka sintió por un instante un dolor terrible, insoportable, en la pierna. El grito se secó en sus labios. Cada vez era mayor y mayor el peso de Savraska sobre la pierna.

El ruido de caballo se acercaba. Llegaron dos hombres, que echaron pie a tierra, haciendo sonar los sables, y se inclinaron sobre Mishka.

—¡Madre mía! Pero ¡si es el chiquillo!....

—¿Es posible que lo hayamos matado?

Alguien le puso la mano en el pecho, Mishka sintió cerca de la cara un olor a tabaco. Una voz exclamó con vivas muestras de alegría:

—¡No es nada! Seguramente, el caballo le ha aplastado la pierna... Perdiendo el conocimiento, Mishka susurró:

 

 

 

—La banda está en la stanitsa... Han matado a mi padre... Han incendiado el comité ejecutivo. El abuelo manda decir que vayáis en seguida allí...

Unos círculos de colores pasaron ante los ojos de Mishka, que se iban nublando...

Pasó el padre, se retorcía  el bigote rojizo, reía, pero en su ojo había posado, balanceándose, un moscardón  verde. Pasó el abuelo, meneando la cabeza como reprochándole algo. Pasó la madre. Luego, un hombre de baja estatura y frente abultada con la mano extendida, y esa mano señalaba directamente a él, señalaba a Mishka.

—¡Camarada Lenin!,…—exclamó Mishka con un hilo de voz que se extinguía. Haciendo un esfuerzo levantó ligeramente la cabeza y sonrió, alargando hacia delante las manos.

 

1925

 

 

 

 

 

EL TORBELLINO

 

 

 

I

 

CON LA PUESTA DEL SOL, Ignat volvió a la stanitsa.

Al abrir el portón,  de ramas entrelazadas, rompió el puntiagudo montón de nieve que se había formado, hizo entrar en el patio el caballo cubierto de escarcha y, sin desenganchar,  se acercó al portal de la casa. En el zaguán crujieron las tablas heladas del piso, la escobilla pasó rumorosa por las botas de fieltro al limpiarlas de nieve. Pajómich, que estaba sobre el horno fabricando un mango de hacha, se limpió las virutas de las rodillas y dijo al hijo menor, Grigori:

—Ve a desenganchar la yegua; el heno ya lo he preparado yo en la cuadra.

La puerta se abrió de par en par. Entró Ignat, saludó y se desató los cordones del capuchón; traía los dedos agarrotados por el frío y le costó gran trabajo hacerlo. Arrugando la cara, se arrancó  del bigote los pequeños carámbanos a medio fundir y sonrió, incapaz de disimular la alegría:

—Según  se dice, la Guardia Roja está viniendo a nuestro distrito...

Pajómich  se  volvió hacia  él,  con las  piernas  colgando  del  horno, y preguntó,  tratando  de contener la curiosidad:

—¿En son de guerra o cómo?

—Cada uno dice lo suyo... Lo cierto es que hay una gran inquietud, la gente no sabe qué pensar;

en la dirección había unas apreturas como no puedes figurarte.

—¿Has oído algo a propósito de la tierra?

—Que a los grandes propietarios los bolcheviques se la quitan toda.

—¡Ya-a-a!.... —carraspeó Pajómich, y con agilidad juvenil saltó del horno. La vieja hizo sonar las cucharas. Mientras llenaba la sopera, dijo:

—Llamad a Grishatka, que venga a cenar.

Afuera,  oscurecía.  Caían  algunos  copos  y la  noche  se venía  encima  ceñuda,  con sombras azulencas.  Pajómich  dejó  la  cuchara  en  la  mesa,  se  limpió la  barba  con el  bordado  lienzo  y preguntó:

—¿Te has informado de cuándo empieza a funcionar el molino de vapor?

—El molino ya lo han puesto en marcha, podemos llevar lo nuestro.

—Bueno, cuando termines iremos al granero. Hay que limpiar el trigo; en cuanto el tiempo lo permita, bien de mañana, lo llevaré a moler. ¿Está bien apisonado el camino?

—Los trineos no dejan de pasar ni de día ni de noche. Lo que resulta algo difícil son los cruces. A uno y otro lado del camino hay nieve hasta la cintura.

 

 

 

 

 

 

II

 

GRIGORI SALIÓ a despedir al padre hasta fuera del portón. Pajómich se enfundó las manoplas y se acurrucó  en la parte delantera del trineo.

—No pierdas de vista la vaca, Grisha. Según y cómo tiene las ubres, va a parir de un momento  a otro...

—No te preocupes, padre, vete tranquilo.

Los patines del trineo quiebran ruidosamente la costra deshelada de la nieve. Pajómich sacude las  riendas  de crin, deja  a un lado  la  ceniza  amontonada  en la  calle.  Viene  un trozo de tierra

 

 

 

descubierta y los patines se atascan.  Los caballos tiran con el lomo en tensión y las cabezas bajas. Aunque el vehículo está en buenas  condiciones y las bestias se hallan bien alimentadas, a cada momento Pajómich se apea, carraspeando:  es mucha la carga que han puesto.

Llegó a lo alto de la cuesta, dio un descanso a los caballos, sudorosos, y reanudó la marcha a un trotecillo brioso. En las  curvas, donde el deshielo se había  comido la nieve, había unos baches tremendos. Un tiempo dulce de principios de primavera. Todo comenzaba a derretirse. Mediodía.

Había empezado Pajómich a bordear el bosque cuando a su encuentro  se le vino una troika. Y la nieve, en la parte del bosque, formaba verdaderas montañas. El camino era estrecho y allí resultaba imposible el paso de dos trineos en direcciones contrarias.

—¡A ver cómo salimos de aquí!.... ¡So!....

Pajómich detuvo los caballos, bajó del trineo y se descubrió. El viento lamió su cabeza, gris y sudorosa.  Se quitó el gorro miserable que le cubría porque había reconocido el tiro del coronel Borís Alexándrovich Chernoiárov. Y hacía ocho años que venía arrendando unas tierras al coronel.

La troika se acercaba.  Los cascabeles conversaban  a media voz entre sí. Se veía la espuma que caía de los belfos de los caballos laterales y la respiración fatigosa del de varas. El cochero se puso en pie y agitó el látigo.

—¡Apártate, cuervo canoso!.... ¿Por qué te has apoderado del camino?

Al llegar  a la altura del  otro detuvo los caballos. Pajómich, enredándose  en los faldones del capotón, descubierto, corrió hacia el trineo e hizo un profundo saludo.

Desde el trineo, tapizado con piel de oso, unos ojos fijos, que no parpadeaban, se clavaron en él. Los labios estriados, rasurados hasta dejarlos azules, estaban torcidos.

—¿Pog qué, canalla, no me cedes el camino? ¿Disfg-utas de la libeg-tad bolchevique? ¿Es la igualdad de deg-echos?

—¡Señoría ilustrísima!.... En el nombre de Cristo se lo pido, sálgase usted. Usted va de vacío, mientras que yo... Si me salgo del camino no podré entrar de nuevo.

—¿Pog tu culpa voy a meteg en la nieve unos caballos de pug-a sangg-e? ¡Eg-ues un canalla!....

¡Te voy a enseñag a g-espetag a los oficiales y a cedeg-les el camino! ,..

Voló la manta que le cubría las piernas y el guante de cabritilla cayó en el asiento.

—¡Ag-tiom, dame el látig-o!

El coronel  Chernoiárov  saltó  del  trineo  y descargó un latigazo  que hirió a Pajómich  en el entrecejo.

El viejo lanzó un gemido, se tambaleó y se llevó las manos a la cara. Entre los dedos corrió la sangre.

—¡Toma, miseg-able, toma!....

Tiró de la barba gris de Pajómich, jadeante y echando saliva.

—Os voy a ag-ancag  el espíg-itu de la guag-dia g-oja. ¡Pag-a que g-ecueg-des, canalla, al cog- onel Cheg-noiág-ov! ¡Pag-a que lo g-ecuegdes!...

Sobre la costra derretida de la nieve oscila el arco azul del tiro. Los cascabeles rumorean algo incomprensible... A un lado del camino, rompiendo los tirantes, se debaten  los caballos de Pajómich. El trineo volcado, con el timón roto, es la estampa de la mansedumbre y la impotencia. Él mira alejarse la troika con ojos fijos, que no parpadean. La seguirá así hasta que en la bajada no se oculte la parte trasera del trineo, curvada como un cuello de cisne.

Nunca, hasta el fin de su vida, olvidará Pajómich al coronel Borís Alexándrovich Chernoiárov.

 

 

 

III

 

LA VIEJA DE PAJÓMICH vuelve de la fuente con los cubos.

En los  sauces, vergonzosamente  desnudos,  alborotan  los  grajos.  Más allá de las  casas, en  la loma, entre las aspas del molino de caperuza roja, el sol se acuesta para pasar la noche. En las

 

 

 

zanjas, el agua carraspea con esfuerzo y sacude las cercas. El cielo es como  una flor marchita de cerezo.

Al llegar al patio ve ante el portón un cochecillo. Los caballos son de postas, con la cola muy recortada. Entre sus patas, las gallinas, insolentadas y friolentas, escarban en los cagajones humeantes. Del cochecillo, recogiendo los faldones de su capote de oficial, se apea un hombre alto, delgado, con gorro alto de astracán. Vuelve hacia la vieja un rostro aterido.

—¡Míshenka! ¡Hijo! ,.. ¡No te esperábamos!....

Abandona el balancín con los cubos,  se arroja a él, sus labios secos no alcanzan los labios del joven, se aprieta contra su pecho y besa los botones relucientes y el paño gris.

La blusa de la madre, llena de rotos, huele a boñiga. Él se aparta ligeramente, sonríe y con una bocanada de vapor caliente deja escapar a la cara de la madre:

—No está bien en medio de la calle, mamá... Indique dónde se pueden poner los caballos, y mi maleta que la lleven al cuarto. Tú, cochero, entra al patio, ¿me oyes?

 

 

 

IV

 

SUBTENIENTE DE LAS TROPAS cosacas. Las insignias, flamantes. La barba, rala y afeitada. Es suyo, carne de su carne, pero Pajómich se siente ante él como si fuera un extraño.

—¿Has venido para mucho tiempo, hijo?

Mijaíl permanece sentado junto a la ventana; con sus dedos, pálidos, no habituados al trabajo, tamborea en la mesa.

—Vengo  de Novocherkassk  con una misión especial del Atamán del Ejército. Estaré, seguramente... ¡Mamá! Limpie la mesa, está sucia de leche,.. Estaré un par de meses.

Ignat llegó de la cuadra, dejando la huella de sus sucias botas.

—¡Hola, hermano!.... Bien venido.

—Hola.

Ignat alargó la mano, quería abrazarle, pero se quedaron  a medio camino y sus dedos se juntaron en un apretón frío y poco amistoso.

Con una sonrisa forzada, Ignat dijo:

—Tú, hermano, todavía llevas hombreras. Nosotros hace tiempo que las mandamos al diablo. Mijaíl replicó, arrugando la frente:

—Yo no he hecho traición al honor de cosaco. Siguió un penoso silencio.

—¿Cómo vivís? —acabó por preguntar Mijaíl, agachándose para quitarse las botas. Pajómich, que permanecía sentado en el banco, se precipitó hacia su hijo.

—No te molestes, Misha, yo te ayudaré: no te manches las manos...

—De rodillas, mientras tiraba con precaución de las botas, contestó—: Vamos viviendo. Ya se sabe lo que es nuestra vida. Y en la ciudad, ¿qué hay de nuevo?

—Que estamos organizando a los cosacos para hacer frente a la Guardia Roja. Ignat preguntó, con los ojos clavados en el suelo de tierra:

—¿Y qué necesidad hay de hacerle frente? Mijaíl sonrió forzadamente:

—¿No lo sabes? Los bolcheviques nos privan de nuestra calidad de cosacos y quieren implantar la comuna, hacerlo todo colectivo, la tierra y las mujeres...

—¡Eso son cuentos de vieja!.... Los bolcheviques hacen algo que a nosotros nos conviene.

—¿Qué es lo que os conviene?

—Quitan la tierra a los señores y la entregan al pueblo, eso es lo que hacen...

—¿Quiere decirse, Ignat, que tú estás en favor de los bolcheviques?

—Y tú ¿en favor de quién estás?

 

 

 

Mijaíl guardó silencio. Vuelto hacia la ventana empañada, lagrimosa, trazaba en el vidrio unos pálidos dibujos.

 

 

 

V

 

TRAS LA BARRACA, tras las copas de los jóvenes robles, un antiguo túmulo funerario se levanta sobre el camino del Hetman.

En el túmulo, corroída por los siglos, hay una figura de piedra porosa. Por encima de su cabeza, coronada de musgo, el sol pasa todas las mañanas,  se encarama  y a través  del velo nebuloso del polvo, cuidadosamente —como la perra a sus cachorros—,  lame la estepa, los huertos, los tejados, con sus rayos viscosos y cálidos.

Con las primeras luces del día Pajómich se había apartado del camino real. Llevaba el arado y la yunta. Con pasos que la vejez hacía inseguros, midió cuatro desiatinas, hizo restallar el látigo sobre los bueyes pardo-rojizos y empezó a levantar aquella tierra negra.

A la esteva iba Grishka, con la rodilla doblada, que casi tocaba el suelo. Pajómich avanzaba por el  surco  lustroso,  sacudía  el  látigo  y contemplaba  a  su  hijo: el  mozo no había  cumplido los diecinueve años, pero en el trabajo dejaba atrás a cualquier cosaco.

Hicieron tres pasadas y se detuvieron. El sol empezaba  a salir. Desde el túmulo, la figura de piedra emergía del suelo mirando a los labradores con ojos sin pupilas, en tanto los rayos solares la teñían de rojo, como si estuviese modelada en fuego. En el camino, el viento levantó una columna vacilante de polvo harinoso. Grishka se quedó mirando: un hombre  a caballo venía al galope hacia ellos.

—Padre,  ¿no es ése Mijailo?

—Parece que sí...

Mijaíl llegó, dejó en el lugar donde habían acampado el caballo bañado en sudor y corrió hacia los labradores, tropezando en los surcos. Al llegar junto a ellos respiraba trabajosamente, como un potro después de una larga galopada.

—¿De quién es la tierra que estáis labrando?

—Nuestra.

—¿No son éstos los campos del coronel Chernoiárov? Pajómich se sonó con los dedos, con los faldones de la camisa de lienzo se limpió la nariz y dijo grave y lentamente: —Antes  eran de él, hijo. Ahora son nuestros, del pueblo... Mijaíl gritó, poniéndose blanco:

—¡Padre! ¡Sé quién tiene la culpa de esto!.... ¡Ignat y Grisha te van a llevar por mal camino!.... Deberás responder de la ocupación de una propiedad que no es tuya.

Pajómich inclinó la cabeza, tozudo:

—¡La tierra es ahora nuestra! No hay ninguna ley que permita tener más de mil desiatinas... ¡Se acabó todo eso! Es la igualdad de derechos...

—¡No tienes derecho a arar una tierra que es de otro!....

—Nadie le ha dado a él derecho a apoderarse de la estepa. Nosotros  sembramos en tierras salitrosas, él ha ocupado  las tierras negras y ya son tres años que ni siquiera las siembra. ¿Hay derecho a eso?...

—Deja de labrar, padre. De lo contrario, ordenaré al atamán que te detenga...

Pajómich se volvió bruscamente hacia él y gritó, congestionado y moviendo convulsivamente la cabeza:

—El último dinero ahorré para darte una carrera... ¡Eres un miserable, hijo de perra! Mijaíl, lívido, replicó, haciendo rechinar los dientes:

—Te voy a enseñar, viejo... —y dio un paso hacia el padre con los puños apretados. Pero viendo que Grishka acudía a saltos por encima de los surcos, con una barra de hierro en la mano, metió la cabeza entre los hombros y, sin volver la vista atrás, se dirigió hacia el jútor.

 

 

 

 

 

VI

 

LA CASA DE PAJÓMICH era de barro. La empalizada levantada en torno al pequeño jardinillo que la circundaba, recordaba el costillar de un esqueleto de caballo.

Grigori llegó del campo con el padre. Ignat estaba colocando una cama nueva de ramas en la cuadra. Se acercó. Sus manos olían agradablemente a hojas secas.

—Nos llaman en la dirección, Grigori. Hay asamblea general del Jútor.

—¿Para qué?

—Es la movilización, según dicen... La Guardia Roja ha ocupado el Jútor Kalínov.

Tras la cerca de la era  se extinguía, se apagaba  la aurora vespertina.  En un montón  de paja rojiza, un rayo de sol había quedado olvidado. Una ráfaga de viento del Este dispersó el montón y se apagó el rayo.

Grishka limpió el caballo y le echó un pienso. El viudo Ignat, sentado en los torcidos escalones del portal, jugaba con su hijo, un niño de seis años. Grishka miró al pasar los ojos de su hermano, arrugados por la risa, y murmuró:

—Esta noche tenemos que marchar a Kalínov. Aquí nos van a movilizar... A la madre, que estaba sacando un ternero del zaguán, le dijo:

—Prepáranos una muda a Ignat y a mí. Y pan de galleta...

—¿Adónde os lleva el demonio?

—A donde nos guían los pasos.

Hasta bien entrada la noche no se acalló en la sala de reuniones del Jútor el rumor de las voces. Pajómich volvió de allí antes de oscurecer.  En la puerta del granero, donde dormía Grishka, se detuvo. Permaneció así unos instantes y se sentó en la piedra del umbral. Una sensación penosa de angustia le inundaba el pecho,  su corazón  se estremecía  en lentos latidos, en los oídos sentía un zumbido punzante y continuo. Escupió al pálido reflejo de la luna que salía de un charco helado y sintió dolorosamente que la vida bien ordenada,  a la que estaba acostumbrado,  se iba sin volver la vista atrás y que difícilmente volvería.

En los huertos, por la parte del Don, los perros ladraban furiosamente; en la pradera resonaba pausado y preciso el canto de la codorniz. La noche había extendido sus alas sobre la estepa y una neblina lechosa envolvía los patios. Pajómich carraspeó, la puerta chirrió al ser abierta.

—¿Duermes, Grisha?

El granero olía a silencio y a trigo. El viejo dio unos pasos hasta tocar el capotón de piel de oveja.

—Grisha, ¿estás dormido?

—No.

Pajómich se sentó en el borde del capotón. Grisha oyó cómo las manos del padre bailaban en un temblor leve e incesante. Dijo el viejo con voz sorda:

—Me voy con vosotros... quiero ir... con los bolcheviques...

—¿Qué dices, padre?... ¿Y la casa?... Además, eres viejo...

—¿Qué importa si soy viejo? Puedo incorporarme a servicios auxiliares... y también puedo montar  a caballo... De la casa, que se encargue  Mijailo... Para él somos unos extraños, y la tierra también  le  es  extraña...   Que  viva  como le  parezca,  Dios  le  juzgará.  Nosotros  nos  iremos  a conquistar la tierra que a todos alimenta.

Los primeros  gallos  cantaron  con voz discorde.  La  aurora se asomó sobre el  Don, tras  la empalizada del bosque. Tímidas y cautas, se arrastraron  las sombras al desvanecerse.

Pajómich sacó tres caballos, les dio de beber, alisó cuidadosamente los sudaderos y los ensilló. A la vez que la vieja de

 

 

 

Pajómich, sollozó el portón de la era. Los cascos de los animales resonaron sonoramente por la tierra salitrosa.

—Debemos ir por la pista de verano, padre. Por el camino podrían encontrarnos —dijo Ignat a media voz.

El cielo  había  clareado.  El rocío cubría la  hierba  de  gotas  melosas  y heladas.  La mañana avanzaba desde el otro lado del Don, desde las arenas movedizas de color limón.

 

 

 

VII

 

SOBRE EL UNIFORME CAQUI del coronel Chernoiárov, las estrellas de su graduación habían sido modestamente pintadas con lápiz tinta. Las mejillas del coronel eran carnosas y cubiertas de venillas azules. La voz de barítono,  aristocrática y gangosa, rebotaba en las paredes, cubiertas de telarañas, de la sala de reuniones. Los dedos, rosáceos y gordezuelos, bien cuidados, se movían  en ademanes contenidos y plenos de distinción.

Le rodeaba un círculo sudoroso y apretado de cálidos alientos que olían a humo de tabaco fuerte y a trigo fermentado. Gorros altos de piel, de tapa roja, barbas de todos los colores. Bocas abiertas que  atrapan  ávidamente  la  voz gangosa  y desagradable  de  barítono,  que  sale  de  unos  labios devorados por una enfermedad maligna:

—Queg-idos paisanos... Desde tiempo inmemog-ial fuisteis el fig-me sostén del padg-ecito zag y de la patg-ia. Ahog-a,  en estos momentos  de gg-an confusión, toda G-usia vuelve los ojos hacia vosotg-os... ¡Salvadla de la infamia a que la conduce el bolchevismo!.... Salvad vuestg-as pg- opiedades,  a vuestg-as  esposas y a vuestg-as  hijas...  Como ejemplo  de buen cumplimiento  del debeg cívico puede seg-vig el de vuestro paisano, subteniente Mijaíl Kg-amskov: fue el pg-imeg-o en comunicag-nos que su padg-e y sus dos heg-manos  se habían  pasado a los bolcheviques. Y el pg-imeg-o —como hijo veg-dadeg-o del Don apacible— en acudig en su defensa...

Los cosacos de nuestro jútor, Piotr Pajómich Kramskov y su hijos Ignat y Grigori, que se han pasado  a los enemigos del Don Apacible, son desposeídos del título y condición de cosacos, así como de todos los lotes de tierra. Cuando  sean capturados  se les entregará al tribunal militar del distrito de Véshenskaia.

 

 

 

VIII

 

EL DESTACAMENTO se había detenido junto a un almiar de heno del año anterior. En el jútor, tras la cerca de una era, repiqueteaba la ametralladora.

El comisario, herido de un balazo que le había atravesado las mejillas de parte a parte, se acercó en el carricoche y gritó con voz atronadora y gangosa:

—¡Esto  es imposible!.... ¡Así nos van a cazar como moscas!....

Dio un fustazo al potro entre las orejas y tosiendo, medio ahogado por los negros cuajarones de sangre, se acercó al oído del comandante del destacamento:

—Si no nos abrimos paso al Don, esto puede  ser el fin. Los cosacos vendrán a la carga, se armará una confusión terrible... ¡Ordena el ataque!

El comandante,  antiguo  maquinista  de  una  fábrica  de  fundición de  hierro,  lento  como las primeras vueltas de un volante, levantó la cabeza, sin soltar la pipa de la boca:

—¡A caballo!....

El comisario se apartó como tres brazas de él y preguntó, volviéndose:

—¿Qué crees, acabarán con nosotros? —y se alejó, sin aguardar la respuesta.

Las balas levantaban un polvo harinoso bajo las patas de los caballos, zumbaban al hundirse en el heno. Una de ellas arrancó del carricoche una astilla de madera resinosa y, de paso, hizo una

 

 

 

caricia al tirador de la máquina emplazada en el vehículo. Éste dejó caer el trapo sucio manchado de  pez  que  tenía  entre  las  manos,  se  recogió  sobre    mismo  y murió tal  como en  aquellos momentos se encontraba: con un pie calzado y otro descalzo. Desde la parte de la vía del ferrocarril el viento parecía como si trajese arrastrando el pitido forzado de una locomotora. En la plataforma blindada giró hacia la estepa, hacia la fajina, hacia el grupo de hombres que allí se acumulaban, la boca achatada de un cañón;  después de escupir, entre chirridos de cadenas, reanudó la marcha el tren blindado «Kornílov» N.° 8. El escupitajo fue a caer algo a la derecha de la fajina. Con gran estrépito, arrancó una brazada de humo  negro y revolvió la hojarasca que había quedado de un melonar del año anterior.

Durante largo rato todavía, bajo el peso insoportable, siguieron llorando los carriles oxidados, carraspearon las traviesas con sordas resonancias, mientras que en las inmediaciones de la fajina, en la estepa, la yegua preñada de Pajómich, con las patas rotas por la metralla, trataba en vano de incorporarse: meneaba la cabeza entre grandes resoplidos y sus herraduras,  bastante desgastadas, brillaban al sol. La arena del suelo bebía ávidamente la espuma sonrosada y la sangre.

Con un dolor punzante que le endurecía el corazón, murmuró Pajómich:

—Una yegua de tan buena raza... Si lo hubiera sabido no me la habría llevado...

—¡No hagas el tonto, padre!.... —le gritó Ignat pasando ante él al galope—. Corre a subir a un carro. ¿No ves que vamos al ataque?

El viejo le siguió con una mirada indiferente.

El crepitar  de la  ametralladora  daba la  impresión  de  un lienzo  que  es rasgado  en  pedazos. Pajómich, tumbado sobre las cajas de munición, escupía una saliva amarga y empalagosa. Y sobre el suelo, macerado por las lluvias de la primavera, por el sol y por los vientos de la estepa —con sus aromas  a ajedrea y a ajenjo—, envuelto en la neblina de la calígine, flotaba el olor dulzarrón a moho, el cosquilleo producido por el olor de las hierbas del año anterior podridas en sus mismas raíces.

Temblaba en el horizonte la cenefa azul del bosque, y allá arriba, sobre el lienzo dorado  de polvo extendido sobre la estepa, la alondra se hacía eco del repiqueteo de la ametralladora. Grigori acudió de una galopada en busca de munición.

—No te aflijas, padre. Podremos comprar otra yegua...

Los labios de Grigori, parduscos, estaban agrietados por el calor. Las noches de insomnio habían inflamado sus párpados.

Con dos cajas bajo los brazos, se alejó como un torbellino, sudoroso y sonriente.

A la caída de la tarde llegaron al Don. Desde una vaguada, hasta que se hizo de noche, estuvo haciendo fuego una batería. Las patrullas cosacas se dejaban ver en las lomas. Con las tinieblas se encendió el ojo amarillo de un reflector que husmeaba por entre los matojos de espino, en busca de caballos, de tiendas de campaña y de hombres. Durante unos momentos, al descubrirlos, mantenía fija sobre ellos su luz cadavérica y, a continuación, se extinguía.

Al amanecer, en la loma vecina aparecieron densas formaciones de cosacos, una línea tras otra, como oleadas. Desde los hirsutos espinos abrieron fuego por descargas calculando bien el alza, afinando  la  puntería. Al mediodía,  el  jefe del  destacamento vació  la  pipa contra la suela de su remendada bota, recorrió a todos con una mirada pesada e indiferente y dijo:

—No hay modo de resistir,  camaradas... Cruzad  el  río a nado.  A diez  verstas  está el  Jútor

Grómov. Allí se encuentran  los nuestros —concluyó con voz cansada.

Mientras desensillaba el caballo, Grishka gritó a su padre:

—¿A qué esperas?

—¡Es una tontería!... —dijo severamente Pajómich, aun-que la mandíbula inferior le temblaba—

. Échate al agua, Grisha... Quítale la brinda al caballo... Yo... ya soy viejo...

—¡Adiós, padre!....

—¡Que Dios te acompañe, hijo!....

—¡Anda, pelado! Pero ¡entra en el agua, demonio!....

 

 

 

Se metió hasta la cintura, hasta el pecho. Sólo 1.1 cabeza de Grishka con las cejas fruncidas y las orejas alertadas del caballo sobresalían ya sobre el agua.

Pajómich  apretó el  cargador  con sus dedos  chatos,  hizo puntería contra  las  siluetas  que  se acercaban corriendo a saltos. Luego extrajo el último cartucho, humeante, y levantó las peludas manos:

—¡Esto  se acabó, Ignat!

A bocajarro, Ignat disparó sobre el morro del caballo, se sentó  con las piernas muy abiertas, escupió en los guijarros húmedos, besados por las ondas, y se rasgó la camisa caqui hasta la cintura.

 

 

 

IX

 

A LA HORA DEL DESAYUNO, Mijaíl se retorcía  satisfecho las guías del bigotito que guardaba las huellas del fijador.

—Ahora,  madre, me han ascendido a teniente para premiar mi celo en extirpar el bolchevismo. Conmigo no se gastan bromas. A las primeras de cambio, ¡al paredón!

La madre dejó escapar un suspiro:

—¿Y los nuestros, Misha?... Podía ser que vinieran...

—Yo, madre, como oficial e hijo fiel del Don apacible, no debo tener presente ninguna relación de parentesco. Aunque sea mi padre, aunque sea mi mismo hermano, los entregaré al tribunal...

—¡Hijo!.... ¡Mishenka!.... ¿No piensas en mí?... A todos vosotros  os amamanté a mis pechos, a todos os quiero por igual...

—¡No es el momento  de sentir compasión!.... —sus ojos se detuvieron severos en el hijito de Ignat—.  Y a este cachorro,   a este aborto  de comunista,  lléveselo  de la  mesa o le  retorceré el cuello... Mira como un lobezno... Cuando llegue a mayor  será bolchevique, como su padre...

 

 

 

X

 

EN EL HUERTO, a orillas  del  Don, huele  a agua  del  deshielo  y a los  primeros  brotes  de los álamos.  Las ondas de blanca cresta balancean a los patos silvestres, las cercas del huerto están medio hundidas en el agua.

La  vieja  de  Pajómich  está  plantando  patatas,  se mueve  entre  los  surcos  con esfuerzo.  Al inclinarse, la sangre le afluye a la cabeza y siente mareos. Permanece un rato de pie y se sienta. En silencio, mira las negras  venas  que se confunden en los brazos en caprichoso nudo. Sus labios, hundidos, bisbisean sin ruido.

Tras la cerca, el hijo de Ignat juega en la arena.

—¡Abuela!

—¿Qué quieres, Aliushka?

—Mira, abuela, qué ha traído el agua.

—¿Qué ha traído, querido?

La vieja se levanta, clava sin prisa la pala en el suelo, suena el chirrido de la puerta. En un banco de arena de orilla, con las patas en tierra, la piel de un caballo muerto reluce en el agua. Su vientre se ha reventado oblicuamente y el viento trae el olor a carroña.

Se acerca más.

Unas manos humanas, muertas, se aferran al cuello del caballo. En la izquierda, la brida sigue fuertemente ligada. La cabeza permanece echada hacia atrás y el pelo está caído sobre los ojos. La vieja mira sin pestañear los labios que, comidos por los peces, ríen dejando ver el arco muerto de los dientes. Cae de bruces...

Con los mechones grises colgando, a gatas, entra en el agua, abraza la negra cabeza y muge:

 

 

 

—¡Grisha! ¡Hijo-o!....

 

 

 

 

EXTRACTO DE LA ORDEN DEL DÍA N.° 186

Por su abnegación y el trabajo infatigable demostrado en la obra de extirpar el bolchevismo en el territorio del Distrito del Alto Don, el teniente Mijaíl Kramskov es ascendido a subcapitán, con el destino de comandante del Tribunal Militar de Campaña de N.

El Comandante en Jefe del Frente Norte.

Mayor General       M. IVANOV. El ayudante      (ilegible).

 

 

 

XI

 

EL CAMINO ES UNA BRASA. La escolta a caballo y los dos conducidos. Las plantas de sus pies son una herida purulenta. En paños menores, con la ropa endurecida por la sangre. Por los jútores, por las  calles,  humillados  por la  gente y bajo  el  fuego  cruzado  de los  golpes.  Por la  tarde del segundo día llegaban a su propio jútor. El Don y la crestería azulenca de las montañas de creta, semejantes a un apretado hato de ovejas. Pajómich se inclinó y arrancó una mata de trigo verde. Le era difícil mover los labios:

—¿La conoces, Ignat?... Es nuestra tierra... la que Grisha y yo hemos arado... A sus espaldas silbó el látigo trenzado.

—¡A callar!....

En silencio, con la cabeza inclinada, avanzan por el Jútor. Sus pies se hacen de plomo. Junto a la cerca, junto a la casa de barro. Pajómich mira al patio recubierto de hierbajos y se frota el pecho en el lugar donde siente un pinchazo, donde, grande y torpe, se extiende el corazón.

—¡Padre! Madre está en la era,..

—No la veo...

De nuevo a sus espaldas:

—¡Silencio, canallas!....

La plaza, invadida por las rizadas hierbas. La dirección. Un numeroso grupo a la entrada.

—¡Hola, Pajómich! ¿De verás que te fuiste a la conquista de la tierra?

—Ha conquistado una braza en el cementerio.

—Esto le servirá de lección al viejo perro.

Pajómich levanta un dedo de abultada uña, como el caparazón de la tortuga, y dice, respirando fatigosamente:

—Podéis hacer lo que queráis. Podemos morir, podemos perder nuestros bienes, pero  a vosotros... os pedirán cuentas. ¡La justicia no está de vuestra parte!

Se acercó  a Pajómich  su vecino  Anísim  Makéiev,  se enderezó  y en silencio,  enseñando los dientes entre la barba rojiza, le descargó un golpe en la cabeza.

—¡Duro con ellos! —resonó un grito a sus espaldas.

Con un resoplido de fiera se cerró  la muda ola humana, formando  una confusión revuelta  y furiosa de gorros de tapa roja. Bajo el redoble de los pies resonaban pegajosos y blandos los golpes... Pero del portal de la dirección Mikishara se lanzó como un milano, introduciéndose como una  cuña  en  la  alborotada  masa.  Con la  camisa  desgarrada,  pálido,  con la  boca  desencajada, vociferó:

—¡Hermanos!.... ¡Los del frente!.... ¡No permitáis este asesinato!.... —Desenvainó el sable  y blandió el acero reluciente—. No quieren ir al frente y aquí... ¿Aquí son capaces de matar a quien quieran?

 

 

 

—¡Duro con Mikishara! ¡Se ha vendido a los bolcheviques!....

Mikishara y otros ocho hombres llegados del frente con permiso formaron un verdadero muro, defendiendo de la multitud a Ignat y Pajómich.

Los viejos  insistieron  todavía  un poco y, en  pequeños  grupos,  se dispersaron  por la  plaza. Anochecía...

 

* * *

 

—Deseag-ía  escucha-g su palabg-a decisiva, subcapitán. Se compg-ende,  estamos en el debeg de  fusilag-los,  pe-go,  después de  todo, se  tg-ata de su padg-e  y de su heg-mano...  ¿Tiene  la intención de integ-cedeg en favog de ellos ante el atamán del ejég-cito?...

—Yo, señoría, he servido y serviré de todo corazón al zar y al Gran Ejército del Don... Con un gesto de actor trágico:

—Tiene usted, subcapitán, un alma noble y un cog-azón valeg-oso. Peg-mítame  que, según la costumbg-e g-usa, le bese en g-econocimiento a la abnegación demostg-ada  en el seg-vicio al tg- ono y a la patg-ia...

Tres besos en las mejillas y una pausa.

—¿Qué opina usted, queg-ido subcapitán?, ¿no pg-ovocag-á  el fusilamiento la ig-itación entg-e

las capas más pobg-es de la población cosaca?

El subcapitán Mijaíl Kramskov guardó un silencio prolongado. Luego, sin levantar la cabeza, dijo con voz sorda:

—Entre los muchachos  de la escolta hay gente segura... Con ellos los podemos  mandar  a la cárcel de Novocherkassk...  No se irán de la lengua. Y los detenidos, a veces, tratan de escapar...

—¡Le compg-endo, subcapitán!.... Puede contag con el ascenso a capitán. ¡Peg-mítame que estg- eche su mano!....

 

 

 

XII

 

EL COBERTIZO DESTINADO a los prisioneros, como un nido de arañas envuelto en sus hilos, está rodeado  de alambre  espinoso.  Dentro  de él  se encuentran   Ignat  y Pajómich,  con las  caras tumefactas y violáceas; por fuera están el pequeño hijo de Ignat, con la gorra del padre, y la vieja de Pajómich,  que, con las  manos apretando el  alambre,  permanece inmóvil en su angustia,  abre y cierra  sus  sanguinolentos  párpados.  Mantiene  la  boca  contraída,  pero  de  sus  ojos  no brotan lágrimas: ya las ha llorado todas.

Pajómich mueve trabajosamente la partida lengua:

—Que Lúkich siegue el trigo. En pago, dale la ternera de un año. Se muerde los labios y rompe en una tos seca:

—¡No te atormentes  por nosotros, vieja!.... Hemos vivido bastante... Todos  hemos de ir allí. Manda decir una misa por el descanso de nuestra alma. Pero no en memoria de «Piotr, soldado de la  Guardia  Roja»,  sino,  simplemente,  «de Piotr,  Ignat  y Grigori, caídos  en la  guerra»... De lo contrario, el pope no aceptaría el encargo... Y nada más, ¡adiós, vieja!.... Haz por vivir... Cuida al nieto. Perdóname si alguna vez te he ofendido...

Ignat tomó  a su hijo en brazos. El centinela, como si no viese nada, se volvió de espaldas. Con los dedos temblorosos, Ignat construyó al pequeño un molino.

—Padre, ¿por qué tienes sangre en la cabeza?

—Es un golpe que me he dado, hijo.

—¿Y por qué ese hombre te pegó con el fusil cuando salías del cobertizo?

—¡Él es así!.... Lo ha hecho adrede, en broma...

Guardan silencio. Los juncos producen un leve rumor bajo las uñas de Ignat.

 

 

 

—¿Vamos a casa, padre? Allí me podrás terminar el molino.

—Idos  vosotros,  la  abuela  y tú, hijo... —Los  labios  de  Ignat  tiemblan  lastimosamente,  se crispan—. Yo iré más tarde...

Ignat  camina  por el  patio  como un lobo encadenado. Arrastra  la  pierna,  medio  rota por un culatazo, y aprieta contra el pecho el pequeño cuerpecito, lo aprieta, lo aprieta.

—Padre, ¿por qué tienes los ojos mojados? Ignat guarda silencio.

Se han apagado las últimas luces del crepúsculo. De los prados, de los pantanos y de los matorrales de aliso y de arce, viene sobre los huertos una neblina que se posa formando las finas gotas plateadas del rocío. La hierba se ha pegado contra el suelo, ahora frío y húmedo.

Del cobertizo salieron en grupo compacto. El oficial de gorro de piel de astracán, alto y delgado, dijo a media voz, lanzando una vaharada de aguardiente:

—¡No los llevéis lejos!.... A la salida del jútor, entre la retama!....

En el silencio, los pasos sonoros alertados y el rechinar de los cerrojos de fusiles.

La noche había llegado sin estrellas, era una noche  de lobos. La estepa violácea había enmudecido al otro lado del Don. En la loma, pasados los trigales en pleno crecimiento, en una barranca lavada por las aguas primaverales, entre el olor de hojas descompuestas,  esa misma noche una loba paría: gemía como una mujer de parto, mordía la arena empapada en sangre, y al lamer el primer lobezno, áspero y mojado, escuchó en las inmediaciones, viniendo de la vaguada, de los matorrales, dos sordos tiros de fusil y un grito de hombre.

Levantó las orejas, alarmada, y en respuesta al grito breve y quejumbroso, dejó oír un aullido ronco y desgarrado.

 

1925

 

 

 

 

UN PADRE DE FAMILIA

 

EL SOL SE OCULTA a las afueras de la stanista, entre el débil verdor de las erizadas ramas. Voy de la stanitsa hacia el vado del Don. Bajo los pies, la arena húmeda  huele a podredumbre,  hace recordar el olor de un árbol descompuesto  e hinchado bajo el agua. El camino, como la confusa huella que deja la liebre, se desliza por los matorrales. El sol, que ha aumentado de volumen y se ha hecho de un color bermejo, se ha escondido tras el cementerio, y, siguiendo mis pasos, el anochecer azul envuelve las ramas.

La barca está amarrada al embarcadero, el agua violácea chapotea contra ella; bailando e inclinándose, gimen los remos en los toletes.

El barquero,  provisto  de  un cubo, achica  el  agua  que  cubre  el  fondo como de  gamuza. Levantando la cabeza, me mira con sus ojos oblicuos y amarillentos. Gruñe con desgana:

—¿Vas a la otra orilla? Ahora mismo salimos, ¡suelta la amarra!

—¿Deberemos remar los dos?

—Hay que hacerlo. La noche se echa encima y no se sabe si vendrá o no vendrá más gente. Remangándose los calzones, me mira de nuevo y pregunta:

—Tú no eres de estos lugares... ¿De dónde te trae Dios?

—Vengo del ejército, voy a casa.

El barquero  se quita la gorra, echa hacia atrás el pelo con un movimiento de cabeza. Es un pelo parecido a la plata nielada del Cáucaso. Me guiña un ojo y muestra unos dientes comidos por la caries.

—¿Cómo vienes?, ¿con permiso o te has escapado?

—Desmovilizado. Han licenciado a mi quinta.

—Ya, así es más tranquilo...

Empuñamos los remos. El Don, como jugando, nos arrastra hacia un bosquecillo inundado de la orilla opuesta. El agua roza con sonido seco el rugoso fondo de la barca. Los pies descalzos del barquero, surcados por unos tendones azules, se hinchan en fajos de músculos; las plantas lívidas resbalan  al  apoyarse  en  el  travesaño.  Sus  manos  son  largas  y huesudas,  con unos  dedos  de articulaciones  muy abultadas. Él es alto,  estrecho  de espaldas, su manera  de remar  es torpe,  se encorva mucho, pero el remo cae dócilmente sobre la cresta de las ondas y penetra profundamente en el agua.

Yo escucho su respiración acompasada; su camiseta de lana despide un penetrante olor a sudor, a tabaco y al agua del río. Suelta el remo y se vuelve hacia mí.

—Me parece que nos vamos a meter entre los árboles. Es una broma pesada, pero no hay nada que hacer, muchacho.

La corriente es más  fuerte en el centro. La barca da un brinco, sacude desobediente la parte trasera y tuerce hacia el bosque. Media hora  después llegamos a los sauces casi hundidos en el agua. Los remos se han roto. Uno de los pedazos se mueve enfadado en el tolete. El agua se filtra, rumorosa, por una pequeña vía. Nosotros nos vemos obligados a instalarnos en un árbol y pasar allí la noche. El barquero rompe con los pies unas ramas y se acomoda  a mi lado. Sin cesar de dar chupadas  a su pipa de barro, habla, a la vez que presta atención al batir de las alas de los gansos, que cortan la viscosa oscuridad sobre nuestras cabezas:

—Vas a tu casa, a reunirte con la familia... Tu madre, seguramente, te está esperando: vuelve el hijo, el sostén de la casa, el que dará calor a su vejez. Pero tú es seguro que no piensas debidamente en que ella, tu madre, pasa los días suspirando, pensando en ti, y de noche se deshace en lágrimas... Todos vosotros, los hijos, sois así... Hasta que no tenéis hijos vuestros y vuestra alma conoce los sufrimientos de los padres. ¡Y no es poco lo que a cada uno le toca pasar!....

 

 

 

A veces, cuando la mujer abre un pescado, rompe la hiel. Uno lo come, pero el guiso tiene un sabor amargo  que no se puede  sufrir. Pues eso me  ocurre  a mí: vivo, pero  a la hora de comer siempre me toca lo más amargo. En ocasiones uno se dice: «¿Cuándo va a terminar esta vida?»

Tú no eres de aquí, eres forastero. Dime tal y como te dicte la razón: ¿en qué dogal he de meter la cabeza?

Tengo una hija, Natashka,  que este año va a cumplir las diecisiete primaveras. Pues bien, me suele decir:

—Me resulta imposible, padre, sentarme a la mesa a comer  contigo. En cuanto miro tus manos, recuerdo que con ellas has dado muerte a mis hermanos y siento ganas de vomitar...

La perra no comprende por qué lo hice. ¡Todo fue por ellos mismos, por los hijos!

Me casé joven. Mi mujer era muy paridora, me trajo ocho pequeños, y al dar a luz el noveno falleció. Lo tuvo, sí, pero al quinto día la mataron las calenturas... Me quedé más solo que una chocha  en el pantano,  aunque de los hijos Dios no se llevó a ninguno por mucho  que yo se lo pedía... El mayor  se llamaba Iván... Se parecía  a mí, era muy moreno y bien parecido... Un cosaco de buena planta y muy trabajador. Otro de los hijos, cuatro  años más joven que Iván, salió a la madre: bajo, corpulento, de pelo rubio, casi blanco,  y ojos castaños. Era mi favorito, el que yo quería más. Se llamaba Danilo... El resto eran chicas y gente menuda. Casé a Iván con una moza de nuestro jútor y no tardó en tener un hijo. También tenía pensado casar a Danilo, pero vinieron unos tiempos revueltos. ¡En nuestra stanitsa se produjo un levantamiento contra el poder soviético! Al día siguiente se presentó Iván en mi casa.

—Padre —me dijo—, vámonos con los rojos. ¡Por Dios se lo pido! Debemos ponernos de su parte, es un poder que no puede ser más justo.

Danilo insistió en lo mismo. Durante largo rato trataron de convencerme, pero yo les dije:

—No os fuerzo, idos si queréis, yo no me moveré de aquí. Además de vosotros tengo a otros siete y cada boca pide un bocado.

Ellos  se  fueron  del  lugar  y nuestra stanitsa  se armó  como pudo. A mí me agarraron  y me mandaron al frente. Yo había dicho ante la asamblea:

—Señores ancianos, todos vosotros sabéis que yo soy padre de familia. Tengo a mi cargo siete hijos pequeños. Si me matan, ¿quién se va hacer cargo de mi familia?

Insistí que si esto, que si aquello, pero inútilmente... Me movilizaron, sin hacer caso a mis palabras, y me mandaron al frente.

La primera  línea  pasaba  justamente  por las  afueras  de nuestro  jútor. Y en una  ocasión,  en vísperas de Pascuas, trajeron nueve prisioneros. Entre ellos estaba Danílushka, mi tesoro querido... Los condujeron a la plaza, al comandante. Los cosacos salieron a la calle alborotando:

—¡Hay que matar a ese canalla! ¡En cuanto los saquen del interrogatorio, duro con ellos!....

Yo estaba entre ellos y las rodillas me temblaban, pero trataba de disimular mis sentimientos. Danílushka... Miré alrededor y vi que los cosacos cuchicheaban y me señalaban con la cabeza... El sargento Arkashka se me acercó, preguntando:

—Di, Mikishra, ¿ayudarás a matar a los comunistas?

—¡Sí  ayudaré a matar a esos criminales, a esos hijos de perra!....

—Toma,  pues, esta bayoneta y colócate junto al portal. —Me dio la bayoneta y añadió riendo—: Te estaremos observando, Mikishara... Mira cómo te portas, o te irá mal.

Me puse junto al portal, pensando: «Purísima Virgen, ¿es posible que vaya a matar a mi propio hijo?»

Oí que dentro del edificio daban una orden. Sacaron a los prisioneros. El primero de ellos era mi Danilo... Le miré y se me heló el alma... Su cabeza estaba hinchada, del tamaño de un cubo, como si la hubieran desollado... La sangre se le había hecho un pegote. Se la protegía con unos guantes muy gruesos para que no le  golpeasen  en ella...  Los  guantes se habían empapado de sangre y estaban adheridos al pelo... En el camino hasta el jútor no habían cesado de pegarles... Al pasar por el zaguán se tambaleaba. Me miró y alargó las manos...

 

 

 

Quería sonreír, pero sus ojos estaban cubiertos de cardenales, y uno lleno de sangre...

Lo comprendí todo: si  yo no le  golpeaba,  me  matarían  a mí y los  pequeños  se quedarían huérfanos... Llegó junto a mí.

—¡Adiós, querido padre! —dijo.

Las lágrimas le lavaban la sangre de la cara, yo... a duras penas pude levantar la mano... como si se hubiera hecho de piedra... En el puño apretaba la bayoneta. Le golpeé con la parte que encaja en el cañón del fusil. Le pegué algo más arriba de la oreja... Él lanzó un grito, trató de protegerse la cara con las manos y cayó por los peldaños del portal... Los cosacos se echaron  a reír:

—¡Dale fuerte, Mikishara! ¡Parece que sientes compasión de tu Danilka!.... ¡Pégale, o te sacaremos la sangre!....

El comandante salió al portal. Aunque cubrió a los cosacos de denuestos, en sus ojos se veía la risa... Cuando  empezaron  a golpearlos con las bayonetas,  se me enturbió la vista. Eché  a correr hacia una calleja, al volverme vi que a mi Danílushka lo arrastraban por el suelo. El sargento le había clavado la bayoneta en la garganta y únicamente se oía un estertor: grrr.

Abajo, bajo la presión del agua, crujían las tablas de la barca; el agua no cesaba de entrar.  El sauce temblaba y rechinaba largamente. Mikishara tocó con el pie la proa de la barca, que se había levantado, y dijo, dejando escapar de la pipa un haz de chispas amarillas:

—Nuestra  barca se hunde, tendremos  que permanecer en el sauce hasta mañana  al mediodía.

¡Vaya suerte!....

Permaneció largo rato en silencio y luego, bajando el tono, dijo con voz ronca:

—Esto me valió el ascenso a cabo primero...

Mucha  agua ha corrido por el Don desde entonces, pero hasta hoy día, en ocasiones, de noche me  parece  escuchar  un estertor  de  alguien  que  se  ahoga...  Es  como entonces,  cuando  salía corriendo, que oí el estertor de Danílushka... Es la conciencia, que me está matando...

Hasta la primavera sostuvimos el frente contra los rojos.

Luego  se nos unió el  general  Sekretiov  y echamos  a los  rojos  a la otra orilla del  Don, a la provincia de Sarátov. Yo soy padre de familia, pero no me hicieron concesión alguna, porque mis hijos se habían ido con los bolcheviques. Llegamos hasta la ciudad de Balashov. De Iván —el hijo mayor— no tenía la menor noticia. No sé cómo los cosacos se enteraron  de que se había ido de los rojos y prestaba servicio en nuestra batería número treinta y seis. Los paisanos me amenazaban: «Si encontramos a Vanka le sacaremos el alma del cuerpo.»

Un día ocupamos una aldea. La treinta y seis estaba allí...

Encontraron  a mi Iván y, maniatado, lo condujeron a la soinia. Los cosacos lo molieron a palos y me dijeron:

—¡Llévalo al puesto de mando del regimiento!

El puesto de mando  se encontraba  a unas doce verstas de esta aldea. El jefe me dio un papel y me dijo, sin mirarme a los ojos:

—Aquí tienes este papel, Mikishara. Lleva a tu hijo al puesto de mando: contigo irá más seguro, no tratará de escapar de su padre...

El Señor me iluminó en aquel momento. Me di cuenta:  me mandaban  a mí pensando que yo dejaría escapar a mi hijo. Luego lo agarrarían y me matarían a mí...

Llegué a la casa en que tenían preso a Iván y dije a la gente de la guardia:

—Entregadme al detenido, debo llevarlo al puesto de mando.

—Tómalo —dijeron—. No tenemos inconveniente.

Iván se echó al capote sobre los hombros; el gorro lo cogió, le dio unas vueltas entre las manos y acabó por dejarlo  en el  banco. Salimos de la aldea. Subimos a la loma vecina, él  callado  y yo callado también. Volví la vista atrás, quería convencerme  de si nos seguían. Llegamos a la mitad del campo, dejamos atrás una capilla, a nuestras espaldas no se veía a nadie. Iván se volvió hacia mí y dijo con voz lastimera:

 

 

 

—Padre,  es lo mismo, en el puesto de mando acabarán conmigo. ¿Es que tienes la conciencia dormida?

—No, Vania —le dije—, no la tengo dormida.

—¿Y no te da pena de mí?

— Sí, me da pena, hijo, mi corazón siente una angustia mortal...

— Pues si es así, déjame marchar... ¡Es tan poco lo que he vivido en este mundo!

Se dejó caer en medio del camino y me hizo tres profundas inclinaciones. Yo le contesté:

—Cuando lleguemos  a los  barrancos, hijo, tú echa a correr.  Yo, para cubrir las  apariencias, dispararé contra ti un par de veces...

Figúrate que cuando era pequeño nunca se le podía sacar una palabra de cariño. Pues entonces se arrojó  sobre mí y empezó  a besarme  las  manos... Seguimos  un par de verstas, él  callado  y yo callado también. Nos acercamos a los barrancos, él se detuvo.

—Bueno, ¡despidámonos, padre! Si salgo de ésta con vida, te guardaré respeto hasta la muerte, jamás oirás de mí una palabra grosera...

Me abrazó, mi corazón sangraba.

—¡Vete, hijo! —le dije.

Corrió hacia los barrancos, no cesaba de volver la vista atrás y de decirme adiós con la mano. Dejé que  se alejara viente brazas, me eché el  fusil a la cara, y rodilla en tierra para que no

temblara la mano, disparé contra él... por la espalda...

Mikishara estuvo largo rato buscando la bolsa del tabaco, tardó largo rato en hacer fuego con el pedernal. Encendió la pipa, haciendo chascar los labios. En el hueco de la mano brillaba la yesca, los músculos se movían  en la cara del barquero. Bajo los párpados hinchados los ojos oblicuos miraban con dureza, sin una sombra de arrepentimiento.

—Pues como iba diciendo... Dio un brinco, siguió corriendo como unas ocho brazas, se llevó las manos al vientre y se volvió hacia mí:

—¿Por qué lo has hecho, padre? —y cayó, contrayendo las piernas.

Me acerqué, me incliné sobre él: tenía los ojos en blanco y una espuma de sangre le cubría los labios. Pensé que estaba en las últimas, pero él se incorporó y dijo, agarrándome la mano:

—Padre, tengo mujer y un hijo,..

La cabeza se le dobló a un lado, de nuevo cayó redondo. Con los dedos se comprimía la herida, pero era imposible hacer nada... La sangre no cesaba de salir entre los dedos... Dejó escapar un gemido, se tumbó  de espaldas, me miró muy serio, la lengua no le obedecía... Quería decir algo, pero no cesaba de repetir: «Padre... pa... pa... dre...» Las lágrimas me vinieron a los ojos y empecé a hablar:

—Acepta por mí, Vániushka, la corona del martirio. Tú tienes mujer y un hijo, yo tengo siete pequeños. Si te hubiera dejado escapar, los cosacos me habrían dado muerte, y los niños habrían tenido que ir por el mundo a pedir limosna...

Después de un rato expiró sin soltar mi mano, que apretaba entre las suyas... Le quité el capote y las botas, le tapé la cara con un pañuelo y me volví a la aldea...

¡Y ahora júzganos, buen hombre! He sufrido tanto a causa de los pequeños, que el pelo se me ha vuelto blanco. Para darles un trozo de pan no conozco la tranquilidad ni de día ni de noche, y de ellos... Natashka, mi hija, por ejemplo, dice: «Me resulta imposible, padre, sentarme  a la mesa a comer contigo».

¿Cómo soportar todo eso ahora?

Con la cabeza colgando, el barquero Mikashara me mira con una mirada pesada y fija; a sus espaldas, un turbio amanecer comienza. En la orilla derecha, en la negra masa de álamos rizados, el parpar de los patos se confunde con el grito ronco y soñoliento:

—¡Mi-ki-sha-ra! ¡Dia-blo! ¡Trae la bar-ca!

 

1925

 

 

 

 

 

EL PRESIDENTE DEL CONSEJO MILITAR REVOLUCIONARIO DE LA REPÚBLICA

 

 

 

NUESTRA REPÚBLICA no es muy grande que digamos: en total cuenta con un centenar de casas y está situada en el barranco Tópkaia, a cosa de cuarenta verstas de la stanitsa.

Como República fue proclamada del modo siguiente: al comienzo de la primavera volví yo a mi aldea natal. Llegaba del ejército del camarada Budionny, y los ciudadanos me eligieron presidente en consideración  a que  era poseedor  de dos  órdenes  de la  Bandera Roja  ganadas por mi valor heroico  en  la  lucha  contra Wrangel1,  condecoraciones  que  el  camarada  Budionny me  impuso personalmente, con un cordial apretón de manos.

Me hice cargo de la presidencia y nuestro jútor habría seguido su vida pacífica, como todos, pero de ahí a poco en nuestra comarca apareció una banda. Sus intenciones eran las de arruinarnos por completo. Hacían incursiones y bien se apoderaban de nuestros caballos, dejándonos a cambio unos pencos inútiles, bien estropeaban las últimas sementeras.

La gente de los alrededores no era de fiar, preferían a la banda y la recibían con el pan y la sal. Al ver tal comportamiento de los Jútores vecinos, convoqué yo una asamblea y dije a los ciudadanos:

—¿Sois vosotros los que me habéis elegido presidente?

—Sí, nosotros.

—Bien,  pues,  en  nombre  de  todos  los  proletarios  del  jútor, os  pido que  observéis  nuestra autonomía y cortéis todas las relaciones con los vecinos. Son unos contrarrevolucionarios y para nosotros resulta una vergüenza hasta pisar el mismo camino que ellos,.. De ahora en adelante, nuestro jútor no se llamará jútor, sino  República.  Yo, que he sido  nombrado por vosotros, me proclamo presidente del Consejo Militar Revolucionario de la República y declaro en todo nuestro territorio el estado de guerra.

Los elementos poco conscientes callaron. Y los cosacos jóvenes, los que habían estado en el

Ejército Rojo, exclamaron:

—¡En buena hora!.... ¡No hace falta ponerlo a votación!.... Entonces empecé yo mi discurso:

—Ayudemos,  camaradas, a nuestro poder soviético y combatamos contra la banda hasta verter la última gota de sangre, porque la banda es una hidra, una víbora que trata de morder al socialismo universal...

Los viejos, que se encontraban  en las últimas filas, en un principio se resistían, pero yo proseguí mi agitación en los tonos más violentos y acabaron por estar de acuerdo conmigo en que el poder soviético es la madre que nos da el sustento, y todos debíamos defenderlo categóricamente.

Allí mismo, en la reunión, escribimos un papel al comité ejecutivo de la stanitsa pidiendo que nos mandaran fusiles y cartuchos. Para llevarlo fuimos encargados yo y el secretario, Nikón.

A buena hora, con el amanecer, enganché la yegua y nos pusimos en camino. Habíamos hecho diez verstas cuando, a la entrada de una barranca vi que el viento arrastraba el polvo a lo largo del camino. Tras el polvo, cinco hombres venían al galope a nuestro encuentro.

El corazón me dio un vuelco.  Comprendí  que los  que  se acercaban  eran  enemigos  mortales nuestros, gentes de la banda.

Ninguna iniciativa tomamos el  secretario  y yo. Además,  era imposible tomarla:  alrededor  se extendía la estepa pelada,  desnuda hasta mostrar  sus vergüenzas,  sin  el  menor matorral,  sin  un barranco o una quebrada, y detuvimos la yegua en medio del camino...

 

 

 

 

1 Jefe de los blancos en Crimea, último reducto de la contrarrevolución en la guerra civil.

 

 

 

Íbamos  sin  armas,  éramos  inofensivos  como un niño en  pañales.  Escapar  de  los  hombres montados habría sido hasta una estupidez muy grande.

Mi secretario, asustado por la presencia de aquellos mortales enemigos, se sentía muy mal. Vi que se disponía a saltar del carro y salir huyendo. Él mismo no sabía hacia dónde escapar. Entonces le dije:

—Tú, Nikón, estate quieto, no te muevas. Soy el presidente del Consejo Militar y tú eres mi secretario: Juntos debemos afrontar la muerte...

Pero él, como un individuo poco consciente, se tiró del carro y echó a correr por la estepa, con tal velocidad que parecía que los galgos no habrían podido darle alcance. En realidad, sin embargo, los  jinetes,  al  ver  a un ciudadano  sospechoso que corría  así por el  campo, salieron  tras él.  No tardaron en alcanzarle cerca de un pequeño montículo.

Yo me apeé dignamente, me tragué todos los papeles y documentos comprometedores y quedé a la espera de lo que ocurría. Vi que cambiaban con él muy contadas palabras y, en apretado grupo, empezaban a descargar sablazos a diestro y siniestro. El cayó al suelo, le buscaron en los bolsillos, se entretuvieron aún unos instantes y, volviendo grupas, se dirigieron hacia mí.

Vi que, bromas aparte, ya era hora de levantar el vuelo, pero, sin saber qué partido tomar, me quedé quieto. Ellos se acercaron.

A la cabeza de todos venía su atamán, uno que se llamaba Fomín. Traía toda revuelta la barba rojiza, la cara cubierta de polvo. Se me quedó mirando con ojos de fiera.

—¿Eres Bogatiriov, el presidente?

—El mismo.

—¿No te había mandado que dejases la presidencia?

—Algo he oído de eso...

Me hizo alguna otra pregunta de este género, pero sin dar a entender que montaba en cólera.

Yo sentí un arrebato de desesperación. Vi que, de todos modos, no podría conservar la cabeza sobre los hombros.

— No lo he hecho —contesté—  porque me mantengo firmemente sobre la plataforma del poder soviético, observo  sus programas  hasta el último punto y de esa plataforma, categóricamente lo declaro, no me apartaréis...

Me cubrió de obscenas injurias y me sacudió en la cabeza un terrible fustazo. Por toda la frente se me levantó un bulto enorme, del calibre de un pepino grande de los que las mujeres dejan para simiente...

Me pasé los dedos por el bulto y le dije:

—Está muy mal eso de que os portéis como fieras por causa de vuestra ignorancia, pero yo hice la guerra civil, aniquilé sin piedad a todos los Wrangel, poseo dos condecoraciones del poder soviético, y vosotros para mí sois una nulidad. No os veo ni delante de las narices...

Por tres veces me echó el caballo encima con la intención de que me pisoteara, y me sacudió con la fusta, pero yo me mantuve firme en mis posiciones, lo mismo que todo nuestro poder soviético. Lo único que consiguió fue que el caballo me lastimase una rodilla y que, después de tantos golpes, los oídos me zumbasen terriblemente.

—¡Ve por delante!....

Me condujeron hacia el montículo, allí se encontraba  mi Nikón todo bañado en sangre. Uno de ellos echó pie a tierra y lo volvió con el vientre hacia arriba.

—Mira —me dijo—, te haremos ahora mismo lo mismo que a tu secretario si no reniegas del poder soviético...

Los calzones y los calzoncillos de Nikón habían sido bajados y las vergüenzas  se las habían cortado  todas a sablazos. Me produjo dolor ver tal atrocidad y volví la cabeza. Pero Fomín  dijo entre dientes:

—¡No vuelvas la nariz! A a ti te haremos exactamente lo mismo y a vuestro  jútor, ese nido de comunistas, le pegaremos fuego por los cuatro costados...

 

 

 

Yo me inflamo muy pronto, no pude contenerme y le dije con toda mi rabia:

—Que el cuclillo cante en la arboleda mi muerte. Y en lo que se refiere a nuestro jútor, no está solo. ¡Como él hay más de mil en Rusia!

Saqué la bolsa del tabaco, hice fuego con el pedernal, encendí el pitillo. Fomín tiró de la brida, echó el caballo sobre mí y   dijo:

—¡Danos  de fumar, hermano! Tienes un buen tabaco,.nosotros  hace más de una semana que fumamos estiércol de caballo. A cambio de eso no te torturaremos,  te mataremos a sablazos como en leal combate y avisaremos a tu familia para que vengan a recogerte y te entierren... ¡Pero rápido, que no tenemos tiempo que perder!....

Yo tenía la bolsa en la mano. Me parecía un ultraje que el tabaco crecido en mi huerto, que olía a hierbas aromáticas y había sido preparado en tierra soviética, lo fumasen aquellos malvados parásitos. Los miré: estaban temblando al pensar que yo podía tirar al viento el tabaco. Fomín, desde la silla, alargó la mano en busca de la bolsa. Vi cómo temblaba.

Pero yo me las arreglé para tirar el tabaco y dije:

—Matadme como queráis. Yo moriré de los sables cosacos; vosotros, amigos, no os libraréis de veros colgados del cigoñal de un pozo. ¡La diferencia no es grande!....

Con toda la sangre fría, empezaron  a descargar sablazos sobre mí; caí en la tierra fría. Fomín me hizo dos disparos con su revólver, en el pecho y en una pierna: pero en ese momento,  oí de la parte del camino:

—¡Puf!.... ¡Puf!....

Las  balas  empezaron   a  zumbar   alrededor,  entre  las  hierbas.  Mis  asesinos,  presa  de  gran confusión, escaparon a uña de caballo. Vi que los milicianos de la stanitsa hacían fuego a lo largo del camino. Pude ponerme  en pie y corrí unas quince brazas. La sangre me cubría los ojos y la tierra me daba vueltas.

Recuerdo que grité:

—¡Hermanos,  camaradas, salvadme!

Y la luz del día se apagó en mis ojos...

Dos meses me pasé en la cama como un leño. La lengua no me obedecía y la memoria la había perdido. Cuando me di cuenta de las cosas comprendí  que me faltaba una pierna: me la habían cortado a causa de la gangrena...

De vuelta  a  casa,  a  la  salida  del  hospital  del  distrito,  cojeaba  con ayuda  de la  muleta  para sentarme en el poyo cuando vi que el comisario militar de la stanitsa cruzaba el patio y se acercaba hacia mí. Sin saludarme siquiera, preguntó:

—¿Por qué te haces llamar presidente del Consejo Militar Revolucionario? ¿Por qué has convertido el jútor en República? ¿No sabes que todo nuestro país es una República? ¿Por qué has implantado la autonomía?

Por toda respuesta, le dije así:

—No adopte un tono tan severo, camarada. En cuanto  a lo de la República, lo puedo explicar: fue implantada debido  a la  presencia de la  banda. Ahora,  que ha vuelto  la  paz, somos el  jútor Topchanski.  Pero téngalo  muy presente:  si  las  hidras  blancas  y demás  canalla  atacan al  poder soviético, de cada jútor haremos una fortaleza y una república; pondremos  a caballo a los viejos y a los mozos, y yo, aunque he perdido una pierna, seré el primero, categóricamente, en ir a derramar mi sangre.

No tuvo nada que objetar, me dio un fuerte apretón  de manos y se marchó  por donde había venido.

 

1925

 

 

 

 

 

EL SENDERO TORCIDO

 

 

 

 

PARECÍA AYER cuando Niurka era aún una mozuela torpe y zanquilarga.  Andaba sin  gracia, pisaba con los pies torcidos y movía mucho los largos brazos. Al encontrarse con un extraño se hacía a un lado y miraba bajo el pañuelo con unos ojos turbados y como salvajes. Pues bien, ahora se había cruzado  en el camino de Vaska una moza de amplios senos y esbelta, al andar miraba de frente y con una leve sonrisa en los labios. Vaska sintió como si una brisa templada de primavera le diese en la cara.

Por un instante arrugó los párpados, luego se volvió, la siguió con la mirada hasta la curva y puso el caballo al trote. Ya en el abrevadero, mientras quitaba la brida a su montura,  sonrió, recordando el encuentro. Ante  sus ojos, sin poder explicarse la razón, tenía los brazos de Niurka rodeando —seguros y suaves— el pintarrajeado balancín, y los cubos verdes que se balanceaban al compás del paso. A partir de entonces trató de verla todo lo posible. Al río iba, de propio intento, por la última calle, donde estaba la casa del padre de Niurka, y cuando la veía tras la cerca o en el hueco de la ventana, un cálido sentimiento de alegría inundaba su pecho; tiraba de la brida y trataba de frenar el paso del caballo.

El viernes de la semana siguiente, montado,  se acercó a los prados a ver cómo se encontraba el heno. Después de la lluvia, de él salía un ligero vapor y olía dulcemente a fermento. Junto  a los almiares de los Avdéiev vio a Niurka. Caminaba recogiéndose la falda y jugueteando con una rama. Se acercó a ella.

—¡Hola, preciosa!

—Hola, si no vienes en son de broma. —Y sonrió. Vaska saltó del caballo y tiró la brida.

—¿Qué buscas, Niurka?

— Nuestro ternero se ha perdido... ¿No lo has visto?

— La dula pasó hace bastante rato hacia la stanitsa. No recuerdo haberlo visto.

Sacó la  bolsa  del  tabaco, lió un enorme pitillo y mientras  ensalivaba  el  papel  de periódico, preguntó:

—¿Cuándo has tenido tiempo de ponerte tan guapa, moza?

Hasta hace poco jugabas al tejo en la arena, y ahora... ¡hay que ver! Los ojos de Niurka se entornaron  en una sonrisa. Contestó:

—Así son las cosas, Vasili Timoféievich. También tú hace poco ibas sin calzones a cazar mirlos en la estepa, y ahora seguramente tendrás que agacharte para entrar en casa...

—¿Por qué no te casas? —Vaska encendió una cerilla y lanzó una bocanada de humo. Niurka suspiró, siguiendo la broma, y juntó las manos con un gesto de desconsuelo:

—¡No hay quien me pretenda!

—¿Y yo qué tengo de malo?

Vaska quiso sonreír, pero la sonrisa le salió torcida y torpe. Recordó su imagen tal y como la veía en el espejo: las mejillas todas cubiertas de las señales de la viruela que había padecido de pequeño, el flequillo rizado que le caía rebelde sobre la frente.

—Eres algo picado de viruelas, pero por lo demás no estás mal del todo.

—No vas a beber agua de mi cara... —replicó Vaska, enrojeciendo. Niurka dejó entrever apenas una sonrisa. Meneando la rama, dijo:

—En eso tienes razón... Pues mira, si te agrado manda a pedirme.

Dio la vuelta  y se encaminó  hacia la stanitsa.  Vaska se quedó largo  rato sentado al  pie del almiar, deshaciendo entrelas palmas de la mano las hojas, de un olor empalagoso, y pensando: «

¿Se burla o no se burla de mí la zorra?» Del río y del bosque venía un fresco relente.

 

 

 

La niebla, muy baja, se retorcía sobre la hierba segada, movía  sus tentáculos grises y fofos entre los tallos punzantes, envolvía en un vapor esponjoso los almiares, a los que daba un vago aspecto de cabezas de mujer. Tras los tres álamos, por donde el sol se había ocultado para pasar la noche, el cielo se había teñido del color del escaramujo y las nubes encabritadas parecían pétalos marchitos.

 

* * *

 

La familia de Vaska se componía de la madre y de una hermana.  Su casa se levantaba a las afueras de la stanitsa. Era una construcción fuerte, rodeada  de escasas dependencias. El padre de Vaska había vivido pobremente.

Por esta razón, el domingo, mientras se ataviaba con el colorido mantón de flores, dijo la madre de Vaska:

—Yo, hijo, no es que tenga nada en contra,  Niurka es una moza trabajadora y lista, pero somos pobres y su padre no te la entregará a ti... ¿Conoces el genio de Osip?

Vaska, que se estaba poniendo las botas, guardó silencio, aunque las mejillas se le cubrieron de rojo. Bien podía ser por el esfuerzo —las botas le venían muy apretadas—, bien por alguna otra razón.

La madre se limpió con una punta de mantón los labios, secos y pálidos, y añadió:

—Voy a ver  a Osip,  pero  será una vergüenza  si  me pone en la  puerta.  Se reirán  en toda la

stanitsa… —Hizo una pausa y, sin mirar a Vaska, murmuró—:  Bueno, me voy.

—Ve, madre... —Vaska se puso en pie y sonrió sin ganas.

 

* * *

 

Limpiándose con la manga la frente cubierta de un sudor pegajoso, la madre de Vaska dijo:

—Vosotros, Osip Maxímovich, tenéis la mercancía. Nosotros tenemos el comprador... Es lo que me trae aquí... ¿Que piensas?

Osip, sentado  en el banco,  se retorció la barba. Mientras limpiaba el polvo, ofreciendo sitio, contestó:

—Verás, Timoféievna... A mí no es que me parezca mal... Vasili es un mozo que vendría bien en nuestra hacienda. Pero no queremos casar todavía a la chica... Es pronto para ella... Se llenarían de hijos...

—Entonces, perdonadme la molestia. —La madre de Vaska apretó los labios y, levantándose del arca, hizo un saludo.

—La molestia no ha sido gran cosa... ¿Tanta prisa tienes? ¿Te quedas a comer con nosotros?

—No, no... tengo que volver a casa... Adiós, Osip Maxímovich...

—Que el Señor te acompañe —gruñó  el amo de la casa, sin ponerse en pie, cuando la puerta se cerraba con un portazo.

Del patio llegó la madre de Niurka. Mientras echaba semillas de girasol en una sartén, preguntó:

—¿Qué asunto le traía a la Timoféievna? Osip lanzó un juramento y escupió:

—Venía  a pedir la chica para su picado de viruelas... ¡Esa liendre apestosa quiere acercarse a la gente.... Que se abra él mismo camino! Y también ella... —concluyó con un gesto despectivo—,

¡una calamidad!....

 

* * *

 

Había terminado  la  siega.  Las eras, rojizas  y greñudas con las  fajinas  de centeno  sin  trillar, miraban como  esperando desde dentro  de las cercas. Los hombres aguardaban el comienzo de la trilla, el trabajo, ajetreados junto a las máquinas. Sus voces eran roncas, esforzadas:

—¡Venga!.... ¡Venga!.... ¡Venga!....

 

 

 

El otoño entraba cargado de lluvias, envuelto en una neblina gris.

Por la mañana la estepa se cubría de una niebla parecida a la tiña del caballo. El sol se asomaba turbado por entre las  nubes, lastimero  en su impotencia. Sólo los bosques, no abrasados por el calor, dejaban rumorear libremente sus hojas, verdes y flexibles como en la primavera.

Los  chaparrones se sucedían a menudo,  uno tras  otro, como una  larga  hilera  en  la  niebla resbaladiza y desagradable. Los patos salvajes, no se sabía la razón, volaban del Este al Oeste, y las fajinas, hundidas y cubiertas de una capa fermentada y pardusca, ofrecían el aspecto de una persona enferma.

La tierra  sin  labrar  permanecía  sumida  en  la  modorra  que anticipaba  el  otoño. Los prados florecían con tonos verdes, pero su brillo era engañoso, como el rojo de las mejillas del hombre devorado por la tisis.

