© Libro No. 644. Cuentos del Don. Shólojov, Mijaíl Alexándrovich.
Colección E.O. Marzo 8 de 2014.
Título original: © Donskie rasskazi. Traducción del
ruso por José Laín Entralgo
©
Mezhdunarodnaia-Kniga, 1967. Editorial Planeta, S. A., Calvet, 51-53, Barcelona
(España)
Versión Original: © Donskie rasskazi. Traducción del ruso por José Laín
Entralgo © Mezhdunarodnaia-Kniga, 1967. Editorial Planeta, S. A., Calvet,
51-53, Barcelona (España)
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
MIJAÍL ALEXÁNDROVICH SHÓLOJOV
Cuentos del Don
OBRAS COMPLETAS, IV EDITORIAL PLANETABARCELONA

Título original: Donskie rasskazi
Traducción del ruso por José Laín Entralgo
© Mezhdunarodnaia-Kniga, 1967
Editorial Planeta, S. A.,
Calvet, 51-53, Barcelona (España)
Sobrecubierta: Palet
Segunda edición: marzo de 1974
Depósito legal: B. 11.376 -1974
ISBN 84-320-5454-2
Printed in Spain/Impreso en España
Gráficas Lorente, Ciudad, 13, Barcelona-2 http://www.cossackweb.narod.ru/cosacos/s_cosacos.htm

Mijaíl Aleksándrovich Shólojov (en ruso: Михаи´л Александрович Шо´лохов) fue un novelista soviético nacido el 24 de mayo de 1905 en la aldea de Kruzhílino (Rostov
del Don) y fallecido el 21 de febrero de 1984.
Además fue un político
y miembro importante del Partido Comunista. Principal exponente de la cultura soviética, sus obras han sido traducidas a más de 30 idiomas. En el año 1965 ganó el Premio Nobel de Literatura.
Biografía
Shólojov y su mujer en 1924.
Shólojov fue la figura más
importante en el siglo XX dentro
de la literatura rusa. Nació a orillas del río Don
en una pequeña aldea de la stanitsa Vyóshenskaya, en el seno de una familia cosaca. Participó en la Primera Guerra Mundial y luego en la Guerra Civil Rusa. En
1917, conmovido por los eslogan y proclamas de los bolcheviques, se alista al Ejército Rojo; también trabajó como periodista y editor. Ocupó diversos cargos militares, administrativos y políticos, llegando a ser elegido diputado del Sóviet Supremo de la URSS. Fue galardonado con diversos premios, medallas y órdenes por el gobierno de la URSS de la época.
Obtuvo
reconocimiento internacional por sus logros en el campo literario, y en 1965 se le otorgó
el Premio Nobel de Literatura.
Después del triunfo bolchevique, Shólojov se estableció en Moscú, donde comenzó su carrera
como
escritor. Ingresó en el Partido Comunista en 1932 y en 1937
fue elegido para el parlamento soviético. La publicación de “El Don apacible”, que consiguió el premio Stalin en 1941, le llevó a convertirse en el escritor más influyente de la
Unión Soviética. Shólojov acompañó
en 1959
a Nikita Jruschov en su viaje a Europa occidental y Estados Unidos, y en 1961 fue elegido para el Comité Central. Para la década de los 80 se habían
impreso sesenta y
nueve millones de copias de sus obras en ochenta y cuatro idiomas de la Unión Soviética. En sus discursos y escritos periodísticos siempre respaldó las políticas oficiales del gobierno de la época.
Monumento a Mijaíl Shólojov en Rostov del Don.
Las obras
de Shólojov son el reflejo del ambiente y circunstancias históricas del
lugar específico. Este autor
se movió siempre en la más
estricta ortodoxia soviética. Según los críticos, sus escritos son marcados por
la contradicción entre la fidelidad a un arte realista que Shólojov llegó a
dominar como pocos, madurez literaria precoz para un escritor (a los veintitrés
años Shólojov publica “El Don Apacible”), y
la sumisión a los dictados de la propaganda oficialista. Sin duda es el destino de todo escritor debatirse entre llamadas contradictorias.
Algunas de sus novelas rezuman sinceridad; se puede reconstruir la historia de la cruenta Guerra Civil Rusa en “El Don Apacible” (Тихий Дон) mejor que en
cualquier manual de historia contemporánea.
Ésta, su mejor novela a juicio de la crítica, escrita entre 1928 y 1940, relata la epopeya de los cosacos del Don, desde el inicio de la guerra hasta el triunfo bolchevique, vista a través de la historia individual del protagonista Mélejov.
“Campos roturados” (Поднятая целина), escrita entre 1932 y 1960, evoca las transformaciones producidas en la agricultura soviética por las granjas colectivas (koljós). “Lucharon por su patria” (Они сражались за Родину) exalta el heroísmo
de los soldados soviéticos que libraron la Gran Guerra Patria contra el invasor nazi.
En la actualidad en Rusia, las generaciones de la comunidad cosaca consideran a este novelista como uno de los personajes trascendentales en la historia de su pueblo. Gracias a sus obras se preservaron valiosos detalles de la tradición y la cultura cosaca, valores y costumbres que el mismo escritor absorbió en el seno de su familia durante su infancia.
Durante muchos años
las obras de Shólojov formaron parte de los programas de estudio y conocimiento obligatorios en Rusia y en otros países de la extinta Unión Soviética.
Obras destacadas
Donskiye rasskazi (Cuentos del Don), 1925
Lazúrevaya step, 1926
Tijii Don (El Don apacible), en 4 volúmenes, 1928-1940 -
Premio Nobel
Pódniataya tseliná (Campos
roturados), en 2 volúmenes, 1932-1960
Oní srazhalis za Ródinu (Lucharon por su patria), 1942
Nauka nénavisti (La ciencia del odio), 1942 '
Slovo o ródine, 1951
Sudbá
cheloveka, (El destino de un hombre) 1956-1957
Cine
Dos de sus obras más destacadas fueron llevadas al cine:
Tijii Don (“El Don apacible”), 1957-58, dirigida por Serguéi Guerásimov, con P. Glébov, L. Jitiáieva, Z. Kirienko y E. Bistrítskaia. [1]
Sudbá
cheloveka (“El destino de un hombre”), 1959, dirigida por Serguéi Bondarchuk, con
el propio
Bondarchuk,
Pávlik Boriskin, Zinaída Kirienko, Pável Vólkov, Yuri Avelin, K. Alekséyev (2)
EL LUNAR
I
LA MESA
ESTÁ CUBIERTA de cartuchos que todavía huelen a pólvora, un hueso de carnero,
un plano, un parte, una brida que apesta a sudor de caballo, una rebanada de
pan. Todo eso es lo que hay en la mesa.
En el banco, de madera acepillada y cubierto de moho —producto de la humedad que invade la pared—, se halla sentado el jefe de escuadrón Nikolka
Koshevoi, recostado de espaldas al antepecho de la ventana. Sus dedos,
agarrotados por el frío, apenas si pueden sujetar el lápiz. Junto a unos carteles viejos extendidos sobre la
mesa, un cuestionario a medio llenar. El rugoso papel es lacónico en sus
explicaciones: Koshevoi, Nikolai. Jefe de escuadrón. Miembro de la Unión de
Juventudes Comunistas.
Frente al
apartado «Edad», el lápiz traza lentamente: 18 años.
Nikolka
es ancho de hombros, aparenta más años de los que tiene. Le hacen
de más edad las arrugas de los ojos y la espalda, cargada a la manera de los
viejos.
—Es un
chiquillo, un mocoso —dicen de él en el escuadrón, en broma—. Pero a ver dónde hay otro que se le parezca,
que casi sin pérdidas haya sabido acabar con dos bandas. Hace ya medio año que
conduce el escuadrón de combate tan bien como podría hacerlo un comandante
veterano!
Nikolka
siente vergüenza de sus dieciocho años.
Siempre ocurre lo mismo: al llegar al odioso apartado «Edad», el lápiz se
desliza, deteniendo su carrera, y las mejillas de Nikolka se encienden en un
rubor irritado. El padre de Nikolka era cosaco; él también lo es. Recuerda
como un sueño que, cuando tenía cinco a
seis años, su padre le montó en el caballo:
—¡Agárrate de la crin, hijo! —le gritó, mientras la
madre, desde la puerta de la cocina, pálida y con los ojos
muy abiertos, miraba sonriente
las piernecitas del
chiquillo pegadas al saliente espinazo del animal y al padre, que
sujetaba la brida.
Hacía
mucho de eso. El padre de Nikolka había
desaparecido en la guerra contra los alemanes sin dejar
rastro. No volvió a saberse
nada de él. La
madre murió. De su padre, Nikolka había heredado el amor a los caballos, un
valor a toda prueba y un lunar, lo mismo que el del padre, del tamaño de un
huevo de paloma, en la pierna izquierda, encima del tobillo. Hasta los quince
años anduvo de bracero de aquí
para allá; luego consiguió
un capote de largos faldones
y, con un regimiento rojo que pasaba por la stanitsa1, se marchó a combatir contra Wrangel.
Aquel verano, Nikolka se había
bañado en el Don
con el comisario. Este, tartamudeando y torciendo el cuello, en el que había
recibido una fuerte contusión, comentó, dando una palmada en
la
espalda de Nikolka, inclinada y renegrida por el sol:
—Tú... tú... eres feliz. ¡Sí, sí, feliz! El lunar,
según dicen, da buena suerte.
Nikolka
mostró sus blancos dientes, se zambulló, dio un resoplido al salir a la
superficie y gritó desde el agua:
—¡Eso son estupideces! Me quedé huérfano muy
pronto, toda mi vida me rompí el espinazo trabajando. ¡Vaya una suerte!....
Y nadó
hacia la lengua de arena amarillenta que bordeaba el Don.
_________
1 Cabeza
de distrito en las regiones cosacas.
II
LA CASA
DONDE NIKOLKA SE ALOJA Se halla sobre la
alta y abrupta pendiente del Don. Desde las ventanas se ve la orilla verde batida por las ondas y
el negro acero del agua. Por las noches, cuando hay tormenta, las olas chocan
al pie de la pendiente, las maderas de las ventanas gimen y se hinchan y
Nikolka se imagina que el agua se filtra por las rendijas del suelo, sube de
nivel y sacude la casa.
Quiso
cambiar de alojamiento, pero no llegó a hacerlo y se había quedado allí hasta el otoño. Una mañana helada,
Nikolka salió al portal, rompiendo el frágil silencio con el ruido de sus botas
claveteadas. Bajó hasta el huerto de los cerezos y se tumbó en la hierba cubierta de lágrimas y toda gris
a consecuencia del rocío. En el cobertizo, él podía oírlo, la dueña de la casa
pedía a la vaca que se estuviese quieta, el ternero mugía en tono bajo e
imperioso y los chorros de leche resonaban en la pared del cubo.
En el
patio rechinó el portillo, el perro gruñó. Oyóse la voz de un jefe de sección:
—¿Está el
comandante en casa? Nikolka se incorporó sobre los codos:
—¡Aquí
estoy! ¿Qué pasa?
—Ha
venido un propio de la stanitsa. Según dice, por el distrito de Salsk se ha
abierto paso una banda. Se ha apoderado del sovjós1. Grushinski...
—Tráelo
aquí.
El propio
tira hacia la
cuadra del caballo bañado
en ardiente sudor. En medio del
patio, el caballo cae sobre las
patas delanteras, luego de costado, lanza un gemido ronco y breve y se queda
muerto, mirando con ojos vidriosos al perro sujeto a la cadena, que ladra
furiosamente. Ha muerto porque en el sobre traído por el propio había tres
cruces y el propio había cubierto sin descansar cuarenta verstas al galope.
Nikolka
leyó que el presidente le pedía que acudiera con el escuadrón en ayuda
y se dirigió hacia la casa, ciñéndose el sable mientras pensaba
cansadamente: «Debería ir a estudiar a cualquier sitio, y ahora nos viene esta
banda... El comisario no cesa de reprocharme
que estoy al mando de un escuadrón y no sé escribir una palabra a
derechas... ¿Qué culpa tengo yo, si no terminé siquiera los estudios en la
escuela parroquial? Tiene unas cosas... Y ahora otra banda... Otra vez sangre,
estoy harto de esta vida... Me cansa todo...»
Salió al
portal, cargando la carabina sobre la marcha, y sus pensamientos galopaban como
el caballo por un camino bien pisado: «Debería ir a la ciudad... Debería
estudiar...»
Por
delante del caballo muerto se dirigió a
la cuadra, miró la cinta negra de sangre que fluía de las polvorientas narices
del animal y volvió la cabeza.
III
A LO
LARGO DEL DESIGUAL CAMINO, por las rodadas de los carros, lamido por los
vientos, el musculoso llantén se retuerce;
el armuelle y el lampazo parece que vayan a estallar. En otros tiempos, por este camino llevaban
el heno hasta las
eras, que se extendían por la
estepa como salpicaduras de ámbar, mientras que los postes del telégrafo
avanzaban paralelos a la carretera. Van pasando ahora los postes en la neblina
otoñal, como lechosa, a través de vaguadas y barrancas, y junto a los postes,
por la carretera reluciente, el atamán conduce
a su banda: una cincuentena de cosacos del Don y del Kubán descontentos
con el Poder Soviético. Tres días llevan retrocediendo, como el lobo que sembró
la calamidad en el rebaño de ovejas, por caminos y a través de la estepa
virgen; tras ellos, pisándoles los talones, va el destacamento de Nikolka
Koshevoi.
1
Hacienda agrícola soviética. A diferencia del koljós, es propiedad del Estado.
La banda la
integra gente segura,
veteranos que se vieron
en los más duros
trances, y sin embargo, el atamán
da muestras de gran preocupación: se pone en pie sobre los estribos, recorre la
estepa con la vista, cuenta las verstas hasta el borde azulado del bosque que
se extiende al otro lado del Don.
Así se
retiran, como lobos, y tras ellos el escuadrón de Nikolka Koshevoi, que les va
pisando los talones.
En los
días calurosos del verano, bajo el cielo denso y transparente de las estepas
del Don, las espigas se balancean y llaman con un sonido de plata. Es en
vísperas de la siega, cuando las espigas de grueso grano de trigo ven negrear
sus aristas como el bigotillo de un mozo de diecisiete años, mientras que el
centeno sigue hacia arriba, tratando de sobrepasar al hombre en altura.
Los
barbudos cosacos siembran pequeños campos de centeno en las tierras arcillosas
y arenosas, junto a los bosques anegadizos de la orilla. Jamás se dieron allí
buenas cosechas, la desiatina1 no dio
nunca más de treinta medidas, pero lo siembran porque ese centeno les
proporciona un vodka más claro que las lágrimas de doncella; porque todos
bebieron de siempre, sus abuelos y sus bisabuelos; porque, no en vano, en el
escudo de la Región de las Tropas del Don figura un cosaco ebrio y desnudo a
caballo en una cuba. Jútores2 y
stanitsas se hallan sumidos el otoño entero en los vapores del alcohol, los
gorros de tapa roja se balancean inseguros sobre las cercas de mimbre.
Por eso
mismo, el atamán no pasa un día sereno; por eso mismo, todos los cocheros y
servidores de ametralladora se acurrucan, borrachos, en los carricoches de
ballesta.
Siete
años hacía que el atamán no había visto su tierra natal. Prisionero de los
alemanes, luego Wrangel, Constantinopla derretida bajo el sol, el campo cercado
de alambre de espino, el falucho turco de ala manchada de brea y de sal, los
juncos del Kubán con sus espléndidos penachos, y la banda.
Esa es la
vida del atamán si se vuelve a mirar por encima del hombro. Su alma se ha
endurecido lo mismo que durante el verano, en pleno calor, se endurecen las huellas de las pezuñas abiertas de los
bueyes junto a las charcas de la estepa. Un dolor extraño e incomprensible le roe las entrañas, las
náuseas se apoderan de sus músculos, y
el atamán lo siente: el vodka no será capaz de ahogar los recuerdos
de su azarosa vida. Pero bebe, ni
un solo día permanece sereno; bebe porque el centeno florece con un olor penetrante y
dulce en las estepas del Don, abiertas sus ávidas entrañas al sol, y las
mujeres de morenas mejillas, cuyos maridos no han vuelto de la guerra, destilan
un vodka tan transparente que nadie lo distinguiría del agua que brota del manantial.
IV
AL
AMANECER LLEGARON las primeras heladas. Un gris de plata salpicó las anchas
hojas de los nenúfares, y en la rueda del molino, por la mañana, Lúkich
advirtió unos finos carámbanos de diversos tonos, como de mica.
Lúkich se
había levantado de mal cuerpo: le dolían
los riñones y los pies, como de plomo, no querían separarse del suelo. Al
caminar por el molino, el cuerpo se
desplazaba con gran esfuerzo, cual si no quisiera seguir a los huesos. De la
sección del mijo asomó la cabeza una cría del ratón; los ojos lacrimosos del
abuelo miraron hacia arriba: desde el travesaño del techo, un palomo dejaba
caer el
repiqueteo rápido de
su arrullo. Las aletas
de su nariz,
como moldeadas en arcilla,
se ensancharon al aspirar
el pegajoso olor a humedad y a centeno
molido, se paró a escuchar el siniestro rumor del agua que lamía los
pilotes y estrujó, pensativo, su barba de estropajo. En el colmenar, Lúkich se
tumbó a descansar un rato. Bajo el
capotón, se durmió atravesado, con la
boca abierta. Una saliva pegajosa
y templada empapó su barba
en las comisuras de los
labios. Las
1 Medida
de superficie equivalente a 1,092 Ha.
2 Poblado
cosaco.
primeras
luces tiñeron de espesos colores la miserable casa del abuelo, el molino se
perdió entre los flecos lechosos de la bruma...
Cuando se
despertó, del bosque salían dos hombres
a caballo. Uno de ellos gritó al abuelo, que caminaba por el colmenar:
— ¡Eh,
abuelo, ven aquí!
Lúkich,
receloso, se detuvo. En aquellos años
confusos habían pasado por allí muchos hombres armados como esos que ahora se
acercaban, gente que, sin pedir permiso, se llevaban el grano y la harina. A
todos ellos, sin distinción alguna, los aborrecía.
— ¡Date
prisa, vejestorio!
Lúkich
avanzó por entre las colmenas medio hundidas en el suelo; suavemente, sin
ruido, tosió sin despegar los labios,
unidos por la saliva
al secarse, y se detuvo
apartado de los visitantes, observándolos de reojo.
—Nosotros somos rojos, abuelo... No tengas miedo —dijo
pacíficamente el atamán—. Perseguimos a una banda, nos hemos rezagado de los
nuestros... ¿Viste por casualidad si ayer pasó por aquí un destacamento?
—No sé
quienes eran, pero pasaron.
—¿Hacia
dónde se fueron, abuelo?
— No
tengo ni idea.
—¿Ninguno
de ellos se quedó en el molino?
— Ninguno
—dijo Lúkich brevemente, y se volvió de espaldas.
—Espera,
viejo. —El atamán descabalgó de un salto, se balanceó sobre sus piernas
curvadas y con voz de borracho,
lanzando un aliento que apestaba a vodka, dijo—: Nosotros, abuelo, nos dedicamos a matar comunistas... Para que
lo sepas... ¡Nada te importe quiénes somos nosotros, pero eso no es cosa tuya!
—Dio un tropezón y dejó escapar la brida—. De lo que debes preocuparte es de preparar pienso para setenta caballos y
de no abrir los labios... ¡Quiero tenerlo ahora mismo!....
¿Has
comprendido? ¿Dónde guardas el grano?
—No tengo
—dijo Lúkich, volviendo la vista.
—Y en ese
granero, ¿qué hay?
—Trastos
viejos... No hay grano.
—¡Vamos a
verlo!
Agarró al
viejo del cuello y de un rodillazo lo empujó hacia el granero, una dependencia
que se cuarteaba como hundida en el suelo. Abrió la puerta de par en par. Las
arcas estaban llenas de trigo y de cebada.
—¿Y esto
qué es, maldito viejo?
—Grano,
bienhechor mío... Es la maquila...
Un año entero me ha costado
el reunirlo, y tú quieres que lo estropeen las bestias...
—¿Prefieres
que nuestros caballos revienten de hambre? ¿Eres partidario de los rojos?
¿Buscas la muerte?
—¡Ten
compasión de este desgraciado! ¿Por qué me vas a matar? —Lúkich se quitó el
gorro, cayó de rodillas, se apoderó de las velludas manos del atamán, las
besó...
—Di,
¿eres de los rojos?
—¡Ten
piedad de mí!.... No hagas caso de lo que he dicho, soy un ignorante.
Perdóname, no me mates —gritaba el viejo, abrazando las piernas del atamán.
— Jura
que no eres de los rojos... Santíguate, ¡y come tierra!....
El
abuelo toma un puñado de arena, la
mastica con su boca sin
dientes y la moja
con sus lágrimas.
—Bueno,
ahora te creo, ¡Levántate, viejo!
Y el
atamán ríe al ver que las piernas se niegan a sostener al viejo. Los jinetes que acaban de llegar,
sacan del granero la cebada y el trigo, lo echan a los pies de los caballos y el patio se ve
cubierto de una capa de dorado grano.
V
LA AURORA
SE ANUNCIABA apenas entre la niebla húmeda y espesa.
Lúkich
evitó el centinela y por un sendero del bosque que él solo conocía se dirigió hacia el Jútor a través de las
torrenteras y a través del bosque, alertado en el leve dormitar que precede al
día.
Llegó,
mal que bien, hasta el molino de viento, quiso torcer por un atajo hacia la
calleja, pero ante sus ojos surgieron las siluetas confusas de unos jinetes.
—¿Quién
va? —preguntó una voz, turbando el silencio.
—Soy
yo... —balbució Lúkich, espantado y tembloroso.
—¿Quién
eres? ¿Traes pase? ¿Por qué andas danzando a estas horas?
—Soy
molinero... Del molino de agua de ahí cerca. Tenía necesidad de venir al jútor.
—¿De qué
se trata? Ea, vente con nosotros, te llevaremos al jefe. Ve
delante... —gritó uno, echándole encima el caballo.
Lúkich
sintió en el cuello el cálido belfo del animal y, cojeando, se encaminó hacia
el Jútor.
En la
plaza, ante una casa de pobre aspecto,
se detuvieron. El jinete, carraspeando, echó pie a tierra, ató el caballo a la
valla y, haciendo resonar su sable, subió los escalones de la entrada.
—Sígueme...
Una
lucecita llameaba en las ventanas. Entraron.
Lúkich
estornudó al verse
en aquella atmósfera de humo de
tabaco, se quitó el gorro y se apresuró a persignarse vuelto
hacia el rincón más próximo.
—Hemos
detenido a este viejo. Venía al jútor.
Nikolka
levantó de la mesa la cabeza de revuelta caballera salpicada de plumas. Con voz
de sueño, pero severa, preguntó:
— ¿Adónde
ibas?
Lúkich
dio un paso adelante y pareció que se volvía loco de alegría.
—Querido,
sois vosotros. , yo creí que otra vez eran esos enemigos y me entró miedo. No
me atrevía a preguntar... Soy el molinero. Cuando pasábais por el bosque de
Mitrojin os parásteis en mi casa, te di leche... ¿Lo has olvidado?...
—Bien, ¿y
qué me dices?
—Escucha
lo que voy a decirte, amigo: ayer, antes de hacerse de día, llegaron esas
bandas y todo el grano que tenía se lo
dieron a los caballos... Se burlaron de mí... Su jefe estaba empeñado en
hacerme jurarles fidelidad, me obligó a comer tierra.
—¿Y dónde
están ahora?
—Allí.
Traían vodka y no paran de beber y de
ensuciarlo todo. Yo he venido a informaros. Acaso encontréis la manera de
meterlos en cintura.
—¡Di
que ensillen!.... —Nikolka
se puso en
pie, sonriendo al
viejo, y metió con aire
de cansancio el brazo por la manga del capote.
VI
HABÍA
AMANECIDO.
Nikolka,
con las mejillas de color verdoso a consecuencia de las noches pasadas en vela,
galopó hacia el cochecillo que transportaba la ametralladora.
—En
cuanto vayamos al ataque, tirad sobre el flanco derecho. ¡Tenemos que partirles
el ala! Y volvió hacia el escuadrón, ya desplegado.
Tras una
aglomeración de robles raquíticos, en la carretera apareció un grupo montado,
de a cuatro en fondo y con los carros en el centro de la columna.
—¡Al
galope! —gritó Nikolka, y sintiendo a su espalda el estruendo creciente de los
cascos, dio un fustazo a su potro.
La
ametralladora traqueteó desesperadamente
a la salida del bosque. Los de la carretera desplegaron rápidamente, como si se
tratase de un ejercicio. A la salida del bosque.
* * *
De entre
los matorrales de la loma saltó un lobo con los flancos llenos de cardos.
Inclinó la cabeza hacia delante, prestando atención. Los disparos repiqueteaban
en las cercanías y un clamor de gritos estremecía el aire.
¡Tuc! ,
caía en el grupo de alisos una bala, y al otro lado de la loma, más allá de las
tierras de labor, el eco balbuceaba rápido: ¡tac!
Y de
nuevo, ahora en rápida sucesión: ¡tuc, tuc, tuc! Al otro lado de la loma
contestaban: ¡Tac, tac, tac!....
El lobo
se quedó quieto unos instantes y sin
prisa, al trote corto, se dirigió hacia
la vaguada, perdiéndose entre los altos matorrales amarillentos de los
carices...
—¡Teneos firmes!....
¡No abandonéis los carros!....
Al bosque... ¡Al
bosque, hijos de
mala madre! —gritaba el atamán, poniéndose de pie sobre los estribos.
Pero
conductores y tiradores de ametralladora
se agitaban ya junto a los carros,
cortando los tirantes, y la línea de tiradores, rota por el fuego constante de
ametralladora, huía ya sin que nada pudiera detenerla.
El atamán
dio la vuelta, sobre él volaba un jinete que blandía su sable. Por los
prismáticos que le bailaban en el pecho y por la burka1, el atamán adivinó que
no se trataba de un simple soldado rojo y tiró de la brida. Desde lejos vio la
cara joven e imberbe, desfigurada por la cólera, y los ojos casi cerrados por
el viento. El caballo del atamán piafó, sentándose sobre las patas traseras; él
tiró de la pistola, que se había enganchado en el cinturón, mientras gritaba:
—Cachorro...
Agita, agita el sable, ahora verás lo que es bueno...
El atamán
disparó contra la negra burka, que iba aumentando en tamaño. La montura,
después de recorrer ocho brazas, cayó. Nikolka se deshizo de la burka y, sin
cesar de disparar, siguió hacia el atamán, acercándose más y más...
Tras el
bosquecillo, alguien lanzó un chillido de fiera, que se vio cortado de súbito.
El sol quedó oculto por una nube y sobre la estepa, sobre el camino y sobre el
bosque, desmelenado por los vientos de otoño, cayeron sombras de inciertos
contornos.
«Sabe muy
poco, es un mocoso, se acalora y eso le
va a costar la vida», cruzó por la mente del atamán, que, esperando a que el
otro agotara el cargador, aflojó la brida y se arrojó contra él como un milano.
Inclinándose sobre
la silla, descargó
un sablazo y por un instante sintió
que el cuerpo
se reblandecía al percibir el golpe y caía lentamente de bruces. El
atamán saltó a tierra, quitó al muerto los prismáticos, miró sus piernas
sacudidas por un leve temblor, lanzó una ojeada alrededor y se puso en cuclillas
para despojar al cadáver de sus botas. La primera la sacó pronto, sin dificultad, apoyando su pie en la
crujiente rodilla del muerto. Pero la otra no salía de ninguna manera: como si
la media formase un tapón dentro. Tiró con rabia, con un juramento, y sacó
media bota de una vez. En la pierna, por encima del tobillo vio un lunar del
tamaño de un huevo de paloma. Despacio, como temiendo despertarlo,
dio la vuelta a la
cabeza, que se iba
quedando fría, sus manos se empaparon
de la sangre que brotaba a
borbotones de la boca del muerto, miró
fijamente y sólo entonces abrazó torpemente los hombros caídos y dijo con voz
sorda:
1 Capote
caucasiano de pelo de cabra.
—¡Hijo!....
¡Nikólushka!.... Sangre de mi sangre... Congestionado, gritó:
—¡Pero di
una palabra siquiera! ¿Cómo ha podido ser esto?
Cayó sin
apartar la vista de los ojos que se habían apagado; levantó los párpados
manchados de sangre, sacudió el cuerpo inerte... Pero Nikolka se había mordido
fuertemente la punta de su lengua azulenca, como si temiese decir algo que no
debiera, algo de una importancia inmensa.
Apretándolas
a su pecho, besó el atamán las manos frías de su hijo y, mordiendo el acero
empañado de la pistola, se disparó en la boca...
* * *
Al anochecer,
cuando al otro lado
del bosquecillo aparecieron
las siluetas de
unos jinetes, cuando el viento
trajo sus voces, los resoplidos de las monturas y el ruido de los estribos, un
cuervo salió volando, sin ganas, de la hirsuta cabeza del atamán. Remontó el
vuelo y se diluyó en el cielo gris e incoloro del otoño.
1924
EL PASTOR
I
DESDE
HACÍA DIECISÉIS DÍAS, un viento abrasador soplaba de parte de la estepa
pardusca, quemada por el sol, un viento que venía del Este, de las tierras
salinas blancas y resquebrajadas.
La
tierra parecía como carbonizada, la
hierba se retorcía amarillenta;
los pozos, que
tanto abundaban a lo largo del
camino, se habían secado. Y las espigas
del trigo, sin haber llegado a granar, se inclinaban marchitas hacia el suelo,
encogidas como ancianos.
Hacia el
mediodía, el jútor sumido en el sueño fue despertado por el bronce de la
campana.
El calor
es agobiante. Silencio. Sólo se oye el arrastrar de pies que revuelven el polvo
a lo largo de las cercas, y los bastones de los viejos que golpean en el suelo,
explorando el camino.
La
campana convoca a asamblea del jútor. En el orden del día, la contrata de un
nuevo pastor. La sala del comité ejecutivo es un murmullo de voces. Humo de
tabaco.
El
presidente golpea sobre la mesa con un pequeño trozo de lápiz.
—Ciudadanos,
el viejo pastor se niega a seguir al cuidado del rebaño. Dice que se le paga
poco, no le conviene. Nosotros, el comité ejecutivo, proponemos que se contrate a Grigori Frólov. Es nacido en el lugar,
huérfano, del Komsomol... Su padre, como todos sabéis, fue zapatero. Vive con
su hermana y carecen de recursos. Creo ciudadanos, que os haréis cargo, y lo
contrataréis para guardar el rebaño.
El viejo
Nésterov no pudo contenerse, se revolvió inquieto,
—Eso no
podemos hacerlo. Se trata de un rebaño grande y él no vale para pastor... Los
animales hay que llevarlos lejos, del pueblo, porque en las cercanías no hay
pasto. Y él no, tiene costumbre. Cuando llegue el otoño se habrá extraviado la
mitad de los terneros...
Ignat, el
molinero, un vejete que presumía de listo, dijo con voz gangosa, melosa, pero
llena de sorna:
—Nosotros
mismos encontraremos pastor sin ayuda del comité ejecutivo; eso es cosa
nuestra y de nadie más... Hay que elegir
una persona de edad, de confianza y que sepa tratar a los animales...
—Tiene
razón el abuelo...
—Si contratáis
a un viejo, ciudadanos, antes se perderán
los terneros... Los tiempos han cambiado, los robos son muy
frecuentes...
Así dijo
el presidente, insistiendo, y quedó a la expectativa. Desde las filas de atrás
le apoyaron:
—Un viejo
no sirve... Hay que pensar que no se trata de vacas, sino de terneros de un
año. Hace falta alguien de pies ligeros. Si el rebaño se dispersa, a ver quién lo junta. Cuando el
viejo eche a correr, perderá las tripas...
Una
risotada estruendosa fue el comentario; pero el abuelo Ignat, a media voz,
siguió en sus trece:
—Los comunistas
aquí no tienen nada que
ver... Hay que
entender de oraciones, y no de cualquier manera... —y el dañino
vejete se pasó la mano por la calva.
Pero el
presidente le cortó con aspereza:
—Déjese
de comentarios, ciudadano... Si sigue así... si sigue en ese tono... le expulsaré de la asamblea...
* * *
Al
amanecer, a la hora en que un humo sucio sale de las chimeneas, se arrastra y
se extiende por el suelo de la plaza, Grigori reúne el rebaño de ciento
cincuenta cabezas y lo conduce a través del jútor hacia la loma gris e
inhóspita.
La estepa
se halla cubierta de los pequeños montículos grises que construyen las marmotas
al abrir sus madrigueras; los citilos dejan oír su silbido, largo e inquieto.
De entre los matorrales bajos de las barrancas, las avutardas remontan el
vuelo, haciendo brillar su plumaje plateado.
El rebaño
se muestra tranquilo. Sobre la corteza agrietada del suelo resuena como el
tamboreo de la lluvia el tac-tac de las pezuñas de los terneros.
Junto a
Grigori camina Duniatka, su hermana y auxiliar en las funciones de pastor. Todo
ríe en ella: las mejillas, pecosas y tostadas por el sol, los ojos, los labios.
Y eso porque acaba de cumplir diecisiete primaveras y a los diecisiete años
todo parece divertido: la ceñuda cara del hermano, y los terneros de largas
orejas que sobre la marcha rumian los hierbajos; resulta divertido hasta eso de
que hace ya dos días no tienen ni un pedazo de pan.
Pero
Grigori no se ríe. Bajo su gorra raída
se ve una frente abultada que surcan las arrugas, y unos ojos cansados, como si
hubiese vivido mucho más de diecinueve años.
El rebaño
marcha tranquilo por un lado del camino, alargándose en una mancha de diversos
colores.
Grigori
silba a los terneros rezagados y se vuelve hacia Duniatka:
—Con lo
que ganemos hasta el otoño, Dunia, iremos a la ciudad. Yo ingresaré en una
facultad obrera1 y a ti te colocaré en
algúnsitio.... A lo mejor también
podrás estudiar... En la ciudad, Duniatka, hay muchos libros, y el pan
es limpio, sin hierbas como el que nosotros comemos.
—¿Y de
dónde sacaremos dinero para el viaje?
—Eres
tonta... Nos pagarán en especie, veinte puds2 de grano. Ahí tienes el dinero...
Lo venderemos a rublo el pud, venderemos
el mijo, el estiércol seco.
Grigori
se detiene en medio del camino, con el mango del látigo traza unas figuras en
el polvo del suelo. Está echando cuentas.
—¿Qué
vamos a comer, Grisha? No nos queda nada de pan...
—En la
bolsa tengo un trozo duro.
—¿Lo
comemos ahora o esperamos a mañana?
—Mañana
vendrán del jútor y nos traerán harina... El presidente lo ha prometido...
El sol
del mediodía abrasa. La camisa de Grigori, de tela áspera, está empapada de
sudor y se le pega a la espalda.
El rebaño
marcha inquieto, los tábanos y las moscas pican a los terneros, el aire
recalentado se estremece con el bramido de los terneros y con el zumbido de los
tábanos.
A la
caída de la tarde, cuando se pone el sol, el rebaño llega a la cerca. No lejos
hay una charca y una choza de paja podrida por las lluvias.
Grigori
se adelanta al trote. Alcanza fatigosamente el redil y abre la puerta de
mimbres.
A
continuación cuenta los terneros, haciéndolos pasar de uno en uno por el
cuadrado negro del portón.
II
SOBRE UN
MONTÍCULO que como un apretado garbanzo se levantaba al otro lado de la charca,
construyeron una choza nueva, de barro. Las paredes las recubrieron de
estiércol amasado y Grigori la techó con hierbas.
Al otro
día llegó el presidente montado en su caballo. Traía medio pud de harina de
maíz y una bolsa de mijo. Se sentó al fresco y encendió un pitillo.
1
Escuelas donde los jóvenes obreros se preparaban para el ingreso en centros de
enseñanza superior.
2 Medida
de peso equivalente a 16,30 kgs.
—Eres un
buen mozo, Grigori. Cuando termines este trabajo del rebaño, este otoño te
llevaré a la cabeza del distrito, a estudiar. Tengo un amigo en la sección de
instrucción pública, te ayudará...
Grigori
se puso rojo de alegría, y al despedir al presidente le sujetó el estribo y le
dio un fuerte apretón de manos.
Durante largo rato siguió
con la mirada las
esponjosas nubes de polvo que levantaban
los cascos del caballo.
La
estepa, reseca, al amanecer se teñía de un rosado tísico; al mediodía parecía
sofocada por el calor. Tumbado de
espaldas, Grigori miraba el cerro vecino envuelto en una neblina azul. Se le
figuraba que la estepa era un ser dotado de vida y sufría bajo abrumados de
poblados, stanitsas y ciudades. Se le figuraba que el suelo subía y bajaba al
ritmo forzado de su respiración, y allá dentro, bajo las gruesas capas de
tierra, una vida distinta, desconocida, se desarrollaba y fluía pletórica.
Y en
pleno día, sentía miedo.
Medía con
la vista las incontables filas de cerros, contemplaba los remolinos de la
calígine, el rebaño, la hierba pardusca y manchada. Pensaba que había sido separado del resto del
mundo lo mismo que una rebanada de pan que es cortada de la hogaza.
Un
atardecer, víspera de
domingo, Grigori recogió el rebaño
en el redil.
Duniatka había encendido fuego
ante la choza y estaba preparando unas
gachas de mijo y aromáticas acederas.
Grigori
se sentó ante la hoguera y dijo, revolviendo las brasas de estiércol seco con
el mango del látigo.
—La
ternera de Grishaka se ha puesto enferma. Deberíamos avisar al dueño...
—¿Quieres
que vaya yo al jútor? —preguntó Duniatka, tratando de parecer indeferente.
—No. Yo
no podría cuidar solo el rebaño... —sonrió—. Echas de menos a la gente,
¿verdad?
—No
puedes figurártelo, Grisha... Hace un mes que vivimos en la estepa y no hemos
visto más que a una persona. Si una pasase aquí el verano, se olvidaría hasta
de hablar.
—Aguanta, Dunia...
Este otoño iremos a la ciudad.
Estudiaremos los dos y
luego, cuando hayamos aprendido,
volveremos aquí. Cultivaremos el suelo como mandan los libros, porque ahora la
gente es de una ignorancia terrible... Nadie sabe leer... no hay libros...
—A
nosotros no nos dejarán estudiar... También nosotros somos ignorantes...
—Sí que
nos dejarán. El invierno pasado, cuando estuve en la stanitsa, el secretario de
la célula me dio a leer un libro de Lenin. Allí decía que el poder pertenece a
los proletarios. Y del estudio decía que los primeros que tienen que estudiar
son los pobres.
Grishka
se incorporó y se puso de rodillas. En sus mejillas brillaron los reflejos
bronceados del fuego.
—necesitamos
estudiar para aprender a dirigir nuestra República. En las ciudades el poder es
de los obreros, mientras que aquí el presidente de la stanitsa es un
ricachón, y en los jútores, los
presidentes son gente rica.
—Yo,
Grisha, podría fregar pisos, lavar ropa, ganaría, y tú estudiarías...
El fuego
se extingue, las brasas humean y despiden chispas. La estepa calla, medio
dormida.
III
CON UN
MILICIANO que se dirigía a la ciudad, Polítov, el secretario de la célula,
avisó a Grigori que debía presentarse en la stanitsa.
Cuando
Grigori salió aún era de
noche. A la hora
de la comida divisó
desde una loma el campanario y las casitas, unas cubiertas
de paja y otras de chapa.
Arrastrando
los pies, cubiertos de callos, llegó a la plaza. El club estaba en la casa del
pope. Por una alfombrilla nueva, que olía a paja fresca, penetró en una
espaciosa pieza. Los postigos entornados la mantenían en la oscuridad,
Polítov
estaba, cepillo de carpintero en mano, arreglando un marco de ventana.
— He oído
hablar de ti, hermano... —dijo sonriendo, a la vez que le alargaba la mano
envuelta en sudor—. Por ahora no hay nada que hacer. Ya pregunté a la ciudad:
pedían muchachos para una fábrica de aceite, pero de los reunidos les sobraban
doce... Sigue guardando el rebaño, en cuanto llegue el otoño te mandaremos a
estudiar.
—Y que no
me falte ese trabajo... Los ricos del jútor se resistían a tomarme de pastor... Que si soy del Komsomol, que si
no creo en Dios, que sin oraciones no se puede guardar bien el ganado...
—rió
cansadamente Grigori.
Polítov
limpió con la manga las virutas y se sentó en el antepecho. Se quedó mirando a
Grigori, arrugando las cejas, empapadas de sudor.
—Tú,
Grisha, parece que has enflaquecido... ¿Cómo anda la cuestión de comida?
—Vamos
tirando. Hicieron una pausa.
—Ea, ven
conmigo. Te daré algo para leer. Hemos recibido periódicos y folletos.
Avanzaron
por la calle, que desembocaba en el
cementerio. Las gallinas se
revolvían en los montones grises de ceniza.
A lo lejos rechinó el
cigoñal de un pozo. Pero el silencio
era tan pegajoso que se metía por los oídos.
Quédate.
Hoy hay asamblea. Los muchachos ya han preguntado por ti, quieren saber qué
haces y cómo te va. Verás a la gente... Yo voy a hacer un informe sobre la situación
internacional... Te quedas a dormir en mi casa y mañana te puedes ir.
¿Conformes?
—No
puedo quedarme a dormir. Duniatka no puede guardar ella sola
el rebaño. Acudiré a la asamblea, pero esta misma noche, en cuanto termine, me
iré.
En el
zaguán de la casa de Polítov hacía fresco.
Había un
dulce aroma a manzanas puestas a secar. Los collerones y las cabezadas que
colgaban de las paredes despedían un olor a sudor de caballo.
En un
rincón había una cuba de kvas1 y una cama
desvencijada.
—Me he
refugiado aquí: dentro hace mucho calor...
Polítov se inclinó y de debajo del
terliz sacó cuidadosamente unos
ejemplares viejísimos de
Pravda y
dos folletos.
Los puso
en manos de Grigori y desató un saco que era un puro remiendo:
—Sujeta...
Mientras
Grigori sostenía el saco por el borde, sus ojos buscaban los títulos de los
periódicos. Polítov, a puñados, llenó el saco hasta la mitad y desapareció en
el interior.
Trajo dos
pedazos de tocino, los envolvió en una hoja de col, los colocó junto al saco y
gruñó:
—Cuando
te vayas, acuérdate de llevarte esto.
—No me lo
llevaré —se resistió Grigori, enrojeciendo.
— ¿Por
qué?
—Porque
no...
—¡Eres un
miserable! —gritó Polítov, palideciendo, con los ojos clavados en Grisha—. ¡Y
aún se tiene por camarada! Es capaz de reventar
de hambre y no decir ni una
palabra. Tómalo, o se acabó la amistad...
—No
quiero llevarme lo último que tienes...
—La
última es la mujer del pope —dijo Polítov ya tranquilo, mientras miraba a
Grigori, que, enfurruñado, ataba el saco.
La
asamblea terminó poco antes del amanecer.
Grisha
emprendió el camino por la estepa. Sus hombros
se vencían bajo el peso de la harina. Los pies, lastimados,
le ardían como si
fueran a reventar,
pero él caminaba
animoso y alegre al encuentro de las primeras luces del alba.
1 Bebida
refrescante.
IV
AL AMANECER, Duniatka salió
de la choza
para recoger estiércol
seco, que le
servía de combustible. Grigori
venía corriendo del redil. Imaginó que algo malo había ocurrido.
—¿Ha
sucedido algo?
—La
ternera de Grishaka ha muerto... Y otros
tres animales se han puesto enfermos. —Tomó aliento y añadió—: Ve al Jútor,
Dunia. Di a Grishaka y a los demás que vengan ahora mismo... que el ganado está
mal.
Duniatka
se arregló aprisa y corriendo. Emprendió la marcha y cruzó la loma, dando la
espalda al sol que se asomaba por encima del montículo.
Cuando
Grigori se hubo quedado solo, se dirigió lentamente al redil.
El rebaño
salió a
la hondonada, pero
junto a la cerca quedaron tumbados
tres terneros. Al mediodía habían
muerto.
Grigori
no cesaba de correr del rebaño al redil: otros dos animales estaban enfermos...
Uno había caído sobre el limo húmedo al borde de la charca; con la cabeza
vuelta hacia Grishka, emitía unos mugidos interminables; sus ojos, saltones y vidriosos, se habían llenado
de lágrimas. Y por las mejillas
bronceadas corrían también lágrimas saladas.
Cuando el
sol se ocultaba, llegaron Duniatka y los dueños...
El abuelo
Artémich dijo, tocando con su bastón el cuerpo inmóvil de la ternera:
—Es la
peste. Se llevará a todo el rebaño.
Desollaron
los animales muertos y los enterraron en las proximidades de la charca. La
tierra seca y negra formó un nuevo montículo.
Al día
siguiente, Duniatka emprendió de nuevo el camino del jútor. Otros siete
animales habían enfermado de golpe...
Los días
se sucedían en negro desfile. El redil se iba quedando vacío. Vacía se quedaba
también el alma de Grishka.
De ciento
cincuenta cabezas no quedaban más que cincuenta.
Venían
los dueños en sus carros, desollaban los animales muertos, abrían unas zanjas
poco profundas en la hondonada, cubrían con un poco de tierra los sangrientos
despojos y se iban. El rebaño se
resistía a entrar en el redil. Los
terneros mugían, sintiendo la sangre y la muerte que se deslizaba invisible
entre ellos.
Al
amanecer, cuando Grishka, que se había quedado
amarillo, abría el portón del redil con el chirrido de siempre, el
rebaño salía a pastar. E inevitablemente, pasaba junto a los secos túmulos de
las tumbas.
Olor a
carne descompuesta, el polvo que
levantaban las bestias enfurecidas, un mugido largo e impotente y el sol
abrasador a su paso lento por la estepa.
Venían cazadores del jútor. Disparaban alrededor de
la cerca de mimbre con el propósito de ahuyentar la terrible peste. Y los
terneros seguían muriendo. Cada día el rebaño era más reducido.
Grishka
acabó por advertir que alguna fosa había sido abierta. Huesos roídos aparecían en las inmediaciones. Y el rebaño,
inquieto por las noches, se volvió asustadizo.
A altas
horas, cuando mayor era el silencio, resonaba un bramido salvaje y el rebaño,
rompiendo las cercas, corría alocado por el redil.
Los
terneros derribaban la empalizada y, en
grupos, se acercaban a la choza.
Se quedaban a dormir junto al
fuego, rumiaban y lanzaban hondos suspiros.
Grishka
no se dio cuenta de lo que sucedía hasta que una noche le despertó un ladrar de
perros. Salió de la choza poniéndose la pelliza sobre la marcha. Los terneros
arrimaron a él sus flancos húmedos de rocío.
Se quedó
junto a la puerta, silbó a los perros y en respuesta le llegó, de la parte del
barranco de las Culebras, el aullido discorde y desgarrado de los lobos. Otro
aullido, más grave, contestó en los endrinos que rodeaban el cerro...
Entró en
la choza y encendió la lamparilla.
—¿Oyes,
Dunia?
Los
prolongados aullidos se extinguieron al amanecer, a la vez que las estrellas se
apagaban.
V
AL DÍA
SIGUIENTE, a primera hora, llegaron Ignat el molinero y Mijei Nésterov. Grigori
estaba en la choza, remendando sus botas. Los viejos entraron. El abuelo Ignat
se descubrió y, arrugando los párpados, apartando la vista de los oblicuos
rayos del sol que se arrastraban por el
suelo de tierra de la choza, levantó la mano: quería persignarse ante el
pequeño retrato de Lenin que colgaba en un rincón. Pero dándose cuenta del
error, se apresuró a retirar la mano
tras la espalda. Escupió rabioso.
—Ya
veo... ¿No tienes aquí una imagen de Dios?...
—No...
—¿Y quién
es ése que has puesto en el lugar sagrado?
—Lenin.
—Ésa es
la causa de todas nuestras desgracias... Falta la imagen de Dios, por eso vino
la peste... Por eso han muerto nuestros terneros... Oh, Señor nuestro
misericordioso...
—Los
terneros, abuelos, han muerto porque no llamaron al veterinario.
—Antes
vivíamos sin esos veterinarios vuestros... Eres tú muy listo... Mejor hubiera
sido que santiguaras más tu frente impura. Entonces no habría habido necesidad
de veterinarios.
Mijei
Nésterov gritó, con los ojos fuera de las órbitas:
—Retira
del rincón a ese Anticristo... Por tu culpa, impío sacrílego, ha muerto el
rebaño. Grishka palideció ligeramente.
— Podéis
mandar en vuestra casa, pero no aquí... No hay por qué alborotar... Es el jefe
de los proletarios...
Mijei
Nésterov se engalló, atronó
congestionado:
—Estás al
servicio de la comunidad y debes hacer como nosotros queramos. Ya os
conocemos... Ten cuidado, pronto os ajustaremos las cuentas.
Salieron
con los gorros echados sobre las cejas y sin despedirse. Duniatka miró asustada
a su hermano.
Dos días
después el herrero Tijón llegaba del jútor a ver cómo se encontraba su ternera.
Puesto en
cuclillas a la entrada de la choza, encendió un pitillo y explicó, sonriendo
amargamente:
—Nuestra
vida no puede ir peor... Han cambiado de presidente, ahora manda el yerno de
Mijei Nésterov. Hacen las cosas según les conviene... Ayer hubo reparto de
tierras: pues bien, en cuanto una buena parcela le tocaba a un pobre, volvían a
empezar el sorteo. Otra vez vamos a
tener a los ricos montados sobre nuestros hombros... Todas las tierras buenas se les han quedado para ellos, Grisha. A
nosotros nos han dejado la tierra arcillosa... Juzga tú mismo...
Grigori
estuvo trabajando hasta la medianoche. Con carbones, sobre alargadas hojas
azafranadas de maíz, trazó sus garabatos. Escribía acerca del injusto reparto
de tierras, escribía que en vez de llamar al veterinario habían tratado de
combatir la peste a tiros. Y al entregar el manojo de hojas de maíz a Tijón el
herrero le dijo:
—Si
tienes ocasión de acercarte a la cabeza del distrito, pregunta dónde hacen el
periódico Krásnaia Pravda. Les darás esto. He procurado escribir claro, tú no
aplastes las hojas para que no se borre.
El
herrero tomó cuidadosamente las crujientes hojas con sus dedos, requemados y negros de carbón, y las guardó en el seno,
junto al corazón. Al despedirse dijo, con la misma sonrisa de antes:
—Iré a
pie, acaso encuentre allí al poder Soviético... Ciento cincuenta verstas las
puedo hacer en tres días. Dentro de una semana cuando vuelva, me acercaré a
verte...
VI
EL OTOÑO
LLEGÓ con sus lluvias y sus húmedas brumas. Duniatka había ido por la mañana al
jútor en
busca de provisiones.
Los
terneros pacían al pie de la loma. Grigori, con el capotón sobre los hombros,
los seguía, estrujando pensativo una flor seca de cardo. Poco
antes del anochecer, tan corto en
otoño, dos jinetes bajaron la cuesta de
la loma.
Chapoteando
en el barro, galoparon hacia Grigori.
Éste
reconoció en uno de ellos al presidente, el yerno de Mijei Nésterov; el otro
era el hijo de
Ignat el
molinero.
Los
caballos estaban bañados en sudor.
—Hola,
pastor...
—Hola...
—Hemos
venido a hacerte una visita...
Inclinándose
en la silla, el presidente tardó largo rato en desabrocharse el capote con sus
dedos entumecidos. Sacó una hoja amarillenta de periódico y la desplegó al
viento.
—¿Eres tú
el que ha escrito esto?
Ante los
ojos de Grigori bailaron las palabras que él había trazado en las hojas de
maíz: sobre el reparto de las tierras, sobre lo del ganado.
—Bueno,
¡ven con nosotros!
—¿Adónde?
—Ahí, al
barranco... Tenemos que hablar... —Se contrajeron los labios del presidente,
morados por el frío; sus ojos miraban torvos y amenazadores.
Grigori
sonrió.
—Habla
aquí.
—Podemos
hacerlo aquí... si quieres...
Sacó el
revólver del bolsillo y dijo con voz ronca, tirando de la brida para contener
al caballo, que se removía inquieto:
—¿Vas a
escribir más en los periódicos, canalla?
—¿Por qué
te pones así?
—¡Porque
por tu culpa me van a
procesar! ¿Vas a
seguir escribiendo denuncias?...
¡Habla, cachorro de comunista!....
Sin
esperar la respuesta, disparó a Grigori en la boca, cerrada, por el silencio.
Grigori
cayó a los pies del caballo, que se había encabritado, dejó escapar un suspiro,
sus dedos crispados arrancaron unas hierbas húmedas y amarillentas y quedó
inmóvil...
El hijo
de Ignat el molinero se apeó de un salto, cogió un puñado de tierra negra y la
metió en la boca de Grigori, de la que brotaba una sangre espumante...
* * *
La estepa
es ancha, nadie la ha medido. Son muchos los caminos, grandes y pequeños, que
la cruzan. La noche de otoño es de una oscuridad impenetrable, y la lluvia
borra por completo las huellas d elos caballos…
VII
HIELA
LIGERAMENTE. Anochece. Un camino de la estepa.
La marcha
no es pesada para quien no lleva más que una bolsa a la espalda, con un trozo
de pan de cebada, y un palo que le sirve de bastón en la mano.
Duniatka
avanza por el borde del camino. Las ráfagas de viento agitan los bordes de su
rota chambra y le empujan por la espalda.
La estepa
se extiende inhóspita alrededor. Anochece.
Un
montículo se dibuja cerca del camino. Sobre él, una choza con su techumbre
desflecada de hierbas.
Se acerca
con paso inseguro, como ebria, y cae de bruces en la tumba ya aplastada. Es de
noche...
Duniatka
marcha por el camino frecuentado que lleva derecho a la estación del
ferrocarril. Le es fácil caminar
porque en la bolsa
de la espalda,
con el trozo de pan
de cebada, lleva
el libro manoseado, cuyas
páginas huelen al
polvo amargo de la estepa,
y la camisa de
lienzo de su hermano Grigori.
Cuando el
corazón le rebosa
de dolor, cuando las
lágrimas le abrasan
los ojos, entonces, procurando que nadie la vea, saca
de la bolsa la camisa de lienzo sin lavar... Hunde la cara en ella y siente el
olor de aquel sudor que le es tan querido... Y durante largo rato permanece
inmóvil...
Las
verstas se van quedando atrás. De las barrancas de la estepa sube el aullido
del lobo, que parece quejarse de la vida. Duniatka, por el borde del camino, va
a la ciudad, donde hay Poder Soviético, donde los proletarios estudian para en
lo futuro gobernar ellos la República.
Así lo
dice el libro de Lenin.
1925
EL
COMISARIO DE ABASTOS
A LA
CABEZA DEL DISTRITO llegó el comisario de abastos de la región.
Hablaba
con prisa, con un tic nervioso en sus labios recién afeitados:
—Según
las estadísticas, su distrito debe proporcionar obligatoriamente ciento
cincuenta mil puds de grano. Usted, camarada Bodiaguin, queda designado
comisario de abastos del distrito. Confío en su energía y en su espíritu emprendedor.
Dispone de un mes de
plazo... El tribunal extraordinario llegará
aquí uno de estos
días. El ejército y las
capitales necesitan ese
grano imperiosamente... —Se pasó la mano por la afilada y peluda nuez y
apretó los dientes—. A quienes se resistan a entregarlo premeditadamente, se
los fusila...
Inclinó
la cabeza, rapada al cero, y se fue.
II
LOS
POSTES DEL TELÉGRAFO, que a saltos de gorrión recorrían el distrito entero, dijeron:
cupos de
entrega.
En los
jútores y stanitsas, los cosacos que habían recogido una cosecha abundante se
apretaron los cinturones y decidieron todos de una vez, sin pararse a pensarlo:
—¿Entregarles
el grano sin más ni más?... No lo daremos...
En los
patios, en las calles, donde a cada uno le parecía mejor, abrían de noche
zanjas en las que enterraban decenas y cientos de puds de trigo de grueso
grano. Cada uno conocía perfectamente el escondrijo del vecino.
Pero
guardaban silencio...
Bodiaguin
recorría el distrito con su destacamento de abastos. La nieve chirriaba bajo
las ruedas del carricoche, se quedaban
atrás las cercas recubiertas de escarcha. Las luces del crepúsculo se
apagaban. La stanitsa era como una de tantas, pero Bodiaguin había nacido en
ella.
Las cosas habían ocurrido así: era un
caluroso mes de
julio, las manchas amarillas
de la margarita salpicaban las
lindes, estaban en plena siega. Ignashka Bodiaguin era un chico de catorce
años. Eran tres a segar: el padre, un bracero y él. El padre golpeó al bracero
porque éste había roto una horquilla. Ignat se acercó a las mismas barbas de su
padre y le dijo, apretando los dientes:
—Eres un
canalla, padre...
—¿Quién,
yo?
—Sí,
tú...
De un
puñetazo tiró al suelo a Ignat, luego le golpeó con la cincha hasta hacerle
sangre. Aquella tarde, a la vuelta del campo, el padre cortó en el huerto un
palo de cerezo, lo alisó y, acariciándose la barba, lo puso en las manos de
Ignat:
—Vete,
hijo, a pedir limosna. Cuando te hayas vuelto una persona sensata, vuelve —y
dejó ver una sonrisa irónica.
Así había
ocurrido. Y ahora el carricoche rodaba junto a las cercas cubiertas de
escarcha, corrían hacia atrás las techumbres
de paja y los postigos pintarrajeados. Bodiaguin miró los álamos que
crecían delante de la casa de su padre, el gallo de chapa que lanzaba su grito
mudo en lo alto del tejado; sintió que un nudo
se le hacía en la garganta y que
se le cortaba la respiración. Aquella noche preguntó al dueño de la casa
en que se alojaba:
—¿Sigue
vivo el viejo Bodiaguin?
El dueño,
que estaba reparando
los aparejos, acabó
de enhebrar el
cabo con sus dedos embadurnados de pez, y arrugó los
párpados:
—No
piensa más que en enriquecerse... Se ha buscado otra mujer, la vieja murió
hacia tiempo, el hijo no se sabe por dónde anda. Pero ese vejestorio anda
siempre metido en líos de faldas...
Y
cambiando de tono, ya en serio, agregó:
—Como
labrador no hay nada que decir, es hacendoso... ¿Es por un acaso conocido suyo?
Por la mañana, mientras se desayunaban,
el presidente del tribunal revolucionario dijo:
—Ayer dos ricos
hicieron en la asamblea
propaganda para que los cosacos
no entreguen el trigo... Al practicar un registro en sus casas
ofrecieron resistencia, golpearon a dos soldados rojos. Celebraremos el juicio
en público y los llevaremos al paredón…
III
EL
PRESIDENTE DEL TRIBUNAL, Un antiguo tonelero, dijo desde el escenario de la
casa del pueblo, como si colocase un sonoro aro en una cuba:
—Serán
fusilados...
Se
llevaron a los dos hacia la salida... En el segundo, Bodiaguin identificó a su
padre. Siguió con la vista su cuello, surcado de arrugas y quemado por el sol,
y salió a continuación.
En el
portal dijo al jefe de la guardia:
—Tráeme a ése, al viejo.
Se acercó
el viejo con aspecto abatido, reconoció a su hijo y en sus ojos brilló una
chispa, que se apagó al instante. Sus ojos se ocultaron bajo el hirsuto centeno
de las cejas.
—¿Con los
rojos, hijo?
—Con
ellos, padre.
—Ya...
—Apartó la vista. Guardaron silencio.
—Hace
seis años que no nos veíamos, padre. ¿No tenemos nada de qué hablar? El viejo,
colérico y tozudo, mostró ceño.
—Casi,
casi... Nuestros surcos se han separado. Porque defiendo lo que es mío me van a
fusilar, porque no permito que se acerquen
a mi granero soy un contrarrevolucionario. ¿Y
los que se apropian de lo ajeno
con la ley en la mano? Robad, tenéis la fuerza.
La piel
de los salientes pómulos del comisario de abastos Bodiaguin adquirió un tinte
terroso.
—A los
pobres no los robamos; nos apropiamos de las riquezas acumuladas con el sudor
ajeno.
¡Tú eres
el primero que chupó la sangre a los braceros!
—Yo mismo
trabajé día y noche. ¡No como tú, que has ido por ahí haciendo el gandul!
—El que
trabajó mira con simpatía al poder de los obreros y campesinos. Tú los
recibiste con una tranca en la mano...
No dejaste que se acercaran a la cerca...
Por eso es por lo que van a fusilarte...
Al viejo
se le escapó un ronquido. Dijo con voz sorda, como si rompiese el fino hilo que
hasta entonces los mantuviera unidos:
—Ni tú
eres hijo mío, ni yo soy tu padre.
Por esas palabras contra tu
padre, seas tres veces maldito, caiga
sobre ti el anatema... —lanzó un escupitajo y echó a andar en silencio. Luego
se volvió en redondo y gritó provocativamente—: Espera, Ignashka!.... Acaso no
nos volvamos a ver, hijo de perra... Desde el Jopior vienen los cosacos a
cortarle el cuello a tu poder. Si no muero, y que la Virgen santísima me
conserve la vida, yo mismo te arrancaré el alma con mis manos.
* * *
A la
caída de la tarde en las afueras de la stanitsa, el grupo torció junto al
molino de viento hacia el arenal que servía de muladar. El comandante de la
guardia, Teslenko, sacó la pipa y dijo brevemente:
—Colocaos
al borde de la zanja...
Bodiaguin
miró el trineo, con los patines hundidos en la nieve violácea al borde del
camino, y dijo con acento sincero:
—No te
enfades, padre... Esperó la respuesta. Silencio.
—Una...
dos... ¡tres!....
El
caballo se hizo atrás, el trineo chirrió asustado por los baches del camino, y
durante largo rato se agitó aún, atrás y adelante, el arco pintado del aparejo,
por encima de la capa azulina de la nieve de otoño
IV
LOS
POSTES DEL TELÉGRAFO, que a saltos de gorrión recorrían el distrito entero, dijeron: levantamiento en el
Jopior. Los comités ejecutivos han sido incendiados. Parte del personal ha
muerto, el resto se ha dispersado.
El
destacamento de abastos se retiró a la
cabeza del distrito. Bodiaguin y el comadante de la guardia del tribunal
revolucionario, Teslenko, se quedaron al
objeto de acelerar el envío de los últimos carros de trigo a los
depósitos generales. El día amaneció revuelto. Los copos se arremolinaban,
enturbiando el aire de la stanitsa. A media tarde una veintena de jinetes
llegaron al galope a la plaza. El poblado, desaparecido bajo la nieve, se
estremeció al toque de rebato. Relinchos, ladridos, el grito ronco de las
campanas...
Era el
levantamiento.
Dos
jinetes cruzaron con gran esfuerzo la calva aplastada del montículo. Al pie de
la cuesta, el patear de caballos sobre el puente. Un grupo de jinetes. El que
iba en cabeza, de gorro alto de oficial, sacudió un fustazo a su montura, una yegua larga de remos de pura sangre.
—¡No
escaparán los comunistas!....
Al otro
lado del montículo, Teslenko, un ucraniano de bigotes caídos, dio un tirón de
las bridas de su caballo kirguizo, robusto y de poca alzada.
—¡No nos
alcanzarán!
Procuraban
no cansar los caballos. Sabían que por delante los
aguardaban treinta verstas de
camino accidentado.
A sus
espaldas, los perseguidores
se habían desplegado.
La noche aparecía por poniente, inclinada tras la
línea del horizonte. A tres verstas de la stanitsa, en una barranca, Bodiaguin
vio el bulto de una persona sentada en un revuelto montón de nieve. Se acercó y
gritó con voz ronca:
—¿Qué
demonios haces aquí?
Era un
chiquillo menudo, como fundido en cera azulada. Bodiaguin levantó la fusta, el
caballo, tirando de la cabeza, se acercó bailando.
—¿Quieres
quedarte helado, hijo de Satanás? ¿Qué te ha traído hasta aquí? Sé apeó, se
inclinó y oyó un murmullo confuso:
—Tengo
frío... Soy huérfano... pido limosna por ahí. Escondió estremecido la cabeza en
los bajos de una andrajosa chambra y quedó inmóvil.
Bodiaguin
desabrochó en silencio su pelliza, envolvió en los faldones el frágil
cuerpecillo y durante largo rato estuvo tratando de subir al caballo, que se
resistía nervioso.
Prosiguieron
el galope. El chiquillo, al abrigo de la pelliza, pareció reanimarse, entró en
calor;
sus
manos se agarraban con fuerza
al cinturón de cuero. La marcha de los
caballos se reducía
sensiblemente.
Su respiración era fatigosa, resoplaban violentamente al oír el ruido de cascos
que se acercaban a sus espaldas.
Teslenko,
a través del viento que les cortaba la
cara, gritó, agarrando la crin de la montura de
Bodiaguin:
—¡Deja al
chico! ¿No oyes, diablo? Déjalo, que nos van a alcanzar... —añadió con una soez
blasfemia, y dio un fustazo en las manos
violáceas de Bodiaguin—.
Si nos alcanzan,
somos muertos... ¡Así os consumáis al fuego tú y tu chiquillo!....
Los
caballos avanzaban con las
bocas espumantes casi
pegadas. Teslenko siguió
golpeando hasta que la sangre brotó
de las manos de Bodiaguin. Los dedos agarrotados de éste sujetaban el
blando cuerpecillo, la brida había quedado abandonada en el arzón, quiso
desenfundar el revólver.
—¡No
dejaré al chico, se helaría!....
El
ucraniado de bigotes grises tiró de la brida, comentando con voz llorosa:
—¡Es
imposible escapar! ¡Se acabó!....
Los dedos
parecían ajenos, no obedecían. Rechinando los dientes, Bodiaguin ató al pequeño
de través en la silla, con una correa. Probó si quedaba bien sujeto y sonrió:
—¡Agárrate a la crin, cabeza gorda!
Con la
vaina del sable dio un fuerte golpe en la grupa sudada del caballo. Teslenko
metió dos dedos bajo sus bigotes caídos y lanzó un penetrante silbido. Durante
largo rato estuvieron siguiendo con la vista a los animales, que se alejaban
rápidos, ahora aligerados de su carga. Se tumbaron uno junto a otro. Una descarga seca recibió a
los gorros de piel de carnero que asomaban del otro lado de la elevación
vecina...
* * *
Permanecieron
tirados tres días. Teslenko, en sucios calzoncillos de punto, mostraba al cielo
un cuajarón de sangre helada que le salía de la boca, rajada hasta las orejas.
Sobre el pecho desnudo de Bodiaguin saltaban sin temor alguno unas aves moñudas de la estepa, picoteando los granos de avena
de que habían llenado las cuencas vacías de los ojos y el vientre abierto a
sablazos.
1925
SANGRE DE
SHIBALOK
—ERES UNA
MUJER INSTRUIDA, llevas gafas, pero no lo quieres entender... ¿Qué voy a hacer
con él?...
Nuestro destacamento se encuentra a cosa de cuarenta verstas
de aquí, he venido andando, lo he traído en brazos. ¿Ves la piel de los pies
toda lacerada? Tú eres la directora de esta casa de niños,
¡hazte,
pues, cargo de la criatura! ¿Que no hay sitio? ¿Y yo, qué voy a hacer con él? Bastantes fatigas me ha costado. No
sabes cuánto he sufrido... Sí, es mi hijo, mi sangre... Va para los dos años y
no tiene madre. Lo de ella es una historia aparte. El año antepasado me
encontraba yo en una sotnia1 encargada
de misiones especiales. Por aquel entonces perseguíamos en las stanitsas del
Alto Don a la banda de Ignátiev. Yo era justamente tirador de ametralladora.
Habíamos salido de un pueblo y alrededor se extendía la estepa desnuda como una cabeza calva, el
calor era insoportable. Cruzamos una
loma y empezamos la bajada hacia un bosquecillo; yo, era de los primeros en el
carro donde iba montada la ametralladora. Me pareció que cerca del camino había
una mujer tendida. Arreé los caballos
y me dirigí hacia allá. Era
una mujer como cualquiera otra. Yacía tendida boca arriba y con las
faldas subidas hasta más arriba de la cabeza. Me apeé y vi que estaba viva,
respiraba... Le metí el sable entre los dientes para separárselos y le di a
beber de la cantimplora. Acabó de reanimarse. En esto se acercaron los cosacos de la sotnia y empezaron las
preguntas:
—¿Quién
eres? ¿Por qué estás tendida junto al camino enseñando las vergüenzas?...
Empezó a llorar como si se despidiera de un difunto,
a duras penas pudimos sacarle que una
banda que venía de los alrededores de Astrajan se había apoderado de ella, se la llevaron en los carros y
después de abusar la habían abandonado en pleno camino... Yo les dije a los
compañeros:
—Hermanos,
permitidme que, como víctima que es de los bandidos, la lleve con nosotros en
el carro.
—Recógela,
Shibalok. Las mujeres tienen siete vidas, las muy zorras; que se reponga un
poco, y después ya veremos lo que se hace.
¿Qué te
creías? Aunque no me gusta ir oliendo las faldas de las mujeres, sentí lástima
y la recogí para mi desgracia. Se repuso,
se acostumbró a nosotros: lavaba la ropa a los cosacos, remendaba sus
calzones, hacía trabajos propios de mujer. A nosotros nos daba reparo tenerla
en la sotnia. El jefe no cesaba de renegar:
—¡Agárrala
del rabo y arréale una patada en el c...! A mí me daba mucha lástima.
Empecé a decirle:
—Vete de
aquí, Daria, vete por las buenas. Cualquier día puede alcanzarte una bala y
entonces sabrás lo que es llorar...
Ella
empezaba a gritar y a lamentarse:
—Fusiladme
aquí mismo, queridos cosacos, pero no me separaré de vosotros.
Al poco
tiempo mataron a mi conductor y me vino
con una cuestión aún más espinosa:
— Ponme
de conductor. Sé manejar los caballos
tan bien como otro cualquiera. Le entregué las riendas y le dije:
— En
cuanto empiece el combate, da la vuelta
y te quedas con la trasera hacia delante. Pero debes hacerlo en un segundo. De
lo contrario, tenlo por seguro, te moleré a golpes.
1
Escuadrón de caballería cosaca.
Todos los
cosacos veteranos quedaron maravillados de la forma en que se desenvolvía,
nadie diría que era mujer. Al colocarnos en posición, hacía girar a los
caballos en redondo. Y conforme el tiempo pasaba, mejor era su comportamiento.
Acabamos por enredarnos ella y yo. Bueno, hasta que quedó embarazada. Así
estuvimos como cosa de ocho meses persiguiendo a la banda. Los cosacos de la
sotnia se burlaban de mí:
—Mira,
Shibalok, tu conductor engorda tanto con el rancho, que ya no cabe en el
pescante.
Así las
cosas, en una ocasión se nos acabaron
los cartuchos. Y los del servicio de municionamiento que no venían. La
banda se encontraba en un extremo de un jútor y nosotros en el otro. En el
pueblo nadie sabía que estábamos sin cartuchos, lo guardábamos con mucho
secreto. Pero alguien nos hizo traición. Yo estaba de puesto y a medianoche oí
un ruido: parecía que la tierra temblaba. Venían sobre nosotros como un alud
con el propósito de envolvemos. Avanzaban a cuerpo descubierto, sin temor
alguno, y hasta se permitían gritar:
—¡Rendíos, cosacos rojos! ¡Sabemos que se os han acabado
los cartuchos! ¡De lo contrario, os daremos una buena carrera!....
Y nos la
dieron... Nos retorcieron el rabo de tal modo que tuvimos que salir loma arriba
a uña de caballo. A la mañana siguiente nos reunimos a unas quince verstas del
jútor, en un bosque. Faltaba más de la mitad de la gente. Los demás habían
muerto a sablazos. La pena me abrumaba. Y para colmo, Daria se sintió mal.
Había pasado la noche a caballo, galopando, y ahora estaba con la cara
desfigurada, morada. Dio unas vueltas y se apartó del campamento, metiéndose en lo más espeso
del bosque. Comprendí de qué se trataba
y me fui tras ella. Entró en un barranco, encontró un hoyo, lo cubrió con hojas
secas, como una loba, y se acostó,
primero de bruces y luego se volvió de espaldas. Se quejaba con los
primeros dolores del parto, mientras que yo permanecía sin moverme detrás de
unos arbustos, mirando por entre las ramas... Primero se quejaba, luego
empezó a gritar, las lágrimas corrían
por sus mejillas, con la cara lívida y los ojos que parecía que se le iban a
salir. Hacía fuerzas, como si le hubiera dado un calambre. No es cosa de
hombres, pero me di cuenta de que no podría parir ella sola, que iba a
morirse... Salí del arbusto y corrí hacia ella, tratando de ver la manera de
ayudarla. Me incliné, me arremangué, pero era tal el miedo que sentía que el
cuerpo se me cubrió de sudor. He matado sin la menor vacilación, pero eso...
Procuré atenderla, ella dejó de gritar y me vino con semejante salida:
—¿Sabes,
Yasha, quién ha dicho a la banda que se nos habían acabado los cartuchos? —y se
me quedó mirando muy seria.
—¿Quién?
—pregunté a mi vez.
—Yo.
—No
seas estúpida. ¿Has
comido algo malo? Cállate
y estáte quieta. No es momento de conversaciones...
Ella
insistió:
—La
muerte está a mi cabecera, quiero
confesar mi culpa, Yasha... No sabes tú a qué clase de víbora dabas calor bajo
tu camisa...
—Está
bien, confiésalo y vete al diablo —dije yo. Y me lo reveló todo. Mientras lo
contaba no cesaba de dar cabezadas contra el suelo.
—Yo —me
explicó— estaba en la banda por mi voluntad, y me entendía con el jefe de
ellos, Ignátiev... Hace un año me mandaron
a vuestra sotnia para que les
proporcionara toda clase de informes vuestros. Para disimular fingí lo de que
me habían violado... Me muero, pero, de lo contrario, habría logrado acabar con
toda la sotnia...
Sentí que
el corazón se me encendía y no pude contenerme: le di una patada y empezó a echar sangre por la boca.
Pero en esto le empezaron otra vez los dolores
y vi que entre las piernas asomaba la criatura... Era una cosa
húmeda que lanzaba vagidos como la liebre entre los dientes del zorro... Daria
lloraba y reía, se arrastraba hacia mí y
trataba de abrazarme las rodillas... Yo di la vuelta y me fui a la sotnia. Les
conté a los cosacos todo cuanto había pasado...
El
escándalo fue fenomenal. La primera intención fue la de pegarme cuatro tiros,
luego me dijeron:
—Tú
saliste en su defensa, Shibalok, tú debes terminar con ella y con el recién
nacido. De lo contrario, te haremos picadillo...
Yo me
puse de rodillas y les dije:
—¡Hermanos!
A ella la mataré no por miedo, sino porque así me lo dice la conciencia. Por
los camaradas a los que su traición costó la vida. Pero tened compasión de la
criatura. El niño es de ella y mío por mitad, es sangre mía: que quede con vida. Todos vosotros tenéis
mujer e hijos. Yo no tengo a nadie más que a él...
Supliqué
a la sotnia, besé el suelo. Ellos sintieron lástima de mí y dijeron:
—¡Está
bien, sea! Que tu sangre crezca y que de ella
salga un tirador de ametralladora tan valiente como tú, Shibalok. ¡Pero a la
mujer la tienes que matar!
Volví
hacia Daria. Ella estaba sentada, ya compuesta y con la criatura en brazos. Le
dije así:
—No
permitiré que acerques la criatura a tus pechos. Nació en una época calamitosa
y no debe probar la leche de la madre. Y a ti, Daria, debo matarte por ser
enemiga de nuestro Poder Soviético.
¡Ponte de
espaldas al barranco!....
—¿Y el
niño, Yasha? Es carne tuya. Si me matas quedará sin leche y morirá también.
Deja que lo críe y luego podrás matarme. No me importa...
—No
—le dije—, la
sotnia me ha dado
una orden muy severa.
En cuanto al niño, no te preocupes. Lo criaré con leche de
yegua, no dejaré que se me muera.
Me eché
dos pasos atrás y preparé el fusil. Ella se abrazó a mis piernas, me besaba las
botas...
Me alejé
sin mirar. Me temblaban las manos, las piernas se me doblaban, se me caía la
criatura, aquella cosa desnuda y resbaladiza...
Cinco
días después de eso volvimos a pasar por aquellos lugares. En la hondonada
sobre los árboles, vimos una nube de cuervos...
No puedes imaginarte las fatigas que me ha costado esta criatura.
—Agárralo
de los pies y estréllalo contra una rueda. ¿Por qué te preocupas tanto de él,
Shibalok?
—me
decían los cosacos.
A mí me
daba mucha compasión el diablillo. Pensaba así: «Que crezca; si al padre le
retuercen el pescuezo, el hijo sabrá defender el Poder Soviético. Quedará un
recuerdo de Yákov Shibalok, no moriré
como una mala hierba,
dejaré descendencia...» Al
principio, puedes creerme, buena ciudadana, lloraba por culpa de él, y
eso que nunca había vertido una lágrima. En la sotnia parió una yegua, al
potrillo le pegamos un tiro y así tuvimos leche. Él se resistía a mamar, lloraba, pero luego, se acostumbró y chupaba como cualquier chico del pecho de
su madre.
Le hice
una camisa de unos calzoncillos míos. Se le ha quedado pequeña, pero no
importa, ya se arreglará...
Y ahora
ponte en mi situación: ¿qué quieres que haga con él? ¿Que es demasiado pequeño?
Es muy listo y come de todo... ¡Quédatelo, evítale más calamidades! ¿Te quedas
con él?... ¡Gracias, ciudadana!.... Yo, en cuanto aplastemos a la banda de
Fomín, vendré a ver cómo marcha.
¡Adiós,
hijo, sangre de Shibalok!.... Hazte fuerte... ¡Ah, hijo de perra! ¿Por qué le
tiras de la barba a tu padre? ¿No te he
cuidado? ¿No te he dado todos los mimos? ¿Por qué buscas ahora pelea? Ea, deja
que como despedida te dé un beso en la cabecita...
No se
preocupe, buena ciudadana, ¿piensa que va a llorar? No... Tiene algo de bolchevique: morder sí
que muerde, no voy a negarlo, pero en cuanto a lágrimas, ¡no hay quien le haga
verter una sola!....
1925
ILIUJA
LA COSA
EMPEZÓ con la caza de un oso.
Tía Daria
estaba cortando leña en el bosque, se adentró en la parte más espesa y estuvo a
punto de meterse en el cubil de un oso. Daria, mujer de pelo en pecho, dejó a
su hijo de vigilancia y echó a correr hacia la aldea. Directamente, se dirigió
a la isba de Trofim Nikítich.
—¿Está el
amo en casa?
—Sí.
—He
encontrado un oso en su cubil... Si lo matas nos lo repartiremos.
Trofim
Nikítich la miró de arriba abajo, luego de abajo arriba, y dijo en tono
despectivo:
—Si es
que no mientes, llévame. Una parte de las ganancias será para ti.
Hicieron
los preparativos y salieron en busca del oso. Daria abría marcha, seguida de
Trofim y de Iliá, el hijo de éste. Pero el
asunto se estropeó: hicieron
salir del cubil a una
osa preñada, dispararon sobre
ella casi a boca
de jarro, pero o el fallo
fue imperdonable o por otras causas desconocidas, el caso es
que dejaron escapar la fiera. Trofim Nikítich se quedó mirando su vieja escopeta, lanzó una
interminable retahíla de juramentos y volviendo la vista de reojo a Iliá, que
sonreía irónico, acabó por decir:
—De
ninguna manera podemos dejar escapar a
la fiera. Tendremos que pasar la
noche en el bosque.
A la
mañana siguiente pudieron ver a la osa que, a través de una enmarañada
aglomeración de pinos jóvenes, se alejaba hacia el Este, al amparo del bosque
de Glinischev; las confusas huellas quedaban perfectamente marcadas en la nieve
recién caída. Trofim y su hijo siguieron el rastro durante dos días. Pasaron
frío y hambre —pues las provisiones se les habían agotado—, y sólo al tercer
día, en un claro del bosque, al pie de un abedul que lloraba sus penas
solitario, pudieron sorprender a la osa.
Y en esta ocasión, viendo cómo Iliá removía sin esfuerzo el cuerpo del animal,
dijo Trofim Nikítich por primera vez:
—Eres
fuerte, mozo... Hay que casarte, yo me voy volviendo viejo, pierdo energías, no
puedo ir contra la fiera y la puntería me falla: el ojo me llora. Ya ves, la
fiera lleva en el vientre su cría, su descendencia... Lo mismo ocurre con las
personas.
Iliá
hundió el cuchillo rojo de sangre en la nieve, se apartó de la frente el mechón
sudoroso de pelo y pensó: «Oh, ya empieza la canción...»
Ya no
paró la cosa. Cada día se mostraban más insistentes el padre y la madre: debes
casarte, te llega a ti la vez, madre ha trabajado mucho en su vida, en la casa hace falta una mujer
joven que ayude a la vieja... Todo era dar vueltas al mismo tema.
Iliá se
limitaba a callar y a dar sorbetones. Pero hasta tal extremo le sacaron de sus
casillas, que el mozo, a escondidas de los viejos, reunió en su saco una
sierra, un hacha y otras herramientas de carpintero, preparándose
para alejarse del pueblo.
No quería ir a un sitio cualquiera,
sino a la capital, donde su tío
Efim era vendedor en una panadería.
La madre
no cejaba en su empeño:
—Te he
buscado novia, Iliúshenka. Una moza guapa y que te conviene, una manzana en
sazón. Sabe trabajar en el campo y mantener con las visitas una conversación
agradable. Debemos pedirla antes que otro se adelante y te la quite.
El
muchacho estaba desesperado, no tenía el
menor deseo de casarse y, para colmo, no
había ninguna muchacha que le agradase: en ninguna de las aldeas vecinas
encontraba nada de su gusto. Cuando supo que la novia que le habían buscado era la hija del tendero Fediushin, ya
no pudo aguantar.
Una
mañana, después de almorzar cualquier cosa, se despidió de sus padres y dirigió
sus pasos a
la
estación del ferrocarril. La madre rompió a llorar y el padre, frunciendo las
grises cejas, le dijo colérico y enfadado:
—Si
tienes ganas de ver mundo, Iliá, vete, pero a casa no vuelvas. Veo que te han
contagiado los del Konsomol; no haces más que ir alrededor de esos malditos.
Vive como mejor te parezca, yo no soy ya quién para mandarte...
Cerró la
puerta violentamente, miró por la ventana cómo
se alejaba Iliá por la calle, ancha y recta, y al escuchar el
malhumorado llanto de la vieja arrugó la frente y lanzó un profundo suspiro.
Mientras tanto, Iliá
había salido del pueblo.
Se sentó un rato en la
cuneta y se echó a reír
recordando a Nastia, la novia que le
habían buscado. Era la imagen clavada de una monja: los labios apretados y
taimados, no cesaba de suspirar y de persignarse como una vieja, no se perdía
ni una sola misa. Y de carácter no podía ser más agria.
II
MOSCÚ NO
ADMITÍA COMPARACIÓN ni siquiera con Kostromá. Al principio, Iliá se asustaba de
los bocinazos de los automóviles, se estremecía
al mirar los tranvías, que pasaban con gran estruendo. Luego se
acostumbró. Su tío Efim le buscó trabajo
de carpintero.
....Era
ya de noche, más tarde que de costumbre, cuando volvía del trabajo por la
Pliuschija, bajo la muda hilera de los ojos amarillos de las farolas. Para
acortar el camino torció por una calleja
oscura y torcida. Junto a un portón oyó
un grito ahogado, pasos y el ruido de una bofetada. Iliá aceleró la marcha y se
asomó a la bocaza negra de la
puerta: pegado a la pared abovedada, un
borracho baboso de abrigo de cuello de piel de cordero, alargaba las manos
hacia una mujer y, entre eructo y eructo, gruñía con voz sorda:
—Ea,
ea... permítame, cariño... en nuestros días esto no tiene importancia. La
felicidad de un instante...
Tras el
cuello de piel de cordero, Iliá vio un pañuelo rojo y unos ojos de muchacha
rebosantes de espanto, de lágrimas y de repugnancia
Iliá dio
unos pasos hacia el borracho, agarró el cuello de piel de cordero y arrojó
aquel cuerpo fofo contra la pared. El borracho lanzó un ay, eructó, se apoyó
con un absurdo temblor de buey en Iliá
y, sintiendo los ojos
del mozo clavados en él con una mirada fiera,
dio la vuelta y entre tropezones, mirando atrás y cayendo,
escapó por la calleja.
La
muchacha del pañuelo rojo y la raída chaqueta de cuero se agarró fuertemente al
brazo de
Iliá.
—Gracias,
camarada... Muchas gracias.
—¿Por qué
te importunaba así? —preguntó Iliá,
confuso.
—Está
borracho el muy canalla... Se empeñaba en molestarme. No lo había visto nunca.
La
muchacha le puso en la mano un papel con
su dirección y hasta que llegaron a la plaza
Zúbovskaia
no dejó de repetir:
—Cuando
tenga un rato libre, camarada, venga a verme. Me dará una alegría.
III
ILIÁ ACUDIÓ a casa de la muchacha un sábado. Subió
al sexto piso, se detuvo ante la rayada
puerta con el nombre de ella: «Anna Bodrújina», buscó a tientas y llamó
suavemente. Le abrió la muchacha misma. De pie en el umbral, miró con ojos
cegatos, lo reconoció y su cara se iluminó al sonreír. —Pase, pase.
Venciendo
la turbación, Iliá se sentó en el borde de la silla, miró tímidamente
alrededor, y a las preguntas que ella le hacía fue contestando con palabras
redondas y pesadas:
—De
Kostromá... carpintero... he venido a buscar trabajo... tengo veintiún años.
Y cuando,
involuntariamente, se le escapó que había huido para evitar que le casasen con
una moza muy beata, la muchacha lanzó una sonora risotada e insistió:
—Cuenta,
cuenta
Mirando
la cara de ella, encendida por la risa, también rió Iliá. Con torpe movimiento
de manos, habló largamente de todas sus cosas; su relato no cesaba de verse
interrumpido por los estallidos de unas risas jóvenes y primaverales.
A partir
de aquel día sus visitas menudearon. Se
le hizo familiar la habitación recubierta de un papel descolorido y el retrato
de Lenin. Después del trabajo le agradaba permanecer un rato con ella, escuchar
sus sencillas palabras sobre Lenin y mirar sus ojos grises, de un azul claro.
Las
calles de la ciudad
se engalanaron con la
suciedad de la primavera.
En una ocasión se encaminó directamente
a verla a la salida del trabajo, dejó las herramientas en el suelo, agarró el
tirador de la puerta y sintió la quemadura del frío. En una hoja de papel
clavada en la madera, la familiar escritura inclinada decía: «Estaré fuera un
mes. Tengo que cumplir una misión en Ivánovo- Voznesensk».
Bajó los
seis pisos con la vista fija en el oscuro hueco de la escalera y lanzando unos
espesos escupitajos. Un fuerte dolor le oprimía el corazón. Calculó cuántos
días quedaban para la vuelta, y conforme el momento deseado se acercaba, mayor era su
impaciencia.
El
viernes no acudió al
trabajo: por la mañana, sin
entretenerse en almorzar, se dirigió a la conocida calleja, bañada por
el intenso aroma de los álamos en flor, viendo cómo se acercaba y alejaba cada pañuelo rojo.
Mediada la tarde, la vio salir de la calleja, y sin contenerse corrió a su
encuentro.
IV
VOLVIERON
LAS VELADAS en compañía de ella, bien en
casa, bien en el club de los komsomoles. Enseñó a Iliá a deletrear, y luego a
escribir. La pluma temblaba entre los dedos como una hoja de pobo, el papel se
llenaba de borrones. El pañuelo rojo se inclinaba hacia él hasta casi tocarle,
y entonces Iliá sentía dentro de la cabeza el martilleo monótono y cálido de
una forja.
La pluma
bailaba entre los dedos, trazaba en la hoja de papel unas letras anchas de
hombros y cargadas de espaldas como él
mismo, como Iliá, y los ojos se le nublaban.
Pasado un
mes, Iliá entregó al secretario de la célula de la obra donde trabajaba la
solicitud de ingreso en la Unión de Juventudes Comunistas, pero no una
solicitud cualquiera, sino escrita de su puño y letra, con unos renglones
torcidos que habían caído en el papel como las virutas espumosas al salir de la
garlopa.
Una
semana después, al verlo en la entrada de la alta casa de seis pisos, Anna
gritó con voz alegre y sonora:
—¡Saludo
al joven comunista camarada Iliá!
V
—BUENO,
ILIÁ, ya pasa de la una. Debes irte a casa.
—Espera,
¿no tienes tiempo para dormir?
—Ya son
dos noches las que duermo poco. Vete, Iliá.
—Hay
mucho barro en la calle... En casa, la patrona protesta de que la obliguemos a
levantarse constantemente a abrir la
puerta cuando llega cada uno...
—Entonces vete antes, no te quedes hasta medianoche...
—¿No
podría pasar la noche aquí... en cualquier sitio?
Anna se
puso en pie y se volvió de espaldas a la luz. Una arruga surcó de parte a parte
su frente.
—Escucha,
Iliá... si vienes buscándome a mí,
puedes marcharte. Estos últimos días veo
lo que pretendes... Debes saber que estoy casada. Mi marido trabaja desde hace
cuatro meses en Ivánovo- Voznesensk, y yo me voy a reunir con él dentro de unos
días...
Los
labios de Iliá parecieron cubrirse de una ceniza gris.
—¿Estás
ca-sa-da?
—Sí, mi
marido es komsomol. Siento no habértelo dicho antes.
Durante
dos semanas no acudió al trabajo. Permaneció tumbado en la cama, abotagado y
como verdoso. Luego se levantó, pasó el
dedo por los dientes de la
sierra, que se había
cubierto de herrumbre, sus labios
se contrajeron en una sonrisa forzada.
Los
muchachos de la célula le asaetearon a preguntas al verle:
—¿Qué mal
bicho te ha picado, Iliuja? Pareces un resucitado. Estás todo amarillo. En un
pasillo del club se tropezó con el secretario de la célula.
— ¿Eres
tú, Iliá
—El
mismo.
—¿Dónde
te has perdido?
—He
estado enfermo... me dolía la cabeza.
—Tenemos
una plaza para asistir a un cursillo de agronomía. ¿Quieres ir tú?
— Con
mucho gusto iría, pero escasamente sé leer y escribir...
—¡No
digas tonterías! Es un curso de capacitación, teenseñarán....
* * *
Una
semana más tarde, a la salida del trabajo, cuando se dirigía a clase, Iliá oyó
que le llamaban a su espalda:
—¡Iliá!
Se
volvió: era ella, Anna, que trataba de alcanzarle y le sonreía desde lejos. Le
dio un fuerte apretón de manos.
—¿Cómo va
esa vida? He oído decir que estás estudiando.
—Vivo sin
grandes novedades, estudio. Gracias a lo que tú me enseñaste.
Caminaban
uno junto a otro, pero la proximidad del pañuelo rojo ya no le producía mareos.
Al despedirse, ella le preguntó, sonriendo y mirando a un lado:
—¿Te has
curado de aquella enfermedad?
—Estudio
la forma de curar distintas enfermedades de la tierra, pero ésa...
Hizo un
gesto de
desesperanza, se pasó las
herramientas del hombro derecho al
izquierdo, sonriendo, y siguió adelante, pesado y torpe.
1925
EL
CORAZÓN DE ALIOSHKA
DOS
VERANOS SEGUIDOS la sequía había dejado negros los campos de los mujiks. Dos
veranos seguidos que un fuerte viento soplaba del Este, desde las tierras kirguisas, agitando las
espigas enrojecidas y secando los ojos de los mujiks, fijos en la abrasada
estepa, las lágrimas punzantes del mujik. Tras el viento venía el hambre.
Alioshka se la imaginaba como un hombre grande y sin ojos: caminaba por los
descampados, buscaba con las manos en los caseríos y aldeas, estrangulaba a la
gente. Sus sarmentosos dedos se aprestaban a aplastar el corazón de Alioshka.
A
Alioshka le había quedado un vientre abultado, los pies hinchados... Apretaba
con el dedo su pantorrilla, violácea, y en un principio se le formaba un hoyo
blanco; luego, poco a poco, alrededor del hoyo le aparecían como unas ampollas, y el lugar donde apretó era
invadido por una sangre terrosa.
Las
orejas de Alioshka, la nariz, los pómulos, la barbilla quedaban cubiertos por
una piel tirante que no podía ser más; y la piel era como la corteza seca del cerezo. Sus ojos se habían hundido tanto que las órbitas parecían
vacías. Alioshka tenía catorce años. Hacía cinco meses que no veía el pan.
Alioshka se hinchaba de hambre.
Una
mañana temprano, en que la sibirka en flor expande al pie de las cercas su olor
empalagoso a miel, cuando las abejas se columpian ebrias en sus flores
amarillas y cuando la mañana, bañada por el
rocío, resuena con un
silencio transparente, Alioshka, tambaleándose
a los embates
del viento, llegó a duras penas hasta la zanja. Jadeante, la cruzó con
gran esfuerzo y se sentó junto a la cerca. La alegría le producía un dulce
mareo, en la garganta se le hizo un nudo de ansia. La cabeza le daba vueltas
porque al lado de sus pies, inmóviles y azulencos, yacía el cadáver de un
potrillo, todavía caliente.
La yegua
del vecino estaba preñada. En un descuido de los dueños, el toro de la dula le
había dado una cornada, abriéndole las tripas: la yegua había malparido. El
potrillo estaba allí, al pie de la cerca,
todavía caliente, envuelto
en el vapor
de la sangre. Alioshka,
sentado, con las palmas huesudas apoyadas en el suelo, se
reía, se reía...
Trató
Alioshka de levantarlo entero, pero le fallaron
las fuerzas. Volvió a
casa y cogió un cuchillo.
Mientras llegó a la cerca, en el lugar donde estaba el potrillo se habían
amontonado los perros, que se peleaban y
arrastraban por la tierra polvorienta los trozos de carne sonrosada. De la
boca, contraída, se le escapó un grito.
A tropezones y agitando el cuchillo, corrió hacia los perros. Reunió en un
montón todo, hasta el último trozo de intestino y, en varios viajes, lo llevó a
su casa.
Aquella
tarde, una indigestión de aquella carne fibrosa produjo la muerte de la hermana
menor de Alioshka, una niña de ojos negros.
La madre
quedó largo rato echada de bruces en el piso de tierra; luego se levantó, se
volvió hacia Alioshka y dijo, moviendo sus labios color de ceniza:
—Cógela
de los pies...
La
levantaron. Alioshka de los pies y la madre de la rizada cabecita, la llevaron
a la zanja y la cubrieron de una leve capa de tierra.
Al día
siguiente, el chiquillo del vecino vio a Alioshka que se arrastraba por el sendero y dijo, hurgándose la nariz y
mirando a otra parte:
—Alioshka,
nuestra yegua ha malparido y los perros se comieron el potro.. Alioshka guardó
silencio, apoyado en el portón.
—Y a
vuestra Niuratka los perros la han desenterrado de la zanja y le han comido las
entrañas... Alioshka dio la vuelta y se alejó sin decir nada ni mirar atrás.
El
chicuelo, saltando sobre un pie, le gritó mientras se alejaba:
—Nuestra
madre dice que a los que entierran sin pope y fuera del cementerio se los comen
los diablos en el infierno... ¿Oyes, Alioshka?
* * *
Pasó una
semana. Las encías de Alioshka empezaron a supurar. Por las mañanas, cuando
para calmar las náuseas del hambre masticaba unas cortezas resinosas, los
dientes se le movían y bailaban, y un espasmo le oprimía la garganta.
La madre,
que llevaba tres días sin levantarse, murmuró:
—Alioshka,
ve a coger unas hierbas al huerto...
Las
piernas de Alioshka parecían dos briznas. Él las miró recelosamente y se echó
de espaldas. El dolor que le atravesaba las encías le obligó a alargar las
palabras:
—No puedo
ir, madre... El viento me tira al suelo...
Ese mismo
día Polka, la hermana mayor de Alioshka, vio que una vecina rica —a la que
llamaban la Makárchija— se disponía a ir al otro lado del río a escardar. Siguió con la mirada el pañuelo amarillo que
se alejaba por entre los huertos y, saltando por la ventana, se metió en la
casa. Acercó un banquillo al horno, metió la cabeza en él y se dio un atracón de la sopa de col que encontró en el puchero;
los trozos de patata los sacó con los dedos. Con el estómago lleno, se quedó
dormida tal como estaba:
con la cabeza descansando
en el horno y los
pies apoyados en el
banquillo. A la hora de la comida volvió la Makárchija, que era una mujer robusta
y de mal genio. Al ver a Polka lanzó un chillido, con una mano agarró los pelos
revueltos de la muchacha y con otra, que había empuñado una plancha, sin
despegar los labios, golpeó una vez y otra en la cabeza, en la cara, en el
pecho, hundido y sonoro.
Desde su
patio, Alioska vio a la Makárchija que, después de asomarse a mirar, sacaba a
Polka arrastrándola de los pies. Las faldas se le habían subido a Polka por
encima de la cabeza, el pelo barría el polvo y dejaba en el patio un rastro de
sangre.
A través
de la cerca de mimbre, sin pestañear, Alioshka vio que la Makárchija tiraba a
Polka a un pozo viejo y echaba apresuradamente tierra encima.
* * *
De noche,
el huerto se ve invadido por el olor a tierra húmeda, a ortiga, y por el embriagador aroma de la
adormidera. A lo largo de
la cerca medio
desvencijada, los lampazos
montan su guardia perpetua.
Es de
noche. Alioshka ha salido
al huerto y mira largamente
al patio de la
Makárchija, los ventanucos
cubiertos de placas de mica, las salpicaduras de la luna en el ramaje
desmelenado de los huertos, y se acerca silencioso al portón de la Makárchija.
Al pie del granero resuena una cadena y gruñe el perro atado a ella.
—¡Cállate!....
Serko... Serko...
Juntando
los labios, Alioshka lanza un leve silbido y el perro se apacigua.
Alioshka
no se dirigió al portillo, sino que saltó la cerca y a tientas, arrastrándose,
llegó hasta la cueva, cubierta de hierbajos y ramas. Con el oído atento, quedó
a la escucha del ruido de la cadena. La cueva no es taba cerrada. Levantó las
tablas y, encogido, bajó la escalera.
Alioshka
no vio cuando la Makárchija salía de la cocina de verano. Recogiéndose la
camisa, llegó a saltos hasta el carro que había en medio del patio, sacó de él
una estaca y se dirigió hacia la cueva. Asomó
la desgreñada cabeza
por el hueco, mientras
Alioshka, con los ojos
turbios y cerrados, sin oír otra
cosa que los fuertes latidos de su corazón,
sin tomar aliento, bebía la leche guardada en un jarro.
—¡Ojalá
se te atragante!.... ¿Qué haces ahí, hijo de perra? El jarro, convertido en una
pesa de plomo, se escurrió de los helados dedos de Alioshka y se rompió en mil
pedazos al chocar con el borde del último peldaño.
La
Makárchija cayó echa una pelota en la cueva...
* * *
Sin el
menor esfuerzo, levantó a Alioshka agarrándolo por las axilas y con los labios
apretados, salió al callejón, siguió al amparo de las cercas hasta el río y
tiró el cuerpo desmadejado en el fango de la orilla, junto al agua.
Al día
siguiente era la Trinidad. El suelo de la casa de la Makárchija estaba cubierto
de ajedrea y de hierba de la Virgen. A primera hora había ordeñado a la vaca y
la había echado a la dula. Sacó del arca la pañoleta de colorines, de flecos,
se la puso y se encaminó a ver a la madre de Alioshka. La puerta del zaguán
estaba abierta de par en par; del cuarto, sin barrer, salía un olor pestilente.
Entró. La madre de Alioshka estaba
en la cama, con las
piernas encogidas, y con la
mano se resguardaba de la luz. La Makárchija se persignó
devotamente ante el icono, ennegrecido
por el humo.
—Buenos
días, Anísimovna.
Silencio.
Anísimovna estaba con la boca torcida, las moscas formaban negras manchas en
sus mejillas y volaban con sordo zumbido sobre los labios. La Makárchija dio un
paso hacia la cama.
—Madrugas,
muy poco, querida... Venía a preguntarte si quieres vender la casa. Ya sabes
que tengo una moza en edad de casarse, querría
buscarle un sitio para cuando se
presente el yerno... Pero ¿me oyes?
Le tocó
la mano y sintió que un frío punzante la abrasaba. Lanzó una exclamación y quiso escapar de la muerta, pero en la
puerta estaba Alioshka, más blanco que la cera. Permanecía agarrado al marco,
todo manchado de sangre y de fango del río.
—Estoy
vivo, tía... no me mates... no lo haré más.
* * *
Anochecía.
Alioshka caminaba a través
de las calles engalanadas
con los rizosos tapices
de polvo, a través de la plaza.
Pasó a lo largo de la valla semiderruida de la iglesia, buscando la sombra. Cerca de la escuela, bajo las ceñudas
acacias, se tropezó con el pope. Éste salía de la iglesia,
encorvado por el peso de un saco de pastelillos y carne en salazón. Alioshka,
torciendo los labios, pidió con voz ronca:
—Una
limosna por el amor de Dios...
—Dios te
socorrerá... —contestó el pope, que siguió su camino, encorvado y enredando los
pies en los faldones de la sotana.
A la
orilla del río, en los cobertizos y graneros de ladrillo había trigo. La casa
era de techumbre de chapa. Era la oficina número 32 del Comisariado de Abastos
del Don. En uno de los cobertizos había una cocina de campaña y dos cochecillos
de dos ruedas con cajas de munición. Junto a los graneros, pasos y los
aguijones sucios de las bayonetas. La guardia.
Alioshka
aguardó a que el centinela estuviese de espaldas y se introdujo en uno de los
graneros (por la mañana había visto que por entre las rendijas salía el trigo
como un chorro amarillo). Tomó un puñado de duro grano y masticó con avidez.
Una voz a sus espaldas le hizo volver a la realidad:
—¿Quién
anda por ahí?
—Yo...
—¿Quién
eres?
—Alioshka...
—Ea,
sal...
Alioshka
se puso en pie, cerró los ojos y se tapó la cara con las manos, a la espera del
golpe. Así permanecieron largo rato... Luego, una voz bondadosa gruñó:
—Ven
conmigo, Alioshka. Tengo trigo cocido.
Alioshka
pudo ver unas gafas de cristales sucios que cabalgaban en una nariz encorvada y
una sonrisa que no tenía nada de enfado. El de las gafas caminaba a largos
pasos, con unas piernas tan largas que parecían zancos; Alioshka le siguió
entre tropezones. En la oficina, la segunda puerta de la derecha del pasillo
ostentaba esta incripción:
«Comisario
político Sinitsin.»
Entraron.
El de las gafas encendió una lamparilla de aceite, se sentó en un taburete,
abriendo ampliamente las rodillas, y alargó a Alioshka una escudilla de trigo
cocido, en la que echó aceite de girasol. Se quedó mirando cómo se movían las
mandíbulas de Alioshka y cómo le subían y bajaban los músculos de la cara al
masticar. Luego se levantó y cogió la escudilla. Alioshka la agarró por el
borde con sus dedos cubiertos de verrugas. Gritó, sacudiendo la cabeza:
—¿Te da
pena que coma más, avaricioso?
—No me da
pena, cabeza de alcornoque, pero si te hartas podrías reventar.
* * *
Apenas
había amanecido cuando Alioshka se presentó
en el patio de la oficina de Abastos. Se sentó en los rotos peldaños del
portal y, dando diente con diente, aguardó hasta la salida del sol a que
rechinase la puerta con la inscripción «Comisario político Sinitsin» y en el
umbral apareciese el de las gafas.
El sol
había cruzado por encima de los cobertizos de ladrillo cuando el de las gafas
se levantó. Salió al portal y arrugó la nariz.
—¿Eres tú
el que huele mal, Alioshka?
—Quiero
comer... —gruñó Alioshka, y miró al de las gafas de abajo arriba.
—Ahora
haremos unas gachas, pero... hueles que apestas, Alioshka Popóvich1. Alioshka
explicó en tono sencillo y práctico:
—La
Makárchija quiso matarme, ahora tengo calentura, y me han salido gusanos en la
cabeza... El de las gafas palideció.
— ¿Te han
salido gusanos?
— Sí, en
la cabeza... Me pican mucho...
Alioshka
levantó el puñado de cáñamo que le cubría, hecho un pegote de sangre, y el de
las gafas miró la herida redonda bordeada de pus. En la parte de dentro vio las
cabezas aguzadas de unos gusanos blancos y lanzó un gemido, inclinándose por la
barandilla del portal.
Alioshka
cobró ánimos y dijo:
—Mira...
sácamelos con un palito y en el agujero echa petróleo... Con el petróleo se
morirán,
¿no
crees?
El de
las gafas hurgó con un palito aguzado,
sacando de la herida los
escurridizos gusanos, mientras
que Alioshka enseñaba los dientes y daba patadas en el suelo.
Lazos de
amistad se establecieron desde entonces entre ellos. Cada día, Alioshka se
acercaba a la oficina
de Abastos y comía una
escudilla de gachas de avena aderezadas con aceite. Comía mucho y con avidez, y siempre sentía en
él, inquieto, una mirada cariñosa e inquisitiva.
* * *
Al otro
lado del camino, más allá del muro que formaba el maíz con sus crujientes
mazorcas, el centeno acabó de perder la flor. Las espigas se llenaron con un
gran grueso y cerúleo. Todos los
1 Uno de
los paladines de las viejas leyendas rusas.
días,
Alioshka sacaba a pastar a la estepa,
por junto a los campos de cereal, los caballos de la oficina de Abastos. Sin
trabarlos, los dejaba sueltos por las laderas cubiertas de ajenjo y de estipa,
de penachos grandes y grises, y él se acercaba
al centeno. Los tallos, ya muy altos, se apretaban acogedores,
ofreciendo un lugar, y Alioshka se tumbaba
con cuidado, procurando no aplastarlos. Echado sobre sus espaldas,
desgranaba las espigas en la palma de la mano y comía hasta hartarse aquel
grano suave y oloroso, henchido de una leche blanquecina.