Vaska era el  único que sentía florecer  la  alegría  turbulenta del  cardo. Todos los  días veía  a Niurka,  ya  se encontraba  con ella  en  el  río, ya por las  noches  en  el  baile.  El mozo parecía embobado, hecho un fideo, ningún trabajo le salía bien...

Así las cosas, un día fosco de otoño, el acordeón que antes gemía lastimero como un perro sin amo, atronó alborotador, sofocado por la risa...

Grishka el secretario de la célula de las Juventudes Comunistas de la stanitsa, acudió a la casa de

Vaska. Al verle agitó las manos, su sonrisa abría un surco de oreja a oreja.

—¿De qué te ríes? ¿Has encontrado un tesoro? —preguntó  Vaska.

—¡No digas tonterías!.... No se trata de ningún tesoro... —Hizo una pausa para tomar aliento y lanzó  de  un golpe—:  ¡Nuestra  quinta  va  al  ejército!....  ¡Debemos  presentarnos dentro  de tres días!....

Vaska  sintió  como si  alguien  le  hubiera  sacudido  un garrotazo  en  la  cabeza.  Su  primer pensamiento fue: «¿Y Niurka?» Se pasó la mano por la frente y preguntó con voz sorda:

—¿Por qué te alegras de esa manera?

Las cejas de Grishka se levantaron hasta el mismo pelo:

—¿Cómo no me voy a alegrar? Iremos al ejército, estúpido, veremos mundo. Aquí, lo único que hay es estiércol,.. Y allí, en el ejército, hermano, tendremos ocasión de estudiar,..

Vaska dio la media vuelta y se dirigió a la era con la cabeza muy baja, sin volver la vista atrás...

 

* * *

 

Aquella noche, junto a la abertura practicada en la cerca del huerto de Osip, Vaska esperaba a Niurka.  Ella llegó  tarde, envuelta en el  chaquetón del  padre. La humedad de la noche le hacía estremecerse.

Miró Vaska sus ojos, pero no vio nada. Parecía que no tuviera ojos, que sus cuencas estuviesen vacías.

—Tengo que marchar al servicio, Niura...

—Ya lo he oído.

—¿Y tú, qué vas a hacer?... ¿Me esperarás? ¿No te casarás con otro?...

Niura dejó escapar una risita; la voz y la risa le parecieron a Vaska extrañas, desconocidas.

—Te tenía dicho que no haría caso de mis padres, que me casaría contigo. Y me habría casado... Pero ahora no,.. Esperar dos años no es una broma... Acaso tú encuentres  a una de la ciudad, ¿es que yo me voy a quedar  soltera? ¡No soy tan tonta!.... Busca  a otra,  es posible que consienta en esperarte...

Vaska habló durante largo rato, tartamudeando y sacudiendo la cabeza. Rogó,  juró, perjuró. Pero Niurka rompió sonoramente una rama seca que tenía entre las manos y su única respuesta  a Vaska fue una palabra seca y dura:

—¡No! ¡No!

Finalmente, Vaska, dominado por la cólera, respirando violentamente, gritó:

 

 

 

—¡Conforme, zorra!.... ¡Si no eres para mí, no serás para  nadie!  ¡Si te casas con otro no te escaparás de mis manos!

—Tus brazos son demasiado cortos, no llegarán hasta mí... —replicó Niurka.

—¡Ya me las arreglaré para llegar!....

Sin despedirse, Vaska saltó la cerca y atravesó el huerto, pisoteando y mezclando con el barro las hojas amarillas caídas de los árboles.

 

* * *

 

Al día siguiente por la mañana se metió en el bolsillo de la pelliza medio pan, echó, a escondidas de la madre, varios puñados de harina en una bolsa y se dirigió a la casa del guardabosque.

Después de la noche sin sueño sentía la cabeza pesada, los ojos, hinchados, le lagrimeaban y en todo su cuerpo sentía una sensación dulce y dolorosa. Evitando los charcos, se acercó al portal. El guardabosque estaba sacando agua del pozo.

—¿Vienes a verme a mí, Vasili?

—A usted mismo,  Semión  Mijáilich...  Antes  de marchar al  servicio  querría salir  a cazar  un rato...

El guardabosque  se acercó  con el  cubo, inclinándose  hacia  el  lado  izquierdo,  y entornó los párpados.

—¿Este domingo?

—Me encontré con una liebre...

Entraron  en la casa. El guardabosque colocó el cubo en el banco y sacó del cuarto una vieja escopeta. Vaska, mirando ceñudo a un rincón, dijo:

—Necesitaría el fusil... Tengo echado el ojo a un zorro en el barranco Sénnaia.

—El fusil te lo puedo dejar, pero no hay cartuchos. —Yo guardo alguno.

—Entonces, llévatelo. A la vuelta te acercas. ¡A ver si puedes presumir!.... Bueno, que tengas suerte... —despidió el guardabosque, sonriendo, a Vaska, que ya se alejaba.

 

* * *

 

A cuatro verstas de la stanitsa, en un lugar del bosque donde la barranca, lavada por las aguas de primavera,  se  ramificaba  en abruptos  escalones,  bajo  una  retorcida  raíz  que la  corriente  había puesto al descubierto, Vaska abrió, en la aceitosa arcilla, una pequeña guarida en la que apenas si podría albergarse un lobo. En ella vivió cuatro jornadas.

De  día,  en  el  bosque,  en  el  fondo de  la  barranca,  se  sentía  un suave  frescor  y un aroma embriagador y estimulante de las hojas de roble al podrirse. De noche, bajo los rayos oblicuos y danzarines de la luna en cuarto menguante, la barranca parecía como si no tuviese fondo; y arriba, los rumores, el crujir de las ramas creaban una vaga sensación de inquietud. Era como si alguien se hubiese ocultado sobre el quebrado festón del borde y se asomase  hacia abajo. De tarde en tarde, después de la medianoche, los lobos jóvenes se llamaban.

De día, Vaska salía de la barranca, moviendo perezosamente las piernas, cruzaba los espesos matorrales de espino, por entre los desnudos avellanos, por las cortadas cubiertas con un palmo de hojas  anaranjadas.  Y cuando  a través  de la marchita cortina de hojas  que no acababan  de caer divisaba el espejo pálido verdoso del río, sobre el que  se levantaban los pequeños cubos de las casas de la stanitsa, Vaska sentía un dolor sordo cerca del corazón. Tumbado largamente sobre la abrupta orilla, oculto entre el ramaje, miraba a las mujeres que iban al río por agua. El segundo día vio a su madre, quiso llamarla, pero de una calleja lateral salió un carro. El cosaco hacía chasquear el látigo y miraba hacia el río.

Durante toda la primera noche, desde que se tumbó  en el montón de hojas secas y rumorosas, no pudo pegar los ojos; Vaska pensaba y comprendió que el sendero elegido no le conduciría a nada

 

 

 

bueno. Por  él  únicamente  podía  llegar  a  un fin funesto,  como el  de  los  salteadores.  También comprendió Vaska que todos se ponían contra él. Niurka y los muchachos  de su quinta que, despedidos por la complicada melodía del acordeón,  se iban al ejército. Ellos harían su servicio, si era necesario acudirían en defensa de los Soviets. Pero él, Vaska, ¿a quién iba a defender?...

En el bosque, entre la hojarasca, como el lobo acosado, como un perro rabioso, moriría de la bala de uno de su propia stanitsa. Y eso él, Vaska, hijo de un pastor  e hijo fiel del poder de los pobres.

Apenas había apuntado una franja violácea por el Este, Vaska tiró el fusil en la barranca y se dirigió hacia la stanitsa, acelerando sin cesar la marcha:

«¡Me presentaré!.... Que me detengan. Me condenarán,  pero estaré con la gente... ¡Serán los míos los que me juzguen!....», le daba vueltas dolorosamente a la cabeza. Llegó al río y se detuvo. Tras la arena, tras las cercas de las casas, las chimeneas lanzaban columnas de humo y mugían los animales. Un escalofrío de miedo le corrió la espalda y le bajó hasta los talones:

«Me condenarán a tres años... ¡No, no iré!....»

Dio media  vuelta  y como un zorro viejo  que  escapa de  la  persecución,  volvió al  bosque, esforzándose en confundir las huellas.

Al sexto día se le acabaron la harina y el pan que había traído de su casa. Vaska esperó que se hiciera de noche y con el fusil en bandolera, silenciosamente, tratando de pisar sin ruido, llegó al río. Bajó al vado. La arena, granulosa y húmeda, conservaba las rodadas de los carros. Cruzó al otro lado y, por las afueras, se encaminó a la era de Osip. A través de las ramas peladas de los manzanos se veía luz en la ventana.

Vaska se detuvo. Le dominaba el deseo de ver a Niurka, de hablarle, de lanzarle un reproche a la cara. Por culpa de ella se había convertido en prófugo, por su culpa se perdía en el bosque.

Saltó la cerca, dejó atrás el huerto, corrió hacia el portal y tiró del picaporte: la puerta no estaba cerrada. Entró en el zaguán: el calor de la vivienda le golpeó, creyó que se mareaba.

La madre de Niurka estaba amasando  la pasta de unos bollos. Al oír el ruido de la puerta se volvió, lanzó una exclamación y dejó caer la batea que tenía en la mano. Osip, sentado junto a la mesa, carraspeó. Niurka exhaló un chillido y se retiró escapada al cuarto.

—Buenas noches —dijo Vaska con voz ronca.

—Bue-nas... no-ches... —gruñó Osip, a duras penas.

Sin quitarse el gorro, Vaska entró en el cuarto. Niurka estaba sentada en el arca, sus rodillas temblaban levemente.

—¿No te alegra verme, Niurka? ¿Por qué te callas? —Vaska se sentó en el arca, dejando el fusil a su lado.

—¿De qué puedo alegrarme? —murmuró ella con voz cortada. Y juntando las manos, siguió, conteniendo las lágrimas—: Vete, por Dios te lo pido, ¡vete de aquí!.... La milicia del distrito anda por ahí buscando un serpentín  de los que fabrican ilegalmente vodka...  Te encontrarán... ¡Vete, Vaska! ¡Ten compasión de mí!....

—Y tú, ¿has tenido compasión de mí?

 

* * *

 

Apenas había cerrado Vaska la puerta a sus espaldas, Osip hizo un guiño a su mujer y mirando de reojo hacia el cuarto,  de donde salía el murmullo sofocado de Niurka, dijo con voz ronca:

—¡Corre a casa de Semión! ¡La milicia está allí! ¡Que vengan ahora mismo!....

La madre de Niurka abrió sin ruido la puerta y se lanzó al patio como una sombra oscura. Vaska, tragando con un esfuerzo la saliva, pidió:

—Dame un trozo de pastel, Niurka,.. Hace dos días que no como nada...

 

 

 

Niurka se levantó, pero la puerta de la cocina se abrió violentamente. En el hueco apareció la madre de Niurka con una lámpara en la mano. El pañuelo se le había torcido y sobre la frente le caía un mechón de pelo sudoroso. Gritó con voz chillona:

—¡Llevaos a ese hijo de perra, camaradas de la milicia! ¡Ahí lo tenéis!....

Por  detrás de su hombro  se asomó  un miliciano  que quiso  entrar  en el  cuarto.  Pero Vaska empuñó con mano firme el fusil, descargó un culatazo contra la lámpara, se puso de un saltó junto a la ventana, que abrió de una patada, y se tiró por ella, cayendo pesadamente en el jardincillo que bordeaba la casa.

El frío le abrasó la cara por un instante. Dentro  se produjo una confusión de chillidos y ruidos. Resonó la puerta del zaguán.

Vaska cruzó ágilmente la cerca y, con el fusil terciado, corrió a saltos hacia la era. Por detrás de él oyó el ruido de pasos y una voz que gritaba:

—¡Alto, Vaska!       ¡Alto, o disparo!....

Por la voz, Vaska reconoció al miliciano Proshin. Se echó el fusil a la cara, se volvió y disparó sin apuntar. Por detrás resonó el tiro seco del revólver. Al saltar la cerca de la era, Vaska sintió en el hombro izquierdo un dolor que le abrasaba. Era como si alguien le hubiese golpeado sin fuerza con un palo caliente. Sobreponiéndose al dolor, tiró del cerrojo. El cartucho vacío dio un chasquido al ser lanzado. Cargó el fusil y, apuntando  a la silueta negra que se movía  entre los claros de los manzanos, apretó el gatillo.

Inmediatamente después, oyó que Proshin exclamaba con voz apagada:

—El canalla... en el vientre ¡O-o-oh!....

Cruzó el  vado sin  sentir el  frío del  agua. Por  detrás resonaban los  pasos lentos  del  segundo miliciano. Cada vez que se volvía, Vaska podía ver los negros faldones del capote, levantados por el viento, y la mano que empuñaba el revólver. Las balas silbaban a su alrededor...

Desde lo alto  de la otra orilla,  Vaska envió  otra bala  al  miliciano,  que  se alejaba del  río y, desabrochándose la camisa, aplicó los labios a la herida. Durante largo rato chupó una sangre caliente y salada. Luego ensalivó un poco de tierra, que crujía entre los dientes, y la aplicó a la herida. Sintiendo que a la garganta le afluía un inoportuno grito, apretó las mandíbulas.

 

 

 

* * *

 

Al día siguiente, poco antes del atardecer,  se arrastró  hasta el río y quedó al acecho entre los matorrales.  Su hombro,  inflamado,  se había  puesto  de un rojo violáceo,  la  camisa  se  le  había pegado a la herida y no sentía dolor alguno; únicamente le molestaba al mover el brazo izquierdo.

Así permaneció largo rato, escupiendo la saliva que sin cesar le llenaba la boca. En la cabeza sentía un vacío como el que sigue a la borrachera. El hambre le producía  náuseas, mascaba juncos y, al escupir, se quedaba mirando los verdes salivazos.

Las mujeres se acercaban  a la otra orilla del río, sacaban agua con sus cubos  y se alejaban, balanceándose. Ya era casi oscuro cuando de una calleja salió una mujer, que se dirigió hacia el río. Vaska se incorporó sobre el codo. El dolor que le atravesó el hombro le arrancó una imprecación. Su mano apretó furiosa el cañón frío del fusil.

La madre de Niurka se acercaba al río. El pañuelo de lana le caía hasta los mismos ojos. Parecía llevar prisa. Vaska, con mano temblorosa, levantó el seguro. Se frotó los ojos y miró atentamente.

«Sí,  es ella.» Una blusa de un amarillo tan vivo como la de la madre de Niurka era única en la

stanitsa.

Vaska, al estilo de los cazadores, apuntó a la cabeza, al pañuelo de lana.

—¡Ahí va eso, zorra, por haberme denunciado!.... Resonó el disparo. La mujer tiró los cubos y sin lanzar un solo grito corrió hacia las casas.

—¡Diablos!.... ¡He fallado!....

 

 

 

La blusa amarilla bailó de nuevo en el punto de mira. Después del segundo disparo, la madre de

Niurka, como contra su voluntad, se tumbó en la arena y se hizo un ovillo.

Vaska se trasladó sin prisa a la otra orilla y, con el fusil terciado, se acercó a su víctima.

Se inclinó sobre ella. Sintió un olor cálido de sudor de mujer. Vaska vio la blusa abierta y el cuello  roto de  la  chambra.  En el  desgarrón   se  destacaba  el  erecto  pezón  sonrosado  del  seno izquierdo. Algo más abajo presentaba el agujero irregular de la salida de la bala y una roja mancha de sangre que había florecido en la chambra como el tulipán de la estepa.

Vaska miró bajo el pañuelo, que cubría la frente, y sintió que a sus ojos miraban los ojos turbios de Niurka.

Niurka se había puesto la blusa de la madre para ir a buscar agua.

Comprendiéndolo así, Vaska lanzó un grito y cayó sobre el cuerpo pequeño e inmóvil que yacía encogido en el suelo. De su garganta salió un aullido largo y penetrante de lobo. Mientras tanto, de la stanitsa corrían ya los cosacos armados de garrotes. A la altura del primero iba un perrito lanudo que se revolvía como una anguila, chillaba y saltaba alrededor de él, empeñado en lamerle la barba.

 

1925

 

LA BÍGAMA

 

 

 

SOBRE LA LOMA, tras la distanciada estacada de los postes de telégrafo, inclinan los bosques sus espinazos erizados: el de Kachálov, el del Atamán, el de Rogozhin. Una ladera, invadida por el algodonoso espino, se apoya en el poblado de Kachálovka. Las casas, de reducidas dimensiones y bajas, se extienden casi hasta las mismas obras colectivas.

Arseni Kliukvin, presidente de la colectividad de Kachálovka, se mantiene con las piernas muy separadas y ligeramente inclinado hacia delante, junto a un cado de citilo. El viento agita la camisa, que lleva sin ceñir, y empuja las gotas de sudor de la frente al entrecejo. Junto a él está el abuelo Artiom, que, con la mano rugosa a modo de visera, mira cómo tras los olorosos montículos de los cados de citilo el tractor levanta y deshace enormes  terrones  de un brillo lustroso. Desde por la mañana han arado cuatro  desiatinas. Es la primera prueba. La alegría ha dejado la garganta de Arseni seca como la pez. Sigue con la mirada, hasta el final del surco, el lomo jorobado del tractor y pasando la lengua por los labios, pardos a causa del calor, dice:

—¡Ahí tienes, abuelo Artiom, lo que es la máquina!....

El abuelo, carraspeando y gimiendo, echa a andar por el revuelto surco, sin detener el paso, coge con su mano nudosa un puñado de tierra parda, la deshace y se vuelve hacia Arseni. Tira el gorro al suelo, removido por las rejas y dice con voz dolida:

—¡No puedes imaginarte lo que esto representa para mí! Durante cincuenta años he trabajado para el buey y el buey ha trabajado para mí... Durante el día labraba, de noche tenía que levantarme a echarle de comer, sin conocer el sueño... Y con el invierno volvía la necesidad... ¿Qué quieres que piense ahora?

El abuelo señala con el mango del látigo el tractor, hace un gesto de amargura y, hundiéndose el gorro hasta las cejas, se aleja sin volver la vista atrás.

El sol se ha ocultado al otro lado del montecillo. El anochecer primaveral envuelve rápidamente la estepa. El maquinista baja del tractor y se limpia con la manga el polvo blanquecino que le cubre la cara.

—Es hora de cenar. Ve a casa, Arseni Andréievich. Las mujeres habrán ordeñado las vacas y podrás traer leche calentita.

Arseni marcha por entre los brotes de trigo de otoño  hacia su casa. Al empezar  a subir una cuesta, oye el chirrido de un carro y una voz plañidera de mujer:

—¡Arre, malditos! ¿Qué voy a hacer con vosotros, sucios?... ¡Arre!....

A un lado del camino, en la tierra arcillosa humedecida por el rocío vespertino, hay unos bueyes uncidos a un carro. El vapor  se desprende de sus lomos, sudorosos. La mujer va de un lado a otro moviendo el látigo y sin saber qué partido tomar.

Arseni llega junto a ella.

—Buenas tarde, moza.

—Buenas tardes, Arseni Andréievich.

Una cálida alegría azota a Arseni, sus rodillas tiemblan.

—Pero ¿eres tú, Anna?

—La misma. Estos bueyes son un tormento, no quieren seguir... Una verdadera calamidad...

—¿De dónde vienes?

—Del molino. Allí han cargado demasiado centeno y ahora los bueyes se niegan a moverse.

A Arseni no le cuesta nada despojarse del chaquetón, que lleva echado sobre los hombros, y dárselo a la mujer. Ríe:

—¿Habrá recompensa si te ayudo a salir? —dice, tratando de mirarla a los ojos.

—¡Ayúdame, por Dios te lo pido!.... Ya nos arreglaremos...

 

Arseni tiene veintiséis años y las fuerzas no le faltan. Traslada seis sacos a lo alto de la cuesta.

 

Cubierto de sudor, baja la barranca. Se sienta junto al carro, tomando aliento.

—¿Has recibido noticias de tu marido?

—Los cosacos que volvieron del otro lado del mar, del_ ejército de Wrangel, dicen que murió en tierras turcas.

—¿Cómo piensas vivir?

—Seguiré como hasta ahora... Bueno, tengo que seguir. Ya se me ha hecho tarde. Gracias por la ayuda, Arseni Andréievich.

—Las gracias no sirven para gran cosa...

La sonrisa  se  heló  en  los  labios  de Arseni.  Durante  unos instantes  permaneció  en  silencio. Luego, inclinándose, agarró, fuertemente con la mano izquierda la cabeza envuelta en un pañuelo blanco y apretó  sus labios contra los labios de ella. Con su mano temblorosa y fría, cubierta de callos, Anna le dio una bofetada. Apartándose y arreglándose el pañuelo, que se había torcido, dijo con voz llorosa:

—¡No tienes vergüenza, puerco!

—¿Por qué gritas? —preguntó Arseni, bajando el tono.

—¡Porque estoy casada! ¡Eso no está bien! ¡Busca a otra para hacerlo!.... Anna tiró de los bueyes. Desde el camino gritó, y en su voz había lágrimas:

—Todos sois lo mismo que los perros, siempre buscáis lo mismo... ¡Arre, malditos!....

 

* * *

 

Los  huertos, vestidos  como novias,  se  revistieron  de un embriagador  rosado lechoso.  En el embalse de Kachálovka, entre las algas medio descompuestas y las raíces herrumbrosas  y resbaladizas, se junta el croar de las ranas al susurro amoroso de los gansos, entre la bruma que se levanta del agua... El tiempo era excelente. Arseni, el presidente de la colectividad, se sentía invadido de soleada alegría: la tierra no quedaría en barbecho —tenían su tractor—;  sin embargo, el corazón se sentía atormentado por la soledad, que no le dejaba vivir tranquilo... Era el tercer día que Arseni se levantaba antes que los gallos cantasen. Se dirigió al camino del molino de viento y se sentó a esperar. No le importaban los cotilleos de las mujeres, no le importaba que los mozos de la colectividad  se  guiñasen  maliciosamente  a  espaldas  de  él  y hasta  en  su  propia  cara.  Todo lo soportaría  a condición de verla, de decirle que desde aquel día de otoño en que con ocasión de la trilla  habían  removido  con las  horcas  las  fajinas  de  cebada,  ni el  trabajo  ni la  luz del  día le agradaban...

Desde lejos divisó el pañuelo blanco.

—Buenos días, Anna Serguéievna.

—Buenos días, Arseni Andréievich.

—Quería decirte unas palabras.

Ella volvió la cabeza y estrujó disgustada el delantal.

—eberías, al menos, sentir reparo de la gente... ¿Qué conversación podemos tener en mitad del camino?... ¡Qué vergüenza ante las mujeres!....

—¡Déjame hablar!

—No tengo tiempo, la vaca se va a meter en el maizal.

—¡Espera!.... Quiero pedirte que en cuanto anochezca te acerques a los alisos. He de tratar un asunto contigo...

Ella, con la cabeza hundida entre los hombros, siguió sin volver la vista.

....Cerca de los alisos, en perpetuo abrazo, los matorrales de espino crecen frondosos. De noche se oye el canto de la codorniz y la niebla traza por la hierba esponjosos senderos... Arseni esperó hasta  que  se hizo oscuro, y cuando  en lo alto  rumoreó la  arcilla,  desprendida  por unos pasos furtivos, sintió que los dedos se le quedaban fríos y su frente se humedecía de un sudor viscoso.

 

 

 

—¿Te ofendí entonces? ¡No te enfades, Anna!

—Estoy acostumbrada, sin marido...

—Bueno, quiero  hablarte  de un asunto...  Vives  como una viuda,  el  suegro no te necesita...

¿Quieres casarte conmigo? Te querré... ta, no seas tonta, ¿por qué lloras? ¡Todas las mujeres sois iguales!.... Si tienes dudas en cuanto a tu marido, caso de que viniera yo no te forzaría... Irás con él cuando lo desees...

Se sentó junto a él en el suelo. Permanecía con la cabeza muy baja. Con el tallo seco de una hierba, trazó en el suelo caprichosos dibujos.

Arseni la abrazó tímidamente, temiendo que se apartara, que levantase el grito, que le dijera algo insultante como entonces, en el camino. Pero cuando la miró a los ojos vio bajo la sombra negra del pañuelo el rastro de lágrimas que no habían acabado de secarse y una sonrisa.

—Ea,  Anna,  ¡déjalo  todo!.... Nos  inscribiremos  en  el  registro  civil,  trabajarás  con nuestra colectividad.... ¿Hasta cuándo van a durar tus penas?

 

* * *

 

Hay sequía. Al pie de las arboledas, las guadañas resuenan asustando a los cuclillos. La gente de bien no siega la hierba así: la apura hasta la raíz. Pasada la barranca de Avdiushkin, el tractor de la colectividad  arrastraba  dos segadoras. Polvo.  Calor.  Los  montones de heno se extienden  por la estepa. El sol anuncia la hora de la comida. Arseni ha dejado la horquilla, se ha sacudido de la camisa el molesto polvo y se ha dirigido al campamento  para lavarse. A su encuentro  viene su mujer, Annushka. A una versta de distancia la reconoce por su andar rápido. Lleva las provisiones de los segadores. Se ha acercado. Trae las mejillas rojas por el beso del sol.

—¿Te has cansado, Niura?... Desde el pueblo son trece verstas.

—No, no mucho. Si no fuese por el calor, resultaría fácil.

Se sentaron al pie de un almiar, uno junto a otro. Arseni acariciaba la mano de ella, endurecida por el manejo de la horquilla. La sonrisa de sus ojos le infundía ánimos.

Al atardecer, ella le aguardaba en el portal, con las manos aferradas a la barandilla, como si tuviera miedo a caerse. Sus labios estaban lívidos. Apenas si pudo articular:

—¡Arsiusha!.... Mi marido... Alexandr ha escrito desde Turquía...  Dice que va a volver...

* * * A unos la fortuna a otros el infortunio...

El trigo de los de Kachálovka se había  perdido  por completo. En los campos, pardos por la sequía, entre una espiga  y otra no se podía  oír la  voz de las  mozas. Además,  aquello  no eran espigas,  sino  unos tallos  gruesos  y vacíos  que resonaban  a hueco  bajo  el  soplo  del  viento.  En cambio, en el campo que la colectividad poseía entre el bosque de Kachálovka y el del Atamán, a lo largo del camino, allí donde hasta el otoño el viento había jugado con la tablilla de pino en la que había escrito: «Cultivo modelo», el trigo del Kubán llegaba a cubrir la tripa de un caballo. La suerte no era igual para todos...

En un principio, cuando  las  lluvias  de  primavera  regaron  abundantemente  los  campos  de Kachálovka, mientras que apenas si rozaban las sementeras de la colectividad, Yaschúrov, el rico del lugar —poseía doce pares de bueyes, una punta de caballos, molino de vapor y unos ojillos de ratón  que  se  clavaban  al  mirar—,  decía  sonriendo  irónicamente,  mientras  con unos  dientes amarillos y gruesos mordisqueaba la punta de su barba color de centeno:

—Dios ve dónde está la verdad... A quienes le respetan y honran la fe de Cristo, a ésos les envía la lluvia... ¡Así es! Y a los comunistas de la colectividad los olvida... ¡Son de-demasiado listos!.... Sin Dios, como suele decirse, no se llega al umbral...

 

 

 

Decía muchas cosas más. Y cuando al pasar por el camino, cruzados los bosques de Kachálovka, detenía su lustroso caballo pío, señalaba con la fusta la tablilla y reía, mostrando  sus amarillos colmillos de jabalí y haciendo bailar la barriga:

—¡Mo-de-lo!.... Este año lo veremos...

El tractor abría un surco profundo, hasta la rodilla, mientras los de Kachólovka arañaban la tierra de cualquier modo, tal como lo habían hecho sus abuelos. Los del lugar a duras penas si recogieron ocho medidas  por desiatina,  mientras  que  en  la  colectividad  llegaban  a  las  cuarenta. Los  de Kachólovka reían, disimulando la envidia:

—Los huérfanos encuentran siempre quien les ayude...

Pero sucedió que en septiembre, con ocasión de las fiestas del pueblo, los de Kachólovka, que acababan de reunirse en asamblea, acudieron al patio de la colectividad. Anduvieron por entre los graneros rebosantes de trigo, tocaron largo rato el tractor con los ojos y con sus dedos endurecidos, carraspearon. Y cuando  ya se iban, el abuelo Artiom —uno de los labradores más hacendosos— llevó aparte a Arseni y metiéndole en la oreja la barba impregnada de olor a tabaco, gruñó:

—Tenemos  un ruego,  Arseni  Andréievich.  Por  el  Señor  te  lo pedimos,  admítenos   a  todos nosotros en tu colectividad. Somos veintisiete familias de las más pobres...

Arseni se inclinó, satisfecho, ante los viejos.

—¡Bien venidos!...

En la  colectividad  había  mucho trabajo.  El año  había  sido  seco.  El trigo escaseaba  en  los poblados vecinos. Los mendigos no cesaban de pasar por el camino de Kachálovka. Todos ellos entraban en la aldea. Ante las pintadas maderas de las ventanas se oían sus voces lastimeras:

—Por el amor de Dios...

Se abría la ventana invadida por las moscas, una cabeza barbuda se asomaba a la calle, quemada por el sol, y gruñía:

—Seguid vuestro camino, forasteros, o soltaré los perros. ¡Ahí está la colectividad, pedidles a ellos! Son los que han traído este gobierno, ¡ellos son los que os deben dar de comer!

Todos los días acudían, solos y en grupo,  a las puertas cepilladas de la colectividad, que olían a resina.

Arseni, tostado por el sol y muy desmejorado, se los quitaba de encima desesperadamente:

—¿Dónde os voy a meter? ¡Esto está lleno! ¡No hay provisiones para todos!

Pero  las  mujeres  de  la  colectividad  zumbaban contra  Arseni  como un enjambre  de  abejas alborotadas, y el asunto, de ordinario, terminaba en que él y el resto de los hombres  se retiraban a la era,  a la trilladora, mientras que las mujeres conducían  a los menesterosos  a un largo cobertizo habilitado para vivienda, y hasta la caída de la tarde desde las ventanas de la espaciosa cocina salía al patio el estruendo de ollas y el ruido de platos.

A veces, el abuelo Artiom, encargado de la despensa, acudía sofocado a lamentarse:

—¡Es imposible  entenderse  con las  mujeres!....  A ver si  tú, Arseni,  encuentras  el  modo de imponer  tu autoridad.  Han  traído  a  un montón de  viejos  y me  han  quitado  las  llaves  de  la despensa... Para preparar la comida se han llevado mijo para ocho bocas más...

—Procura hacer las paces, abuelo —sonreía Arseni.

El número de colectivistas se había duplicado. También habían aumentado los niños. Una parte de los obreros, después de terminar la trilla, se dedicaba a labrar los barbechos; el resto trabajaba en la construcción de la escuela.

Desde por la mañana temprano,  hasta que se hacía de noche, el patio de la colectividad era un hormiguero.

En el cobertizo jadeaba la máquina. La lámpara eléctrica vertía olas amarillas de luz sobre el patio recién barrido. La luna en cuarto creciente, suspendida sobre Kachálovka, palidecía al enfrentarse con la electricidad; ahora parecía verdosa, pequeña e innecesaria.

Anna llevaba casi dos semanas trabajando en el establo, según el turno establecido. Con otras seis mujeres ordeñaba las vacas, apartaba los terneros y se iba a dormir. El sueño no venía pronto:

 

 

 

daba vueltas y prestaba atención a la respiración regular de Arseni, siempre pensando en el pasado y en su vida presente en el seno de la colectividad.

 

* * *

 

Desde por la mañana el cielo estaba cubierto de espesos nubarrones  azulencos. Retumbaba el trueno. En la arboleda, los grajos alborotaban y los sauces se movían  rumorosos;  junto a la casa, en el jardinillo, las flores olían intensamente; las ortigas tenían sus puntiagudas hojas vueltas hacia el suelo. Sobre el techo del cobertizo, el relámpago se deslizó por el cielo como un lagarto, retumbó el trueno, la lluvia empezó a repiquetear en el techado, el viento levantó en el patio un pardo remolino de  polvo, las  maderas  de  una  ventana  fueron  violentamente  sacudidas  por el  viento,  y en  los charcos, formando espumosas burbujas, inició el baile el desatado aguacero de julio.

Anna,  echándose sobre los hombros un pañuelo, corrió al patio para recoger la ropa  puesta a secar. Un viento húmedo cruzaba el patio y le azotó la cara. Al llegar al granero, el trueno estalló sonoro sobre su misma cabeza, yendo a perderse en las afueras del pueblo. Anna se quedó sentada del susto. Siguiendo la costumbre,  se santiguó y murmuró las palabras de la oración. Al ponerse de pie volvió la vista y vio frente al portón abierto un carricoche y a un hombre protegido por su chubasquero. El hombre reía inclinado hacia atrás y enseñando los blancos dientes. A través del viento gritó a Anna:

—¿Te has asustado del profeta Elías, moza?

Anna se recogió la falda. A la vez que recogía la ropa, gritó enfadada:

—¿Para qué enseñas así los dientes? ¡Nadie te los va a comprar!

El hombre del chubasquero se acercó resbalando a Anna y dijo con una sonrisa irónica:

—No hay razón para que te enfades... ¿Te puede salvar acaso del rayo la señal de la cruz? Y eso que vives en la colectividad... —terminó, recogiendo de nuevo los labios en la sonrisa irónica de antes.

Esta sonrisa ofensiva pareció abrasar a Anna. Sintió como una sensación de vergüenza. Replicó cual si tratara de justificarse:

—Hace poco tiempo que vivo aquí...

—Si hace poco,  se puede perdonar  —y se dirigió hacia el portal, sacudiendo la gorra que se había quitado.

Anna se dio prisa en recoger la ropa. Volvió a casa al trote. Entró en el cuarto. Arseni, que estaba sentado junto al hombre del chubasquero, dijo:

—Aquí tienes, nos ha llegado un maestro de la ciudad. Enseñará a todos los analfabetos.

El maestro miró con ojos claros y sonrientes. Anna sintió de nuevo una sensación de vergüenza y, dejando la ropa, se retiró.

Más tarde, a la hora de cenar, Arseni dijo:

—Mañana,  después de comer, irás a aprender las letras. Las clases serán en el club.

—Me da reparo, Arsiusha... A mis años...

—¡Más reparo debería darte no saber leer ni escribir!....

Al día siguiente, Anna se acercó al club. Tras la larga mesa estaban apretados. El abuelo Artiom tenía la boca abierta y la frente bañada en sudor. La tía Daria dejó aparte la calceta y prestó también atención.

El maestro decía algo y dibujaba con tiza, en la pizarra, una letra de grandes dimensiones.

Todos volvieron la vista al chirrido de la puerta y de nuevo  se quedaron  mirando a la mesa. Anna entró sin  hacer ruido, se acercó  a la ventana y se sentó  en el  extremo del  banco. En un principio todo le parecía extraño y trataba de disimular la sonrisa. Al día siguiente escuchó con más atención y ya dibujó en el papel, después de grandes esfuerzos, una «B» torcida y achaparrada.

Luego, el club empezó a atraerle; comía de prisa y corriendo y, casi al trote, atravesaba el pasillo con la cartilla bajo el brazo. Las apreturas aumentaron en la mesa: el número  de alumnos había

 

 

 

crecido. El abuelo Artiom gruñía a media voz y, a codazos, empujaba a la tía Daria hasta el mismo borde.  Desde después de comer  hasta que oscurecía, en el club imperaba el murmullo y el leve zumbido de voces.

El club ocupaba una habitación espaciosa de seis ventanas. Junto a una pared había una mesa cubierta de paño rojo. En un rincón estaban los retratos y las banderas.

El abuelo Artiom acabó por expulsar del banco a la tía Daria, que se trasladó al antepecho de la ventana. En la  habitación  hacía calor;  el  sol  se asomaba  curioso.  Una  mosca de vivos  colores zumbaba y se daba golpes contra los vidrios. Silencio. El abuelo Artiom chupaba la punta de su lápiz y escribía, con la boca torcida. Anna sentía también la presión de los codazos. Junto a ella se sentaba Marfa, madre de cuatro criaturas. Estaba segura de que en el jardín de la infancia cuidarían bien de los niños y por eso sus ojos se deslizaban tranquilos por la cartilla, mientras gruesas gotas de sudor le caían de la nariz al labio superior. Se las limpiaba con la manga, a veces con la lengua, y de nuevo movía los labios, espantando las molestas moscas.

El corazón de Anna  latía con mayor frecuencia.  Por primera vez leía una palabra completa. Juntó una letra a otra, a la tercera, y los incomprensibles dibujos de antes formaron la palabra. Dio un codazo a la vecina:

—Mira, resulta «la-bra-dor».

—¡Silencio! ¡Que cada uno lea para sí! A ver, abuelo Artiom, léenos la lección de hoy. El abuelo apretó fuertemente, con las palmas de las manos, la cartilla a la mesa y tosió.

—Nues-tras... ga-chas...

Marfa no pudo contenerse y disimuló la risa en el puño. El abuelo la miró enfadado.

—Nues-tras  ga-chas... son... bue-nas... —empezó de nuevo. Al acabar la lectura abrió los brazos—. ¡Fijaos cómo resulta!

Mientras pasaba a otra página, susurró a Marfa:

—No, me voy volviendo  viejo.  En mis  años  jóvenes  podía trillar  con el  mayal  tres parvas seguidas y como si tal cosa. Ahora  ya ves, he leído unas líneas y estoy que no puedo más. Siento una fatiga como si hubiese subido un carro cargado hasta lo alto de una cuesta.

 

* * *

 

Anna  se vio atraída por el  trabajo.  Una  semana estaba ocupada  en la  cocina  y otra con los animales. En la era no cesaba el traqueteo de la trilladora y el movimiento de los obreros. Arseni, cubierto de pajas y polvo, amontonaba el almiar. Al mediodía corrió a la cocina y gritó a Anna:

—Tú eres más fuerte, Anna. Ve a ayudar en la era y que Marfa Ignátovna te sustituya aquí. Mientras ayudaba a Anna a subir al almiar, le dio una palmada en la espalda y rió:

—A ver si te das prisa en recoger lo que yo te mandé... —y hundió la horquilla en el montón oloroso de paja que salía de la trilladora, levantándolo y pasándolo a Anna. Primero hasta la rodilla y luego hasta la cintura, Arseni la fue cubriendo de paja; la miraba riendo y gritaba desde abajo;

—¡Ahí va! ¡Toma eso!.... ¡Agárralo al vuelo!....

 

* * *

 

El trabajo continuo y el tiempo acallaron el dolor de Anna.  Cesó de pensar en que su primer marido iba a volver y en lo que entonces ocurriría... El verano pasó veloz como un relámpago... El otoño llamó  a las  puertas  de la  colectividad.  Por la mañana, como una manada de potrillos  en libertad, los chicos corrían y brincaban hacia la escuela.

Y un día de otoño, frío y brumoso,  a primera hora, Alexandr —el marido de Anna— apareció en el patio, tratando  de ahuyentar  a los perros con una vara de nogal. Los tacones pisaron fuerte los peldaños, abrió la puerta y se detuvo  en el umbral, sin saludar siquiera: alto, moreno, en su capote raído. Dijo, simple y brevemente:

 

 

 

—He venido en tu busca, Anna. ¡Prepara tus cosas!

Anna, agitada,  empezó  a ir y venir  del  arca  a la  cama.  Con unos  dedos  que  se negaban  a obedecer cogía ya una prenda, ya otra. Descolgó de la percha el pañuelo de invierno y se sentó pesadamente, pasando la mirada de Arseni al marido. Luego, moviendo con trabajo los labios dijo:

—¡No me voy!

—¿No vienes?... ¡Veremos!

Alexandr  torció los  labios  en  una  sonrisa,  se  encogió  de  hombros  y se  marchó,   cerrando cuidadosamente la puerta a sus espaldas.

Durante aquel  otoño, largo  y brumoso,  Anna  estuvo a menudo  enferma.  Ya  a causa de sus dolencias,  ya  a causa de  sus pensamientos,  su rostro  se había  puesto  pálido  y amarillento.  Un sábado por la tarde Anna ordeñó las vacas y llevó los terneros al establo. Faltaba uno y salió a buscarlo. Cruzó la arboleda, en dirección de la estepa, pasó por delante del molino de viento, que dormía entre la bruma. En el cementerio viejo, abandonado, entre las cruces recubiertas de musgo y las sepulturas medio hundidas, estaba el rubio ternero de la colectividad paciendo. Mirando a un lado y a otro en la oscuridad, que se iba haciendo más densa, lo llevó a la casa. Al llegar a la zanja se tuvo que sentar y se apretó  el pecho con las manos. A la vez que los latidos del corazón, algo bullía allí dentro...  Se levantó pesadamente y siguió su camino, ensanchando las comisuras de los labios en una sonrisa cansada y expectante.

El huerto estaba pelado, el viento corría bajo las copas de los álamos y extendía bajo los pies unas hojas cárdenas. Llegó hasta el cenador y vio que de entre los espinos salía alguien que le cerraba el camino.

—¿Eres tú, Anna?

Por la voz reconoció a Alexandr. Éste se acercó, encorvado  y con los brazos caídos.

—¿Has olvidado los seis años que vivimos juntos?... ¿Perdiste la conciencia en el tiempo que yo estaba fuera?... ¡Eres una perdida!

Anna pensó que iba a tirarla al suelo y a patearla con sus botas herradas de soldado, lo mismo que en otros tiempos, cuando vivían juntos. Pero Alexandr, inesperadamente, se puso de rodillas en la tierra húmeda y olorosa, y extendió los brazos:

—¡Aniushka, ten compasión de mí!.... ¿Acaso no te mimé? ¿No te cuidaba como  a un niño?

¿Recuerdas cómo  insultaba a mi madre con las peores palabras cuando ella empezaba  a reñirte?

¿Has olvidado nuestro amor? Cuando vine del extranjero, en lo único que pensaba era en verte... Tú, en cambio...

Se levantó pesadamente, enderezóse y, sin mirar a derecha ni a izquierda, echó a andar por los espinos. Al llegar a la curva se volvió y gritó con voz sorda:

—Pero ¡recuerda mis  palabras!  ,.. Si  no vuelves  conmigo,  si  no abandonas  a tu amante, ¡lo pasarás mal!....

Anna se quedó como clavada en el sitio. En su corazón quedaba un sentimiento de piedad hacia aquel con quien durante seis años había vivido bajo el mismo techo...

Y entonces empezó todo. Cada vez más, Anna se quedaba pensando, recordando el pasado. No evocaba los días de discordia, cuando su marido le daba unas palizas terribles, sino los momentos felices, salpicados de alegría. Así, su corazón se inundaba de un sentimiento cálido hacia el pasado y hacia  Alexandr,  mientras  que la  imagen  de Arseni  se esfumaba  en la  niebla,  retrocedía  a un segundo plano...

Arseni no reconocía en ella a la Anna de antes. Se mostraba huraña con él. Echada hacia atrás y con el vientre saliente, caminaba por las habitaciones. Esquivaba a las mujeres. Cada vez más a menudo, Arseni percibía su mirada de odio y de amargura.

 

* * *

 

 

 

A medianoche, en la era de la estepa próxima al barranco de Avdiushkin, ardieron tres almiares de heno de la colectividad. Después del primer canto del gallo, el zapatero Mitroja, en paños menores, acudió a despertar  a Arseni. Su voz atronó en la ventana cubierta por la escarcha:

—¡Levántate! Está ardiendo el heno... ¡Le han prendido fuego!....

Sin entretenerse en vestirse, Arseni saltó al portal, miró por encima de los peludos cerezos a la estepa y, con los dientes apretados, lanzó un rotundo juramento. Al otro lado de la loma, sobre el amplio lienzo de la nieve azulenca, retorciéndose al viento, una columna rojiza se elevaba hasta la misma luna. El abuelo Artiom sacó de la cuadra una yegua, le puso la brida, echó el pesado vientre sobre el agudo espinazo, cruzó la pierna carraspeando y salió bailoteando hacia el incendio. Al pasar por delante del portal gritó a Arseni:

—¡Es  obra de enemigos!.... Mis pobres animales... ¡Se van a morir de hambre!.... ¡Átáles las colas y sácalos de la cuadra!

 

* * *

 

Al amanecer, Arseni se acercó  al incendio. Alrededor del montón de ceniza humeaba la tierra desnuda. Las verdes hierbecillas miraban confiadas.

Arseni se puso en cuclillas: sobre la tierra húmeda, sobre la nieve a medio derretir se distinguían las huellas de unas botas inglesas de clavos, las cabezas de los cuales habían dejado unos negros hoyos al hundirse en el suelo. Arseni encendió un pitillo. Con la vista puesta en las confusas huellas que las botas habían dejado en la estepa, caminó hacia Kachálovka. Las huellas daban vueltas, se perdían  a veces. Resbalándose, partiendo la fina capa de hielo, Arseni marchaba  en silencio, con paso firme,  siguiendo  el  rastro humano lo mismo  que si  se tratase  del  rastro de la fiera.  En la primera era, ante la cerca de Alexandr, las huellas desaparecían... Arseni carraspeó,  se cambió de un hombro a otro la escopeta que había pertenecido a su padre y tomó el camino de la colectividad.

 

* * *

 

La partera dio una palmada en el resbaladizo cuerpecito y, mientras se lavaba las manos en un cubo, gritó al otro lado del tabique:

—Escucha, Arseni. ¡Tu mujer ha dado a luz un comunista! No lo bautizarás, ¿verdad?

Arseni abrió en silencio la cortina de percal. Tapada por la manta ensangrentada, Anna le miró con el rostro lívido. En sus ojos había odio. Dijo, tragando las lágrimas:

—¡Vete, no te quiero!.... ¡Ojalá no te hubieran visto nunca mis ojos!.... Se volvió hacia la pared y rompió a llorar.

Hasta entonces la vida se había  deslizado como por un camino de tierra bien afirmada. Ahora, Arseni sintió en la garganta un nudo amargo y duro, como si su corazón se viese atravesado por una dentellada de lobo.

Dos días después se acercó a un cobertizo, donde molían el último mijo. El motor los entretuvo hasta muy tarde. Cuando lo pusieron en marcha empezaba a oscurecer:  la noche avanzaba tras la mancha negra de los álamos.

— ¡Arseni Andréievich, ven un momento!....

Salió. Junto a la pared de tablas vio a Anna envuelta en una toquilla.

—¿Qué quieres, Niura?

Aquella voz ronca y extraña no parecía la voz de su mujer:

—Por Dios te lo pido... ¡Déjame ir con mi marido! Me llama... Dice que me tomará  con el niño... Y tú, Arseni Andréievich, no me guardes rencor y no me retengas... De todos modos me iré, ya no te quiero.

—Primero cría al niño, después podrás irte. No te retendré por la fuerza... Pero el niño no te lo daré.  He  combatido  cuatro  años  en  defensa  del  poder  soviético,  mi cuerpo  está  cubierto  de

 

 

 

cicatrices. Tu marido, en cambio, es un contrarrevolucionario... estuvo en el ejército de Wrangel... Cuando mi hijo crezca le hará trabajar como un bracero... ¡No quiero!....

Anna se acercó de lleno. Su aliento quemó la cara de Arseni.

—¿No me darás el niño?

—¡No!

—¿No me lo darás?

Una oleada de cólera inundó el corazón de Arseni. Por primera vez desde que vivía con Anna apretó el puño. Sintió deseos de golpear entre aquellos ojos que ardían en odio hacia él, pero se contuvo y dijo con voz sorda:

—Mira lo que haces, Anna...

 

* * *

 

Después de cenar, Anna dio el pecho al niño, se echó la toquilla sobre los hombros y salió al patio. Tardó largo rato en volver. Arseni, inclinado sobre el banco, estaba arreglando un collerón. Oyó el chirriar de la puerta. Sin volver la cabeza, reconoció los pasos de Anna. Ella se acercó  a la cuna, cambió los pañales del niño y, en silencio, se acostó. Arseni hizo lo mismo. No podía dormir, daba vueltas y oía la respiración cortada y los latidos irregulares de su corazón... Hacia la medianoche consiguió conciliar el sueño, que le invadió con una sensación de ahogo...  No oyó cómo después del primer canto del gallo, como un gato, Anna se deslizaba de la cama,  se vestía, envolvía en una toquilla al niño y salía, cuidando de no hacer ruido con la puerta.

 

* * *

 

Hacía más de un mes que Anna vivía con Alexandr. En un principio fue una alegría asustadiza; a veces lágrimas disimuladas que recordaban la vida libre de la colectividad. Luego vinieron los gruñidos rencorosos de la suegra:

—Ha  traído  a una  zorra...  Nunca  nuestra  casa había  apestado  a  comunista...  ¡Ha cargado, además, con el borde! ¡Debería echarla a patadas!....

Alexandr se mostró cariñoso sólo los primeros días. A los días iluminados por la caricia siguió la negra  sucesión  de  días  de  un trabajo  insoportable.  El marido  unció a Anna  al  yugo de  los quehaceres domésticos. El, por su parte, frecuentaba cada vez más la casa de Lushka, la que vendía vodka, en las afueras del poblado, de donde volvía borracho, cubriendo de vomitina las paredes y el suelo.  Hasta el  amanecer  permanecía  tumbado  en el  banco,  con el  gorro caído  sobre la  nuca, eructando vaharadas de alcohol y retorciéndose satisfecho las guías del bigote:

—¿Qué  eres tú, Anna? Una analfabeta,  una ignorante.  Nosotros  hemos visto  mundo, hemos estado en el extranjero y conocemos el trato de la gente noble... En realidad, ¿eres tú una verdadera esposa para mí?... Perdón... Cualquier hija de general se habría  casado conmigo... Entre los ofi... pero para qué hablar... ¡No me comprenderías!.... Si los canallas rojos estuvieran en el extranjero, verían lo que son las verdaderas personas...

Se dormía allí mismo, en el banco. Por la mañana, al despertarse, vociferaba con voz ronca:

—Mujer... ¡Quítame las botas! ,.. Tienes que respetarme, miserable, para eso os doy de comer a ti y a tu cachorro... ¿Por qué no lloras? ¿Quieres que te dé con la fusta? Mucho ojo, que no me hago de rogar...

 

* * *

 

Una  tarde brumosa  de febrero  en que la nieve  se derretía,  el  alguacil  llamó  a la ventana de

Alexandr.

—¿Están los dueños en casa?

 

 

 

—Sí, pasa.

Entró, dejó en el arco el bastón, mordido por los perros, sacó de debajo de la camisa una hoja de papel cubierto de manchas de aceite y la extendió cuidadosamente sobre la mesa.

—Hay que ir inmediatamente a la asamblea... Con vosotros no se puede tratar de otra manera, por eso recojo las firmas... Firma aquí, con el apellido...

Anna se acercó a la mesa y firmó en la hoja del alguacil. El marido arqueó extrañado las cejas:

—¿Cuándo has aprendido a escribir?

—En la colectividad.

Alexandr calló. Cerró la puerta al alguacil y entonces dijo severamente:

—Voy a escuchar los embustes de los soviéticos. Tú, Anna, cuida de los animales. No toques la paja  de  mijo; si  me  doy cuenta  de  que  lo has hecho,  te  romperé  la  cara...  Has  tomado  esa costumbre. Aún faltan dos meses de invierno y ya has gastado la mitad del montón.

Resoplando, mientras se abrochaba  la pelliza, la miró bajo las cejas, negras  e hirsutas, con la mirada severa de quien se sentía dueño  absoluto... Anna, indecisa junto a la estufa, se acercó de costado a su marido.

—Sania... ¿Podría ir contigo a... la asamblea?

—¿Adónde?

—A la asamblea.

—¿Para qué?

—Para escuchar lo que dicen.

Lentamente, las mejillas de Alenxandr se cubren de un rojo oscuro. Las comisuras de los labios le tiemblan y la mano derecha busca maquinalmente en la pared la fusta, que pende a la cabecera de la cama.

—¿Qué piensas, perra?, ¿es que quieres ponerme en vergüenza ante todo el poblado?... ¿Cuándo te vas a quitar de la cabeza  esas maneras  comunistas? —Sus dientes rechinaron y apretando los puños dio un paso hacia Anna—. ¡Mucho cuidado, hija de mala madre.... No quiero que te muevas de aquí!

—Sániushka... Pero si también las mujeres van a las reuniones...

—¡Cállate, carroña! ¡No vengas aquí implantando tus modas! A las reuniones acuden las que tienen fuera el marido y van meneando el rabo al viento... Figúrense qué ha imaginado: ¡ir a la asamblea!

El aguijonazo de la ofensa hirió a Anna. Se puso pálida y preguntó con voz ronca y temblorosa:

—¿No me consideras ni siquiera como una persona?

—La yegua no es caballo, la mujer no es persona.

—Pues en la colectividad...

—Tu aborto y tú no coméis  el  pan de la  colectividad,  sino  el  mío... Sobre mis  espaldas  te soporto, me debes obediencia —gritó Alexandr.

Pero Anna, sintiendo que sus mejillas palidecían y la sangre se le iba al corazón, que la cólera hacía vibrar las fibras de su cuerpo, articuló a través de los dientes apretados:

—¡Tú mismo me lo pediste, prometías que me querrías! ¿Dónde están tus promesas?

—¡Aquí! —replicó Alexandr con voz ronca, y levantando el puño lo descargó sobre el pecho de ella.

Anna se tambaleó, lanzó un grito, quiso sujetar la mano de su marido, pero éste, entre obscenas imprecaciones, la agarró del pelo y le dio una fuerte patada en el vientre. Anna cayó pesadamente al suelo, esforzándose por respirar con la boca desmesuradamente abierta y sintiendo que se ahogaba. Y ya con indiferencia, notó el dolor de los golpes. La cara congestionada y crispada de su marido la veía sobre ella como a través de una leve película de niebla.

—¡Toma, toma!....  ¡No quieres!....  Ahí tienes,  zorra...  Te haré bailar  a  otro son... ¡Toma!....

¡Toma!....

 

 

 

A cada  golpe  que  caía  sobre  el  cuerpo inmóvil de  su mujer,  encogida  en  el  suelo,  más  se desataba la furia de Alexandr, quien trataba de alcanzar con el pie el vientre, el pecho y la cara, que ella se tapaba con las manos. Siguió así hasta que la camisa se le hubo empapado en sudor y las piernas se le cansaron. Entonces se puso el gorro, escupió y salió al patio, dando un portazo.

Ya en la calle, junto al portón,  se quedó pensando. A través de la cerca caída del huerto vecino se dirigió a casa de la Lushka, la que vendía vodka.

Anna quedó tendida en el suelo hasta que se hizo de noche. Cuando la luz se había ido, entró el suegro, que gruñó, tocándola con la puntera de la bota:

—¡Ea, levántate!.... Ya sabemos lo bien que disimulas... Apenas si el marido la ha tocado con el dedo y ahí sigue despatarrada... Anda,  ve a quejarte al Soviet... ¿Te vas a levantar? ¿Quién va a hacer tus trabajos en la casa? ¿O es que piensas que vamos a tomar un criado? —Dio unos pasos por la cocina, arrastrando los pies por el suelo de tierra—. Come por cuatro,  pero a la hora de trabajar... La gente no tiene conciencia... Le escupes a la cara y ella dirá: es el rocío de Dios...

El suegro  se abrigó  y salió a recoger  los animales. En la cuna, el niño empezó  a moverse  y rompió en llanto. Anna volvió en sí, se puso de rodillas, y escupió de su destrozada boca arena mezclada con saliva y con sangre, y dijo, moviendo difícilmente los labios:

—Pobrecito mío...

En las afueras de Kachálovka, sobre un cerro salpicado de círculos de nieve a medio derretir, la tarde  se encontraba  con la  noche. Por los  montones  de nieve  porosa, las  liebres  se  dirigían  al poblado, donde permanecerían  hasta los primeros resplandores del alba. En Kachálovka se veían brillar las escasas manchas amarillas de las luces. El viento extendía por las calles el oloroso humo del estiércol.

Alexandr llegó a la hora de la cena. Cayó sobre la cama y balbuceó:

—Anna... Las botas... —y se durmió, roncando y manchando la almohada de una saliva viscosa. Cuando el suegro hubo cesado de removerse sobre el horno, Anna tomó el niño y salió al patio.

Se detuvo, atenta al latido presuroso de su corazón. La noche caminaba sobre Kachálovka. Gotas de agua caían de los aleros, de los montones de estiércol salían nubecillas de vapor. Los pies chapoteaban en la nieve medio derretida. Con el niño apretado contra el pecho, tropezando, Anna siguió por el sendero hacia el embalse, que destacaba con el azul sucio de su hielo.

Llegó a un agujero abierto en el hielo. El agua, negra, estaba recubierta de una fina película semicongelada. Alrededor del agujero había trozos de hielo amontonados y boñigas duras como la piedra.

Apretando todavía más fuerte el niño contra su pecho, Anna miró las negras fauces abiertas del agua, se puso de rodillas, pero en aquel instante, inesperadamente, el llanto sordo de la criatura se levantó de entre los pañales y la manta. El latigazo de la vergüenza la azotó en pleno rostro. Se puso en pie y, desolada, corrió hacia la colectividad. Allí estaban las tablas cepilladas del portón, que durante el invierno habían tomado un color amarillento, el zumbido familiar de la dínamo que resoplaba dentro del cobertizo.

Tambaleándose, subió los escalones del portal, crujió la puerta del pasillo, los latidos del corazón  parecían  resonar  más  fuerte  que  los  pasos. La  tercera puerta  a la  izquierda.  Llamó. Silencio. Llamó más fuerte. Alguien se acercó  a la puerta. Abrió. Los ojos enturbiados de Anna vieron el rostro amarillento y flaco de Arseni. Ella, agotadas las fuerzas, se apoyó en el marco.

Arseni la llevó en brazos hasta la cama, quitó las ropitas al niño y lo puso en la cuna, que llevaba dos meses vacía, corrió a la cocina en busca de leche hervida y besando los gordezuelos piececitos de su hijo y la cara mojada por las lágrimas de Anna, dijo:

—Por  eso no fui a  buscarte...  Estaba  seguro  de  que  volverías  a  la  colectividad,  y de  que volverías pronto...

 

1925

 

 

 

 

SOBRE EL COMISARIO DE ABASTOS DEL DON Y SOBRE LAS DESVENTURAS DEL VICECOMISARIO CAMARADA PILSIN

 

 

 

 

ME LLAMO IGNAT PTITSIN y soy un cosaco de la stanitsa Provátorovskaia. En aquel entonces era un mozo que servía para todo: al cinturón llevaba una pistola máuser con su funda de madera y dos granadas, del hombro me colgaba el fusil y los cartuchos —además de los que guardaba en la bolsa de costado—  no cabían más en los bolsillos, hasta tal punto que los tirantes no resistían el peso  de  los  calzones  y siempre  había  de  ceñírmelos  con una  cuerda.  Mis  ojos  eran  rápidos, alegres... y con algo que daba miedo: las mujeres solían asustarse. Si durante una marcha entablaba conversación con alguna, ella, cuando había tomado confianza, decía: «¡Puaf, Ignashka! ¡Pero qué feroces son sus ojos! Una no se cansa de mirarlos».

Bueno, y todo lo demás era en este tono: la voz, como la de un diablo, era algo ronca

Por aquel entonces, yo estaba en la stanitsa Tepíkinskaia dedicado al trabajo de abastos.

Era por la  primavera  del  año diecinueve.  En Provátorovskaia,  con el  mismo  cargo  que yo, recogía trigo un buen amigo mío, el camarada Goldin. Este era de la clase de los judíos. Un mozo como otro cualquiera en apariencia, pero que por dentro iba cargado de fuego y pólvora. Y listo como nadie podría imaginarse. Yo soy un hombre franco. No me gustan las tonterías,  sacaba el trigo sin  miramientos.  Llegaba  con mis  ángeles  a  un cosaco  de  los  ricos  y para  empezar  le presentaba el ultimátum: «¡Trigo!» «No tengo.» «¿Que no tienes?» «Palabra que no tengo nada», insistía el miserable. Yo, se comprende,  le ponía el cañón de la pistola en la barriga y le decía sin levantar el tono: «Aquí hay diez balas. Diez veces te mataré, diez veces te enterraré y te volveré a desenterrar. ¿Vas a llevarlo?» «Lo haré —decía él—, lo haré con mucho gusto.»

Goldin, en cambio, se las arreglaba por las buenas el maldito y siempre sabía sacar más trigo que yo. Pero a los dos nos estimaban por igual. A Goldin por su naturalidad, porque era manso como una moza; y a mí, bueno, ¡que probasen a no estimar a Ptitsin!

Yo soy un hombre franco, en cuanto empiezo la retahíla de juramentos, todos se ríen de mi arte, y los cosacos jóvenes se resisten a entregar  el trigo con la sola idea de oírme.  «Ea —dicen—, ya tenemos a Ptitsin con su canto de alondra», y así es como me llaman: alondra.

Resulta agradable. Pues de este modo abastecíamos de víveres el Noveno Ejército del Frente Sur cuando llegó a nosotros la noticia de que los insurrectos se habían unido en la stanitsa Véshenskaia con el general Sekretiov y presionaban sobre los nuestros. Parecía que nada era capaz de detener nuestra retirada. De este modo llegamos al distrito de Fatezh, en la provincia de Kursk. Allí nos dedicamos tranquilamente a recoger grano. Pasó un mes, dos meses. Debíamos reunir diez mil puds de mijo, pero nosotros, dando muestras de lo que éramos capaces, entregamos doscientos mil.

Mientras tanto, Goldin subía y subía por horas. Un buen día nos despertamos encontrándonos que él —como polluelo que sale del cascarón—  había sido nombrado  apoderado de la comisión especial de abastos de los ejércitos del Frente Sur. Era agradable. Yo, con mi grupo de marineros, recogía mijo y centeno en el distrito de Fatezh. Goldin me llamó y me dijo con voz suave: «Tú, Ptitsin, eres un hombre rudo y sabes forzar la cuerda. Eres un tipo que desconoce la blandura». No comprendí lo que quería decir acerca de la cuerda, pero en cuanto a la blandura, la verdad  es que tengo poca, todo son huesos. ¿Para qué necesito la blandura? ¿Soy una mujer acaso? Nadie me ha pedido que sea blando. «Tú —me dijo— debes mirarme con amabilidad.» Yo le contesté: «¿Sabes que durante la Revolución de Octubre estuve en el Kremlin luchando contra los júnkers?» «Sí que lo sé.» «¿Y sabes que en el asalto una bala de los júnkers se me quedó en la vejiga y ahí la conservo como un huevo de ganso?» «Sí que lo sé —asintió—, y tengo en gran estimación esa bala tuya que conservas en la vejiga.» «La bala no necesita que la estimes, porque se va cubriendo de grasa y la sangre la llevará a los talones o a cualquier otro sitio. De quienes debes preocuparte es de nuestros

 

 

 

soldados que luchan en el frente, de que no pasen hambre.» «Puedes marcharte», dijo meneando la cabeza y suspirando profundamente. ¿Quiere decirse que había sentido lástima de los soldados? Eso era agradable. Volví a mi distrito y seguía recogiendo grano. Tanto me esforcé que lo único que le quedó al campesino era la lana. Y hasta esto lo habría perdido, lo habría requisado yo para la fabricación de botas de fieltro, pero Goldin fue trasladado a Sarátov. Una semana más tarde llegaba un telegrama  de  él:  «El comisariado  de  abastos  del  Don deberá  trasladarse  a Sarátov,  donde quedará  a  mi disposición».  Y  firmaba:  «El comisario  de  abastos  de  la  provincia  de  Sarátov, Goldin».

Tomamos el tren y nos dirigimos allí. Era agradable.

Los piojos tuvieron la culpa de que yo me quedara en el camino. En una estación me bajé para ir al baño. Mientras los mataba, me reía para mis adentros: «Esto es todo lo que yo he adquirido, con quien he vivido y con quien he ido por el mundo». Mientras tanto, el tren  se puso en marcha. Resultaba agradable.

Llegué, por fin, a Sarátov. Allí no estaban ni Goldin ni nuestro comisariado de abastos. Pregunté dónde se habían metido. Goldin, al parecer, había sido enviado a Tambov,  y los otros habían salido tras él. Era agradable. «Por lo demás —me dijeron—, vaya al comité ejecutivo del Don. Allí puede informarse mejor.» «¿Dónde  está el comité ejecutivo?» «En el hotel Rusia.» Era agradable. Me acerqué. «¿Está aquí el comité ejecutivo del Don?» «Sí —me contestaron—, segundo piso, habitación número tres.» Subí y llamé a la puerta:  «¿Se puede?». «Adelante, adelante.» Entré: era un cuarto de mala muerte y en él había dos personas. Uno moreno y de barbita, vestido de paisano, y una señorita de aspecto agradable, sentada tras la máquina. «Perdón —dije—, creo que me he confundido de habitación —y me disponía a cerrar  la puerta—.  ¿Son ustedes el comité ejecutivo del Don?» «Nosotros somos —dijo él—. Yo soy el presidente, Medvédev, y ésta es mi secretaria.»

«Pues yo —expliqué orgullosamente— soy Ignat Ptitsin, del comité de abastos del Don. ¿No lo sabían? ¿No? Es una lástima. Usted, camarada Medvédev,  vive a muy poca altura.» Él se encogió de hombros como diciendo: qué le vamos a hacer, por mucho que salte no llegaré más alto. «¿No sabe —pregunté—  dónde está nuestro comité de abastos?» «No tengo la menor idea», contestó él con voz lastimera, y me invitó a sentarme en una silla limpia. Yo, se entiende tomé asiento.

Expliqué que, por lo visto, el comité se había trasladado a Tambov.  Medvédev  dio muestras de gran satisfacción:  «¡Hola!  ¡Me  alegro  mucho! Quiere  decirse  que el  comité  de  abastos  está en Tambov, la sección de agricultura en Penza, el personal de administración en Tula. ¿Y la sección militar?  —Se volvió a preguntar  a la señorita de aspecto agradable—. Dígame, ¿dónde tenemos la sección militar?» Ella sonrió y contestó con remilgos: «No tengo la menor idea de dónde puede estar».

Tan contentos  estaban de verme,  se aburrían  tanto  solos, que me ofrecieron té. Me dieron té, pero olvidaron el azúcar. Muy agradable. Tomé aquel brebaje y expliqué: «Perdónenme, no suelo tomar  más  de dos  vasos».  Ellos  se asustaron,  me  pusieron  azúcar,  pero  yo dije  severamente:

«Prepárenme la documentación para ir a Tambov».

Me marché. En Tambov encontré a los muchachos, y a poco los blancos empezaron  a retroceder hacia el mar. Nosotros, el comisario de abastos del Don, fuimos enviados a Ros tov.

Goldin se había  ido: según él,  los  horizontes  en  ese trabajo  eran muy reducidos  y se  fue  a Siberia. Su suplente hizo lo mismo. Mientras continuábamos el camino, los suplentes cambiaron nueve veces. Me llegó la vez a mí. Resultaba agradable. Por orden de antigüedad. Yo esperaba con impaciencia a que el último vice se marchara.  Esto ocurrió en Filónovskaia, cuando volvíamos a Tambov;  a cambio  de ello  le  di un trozo de jamón  y una libra  de tabaco.  Así  me convertí  en

«vicecomisario» de abastos del Don. Muy agradable, pensé, cuando llegue a Restov  apretaré las clavijas.  Disponíamos  de dos vagones  de mercancías:  uno para la  gente y otro para los  libros. Porque de Moscú, en vísperas de nuestra marcha, nos habían enviado periódicos y folletos.

Avanzábamos hacia Tsaritsin. Pasado Krivaia Muzga los blancos habían volado un puente. Lo atravesamos  a pie por la pasarela. A llegar a la primera estación, nos apoderamos de dos vagones.

 

 

 

Pero nos era imposible hacerlos marchar: nos faltaba la locomotora. ¿Qué hacer? Después de pensarlo mucho,  nos decidimos a enganchar  a cada vagón  un par de bueyes y un camello. Los atamos a los topes y proseguimos la marcha.

Yo, se entiende, iba acomodado entre las gibas de uno de los camellos; sentía cierto calorcillo y el balanceo no era gran cosa.

De este modo, al llegar a cada puente  cruzábamos  a la otra orilla, volvíamos a enganchar  los camellos o los apóstoles —cada uno con su par de astas— y seguíamos adelante.

Pero a los dos días yo me puse enfermo. En la espalda sentía unos pinchazos terribles. Parecía como si me fuese a morir. Los muchachos me aconsejaron: «Quédate con la gente del lugar si no quieres que tus días acaben en un vagón. Luego te reunirás con nosotros». ¡Qué dolor sentía!

Me llevaron a un caserío, cerca de un apeadero, y le dijeron a la dueña: «Cuídalo, más tarde te recompensaremos».

La dueña era siberiana. Era una viuda robusta de cerca de cincuenta años, aunque por la cara no se podría distinguir si era mujer o un caballo manchado. Las narices las tenía rotas y con un ojo no veía ni tres en un burro.

Los muchachos se fueron y ella empezó su canción: «Resulta aburrido eso de vivir sola. Cuando te pongas bueno, soldado, nos casaremos y gobernarás la hacienda. Mi marido murió el año pasado y yo soy una mujer en la flor de mis años».

Dios me libre de ver de qué flor se trataba. De momento seguía tumbado y enfermo. La bruja no cesaba de preguntar:  «¿Te casarás después?» «Me casaré —contestaba  yo—, pero tú, vaca pecosa, mata una oveja, porque de lo contrario no sacarás de mí nada práctico.»

Mató un carnero y me dio un buen plato de carne. Durante la enfermedad, sin saber qué hacía, comí en cantidades inmensas. Luego empezó a decirme ternezas en siberiano. Yo pensé que me iba a perder como un piojo si dormía con semejante humanidad. Porque no pesaría menos de nueve puds. Muy agradable. Acabé con un carnero y ella no quería matar otro.

«¿Por qué no quieres  matarlo, diablo gordinflón? —le dije—. ¿Quieres curarme  a fuerza de hambre?» «Tú eres capaz de comerte  el  carnero,  pero mañana no me quedarán más que cinco ovejas...» «Pues quédate y revienta con tus carneros. Yo me voy.»

Y me fui. Al día siguiente recogí mis cosas y me fui. A los míos les di alcance cerca de Rostov. Llegamos a la ciudad. Dejé los vagones y me dirigí todo derecho a ver al presidente.

—«Buenos días —dije—. Soy el vicecomisario de abastos del Don.»

El presidente se quitó las gafas y empezó a limpiarlas. Al final me preguntó:

«—¿Está usted enfermo, camarada?» «No —contesté—,  me he curado.» «¿De dónde viene?»

«De la estación.»

«¿A qué comisariado de abastos del Don se refiere usted? —insistió. Estaba tan enfadado que empezaba  a ponerse  azul como una ciruela—. ¿Quiere reírse de mí?» «Nada de eso —le dije—, acabamos de llegar de Kursk. Aquí tiene el sello del comisariado —lo saqué del bolsillo y di con él un golpe sobre la mesa—. Los libros y los muchachos los he dejado en la estación.»

«Vaya —me replicó— a la calle Moskóvskaia y podrá ver al verdadero comisariado de abastos del Don. Hace mes y medio que funciona. A usted no le he visto en mi vida.»

Empecé a sudar terriblemente. De la estación marché con los muchachos  a la calle Moskóvskaia.

«¿Es esto el edificio del comisariado de abastos del Don?» «Sí, esto es.»

¡Madre querida! Era  una casa como otra cualquiera, de cinco pisos, pero aquello parecía un hormiguero. Señoritas de aspecto agradable escribían a máquina. No cesaba el ruido de las cuentas de los ábacos. Los pelos se me pusieron de punta. Me dirigí al comisario de abastos. Le expliqué lo ocurrido y que su nombramiento no era legal.

Él me contestó sin levantar la voz y sonriendo: «Si hubiera tardado medio año en llegar, medio año tendrían que haberle esperado. Vaya, si lo desea, como agente, al distrito de Salsk.»

 

 

 

Muy agradable. Se comprende,  yo me ofendí y le dije: «Con tantos empleados y tantas señoritas de aspecto agradable y uñas pintadas, hasta el más inculto sabe firmar papeles. No, deberías probar a meterte por los lugares más escondidos hasta que el polvo te llenase todos los agujeros».

Y me marché. ¿Qué podía hacer con un hombre tan duro de mollera? Él no comprendía,  pero a mí me preocupaba mucho la situación. Pensaba así:

«¡Todo  se ha perdido en la región! ¿Cómo puede ser un buen comisario de abastos? Con esa voz tan suave y ese aspecto de hombre  de letras... Con voz suave no se consigue ni siquiera un pud. Cuando yo levantaba mi vozarrón... Pero ¡para qué hablar! No teníamos ni contables ni señoritas de uñas pintadas, pero sabíamos cumplir nuestra misión.»

 

1923-1925

 

LA OFENSA

 

 

 

UN VIENTO SECO Y CÁLIDO del Este soplaba en la estepa, doblando los tallos de un trigo bajo y triste. El cielo mostraba un negro de muerte, las hierbas se secaban,  por los caminos corría un polvo gris. Abrasada por el sol, la corteza del suelo se requebrajaba y por las grietas —quemadas y profundas como los labios del hombre  que se muere  de sed—  fluían  de la tierra los profundos olores a sal.

Las mieses eran pisadas por los cascos de hierro de la mala cosecha que avanzaba desde el mar

Negro.

En el jútor de Dubróvinsk la gente vivía dominada por la angustia, con la vista fija en el azul vitrificado del cielo, en el sol recubierto de agujas, parecido a una bigotuda espiga de trigo con la cubierta punzante de las barbas.

Las esperanzas se agostaron junto con las mieses.

En agosto empezaron a arrancar la corteza del roble, que comían después de molerla, mezclando con cada batea de esta masa un puñado de harina de mijo.