Un día,
Alioshka sacó los caballos a la estepa. Durante largo rato anduvo alrededor de
una yegua guita, tratando de quitarle los cardos de la crin y de limpiarle la
piel de las cortezas que la cubrían. El animal enseñaba los ennegrecidos
dientes, tratando de morderle y de darle una coz. Alioshka consiguió agarrarla
de la cola cuando a sus espaldas oyó una voz:
—Hola,
Alioshka... Basta de hacer el vago. ¿Quieres venir a trabajar conmigo? Te daré
la comida; bueno, y también el calzado.
Alioshka
soltó la cola de la yegua y volvió la
cabeza. Iván Alexéiev, un rico del
pueblo, le miraba sonriente.
—¿Quieres colocarte de criado conmigo?
Te daré de comer bien, lo que
se dice una buena comida... Leche y todo lo demás.
Sin
pararse a pensarlo, contento de encontrar trabajo y pan, Alioshka dijo:
—Acepto,
Iván Alexéiev.
—Conforme,
preséntate con tus cosas esta tarde.
Y la
camisa desteñida de Iván Alexéiv se perdió entre los maizales.
Al que
está desnudo le cuesta poco vestirse; le basta con apretarse el cinturón.
Alioshka no tenía a nadie en el mundo. Todos sus bienes eran unas piedras. Todo
cuanto poseían, había sido vendido antes de la muerte de su madre
a los vecinos: la casa, por nueve puñados de harina; las dependencias,
por un poco de mijo; el huerto lo había comprado la Makárchija por un jarro de leche. Lo único
que a Alioshka le quedaba era el chaquetón del padre y las remendadas botas de
fieltro de la madre.
La dula
volvió del campo y Alioshka se dirigió a la casa de Iván Alexéiev. Sobre un
terliz que la dueña había extendido
junto a la cocina
de verano, toda la
familia se había reunido
a cenar. Alioshka sintió que hasta él llegaba el olor a carne de cordero. Tragando
saliva, se quedó a la espera,
mientras hacía una pelota de la gorra y pensaba: «Si por lo menos me hiciese
sentar la dueña a cenar con ellos...» Pero la mujer, no era de esas trazas. Sin
cesar de hacer ruido con los pucheros, gritó:
—¡Otra boca más que has traído! Comerá más de lo que trabaje. Dile que se vaya con Dios, Iván. ¡En los tiempos que corren no
lo necesitamos para nada!
—¡Calla,
mujer! Sin rechistar, haz lo que se te dice...
Iván
Alexéiev se limpió la barba con la manga de la camisa. La conversación no pasó
de ahí.
Alioshka
estaba acostumbrado al trabajo. Con su
madre iba ya al campo, desde los siete
años sabía guiar la yunta y retorcerles el rabo a los bueyes. A dormir se quedó en el cobertizo. Aquella misma noche se
acercó el amo y le dijo, echando una bocanada de aire que apestaba a cebolla:
—Escucha,
hijo de perra, si se te ocurre fumar
aquí te retorceré el pescuezo con mis propias manos. ¡Mucho cuidadito!
—Yo no
fumo, tío...
—Pues
mucho ojo...
Se
marchó. Alioshka no podía
conciliar el sueño.
Lo mismo le ocurrió la
segunda noche. Después del
trabajo en el campo le dolían los brazos y las piernas, se sentía molido y el
sueño no venía. Al tercer día, muy de mañana, se acercó a la oficina. El de las
gafas se estaba lavando en el portal, entre carraspeos y resoplidos.
—¿Dónde
te has perdido, Alexei?
—Me he
puesto a trabajar.
—¿Con
quién?
—Con Iván
Alexéiev, que vive a la salida del pueblo.
—Está
bien, hermano, acércate esta tarde. Hablaremos de esas cosas.
Por la
tarde, después de abrevar a los animales, Alioshka se dirigió a la oficina. El
de las gafas estaba buscando entre sus libros.
—¿Sabes
leer, Alexei?
—Estudié
en la escuela parroquial. Sé firmar.
—Ven
conmigo.
Siguieron pasillo
adelante. En la puerta
del fondo había escrito
con tiza algo extraño que Alioshka no pudo entender: «Club
de la U.J.C.R.»1. El de las gafas entró, Alioshka le siguió con paso tímido. En
el cuarto, una pieza de reducidas proporciones, había retratos y una bandera de
un rojo desteñido. Varios muchachos conocidos. Leían en voz alta un folleto,
volvieron la vista al oír el chirrido de la puerta y de nuevo quedaron agrupados en torno a la mesa,
atentos a la lectura. Alioshka se unió a
los que escuchaban. Se trataba de las normas a seguir cuando alguien contrataba
a un bracero y de otras muchas cosas. Cuando Alioshka volvió del club era ya
medianoche. Durante largo rato dio vueltas en la manta hecha un andrajo sobre
la que se acostaba. Apuntaba ya el día y la luna en cuarto creciente seguía
mirándole fijamente a los ojos.
* * *
Iván Alexéiev decía a Alioshka:
—A ver si
trabajas de prisa, hijo de perra... A la
primera vez que vea que haces el vago, te
echaré a
la calle... Y entonces a ver si revientas...
Alioshka
trabajaba en la siega de heno y en la trilla, cuidaba los animales. Mientras
tanto, Iván Alexéiev, con las manos metidas en el cinturón de paño rojo, se
paseaba por el patio, dejando ver una ligera sonrisa.
Un día de
fiesta le interpeló el vecino:
—Buenos
días, Iván Alexéiev.
—Buenos
días.
—¿Has
perdido la poca conciencia que te quedaba?
—¿A qué
te refieres?
—A lo
que estás haciendo... Haces
trabajar a Alioshka
como si fuese un caballo...
Vas a conseguir que reviente el
muchacho. Acabarás por cargar con ese pecado...
—Cuídate de tus cosas, vecino, y no metas la nariz en
las ajenas. ¿Sabes lo que te digo? Que te vayas con la p... de tu madre...
Le volvió
la espalda al vecino y se alejó con continente grave, balanceándose; al dar la
vuelta al cobertizo lanzó una retahíla de furiosos juramentos. De momento, hasta que las cosas cambiasen, trataba de
ocultar lo que llevaba en lo más íntimo de sus pensamientos.
A partir
de entonces procuró hacer cuanto mal
pudiera al vecino, un campesino pobre que no tenía ni siquiera un caballo: en
cuanto veía que la miserable vaca de éste se metía en sus tierras, se la
llevaba y la tenía atada dos días enteros sin darle de comer. Y a Alioshka
todavía le cargó más de trabajo, y al menor descuido le zurraba la badana.
Alioshka
pensó en quejarse al de las gafas, pero no lo hizo, temeroso de que Iván
Alexéiev le pusiera en la calle. Se calló. Durante las noches, cortas y
calurosas bajo el entramado del cobertizo, mojaba la almohada con el amargor de
las lágrimas; y todas las tardes, en cuanto acababa de dar de beber a los
animales, por la era, escondiéndose tras las cercas, corría hasta el club. Allí
encontraba siempre al de las gafas. Éste sonreía, mirándole por encima de los
sucios cristales, y le daba unas palmadas en la espalda.
1 Unión
de Juventudes Comunistas de Rusia. Komsomol.
Un domingo,
Alioshka llegó al club más temprano que de costumbre. La reducida habitación
estaba de bote en bote; todos iban armados con fusiles. El de las gafas llevaba
al cinturón la funda de una pistola, sujeta con un cordoncillo trenzado, y una
cosa brillante que parecía una botella.
Al ver a
Alioshka, se acercó sonriente.
—Una
banda ha aparecido en nuestro distrito, Alexei. En cuanto se presenten en el
pueblo, ven a defender el club.
Alioshka quiso
preguntar detalles, pero
había mucha gente
y no se atrevió. A
la mañana siguiente, mientras
estaba engrasando la segadora, vio que el amo salía de la cocina de verano y se
dirigía hacia él. El corazón le dio un vuelco: el amo venía cejijunto y se
tiraba de la barba. No creía haber incurrido en falta, pero Alioshka tenía
miedo al amo, siempre dispuesto al castigo. Se acercó a la segadora:
—¿Adónde
vas por las noches, canalla?
Alioshka permaneció
mudo. El bote de aceite
con que estaba engrasando
la máquina le temblaba entre los dedos.
—Te
pregunto que adónde vas.
—Al
club...
—¿Al
club, eh?... ¿Y esto, no lo has probado
nunca, hijo de mala madre?
El puño
del amo, cubierto de unos pelos amarillos, era pesado como una maza. Descargó un golpe en la nuca de Alioshka, que cayó de
bruces sobre las aspas de la trilladora; le pareció que un haz de chispas
brotaba de sus ojos.
—¡Eso se tiene que acabar!.... De lo contrario,
puedes largarte de aquí. No quiero de ti ni el rastro... —Mientras aparejaba
los caballos a la segadora, el amo no cesó de gruñir—. Lo tomé por pura lástima
y él se junta con esos granujas. Pondrán otras autoridades que saldrán en
defensa de este miserable... Si te acercas otra vez por allí, te daré una
paliza que te dejará recuerdo para toda la vida...
Los
dientes de Alioshka eran escasos y grandes, pero su corazón era sencillo, jamás
había guardado rencor a nadie. Su madre acostumbraba a decirle:
—Cuando
yo me muera, Alioshka, no sabrás defenderte.
Los
polluelos te cubrirán de estiércol. ¿A quién has salido? Tu padre tenía un
genio que le hizo dar con él en la
mina... Nada le arredraba... Tú dejas
que los chicos te peguen, y más tarde te pegarán todos...
El
corazón de Alioshka era bondadoso, no
guardaba rencor ni siquiera al amo: ¿no le daba un trozo de pan? Alioshka se
levantó y descansó unos instantes. El amo puso de nuevo en juego el puño: al caer
sobre la segadora
había vertido el
aceite... A trancas y a barrancas
pasó el día. Alioshka se tumbó sobre la manta y se
tapó la cabeza con la almohada...
Se
despertó de madrugada. En la calleja resonaban unos cascos de caballo, que
dejaron de oírse delante del portón.
Se oyó la
anilla del portillo. Unos pasos, y alguien llamó a la ventana.
—Patrón...
—dijo a media voz.
Alioshka aguzó
el oído: crujió la puerta
y apareció Iván Alexéiev.
Durante un buen rato estuvieron cuchicheando.
—Hay que
darles un pienso a los caballos... —llegó hasta el cobertizo.
Alioshka
levantó la cabeza y vio que dos hombres, vestidos con sendos capotes, hacían
entrar en el patio a sus caballos ensillados y los ataban en la barandilla del
portal. El amo y uno de ellos se
dirigieron a la era. Al pasar por delante del cobertizo, Iván Alexéiev se
asomó y preguntó en voz baja:
—¿Duermes,
Alioshka?
Alioshka
se acurrucó y lanzó un leve ronquido por
la nariz. Siempre atento, levantó ligeramente la cabeza.
—Es un
chico que vive conmigo... No es de fiar...
Cinco
minutos después rechinó el portillo de la era. El amo traía una brazada de
heno, seguido de uno de los desconocidos, que hacía resonar el sable y se
enredaba en los faldones del capote. Las voces llegaron a Alioshka roncas y
apagadas:
—¿Tienen
ametralladoras?
—¿De
dónde las van a sacar?... Hay dos
secciones de rojos en el patio de la oficina... Nada más... Bueno también están
el comisario político y los pesadores...
—Mañana a medianoche os haremos una visita... Estamos
reunidos en el bosque Kazenni... Los degollaremos a todos si conseguimos dar un
golpe de sorpresa...
Cerca del
portal relinchó un caballo. El otro desconocido del capote gritó colérico:
—¡Cállate,
maldito!....
Se oyó el
ruido de un fustazo y el repiqueteo de los cascos del animal.
Al
amanecer empezaba a barrer las sombras
cuando del patio de Iván Alexéiev salían los dos jinetes y, al trote corto, se
alejaban por el camino del bosque Kazenni.
* * *
Por la
mañana, Alioshka apenas si probó bocado. Permanecía quieto, sin levantar los
ojos. El amo le miró receloso.
—¿Por qué
no comes?
—Me duele
la cabeza.
A duras
penas aguardó a que el desayuno terminase. Procurando no ser visto, se
acercó a la era, saltó la cerca y, al
trote, se dirigió a la oficina. Como una ráfaga de viento, semetió en la
habitación del comisario político Sinitsin, cerró la puerta y se detuvo en el umbral, apretándose con las manos el
corazón, que le repiqueteaba como un tambor.
—¿De
dónde vienes, Alioshka?
Confusamente,
Alioshka contó la visita que el amo había tenido aquella noche, los fragmentos
de la conversación que había escuchado. El de las gafas escuchó sin decir una
sola palabra, luego se puso en pie y dijo cariñosamente a Alioshka:
—Espérame
aquí... —y salió.
Así estuvo Alioshka como cosa de media hora
en el cuarto del de las
gafas. En la ventana zumbaba enfadada una avispa, en el
suelo se removían los mechones de la luz
del sol. Al oír en el patio unas
voces, Alioshka se asomó
a la ventana. En el
portal estaban el de
las gafas y dos soldados rojos,
entre los cuales se encontraba
su amo, Iván Alexéiev.
La barba de este último temblaba
y sus dientes no cesaban de saltar:
—Es una
denuncia de alguien que me quiere mal...
—Eso se
verá...
Nunca
había visto Alioshka así al de las gafas: sus cejas se habían juntado y tras
los cristales de las gafas sus ojos tenían un brillo duro. Abrió la puerta de
un granero, se hizo a un lado y dijo
severamente a Iván Alexéiev:
—Entra...
Encorvándose,
el amo de Alioshka desapareció en el granero. La puerta se cerró de golpe a sus
espaldas.
* * *
—Fíjate
bien: así y así, y luego de esta manera
y de ésta, y la vaina sale despedida. Aquí se coloca el cargador...
Rechina
el cerrojo del fusil bajo la mano del de las gafas, mira a Alioshka por encima
de los cristales y sonríe.
La oscuridad
se extendió sobre
el pueblo como un charco de
pez. Los soldados
rojos permanecían cuerpo a tierra en la plaza, a lo largo de la tapia de
la iglesia. Junto al de las gafas se encontraba Alioshka. La correa de su fusil
despedía un penetrante olor a cuero, la
culata estaba húmeda del relente de la noche...
Hacia
las doce, a la salida del pueblo,
cerca del cementerio, ladró
un perro, luego otro, y a
continuación, de súbito, los oídos se
llenaron con el retumbar de los cascos de los caballos. El de las gafas,
rodilla en tierra, apuntó al otro extremo de la calle y gritó:
—Compañía...
¡fuego!
¡Ta-a-ac!
¡Tac! ¡Tac!....
Al otro
lado de la tapia, el eco repitió en frase confusa y rápida: ¡a-a-ac!
Alioshka
accionó el cerrojo en dos tiempos, la
vaina salió despedida y de nuevo escuchó la ronca voz de mando: «Compañía,
¡fuego! ».
Al otro
lado de la calle se armó un coro de imprecaciones, de disparos, de relinchos de
caballos. Alioshka prestó atención: sobre su cabeza se oían unos zumbidos
molestos: u-uu-u...
Una bala
se fue a estrellar en la tapia, una vara por encima de la cabeza de Alioshka,
salpicándole de ladrillo. Al otro
lado de la calle se veía de vez
en cuando el resplandor
de un fogonazo: el desordenado galopar parecía alejarse. El de las gafas
se puso en pie de un brinco y gritó:
—¡Seguidme!
Echaron a
correr. Alioshka sentía en la boca una
sensación de amargo y seco, el corazón no le cabía en el pecho. Al llegar al
otro extremo de la calle, el de las gafas tropezó en un caballo muerto y se
cayó. Alioshka, que corría junto a él,
vio que dos hombres, delante de los rojos, saltaron una cerca y cruzaron el
patio. La puerta se cerró de golpe. Resonó el cerrojo.
—¡Ahí
están! ¡Dos se han metido en la casa!.... —gritó Alioshka.
El de las
gafas, cojeando después de la caída, llegó a la altura de Alioshka. Rodearon el
patio. Los soldados rojos se ciñeron tras la tapia del cementerio, tras los
húmedos groselleros y a lo largo de la
cuneta del camino. Desde las
ventanas de la casa, tapadas
con almohadas, empezaron a disparar; entre tiro y tiro se oían roncas
imprecaciones y voces entrecortadas. Luego, todo quedó en silencio.
El de las
gafas y Alioshka estaban juntos. Poco antes del amanecer, cuando una húmeda
oscuridad se deslizó arremolinada por el huerto, el de las gafas, sin levantar
la voz, gritó:
—¡Eh,
vosotros, si no os rendís echaremos una granada! Dos tiros contestaron desde la casa. El de las gafas hizo una seña
con el brazo:
—Sobre
las ventanas, ¡fuego!
Una
descarga seca y rasgada. Otra y otra. Protegidos por las gruesas paredes de
barro, los dos de la casa disparaban de tarde en tarde, pasando de una ventana
a otra.
—Alioshka, tú eres más
bajo que yo. Acércate por la
cuneta hasta el cobertizo
y lanza esta granada a la puerta... De lo contrario, tardaremos en
cogerlos... Aquí, de esta anilla, tiras y lánzala. No te entretengas, porque te
mataría...
El de las
gafas desenganchó del cinturón aquella cosa que parecía una botella y la
entregó a Alioshka. Encorvado y
apretándose a la tierra húmeda, Alioshka
se acercó; arriba, sobre la zanja, las
balas segaban los hierbajos y la regaban con las gotas frías del rocío. Al
llegar al cobertizo tiró de la anilla y apuntó a la puerta, pero la puerta
chirrió, se estremeció, se abrió de par en par... Dos hombres cruzaron el
umbral; el primero de ellos llevaba en brazos una niña como de cuatro años, a
la luz incierta del amanecer se
distinguía claramente la mancha blanca de su camisa de lienzo; el segundo traía
los calzones de cosaco empapados de sangre;
con la cabeza colgando, se detuvo agarrándose al marco de la puerta.
—¡Nos
rendimos! ¡No disparéis! Vais a matar a la criatura.
Alioshka
vio que de la casa salía una mujer, que se puso delante de la niña con
intención de protegerla, mientras que no
cesaba de gritar y de retorcerse las
manos. Miró hacia atrás y se
encontró
con el de las gafas, que se incorporaba hasta ponerse de rodillas; su cara era
más blanca que la cal. Sus ojos se volvieron a un lado y a otro.
Alioshka
comprendió qué era lo que debía hacer. Los dientes de Alioshka eran grandes y
espaciados, y las personas de dientes espaciados poseen un corazón blando. Así
solía decir la madre de Alioshka. Se echó sobre la brillante granada, parecida
a una botella, y se tapó la cara con las
manos...
Pero el
de las gafas se acercó a Alioshka de un salto, lo apartó de una patada, agarró
con la boca torcida la granada y la arrojó a un lado. Un instante después sobre
el huerto se elevaba una columna de fuego, Alioshka oyó un estruendo horroroso,
un grito de lamentación del de las gafas, y sintió que algo que olía
a azufre le quemaba el
pecho y sus ojos se cubrían de una
niebla espesa y punzante.
* * *
Cuando
Alioshka recobró el conocimiento, lo primero que vio fue la cara del de las
gafas, ahora terrosa después de las noches de insomnio:
Trató
Alioshka de levantar la cabeza, pero un doloroso pinchazo le hirió el pecho.
Lanzó un gemido, rió.
—Estoy
vivo... no he muerto...
—¡Y no
morirás, Alioshka!.... Ahora no puedes morirte. Mira...
En la
mano del de las gafas había un carnet con su número. Lo acercó a los ojos de
Alioshka y leyó:
—Alexei
Popov, miembro de la U.J.C.R... ¿Comprendes, Alioshka? A un dedo del corazón se
te quedó el casco de granada... Ahora te
hemos curado, que tu corazón siga latiendo para bien del poder de los obreros y
campesinos.
El de las
gafas apretó la mano de Alioshka, y Alioshka, tras los cristales turbios,
empañados, vio algo que jamás había visto antes: dos lágrimas pequeñas
como de plata y una sonrisa torcida y
temblorosa.
1925
EL GUARDA
DEL MELONAR
EL PADRE
LLEGÓ de la entrevista con el atamán de la stanitsa satisfecho, como si le
hubieran proporcionado una gran alegría. La risa parecía haberse enredado entre
sus espesas cejas, los labios se arrugaban
en una sonrisa que era incapaz de contener. Hacía mucho tiempo que Mitka
no había visto así a su padre. Desde
que volvió del frente
siempre se había mostrado
serio, ceñudo; no escatimaba los
bofetones con Mitka, un muchacho de
catorce años, y pasaba largos ratos acariciándose pensativo
su pelirroja barba.
Y ahora —como el
sol cuando sale
por entre las nubes— dijo
sonriente y burlón a Mitka, que había aparecido junto a él en la entrada de la
casa:
—¡Eh,
rapaz!.... ¡Corre al huerto y di a madre que es la hora de comer!
La comida
reunió a toda la familia: el padre bajo los iconos, la madre encogida en el
borde del banco, cerca del horno, y Mitka al lado de Fiódor, el hermano mayor.
Cuando hubieron dado fin a la modesta
sopa de col, el padre abrió su barba en dos mitades de dura pelambrera y
de nuevo sonrió, arrugando sus azulencos labios:
—Debo dar a la familia una noticia excelente: hoy
he sido nombrado comandante del tribunal militar de la
stanitsa... —Y agregó después de una pausa—: En la
guerra contra los alemanes
también me gané con toda justicia los galones, el grado de oficial y las
medallas. Mis superiores no lo han olvidado.
Y
enrojeciendo, con la cara inyectada de sangre, se volvió furioso hacia Fiódor:
—¿Por qué
bajas la cabeza, canalla? ¿No te alegra ver contento a tu padre? Ten mucho
cuidado, Fedka... ¿Crees que no veo cómo andas con los mujiks? Por tu culpa,
miserable, el atamán me ha echado una reprimenda. «Usted, Anísim Petróvich —me
ha dicho—, es fiel, realmente, al honor de los cosacos, pero su hijo Fiódor
mantiene tratos con los bolcheviques. El mozo ha cumplido los veinte años y es
una lástima, podría salir perjudicado...» Di, hijo de perra, ¿es cierto que
andas con los mujiks?
—Sí.
A Mitka
le dio un vuelco el corazón, pensó que el padre iba a golpear a Fiódor, pero se
limitó a echarse hacia delante, sobre la mesa, y a apretar los puños. Gritó:
—¿Y
sabes, maldito rojo, que mañana tus amigos van
a ser detenidos? ¿Sabes que el
sastre
Egorka y
el herrero Grómov van a ser fusilados
mañana mismo?
Y de
nuevo oyó Mitka la voz firme de su hermano, que había palidecido:
—No, no
lo sabía, pero ahora ya lo sé.
Antes que
la madre pudiera ponerse en medio, antes que Mitka pudiera lanzar un grito, el
padre, con toda su fuerza, arrojó sobre Fiódor la pesada jarra de cobre. El
borde aguzado del asa rota se clavó algo más arriba del ojo del hermano. La
sangre brotó como un fino escupitajo. En silencio, Fiódor se cubrió con la
mano el ojo cubierto de sangre. La
madre, llorosa, abrazó su cabeza, mientras que el padre derribaba
con gran estruendo el banco y salía de la casa dando un portazo.
Hasta que
se hizo de noche la madre no cesó de trajinar. Sacó del arca un mazo de pescado
seco, puso abundante provisión de galleta de pan en una bolsa y luego se
sentó junto a la ventana a remendar la ropa de Fiódor. Pasando de
largo, Mitka vio que su madre se había quedado inmóvil, con la cabeza hundida
entre el revoltijo de prendas; sus hombros,
bajo la raída blusa de satén, se juntaban y se separaban convulsos.
El padre
llegó de la dirección de la stanitsa cuando ya se había hecho de noche; sin
cenar y sin desnudarse, se tumbó en la
cama. Fiódor, tratando que las tablas del piso no crujiesen, de puntillas, se
dirigió al cuarto trasero, sacó de él una silla de montar y unas bridas, y
salió al patio.
—Mitka,
ven aquí.
Mitka
estaba recogiendo los terneros; tiró la rama que llevaba en la mano y se
acercó a Fiódor. Tenía la vaga sospecha
de que su hermano quería irse con los bolcheviques al otro lado del Don, allí
donde todos los días, al amanecer, resonaba el rumor sordo del cañoneo, que
luego se extendía en oleadas por toda la stanitsa. Fiódor preguntó, mirando a
un lado:
—¿Está
cerrada la cuadra?
—Sí...
¿Por qué quieres saberlo?
—Necesito
entrar. —Fiódor hizo una pausa, dejó escapar un silbido entre los dientes y
explicó, bajando inesperadamente la voz—: La llave la guarda padre debajo de la
almohada... quítasela... quiero irme...
—¿Adónde?
—A la
Guardia Roja... Tú eres pequeño para comprender
quién tiene la razón... Yo quiero ir a pelear para que los pobres
conquisten la tierra, para que todos sean lo mismo, que no haya ni ricos ni
pobres y todos sean iguales.
Fiódor
soltó de entre sus manos la cabeza de Mitka y preguntó, severo:
—¿Cogerás
la llave?
Mitka
contestó sin vacilar:
—Sí, la
cogeré —dio la espalda a Fiódor y sin volver la vista atrás se dirigió a la
casa.
La
habitación estaba sumida en la penumbra, del techo llegaba el zumbido de las
moscas, medio dormidas. Al llegar a la puerta Mitka se descalzó, apretando el
picaporte —para que no hiciera ruido—, abrió la puerta y se acercó
sigilosamente a la cama.
Su padre
estaba echado boca arriba, con la cabeza vuelta hacia la ventana. Una mano la
tenía metida en el bolsillo, la otra le colgaba, dejando ver una uña grande y
amarillenta por el humo del tabaco. Conteniendo la respiración, Mitka llegó a
la cama, atento a los resoplidos del
padre. Un silencio denso e inmóvil... En la barba del padre habían quedado unas
migas de pan y un trozo de cáscara de huevo;
de su boca, abierta, salía un olor nauseabundo a alcohol; de la parte más honda de la
garganta, la tos hacía esfuerzos por brotar al exterior.
Mitka
alargó la mano a la almohada, su corazón no se detenía: tac-tac-tac-tac...
Y la
sangre, que se le había subido toda a la cabeza, le zumbaba en los oídos con un
punzante repiqueteo. Metió un dedo bajo
la sucia almohada,
luego otro. Tocó la escurridiza
correa y el manojo frío de las llaves, tiró de él suavemente. En ese
momento, el padre agarró a Mitka del
cuello de la camisa:
—¿Qué
haces aquí, canalla? ¡Te voy a arrancar hasta el último pelo!
—¡Padre!
¡Querido! Venía a buscar la llave de la cuadra... No quería despertarte... Los
ojos hinchados y amarillentos del padre se clavaron en Mitka.
—¿Para
qué la necesitas?
—Parece
que los caballos están nerviosos...
—Haberlo
dicho antes... —El padre tiró al suelo el manojo de llaves, se volvió de cara a
la pared y un instante después volvía a resoplar como antes.
Mitka
salió como una bala al patio y se acercó a Fiódor, que aguardaba en el
cobertizo. Le puso las llaves en la mano y preguntó:
— ¿Qué
caballo te vas a llevar?
— El
potro.
Mitka,
caminando tras Fiódor, lanzó un suspiro y dijo a media voz:
—¿Y si
padre me pega?...
Fiódor,
como si no hubiese oído nada, sacó de la cuadra al potro, lo ensilló, estuvo
largo rato antes de acertar a meter el pie en el rebelde estribo, y ya al salir
del portón murmuró, inclinándose en la silla:
—¡Aguanta,
Mitka! Se acabarán nuestros sufrimientos. Y a nuestro padre, Anísim Petróvich,
le dices de mi parte que si te toca a ti o a madre lo más mínimo, se acordará
de mí toda la vida...
Y salió a
la calle, espoleando al potro al emprender su largo camino. Mitka, al otro lado
de la cerca, se puso en cuclillas. Miró hacia Fiódor, que se alejaba, pero sus
ojos estaban cubiertos por un velo salado y el nudo que se le había formado en
la garganta no le dejaba respirar.
II
EL PADRE
SEGUÍA LANZANDO el borboteo de sus
ronquidos. Mitka había madrugado más que de costumbre, había pasado la almohada al bayo y lo había
llevado al Don a abrevar y darle un
baño. La greda reseca se deshacía rumorosa
bajo los cascos del animal. Se acercó hasta el agua al pie de la barranca,
quitó la cabezada al caballo, se despojó de la ropa y, encogido por la humedad
brumosa de la mañana, oyó cómo sobre el agua se extendía, viniendo de muy lejos, el sordo ruido del
cañoneo, que se iba hasta perderse río
abajo. Se zambulló de cabeza en el agua, tan fría que sintió como si le
pinchasen todo el cuerpo, y sonrió al pensar: «Ahora Fiódor estará ya con los bolcheviques... Hace
su servicio en la Guardia Roja...»
La
alegría se apagó como la chispa en el
viento cuando sus pensamientos volvieron
hacia la casa, hacia el padre. El regreso lo hizo con la cabeza gacha y los
ojos apagados.
Ya en las proximidades de la casa se le
ocurrió: «Debería marcharme allí.... con los bolcheviques... Fiódor decía que
ellos defienden la justicia... Con ellos me entendería bien. Ahora padre me
arrancará el pellejo... me hará sangrar por la nariz...»
Al pie
del portal quitó al caballo la cabezada y entró lentamente en la casa. El padre le preguntó desde su cuarto
con voz ronca:
—¿Por qué
no has llevado a bañar al potro?
Mitka
lanzó una mirada rápida a su madre,
encogida junto al horno, y sintió que la sangre escapaba presurosa de su
corazón.
—El potro
no está en la cuadra...
—¿Dónde
está?
—No lo
sé.
— ¿Y
Fiódor?
— No lo
he visto.
En
el cuarto resonaron las
botas del padre
al calzarse. Sus
ojos, inflamados por el
sueño, echaban chispas cuando cruzó la cocina hacia el cuarto trasero.
—¿Dónde
está la silla?... —atronó desde el zaguán.
Mitka se
acercó a su madre y, como hacía muchos
años, en los años de la infancia, se agarró de su mano. El padre entró en la
cocina estrujando una correa.
—¿A quién
diste las llaves?
La madre
se puso delante de Mitka.
—No lo
toques, Anísim Petróvich. Por Cristo te lo pido, ¡no le pegues!.... ¿No tienes
compasión de tu hijo?
—¡Déjame,
canalla del diablo!.... ¡Déjame te digo!....
Apartó a
la madre, tiró a Mitka al suelo y lo pateó largamente, cruelmente, como quien
hace un trabajo. Lo pateó hasta que
de la garganta
de Mitka cesaron
de salir sus
gritos y sus sordos gemidos.
III
CADA VEZ
SE OÍA MÁS DISTINTO el tronar de los cañones. Por las mañanas, cuando sacaban
la dula al campo, Mitka permanecía largo rato sentado a la orilla del camino,
al pie del viejo molino de viento. Las ráfagas hacían chirriar las aspas y la
chapa que lo cubría; el chirrido de las aspas era
fastidioso
y prolongado. Y elevándose sobre todos los pequeños ruidos, al otro lado de la
loma retumbaba: ¡bu-u-m!
El
trueno se extendía y tardaba largo rato en extinguirse sobre la
stanitsa y en las barrancas teñidas de azul del amanecer. A través de la
stanitsa, todas las mañanas se dirigían
hacia el Don largos convoyes con proyectiles de cañón, cartuchos y alambre
espinoso. De vuelta traían cosacos heridos y piojosos que dejaban en plena
plaza, frente a la dirección de la stanitsa. Las gallinas, curiosas, escarbaban
diligentes en las puntas de cigarrillos, en las vendas teñidas de rojo, en los
algodones con pegotes de sangre coagulada, y prestaban oído atento a los
gemidos, al llanto y a las sordas imprecaciones de los heridos.
Mitka
trataba de no ponerse a la vista de su padre.
Después
del desayuno se iba con la caña de pescar al Don, y sentado en la orilla veía
pasar por el puente la caballería en largas filas, los carros con las
ametralladoras y la infantería envuelta en una nube de polvo. A casa volvía a
la caída de la tarde.
Un
día, a esa hora, llevaban
a la stanitsa un nutrido grupo de rojos prisioneros.
Marchaban apretados, abatidos,
descalzos, con los capotes desgarrados. Las mujeres salían
a la calle y les escupían en las caras grises por el
polvo, los cubrían de obscenos denuestos entre las risotadas de los cosacos y
de los hombres de la escolta. Mitka los siguió, tragando el polvo acre que
levantaban los pies de
los prisioneros; su corazón,
oprimido, latía agitado... Él miraba
cada par de
ojos enmarcados en círculos viólaceos, recorría las caras imberbes y
esperaba que en una de ellas iba a reconocer a su hermano Fiódor.
En la
plaza, cerca del granero donde antes se guardaba el trigo de la comunidad, los
prisioneros hicieron alto. Mitka vio que del portal de la dirección salía su
padre, jugando con la mano izquierda con la correílla del sable. Gritó:
—¡Fuera
gorros!....
Despacio,
sin prisas, los guardias rojos se quitaron los gorros, con las hirsutas cabezas
bajas y cambiando alguna frase de tarde en tarde. De nuevo la voz conocida y
amenazadora:
—¡A
formar!.... ¡De prisa, canalla roja!
Los pies
descalzos de los prisioneros levantan un rumor sordo al moverse. La fila gris
de caras extenuadas se extiende hasta el
portal de la dirección.
—¡Numerarse!
Voces
enronquecidas. El giro automático de las cabezas. Mitka nota que en la
garganta se le hace un nudo, siente
compasión hacia esos hombres, al parecer
extraños, una compasión que le produce
vivo dolor, que le sofoca, y por primera vez en toda su vida experimenta un
odio corrosivo a su padre, a su sonrisa de hombre satisfecho de sí mismo, hacia
su barba de dura pelambrera rojiza.
—Al
granero, de frente ¡march!
Se
acercaron de uno en uno al gaznate negro y abierto de la puerta. El último, un
mozo de escasa talla, se tambalea, y el padre de Mitka le da un golpe en la
cabeza con la vaina del sable; el mozo corre cinco pasos, tropezando y tambaleándose, y cae pesadamente de bruces
en el duro suelo, apisonado por tantos pies. En la plaza estalla un coro
de risas, un rumor de voces; las bocas de las mujeres se estrechan en una risa babosa. Un grito sordo y
desgarrado se escapa de la garganta de
Mitka, con sus manos frías se tapa la cara y tropezando con la gente, corre por
la calle.
IV
LA MADRE
TERMINABA de preparar la cena en el horno. Mitka se acercó de costado y dijo, rehuyendo la mirada de ella:
—Madre... haz
algo de pan...
yo se lo llevaría a
ésos, a los
que hay encerrados...
a los prisioneros.
Una
película húmeda cubrió los ojos de la madre.
—Llévaselo,
hijo, también nuestro Fiódor puede sufrir en alguna parte... Y los prisioneros
tienen madre, es seguro que las lágrimas mojan sus almohadas por la noche.
—¿Y si
padre se entera?
—¡No
querrá Dios! Tú, Mitka, llévalo cuando
se haga de noche. Se lo das a los cosacos de la guardia y les dices que
lo entreguen a los prisioneros...
El sol,
como a propio intento, frenaba su marcha
y se arrastraba lentamente sobre la
stanitsa, imperturbable e indiferente a la impaciencia de Mitka. Se hizo, por
fin, oscuro, se acercó a la plaza,
deslizándose como una lagartija por entre el alambre de espino hacia la puerta.
Su mano apretaba contra el pecho el hatillo con la comida.
—¿Quién
va? ¡Alto o disparo!
—Soy
yo... traigo comida para los prisioneros.
—¿Quién
eres? ¡Da la vuelta antes que te eche de
un culetazo! ¿Cómo se te ocurre venir de
noche? ¿Te parece poco traérsela de día?
—Espera,
Prójorich, es el muchacho del comandante.
—¿Eres
hijo de Anísim Petróvich?
—Sí...
—¿Quién
te ha mandado? ¿Tu padre?
—No-o-o...
Yo mismo.
Dos cosacos se acercaron a Mitka.
El de graduación superior, un hombre
barbudo, agarró a
Mitka de
la oreja.
—¿Quién
te ha enseñado a traer comida a los prisioneros?
¿No puedes comprender que son
nuestros peores enemigos? ¿Y si se lo digo a tu padre? Te quedaría un buen
recuerdo.
—¡Déjalo,
Prójorich! ¿Te da lástima el pan ajeno? Es lo mismo, sólo tienes una boca. Coge
la comida y se la entregaremos.
—¿Y si
llega a oídos de Anísim Petróvich? A ti puede importarte poco, eres solo, pero
yo tengo familia. Por cosas como ésta mandan al frente, y además le dan a uno
una mano de vergajazos...
—¡No
llores de esa manera, diablo!.... ¡Eh, chico, no te escapes! Trae aquí eso, yo
se lo pasaré. Mitka puso el hatillo en las manos del joven. Éste se inclinó y
le dijo al oído:
—Estoy de
guardia los miércoles y los viernes... Puedes traer más.
Todos los
miércoles y viernes, al hacerse de noche, se acercada Mitka a la plaza.
Procurando no engancharse en el alambre de espino, cruzaba las defensas,
entregaba su hatillo al centinela y volvía a casa, arrimado a las cercas y
mirando a un lado y a otro.
V
TODOS LOS
DÍAS, en cuanto la noche empezaba a extenderse como un tapiz de vivas manchas doradas, sacaban del encierro a un grupo de
prisioneros rojos y los conducían a la
estepa, a las barrancas envueltas en una
niebla blanquecina. El estampido de las descargas y de los disparos sueltos de
fusil venía con el viento hasta la misma stanitsa. Cuando los prisioneros eran
más de veinte, los seguía, rechinando las ruedas, un carricoche en el que iba
emplazada una ametralladora. Los servidores dormitaban en el ancho pescante, el
conductor daba chupadas al pitillo y
meneaba perezoso las riendas, los caballos marchaban de mala gana, cada uno a
su paso, y la ametralladora, sin funda, despedía un brillo turbio por el
agujero de la boca, como si lanzase un bostezo al acabar de despertarse. Media
hora más tarde, en las barrancas, la ametralladora disparaba unas ráfagas
secas, el conductor descargaba su látigo
sobre los caballos, que resoplaban encabritados, los servidores bailaban en el
pescante y la troika se detenía de golpe
frente a la comandancia, que miraba a la calle dormida con sus tres ventanas
iluminadas.
Un
miércoles por la tarde, el padre dijo a Mitka:
—¿Sigues
haciendo el vago? Saca a pastar esta misma noche al bayo, pero cuida mucho de
que no entre en la mies.
A la primera que vea, te doy una paliza que te deslomo... Mitka
puso la cabezada al bayo y apenas si tuvo tiempo de susurrar a su madre:
—Lleva la
comida tú misma... Dásela al centinela.
Se fue
con otros chicos del pueblo, que también sacaban a pastar a sus caballos en las
afueras, más allá de las tierras comunales. Al día siguiente, antes de la
salida del sol, estaba ya de vuelta. Abrió el portillo, quitó la cabezada al
bayo, le dio una palmada en la tripa hinchada por la hierba y se dirigió a la
casa. Al entrar en la cocina, en el suelo y en las paredes vio sangre. Una
esquina del horno presentaba una mancha
blanco-rojiza. Del cuarto
salía un continuo estertor, como un mugido... Pasó al cuarto y
encontró a su madre, que yacía en el suelo bañada en sangre; su
cara estaba rojiza y tumefacta, el pelo le caía sobre los ojos formando unos
carámbanos sanguinolentos. Al ver a
Mitka lanzó un mugido, se estremeció, pero sin poder articular ni una sola
palabra. Su lengua, violácea, se movía entre los labios inflamados, sus ojos
parecían reír con una risa salvaje y estúpida. De su boca crispada salía una
espuma rosácea...
—Mi...
Mi... Mitka...
Y de
nuevo la risa sorda y quejumbrosa...
Mitka
cayó de rodillas, besó las manos de su madre, los ojos cubiertos de negra
sangre. Abrazó su cabeza y en los dedos se le quedaron unas manchas de sangre y
unos grumos blancos y suaves... En el suelo estaba el revólver del padre con la
culata manchada de rojo...
Salió
escapado, sin darse cuenta de lo que hacía. Cayó junto a la cerca y el vecino
le dijo:
Vete a
donde puedas, querido! Tu padre ha sabido que ella llevaba comida a los
prisioneros, la ha matado y amenaza con matarte a ti.
VI
HACÍA UN
MES que Mitka se había contratado de
vigilante, para guardar la cosecha de los melonares. Una choza en lo alto del
cerro le servía de vivienda. Desde allí se veía la cinta blanca lechosa del
Don, la stanitsa agazapada en la parte baja y el cementerio con las manchas
pardas de las tumbas. Cuando él pretendió colocarse, muchos cosacos
protestaron:
—¡Es el
hijo de Anísim! ¡No lo queremos! Su hermano está en la Guardia Roja y la perra
de su madre llevaba comida a los prisioneros. ¡Hay que colgarlo de un pino, y
no tomarlo de guarda!
—No pide
paga alguna, señores ancianos. Dice que cuidará los huertos gratis. Si le damos
un trozo de pan lo recibirá, y si no, se aguantará...
—No se lo
daremos, ¡que reviente!....
Pero
acabaron por escuchar la voz del atamán. Lo contrataron. ¿Cómo no iban a
hacerlo? No pedía remuneración
alguna y guardaría gratis los
melonares de la stanitsa
el verano entero. El beneficio era
evidente...
Maduraban
y se hinchaban al sol los amarillos melones y las sandías de manchas y franjas blancas. Mitka iba por los huertos
abatido, con la cabeza baja, espantando los grajos a gritos y con la sonora
matraca. Por la mañana, al salir de la choza, se tumbaba sobre los secos
hierbajos de las inmediaciones y, con los ojos velados por las lágrimas, miraba
largamente hacia el lugar del Don de donde venía el ruido de los cañonazos.
El
camino, plagado de baches, reptaba hacia arriba, a lo largo de los
huertos y las abruptas barrancas
de paredes gredosas. Por él transportaban los cosacos el heno durante el
verano, por él llevaban a fusilar a los prisioneros rojos. De noche, muy a
menudo, Mitka era despertado por los
gritos roncos y los disparos que se oían
allí abajo, tras las arboledas, tras el denso muro de los sauces.
Después de los disparos oía el aullido de los perros y por el camino se alejaba
el ruido de pasos, a veces el traqueteo del carricoche de la ametralladora, y
el rumor de conversaciones a media voz.
En
cierta ocasión se acercó
Mitka al lugar
donde en confuso nudo se
juntaban las sinuosas barrancas. En el declive vio sangre
seca y en el fondo pedregoso, donde el agua había barrido la escasa tierra que cubría
una fosa, un pie descalzo que asomaba; la planta estaba seca y arrugada. El
viento de la estepa,
al adentrarse por las barrancas,
difundía el olor a cadáver. No volvió por aquellos lugares...
Aquel día
el grupo de prisioneros apareció en el camino, saliendo de la stanitsa, antes
que de costumbre: los cosacos de la escolta a los lados y en el centro de
ellos, los guardias rojos con los capotes echados sobre los hombros. El sol se sumergía
en la resplandeciente blancura del
Don despacio, como si quisiera contemplar lo que iba a ocurrir a la luz
del día. Nubes negras de grajos se posaban
en las copas de los
sauces de las arboledas.
Un silencio tenso se extendía
por los huertos. Desde su choza, Mitka acompañó con la vista hasta la
revuelta, a los que marchaban por el camino. Súbitamente oyó un grito, varios
disparos, más, más...
Mitka se
acercó de un salto a la altura cercana y
vio que unos guardias rojos corrían por
el camino hacia las
barrancas; los cosacos, rodilla
en tierra, disparaban
con prisas; dos de ellos, blandiendo los sables, corrían tras
los fugitivos...
Los
disparos revolvieron el tranquilo silencio. Tac-tac, tac-tac... Tac-tac...
Uno de
los que escapaban tropezó, cayó sobre las manos, se puso en pie de un salto, de
nuevo echó a correr...
Ya, ya...
El brillo del sable describió un semicírculo y cayó sobre la cabeza... se repitieron los tajos sobre el caído...
Los ojos
de Mitka se nublaron, la boca se le llenó de fuego
VII
HACIA
MEDIANOCHE, tres jinetes se acercaron a
la choza.
—¡Eh,
guarda! ¡Sal un momento! Mitka salió.
—¿No
viste esta tarde hacia dónde corrían tres con capote de soldado?
—No, no
lo vi.
—No
mientas. ¡Te costaría caro!
—No he
visto nada... no sé...
—Ea, aquí
no hay nada que hacer. Debemos ir por las barrancas hasta el bosque de
Filínovo. Lo cercaremos y atraparemos a
esos canallas...
—En
marcha, Bogachov...
Mitka no
pegó los ojos en toda la noche. Por el Este retumbaba el trueno, nubarrones
plomizos y desgarrados cubrían el cielo, cegaban los relámpagos. Empezó a
llover.
Poco
antes del amanecer, Mitka oyó cerca de la choza un rumor de pasos y un gemido.
Prestó
atención, procurando no moverse. El terror había paralizado su cuerpo. Nuevos
rumores y un gemido prolongado.
—¿Quién
va?
—Sal,
buen hombre, por el amor de Dios...
Mitka
salió con paso inseguro, las piernas le temblaban. En la parte de atrás de la
choza vio a alguien caído de bruces.
—¿Quién
eres?
—No me
denuncies... me matarían... Ayer me escapé cuando me iban a fusilar... los
cosacos me buscan... en la pierna... tengo un balazo...
Mitka
quiso decir algo, pero un nudo le atenazó la garganta. Se puso de rodillas, se
arrastró a gatas y abrazó las piernas
ceñidas por las vendas de infantería.
—Fiódor...
¡Hermano! Querido...
Recogió y
llevó a la choza una brazada de hojas de panocha a medio secar, colocó a Fiódor en un rincón,
lo cubrió con hierbajos y girasoles y se fue a hacer su recorrido por los
melonares.
Hasta
mediodía estuvo espantando de las franjas rizosas y verdes los grajos que las
asediaban, venciendo los deseos de acercarse
a la choza, contemplar los ojos de su hermano, escuchar otra y otra vez
el relato de sus desventuras y sus
alegrías. Lo habían decidido en firme: en cuanto oscureciese, Fiódor se
vendaría lo más apretado posible la
pierna herida y por los senderos del bosque, dando un rodeo, irían hasta el
Don; irían al otro lado, a unirse con quienes luchaban contra los cosacos para
conquistar la tierra, en defensa de los pobres. Desde por la mañana hasta
mediado el día no cesaron de pasar cosacos que venían
por el camino de la
stanitsa; un par de veces torcieron hacia la choza para
pedirle agua a Mitka. A la caída de la tarde éste vio que desde lo alto del
montículo de arena, que relucía como una calva, bajaban ocho hombres a caballo;
sus monturas, visiblemente fatigadas, marchaban al paso. Miska se sentó delante
de la choza y siguió con la vista las siluetas encorvadas de los jinetes. Sin
volver la cabeza, dijo a Fiódor:
—¡No te
muevas! Uno viene por los huertos hacia la choza. Por debajo de las hierbas
resonó, sorda, la voz de Fiódor:
—¿Y los
demás le esperan o se han ido a la stanitsa?
—Los
otros se alejan al trote, han desaparecido detrás del cerro... Sigue quieto.
Incorporado
sobre los estribos, el cuerpo del cosaco se mueve atrás y adelante, agita la
fusta, el caballo está bañado en sudor.
Mitka,
palideciendo, murmuró:
—
Fedor... es nuestro padre...
La barba
cobriza del padre estaba mojada, su cara curtida por el sol era de un rojo
violáceo. Detuvo el caballo delante de la choza, echó pie a tierra y se acercó
a Mitka.
—Di,
¿dónde está Fiódor?
Sus ojos
inyectados en sangre se clavaron en el rostro palidecido de Mitka. Su guerrera
azul de cosaco olía intensamente a sudor y a naftalina.
—¿Estuvo
esta noche contigo?
—No.
—¿Y esa
sangre que hay cerca de la choza?
El padre
se inclinó hacia el suelo. Su cuello, encendido, formaba gruesos pliegues,
oprimido por el uniforme.
—Vamos
ahí.
Entraron,
el padre delante y Mitka, lívido, detrás de él.
—Ten
mucho cuidado, víbora... Si ocultas a Fiódor te arrancaré el alma...
—Yo no sé
nada...
—¿Qué hay
ahí en el rincón?
—Es donde
yo duermo.
—Veremos.
El padre
se acercó al rincón, se puso en cuclillas y empezó a remover lentamente las crujientes hierbas y las
cabezas de girasol.
Mitka
estaba a sus espaldas. La guerrera azul, ceñida en la espalda, parecía dar
vueltas lentamente.
Unos
instantes después de la boca del padre salió una exclamación ronca:
—Hola...
¿Qué es esto?
El pie
descalzo de Fiódor había quedado al descubierto entre los tallos parduscos. El
padre se llevó la mano derecha al costado en busca de la funda del revólver.
Balanceándose, Mitka dio un brinco, agarró el hacha que colgaba en la pared y
aspirando fatigosamente una bocanada de aire, sintiendo que se ahogaba, la
descargó con fuerza sobre la nuca del padre...
* * *
Cubrieron
el cuerpo, ya frío, con los hierbajos, y se fueron de allí, por las barrancas,
por lugares que abundaban en árboles
tronzados por el viento y en espesos espinos, abriéndose difícilmente paso. A unas
ocho verstas de la
stanitsa, en un lugar
donde el Don hace una
cerrada curva, apoyándose en la
grisácea pendiente, bajaron hasta el agua. Nadaron hacia un islote de arena; el
agua, enfriada durante la noche, los arrastraba rápidamente. Fiódor gemía y se
sujetaba al hombro de Mitka.
Ya en el
islote descansaron largamente, tumbados en la arena gruesa y húmeda.
—¡Ya es
hora, Fiódor! No es mucho lo que nos queda.
Se
metieron en el agua. El Don lamió de nuevo sus caras y sus cuellos. Los brazos,
descansados, cortaban vigorosamente las ondas.
Hicieron
pie. La espesura del bosque permanecía
inmóvil en la oscuridad.
Reanudaron presurosos la marcha...
Clareaba.
Muy cerca de ellos retumbó un cañonazo. En el Este asomaba el festón rosado del
amanecer.
1925
EL GRAN
CAMINO
PRIMERA
PARTE I
A LO
LARGO DEL DON, hasta el mismo mar, se
extiende por la estepa el camino del Hetman1. En la margen izquierda, la suave
pendiente arenosa, la calígine verdosa y marchita de los prados anegadizos, los
escasos resplandores blanquecinos de las charcas sin nombre; en la derecha, las montañas de abultada
frente arrugada, y tras ellas, tras la borrosa cinta del camino del Hetman,
tras la cadena de los bajos y antiguos túmulos de vigilancia, los riachuelos,
los jútores y stanitsas de los cosacos —poblados grandes y pequeños— y el mar
grisáceo e hirsuto de la estepa.
* * *
Aquel año,
el otoño había llegado
muy pronto; la estepa, desnuda,
recibía las primeras salpicaduras abrasadoras de las
primeras heladas.
Una
mañana, mientras limpiaba la lana, dijo el padre a Petró:
—Ahora,
hijo, empieza de veras el trabajo para nosotros. Las heladas se han echado
encima, las mujeres se dedicarán a cardar la lana. Ya podemos remangarnos los
brazos...
Levantando
la cabeza, sonrió
el padre. Sus ojos,
grises y descoloridos, se arrugaron; en sus mejillas, pobladas de una cerda gris,
se acentuaron los surcos negros y
sinuosos.
Petró,
sentado, estaba fabricando una horma; en
silencio, miró la sonrisa que se apagaba en el fatigado rostro de su padre.
En el
local hacía un calor sofocante. Del techo inclinado caían gotas a intervalos
regulares, las moscas se arrastraban por
el turbio cristal del ventano. Al otro lado, la cerca cubierta de escarcha, los sauces
y el cigoñal
del pozo presentan cierta
iridiscencia blancuzca, revestidos
de una herrumbre verdosa. Petró lanza una ojeada al patio,
vuelve los ojos hacia la espalda desnuda
e inclinada del padre, cuenta, bisbiseando, los salientes de su columna
vertebral y se queda mirando largo rato cómo se mueven las paletillas y la piel
forma gruesas arrugas.
Los
dedos, nudosos, se mueven con la rapidez que da el hábito y limpia la lana de
cardos, de espinas, de pajas; al compás del movimiento de la mano se balancean
la cabeza hirsuta y la sombra de la cabeza en la pared. Un olor penetrante y
dulzarrón de lana de oveja lo invade todo. El sudor perla la cara de Petró, los
pelos mojados le caen sobre los ojos.
Se limpió
la frente con la palma de la mano y tiró la horma al antepecho de la ventana.
—¿Almorzamos,
padre? Fíjate qué alto está el sol. Casi se ha hecho la hora de la comida.
—¿Almorzar?
Espera un poco... ¡Mira cuántos cardos tiene esta lana!.... Hace más de una
hora que estoy con ella.
Petró
bajó de la mesa
de un salto y miró dentro
del horno. El calor lamió
ávidamente sus mejillas,
sudorosas.
—Voy a
sacar el schi1, padre. Estoy hambriento...
—Bueno,
sácalo: el trabajo esperará.
1 Camino
real.
1 Sopa de
verdura.
Sin
ponerse la camisa, se sentaron a la
mesa. Empezaron a tomar sin prisa el schi, condimentado con aceite de girasol.
Petró miró de reojo a su padre y dijo, con la boca llena:
—Te has
quedado flaco, parece como si estuvieses enfermo. No comes pan, el pan te come
a ti... El padre sonrió, moviendo las mandíbulas:
—¡Eres un
simple! ¿Cómo puedes compararte con tu padre? Para la fiesta de la Intercesión
voy a cumplir los cincuenta y seis, mientras que tú acabas de hacer los
diecisiete. La vejez me roe, y no la enfermedad... —dijo, lanzando un suspiro—.
Si tu difunta madre pudiera verte...
Guardaron
silencio, atentos al pesado zumbido de las moscas. El perro ladró furiosamente
en el patio. Al pie de la ventana se oyó
un ruido de pasos. Se abrió la puerta, chocando con una tina de lana puesta a remojar, y, de espaldas, entró Sídor el
herrero. Sin quitarse el gorro escupió en el suelo.
—¡Vaya un
perro el vuestro! El maldito trata de morder, pero no en cualquier sitio, sino
que busca por encima de las piernas.
—Comprende que vienes a buscar las botas de fieltro, y como no están
preparadas, no te deja pasar.
—No he
venido a buscar las botas.
—Pues en
ese caso, siéntate aquí, en el barrilete. ¡Bien venido!
—Jamás se
me ocurriría venir a visitarte, y menos a un lugar tan húmedo. Tú, Petró, no
seas una persona de tan malas intenciones como tu padre...
Riendo
entre el matorral de su barba, Sídor se
sentó en cuclillas junto a la puerta, tardó largo tiempo en liar un cigarrillo con sus torpes dedos y, después de encender, arrugando
los labios, gruñó:
—¿No
sabes nada, abuelo Fomá?
El padre,
entretenido en trasladar la lana a un saco, meneó la cabeza y sonrió, aunque se
puso en guardia al advertir en los ojos de Sídor unas punzantes chispas de
alegría.
—¿Qué
ocurre?
A través
de la nubecilla del humo de tabaco, la cara de Sídor se estiró, sus labios se
juntaron en una risita de conejo, sus ojos se revolvieron bajo las cejas
descoloridas, alegres e inquietos.
—Los
rojos aprietan, se acercan a la otra
orilla del Don. En la stanitsa se habla de emprender la retirada... Esta
madrugada, en mi herrería, he oído que por el callejón se acercaba gente a
caballo. He salido a la puerta, y ellos venían en busca mía. «¿Está el
herrero?», han preguntado. «Soy yo», les he respondido. «Hierra la yegua en
menos que canta un gallo. Y si la estropeas, te arrancaré la piel a
fustazos...» He salido de la fragua negro de carbón, se comprende. Por las
insignias vi que se trataba de un coronel con su ayudante. «No se preocupe,
señoría —le he dicho—. Conozco bien el oficio.» Mientras herraba la yegua de
una mano, sin dejar de manejar el martillo, estaba atento a su conversación.
Así he comprendido que sus asuntos marchan muy mal...
Sídor
escupió y aplastó el pitillo con el pie.
—Bueno,
os dejo. En cuanto me quede libre vendré a charlar un rato.
La puerta
se cerró de golpe, el vapor se arremolinó sobre las húmedas paredes del taller.
El viejo permaneció largo rato en silencio. Luego, limpiándose las manos, se
acercó a Petró:
—Ea,
hijo, por fin vamos a ver a los
nuestros. Pronto dejarán de mandar
los cosacos sobre nosotros.
—Tengo
miedo, padre, a que todo sean mentiras de Sídor... Siempre viene diciendo lo
mismo, pero hasta ahora no se les ha visto el pelo...
—Espera,
que ya se les verá, y los cosacos se hartarán de su vista.
El viejo
apretó con fuerza su puño, surcado de hinchadas venas; un rojo enfermizo
coloreó la tirante piel de sus pómulos.
—Nosotros,
hijo, siempre hemos trabajado para los ricos. Ellos vivían en casas que otros
habían construido, comían el pan recogido con el sudor ajeno. Ahora ha llegado
el momento de ponerlos en la puerta...
Una tos
cavernosa brotó de la garganta del padre. En silencio, encorvado, hizo un
ademán de indiferencia, apretó las manos contra el pecho y permaneció así,
durante un buen rato, junto a la tina. Luego se limpió con el mandil los
labios, cubiertos de una espuma rosácea, y sonrió.
—Por dos
caminos no se puede ir a la vez, hijo. Nos ha correspondido uno y debemos
seguir por él sin desviarnos, hasta la muerte. Nacimos trabajadores,
fieltreros, quiere decirse que debemos apoyar a nuestro gobierno obrero...
Bajo los
dedos del viejo la cuerda empezó a
cantar, a temblar con un prolongado
zumbido. El polvo cubrió la ventana con un velo como de telaraña. El sol se
asomó por un momento al interior y siguió su marcha hacia el ocaso.
II
AL DÍA
SIGUIENTE llegó al taller
un subteniente, al que
acompañaba un funcionario de la
dirección de la stanitsa. El oficial, joven y finchado, preguntó, haciendo
resonar la fusta en sus flamantes polainas:
—¿Tú eres
Fomá Kremnev?
—Sí, yo
soy.
—De orden
del atamán de la stanitsa y del jefe de Intendencia, vengo a recoger todas las
botas de fieltro que tengas terminadas. ¿Dónde las guardas?
—Señoría, mi hijo y yo hemos trabajado
todo un año. Si se
las lleva, nos
moriremos de hambre...
—¡Eso no
es cosa mía! Debo requisar las botas. Nuestros
cosacos están en el frente descalzos. Contesta: ¿dónde las guardas?
—Señor
subteniente... ¡No con nuestro sudor, sino con nuestra sangre las hemos regado!
¡Es nuestro pan!.... Por las mejillas del subteniente, cubiertas de granos, se
deslizó una sonrisita malévola. Los dientes de oro brillaron debajo del bigote.
—Según se dice, eres bolchevique. ¿Por qué te
preocupas? Cuando vengan los rojos te pagarán las botas.
Dando una
chupada al cigarrillo y haciendo resonar las espuelas, se acercó a un rincón y
levantó un terliz con la empuñadura de la fusta.
—¡Hola,
nos llevaremos estas botas! Tú, Shustrov, sácalas al patio. Ahora vendrá un
carro.
El padre
y Petró, hombro con hombro, se colocaron delante del rincón, defendiendo las
botas de fieltro allí amontonadas.
El furor
tiñó de escarlata las
mejillas del subteniente.
Soltando una salivilla
caliente, pero conteniéndose,
dijo con voz ronca:
—Contigo
hablaré de otro modo mañana, perro viejo, cuando te lleven de las solapas al
consejo de guerra...
Apartó de
un empujón al viejo y llevó con los pies hacia la entrada las botas de fieltro,
lustrosas y secas. El funcionario de la stanitsa las recogió en una brazada y
las echó por la puerta, abierta de par en par.
Al otro
lado de la cerca resonó un carricoche, que se detuvo delante del portón. En el
rincón, los pares de las botas de fieltro iban disminuyendo uno a uno. El viejo
callaba, pero cuando el de la stanitsa, de paso, se apoderó de unas botas
grises y usadas que se encontraban sobre
el horno, dio un paso hacia él y, súbitamente, con su mano endurecida lo apretó
contra la pared. El de la stanitsa, un hombre de cara de bruto y picado de
viruelas, dio un tirón, la usada camisa se rasgó suavemente por el cuello, y
sin levantar el brazo, descargó un golpe en la cara del viejo.
Petró
lanzó un grito, quiso acudir en ayuda de su padre, pero a medio camino un
fuerte golpe, asestado en la sien con la culata del revólver, le hizo caer con
los brazos extendidos.
El
subteniente, con los ojos inyectados de sangre, saltó hacia el viejo y le
propinó una sonora bofetada.
—¡Mátalo
a sablazos, Shustrov! ¡Yo respondo!.... ¡Mátalo, maldita sea tu madre!....
El
interpelado, sin soltar las botas que sujetaba con la mano izquierda, agarró
con la derecha la empuñadura del sable. El viejo cayó de rodillas, inclinó la
cabeza, en su espalda, seca y pardusca, se movieron las paletillas. El
funcionario de la stanitsa miró la cabeza gris caída hasta tocar el suelo, la fláccida piel del viejo estirada
sobre las salientes costillas, y reculando, volviendo la vista hacia el
oficial, salió al patio.
El
subteniente golpeó al viejo
con la fusta, entre
imprecaciones roncas e incoherentes... Los golpes caían sonoros sobre la encorvada
espalda dejando señales rojizas, la piel se hinchaba, la sangre corría en finos
hilillos, y la cabeza ensangrentada caía cada vez más, sin dejar escapar ni un
solo gemido, hacia el suelo de tierra.
* * *
Cuando
Petka recobró el conocimiento y se levantó tambaleándose, en el taller no había
nadie. La puerta estaba abierta de par en par y el viento frío sembraba
generosamente el suelo del taller de hojas blanquecinas de álamo y de polvo.
Junto al umbral, el perro del vecino terminaba de lamer presurosamente un
espeso charco de sangre negra ya coagulada.
III
POR LA
stanitsa cruza una vía muy frecuentada.
En la
posada, junto a la capilla, se juntan los caminos que vienen de los jútores, de
las colonias de «tauridanos»1 y de las
factorías vecinas. A través de la stanitsa, hacia el Frente Norte, se dirigen
los regimientos de cosacos, los convoyes, los destacamentos de castigo. En la
plaza hay gente a cualquier hora. Cerca del edificio de la dirección, los
caballos sudados de los correos mordisquean la hierba, descolorida por las
lluvias. En las cuadras de la stanitsa se encuentran los depósitos de intendencia y de artillería
del II Cuerpo del Don.
Los
centinelas alimentaban a los cerdos, ya bastante gordos, con conservas
estropeadas. En la plaza olía a hoja de laurel y a hospital. También la cárcel
se encontraba allí. Unas rejas oxidadas
puestas de cualquier modo. En la entrada, el cuerpo de guardia, una cocina de
campaña volcada y una cabina telefónica.
Y en la
stanitsa, por las callejuelas desiertas, a lo largo de las cercas de mimbre, el
viento de otoño arrastra el oro rojizo de las hojas de arce y arranca
desgreñados mechones de junto de la
techumbre
de los cobertizos.
Petka
llegó hasta la cárcel. La puerta estaba guardada por centinelas.
—Eh,
mozo, no te acerques tanto... ¡Te he dicho que alto!.... ¿A quién buscas?
—Vengo a ver a mi padre... Se llama Fomá Kremnev.
—Aquí
está. Espera, le preguntaré al jefe.
El
centinela se acercó a la cabina. De
debajo del banco sacó una sandía empezada, cortó sin prisa una raja con el
sable y se puso a comer, masticando
ruidosamente y escupiendo a los pies de Petka las pepitas, de un color
pardusco.
Petka se
quedó mirando la cara de salientes pómulos y bronceada por el sol, esperando a
que el centinela terminase de comer. El cosaco, levantando el brazo con fuerza,
tiró la cáscara a un cerdo que pasaba de
largo, quedándosele mirando
largo rato, con expresión
seria; luego bostezó
y descolgó el teléfono.
1
Ucranianos cuyos ascendientes habían sido trasladados, por orden de Catalina
II, a las regiones meridionales lindantes con Crimea (Táurida).
—Hay aquí
un chico que viene a ver a Kremnev. ¿Da su señoría autorización para que entre?
Petka oyó que en el teléfono resonaba una voz parecida a un ladrido, pero no
pudo distinguir las
palabras.
—Espera
aquí, te deben registrar...
Un minuto
después se abre el portillo y salen dos cosacos.
—¿Quién
es el que viene a visitar a Kremnev? ¿Tú? Levanta los brazos...
Buscan en
los bolsillos de Petka, miran en su raída gorra, en el forro de la chaqueta.
—¡Quítate
los pantalones! Le da vergüenza al canalla... ¿Eres una moza acaso?...
El
portillo se cierra a espaldas de Petka, rechinan los cerrojos, a lo largo de
ventanas enrejadas se dirigen al despacho del comandante. Por cada abertura
miran a Petka ojos de todos los colores.
En
el largo
pasillo huele a excrementos humanos,
a moho. Los muros de piedra
se hallan cubiertos de un musgo
verde y húmedo y de hongos podridos. Las lamparillas despiden una luz turbia.
Al llegar a la última puerta el centinela se detiene, descorre el cerrojo y
abre la puerta de una patada.
—¡Pasa!
Tanteando
con el pie en las desigualdades del suelo, con las manos extendidas adelante,
Petka va hacia la pared. Desde arriba, por una ventana minúscula practicada
bajo el mismo techo, se filtra la luz azul del día de otoño.
—¡Petka!
¿Eres tú?
La voz
suena con intermitencias, como la de quien lleva mucho tiempo enfermo. Petka se
hace adelante, su desnudo pie toca en el
suelo una estera de fieltro, se pone en
cuclillas y abraza la vendada cabeza de
su padre.
El
centinela, recostado en la
puerta abierta, juguetea con la
correílla del sable
y canta una obscena canción de amor.
El eco se
debate asustado bajo la bóveda del techo. El padre de Petka, jadeante, deja
escapar una risita de ánimo, mientras que desde el suelo, a través del ventano
redondo, Petka ve que fuera, en libertad, giran unas nubes pardas y bajo ellas
hienden el cielo dos bandadas de grullas de voz de bronce.
—Dos
veces me han llevado a interrogatorio...
El instructor me dio patadas, quería hacerme firmar unas declaraciones
de cosas que yo no había dicho. Pero no, Petka, de Fomá Kremnev nadie sacará ni una palabra por las malas...
Que me maten, para eso les pagan; pero yo no me apartaré del camino que tengo
marcado desde mi nacimiento.
Petka
escucha la familiar risita, un poco ronca, y con un cosquilleo de alegría
contempla la cara, de un negro terroso, tumefacta por las palizas.
—¿Y ahora
qué va a pasar? ¿Te tendrán mucho tiempo encerrado, padre?
—¡No
estaré mucho! Me soltarán hoy o mañana. Esos hijos de perra me matarían con
mucho gusto, pero temen que los mujiks, los que no son cosacos, se declaren en
huelga... ¡Y eso parece que no les agrada!
—¿Te
dejarán libre del todo?
—No. Para
guardar las apariencias harán que me juzguen los viejos de la stanitsa. Me
juzgará la asamblea... Y allí veremos quién puede más... Eso todavía está por
ver.
El
centinela tamboreó en la puerta, dio una patada en el suelo y gritó:
—¡Eh, tú,
hombre alegre, di a tu hijo que salga! La visita ha terminado...
IV
A LA
CAÍDA DE LA TARDE, el chico del vecino
llegó corriendo al taller en busca de Petka.
—¡Petró!
—¿Qué
hay?
—¡Ve en
seguida a la reunión!.... Están matando a tu padre en la plaza, frente a la
dirección...
Sin
detenerse a coger la gorra, Petka Corrió
con todas sus fuerzas por el sinuoso callejón que se escondía a lo largo del
río. Por delante, pegada a las cercas de ramas de sauce, le llamaba la camisa
rosada del chico del vecino; el viento había revuelto en su cabeza un mechón de
pelo descolorido por el sol del
verano; delante de cada
puerta anunciaba con una vocecita chillona
que parecía romperse en su garganta:
—¡Corred a la plaza!.... ¡Los cosacos están matando a
Formá el fieltrero!
De los
portones y portillos salían montones de
chicuelos que se sumaban al repiqueteo
de los pies delcalzos.
Cuando
Petka llegó a la dirección, en la plaza no había nadie. Grupos de gente se alejaban por las calles.
La gruesa
mujer del pope, que había salido al portón
de su casa, miró, haciendo visera con la mano, a Petka, que pasaba
corriendo. Sobre su vestido de percal se había echado una toquilla y sus
labios, carnosos y malintencionados, mostraban una sonrisa de perplejidad.
Después de ver pasar a Petka, se rascó con un pie la pantorrilla, que le
temblaba como la gelatina, y se volvió hacia la casa.
—Fióklushka,
¿dónde dices que estaban matando al fieltrero?
—¡Te lo
juro que es cierto! Con mis propios ojos he visto cómo le golpeaban...
Los
peldaños del portal se hundieron bajo unos pies que se arrastraban. La
cocinera, una vieja bizca, se acercó renqueando
a la mujer del pope y siguió con voz chillona y sofocada, agitando las
manos:
—He
visto, madrecita, cuando lo sacaban de la cárcel para llevarlo ante la
asamblea. Los cosacos levantaron un gran alboroto, pero a él no parecía
importarle. El viejo perro sonreía como burlándose de todos, su cara estaba tan negra que daba miedo
mirarlo... Los señores oficiales le habían golpeado antes... Lo han conducido
hasta el portal y cuando han empezado los golpes sólo se oía: crac, crac...Él
se ha puesto a gritar como un
desesperado, bueno, y allí mismo han acabado con él... Quién con un palo, quién
con un hierro, pero la mayoría con los pies.
Del
portal de la dirección, meneando el trasero, salió el secretario de la
stanitsa.
—¡Iván
Arsénievich, venga un momento!
El
secretario se ajustó los anchísimos calzones y con pasos menudos, contemplando
con placer las relucientes punteras de sus botas de montar, se dirigió hacia la mujer del pope. A ocho
pasos de distancia enderezó cuanto
pudo su espalda, encorvada,
y, procurando imitar
al coronel de intendencia, acercó negligentemente dos
dedos a la visera.
—Buenas
tardes, Anna Serguéievna.
—Buenas
tardes, Iván Arsénievich. ¿A quién han matado? El secretario arrugó
despectivamente el labio inferior.
—A Fomá
el fieltrero. Pertenecía al bolchevismo, y los cosacos le han dado muerte. La
mujer del pope gimió, con un estremecimiento de sus opulentos hombros:
— ¡Qué
horror!.... ¿Es posible que usted haya tomado también parte en ese homicidio?
—Sí...
cómo le diría... ¿Sabe una cosa? Cuando
han empezado a golpearle, el
miserable, caído en tierra, se ha puesto a gritar: «¡Podéis matarme, pero no
renegaré del Poder soviético! » Entonces, naturalmente, también yo le he dado
unos puntapiés. Y siento haberlo hecho. Ha sido una lástima... Las botas y los
calzones se me han manchado de sangre.
—No me
figuraba que fuese usted un hombre tan cruel.
La mujer
del pope, entornando los ojillos, sonrió al presumido secretario. Mientras
tanto, al pie del portal de la dirección, Petka,
sentado en la arena mojada de sangre y rodeado de la
banda variopinta de chicuelos, se quedó largo rato mirando aquel
revoltijo informe y sanguinolento.
V
LAS
GRULLAS VUELAN por encima de la stanitsa, esparciendo sobre la tierra fría sus
llamadas de bronce. Petka permanece horas enteras sin apartarse del ventano del
taller.
Sídor el
herrero se acercó en una ocasión, se
quedó mirando a Petka, que molía los
granos de maíz entre dos ladrillos, y lanzó un suspiro:
—¡Cuántas
desgracias debes de sufrir, infeliz!....
Pero eso no es nada, no pierdas
el ánimo, pronto vendrán los
nuestros y entonces se vivirá mejor. Ven mañana a casa, te daré dos medidas de
harina.
Estuvo un
rato, lanzando a través de los ennegrecidos dientes el humo del cigarrillo,
lanzó un escupitajo hasta el horno y se fue sin despedirse.
Pero no
llegó a conocer una vida mejor. Al día siguiente, poco antes de la puesta del
sol, Petka atravesaba la plaza cuando
por la puerta de la
cárcel salían dos
cosacos a caballo. Entre ellos, vistiendo un blusón largo, que
le llegaba hasta más abajo de las rodillas, marchaba Sídor. El blusón,
desgarrado hasta la cintura, dejaba al descubierto el pecho, poblado de unos
pelos hizados y duros.
Al llegar
a la altura de Petka, dando un traspiés, volvió hacia él la cabeza:
—Me
llevan para fusilarme. ¡Adiós, querido Petka! Hizo un ademán y rompió a
llorar...
El tiempo
fluía lento, como en un sueño angustioso y opresivo. Petka estaba plagado de
piojos, sus mejillas, amarillas, se habían cubierto de unos pelos filamentosos,
aparentaba más de diecisiete años.
Los días transcurrían despacio,
unidos entre sí por
una angustia negra.
Y cada día que se marchaba
a las afueras
del lugar, junto con el
deslucido sol, más se
acercaban los rojos.
La inquietud crecía en el corazón de los cosacos.
Una
mañana, cuando las mujeres sacaban las vacas a pastar, se oyó el estampido de
los cañones tras el bosque de Schegol. El sordo estruendo flotaba sobre los
patios adormecidos en la verde neblina matinal,
chocaba contra las paredes de
barro del taller,
hacía vibrar el sucio
cristal del ventano. Petka bajó
del horno, se echó un chaquetón sobre
los hombros y salió al patio. Se tumbó en el suelo, endurecido por una fina
capa de hielo, junto al viejo y arrugado sauce. Las descargas de la artillería
hacían gemir la tierra, que carraspeaba como un viejo. Al otro lado
de los álamos, amontonados unos
contra otros, confundiéndose con el
grito de los grajos,
traqueteaban las ametralladoras.
También
aquel día salió al patio a primera hora y acercó el oído a la helada tierra,
quemándose con el pegajoso frío, y se puso a escuchar. Los cañones retumbaban
soñolientos, las ametralladoras repiqueteaban animosas, cantando en el aire su
sorda canción juvenil:
Ta-ta-ta-ta-ta...
Primero
de tarde en tarde, luego con mayor frecuencia, tras unos segundos de intervalo,
apenas perceptible, de nuevo se oía:
Ta-ta-ta-ta-ta...
Para que
no se le helasen las rodillas, Petka extendió el chaquetón en el suelo y se
tendió más cómodamente. Al otro lado de la cerca se oyó una voz constipada:
—¿Oyes la
música, mozo? Es una música divertida...
Petka se
estremeció y de un salto se puso en cuclillas. A través de la cerca unos ojos
de anciano le miraban atentos y una sonrisa se ocultaba entre la barba
amarillenta.
Por la
voz, Petka reconoció al abuelo Alexander, a quien llamaban el Cuarto. Dijo
enfadado, tratando de vencer el temblor de su voz:
—¡Sigue
tu camino, abuelo! Aquí no tienes nada que hacer...
—Yo no
tengo nada que hacer, pero tú sí parece que lo tienes.
—No me
molestes, abuelo, o te tiraré una piedra, y entonces verás cómo te duele.
—¡Eres
muy atrevido! ¡Demasiado atrevido! Espera, granuja, que te voy a pasar el
bastón por la espalda para que aprendas a respetar a los viejos.
—Yo no me
meto contigo, no te metas tú conmigo...
—Eres un
mocoso si nos paramos a mirar, y todavía te engallas.
El abuelo
se agarró a un palo de la cerca y, sin
gran esfuerzo, pasó sobre ella su cuerpo seco y fibroso. Se acercó a Petka,
ajustándose los rotos calzones a rayas, y se sentó a su lado.
—¿Has
oído las ametralladoras?
—Hay
quien las oye y hay quien no las oye...
—Pues
nosotros las oiremos.
Petka, de
reojo, observó largamente al abuelo, tumbado de bruces, y acabó por decir,
indeciso:
— Si uno
se tiende detrás del sauce, se oye muy bien.
—¡Pues
probaremos detrás del sauce!
El abuelo
se arrastró a gatas hasta más allá del
sauce, se abrazó a las raíces desnudas de un color pardusco, con unas manos
parecidas a las raíces, y durante un par de minutos quedó inmóvil y en
silencio.
—Es
curioso... —Se puso en pie, limpiándose la esponjosa escarcha adherida a las
rodillas, y se volvió hacia Petka—. Tú, pequeño, escucha una cosa: yo soy capaz
de ver lo que hay enterrado en el suelo, comprendo perfectamente lo que
piensas. Esta música podemos escucharla hasta la consumación de
los siglos, pero
mi hijo y yo hemos pensado
algo distinto... ¿Conoces
a mi Yashka? Al que nuestros
cosacos dieron azotes acusado de bolchevismo.
—Lo
conozco, sí.
—Pues
bien, él y yo hemos pensado ir al encuentro de los rojos, no esperar a que
vengan...
El abuelo
se inclinó hacia Petka, su barba le cosquilleó la oreja, un olor ácido se
escapó con las palabras pronunciadas a media voz:
—Me da
lástima de ti, mozo. Mucha lástima... Vente con nosotros. ¡Mandemos al demonio
al
Gran
Ejército del Don! ¿Estás de acuerdo?
—¿No será
eso un embuste, abuelo?
—¡Eres
demasiado joven para acusarme de embustero! ¡Si sigues así, te daré una buena
mano de azotes!.... Mienten los perros, pero yo digo la verdad. No tengo ningún
interés en discutir contigo. Si quieres, te quedas...
Y se
alejó hacia la cerca, mostrando sus calzones a rayas. Petka le dio alcance y se
agarró a su manga.
—¡Espera,
abuelo!....
—No hay
más que hablar. Si deseas venir con nosotros, en buena hora. De lo contrario,
ya sabes el dicho: si la mujer se cae del carro, menos peso para la yegua...
—Iré,
abuelo. ¿Cuándo será?
—De eso
hablaremos más tarde. Ve esta tarde a mi casa. Yashka y yo estaremos en la era.
VI
ALEXANDR
CUARTO era desde tiempos inmemoriales un vejete alborotador cuando levantaba el
codo, pero en estado normal era un buen hombre excelente. Su apellido nadie lo
recordaba. Hacía mucho tiempo, cuando volvió del
servicio, de Ivánovo-Voznesensk, donde
se encontraba una sotnia1 cosaca, habiendo bebido más de la cuenta,
dijo ante los viejos de la stanitsa reunidos en asamblea:
—Vosotros
tenéis como zar a Alejandro Tercero,
pero yo, aunque no soy zar, soy Alejandro
Cuarto, y
de vuestro emperador me importa un bledo...
La asamblea
decidió desposeerle de su condición de
cosaco y de su lote
de tierra, le administraron cincuenta azótes por haber
faltado el respeto al nombre del augusto soberano, y se acordó no llevar adelante
el asunto. Pero Alexandr Cuarto, subiéndose los
calzones, se inclinó profundamente a los cuatro costados y
después de abrocharse el último botón, dijo a sus paisanos:
1
Escuadrón de caballería cosaca.
—Os quedo
muy agradecido, señores ancianos, pero con esto no me he asustado lo más
mínimo. El atamán de la stanitsa
dio un golpe sobre la mesa con el
bastón que era emblema de su
dignidad:
—Si esto
no le ha asustado, que se le dé una nueva ración...
Después
de la ración complementaria, Alexandr
guardó silencio. Lo llevaron en brazos
a su casa, pero el remoquete de el Cuarto se lo quedó para toda la vida.
Pues
bien, Petka llegó a la casa de Alejandro Cuarto
a media tarde. Aquello estaba vacío. En el zaguán, una cabra pelirroja
rumiaba unos tronchos de col. Petka atravesó el patio hacia el portillo de la
era, que encontró abierto. La vocecilla constipada del viejo le llamó desde el
secadero:
—¡Ven
aquí, mozo!
Petka se acercó
y dio las buenas tardes, pero el viejo no se volvió siquiera a mirarle.
Estaba arreglando una piedra para la
trilladora; puesto de rodillas,
se dedicaba a
tallar los bordes. El martillo hacía brotar esquirlas
grises y haces de chispas verduscas. El hijo del abuelo, Yákov, sin levantar la
cabeza de la aventadora, se dedicaba a
sujetar una chapa desprendida del costado.
«¿Por qué se
dedican a estos
trabajos de cara
al invierno?», pensó Petka.
Pero el abuelo, después de dar el último martillazo,
dijo, sin mirarle:
—Queremos
dejar a la vieja todos los aperos en buen estado. Tiene un genio de mil
demonios y por cualquier cosa pone el grito en el cielo. Podríamos haber dejado
todo tal como está, pero temo que los reproches no terminarían nunca. Se han
ido esos tales y cuales, diría, sin preocuparse en dejar la casa como es
debido...
Los ojos
del abuelo reían. Se puso en pie, dio una palmada en el cuello de Petka y dijo
a Yákov:
—¡Deja
eso, Yasha! Vamos a hablar con el hijo del fieltrero de otras cosas.
Yákov
escupió en la palma de la mano los pequeños clavos con que estaba sujetando la
chapa de la aventadora y se acercó a Petka. Sus labios se ensancharon en una sonrisa
—Hola,
rojo.
—Hola,
Yákov Alexándrovich.
—¿Qué,
has decidido venirte con nosotros?
—Ya se lo
dije ayer al abuelo Alexandr.
—Eso no
basta... Uno puede acalorarse, hacer los preparativos en una noche y decirle
adiós a la stanitsa. Tenemos que
dejarles un recuerdo. Es mucho el
bien que hemos recibido de nuestros paisanos. A mi padre le azotaron, a mí me dejaron medio muerto por la sola
razón de que no quería ir al frente. A tu padre... ¡Para qué hablar!
Yákov se
inclinó hasta casi tocar a Petka y murmuró, moviendo los bien trazados arcos de
sus cejas caídas:
—¿Sabes, mozo, que
aquéllos, es decir,
los cadetes, tienen
un depósito de artillería
en las cuadras de la stanitsa?
¿Has visto cómo llevan allí los proyectiles y demás?
—Sí.
—Y si,
por ejemplo, se les prendiera fuego, ¿qué ocurriría?
El abuelo
Alexandr dio un codazo a Petka en el costado y sonrió:
—Un
espanto...
—Mi padre
piensa que sería un espanto, pero yo tengo otra cosa en la cabeza. ¿No es
cierto que los rojos se encuentran en el
sector de Schegol?
—Ayer
ocuparon el Jútor de Kruten —dijo Petka.
—Pues
bien, si además de eso se produce aquí una explosión que deje a los cosacos sin
víveres y sin municiones, entonces retrocederán sin volver la vista atrás hasta
el mismo Dónetes. De eso es de lo que se trata...
El abuelo
Alexandr se acarició la barba y dijo:
—Mañana, en cuanto empiece a oscurecer, ven a buscarnos a este mismo sitio... Nos esperarás
aquí. Trae lo necesario
para ponerte en
camino. De la
comida no te preocupes:
nosotros la prepararemos.
Petka se
dirigió hacia el portillo de la era, pero el abuelo le hizo volver:
—No vayas
por el patio, en la
calle hay gente. Cruza la cerca y sigue
por el campo... Las precauciones
nunca están de más.
Petka
saltó la cerca; atravesó la zanja, cubierta de manchas de hielo, siguió a lo
largo de las eras de la stanitsa, a lo largo de las ceñudas fajinas, grises por
la escarcha, y enfiló hacia su casa.
VII
ERA DE
NOCHE. El viento soplaba del
este y había caído
una nevada de
copos espesos y mojados. La
oscuridad invadía cada patio, cada calleja. Envuelto en el chaquetón de su
padre, Petka salió a la calle y se detuvo
junto al portillo, atento al rumor de los sauces en la orilla del río y
encogido bajo el peso del viento que se le venía encima. Luego, lentamente, se
encaminó a la casa de Alexandr Cuarto.
Desde el
granero, en medio de la oscuridad, llamó una voz:
—¿Eres
tú, Petró?
—Sí.
— Sigue
por la parte de la izquierda, cuida de no tropezar con la grada.
Petka se
acercó; el abuelo Alexandr y Yákov estaban a la entrada del granero.
Ultimaron
los preparativos. El abuelo se persignó, lanzó un suspiro y se dirigió al
portón. Llegaron a la iglesia. Yákov, sofocado por una tos ronca, murmuró:
—Petka,
amigo, tú eres más ágil que nosotros y llamas menos la atención... a ti no te
advertirán... Cruza la plaza y ve a los depósitos. ¿Has visto las cajas de
munición que hay alineadas a lo largo de la pared?
—Sí.
—Toma yesca y el eslabón, esto es estopa
empapada en petróleo... Cuando estés allí, te tapas con el chaquetón y haz
fuego. En cuanto la estopa prenda, ponla entre las cajas y aléjate lo más
rápido que puedas... reúnete con nosotros. Ea, anda. ¡Y no tengas miedo!....
Aquí te esperaremos.
El abuelo
y Yákov se acomodaron junto a la cerca.
Petka, tumbándose con el vientre pegado al suelo, recubierto de una escarcha
desflecada y esponjosa, se arrastró hacia los depósitos.
El
viento se filtraba
por el raído chaquetón
de Petka, el frío recorría sus espaldas
con una sensación de fuego y le pinchaba las piernas. Sus manos se le
quedaban heladas al contacto con la tierra endurecida. A tientas, llegó al
depósito. A quince pasos brillaban el punto rojo del pitillo del centinela.
Bajo la techumbre del cobertizo aullaba el viento, haciendo chocar una tabla
desprendida. Del lugar donde brillaba el punto rojo del pitillo el viento traía
unas voces sordas.
Petka se puso
en cuclillas, tapándose
la cabeza con el
chaquetón. En su mano
temblaba el eslabón, la yesca se
le escapaba de los dedos agarrotados.
¡Chac!
¡Chac!.... Apenas si se oye el choque del eslabón en el borde del pedernal,
pero a Petka se le figura que el ruido se extiende por toda la plaza, y el
espanto, viscoso como una serpiente, le oprime la garganta. La yesca se ha
quedado húmeda entre sus dedos mojados, no prende... Otro golpe más, otro: una
chispita escarlata empieza a echar humo
y el puñado de estopa se enciende
atrevido y resplandeciente. Con mano temblorosa lo coloca
al pie de
una caja, percibiendo
al instante el olor a madera quemada. Al ponerse de pie, oye un ruido de
pasos y voces sordas que se extienden en la oscuridad:
—¡Fuego!
¡Mira, mira!
Serenándose,
Petka echa a correr en las tinieblas alarmadas. A sus espaldas suenan varios
disparos, dos balas pasan sobre su cabeza con prolongado silbido, una tercera
zumba perforando la oscuridad muy a la derecha. Casi había alcanzado la cerca.
Por detrás gritaban a voz en cuello:
—¡Fue-go!
¡Fue-go!...
Se oyeron
nuevos disparos.
«¡Hay que
llegar a la cerca!», era el pensamiento que rebullía en la cabeza de Petka.
Corría poniendo
en tensión todas sus fuerzas. Un zumbido penetrante le hería los oídos. «¡Hay
que llegar a la cerca!....»
Un dolor
súbito le abrasó la pierna. A trompicones corrió varios pasos. Por debajo de la
rodilla se deslizaba algo líquido y templado... Petka cayó al suelo, un
segundo después se incorporaba y seguía
a gatas, enredándose en los faldones del chaquetón.
El abuelo
y Yákov tuvieron que esperar largo rato. El viento agitaba la cuerda de la
campana grande, sujeta a la cerca, y hacía mover los badajos de las campanas
pequeñas, que resonaban con voces discordes y suaves.
En la
oscuridad, junto a los achaparrados depósitos que se levantaban en el centro de
la plaza, primero fueron unas voces sordas, rotas por el viento; luego, una
lengua rojiza lamió las tinieblas; retumbó un disparo, otro, un tercero...
Ruido de pasos junto a la cerca, una respiración entrecortada, una voz
sofocada:
—¡Ayúdame,
abuelo!... Me han herido en una pierna...
El abuelo
y Yákov tomaron a Petka en sus brazos y
se lanzaron hacia una oscura calleja, corriendo, tropezando en las
desigualdades del suelo, cayendo una vez y otra. Habían dejado atrás dos
manzanas de casas cuando las campanas
empezaron a tocar a rebato,
golpeando con su voz sonora la oscuridad y esparciéndose por la stanitsa
dormida.
A un lado
de Petka, el abuelo Alexandr jadeaba y movía presuroso las piernas. El mozo
sentía en su mejilla el cosquilleo de la barba alborotada del viejo.
—¡A los
huertos, padre!.... ¡Tuerza hacia los huertos!.... Saltaron una zanja y se
detuvieron para tomar aliento.
Sobre la
stanitsa, sobre la
plaza, pareció como si
la tierra se
hubiera partido en
dos. Una columna roja de fuego
saltó por encima del campanario, un humo denso lo envolvió todo... Otra
explosión, otra...
Silencio.
Luego, de una vez en toda la stanitsa, empezaron a ladrar los perros, de nuevo volvió el toque
de rebato, que había enmudecido, el grito desgarrado de las mujeres se levantó
sobre los patios. En la plaza, el festón amarillo de la llama acababa de lamer
las paredes hundidas de los depósitos; su larga mano se acercaba a las
dependencias de la casa del pope.
Yákov se
sentó detrás de un desnudo matorral de espino y dijo en voz baja:
—Ahora es completamente imposible escapar. En la
stanitsa se ve como si fuera de día, ¡fijaos qué llamas!.... Además tenemos que
mirar la pierna de Petka...
—Debemos esperar hasta el amanecer a que la gente se
calme. Luego seguiremos hasta los bosques del gobierno.
—A pesar
de sus años, padre, discurre usted como si fuera una criatura. ¿A quién se le
ocurre el esperar en la stanitsa cuando nos buscan por todas partes? Si
volvemos a casa, se apoderarán de nosotros inmediatamente. Somos los primeros
en quienes recaerán las sospechas.
—Eso es cierto... Tiene razón, Ya sha.
—¿Podemos
pasar el día en la leñera de mi casa? —preguntó Petka, con un gesto de dolor.
—Eso me
parece bien. ¿Hay algo
para esconderse? —Tengo un montón de
briquetas de estiércol.
—Nos
acercaremos con cuidado... Usted,
padre, ¿adónde se mete el
primero? Vaya despacio detrás de nosotros.
VIII
ANTES DE
HACERSE DE DÍA, Yákov y Petka habían abierto en las briquetas de estiércol un
hoyo profundo. Para resguardarse algo del frío, cubrieron el fondo y los lados
con hierba seca. Una vez dentro, lo taparon con ramas secas y palos traídos del
melonar para hacer fuego.
Yákov
desgarró su camisa y vendó con ella la pierna herida de Petka. Permanecieron
allí hasta que se hizo de noche. Por la mañana había venido gente. Se oyó una
conversación sorda, el chirrido del cerrojo. Luego, una voz muy próxima dijo:
—El chico
del fieltrero debe de estar fuera trabajando. ¡Deja la cerradura, hermano!
¿Para qué andas en ella? En la casa del fieltrero no hay más que pulgas y lana.
No te harás rico ahí...
Los pasos
se perdieron al otro lado del cobertizo.
Con la
noche vino la helada. Ya antes se había oído cómo se agrietaba en la calleja la tierra,
generosamente regada por las lluvias del otoño. En el cielo, manchado por los
copos de las nubes, se movía en su
marcha nocturna la luna en cuarto
creciente. Desde las profundidades azul oscuro llamaban con sus guiños las
estrellas. La noche miraba a la leñera a través de los agujeros del techo.
En el
hoyo, protegidos por las briquetas de estiércol, hacía calorcillo. El abuelo
Alexandr, con la barbilla apoyada en las rodillas, dormitaba entre constantes
ronquidos, sin cesar de mover las piernas. Petka y Yákov conversaban a media voz.
—¡Despiértese,
padre! ¿Cuándo va a dejar de dormir? ¡Ya es hora de ponerse en camino!
Lentamente, con grandes precauciones, retiraron las briquetas. Abrieron un poco
la puerta. Ni en
el patio
ni en la calleja había un alma.
Dejaron
atrás la última casa de la stanitsa. Atravesaron la arboleda y salieron a la
estepa. Hasta la primera barranca, como cosa de cien brazas,
se arrastraron por la nieve. A sus espaldas, las ventanas iluminadas de la stanitsa
miraban atentas al campo. Por la barranca, hasta el bosque del gobierno,
siguieron callados, con precaución, como si marchasen a la caza de la fiera. La fina capa de hielo
se rompía bajo sus pies, crujía la
nieve. El fondo pedregoso y desnudo de
la barranca estaba cubierto en algunos lugares de montones de nieve sobre la
que habían quedado las huellas azules de las liebres.
Una de
las pendientes de la barranca se apoyaba en la salida del bosque. Subieron
hasta lo alto del talud, miraron alrededor y, sin prisa, se adentraron en la espesura.
—Hasta
Schegol es peligroso seguir sin habernos informado antes. El frente está cerca
y podemos tropezar con los blancos.
Yákov,
metiendo la cabeza en la pelliza, probó durante largo rato a hacer fuego con el
pedernal. Caían las chispas, el
acero chocaba con sonido seco
contra la piedra.
La yesca, preparada con ceniza de
girasol, acabó por prender, despidiendo un humo maloliente. Yákov dio dos
chupadas al cigarrillo y contestó a su padre:
—Yo opino
así: vayamos a casa del
guardabosque Danila, es un
buen amigo nuestro. Nos informará de cómo podemos
atravesar las líneas y, además, lo aprovecharemos para que Petka entre en
calor, porque si no se nos va a congelar.
—Yo,
Yákov Alexándrovich, no tengo mucho frío.
—¡Cállate,
no digas mentiras, mozo! Tu chaquetón sirve mejor para resguardarse del sol que
del frío.
—En
marcha, Yasha, en
marcha, hijo... Mira qué
altas están las
pléyades, pronto será la medianoche —dijo el abuelo.
A unas
cincuenta brazas de la casilla del guardabosque, se detuvieron... En la ventana había luz,
el humo se escapaba perezosamente por la
chimenea. La luna, suspendida sobre el bosque, los miraba torpemente torcida.
—No debe
de haber nadie. Vamos.
Dentro
del cobertizo ladró el perro. Los peldaños del portal, helados, crujieron bajo
los pies. Llamaron.
—¿Está el
dueño en casa?
Una barba
se acercó a la ventana.
—Sí. ¿A
quién ha traído Dios?
—Somos
amigos, Danila Lúkich. Déjanos entrar, por Cristo te lo pedimos, a calentarnos.
En el
zaguán rechinó la puerta, el cerrojo fue descorrido con estrépito. En el umbral
apareció el guardabosque. Por debajo de la mano derecha miró a los que
llegaban, mientras que su izquierda mantenía el fusil escondido tras la
espalda.
—¿Eres
tú, abuelo Alexandr?
—El
mismo... ¿Podemos pasar la noche?
—Qué
quieres que te diga... Pero pasad, trataremos de acomodarnos.
En la
pieza, de reducidas dimensiones, hace un calor sofocante. Junto al horno, sobre
una manta extendida, hay tres hombres acostados: sus cabezas descansan en las
sillas de montar y en un rincón han dejado los fusiles. Yákov retrocede hacia
la puerta.
—¿Quién
tienes aquí, patrón? Una voz sube desde la manta:
—¿No
conoces a tus paisanos? Os esperábamos desde ayer. Pensábamos que vendríais al
bosque del gobierno y que
pasaríais forzosamente por la
casilla de Danila...
Bueno, despojaos de las pellizas, queridos visitantes, pasaremos
aquí la noche y mañana os llevaremos todo derecho a que os columpiéis en el
cielo... La cuerda os estaba esperando con impaciencia...
Los
cosacos, tumbados en la manta, se incorporaron y echaron mano a los fusiles.
—¡Procura
maniatar bien a estos incendiarios, Semión!
IX
DOS DUERMEN EN LA
CAMA, el tercero
permanece sentado tras
la mesa con la
cabeza colgando y el fusil entre las piernas. Danila, el guardabosque,
extiende en el suelo una manta.
—Échate
aquí, abuelo Alevandr, tus huesos estarán más blandos.
—Ten
cuidado, eres demasiado compasivo. ¡A ver si tú mismo no vuelves a dormir sobre
esa manta!.... ¿Has oído, guardabosque?
Recógela... Esta gente ha pegado fuego a los depósitos, por una acción como ésa
se les debería dejar a dormir al frío, que hicieran compañía al perro...
Se
acercaba la aurora cuando el abuelo pidió que le dejaran salir al patio.
—Déjame
salir, hijo, a hacer mis necesidades...
—Eso no
es nada, abuelo, hazlo en los calzones o
en las botas... Mañana te colgaremos de un buen travesaño y allí podrás
secarte.
El débil
amanecer invernal arañaba en las ventanas. Los cosacos se levantaron, se
lavaron, se sentaron a tomar el desayuno. Yákov, sin que nadie lo advirtiera,
susurró a su padre y a Petka:
—He
logrado desgastar la
cuerda durante la noche,
frotando contra el suelo.
En cuanto nos acerquemos a la
stanitsa, cada uno por su lado, todos a
la arboleda. Y de allí al monte... a las
cuevas de donde sacábamos la piedra... ¡Allí no conseguirán dar con nosotros
nunca!....
Se
pusieron en camino, los tres atados con una cuerda de cañamo, uno tras otro.
Petka cojeaba de la pierna herida, el intenso dolor hacía que le rechinaran los
dientes.
Alcanzaron
la stanitsa. Sus alrededores se perdían
entre los Mechones grises de las arboledas; era como una mujer en plenas
calenturas. Cuando torcieron por la primera calleja, Yákov, con la boca
contraída y los labios blancos por el esfuerzo, acabó de romper la cuerda y se
lanzó hacia los árboles, torciendo a derecha e izquierda. El abuelo Alexandr y
Petka le siguieron. Cada uno por su lado. Detrás se oyó un grito:
—¡Alto,
alto, hijos de mala madre!....
Disparos y ruido de cascos de caballos. Petka saltó
una zanja y se volvió a mirar: el abuelo Alexandr había caído; su cabeza,
atravesada por una bala, se había hundido en un montón de nieve y sus pies no
cesaban de dar sacudidas.
El monte,
coronado de nieve, corría a su encuentro. Como órbitas vacías negreaban los
pozos de donde los cosacos acostumbraban
a sacar la piedra. Yákov se metió el primero, seguido de Petka.
Sin cesar
de hacer giros rasgándose la ropa, con el cuerpo lleno de arañazos y de sangre
al chocar con los agudos salientes, se arrastraron en la oscuridad húmeda y sofocante. A veces,
las botas de Yákov golpeaban dolorosamente la cabeza de Petka. La galería se
bifurcaba, siguieron por la izquierda.
Las manos de Petka tocaban una arcilla helada, gotas
de agua se le metían por el cuello.
Llegaron
a la boca de un pozo. Se sentaron el uno
al lado del otro.
—¡Qué
desgracia la mía!.... Han debido de matar a mí padre —murmuró Yákov.
—Ha caído
al borde de la zanja...
Estaban como ensordecidos, las
voces les parecían
ajenas. La oscuridad
se adhería a los
párpados.
—Bueno, Petka, ahora van a tratar de cogernos por
hambre. Estamos perdidos, como el conejo en el cado. Aunque ¡quién sabe!.... A
venir hasta aquí tendrán miedo. Estas galerías las abrimos mí padre y yo antes
de la guerra contra Alemania. Me conozco todos los pasos de memoria... Vamos a
seguir adelante.
Siguieron.
A veces se metían en una galería sin salida. Daban la vuelta y buscaban otra
senda.
* * *
En
aquella oscuridad densa y viscosa permanecieron dos días con sus noches.
El
silencio les zumbaba en los oídos. Apenas si cambiaban alguna palabra. Dormían
atentos al menor ruido. Allí arriba el agua horadaba la tierra. Se despertaban
y se volvían a dormir...
Luego,
tropezando en las paredes, como dos cachorros antes de abrir los ojos, buscaron
la salida. Dieron numerosas vueltas, perdidos, hasta que la luz los cegó
inesperada y dolorosamente.
A la
entrada de la caverna de piedra había una confusión de ceniza gris, de punta de
cigarrillo, de cartuchos de fusil y
huellas de un sinnúmero de pies humanos. Y cuando miraron al exterior vieron
que por el camino de la stanitsa serpenteaban fuerzas de caballería con sus
monturas de cola cortada; la infantería, que marchaba a continuación, formaba como una nube gris;
el viento hacía ondear una bandera roja y traía desde allí las exclamaciones,
las risas, las voces de mando y el
chirrido de los patines de los trineos.
Se
pusieron en pie de un salto. Corrían, caían. Yákov agitaba los brazos y gritaba
con voz aguda y desgarrada:
—¡Los
rojos! ¡Hermanos! ¡Camaradas!....
La
caballería se amontonó en el camino,
formando una apretada mancha de grupas bayas. La infantería se acumuló detrás,
empujando ruidosamente.
Yákov
sacudió la cabeza, rompió a sollozar, se lanzó a besar los estribos y las
claveteadas botas de los soldados rojos. A Petka lo levantaron en brazos, lo
colocaron en uno de los trineos, sobre una brazada de bien oloroso heno, y lo
taparon con varios capotes.
El trineo
se balanceaba en la marcha. Los capotes despedían un olor agrio y familiar,
como el que en otros tiempos despidiera la camisa de su padre...
La cabeza le
da vueltas a Petka, las
náuseas le invaden el
pecho, y en el corazón, como el
centeno de mayo después de un chubasco, florece la alegría. Una mano sube el
capote que le cubre, sobre Petka se inclina una cara afeitada y curtida por los
vientos; la sonrisa aflora a sus labios.
—¿Sigues
vivo, amigo? ¿Quieres un poco de galleta?
Meten en
la rebelde boca de Petka unas galletas masticadas, los bastos guantes rozan sus
dedos, congelados. Quiere decir
algo, pero tiene la
boca llena de una masa de pan
de centeno y las lágrimas le
forman un nudo en la garganta.
Coge una
mano negra y dura, y la aprieta muy fuerte contra su pecho.
SEGUNDA
PARTE I
ES UNA
CASA GRANDE, recubierta de chapa; a la
calle dan seis ventanas
de maderas azul celeste. Antes
vivía allí el atamán de la stanitsa, ahora sirve de club de la célula de las
Juventudes Comunistas. Corre el año de mil novecientos veinte, un septiembre
ceñudo y entrado en lluvias; la oscuridad de la noche reina en los huertos y en
las calles.
En
el club hay reunión:
un aire muy cargado, rumor de
voces. Tras la
mesa están Petka Kremnev, secretario de la célula, y
Grigori Raskov, miembro del buró. Se discute de una cuestión importante: del
laboreo colectivo de los campos asignados a la célula por la Sección de
Agricultura.
Media
hora después, un fragmento del acta decía así:
Después
de haber sido informados por el camarada Raskov acerca de la cesión de terrenos
en el sector de Kruten, se acuerda que los camaradas Raskov y Kremnev salgan
inmediatamente al objeto de reconocer y medir dichos terrenos.
La
lámpara fue apagada.
Un repiqueteo de pies resonó
en los peldaños del
portal. Petka se detuvo en la esquina y mirando la blanca camisa de
Raskov, que se balanceaba en la
oscuridad lechosa, gritó en el rumoroso silencio de la stanitsa dormida:
—Escucha,
Grishka. La gente está ocupada en las faenas de labranza. No se te ocurra pedir
un carro. ¡Iremos a pie!
II
UNA
AURORA TÍSICA. La dula acaba de pasar por el apisonado camino. El polvo se
cierne sobre las matas de
ajenjo de la
estepa. En la loma
están labrando. Los
hombres se mueven como hormigas, se arrastran los bueyes uncidos al arado. El viento
revuelve los gritos de los espoliques, el silbido y el restallar de los
látigos.
Los dos
jóvenes caminaban en silencio. El sol estaba en el mediodía cuando ellos
llegaron al sector. Una docena de casas de «tauridanos», perdidas en la
barranca de la estepa. Junto a la presa, una mujer con las faldas recogidas
lavaba su ropa. Al otro lado, unas vacas variopintas se habían metido en el
agua hasta el vientre. Con las orejas tiesas y aspecto estúpido, miraron
largamente a los jóvenes. La primera de ellas, asustadas de algo, levantó
furiosamente el rabo y se adentró en el
embalse, seguida por todo el rebaño. Restalló con un chasquido penetrante el
látigo del pastor, un viejo de barba gris; el zagal corrió con paso corto a
hacerlas volver, mostrando sus sucios
talones. En la era, entre el martilleo de una segadora, una voz cantarina de
moza gritó:
—Garpishka,
vamos a ver: han venido unos rojos...
Los
jóvenes estuvieron toda la tarde buscando al presidente del sector, despacharon
en casa de éste unos melones olorosos: en cuanto a los terrenos, decidieron ir
a verlos a la mañana siguiente. La mujer del presidente les preparó en el
zaguán un lugar para pasar la noche. Grigori se durmió inmediatamente. Petka
dio muchas vueltas, buscando pulgas bajo el capotón de piel de carnero y
pensando: ¿qué terreno les concedería el bribón del presidente?