Era en vísperas de la Virgen del Amparo.  Stepán, cayendo de agotamiento, hacía avanzar a los bueyes, uncidos al arado, por su campo. Enseñando las blancas hileras de dientes, mordiéndose el festón azulenco de los labios, empuñaba en silencio la esteva.

En una semana había logrado arar cuatro desiatinas. Resultaban unos surcos torcidos y desiguales, poco profundos, con unos claros parduscos entre ellos, como si no fuese la reja la que cortaba la tierra cubierta de hierbas, sino unos dedos retorcidos y débiles...

Stepán acudía a presentar  mansamente  sus ruegos a la tierra infiel porque, además de la vieja, tenía que alimentar ocho bocas, ocho criaturas que le había dejado su hijo, muerto  en la guerra civil. Y el único trabajador de la casa era él, con sus cincuenta años cumplidos sobre su encorvada espalda. Terminada la labranza vendió el segundo par de bueyes. No los vendió, sino que los regaló a un alma caritativa a cambio de cuarenta puds de trigo mezclado con granza.

Así las cosas, poco después de la fiesta el presidente del Soviet del jútor anunció:

—Van a entregar  un préstamo para simiente. En cuanto llegue el otoño,  se recibirá la orden, y todos a la estación. ¡Quién no haya labrado, que lo haga! Aunque sea con los dientes, pero hay que arar.

—Es un engaño. No darán nada...—gruñían los cosacos.

—Está acordado. Debidamente, en serio.

—No hacen más que sacarnos, pero dar... —comentaba  Stepán con una mezcla de dolor y de alegría.

Lo creía y no lo creía.

Llegó  el  otoño. El jútor quedó  cubierto  por la  nieve.  En los  huertos  desiertos  aparecieron marcadas las huellas de la liebre.

—¿Cuándo nos van a dar la simiente?... —importunaba Stepán al presidente. Éste trataba de quitárselo de encima, irritado:

—¡No me des la lata, Stepán Prokófich! No he recibido todavía la orden.

—¡Ni la recibirás! ¡No la esperes!.... Alimentan a la gente de esperanzas... Como  si hubiesen echado un hueso al perro —y sacudió rabiosamente el abultado puño—. ¡Nos han traicionado esos hijos de perra!.... En las ciudades comen pan, los malditos...

—No emplees esas expresiones, Prokófich. Te podría costar caro.

—¡Bah!.... —Stepán hizo un gesto y, sin terminar la frase, sacó del Soviet su cuerpo, grande y huesudo.

Se parecía  a un buey enfermo: por debajo del remendado capotón georgiano empujaba hacia afuera  los  enormes  huesos  de  las  paletillas;  en  sus  pantorrillas,  largas  y secas,  bailaban  unos

 

calzones rotos de franjas en las perneras. Su rojiza barba estaba salpicada de pelos de un blanco

 verdoso. Miraba a un lado con ojos salvajes de hambre. Su cuerpo,  desmesuradamente grande y seco como un palo, le producía vergüenza. Al llegar a casa se dejó caer en el banco.

—Recoge los animales. ¡Duermes más que una marmota! —refunfuñó la mujer.

—Varka lo hará.

—No tiene calzado para ir a la cuadra.

—Que se ponga mis botas de fieltro.

Varka, una chiquilla, quitó al abuelo las botas y salió a hacer la faena. Él se quedó tumbado,  con los largos pies descalzos abiertos en ángulo. Sus párpados, cerrados, se contraían  frecuentemente. Suspiraba, carraspeaba y permanecía sumido en sus tristes pensamientos. Al llegar la hora de la comida ocupó su sitio de costumbre, destacando sobre la mesa la mole de su costillar y con la vista fija  en los  nietos  amontonados  en el  banco. Al  advertir  que el  más pequeño  —Timoshka,  una criatura de tres años—  procuraba  atrapar disimuladamente un trozo de patata, le dio un sonoro golpe en la cabeza con la cuchara.

—E-so no se ha-ce...

En el jútor la gente caía como el árbol comido por el gusano. Y una angustia negra despertaba a Stepán por las noches; no tenía con qué sembrar la tierra labrada.

El precio de los animales bajaba sin cesar. Por una vaca daban de veinticinco a veintiocho puds de centeno plagado de desperdicios. Para Semana Santa de nuevo se habló de que había sido concedido el préstamo  de simiente, pero los rumores  acabaron por extinguirse de nuevo. Desaparecieron lo mismo que el camino de la estepa ya avanzado el otoño. Únicamente se volvió a hablar de ello al comienzo de la primavera. Una tarde, ante la asamblea reunida en la anteiglesia, el presidente anunció:

—Se  ha  recibido  un papel.  —Se  apretó  la  garganta  entre  los  dedos  antes  de  terminar—: Podemos ir por la simiente mañana mismo. No nos han olvidado... —y enmudeció, sofocado por la emoción.

 

* * *

 

Del jútor a la estación había ciento cincuenta verstas. Después de la primera noche pasada en el camino, se dividieron en grupos. Los vehículos tirados por caballos marcharon por delante, mientras que los arrastrados por bueyes  se alargaban en una larga fila. Stepán iba con su vecino Afonka, un cosaco joven y musculoso. El camino seguía  a lo largo de poblados tauridanos. Las jornadas eran de treinta a cuarenta  verstas, que acababan de cubrir cuando ya era de noche. Los bueyes, flacos por la falta de comida, caminaban pausadamente, apoyando los flancos de salientes costillas en las lanzas de los trineos.

Stepán hizo todo el camino a pie, tratando de no cansar a los bueyes para la vuelta. De Oljovi Rog, último lugar que pernoctaron, salieron apenas había apuntado la luna, y al mediodía llegaban a la estación del ferrocarril.

En las proximidades de los silos, los caballos desenganchados  se peleaban ruidosamente, los bueyes mugían y todo era una confusión de los más diversos gritos.

Mediada la tarde, en la puerta de los silos apareció el pesador, todo cubierto de polvo, que gritó, mirando a los trineos:

—¡Que  se acerquen los de Dubróvinsk! ¿Dónde está el presidente?

—¡Presente! —atronó el aludido, a la manera del ejército.

—¿Trae la documentación en regla?

—Todo en regla.

Mientras los que habían llegado antes enganchaban, Stepán y Afonka se abrieron paso hasta la misma puerta. En medio del camino, un cosaco alto y moreno, con gorra del regimiento Atamanski

 

 

 

y el capuchón caído sobre el capote, trataba  de hacerse obedecer  de su buey,  que no cesaba de menear la cabeza:

—Arre, arre, diablo... So... So... ¡Quieto!....

—Apártate, paisano —le pidió Stepán.

—Procura salirte del camino.

—¿Dónde me voy a salir? Puedo romper el trineo.

—¡Retira el trineo! —gritó Afonka—. Te has puesto en medio como un grano en el trasero...

¡Eh, tío!....

El de Atamanski calmó de un tremendo puñetazo al buey, y éste, sacando  sus ojos sanguinolentos, metió el arrugado cuello en el yugo.

—Pasad... ¡Pasad!.... —vociferaba el pesador, agitando la documentación en la puerta de la báscula.

Stepán puso sus bueyes al trote y se colocó el primero.

El rumoroso torrente de dorado trigo fluía por la manga revestida de hierro a los sacos. Stepán sujetaba el borde del saco medio sofocado por el oloroso calorcillo del polvo y de la alegría, y contemplaba con asombro el rostro impasible del pesador, que aplastaba indiferente con las botas los granos caídos.

Stepán probó, como antaño,  a echarse  a la  espalda  una talega  de cinco puds, pero,  con un temblor irresistible en las rodillas, se tambaleó, dio dos pasos inseguros y se recostó en la puerta.

—¡Pasa!.... ¡No estorbes! —le daban prisa los cosacos amontonados en la salida.

—Has enflaquecido, abuelo.

—Trae mojada la pólvora.

—¡Agárrate al suelo, que te vas a caer!

—¡Ja-ja-ja-ja!

—Tira el saco, lo recogeré yo. Me vendrá muy bien.

El del regimiento Atamanski, después de uncir los bueyes junto al portón,  ayudó  a Stepán a trasladar los sacos al trineo. Con la idea de esperar a Afonka, el viejo salió a la plaza. Anochecía.

—Ve a pedir albergue donde dormir —propuso Afonka, que se había quedado helado.

—¿Por qué no vas tú?

—Tú usas barba, Prokófich. Tu aspecto es más respetable.

Stepán recorrió la calle entera, pero en ningún sitio les dejaron entrar.

—Todos los días vienen pidiendo lo mismo.

—No hay sitio. Está todo lleno.

—Podéis dormir en la calle.

Stepán, moviendo con trabajo los labios entumecidos, insistía:

—Dejadnos pasar. ¿No sois cristianos?

—Ahora vivimos sin necesidad de la cruz.

—Sigue adelante, abuelo —se desentendían de él.

Stepán salió de la última casa y dio un furioso latigazo al buey, que no tenía la culpa de nada.

—Ya ves cómo es la gente, Afanasi... Tendremos que pasar la noche al pie de una valla.

—¡Deberíamos pegarle fuego al pueblo por los cuatro costados! No son personas, son lobos...

¡No son capaces de darte ni siquiera nieve en pleno invierno!

Desengancharon los bueyes en la explanada de los silos y, entre los penetrantes pitidos de las locomotoras, se tumbaron  sobre los trineos abarrotados de sacos. La explanada era un hormiguero. Los cosacos jóvenes, reunidos en el último trineo, cantaban agradablemente. Una voz, algo ronca, pero fuerte, empezaba:

 

Volvían los cosacos licenciados a sus casas.

 

 

 

Y otras voces, endurecidas por el viento y la helada, le acompañaban:

 

En los hombros las insignias, cruces en el pecho...

 

Stepán, atento a la canción, pasaba incrédulo la mano por las ataduras de los sacos repletos. Ante sus ojos cerrados se extendía el negro campo arado del túmulo del Atamán. Y él, Stepán, lanzaba a puñados los pesados granos de trigo...

 

* * *

 

Hacia medianoche, un viento racheado  empezó  a soplar desde el Norte. En los techos de los vagones llegados de Moscú la nieve relucía como el cristal, mientras que junto a las vías, donde el deshielo era más patente, la tierra negra olía a otoño,  a las primeras heladas y a escoria fría.

Sobre la ciudad, se lanzaba la mole cuadrada del silo, de un color rosado turbio. Ante la valla de tablas los bueyes se apretaban unos a otros con las cabezas bajas, mientras que en la explanada el viento arremolinaba un polvo de nieve y arrancaba un zumbido penetrante y fino en los cables del telégrafo.

Stepán se despertó cuando la noche acababa y la lanza de la Osa Mayor se había hundido en el techo plano  del silo. Removió las piernas  entumecidas  y bajó del trineo. A su lado,  respirando pesadamente y cubiertos de escarcha, estaban los bueyes. Los trineos parecían revueltos almiares negros de heno. Un perro sin amo se acurrucaba tiritando.

Stepán despertó a Afonka. Aparejaron y en medio de la espesa oscuridad que precede al amanecer, salieron de la ciudad.

Subieron una cuesta. Sobre la ciudad se extendió el aullido de una locomotora. Afonka, que caminaba junto a Stepán, señaló atrás con el mango del látigo:

—¡Cómo relincha el maldito potro! Por muchos miles de puds que le carguen, ni siquiera jadea una vez. Nosotros, en cambio, llevamos veinte puds y debemos hacer a pie todo el camino. Tú, al menos, llevas bueyes, pero yo, fíjate en mi tiro: un buey de tres años y una vaca. Le das con el látigo  y ella, la miserable, mueve el rabo y trata de ensuciarle a uno...  ¡Parece una señorita de ciudad!.... —volvió los ojos inflamados, sacudió un fuerte latigazo a la vaca y cayó en el trineo, con las piernas en alto.

Al mediodía llegaron a Óljovi Rog. Las calles estaban llenas de gente vestida de fiesta. Sólo entonces recordó Stepán que era domingo. Ante la iglesia se detuvieron.

—No podremos subir la loma... El camino está muy malo.

—Es muy posible... —asintió Afonka—. Todo es arena, no hay nada de nieve.

—Tendremos  que contratar a alguien que nos suba los sacos en un carro.

—Le podemos pagar en trigo.

Sentados en unos  troncos  amontonados  ante la  primera  casa,  alrededor  de  ocho tauridanos dominados por la modorra de la fiesta comían pepitas de girasol. Stepán se acercó con el desflecado gorro en la mano.

—Buenos días, buena gente.

—Buenos días —contestó el de más edad, un labrador de barba entrecana.

—¿Nos ayudaríais a subir la carga a lo alto de la loma? El camino es de arena, hay poca nieve y nuestros trineos se han atascado...

—No —se limitó a decir el tauridano, escupiendo en su propia barba las cáscaras de una pepita.

—Os pagaremos. ¡Por Dios os lo pido, ayudadnos!

—No tenemos caballos.

—¿Qué  queréis  que hagamos,  buena gente? Porque  si  no nos ayudáis,  estamos perdidos 

insistió Stepán.

 

 

 

—No sabemos qué podéis hacer —replicó indiferente otro, cubierto con un gorro de piel de liebre.

Todos quedaron en silencio. Afonka se acercó, inclinándose profundamente.

—¡Por favor os lo pedimos!

—No. No podemos.

Un tauridano joven y robusto, vestido con una excelente pelliza, se acercó a Stepán y le dio una palmada en la espalda.

—Escucha una cosa, abuelo: vamos a pelear tú y yo. Si me vences os ayudaré a subir la carga. Si te venzo yo, no hay nada que hacer. ¿Conforme? —Sus ojos, grises y redondos, reían, flotando en la grasa colorada de las mejillas.

Stepán miró las sonrisas de los tauridanos y se puso el gorro.

—Parece, hermanos, que tenéis ganas de burlaros... La desgracia ajena no os afecta.

—¡Vamos a probar! —rió el tauridano joven, arqueando las cejas por debajo de su gorro de astracán.

Stepán  se despojó  de las  manoplas  y miró los  amplios  hombros del  adversario,  que casi  no cabían en la pelliza.

—¡Venga!

—¡Así se habla!....

Se  agarraron  del  cinturón. Metiendo  los  dedos  bajo  la  faja  de  paño  de  Stepán,  con una respiración alegre y fácil el tauridano pidió:

—Recoge la barriga.

Dieron  unas  vueltas  lentas,  probando  las  fuerzas  del  adversario.  Stepán,  con los  párpados arrugados, puso en juego el hombro,  que apoyó en el pecho del tauridano. Éste dio un paso atrás, tratando de arrastrar a Stepán. Así dieron tres vueltas. Stepán sentía que el tauridano —joven y bien nutrido— era más fuerte que él y peleaba sin ganas, convencido de que iba a ganar.

Decidido a todo, dobló la rodilla izquierda y se tiró de espaldas, golpeándose dolorosamente la nuca en un pegote de tierra helada. El tauridano, volteado por las piernas de Stepán, cruzó  por encima de él y cayó pesadamente. Stepán quiso saltar como en otros tiempos, cuando era joven, pero las piernas no le obedecieron, y el tauridano se arrojó sobre él, y le aplastó los omóplatos contra la nieve del camino, revuelta por los cascos de los caballos.

Los  rodearon entre grandes risotadas.  Aplaudieron  con las  manoplas  puestas. Stepán suspiró mientras sacudía el gorro:

—Si tuvieses diez años menos, ya habríamos visto...

—Está bien, abuelo, sea: os ayudaré  a subir la carga. Te has portado  bien —rió el tauridano, jadeante y satisfecho—. Llevad los trineos a esa casa.

Trasladaron el grano  a un amplio carricoche y el tauridano que había peleado con Stepán hizo restallar el vistoso látigo sobre la troika de bien nutridos caballos.

—Empujad vosotros.

En lo alto de la loma, a cuatro verstas del poblado, volvieron a colocar los sacos en los trineos. Salvo contados espacios, la nieve cubría el camino.

 

* * *

 

Los bueyes no podían más. A espaldas de los trineos quedaba la huella reluciente que los patines de los trineos dejaban en la nieve aplastada.

Hasta el jútor quedaban unas treinta verstas. Stepán propuso a Afonka:

—Vamos a seguir. Aunque sea de noche, llegaremos.

—No nos queda ni una brazada de heno para darles a los bueyes. Lo único que haríamos sería agotar a los animales.

 

 

 

Cuando ya estaba oscuro llegaron al bosque Kazinni. En el cielo, despejado y negro, ardían sin llama las espesas acumulaciones de estrellas, rodeadas de ligera neblina. Había empezado a helar. Stepán abría  la  marcha.  Descendieron  a una  vaguada.  Por  delante  de los  bueyes  apareció  una sombra oblicua, seguida de un hombre.

—¿Quién va?

—Somos de la stanitsa, de Dubróvinsk —dijo Stepán, poniéndose en guardia, y miró a Afonka, que se acercaba.

—¡Alto!

—¿Con qué derecho?

—¡He dicho que alto!....

Un hombre  de escasa talla, envuelto en un capuchón, se acercó. El revólver pavonado brillaba en el guante.

—¿Qué lleváis?

—Trigo para simiente...

El corazón le dio a Stepán un vuelco, su voz tembló. Miró a un lado y vio que se aproximaba un carro tirado por cuatro caballos. El del capuchón  se le acercó de lleno, poniéndole delante el acero frío y empañado.

—¡Descarga!....

Del carro se acercaron dos, haciendo rechinar sus botas.

—¡Pégale un tiro!.... —gritó uno de ellos.

La culata del revólver partió el borde del gorro y se hundió en la sien de Stepán. Éste se arrastró de rodillas.

—¡Des-car-ga!.... —vociferó el del capuchón, inclinándose sobre él y metiéndole el cañón del revólver entre los dientes.

—Es el trigo para simiente... ¡Hermanos!.... ¡Hermanos queridos!.... ¡Ay!.... —sollozaba Stepán, arrastrándose de rodillas y arañándose las manos hasta hacerse sangre en la tierra helada.

El primero que había acudido del carro derribó a Afonka de un culatazo y le echó encima un terliz que había tomado de los trineos.

—¡Quieto y no te muevas!....

El carro avanzó con estrépito y se colocó junto a los trineos. Dos de ellos, jadeando, trasladaron al carro los sacos, mientras que el tercero, el del capuchón, vigilaba a Stepán. Por debajo de sus bigotes, ralos y caídos, se veían unos dientes mellados.

—Llevaos también el terliz —ordenó un cuarto, que permanecía en el pescante.

Los bueyes tiraron fácilmente del trineo vacío y siguieron camino adelante. Afonka se acercó  a

Stepán, que yacía de bruces en el suelo.

—Levántate, se han ido...

Por el campo, fuera del camino, traqueteaban mudas las ruedas del carro al alejarse. Stepán se puso en pie y tragó la sangre que le llenaba la boca. La sombra negra del carro  se divisaba a lo lejos. Poco después se extendía  con amplio eco por la vaguada el estampido de un disparo hecho para intimidar a las víctimas.

—Vaya suerte la nuestra... —dejó escapar Afonka con voz sorda; y rompiendo entre sus manos el mango del látigo, gritó—: ¡Nos han ofendido!....

Stepán se levantó del suelo, con la ropa revuelta y aspecto terrible, tambaleándose a la luz helada y azulina de la luna. Afonka, encorvado, lo miró y un recuerdo surgió ante sus ojos: el invierno anterior había matado un lobo; la perdigonada le había destrozado un ojo y la fiera daba vueltas terribles ante la cerca de la era, se paró en medio de la esponjosa nieve, sentándose sobre las patas traseras para morir de una muerte muda, sin exhalar el menor sonido...

 

* * *

 

 

 

La cuarta semana de la cuaresma, el Jútor salió a sembrar.

Stepán permanecía  sentado en el  portal.  Con una vara trazaba dibujos  en la tierra,  blanda  y pegajosa, que él acariciaba furiosamente con sus ojos hundidos en una sima negra...

Durante algún tiempo anduvo enfurruscado  y mudo. La familia, que en los primeros días se había desgañitado  en llanto,  miraba  con congoja  y miedo  la  temblorosa  cabeza de Stepán;  sus manos sin fuerza, que no dejaban de acariciar los mechones rojizos de la barba. Una noche de la Semana Santa salió por primera vez al túmulo del Atamán.  La estepa, empedrada de argénteos rayos de luna, medio se ocultaba en una ligera neblina. Entre las hierbas secas, una liebre chillaba desaforadamente llamando al macho. Los tallos viejos se enderezaban  bajo el empuje de los brotes nuevos.

Algunas nubes cruzaban a baja altura, tapando la luna en cuatro creciente; los rayos que conseguían  atravesar el  cedazo de las  nubes palpaban  sin  ruido las  hierbas  débiles  y dormidas, Stepán se detuvo al pie del túmulo, a unas veinte brazas de su tierra.

Al otro lado se extendía  el campo arado y engañado por él. Entre los surcos crecía impetuosa la hierba. A Stepán le daba miedo acercarse y mirar aquella tierra negra levantada con su esfuerzo. Permaneció  quieto  con los  brazos  caídos,  moviendo  los  dedos.  Un estertor  cortó su  profundo suspiro...

Desde entonces, casi todas las noches, sin que nadie lo advirtiese, salía de casa. Llegaba hasta el túmulo y su endurecida mano arrugaba la camisa en el pecho. Y el campo labrado yacía tras el túmulo con una oscuridad calavérica, erizado por las hierbas, mientras el viento secaba los pegotes de tierra y mecía los ramosos tallos de la hierba...

 

* * *

 

En vísperas de la Trinidad empezó el corte de heno en la estepa. Stepán había convenido con Afonka el hacerlo juntos. Salieron al campo y la primera noche desaparecieron sus bueyes,  que habían quedado sueltos para pastar.

Los buscaron un día entero. Recorrieron  en un sentido  y en otro los  terrenos  de la stanitsa, miraron todos los barrancos y quebradas. No había quedado la menor huella de los animales. A la caída de la tarde, Stepán volvió a casa, se echó  el capotón sobre los hombros y se detuvo  ante la puerta, sin volver la cabeza.

—Voy a los poblados ucranianos. Si alguien se los ha llevado, tiene que ser ahí.

—Llévate provisiones... Provisiones para el camino —se inquietó la vieja.

—Ya me las arreglaré —arrugó  Stepán las cejas, y salió agitando ampliamente el palo que le servía de bastón, partiendo con él los plumeros del ajenjo.

A la salida del jútor se cruzó con Afonka.

—¿Vas a ver a los ucranianos, Prokófich?

—Sí.

—Que Dios te acompañe.

—Que él  me ayude.

—La segadora la he dejado en la estepa; cuando vuelvas, la traeremos —gritó Afonka, alejándose.

Stepán, sin volverse, asintió con la mano. Hacia el mediodía llegó al jútor Nizhne-Yáblonski y se acercó a ver a un compañero de regimiento. Se contaron  sus penas, él se reconfortó con un vaso de leche y siguió adelante. Por el camino preguntaba  a cuantos se tropezaba:

—¿No habéis encontrado una pareja de bueyes? Uno tiene un cuerno roto, los dos son colorados.

—No.

—No los hemos visto.

—No hemos visto nada.

 

 

 

Y Stepán seguía adelante por el camino gris. Se apoyaba en el bastón, sudoroso, y se pasaba la áspera lengua por los labios resecos por el viento.

Ya avanzada la tarde, en un cruce de caminos alcanzó a un carro de heno. En lo más alto iba sentado un chiquillo de cabeza amarilla y sin gorro, como de unos tres años. El caballo lo conducía un hombre de calzones de lienzo, manchados de grasa de la segadora y sombrero de paja de faena. Stepán se acercó a él.

—Buenas tardes.

La mano con el látigo subió con desgana hasta el ancha ala del sombrero de paja.

—¿Ha visto usted unos bueyes?,.. —empezó Stepán, y se quedó cortado.

La sangre zumbó en sus sienes, dejando blancas las mejillas,  y le afluyó al corazón: bajo el sombrero  de paja había una cara cuya sola vista le abrasaba. Era una cara que como  una llama blanca se le aprecia en la oscuridad de las noches de insomnio, sin apartarse jamás de sus ojos... Bajo la sombra del ala del sombrero, sin adivinar nada, le miraban indiferentes unos ojos fatigados; unos bigotes ralos y quemados por el sol colgaban sobre los labios entreabiertos, un espacio negro interrumpía la fila amarilla de dientes sucios por el humo del tabaco.

—¡Aaah! ¡Por fin te encontré!....

Bajo el sombrero, primeramente palideció la frente bronceada por el sol. La palidez se deslizó lentamente por las mejillas y llegó hasta la barbilla. Un ligero temblor se apoderó de los labios.

—¿Sabes quién soy?

—¿Qué quiere? ¿Qué necesita de mí?... ¡No le he visto en mi vida!

—¿Que no?... ¿Y el trigo del invierno?... ¿Quién me lo robó?...

—Yo no... No sé nada... Se ha confundido...

Stepán sacó con ligereza una horquilla de tres puntas que sobresalía del carro y la agarró por cerca del hierro. El tauridano, inesperadamente, se sentó ante las patas del sudoroso caballo, que se había detenido, apoyó las manos en el polvo y miró a Stepán de abajo arriba.

—Se me murió la mujer... Me ha quedado  esa criatura... —dijo con una indiferencia terrible en la voz, señalando al carro con un dedo tembloroso.

—¿Por qué me ofendiste de ese modo? —preguntó Stepán, jadeante.

El tauridano miró estúpidamente sus calzones de lienzo y balanceó su cuerpo.

—Llévate al caballo, abuelo... La necesidad me agobia... ¿Aceptas? Toma mi caballo. ¡Por Dios te lo pido! Todo quedará entre nosotros... Hagamos las paces... —dijo con gran rapidez, tartajeando y removiendo con las manos el polvo del camino.

—¡Me ofendiste! ¡La tierra la tengo muerta! ¿Qué me dices a eso? ¡Hemos  pasado hambre! ¡Nos quedamos hinchados de la hierba que tuvimos que comer!.... ¿Qué me dices a eso? —gritó Stepán, acercándose más todavía.

—Enterré  a la mujer... tenía una enfermedad de mujeres... Ahí está el chiquillo... Cumplirá tres años  en  pascua...  ¡Perdóname,   abuelo!....  Hagamos  las  paces...  Te  devolveré  el  trigo... —El tauridano, presa de mortal angustia, meneaba la cabeza. Su lengua, ya con el torpor de la muerte, se negaba a obedecerle, agarrotada por un espasmo de terror animal...

—¡Reza  a Dios! —dijo Stepán con un suspiro, y se santiguó.

—¡Espera! Aguarda... ¡Por Dios te lo pido!.... ¿Y el chico?

—Yo me haré cargo de él... No te preocupes por eso...

—No he terminado de acarrear el heno... ¡Oh! Se perderá la hacienda...

Stepán levantó la horquilla, por un breve instante la mantuvo  sobre su cabeza y, sintiendo un creciente  zumbido en  los  oídos,  con un lamento,  la  hundió en  aquel  cuerpo  blando,  que  se estremeció con un ligero temblor...

Echó un manojo de heno sobre la cara, ya amarilla y severa, pegada al suelo. Luego subió al carro y tomó entre sus brazos al chiquillo, que lloraba desgarradamente entre el heno.

Se apartó del carro y con paso inseguro de borracho  se encaminó hacia las luces del poblado, que se consumían  en las faldas de un cerro. Sujetando contra su pecho al chiquillo, que trataba de

 

 

 

desprenderse con movimientos convulsivos, murmuraba,  apretando las mandíbulas para evitar el castañeteo de los dientes:

—¡Calla, hijo! Ea... calla, o te llevará el lobo. ¡Cállate!....

El pequeño, con los ojos fuera de las órbitas, se debatía esforzándose por soltarse, chillaba en la tranquilidad imperturbable de la estepa inundada por el azul del atardecer:

—¡Papá!.... ¡Pa-pá! ¡Pa-páá!

 

1925-1926

 

UN ENEMIGO MORTAL

 

 

 

EL SOL, anaranjado e incapaz de calentar con sus rayos,  no se había  ocultado aún tras la línea netamente trazada del horizonte; pero la luna, fundida en oro en el intenso añil del ocaso, salía ya con paso seguro por Oriente y teñía la nieve recién caída de un tono ligeramente azulado.

El humo  se elevaba desde las chimeneas en columnas esponjosas que acababan por disolverse, en el jútor olía a hierbas quemadas y a ceniza. El graznido de los grajos era seco y preciso. Desde la estepa avanzaba la noche, haciendo más densos los colores. Y apenas se puso el sol cuando sobre el cigoñal del pozo apareció, rutilante, una estrellita, tímida y confusa como la muchacha que por primera vez es requerida de amores.

Después  de cenar,  Efim, salió  al  patio,  se ciñó cuanto pudo el  capote,  se subió  el  cuello  y, aterido, emprendió la marcha  a lo largo de la calle. Antes de llegar al viejo edificio de la escuela torció por un callejón y entró en el último patio. Abrió la puerta del zaguán y prestó atención: en la casa hablaban a grandes voces y reían. Apenas hubo empujado la puerta cuando la conversación se interrumpió. Junto al horno había una nube de humo de tabaco, el ternero dejaba caer sobre el piso de tierra un fino chorrito. Al oír el chirrido de la puerta volvió sin ganas la cabeza con sus largas orejas y lanzó un mugido.

—¡Buenas noches!

—Buenas nos dé Dios —contestaron  dos voces, una después de otra.

Efim cruzó, tratando de no pisar el charco que se alargaba desde las patas traseras del ternero, y se sentó  en  el  borde  de un banco.  Volviéndose  hacia  el  horno, donde  en  cuclillas  se  habían acomodado los fumadores, preguntó:

—¿Empezará pronto la reunión?

—En cuanto acuda la gente, aún hay pocos —contestó el dueño de la casa, y dando un manotazo al ternero echó unos puñados de arena en la mojadura.

Cerca del horno, Ignat Bórchev  apagó el cigarrillo, lanzó a través de los dientes un escupitajo verdoso,  se acercó a Efim y se sentó a su lado.

—Bueno, Efim, tú debes ser el presidente. De eso estábamos hablando... —Sonrió burlonamente, acariciándose la barba.

—Esperaré un poco.

—¿Cómo es eso?

—Temo  que no hagamos buenas migas.

—Nos  entenderemos...  Tú eres  un muchacho  que vienes  bien  para el  cargo, estuviste  en  el

Ejército Rojo, perteneces a la clase pobre.

—Necesitáis a uno de los vuestros...

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que  os conviene uno que haga lo que vosotros  queráis. Que os mire a los ojos a los ricos como tú y baile al son que vosotros toquéis.

Ignat carraspeó y sus ojos relampaguearon bajo el gorro de piel de carnero. Hizo un guiño a los que se agrupaban junto al horno.

—Casi  tienes  razón...  Personas como tú no las  necesitamos  ni gratis...  ¿Quién  va contra la comunidad? ¡Efim! ¿Quién se atraviesa a la gente como un hueso en la garganta? ¡Efim!

¿Quién trata de hacer méritos ante los pobres? ¡También Efim!

—¡Nunca trataré de hacer méritos ante los ricos!

—¡Y no pedimos que lo hagas!

Desde la parte del horno,  después de dejar escapar una bocanada de humo,  Vlas Timoféievich dejó oír su voz en tono contenido:

 

—En nuestro jútor no hay ricos, lo que hay son pobretones... En cuanto a ti, Efim, te elegiremos

 

para un cargo cualquiera. Por ejemplo, en cuanto venga la primavera te pondremos  a guardar  el ganado, o para cuidar los melonares.

Ignat  rompió a  reír,  agitando  una  manopla  de  lana.  Las  carcajadas  junto al  horno fueron unánimes y prolongadas. Cuando las risas cesaron, Ignat se limpió la saliva de la barba y, dando una palmada en el hombro de Efim, que había quedado pálido, dijo:

—Así están las cosas. Efim. Nosotros, los labradores ricos, somos unos tales y unos cuales, pero en cuanto llega la primavera, todos tus pobres, todos los proletarios, se me acercan con el gorro en la mano,  a mí, un tal y un cual, y piden humildemente: «Ignat Mijáilich, ayúdame  a labrar una desiatina. Ignat Mijáilich, por el amor de Dios, préstame una medida de mijo hasta que recoja la nueva cosecha...» ¿Por qué recurrís a nosotros? ¡Ahí está el quid! Uno le hace un favor a cualquier hijo de perra y él, en vez de agradecerlo, va y presenta una denuncia: para evitar el pago de impuestos, no ha declarado el grano que guardaba de simiente. Pero dime: ¿por qué he de pagar a tu gobierno? Si tiene la bolsa vacía, que vaya a pedir limosna. Algo le darán...

—¿Le diste la primavera pasada a Dunka  Vorobiova una medida de mijo? —preguntó Efim, torciendo convulsivamente la boca.

—¡Sí!

—¿Y cuánto la has hecho trabajar en cambio?

—¡Eso no es cosa tuya! —replicó secamente Ignat.

—Todo el verano dobló el espinazo para recoger tu heno. Sus hijos escardaron tus huertos... —

gritó Efim.

—¿Y quién denunció a toda la comunidad por no haber declarado el grano que reservábamos para la siembra? —vociferó Vlas junto al horno.

—¡Si volvéis a repetirlo, haré lo mismo!

—¡Te taparemos la boca! ¡No graznarás muy fuerte!

—Recuerda, Efim: el que no obedece a la comunidad es enemigo de Dios.

—Ya lo dice el proverbio: vosotros, los pobres, sois la manga; nosotros somos la pelliza. Efim, con manos temblorosas, lió un cigarrillo. Sonrió irónico, mirando de reojo.

—No,  señores ancianos, vuestro tiempo ha pasado. ¡No volverán! Hemos establecido el poder de los  Soviets  y no permitiremos  que nadie  ponga el  pie en la garganta del  pobre. No ocurrirá lo mismo que el año último, cuando os quedasteis con las tierras negras y nos dejasteis las arenosas.

¡No os saldréis con la vuestra! ¡Nosotros no somos hijastros del poder soviético!....

Ignat, congestionado  y terrible, con la frente arrugada, con la cara desfigurada por la cólera, levantó la mano.

—¡Ten cuidado, Efim, no des un paso en falso!.... ¡No te nos cruces en el camino!.... ¡Viviremos tal y como habíamos vivido antes, y tú mantente a un lado!....

—¡No me mantendré!

—¡Si no te apartas, te quitaremos de en medio! Te arrancaremos de raíz, como se hace con la mala hierba... Tú no eres amigo nuestro ni te consideramos como  a un vecino del jútor. ¡Eres un enemigo mortal, eres un perro rabioso!

La puerta se abrió de par en par y a la vez que una nube de vapor, en la casa entraron  unas doce personas. Las mujeres  se santiguaron  vueltas  hacia  los  iconos,  y se  retiraron  a un ángulo.  Los hombres  se quitaron los gorros, carraspeando y arrancándose de los bigotes los pequeños carámbanos. Media hora después, cuando la cocina y el cuarto se habían llenado de bote en bote, el presidente de la comisión electoral se puso en pie detrás de la mesa y dijo con la voz de costumbre:

—Queda abierta la asamblea general de ciudadanos del jútor Podgórnoe.  Debemos proceder a la elección de la presidencia de la asamblea.

 

* * *

 

 

 

Cerca de la medianoche, cuando el humo del tabaco hacía casi imposible la respiración  y el quinqué menudeaba los guiños a punto  de apagarse, mientras que las mujeres no podían aguantar los golpes de tos, el secretario de la asamblea, con los ojos medio ebrios puestos en la hoja de papel, gritó:

—¡Se da lectura a la relación de las personas elegidas para el Soviet! Por mayoría de votos han sido elegidos: primero, Prójor Rvachov; segundo, Efim Ózerov.

 

* * *

 

Efim entró en la cuadra, puso una brazada de heno en el pesebre de la yegua y se encaminó hacia el portal. Cuando ponía el pie en los peldaños, que crujían a causa del frío, en el cobertizo se dejó oír el canto del gallo. En el lienzo negro del cielo danzaban los puntillos amarillos de las estrellas. Las Pléyades lucían sobre su misma cabeza. «Medianoche», pensó Efim, haciendo sonar el picaporte. En el zaguán, arrastrando las botas de fieltro, alguien se acercó a la puerta.

—¿Quién va?

—Soy yo, Masha. ¡Abre!

Efim cerró bien la puerta y encendió una cerilla. La mecha, que flotaba en el sebo de carnero del platillo, crepitó humeante. Efim se despojó del capote y se inclinó sobre la cuna, colgada del techo a la cabecera de la cama. Sus cejas se ensancharon,  un tierno pliegue se formó en su boca;  sus labios, lívidos de frío, murmuraron las acostumbradas palabras de cariño. Entre unas viejas ropitas, con los gordezuelos bracitos abiertos en cruz, colorado por el sueño y desnudo hasta la cintura, estaba el  primogénito,  un pequeñuelo  de seis  meses. A su lado,  junto a la almohada,  estaba el chupete, una bolsita de tela llena de pan mascado.

Poniendo la mano ante la cerilla encendida, Efim, con un soplo de voz, llamó a su mujer.

—Cámbiale de ropa. Se ha meado el granuja...

Y mientras ella cogía del horno un pañal seco, Efim continuó:

—Masha, me han elegido secretario.

—¿Sí? ¿Qué dicen Ignat y los otros?

—¡Se han puesto hechos una furia! A los pobres los tengo todos a mi lado.

—Ten cuidado, Efímushka, no te busques una desgracia.

—La desgracia no será para mí, sino para ellos. Ahora  empezarán a ponerme zancadillas. De presidente han elegido al yerno de Ignat.

 

* * *

 

Desde el día de las elecciones parecía como si un surco hubiera pasado por el jútor dividiendo a la gente en dos campos enemigos. En uno estaban Efim y todos los campesinos pobres; en el otro, Ignat y su yerno el presidente, Vlas, dueño del molino de agua, otros cinco ricachos y parte de los campesinos medios.

—¡Nos van  a pisotear en el fango! —gritaba furioso Ignat en plena calle—. Sé lo que Efim pretende. Quiere manejar a todos.  ¿Habéis oído lo que va diciendo Fedka el zapatero? Que van a tener en comunidad la tierra, la cultivarán todos juntos y acaso compren  un tractor... No, antes de equipararte a mí has de tener cuatro  pares de bueyes. Porque lo único que hasta ahora tienes son piojos  en los  calzones  y miseria.  A mi modo de ver,  eso del  tractor  es una tontería.  ¡Nuestros abuelos no lo necesitaron para nada!

Un domingo por la tarde se habían reunido cerca del patio de Ignat. La conversación recayó en el reparto de las tierras que se verificaba en primavera. Ignat, vestido con sus mejores ropas con ocasión de la fiesta, meneaba la cabeza y lanzando unos eructos que apestaban a vodka,  se movía alrededor de Iván Donskov.

 

 

 

—No, Vania, tú juzga como un buen vecino. Dime, por ejemplo, ¿para qué necesitáis la tierra que está cerca del embalse Perenosni? ¡En serio! La tierra allí es grasa, hay que labrarla y trabajarla debidamente. ¿Y cuánto puedes arar tú con un par de bueyes? Según el modo soviético, eres un campesino medio, o sea que estás entre Efimka y yo. Pues bien, ¿con quién te conviene entenderte? Eso es lo que por las buenas, entre vecinos... ¿Para qué necesitáis la tierra de Perenosni?

Iván metió un dedo en la descolorida faja y preguntó serio y sin andarse por las ramas:

—¿Qué es lo que pretendes?

—Me refería a la tierra esa... Juzga tú mismo, es una tierra grasa...

—¿Quiere  decirse,  a  tu modo de ver,  que nosotros  podemos  sembrar  hasta los  terrenos  de arcilla?

—¡Eso mismo!.... En cuanto a la arcilla... ¿Por qué en terrenos arcillosos? Podíamos ceder...

—La tierra de Perenosni es grasa... Ten  cuidado, tío Ignat, no se te atragante...  —E Iván dio bruscamente la vuelta y se marchó.

Un silencio molesto se hizo durante largo rato entre los que se habían quedado.

Mientras tanto, en las afueras del jútor, en casa de Fedka el zapatero, Efim, sudoroso y enrojecido, con el pelo revuelto, gesticulaba furiosamente:

—¡Hace  falta  ayudar  con hechos,  y no con la  pluma!  Los  corresponsales  rurales  se  han multiplicado  como las  moscas. Entre  verdades  y mentiras,  dicen  tantas  cosas  que  a  veces  da náuseas leer el periódico. Pero pregunta a cualquiera de ellos qué ha hecho prácticamente. En vez de lamentarse y de refugiarse en el regazo del gobierno como el chiquillo que busca el amparo de la madre, hay que enseñarle el puño a los ricos. ¿No digo bien? ¡Al infierno! Los campesinos pobres no deben andar eternamente buscando la protección del poder soviético; ya es hora de que caminen por su pie por el mundo. ¡Justamente, sin andaderas! Yo he entrado  en el Soviet, ahora veremos quién puede más.

 

* * *

 

La noche había acumulado torpemente la oscuridad en las callejas, en los huertos, en la estepa. El viento, con un silbido de bandolero, galopaba por las calles, cimbreaba los árboles pelados y sujetos por la helada, se asomaba insolente bajo los aleros, revolviendo las plumas ahuecadas de los dormidos gorriones  y obligándolos a recordar,  en sus sueños,  la guinda madura y lavada por el rocío de la mañana, los  gusanos de las  boñigas  y demás exquisiteces  con las que nosotros, los hombres, no soñaremos nunca en las noches de invierno.

Junto  a la valla de la escuela, en la oscuridad, brillaban las luces de los cigarros. A veces, el viento seapoderaba de la ceniza y de las chispas y las llevaba cuidadoso a lo alto hasta que las chispas se apagaban.  Y entonces, sobre la nieve de un denso color de violeta, de nuevo temblaban la oscuridad y el silencio, el silencio y la oscuridad.

Uno de los hombres, con la pelliza desabrochada, fumaba en silencio, apoyado en la valla. Otro, a su lado, mantenía la cabeza hundida entre los hombros.

Durante largo  rato, el  silencio  no fue  turbado por nadie.  Después  se inició la  conversación. Hablaban en tono bajo, conteniendo la voz:

—¿Qué tal?

—Pone obstáculos. Mi suegro tiene una moza de criada y él me ha preguntado hoy si había sido concluido el contrato  de trabajo. Le he dicho que no lo sabía. Y él ha replicado: «Un presidente debe saberlo, estas cosas pueden costarte un disgusto...»

—¿Lo quitamos de en medio?

—Habrá que hacerlo.

—¿Y si se sabe?

—Procuraremos borrar las huellas.

—¿Cuándo, entonces?

 

 

 

—Ve por casa, cambiaremos impresiones.

—No sé... me da miedo... Matar a un hombre no es cualquier cosa.

—¡No hay otro remedio, estúpido! ¿Comprendes?  Puede arruinar  todo el jútor. Si da cuenta exacta de las sementeras, con el impuesto nos sacarán el pellejo. Y la cuestión de la tierra... Es el único que solivianta a los pobres. ¡Sin él los tendremos a todos así!....

En la oscuridad crujieron los dedos apretados en un puño. El viento se llevó una obscena imprecación.

—En qué quedamos, ¿irás?

—No sé... acaso vaya... ¡Iré!

 

* * *

 

Acababa Efim de desayunarse y se disponía a ir al comité ejecutivo cuando al volverse hacia la ventana vio a Ignat.

—Viene Ignat. ¿Qué será?

—No llega solo. Le acompaña Vlas el molinero.

Entraron los dos en la casa, se quitaron el gorro y se santiguaron fervorosamente.

—¡Buenos días!

— Buenos días —contestó Efim.

—Hace un tiempo excelente, Efim Mikolaich. Hace un buen día; con la nevada que ha caído, uno siente deseos de salir a la liebre.

—¿Quién os lo impide? —preguntó Efim estupefacto, sin comprender el motivo de tan insólita visita.

—Eso no está ya para mí —dijo Ignat, tomando asiento—. Tú sí que puedes: es cosa de jóvenes, podías acercarte a mi casa, tomar los perros y salir a la estepa con ellos. Sin que nadie los llevase han matado una zorra junto a los huertos.

Vlas se desabrochó  el capotón, se sentó en la cama y moviendo la cuna, carraspeó:

—Queríamos tratar un asunto contigo, Efim.

— ¡Hablad!

—Hemos oído que tienes intención de dejar el jútor y de trasladarte a vivir a la stanitsa. ¿Es cierto?

—No pienso moverme de aquí. ¿Quién os lo ha dicho? —preguntó asombrado Efim.

—La gente lo comenta —contestó  Vlas, evasivo—. Eso  es lo que nos trae. ¿Qué necesidad tienes de trasladarte a la stanitsa cuando muy cerca puedes comprar una casa con sus dependencias y muy barato, además?

—¿Dónde es eso?

—En Kalínovka.  La  venden a buen precio.  Si  te interesa,  podemos  prestarte algún  dinero. También te ayudaríamos en el traslado.

Efim sonrió:

—Querríais libraros de mí, ¿verdad?

—¡Qué  cosas se te ocurren! —negó Ignat con grandes aspavientos.

—Escuchad lo que voy a deciros. —Efim se acercó a Ignat hasta casi tocarlo—. Del Jútor no me iré a ningún sitio, ¡os lo podéis quitar de la cabeza! ¡Comprendo muy bien de qué se trata! ¡No me compraréis  ni con dinero  ni con promesas!  —Enrojeciendo  intensamente,  con una  respiración convulsiva, gritó como si escupiese en la cara barbuda y perversa de Ignat—: ¡Vete de mi casa, perro viejo! Y tú también, molinero... ¡Idos, víboras!.... Y pronto, antes de que os saque las tripas.

En el  zaguán, Ignat  se entretuvo   largamente en subirse el  cuello  del  capotón. De espaldas  a

Efim, articuló lentamente:

—¡Te  acordarás de esto, Efimka! ¿No quieres irte por las buenas? Conforme. ¡De  esta casa te sacarán con los pies por delante!

 

 

 

Sin poderse dominar, Efim agarró el cuello del capotón con ambas manos y, después de sacudir furiosamente  a  Ignat,  lo tiró por la  escalera  del  portal.  Ignat,  enredado  en  los  faldones  de  su vestimenta, cayó pesadamente al suelo, pero se levantó con presteza, con la agilidad de un joven, y limpiándose la sangre de los labios, que se había  partido en la caída,  se arrojó sobre Efim. Vlas abrió los brazos y lo contuvo:

—Déjalo, Ignat, ahora no... hay tiempo...

Ignat, inclinado adelante, miró durante largo rato a Efim con ojos turbios y fijos, moviendo los labios,  luego  se volvió y se alejó  sin  pronunciar  una sola  palabra.  Vlas  caminaba detrás de él, limpiándole el capotón de la nieve que se le había adherido y volviéndose a veces a mirar a Efim, que seguía de pie en el portal.

 

* * *

 

Hacia las Navidades, en el patio de Efim se presentó,  bañada en lágrimas, Dunka, la criada de

Ignátov.

—¿Qué te ocurre, Duniaja? ¿Quién te ha tratado mal? —preguntó Efim, y clavando la horquilla en el montón de paja acudió con presteza de la era—. ¿Quién ha sido? —volvió a preguntar  cuando estuvo junto a ella.

La moza, con la cara hinchada y mojada por las lágrimas, se sonó en el delantal y limpiándose los ojos con una punta del pañuelo que cubría su cabeza, con voz ronca, empezó a lamentarse:

—Efim, ten piedad de mí... ¡Ay, ay, ay!.... ¿Qué voy a hacer, sola en el mundo como me veo?

—¡No chilles así! Explícame de qué se trata... —levantó Efim la voz.

—El amo me ha echado de casa. Me ha dicho que me fuera, que no me necesita más... ¿Adónde ir ahora? Para San Felipe hizo dos años que estaba con él... Le he pedido aunque fuese un rublo a cuenta de mi trabajo... Él ha dicho que no me daría ni un solo kopek. Que el dinero no es una cosa que nadie encuentre tirado en medio del camino.

—¡Vamos a casa! —dijo lacónicamente Efim.

Se quitó el capote sin prisa, lo colgó de un clavo, se sentó a la mesa e hizo sentarse frente a él a la acongojada muchacha.

—¿Cómo estabas con él, con contrato de trabajo?

—No lo sé... Desde el año del hambre.

—¿Y no firmaste ningún contrato, ningún papel?

—No. Soy analfabeta, apenas si sé firmar.

Después de unos momentos  de silencio, Efim tomó de la estantería una cuartilla de papel de envolver y con letra enrevesada pero clara, escribió:

«Al tribunal popular del distrito 8

»Por la presente...

 

* * *

 

Desde la primavera del año anterior, cuando Efim había presentado en el comité ejecutivo de la

stanitsa una denuncia contra los campesinos ricos, que no habían declarado sus sementeras,  Ignat

—hasta entonces el dueño y señor de todo el jútor— le guardaba un secreto rencor. Abiertamente no lo demostraba, pero disimuladamente, sin que se advirtiera, le hacía todo el daño posible. Una noche, cuando Efim se había ido al jútor, se acercó con dos carros y se llevó casi la mitad del heno que el otro había segado. Efim calló, aunque pudo ver que las huellas de las ruedas conducían hasta la misma era de Ignat.

Dos  semanas después, los lebreles de Ignat llevaron a éste a un cubil de lobos. La madre no estaba. Ignat sacó del cubil a los dos lobeznos —ásperos  e impotentes— y los metió en un saco. Lo ató al arzón, subió al caballo y, sin prisa, tomó el camino de su casa.

 

 

 

El caballo  no cesaba de resoplar  y mantenía las  orejas  recogidas  temerosamente,   se encogía como disponiéndose a dar  un salto.  Los lebreles  se metían  en las mismas patas de la montura, olfateaban el aire, levantando los cheposos morros, y aullaban suavemente. Ignat se balanceaba en la silla, acariciaba el cuello del caballo y sonreía irónicamente para sus adentros.

El corto crepúsculo de verano daba paso a la noche cuando Ignat bajaba la cuesta que conducía al jútor. Bajo los cascos de los caballos saltaban las piedras desprendidas y en el saco del arzón se removían silenciosos los lobeznos.

Poco antes de llegar al patio de Efim, Ignat tiró de la brida y se apeó de un salto. Desató el saco, sacó el primer lobezno que encontró su mano, buscó bajo el suave calor de la piel el fino tubo de la garganta y, torciendo el gesto, la apretó entre el pulgar y el índice. Un breve chasquido. El lobezno, con el gaznate partido, vuela por encima de la cerca al patio de Efim y cae sin ruido en los espesos cardos. Un instante después, el otro cae a dos pasos del primero.

Ignat se limpia las manos con asco, salta sobre la silla y hace restallar la fusta. El animal lanza un resoplido y sale aventado por la calleja, seguido de los lebreles de hundidos flancos.

Aquella noche la loba bajó al jútor y, durante largo rato, como una sombra negra e inmóvil, se mantuvo  junto al  molino. El viento  soplaba  del  Sur  y traía  hasta ella  olores  hostiles,  ruidos extraños. Con la cabeza hundida, pegada a la hierba, la loba se arrastró  hacia la calleja y se detuvo frente al patio de Efim, olfateando las huellas. Sin tomar carrera, saltó la cerca de dos varas y se deslizó por entre los cardos.

Efim, despertado por los mugidos de las bestias, encendió la linterna y salió al patio. Corrió hacia al establo: la puerta estaba entreabierta. Dirigió hacia allí la incierta luz amarilla y vio, caída contra el pesebre, una oveja con las patas muy abiertas, por entre las cuales los intestinos dejaban escapar una nube de vapor. Otra estaba en medio del establo; de su garganta, destrozada, ya no salía sangre.

Por la mañana, Efim encontró casualmente entre los  cardos los  lobeznos  muertos, y adivinó quién había sido el autor de todo aquello. Recogió los lobeznos con una pala, los llevó a la estepa y los tiró lejos del camino.

Pero la loba volvió a visitar otra vez el patio de Efim. Hizo un agujero en la techumbre de junco del cobertizo, mató sin ruido la vaca y desapareció sin que nadie advirtiese su presencia.

Efim llevó la vaca degollada al arenal donde tiraban los animales muertos y desde allí, directamente,  se  dirigió a  la  casa de  Ignat.]Éste  se encontraba   en  un cobertizo,  preparando el costillar de un carro nuevo. Al ver a Efim dejó el hacha, sonrió y, a la espera, se apoyó en el timón de un trineo que guardaba en el cobertizo.

—¡Acércate al fresco, Efim!

Sin perder la calma, Efim se aproximó y se sentó a su lado.

—Tienes buenos perros, tío Ignat.

—Sí, hermano, son unos perros caros... ¡Eh, Razboi, ven aquí!

De los escalones del portal saltó un lebrel de fuerte pecho y largo de patas, que, meneando el enroscado rabo, se acercó a su amo.

—Por Razboi  pagué  a  los  cosacos  de  Ilinsk  una  vaca  con el  ternero.  —Sonriendo  con las comisuras de los labios, Ignat prosiguió—: Es un buen perro... Hace frente al lobo...

Efim alargó la mano hacia el hacha y volvió a preguntar,  mientras rascaba el cuello del lebrel:

—¿Una vaca dices?

—Con  su ternero. Pero no es su precio. Vale más.

Efim, con un movimiento rápido, levantó el hacha y la descargó, abriendo en dos el cráneo del perro. Hasta Ignat llegaron salpicaduras de sangre y de cálida masa encefálica.

Efim, lívido, se puso en pie, tiró el hacha y murmuró en un soplo:

—¿Has visto?

Ignat  se quedó  mirando  con los  ojos  fuera  de las  órbitas,  cortada la  respiración,  las  patas retorcidas del perro.

 

 

 

—¿Te has vuelto loco? —jadeó.

—Me he vuelto loco —murmuró Efim, con un leve estremecimiento—. ¡La cabeza te la debía hundir a ti, canalla, y no al perro!.... ¿Quién tiró los lobeznos a mi patio? ¡Eso fue cosa tuya!.... Tienes ocho vacas.... si pierdes una no es mucho  para ti. A mí, en cambio, la loba me mató la última, mi hijo ha quedado sin leche...

Efim se dirigió a grandes pasos hacia la salida. En el mismo portillo le alcanzó Ignat.

— ¡Lo del perro me lo pagarás, hijo de mala madre!.... —gritó cerrándole el camino. Efim llegó hasta él y respirando en las barbas alborotadas del otro, articuló:

—¡No me toques, Ignat! No tengo nada de común  contigo, no soportaré una ofensa. ¡Al mal contestaré con el mal! Ha pasado el tiempo en que doblaba ante ti el espinazo... ¡Fuera!

Ignat  se  apartó,   cediéndole  el  paso.  Dio un portazo  y durante  largo  rato  no cesó  en  sus imprecaciones, amenazando con el puño a Efim, que se alejaba.

 

* * *

 

Después  de lo del  perro, Ignat  cesó de molestar  a  Efim. Al  encontrarse con él,  saludaba  y apartaba la vista.  Las relaciones siguieron  así hasta que el tribunal  condenó  a Ignat  al pago de sesenta rublos a Dunka,  su antigua criada. Desde aquel día Efim tenía la sensación de que el peligro le amenazaba  desde la casa de Ignat. Algo se preparaba. Los ojillos de zorro de Ignat sonreían misteriosamente al mirar a Efim.

En cierta ocasión, hallándose en el comité ejecutivo, el presidente preguntó como de pasada:

—¿Has oído, Efim, que a mi suegro le han condenado al pago de sesenta rublos?

—Sí.

—¿Quién ha podido abrir los ojos a esa estúpida de Dunka? Efim sonrió y miró a los ojos del presidente.

—La necesidad. Tu suegro la echó de casa sin darle ni un trozo de pan para el camino, siendo así que Dunka había trabajado para él dos años.

—Pero también le dio de comer...

—¿Y no la hacía trabajar de la mañana a la noche? —En  una casa ya sabes que no se trabaja por horas. —Parece que sientes gran curiosidad por saber quién denunció el caso a los tribunales.

—En efecto, ¿quién pudo hacerlo?

—Lo hice yo —contestó Efim, y por la cara del presidente comprendió que para él no constituía una sorpresa.

A la caída de la tarde, Efim se fue a casa. Se llevaba unos documentos y una orden del comité ejecutivo de la stanitsa.

«La copiaré después de cenar», pensó por el camino.

Cenó, cerró las maderas por la parte del patio y se sentó a la mesa con la intención de copiar la orden. Incidentalmente, se fijó en los marcos desnudos de las ventanas.

—Masha, ¿no habías comprado tela para visillos?

—Compré   dos metros...  pero  ya  sabes que el  niño estaba  sin  ropa...  desnudo... le  hice  dos pañales.

—Bueno, no importa... Pero mañana no te olvides de comprar otra. No está bien así: si alguien abre las maderas desde la calle, puede verlo todo.

Al otro lado de las ventanas, recubiertas de dibujos por la helada, el viento levantaba la nieve al ras del suelo. Nubes sin forma y pesadas cubrían  el cielo. En las afueras del jútor, allí donde la loma de abultada frente descendía hasta las primeras casas por una cuesta cubierta de hierbas, los perros ladraban. Sobre el río, los sauces murmuraban  ofendidos, se lamentaban al viento del frío, del  mal  tiempo,  y los  crujidos  de sus ramas  sacudidas  y el  ruido del  viento  se  fundían  en  un zumbido bien acompasado de hondos acentos.

 

 

 

Efim, mojando la pluma en un tintero de fabricación doméstica, que contenía una tinta hecha con agallas de roble, miraba de vez en cuando hacia la ventana, que en su cuadrado mudo y negro ocultaba una amenaza silenciosa. No se sentía  tranquilo. Un par de horas más tarde, las maderas crujieron por la parte de la calle y se entreabrieron ligeramente. Efim no oyó nada, pero al volver la vista hacia la ventana  se quedó frío de horror:  por un pequeño hueco trasparente que dejaban los dibujos de la escarcha en el vidrio, le miraban fijamente, arrugados, unos ojos grises que le eran familiares. Un segundo después, por la parte de la calle, al nivel de su cabeza, apareció el agujero negro de un cañón de fusil. Efim, echado hacia atrás, se quedó  inmóvil, pálido. El marco  de la ventana era sencillo y oyó claramente el ruido del percutor. Unas cejas asombradas  se arquearon sobre los ojos grises... El disparo no se había producido. Por unos instantes, del otro lado del vidrio desapareció el circulito negro, el cerrojo resonó secamente; pero Efim, dándose cuenta de la situación, apagó la luz. Y apenas si había tenido tiempo de bajar la cabeza, retumbó el disparo, el cristal saltó hecho añicos y la bala dio un beso sonoro  a la pared, salpicando a Efim de pequeños trozos de yeso.

El viento irrumpió por el roto de la ventana, cubriendo el banco de un polvo de nieve. El niño empezó a llorar estrepitosamente, las maderas de la ventana se cerraron...

Efim se arrastró sin ruido por el suelo y, a gatas, llegó a la ventana.

—¡Efímushka! ¡Querido mío!.... ¡Ay, Señor!.... ¡Efímushka!.... —lloraba su mujer en la cama. Pero él,  con los  dientes  apretados,  no contestó. Un temblor  nervioso  sacudía su cuerpo.  Se

incorporó y se asomó por la ventana rota; vio que por la calle escapaba al trote alguien envuelto en una nube de polvo de nieve. Apoyándose en el banco, Efim se levantó por completo, pero de nuevo se tiró al suelo: por la madera entreabierta asomó el cañón de un fusil, resonó el disparo... El olor acre del humo de pólvora llenó la casa.

 

* * *

 

A la mañana siguiente, Efim, con los ojos hundidos y la tez amarilla, salió al portal. Lucía el sol, de las chimeneas subían columnas de humo, en el río mugían los animales que llevaban a abrevar. En la calle había huellas recientes de los patines de trineo, la nieve recién caída cegaba los ojos con su inmaculada blancura. Todo era ordinario, corriente, conocido, y lo ocurrido durante la noche le parecía  a Efim un mal sueño. Cerca del muro, frente a la ventana rota, encontró dos vainas y un cartucho de fusil con el pistón herido por el percutor. Durante largo rato estuvo dando vueltas entre las manos al cartucho, cubierto de óxido, y pensando: «Si no hubiera sido por el fallo, si no hubiera sido porque el cargador estaba húmedo, aquí habrían acabado tus días, Efim».

En el comité ejecutivo, el presidente estaba ya en su puesto. Al oír el chirrido de la puerta lanzó una rápida mirada sobre Efim y de nuevo inclinó la cabeza sobre el periódico.

—¡Rvachov! —le requirió Efim.

—¿Qué quieres? —contestó el interpelado, sin levantar la cabeza.

—¡Rvachov! ¡Mira aquí!....

El presidente levantó la cabeza sin ganas. Sus ojos, grises y muy separados, miraron a Efim por debajo de la brusca fractura de las cejas.

—¿Eres  tú, miserable,  el  que ha disparado  contra mí esta noche? —preguntó   con voz ronca

Efim.

El presidente enrojeció y dejó ver una risa forzada:

—¿Qué dices? ¿Te has vuelto loco?

Ante los ojos de Efim desfilaron los detalles de la noche pasada: la mirada dura y fija, las negras fauces del fusil, el grito de su mujer... Hizo un gesto de cansancio, se sentó en el banco y sonrió:

—No has tenido suerte. Los cartuchos estaban húmedos... ¿Dónde los guardabas? ¿Enterrados? El presidente, ya repuesto, contestó con acento glacial:

— No sé de qué hablas: se ve que has bebido una copa de más.

 

 

 

Hacia el mediodía, el rumor de que Efim había sido objeto de un atentado aquella noche era la comidilla de todo el jútor. Frente a su casa se amontonaban  los curiosos. Iván Donskov hizo salir a Efim del comité ejecutivo y le preguntó:

—¿Has dado parte a la milicia?

—Hay tiempo de hacerlo.

—Bueno, hermano, no te amilanes: no estás solo. Con Ignat no quedan más de cinco, y ya los conocemos. Nadie seguirá a los ricos, todos se han apartado de ellos. ¡Basta!....

Por la tarde, cuando en la casa de Fedka el zapatero se habían reunido los jóvenes y la conversación apasionada de siempre se había entablado bajo el acompañamiento del martilleo, Vaska Obnizov,  de la  misma quinta de Efim, se sentó  al  lado  de éste y le susurró con afecto, apretándole el hombro:

—Ten presente, Efim: si te matan, surgirán veinte Eximes nuevos. ¿Comprendes? ¡Te hablo en serio!  ¿Te acuerdas  del  cuento  de los  bogazires1?  Matan  a uno y se convierten  en dos...  ¡Pues nosotros no nos convertiremos en dos, sino en veinte!

 

* * *

 

Efim se  había  dirigido a  la  stanitsa  por la  mañana.  Estuvo  en  el  comité  ejecutivo,  en  la cooperativa  de  crédito;  en  las  milicias  hubo de esperar  largo  rato la  llegada  del  jefe.  Cuando terminó sus asuntos empezaba a oscurecer.

Salió de la stanitsa y por el hielo liso y resbaladizo del río emprendió el camino de regreso. Anochecía. El frío le pinchaba ligeramente las mejillas. La noche, poca acogedora, mostraba su azul oscuro por el Oeste. Pasada una curva aparecieron las negras hileras de las construcciones del jútor. Efim aceleró el paso. Al volver la vista advirtió que a unos doscientos pasos le seguían en grupo tres hombres.

Después de calcular a ojo la distancia hasta el jútor, Efim alargó el paso, pero al cabo de un minuto, al mirar de nuevo, vio que los otros, lejos de quedarse atrás, parecían haberse acercado. Dominado por la inquietud, Efim pasó al trote. Corría como en los ejercicios militares, con los codos pegados a los costados y aspirando el aire helado por la nariz. Pensó en salir a la orilla, pero recordó que en aquellos lugares la nieve era muy profunda y siguió a lo largo del río.

Ocurrió que al no calcular bien los movimientos, resbaló, no pudo enderezarse y cayó cuan largo era. Al incorporarse miró atrás: se le echaban encima... El primero de ellos corría con pasos ligeros y elásticos, blandiendo un palo aguzado.

El espanto estuvo a punto de arrancar de la garganta de Efim un grito pidiendo socorro, pero hasta el jútor había más de una versta. Nadie podría oírle. Comprendiéndolo así, Efim apretó los labios y siguió adelante en silencio, tratando de recuperar el tiempo perdido en la caída. Durante unos minutos la distancia que le separaba del primero de los

Perseguidores pareció que no se reducía; luego, al volver la cabeza, Efim vio que el otro le daba alcance. Reuniendo todas sus fuerzas, corrió aún más de prisa, y en aquellos instantes su oído captó un nuevo ruido: sobre el  hielo,  con sorda resonancia,  el  palo  se deslizaba vertiginosamente.  El golpe derribó a Efim. Se puso en pie y reemprendió la carrera. Por un instante recordó: así corría en Tsaritsin durante el ataque en el que habían expulsado a los blancos de sus posiciones, la misma sensación sofocante de ahogo le inundó entonces el pecho...

El palo, lanzado por una mano fuerte, derribó de nuevo  a Efim. No llegó a levantarse... A sus espaldas, alguien lo echó a un lado de un golpe terrible en la cabeza. Reuniendo en un grumo de hierro  toda  su voluntad,  tambaleándose,  Efim se puso  a gatas,  pero  otro golpe  le  hizo caer de bruces.

 

 

 

 

1 Paladines de las viejas leyendas rusas.

 

 

 

«¿Por qué está caliente el hielo?», le cruzó como un relámpago por la mente. Miró a un lado y vio los tallos rotos de los juncos. «También me han roto a mí...». Y a continuación, entre las nubes de su conciencia emergieron unas palabras de fuego:  «Ten presente, Efim: si te matan surgirán veinte Efimes nuevos... Como en el cuento de los bogazires...».

Allí, entre los juncos, había un zumbido largo, ininterrumpido... Efim no sintió cómo le clavaban el palo en la boca, rompiéndole los dientes y abriéndole las encías. No sintió cómo la horquilla le penetraba en el pecho y se torcían sus puntas de hierro al chocar con la espina dorsal...

 

* * *

 

Los tres, después de encender un cigarrillo, se dirigieron a paso rápido hacia el pueblo. Detrás de uno de ellos marchaban varios lebreles. La ventisca se desató, la nieve que caía sobre el rostro de Efim no se derretía  ya  en  sus frías  mejillas,  en  las  que  se habían  congelado  dos lágrimas  de insoportable dolor y de espanto.

 

1926

 

EL POTRILLO

 

 

 

EN PLENO DÍA, junto a un montón de estiércol plagado de moscas esmeralda, con la cabeza por delante y las patas anteriores tiesas, salió del vientre materno y lo primero que vio sobre él fue la pelota suave y azulenca que  se esfumaba de la explosión de un shrapnel; el profundo zumbido lanzó su mojado cuerpo  a los pies de la madre. El espanto fue la primera sensación que conoció aquí, en la tierra. La fétida granizada de la metralla que repiqueteaba en las tejas que cubrían la cuadra,  salpicando  ligeramente  el  suelo,  obligó a  la  madre del  potrillo —la  yegua  alazana  de Trofim— a ponerse  en pie de un salto y de nuevo,  con un breve relincho, a caer  con el flanco sudoroso en el montón providencial.

En el silencio sofocante que siguió se oyó más netamente el zumbido de las moscas. El gallo, que a causa del cañoneo no se atrevía  a saltar sobre la cerca, batió un par de veces las alas a la sombra de los lampazos y lanzó su canto despreocupado, aunque sordo. De dentro de la casa salía el lloroso carraspeo de un servidor de ametralladora herido. De tarde en tarde dejaba escapar un grito, que alternaba con furiosas imprecaciones. En el jardinillo de la fachada, las abejas bordoneaban sobre el sedoso rojo de las adormideras. En el prado de las afueras de la stanitsa la ametralladora acababa de consumir la cinta y bajo el acompañamiento de su alegre tableteo, entre el primero y el segundo cañonazos, la yegua alazana lamía amorosamente  a su primogénito, el cual, cayendo sobre las hinchadas tetas de la madre, sentía por primera vez la plenitud de la vida y la portentosa dulzura de la caricia materna.

Cuando el segundo proyectil hizo explosión al otro lado de la era, de la casa salió, dando un portazo, Trofim, que se encaminó a la cuadra. Dio la vuelta al montón de estiércol, se protegió con la mano los ojos de los rayos del sol y, al ver el potrillo que, temblando de tensión, mamaba en las tetas de su propia yegua alazana, buscó distraído en los bolsillos; sus dedos, estremecidos, encontraron la bolsa del tabaco. Y sólo al ensalivar el pitillo recobró el uso de la palabra:

—Ya-a-a... ¿Quiere decirse que has parido? ¡El momento no podía ser mejor! —En la última frase había un amargo resentimiento.

En los flancos de la  yegua,  ásperos después de secado el sudor,  se habían  pegado hierbas  y trozos de estiércol. Estaba flaca hasta la inconveniencia, pero sus ojos irradiaban una alegría orgullosa entremezclada de cansancio, y su morro superior, aterciopelado, parecía contraerse en una sonrisa. Así, por lo menos,  se le figuró a Trofim. Cuando hubo llevado la yegua  a la cuadra y el animal resopló, sacudiendo el morral repleto de grano, Trofim se recostó en el marco de la puerta y, mirando hostilmente al potrillo, preguntó con voz sorda:

—¿Se acabó la diversión?

Sin aguardar respuesta, prosiguió:

—Si al menos lo hubieses tenido con el potro de Ignat. Pero el diablo sabe de quién será... ¿Y

qué voy a hacer con él?

En la penumbra silenciosa de la cuadra, el grano resonaba al ser triturado. En la rendija de la puerta el rayo de sol, que bajaba oblicuo, limaba un polvo de oro. La luz caía sobre la mejilla izquierda de Trofim, su bigote rojizo y las cerdas de su barba se teñían de escarlata; las comisuras de sus labios formaban unos surcos oscuros y curvos. El potrillo se mantenía  de pie con sus patas finas y peludas, como un caballito de madera.

—¿Habrá que matarlo? —El dedo de Trofim, gordo y ennegrecido por el tabaco,  se dobló en dirección al potrillo.

La yegua volvió el globo del ojo, sanguinolento, batió el párpado y miró burlonamente a su amo.

 

* * *

 

 

 

En el cuarto  donde  se alojaba el jefe del escuadrón, aquella tarde tuvo lugar la conversación siguiente:

—Me di cuenta de que mi yegua estaba preñada, no podía pasar del trote. Del galope no hay que hablar, el cansancio la mataba. Resultó que había quedado preñada... Por mucho que la había vigilado... El potrillo es bayo... Esto es lo que hay —explicaba Trofim.

El jefe del escuadrón apretó la jarra de cobre con el té; la apretaba como la empuñadura del sable ante una carga, y con ojos de sueño miraba la lámpara. Sobre la luz amarillenta revoloteaban unas mariposas peludas. Caían por la abertura, chocaban contra el cristal y otras venían a sustituirlas...

—...es lo mismo.  Bayo o negro,  es lo mismo.  Habrá  que pegarle  un tiro. Con ese  potrillo pareceríamos una tribu de gitanos.

—¿Qué? Es lo que yo decía, una tribu de gitanos. ¿Y si se presenta el comandante jefe? Si viene a pasar revista al regimiento y el potrillo se planta delante de la formación y empieza a menear la cola...  ¿Qué  resultaría?  Una  vergüenza,  un baldón  para  todo el  Ejército  Rojo. Ni  siquiera comprendo, Efim, cómo has podido consentirlo.  En plena guerra civil y tú nos vienes  con una indisciplina semejante... Debería darte vergüenza. Los que guardan los caballos, tienen la orden severa de mantener los potros aparte.

A la mañana siguiente, Trofim salió de la casa con el fusil. El sol no había apuntado aún. El rocío adquiría en la hierba un tinte rosáceo. La pradera, pisoteada por las botas de la infantería y cortada  por las  trincheras,  recordaba  el  rostro  de  una  muchacha  embargada  en  su  dolor. Los rancheros estaban ocupados junto a la cocina de campaña. En el portal se hallaba sentado el jefe del escuadrón. Su camiseta estaba medio podrida de pasados sudores. Sus dedos, familiarizados con el frío excitante de la culata del revólver, recordaban torpemente algo querido y olvidado: las asas de una olla para guardar pastelillos. Trofim, al pasar de largo, se interesó:

—¿Estás tejiendo una esterilla?

El jefe del escuadrón, con un fino junco en la mano, dejó escapar entre dientes:

—La mujer, la dueña de la casa que se ha empeñado...  En tiempos las hacía muy bien, pero ahora no, no me sale.

—Qué va... está bien hecha —le alabó Trofim.

El jefe del escuadrón aplastó con la rodilla los salientes de los juncos y preguntó:

—¿Vas a matar al potrillo?

Trofim, en silencio, hizo un gesto y siguió hacia la cuadra.

El jefe del escuadrón, con la cabeza baja, esperaba el disparo. Pasó un minuto, otro, y el disparo no se producía. Trofim volvió del otro lado de la cuadra. Parecía turbado.

—¿Qué ocurre?

—Se ha debido de estropear el percutor. No hiere el pistón.

—A ver, dame el fusil.

Trofim se lo entregó sin ganas. El jefe del escuadrón tiró del cerrojo y arrugó los párpados.

—Pero ¡si aquí no hay cartucho!....

—¡No puede ser!.... —exclamó, acalorado, Trofim.

— Te digo que no lo hay.

— Lo he sacado allí... detrás de la cuadra...

El jefe del escuadrón dejó a un lado el fusil y durante un buen rato estuvo dando vueltas a la esterilla recién terminada. El junco verde olía a miel y estaba aún pegajoso. A la nariz le venían aromas de sauce en flor, de tierra labrada, de un trabajo olvidado en el incendio implacable de la guerra...

—¡Escucha!....  Al diablo  con él!  Que  se quede  con la  madre. Provisionalmente  y todo eso. Cuando la guerra termine, aún habrá que labrar... Y el comandante jefe, llegado un caso, comprenderá la situación, porque el animal tiene que mamar... También el comandante jefe chupó el biberón, como cada hijo de vecino. ¡Ésa es la costumbre y se acabó! En cuanto al percutor de tu fusil, está en buenas condiciones.

 

 

 

 

* * *

 

Un mes más tarde,  el  escuadrón  de Trofim entró  en combate  con una sotnia  cosaca en  las inmediaciones de la stanitsa Ust-Jopíorskaia. El tiroteo empezó  a la caída de la tarde. Cuando se lanzaron al ataque, anochecía. A medio camino, Trofim se quedó muy rezagado de su sección: Ni la fusta ni el bocado que le desgarraba los belfos podían hacer que la yegua pasase al galope. Con la cabeza enhiesta, entre roncos relinchos, se negó a avanzar hasta que el potrillo, con la cola flotante, la hubo alcanzado. Trofim echó pie a tierra, enfundó el sable y con el rostro desfigurado por la cólera, echó mano al fusil. El flanco derecho había entrado en contacto con los blancos. Junto a un barranco,  como llevada  por el  viento,  la  masa humana  iba  de un lado  a otro. Los sables  eran manejados en silencio. Trofim miró durante un segundo hacia allí  y apuntó  a la bien esculpida cabeza del potrillo. Fuera porque su mano tembló en las prisas o por cualquier otra causa, el caso es que después del disparo el potrillo coceó estúpidamente, emitió un fino relincho y, levantando con los cascos pelotas grises  de polvo, describió un círculo y se detuvo  a lo lejos. El cargador que Trofim vació contra el diablillo no era de cartuchos ordinarios, sino antitanques —con unas franjas rojas de cobre—,  y convencido de que estas balas —las primeras que había cogido de la bolsa de costado— no causarían daño alguno al retoño de la yegua alazana, saltó sobre ésta y, entre terribles blasfemias, se dirigió al trote hacia el lugar donde unos cosacos barbudos de piel bronceada, pertenecientes a los creyentes del rito antiguo, hacían retroceder hacia el barranco al jefe del escuadrón y a tres soldados rojos.

Aquella noche el escuadrón pernoctó en la estepa, junto a una cortada poco profunda. Se fumaba poco. Los caballos permanecían sin desensillar. Al volver del Don, la patrulla de reconocimiento informó que en el prado se habían concentrado  grandes fuerzas enemigas.

Trofim, con los  pies  descalzos  envueltos  en  los  faldones  de  su  chubasquero,   permanecía acostado, evocando a través del duermevela los acontecimientos del día que acababa de transcurrir. Veía  ante sus ojos  al  jefe  del  escuadrón,  que saltaba  el  barranco; un creyente del  rito antiguo, mellado, que cruzaba el sable con el comisario político; un cosaco joven y musculoso abatido a sablazos; una silla de montar bañada en sangre negra, el potrillo...

Poco antes del amanecer, el jefe del escuadrón se acercó a Trofim y se sentó a su lado.

—¿Duermes, Trofim?

—A medias.

El jefe del escuadrón dijo, contemplando las estrellas, que se iban extinguiendo:

—¡Debes  matar a tu potro! Provoca el pánico durante el combate... Lo miro, y me tiembla la mano...  soy  incapaz  de  descargar  un sablazo.  Y  todo eso  a  causa  de  su  aspecto  de  animal doméstico, cuando en la guerra  eso es algo de que debemos prescindir... El corazón,  que era de piedra, se convierte en un estropajo... El maldito se nos metía durante la carga por entre las piernas, y por no aplastarlo... —Hizo una pausa y en su cara se dibujó una sonrisa soñadora, aunque Trofim no vio esa  sonrisa—.  ¿Comprendes?  Esa cola...  La  pone tiesa  como un zorro... ¡Es  una  cola espléndida!....

Trofim permaneció en silencio. Se tapó la cabeza con el capote y, estremeciéndose al sentir la humedad del rocío, se quedó dormido con asombrosa rapidez.

 

* * *

 

Frente al viejo monasterio, el Don, apretado  a la montaña, corre desenfrenadamente. El agua forma remolinos en la curva y las ondas verdosas coronadas de blanco arremeten contra los bloques de creta caídos al lecho en un desprendimiento de primavera.

Si los cosacos no mantuviesen en sus manos los lugares donde la corriente es más débil y el

Don fluye más ancho y pacífico, y si desde allí no hubiesen empezado a cañonear las faldas de la

 

 

 

montaña, el jefe del escuadrón nunca se habría decidido a hacer pasar su fuerza a nado  frente al monasterio.

El cruce empezó al mediodía. Una barcaza de regular tamaño cargó con uno de los carricoches provistos de ametralladora, con los servidores y los tres caballos del tiro. El caballo de la izquierda, que no había visto nunca el agua, se asustó cuando,  en medio del río, la barcaza dio una vuelta brusca contra la corriente y se inclinó ligeramente de costado. Al pie del monte, donde los hombres del escuadrón habían echado pie a tierra y desensillaban sus monturas,   se oyó perfectamente el relincho de la bestia alarmada y el ruido de las herraduras al golpear contra las tablas.

—¡Van a perder la barca! —gruñó Trofim, arrugando el entrecejo, y no tuvo tiempo de pasar la mano por el  lomo sudoroso  de  su  yegua:  en  la  barcaza,  el  caballo  resopló  salvajemente  y se encabritó, retrocediendo hacia el timón del carro.

—¡Pegadle un tiro!.... —rugió el jefe del escuadrón, retorciendo la fusta entre sus manos.

Trofim vio que el tirador se colgaba del cuello del caballo y le metía el cañón del revólver por una oreja. El disparo sonó como un petardo de juguete, los otros dos caballos se arrimaron aún más uno contra otro. Los servidores de la ametralladora, temerosos por la suerte de la barcaza, apretaron la bestia muerta  a la parte posterior del carricoche. Las patas delanteras del animal se doblaron lentamente, su cabeza quedó colgando...

Diez minutos después el jefe del escuadrón, al frente de sus hombres, dejaba la lengua de arena y obligaba a su potro  bayo a entrar en el agua, seguido entre grandes chapoteos por el escuadrón entero: ciento ocho jinetes medio desnudos y otros tantos caballos de distintos pelajes. Las sillas eran transportadas en tres botes, uno de los cuales estaba gobernado  por Trofim, que había dejado su yegua a cargo del jefe de sección Nechepurenko.

Desde el  centro del  río, Trofim vio cómo los  primeros  caballos  se metían  hasta la rodilla  y bebían agua sin gana. Los hombres los excitaban a media voz. Un minuto más tarde, a veinte brazas de la orilla, sobre la superficie quedaron las espesas manchas  negras de las cabezas de caballo, entre un discorde coro de resoplidos. Junto a los animales, agarrándose de la crin y con la ropa y la bolsa de costado atadas al fusil, nadaban los soldados rojos.

Dejando el remo en el fondo de la barca, Trofim se puso  en pie y, medio cegado por el sol, buscó ávidamente entre la masa de cabezas la alazana de su yegua. El escuadrón parecía una bandada de gansos salvajes dispersos en el cielo por los disparos de los cazadores: por delante, sacando  fuera  el  lomo reluciente,  nadaba  el  potro bayo  del  jefe;  junto a  su  misma  cola  se distinguían las dos manchas de plata del caballo que en otro tiempo había pertenecido al comisario político. Luego  venía una masa oscura y por último, rezagándose  cada vez  más,  se divisaba la cabeza peluda del jefe de sección Nechepurenko,  a la izquierda del cual sobresalían las puntiagudas orejas de la yegua de Trofim. Aguzando la vista, éste vio también al potrillo. Avanzaba a empujones, ya casi saliendo del agua, ya hundiéndose hasta que apenas si dejaba fuera el morro.

En aquel momento, el viento que soplaba sobre el Don llevó hasta Trofim la llamada, fina como un hilo de telaraña: i-i-i-ho-ho-ho...

El grito sobre el agua era sonoro  y afilado como el aguijón del sable. Trofim sintió que se le clavaba en el corazón, y algo inusitado ocurrió a aquel hombre: llevaba cinco años de guerra, había perdido la cuenta de las veces que la muerte le había mirado a los ojos sin que él palideciese bajo las cerdas rojizas de la barba. Pues bien, ahora se quedó lívido, de un azul ceniza, y empuñando el timón dirigió la barca contra la corriente hacia el remolino donde el potrillo se debatía agotadas ya las fuerzas, mientras que a diez brazas de él Nechepurenko  se esforzaba inútilmente en hacer volver a la yegua, que se acercaba al remolino con un ronco jadeo. Stioshka Efrémov, amigo de Trofim, que estaba en la barca sentado sobre el montón de sillas, le gritó severo:

—¡No hagas estupideces! ¡Ve hacia la orilla! ¡Mira dónde están los cosacos!....

—¡Te voy a matar! —atronó Trofim, y echó mano a la correa del fusil.

La corriente había arrastrado el potrillo lejos del lugar donde el escuadrón efectuaba el paso. Un pequeño remolino le hacía girar lentamente, lamiéndolo con las ondas verdes coronadas de blanco.

 

 

 

Trofim manejaba el remo con todas sus fuerzas, la barca se movía  a saltos. En la orilla derecha, los cosacos  aparecieron  a  la  salida  de  un barranca.  Tableteó  el  ronco ladrido  de  la  ametralladora maxim. Las balas crepitaron sobre el agua. Un oficial de guerrera de lienzo desgarrada gritó algo, empuñando el revólver.

El potrillo relinchaba cada vez menos. Su grito, breve y penetrante, era cada vez más sordo y fino. Y este grito era de un horrible parecido al grito de un niño.

Nechepurenko,  que había soltado la yegua, llegó sin esfuerzo a la margen izquierda. Trofim, tembloroso, tomó el fusil y disparó, apuntando por debajo de la cabeza que el remolino trataba de engullir. Se quitó las botas y con un sordo mugido, extendiendo los brazos, se lanzó al agua.

En la orilla derecha, el oficial atronó:

—¡Al-to el fue-go!....

Al cabo de cinco minutos, Trofim estaba junto al potrillo. Con la mano izquierda lo sujetó por el vientre, ya frío, y tragando  agua, con un hipo convulsivo, se dirigió hacia la orilla... De la parte derecha no llegó ni un solo disparo.

El cielo, el bosque, la arena: todo era de un verde claro, fantasmagórico... Un último esfuerzo, sobrehumano, y los pies de Efim tocaron el fondo. Arrastró  hasta la arena el cuerpo viscoso del potrillo, vomitó, sollozando,  un agua  verdosa,  pasó  las  manos  por la  arena...  En el  bosque zumbaban las voces de los hombres del escuadrón, al otro lado de la lengua de tierra retumbaban los cañonazos. La yegua alazana estaba junto a Trofim, sacudiéndose el agua y lamiendo al potrillo. De su cola caía, empapándose en la arena, un chorrito de agua iridiscente...

Tambaleándose, Trofim se puso en pie, avanzó dos pasos y, dando un salto, cayó de costado. Algo como un pinchazo ardiente le había atravesado el pecho. Al caer oyó el estampido del disparo. Fue un solo disparo que habían hecho contra él desde la orilla derecha. En aquella parte, el oficial de la guerrera de lienzo desgarrada dio un tirón indiferente del cerrojo de la carabina, haciendo saltar la vaina humeante. En la arena, a dos pasos del potrillo, se retorcía  Trofim y sus labios, duros y azulados, que llevaban cinco años sin haber dado un beso a sus hijos, sonrieron y se cubrieron de espuma sanguinolenta.

 

1926

 

 

 

 

LOS CHANCLOS

 

I

 

DESDE QUE LOS MOZOS de la stanitsa habían empezado a acudir al baile de la barriada —y eso ocurrió aquel otoño, después de la trilla—, Siomka vio que Marinka mostraba por él un profundo desvío. Como si nunca  se hubiesen  jurado  amor; como si  ella, Marinka, no hubiese regalado  a Siomka una bolsa  para el  tabaco,  de satén azul  celeste,  que ella  misma había bordado  con sus propias manos con un festón verde y unas letras de color de rosa que resplandecían en su castidad en los cuatro ángulos del espléndido presente. Y cuando Siomka sacaba la bolsa, ensalivaba un trozo de Krestiánskaia pravda y liaba un grueso pitillo, ¿no le hablaban ingenuamente de amor las letras maravillosas que resplandecían con un fuego de color de rosa?

Ahora parecía haber palidecido el azul celeste de la bolsa de satén, que se habían marchitado los dibujos  amarillentos  del  bordado y que las  letras  A. Q. A. R. —que afirmaban  en nombre  de Marianka: «a quien amo regalo»— miraban a Siomka con malicia, recordando  a su poseedor  la felicidad perdida. Incluso el tabaco guardado en la bolsa parecía a Siomka que había adquirido un regusto amargo, desagradable.

La causa que había llevado al prematuro rompimiento de las relaciones amorosas con Marianka, eran unos chanclos.

Siomka lo advirtió el domingo en que los mozos de la stanitsa se presentaron por primera vez en el baile. Uno de ellos, Grishka, a quien llamaban  «Bigotemojado», llevaba un acordeón  de tipo alemán, anchos pantalones de montar con franjas a ambos lados y botas altas en las que con brillo cegador resplandecían unos chanclos nuevos.

Pues  bien:  Marinka  no apartó  de  estos chanclos  sus  ojos  admirados,  mientras  que  Siomka, olvidado y miserable, permaneció en un rincón hasta el fin del baile. Desde allí, con una sonrisa torcida y temblorosa, miraba no a Marinka, arrebolada por la danza, ni tampoco al labio inferior contraído del acordeonista, sino el par de chanclos de Grishka, que trazaban sobre el sucio suelo complicadas figuras.

Lo mismo para los días de labor que para las fiestas, Siornka no tenía más que unas mismas medias de punto y unos calzones rotos. La tela estaba tan raída que era imposible remendarla, los hilos estaban casi gastados y dejaban ver el cuerpo de Siomka, tan moreno que parecía hasta negro. Esto fue la causa de que después del baile Grishka saliese a acompañar  a Marinka, mientras que Siomka  se  retiraba  el  último del  local,  en  el  que  quedaba  una  cargada  atmósfera  de humo, y, arrimándose a las cercas, mojadas por el rocío, se acercaba al patio de Marinka.

 

 

 

II

 

EL POLVO REVUELTO por las ruedas cubría el camino como una suave alfombra de fieltro. La noche cruzaba sobre la barriada empujada por el viento. La luna en cuarto creciente, sin más cosas que hacer, vagaba por el cielo, y por la calle de la barriada, delante de Siomka, caminaba Marinka apoyándose en el brazo de Grishka. Marianka mantenía la cabeza ligeramente inclinada y Grishka, un tanto encorvado, trazaba con los chanclos un surco en el esponjoso polvo y silbaba entre dientes.

Frente al patio de Marianka había unos troncos de sauce. La pareja se sentó, Siomka hizo crujir sus dedos y saltó la cerca con la agilidad de una cabra.

A través de los claros de la cerca se veía tan bien como si fuese de día a Marinka y a Grishka, que pasaba los dedos por el teclado de su acordeón. Haciéndose acompañar por él, Grishka vocalizó claramente a media voz:

 

 

 

—Oh, Marishka, yo mismo no sé cómo sufro por ti.

Presta atención a mis penas...

 

Marinka se arrimó un poco más y preguntó insinuante:

—¿Dónde ha comprado  esos chanclos, Grigori Klímich? Grishka balanceó la pierna:

—En la cooperativa.

Siomka veía que Marinka no apartaba de los chanclos de Grishka los fascinados ojos. A través del insinuante ronquido del acordeón, oyó de nuevo la voz temblorosa de Marinka:

—¿Cuánto le han costado?

—Cinco y medio.

—¿Cinco y medio?... —repitió Marinka, y en su voz se advirtió un claro acento de respetuoso asombro—. Tan caros, y usted los arrastra por el polvo...

Siomka vio que Marinka se inclinaba y limpiaba con el delantal el polvo de los chanclos de

Grishka.

Éste recogió los pies.

—¿Qué haces, Marinka? ¡Déjalo!.... Es algo que no tiene ningún valor para mí. ¡Tengo dinero para comprarme otros! Pero has ensuciado el delantal...

—El delantal  se  limpia...  —Marinka  dio un suspiro—.  En su  stanitsa  las  señoritas  usarán también chanclos, ¿verdad?

Grishka cambió al otro lado el acordeón y se apoderó de la mano de Marinka.

—Sí que los usan, pero yo no encuentro ninguna que me convenga... Una de ellas anda detrás de mí, pero yo no le hago caso, parece un sapo.

Grishka escupió despectivamente, se limpió los labios con la manga y durante largo rato los tuvo apretados a la mejilla de Marinka...

Las piernas se le habían dormido a Siomka a consecuencia de la incómoda posición en que se encontraba, pero permanecía tras la  cerca, entre las  coles,  como clavado  en el  suelo.  Su única reacción cuando el blanco pañuelo de Marinka y la elegante gorra de Grishka se confundieron en una  mancha,  fue  la  de  echar  enérgicamente  la  cabeza  atrás  y buscar  alrededor,  con manos temblorosas, en la esperanza de tropezar con una piedra.

....La  luna,  que  seguía  haciendo  travesuras  tras  las  nubes,  se  cansó  de  sus  andanzas  y, encorvada, empezó a descender hacia el oeste. En el cobertizo, con un batir de alas, el gallo dejó oír su insolente toque de diana.

Grishka se puso en pie.

—Bueno, Marishka, ¿dónde nos reuniremos mañana?

Marinka contestó con un susurro, arreglándose el pañuelo que se le había caído a un lado:

—Le esperaré en la herrería...

Siomka sintió como si fuese lanzado por un resorte: de un tirón arrancó uno de los gruesos palos que servían de soporte a la cerca.

Marinka lanzó un grito y se hizo atrás hacia el portón. Grishka se engalló y le hizo frente.

Saltó Siomka la cerca y, blandiendo el garrote,  se acercó a Grishka. La cólera le impedía hablar. Tartamudeó:

—¿Qué es eso de cortejar... a las mozas de otro?... ¿Qué es eso?...

—Vete, vete... ¡larga amarras!.... Tienes el número ocho, aguarda a que te toque el turno.

—No, ¡espera!.... He de pagarte lo que te debo... ajustaremos las cuentas...

—No tengo que esperar nada... —repuso Grishka. Alargando la frase, e inclinando la cabeza, sin levantar el brazo, arremetió contra Siomka y le propinó un fuerte golpe en el vientre.

 

 

 

Una sensación ardiente de ahogo le atenazó la garganta. Estuvo  a punto de soltar el palo, pero haciéndose  fuerte,  contrajo  los  labios  y descalgó  un garrotazo. La  gorra saltó  de  lacabeza  de Grishka y voló dando vueltas como una peonza.

El golpe, al resbalar de costado, aplastó el acordeón. Del fuelle roto el aire se escapó  con un suspiro de alivio. Grishka no tuvo tiempo de revolverse cuando el garrote, esgrimido de nuevo con fuerza, cayó sobre su hombro.

Unos instantes después, la camisa blanca de Grishka desaparecía  a lo largo de la calle, mientras que Siomka, perplejo, apretaba entre las manos la gorra  que su adversario había abandonado y, retorciéndose, tratando de vencer la punzante sensación de ahogo que le dominaba, con voz fina y afligida decía a Marinka, que permanecía junto al portón:

—Tú misma me regalaste la bolsa de tabaco... ¡Tómala, víbora!.... Creía que eras buena y tú en cuanto has visto unos chanclos te has puesto a besarte con él... Si yo lo quisiera, podría tener veinte chanclos como ésos.

Marinka disimuló un bostezo y, mirando las estrellas, que habían perdido su brillo, dijo indiferente:

—¡Ya  me  estás cansando,  zarrapastroso!  Da  reparo mirarte...  Parece  como si  los  perros  te hubiesen desgarrado los calzones... con todas las vergüenzas al aire. Y aún hablas de chanclos... — Bostezó otra vez, tan fuerte que se le saltaron las lágrimas, y volviéndose de espaldas a Siomka le echó en cara con enojo—: Vete con tus garrapatas... Procúrate, al menos, una alforja, mendigo.

Siomka se justificó con voz sorda:

—Mis pantalones no tienen nada que ver... no eres quién para darme órdenes... Y en cuanto a las alforjas... Puede ser que a tu padre  se le coman los piojos, ¿me meto yo en sus asuntos? ¡Por  mí pueden comerle hasta las tripas!

Marinka abrió con ruido el picaporte, se puso de puntillas y mirando desde el patio a través del portillo, gritó:

—¡No lleves la cuenta de los piojos ajenos! ¡Tú mismo estás lleno de ellos! Esta primavera tu madre anduvo pidiendo limosna... Eres un mendigo y te atreves a hablar mal de los padres de otro...

Siomka, sin apuntar, escupió sobre el portillo.

—¡Apártate, maldita!.... Lástima del tiempo que he perdido contigo; lamento haber besado tus labios infames... ¡Ojalá te consuman las llamas! Puestas así las cosas, preferiría besar a una ternera debajo del rabo que a ti, miserable...

—Hasta  a una ternera darías asco, perro  peludo...  —replicó  venenosamente  Marinka—.  Una cerda te besó y tres veces vomitó... ¡No vuelvas a acercarte a mí! ¡No te necesito para nada! ¡Puaf!

Siomka se quedó mirando torpemente el portón, escuchando los pasos que se apagaban.

Aquella noche, frente al portón  de Marinka, murió el amor de Siomka, que había nacido dos meses antes una tarde suave y apacible en los melonares de la barriada.

 

 

 

III

 

AL DÍA SIGUIENTE, con las primeras luces, Siomka salió a labrar. Tras el arado marchaba serio y desgreñado. Dos veces, sin darse cuenta, cruzó el camino que pasaba junto a su tierra. Su mano no era segura al sujetar la esteva y los surcos salían poco profundos y torcidos. La reja, mal dirigida, arañaba apenas la piel callosa del campo, y sólo en algunos trozos acertaba a levantarla. Y en cada terrón revuelto por el pulido acero, Siomka creía ver el brillo de unos chanclos...

Después de comer se tumbó a descansar debajo del carro. Apenas el sueño se descolgó sobre sus pestañas, Siomka se vio entre los muchachos de la barriada. Como fuera de él mismo, admiraba de lejos sus propios pantalones caprichosamente embutidos en las botas altas, mientras que más abajo, en el suelo cubierto de cáscaras de pepitas de girasol, estaban los pies suyos, deslumbrantes con el brillo de los chanclos.

 

 

 

El sueño era dulce y reconfortante. Al despertar, la amargura llenó de nuevo hasta el borde el corazón de Siomka.

 

* * *

 

El padre de Siomka había dejado a éste a la hora de su muerte  una vaca con su ternero  y su mujer, enferma, con un montón de hijos. Durante la primavera, la madre de Siomka se dedicaba a pedir limosna, recogiendo cantos de pan al pie de las ventanas; llegado el invierno, los chiquillos, desnudos, se apretaban sobre el horno, y durante el verano no salían de los juncales del río, donde no necesitaban  ni ropa ni calzado.  El ternero,  a los  tres  años  se había  convertido  en  un buey excelente, trabajador, de un pelaje jabonero como se veían pocos, de ancha cornamenta y fuerte de pecho; la vaca, en cambio, estaba agotada después de tantos esfuerzos, casi no daba leche, tosía y padecía casi continuamente de diarrea. Con tan escasos medios era difícil que Siomka pudiese salir adelante, en una casa donde seis chiquillos se cuidaban unos a otros. Cualquiera comprenderá que los frutos no podían ser grandes.

Para labrar una desiatina empleó Siomka tres días. Tres días de meditación y de suspiros que atravesaron la vida de Siomka como un largo sendero no pisado por nadie a través de la estepa. El cuarto fue bueno, algo frío. El sol, pequeño y de un amarillo anémico, cruzaba el cielo desteñido no sobre la barriada, como durante el verano, sino a un lado de ella, hacia el Sur.

En la barriada, el patio de Siomka era el único donde había aún una fajina de centeno sin trillar. Por la mañana temprano prepararon la parva, Siomka pidió al vecino un trillo de pedernales y

enganchó a él la vaca y el buey. La Stepánovna —la madre de Siomka— se persignó:

—Empieza, hijo, en el nombre de Dios.

Y la trilla empezó «en el nombre de Dios».

La vaca se detenía a menudo, encorvaba el lomo y remojaba la mies con un líquido verde y maloliente. La madre de Siomka, con las manos, se apresuraba a retirar la humeante boñiga, ponía a secar celosamente hasta la última espiga, mientras Siomka, amarillo de rabia, descargaba con más fuerza los latigazos sobre el sonoro costillar de la vaca, dejando marcadas las frecuentes huellas en la arrugada piel de los flancos.

Mientras extendían la segunda parva, Siomka dijo:

—Debemos vender la vaca, madre... No nos sirve para nada. Ni para montar ni en el trabajo. Va a ensuciar todo el centeno mientras trillamos, y con el arado es una inutilidad.

Las manos de la Stepánovna, retorcidas por un viejo reumatismo, se levantaron y volvieron a bajar impotentes.

—¿Te has vuelto loco, Siómushka? ¿Qué vamos a dar a los chiquillos? Con sólo leche el alma se mantiene en el cuerpo.

—La vaca está como para morirse cualquier día. Los chicos pueden alimentarse de calabaza.

—Con calabaza se les hinchará la tripa...

Siomka tiró con furia el rastrillo en el montón de grano.

—¿Y qué comeremos  en invierno? ¿No ves todo lo que tenemos?  Párate a pensar:  habremos recogido unos veinte puds. Antes que termine el año los habremos consumido. ¿Qué haremos después?...

—El buey, acaso... ¿Y si vendiésemos el buey, Siomka?...

—Espera,  ¿qué dices? —preguntó Siomka, palideciendo y con voz temblorosa—. Entonces no podríamos trabajar la tierra. No podríamos ni labrar ni recoger la cosecha... ¿Cómo se te ocurre eso?...

—¡Pero sin la vaca  se morirán los chicos! —replicó la madre. Y la conversación no siguió adelante.

 

 

 

IV

 

EL DIECIOCHO DE CADA MES, en la stanitsa era día de mercado. Desde los poblados vecinos llevaban los cosacos sus animales, desde la estación del ferrocarril llegaban los compradores al por mayor, y en la misma plaza del mercado los comerciantes montaban  sus puestos de tabla. En los mostradores  llamaban  la  atención  las  olorosas  piezas  de  satén;  junto a  los  tenderetes  de  los guarnicioneros, los barbudos cosacos probaban con los dientes la calidad del cuero; las cacharrerías ofrecían sus pucheros  y ollas; los acordeones lloraban; las mozas, corriendo sobre sus zapatitos, chillaban y hacían mover las faldas con provocativo meneo; los gitanos cansaban a los caballos; en las tabernas, los cosacos bebían para celebrar el encuentro. El mercado olía a miel, a piel curtida de oveja y a excremento  de caballo.

La brisa se llevaba esos olores acres y salados, tan distintos unos de otros. Durante dos días, en la stanitsa no cesaba el zumbido de innumerables voces. Un día de mercado, por la mañana, la madre preguntó a Siomka:

—¿Vas a llevar a vender el buey o no?

Siomka estaba pelando, quemándose los dedos, una patata cocida. A la pregunta de la madre no contestó,  se sopló los dedos y limpió sus rodillas de los pellejos de patata que habían caído en ellas.

La Stepánovna prosiguió mientras atizaba el fuego:

—Si vendiéramos el buey por cincuenta rublos, podríamos comprar trigo para el invierno... Tú, hijo, necesitas unos pantalones nuevos, y yo una chambra:  se nos ve todo,..  Y a los chicos les podríamos comprar algo que no costase gran cosa. Aunque fuese un par de botas para todos ellos... Vanka debería ir a la escuela. El invierno se acerca y él va descalzo.

El pinchazo abrasador de una idea penetró en Siomka con el fuego de una patata caliente: «¡Me podré comprar unos chanclos!....»

Tragando difícilmente, engulló un trozo a medio masticar: le dio un vuelco el corazón. Marinka, Grishka, el buey y los chanclos parecieron convertirse en un carrusel que giraba ante sus ojos. La madre seguía hablando con voz sorda y monótona, como si leyese el Salterio, pero Siomka se había puesto ya en pie de un salto, había cogido el raído capotón y se dirigía como una tromba a la puerta.

—¡Ayúdame  a preparar el buey! ¿Oyes, madre? De prisa...

 

 

 

V

 

SIOMKA TIRABA DEL CABESTRO.  Detrás de él los chiquillos, como una bandada de gorriones, azuzaban  con ramas al rebelde animal, que  se resistía, meneaba  furiosamente la cabeza  y manifestaba su descontento con bajos trompetazos.

En el mercado, junto a los carros, estaban atados los toros y las vacas, que movían perezosos las mandíbulas inferiores, rumiando una mezcla empapada en saliva. Nubes de vapor se levantaban por debajo de sus peludos vientres, que calentaban la tierra húmeda.

A lo largo pasaban los tratantes con sus largos palos de pastor. El futuro comprador tocaba con la puntera de la bota el buey que le había atraído y daba un paso adelante. El buey, resoplando, se arrodilla sobre las patas delanteras; luego, apoyando pesadamente las separadas pezuñas en el barro escurridizo,  levanta  los  cuartos  traseros. El comprador,  con dedos  rápidos  acostumbrados   a la operación, palpa el pecho, las patas, el lomo, mira el estado de los dientes, estrecha la mano del dueño, jura y perjura, tira el gorro al suelo.

El buey de Siomka, atado a una valla, no tardó en llamar la atención de un tratante pelirrojo, que se acercó al mozo.

—¿Eres tú el dueño?

—Sí.

 

 

 

—¿Cuánto pides? —preguntó, sin mirar siquiera a Siomka. Daba vueltas alrededor del buey, no cesaba de examinarlo con sus dedos retorcidos y con unos ojos que se perdían  bajo el alero rojizo de las cejas.

—¡Setenta! —reventó Siomka.

—¿Incluyéndote a ti? —rió el comprador,  mostrando unas encías sin dientes.

—Vete si no te conviene...

Siomka miró de reojo al comprador  que se alejaba. Este se volvió a medias.

—Di el  último precio...  ¿Quieres  sesenta? ¿No?  Pues quédate  con tu buey. Si  Dios  quiere volverás con él a casa, disfrutarás de él enterito.

—Habla, habla, eso te da de comer —se ofendió Siomka.

Después  de  dar  unas  vueltas  por el  mercado,  el  pelirrojo  se  volvió a  acercar,  esta vez  en compañía de un ucraniano de cabello gris.

—¿Lo has pensado mejor?

—¡Setenta! —insistió Siomka.

Media hora después el comprador, enronquecido, ponía en la mano temblorosa de Siomka dos billetes de treinta rublos (en los ángulos izquierdos unos señores disfrazados sembraban trigo que cogían  de unos canastillos).  Allí  mismo,  entre los  carros, bebieron  un trago para celebrarlo.  El comprador, con la cabeza echada hacia atrás, apuraba el contenido de una botella oscura, y Siomka no podía comprender de dónde provenía el gorgoteo: si era del cuello de la botella o de la garganta del  hombre. La botella  pasó  a las  manos  de Siomka.  Un calor  húmedo le  abrasó la  boca y el estómago, por la nariz le entró un intenso olor a vodka. Nunca había bebido tanto como esa vez.

—Ea,  en buena hora... —dijo el comprador, masticando un bollo endurecido—. No te podrás quejar del precio... Este año hay gran escasez de pienso, en invierno lo habrías vendido por cualquier cosa.

—Mi buey....—La voz de Siomka temblaba, también le temblaban las piernas—. El buey era nuestro sustento... Nunca lo habría vendido de no verme obligado a hacerlo...

El pelirrojo hizo un guiño al ucraniano:

—¿Para qué hablar?... Los únicos estúpidos del mundo son los bueyes y los cosacos. El buey trabaja para el cosaco y el cosaco para el buey. Y así, toda la vida van el uno montado sobre el otro...

El pelirrojo desató el buey y lanzó una risotada. Siomka, mientras tanto, apretaba el dinero en la mano, que tenía metida en el bolsillo como la avutarda  de blanco pecho en el nido. Los pies le condujeron obedientes hacia los tenderetes; su cabeza, nublada por el alcohol, tenía una sola idea:

«Pasaré con ellos puestos por delante de la casa de Marinka, que vea la muy zorra... ¡No es Grishka el único que puede gastar chanclos!....»

El vendedor saltó ágilmente por encima del mostrador.

—¿Qué desea el joven?

—Eso...  ¿cómo se llama?... ¡Unos chanclos!

Siomka  trataba  de  dominar  la  voz, pero  los  sonidos  que  su  garganta  emitía  eran  torpes  y fortísimos. Siomka advirtió que la gente le miraba al pasar y se detenía.

—¿De qué número los quiere? —oyó como venida de lejos una voz confusa, y se esforzó por elevar la suya para ser oído.

—Sin número... Lo que necesito son unos chanclos limpios...

Los ojos pequeños y saltones del vendedor parecían verter aceite en el corazón de Siomka. Su voz era  amable,  cariñosa,  como nadie  le  había  hablado  nunca,  por lo que  el  mozo se  sentía conmovido hasta casi saltársele las lágrimas.

—Por favor te lo pido, amigo... Dame unos chanclos, pero sin número... Pagaré... Lo único que deseo es que sean limpios, sin número...

Siomka no vio la sonrisa maliciosa que brillaba en los ojos del vendedor.

 

 

 

—Usted necesita unas botas altas, nadie lleva los chanclos en el pie descalzo. Pase aquí  y le probaremos. El género es algo especial... Unas botas excelentes...

Como  en sueños, Siomka sintió que unas manos serviciales le ayudaban  a calzar unas botas de piel de vaca de las que salía un penetrante olor. Luego, tras un pequeño biombo de lona, sobre su cuerpo desnudo vistieron unos pantalones de paño que le pinchaban las piernas y una larga chaqueta. El dependiente hizo, con un gesto de asco, un paquete que puso a Siomka bajo el brazo, mientras él, tambaleándose, abrazaba la redonda espalda del dependiente y reía con una risa feliz, sin nada que la motivase.

—Quedará contento de la chaqueta... Es de paño auténtico, del de antes de la guerra...

Los ojos acariciaban a Siomka y la voz —una voz como nunca había empleado nadie para hablar con él— se le metía en el alma sin necesidad de enjabonarla.

—¿Quiere probarse esta gorra?

Siomka lloró con lágrimas de felicidad y acercó la cabeza.

—¡Hermanos!.... No me importa morirme... El dinero no es nada... Los chanclos tienen  más valor para mí... ¡Cóbrate!

Del puño de Siomka cayeron suavemente al suelo unos billetes arrugados y húmedos de sudor.

El vendedor los recogió rápidamente, abrió el cajón de la calderilla y puso en la mano de Siomka la vuelta de los sesenta rublos: un billete verde de medio rublo y dos relucientes kopeks de cobre. Encasquetaron  hasta las cejas de Siomka la gorra comida por la polilla y cubierta de polvo y los ojos hasta entonces cariñosos y cordiales atravesaron al mozo como aguzados alfileres. Una voz grosera le gritó en el mismo oído:

—¡Vete al diablo, hijo de perra! ¡Mocoso borracho! ¡Lárgo de aquí!....

Alguien le dio por detrás un rodillazo y Siomka, con la sonrisa de borracho  congelada en los labios, salió volando de la tienda y cayó como un saco en el santo suelo. Se levantó a duras penas, abrió la boca para lanzar una soez imprecación, pero en aquel instante vio ante él a Marinka con su pañuelo de los días de fiesta, los ojos relucientes y las mejillas brillantes a fuerza de pomada de pepino.

Como en una  turbia  niebla,  anduvo con ella  por el  mercado,  con el  último medio  rublo le compró un cucurucho de caramelos, en una ocasión se dio un golpe doloroso al caer; pero, eso sí, recordaba muy bien la mirada admirada de Marinka, que no se apartaba  de él. Caminaba tropezando  a cada paso y con las piernas muy abiertas, embutidas en los pantalones acampanados, removiendo el barro con sus brillantes chanclos. Marinka iba un poco detrás de él y le suplicaba a media voz:

—Siomka, no hagas eso... No alborotes, que nos mira la gente... Me da vergüenza, Sioma.

Por la  tarde,  en las  inmediaciones  de la  taberna, Siomka  bailó  danzas  cosacas con gentes  a quienes no conocía, bebió vodka con ellos y casi al amanecer, tambaleándose, llegó a su casa y llamó a la ventana con fuertes golpes.

La madre, envuelta en sus andrajos, abrió la puerta y, asustada, dio un paso atrás.

—¿Quién es? ¿Qué quiere?

—Soy yo, madre...

Presintiendo la desgracia, tratando  de dominar el temblor, dejó pasar en silencio a Siomka y encendió un cabo de vela. Los chiquillos resoplaban a una sobre el horno, la vela chisporroteaba, humeante.

—¿Has vendido el buey? —preguntó, y sus dientes castañetearon.

—Sí... Lo he vendido... sí...

—¿Y el dinero?

—¿El dinero? Aquí está.

Los labios de Siomka se crisparon en una sonrisa, él metió la mano en el bolsillo. En el silencio pudo oírse cómo los dedos buscaban convulsivos. Las monedas de cobre chocaron con un ruido sordo.

 

 

 

La mirada de la madre quedó inmóvil en el bolsillo vacío donde buscaba la mano de Siomka. Él, tambaleándose, apoyándose  en la mesa, sacó dos kopeks  relucientes de cobre y los tiró al suelo terrizo. Una de las monedas rodó hasta desaparecer debajo del banco.

La madre, lanzando un gemido, cayó de rodillas, se abrazó  a las piernas de Siomka y empezó  a lamentarse  en voz alta,  como si  llorase  a un muerto.  Su cabeza, de pelo  blanco,  no cesaba de golpear contra el suelo.

—¡Querido hijo!… ¡Hijo!… ¿Qué va a ser de nosotros? ¡Ay, ay, ay!… ¿te das cuenta de lo que has hecho?

Siomka, tratando de soltarse, reculó hacia la puerta. Ella de rodillas se arrastró tras él. Los empujones le hacían bailar los pechos pequeños y resecos que se le habían salido por el escote, lívida y sofocada por los gritos, mientras que sobre los manchados chanclos de Siomka caían las lágrimas.

 

1926

 

SOBRE HOLCHAK, LA ORTIGA Y OTRAS CUESTIONES

 

 

 

 

—USTED, CIUDADANO JUEZ DE PAZ... quiero decir juez popular...ha explicado a los reunidos qué artículo de la ley castiga las lesiones causadas con los puños y otras ofensas. Lo que yo quiero es preguntar  acerca de la ortiga y otras cuestiones... Opino que con el poder soviético no debe estar permitido el trato de que a mí me hacían objeto los ciudadanos. Y si hubieran sido los ciudadanos aún habría podido aguantarlo. ¡Pero eran las mujeres! Después de eso he perdido el gusto a la vida, créame.

Esta  primavera  se  presentó   en  el  jútor Nastia,  una  chica  paisana  nuestra.  Hasta  entonces trabajaba en las minas, pero le dio la ventolera por ahí y se vino. ¡De seguro que el diablo la trajo arrastrada de las faldas!

En una ocasión, nuestro presidente, Stioshka, vino a verme.  Después de darnos un apretón de manos, me dijo:

—¿Sabes, Fedot? Nastia ha vuelto de la mina. Trae el pelo cortado y usa pañuelo rojo.

Lo del pañuelo podía pasar. ¿Qué me importaba a mí después de todo? Claro que lo del pelo no podía ser bien mirado: ¿qué era eso de que una mujer se cortase  las trenzas? Pero me guardé para mí mis pensamientos y pregunté:

—¿Ha venido a ver a sus parientes?

—Nada  de eso... —dijo él—. Viene a reunir a nuestras  mujeres, a organizarlas Ahora procura mantenerte ojo avizor. Si tocas lo más mínimo a tu mujer, te agarrarán del rabo y te meterán en la perrera.

Hablamos de esto y de lo otro y él acabó por pedirme:

—Llévala a la cabeza de distrito, Fedot. Según las credenciales que trae, debe ocupar allí no sé qué cargo, algo así como la presidencia de un comité ejecutivo de mujeres. ¡Llévala, hazme ese favor!

Yo le expuse mis razones:

—A usted le tengo en gran estima, Stiasha; pero considere el perjuicio que eso me causa. No está bien ocupar así el caballo en plenas faenas del campo.

—Como quieras —dijo—, pero ¡deberás llevarla!

Nastia estuvo en mi casa. Yo, para no verla con aquel pelo cortado, me fui a la estepa en busca de la  yegua. Y mi yegua,  habrá de saber, la  compré  a un auténtico  gitano:  cuando corre, hace temblar la tierra; si cae, no hay quien la levante en tres días. En una palabra: ayúdame  a levantarla y cambiaremos. No sé cuántas  veces había  echado  yo mano al hacha, pero me daba pena, estaba preñada...

Mientras yo trataba de atrapar la yegua y de hacerla en trar en razón —«no cocees y no seas tonta, no vas a llevar a una cualquiera, sino a la autoridad de las mujeres»—, Nastia se entendía con mi esposa.

—¿Te pega tu marido? —le preguntó.

Y la estúpida de mi mujer contestó, sin saber lo que decía:

—Sí que me pega.

En cuanto yo llegué a casa con la yegua, Nastia se volvió hacia mí:

—¿Por qué pegas a tu mujer?

—Para  que no se descarríe.  Si  no le  pegara se echaría a perder. Las mujeres  son como los caballos: si uno no los castiga, no marchan.

—A las mujeres no se les debe pegar, ni tampoco a los caballos —trató de enseñarme.

Después de un rato de conversación, nos pusimos en marcha. Yo, con toda intención, no cogí el látigo. Íbamos al paso, tan despacio que parecía como si llevásemos pucheros.

 

—¡Ve más ligero! —dijo Nastia.

 

—¿Cómo voy a ir más ligero si no puedo pegar a la yegua?

Ella  guardó silencio  y se  mordió los  labios.  Estaba  muy quieta,  y eso  era  lo que  a mí me convenía, me tumbé en la parte trasera y me quedé dormido. La yegua, que no era tonta, se detuvo. Entonces Nastia, puedes creerme, señor ciudadano o como te llamen... en una palabra, tomó una brazada de heno, se puso delante de la yegua y empezó  a acariciarla. Y hasta la cabeza del distrito nos quedaban dieciocho verstas. Llegamos a la mañana siguiente. Nastia lloraba. Me trató de esto y de lo otro, pero yo le dije:

— Me puedes llamar puchero, pero no me metas en el horno.

En el camino de vuelta no podía más. Corté una vara casi como un poste de telégrafo y empecé a sacudirle a mi yegua, a limpiarle el polvo de la cola.

—¿Querías igualdad de derechos? ¡Toma! ¡Toma! Al entrar en el patio le grité a mi mujer:

—¡Desengancha, hija de tal y de cual!

— ¡No eres ningún señor! —me replicó desde el portal.

Yo la agarré del moño. Pero resultó una indecencia... Antes, cuando el miedo la dominaba, no se atrevía ni a pestañear siquiera; pero entonces, sin más ni más, me echó mano a las barbas y empezó a cubrirme de palabras extranjeras... Y eso en presencia de los hijos, cuando tengo una moza casadera. Mi mujer es fuerte y me puso la cara que era una calamidad de arañazos. Por poco más me deja sin pellejo; salí de entre sus manos como la culebra cuando cambia de camisa. ¡Y de todo tenía la culpa Nastia, esa peste de la cabeza rapada!....

A partir de entonces, aquello fue una verdadera guerra civil. Un día sí y otro también nos lo pasábamos peleando hasta la puesta del sol, sin ocuparnos para nada del trabajo. Nos peleábamos con rabia, a gritos. Un domingo, ella hizo un lío con sus ropas, cogió algunos trastos de la casa y se fue con los hijos a vivir a las caballerizas de la casa señorial.

En tiempos del zar, en nuestro jútor vivía un gran propietario. Se asustó de los rojos y se fue a tierras calientes. La gente de letras dice que al otro lado del mar los mirlos y los propietarios se dan muy buena vida... La casa la quemamos, pero las caballerizas quedaron intactas. Las paredes eran de  ladrillo,  con el  suelo  de  madera.  Pues  bien,  la  estúpida  de  mi mujer  se  instaló  en  esas caballerizas.  Me  quedé  más solo  que un hongo. Por la  mañana quise  ordeñar la  vaca, pero  la maldita no se dejaba. Traté de buscarle las vueltas, pero ella no me reconocía. A duras penas pude trabarla y atarla a la cerca.

—Espera, diablo orejudo —dije—. ¡Si me pongo nervioso, soy capaz hasta de quitarte la vida! Coloqué  el  cubo debajo  de la  tripa  de la  vaca y apenas había  tocado  la  ubre con un dedo,

delicadamente, ella sacudió el rabo y me dio con la maldita punta de los ojos. Dios misericordioso, yo quería empezar con una oración, pero al sentir el latigazo —pecador de mí— no puede figurarse la de sapos y culebras que salieron de mi boca.

Arrugué el entrecejo, me encasqueté el gorro y empecé a tirar de los pezones hacia aquí y hacia all. La leche caía fuera del cubo y ella —la vaca quiero decir— no cesaba de darme coletazos en ambas mejillas.  Se me  nubló la  vista,  quería tirar  el  cubo y escapar de la  cuadra con los  ojos cerrados cuando ella, la muy zorra, dio una patada y derramó las últimas gotas de leche. La cubrí de maldiciones, colgué de su cuerno el cubo vacío y me fui a preparar la comida.

Puede creerme:  desde entonces toda la vida de nuestro Jútor marchó patas arriba. Como unos cinco días después, mi vecino Anísim trató de dar una lección a su mujer para que en el baile no mirase a los mozos jóvenes.

—Espera, Dunia —le dijo—. Voy a traer la cincha del carro y nos divertiremos un rato.

Ella,  al  oírlo, metió  el  rabo  entre  las  piernas  y se  fue  con la  estúpida  de  mi mujer  a  las caballerizas. A los pocos días me enteraba de que la mujer y la cuñada de Stioshka, el presidente, se habían ido a las caballerizas. Otras dos mujeres hicieron lo mismo. Se juntaron un total de ocho: aquello  era una tribu, no encuentro otra palabra.  Mientras  tanto, nosotros andábamos sin  poder

 

 

 

atender las faenas. O salíamos a labrar con el estómago vacío o, si queríamos comer, teníamos que abandonar las labores del campo. Era como para atarse una soga al cuello.

Una tarde nos reunimos a contarnos nuestras cuitas. Yo les propuse:

—Hermanos,  ¿hasta cuándo hemos de soportar  semejante burla? Vamos a sacarlas de las caballerizas y a traerlas a casa por las buenas o por las malas.

Dicho y hecho.  Queríamos  elegir  a  Stioshka  como jefe  de  la  operación,  pero  él  se  negó, alegando que tenía hernia y que constantemente había de estar metiéndosela.

—Yo —dijo— soy joven y padezco de una hernia enorme.

Por eso no sirvo. Tú, Fedot, prestaste servicio en los trenes regimentales de la tercera reserva, derramaste tu sangre por el poder soviético y, además, eres parecido a Kolchak1. Es más propio que tomes tú el mando.

Cuando nos acercábamos a las caballerizas, dije:

—En un principio, trataremos de no armar escándalo ni de pelearnos. Yo entraré como delegado y les pediré que vuelvan a sus casas: que ha sido decretada la amnistía.

Salté la valla y me acerqué. Mis hombres se tumbaron  en una zanja, fumando, de reserva. En cuanto abrí la puerta, la mujer de Stioshka se me echó encima empuñando un atizador:

—¿Para qué has venido, sanguijuela?

Antes  que hubiera tenido tiempo de abrir la boca, las mujeres me agarraron y, sin el menor miramiento, me arrastraron a las caballerizas. Chillaban y vociferaban, y mi bruja más que ninguna otra:

—¿Para qué has venido, hijo de perra? Yo empecé por las buenas:

— Dejad de hacer el tonto, mujeres. Amnistía...

Apenas acababa de pronunciar esta palabra cuando la mujer de Anísim se me echó encima con los puños cerrados:

—Toda la vida nos habéis tratado como si fuéramos animales, nos habéis cubierto de golpes y de injurias. ¿Ahora nos vienes con esas palabras?... ¡Toma, prueba esto!.... ¡La amnistía lo serás tú, nosotras somos mujeres honradas! —Me hizo la higa  y después  se volvió hacia las mujeres—:

¿Qué hacemos con él después de semejante insulto?

Hasta hoy en día  se me  revuelve todo por dentro al  recordarlo...  ¿No  es  como para sentirse afrentado?... Me echaron al suelo con las vergüenzas al aire, Dunka la de Anísim se me sentó sobre la cabeza y dijo:

—No temas, Fedot, arreglaremos las cosas contigo a nuestra manera. ¡Para que recuerdes que no somos amnistías callejeras, sino mujeres que tienen sus maridos!

Pero ¿qué maneras eran ésas si se trataba de ortigas? Y qué ortigas... De una vara de alto, de la simiente del diablo. Después de esto pasé una semana que no podía sentarme como las personas, me tenía que acostar boca abajo... El trasero me quedó lleno de ampollas.

Al día siguiente hubo asamblea general. Se levantó acta en el sentido de que en adelante no se debería pegar a las mujeres y de que se concedía  a su comité una desiatina de tierra para sembrarla de girasol. Las mujeres volvieron a sus casas, la mía también lo hizo, pero desde entonces yo no puedo vivir. Por ejemplo, veo que los terneros se están comiendo las coles del huerto y le digo a mi hijo Grishka: «¡Ve a espantarlos! » El maldito me replica:

—Padre, ¿por qué te llaman Kolchak?

Cuando voy por la calle los chiquillos no me dejan en paz:

—¡Kolchak! ¡Kolchak! ¿Cómo te peleaste con las mujeres?

¿No me va a doler todo esto? Mi vida entera fui labrador  y de repente me han ascendido a Kolchak. Es el nombre que dan al perro de Stioshka. ¿Es que me igualan a un perro? ¡No, no estoy conforme! Yo pregunto: si yo denuncio a las mujeres ante el tribunal, ¿podía usted, ciudadano juez,

 

 

1 Almirante ruso. Mandó la ofensiva desencadenada por los blancos desde Siberia contra el poder soviético.

 

 

 

aplicar el artículo correspondiente y castigarlas por el nombre de perro que me han puesto, por lo de «Kolchak», y por el asunto de las ortigas?...

 

1926

 

LA CARCOMA

 

 

 

YÁKOV  ALEXÉIEVICH era  un hombre  chapado  a la  antigua.  Era  de huesos grandes  y algo cargado de hombros, su barba parecía una escoba nueva de paja de mijo: la estampa fiel del campesino rico que los dibujantes nos suelen ofrecer en las últimas páginas de los periódicos. En lo único que no se parecía  era en la manera de vestir. Al campesino rico, de conformidad con su posición, le correspondía obligatoriamente el chaleco y las botas altas de caña blanda, mientras que Yákov Alexéievich iba en verano  con una camisa de hilo sin ceñir  y descalzo. Tres años antes figuraba, en efecto, como campesino rico en las relaciones del Soviet de la stanitsa, pero luego había dado la cuenta al bracero, había vendido una pareja de bueyes, quedándose con dos yuntas y la yegua, y en las relaciones del Soviet pasó a la casilla siguiente: a la de los campesinos medios. No obstante, Yákov Alexéievich conservaba su prestancia de antes: caminaba gravemente, balanceándose, mantenía la cabeza tiesa como un gallo y en las asambleas hablaba como antes, con voz pausada, un tanto ronca y autoritaria.

Aunque había reducido el volumen de su hacienda, los negocios los llevaba en grande. Aquella primavera  había sembrado  veinte desiatinas  de trigo; con el  grano  que guardaba de la cosecha anterior había comprado un arado de vertedera, dos gradas de hierro y una aventadora. Ya se sabe quién vende en primavera lo último que tiene: el que le falta para comer.

En toda la stanitsa no se podría encontrar a un labrador como Yákov Alexéievich: era un cosaco listo y de muchos recursos. Sin embargo, también en su casa apareció la carcoma: su hijo menor, Stiopka, había ingresado en las Juventudes Comunistas. Lo hizo por las buenas, sin pedir permiso ni consejo. Si esta desgracia hubiera afectado a un hombre corto de alcances, las desavenencias y las riñas en la familia habrían sido inevitables.  Pero Yákov Alexéievich opinaba de otro modo.

¿Para qué hacer entrar en razón al mozo a fuerza de palos? Que él mismo se acercase por sí solo a la orilla. No pasaba un día sin que se burlase del nuevo régimen, de sus métodos  y sus leyes. Sus observaciones las salpicaba con biliosos improperios, pinchaba como una mosca de otoño. Pensaba que eso abriría los ojos de Stiopka, y en efecto los abrió: el mozo dejó de persignarse, miraba al padre con ojos de alimaña y en la mesa permanecía callado.

En cierta  ocasión,  a  la  hora  de  la  comida,  la  familia  entera  se  había  reunido  a  hacer  sus oraciones.  Yákov  Alexéievich,  con la  barba  más  ancha  que  de  costumbre,   se santiguaba  con amplios ademanes, como cuando manejaba la guadaña en el prado; la madre de Stiopka se doblaba en sus inclinaciones como un metro plegable; toda la familia movía al unísono los brazos. La sopa humeaba en la mesa; el pan tierno exhalaba un olor apetitoso. Stiopka se mantenía  junto al marco de la puerta con las manos en la espalda y dando muestras de impaciencia.

—¿Tú eres persona? —le preguntó Yákov Alexéievich una vez terminada la oración.

—Tú sabrás...

—Pues si eres persona y te sientas con personas a la mesa, haz sobre ti la señal de la cruz. En eso te diferencias de los bueyes. El buey come en el pesebre, luego se vuelve, y allí mismo hace sus necesidades.

Stiopka hizo ademán de que iba a marcharse, pero lo pensó mejor, volvió y, persignándose sin detenerse, se deslizó tras la mesa.

Unos días bastaron para que la cara de Yákov Alexéievich quedase amarilla; por el patio andaba con ceño;  la  gente  de  la  casa  se  daba  cuenta  de  que  algo  preocupaba  al  viejo:  no en  vano carraspeaba por las noches, no cesaba de dar vueltas y sólo conciliaba el sueño al amanecer. La madre susurró a Stiopka:

—No sé, Stiópushka, qué habrá imaginado nuestro Alexéievich... O te va a hacer algo malo o quiere gastar una broma a alguien...

 

Stiopka sabía que su padre preparaba un ataque en toda regla contra él y se callaba, meditando

 hacia dónde podría dirigir los pasos si el viejo le señalaba la puerta.

En efecto, Yákov Alexéievich tenía motivo para preocuparse: si Stiopka, en lugar de sus veinte años tuviera quince, no sería difícil ajustarle las cuentas. No le representaría un gran esfuerzo sacar del desván unas riendas nuevas de cuero  y liárselas a la mano.  Mas  a los veinte años cualquier rienda  sería delgada;  a tipos  así  se les  hacía entrar  en razón  con un buen garrote,  pero en los tiempos que corrían  eso podía costar tan caro que no habría quien no se arrepintiera de haberlo puesto en juego. ¿Cómo no iba a carraspear  el viejo por las noches? ¿Cómo no iba a arrugar  las cejas en la oscuridad?

Maxim, el hermano mayor  de Stiopka —un cosaco de duros  músculos y fuerte—, solía preguntarle después de la cena, mientras tallaba sus cucharas de palo:

—Di, hermano, ¿para qué diablos necesitas las Juventudes Comunistas?

—¡No me importunes! —le cortaba en seco Stiopka.

—De veras, dímelo —insistía Maxim—. He cumplido los veintinueve, he visto más mundo que tú y, a mi modo de ver, todo eso es una tontería. A los obreros les conviene, trabajan sus ocho horas y  se van  al  club, a  las  Juventudes Comunistas,  pero  para nosotros,  los  labradores,  es  distinto. Durante  el  verano,  si  uno se  acuesta  tarde,   ¿cómo   va  a  trabajar  al  día  siguiente?...  Dime sinceramente: ¿has ingresado ahí pensando que así puedes conseguir algún cargo? —preguntaba con sorna Maxim.

Stiopka palidecía y guardaba silencio. Los labios le temblaban de indignación.

—Es un régimen absurdo. Para nosotros, los cosacos, resulta hasta perjudicial. A los únicos que les va bien es a los comunistas, los demás que se las entiendan como puedan... Un régimen así no durará mucho tiempo. Y aunque ésos de las Juventudes Comunistas se han agarrado con fuerza al cuello del labrador, cuando llegue el momento  todos se irán al diablo.

Sobre  la  sudorosa  frente  de  Maxim  bailoteaba  un mechón húmedo. El cuchillo con el  que cortaba el tarugo lanzaba furiosamente las virutas. Stiopka pasaba las hojas del libro, sin prestar atención,  y resoplaba  sombrío:  no quería  enzarzarse  en  discusiones  porque  el  propio Yákov Alexéievich prestaba oído a las palabras de Maxim, que aprobaba tácitamente, como aguardando a ver lo que iba a decir Stiopka.

—Y si, Dios no lo quiera, hay una revolución, ¿qué harás entonces? —preguntaba  Maxim, y sus dientes brillaban como los de una fiera.

—¡Te quedarás calvo esperando esa revolución!

—Tenlo presente, Stiopka. Ya no eres pequeño...  Es un juego de «quién podrá  a quién». ¡Si fallas el golpe, te aplastarán a ti! En caso de guerra  o algo por el estilo, yo sería el primero en arrancarte el pellejo. A cachorros como tú no hay razón para matarlos, pero sí que te moleré con la fusta... ¡Hasta que el cuerpo se te cubra de ampollas!

—¡Y con razón!.... —le estimulaba Yákov Alexéievich.

—¡Te azotaré, te lo juro! —vociferaba Maxim—. Cuando la guerra contra Alemania, lo recuerdo, en una ocasión mandaron nuestra sotnia a una fábrica de las afueras de Moscú, donde los obreros andaban revueltos. Llegamos allí al atardecer. Al entrar vimos al gentío amontonado ante las oficinas. «¡Hermanos  cosacos —empezaron  a gritar—, poneos de nuestro lado! » El jefe de la sotnia, teniente coronel Bókov, mandó: «¡A latigazos contra esos hijos de perra!....»

Maxim rompió a reír ruidosamente, congestionado.

—Mi látigo era duro, con una bola de metal en la punta... Salí de la formación y grité a los huelguistas: «¡En pie, hombres del trabajo! ¡Aquí llegan los cosacos a calentaros las espaldas! » A la cabeza de ellos estaba un vejete de gorra, pequeño y de pelo gris... Yo le sacudí un latigazo que le hizo caer a los pies del caballo... Se armó una buena... —siguió Maxim, arrugando los ojos—. Los caballos pisotearon a una veintena de mujeres. Los muchachos, enfurecidos, echaron manos a los sables...

—¿Y tú? —preguntó Stiopka con voz ronca.

 

 

 

—A alguno le dejé un recuerdo.

Stiopka apretó la espalda contra el horno. Apretando con todas sus fuerzas, dijo, y su voz era sorda:

—¡Lástima que no te sacudieran de veras, reptil!....

—¿Quién es el reptil?

—Tú...

—¿Quién es el reptil? —insistió Maxim, y, tirando al suelo la cuchara a medio terminar, se puso en pie.

Las palmas de las manos de Stiopka se cubrieron de un sudor cálido. Apretando los puños hasta clavarse las uñas, y ya con voz firme, dijo:

—¡Perro! ¡Caín!

Maxim alargó la mano, agarró la camisa de Stiopka por el pecho, lo separó de un tirón del horno y lo tiró contra la cama. El odio abrasó al mozo.  Se hizo a un lado y entre los dedos de Maxim quedó un desgarrón de la camisa. Levantó el puño... El bofetón derribó a Stiopka. Con la mano izquierda,  Maxim  le  apretó la  garganta, mientras  que con la  derecha no cesaba de  abofetearle. Stiopka sentía la acelerada respiración de su hermano, veía una sonrisa fría y fuera de lugar en sus labios.  Cada  uno de  los  golpes  le  cortaba la  respiración,  los  oídos  le  zumbaban,  las  lágrimas brotaban  de sus ojos. El grito que le arrancaban las lágrimas que corrían  contra su voluntad y la sonrisa de Maxim no podía pasar de la garganta... La sangre corría por sus labios rotos. Con los ojos fuera de las órbitas, Stiopka escupía sangre en la cara de su hermano,  pero éste apartaba la cabeza  a un lado,  mostrando el  cuello  musculoso  y afeitado,  y, acompasadamente,  en silencio, seguía golpeando con su mano áspera las hinchadas mejillas de Stiopka...

Cuando creyó llegado el momento oportuno, el propio Yákov Alexéievich los separó. Maxim, sin abandonar la sonrisa, recogió del suelo la cuchara a medio acabar y se sentó junto a la ventana. Stiopka  se  limpió con la  manga  los  labios  ensangrentados,  se puso  el  gorro y salió,  cerrando suavemente la puerta a sus espaldas.

—Le servirá de lección... Que no se pase de la raya, porque, de lo contrario, pronto llegaría a faltarle hasta a su propio padre —dijo Maxim.

Yákov Alexéievich se estrujó la barba y puso ceño, mirando la cara de la vieja bañada por las lágrimas.

* * * A la mañana siguiente, Maxim sacó la conversación.

—¿Irás a quejarte al Soviet? —preguntó  a Stiopka.

—¡Sí!

—¿Crees que es la manera de arreglar las desavenencias de una familia?

Stiopka miró el rostro grisáceo de la mujer de Maxim, miró a su madre,  que se limpiaba las lágrimas con el delantal, y guardó silencio. En su fuero interno se hizo a la idea de aguantar la ofensa, de callar.

Desde aquel día, y durante mucho tiempo, un silencio molesto se apoderó  de la casa. Yákov Alexéievich,  encapotado  como un amanecer  de  noviembre,  no abría la  boca. Maxim,  con una sonrisa de quien se reconoce culpable, decía a Stiopka:

—No me guardes rencor, hermano... Dentro  de una familia ocurren muchas cosas... De todo tienen la culpa tus Juventudes Comunistas. ¡Mándalas al diablo! Vivimos sin ellas y ahora también podremos  vivir. ¿Qué  necesidad  tienes  de  mezclarte  con esa gente? Los  vecinos  no cesan de echárselo  en  cara  a  nuestro  padre:  « ¿Cómo  es  eso  de  que  vuestro   Stiopka  anda  con los comunistas?» Para el viejo es una vergüenza... Además, pronto te llegará la hora de casarte. ¿Qué moza te va a querer? ¿Traerías a casa a una cualquiera?

 

 

 

Stiopka no contestaba y se iba a la cuadra. A la caída de la tarde acudía a la plaza, donde se encontraba el club. Allí, entre los estertores del armonio, que antes había pertenecido al pope, se entregaba a sus tristes pensamientos.

Mientras tanto, la primavera se abría  paso impetuosamente. En las mejillas de las muchachas aparecían las pecas y en los sauces los primeros brotes. Por las calles de la stanitsa corrían ruidosos los arroyuelos de las aguas del deshielo. La nieve había desaparecido sin que nadie lo advirtiese; al calor del sol, la estepa color turquesa  se derretía,  cubriéndose de una ligera neblina bajo el cielo azul. En los barrancos,  en las quebradas y a lo largo de las pendientes todavía  se conservaba  la nieve  afeando  la  tierra  con su  blancor  sucio,  arañada  por los  vientos,  mientras  que  en  las elevaciones, en los hirsutos montículos, las ovejas mordisqueaban la hierba y las vacas se movían con paso lento. Los puñados verdes de la nueva vegetación, que se abrían camino a través de los tallos descoloridos del año anterior, exhalaban un aroma suave y embriagador.

Las faenas de la labranza empezaron  a mediados de marzo. Yákov Alexéievich se preocupó  de los preparativos antes que nadie. Desde el carnaval daba a los bueyes maíz, tratando, como buen labrador que era, de que engordasen.

El sol no había absorbido de la tierra el intenso olor del deshielo cuando Yákov Alexéievich mandó por delante a los  hijos.  Un jueves,  con las  primeras  luces,  salieron  a la  estepa. Stiopka guiaba los bueyes y Maxim marchaba tras el arado. Durante dos días vivieron en la estepa, a ocho verstas de su casa. De noche arreciaba la helada, la hierba se cubría  de escarcha, la tierra se endurecía y sólo quedaba blanda al mediodía. Las dos yuntas de bueyes, después de dos o tres pasadas, se detenían a descansar con los lomos empapados y respirando fatigosamente.

Maxim, en un momento  en que se limpiaba las botas de aquel barro pegajoso, volvió la vista hacia el padre y dijo con voz enronquecida:

—Tú, padre, siempre has de ser así,.. ¿Es esto manera de arar? Es un tormento. Van a reventar las bestias Mira alrededor: ni un alma, somos los únicos que aramos.

Yákov Alexéievich, entretenido en limpiar la reja con un palo, gruñó:

—El pájaro madrugador  se limpia el pico cuando el que no madruga abre los ojos. Así dicen los viejos. Tú eres joven, debes aprenderlo.

—¡Los pájaros no tienen nada que ver con esto! —se acaloró Maxim—. Ese pájaro, sea tres veces maldito, no siembra,  no siega y no ara con este tiempo, mientras que tú, padre... Aunque para qué vamos a hablar...

—Ea, ya hemos descansado bastante. Adelante, hijo, con la ayuda de Dios.

—Lo que deberíamos hacer es dar media vuelta y volver a casa.

—¡En marcha, Stepán!

El látigo de Stiopka cayó a la vez sobre los dos bueyes. El arado, como si se hubiera pegado al suelo, crujió, se estremeció convulsivamente y se puso en marcha,  levantando perezosamente unas capas finas de barro.

 

* * *

 

Desde el día en que Stiopka ingresó en las Juventudes Comunistas, la familia le rehuía. Se apartaban  de  él  y  lo  evitaban  como si  fuera  un apestado.  Yákov  Alexéievich  se  lo  decía abiertamente:

—Ahora,  Stepán, no habrá el acuerdo de antes entre nosotros. Eres como un extraño. No rezas, no observas los ayunos, cuando el pope vino a bendecir la casa no te acercaste  a besar la santa cruz... ¿Es eso manera de proceder? Y en cuanto a las cuestiones de la hacienda, no se puede hablar delante de ti libremente... Cuando la carcoma invade un árbol, lo mata, la convierte en polvo si no lo curan a tiempo. La cura tiene que ser severa, hay que cortar sin compasión la rama afectada... Así dicen las Escrituras.

 

 

 

—No tengo adónde ir —contestó Stiopka—. Pero este año he de marchar  al servicio y entonces os veréis libres de mí. —De la casa no te echamos, pero debes cambiar de conducta. Basta de ir a reuniones. No se te ha secado la leche de los labios, eres muy joven para opinar. Por tu culpa, maldito, la gente se me ríe en mis propias barbas.

El viejo, al hablar con Stiopka, se congestionaba, apenas si podía contenerse. El mozo miraba los fríos ojos del padre, los labios duros y contraídos en un gesto de fiera, y recordaba los reproches de los muchachos de la Juventud: «Procura frenar a tu padre, Stiopka. Va a arruinar a los campesinos  pobres  comprándoles  durante  la  primavera  sus  aperos  por cuatro  cuartos. ¡Es  una vergüenza! »

Y Stiopka, al recordarlo, enrojecía realmente de una vergüenza que le abrasaba. Comprendía  que su corazón no sentía ya el cariño de antes por aquella sanguijuela implacable, por el hombre que decía ser su padre.

Un alto muro de piedra le separaba de su familia. Stiopka no podría saltarlo ni hacerse oír a través de él.

El alejamiento  había  acabado  por convertirse  en animadversión,  y ésta  en  odio. Durante la comida, al levantar casualmente la vista, Stiopka tropezaba con los ojos helados de Maxim; miraba hacia  su  padre  y veía  cómo bajo  la  arrugada  piel  de  los  párpados  de  Yákov  Alexéievich  se encendían  unas chispitas  rencorosas. Y en la  mano  empezaba  a temblar  su cuchara. La  misma madre  empezaba  a mirar  a  Stiopka  con unos ojos  indiferentes  que no veían. La comida  se  le atragantaba al mozo,  unas lágrimas  intempestivas le abrasaban  y un sordo sollozo pugnaba por escapar de su pecho. Sobreponiéndose, terminaba de comer a toda prisa y se iba de casa.

Un mismo sueño le asaltaba de noche: soñaba que lo enterraban al pie de una loma arenosa de la estepa. Alrededor de él había gente extraña, en la loma crecían el esparto y los cebollinos. Como si estuviese despierto, Stiopka distinguía con toda precisión cada ramita, cada hoja...

Luego arrojaban su cadáver a la fosa y echaban paletadas de arcilla. Sobre su pecho caía un frío y pesado terrón,  luego  otro, un tercero... Stiopka se despertaba  rechinándole los dientes, con el pecho oprimido, y aun después de despierto seguía respirando con fatiga, como si le faltara el aire.

 

* * *

 

De momento habían terminado las faenas en el campo. La estepa había quedado desierta, sin un alma, y sólo en los huertos se destacaban los pañuelos de vivos colores de las mujeres. A la caída de la tarde la stanitsa, amorosamente envuelta por el crepúsculo, dormitaba sobre el duro regazo de la tierra, extendiendo por los alrededores las trenzas verdes de los huertos. Los arpegios de los acordeones vagaban largamente en las afueras, allí donde la estepa terminaba bruscamente y empezaba el azul esponjoso del cielo. Se acercaba la época de la siega de la hierba, alta hasta la cintura de un hombre. Las aristas empezaban  a secarse en las cabezas puntiagudas del agropirón, las hojas se curvaban amarillentas, en las partes bajas se retorcía la acedera.

Yákov Alexéievich  fue  el primero  en segar su lote. De noche uncía los  bueyes y se iba del campamento  con Maxim  a  las  tierras  de  propiedad  comunal  de  la  stanitsa.  Las  estrellas  se extinguían, el cielo adquiría la tonalidad gris de la ceniza, las codornices tocaban diana. Al despertarse bajo el carro, Stiopka oía cómo la segadora traqueteaba  por entre el rocío, cortando hierba robada.

Yákov Alexéievich reunió heno suficiente como para dos inviernos. Sabía llevar sus asuntos y estaba seguro de que al llegar la primavera, cuando los animales de los campesinos pobres se muriesen de hambre, podría vender a buen precio su heno. Y si un infeliz no tenía dinero, siempre podría llevar a su cuadra un ternero de un año. Por esta razón, Yákov Alexéievich había llegado a formar unos almiares gigantescos. Las malas lenguas afirmaban que Yákov Alexéievich se había apoderado, por la noche, de un heno que no era suyo. Pero como el que no es sorprendido con las manos en la masa no es ladrón, podían hablar cuanto quisieran...

 

 

 

 

* * *

 

Un sábado, antes del amanecer, llegó Prójor Tokin. Durante un buen rato no pasó de la puerta, estrujando indeciso el gorro que había traído del ejército, con una sonrisa triste y aduladora. «Ha venido  a pedir  prestados los  bueyes  a mi padre»,  pensó Stiopka.  Los  rotos de los  calzones  de arpillera de Prójor dejaban ver unas carnes fláccidas; los pies, descalzos, le sangraban; los ojos, muy hundidos y negros, ligeramente bizcos, brillaban débilmente, como ascuas bajo la ceniza. Su mirada era la de un hombre resentido, hambriento y suplicante.

—¡Ayúdame  a salir adelante, Yákov Alexéievich, por el Señor te lo pido! Te pagaré con mi trabajo.

—¿Qué te ocurre? —preguntó el interpelado sin levantarse de la cama.

—Necesito los bueyes para un día... He de traer el heno.

Mañana es domingo... yo lo aprovecharía... Me lo van a robar todo.

—No te daré los bueyes.

—¡Por Cristo te lo pido!

—No insistas, Prójor, no puedo. Las bestias están cansadas.

—Por  favor,  Yákov  Alexéievich.  Ya  sabes que  tengo  familia...  ¿qué  comerá  la  vaca  este invierno? Lo poco que he reunido ha sido a costa de grandes esfuerzos.

—¡Dale los bueyes, padre! —intervino Stiopka.

Prójor volvió hacia él una mirada agradecida. Con un rápido parpadeo dirigió sus ojos hacia Yákov Alexéievich. Inesperadamente, Stiopka vio que las rodillas de Prójor temblaban ligeramente y él, deseoso de disimularlo, levantaba un pie y otro como el caballo cuando le enganchan al carro. Sintiendo  un acceso  repulsivo  de  náuseas, palideciendo,  Stiopka  gritó con voz que parecía  un ladrido:

—¡Dale los bueyes! ¡No le hagas sufrir!.... Yákov Alexéievich frunció las cejas.

—Tú no eres quién para darme órdenes. Si tanto te empeñas, ve tú mismo a acarrear el heno el domingo. ¡Yo no dejo mis bueyes a gente extraña!

—Sí que iré.

—Hazlo si quieres.

—Gracias, Yákov Alexéievich —dijo Prójor, inclinando el espinazo.

—Las gracias son una cosa, pero cuando llegue el momento de trillar, tendrás que trabajar para mí una semana.

—Así lo haré.

—No lo olvides.