Hacia
medianoche, el dueño de la casa descorrió el pestillo, se quedó mirando desde
el portal el cielo estrellado y se dirigió a echar un pienso a los caballos. Rechinó el cigoñal
del pozo, en la estepa el prolongado
relincho de un potro se elevó como una
prolongada llamada. Desde el patio llegaron unas voces sordas. Petka se
despertó.
Grigori,
en sueños, rechinó los dientes, se volvió del otro costado y pronunció con voz
triste y clara:
— La
muerte, hermano, no es una tontería...
El
presidente entró en el zaguán con gran estruendo de botas.
—Mozos,
mozos, ¿habéis oído?
—¿Qué
pasa?
—El
diablo lo sabe... Acaba de venir del Jútor Vezinski uno de los nuestros, parece
que Majnó1
se ha
apoderado de él. ¡Debéis marcharos lo antes posible!....
Petka,
medio dormido, gruñó:
—¿Y el
asunto de nuestro terreno? Lo amojonaremos mañana y entonces nos iremos. ¡No
vamos a estar yendo y viniendo inútilmente!
Petka
soñaba que estaba en una asamblea del comité de distrito; alguien golpeaba
pesadamente en la chapa de la techumbre: bu-u-um! ¡bu-u-m!
Se
despertó y se dio cuenta de lo que pasaba: aquello eran cañonazos. La inquietud
le oprimió el corazón. Prepararon sus cosas a toda prisa, tomaron consigo la
medida de madera, de una braza de longitud, espantaron a los perros enfurecidos
y salieron a la calle.
—¿Cuántas
verstas hay de aquí a Vezhinski? —preguntó Grigori.
Caminaba
en silencio, arrancando pensativo los pétalos de una flor escarlata cogida al
borde del camino.
—Unas
treinta...
—¡Tenemos
tiempo!
Bordeando
los melonares, subieron a un montículo. Petka, que había dejado caer la bolsa
de los cartuchos, se volvió a recogerla
y se quedó con la boca abierta: por la
otra parte del pueblo, en columnas bien formadas, bajaban varias unidades de
caballería. El jinete que marchaba en cabeza portaba una bandera negra, que
ondeaba al viento como el ala herida de un pájaro.
—¡Hijos
de mala madre!....
—¡Ojalá
os parta un rayo!.... —completó la frase Grigori, aunque los labios le
temblaban y una palidez grisácea le había cubierto la cara.
El
presidente dejó caer la medida y, maquinalmente, se llevó la mano al bolsillo
en busca de la bolsa del tabaco. Petka se precipitó hacia la barranca, seguido
de Grigori.
Los pies,
rebeldes, tropezaban extrañamente;
avanzaban a paso de tortuga; su
corazón parecía que iba a abrirse en pedazos
y un calor sofocante invadía su boca. En el fondo de la barranca,
barrida por el agua, olía a fango y los pies se hundían. Petka, sobre la
marcha, se quitó las botas y se ajustó
mejor el fusil. La cara de Grigori se había puesto verdosa,
con los labios apretados, y jadeaba trabajosamente. Cayó al suelo y
arrojó lejos de sí el fusil.
—Tíralo,
Petka. Si nos cogen con armas nos matarán... Petka se estremeció violentamente.
—¿Te has
vuelto loco? ¡Cógelo en seguida, canalla!
Grigori
agarró sin ganas el
fusil por la correa. Durante unos instantes se
miraron con ojos rabiosos y
extraños.
Prosiguieron
su carrera. A la salida de la barranca, Grigori se dejó caer de espaldas.
Rechinando los dientes, Petka agarró por debajo de los brazos el cuerpo sudado
de su camarada y empezó a arrastrarlo.
La barranca se ramificaba; su última pendiente, sembrada de huesos de caballo y
de matas grises de ajenjo, terminaba justo en los campos de cultivo. Cerca de
un carro, un hombre uncía su pareja de caballos al arado.
—¡Necesitamos
los caballos para ir a la stanitsa! ¡Los de Majnó nos vienen persiguiendo!
Petka echó mano al yugo, el hombre a Petka.
—¡No os
los daré!.... La yegua está preñada. ¿Cómo podréis montarla?
1 Jefe de
las bandas anarquistas que durante los años de la guerra civil se
concentraron en Ucrania, combatiendo
contra los blancos y contra los bolcheviques
El
vigoroso viejo se aferró con sus dedos retorcidos al cañón del fusil. Un pensamiento
cruzó por la mente de Petka: debía recuperar el fusil y matar a aquel hombre. Y
todo a causa de una yegua preñada.
Sintiendo
la mirada de aquellos ojos espantosos y punzantes, las cerdas pelirrojas de las
mejillas y el leve temblor de las comisuras de los labios, dio un tirón y
recuperó el fusil. El cerrojo rechinó sonoramente.
—¡Apártate!
El viejo
se inclinó para coger el hacha que había en el suelo, cerca del carro. Petka,
con una sensación viscosa de náuseas en la garganta, le descargó un culatazo en
la prominente nuca. Las piernas,
enfundadas en unas
botas altas arrugadas,
se estremecieron
convulsivamente como las patas de
una araña...
Grigori
cortó los tirantes y saltó sobre la yegua.
Petka se vio sobre un roano saltarín de raza tauridana. Salieron por los
campos arados hacia el camino. Los cascos de las monturas repiqueteaban de
buena gana. Petka miró hacia atrás: sobre la barranca, el viento arrastraba una
nube de polvo. Los perseguidores se habían desplegado en abanico y avanzaban a
galope tendido.
Dejaron
atrás cinco verstas, los otros seguían cada vez más cerca. Podía distinguirse
cómo el caballo delantero, con la cabeza levantada, dejaba atrás el terreno. El
capote georgiano del jinete, negro y peludo, flotaba al viento.
La yegua
de Grigori disminuía su velocidad a ojos vista; resoplaba y lanzaba unos
relinchos breves y cortados.
—Este
animal va a parir... ¡Estoy perdido, Petka! —gritó Grigori a través del viento que les cortaba la cara.
Al dar
una vuelta, cerca de un túmulo funerario, saltó a tierra sin frenar la marcha.
La yegua cayó redonda. Petka siguió el galope unas brazas, pero al darse cuenta
de lo ocurrido volvió hacia su compañero.
—¿Qué
haces? —gritó Grígori con voz llorosa. Pero Petka, con mano segura y hábil,
metió un cargador en el depósito, saltó del caballo y, rodilla en tierra,
disparó contra el negro capote georgiano que se le venía encima y, haciendo
saltar el cartucho, sonrió.
—La
muerte, hermano, no es una tontería.
Disparó una segunda vez. El caballo
se levantó sobre las
patas traseras, el capote negro se deslizó hasta el suelo. Una
de las botas se quedó enganchada en el estribo y el animal, entre nubes de
polvo, se salió en furiosa galopada del camino.
Petka lo
siguió con una mirada que no veía nada. Luego, abriendo ampliamente las
piernas, se sentó en el camino. Grigori estrujaba entre sus manos sudadas una
olorosa flor de ajedrea y sonreía como un loco.
Petka
murmuró gravemente:
—Bueno, ahora se acabó todo —y se tumbó de bruces en
el suelo.
III
EN EL
PATIO DEL COMITÉ EJECUTIVO, los funcionarios
enterraban los sacos repletos de papeles. El presidente, Yákov Cuarto,
trataba en el portal de reparar una ametralladora vieja y roñosa. Desde por la
mañana esperaban a los
milicianos que habían salido
de reconocimiento. Hacia el mediodía, Yakov llamó al joven comunista
Antoshka Grachov, que pasaba por su lado. Sus ojos sonrieron al
decirle:
—Toma en la cuadra el caballo que te parezca mejor
y acércate al sector de Kruten. Sí te
encuentras a nuestra patrulla de reconocimiento, les dices que vuelvan a la
stanitsa. ¿Tienes fusil?
Antoshka
echó a correr con sus pies descalzos al tiempo que gritaba:
—¡Tengo
fusil y veinticinco cartuchos!
—¡Pues
date prisa!
Cinco
minutos después, del patio del comité ejecutivo salía Antoshka. Volvió hacia el
presidente sus ojillos grises de ratón y desapareció envuelto en polvo.
Desde el
portal del edificio, Yákov siguió con la vista los movimientos regulares del
cuello del caballo y de la cabeza rizada y descubierta de Antoshka. Después de
un rato entró en el pasillo, del que pendían abundantes telarañas grises. Los
funcionarios y los miembros de la célula habían ultimado los preparativos. Miró
a todos con ojos cansados y dijo:
—Antoshka
ha salido al encuentro de la patrulla... —Después de una pausa agregó,
tamboreando pensativo con los dedos—: Y los muchachos que fueron al sector...
¿podrán escapar de Majnó?
Iban y
venían por las habitaciones sonoras y vacías del comité ejecutivo, releían por
milésima vez las coplas de Demián Bedni1
en los descoloridos carteles. Dos horas más tarde, los milicianos de la
patrulla entraban al
trote en el patio
y descabalgaban de un salto.
El primero de ellos, completamente envuelto en polvo,
gritó:
—¿Dónde
está el presidente?
—Ahí
viene. ¿Los habéis visto? ¿Son muchos? ¿Resistiremos en el campanario? El
miliciano movió con aire desesperado la fusta.
—Hemos
tropezado con su escuadrón de vanguardia... ¡A duras penas hemos podido
escapar! Serán unos diez mil. Avanzan como una nube negra.
El
presidente, arrugando las cejas, preguntó:
—¿Habéis
encontrado a Antoshka?
—No hemos
podido distinguir quién era, pero hemos visto que pasado el barranco Kruti, uno
a caballo se dirigía hacia la estepa. Seguramente habrá tropezado con los de Majnó... En apretado grupo,
cambiaban impresiones en voz baja. El presidente se tiró de la desgreñada
barba y dejó escapar un suspiro
profundo:
—Los
mozos que mandamos a medir la tierra en el sector, de seguro que han
muerto... Y Antoshka lo mismo...
Nosotros nos tendremos que esconder entre los cañaverales... Contra Majnó no
somos nada...
El agente
de abastos abrió la boca, quería decir algo, pero en la puerta se oyó una voz seca de alarma:
—De
prisa, camaradas. La caballería ha aparecido en la loma...
Fue como
si una ráfaga de viento hubiera barrido a la gente. Visto y no visto. La
stanitsa quedó desierta, con las maderas
de las ventanas
cerradas. Sobre los
patios se extendía
el silencio. Solamente entre
los hierbajos de
junto a la cerca
del comité ejecutivo,
una gallina cacareaba furiosamente: nadie podría decir
quién la había asustado.
IV
EL VIENTO
HINCHABA la camisa de Antoshka, formando
en su espalda una flamante vejiga. Cabalgar a pelo le producía daño. El trote
del caballo le hacía bailar terriblemente. Tirando de las bridas, empezó a subir la cuesta del barranco Kruti.
Inesperadamente, a cosa de una versta vio un escuadrón y dos carros, detrás de
los jinetes, con ametralladoras emplazadas. Una idea le sacudió:
«¡Los de
Majnó! »
Sujetó el
caballo, un escalofrío le recorrió
la espalda. Y la montura, como a
propio intento, movía perezosamente las patas, no quería pasar del trote
tranquilo al galope tendido.
Fue
visto, le conminaron a detenerse,
hicieron unos disparos. El viento le azotaba la cara, las lágrimas le
velaban los ojos, el viento le zumbaba en los oídos. Daba miedo volver la
cabeza. Sólo miró atrás cuando hubo pasado por las casas de las afueras de la
stanitsa. Echó pie a tierra de un
1 Poeta
soviético, muy popular en los años de la guerra civil.
salto y,
encorvándose, corrió al amparo de la cerca. Pensaba: «Si cruzo la plaza, me
verán y me darán alcance... A la cerca, al campanario...»
Apretando
con la mano izquierda el fusil, empujó con la derecha el portillo. Sus pies,
descalzos, pisaron con ruido las hojas secas que cubrían el suelo. La escalera
de caracol de la iglesia. Un olor a incienso, a trastos viejos y a excremento de paloma.
En la
plataforma superior se detuvo, se tumbó
y prestó oído atento. Silencio. En la stanitsa se oía el canto de los
gallos.
Colocó el
fusil a su lado, se sacó la bolsa de costado y se limpió el sudor pegajoso que
cubría su frente. Su cabeza era una confusión de pensamientos: «Es lo mismo, me
matarán: dispararé contra ellos... Petka Kremnev dijo en una ocasión: Majnó es
un mercenario de los burgueses...»
Recordó
que la semana pasada habían hecho ejercicios de tiro al otro lado del río
tomando como blanco una sandía colocada a cien pasos y que él, Antoshka, había acertado más que ninguno otro de los
jóvenes. En la garganta sentía un cosquilleo doloroso, pero el martilleo del
corazón se había hecho menos violento.
Seis
hombres a caballo desembocaron con precauciones en la plaza, echaron pie a
tierra y ataron sus monturas en la cerca de la escuela.
De nuevo
se sobresaltó el corazón de Antosha, de nuevo empezaron sus violentos latidos.
Apretó los dientes, tratando
de dominar el temblor,
y con unos dedos que no le
obedecían metió un cargador en el depósito del arma.
Un nuevo
jinete desembocó en la plaza. Giró sobre su montura, que se encabritaba furiosamente, le sacudió
un fustazo y volvió atrás con el mismo galope frenético que a la llegada. Por
su manera descuidada de montar, Antoshka
comprendió que se trataba de un
cosaco. Siguió con la vista la guerrera verdosa que se balanceaba sobre la
grupa del caballo y lanzó un suspiro.
Llegaron
con gran estrépito los carros, se oyó el tableteo de innumerables cascos de
caballo y el estruendo de una batería. La stanitsa era un hormiguero de infantes
—como los gusanos en la carroña—, las calles estaban invadidas
por los carros, por las cajas de munición y por los coches con ametralladoras
emplazadas.
Antoshka,
sintiendo un leve escalofrío, manipuló con dedos helados y extraños el cerrojo
del fusil y se quedó a la escucha. Arriba, entre los travesaños, se arrullaban unas palomas.
«Esperaré
un poco...»
En las
proximidades de la cerca, los hombres de
Majnó, desmontados, daban de comer a los caballos. Estaban tumbados entre los
animales con sus calzones de vivos colores y sus llamativas fajas de lienzo;
parecían el conjunto abigarrado que forman las piedras a la orilla del río.
Charlas y explosiones de risa. Mientras tanto, por el camino, de dos en dos,
seguían llegando las carretas...
Ya decidido,
Antoshka tomó como blanco el
alto gorro de piel
gris de un servidor
de ametralladora. Retumbó el disparo y el de la ametralladora dejó caer
la cabeza entre las rodillas. Otro disparo y un conductor de carro soltó las
riendas y se deslizó lentamente bajo las ruedas. Otro, otro...
Los
caballos se encabritaron, empezando a
cocear a los hombres que cuidaban de
ellos. En el camino se debatía, herido,
un caballo de varas enredado en el aparejo de tiro; cerca de la escuela volcó
un carro con su ametralladora emplazada, y el arma, cubierta con su funda
blanca, quedó impotente con el morro hundido en la tierra. Sobre el campanario
subió como una nube la algarabía de relinchos, de exclamaciones, de voces de
mando, de un desordenado tiroteo...
La batería se hizo atrás con gran
estrépito de hierros.
Antoshka fue descubierto. Una bala estampó un sonoro beso en la madera del travesaño. La plaza quedó
desierta. En el portal de la escuela, un marinero de Majnó manejaba con gran
destreza su ametralladora. Las balas zumbaban quejumbrosas, resbalando por la
vieja campana recubierta de una película verde. Una de ellas, de rebote, golpeó
a Antoshka en el brazo. Él se arrastró
hacia atrás, se incorporó, pegado a la columna de ladrillo, e hizo fuego:
el marinero abrió los brazos, se retorció y cayó, dándose con el pecho en los
peldaños torcidos del viejo portal.
En las
afueras de la stanitsa, cerca del cementerio, una pieza de tres pulgadas fue
desenganchada de su tiro y volvió la boca de acero hacia la iglesia. El
estampido sacudió la pequeña stanitsa, que parecía haberse aplastado contra el
suelo.
La
granada fue a estallar bajo la cúpula, cubriendo a Antoshka con un montón de polvorientos ladrillos y
arrancando de la campana el salivazo sonoro de su descontento.
V
PETKA
YACÍA BOCA ABAJO, sin moverse, pero hasta él llegaban muy netamente el
intenso aroma de la ajedrea y el repiqueteo de los cascos de caballo.
Por
dentro sentía unas náuseas violentas,
era como si le revolviesen el alma entera. Meneó la cabeza. Incorporándose, vio
junto a la camisa de lienzo de Grigori un morro de caballo cubierto de espuma,
un caftán de cosaco, azul oscuro, y dos ojos oblicuos de calmuco en una cara
bronceada por el sol y por los vientos.
A media
versta de distancia los demás daban vueltas en torno al caballo que arrastraba
el cuerpo destrozado envuelto en el desgarrado capote georgiano.
Cuando
Grigori rompió a llorar sollozando como un niño y gritó con voz desgarrada,
algo vivo se estremeció en el corazón de Petka. Sin pestañear, miró cómo el
calmuco se ponía en pie sobre los
estribos y, de costado, levantaba la blanca hoja de acero. Grigori cayó sentado
torpemente, se agarró con ambas manos la cabeza partida en dos, después se
derrumbó con un estertor y de su
garganta fluyó a borbotones un chorro de sangre.
Su
memoria guardó la imagen de las convulsiones de las piernas de Grigori y de la
cicatriz de la mejilla abultada del calmuco. Su conciencia se apagó bajo los
agudos clavos de las herraduras que se
le clavaban en
el pecho; en
el cuello sintió
el trallazo de un
látigo de crin: todo giró vertiginosamente entre
chispas de fuego y una niebla abrasadora...
* * *
Al volver
en sí Petka gimió del tremendo dolor que le traspasaba los ojos. Se llevó la
mano a la cara y sintió con horror que del párpado se deslizaba a la mejilla una masa espesa y
gelatinosa. Le habían saltado un ojo y el otro, inflamado, no cesaba de
lagrimear. A través de la pequeña rendija, Petke distinguió con trabajo ante sí
belfos de caballo y caras de persona. Alguien se inclinó hasta casi tocarlo y
dijo:
—Levántate,
mozo; en otro caso puedes darte por
muerto... Te vamos a conducir
al cuartel general del
grupo, allí deben interrogarte... Ea,
¿te levantas? A mí me es lo mismo,
podemos llevarte al paredón sin necesidad de interrogatorio alguno.
Petka se
incorporó. A su alrededor había un pintoresco mar de cabezas, de voces y de
relinchos de caballo. El hombre que se
había encargado de él, cubierto con un gorro alto y gris de piel de cordero,
marchó delante. Petka, tambaleándose, le siguió.
El cuello
le ardía, traspasado por la crin del látigo; en los rasguños de la cara se
empezaba a restañar la sangre;
el cuerpo le dolía
todo él como si durante largo
rato le hubieran golpeado implacablemente.
Mientras lo llevaban
al cuartel general,
Petka miró a los lados: en todas partes hacia donde volviese su ojo —en la
plaza, en las
calles, en las
callejas angostas y tortuosas—
veía gente, caballos y carros.
El
cuartel general del grupo se encontraba
en la casa del pope. De las ventanas, abiertas de par en par, saltaba a la
calle el estertor senil de una guitarra y el tintineo de platos y vasos; se
veía, en la cocina, que la
mujer del pope
ponía todo su empeño en
agasajar debidamente a
los queridos huéspedes.
El que
había traído a Petka se sentó en los escalones del portal. Lió un cigarrillo,
gruñendo:
—Espera
aquí. ¡En el cuartel general están ocupados! Petka se recostó en el pasamanos de la entrada. La boca se le
había secado terriblemente. Moviendo difícilmente la lengua rota, dijo:
—Si me
diera un sorbo de agua...
—Para eso
te he traído al cuartel general, para darte de beber.
Un
marinero picado de viruelas salió al portal. Usaba un caftán azul oscuro, que
ceñía con una faja de tela roja cuyas puntas le colgaban hasta las rodillas; su
gorra de marinero conservaba la
inscripción, descolorida por el tiempo:
«Flota del Mar Negro». En las manos traía un acordeón adornado con
cintas de colores. Miró a Petka de arriba abajo con unos ojillos azulencos y
aburridos, su cara se distendió en una sonrisa .y abrió perezosamente el
fuelle:
Comunista
joven,
¿por qué
quieres casarte? Cuando venga el padre Majnó
¿dónde
podrás esconderte?...
La voz
del marinero era la de un hombre ebrio, pero sonora. Repitió, sin levantar
los ojos cerrados:
Cuando
venga el padre Majnó
¿dónde
podrás esconderte?...
El que
había traído a Petka dio la última
chupada al cigarrillo y dijo sin
volver siquiera la cabeza:
—¡Eh, tú,
carroña tuerta, ven conmigo!
Petka
subió los escalones del portal y entró en la casa. En el recibimiento, sobre la
pared, había extendida una bandera negra. Unas letras blancas, rotas por las
arrugas, decían: «Estado Mayor del Segundo Grupo», y algo más arriba: «¡Viva
Ucrania libre! ».
VI
EN EL
DORMITORIO DEL POPE repiqueteaba una máquina de escribir. Varias voces salían
por la puerta abierta. Petka
esperó largo rato en la
penumbra de la entrada. El dolor sordo que le oprimía paralizaba su voluntad y su
razón. Pensaba Petka: los de Majnó han matado
a sablazos a los muchachos de la célula y a los funcionarios; y a él,
desde el dormitorio del pope, que todavía conservaba el aire impregnado de olor
a incienso, la muerte le hacía guiños invitándole a seguirle. Pero el temor no
helaba su alma. La respiración de Petka era regular, sin intermitencias;
mantenía los ojos cerrados, y únicamente su mejilla inundada de sangre temblaba
levemente.
Del
dormitorio salían voces, el repiqueteo de la máquina, risitas de mujer y el
tintineo frágil de las copas.
La mujer
del pope pasó trotando por el recibimiento seguida de uno de los hombres de
Majnó, muy peripuesto, que hacía sonar las espuelas y se retorcía las guías del rubio bigote. Ella traía una
botella en la mano, sus ojitos florecían como el almendro.
—Es un
licor de seis años, lo guardaba para una buena ocasión. ¡Oh! Si usted supiera
qué horror es vivir con esos bárbaros. Una persecución continua. La célula
había decidido hasta requisarnos el piano. Imagínese, llevarse un piano que es
de nuestra propiedad. ¿Qué le parece?
Al pasar,
fijó en Petka sus ojillos resplandecientes de lascivia, torció el gesto con
disgusto y, reconociéndolo, dijo al oído del de Majnó:
—Es el
presidente de la célula de las Juventudes Comunistas... un bolchevique
rabioso... A ver si usted, de cualquier modo...
El frufrú
de la falda impidió a Petka oír el final de la frase. Un minuto más tarde
venían a buscarle:
—A la
habitación del rincón, y de prisa, hijo de mala madre...
Al otro
lado de la mesa, cubierto con un gorro plateado de astracán, estaba el del
bigote rubio.
—¿Eres de
las Juventudes Comunistas?
—Sí.
—¿Has
disparado contra los nuestros?
—Sí...
El de
Majnó se mordisqueó pensativo la guía del bigote y preguntó, mirando por encima
de la cabeza de Petka:
—¿No te
ofenderás si te fusilamos?
Petka se
limpió con la mano la sangre que le había venido a los labios y dijo con voz
firme:
—No
podréis fusilar a todos.
El de
Majnó se volvió violentamente y gritó:
—
Dolbishov, llévate al mozo y entrégalo a la segunda sección, que le den el
paseo...
Petka fue
sacado al exterior. El hombre que lo conducía le ató en el portal las manos con
una correa, apretó el nudo y preguntó:
—¿Te
duele?
—Déjame
en paz —gritó Petka, y se dirigió hacia el portón, moviendo torpemente los
brazos atados.
El otro
cerró tras sí el portillo y echó mano al fusil, que le colgaba del hombro.
—Espera,
ahí viene el jefe de la sección.
Petka se detuvo.
Se sentía molesto, le
picaba la barbilla
y no podía rascarse con las manos atadas.
El jefe
de la sección, bajo y patizambo, se acercó. Sus altas polainas inglesas olían
fuertemente a sebo. Preguntó al guardián:
—¿Me lo
traes a mí?
—Sí. Han
dicho que Blo despaches cuanto antes.
El jefe
de la sección miró a Petka con ojos soñolientos y dijo:
—Esta
gente... Se entretienen con un chiquillo, lo atormentan y se atormentan ellos mismos. Arrugando las cejas pelirrojas,
miró una vez más a Petka, lanzó un obsceno juramento y gritó:
—¡Anda,
estúpido, acércate al cobertizo!.... ¡Vivo!.... Te digo que vayas y te pongas
de cara a la pared...
El rubio
del Estado Mayor de Majnó salió al portal y se inclinó hacia afuera, apoyándose
en la balaustrada tallada. Dijo:
—Escucha,
amigo... No fusiléis al mozo, que venga a mi despacho.
Petka
subió los escalones del portal y se detuvo,
apoyándose en la puerta. El rubio se acercó a él de lleno y dijo,
tratando de mirar en la estrecha y ensangrentada abertura del ojo del joven:
—Eres fuerte,
mozo... Te perdono
la vida, te
daré de alta
en el ejército
del padre Majnó.
¿Prestarás
servicio con nosotros?
—Sí —dijo
Petka, cerrando el ojo.
—¿No
tratarás de escaparte?
—Si me
dan comida y ropa, no lo haré... El rubio rió, arrugando la nariz.
—Aunque
quisieras escaparte, no podrías... Pondré
a alguien que te vigile. —Y volviéndose hacia el guardián le dijo—:
Hazte cargo del mozo, Dolbishov, y apúntalo en tu sotnia. Le das la ropa que le
haga falta. Irá en tu carro. Ten los ojos bien abiertos. De momento no le des
fusil.
Dio a
Petka una palmada en la espalda y, balanceándose, volvió a entrar en la casa.
De la
stanitsa salieron hacia las doce del día siguiente. Petka iba junto a
Dolbishov, éste con sus bigotes caídos, y entre las constantes sacudidas,
permanecía sumido en sus pensamientos viscosos y molestos.
Después
de la lluvia, el barro revuelto del camino se había secado.
El carro daba mil saltos, balanceándose a un lado y a otro. Pasaban junto a los postes de telégrafo, el
camino no cesaba de dar vueltas y revueltas.
En los
pueblos y aldeas, ruido, las miradas de reojo de los hombres, los alaridos
desgarrados de las mujeres...
El
segundo grupo se había separado del ejército y avanzaba en dirección de
Míllerovo. El grueso de las tropas se movía
más a la izquierda.
A última
hora de la tarde, Dolbishov sacó de debajo del pescante una hogaza aplastada y
abrió una sandía. Sin dejar de masticar, dijo a Petka:
—Come,
hermano, ahora eres uno de los nuestros.
Petka
devoró con avidez un trozo de
madura sandía y un canto de pan que olía
a sudor de caballo.
Dolbishov
cortó con el sable otro trozo y lo ofreció a Petka.
—Toma, aunque no tengo ninguna confianza
en ti. Me imagino que acabarás
por escaparte.
¡Sería
mucho más sencillo rematarte de un sablazo!
—Haces
mal en pensar así. ¿Por qué me voy a escapar de vosotros? Acaso combatáis
también por una causa justa...
— Sí,
claro, por una causa justa. ¿Qué creías tú? Petka se ajustó la venda que le
cubría el ojo y dijo:
—Pero si
lucháis por una causa justa, ¿por qué agraviáis así a la gente?
—¿Qué
agravios les causamos?
—¿Qué
agravios? ¡Cuantos quieras! Ahora, por ejemplo, al pasar por ese pueblo, has
requisado a un campesino la última
cebada que tenía para los caballos.
Y sus hijos no tendrán nada que comer.
Dolbishov
lió un cigarrillo y le prendió fuego.
—Era
orden del jefe.
—¿También
ha dado la orden de ahorcar a todos los campesinos?
—Ejem...
Ya veo adónde vas a parar...
Dolbishov
ocultó su cabeza entre una nube de humo de tabaco y guardó silencio.
Pero
cuando hicieron alto para pernoctar, el jefe de la sotnia —el marinero picado
de viruelas
Kiriuja,
el del acordeón— hizo llamar a Petka y le dijo, jugueteando con la pistola:
—Mira,
hijo de tal y de cual, si otra vez vuelves a hablar de política mandaré que
levanten la lanza de un carro y que te cuelguen de los pies... ¿Me has
entendido?
—Sí...
—contestó Petka.
—Pues
lárgate con viento fresco y recuerda, maldito tuerto: a las primeras de cambio te saco el otro ojo
y mando que te ahorquen...
Petka
comprendió que necesitaba ser más cauto en su labor de propaganda. Durante dos
días se esforzó en reparar su falta:
preguntó a Dolbishov acerca de Majnó, de
los lugares donde habían estado, pero el otro seguía encerrado en su silencio,
miraba a Petka con recelo, de reojo; a través de los dientes apretados dejaba
escapar contadas palabras. No obstante, Petka consiguió ganarse la buena
voluntad de Dolbishov (que había nacido nada menos
que en Gulai-Pole, lo mismo que Néstor Majnó, de quien podía decirse que
había sido vecino). El hielo acabó por romperse, empezó a conversar de buen
grado con Petka y al cabo de dos días le entregaba una carabina y ochenta
cartuchos.
La sotnia
hizo un alto en las cercanías de Kashara. Dolbishov desenganchó los caballos
del tiro. Puso en manos de Petka un caldero y le dijo:
—Acércate
a aquellos sauces, mozo. Allí hay un estanque, trae agua y haremos unas gachas.
Petka,
tratando de contener los brincos de su corazón, montó a caballo y, al trote
corto, se dirigió al embalse.
«Cuando
llegue allí, torceré cuesta arriba y a ver quién me encuentra», cruzó en su
mente.
Ya en el estanque, bordeó la estrecha presa, semiderruida, tiró
disimuladamente el caldero y espoleando
al caballo con los talones, subió a lo alto de la cuesta. Como advirtiéndole,
una bala zumbó sobre su cabeza; en la parte del campamento resonó un disparo.
Petka, con la mirada turbia, midió la distancia que les separaba: poco más de
media versta.
Pensó:
«Si sigo adelante, de seguro que me alcanza una bala». De mala gana volvió
grupas. Dolbishov, después de suspender en la punta de la lanza del carro el
calderete con las patatas,
miró a
Petka y dijo:
—¡Si
vuelves a hacer algo parecido, te mato! ¡Tenlo presente!
VII
UN DÍA,
AL AMANECER, Petka se vio despertado por un terrible vocerío. Tiró del carro la
manta de caballo con que se cubría por las noches. En el azul lívido de la
aurora de otoño, el grito subía y bajaba en oleadas.
—¿De qué
se trata?
Dolbishov, de pie
en el pescante,
agitaba desesperadamente su peludo
gorro y rojo por el esfuerzo, vociferaba:
—¡Viva
nuestro padre! ¡Hurra-a-a!....
Petka se
incorporó y vio que por el camino pasaba un coche tirado por cuatro caballos
negros. Los caballos estaban bañados en sudor, a su alrededor cabalgaban los
hombres de la escolta. Majnó, que había sido
herido en Chernishévskaia, se apoyaba
en una muleta y arrugaba los labios:
no estaba claro si era por el dolor de la herida o es que sonreía.
En la trasera del coche, un tapiz colgaba hasta
el mismo suelo;
el polvo, formando nubes
desflecadas, se almacenaba
entre las ruedas posteriores.
El coche
pasó rápido. Un minuto después sólo quedaba el polvo que se arremolinaba a lo
lejos del camino; el zumbido de las voces fue cediendo hasta acallarse por
completo.
VIII
PASARON
TRES DÍAS. El segundo grupo avanzaba hacia la línea del ferrocarril. En el
camino no había habido ni un solo combate. Las unidades rojas, poco numerosas,
se retiraban al Don. Petka tuvo tiempo de hacer conocimiento con toda la
sotnia: de los ciento cincuenta hombres, algo más de sesenta eran tránsfugas
del Ejército Rojo; el resto era gente de la más diversa catadura.
Un
atardecer, reunidos en torno a la hoguera,
se pusieron a bailar,
al son del acordeón, un vigoroso trepak1. La tierra,
endurecida por las primeras heladas, crujía con ruido seco bajo los pies.
Dolbishov
daba vueltas al corro, dándose palmadas en las cañas de las polvorientas botas y resoplando como un
caballo después de una violenta carrera.
Luego
extendieron los capotes y los chaquetones de cuero y se tumbaron
en torno al fuego. Manzhulo, un tirador de ametralladora, encendiendo el
pitillo con un tizón, dijo:
—Hay
quien dice que Majnó nos lleva a Shajti para marchar luego a la frontera
rumana. Que allí abandonará las tropas y se irá al extranjero.
—¡Eso son
mentiras! —gruñó Dolbishov.
1 Baile
popular ruso.
Manzhulo se
alteró y señalando a
Dolbishov con el dedo,
prorrumpió en toda clase
de improperios:
—¡Ahí
tenéis al idiota enamorado! ¡Por un rublo veinte se lo puede llevar el que
quiera! ¿Qué creías, pellejo de cerdo, que te iba a hacer un sitio en su
coche?...
—¡No es
posible que abandone la tropa!.... —repuso con vehemencia Dolbishov.
—¡Estúpido!.... ¡Hijo de Dunka la
ramera!.... ¿No comprendes
que el rey rumano no dejará
entrar en sus
tierras a veinte
mil hombres armados?
—gritó, pálido de cólera,
el tirador de ametralladora.
Le
apoyaron:
—Tiene
razón...
—Has dado
en el blanco, Manzhulo...
—Nosotros
somos necesarios en tanto vertemos la sangre por Majnó y por las amantes que
lleva con él.
—¡Ja-ja-ja!
¡Ja-ja-ja!.... Bien dicho, hermano —se oyó alrededor de la hoguera.
Dolbishov
se levantó y se dirigió presuroso hacia el carro del sótnik2. Fue despedido por
penetrantes silbidos y un abucheo general. Alguien le tiró un tizón.
—Ha ido a
denunciarnos... Bueno, conforme... ¡En el primer combate le meteremos una bala
en la nuca!
Petka vio
que el sótnik Kiriuja se acercaba a la hoguera y se retiró a un lado del fuego.
—¿Qué:
ocurre, muchachos? ¿Quién de vosotros echa de menos el dogal?... ¿Quién quiere
verse colgado de un poste de telégrafo? Ea, decidlo...
Manzhulo
se puso en pie, se acercó hasta casi tocar al sótnik y dijo, jadeando:
—¡Tú,
Kiriuja, no tires demasiado de la cuerda! A lo mejor, se rompe... Calla tu sucia lengua.
—¿Ah, sí?
Ven conmigo al Estado Mayor.
Kiriuja
agarró al tirador de ametralladora del brazo, pero alrededor se levantó un
rumor sordo. La gente se puso en pie, agrupándose y formando detrás del sótnik
un muro de peludos gorros.
—¡No lo
toques!
—¡Te vamos a sacar el alma!
Empezaron a empujar a Kiriuja, alguien levantó la mano
y le dio una sonora bofetada. El caftán azul oscuro del sótnik se abrió por el
cuello. Resonaron los cerrojos de los fusiles. El sótnik dio un tirón hacia
atrás. En el aire quedó un grito dolorido:
—¡Alarma!
Trai...
El
tirador de ametralladora le tapó la boca con la mano y le dijo al oído:
—Vete y
no hables... ¡Te ganarías un balazo en la espalda! Abriéndose paso entre la
gente, lo llevó hasta el primer carro y volvió a la hoguera.
De nuevo
se oyeron las risotadas, pió el acordeón, repiquetearon los tacones de los
bailarines. Y junto al carro, tiraron al suelo a Dolbishov, lo amordazaron con
una faja y durante largo rato le molieron el cuerpo a culatazos y patadas.
* * *
Al día
siguiente, un ordenanza llegado del cuartel general entregaba al sótnik una
sucia hoja de papel arrancada de un cuaderno de notas. En la hoja no había más
que cuatro palabras, escritas con lápiz tinta: «Ordeno tomar el sovjós».
2 Jefe de
una sotnia.
IX
DESDE LO
ALTO DE LA LOMA el sovjós quedaba a la vista. Tras la blanca tapia, construcciones
de ladrillo y la alta chimenea de una fábrica de ladrillos.
La
sotnia, que había dejado los carros en el camino, se acercó, desplegada en
pleno campo.
El sótnik
Kiriuja, con un pañuelo de lana de mujer alrededor de la cara, marchaba a la
cabeza. Su yegua negra tropezaba a cada
paso. Él volvía la vista sin cesar hacia la clara fila de hombres que caminaban
en silencio.
Petka era
el séptimo del flanco izquierdo. Sin saber por qué, tenía la sensación de que
este día — muy pronto— debía suceder
algo grande e importante. Y esta
sensación le producía una alegría cada vez mayor.
Cuando
estuvieron a tiro de fusil del sovjós, el sótnik descabalgó y dio la voz de
mando:
—¡Cuerpo a tierra!
Se
desplegaron junto a una barranca. Una
descarga desordenada fue a morir contra la tapia. Desde el tejado del
sovjós, una ametralladora dejó oír su voz ronca e insegura. Dentro del recinto,
figuras humanas iban y venían. Las balas caían a espaldas de la línea,
levantando pelotas de polvo que se derretían acto seguido.
La sotnia
marchó tres veces al ataque y otras tres veces tuvo que retroceder hasta la
barranca. La última, cuando Petka volvía atrás, vio, junto a una madriguera de
citilo, a Dolbishov, que estaba caído boca arriba. Se inclinó sobre él: en la
frente, justo debajo del gorro, Dolbishov tenía un agu- jero. Petka comprendió
que habían sido sus propios compañeros: habían disparado casi a boca de jarro a
la cara, por encima de los ojos.
Por
cuarta vez, el sótnik Kiriuja desenvainó el corvo sable caucasiano y,
recorriendo la sotnia
con sus
ojos de ruiseñor, gritó con voz ronca:
—¡Adelante,
muchachos! ... ¡Seguidme!
Pero los
muchachos, sin moverse del sitio, gruñeron sordamente. Manzhulo, el tirador de
ametralladora, quitó el cerrojo del fusil y vociferó:
—¿Quieres
llevarnos al matadero? ¡No iremos! ...
Petka,
sintiendo que sus dedos se quedaban
fríos y su cuerpo se cubría de un sudor pegajoso, gritó con voz
desgarrada:
—¡Hermanos!
... ¿Por qué derramáis sangre?... ¿Por qué vais a la muerte y matáis a otros
que son trabajadores como vosotros?...
Las voces enmudecieron. Petka sintió
que, entre sus manos,
la correa de
su fusil se
había cubierto de sudor.
—¡Hermanos! ¡Depongamos
las armas! ... Todos tenéis familia...
¿No sentís compasión
de vuestras mujeres y vuestros hijos? ¿Habéis pensado qué será de ellos
si os matan?...
El sótnik
sacó la pistola de la funda, pero Petka, anticipándose a sus movimientos, se
echó el fusil a la cara y, casi sin
apuntar, disparó sobre el caftán azul. Kiriuja hizo una pirueta y cayó al
suelo, apretándose el pecho con las manos.
Petka fue
rodeado, le dieron un culatazo por la espalda, le empujaron y le hicieron caer.
Pero
Manzhulo
separó a la gente a empujones se inclinó sobre él y atronó con la voz
descompuesta:
—¡Quietos!
... ¡No matéis al mozo! ... Que hable, luego lo podremos rematar... Ayudó a Petka a levantarse y le dio una sacudida:
—¡Habla!
La tierra
y el cielo cubierto de nubes hirsutas le daban vueltas. Hizo una pelota con
toda su voluntad y empezó a hablar:
—¡Matadme!....
Sólo se muere una vez... Por detrás vociferaron:
—Más
alto... no se oye nada.
Petka se
limpió con la manga la sangre que le corría por la sien y dijo, levantando la
voz:
—Pensadlo
bien. Majnó os conducirá hasta Rumania y allí os abandonará. ¡Sólo ahora le
sois necesarios!.... Los que quieran ser siervos, se irán con él. A los otros
los aniquilará el Ejército Rojo. Pero si nos rendimos ahora, no pasará nada...
En la
barranca el ambiente era muy húmedo. Silencio. Todos respiraban difícilmente,
parecía que les faltase el aire...
El viento
arrastraba las nubes a muy poca altura. Silencio... silencio...
El
tirador de ametralladora se limpió la frente con la mano y preguntó a media
voz:
—¿Qué
hacemos, muchachos?...
Cabezas
bajas. A un lado, el sótnik Kiriuja desgarró su camisa, atravesada en el pecho
por la bala; sus piernas
dieron la última
sacudida y se quedó
definitivamente inmóvil, con un
leve temblor.
—¡El que
quiera entregarse, a la derecha! ¡El que no quiera a la izquierda! —gritó
Petka.
El
tirador de ametralladora hizo un gesto de desesperación y se apartó hacia la derecha. Otros muchos le siguieron
en masa compacta. Quedaron ocho personas: después de dudarlo se juntaron al
resto...
Cinco
minutos después, en apretado grupo, se
dirigían al sovjós. A la cabeza marchaba Petka y el tirador de ametralladora
Manzhulo. El primero de ellos, en la punta de su oxidada bayoneta había
colocado su blanca camisa a modo de bandera.
Las
puertas del sovjós se abrieron, dando salida a un puñado de hombres. Con los
fusiles prestos, miraban desconfiados.
A
trescientos pasos de distancia, la sotnia se detuvo. Petka y Manzhulo se destacaron de sus compañeros y, sin fusil, avanzaron
hacia el sovjós. Al encuentro les salieron otros dos hombres. Se juntaron a
medio camino. La conversación fue muy breve. Uno de los del sovjós dio un
abrazo a Petka. Manzhulo, limpiándose
los bigotes, cambió sonoros besos con el otro.
Murmullos de
aprobación en ambas partes. La sotnia,
con gran estrépito de
hierros, fue colocando los fusiles en un montón, y de a uno y a dos, en
pequeños grupos, entraron
por las puertas del sovjós, abiertas de par en par.
X
UN
REPRESENTANTE DE LA CHEKA llegó de la cabeza del distrito. Interrogó a
Petka, tomó nota de sus manifestaciones
en una libreta y, después de darle un apretón con las dos manos, se fue, dando
su misión por terminada.
Parte de
la sotnia se incorporó a uno de los regimientos de caballería roja que
perseguían a Majnó. Los restantes
pasaron a la cabeza del distrito a la disposición del comisada-do militar.
Petka se quedó en el sovjós.
Después
de todo lo sufrido, ¡qué agradable era permanecer en la cama sin moverse! Parecía como si se
calmase el agudo dolor que sentía en la cuenca vacía del ojo. Era como si nadie
hubiese arrastrado a Petka con un lazo
de crin de caballo, como si no le hubiesen golpeado hasta dejarlo medio
muerto... El pasado reciente se resistía a ser recordado, Petka no quería
recordarlo.
Pero cuando
en el club del sovjós
pasaba frente al
espejo rajado y veía
su cara, terrosa y desfigurada,
la amargura le hacía apretar los labios y le resultaba más difícil el respirar.
Un martes
por la tarde, en la habitación de Petka entró el secretario de la célula del
sovjós. Se sentó al borde de la cama, recogiendo las piernas, embutidas en
largas botas de cazador, y carraspeó:
—Dentro de una hora ven al club, hay asamblea
general.
—Conforme,
iré.
Después
de un rato de charla, el secretario se fue. Una hora después, Petka estaba en
el club. Escuchó los informes del presidente del sovjós, del agrónomo, del
director de la fábrica de ladrillos, del veterinario. Ante Petka, a través de
las cifras de los informes, apareció la estampa de una vida bien organizada y
regulada como un reloj.
El acta.
La redacción de las resoluciones. Ruegos y preguntas. En este último punto, el
secretario de la célula pidió la palabra.
—Camaradas: en nuestro sovjós tenemos al joven comunista
Piotr Kremnev. Todos sabéis que gracias a él nuestro sovjós se salvó de la
destrucción. La célula propone que Kremnev sea enviado a la cabeza del distrito
para que le curen como es debido y que
luego sea admitido en el puesto de nuestra fábrica que ahora tenemos libre.
Vamos a votar. ¿Quién está en pro?
Unanimidad.
Ni una sola abstención. Pero Petka se levanta del banco, desde la cuenca vacía
de su ojo se desliza una lágrima rápida
y turbia. Los labios de Petka están contraídos. Mira a los reunidos con el ojo entornado y
dice, dominando a duras penas la lengua que no quiere obedecerle:
—Gracias,
pero no puedo quedarme con vosotros… Me agradaría mucho trabajar aquí... Pero
no se trata de eso... Es otra cosa: vuestra vida marcha como trazada a cordel,
mientras que allí... en la stanitsa de donde yo vengo... allí la vida cojea. A
duras penas habíamos conseguido organizar las cosas, y ahora acaso pasen
muchos arios... los de Majnó
acabaron con ellos a sablazos... Y yo quiero ir allí... allí la gente es
más necesaria que en cualquier otra parte...
Todos se
callan. Todos están conformes. El club se ve dominado por el silencio.
XI
CASI TODO
EL PERSONAL del sovjós salió a despedirle. Entre los últimos adioses, y
mientras subía a la loma, se hizo de
noche. Sobre el camino, sobre la muda formación de los postes del telégrafo, se
expandía la oscuridad...
El camino
del Hetman se deslizaba a lo largo del
Don, por encima de las lomas abombadas y ceñudas. Petka camina taciturno.
Los pasos
resuenan precisos en la oscuridad viscosa y negra, en el silencio vacío de la
noche dormida. La escarcha cruje bajo los pies. Las hendiduras dejadas por los
cascos de los caballos están recubiertas de una fina capa de hielo. Al romperse
el hielo con sones de vidrio, brota el agua semicongelada.
La luna
congestionada por el esfuerzo, se asoma por encima del cerro que monta la
guardia en el camino. Las sombras, oblicuas y vaporosas, se esparcen por la estepa. El camino reluce
como si fuera de plata, el hielo se ha cubierto de reflejos azulados.
Petka
camina en silencio, su boca abierta aspira ávidamente el aire. El mustio ajenjo
de la orilla del camino despide un olor amargo, a sudor amargo...
El ancho
camino no cesa de serpear, pero Petka camina con pie firme al encuentro de la
noche que avanza, y desde la cortina azul del cielo, con una luz verde pálida
centellea para él una estrella de cinco puntas.
1925
EL BORDE
MISHKA
SUEÑA que el abuelo ha cortado en el
huerto una imponente vara de cerezo va hacia él con la vara en alto y dice con
cara de pocos amigos:
—Ea,
acércate, Mijailo Fomich, te haré unas caricias en el lugar donde crecen las
piernas...
—¿Por
qué, abuelo? —pregunta Mishka.
—Porque
has robado todos los huevos del ponedero de la gallina moñuda y te has ido con
ellos a montar en el tiovivo...
—Abuelo, en
todo lo que va de año no he
montado en el tiovivo ni una sola vez —grita asustado Mishka.
Pero el
abuelo se acaricia gravemente la barba y da una patada en el suelo:
—¡Túmbate,
granuja, y bájate los calzones!...
Mishka
lanzó un grito y se despertó. Su
corazón latía como si, en efecto,
hubiese probado el sabor de la vara. Abrió un poco el ojo derecho: en la
habitación ya había luz. La aurora matutina se asomaba a la ventana. Mishka
levantó la cabeza y oyó en el zaguán unas voces: su madre chillaba, balbuceaba
algo y parecía que iba a ahogarse de risa; el abuelo carraspeaba, y una voz
desconocida atronaba: «Bu-bu-bu...»
Mishka se
frotó los ojos. Vio que la puerta se abría y cerraba con estrépito, el abuelo
entraba en el cuarto corriendo dando saltitos, y los
lentes le bailaban
sobre la nariz. Mishka
creyó en un principio que el pope
había venido con los cantantes (para la Pascua, cuando se presentó el pope, el
abuelo había dado las mismas muestras de agitación), pero tras el abuelo entró
un desconocido, un soldado grandísimo de capote negro y gorra con unas cintas,
pero sin visera; la madre, colgada del cuello del soldado, no cesaba en sus
chillidos.
En medio
de la habitación, el desconocido se desprendió de los brazos de la madre y
atronó:
—¿Dónde
está mi heredero?
Mishka,
amedrentado se metió debajo de la manta.
—Míniushka,
hijo, ¿estás dormido? ¡Padre ha vuelto del servicio! —gritó la madre.
No había
tenido tiempo Mishka de abrir y cerrar los ojos cuando el soldado lo agarró, lo
subió hasta el techo y lo apretó contra su pecho. Los bigotes del soldado le
pincharon terriblemente en los labios, en las mejillas y en los ojos. Los
bigotes estaban humedecidos con algo salado. Mishka trató de desprenderse, pero
ya, ya.
—¿Qué
bolchevique me ha crecido en casa!.... ¡Pronto dejará pequeño a su padre! ¡Ja,
ja, ja! — alborotaba el padre, sin cesar de darle vueltas a Mishka: lo sentaba
en su mano, le hacía girar como una peonza, lo volvía a lanzar hasta el mismo
techo.
Mishka lo
soportó todo pacientemente hasta que frunció las cejas a la manera del abuelo,
se puso serio y agarró los bigotes del padre.
—¡Suéltame,
padre!
— ¡No
quiero!
—¡Suéltame!
Ya soy grande, y tú me tratas como si fuera un chico pequeño... El padre sentó
a Mishka en la rodilla y preguntó, sonriendo:
—
¿Cuántos años tienes, granuja?
—Voy para
ocho —gruñó Mishka, mirándole de reojo.
—¿Recuerdas,
hijo, cuando hace dos años te hacía barcos? ¿Recuerdas cuando los echábamos al
embalse?
—¡Sí que
lo recuerdo!.... —gritó Mishka, abrazando tímidamente el cuello del padre.
Entonces es cuando vino lo bueno: el padre montó a Mishka sobre sus hombros sujetándolo de las piernas, y echó a correr dando vueltas por el cuarto; luego empezó a
dar saltos y a relinchar
como un
caballo. Mishka, entusiasmado, casi no podía ni respirar. La madre le tiró de
la manga, gritando:
—Vete a
jugar fuera... ¡Te digo que te vayas, condenado! —Y suplicó al padre—: ¡Déjalo,
Fomá Akímich! ¡Por favor te lo pido!.... No me deja ni mirarte conforme es
debido. ¡Hace dos años que no nos veíamos y tú no te ocupas más que de él!
El padre
puso a Mishka en el suelo y dijo:
—Ve a
jugar con los chicos; cuando vuelvas, te daré un regalito que traigo para ti.
Mishka
cerró al salir la puerta. Pensaba quedarse en el zaguán y escuchar de qué
hablaban, pero luego recordó: ninguno de los chicos sabía aún que su padre
había llegado. Y cruzando el patio, por el huerto, pisando las patateras,
corrió hacia el embalse.
Mishka se
dio un baño en el agua estancada y maloliente, se revolcó en la arena, se
zumbulló por última vez y, saltando sobre un pie, se puso los calzones. Quería
volver a casa, pero en esto se le acercó Vitka, el hijo del pope.
—¡No te
vayas, Mishka! Nos bañaremos y luego iremos a jugar a mi casa. Mamá me ha dado permiso para que vengas.
Mishka se
sujetó con la mano izquierda los calzones, que se deslizaban hacia abajo, se
pasó los tirantes por los hombros y dijo sin ganas:
—No
quiero jugar contigo. Te huelen mucho las orejas...
Vitka
arrugó el párpado izquierdo con malicia y dijo, sacándose la camisa de malla y
dejando al descubierto los huesos de la espalda:
—Eso es
porque estoy escrofuloso, pero tú eres un mujik, y tu madre te tuvo junto a una
cerca...
—¿Estabas
tú allí?
—Lo he
oído cuando nuestra cocinera se lo contaba a mamá. Mishka removió la arena con
el pie y miró a Vitka de arriba abajo:
— ¡Tu
madre miente! En cambio, mi la guerra, y el tuyo es una sanguijuela
y que otros le llevan...
—
¡Borde!.... —gritó el hijo del pope, bios.
Mishka agarró
una piedra pulimentada por el
agua, pero el
hijo del pope, conteniendo
las lágrimas, sonrió cordialmente:
—No te
pelees, Mishka, no te enfades. ¿Quieres que te dé mi puñal de hierro?
Los ojos
de Mishka brillaron de alegría. Tiró a un lado la piedra, pero, recordando la
venida de su padre, dijo orgulloso:
—Mi padre
me ha traído uno mejor que el tuyo, de la guerra.
—Es
mentira... —dijo Vitka, incrédulo.
—Las
mentiras las dices tú... Cuando te lo digo, es verdad... Y también ha traído un fusil de veras...
—¡Qué
rico eres ahora! —comentó Vitka con una sonrisa de envidia.
—Y
también tiene una gorra, y de la gorra cuelgan unas cintas, y hay unas letras
de oro, como las de tus libros.
Vitka
pensó largamente en la manera de asombrar a Mishka, arrugó la frente y se rascó
el pálido vientre.
—Pues mi
papá será pronto arzobispo, y el tuyo fue pastor. ¿Qué dices ahora?
A Mishka
le cansaba aquello, dio la vuelta y se alejó con dirección al huerto. El hijo
del pope le llamó:
—¡Mishka,
Mishka, escucha lo que te digo!
—Di.
—Acércate...
Mishka se
acercó, mirando con aire sospechoso:
—Di,
habla.
El hijo
del pope se puso a bailar en la arena con sus piernas delgadas y torcidas.
Gritó con una sonrisa maligna:
—¡Tu
padre es comunista! Cuando tú te mueras y tu alma vaya al cielo, Dios dirá:
«¡En castigo a que tu padre fue comunista, vete al infierno!....» Y allí los
demonios te freirán en una sartén...
—¿Y crees
que a ti no te freirán?
—Mi papá
es sacerdote... Tú eres un estúpido
ignorante y no comprendes nada... Mishka sintió miedo. Dio la vuelta y se alejó
en silencio hacia su casa.
Ante la
cerca del huerto se detuvo y gritó, amenazando al hijo del pope con el puño:
—Se lo
preguntaré a mi abuelo. ¡Si es mentira,
guárdate de pasar por cerca de mi casa!
Saltó la
cerca y corrió hacia la casa; de sus ojos no se apartaba la visión de la sartén
en la que él, Mishka, era frito... La sartén abrasaba y alrededor hervía la
crema de leche formando burbujas. Sentía escalofríos en la espalda. Debía
preguntarle al abuelo en seguida...
Como a propio intento, la cerda se había quedado
atravesada en el portillo, con la cabeza hacia el otro lado, las patas hundidas
en el suelo, meneando el rabo y lanzando penetrantes chillidos. Mishka trató de
ayudarla a salir y de abrir el portillo, pero la cerda aumentó sus gruñidos. Se
montó en ella a caballo, la cerda se hizo atrás y acabó por arrancar el
portillo, echando a correr por el patio hacia la era. Mishka la espoleaba a
taconazos, volaba de tal modo que el
viento echaba atrás sus cabellos. En la era saltó al suelo, miró hacia atrás y
vio que en el portal de la casa estaba el abuelo y le llamaba con el dedo:
—¡Acércate,
pichoncito!
Mishka no
cayó en la cuenta de para qué lo llamaba el abuelo. De nuevo le vino a la
memoria lo de la sartén del infierno, y se dirigió hacia él al trote.
—Abuelo,
abuelo, ¿hay diablos en el cielo?
—¡Ahora te sacaré los diablos del cuerpo!.... Te
escupiré en ciertos sitios y los secaré con la vara... Grandísimo bribón, ¿por
qué montas a caballo en la cerda?...
El abuelo
agarró a Mishka del pelo y llamó a la madre, que estaba en el interior de la
casa:
—¡Ven a
contemplar la faena de tu hijito! La madre salió a la puerta.
—¿Qué ha
hecho?
—¿Qué ha hecho?
Me he asomado al patio
y lo he encontrado a caballo en la
cerda. Si lo hubieses visto cómo
galopaba...
—¿En la
cerda preñada? —se hizo cruces la madre.
Antes que Mishka hubiera podido abrir la boca para
justificarse, el abuelo, se quitó el cinto, sujetándose los calzones con la
mano izquierda para que no se le cayesen, mientras que con la derecha metía la
cabeza de Mishka entre sus piernas. Le zurró con alma, sin cesar de decir:
—¡No
montes en la cerda! ¡No montes en la cerda!.... Mishka quiso levantar el grito,
pero el abuelo dijo:
—¿No te
da lástima de tu padre, hijo de perra? Viene muy cansado del camino, se ha
acostado un rato y tú te pones a alborotar...
Tuvo que
callarse. Probó a dar un puntapié al abuelo en la pierna, pero no le alcanzó.
La madre lo agarró y lo llevó a empujones hacia la casa:
—¡Quédate
aquí, cien demonios de tu madre!.... Ya te ajustaré yo las cuentas, y no como
el abuelo, ¡te voy a desollar!....
El
abuelo, en la cocina, acarició la espalda a Mishka.
Este se
volvió hacia él, se limpió con el puño la última lágrima y dijo, apoyándose con
el trasero en la puerta:
—Te
acordarás, abuelo...
—¿Por qué
me amenazas, maldito?
Mishka
vio que el abuelo se quitaba de nuevo el cinturón y, previsoramente, entreabrió
un poco la puerta.
—¿Me
amenazas a mí? —volvió a preguntar el
abuelo. Mishka desapareció tras la puerta. Por una rendija vigilaba curioso
cada movimiento del abuelo. Luego dijo:
—Espera,
espera, abuelo... Cuando se te caigan las muelas no te masticaré la comida...
¡Aunque me lo pidas entonces!
El abuelo
sale al portal y ve la cabeza de Mishka que sobresale por entre los tallos
verdes e hirsutos del
cáñamo; cruzan los
calzones azul oscuro. El abuelo le
amenaza largo rato con el bastón, mientras que en la barba
se esconde la sonrisa.
* * *
Para el
padre era Minka. Para la madre era Míniushka. Para el abuelo —en los momentos
buenos— era «diablillo», y el resto del tiempo, cuando los mechones grises de
las cejas se arqueaban sobre los ojos, era Mijailo Fomich: «¡Eh, Mijailo
Fomich, ven aquí, que te voy a tirar de las orejas! »
Y para
todos los demás, para las vecinas criticonas, para los chiquillos de su tiempo
y para la
stanitsa
entera, era Mishka y «el borde».
La madre
era soltera cuando lo tuvo. Y aunque al mes de dar a luz se casó con Fomá el
pastor, el padre de la criatura, el remoquete
de «borde» se le quedó a Mishka, como una lacra, para toda la vida.
Mishka
era flaco; su pelo, en la primavera parecía como los pétalos del girasol en
flor; al llegar el mes de junio, el sol los quemaba con sus rayos y lucía unos
mechones pajizos; sus mejillas eran como un huevo de gorrión, todo pecoso; su
nariz, bajo los efectos del sol y de los constantes baños en el embalse, estaba
despellejada. Una cosa tenía de atractivo sobre sus piernecitas arqueadas: los
ojos. A través de las estrechas aberturas
de los párpados miraban unos ojos azules y picarescos parecidos a trocitos
de hielo del río antes de fundirse.
Estos
ojos y esta borrascosa inquietud de que daba muestras era lo que más agradaba
al padre. Del ejército había traído a su
hijo una rosquilla de Viazma, endurecida después de tanto tiempo como la
llevaba consigo, y unas botas altas algo usadas. Las botas las envolvió la
madre en un lienzo y las guardó en el arca. En cuanto a la rosquilla, aquella
misma tarde Mishka la partió con el martillo en el umbral de la casa y se comió
la última miga.
Al día
siguiente, Mishka se despertó con la salida del sol.
Sacó de la olla un poco de agua templada, tanta como cabía en sus manos,
y se extendió por la
cara la suciedad de la
víspera. Después de secarse salió al patio.
La madre
estaba ocupada con la vaca. El abuelo permanecía sentado en el carasol. Le
llamó:
—¡Métete
debajo del granero, diablejo! Una gallina estaba cacareando, ha debido de poner
ahí. Mishka estaba siempre dispuesto a obedecer al abuelo: se metió a gatas
debajo del granero, salió
por
el otro y si te he visto
no me acuerdo. Dando brincos a través
del huerto corrió hacia el embalse,
volviéndose a mirar si
el abuelo le
vigilaba. Antes de llegar
a la cerca se pinchó las piernas con las ortigas. Y el
abuelo esperaba, carraspeando.
Impaciente, se introdujo debajo del granero. Todo manchado de excremento
de gallina, sin ver en medio de la oscuridad y dándose un golpe doloroso en el
travesaño, llegó hasta el extremo opuesto.
—Eres un
estúpido, Mishka, como te lo digo... Buscas mucho y no encuentras nada...
¿Crees que es ahí donde va a poner la gallina? Aquí, debajo de esta piedra,
debe de estar el huevo. ¿Dónde te has metido, pilluelo?
Tuvo la
callada por respuesta. El abuelo se sacudió la porquería adherida a los
calzones y salió del granero. Con los párpados arrugados, miró largo rato hacia
el embalse, vio a Mishka y le llamó con la mano...
Los
chicos rodearon a Mishka al borde del embalse y le preguntaron:
—¿Ha
estado tu padre en la guerra?
—Sí.
—¿Y qué
hacía allí?
—Ya se
sabe, ¡pelear!....
— Es
mentira... Se mataba los piojos y roía los huesos en la cocina...
Los
chicos estallaron en una carcajada, se pusieron a saltar alrededor de Mishka,
señalándole con el dedo. La viva ofensa hizo brotar lágrimas en los ojos de
Mishka. Para colmo, Vitka, el hijo del pope, le zahirió dolorosamente.
—¿Es
comunista tu padre? —preguntó.
—No lo
sé…
—Pues yo
sé que es comunista. Papá ha dicho esta mañana que había vendido el alma al
diablo. También ha dicho que pronto ahorcarán a todos los comunistas...
Los
chicos guardaron silencio y a Mishka se le oprimió el corazón. Ahorcarían a su
padre, ¿por qué? Apretó con fuerza los labios y dijo:
—Mi padre
tiene un fusil así de grande, y matará a todos los burgueses. Vitka,
adelantando un pie, dijo con aire de triunfo:
—¡No
alcanzará a tanto! Mi papá no le dará la bendición, y sin la bendición no podrá
hacer nada...
Proshka,
el hijo del tendero, hinchando las aletas de la nariz, dio a Mishka un empujón
en el pecho y gritó:
—No
presumas tanto con tu padre...
Cuando vino la revolución
se llevó género
de nuestra tienda, y mi padre dijo entonces: «Si cambia el gobierno, al
primero que mataré será a Fomá el pastor...»
Natashka,
la hermana de Proshka, dio una patada en el suelo:
—No os
quedéis mirando, chicos, ¡duro con él!
—¡Duro
con el hijo del comunista!....
—¡Borde!
—¡Dibújale
la estrella, Proshka!
Proshka
levantó la vara que tenía entre las manos y la descargó sobre las espaldas de
Mishka. Vitka, el hijo del pope, le puso la zancadilla y le hizo caer de bruces
violentamente contra la arena. Los chicos, entre gran vocerío, se lanzaron
contra él. Natashka chillaba con su vocecita y arañaba el cuello de Mishka.
Alguien le propinó un doloroso golpe en el vientre.
Mishka
consiguió librarse de Proshka, que se le había echado encima, se puso en pie de
un salto y a la carrera, haciendo
eses por la arena —como la liebre que
escapa a la persecución de los
galgos— se dirigió hacia su casa. Fue despedido por silbidos y pedradas, pero
nadie salió tras él.
No
recobró el aliento hasta que se sumergió de cabeza entre el punzante verdor del
cáñamo. Se sentó en la tierra, húmeda y olorosa, se limpió la sangre de los
arañazos del cuello y rompió a llorar. El sol, abriéndose paso a través de las
hojas, trataba de mirar a Mishka a los ojos, de secar las lágrimas de sus
mejillas y cariñosamente, como la madre, le besó el remolino del cogote.
Allí
estuvo él largo rato, hasta que se le secaron los ojos; luego se levantó y se
acercó lentamente al patio.
En el
cobertizo, el padre estaba ensebando el carro. La gorra se le había caído hacia
la nuca, las cintas colgaban de ella, y la camiseta de rayas azules y blancas
cubría su pecho. Mishka se acercó de costado
y se detuvo junto al carro. Durante un buen rato guardó
silencio. Luego, cobrando ánimos, tocó
una mano del padre y preguntó:
—Dime,
¿qué hacías en la guerra?
El padre
dejó ver una sonrisa entre los rubios bigotes y dijo:
—Pelear,
hijo.
—Pues los
chicos... los chicos dicen que lo único que hiciste era matar piojos...
Las
lágrimas oprimieron de nuevo la garganta de Mishka. El padre rió y lo tomó en
brazos.
—¡Mienten,
querido! Yo navegaba en un barco. Era un barco muy grande que iba por el mar, y
en él navegaba yo y luego peleé.
—¿Contra
quién peleabas?
—Contra
los señores, hijo. Tú eras pequeño y por eso
yo tuve que ir a la guerra. Hay una canción sobre esto.
El padre
sonrió y, mirando a Mishka, llevando el compás con el pie, entonó a media voz:
¡Oh,
Mijaíl, Mijaíl, Mijaliatko mío!
No vayas
tú a la guerra, que vaya tu padre.
Tu padre
es viejo, ha vivido mucho en este mundo, y tú eres joven, aún no te casaste...
Mishka
olvidó la ofensa de los chiquillos y rió: rió de que los bigotes pelirrojos del
padre se erizaban sobre el labio como las ramas que su madre empleaba para
hacer las escobas y de que, por debajo del bigote, los labios chasqueaban
divertidamente y la boca se abría formando un agujero negro y redondo.
—Ahora no
me molestes, Mishka —dijo el padre—, voy a arreglar el carro. Esta noche,
cuando te acuestes a dormir, te contaré muchas cosas de la guerra.
* * *
El día se
prolongó como un camino largo y desierto en la estepa. El sol se puso, por la
stanitsa, se recogió la dula, el polvo acabó de posarse y en el cielo
ennegrecido se asomó tímidamente la
primera estrella.
La
impaciencia domina a Mishka. Y la madre, como a propio intento, se ha
entretenido mucho con la vaca, ha estado largo rato colando la leche, ha bajado
al sótano y ha estado allí toda una hora. Mishka se ha pegado a ella como una
lapa.
—¿Cenaremos
pronto?
—Tienes
tiempo, culo de mal asiento. ¿Tanta hambre sientes?
Pero
Mishka no se aparta ni un solo paso de
ella: la madre va al sótano y él tras ella; va a la cocina y él tras ella.
Parece una sanguijuela, se agarra a las faldas, no cesa de dar vueltas.
—Madre... Vamos a cenar en seguida...
—¡Apártate
de mí, no seas tan pegajoso!.... Si tienes hambre, coge un trozo de pan.
Pero
Mishka no se da por vencido. Ni siquiera el cachete que se gana de la madre le
hace entrar en razón.
Cena
aprisa y corriendo, tragando de
cualquier manera la sopa, y se lanza al cuarto. Tira los calzones hasta el otro
lado del arca y se sube de una carrera a la cama, metiéndose bajo la manta de
la madre, cosida con trozos de diversos colores. Se esconde y aguarda a que el padre venga y le cuente de
la guerra.
El abuelo
permanece de rodillas
ante las imágenes,
bisbisea sus oraciones
y hace sus reverencias. Mishka levanta la cabeza: el
abuelo, curvando trabajosamente la espalda, se apoya con los dedos de la mano
izquierda en las tablas y se inclina hasta tocar el suelo con la frente:
¡tac!.... Y Mishka, con el codo contra la pared: ¡bum!
El abuelo
torna a su bisbiseo, hace una nueva reverencia. Mishka golpea en la pared. El
abuelo se enfada y se vuelve hacia Mishka:
—Espera,
maldito, que el Señor me perdone... Ven
aquí conmigo en vez de dar golpes en la pared.
La paliza
se avecina, pero en el cuarto entra el padre.
—¿Por qué
te has acostado aquí, Minka? —pregunta.
—Yo
duermo con madre.
El
padre se sienta al borde de la cama y,
en silencio, empieza a retorcerse los
bigotes. Luego, después de pensar un poco, dice:
—Pues yo
te había preparado la cama en el otro cuarto, con el abuelo...
—¡Con el
abuelo no me acostaré!
—¿Por
qué?
—¡Le
huelen mucho los bigotes a tabaco!
El padre
vuelve a retorcerse el bigote y lanza un
suspiró:
— No,
hijo, debes acostarte con el abuelo.
Mishka se
tapa la cabeza con la manta y asomando un ojo, ofendido, dice:
—Ayer,
padre, te acostaste en mi sitio, y hoy... ¡Acuéstate con el abuelo! Se sienta
en la cama y abrazando la cabeza del padre murmura:
—Acuéstate
con el abuelo. Madre tampoco podría dormir contigo. ¡También hueles mucho a tabaco!
—Bueno,
conforme, me acostaré con el abuelo. Pero no te contaré nada de la guerra. Y el
padre se levantó y se dirigió a la cocina.
—¡Padre!
—¿Qué
quieres?
—Acuéstate aquí —dijo Mishka, suspirando, y se levantó—. Pero ¿me contarás
cosas de la guerra?
—Te
contaré, sí.
El abuelo
se echó en la parte de la pared, a Mishka le dejó el borde de fuera. Al poco
rato llegó el padre. Acercó a la
cama una banqueta,
se sentó en ella y
encendió un cigarrillo que
olía apestosamente.
—Verás... ¿Recuerdas
que en otro tiempo
detrás de nuestra
era estaban las sementeras
del tendero?...
Mishka
recordó el tiempo en que corría por el trigal alto y oloroso. Saltaba la cerca
de piedra de la era y ya se veía entre las mieses. El trigo le cubría la
cabeza, las pesadas espigas de bigote negro le pinchaban la cara. Olía a polvo,
a manzanilla y a viento de la estepa. La madre acostumbraba a decir a Mishka:
—No te
vayas muy adentro en el trigo, Míniushka, que puedes perderte... El padre hizo
una pausa y siguió acariciando la cabeza de Mishka:
—¿Recuerdas cuando
fuiste conmigo hasta pasado
el montículo Peschani? Nuestro
campo estaba allí...
Mishka recordó
de nuevo la franja
estrecha y torcida de
cereal al otro lado
del montículo Peschani. Cuando
llegaron Mishka y su padre, los animales habían estropeado toda la siembra. El
suelo estaba cubierto de sucias espigas pisoteadas, el viento hacía mover los
tallos partidos. Mishka recordó que su
padre —un hombre tan grande y tan fuerte— había contraído el gesto y por sus mejillas cubiertas
de polvo habían corrido algunas
lágrimas. Mishka había
llorado también, al verle...
En el
camino de vuelta, el padre había preguntado al guarda de los melonares:
—Dime,
Fedot, ¿quién ha estropeado mi mies? El guarda escupió al suelo y contestó:
—El
tendero llevaba una punta de ganado al mercado y la ha hecho pasar a propio
intento por tu campo...
El padre
arrimó la banqueta y siguió:
—El
tendero y los otros ricos ocupaban toda la tierra y los pobres no tenían dónde
sembrar. Así ocurría en todos los sitios, no era sólo en nuestra stanitsa. Eran
muchas las cosas que nos hacían entonces... La vida era difícil y yo me coloqué de pastor,
luego me llevaron al
servicio. En el servicio lo pasé
muy mal, los oficiales nos pegaban a las primeras de cambio... Luego
aparecieron los bolcheviques, su jefe es uno
que se llama Lenin. Su aspecto es
el de una persona cualquiera, pero tiene más talento que un sabio, por algo es
de nuestra sangre, de la sangre de los mujiks. Lo que decían los bolcheviques
nos dejó a todos con la boca abierta. «Campesinos y obreros, decían,
¿por qué
pescáis cada uno por vuestra cuenta?...
¡Echad a los
señores y a las
autoridades!
¡Barredlos
con una escoba! ¡Todo es vuestro!....»
»Estas
palabras nos pusieron en conmoción a todos. Nos paramos a pensar, era cierto.
Quitamos a los señores las tierras y las haciendas, pero a ellos se les
descompuso el cuerpo con el maldito trigo, se pusieron en contra y empezaron la guerra contra nosotros, contra
los campesinos y los obreros... ¿Comprendes, hijo?
»Pues bien,
ese Lenin de que
antes te hablaba —el que
más manda de los bolcheviques— levantó al pueblo lo mismo que
el labrador levanta el campo con el arado. ¡Reunió a los soldados y a los
obreros y empezó a sacudirles el polvo a los señores! ¡Los dejó sin una pluma!
Los soldados y los obreros tomaron el nombre de Guardia Roja. Yo también fui de
la Guardia Roja. Vivíamos en una casa
muy grande que se llamaba Smolni. Los zaguanes son larguísimos y hay tantas
habitaciones que uno puede perderse.
»Una
noche yo estaba de guardia en la puerta. Hacía frío y yo no llevaba puesto más
que el capote. El viento soplaba... De esa casa salieron dos hombres, que
vinieron hacia donde yo estaba. Al acercarse vi que uno de ellos era Lenin. Él
se acercó a mí y preguntó cariñosamente:
»—¿Tiene
frío, camarada?
»Yo le
contesté:
»—No,
camarada Lenin, ¡ni el frío ni ningún burgués podrán con nosotros! ¡No tomamos
el poder en nuestras manos para entregarlo a la burguesía!....
ȃl se
rió y me dio un fuerte apretón de manos. Luego se alejó despacio hacia la
puerta.
El padre
hizo una pausa, sacó del bolsillo la bolsa del tabaco, crujió el papel,
encendió la cerilla y Mishka vio en el bigote pelirrojo y erizado una lágrima
clara y brillante, parecida a una gota de rocío como las que por la mañana
penden de las puntas de las hojas de ortiga.
—Así era
aquel hombre. Era solícito con todos. Su corazón sentía las preocupaciones de
cada soldado... Después de esto lo vi a menudo.
Pasaba junto a mí, me veía ya de lejos, sonreía y me preguntaba:
»—¿No
podrán los burgueses con nosotros?
»—¡Eso es imposible, camarada Lenin! —le contestaba
yo.
»¡Todo
salió tal y como él lo había dicho, hijo! Nos apoderamos de las tierras y las
fábricas, y a los ricos, que nos chupaban la sangre, ¡un buen puñetazo!....
Cuando te hagas mayor, no olvides que tu
padre fue marinero y ha vertido cuatro años la sangre en defensa de la Comuna.
Entonces yo habré muerto, y Lenin también,
pero nuestra causa vivirá
eternamente... Cuando seas mayor,
¿combatirás
en defensa del poder soviético como tu padre ha combatido?
—¡Sí!
—gritó Mishka, dio un salto en la cama y quiso abrazarse al cuello de su padre.
Pero olvidó que a su lado estaba el abuelo y le dio una patada en el vientre.
El abuelo
carraspeó y alargó la mano. Quería agarrar a Mishka del flequillo, pero el
padre se apoderó del chico y lo llevó en brazos a su cuarto.
Así, en
los brazos del padre, se durmió Mishka. Al principio había pensado largamente
en aquel hombre que se llamaba Lenin, en los bolcheviques, en la guerra, en
barcos. Al principio escuchaba medio dormido las voces contenidas, percibía los
olores dulces a sudor y a tabaco fuerte. Luego sus párpados se pegaron, fue
como si una mano los hubiese apretado.
Apenas
había conciliado el sueño
cuando se vio en una ciudad:
las calles eran
anchas; las gallinas se bañaban
en la ceniza dispersa por la calzada; en la stanitsa abundaban mucho, pero aquí
eran mil veces más. Las casas eran tal y como el padre le había contado: veía una casa enorme recubierta de juncos
recién cortados, en su chimenea se elevaba una segunda casa, en la chimenea de
ésta una tercera, y la chimenea de la casa más alta llegaba hasta el mismo
cielo.
Mishka
caminaba por la ciudad, alta la cabeza, lo contemplaba todo; de improviso, sin
saber cómo, a su encuentro venía un hombre muy alto de camisa roja.
—Mishka,
¿por qué vas por ahí sin hacer nada? —le preguntaba muy cariñosamente.
—El
abuelo me ha dado permiso para jugar —contestaba Mishka.
—¿Sabes
tú quién soy yo?
—No, no
lo sé...
—¡Yo soy
el camarada Lenin!
Las
rodillas le temblaron a Mishka del miedo. Quería salir corriendo, pero el
hombre de la camisa roja le sujetó del brazo y dijo:
—¡No
tienes conciencia, Mishka, ni por valor de un ochavo! Sabes muy bien que yo
combato en favor de la gente pobre del pueblo, ¿por qué no entras en mi
ejército?
—El
abuelo no me da permiso... —se justificaba Mishka.
—Bueno,
como quieras —decía el camarada Lenin—, pero sin ti los asuntos no marchan
bien. Tú debes entrar en mi ejército y se acabó...
Mishka le
cogía la mano y decía con voz muy firme:
—Conforme,
entraré en tu ejército sin pedir permiso a nadie y combatiré en favor de la
gente del pueblo. Pero si por esta
causa el abuelo
me quiere zurrar con la vara,
tú deberás salir en mi
defensa...
—¡Ten
la seguridad de
que lo haré! —decía el
camarada Lenin, que
seguía calle adelante. Mishka se sentía tan alegre que no
podía respirar. Quería gritar, pero la lengua se le había secado...
Mishka se
estremeció en la cama y dio una patada al abuelo. Se despertó.
El
abuelo, dormido, gruñía y hacía sonar los labios. Por la ventana se veía que al
otro lado del embalse el cielo se había
cubierto de una delicada palidez y una espuma rosada, sanguinolenta,
envolvía las nubes que flotaban por el Este.
* * *
Desde
aquel día, todas las tardes el padre contaba a Mishka algo de la guerra, de
Lenin y de las tierras en que él había estado.
Un
sábado, al atardecer, el guarda del
comité ejecutivo llevó
a la casa
un hombre de baja estatura, de
capote y con una cartera de cuero bajo el brazo. Llamó al abuelo y dijo:
—Le
traigo a un camarada de los Soviets. Ha venido de la ciudad y pernoctará en su casa. Dele de cenar, abuelo.
—Nosotros
con mucho gusto —dijo el abuelo—. Y usted, señor camarada, ¿trae las
credenciales en regla?
Mishka
quedó maravillado de lo mucho que el abuelo sabía. Con un dedo en la boca, se
quedó a escuchar.
—Sí que
las traigo, abuelo, mis papeles están en regla —sonrió el hombre de la cartera
de cuero, y entró en el cuarto.
El abuelo
le siguió, Mishka siguió al abuelo.
—¿Y qué
asunto le trae por aquí? —preguntó sobre la marcha el abuelo.
—He
venido para organizar las
elecciones. Habrá que elegir
presidente y los miembros
del
Soviet.
Poco
después el padre llegaba de la era. Saludó al forastero y ordenó a la madre que pusiera la mesa para la cena. Después
de cenar, el padre y el forastero se sentaron
en el banco uno junto a otro; el forastero abrió la cartera de cuero,
sacó de allí un puñado de papeles y los mostró al padre. Mishka, impaciente,
daba vueltas alrededor, quería mirar. El padre tomó una tarjeta y la enseñó a
Mishka:
—Mira,
Mishka, ¡éste es Lenin!
Mishka
arrancó de la mano del padre la tarjeta y la devoró con los ojos. El estupor le
hizo abrir la boca: veía a
un hombre de estatura más bien baja,
de cuerpo enteco, que no vestía
ninguna camisa roja, sino chaqueta. Una mano la tenía metida en el bolsillo de
los pantalones, mientras que la otra señalaba hacia delante. Mishka clavó en él
los ojos, sintiendo en aquel instante que para
siempre
se habían grabado en su memoria las cejas arqueadas, la sonrisa escondida en la
mirada y en las comisuras de los labios, cada uno de los rasgos de la cara.
El
forastero tomó la tarjeta de las manos de Mishka, cerró la cartera y se retiró
a dormir. Ya se había desnudado, se había cubierto con el capote, los ojos se
le cerraban, cuando oyó el chirrido de la puerta. Levantó la cabeza:
—¿Quién
va?
Unos pies
desnudos se arrastraron por el piso.
—¿Quién
es? —preguntó de nuevo, e
inesperadamente vio junto a su cama a Mishka.
—¿Qué
quieres, pequeño?
Mishka
permaneció unos instantes en silencio. Luego, juntando todo su valor, murmuró:
— Tú,
tío, verás... tú... ¡dame a Lenin!
El
forastero no dijo nada. Sacó la cabeza de la cama y se le quedó mirando.
Mishka
sintió que el miedo se apoderaba de él:
¿y si se enfadaba y no quería darle la tarjeta? Tratando de dominar el temblor
de la voz, de prisa, atragantándose, susurró:
—Dámela
para siempre, yo, en cambio... yo te daré una caja de hojalata muy buena, y
también te daré todas las tabas que tengo, y... —Mishka hizo un gesto
desesperado y prosiguió—: ¡Y te daré las botas altas que me trajo padre!
—¿Para
qué quieres a Lenin? —preguntó el forastero, sonriendo.
«¡No me
lo dará!....», cruzó por la mente de Mishka. Bajó la cabeza para que el otro no
viese sus lágrimas y dijo con voz sorda:
—Cuando
lo pido, es que me hace falta.
El
forastero rió, sacó de debajo de la almohada la cartera y entregó la tarjeta a
Mishka. Éste la apretó fuertemente bajo la camisa al pecho, al corazón y escapó
al trote del cuarto. El abuelo se despertó, preguntó al chico:
—¿Qué
haces por ahí, trasnochador? Te tengo dicho que no tomes leche a la hora de
acostarte. Ahora te han entrado ganas de orinar. Hazlo en el cubo de la basura,
no hay necesidad de que salgas al patio.
Mishka se
acostó sin rechistar. Sostenía la
tarjeta con ambas manos y le daba miedo hasta de moverse: podía arrugarla. Así
se durmió.
Cuando se
despertó no había amanecido. La madre acababa de ordeñar la vaca y de sacarla a
la dula. Vio a Mishka y se llevó las manos a la cabeza:
—¿Qué
mosca te ha picado? ¿Por qué te levantas a esta hora?
Mishka
apretó la tarjeta bajo la camisa, pasó por delante de la madre con dirección a
la era y se metió bajo el granero.
Alrededor
del granero crecían los lampazos y una pared verde e impenetrable de ortigas.
Mishka se arrastró allí dentro, escarbó con la mano, arrancó una hoja de
lampazo vieja, ya amarillenta, envolvió en ella la tarjeta y colocó encima una
piedra para que no se la llevase el viento.
Desde la
mañana hasta la tarde no cesó de llover. El cielo estaba cubierto de un velo
violáceo, en el patio los charcos se cubrían de burbujas, por la calle corrían
los arroyos, tratando de adelantarse unos a otros.
Mishka se
vio obligado a quedarse en casa. Ya anochecía cuando el abuelo y el padre se
aviaron para ir a la asamblea, que se celebraba en el comité ejecutivo. Mishka
se encasquetó la gorra del abuelo y
salió tras ellos. El comité ejecutivo se encontraba en la caseta del guarda de la iglesia. Mishka
subió los escalones torcidos y sucios del portal y entró en la sala. Bajo el
techo se arrastraba una nube de humo de tabaco, aquello estaba completamente
lleno. Cerca de la ventana, al otro lado de la mesa, estaba el forastero, que
decía algo a los cosacos reunidos.
Mishka,
poco a poco, se abrió paso hasta las últimas filas y se sentó en el banco.
—Camaradas,
quien esté conforme con que Fomá
Korshunov sea presidente, ¡que levante
la mano!
Prójov
Lisenkov, el yerno del tendero, que estaba sentado delante de Mishka, gritó:
—¡Ciudadanos!....
Pido que sea retirada su candidatura. No es un hombre honrado. Ya pudimos
comprobarlo cuando guardaba nuestro rebaño...
Mishka vio que
el zapatero Fedot
se levantaba del antepecho
de la ventana
y se ponía a vociferar, agitando los brazos:
—Camaradas,
los ricos no quieren como presidente a un pastor como Fomá, pero se trata de un
proletario que defiende el poder soviético,..
Los
cosacos acomodados, agrupados cerca de la puerta, empezaron a patear y a
silbar. Se armó un verdadero alboroto.
—¡No
queremos a un pastor!
—Ahora que ha vuelto del servicio, su puesto es el
de pastor de la comunidad.
—¡Al
diablo Fomá Korshunov!
Mishka
miró a la pálida cara de su padre, de pie junto al banco, y él mismo palideció,
temiendo que pudiera ocurrirle algo.
—¡Silencio,
camaradas!.... ¡Los que alboroten serán expulsados del local! —atronó el
forastero, aporreando a la mesa con el puño.
—¡Elegiremos
a uno de los nuestros, a un cosaco!
—¡No lo
necesitamos!
—No lo
que-re-mos... la p... de su madre... —alborotaban los cosacos, y más que
ninguno otro
Prójor,
el yerno del tendero.
Un cosaco
vigoroso de barba rojiza, con un arete en la oreja y chaqueta roja y remendada,
se puso de pie sobre un banco:
—¡Hermanos!....
¡Ya veis qué es lo que pretenden! ¡Los ricos tratan de imponernos como
presidente a uno de los suyos!.... Y así volveremos a las andadas...
A través
del vocerío, Mishka no llegaba a oír más que alguna palabra suelta de lo que
gritaba el cosaco del arete:
—La
tierra... los repartos... los campos arcillosos para los pobres... se quedarán
con las tierras negras...
—¡Prójor
a la presidencia!.... —atronaban junto a la puerta.
—¡Pró-jor!
Oh-oh-oh! ¡Ah-ah-ah!....
A duras
penas si se acallaron. El forastero, con las cejas fruncidas y echando saliva
por la boca, habló a gritos durante largo rato.
«Eso es
que les riñe», pensó Mishka. El forastero preguntó en voz alta:
— ¿Quién
vota a Fomá Korshunov?
Muchas manos se levantaron sobre los bancos. Mishka
también levantó la suya. Alguien, pasando de un banco a otro, contaba:
—Sesenta
y tres... sesenta y cuatro —y sin mirar
a Mishka, indicando con el dedo su mano levantada, gritó—: Sesenta y cinco.
El
forastero anotó algo en un papel y gritó:
—¿Quién
quiere a Prójor Lisenkov? ¡Que levante la mano!
Veintisiete
cosacos ricos y Egor el molinero levantaron la suya. El hombre que hacía el
recuento de los votos, al llegar a su altura, lo miró de arriba abajo y le
agarró fuertemente de la oreja.
—¡Eh, tú
mocoso!.... ¡Lárgate de aquí, o te doy una buena! Pues no pretende votar...
Alrededor
se pusieron a reír. El hombre llevó a Mishka a la entrada y le dio un empujón
en la espalda. Mishka recordó las palabras de su padre cuando reñía con el
abuelo, y resbalando por los escalones sucios y escurridizos, gritó:
—¡No
tienes derecho a hacerlo!
—¡Ahora te haré ver tu derecho!....
La ofensa
era, como todas las ofensas, muy amarga.
Cuando estuvo
en casa, Mishka vertió unas lágrimas y se quejó a la madre, pero ésta le
dijo enfadada:
—No vayas
a donde no debes. En todos los rincones has de meter la nariz ¡Qué tormento
tengo contigo!
A la
mañana siguiente se sentaron a desayunarse. Apenas si habían terminado cuando
oyeron una música sorda y lejana. El padre dejó la cuchara en la mesa y dijo,
limpiándose el bigote:
—Pero ¡si
es una banda militar!
Mishka se
levantó como si el viento le hubiese arrastrado. Resonó la puerta del zaguán,
por la ventana llegaba un repetido ta-ta-ta...
El padre
y el abuelo salieron tras él al patio, la madre asomó medio cuerpo por la
ventana.
En la
otra punta de la calle, como una ola verde y ondulante, irrumpían las filas de
los soldados rojos. A la cabeza, los músicos soplaban unas trompas enormes,
redoblaba el tambor, el sonido se extendía por toda la stanitsa.
Mishka
miró con los ojos fuera de las órbitas. Desconcertado, daba vueltas en un mismo sitio. Luego echó a
correr hacia los músicos. Algo, en el fondo del pecho, le hormigueaba
dulcemente y le subía a la garganta... Mishka miró las caras polvorientas y
alegres de los soldados rojos, a los músicos, que hinchaban gravemente las
mejillas, y decidió de pronto: «¡Me voy
a combatir con ellos!....»
Recordó
el sueño y esto redobló su valor. Se agarró
a la bolsa de costado del que tenía más cerca.
—¿Adónde
vais? ¿A combatir?
—Claro
que sí. A combatir.
—¿Y en
defensa de quién combatís?
—¡Del
poder soviético, estúpido! Ven aquí, entre nosotros.
El
soldado hizo entrar a Mishka dentro de las
filas; alguien, riendo,
le dio un cachete en el revuelto
cogote; otro, sin interrumpir la marcha, sacó del bolsillo un sucio trozo de
azúcar y lo puso en la boca de Mishka. Ya en la plaza, en las primeras filas
resonó la voz de mando:
—¡Alto-o-o!....
Los
soldados se detuvieron, se dispersaron por la plaza, se tumbaron en espesos grupos al fresco, a la sombra de
la tapia de la escuela. A Mishka se acercó
un soldado rojo alto y afeitado, con el sable al costado. Le preguntó,
arrugando los labios en una sonrisa:
—¿Cómo es
que te has unido a nosotros? ¿De dónde vienes?
Mishka,
dándose importancia, dijo, sujetándose los calzones, que se le caían:
—¡Vengo a combatir junto a vosotros!
—¡Camarada
jefe de batallón, tómalo de ayudante! —gritó uno de los soldados rojos.
Todos
soltaron una carcajada alrededor. Mishka batió repetidamente los párpados, pero
el hombre a quien habían dado el
extraño remoquete de «jefe de batallón»
arrugó las cejas y gritó severamente:
—¿Por qué
os reís, imbéciles? Claro que lo tomaremos,
pero a condición de que... —El jefe de batallón se volvió hacia Mishka y
dijo—: Llevas los pantalones sujetos con un solo tirante, eso es una
vergüenza... Mira, yo llevo dos tirantes, como todos nosotros. Corre, di a tu
madre que te cosa el otro, y nosotros te esperaremos aquí... —Luego se volvió hacia la tapia y gritó, haciendo un
guiño—: ¡Tereschenko, trae al nuevo soldado rojo un fusil y un capote!
Uno de
los que estaban tumbados se levantó, se llevó la mano a la visera y contestó:
—¡A sus
órdenes!.... —y se alejó rápidamente a lo largo de la tapia.
—¡Ea, ve
de prisa! ¡Que tu madre te cosa ahora mismo el otro tirante!.... Mishka miró
severamente al jefe del batallón:
—¡No vaya
a engañarme!
—¿Qué
dices? ¡Eso no es posible!....
La
distancia entre la plaza y la casa era larga. Cuando Mishka llegó al
portón estaba jadeante. No podía
respirar. Sin detenerse, se quitó los
calzones y, corriendo con sus pies descalzos, entró como un torbellino en la
casa.
—¡Madre!
¡Los calzones! ... ¡Cóseme el otro tirante!....
La casa estaba en silencio. Un negro enjambre de moscas zumbaba sobre el
horno. Mishka recorrió el patio, la era, el huerto: no estaban ni el
padre, ni la madre, ni el abuelo. Penetró en el cuarto: sus ojos tropezaron con un saco. Valiéndose
de un cuchillo cortó una cinta larga; debía coserla, pero Mishka no tenía
tiempo, además de que no sabría hacerlo. La sujetó como pudo a los calzones, la
pasó por su hombro, la sujetó también por delante y salió escapado hacia el
granero.
Levantó
la piedra, echó una mirada a la mano de Lenin, que le señalaba a él, a Mishka,
y murmuró con un soplo de voz:
—¿Lo ves?
También yo he entrado en tu ejército...
Envolvió
con gran cuidado la tarjeta en la hoja de lampazo, la guardó en el seno y echó
a correr por la calle. Con una mano apretaba la tarjeta y con la otra se
sujetaba los calzones. Al pasar por delante de la cerca próxima gritó a la
vecina:
—¡Anísimovna!
—¿Qué
quieres?
—¡Di a
los míos que no me esperen a comer!....
—¿Adónde
vas, granuja?
Mishka le
dijo adiós con la mano:
—¡He
sentado plaza de soldado!
Al llegar
al sitio donde había dejado al jefe del batallón, se quedó de una pieza. Al pie
de la tapia había puntas de cigarrillo, botes de conserva, unas vendas rotas. Y
a la salida de la stanitsa resonaban los sordos acordes de la música, se oía
cómo en la apretada tierra del camino se alejaban los pasos de los soldados.
Un
sollozo se escapó de la garganta de Mishka; lanzó un grito y se echó a
correr con todas sus fuerzas, tratando
de darles alcance. Y los habría alcanzado, de seguro que lo habría hecho, pero
frente a la casa del guardicionero, en medio del camino, había un perro de rabo largo
y que le enseñaba los dientes. Y en tanto Mishka cruzaba a otra calle,
se perdieron la música y el ruido de los pasos.
* * *
Dos días después llegaba a
la stanitsa un destacamento de cuarenta hombres. Los soldados calzaban botas grises, de fieltro, y
vestían unas grasientas chaquetas de obrero. Cuando el padre llegó del comité
ejecutivo para comer dijo al abuelo:
—Prepara el
trigo que guardamos en el granero.
Ha venido un destacamento de
abastos. Empieza la recogida de los cupos de entrega.
Los
soldados iban de casa en casa; con las bayonetas, buscaban en el suelo de los
cobertizos, sacaban el grano enterrado y lo llevaban en carros al granero
comunal.
Llegaron
también a la casa del presidente. El primero de ellos, que fumaba en pipa,
preguntó al abuelo:
—¿Has
entregado el trigo? Di la verdad,
confiésalo... El abuelo se alisó la barba y dijo con orgullo:
—Has de
saber que mi hijo es comunista.
Entraron
en el granero. El soldado de la pipa calculó a ojo lo que pudiera haber y
sonrió:
—Lleva
esta parte de aquí. Lo demás os lo quedáis, para comer vosotros y para
simiente.
El viejo
enganchó al carro el viejo Savraska, y entre carraspeos y lamentaciones, llenó
ocho sacos, los miró desconsolado y los llevó al granero comunal. La madre,
apesadumbrada, lloró un poco. En cuanto a Mishka, ayudó al abuelo a echar el
trigo de los sacos y se fue a jugar con Vitka,
el hijo
del pope.
Acababan
de sentarse en la cocina, con los caballos recortados en papel formados ante ellos, cuando entraron
los mismos soldados de antes. El pope, con los pies enredados en la sotana, se apresuró a salir a su encuentro, les invitó a pasar al cuarto, pero el soldado
de la pipa dijo con cara de pocos amigos:
—¡Vamos
al granero! ¿Dónde guardan el trigo?
La mujer
del pope, despeinada, salió del cuarto, sonriendo con picardía:
—Pueden creerme, señores, no tenemos ni un solo
grano... Mi marido no ha recorrido aún las casas de los feligreses...
—¿Dónde
tienen el sótano?
—No lo hay...
Antes el trigo lo guardábamos en el granero...
Mishka
recordó que Vitka y él habían bajado en una ocasión por la cocina a un
espacioso sótano y dijo, volviéndose hacia la mujer del pope:
—¿Has
olvidado que Vitka y yo bajamos al sótano por la cocina?... La mujer se echó a
reír, palideciendo:
—¡Te
equivocas, niño! Vitka, id a jugar al huerto...
El
soldado de la pipa entornó los párpados y sonrió a Mishka:
—¿Cómo se
baja, pequeño?
La mujer
del pope hizo crujir sus dedos y dijo:
—¿Acaso
van a creer a un chiquillo estúpido? ¡Les aseguro, señores, que no tenemos
sótano! El pope, removiendo los faldones de la sotana, intervino:
—¿Desean
tomar un bocado, camaradas? Pasen al cuarto.
La
mujer, al cruzar por delante de
Mishka, le dio un fuerte
pellizco en el
brazo y sonrió cariñosamente:
—Id al
huerto, niños, aquí estorbáis.
Los
soldados se hicieron un guiño y empezaron a recorrer la cocina, golpeando el suelo con las culatas
de los fusiles. Apartaron una mesa
arrimada a la pared y dieron la vuelta a la estera. El soldado de la pipa
levantó la tapa, se asomó al sótano y meneó la cabeza:
—¿No les
da vergüenza? Decían que no tienen trigo y el sótano está lleno...
La mujer
del pope miró a Mishka de un modo que
éste sintió miedo y le entraron deseos
de marcharse cuanto antes a casa. Se puso en pie y salió al
zaguán. La mujer del pope, que le había seguido, dejó escapar un gemido, le
agarró del pelo y empezó a arrastrarlo por el suelo.
Pudo
librarse a duras penas y, sin volver la
vista, escapó hacia su casa. Bañado en
lágrimas, contó todo a la madre. Ésta se llevó las manos a la cabeza:
—¿Qué voy
a hacer contigo?... Vete de mi vista antes que te dé una somanta...
Desde
aquel día, siempre que Mishka se sentía
vejado, se metía bajo el
granero, apartaba la piedra, desplegaba
la hoja de lampazo y, mojando el papel con sus lágrimas, contaba a Lenin sus desventuras y se quejaba del
ofensor.
Pasó una
semana. Mishka se aburría. No tenía con
quién jugar. Los chicos de la vecindad no querían la amistad con él, y al apodo
de «borde» se unió otro, que habían oído a los mayores. Al ver a Mishka le
gritaban:
—¡Eh, tú,
comunista! ¡Acércate un momento, aborto de comunista!....
En una
ocasión, al atardecer, cuando Mishka volvía del embalse, antes de entrar en
casa oyó que el padre hablaba con voz
dura y que la madre lloraba y se
lamentaba como si alguien hubiera muerto. Mishka entró y vio que el
padre había enrollado su capote y se estaba calzando las botas altas.
—¿Adónde
vas?
El padre
rió y dijo:
—¡A ver
si puedes calmar a tu madre, hijo!.... Me parte el alma con sus gritos. ¡Me voy
a la guerra y ella no me deja!....
—¡Yo iré
contigo, padre!
El padre
se ciñó el cinturón y se puso la gorra de las cintas.
—¡Tienes
unas cosas! No podemos irnos los dos al mismo tiempo... Cuando yo vuelva irás
tú, porque, en otro caso, ¿quién va a recoger el grano cuando maduren las
mieses? Madre está ocupada en las faenas de la casa, el abuelo es viejo...
Al decir
adiós al padre, Mishka contuvo las lágrimas, hasta tuvo fuerzas para sonreír.
La madre, como la primera vez, se colgó
de su cuello, y a duras penas pudo él
desprenderse; el abuelo se limitó a carraspear; al besarle, le susurró al oído:
—Fómushka,
hijo... ¿no sería mejor que te quedases?
¿Se las podrías arreglar sin ti?... Si te matan, lo que Dios no quiera,
entonces todos somos perdidos...
—No digas
eso, padre... No está bien. ¿Quién va a defender nuestro gobierno si todos
procuran esconderse bajo las faldas de su mujer?
—Bueno,
anda, si tu causa es justa...
El abuelo
volvió la cabeza y se limpió disimuladamente una lágrima. Los tres acompañaron
al padre hasta el comité ejecutivo. Allí, en el patio, se había reunido una veintena de hombres con fusiles. El padre tomó también su fusil,
dio el último beso a Mishka y emprendió la marcha, con el resto, hacia las
afueras de la stanitsa.
El camino
de vuelta lo hizo Mishka con el abuelo. La madre, con paso inseguro, iba
detrás. En la stanitsa, escasos ladridos y escasas luces. Todo se hallaba
cubierto por la oscuridad de la noche, como una
vieja con su mantón
negro. Lloviznaba. A lo lejos,
sobre la estepa,
zigzagueó un relámpago y el
trueno retumbó con sordos ecos.
Llegaron
a casa. Mishka, que durante todo el camino había permanecido silencioso,
preguntó al abuelo:
—Dime,
abuelo, ¿contra quién ha ido padre a combatir?
— ¡Déjame
en paz!
—¡Abuelo!
— ¿Qué
quieres?
—¿Contra
quién va a combatir padre?
El abuelo
echó el cerrojo al portón y contestó:
—En las
cercanías de nuestra stanitsa han aparecido unas gentes muy malas. Dicen que es
una banda, pero a mi entender no son más que unos bandoleros... Pues bien, tu
padre ha ido a combatir contra ellos.
—¿Son
muchos?
—Según
dicen, unos doscientos... Pero ve a dormir, granujilla. ¡Basta de dar vueltas!
En plena
noche, unas voces despertaron
a Mishka. Pasó la mano por el lecho: el abuelo no estaba.
—Abuelo,
¿dónde estás?
—¡Cállate!
¡Duerme, enredador!
Mishka se
levantó y a tientas, en la
oscuridad, llegó hasta la
ventana. El abuelo, en paños
menores, permanecía sentado en el banco,
asomado a la ventana: escuchaba. También Mishka se puso a escuchar. En
el silencio mudo oyó claramente que fuera de la stanitsa resonaban frecuentes
disparos. Luego, a intervalos regulares siguieron varias descargas.
¡Trac!
¡tra-tra-trac! ¡tra-trac! Era como si clavasen clavos.
Mishka se
sintió dominado por el miedo. Se arrimó al abuelo y preguntó:
—¿Es
padre el que dispara?
El abuelo
guardó silencio. La madre reanudó el llanto y las lamentaciones.
Poco
antes del amanecer, fuera de la stanitsa, se oyeron algunos disparos. Luego todo quedó mudo.
Mishka, hecho un ovillo en el banco,
se durmió con un sueño
pesado y triste. Con las
primeras
luces, un grupo de jinetes pasó por la calle al galope con dirección al comité
ejecutivo. El abuelo despertó a Mishka y salió al patio.
En el
comité ejecutivo, una negra columna de humo
se levantaba, el fuego se había extendido a las dependencias. Hombres
montados iban y venían por la calle. Uno de ellos se acercó y gritó al abuelo:
—¿Tienes
caballo, viejo?
—Sí...
—Pues
apareja y ve a las afueras. Entre la retama encontrarás a vuestros
comunistas... Cárgalos y los traes, que sus parientes les den tierra...
El abuelo
enganchó a Savraska, agarró con manos
temblorosas las riendas y salió al trote del patio.
En la
stanitsa se había levantado un verdadero griterío. Los bandidos, desmontados,
sacaban el heno de las eras y se dedicaban a degollar ovejas. Uno de ellos echó
pie a tierra frente al patio de la Anísimovna y entró en la casa. Mishka oyó el
alarido de la Anísimovna. El bandido, blandiendo el sable, salió al portal, se
sentó, se descalzó, rompió por la mitad
el chal de vivos colores que la Anísimovna solía lucir los días de fiesta, tiró
los sucios trapos con que se cubría los
pies y los envolvió en las dos mitades del chal.
Mishka
entró en el cuarto, se tumbó en la cama, se tapó la cabeza y sólo se levantó
cuando oyó chirriar el portón. Salió al portal y vio que el abuelo, con la
barba mojada por las lágrimas, hacía entrar el caballo en el patio.
Detrás,
en el carro, yacía un hombre descalzo y con los brazos muy abiertos. Su cabeza
rebotaba en la parte trasera, sobre las tablas caía una sangre espesa y negra.
Mishka,
tambaleándose, se acercó al carro. Miró
la cara desfigurada por los sablazos: se veían los dientes, la mejilla colgaba,
cortada junto con el hueso; en el ojo, hinchado y sanguinolento, se había
posado un moscardón de verdes irisaciones.
Sin
adivinar lo ocurrido, temblando levemente de espanto, Mishka apartó la mirada
de la cara y la detuvo en el pecho, en
la camiseta de marinero, en las rayas azules y blancas manchadas de sangre. Se
estremeció como si por detrás le hubieran dado un golpe en las piernas, miró
otra vez con los ojos muy abiertos la cara negra e inmóvil y saltó sobre el
carro.
—¡Padrecito,
levántate! ¡Padrecito querido!
Se cayó
del carro, quiso echar a correr, pero
sus piernas se doblaron. Se arrastró a
gatas hasta el portal y allí empezó a dar cabezadas contra la arena.
* * *
Al abuelo
los ojos se
le habían hundido profundamente, su
cabeza bailaba, sus
labios balbuceaban algo sin sonido.
Durante
largo rato acarició la cabeza de Mishka. Luego, mirando a la madre, que
permanecía tumbada de bruces en la cama, murmuró:
—Vamos,
hijo, ven conmigo al patio...
Tomó a
Mishka del brazo y lo llevó al portal.
Mishka, al pasar por delante de la puerta del cuarto, arrugó los ojos
yse estremeció: allí dentro, sobre una
mesa, yacía, silencioso y grave, el padre. La sangre se la habían lavado; pero
Mishka no podía olvidar aquel ojo
ensangrentado y vidrioso y el moscardón
verde posado en él.
El abuelo
estuvo largo rato hasta que consiguió desatar la cuerda del pozo; se dirigió a
la cuadra y sacó de ella a Savraska, le
limpió con la manga los morros cubiertos de espuma,
le puso la cabezada y se quedó
escuchando: en la stanitsa, seguían los
gritos y las risotadas. Por delante del patio pasaron dos hombres a caballo, en
la oscuridad brillaron las luces de sus cigarrillos, y se oyó que decían:
—¡Les
hemos distribuido los cupos de entrega!.... ¡En el otro mundo recordarán qué
significa eso de quitarle a la gente su trigo!....
El
repiqueteo de los cascos se acalló, el abuelo se inclinó sobre el oído de
Mishka y murmuró:
—Yo soy
viejo... no podría montar a caballo... Te montaré a ti, con la ayuda de Dios
llegarás al jútor de Pronin... Te enseñaré el camino... Allí debe de estar el
destacamento que pasó por aquí con la música... Diles que vengan: que aquí está
la banda... ¿Has entendido?