 

* * *

 

Llegado el domingo, cuando apenas se había hecho de día, en las ventanas de las casas repicaron los bastones de los alguaciles. Yákov Alexéievich recibió al suyo en el portal.

—En cuanto haya esclarecido, ven a la escuela, va a celebrarse una reunión. —El alguacil desató la bolsa del tabaco y mientras ensalivaba el trozo de papel de periódico, farfulló—: Ha venido un funcionario de estadística para tomar nota de las sementeras... Con vistas al impuesto... De eso se trata... Adiós.

Se dirigió al portillo, encendiendo sobre la marcha una cerilla y chapoteando con sus zapatones. Yákov Alexéievich se estrujó la barba, pensativo, y dirigiéndose a Maxim, que traía a los bueyes del abrevadero, le gritó:

—Espera  a darle los animales a Prójor. Se va a celebrar ahora una asamblea para tratar de los impuestos. Ha venido un funcionario de estadística. Iremos Stiopka y yo. Él es de las Juventudes y

 

 

 

le pueden hacer una rebaja. Después de todo, desgasta las suelas del calzado que compró su padre con tanto ir al club.

Maxim dejó los bueyes y se acercó con paso rápido al padre.

—Ten cuidado, no hagas el tonto a tus años... No declares las veinte desiatinas. Di que hemos sembrado seis o siete.

—No hace falta aleccionarme —sonrió irónicamente Yákov Alexéievich.

Durante el desayuno, Yákov Alexéievich dijo con amabilidad desusada en él a Stiopka:

—Con Prójor irás en busca del heno por la noche. Ahora ponte los calzones de fiesta. Vendrás conmigo a la asamblea.

Stiopka no dijo nada. Terminó de desayunarse y, sin hacer la menor  pregunta,  se fue con el padre. En la escuela había más gente que espigas en una desiatina un año de buena cosecha. Le llegó la vez a Yákov Alexéievich. El funcionario, con la tez verdosa a consecuencia del humo del tabaco, acariciándose la barba, preguntó:

—¿Cuántas desiatinas ha sembrado?

Yákov Alexéievich tardó unos instantes en contestar, como contando para sus adentros:

—Dos desiatinas de centeno —en la mano izquierda un dedo se dobló hasta tocar la palma—, una desiatina de mijo —se dobló otro dedo—, cuatro de trigo...

Yákov Alexéievich dobló un tercer dedo y levantó los ojos hacia el techo como calculando. Entre los reunidos se oyó alguna risa, una fuerte tos se levantó sobre todos ruidos.

—¿Siete desiatinas? —preguntó el funcionario, golpeando nerviosamente con el lápiz sobre la mesa.

—Sí, siete —contestó Yákov Alexéievich con voz firme. Stiopka, abriéndose paso a codazos, se acercó a la mesa.

—¡Camarada! —dijo, y su voz era sorda y ronca—.  Camarada de estadística, hay un error... Mi padre no lo ha declarado todo...

—¿Que no he declarado? —gritó Yákov Alexéievich, palideciendo.

—...Ha olvidado otro campo de trigo... En total son veinte desiatinas sembradas.

Entre la gente se levantó un intenso rumor. En las filas de atrás se oyeron  algunos gritos:

—¡Es verdad! ¡Tiene razón! Yákov miente, tiene tres veces siete...

—¿Por qué trata de engañarnos, ciudadano? —El funcionario arrugó la frente con desgana.

—No sé... el diablo me ha confundido... es verdad,  son veinte... Así es... Dios mío... ¿Cómo he podido olvidarlo?

Los labios de Yákov Alexéievich temblaban turbados,  en sus mejillas, lívidas, los músculos se contraían nerviosamente.

En la sala reinaba un silencio embarazoso. El presidente dijo algo al oído del funcionario y éste, con su lápiz rojo, tachó la cifra «7» y sobre ella, con gruesos caracteres, trazó un «20».

 

* * *

 

Stiopka corrió en busca de Prójor y a través de los huertos, para llegar antes, se dirigieron a la casa.

—Date prisa, amigo, si viene mi padre de la reunión no te dejará los bueyes.

Sacaron aprisa y corriendo el carro del cobertizo y uncieron los buyes. Maxim gritó desde el portal:

—¿Han apuntado la sementera?

—Sí.

—¿Te han hecho alguna rebaja?

Stiopka salió, sin comprender el sentido de la pregunta. Salieron por el portón. De la plaza, casi al trote, se acercaban Yákov Alexéievich.

—¡Sooo!

 

 

 

El látigo obligó a los bueyes a acelerar el paso. Los dos carros, con suave traqueteo, se dirigieron hacia la estepa.

Junto al portón, sofocado, Yákov Alexéievich agitaba el gorro.

—¡Dad la vuelta! —llevó el viento fragmentos de su grito enronquecido.

—¡No mires atrás! —advirtió Stiopka a Prójor, y sacudió de nuevo el látigo.

Los  carros habían bajado  la  barranca, como si  se sumergieran,  y desde la stanitsa,  desde la sólida casa de Yákov Alexéievich, seguía llegando el prolongado rugido:

—¡Da la vuelta, hijo de perra!

 

* * *

 

Poco antes del anochecer llegaron a los almiares de Prójor. Desuncieron a los bueyes. Cargaron los carros y decidieron pernoctar  en la estepa y regresar de madrugada. Prójor, después que hubo terminado de aplastar el heno en el segundo carro, allí mismo, entre la hierba, se acurrucó  y se quedó dormido. Stiopka buscó acomodo  en el suelo. Cubierto con el capotón, para protegerse del relente, miraba el cielo estrellado, las negras siluetas de los bueyes que comían en los trozos donde la hierba no había sido segada. El aire estaba saturado de intensos olores a plantas desconocidas. Los grillos atronaban con su canto, un búho dejaba oír su voz melancólica en las barrancas.

Sin darse cuenta, Stiopka se quedó dormido.

El primero en despertar fue Prójor. Se dejó caer como un saco del carro y se sentó en el suelo, buscando con la vista a los bueyes. La oscuridad, espesa y violácea, envolvía los ojos como una telaraña. En la hondonada se amontonaba  la niebla. El timón de la Osa Mayor había bajado hacia el Oeste.

A diez pasos, Prójor tropezó con Stiopka, que seguía durmiendo.

Tocó el capotón. Su mano sintió el fresco agradable de la lana húmeda por el helado rocío.

—¡Stepán, levántate! No están los bueyes...

Estuvieron buscando  a los animales hasta que se hizo de noche. Recorrieron la estepa en diez verstas a la redonda, miraron todas las quebradas, pisotearon las abundantes flores de la hierba que había quedado sin segar en las hondonadas y barrancas.

Parecía como si a los bueyes se los hubiese tragado la tierra.

Al  atardecer  se reunieron  junto a los  carros  solitarios.  Prójor,  lívido y enflaquecido,  fue  el primero en hablar:

—¿Qué hacemos?

Su voz era sorda. Sus ojos bizcos e inquietos parpadeaban mojados por las lágrimas...

—No lo sé —contestó  Stiopka con una pesada indiferencia.

 

* * *

 

Yákov Alexéievich miró al sol, estornudó y llamó a Maxim.

—Se les ha debido de romper un carro en la barranca. A estas horas y todavía no han vuelto... Cuando llegue ese maldito le daremos una buena lección... Hay que agradecerle lo de las sementeras... Ha prestado un buen servicio a su padre...  He  criado un cuervo... —y con la cara congestionada bramó—: ¡Engancha la yegua!.... ¡Iremos en su busca!....

Ya desde eljos, Maxim divisió a Stiopka y a Pójor, que permanecían  sentados e inmóviles junto a los carros del heno.

—Padre... Mira, no están los bueyes... —murmuró con voz apagada.

Yákov Alexéievich miró durante largo rato, protegiéndose del sol con la mano. Cuando los hubo visto dio un latigazo a la yegua.

El cochecillo  se  metió  por las  desigualdades  del  terreno. Maxim,  chascando con la  lengua, agitaba las riendas.

 

 

 

—¿Dónde están los bueyes? —atronó  Yákov Alexéievich, levantando la voz por encima del traqueteo de las ruedas.

El cochecillo se detuvo  ante el primer carro. Maxim, antes de que se hubiera parado, se apeó de un salto, estiró las piernas y se acercó con paso rápido a Stiopka.

—¿Dónde están los bueyes?

—Han desaparecido...

Terrible en su cólera, Maxim se volvió hacia el padre que se aproximaba y vociferó desaforadamente:

—¡Los  bueyes han desaparecido,  padre!....  Tu hijo... ¡nos  ha aruinado!  ¡Tendremos  que ir a pedir limosna!....

Yákov Alexéievich, sobre la marcha, golpeó a Stiopka, que había quedado blanco como el papel, y lo tiró al suelo.

—¡Te voy a  matar!  ¡Te voy a  sacar  los  hígados!....  Confiésalo,  maldito:  ¿has  vendido  los bueyes? De seguro que os aguardaban aquí los compradores...  ¡Por eso te ofreciste A venir a llevar el heno! ¡Habla!....

—¡Padre! ¡Padre!....

A un lado, Maxim arrastraba por el suelo a Prójor. Le molía a patadas el vientre, el pecho, la cabeza. Prójor se cubría la cara con las manos y mugía sordamente.

Maxim agarró una horquilla clavada en el carro, puso en pie a Prójor y dijo en tono normal y en voz baja:

—Confiésalo: ¿habéis vendido Stiopka y tú los bueyes? ¿Os habíais puesto de acuerdo?

—¡Hermano!.... No cometas un pecado... —Prójor levantó las manos y la sangre, espesa y de un negro azulado, cayó de su rota boca hasta la camisa.

—¿No lo vas a decir? —insistió Maxim.

Prójor rompió a llorar, hipando y meneando la cabeza... Los dientes de la horquilla entraron con facilidad, como si se tratase de una brazada de heno, en el pecho, bajo la tetilla izquierda. La sangre no brotó en un principio...

Stiopka se debatía  debajo del padre, retorciéndose. Sus labios buscaban las manos  de éste y besaba las hinchadas venas y los rojos pelos que las cubrían...

—En el  corazón...  dale...  —jadeó  Yákov  Alexéievich,  sujejetando  a  Stiopka  sobre  el  suelo mojado por el rocío...

 

* * *

 

Cuando llegaron  a  casa  no se había  hecho  de  noche.  Yákov  Alexéievich  había  ido todo el camino  tumbado  boca abajo.  En los  baches,  su  cabeza  chocaba  sordamente  contra  las  tablas. Maxim dejó las riendas y se limpió los calzones de un polvo invisible. A la entrada del jútor había dicho con frase rápida:

—Cuando llegamos estaban muertos. Seguramente los mataron por los bueyes Y los bueyes se los habían llevado...

Yákov  Alexéievich  guardó silencio.  En el  portón les  esperaba Axinia,  la  mujer  de Maxim. Mientras se rascaba bajo la falda de tejido casero el abultado vientre (estaba embarazada) dijo perezosamente:

—No había para qué cansar la yegua... Los malditos bueyes han vuelto a casa. ¿Y Stiopka?, ¿se ha quedado buscándolos?

Y sin esperar respuesta, haciendo la señal de la cruz sobre su boca abierta en un bostezo, se dirigió a la casa con andar pesado, como cojeando.

 

1926

 

LA ESTEPA AZUL

 

 

 

A ORILLAS DEL DON, en una altura que los rayos del sol han dejado calva, al pie de un endrino silvestre estamos nosotros dos: el abuelo Zajar y yo. Un milano pardusco vaga junto a la cadena escamosa de las nubes. Las hojas del endrino, muy manchadas por el excremento de los pájaros, no nos dan fresco alguno. El calor produce zumbido de oídos. Al mirar abajo, a la rizada superficie del Don, o a nuestros pies, a las arrugadas cortezas de sandía, la boca se llena de una saliva viscosa que uno siente pereza de escupir.

En el fondo medio seco de la vaguada, las ovejas se aprietan unas contra otras. Con los traseros caídos, menean los rabos esquilados y estornudan ruidosamente a causa del polvo. Cerca de la presa un robusto cordero, empujando  con las  patas posteriores,  mama la  leche  de una  oveja  de piel amarillenta y sucia. De cuando  en cuando  da una cabezada a las ubres de la madre. La oveja se lamenta,  se encoge  al  dejar  salir  la  leche,  y a mí me parece ver  en sus ojos  una expresión  de sufrimiento.

El abuelo Zajar permanece de costado junto a mí. Se ha quitado la camisa de punto de lana y con sus ojos  de aspecto de cegato  busca en los  pliegues  y costuras. Al abuelo  le falta un año para cumplir los  setenta. Su  espalda  desnuda  aparece  cubierta  de arrugas  caprichosas,  sus  paletillas forman ángulos agudos bajo la piel, pero los ojos son azules y jóvenes, y la mirada que de ellos se desprende bajo las cejas grises es viva y penetrante.

El piojo que  acaba de  atrapar  lo mantiene con trabajo entre  sus dedos,  endurecidos y temblorosos. Lo mantiene con cuidado y ternura. Luego lo coloca en el suelo, lejos de su persona, traza una pequeña cruz en el aire y gruñe con voz sorda:

—¡Vete, criatura! ¿Quieres vivir, verdad? Ya, ya... ¡Cómo has chupado la sangre!.... Igual que un gran propietario...

Jadeando, el abuelo se pone  la camisa y, echando la cabeza hacia atrás, bebe del barrilete de madera agua tibia. A cada trago la nuez le sube, dos arrugas fofas se le forman desde el mentón a la garganta, las gotas le corren por la barba, a través de los párpados de color de azafrán, entornados, el sol se filtra con matices rojizos.

Después de tapar el barrilete me mira de reojo y, dándose cuenta de mi mirada, mueve los labios secos y vuelve los  ojos  hacia  la  estepa. Tras  la  vaguada  se extiende una neblina  caliginosa;  el viento, sobre la tierra abrasada, trae un aroma intenso a miel de ajedrea. Después de un rato de silencio, el abuelo aparta de sí su palo de pastor y con el dedo ennegrecido por el humo del tabaco indica un punto lejano.

—¿Ves al otro lado de esa hondonada  unas copas de álamo? Es Topólevka, la hacienda de los señores  Tomilin. Los campesinos  de  Topólevka  eran  siervos  en  otros  tiempos.  Mi  padre  fue cochero del pan1  hasta su misma muerte. Cuando yo era chico me contaba que pan Evgraf Tomilin lo había cambiado por una grulla domesticada a un propietario vecino. Después de la muerte de mi padre, yo ocupé su puesto de cochero. Por aquel entonces el pan tenía cerca de los sesenta. Era un hombre grueso, sanguíneo. En su juventud había servido en la guardia del zar, luego pidió el retiro y vino a terminar sus días en el Don. Las tierras que tenía aquí se las quitaron los cosacos y con otras tres mil desiatinas que poseía en la provincia de Sarátov  se quedó  el gobierno. Las había tenido arrendadas a los campesinos de Sarátov, aunque él no se movía de Topólevka.

Era un tipo estrafalario. Vestía siempre un caftán de paño fino y nunca abandonaba el puñal. Cuando íbamos de visita a cualquier propietario, apenas habíamos salido de Topólevka, ordenaba:

—¡Arrea, villano!

 

 

 

 

1 Señor, en polaco y en ucraniano.

 

Yo sacudía de firme a los caballos. Galopábamos de un modo que el viento no tenía tiempo de

secarme las lágrimas. Nos venía al encuentro una barranca abierta por las aguas del deshielo que daba miedo cruzarla: las ruedas delanteras no se oían  y las traseras daban una sacudida terrible:

¡crac!.... Seguíamos media versta  y el pan gritaba:  «¡Da la vuelta!  » Yo lo hacía  así y, a todo galope, nos lanzábamos sobre la misma barranca... Y así hasta que se rompía  una ballesta o perdíamos una rueda. Entonces, mi pan se levantaba y seguía a pie, mientras que, a sus espaldas, yo llevaba los caballos de las riendas.

También tenía otra diversión: a la salida de la hacienda se sentaba  conmigo, en el pescante, y tomaba el látigo de mis manos. «¡Arrea al de varas!....» Yo le atizaba con todas mis fuerzas, el arco del tiro no se movía  siquiera, mientras que él se hartaba  de dar latigazos a uno de los laterales. Llevábamos una troika de caballos de pura sangre del Don, verdaderas serpientes: con la cabeza recogida y que devoraban la tierra.

Él sacudía latigazos  a uno de los  laterales,  el  infeliz  se debatía  bañado  en espuma...  Luego sacaba el puñal, se inclinaba y ¡zas! cortaba los tirantes como si cortase un pelo con una navaja de afeitar. El caballo salía volando de cabeza y un par de brazas más allá caía rodando, la sangre le salía a chorros  por las  narices.  Allí  mismo  reventaba... Luego  hacía lo mismo  con el  otro... El caballo de varas seguía tirando hasta caer derrengado,  y el pan tan tranquilo; eso le divertía un poco, las mejillas se le coloreaban.

Ni una sola vez llegó al lugar de destino: o rompía el coche o reventaba los caballos, y el resto del camino tenía que hacerlo a pie... Era un hombre alegre el pan...  Eso es agua pasada, Dios nos juzgará... Siempre andaba detrás de mi mujer, que era doncella en la casa. Llegaba corriendo, por ejemplo, a las dependencias de la servidumbre con la chambra destrozada y sollozando a voz en grito. Miraba yo y le veía los senos mordidos y despellejados...

En una ocasión,  de noche,  el  pan me mandó  a buscar al  practicante.  Yo sabía que no se le necesitaba y adiviné de qué se trataba.  Esperé en la estepa a que estuviera muy oscuro y volví a casa. Entré en la hacienda por la parte de la era, dejé los caballos en el huerto, tomé el látigo y me dirigí al pabellón de la servidumbre, donde tenía mi cuchitril. Abrí la puerta, me abstuve a propio intento de encender cerillas, oí que alguien se removía  en la cama... Cuando mi pan se incorporó le sacudí con el látigo, y era un látigo provisto de una bola de plomo en la punta... Oí que se acercaba a la ventana y, en la oscuridad, le crucé la frente de un latigazo. Saltó por la ventana, yo suministré unos azotes a mi mujer y me eché a dormir. Cinco días después debíamos ir a la stanitsa; estaba yo abrochando la lona del coche cuando el pan tomó el látigo entre sus manos y examinó la punta. Le dio vueltas un rato, sopesó la bola de plomo y preguntó:

—¿Por qué has puesto plomo en el látigo, sangre de perro?

—Usted mismo me lo mandó —le contesté.

No dijo nada más y hasta la primera barranca estuvo silbando bajo. Me volví disimuladamente y vi que tenía el pelo echado sobre la frente y la gorra encasquetada...

Dos  años  después  le  atacó  una  parálisis.  Lo llevamos  a  Ust-Medvéditsa,  llamamos  a  los doctores, él permanecía tumbado en el suelo, completamente negro. Sacaba del bolsillo los billetes a puñados, los tiraba y jadeaba: «¡Curadme, infames! ¡Os daré cuanto poseo!…»

Que Dios lo tenga en su santo seno: murió con su dinero. Lo heredó todo su hijo, que era oficial. Cuando era pequeño solía despellejar vivos a los cachorros y los dejaba marchar. Era el retrato del padre. Ya de mayor dejó de hacer tonterías. Era alto, delgado, con unos círculos negros bajo los ojos,  como las  mujeres...  Usaba lentes  de oro, que traía sujetos  con un cardoncillo.  Durante la guerra contra Alemania había sido jefe de los prisioneros en Siberia, y después de la revolución se presentó en nuestras tierras. Por aquel entonces yo tenía dos nietos, ya mayores, que me habían quedado de mi difunto hijo; el mayor, Semión, estaba casado, pero Aníkushka permanecía soltero. Yo vivía con ellos, esperando el fin de mis días...

Al llegar la primavera se produjo otra revolución. Nuestros mujiks echaron al joven pan de la hacienda y aquel mismo día mi Semión persuadió a la gente para que se repartieran las tierras y los

 

 

 

bienes  del  señor. Así  lo hicieron:  se  llevaron  las  Losas,  la  tierra  fue  dividida  en parcelas  y se dedicaron a labrarla. Había  pasado una semana, o acaso menos, cuando llegó el rumor de que el pan venía con los cosacos a degollar a toda la gente del pueblo. Se decidió mandar dos carros a la estación del ferrocarril en busca de armas. Durante  la Semana Santa llegaron las armas que nos mandaba la Guardia Roja. En las afueras de Topólevka abrieron trincheras, que se extendían  hasta el embalse de la hacienda.

¿Ves allí donde crece la ajedrea, tras esa quebrada?  Pues por esa línea pasaban las trincheras. Mis hijos, Semión y Anikei, estaban con la gente. Las mujeres les habían llevado comida por la mañana temprano, el sol estaba a la altura del roble cuando en la loma apareció la caballería. Se tendieron a lo ancho y brillaron los sables. Desde la era vi que el que marchaba al frente, en un caballo  blanco,  blandía  el  sable  y todos  se precipitaban  con gran estrépito  cuesta abajo.  Por la andadura reconocí  al  potro blanco  del  pan, y por el  caballo  reconocí  al  jinete.  Dos  veces los rechazaron los nuestros,  pero  a la tercera los cosacos los envolvieron por detrás,  se impusieron gracias a su astucia, y empezó la matanza... El combate terminó con las últimas luces del día. Yo salí de la casa a la calle y vi que unos hombres  a caballo llevaban a un grupo hacia la hacienda. Tomé mi bastón y me dirigí hacia allí.

Nuestros  mujiks  de Topólevka  estaban amontonados  en el  patio  lo mismo  que  esas ovejas ahora. Los cosacos los rodeaban... Me acerqué a preguntarles:

—Decidme, hermanos, ¿dónde están mis nietos?

Los dos me contestaron de entre el grupo. Durante un rato estuvimos hablando cuando vi que el

pan salía al portal. Él me vio también y gritó:

—¿Eres tú, abuelo Zajar?

—El mismo, señoría.

—¿Para qué has venido?

Me acerqué al portal y me puse de rodillas.

—He venido a salvar a mis nietos. ¡Ten piedad, pan! A tu padre, que Dios tenga en su santo cielo, le serví toda la vida. Recuerda, pan, mi fidelidad, ten compasión de este viejo...

Él dijo:

—Escucha, abuelo Zajar, tengo en gran estima los servicios que prestaste a mi padre, pero no puedo dar la libertad a tus nietos. Son unos revoltosos incorregibles. Acepta las cosas con mansedumbre, abuelo.

Yo abracé sus piernas, me arastré por el portal.

—¡Ten compasión, pan! Recuerda, querido, que el abuelo Zajar hacía cuanto tú querías, no me pierdas. ¡Mi Semión tiene una criatura de pecho!

Encendió un cigarrillo que olía muy bien, echó el humo hacia arriba y dijo:

—Ve y di a esos canallas que vengan a mis habitaciones. Si me piden perdón,  sea, en memoria de mi padre  mandaré  que les azoten y los tomaré  en mi destacamento.  Con un buen comportamiento pueden lavar su vergonzosa culpa.

Yo me fui al trote al patio, busqué a mis nietos y tiré de ellos:

—Id, estúpidos. ¡No os levantéis del suelo hasta que no os perdone!

Semión  ni  siquiera  movió la  cabeza.  Siguió  sentado,  removiendo  la  tierra  con una  paja. Aníkushka se me quedó mirando y bramó:

—Ve a tu pan y dile esto: el abuelo Zajar se arrastró de rodillas toda su vida, su hijo se arrastró también, pero sus nietos no quieren hacerlo. ¡Díselo así!

—¿No irás, hijo de perra?

— No.

—A ti, miserable, te importa poco vivir o que te maten. Pero ¿y Semión? ¿A quién va a dejar la mujer y la criatura? Vi que las manos de Semión temblaban, hurgaba en la tierra con la paja, como buscando algo, pero seguía callado. Callaba como un buey.

—Vete, abuelo, no nos amargues la existencia —pidió Anikei.

 

 

 

—No me iré, estúpido. La mujer de Semión se quitaría la vida si a él le pasara algo.

La paja que Semión tenía entre los dedos se rompió. Yo esperaba. Ellos siguieron callados.

—Siómushka, piénsalo bien. Ve al pan.

—¡Ya lo hemos pensado! ¡No iremos! ¡Ve a arrastrarte  tú! —gritó Aníkushka enfurecido. Yo insistí

—¿Me echas en cara que me he arrastrado de rodillas ante el pan? Soy viejo, en vez del biberón de mi madre tuve el látigo del señor... No es un delito si me pongo de rodillas ante mis propios nietos.

Me puse de rodillas, incliné la cabeza hasta el suelo, les supliqué. Los mujiks se volvieron de espaldas como si no viesen nada.

—Vete, abuelo... ¡Vete o te mato! —vociferó Aníkushka, con los labios llenos de espuma y los ojos como los del lobo caído en el lazo.

Di la vuelta y volví al pan. Apreté sus pies contra mi pecho, pensando que me daría una patada. Mis manos parecían petrificadas, no pronuncié ni una sola palabra. Él preguntó:

—¿Y tus nietos?

—Tienen miedo, pan...

—¿Tienen miedo?... —y no dijo nada más. Me dio con la puntera de la bota en la boca y salió al portal.

La respiración del abuelo Zajar era frecuente y ronca. Por unos instantes su rostro quedó arrugado y pálido. Con un esfuerzo terrible consiguió dominar el sollozo corto y senil, se pasó la mano por los secos labios y se volvió de espaldas. El milano, planeando oblicuamente, descendió hasta la hierba y levantó del suelo una avutarda de pecho blanco. Las plumas cayeron como copos de nieve, su brillo sobre la hierba era insoportablemente puro, hería los ojos. El abuelo Zajar se sonó y, después de limpiarse los dedos en las faldas de la camisa de punto, volvió a su relato:

—Yo le seguí al portal. Vi a Anisia, la mujer de Semión, que corría con la criatura en brazos. Tan bien como ese milano ahora, se agarró a su marido...

El pan llamó a un sargento y le indicó a Semión y a Anikushka. El sargento, acompañado por seis cosacos,  se hizo cargo de ellos  y los condujo a la arboleda. Yo los seguí. Anisia dejó a la criatura en medio del patio y se lanzó a los pies del pan. Semión caminaba delante de todos con paso firme; al llegar a la caballeriza, se sentó.

—¿Qué haces? —preguntó el pan.

—Me aprieta la bota, no puedo más —y sonrió. Se quitó las botas y me las entregó:

—úsalas tú, abuelo, y que te conserves bien. Son buenas, de doble suela

Recogí yo las botas y seguimos la marcha. Al llegar al límite de la propiedad los colocaron contra la cerca. Los cosacos cargaron los fusiles. El pan estaba también allí; con unas tijeras muy pequeñas se cortaba las uñas de los dedos. Su mano era muy blanca. Yo le dije:

—Permíteles, pan, que se quiten la ropa. Son unas prendas en buen uso. Somos pobres y nos vendrán bien, las llevaremos nosotros.

—Que lo hagan si quieren.

Aníkushka se quitó los calzones, los volvió del revés y los colgó de un palo de la cerca. Sacó del bolsillo  la  bolsa del  tabaco, encendió  un pitillo. Permaneció  de pie,  con la  piernas  separadas y lanzando bocanadas de humo. Escupió por encima de la cerca... Semión se quedó  completamente desnudo,  se quitó hasta los calzoncillos de lienzo, pero del gorro  se olvidó, seguramente no se dio cuenta... Yo, tan pronto sentía frío como un calor que me abrasaba. Me llevé la mano a la cabeza y el sudor era helado como el agua de manantial... Volví los ojos, estaban uno junto al otro... Semión con el pecho cubierto de una espesa pelambrera, desnudo y con el gorro en la cabeza... Anisia, como mujer que era, al ver así a su marido se arrojó hacia él y le abrazó como el lúpulo al roble. Semión trató de desprenderse de ella.

—¡Apártate, tonta!.... ¡Que no estamos solos!.... Estás trastornada,  ¿no ves que me he quedado completamente desnudo?... Debería darte vergüenza...

 

 

 

Pero ella, toda despeinada, gritaba desgarradoramente:

—¡Fusiladnos a los dos!....

El pan se guardó las tijeritas en el bolsillo y preguntó:

—¿Quieres que disparen?

—¡Dispara, maldito! ...

¡Eso se lo decía al pan!

—¡Atadla a su marido! —ordenó.

Anisia,  serenándose,   se hizo hacia  atrás, pero ya era tarde. Los  cosacos, riendo,  la  ataron  a Semión  con un ramal...  La tonta cayó al  suelo,  arrastrando  a su  marido...  El pan se acercó  y preguntó con los dientes apretados:

—Para bien de tu hijo, ¿pedirás perdón ahora?

—Perdón —gimió Semión.

—Está bien, pídelo, pero tendrás que hacerlo a Dios... ¡Ya es tarde para que yo te perdone!....

Allí mismo, en el suelo, los mataron... Aníkushka, después de los disparos, se tambaleó, pero no cayó de momento.  Primero  lo hizo de rodillas,  luego  se volvió bruscamente y se inclinó hasta quedar boca arriba. El pan se acercó y le preguntó muy cariñosamente:

—¿Quieres vivir? Si es así, pide perdón. Recibirás cincuenta vergajazos y al frente.

Aníkushka reunió toda la saliva que tenía en la boca, pero le faltaron las fuerzas para escupir y le cayó por la barba... Se puso todo blanco de rabia, pero ¿qué podía hacer?... Tres balas le habían atravesado...

—¡Llevadlo al camino! —ordenó el pan.

Los  cosacos lo arrastraron y lo echaron por encima  de la  cerca, poniéndolo  de través  en el camino. En aquel momento salía de Topólevka con dirección a la stanitsa una sotnia de cosacos seguidos de dos cañones. El pan se encaramó  a la cerca, lo mismo que un gallo, y gritó con voz sonora:

—¡Al trote! ¡No os desviéis del camino!....

Los pelos se me pusieron de punta. Guardaba en las manos la ropa y las botas de Semión, pero las piernas no me sostenían, se doblaban... Los caballos tienen una chispa divina, ninguno de ellos tocó a Aníkushka,  todos saltaron por encima de él... Yo caía contra la cerca, no podía cerrar los ojos,  la  boca se me había quedado seca. Las ruedas de los  cañones pasaron por encima de las piernas de Anikei... Crujieron como la galleta de centeno entre los dientes, se hicieron pequeños cachos... Pensé que Anikei iba a morir de los terribles dolores, pero él no dejó escapar ni un solo grito, ni un solo gemido... Estaba tirado, con la cabeza apretada contra el suelo, y se metía  en la boca puñados de la tierra del camino,.. Masticaba la tierra y miraba al pan sin pestañear, y sus ojos limpios y claros como el cielo...

Aquel día pan Tomilin fusiló a treinta y dos personas. El único que quedó con vida fue Anikei, gracias a su orgullo.

El abuelo Zajar bebió del contenido del barrilete durante largo  rato, con avidez. Se secó los labios, descoloridos y, con desgana, dio fin a su relato:

—Todo eso  es cosa  pasada.  No han quedado más que las  trincheras  en que nuestros  mujiks defendían la tierra conquistada. Sobre ellos crece la hierba de la estepa. A Anikei le cortaron las piernas, ahora anda con ayuda de las manos, arrastrando el cuerpo por el suelo. Parece alegre, todos los días el chiquillo de Semión y él miden su estatura en el marco de la puerta. El chiquillo ya es más alto... Al llegar el invierno suele salir a la calle, la gente lleva las bestias a abrevar  al río y él levanta los brazos en medio del camino... Los bueyes corren despavoridos al hielo, se resbalan, parece que se van a romper  una pata, y él se ríe... Sólo en una ocasión observé... Era primavera, el tractor  de nuestra comuna  estaba arando los  campos  al  otro lado  de las  tierras  cosacas.  El se empeñó en ir allí. Yo estaba cuidando las ovejas en las cercanías. Vi que mi Anikei se arrastraba por los surcos y pensé: ¿qué va a hacer? Anikei miró alrededor y al advertir que no había nadie

 

 

 

cerca de él se echó sobre los terrones revueltos por las rejas, los abrazó, apretándolos, los acariciaba con las manos, los besaba... va a cumplir veinticinco años y nunca podrá labrar... Eso le acongoja...

La estepa azul dormitaba en la neblina del crepúsculo, en las coronas de la mustia ajedrea las abejas cobraban el último tributo del día. La estipa, albina y altiva, mecía sus penachos. Un hato de ovejas se acercaba  cuesta  abajo a Topólevka. El abuelo Zajar, apoyado  en su palo, caminaba en silencio. Sobre el camino, sobre el lienzo de polvo esmeradamente bordado,  se veían dos huellas: unas eran de lobo, paso a paso, distanciadas y anchas; las otras —que con sus marcas oblicuas se hundían en el camino— eran las huellas del tractor de Topólevka.

Allí donde la pista de verano se unía al camino del Hetman, ahora cubierto de hierbajos y olvidado,  las  huellas  se separaban. Las  del  lobo torcían  hacia  las  barrancas  pobladas  de  una vegetación impenetrable de hierbas y endrinos, y en el camino quedaba una sola huella. Esta, que olía a gasolina, era firme y pesada.

 

1926

 

 

 

 

 

BRACEROS

 

 

 

I

 

LAS PEQUEÑAS CASAS de Danílovka se aprietan unas contra otras, como escondiéndose de las molestas miradas de los transeúntes, al pie de un monte pardusco de abultada crestería, entre los sauces que se levantan a ambos lados del río y rodeadas de unas cercas viejas a las que el tiempo ha dado el aspecto de la gamuza.

En total son poco más de ciento. En la calle principal, a lo largo del río, se encuentran  las casas de los campesinos acomodados, amplias y distanciadas unas de otras. Cuando uno va por la calle, al instante se ve que en ella viven labradores con medios de fortuna: la techumbre de las viviendas es de chapa o de teja; las cornisas, de madera,  se hallan artísticamente talladas; las maderas de las ventanas, pintadas de azul, crujen satisfechas como si hablasen de la vida floreciente y serena de los dueños. Los portones en esta calle son de madera gruesa y sólidos, las cercas son nuevas, en los patios  se agrupan  los  graneros y grandes perros,  entre un ruido de cadena  y feroces  gruñidos, mantienen alejados a quienes pasan por allí.

La otra calle, sinuosa y angosta, en las faldas del monte,  está toda cubierta de sauces. Parece fluir bajo la verde techumbre de los árboles, y el viento arrastra por ella olas de polvo, hace girar en verdaderas nubes la ceniza depositada al pie de las cercas. En la segunda calle no hay casas, sino chozas. Una miseria no velada se asoma desde cada ventana,  desde cada dependencia, que rodea una cerca débil y vetusta.

Cinco años antes, un incendio había devorado por completo las construcciones de esta segunda calle. En lugar de las casas de madera, consumidas por el fuego, los campesinos habían levantado chozas de barro; volvieron a reparar de cualquier modo  sus dependencias, pero desde entonces la miseria se había acomodado  para siempre en las casas de las víctimas del incendio, echando raíces hondas e inextirpables,..

Las llamas habían consumido todos los aperos. La primera primavera, mal que bien, consiguieron sembrar, pero la cosecha fue mala y eso acabó  con las esperanzas, hizo curvas las espaldas  de  los  campesinos,  dispersó  al  viento  las  ilusiones  de  que  conseguirían  arreglar  sus asuntos y escapar de la desgracia.

Desde entonces, los afectados por el incendio llevaban sus amarguras por el mundo: iban a pedir limosna, marchaban al  Kubán, donde la vida era más fácil. Pero la tierra que los vio nacer los llamaba imperiosamente: volvían a Danílovka y, con el gorro en la mano, acudían de nuevo a los labradores acomodados:

—Tómame de nuevo como bracero, amo... Por un pedazo de pan trabajaré contento...

 

 

 

 

II

 

UNA MAÑANA, apenas había amanecido, el criado del pope Alexandr llegó a la casa de Naúm Bóitsov. Naúm  estaba enganchando al carro el caballo que había pedido al vecino y no oyó los pasos del criado que se acercaba. Absorto en sus pensamientos, se estremeció al escuchar el sonoro saludo:

—¡Buenos días, tío Naúm!

Naúm volvió la vista y, mientras apretaba la correa del collerón, se llevó la mano izquierda, que le quedaba libre, hasta el gorro.

 

 

 

—Buenos días. ¿Qué te trae por aquí?

El criado, satisfecho de verse libre de los trabajos de la hacienda, se sentó  en una miserable grada, abandonada en el suelo, y, tirando con la mano del extremo  de la manga de la camisa, se limpió el sudor de la frente.

—Vengo   a tratar  de  un asunto  contigo —empezó  sin  prisa,  como si  se  dispusiera  a  una conversación larga y circunstanciada.

—¿De qué se trata? —preguntó  Naúm, entretenido en arreglar una rienda que se había roto.

—Ahora  verás. Hace tiempo que le vengo diciendo a mi pope: «Usted, padre, si es que quiere castrar el potro, entonces...»

—¡No vayas con tanto rodeo! —le cortó Naúm—. ¿Hay que castrar el potro? Dilo así, porque no tengo tiempo que perder. He de salir ahora mismo al campo.

—Bueno, sí, el potro —concluyó el criado, descontento.

—Di que iré en seguida

El criado se levantó sin ganas, se sacudió una viruta que se le había quedado en los calzones y dijo, mirando al suelo, en un tono indiferente:

—En toda la comarca te alaban como hombre  que entiende mucho  de caballos. Es así, pero como persona no eres nada cordial... Es imposible mantener contigo una conversación agradable. Eres grosero y brusco...

—Perdóname, hermano. ¡Así me parió mi madre!

—Claro, claro. Pero eso no puede gustar a nadie. Yo puedo conversar con cualquiera.

—Pues habla con cualquiera —replicó Naúm, con una sonrisa en los ojos, y pisando fuertemente el suelo con sus pies, anchos y descalzos, se encaminó hacia la casa.

El criado cogió del suelo la viruta recién cepillada, que el viento había traído  Dios sabía de dónde, la arrolló, dejó escapar un suspiro y se alejó calle adelante, torcido y moviendo el trasero como una mujer. Caminaba como si el viento lo llevase contra su voluntad.

Naúm  entró  en la  casa  y descolgó  del  clavo  un manojo  de  grueso  bramante.  Mientras  lo desataba, volvió la cara al horno y sonrió a su mujer, que estaba ocupada con la comida.

—¡Ya te decía yo que de una parte u otra nos vendría! El pope Alexandr quiere castrar el potro y ha mandado a su criado. ¡Por menos de medio pud de harina no lo haré!....

—¿Que ha mandado a buscarte dices? —preguntó alegre la mujer.

—Acaba de irse.

—¡Ahí tienes el pan!.... Me acongojaba el pensar que ibas a marcharte  a labrar sin llevar ni siquiera un mal trozo de bollo.

Naúm sonrió,  y por efecto  de la  sonrisa  la  cuña pelirroja  de la  barba  se deslizó  a un lado, dejando ver unos dientes apretados y renegridos. La sonrisa le rejuvenecía y daba a su severo rostro una expresión agradable.

—Ven también tú, Fiódor, me ayudarás. Que la yegua espere, no desenganches —dijo a su hijo. Fiódor —un mozo de dieciséis años, de un parecido sorprendente al padre en la cara y en la

robusta complexión—  se ciñó la  rota camisa  con un cinturón nuevo y siguió  al  viejo,  pisando también firmemente el suelo con sus pies, descalzos, y encorvándose también al andar, moviendo unas manos más fuertes de lo que a su edad correspondía.

A la salida del patio se encontraron  con el pope Alexandr. En sus mejillas secas y de piel tirante quedaban rastros de sangre, traía la frente vendada con un lienzo limpio. Bajo el vendaje miraban unos ojos estrábicos de ratón.

—¡Es imposible hacer carrera de él!  —dijo después  de los  saludos—.  ¡Es una fiera con los demonios en el cuerpo!.... —su voz era espesa y profunda, que no guardaba relación con aquel cuerpo enclenque—. Quería embridarlo y me ha mordido como un perro. Me ha arrancado un trozo de piel de la frente. ¡Dios es testigo!

Fiódor, muy dado a la risa, tuvo que hacer grandes esfuerzos para contenerse, pero su padre le miró severamente y se dirigió hacia el portillo.

 

 

 

—¿Dónde lo tienen?—En la cuadra.

—Traiga otro ramal, padre.

—Con él hay que ser prudente... —dijo el pope, indeciso.

—Ya  nos arreglaremos.  A otros  peores hemos dominado...  —replicó  Naúm, con un dejo  de presunción en la voz, e hizo un complicado nudo en un extremo del ramal.

Fiódor, el pope y el criado se colocaron junto a la puerta.

Naúm se lió el ramal en la mano izquierda, mientras que en la derecha sujetaba una corta estaca de roble.

—Ten cuidado, tío Naúm; te puede sacudir —rió el criado.

Naúm, sin hacerse eco a la advertencia, tiró de la puerta y, arrugando los ojos ante la oscuridad de la cuadra, puso un pie en el umbral.

Durante dos minutos se oyó un gran estruendo. Fiódor, con el corazón desbocado, esperaba el grito: «¡Venid a sujetar!.... ¡Rápido!....», cuando algo pareció estallar, el potro relinchó. Un ruido sordo y pegajoso, un gemido... En el piso de madera tamborearon los cascos del animal, la puerta crujió como si  fuese  arrancada por un vendaval  y de la oscuridad  saltó  el  potro con la  cabeza salvajemente levantada. En dos saltos se puso al otro lado del montón  de estiércol, se detuvo  un instante, hinchando pesadamente los flancos sudorosos, movió la cola y salvando la cerca, desapareció, levantando en el camino una nube de polvo transparente.

De la cuadra, tambaleándose, salió Naúm. Con las manos —en la izquierda colgaba aún el ramal roto—  se apretaba la boca... Dio por el patio veinte pasos rápidos e inseguros, de borracho, tropezó con el pecho contra la cerca y cayó boca abajo, recogiendo las piernas hasta el vientre. Fiódor tiró la soga con un grito y corrió hacia él.

—¡Padre!.... ¿Qué te pasa?

Con un murmullo terrible y ronco, sofocado por el esfuerzo por hablar, Naúm exclamó:

—En el pecho... me ha dado una coz... Me ha roto el hueso... ¡Estoy perdido!.... En el pecho... junto al  corazón... —suspiró  con un silbido,  y con los  ojos  turbios  y desorbitados  por el  dolor insufrible, rompió a llorar, hipando y lanzando bocanadas de sangre.

Lo levantaron en brazos y lo llevaron bajo un cobertizo. Por el patio, por el lugar donde pasaban, iba quedando un rastro rojo de sangre. Naúm,  retorcido, no cesaba en sus estertores  y trataba de arrancarse  la  camisa.  Cada  vez  que  espiraba  el  aire,  el  pecho,   destrozado,   se  le  hundía horriblemente y luego retemblaba y se movía formando un ángulo.

Después de diez minutos se sintió mejor, la sangre cesó de brotar por su boca y sólo una saliva sonrosada espumeaba en sus labios. El pope, muerto de miedo, trajo una garrafa de vodka y obligó a Naúm a beber tres vasos. Tartamudeando,  balbució:

— Te  pagaré... te pagaré... ahora vete,..  tu hijo te  llevará.  De otro modo, en  caso  de  una desgracia, debería responder yo. Vete, Naúm, por Cristo te lo pido. ¡Vete!.... Morirás en el seno de tu familia... Vete, por favor. No quiero responder por lo que a ti te pase.

—Si muero... a mi mujer,., págale... —dejó escapar Naúm como un silbido jadeante.

—Queda tranquilo...  Te administraré  los  sacramentos,  voy a buscarlos  a la  iglesia...  Fiódor, ayuda a tu padre a incorporarse...

Naúm, sostenido por el pope, dejó caer rápidamente las piernas y gritó con voz sorda:

—¡Ay, no puedo!.... ¡Ay!.... ¡Es la muerte! ¡Me muero!.... —añadió con un acento súbitamente salvaje.

Fiódor, con el rostro desencajado, rompió a llorar. El criado, a un lado, escarbaba la arena con el pie y sonreía estúpidamente...

Naúm  se puso en pie, aspirando fatigosamente el aire con la boca abierta. Apoyando todo su peso en el hombro de Fiódor, se puso en marcha, moviendo con gran trabajo las piernas.

—Vamos a casa... lo manda el sacerdote... vamos... —dijo lacónico.

Caminaba arrastrando los pies, tropezando, pero apretaba los labios y no dejó escapar ni un solo gemido. Sus cejas temblaban en aquella cara, mojada por las lágrimas. Le separaban de su casa

 

 

 

como veinte brazas cuando  se desprendió de un tirón de las manos de Fiódor, lanzó un grito y se dirigió hacia la cerca. Fiódor lo agarró por la axila y al momento sintió que el cuerpo del padre, mucho  más pesado, caía y él era incapaz de sostenerlo. Bajo los párpados semicerrados, con la cabeza colgando a un lado, unos ojos inmóviles le miraban con la severidad de la muerte...

Acudió gente. Uno tocó las manos de Naúm, otro dijo con una mezcla de miedo y asombro:

—¡Ha muerto!.... ¡Lo que son las cosas!....

 

 

 

 

III

 

AL TERCER O CUARTO DÍA después del entierro, la madre preguntó a Fiódor:

—Dime, Fedia, ¿cómo vamos a vivir?

Fiódor era el primero que no sabía cómo podrían vivir después de la muerte del padre.

La casa tenía su amo y la vida transcurría regular y segura, marchaba como un carro, con una pesada carga.  En ocasiones resultaba difícil salir adelante, pero Naúm  sabía arreglárselas de tal modo que la familia, hasta en el año del hambre, no sufrió gran cosa. Y el resto del tiempo podía decirse que fluyó tranquila, hasta había sido buena: no conocían la abundancia de los ricos de la primera calle, pero tampoco experimentaban las necesidades de los vecinos de Naúm,  de los que vivían en la segunda calle. Ahora en cambio, cuando la hacienda había perdido su guía, ni Fiódor ni la madre sabían qué hacer. A duras penas labraron media desiatina, la sembró Prójor, el vecino, pero los brotes no tenían nada de envidiables: eran escasos y míseros.

—Vete, hijo, ponte a servir de criado en una casa donde la gente sea buena, yo me dedicaré a pedir limosna —le dijo la madre en una ocasión—. Puede ser que dentro de un año o dos hayamos reunido algún dinero para comprar un caballo, y entonces viviremos de lo nuestro ¿Qué te parece?

—No hay que pensarlo tanto —contestó, ceñudo, Fiódor—. Por muchas vueltas que le demos, tendremos que hacerlo...

Aquella  misma  tarde, Fiódor estaba  en  el  portal  de la  casa de  Zajar,  el  primer  ricachón  de Jrenovskoi,  lugar  próximo a  Danílovka,  y estrujando  entre  las  manos  la  gorra  de  su  padre, reluciente por el uso, pronunciando con trabajo las palabras, que se le pegaban a la boca:

—Haré las cosas a conciencia... no tengo miedo al trabajo. En cuanto  a la paga, lo que usted diga.

Zajar  Denísovich,  un hombre  debilucho  devorado  por alguna  dolencia  interna,  permanecía sentado en los escalones del portal y contemplaba a Fiódor sin pestañear, con unos ojos acuosos y poco definidos.

—La verdad  es que necesito un criado. Pero tú eres joven, no tienes la fuerza de un hombre ni podrías hacer el trabajo de un hombre. De eso no cabe duda. ¿Qué paga quieres?

—Lo que me dé.

— Pero ¿cuánto?

Fiódor sudaba. Sacudió la gorra y levantó los ojos confuso.

—Deme de manera que ni usted ni yo nos quejemos.

—Medio rublo al mes es lo que te daré. La comida es de cuenta mía y la ropa y el calzado de la tuya. ¿Te conviene? —preguntó, clavando en Fiódor una mirada interrogativa—. ¿Conforme?

Fiódor arrugó los ojos, calculando con un rápido movimiento de dedos de su mano libre: «Al mes medio rublo, un rublo cada dos meses. Al año seis rublos...» Recordó  que en la feria pedían por el caballejo más corriente ochenta rublos y se espantó al sacar que para reunir ese dinero tendría que trabajar trece años...

—No muevas así los labios. Di si estás conforme o no —gruñó Zajar Denísovich, a quien los pinchazos del pecho le hicieron arrugar el entrecejo.

—Eso resulta... casi gratis...

 

 

 

—¿Gratis? Y la comida, ¿cuánto me costará? Piénsalo tú mismo... —Zajar Denísovich tuvo un golpe de tos.

Fiódor, recordando bien los consejos de la madre, tenía decidido no contratarse por menos de un rublo al mes, mientras que Zajar Denísovich, con los ojos desorbitados por la tos, pensaba tanto como la  tos le  permitía:  «A este  simplón  no debo dejarlo  escapar. Es  un tesoro.  Parece sano, trabajará como un buey. Es capaz de romperle un cuerno al diablo... En pleno verano, un bracero que sepa lo que vale no se ajustaría ni por cinco rublos, y a éste lo puedo tomar por uno...»

—Di, ¿cuál es tu última palabra?

—Al menos, un rublo al mes.

—¿Un rublo? ¡No es nada!.... ¿Estás en tu sano juicio, mozo? No, hermano, es mucho...

Fiódor daba ya la vuelta  para marcharse, pero Zajar  Denísovich  saltó  como un gorrión los peldaños y le agarró del brazo.

—Espera, aguarda un momento. ¡Eres muy impetuoso! ¿Adónde vas?

—Como no hemos llegado a un acuerdo...

—¡Bueno, conforme! ¡Sea lo que sea! Queda decidido, te pagaré un rublo al mes. Es un robo, pero acepto. Pero ten cuidado: el pacto vale más que el dinero. ¡Deberás trabajar a conciencia!

—Trabajaré y cuidaré los animales como si fueran míos —exclamó contento Fiódor.

—Hoy, con la fresca, irás a Danílovka y traerás tu ropa. Mañana al amanecer saldrás a la siega del heno. En eso quedamos.

 

 

 

IV

 

EL GALLO CANTÓ en el cobertizo. Antes de anunciar así la llegada del alba, batió largamente sus alas.  Y  cada  sacudida  llegó  perfectamente  a  oídos   de  Fiódor, que  estaba  acostado   en  las inmediaciones. El mozo se había desvelado. Sacó las narices por debajo del capotón y vio que por encima  del  techo  dentellado  del  granero  el  cielo  era  turbio, que  las  nubes  venían  de levante, ligeramente teñidas de rojo en los bordes, y que de las aspas de la segadora, colocada junto al cobertizo, pendían grandes gotas de rocío.

Un minuto después  Zajar  Denísovich,  en  calzoncillos  de  hilo, salía  al  portal.  Se  rascó, levantando la camisa hasta dejar al descubierto el vientre, hinchado  y amarillo, y gritó con voz sonora:

—¡Fedka!

Fiódor tiró del capotón que le cubría y salió del cobertizo.

—Lleva los bueyes a abrevar al río, ¡de prisa! A la segadora engancharás los manchados.

Fiódor abrió presuroso la puerta del establo, se limpió en los calzones las manos, mojadas de rocío, y gritó a los bueyes:

—¡Fuera!

Los animales salieron desganados al patio. El delantero abrió el portillo con los cuernos y torció por la calle hacia el río. Los demás le siguieron.

Al volver, Fiódor vio al amo, que con una llave inglesa trataba de desenroscar una tuerca del carro. Se acercó y le ayudó a quitar las ruedas y a ensebarlas. Zajar Denísovich, que observaba con el rabillo del ojo los movimientos, diestros y rápidos, de Fiódor, resopló satisfecho.

Mientras ultimaban los preparativos y salían del lugar, se hizo de día. En los montículos, a lo largo del camino, silbaban inquietos los citilos, ahora pardos en plena muda; en los espacios verdes cantaban las avutardas; el sol se asomaba por encima de una altura y sin tacañería, sin cumplidos, vertía sobre la estepa su cálida luz; el rocío se levantaba sobre el barranco convertido en una niebla espesa y fría.

 

 

 

Las ruedas de la segadora rechinaban, por detrás traqueteaba el carro y en la parte posterior del mismo se oía  el glu-glu del agua contenida en un barrilete de grandes dimensiones. Zajar Denísovich, con el calorcillo del sol, se sentía inclinado a una conversación placentera.

—Tú, Fedka, sé obediente y no tendrás motivo de queja. Eres un mozo sano, fuerte, tendrás que hacer la labor de un bracero adulto.

—Ya le he dicho que trabajaré como si la hacienda fuese mía.

—De  eso se trata. Tú, hermano, debes comprender que yo soy tu bienhechor y tú eres mi criado. A tu amo y bienhechor debes obedecerle sin rechistar. Puede decirse que yo te he salvado de la muerte por hambre. Tú has de recordar mi bondad. ¿Entendido?

Fiódor, con la  cabeza entre  los  hombros,  pensaba en la  bondad  del  amo  y no salía  de  su asombro: ¿Qué mercedes habían sido las suyas?

En la pradera, el único que trabajaba era Fiódor. El amo permanecía en el sillín metálico de la parte delantera de la segadora y hacía restallar el látigo, arreando  a los bueyes, mientras el mozo, armado con una horquilla de mango corto, jadeante, reunía los pesados montones  de hierba verde. Apenas,  con un esfuerzo,  descargaba  la  horquilla  cuando  las  aspas,  con su  tableteo  seco  y fastidioso, ya habían reunido a sus pies un nuevo montón de hierba. A veces, los bueyes se paraban a descansar, el amo estiraba las piernas y se tumbaba  al pie de unos fajos de heno, con la camisa levantada,  se acariciaba  el  vientre  abultado  y amarillento  y miraba  con ojos  obtusos los  flecos blancos de las nubes que pasaban flotando por encima de él.

Fiódor, en la primera parada,  se sacudió el polvo y las pajas y se sentó  también al lado de la trilladora, pero Zajar Denísovich lo miró con extrañeza de pies  a cabeza  y dijo, separando una palabra de otra:

—¿Qué haces? Tú, hermano, no puedes regirte por lo que yo hago. Soy tu bienhechor y amo, debes comprenderlo. Yo puedo dejar de trabajar por completo a causa de la enfermedad que me consume por dentro, pero tú toma la horquilla y vete a amontonar  la hierba. Allí, tras el barranco, ya se ha secado.

Fiódor miró al  lugar  donde señalaba el  dedo velludo  del  amo, cogió la  horquilla  y se fue  a amontonar la hierba. Al cabo de media hora, el dueño, que había echado un agradable sueñecillo a la sombra,  se despertó al sentir un grillo que se le había metido por dentro de la camisa. Lanzó un fuerte  taco, aplastó  al  desgraciado  grillo y, protegiéndose  con la  mano los  ojos  inflamados,  se quedó mirando a Fiódor, que seguía su trabajo.

—¡Fedka!

Éste se acercó.

—¿Cuántos montones has hecho?

—Nueve.

—¿Sólo nueve?... Bueno, monta.

Sin dejar de rumiar, los bueyes se pusieron en marcha; la segadora dio una sacudida, las aspas traquetearon, empujando la hierba a la parte trasera de la máquina. Zajar Denísovich, movido por su extremada codicia, trataba de cortar la hierba lo más bajo posible. Las cuchillas producían un rumor seco al segar la espesa vegetación. Todo marchaba normalmente, pero al dar una vuelta, la máquina  tropezó  violentamente  con un montón de  tierra  levantado  por un topo y se  detuvo, hundiendo los dientes en el suelo y vibrando a consecuencia de la tensión. Fiódor saltó del sillín y miró si algo se había roto, pero esta vez las cosas no habían ido a mayores.

El trabajo lo dejaron al oscurecer. Fiódor trajo al lugar donde acampaban unas boñigas secas, arrancó unos matojos e hizo fuego. El amo sacó avaramente del saquito unos puñados de mijo y le mandó mondar tres patatas.

La comida le había puesto de buen humor; hasta dio a Fiódor unas palmadas en la espalda, pero a la hora de lacena el mozo lo estropeó todo al cortar una loncha más de cerdo para las gachas. Zajar Denísovich, descontento,  se lo reprochó largamente y mantuvo las cejas fruncidas hasta que se echó a dormir, entre suspiros y murmurando algo.

 

 

 

 

 

V

 

FIÓDOR RECORDABA  a menudo las palabras del amo: «Debes tener presente mi bondad». Ya llevaba con él más de dos semanas y no había visto bondad alguna. Lo único que sabía era que Zajar Denísovich era un labrador astuto que sabía exprimirle hasta la última gota. De la mañana a la noche bien entrada, Fiódor iba de un sitio para otro, aunque el amo le gritaba, torcía los labios y ponía cara de descontento.

Fiódor pensaba acercarse el primer domingo a Danílovka y hacer una visita a su madre,  pero

Zajar Denísovich le advirtió el sábado por la tarde:

—Mañana  temprano irás  a escardar  las  patatas. Las mujeres  dicen  que están muy sucias  de hierbas. —Hizo una pausa y agregó—: No creas que si es fiesta puedes quedarte tumbado y llenar la panza. Ahora estamos en plena faena: un día de trabajo da comida para un año. Cuando venga el invierno, podrás hacer el vago.

Fiódor calló. El miedo a perder la colocación le hacía humilde y manso. Por la mañana tomó un pedazo de pan y la azada, y se fue a escardar. Hacia el mediodía levantó la herramienta con tanto brío que se dio un golpe en la cabeza; una sensación de náuseas le subió a la garganta. Enderezó con esfuerzo el espinazo, se sentó en una pequeña elevación a comer su pan y escupió: por delante quedaban cosa de ochenta brazas de hierba sin escardar: era como un terciopelo verde y áspero.

Por la tarde, moviendo trabajosamente las piernas, invadidas por un doloroso hormigueo, llegó a casa. El amo le recibió en el portón. Sin levantarse del banco de tierra, preguntó:

—¿Has escardado todo?

—Ha quedado un trozo.

—Eres tú bueno... De seguro que has hecho el vago o te has pasado el día durmiendo —gruñó descontento.

—No he dormido —repuso ceñudo Fiódor—. En un día era imposible escardarlo todo.

—Vete, no me repliques. En otra ocasión, si trabajas así te quedarás sin comida. ¡Parásito! —

gritó a las espaldas de Fiódor.

 

 

 

VI

 

DÍAS Y SEMANAS   se sucedían sin  conocer alegría  alguna.  Desde por la  mañana  hasta bien cerrada la noche, Fiódor trabajaba sin descanso. Los domingos, el amo le mandaba cualquier cosa con el único propósito de que el criado no estuviera sin trabajo.

Pasaron dos meses. El sudor no se secaba en la camisa de Fiódor, él aguantaba pensando que al final del segundo mes el amo le entregaría la paga. Pero éste callaba y Fiódor no tenía valor para pedírsela.

Cumplido el  segundo  mes,  una  tarde  se acercó  Fiódor a  Zajar  Denísovich,  que permanecía sentado en el portal, y le dijo:

—Quería pedirle el dinero. Debo mandar algo a mi madre... El amo puso cara de susto.

—¿Dinero  ahora?  ¿Te  has  vuelto  loco, hermano?...  Cuando  hayamos  trillado  y pagado  el impuesto, entonces habrá dinero... ¡Primero debes ganarlo!

—Estoy desnudo, las botas se me han roto por completo.

—Fiódor levantó un pie y lo enseñó: por la punta asomaban los dedos.

Zajar Denísovich sonrió irónicamente, miró largamente la suela y luego volvió la cara.

—Hace buen tiempo, puedes ir descalzo.

—Pero por los pinchos, por los rastrojos es imposible andar.

 

 

 

—¡Pues sí que eres delicado! ¿Llevas por casualidad sangre de señores?

Fiódor, en silencio, dio la vuelta y entre las risas del amo, rojo de humillación, se dirigió a su cobertizo.

Durante los dos meses no había visto ni una sola vez a su madre.  No tenía tiempo para ir a

Danílovka; además no sabía si ella estaba en casa o andaba pidiendo limosna de pueblo en pueblo.

Sin darse cuenta terminó la siega del heno. De la cabeza del distrito trajeron al patio de Zajar Denísovich una trilladora de vapor.  Pudieron encontrar obreros. El amo se mostraba  amable con ellos, tratando de que terminasen la trilla lo antes posible.

—Vosotros,  muchachos, poned interés, por Cristo os lo pido. Apretad  ahora que el tiempo es bueno. Si empiezan las lluvias, lo que Dios no quiera, se estropeará  el grano.

Uno de  los  obreros,  un mozo de  guerrera   de  soldado  arrugada   en  la  espalda,  miraba despectivamente la hinchada cara del amo y, balanceándose sobre los pies, le remedaba:

—¡Poned interés, por Cristo os lo pido! No hay que venirnos con lágrimas. Trae un cubo de vodka para toda la cuadrilla y el trabajo marchará de prisa. Tú mismo comprendes que la cuchara seca no entra en la boca.

—Con mucho gusto... Yo mismo había pensado echar un trago.

—No hay nada que pensar. Mucho  ojo: mientras tú lo piensas nosotros podemos pasar a la era de tu vecino. Ya hace tiempo que nos llama.

Zajar Denísovich se puso en camino hacia el jútor y a la media hora estaba de vuelta con un cubo de vodka  de fabricación  casera, tapado  con unas enaguas. En la era, al  pie de las  fajinas intactas  de  trigo, bebieron  hasta la  medianoche.  El maquinista,  un ucraniano  de  cierta  edad  y cubierto de grasa, después de beber se acostó  en el cobertizo con una mujer de vida airada; los jornaleros vociferaban canciones sin sentido y disputaban entre sí. Fiódor se mantenía  a un lado, mirando a Zajar Denísovich, borracho,  que abrazaba al mozo de la guerrera de soldado, lloraba, babeaba y, en medio de sollozos, gritaba con voz gangosa de mujer:

—Puede decirse que en vosotros  he invertido un capital, un cubo de vodka. Eso cuesta dinero.

¿Es que no quieres trabajar?...

El mozo, levantando como un gallito la cabeza, gritaba a su vez:

—¡Me importa un bledo! ¡Si me da la gana dejaré el trabajo!....

—¡Eso me originaría un perjuicio!

—¡Me importa un bledo!

—¡Hermanos! —Zajar Denísovich se volvió hacia el oscuro semicírculo que rodeaba el cubo—.

¡Hermanos!  ¡Es una ofensa que no olvidaré  en toda la vida!  ¡Es algo  que puede llevarme a la muerte!

—¡Me importa un bledo! —atronó el mozo de la guerrera.

—¡Soy un hombre enfermo! —gimió Zajar Denísovich bañado en lágrimas—. ¡Aquí es donde tengo la enfermedad! —dijo, golpeándose con el puño en el abultado vientre.

El mozo de la guerrera escupió con desprecio en la falda de la camisa de satén del amo y, tambaleándose se puso en pie. Con paso inseguro, como el caballo que se ha hartado de centeno, se encaminó directamente hacia Fiódor, que permanecía sentado al pie de la cerca.

 

 

 

VII

 

DOS PASOS ANTES  de llegar, el mozo apartó orgullosamente un pie y con una sacudida de la cabeza se echó al cogote el sombrero de paja que usaba en el trabajo.

—¿Tú quién eres? —preguntó,   pronunciando firmemente las palabras como es propio de los borrachos.

—El tío Pujtó —contestó sombrío Fiódor.

—¡Estúpido! Pregunto que quién eres.

 

 

 

—El criado.

—¿Vives aquí?

—Sí.

—Vaya... ¿Chupas la sangre del amo como un parásito, como un piojo? ¿No es así?

—¿Por qué vienes a importunarme? ¡Vete!

—¡Vete! Pues si me da la gana... me siento.

El mozo se dejó caer como un saco junto a Fiódor y le lanzó a la cara una bocanada de vodka y cebolla.

—Soy Frol Kucherenko, ayudante del maquinista. Eso es todo. ¿Y tú?

—Yo soy de Danílovka. Hijo de Naúm Bóitsov.

—Ya... ¿Cuánto ganas?

—Un rublo al mes.

—¿Un rublo?... —Frol emitió un silbido e hipó—. Pues yo gano un rublo al día. ¿Qué te parece? Toda la sangre le afluyó a Fiódor al corazón. Preguntó, conteniendo el aliento:

—¿Un rublo?

—¿Qué te creías? Eso sin contar la comida. Tú, amigo mío, eres de la raza de los tontos. ¿Quién se presta  a trabajar por un rublo al mes? Mira lo que te digo. Deja a tu explotador y vente con nosotros. ¡Ganarás bien!....

Fiódor se puso en pie y se dirigió al rincón donde dormía desde la primavera. Se tumbó sobre la brazada de paja vieja extendida en las  tablas,  se tapó  con el  capotón y, con las  manos bajo  la cabeza, estuvo largo rato sin moverse, entregado a sus pensamientos.

A través de los agujeros de la techumbre las motitas de las estrellas dejaban ver su débil luz amarillenta  de lamparilla;  entre los  juncos,  un grillo levantaba  su canto,  suave  y delicado;  los gorriones, medio dormidos, rebullían en el alero.

La noche, de luna llena pero clara, tocaba a su fin. Desde la era llegaban las risotadas y la voz plañidera del amo. Fiódor, sin dejar de suspirar y de dar vueltas, no conseguía cerrar los ojos. Se durmió casi al amanecer.

Por la mañana esperó en la cocina al amo. Éste salió del cuarto sin lavar, con la cara hinchada y de mal genio, y lanzó una mirada a Fiódor:

—¡Estás haciendo el vago, hijo de perra! ¡Te voy a enseñar! ¡A la hora de comer eres un hombre y a la de trabajar un chiquillo! ¿No te había dicho que acercases a la máquina la mies de la última fajina?...

—No pienso vivir más con usted. Págueme estos dos meses.

—¿Có-mo?...  —Zajar  Denísovich  dio un brinco de  media  vara  y se  estremeció  como un energúmeno—.  ¿Has pensado marcharte?  ¿Te ha atraído  esa gente? ¡Carroña! ¡Borde!.... ¿Sabes que puedo llevarte a la cárcel si haces eso?... ¿Dejar al amo en plena faena? ¡Eso te costará el ir a presidio! ¡Anda! ¡Vete con Dios! Pero no te daré ni un céntimo... ¡Y tampoco permitiré que te lleves tus andrajos!.... —Zajar Denísovich, sofocado por los denuestos, tuvo un golpe de tos, con sus ojos  saltones  de cangrejo  miró largamente  al  mozo, mientras  con las  manos  se apretaba  el vientre, que no cesaba de bailar—. Ésa es la gratitud que recibo a cambio de cuanto he hecho por ti... ¿Has olvidado que soy tu bienhechor, que te atendí en un momento  de miseria?... He hecho las veces de tu propio padre, miserable, mientras tú...

Zajar Denísovich, con los ojos entornados, no apartaba la vista de Fiódor. Al instante, en cuanto Fiódor anunció que  se iba, comprendió y tuvo presente  que eso causaría  a su hacienda un daño considerable: primero, perdería un peón que por un pedazo de pan trabajaba para él como un buey; segundo, debería contratar por una paga mucho mayor a otro, al que debería vestir y calzar, y quién sabe (si se trataba de un elemento conocedor del asunto, curtido en estas lides), firmar un contrato de trabajo con cientos de compromisos. En caso contrario, de no tomar  a otro, debería ponerse él mismo a trabajar, uncirse en el mandito yugo, cuando era mucho más agradable dormir al sol sin hacer nada y engordar.

 

 

 

En un principio, Zajar Denísovich trató de intimidar a Fiódor, y viendo que eso le daba cierto resultado, decidió tocarle la conciencia.

—¿No te da vergüenza? ¿Aún te atreves a mirarme a los ojos? Te he alimentado, mientras que tú... Ay, Fiódor, eso no es un proceder de cristianos. ¿Eres acaso de las Juventudes Comunistas? Todo podía ser.   Esos impíos, esos alborotadores, ¡ojalá revienten! , son capaces de una acción semejante...

Zajar Denísovich meneó la cabeza en tono de reproche, observando a Fiódor de reojo.

El mozo, con los ojos bajos, no cesaba de dar vueltas a la gorra. Lo único que comprendía era esto: que todos sus planes trazados durante la noche —ganar cuanto antes dinero para adquirir un caballo—  se venían  abajo.  Algo pesado  e irremediable  le  había caído  encima,  y no podría ya escapar de esta desgracia.

En silencio, dio la vuelta y se dirigió a la era. Allí estaba ya el trabajo en plena marcha: traían fajos de los montones más distantes, resoplaba la máquina, vociferaba Frol, metiendo brazadas de trigo aromático y de grueso grano en las fauces insaciables de la trilladora, chillaban las mujeres encargadas de recoger la paja con los rastrillos, y un polvo de oro se levantaba como una columna palpitante color naranja.

 

 

 

VIII

 

AQUEL DÍA FIÓDOR se movía como dormido. Todo se le caía de las manos.

—¡Eh, tú! ¿Cómo guías? ¿Cómo guías, cómo guías?... —gritaba el amo, arrugando las cejas. Fiódor, volviendo a la realidad, tiraba del ramal de los bueyes y con ojos que no veían miraba el

montón de paja que había deshecho con la rueda trasera del carro.

Comieron de prisa allí mismo, en la era, y de nuevo —primero como con desgana y luego cada vez  más  alegre,  más  briosamente—  empezó   a  tamborear   la  máquina,  más  vivos  eran  los movimientos del maquinista, reluciente de grasa, con mayor frecuencia alimentaba el ayudante  a la insaciable trilladora con brazadas de mies. Y los obreros, como aturdidos, entre los estornudos que producía el polvo irritante, uno tras otro, bebían ávidamente, lo mismo que perros, el agua del cubo y se dejaban caer para descansar a la sombra de una fajina. A media tarde llamaron a Fiódor al patio.

—Una  pobre pregunta por ti, te aguarda  en el  portón —le  gritó el  ama sin  detenerse  en su carrera.

Extendiéndose con las manos la suciedad en la cara empapada de sudor,  Fiódor se acercó  al portón. Junto a la cerca estaba su madre.

El corazón de Fiódor se estremeció de pena y se le oprimió hasta formar un ardiente grumo: en dos meses su madre había envejecido como si hubieran pasado diez años. Del pañuelo amarillo y roto le salían unos mechones grises, las comisuras de los labios estaban dolorosamente plegadas hacia abajo, los ojos no cesaban de lagrimear, inquietos y míseros. Del hombro le colgaba una bolsa casi vacía y remendada, tras la espalda ocultaba un palo largo, mordido por los perros.

Dio un paso hacia Fiódor y cayó en su hombro... Un sollozo breve, seco, parecido a un acceso de tos.

—Aquí me tienes, hijo... he venido... a verte.

El palo  le  molestaba,  lo dejó  en  el  suelo  y se secó  los  ojos  con la  manga. Quería sonreír, mostrando  a Fiódor la bolsa con la mirada, pero en vez de la sonrisa sus labios se contrajeron y lágrimas abundantes, deteniéndose en los surcos de las arrugas, se deslizaron hasta las puntas sucias del pañuelo.

La vergüenza, la compasión y el amor  a su madre, confundidos en un amasijo, no permitían a

Fiódor hablar. Abría espasmódicamente la boca y sacudía los hombros.

—¿Trabajas? —preguntó la madre, rompiendo el penoso silencio.

 

 

 

—Claro... —contestó Fiódor con esfuerzo.

—¿Cómo es el amo? ¿Es bueno?

—Vamos a la casa. Luego hablaremos.

—¿No te das cuenta de cómo voy? —La madre se removió, asustada.

—Vamos, tal como estás.

El ama los recibió en el portal.

—¿Adónde la llevas? ¡No tengo nada que darte! ¡Vete con Dios, querida!

—Es mi madre... —dijo Fiódor con voz sorda.

El ama, con una sonrisa insolente, miró de pies a cabeza a la mujer, que parecía haberse hecho más pequeña y entró en silencio en la casa.

—María Fiódorovna, dé de comer  a mi madre. Viene cansada, ha andado mucho...  —pidió en tono adulador Fiódor. El ama asomó a la puerta la cara enfadada:

—¿Quieres que haga veinte comidas?... ¡No se morirá hasta la tarde! ¡Comerá con los obreros! Dio un portazo. Por la abierta ventana salió una voz irritada:

—¡Es una calamidad con estos demonios! Me ha llenado el patio de mendigos. ¡Ojalá revientes, maldito! ¡Para desgracia nuestra tomamos  en casa a ese parásito!....

—Vamos a mi cobertizo... —murmuró Fiódor, rojo como la grana.

 

 

 

IX

 

HABÍA ANOCHECIDO. La era había quedado en silencio. Los obreros se habían reunido a cenar en la casa. En la cocina habían preparado tres mesas. Una de ellas la ocupaban el amo y su mujer, el maquinista y alguno de los obreros, y, en la misma punta, Fiódor y su madre.

Zajar Denísovich tomaba sin ganas las líquidas gachas y arrugaba el ceño, mirando alrededor. Los  obreros comían demasiado:  cada día  consumían  un pud de pan,  como si  se tratase  de  un banquete funerario.

El maquinista guardaba silencio con cara de pocos amigos, no se sentía bien. Frol, el ayudante, masticaba ruidosamente, moviendo las orejas, y charlaba sin descanso.

—Di, querido patrón, ¿estás contento del trabajo?

—Contento,  contento.  ¿Por qué voy a estar contento?...  —contestó  Zajar Denísovich con voz gangosa—. Es mucho lo que hay que trillar y los obreros ahora no son como los de antes de la guerra. ¡No ponen interés, ahí  está el  quid! Toma, por ejemplo, a mi Fedka:  para comer  es un hombre,  pero  a la  hora  de trabajar  es  un chiquillo. Todo cae sobre  las  espaldas  del  amo, que, además, debe pagarle Dios sabe cuánto dinero.