Mishka
asintió con la cabeza. El abuelo lo subió al lomo del animal y le ató los pies
a la silla para que no se cayera. Cruzando la era, bordeando el estanque y
evitando el puesto de vigilancia de la banda, sacó a Savraska a la estepa.
—En
aquella loma empieza
una barranca, síguela sin
apartarte... Te llevará directamente
al
Jútor.
Bueno, anda, querido mío...
El abuelo
dio un beso a Mishka y dio una palmada a Savraska en la grupa.
La noche
era de luna, la visibilidad era buena. Savraska emprendió un trote corto,
resopló y sintiendo un peso tan ligero, acortó el paso. Mishka lo estimuló con
las bridas, le dio unas palmadas en el cuello, bailando y saltando en la silla.
Las
codornices cantaban animosas en la espesura verde de las mieses casi maduras.
En el fondo de la barranca rumoreaba el agua de los manantiales, el viento
traía una sensación de frescor.
Mishka
sentía miedo al verse solo en la estepa. Abrazó el cuello caliente de Savraska
y se apretó hacia él, hecho un ovillo pequeño y helado.
La
barranca iba cuesta arriba, bajaba, subía de nuevo. Mishka no se atrevía a mirar hacia atrás, murmuraba cualquier
cosa, tratando de no pensar en nada. En sus oídos se coagulaba el silencio y
sus ojos permanecían cerrados.
Savraska
meneó la cabeza, resopló y avivó el paso. Mishka entreabrió apenas los párpados
y vio que abajo, al pie de la cuesta, había unas lucecitas pálidas y
amarillentas. El viento trajo un ladrido de perros.
Una
oleada de alegría caldeó por un momento el pecho de Mishka. Dio varias veces
con los talones en los flancos de Savraska y gritó:
—¡Arre-e-e!....
Los
ladridos se aproximaban, sobre un montículo se divisaban ya los contornos
confusos de un molino de viento.
—¿Quién
va? —preguntaron desde allí.
Mishka,
en silencio, arreó a Savraska. En el jútor dormido se dejaron oír los gallos.
—¡Alto!
¿Quién va?,.. ¡Alto o disparo!....
Mishka
tiró asustado de las bridas, pero Savraska, sintiendo la proximidad de otros
caballos, relinchó y siguió adelante, sin obedecer.
—¡Alto-o-o!....
Cerca del
molino restallaron los disparos. El grito de Mishka se perdió entre el ruido de
los cascos del caballo.
Savraska lanzó un ronco silbido, se levantó
sobre las patas traseras y cayó pesadamente sobre el flanco derecho.
Mishka
sintió por un instante un dolor terrible, insoportable, en la pierna. El grito
se secó en sus labios. Cada vez era mayor y mayor el peso de Savraska sobre la
pierna.
El ruido
de caballo se acercaba. Llegaron dos hombres, que echaron pie a tierra,
haciendo sonar los sables, y se inclinaron sobre Mishka.
—¡Madre
mía! Pero ¡si es el chiquillo!....
—¿Es
posible que lo hayamos matado?
Alguien
le puso la mano en el pecho, Mishka sintió cerca de la cara un olor a tabaco.
Una voz exclamó con vivas muestras de alegría:
—¡No es
nada! Seguramente, el caballo le ha aplastado la pierna... Perdiendo el
conocimiento, Mishka susurró:
—La banda
está en la stanitsa... Han matado a mi padre... Han incendiado el comité
ejecutivo. El abuelo manda decir que vayáis en seguida allí...
Unos
círculos de colores pasaron ante los ojos de Mishka, que se iban nublando...
Pasó el
padre, se retorcía el bigote rojizo,
reía, pero en su ojo había posado, balanceándose, un moscardón verde. Pasó el abuelo, meneando la cabeza
como reprochándole algo. Pasó la madre. Luego, un hombre de baja estatura y
frente abultada con la mano extendida, y esa mano señalaba directamente a él,
señalaba a Mishka.
—¡Camarada
Lenin!,…—exclamó Mishka con un hilo de voz que se extinguía. Haciendo un
esfuerzo levantó ligeramente la cabeza y sonrió, alargando hacia delante las
manos.
1925
EL
TORBELLINO
I
CON LA
PUESTA DEL SOL, Ignat volvió a la stanitsa.
Al abrir
el portón, de ramas entrelazadas, rompió
el puntiagudo montón de nieve que se había formado, hizo entrar en el patio el
caballo cubierto de escarcha y, sin desenganchar, se acercó al portal de la casa. En el zaguán
crujieron las tablas heladas del piso, la escobilla pasó rumorosa por las botas
de fieltro al limpiarlas de nieve. Pajómich, que estaba sobre el horno
fabricando un mango de hacha, se limpió las virutas de las rodillas y dijo al
hijo menor, Grigori:
—Ve a
desenganchar la yegua; el heno ya lo he preparado yo en la cuadra.
La puerta
se abrió de par en par. Entró Ignat, saludó y se desató los cordones del
capuchón; traía los dedos agarrotados por el frío y le costó gran trabajo
hacerlo. Arrugando la cara, se arrancó
del bigote los pequeños carámbanos a medio fundir y sonrió, incapaz de
disimular la alegría:
—Según se dice, la Guardia Roja está viniendo a
nuestro distrito...
Pajómich se
volvió hacia él, con las
piernas colgando del
horno, y preguntó, tratando de contener la curiosidad:
—¿En son
de guerra o cómo?
—Cada uno
dice lo suyo... Lo cierto es que hay una gran inquietud, la gente no sabe qué
pensar;
en la dirección
había unas apreturas como no puedes figurarte.
—¿Has
oído algo a propósito de la tierra?
—Que a
los grandes propietarios los bolcheviques se la quitan toda.
—¡Ya-a-a!....
—carraspeó Pajómich, y con agilidad juvenil saltó del horno. La vieja hizo
sonar las cucharas. Mientras llenaba la sopera, dijo:
—Llamad a
Grishatka, que venga a cenar.
Afuera, oscurecía.
Caían algunos copos
y la noche se venía
encima ceñuda, con sombras azulencas. Pajómich
dejó la cuchara
en la mesa,
se limpió la barba
con el bordado lienzo
y preguntó:
—¿Te has
informado de cuándo empieza a funcionar el molino de vapor?
—El
molino ya lo han puesto en marcha, podemos llevar lo nuestro.
—Bueno,
cuando termines iremos al granero. Hay que limpiar el trigo; en cuanto el
tiempo lo permita, bien de mañana, lo llevaré a moler. ¿Está bien apisonado el
camino?
—Los
trineos no dejan de pasar ni de día ni de noche. Lo que resulta algo difícil
son los cruces. A uno y otro lado del camino hay nieve hasta la cintura.
II
GRIGORI
SALIÓ a despedir al padre hasta fuera del portón. Pajómich se enfundó las
manoplas y se acurrucó en la parte
delantera del trineo.
—No
pierdas de vista la vaca, Grisha. Según y cómo tiene las ubres, va a parir de
un momento a otro...
—No te
preocupes, padre, vete tranquilo.
Los
patines del trineo quiebran ruidosamente la costra deshelada de la nieve.
Pajómich sacude las riendas de crin, deja
a un lado la ceniza
amontonada en la calle.
Viene un trozo de tierra
descubierta
y los patines se atascan. Los caballos
tiran con el lomo en tensión y las cabezas bajas. Aunque el vehículo está en
buenas condiciones y las bestias se
hallan bien alimentadas, a cada momento Pajómich se apea, carraspeando: es mucha la carga que han puesto.
Llegó a
lo alto de la cuesta, dio un descanso a los caballos, sudorosos, y reanudó la
marcha a un trotecillo brioso. En las
curvas, donde el deshielo se había
comido la nieve, había unos baches tremendos. Un tiempo dulce de
principios de primavera. Todo comenzaba a derretirse. Mediodía.
Había
empezado Pajómich a bordear el bosque cuando a su encuentro se le vino una troika. Y la nieve, en la
parte del bosque, formaba verdaderas montañas. El camino era estrecho y allí
resultaba imposible el paso de dos trineos en direcciones contrarias.
—¡A ver
cómo salimos de aquí!.... ¡So!....
Pajómich
detuvo los caballos, bajó del trineo y se descubrió. El viento lamió su cabeza,
gris y sudorosa. Se quitó el gorro
miserable que le cubría porque había reconocido el tiro del coronel Borís
Alexándrovich Chernoiárov. Y hacía ocho años que venía arrendando unas tierras
al coronel.
La troika
se acercaba. Los cascabeles
conversaban a media voz entre sí. Se
veía la espuma que caía de los belfos de los caballos laterales y la
respiración fatigosa del de varas. El cochero se puso en pie y agitó el látigo.
—¡Apártate,
cuervo canoso!.... ¿Por qué te has apoderado del camino?
Al
llegar a la altura del otro detuvo los caballos. Pajómich,
enredándose en los faldones del capotón,
descubierto, corrió hacia el trineo e hizo un profundo saludo.
Desde el
trineo, tapizado con piel de oso, unos ojos fijos, que no parpadeaban, se
clavaron en él. Los labios estriados, rasurados hasta dejarlos azules, estaban
torcidos.
—¿Pog
qué, canalla, no me cedes el camino? ¿Disfg-utas de la libeg-tad bolchevique?
¿Es la igualdad de deg-echos?
—¡Señoría
ilustrísima!.... En el nombre de Cristo se lo pido, sálgase usted. Usted va de
vacío, mientras que yo... Si me salgo del camino no podré entrar de nuevo.
—¿Pog tu
culpa voy a meteg en la nieve unos caballos de pug-a sangg-e? ¡Eg-ues un
canalla!....
¡Te voy a
enseñag a g-espetag a los oficiales y a cedeg-les el camino! ,..
Voló la
manta que le cubría las piernas y el guante de cabritilla cayó en el asiento.
—¡Ag-tiom,
dame el látig-o!
El
coronel Chernoiárov saltó
del trineo y descargó un latigazo que hirió a Pajómich en el entrecejo.
El viejo
lanzó un gemido, se tambaleó y se llevó las manos a la cara. Entre los dedos
corrió la sangre.
—¡Toma,
miseg-able, toma!....
Tiró de
la barba gris de Pajómich, jadeante y echando saliva.
—Os voy a
ag-ancag el espíg-itu de la guag-dia
g-oja. ¡Pag-a que g-ecueg-des, canalla, al cog- onel Cheg-noiág-ov! ¡Pag-a que
lo g-ecuegdes!...
Sobre la
costra derretida de la nieve oscila el arco azul del tiro. Los cascabeles
rumorean algo incomprensible... A un lado del camino, rompiendo los tirantes,
se debaten los caballos de Pajómich. El
trineo volcado, con el timón roto, es la estampa de la mansedumbre y la
impotencia. Él mira alejarse la troika con ojos fijos, que no parpadean. La
seguirá así hasta que en la bajada no se oculte la parte trasera del trineo,
curvada como un cuello de cisne.
Nunca,
hasta el fin de su vida, olvidará Pajómich al coronel Borís Alexándrovich
Chernoiárov.
III
LA VIEJA
DE PAJÓMICH vuelve de la fuente con los cubos.
En
los sauces, vergonzosamente desnudos,
alborotan los grajos.
Más allá de las casas, en la loma, entre las aspas del molino de
caperuza roja, el sol se acuesta para pasar la noche. En las
zanjas,
el agua carraspea con esfuerzo y sacude las cercas. El cielo es como una flor marchita de cerezo.
Al llegar
al patio ve ante el portón un cochecillo. Los caballos son de postas, con la
cola muy recortada. Entre sus patas, las gallinas, insolentadas y friolentas,
escarban en los cagajones humeantes. Del cochecillo, recogiendo los faldones de
su capote de oficial, se apea un hombre alto, delgado, con gorro alto de
astracán. Vuelve hacia la vieja un rostro aterido.
—¡Míshenka! ¡Hijo! ,.. ¡No te esperábamos!....
Abandona
el balancín con los cubos, se arroja a
él, sus labios secos no alcanzan los labios del joven, se aprieta contra su
pecho y besa los botones relucientes y el paño gris.
La blusa
de la madre, llena de rotos, huele a boñiga. Él se aparta ligeramente, sonríe y
con una bocanada de vapor caliente deja escapar a la cara de la madre:
—No está
bien en medio de la calle, mamá... Indique dónde se pueden poner los caballos,
y mi maleta que la lleven al cuarto. Tú, cochero, entra al patio, ¿me oyes?
IV
SUBTENIENTE
DE LAS TROPAS cosacas. Las insignias, flamantes. La barba, rala y afeitada. Es
suyo, carne de su carne, pero Pajómich se siente ante él como si fuera un
extraño.
—¿Has
venido para mucho tiempo, hijo?
Mijaíl
permanece sentado junto a la ventana; con sus dedos, pálidos, no habituados al
trabajo, tamborea en la mesa.
—Vengo de Novocherkassk con una misión especial del Atamán del
Ejército. Estaré, seguramente... ¡Mamá! Limpie la mesa, está sucia de leche,..
Estaré un par de meses.
Ignat
llegó de la cuadra, dejando la huella de sus sucias botas.
—¡Hola,
hermano!.... Bien venido.
—Hola.
Ignat
alargó la mano, quería abrazarle, pero se quedaron a medio camino y sus dedos se juntaron en un
apretón frío y poco amistoso.
Con una
sonrisa forzada, Ignat dijo:
—Tú,
hermano, todavía llevas hombreras. Nosotros hace tiempo que las mandamos al
diablo. Mijaíl replicó, arrugando la frente:
—Yo no he
hecho traición al honor de cosaco. Siguió un penoso silencio.
—¿Cómo
vivís? —acabó por preguntar Mijaíl, agachándose para quitarse las botas.
Pajómich, que permanecía sentado en el banco, se precipitó hacia su hijo.
—No te
molestes, Misha, yo te ayudaré: no te manches las manos...
—De
rodillas, mientras tiraba con precaución de las botas, contestó—: Vamos
viviendo. Ya se sabe lo que es nuestra vida. Y en la ciudad, ¿qué hay de nuevo?
—Que
estamos organizando a los cosacos para hacer frente a la Guardia Roja. Ignat
preguntó, con los ojos clavados en el suelo de tierra:
—¿Y qué
necesidad hay de hacerle frente? Mijaíl sonrió forzadamente:
—¿No lo
sabes? Los bolcheviques nos privan de nuestra calidad de cosacos y quieren
implantar la comuna, hacerlo todo colectivo, la tierra y las mujeres...
—¡Eso son
cuentos de vieja!.... Los bolcheviques hacen algo que a nosotros nos conviene.
—¿Qué es
lo que os conviene?
—Quitan
la tierra a los señores y la entregan al pueblo, eso es lo que hacen...
—¿Quiere
decirse, Ignat, que tú estás en favor de los bolcheviques?
—Y tú ¿en
favor de quién estás?
Mijaíl
guardó silencio. Vuelto hacia la ventana empañada, lagrimosa, trazaba en el
vidrio unos pálidos dibujos.
V
TRAS LA
BARRACA, tras las copas de los jóvenes robles, un antiguo túmulo funerario se
levanta sobre el camino del Hetman.
En el
túmulo, corroída por los siglos, hay una figura de piedra porosa. Por encima de
su cabeza, coronada de musgo, el sol pasa todas las mañanas, se encarama
y a través del velo nebuloso del
polvo, cuidadosamente —como la perra a sus cachorros—, lame la estepa, los huertos, los tejados, con
sus rayos viscosos y cálidos.
Con las
primeras luces del día Pajómich se había apartado del camino real. Llevaba el
arado y la yunta. Con pasos que la vejez hacía inseguros, midió cuatro
desiatinas, hizo restallar el látigo sobre los bueyes pardo-rojizos y empezó a
levantar aquella tierra negra.
A la
esteva iba Grishka, con la rodilla doblada, que casi tocaba el suelo. Pajómich
avanzaba por el surco lustroso,
sacudía el látigo
y contemplaba a su
hijo: el mozo no había cumplido los diecinueve años, pero en el
trabajo dejaba atrás a cualquier cosaco.
Hicieron
tres pasadas y se detuvieron. El sol empezaba
a salir. Desde el túmulo, la figura de piedra emergía del suelo mirando
a los labradores con ojos sin pupilas, en tanto los rayos solares la teñían de
rojo, como si estuviese modelada en fuego. En el camino, el viento levantó una
columna vacilante de polvo harinoso. Grishka se quedó mirando: un hombre a caballo venía al galope hacia ellos.
—Padre, ¿no es ése Mijailo?
—Parece
que sí...
Mijaíl
llegó, dejó en el lugar donde habían acampado el caballo bañado en sudor y
corrió hacia los labradores, tropezando en los surcos. Al llegar junto a ellos
respiraba trabajosamente, como un potro después de una larga galopada.
—¿De
quién es la tierra que estáis labrando?
—Nuestra.
—¿No son
éstos los campos del coronel Chernoiárov? Pajómich se sonó con los dedos, con
los faldones de la camisa de lienzo se limpió la nariz y dijo grave y
lentamente: —Antes eran de él, hijo.
Ahora son nuestros, del pueblo... Mijaíl gritó, poniéndose blanco:
—¡Padre!
¡Sé quién tiene la culpa de esto!.... ¡Ignat y Grisha te van a llevar por mal
camino!.... Deberás responder de la ocupación de una propiedad que no es tuya.
Pajómich
inclinó la cabeza, tozudo:
—¡La
tierra es ahora nuestra! No hay ninguna ley que permita tener más de mil
desiatinas... ¡Se acabó todo eso! Es la igualdad de derechos...
—¡No
tienes derecho a arar una tierra que es de otro!....
—Nadie le
ha dado a él derecho a apoderarse de la estepa. Nosotros sembramos en tierras salitrosas, él ha
ocupado las tierras negras y ya son tres
años que ni siquiera las siembra. ¿Hay derecho a eso?...
—Deja de
labrar, padre. De lo contrario, ordenaré al atamán que te detenga...
Pajómich
se volvió bruscamente hacia él y gritó, congestionado y moviendo
convulsivamente la cabeza:
—El
último dinero ahorré para darte una carrera... ¡Eres un miserable, hijo de
perra! Mijaíl, lívido, replicó, haciendo rechinar los dientes:
—Te voy a
enseñar, viejo... —y dio un paso hacia el padre con los puños apretados. Pero
viendo que Grishka acudía a saltos por encima de los surcos, con una barra de
hierro en la mano, metió la cabeza entre los hombros y, sin volver la vista
atrás, se dirigió hacia el jútor.
VI
LA CASA
DE PAJÓMICH era de barro. La empalizada levantada en torno al pequeño
jardinillo que la circundaba, recordaba el costillar de un esqueleto de
caballo.
Grigori
llegó del campo con el padre. Ignat estaba colocando una cama nueva de ramas en
la cuadra. Se acercó. Sus manos olían agradablemente a hojas secas.
—Nos
llaman en la dirección, Grigori. Hay asamblea general del Jútor.
—¿Para
qué?
—Es la
movilización, según dicen... La Guardia Roja ha ocupado el Jútor Kalínov.
Tras la
cerca de la era se extinguía, se
apagaba la aurora vespertina. En un montón
de paja rojiza, un rayo de sol había quedado olvidado. Una ráfaga de
viento del Este dispersó el montón y se apagó el rayo.
Grishka
limpió el caballo y le echó un pienso. El viudo Ignat, sentado en los torcidos
escalones del portal, jugaba con su hijo, un niño de seis años. Grishka miró al
pasar los ojos de su hermano, arrugados por la risa, y murmuró:
—Esta
noche tenemos que marchar a Kalínov. Aquí nos van a movilizar... A la madre,
que estaba sacando un ternero del zaguán, le dijo:
—Prepáranos
una muda a Ignat y a mí. Y pan de galleta...
—¿Adónde
os lleva el demonio?
—A donde
nos guían los pasos.
Hasta
bien entrada la noche no se acalló en la sala de reuniones del Jútor el rumor
de las voces. Pajómich volvió de allí antes de oscurecer. En la puerta del granero, donde dormía
Grishka, se detuvo. Permaneció así unos instantes y se sentó en la piedra del
umbral. Una sensación penosa de angustia le inundaba el pecho, su corazón
se estremecía en lentos latidos,
en los oídos sentía un zumbido punzante y continuo. Escupió al pálido reflejo
de la luna que salía de un charco helado y sintió dolorosamente que la vida
bien ordenada, a la que estaba
acostumbrado, se iba sin volver la vista
atrás y que difícilmente volvería.
En los
huertos, por la parte del Don, los perros ladraban furiosamente; en la pradera
resonaba pausado y preciso el canto de la codorniz. La noche había extendido
sus alas sobre la estepa y una neblina lechosa envolvía los patios. Pajómich
carraspeó, la puerta chirrió al ser abierta.
—¿Duermes,
Grisha?
El
granero olía a silencio y a trigo. El viejo dio unos pasos hasta tocar el
capotón de piel de oveja.
—Grisha,
¿estás dormido?
—No.
Pajómich
se sentó en el borde del capotón. Grisha oyó cómo las manos del padre bailaban
en un temblor leve e incesante. Dijo el viejo con voz sorda:
—Me voy
con vosotros... quiero ir... con los bolcheviques...
—¿Qué
dices, padre?... ¿Y la casa?... Además, eres viejo...
—¿Qué
importa si soy viejo? Puedo incorporarme a servicios auxiliares... y también
puedo montar a caballo... De la casa,
que se encargue Mijailo... Para él somos
unos extraños, y la tierra también
le es extraña...
Que viva como le
parezca, Dios le
juzgará. Nosotros nos
iremos a conquistar la tierra que
a todos alimenta.
Los
primeros gallos cantaron
con voz discorde. La aurora se asomó sobre el Don, tras
la empalizada del bosque. Tímidas y cautas, se arrastraron las sombras al desvanecerse.
Pajómich
sacó tres caballos, les dio de beber, alisó cuidadosamente los sudaderos y los
ensilló. A la vez que la vieja de
Pajómich,
sollozó el portón de la era. Los cascos de los animales resonaron sonoramente
por la tierra salitrosa.
—Debemos
ir por la pista de verano, padre. Por el camino podrían encontrarnos —dijo
Ignat a media voz.
El
cielo había clareado.
El rocío cubría la hierba de
gotas melosas y heladas.
La mañana avanzaba desde el otro lado del Don, desde las arenas movedizas
de color limón.
VII
SOBRE EL
UNIFORME CAQUI del coronel Chernoiárov, las estrellas de su graduación habían
sido modestamente pintadas con lápiz tinta. Las mejillas del coronel eran
carnosas y cubiertas de venillas azules. La voz de barítono, aristocrática y gangosa, rebotaba en las
paredes, cubiertas de telarañas, de la sala de reuniones. Los dedos, rosáceos y
gordezuelos, bien cuidados, se movían en
ademanes contenidos y plenos de distinción.
Le
rodeaba un círculo sudoroso y apretado de cálidos alientos que olían a humo de
tabaco fuerte y a trigo fermentado. Gorros altos de piel, de tapa roja, barbas
de todos los colores. Bocas abiertas que
atrapan ávidamente la voz
gangosa y desagradable de
barítono, que sale
de unos labios devorados por una enfermedad maligna:
—Queg-idos
paisanos... Desde tiempo inmemog-ial fuisteis el fig-me sostén del padg-ecito
zag y de la patg-ia. Ahog-a, en estos
momentos de gg-an confusión, toda G-usia
vuelve los ojos hacia vosotg-os... ¡Salvadla de la infamia a que la conduce el
bolchevismo!.... Salvad vuestg-as pg- opiedades, a vuestg-as
esposas y a vuestg-as
hijas... Como ejemplo de buen cumplimiento del debeg cívico puede seg-vig el de vuestro
paisano, subteniente Mijaíl Kg-amskov: fue el pg-imeg-o en comunicag-nos que su
padg-e y sus dos heg-manos se
habían pasado a los bolcheviques. Y el
pg-imeg-o —como hijo veg-dadeg-o del Don apacible— en acudig en su defensa...
Los
cosacos de nuestro jútor, Piotr Pajómich Kramskov y su hijos Ignat y Grigori,
que se han pasado a los enemigos del Don
Apacible, son desposeídos del título y condición de cosacos, así como de todos
los lotes de tierra. Cuando sean
capturados se les entregará al tribunal
militar del distrito de Véshenskaia.
VIII
EL
DESTACAMENTO se había detenido junto a un almiar de heno del año anterior. En
el jútor, tras la cerca de una era, repiqueteaba la ametralladora.
El
comisario, herido de un balazo que le había atravesado las mejillas de parte a
parte, se acercó en el carricoche y gritó con voz atronadora y gangosa:
—¡Esto es imposible!.... ¡Así nos van a cazar como
moscas!....
Dio un
fustazo al potro entre las orejas y tosiendo, medio ahogado por los negros
cuajarones de sangre, se acercó al oído del comandante del destacamento:
—Si no
nos abrimos paso al Don, esto puede ser
el fin. Los cosacos vendrán a la carga, se armará una confusión terrible...
¡Ordena el ataque!
El
comandante, antiguo maquinista
de una fábrica
de fundición de hierro,
lento como las primeras vueltas
de un volante, levantó la cabeza, sin soltar la pipa de la boca:
—¡A
caballo!....
El
comisario se apartó como tres brazas de él y preguntó, volviéndose:
—¿Qué
crees, acabarán con nosotros? —y se alejó, sin aguardar la respuesta.
Las balas
levantaban un polvo harinoso bajo las patas de los caballos, zumbaban al
hundirse en el heno. Una de ellas arrancó del carricoche una astilla de madera
resinosa y, de paso, hizo una
caricia
al tirador de la máquina emplazada en el vehículo. Éste dejó caer el trapo
sucio manchado de pez que
tenía entre las
manos, se recogió
sobre sí mismo
y murió tal como en aquellos momentos se encontraba: con un pie
calzado y otro descalzo. Desde la parte de la vía del ferrocarril el viento
parecía como si trajese arrastrando el pitido forzado de una locomotora. En la
plataforma blindada giró hacia la estepa, hacia la fajina, hacia el grupo de
hombres que allí se acumulaban, la boca achatada de un cañón; después de escupir, entre chirridos de
cadenas, reanudó la marcha el tren blindado «Kornílov» N.° 8. El escupitajo fue
a caer algo a la derecha de la fajina. Con gran estrépito, arrancó una brazada
de humo negro y revolvió la hojarasca
que había quedado de un melonar del año anterior.
Durante
largo rato todavía, bajo el peso insoportable, siguieron llorando los carriles
oxidados, carraspearon las traviesas con sordas resonancias, mientras que en
las inmediaciones de la fajina, en la estepa, la yegua preñada de Pajómich, con
las patas rotas por la metralla, trataba en vano de incorporarse: meneaba la
cabeza entre grandes resoplidos y sus herraduras, bastante desgastadas, brillaban al sol. La
arena del suelo bebía ávidamente la espuma sonrosada y la sangre.
Con un
dolor punzante que le endurecía el corazón, murmuró Pajómich:
—Una
yegua de tan buena raza... Si lo hubiera sabido no me la habría llevado...
—¡No
hagas el tonto, padre!.... —le gritó Ignat pasando ante él al galope—. Corre a
subir a un carro. ¿No ves que vamos al ataque?
El viejo
le siguió con una mirada indiferente.
El
crepitar de la ametralladora
daba la impresión de un
lienzo que es rasgado
en pedazos. Pajómich, tumbado
sobre las cajas de munición, escupía una saliva amarga y empalagosa. Y sobre el
suelo, macerado por las lluvias de la primavera, por el sol y por los vientos
de la estepa —con sus aromas a ajedrea y
a ajenjo—, envuelto en la neblina de la calígine, flotaba el olor dulzarrón a
moho, el cosquilleo producido por el olor de las hierbas del año anterior
podridas en sus mismas raíces.
Temblaba
en el horizonte la cenefa azul del bosque, y allá arriba, sobre el lienzo
dorado de polvo extendido sobre la
estepa, la alondra se hacía eco del repiqueteo de la ametralladora. Grigori
acudió de una galopada en busca de munición.
—No te
aflijas, padre. Podremos comprar otra yegua...
Los
labios de Grigori, parduscos, estaban agrietados por el calor. Las noches de
insomnio habían inflamado sus párpados.
Con dos
cajas bajo los brazos, se alejó como un torbellino, sudoroso y sonriente.
A la
caída de la tarde llegaron al Don. Desde una vaguada, hasta que se hizo de
noche, estuvo haciendo fuego una batería. Las patrullas cosacas se dejaban ver
en las lomas. Con las tinieblas se encendió el ojo amarillo de un reflector que
husmeaba por entre los matojos de espino, en busca de caballos, de tiendas de
campaña y de hombres. Durante unos momentos, al descubrirlos, mantenía fija
sobre ellos su luz cadavérica y, a continuación, se extinguía.
Al
amanecer, en la loma vecina aparecieron densas formaciones de cosacos, una
línea tras otra, como oleadas. Desde los hirsutos espinos abrieron fuego por
descargas calculando bien el alza, afinando
la puntería. Al mediodía, el
jefe del destacamento vació la
pipa contra la suela de su remendada bota, recorrió a todos con una
mirada pesada e indiferente y dijo:
—No hay
modo de resistir, camaradas...
Cruzad el río a nado.
A diez verstas está el
Jútor
Grómov.
Allí se encuentran los nuestros
—concluyó con voz cansada.
Mientras
desensillaba el caballo, Grishka gritó a su padre:
—¿A qué
esperas?
—¡Es una
tontería!... —dijo severamente Pajómich, aun-que la mandíbula inferior le
temblaba—
. Échate
al agua, Grisha... Quítale la brinda al caballo... Yo... ya soy viejo...
—¡Adiós,
padre!....
—¡Que
Dios te acompañe, hijo!....
—¡Anda,
pelado! Pero ¡entra en el agua, demonio!....
Se metió
hasta la cintura, hasta el pecho. Sólo 1.1 cabeza de Grishka con las cejas
fruncidas y las orejas alertadas del caballo sobresalían ya sobre el agua.
Pajómich apretó el
cargador con sus dedos chatos,
hizo puntería contra las siluetas
que se acercaban corriendo a
saltos. Luego extrajo el último cartucho, humeante, y levantó las peludas
manos:
—¡Esto se acabó, Ignat!
A
bocajarro, Ignat disparó sobre el morro del caballo, se sentó con las piernas muy abiertas, escupió en los
guijarros húmedos, besados por las ondas, y se rasgó la camisa caqui hasta la
cintura.
IX
A LA HORA
DEL DESAYUNO, Mijaíl se retorcía
satisfecho las guías del bigotito que guardaba las huellas del fijador.
—Ahora, madre, me han ascendido a teniente para
premiar mi celo en extirpar el bolchevismo. Conmigo no se gastan bromas. A las
primeras de cambio, ¡al paredón!
La madre
dejó escapar un suspiro:
—¿Y los
nuestros, Misha?... Podía ser que vinieran...
—Yo,
madre, como oficial e hijo fiel del Don apacible, no debo tener presente
ninguna relación de parentesco. Aunque sea mi padre, aunque sea mi mismo
hermano, los entregaré al tribunal...
—¡Hijo!....
¡Mishenka!.... ¿No piensas en mí?... A todos vosotros os amamanté a mis pechos, a todos os quiero
por igual...
—¡No es
el momento de sentir compasión!.... —sus
ojos se detuvieron severos en el hijito de Ignat—. Y a este cachorro, a este aborto de comunista,
lléveselo de la mesa o le
retorceré el cuello... Mira como un lobezno... Cuando llegue a
mayor será bolchevique, como su padre...
X
EN EL
HUERTO, a orillas del Don, huele
a agua del deshielo
y a los primeros brotes
de los álamos. Las ondas de
blanca cresta balancean a los patos silvestres, las cercas del huerto están
medio hundidas en el agua.
La vieja
de Pajómich está
plantando patatas, se mueve
entre los surcos
con esfuerzo. Al inclinarse, la
sangre le afluye a la cabeza y siente mareos. Permanece un rato de pie y se
sienta. En silencio, mira las negras
venas que se confunden en los
brazos en caprichoso nudo. Sus labios, hundidos, bisbisean sin ruido.
Tras la
cerca, el hijo de Ignat juega en la arena.
—¡Abuela!
—¿Qué
quieres, Aliushka?
—Mira,
abuela, qué ha traído el agua.
—¿Qué ha
traído, querido?
La vieja
se levanta, clava sin prisa la pala en el suelo, suena el chirrido de la
puerta. En un banco de arena de orilla, con las patas en tierra, la piel de un
caballo muerto reluce en el agua. Su vientre se ha reventado oblicuamente y el
viento trae el olor a carroña.
Se acerca
más.
Unas
manos humanas, muertas, se aferran al cuello del caballo. En la izquierda, la
brida sigue fuertemente ligada. La cabeza permanece echada hacia atrás y el
pelo está caído sobre los ojos. La vieja mira sin pestañear los labios que,
comidos por los peces, ríen dejando ver el arco muerto de los dientes. Cae de
bruces...
Con los
mechones grises colgando, a gatas, entra en el agua, abraza la negra cabeza y
muge:
—¡Grisha!
¡Hijo-o!....
EXTRACTO
DE LA ORDEN DEL DÍA N.° 186
Por su
abnegación y el trabajo infatigable demostrado en la obra de extirpar el
bolchevismo en el territorio del Distrito del Alto Don, el teniente Mijaíl
Kramskov es ascendido a subcapitán, con el destino de comandante del Tribunal
Militar de Campaña de N.
El
Comandante en Jefe del Frente Norte.
Mayor
General M. IVANOV. El ayudante (ilegible).
XI
EL CAMINO
ES UNA BRASA. La escolta a caballo y los dos conducidos. Las plantas de sus
pies son una herida purulenta. En paños menores, con la ropa endurecida por la
sangre. Por los jútores, por las calles, humillados
por la gente y bajo el
fuego cruzado de los
golpes. Por la tarde del segundo día llegaban a su propio
jútor. El Don y la crestería azulenca de las montañas de creta, semejantes a un
apretado hato de ovejas. Pajómich se inclinó y arrancó una mata de trigo verde.
Le era difícil mover los labios:
—¿La
conoces, Ignat?... Es nuestra tierra... la que Grisha y yo hemos arado... A sus
espaldas silbó el látigo trenzado.
—¡A
callar!....
En
silencio, con la cabeza inclinada, avanzan por el Jútor. Sus pies se hacen de
plomo. Junto a la cerca, junto a la casa de barro. Pajómich mira al patio
recubierto de hierbajos y se frota el pecho en el lugar donde siente un
pinchazo, donde, grande y torpe, se extiende el corazón.
—¡Padre!
Madre está en la era,..
—No la
veo...
De nuevo
a sus espaldas:
—¡Silencio,
canallas!....
La plaza,
invadida por las rizadas hierbas. La dirección. Un numeroso grupo a la entrada.
—¡Hola,
Pajómich! ¿De verás que te fuiste a la conquista de la tierra?
—Ha
conquistado una braza en el cementerio.
—Esto le
servirá de lección al viejo perro.
Pajómich
levanta un dedo de abultada uña, como el caparazón de la tortuga, y dice,
respirando fatigosamente:
—Podéis
hacer lo que queráis. Podemos morir, podemos perder nuestros bienes, pero a vosotros... os pedirán cuentas. ¡La
justicia no está de vuestra parte!
Se
acercó a Pajómich su vecino
Anísim Makéiev, se enderezó
y en silencio, enseñando los
dientes entre la barba rojiza, le descargó un golpe en la cabeza.
—¡Duro
con ellos! —resonó un grito a sus espaldas.
Con un
resoplido de fiera se cerró la muda ola
humana, formando una confusión
revuelta y furiosa de gorros de tapa
roja. Bajo el redoble de los pies resonaban pegajosos y blandos los golpes...
Pero del portal de la dirección Mikishara se lanzó como un milano,
introduciéndose como una cuña en
la alborotada masa.
Con la camisa desgarrada,
pálido, con la boca
desencajada, vociferó:
—¡Hermanos!....
¡Los del frente!.... ¡No permitáis este asesinato!.... —Desenvainó el
sable y blandió el acero reluciente—. No
quieren ir al frente y aquí... ¿Aquí son capaces de matar a quien quieran?
—¡Duro
con Mikishara! ¡Se ha vendido a los bolcheviques!....
Mikishara
y otros ocho hombres llegados del frente con permiso formaron un verdadero
muro, defendiendo de la multitud a Ignat y Pajómich.
Los
viejos insistieron todavía
un poco y, en pequeños grupos,
se dispersaron por la plaza. Anochecía...
* * *
—Deseag-ía escucha-g su palabg-a decisiva, subcapitán.
Se compg-ende, estamos en el debeg
de fusilag-los, pe-go,
después de todo, se tg-ata de su padg-e y de su heg-mano... ¿Tiene
la intención de integ-cedeg en favog de ellos ante el atamán del
ejég-cito?...
—Yo,
señoría, he servido y serviré de todo corazón al zar y al Gran Ejército del
Don... Con un gesto de actor trágico:
—Tiene
usted, subcapitán, un alma noble y un cog-azón valeg-oso. Peg-mítame que, según la costumbg-e g-usa, le bese en
g-econocimiento a la abnegación demostg-ada
en el seg-vicio al tg- ono y a la patg-ia...
Tres
besos en las mejillas y una pausa.
—¿Qué
opina usted, queg-ido subcapitán?, ¿no pg-ovocag-á el fusilamiento la ig-itación entg-e
las capas
más pobg-es de la población cosaca?
El
subcapitán Mijaíl Kramskov guardó un silencio prolongado. Luego, sin levantar
la cabeza, dijo con voz sorda:
—Entre
los muchachos de la escolta hay gente
segura... Con ellos los podemos
mandar a la cárcel de
Novocherkassk... No se irán de la
lengua. Y los detenidos, a veces, tratan de escapar...
—¡Le
compg-endo, subcapitán!.... Puede contag con el ascenso a capitán. ¡Peg-mítame
que estg- eche su mano!....
XII
EL
COBERTIZO DESTINADO a los prisioneros, como un nido de arañas envuelto en sus hilos,
está rodeado de alambre espinoso.
Dentro de él se encuentran Ignat
y Pajómich, con las caras tumefactas y violáceas; por fuera están
el pequeño hijo de Ignat, con la gorra del padre, y la vieja de Pajómich, que, con las
manos apretando el alambre, permanece inmóvil en su angustia, abre y cierra
sus sanguinolentos párpados.
Mantiene la boca
contraída, pero de
sus ojos no brotan lágrimas: ya las ha llorado todas.
Pajómich
mueve trabajosamente la partida lengua:
—Que
Lúkich siegue el trigo. En pago, dale la ternera de un año. Se muerde los
labios y rompe en una tos seca:
—¡No te
atormentes por nosotros, vieja!....
Hemos vivido bastante... Todos hemos de
ir allí. Manda decir una misa por el descanso de nuestra alma. Pero no en
memoria de «Piotr, soldado de la
Guardia Roja», sino,
simplemente, «de Piotr, Ignat
y Grigori, caídos en la guerra»... De lo contrario, el pope no
aceptaría el encargo... Y nada más, ¡adiós, vieja!.... Haz por vivir... Cuida
al nieto. Perdóname si alguna vez te he ofendido...
Ignat
tomó a su hijo en brazos. El centinela,
como si no viese nada, se volvió de espaldas. Con los dedos temblorosos, Ignat
construyó al pequeño un molino.
—Padre,
¿por qué tienes sangre en la cabeza?
—Es un
golpe que me he dado, hijo.
—¿Y por
qué ese hombre te pegó con el fusil cuando salías del cobertizo?
—¡Él es
así!.... Lo ha hecho adrede, en broma...
Guardan
silencio. Los juncos producen un leve rumor bajo las uñas de Ignat.
—¿Vamos a
casa, padre? Allí me podrás terminar el molino.
—Idos vosotros,
la abuela y tú, hijo... —Los labios
de Ignat tiemblan
lastimosamente, se crispan—. Yo
iré más tarde...
Ignat camina
por el patio como un lobo encadenado. Arrastra la
pierna, medio rota por un culatazo, y aprieta contra el
pecho el pequeño cuerpecito, lo aprieta, lo aprieta.
—Padre,
¿por qué tienes los ojos mojados? Ignat guarda silencio.
Se han
apagado las últimas luces del crepúsculo. De los prados, de los pantanos y de
los matorrales de aliso y de arce, viene sobre los huertos una neblina que se
posa formando las finas gotas plateadas del rocío. La hierba se ha pegado
contra el suelo, ahora frío y húmedo.
Del
cobertizo salieron en grupo compacto. El oficial de gorro de piel de astracán,
alto y delgado, dijo a media voz, lanzando una vaharada de aguardiente:
—¡No los
llevéis lejos!.... A la salida del jútor, entre la retama!....
En el
silencio, los pasos sonoros alertados y el rechinar de los cerrojos de fusiles.
La noche
había llegado sin estrellas, era una noche
de lobos. La estepa violácea había enmudecido al otro lado del Don. En
la loma, pasados los trigales en pleno crecimiento, en una barranca lavada por
las aguas primaverales, entre el olor de hojas descompuestas, esa misma noche una loba paría: gemía como
una mujer de parto, mordía la arena empapada en sangre, y al lamer el primer
lobezno, áspero y mojado, escuchó en las inmediaciones, viniendo de la vaguada,
de los matorrales, dos sordos tiros de fusil y un grito de hombre.
Levantó
las orejas, alarmada, y en respuesta al grito breve y quejumbroso, dejó oír un
aullido ronco y desgarrado.
1925
UN PADRE
DE FAMILIA
EL SOL SE
OCULTA a las afueras de la stanista, entre el débil verdor de las erizadas
ramas. Voy de la stanitsa hacia el vado del Don. Bajo los pies, la arena
húmeda huele a podredumbre, hace recordar el olor de un árbol
descompuesto e hinchado bajo el agua. El
camino, como la confusa huella que deja la liebre, se desliza por los
matorrales. El sol, que ha aumentado de volumen y se ha hecho de un color
bermejo, se ha escondido tras el cementerio, y, siguiendo mis pasos, el
anochecer azul envuelve las ramas.
La barca
está amarrada al embarcadero, el agua violácea chapotea contra ella; bailando e
inclinándose, gimen los remos en los toletes.
El
barquero, provisto de un
cubo, achica el agua
que cubre el
fondo como de gamuza. Levantando
la cabeza, me mira con sus ojos oblicuos y amarillentos. Gruñe con desgana:
—¿Vas a
la otra orilla? Ahora mismo salimos, ¡suelta la amarra!
—¿Deberemos
remar los dos?
—Hay que
hacerlo. La noche se echa encima y no se sabe si vendrá o no vendrá más gente.
Remangándose los calzones, me mira de nuevo y pregunta:
—Tú no
eres de estos lugares... ¿De dónde te trae Dios?
—Vengo
del ejército, voy a casa.
El
barquero se quita la gorra, echa hacia
atrás el pelo con un movimiento de cabeza. Es un pelo parecido a la plata
nielada del Cáucaso. Me guiña un ojo y muestra unos dientes comidos por la
caries.
—¿Cómo
vienes?, ¿con permiso o te has escapado?
—Desmovilizado.
Han licenciado a mi quinta.
—Ya, así
es más tranquilo...
Empuñamos
los remos. El Don, como jugando, nos arrastra hacia un bosquecillo inundado de
la orilla opuesta. El agua roza con sonido seco el rugoso fondo de la barca.
Los pies descalzos del barquero, surcados por unos tendones azules, se hinchan
en fajos de músculos; las plantas lívidas resbalan al
apoyarse en el
travesaño. Sus manos
son largas y huesudas,
con unos dedos de articulaciones muy abultadas. Él es alto, estrecho
de espaldas, su manera de
remar es torpe, se encorva mucho, pero el remo cae dócilmente
sobre la cresta de las ondas y penetra profundamente en el agua.
Yo
escucho su respiración acompasada; su camiseta de lana despide un penetrante
olor a sudor, a tabaco y al agua del río. Suelta el remo y se vuelve hacia mí.
—Me
parece que nos vamos a meter entre los árboles. Es una broma pesada, pero no
hay nada que hacer, muchacho.
La
corriente es más fuerte en el centro. La
barca da un brinco, sacude desobediente la parte trasera y tuerce hacia el
bosque. Media hora después llegamos a
los sauces casi hundidos en el agua. Los remos se han roto. Uno de los pedazos
se mueve enfadado en el tolete. El agua se filtra, rumorosa, por una pequeña
vía. Nosotros nos vemos obligados a instalarnos en un árbol y pasar allí la
noche. El barquero rompe con los pies unas ramas y se acomoda a mi lado. Sin cesar de dar chupadas a su pipa de barro, habla, a la vez que
presta atención al batir de las alas de los gansos, que cortan la viscosa
oscuridad sobre nuestras cabezas:
—Vas a tu
casa, a reunirte con la familia... Tu madre, seguramente, te está esperando:
vuelve el hijo, el sostén de la casa, el que dará calor a su vejez. Pero tú es
seguro que no piensas debidamente en que ella, tu madre, pasa los días
suspirando, pensando en ti, y de noche se deshace en lágrimas... Todos
vosotros, los hijos, sois así... Hasta que no tenéis hijos vuestros y vuestra
alma conoce los sufrimientos de los padres. ¡Y no es poco lo que a cada uno le
toca pasar!....
A veces,
cuando la mujer abre un pescado, rompe la hiel. Uno lo come, pero el guiso
tiene un sabor amargo que no se
puede sufrir. Pues eso me ocurre
a mí: vivo, pero a la hora de
comer siempre me toca lo más amargo. En ocasiones uno se dice: «¿Cuándo va a
terminar esta vida?»
Tú no
eres de aquí, eres forastero. Dime tal y como te dicte la razón: ¿en qué dogal
he de meter la cabeza?
Tengo una
hija, Natashka, que este año va a
cumplir las diecisiete primaveras. Pues bien, me suele decir:
—Me
resulta imposible, padre, sentarme a la mesa a comer contigo. En cuanto miro tus manos, recuerdo
que con ellas has dado muerte a mis hermanos y siento ganas de vomitar...
La perra
no comprende por qué lo hice. ¡Todo fue por ellos mismos, por los hijos!
Me casé
joven. Mi mujer era muy paridora, me trajo ocho pequeños, y al dar a luz el
noveno falleció. Lo tuvo, sí, pero al quinto día la mataron las calenturas...
Me quedé más solo que una chocha en el
pantano, aunque de los hijos Dios no se
llevó a ninguno por mucho que yo se lo
pedía... El mayor se llamaba Iván... Se
parecía a mí, era muy moreno y bien
parecido... Un cosaco de buena planta y muy trabajador. Otro de los hijos,
cuatro años más joven que Iván, salió a
la madre: bajo, corpulento, de pelo rubio, casi blanco, y ojos castaños. Era mi favorito, el que yo
quería más. Se llamaba Danilo... El resto eran chicas y gente menuda. Casé a
Iván con una moza de nuestro jútor y no tardó en tener un hijo. También tenía
pensado casar a Danilo, pero vinieron unos tiempos revueltos. ¡En nuestra
stanitsa se produjo un levantamiento contra el poder soviético! Al día
siguiente se presentó Iván en mi casa.
—Padre
—me dijo—, vámonos con los rojos. ¡Por Dios se lo pido! Debemos ponernos de su
parte, es un poder que no puede ser más justo.
Danilo
insistió en lo mismo. Durante largo rato trataron de convencerme, pero yo les
dije:
—No os
fuerzo, idos si queréis, yo no me moveré de aquí. Además de vosotros tengo a
otros siete y cada boca pide un bocado.
Ellos se
fueron del lugar
y nuestra stanitsa se armó como pudo. A mí me agarraron y me mandaron al frente. Yo había dicho ante
la asamblea:
—Señores
ancianos, todos vosotros sabéis que yo soy padre de familia. Tengo a mi cargo
siete hijos pequeños. Si me matan, ¿quién se va hacer cargo de mi familia?
Insistí
que si esto, que si aquello, pero inútilmente... Me movilizaron, sin hacer caso
a mis palabras, y me mandaron al frente.
La
primera línea pasaba
justamente por las afueras
de nuestro jútor. Y en una ocasión,
en vísperas de Pascuas, trajeron nueve prisioneros. Entre ellos estaba
Danílushka, mi tesoro querido... Los condujeron a la plaza, al comandante. Los
cosacos salieron a la calle alborotando:
—¡Hay que
matar a ese canalla! ¡En cuanto los saquen del interrogatorio, duro con
ellos!....
Yo estaba
entre ellos y las rodillas me temblaban, pero trataba de disimular mis
sentimientos. Danílushka... Miré alrededor y vi que los cosacos cuchicheaban y
me señalaban con la cabeza... El sargento Arkashka se me acercó, preguntando:
—Di,
Mikishra, ¿ayudarás a matar a los comunistas?
—¡Sí ayudaré a matar a esos criminales, a esos
hijos de perra!....
—Toma, pues, esta bayoneta y colócate junto al
portal. —Me dio la bayoneta y añadió riendo—: Te estaremos observando,
Mikishara... Mira cómo te portas, o te irá mal.
Me puse
junto al portal, pensando: «Purísima Virgen, ¿es posible que vaya a matar a mi
propio hijo?»
Oí que
dentro del edificio daban una orden. Sacaron a los prisioneros. El primero de
ellos era mi Danilo... Le miré y se me heló el alma... Su cabeza estaba
hinchada, del tamaño de un cubo, como si la hubieran desollado... La sangre se
le había hecho un pegote. Se la protegía con unos guantes muy gruesos para que
no le golpeasen en ella...
Los guantes se habían empapado de
sangre y estaban adheridos al pelo... En el camino hasta el jútor no habían
cesado de pegarles... Al pasar por el zaguán se tambaleaba. Me miró y alargó
las manos...
Quería
sonreír, pero sus ojos estaban cubiertos de cardenales, y uno lleno de
sangre...
Lo
comprendí todo: si yo no le golpeaba,
me matarían a mí y los
pequeños se quedarían
huérfanos... Llegó junto a mí.
—¡Adiós,
querido padre! —dijo.
Las
lágrimas le lavaban la sangre de la cara, yo... a duras penas pude levantar la
mano... como si se hubiera hecho de piedra... En el puño apretaba la bayoneta.
Le golpeé con la parte que encaja en el cañón del fusil. Le pegué algo más
arriba de la oreja... Él lanzó un grito, trató de protegerse la cara con las
manos y cayó por los peldaños del portal... Los cosacos se echaron a reír:
—¡Dale
fuerte, Mikishara! ¡Parece que sientes compasión de tu Danilka!.... ¡Pégale, o
te sacaremos la sangre!....
El
comandante salió al portal. Aunque cubrió a los cosacos de denuestos, en sus
ojos se veía la risa... Cuando
empezaron a golpearlos con las
bayonetas, se me enturbió la vista. Eché a correr hacia una calleja, al volverme vi
que a mi Danílushka lo arrastraban por el suelo. El sargento le había clavado
la bayoneta en la garganta y únicamente se oía un estertor: grrr.
Abajo,
bajo la presión del agua, crujían las tablas de la barca; el agua no cesaba de
entrar. El sauce temblaba y rechinaba
largamente. Mikishara tocó con el pie la proa de la barca, que se había
levantado, y dijo, dejando escapar de la pipa un haz de chispas amarillas:
—Nuestra barca se hunde, tendremos que permanecer en el sauce hasta mañana al mediodía.
¡Vaya
suerte!....
Permaneció
largo rato en silencio y luego, bajando el tono, dijo con voz ronca:
—Esto me
valió el ascenso a cabo primero...
Mucha agua ha corrido por el Don desde entonces,
pero hasta hoy día, en ocasiones, de noche me
parece escuchar un estertor
de alguien que se ahoga...
Es como entonces, cuando
salía corriendo, que oí el estertor de Danílushka... Es la conciencia,
que me está matando...
Hasta la
primavera sostuvimos el frente contra los rojos.
Luego se nos unió el general
Sekretiov y echamos a los
rojos a la otra orilla del Don, a la provincia de Sarátov. Yo soy padre
de familia, pero no me hicieron concesión alguna, porque mis hijos se habían
ido con los bolcheviques. Llegamos hasta la ciudad de Balashov. De Iván —el
hijo mayor— no tenía la menor noticia. No sé cómo los cosacos se enteraron de que se había ido de los rojos y prestaba
servicio en nuestra batería número treinta y seis. Los paisanos me amenazaban:
«Si encontramos a Vanka le sacaremos el alma del cuerpo.»
Un día
ocupamos una aldea. La treinta y seis estaba allí...
Encontraron a mi Iván y, maniatado, lo condujeron a la
soinia. Los cosacos lo molieron a palos y me dijeron:
—¡Llévalo
al puesto de mando del regimiento!
El puesto
de mando se encontraba a unas doce verstas de esta aldea. El jefe me
dio un papel y me dijo, sin mirarme a los ojos:
—Aquí
tienes este papel, Mikishara. Lleva a tu hijo al puesto de mando: contigo irá
más seguro, no tratará de escapar de su padre...
El Señor
me iluminó en aquel momento. Me di cuenta:
me mandaban a mí pensando que yo
dejaría escapar a mi hijo. Luego lo agarrarían y me matarían a mí...
Llegué a
la casa en que tenían preso a Iván y dije a la gente de la guardia:
—Entregadme
al detenido, debo llevarlo al puesto de mando.
—Tómalo
—dijeron—. No tenemos inconveniente.
Iván se
echó al capote sobre los hombros; el gorro lo cogió, le dio unas vueltas entre
las manos y acabó por dejarlo en el banco. Salimos de la aldea. Subimos a la loma
vecina, él callado y yo callado también. Volví la vista atrás,
quería convencerme de si nos seguían.
Llegamos a la mitad del campo, dejamos atrás una capilla, a nuestras espaldas
no se veía a nadie. Iván se volvió hacia mí y dijo con voz lastimera:
—Padre, es lo mismo, en el puesto de mando acabarán
conmigo. ¿Es que tienes la conciencia dormida?
—No,
Vania —le dije—, no la tengo dormida.
—¿Y no te
da pena de mí?
— Sí, me
da pena, hijo, mi corazón siente una angustia mortal...
— Pues si
es así, déjame marchar... ¡Es tan poco lo que he vivido en este mundo!
Se dejó
caer en medio del camino y me hizo tres profundas inclinaciones. Yo le
contesté:
—Cuando
lleguemos a los barrancos, hijo, tú echa a correr. Yo, para cubrir las apariencias, dispararé contra ti un par de
veces...
Figúrate
que cuando era pequeño nunca se le podía sacar una palabra de cariño. Pues
entonces se arrojó sobre mí y
empezó a besarme las
manos... Seguimos un par de
verstas, él callado y yo callado también. Nos acercamos a los
barrancos, él se detuvo.
—Bueno,
¡despidámonos, padre! Si salgo de ésta con vida, te guardaré respeto hasta la
muerte, jamás oirás de mí una palabra grosera...
Me
abrazó, mi corazón sangraba.
—¡Vete,
hijo! —le dije.
Corrió
hacia los barrancos, no cesaba de volver la vista atrás y de decirme adiós con
la mano. Dejé que se alejara viente
brazas, me eché el fusil a la cara, y
rodilla en tierra para que no
temblara
la mano, disparé contra él... por la espalda...
Mikishara
estuvo largo rato buscando la bolsa del tabaco, tardó largo rato en hacer fuego
con el pedernal. Encendió la pipa, haciendo chascar los labios. En el hueco de
la mano brillaba la yesca, los músculos se movían en la cara del barquero. Bajo los párpados
hinchados los ojos oblicuos miraban con dureza, sin una sombra de
arrepentimiento.
—Pues
como iba diciendo... Dio un brinco, siguió corriendo como unas ocho brazas, se
llevó las manos al vientre y se volvió hacia mí:
—¿Por qué
lo has hecho, padre? —y cayó, contrayendo las piernas.
Me
acerqué, me incliné sobre él: tenía los ojos en blanco y una espuma de sangre
le cubría los labios. Pensé que estaba en las últimas, pero él se incorporó y
dijo, agarrándome la mano:
—Padre,
tengo mujer y un hijo,..
La cabeza
se le dobló a un lado, de nuevo cayó redondo. Con los dedos se comprimía la
herida, pero era imposible hacer nada... La sangre no cesaba de salir entre los
dedos... Dejó escapar un gemido, se tumbó
de espaldas, me miró muy serio, la lengua no le obedecía... Quería decir
algo, pero no cesaba de repetir: «Padre... pa... pa... dre...» Las lágrimas me
vinieron a los ojos y empecé a hablar:
—Acepta
por mí, Vániushka, la corona del martirio. Tú tienes mujer y un hijo, yo tengo
siete pequeños. Si te hubiera dejado escapar, los cosacos me habrían dado
muerte, y los niños habrían tenido que ir por el mundo a pedir limosna...
Después
de un rato expiró sin soltar mi mano, que apretaba entre las suyas... Le quité
el capote y las botas, le tapé la cara con un pañuelo y me volví a la aldea...
¡Y ahora
júzganos, buen hombre! He sufrido tanto a causa de los pequeños, que el pelo se
me ha vuelto blanco. Para darles un trozo de pan no conozco la tranquilidad ni
de día ni de noche, y de ellos... Natashka, mi hija, por ejemplo, dice: «Me
resulta imposible, padre, sentarme a la
mesa a comer contigo».
¿Cómo
soportar todo eso ahora?
Con la
cabeza colgando, el barquero Mikashara me mira con una mirada pesada y fija; a
sus espaldas, un turbio amanecer comienza. En la orilla derecha, en la negra
masa de álamos rizados, el parpar de los patos se confunde con el grito ronco y
soñoliento:
—¡Mi-ki-sha-ra!
¡Dia-blo! ¡Trae la bar-ca!
1925
EL
PRESIDENTE DEL CONSEJO MILITAR REVOLUCIONARIO DE LA REPÚBLICA
NUESTRA
REPÚBLICA no es muy grande que digamos: en total cuenta con un centenar de
casas y está situada en el barranco Tópkaia, a cosa de cuarenta verstas de la
stanitsa.
Como República
fue proclamada del modo siguiente: al comienzo de la primavera volví yo a mi
aldea natal. Llegaba del ejército del camarada Budionny, y los ciudadanos me
eligieron presidente en consideración a
que era poseedor de dos
órdenes de la Bandera Roja
ganadas por mi valor heroico
en la lucha
contra Wrangel1,
condecoraciones que el
camarada Budionny me impuso personalmente, con un cordial apretón
de manos.
Me hice
cargo de la presidencia y nuestro jútor habría seguido su vida pacífica, como
todos, pero de ahí a poco en nuestra comarca apareció una banda. Sus
intenciones eran las de arruinarnos por completo. Hacían incursiones y bien se
apoderaban de nuestros caballos, dejándonos a cambio unos pencos inútiles, bien
estropeaban las últimas sementeras.
La gente
de los alrededores no era de fiar, preferían a la banda y la recibían con el
pan y la sal. Al ver tal comportamiento de los Jútores vecinos, convoqué yo una
asamblea y dije a los ciudadanos:
—¿Sois
vosotros los que me habéis elegido presidente?
—Sí,
nosotros.
—Bien, pues,
en nombre de
todos los proletarios
del jútor, os pido que
observéis nuestra autonomía y
cortéis todas las relaciones con los vecinos. Son unos contrarrevolucionarios y
para nosotros resulta una vergüenza hasta pisar el mismo camino que ellos,.. De
ahora en adelante, nuestro jútor no se llamará jútor, sino República.
Yo, que he sido nombrado por
vosotros, me proclamo presidente del Consejo Militar Revolucionario de la
República y declaro en todo nuestro territorio el estado de guerra.
Los
elementos poco conscientes callaron. Y los cosacos jóvenes, los que habían
estado en el
Ejército
Rojo, exclamaron:
—¡En
buena hora!.... ¡No hace falta ponerlo a votación!.... Entonces empecé yo mi
discurso:
—Ayudemos, camaradas, a nuestro poder soviético y
combatamos contra la banda hasta verter la última gota de sangre, porque la
banda es una hidra, una víbora que trata de morder al socialismo universal...
Los
viejos, que se encontraban en las
últimas filas, en un principio se resistían, pero yo proseguí mi agitación en
los tonos más violentos y acabaron por estar de acuerdo conmigo en que el poder
soviético es la madre que nos da el sustento, y todos debíamos defenderlo
categóricamente.
Allí
mismo, en la reunión, escribimos un papel al comité ejecutivo de la stanitsa
pidiendo que nos mandaran fusiles y cartuchos. Para llevarlo fuimos encargados
yo y el secretario, Nikón.
A buena
hora, con el amanecer, enganché la yegua y nos pusimos en camino. Habíamos
hecho diez verstas cuando, a la entrada de una barranca vi que el viento
arrastraba el polvo a lo largo del camino. Tras el polvo, cinco hombres venían
al galope a nuestro encuentro.
El
corazón me dio un vuelco. Comprendí que los
que se acercaban eran
enemigos mortales nuestros,
gentes de la banda.
Ninguna
iniciativa tomamos el secretario y yo. Además,
era imposible tomarla: alrededor se extendía la estepa pelada, desnuda hasta mostrar sus vergüenzas, sin
el menor matorral, sin un
barranco o una quebrada, y detuvimos la yegua en medio del camino...
1 Jefe de
los blancos en Crimea, último reducto de la contrarrevolución en la guerra
civil.
Íbamos sin
armas, éramos inofensivos
como un niño en pañales. Escapar
de los hombres montados habría sido hasta una
estupidez muy grande.
Mi
secretario, asustado por la presencia de aquellos mortales enemigos, se sentía
muy mal. Vi que se disponía a saltar del carro y salir huyendo. Él mismo no
sabía hacia dónde escapar. Entonces le dije:
—Tú,
Nikón, estate quieto, no te muevas. Soy el presidente del Consejo Militar y tú
eres mi secretario: Juntos debemos afrontar la muerte...
Pero él,
como un individuo poco consciente, se tiró del carro y echó a correr por la
estepa, con tal velocidad que parecía que los galgos no habrían podido darle
alcance. En realidad, sin embargo, los
jinetes, al ver a
un ciudadano sospechoso que corría así por el
campo, salieron tras él. No tardaron en alcanzarle cerca de un pequeño
montículo.
Yo me
apeé dignamente, me tragué todos los papeles y documentos comprometedores y
quedé a la espera de lo que ocurría. Vi que cambiaban con él muy contadas
palabras y, en apretado grupo, empezaban a descargar sablazos a diestro y
siniestro. El cayó al suelo, le buscaron en los bolsillos, se entretuvieron aún
unos instantes y, volviendo grupas, se dirigieron hacia mí.
Vi que,
bromas aparte, ya era hora de levantar el vuelo, pero, sin saber qué partido
tomar, me quedé quieto. Ellos se acercaron.
A la
cabeza de todos venía su atamán, uno que se llamaba Fomín. Traía toda revuelta
la barba rojiza, la cara cubierta de polvo. Se me quedó mirando con ojos de
fiera.
—¿Eres
Bogatiriov, el presidente?
—El
mismo.
—¿No te
había mandado que dejases la presidencia?
—Algo he
oído de eso...
Me hizo
alguna otra pregunta de este género, pero sin dar a entender que montaba en
cólera.
Yo sentí
un arrebato de desesperación. Vi que, de todos modos, no podría conservar la
cabeza sobre los hombros.
— No lo
he hecho —contesté— porque me mantengo
firmemente sobre la plataforma del poder soviético, observo sus programas
hasta el último punto y de esa plataforma, categóricamente lo declaro,
no me apartaréis...
Me cubrió
de obscenas injurias y me sacudió en la cabeza un terrible fustazo. Por toda la
frente se me levantó un bulto enorme, del calibre de un pepino grande de los
que las mujeres dejan para simiente...
Me pasé
los dedos por el bulto y le dije:
—Está muy
mal eso de que os portéis como fieras por causa de vuestra ignorancia, pero yo
hice la guerra civil, aniquilé sin piedad a todos los Wrangel, poseo dos
condecoraciones del poder soviético, y vosotros para mí sois una nulidad. No os
veo ni delante de las narices...
Por tres
veces me echó el caballo encima con la intención de que me pisoteara, y me
sacudió con la fusta, pero yo me mantuve firme en mis posiciones, lo mismo que
todo nuestro poder soviético. Lo único que consiguió fue que el caballo me
lastimase una rodilla y que, después de tantos golpes, los oídos me zumbasen
terriblemente.
—¡Ve por
delante!....
Me
condujeron hacia el montículo, allí se encontraba mi Nikón todo bañado en sangre. Uno de ellos
echó pie a tierra y lo volvió con el vientre hacia arriba.
—Mira —me
dijo—, te haremos ahora mismo lo mismo que a tu secretario si no reniegas del
poder soviético...
Los
calzones y los calzoncillos de Nikón habían sido bajados y las vergüenzas se las habían cortado todas a sablazos. Me produjo dolor ver tal
atrocidad y volví la cabeza. Pero Fomín
dijo entre dientes:
—¡No
vuelvas la nariz! A a ti te haremos exactamente lo mismo y a vuestro jútor, ese nido de comunistas, le pegaremos
fuego por los cuatro costados...
Yo me
inflamo muy pronto, no pude contenerme y le dije con toda mi rabia:
—Que el
cuclillo cante en la arboleda mi muerte. Y en lo que se refiere a nuestro
jútor, no está solo. ¡Como él hay más de mil en Rusia!
Saqué la
bolsa del tabaco, hice fuego con el pedernal, encendí el pitillo. Fomín tiró de
la brida, echó el caballo sobre mí y
dijo:
—¡Danos de fumar, hermano! Tienes un buen
tabaco,.nosotros hace más de una semana
que fumamos estiércol de caballo. A cambio de eso no te torturaremos, te mataremos a sablazos como en leal combate
y avisaremos a tu familia para que vengan a recogerte y te entierren... ¡Pero
rápido, que no tenemos tiempo que perder!....
Yo tenía
la bolsa en la mano. Me parecía un ultraje que el tabaco crecido en mi huerto,
que olía a hierbas aromáticas y había sido preparado en tierra soviética, lo
fumasen aquellos malvados parásitos. Los miré: estaban temblando al pensar que
yo podía tirar al viento el tabaco. Fomín, desde la silla, alargó la mano en
busca de la bolsa. Vi cómo temblaba.
Pero yo
me las arreglé para tirar el tabaco y dije:
—Matadme
como queráis. Yo moriré de los sables cosacos; vosotros, amigos, no os
libraréis de veros colgados del cigoñal de un pozo. ¡La diferencia no es
grande!....
Con toda
la sangre fría, empezaron a descargar
sablazos sobre mí; caí en la tierra fría. Fomín me hizo dos disparos con su
revólver, en el pecho y en una pierna: pero en ese momento, oí de la parte del camino:
—¡Puf!....
¡Puf!....
Las balas
empezaron a zumbar
alrededor, entre las
hierbas. Mis asesinos,
presa de gran confusión, escaparon a uña de caballo.
Vi que los milicianos de la stanitsa hacían fuego a lo largo del camino. Pude
ponerme en pie y corrí unas quince
brazas. La sangre me cubría los ojos y la tierra me daba vueltas.
Recuerdo
que grité:
—¡Hermanos, camaradas, salvadme!
Y la luz
del día se apagó en mis ojos...
Dos meses
me pasé en la cama como un leño. La lengua no me obedecía y la memoria la había
perdido. Cuando me di cuenta de las cosas comprendí que me faltaba una pierna: me la habían
cortado a causa de la gangrena...
De
vuelta a
casa, a la
salida del hospital
del distrito, cojeaba
con ayuda de la muleta
para sentarme en el poyo cuando vi que el comisario militar de la
stanitsa cruzaba el patio y se acercaba hacia mí. Sin saludarme siquiera,
preguntó:
—¿Por qué
te haces llamar presidente del Consejo Militar Revolucionario? ¿Por qué has
convertido el jútor en República? ¿No sabes que todo nuestro país es una
República? ¿Por qué has implantado la autonomía?
Por toda
respuesta, le dije así:
—No
adopte un tono tan severo, camarada. En cuanto
a lo de la República, lo puedo explicar: fue implantada debido a la
presencia de la banda.
Ahora, que ha vuelto la
paz, somos el jútor Topchanski. Pero téngalo
muy presente: si las
hidras blancas y demás
canalla atacan al poder soviético, de cada jútor haremos una
fortaleza y una república; pondremos a
caballo a los viejos y a los mozos, y yo, aunque he perdido una pierna, seré el
primero, categóricamente, en ir a derramar mi sangre.
No tuvo
nada que objetar, me dio un fuerte apretón
de manos y se marchó por donde
había venido.
1925
EL
SENDERO TORCIDO
PARECÍA
AYER cuando Niurka era aún una mozuela torpe y zanquilarga. Andaba sin
gracia, pisaba con los pies torcidos y movía mucho los largos brazos. Al
encontrarse con un extraño se hacía a un lado y miraba bajo el pañuelo con unos
ojos turbados y como salvajes. Pues bien, ahora se había cruzado en el camino de Vaska una moza de amplios
senos y esbelta, al andar miraba de frente y con una leve sonrisa en los
labios. Vaska sintió como si una brisa templada de primavera le diese en la
cara.
Por un
instante arrugó los párpados, luego se volvió, la siguió con la mirada hasta la
curva y puso el caballo al trote. Ya en el abrevadero, mientras quitaba la
brida a su montura, sonrió, recordando
el encuentro. Ante sus ojos, sin poder
explicarse la razón, tenía los brazos de Niurka rodeando —seguros y suaves— el
pintarrajeado balancín, y los cubos verdes que se balanceaban al compás del
paso. A partir de entonces trató de verla todo lo posible. Al río iba, de
propio intento, por la última calle, donde estaba la casa del padre de Niurka,
y cuando la veía tras la cerca o en el hueco de la ventana, un cálido
sentimiento de alegría inundaba su pecho; tiraba de la brida y trataba de
frenar el paso del caballo.
El
viernes de la semana siguiente, montado,
se acercó a los prados a ver cómo se encontraba el heno. Después de la
lluvia, de él salía un ligero vapor y olía dulcemente a fermento. Junto a los almiares de los Avdéiev vio a Niurka.
Caminaba recogiéndose la falda y jugueteando con una rama. Se acercó a ella.
—¡Hola,
preciosa!
—Hola, si
no vienes en son de broma. —Y sonrió. Vaska saltó del caballo y tiró la brida.
—¿Qué
buscas, Niurka?
— Nuestro
ternero se ha perdido... ¿No lo has visto?
— La dula
pasó hace bastante rato hacia la stanitsa. No recuerdo haberlo visto.
Sacó
la bolsa
del tabaco, lió un enorme pitillo
y mientras ensalivaba el
papel de periódico, preguntó:
—¿Cuándo
has tenido tiempo de ponerte tan guapa, moza?
Hasta
hace poco jugabas al tejo en la arena, y ahora... ¡hay que ver! Los ojos de
Niurka se entornaron en una sonrisa.
Contestó:
—Así son
las cosas, Vasili Timoféievich. También tú hace poco ibas sin calzones a cazar
mirlos en la estepa, y ahora seguramente tendrás que agacharte para entrar en
casa...
—¿Por qué
no te casas? —Vaska encendió una cerilla y lanzó una bocanada de humo. Niurka
suspiró, siguiendo la broma, y juntó las manos con un gesto de desconsuelo:
—¡No hay
quien me pretenda!
—¿Y yo
qué tengo de malo?
Vaska
quiso sonreír, pero la sonrisa le salió torcida y torpe. Recordó su imagen tal
y como la veía en el espejo: las mejillas todas cubiertas de las señales de la
viruela que había padecido de pequeño, el flequillo rizado que le caía rebelde
sobre la frente.
—Eres
algo picado de viruelas, pero por lo demás no estás mal del todo.
—No vas a
beber agua de mi cara... —replicó Vaska, enrojeciendo. Niurka dejó entrever
apenas una sonrisa. Meneando la rama, dijo:
—En eso
tienes razón... Pues mira, si te agrado manda a pedirme.
Dio la
vuelta y se encaminó hacia la stanitsa. Vaska se quedó largo rato sentado al pie del almiar, deshaciendo entrelas palmas
de la mano las hojas, de un olor empalagoso, y pensando: «
¿Se burla
o no se burla de mí la zorra?» Del río y del bosque venía un fresco relente.
La
niebla, muy baja, se retorcía sobre la hierba segada, movía sus tentáculos grises y fofos entre los
tallos punzantes, envolvía en un vapor esponjoso los almiares, a los que daba
un vago aspecto de cabezas de mujer. Tras los tres álamos, por donde el sol se
había ocultado para pasar la noche, el cielo se había teñido del color del
escaramujo y las nubes encabritadas parecían pétalos marchitos.
* * *
La
familia de Vaska se componía de la madre y de una hermana. Su casa se levantaba a las afueras de la
stanitsa. Era una construcción fuerte, rodeada
de escasas dependencias. El padre de Vaska había vivido pobremente.
Por esta
razón, el domingo, mientras se ataviaba con el colorido mantón de flores, dijo
la madre de Vaska:
—Yo,
hijo, no es que tenga nada en contra,
Niurka es una moza trabajadora y lista, pero somos pobres y su padre no
te la entregará a ti... ¿Conoces el genio de Osip?
Vaska,
que se estaba poniendo las botas, guardó silencio, aunque las mejillas se le
cubrieron de rojo. Bien podía ser por el esfuerzo —las botas le venían muy
apretadas—, bien por alguna otra razón.
La madre
se limpió con una punta de mantón los labios, secos y pálidos, y añadió:
—Voy a
ver a Osip, pero
será una vergüenza si me pone en la
puerta. Se reirán en toda la
stanitsa…
—Hizo una pausa y, sin mirar a Vaska, murmuró—:
Bueno, me voy.
—Ve,
madre... —Vaska se puso en pie y sonrió sin ganas.
* * *
Limpiándose
con la manga la frente cubierta de un sudor pegajoso, la madre de Vaska dijo:
—Vosotros,
Osip Maxímovich, tenéis la mercancía. Nosotros tenemos el comprador... Es lo
que me trae aquí... ¿Que piensas?
Osip,
sentado en el banco, se retorció la barba. Mientras limpiaba el
polvo, ofreciendo sitio, contestó:
—Verás,
Timoféievna... A mí no es que me parezca mal... Vasili es un mozo que vendría
bien en nuestra hacienda. Pero no queremos casar todavía a la chica... Es
pronto para ella... Se llenarían de hijos...
—Entonces,
perdonadme la molestia. —La madre de Vaska apretó los labios y, levantándose
del arca, hizo un saludo.
—La
molestia no ha sido gran cosa... ¿Tanta prisa tienes? ¿Te quedas a comer con
nosotros?
—No,
no... tengo que volver a casa... Adiós, Osip Maxímovich...
—Que el
Señor te acompañe —gruñó el amo de la
casa, sin ponerse en pie, cuando la puerta se cerraba con un portazo.
Del patio
llegó la madre de Niurka. Mientras echaba semillas de girasol en una sartén,
preguntó:
—¿Qué
asunto le traía a la Timoféievna? Osip lanzó un juramento y escupió:
—Venía a pedir la chica para su picado de
viruelas... ¡Esa liendre apestosa quiere acercarse a la gente.... Que se abra
él mismo camino! Y también ella... —concluyó con un gesto despectivo—,
¡una
calamidad!....
* * *
Había
terminado la siega.
Las eras, rojizas y greñudas con
las fajinas de centeno
sin trillar, miraban como esperando desde dentro de las cercas. Los hombres aguardaban el comienzo
de la trilla, el trabajo, ajetreados junto a las máquinas. Sus voces eran
roncas, esforzadas:
—¡Venga!....
¡Venga!.... ¡Venga!....
El otoño
entraba cargado de lluvias, envuelto en una neblina gris.
Por la
mañana la estepa se cubría de una niebla parecida a la tiña del caballo. El sol
se asomaba turbado por entre las nubes,
lastimero en su impotencia. Sólo los
bosques, no abrasados por el calor, dejaban rumorear libremente sus hojas,
verdes y flexibles como en la primavera.
Los chaparrones se sucedían a menudo, uno tras
otro, como una larga hilera
en la niebla resbaladiza y desagradable. Los patos
salvajes, no se sabía la razón, volaban del Este al Oeste, y las fajinas,
hundidas y cubiertas de una capa fermentada y pardusca, ofrecían el aspecto de
una persona enferma.
La
tierra sin labrar
permanecía sumida en
la modorra que anticipaba el
otoño. Los prados florecían con tonos verdes, pero su brillo era
engañoso, como el rojo de las mejillas del hombre devorado por la tisis.
Vaska era
el único que sentía florecer la
alegría turbulenta del cardo. Todos los días veía
a Niurka, ya se encontraba
con ella en el
río, ya por las noches en
el baile. El mozo parecía embobado, hecho un fideo,
ningún trabajo le salía bien...
Así las
cosas, un día fosco de otoño, el acordeón que antes gemía lastimero como un
perro sin amo, atronó alborotador, sofocado por la risa...
Grishka
el secretario de la célula de las Juventudes Comunistas de la stanitsa, acudió
a la casa de
Vaska. Al
verle agitó las manos, su sonrisa abría un surco de oreja a oreja.
—¿De qué
te ríes? ¿Has encontrado un tesoro? —preguntó
Vaska.
—¡No
digas tonterías!.... No se trata de ningún tesoro... —Hizo una pausa para tomar
aliento y lanzó de un golpe—:
¡Nuestra quinta va
al ejército!.... ¡Debemos
presentarnos dentro de tres
días!....
Vaska sintió
como si alguien le
hubiera sacudido un garrotazo
en la cabeza.
Su primer pensamiento fue: «¿Y
Niurka?» Se pasó la mano por la frente y preguntó con voz sorda:
—¿Por qué
te alegras de esa manera?
Las cejas
de Grishka se levantaron hasta el mismo pelo:
—¿Cómo no
me voy a alegrar? Iremos al ejército, estúpido, veremos mundo. Aquí, lo único
que hay es estiércol,.. Y allí, en el ejército, hermano, tendremos ocasión de
estudiar,..
Vaska dio
la media vuelta y se dirigió a la era con la cabeza muy baja, sin volver la
vista atrás...
* * *
Aquella
noche, junto a la abertura practicada en la cerca del huerto de Osip, Vaska
esperaba a Niurka. Ella llegó tarde, envuelta en el chaquetón del
padre. La humedad de la noche le hacía estremecerse.
Miró
Vaska sus ojos, pero no vio nada. Parecía que no tuviera ojos, que sus cuencas
estuviesen vacías.
—Tengo
que marchar al servicio, Niura...
—Ya lo he
oído.
—¿Y tú,
qué vas a hacer?... ¿Me esperarás? ¿No te casarás con otro?...
Niura
dejó escapar una risita; la voz y la risa le parecieron a Vaska extrañas,
desconocidas.
—Te tenía
dicho que no haría caso de mis padres, que me casaría contigo. Y me habría
casado... Pero ahora no,.. Esperar dos años no es una broma... Acaso tú
encuentres a una de la ciudad, ¿es que
yo me voy a quedar soltera? ¡No soy tan
tonta!.... Busca a otra, es posible que consienta en esperarte...
Vaska
habló durante largo rato, tartamudeando y sacudiendo la cabeza. Rogó, juró, perjuró. Pero Niurka rompió sonoramente
una rama seca que tenía entre las manos y su única respuesta a Vaska fue una palabra seca y dura:
—¡No!
¡No!
Finalmente,
Vaska, dominado por la cólera, respirando violentamente, gritó:
—¡Conforme,
zorra!.... ¡Si no eres para mí, no serás para
nadie! ¡Si te casas con otro no
te escaparás de mis manos!
—Tus
brazos son demasiado cortos, no llegarán hasta mí... —replicó Niurka.
—¡Ya me
las arreglaré para llegar!....
Sin
despedirse, Vaska saltó la cerca y atravesó el huerto, pisoteando y mezclando
con el barro las hojas amarillas caídas de los árboles.
* * *
Al día
siguiente por la mañana se metió en el bolsillo de la pelliza medio pan, echó,
a escondidas de la madre, varios puñados de harina en una bolsa y se dirigió a
la casa del guardabosque.
Después
de la noche sin sueño sentía la cabeza pesada, los ojos, hinchados, le
lagrimeaban y en todo su cuerpo sentía una sensación dulce y dolorosa. Evitando
los charcos, se acercó al portal. El guardabosque estaba sacando agua del pozo.
—¿Vienes
a verme a mí, Vasili?
—A usted
mismo, Semión Mijáilich...
Antes de marchar al servicio
querría salir a cazar un rato...
El
guardabosque se acercó con el
cubo, inclinándose hacia el
lado izquierdo, y entornó los párpados.
—¿Este
domingo?
—Me
encontré con una liebre...
Entraron en la casa. El guardabosque colocó el cubo en
el banco y sacó del cuarto una vieja escopeta. Vaska, mirando ceñudo a un
rincón, dijo:
—Necesitaría
el fusil... Tengo echado el ojo a un zorro en el barranco Sénnaia.
—El fusil
te lo puedo dejar, pero no hay cartuchos. —Yo guardo alguno.
—Entonces,
llévatelo. A la vuelta te acercas. ¡A ver si puedes presumir!.... Bueno, que
tengas suerte... —despidió el guardabosque, sonriendo, a Vaska, que ya se
alejaba.
* * *
A cuatro
verstas de la stanitsa, en un lugar del bosque donde la barranca, lavada por
las aguas de primavera, se ramificaba
en abruptos escalones, bajo
una retorcida raíz
que la corriente había puesto al descubierto, Vaska abrió, en
la aceitosa arcilla, una pequeña guarida en la que apenas si podría albergarse
un lobo. En ella vivió cuatro jornadas.
De día,
en el bosque,
en el fondo de
la barranca, se
sentía un suave frescor
y un aroma embriagador y estimulante de las hojas de roble al podrirse.
De noche, bajo los rayos oblicuos y danzarines de la luna en cuarto menguante,
la barranca parecía como si no tuviese fondo; y arriba, los rumores, el crujir
de las ramas creaban una vaga sensación de inquietud. Era como si alguien se
hubiese ocultado sobre el quebrado festón del borde y se asomase hacia abajo. De tarde en tarde, después de la
medianoche, los lobos jóvenes se llamaban.
De día,
Vaska salía de la barranca, moviendo perezosamente las piernas, cruzaba los
espesos matorrales de espino, por entre los desnudos avellanos, por las
cortadas cubiertas con un palmo de hojas
anaranjadas. Y cuando a través
de la marchita cortina de hojas
que no acababan de caer divisaba
el espejo pálido verdoso del río, sobre el que
se levantaban los pequeños cubos de las casas de la stanitsa, Vaska
sentía un dolor sordo cerca del corazón. Tumbado largamente sobre la abrupta
orilla, oculto entre el ramaje, miraba a las mujeres que iban al río por agua.
El segundo día vio a su madre, quiso llamarla, pero de una calleja lateral
salió un carro. El cosaco hacía chasquear el látigo y miraba hacia el río.
Durante
toda la primera noche, desde que se tumbó
en el montón de hojas secas y rumorosas, no pudo pegar los ojos; Vaska
pensaba y comprendió que el sendero elegido no le conduciría a nada
bueno.
Por él
únicamente podía llegar
a un fin funesto, como el
de los salteadores.
También comprendió Vaska que todos se ponían contra él. Niurka y los
muchachos de su quinta que, despedidos
por la complicada melodía del acordeón,
se iban al ejército. Ellos harían su servicio, si era necesario
acudirían en defensa de los Soviets. Pero él, Vaska, ¿a quién iba a
defender?...
En el
bosque, entre la hojarasca, como el lobo acosado, como un perro rabioso,
moriría de la bala de uno de su propia stanitsa. Y eso él, Vaska, hijo de un
pastor e hijo fiel del poder de los
pobres.
Apenas
había apuntado una franja violácea por el Este, Vaska tiró el fusil en la
barranca y se dirigió hacia la stanitsa, acelerando sin cesar la marcha:
«¡Me
presentaré!.... Que me detengan. Me condenarán,
pero estaré con la gente... ¡Serán los míos los que me juzguen!....», le
daba vueltas dolorosamente a la cabeza. Llegó al río y se detuvo. Tras la
arena, tras las cercas de las casas, las chimeneas lanzaban columnas de humo y
mugían los animales. Un escalofrío de miedo le corrió la espalda y le bajó
hasta los talones:
«Me
condenarán a tres años... ¡No, no iré!....»
Dio
media vuelta y como un zorro viejo que
escapa de la persecución,
volvió al bosque, esforzándose en
confundir las huellas.
Al sexto
día se le acabaron la harina y el pan que había traído de su casa. Vaska esperó
que se hiciera de noche y con el fusil en bandolera, silenciosamente, tratando
de pisar sin ruido, llegó al río. Bajó al vado. La arena, granulosa y húmeda,
conservaba las rodadas de los carros. Cruzó al otro lado y, por las afueras, se
encaminó a la era de Osip. A través de las ramas peladas de los manzanos se
veía luz en la ventana.
Vaska se
detuvo. Le dominaba el deseo de ver a Niurka, de hablarle, de lanzarle un
reproche a la cara. Por culpa de ella se había convertido en prófugo, por su
culpa se perdía en el bosque.
Saltó la
cerca, dejó atrás el huerto, corrió hacia el portal y tiró del picaporte: la
puerta no estaba cerrada. Entró en el zaguán: el calor de la vivienda le
golpeó, creyó que se mareaba.
La madre
de Niurka estaba amasando la pasta de
unos bollos. Al oír el ruido de la puerta se volvió, lanzó una exclamación y
dejó caer la batea que tenía en la mano. Osip, sentado junto a la mesa,
carraspeó. Niurka exhaló un chillido y se retiró escapada al cuarto.
—Buenas
noches —dijo Vaska con voz ronca.
—Bue-nas...
no-ches... —gruñó Osip, a duras penas.
Sin
quitarse el gorro, Vaska entró en el cuarto. Niurka estaba sentada en el arca,
sus rodillas temblaban levemente.
—¿No te
alegra verme, Niurka? ¿Por qué te callas? —Vaska se sentó en el arca, dejando
el fusil a su lado.
—¿De qué
puedo alegrarme? —murmuró ella con voz cortada. Y juntando las manos, siguió,
conteniendo las lágrimas—: Vete, por Dios te lo pido, ¡vete de aquí!.... La
milicia del distrito anda por ahí buscando un serpentín de los que fabrican ilegalmente vodka... Te encontrarán... ¡Vete, Vaska! ¡Ten
compasión de mí!....
—Y tú,
¿has tenido compasión de mí?
* * *
Apenas
había cerrado Vaska la puerta a sus espaldas, Osip hizo un guiño a su mujer y
mirando de reojo hacia el cuarto, de
donde salía el murmullo sofocado de Niurka, dijo con voz ronca:
—¡Corre a
casa de Semión! ¡La milicia está allí! ¡Que vengan ahora mismo!....
La madre
de Niurka abrió sin ruido la puerta y se lanzó al patio como una sombra oscura.
Vaska, tragando con un esfuerzo la saliva, pidió:
—Dame un
trozo de pastel, Niurka,.. Hace dos días que no como nada...
Niurka se
levantó, pero la puerta de la cocina se abrió violentamente. En el hueco
apareció la madre de Niurka con una lámpara en la mano. El pañuelo se le había
torcido y sobre la frente le caía un mechón de pelo sudoroso. Gritó con voz
chillona:
—¡Llevaos
a ese hijo de perra, camaradas de la milicia! ¡Ahí lo tenéis!....
Por detrás de su hombro se asomó
un miliciano que quiso entrar
en el cuarto. Pero Vaska empuñó con mano firme el fusil,
descargó un culatazo contra la lámpara, se puso de un saltó junto a la ventana,
que abrió de una patada, y se tiró por ella, cayendo pesadamente en el
jardincillo que bordeaba la casa.
El frío
le abrasó la cara por un instante. Dentro
se produjo una confusión de chillidos y ruidos. Resonó la puerta del
zaguán.
Vaska
cruzó ágilmente la cerca y, con el fusil terciado, corrió a saltos hacia la
era. Por detrás de él oyó el ruido de pasos y una voz que gritaba:
—¡Alto,
Vaska! ¡Alto, o disparo!....
Por la
voz, Vaska reconoció al miliciano Proshin. Se echó el fusil a la cara, se
volvió y disparó sin apuntar. Por detrás resonó el tiro seco del revólver. Al
saltar la cerca de la era, Vaska sintió en el hombro izquierdo un dolor que le
abrasaba. Era como si alguien le hubiese golpeado sin fuerza con un palo
caliente. Sobreponiéndose al dolor, tiró del cerrojo. El cartucho vacío dio un
chasquido al ser lanzado. Cargó el fusil y, apuntando a la silueta negra que se movía entre los claros de los manzanos, apretó el
gatillo.
Inmediatamente
después, oyó que Proshin exclamaba con voz apagada:
—El
canalla... en el vientre ¡O-o-oh!....
Cruzó
el vado sin sentir el
frío del agua. Por detrás resonaban los pasos lentos
del segundo miliciano. Cada vez
que se volvía, Vaska podía ver los negros faldones del capote, levantados por
el viento, y la mano que empuñaba el revólver. Las balas silbaban a su
alrededor...
Desde lo
alto de la otra orilla, Vaska envió
otra bala al miliciano,
que se alejaba del río y, desabrochándose la camisa, aplicó los
labios a la herida. Durante largo rato chupó una sangre caliente y salada.
Luego ensalivó un poco de tierra, que crujía entre los dientes, y la aplicó a
la herida. Sintiendo que a la garganta le afluía un inoportuno grito, apretó
las mandíbulas.
* * *
Al día
siguiente, poco antes del atardecer, se
arrastró hasta el río y quedó al acecho
entre los matorrales. Su hombro, inflamado,
se había puesto de un rojo violáceo, la
camisa se le
había pegado a la herida y no sentía dolor alguno; únicamente le
molestaba al mover el brazo izquierdo.
Así
permaneció largo rato, escupiendo la saliva que sin cesar le llenaba la boca.
En la cabeza sentía un vacío como el que sigue a la borrachera. El hambre le
producía náuseas, mascaba juncos y, al
escupir, se quedaba mirando los verdes salivazos.
Las
mujeres se acercaban a la otra orilla
del río, sacaban agua con sus cubos y se
alejaban, balanceándose. Ya era casi oscuro cuando de una calleja salió una
mujer, que se dirigió hacia el río. Vaska se incorporó sobre el codo. El dolor
que le atravesó el hombro le arrancó una imprecación. Su mano apretó furiosa el
cañón frío del fusil.
La madre
de Niurka se acercaba al río. El pañuelo de lana le caía hasta los mismos ojos.
Parecía llevar prisa. Vaska, con mano temblorosa, levantó el seguro. Se frotó
los ojos y miró atentamente.
«Sí, es ella.» Una blusa de un amarillo tan vivo
como la de la madre de Niurka era única en la
stanitsa.
Vaska, al
estilo de los cazadores, apuntó a la cabeza, al pañuelo de lana.
—¡Ahí va
eso, zorra, por haberme denunciado!.... Resonó el disparo. La mujer tiró los
cubos y sin lanzar un solo grito corrió hacia las casas.
—¡Diablos!....
¡He fallado!....
La blusa
amarilla bailó de nuevo en el punto de mira. Después del segundo disparo, la
madre de
Niurka,
como contra su voluntad, se tumbó en la arena y se hizo un ovillo.
Vaska se
trasladó sin prisa a la otra orilla y, con el fusil terciado, se acercó a su
víctima.
Se
inclinó sobre ella. Sintió un olor cálido de sudor de mujer. Vaska vio la blusa
abierta y el cuello roto de la
chambra. En el desgarrón
se destacaba el
erecto pezón sonrosado
del seno izquierdo. Algo más
abajo presentaba el agujero irregular de la salida de la bala y una roja mancha
de sangre que había florecido en la chambra como el tulipán de la estepa.
Vaska
miró bajo el pañuelo, que cubría la frente, y sintió que a sus ojos miraban los
ojos turbios de Niurka.
Niurka se
había puesto la blusa de la madre para ir a buscar agua.
Comprendiéndolo
así, Vaska lanzó un grito y cayó sobre el cuerpo pequeño e inmóvil que yacía
encogido en el suelo. De su garganta salió un aullido largo y penetrante de
lobo. Mientras tanto, de la stanitsa corrían ya los cosacos armados de
garrotes. A la altura del primero iba un perrito lanudo que se revolvía como
una anguila, chillaba y saltaba alrededor de él, empeñado en lamerle la barba.
1925
LA BÍGAMA
SOBRE LA
LOMA, tras la distanciada estacada de los postes de telégrafo, inclinan los
bosques sus espinazos erizados: el de Kachálov, el del Atamán, el de Rogozhin.
Una ladera, invadida por el algodonoso espino, se apoya en el poblado de
Kachálovka. Las casas, de reducidas dimensiones y bajas, se extienden casi
hasta las mismas obras colectivas.
Arseni
Kliukvin, presidente de la colectividad de Kachálovka, se mantiene con las
piernas muy separadas y ligeramente inclinado hacia delante, junto a un cado de
citilo. El viento agita la camisa, que lleva sin ceñir, y empuja las gotas de
sudor de la frente al entrecejo. Junto a él está el abuelo Artiom, que, con la
mano rugosa a modo de visera, mira cómo tras los olorosos montículos de los
cados de citilo el tractor levanta y deshace enormes terrones
de un brillo lustroso. Desde por la mañana han arado cuatro desiatinas. Es la primera prueba. La alegría
ha dejado la garganta de Arseni seca como la pez. Sigue con la mirada, hasta el
final del surco, el lomo jorobado del tractor y pasando la lengua por los
labios, pardos a causa del calor, dice:
—¡Ahí
tienes, abuelo Artiom, lo que es la máquina!....
El
abuelo, carraspeando y gimiendo, echa a andar por el revuelto surco, sin
detener el paso, coge con su mano nudosa un puñado de tierra parda, la deshace
y se vuelve hacia Arseni. Tira el gorro al suelo, removido por las rejas y dice
con voz dolida:
—¡No
puedes imaginarte lo que esto representa para mí! Durante cincuenta años he
trabajado para el buey y el buey ha trabajado para mí... Durante el día
labraba, de noche tenía que levantarme a echarle de comer, sin conocer el
sueño... Y con el invierno volvía la necesidad... ¿Qué quieres que piense
ahora?
El abuelo
señala con el mango del látigo el tractor, hace un gesto de amargura y,
hundiéndose el gorro hasta las cejas, se aleja sin volver la vista atrás.
El sol se
ha ocultado al otro lado del montecillo. El anochecer primaveral envuelve
rápidamente la estepa. El maquinista baja del tractor y se limpia con la manga
el polvo blanquecino que le cubre la cara.
—Es hora
de cenar. Ve a casa, Arseni Andréievich. Las mujeres habrán ordeñado las vacas
y podrás traer leche calentita.
Arseni
marcha por entre los brotes de trigo de otoño
hacia su casa. Al empezar a subir
una cuesta, oye el chirrido de un carro y una voz plañidera de mujer:
—¡Arre,
malditos! ¿Qué voy a hacer con vosotros, sucios?... ¡Arre!....
A un lado
del camino, en la tierra arcillosa humedecida por el rocío vespertino, hay unos
bueyes uncidos a un carro. El vapor se
desprende de sus lomos, sudorosos. La mujer va de un lado a otro moviendo el
látigo y sin saber qué partido tomar.
Arseni
llega junto a ella.
—Buenas
tarde, moza.
—Buenas
tardes, Arseni Andréievich.
Una
cálida alegría azota a Arseni, sus rodillas tiemblan.
—Pero
¿eres tú, Anna?
—La
misma. Estos bueyes son un tormento, no quieren seguir... Una verdadera
calamidad...
—¿De
dónde vienes?
—Del
molino. Allí han cargado demasiado centeno y ahora los bueyes se niegan a
moverse.
A Arseni
no le cuesta nada despojarse del chaquetón, que lleva echado sobre los hombros,
y dárselo a la mujer. Ríe:
—¿Habrá
recompensa si te ayudo a salir? —dice, tratando de mirarla a los ojos.
—¡Ayúdame,
por Dios te lo pido!.... Ya nos arreglaremos...
Arseni
tiene veintiséis años y las fuerzas no le faltan. Traslada seis sacos a lo alto
de la cuesta.
Cubierto
de sudor, baja la barranca. Se sienta junto al carro, tomando aliento.
—¿Has
recibido noticias de tu marido?
—Los
cosacos que volvieron del otro lado del mar, del_ ejército de Wrangel, dicen
que murió en tierras turcas.
—¿Cómo
piensas vivir?
—Seguiré
como hasta ahora... Bueno, tengo que seguir. Ya se me ha hecho tarde. Gracias
por la ayuda, Arseni Andréievich.
—Las
gracias no sirven para gran cosa...
La
sonrisa se heló
en los labios
de Arseni. Durante unos instantes permaneció
en silencio. Luego, inclinándose,
agarró, fuertemente con la mano izquierda la cabeza envuelta en un pañuelo
blanco y apretó sus labios contra los
labios de ella. Con su mano temblorosa y fría, cubierta de callos, Anna le dio
una bofetada. Apartándose y arreglándose el pañuelo, que se había torcido, dijo
con voz llorosa:
—¡No
tienes vergüenza, puerco!
—¿Por qué
gritas? —preguntó Arseni, bajando el tono.
—¡Porque
estoy casada! ¡Eso no está bien! ¡Busca a otra para hacerlo!.... Anna tiró de
los bueyes. Desde el camino gritó, y en su voz había lágrimas:
—Todos
sois lo mismo que los perros, siempre buscáis lo mismo... ¡Arre, malditos!....
* * *
Los huertos, vestidos como novias,
se revistieron de un embriagador rosado lechoso. En el embalse de Kachálovka, entre las algas
medio descompuestas y las raíces herrumbrosas
y resbaladizas, se junta el croar de las ranas al susurro amoroso de los
gansos, entre la bruma que se levanta del agua... El tiempo era excelente.
Arseni, el presidente de la colectividad, se sentía invadido de soleada
alegría: la tierra no quedaría en barbecho —tenían su tractor—; sin embargo, el corazón se sentía atormentado
por la soledad, que no le dejaba vivir tranquilo... Era el tercer día que
Arseni se levantaba antes que los gallos cantasen. Se dirigió al camino del
molino de viento y se sentó a esperar. No le importaban los cotilleos de las
mujeres, no le importaba que los mozos de la colectividad se
guiñasen maliciosamente a
espaldas de él y
hasta en
su propia cara.
Todo lo soportaría a condición de
verla, de decirle que desde aquel día de otoño en que con ocasión de la
trilla habían removido
con las horcas las
fajinas de cebada,
ni el trabajo ni la
luz del día le agradaban...
Desde
lejos divisó el pañuelo blanco.
—Buenos
días, Anna Serguéievna.
—Buenos
días, Arseni Andréievich.
—Quería
decirte unas palabras.
Ella
volvió la cabeza y estrujó disgustada el delantal.
—eberías,
al menos, sentir reparo de la gente... ¿Qué conversación podemos tener en mitad
del camino?... ¡Qué vergüenza ante las mujeres!....
—¡Déjame
hablar!
—No tengo
tiempo, la vaca se va a meter en el maizal.
—¡Espera!....
Quiero pedirte que en cuanto anochezca te acerques a los alisos. He de tratar
un asunto contigo...
Ella, con
la cabeza hundida entre los hombros, siguió sin volver la vista.
....Cerca
de los alisos, en perpetuo abrazo, los matorrales de espino crecen frondosos.
De noche se oye el canto de la codorniz y la niebla traza por la hierba
esponjosos senderos... Arseni esperó hasta
que se hizo oscuro, y cuando en lo alto
rumoreó la arcilla, desprendida
por unos pasos furtivos, sintió que los dedos se le quedaban fríos y su
frente se humedecía de un sudor viscoso.
—¿Te
ofendí entonces? ¡No te enfades, Anna!
—Estoy
acostumbrada, sin marido...
—Bueno,
quiero hablarte de un asunto... Vives
como una viuda, el suegro no te necesita...
¿Quieres
casarte conmigo? Te querré... ta, no seas tonta, ¿por qué lloras? ¡Todas las
mujeres sois iguales!.... Si tienes dudas en cuanto a tu marido, caso de que
viniera yo no te forzaría... Irás con él cuando lo desees...
Se sentó
junto a él en el suelo. Permanecía con la cabeza muy baja. Con el tallo seco de
una hierba, trazó en el suelo caprichosos dibujos.
Arseni la
abrazó tímidamente, temiendo que se apartara, que levantase el grito, que le
dijera algo insultante como entonces, en el camino. Pero cuando la miró a los
ojos vio bajo la sombra negra del pañuelo el rastro de lágrimas que no habían
acabado de secarse y una sonrisa.
—Ea, Anna,
¡déjalo todo!.... Nos inscribiremos
en el registro
civil, trabajarás con nuestra colectividad.... ¿Hasta cuándo
van a durar tus penas?
* * *
Hay
sequía. Al pie de las arboledas, las guadañas resuenan asustando a los
cuclillos. La gente de bien no siega la hierba así: la apura hasta la raíz.
Pasada la barranca de Avdiushkin, el tractor de la colectividad arrastraba
dos segadoras. Polvo. Calor. Los
montones de heno se extienden por
la estepa. El sol anuncia la hora de la comida. Arseni ha dejado la horquilla,
se ha sacudido de la camisa el molesto polvo y se ha dirigido al
campamento para lavarse. A su
encuentro viene su mujer, Annushka. A
una versta de distancia la reconoce por su andar rápido. Lleva las provisiones
de los segadores. Se ha acercado. Trae las mejillas rojas por el beso del sol.
—¿Te has
cansado, Niura?... Desde el pueblo son trece verstas.
—No, no
mucho. Si no fuese por el calor, resultaría fácil.
Se
sentaron al pie de un almiar, uno junto a otro. Arseni acariciaba la mano de
ella, endurecida por el manejo de la horquilla. La sonrisa de sus ojos le
infundía ánimos.
Al
atardecer, ella le aguardaba en el portal, con las manos aferradas a la
barandilla, como si tuviera miedo a caerse. Sus labios estaban lívidos. Apenas
si pudo articular:
—¡Arsiusha!....
Mi marido... Alexandr ha escrito desde Turquía... Dice que va a volver...
* * * A
unos la fortuna a otros el infortunio...
El trigo
de los de Kachálovka se había
perdido por completo. En los
campos, pardos por la sequía, entre una espiga
y otra no se podía oír la voz de las
mozas. Además, aquello no eran espigas, sino
unos tallos gruesos y vacíos
que resonaban a hueco bajo
el soplo del
viento. En cambio, en el campo
que la colectividad poseía entre el bosque de Kachálovka y el del Atamán, a lo
largo del camino, allí donde hasta el otoño el viento había jugado con la
tablilla de pino en la que había escrito: «Cultivo modelo», el trigo del Kubán
llegaba a cubrir la tripa de un caballo. La suerte no era igual para todos...
En un
principio, cuando las lluvias
de primavera regaron
abundantemente los campos
de Kachálovka, mientras que apenas si rozaban las sementeras de la colectividad,
Yaschúrov, el rico del lugar —poseía doce pares de bueyes, una punta de
caballos, molino de vapor y unos ojillos de ratón que
se clavaban al
mirar—, decía sonriendo
irónicamente, mientras con unos
dientes amarillos y gruesos mordisqueaba la punta de su barba color de
centeno:
—Dios ve
dónde está la verdad... A quienes le respetan y honran la fe de Cristo, a ésos
les envía la lluvia... ¡Así es! Y a los comunistas de la colectividad los
olvida... ¡Son de-demasiado listos!.... Sin Dios, como suele decirse, no se
llega al umbral...
Decía
muchas cosas más. Y cuando al pasar por el camino, cruzados los bosques de
Kachálovka, detenía su lustroso caballo pío, señalaba con la fusta la tablilla
y reía, mostrando sus amarillos
colmillos de jabalí y haciendo bailar la barriga:
—¡Mo-de-lo!....
Este año lo veremos...
El
tractor abría un surco profundo, hasta la rodilla, mientras los de Kachólovka
arañaban la tierra de cualquier modo, tal como lo habían hecho sus abuelos. Los
del lugar a duras penas si recogieron ocho medidas por desiatina, mientras
que en la
colectividad llegaban a
las cuarenta. Los de Kachólovka reían, disimulando la envidia:
—Los
huérfanos encuentran siempre quien les ayude...
Pero
sucedió que en septiembre, con ocasión de las fiestas del pueblo, los de
Kachólovka, que acababan de reunirse en asamblea, acudieron al patio de la
colectividad. Anduvieron por entre los graneros rebosantes de trigo, tocaron
largo rato el tractor con los ojos y con sus dedos endurecidos, carraspearon. Y
cuando ya se iban, el abuelo Artiom —uno
de los labradores más hacendosos— llevó aparte a Arseni y metiéndole en la
oreja la barba impregnada de olor a tabaco, gruñó:
—Tenemos un ruego,
Arseni Andréievich. Por el Señor
te lo pedimos, admítenos
a todos nosotros en tu
colectividad. Somos veintisiete familias de las más pobres...
Arseni se
inclinó, satisfecho, ante los viejos.
—¡Bien
venidos!...
En
la colectividad había
mucho trabajo. El año había
sido seco. El trigo escaseaba en los
poblados vecinos. Los mendigos no cesaban de pasar por el camino de Kachálovka.
Todos ellos entraban en la aldea. Ante las pintadas maderas de las ventanas se
oían sus voces lastimeras:
—Por el
amor de Dios...
Se abría
la ventana invadida por las moscas, una cabeza barbuda se asomaba a la calle,
quemada por el sol, y gruñía:
—Seguid
vuestro camino, forasteros, o soltaré los perros. ¡Ahí está la colectividad,
pedidles a ellos! Son los que han traído este gobierno, ¡ellos son los que os
deben dar de comer!
Todos los
días acudían, solos y en grupo, a las
puertas cepilladas de la colectividad, que olían a resina.
Arseni,
tostado por el sol y muy desmejorado, se los quitaba de encima
desesperadamente:
—¿Dónde
os voy a meter? ¡Esto está lleno! ¡No hay provisiones para todos!
Pero las
mujeres de la
colectividad zumbaban contra Arseni
como un enjambre de abejas alborotadas, y el asunto, de
ordinario, terminaba en que él y el resto de los hombres se retiraban a la era, a la trilladora, mientras que las mujeres
conducían a los menesterosos a un largo cobertizo habilitado para
vivienda, y hasta la caída de la tarde desde las ventanas de la espaciosa
cocina salía al patio el estruendo de ollas y el ruido de platos.
A veces,
el abuelo Artiom, encargado de la despensa, acudía sofocado a lamentarse:
—¡Es
imposible entenderse con las
mujeres!.... A ver si tú, Arseni,
encuentras el modo de imponer tu autoridad.
Han traído a un
montón de viejos y me
han quitado las
llaves de la despensa... Para preparar la comida se han
llevado mijo para ocho bocas más...
—Procura
hacer las paces, abuelo —sonreía Arseni.
El número
de colectivistas se había duplicado. También habían aumentado los niños. Una
parte de los obreros, después de terminar la trilla, se dedicaba a labrar los
barbechos; el resto trabajaba en la construcción de la escuela.
Desde por
la mañana temprano, hasta que se hacía
de noche, el patio de la colectividad era un hormiguero.
En el
cobertizo jadeaba la máquina. La lámpara eléctrica vertía olas amarillas de luz
sobre el patio recién barrido. La luna en cuarto creciente, suspendida sobre
Kachálovka, palidecía al enfrentarse con la electricidad; ahora parecía
verdosa, pequeña e innecesaria.
Anna
llevaba casi dos semanas trabajando en el establo, según el turno establecido.
Con otras seis mujeres ordeñaba las vacas, apartaba los terneros y se iba a
dormir. El sueño no venía pronto:
daba
vueltas y prestaba atención a la respiración regular de Arseni, siempre
pensando en el pasado y en su vida presente en el seno de la colectividad.
* * *
Desde por
la mañana el cielo estaba cubierto de espesos nubarrones azulencos. Retumbaba el trueno. En la
arboleda, los grajos alborotaban y los sauces se movían rumorosos;
junto a la casa, en el jardinillo, las flores olían intensamente; las
ortigas tenían sus puntiagudas hojas vueltas hacia el suelo. Sobre el techo del
cobertizo, el relámpago se deslizó por el cielo como un lagarto, retumbó el
trueno, la lluvia empezó a repiquetear en el techado, el viento levantó en el
patio un pardo remolino de polvo,
las maderas de una ventana
fueron violentamente sacudidas
por el viento, y en
los charcos, formando espumosas burbujas, inició el baile el desatado
aguacero de julio.
Anna, echándose sobre los hombros un pañuelo,
corrió al patio para recoger la ropa
puesta a secar. Un viento húmedo cruzaba el patio y le azotó la cara. Al
llegar al granero, el trueno estalló sonoro sobre su misma cabeza, yendo a
perderse en las afueras del pueblo. Anna se quedó sentada del susto. Siguiendo
la costumbre, se santiguó y murmuró las
palabras de la oración. Al ponerse de pie volvió la vista y vio frente al
portón abierto un carricoche y a un hombre protegido por su chubasquero. El
hombre reía inclinado hacia atrás y enseñando los blancos dientes. A través del
viento gritó a Anna:
—¿Te has
asustado del profeta Elías, moza?
Anna se
recogió la falda. A la vez que recogía la ropa, gritó enfadada:
—¿Para
qué enseñas así los dientes? ¡Nadie te los va a comprar!
El hombre
del chubasquero se acercó resbalando a Anna y dijo con una sonrisa irónica:
—No hay
razón para que te enfades... ¿Te puede salvar acaso del rayo la señal de la
cruz? Y eso que vives en la colectividad... —terminó, recogiendo de nuevo los
labios en la sonrisa irónica de antes.
Esta
sonrisa ofensiva pareció abrasar a Anna. Sintió como una sensación de
vergüenza. Replicó cual si tratara de justificarse:
—Hace
poco tiempo que vivo aquí...
—Si hace
poco, se puede perdonar —y se dirigió hacia el portal, sacudiendo la
gorra que se había quitado.
Anna se
dio prisa en recoger la ropa. Volvió a casa al trote. Entró en el cuarto.
Arseni, que estaba sentado junto al hombre del chubasquero, dijo:
—Aquí
tienes, nos ha llegado un maestro de la ciudad. Enseñará a todos los
analfabetos.
El
maestro miró con ojos claros y sonrientes. Anna sintió de nuevo una sensación
de vergüenza y, dejando la ropa, se retiró.
Más
tarde, a la hora de cenar, Arseni dijo:
—Mañana, después de comer, irás a aprender las letras.
Las clases serán en el club.
—Me da
reparo, Arsiusha... A mis años...
—¡Más
reparo debería darte no saber leer ni escribir!....
Al día
siguiente, Anna se acercó al club. Tras la larga mesa estaban apretados. El
abuelo Artiom tenía la boca abierta y la frente bañada en sudor. La tía Daria
dejó aparte la calceta y prestó también atención.
El
maestro decía algo y dibujaba con tiza, en la pizarra, una letra de grandes
dimensiones.
Todos
volvieron la vista al chirrido de la puerta y de nuevo se quedaron
mirando a la mesa. Anna entró sin
hacer ruido, se acercó a la
ventana y se sentó en el extremo del
banco. En un principio todo le parecía extraño y trataba de disimular la
sonrisa. Al día siguiente escuchó con más atención y ya dibujó en el papel,
después de grandes esfuerzos, una «B» torcida y achaparrada.
Luego, el
club empezó a atraerle; comía de prisa y corriendo y, casi al trote, atravesaba
el pasillo con la cartilla bajo el brazo. Las apreturas aumentaron en la mesa:
el número de alumnos había
crecido.
El abuelo Artiom gruñía a media voz y, a codazos, empujaba a la tía Daria hasta
el mismo borde. Desde después de
comer hasta que oscurecía, en el club
imperaba el murmullo y el leve zumbido de voces.
El club
ocupaba una habitación espaciosa de seis ventanas. Junto a una pared había una
mesa cubierta de paño rojo. En un rincón estaban los retratos y las banderas.
El abuelo
Artiom acabó por expulsar del banco a la tía Daria, que se trasladó al
antepecho de la ventana. En la
habitación hacía calor; el
sol se asomaba curioso.
Una mosca de vivos colores zumbaba y se daba golpes contra los
vidrios. Silencio. El abuelo Artiom chupaba la punta de su lápiz y escribía,
con la boca torcida. Anna sentía también la presión de los codazos. Junto a
ella se sentaba Marfa, madre de cuatro criaturas. Estaba segura de que en el
jardín de la infancia cuidarían bien de los niños y por eso sus ojos se
deslizaban tranquilos por la cartilla, mientras gruesas gotas de sudor le caían
de la nariz al labio superior. Se las limpiaba con la manga, a veces con la
lengua, y de nuevo movía los labios, espantando las molestas moscas.
El
corazón de Anna latía con mayor
frecuencia. Por primera vez leía una
palabra completa. Juntó una letra a otra, a la tercera, y los incomprensibles
dibujos de antes formaron la palabra. Dio un codazo a la vecina:
—Mira,
resulta «la-bra-dor».
—¡Silencio!
¡Que cada uno lea para sí! A ver, abuelo Artiom, léenos la lección de hoy. El
abuelo apretó fuertemente, con las palmas de las manos, la cartilla a la mesa y
tosió.
—Nues-tras...
ga-chas...
Marfa no
pudo contenerse y disimuló la risa en el puño. El abuelo la miró enfadado.
—Nues-tras ga-chas... son... bue-nas... —empezó de
nuevo. Al acabar la lectura abrió los brazos—. ¡Fijaos cómo resulta!
Mientras
pasaba a otra página, susurró a Marfa:
—No, me
voy volviendo viejo. En mis
años jóvenes podía trillar
con el mayal tres parvas seguidas y como si tal cosa.
Ahora ya ves, he leído unas líneas y estoy
que no puedo más. Siento una fatiga como si hubiese subido un carro cargado
hasta lo alto de una cuesta.
* * *
Anna se vio atraída por el trabajo.
Una semana estaba ocupada en la
cocina y otra con los animales.
En la era no cesaba el traqueteo de la trilladora y el movimiento de los
obreros. Arseni, cubierto de pajas y polvo, amontonaba el almiar. Al mediodía
corrió a la cocina y gritó a Anna:
—Tú eres
más fuerte, Anna. Ve a ayudar en la era y que Marfa Ignátovna te sustituya
aquí. Mientras ayudaba a Anna a subir al almiar, le dio una palmada en la
espalda y rió:
—A ver si
te das prisa en recoger lo que yo te mandé... —y hundió la horquilla en el
montón oloroso de paja que salía de la trilladora, levantándolo y pasándolo a
Anna. Primero hasta la rodilla y luego hasta la cintura, Arseni la fue
cubriendo de paja; la miraba riendo y gritaba desde abajo;
—¡Ahí va!
¡Toma eso!.... ¡Agárralo al vuelo!....
* * *
El
trabajo continuo y el tiempo acallaron el dolor de Anna. Cesó de pensar en que su primer marido iba a
volver y en lo que entonces ocurriría... El verano pasó veloz como un
relámpago... El otoño llamó a las puertas
de la colectividad. Por la mañana, como una manada de
potrillos en libertad, los chicos
corrían y brincaban hacia la escuela.
Y un día
de otoño, frío y brumoso, a primera
hora, Alexandr —el marido de Anna— apareció en el patio, tratando de ahuyentar
a los perros con una vara de nogal. Los tacones pisaron fuerte los
peldaños, abrió la puerta y se detuvo en
el umbral, sin saludar siquiera: alto, moreno, en su capote raído. Dijo, simple
y brevemente:
—He
venido en tu busca, Anna. ¡Prepara tus cosas!
Anna,
agitada, empezó a ir y venir
del arca a la
cama. Con unos dedos
que se negaban a obedecer cogía ya una prenda, ya otra.
Descolgó de la percha el pañuelo de invierno y se sentó pesadamente, pasando la
mirada de Arseni al marido. Luego, moviendo con trabajo los labios dijo:
—¡No me
voy!
—¿No
vienes?... ¡Veremos!
Alexandr torció los
labios en una
sonrisa, se encogió
de hombros y se marchó, cerrando cuidadosamente la puerta a sus
espaldas.
Durante
aquel otoño, largo y brumoso,
Anna estuvo a menudo enferma.
Ya a causa de sus dolencias, ya a
causa de sus pensamientos, su rostro
se había puesto pálido
y amarillento. Un sábado por la
tarde Anna ordeñó las vacas y llevó los terneros al establo. Faltaba uno y
salió a buscarlo. Cruzó la arboleda, en dirección de la estepa, pasó por
delante del molino de viento, que dormía entre la bruma. En el cementerio
viejo, abandonado, entre las cruces recubiertas de musgo y las sepulturas medio
hundidas, estaba el rubio ternero de la colectividad paciendo. Mirando a un
lado y a otro en la oscuridad, que se iba haciendo más densa, lo llevó a la
casa. Al llegar a la zanja se tuvo que sentar y se apretó el pecho con las manos. A la vez que los
latidos del corazón, algo bullía allí dentro...
Se levantó pesadamente y siguió su camino, ensanchando las comisuras de
los labios en una sonrisa cansada y expectante.
El huerto
estaba pelado, el viento corría bajo las copas de los álamos y extendía bajo
los pies unas hojas cárdenas. Llegó hasta el cenador y vio que de entre los
espinos salía alguien que le cerraba el camino.
—¿Eres
tú, Anna?
Por la
voz reconoció a Alexandr. Éste se acercó, encorvado y con los brazos caídos.
—¿Has
olvidado los seis años que vivimos juntos?... ¿Perdiste la conciencia en el
tiempo que yo estaba fuera?... ¡Eres una perdida!
Anna
pensó que iba a tirarla al suelo y a patearla con sus botas herradas de
soldado, lo mismo que en otros tiempos, cuando vivían juntos. Pero Alexandr,
inesperadamente, se puso de rodillas en la tierra húmeda y olorosa, y extendió
los brazos:
—¡Aniushka,
ten compasión de mí!.... ¿Acaso no te mimé? ¿No te cuidaba como a un niño?
¿Recuerdas
cómo insultaba a mi madre con las peores
palabras cuando ella empezaba a reñirte?
¿Has
olvidado nuestro amor? Cuando vine del extranjero, en lo único que pensaba era
en verte... Tú, en cambio...
Se
levantó pesadamente, enderezóse y, sin mirar a derecha ni a izquierda, echó a
andar por los espinos. Al llegar a la curva se volvió y gritó con voz sorda:
—Pero
¡recuerda mis palabras! ,.. Si
no vuelves conmigo, si no
abandonas a tu amante, ¡lo pasarás
mal!....
Anna se
quedó como clavada en el sitio. En su corazón quedaba un sentimiento de piedad
hacia aquel con quien durante seis años había vivido bajo el mismo techo...
Y
entonces empezó todo. Cada vez más, Anna se quedaba pensando, recordando el
pasado. No evocaba los días de discordia, cuando su marido le daba unas palizas
terribles, sino los momentos felices, salpicados de alegría. Así, su corazón se
inundaba de un sentimiento cálido hacia el pasado y hacia Alexandr,
mientras que la imagen
de Arseni se esfumaba en la
niebla, retrocedía a un segundo plano...
Arseni no
reconocía en ella a la Anna de antes. Se mostraba huraña con él. Echada hacia
atrás y con el vientre saliente, caminaba por las habitaciones. Esquivaba a las
mujeres. Cada vez más a menudo, Arseni percibía su mirada de odio y de
amargura.
* * *
A
medianoche, en la era de la estepa próxima al barranco de Avdiushkin, ardieron
tres almiares de heno de la colectividad. Después del primer canto del gallo,
el zapatero Mitroja, en paños menores, acudió a despertar a Arseni. Su voz atronó en la ventana
cubierta por la escarcha:
—¡Levántate!
Está ardiendo el heno... ¡Le han prendido fuego!....
Sin
entretenerse en vestirse, Arseni saltó al portal, miró por encima de los
peludos cerezos a la estepa y, con los dientes apretados, lanzó un rotundo
juramento. Al otro lado de la loma, sobre el amplio lienzo de la nieve
azulenca, retorciéndose al viento, una columna rojiza se elevaba hasta la misma
luna. El abuelo Artiom sacó de la cuadra una yegua, le puso la brida, echó el
pesado vientre sobre el agudo espinazo, cruzó la pierna carraspeando y salió
bailoteando hacia el incendio. Al pasar por delante del portal gritó a Arseni:
—¡Es obra de enemigos!.... Mis pobres animales...
¡Se van a morir de hambre!.... ¡Átáles las colas y sácalos de la cuadra!
* * *
Al
amanecer, Arseni se acercó al incendio.
Alrededor del montón de ceniza humeaba la tierra desnuda. Las verdes
hierbecillas miraban confiadas.
Arseni se
puso en cuclillas: sobre la tierra húmeda, sobre la nieve a medio derretir se
distinguían las huellas de unas botas inglesas de clavos, las cabezas de los
cuales habían dejado unos negros hoyos al hundirse en el suelo. Arseni encendió
un pitillo. Con la vista puesta en las confusas huellas que las botas habían
dejado en la estepa, caminó hacia Kachálovka. Las huellas daban vueltas, se
perdían a veces. Resbalándose, partiendo
la fina capa de hielo, Arseni marchaba
en silencio, con paso firme, siguiendo el
rastro humano lo mismo que
si se tratase del
rastro de la fiera. En la primera
era, ante la cerca de Alexandr, las huellas desaparecían... Arseni
carraspeó, se cambió de un hombro a otro
la escopeta que había pertenecido a su padre y tomó el camino de la
colectividad.
* * *
La
partera dio una palmada en el resbaladizo cuerpecito y, mientras se lavaba las
manos en un cubo, gritó al otro lado del tabique:
—Escucha,
Arseni. ¡Tu mujer ha dado a luz un comunista! No lo bautizarás, ¿verdad?
Arseni
abrió en silencio la cortina de percal. Tapada por la manta ensangrentada, Anna
le miró con el rostro lívido. En sus ojos había odio. Dijo, tragando las
lágrimas:
—¡Vete,
no te quiero!.... ¡Ojalá no te hubieran visto nunca mis ojos!.... Se volvió
hacia la pared y rompió a llorar.
Hasta
entonces la vida se había deslizado como
por un camino de tierra bien afirmada. Ahora, Arseni sintió en la garganta un
nudo amargo y duro, como si su corazón se viese atravesado por una dentellada
de lobo.
Dos días
después se acercó a un cobertizo, donde molían el último mijo. El motor los
entretuvo hasta muy tarde. Cuando lo pusieron en marcha empezaba a
oscurecer: la noche avanzaba tras la
mancha negra de los álamos.
— ¡Arseni
Andréievich, ven un momento!....
Salió.
Junto a la pared de tablas vio a Anna envuelta en una toquilla.
—¿Qué
quieres, Niura?
Aquella
voz ronca y extraña no parecía la voz de su mujer:
—Por Dios
te lo pido... ¡Déjame ir con mi marido! Me llama... Dice que me tomará con el niño... Y tú, Arseni Andréievich, no
me guardes rencor y no me retengas... De todos modos me iré, ya no te quiero.
—Primero
cría al niño, después podrás irte. No te retendré por la fuerza... Pero el niño
no te lo daré. He combatido
cuatro años en
defensa del poder
soviético, mi cuerpo está
cubierto de
cicatrices.
Tu marido, en cambio, es un contrarrevolucionario... estuvo en el ejército de
Wrangel... Cuando mi hijo crezca le hará trabajar como un bracero... ¡No
quiero!....
Anna se
acercó de lleno. Su aliento quemó la cara de Arseni.
—¿No me
darás el niño?
—¡No!
—¿No me
lo darás?
Una
oleada de cólera inundó el corazón de Arseni. Por primera vez desde que vivía
con Anna apretó el puño. Sintió deseos de golpear entre aquellos ojos que
ardían en odio hacia él, pero se contuvo y dijo con voz sorda:
—Mira lo
que haces, Anna...
* * *
Después
de cenar, Anna dio el pecho al niño, se echó la toquilla sobre los hombros y
salió al patio. Tardó largo rato en volver. Arseni, inclinado sobre el banco,
estaba arreglando un collerón. Oyó el chirriar de la puerta. Sin volver la
cabeza, reconoció los pasos de Anna. Ella se acercó a la cuna, cambió los pañales del niño y, en
silencio, se acostó. Arseni hizo lo mismo. No podía dormir, daba vueltas y oía
la respiración cortada y los latidos irregulares de su corazón... Hacia la
medianoche consiguió conciliar el sueño, que le invadió con una sensación de
ahogo... No oyó cómo después del primer
canto del gallo, como un gato, Anna se deslizaba de la cama, se vestía, envolvía en una toquilla al niño y
salía, cuidando de no hacer ruido con la puerta.
* * *
Hacía más
de un mes que Anna vivía con Alexandr. En un principio fue una alegría
asustadiza; a veces lágrimas disimuladas que recordaban la vida libre de la
colectividad. Luego vinieron los gruñidos rencorosos de la suegra:
—Ha traído
a una zorra... Nunca
nuestra casa había apestado
a comunista... ¡Ha cargado, además, con el borde! ¡Debería
echarla a patadas!....
Alexandr
se mostró cariñoso sólo los primeros días. A los días iluminados por la caricia
siguió la negra sucesión de
días de un trabajo
insoportable. El marido unció a Anna
al yugo de los quehaceres domésticos. El, por su parte,
frecuentaba cada vez más la casa de Lushka, la que vendía vodka, en las afueras
del poblado, de donde volvía borracho, cubriendo de vomitina las paredes y el
suelo. Hasta el amanecer
permanecía tumbado en el
banco, con el gorro caído
sobre la nuca, eructando vaharadas
de alcohol y retorciéndose satisfecho las guías del bigote:
—¿Qué eres tú, Anna? Una analfabeta, una ignorante. Nosotros
hemos visto mundo, hemos estado
en el extranjero y conocemos el trato de la gente noble... En realidad, ¿eres
tú una verdadera esposa para mí?... Perdón... Cualquier hija de general se
habría casado conmigo... Entre los
ofi... pero para qué hablar... ¡No me comprenderías!.... Si los canallas rojos
estuvieran en el extranjero, verían lo que son las verdaderas personas...
Se dormía
allí mismo, en el banco. Por la mañana, al despertarse, vociferaba con voz
ronca:
—Mujer...
¡Quítame las botas! ,.. Tienes que respetarme, miserable, para eso os doy de
comer a ti y a tu cachorro... ¿Por qué no lloras? ¿Quieres que te dé con la
fusta? Mucho ojo, que no me hago de rogar...
* * *
Una tarde brumosa
de febrero en que la nieve se derretía,
el alguacil llamó
a la ventana de
Alexandr.
—¿Están
los dueños en casa?
—Sí,
pasa.
Entró,
dejó en el arco el bastón, mordido por los perros, sacó de debajo de la camisa
una hoja de papel cubierto de manchas de aceite y la extendió cuidadosamente
sobre la mesa.
—Hay que
ir inmediatamente a la asamblea... Con vosotros no se puede tratar de otra
manera, por eso recojo las firmas... Firma aquí, con el apellido...
Anna se
acercó a la mesa y firmó en la hoja del alguacil. El marido arqueó extrañado
las cejas:
—¿Cuándo
has aprendido a escribir?
—En la
colectividad.
Alexandr
calló. Cerró la puerta al alguacil y entonces dijo severamente:
—Voy a
escuchar los embustes de los soviéticos. Tú, Anna, cuida de los animales. No
toques la paja de mijo; si
me doy cuenta de
que lo has hecho, te
romperé la cara...
Has tomado esa costumbre. Aún faltan dos meses de
invierno y ya has gastado la mitad del montón.
Resoplando,
mientras se abrochaba la pelliza, la
miró bajo las cejas, negras e hirsutas,
con la mirada severa de quien se sentía dueño
absoluto... Anna, indecisa junto a la estufa, se acercó de costado a su
marido.
—Sania...
¿Podría ir contigo a... la asamblea?
—¿Adónde?
—A la
asamblea.
—¿Para
qué?
—Para
escuchar lo que dicen.
Lentamente,
las mejillas de Alenxandr se cubren de un rojo oscuro. Las comisuras de los
labios le tiemblan y la mano derecha busca maquinalmente en la pared la fusta,
que pende a la cabecera de la cama.
—¿Qué
piensas, perra?, ¿es que quieres ponerme en vergüenza ante todo el poblado?...
¿Cuándo te vas a quitar de la cabeza
esas maneras comunistas? —Sus
dientes rechinaron y apretando los puños dio un paso hacia Anna—. ¡Mucho
cuidado, hija de mala madre.... No quiero que te muevas de aquí!
—Sániushka...
Pero si también las mujeres van a las reuniones...
—¡Cállate,
carroña! ¡No vengas aquí implantando tus modas! A las reuniones acuden las que
tienen fuera el marido y van meneando el rabo al viento... Figúrense qué ha
imaginado: ¡ir a la asamblea!
El
aguijonazo de la ofensa hirió a Anna. Se puso pálida y preguntó con voz ronca y
temblorosa:
—¿No me
consideras ni siquiera como una persona?
—La yegua
no es caballo, la mujer no es persona.
—Pues en
la colectividad...
—Tu
aborto y tú no coméis el pan de la
colectividad, sino el
mío... Sobre mis espaldas te soporto, me debes obediencia —gritó
Alexandr.
Pero
Anna, sintiendo que sus mejillas palidecían y la sangre se le iba al corazón,
que la cólera hacía vibrar las fibras de su cuerpo, articuló a través de los
dientes apretados:
—¡Tú
mismo me lo pediste, prometías que me querrías! ¿Dónde están tus promesas?
—¡Aquí!
—replicó Alexandr con voz ronca, y levantando el puño lo descargó sobre el
pecho de ella.
Anna se
tambaleó, lanzó un grito, quiso sujetar la mano de su marido, pero éste, entre
obscenas imprecaciones, la agarró del pelo y le dio una fuerte patada en el
vientre. Anna cayó pesadamente al suelo, esforzándose por respirar con la boca
desmesuradamente abierta y sintiendo que se ahogaba. Y ya con indiferencia,
notó el dolor de los golpes. La cara congestionada y crispada de su marido la
veía sobre ella como a través de una leve película de niebla.
—¡Toma,
toma!.... ¡No quieres!.... Ahí tienes,
zorra... Te haré bailar a otro
son... ¡Toma!....
¡Toma!....
A
cada golpe que
caía sobre el
cuerpo inmóvil de su mujer, encogida
en el suelo,
más se desataba la furia de
Alexandr, quien trataba de alcanzar con el pie el vientre, el pecho y la cara,
que ella se tapaba con las manos. Siguió así hasta que la camisa se le hubo
empapado en sudor y las piernas se le cansaron. Entonces se puso el gorro,
escupió y salió al patio, dando un portazo.
Ya en la
calle, junto al portón, se quedó
pensando. A través de la cerca caída del huerto vecino se dirigió a casa de la
Lushka, la que vendía vodka.
Anna
quedó tendida en el suelo hasta que se hizo de noche. Cuando la luz se había
ido, entró el suegro, que gruñó, tocándola con la puntera de la bota:
—¡Ea,
levántate!.... Ya sabemos lo bien que disimulas... Apenas si el marido la ha
tocado con el dedo y ahí sigue despatarrada... Anda, ve a quejarte al Soviet... ¿Te vas a
levantar? ¿Quién va a hacer tus trabajos en la casa? ¿O es que piensas que
vamos a tomar un criado? —Dio unos pasos por la cocina, arrastrando los pies
por el suelo de tierra—. Come por cuatro,
pero a la hora de trabajar... La gente no tiene conciencia... Le escupes
a la cara y ella dirá: es el rocío de Dios...
El
suegro se abrigó y salió a recoger los animales. En la cuna, el niño empezó a moverse
y rompió en llanto. Anna volvió en sí, se puso de rodillas, y escupió de
su destrozada boca arena mezclada con saliva y con sangre, y dijo, moviendo
difícilmente los labios:
—Pobrecito
mío...
En las
afueras de Kachálovka, sobre un cerro salpicado de círculos de nieve a medio
derretir, la tarde se encontraba con la
noche. Por los montones de nieve
porosa, las liebres se
dirigían al poblado, donde
permanecerían hasta los primeros
resplandores del alba. En Kachálovka se veían brillar las escasas manchas amarillas
de las luces. El viento extendía por las calles el oloroso humo del estiércol.
Alexandr
llegó a la hora de la cena. Cayó sobre la cama y balbuceó:
—Anna...
Las botas... —y se durmió, roncando y manchando la almohada de una saliva
viscosa. Cuando el suegro hubo cesado de removerse sobre el horno, Anna tomó el
niño y salió al patio.
Se
detuvo, atenta al latido presuroso de su corazón. La noche caminaba sobre
Kachálovka. Gotas de agua caían de los aleros, de los montones de estiércol
salían nubecillas de vapor. Los pies chapoteaban en la nieve medio derretida.
Con el niño apretado contra el pecho, tropezando, Anna siguió por el sendero
hacia el embalse, que destacaba con el azul sucio de su hielo.
Llegó a
un agujero abierto en el hielo. El agua, negra, estaba recubierta de una fina
película semicongelada. Alrededor del agujero había trozos de hielo amontonados
y boñigas duras como la piedra.
Apretando
todavía más fuerte el niño contra su pecho, Anna miró las negras fauces
abiertas del agua, se puso de rodillas, pero en aquel instante,
inesperadamente, el llanto sordo de la criatura se levantó de entre los pañales
y la manta. El latigazo de la vergüenza la azotó en pleno rostro. Se puso en
pie y, desolada, corrió hacia la colectividad. Allí estaban las tablas
cepilladas del portón, que durante el invierno habían tomado un color
amarillento, el zumbido familiar de la dínamo que resoplaba dentro del
cobertizo.
Tambaleándose,
subió los escalones del portal, crujió la puerta del pasillo, los latidos del
corazón parecían resonar
más fuerte que
los pasos. La tercera puerta a la
izquierda. Llamó. Silencio. Llamó
más fuerte. Alguien se acercó a la
puerta. Abrió. Los ojos enturbiados de Anna vieron el rostro amarillento y
flaco de Arseni. Ella, agotadas las fuerzas, se apoyó en el marco.
Arseni la
llevó en brazos hasta la cama, quitó las ropitas al niño y lo puso en la cuna,
que llevaba dos meses vacía, corrió a la cocina en busca de leche hervida y
besando los gordezuelos piececitos de su hijo y la cara mojada por las lágrimas
de Anna, dijo:
—Por eso no fui a
buscarte... Estaba seguro
de que volverías
a la colectividad,
y de que volverías pronto...
1925
SOBRE EL
COMISARIO DE ABASTOS DEL DON Y SOBRE LAS DESVENTURAS DEL VICECOMISARIO CAMARADA
PILSIN
ME LLAMO
IGNAT PTITSIN y soy un cosaco de la stanitsa Provátorovskaia. En aquel entonces
era un mozo que servía para todo: al cinturón llevaba una pistola máuser con su
funda de madera y dos granadas, del hombro me colgaba el fusil y los cartuchos
—además de los que guardaba en la bolsa de costado— no cabían más en los bolsillos, hasta tal
punto que los tirantes no resistían el peso
de los calzones
y siempre había de
ceñírmelos con una cuerda.
Mis ojos eran
rápidos, alegres... y con algo que daba miedo: las mujeres solían
asustarse. Si durante una marcha entablaba conversación con alguna, ella,
cuando había tomado confianza, decía: «¡Puaf, Ignashka! ¡Pero qué feroces son
sus ojos! Una no se cansa de mirarlos».
Bueno, y
todo lo demás era en este tono: la voz, como la de un diablo, era algo ronca
Por aquel
entonces, yo estaba en la stanitsa Tepíkinskaia dedicado al trabajo de abastos.
Era por
la primavera del
año diecinueve. En
Provátorovskaia, con el mismo
cargo que yo, recogía trigo un
buen amigo mío, el camarada Goldin. Este era de la clase de los judíos. Un mozo
como otro cualquiera en apariencia, pero que por dentro iba cargado de fuego y
pólvora. Y listo como nadie podría imaginarse. Yo soy un hombre franco. No me
gustan las tonterías, sacaba el trigo
sin miramientos. Llegaba
con mis ángeles a un
cosaco de los
ricos y para empezar
le presentaba el ultimátum: «¡Trigo!» «No tengo.» «¿Que no tienes?»
«Palabra que no tengo nada», insistía el miserable. Yo, se comprende, le ponía el cañón de la pistola en la barriga
y le decía sin levantar el tono: «Aquí hay diez balas. Diez veces te mataré,
diez veces te enterraré y te volveré a desenterrar. ¿Vas a llevarlo?» «Lo haré
—decía él—, lo haré con mucho gusto.»
Goldin,
en cambio, se las arreglaba por las buenas el maldito y siempre sabía sacar más
trigo que yo. Pero a los dos nos estimaban por igual. A Goldin por su
naturalidad, porque era manso como una moza; y a mí, bueno, ¡que probasen a no
estimar a Ptitsin!
Yo soy un
hombre franco, en cuanto empiezo la retahíla de juramentos, todos se ríen de mi
arte, y los cosacos jóvenes se resisten a entregar el trigo con la sola idea de oírme. «Ea —dicen—, ya tenemos a Ptitsin con su
canto de alondra», y así es como me llaman: alondra.
Resulta
agradable. Pues de este modo abastecíamos de víveres el Noveno Ejército del
Frente Sur cuando llegó a nosotros la noticia de que los insurrectos se habían
unido en la stanitsa Véshenskaia con el general Sekretiov y presionaban sobre
los nuestros. Parecía que nada era capaz de detener nuestra retirada. De este
modo llegamos al distrito de Fatezh, en la provincia de Kursk. Allí nos
dedicamos tranquilamente a recoger grano. Pasó un mes, dos meses. Debíamos
reunir diez mil puds de mijo, pero nosotros, dando muestras de lo que éramos
capaces, entregamos doscientos mil.
Mientras
tanto, Goldin subía y subía por horas. Un buen día nos despertamos
encontrándonos que él —como polluelo que sale del cascarón— había sido nombrado apoderado de la comisión especial de abastos
de los ejércitos del Frente Sur. Era agradable. Yo, con mi grupo de marineros,
recogía mijo y centeno en el distrito de Fatezh. Goldin me llamó y me dijo con
voz suave: «Tú, Ptitsin, eres un hombre rudo y sabes forzar la cuerda. Eres un
tipo que desconoce la blandura». No comprendí lo que quería decir acerca de la
cuerda, pero en cuanto a la blandura, la verdad
es que tengo poca, todo son huesos. ¿Para qué necesito la blandura? ¿Soy
una mujer acaso? Nadie me ha pedido que sea blando. «Tú —me dijo— debes mirarme
con amabilidad.» Yo le contesté: «¿Sabes que durante la Revolución de Octubre
estuve en el Kremlin luchando contra los júnkers?» «Sí que lo sé.» «¿Y sabes
que en el asalto una bala de los júnkers se me quedó en la vejiga y ahí la
conservo como un huevo de ganso?» «Sí que lo sé —asintió—, y tengo en gran
estimación esa bala tuya que conservas en la vejiga.» «La bala no necesita que
la estimes, porque se va cubriendo de grasa y la sangre la llevará a los
talones o a cualquier otro sitio. De quienes debes preocuparte es de nuestros
soldados
que luchan en el frente, de que no pasen hambre.» «Puedes marcharte», dijo
meneando la cabeza y suspirando profundamente. ¿Quiere decirse que había
sentido lástima de los soldados? Eso era agradable. Volví a mi distrito y
seguía recogiendo grano. Tanto me esforcé que lo único que le quedó al
campesino era la lana. Y hasta esto lo habría perdido, lo habría requisado yo
para la fabricación de botas de fieltro, pero Goldin fue trasladado a Sarátov.
Una semana más tarde llegaba un telegrama
de él: «El comisariado de
abastos del Don deberá
trasladarse a Sarátov, donde quedará
a mi disposición». Y
firmaba: «El comisario de
abastos de la
provincia de Sarátov, Goldin».
Tomamos
el tren y nos dirigimos allí. Era agradable.
Los
piojos tuvieron la culpa de que yo me quedara en el camino. En una estación me
bajé para ir al baño. Mientras los mataba, me reía para mis adentros: «Esto es
todo lo que yo he adquirido, con quien he vivido y con quien he ido por el
mundo». Mientras tanto, el tren se puso
en marcha. Resultaba agradable.
Llegué,
por fin, a Sarátov. Allí no estaban ni Goldin ni nuestro comisariado de
abastos. Pregunté dónde se habían metido. Goldin, al parecer, había sido
enviado a Tambov, y los otros habían
salido tras él. Era agradable. «Por lo demás —me dijeron—, vaya al comité
ejecutivo del Don. Allí puede informarse mejor.» «¿Dónde está el comité ejecutivo?» «En el hotel
Rusia.» Era agradable. Me acerqué. «¿Está aquí el comité ejecutivo del Don?»
«Sí —me contestaron—, segundo piso, habitación número tres.» Subí y llamé a la
puerta: «¿Se puede?». «Adelante,
adelante.» Entré: era un cuarto de mala muerte y en él había dos personas. Uno
moreno y de barbita, vestido de paisano, y una señorita de aspecto agradable,
sentada tras la máquina. «Perdón —dije—, creo que me he confundido de
habitación —y me disponía a cerrar la
puerta—. ¿Son ustedes el comité
ejecutivo del Don?» «Nosotros somos —dijo él—. Yo soy el presidente, Medvédev,
y ésta es mi secretaria.»
«Pues yo
—expliqué orgullosamente— soy Ignat Ptitsin, del comité de abastos del Don. ¿No
lo sabían? ¿No? Es una lástima. Usted, camarada Medvédev, vive a muy poca altura.» Él se encogió de
hombros como diciendo: qué le vamos a hacer, por mucho que salte no llegaré más
alto. «¿No sabe —pregunté— dónde está
nuestro comité de abastos?» «No tengo la menor idea», contestó él con voz
lastimera, y me invitó a sentarme en una silla limpia. Yo, se entiende tomé
asiento.
Expliqué
que, por lo visto, el comité se había trasladado a Tambov. Medvédev
dio muestras de gran satisfacción:
«¡Hola! ¡Me alegro
mucho! Quiere decirse que el
comité de abastos
está en Tambov, la sección de agricultura en Penza, el personal de
administración en Tula. ¿Y la sección militar?
—Se volvió a preguntar a la
señorita de aspecto agradable—. Dígame, ¿dónde tenemos la sección militar?»
Ella sonrió y contestó con remilgos: «No tengo la menor idea de dónde puede
estar».
Tan
contentos estaban de verme, se aburrían
tanto solos, que me ofrecieron
té. Me dieron té, pero olvidaron el azúcar. Muy agradable. Tomé aquel brebaje y
expliqué: «Perdónenme, no suelo tomar
más de dos vasos».
Ellos se asustaron, me
pusieron azúcar, pero
yo dije severamente:
«Prepárenme
la documentación para ir a Tambov».
Me
marché. En Tambov encontré a los muchachos, y a poco los blancos empezaron a retroceder hacia el mar. Nosotros, el
comisario de abastos del Don, fuimos enviados a Ros tov.
Goldin se
había ido: según él, los
horizontes en ese trabajo
eran muy reducidos y se fue a
Siberia. Su suplente hizo lo mismo. Mientras continuábamos el camino, los
suplentes cambiaron nueve veces. Me llegó la vez a mí. Resultaba agradable. Por
orden de antigüedad. Yo esperaba con impaciencia a que el último vice se
marchara. Esto ocurrió en Filónovskaia,
cuando volvíamos a Tambov; a cambio de ello
le di un trozo de jamón y una libra
de tabaco. Así me convertí
en
«vicecomisario»
de abastos del Don. Muy agradable, pensé, cuando llegue a Restov apretaré las clavijas. Disponíamos
de dos vagones de
mercancías: uno para la gente y otro para los libros. Porque de Moscú, en vísperas de
nuestra marcha, nos habían enviado periódicos y folletos.
Avanzábamos
hacia Tsaritsin. Pasado Krivaia Muzga los blancos habían volado un puente. Lo
atravesamos a pie por la pasarela. A
llegar a la primera estación, nos apoderamos de dos vagones.
Pero nos
era imposible hacerlos marchar: nos faltaba la locomotora. ¿Qué hacer? Después
de pensarlo mucho, nos decidimos a
enganchar a cada vagón un par de bueyes y un camello. Los atamos a
los topes y proseguimos la marcha.
Yo, se
entiende, iba acomodado entre las gibas de uno de los camellos; sentía cierto
calorcillo y el balanceo no era gran cosa.
De este
modo, al llegar a cada puente
cruzábamos a la otra orilla,
volvíamos a enganchar los camellos o los
apóstoles —cada uno con su par de astas— y seguíamos adelante.
Pero a
los dos días yo me puse enfermo. En la espalda sentía unos pinchazos terribles.
Parecía como si me fuese a morir. Los muchachos me aconsejaron: «Quédate con la
gente del lugar si no quieres que tus días acaben en un vagón. Luego te
reunirás con nosotros». ¡Qué dolor sentía!
Me
llevaron a un caserío, cerca de un apeadero, y le dijeron a la dueña: «Cuídalo,
más tarde te recompensaremos».
La dueña
era siberiana. Era una viuda robusta de cerca de cincuenta años, aunque por la
cara no se podría distinguir si era mujer o un caballo manchado. Las narices
las tenía rotas y con un ojo no veía ni tres en un burro.
Los
muchachos se fueron y ella empezó su canción: «Resulta aburrido eso de vivir
sola. Cuando te pongas bueno, soldado, nos casaremos y gobernarás la hacienda.
Mi marido murió el año pasado y yo soy una mujer en la flor de mis años».
Dios me
libre de ver de qué flor se trataba. De momento seguía tumbado y enfermo. La
bruja no cesaba de preguntar: «¿Te
casarás después?» «Me casaré —contestaba
yo—, pero tú, vaca pecosa, mata una oveja, porque de lo contrario no
sacarás de mí nada práctico.»
Mató un
carnero y me dio un buen plato de carne. Durante la enfermedad, sin saber qué
hacía, comí en cantidades inmensas. Luego empezó a decirme ternezas en
siberiano. Yo pensé que me iba a perder como un piojo si dormía con semejante
humanidad. Porque no pesaría menos de nueve puds. Muy agradable. Acabé con un
carnero y ella no quería matar otro.
«¿Por qué
no quieres matarlo, diablo gordinflón?
—le dije—. ¿Quieres curarme a fuerza de
hambre?» «Tú eres capaz de comerte el carnero,
pero mañana no me quedarán más que cinco ovejas...» «Pues quédate y
revienta con tus carneros. Yo me voy.»
Y me fui.
Al día siguiente recogí mis cosas y me fui. A los míos les di alcance cerca de
Rostov. Llegamos a la ciudad. Dejé los vagones y me dirigí todo derecho a ver
al presidente.
—«Buenos
días —dije—. Soy el vicecomisario de abastos del Don.»
El
presidente se quitó las gafas y empezó a limpiarlas. Al final me preguntó:
«—¿Está
usted enfermo, camarada?» «No —contesté—,
me he curado.» «¿De dónde viene?»
«De la
estación.»
«¿A qué
comisariado de abastos del Don se refiere usted? —insistió. Estaba tan enfadado
que empezaba a ponerse azul como una ciruela—. ¿Quiere reírse de
mí?» «Nada de eso —le dije—, acabamos de llegar de Kursk. Aquí tiene el sello
del comisariado —lo saqué del bolsillo y di con él un golpe sobre la mesa—. Los
libros y los muchachos los he dejado en la estación.»
«Vaya —me
replicó— a la calle Moskóvskaia y podrá ver al verdadero comisariado de abastos
del Don. Hace mes y medio que funciona. A usted no le he visto en mi vida.»
Empecé a
sudar terriblemente. De la estación marché con los muchachos a la calle Moskóvskaia.
«¿Es esto
el edificio del comisariado de abastos del Don?» «Sí, esto es.»
¡Madre
querida! Era una casa como otra
cualquiera, de cinco pisos, pero aquello parecía un hormiguero. Señoritas de
aspecto agradable escribían a máquina. No cesaba el ruido de las cuentas de los
ábacos. Los pelos se me pusieron de punta. Me dirigí al comisario de abastos.
Le expliqué lo ocurrido y que su nombramiento no era legal.
Él me
contestó sin levantar la voz y sonriendo: «Si hubiera tardado medio año en
llegar, medio año tendrían que haberle esperado. Vaya, si lo desea, como
agente, al distrito de Salsk.»
Muy
agradable. Se comprende, yo me ofendí y
le dije: «Con tantos empleados y tantas señoritas de aspecto agradable y uñas
pintadas, hasta el más inculto sabe firmar papeles. No, deberías probar a
meterte por los lugares más escondidos hasta que el polvo te llenase todos los
agujeros».
Y me
marché. ¿Qué podía hacer con un hombre tan duro de mollera? Él no
comprendía, pero a mí me preocupaba
mucho la situación. Pensaba así:
«¡Todo se ha perdido en la región! ¿Cómo puede ser
un buen comisario de abastos? Con esa voz tan suave y ese aspecto de
hombre de letras... Con voz suave no se
consigue ni siquiera un pud. Cuando yo levantaba mi vozarrón... Pero ¡para qué
hablar! No teníamos ni contables ni señoritas de uñas pintadas, pero sabíamos
cumplir nuestra misión.»
1923-1925
LA OFENSA
UN VIENTO
SECO Y CÁLIDO del Este soplaba en la estepa, doblando los tallos de un trigo
bajo y triste. El cielo mostraba un negro de muerte, las hierbas se
secaban, por los caminos corría un polvo
gris. Abrasada por el sol, la corteza del suelo se requebrajaba y por las
grietas —quemadas y profundas como los labios del hombre que se muere
de sed— fluían de la tierra los profundos olores a sal.
Las
mieses eran pisadas por los cascos de hierro de la mala cosecha que avanzaba
desde el mar
Negro.
En el
jútor de Dubróvinsk la gente vivía dominada por la angustia, con la vista fija
en el azul vitrificado del cielo, en el sol recubierto de agujas, parecido a
una bigotuda espiga de trigo con la cubierta punzante de las barbas.
Las
esperanzas se agostaron junto con las mieses.
En agosto
empezaron a arrancar la corteza del roble, que comían después de molerla,
mezclando con cada batea de esta masa un puñado de harina de mijo.
Era en
vísperas de la Virgen del Amparo.
Stepán, cayendo de agotamiento, hacía avanzar a los bueyes, uncidos al
arado, por su campo. Enseñando las blancas hileras de dientes, mordiéndose el
festón azulenco de los labios, empuñaba en silencio la esteva.
En una
semana había logrado arar cuatro desiatinas. Resultaban unos surcos torcidos y
desiguales, poco profundos, con unos claros parduscos entre ellos, como si no
fuese la reja la que cortaba la tierra cubierta de hierbas, sino unos dedos
retorcidos y débiles...
Stepán
acudía a presentar mansamente sus ruegos a la tierra infiel porque, además
de la vieja, tenía que alimentar ocho bocas, ocho criaturas que le había dejado
su hijo, muerto en la guerra civil. Y el
único trabajador de la casa era él, con sus cincuenta años cumplidos sobre su
encorvada espalda. Terminada la labranza vendió el segundo par de bueyes. No
los vendió, sino que los regaló a un alma caritativa a cambio de cuarenta puds
de trigo mezclado con granza.
Así las
cosas, poco después de la fiesta el presidente del Soviet del jútor anunció:
—Van a
entregar un préstamo para simiente. En
cuanto llegue el otoño, se recibirá la
orden, y todos a la estación. ¡Quién no haya labrado, que lo haga! Aunque sea
con los dientes, pero hay que arar.
—Es un
engaño. No darán nada...—gruñían los cosacos.
—Está
acordado. Debidamente, en serio.
—No hacen
más que sacarnos, pero dar... —comentaba
Stepán con una mezcla de dolor y de alegría.
Lo creía
y no lo creía.
Llegó el
otoño. El jútor quedó
cubierto por la nieve.
En los huertos desiertos
aparecieron marcadas las huellas de la liebre.
—¿Cuándo
nos van a dar la simiente?... —importunaba Stepán al presidente. Éste trataba
de quitárselo de encima, irritado:
—¡No me
des la lata, Stepán Prokófich! No he recibido todavía la orden.
—¡Ni la
recibirás! ¡No la esperes!.... Alimentan a la gente de esperanzas... Como si hubiesen echado un hueso al perro —y
sacudió rabiosamente el abultado puño—. ¡Nos han traicionado esos hijos de
perra!.... En las ciudades comen pan, los malditos...
—No
emplees esas expresiones, Prokófich. Te podría costar caro.
—¡Bah!....
—Stepán hizo un gesto y, sin terminar la frase, sacó del Soviet su cuerpo,
grande y huesudo.
Se
parecía a un buey enfermo: por debajo
del remendado capotón georgiano empujaba hacia afuera los
enormes huesos de
las paletillas; en
sus pantorrillas, largas
y secas, bailaban unos
calzones
rotos de franjas en las perneras. Su rojiza barba estaba salpicada de pelos de
un blanco
verdoso. Miraba a un lado con ojos salvajes de
hambre. Su cuerpo, desmesuradamente
grande y seco como un palo, le producía vergüenza. Al llegar a casa se dejó
caer en el banco.
—Recoge
los animales. ¡Duermes más que una marmota! —refunfuñó la mujer.
—Varka lo
hará.
—No tiene
calzado para ir a la cuadra.
—Que se
ponga mis botas de fieltro.
Varka,
una chiquilla, quitó al abuelo las botas y salió a hacer la faena. Él se quedó
tumbado, con los largos pies descalzos
abiertos en ángulo. Sus párpados, cerrados, se contraían frecuentemente. Suspiraba, carraspeaba y
permanecía sumido en sus tristes pensamientos. Al llegar la hora de la comida
ocupó su sitio de costumbre, destacando sobre la mesa la mole de su costillar y
con la vista fija en los nietos
amontonados en el banco. Al
advertir que el más pequeño
—Timoshka, una criatura de tres
años— procuraba atrapar disimuladamente un trozo de patata,
le dio un sonoro golpe en la cabeza con la cuchara.
—E-so no
se ha-ce...
En el
jútor la gente caía como el árbol comido por el gusano. Y una angustia negra
despertaba a Stepán por las noches; no tenía con qué sembrar la tierra labrada.
El precio
de los animales bajaba sin cesar. Por una vaca daban de veinticinco a
veintiocho puds de centeno plagado de desperdicios. Para Semana Santa de nuevo
se habló de que había sido concedido el préstamo de simiente, pero los rumores acabaron por extinguirse de nuevo.
Desaparecieron lo mismo que el camino de la estepa ya avanzado el otoño.
Únicamente se volvió a hablar de ello al comienzo de la primavera. Una tarde,
ante la asamblea reunida en la anteiglesia, el presidente anunció:
—Se ha
recibido un papel. —Se
apretó la garganta
entre los dedos
antes de terminar—: Podemos ir por la simiente mañana
mismo. No nos han olvidado... —y enmudeció, sofocado por la emoción.
* * *
Del jútor
a la estación había ciento cincuenta verstas. Después de la primera noche
pasada en el camino, se dividieron en grupos. Los vehículos tirados por
caballos marcharon por delante, mientras que los arrastrados por bueyes se alargaban en una larga fila. Stepán iba
con su vecino Afonka, un cosaco joven y musculoso. El camino seguía a lo largo de poblados tauridanos. Las
jornadas eran de treinta a cuarenta
verstas, que acababan de cubrir cuando ya era de noche. Los bueyes,
flacos por la falta de comida, caminaban pausadamente, apoyando los flancos de
salientes costillas en las lanzas de los trineos.
Stepán
hizo todo el camino a pie, tratando de no cansar a los bueyes para la vuelta.
De Oljovi Rog, último lugar que pernoctaron, salieron apenas había apuntado la
luna, y al mediodía llegaban a la estación del ferrocarril.
En las
proximidades de los silos, los caballos desenganchados se peleaban ruidosamente, los bueyes mugían y
todo era una confusión de los más diversos gritos.
Mediada
la tarde, en la puerta de los silos apareció el pesador, todo cubierto de
polvo, que gritó, mirando a los trineos:
—¡Que se acerquen los de Dubróvinsk! ¿Dónde está el
presidente?
—¡Presente!
—atronó el aludido, a la manera del ejército.
—¿Trae la
documentación en regla?
—Todo en
regla.
Mientras
los que habían llegado antes enganchaban, Stepán y Afonka se abrieron paso
hasta la misma puerta. En medio del camino, un cosaco alto y moreno, con gorra
del regimiento Atamanski
y el
capuchón caído sobre el capote, trataba
de hacerse obedecer de su
buey, que no cesaba de menear la cabeza:
—Arre,
arre, diablo... So... So... ¡Quieto!....
—Apártate,
paisano —le pidió Stepán.
—Procura
salirte del camino.
—¿Dónde
me voy a salir? Puedo romper el trineo.
—¡Retira
el trineo! —gritó Afonka—. Te has puesto en medio como un grano en el
trasero...
¡Eh,
tío!....
El de
Atamanski calmó de un tremendo puñetazo al buey, y éste, sacando sus ojos sanguinolentos, metió el arrugado
cuello en el yugo.
—Pasad...
¡Pasad!.... —vociferaba el pesador, agitando la documentación en la puerta de
la báscula.
Stepán
puso sus bueyes al trote y se colocó el primero.
El
rumoroso torrente de dorado trigo fluía por la manga revestida de hierro a los
sacos. Stepán sujetaba el borde del saco medio sofocado por el oloroso
calorcillo del polvo y de la alegría, y contemplaba con asombro el rostro
impasible del pesador, que aplastaba indiferente con las botas los granos
caídos.
Stepán
probó, como antaño, a echarse a la
espalda una talega de cinco puds, pero, con un temblor irresistible en las rodillas,
se tambaleó, dio dos pasos inseguros y se recostó en la puerta.
—¡Pasa!....
¡No estorbes! —le daban prisa los cosacos amontonados en la salida.
—Has
enflaquecido, abuelo.
—Trae
mojada la pólvora.
—¡Agárrate
al suelo, que te vas a caer!
—¡Ja-ja-ja-ja!
—Tira el
saco, lo recogeré yo. Me vendrá muy bien.
El del
regimiento Atamanski, después de uncir los bueyes junto al portón, ayudó
a Stepán a trasladar los sacos al trineo. Con la idea de esperar a
Afonka, el viejo salió a la plaza. Anochecía.
—Ve a
pedir albergue donde dormir —propuso Afonka, que se había quedado helado.
—¿Por qué
no vas tú?
—Tú usas
barba, Prokófich. Tu aspecto es más respetable.
Stepán
recorrió la calle entera, pero en ningún sitio les dejaron entrar.
—Todos
los días vienen pidiendo lo mismo.
—No hay
sitio. Está todo lleno.
—Podéis
dormir en la calle.
Stepán,
moviendo con trabajo los labios entumecidos, insistía:
—Dejadnos
pasar. ¿No sois cristianos?
—Ahora
vivimos sin necesidad de la cruz.
—Sigue
adelante, abuelo —se desentendían de él.
Stepán
salió de la última casa y dio un furioso latigazo al buey, que no tenía la
culpa de nada.
—Ya ves
cómo es la gente, Afanasi... Tendremos que pasar la noche al pie de una valla.
—¡Deberíamos
pegarle fuego al pueblo por los cuatro costados! No son personas, son lobos...
¡No son
capaces de darte ni siquiera nieve en pleno invierno!
Desengancharon
los bueyes en la explanada de los silos y, entre los penetrantes pitidos de las
locomotoras, se tumbaron sobre los
trineos abarrotados de sacos. La explanada era un hormiguero. Los cosacos
jóvenes, reunidos en el último trineo, cantaban agradablemente. Una voz, algo
ronca, pero fuerte, empezaba:
Volvían
los cosacos licenciados a sus casas.
Y otras
voces, endurecidas por el viento y la helada, le acompañaban:
En los
hombros las insignias, cruces en el pecho...
Stepán,
atento a la canción, pasaba incrédulo la mano por las ataduras de los sacos
repletos. Ante sus ojos cerrados se extendía el negro campo arado del túmulo
del Atamán. Y él, Stepán, lanzaba a puñados los pesados granos de trigo...
* * *
Hacia
medianoche, un viento racheado
empezó a soplar desde el Norte.
En los techos de los vagones llegados de Moscú la nieve relucía como el
cristal, mientras que junto a las vías, donde el deshielo era más patente, la
tierra negra olía a otoño, a las
primeras heladas y a escoria fría.
Sobre la
ciudad, se lanzaba la mole cuadrada del silo, de un color rosado turbio. Ante
la valla de tablas los bueyes se apretaban unos a otros con las cabezas bajas,
mientras que en la explanada el viento arremolinaba un polvo de nieve y
arrancaba un zumbido penetrante y fino en los cables del telégrafo.
Stepán se
despertó cuando la noche acababa y la lanza de la Osa Mayor se había hundido en
el techo plano del silo. Removió las
piernas entumecidas y bajó del trineo. A su lado, respirando pesadamente y cubiertos de
escarcha, estaban los bueyes. Los trineos parecían revueltos almiares negros de
heno. Un perro sin amo se acurrucaba tiritando.
Stepán
despertó a Afonka. Aparejaron y en medio de la espesa oscuridad que precede al
amanecer, salieron de la ciudad.
Subieron
una cuesta. Sobre la ciudad se extendió el aullido de una locomotora. Afonka,
que caminaba junto a Stepán, señaló atrás con el mango del látigo:
—¡Cómo
relincha el maldito potro! Por muchos miles de puds que le carguen, ni siquiera
jadea una vez. Nosotros, en cambio, llevamos veinte puds y debemos hacer a pie
todo el camino. Tú, al menos, llevas bueyes, pero yo, fíjate en mi tiro: un
buey de tres años y una vaca. Le das con el látigo y ella, la miserable, mueve el rabo y trata
de ensuciarle a uno... ¡Parece una
señorita de ciudad!.... —volvió los ojos inflamados, sacudió un fuerte latigazo
a la vaca y cayó en el trineo, con las piernas en alto.
Al
mediodía llegaron a Óljovi Rog. Las calles estaban llenas de gente vestida de
fiesta. Sólo entonces recordó Stepán que era domingo. Ante la iglesia se
detuvieron.
—No
podremos subir la loma... El camino está muy malo.
—Es muy
posible... —asintió Afonka—. Todo es arena, no hay nada de nieve.
—Tendremos que contratar a alguien que nos suba los
sacos en un carro.
—Le
podemos pagar en trigo.
Sentados
en unos troncos amontonados
ante la primera casa,
alrededor de ocho tauridanos dominados por la modorra de
la fiesta comían pepitas de girasol. Stepán se acercó con el desflecado gorro en
la mano.
—Buenos
días, buena gente.
—Buenos
días —contestó el de más edad, un labrador de barba entrecana.
—¿Nos
ayudaríais a subir la carga a lo alto de la loma? El camino es de arena, hay
poca nieve y nuestros trineos se han atascado...
—No —se
limitó a decir el tauridano, escupiendo en su propia barba las cáscaras de una
pepita.
—Os
pagaremos. ¡Por Dios os lo pido, ayudadnos!
—No
tenemos caballos.
—¿Qué queréis
que hagamos, buena gente?
Porque si no nos ayudáis, estamos perdidos —
insistió
Stepán.
—No
sabemos qué podéis hacer —replicó indiferente otro, cubierto con un gorro de
piel de liebre.
Todos
quedaron en silencio. Afonka se acercó, inclinándose profundamente.
—¡Por
favor os lo pedimos!
—No. No
podemos.
Un
tauridano joven y robusto, vestido con una excelente pelliza, se acercó a
Stepán y le dio una palmada en la espalda.
—Escucha
una cosa, abuelo: vamos a pelear tú y yo. Si me vences os ayudaré a subir la
carga. Si te venzo yo, no hay nada que hacer. ¿Conforme? —Sus ojos, grises y
redondos, reían, flotando en la grasa colorada de las mejillas.
Stepán
miró las sonrisas de los tauridanos y se puso el gorro.
—Parece,
hermanos, que tenéis ganas de burlaros... La desgracia ajena no os afecta.
—¡Vamos a
probar! —rió el tauridano joven, arqueando las cejas por debajo de su gorro de
astracán.
Stepán se despojó
de las manoplas y miró los
amplios hombros del adversario,
que casi no cabían en la pelliza.
—¡Venga!
—¡Así se
habla!....
Se agarraron
del cinturón. Metiendo los
dedos bajo la
faja de paño
de Stepán, con una respiración alegre y fácil el
tauridano pidió:
—Recoge
la barriga.
Dieron unas
vueltas lentas, probando
las fuerzas del
adversario. Stepán, con los
párpados arrugados, puso en juego el hombro, que apoyó en el pecho del tauridano. Éste dio
un paso atrás, tratando de arrastrar a Stepán. Así dieron tres vueltas. Stepán
sentía que el tauridano —joven y bien nutrido— era más fuerte que él y peleaba
sin ganas, convencido de que iba a ganar.
Decidido
a todo, dobló la rodilla izquierda y se tiró de espaldas, golpeándose
dolorosamente la nuca en un pegote de tierra helada. El tauridano, volteado por
las piernas de Stepán, cruzó por encima
de él y cayó pesadamente. Stepán quiso saltar como en otros tiempos, cuando era
joven, pero las piernas no le obedecieron, y el tauridano se arrojó sobre él, y
le aplastó los omóplatos contra la nieve del camino, revuelta por los cascos de
los caballos.
Los rodearon entre grandes risotadas. Aplaudieron
con las manoplas puestas. Stepán suspiró mientras sacudía el
gorro:
—Si
tuvieses diez años menos, ya habríamos visto...
—Está
bien, abuelo, sea: os ayudaré a subir la
carga. Te has portado bien —rió el
tauridano, jadeante y satisfecho—. Llevad los trineos a esa casa.
Trasladaron
el grano a un amplio carricoche y el
tauridano que había peleado con Stepán hizo restallar el vistoso látigo sobre
la troika de bien nutridos caballos.
—Empujad
vosotros.
En lo
alto de la loma, a cuatro verstas del poblado, volvieron a colocar los sacos en
los trineos. Salvo contados espacios, la nieve cubría el camino.
* * *
Los
bueyes no podían más. A espaldas de los trineos quedaba la huella reluciente
que los patines de los trineos dejaban en la nieve aplastada.
Hasta el
jútor quedaban unas treinta verstas. Stepán propuso a Afonka:
—Vamos a
seguir. Aunque sea de noche, llegaremos.
—No nos
queda ni una brazada de heno para darles a los bueyes. Lo único que haríamos
sería agotar a los animales.
Cuando ya
estaba oscuro llegaron al bosque Kazinni. En el cielo, despejado y negro,
ardían sin llama las espesas acumulaciones de estrellas, rodeadas de ligera
neblina. Había empezado a helar. Stepán abría
la marcha. Descendieron
a una vaguada. Por
delante de los bueyes
apareció una sombra oblicua,
seguida de un hombre.
—¿Quién
va?
—Somos de
la stanitsa, de Dubróvinsk —dijo Stepán, poniéndose en guardia, y miró a
Afonka, que se acercaba.
—¡Alto!
—¿Con qué
derecho?
—¡He
dicho que alto!....
Un
hombre de escasa talla, envuelto en un
capuchón, se acercó. El revólver pavonado brillaba en el guante.
—¿Qué
lleváis?
—Trigo
para simiente...
El
corazón le dio a Stepán un vuelco, su voz tembló. Miró a un lado y vio que se
aproximaba un carro tirado por cuatro caballos. El del capuchón se le acercó de lleno, poniéndole delante el
acero frío y empañado.
—¡Descarga!....
Del carro
se acercaron dos, haciendo rechinar sus botas.
—¡Pégale
un tiro!.... —gritó uno de ellos.
La culata
del revólver partió el borde del gorro y se hundió en la sien de Stepán. Éste
se arrastró de rodillas.
—¡Des-car-ga!....
—vociferó el del capuchón, inclinándose sobre él y metiéndole el cañón del
revólver entre los dientes.
—Es el
trigo para simiente... ¡Hermanos!.... ¡Hermanos queridos!.... ¡Ay!....
—sollozaba Stepán, arrastrándose de rodillas y arañándose las manos hasta
hacerse sangre en la tierra helada.
El
primero que había acudido del carro derribó a Afonka de un culatazo y le echó
encima un terliz que había tomado de los trineos.
—¡Quieto
y no te muevas!....
El carro
avanzó con estrépito y se colocó junto a los trineos. Dos de ellos, jadeando,
trasladaron al carro los sacos, mientras que el tercero, el del capuchón,
vigilaba a Stepán. Por debajo de sus bigotes, ralos y caídos, se veían unos
dientes mellados.
—Llevaos
también el terliz —ordenó un cuarto, que permanecía en el pescante.
Los
bueyes tiraron fácilmente del trineo vacío y siguieron camino adelante. Afonka
se acercó a
Stepán,
que yacía de bruces en el suelo.
—Levántate,
se han ido...
Por el
campo, fuera del camino, traqueteaban mudas las ruedas del carro al alejarse.
Stepán se puso en pie y tragó la sangre que le llenaba la boca. La sombra negra
del carro se divisaba a lo lejos. Poco
después se extendía con amplio eco por
la vaguada el estampido de un disparo hecho para intimidar a las víctimas.
—Vaya
suerte la nuestra... —dejó escapar Afonka con voz sorda; y rompiendo entre sus
manos el mango del látigo, gritó—: ¡Nos han ofendido!....
Stepán se
levantó del suelo, con la ropa revuelta y aspecto terrible, tambaleándose a la
luz helada y azulina de la luna. Afonka, encorvado, lo miró y un recuerdo
surgió ante sus ojos: el invierno anterior había matado un lobo; la perdigonada
le había destrozado un ojo y la fiera daba vueltas terribles ante la cerca de
la era, se paró en medio de la esponjosa nieve, sentándose sobre las patas
traseras para morir de una muerte muda, sin exhalar el menor sonido...
* * *
La cuarta
semana de la cuaresma, el Jútor salió a sembrar.
Stepán
permanecía sentado en el portal.
Con una vara trazaba dibujos en
la tierra, blanda y pegajosa, que él acariciaba furiosamente
con sus ojos hundidos en una sima negra...
Durante
algún tiempo anduvo enfurruscado y mudo.
La familia, que en los primeros días se había desgañitado en llanto,
miraba con congoja y miedo
la temblorosa cabeza de Stepán; sus manos sin fuerza, que no dejaban de
acariciar los mechones rojizos de la barba. Una noche de la Semana Santa salió
por primera vez al túmulo del Atamán. La
estepa, empedrada de argénteos rayos de luna, medio se ocultaba en una ligera
neblina. Entre las hierbas secas, una liebre chillaba desaforadamente llamando
al macho. Los tallos viejos se enderezaban
bajo el empuje de los brotes nuevos.
Algunas
nubes cruzaban a baja altura, tapando la luna en cuatro creciente; los rayos
que conseguían atravesar el cedazo de las
nubes palpaban sin ruido las
hierbas débiles y dormidas, Stepán se detuvo al pie del
túmulo, a unas veinte brazas de su tierra.
Al otro
lado se extendía el campo arado y
engañado por él. Entre los surcos crecía impetuosa la hierba. A Stepán le daba
miedo acercarse y mirar aquella tierra negra levantada con su esfuerzo.
Permaneció quieto con los
brazos caídos, moviendo
los dedos. Un estertor
cortó su profundo suspiro...
Desde
entonces, casi todas las noches, sin que nadie lo advirtiese, salía de casa.
Llegaba hasta el túmulo y su endurecida mano arrugaba la camisa en el pecho. Y
el campo labrado yacía tras el túmulo con una oscuridad calavérica, erizado por
las hierbas, mientras el viento secaba los pegotes de tierra y mecía los
ramosos tallos de la hierba...
* * *
En
vísperas de la Trinidad empezó el corte de heno en la estepa. Stepán había
convenido con Afonka el hacerlo juntos. Salieron al campo y la primera noche
desaparecieron sus bueyes, que habían
quedado sueltos para pastar.
Los
buscaron un día entero. Recorrieron en
un sentido y en otro los terrenos
de la stanitsa, miraron todos los barrancos y quebradas. No había
quedado la menor huella de los animales. A la caída de la tarde, Stepán volvió
a casa, se echó el capotón sobre los
hombros y se detuvo ante la puerta, sin
volver la cabeza.
—Voy a
los poblados ucranianos. Si alguien se los ha llevado, tiene que ser ahí.
—Llévate
provisiones... Provisiones para el camino —se inquietó la vieja.
—Ya me
las arreglaré —arrugó Stepán las cejas,
y salió agitando ampliamente el palo que le servía de bastón, partiendo con él
los plumeros del ajenjo.
A la
salida del jútor se cruzó con Afonka.
—¿Vas a
ver a los ucranianos, Prokófich?
—Sí.
—Que Dios
te acompañe.
—Que
él me ayude.
—La
segadora la he dejado en la estepa; cuando vuelvas, la traeremos —gritó Afonka,
alejándose.
Stepán,
sin volverse, asintió con la mano. Hacia el mediodía llegó al jútor
Nizhne-Yáblonski y se acercó a ver a un compañero de regimiento. Se
contaron sus penas, él se reconfortó con
un vaso de leche y siguió adelante. Por el camino preguntaba a cuantos se tropezaba:
—¿No
habéis encontrado una pareja de bueyes? Uno tiene un cuerno roto, los dos son
colorados.
—No.
—No los
hemos visto.
—No hemos
visto nada.
Y Stepán
seguía adelante por el camino gris. Se apoyaba en el bastón, sudoroso, y se
pasaba la áspera lengua por los labios resecos por el viento.
Ya
avanzada la tarde, en un cruce de caminos alcanzó a un carro de heno. En lo más
alto iba sentado un chiquillo de cabeza amarilla y sin gorro, como de unos tres
años. El caballo lo conducía un hombre de calzones de lienzo, manchados de
grasa de la segadora y sombrero de paja de faena. Stepán se acercó a él.
—Buenas
tardes.
La mano
con el látigo subió con desgana hasta el ancha ala del sombrero de paja.
—¿Ha
visto usted unos bueyes?,.. —empezó Stepán, y se quedó cortado.
La sangre
zumbó en sus sienes, dejando blancas las mejillas, y le afluyó al corazón: bajo el sombrero de paja había una cara cuya sola vista le
abrasaba. Era una cara que como una
llama blanca se le aprecia en la oscuridad de las noches de insomnio, sin
apartarse jamás de sus ojos... Bajo la sombra del ala del sombrero, sin
adivinar nada, le miraban indiferentes unos ojos fatigados; unos bigotes ralos
y quemados por el sol colgaban sobre los labios entreabiertos, un espacio negro
interrumpía la fila amarilla de dientes sucios por el humo del tabaco.
—¡Aaah!
¡Por fin te encontré!....
Bajo el
sombrero, primeramente palideció la frente bronceada por el sol. La palidez se
deslizó lentamente por las mejillas y llegó hasta la barbilla. Un ligero
temblor se apoderó de los labios.
—¿Sabes
quién soy?
—¿Qué
quiere? ¿Qué necesita de mí?... ¡No le he visto en mi vida!
—¿Que
no?... ¿Y el trigo del invierno?... ¿Quién me lo robó?...
—Yo no...
No sé nada... Se ha confundido...
Stepán
sacó con ligereza una horquilla de tres puntas que sobresalía del carro y la
agarró por cerca del hierro. El tauridano, inesperadamente, se sentó ante las
patas del sudoroso caballo, que se había detenido, apoyó las manos en el polvo
y miró a Stepán de abajo arriba.
—Se me
murió la mujer... Me ha quedado esa
criatura... —dijo con una indiferencia terrible en la voz, señalando al carro
con un dedo tembloroso.
—¿Por qué
me ofendiste de ese modo? —preguntó Stepán, jadeante.
El
tauridano miró estúpidamente sus calzones de lienzo y balanceó su cuerpo.
—Llévate
al caballo, abuelo... La necesidad me agobia... ¿Aceptas? Toma mi caballo. ¡Por
Dios te lo pido! Todo quedará entre nosotros... Hagamos las paces... —dijo con
gran rapidez, tartajeando y removiendo con las manos el polvo del camino.
—¡Me
ofendiste! ¡La tierra la tengo muerta! ¿Qué me dices a eso? ¡Hemos pasado hambre! ¡Nos quedamos hinchados de la
hierba que tuvimos que comer!.... ¿Qué me dices a eso? —gritó Stepán,
acercándose más todavía.
—Enterré a la mujer... tenía una enfermedad de
mujeres... Ahí está el chiquillo... Cumplirá tres años en
pascua... ¡Perdóname, abuelo!....
Hagamos las paces...
Te devolveré el
trigo... —El tauridano, presa de mortal angustia, meneaba la cabeza. Su
lengua, ya con el torpor de la muerte, se negaba a obedecerle, agarrotada por
un espasmo de terror animal...
—¡Reza a Dios! —dijo Stepán con un suspiro, y se
santiguó.
—¡Espera!
Aguarda... ¡Por Dios te lo pido!.... ¿Y el chico?
—Yo me
haré cargo de él... No te preocupes por eso...
—No he
terminado de acarrear el heno... ¡Oh! Se perderá la hacienda...
Stepán
levantó la horquilla, por un breve instante la mantuvo sobre su cabeza y, sintiendo un
creciente zumbido en los
oídos, con un lamento, la
hundió en aquel cuerpo
blando, que se estremeció con un ligero temblor...
Echó un
manojo de heno sobre la cara, ya amarilla y severa, pegada al suelo. Luego
subió al carro y tomó entre sus brazos al chiquillo, que lloraba
desgarradamente entre el heno.
Se apartó
del carro y con paso inseguro de borracho
se encaminó hacia las luces del poblado, que se consumían en las faldas de un cerro. Sujetando contra
su pecho al chiquillo, que trataba de
desprenderse
con movimientos convulsivos, murmuraba,
apretando las mandíbulas para evitar el castañeteo de los dientes:
—¡Calla,
hijo! Ea... calla, o te llevará el lobo. ¡Cállate!....
El
pequeño, con los ojos fuera de las órbitas, se debatía esforzándose por
soltarse, chillaba en la tranquilidad imperturbable de la estepa inundada por
el azul del atardecer:
—¡Papá!....
¡Pa-pá! ¡Pa-páá!
1925-1926
UN
ENEMIGO MORTAL
EL SOL,
anaranjado e incapaz de calentar con sus rayos,
no se había ocultado aún tras la
línea netamente trazada del horizonte; pero la luna, fundida en oro en el
intenso añil del ocaso, salía ya con paso seguro por Oriente y teñía la nieve
recién caída de un tono ligeramente azulado.
El
humo se elevaba desde las chimeneas en
columnas esponjosas que acababan por disolverse, en el jútor olía a hierbas
quemadas y a ceniza. El graznido de los grajos era seco y preciso. Desde la
estepa avanzaba la noche, haciendo más densos los colores. Y apenas se puso el
sol cuando sobre el cigoñal del pozo apareció, rutilante, una estrellita,
tímida y confusa como la muchacha que por primera vez es requerida de amores.
Después de cenar,
Efim, salió al patio,
se ciñó cuanto pudo el
capote, se subió el
cuello y, aterido, emprendió la
marcha a lo largo de la calle. Antes de
llegar al viejo edificio de la escuela torció por un callejón y entró en el
último patio. Abrió la puerta del zaguán y prestó atención: en la casa hablaban
a grandes voces y reían. Apenas hubo empujado la puerta cuando la conversación
se interrumpió. Junto al horno había una nube de humo de tabaco, el ternero
dejaba caer sobre el piso de tierra un fino chorrito. Al oír el chirrido de la
puerta volvió sin ganas la cabeza con sus largas orejas y lanzó un mugido.
—¡Buenas
noches!
—Buenas
nos dé Dios —contestaron dos voces, una
después de otra.
Efim
cruzó, tratando de no pisar el charco que se alargaba desde las patas traseras
del ternero, y se sentó en el
borde de un banco. Volviéndose
hacia el horno, donde
en cuclillas se
habían acomodado los fumadores, preguntó:
—¿Empezará
pronto la reunión?
—En
cuanto acuda la gente, aún hay pocos —contestó el dueño de la casa, y dando un
manotazo al ternero echó unos puñados de arena en la mojadura.
Cerca del
horno, Ignat Bórchev apagó el
cigarrillo, lanzó a través de los dientes un escupitajo verdoso, se acercó a Efim y se sentó a su lado.
—Bueno,
Efim, tú debes ser el presidente. De eso estábamos hablando... —Sonrió
burlonamente, acariciándose la barba.
—Esperaré
un poco.
—¿Cómo es
eso?
—Temo que no hagamos buenas migas.
—Nos entenderemos... Tú eres
un muchacho que vienes bien
para el cargo, estuviste en el
Ejército
Rojo, perteneces a la clase pobre.
—Necesitáis
a uno de los vuestros...
—¿Qué
quieres decir con eso?
—Que os conviene uno que haga lo que vosotros queráis. Que os mire a los ojos a los ricos
como tú y baile al son que vosotros toquéis.
Ignat
carraspeó y sus ojos relampaguearon bajo el gorro de piel de carnero. Hizo un
guiño a los que se agrupaban junto al horno.
—Casi tienes
razón... Personas como tú no
las necesitamos ni gratis...
¿Quién va contra la comunidad?
¡Efim! ¿Quién se atraviesa a la gente como un hueso en la garganta? ¡Efim!
¿Quién
trata de hacer méritos ante los pobres? ¡También Efim!
—¡Nunca
trataré de hacer méritos ante los ricos!
—¡Y no
pedimos que lo hagas!
Desde la
parte del horno, después de dejar
escapar una bocanada de humo, Vlas
Timoféievich dejó oír su voz en tono contenido:
—En
nuestro jútor no hay ricos, lo que hay son pobretones... En cuanto a ti, Efim,
te elegiremos
para un
cargo cualquiera. Por ejemplo, en cuanto venga la primavera te pondremos a guardar
el ganado, o para cuidar los melonares.
Ignat rompió a
reír, agitando una
manopla de lana.
Las carcajadas junto al
horno fueron unánimes y prolongadas. Cuando las risas cesaron, Ignat se
limpió la saliva de la barba y, dando una palmada en el hombro de Efim, que
había quedado pálido, dijo:
—Así
están las cosas. Efim. Nosotros, los labradores ricos, somos unos tales y unos
cuales, pero en cuanto llega la primavera, todos tus pobres, todos los
proletarios, se me acercan con el gorro en la mano, a mí, un tal y un cual, y piden humildemente:
«Ignat Mijáilich, ayúdame a labrar una
desiatina. Ignat Mijáilich, por el amor de Dios, préstame una medida de mijo
hasta que recoja la nueva cosecha...» ¿Por qué recurrís a nosotros? ¡Ahí está
el quid! Uno le hace un favor a cualquier hijo de perra y él, en vez de
agradecerlo, va y presenta una denuncia: para evitar el pago de impuestos, no
ha declarado el grano que guardaba de simiente. Pero dime: ¿por qué he de pagar
a tu gobierno? Si tiene la bolsa vacía, que vaya a pedir limosna. Algo le
darán...
—¿Le
diste la primavera pasada a Dunka
Vorobiova una medida de mijo? —preguntó Efim, torciendo convulsivamente
la boca.
—¡Sí!
—¿Y
cuánto la has hecho trabajar en cambio?
—¡Eso no
es cosa tuya! —replicó secamente Ignat.
—Todo el
verano dobló el espinazo para recoger tu heno. Sus hijos escardaron tus
huertos... —
gritó
Efim.
—¿Y quién
denunció a toda la comunidad por no haber declarado el grano que reservábamos
para la siembra? —vociferó Vlas junto al horno.
—¡Si
volvéis a repetirlo, haré lo mismo!
—¡Te
taparemos la boca! ¡No graznarás muy fuerte!
—Recuerda,
Efim: el que no obedece a la comunidad es enemigo de Dios.
—Ya lo
dice el proverbio: vosotros, los pobres, sois la manga; nosotros somos la
pelliza. Efim, con manos temblorosas, lió un cigarrillo. Sonrió irónico,
mirando de reojo.
—No, señores ancianos, vuestro tiempo ha pasado.
¡No volverán! Hemos establecido el poder de los
Soviets y no permitiremos que nadie
ponga el pie en la garganta
del pobre. No ocurrirá lo mismo que el
año último, cuando os quedasteis con las tierras negras y nos dejasteis las
arenosas.
¡No os
saldréis con la vuestra! ¡Nosotros no somos hijastros del poder soviético!....
Ignat,
congestionado y terrible, con la frente
arrugada, con la cara desfigurada por la cólera, levantó la mano.
—¡Ten
cuidado, Efim, no des un paso en falso!.... ¡No te nos cruces en el camino!....
¡Viviremos tal y como habíamos vivido antes, y tú mantente a un lado!....
—¡No me
mantendré!
—¡Si no
te apartas, te quitaremos de en medio! Te arrancaremos de raíz, como se hace
con la mala hierba... Tú no eres amigo nuestro ni te consideramos como a un vecino del jútor. ¡Eres un enemigo
mortal, eres un perro rabioso!
La puerta
se abrió de par en par y a la vez que una nube de vapor, en la casa
entraron unas doce personas. Las
mujeres se santiguaron vueltas
hacia los iconos,
y se retiraron a un ángulo.
Los hombres se quitaron los
gorros, carraspeando y arrancándose de los bigotes los pequeños carámbanos.
Media hora después, cuando la cocina y el cuarto se habían llenado de bote en
bote, el presidente de la comisión electoral se puso en pie detrás de la mesa y
dijo con la voz de costumbre:
—Queda
abierta la asamblea general de ciudadanos del jútor Podgórnoe. Debemos proceder a la elección de la
presidencia de la asamblea.
* * *
Cerca de
la medianoche, cuando el humo del tabaco hacía casi imposible la
respiración y el quinqué menudeaba los
guiños a punto de apagarse, mientras que
las mujeres no podían aguantar los golpes de tos, el secretario de la asamblea,
con los ojos medio ebrios puestos en la hoja de papel, gritó:
—¡Se da
lectura a la relación de las personas elegidas para el Soviet! Por mayoría de
votos han sido elegidos: primero, Prójor Rvachov; segundo, Efim Ózerov.
* * *
Efim
entró en la cuadra, puso una brazada de heno en el pesebre de la yegua y se
encaminó hacia el portal. Cuando ponía el pie en los peldaños, que crujían a
causa del frío, en el cobertizo se dejó oír el canto del gallo. En el lienzo
negro del cielo danzaban los puntillos amarillos de las estrellas. Las Pléyades
lucían sobre su misma cabeza. «Medianoche», pensó Efim, haciendo sonar el
picaporte. En el zaguán, arrastrando las botas de fieltro, alguien se acercó a
la puerta.
—¿Quién
va?
—Soy yo,
Masha. ¡Abre!
Efim
cerró bien la puerta y encendió una cerilla. La mecha, que flotaba en el sebo
de carnero del platillo, crepitó humeante. Efim se despojó del capote y se
inclinó sobre la cuna, colgada del techo a la cabecera de la cama. Sus cejas se
ensancharon, un tierno pliegue se formó
en su boca; sus labios, lívidos de frío,
murmuraron las acostumbradas palabras de cariño. Entre unas viejas ropitas, con
los gordezuelos bracitos abiertos en cruz, colorado por el sueño y desnudo
hasta la cintura, estaba el primogénito, un pequeñuelo
de seis meses. A su lado, junto a la almohada, estaba el chupete, una bolsita de tela llena
de pan mascado.
Poniendo
la mano ante la cerilla encendida, Efim, con un soplo de voz, llamó a su mujer.
—Cámbiale
de ropa. Se ha meado el granuja...
Y
mientras ella cogía del horno un pañal seco, Efim continuó:
—Masha,
me han elegido secretario.
—¿Sí?
¿Qué dicen Ignat y los otros?
—¡Se han
puesto hechos una furia! A los pobres los tengo todos a mi lado.
—Ten
cuidado, Efímushka, no te busques una desgracia.
—La
desgracia no será para mí, sino para ellos. Ahora empezarán a ponerme zancadillas. De
presidente han elegido al yerno de Ignat.
* * *
Desde el
día de las elecciones parecía como si un surco hubiera pasado por el jútor
dividiendo a la gente en dos campos enemigos. En uno estaban Efim y todos los
campesinos pobres; en el otro, Ignat y su yerno el presidente, Vlas, dueño del
molino de agua, otros cinco ricachos y parte de los campesinos medios.
—¡Nos
van a pisotear en el fango! —gritaba
furioso Ignat en plena calle—. Sé lo que Efim pretende. Quiere manejar a
todos. ¿Habéis oído lo que va diciendo
Fedka el zapatero? Que van a tener en comunidad la tierra, la cultivarán todos
juntos y acaso compren un tractor... No,
antes de equipararte a mí has de tener cuatro
pares de bueyes. Porque lo único que hasta ahora tienes son piojos en los
calzones y miseria. A mi modo de ver, eso del
tractor es una tontería. ¡Nuestros abuelos no lo necesitaron para
nada!
Un
domingo por la tarde se habían reunido cerca del patio de Ignat. La
conversación recayó en el reparto de las tierras que se verificaba en
primavera. Ignat, vestido con sus mejores ropas con ocasión de la fiesta,
meneaba la cabeza y lanzando unos eructos que apestaban a vodka, se movía alrededor de Iván Donskov.
—No,
Vania, tú juzga como un buen vecino. Dime, por ejemplo, ¿para qué necesitáis la
tierra que está cerca del embalse Perenosni? ¡En serio! La tierra allí es
grasa, hay que labrarla y trabajarla debidamente. ¿Y cuánto puedes arar tú con
un par de bueyes? Según el modo soviético, eres un campesino medio, o sea que
estás entre Efimka y yo. Pues bien, ¿con quién te conviene entenderte? Eso es
lo que por las buenas, entre vecinos... ¿Para qué necesitáis la tierra de
Perenosni?
Iván
metió un dedo en la descolorida faja y preguntó serio y sin andarse por las
ramas:
—¿Qué es
lo que pretendes?
—Me
refería a la tierra esa... Juzga tú mismo, es una tierra grasa...
—¿Quiere decirse,
a tu modo de ver, que nosotros
podemos sembrar hasta los
terrenos de arcilla?
—¡Eso
mismo!.... En cuanto a la arcilla... ¿Por qué en terrenos arcillosos? Podíamos
ceder...
—La
tierra de Perenosni es grasa... Ten
cuidado, tío Ignat, no se te atragante... —E Iván dio bruscamente la vuelta y se
marchó.
Un
silencio molesto se hizo durante largo rato entre los que se habían quedado.
Mientras
tanto, en las afueras del jútor, en casa de Fedka el zapatero, Efim, sudoroso y
enrojecido, con el pelo revuelto, gesticulaba furiosamente:
—¡Hace falta
ayudar con hechos, y no con la
pluma! Los corresponsales rurales
se han multiplicado como las
moscas. Entre verdades y mentiras,
dicen tantas cosas
que a veces
da náuseas leer el periódico. Pero pregunta a cualquiera de ellos qué ha
hecho prácticamente. En vez de lamentarse y de refugiarse en el regazo del
gobierno como el chiquillo que busca el amparo de la madre, hay que enseñarle
el puño a los ricos. ¿No digo bien? ¡Al infierno! Los campesinos pobres no
deben andar eternamente buscando la protección del poder soviético; ya es hora
de que caminen por su pie por el mundo. ¡Justamente, sin andaderas! Yo he
entrado en el Soviet, ahora veremos
quién puede más.
* * *
La noche
había acumulado torpemente la oscuridad en las callejas, en los huertos, en la
estepa. El viento, con un silbido de bandolero, galopaba por las calles,
cimbreaba los árboles pelados y sujetos por la helada, se asomaba insolente
bajo los aleros, revolviendo las plumas ahuecadas de los dormidos
gorriones y obligándolos a
recordar, en sus sueños, la guinda madura y lavada por el rocío de la
mañana, los gusanos de las boñigas
y demás exquisiteces con las que
nosotros, los hombres, no soñaremos nunca en las noches de invierno.
Junto a la valla de la escuela, en la oscuridad,
brillaban las luces de los cigarros. A veces, el viento seapoderaba de la
ceniza y de las chispas y las llevaba cuidadoso a lo alto hasta que las chispas
se apagaban. Y entonces, sobre la nieve
de un denso color de violeta, de nuevo temblaban la oscuridad y el silencio, el
silencio y la oscuridad.
Uno de
los hombres, con la pelliza desabrochada, fumaba en silencio, apoyado en la
valla. Otro, a su lado, mantenía la cabeza hundida entre los hombros.
Durante
largo rato, el silencio
no fue turbado por nadie. Después
se inició la conversación.
Hablaban en tono bajo, conteniendo la voz:
—¿Qué
tal?
—Pone
obstáculos. Mi suegro tiene una moza de criada y él me ha preguntado hoy si
había sido concluido el contrato de
trabajo. Le he dicho que no lo sabía. Y él ha replicado: «Un presidente debe
saberlo, estas cosas pueden costarte un disgusto...»
—¿Lo
quitamos de en medio?
—Habrá
que hacerlo.
—¿Y si se
sabe?
—Procuraremos
borrar las huellas.
—¿Cuándo,
entonces?
—Ve por
casa, cambiaremos impresiones.
—No sé...
me da miedo... Matar a un hombre no es cualquier cosa.
—¡No hay
otro remedio, estúpido! ¿Comprendes?
Puede arruinar todo el jútor. Si
da cuenta exacta de las sementeras, con el impuesto nos sacarán el pellejo. Y
la cuestión de la tierra... Es el único que solivianta a los pobres. ¡Sin él
los tendremos a todos así!....
En la
oscuridad crujieron los dedos apretados en un puño. El viento se llevó una
obscena imprecación.
—En qué
quedamos, ¿irás?
—No sé...
acaso vaya... ¡Iré!
* * *
Acababa
Efim de desayunarse y se disponía a ir al comité ejecutivo cuando al volverse
hacia la ventana vio a Ignat.
—Viene
Ignat. ¿Qué será?
—No llega
solo. Le acompaña Vlas el molinero.
Entraron
los dos en la casa, se quitaron el gorro y se santiguaron fervorosamente.
—¡Buenos
días!
— Buenos
días —contestó Efim.
—Hace un
tiempo excelente, Efim Mikolaich. Hace un buen día; con la nevada que ha caído,
uno siente deseos de salir a la liebre.
—¿Quién
os lo impide? —preguntó Efim estupefacto, sin comprender el motivo de tan
insólita visita.
—Eso no
está ya para mí —dijo Ignat, tomando asiento—. Tú sí que puedes: es cosa de
jóvenes, podías acercarte a mi casa, tomar los perros y salir a la estepa con
ellos. Sin que nadie los llevase han matado una zorra junto a los huertos.
Vlas se
desabrochó el capotón, se sentó en la
cama y moviendo la cuna, carraspeó:
—Queríamos
tratar un asunto contigo, Efim.
—
¡Hablad!
—Hemos
oído que tienes intención de dejar el jútor y de trasladarte a vivir a la
stanitsa. ¿Es cierto?
—No
pienso moverme de aquí. ¿Quién os lo ha dicho? —preguntó asombrado Efim.
—La gente
lo comenta —contestó Vlas, evasivo—.
Eso es lo que nos trae. ¿Qué necesidad
tienes de trasladarte a la stanitsa cuando muy cerca puedes comprar una casa
con sus dependencias y muy barato, además?
—¿Dónde
es eso?
—En
Kalínovka. La venden a buen precio. Si te
interesa, podemos prestarte algún dinero. También te ayudaríamos en el
traslado.
Efim
sonrió:
—Querríais
libraros de mí, ¿verdad?
—¡Qué cosas se te ocurren! —negó Ignat con grandes
aspavientos.
—Escuchad
lo que voy a deciros. —Efim se acercó a Ignat hasta casi tocarlo—. Del Jútor no
me iré a ningún sitio, ¡os lo podéis quitar de la cabeza! ¡Comprendo muy bien
de qué se trata! ¡No me compraréis ni
con dinero ni con promesas! —Enrojeciendo
intensamente, con una respiración convulsiva, gritó como si
escupiese en la cara barbuda y perversa de Ignat—: ¡Vete de mi casa, perro
viejo! Y tú también, molinero... ¡Idos, víboras!.... Y pronto, antes de que os
saque las tripas.
En
el zaguán, Ignat se entretuvo
largamente en subirse el
cuello del capotón. De espaldas a
Efim,
articuló lentamente:
—¡Te acordarás de esto, Efimka! ¿No quieres irte
por las buenas? Conforme. ¡De esta casa
te sacarán con los pies por delante!
Sin
poderse dominar, Efim agarró el cuello del capotón con ambas manos y, después
de sacudir furiosamente a Ignat,
lo tiró por la escalera del
portal. Ignat, enredado
en los faldones
de su vestimenta, cayó
pesadamente al suelo, pero se levantó con presteza, con la agilidad de un
joven, y limpiándose la sangre de los labios, que se había partido en la caída, se arrojó sobre Efim. Vlas abrió los brazos y
lo contuvo:
—Déjalo,
Ignat, ahora no... hay tiempo...
Ignat,
inclinado adelante, miró durante largo rato a Efim con ojos turbios y fijos,
moviendo los labios, luego se volvió y se alejó sin
pronunciar una sola palabra.
Vlas caminaba detrás de él, limpiándole
el capotón de la nieve que se le había adherido y volviéndose a veces a mirar a
Efim, que seguía de pie en el portal.
* * *
Hacia las
Navidades, en el patio de Efim se presentó,
bañada en lágrimas, Dunka, la criada de
Ignátov.
—¿Qué te
ocurre, Duniaja? ¿Quién te ha tratado mal? —preguntó Efim, y clavando la
horquilla en el montón de paja acudió con presteza de la era—. ¿Quién ha sido?
—volvió a preguntar cuando estuvo junto
a ella.
La moza,
con la cara hinchada y mojada por las lágrimas, se sonó en el delantal y
limpiándose los ojos con una punta del pañuelo que cubría su cabeza, con voz
ronca, empezó a lamentarse:
—Efim,
ten piedad de mí... ¡Ay, ay, ay!.... ¿Qué voy a hacer, sola en el mundo como me
veo?
—¡No
chilles así! Explícame de qué se trata... —levantó Efim la voz.
—El amo
me ha echado de casa. Me ha dicho que me fuera, que no me necesita más...
¿Adónde ir ahora? Para San Felipe hizo dos años que estaba con él... Le he
pedido aunque fuese un rublo a cuenta de mi trabajo... Él ha dicho que no me
daría ni un solo kopek. Que el dinero no es una cosa que nadie encuentre tirado
en medio del camino.
—¡Vamos a
casa! —dijo lacónicamente Efim.
Se quitó
el capote sin prisa, lo colgó de un clavo, se sentó a la mesa e hizo sentarse
frente a él a la acongojada muchacha.
—¿Cómo
estabas con él, con contrato de trabajo?
—No lo
sé... Desde el año del hambre.
—¿Y no
firmaste ningún contrato, ningún papel?
—No. Soy
analfabeta, apenas si sé firmar.
Después
de unos momentos de silencio, Efim tomó
de la estantería una cuartilla de papel de envolver y con letra enrevesada pero
clara, escribió:
«Al
tribunal popular del distrito 8
»Por la
presente...
* * *
Desde la
primavera del año anterior, cuando Efim había presentado en el comité ejecutivo
de la
stanitsa
una denuncia contra los campesinos ricos, que no habían declarado sus
sementeras, Ignat
—hasta
entonces el dueño y señor de todo el jútor— le guardaba un secreto rencor.
Abiertamente no lo demostraba, pero disimuladamente, sin que se advirtiera, le
hacía todo el daño posible. Una noche, cuando Efim se había ido al jútor, se
acercó con dos carros y se llevó casi la mitad del heno que el otro había
segado. Efim calló, aunque pudo ver que las huellas de las ruedas conducían
hasta la misma era de Ignat.
Dos semanas después, los lebreles de Ignat
llevaron a éste a un cubil de lobos. La madre no estaba. Ignat sacó del cubil a
los dos lobeznos —ásperos e impotentes—
y los metió en un saco. Lo ató al arzón, subió al caballo y, sin prisa, tomó el
camino de su casa.
El
caballo no cesaba de resoplar y mantenía las orejas
recogidas temerosamente, se encogía como disponiéndose a dar un salto.
Los lebreles se metían en las mismas patas de la montura, olfateaban
el aire, levantando los cheposos morros, y aullaban suavemente. Ignat se
balanceaba en la silla, acariciaba el cuello del caballo y sonreía irónicamente
para sus adentros.
El corto
crepúsculo de verano daba paso a la noche cuando Ignat bajaba la cuesta que
conducía al jútor. Bajo los cascos de los caballos saltaban las piedras
desprendidas y en el saco del arzón se removían silenciosos los lobeznos.
Poco
antes de llegar al patio de Efim, Ignat tiró de la brida y se apeó de un salto.
Desató el saco, sacó el primer lobezno que encontró su mano, buscó bajo el
suave calor de la piel el fino tubo de la garganta y, torciendo el gesto, la
apretó entre el pulgar y el índice. Un breve chasquido. El lobezno, con el
gaznate partido, vuela por encima de la cerca al patio de Efim y cae sin ruido
en los espesos cardos. Un instante después, el otro cae a dos pasos del
primero.
Ignat se
limpia las manos con asco, salta sobre la silla y hace restallar la fusta. El
animal lanza un resoplido y sale aventado por la calleja, seguido de los
lebreles de hundidos flancos.
Aquella
noche la loba bajó al jútor y, durante largo rato, como una sombra negra e
inmóvil, se mantuvo junto al molino. El viento soplaba
del Sur y traía
hasta ella olores hostiles,
ruidos extraños. Con la cabeza hundida, pegada a la hierba, la loba se
arrastró hacia la calleja y se detuvo
frente al patio de Efim, olfateando las huellas. Sin tomar carrera, saltó la
cerca de dos varas y se deslizó por entre los cardos.
Efim,
despertado por los mugidos de las bestias, encendió la linterna y salió al
patio. Corrió hacia al establo: la puerta estaba entreabierta. Dirigió hacia
allí la incierta luz amarilla y vio, caída contra el pesebre, una oveja con las
patas muy abiertas, por entre las cuales los intestinos dejaban escapar una
nube de vapor. Otra estaba en medio del establo; de su garganta, destrozada, ya
no salía sangre.
Por la
mañana, Efim encontró casualmente entre los
cardos los lobeznos muertos, y adivinó quién había sido el autor
de todo aquello. Recogió los lobeznos con una pala, los llevó a la estepa y los
tiró lejos del camino.
Pero la
loba volvió a visitar otra vez el patio de Efim. Hizo un agujero en la
techumbre de junco del cobertizo, mató sin ruido la vaca y desapareció sin que
nadie advirtiese su presencia.
Efim
llevó la vaca degollada al arenal donde tiraban los animales muertos y desde
allí, directamente, se dirigió a
la casa de Ignat.]Éste
se encontraba en un cobertizo,
preparando el costillar de un carro nuevo. Al ver a Efim dejó el hacha,
sonrió y, a la espera, se apoyó en el timón de un trineo que guardaba en el
cobertizo.
—¡Acércate
al fresco, Efim!
Sin
perder la calma, Efim se aproximó y se sentó a su lado.
—Tienes
buenos perros, tío Ignat.
—Sí,
hermano, son unos perros caros... ¡Eh, Razboi, ven aquí!
De los
escalones del portal saltó un lebrel de fuerte pecho y largo de patas, que,
meneando el enroscado rabo, se acercó a su amo.
—Por
Razboi pagué a
los cosacos de
Ilinsk una vaca
con el ternero. —Sonriendo
con las comisuras de los labios, Ignat prosiguió—: Es un buen perro...
Hace frente al lobo...
Efim
alargó la mano hacia el hacha y volvió a preguntar, mientras rascaba el cuello del lebrel:
—¿Una
vaca dices?
—Con su ternero. Pero no es su precio. Vale más.
Efim, con
un movimiento rápido, levantó el hacha y la descargó, abriendo en dos el cráneo
del perro. Hasta Ignat llegaron salpicaduras de sangre y de cálida masa
encefálica.
Efim,
lívido, se puso en pie, tiró el hacha y murmuró en un soplo:
—¿Has
visto?
Ignat se quedó
mirando con los ojos
fuera de las órbitas,
cortada la respiración, las
patas retorcidas del perro.
—¿Te has
vuelto loco? —jadeó.
—Me he
vuelto loco —murmuró Efim, con un leve estremecimiento—. ¡La cabeza te la debía
hundir a ti, canalla, y no al perro!.... ¿Quién tiró los lobeznos a mi patio?
¡Eso fue cosa tuya!.... Tienes ocho vacas.... si pierdes una no es mucho para ti. A mí, en cambio, la loba me mató la
última, mi hijo ha quedado sin leche...
Efim se
dirigió a grandes pasos hacia la salida. En el mismo portillo le alcanzó Ignat.
— ¡Lo del
perro me lo pagarás, hijo de mala madre!.... —gritó cerrándole el camino. Efim
llegó hasta él y respirando en las barbas alborotadas del otro, articuló:
—¡No me
toques, Ignat! No tengo nada de común
contigo, no soportaré una ofensa. ¡Al mal contestaré con el mal! Ha
pasado el tiempo en que doblaba ante ti el espinazo... ¡Fuera!
Ignat se
apartó, cediéndole el
paso. Dio un portazo y durante
largo rato no cesó
en sus imprecaciones, amenazando
con el puño a Efim, que se alejaba.
* * *
Después de lo del
perro, Ignat cesó de
molestar a Efim. Al
encontrarse con él, saludaba y apartaba la vista. Las relaciones siguieron así hasta que el tribunal condenó
a Ignat al pago de sesenta rublos
a Dunka, su antigua criada. Desde aquel
día Efim tenía la sensación de que el peligro le amenazaba desde la casa de Ignat. Algo se preparaba.
Los ojillos de zorro de Ignat sonreían misteriosamente al mirar a Efim.
En cierta
ocasión, hallándose en el comité ejecutivo, el presidente preguntó como de
pasada:
—¿Has
oído, Efim, que a mi suegro le han condenado al pago de sesenta rublos?
—Sí.
—¿Quién
ha podido abrir los ojos a esa estúpida de Dunka? Efim sonrió y miró a los ojos
del presidente.
—La
necesidad. Tu suegro la echó de casa sin darle ni un trozo de pan para el
camino, siendo así que Dunka había trabajado para él dos años.
—Pero
también le dio de comer...
—¿Y no la
hacía trabajar de la mañana a la noche? —En
una casa ya sabes que no se trabaja por horas. —Parece que sientes gran
curiosidad por saber quién denunció el caso a los tribunales.
—En
efecto, ¿quién pudo hacerlo?
—Lo hice
yo —contestó Efim, y por la cara del presidente comprendió que para él no
constituía una sorpresa.
A la
caída de la tarde, Efim se fue a casa. Se llevaba unos documentos y una orden
del comité ejecutivo de la stanitsa.
«La
copiaré después de cenar», pensó por el camino.
Cenó,
cerró las maderas por la parte del patio y se sentó a la mesa con la intención
de copiar la orden. Incidentalmente, se fijó en los marcos desnudos de las
ventanas.
—Masha,
¿no habías comprado tela para visillos?
—Compré dos metros... pero
ya sabes que el niño estaba
sin ropa... desnudo... le
hice dos pañales.
—Bueno,
no importa... Pero mañana no te olvides de comprar otra. No está bien así: si
alguien abre las maderas desde la calle, puede verlo todo.
Al otro
lado de las ventanas, recubiertas de dibujos por la helada, el viento levantaba
la nieve al ras del suelo. Nubes sin forma y pesadas cubrían el cielo. En las afueras del jútor, allí
donde la loma de abultada frente descendía hasta las primeras casas por una
cuesta cubierta de hierbas, los perros ladraban. Sobre el río, los sauces
murmuraban ofendidos, se lamentaban al
viento del frío, del mal tiempo,
y los crujidos de sus ramas
sacudidas y el ruido del
viento se fundían
en un zumbido bien acompasado de
hondos acentos.
Efim,
mojando la pluma en un tintero de fabricación doméstica, que contenía una tinta
hecha con agallas de roble, miraba de vez en cuando hacia la ventana, que en su
cuadrado mudo y negro ocultaba una amenaza silenciosa. No se sentía tranquilo. Un par de horas más tarde, las
maderas crujieron por la parte de la calle y se entreabrieron ligeramente. Efim
no oyó nada, pero al volver la vista hacia la ventana se quedó frío de horror: por un pequeño hueco trasparente que dejaban
los dibujos de la escarcha en el vidrio, le miraban fijamente, arrugados, unos
ojos grises que le eran familiares. Un segundo después, por la parte de la
calle, al nivel de su cabeza, apareció el agujero negro de un cañón de fusil.
Efim, echado hacia atrás, se quedó
inmóvil, pálido. El marco de la
ventana era sencillo y oyó claramente el ruido del percutor. Unas cejas
asombradas se arquearon sobre los ojos
grises... El disparo no se había producido. Por unos instantes, del otro lado
del vidrio desapareció el circulito negro, el cerrojo resonó secamente; pero
Efim, dándose cuenta de la situación, apagó la luz. Y apenas si había tenido
tiempo de bajar la cabeza, retumbó el disparo, el cristal saltó hecho añicos y
la bala dio un beso sonoro a la pared,
salpicando a Efim de pequeños trozos de yeso.
El viento
irrumpió por el roto de la ventana, cubriendo el banco de un polvo de nieve. El
niño empezó a llorar estrepitosamente, las maderas de la ventana se cerraron...
Efim se
arrastró sin ruido por el suelo y, a gatas, llegó a la ventana.
—¡Efímushka!
¡Querido mío!.... ¡Ay, Señor!.... ¡Efímushka!.... —lloraba su mujer en la cama.
Pero él, con los dientes
apretados, no contestó. Un
temblor nervioso sacudía su cuerpo. Se
incorporó
y se asomó por la ventana rota; vio que por la calle escapaba al trote alguien
envuelto en una nube de polvo de nieve. Apoyándose en el banco, Efim se levantó
por completo, pero de nuevo se tiró al suelo: por la madera entreabierta asomó
el cañón de un fusil, resonó el disparo... El olor acre del humo de pólvora
llenó la casa.
* * *
A la
mañana siguiente, Efim, con los ojos hundidos y la tez amarilla, salió al
portal. Lucía el sol, de las chimeneas subían columnas de humo, en el río
mugían los animales que llevaban a abrevar. En la calle había huellas recientes
de los patines de trineo, la nieve recién caída cegaba los ojos con su
inmaculada blancura. Todo era ordinario, corriente, conocido, y lo ocurrido
durante la noche le parecía a Efim un
mal sueño. Cerca del muro, frente a la ventana rota, encontró dos vainas y un
cartucho de fusil con el pistón herido por el percutor. Durante largo rato
estuvo dando vueltas entre las manos al cartucho, cubierto de óxido, y
pensando: «Si no hubiera sido por el fallo, si no hubiera sido porque el
cargador estaba húmedo, aquí habrían acabado tus días, Efim».
En el
comité ejecutivo, el presidente estaba ya en su puesto. Al oír el chirrido de
la puerta lanzó una rápida mirada sobre Efim y de nuevo inclinó la cabeza sobre
el periódico.
—¡Rvachov!
—le requirió Efim.
—¿Qué
quieres? —contestó el interpelado, sin levantar la cabeza.
—¡Rvachov!
¡Mira aquí!....
El
presidente levantó la cabeza sin ganas. Sus ojos, grises y muy separados,
miraron a Efim por debajo de la brusca fractura de las cejas.
—¿Eres tú, miserable, el que
ha disparado contra mí esta noche?
—preguntó con voz ronca
Efim.
El
presidente enrojeció y dejó ver una risa forzada:
—¿Qué
dices? ¿Te has vuelto loco?
Ante los
ojos de Efim desfilaron los detalles de la noche pasada: la mirada dura y fija,
las negras fauces del fusil, el grito de su mujer... Hizo un gesto de
cansancio, se sentó en el banco y sonrió:
—No has
tenido suerte. Los cartuchos estaban húmedos... ¿Dónde los guardabas?
¿Enterrados? El presidente, ya repuesto, contestó con acento glacial:
— No sé
de qué hablas: se ve que has bebido una copa de más.
Hacia el
mediodía, el rumor de que Efim había sido objeto de un atentado aquella noche
era la comidilla de todo el jútor. Frente a su casa se amontonaban los curiosos. Iván Donskov hizo salir a Efim
del comité ejecutivo y le preguntó:
—¿Has
dado parte a la milicia?