Fiódor miró de reojo a su madre, que sonreía con una sonrisa obsequiosa y lastimera. El ama, a propio intento, había puesto lejos de ella la cazuela con las gachas; el pan estaba en el otro extremo de la mesa. Fiódor se dio cuenta de que su madre comía sin pan y cada vez tenía que levantarse del banco para llegar con la cuchara hasta la cazuela.

—Para trabajar  son  chiquillos  —repitió  el  amo con una  risita  la  frase,  que  parecía  haberle agradado—, pero comen como hombres...

Frol lanzó una mirada al pálido rostro de Fiódor y sus labios temblaron.

—¿A quién te refieres? —preguntó secamente.

—Hablo en general.

—¿Qué se entiende por eso de en general? —Frol dejó la cuchara y echó el cuerpo sobre la mesa. Con los ojos arrugados, miró fijamente el entrecejo del amo, apretando y abriendo los puños.

—En general, de los obreros —explicó Zajar Denísovich satisfecho, sin advertir el tono provocativo del otro.

Los  obreros de las  mesas restantes,  presintiendo  el  escándalo,  dejaron  de hablar  y prestaron atención.

 

 

 

—¿Y si por esas palabras, canalla, te sacudo como te mereces? —preguntó  Frol en voz alta.

El amo quedó intimidado: con los ojos salientes, miró en silencio la cara sudorosa y enfadada del ayudante.

—¿Cómo es eso? —acabó por articular al fin.

—¿Quieres probarlo?... Por mí que no quede...

—Andate con cuidado, hermano,  esas expresiones te pueden costar caras en la milicia...

—¿Qué?...

Frol se puso  en pie y dio un paso atrás, pero  el maquinista lo sujetó del brazo y le obligó a sentarse en el banco.

—No se debe recurrir a esas expresiones —gruñó Zajar Denísovich, cobrando ánimos.

—No se trata de expresiones; pero yo puedo dejarte tu cara de barro como si te hubiera picado un enjambre de abejas. ¡Eso es todo!.... —vociferó fuera de sí el ayudante—. ¡No olvides, canalla, que los tiempos han cambiado! ¡Me entran ganas de escupirte! ¡Y no hables mal de los obreros! Si yo fuese Fiódor hace tiempo que te habría sacado las entrañas. ¿Te engallas porque has tropezado con un chiquillo? Ya os conocemos, miserable... ¿Te muerdes la lengua? ¡A callar!.... No puedes ir a quejarte al capitán de policía... Yo he derramado  sangre en el Ejército Rojo. ¿Cómo te atreves a hablar mal de los obreros?

—Cállate, Frol, por favor te lo pido, cállate... —El maquinista sacudía la manga de la arrugada guerrera.

—¡No puedo!.... ¡Me arde el alma!....

El amo se apaciguó y empezó  a hablar de la cosecha y de las faenas de labranza del otoño. El maquinista, hasta entonces silencioso, tratando de borrar la impresión producida por el escándalo, le llevaba la conversación de buen grado. Zajar Denívosich, inesperadamente, se hizo cariñoso y afable. Ofrecía generosamente más comida a los obreros y acabó hasta por decir a Fiódor:

—¿Qué es eso, hermano  Fedia? ¿Por qué comes sin pan? Ama, córtale una rebanada... Ahora, Dios mediante, no nos faltará el pan.

Fiódor rechazó  la  dura  rebanada  y en  respuesta  a  la  mirada  estupefacta  del  amo  contestó, torciendo los labios:

¡Tu pan es amargo!

—¡Bien dicho! —El ayudante dio un puñetazo en la mesa y se retiró, seguido de Fiódor. Los obreros se levantaron a continuación, de buen grado y todos a un tiempo.

Zajar Denísovich, congestionado y parpadeando, corrió de una mesa a otra, chillando con voz aguda:

—¿Qué hacéis, hermanos?... ¡Todavía hay gachas con leche!.... Ama, tráelo todo a la mesa.

—Gracias por la hospitalidad —dijo una voz burlona.

 

 

 

X

 

POR LA MAÑANA, sin esperar el desayuno, la madre de Fiódor preparó sus cosas para la marcha.

—¿Por qué no pasas aquí un día? —le preguntó él sin grandes deseos.

Sin comprender la razón, sentía una vergüenza invencible al pensar en sí mismo, en el amo, en su madre, en toda su vida, tan falta de alegría. Por ello le era exactamente  igual que su madre se quedase o no un día, y eso a pesar de que todavía  la víspera había experimentado al verla una alegría tan grande como un rayo de sol.

Después de todo lo ocurrido prefería quedarse a solas con sus pensamientos, con su cólera y su rencor contra este mundo, en el que a nadie se le podía pedir limosna, en el que no había nadie a quien acudir en busca de consejo y en el que de nadie se podía  esperar una palabra cariñosa de simpatía.

 

 

 

La madre, por su parte, también tenía prisa en marcharse. Le resultaba penoso mirar a su hijo y todavía más penoso le sería encontrarse  a la mesa con los ojos de los amos —unos ojos de odio, con la avidez del perro— que no apartaban la vista de cada bocado.

—No, hijo, me voy... Ya nos veremos en otra ocasión. —Bueno, como quieras —dejó escapar sin interés Fiódor por entre los dientes.

Se despidieron. Fiódor cayó en la cuenta de que su madre no llevaba provisiones para el camino.

—Espera, madre. Voy a preguntar  al ama. Acaso me dé una medida de trigo. El amo no me paga en dinero, lo cogeré a cuenta de lo que me debe... Podrás venderlo...

El ama al escuchar la petición de Fiódor, tomó las llaves y, sin pronunciar una sola palabra, se dirigió al granero. Abrió el candado y preguntó:

—¿Tienes un saco?

—Sí.

Fiódor abrió la boca del saco y se quedó mirando la pardusca pared del granero, cubierta con el complicado bordado de las telarañas. El ama, con gesto avaro, echó un poco de trigo sin limpiar, lleno de granzas.

Rechinó la puerta. El amo entró con la tripa por delante, y gritó a la mujer:

—¡Vete  a casa! —y con pasos menudos se acercó a Fiódor. Éste colocó el saco en el suelo y se reclinó contra la pared del granero. Esperaba.

—¿Qué es eso? —dijo Zajar Denísovich con voz ronca, torciendo la boca—. ¿Recibes trigo?

—Sí.

—¿Después de soliviantar a los obreros? ¿Después de provocar  una revuelta? Ha faltado poco para que el amo, en su propia casa, sea golpeado por tu culpa, y tú quieres llevarte mi trigo... mi trigo... ¿Qué te parece?

Fiódor callaba. El amo, con la cara descompuesta, se acercó aún más a él y súbitamente, hipando y con una voz aguda, gritó:

—¡Fuera de mi casa!.... ¡Fuera, hijo de perra!....

Fiódor cogió con la mano izquierda el saco y se dirigió hacia la puerta, pero el amo se abalanzó sobre él como un gallo, le quitó el saco y, levantando la mano, le dio una sonora bofetada.

Unas lucecitas amarillas brillaron ante los ojos de Fiódor. Una cólera sanguinolenta nubló su mente y como si fuera plomo líquido afluyó a sus manos... Tambaleándose, agarró con una de ellas el cuello adiposo del amo, mientras que la otra, convertida en puño, golpeó con fuerza la cabeza, echada hacia atrás.

Tres segundos después, Zajar Denísovich estaba ya debajo de Fiódor, retorciéndose como una gruesa culebra y tratando  de morderle en la cara. El mozo, apretando los labios con los dientes hasta hacerse sangre, golpeaba pesadamente el cuello grueso y corto, los dientes que chasqueaban junto a sus mismas mejillas. Zajar Denísovich apelaba a todos los recursos propios de las mujeres: arañaba, mordía,  tiraba  del  pelo  de  su  adversario,  pero al  cabo  de un minuto, definitivamente vencido  y jadeante, rompió en llanto, con los labios manchados de mocos. Quedó quieto, entre lamentos de impotencia e hipos, mientras su vientre daba violentas sacudidas.

Fiódor se levantó, se limpió la sangre de los arañazos, esperando que la agresión se repitiera. Pero el amo dio la vuelta ágilmente hasta ponerse vientre abajo, lanzó un mugido y se arrastró como un cangrejo hacia la puerta.

«¡Por todo! ¡Por todo! ¡Por todo! », latía en el cerebro de Fiódor. Se arregló la ropa, levantó el saco y cuando agarraba el cerrojo de la puerta escuchó un grito desgarrado:

—¡So-co-rro! ¡Que me ma-tan! ¡So-co-rro, buena gente!.... Un inesperado acceso de risa subió a la garganta de Fiódor.

Recostándose en el marco de la puerta, rió como nunca había reído desde la muerte de su padre. Sin poder contener la risa, salió al patio. Allí en medio, con las piernas muy separadas, estaba Zajar Denísovich, el cual, sin escuchar las inquietas preguntas de los obreros que le rodeaban, abriendo el agujero negro y redondo de la boca, vociferaba:

 

 

 

—¡So-co-rro!

 

 

 

XI

 

ANTES DE MARCHARSE,  una vez que se hubo despedido  de su madre,  Fiódor se decidió  a preguntar al amo:

—¿Quiere decirse que no me va abonar mi paga?

—¿La pa-ga?... Debería darte una buena paliza... Pero aún tendrás noticias mías. Te denunciaré al tribunal popular. Allí tampoco tienen mucha consideración con vosotros, los pobres.

—Pues que les aproveche a los ricos, Zajar Denísovich. No me moriré sin tu paga.

—¡Basta de hablar! ¡Vete, te he dicho!

Fiódor se detuvo  un momento, indeciso. Luego, sin despedirse, se dirigió al portón. Rechinó el portillo. Junto al granero resonó la cadena del perro.

Una vez fuera, Fiódor se detuvo  de nuevo. En el lugar se apagaban las luces de la tarde. En las afueras resonaba el acordeón y se oían confusas las palabras del canto. Grandes risotadas apagaban a veces la música, tan rotundas y sonoras que Fiódor sintió deseos de olvidar su dolor personal y la existencia de cualquier clase de dolores. Caminó sin rumbo fijo a lo largo de la calle, dejó atrás una manzana  de casas, se le ocurrió torcer por una calleja perpendicular para pasar la noche en la paja de la última era, cuando le llamaron:

—¿Eres tú, Fiódor?

—Sí.

—¡Ven aquí!

Se acercó y miró alrededor: al pie de una cerca, con el gorro de paja caído en el cogote —signo de que el propietario no estaba completamente ebrio— se encontraba  Frol, el ayudante.

Sobre la hierba abrasada por el sol había extendido ordenadamente un pañuelo sucio, y sobre el pañuelo había una botella de largo cuello que olía fuertemente a vodka de fabricación casera, medio pepino y un pan blanco y esponjoso.

—¡Siéntate!

Fiódor, contento con el encuentro,  se sentó a su lado.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Le has sacudido al amo en la cara?

—No es gran cosa... Un poco...

—Lo siento de veras. Hubieras debido darle más... ¿Cuánto tiempo has estado con él?

—Dos meses.

—Por  dos meses te debería pagar, por lo menos, quince rublos. Estamos en la época en que la gente es más necesaria, yo mismo aceptaría contratarme por quince rublos. Créeme: ¡es lo que más te conviene!

Fiódor permaneció callado. Frol recogió las piernas, se quitó el gorro y, echando la cabeza hacia atrás, se metió el gollete de la botella en la boca. Durante un buen rato se oyó un burbujeo. Luego, la botella, después de describir un semicírculo, fue a parar a la mano de Fiódor.

—¡Bebe!

—Yo no bebo.

—¿No? Haces bien.

El gollete de la botella se perdió de nuevo hasta la mitad en la boca de Frol. Fiódor se quedó mirando en silencio los bordados en azul y oro del cielo.

Después de vaciar la botella, Frol, con los ojos brillantes y alegres, rompió a reír  sin motivo alguno y con sacudidas de la cabeza se pasó el gorro de la nuca a los ojos y viceversa.

—¿Reclamarás en el tribunal?

 

 

 

—¿Por qué?

—Eres un incauto. A propósito de que has trabajado para él dos meses y no te ha pagado ni un kopek. ¿Reclamarás?

—No lo sé... —contestó  indeciso Fiódor.

—Escucha lo que voy a decirte —empezó Frol, hincando los dientes en el pepino—. De aquí vete derecho al jútor Dubrovskoi. Allí hay una célula de las Juventudes Comunistas. Ellos saldrán en  tu defensa.  Yo, hermano,  serví  en  el  Ejército  Rojo y estoy  conforme  con la  vida  nueva. Personalmente, no soy capaz de nada... Es una debilidad que heredé de mi padre: bebo, y con el socialismo soviético eso no debe hacerse... Ahí está... Porque, de lo contrario —y el ayudante del maquinista hizo girar los ojos enigmáticamente—, yo sería un hombre instruido y me habría hecho del partido con toda el alma. ¡Entonces sí que les habría retorcido el rabo a esos amigos de la ralea de tu amo!....

Un minuto después, su animación había pasado. Miró cansadamente la botella desde la boca hasta el culo, la acarició amorosamente y ya en un tono indiferente, repitió:

—Ve a los de la Juventud. Ellos saldrán en tu defensa. Son de tu misma sangre. No tienen más que lo puesto, como tú y como yo.

A poco quedóse dormido allí mismo, al pie de la cerca. Fiódor permanecía pensativo, con la cabeza caída sobre el pecho y no se dio cuenta de que un perrillo que pasaba de largo se detuvo  a olisquear al borracho, levantó la pata, se meó en él y siguió su camino.

Cantaron los primeros gallos. Al otro lado del lugar, entre los juncos del embalse, un ánade de gran tamaño dejó oír su graznido. En algún sitio del pueblo, ya extinguiéndose ya recobrando nueva fuerza, repiqueteaba el tambor de una aventadora. Alguien, aprovechando el buen tiempo, limpiaba el grano toda la noche. Fiódor se levantó, miró al ayudante del maquinista, que seguía roncando, quiso despertarlo, pero cambió de parecer y, sin prisa, se alejó hacia las eras.

 

 

 

XII

 

HACIA LAS DOCE del día siguiente, Fiódor se acercaba ya al Jútor Dubrovskoi. Desde por la mañana había dejado atrás veinte verstas y pico. Al término de la caminata sentía que le faltaban las fuerzas, le dolían las piernas, y, particularmente, las plantas de los pies y las pantorrillas.

Desde lo alto de la loma el jútor se veía como si lo tuviera en la palma de la mano: la plaza con la iglesuela de paredes blancas y desconchadas, los cuadrados blancos de las casas y de los cobertizos, los mechones verdes de los huertos y los arroyuelos gris-humo de las calles.

Bajó la cuesta. En las primeras casas, los perros le recibieron con un perezoso ladrido. Junto a la bien cuidada escuela relucía la cal de las paredes de la casa del pueblo. Preguntó a un chiquillo que pasaba corriendo a su lado:

—¿Dónde está el local de las Juventudes Comunistas?

—Ahí, en la casa del pueblo.

Fiódor subió con timidez los escalones del portal y entró por la puerta, abierta de par en par. Del interior de las habitaciones llegaba el rumor de voces contenidas. El ruido de los pasos de Fiódor se extendió sonoro bajo el techo pintado. Al final del pasillo, tras una puerta  se oían voces. Entró. Media docena de jóvenes, sentados en las ventanas, volviendo la cabeza al oír el ruido. Al ver una cara desconocida se quedaron  mirando a Fiódor en silencio.

—¿Es aquí las Juventudes Comunistas?

— Aquí mismo.

—¿Y quién es el que manda más?

— Yo soy el secretario —contestó un mozo de cara pecosa.

—Traigo un asunto... —empezó Fiódor, siempre dominado por la timidez.

—Siéntate, camarada, cuenta.

 

 

 

Se apresuraron  a acomodar  a Fiódor en un taburete y le rodearon formando un círculo alrededor. En un principio se sentía violento bajo las miradas cruzadas de aquellos jóvenesdesconocidos, pero al ver sus caras sencillas y acogedoras, recordó las palabras de Frol: «Son de tu misma sangre», y se disipó su timidez. Con frases confusas y emocionadas, habló de su vida con Zajar Denísovich; al contar los malos tratos sufridos, las lágrimas afluían involuntariamente a su garganta,  su voz se hizo ronca y le era difícil respirar. De vez en cuando miraba a los muchachos, temiendo ver en sus ojos una ofensiva burla, pero todas las caras estaban serias y ceñudas, y el secretario de las pecas apretaba los labios en un gesto de cólera. Fiódor terminó bruscamente, como si le hubieran parado en seco. Los jóvenes se miraron en silencio.

—¿Lo mandamos  a los tribunales? —preguntó uno de ellos, rompiendo el silencio.

—¡Claro que sí! ¿Qué otra cosa podemos hacer? —gritó exaltado el secretario, y se volvió hacia

Fiódor—. Y ahora dime, ¿dónde te hospedas?

—En ningún sitio.

—¿Dónde vives?

—Antes vivía en Danílovka, pero mi padre murió, mi madre va por ahí pidiendo limosna y yo me he quedado sin casa...

—¿Qué piensas hacer?

—Ni yo mismo lo sé —contestó  indeciso Fiódor—. Si encontrase un trabajo...

—Por eso no te preocupes, lo encontraremos.

—¡Claro que sí!

—Mientras tanto, puedes quedarte en mi casa —ofreció uno.

Después  de informarse  de algún  otro detalle,  el  secretario,  que  se llamaba  Ríbnikov, dijo a

Fiódor:

—Escucha,  camarada, presenta una reclamación al tribunal popular y nosotros, en nombre de la célula, la apoyaremos. Uno de los muchachos  te acompañará a la casa de tu antiguo amo, se hará cargo de tus cosas y, en este tiempo, vivirás con Egor, con ése —e indicó con el dedo a uno—.  En cuanto a lo del tribunal no hay nada que hablar. ¡No perderás el dinero ganado con tu esfuerzo! Le exigirán responsabilidades por explotarte sin haber firmado contigo un contrato de trabajo.

Todo el grupo se dirigió a la salida. Fiódor marchaba sin sentir cansancio. Aquellos muchachos de aspecto rudo y quemados por el sol le parecían infinitamente suyos y afines. Quería expresar de algún  modo su  gratitud,  pero  sentía  vergüenza   de  ese  sentimiento  y  caminaba  en  silencio, limitándose a acariciar con alguna sonrisa apacible la cara flaca, de nariz aguileña, de Egor.

Ya en el zaguán de la casa de éste, recordó  de nuevo  las palabras de Frol: «Son de tu misma sangre», y sonrió  al  evocar al  borracho  ayudante de maquinista,  que tan bien  había dado  en el blanco. En efecto, eran de su misma sangre.

 

 

 

XIII

 

EGOR VIVÍA CON SU MADRE y una hermana pequeña. La madre acogió a Fiódor como si fuera de la familia: a la hora de comer le llenaba el plato, lavaba sus modestas ropas y en el trato con él no hacía diferencia alguna con su propio hijo.

En el primer tiempo, Fiódor ayudó  a Egor en los trabajos. Juntos fueron a arar  la tierra que quedaba en barbecho y a cortar leña, cuidaban los animales y, en los ratos libres, levantaron alrededor del patio una alta cerca de ramas de sauce.

El otoño llegó sin que nadie lo advirtiese. Hacía un tiempo seco y sin viento. Por las mañanas se sentía fresco; el álamo del patio perdía de día en día nuevas hojas amarillentas; los huertos se quedaron pelados, y el lejano bosque del otro lado del río, en la línea del horizonte, recordaba la pelambrera en las mejillas de un hombre enfermo.

 

 

 

Por las tardes, Fiódor y Egor iban al club. Fiódor escuchaba con atención las nuevas palabras que  hasta entonces  no había  oído, las  nuevas ideas;  su mente,  sagaz y ávida,  absorbía cuanto escuchaba  en  las  largas  reuniones  de  los  sábados,  destinadas  a  la  lectura  de  libros  y folletos políticos, o en las charlas con el agrónomo sobre un asunto que tanto le interesaba como los temas del campo. No obstante, le era difícil ponerse a la altura del resto de los muchachos;  éstos conocían muy bien los elementos  de la política, leían periódicos, llevaban un año entero asistiendo a las charlas del agrónomo de la localidad y a cualquier cuestión podían dar una respuesta clara y concreta (el  secretario,  Ríbnikov, con los  puños hundidos  en  las  pecosas  mejillas,  leía  hasta  a Marx), mientras que Fiódor apenas si sabía leer y escribir.

Además, una cosa era sujetar la áspera esteva y sentir a la hora del trabajo su palpitación viva y caliente, y otra cosa completamente distinta sujetar algo tan frágil y delicado como un lápiz: por una parte, los dedos le temblaban y el antebrazo  se le quedaba dormido; y por otra, aquel protervo lápiz se rompía  a las primeras de cambio. Para lo primero, las manos de Fiódor estaban mucho más acostumbradas; porque su padre, cuando lo moldeó, no pensaba que el mozo iba a ser tan inclinado hacia las letras, y orientó sus manos hacia la labranza. Quería formarle, pues, unas manos de huesos anchos, torpes y velludas, pero duras como el hierro fundido. No obstante, poco a poco,  Fiódor bebía la sabiduría de los libros: mal que bien, unas veces a derechas y otras a torcidas —como el trineo por un camino lleno de baches—, podía explicar lo que eran «clase» y «partido», qué fines perseguían los bolcheviques y qué diferencia había entre los bolcheviques y los mencheviques.

Sus palabras eran torpes y como cortadas a hachazos, lo mismo que su manera de andar, pero los muchachos le trataban con seriedad: si alguna vez se reían, en su risa no había nada de ofensivo. Fiódor lo comprendía así y no se enfadaba.

En diciembre, la víspera de una asamblea general, Ríbnikov dijo a Fiódor:

—Escucha,  presenta la solicitud de ingreso. Nosotros la aprobaremos, el comité del distrito la confirmará y entonces, cuando llegue la primavera, te mandaremos  a hacer propaganda  entre los trabajadores.  Ahora  se está realizando  una campaña para incorporar  a nuestra  Unión al  mayor número posible de braceros jóvenes. Nuestra célula antes estaba dormida, porque el secretario era hijo de  un labrador  rico, muchos miembros  eran  indignos...  se habían  descompuesto   como la carroña al sol... Hicimos una limpieza un mes antes de que tú llegaras, y ahora hay que trabajar. Debemos levantar la célula de Dubrovskoi ante los ojos del pueblo. Antes, nuestros jóvenes únicamente pensaban en beber y en meterles la mano por el escote a las mozas en el baile. ¡Ahora se acabó  todo eso!  ¡Daremos tal  impulso  a nuestra  labor,  que en toda  la Región  se hablará de nosotros! En cuanto  te hayas colocado de jornalero, te daremos una misión  y tú incorporarás a todos los braceros a la célula. ¿Comprendes? Todos nosotros nos repartiremos entre los jútores.

—¿Crees que yo valgo para eso? Porque en cuestión de libros no soy gran cosa...

—¡No digas tonterías! Lo que no sabes, lo aprenderás  este invierno. Tampoco nosotros somos nada del otro mundo. El comité del distrito quería echarnos: ni la menor ayuda, ni el menor consejo práctico, se limita a mandar  instrucciones. Nosotros, hermano, lo conseguimos todo con nuestro propio esfuerzo. ¡Para que lo sepas!

Las  palabras  de  Ríbnikov sobre  la  incorporación  a  la  Unión de  braceros  jóvenes  de  las localidades vecinas cayeron en el cerebro de Fiódor como los granos de trigo en la fecunda tierra negra. Recordaba su vida con Zajar Denísovich y le dominaba la impaciencia de empezar a trabajar.

Aquella misma tarde escribió la solicitud. Pero al explicar los motivos que le impulsaban, no lo hizo como le había indicado Egor. este le había dicho: escribe que «deseo adquirir una educación política», pero Fiódor, sin pensarlo mucho, negro sobre blanco, sin puntos ni comas, escribió:

«Deseo ingresar porque soy un obrero y quiero llevar a todos  los braceros trabajadores a la

Juventud Comunista porque la Juventud Comunista es de su misma sangre.» Al leer esto, Ríbnikov arrugó las cejas.

—Es la verdad, pero apuntas muy alto... Aunque no importa, ¡pasará!

 

 

 

La asamblea  empezó  cuando  ya  era de noche.  Un ruido discorde  de voces  llenaba  el  club. Eligieron la presidencia, Ríbnikov hizo un informe- sobre  la situación internacional y, seguidamente, pasaron al orden del día.

Fiódor, con el corazón oprimido, esperaba la lectura de su solicitud.

Finalmente, Ríbnikov carraspeó, pasando la vista por los reunidos, y dijo con voz sonora:

— Se ha recibido una solicitud de ingreso de Fiódor Bóitsov, a quien todos conocéis. Leyó lentamente la solicitud y alisando sobre la mesa la hoja de papel, preguntó:

—¿Hay alguien que quiera hablar en favor o en contra?  Egor  se levantó en las últimas filas y volviendo a un lado y a otro su nariz aguileña, dijo:

—¡No hay nada que discutir! El mozo es un bracero, hijo de un campesino pobre de Danílovka. Ahora se ha desarrollado políticamente y puede ayudar... ¿Qué más? ¡Hay que admitirlo!

—¿Hay quien opine lo contrario?

No había nadie. Pasaron a votar. Las manos se levantaron como una densa empalizada. «En pro» veintiséis votos, toda la célula. Después de hacer el recuento, Ríbnikov miró con una sonrisa la cara feliz y pálida de Fiódor.

—¡Queda admitido por unanimidad!

Fiódor tuvo que hacer un esfuerzo para quedarse hasta el fin de la reunión. No entendía bien lo que hablaban alrededor. Ríbnikov atacaba a Erofei Chernov, criticándole que iba al baile; éste se justificaba poniendo el ejemplo de los otros jóvenes. Las voces llegaban hasta Fiódor como a través de una pared, pero en su mente bullían, confusas, otras ideas: «Ahora  soy uno más en su familia, porque después de todo...  era como un hijastro... esa es mi sangre, con ellos me encuentro bien, hombro con hombro, formamos un muro...»

Una voz sonora gritó:

—¡Silencio! Se levanta la reunión. Vaniuja, ¿pondrás en limpio el acta?

Cerraron  con candado,  avanzaron  hacia  la  salida  encendiendo  los  cigarrillos,  encogidos  al tropezar con el  frío cortante  que de fuera  penetraba  en el  pasillo.  Fiódor iba  con Egor y con Ríbnikov. Al pie de los escalones del portal tropezaron con un buen montón de nieve que el viento había acumulado durante la celebración de la asamblea. Egor, carraspeando, lo saltó el primero, seguido  por Fiódor. En la  esquina,  al  despedirse  de él,  Ríbnikov le  apretó con fuerza  la  mano helada y dijo, mirándole de cerca a los ojos:

—¡Ten cuidado,  Fedia,  no nos dejes  mal!  Contamos contigo.  Ahora  eres de las  Juventudes Comunistas y tu responsabilidad es mayor  que la de un mozo sin partido. Aunque ya lo sabes. Adiós, amigo.

Fiódor le sacudió la mano en silencio; quería contestar, pero en la garganta  se le había hecho un nudo. Corrió sin decir nada a alcanzar a Egor y, sintiendo que no podía tragar ese grumo viscoso y alegre de lágrimas, murmuró para sus adentros:

—Me he convertido en una mujer... me he conmovido... Hay que hacerse fuerte, no soy un niño,

¡pero no puedo!.... La felicidad me agobia... Hace poco estaba convencido de que en la tierra todo eran desgracias y de que todos los hombres eran extraños...

 

 

 

XIV

 

A LA MAÑANA SIGUIENTE, Fiódor fue llamado para que acudiera al comité ejecutivo.

—Una notificación para que te presentes en el juzgado. Firma —dijo el secretario.

Fiódor firmó, se retiró a la ventana y leyó la citación. Debía acudir el día veintiuno. Fiódor miró el calendario de pared y se desconcertó:  bajo el retrato de Lenin, en cifras rojas, había un «20».

Volvió rápidamente a casa y se puso a hacer los preparativos.

—¿Adónde vas? —preguntó Egor.

 

 

 

—A la stanitsa, se celebra el juicio contra el amo. Acabo de recibir la citación... ¡Ya ves! ¿Podré llegar a tiempo?

Egor miró por la ventana, cubierta de blanca escarcha, como una fina capa de masa, encontró en el cielo azulino el redondel amarillo del sol y dijo, después de una corta reflexión:

—¿Por qué no? Son treinta y cinco verstas,  a cinco por hora yendo  a buen paso, resultan siete horas... Llegarás al hacerse de noche.

—¡Bueno, me voy!

—¿Llevas provisiones?

—Sí.

Egor, que había salido al portón a despedirle, gritó:

—Camina de prisa, que no te coja la oscuridad antes de llegar. ¡Hay lobos!

Fiódor se acomodó  el zurrón,  se apretó el cinturón que ceñía su pelliza y aligeró el paso por el centro de la calle, por el camino que los patines de los trineos habían aplastado en la nieve. Subió la cuesta. Volvió la vista hacia el jútor, cubierto por el blancor de la nieve y, alzando los hombros, sintiendo el sudor de la espalda, reanudó la rápida marcha en dirección a la stanitsa.

Cuesta abajo y cuesta arriba. Cuesta abajo y de nuevo cuesta arriba. Las cintas azules de bosques y arboledas, espolvoreados de nieve, fluyen suaves en la línea del horizonte. La nieve resplandece cegadoramente despidiendo chispas  azuladas; los rayos del sol,  al hundirse en los montones de nieve, circundan el camino con los colores del iris.

Fiódor caminaba de prisa, dando golpes con su bastón y aspirando el humo del tabaco, tan dulce en el aire helado. Cuando hubo dejado atrás veinte verstas, miró el sol, que caía hacia la línea fina como un hilo de telaraña y ondulada que separaba la tierra del cielo, y sacó del zurrón un trozo de pan y tocino cortado en finas lonchas. Se sentó en cuclillas al borde del camino, tomó un bocado y reanudó la caminata, tratando de avivarla para entrar en calor.

El atardecer puso en la nieve unos reflejos violetas. El camino presentaba un brillo azul de acero. En el Oeste, la oscuridad borró la línea que separaba la tierra del cielo. En el claro firmamento rutilaban ya las luces fugaces de las estrellas cuando Fiódor entró en la stanitsa. En la primera casa de las afueras, fea y de aspecto mísero,  pidió permiso para pasar la noche. El dueño, un cosaco barbudo y hospitalario, se lo concedió de buen grado.

—Pasa, no ocuparás mucho sitio...

Después de cenar parte  del helado tocino, Fiódor extendió junto al horno  su pelliza, puso el gorro en la cabecera, a manera de almohada, y se quedó dormido.

Se despertó, como  de costumbre,  al amanecer.  Se lavó y el ama se ofreció a freírle el tocino. Hizo una colación y se dirigió a la plaza, que estaba en el centro de la stanitsa. No lejos del edificio del Soviet leyó en un rótulo: «Tribunal popular del V sector del Distrito del Alto Don».

Cruzó el portillo y lo primero que vio en el patio fue a Zajar Denísovich. Con su pelliza de paño azul y el capuchón  anudado, desenganchaba un caballo sudoroso. Lo cubrió con una manta y al volver la vista casualmente advirtió la presencia de Fiódor. Torciendo los labios, sin saludarle, le dio la espalda.

El tiempo  transcurría  con una  lentitud  insoportable.  Hacia  las  nueve  llegó  el  secretario  del juzgado. Sin desvertirse, sorbiéndose las narices, colocó sobre la mesa el legajo de los expedientes y con ojos de sueño, inflamados, miró a la gente que se amontonaba  en el zaguán. Una hora más tarde venía el juez, que entró de costado y cerró sonoramente la puerta.

—¡Fiódor Bóitsov y Zajar Blagorúdov! —gritó el secretario, entreabriéndola.

Haciendo rechinar sus botas de fieltro reforzadas con cuero, Zajar Denísovich se hizo adelante.

—Este ciudadano apesta a vodka,  apenas si se sostiene en pie. ¡Se ve que ha empinado bien el codo! —comentó, sonriendo, un cosaco de cierta edad, que vestía un raído capote.

Fiódor se descubrió y cruzó animosamente el umbral. El careo, practicado por los vocales y el juez, duró diez minutos. Zajar Denísovich tartamudeaba, evidentemente se sentía intimidado.

—¿Le ha pagado? —preguntó  el juez, dando unos golpecitos con el lápiz...

 

 

 

—En efecto... Le pagué...

—¿Cómo le pagó? ¿En especie o en metálico?

—En metálico.

—¿Cuánto?

—Ocho rublos y algo de grano.

—¿Cómo es eso? ¿No ha declarado usted mismo que contrató a Bóitsov por medio rublo al mes?

—Llevado por mi bondad... Como es huérfano... He sido un bienhechor para él... hice las veces de padre... —dijo Zajar Denísovich con voz ronca, enrojeciendo.

—Ya... —sonrió el juez con ironía apenas perceptible.

Después de alguna otra pregunta  se les indicó que se retiraran. Fueron oídas otras cinco o seis causas. Fiódor permanecía en la antesala y veía a Zajar Denísovich que, habiendo reunido a unos cuantos cosacos, manoteaba acaloradamente.

—Me pregunta que por qué no había firmado contrato de trabajo. ¿Cómo va a tomar uno así a un criado?... Llegó pidiendo por misericordia, luego resultó que era de las Juventudes Comunistas y un buen día me anunció que no quería seguir conmigo.

— ¡El tribunal!

El público se abalanzó hacia la sala. El juez empezó  a leer la sentencia con frase rápida. Fiódor sintió bajo la pelliza los latidos frecuentes de su corazón. La sangre, tan pronto le afluía a la cabeza como de nuevo se iba al corazón por completo. Casi no distinguía las palabras de la sentencia. El juez elevó la voz.

—De conformidad con el artículo... Zajar Blagortídov es condenado  a pagar a Fiódor Bóitsov la suma de doce rublos por los dos meses de trabajo... Por no haber suscrito el contrato correspondiente... por la explotación de un menor de edad, al pago de treinta rublos de multa o a trabajos forzados por un plazo de,.. Las costas... La sentencia es firme... —llegaba hasta Fiódor la voz del juez.

Fiódor bajó de un salto los escalones del portal y sin abrocharse siquiera la pelliza, sonriendo alegremente para sus adentros, salió de la stanitsa a buen paso. Sin darse cuenta dejó atrás varias verstas: pensaba en lo ocurrido y hacía planes. Hasta el otoño próximo ahorraría para comprar un caballo y viviría en su pequeña hacienda, rescatando de la miseria a su madre.

Recordó  el  trabajo  que  ese verano  le  esperaba entre  los  braceros  y un alegre  calorcillo  le confortó el pecho. El viento le arrojaba a la cara una nieve menuda, y ese polvo punzante  se le metía por los ojos. Inesperadamente, el oído de Fiódor percibió el confuso chirrido de los patines de un trineo y el galopar de un caballo. Volvióse rápidamente cuando un terrible golpe de la punta del timón lo derribó. Al caer vio sobre él los belfos espumeantes de un caballo negro y, más arriba, entre una nube de polvo de nieve, la congestionada cara de Zajar Denísovich.

Tras el golpe del timón, el látigo silbó sobre su cabeza y la correa, después de tirarle el gorro, le cruzó la cara.

Sin sentir el dolor, acalorado, Fiódor se puso  en pie de un salto y dominado por la furia, sin detenerse  a  recuperar  el  gorro, salió  corriendo  tras  el  trineo.  Zajar  Denísovich,  con la  mano izquierda,  sujetaba  las  riendas,  conteniendo  el  galope  tendido  del  caballo,  mientras  que con la derecha levantaba el látigo y, vuelto hacia Fiódor, bramaba:

—¡Te  acordarás de mí!.... ¡Volverás a encontrarme,   hijo de mala madre!.... ¡Verás lo que es bueno!....

El viento rompía  en pedazos las palabras y ahogaba  a Fiódor en su carrera. Ya sin fuerzas, se detuvo en medio del camino y sólo entonces  se dio cuenta de que su cara le abrasaba y una sangre salada le corría por las mejillas.

 

 

 

 

XV

 

LA PRIMAVERA LLEGÓ de aquel lugar de la loma donde en algunos espacios negros la tierra labrada se dejaba ver a través de la nieve. De noche empezó a soplar el viento, templado y húmedo, las nubes se acumularon sobre el jútor y al amanecer empezó la lluvia. Y la nieve, medio derretida antes, acabó de fundirse entre torrentes de agua. En la estepa, la tierra quedó desnuda. Se mantuvo únicamente  una fina  capa de hielo  en el  camino  y en las  hondonadas, fuertemente  unida  a los matorrales viejos como pidiéndoles protección.

Ante el comienzo de las labores agrícolas, Fiódor se despidió de los muchachos y, llenando el zurrón con su ropa y con folletos que le había proporcionado Ríbnikov, se puso en camino en busca de trabajo.

—A ver, Fedia, cómo organizas eso... —le dijo Ríbnikov al despedirse.

—Pierde cuidado, lo haré. ¡Los reuniré a todos! —sonrió Fiódor.

Cinco jóvenes le acompañaron  hasta las afueras del jútor y esperaron  a que saliera al camino real. Desde lo alto de la primera loma Fiódor volvió la vista: el grupo compacto de los que habían acudido a despedirle seguía en el mismo sitio. Ríbnikov y Egor agitaron sus gorras.

Una sensación de congoja se apoderó  de Fiódor cuando el jútor desapareció de su vista. De nuevo estaba solo como aquel cardo seco que oscilaba huérfano, a la orilla del camino.

Haciendo un esfuerzo para vencer  este estado de ánimo, Fiódor trató de reflexionar acerca de qué le convenía más.

Los jútores  de la  comarca  eran pobres  y la  gente  no necesitaba  en ellos  de mano  de obra asalariada. Más rico que el de Jrenovskoi no lo había en todo el territorio de la stanitsa. Fiódor lo pensó así y torció por el camino de Jrenovskoi.

Se contrató con Pantelei Miróshnikov, un vecino de Zajar Denísovich. El abuelo Pantelei era un viejo alto, ceñudo, sin carne sobre los huesos. Había perdido a sus tres hijos en la guerra y llevaba los asuntos de la hacienda con ayuda de la vieja y de dos nueras.

—¿Se  puede  saber por qué te marchaste  de Zajar?  —preguntó   a la  hora  de cerrar  el  trato, enarcando sobre la frente las cejas grises.

—Me despidió él.

—¿Y cómo piensas contratarte?

—Según el convenio.

—¿Qué convenio? Mis condiciones son éstas: tres rublos durante el verano. En invierno no te necesito ni gratis. Si aspiras a quedarte todo el año, no me sirves.

—También puedo quedarme hasta el otoño.

—En una  palabra,  hasta que  terminen  las  faenas.  Cuando  acabemos de arar  los  barbechos, podrás irte a donde te dé la gana. ¿Conforme con tres rublos al mes?

—Conforme, pero ha de ser con contrato. Sin contrato, no.

—A mí me es lo mismo, yo no entiendo mucho de letras... ¿Habrá que firmar, verdad? Lo hará

Stepanida, mi nuera.

Suscribieron el contrato y Fiódor se entregó con alegría al trabajo. El abuelo Pantelei estuvo un par de semanas observando al nuevo bracero: a menudo, Fiódor sorprendía la mirada inquisitiva y penetrante que le vigilaba. Por último, al fin de la segunda semana, una tarde en que Fiódor había arado en un solo día el melonar y había vuelto con los bueyes cansados y sudorosos, el abuelo se le acercó, preguntando:

—¿Has arado el melonar?

— Sí.

—¿Sin claros?

—Sí, sin claros.

—¿A qué profundidad has puesto la reja?

 

 

 

—A la que me habías mandado, abuelo.

—¿Has abrevado los bueyes en el embalse?

—Sí.

—Dime, mozo, ¿cuántos años tienes?

—Diecisiete.

El abuelo  se acercó  aún  más  a Fiódor, le agarró del  pelo  hasta hacerle  daño y atrayendo la cabeza del mozo a su pecho seco y huesudo, la apretó con fuerza. Durante largo rato acarició con su mano rugosa la espalda musculosa y dura de Fiódor.

—Eres un buen trabajador...  ¡Tienes  unas manos  de oro!.... Si  quieres  quedarte el  invierno, puedes hacerlo. Como lo oyes...

Separó a Fiódor de sí y lo contempló con una sonrisa amplia y clara. Fiódor se sintió conmovido por esta reacción paternal del viejo. El nuevo amo no se parecía  en nada a Zajar. Ya cuando el mozo se había contratado, le preguntó:

—¿Tú eres de esos... de las Juventudes Comunistas? —Y a la respuesta afirmativa de Fiódor hizo un gesto de indiferencia—.  Eso no es cosa mía.  Comerás  aparte,  no puedo  sentarme  a la misma mesa contigo. Porque no te haces en la frente la señal de la cruz, ¿verdad?

—No.

—Eso es... Yo soy viejo, no te ofendas si te pongo aparte. Somos fruta de árbol distinto.

Con Fiódor se portaba  bien: la comida era abundante,  le dio alguna ropa suya y no le hacía trabajar hasta agotarlo. En un principio, Fiódor pensaba que debería hacerlo todo, como cuando estaba con Zajar  Denísovich.  Pero  cuando  en vísperas  de Pascuas salieron  a labrar,  vio que el abuelo  Pantelei,  a  pesar  de  sus  escasas carnes,  daba  quince  y raya  a cualquier  joven.  Iba  sin descanso tras el arado, sus surcos eran rectos y limpios, y por la noche se turnaba con Fiódor en la vigilancia de los bueyes. El viejo era piadoso, no juraba y gobernaba a la familia con mano firme. A Fiódor le agradó una expresión que constantemente tenía en los labios —«toma  esta frambuesa»—, le agradó el propio viejo, de aspecto tan severo y tan cordialmente bueno en el fondo.

El día de Pascuas, por la tarde, Fiódor tropezó  en su calleja con un mozo de baja estatura y picado  de  viruelas.  Aparentaba  unos veinte  años.  Vio que  el  mozo salía  del  patio  de  Zajar  y comprendió —recordando las palabras del abuelo Pantelei— que era el criado de su antiguo amo. El mozo llegó a la altura de Fiódor y éste inició la conversación.

—¡Hola, camarada!

—Hola —contestó el mozo con desgana.

—¿Eres el criado de Zajar Denísovich?

—Sí.

Fiódor se acercó algo más y prosiguió las preguntas:

—¿Hace mucho que estás con él?

—Va para cuatro meses, desde el invierno.

—¿Cuánto te paga?

—Un rublo y la comida. —El mozo se animó y sus ojos brillaron—. Dicen que el abuelo te da tres rublos y la ropa. ¿Es verdad o es mentira?

—Es verdad.

—Zajar me ha engañado... —se lamentó el mozo—. Prometió que me subiría, pero no abre la boca. Me hace trabajar como un condenado —prosiguió, ya con rabia—. Hasta los días de fiesta... Voy hecho un andrajoso y él no me da ni dinero ni ropa. ¿Ves cómo presumo el día de Pascua? — El mozo dio la vuelta y en la espalda Fiódor vio un triángulo de carne morena.

—¿Cómo te llamas?

— Mitri. ¿Y tú?

—Fiódor.

Del patio de Zajar llegó la voz gangosa del amo:

—¡Mitka! ¿Por qué no has cerrado la cuadra, canalla?... Ve a recoger los bueyes...

 

 

 

Como un cabritillo  asustado, Mitka  cruzó de un salto  la  cerca y, asomándose  por entre las espesas ortigas, llamó a Fiódor con el dedo. Fiódor cruzó también la cerca, buscó la parte más espesa del huerto y haciendo que Mitka se sentase a su lado, dio comienzo a su labor de propaganda.

 

 

 

XVI

 

TODAS LAS TARDES DE DOMINGO Fiódor acudía al baile. Allí Conoció a otros  muchachos que trabajaban como braceros con los labradores ricos de Jrenovskoi. En el pueblo había un total de dieciocho braceros, de los cuales quince eran jóvenes. Fiódor consiguió agrupar  a estos quince en una organización.

Al retirarse del baile, donde los mozos de las familias acomodadas se hartaban de decir indecencias a las mozas, que ellas acogían con estridentes chillidos, Fiódor hablaba largamente con esos jóvenes, tratando de persuadirles que ingresasen en las Juventudes Comunistas y obligasen a los amos a concluir contratos de trabajo con ellos.

En un principio, los muchachos acogían las palabras de Fiódor con desconfianza burlona.

—Tú puedes hablar así —se acaloraba uno de ellos, Kolka, un mozo cargado de espaldas—. Tu amo es como  un apóstol, pero el mío, en cuanto oiga hablar de las Juventudes Comunistas y del contrato,  es capaz de retorcerme  el pescuezo...

—No será para tanto —replicaba otro.

—¡Te lo retorcerá si estás solo! ¿Qué te creías? Tú puedes romperme  un dedo, pongamos por caso, pero si los junto todos en un puño, ¿me los romperías entonces? ¡No, hermano,  ese puño te rompería la cara!.... —decía Fiódor, entre una unánime risotada—. Un puño  así es lo que nosotros debemos formar. ¡Basta  eso de trabajar para el amo como imbéciles! Vuestra paga es de medio rublo, de un rublo todo lo más, mientras que yo gano tres y no trabajo tanto como vosotros.

— ¡Tiene razón!.... —zumbaron las voces.

Acostumbraban  a reunirse de noche,  pasadas las eras, y eso duraba  hasta el primer canto del gallo.

El quinto domingo, Fiódor propuso:

—Escuchad,  hermanos, ayer se hizo el reparto de los prados; la siega de hierba va a empezar de un día para otro. Hay que decirles mañana a los amos que aumenten la paga y que firmen contratos. De lo contrario, abandonaremos el trabajo...

—¡No es posible! ¡Resulta muy fuerte!....

—¡Nos despedirán!

—¡Quedaremos sin un trozo de pan!....

—¡No os  despedirán!  —gritó Fiódor, enrojeciendo—  ¡No os  despedirán  porque  tienen  en puertas la siega de la hierba! Aflojarán las tuercas, ¡no pueden quedarse sin gente!.... ¡Así no se puede seguir! Cuando  van a preguntar  a los braceros en qué condiciones se han contratado,  uno responde: soy pariente del amo; otro, que son conocidos. ¡Y nadie más que vosotros  mismos se preocupará de vuestros asuntos!

Después de largas discusiones acordaron hacerlo así.

A la mañana siguiente el poblado, agitado y revuelto, parecía un avispero. La siega de hierba estaba en puertas y los braceros de las casas más acomodadas se habían declarado en huelga...

A primera hora, Fiódor oyó un grito y salió a la calle.

Zajar Denísovich, bramando, tiraba al camino los efectos de Mitka. Éste, con aspecto decidido, los recogía en un montón y gruñía sordamente:

—¡Espera, espera! ¡No volveré aunque me lo pidas de rodillas!....

—¡Aunque me viera en el infierno no te lo pediría!....

 

 

 

Al  ver  a  Fiódor, Zajar  Denísovich  se  volvió hacia  el  grupo de  labradores  que  conversaba acaloradamente en el cruce y con las venas de la frente hinchadas, se puso a alborotar:

—¡Cristianos! ¡Ése  es el que les ha calentado los cascos, el cabecilla!... ¡Duro con el hijo de perra!...

Fiódor, apretando los puños,  se le acercó con paso rápido, pero Zajar Denísovich se introdujo como un ratón en su puerta y chilló acobardado:

—¡No te acerques si estimas la vida!         ¡Te haré pedazos!....

 

 

 

XVII

 

—NOSOTROS HACED LO QUE QUERÁIS, pero yo no despediré a mi bracero. No me importa que sea del partido siempre y cuando cumpla con su obligación. El contrato tampoco es gran cosa... Le daré tres rublos al mes, porque si se despide entonces los perjuicios subirán a varios cientos...

—Tienes razón, compadre... Mi mujer se ha puesto enferma, ¿cómo voy a salir adelante?

—Yo pienso lo mismo.

—Mirad, hermanos. Firmaremos con ellos los contratos, les subiremos la paga según lo que la ley manda y les daremos un día de fiesta a la semana... ¡Tú, Zajar, cállate!.... El tribunal te puso una multa de treinta rublos... ¡Hay que tenerlo en cuenta!.... Mientras sigan así las cosas, hay que aguantarse.

—¿Para qué hablar por hablar? En la situación en que nos encontramos,  hay que resignarse. Queremos ahorrar tres rublos y perderemos cientos... ¡Qué tonterías!....

—Prueba ahora a encontrar otros...

—Te quemarías los dedos.

—¡Sea como decís!

—Pero  a ese miserable que ha revuelto a todos hay que darle una lección. Nos ha resultado un sabio...

—¡Fedka   es  un comunista!....  Cuando  lo tenía  conmigo me  sacó  el  alma  del  cuerpo.  Me persiguió con el cuchillo en la mano por todo el patio; gracias a que los obreros lo sujetaron. Tan cierto como que hay Dios... Si ahora lo agarro...

—Mi hijo dice que después del baile se reúnen detrás de la era de Fedot. Allí les da instrucciones...

—¿Y si dos o tres de nosotros le salimos al encuentro con garrotes?...

—¡Hay que darle una lección! ¡Que no apeste más esa carroña!

—¿Tú irías, Zajar Denísovich?

—¡Dios mío! ¡De todo corazón!.... Con un garrote...

Apenas había agarrado el picaporte cuando,  a sus espaldas, uno enarboló el garrote. El golpe lo recibió Fiódor en la nuca. Con un sordo gemido, abrió los brazos y cayó ante el portón, perdiendo el conocimiento.

 

 

 

XVIII

 

AQUELLA TARDE el abuelo Pantelei, al ver que Fiódor se disponía a salir, le dijo sonriendo:

—Harías mejor quedándote  en casa. Después del lío que has organizado, es preferible que no salgas.

—¿Por qué?

—¡Porque pueden hacerte algo!....

—No me pasará nada... —rió Fiódor, y a través de los huertos se dirigió a las eras.

 

 

 

Esta vez los jóvenes tardaron en reunirse. Estuvieron hablando un par de horas. Todos ellos se mostraban animosos y alegres. Después de examinar la situación, comunicándose las novedades, se dispusieron a separarse.

—Idos cada uno por su lado, para que la gente no hable —advirtió Fiódor.

La noche sobre la estepa era negra como la pez. Las nubes como los bloques de hielo en el río al comienzo de primavera, chocaban y se amontonaban  unas sobre otras; el trueno retumbaba y por encima del bosque los relámpagos dejaban su trazo en el cielo. Fiódor se separó  del resto de los muchachos y volvió por el camino de antes. Quiso pasar por los huertos, pero cambió de idea y torció hacia su calleja. Se sentó junto a una valla con la intención de fumar un cigarrillo, pero una ráfaga de viento seco y cálido apagó la cerilla.  Se metió el pitillo en el bolsillo y se dirigió al portón. No esperaba nada y no podía ver que por detrás  se acercaban  dos y un tercero montaba guardia en el cruce...

 

* * *

 

Las pulgas no dejaban en paz al abuelo Pantelei. Después de muchas vueltas y gruñidos, tiró al suelo el capotón de piel de oveja que le cubría. Se había quedado casi dormido cuando de la parte de fuera llegó hasta él un gemido, ruido de pasos y un silbido apagado. Con las piernas colgando en el borde de la cama, prestó atención. El silbido se repitió. «¡Es algo contra Fedka! », le cruzó por la mente. Se puso en pie de un salto y cogió de la pared una vieja escopeta de baqueta, que él tenía para espantar los  grajos  en el  melonar,  y salió  al  portal.  Alguien  lanzaba  prolongados  gemidos delante del portón, los ruidos de pies seguían, los golpes resonaban como cayendo en blando... El abuelo levantó el gatillo, corrió hasta fuera del portón y gritó:

—¿Quién va?

Tres negras siluetas se hicieron a un lado.

Dirigiendo el cañón del arma hacia el más próximo, el abuelo Pantelei apretó el gatillo. Retumbó el disparo, de la boca brotó un haz de fuego, silbaron los guisantes con que la escopeta estaba cargada...  Alguien,  en el  camino,  lanzó  un chillido y cayó  a tierra.  Jadeando, el  abuelo  tiró la escopeta y se inclinó sobre el negro contorno  de una silueta humana tendida junto al portón. Las manos del viejo, al palpar la cabeza, se mojaron de algo espeso y pegajoso. Volvió la cabeza en un vano intento de distinguir algo: la oscuridad le cegaba los ojos. Por el cielo, como un lagarto, corrió un relámpago y el abuelo reconoció la cara bañada en sangre de Fiódor. Agarró el cuerpo exánime y, temblando y tropezando, lo arrastró hasta el portal. Volvió a la calle y recogió la escopeta. Otro relámpago cruzó el cielo y el abuelo vio a unas veinte brazas de él, en medio del camino, a un hombre en cuclillas. Agarrando el arma por el cañón, el abuelo Pantelei se acercó en cuatro brincos al desconocido, lo derribó de un culatazo y echándosele sobre el vientre, rugió:

—¿Quién eres?

—Déjame, por Cristo te lo pido... Tengo todo el trasero y la espalda llenos de metralla... ¿Te parece bien, vecino, eso de disparar contra la gente?... ¡Ay, qué dolor!....

Por la voz, el abuelo reconoció a Zajar. Sin poderse contener le dio un culatazo en la cabeza y, agarrándole de los pelos, lo arrastró al portal.

 

 

 

XIX

 

...NUESTRO  QUERIDO CAMARADA  FEDIA: Seguramente  no sabes en  qué  paró el  juicio. Zajar Denísovich ha sido condenado a siete años y a pérdida de los derechos civiles por tres años. Los otros dos —Mijaíl Dergachov y Kuzka, el especulador de Jrenovskoi—, a cinco años. También te comunicamos que en Jrenovskoi ha sido organizada una célula de las Juventudes Comunistas. Todos tus camaradas, los quince braceros, y otros seis muchachos hijos de campesinos pobres, han

 

 

 

ingresado en ella. El comité del distrito me manda allí a trabajar y todos nosotros esperamos con impaciencia el momento de verte restablecido y entre nosotros. Egor ha organizado en Danílovka una célula de once miembros. Todos los muchachos están fuera, trabajan. También te comunico que hoy he visto al abuelo Pantelei; quiere hacerte una visita en el hospital y llevarte provisiones. Date prisa en convalecer y ven, hay mucho trabajo todavía y el tiempo galopa como un caballo que ha roto la traba.

Con un fraternal saludo de la célula, en nombre de todos,

RÍBNIKOV.

 

1926

 

SANGRE EXTRAÑA

 

 

 

 

HACIA SAN FELIPE, después del ayuno, cayeron los primeros copos. Por la noche sopló el viento desde  el  otro lado  del  Don, sacudiendo  con fuerza  las  hierbas  secas,  levantando  desflecados montones de nieve en las lenguas de arena y barriendo por completo el polvo de los caminos.

La noche había cubierto  la stanitsa  de un verde silencio  de sombras. Más  allá de los  patios dormía la estepa, sin arar e invadida por las hierbas.

El lobo levantó su sordo aullido a medianoche, en la stanitsa le respondieron los perros y el abuelo Gavrila se despertó. Con las piernas colgando fuera del horno, agarrándose al borde, tuvo un largo acceso de tos; luego escupió y, a tientas, buscó la bolsa del tabaco.

Todas las noches, después del primer canto del gallo, el abuelo se despertaba,  se sentaba, encendía un pitillo y tosía —esforzándose por expulsar los esputos—, mientras que en los intervalos entre los accesos de asfixia, dentro  de la cabeza los pensamientos seguían el camino trillado de costumbre.  Y lo que el abuelo pensaba era siempre lo mismo: pensaba en el hijo que había desaparecido en la guerra sin que de él hubieran vuelto a tener noticias.

Era el único: el primero y el último. Para él había trabajado sin descanso. Cuando llegó la hora en que el hijo debía ir al frente a luchar contra los rojos, llevó dos parejas de bueyes al mercado y con ese dinero compró  a un calmuco un caballo que más que caballo era un vendaval de la estepa; más que correr,  volaba. Del fondo del arca sacó la silla de montar  y la brida de su abuelo, con herrajes de plata. Al separarse de él le dijo:

—Bueno,  Petró, con ese equipo hasta un oficial se sentiría satisfecho... Pórtate lo mismo que se portó tu padre,  no dejes  en  mal  lugar  al  ejército  del  Don ni al  Don apacible.  Tus abuelos  y bisabuelos sirvieron a los zares. ¡Tú debes hacer lo mismo!....

El abuelo mira a la ventana, salpicada de reflejos verdosos de la luz de la luna, presta atención al viento —que hurga en el patio buscando lo que no debe—, recuerda días que han pasado y que no volverán...

En la despedida del nuevo guerrero, los cosacos cantaron  a voz en grito, bajo la techumbre de junco de la casa de Gavrila, la vieja canción de sus mayores:

 

Combatimos fieles a la disciplina.

Lo único que oímos son las órdenes.

Y lo que los oficiales, nuestros padres, nos ordenen, cumplimos. ¡Con el sable y con la pica vamos al combate!

 

Petró permanecía sentado a la mesa un tanto ebrio, su cara estaba lívida. Bebió la última copa, la de «despedida»,  arrugó fatigosamente  los  ojos,  pero montó con pie  seguro.  Se ajustó  el  sable; inclinándose en la silla, tomó un puñado de tierra del patio que le había visto nacer. ¿Dónde yacía ahora? ¿Qué tierra extranjera le calentaba el pecho?

La tos del abuelo es prolongada y sorda, los fuelles de su pecho no siguen el mismo compás cuando se hinchan y se deshinchan. Y en los intervalos, cuando después del acceso de tos apoya su espalda encorvada en los azulejos, los pensamientos siguen el camino trillado de costumbre.

 

* * *

 

Un mes después que el hijo se marchara,  llegaron los rojos. Irrumpieron en la vieja existencia de los cosacos en son de enemigos, a la vida del abuelo le dieron la vuelta lo mismo que a un bolsillo vacío. Petró se había quedado al otro lado del frente, en el Dónets, su buen comportamiento en el

combate le había valido los galones de sargento. Y en la stanitsa, el abuelo Gavrila sentía aumentar,

cuidaba y mecía —lo mismo que en otros tiempos a Petró, cuando  éste era una criatura de cuerpo blanco— un odio sordo y senil contra la gente de Moscú, contra los rojos.

Para  llevarles  la  contraria,  vestía  calzones  con franjas  rojas  —símbolo  de  las  libertades cosacas— cosidas con hilo negro a lo largo de las perneras embutidas en las botas altas. Su capote lucía  los  bordados naranja  de la  Guardia,  con las  insignias  de suboficial  que en otros  tiempos luciera.  Su  pecho  ostentaba  las  medallas  y las  cruces  que  se ganó  sirviendo  con todo celo  al monarca. Los domingos iba a misa con la pelliza desabrochada, para que todos pudieran verlas.

El presidente del Soviet de la stanitsa le había dicho al cruzarse con él en una ocasión:

—¡Quítate esos colgajos, abuelo! Ahora no se lleva eso. El abuelo replicó como la pólvora:

—¿Me los pusiste tú para mandarme que me los quite?

—El que te los puso ya hace tiempo que está enterrado, engordando gusanos.

—No importa... ¡Yo no me los quito! ¿Le vas a quitar algo a un muerto?

—Tienes unas cosas,.. Te lo aconsejo por las buenas, por tu bien. Por mí, como si quieres dormir con ello. Pero ten cuidado con los perros... los perros te pueden desgarrar los calzones. Los infelices han perdido la costumbre de ver esas vestimentas, no te tornarán por uno de los suyos...

La ofensa era amarga como el ajenjo en flor. Se quitó las condecoraciones, pero el resentimiento creció por dentro, se extendió, empezando  a transformarse en odio.

El hijo había desaparecido, no había razón para preocuparse en incrementar la hacienda. Los graneros se venían abajo, los animales destrozaban la cuadra, se pudrían los travesaños del establo, de donde  los  vientos  habían arrancado la  techumbre. En la  cuadra,  en los  pesebres vacíos,  los ratones campaban a sus anchas. La segadora de hierba se cubría de herrumbre  en el cobertizo.

Los caballos se los habían llevado los cosacos consigo en el momento  de la retirada; los pocos que quedaban los requisaron los rojos, y el último, un animal de pelo largo y grandes orejas, que los soldados rojos habían dejado en cambio, en el otoño lo compraron, en un abrir un cerrar de ojos, los hombres de Majnó. Al abuelo le dieron un par de vendas de la infantería inglesa.

—¡Que   pase  a  nuestro  poder!  —había  dicho, guiñando,  un servidor  de  ametralladora  de

Majnó—. ¡Te vendrán muy bien estas vendas!....

El fruto de decenas de años de trabajo se convirtió en ceniza. No sentía deseos de hacer nada. Al llegar    la  primavera  —cuando  la  estepa  se  extendía   desierta  entre  las  barrancas,  sumisa  y lánguida—, la tierra llamaba al abuelo, le llamaba por las noches con voz imperiosa que nadie podía oír. Él, incapaz de resistir, uncía los bueyes al arado, acudía, dejaba en la estepa la huella del acero, fecundaba la entraña insaciable de la tierra negra con gruesos granos de trigo.

Entretanto, venían los cosacos de la orilla del mar y del otro lado del mar, pero ninguno de ellos había visto a Petró. Habían servido en otros regimientos, habían estado en otros lugares —¿acaso es pequeña Rusia?—, pero los compañeros de Petró habían muerto  en un combate contra el destacamento de Zhlobin, en alguna parte del Kubán.

Con la vieja, Gavrila no hablaba casi nada del hijo.

De noche la oía llorar, con la cabeza en la almohada, y sorberse las lágrimas.

—¿Te pasa algo, vieja? —preguntaba, carraspeando. Ella tardaba un poco en contestar:

—Debe  de ser el tufo... Parece que me duele la cabeza. Sin dar a entender que comprendía  la causa, él le aconsejaba:

—Toma agua salada de los pepinos. ¿Quieres que vaya a buscarla al sótano?

—Duérmete.  Se me pasará así...

Y el silencio volvía a trenzar  en la casa el invisible encaje de su telaraña. La luna se asomaba desvergonzadamente  a la ventana, contemplando el dolor ajeno, la congoja de una madre.

Con todo y con eso, esperaban y confiaban en la vuelta del hijo. Cuando Gavrila mandó curtir las pieles de oveja, dijo a la vieja:

—Tú y yo podremos pasar con lo que tenemos, pero Petró ¿qué se va a poner cuando venga? Se acerca el invierno, hay que hacerle una pelliza.

 

 

 

La pelliza fue cosida de la talla de Petró y quedó guardada en el arca. También le prepararon un par de botas altas para las faenas de la casa, para limpiar la cuadra. El abuelo guardaba la guerrera de paño azul con tabaco, para que la polilla no la estropease. Y mató un cordero recién nacido, con la piel del cual hizo un gorro, destinado al hijo, que colgó de un clavo. Al entrar en la casa, lo miraba y se figuraba que Petró iba a salir del cuarto y preguntaría, sonriente: «¿Hace frío ahí fuera, padre?»

Dos días después de esto, a la caída de la tarde, se acercó a recoger los animales. Puso heno en los pesebres, quería sacar agua del pozo, pero se dio cuenta de que había olvidado las manoplas en la casa. Volvió a buscarlas y, al abrir la puerta, vio que la vieja, de rodillas junto al banco, apretaba contra su pecho el gorro que Petró no había llegado a estrenar, lo mecía como cuando se duerme a un niño...

Sus ojos se nublaron, arrojóse como una fiera sobre ella, la tiró al suelo y rugió, tragándose la espuma de los labios:

—¡Deja eso, imbécil!.... ¡Déjalo! ¿Qué estás haciendo?

Le arrancó el gorro de las manos, lo metió en el arca y cerró con candado. Pero, desde aquel día, tenía observado que el ojo izquierdo de la vieja sufría un tic nervioso y su boca estaba torcida.

Pasaron los días y las semanas, siguió corriendo el agua por el Don, siempre presurosa, de un verde transparente en esa época de otoño.

Aquel día se habían helado las orillas del río. Por la stanitsa cruzó una bandada tardía de gansos salvajes.  Al  anochecer, el  mozo de los  vecinos  llegó  corriendo  en  busca  de  Gavrila.  Ante las imágenes se santiguó con prisa.

—Buenas tardes.

—Muy buenas.

—¿Has oído la noticia, abuelo? Prójor Lijovídov ha llegado de Turquía.  ¡Servía en el mismo regimiento que vuestro Petró!

Gavrila se puso en marcha  sin oír más, sofocado por la tos y la rapidez de su paso. Prójor no estaba en casa: había ido a ver a su hermano,  que vivía en un jútor, afirmando que al día siguiente estaría de vuelta.

Aquella noche Gavrila no pudo cerrar los ojos, atormentado por el insomnio.

Antes de amanecer encendió la lamparilla y se puso a remendar unas botas de fieltro.

La mañana —de una palidez enfermiza— dejaba llegar desde los azules rojizos de levante una luz mortecina.  La luna  lucía  en  medio  del  cielo  sin  fuerzas  para caminar  hasta la  nubecilla  y esconderse durante el día.

 

* * *

 

Era la hora del desayuno. Gavrila miró a la ventana y en voz baja, sin comprender la causa, dijo:

—¡Prójor viene!

Su  aspecto  era  el  de  un extraño, no se  parecía  en  nada  a  un cosaco.  Unas  botas  inglesas claveteadas chirriaban en sus pies. El abrigo, de forma extraña y, a juzgar por todo, no cosido para él, le sentaba como un saco.

—¡Buenos días, Gavrila Vasílich!

—¡Buenos días, veterano!.... Pasa y siéntate.

Prójor se quitó el gorro, saludó a la vieja y tomó asiento en el banco.

—¡Buen tiempo se nos ha venido encima!.... Hay tanta nieve que es imposible dar un paso...

—Sí,  este año ha nevado  pronto,..  Por  esta época, en otros  tiempos  sacábamos  el  ganado  a pastar.

Un penoso silencio se hizo a continuación. Gavrila, indiferente y firme al parecer, dijo:

—Has envejecido en el extranjero, mozo.

—Las cosas no han sido como para rejuvenecer, Gavrila Vasílich —sonrió Prójor.

 

 

 

La vieja trató de preguntar:

—Nuestro Petró...

—¡Cállate, mujer! —gritó severamente Gavrila—. Deja que entre en calor... Tienes tiempo de... preguntar. Volviéndose hacia el visitante, prosiguió.

—Y bien, Prójor Ignátich, ¿cómo ha marchado vuestra vida?

—Es poco lo que yo puedo contar. He llegado a casa como  el perro al que le hubieran partido una pata. Y aún puedo dar gracias a Dios.

—Ya... ¿Quiere decirse que la vida era mala con los turcos?

—Apenas si salíamos adelante con gran esfuerzo. —Prójor repiqueteó en la mesa con las yemas de los dedos—.  Pero a ti, Gavrila Vasílich, te encuentro  mucho  más viejo. Tienes todo el pelo blanco... ¿Cómo os va con el poder soviético?

—Espero al hijo... él cuidará de nosotros en nuestra vejez... —sonrió forzadamente Gavrila. Prójor  se apresuró  a mirar  a otro lado.  Gavrila  lo observó  así y preguntó  en tono brusco  y

abierto:

—Di, ¿dónde está Petró?

—¿No habéis oído nada?

—Son muchas las cosas que hemos oído —le interrumpió Gavrila.

Prójor apretó entre los dedos los sucios flecos del mantel. Tardó cierto tiempo en empezar:

—En enero,  creo...  Sí, en enero se encontraba  nuestra sotnia en las inmediaciones de Novorossiisk...  Es una ciudad  que  hay  a orillas  del  mar...  Pues bien,  estábamos  allí,  como de costumbre...

—¿Es que lo han matado?... —preguntó  Gavrila inclinándose hacia delante, con un soplo de voz.

Prójor, sin levantar la vista, calló como si no hubiera oído la pregunta.

—Estábamos allí,  los  rojos  trataban  de abrirse  paso hacia  las  montañas  para unirse  con los verdes. El jefe de la sotnia designó  a él, a vuestro  Petró,  para un servicio de reconocimiento... Nuestro jefe era el podesaúl1 Senin... Entonces fue la cosa... ¿Comprendéis?...

Junto al horno, un puchero de hierro chocó sonoramente con el suelo al caer. La vieja, secándose las manos, se dirigió a la cama. Un grito se le escapó de la garganta.

—¡No llores! —atronó, amenazador, Gavrila, y apoyándose con los codos en la mesa, mirando fijamente a Prójor, cansado y lento, articuló—: ¡Ea, termina!

—¡Lo mataron!.... —gritó Prójor, y se puso en pie, buscando el gorro en el banco—. Mataron  a Petró a sablazos... allí quedó tendido... Se habían detenido junto a un bosque para dar un descanso a los caballos, él había aflojado la cincha al suyo cuando los rojos se les vinieron encima por la parte del bosque... —Prójor pronunciaba trabajosamente las palabras, sus manos temblorosas estrujaban

el  gorro—. Petró  se agarró  del  arzón  y la  silla  dio la  vuelta,  quedando debajo  de la  tripa  del

caballo... El animal era muy fogoso... no lo pudo sujetar, se quedó atrás... ¡Y eso es todo!....

—¿Y si yo no lo creo?... —dijo Gavrila separando mucho las palabras. Prójor, sin mirar a los lados, se dirigió presuroso a la puerta.

—Como quiera, Gavrila Vasílich, pero  es cierto... Le digo la verdad... La pura verdad... Lo vi con mis propios ojos...

—¿Y si yo no lo quiero creer? —gritó Gavrila con voz ronca, congestionado. Sus ojos se habían llenado de sangre y de lágrimas. Rasgó el cuello de su camisa y con el pecho, velludo por delante, se acercó a Prójor, intimidado, gimió y echó atrás la cabeza, empapada en sudor—.  ¿Qué ha muerto mi único hijo?  ¿El  que  iba  a  ser  nuestro  sustento?—  ¿Mi  Petka?  ¡Mientes,  hijo de  perra!....

¡Mientes!.... ¿Lo oyes? ¡Mientes! ¡No lo creo!....

Aquella noche se echó la pelliza sobre los hombros, salió al patio y, haciendo crujir la nieve con las botas de fieltro, se dirigió a la era y se detuvo ante un almiar.

 

 

1 Subcapitán de las tropas cosacas.

 

 

 

El viento  soplaba  desde  la  estepa,  convirtiendo  en  polvo la  nieve.  La  oscuridad,  negra  e imponente, se amontonaba  en los arbustos pelados de los guindos.

—¡Hijo! —llamó Gavrila a media voz. Esperó un poco y sin moverse, sin volver la cabeza, repitió la llamada—: ¡Petró! ¡Hijo!

Luego se tumbó cuan largo era en la nieve pisoteada, al pie del almiar, y cerró pesadamente los párpados.

En la stanitsa se hablaba de cupos de entrega, de las bandas que venían de la parte baja del Don. En el comité ejecutivo, durante las asambleas, se comunicaron al oído las noticias, pero el abuelo Gavrila no había pisado ni una sola vez los desencajados peldaños del portal del comité ejecutivo, cosa de la que no sentía necesidad alguna, y por eso era mucho  lo que no oía y mucho lo que no sabía. Le pareció algo del otro mundo cuando un domingo, después de la misa, el presidente se presentó en su casa acompañado de otros tres, vestidos con cortas pellizas amarillas y armados de fusiles,

El presidente apretó la mano de Gavrila y de súbito, como un mazazo en la nuca, preguntó:

—Di la verdad, abuelo: ¿tienes grano guardado?

—¿Qué crees, que nos da de comer el Espíritu Santo?

—No lo tomes a broma y di: ¿dónde está el grano?

—En el granero, ¿dónde iba a estar?

—Llévanos.

—¿Se puede saber qué tenéis que ver vosotros con mi grano?

El que parecía el jefe, un hombre alto y rubio, dijo, golpeando el suelo helado con los tacones:

—Los excedentes los recogemos en favor del Estado. Los cupos de entrega. ¿No has oído hablar de eso, padre?

—¿Y si no quiero darlo? —gruñó Gavrila, montando en cólera.

—¿Si no lo das? ¡Lo cogeremos sin tu permiso!....

Después de cambiar impresiones en voz baja con el presidente, se metieron en los montones de grano, dejando en el trigo limpio, de un color oro bronceado la nieve pegada a las suelas. El rubio encendió un cigarrillo y decidió:

—Le dejaremos lo necesario para sembrar y para el consumo de la familia, el resto nos lo llevaremos. —Con una mirada de experto calculó la cantidad de grano y se volvió hacia Gavrila—:

¿Cuántas desiatinas vas a sembrar?

—¡Sembraré la calva del diablo! —gritó con voz ronca Gavrila, rompiendo a toser  y contrayendo convulsivamente la cara—. ¡Lleváoslo, malditos!.... ¡Todo  es vuestro!....

—No te acalores, abuelo Gavrila, cálmate —trató de apaciguarle el presidente.

— ¡Ojalá reventéis con un trigo que no es vuestro!.... ¡Coméoslo todo!....

El rubio se desprendió del bigote un pequeño carámbano medio derretido, atravesó a Gavrila con una mirada burlona y dijo con una sonrisa tranquila:

—¡Tú, padre, no des esos brincos! Los gritos no te servirán para nada. ¿Te han pisado el rabo, que chillas tanto?... —y arrugando las  cejas  elevó bruscamente el tono—: ¡No muevas tanto la lengua!.... Si la tienes demasiado larga, muérdetela. ¿Sabes lo que eso puede costarte?... —Dio una palmada en la funda amarilla de la pistola, colgada de la correa que le cruzaba el pecho, y ya en tono más suave añadió—: ¡Hoy mismo deberás llevarlo al centro de recepción!