—Hay
tiempo de hacerlo.
—Bueno,
hermano, no te amilanes: no estás solo. Con Ignat no quedan más de cinco, y ya
los conocemos. Nadie seguirá a los ricos, todos se han apartado de ellos.
¡Basta!....
Por la
tarde, cuando en la casa de Fedka el zapatero se habían reunido los jóvenes y
la conversación apasionada de siempre se había entablado bajo el acompañamiento
del martilleo, Vaska Obnizov, de la misma quinta de Efim, se sentó al lado de éste y le susurró con afecto, apretándole
el hombro:
—Ten
presente, Efim: si te matan, surgirán veinte Eximes nuevos. ¿Comprendes? ¡Te
hablo en serio! ¿Te acuerdas del
cuento de los bogazires1?
Matan a uno y se convierten en dos...
¡Pues nosotros no nos convertiremos en dos, sino en veinte!
* * *
Efim
se había
dirigido a la stanitsa
por la mañana. Estuvo
en el comité
ejecutivo, en la cooperativa de
crédito; en las
milicias hubo de esperar largo
rato la llegada del
jefe. Cuando terminó sus asuntos
empezaba a oscurecer.
Salió de
la stanitsa y por el hielo liso y resbaladizo del río emprendió el camino de
regreso. Anochecía. El frío le pinchaba ligeramente las mejillas. La noche,
poca acogedora, mostraba su azul oscuro por el Oeste. Pasada una curva
aparecieron las negras hileras de las construcciones del jútor. Efim aceleró el
paso. Al volver la vista advirtió que a unos doscientos pasos le seguían en
grupo tres hombres.
Después
de calcular a ojo la distancia hasta el jútor, Efim alargó el paso, pero al
cabo de un minuto, al mirar de nuevo, vio que los otros, lejos de quedarse
atrás, parecían haberse acercado. Dominado por la inquietud, Efim pasó al
trote. Corría como en los ejercicios militares, con los codos pegados a los
costados y aspirando el aire helado por la nariz. Pensó en salir a la orilla,
pero recordó que en aquellos lugares la nieve era muy profunda y siguió a lo
largo del río.
Ocurrió
que al no calcular bien los movimientos, resbaló, no pudo enderezarse y cayó
cuan largo era. Al incorporarse miró atrás: se le echaban encima... El primero
de ellos corría con pasos ligeros y elásticos, blandiendo un palo aguzado.
El
espanto estuvo a punto de arrancar de la garganta de Efim un grito pidiendo
socorro, pero hasta el jútor había más de una versta. Nadie podría oírle.
Comprendiéndolo así, Efim apretó los labios y siguió adelante en silencio,
tratando de recuperar el tiempo perdido en la caída. Durante unos minutos la
distancia que le separaba del primero de los
Perseguidores
pareció que no se reducía; luego, al volver la cabeza, Efim vio que el otro le
daba alcance. Reuniendo todas sus fuerzas, corrió aún más de prisa, y en
aquellos instantes su oído captó un nuevo ruido: sobre el hielo,
con sorda resonancia, el palo
se deslizaba vertiginosamente. El
golpe derribó a Efim. Se puso en pie y reemprendió la carrera. Por un instante
recordó: así corría en Tsaritsin durante el ataque en el que habían expulsado a
los blancos de sus posiciones, la misma sensación sofocante de ahogo le inundó
entonces el pecho...
El palo,
lanzado por una mano fuerte, derribó de nuevo
a Efim. No llegó a levantarse... A sus espaldas, alguien lo echó a un
lado de un golpe terrible en la cabeza. Reuniendo en un grumo de hierro toda
su voluntad, tambaleándose, Efim se puso
a gatas, pero otro golpe
le hizo caer de bruces.
1
Paladines de las viejas leyendas rusas.
«¿Por qué
está caliente el hielo?», le cruzó como un relámpago por la mente. Miró a un
lado y vio los tallos rotos de los juncos. «También me han roto a mí...». Y a
continuación, entre las nubes de su conciencia emergieron unas palabras de
fuego: «Ten presente, Efim: si te matan
surgirán veinte Efimes nuevos... Como en el cuento de los bogazires...».
Allí,
entre los juncos, había un zumbido largo, ininterrumpido... Efim no sintió cómo
le clavaban el palo en la boca, rompiéndole los dientes y abriéndole las
encías. No sintió cómo la horquilla le penetraba en el pecho y se torcían sus
puntas de hierro al chocar con la espina dorsal...
* * *
Los tres,
después de encender un cigarrillo, se dirigieron a paso rápido hacia el pueblo.
Detrás de uno de ellos marchaban varios lebreles. La ventisca se desató, la
nieve que caía sobre el rostro de Efim no se derretía ya
en sus frías mejillas,
en las que se
habían congelado dos lágrimas
de insoportable dolor y de espanto.
1926
EL
POTRILLO
EN PLENO
DÍA, junto a un montón de estiércol plagado de moscas esmeralda, con la cabeza
por delante y las patas anteriores tiesas, salió del vientre materno y lo
primero que vio sobre él fue la pelota suave y azulenca que se esfumaba de la explosión de un shrapnel;
el profundo zumbido lanzó su mojado cuerpo
a los pies de la madre. El espanto fue la primera sensación que conoció
aquí, en la tierra. La fétida granizada de la metralla que repiqueteaba en las
tejas que cubrían la cuadra,
salpicando ligeramente el
suelo, obligó a la
madre del potrillo —la yegua
alazana de Trofim— a ponerse en pie de un salto y de nuevo, con un breve relincho, a caer con el flanco sudoroso en el montón
providencial.
En el
silencio sofocante que siguió se oyó más netamente el zumbido de las moscas. El
gallo, que a causa del cañoneo no se atrevía
a saltar sobre la cerca, batió un par de veces las alas a la sombra de
los lampazos y lanzó su canto despreocupado, aunque sordo. De dentro de la casa
salía el lloroso carraspeo de un servidor de ametralladora herido. De tarde en
tarde dejaba escapar un grito, que alternaba con furiosas imprecaciones. En el
jardinillo de la fachada, las abejas bordoneaban sobre el sedoso rojo de las
adormideras. En el prado de las afueras de la stanitsa la ametralladora acababa
de consumir la cinta y bajo el acompañamiento de su alegre tableteo, entre el
primero y el segundo cañonazos, la yegua alazana lamía amorosamente a su primogénito, el cual, cayendo sobre las
hinchadas tetas de la madre, sentía por primera vez la plenitud de la vida y la
portentosa dulzura de la caricia materna.
Cuando el
segundo proyectil hizo explosión al otro lado de la era, de la casa salió,
dando un portazo, Trofim, que se encaminó a la cuadra. Dio la vuelta al montón
de estiércol, se protegió con la mano los ojos de los rayos del sol y, al ver
el potrillo que, temblando de tensión, mamaba en las tetas de su propia yegua
alazana, buscó distraído en los bolsillos; sus dedos, estremecidos, encontraron
la bolsa del tabaco. Y sólo al ensalivar el pitillo recobró el uso de la
palabra:
—Ya-a-a...
¿Quiere decirse que has parido? ¡El momento no podía ser mejor! —En la última
frase había un amargo resentimiento.
En los
flancos de la yegua, ásperos después de secado el sudor, se habían
pegado hierbas y trozos de
estiércol. Estaba flaca hasta la inconveniencia, pero sus ojos irradiaban una
alegría orgullosa entremezclada de cansancio, y su morro superior,
aterciopelado, parecía contraerse en una sonrisa. Así, por lo menos, se le figuró a Trofim. Cuando hubo llevado la
yegua a la cuadra y el animal resopló,
sacudiendo el morral repleto de grano, Trofim se recostó en el marco de la puerta
y, mirando hostilmente al potrillo, preguntó con voz sorda:
—¿Se
acabó la diversión?
Sin
aguardar respuesta, prosiguió:
—Si al
menos lo hubieses tenido con el potro de Ignat. Pero el diablo sabe de quién
será... ¿Y
qué voy a
hacer con él?
En la
penumbra silenciosa de la cuadra, el grano resonaba al ser triturado. En la
rendija de la puerta el rayo de sol, que bajaba oblicuo, limaba un polvo de
oro. La luz caía sobre la mejilla izquierda de Trofim, su bigote rojizo y las
cerdas de su barba se teñían de escarlata; las comisuras de sus labios formaban
unos surcos oscuros y curvos. El potrillo se mantenía de pie con sus patas finas y peludas, como un
caballito de madera.
—¿Habrá
que matarlo? —El dedo de Trofim, gordo y ennegrecido por el tabaco, se dobló en dirección al potrillo.
La yegua
volvió el globo del ojo, sanguinolento, batió el párpado y miró burlonamente a
su amo.
* * *
En el
cuarto donde se alojaba el jefe del escuadrón, aquella
tarde tuvo lugar la conversación siguiente:
—Me di
cuenta de que mi yegua estaba preñada, no podía pasar del trote. Del galope no
hay que hablar, el cansancio la mataba. Resultó que había quedado preñada...
Por mucho que la había vigilado... El potrillo es bayo... Esto es lo que hay
—explicaba Trofim.
El jefe
del escuadrón apretó la jarra de cobre con el té; la apretaba como la
empuñadura del sable ante una carga, y con ojos de sueño miraba la lámpara.
Sobre la luz amarillenta revoloteaban unas mariposas peludas. Caían por la
abertura, chocaban contra el cristal y otras venían a sustituirlas...
—...es lo
mismo. Bayo o negro, es lo mismo.
Habrá que pegarle un tiro. Con ese potrillo pareceríamos una tribu de gitanos.
—¿Qué? Es
lo que yo decía, una tribu de gitanos. ¿Y si se presenta el comandante jefe? Si
viene a pasar revista al regimiento y el potrillo se planta delante de la
formación y empieza a menear la cola...
¿Qué resultaría? Una
vergüenza, un baldón para
todo el Ejército Rojo. Ni
siquiera comprendo, Efim, cómo has podido consentirlo. En plena guerra civil y tú nos vienes con una indisciplina semejante... Debería
darte vergüenza. Los que guardan los caballos, tienen la orden severa de
mantener los potros aparte.
A la
mañana siguiente, Trofim salió de la casa con el fusil. El sol no había
apuntado aún. El rocío adquiría en la hierba un tinte rosáceo. La pradera,
pisoteada por las botas de la infantería y cortada por las
trincheras, recordaba el
rostro de una
muchacha embargada en su dolor. Los rancheros estaban ocupados junto a
la cocina de campaña. En el portal se hallaba sentado el jefe del escuadrón. Su
camiseta estaba medio podrida de pasados sudores. Sus dedos, familiarizados con
el frío excitante de la culata del revólver, recordaban torpemente algo querido
y olvidado: las asas de una olla para guardar pastelillos. Trofim, al pasar de
largo, se interesó:
—¿Estás
tejiendo una esterilla?
El jefe
del escuadrón, con un fino junco en la mano, dejó escapar entre dientes:
—La
mujer, la dueña de la casa que se ha empeñado... En tiempos las hacía muy bien, pero ahora no,
no me sale.
—Qué
va... está bien hecha —le alabó Trofim.
El jefe
del escuadrón aplastó con la rodilla los salientes de los juncos y preguntó:
—¿Vas a
matar al potrillo?
Trofim,
en silencio, hizo un gesto y siguió hacia la cuadra.
El jefe
del escuadrón, con la cabeza baja, esperaba el disparo. Pasó un minuto, otro, y
el disparo no se producía. Trofim volvió del otro lado de la cuadra. Parecía
turbado.
—¿Qué
ocurre?
—Se ha
debido de estropear el percutor. No hiere el pistón.
—A ver,
dame el fusil.
Trofim se
lo entregó sin ganas. El jefe del escuadrón tiró del cerrojo y arrugó los
párpados.
—Pero ¡si
aquí no hay cartucho!....
—¡No
puede ser!.... —exclamó, acalorado, Trofim.
— Te digo
que no lo hay.
— Lo he
sacado allí... detrás de la cuadra...
El jefe
del escuadrón dejó a un lado el fusil y durante un buen rato estuvo dando
vueltas a la esterilla recién terminada. El junco verde olía a miel y estaba
aún pegajoso. A la nariz le venían aromas de sauce en flor, de tierra labrada,
de un trabajo olvidado en el incendio implacable de la guerra...
—¡Escucha!.... Al diablo
con él! Que se quede
con la madre.
Provisionalmente y todo eso. Cuando la
guerra termine, aún habrá que labrar... Y el comandante jefe, llegado un caso,
comprenderá la situación, porque el animal tiene que mamar... También el
comandante jefe chupó el biberón, como cada hijo de vecino. ¡Ésa es la
costumbre y se acabó! En cuanto al percutor de tu fusil, está en buenas
condiciones.
* * *
Un mes
más tarde, el escuadrón
de Trofim entró en combate con una sotnia cosaca en
las inmediaciones de la stanitsa Ust-Jopíorskaia. El tiroteo empezó a la caída de la tarde. Cuando se lanzaron al
ataque, anochecía. A medio camino, Trofim se quedó muy rezagado de su sección:
Ni la fusta ni el bocado que le desgarraba los belfos podían hacer que la yegua
pasase al galope. Con la cabeza enhiesta, entre roncos relinchos, se negó a
avanzar hasta que el potrillo, con la cola flotante, la hubo alcanzado. Trofim
echó pie a tierra, enfundó el sable y con el rostro desfigurado por la cólera,
echó mano al fusil. El flanco derecho había entrado en contacto con los
blancos. Junto a un barranco, como
llevada por el viento,
la masa humana iba de
un lado a otro. Los sables eran manejados en silencio. Trofim miró
durante un segundo hacia allí y
apuntó a la bien esculpida cabeza del
potrillo. Fuera porque su mano tembló en las prisas o por cualquier otra causa,
el caso es que después del disparo el potrillo coceó estúpidamente, emitió un
fino relincho y, levantando con los cascos pelotas grises de polvo, describió un círculo y se
detuvo a lo lejos. El cargador que
Trofim vació contra el diablillo no era de cartuchos ordinarios, sino
antitanques —con unas franjas rojas de cobre—,
y convencido de que estas balas —las primeras que había cogido de la
bolsa de costado— no causarían daño alguno al retoño de la yegua alazana, saltó
sobre ésta y, entre terribles blasfemias, se dirigió al trote hacia el lugar
donde unos cosacos barbudos de piel bronceada, pertenecientes a los creyentes
del rito antiguo, hacían retroceder hacia el barranco al jefe del escuadrón y a
tres soldados rojos.
Aquella
noche el escuadrón pernoctó en la estepa, junto a una cortada poco profunda. Se
fumaba poco. Los caballos permanecían sin desensillar. Al volver del Don, la
patrulla de reconocimiento informó que en el prado se habían concentrado grandes fuerzas enemigas.
Trofim,
con los pies descalzos
envueltos en los
faldones de su
chubasquero, permanecía
acostado, evocando a través del duermevela los acontecimientos del día que
acababa de transcurrir. Veía ante sus
ojos al
jefe del escuadrón,
que saltaba el barranco; un creyente del rito antiguo, mellado, que cruzaba el sable
con el comisario político; un cosaco joven y musculoso abatido a sablazos; una
silla de montar bañada en sangre negra, el potrillo...
Poco
antes del amanecer, el jefe del escuadrón se acercó a Trofim y se sentó a su
lado.
—¿Duermes,
Trofim?
—A
medias.
El jefe
del escuadrón dijo, contemplando las estrellas, que se iban extinguiendo:
—¡Debes matar a tu potro! Provoca el pánico durante
el combate... Lo miro, y me tiembla la mano...
soy incapaz de
descargar un sablazo. Y todo
eso a
causa de su
aspecto de animal doméstico, cuando en la guerra eso es algo de que debemos prescindir... El
corazón, que era de piedra, se convierte
en un estropajo... El maldito se nos metía durante la carga por entre las
piernas, y por no aplastarlo... —Hizo una pausa y en su cara se dibujó una
sonrisa soñadora, aunque Trofim no vio esa
sonrisa—. ¿Comprendes? Esa cola...
La pone tiesa como un zorro... ¡Es una
cola espléndida!....
Trofim
permaneció en silencio. Se tapó la cabeza con el capote y, estremeciéndose al
sentir la humedad del rocío, se quedó dormido con asombrosa rapidez.
* * *
Frente al
viejo monasterio, el Don, apretado a la
montaña, corre desenfrenadamente. El agua forma remolinos en la curva y las
ondas verdosas coronadas de blanco arremeten contra los bloques de creta caídos
al lecho en un desprendimiento de primavera.
Si los
cosacos no mantuviesen en sus manos los lugares donde la corriente es más débil
y el
Don fluye
más ancho y pacífico, y si desde allí no hubiesen empezado a cañonear las
faldas de la
montaña,
el jefe del escuadrón nunca se habría decidido a hacer pasar su fuerza a
nado frente al monasterio.
El cruce
empezó al mediodía. Una barcaza de regular tamaño cargó con uno de los
carricoches provistos de ametralladora, con los servidores y los tres caballos
del tiro. El caballo de la izquierda, que no había visto nunca el agua, se
asustó cuando, en medio del río, la
barcaza dio una vuelta brusca contra la corriente y se inclinó ligeramente de
costado. Al pie del monte, donde los hombres del escuadrón habían echado pie a
tierra y desensillaban sus monturas, se
oyó perfectamente el relincho de la bestia alarmada y el ruido de las
herraduras al golpear contra las tablas.
—¡Van a
perder la barca! —gruñó Trofim, arrugando el entrecejo, y no tuvo tiempo de
pasar la mano por el lomo sudoroso de su yegua:
en la barcaza,
el caballo resopló
salvajemente y se encabritó,
retrocediendo hacia el timón del carro.
—¡Pegadle
un tiro!.... —rugió el jefe del escuadrón, retorciendo la fusta entre sus
manos.
Trofim
vio que el tirador se colgaba del cuello del caballo y le metía el cañón del
revólver por una oreja. El disparo sonó como un petardo de juguete, los otros
dos caballos se arrimaron aún más uno contra otro. Los servidores de la
ametralladora, temerosos por la suerte de la barcaza, apretaron la bestia
muerta a la parte posterior del
carricoche. Las patas delanteras del animal se doblaron lentamente, su cabeza
quedó colgando...
Diez
minutos después el jefe del escuadrón, al frente de sus hombres, dejaba la
lengua de arena y obligaba a su potro
bayo a entrar en el agua, seguido entre grandes chapoteos por el
escuadrón entero: ciento ocho jinetes medio desnudos y otros tantos caballos de
distintos pelajes. Las sillas eran transportadas en tres botes, uno de los
cuales estaba gobernado por Trofim, que
había dejado su yegua a cargo del jefe de sección Nechepurenko.
Desde
el centro del río, Trofim vio cómo los primeros
caballos se metían hasta la rodilla y bebían agua sin gana. Los hombres los
excitaban a media voz. Un minuto más tarde, a veinte brazas de la orilla, sobre
la superficie quedaron las espesas manchas
negras de las cabezas de caballo, entre un discorde coro de resoplidos.
Junto a los animales, agarrándose de la crin y con la ropa y la bolsa de
costado atadas al fusil, nadaban los soldados rojos.
Dejando
el remo en el fondo de la barca, Trofim se puso
en pie y, medio cegado por el sol, buscó ávidamente entre la masa de
cabezas la alazana de su yegua. El escuadrón parecía una bandada de gansos
salvajes dispersos en el cielo por los disparos de los cazadores: por delante,
sacando fuera el
lomo reluciente, nadaba el
potro bayo del jefe;
junto a su misma
cola se distinguían las dos
manchas de plata del caballo que en otro tiempo había pertenecido al comisario
político. Luego venía una masa oscura y
por último, rezagándose cada vez más,
se divisaba la cabeza peluda del jefe de sección Nechepurenko, a la izquierda del cual sobresalían las
puntiagudas orejas de la yegua de Trofim. Aguzando la vista, éste vio también
al potrillo. Avanzaba a empujones, ya casi saliendo del agua, ya hundiéndose
hasta que apenas si dejaba fuera el morro.
En aquel
momento, el viento que soplaba sobre el Don llevó hasta Trofim la llamada, fina
como un hilo de telaraña: i-i-i-ho-ho-ho...
El grito
sobre el agua era sonoro y afilado como
el aguijón del sable. Trofim sintió que se le clavaba en el corazón, y algo
inusitado ocurrió a aquel hombre: llevaba cinco años de guerra, había perdido
la cuenta de las veces que la muerte le había mirado a los ojos sin que él
palideciese bajo las cerdas rojizas de la barba. Pues bien, ahora se quedó
lívido, de un azul ceniza, y empuñando el timón dirigió la barca contra la
corriente hacia el remolino donde el potrillo se debatía agotadas ya las
fuerzas, mientras que a diez brazas de él Nechepurenko se esforzaba inútilmente en hacer volver a la
yegua, que se acercaba al remolino con un ronco jadeo. Stioshka Efrémov, amigo
de Trofim, que estaba en la barca sentado sobre el montón de sillas, le gritó
severo:
—¡No
hagas estupideces! ¡Ve hacia la orilla! ¡Mira dónde están los cosacos!....
—¡Te voy
a matar! —atronó Trofim, y echó mano a la correa del fusil.
La
corriente había arrastrado el potrillo lejos del lugar donde el escuadrón
efectuaba el paso. Un pequeño remolino le hacía girar lentamente, lamiéndolo
con las ondas verdes coronadas de blanco.
Trofim
manejaba el remo con todas sus fuerzas, la barca se movía a saltos. En la orilla derecha, los
cosacos aparecieron a
la salida de un
barranca. Tableteó el
ronco ladrido de la
ametralladora maxim. Las balas crepitaron sobre el agua. Un oficial de
guerrera de lienzo desgarrada gritó algo, empuñando el revólver.
El
potrillo relinchaba cada vez menos. Su grito, breve y penetrante, era cada vez
más sordo y fino. Y este grito era de un horrible parecido al grito de un niño.
Nechepurenko, que había soltado la yegua, llegó sin
esfuerzo a la margen izquierda. Trofim, tembloroso, tomó el fusil y disparó,
apuntando por debajo de la cabeza que el remolino trataba de engullir. Se quitó
las botas y con un sordo mugido, extendiendo los brazos, se lanzó al agua.
En la
orilla derecha, el oficial atronó:
—¡Al-to
el fue-go!....
Al cabo
de cinco minutos, Trofim estaba junto al potrillo. Con la mano izquierda lo
sujetó por el vientre, ya frío, y tragando
agua, con un hipo convulsivo, se dirigió hacia la orilla... De la parte
derecha no llegó ni un solo disparo.
El cielo,
el bosque, la arena: todo era de un verde claro, fantasmagórico... Un último
esfuerzo, sobrehumano, y los pies de Efim tocaron el fondo. Arrastró hasta la arena el cuerpo viscoso del
potrillo, vomitó, sollozando, un
agua verdosa, pasó
las manos por la
arena... En el bosque zumbaban las voces de los hombres del
escuadrón, al otro lado de la lengua de tierra retumbaban los cañonazos. La
yegua alazana estaba junto a Trofim, sacudiéndose el agua y lamiendo al
potrillo. De su cola caía, empapándose en la arena, un chorrito de agua
iridiscente...
Tambaleándose,
Trofim se puso en pie, avanzó dos pasos y, dando un salto, cayó de costado.
Algo como un pinchazo ardiente le había atravesado el pecho. Al caer oyó el
estampido del disparo. Fue un solo disparo que habían hecho contra él desde la
orilla derecha. En aquella parte, el oficial de la guerrera de lienzo
desgarrada dio un tirón indiferente del cerrojo de la carabina, haciendo saltar
la vaina humeante. En la arena, a dos pasos del potrillo, se retorcía Trofim y sus labios, duros y azulados, que llevaban
cinco años sin haber dado un beso a sus hijos, sonrieron y se cubrieron de
espuma sanguinolenta.
1926
LOS
CHANCLOS
I
DESDE QUE
LOS MOZOS de la stanitsa habían empezado a acudir al baile de la barriada —y
eso ocurrió aquel otoño, después de la trilla—, Siomka vio que Marinka mostraba
por él un profundo desvío. Como si nunca
se hubiesen jurado amor; como si
ella, Marinka, no hubiese regalado
a Siomka una bolsa para el tabaco,
de satén azul celeste, que ella
misma había bordado con sus
propias manos con un festón verde y unas letras de color de rosa que
resplandecían en su castidad en los cuatro ángulos del espléndido presente. Y
cuando Siomka sacaba la bolsa, ensalivaba un trozo de Krestiánskaia pravda y
liaba un grueso pitillo, ¿no le hablaban ingenuamente de amor las letras
maravillosas que resplandecían con un fuego de color de rosa?
Ahora
parecía haber palidecido el azul celeste de la bolsa de satén, que se habían
marchitado los dibujos amarillentos del
bordado y que las letras A. Q. A. R. —que afirmaban en nombre
de Marianka: «a quien amo regalo»— miraban a Siomka con malicia,
recordando a su poseedor la felicidad perdida. Incluso el tabaco
guardado en la bolsa parecía a Siomka que había adquirido un regusto amargo,
desagradable.
La causa
que había llevado al prematuro rompimiento de las relaciones amorosas con
Marianka, eran unos chanclos.
Siomka lo
advirtió el domingo en que los mozos de la stanitsa se presentaron por primera
vez en el baile. Uno de ellos, Grishka, a quien llamaban «Bigotemojado», llevaba un acordeón de tipo alemán, anchos pantalones de montar
con franjas a ambos lados y botas altas en las que con brillo cegador
resplandecían unos chanclos nuevos.
Pues bien:
Marinka no apartó de
estos chanclos sus ojos
admirados, mientras que
Siomka, olvidado y miserable, permaneció en un rincón hasta el fin del
baile. Desde allí, con una sonrisa torcida y temblorosa, miraba no a Marinka,
arrebolada por la danza, ni tampoco al labio inferior contraído del
acordeonista, sino el par de chanclos de Grishka, que trazaban sobre el sucio
suelo complicadas figuras.
Lo mismo
para los días de labor que para las fiestas, Siornka no tenía más que unas
mismas medias de punto y unos calzones rotos. La tela estaba tan raída que era
imposible remendarla, los hilos estaban casi gastados y dejaban ver el cuerpo
de Siomka, tan moreno que parecía hasta negro. Esto fue la causa de que después
del baile Grishka saliese a acompañar a
Marinka, mientras que Siomka se retiraba
el último del local,
en el que
quedaba una cargada
atmósfera de humo, y, arrimándose
a las cercas, mojadas por el rocío, se acercaba al patio de Marinka.
II
EL POLVO
REVUELTO por las ruedas cubría el camino como una suave alfombra de fieltro. La
noche cruzaba sobre la barriada empujada por el viento. La luna en cuarto
creciente, sin más cosas que hacer, vagaba por el cielo, y por la calle de la
barriada, delante de Siomka, caminaba Marinka apoyándose en el brazo de
Grishka. Marianka mantenía la cabeza ligeramente inclinada y Grishka, un tanto
encorvado, trazaba con los chanclos un surco en el esponjoso polvo y silbaba
entre dientes.
Frente al
patio de Marianka había unos troncos de sauce. La pareja se sentó, Siomka hizo
crujir sus dedos y saltó la cerca con la agilidad de una cabra.
A través
de los claros de la cerca se veía tan bien como si fuese de día a Marinka y a
Grishka, que pasaba los dedos por el teclado de su acordeón. Haciéndose
acompañar por él, Grishka vocalizó claramente a media voz:
—Oh,
Marishka, yo mismo no sé cómo sufro por ti.
Presta
atención a mis penas...
Marinka
se arrimó un poco más y preguntó insinuante:
—¿Dónde
ha comprado esos chanclos, Grigori
Klímich? Grishka balanceó la pierna:
—En la
cooperativa.
Siomka
veía que Marinka no apartaba de los chanclos de Grishka los fascinados ojos. A
través del insinuante ronquido del acordeón, oyó de nuevo la voz temblorosa de
Marinka:
—¿Cuánto
le han costado?
—Cinco y
medio.
—¿Cinco y
medio?... —repitió Marinka, y en su voz se advirtió un claro acento de
respetuoso asombro—. Tan caros, y usted los arrastra por el polvo...
Siomka
vio que Marinka se inclinaba y limpiaba con el delantal el polvo de los
chanclos de
Grishka.
Éste
recogió los pies.
—¿Qué
haces, Marinka? ¡Déjalo!.... Es algo que no tiene ningún valor para mí. ¡Tengo
dinero para comprarme otros! Pero has ensuciado el delantal...
—El
delantal se limpia...
—Marinka dio un suspiro—. En su
stanitsa las señoritas
usarán también chanclos, ¿verdad?
Grishka
cambió al otro lado el acordeón y se apoderó de la mano de Marinka.
—Sí que
los usan, pero yo no encuentro ninguna que me convenga... Una de ellas anda
detrás de mí, pero yo no le hago caso, parece un sapo.
Grishka
escupió despectivamente, se limpió los labios con la manga y durante largo rato
los tuvo apretados a la mejilla de Marinka...
Las
piernas se le habían dormido a Siomka a consecuencia de la incómoda posición en
que se encontraba, pero permanecía tras la
cerca, entre las coles, como clavado
en el suelo. Su única reacción cuando el blanco pañuelo de
Marinka y la elegante gorra de Grishka se confundieron en una mancha,
fue la de
echar enérgicamente la
cabeza atrás y buscar
alrededor, con manos temblorosas,
en la esperanza de tropezar con una piedra.
....La luna,
que seguía haciendo
travesuras tras las
nubes, se cansó
de sus andanzas
y, encorvada, empezó a descender hacia el oeste. En el cobertizo, con un
batir de alas, el gallo dejó oír su insolente toque de diana.
Grishka
se puso en pie.
—Bueno,
Marishka, ¿dónde nos reuniremos mañana?
Marinka
contestó con un susurro, arreglándose el pañuelo que se le había caído a un
lado:
—Le
esperaré en la herrería...
Siomka
sintió como si fuese lanzado por un resorte: de un tirón arrancó uno de los
gruesos palos que servían de soporte a la cerca.
Marinka
lanzó un grito y se hizo atrás hacia el portón. Grishka se engalló y le hizo
frente.
Saltó
Siomka la cerca y, blandiendo el garrote,
se acercó a Grishka. La cólera le impedía hablar. Tartamudeó:
—¿Qué es
eso de cortejar... a las mozas de otro?... ¿Qué es eso?...
—Vete,
vete... ¡larga amarras!.... Tienes el número ocho, aguarda a que te toque el
turno.
—No,
¡espera!.... He de pagarte lo que te debo... ajustaremos las cuentas...
—No tengo
que esperar nada... —repuso Grishka. Alargando la frase, e inclinando la
cabeza, sin levantar el brazo, arremetió contra Siomka y le propinó un fuerte
golpe en el vientre.
Una
sensación ardiente de ahogo le atenazó la garganta. Estuvo a punto de soltar el palo, pero
haciéndose fuerte, contrajo
los labios y descalgó
un garrotazo. La gorra saltó de
lacabeza de Grishka y voló dando
vueltas como una peonza.
El golpe,
al resbalar de costado, aplastó el acordeón. Del fuelle roto el aire se
escapó con un suspiro de alivio. Grishka
no tuvo tiempo de revolverse cuando el garrote, esgrimido de nuevo con fuerza,
cayó sobre su hombro.
Unos
instantes después, la camisa blanca de Grishka desaparecía a lo largo de la calle, mientras que Siomka,
perplejo, apretaba entre las manos la gorra
que su adversario había abandonado y, retorciéndose, tratando de vencer
la punzante sensación de ahogo que le dominaba, con voz fina y afligida decía a
Marinka, que permanecía junto al portón:
—Tú misma
me regalaste la bolsa de tabaco... ¡Tómala, víbora!.... Creía que eras buena y
tú en cuanto has visto unos chanclos te has puesto a besarte con él... Si yo lo
quisiera, podría tener veinte chanclos como ésos.
Marinka
disimuló un bostezo y, mirando las estrellas, que habían perdido su brillo,
dijo indiferente:
—¡Ya me
estás cansando,
zarrapastroso! Da reparo mirarte... Parece
como si los perros
te hubiesen desgarrado los calzones... con todas las vergüenzas al aire.
Y aún hablas de chanclos... — Bostezó otra vez, tan fuerte que se le saltaron
las lágrimas, y volviéndose de espaldas a Siomka le echó en cara con enojo—:
Vete con tus garrapatas... Procúrate, al menos, una alforja, mendigo.
Siomka se
justificó con voz sorda:
—Mis
pantalones no tienen nada que ver... no eres quién para darme órdenes... Y en
cuanto a las alforjas... Puede ser que a tu padre se le coman los piojos, ¿me meto yo en sus
asuntos? ¡Por mí pueden comerle hasta
las tripas!
Marinka
abrió con ruido el picaporte, se puso de puntillas y mirando desde el patio a
través del portillo, gritó:
—¡No
lleves la cuenta de los piojos ajenos! ¡Tú mismo estás lleno de ellos! Esta
primavera tu madre anduvo pidiendo limosna... Eres un mendigo y te atreves a
hablar mal de los padres de otro...
Siomka,
sin apuntar, escupió sobre el portillo.
—¡Apártate,
maldita!.... Lástima del tiempo que he perdido contigo; lamento haber besado
tus labios infames... ¡Ojalá te consuman las llamas! Puestas así las cosas,
preferiría besar a una ternera debajo del rabo que a ti, miserable...
—Hasta a una ternera darías asco, perro peludo...
—replicó venenosamente Marinka—.
Una cerda te besó y tres veces vomitó... ¡No vuelvas a acercarte a mí!
¡No te necesito para nada! ¡Puaf!
Siomka se
quedó mirando torpemente el portón, escuchando los pasos que se apagaban.
Aquella
noche, frente al portón de Marinka,
murió el amor de Siomka, que había nacido dos meses antes una tarde suave y
apacible en los melonares de la barriada.
III
AL DÍA
SIGUIENTE, con las primeras luces, Siomka salió a labrar. Tras el arado
marchaba serio y desgreñado. Dos veces, sin darse cuenta, cruzó el camino que
pasaba junto a su tierra. Su mano no era segura al sujetar la esteva y los
surcos salían poco profundos y torcidos. La reja, mal dirigida, arañaba apenas
la piel callosa del campo, y sólo en algunos trozos acertaba a levantarla. Y en
cada terrón revuelto por el pulido acero, Siomka creía ver el brillo de unos
chanclos...
Después
de comer se tumbó a descansar debajo del carro. Apenas el sueño se descolgó
sobre sus pestañas, Siomka se vio entre los muchachos de la barriada. Como
fuera de él mismo, admiraba de lejos sus propios pantalones caprichosamente
embutidos en las botas altas, mientras que más abajo, en el suelo cubierto de
cáscaras de pepitas de girasol, estaban los pies suyos, deslumbrantes con el
brillo de los chanclos.
El sueño
era dulce y reconfortante. Al despertar, la amargura llenó de nuevo hasta el
borde el corazón de Siomka.
* * *
El padre
de Siomka había dejado a éste a la hora de su muerte una vaca con su ternero y su mujer, enferma, con un montón de hijos.
Durante la primavera, la madre de Siomka se dedicaba a pedir limosna,
recogiendo cantos de pan al pie de las ventanas; llegado el invierno, los
chiquillos, desnudos, se apretaban sobre el horno, y durante el verano no
salían de los juncales del río, donde no necesitaban ni ropa ni calzado. El ternero,
a los tres años
se había convertido en un
buey excelente, trabajador, de un pelaje jabonero como se veían pocos, de ancha
cornamenta y fuerte de pecho; la vaca, en cambio, estaba agotada después de
tantos esfuerzos, casi no daba leche, tosía y padecía casi continuamente de
diarrea. Con tan escasos medios era difícil que Siomka pudiese salir adelante,
en una casa donde seis chiquillos se cuidaban unos a otros. Cualquiera
comprenderá que los frutos no podían ser grandes.
Para
labrar una desiatina empleó Siomka tres días. Tres días de meditación y de
suspiros que atravesaron la vida de Siomka como un largo sendero no pisado por
nadie a través de la estepa. El cuarto fue bueno, algo frío. El sol, pequeño y
de un amarillo anémico, cruzaba el cielo desteñido no sobre la barriada, como
durante el verano, sino a un lado de ella, hacia el Sur.
En la
barriada, el patio de Siomka era el único donde había aún una fajina de centeno
sin trillar. Por la mañana temprano prepararon la parva, Siomka pidió al vecino
un trillo de pedernales y
enganchó
a él la vaca y el buey. La Stepánovna —la madre de Siomka— se persignó:
—Empieza,
hijo, en el nombre de Dios.
Y la
trilla empezó «en el nombre de Dios».
La vaca
se detenía a menudo, encorvaba el lomo y remojaba la mies con un líquido verde
y maloliente. La madre de Siomka, con las manos, se apresuraba a retirar la
humeante boñiga, ponía a secar celosamente hasta la última espiga, mientras
Siomka, amarillo de rabia, descargaba con más fuerza los latigazos sobre el
sonoro costillar de la vaca, dejando marcadas las frecuentes huellas en la
arrugada piel de los flancos.
Mientras
extendían la segunda parva, Siomka dijo:
—Debemos
vender la vaca, madre... No nos sirve para nada. Ni para montar ni en el
trabajo. Va a ensuciar todo el centeno mientras trillamos, y con el arado es
una inutilidad.
Las manos
de la Stepánovna, retorcidas por un viejo reumatismo, se levantaron y volvieron
a bajar impotentes.
—¿Te has
vuelto loco, Siómushka? ¿Qué vamos a dar a los chiquillos? Con sólo leche el
alma se mantiene en el cuerpo.
—La vaca
está como para morirse cualquier día. Los chicos pueden alimentarse de
calabaza.
—Con
calabaza se les hinchará la tripa...
Siomka
tiró con furia el rastrillo en el montón de grano.
—¿Y qué
comeremos en invierno? ¿No ves todo lo
que tenemos? Párate a pensar: habremos recogido unos veinte puds. Antes que
termine el año los habremos consumido. ¿Qué haremos después?...
—El buey,
acaso... ¿Y si vendiésemos el buey, Siomka?...
—Espera, ¿qué dices? —preguntó Siomka, palideciendo y
con voz temblorosa—. Entonces no podríamos trabajar la tierra. No podríamos ni
labrar ni recoger la cosecha... ¿Cómo se te ocurre eso?...
—¡Pero
sin la vaca se morirán los chicos!
—replicó la madre. Y la conversación no siguió adelante.
IV
EL
DIECIOCHO DE CADA MES, en la stanitsa era día de mercado. Desde los poblados
vecinos llevaban los cosacos sus animales, desde la estación del ferrocarril
llegaban los compradores al por mayor, y en la misma plaza del mercado los
comerciantes montaban sus puestos de
tabla. En los mostradores llamaban la
atención las olorosas
piezas de satén;
junto a los tenderetes
de los guarnicioneros, los
barbudos cosacos probaban con los dientes la calidad del cuero; las
cacharrerías ofrecían sus pucheros y
ollas; los acordeones lloraban; las mozas, corriendo sobre sus zapatitos,
chillaban y hacían mover las faldas con provocativo meneo; los gitanos cansaban
a los caballos; en las tabernas, los cosacos bebían para celebrar el encuentro.
El mercado olía a miel, a piel curtida de oveja y a excremento de caballo.
La brisa
se llevaba esos olores acres y salados, tan distintos unos de otros. Durante
dos días, en la stanitsa no cesaba el zumbido de innumerables voces. Un día de
mercado, por la mañana, la madre preguntó a Siomka:
—¿Vas a
llevar a vender el buey o no?
Siomka
estaba pelando, quemándose los dedos, una patata cocida. A la pregunta de la
madre no contestó, se sopló los dedos y
limpió sus rodillas de los pellejos de patata que habían caído en ellas.
La
Stepánovna prosiguió mientras atizaba el fuego:
—Si
vendiéramos el buey por cincuenta rublos, podríamos comprar trigo para el
invierno... Tú, hijo, necesitas unos pantalones nuevos, y yo una chambra: se nos ve todo,.. Y a los chicos les podríamos comprar algo que
no costase gran cosa. Aunque fuese un par de botas para todos ellos... Vanka
debería ir a la escuela. El invierno se acerca y él va descalzo.
El
pinchazo abrasador de una idea penetró en Siomka con el fuego de una patata
caliente: «¡Me podré comprar unos chanclos!....»
Tragando
difícilmente, engulló un trozo a medio masticar: le dio un vuelco el corazón.
Marinka, Grishka, el buey y los chanclos parecieron convertirse en un carrusel
que giraba ante sus ojos. La madre seguía hablando con voz sorda y monótona,
como si leyese el Salterio, pero Siomka se había puesto ya en pie de un salto,
había cogido el raído capotón y se dirigía como una tromba a la puerta.
—¡Ayúdame a preparar el buey! ¿Oyes, madre? De prisa...
V
SIOMKA
TIRABA DEL CABESTRO. Detrás de él los
chiquillos, como una bandada de gorriones, azuzaban con ramas al rebelde animal, que se resistía, meneaba furiosamente la cabeza y manifestaba su descontento con bajos
trompetazos.
En el
mercado, junto a los carros, estaban atados los toros y las vacas, que movían
perezosos las mandíbulas inferiores, rumiando una mezcla empapada en saliva.
Nubes de vapor se levantaban por debajo de sus peludos vientres, que calentaban
la tierra húmeda.
A lo
largo pasaban los tratantes con sus largos palos de pastor. El futuro comprador
tocaba con la puntera de la bota el buey que le había atraído y daba un paso
adelante. El buey, resoplando, se arrodilla sobre las patas delanteras; luego,
apoyando pesadamente las separadas pezuñas en el barro escurridizo, levanta
los cuartos traseros. El comprador, con dedos
rápidos acostumbrados a la operación, palpa el pecho, las patas,
el lomo, mira el estado de los dientes, estrecha la mano del dueño, jura y perjura,
tira el gorro al suelo.
El buey
de Siomka, atado a una valla, no tardó en llamar la atención de un tratante
pelirrojo, que se acercó al mozo.
—¿Eres tú
el dueño?
—Sí.
—¿Cuánto
pides? —preguntó, sin mirar siquiera a Siomka. Daba vueltas alrededor del buey,
no cesaba de examinarlo con sus dedos retorcidos y con unos ojos que se
perdían bajo el alero rojizo de las
cejas.
—¡Setenta!
—reventó Siomka.
—¿Incluyéndote
a ti? —rió el comprador, mostrando unas
encías sin dientes.
—Vete si
no te conviene...
Siomka
miró de reojo al comprador que se
alejaba. Este se volvió a medias.
—Di
el último precio... ¿Quieres
sesenta? ¿No? Pues quédate con tu buey. Si Dios
quiere volverás con él a casa, disfrutarás de él enterito.
—Habla,
habla, eso te da de comer —se ofendió Siomka.
Después de
dar unas vueltas
por el mercado, el
pelirrojo se volvió a
acercar, esta vez en compañía de un ucraniano de cabello gris.
—¿Lo has
pensado mejor?
—¡Setenta!
—insistió Siomka.
Media
hora después el comprador, enronquecido, ponía en la mano temblorosa de Siomka
dos billetes de treinta rublos (en los ángulos izquierdos unos señores
disfrazados sembraban trigo que cogían
de unos canastillos). Allí mismo,
entre los carros, bebieron un trago para celebrarlo. El comprador, con la cabeza echada hacia
atrás, apuraba el contenido de una botella oscura, y Siomka no podía comprender
de dónde provenía el gorgoteo: si era del cuello de la botella o de la garganta
del hombre. La botella pasó a
las manos de Siomka.
Un calor húmedo le abrasó la
boca y el estómago, por la nariz le entró un intenso olor a vodka. Nunca
había bebido tanto como esa vez.
—Ea, en buena hora... —dijo el comprador,
masticando un bollo endurecido—. No te podrás quejar del precio... Este año hay
gran escasez de pienso, en invierno lo habrías vendido por cualquier cosa.
—Mi
buey....—La voz de Siomka temblaba, también le temblaban las piernas—. El buey
era nuestro sustento... Nunca lo habría vendido de no verme obligado a hacerlo...
El
pelirrojo hizo un guiño al ucraniano:
—¿Para
qué hablar?... Los únicos estúpidos del mundo son los bueyes y los cosacos. El
buey trabaja para el cosaco y el cosaco para el buey. Y así, toda la vida van
el uno montado sobre el otro...
El
pelirrojo desató el buey y lanzó una risotada. Siomka, mientras tanto, apretaba
el dinero en la mano, que tenía metida en el bolsillo como la avutarda de blanco pecho en el nido. Los pies le
condujeron obedientes hacia los tenderetes; su cabeza, nublada por el alcohol,
tenía una sola idea:
«Pasaré
con ellos puestos por delante de la casa de Marinka, que vea la muy zorra...
¡No es Grishka el único que puede gastar chanclos!....»
El
vendedor saltó ágilmente por encima del mostrador.
—¿Qué
desea el joven?
—Eso... ¿cómo se llama?... ¡Unos chanclos!
Siomka trataba
de dominar la
voz, pero los sonidos
que su garganta
emitía eran torpes
y fortísimos. Siomka advirtió que la gente le miraba al pasar y se
detenía.
—¿De qué
número los quiere? —oyó como venida de lejos una voz confusa, y se esforzó por
elevar la suya para ser oído.
—Sin
número... Lo que necesito son unos chanclos limpios...
Los ojos
pequeños y saltones del vendedor parecían verter aceite en el corazón de
Siomka. Su voz era amable, cariñosa,
como nadie le había
hablado nunca, por lo que
el mozo se sentía conmovido hasta casi saltársele las
lágrimas.
—Por
favor te lo pido, amigo... Dame unos chanclos, pero sin número... Pagaré... Lo
único que deseo es que sean limpios, sin número...
Siomka no
vio la sonrisa maliciosa que brillaba en los ojos del vendedor.
—Usted
necesita unas botas altas, nadie lleva los chanclos en el pie descalzo. Pase
aquí y le probaremos. El género es algo
especial... Unas botas excelentes...
Como en sueños, Siomka sintió que unas manos
serviciales le ayudaban a calzar unas
botas de piel de vaca de las que salía un penetrante olor. Luego, tras un
pequeño biombo de lona, sobre su cuerpo desnudo vistieron unos pantalones de
paño que le pinchaban las piernas y una larga chaqueta. El dependiente hizo,
con un gesto de asco, un paquete que puso a Siomka bajo el brazo, mientras él,
tambaleándose, abrazaba la redonda espalda del dependiente y reía con una risa
feliz, sin nada que la motivase.
—Quedará
contento de la chaqueta... Es de paño auténtico, del de antes de la guerra...
Los ojos
acariciaban a Siomka y la voz —una voz como nunca había empleado nadie para
hablar con él— se le metía en el alma sin necesidad de enjabonarla.
—¿Quiere
probarse esta gorra?
Siomka
lloró con lágrimas de felicidad y acercó la cabeza.
—¡Hermanos!....
No me importa morirme... El dinero no es nada... Los chanclos tienen más valor para mí... ¡Cóbrate!
Del puño
de Siomka cayeron suavemente al suelo unos billetes arrugados y húmedos de
sudor.
El
vendedor los recogió rápidamente, abrió el cajón de la calderilla y puso en la
mano de Siomka la vuelta de los sesenta rublos: un billete verde de medio rublo
y dos relucientes kopeks de cobre. Encasquetaron hasta las cejas de Siomka la gorra comida por
la polilla y cubierta de polvo y los ojos hasta entonces cariñosos y cordiales
atravesaron al mozo como aguzados alfileres. Una voz grosera le gritó en el
mismo oído:
—¡Vete al
diablo, hijo de perra! ¡Mocoso borracho! ¡Lárgo de aquí!....
Alguien
le dio por detrás un rodillazo y Siomka, con la sonrisa de borracho congelada en los labios, salió volando de la
tienda y cayó como un saco en el santo suelo. Se levantó a duras penas, abrió
la boca para lanzar una soez imprecación, pero en aquel instante vio ante él a
Marinka con su pañuelo de los días de fiesta, los ojos relucientes y las
mejillas brillantes a fuerza de pomada de pepino.
Como en
una turbia niebla,
anduvo con ella por el mercado,
con el último medio rublo le compró un cucurucho de caramelos, en
una ocasión se dio un golpe doloroso al caer; pero, eso sí, recordaba muy bien
la mirada admirada de Marinka, que no se apartaba de él. Caminaba tropezando a cada paso y con las piernas muy abiertas,
embutidas en los pantalones acampanados, removiendo el barro con sus brillantes
chanclos. Marinka iba un poco detrás de él y le suplicaba a media voz:
—Siomka,
no hagas eso... No alborotes, que nos mira la gente... Me da vergüenza, Sioma.
Por
la tarde, en las
inmediaciones de la taberna, Siomka bailó
danzas cosacas con gentes a quienes no conocía, bebió vodka con ellos y
casi al amanecer, tambaleándose, llegó a su casa y llamó a la ventana con
fuertes golpes.
La madre,
envuelta en sus andrajos, abrió la puerta y, asustada, dio un paso atrás.
—¿Quién
es? ¿Qué quiere?
—Soy yo,
madre...
Presintiendo
la desgracia, tratando de dominar el
temblor, dejó pasar en silencio a Siomka y encendió un cabo de vela. Los
chiquillos resoplaban a una sobre el horno, la vela chisporroteaba, humeante.
—¿Has
vendido el buey? —preguntó, y sus dientes castañetearon.
—Sí... Lo
he vendido... sí...
—¿Y el
dinero?
—¿El
dinero? Aquí está.
Los
labios de Siomka se crisparon en una sonrisa, él metió la mano en el bolsillo.
En el silencio pudo oírse cómo los dedos buscaban convulsivos. Las monedas de
cobre chocaron con un ruido sordo.
La mirada
de la madre quedó inmóvil en el bolsillo vacío donde buscaba la mano de Siomka.
Él, tambaleándose, apoyándose en la
mesa, sacó dos kopeks relucientes de
cobre y los tiró al suelo terrizo. Una de las monedas rodó hasta desaparecer
debajo del banco.
La madre,
lanzando un gemido, cayó de rodillas, se abrazó
a las piernas de Siomka y empezó
a lamentarse en voz alta, como si
llorase a un muerto. Su cabeza, de pelo blanco,
no cesaba de golpear contra el suelo.
—¡Querido
hijo!… ¡Hijo!… ¿Qué va a ser de nosotros? ¡Ay, ay, ay!… ¿te das cuenta de lo
que has hecho?
Siomka,
tratando de soltarse, reculó hacia la puerta. Ella de rodillas se arrastró tras
él. Los empujones le hacían bailar los pechos pequeños y resecos que se le
habían salido por el escote, lívida y sofocada por los gritos, mientras que
sobre los manchados chanclos de Siomka caían las lágrimas.
1926
SOBRE
HOLCHAK, LA ORTIGA Y OTRAS CUESTIONES
—USTED, CIUDADANO
JUEZ DE PAZ... quiero decir juez popular...ha explicado a los reunidos qué
artículo de la ley castiga las lesiones causadas con los puños y otras ofensas.
Lo que yo quiero es preguntar acerca de
la ortiga y otras cuestiones... Opino que con el poder soviético no debe estar
permitido el trato de que a mí me hacían objeto los ciudadanos. Y si hubieran
sido los ciudadanos aún habría podido aguantarlo. ¡Pero eran las mujeres!
Después de eso he perdido el gusto a la vida, créame.
Esta primavera
se presentó en el jútor Nastia,
una chica paisana
nuestra. Hasta entonces trabajaba en las minas, pero le dio
la ventolera por ahí y se vino. ¡De seguro que el diablo la trajo arrastrada de
las faldas!
En una
ocasión, nuestro presidente, Stioshka, vino a verme. Después de darnos un apretón de manos, me
dijo:
—¿Sabes,
Fedot? Nastia ha vuelto de la mina. Trae el pelo cortado y usa pañuelo rojo.
Lo del
pañuelo podía pasar. ¿Qué me importaba a mí después de todo? Claro que lo del
pelo no podía ser bien mirado: ¿qué era eso de que una mujer se cortase las trenzas? Pero me guardé para mí mis
pensamientos y pregunté:
—¿Ha
venido a ver a sus parientes?
—Nada de eso... —dijo él—. Viene a reunir a
nuestras mujeres, a organizarlas Ahora
procura mantenerte ojo avizor. Si tocas lo más mínimo a tu mujer, te agarrarán
del rabo y te meterán en la perrera.
Hablamos
de esto y de lo otro y él acabó por pedirme:
—Llévala
a la cabeza de distrito, Fedot. Según las credenciales que trae, debe ocupar
allí no sé qué cargo, algo así como la presidencia de un comité ejecutivo de
mujeres. ¡Llévala, hazme ese favor!
Yo le
expuse mis razones:
—A usted
le tengo en gran estima, Stiasha; pero considere el perjuicio que eso me causa.
No está bien ocupar así el caballo en plenas faenas del campo.
—Como
quieras —dijo—, pero ¡deberás llevarla!
Nastia
estuvo en mi casa. Yo, para no verla con aquel pelo cortado, me fui a la estepa
en busca de la yegua. Y mi yegua, habrá de saber, la compré
a un auténtico gitano: cuando corre, hace temblar la tierra; si cae,
no hay quien la levante en tres días. En una palabra: ayúdame a levantarla y cambiaremos. No sé
cuántas veces había echado
yo mano al hacha, pero me daba pena, estaba preñada...
Mientras
yo trataba de atrapar la yegua y de hacerla en trar en razón —«no cocees y no
seas tonta, no vas a llevar a una cualquiera, sino a la autoridad de las
mujeres»—, Nastia se entendía con mi esposa.
—¿Te pega
tu marido? —le preguntó.
Y la
estúpida de mi mujer contestó, sin saber lo que decía:
—Sí que
me pega.
En cuanto
yo llegué a casa con la yegua, Nastia se volvió hacia mí:
—¿Por qué
pegas a tu mujer?
—Para que no se descarríe. Si no
le pegara se echaría a perder. Las
mujeres son como los caballos: si uno no
los castiga, no marchan.
—A las
mujeres no se les debe pegar, ni tampoco a los caballos —trató de enseñarme.
Después
de un rato de conversación, nos pusimos en marcha. Yo, con toda intención, no
cogí el látigo. Íbamos al paso, tan despacio que parecía como si llevásemos
pucheros.
—¡Ve más
ligero! —dijo Nastia.
—¿Cómo
voy a ir más ligero si no puedo pegar a la yegua?
Ella guardó silencio y se
mordió los labios. Estaba
muy quieta, y eso era lo
que a mí me convenía, me tumbé en la
parte trasera y me quedé dormido. La yegua, que no era tonta, se detuvo.
Entonces Nastia, puedes creerme, señor ciudadano o como te llamen... en una
palabra, tomó una brazada de heno, se puso delante de la yegua y empezó a acariciarla. Y hasta la cabeza del distrito
nos quedaban dieciocho verstas. Llegamos a la mañana siguiente. Nastia lloraba.
Me trató de esto y de lo otro, pero yo le dije:
— Me
puedes llamar puchero, pero no me metas en el horno.
En el
camino de vuelta no podía más. Corté una vara casi como un poste de telégrafo y
empecé a sacudirle a mi yegua, a limpiarle el polvo de la cola.
—¿Querías
igualdad de derechos? ¡Toma! ¡Toma! Al entrar en el patio le grité a mi mujer:
—¡Desengancha,
hija de tal y de cual!
— ¡No
eres ningún señor! —me replicó desde el portal.
Yo la
agarré del moño. Pero resultó una indecencia... Antes, cuando el miedo la
dominaba, no se atrevía ni a pestañear siquiera; pero entonces, sin más ni más,
me echó mano a las barbas y empezó a cubrirme de palabras extranjeras... Y eso
en presencia de los hijos, cuando tengo una moza casadera. Mi mujer es fuerte y
me puso la cara que era una calamidad de arañazos. Por poco más me deja sin
pellejo; salí de entre sus manos como la culebra cuando cambia de camisa. ¡Y de
todo tenía la culpa Nastia, esa peste de la cabeza rapada!....
A partir
de entonces, aquello fue una verdadera guerra civil. Un día sí y otro también
nos lo pasábamos peleando hasta la puesta del sol, sin ocuparnos para nada del
trabajo. Nos peleábamos con rabia, a gritos. Un domingo, ella hizo un lío con
sus ropas, cogió algunos trastos de la casa y se fue con los hijos a vivir a
las caballerizas de la casa señorial.
En
tiempos del zar, en nuestro jútor vivía un gran propietario. Se asustó de los
rojos y se fue a tierras calientes. La gente de letras dice que al otro lado
del mar los mirlos y los propietarios se dan muy buena vida... La casa la
quemamos, pero las caballerizas quedaron intactas. Las paredes eran de ladrillo,
con el suelo de
madera. Pues bien,
la estúpida de mi
mujer se
instaló en esas caballerizas. Me
quedé más solo que un hongo. Por la mañana quise
ordeñar la vaca, pero la maldita no se dejaba. Traté de buscarle
las vueltas, pero ella no me reconocía. A duras penas pude trabarla y atarla a
la cerca.
—Espera,
diablo orejudo —dije—. ¡Si me pongo nervioso, soy capaz hasta de quitarte la
vida! Coloqué el cubo debajo
de la tripa de la
vaca y apenas había tocado la
ubre con un dedo,
delicadamente,
ella sacudió el rabo y me dio con la maldita punta de los ojos. Dios
misericordioso, yo quería empezar con una oración, pero al sentir el latigazo
—pecador de mí— no puede figurarse la de sapos y culebras que salieron de mi
boca.
Arrugué
el entrecejo, me encasqueté el gorro y empecé a tirar de los pezones hacia aquí
y hacia all. La leche caía fuera del cubo y ella —la vaca quiero decir— no
cesaba de darme coletazos en ambas mejillas.
Se me nubló la vista,
quería tirar el cubo y escapar de la cuadra con los ojos cerrados cuando ella, la muy zorra, dio
una patada y derramó las últimas gotas de leche. La cubrí de maldiciones,
colgué de su cuerno el cubo vacío y me fui a preparar la comida.
Puede
creerme: desde entonces toda la vida de
nuestro Jútor marchó patas arriba. Como unos cinco días después, mi vecino
Anísim trató de dar una lección a su mujer para que en el baile no mirase a los
mozos jóvenes.
—Espera,
Dunia —le dijo—. Voy a traer la cincha del carro y nos divertiremos un rato.
Ella, al
oírlo, metió el rabo
entre las piernas
y se fue con la
estúpida de mi mujer
a las caballerizas. A los pocos
días me enteraba de que la mujer y la cuñada de Stioshka, el presidente, se
habían ido a las caballerizas. Otras dos mujeres hicieron lo mismo. Se juntaron
un total de ocho: aquello era una tribu,
no encuentro otra palabra. Mientras tanto, nosotros andábamos sin poder
atender
las faenas. O salíamos a labrar con el estómago vacío o, si queríamos comer,
teníamos que abandonar las labores del campo. Era como para atarse una soga al
cuello.
Una tarde
nos reunimos a contarnos nuestras cuitas. Yo les propuse:
—Hermanos, ¿hasta cuándo hemos de soportar semejante burla? Vamos a sacarlas de las
caballerizas y a traerlas a casa por las buenas o por las malas.
Dicho y
hecho. Queríamos elegir
a Stioshka como jefe
de la operación,
pero él se
negó, alegando que tenía hernia y que constantemente había de estar
metiéndosela.
—Yo
—dijo— soy joven y padezco de una hernia enorme.
Por eso
no sirvo. Tú, Fedot, prestaste servicio en los trenes regimentales de la
tercera reserva, derramaste tu sangre por el poder soviético y, además, eres
parecido a Kolchak1. Es más propio que tomes tú el mando.
Cuando
nos acercábamos a las caballerizas, dije:
—En un
principio, trataremos de no armar escándalo ni de pelearnos. Yo entraré como
delegado y les pediré que vuelvan a sus casas: que ha sido decretada la
amnistía.
Salté la
valla y me acerqué. Mis hombres se tumbaron
en una zanja, fumando, de reserva. En cuanto abrí la puerta, la mujer de
Stioshka se me echó encima empuñando un atizador:
—¿Para
qué has venido, sanguijuela?
Antes que hubiera tenido tiempo de abrir la boca,
las mujeres me agarraron y, sin el menor miramiento, me arrastraron a las
caballerizas. Chillaban y vociferaban, y mi bruja más que ninguna otra:
—¿Para
qué has venido, hijo de perra? Yo empecé por las buenas:
— Dejad
de hacer el tonto, mujeres. Amnistía...
Apenas
acababa de pronunciar esta palabra cuando la mujer de Anísim se me echó encima
con los puños cerrados:
—Toda la
vida nos habéis tratado como si fuéramos animales, nos habéis cubierto de
golpes y de injurias. ¿Ahora nos vienes con esas palabras?... ¡Toma, prueba
esto!.... ¡La amnistía lo serás tú, nosotras somos mujeres honradas! —Me hizo
la higa y después se volvió hacia las mujeres—:
¿Qué
hacemos con él después de semejante insulto?
Hasta hoy
en día se me revuelve todo por dentro al recordarlo...
¿No es como para sentirse afrentado?... Me echaron
al suelo con las vergüenzas al aire, Dunka la de Anísim se me sentó sobre la
cabeza y dijo:
—No
temas, Fedot, arreglaremos las cosas contigo a nuestra manera. ¡Para que
recuerdes que no somos amnistías callejeras, sino mujeres que tienen sus
maridos!
Pero ¿qué
maneras eran ésas si se trataba de ortigas? Y qué ortigas... De una vara de
alto, de la simiente del diablo. Después de esto pasé una semana que no podía
sentarme como las personas, me tenía que acostar boca abajo... El trasero me
quedó lleno de ampollas.
Al día
siguiente hubo asamblea general. Se levantó acta en el sentido de que en
adelante no se debería pegar a las mujeres y de que se concedía a su comité una desiatina de tierra para
sembrarla de girasol. Las mujeres volvieron a sus casas, la mía también lo
hizo, pero desde entonces yo no puedo vivir. Por ejemplo, veo que los terneros
se están comiendo las coles del huerto y le digo a mi hijo Grishka: «¡Ve a
espantarlos! » El maldito me replica:
—Padre,
¿por qué te llaman Kolchak?
Cuando
voy por la calle los chiquillos no me dejan en paz:
—¡Kolchak!
¡Kolchak! ¿Cómo te peleaste con las mujeres?
¿No me va
a doler todo esto? Mi vida entera fui labrador
y de repente me han ascendido a Kolchak. Es el nombre que dan al perro
de Stioshka. ¿Es que me igualan a un perro? ¡No, no estoy conforme! Yo
pregunto: si yo denuncio a las mujeres ante el tribunal, ¿podía usted,
ciudadano juez,
1
Almirante ruso. Mandó la ofensiva desencadenada por los blancos desde Siberia
contra el poder soviético.
aplicar
el artículo correspondiente y castigarlas por el nombre de perro que me han
puesto, por lo de «Kolchak», y por el asunto de las ortigas?...
1926
LA
CARCOMA
YÁKOV ALEXÉIEVICH era un hombre
chapado a la antigua.
Era de huesos grandes y algo cargado de hombros, su barba parecía
una escoba nueva de paja de mijo: la estampa fiel del campesino rico que los
dibujantes nos suelen ofrecer en las últimas páginas de los periódicos. En lo
único que no se parecía era en la manera
de vestir. Al campesino rico, de conformidad con su posición, le correspondía
obligatoriamente el chaleco y las botas altas de caña blanda, mientras que
Yákov Alexéievich iba en verano con una
camisa de hilo sin ceñir y descalzo.
Tres años antes figuraba, en efecto, como campesino rico en las relaciones del
Soviet de la stanitsa, pero luego había dado la cuenta al bracero, había
vendido una pareja de bueyes, quedándose con dos yuntas y la yegua, y en las
relaciones del Soviet pasó a la casilla siguiente: a la de los campesinos
medios. No obstante, Yákov Alexéievich conservaba su prestancia de antes:
caminaba gravemente, balanceándose, mantenía la cabeza tiesa como un gallo y en
las asambleas hablaba como antes, con voz pausada, un tanto ronca y
autoritaria.
Aunque
había reducido el volumen de su hacienda, los negocios los llevaba en grande.
Aquella primavera había sembrado veinte desiatinas de trigo; con el grano
que guardaba de la cosecha anterior había comprado un arado de
vertedera, dos gradas de hierro y una aventadora. Ya se sabe quién vende en
primavera lo último que tiene: el que le falta para comer.
En toda
la stanitsa no se podría encontrar a un labrador como Yákov Alexéievich: era un
cosaco listo y de muchos recursos. Sin embargo, también en su casa apareció la
carcoma: su hijo menor, Stiopka, había ingresado en las Juventudes Comunistas.
Lo hizo por las buenas, sin pedir permiso ni consejo. Si esta desgracia hubiera
afectado a un hombre corto de alcances, las desavenencias y las riñas en la
familia habrían sido inevitables. Pero
Yákov Alexéievich opinaba de otro modo.
¿Para qué
hacer entrar en razón al mozo a fuerza de palos? Que él mismo se acercase por
sí solo a la orilla. No pasaba un día sin que se burlase del nuevo régimen, de
sus métodos y sus leyes. Sus
observaciones las salpicaba con biliosos improperios, pinchaba como una mosca
de otoño. Pensaba que eso abriría los ojos de Stiopka, y en efecto los abrió:
el mozo dejó de persignarse, miraba al padre con ojos de alimaña y en la mesa
permanecía callado.
En
cierta ocasión, a
la hora de
la comida, la
familia entera se
había reunido a
hacer sus oraciones. Yákov
Alexéievich, con la barba
más ancha que
de costumbre, se santiguaba con amplios ademanes, como cuando manejaba la
guadaña en el prado; la madre de Stiopka se doblaba en sus inclinaciones como
un metro plegable; toda la familia movía al unísono los brazos. La sopa humeaba
en la mesa; el pan tierno exhalaba un olor apetitoso. Stiopka se mantenía junto al marco de la puerta con las manos en
la espalda y dando muestras de impaciencia.
—¿Tú eres
persona? —le preguntó Yákov Alexéievich una vez terminada la oración.
—Tú
sabrás...
—Pues si
eres persona y te sientas con personas a la mesa, haz sobre ti la señal de la
cruz. En eso te diferencias de los bueyes. El buey come en el pesebre, luego se
vuelve, y allí mismo hace sus necesidades.
Stiopka
hizo ademán de que iba a marcharse, pero lo pensó mejor, volvió y,
persignándose sin detenerse, se deslizó tras la mesa.
Unos días
bastaron para que la cara de Yákov Alexéievich quedase amarilla; por el patio
andaba con ceño; la gente
de la casa
se daba cuenta
de que algo
preocupaba al viejo:
no en vano carraspeaba por las
noches, no cesaba de dar vueltas y sólo conciliaba el sueño al amanecer. La
madre susurró a Stiopka:
—No sé,
Stiópushka, qué habrá imaginado nuestro Alexéievich... O te va a hacer algo
malo o quiere gastar una broma a alguien...
Stiopka
sabía que su padre preparaba un ataque en toda regla contra él y se callaba,
meditando
hacia dónde podría dirigir los pasos si el
viejo le señalaba la puerta.
En
efecto, Yákov Alexéievich tenía motivo para preocuparse: si Stiopka, en lugar
de sus veinte años tuviera quince, no sería difícil ajustarle las cuentas. No
le representaría un gran esfuerzo sacar del desván unas riendas nuevas de cuero y liárselas a la mano. Mas a
los veinte años cualquier rienda sería
delgada; a tipos así se
les hacía entrar en razón
con un buen garrote, pero en los
tiempos que corrían eso podía costar tan
caro que no habría quien no se arrepintiera de haberlo puesto en juego. ¿Cómo
no iba a carraspear el viejo por las
noches? ¿Cómo no iba a arrugar las cejas
en la oscuridad?
Maxim, el
hermano mayor de Stiopka —un cosaco de
duros músculos y fuerte—, solía
preguntarle después de la cena, mientras tallaba sus cucharas de palo:
—Di,
hermano, ¿para qué diablos necesitas las Juventudes Comunistas?
—¡No me
importunes! —le cortaba en seco Stiopka.
—De
veras, dímelo —insistía Maxim—. He cumplido los veintinueve, he visto más mundo
que tú y, a mi modo de ver, todo eso es una tontería. A los obreros les
conviene, trabajan sus ocho horas y se
van al
club, a las Juventudes Comunistas, pero
para nosotros, los labradores,
es distinto. Durante el
verano, si uno se
acuesta tarde, ¿cómo
va a trabajar
al día siguiente?...
Dime sinceramente: ¿has ingresado ahí pensando que así puedes conseguir
algún cargo? —preguntaba con sorna Maxim.
Stiopka
palidecía y guardaba silencio. Los labios le temblaban de indignación.
—Es un
régimen absurdo. Para nosotros, los cosacos, resulta hasta perjudicial. A los
únicos que les va bien es a los comunistas, los demás que se las entiendan como
puedan... Un régimen así no durará mucho tiempo. Y aunque ésos de las
Juventudes Comunistas se han agarrado con fuerza al cuello del labrador, cuando
llegue el momento todos se irán al
diablo.
Sobre la
sudorosa frente de
Maxim bailoteaba un mechón húmedo. El cuchillo con el que cortaba el tarugo lanzaba furiosamente
las virutas. Stiopka pasaba las hojas del libro, sin prestar atención, y resoplaba
sombrío: no quería enzarzarse
en discusiones porque
el propio Yákov Alexéievich
prestaba oído a las palabras de Maxim, que aprobaba tácitamente, como
aguardando a ver lo que iba a decir Stiopka.
—Y si,
Dios no lo quiera, hay una revolución, ¿qué harás entonces? —preguntaba Maxim, y sus dientes brillaban como los de
una fiera.
—¡Te
quedarás calvo esperando esa revolución!
—Tenlo
presente, Stiopka. Ya no eres pequeño...
Es un juego de «quién podrá a
quién». ¡Si fallas el golpe, te aplastarán a ti! En caso de guerra o algo por el estilo, yo sería el primero en
arrancarte el pellejo. A cachorros como tú no hay razón para matarlos, pero sí
que te moleré con la fusta... ¡Hasta que el cuerpo se te cubra de ampollas!
—¡Y con
razón!.... —le estimulaba Yákov Alexéievich.
—¡Te
azotaré, te lo juro! —vociferaba Maxim—. Cuando la guerra contra Alemania, lo
recuerdo, en una ocasión mandaron nuestra sotnia a una fábrica de las afueras
de Moscú, donde los obreros andaban revueltos. Llegamos allí al atardecer. Al
entrar vimos al gentío amontonado ante las oficinas. «¡Hermanos cosacos —empezaron a gritar—, poneos de nuestro lado! » El jefe
de la sotnia, teniente coronel Bókov, mandó: «¡A latigazos contra esos hijos de
perra!....»
Maxim
rompió a reír ruidosamente, congestionado.
—Mi
látigo era duro, con una bola de metal en la punta... Salí de la formación y
grité a los huelguistas: «¡En pie, hombres del trabajo! ¡Aquí llegan los
cosacos a calentaros las espaldas! » A la cabeza de ellos estaba un vejete de
gorra, pequeño y de pelo gris... Yo le sacudí un latigazo que le hizo caer a
los pies del caballo... Se armó una buena... —siguió Maxim, arrugando los
ojos—. Los caballos pisotearon a una veintena de mujeres. Los muchachos,
enfurecidos, echaron manos a los sables...
—¿Y tú?
—preguntó Stiopka con voz ronca.
—A alguno
le dejé un recuerdo.
Stiopka
apretó la espalda contra el horno. Apretando con todas sus fuerzas, dijo, y su
voz era sorda:
—¡Lástima
que no te sacudieran de veras, reptil!....
—¿Quién
es el reptil?
—Tú...
—¿Quién
es el reptil? —insistió Maxim, y, tirando al suelo la cuchara a medio terminar,
se puso en pie.
Las
palmas de las manos de Stiopka se cubrieron de un sudor cálido. Apretando los
puños hasta clavarse las uñas, y ya con voz firme, dijo:
—¡Perro!
¡Caín!
Maxim
alargó la mano, agarró la camisa de Stiopka por el pecho, lo separó de un tirón
del horno y lo tiró contra la cama. El odio abrasó al mozo. Se hizo a un lado y entre los dedos de Maxim
quedó un desgarrón de la camisa. Levantó el puño... El bofetón derribó a
Stiopka. Con la mano izquierda,
Maxim le apretó la
garganta, mientras que con
la derecha no cesaba de abofetearle. Stiopka sentía la acelerada
respiración de su hermano, veía una sonrisa fría y fuera de lugar en sus
labios. Cada uno de
los golpes le
cortaba la respiración, los
oídos le zumbaban,
las lágrimas brotaban de sus ojos. El grito que le arrancaban las
lágrimas que corrían contra su voluntad
y la sonrisa de Maxim no podía pasar de la garganta... La sangre corría por sus
labios rotos. Con los ojos fuera de las órbitas, Stiopka escupía sangre en la
cara de su hermano, pero éste apartaba
la cabeza a un lado, mostrando el
cuello musculoso y afeitado,
y, acompasadamente, en silencio,
seguía golpeando con su mano áspera las hinchadas mejillas de Stiopka...
Cuando
creyó llegado el momento oportuno, el propio Yákov Alexéievich los separó.
Maxim, sin abandonar la sonrisa, recogió del suelo la cuchara a medio acabar y
se sentó junto a la ventana. Stiopka se limpió con la
manga los labios
ensangrentados, se puso el
gorro y salió, cerrando
suavemente la puerta a sus espaldas.
—Le
servirá de lección... Que no se pase de la raya, porque, de lo contrario,
pronto llegaría a faltarle hasta a su propio padre —dijo Maxim.
Yákov
Alexéievich se estrujó la barba y puso ceño, mirando la cara de la vieja bañada
por las lágrimas.
* * * A
la mañana siguiente, Maxim sacó la conversación.
—¿Irás a
quejarte al Soviet? —preguntó a Stiopka.
—¡Sí!
—¿Crees
que es la manera de arreglar las desavenencias de una familia?
Stiopka
miró el rostro grisáceo de la mujer de Maxim, miró a su madre, que se limpiaba las lágrimas con el delantal,
y guardó silencio. En su fuero interno se hizo a la idea de aguantar la ofensa,
de callar.
Desde
aquel día, y durante mucho tiempo, un silencio molesto se apoderó de la casa. Yákov Alexéievich, encapotado
como un amanecer de noviembre,
no abría la boca. Maxim, con una sonrisa de quien se reconoce
culpable, decía a Stiopka:
—No me
guardes rencor, hermano... Dentro de una
familia ocurren muchas cosas... De todo tienen la culpa tus Juventudes
Comunistas. ¡Mándalas al diablo! Vivimos sin ellas y ahora también podremos vivir. ¿Qué
necesidad tienes de
mezclarte con esa gente? Los vecinos
no cesan de echárselo en cara
a nuestro padre:
« ¿Cómo es eso
de que vuestro
Stiopka anda con los comunistas?» Para el viejo es una
vergüenza... Además, pronto te llegará la hora de casarte. ¿Qué moza te va a
querer? ¿Traerías a casa a una cualquiera?
Stiopka
no contestaba y se iba a la cuadra. A la caída de la tarde acudía a la plaza,
donde se encontraba el club. Allí, entre los estertores del armonio, que antes
había pertenecido al pope, se entregaba a sus tristes pensamientos.
Mientras
tanto, la primavera se abría paso
impetuosamente. En las mejillas de las muchachas aparecían las pecas y en los
sauces los primeros brotes. Por las calles de la stanitsa corrían ruidosos los
arroyuelos de las aguas del deshielo. La nieve había desaparecido sin que nadie
lo advirtiese; al calor del sol, la estepa color turquesa se derretía,
cubriéndose de una ligera neblina bajo el cielo azul. En los
barrancos, en las quebradas y a lo largo
de las pendientes todavía se
conservaba la nieve afeando
la tierra con su
blancor sucio, arañada
por los vientos, mientras
que en las elevaciones, en los hirsutos montículos,
las ovejas mordisqueaban la hierba y las vacas se movían con paso lento. Los
puñados verdes de la nueva vegetación, que se abrían camino a través de los
tallos descoloridos del año anterior, exhalaban un aroma suave y embriagador.
Las
faenas de la labranza empezaron a
mediados de marzo. Yákov Alexéievich se preocupó de los preparativos antes que nadie. Desde el
carnaval daba a los bueyes maíz, tratando, como buen labrador que era, de que
engordasen.
El sol no
había absorbido de la tierra el intenso olor del deshielo cuando Yákov
Alexéievich mandó por delante a los
hijos. Un jueves, con las
primeras luces, salieron
a la estepa. Stiopka guiaba los
bueyes y Maxim marchaba tras el arado. Durante dos días vivieron en la estepa,
a ocho verstas de su casa. De noche arreciaba la helada, la hierba se
cubría de escarcha, la tierra se
endurecía y sólo quedaba blanda al mediodía. Las dos yuntas de bueyes, después
de dos o tres pasadas, se detenían a descansar con los lomos empapados y
respirando fatigosamente.
Maxim, en
un momento en que se limpiaba las botas
de aquel barro pegajoso, volvió la vista hacia el padre y dijo con voz
enronquecida:
—Tú,
padre, siempre has de ser así,.. ¿Es esto manera de arar? Es un tormento. Van a
reventar las bestias Mira alrededor: ni un alma, somos los únicos que aramos.
Yákov
Alexéievich, entretenido en limpiar la reja con un palo, gruñó:
—El
pájaro madrugador se limpia el pico
cuando el que no madruga abre los ojos. Así dicen los viejos. Tú eres joven,
debes aprenderlo.
—¡Los
pájaros no tienen nada que ver con esto! —se acaloró Maxim—. Ese pájaro, sea
tres veces maldito, no siembra, no siega
y no ara con este tiempo, mientras que tú, padre... Aunque para qué vamos a
hablar...
—Ea, ya
hemos descansado bastante. Adelante, hijo, con la ayuda de Dios.
—Lo que
deberíamos hacer es dar media vuelta y volver a casa.
—¡En
marcha, Stepán!
El látigo
de Stiopka cayó a la vez sobre los dos bueyes. El arado, como si se hubiera
pegado al suelo, crujió, se estremeció convulsivamente y se puso en
marcha, levantando perezosamente unas
capas finas de barro.
* * *
Desde el
día en que Stiopka ingresó en las Juventudes Comunistas, la familia le rehuía.
Se apartaban de él y lo
evitaban como si fuera
un apestado. Yákov Alexéievich
se lo decía abiertamente:
—Ahora, Stepán, no habrá el acuerdo de antes entre
nosotros. Eres como un extraño. No rezas, no observas los ayunos, cuando el
pope vino a bendecir la casa no te acercaste
a besar la santa cruz... ¿Es eso manera de proceder? Y en cuanto a las
cuestiones de la hacienda, no se puede hablar delante de ti libremente...
Cuando la carcoma invade un árbol, lo mata, la convierte en polvo si no lo
curan a tiempo. La cura tiene que ser severa, hay que cortar sin compasión la
rama afectada... Así dicen las Escrituras.
—No tengo
adónde ir —contestó Stiopka—. Pero este año he de marchar al servicio y entonces os veréis libres de
mí. —De la casa no te echamos, pero debes cambiar de conducta. Basta de ir a
reuniones. No se te ha secado la leche de los labios, eres muy joven para
opinar. Por tu culpa, maldito, la gente se me ríe en mis propias barbas.
El viejo,
al hablar con Stiopka, se congestionaba, apenas si podía contenerse. El mozo
miraba los fríos ojos del padre, los labios duros y contraídos en un gesto de
fiera, y recordaba los reproches de los muchachos de la Juventud: «Procura
frenar a tu padre, Stiopka. Va a arruinar a los campesinos pobres
comprándoles durante la
primavera sus aperos
por cuatro cuartos. ¡Es una vergüenza! »
Y
Stiopka, al recordarlo, enrojecía realmente de una vergüenza que le abrasaba.
Comprendía que su corazón no sentía ya
el cariño de antes por aquella sanguijuela implacable, por el hombre que decía
ser su padre.
Un alto
muro de piedra le separaba de su familia. Stiopka no podría saltarlo ni hacerse
oír a través de él.
El
alejamiento había acabado
por convertirse en
animadversión, y ésta en
odio. Durante la comida, al levantar casualmente la vista, Stiopka
tropezaba con los ojos helados de Maxim; miraba hacia su
padre y veía cómo bajo
la arrugada piel
de los párpados
de Yákov Alexéievich
se encendían unas chispitas rencorosas. Y en la mano
empezaba a temblar su cuchara. La misma madre
empezaba a mirar a
Stiopka con unos ojos indiferentes
que no veían. La comida se le atragantaba al mozo, unas lágrimas
intempestivas le abrasaban y un
sordo sollozo pugnaba por escapar de su pecho. Sobreponiéndose, terminaba de
comer a toda prisa y se iba de casa.
Un mismo
sueño le asaltaba de noche: soñaba que lo enterraban al pie de una loma arenosa
de la estepa. Alrededor de él había gente extraña, en la loma crecían el
esparto y los cebollinos. Como si estuviese despierto, Stiopka distinguía con
toda precisión cada ramita, cada hoja...
Luego
arrojaban su cadáver a la fosa y echaban paletadas de arcilla. Sobre su pecho
caía un frío y pesado terrón, luego otro, un tercero... Stiopka se despertaba rechinándole los dientes, con el pecho
oprimido, y aun después de despierto seguía respirando con fatiga, como si le
faltara el aire.
* * *
De
momento habían terminado las faenas en el campo. La estepa había quedado
desierta, sin un alma, y sólo en los huertos se destacaban los pañuelos de
vivos colores de las mujeres. A la caída de la tarde la stanitsa, amorosamente
envuelta por el crepúsculo, dormitaba sobre el duro regazo de la tierra,
extendiendo por los alrededores las trenzas verdes de los huertos. Los arpegios
de los acordeones vagaban largamente en las afueras, allí donde la estepa
terminaba bruscamente y empezaba el azul esponjoso del cielo. Se acercaba la
época de la siega de la hierba, alta hasta la cintura de un hombre. Las aristas
empezaban a secarse en las cabezas
puntiagudas del agropirón, las hojas se curvaban amarillentas, en las partes bajas
se retorcía la acedera.
Yákov
Alexéievich fue el primero
en segar su lote. De noche uncía los
bueyes y se iba del campamento
con Maxim a las
tierras de propiedad
comunal de la
stanitsa. Las estrellas
se extinguían, el cielo adquiría la tonalidad gris de la ceniza, las
codornices tocaban diana. Al despertarse bajo el carro, Stiopka oía cómo la
segadora traqueteaba por entre el rocío,
cortando hierba robada.
Yákov
Alexéievich reunió heno suficiente como para dos inviernos. Sabía llevar sus
asuntos y estaba seguro de que al llegar la primavera, cuando los animales de
los campesinos pobres se muriesen de hambre, podría vender a buen precio su
heno. Y si un infeliz no tenía dinero, siempre podría llevar a su cuadra un
ternero de un año. Por esta razón, Yákov Alexéievich había llegado a formar
unos almiares gigantescos. Las malas lenguas afirmaban que Yákov Alexéievich se
había apoderado, por la noche, de un heno que no era suyo. Pero como el que no
es sorprendido con las manos en la masa no es ladrón, podían hablar cuanto
quisieran...
* * *
Un
sábado, antes del amanecer, llegó Prójor Tokin. Durante un buen rato no pasó de
la puerta, estrujando indeciso el gorro que había traído del ejército, con una
sonrisa triste y aduladora. «Ha venido a
pedir prestados los bueyes
a mi padre», pensó Stiopka. Los
rotos de los calzones de arpillera de Prójor dejaban ver unas
carnes fláccidas; los pies, descalzos, le sangraban; los ojos, muy hundidos y
negros, ligeramente bizcos, brillaban débilmente, como ascuas bajo la ceniza.
Su mirada era la de un hombre resentido, hambriento y suplicante.
—¡Ayúdame a salir adelante, Yákov Alexéievich, por el
Señor te lo pido! Te pagaré con mi trabajo.
—¿Qué te
ocurre? —preguntó el interpelado sin levantarse de la cama.
—Necesito
los bueyes para un día... He de traer el heno.
Mañana es
domingo... yo lo aprovecharía... Me lo van a robar todo.
—No te
daré los bueyes.
—¡Por
Cristo te lo pido!
—No
insistas, Prójor, no puedo. Las bestias están cansadas.
—Por favor,
Yákov Alexéievich. Ya
sabes que tengo familia...
¿qué comerá la
vaca este invierno? Lo poco que
he reunido ha sido a costa de grandes esfuerzos.
—¡Dale
los bueyes, padre! —intervino Stiopka.
Prójor
volvió hacia él una mirada agradecida. Con un rápido parpadeo dirigió sus ojos
hacia Yákov Alexéievich. Inesperadamente, Stiopka vio que las rodillas de
Prójor temblaban ligeramente y él, deseoso de disimularlo, levantaba un pie y
otro como el caballo cuando le enganchan al carro. Sintiendo un acceso
repulsivo de náuseas, palideciendo, Stiopka
gritó con voz que parecía un
ladrido:
—¡Dale
los bueyes! ¡No le hagas sufrir!.... Yákov Alexéievich frunció las cejas.
—Tú no
eres quién para darme órdenes. Si tanto te empeñas, ve tú mismo a acarrear el
heno el domingo. ¡Yo no dejo mis bueyes a gente extraña!
—Sí que
iré.
—Hazlo si
quieres.
—Gracias,
Yákov Alexéievich —dijo Prójor, inclinando el espinazo.
—Las
gracias son una cosa, pero cuando llegue el momento de trillar, tendrás que
trabajar para mí una semana.
—Así lo
haré.
—No lo
olvides.
* * *
Llegado
el domingo, cuando apenas se había hecho de día, en las ventanas de las casas
repicaron los bastones de los alguaciles. Yákov Alexéievich recibió al suyo en
el portal.
—En
cuanto haya esclarecido, ven a la escuela, va a celebrarse una reunión. —El
alguacil desató la bolsa del tabaco y mientras ensalivaba el trozo de papel de
periódico, farfulló—: Ha venido un funcionario de estadística para tomar nota
de las sementeras... Con vistas al impuesto... De eso se trata... Adiós.
Se
dirigió al portillo, encendiendo sobre la marcha una cerilla y chapoteando con
sus zapatones. Yákov Alexéievich se estrujó la barba, pensativo, y dirigiéndose
a Maxim, que traía a los bueyes del abrevadero, le gritó:
—Espera a darle los animales a Prójor. Se va a
celebrar ahora una asamblea para tratar de los impuestos. Ha venido un
funcionario de estadística. Iremos Stiopka y yo. Él es de las Juventudes y
le pueden
hacer una rebaja. Después de todo, desgasta las suelas del calzado que compró
su padre con tanto ir al club.
Maxim
dejó los bueyes y se acercó con paso rápido al padre.
—Ten
cuidado, no hagas el tonto a tus años... No declares las veinte desiatinas. Di
que hemos sembrado seis o siete.
—No hace
falta aleccionarme —sonrió irónicamente Yákov Alexéievich.
Durante
el desayuno, Yákov Alexéievich dijo con amabilidad desusada en él a Stiopka:
—Con
Prójor irás en busca del heno por la noche. Ahora ponte los calzones de fiesta.
Vendrás conmigo a la asamblea.
Stiopka
no dijo nada. Terminó de desayunarse y, sin hacer la menor pregunta,
se fue con el padre. En la escuela había más gente que espigas en una
desiatina un año de buena cosecha. Le llegó la vez a Yákov Alexéievich. El
funcionario, con la tez verdosa a consecuencia del humo del tabaco,
acariciándose la barba, preguntó:
—¿Cuántas
desiatinas ha sembrado?
Yákov
Alexéievich tardó unos instantes en contestar, como contando para sus adentros:
—Dos desiatinas
de centeno —en la mano izquierda un dedo se dobló hasta tocar la palma—, una
desiatina de mijo —se dobló otro dedo—, cuatro de trigo...
Yákov
Alexéievich dobló un tercer dedo y levantó los ojos hacia el techo como
calculando. Entre los reunidos se oyó alguna risa, una fuerte tos se levantó
sobre todos ruidos.
—¿Siete
desiatinas? —preguntó el funcionario, golpeando nerviosamente con el lápiz
sobre la mesa.
—Sí,
siete —contestó Yákov Alexéievich con voz firme. Stiopka, abriéndose paso a
codazos, se acercó a la mesa.
—¡Camarada!
—dijo, y su voz era sorda y ronca—.
Camarada de estadística, hay un error... Mi padre no lo ha declarado
todo...
—¿Que no
he declarado? —gritó Yákov Alexéievich, palideciendo.
—...Ha
olvidado otro campo de trigo... En total son veinte desiatinas sembradas.
Entre la
gente se levantó un intenso rumor. En las filas de atrás se oyeron algunos gritos:
—¡Es
verdad! ¡Tiene razón! Yákov miente, tiene tres veces siete...
—¿Por qué
trata de engañarnos, ciudadano? —El funcionario arrugó la frente con desgana.
—No sé...
el diablo me ha confundido... es verdad,
son veinte... Así es... Dios mío... ¿Cómo he podido olvidarlo?
Los
labios de Yákov Alexéievich temblaban turbados,
en sus mejillas, lívidas, los músculos se contraían nerviosamente.
En la
sala reinaba un silencio embarazoso. El presidente dijo algo al oído del
funcionario y éste, con su lápiz rojo, tachó la cifra «7» y sobre ella, con
gruesos caracteres, trazó un «20».
* * *
Stiopka
corrió en busca de Prójor y a través de los huertos, para llegar antes, se
dirigieron a la casa.
—Date
prisa, amigo, si viene mi padre de la reunión no te dejará los bueyes.
Sacaron
aprisa y corriendo el carro del cobertizo y uncieron los buyes. Maxim gritó
desde el portal:
—¿Han
apuntado la sementera?
—Sí.
—¿Te han
hecho alguna rebaja?
Stiopka
salió, sin comprender el sentido de la pregunta. Salieron por el portón. De la
plaza, casi al trote, se acercaban Yákov Alexéievich.
—¡Sooo!
El látigo
obligó a los bueyes a acelerar el paso. Los dos carros, con suave traqueteo, se
dirigieron hacia la estepa.
Junto al
portón, sofocado, Yákov Alexéievich agitaba el gorro.
—¡Dad la
vuelta! —llevó el viento fragmentos de su grito enronquecido.
—¡No
mires atrás! —advirtió Stiopka a Prójor, y sacudió de nuevo el látigo.
Los carros habían bajado la
barranca, como si se
sumergieran, y desde la stanitsa, desde la sólida casa de Yákov Alexéievich,
seguía llegando el prolongado rugido:
—¡Da la
vuelta, hijo de perra!
* * *
Poco
antes del anochecer llegaron a los almiares de Prójor. Desuncieron a los
bueyes. Cargaron los carros y decidieron pernoctar en la estepa y regresar de madrugada. Prójor,
después que hubo terminado de aplastar el heno en el segundo carro, allí mismo,
entre la hierba, se acurrucó y se quedó
dormido. Stiopka buscó acomodo en el
suelo. Cubierto con el capotón, para protegerse del relente, miraba el cielo
estrellado, las negras siluetas de los bueyes que comían en los trozos donde la
hierba no había sido segada. El aire estaba saturado de intensos olores a
plantas desconocidas. Los grillos atronaban con su canto, un búho dejaba oír su
voz melancólica en las barrancas.
Sin darse
cuenta, Stiopka se quedó dormido.
El
primero en despertar fue Prójor. Se dejó caer como un saco del carro y se sentó
en el suelo, buscando con la vista a los bueyes. La oscuridad, espesa y
violácea, envolvía los ojos como una telaraña. En la hondonada se amontonaba la niebla. El timón de la Osa Mayor había
bajado hacia el Oeste.
A diez
pasos, Prójor tropezó con Stiopka, que seguía durmiendo.
Tocó el
capotón. Su mano sintió el fresco agradable de la lana húmeda por el helado
rocío.
—¡Stepán,
levántate! No están los bueyes...
Estuvieron
buscando a los animales hasta que se
hizo de noche. Recorrieron la estepa en diez verstas a la redonda, miraron
todas las quebradas, pisotearon las abundantes flores de la hierba que había
quedado sin segar en las hondonadas y barrancas.
Parecía
como si a los bueyes se los hubiese tragado la tierra.
Al atardecer
se reunieron junto a los carros
solitarios. Prójor, lívido y enflaquecido, fue el
primero en hablar:
—¿Qué
hacemos?
Su voz
era sorda. Sus ojos bizcos e inquietos parpadeaban mojados por las lágrimas...
—No lo sé
—contestó Stiopka con una pesada
indiferencia.
* * *
Yákov
Alexéievich miró al sol, estornudó y llamó a Maxim.
—Se les
ha debido de romper un carro en la barranca. A estas horas y todavía no han
vuelto... Cuando llegue ese maldito le daremos una buena lección... Hay que
agradecerle lo de las sementeras... Ha prestado un buen servicio a su padre... He
criado un cuervo... —y con la cara congestionada bramó—: ¡Engancha la
yegua!.... ¡Iremos en su busca!....
Ya desde
eljos, Maxim divisió a Stiopka y a Pójor, que permanecían sentados e inmóviles junto a los carros del
heno.
—Padre...
Mira, no están los bueyes... —murmuró con voz apagada.
Yákov
Alexéievich miró durante largo rato, protegiéndose del sol con la mano. Cuando
los hubo visto dio un latigazo a la yegua.
El
cochecillo se metió
por las desigualdades del
terreno. Maxim, chascando con
la lengua, agitaba las riendas.
—¿Dónde
están los bueyes? —atronó Yákov
Alexéievich, levantando la voz por encima del traqueteo de las ruedas.
El
cochecillo se detuvo ante el primer
carro. Maxim, antes de que se hubiera parado, se apeó de un salto, estiró las
piernas y se acercó con paso rápido a Stiopka.
—¿Dónde
están los bueyes?
—Han
desaparecido...
Terrible
en su cólera, Maxim se volvió hacia el padre que se aproximaba y vociferó
desaforadamente:
—¡Los bueyes han desaparecido, padre!....
Tu hijo... ¡nos ha aruinado! ¡Tendremos
que ir a pedir limosna!....
Yákov
Alexéievich, sobre la marcha, golpeó a Stiopka, que había quedado blanco como
el papel, y lo tiró al suelo.
—¡Te voy
a matar!
¡Te voy a sacar los
hígados!.... Confiésalo, maldito:
¿has vendido los bueyes? De seguro que os aguardaban aquí
los compradores... ¡Por eso te ofreciste
A venir a llevar el heno! ¡Habla!....
—¡Padre!
¡Padre!....
A un
lado, Maxim arrastraba por el suelo a Prójor. Le molía a patadas el vientre, el
pecho, la cabeza. Prójor se cubría la cara con las manos y mugía sordamente.
Maxim
agarró una horquilla clavada en el carro, puso en pie a Prójor y dijo en tono
normal y en voz baja:
—Confiésalo:
¿habéis vendido Stiopka y tú los bueyes? ¿Os habíais puesto de acuerdo?
—¡Hermano!....
No cometas un pecado... —Prójor levantó las manos y la sangre, espesa y de un
negro azulado, cayó de su rota boca hasta la camisa.
—¿No lo
vas a decir? —insistió Maxim.
Prójor
rompió a llorar, hipando y meneando la cabeza... Los dientes de la horquilla
entraron con facilidad, como si se tratase de una brazada de heno, en el pecho,
bajo la tetilla izquierda. La sangre no brotó en un principio...
Stiopka
se debatía debajo del padre,
retorciéndose. Sus labios buscaban las manos
de éste y besaba las hinchadas venas y los rojos pelos que las
cubrían...
—En
el corazón... dale...
—jadeó Yákov Alexéievich,
sujejetando a Stiopka
sobre el suelo mojado por el rocío...
* * *
Cuando
llegaron a casa
no se había hecho de
noche. Yákov Alexéievich
había ido todo el camino tumbado
boca abajo. En los baches,
su cabeza chocaba
sordamente contra las
tablas. Maxim dejó las riendas y se limpió los calzones de un polvo
invisible. A la entrada del jútor había dicho con frase rápida:
—Cuando
llegamos estaban muertos. Seguramente los mataron por los bueyes Y los bueyes
se los habían llevado...
Yákov Alexéievich
guardó silencio. En el portón les
esperaba Axinia, la mujer de
Maxim. Mientras se rascaba bajo la falda de tejido casero el abultado vientre
(estaba embarazada) dijo perezosamente:
—No había
para qué cansar la yegua... Los malditos bueyes han vuelto a casa. ¿Y Stiopka?,
¿se ha quedado buscándolos?
Y sin
esperar respuesta, haciendo la señal de la cruz sobre su boca abierta en un
bostezo, se dirigió a la casa con andar pesado, como cojeando.
1926
LA ESTEPA
AZUL
A ORILLAS
DEL DON, en una altura que los rayos del sol han dejado calva, al pie de un
endrino silvestre estamos nosotros dos: el abuelo Zajar y yo. Un milano
pardusco vaga junto a la cadena escamosa de las nubes. Las hojas del endrino,
muy manchadas por el excremento de los pájaros, no nos dan fresco alguno. El
calor produce zumbido de oídos. Al mirar abajo, a la rizada superficie del Don,
o a nuestros pies, a las arrugadas cortezas de sandía, la boca se llena de una
saliva viscosa que uno siente pereza de escupir.
En el
fondo medio seco de la vaguada, las ovejas se aprietan unas contra otras. Con
los traseros caídos, menean los rabos esquilados y estornudan ruidosamente a
causa del polvo. Cerca de la presa un robusto cordero, empujando con las
patas posteriores, mama la leche
de una oveja de piel amarillenta y sucia. De cuando en cuando
da una cabezada a las ubres de la madre. La oveja se lamenta, se encoge
al dejar salir
la leche, y a mí me parece ver en sus ojos
una expresión de sufrimiento.
El abuelo
Zajar permanece de costado junto a mí. Se ha quitado la camisa de punto de lana
y con sus ojos de aspecto de cegato busca en los
pliegues y costuras. Al
abuelo le falta un año para cumplir
los setenta. Su espalda
desnuda aparece cubierta
de arrugas caprichosas, sus
paletillas forman ángulos agudos bajo la piel, pero los ojos son azules
y jóvenes, y la mirada que de ellos se desprende bajo las cejas grises es viva
y penetrante.
El piojo
que acaba de atrapar
lo mantiene con trabajo entre sus
dedos, endurecidos y temblorosos. Lo
mantiene con cuidado y ternura. Luego lo coloca en el suelo, lejos de su
persona, traza una pequeña cruz en el aire y gruñe con voz sorda:
—¡Vete,
criatura! ¿Quieres vivir, verdad? Ya, ya... ¡Cómo has chupado la sangre!....
Igual que un gran propietario...
Jadeando,
el abuelo se pone la camisa y, echando
la cabeza hacia atrás, bebe del barrilete de madera agua tibia. A cada trago la
nuez le sube, dos arrugas fofas se le forman desde el mentón a la garganta, las
gotas le corren por la barba, a través de los párpados de color de azafrán,
entornados, el sol se filtra con matices rojizos.
Después
de tapar el barrilete me mira de reojo y, dándose cuenta de mi mirada, mueve
los labios secos y vuelve los ojos hacia
la estepa. Tras la
vaguada se extiende una
neblina caliginosa; el viento, sobre la tierra abrasada, trae un
aroma intenso a miel de ajedrea. Después de un rato de silencio, el abuelo
aparta de sí su palo de pastor y con el dedo ennegrecido por el humo del tabaco
indica un punto lejano.
—¿Ves al
otro lado de esa hondonada unas copas de
álamo? Es Topólevka, la hacienda de los señores
Tomilin. Los campesinos de Topólevka
eran siervos en
otros tiempos. Mi
padre fue cochero del pan1 hasta su misma muerte. Cuando yo era chico me
contaba que pan Evgraf Tomilin lo había cambiado por una grulla domesticada a
un propietario vecino. Después de la muerte de mi padre, yo ocupé su puesto de
cochero. Por aquel entonces el pan tenía cerca de los sesenta. Era un hombre
grueso, sanguíneo. En su juventud había servido en la guardia del zar, luego
pidió el retiro y vino a terminar sus días en el Don. Las tierras que tenía
aquí se las quitaron los cosacos y con otras tres mil desiatinas que poseía en
la provincia de Sarátov se quedó el gobierno. Las había tenido arrendadas a
los campesinos de Sarátov, aunque él no se movía de Topólevka.
Era un
tipo estrafalario. Vestía siempre un caftán de paño fino y nunca abandonaba el
puñal. Cuando íbamos de visita a cualquier propietario, apenas habíamos salido
de Topólevka, ordenaba:
—¡Arrea,
villano!
1 Señor,
en polaco y en ucraniano.
Yo
sacudía de firme a los caballos. Galopábamos de un modo que el viento no tenía
tiempo de
secarme
las lágrimas. Nos venía al encuentro una barranca abierta por las aguas del
deshielo que daba miedo cruzarla: las ruedas delanteras no se oían y las traseras daban una sacudida terrible:
¡crac!....
Seguíamos media versta y el pan
gritaba: «¡Da la vuelta! » Yo lo hacía
así y, a todo galope, nos lanzábamos sobre la misma barranca... Y así
hasta que se rompía una ballesta o
perdíamos una rueda. Entonces, mi pan se levantaba y seguía a pie, mientras
que, a sus espaldas, yo llevaba los caballos de las riendas.
También
tenía otra diversión: a la salida de la hacienda se sentaba conmigo, en el pescante, y tomaba el látigo
de mis manos. «¡Arrea al de varas!....» Yo le atizaba con todas mis fuerzas, el
arco del tiro no se movía siquiera,
mientras que él se hartaba de dar
latigazos a uno de los laterales. Llevábamos una troika de caballos de pura
sangre del Don, verdaderas serpientes: con la cabeza recogida y que devoraban
la tierra.
Él
sacudía latigazos a uno de los laterales,
el infeliz se debatía
bañado en espuma... Luego sacaba el puñal, se inclinaba y ¡zas!
cortaba los tirantes como si cortase un pelo con una navaja de afeitar. El
caballo salía volando de cabeza y un par de brazas más allá caía rodando, la
sangre le salía a chorros por las narices.
Allí mismo reventaba... Luego hacía lo mismo con el
otro... El caballo de varas seguía tirando hasta caer derrengado, y el pan tan tranquilo; eso le divertía un
poco, las mejillas se le coloreaban.
Ni una
sola vez llegó al lugar de destino: o rompía el coche o reventaba los caballos,
y el resto del camino tenía que hacerlo a pie... Era un hombre alegre el
pan... Eso es agua pasada, Dios nos
juzgará... Siempre andaba detrás de mi mujer, que era doncella en la casa.
Llegaba corriendo, por ejemplo, a las dependencias de la servidumbre con la
chambra destrozada y sollozando a voz en grito. Miraba yo y le veía los senos
mordidos y despellejados...
En una
ocasión, de noche, el pan
me mandó a buscar al practicante.
Yo sabía que no se le necesitaba y adiviné de qué se trataba. Esperé en la estepa a que estuviera muy
oscuro y volví a casa. Entré en la hacienda por la parte de la era, dejé los
caballos en el huerto, tomé el látigo y me dirigí al pabellón de la
servidumbre, donde tenía mi cuchitril. Abrí la puerta, me abstuve a propio
intento de encender cerillas, oí que alguien se removía en la cama... Cuando mi pan se incorporó le
sacudí con el látigo, y era un látigo provisto de una bola de plomo en la
punta... Oí que se acercaba a la ventana y, en la oscuridad, le crucé la frente
de un latigazo. Saltó por la ventana, yo suministré unos azotes a mi mujer y me
eché a dormir. Cinco días después debíamos ir a la stanitsa; estaba yo
abrochando la lona del coche cuando el pan tomó el látigo entre sus manos y
examinó la punta. Le dio vueltas un rato, sopesó la bola de plomo y preguntó:
—¿Por qué
has puesto plomo en el látigo, sangre de perro?
—Usted
mismo me lo mandó —le contesté.
No dijo
nada más y hasta la primera barranca estuvo silbando bajo. Me volví
disimuladamente y vi que tenía el pelo echado sobre la frente y la gorra
encasquetada...
Dos años
después le atacó
una parálisis. Lo llevamos
a Ust-Medvéditsa, llamamos
a los doctores, él permanecía
tumbado en el suelo, completamente negro. Sacaba del bolsillo los billetes a
puñados, los tiraba y jadeaba: «¡Curadme, infames! ¡Os daré cuanto poseo!…»
Que Dios
lo tenga en su santo seno: murió con su dinero. Lo heredó todo su hijo, que era
oficial. Cuando era pequeño solía despellejar vivos a los cachorros y los
dejaba marchar. Era el retrato del padre. Ya de mayor dejó de hacer tonterías.
Era alto, delgado, con unos círculos negros bajo los ojos, como las
mujeres... Usaba lentes de oro, que traía sujetos con un cardoncillo. Durante la guerra contra Alemania había sido
jefe de los prisioneros en Siberia, y después de la revolución se presentó en
nuestras tierras. Por aquel entonces yo tenía dos nietos, ya mayores, que me
habían quedado de mi difunto hijo; el mayor, Semión, estaba casado, pero
Aníkushka permanecía soltero. Yo vivía con ellos, esperando el fin de mis
días...
Al llegar
la primavera se produjo otra revolución. Nuestros mujiks echaron al joven pan
de la hacienda y aquel mismo día mi Semión persuadió a la gente para que se
repartieran las tierras y los
bienes del
señor. Así lo hicieron: se
llevaron las Losas,
la tierra fue
dividida en parcelas y se dedicaron a labrarla. Había pasado una semana, o acaso menos, cuando
llegó el rumor de que el pan venía con los cosacos a degollar a toda la gente
del pueblo. Se decidió mandar dos carros a la estación del ferrocarril en busca
de armas. Durante la Semana Santa
llegaron las armas que nos mandaba la Guardia Roja. En las afueras de Topólevka
abrieron trincheras, que se extendían
hasta el embalse de la hacienda.
¿Ves allí
donde crece la ajedrea, tras esa quebrada?