El viejo no se asustó, pero la voz segura y clara le hizo callar. Comprendió que, en efecto, los gritos no le servirían para nada. Hizo un gesto de resignación y se alejó hacia el portal. No había llegado a la mitad del patio cuando se estremeció al escuchar un grito furioso y ronco:

—¿Dónde están los de las requisas?

Gavrila volvió la cabeza: al otro lado de la cerca, un jinete trataba de dominar su montura, que caracoleaba  nerviosa.  El presentimiento  de algo  extraordinario  le  produjo un vivo temblor  por debajo de las rodillas. Antes de que pudiera abrir la boca, el jinete, al ver al grupo reunido en la

 

 

 

puerta  del  granero,  detuvo  el  caballo  de  un brusco  tirón de  la  brida  y, con un movimiento imperceptible, se descolgó el fusil del hombro.

Resonó el disparo. En el silencio que a continuación se hizo en el patio, pudo oírse el ruido seco del cerrojo. La vaina saltó con un breve zumbido.

El desconcierto pasó: el rubio, pegado en el marco de la puerta, sacó con mano insegura —con un movimiento terriblemente largo— la pistola de la funda. El presidente, inclinándose como una liebre, atravesó el patio en dirección a la era. Uno de los del grupo de requisas, rodilla en tierra, vació el cargador  de su carabina contra el gorro negro que bailoteaba al otro lado de la cerca. El patio  se llenó  con el  chisporroteo  de los  disparos.  Gavrila separó con un esfuerzo  los  pies  que parecían haberse pegado en la nieve, y emprendió un trote pesado hacia el portal. Volvió la cabeza y vio que los tres de las pellizas, cada uno por su cuenta, hundiéndose en los montones de nieve, corrían hacia la era, mientras que por el portón, hospitalariamente abierto de par en par, entraban otros hombres montados.

El que marchaba  al  frente,  con un gorro kubanés y jinete en un potro alazán,  con el  tronco ladeado y los hombros encogidos, se inclinó sobre el arzón  e hizo girar el sable sobre su cabeza. Delante  de  Gavrila  flotaron,  como alas  de  cisne,  las  puntas  de  su blanco  capuchón. La  nieve levantada por los cascos de la montura, le saltó a la cara.

Gavrila recostado sin fuerzas en las molduras del portal, vio que el potro alazán, después de tomar carrera, saltaba la cerca y se encabritaba cerca del almiar ya empezado de paja de cebada, mientras que el del Kubán, inclinándose sobre la silla, descargaba sablazos contra uno de los del grupo de requisas, que se retorcía convulsivamente...

En la era  se produjo  un confuso  clamor,  un gran movimiento, sobre el que  se alzó  un grito prolongado desgarrador. Poco después retumbaba un disparo aislado. Las palomas, antes asustadas por el tiroteo y que de nuevo se habían posado en la techumbre del cobertizo, remontaron el vuelo, elevándose como perdigones violáceos. En la era, los jinetes echaron pie a tierra.

El repique de las campanas se extendía  infatigable por la stanitsa. Pasha —el tonto del lugar— había subido a la torre de la iglesia y en sus cortos alcances, hacía sonar todas las campanas, con lo que en vez de rebato resultaba una danza pascual.

El del  Kubán  se acercó a Gavrila  con el  blanco  capuchón  caído  sobre las  espaldas.  Un tic nervioso se había apoderado de su cara, acalorada y sudorosa; las comisuras de sus labios pendían mojadas de saliva.

—¿Tienes avena?

Gavrila se separó dificultosamente del portal. La profunda impresión de lo que acababa de ver le impedía articular la menor palabra.

—¿Te has quedado sordo, demonio? Te pregunto que si tienes avena. ¡Trae un saco!

Apenas si había tenido tiempo de llevar el caballo al comedero  cuando en el portón apareció otro.

—¡A montar!.... La infantería baja por la loma...

El del Kubán lanzó una imprecación, volvió a embridar el potro,  bañado en sudor, y durante largo  rato frotó con nieve  el  puño de su manga  izquierda,  muy manchado  de algo  de un rojo intenso.

Del patio salieron cinco. Sobre el borrén de la silla del último Gavrila acertó a ver la pelliza amarilla del rubio, que presentaba unos dibujos de sangre.

 

 

 

* * *

 

Hasta la  caída de la  tarde no cesaron de oírse  los  disparos  al  otro lado  de la  loma,  en una barranca cubierta de espinos.

 

 

 

Como un perro apaleado, el silencio se extendía  humillado por la stanitsa. Ya había venido la luz del crepúsculo cuando Gavrila se decidió a ir a la era. Cruzó el portillo abierto y lo primero que vio fue al presidente, que, con la cabeza inclinada, colgaba de la cerca donde las balas le habían alcanzado. Sus manos parecían alargarse hacia el gorro, caído al otro lado de la cerca.

No lejos de un almiar sobre la nieve cubierta de restos de comida y de paja, estaban los tres del grupo de requisas, en paños menores. Los habían colocado uno junto a otro. Y al mirarlos, Gavrila no sintió  ya en el  corazón, estremecido  de horror, el  rencor  que se anidaba en él  desde por la mañana. Le  parecía algo  irreal,  un sueño, que en la  era donde  constantemente  merodeaban  las cabras del vecino, removiendo los montones  de paja, hubiese ahora unos hombres  destrozados  a sablazos. Y de ellos, de los circulitos de sangre espumosa y coagulada, se desprendía ya un olor a muerto...

El rubio yacía con la cabeza en una posición violenta. A no ser por aquella cabeza pegada contra la nieve, hubiera podido pensarse que se había tumbado  a descansar: tan descuidadamente estaban recogidas sus piernas una sobre otra.

El segundo, mellado y de bigote negro, estaba doblado sobre sí mismo, con la cabeza entre los hombros, y mostraba los dientes en una sonrisa indomable y de odio. El tercero, con la cabeza oculta entre la paja, parecía nadar sobre la nieve: tanta fuerza y tanta tensión había en el impulso muerto de sus brazos.

Gavrila se inclinó sobre el rubio y al mirar su cara ennegrecida se estremeció de piedad: ante él tenía  a un mozalbete de unos diecinueve años, y no al  comisario  de abastos de mirada seria  y punzante. Bajo el vello amarillento del bigote su labio estaba cubierto por la escarcha y recogido en un pliegue de dolor. A lo largo de la frente le negreaba una arruga profunda y severa.

Sin motivo alguno que le guiase, tocó el pecho desnudo y la sorpresa le hizo echarse atrás:  a través del frío helado la mano sintió un calor que se apagaba...

La vieja lanzó un grito de asombro, hizo la señal de la cruz y retrocedió hacia el horno cuando

Gavrila jadeando trajo a espaldas el cuerpo rígido y negro de sangre.

Lo puso en el banco, lo lavó con agua fría y hasta que no pudo más, hasta que quedó bañado en sudor, le friccionó las piernas, los brazos y el pecho con una basta media de lana. Aplicó el oído al pecho,  de  una  frialdad  repulsiva,  y pudo percibir  los  latidos  débiles  y sordos,  entre  largas intermitencias, del corazón.

 

* * *

 

Cuatro días estuvo en el cuarto sin perder su palidez azafranada de cadáver. Una herida con los bordes cubiertos de sangre seca le cruzaba la frente y la mejilla. El pecho, fuertemente vendado, hacía subir y bajar la sobrecama al aspirar el aire entre continuos estertores.

Cada día, el abuelo Gavrila le metía en la boca su dedo agrietado y cubierto de callos. Con la punta  del  cuchillo, cuidadosamente,  le  separaba  los  dientes,  apretados  con fuerza,  y la  vieja, utilizando un canuto, le daba de beber leche caliente y caldo de huesos de cordero.

El cuarto día por la mañana las mejillas del rubio habían recobrado el color. Hacia las doce se removió como una mata de espino blanco abrasado por la helada, un estremecimiento sacudió su cuerpo y bajo la camisa se cubrió de un sudor frío y pegajoso.

A partir de entonces  empezó  a delirar, pronunciaba en voz baja frases inconexas y trataba de tirarse de la cama. El abuelo Gavrila y la vieja se turnaban día y noche a la cabecera.

Durante las largas noches de invierno cuando el viento del Este soplaba desde el otro lado del Don, revolviendo el cielo ennegrecido y extendiendo sobre la stanitsa unas nubes frías  y bajas, Gavrila no se separaba  del herido, con la cabeza caída sobre el pecho y atento  a los delirios del mozo, que no cesaba de hablar con el acento extraño de las gentes del Volga. Los ojos del abuelo contemplaban  largamente  el  bronceado  triángulo  que  el  sol  había  marcado  en  el  pecho,  los párpados azulinos de los ojos cerrados enmarcados por unas herraduras violáceas. Y cuando de los

 

 

 

labios descoloridos fluían largos gemidos, una corta voz de mando o soeces imprecaciones y su cara quedaba desfigurada por la cólera  y el dolor, las lágrimas se amontonaban   en el pecho de Gavrila. En aquellos momentos un sentimiento subrepticio de piedad se apoderaba de él.

Gavrila veía  que cada día,  cada noche  pasada en vela, la vieja palidecía  y se consumía   a la cabecera de la cama; advertía las lágrimas en sus mejillas aradas por las arrugas y comprendía — mejor dicho, su corazón sentía— que el amor de ella a Petró, al hijo muerto, se trasvasaba como un incendio a este hijo de otros que permanecía inmóvil después de haber sido besado por la muerte...

En cierta ocasión se acercó  a la casa el jefe de un regimiento de paso por el lugar. El caballo lo dejó en el portón, al cuidado del ordenanza, y subió de un salto los escalones del portal, haciendo sonar el sable y las espuelas. Ya en el cuarto se descubrió y permaneció largo rato, silencioso, ante la cama. Por la cara del  herido  cruzaban  unas sombras pálidas;  de sus labios,  abrasados por la fiebre,  fluía una gotita de sangre. El jefe meneó la cabeza, prematuramente  encanecida,  y dijo, mirando por encima de los ojos de Gavrila:

—¡Cuida de nuestro camarada, viejo!

—¡Lo cuidaremos! —contestó Gavrila con firmeza.

Corrieron los días y las semanas. Pasaron las Navidades. El decimosexto día el rubio abrió por primera vez los ojos, y Gavrila oyó una voz como de una telaraña al romperse:

—¿Eres tú, viejo?

—Sí.

—Me dejaron bueno, ¿eh?

—¡Dios no quiera que eso se repita!

En la mirada, diáfana e inasequible, percibió Gavrila una sonrisa irónica, pero simple y sin el menor rencor.

—¿Y los muchachos?

—A ésos... los enterraron en la plaza.

El mozo pasó los dedos por el cubrecama y desvió la mirada a las tablas sin pintar el techo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Gavrila.

Los párpados azules, cruzados por finas venitas, se cerraron  fatigosamente.

—Nikolai.

—Nosotros  te vamos a llamar Petró... Teníamos un hijo... Petró... —explicó Gavrila.

Quiso preguntar algo más después de unos momentos  de reflexión, pero al escuchar la respiración  regular,  por la  nariz,  se apartó  de  puntillas,  abriendo  los  brazos  para mantener  el equilibrio.

 

* * *

 

La vida volvía a él lentamente como con desgana. Al cabo de un mes apenas si levantaba la cabeza de la almohada, en la espalda le habían salido llagas.

Cada día, Gavrila sentía con terror que su cariño hacia el nuevo Petró crecía y echaba raíces, mientras que el recuerdo del suyo propio palidecía y se enturbiaba lo mismo que el reflejo del sol poniente en el vidrio de las ventanas de la casa. Se esforzaba en volver a la congoja y al dolor de antes, pero  el  pasado  se retiraba  cada vez  más, y eso le  producía  a Gavrila  un sentimiento  de vergüenza y de embarazo.  Se iba a la cuadra pasaba allí horas enteras trabajando, pero al recordar que a la cabecera de Petró  estaba la vieja sin separarse, experimentaba un sentimiento de celos. Volvía a la casa, se quedaba  en silencio ante la cama, arreglaba con dedos torpes la funda de la almohada y, al percibir la mirada de enfado de la vieja, se sentaba humildemente en un banco y se quedaba quieto.

La vieja daba de beber a Petró grasa de marmota  e infusiones de hierbas medicinales cogidas en primavera, en la floración de mayo. Fuera por esto, fuera porque la juventud prevalecía sobre la extenuación, el caso es que las heridas cicatrizaron, la sangre volvió a las rellenas mejillas y sólo el

 

 

 

hueso del brazo derecho, roto de un sablazo cerca del hombro,  se resistía a unirse debidamente:

parecía que ese brazo no podría trabajar más en toda su vida.

No obstante, en la segunda semana de cuaresma,  Petró se sentó en la cama sin ayuda ajena y, sorprendido de su propia fuerza, dejó ver una sonrisa larga e incrédula.

Aquella noche, sin cesar en sus toses sobre el horno, Gavrila preguntó en voz baja:

—¿Duermes, vieja?

—¿Qué quieres?

—Nuestro mozo levanta cabeza... Mañana saca del arca los calzones de Petró... Prepárale toda la ropa... No tiene nada que ponerse.

—¡No hace falta que me lo digas! Hoy la he sacado.

—Sí que eres lista... ¿Y la pelliza, también?

—¡No va a ir el mozo a cuerpo!

Gavrila dio una vuelta en el horno,  estaba a punto de conciliar el sueño, pero recordó algo y, con aire de triunfo, levantó la cabeza:

—¿Y el gorro? ¿A qué has olvidado el gorro, vieja gallina?

—¡Déjame en paz! Has pasado junto a él cuarenta veces y no lo has visto. ¡Ya hace dos días que está colgado del clavo!

Gavrila tosió enfadado y quedó mudo.

La primavera, pronta, empezaba ya a atormentar  el Don. El hielo se había ennegrecido, como comido por los gusanos y parecía esponjoso. Las alturas se habían  quedado  calvas. La nieve se había retirado  de la  estepa  a las  barrancas  y quebradas. Las orillas  bajas  habían desaparecido, inundadas  por la  soleada  crecida.  Desde la  estepa el  viento  traía  generosamente los  olores  del resucitado amargor del ajenjo.

Eran los últimos días de marzo.

 

* * *

 

—¡Hoy me voy a levantar, padre!

Aunque todos los soldados rojos, al cruzar el umbral de la casa de Gavrila y mirar sus blancos cabellos le llamaban padre, esta vez el viejo sintió en el tono de la voz un matiz de cariño. Fuera una impresión suya o fuera que, en efecto, Petró hubiese puesto en esta palabra una ternura filial, el caso  es  que  Gavrila  enrojeció  intensamente,  tuvo un golpe  de  tos  y, disimulando  su  alegre turbación, balbució:

—Hace  más de dos meses que estás en la cama... ¡Ya es hora, Petia!

Petró salió al portal, moviendo rígidamente las piernas como si caminase con zancos:  a punto estuvo de ahogarle la abundancia de aire que el viento hacía entrar  en sus pulmones. Gavrila le sujetaba por detrás mientras que la vieja, sin poder estarse quieta en la puerta,  se limpiaba con las puntas del pañuelo las lágrimas.

Al pasar por delante del techo hirsuto del granero, el hijo adoptivo, Petró, preguntó:

—¿Llevaste entonces el trigo?

—Sí... —gruñó Gavrila de mala gana.

—¡Hiciste bien, padre!

Y de nuevo, la palabra «padre» caldeó el pecho de Gavrila.

Todos los días, Petró daba un paseo por el patio, cojeando y apoyándose en un bastón. Y por todos los sitios —por la era, en el cobertizo, por dondequiera que fuese— la mirada inquieta de Gavrila buscaba al nuevo hijo. ¡Podía tropezar y caerse!

Entre ellos no hablaban mucho, pero sus relaciones eran simples y plenas de afecto.

En una ocasión,  dos  días después de que  Petró  saliera  por primera  vez al  patio,  Gavrila  le preguntó antes de dormirse, mientras se acomodaba sobre el horno:

—¿De dónde eres, hijo?

 

 

 

—De los Urales.

—¿Campesino?

—No, obrero.

—¿Cómo se entiende eso? ¿Tenías un oficio por el estilo de zapatero o alfarero?

—No, padre. Trabajaba en la fábrica. En una fundición de hierro. Desde que era pequeño.

—¿Y cómo pasaste a lo de la requisa de grano?

—Estaba en el ejército y desde allí me mandaron.

—Eras el jefe, ¿verdad?

—Sí.

No era fácil la pregunta, pero la hizo:

—¿Eres del partido?

—Sí, soy comunista —contestó Petró con una sonrisa limpia.

Y esta sonrisa tan simple quitó todo cuanto para Gavrila había de terrible en la extraña palabra. La vieja, aguardando la ocasión, preguntó vivamente:

—¿A quién tienes de familia, Petiushka?

— ¡A nadie!.... ¡Soy solo como la luna en el cielo!....

—¿Murieron tus padres?

—Era  pequeño, cuando tenía siete años... A mi padre lo mataron  en una riña de borrachos,  y desde entonces mi madre anda por ahí...

—¡La muy hija de perra! ¿Te abandonó, entonces?

—Se fue con un contratista, yo me hice hombre en la fábrica. Gavrila se incorporó en el horno, quedando con los pies colgando.

Después de un largo silencio dijo, despacio y articulando claramente las palabras:

—Pues bien, hijo; si no tienes familia, quédate con nosotros... Tuvimos un hijo, en recuerdo suyo te llamamos a ti Petró. Lo teníamos,  pero  eso se acabó, la vieja y yo nos hemos quedado solos... Tú nos has hecho padecer mucho,  acaso por eso te hemos tomado cariño. Aunque no eres de nuestra sangre, te queremos como si fueras hijo nuestro... ¡Quédate! La tierra nos dará de comer; aquí, en el Don, es fecunda, generosa. Te equiparemos, te casaremos. Yo ya he hecho bastante, llevarás tú la hacienda. Me conformo con que respetes nuestra vejez y no nos niegues un pedazo de pan hasta la hora de nuestra muerte... No dejes a estos viejos, Petró...

Detrás del horno el grillo mantenía su canción, crepitante y triste. Las maderas de las ventanas gemían movidas por el viento.

—La vieja  y yo ya hemos empezado a buscarte novia... —Gavrila,  con una alegría fingida, guiñó un ojo, pero sus labios temblorosos se arrugaron  en una triste sonrisa.

Petró, sin levantar los ojos del suelo, tamboreaba secamente en el banco con la mano izquierda. Eso producía un sonido turbador y cortado: ¡tuc-tic-tac! ¡tuc-tic-tac! ¡tuctic-tac!....

Parecía meditar la respuesta. Y ya decidido, cortó el tamboreo sacudiendo la cabeza:

—Yo, padre, me quedaré muy contento, pero tú mismo ves que como trabajador no seré gran cosa... ¡Este brazo no acaba de arreglarse el maldito! Pero trabajaré tanto como pueda. Me quedaré el verano y después veremos.

—¡Entonces puede que te decidas a quedarte para siempre! —concluyó Gavrila.

La rueca, movida por el pie de la vieja, zumbó alegremente, devanando  en la rueda el fibroso hilo de lana.

¿Entonaba una canción de cuna ese zumbido pausado y adormecedor? ¿Prometía una vida libre y desahogada? Nadie hubiera podido decirlo.

 

* * *

 

A la primavera siguieron días abrasados por el sol, envueltos en el polvo gris de la estepa. El buen tiempo se había asegurado. El Don, turbulento como en plena juventud, se hinchaba en ondas

 

 

 

de blanca cresta. El agua de la crecida había inundado los patios de las afueras de la stanitsa. Las tierras bajas, de un verde blanquecino, saturaban el viento con el color a miel de los álamos en flor; al amanecer  se teñía  de rosa la charca de la pradera, cubierta de flores caídas de los manzanos silvestres. Durante las noches los relámpagos se hacían  guiños, como si fuesen doncellas, y esas noches eran cortas como el chispazo de fuego de los relámpagos. Los bueyes no tenían tiempo de descansar después de la larga jornada de trabajo. Los animales, en plena muda y con el costillar perfectamente señalado, pastaban en el prado.

Gavrila  y Petró estuvieron  una  semana  en  la  estepa. Araban,  pasaban la  grada, sembraban, dormían bajo el carro y se tapaban con un mismo capotón, pero ni una sola vez habló Gavrila de las hondas raíces que el nuevo hijo había echado en él. El rubio, alegre y trabajador, suplantaba la imagen del difunto Petró. A éste lo recordaba cada vez menos. A la hora del trabajo no había lugar para entregarse a los recuerdos.

Los días transcurrían con paso furtivo, sin darse cuenta. Llegó la siega de hierba.

Un día, desde primera hora de la mañana, Petró había estado entretenido con la segadora. Con gran asombro de Gavrila, arregló en la herrería las cuchillas y cambió las aspas, que se habían roto, construyendo otras nuevas. Al anochecer fue al comité ejecutivo, de donde le habían llamado para una reunión. En este tiempo, la vieja, que había ido por agua, trajo de correos una carta. El sobre estaba  sucio,  era vieja  y en  él  venían las  señas de  Gavrila  con la  indicación:  para entregar  al camarada Nikolai Kosij.

Presa de una vaga inquietud, Gavrila dio largamente vueltas al sobre: las señas estaban escritas en caracteres grandes y poco claros, con lápiz tinta.

Lo levantó y miró al trasluz, pero el sobre guardaba celosamente su secreto, y Gavrila sintió, sin poderse dominar, una cólera creciente contra aquella carta que venía a turbar la paz a que tanto se había acostumbrado.

Por un instante  se  le  ocurrió una idea:  romperla,  pero lo pensó  mejor  y decidió  entregarla. Esperó a Petró en el umbral con la noticia.

—Ha venido carta para ti, hijo.

—¿Para mí? —se extrañó éste.

—Sí, para ti. ¡Ve a leerla!

Gavrila encendió la luz y con mirada aguda, escrutadora, siguió la alegría reflejada en el rostro de Petró al leer la carta. Sin poderse contener, preguntó:

—¿De dónde es?

—De los Urales.

—¿Quién te escribe? —curioseó la vieja.

—Los compañeros de la fábrica. Gavrila se puso en guardia.

—¿Qué te dicen?

Los ojos de Petró se oscurecieron, se apagaron. Contestó sin ganas:

—Me llaman a la fábrica... Quieren ponerla en marcha. Desde el diecisiete estaba parada...

—¿Cómo es eso?... ¿Quiere decirse que te vas? —preguntó  con voz sorda Gavrila.

—No lo sé...

—¿Qué puedes ayudar tú? Es muy poco lo que puedes hacer con ese brazo.

—¡No digas esas cosas, padre! ¡Allí cada mano es preciosa!

—No quiero retenerte. Puedes irte... —explicó Gavrila, sobreponiéndose—. Pero a la vieja debes engañarla...  dile  que  volverás...  Que  estarás allí  algún  tiempo  y volverás...  De lo contrario  se moriría de pena... Tú eres lo único que teníamos...

Y agarrándose a la última esperanza, añadió a media voz, respirando con dificultad:

—¿Y si de veras volvieses? ¿Eh? ¿No te compadeces de nuestra vejez?...

 

* * *

 

 

 

 

Petró parecía cargado de espaldas, se había quedado amarillo. De noche, Gavrila le oía suspirar y dar vueltas  en la  cama. Después de mucho  meditar,  comprendió  que Petró no viviría mucho tiempo en la stanitsa, que su arado no removería  más la tierra negra de la estepa. La fábrica, que había dado de comer a Petró, tarde o temprano  se lo quitaría, y de nuevo vendrían los días negros, triste y selváticos. Gavrila habría desmantelado ladrillo a ladrillo la odiada fábrica, la habría borrado de la faz de la tierra hasta que en aquel lugar creciesen la ortiga y el lampazo...

Al tercer día de la siega de hierba, en una ocasión en que habían acudido a beber un trago al sitio donde acampaban, Petró empezó a hablar:

—¡No puedo quedarme, padre! Me voy a la fábrica... Tira de mí, no da paz a mi alma...

—¿Vives mal acaso?...

—No es eso... La fábrica es mía:  cuando  llegó Kolchak la defendimos durante diez días. En cuanto la ocuparon, los de Kolchak ahorcaron a nueve de los nuestros. Y ahora los obreros que han vuelto del ejército se disponen a ponerla en pie... Pasan hambre ellos y sus familias, pero trabajan...

¿Cómo me voy a quedar aquí? ¿Y la conciencia?...

 

* * *

 

El carro rechinaba,  los  bueyes avanzaban con paso  desigual,  la  esponjosa  creta  se deshacía rumorosa bajo las ruedas. El camino, que serpenteaba a lo largo del Don, torcía a la izquierda junto a una capillita. Desde la curva se veían las iglesias de la cabeza del distrito y el caprichoso bordado verde de los huertos.

Gavrila, que no cesaba de hablar en todo el camino, trató de sonreír.

—En este mismo lugar hace tres años se ahogaron en el Don unas mozas. Por eso está la cruz — y señaló con el mango del látigo la triste cúpula de la capillita—. Aquí nos despediremos. Más adelante  no hay camino,  ha habido  un desprendimiento.  Desde aquí  habrá  una versta  hasta la stanitsa, llegarás poco a poco.

Petró  se aseguró  la bolsa de las provisiones y bajó del carro. Conteniendo a duras  penas los sollozos, Gavrila tiró al suelo el látigo y alargó las manos temblorosas.

—¡Adiós, hijo!.... La claridad del sol se oscurecerá  para nosotros  sin ti... —Y contrayendo la cara, crispada por el dolor y bañada por las lágrimas, bruscamente, levantó la voz hasta convertirla en grito—. ¿No has olvidado los bollos, hijo? La vieja los ha hecho para ti... ¿Los has olvidado?...

¡Bueno, adiós!.... ¡Adiós, hijo!....

Petró, cojeando, se alejó casi corriendo por el estrecho borde del camino.

—¡A ver si vuelves!.... —gritó Gavrila, agarrándose al carro. «¡No volverá...! », sollozaba en el pecho una voz que no podía sofocar el llanto.

Por última vez se vio al otro lado de la vuelta la querida cabeza rubia, por última vez agitó Petró la gorra. Y en el mismo lugar donde su pie había pisado, el viento levantó un estúpido remolino e hizo girar un polvo blanquecino que parecía humo.

 

 

 

1926

 

 

 

 

UN LENGUAJE COMÚN

 

 

 

EN LA stanitsa DE LUZHINI, los grajos que pisoteaban la sucia costra de nieve, llegados recientemente, habían cambiado de plumaje y se hallaban vestidos de un negro acerado.

El humo que salía de las chimeneas era esponjoso y sutil. El cielo era gris como le correspondía serlo. La suave neblina hacía difusas las siluetas de las casas. Los únicos perfiles bien definidos eran los de las altas márgenes onduladas del otro lado del Don, donde el bosque parecía pintado con tinta china.

En la casa del pueblo se estaba celebrando un congreso de los Soviets del distrito. El secretario del partido presentaba con palabra segura un informe sobre la situación internacional. Los bancos se hallaban ocupados por los delegados: mirando desde atrás aquello era un conjunto de gorras de franja roja y de gorros de cosaco, de filas de pellizas de carnero. Gente de un mismo pelaje. Alguna tos. Las barbas eran escasas, predominaban las mejillas afeitadas, con bigotes de distintos colores y sin ellos.

El secretario lee una nota de Chamberlain. En las filas de atrás resuena una voz exaltada:

—¡Que no grazne!

El presidente hace sonar el vaso contra la garrafa de agua:

—¡Orden!....

Después del informe, durante el descanso de media hora, cuando el humo del tabaco formaban en el vestíbulo una densa nube sobre los gorros, entre el rumor de las voces creí distinguir una voz conocida: la de Maidánnikov. Me abrí paso a codazos. Era él, Maidánnikov, recién elegido presidente del Soviet del Jútor Peschani. A su alrededor había un grupo de cosacos. El más joven de ellos, tocado con un gorro raído de la caballería de Budionny, decía:

—...y pelearemos.

—¡Nos romperán el espinazo!

—¿Y antes?

—Ellos, hermano, tienen mucho armamento.

—El armamento, cuando no se cuenta con la gente, es lo mismo que un caballo sin cosaco.

—¿Es que ellos tienen poca gente?

Maidánnikov habló de nuevo. Su voz era espesa y suave a la vez, como un buen sebo de carro.

—Deja  eso. No son las  cosas como tú dices,  compañero... Si  la  guerra estalla,  eso no debe darnos miedo... ¡Espera! ¡Déjame hablar! Cuando yo termine de moler echarás tú el grano, pero ahora escucha. Durante la guerra contra Alemania fuimos movilizados el año quince. Yo era de la segunda reserva. Desde la stanitsa Kámenskaia nuestra sotnia fue enviada al frente. Nos incorporaron a la Octava División de infantería, y con ella íbamos de un lado a otro. Estuvimos en varios combates. En Stir nos separamos de los caballos. Nos entregaron bayonetas para los fusiles y nos convertimos en yeguas. Seguimos la guerra. En las trincheras y fuera de ellas. Pero más que nada en las trincheras. Un año entero estuvimos en aquel maldito barro. Cuatro meses sin relevo.

¡Cómo nos pusimos de piojos! La tristeza y la suciedad no nos dejaban vivir. Los piojos eran de distinto género: unos venían de la tristeza, y eran de lomo pelado, los otros venían de la suciedad, y eran negros como escarabajos. Aunque diferentes, a unos  y a otros  los alimentábamos por igual. Nos solíamos quitar la camisa y la extendíamos en el suelo. Pasábamos por encima la cantimplora o una  vaina  de  cañón  y quedaba  toda  ella  manchada de sangre. Los  matábamos con palos,  a correazos... Como si fuesen animales... ¡No podéis haceros idea de cuántos eran! Se paseaban por la camisa en manadas.

Nosotros  seguíamos haciendo  la  guerra. Nadie  sabía por qué y para qué. Pagábamos culpas ajenas.

 

Pasó un año y la tristeza se apoderó  de mí. ¡Lo único que deseaba era la muerte! Aquí, uno

echaba de menos  el  caballo,  no sabía cómo lo cuidarían;  allí,  uno no sabía cómo lo pasaría la familia. Y lo principal, uno no sabía por qué iba a la muerte la gente ¡y yo con ella!

El año dieciséis nos retiramos a cuarenta verstas de la primera línea. A la sotnia llegaron refuerzos,  casi  todos  eran  viejos.  Las  barbas les  llegaban  más  abajo  del  ombligo. Habíamos descansado un poco, habíamos cuidado debidamente los caballos cuando ¡zas! del Estado Mayor de la División llegó la orden de acercar nuestra sotnia a la línea de fuego. Los soldados se habían amotinado, al parecer. No querían meterse en el barro de las trincheras, no querían tener tratos con la muerte...

El esaúl1 Dimbash nos lo explicó: las cosas son así y así. Yo, por mi cuenta, le escribí una nota y se  la  hice  llegar,  procurando  pasar inadvertido.  «Señoría,  usted nos ha dicho de la  guerra que pueblos de diferentes idiomas pelean entre sí. ¿Cómo podemos ir contra los nuestros?» Él la leyó, cambió  de  color, pero  no dijo nada. Entonces  comprendimos  la  razón  de que  hubieran  traído cosacos  viejos  a  la  sotnia.  Para  colmo, además  de  viejos  eran  del  rito antiguo,  capaces  de permanecer fieles al zar hasta el fin. Una cosa eran los viejos, acostumbrados  desde hacía muchos años a obedecer, y otra los estúpidos, a los que el servicio había quitado sus pocas entendederas. En aquellos  años en el  regimiento  le  quitaban  a uno las  ganas de pensar en menos  tiempo  que el segador tarda en afilar la hoz.

Nos mandaron contra los soldados. Con nosotros llevábamos cuatro ametralladoras y un coche blindado.  Nos  acercamos al  sitio  donde el  regimiento  se había  amotinado.  Allí  estaban ya  dos sotnias del Kubán y otros de la división salvaje, picados de viruelas, parecidos a los calmucos, que tenían cercado al  regimiento.  ¡Era algo  terrible,  hermanos!  Al otro lado  de un bosquecillo,  dos baterías habían sido emplazadas. Los amotinados se habían  reunido en un claro y no cesaban de protestar. Los oficiales se acercaron, tratando de disuadirlos, pero ellos siguieron en sus protestas.

Nuestro esaúl dio la voz de mando, nosotros desenvainamos los sables y nos pusimos al trote, acabando de rodear  a los soldados... También los del Kubán se acercaron... Y los soldados empezaron  a tirar los fusiles. Los dejaron amontonados, pero sin abandonar las protestas.

La sangre me hirvió en el corazón y la sal me abrasaba los labios. ¿Cómo podía mandar  a la sepultura a ninguno de aquellos si mi vida era también como la suya, si yo vivía en la tierra como un citilo?... Nos acercamos al galope. Yo vi que un cosaco de nuestra sección, Filimónov, golpeaba furiosamente a un soldado en la cara con el sable de plano. Vi cómo  esa cara se hinchaba y se cubría de sangre. El soldado era un mozo muy joven y se le veía acobardado. Sentí un escalofrío y, sin poderme dominar, me aproximé: «¡Déjalo, Filimónov! ». Él, aunque viejo creyente, me mencionó la madre. Yo levanté el sable con ánimo de asustarle: «¡Déjalo —le repetí—, o como hay Dios que te rajo! ». Entonces hizo ademán de descolgar el fusil del hombro. Yo le metí la punta del

sable en la garganta... Cayó como un muñeco, resultó que yo había sacado de la tumba a un hombre

vivo... Entonces  se produjo una confusión que ni el mismo diablo la entendería. Los del Kubán empezaron   a  disparar  contra  nosotros, y nosotros contra  ellos.  Los  de la  división  salvaje,  los picados de viruelas, vinieron al ataque contra nosotros, mientras que los soldados recuperaban sus fusiles, volvían a las protestas y disparaban contra toda la caballería. La que se armó allí...

A nosotros nos retiraron a la retaguardia, pero inmediatamente nos mandaron a los Cárpatos. No habíamos tenido tiempo de despiojamos cuando ya estábamos allí. Nos acercamos de noche, por las zanjas de comunicación. La orden era de no hacer el menor ruido. Resultó que las trincheras de los austríacos  estaban a cuarenta  brazas de las nuestras.  Pasó un día. No podíamos  sacar la cabeza fuera. Llovía. Estábamos empapados. En las trincheras, el barro nos llegaba hasta la rodilla. ¡Yo no podía dormir ni estaba tranquilo! ¿Por qué —pensaba—  vivimos en estas trincheras abrazados  a la muerte?  Se me metió en la cabeza la idea de que debía hablar con los austríacos.  Sus soldados entendían  nuestra  lengua.  A  veces  preguntaban:   «Señores,  ¿por  qué  lucháis  vosotros?»  «¿Y

 

 

1 Capitán de las tropas cosacas.

 

 

 

vosotros?»,  contestábamos  nosotros.  A  causa  de  la  distancia  que  nos  separaba,  no podíamos explicarnos.  Pensé: debíamos  reunirnos  y hablar  por las  buenas. Pero  ¡era  imposible!  Habían aislado a la gente con alambradas, como si fuésemos bestias, siendo así que los austríacos eran tan personas como nosotros. A todos nos habían apartado de la tierra lo mismo que al niño lo apartan de la cuna. Debía existir entre nosotros un lenguaje común.

Así  las  cosas, una  mañana  nos  despertaron  los  gritos  del  centinela:  «¡Mirad,  hermanos,  en nuestra alambrada hay enredado un animal! ». Los austríacos lo oyeron también y armaron una algarabía como grajos en un trigal. Yo asomé la cabeza y frente a mí había un alce, algo así como un ciervo con unos cuernos muy anchos. Las astas se le habían  enredado  en las alambradas. A nuestra izquierda había fuertes combates y el tiroteo lo había hecho huir entre las trincheras.

Los austríacos gritaron: «¡Señores, poned en libertad al animal! ¡Nosotros no dispararemos! » Yo me despojé del capote y subí al parapeto. Miré a las trincheras de enfrente y vi que asomaban muchas  cabezas. Me  acerqué un poco al  animal,  pero  éste se levantó  sobre las  patas traseras. Parecía que iba a arrancar  los piquetes de la alambrada. Otros tres cosacos vinieron en mi ayuda. No podíamos hacer nada, el animal no nos dejaba acercarnos. Entonces me di cuenta de que varios austríacos corrían hacia nosotros, sin fusiles, y uno de ellos traía unas cizallas.

Empezamos  a hablar. Nuestro sotnik, tumbado en el parapeto, apuntó con un fusil al austríaco que tenía más próximo, pero yo me puse entre los dos para protegerlo. Los oficiales no pudieron separarnos y nosotros invitamos a los austríacos  a visitar nuestras trincheras. Yo me puse a hablar con uno de ellos, pero no entendía ni una sola palabra en su lengua, ni en la nuestra podía decir nada, porque las lágrimas no me dejaban hablar. Era un austríaco ya de cierta edad, pelirrojo. Le hice sentar en una caja de munición y le dije: «¡Nosotros no somos enemigos, somos hermanos! Todavía no han desaparecido los callos de nuestras manos». Él no comprendía nada de esto, pero el sentido sí que entendía cuando yo le tocaba los callos. Meneó la cabeza como asintiendo. Alrededor se formó un grupo de cosacos y de gente suya. Yo les dije: «Nosotros no necesitamos nada vuestro, vosotros no toquéis lo que es nuestro.  ¡Pongamos  fin a la guerra! » Asintió de nuevo, aunque no entendía las palabras, y con las manos nos invitó a ir a sus trincheras, dando a entender que uno de los suyos sabía el ruso. Así lo hicimos. ¡La sotnia entera fue! Los oficiales, asustados, se evaporaron. Llegamos a las trincheras de los austríacos. Allí había un checo que se entendía bien con nosotros. Yo les hablaba y él traducía.  Repetí que no éramos enemigos, sino hermanos. De nuevo señalé los callos de su mano y le di unas palmadas en la espalda. El austríaco, por mediación del checo, contestó que era obrero,  mecánico,  y que estaba conforme con nosotros. Yo le dije:

«Terminemos la guerra, hermanos. Esto no conduce a nada. Las bayonetas hay que clavarlas en quienes  nos  lanzan  a unos  contra  otros».  Al  escuchar  estas palabras  sus  ojos  se  cubrieron  de lágrimas. Contestó que en casa había dejado a la mujer y a un hijo, y que estaba conforme en poner fin a la guerra. Se armó un alboroto terrible. Un oficial de ellos caminaba como un pavo y, el muy carroña, enseñaba los dientes. Fraternizamos y bebimos con ellos. Encontramos un lenguaje común. Cualquier cosa que yo dijera, ellos la entendían al vuelo, sin necesidad de intérprete, alborotaban, lloraban y nos besaban.

Cuando yo volví a nuestras trincheras saqué el cerrojo del fusil, lo tiré al barro e hice juramento de que no volvería a disparar contra mi hermano austríaco: contra el mecánico, contra el obrero, contra el labrador... Aquella misma noche nuestra sotnia abandonó las trincheras, nos desarmaron cerca de una aldea que  se llamaba Shávelki.  Algún tiempo  después  vino la revolución,  en San Petersburgo tiraron abajo al zar...

—Espera —interrumpió al del relato el cosaco joven del gorro de la caballería de Budionny—.

¿Y el animal?

—¿El animal? Al animal lo soltamos. Salió corriendo y ya no le volvimos a ver. Escapó con un trozo de alambrada colgando de las astas. Pero lo principal no era eso. Lo principal fue que la gente encontró un lenguaje común. Y tú vienes hablando de la guerra... Ya se sabe lo que será la guerra:

 

 

 

en cuanto nos juntemos con los soldados de ellos, nos daremos un apretón de manos, callo contra callo, y hablaremos...

—¡Pasad, camaradas delegados! —gritó alguien en el escenario haciendo sonar la campanilla. Empujando  las  puertas,  sin  cesar  en  sus  ruidosas  conversaciones,  los  apretados  grupos  de

delegados, confundidos en una masa, entraron en la sala.

 

1927

 

 

 

 

 

 

 

EL BLANDENGUE

 

 

 

 

—¡CAMBIO DE TREN EN GRIAZI!

El taquillero sacó por la ventanilla el billete y la vuelta, y cerró ruidosamente. Ignat Ushakov guardó cuidadosamente el billete en el bolsillo del abrigo y sin pararse a encender el cigarrillo, salió al andén. Junto a los vagones la gente iba y venía ajetreada; en la vía, entre pitidos cortos y roncos, maniobraba una locomotora. Ante el penúltimo vagón se formó un atasco. En la oscuridad, cortada en dos por la luz amarilla del farol, blanqueaba el mandil de un maletero. Se oyó una voz histérica de mujer:

—¡Comprenda  que debo subir! Esta cesta no pesa más de un pud y medio.

—¡No puedo, ciudadana! ¿Es que no me entiende? ¡Le he repetido diez veces que no puedo! Además de la cesta lleva tres bultos. Es imposible meter en el vagón tanto equipaje.

—Pero ¡no tengo tiempo de facturarlo!

Ushakov, abriéndose  paso hacia el  último vagón, vio que el mozo subía  a la  plataforma del vagón, apagaba el farol y, sin contestar, cerraba la portezuela.

El aire del vagón  estaba azul del humo del tabaco. Las paredes recién pintadas recordaban el barniz. De los bancos se escapaba un olor a cigarrillos baratos y la pestilencia de unos pies sudados que hacía mucho tiempo no conocían el agua. Arriba imperaban los ronquidos y el sueño; abajo, fumaban y charlaban a media voz. Después de acomodarse en el tercer piso, Ushakov encendió otro pitillo y, alargando la cabeza, contempló las luces de la estación, que se quedaban atrás. Por delante de la ventanilla pasaron las negras siluetas de los árboles. De vez en cuando, como una mariposa anaranjada, cruzaba una chispa arrojada por la chimenea de la locomotora junto con el humo.

El traqueteo  adormecedor  de las  ruedas  invitaba  al  sueño.  Abajo,  alguien  hablaba  con voz monótona de la cosecha del año anterior y de los precios de la lana. Después de apagar el cigarrillo, Ushakov  se cubrió la cabeza con el abrigo y se durmió. Las voces le despertaron una hora después. Alguien —una voz que parecía muy conocida— decía muy bajito en tono cantarín:

 

¡Cuántos gobios ha pescado nuestro abuelo Ermil!

Los hay de una cuarta

y los hay de dos. Los hay así y los hay asá.

 

Al compás del verso resonaban las palmas. Una niña rió entusiasmada. En cuanto calló la voz del que cantaba, otra voz, infantil, gritó:

—Más, papá.

Y de nuevo, molesta y suave, fluyó hasta los oídos la cancioncilla:

 

¡Cuántos gobios ha pescado nuestro abuelo Ermil!...

 

Ushakov, sin abrir los ojos, escuchaba, tratando de adivinar a quién de sus conocidos pertenecía aquella voz conocida y semiolvidada. La memoria se negaba  a venir en su ayuda.  Venciendo la pereza del sueño, abrió los ojos. Abajo, con las piernas muy abiertas un marinero de complexión robusta lanzaba suavemente  a lo alto a una niñita de dos o tres años, de pelo rizado y sonrosadas

 

 

 

mejillas. Con una sonrisa bonachona repetía la cancioncilla de los gobios, señalando con las manos el tamaño de los peces.

Por  debajo  de  la  blanca  gorra  de  la  flota  se  veían  unos  cabellos  lisos  y negros,  su  cara permanecía oculta tras la silueta de la niña. Durante unos instantes, Ushakov siguió con la mirada las manos fuertes y vellosas del marinero, que tiraban a lo alto a la niña. Luego tosió y se sentó con las piernas colgando.

—¡Ea, basta ya, Tamárochka! ¡Es hora de dormir! ¿Ves? Hemos despertado a ese señor. A ver si te da un cachete.

Ushakov bajó tratando de no molestar, miró de reojo al marinero y sus cejas se arquearon  con asombro:

—¡Vladimir! ¿Eres tú?

—¡Dios mío!.... ¡Qué sorpresa!....

Se abrazaron y se besaron. El marinero se hizo un paso atrás y sonriendo, sin soltar las manos de

Ushakov, le miró largo rato, meneando la cabeza.

—Eres el mismo. No has cambiado nada. Te has hecho un hombre, estás más fuerte. ¡Imagínate! No nos veíamos desde el diecisiete... ¡Entonces eras un mozalbete! ,..

Desde el banco de enfrente una mujer joven los miraba con interés. El marinero mostraba una vivacidad extraordinaria, se movía mucho y parecía un tanto turbado. Por entre su ruidosa alegría se filtraba algo que no tenía nada de natural, fingido. Ushakov se mostraba frío, como inquieto.

—Te  reconozco... La misma  barbilla,  los  mismos  ojos.  No has  cambiado  nada  en  absoluto. Guardas un parecido asombroso con tu padre. Ya decía yo entonces que te parecías a él. Dios mío, cuánto tiempo sin vernos... Ocho años...

—Sí, hace mucho...

—Pero ¡no os he presentado!  Mi primo Ignat  Ushakov. Y ésta —el  marinero,  con un gesto teatral y burlón indicó a la mujer joven de enfrente— es mi familia. Debes quererlas.

Tomando   a  la  niña  en  brazos,  rió estrepitosamente.  La  mujer  dio la  mano  a  Ushakov   y, sonriendo confusa, dijo en tono de reproche al marinero:

—¿Por qué le engaña así?...

Ushakov, sin prestar atención a las palabras de ella, apretó la mano pequeña y fría y de nuevo se volvió hacia su primo.

—¿De dónde vienes? ¿Adónde vas?

—Para  expresarme con el  lenguaje  del  mar,  he levado  anclas  y voy rumbo a Moscú.  Pero después hablaremos de mí. ¿Qué es de ti? ¿Qué haces? ¿Cómo vives? ¿Están bien los tíos? ¿Sigue él ocupándose de sus abejas?

—Está bien, gracias. Mi padre sigue cuidando las abejas. Yo pertenezco al comité de las Juventudes Comunistas de nuestro distrito. Ahora he tomado vacaciones y voy a pasar una semana en Moscú.

—Poco   a  poco vas  hacia  arriba.  ¡Magnífico,  Ignasha!  ¿Hace  mucho que  perteneces  a  las

Juventudes?

—Desde el diecisiete.

—También serás miembro del partido...

—Soy candidato a miembro.

—Ya-a-a...

Ushakov sacó los cigarrillos y mirando a la niña, a la que la madre trataba de dormir, propuso:

—Vamos a fumar a la plataforma.

—Vamos, primo, vamos. ¡Qué alegría me ha dado el verte! —No creo a mis ojos, palabra de honor...

El marinero rió ruidosamente y dio una amistosa palmada en la espalda de Ushakov. Éste arrugó el ceño y se dirigió a la salida. En la plataforma encendieron los cigarrillos. Después de dar una chupada. Ushakov preguntó, sin mirar a su primo:

 

 

 

—¿Es verdad que estuviste en el contraespionaje de los blancos? El marinero rió afectadamente y abrazó a Ushakov por el hombro.

—¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio?

—Responde  a mi pregunta.

—Como quieras... Sí.

—¿Vives con tu apellido?

—¡No!

Siguió un silencio.

—¿Dónde sirves ahora? ¿En la marina?

—Verás...  Estaba en la  marina  mercante, trabajaba  en  el  puerto. Marinero  en  tierra  por así decirlo. Por ciertas razones tuve que marchar del Sur. Pero, ¿por qué me lo preguntas?

—Porque la GUP1  te está buscando.

—¿De veras?

—Como lo oyes.

—¿Siguen alguna pista falsa? Porque hace ocho años que no he estado en casa.

—Preguntaron sencillamente, si durante  ese tiempo habías estado. Me lo preguntaron  a mí. Yo no sabía que hubieses servido en el contraespionaje. Durante un tiempo corrieron rumores de que te habían matado en Velikokniázheskaia. Eso fue a principios del dieciocho, cuando tú te fuiste con el Ejército Voluntario2. Todos te tenían por muerto hasta que la GUP descubrió que eras un héroe del contraespionaje que te dedicabas, por así decirlo, a arrancar las raíces de la subversión.

Ushakov sonrió  mordazmente  y clavó  los  ojos  en  la  cara  de  su  primo. Éste,  lanzando  una bocanada de humo, volvió la vista a la ventanilla.

Sus ojos, negros y rasgados, eran severos. Sus labios, apretados, esbozaron una sonrisa apenas visible.

—Di ¿de qué  modo fuiste  a parar  al  contraespionaje?  ¿Qué te movió a hacerlo?  Oí que en Makéievka mandaste  ahorcar  a veinte personas  sospechosas de mantener  relación con los bolcheviques. ¿Es verdad?

El marinero tamboreó  en el cristal con los dedos y cautamente,  como  buscando a tientas las palabras necesarias empezó a hablar:

—Si quieres, escucha... A fines del año diecisiete yo no tenía ninguna convicción política. Era como miles de semiintelectuales: no me agradaban los bolcheviques y tampoco me agradaban los blancos. Del frente, cuando llegó el fin de la guerra contra Alemania, en un tren de soldados de nuestra  división, fui a parar  a Rostov  del Don, y de allí, con un camarada, me dirigí a Novocherkassk, donde ingresé en el Ejército.

Voluntario.  No sé  cómo ocurrió eso,  fue  contra  mi  voluntad.  Me  sentía  movido por el patriotismo, y bajo la influencia de ese sentimiento me fui con Kornílov... En Velikokniázheskaia

caí herido, quedé en un hospital de la retaguardia. Cuando me repuse me ofrecieron un puesto en el contraespionaje. Pero no es cierto, es mentira que yo luchase activamente contra los bolcheviques. Era un simple peón... Me movían fuerzas superiores... Y no es cierto que en Makéievka mandase ahorcar  a esos campesinos. Lo hicieron unos cosacos, yo no intervine para nada... Bueno, lo demás es una historia muy repetida: a la postre me convencí de que no tenían razón los defensores de la Rusia  una  e indivisible.  Vi  toda aquella  suciedad  y decidí  romper con el  pasado. Cuando  los blancos evacuaron a Crimea, yo me quedé. No pude revelar mi identidad, pues entonces me habrían fusilado... Por  eso oculté mis antecedentes;  en aquellos tiempos revueltos no era difícil hacerlo. Después me coloqué en el puerto, donde encontré una muchacha excelente y me  casé con ella. Como has podido ver, tengo una hija, soy feliz, vivo una vida de trabajo y, aunque no pertenezco al partido, simpatizo por completo con vuestras ideas...

El marinero miró a Ushakov con los ojos humedecidos por las lágrimas y prosiguió:

 

1 Sigla de Dirección Política del Estado. Policía política. Anteriormente, la Cheka.

2 Integrado principalmente por antiguos oficiales zaristas, al mando del general Kornilov.

 

 

 

—El pasado me abruma... Espero que me creerás. He roto para siempre con mi pasado y con un trabajo honesto trato de redimir mis culpas... Espero que me prestarás un servicio fraternal y no volverás a recordármelo.

—Te equivocas —dijo Ushakov, meneando nerviosamente la cabeza—. Debo denunciarte.

—En una palabra, ¿quieres traicionarme?

—Deja las frases sonoras. Yo debo hacer lo que en mi lugar haría cualquier persona honrada.

—Tengo mujer y una hija...

—Eso no tiene nada que ver con tus actividades en el pasado.

—¡Ignashka! ¿Recuerdas los años que vivimos  juntos?  Yo era mayor  que tú y tu madre me encargaba siempre que cuidase de ti... ¿Recuerdas cuando  íbamos  a la estepa a buscar  nidos de mirlo? Tú eras muy cariñoso, blandengue, y llorabas cuando yo cogía las crías. Ahora las cosas han cambiado. Veo que eres capaz de destrozar un nido humano y de dejar huérfana a mi hija. ¿Qué le vamos a hacer? Conforme... En la estación siguiente me podrás denunciar a la GUP. —Después de una pausa de varios segundos siguió de nuevo—:  Pero tú comprendes... ¡Dios mío!.... Tengo una criatura... Morirá de hambre si a mí...

El marinero se tapó la cara con las manos y se estremeció.

Ushakov, sintiendo un acceso de inoportuna compasión y de lágrimas, atravesó rápidamente el pasillo del vagón y se sentó  junto a la ventanilla. «¿Debo  proceder  así? ¿Y si es verdad  que ha cambiado?...»

Miró de reojo a la niña, que no cesaba de moverse en sueños.

«Será para mí un reproche vivo. ¡Demonios, qué odioso es todo esto!.... ¿Y si callase?»

Un minuto después el primo entraba en el departamento. Sin mirar a Ushakov,  se puso a recoger sus  cosas,  luego  se  inclinó sobre la  niña,  dormida,  y acarició  suavemente  su cabeza.  Ushakov volvió la vista. El marinero, de espaldas a él, metió en los bolsillos de su guerrera unos papeles.

—Sal un momento.

Ushakov, con grandes pasos, casi a la carrera, atravesó el pasillo en dirección a la plataforma. El primo le  siguió.  Se detuvieron  ante la  ventana donde diez  minutos  antes había  transcurrido  su conversación.

—Escucha, Vladímir... He decidido callar...

—Gracias.

—Creo que aquí podemos poner punto.

—¡Gracias, Ignasha! Sabía que no te convertirías en un Judas. Gracias. Tú sabes que, sin mí, mi familia moriría de hambre. No tengo más parientes que vuestra familia, mi mujer también es sola.

¿Quién le iba a dar un trozo de pan?...

—Basta. Entra, ahora vamos a llegar a una estación.

—Ve  tú, yo me  quedaré en el  retrete  para lavarme...  Me  da vergüenza  confesarlo,  pero  he llorado como un chiquillo después de nuestra conversación. Tengo la cara hinchada. No le digas a mi mujer ni una palabra.

— ¡Qué cosas tienes!

Ushakov, sin prisa, volvió a su departamento  y, con la frente pegada al vidrio de la ventanilla, se dedicó a mirar los bloques de ladrillo de la estación. El tren estuvo parado varios minutos, luego empezó de nuevo el traqueteo de las ruedas, aumentando poco a poco la velocidad. La niña abrió los ojos y despertó a su madre. Ésta se sentó en el banco y preguntó a Ushakov:

—¿Y su hermano?

—Quería lavarse. Le dolía la cabeza.

Pasaron diez minutos. Vladímir seguía sin presentarse.  Ushakov  se acercó  a mirar. El retrete estaba vacío, en la plataforma tampoco había nadie. Perplejo, volvió al departamento.

—¿Había pedido a su marido que comprase algo? ¿Habrá perdido el tren en la estación?

—¿A qué marido se refiere?

—¿Cómo que a qué marido?

 

 

 

—¿A quién se refiere usted?

—La verdad es que resulta extraño. Me refiero a Vladímir, a mi primo.

La mujer miró en un principio con desconfianza a Ushakov,  luego rompió a reír sinceramente.

—¿Cree en serio que soy la mujer de su primo? —preguntó entre risa y risa.

—¿Qué quiere decir?...

La mujer, sonriendo, se encogió de hombros.

—Pero ¿no ha comprendido que era una broma de su hermano? Una broma muy poco agradable por cierto. ¿Por qué me mira así?

—Pero... pero su hija le ha llamado... le ha llamado papá.

—¿Qué tiene eso que ver? Su hermano en cuanto subió al vagón empezó a darle dulces y a jugar con ella;  ya  sabe usted  que  los  niños  toman  en seguida  cariño.  Encontraría,  seguramente, un parecido entre su primo de usted y el padre de ella y empezó  a llamarle papá. Él y yo nos reíamos mucho de eso.

—Pero permítame... A mí me ha hablado en serio. La mujer miró de nuevo a Ushakov.

—¿Qué me dice? ¿No le ha explicado que era una simple broma? Mi marido está empleado en

Moscú, yo voy a reunirme con él.

Volvió la cabeza, dando la conversación por terminada, y Ushakov  se quedó estupefacto, sin saber qué partido tomar. Luego volvió al retrete. En la repisa, junto al lavabo, vio un papel escrito. Lo tomó maquinalmente y leyó unos renglones trazados con lápiz tinta:

 

Gracias, Ignat, por tu bondad. Sigues siendo el muchacho  bondadoso  de los días de nuestra infancia. Pero, a pesar de eso, estimo preferible emprender la retirada antes que se descubra el engaño de mi «familia». De mi «mujer» no te preocupes, su verdadero marido está en Moscú, en no sé qué oficinas. Él se preocupará de ella y de su futuro. Gracias otra vez. Acaso volvamos a encontrarnos...

Perdóname este melodrama. Soy un lobo perseguido y sé que en los tiempos que corren no se puede confiar, no ya de un primo, sino del mismo padre de uno. Tuyo...

 

Ushakov leyó de una tirada la nota y salió del retrete.

Media hora después, el tren se detenía en otra estación. Ushakov, con la frente arrugada, como si padeciese un fuerte dolor de muelas,  salió  del vagón y, viendo  la gorra color frambuesa de un agente de la GUP de ferrocarriles, se dirigió hacia él.

 

 

 

1927

 

 

 

 

 

EL DESTINO DE UN HOMBRE

 

 

 

Título original: SUDBA CHELOVIEKA

 

Traducido del ruso por

A. HERRAINZ

 

 

 

 

 

 

A Evhuenia Grigórievna, Miembro del partido comunista de la Unión soviética Desde el año 1903

 

 

 

LA PRIMERA PRIMAVERA después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del Mar de Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don;  se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables.

En esa mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de Bukanóvskaia. Y aunque la distancia no era grande —cerca  de sesenta kilómetros— no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de salir el sol. Un par de caballos bien cebados, tensos como cuerdas de guitarra los tirantes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las ruedas se hundían hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y, al cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas, bajo las finas correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante, blanca, como de jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueron pródigamente embadurnados los arreos.

En los lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y seguíamos a pie. Bajo nuestras botas altas  chapoteaba la  nieve  acuosa, costaba trabajo  andar,  pero  a ambos  lados  del camino se conservaba todavía  el hielo —refulgente al sol como el cristal— y por allí era aún más difícil avanzar. Al cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka.

El pequeño río, que  se seca parcialmente en verano,  se había desbordado  frente al caserío de Mojovski, en una extensión de un kilómetro entero, por un terreno pantanoso y cubierto de alisos. Había  que pasarlo  en una frágil  barquilla,  de fondo plano,  que únicamente  podría llevar  a tres personas como máximo. Desenganchamos los caballos. Al otro lado, en un cobertizo del koljós, nos esperaba un «Willis» viejecillo, que había visto ya mucho mundo, dejado allá el invierno anterior. El chófer y yo embarcamos, no sin temor, en la vetusta lancha. Un camarada quedó en la orilla con el  equipaje.  Apenas desatracamos, empezaron a brotar,  por diferentes  sitios  del  podrido fondo, pequeños surtidores.  Con medios  manuales,  calafateamos  la  insegura  embarcación  y estuvimos achicando el agua hasta que llegamos. Una hora más tarde, nos encontrábamos en la otra orilla del Elanka. El chófer trajo del caserío el auto, se acercó a la barca y dijo, agarrando un remo:

—Si este maldito barreño no se deshace en el agua, volveremos dentro de un par de horas; no nos espere usted antes.

 

 

 

El caserío  se extendía  a un lado,  a  lo lejos,  y junto al  embarcadero  había  ese silencio  que únicamente reina, en pleno otoño o a principios de primavera, en los lugares deshabitados. Del agua venía un hálito de humedad, en unión del acerbo aliento de los alisos putrefactos, y de las lejanas estepas de  Prijopérskie,  hundidas  en el  humo liliáceo  de la  niebla,  el  suave vientecillo  traía el aroma, eternamente joven, de la tierra recién liberada de la nieve.

Cerca de allí, sobre la arena de la orilla, yacía un seto derribado. Me senté en él y quise fumar, pero, al meter la mano en el bolsillo derecho de la enguatada chaqueta, comprobé  con gran pena que la cajetilla de «Bielomor» estaba toda empapada. Durante  la travesía, una ola había barrido la cubierta de la baja barquilla, hundiéndome en agua turbia hasta la cintura. En aquellos instantes yo no estaba para pensar en los cigarrillos, pues hubo que soltar el remo y sacar el agua con la mayor rapidez  posible,  para  que  la  lancha  no  zozobrara,   y  ahora,  lamentando  amargamente   mi imprevisión,  extraje  del  bolsillo  con cuidado  la  cajetilla  reblandecida,  me  puse  en  cuclillas  y empecé a colocar sobre el seto, uno tras otro, los mojados y pardos cigarrillos.

Era mediodía. El sol picaba como en mayo. Yo confiaba que los cigarrillos se secarían  pronto. Los rayos solares calentaban tanto, que me arrepentí de haberme puesto para el viaje los acolchados pantalones y la enguatada chaqueta de soldado. Era aquél el primer día verdaderamente tibio después del invierno. Constituía un placer estar sentado en el seto, sumido por entero en la soledad y el silencio, quitarse el gorro de orejeras, también de soldado, secar al vientecillo los cabellos, empapados después del penoso bogar, y, sin pensar en nada, seguir el movimiento de las nubes que se deslizaban blancas, henchidas, por el azul pálido del cielo.

Pronto vi que, surgiendo tras las últimas viviendas del caserío, salía al camino un hombre. Traía de la mano a un niño pequeño, que, a juzgar por su estatura, no debía de tener más de cinco o seis años. Cansinos,  arrastrando los  pies,  iban  en dirección  al  embarcadero,  pero,  al  llegar  a donde estaba parado el automóvil, torcieron hacia mí. El hombre, de elevada estatura y un poco cargado de espaldas, se me acercó y dijo con atronadora voz de bajo:

Salud, hermano!

—Buenos días —repuso, y estreché la mano, áspera y grande, que me tendía. El hombre se inclinó hacia el niño y le indicó:

—Saluda al tío, hijito. Ya ves, es también chófer como tu papá. Sólo que tú y yo íbamos en un camión y él conduce ese pequeño coche.

Mirándome de frente con sus ojos claros como el cielo y sonriendo un poquito, el chiquillo me dio con decisión su manecita, sonrosada y fría. Yo se la estreché suavemente y le pregunté:

—¿Cómo es eso, viejo? ¿Por qué tienes la mano tan fría? Hace calor, y tú estás helado.

Con enternecedora  confianza  infantil,  el  pequeño  se  apretó  contra  mis  rodillas  y  enarcó asombrado las claras cejas rubias.

—¡Yo qué voy a ser un viejo! Yo soy completamente un niño. Y no estoy helado, ¡qué va! Si tengo las manos frías es porque he estado haciendo bolas de nieve.

Luego de quitarse de la espalda el escuálido macuto y de tomar asiento a mi lado, el padre dijo:

—¡Estoy aviado con este pasajero! Me trae frito. Cuando caminas a paso largo, él va al trote, y, claro, tiene uno que acomodarse a la marcha de este infante. Donde debía dar un solo paso, tengo que dar tres, y así vamos los dos, desacordes, como un caballo y una tortuga. Apenas me descuido, ya se está metiendo en los charcos o arrancando un trozo de hielo para chuparlo como un caramelo. No, no es para hombres  viajar con pasajeros de esta clase, y menos  a patita —hizo una pausa y preguntó—: ¿Y tú qué, hermano, esperas a tus jefes?

Me fue violento sacarle de su error, diciéndole que yo no era chófer, y respondí:

—Hay que esperar.

—¿Vendrán de la otra orilla?

— Sí.

—¿Sabes si llegará pronto la barca?

—Dentro  de un par de horas.

 

 

 

—Bastante tiempo es ése. Bueno,  descansaremos entretanto.  Yo no tengo ninguna prisa. Pasaba ya de largo, cuando, de pronto,  veo que un hermano chófer está tomando  el sol. Me acercaré, me dije, y echaremos juntos un cigarro. Fumar solo es tan triste como morir solo. Vives a lo grande, fumas  emboquillados.  Se te han  mojado,  ¿eh?  El tabaco mojado,  hermano,  es como el  caballo curado; no sirve para nada. Mejor será que fumemos del mío, que es fuerte.

Sacó del bolsillo del pantalón caqui, de verano,  una enrollada bolsita de raída  seda color de frambuesa, la desenrolló y yo alcancé a leer una dedicatoria bordada en una de las esquinas: «Al querido combatiente, de una alumna de la escuela secundaria de Lebediansk».

Fumamos  de aquel  tabaco campesino,  muy fuerte,  y estuvimos  callados  largo  rato. Iba  ya  a preguntarle adónde se dirigía con el niño y qué asunto le obligaba a viajar con aquel deshielo, pero él se me adelantó:

—¿Te has pasado toda la guerra al volante?

—Casi toda.

—¿En el frente?

—Sí.

—Pues a mí, hermano, también me tocó estar allí y pasar malos tragos a más no poder.

Puso sobre las rodillas sus oscuras manazas y se encorvó. Le miré de reojo y sentí un malestar impreciso...  ¿Han visto  ustedes alguna  vez unos ojos  como cubiertos  de ceniza,  llenos  de una angustia tan mortal e insoportable, que cuesta trabajo mirarlos? Pues unos ojos así tenía mi casual interlocutor.

Luego de arrancar del seto una varilla seca y combada, permaneció en silencio unos instantes trazando con ella enrevesadas figuras en la arena; después, empezó a hablar:

—A veces, se pasa uno la noche en vela, escudriñando en la oscuridad con ojos ciegos, y piensa:

«Vida, ¿por qué me trataste tan despiadadamente? ¿Por qué me has castigado de este modo?» Y no tengo respuesta, ni en la oscuridad ni a la luz del sol... No la tengo, ¡ni la espero! —y de pronto, al caer en la cuenta, empujó cariñosamente al hijito y le dijo—: Anda, querido, vete a jugar un poco junto al  agua; junto a las  aguas desbordadas,  los  chiquillos  encuentran siempre  algo.  ¡Pero ten cuidado, no te mojes los pies!

Cuando fumábamos en silencio, yo observando  a hurtadillas al padre y al hijo, había advertido ya una circunstancia que me pareció extraña. El chiquillo iba vestido con sencillez, pero su ropilla era  buena;  la  hechura  de  su  larga  chaquetita,  forrada  de  fina  y desgastada  piel  de  cabra,  las diminutas  botas altas,  lo suficientemente  holgadas  para ponérselas  con calcetines  de lana,  y un zurcido hecho  con mucha  maestría  para  tapar  un desgarrón  en  la  manga,  todo ello  denotaba cuidados de mujer, la cariñosa solicitud de unas hábiles manos maternales. En cambio, el aspecto del padre era distinto: la enguatada chaqueta, quemada en algunos lugares, había sido recosida con descuido, burdamente; el remiendo de los pantalones caqui, de uniforme, no lo habían echado como era menester, y más bien parecía sujeto a la ligera con grandes puntadas de hombre;  llevaba unas botas nuevas de soldado, pero los compactos calcetines de lana estaban comidos por la polilla sin que hubieran sido arreglados por ninguna mano femenina... Y entonces, pensé: «Tú eres viudo o te llevas mal con tu mujer».

Mas él, después de seguir con la mirada al hijito, tosió broncamente y volvió a hablar; yo, todo oídos, le escuchaba:

—Al principio mi vida fue corriente. Nací en la provincia de Vorónezh, el año mil novecientos. Durante la guerra civil, serví en el Ejército Rojo, en la división de Kikvidze. El veintidós, el año del hambre, me marché al Kubán, a trabajar como un burro para los kulaks; por eso escapé con vida. Pero el padre y la madre, con una hermanita mía, murieron de hambre. Quedé solo. Sin nadie en el mundo, sin un pariente. Pues bien, al cabo de un año, volví del Kubán, vendí la pequeña jata1 y me fui a vivir a Vorónezh.  Al principio, trabajé en un artel de carpinteros; luego, pasé a una fábrica,

 

 

1 casa campesina de Ucrania y el Sur de Rusia.

 

 

 

aprendí el oficio de mecánico ajustador. Poco más tarde, me casé. Mi mujer se había criado en una casa de niños. Era huérfana. ¡Buena muchacha me tocó en suerte! Sumisa, alegre, complaciente y lista, ¡bien diferente de mí! Desde niña sabía lo que eran las penas, y quizás eso se reflejara en su carácter. Mirándola desde fuera, desde un lado, no era muy vistosa que digamos, pero yo no la miraba desde un lado, sino de frente. Y no había para mí en el mundo mujer más guapa y deseada que ella, ¡ni la habrá!

»Volvía uno del trabajo, cansado, y a veces con un humor de mil diablos. Pero ella no contestaba nunca con rudeza a las rudas palabras mías. Cariñosa, apacible, no sabía qué hacer conmigo y se desvivía, incluso cuando yo traía poco dinero a casa, para prepararme  siempre un plato sabroso. La miraba uno, y se le ablandaba el corazón, y, al cabo de un ratillo, la abrazaba y le decía: “Perdona, querida  Irina,  he  estado  muy grosero  contigo. Pero,  compréndelo,  hoy no me  ha  ido bien  el trabajo”. Y de nuevo reinaba entre nosotros la paz, y la tranquilidad volvía a mi alma. ¿Y tú sabes, hermano, lo que eso significa para el trabajo? Por la mañana, me levantaba como nuevo, iba a la fábrica, ¡y cualquier faena cundía, marchaba de primera en mis manos! Ya ves lo que es tener una mujer y compañera inteligente.

»En ocasiones, los días de cobro ocurría que me iba a beber con los amigos. A veces, también volvía a casa haciendo tantas eses, que seguramente  daría miedo verme. La calle era estrecha para uno, sin hablar ya de los callejones. Yo era entonces un muchacho sano y fuerte como un toro; por mucho que bebiera, llegaba siempre por mi pie a casa. Mas, alguna vez que otra, también recorría el último trecho  metiendo  la  primera,  es  decir,  a cuatro  patas;  pero  llegaba.  Y de nuevo,  ni un reproche, ni gritos ni escándalos. Mi Irina se limitaba a reírse unas miajas de mí, y eso con tiento, no fuera a ofenderme... Me desnudaba y me decía bajito: “Acuéstate junto a la pared, Andriusha, no vayas  a caerte,  dormido,  de la  cama”.  Bueno, y yo me derrumbaba  como un fardo,  y todo se balanceaba ante mis ojos. Sólo entre sueños, sentía que ella me pasaba suavemente la mano por los cabellos y susurraba algo con cariño; me acariciaba, por consiguiente...

»Por la mañana, me hacía levantarme dos horas antes de entrar al trabajo, para que me despabilase. Ella sabía que, después de la borrachera, yo no comería  nada; por eso me traía un pepino en salmuera o alguna otra cosilla ligera y me llenaba de vodka un vaso de cristal tallado. “Toma, Andriusha, para que se te quite la resaca, pero no debes beber más, querido.” ¿Acaso se podía no hacer honor  a semejante confianza? Bebía, le daba las gracias sin palabras, con los ojos únicamente,  la  besaba y me iba  al  trabajo  como un corderito.  En cambio,  si  me hubiera dicho alguna palabra de más, si hubiera empezado a dar voces o a regañar, estando yo bajo los efectos del alcohol, ¡como hay Dios que me habría emborrachado también el segundo día! Así pasa en otras familias en que la mujer es tonta; yo he visto a imbéciles de ésas, y lo sé bien.

»Pronto,  empezaron  a  llegar  los  hijitos.  Primero  nació  un niño; luego,  dos  niñas  más...  Y entonces me aparté de los compañeros. Llevaba a casa la paga íntegra, pues la familia era ya numerosa, y no era cosa de beber. Los domingos tomaba un bock de cerveza, y punto final.

»El año veintinueve empecé a cobrarle afición a los automóviles. Aprendí a conducir, y empuñé el volante de un camión. Luego, le tomé el gusto a aquello y no quise volver a la fábrica. Manejar el volante  me  parecía  más  distraído.  Viví  de  esta manera  diez  años,  sin  darme  cuenta  de  cómo pasaron. Se fueron como un sueño. ¿Qué son diez años? Pregúntale a cualquier hombre de edad si se ha enterado de cómo fue su vida, y te dirá que no se ha dado cuenta de nada. El pasado es igual que esa estepa lejana, envuelta en niebla. Por la mañana, iba yo por ella, y todo estaba claro en derredor;  pero,  después de andar veinte kilómetros, se cubrió de niebla y ahora no se distingue desde aquí el bosque de la maleza, ni las tierras aradas de los campos segados.

»Trabajé durante esos diez años día y noche. Ganaba bastante, y no vivíamos peor que las demás gentes. Los  chicos  nos  daban  alegrías:  los  tres  estudiaban  con notas  de  sobresaliente,  y el mayorcillo, Anatoli, resultó tan capaz para las matemáticas, que hasta llegaron a hablar de él en un periódico de Moscú. Yo mismo, hermano, no sé de quién le vendría tanto talento para esas ciencias. Pero aquello me halagaba mucho, y estaba orgulloso de él, ¡muy orgulloso!

 

 

 

»En los diez años ahorramos algún dinerillo y, en vísperas de la guerra, nos hicimos una casita con dos  habitaciones   pequeñas,   despensa  y  pasillo.   Irina   compró dos   cabras.   ¿Qué  más necesitábamos?  Los chicos  comían  gachas con leche,  teníamos un hogar,  estábamos vestidos  y calzados; por consiguiente, todo marchaba bien. Sólo que tuve poco acierto para construir la casa. Me dieron una parcela, de seiscientos metros cuadrados, no lejos de una fábrica de aviación. De haber hecho mi nido en otro sitio, tal vez hubiera sido otra mi suerte.

»Y de pronto, la guerra. Al segundo día recibí una citación para que me presentase en el centro de reclutamiento, y al tercer día, al tren militar. Fueron  a despedirme a la estación los cuatro míos: Irina, Anatoli y mis hijas Nástienka y Oliushka. Todos los chicos se portaron como unos valientes. Claro que a mis hijas, no sin motivo, se les saltaron unas lagrimillas. A Anatoli solamente se le estremecían los hombros, como si tuviera frío, por aquel entonces ya había cumplido los dieciséis años, y a mi Irina... En los diecisiete años de matrimonio, nunca la había visto así. Toda la noche anterior estuvo mi camisa humedecida por sus lágrimas en el hombro y el pecho, y por la mañana, la misma historia... Llegaron a la estación, y yo, de la lástima que me daba mi mujer, no podía mirarla: tenía los labios hinchados de llanto, los cabellos asomaban revueltos bajo el pañuelo, y los ojos, turbios, como de loca. Los jefes dieron la orden de subir al tren, y ella se derrumbó  sobre mi pecho mientras sus manos  se aferraban a mi cuello; temblaba toda, como un árbol hendido por un hachazo... Los chicos y yo tratábamos de consolarla, pero ¡de nada servía! Otras mujeres hablaban con sus maridos o con sus hijos, pero la mía estaba pegada a mí, como la hoja a la rama, y no hacía más que temblar toda ella sin poder articular palabra. Yo le dije: “¡Hay que ser fuertes, querida Irina! Dime aunque sólo sea unas palabras de despedida”. Ella balbuceó, sollozando a cada palabra: “Querido mío... Andriusha... no volveremos a vernos... más... en este... mundo...”.

»A mí mismo se me desgarraba el corazón de la lástima que me daba de ella, y, por si no tenía bastante,  me  salía  con aquellas  palabras.  Debía  comprender   que  a  mí tampoco  me  era  fácil separarme de ellos, pues no iba a ninguna fiesta. ¡Y me llené de coraje! A la fuerza, retiré sus manos y le di un leve empujón en el hombro. Creí que la había empujado ligeramente, pero yo tenía entonces una fuerza tremenda; ella vaciló, retrocedió unos tres pasos y vino de nuevo hacia mí con pasitos cortos, tendiéndome las manos; yo le grité: “¿Es ése modo de despedirse de uno? ¿Por qué me entierras en vida antes de tiempo?” Pero le abracé otra vez, porque veía que estaba trastornada...

Cortó bruscamente el relato, sin acabar la frase, y en el silencio que se hizo oí como un gorgoteo sordo en su garganta. Y me contagié de su emoción. Dirigí una oblicua mirada al narrador, pero no vi ni una lágrima  en  sus ojos,  secos,  como de muerto.  Estaba sentado,  muy gacha  la  cabeza; inmóvil; únicamente sus grandes manos, que colgaban fláccidas, se estremecían  con leve temblor; le temblaba la barbilla, los finos labios...

—¡Cálmate,  amigo,  no recuerdes  más!  —le  aconsejé  quedo,  pero  él  no debió  de  oír mis palabras; haciendo un supremo esfuerzo de voluntad, dominó su emoción y dijo de pronto con voz ronca que se quebraba de un modo extraño:

—Hasta el fin de mis días, hasta que me muera, ¡no me perdonaré nunca el haberla empujado aquel día!

Volvió a callar largo rato. Intentó liar un cigarro, pero se le rompió el papel de periódico, y el tabaco esparcióse por sus rodillas. Al fin, hizo como pudo un cucurucho,  a guisa de pipa, dio con ansia varias chupadas y, luego de toser, continuó:

—Me desgajé de Irina, le cogí la cara con las manos, la besé, y sus labios estaban como el hielo. Me  despedí  de  los  chicos,  corrí al  vagón  y salté  al  estribo,  ya  en marcha.  El tren arrancaba despacio, despacio; tuve que pasar frente a los míos. Vi que mis hijitos, desvalidos, agrupados en apretado haz, agitaban las manecitas dándome su adiós; querían sonreír, pero no les salía la sonrisa. Irina se apretaba  las manos contra el pecho; tenía los labios más blancos que el papel, murmuraba algo, me miraba sin pestañear y tendía todo el cuerpo adelante como si quisiera avanzar contra un viento recio... Así ha quedado  en mi memoria, para toda la vida: las manos apretadas contra el pecho, los labios blancos, los ojos muy abiertos, anegados en lágrimas... La mayoría de las veces, siempre la veo así en sueños... ¿Por qué la empujaría entonces? Y hasta ahora, cuando lo recuerdo, es como si me partieran el corazón con un cuchillo romo...

»Organizaron nuestra unidad cerca de Biélaia Tsérkov, en. Ucrania. A mí me dieron un camión

«ZIS-5». Y en él marché al frente. Bueno, de la guerra no voy a contarte nada, porque tú mismo la viste y sabes cómo fue al principio. De los míos recibía carta con frecuencia; yo les mandaba unas líneas de tarde en tarde. A veces, escribía uno diciendo: “Todo marcha bien, peleamos un poquillo y, aunque ahora retrocedemos, pronto reuniremos fuerzas y les daremos  a los fritzs para el pelo”.

¿Qué otra  cosa se podía  decir?  Malos tiempos  eran, no estábamos para escribir.  Además, debo reconocer  que yo mismo no era aficionado a tocar  las cuerdas sensibles  con quejas  y no podía soportar  a esos llorones que cada día, viniera o no a cuento,  les escribían a sus mujeres y a sus adorados tormentos llenando el papel de mocos. “Esto es duro —decían—,  penoso; en cualquier momento  te pueden matar.”  Y esos  maricas  con pantalones  se  quejaban,  buscaban  compasión, babeaban, sin querer comprender  que las pobres mujeres y niños de la retaguardia no lo pasaban mejor que nosotros. ¡Todo el Estado se apoyaba en ellos! ¡Qué espaldas tenían que tener nuestras mujeres  y nuestros hijos  para no doblegarse  bajo  un peso tan  grande!  Y sin  embargo,  ¡no se doblegaron, resistieron! Y esos bribones, esos gallinas, es cribían cartas lloronas que para las mujeres que trabajaban eran como un palo en los calcañares. Las desdichadas, después de recibir semejantes cartas, dejaban caer los brazos con desaliento y ya no podían con el trabajo. ¡No! Para eso eres hombre  y soldado, para soportarlo todo, para aguantarlo todo si es preciso. Y si tienes más madera de mujer que de hombre, ponte un miriñaque para abultar tu flaco trasero,  a fin de que, al menos por detrás, te parezcas a ellas, y vete a escardar remolacha o a ordeñar  vacas, pues en el frente no se necesitan hombres como tú, ¡ya hay bastante pestilencia!

»Pero no tuve que combatir ni siquiera un año... En ese tiempo me hirieron dos veces, las dos levemente; una, en un brazo, sin tocarme el hueso; otra, en una pierna; la primera, de bala, desde un avión; la segunda, de un casco de metralla.

Los alemanes  me agujerearon  el  coche por arriba  y por los  lados,  pero yo, hermano,  en los primeros tiempos tuve suerte. Siguió la suerte hasta que vino la negra... Me hicieron prisionero cerca de Losovienki,  en mayo  del  cuarenta y dos, en desgraciadas  circunstancias:  los  alemanes atacaban entonces de firme, y una de nuestras baterías de obuses, de ciento veintidós milímetros, se quedó casi sin munición; abarrotaron mi camión de proyectiles, a más no poder, y yo mismo trabajé tanto en la carga, que tenía la guerrera pegada a la espalda de lo mucho que sudé. Había que darse gran prisa, porque el enemigo se acercaba:  a la izquierda se oía el estruendo  de sus tanques;  a la derecha, fuerte tiroteo; delante, tiros también, y ya empezaba a oler a chamusquina...

»El jefe de nuestra compañía de transporte me preguntó: “¿Podrás pasar, Sokolov?” Holgaba la pregunta. Allí, mis camaradas quizás estuvieran cayendo, ¿cómo iba yo a andarme con remilgos? “¡Ni que decir  tiene!  —le contesté—.  Debo  pasar, ¡y asunto concluido!” “Bueno  —me dijo—,

¡embala! ¡Lánzate a todo gas!”

»Y me lancé a todo gas. ¡Nunca  había corrido tanto como aquella vez! Sabía que no llevaba patatas y que con una carga semejante era preciso ir con precaución, pero ¿qué precaución cabía cuando los muchachos estaban peleando con las manos vacías y todo el camino, de punta a punta, estaba batido por el fuego de los cañones? Recorrí unos seis kilómetros; pronto debía tirar hacia un sendero para llegar al barranco  donde estaba emplazada la batería, cuando miro y... ¡ay, madre santa! Por la derecha y por la izquierda venía, esparciéndose por el campo, nuestra infantería; las minas estallaban ya entre sus filas. ¿Qué hacer? ¿Dar la vuelta? ¡Pisé el acelerador a fondo! Hasta la batería no quedaba más que una insignificancia, cosa de un kilómetro; había ya virado hacia el sendero, pero no logré llegar hasta los nuestros, hermano... Por lo visto, un disparo de artillería pesada, de largo alcance, me lanzó fuera del camión. No oí siquiera el estampido, nada; sólo sentí como si  me estallase algo  dentro  de la cabeza; no recuerdo  más. No sé cómo escapé con vida entonces ni cuánto tiempo estuve tirado en tierra, a unos  ocho metros  de la cuneta. Recobré el conocimiento, pero no podía levantarme: la cabeza me temblaba, y todo yo tiritaba como si tuviese mucha fiebre, se me nublaba la vista, en el hombro izquierdo algo crujía y chirriaba, y sentía un dolor tan grande por todo el cuerpo, que cualquiera diría que me habían estado dando palos dos días seguidos.  Largo  rato  me arrastré por tierra;  al  fin, me levanté  como pude.  Pero de nuevo  no comprendía  nada:  ni dónde  estaba ni qué  me  había  ocurrido. Había  perdido  la  memoria  por completo. Me daba miedo volverme a tumbar. Temía que, si me tumbaba, no volvería a levantarme más, moriría. Estaba en pie, tambaleándome como un álamo agitado por el vendaval.

»Cuando volví en mí y recobré el discernimiento, miré detenidamente alrededor, y sentí como si me retorcieran el corazón con unas tenazas: por todas partes estaban tirados los proyectiles que yo traía: no lejos, hecho pedazos, se encontraba  mi camión, volcado con las ruedas para arriba. ¿Qué era aquello?

»No hay por qué ocultarlo,  las  piernas  se me  doblaron  solas  y caí como derribado  por un hachazo, pues me di cuenta de que estaba cercado,  mejor dicho, de que era ya prisionero de los alemanes. Ya ves las cosas que ocurren en la guerra.-

»¡Ay, hermano, qué doloroso es darse cuenta de que, en contra  de tu voluntad, te encuentras prisionero! A quien no haya pasado por ese trance  no es  posible llegarle al alma, hacerle comprender como es debido lo que eso significa.

»Pues  bien,  yacía  en  tierra,  cuando  oigo estruendo  de  tanques.  Cuatro  tanques  alemanes, medianos, corrían a toda marcha frente a mí, en dirección al lugar de donde yo había salido con las municiones,.. ¿Cómo soportar aquel dolor? Luego, pasaron unos tractores arrastrando unos cañones, una cocina de campaña, y después, la infantería, poco, no más de una compañía diezmada. Los estuve mirando de refilón  y apreté de nuevo  la cara contra  la tierra y cerré los ojos: dolía verlos, y el corazón dolía también...

»Creí  que  habían  pasado  todos,  alcé  un poco la  cabeza  y vi  a  seis  soldados,  con fusil ametrallador,  que caminaban  a unos  cien  metros. De pronto, dejaron  el  camino  y se dirigieron derechos hacia mí. Venían en silencio. “Bueno —pensé—, me ha llegado la hora”. Me senté, pues no quería morir echado; luego me puse en pie. Uno de los soldados se detuvo  a unos pasos, meneó bruscamente  el  hombro y se  descolgó  el  fusil  ametrallador.  ¡Qué  curioso  es  el  carácter  del hombre!.... En aquel momento no sentía el menor pánico ni se me encogió el corazón. No hacía más que mirarle y pensar: “Ahora me soltará una ráfaga corta, pero ¿dónde me la disparará: en la cabeza o cruzándome el pecho?” ¡Como si a mí no me diera lo mismo que me acribillase una parte u otra!

»Era un mozo negrete, de buena presencia, con los labios finos como hilos y los ojos entornados. “Éste me mata, y se quedará tan fresco”, deduje. Y en efecto: me apuntó con el fusil ametrallador; yo le miré de frente, a la cara, sin decir palabra, pero otro —un cabo o algo así, de más edad, puede decirse que ya entrado en años— gritó algo, le apartó de un empujón, se acercó  a mí, farfulló no sé qué en su lengua y me dobló el brazo derecho, para palparme el músculo, por consiguiente. Hecha la comprobación exclamó: “¡O-oh!” y señaló hacia el camino, en dirección a donde se ponía el sol. “Arre, bestia de carga, trabaja para nuestro Reich.” ¡Resultó que era un amo, el hijo de perra!

»Pero  el  negrete  había  echado  el  ojo a  mis  botas  altas,  que  tenían  buena vista,  y me dijo señalando con el dedo: “¡Quítatelas!” Yo me senté en el suelo, me las quité y se las ofrecí. Él me las arrebató  de las manos. Me desenrollé los peales  y se los tendí también, mirándole de abajo arriba. Pero él empezó a dar voces, a soltar tacos en su lengua, y empuñó de nuevo el fusil ametrallador. Los demás reían a carcajadas, como si relinchasen. Y así se fueron, por las buenas. Sólo el negrete, antes de llegar al camino, volvió dos o tres veces la cabeza mirándome con ojos centelleantes, de lobezno; estaba furioso, pero ¿por qué? Cualquiera diría que le había quitado yo las botas, en lugar de él a mí.

»¿Y qué iba a hacer yo, hermano? No había más remedio.

Salí al camino, jurando como un carretero, con escogidos ajos de la región de Vorónezh,  y eché a andar hacia el Oeste, ¡hacia el cautiverio!.... Pero mi andadura era entonces Hojilla, un kilómetro por hora, no más... Quería uno ir adelante, y daba bandazos de un lado para otro, haciendo eses como un borracho. Anduve un trecho y me dio alcance una columna de prisioneros; gente nuestra, de la división mía. Los conducían diez soldados alemanes con fusil ametrallador. El que iba al frente de la columna, al llegar a mi altura, sin decir una mala palabra, me golpeó en la cabeza, de un revés, con la culata del fusil. Si hubiera caído, me habría cosido a la tierra con una ráfaga, pero los nuestros me cogieron antes que cayera, me empujaron al centro y me llevaron, sujetándome de los brazos,  durante  media  hora.  Y cuando  recobré  el  sentido,  oí que  uno de  ellos  me  susurraba: “¡Líbrete Dios de caer! Camina, aunque sea con tus últimas fuerzas; si no, te matarán”. Y yo, con mis últimas fuerzas, caminé.

»En cuanto el sol se hubo  ocultado, los alemanes reforzaron la escolta; en un camión, trajeron unos veinte soldados más con fusil ametrallador; nos arrearon a paso ligero. Los heridos graves no podían seguir a los demás, y los mataban  a tiros en la misma carretera. Dos intentaron huir, sin tener en cuenta que en una noche de luna, en campo raso, se le ve a uno divinamente, y claro, los mataron también. A medianoche, llegamos a un pueblo medio quemado. Nos encerraron en una iglesia, con la cúpula destrozada, para pernoctar allí. En el suelo de losas no había ni un puñado de paja, y todos íbamos sin capote, a cuerpo gentil, de modo que no teníamos nada con que hacer un lecho. Algunos ni siquiera llevaban guerrera, sólo la camisa de lienzo. En su mayoría eran oficiales de poca graduación. Se habían quitado las guerreras y chaquetas de uniforme para que no se les distinguiera de los soldados rasos. Los servidores de los cañones iban también ligeros de ropa. Los habían hecho prisioneros cuando estaban casi desnudos, en su faena, y así continuaban.

»Por la noche cayó una lluvia tan torrencial, que todos nos calamos hasta los huesos. La cúpula se la había llevado algún proyectil pesado o alguna bomba de avión, y toda la techumbre estaba hecha una criba a causa de la metralla; no había un sitio seco ni siquiera en el altar. Así pasamos la noche entera, como ovejas en un redil oscuro. Mediada la noche, noto que alguien me toca en el brazo y me pregunta: “Camarada, ¿no estás herido?” “¿Y a ti qué te importa, hermano?”, le contesto. Y él me dice: “Soy médico militar, tal vez pueda prestarte alguna ayuda”. Yo me quejo de que el hombro izquierdo me crujía, se me había hinchado y me dolía terriblemente. Él dijo con firmeza:  “Quítate  la  guerrera  y la  camisa”.  Me  quité  todo aquello  y él  empezó  a palparme  el hombro aferrándose a él con sus dedos finos, de un modo que me hizo ver las estrellas. Rechinaron mis dientes y le dije: “Tú debes de ser veterinario; y no médico de personas. ¿Por qué me aprietas así en el sitio dolorido?, ¿es que  no tienes entrañas?” Pero él seguía palpando  y me contestaba maligno: “¡Tu obligación es callar! Vaya un charlatán que me has salido. Aguanta,  que ahora te dolerá aún más”. Y cuando me tiró del brazo vi unas chispas rojas que saltaban de mis ojos.

»Me repuse un poco y le pregunté: “¿Qué estás haciendo, fascista desgraciado? Tengo el brazo hecho cisco, y tú me das esos tirones”. Oigo que se ríe por lo bajo y me dice: “Creí que me ibas a golpear con la derecha, pero resulta que eres un muchacho pacífico. No tienes el brazo roto, sino dislocado, ya te he puesto el hueso en su sitio. Bueno, ¿qué tal ahora, sientes alivio?” Y en realidad notaba que el dolor iba desapareciendo. Le di las gracias, de corazón y él siguió adelante en la oscuridad, preguntando bajito: “¿Hay algún herido?” ¡Ya ves lo que es un verdadero doctor! Hasta en el cautiverio y en las tinieblas cumple su gran misión.

»Intranquila fue la noche aquella. No se permitía salir a hacer aguas; así nos lo había advertido el jefe de la escolta cuando nos metían por parejas en la iglesia. Y, como por castigo, a uno de los nuestros, un beato, le entraron  muchas ganas de hacer una necesidad. Estuvo aguantando y aguantando  hasta que empezó a lloriquear: “¡No puedo —decía— profanar un lugar sagrado! ¡Yo soy creyente, yo soy cristiano! ¿Qué hago, hermanos míos?” Y los nuestros, ¡ya sabes tú cómo son! Unos se reían, otros soltaban ternos, los de más allá le daban toda clase de graciosos consejos. Nos alegró a todos  el beato, pero aquel barullo acabó de muy mala manera: el del apretón  empezó a aporrear la puerta y a pedir que le dejasen salir. Bueno, y contestaron  a su petición: un fascista disparó  una larga ráfaga  a través  de la  puerta,  a todo lo ancho, y mató al  beato aquel  y a tres hombres más; otro fue gravemente herido y murió al amanecer.

 

 

 

»Pusimos a los muertos  en un sitio aparte, nos sentamos todos  y quedamos  en silencio, pensativos: el principio no era muy alegre... Poco  después, empezamos  a hablar a media voz, a cuchichear:  de  dónde  era  cada  uno, de  qué  distrito,  cómo lo habían  hecho  prisionero;  en  la oscuridad,  los  camaradas  de  una  misma  sección  o los  conocidos  de  una  misma  compañía  se perdían, y empezaban  a llamarse unos a otros, en voz baja. Junto a mí, oí esta queda conversación. Uno decía: “Si mañana, antes de llevarnos más lejos, nos forman y preguntan por los comisarios, los comunistas y los hebreos, tú, jefe de la sección, ¡no te escondas! No conseguirás nada con ello.

¿Te figuras que, porque te has quitado la guerrera,  vas a pasar por un soldado raso? ¡No, eso no cuela!  Yo no estoy dispuesto a responder  por ti. ¡Seré el primero  en señalarte!  Yo sé que  eres comunista y que me hiciste propaganda para que ingresase en el Partido, ¡pues responde ahora de tus actos! “. Esto lo decía uno que estaba sentado, cerca, junto a mí, y al otro lado de él una voz joven le contestó: “Siempre sospechaba que tú, Krizhnev, eras una mala persona. Sobre todo cuanto te negaste  a ingresar  en el  Partido,  alegando  tu poca instrucción.  Pero nunca creí que pudieses llegar  a ser  un traidor.  Pues tú has  terminado  la  escuela  secundaria,  ¿verdad?”.  El interpelado respondió  con desgana  a  su  jefe  de  sección:  “Bueno,  la  terminé,  ¿y  eso qué  tiene  que  ver?”. Estuvieron callados largo rato; luego, el jefe de la sección —lo reconocí por la voz—, dijo bajito: “No me delates, camarada Krizhnev”. Y éste repuso soltando una maligna risita: “Los camaradas se han quedado al otro lado del frente, yo no soy camarada tuyo; no me vengas con ruegos, porque de todos modos, te señalaré. Cada uno cuida de su pelleja'.

»Callaron los dos; y yo sentí un escalofrío ante aquella ruindad. “¡No —pensé—, no te permitiré, hijo de perra, que delates a tu jefe! No saldrás vivo de esta iglesia, te sacarán de los pies,

¡como  una res muerta! “. Empezaba  a clarear un poco y vi que, junto a mí, estaba tumbado  boca arriba un mocetón  de cara grande, con las manos cruzadas bajo la nuca, y cerca de él, sentado, abarcándose las rodillas con los brazos, había un muchachito en mangas de camisa, delgaducho, chatillo y muy pálido. “Desde luego —pensé—,  ese muchachito no podrá con un caballo castrado tan gordo. Tendré yo que despacharlo”.

»Toqué al jovencillo en el brazo y le pregunté en un susurro: “¿Tú eres jefe de sección?” Él se limitó a asentir con la cabeza. “¿Ése te quiere delatar?”, le pregunté, señalando al mocetón que estaba tumbado.  Volvió a inclinar la cabeza, confirmando. “Bueno —le dije—, ¡sujétalo por las patas para que no cocee! ¡Venga, vivo! “, y caí sobre el mocetón y le atenacé el gañote con los dedos. No tuvo tiempo ni de lanzar un grito. Le sujeté debajo de mí un rato y me incorporé. Ya estaba liquidado el traidor, ¡y con la lengua fuera, colgando a un lado!

»Después de aquello, sentía un desazón muy grande y un deseo terrible de lavarme las manos, como si, en vez de a un hombre, hubiese estrangulado a un reptil repugnante... Era la primera vez que mataba en mi vida, y además, a uno de los nuestros... Aunque, ¡qué iba a ser de los nuestros! Era peor que un extraño, un traidor. Me levanté y le dije al jefe de sección: “Vámonos de aquí, camarada, la iglesia es grande”.

»Como había dicho el Krizhnev aquel, por la mañana nos formaron a todos,  junto a la iglesia, nos  cercaron  con un cordón de  soldados  con fusil  ametrallador,  y tres  oficiales  de  los  S.S. empezaron  a seleccionar la gente más peligrosa para ellos. Preguntaron quiénes eran comunistas, jefes de unidad o comisarios, pero no apareció ninguno. Como no apareció tampoco ni un solo canalla que delatase, porque entre nosotros eran comunistas casi la mitad y había jefes de unidad y, ni que decir tiene, también comisarios. Sólo sacaron cuatro, entre docientos hombres y pico. Uno hebreo y tres rusos, soldados rasos. Los rusos cayeron en desgracia porque los tres eran morenos y tenían el pelo rizoso. Se acercaban  a uno de éstos y le preguntaban: “¿judío?”. Él decía que era ruso, pero no querían ni escucharle. “Sal, y se acabó.”

»Fusilaron a aquellos pobretes y a nosotros  nos llevaron más adelante. El jefe de sección que había estrangulado conmigo al traidor se mantuvo  a mi lado hasta el mismo Poznan; el primer día me estrechaba la mano de vez en cuando, sobre la marcha. En Poznan nos separaron por la razón que voy a contarte. Es el caso, hermano, que desde el primer día venía yo pensando en marcharme con los nuestros. Pero quería escaparme con seguridad de éxito. Hasta el mismo Poznan, donde nos metieron en un verdadero campo de prisioneros, no se me había presentado  ni una sola vez una ocasión favorable. Y en el campo de Poznan pareció presentarse:  a fines de mayo, nos mandaron a un bosquecillo cercano al campo a cavar una fosa para unos prisioneros, compañeros nuestros, que habían muerto; en aquel tiempo muchos de nuestros hermanos morían de disentería; estaba yo cavando la arcilla de Poznan, y mirando de vez en cuando alrededor, y de pronto observé que dos de los guardianes se habían sentado a tomar  un bocado y el tercero dormitaba al solecillo. Tiré la pala y, sin hacer ruido, me escondí detrás de un matorral... Luego eché a correr, todo derecho, en dirección a donde salía el sol...

»Por lo visto, mis guardianes tardaron  en darse cuenta. Pero ¿de dónde sacaría yo, estando tan extenuado como estaba, fuerzas para recorrer casi cuarenta kilómetros en un día? Yo mismo no lo sé. Sin embargo, de mis ilusiones no resultó nada: al cuarto día, cuando ya estaba lejos del maldito campo, me atraparon. Unos perros policías me siguieron la pista y me encontraron en un campo de avena sin segar.

»Al amanecer, me había dado miedo de seguir caminando a campo raso, y como hasta el bosque quedaban no menos de tres kilómetros, me tumbé entre la avena para descansar durante  el día. Estrujé unos granos con las palmas, comí un poco y me llené los bolsillos de reservas. De pronto, oigo unos ladridos  y el  traqueteo  de una moto...  Se me desgarró  el  corazón, porque los  perros ladraban cada vez más cerca. Me tendí, pegándome al terreno, y me tapé la cara con las manos para que al menos no me mordieran en ella. Bueno, llegaron corriendo y me arrancaron en un instante todos los harapos del cuerpo, dejándome como me parió mi madre. Estuvieron rodándome por la avena todo el tiempo que les dio la gana y, por último, un perro me puso las patas delanteras en el pecho y enfiló el hocico hacia mi garganta, pero por el momento no me tocó.

»Llegaron  unos alemanes  en  dos  motocicletas.  Primero  me golpearon  cuanto  se les  antojó; luego, azuzaron contra mí los perros; la piel y la carne saltaban de mi cuerpo a pedazos. Desnudo, bañado en sangre, me llevaron al campo de prisioneros. Me pasé un mes metido en el calabozo, por el intento de fuga, pero, a pesar de todo, salí del trance con vida... ¡con vida!

»Doloroso  es, hermano,  recordar,  y más aún referir  lo que hube  que pasar en el  cautiverio. Cuando recuerda uno los tormentos inhumanos que tuvimos que soportar allí, en Alemania, y a todos los amigos y camaradas que perecieron martirizados en aquellos campos de concentración, el corazón  se sube a la garganta y cuesta trabajo respirar.

»¡Adónde no me llevarían  en  los  dos  años  de  cautiverio!  Recorrí  media  Alemania  en  este tiempo; estuve en Sajonia, trabajando en una fábrica de silicatos; en la región del Ruhr, picando carbón en una mina; en Baviera, echando joroba en trabajos de excavación, y en Turingia también...

¡Por qué lugares de la tierra alemana no caminaría yo! Ni el diablo lo sabe. La naturaleza, hermano, es allí distinta en todas partes, pero en todas partes nos ametrallaban y pegaban igual. Y pegaban los  miserables  parásitos,  malditos  de Dios,  como nunca  se ha pegado  en nuestra  tierra ni a las bestias. Nos daban puñetazos, nos pateaban, nos golpeaban con porras de goma, con los hierros de toda clase que encontraban a mano, sin hablar ya de las culatas de los fusiles y otros maderos.

»Te golpeaban porque eras ruso, porque aún vivías en el mundo, porque trabajabas para ellos, para los muy canallas. Te pegaban porque no mirabas, porque no andabas, porque  no te volvías como a ellos les gustaba... Pegaban sencillamente para matarte alguna vez, para que te atragantases con tu última bocanada de sangre y reventaras de las palizas. Por lo visto, no había para nosotros en Alemania bastantes hornos crematorios...

»Y nos daban de comer lo mismo en todas partes: ciento cincuenta gramos de algo parecido a pan, mitad serrín, y una sopa clara de nabos. Agua hervida daban en algunas partes; en otras, no. En fin, ¡qué te voy a decir! Imagínate: antes de la guerra pesaba yo ochenta y seis kilos, y para el otoño no me quedaban más que cincuenta. Estaba en los puros  huesos, e incluso los huesos ya no tenía fuerza para arrastrarlos. Y venga trabajo, y no rechistes; además, un trabajo que un caballo de carga no habría podido con él.

 

 

 

»A primeros de septiembre, nos trasladaron a ciento cuarenta y dos prisioneros soviéticos desde un campo cerca de la ciudad de Küstrin al campo B-14, no lejos de Dresde. Por aquel tiempo había allí  alrededor  de  dos  mil de  los  nuestros. Todos  trabajaban  en  una  cantera;  a mano,  extraían, picaban y machacaban piedra alemana. La norma era de cuatro metros cúbicos diarios por alma, advirtiéndote que aquella gente apenas tenía ya sujeta el alma al cuerpo con un hilo muy fino. Y empezó la cosa: al cabo de dos meses, de ciento cuarenta y dos hombres  que éramos en nuestra expedición, sólo quedábamos cincuenta y siete. ¿Qué te parece, hermano? Mal asunto, ¿verdad? No dábamos  abasto a enterrar  a los nuestros, y además circulaban por el campo rumores de que los alemanes habían tomado Stalingrado1  y seguían avanzando hacia Siberia. Una pena tras otra, y te encorvaban de tal manera, que no alzabas los ojos de la tierra alemana, de aquella tierra extraña, como si le pidieras que a ti también te recogiese en su seno. Entretanto,  los de la guardia del campo bebían todos los días, berreaban canciones, estaban muy contentos, locos de júbilo.

»Un anochecer volvimos al barracón  después del trabajo. Había estado lloviendo todo el día. Teníamos los harapos chorreando; tiritábamos todos como perros, al viento frío, dando diente con diente. Y no había dónde secarse, ni dónde calentarse un poco; por añadidura, traíamos un hambre tremenda, más que tremenda, espantosa. Pero por las noches no nos correspondía comer.

»Me quité los empapados andrajos, me tumbé en el camastro de madera y dije: “Ellos necesitan que les demos cuatro metros cúbicos, por cabeza, pero a cada uno de nosotros le basta y le sobra con un metro cúbico, para su sepultura”. No dije más, pero no faltó entre los nuestros un canalla que fuese a contarle al comandante del campo mis amargas palabras.

»El comandante del  campo —el  lagerführer,  en su lengua—era  un alemán  llamado  Müller, macizo, de mediana estatura, albino y todo él como blancuzco: los cabellos, las cejas, las pestañas, incluso los ojos, eran blanquecinos, saltones. Hablaba el ruso como tú y yo, y además recargando el acento en la “o”, alegaba que era oriundo de la región del Volga. Y en lo de soltar ajos, tacos y ternos era un verdadero maestro. ¿Dónde habría aprendido aquel maldito el oficio? A veces, nos formaba  ante  el  block —como llamaban  ellos  al  barracón—,   pasaba  frente  a  la  formación, acompañado de su jauría de los S.S. y con el brazo derecho extendido. Llevaba la mano enfundada en un guante de cuero, y en el guante una manopla de plomo, para no lastimarse los dedos. Al pasar, daba un puñetazo en las narices a uno sí y otro no, haciendo echar sangre. A eso le llamaba él “profiláctica contra la gripe». Y así todos los días. En el campo había cuatro blocks en total; tal como hoy, hacia la “profiláctica” del primero; mañana, del segundo, y así sucesivamente. Puntual era el miserable, trabajaba incluso los días festivos. Pero había una cosa que el imbécil no podía comprender:  antes de ponerse a sacudir, el tipo, para enardecerse, estaba unos diez minutos blasfemando delante de la formación; insultaba en vano, porque a nosotros aquello nos producía alivio, pues tales palabras, de nuestra lengua materna, eran como una brisa acariciadora que viniese

de  la  tierra  natal...  Si  hubiera  sabido  que  sus  insultos  sólo  nos  producían  placer,  no habría

blasfemado en ruso,  sino en su idioma. Sólo un amigo mío, un moscovita, se  enfadaba terriblemente. “Cuando suelta esas palabrotas —decía—, cierro los ojos, y me parece que estoy en Moscú, en Satsiep, sentado en una cervecería, y me entran unas ganas tan grandes de beber cerveza, que la cabeza se me va...”

»Pues bien, ese mismo comandante, al día siguiente de haber dicho yo lo del metro cúbico, me llamó a su despacho.  Al anochecer vino el intérprete al barracón, acompañado de dos guardianes. “¿Quién  es  Andréi  Sokolov?”  Dije  que  era  yo. “Ven  con nosotros,  te  llama  el  propio herr lagerführer en persona.” Estaba claro para qué me llamaba. Para liquidarme. Me despedí de los camaradas, todos sabían que iba a la muerte, di un suspiro y me fui. Caminaba ya por el patio del campo de concentración, miraba a las estrellas,  me despedía de ellas  y pensaba: “Bueno,  ya se acabaron tus tormentos, Andréi Sokolov, número trescientos treinta y uno en este campo”. Me dio pena de Irina, de los hijitos, pero luego aquella pena fue calmándose y empecé a armarme de valor

 

 

1 Actualmente Volvogrado.

 

 

 

para mirar impávido al cañón de la pistola, como corresponde a un soldado, para que los enemigos no vieran en mi último instante que, a pesar de todo, me costaba trabajo desprenderme de la vida...

»En la comandancia, había tiestos de flores en los alféizares de las ventanas; estaba todo limpio, como en un buen club nuestro.  Sentados a la mesa, estaban todos los jefes del campo; eran cinco, bebían shnapps1; comían  tocino como entremés. Sobre  la  mesa había  un panzudo  botellón  de shnapps, pan, tocino, manzanas en adobo, botes abiertos de conservas de diferentes clases. Eché a todos aquellos manjares una rápida ojeada y, no lo querrás creer, pero me entró una desazón tan grande, que estuve a punto de vomitar. Tenía hambre de lobo, había perdido la costumbre de comer lo que comen las personas, y de pronto, aparecía toda aquella bendición delante de mí... Como pude dominé las náuseas, pero hubo de hacer un enorme esfuerzo para apartar los ojos de la mesa.

»Frente  a mí, estaba sentado Müller, medio borracho; jugueteaba con la pistola, tirándosela de una mano a otra, y me miraba sin pestañear, como una serpiente. Bueno, yo me puse firme, di un taconazo  e informé en voz alta: “El prisionero Andréi Sokolov se presenta por orden de usted, herr kommandant”. Él me preguntó: “¿De modo, russ   Iván, que cuatro metros cúbicos de norma  de trabajo es mucho?” “Exacto —le respondí—, herr kommandant,  es mucho”. “¿Y con uno tienes bastante para tu sepultura?” “Exacto, herr kommandant, con uno me basta y hasta me sobra”.

»Se levantó  y dijo: “Voy  a hacerte  un gran honor, ahora te mataré  personalmente  por esas palabras. Aquí no estaría bien, vamos al patio y allí te daré el pasaporte”. “Como usted quiera”, le repuse.  Se levantó y quedó un momento pensativo; luego, tiró la pistola sobre la mesa, llenó de shnapps un vaso, tomó una rebanada de pan, le puso encima una loncha de tocino y me tendió todo aquello  al  tiempo  que  decía:  “Bebe,  russ    Iván,  antes  de  morir, por la  victoria  de  las  armas alemanas”.

»Yo cogí de sus manos el vaso y la tapa, pero en cuanto oí aquellas palabras, ¡me pareció que me quemaban como un hierro  candente!  Y pensé: “Yo,  un soldado  ruso, ¿voy  a beber  por la victoria de las armas alemanas? ¿Y no quieres alguna otra cosa más, her kommandant? De todos modos, voy a morir, por lo tanto, ¡vete a hacer puñetas con tu vodka! “

»Dejé sobre la mesa el vaso, puse allí también el bocadillo y dije: “Le agradezco la invitación, pero yo no bebo”. Él sonrió: “¿No quieres beber por nuestra victoria? En ese caso,  bebe  por tu muerte”. ¿Qué tenía yo que perder? “Por mi muerte y la liberación de mis sufrimiento, beberé”, repuse. Dicho esto, cogí el vaso, y de dos tragos me lo eché al coleto, pero no toqué el bocadillo; cortésmente, me limpié los labios con la palma de la mano y dije: “Le agradezco la fineza. Estoy a su disposición, herr kommandant, vamos, deme usted el pasaporte”.

»Pero él  se me  quedó  mirando  con atención  y dijo: “Toma  siquiera  un bocado  antes de la muerte”. Yo le contesté: “Después del primer vaso, nunca como”. Me sirvió el segundo y me lo dio. Me bebí también el segundo, pero, de nuevo, no toqué el bocadillo; empinaba el codo para tomar

valor, pensando: “Al menos, me emborracharé  antes de salir al patio a despedirme de la vida”. El

comandante, enarcando mucho  las  cejas  blanquecinas,  me preguntó:  “¿Por  qué no comes, russ Iván? ¡No te dé vergüenza! “. Y yo le repliqué: “Perdóneme usted, herr kommandant, pero, después del  segundo vaso, tampoco  acostumbro  a comer”.  Infló los  carrillos,  dio un resoplido,  soltó  la carcajada  y, entre risas,  dijo rápidamente  algo  en alemán;  por lo visto,  estaba traduciendo  mis palabras a sus amigos. Éstos también se echaron  a reír,  corrieron las sillas y volvieron sus carotas hacia mí; entonces observé que me miraban ya de otra manera, como más suavemente.

»Me sirvió el comandante el tercer vaso, y su mano temblequeaba de la risa. Me lo bebí despacio, comí un pedacito de pan y dejé el resto sobre la mesa. Quería demostrarles a los malditos que, aunque no podía tenerme en pie, de hambre, no me disponía a atragantarme  con su limosna, que tenía mi dignidad y mi orgullo rusos y que, por mucho que habían hecho, no habían conseguido convertirme en una bestia.

 

 

 

 

1 Shnapps: vodka.

 

 

 

»Después de aquello, el comandante  puso una cara seria, se enderezó  sobre  el pecho las dos cruces de hierro, se levantó de la mesa, sin armas, y dijo: “Mira, Sokolov, tú eres un verdadero soldado ruso. Un soldado valiente. Yo también soy soldado y respeto la dignidad de los enemigos. No te mataré. Además,  hoy nuestras  gloriosas  tropas  han llegado  al  Volga  y conquistado  por completo la ciudad de Stalingrado. Esto  es para nosotros  una gran  alegría; por ello, te concedo magnánimamente la vida. Vete a tu block, y toma esto, por tu valentía”, y cogiendo de la mesa un pan no muy grande y un trozo de tocino, me lo dio.

»Yo apreté el pan contra el pecho, con todas mis fuerzas tenía el tocino en la mano izquierda y era tan grande mi desconcierto ante aquel cambio inesperado, que ni siquiera di las gracias; giré sobre los talones, hacia la izquierda, y me dirigí hacia la salida, pensando: “Ahora, me meterá una bala entre las dos paletillas y no podré llevarles a los muchachos  estos víveres”. Pero no, escapé felizmente. También esta vez pasó la muerte de largo, junto a mí, y sólo sentí su frío aliento.

»Salí de la comandancia con paso firme, pero en el patio empecé a dar bandazos. Irrumpí en la barraca y me derrumbé sobre el piso de cemento. Me despertaron los nuestros antes del amanecer: “¡Cuéntanos!  “Bueno,  y yo recordé todo lo que  había  pasado en la  comandancia;  se  lo referí. “¿Cómo  vamos  a repartir  los  víveres?”,  me preguntó  mi compañero  de camastro,  y la  voz le temblaba. “A todos por igual”, contesté yo. Esperamos  a que amaneciera. Cortamos el pan y el tocino, midiéndolo rigurosamente con una  cuerda,  en  porciones idénticas. A cada  uno le correspondió un pedazo de pan del tamaño de una caja de cerillas, calculando hasta las migajas, y en cuanto al tocino, bueno, ya te puedes figurar, lo suficiente para untarse los labios. Sin embargo, lo repartimos todo sin que nadie se ofendiera.

»Pronto  nos mandaron,  a unos trescientos hombres  de los más fuertes, a desecar  un pantano; luego, a la región del Ruhr, a las minas. Allí me pasé hasta el año cuarenta y cuatro. Por aquel tiempo los nuestros ya le habían desencajado las mandíbulas a Alemania, y los fascistas dejaron de hacerles ascos a los prisioneros. Una vez, nos formaron, a todo el relevo del día, y un oberleutnant recién llegado dijo, a través  del intérprete: “El que haya servido de chófer en el ejército, o haya trabajado en esta profesión antes de la guerra, que dé un paso al frente”. Avanzamos siete hombres, antiguos chóferes. Nos entregaron ropa de trabajo usada y nos llevaron custodiados a la ciudad de Potsdam. Llegamos allí, y a cada uno lo enviaron a un sitio diferente. A mí me pusieron a trabajar en la “Todte”; había en Alemania una compañía  que se dedicaba a la construcción de carreteras y a obras de defensa.

»Yo conducía el  “Oppel-admiral”  de un ingeniero  alemán  que tenía  el  grado de mayor  del ejército. ¡Qué gordinflón era el fascista aquel! Pequeño, barrigudo, tan ancho como largo y culón como una mujer de buenas carnes. Por delante, sobre el cuello de la guerrera, le asomaban tres papadas colgantes, y detrás, en el cogote, le sobresalían tres grandes pliegues. Yo calculaba que tendría no menos de tres puds de grasa pura. Al andar, resoplaba como una locomotora, y cuando se sentaba a la mesa, ¡tragaba que era un espanto! A veces, se pasaba el día entero dándoles trabajo a las muelas y tientos a la cantimplora de coñac. Alguna vez que otra a mí también me tocaba algo: nos parábamos en la carretera, él cortaba unas rodajas de salchichón y de queso, tomaba un bocado y echaba un trago; cuando estaba de buenas, me tiraba una tajada, como a un perro. Nunca me daba nada en la mano, pues lo consideraba una humillación para él. Pero, aun con todo, no era el campo de concentración,  el  caso  es que,  poco a  poco, yo iba  pareciéndome  a  un hombre, y, aunque despacito, empecé a reponerme.

»Durante un par de semanas estuve llevando a mi mayor de Potsdam a Berlín y viceversa; luego, le mandaron  a una zona cercana al frente a construir unas líneas de defensa contra nosotros. Y allí perdí el sueño por completo: me pasaba las noches en vela pensando en cómo fugarme y volver con los míos, a la Patria.

»Llegaron a la ciudad de Pólotsk. Al amanecer, oí, por primera vez en dos años, el estruendo de nuestra artillería, ¿y sabes, hermano, cómo empezó a latirme el corazón? ¡Ni de mozo, cuando iba a ver  a Irina, me latía con tanta fuerza! Los combates se desarrollaban al este de Pólotsk, a unos

 

 

 

dieciocho kilómetros. En la ciudad, los alemanes empezaron  a enfurecerse, a ponerse nerviosos, mi gordinflón se emborrachaba cada vez con más frecuencia. Por el día íbamos al campo, y él disponía cómo tenían que hacerse las fortificaciones; por la noche la agarraba a solas. Estaba todo hinchado, unas bolsas colgaban fláccidas, bajo sus ojos...

»Bueno —me dije—, no hay por qué esperar más, ¡ha llegado la hora! Y no debo fugarme yo solo, tengo que llevarme conmigo a mi gordinflón, ¡les servirá a los nuestros!

»Encontré entre unas ruinas una pesa de dos kilos, la envolví en un trapo para que, si había que golpear, no brotara sangre, cogí en la carretera un trozo de hilo telefónico, todo cuanto necesitaba, lo preparé cuidadosamente y lo guardé bajo el asiento delantero. Dos días antes de despedirme de los  alemanes,  iba  por la  noche  a repostar,  cuando  veo  que  por el  barro camina  un suboficial borracho,  agarrándose a las paredes. Paré el coche, llevé al suboficial a unas  ruinas, le quité el uniforme y el gorro. Todos aquellos bienes los metí también bajo el asiento, ¡y adivina quién te dio!

El veintinueve de junio por la mañana, me ordenó mi mayor que le llevase fuera de la ciudad, hacia Trosnitsa, donde él dirigía unas obras de fortificación. Partimos. El mayor, acomodado en el asiento de atrás, dormitaba plácidamente, y el corazón parecía querer saltárseme del pecho. Iba de prisa, pero ya en el campo aminoré la marcha; luego, detuve el coche, bajé, volví la cabeza: allá lejos venían dos camiones. Saqué la pesa, abrí bien la portezuela. El gordinflón, recostado  en el respaldo del asiento, roncaba como si estuviera junto al costado de su mujer. Bueno, y yo le di un golpe con la pesa en la sien izquierda. Él dejó caer la cabeza. A decir verdad, le golpeé otra vez, pero no quise matarle. Necesitaba llevarlo vivo, pues debía contarles muchas  cosas a los nuestros. Le saqué de la funda la pistola, me la metí en el bolsillo, hinqué una palanca tras el respaldo del asiento de atrás, enrollé al cuello del mayor el hilo telefónico y lo até con un nudo corredizo a la palanca. Aquello lo hice para que el gordinflón no se derrumbase  de medio lado cuando el coche fuera a mucha velocidad. De prisa me embutí en el uniforme alemán y me puse el gorro; bueno, y embalé el coche para ir derecho hacia donde la tierra retemblaba y se desarrollaban los combates.

»Crucé la línea avanzada alemana entre dos fortines. De un blindado saltaron dos soldados con fusiles automáticos, y yo, adrede, aminoré la marcha para que vieran que iba un mayor en el auto. Pero ellos empezaron  a dar voces y a agitar las manos indicando que hacia allí no se podía  ir; yo hice como que no comprendía, pisé el acelerador y escapé a ochenta  por hora. Cuando quisieron recobrarse de la sorpresa y comenzaron  a disparar con las ametralladoras, yo me encontraba ya en terreno de nadie y zigzagueaba entre los embudos abiertos por las bombas, no peor que una liebre.

»Desde  atrás,  los  alemanes  zumbaban,  y desde  delante  los  míos  disparaban  como locos recibiéndome con el tableteo de sus fusiles ametralladores. Agujerearon el parabrisas por cuatro sitios, el radiador lo acribillaron a balazos... Pero ya estaba en un bosquecillo, más arriba de un lago;  los  nuestros corrían hacia el  auto, y yo me metí  a toda marcha  en el  bosquecillo,  abrí la portezuela, caí sobre la tierra, la besé, y no podía respirar...

»Un mozuelo, con unas hombreras en la guerrera que yo no había visto en la vida, fue el primero en llegar hasta mí y me dijo riendo burlón: “¡Ah, fritz del diablo! Conque te has perdido, ¿eh?” Me arranqué el uniforme alemán, tiré a mis pies el gorro y le repuse: “¡Ay, papanatas, alma mía! ¡Hijito querido! ¡Yo que voy a ser un fritz, cuando he nacido en el mismo Vorónezh! Estaba prisionero, ¿te enteras? Y ahora descargad a ese marrano  que traigo en el coche, cogedle la cartera y llevadme a donde  está vuestro  jefe”.  Les di la  pistola,  fui pasando de mano  en mano  y, al  anochecer, me encontraba ya ante un coronel, jefe de la división. Para entonces ya me habían dado de comer, llevado al baño, interrogado y hecho entrega de un equipo completo, de modo que me presenté en el fortín del coronel, limpio de cuerpo  y alma y vestido con todas las  prendas de uniforme. El coronel se levantó de la mesa y vino a mi encuentro. Delante de todos los oficiales, me abrazó y me dijo: “Gracias, soldado, por el regalo que nos has traído de los alemanes. Tu mayor y su cartera son más valiosas para nosotros que veinte lenguas1. Gestionaré ante el mando  que se te conceda una

 

 

1 Prisioneros que son capturados para que faciliten información.

 

 

 

condecoración”. Sus palabras, su cariñoso afecto me emocionaron profundamente; me temblaban los labios, no me obedecían y sólo pude articular: «Le ruego, camarada coronel, que me envíe a una unidad de infantería:

»Pero  el  coronel  se echó  a  reír  y contestó,  dándome  unas palmadas  en  el  hombro: “¿Qué guerrero  vamos a hacer de ti, si apenas puedes tenerte en pie? Hoy mismo te mandaré al hospital. Allí  te curarán  y te alimentarán bien; después, irás a casa,  con permiso, a pasar  un mes con la familia, y cuando vuelvas a nuestra división, ya veremos dónde te destinamos”.

»El coronel  y todos  los  oficiales  que  estaban  con él  en  el  fortín se  despidieron  de  mí cariñosamente, dándome la mano, y yo salí de allí emocionado por completo, porque en dos años había perdido la costumbre  de que se me tratara como a un ser humano. Y fíjate, hermano, durante mucho tiempo  después,  en  cuanto  tenía  que  hablar  con los  jefes,  continué  encogiendo involuntariamente la cabeza entre los hombros, como si temiera que fuesen a pegarme. Ya ves qué formación nos daban en los campos fascistas...

»Desde el hospital escribí inmediatamente a Irina. En la carta le contaba todo con brevedad: cómo había estado en el cautiverio, cómo había huido de allí llevándome al mayor alemán. Pero, imagínate, no pudo contenerme las ganas y le dije que el coronel me había propuesto para una condecoración... ¿De dónde me vendría a mí aquella petulancia infantil?

»Dos  semanas estuve  comiendo  y durmiendo.  Me  daban  el  alimento  poco a  poco y con frecuencia, pues si me hubieran dado de golpe todo lo que yo quería, habría hincado el pico; así me lo dijo el doctor. Acumulé fuercecillas de sobra. Pero al cabo de las dos semanas, ya no podía tragar ni un bocado, No llegaba  respuesta  de  casa y, lo reconozco, me entró la  morriña.  Ni siquiera pensaba en la comida, perdí el sueño por completo, toda clase de malos pensamientos me pasaban por la cabeza... A la tercera semana, recibí carta de Vorónezh.  Pero no me escribía Irina, sino un vecino mío, el carpintero Iván Timoféievich. ¡No quiera Dios que nadie reciba una carta semejante! Me decía que, en junio del cuarenta y dos, los alemanes habían bombardeado la fábrica de aviación y una bomba grande había caído en mi pequeña jata. Irina y las hijas estaban en aquel momento en casa...  Y me comunicaba que no se habían  encontrado  ni los  restos de ellas;  en el  sitio  donde estuviera la jata sólo quedaba una profunda fosa... Aquella vez no pude terminar de leer la carta. Se me nubló la  vista,  el  corazón  se me  había  encogido  y continuaba  hecho  un ovillo sin  querer dilatarse. Me eché en la cama, estuve acostado un buen rato y acabé de leerla. Mi vecino me decía que durante el bombardeo, Anatoli se encontraba  en la ciudad. Al atardecer, volvió a la barriada, estuvo contemplando la fosa  y regresó  de nuevo  a la ciudad.  Antes  de marcharse, le dijo a mi vecino que iba a pedir que le mandasen como voluntario al frente. Y nada más.

»Cuando el corazón se dilató un poco y empecé a sentir en los oídos el latir de la sangre, recordé con cuánto dolor se había  despedido de mí Irina en la estación. Por consiguiente, su corazón  de mujer le decía ya que no volveríamos a vernos más en este mundo.  Y aquella vez la aparté de un empujón... Tenía yo una familia, mi casa; todo aquello se había ido formando en el transcurso de años, y de pronto,  en un instante, desapareció todo y me quedé solo. Pensaba: “¿No habrá sido un sueño mi vida infortunada?” Pues en el cautiverio, casi todas las noches —mentalmente, claro está— hablaba  con Irina,  con mis  hijitos,  les  daba ánimos;  les  decía: “No  paséis  pena por mí, queridos míos; volveré, soy fuerte, saldré de esto con vida y de nuevo estaremos todos juntos...” Por lo tanto, ¡había estado hablando con los muertos!

El narrador calló un instante; luego, ya con otra voz, entrecortada, queda, me dijo:

—Echemos un cigarro, hermano, porque me ahogo...

Fumamos. En el bosque, inundado por las aguas del río, oíase el sonoro golpeteo del picamaderos. El tibio vientecillo seguía meciendo perezoso las secas candelillas de los alisos; en la altura, por el azul del cielo, continuaban flotando las nubes, como barcos de tensas velas blancas; pero en aquellos momentos de doloroso silencio, me parecía ya otro aquel mundo infinito que se preparaba para las grandes transformaciones de la primavera, para la eterna confirmación de lo vivo en la vida.

 

 

 

Era penoso callar, y le pregunté:

—¿Y qué ocurrió después?

—¿Después? —repuso  de mala  gana  el  narrador—.  Después el  coronel  me dio un mes  de permiso, y una semana más tarde  ya estaba yo en Vorónezh.  Llegué a pie hasta el lugar donde viviera en tiempos con mi familia. Un profundo embudo, lleno de agua herrumbrosa,  y en derredor, maleza hasta la cintura... Mala hierba espesa y un silencio de cementerio. ¡Ay, cuánto dolor sentí, hermano! Estuve en pie unos minutos, con el alma llena de pesar, y volví a la estación. No pude permanecer allí ni siquiera una hora; aquel mismo día emprendí el regreso a la división.

»Pero unos tres meses más tarde, surgió radiante, sonriéndome, una gran alegría, como asoma el sol entre las nubes: apareció Anatoli. Me mandó al frente una carta, por lo vista desde otro frente. Había sabido mis señas por nuestro vecino Iván Timoféievich. Resultaba que primeramente había ido a parar a una escuela de artillería; allí le sirvió su capacidad para las matemáticas. Al cabo de un año, terminó  los  estudios  con notas de sobresaliente  y marchó  a la  línea  de fuego,  y ahora escribía diciendo que tenía ya el grado de capitán, mandaba una batería del “cuarenta y cinco” y estaba condecorado  con seis órdenes y medallas. En resumidas cuentas, que había dejado atrás al padre en todos los terrenos. Y de nuevo, ¡me enorgullecí de él, terriblemente! Puedes decir lo que quieras, pero se trataba de mi propio hijo, hecho ya todo un capitán, un jefe de batería, ¡aquello no era cosa de broma! Y además, con semejantes órdenes. No importaba que el padre transportase en un “Studebaker” municiones y otros efectos militares, sus afanes eran agua pasada, mientras que el capitán lo tenía todo por delante.

»Y, por las noches, empezaron los ensueños de viejo: terminaría la guerra, casaría al hijo y me iría a vivir con el joven matrimonio, a trabajar, a cuidar de los nietecillos. En fin, toda clase de ilusiones  de  vejete.  Pero también  en  este  caso  falló  todo. Durante  el  invierno  atacábamos  sin descanso, y no teníamos tiempo para escribirnos con mucha frecuencia; al final de la guerra, muy cerca ya de Berlín, le envié una mañana a Anatoli una cartita, y al día siguiente recibí respuesta. Y entonces me  di cuenta  de que  el  hijo y yo llegábamos  a  la  capital  de  Alemania  por caminos distintos, pero nos encontrábamos cerca el uno del otro. Esperaba impaciente, con verdadera ansia, el momento  en que nos veríamos.  Bueno,  y nos vimos... Exactamente el nueve de mayo,  en la mañana del día de la Victoria, un sniper alemán mató a mi Anatoli...

Por la tarde, me llamó el jefe de la compañía. Vi que con él estaba sentado un teniente coronel de artillería, desconocido para mí. Al entrar yo en la habitación, se levantó, como ante un superior. El jefe de mi compañía me dijo: “Viene a verte a ti, Sokolov”, y se volvió hacia la ventana. Yo noté una sacudida  por todo el  cuerpo, como una  descarga eléctrica:  había presentido  algo  malo.  El teniente coronel se acercó  a mí y me dijo en voz baja: “¡Ten valor, padre! Hoy, en la batería, han matado a tu hijo, el capitán Sokolov. ¡Ven conmigo!”.

»Me tambaleé, pero me mantuve en pie. Ahora, igual que en sueños, recuerdo cómo íbamos el teniente coronel y yo, en un automóvil grande, avanzando con dificultad por las calles llenas de escombros; recuerdo confusamente una formación de soldados y un féretro envuelto en terciopelo rojo. Y a Anatoli lo veo como ahora a ti, hermano. Me acerqué al féretro. Mi hijo yacía en él, pero no parecía mi hijo. El mío era un muchachito siempre sonriente, estrecho de pecho, con una saliente nuez en el cuello delgado, mientras que allí yacía un hombre, joven, guapo, de pecho ancho y ojos entornados, como si estuviera mirando algo muy lejano, más allá de mí, que yo no conocía. Sólo en las comisuras de sus labios había quedado grabada eternamente la sonrisa del hijito de antes. Del pequeño Anatoli de otros tiempos. Le besé y me aparté a un lado. El teniente coronel pronunció un discurso. Los camaradas y amigos de mi hijo se enjugaron las lágrimas, y las mías, que no llegaron a ser vertidas, debieron de secarse en el corazón. Tal vez por eso me duela tanto.

»Di sepultura en tierra alemana, en tierra extraña,  a mi última alegría y esperanza; la batería disparó una salva de honor, despidiendo a mi hijo en su último, largo viaje, y me pareció que algo se desgarraba  en mis entrañas... Llegué a mi unidad anonadado, roto. Pero allí me desmovilizaron poco después. ¿Adónde ir? ¿Quizás a Vorónezh? ¡Por nada del mundo! Recordé que en Uriúpinsk

 

 

 

vivía un amigo mío, licenciado en el invierno  a causa de una  herida; en una ocasión me había invitado a ir a su casa, lo recordé y partí para Uriúpinsk.

»Mi amigo y su mujer no tenían hijos, vivían en una casita propia de las afueras de la ciudad. Aunque era inválido de guerra, trabajaba de chófer en una compañía de transportes; yo me coloqué también allí. Me quedé  a vivir en casa de mi amigo, me acogieron en ella. Llevábamos diversas cargas a diferentes comarcas; en otoño, nos incorporamos al transporte del trigo. En aquel tiempo fue cuando conocí a mi nuevo hijito, ése que está jugando en la arena.

»Cuando volvía a la ciudad, de algún viaje, lo primero que hacía, claro está, era detenerme en un ventorrillo  a  comprar   algo  y beberme,  como es  natural,  medio  vaso  de  vodka  para  matar  el cansancio. He de reconocer que por aquel tiempo me había aficionado bastante a esta mala cosa... Pues bien,  una vez,  junto al  ventorrillo,  vi a  ese  chicuelo;  al  día siguiente  lo volví a ver  allí. Pequeñito, harapiento, con la carita toda manchada de jugo de sandía, lleno de polvo y mugre, despeinado ¡y con unos ojillos como dos luceritos en la noche, después de la lluvia! Y quedé tan prendado de él, que —cosa rara—  hasta empecé a echarlo de menos; cuando volvía de un viaje, aceleraba para verlo cuanto antes. Comía a la puerta del ventorrillo lo que le daban.

»Al cuarto día, viniendo directamente del sovjós, cargado de trigo, viré hacia el ventorrillo. Mi chicuelo estaba sentado al borde de la terracilla de entrada, balanceando las piernecitas y, según todos los síntomas, hambriento. Asomé la cabeza por la ventanilla y le grité: “¡Eh, Vania! Monta a escape en el coche, te llevaré al elevador y, desde allí, volveremos aquí, a comer”. Al oír mis voces, se estremeció, saltó de la terracilla, encaramóse al estribo y me preguntó bajito: “¿Y cómo sabes tú, tío, que yo me llamo Vania?» Y con los ojillos muy abiertos, esperó mi respuesta. Bueno, yo le dije que, como hombre de experiencia, lo sabía todo.

»Rodeó el camión para subir por la banda derecha; yo abrí la portezuela, lo senté a mi lado y partimos. Aquel chiquillo tan vivaracho se apaciguó de pronto  y quedó pensativo, quietecito; de improviso,  posó  en  mí sus  ojos  de  largas  pestañas,  combadas  hacia  arriba,  y  suspiró.  Un gorrioncillo como aquél,  y ya había aprendido  a suspirar.  ¿Acaso  le  correspondía   a él  eso? Le pregunté: “¿Dónde está tu padre, Vania?” Contestó  en un susurro: “Murió en el frente”. “¿Y tú mamá?” “La mató una bomba en el tren, cuando íbamos de viaje.” “¿Y de dónde veníais?” “No lo sé,  no me  acuerdo...”  “ ¿Y  no tienes  aquí  ningún pariente?”  “Ninguno.”  “¿Dónde  pasas  las noches?” “Donde puedo.”

»Sentí la quemazón  de una lágrima ardiente,  que no acababa de brotar,  y decidí  en el  acto: “¡Pasaremos juntos las penas! Lo prohijaré”. Y al instante, se me alivió el alma, como si entrase en ella un rayito de luz. Me incliné hacia él y le pregunté quedo: “Vania, ¿y tú no sabes quién soy yo?” El pequeño inquirió con un hilillo de voz: “¿Quién?” Y yo le respondí, muy bajito también: “Soy tu padre”.

»¡La que se armó, santo Dios! Se abalanzó a mi cuello, me besó en la cara, en los labios, en la frente y comenzó  a chillar, con vocecilla aguda de pájaro flauta, atronando el pescante: “¡Papaíto querido! ¡Ya lo sabía yo! ¡Sabía que me encontrarías! ¡Que me encontrarías de todos modos! ¡He estado esperando tanto  tiempo a que me encontraras!” Se apretó contra  mí, y todo él temblaba, como una hierbecilla agitada por el viento.  Entonces, una neblina me veló los ojos  y me entró también un temblor por todo el cuerpo, que se me estremecían hasta las manos... ¿Cómo no solté el volante? ¡De milagro! Sin embargo, me metí sin querer en la cuneta; paré el motor; en tanto seguía aquella neblina en los ojos, no quería reanudar la marcha, no fuera a atropellar a alguien. Estuve allí parado  unos cinco minutos, y mi hijito continuaba apretándose contra  mí, con todas  sus fuercecillas, callado, tembloroso. Le pasé el brazo derecho por la espalda, y le estreché suavemente contra mi pecho, mientras con la izquierda viraba el camión y emprendía el regreso hacia casa. Había desistido de ir al elevador, ¡no estaba yo para elevadores en aquellos momentos!

»Dejé el coche a la puerta, tomé a mi nuevo hijito en brazos y lo llevé hacia casa. Él me echó las manecitas al cuello y no se soltó hasta que llegamos. Tenía pegada su carita a mi áspera mejilla sin afeitar, como soldada a ella. Y así le llevé a la vivienda. Los dueños estaban en la casa. Entré, les

 

 

 

guiñé y dije animoso: “He encontrado  a mi Vania! Dadnos albergue, buena gente!” Los dos, que no tenían hijos, comprendieron al instante y empezaron a moverse diligentes. Pero yo no podía apartar al hijo de mí, de ninguna de las maneras. Como Dios me dio a entender,  le convencí  de que me soltara. Le lavé las manos con jabón y lo senté a la mesa. La dueña de la casa le llenó el plato de sopa de coles; al ver con qué ansia comía, se le saltaron las lágrimas. Estaba en pie ante el horno de la cocina llorando y enjugándose los ojos con el delantal. Mi Vania se dio cuenta de que lloraba, corrió a ella, y le preguntó, dándole tirones de la falda: “Tía, ¿por qué llora usted? El padre me ha encontrado  a la puerta del ventorrillo. Todos debían estar contentos, ¡y usted llora! “Y ella, al oír aquello, ¡allá va!, arreció aún más en su llanto. ¡Se deshacía en lágrimas!

»Después de comer, lo llevé a la peluquería, le cortaron el pelo; en casa, lo bañé yo mismo en un barreño y le envolví en una sábana limpia. Él me abrazó, y así se quedó  dormido en mis brazos. Con cuidado, lo acosté en la cama y me fui con el coche al elevador; descargué el trigo, dejé el camión en la parada y empecé a recorrer  las tiendas a toda prisa. Le compré unos pantaloncitos de paño, una camisilla, unos zapatitos y una gorrita de paja, con visera. Y, naturalmente, resultó que nada de aquello le venía a la medida y, por su calidad, no valía un comino. Por los pantaloncillos me gané una regañina de la dueña de la casa: “¿Te has vuelto loco? —me dijo—. ¿Cómo va a llevar el niño unos pantalones de paño con un calor semejante?” Al momento,  puso sobre la mesa la máquina  de  coser,  empezó  a  hurgar  en  el  arcón  y, al  cabo  de  una  hora,  ya  tenía  mi Vania preparados unos pantaloncillos de satén y una camisita blanca de manga corta. Me acosté con él y, por primera vez en largo tiempo, dormí tranquilo. Sin embargo, durante la noche, me levanté unas cuatro veces. Me despertaba y veía que, acurrucado bajo mi sobaco, como un gorrioncillo bajo un alero, respiraba suavemente, ¡y se me llenaba el alma de un gozo  que es imposible describir con palabras! Tenía miedo a moverme,  no fuera a despertarlo; pero no podía resistir el deseo y me levantaba con mucho tiento, encendía una cerilla y lo contemplaba embelesado...

»Antes del amanecer, me desperté: sentía un ahogo incomprensible. ¿Qué era aquello? Era que mi hijito se había desenvuelto de la sábana y yacía atravesado sobre mí, apretándome la garganta con un piececillo; intranquilo era dormir con el chiquillo, pero me había acostumbrado y me aburría sin él. Por las noches, acariciaba al niño dormido, olía sus cabellos alborotados; el corazón sentía alivio, se ablandaba; de lo contrario se me habría petrificado de dolor...

»En los primeros tiempos, el chiquillo iba conmigo en el camión, a los viajes; luego, me di cuenta de que aquello no podía ser. ¿Qué necesitaba yo solo? Con un canto de pan y una cebolla con sal, ya está harto el soldado para todo el día. Mientras que con él, la cosa variaba: unas veces había que conseguir leche; otras, cocer un huevecillo, y de nuevo no se podía pasar sin lumbre. No había que dar largas al asunto. Me armé de valor y un día lo dejé al cuidado de la dueña de la casa; allí se quedaba, sorbiéndose las lágrimas, hasta el anochecer, y al anochecer corría al elevador para recibirme. Me estaba esperando allí hasta bien entrada la noche.

»Muchos  apuros me hacía pasar al principio. Una vez, nos acostamos antes del oscurecer. El día había  sido  de  gran  ajetreo  y yo estaba muerto  de  cansancio;  él,  que  siempre  piaba  como un gorrioncillo, permanecía callado. Le pregunté: “¿En qué piensas, hijito?” Él inquirió, mirando al techo: “¿Dónde has dejado el abrigo de cuero, papá?” ¡En la vida había tenido un abrigo de cuero! Hubo que salir del trance: “Me lo dejé en Vorónezh”, le dije. “¿Y por qué has tardado tanto en encontrarme?” Yo le respondí: “Te estuve buscando, hijito en Alemania y en Polonia, recorrí toda Bielorrusia, a pie y en coche, y resultó que tú estabas en Uriúpinsk”. “¿Y Uriúpinsk está más cerca que Alemania? ¿Y Polonia está lejos de nuestra casa?” Así charlábamos hasta que nos dormíamos.

»¿Y crees, hermano, que lo del abrigo de cuero lo preguntó porque sí? No, todo aquello tenía su motivo. Por consiguiente, su verdadero  padre había llevado en un tiempo un abrigo así, y él lo recordó. Pues la memoria de los niños es como  un relámpago de verano:  se enciende de pronto, lo ilumina todo por unos instantes y se apaga. Eso le ocurre  a su memoria; igual que el relámpago, brilla de vez en cuando.

 

 

 

»Puede que hubiera vivido con él en Uriúpinsk un añito más, pero en noviembre me ocurrió un percance. Iba por el barro, cuando, al pasar por un caserío, el coche dio un patinazo; una vaca se cruzó de pronto en mi camino y yo la derribé. Bueno, ya sabes, las mujeres pusieron el grito en el cielo, se arremolinó la gente, y un inspector de transporte se presentó como por encargo. Me quitó el permiso de conducir, por mucho que le pedí clemencia. La vaca se levantó, alzó el rabo y se fue a corretear  por los  callejones,  y yo me  quedé  sin  el  permiso.  Durante  el  invierno,  trabajé  de carpintero;  luego  empecé  a  cartearme   con un amigo,  también  compañero  del  servicio  —que trabajaba de chófer en vuestro  distrito, en la región de Kashar—  y me invitó a ir a su casa. Me escribe diciendo que trabajaré medio año en cuestiones decarpintería, y que luego allí, en vuestro distrito, me darán un nuevo permiso de conducir.

»Pero, ¿cómo decirte?, aunque no me hubiera ocurrido ese incidente de la vaca, de todos modos me habría marchado  de Uriúpinsk. La pena no me deja estar mucho  tiempo en un mismo sitio. Cuando mi Vania crezca y haya que mandarlo a la escuela, puede que me apacigüe y me asiente en un sitio fijo. Y entretanto, caminamos los dos por la tierra rusa.

—A él le es penoso caminar.

—Él no anda apenas, la mayor parte del tiempo va a cuestas. Lo siento en mis hombros y lo llevo así; cuando tiene ganas de estirar las piernas, se baja y corretea por el borde del camino, retozando como un cabritillo. Todo esto, hermano, no importaría, ya viviríamos de alguna manera los dos, pero se me ha escacharrado el corazón, hay que cambiarle los émbolos... Alguna vez que otra se me oprime y me entra un dolor que veo todas las estrellas del cielo. Temo que cualquier noche me muera dormido y dé un susto a mi hijito. Y además, otra desgracia: casi todas las noches sueño con mis queridos muertos. Y la mayoría de las veces, yo estoy tras la alambrada y ellos al otro lado, en libertad... Hablo de todo con Irina y con mis chicos, pero en cuanto quiero apartar el alambre de espino, se alejan de mí, desaparecen como si se esfumaran ante mis ojos... Y fíjate qué extraño:  durante el  día, siempre  me mantengo  bien,  sin  un ay ni un suspiro,  pero cuando me despierto por la noche, está toda la almohada empapada de lágrimas...

En el bosque resonó la voz de mi camarada y el chapoteo de los remos en el agua.

Aquel hombre —un extraño, pero ya para mí un amigo entrañable—, me tendió la mano, grande, dura, como de madera:

—¡Adiós, hermano, que tengas suerte!

—Y tú, que llegues felizmente a Kashar.

—Gracias. ¡Eh, hijito, vamos a la barca!

El chiquillo corrió hacia el padre, se puso a su derecha y, agarrándose al faldón de la enguantada chaqueta,  echó a andar,  con pasitos rápidos  y cortos, junto al hombre,  que caminaba a grandes zancadas.

Dos seres desvalidos, dos granitos de arena arrojados a tierra extraña por el huracán de la guerra, de  una  fuerza  inaudita...  ¿Qué  los  esperaba  en  adelante?  Y hubiera  querido  pensar  que  aquel hombre ruso, hombre de voluntad inflexible, no se dejaría abatir, y que junto a él, al amparo del padre, crecería el otro que, cuando fuese mayor, sería ya capaz de soportarlo todo, de salvar cuantos obstáculos encontrase en su camino, si la Patria le llamaba a ello.

Con honda tristeza, los acompañé con la mirada... Tal vez nuestra despedida hubiera terminado bien, pero Vania, luego de alejarse unos pasos, correteando con sus piernecillas cortas, volvió hacia mí la carita y agitó sin detenerse la manita sonrosada. Y de pronto sentí como si una zarpa, blanda, pero de afiladas uñas, me oprimiese el corazón, y me volví de espaldas, apresuradamente. No, no sólo lloran en sueños los hombres maduros, encanecidos en los años de guerra.  Lloran también despiertos. En estos casos, lo importante es saber  volverse a tiempo. Lo principal es no herir el corazón del niño, que no vea cómo por tu mejilla corre, parca y ardiente, una lágrima de hombre...

 

Índice*

 

 

CUENTOS DEL DON

EL LUNAR ...............................................................................................................................5

EL PASTOR .............................................................................................................................21

EL COMISARIO DE ABASTOS .............................................................................................39

SANGRE DE SHIBALOK .......................................................................................................49

TLIUJA .....................................................................................................................................57

EL CORAZÓN DE ALIOSHKA ..............................................................................................67

EL GUARDA DEL MELONAR ..............................................................................................87

EL GRAN CAMINO ................................................................................................................107

EL BORDE ...............................................................................................................................165

EL TORBELLINO ....................................................................................................................201

UN PADRE DE FAMILIA  .......................................................................................................225

EL PRESIDENTE DEL COMITÉ MILITAR REVOLUCIONARIO DE LA REPÚBLICA ..235

EL SENDERO TORCIDO ........................................................................................................143

LA BÍGAMA ............................................................................................................................259

SOBRE EL COMISARIO DE ABASTOS DEL DON Y SOBRE LAS DESVENTURAS DEL VICECOMISARIO CAMARADA PLITSIN ..................................................................183

LA OFENSA .............................................................................................................................293

UN ENEMIGO MORTAL ........................................................................................................311

EL POTRILLO .......................................................................................................................133

LOS CHARCOS .......................................................................................................................145

SOBRE KOLSCHA, LA ORTIGA Y OTRAS CUESTIONES  ...............................................363

LA CARCOMA ........................................................................................................................171

LA ESTEPA AZUL ..................................................................................................................191

BRACEROS  .............................................................................................................................405

SANGRE EXTRAÑA ...............................................................................................................257

UN LENGUAJE COMÚN ........................................................................................................283

EL BLANDENGUE .................................................................................................................293

EL DESTINO DE UN HOMBRE ..................................................................................................... 385

 

 

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