Pues por esa línea pasaban las trincheras. Mis hijos, Semión y Anikei,
estaban con la gente. Las mujeres les habían llevado comida por la mañana
temprano, el sol estaba a la altura del roble cuando en la loma apareció la
caballería. Se tendieron a lo ancho y brillaron los sables. Desde la era vi que
el que marchaba al frente, en un caballo
blanco, blandía el
sable y todos se precipitaban con gran estrépito cuesta abajo.
Por la andadura reconocí al potro blanco
del pan, y por el caballo
reconocí al jinete.
Dos veces los rechazaron los
nuestros, pero a la tercera los cosacos los envolvieron por
detrás, se impusieron gracias a su
astucia, y empezó la matanza... El combate terminó con las últimas luces del
día. Yo salí de la casa a la calle y vi que unos hombres a caballo llevaban a un grupo hacia la
hacienda. Tomé mi bastón y me dirigí hacia allí.
Nuestros mujiks
de Topólevka estaban
amontonados en el patio
lo mismo que esas ovejas ahora. Los cosacos los
rodeaban... Me acerqué a preguntarles:
—Decidme,
hermanos, ¿dónde están mis nietos?
Los dos
me contestaron de entre el grupo. Durante un rato estuvimos hablando cuando vi
que el
pan salía
al portal. Él me vio también y gritó:
—¿Eres
tú, abuelo Zajar?
—El
mismo, señoría.
—¿Para
qué has venido?
Me
acerqué al portal y me puse de rodillas.
—He
venido a salvar a mis nietos. ¡Ten piedad, pan! A tu padre, que Dios tenga en
su santo cielo, le serví toda la vida. Recuerda, pan, mi fidelidad, ten
compasión de este viejo...
Él dijo:
—Escucha,
abuelo Zajar, tengo en gran estima los servicios que prestaste a mi padre, pero
no puedo dar la libertad a tus nietos. Son unos revoltosos incorregibles.
Acepta las cosas con mansedumbre, abuelo.
Yo abracé
sus piernas, me arastré por el portal.
—¡Ten
compasión, pan! Recuerda, querido, que el abuelo Zajar hacía cuanto tú querías,
no me pierdas. ¡Mi Semión tiene una criatura de pecho!
Encendió
un cigarrillo que olía muy bien, echó el humo hacia arriba y dijo:
—Ve y di
a esos canallas que vengan a mis habitaciones. Si me piden perdón, sea, en memoria de mi padre mandaré
que les azoten y los tomaré en mi
destacamento. Con un buen comportamiento
pueden lavar su vergonzosa culpa.
Yo me fui
al trote al patio, busqué a mis nietos y tiré de ellos:
—Id,
estúpidos. ¡No os levantéis del suelo hasta que no os perdone!
Semión ni
siquiera movió la cabeza.
Siguió sentado, removiendo
la tierra con una
paja. Aníkushka se me quedó mirando y bramó:
—Ve a tu
pan y dile esto: el abuelo Zajar se arrastró de rodillas toda su vida, su hijo
se arrastró también, pero sus nietos no quieren hacerlo. ¡Díselo así!
—¿No
irás, hijo de perra?
— No.
—A ti,
miserable, te importa poco vivir o que te maten. Pero ¿y Semión? ¿A quién va a
dejar la mujer y la criatura? Vi que las manos de Semión temblaban, hurgaba en
la tierra con la paja, como buscando algo, pero seguía callado. Callaba como un
buey.
—Vete,
abuelo, no nos amargues la existencia —pidió Anikei.
—No me
iré, estúpido. La mujer de Semión se quitaría la vida si a él le pasara algo.
La paja
que Semión tenía entre los dedos se rompió. Yo esperaba. Ellos siguieron
callados.
—Siómushka,
piénsalo bien. Ve al pan.
—¡Ya lo
hemos pensado! ¡No iremos! ¡Ve a arrastrarte
tú! —gritó Aníkushka enfurecido. Yo insistí
—¿Me
echas en cara que me he arrastrado de rodillas ante el pan? Soy viejo, en vez
del biberón de mi madre tuve el látigo del señor... No es un delito si me pongo
de rodillas ante mis propios nietos.
Me puse
de rodillas, incliné la cabeza hasta el suelo, les supliqué. Los mujiks se
volvieron de espaldas como si no viesen nada.
—Vete,
abuelo... ¡Vete o te mato! —vociferó Aníkushka, con los labios llenos de espuma
y los ojos como los del lobo caído en el lazo.
Di la
vuelta y volví al pan. Apreté sus pies contra mi pecho, pensando que me daría
una patada. Mis manos parecían petrificadas, no pronuncié ni una sola palabra.
Él preguntó:
—¿Y tus
nietos?
—Tienen
miedo, pan...
—¿Tienen
miedo?... —y no dijo nada más. Me dio con la puntera de la bota en la boca y
salió al portal.
La
respiración del abuelo Zajar era frecuente y ronca. Por unos instantes su
rostro quedó arrugado y pálido. Con un esfuerzo terrible consiguió dominar el
sollozo corto y senil, se pasó la mano por los secos labios y se volvió de
espaldas. El milano, planeando oblicuamente, descendió hasta la hierba y
levantó del suelo una avutarda de pecho blanco. Las plumas cayeron como copos
de nieve, su brillo sobre la hierba era insoportablemente puro, hería los ojos.
El abuelo Zajar se sonó y, después de limpiarse los dedos en las faldas de la
camisa de punto, volvió a su relato:
—Yo le
seguí al portal. Vi a Anisia, la mujer de Semión, que corría con la criatura en
brazos. Tan bien como ese milano ahora, se agarró a su marido...
El pan
llamó a un sargento y le indicó a Semión y a Anikushka. El sargento, acompañado
por seis cosacos, se hizo cargo de
ellos y los condujo a la arboleda. Yo
los seguí. Anisia dejó a la criatura en medio del patio y se lanzó a los pies
del pan. Semión caminaba delante de todos con paso firme; al llegar a la
caballeriza, se sentó.
—¿Qué
haces? —preguntó el pan.
—Me
aprieta la bota, no puedo más —y sonrió. Se quitó las botas y me las entregó:
—úsalas
tú, abuelo, y que te conserves bien. Son buenas, de doble suela
Recogí yo
las botas y seguimos la marcha. Al llegar al límite de la propiedad los
colocaron contra la cerca. Los cosacos cargaron los fusiles. El pan estaba
también allí; con unas tijeras muy pequeñas se cortaba las uñas de los dedos.
Su mano era muy blanca. Yo le dije:
—Permíteles,
pan, que se quiten la ropa. Son unas prendas en buen uso. Somos pobres y nos
vendrán bien, las llevaremos nosotros.
—Que lo
hagan si quieren.
Aníkushka
se quitó los calzones, los volvió del revés y los colgó de un palo de la cerca.
Sacó del bolsillo la bolsa del
tabaco, encendió un pitillo.
Permaneció de pie, con la
piernas separadas y lanzando
bocanadas de humo. Escupió por encima de la cerca... Semión se quedó completamente desnudo, se quitó hasta los calzoncillos de lienzo,
pero del gorro se olvidó, seguramente no
se dio cuenta... Yo, tan pronto sentía frío como un calor que me abrasaba. Me
llevé la mano a la cabeza y el sudor era helado como el agua de manantial...
Volví los ojos, estaban uno junto al otro... Semión con el pecho cubierto de
una espesa pelambrera, desnudo y con el gorro en la cabeza... Anisia, como
mujer que era, al ver así a su marido se arrojó hacia él y le abrazó como el
lúpulo al roble. Semión trató de desprenderse de ella.
—¡Apártate,
tonta!.... ¡Que no estamos solos!.... Estás trastornada, ¿no ves que me he quedado completamente
desnudo?... Debería darte vergüenza...
Pero
ella, toda despeinada, gritaba desgarradoramente:
—¡Fusiladnos
a los dos!....
El pan se
guardó las tijeritas en el bolsillo y preguntó:
—¿Quieres
que disparen?
—¡Dispara,
maldito! ...
¡Eso se
lo decía al pan!
—¡Atadla
a su marido! —ordenó.
Anisia, serenándose,
se hizo hacia atrás, pero ya era
tarde. Los cosacos, riendo, la
ataron a Semión con un ramal... La tonta cayó al suelo,
arrastrando a su marido...
El pan se acercó y preguntó con
los dientes apretados:
—Para
bien de tu hijo, ¿pedirás perdón ahora?
—Perdón
—gimió Semión.
—Está
bien, pídelo, pero tendrás que hacerlo a Dios... ¡Ya es tarde para que yo te
perdone!....
Allí
mismo, en el suelo, los mataron... Aníkushka, después de los disparos, se
tambaleó, pero no cayó de momento.
Primero lo hizo de rodillas, luego
se volvió bruscamente y se inclinó hasta quedar boca arriba. El pan se
acercó y le preguntó muy cariñosamente:
—¿Quieres
vivir? Si es así, pide perdón. Recibirás cincuenta vergajazos y al frente.
Aníkushka
reunió toda la saliva que tenía en la boca, pero le faltaron las fuerzas para
escupir y le cayó por la barba... Se puso todo blanco de rabia, pero ¿qué podía
hacer?... Tres balas le habían atravesado...
—¡Llevadlo
al camino! —ordenó el pan.
Los cosacos lo arrastraron y lo echaron por
encima de la cerca, poniéndolo de través
en el camino. En aquel momento salía de Topólevka con dirección a la
stanitsa una sotnia de cosacos seguidos de dos cañones. El pan se encaramó a la cerca, lo mismo que un gallo, y gritó
con voz sonora:
—¡Al
trote! ¡No os desviéis del camino!....
Los pelos
se me pusieron de punta. Guardaba en las manos la ropa y las botas de Semión,
pero las piernas no me sostenían, se doblaban... Los caballos tienen una chispa
divina, ninguno de ellos tocó a Aníkushka,
todos saltaron por encima de él... Yo caía contra la cerca, no podía
cerrar los ojos, la boca se me había quedado seca. Las ruedas de
los cañones pasaron por encima de las
piernas de Anikei... Crujieron como la galleta de centeno entre los dientes, se
hicieron pequeños cachos... Pensé que Anikei iba a morir de los terribles
dolores, pero él no dejó escapar ni un solo grito, ni un solo gemido... Estaba
tirado, con la cabeza apretada contra el suelo, y se metía en la boca puñados de la tierra del camino,..
Masticaba la tierra y miraba al pan sin pestañear, y sus ojos limpios y claros
como el cielo...
Aquel día
pan Tomilin fusiló a treinta y dos personas. El único que quedó con vida fue
Anikei, gracias a su orgullo.
El abuelo
Zajar bebió del contenido del barrilete durante largo rato, con avidez. Se secó los labios,
descoloridos y, con desgana, dio fin a su relato:
—Todo
eso es cosa pasada.
No han quedado más que las
trincheras en que nuestros mujiks defendían la tierra conquistada. Sobre
ellos crece la hierba de la estepa. A Anikei le cortaron las piernas, ahora
anda con ayuda de las manos, arrastrando el cuerpo por el suelo. Parece alegre,
todos los días el chiquillo de Semión y él miden su estatura en el marco de la
puerta. El chiquillo ya es más alto... Al llegar el invierno suele salir a la
calle, la gente lleva las bestias a abrevar
al río y él levanta los brazos en medio del camino... Los bueyes corren
despavoridos al hielo, se resbalan, parece que se van a romper una pata, y él se ríe... Sólo en una ocasión
observé... Era primavera, el tractor de
nuestra comuna estaba arando los campos
al otro lado de las
tierras cosacas. El se empeñó en ir allí. Yo estaba cuidando
las ovejas en las cercanías. Vi que mi Anikei se arrastraba por los surcos y
pensé: ¿qué va a hacer? Anikei miró alrededor y al advertir que no había nadie
cerca de
él se echó sobre los terrones revueltos por las rejas, los abrazó,
apretándolos, los acariciaba con las manos, los besaba... va a cumplir
veinticinco años y nunca podrá labrar... Eso le acongoja...
La estepa
azul dormitaba en la neblina del crepúsculo, en las coronas de la mustia
ajedrea las abejas cobraban el último tributo del día. La estipa, albina y
altiva, mecía sus penachos. Un hato de ovejas se acercaba cuesta
abajo a Topólevka. El abuelo Zajar, apoyado en su palo, caminaba en silencio. Sobre el
camino, sobre el lienzo de polvo esmeradamente bordado, se veían dos huellas: unas eran de lobo, paso
a paso, distanciadas y anchas; las otras —que con sus marcas oblicuas se
hundían en el camino— eran las huellas del tractor de Topólevka.
Allí
donde la pista de verano se unía al camino del Hetman, ahora cubierto de
hierbajos y olvidado, las huellas
se separaban. Las del lobo torcían
hacia las barrancas
pobladas de una vegetación impenetrable de hierbas y
endrinos, y en el camino quedaba una sola huella. Esta, que olía a gasolina,
era firme y pesada.
1926
BRACEROS
I
LAS
PEQUEÑAS CASAS de Danílovka se aprietan unas contra otras, como escondiéndose
de las molestas miradas de los transeúntes, al pie de un monte pardusco de
abultada crestería, entre los sauces que se levantan a ambos lados del río y rodeadas
de unas cercas viejas a las que el tiempo ha dado el aspecto de la gamuza.
En total
son poco más de ciento. En la calle principal, a lo largo del río, se
encuentran las casas de los campesinos
acomodados, amplias y distanciadas unas de otras. Cuando uno va por la calle,
al instante se ve que en ella viven labradores con medios de fortuna: la
techumbre de las viviendas es de chapa o de teja; las cornisas, de madera, se hallan artísticamente talladas; las
maderas de las ventanas, pintadas de azul, crujen satisfechas como si hablasen
de la vida floreciente y serena de los dueños. Los portones en esta calle son
de madera gruesa y sólidos, las cercas son nuevas, en los patios se agrupan
los graneros y grandes perros, entre un ruido de cadena y feroces
gruñidos, mantienen alejados a quienes pasan por allí.
La otra
calle, sinuosa y angosta, en las faldas del monte, está toda cubierta de sauces. Parece fluir
bajo la verde techumbre de los árboles, y el viento arrastra por ella olas de
polvo, hace girar en verdaderas nubes la ceniza depositada al pie de las
cercas. En la segunda calle no hay casas, sino chozas. Una miseria no velada se
asoma desde cada ventana, desde cada
dependencia, que rodea una cerca débil y vetusta.
Cinco
años antes, un incendio había devorado por completo las construcciones de esta
segunda calle. En lugar de las casas de madera, consumidas por el fuego, los
campesinos habían levantado chozas de barro; volvieron a reparar de cualquier
modo sus dependencias, pero desde
entonces la miseria se había acomodado
para siempre en las casas de las víctimas del incendio, echando raíces
hondas e inextirpables,..
Las
llamas habían consumido todos los aperos. La primera primavera, mal que bien,
consiguieron sembrar, pero la cosecha fue mala y eso acabó con las esperanzas, hizo curvas las espaldas de
los campesinos, dispersó
al viento las
ilusiones de que
conseguirían arreglar sus asuntos y escapar de la desgracia.
Desde
entonces, los afectados por el incendio llevaban sus amarguras por el mundo:
iban a pedir limosna, marchaban al
Kubán, donde la vida era más fácil. Pero la tierra que los vio nacer los
llamaba imperiosamente: volvían a Danílovka y, con el gorro en la mano, acudían
de nuevo a los labradores acomodados:
—Tómame
de nuevo como bracero, amo... Por un pedazo de pan trabajaré contento...
II
UNA
MAÑANA, apenas había amanecido, el criado del pope Alexandr llegó a la casa de
Naúm Bóitsov. Naúm estaba enganchando al
carro el caballo que había pedido al vecino y no oyó los pasos del criado que
se acercaba. Absorto en sus pensamientos, se estremeció al escuchar el sonoro
saludo:
—¡Buenos
días, tío Naúm!
Naúm
volvió la vista y, mientras apretaba la correa del collerón, se llevó la mano
izquierda, que le quedaba libre, hasta el gorro.
—Buenos
días. ¿Qué te trae por aquí?
El
criado, satisfecho de verse libre de los trabajos de la hacienda, se sentó en una miserable grada, abandonada en el
suelo, y, tirando con la mano del extremo
de la manga de la camisa, se limpió el sudor de la frente.
—Vengo a tratar
de un asunto contigo —empezó sin
prisa, como si se
dispusiera a una conversación larga y circunstanciada.
—¿De qué
se trata? —preguntó Naúm, entretenido en
arreglar una rienda que se había roto.
—Ahora verás. Hace tiempo que le vengo diciendo a mi
pope: «Usted, padre, si es que quiere castrar el potro, entonces...»
—¡No
vayas con tanto rodeo! —le cortó Naúm—. ¿Hay que castrar el potro? Dilo así,
porque no tengo tiempo que perder. He de salir ahora mismo al campo.
—Bueno,
sí, el potro —concluyó el criado, descontento.
—Di que
iré en seguida
El criado
se levantó sin ganas, se sacudió una viruta que se le había quedado en los
calzones y dijo, mirando al suelo, en un tono indiferente:
—En toda
la comarca te alaban como hombre que
entiende mucho de caballos. Es así, pero
como persona no eres nada cordial... Es imposible mantener contigo una
conversación agradable. Eres grosero y brusco...
—Perdóname,
hermano. ¡Así me parió mi madre!
—Claro,
claro. Pero eso no puede gustar a nadie. Yo puedo conversar con cualquiera.
—Pues
habla con cualquiera —replicó Naúm, con una sonrisa en los ojos, y pisando
fuertemente el suelo con sus pies, anchos y descalzos, se encaminó hacia la
casa.
El criado
cogió del suelo la viruta recién cepillada, que el viento había traído Dios sabía de dónde, la arrolló, dejó escapar
un suspiro y se alejó calle adelante, torcido y moviendo el trasero como una
mujer. Caminaba como si el viento lo llevase contra su voluntad.
Naúm entró
en la casa y descolgó
del clavo un manojo
de grueso bramante.
Mientras lo desataba, volvió la
cara al horno y sonrió a su mujer, que estaba ocupada con la comida.
—¡Ya te
decía yo que de una parte u otra nos vendría! El pope Alexandr quiere castrar
el potro y ha mandado a su criado. ¡Por menos de medio pud de harina no lo
haré!....
—¿Que ha
mandado a buscarte dices? —preguntó alegre la mujer.
—Acaba de
irse.
—¡Ahí
tienes el pan!.... Me acongojaba el pensar que ibas a marcharte a labrar sin llevar ni siquiera un mal trozo
de bollo.
Naúm
sonrió, y por efecto de la
sonrisa la cuña pelirroja de la
barba se deslizó a un lado, dejando ver unos dientes apretados
y renegridos. La sonrisa le rejuvenecía y daba a su severo rostro una expresión
agradable.
—Ven
también tú, Fiódor, me ayudarás. Que la yegua espere, no desenganches —dijo a
su hijo. Fiódor —un mozo de dieciséis años, de un parecido sorprendente al
padre en la cara y en la
robusta
complexión— se ciñó la rota camisa
con un cinturón nuevo y siguió al viejo,
pisando también firmemente el suelo con sus pies, descalzos, y
encorvándose también al andar, moviendo unas manos más fuertes de lo que a su
edad correspondía.
A la
salida del patio se encontraron con el
pope Alexandr. En sus mejillas secas y de piel tirante quedaban rastros de
sangre, traía la frente vendada con un lienzo limpio. Bajo el vendaje miraban
unos ojos estrábicos de ratón.
—¡Es
imposible hacer carrera de él! —dijo
después de los saludos—.
¡Es una fiera con los demonios en el cuerpo!.... —su voz era espesa y
profunda, que no guardaba relación con aquel cuerpo enclenque—. Quería
embridarlo y me ha mordido como un perro. Me ha arrancado un trozo de piel de
la frente. ¡Dios es testigo!
Fiódor,
muy dado a la risa, tuvo que hacer grandes esfuerzos para contenerse, pero su
padre le miró severamente y se dirigió hacia el portillo.
—¿Dónde
lo tienen?—En la cuadra.
—Traiga
otro ramal, padre.
—Con él
hay que ser prudente... —dijo el pope, indeciso.
—Ya nos arreglaremos. A otros
peores hemos dominado...
—replicó Naúm, con un dejo de presunción en la voz, e hizo un complicado
nudo en un extremo del ramal.
Fiódor,
el pope y el criado se colocaron junto a la puerta.
Naúm se
lió el ramal en la mano izquierda, mientras que en la derecha sujetaba una
corta estaca de roble.
—Ten
cuidado, tío Naúm; te puede sacudir —rió el criado.
Naúm, sin
hacerse eco a la advertencia, tiró de la puerta y, arrugando los ojos ante la
oscuridad de la cuadra, puso un pie en el umbral.
Durante
dos minutos se oyó un gran estruendo. Fiódor, con el corazón desbocado,
esperaba el grito: «¡Venid a sujetar!.... ¡Rápido!....», cuando algo pareció
estallar, el potro relinchó. Un ruido sordo y pegajoso, un gemido... En el piso
de madera tamborearon los cascos del animal, la puerta crujió como si fuese
arrancada por un vendaval y de la
oscuridad saltó el
potro con la cabeza salvajemente
levantada. En dos saltos se puso al otro lado del montón de estiércol, se detuvo un instante, hinchando pesadamente los
flancos sudorosos, movió la cola y salvando la cerca, desapareció, levantando
en el camino una nube de polvo transparente.
De la
cuadra, tambaleándose, salió Naúm. Con las manos —en la izquierda colgaba aún
el ramal roto— se apretaba la boca...
Dio por el patio veinte pasos rápidos e inseguros, de borracho, tropezó con el
pecho contra la cerca y cayó boca abajo, recogiendo las piernas hasta el
vientre. Fiódor tiró la soga con un grito y corrió hacia él.
—¡Padre!....
¿Qué te pasa?
Con un
murmullo terrible y ronco, sofocado por el esfuerzo por hablar, Naúm exclamó:
—En el
pecho... me ha dado una coz... Me ha roto el hueso... ¡Estoy perdido!.... En el
pecho... junto al corazón...
—suspiró con un silbido, y con los
ojos turbios y desorbitados por el
dolor insufrible, rompió a llorar, hipando y lanzando bocanadas de
sangre.
Lo
levantaron en brazos y lo llevaron bajo un cobertizo. Por el patio, por el
lugar donde pasaban, iba quedando un rastro rojo de sangre. Naúm, retorcido, no cesaba en sus estertores y trataba de arrancarse la
camisa. Cada vez
que espiraba el
aire, el pecho,
destrozado, se le
hundía horriblemente y luego retemblaba y se movía formando un ángulo.
Después
de diez minutos se sintió mejor, la sangre cesó de brotar por su boca y sólo
una saliva sonrosada espumeaba en sus labios. El pope, muerto de miedo, trajo
una garrafa de vodka y obligó a Naúm a beber tres vasos. Tartamudeando, balbució:
— Te pagaré... te pagaré... ahora vete,.. tu hijo te
llevará. De otro modo, en caso
de una desgracia, debería
responder yo. Vete, Naúm, por Cristo te lo pido. ¡Vete!.... Morirás en el seno
de tu familia... Vete, por favor. No quiero responder por lo que a ti te pase.
—Si
muero... a mi mujer,., págale... —dejó escapar Naúm como un silbido jadeante.
—Queda
tranquilo... Te administraré los
sacramentos, voy a buscarlos a la
iglesia... Fiódor, ayuda a tu
padre a incorporarse...
Naúm,
sostenido por el pope, dejó caer rápidamente las piernas y gritó con voz sorda:
—¡Ay, no
puedo!.... ¡Ay!.... ¡Es la muerte! ¡Me muero!.... —añadió con un acento
súbitamente salvaje.
Fiódor,
con el rostro desencajado, rompió a llorar. El criado, a un lado, escarbaba la
arena con el pie y sonreía estúpidamente...
Naúm se puso en pie, aspirando fatigosamente el
aire con la boca abierta. Apoyando todo su peso en el hombro de Fiódor, se puso
en marcha, moviendo con gran trabajo las piernas.
—Vamos a
casa... lo manda el sacerdote... vamos... —dijo lacónico.
Caminaba
arrastrando los pies, tropezando, pero apretaba los labios y no dejó escapar ni
un solo gemido. Sus cejas temblaban en aquella cara, mojada por las lágrimas.
Le separaban de su casa
como
veinte brazas cuando se desprendió de un
tirón de las manos de Fiódor, lanzó un grito y se dirigió hacia la cerca.
Fiódor lo agarró por la axila y al momento sintió que el cuerpo del padre,
mucho más pesado, caía y él era incapaz
de sostenerlo. Bajo los párpados semicerrados, con la cabeza colgando a un
lado, unos ojos inmóviles le miraban con la severidad de la muerte...
Acudió
gente. Uno tocó las manos de Naúm, otro dijo con una mezcla de miedo y asombro:
—¡Ha
muerto!.... ¡Lo que son las cosas!....
III
AL TERCER
O CUARTO DÍA después del entierro, la madre preguntó a Fiódor:
—Dime,
Fedia, ¿cómo vamos a vivir?
Fiódor
era el primero que no sabía cómo podrían vivir después de la muerte del padre.
La casa
tenía su amo y la vida transcurría regular y segura, marchaba como un carro,
con una pesada carga. En ocasiones
resultaba difícil salir adelante, pero Naúm
sabía arreglárselas de tal modo que la familia, hasta en el año del
hambre, no sufrió gran cosa. Y el resto del tiempo podía decirse que fluyó
tranquila, hasta había sido buena: no conocían la abundancia de los ricos de la
primera calle, pero tampoco experimentaban las necesidades de los vecinos de
Naúm, de los que vivían en la segunda
calle. Ahora en cambio, cuando la hacienda había perdido su guía, ni Fiódor ni
la madre sabían qué hacer. A duras penas labraron media desiatina, la sembró
Prójor, el vecino, pero los brotes no tenían nada de envidiables: eran escasos
y míseros.
—Vete,
hijo, ponte a servir de criado en una casa donde la gente sea buena, yo me
dedicaré a pedir limosna —le dijo la madre en una ocasión—. Puede ser que
dentro de un año o dos hayamos reunido algún dinero para comprar un caballo, y
entonces viviremos de lo nuestro ¿Qué te parece?
—No hay
que pensarlo tanto —contestó, ceñudo, Fiódor—. Por muchas vueltas que le demos,
tendremos que hacerlo...
Aquella misma
tarde, Fiódor estaba en el
portal de la casa de
Zajar, el primer
ricachón de Jrenovskoi, lugar
próximo a Danílovka, y estrujando
entre las manos
la gorra de
su padre, reluciente por el uso,
pronunciando con trabajo las palabras, que se le pegaban a la boca:
—Haré las
cosas a conciencia... no tengo miedo al trabajo. En cuanto a la paga, lo que usted diga.
Zajar Denísovich,
un hombre debilucho devorado
por alguna dolencia interna,
permanecía sentado en los escalones del portal y contemplaba a Fiódor
sin pestañear, con unos ojos acuosos y poco definidos.
—La
verdad es que necesito un criado. Pero
tú eres joven, no tienes la fuerza de un hombre ni podrías hacer el trabajo de
un hombre. De eso no cabe duda. ¿Qué paga quieres?
—Lo que
me dé.
— Pero
¿cuánto?
Fiódor
sudaba. Sacudió la gorra y levantó los ojos confuso.
—Deme de
manera que ni usted ni yo nos quejemos.
—Medio
rublo al mes es lo que te daré. La comida es de cuenta mía y la ropa y el
calzado de la tuya. ¿Te conviene? —preguntó, clavando en Fiódor una mirada
interrogativa—. ¿Conforme?
Fiódor
arrugó los ojos, calculando con un rápido movimiento de dedos de su mano libre:
«Al mes medio rublo, un rublo cada dos meses. Al año seis rublos...»
Recordó que en la feria pedían por el
caballejo más corriente ochenta rublos y se espantó al sacar que para reunir
ese dinero tendría que trabajar trece años...
—No
muevas así los labios. Di si estás conforme o no —gruñó Zajar Denísovich, a
quien los pinchazos del pecho le hicieron arrugar el entrecejo.
—Eso
resulta... casi gratis...
—¿Gratis?
Y la comida, ¿cuánto me costará? Piénsalo tú mismo... —Zajar Denísovich tuvo un
golpe de tos.
Fiódor,
recordando bien los consejos de la madre, tenía decidido no contratarse por
menos de un rublo al mes, mientras que Zajar Denísovich, con los ojos
desorbitados por la tos, pensaba tanto como la
tos le permitía: «A este
simplón no debo dejarlo escapar. Es
un tesoro. Parece sano, trabajará
como un buey. Es capaz de romperle un cuerno al diablo... En pleno verano, un
bracero que sepa lo que vale no se ajustaría ni por cinco rublos, y a éste lo
puedo tomar por uno...»
—Di,
¿cuál es tu última palabra?
—Al
menos, un rublo al mes.
—¿Un
rublo? ¡No es nada!.... ¿Estás en tu sano juicio, mozo? No, hermano, es mucho...
Fiódor
daba ya la vuelta para marcharse, pero
Zajar Denísovich saltó
como un gorrión los peldaños y le agarró del brazo.
—Espera,
aguarda un momento. ¡Eres muy impetuoso! ¿Adónde vas?
—Como no
hemos llegado a un acuerdo...
—¡Bueno,
conforme! ¡Sea lo que sea! Queda decidido, te pagaré un rublo al mes. Es un
robo, pero acepto. Pero ten cuidado: el pacto vale más que el dinero. ¡Deberás
trabajar a conciencia!
—Trabajaré
y cuidaré los animales como si fueran míos —exclamó contento Fiódor.
—Hoy, con
la fresca, irás a Danílovka y traerás tu ropa. Mañana al amanecer saldrás a la
siega del heno. En eso quedamos.
IV
EL GALLO
CANTÓ en el cobertizo. Antes de anunciar así la llegada del alba, batió
largamente sus alas. Y cada
sacudida llegó perfectamente
a oídos de
Fiódor, que estaba acostado
en las inmediaciones. El mozo se
había desvelado. Sacó las narices por debajo del capotón y vio que por
encima del techo
dentellado del granero
el cielo era
turbio, que las nubes
venían de levante, ligeramente
teñidas de rojo en los bordes, y que de las aspas de la segadora, colocada
junto al cobertizo, pendían grandes gotas de rocío.
Un minuto
después Zajar Denísovich,
en calzoncillos de
hilo, salía al portal.
Se rascó, levantando la camisa
hasta dejar al descubierto el vientre, hinchado
y amarillo, y gritó con voz sonora:
—¡Fedka!
Fiódor
tiró del capotón que le cubría y salió del cobertizo.
—Lleva
los bueyes a abrevar al río, ¡de prisa! A la segadora engancharás los
manchados.
Fiódor
abrió presuroso la puerta del establo, se limpió en los calzones las manos,
mojadas de rocío, y gritó a los bueyes:
—¡Fuera!
Los
animales salieron desganados al patio. El delantero abrió el portillo con los
cuernos y torció por la calle hacia el río. Los demás le siguieron.
Al
volver, Fiódor vio al amo, que con una llave inglesa trataba de desenroscar una
tuerca del carro. Se acercó y le ayudó a quitar las ruedas y a ensebarlas.
Zajar Denísovich, que observaba con el rabillo del ojo los movimientos,
diestros y rápidos, de Fiódor, resopló satisfecho.
Mientras
ultimaban los preparativos y salían del lugar, se hizo de día. En los
montículos, a lo largo del camino, silbaban inquietos los citilos, ahora pardos
en plena muda; en los espacios verdes cantaban las avutardas; el sol se asomaba
por encima de una altura y sin tacañería, sin cumplidos, vertía sobre la estepa
su cálida luz; el rocío se levantaba sobre el barranco convertido en una niebla
espesa y fría.
Las
ruedas de la segadora rechinaban, por detrás traqueteaba el carro y en la parte
posterior del mismo se oía el glu-glu
del agua contenida en un barrilete de grandes dimensiones. Zajar Denísovich,
con el calorcillo del sol, se sentía inclinado a una conversación placentera.
—Tú,
Fedka, sé obediente y no tendrás motivo de queja. Eres un mozo sano, fuerte,
tendrás que hacer la labor de un bracero adulto.
—Ya le he
dicho que trabajaré como si la hacienda fuese mía.
—De eso se trata. Tú, hermano, debes comprender
que yo soy tu bienhechor y tú eres mi criado. A tu amo y bienhechor debes
obedecerle sin rechistar. Puede decirse que yo te he salvado de la muerte por
hambre. Tú has de recordar mi bondad. ¿Entendido?
Fiódor,
con la cabeza entre los
hombros, pensaba en la bondad
del amo y no salía
de su asombro: ¿Qué mercedes
habían sido las suyas?
En la
pradera, el único que trabajaba era Fiódor. El amo permanecía en el sillín
metálico de la parte delantera de la segadora y hacía restallar el látigo,
arreando a los bueyes, mientras el mozo,
armado con una horquilla de mango corto, jadeante, reunía los pesados
montones de hierba verde. Apenas, con un esfuerzo, descargaba
la horquilla cuando
las aspas, con su
tableteo seco y fastidioso, ya habían reunido a sus pies un
nuevo montón de hierba. A veces, los bueyes se paraban a descansar, el amo
estiraba las piernas y se tumbaba al pie
de unos fajos de heno, con la camisa levantada,
se acariciaba el vientre
abultado y amarillento y miraba
con ojos obtusos los flecos blancos de las nubes que pasaban
flotando por encima de él.
Fiódor,
en la primera parada, se sacudió el
polvo y las pajas y se sentó también al
lado de la trilladora, pero Zajar Denísovich lo miró con extrañeza de pies a cabeza
y dijo, separando una palabra de otra:
—¿Qué
haces? Tú, hermano, no puedes regirte por lo que yo hago. Soy tu bienhechor y
amo, debes comprenderlo. Yo puedo dejar de trabajar por completo a causa de la
enfermedad que me consume por dentro, pero tú toma la horquilla y vete a
amontonar la hierba. Allí, tras el
barranco, ya se ha secado.
Fiódor
miró al lugar donde señalaba el dedo velludo
del amo, cogió la horquilla
y se fue a amontonar la hierba.
Al cabo de media hora, el dueño, que había echado un agradable sueñecillo a la
sombra, se despertó al sentir un grillo
que se le había metido por dentro de la camisa. Lanzó un fuerte taco, aplastó
al desgraciado grillo y, protegiéndose con la
mano los ojos inflamados,
se quedó mirando a Fiódor, que seguía su trabajo.
—¡Fedka!
Éste se
acercó.
—¿Cuántos
montones has hecho?
—Nueve.
—¿Sólo
nueve?... Bueno, monta.
Sin dejar
de rumiar, los bueyes se pusieron en marcha; la segadora dio una sacudida, las
aspas traquetearon, empujando la hierba a la parte trasera de la máquina. Zajar
Denísovich, movido por su extremada codicia, trataba de cortar la hierba lo más
bajo posible. Las cuchillas producían un rumor seco al segar la espesa
vegetación. Todo marchaba normalmente, pero al dar una vuelta, la máquina tropezó
violentamente con un montón
de tierra levantado
por un topo y se detuvo,
hundiendo los dientes en el suelo y vibrando a consecuencia de la tensión.
Fiódor saltó del sillín y miró si algo se había roto, pero esta vez las cosas
no habían ido a mayores.
El
trabajo lo dejaron al oscurecer. Fiódor trajo al lugar donde acampaban unas
boñigas secas, arrancó unos matojos e hizo fuego. El amo sacó avaramente del
saquito unos puñados de mijo y le mandó mondar tres patatas.
La comida
le había puesto de buen humor; hasta dio a Fiódor unas palmadas en la espalda,
pero a la hora de lacena el mozo lo estropeó todo al cortar una loncha más de
cerdo para las gachas. Zajar Denísovich, descontento, se lo reprochó largamente y mantuvo las cejas
fruncidas hasta que se echó a dormir, entre suspiros y murmurando algo.
V
FIÓDOR
RECORDABA a menudo las palabras del amo:
«Debes tener presente mi bondad». Ya llevaba con él más de dos semanas y no
había visto bondad alguna. Lo único que sabía era que Zajar Denísovich era un
labrador astuto que sabía exprimirle hasta la última gota. De la mañana a la
noche bien entrada, Fiódor iba de un sitio para otro, aunque el amo le gritaba,
torcía los labios y ponía cara de descontento.
Fiódor
pensaba acercarse el primer domingo a Danílovka y hacer una visita a su
madre, pero
Zajar
Denísovich le advirtió el sábado por la tarde:
—Mañana temprano irás
a escardar las patatas. Las mujeres dicen
que están muy sucias de hierbas.
—Hizo una pausa y agregó—: No creas que si es fiesta puedes quedarte tumbado y
llenar la panza. Ahora estamos en plena faena: un día de trabajo da comida para
un año. Cuando venga el invierno, podrás hacer el vago.
Fiódor
calló. El miedo a perder la colocación le hacía humilde y manso. Por la mañana
tomó un pedazo de pan y la azada, y se fue a escardar. Hacia el mediodía
levantó la herramienta con tanto brío que se dio un golpe en la cabeza; una
sensación de náuseas le subió a la garganta. Enderezó con esfuerzo el espinazo,
se sentó en una pequeña elevación a comer su pan y escupió: por delante
quedaban cosa de ochenta brazas de hierba sin escardar: era como un terciopelo
verde y áspero.
Por la
tarde, moviendo trabajosamente las piernas, invadidas por un doloroso
hormigueo, llegó a casa. El amo le recibió en el portón. Sin levantarse del
banco de tierra, preguntó:
—¿Has
escardado todo?
—Ha
quedado un trozo.
—Eres tú
bueno... De seguro que has hecho el vago o te has pasado el día durmiendo
—gruñó descontento.
—No he
dormido —repuso ceñudo Fiódor—. En un día era imposible escardarlo todo.
—Vete, no
me repliques. En otra ocasión, si trabajas así te quedarás sin comida.
¡Parásito! —
gritó a
las espaldas de Fiódor.
VI
DÍAS Y
SEMANAS se sucedían sin conocer alegría alguna.
Desde por la mañana hasta bien cerrada la noche, Fiódor trabajaba
sin descanso. Los domingos, el amo le mandaba cualquier cosa con el único
propósito de que el criado no estuviera sin trabajo.
Pasaron
dos meses. El sudor no se secaba en la camisa de Fiódor, él aguantaba pensando
que al final del segundo mes el amo le entregaría la paga. Pero éste callaba y
Fiódor no tenía valor para pedírsela.
Cumplido
el segundo mes,
una tarde se acercó
Fiódor a Zajar Denísovich,
que permanecía sentado en el portal, y le dijo:
—Quería
pedirle el dinero. Debo mandar algo a mi madre... El amo puso cara de susto.
—¿Dinero ahora?
¿Te has vuelto
loco, hermano?... Cuando hayamos
trillado y pagado el impuesto, entonces habrá dinero...
¡Primero debes ganarlo!
—Estoy
desnudo, las botas se me han roto por completo.
—Fiódor
levantó un pie y lo enseñó: por la punta asomaban los dedos.
Zajar
Denísovich sonrió irónicamente, miró largamente la suela y luego volvió la
cara.
—Hace
buen tiempo, puedes ir descalzo.
—Pero por
los pinchos, por los rastrojos es imposible andar.
—¡Pues sí
que eres delicado! ¿Llevas por casualidad sangre de señores?
Fiódor,
en silencio, dio la vuelta y entre las risas del amo, rojo de humillación, se
dirigió a su cobertizo.
Durante
los dos meses no había visto ni una sola vez a su madre. No tenía tiempo para ir a
Danílovka;
además no sabía si ella estaba en casa o andaba pidiendo limosna de pueblo en
pueblo.
Sin darse
cuenta terminó la siega del heno. De la cabeza del distrito trajeron al patio
de Zajar Denísovich una trilladora de vapor.
Pudieron encontrar obreros. El amo se mostraba amable con ellos, tratando de que terminasen
la trilla lo antes posible.
—Vosotros, muchachos, poned interés, por Cristo os lo
pido. Apretad ahora que el tiempo es
bueno. Si empiezan las lluvias, lo que Dios no quiera, se estropeará el grano.
Uno
de los
obreros, un mozo de guerrera
de soldado arrugada
en la espalda,
miraba despectivamente la hinchada cara del amo y, balanceándose sobre
los pies, le remedaba:
—¡Poned
interés, por Cristo os lo pido! No hay que venirnos con lágrimas. Trae un cubo
de vodka para toda la cuadrilla y el trabajo marchará de prisa. Tú mismo
comprendes que la cuchara seca no entra en la boca.
—Con
mucho gusto... Yo mismo había pensado echar un trago.
—No hay
nada que pensar. Mucho ojo: mientras tú
lo piensas nosotros podemos pasar a la era de tu vecino. Ya hace tiempo que nos
llama.
Zajar
Denísovich se puso en camino hacia el jútor y a la media hora estaba de vuelta
con un cubo de vodka de fabricación casera, tapado con unas enaguas. En la era, al pie de las
fajinas intactas de trigo, bebieron hasta la
medianoche. El maquinista, un ucraniano
de cierta edad y
cubierto de grasa, después de beber se acostó
en el cobertizo con una mujer de vida airada; los jornaleros vociferaban
canciones sin sentido y disputaban entre sí. Fiódor se mantenía a un lado, mirando a Zajar Denísovich,
borracho, que abrazaba al mozo de la
guerrera de soldado, lloraba, babeaba y, en medio de sollozos, gritaba con voz
gangosa de mujer:
—Puede
decirse que en vosotros he invertido un
capital, un cubo de vodka. Eso cuesta dinero.
¿Es que
no quieres trabajar?...
El mozo,
levantando como un gallito la cabeza, gritaba a su vez:
—¡Me
importa un bledo! ¡Si me da la gana dejaré el trabajo!....
—¡Eso me
originaría un perjuicio!
—¡Me
importa un bledo!
—¡Hermanos!
—Zajar Denísovich se volvió hacia el oscuro semicírculo que rodeaba el cubo—.
¡Hermanos! ¡Es una ofensa que no olvidaré en toda la vida! ¡Es algo
que puede llevarme a la muerte!
—¡Me
importa un bledo! —atronó el mozo de la guerrera.
—¡Soy un
hombre enfermo! —gimió Zajar Denísovich bañado en lágrimas—. ¡Aquí es donde
tengo la enfermedad! —dijo, golpeándose con el puño en el abultado vientre.
El mozo
de la guerrera escupió con desprecio en la falda de la camisa de satén del amo
y, tambaleándose se puso en pie. Con paso inseguro, como el caballo que se ha
hartado de centeno, se encaminó directamente hacia Fiódor, que permanecía
sentado al pie de la cerca.
VII
DOS PASOS
ANTES de llegar, el mozo apartó
orgullosamente un pie y con una sacudida de la cabeza se echó al cogote el
sombrero de paja que usaba en el trabajo.
—¿Tú
quién eres? —preguntó, pronunciando
firmemente las palabras como es propio de los borrachos.
—El tío
Pujtó —contestó sombrío Fiódor.
—¡Estúpido!
Pregunto que quién eres.
—El
criado.
—¿Vives
aquí?
—Sí.
—Vaya...
¿Chupas la sangre del amo como un parásito, como un piojo? ¿No es así?
—¿Por qué
vienes a importunarme? ¡Vete!
—¡Vete!
Pues si me da la gana... me siento.
El mozo
se dejó caer como un saco junto a Fiódor y le lanzó a la cara una bocanada de
vodka y cebolla.
—Soy Frol
Kucherenko, ayudante del maquinista. Eso es todo. ¿Y tú?
—Yo soy
de Danílovka. Hijo de Naúm Bóitsov.
—Ya...
¿Cuánto ganas?
—Un rublo
al mes.
—¿Un
rublo?... —Frol emitió un silbido e hipó—. Pues yo gano un rublo al día. ¿Qué
te parece? Toda la sangre le afluyó a Fiódor al corazón. Preguntó, conteniendo
el aliento:
—¿Un
rublo?
—¿Qué te
creías? Eso sin contar la comida. Tú, amigo mío, eres de la raza de los tontos.
¿Quién se presta a trabajar por un rublo
al mes? Mira lo que te digo. Deja a tu explotador y vente con nosotros.
¡Ganarás bien!....
Fiódor se
puso en pie y se dirigió al rincón donde dormía desde la primavera. Se tumbó
sobre la brazada de paja vieja extendida en las
tablas, se tapó con el
capotón y, con las manos
bajo la cabeza, estuvo largo rato sin
moverse, entregado a sus pensamientos.
A través
de los agujeros de la techumbre las motitas de las estrellas dejaban ver su
débil luz amarillenta de
lamparilla; entre los juncos,
un grillo levantaba su
canto, suave y delicado;
los gorriones, medio dormidos, rebullían en el alero.
La noche,
de luna llena pero clara, tocaba a su fin. Desde la era llegaban las risotadas
y la voz plañidera del amo. Fiódor, sin dejar de suspirar y de dar vueltas, no
conseguía cerrar los ojos. Se durmió casi al amanecer.
Por la
mañana esperó en la cocina al amo. Éste salió del cuarto sin lavar, con la cara
hinchada y de mal genio, y lanzó una mirada a Fiódor:
—¡Estás
haciendo el vago, hijo de perra! ¡Te voy a enseñar! ¡A la hora de comer eres un
hombre y a la de trabajar un chiquillo! ¿No te había dicho que acercases a la
máquina la mies de la última fajina?...
—No
pienso vivir más con usted. Págueme estos dos meses.
—¿Có-mo?... —Zajar
Denísovich dio un brinco de media
vara y se estremeció
como un energúmeno—. ¿Has pensado
marcharte? ¿Te ha atraído esa gente? ¡Carroña! ¡Borde!.... ¿Sabes que
puedo llevarte a la cárcel si haces eso?... ¿Dejar al amo en plena faena? ¡Eso
te costará el ir a presidio! ¡Anda! ¡Vete con Dios! Pero no te daré ni un
céntimo... ¡Y tampoco permitiré que te lleves tus andrajos!.... —Zajar
Denísovich, sofocado por los denuestos, tuvo un golpe de tos, con sus ojos saltones
de cangrejo miró largamente al
mozo, mientras con las manos
se apretaba el vientre, que no
cesaba de bailar—. Ésa es la gratitud que recibo a cambio de cuanto he hecho
por ti... ¿Has olvidado que soy tu bienhechor, que te atendí en un momento de miseria?... He hecho las veces de tu
propio padre, miserable, mientras tú...
Zajar
Denísovich, con los ojos entornados, no apartaba la vista de Fiódor. Al
instante, en cuanto Fiódor anunció que
se iba, comprendió y tuvo presente
que eso causaría a su hacienda un
daño considerable: primero, perdería un peón que por un pedazo de pan trabajaba
para él como un buey; segundo, debería contratar por una paga mucho mayor a
otro, al que debería vestir y calzar, y quién sabe (si se trataba de un
elemento conocedor del asunto, curtido en estas lides), firmar un contrato de
trabajo con cientos de compromisos. En caso contrario, de no tomar a otro, debería ponerse él mismo a trabajar,
uncirse en el mandito yugo, cuando era mucho más agradable dormir al sol sin
hacer nada y engordar.
En un
principio, Zajar Denísovich trató de intimidar a Fiódor, y viendo que eso le
daba cierto resultado, decidió tocarle la conciencia.
—¿No te
da vergüenza? ¿Aún te atreves a mirarme a los ojos? Te he alimentado, mientras
que tú... Ay, Fiódor, eso no es un proceder de cristianos. ¿Eres acaso de las
Juventudes Comunistas? Todo podía ser.
Esos impíos, esos alborotadores, ¡ojalá revienten! , son capaces de una
acción semejante...
Zajar
Denísovich meneó la cabeza en tono de reproche, observando a Fiódor de reojo.
El mozo,
con los ojos bajos, no cesaba de dar vueltas a la gorra. Lo único que
comprendía era esto: que todos sus planes trazados durante la noche —ganar
cuanto antes dinero para adquirir un caballo—
se venían abajo. Algo pesado
e irremediable le había caído
encima, y no podría ya escapar de
esta desgracia.
En
silencio, dio la vuelta y se dirigió a la era. Allí estaba ya el trabajo en
plena marcha: traían fajos de los montones más distantes, resoplaba la máquina,
vociferaba Frol, metiendo brazadas de trigo aromático y de grueso grano en las
fauces insaciables de la trilladora, chillaban las mujeres encargadas de
recoger la paja con los rastrillos, y un polvo de oro se levantaba como una
columna palpitante color naranja.
VIII
AQUEL DÍA
FIÓDOR se movía como dormido. Todo se le caía de las manos.
—¡Eh, tú!
¿Cómo guías? ¿Cómo guías, cómo guías?... —gritaba el amo, arrugando las cejas.
Fiódor, volviendo a la realidad, tiraba del ramal de los bueyes y con ojos que
no veían miraba el
montón de
paja que había deshecho con la rueda trasera del carro.
Comieron
de prisa allí mismo, en la era, y de nuevo —primero como con desgana y luego
cada vez más alegre,
más briosamente— empezó
a tamborear la
máquina, más vivos
eran los movimientos del
maquinista, reluciente de grasa, con mayor frecuencia alimentaba el
ayudante a la insaciable trilladora con
brazadas de mies. Y los obreros, como aturdidos, entre los estornudos que
producía el polvo irritante, uno tras otro, bebían ávidamente, lo mismo que
perros, el agua del cubo y se dejaban caer para descansar a la sombra de una
fajina. A media tarde llamaron a Fiódor al patio.
—Una pobre pregunta por ti, te aguarda en el
portón —le gritó el ama sin
detenerse en su carrera.
Extendiéndose
con las manos la suciedad en la cara empapada de sudor, Fiódor se acercó al portón. Junto a la cerca estaba su madre.
El
corazón de Fiódor se estremeció de pena y se le oprimió hasta formar un
ardiente grumo: en dos meses su madre había envejecido como si hubieran pasado
diez años. Del pañuelo amarillo y roto le salían unos mechones grises, las
comisuras de los labios estaban dolorosamente plegadas hacia abajo, los ojos no
cesaban de lagrimear, inquietos y míseros. Del hombro le colgaba una bolsa casi
vacía y remendada, tras la espalda ocultaba un palo largo, mordido por los
perros.
Dio un
paso hacia Fiódor y cayó en su hombro... Un sollozo breve, seco, parecido a un
acceso de tos.
—Aquí me
tienes, hijo... he venido... a verte.
El
palo le
molestaba, lo dejó en el suelo
y se secó los ojos
con la manga. Quería sonreír,
mostrando a Fiódor la bolsa con la
mirada, pero en vez de la sonrisa sus labios se contrajeron y lágrimas
abundantes, deteniéndose en los surcos de las arrugas, se deslizaron hasta las
puntas sucias del pañuelo.
La
vergüenza, la compasión y el amor a su
madre, confundidos en un amasijo, no permitían a
Fiódor
hablar. Abría espasmódicamente la boca y sacudía los hombros.
—¿Trabajas?
—preguntó la madre, rompiendo el penoso silencio.
—Claro...
—contestó Fiódor con esfuerzo.
—¿Cómo es
el amo? ¿Es bueno?
—Vamos a
la casa. Luego hablaremos.
—¿No te
das cuenta de cómo voy? —La madre se removió, asustada.
—Vamos,
tal como estás.
El ama
los recibió en el portal.
—¿Adónde
la llevas? ¡No tengo nada que darte! ¡Vete con Dios, querida!
—Es mi
madre... —dijo Fiódor con voz sorda.
El ama,
con una sonrisa insolente, miró de pies a cabeza a la mujer, que parecía
haberse hecho más pequeña y entró en silencio en la casa.
—María
Fiódorovna, dé de comer a mi madre.
Viene cansada, ha andado mucho... —pidió
en tono adulador Fiódor. El ama asomó a la puerta la cara enfadada:
—¿Quieres
que haga veinte comidas?... ¡No se morirá hasta la tarde! ¡Comerá con los
obreros! Dio un portazo. Por la abierta ventana salió una voz irritada:
—¡Es una
calamidad con estos demonios! Me ha llenado el patio de mendigos. ¡Ojalá
revientes, maldito! ¡Para desgracia nuestra tomamos en casa a ese parásito!....
—Vamos a
mi cobertizo... —murmuró Fiódor, rojo como la grana.
IX
HABÍA
ANOCHECIDO. La era había quedado en silencio. Los obreros se habían reunido a
cenar en la casa. En la cocina habían preparado tres mesas. Una de ellas la
ocupaban el amo y su mujer, el maquinista y alguno de los obreros, y, en la
misma punta, Fiódor y su madre.
Zajar
Denísovich tomaba sin ganas las líquidas gachas y arrugaba el ceño, mirando
alrededor. Los obreros comían
demasiado: cada día consumían
un pud de pan, como si se tratase
de un banquete funerario.
El
maquinista guardaba silencio con cara de pocos amigos, no se sentía bien. Frol,
el ayudante, masticaba ruidosamente, moviendo las orejas, y charlaba sin
descanso.
—Di,
querido patrón, ¿estás contento del trabajo?
—Contento, contento.
¿Por qué voy a estar contento?...
—contestó Zajar Denísovich con
voz gangosa—. Es mucho lo que hay que trillar y los obreros ahora no son como
los de antes de la guerra. ¡No ponen interés, ahí está el
quid! Toma, por ejemplo, a mi Fedka:
para comer es un hombre, pero a
la hora
de trabajar es un chiquillo. Todo cae sobre las
espaldas del amo, que, además, debe pagarle Dios sabe
cuánto dinero.
Fiódor
miró de reojo a su madre, que sonreía con una sonrisa obsequiosa y lastimera.
El ama, a propio intento, había puesto lejos de ella la cazuela con las gachas;
el pan estaba en el otro extremo de la mesa. Fiódor se dio cuenta de que su
madre comía sin pan y cada vez tenía que levantarse del banco para llegar con
la cuchara hasta la cazuela.
—Para
trabajar son chiquillos
—repitió el amo con una
risita la frase,
que parecía haberle agradado—, pero comen como hombres...
Frol
lanzó una mirada al pálido rostro de Fiódor y sus labios temblaron.
—¿A quién
te refieres? —preguntó secamente.
—Hablo en
general.
—¿Qué se
entiende por eso de en general? —Frol dejó la cuchara y echó el cuerpo sobre la
mesa. Con los ojos arrugados, miró fijamente el entrecejo del amo, apretando y
abriendo los puños.
—En
general, de los obreros —explicó Zajar Denísovich satisfecho, sin advertir el
tono provocativo del otro.
Los obreros de las mesas restantes, presintiendo
el escándalo, dejaron
de hablar y prestaron atención.
—¿Y si
por esas palabras, canalla, te sacudo como te mereces? —preguntó Frol en voz alta.
El amo
quedó intimidado: con los ojos salientes, miró en silencio la cara sudorosa y
enfadada del ayudante.
—¿Cómo es
eso? —acabó por articular al fin.
—¿Quieres
probarlo?... Por mí que no quede...
—Andate
con cuidado, hermano, esas expresiones
te pueden costar caras en la milicia...
—¿Qué?...
Frol se
puso en pie y dio un paso atrás,
pero el maquinista lo sujetó del brazo y
le obligó a sentarse en el banco.
—No se
debe recurrir a esas expresiones —gruñó Zajar Denísovich, cobrando ánimos.
—No se
trata de expresiones; pero yo puedo dejarte tu cara de barro como si te hubiera
picado un enjambre de abejas. ¡Eso es todo!.... —vociferó fuera de sí el
ayudante—. ¡No olvides, canalla, que los tiempos han cambiado! ¡Me entran ganas
de escupirte! ¡Y no hables mal de los obreros! Si yo fuese Fiódor hace tiempo
que te habría sacado las entrañas. ¿Te engallas porque has tropezado con un
chiquillo? Ya os conocemos, miserable... ¿Te muerdes la lengua? ¡A callar!....
No puedes ir a quejarte al capitán de policía... Yo he derramado sangre en el Ejército Rojo. ¿Cómo te atreves
a hablar mal de los obreros?
—Cállate,
Frol, por favor te lo pido, cállate... —El maquinista sacudía la manga de la
arrugada guerrera.
—¡No
puedo!.... ¡Me arde el alma!....
El amo se
apaciguó y empezó a hablar de la cosecha
y de las faenas de labranza del otoño. El maquinista, hasta entonces
silencioso, tratando de borrar la impresión producida por el escándalo, le
llevaba la conversación de buen grado. Zajar Denívosich, inesperadamente, se
hizo cariñoso y afable. Ofrecía generosamente más comida a los obreros y acabó
hasta por decir a Fiódor:
—¿Qué es
eso, hermano Fedia? ¿Por qué comes sin
pan? Ama, córtale una rebanada... Ahora, Dios mediante, no nos faltará el pan.
Fiódor
rechazó la dura
rebanada y en respuesta
a la mirada
estupefacta del amo
contestó, torciendo los labios:
¡Tu pan
es amargo!
—¡Bien
dicho! —El ayudante dio un puñetazo en la mesa y se retiró, seguido de Fiódor.
Los obreros se levantaron a continuación, de buen grado y todos a un tiempo.
Zajar
Denísovich, congestionado y parpadeando, corrió de una mesa a otra, chillando
con voz aguda:
—¿Qué
hacéis, hermanos?... ¡Todavía hay gachas con leche!.... Ama, tráelo todo a la
mesa.
—Gracias
por la hospitalidad —dijo una voz burlona.
X
POR LA
MAÑANA, sin esperar el desayuno, la madre de Fiódor preparó sus cosas para la
marcha.
—¿Por qué
no pasas aquí un día? —le preguntó él sin grandes deseos.
Sin
comprender la razón, sentía una vergüenza invencible al pensar en sí mismo, en
el amo, en su madre, en toda su vida, tan falta de alegría. Por ello le era
exactamente igual que su madre se
quedase o no un día, y eso a pesar de que todavía la víspera había experimentado al verla una
alegría tan grande como un rayo de sol.
Después
de todo lo ocurrido prefería quedarse a solas con sus pensamientos, con su
cólera y su rencor contra este mundo, en el que a nadie se le podía pedir
limosna, en el que no había nadie a quien acudir en busca de consejo y en el
que de nadie se podía esperar una
palabra cariñosa de simpatía.
La madre,
por su parte, también tenía prisa en marcharse. Le resultaba penoso mirar a su
hijo y todavía más penoso le sería encontrarse
a la mesa con los ojos de los amos —unos ojos de odio, con la avidez del
perro— que no apartaban la vista de cada bocado.
—No,
hijo, me voy... Ya nos veremos en otra ocasión. —Bueno, como quieras —dejó
escapar sin interés Fiódor por entre los dientes.
Se
despidieron. Fiódor cayó en la cuenta de que su madre no llevaba provisiones
para el camino.
—Espera,
madre. Voy a preguntar al ama. Acaso me
dé una medida de trigo. El amo no me paga en dinero, lo cogeré a cuenta de lo
que me debe... Podrás venderlo...
El ama al
escuchar la petición de Fiódor, tomó las llaves y, sin pronunciar una sola
palabra, se dirigió al granero. Abrió el candado y preguntó:
—¿Tienes
un saco?
—Sí.
Fiódor
abrió la boca del saco y se quedó mirando la pardusca pared del granero,
cubierta con el complicado bordado de las telarañas. El ama, con gesto avaro,
echó un poco de trigo sin limpiar, lleno de granzas.
Rechinó
la puerta. El amo entró con la tripa por delante, y gritó a la mujer:
—¡Vete a casa! —y con pasos menudos se acercó a
Fiódor. Éste colocó el saco en el suelo y se reclinó contra la pared del
granero. Esperaba.
—¿Qué es
eso? —dijo Zajar Denísovich con voz ronca, torciendo la boca—. ¿Recibes trigo?
—Sí.
—¿Después
de soliviantar a los obreros? ¿Después de provocar una revuelta? Ha faltado poco para que el
amo, en su propia casa, sea golpeado por tu culpa, y tú quieres llevarte mi
trigo... mi trigo... ¿Qué te parece?
Fiódor
callaba. El amo, con la cara descompuesta, se acercó aún más a él y súbitamente,
hipando y con una voz aguda, gritó:
—¡Fuera
de mi casa!.... ¡Fuera, hijo de perra!....
Fiódor
cogió con la mano izquierda el saco y se dirigió hacia la puerta, pero el amo
se abalanzó sobre él como un gallo, le quitó el saco y, levantando la mano, le
dio una sonora bofetada.
Unas
lucecitas amarillas brillaron ante los ojos de Fiódor. Una cólera sanguinolenta
nubló su mente y como si fuera plomo líquido afluyó a sus manos...
Tambaleándose, agarró con una de ellas el cuello adiposo del amo, mientras que
la otra, convertida en puño, golpeó con fuerza la cabeza, echada hacia atrás.
Tres
segundos después, Zajar Denísovich estaba ya debajo de Fiódor, retorciéndose
como una gruesa culebra y tratando de
morderle en la cara. El mozo, apretando los labios con los dientes hasta
hacerse sangre, golpeaba pesadamente el cuello grueso y corto, los dientes que
chasqueaban junto a sus mismas mejillas. Zajar Denísovich apelaba a todos los
recursos propios de las mujeres: arañaba, mordía, tiraba
del pelo de
su adversario, pero al
cabo de un minuto,
definitivamente vencido y jadeante, rompió
en llanto, con los labios manchados de mocos. Quedó quieto, entre lamentos de
impotencia e hipos, mientras su vientre daba violentas sacudidas.
Fiódor se
levantó, se limpió la sangre de los arañazos, esperando que la agresión se
repitiera. Pero el amo dio la vuelta ágilmente hasta ponerse vientre abajo,
lanzó un mugido y se arrastró como un cangrejo hacia la puerta.
«¡Por
todo! ¡Por todo! ¡Por todo! », latía en el cerebro de Fiódor. Se arregló la
ropa, levantó el saco y cuando agarraba el cerrojo de la puerta escuchó un
grito desgarrado:
—¡So-co-rro!
¡Que me ma-tan! ¡So-co-rro, buena
gente!.... Un inesperado acceso de risa subió a la garganta de Fiódor.
Recostándose
en el marco de la puerta, rió como nunca había reído desde la muerte de su
padre. Sin poder contener la risa, salió al patio. Allí en medio, con las
piernas muy separadas, estaba Zajar Denísovich, el cual, sin escuchar las
inquietas preguntas de los obreros que le rodeaban, abriendo el agujero negro y
redondo de la boca, vociferaba:
—¡So-co-rro!
XI
ANTES DE
MARCHARSE, una vez que se hubo
despedido de su madre, Fiódor se decidió a preguntar al amo:
—¿Quiere
decirse que no me va abonar mi paga?
—¿La
pa-ga?... Debería darte una buena paliza... Pero aún tendrás noticias mías. Te
denunciaré al tribunal popular. Allí tampoco tienen mucha consideración con
vosotros, los pobres.
—Pues que
les aproveche a los ricos, Zajar Denísovich. No me moriré sin tu paga.
—¡Basta
de hablar! ¡Vete, te he dicho!
Fiódor se
detuvo un momento, indeciso. Luego, sin
despedirse, se dirigió al portón. Rechinó el portillo. Junto al granero resonó
la cadena del perro.
Una vez
fuera, Fiódor se detuvo de nuevo. En el
lugar se apagaban las luces de la tarde. En las afueras resonaba el acordeón y
se oían confusas las palabras del canto. Grandes risotadas apagaban a veces la
música, tan rotundas y sonoras que Fiódor sintió deseos de olvidar su dolor
personal y la existencia de cualquier clase de dolores. Caminó sin rumbo fijo a
lo largo de la calle, dejó atrás una manzana
de casas, se le ocurrió torcer por una calleja perpendicular para pasar
la noche en la paja de la última era, cuando le llamaron:
—¿Eres
tú, Fiódor?
—Sí.
—¡Ven aquí!
Se acercó
y miró alrededor: al pie de una cerca, con el gorro de paja caído en el cogote
—signo de que el propietario no estaba completamente ebrio— se encontraba Frol, el ayudante.
Sobre la
hierba abrasada por el sol había extendido ordenadamente un pañuelo sucio, y
sobre el pañuelo había una botella de largo cuello que olía fuertemente a vodka
de fabricación casera, medio pepino y un pan blanco y esponjoso.
—¡Siéntate!
Fiódor,
contento con el encuentro, se sentó a su
lado.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Le has
sacudido al amo en la cara?
—No es
gran cosa... Un poco...
—Lo
siento de veras. Hubieras debido darle más... ¿Cuánto tiempo has estado con él?
—Dos
meses.
—Por dos meses te debería pagar, por lo menos,
quince rublos. Estamos en la época en que la gente es más necesaria, yo mismo
aceptaría contratarme por quince rublos. Créeme: ¡es lo que más te conviene!
Fiódor
permaneció callado. Frol recogió las piernas, se quitó el gorro y, echando la
cabeza hacia atrás, se metió el gollete de la botella en la boca. Durante un
buen rato se oyó un burbujeo. Luego, la botella, después de describir un
semicírculo, fue a parar a la mano de Fiódor.
—¡Bebe!
—Yo no
bebo.
—¿No?
Haces bien.
El
gollete de la botella se perdió de nuevo hasta la mitad en la boca de Frol.
Fiódor se quedó mirando en silencio los bordados en azul y oro del cielo.
Después
de vaciar la botella, Frol, con los ojos brillantes y alegres, rompió a
reír sin motivo alguno y con sacudidas
de la cabeza se pasó el gorro de la nuca a los ojos y viceversa.
—¿Reclamarás
en el tribunal?
—¿Por
qué?
—Eres un
incauto. A propósito de que has trabajado para él dos meses y no te ha pagado
ni un kopek. ¿Reclamarás?
—No lo
sé... —contestó indeciso Fiódor.
—Escucha
lo que voy a decirte —empezó Frol, hincando los dientes en el pepino—. De aquí
vete derecho al jútor Dubrovskoi. Allí hay una célula de las Juventudes
Comunistas. Ellos saldrán en tu defensa. Yo, hermano,
serví en el
Ejército Rojo y estoy conforme
con la vida nueva. Personalmente, no soy capaz de nada...
Es una debilidad que heredé de mi padre: bebo, y con el socialismo soviético
eso no debe hacerse... Ahí está... Porque, de lo contrario —y el ayudante del
maquinista hizo girar los ojos enigmáticamente—, yo sería un hombre instruido y
me habría hecho del partido con toda el alma. ¡Entonces sí que les habría
retorcido el rabo a esos amigos de la ralea de tu amo!....
Un minuto
después, su animación había pasado. Miró cansadamente la botella desde la boca
hasta el culo, la acarició amorosamente y ya en un tono indiferente, repitió:
—Ve a los
de la Juventud. Ellos saldrán en tu defensa. Son de tu misma sangre. No tienen
más que lo puesto, como tú y como yo.
A poco
quedóse dormido allí mismo, al pie de la cerca. Fiódor permanecía pensativo,
con la cabeza caída sobre el pecho y no se dio cuenta de que un perrillo que
pasaba de largo se detuvo a olisquear al
borracho, levantó la pata, se meó en él y siguió su camino.
Cantaron
los primeros gallos. Al otro lado del lugar, entre los juncos del embalse, un
ánade de gran tamaño dejó oír su graznido. En algún sitio del pueblo, ya
extinguiéndose ya recobrando nueva fuerza, repiqueteaba el tambor de una
aventadora. Alguien, aprovechando el buen tiempo, limpiaba el grano toda la
noche. Fiódor se levantó, miró al ayudante del maquinista, que seguía roncando,
quiso despertarlo, pero cambió de parecer y, sin prisa, se alejó hacia las
eras.
XII
HACIA LAS
DOCE del día siguiente, Fiódor se acercaba ya al Jútor Dubrovskoi. Desde por la
mañana había dejado atrás veinte verstas y pico. Al término de la caminata
sentía que le faltaban las fuerzas, le dolían las piernas, y, particularmente,
las plantas de los pies y las pantorrillas.
Desde lo
alto de la loma el jútor se veía como si lo tuviera en la palma de la mano: la
plaza con la iglesuela de paredes blancas y desconchadas, los cuadrados blancos
de las casas y de los cobertizos, los mechones verdes de los huertos y los
arroyuelos gris-humo de las calles.
Bajó la
cuesta. En las primeras casas, los perros le recibieron con un perezoso
ladrido. Junto a la bien cuidada escuela relucía la cal de las paredes de la
casa del pueblo. Preguntó a un chiquillo que pasaba corriendo a su lado:
—¿Dónde
está el local de las Juventudes Comunistas?
—Ahí, en
la casa del pueblo.
Fiódor
subió con timidez los escalones del portal y entró por la puerta, abierta de
par en par. Del interior de las habitaciones llegaba el rumor de voces
contenidas. El ruido de los pasos de Fiódor se extendió sonoro bajo el techo
pintado. Al final del pasillo, tras una puerta
se oían voces. Entró. Media docena de jóvenes, sentados en las ventanas,
volviendo la cabeza al oír el ruido. Al ver una cara desconocida se
quedaron mirando a Fiódor en silencio.
—¿Es aquí
las Juventudes Comunistas?
— Aquí
mismo.
—¿Y quién
es el que manda más?
— Yo soy
el secretario —contestó un mozo de cara pecosa.
—Traigo
un asunto... —empezó Fiódor, siempre dominado por la timidez.
—Siéntate,
camarada, cuenta.
Se
apresuraron a acomodar a Fiódor en un taburete y le rodearon
formando un círculo alrededor. En un principio se sentía violento bajo las
miradas cruzadas de aquellos jóvenesdesconocidos, pero al ver sus caras
sencillas y acogedoras, recordó las palabras de Frol: «Son de tu misma sangre»,
y se disipó su timidez. Con frases confusas y emocionadas, habló de su vida con
Zajar Denísovich; al contar los malos tratos sufridos, las lágrimas afluían
involuntariamente a su garganta, su voz
se hizo ronca y le era difícil respirar. De vez en cuando miraba a los
muchachos, temiendo ver en sus ojos una ofensiva burla, pero todas las caras
estaban serias y ceñudas, y el secretario de las pecas apretaba los labios en
un gesto de cólera. Fiódor terminó bruscamente, como si le hubieran parado en
seco. Los jóvenes se miraron en silencio.
—¿Lo
mandamos a los tribunales? —preguntó uno
de ellos, rompiendo el silencio.
—¡Claro
que sí! ¿Qué otra cosa podemos hacer? —gritó exaltado el secretario, y se
volvió hacia
Fiódor—.
Y ahora dime, ¿dónde te hospedas?
—En
ningún sitio.
—¿Dónde
vives?
—Antes
vivía en Danílovka, pero mi padre murió, mi madre va por ahí pidiendo limosna y
yo me he quedado sin casa...
—¿Qué
piensas hacer?
—Ni yo
mismo lo sé —contestó indeciso Fiódor—.
Si encontrase un trabajo...
—Por eso
no te preocupes, lo encontraremos.
—¡Claro
que sí!
—Mientras
tanto, puedes quedarte en mi casa —ofreció uno.
Después de informarse
de algún otro detalle, el
secretario, que se llamaba
Ríbnikov, dijo a
Fiódor:
—Escucha, camarada, presenta una reclamación al
tribunal popular y nosotros, en nombre de la célula, la apoyaremos. Uno de los
muchachos te acompañará a la casa de tu
antiguo amo, se hará cargo de tus cosas y, en este tiempo, vivirás con Egor,
con ése —e indicó con el dedo a uno—. En
cuanto a lo del tribunal no hay nada que hablar. ¡No perderás el dinero ganado
con tu esfuerzo! Le exigirán responsabilidades por explotarte sin haber firmado
contigo un contrato de trabajo.
Todo el
grupo se dirigió a la salida. Fiódor marchaba sin sentir cansancio. Aquellos
muchachos de aspecto rudo y quemados por el sol le parecían infinitamente suyos
y afines. Quería expresar de algún modo
su gratitud, pero
sentía vergüenza de
ese sentimiento y
caminaba en silencio, limitándose a acariciar con alguna
sonrisa apacible la cara flaca, de nariz aguileña, de Egor.
Ya en el
zaguán de la casa de éste, recordó de
nuevo las palabras de Frol: «Son de tu
misma sangre», y sonrió al evocar al
borracho ayudante de
maquinista, que tan bien había dado
en el blanco. En efecto, eran de su misma sangre.
XIII
EGOR
VIVÍA CON SU MADRE y una hermana pequeña. La madre acogió a Fiódor como si
fuera de la familia: a la hora de comer le llenaba el plato, lavaba sus
modestas ropas y en el trato con él no hacía diferencia alguna con su propio
hijo.
En el
primer tiempo, Fiódor ayudó a Egor en
los trabajos. Juntos fueron a arar la
tierra que quedaba en barbecho y a cortar leña, cuidaban los animales y, en los
ratos libres, levantaron alrededor del patio una alta cerca de ramas de sauce.
El otoño
llegó sin que nadie lo advirtiese. Hacía un tiempo seco y sin viento. Por las
mañanas se sentía fresco; el álamo del patio perdía de día en día nuevas hojas
amarillentas; los huertos se quedaron pelados, y el lejano bosque del otro lado
del río, en la línea del horizonte, recordaba la pelambrera en las mejillas de
un hombre enfermo.
Por las
tardes, Fiódor y Egor iban al club. Fiódor escuchaba con atención las nuevas
palabras que hasta entonces no había
oído, las nuevas ideas; su mente,
sagaz y ávida, absorbía cuanto
escuchaba en las
largas reuniones de los sábados,
destinadas a la
lectura de libros
y folletos políticos, o en las charlas con el agrónomo sobre un asunto
que tanto le interesaba como los temas del campo. No obstante, le era difícil
ponerse a la altura del resto de los muchachos;
éstos conocían muy bien los elementos
de la política, leían periódicos, llevaban un año entero asistiendo a
las charlas del agrónomo de la localidad y a cualquier cuestión podían dar una
respuesta clara y concreta (el
secretario, Ríbnikov, con
los puños hundidos en las pecosas
mejillas, leía hasta
a Marx), mientras que Fiódor apenas si sabía leer y escribir.
Además,
una cosa era sujetar la áspera esteva y sentir a la hora del trabajo su
palpitación viva y caliente, y otra cosa completamente distinta sujetar algo
tan frágil y delicado como un lápiz: por una parte, los dedos le temblaban y el
antebrazo se le quedaba dormido; y por
otra, aquel protervo lápiz se rompía a
las primeras de cambio. Para lo primero, las manos de Fiódor estaban mucho más
acostumbradas; porque su padre, cuando lo moldeó, no pensaba que el mozo iba a
ser tan inclinado hacia las letras, y orientó sus manos hacia la labranza.
Quería formarle, pues, unas manos de huesos anchos, torpes y velludas, pero
duras como el hierro fundido. No obstante, poco a poco, Fiódor bebía la sabiduría de los libros: mal que
bien, unas veces a derechas y otras a torcidas —como el trineo por un camino
lleno de baches—, podía explicar lo que eran «clase» y «partido», qué fines
perseguían los bolcheviques y qué diferencia había entre los bolcheviques y los
mencheviques.
Sus
palabras eran torpes y como cortadas a hachazos, lo mismo que su manera de
andar, pero los muchachos le trataban con seriedad: si alguna vez se reían, en
su risa no había nada de ofensivo. Fiódor lo comprendía así y no se enfadaba.
En
diciembre, la víspera de una asamblea general, Ríbnikov dijo a Fiódor:
—Escucha, presenta la solicitud de ingreso. Nosotros la
aprobaremos, el comité del distrito la confirmará y entonces, cuando llegue la
primavera, te mandaremos a hacer
propaganda entre los trabajadores. Ahora
se está realizando una campaña
para incorporar a nuestra Unión al
mayor número posible de braceros jóvenes. Nuestra célula antes estaba
dormida, porque el secretario era hijo de
un labrador rico, muchos
miembros eran indignos...
se habían descompuesto como la carroña al sol... Hicimos una
limpieza un mes antes de que tú llegaras, y ahora hay que trabajar. Debemos
levantar la célula de Dubrovskoi ante los ojos del pueblo. Antes, nuestros
jóvenes únicamente pensaban en beber y en meterles la mano por el escote a las
mozas en el baile. ¡Ahora se acabó todo
eso! ¡Daremos tal impulso
a nuestra labor, que en toda
la Región se hablará de nosotros!
En cuanto te hayas colocado de
jornalero, te daremos una misión y tú
incorporarás a todos los braceros a la célula. ¿Comprendes? Todos nosotros nos
repartiremos entre los jútores.
—¿Crees
que yo valgo para eso? Porque en cuestión de libros no soy gran cosa...
—¡No
digas tonterías! Lo que no sabes, lo aprenderás
este invierno. Tampoco nosotros somos nada del otro mundo. El comité del
distrito quería echarnos: ni la menor ayuda, ni el menor consejo práctico, se
limita a mandar instrucciones. Nosotros,
hermano, lo conseguimos todo con nuestro propio esfuerzo. ¡Para que lo sepas!
Las palabras
de Ríbnikov sobre la
incorporación a la
Unión de braceros jóvenes
de las localidades vecinas
cayeron en el cerebro de Fiódor como los granos de trigo en la fecunda tierra
negra. Recordaba su vida con Zajar Denísovich y le dominaba la impaciencia de
empezar a trabajar.
Aquella
misma tarde escribió la solicitud. Pero al explicar los motivos que le
impulsaban, no lo hizo como le había indicado Egor. este le había dicho:
escribe que «deseo adquirir una educación política», pero Fiódor, sin pensarlo
mucho, negro sobre blanco, sin puntos ni comas, escribió:
«Deseo
ingresar porque soy un obrero y quiero llevar a todos los braceros trabajadores a la
Juventud
Comunista porque la Juventud Comunista es de su misma sangre.» Al leer esto,
Ríbnikov arrugó las cejas.
—Es la
verdad, pero apuntas muy alto... Aunque no importa, ¡pasará!
La
asamblea empezó cuando
ya era de noche. Un ruido discorde de voces
llenaba el club. Eligieron la presidencia, Ríbnikov hizo
un informe- sobre la situación
internacional y, seguidamente, pasaron al orden del día.
Fiódor,
con el corazón oprimido, esperaba la lectura de su solicitud.
Finalmente,
Ríbnikov carraspeó, pasando la vista por los reunidos, y dijo con voz sonora:
— Se ha
recibido una solicitud de ingreso de Fiódor Bóitsov, a quien todos conocéis.
Leyó lentamente la solicitud y alisando sobre la mesa la hoja de papel,
preguntó:
—¿Hay
alguien que quiera hablar en favor o en contra?
Egor se levantó en las últimas
filas y volviendo a un lado y a otro su nariz aguileña, dijo:
—¡No hay
nada que discutir! El mozo es un bracero, hijo de un campesino pobre de
Danílovka. Ahora se ha desarrollado políticamente y puede ayudar... ¿Qué más?
¡Hay que admitirlo!
—¿Hay
quien opine lo contrario?
No había
nadie. Pasaron a votar. Las manos se levantaron como una densa empalizada. «En
pro» veintiséis votos, toda la célula. Después de hacer el recuento, Ríbnikov
miró con una sonrisa la cara feliz y pálida de Fiódor.
—¡Queda
admitido por unanimidad!
Fiódor
tuvo que hacer un esfuerzo para quedarse hasta el fin de la reunión. No
entendía bien lo que hablaban alrededor. Ríbnikov atacaba a Erofei Chernov,
criticándole que iba al baile; éste se justificaba poniendo el ejemplo de los
otros jóvenes. Las voces llegaban hasta Fiódor como a través de una pared, pero
en su mente bullían, confusas, otras ideas: «Ahora soy uno más en su familia, porque después de
todo... era como un hijastro... esa es
mi sangre, con ellos me encuentro bien, hombro con hombro, formamos un muro...»
Una voz
sonora gritó:
—¡Silencio!
Se levanta la reunión. Vaniuja, ¿pondrás en limpio el acta?
Cerraron con candado,
avanzaron hacia la
salida encendiendo los
cigarrillos, encogidos al tropezar con el frío cortante
que de fuera penetraba en el
pasillo. Fiódor iba con Egor y con Ríbnikov. Al pie de los
escalones del portal tropezaron con un buen montón de nieve que el viento había
acumulado durante la celebración de la asamblea. Egor, carraspeando, lo saltó
el primero, seguido por Fiódor. En
la esquina, al
despedirse de él, Ríbnikov le
apretó con fuerza la mano helada y dijo, mirándole de cerca a los
ojos:
—¡Ten
cuidado, Fedia, no nos dejes
mal! Contamos contigo. Ahora
eres de las Juventudes Comunistas
y tu responsabilidad es mayor que la de
un mozo sin partido. Aunque ya lo sabes. Adiós, amigo.
Fiódor le
sacudió la mano en silencio; quería contestar, pero en la garganta se le había hecho un nudo. Corrió sin decir
nada a alcanzar a Egor y, sintiendo que no podía tragar ese grumo viscoso y
alegre de lágrimas, murmuró para sus adentros:
—Me he
convertido en una mujer... me he conmovido... Hay que hacerse fuerte, no soy un
niño,
¡pero no
puedo!.... La felicidad me agobia... Hace poco estaba convencido de que en la
tierra todo eran desgracias y de que todos los hombres eran extraños...
XIV
A LA
MAÑANA SIGUIENTE, Fiódor fue llamado para que acudiera al comité ejecutivo.
—Una
notificación para que te presentes en el juzgado. Firma —dijo el secretario.
Fiódor
firmó, se retiró a la ventana y leyó la citación. Debía acudir el día
veintiuno. Fiódor miró el calendario de pared y se desconcertó: bajo el retrato de Lenin, en cifras rojas,
había un «20».
Volvió
rápidamente a casa y se puso a hacer los preparativos.
—¿Adónde
vas? —preguntó Egor.
—A la
stanitsa, se celebra el juicio contra el amo. Acabo de recibir la citación...
¡Ya ves! ¿Podré llegar a tiempo?
Egor miró
por la ventana, cubierta de blanca escarcha, como una fina capa de masa,
encontró en el cielo azulino el redondel amarillo del sol y dijo, después de
una corta reflexión:
—¿Por qué
no? Son treinta y cinco verstas, a cinco
por hora yendo a buen paso, resultan
siete horas... Llegarás al hacerse de noche.
—¡Bueno,
me voy!
—¿Llevas
provisiones?
—Sí.
Egor, que
había salido al portón a despedirle, gritó:
—Camina
de prisa, que no te coja la oscuridad antes de llegar. ¡Hay lobos!
Fiódor se
acomodó el zurrón, se apretó el cinturón que ceñía su pelliza y
aligeró el paso por el centro de la calle, por el camino que los patines de los
trineos habían aplastado en la nieve. Subió la cuesta. Volvió la vista hacia el
jútor, cubierto por el blancor de la nieve y, alzando los hombros, sintiendo el
sudor de la espalda, reanudó la rápida marcha en dirección a la stanitsa.
Cuesta
abajo y cuesta arriba. Cuesta abajo y de nuevo cuesta arriba. Las cintas azules
de bosques y arboledas, espolvoreados de nieve, fluyen suaves en la línea del
horizonte. La nieve resplandece cegadoramente despidiendo chispas azuladas; los rayos del sol, al hundirse en los montones de nieve,
circundan el camino con los colores del iris.
Fiódor
caminaba de prisa, dando golpes con su bastón y aspirando el humo del tabaco,
tan dulce en el aire helado. Cuando hubo dejado atrás veinte verstas, miró el
sol, que caía hacia la línea fina como un hilo de telaraña y ondulada que
separaba la tierra del cielo, y sacó del zurrón un trozo de pan y tocino
cortado en finas lonchas. Se sentó en cuclillas al borde del camino, tomó un
bocado y reanudó la caminata, tratando de avivarla para entrar en calor.
El
atardecer puso en la nieve unos reflejos violetas. El camino presentaba un
brillo azul de acero. En el Oeste, la oscuridad borró la línea que separaba la
tierra del cielo. En el claro firmamento rutilaban ya las luces fugaces de las
estrellas cuando Fiódor entró en la stanitsa. En la primera casa de las
afueras, fea y de aspecto mísero, pidió
permiso para pasar la noche. El dueño, un cosaco barbudo y hospitalario, se lo
concedió de buen grado.
—Pasa, no
ocuparás mucho sitio...
Después
de cenar parte del helado tocino, Fiódor
extendió junto al horno su pelliza, puso
el gorro en la cabecera, a manera de almohada, y se quedó dormido.
Se
despertó, como de costumbre, al amanecer.
Se lavó y el ama se ofreció a freírle el tocino. Hizo una colación y se
dirigió a la plaza, que estaba en el centro de la stanitsa. No lejos del
edificio del Soviet leyó en un rótulo: «Tribunal popular del V sector del
Distrito del Alto Don».
Cruzó el
portillo y lo primero que vio en el patio fue a Zajar Denísovich. Con su
pelliza de paño azul y el capuchón
anudado, desenganchaba un caballo sudoroso. Lo cubrió con una manta y al
volver la vista casualmente advirtió la presencia de Fiódor. Torciendo los
labios, sin saludarle, le dio la espalda.
El
tiempo transcurría con una
lentitud insoportable. Hacia
las nueve llegó
el secretario del juzgado. Sin desvertirse, sorbiéndose las
narices, colocó sobre la mesa el legajo de los expedientes y con ojos de sueño,
inflamados, miró a la gente que se amontonaba
en el zaguán. Una hora más tarde venía el juez, que entró de costado y
cerró sonoramente la puerta.
—¡Fiódor
Bóitsov y Zajar Blagorúdov! —gritó el secretario, entreabriéndola.
Haciendo
rechinar sus botas de fieltro reforzadas con cuero, Zajar Denísovich se hizo
adelante.
—Este
ciudadano apesta a vodka, apenas si se
sostiene en pie. ¡Se ve que ha empinado bien el codo! —comentó, sonriendo, un
cosaco de cierta edad, que vestía un raído capote.
Fiódor se
descubrió y cruzó animosamente el umbral. El careo, practicado por los vocales
y el juez, duró diez minutos. Zajar Denísovich tartamudeaba, evidentemente se
sentía intimidado.
—¿Le ha
pagado? —preguntó el juez, dando unos
golpecitos con el lápiz...
—En
efecto... Le pagué...
—¿Cómo le
pagó? ¿En especie o en metálico?
—En
metálico.
—¿Cuánto?
—Ocho
rublos y algo de grano.
—¿Cómo es
eso? ¿No ha declarado usted mismo que contrató a Bóitsov por medio rublo al
mes?
—Llevado
por mi bondad... Como es huérfano... He sido un bienhechor para él... hice las
veces de padre... —dijo Zajar Denísovich con voz ronca, enrojeciendo.
—Ya...
—sonrió el juez con ironía apenas perceptible.
Después
de alguna otra pregunta se les indicó
que se retiraran. Fueron oídas otras cinco o seis causas. Fiódor permanecía en
la antesala y veía a Zajar Denísovich que, habiendo reunido a unos cuantos
cosacos, manoteaba acaloradamente.
—Me
pregunta que por qué no había firmado contrato de trabajo. ¿Cómo va a tomar uno
así a un criado?... Llegó pidiendo por misericordia, luego resultó que era de
las Juventudes Comunistas y un buen día me anunció que no quería seguir
conmigo.
— ¡El
tribunal!
El
público se abalanzó hacia la sala. El juez empezó a leer la sentencia con frase rápida. Fiódor
sintió bajo la pelliza los latidos frecuentes de su corazón. La sangre, tan
pronto le afluía a la cabeza como de nuevo se iba al corazón por completo. Casi
no distinguía las palabras de la sentencia. El juez elevó la voz.
—De
conformidad con el artículo... Zajar Blagortídov es condenado a pagar a Fiódor Bóitsov la suma de doce
rublos por los dos meses de trabajo... Por no haber suscrito el contrato
correspondiente... por la explotación de un menor de edad, al pago de treinta
rublos de multa o a trabajos forzados por un plazo de,.. Las costas... La
sentencia es firme... —llegaba hasta Fiódor la voz del juez.
Fiódor
bajó de un salto los escalones del portal y sin abrocharse siquiera la pelliza,
sonriendo alegremente para sus adentros, salió de la stanitsa a buen paso. Sin
darse cuenta dejó atrás varias verstas: pensaba en lo ocurrido y hacía planes.
Hasta el otoño próximo ahorraría para comprar un caballo y viviría en su
pequeña hacienda, rescatando de la miseria a su madre.
Recordó el
trabajo que ese verano
le esperaba entre los
braceros y un alegre calorcillo
le confortó el pecho. El viento le arrojaba a la cara una nieve menuda,
y ese polvo punzante se le metía por los
ojos. Inesperadamente, el oído de Fiódor percibió el confuso chirrido de los
patines de un trineo y el galopar de un caballo. Volvióse rápidamente cuando un
terrible golpe de la punta del timón lo derribó. Al caer vio sobre él los
belfos espumeantes de un caballo negro y, más arriba, entre una nube de polvo
de nieve, la congestionada cara de Zajar Denísovich.
Tras el
golpe del timón, el látigo silbó sobre su cabeza y la correa, después de
tirarle el gorro, le cruzó la cara.
Sin
sentir el dolor, acalorado, Fiódor se puso
en pie de un salto y dominado por la furia, sin detenerse a
recuperar el gorro, salió
corriendo tras el
trineo. Zajar Denísovich,
con la mano izquierda, sujetaba
las riendas, conteniendo
el galope tendido
del caballo, mientras
que con la derecha levantaba el látigo y, vuelto hacia Fiódor, bramaba:
—¡Te acordarás de mí!.... ¡Volverás a
encontrarme, hijo de mala madre!....
¡Verás lo que es bueno!....
El viento
rompía en pedazos las palabras y
ahogaba a Fiódor en su carrera. Ya sin
fuerzas, se detuvo en medio del camino y sólo entonces se dio cuenta de que su cara le abrasaba y
una sangre salada le corría por las mejillas.
XV
LA
PRIMAVERA LLEGÓ de aquel lugar de la loma donde en algunos espacios negros la
tierra labrada se dejaba ver a través de la nieve. De noche empezó a soplar el
viento, templado y húmedo, las nubes se acumularon sobre el jútor y al amanecer
empezó la lluvia. Y la nieve, medio derretida antes, acabó de fundirse entre
torrentes de agua. En la estepa, la tierra quedó desnuda. Se mantuvo
únicamente una fina capa de hielo
en el camino y en las
hondonadas, fuertemente unida a los matorrales viejos como pidiéndoles
protección.
Ante el
comienzo de las labores agrícolas, Fiódor se despidió de los muchachos y,
llenando el zurrón con su ropa y con folletos que le había proporcionado
Ríbnikov, se puso en camino en busca de trabajo.
—A ver,
Fedia, cómo organizas eso... —le dijo Ríbnikov al despedirse.
—Pierde
cuidado, lo haré. ¡Los reuniré a todos! —sonrió Fiódor.
Cinco
jóvenes le acompañaron hasta las afueras
del jútor y esperaron a que saliera al
camino real. Desde lo alto de la primera loma Fiódor volvió la vista: el grupo
compacto de los que habían acudido a despedirle seguía en el mismo sitio.
Ríbnikov y Egor agitaron sus gorras.
Una
sensación de congoja se apoderó de
Fiódor cuando el jútor desapareció de su vista. De nuevo estaba solo como aquel
cardo seco que oscilaba huérfano, a la orilla del camino.
Haciendo
un esfuerzo para vencer este estado de
ánimo, Fiódor trató de reflexionar acerca de qué le convenía más.
Los
jútores de la comarca
eran pobres y la gente
no necesitaba en ellos de mano
de obra asalariada. Más rico que el de Jrenovskoi no lo había en todo el
territorio de la stanitsa. Fiódor lo pensó así y torció por el camino de
Jrenovskoi.
Se
contrató con Pantelei Miróshnikov, un vecino de Zajar Denísovich. El abuelo
Pantelei era un viejo alto, ceñudo, sin carne sobre los huesos. Había perdido a
sus tres hijos en la guerra y llevaba los asuntos de la hacienda con ayuda de
la vieja y de dos nueras.
—¿Se puede
saber por qué te marchaste de
Zajar? —preguntó a la
hora de cerrar el
trato, enarcando sobre la frente las cejas grises.
—Me
despidió él.
—¿Y cómo
piensas contratarte?
—Según el
convenio.
—¿Qué
convenio? Mis condiciones son éstas: tres rublos durante el verano. En invierno
no te necesito ni gratis. Si aspiras a quedarte todo el año, no me sirves.
—También
puedo quedarme hasta el otoño.
—En
una palabra, hasta que
terminen las faenas.
Cuando acabemos de arar los
barbechos, podrás irte a donde te dé la gana. ¿Conforme con tres rublos
al mes?
—Conforme,
pero ha de ser con contrato. Sin contrato, no.
—A mí me
es lo mismo, yo no entiendo mucho de letras... ¿Habrá que firmar, verdad? Lo
hará
Stepanida,
mi nuera.
Suscribieron
el contrato y Fiódor se entregó con alegría al trabajo. El abuelo Pantelei
estuvo un par de semanas observando al nuevo bracero: a menudo, Fiódor
sorprendía la mirada inquisitiva y penetrante que le vigilaba. Por último, al
fin de la segunda semana, una tarde en que Fiódor había arado en un solo día el
melonar y había vuelto con los bueyes cansados y sudorosos, el abuelo se le
acercó, preguntando:
—¿Has
arado el melonar?
— Sí.
—¿Sin
claros?
—Sí, sin
claros.
—¿A qué
profundidad has puesto la reja?
—A la que
me habías mandado, abuelo.
—¿Has
abrevado los bueyes en el embalse?
—Sí.
—Dime,
mozo, ¿cuántos años tienes?
—Diecisiete.
El
abuelo se acercó aún
más a Fiódor, le agarró del pelo
hasta hacerle daño y atrayendo la
cabeza del mozo a su pecho seco y huesudo, la apretó con fuerza. Durante largo
rato acarició con su mano rugosa la espalda musculosa y dura de Fiódor.
—Eres un
buen trabajador... ¡Tienes unas manos
de oro!.... Si quieres quedarte el
invierno, puedes hacerlo. Como lo oyes...
Separó a
Fiódor de sí y lo contempló con una sonrisa amplia y clara. Fiódor se sintió
conmovido por esta reacción paternal del viejo. El nuevo amo no se parecía en nada a Zajar. Ya cuando el mozo se había
contratado, le preguntó:
—¿Tú eres
de esos... de las Juventudes Comunistas? —Y a la respuesta afirmativa de Fiódor
hizo un gesto de indiferencia—. Eso no
es cosa mía. Comerás aparte,
no puedo sentarme a la misma mesa contigo. Porque no te haces
en la frente la señal de la cruz, ¿verdad?
—No.
—Eso
es... Yo soy viejo, no te ofendas si te pongo aparte. Somos fruta de árbol
distinto.
Con
Fiódor se portaba bien: la comida era
abundante, le dio alguna ropa suya y no
le hacía trabajar hasta agotarlo. En un principio, Fiódor pensaba que debería
hacerlo todo, como cuando estaba con Zajar
Denísovich. Pero cuando
en vísperas de Pascuas
salieron a labrar, vio que el abuelo Pantelei,
a pesar de
sus escasas carnes, daba
quince y raya a cualquier
joven. Iba sin descanso tras el arado, sus surcos eran
rectos y limpios, y por la noche se turnaba con Fiódor en la vigilancia de los
bueyes. El viejo era piadoso, no juraba y gobernaba a la familia con mano
firme. A Fiódor le agradó una expresión que constantemente tenía en los labios
—«toma esta frambuesa»—, le agradó el
propio viejo, de aspecto tan severo y tan cordialmente bueno en el fondo.
El día de
Pascuas, por la tarde, Fiódor tropezó en
su calleja con un mozo de baja estatura y picado de
viruelas. Aparentaba unos veinte
años. Vio que el
mozo salía del patio
de Zajar y comprendió —recordando las palabras del
abuelo Pantelei— que era el criado de su antiguo amo. El mozo llegó a la altura
de Fiódor y éste inició la conversación.
—¡Hola,
camarada!
—Hola
—contestó el mozo con desgana.
—¿Eres el
criado de Zajar Denísovich?
—Sí.
Fiódor se
acercó algo más y prosiguió las preguntas:
—¿Hace
mucho que estás con él?
—Va para
cuatro meses, desde el invierno.
—¿Cuánto
te paga?
—Un rublo
y la comida. —El mozo se animó y sus ojos brillaron—. Dicen que el abuelo te da
tres rublos y la ropa. ¿Es verdad o es mentira?
—Es
verdad.
—Zajar me
ha engañado... —se lamentó el mozo—. Prometió que me subiría, pero no abre la
boca. Me hace trabajar como un condenado —prosiguió, ya con rabia—. Hasta los
días de fiesta... Voy hecho un andrajoso y él no me da ni dinero ni ropa. ¿Ves
cómo presumo el día de Pascua? — El mozo dio la vuelta y en la espalda Fiódor
vio un triángulo de carne morena.
—¿Cómo te
llamas?
— Mitri.
¿Y tú?
—Fiódor.
Del patio
de Zajar llegó la voz gangosa del amo:
—¡Mitka!
¿Por qué no has cerrado la cuadra, canalla?... Ve a recoger los bueyes...
Como un
cabritillo asustado, Mitka cruzó de un salto la
cerca y, asomándose por entre las
espesas ortigas, llamó a Fiódor con el dedo. Fiódor cruzó también la cerca,
buscó la parte más espesa del huerto y haciendo que Mitka se sentase a su lado,
dio comienzo a su labor de propaganda.
XVI
TODAS LAS
TARDES DE DOMINGO Fiódor acudía al baile. Allí Conoció a otros muchachos que trabajaban como braceros con
los labradores ricos de Jrenovskoi. En el pueblo había un total de dieciocho
braceros, de los cuales quince eran jóvenes. Fiódor consiguió agrupar a estos quince en una organización.
Al
retirarse del baile, donde los mozos de las familias acomodadas se hartaban de
decir indecencias a las mozas, que ellas acogían con estridentes chillidos,
Fiódor hablaba largamente con esos jóvenes, tratando de persuadirles que
ingresasen en las Juventudes Comunistas y obligasen a los amos a concluir
contratos de trabajo con ellos.
En un
principio, los muchachos acogían las palabras de Fiódor con desconfianza
burlona.
—Tú
puedes hablar así —se acaloraba uno de ellos, Kolka, un mozo cargado de
espaldas—. Tu amo es como un apóstol,
pero el mío, en cuanto oiga hablar de las Juventudes Comunistas y del contrato, es capaz de retorcerme el pescuezo...
—No será
para tanto —replicaba otro.
—¡Te lo
retorcerá si estás solo! ¿Qué te creías? Tú puedes romperme un dedo, pongamos por caso, pero si los junto
todos en un puño, ¿me los romperías entonces? ¡No, hermano, ese puño te rompería la cara!.... —decía
Fiódor, entre una unánime risotada—. Un puño
así es lo que nosotros debemos formar. ¡Basta eso de trabajar para el amo como imbéciles!
Vuestra paga es de medio rublo, de un rublo todo lo más, mientras que yo gano
tres y no trabajo tanto como vosotros.
— ¡Tiene
razón!.... —zumbaron las voces.
Acostumbraban a reunirse de noche, pasadas las eras, y eso duraba hasta el primer canto del gallo.
El quinto
domingo, Fiódor propuso:
—Escuchad, hermanos, ayer se hizo el reparto de los
prados; la siega de hierba va a empezar de un día para otro. Hay que decirles
mañana a los amos que aumenten la paga y que firmen contratos. De lo contrario,
abandonaremos el trabajo...
—¡No es
posible! ¡Resulta muy fuerte!....
—¡Nos
despedirán!
—¡Quedaremos
sin un trozo de pan!....
—¡No
os despedirán! —gritó Fiódor, enrojeciendo— ¡No os
despedirán porque tienen
en puertas la siega de la hierba! Aflojarán las tuercas, ¡no pueden
quedarse sin gente!.... ¡Así no se puede seguir! Cuando van a preguntar a los braceros en qué condiciones se han
contratado, uno responde: soy pariente
del amo; otro, que son conocidos. ¡Y nadie más que vosotros mismos se preocupará de vuestros asuntos!
Después
de largas discusiones acordaron hacerlo así.
A la
mañana siguiente el poblado, agitado y revuelto, parecía un avispero. La siega
de hierba estaba en puertas y los braceros de las casas más acomodadas se
habían declarado en huelga...
A primera
hora, Fiódor oyó un grito y salió a la calle.
Zajar
Denísovich, bramando, tiraba al camino los efectos de Mitka. Éste, con aspecto
decidido, los recogía en un montón y gruñía sordamente:
—¡Espera,
espera! ¡No volveré aunque me lo pidas de rodillas!....
—¡Aunque
me viera en el infierno no te lo pediría!....
Al ver
a Fiódor, Zajar Denísovich
se volvió hacia el
grupo de labradores que
conversaba acaloradamente en el cruce y con las venas de la frente
hinchadas, se puso a alborotar:
—¡Cristianos!
¡Ése es el que les ha calentado los
cascos, el cabecilla!... ¡Duro con el hijo de perra!...
Fiódor,
apretando los puños, se le acercó con
paso rápido, pero Zajar Denísovich se introdujo como un ratón en su puerta y
chilló acobardado:
—¡No te
acerques si estimas la vida! ¡Te
haré pedazos!....
XVII
—NOSOTROS
HACED LO QUE QUERÁIS, pero yo no despediré a mi bracero. No me importa que sea
del partido siempre y cuando cumpla con su obligación. El contrato tampoco es
gran cosa... Le daré tres rublos al mes, porque si se despide entonces los
perjuicios subirán a varios cientos...
—Tienes
razón, compadre... Mi mujer se ha puesto enferma, ¿cómo voy a salir adelante?
—Yo
pienso lo mismo.
—Mirad,
hermanos. Firmaremos con ellos los contratos, les subiremos la paga según lo
que la ley manda y les daremos un día de fiesta a la semana... ¡Tú, Zajar,
cállate!.... El tribunal te puso una multa de treinta rublos... ¡Hay que
tenerlo en cuenta!.... Mientras sigan así las cosas, hay que aguantarse.
—¿Para
qué hablar por hablar? En la situación en que nos encontramos, hay que resignarse. Queremos ahorrar tres
rublos y perderemos cientos... ¡Qué tonterías!....
—Prueba
ahora a encontrar otros...
—Te
quemarías los dedos.
—¡Sea
como decís!
—Pero a ese miserable que ha revuelto a todos hay
que darle una lección. Nos ha resultado un sabio...
—¡Fedka es un
comunista!.... Cuando lo tenía
conmigo me sacó el
alma del cuerpo.
Me persiguió con el cuchillo en la mano por todo el patio; gracias a que
los obreros lo sujetaron. Tan cierto como que hay Dios... Si ahora lo agarro...
—Mi hijo
dice que después del baile se reúnen detrás de la era de Fedot. Allí les da
instrucciones...
—¿Y si
dos o tres de nosotros le salimos al encuentro con garrotes?...
—¡Hay que
darle una lección! ¡Que no apeste más esa carroña!
—¿Tú
irías, Zajar Denísovich?
—¡Dios
mío! ¡De todo corazón!.... Con un garrote...
Apenas
había agarrado el picaporte cuando, a
sus espaldas, uno enarboló el garrote. El golpe lo recibió Fiódor en la nuca.
Con un sordo gemido, abrió los brazos y cayó ante el portón, perdiendo el
conocimiento.
XVIII
AQUELLA
TARDE el abuelo Pantelei, al ver que Fiódor se disponía a salir, le dijo
sonriendo:
—Harías
mejor quedándote en casa. Después del
lío que has organizado, es preferible que no salgas.
—¿Por
qué?
—¡Porque
pueden hacerte algo!....
—No me
pasará nada... —rió Fiódor, y a través de los huertos se dirigió a las eras.
Esta vez
los jóvenes tardaron en reunirse. Estuvieron hablando un par de horas. Todos
ellos se mostraban animosos y alegres. Después de examinar la situación,
comunicándose las novedades, se dispusieron a separarse.
—Idos
cada uno por su lado, para que la gente no hable —advirtió Fiódor.
La noche
sobre la estepa era negra como la pez. Las nubes como los bloques de hielo en
el río al comienzo de primavera, chocaban y se amontonaban unas sobre otras; el trueno retumbaba y por
encima del bosque los relámpagos dejaban su trazo en el cielo. Fiódor se
separó del resto de los muchachos y
volvió por el camino de antes. Quiso pasar por los huertos, pero cambió de idea
y torció hacia su calleja. Se sentó junto a una valla con la intención de fumar
un cigarrillo, pero una ráfaga de viento seco y cálido apagó la cerilla. Se metió el pitillo en el bolsillo y se
dirigió al portón. No esperaba nada y no podía ver que por detrás se acercaban
dos y un tercero montaba guardia en el cruce...
* * *
Las
pulgas no dejaban en paz al abuelo Pantelei. Después de muchas vueltas y
gruñidos, tiró al suelo el capotón de piel de oveja que le cubría. Se había
quedado casi dormido cuando de la parte de fuera llegó hasta él un gemido,
ruido de pasos y un silbido apagado. Con las piernas colgando en el borde de la
cama, prestó atención. El silbido se repitió. «¡Es algo contra Fedka! », le
cruzó por la mente. Se puso en pie de un salto y cogió de la pared una vieja
escopeta de baqueta, que él tenía para espantar los grajos
en el melonar, y salió
al portal. Alguien
lanzaba prolongados gemidos delante del portón, los ruidos de
pies seguían, los golpes resonaban como cayendo en blando... El abuelo levantó
el gatillo, corrió hasta fuera del portón y gritó:
—¿Quién
va?
Tres
negras siluetas se hicieron a un lado.
Dirigiendo
el cañón del arma hacia el más próximo, el abuelo Pantelei apretó el gatillo.
Retumbó el disparo, de la boca brotó un haz de fuego, silbaron los guisantes
con que la escopeta estaba cargada...
Alguien, en el camino,
lanzó un chillido y cayó a tierra.
Jadeando, el abuelo tiró la escopeta y se inclinó sobre el negro
contorno de una silueta humana tendida
junto al portón. Las manos del viejo, al palpar la cabeza, se mojaron de algo
espeso y pegajoso. Volvió la cabeza en un vano intento de distinguir algo: la
oscuridad le cegaba los ojos. Por el cielo, como un lagarto, corrió un
relámpago y el abuelo reconoció la cara bañada en sangre de Fiódor. Agarró el
cuerpo exánime y, temblando y tropezando, lo arrastró hasta el portal. Volvió a
la calle y recogió la escopeta. Otro relámpago cruzó el cielo y el abuelo vio a
unas veinte brazas de él, en medio del camino, a un hombre en cuclillas.
Agarrando el arma por el cañón, el abuelo Pantelei se acercó en cuatro brincos
al desconocido, lo derribó de un culatazo y echándosele sobre el vientre,
rugió:
—¿Quién
eres?
—Déjame,
por Cristo te lo pido... Tengo todo el trasero y la espalda llenos de
metralla... ¿Te parece bien, vecino, eso de disparar contra la gente?... ¡Ay,
qué dolor!....
Por la
voz, el abuelo reconoció a Zajar. Sin poderse contener le dio un culatazo en la
cabeza y, agarrándole de los pelos, lo arrastró al portal.
XIX
...NUESTRO QUERIDO CAMARADA FEDIA: Seguramente no sabes en
qué paró el juicio. Zajar Denísovich ha sido condenado a
siete años y a pérdida de los derechos civiles por tres años. Los otros dos
—Mijaíl Dergachov y Kuzka, el especulador de Jrenovskoi—, a cinco años. También
te comunicamos que en Jrenovskoi ha sido organizada una célula de las
Juventudes Comunistas. Todos tus camaradas, los quince braceros, y otros seis
muchachos hijos de campesinos pobres, han
ingresado
en ella. El comité del distrito me manda allí a trabajar y todos nosotros
esperamos con impaciencia el momento de verte restablecido y entre nosotros.
Egor ha organizado en Danílovka una célula de once miembros. Todos los
muchachos están fuera, trabajan. También te comunico que hoy he visto al abuelo
Pantelei; quiere hacerte una visita en el hospital y llevarte provisiones. Date
prisa en convalecer y ven, hay mucho trabajo todavía y el tiempo galopa como un
caballo que ha roto la traba.
Con un
fraternal saludo de la célula, en nombre de todos,
RÍBNIKOV.
1926
SANGRE
EXTRAÑA
HACIA SAN
FELIPE, después del ayuno, cayeron los primeros copos. Por la noche sopló el
viento desde el otro lado
del Don, sacudiendo con fuerza
las hierbas secas,
levantando desflecados montones
de nieve en las lenguas de arena y barriendo por completo el polvo de los
caminos.
La noche
había cubierto la stanitsa de un verde silencio de sombras. Más allá de los
patios dormía la estepa, sin arar e invadida por las hierbas.
El lobo
levantó su sordo aullido a medianoche, en la stanitsa le respondieron los
perros y el abuelo Gavrila se despertó. Con las piernas colgando fuera del
horno, agarrándose al borde, tuvo un largo acceso de tos; luego escupió y, a
tientas, buscó la bolsa del tabaco.
Todas las
noches, después del primer canto del gallo, el abuelo se despertaba, se sentaba, encendía un pitillo y tosía
—esforzándose por expulsar los esputos—, mientras que en los intervalos entre
los accesos de asfixia, dentro de la
cabeza los pensamientos seguían el camino trillado de costumbre. Y lo que el abuelo pensaba era siempre lo
mismo: pensaba en el hijo que había desaparecido en la guerra sin que de él
hubieran vuelto a tener noticias.
Era el
único: el primero y el último. Para él había trabajado sin descanso. Cuando
llegó la hora en que el hijo debía ir al frente a luchar contra los rojos,
llevó dos parejas de bueyes al mercado y con ese dinero compró a un calmuco un caballo que más que caballo
era un vendaval de la estepa; más que correr,
volaba. Del fondo del arca sacó la silla de montar y la brida de su abuelo, con herrajes de
plata. Al separarse de él le dijo:
—Bueno, Petró, con ese equipo hasta un oficial se
sentiría satisfecho... Pórtate lo mismo que se portó tu padre, no dejes
en mal lugar
al ejército del
Don ni al Don apacible. Tus abuelos
y bisabuelos sirvieron a los zares. ¡Tú debes hacer lo mismo!....
El abuelo
mira a la ventana, salpicada de reflejos verdosos de la luz de la luna, presta
atención al viento —que hurga en el patio buscando lo que no debe—, recuerda
días que han pasado y que no volverán...
En la
despedida del nuevo guerrero, los cosacos cantaron a voz en grito, bajo la techumbre de junco de
la casa de Gavrila, la vieja canción de sus mayores:
Combatimos
fieles a la disciplina.
Lo único
que oímos son las órdenes.
Y lo que
los oficiales, nuestros padres, nos ordenen, cumplimos. ¡Con el sable y con la
pica vamos al combate!
Petró
permanecía sentado a la mesa un tanto ebrio, su cara estaba lívida. Bebió la
última copa, la de «despedida», arrugó
fatigosamente los ojos,
pero montó con pie seguro. Se ajustó
el sable; inclinándose en la
silla, tomó un puñado de tierra del patio que le había visto nacer. ¿Dónde
yacía ahora? ¿Qué tierra extranjera le calentaba el pecho?
La tos
del abuelo es prolongada y sorda, los fuelles de su pecho no siguen el mismo
compás cuando se hinchan y se deshinchan. Y en los intervalos, cuando después
del acceso de tos apoya su espalda encorvada en los azulejos, los pensamientos
siguen el camino trillado de costumbre.
* * *
Un mes
después que el hijo se marchara,
llegaron los rojos. Irrumpieron en la vieja existencia de los cosacos en
son de enemigos, a la vida del abuelo le dieron la vuelta lo mismo que a un
bolsillo vacío. Petró se había quedado al otro lado del frente, en el Dónets,
su buen comportamiento en el
combate
le había valido los galones de sargento. Y en la stanitsa, el abuelo Gavrila
sentía aumentar,
cuidaba y
mecía —lo mismo que en otros tiempos a Petró, cuando éste era una criatura de cuerpo blanco— un
odio sordo y senil contra la gente de Moscú, contra los rojos.
Para llevarles
la contraria, vestía
calzones con franjas rojas
—símbolo de las
libertades cosacas— cosidas con hilo negro a lo largo de las perneras
embutidas en las botas altas. Su capote lucía
los bordados naranja de la
Guardia, con las insignias
de suboficial que en otros tiempos luciera. Su
pecho ostentaba las
medallas y las cruces
que se ganó sirviendo
con todo celo al monarca. Los
domingos iba a misa con la pelliza desabrochada, para que todos pudieran
verlas.
El
presidente del Soviet de la stanitsa le había dicho al cruzarse con él en una
ocasión:
—¡Quítate
esos colgajos, abuelo! Ahora no se lleva eso. El abuelo replicó como la
pólvora:
—¿Me los
pusiste tú para mandarme que me los quite?
—El que
te los puso ya hace tiempo que está enterrado, engordando gusanos.
—No
importa... ¡Yo no me los quito! ¿Le vas a quitar algo a un muerto?
—Tienes
unas cosas,.. Te lo aconsejo por las buenas, por tu bien. Por mí, como si
quieres dormir con ello. Pero ten cuidado con los perros... los perros te
pueden desgarrar los calzones. Los infelices han perdido la costumbre de ver
esas vestimentas, no te tornarán por uno de los suyos...
La ofensa
era amarga como el ajenjo en flor. Se quitó las condecoraciones, pero el
resentimiento creció por dentro, se extendió, empezando a transformarse en odio.
El hijo
había desaparecido, no había razón para preocuparse en incrementar la hacienda.
Los graneros se venían abajo, los animales destrozaban la cuadra, se pudrían
los travesaños del establo, de donde los vientos
habían arrancado la techumbre. En
la cuadra, en los
pesebres vacíos, los ratones
campaban a sus anchas. La segadora de hierba se cubría de herrumbre en el cobertizo.
Los
caballos se los habían llevado los cosacos consigo en el momento de la retirada; los pocos que quedaban los
requisaron los rojos, y el último, un animal de pelo largo y grandes orejas,
que los soldados rojos habían dejado en cambio, en el otoño lo compraron, en un
abrir un cerrar de ojos, los hombres de Majnó. Al abuelo le dieron un par de
vendas de la infantería inglesa.
—¡Que pase
a nuestro poder!
—había dicho, guiñando, un servidor
de ametralladora de
Majnó—.
¡Te vendrán muy bien estas vendas!....
El fruto
de decenas de años de trabajo se convirtió en ceniza. No sentía deseos de hacer
nada. Al llegar la primavera
—cuando la estepa
se extendía desierta
entre las barrancas,
sumisa y lánguida—, la tierra
llamaba al abuelo, le llamaba por las noches con voz imperiosa que nadie podía
oír. Él, incapaz de resistir, uncía los bueyes al arado, acudía, dejaba en la
estepa la huella del acero, fecundaba la entraña insaciable de la tierra negra
con gruesos granos de trigo.
Entretanto,
venían los cosacos de la orilla del mar y del otro lado del mar, pero ninguno
de ellos había visto a Petró. Habían servido en otros regimientos, habían
estado en otros lugares —¿acaso es pequeña Rusia?—, pero los compañeros de
Petró habían muerto en un combate contra
el destacamento de Zhlobin, en alguna parte del Kubán.
Con la
vieja, Gavrila no hablaba casi nada del hijo.
De noche
la oía llorar, con la cabeza en la almohada, y sorberse las lágrimas.
—¿Te pasa
algo, vieja? —preguntaba, carraspeando. Ella tardaba un poco en contestar:
—Debe de ser el tufo... Parece que me duele la
cabeza. Sin dar a entender que comprendía
la causa, él le aconsejaba:
—Toma
agua salada de los pepinos. ¿Quieres que vaya a buscarla al sótano?
—Duérmete. Se me pasará así...
Y el
silencio volvía a trenzar en la casa el
invisible encaje de su telaraña. La luna se asomaba desvergonzadamente a la ventana, contemplando el dolor ajeno, la
congoja de una madre.
Con todo
y con eso, esperaban y confiaban en la vuelta del hijo. Cuando Gavrila mandó
curtir las pieles de oveja, dijo a la vieja:
—Tú y yo
podremos pasar con lo que tenemos, pero Petró ¿qué se va a poner cuando venga?
Se acerca el invierno, hay que hacerle una pelliza.
La
pelliza fue cosida de la talla de Petró y quedó guardada en el arca. También le
prepararon un par de botas altas para las faenas de la casa, para limpiar la
cuadra. El abuelo guardaba la guerrera de paño azul con tabaco, para que la
polilla no la estropease. Y mató un cordero recién nacido, con la piel del cual
hizo un gorro, destinado al hijo, que colgó de un clavo. Al entrar en la casa,
lo miraba y se figuraba que Petró iba a salir del cuarto y preguntaría,
sonriente: «¿Hace frío ahí fuera, padre?»
Dos días
después de esto, a la caída de la tarde, se acercó a recoger los animales. Puso
heno en los pesebres, quería sacar agua del pozo, pero se dio cuenta de que
había olvidado las manoplas en la casa. Volvió a buscarlas y, al abrir la
puerta, vio que la vieja, de rodillas junto al banco, apretaba contra su pecho
el gorro que Petró no había llegado a estrenar, lo mecía como cuando se duerme
a un niño...
Sus ojos
se nublaron, arrojóse como una fiera sobre ella, la tiró al suelo y rugió,
tragándose la espuma de los labios:
—¡Deja
eso, imbécil!.... ¡Déjalo! ¿Qué estás haciendo?
Le
arrancó el gorro de las manos, lo metió en el arca y cerró con candado. Pero,
desde aquel día, tenía observado que el ojo izquierdo de la vieja sufría un tic
nervioso y su boca estaba torcida.
Pasaron
los días y las semanas, siguió corriendo el agua por el Don, siempre presurosa,
de un verde transparente en esa época de otoño.
Aquel día
se habían helado las orillas del río. Por la stanitsa cruzó una bandada tardía
de gansos salvajes. Al anochecer, el
mozo de los vecinos llegó
corriendo en busca
de Gavrila. Ante las imágenes se santiguó con prisa.
—Buenas
tardes.
—Muy
buenas.
—¿Has
oído la noticia, abuelo? Prójor Lijovídov ha llegado de Turquía. ¡Servía en el mismo regimiento que vuestro
Petró!
Gavrila
se puso en marcha sin oír más, sofocado
por la tos y la rapidez de su paso. Prójor no estaba en casa: había ido a ver a
su hermano, que vivía en un jútor,
afirmando que al día siguiente estaría de vuelta.
Aquella
noche Gavrila no pudo cerrar los ojos, atormentado por el insomnio.
Antes de
amanecer encendió la lamparilla y se puso a remendar unas botas de fieltro.
La mañana
—de una palidez enfermiza— dejaba llegar desde los azules rojizos de levante
una luz mortecina. La luna lucía
en medio del
cielo sin fuerzas
para caminar hasta la nubecilla
y esconderse durante el día.
* * *
Era la
hora del desayuno. Gavrila miró a la ventana y en voz baja, sin comprender la
causa, dijo:
—¡Prójor
viene!
Su aspecto
era el de un
extraño, no se parecía en
nada a un cosaco.
Unas botas inglesas claveteadas chirriaban en sus pies.
El abrigo, de forma extraña y, a juzgar por todo, no cosido para él, le sentaba
como un saco.
—¡Buenos
días, Gavrila Vasílich!
—¡Buenos
días, veterano!.... Pasa y siéntate.
Prójor se
quitó el gorro, saludó a la vieja y tomó asiento en el banco.
—¡Buen
tiempo se nos ha venido encima!.... Hay tanta nieve que es imposible dar un
paso...
—Sí, este año ha nevado pronto,..
Por esta época, en otros tiempos
sacábamos el ganado
a pastar.
Un penoso
silencio se hizo a continuación. Gavrila, indiferente y firme al parecer, dijo:
—Has
envejecido en el extranjero, mozo.
—Las
cosas no han sido como para rejuvenecer, Gavrila Vasílich —sonrió Prójor.
La vieja
trató de preguntar:
—Nuestro
Petró...
—¡Cállate,
mujer! —gritó severamente Gavrila—. Deja que entre en calor... Tienes tiempo
de... preguntar. Volviéndose hacia el visitante, prosiguió.
—Y bien,
Prójor Ignátich, ¿cómo ha marchado vuestra vida?
—Es poco
lo que yo puedo contar. He llegado a casa como
el perro al que le hubieran partido una pata. Y aún puedo dar gracias a
Dios.
—Ya...
¿Quiere decirse que la vida era mala con los turcos?
—Apenas
si salíamos adelante con gran esfuerzo. —Prójor repiqueteó en la mesa con las
yemas de los dedos—. Pero a ti, Gavrila
Vasílich, te encuentro mucho más viejo. Tienes todo el pelo blanco...
¿Cómo os va con el poder soviético?
—Espero
al hijo... él cuidará de nosotros en nuestra vejez... —sonrió forzadamente
Gavrila. Prójor se apresuró a mirar
a otro lado. Gavrila lo observó
así y preguntó en tono
brusco y
abierto:
—Di,
¿dónde está Petró?
—¿No
habéis oído nada?
—Son
muchas las cosas que hemos oído —le interrumpió Gavrila.
Prójor
apretó entre los dedos los sucios flecos del mantel. Tardó cierto tiempo en
empezar:
—En
enero, creo... Sí, en enero se encontraba nuestra sotnia en las inmediaciones de
Novorossiisk... Es una ciudad que
hay a orillas del
mar... Pues bien, estábamos
allí, como de costumbre...
—¿Es que
lo han matado?... —preguntó Gavrila
inclinándose hacia delante, con un soplo de voz.
Prójor,
sin levantar la vista, calló como si no hubiera oído la pregunta.
—Estábamos
allí, los rojos
trataban de abrirse paso hacia
las montañas para unirse
con los verdes. El jefe de la sotnia designó a él, a vuestro Petró,
para un servicio de reconocimiento... Nuestro jefe era el podesaúl1
Senin... Entonces fue la cosa... ¿Comprendéis?...
Junto al
horno, un puchero de hierro chocó sonoramente con el suelo al caer. La vieja,
secándose las manos, se dirigió a la cama. Un grito se le escapó de la
garganta.
—¡No
llores! —atronó, amenazador, Gavrila, y apoyándose con los codos en la mesa,
mirando fijamente a Prójor, cansado y lento, articuló—: ¡Ea, termina!
—¡Lo
mataron!.... —gritó Prójor, y se puso en pie, buscando el gorro en el banco—.
Mataron a Petró a sablazos... allí quedó
tendido... Se habían detenido junto a un bosque para dar un descanso a los
caballos, él había aflojado la cincha al suyo cuando los rojos se les vinieron
encima por la parte del bosque... —Prójor pronunciaba trabajosamente las
palabras, sus manos temblorosas estrujaban
el gorro—. Petró
se agarró del arzón
y la silla dio la
vuelta, quedando debajo de la
tripa del
caballo...
El animal era muy fogoso... no lo pudo sujetar, se quedó atrás... ¡Y eso es
todo!....
—¿Y si yo
no lo creo?... —dijo Gavrila separando mucho las palabras. Prójor, sin mirar a
los lados, se dirigió presuroso a la puerta.
—Como
quiera, Gavrila Vasílich, pero es
cierto... Le digo la verdad... La pura verdad... Lo vi con mis propios ojos...
—¿Y si yo
no lo quiero creer? —gritó Gavrila con voz ronca, congestionado. Sus ojos se
habían llenado de sangre y de lágrimas. Rasgó el cuello de su camisa y con el
pecho, velludo por delante, se acercó a Prójor, intimidado, gimió y echó atrás
la cabeza, empapada en sudor—. ¿Qué ha
muerto mi único hijo? ¿El que
iba a ser
nuestro sustento?— ¿Mi
Petka? ¡Mientes, hijo de
perra!....
¡Mientes!....
¿Lo oyes? ¡Mientes! ¡No lo creo!....
Aquella
noche se echó la pelliza sobre los hombros, salió al patio y, haciendo crujir
la nieve con las botas de fieltro, se dirigió a la era y se detuvo ante un
almiar.
1
Subcapitán de las tropas cosacas.
El
viento soplaba desde
la estepa, convirtiendo
en polvo la nieve.
La oscuridad, negra
e imponente, se amontonaba en los
arbustos pelados de los guindos.
—¡Hijo!
—llamó Gavrila a media voz. Esperó un poco y sin moverse, sin volver la cabeza,
repitió la llamada—: ¡Petró! ¡Hijo!
Luego se
tumbó cuan largo era en la nieve pisoteada, al pie del almiar, y cerró
pesadamente los párpados.
En la
stanitsa se hablaba de cupos de entrega, de las bandas que venían de la parte
baja del Don. En el comité ejecutivo, durante las asambleas, se comunicaron al
oído las noticias, pero el abuelo Gavrila no había pisado ni una sola vez los
desencajados peldaños del portal del comité ejecutivo, cosa de la que no sentía
necesidad alguna, y por eso era mucho lo
que no oía y mucho lo que no sabía. Le pareció algo del otro mundo cuando un
domingo, después de la misa, el presidente se presentó en su casa acompañado de
otros tres, vestidos con cortas pellizas amarillas y armados de fusiles,
El
presidente apretó la mano de Gavrila y de súbito, como un mazazo en la nuca,
preguntó:
—Di la
verdad, abuelo: ¿tienes grano guardado?
—¿Qué
crees, que nos da de comer el Espíritu Santo?
—No lo
tomes a broma y di: ¿dónde está el grano?
—En el
granero, ¿dónde iba a estar?
—Llévanos.
—¿Se
puede saber qué tenéis que ver vosotros con mi grano?
El que
parecía el jefe, un hombre alto y rubio, dijo, golpeando el suelo helado con
los tacones:
—Los
excedentes los recogemos en favor del Estado. Los cupos de entrega. ¿No has
oído hablar de eso, padre?
—¿Y si no
quiero darlo? —gruñó Gavrila, montando en cólera.
—¿Si no
lo das? ¡Lo cogeremos sin tu permiso!....
Después
de cambiar impresiones en voz baja con el presidente, se metieron en los
montones de grano, dejando en el trigo limpio, de un color oro bronceado la
nieve pegada a las suelas. El rubio encendió un cigarrillo y decidió:
—Le
dejaremos lo necesario para sembrar y para el consumo de la familia, el resto
nos lo llevaremos. —Con una mirada de experto calculó la cantidad de grano y se
volvió hacia Gavrila—:
¿Cuántas
desiatinas vas a sembrar?
—¡Sembraré
la calva del diablo! —gritó con voz ronca Gavrila, rompiendo a toser y contrayendo convulsivamente la cara—.
¡Lleváoslo, malditos!.... ¡Todo es
vuestro!....
—No te
acalores, abuelo Gavrila, cálmate —trató de apaciguarle el presidente.
— ¡Ojalá
reventéis con un trigo que no es vuestro!.... ¡Coméoslo todo!....
El rubio
se desprendió del bigote un pequeño carámbano medio derretido, atravesó a
Gavrila con una mirada burlona y dijo con una sonrisa tranquila:
—¡Tú,
padre, no des esos brincos! Los gritos no te servirán para nada. ¿Te han pisado
el rabo, que chillas tanto?... —y arrugando las
cejas elevó bruscamente el tono—:
¡No muevas tanto la lengua!.... Si la tienes demasiado larga, muérdetela.
¿Sabes lo que eso puede costarte?... —Dio una palmada en la funda amarilla de
la pistola, colgada de la correa que le cruzaba el pecho, y ya en tono más
suave añadió—: ¡Hoy mismo deberás llevarlo al centro de recepción!
El viejo
no se asustó, pero la voz segura y clara le hizo callar. Comprendió que, en
efecto, los gritos no le servirían para nada. Hizo un gesto de resignación y se
alejó hacia el portal. No había llegado a la mitad del patio cuando se
estremeció al escuchar un grito furioso y ronco:
—¿Dónde
están los de las requisas?
Gavrila
volvió la cabeza: al otro lado de la cerca, un jinete trataba de dominar su
montura, que caracoleaba nerviosa. El presentimiento de algo
extraordinario le produjo un vivo temblor por debajo de las rodillas. Antes de que
pudiera abrir la boca, el jinete, al ver al grupo reunido en la
puerta del
granero, detuvo el
caballo de un brusco
tirón de la brida
y, con un movimiento imperceptible, se descolgó el fusil del hombro.
Resonó el
disparo. En el silencio que a continuación se hizo en el patio, pudo oírse el
ruido seco del cerrojo. La vaina saltó con un breve zumbido.
El
desconcierto pasó: el rubio, pegado en el marco de la puerta, sacó con mano
insegura —con un movimiento terriblemente largo— la pistola de la funda. El
presidente, inclinándose como una liebre, atravesó el patio en dirección a la
era. Uno de los del grupo de requisas, rodilla en tierra, vació el
cargador de su carabina contra el gorro
negro que bailoteaba al otro lado de la cerca. El patio se llenó
con el chisporroteo de los
disparos. Gavrila separó con un
esfuerzo los pies
que parecían haberse pegado en la nieve, y emprendió un trote pesado
hacia el portal. Volvió la cabeza y vio que los tres de las pellizas, cada uno
por su cuenta, hundiéndose en los montones de nieve, corrían hacia la era,
mientras que por el portón, hospitalariamente abierto de par en par, entraban
otros hombres montados.
El que
marchaba al frente,
con un gorro kubanés y jinete en un potro alazán, con el
tronco ladeado y los hombros encogidos, se inclinó sobre el arzón e hizo girar el sable sobre su cabeza.
Delante de Gavrila
flotaron, como alas de
cisne, las puntas
de su blanco capuchón. La
nieve levantada por los cascos de la montura, le saltó a la cara.
Gavrila
recostado sin fuerzas en las molduras del portal, vio que el potro alazán,
después de tomar carrera, saltaba la cerca y se encabritaba cerca del almiar ya
empezado de paja de cebada, mientras que el del Kubán, inclinándose sobre la
silla, descargaba sablazos contra uno de los del grupo de requisas, que se
retorcía convulsivamente...
En la
era se produjo un confuso
clamor, un gran movimiento, sobre
el que se alzó un grito prolongado desgarrador. Poco después
retumbaba un disparo aislado. Las palomas, antes asustadas por el tiroteo y que
de nuevo se habían posado en la techumbre del cobertizo, remontaron el vuelo,
elevándose como perdigones violáceos. En la era, los jinetes echaron pie a
tierra.
El
repique de las campanas se extendía
infatigable por la stanitsa. Pasha —el tonto del lugar— había subido a
la torre de la iglesia y en sus cortos alcances, hacía sonar todas las
campanas, con lo que en vez de rebato resultaba una danza pascual.
El
del Kubán se acercó a Gavrila con el
blanco capuchón caído
sobre las espaldas. Un tic nervioso se había apoderado de su
cara, acalorada y sudorosa; las comisuras de sus labios pendían mojadas de
saliva.
—¿Tienes
avena?
Gavrila
se separó dificultosamente del portal. La profunda impresión de lo que acababa
de ver le impedía articular la menor palabra.
—¿Te has
quedado sordo, demonio? Te pregunto que si tienes avena. ¡Trae un saco!
Apenas si
había tenido tiempo de llevar el caballo al comedero cuando en el portón apareció otro.
—¡A
montar!.... La infantería baja por la loma...
El del
Kubán lanzó una imprecación, volvió a embridar el potro, bañado en sudor, y durante largo rato frotó con nieve el
puño de su manga izquierda, muy manchado
de algo de un rojo intenso.
Del patio
salieron cinco. Sobre el borrén de la silla del último Gavrila acertó a ver la
pelliza amarilla del rubio, que presentaba unos dibujos de sangre.
* * *
Hasta
la caída de la tarde no cesaron de oírse los
disparos al otro lado
de la loma, en una barranca cubierta de espinos.
Como un
perro apaleado, el silencio se extendía
humillado por la stanitsa. Ya había venido la luz del crepúsculo cuando
Gavrila se decidió a ir a la era. Cruzó el portillo abierto y lo primero que
vio fue al presidente, que, con la cabeza inclinada, colgaba de la cerca donde
las balas le habían alcanzado. Sus manos parecían alargarse hacia el gorro,
caído al otro lado de la cerca.
No lejos
de un almiar sobre la nieve cubierta de restos de comida y de paja, estaban los
tres del grupo de requisas, en paños menores. Los habían colocado uno junto a
otro. Y al mirarlos, Gavrila no sintió
ya en el corazón,
estremecido de horror, el rencor
que se anidaba en él desde por la
mañana. Le parecía algo irreal,
un sueño, que en la era donde constantemente merodeaban
las cabras del vecino, removiendo los montones de paja, hubiese ahora unos hombres destrozados
a sablazos. Y de ellos, de los circulitos de sangre espumosa y
coagulada, se desprendía ya un olor a muerto...
El rubio
yacía con la cabeza en una posición violenta. A no ser por aquella cabeza
pegada contra la nieve, hubiera podido pensarse que se había tumbado a descansar: tan descuidadamente estaban
recogidas sus piernas una sobre otra.
El
segundo, mellado y de bigote negro, estaba doblado sobre sí mismo, con la
cabeza entre los hombros, y mostraba los dientes en una sonrisa indomable y de
odio. El tercero, con la cabeza oculta entre la paja, parecía nadar sobre la
nieve: tanta fuerza y tanta tensión había en el impulso muerto de sus brazos.
Gavrila
se inclinó sobre el rubio y al mirar su cara ennegrecida se estremeció de
piedad: ante él tenía a un mozalbete de
unos diecinueve años, y no al comisario de abastos de mirada seria y punzante. Bajo el vello amarillento del
bigote su labio estaba cubierto por la escarcha y recogido en un pliegue de
dolor. A lo largo de la frente le negreaba una arruga profunda y severa.
Sin
motivo alguno que le guiase, tocó el pecho desnudo y la sorpresa le hizo
echarse atrás: a través del frío helado
la mano sintió un calor que se apagaba...
La vieja
lanzó un grito de asombro, hizo la señal de la cruz y retrocedió hacia el horno
cuando
Gavrila
jadeando trajo a espaldas el cuerpo rígido y negro de sangre.
Lo puso
en el banco, lo lavó con agua fría y hasta que no pudo más, hasta que quedó
bañado en sudor, le friccionó las piernas, los brazos y el pecho con una basta
media de lana. Aplicó el oído al pecho,
de una frialdad
repulsiva, y pudo percibir los
latidos débiles y sordos,
entre largas intermitencias, del
corazón.
* * *
Cuatro
días estuvo en el cuarto sin perder su palidez azafranada de cadáver. Una
herida con los bordes cubiertos de sangre seca le cruzaba la frente y la
mejilla. El pecho, fuertemente vendado, hacía subir y bajar la sobrecama al
aspirar el aire entre continuos estertores.
Cada día,
el abuelo Gavrila le metía en la boca su dedo agrietado y cubierto de callos.
Con la punta del cuchillo, cuidadosamente, le
separaba los dientes,
apretados con fuerza, y la
vieja, utilizando un canuto, le daba de beber leche caliente y caldo de
huesos de cordero.
El cuarto
día por la mañana las mejillas del rubio habían recobrado el color. Hacia las
doce se removió como una mata de espino blanco abrasado por la helada, un
estremecimiento sacudió su cuerpo y bajo la camisa se cubrió de un sudor frío y
pegajoso.
A partir
de entonces empezó a delirar, pronunciaba en voz baja frases
inconexas y trataba de tirarse de la cama. El abuelo Gavrila y la vieja se
turnaban día y noche a la cabecera.
Durante
las largas noches de invierno cuando el viento del Este soplaba desde el otro
lado del Don, revolviendo el cielo ennegrecido y extendiendo sobre la stanitsa
unas nubes frías y bajas, Gavrila no se
separaba del herido, con la cabeza caída
sobre el pecho y atento a los delirios
del mozo, que no cesaba de hablar con el acento extraño de las gentes del
Volga. Los ojos del abuelo contemplaban
largamente el bronceado
triángulo que el
sol había marcado
en el pecho,
los párpados azulinos de los ojos cerrados enmarcados por unas
herraduras violáceas. Y cuando de los
labios
descoloridos fluían largos gemidos, una corta voz de mando o soeces
imprecaciones y su cara quedaba desfigurada por la cólera y el dolor, las lágrimas se amontonaban en el pecho de Gavrila. En aquellos momentos
un sentimiento subrepticio de piedad se apoderaba de él.
Gavrila
veía que cada día, cada noche
pasada en vela, la vieja palidecía
y se consumía a la cabecera de
la cama; advertía las lágrimas en sus mejillas aradas por las arrugas y
comprendía — mejor dicho, su corazón sentía— que el amor de ella a Petró, al
hijo muerto, se trasvasaba como un incendio a este hijo de otros que permanecía
inmóvil después de haber sido besado por la muerte...
En cierta
ocasión se acercó a la casa el jefe de
un regimiento de paso por el lugar. El caballo lo dejó en el portón, al cuidado
del ordenanza, y subió de un salto los escalones del portal, haciendo sonar el
sable y las espuelas. Ya en el cuarto se descubrió y permaneció largo rato,
silencioso, ante la cama. Por la cara del
herido cruzaban unas sombras pálidas; de sus labios, abrasados por la fiebre, fluía una gotita de sangre. El jefe meneó la
cabeza, prematuramente encanecida, y dijo, mirando por encima de los ojos de
Gavrila:
—¡Cuida
de nuestro camarada, viejo!
—¡Lo
cuidaremos! —contestó Gavrila con firmeza.
Corrieron
los días y las semanas. Pasaron las Navidades. El decimosexto día el rubio
abrió por primera vez los ojos, y Gavrila oyó una voz como de una telaraña al
romperse:
—¿Eres
tú, viejo?
—Sí.
—Me
dejaron bueno, ¿eh?
—¡Dios no
quiera que eso se repita!
En la
mirada, diáfana e inasequible, percibió Gavrila una sonrisa irónica, pero
simple y sin el menor rencor.
—¿Y los
muchachos?
—A
ésos... los enterraron en la plaza.
El mozo
pasó los dedos por el cubrecama y desvió la mirada a las tablas sin pintar el
techo.
—¿Cómo te
llamas? —preguntó Gavrila.
Los
párpados azules, cruzados por finas venitas, se cerraron fatigosamente.
—Nikolai.
—Nosotros te vamos a llamar Petró... Teníamos un
hijo... Petró... —explicó Gavrila.
Quiso
preguntar algo más después de unos momentos
de reflexión, pero al escuchar la respiración regular,
por la nariz, se apartó
de puntillas, abriendo
los brazos para mantener
el equilibrio.
* * *
La vida
volvía a él lentamente como con desgana. Al cabo de un mes apenas si levantaba
la cabeza de la almohada, en la espalda le habían salido llagas.
Cada día,
Gavrila sentía con terror que su cariño hacia el nuevo Petró crecía y echaba
raíces, mientras que el recuerdo del suyo propio palidecía y se enturbiaba lo
mismo que el reflejo del sol poniente en el vidrio de las ventanas de la casa.
Se esforzaba en volver a la congoja y al dolor de antes, pero el
pasado se retiraba cada vez
más, y eso le producía a Gavrila
un sentimiento de vergüenza y de
embarazo. Se iba a la cuadra pasaba allí
horas enteras trabajando, pero al recordar que a la cabecera de Petró estaba la vieja sin separarse, experimentaba
un sentimiento de celos. Volvía a la casa, se quedaba en silencio ante la cama, arreglaba con dedos
torpes la funda de la almohada y, al percibir la mirada de enfado de la vieja,
se sentaba humildemente en un banco y se quedaba quieto.
La vieja
daba de beber a Petró grasa de marmota e
infusiones de hierbas medicinales cogidas en primavera, en la floración de
mayo. Fuera por esto, fuera porque la juventud prevalecía sobre la extenuación,
el caso es que las heridas cicatrizaron, la sangre volvió a las rellenas
mejillas y sólo el
hueso del
brazo derecho, roto de un sablazo cerca del hombro, se resistía a unirse debidamente:
parecía
que ese brazo no podría trabajar más en toda su vida.
No
obstante, en la segunda semana de cuaresma,
Petró se sentó en la cama sin ayuda ajena y, sorprendido de su propia
fuerza, dejó ver una sonrisa larga e incrédula.
Aquella
noche, sin cesar en sus toses sobre el horno, Gavrila preguntó en voz baja:
—¿Duermes,
vieja?
—¿Qué
quieres?
—Nuestro
mozo levanta cabeza... Mañana saca del arca los calzones de Petró... Prepárale
toda la ropa... No tiene nada que ponerse.
—¡No hace
falta que me lo digas! Hoy la he sacado.
—Sí que
eres lista... ¿Y la pelliza, también?
—¡No va a
ir el mozo a cuerpo!
Gavrila
dio una vuelta en el horno, estaba a
punto de conciliar el sueño, pero recordó algo y, con aire de triunfo, levantó
la cabeza:
—¿Y el
gorro? ¿A qué has olvidado el gorro, vieja gallina?
—¡Déjame
en paz! Has pasado junto a él cuarenta veces y no lo has visto. ¡Ya hace dos
días que está colgado del clavo!
Gavrila
tosió enfadado y quedó mudo.
La
primavera, pronta, empezaba ya a atormentar
el Don. El hielo se había ennegrecido, como comido por los gusanos y
parecía esponjoso. Las alturas se habían
quedado calvas. La nieve se había
retirado de la estepa
a las barrancas y quebradas. Las orillas bajas
habían desaparecido, inundadas
por la soleada crecida.
Desde la estepa el viento
traía generosamente los olores
del resucitado amargor del ajenjo.
Eran los
últimos días de marzo.
* * *
—¡Hoy me
voy a levantar, padre!
Aunque
todos los soldados rojos, al cruzar el umbral de la casa de Gavrila y mirar sus
blancos cabellos le llamaban padre, esta vez el viejo sintió en el tono de la
voz un matiz de cariño. Fuera una impresión suya o fuera que, en efecto, Petró
hubiese puesto en esta palabra una ternura filial, el caso es
que Gavrila enrojeció
intensamente, tuvo un golpe de
tos y, disimulando su
alegre turbación, balbució:
—Hace más de dos meses que estás en la cama... ¡Ya
es hora, Petia!
Petró
salió al portal, moviendo rígidamente las piernas como si caminase con
zancos: a punto estuvo de ahogarle la
abundancia de aire que el viento hacía entrar
en sus pulmones. Gavrila le sujetaba por detrás mientras que la vieja,
sin poder estarse quieta en la puerta,
se limpiaba con las puntas del pañuelo las lágrimas.
Al pasar
por delante del techo hirsuto del granero, el hijo adoptivo, Petró, preguntó:
—¿Llevaste
entonces el trigo?
—Sí...
—gruñó Gavrila de mala gana.
—¡Hiciste
bien, padre!
Y de
nuevo, la palabra «padre» caldeó el pecho de Gavrila.
Todos los
días, Petró daba un paseo por el patio, cojeando y apoyándose en un bastón. Y
por todos los sitios —por la era, en el cobertizo, por dondequiera que fuese—
la mirada inquieta de Gavrila buscaba al nuevo hijo. ¡Podía tropezar y caerse!
Entre
ellos no hablaban mucho, pero sus relaciones eran simples y plenas de afecto.
En una
ocasión, dos días después de que Petró
saliera por primera vez al
patio, Gavrila le preguntó antes de dormirse, mientras se
acomodaba sobre el horno:
—¿De
dónde eres, hijo?
—De los
Urales.
—¿Campesino?
—No,
obrero.
—¿Cómo se
entiende eso? ¿Tenías un oficio por el estilo de zapatero o alfarero?
—No,
padre. Trabajaba en la fábrica. En una fundición de hierro. Desde que era
pequeño.
—¿Y cómo
pasaste a lo de la requisa de grano?
—Estaba
en el ejército y desde allí me mandaron.
—Eras el
jefe, ¿verdad?
—Sí.
No era
fácil la pregunta, pero la hizo:
—¿Eres
del partido?
—Sí, soy
comunista —contestó Petró con una sonrisa limpia.
Y esta
sonrisa tan simple quitó todo cuanto para Gavrila había de terrible en la
extraña palabra. La vieja, aguardando la ocasión, preguntó vivamente:
—¿A quién
tienes de familia, Petiushka?
— ¡A
nadie!.... ¡Soy solo como la luna en el cielo!....
—¿Murieron
tus padres?
—Era pequeño, cuando tenía siete años... A mi
padre lo mataron en una riña de
borrachos, y desde entonces mi madre
anda por ahí...
—¡La muy
hija de perra! ¿Te abandonó, entonces?
—Se fue
con un contratista, yo me hice hombre en la fábrica. Gavrila se incorporó en el
horno, quedando con los pies colgando.
Después
de un largo silencio dijo, despacio y articulando claramente las palabras:
—Pues
bien, hijo; si no tienes familia, quédate con nosotros... Tuvimos un hijo, en
recuerdo suyo te llamamos a ti Petró. Lo teníamos, pero
eso se acabó, la vieja y yo nos hemos quedado solos... Tú nos has hecho
padecer mucho, acaso por eso te hemos
tomado cariño. Aunque no eres de nuestra sangre, te queremos como si fueras
hijo nuestro... ¡Quédate! La tierra nos dará de comer; aquí, en el Don, es
fecunda, generosa. Te equiparemos, te casaremos. Yo ya he hecho bastante,
llevarás tú la hacienda. Me conformo con que respetes nuestra vejez y no nos
niegues un pedazo de pan hasta la hora de nuestra muerte... No dejes a estos
viejos, Petró...
Detrás
del horno el grillo mantenía su canción, crepitante y triste. Las maderas de
las ventanas gemían movidas por el viento.
—La
vieja y yo ya hemos empezado a buscarte
novia... —Gavrila, con una alegría
fingida, guiñó un ojo, pero sus labios temblorosos se arrugaron en una triste sonrisa.
Petró,
sin levantar los ojos del suelo, tamboreaba secamente en el banco con la mano
izquierda. Eso producía un sonido turbador y cortado: ¡tuc-tic-tac!
¡tuc-tic-tac! ¡tuctic-tac!....
Parecía
meditar la respuesta. Y ya decidido, cortó el tamboreo sacudiendo la cabeza:
—Yo,
padre, me quedaré muy contento, pero tú mismo ves que como trabajador no seré
gran cosa... ¡Este brazo no acaba de arreglarse el maldito! Pero trabajaré
tanto como pueda. Me quedaré el verano y después veremos.
—¡Entonces
puede que te decidas a quedarte para siempre! —concluyó Gavrila.
La rueca,
movida por el pie de la vieja, zumbó alegremente, devanando en la rueda el fibroso hilo de lana.
¿Entonaba
una canción de cuna ese zumbido pausado y adormecedor? ¿Prometía una vida libre
y desahogada? Nadie hubiera podido decirlo.
* * *
A la
primavera siguieron días abrasados por el sol, envueltos en el polvo gris de la
estepa. El buen tiempo se había asegurado. El Don, turbulento como en plena
juventud, se hinchaba en ondas
de blanca
cresta. El agua de la crecida había inundado los patios de las afueras de la
stanitsa. Las tierras bajas, de un verde blanquecino, saturaban el viento con
el color a miel de los álamos en flor; al amanecer se teñía
de rosa la charca de la pradera, cubierta de flores caídas de los
manzanos silvestres. Durante las noches los relámpagos se hacían guiños, como si fuesen doncellas, y esas
noches eran cortas como el chispazo de fuego de los relámpagos. Los bueyes no
tenían tiempo de descansar después de la larga jornada de trabajo. Los
animales, en plena muda y con el costillar perfectamente señalado, pastaban en
el prado.
Gavrila y Petró estuvieron una
semana en la
estepa. Araban, pasaban la grada, sembraban, dormían bajo el carro y se
tapaban con un mismo capotón, pero ni una sola vez habló Gavrila de las hondas
raíces que el nuevo hijo había echado en él. El rubio, alegre y trabajador,
suplantaba la imagen del difunto Petró. A éste lo recordaba cada vez menos. A
la hora del trabajo no había lugar para entregarse a los recuerdos.
Los días
transcurrían con paso furtivo, sin darse cuenta. Llegó la siega de hierba.
Un día,
desde primera hora de la mañana, Petró había estado entretenido con la
segadora. Con gran asombro de Gavrila, arregló en la herrería las cuchillas y
cambió las aspas, que se habían roto, construyendo otras nuevas. Al anochecer
fue al comité ejecutivo, de donde le habían llamado para una reunión. En este
tiempo, la vieja, que había ido por agua, trajo de correos una carta. El sobre
estaba sucio, era vieja
y en él venían las
señas de Gavrila con la
indicación: para entregar al camarada Nikolai Kosij.
Presa de
una vaga inquietud, Gavrila dio largamente vueltas al sobre: las señas estaban
escritas en caracteres grandes y poco claros, con lápiz tinta.
Lo
levantó y miró al trasluz, pero el sobre guardaba celosamente su secreto, y
Gavrila sintió, sin poderse dominar, una cólera creciente contra aquella carta
que venía a turbar la paz a que tanto se había acostumbrado.
Por un
instante se le
ocurrió una idea: romperla, pero lo pensó
mejor y decidió entregarla. Esperó a Petró en el umbral con
la noticia.
—Ha
venido carta para ti, hijo.
—¿Para
mí? —se extrañó éste.
—Sí, para
ti. ¡Ve a leerla!
Gavrila
encendió la luz y con mirada aguda, escrutadora, siguió la alegría reflejada en
el rostro de Petró al leer la carta. Sin poderse contener, preguntó:
—¿De
dónde es?
—De los
Urales.
—¿Quién
te escribe? —curioseó la vieja.
—Los
compañeros de la fábrica. Gavrila se puso en guardia.
—¿Qué te
dicen?
Los ojos
de Petró se oscurecieron, se apagaron. Contestó sin ganas:
—Me
llaman a la fábrica... Quieren ponerla en marcha. Desde el diecisiete estaba
parada...
—¿Cómo es
eso?... ¿Quiere decirse que te vas? —preguntó
con voz sorda Gavrila.
—No lo
sé...
—¿Qué
puedes ayudar tú? Es muy poco lo que puedes hacer con ese brazo.
—¡No
digas esas cosas, padre! ¡Allí cada mano es preciosa!
—No
quiero retenerte. Puedes irte... —explicó Gavrila, sobreponiéndose—. Pero a la
vieja debes engañarla... dile que
volverás... Que estarás allí
algún tiempo y volverás...
De lo contrario se moriría de
pena... Tú eres lo único que teníamos...
Y
agarrándose a la última esperanza, añadió a media voz, respirando con
dificultad:
—¿Y si de
veras volvieses? ¿Eh? ¿No te compadeces de nuestra vejez?...
* * *
Petró
parecía cargado de espaldas, se había quedado amarillo. De noche, Gavrila le
oía suspirar y dar vueltas en la cama. Después de mucho meditar,
comprendió que Petró no viviría
mucho tiempo en la stanitsa, que su arado no removería más la tierra negra de la estepa. La fábrica,
que había dado de comer a Petró, tarde o temprano se lo quitaría, y de nuevo vendrían los días
negros, triste y selváticos. Gavrila habría desmantelado ladrillo a ladrillo la
odiada fábrica, la habría borrado de la faz de la tierra hasta que en aquel
lugar creciesen la ortiga y el lampazo...
Al tercer
día de la siega de hierba, en una ocasión en que habían acudido a beber un
trago al sitio donde acampaban, Petró empezó a hablar:
—¡No
puedo quedarme, padre! Me voy a la fábrica... Tira de mí, no da paz a mi
alma...
—¿Vives
mal acaso?...
—No es
eso... La fábrica es mía: cuando llegó Kolchak la defendimos durante diez
días. En cuanto la ocuparon, los de Kolchak ahorcaron a nueve de los nuestros.
Y ahora los obreros que han vuelto del ejército se disponen a ponerla en pie...
Pasan hambre ellos y sus familias, pero trabajan...
¿Cómo me
voy a quedar aquí? ¿Y la conciencia?...
* * *
El carro
rechinaba, los bueyes avanzaban con paso desigual,
la esponjosa creta
se deshacía rumorosa bajo las ruedas. El camino, que serpenteaba a lo
largo del Don, torcía a la izquierda junto a una capillita. Desde la curva se
veían las iglesias de la cabeza del distrito y el caprichoso bordado verde de
los huertos.
Gavrila,
que no cesaba de hablar en todo el camino, trató de sonreír.
—En este
mismo lugar hace tres años se ahogaron en el Don unas mozas. Por eso está la
cruz — y señaló con el mango del látigo la triste cúpula de la capillita—. Aquí
nos despediremos. Más adelante no hay
camino, ha habido un desprendimiento. Desde aquí
habrá una versta hasta la stanitsa, llegarás poco a poco.
Petró se aseguró
la bolsa de las provisiones y bajó del carro. Conteniendo a duras penas los sollozos, Gavrila tiró al suelo el
látigo y alargó las manos temblorosas.
—¡Adiós,
hijo!.... La claridad del sol se oscurecerá
para nosotros sin ti... —Y
contrayendo la cara, crispada por el dolor y bañada por las lágrimas,
bruscamente, levantó la voz hasta convertirla en grito—. ¿No has olvidado los
bollos, hijo? La vieja los ha hecho para ti... ¿Los has olvidado?...
¡Bueno,
adiós!.... ¡Adiós, hijo!....
Petró,
cojeando, se alejó casi corriendo por el estrecho borde del camino.
—¡A ver
si vuelves!.... —gritó Gavrila, agarrándose al carro. «¡No volverá...! »,
sollozaba en el pecho una voz que no podía sofocar el llanto.
Por
última vez se vio al otro lado de la vuelta la querida cabeza rubia, por última
vez agitó Petró la gorra. Y en el mismo lugar donde su pie había pisado, el
viento levantó un estúpido remolino e hizo girar un polvo blanquecino que
parecía humo.
1926
UN
LENGUAJE COMÚN
EN LA
stanitsa DE LUZHINI, los grajos que pisoteaban la sucia costra de nieve,
llegados recientemente, habían cambiado de plumaje y se hallaban vestidos de un
negro acerado.
El humo
que salía de las chimeneas era esponjoso y sutil. El cielo era gris como le
correspondía serlo. La suave neblina hacía difusas las siluetas de las casas.
Los únicos perfiles bien definidos eran los de las altas márgenes onduladas del
otro lado del Don, donde el bosque parecía pintado con tinta china.
En la
casa del pueblo se estaba celebrando un congreso de los Soviets del distrito.
El secretario del partido presentaba con palabra segura un informe sobre la
situación internacional. Los bancos se hallaban ocupados por los delegados:
mirando desde atrás aquello era un conjunto de gorras de franja roja y de
gorros de cosaco, de filas de pellizas de carnero. Gente de un mismo pelaje.
Alguna tos. Las barbas eran escasas, predominaban las mejillas afeitadas, con
bigotes de distintos colores y sin ellos.
El
secretario lee una nota de Chamberlain. En las filas de atrás resuena una voz
exaltada:
—¡Que no
grazne!
El
presidente hace sonar el vaso contra la garrafa de agua:
—¡Orden!....
Después
del informe, durante el descanso de media hora, cuando el humo del tabaco
formaban en el vestíbulo una densa nube sobre los gorros, entre el rumor de las
voces creí distinguir una voz conocida: la de Maidánnikov. Me abrí paso a
codazos. Era él, Maidánnikov, recién elegido presidente del Soviet del Jútor
Peschani. A su alrededor había un grupo de cosacos. El más joven de ellos,
tocado con un gorro raído de la caballería de Budionny, decía:
—...y
pelearemos.
—¡Nos
romperán el espinazo!
—¿Y
antes?
—Ellos,
hermano, tienen mucho armamento.
—El
armamento, cuando no se cuenta con la gente, es lo mismo que un caballo sin
cosaco.
—¿Es que
ellos tienen poca gente?
Maidánnikov
habló de nuevo. Su voz era espesa y suave a la vez, como un buen sebo de carro.
—Deja eso. No son las cosas como tú dices, compañero... Si la
guerra estalla, eso no debe
darnos miedo... ¡Espera! ¡Déjame hablar! Cuando yo termine de moler echarás tú
el grano, pero ahora escucha. Durante la guerra contra Alemania fuimos
movilizados el año quince. Yo era de la segunda reserva. Desde la stanitsa
Kámenskaia nuestra sotnia fue enviada al frente. Nos incorporaron a la Octava
División de infantería, y con ella íbamos de un lado a otro. Estuvimos en
varios combates. En Stir nos separamos de los caballos. Nos entregaron
bayonetas para los fusiles y nos convertimos en yeguas. Seguimos la guerra. En
las trincheras y fuera de ellas. Pero más que nada en las trincheras. Un año
entero estuvimos en aquel maldito barro. Cuatro meses sin relevo.
¡Cómo nos
pusimos de piojos! La tristeza y la suciedad no nos dejaban vivir. Los piojos
eran de distinto género: unos venían de la tristeza, y eran de lomo pelado, los
otros venían de la suciedad, y eran negros como escarabajos. Aunque diferentes,
a unos y a otros los alimentábamos por igual. Nos solíamos
quitar la camisa y la extendíamos en el suelo. Pasábamos por encima la
cantimplora o una vaina de
cañón y quedaba toda
ella manchada de sangre. Los matábamos con palos, a correazos... Como si fuesen animales... ¡No
podéis haceros idea de cuántos eran! Se paseaban por la camisa en manadas.
Nosotros seguíamos haciendo la
guerra. Nadie sabía por qué y
para qué. Pagábamos culpas ajenas.
Pasó un
año y la tristeza se apoderó de mí. ¡Lo
único que deseaba era la muerte! Aquí, uno
echaba de
menos el
caballo, no sabía cómo lo
cuidarían; allí, uno no sabía cómo lo pasaría la familia. Y lo
principal, uno no sabía por qué iba a la muerte la gente ¡y yo con ella!
El año
dieciséis nos retiramos a cuarenta verstas de la primera línea. A la sotnia
llegaron refuerzos, casi todos
eran viejos. Las
barbas les llegaban más
abajo del ombligo. Habíamos descansado un poco,
habíamos cuidado debidamente los caballos cuando ¡zas! del Estado Mayor de la
División llegó la orden de acercar nuestra sotnia a la línea de fuego. Los
soldados se habían amotinado, al parecer. No querían meterse en el barro de las
trincheras, no querían tener tratos con la muerte...
El esaúl1
Dimbash nos lo explicó: las cosas son así y así. Yo, por mi cuenta, le escribí
una nota y se la hice
llegar, procurando pasar inadvertido. «Señoría,
usted nos ha dicho de la guerra
que pueblos de diferentes idiomas pelean entre sí. ¿Cómo podemos ir contra los
nuestros?» Él la leyó, cambió de color, pero
no dijo nada. Entonces
comprendimos la razón
de que hubieran traído cosacos viejos
a la sotnia.
Para colmo, además de
viejos eran del
rito antiguo, capaces de permanecer fieles al zar hasta el fin. Una
cosa eran los viejos, acostumbrados
desde hacía muchos años a obedecer, y otra los estúpidos, a los que el
servicio había quitado sus pocas entendederas. En aquellos años en el
regimiento le quitaban
a uno las ganas de pensar en
menos tiempo que el segador tarda en afilar la hoz.
Nos
mandaron contra los soldados. Con nosotros llevábamos cuatro ametralladoras y
un coche blindado. Nos acercamos al
sitio donde el regimiento
se había amotinado. Allí
estaban ya dos sotnias del Kubán
y otros de la división salvaje, picados de viruelas, parecidos a los calmucos,
que tenían cercado al regimiento. ¡Era algo
terrible, hermanos! Al otro lado
de un bosquecillo, dos baterías
habían sido emplazadas. Los amotinados se habían reunido en un claro y no cesaban de
protestar. Los oficiales se acercaron, tratando de disuadirlos, pero ellos
siguieron en sus protestas.
Nuestro
esaúl dio la voz de mando, nosotros desenvainamos los sables y nos pusimos al
trote, acabando de rodear a los
soldados... También los del Kubán se acercaron... Y los soldados empezaron a tirar los fusiles. Los dejaron amontonados,
pero sin abandonar las protestas.
La sangre
me hirvió en el corazón y la sal me abrasaba los labios. ¿Cómo podía
mandar a la sepultura a ninguno de
aquellos si mi vida era también como la suya, si yo vivía en la tierra como un
citilo?... Nos acercamos al galope. Yo vi que un cosaco de nuestra sección,
Filimónov, golpeaba furiosamente a un soldado en la cara con el sable de plano.
Vi cómo esa cara se hinchaba y se cubría
de sangre. El soldado era un mozo muy joven y se le veía acobardado. Sentí un
escalofrío y, sin poderme dominar, me aproximé: «¡Déjalo, Filimónov! ». Él,
aunque viejo creyente, me mencionó la madre. Yo levanté el sable con ánimo de
asustarle: «¡Déjalo —le repetí—, o como hay Dios que te rajo! ». Entonces hizo
ademán de descolgar el fusil del hombro. Yo le metí la punta del
sable en
la garganta... Cayó como un muñeco, resultó que yo había sacado de la tumba a
un hombre
vivo...
Entonces se produjo una confusión que ni
el mismo diablo la entendería. Los del Kubán empezaron a
disparar contra nosotros, y nosotros contra ellos.
Los de la división
salvaje, los picados de viruelas,
vinieron al ataque contra nosotros, mientras que los soldados recuperaban sus
fusiles, volvían a las protestas y disparaban contra toda la caballería. La que
se armó allí...
A
nosotros nos retiraron a la retaguardia, pero inmediatamente nos mandaron a los
Cárpatos. No habíamos tenido tiempo de despiojamos cuando ya estábamos allí.
Nos acercamos de noche, por las zanjas de comunicación. La orden era de no
hacer el menor ruido. Resultó que las trincheras de los austríacos estaban a cuarenta brazas de las nuestras. Pasó un día. No podíamos sacar la cabeza fuera. Llovía. Estábamos
empapados. En las trincheras, el barro nos llegaba hasta la rodilla. ¡Yo no
podía dormir ni estaba tranquilo! ¿Por qué —pensaba— vivimos en estas trincheras abrazados a la muerte?
Se me metió en la cabeza la idea de que debía hablar con los
austríacos. Sus soldados entendían nuestra
lengua. A veces
preguntaban: «Señores, ¿por
qué lucháis vosotros?»
«¿Y
1 Capitán
de las tropas cosacas.
vosotros?», contestábamos
nosotros. A causa
de la distancia
que nos separaba,
no podíamos explicarnos. Pensé:
debíamos reunirnos y hablar
por las buenas. Pero ¡era
imposible! Habían aislado a la
gente con alambradas, como si fuésemos bestias, siendo así que los austríacos
eran tan personas como nosotros. A todos nos habían apartado de la tierra lo
mismo que al niño lo apartan de la cuna. Debía existir entre nosotros un
lenguaje común.
Así las
cosas, una mañana nos
despertaron los gritos
del centinela: «¡Mirad,
hermanos, en nuestra alambrada
hay enredado un animal! ». Los austríacos lo oyeron también y armaron una
algarabía como grajos en un trigal. Yo asomé la cabeza y frente a mí había un
alce, algo así como un ciervo con unos cuernos muy anchos. Las astas se le
habían enredado en las alambradas. A nuestra izquierda había
fuertes combates y el tiroteo lo había hecho huir entre las trincheras.
Los
austríacos gritaron: «¡Señores, poned en libertad al animal! ¡Nosotros no
dispararemos! » Yo me despojé del capote y subí al parapeto. Miré a las
trincheras de enfrente y vi que asomaban muchas
cabezas. Me acerqué un poco
al animal, pero
éste se levantó sobre las patas traseras. Parecía que iba a
arrancar los piquetes de la alambrada.
Otros tres cosacos vinieron en mi ayuda. No podíamos hacer nada, el animal no
nos dejaba acercarnos. Entonces me di cuenta de que varios austríacos corrían
hacia nosotros, sin fusiles, y uno de ellos traía unas cizallas.
Empezamos a hablar. Nuestro sotnik, tumbado en el
parapeto, apuntó con un fusil al austríaco que tenía más próximo, pero yo me
puse entre los dos para protegerlo. Los oficiales no pudieron separarnos y
nosotros invitamos a los austríacos a
visitar nuestras trincheras. Yo me puse a hablar con uno de ellos, pero no
entendía ni una sola palabra en su lengua, ni en la nuestra podía decir nada,
porque las lágrimas no me dejaban hablar. Era un austríaco ya de cierta edad,
pelirrojo. Le hice sentar en una caja de munición y le dije: «¡Nosotros no
somos enemigos, somos hermanos! Todavía no han desaparecido los callos de
nuestras manos». Él no comprendía nada de esto, pero el sentido sí que entendía
cuando yo le tocaba los callos. Meneó la cabeza como asintiendo. Alrededor se
formó un grupo de cosacos y de gente suya. Yo les dije: «Nosotros no
necesitamos nada vuestro, vosotros no toquéis lo que es nuestro. ¡Pongamos
fin a la guerra! » Asintió de nuevo, aunque no entendía las palabras, y
con las manos nos invitó a ir a sus trincheras, dando a entender que uno de los
suyos sabía el ruso. Así lo hicimos. ¡La sotnia entera fue! Los oficiales,
asustados, se evaporaron. Llegamos a las trincheras de los austríacos. Allí
había un checo que se entendía bien con nosotros. Yo les hablaba y él
traducía. Repetí que no éramos enemigos,
sino hermanos. De nuevo señalé los callos de su mano y le di unas palmadas en
la espalda. El austríaco, por mediación del checo, contestó que era obrero, mecánico,
y que estaba conforme con nosotros. Yo le dije:
«Terminemos
la guerra, hermanos. Esto no conduce a nada. Las bayonetas hay que clavarlas en
quienes nos lanzan
a unos contra otros».
Al escuchar estas palabras sus
ojos se cubrieron
de lágrimas. Contestó que en casa había dejado a la mujer y a un hijo, y
que estaba conforme en poner fin a la guerra. Se armó un alboroto terrible. Un
oficial de ellos caminaba como un pavo y, el muy carroña, enseñaba los dientes.
Fraternizamos y bebimos con ellos. Encontramos un lenguaje común. Cualquier
cosa que yo dijera, ellos la entendían al vuelo, sin necesidad de intérprete,
alborotaban, lloraban y nos besaban.
Cuando yo
volví a nuestras trincheras saqué el cerrojo del fusil, lo tiré al barro e hice
juramento de que no volvería a disparar contra mi hermano austríaco: contra el
mecánico, contra el obrero, contra el labrador... Aquella misma noche nuestra
sotnia abandonó las trincheras, nos desarmaron cerca de una aldea que se llamaba Shávelki. Algún tiempo
después vino la revolución, en San Petersburgo tiraron abajo al zar...
—Espera
—interrumpió al del relato el cosaco joven del gorro de la caballería de
Budionny—.
¿Y el
animal?
—¿El
animal? Al animal lo soltamos. Salió corriendo y ya no le volvimos a ver.
Escapó con un trozo de alambrada colgando de las astas. Pero lo principal no
era eso. Lo principal fue que la gente encontró un lenguaje común. Y tú vienes
hablando de la guerra... Ya se sabe lo que será la guerra:
en cuanto
nos juntemos con los soldados de ellos, nos daremos un apretón de manos, callo
contra callo, y hablaremos...
—¡Pasad,
camaradas delegados! —gritó alguien en el escenario haciendo sonar la
campanilla. Empujando las puertas,
sin cesar en
sus ruidosas conversaciones, los
apretados grupos de
delegados,
confundidos en una masa, entraron en la sala.
1927
EL
BLANDENGUE
—¡CAMBIO
DE TREN EN GRIAZI!
El
taquillero sacó por la ventanilla el billete y la vuelta, y cerró ruidosamente.
Ignat Ushakov guardó cuidadosamente el billete en el bolsillo del abrigo y sin pararse
a encender el cigarrillo, salió al andén. Junto a los vagones la gente iba y
venía ajetreada; en la vía, entre pitidos cortos y roncos, maniobraba una
locomotora. Ante el penúltimo vagón se formó un atasco. En la oscuridad,
cortada en dos por la luz amarilla del farol, blanqueaba el mandil de un
maletero. Se oyó una voz histérica de mujer:
—¡Comprenda que debo subir! Esta cesta no pesa más de un
pud y medio.
—¡No
puedo, ciudadana! ¿Es que no me entiende? ¡Le he repetido diez veces que no
puedo! Además de la cesta lleva tres bultos. Es imposible meter en el vagón
tanto equipaje.
—Pero ¡no
tengo tiempo de facturarlo!
Ushakov,
abriéndose paso hacia el último vagón, vio que el mozo subía a la
plataforma del vagón, apagaba el farol y, sin contestar, cerraba la
portezuela.
El aire
del vagón estaba azul del humo del
tabaco. Las paredes recién pintadas recordaban el barniz. De los bancos se
escapaba un olor a cigarrillos baratos y la pestilencia de unos pies sudados
que hacía mucho tiempo no conocían el agua. Arriba imperaban los ronquidos y el
sueño; abajo, fumaban y charlaban a media voz. Después de acomodarse en el
tercer piso, Ushakov encendió otro pitillo y, alargando la cabeza, contempló
las luces de la estación, que se quedaban atrás. Por delante de la ventanilla
pasaron las negras siluetas de los árboles. De vez en cuando, como una mariposa
anaranjada, cruzaba una chispa arrojada por la chimenea de la locomotora junto
con el humo.
El
traqueteo adormecedor de las
ruedas invitaba al
sueño. Abajo, alguien
hablaba con voz monótona de la
cosecha del año anterior y de los precios de la lana. Después de apagar el
cigarrillo, Ushakov se cubrió la cabeza
con el abrigo y se durmió. Las voces le despertaron una hora después. Alguien
—una voz que parecía muy conocida— decía muy bajito en tono cantarín:
¡Cuántos
gobios ha pescado nuestro abuelo Ermil!
Los hay
de una cuarta
y los hay
de dos. Los hay así y los hay asá.
Al compás
del verso resonaban las palmas. Una niña rió entusiasmada. En cuanto calló la
voz del que cantaba, otra voz, infantil, gritó:
—Más,
papá.
Y de
nuevo, molesta y suave, fluyó hasta los oídos la cancioncilla:
¡Cuántos
gobios ha pescado nuestro abuelo Ermil!...
Ushakov,
sin abrir los ojos, escuchaba, tratando de adivinar a quién de sus conocidos
pertenecía aquella voz conocida y semiolvidada. La memoria se negaba a venir en su ayuda. Venciendo la pereza del sueño, abrió los
ojos. Abajo, con las piernas muy abiertas un marinero de complexión robusta
lanzaba suavemente a lo alto a una
niñita de dos o tres años, de pelo rizado y sonrosadas
mejillas.
Con una sonrisa bonachona repetía la cancioncilla de los gobios, señalando con
las manos el tamaño de los peces.
Por debajo
de la blanca
gorra de la
flota se veían
unos cabellos lisos
y negros, su cara permanecía oculta tras la silueta de la
niña. Durante unos instantes, Ushakov siguió con la mirada las manos fuertes y
vellosas del marinero, que tiraban a lo alto a la niña. Luego tosió y se sentó
con las piernas colgando.
—¡Ea,
basta ya, Tamárochka! ¡Es hora de dormir! ¿Ves? Hemos despertado a ese señor. A
ver si te da un cachete.
Ushakov
bajó tratando de no molestar, miró de reojo al marinero y sus cejas se
arquearon con asombro:
—¡Vladimir!
¿Eres tú?
—¡Dios
mío!.... ¡Qué sorpresa!....
Se
abrazaron y se besaron. El marinero se hizo un paso atrás y sonriendo, sin
soltar las manos de
Ushakov,
le miró largo rato, meneando la cabeza.
—Eres el
mismo. No has cambiado nada. Te has hecho un hombre, estás más fuerte.
¡Imagínate! No nos veíamos desde el diecisiete... ¡Entonces eras un mozalbete!
,..
Desde el
banco de enfrente una mujer joven los miraba con interés. El marinero mostraba
una vivacidad extraordinaria, se movía mucho y parecía un tanto turbado. Por
entre su ruidosa alegría se filtraba algo que no tenía nada de natural,
fingido. Ushakov se mostraba frío, como inquieto.
—Te reconozco... La misma barbilla,
los mismos ojos.
No has cambiado nada
en absoluto. Guardas un parecido
asombroso con tu padre. Ya decía yo entonces que te parecías a él. Dios mío,
cuánto tiempo sin vernos... Ocho años...
—Sí, hace
mucho...
—Pero ¡no
os he presentado! Mi primo Ignat Ushakov. Y ésta —el marinero,
con un gesto teatral y burlón indicó a la mujer joven de enfrente— es mi
familia. Debes quererlas.
Tomando a
la niña en
brazos, rió
estrepitosamente. La mujer
dio la mano a
Ushakov y, sonriendo confusa,
dijo en tono de reproche al marinero:
—¿Por qué
le engaña así?...
Ushakov,
sin prestar atención a las palabras de ella, apretó la mano pequeña y fría y de
nuevo se volvió hacia su primo.
—¿De
dónde vienes? ¿Adónde vas?
—Para expresarme con el lenguaje
del mar, he levado
anclas y voy rumbo a Moscú. Pero después hablaremos de mí. ¿Qué es de ti?
¿Qué haces? ¿Cómo vives? ¿Están bien los tíos? ¿Sigue él ocupándose de sus
abejas?
—Está
bien, gracias. Mi padre sigue cuidando las abejas. Yo pertenezco al comité de
las Juventudes Comunistas de nuestro distrito. Ahora he tomado vacaciones y voy
a pasar una semana en Moscú.
—Poco a
poco vas hacia arriba.
¡Magnífico, Ignasha! ¿Hace
mucho que perteneces a las
Juventudes?
—Desde el
diecisiete.
—También
serás miembro del partido...
—Soy
candidato a miembro.
—Ya-a-a...
Ushakov
sacó los cigarrillos y mirando a la niña, a la que la madre trataba de dormir,
propuso:
—Vamos a
fumar a la plataforma.
—Vamos,
primo, vamos. ¡Qué alegría me ha dado el verte! —No creo a mis ojos, palabra de
honor...
El
marinero rió ruidosamente y dio una amistosa palmada en la espalda de Ushakov.
Éste arrugó el ceño y se dirigió a la salida. En la plataforma encendieron los
cigarrillos. Después de dar una chupada. Ushakov preguntó, sin mirar a su
primo:
—¿Es
verdad que estuviste en el contraespionaje de los blancos? El marinero rió
afectadamente y abrazó a Ushakov por el hombro.
—¿Qué es
esto? ¿Un interrogatorio?
—Responde a mi pregunta.
—Como
quieras... Sí.
—¿Vives
con tu apellido?
—¡No!
Siguió un
silencio.
—¿Dónde
sirves ahora? ¿En la marina?
—Verás... Estaba en la
marina mercante, trabajaba en el puerto. Marinero en
tierra por así decirlo. Por
ciertas razones tuve que marchar del Sur. Pero, ¿por qué me lo preguntas?
—Porque
la GUP1 te está buscando.
—¿De
veras?
—Como lo
oyes.
—¿Siguen
alguna pista falsa? Porque hace ocho años que no he estado en casa.
—Preguntaron
sencillamente, si durante ese tiempo
habías estado. Me lo preguntaron a mí.
Yo no sabía que hubieses servido en el contraespionaje. Durante un tiempo
corrieron rumores de que te habían matado en Velikokniázheskaia. Eso fue a
principios del dieciocho, cuando tú te fuiste con el Ejército Voluntario2.
Todos te tenían por muerto hasta que la GUP descubrió que eras un héroe del
contraespionaje que te dedicabas, por así decirlo, a arrancar las raíces de la
subversión.
Ushakov
sonrió mordazmente y clavó
los ojos en
la cara de
su primo. Éste, lanzando
una bocanada de humo, volvió la vista a la ventanilla.
Sus ojos,
negros y rasgados, eran severos. Sus labios, apretados, esbozaron una sonrisa apenas
visible.
—Di ¿de
qué modo fuiste a parar
al contraespionaje? ¿Qué te movió a hacerlo? Oí que en Makéievka mandaste ahorcar
a veinte personas sospechosas de
mantener relación con los bolcheviques.
¿Es verdad?
El
marinero tamboreó en el cristal con los
dedos y cautamente, como buscando a tientas las palabras necesarias
empezó a hablar:
—Si
quieres, escucha... A fines del año diecisiete yo no tenía ninguna convicción
política. Era como miles de semiintelectuales: no me agradaban los bolcheviques
y tampoco me agradaban los blancos. Del frente, cuando llegó el fin de la
guerra contra Alemania, en un tren de soldados de nuestra división, fui a parar a Rostov
del Don, y de allí, con un camarada, me dirigí a Novocherkassk, donde
ingresé en el Ejército.
Voluntario. No sé
cómo ocurrió eso, fue contra
mi voluntad. Me
sentía movido por el patriotismo,
y bajo la influencia de ese sentimiento me fui con Kornílov... En
Velikokniázheskaia
caí
herido, quedé en un hospital de la retaguardia. Cuando me repuse me ofrecieron
un puesto en el contraespionaje. Pero no es cierto, es mentira que yo luchase
activamente contra los bolcheviques. Era un simple peón... Me movían fuerzas
superiores... Y no es cierto que en Makéievka mandase ahorcar a esos campesinos. Lo hicieron unos cosacos,
yo no intervine para nada... Bueno, lo demás es una historia muy repetida: a la
postre me convencí de que no tenían razón los defensores de la Rusia una e
indivisible. Vi toda aquella
suciedad y decidí romper con el
pasado. Cuando los blancos
evacuaron a Crimea, yo me quedé. No pude revelar mi identidad, pues entonces me
habrían fusilado... Por eso oculté mis
antecedentes; en aquellos tiempos
revueltos no era difícil hacerlo. Después me coloqué en el puerto, donde
encontré una muchacha excelente y me
casé con ella. Como has podido ver, tengo una hija, soy feliz, vivo una
vida de trabajo y, aunque no pertenezco al partido, simpatizo por completo con
vuestras ideas...
El
marinero miró a Ushakov con los ojos humedecidos por las lágrimas y prosiguió:
1 Sigla
de Dirección Política del Estado. Policía política. Anteriormente, la Cheka.
2
Integrado principalmente por antiguos oficiales zaristas, al mando del general
Kornilov.
—El
pasado me abruma... Espero que me creerás. He roto para siempre con mi pasado y
con un trabajo honesto trato de redimir mis culpas... Espero que me prestarás
un servicio fraternal y no volverás a recordármelo.
—Te
equivocas —dijo Ushakov, meneando nerviosamente la cabeza—. Debo denunciarte.
—En una
palabra, ¿quieres traicionarme?
—Deja las
frases sonoras. Yo debo hacer lo que en mi lugar haría cualquier persona
honrada.
—Tengo
mujer y una hija...
—Eso no
tiene nada que ver con tus actividades en el pasado.
—¡Ignashka!
¿Recuerdas los años que vivimos
juntos? Yo era mayor que tú y tu madre me encargaba siempre que
cuidase de ti... ¿Recuerdas cuando
íbamos a la estepa a buscar nidos de mirlo? Tú eras muy cariñoso,
blandengue, y llorabas cuando yo cogía las crías. Ahora las cosas han cambiado.
Veo que eres capaz de destrozar un nido humano y de dejar huérfana a mi hija.
¿Qué le vamos a hacer? Conforme... En la estación siguiente me podrás denunciar
a la GUP. —Después de una pausa de varios segundos siguió de nuevo—: Pero tú comprendes... ¡Dios mío!.... Tengo
una criatura... Morirá de hambre si a mí...
El
marinero se tapó la cara con las manos y se estremeció.
Ushakov,
sintiendo un acceso de inoportuna compasión y de lágrimas, atravesó rápidamente
el pasillo del vagón y se sentó junto a
la ventanilla. «¿Debo proceder así? ¿Y si es verdad que ha cambiado?...»
Miró de
reojo a la niña, que no cesaba de moverse en sueños.
«Será
para mí un reproche vivo. ¡Demonios, qué odioso es todo esto!.... ¿Y si
callase?»
Un minuto
después el primo entraba en el departamento. Sin mirar a Ushakov, se puso a recoger sus cosas,
luego se inclinó sobre la niña,
dormida, y acarició suavemente
su cabeza. Ushakov volvió la
vista. El marinero, de espaldas a él, metió en los bolsillos de su guerrera
unos papeles.
—Sal un
momento.
Ushakov,
con grandes pasos, casi a la carrera, atravesó el pasillo en dirección a la
plataforma. El primo le siguió. Se detuvieron
ante la ventana donde diez minutos
antes había transcurrido su conversación.
—Escucha,
Vladímir... He decidido callar...
—Gracias.
—Creo que
aquí podemos poner punto.
—¡Gracias,
Ignasha! Sabía que no te convertirías en un Judas. Gracias. Tú sabes que, sin
mí, mi familia moriría de hambre. No tengo más parientes que vuestra familia,
mi mujer también es sola.
¿Quién le
iba a dar un trozo de pan?...
—Basta.
Entra, ahora vamos a llegar a una estación.
—Ve tú, yo me
quedaré en el retrete para lavarme... Me da
vergüenza confesarlo, pero
he llorado como un chiquillo después de nuestra conversación. Tengo la
cara hinchada. No le digas a mi mujer ni una palabra.
— ¡Qué
cosas tienes!
Ushakov,
sin prisa, volvió a su departamento y,
con la frente pegada al vidrio de la ventanilla, se dedicó a mirar los bloques
de ladrillo de la estación. El tren estuvo parado varios minutos, luego empezó
de nuevo el traqueteo de las ruedas, aumentando poco a poco la velocidad. La
niña abrió los ojos y despertó a su madre. Ésta se sentó en el banco y preguntó
a Ushakov:
—¿Y su
hermano?
—Quería
lavarse. Le dolía la cabeza.
Pasaron
diez minutos. Vladímir seguía sin presentarse.
Ushakov se acercó a mirar. El retrete estaba vacío, en la
plataforma tampoco había nadie. Perplejo, volvió al departamento.
—¿Había
pedido a su marido que comprase algo? ¿Habrá perdido el tren en la estación?
—¿A qué
marido se refiere?
—¿Cómo
que a qué marido?
—¿A quién
se refiere usted?
—La
verdad es que resulta extraño. Me refiero a Vladímir, a mi primo.
La mujer
miró en un principio con desconfianza a Ushakov, luego rompió a reír sinceramente.
—¿Cree en
serio que soy la mujer de su primo? —preguntó entre risa y risa.
—¿Qué
quiere decir?...
La mujer,
sonriendo, se encogió de hombros.
—Pero ¿no
ha comprendido que era una broma de su hermano? Una broma muy poco agradable
por cierto. ¿Por qué me mira así?
—Pero...
pero su hija le ha llamado... le ha llamado papá.
—¿Qué
tiene eso que ver? Su hermano en cuanto subió al vagón empezó a darle dulces y
a jugar con ella; ya sabe usted
que los niños
toman en seguida cariño.
Encontraría, seguramente, un
parecido entre su primo de usted y el padre de ella y empezó a llamarle papá. Él y yo nos reíamos mucho de
eso.
—Pero
permítame... A mí me ha hablado en serio. La mujer miró de nuevo a Ushakov.
—¿Qué me
dice? ¿No le ha explicado que era una simple broma? Mi marido está empleado en
Moscú, yo
voy a reunirme con él.
Volvió la
cabeza, dando la conversación por terminada, y Ushakov se quedó estupefacto, sin saber qué partido
tomar. Luego volvió al retrete. En la repisa, junto al lavabo, vio un papel
escrito. Lo tomó maquinalmente y leyó unos renglones trazados con lápiz tinta:
Gracias,
Ignat, por tu bondad. Sigues siendo el muchacho
bondadoso de los días de nuestra
infancia. Pero, a pesar de eso, estimo preferible emprender la retirada antes
que se descubra el engaño de mi «familia». De mi «mujer» no te preocupes, su
verdadero marido está en Moscú, en no sé qué oficinas. Él se preocupará de ella
y de su futuro. Gracias otra vez. Acaso volvamos a encontrarnos...
Perdóname
este melodrama. Soy un lobo perseguido y sé que en los tiempos que corren no se
puede confiar, no ya de un primo, sino del mismo padre de uno. Tuyo...
Ushakov
leyó de una tirada la nota y salió del retrete.
Media
hora después, el tren se detenía en otra estación. Ushakov, con la frente
arrugada, como si padeciese un fuerte dolor de muelas, salió
del vagón y, viendo la gorra
color frambuesa de un agente de la GUP de ferrocarriles, se dirigió hacia él.
1927
EL
DESTINO DE UN HOMBRE
Título
original: SUDBA CHELOVIEKA
Traducido
del ruso por
A.
HERRAINZ
A
Evhuenia Grigórievna, Miembro del partido comunista de la Unión soviética Desde
el año 1903
LA
PRIMERA PRIMAVERA después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa,
y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las
costas del Mar de Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban
completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba
barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el
hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi
intransitables.
En esa
mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de
Bukanóvskaia. Y aunque la distancia no era grande —cerca de sesenta kilómetros— no resultó tan fácil
recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de salir el sol. Un par
de caballos bien cebados, tensos como cuerdas de guitarra los tirantes de los
arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las ruedas se hundían
hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y, al cabo
de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas, bajo las finas
correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante, blanca, como de
jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor acre y
embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueron
pródigamente embadurnados los arreos.
En los
lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y seguíamos a
pie. Bajo nuestras botas altas
chapoteaba la nieve acuosa, costaba trabajo andar,
pero a ambos lados
del camino se conservaba todavía
el hielo —refulgente al sol como el cristal— y por allí era aún más
difícil avanzar. Al cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta
kilómetros y llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka.
El
pequeño río, que se seca parcialmente en
verano, se había desbordado frente al caserío de Mojovski, en una
extensión de un kilómetro entero, por un terreno pantanoso y cubierto de
alisos. Había que pasarlo en una frágil
barquilla, de fondo plano, que únicamente podría llevar
a tres personas como máximo. Desenganchamos los caballos. Al otro lado,
en un cobertizo del koljós, nos esperaba un «Willis» viejecillo, que había
visto ya mucho mundo, dejado allá el invierno anterior. El chófer y yo embarcamos,
no sin temor, en la vetusta lancha. Un camarada quedó en la orilla con el equipaje.
Apenas desatracamos, empezaron a brotar,
por diferentes sitios del
podrido fondo, pequeños surtidores.
Con medios manuales, calafateamos
la insegura embarcación
y estuvimos achicando el agua hasta que llegamos. Una hora más tarde,
nos encontrábamos en la otra orilla del Elanka. El chófer trajo del caserío el
auto, se acercó a la barca y dijo, agarrando un remo:
—Si este
maldito barreño no se deshace en el agua, volveremos dentro de un par de horas;
no nos espere usted antes.
El
caserío se extendía a un lado,
a lo lejos, y junto al
embarcadero había ese silencio
que únicamente reina, en pleno otoño o a principios de primavera, en los
lugares deshabitados. Del agua venía un hálito de humedad, en unión del acerbo
aliento de los alisos putrefactos, y de las lejanas estepas de Prijopérskie,
hundidas en el humo liliáceo
de la niebla, el
suave vientecillo traía el aroma,
eternamente joven, de la tierra recién liberada de la nieve.
Cerca de
allí, sobre la arena de la orilla, yacía un seto derribado. Me senté en él y
quise fumar, pero, al meter la mano en el bolsillo derecho de la enguatada
chaqueta, comprobé con gran pena que la
cajetilla de «Bielomor» estaba toda empapada. Durante la travesía, una ola había barrido la
cubierta de la baja barquilla, hundiéndome en agua turbia hasta la cintura. En
aquellos instantes yo no estaba para pensar en los cigarrillos, pues hubo que
soltar el remo y sacar el agua con la mayor rapidez posible,
para que la
lancha no zozobrara,
y ahora, lamentando
amargamente mi imprevisión, extraje
del bolsillo con cuidado
la cajetilla reblandecida,
me puse en
cuclillas y empecé a colocar
sobre el seto, uno tras otro, los mojados y pardos cigarrillos.
Era
mediodía. El sol picaba como en mayo. Yo confiaba que los cigarrillos se
secarían pronto. Los rayos solares
calentaban tanto, que me arrepentí de haberme puesto para el viaje los
acolchados pantalones y la enguatada chaqueta de soldado. Era aquél el primer
día verdaderamente tibio después del invierno. Constituía un placer estar
sentado en el seto, sumido por entero en la soledad y el silencio, quitarse el
gorro de orejeras, también de soldado, secar al vientecillo los cabellos,
empapados después del penoso bogar, y, sin pensar en nada, seguir el movimiento
de las nubes que se deslizaban blancas, henchidas, por el azul pálido del
cielo.
Pronto vi
que, surgiendo tras las últimas viviendas del caserío, salía al camino un
hombre. Traía de la mano a un niño pequeño, que, a juzgar por su estatura, no
debía de tener más de cinco o seis años. Cansinos, arrastrando los pies,
iban en dirección al
embarcadero, pero, al
llegar a donde estaba parado el
automóvil, torcieron hacia mí. El hombre, de elevada estatura y un poco cargado
de espaldas, se me acercó y dijo con atronadora voz de bajo:
Salud,
hermano!
—Buenos
días —repuso, y estreché la mano, áspera y grande, que me tendía. El hombre se
inclinó hacia el niño y le indicó:
—Saluda
al tío, hijito. Ya ves, es también chófer como tu papá. Sólo que tú y yo íbamos
en un camión y él conduce ese pequeño coche.
Mirándome
de frente con sus ojos claros como el cielo y sonriendo un poquito, el
chiquillo me dio con decisión su manecita, sonrosada y fría. Yo se la estreché
suavemente y le pregunté:
—¿Cómo es
eso, viejo? ¿Por qué tienes la mano tan fría? Hace calor, y tú estás helado.
Con
enternecedora confianza infantil,
el pequeño se
apretó contra mis
rodillas y enarcó asombrado las claras cejas rubias.
—¡Yo qué
voy a ser un viejo! Yo soy completamente un niño. Y no estoy helado, ¡qué va!
Si tengo las manos frías es porque he estado haciendo bolas de nieve.
Luego de
quitarse de la espalda el escuálido macuto y de tomar asiento a mi lado, el
padre dijo:
—¡Estoy
aviado con este pasajero! Me trae frito. Cuando caminas a paso largo, él va al
trote, y, claro, tiene uno que acomodarse a la marcha de este infante. Donde
debía dar un solo paso, tengo que dar tres, y así vamos los dos, desacordes,
como un caballo y una tortuga. Apenas me descuido, ya se está metiendo en los
charcos o arrancando un trozo de hielo para chuparlo como un caramelo. No, no
es para hombres viajar con pasajeros de
esta clase, y menos a patita —hizo una
pausa y preguntó—: ¿Y tú qué, hermano, esperas a tus jefes?
Me fue
violento sacarle de su error, diciéndole que yo no era chófer, y respondí:
—Hay que
esperar.
—¿Vendrán
de la otra orilla?
— Sí.
—¿Sabes
si llegará pronto la barca?
—Dentro de un par de horas.
—Bastante
tiempo es ése. Bueno, descansaremos
entretanto. Yo no tengo ninguna prisa.
Pasaba ya de largo, cuando, de pronto,
veo que un hermano chófer está tomando
el sol. Me acercaré, me dije, y echaremos juntos un cigarro. Fumar solo
es tan triste como morir solo. Vives a lo grande, fumas emboquillados. Se te han
mojado, ¿eh? El tabaco mojado, hermano,
es como el caballo curado; no
sirve para nada. Mejor será que fumemos del mío, que es fuerte.
Sacó del
bolsillo del pantalón caqui, de verano,
una enrollada bolsita de raída
seda color de frambuesa, la desenrolló y yo alcancé a leer una
dedicatoria bordada en una de las esquinas: «Al querido combatiente, de una
alumna de la escuela secundaria de Lebediansk».
Fumamos de aquel
tabaco campesino, muy
fuerte, y estuvimos callados
largo rato. Iba ya a
preguntarle adónde se dirigía con el niño y qué asunto le obligaba a viajar con
aquel deshielo, pero él se me adelantó:
—¿Te has
pasado toda la guerra al volante?
—Casi
toda.
—¿En el
frente?
—Sí.
—Pues a
mí, hermano, también me tocó estar allí y pasar malos tragos a más no poder.
Puso
sobre las rodillas sus oscuras manazas y se encorvó. Le miré de reojo y sentí
un malestar impreciso... ¿Han visto ustedes alguna vez unos ojos
como cubiertos de ceniza, llenos
de una angustia tan mortal e insoportable, que cuesta trabajo mirarlos?
Pues unos ojos así tenía mi casual interlocutor.
Luego de
arrancar del seto una varilla seca y combada, permaneció en silencio unos
instantes trazando con ella enrevesadas figuras en la arena; después, empezó a
hablar:
—A veces,
se pasa uno la noche en vela, escudriñando en la oscuridad con ojos ciegos, y
piensa:
«Vida,
¿por qué me trataste tan despiadadamente? ¿Por qué me has castigado de este
modo?» Y no tengo respuesta, ni en la oscuridad ni a la luz del sol... No la
tengo, ¡ni la espero! —y de pronto, al caer en la cuenta, empujó cariñosamente
al hijito y le dijo—: Anda, querido, vete a jugar un poco junto al agua; junto a las aguas desbordadas, los
chiquillos encuentran
siempre algo. ¡Pero ten cuidado, no te mojes los pies!
Cuando
fumábamos en silencio, yo observando a
hurtadillas al padre y al hijo, había advertido ya una circunstancia que me
pareció extraña. El chiquillo iba vestido con sencillez, pero su ropilla era buena;
la hechura de
su larga chaquetita,
forrada de fina y
desgastada piel de
cabra, las diminutas botas altas,
lo suficientemente holgadas para ponérselas con calcetines de lana,
y un zurcido hecho con mucha maestría
para tapar un desgarrón
en la manga,
todo ello denotaba cuidados de
mujer, la cariñosa solicitud de unas hábiles manos maternales. En cambio, el
aspecto del padre era distinto: la enguatada chaqueta, quemada en algunos
lugares, había sido recosida con descuido, burdamente; el remiendo de los
pantalones caqui, de uniforme, no lo habían echado como era menester, y más
bien parecía sujeto a la ligera con grandes puntadas de hombre; llevaba unas botas nuevas de soldado, pero
los compactos calcetines de lana estaban comidos por la polilla sin que
hubieran sido arreglados por ninguna mano femenina... Y entonces, pensé: «Tú
eres viudo o te llevas mal con tu mujer».
Mas él,
después de seguir con la mirada al hijito, tosió broncamente y volvió a hablar;
yo, todo oídos, le escuchaba:
—Al
principio mi vida fue corriente. Nací en la provincia de Vorónezh, el año mil
novecientos. Durante la guerra civil, serví en el Ejército Rojo, en la división
de Kikvidze. El veintidós, el año del hambre, me marché al Kubán, a trabajar
como un burro para los kulaks; por eso escapé con vida. Pero el padre y la
madre, con una hermanita mía, murieron de hambre. Quedé solo. Sin nadie en el
mundo, sin un pariente. Pues bien, al cabo de un año, volví del Kubán, vendí la
pequeña jata1 y me fui a vivir a Vorónezh.
Al principio, trabajé en un artel de carpinteros; luego, pasé a una
fábrica,
1 casa
campesina de Ucrania y el Sur de Rusia.
aprendí
el oficio de mecánico ajustador. Poco más tarde, me casé. Mi mujer se había
criado en una casa de niños. Era huérfana. ¡Buena muchacha me tocó en suerte!
Sumisa, alegre, complaciente y lista, ¡bien diferente de mí! Desde niña sabía
lo que eran las penas, y quizás eso se reflejara en su carácter. Mirándola
desde fuera, desde un lado, no era muy vistosa que digamos, pero yo no la
miraba desde un lado, sino de frente. Y no había para mí en el mundo mujer más
guapa y deseada que ella, ¡ni la habrá!
»Volvía
uno del trabajo, cansado, y a veces con un humor de mil diablos. Pero ella no
contestaba nunca con rudeza a las rudas palabras mías. Cariñosa, apacible, no
sabía qué hacer conmigo y se desvivía, incluso cuando yo traía poco dinero a
casa, para prepararme siempre un plato
sabroso. La miraba uno, y se le ablandaba el corazón, y, al cabo de un ratillo,
la abrazaba y le decía: “Perdona, querida
Irina, he estado
muy grosero contigo. Pero, compréndelo,
hoy no me ha ido bien
el trabajo”. Y de nuevo reinaba entre nosotros la paz, y la tranquilidad
volvía a mi alma. ¿Y tú sabes, hermano, lo que eso significa para el trabajo?
Por la mañana, me levantaba como nuevo, iba a la fábrica, ¡y cualquier faena
cundía, marchaba de primera en mis manos! Ya ves lo que es tener una mujer y
compañera inteligente.
»En
ocasiones, los días de cobro ocurría que me iba a beber con los amigos. A
veces, también volvía a casa haciendo tantas eses, que seguramente daría miedo verme. La calle era estrecha para
uno, sin hablar ya de los callejones. Yo era entonces un muchacho sano y fuerte
como un toro; por mucho que bebiera, llegaba siempre por mi pie a casa. Mas,
alguna vez que otra, también recorría el último trecho metiendo
la primera, es
decir, a cuatro patas;
pero llegaba. Y de nuevo,
ni un reproche, ni gritos ni escándalos. Mi Irina se limitaba a reírse
unas miajas de mí, y eso con tiento, no fuera a ofenderme... Me desnudaba y me
decía bajito: “Acuéstate junto a la pared, Andriusha, no vayas a caerte,
dormido, de la cama”.
Bueno, y yo me derrumbaba como un
fardo, y todo se balanceaba ante mis
ojos. Sólo entre sueños, sentía que ella me pasaba suavemente la mano por los
cabellos y susurraba algo con cariño; me acariciaba, por consiguiente...
»Por la
mañana, me hacía levantarme dos horas antes de entrar al trabajo, para que me
despabilase. Ella sabía que, después de la borrachera, yo no comería nada; por eso me traía un pepino en salmuera
o alguna otra cosilla ligera y me llenaba de vodka un vaso de cristal tallado.
“Toma, Andriusha, para que se te quite la resaca, pero no debes beber más,
querido.” ¿Acaso se podía no hacer honor
a semejante confianza? Bebía, le daba las gracias sin palabras, con los
ojos únicamente, la besaba y me iba al trabajo como un corderito. En cambio,
si me hubiera dicho alguna
palabra de más, si hubiera empezado a dar voces o a regañar, estando yo bajo
los efectos del alcohol, ¡como hay Dios que me habría emborrachado también el
segundo día! Así pasa en otras familias en que la mujer es tonta; yo he visto a
imbéciles de ésas, y lo sé bien.
»Pronto, empezaron
a llegar los
hijitos. Primero nació
un niño; luego, dos niñas
más... Y entonces me aparté de
los compañeros. Llevaba a casa la paga íntegra, pues la familia era ya
numerosa, y no era cosa de beber. Los domingos tomaba un bock de cerveza, y
punto final.
»El año
veintinueve empecé a cobrarle afición a los automóviles. Aprendí a conducir, y
empuñé el volante de un camión. Luego, le tomé el gusto a aquello y no quise
volver a la fábrica. Manejar el volante
me parecía más
distraído. Viví de
esta manera diez años,
sin darme cuenta
de cómo pasaron. Se fueron como
un sueño. ¿Qué son diez años? Pregúntale a cualquier hombre de edad si se ha
enterado de cómo fue su vida, y te dirá que no se ha dado cuenta de nada. El
pasado es igual que esa estepa lejana, envuelta en niebla. Por la mañana, iba
yo por ella, y todo estaba claro en derredor;
pero, después de andar veinte
kilómetros, se cubrió de niebla y ahora no se distingue desde aquí el bosque de
la maleza, ni las tierras aradas de los campos segados.
»Trabajé
durante esos diez años día y noche. Ganaba bastante, y no vivíamos peor que las
demás gentes. Los chicos nos
daban alegrías: los
tres estudiaban con notas
de sobresaliente, y el mayorcillo, Anatoli, resultó tan capaz
para las matemáticas, que hasta llegaron a hablar de él en un periódico de
Moscú. Yo mismo, hermano, no sé de quién le vendría tanto talento para esas
ciencias. Pero aquello me halagaba mucho, y estaba orgulloso de él, ¡muy
orgulloso!
»En los
diez años ahorramos algún dinerillo y, en vísperas de la guerra, nos hicimos
una casita con dos habitaciones pequeñas,
despensa y pasillo.
Irina compró dos cabras.
¿Qué más necesitábamos? Los chicos
comían gachas con leche, teníamos un hogar, estábamos vestidos y calzados; por consiguiente, todo marchaba
bien. Sólo que tuve poco acierto para construir la casa. Me dieron una parcela,
de seiscientos metros cuadrados, no lejos de una fábrica de aviación. De haber
hecho mi nido en otro sitio, tal vez hubiera sido otra mi suerte.
»Y de
pronto, la guerra. Al segundo día recibí una citación para que me presentase en
el centro de reclutamiento, y al tercer día, al tren militar. Fueron a despedirme a la estación los cuatro míos:
Irina, Anatoli y mis hijas Nástienka y Oliushka. Todos los chicos se portaron
como unos valientes. Claro que a mis hijas, no sin motivo, se les saltaron unas
lagrimillas. A Anatoli solamente se le estremecían los hombros, como si tuviera
frío, por aquel entonces ya había cumplido los dieciséis años, y a mi Irina...
En los diecisiete años de matrimonio, nunca la había visto así. Toda la noche
anterior estuvo mi camisa humedecida por sus lágrimas en el hombro y el pecho,
y por la mañana, la misma historia... Llegaron a la estación, y yo, de la
lástima que me daba mi mujer, no podía mirarla: tenía los labios hinchados de
llanto, los cabellos asomaban revueltos bajo el pañuelo, y los ojos, turbios,
como de loca. Los jefes dieron la orden de subir al tren, y ella se
derrumbó sobre mi pecho mientras sus
manos se aferraban a mi cuello; temblaba
toda, como un árbol hendido por un hachazo... Los chicos y yo tratábamos de
consolarla, pero ¡de nada servía! Otras mujeres hablaban con sus maridos o con
sus hijos, pero la mía estaba pegada a mí, como la hoja a la rama, y no hacía
más que temblar toda ella sin poder articular palabra. Yo le dije: “¡Hay que
ser fuertes, querida Irina! Dime aunque sólo sea unas palabras de despedida”.
Ella balbuceó, sollozando a cada palabra: “Querido mío... Andriusha... no
volveremos a vernos... más... en este... mundo...”.
»A mí
mismo se me desgarraba el corazón de la lástima que me daba de ella, y, por si
no tenía bastante, me salía
con aquellas palabras. Debía
comprender que a mí
tampoco me era
fácil separarme de ellos, pues no iba a ninguna fiesta. ¡Y me llené de
coraje! A la fuerza, retiré sus manos y le di un leve empujón en el hombro.
Creí que la había empujado ligeramente, pero yo tenía entonces una fuerza
tremenda; ella vaciló, retrocedió unos tres pasos y vino de nuevo hacia mí con
pasitos cortos, tendiéndome las manos; yo le grité: “¿Es ése modo de despedirse
de uno? ¿Por qué me entierras en vida antes de tiempo?” Pero le abracé otra
vez, porque veía que estaba trastornada...
Cortó
bruscamente el relato, sin acabar la frase, y en el silencio que se hizo oí
como un gorgoteo sordo en su garganta. Y me contagié de su emoción. Dirigí una
oblicua mirada al narrador, pero no vi ni una lágrima en sus
ojos, secos, como de muerto. Estaba sentado, muy gacha
la cabeza; inmóvil; únicamente
sus grandes manos, que colgaban fláccidas, se estremecían con leve temblor; le temblaba la barbilla, los
finos labios...
—¡Cálmate, amigo,
no recuerdes más! —le
aconsejé quedo, pero
él no debió de oír
mis palabras; haciendo un supremo esfuerzo de voluntad, dominó su emoción y
dijo de pronto con voz ronca que se quebraba de un modo extraño:
—Hasta el
fin de mis días, hasta que me muera, ¡no me perdonaré nunca el haberla empujado
aquel día!
Volvió a
callar largo rato. Intentó liar un cigarro, pero se le rompió el papel de
periódico, y el tabaco esparcióse por sus rodillas. Al fin, hizo como pudo un
cucurucho, a guisa de pipa, dio con
ansia varias chupadas y, luego de toser, continuó:
—Me
desgajé de Irina, le cogí la cara con las manos, la besé, y sus labios estaban
como el hielo. Me despedí de los chicos,
corrí al vagón y salté
al estribo, ya en
marcha. El tren arrancaba despacio,
despacio; tuve que pasar frente a los míos. Vi que mis hijitos, desvalidos,
agrupados en apretado haz, agitaban las manecitas dándome su adiós; querían
sonreír, pero no les salía la sonrisa. Irina se apretaba las manos contra el pecho; tenía los labios
más blancos que el papel, murmuraba algo, me miraba sin pestañear y tendía todo
el cuerpo adelante como si quisiera avanzar contra un viento recio... Así ha
quedado en mi memoria, para toda la
vida: las manos apretadas contra el pecho, los labios blancos, los ojos muy
abiertos, anegados en lágrimas... La mayoría de las veces, siempre la veo así
en sueños... ¿Por qué la empujaría entonces? Y hasta ahora, cuando lo recuerdo,
es como si me partieran el corazón con un cuchillo romo...
»Organizaron
nuestra unidad cerca de Biélaia Tsérkov, en. Ucrania. A mí me dieron un camión
«ZIS-5».
Y en él marché al frente. Bueno, de la guerra no voy a contarte nada, porque tú
mismo la viste y sabes cómo fue al principio. De los míos recibía carta con
frecuencia; yo les mandaba unas líneas de tarde en tarde. A veces, escribía uno
diciendo: “Todo marcha bien, peleamos un poquillo y, aunque ahora retrocedemos,
pronto reuniremos fuerzas y les daremos
a los fritzs para el pelo”.
¿Qué
otra cosa se podía decir?
Malos tiempos eran, no estábamos
para escribir. Además, debo
reconocer que yo mismo no era aficionado
a tocar las cuerdas sensibles con quejas
y no podía soportar a esos
llorones que cada día, viniera o no a cuento,
les escribían a sus mujeres y a sus adorados tormentos llenando el papel
de mocos. “Esto es duro —decían—,
penoso; en cualquier momento te
pueden matar.” Y esos maricas
con pantalones se quejaban,
buscaban compasión, babeaban, sin
querer comprender que las pobres mujeres
y niños de la retaguardia no lo pasaban mejor que nosotros. ¡Todo el Estado se
apoyaba en ellos! ¡Qué espaldas tenían que tener nuestras mujeres y nuestros hijos para no doblegarse bajo
un peso tan grande! Y sin
embargo, ¡no se doblegaron,
resistieron! Y esos bribones, esos gallinas, es cribían cartas lloronas que
para las mujeres que trabajaban eran como un palo en los calcañares. Las
desdichadas, después de recibir semejantes cartas, dejaban caer los brazos con
desaliento y ya no podían con el trabajo. ¡No! Para eso eres hombre y soldado, para soportarlo todo, para
aguantarlo todo si es preciso. Y si tienes más madera de mujer que de hombre,
ponte un miriñaque para abultar tu flaco trasero, a fin de que, al menos por detrás, te
parezcas a ellas, y vete a escardar remolacha o a ordeñar vacas, pues en el frente no se necesitan
hombres como tú, ¡ya hay bastante pestilencia!
»Pero no
tuve que combatir ni siquiera un año... En ese tiempo me hirieron dos veces,
las dos levemente; una, en un brazo, sin tocarme el hueso; otra, en una pierna;
la primera, de bala, desde un avión; la segunda, de un casco de metralla.
Los
alemanes me agujerearon el
coche por arriba y por los lados,
pero yo, hermano, en los primeros
tiempos tuve suerte. Siguió la suerte hasta que vino la negra... Me hicieron
prisionero cerca de Losovienki, en
mayo del
cuarenta y dos, en desgraciadas
circunstancias: los alemanes atacaban entonces de firme, y una de
nuestras baterías de obuses, de ciento veintidós milímetros, se quedó casi sin
munición; abarrotaron mi camión de proyectiles, a más no poder, y yo mismo trabajé
tanto en la carga, que tenía la guerrera pegada a la espalda de lo mucho que
sudé. Había que darse gran prisa, porque el enemigo se acercaba: a la izquierda se oía el estruendo de sus tanques; a la derecha, fuerte tiroteo; delante, tiros
también, y ya empezaba a oler a chamusquina...
»El jefe
de nuestra compañía de transporte me preguntó: “¿Podrás pasar, Sokolov?”
Holgaba la pregunta. Allí, mis camaradas quizás estuvieran cayendo, ¿cómo iba
yo a andarme con remilgos? “¡Ni que decir
tiene! —le contesté—. Debo
pasar, ¡y asunto concluido!” “Bueno
—me dijo—,
¡embala!
¡Lánzate a todo gas!”
»Y me
lancé a todo gas. ¡Nunca había corrido
tanto como aquella vez! Sabía que no llevaba patatas y que con una carga
semejante era preciso ir con precaución, pero ¿qué precaución cabía cuando los
muchachos estaban peleando con las manos vacías y todo el camino, de punta a
punta, estaba batido por el fuego de los cañones? Recorrí unos seis kilómetros;
pronto debía tirar hacia un sendero para llegar al barranco donde estaba emplazada la batería, cuando
miro y... ¡ay, madre santa! Por la derecha y por la izquierda venía,
esparciéndose por el campo, nuestra infantería; las minas estallaban ya entre
sus filas. ¿Qué hacer? ¿Dar la vuelta? ¡Pisé el acelerador a fondo! Hasta la
batería no quedaba más que una insignificancia, cosa de un kilómetro; había ya
virado hacia el sendero, pero no logré llegar hasta los nuestros, hermano...
Por lo visto, un disparo de artillería pesada, de largo alcance, me lanzó fuera
del camión. No oí siquiera el estampido, nada; sólo sentí como si me estallase algo dentro
de la cabeza; no recuerdo más. No
sé cómo escapé con vida entonces ni cuánto tiempo estuve tirado en tierra, a
unos ocho metros de la cuneta. Recobré el conocimiento, pero
no podía levantarme: la cabeza me temblaba, y todo yo tiritaba como si tuviese mucha
fiebre, se me nublaba la vista, en el hombro izquierdo algo crujía y chirriaba,
y sentía un dolor tan grande por todo el cuerpo, que cualquiera diría que me
habían estado dando palos dos días seguidos.
Largo rato me arrastré por tierra; al
fin, me levanté como pude. Pero de nuevo
no comprendía nada: ni dónde
estaba ni qué me había
ocurrido. Había perdido la
memoria por completo. Me daba
miedo volverme a tumbar. Temía que, si me tumbaba, no volvería a levantarme
más, moriría. Estaba en pie, tambaleándome como un álamo agitado por el
vendaval.
»Cuando
volví en mí y recobré el discernimiento, miré detenidamente alrededor, y sentí
como si me retorcieran el corazón con unas tenazas: por todas partes estaban
tirados los proyectiles que yo traía: no lejos, hecho pedazos, se encontraba mi camión, volcado con las ruedas para
arriba. ¿Qué era aquello?
»No hay
por qué ocultarlo, las piernas
se me doblaron solas
y caí como derribado por un
hachazo, pues me di cuenta de que estaba cercado, mejor dicho, de que era ya prisionero de los
alemanes. Ya ves las cosas que ocurren en la guerra.-
»¡Ay,
hermano, qué doloroso es darse cuenta de que, en contra de tu voluntad, te encuentras prisionero! A
quien no haya pasado por ese trance no
es posible llegarle al alma, hacerle
comprender como es debido lo que eso significa.
»Pues bien,
yacía en tierra,
cuando oigo estruendo de
tanques. Cuatro tanques
alemanes, medianos, corrían a toda marcha frente a mí, en dirección al
lugar de donde yo había salido con las municiones,.. ¿Cómo soportar aquel
dolor? Luego, pasaron unos tractores arrastrando unos cañones, una cocina de
campaña, y después, la infantería, poco, no más de una compañía diezmada. Los
estuve mirando de refilón y apreté de
nuevo la cara contra la tierra y cerré los ojos: dolía verlos, y
el corazón dolía también...
»Creí que
habían pasado todos,
alcé un poco la cabeza
y vi a seis
soldados, con fusil
ametrallador, que caminaban a unos
cien metros. De pronto,
dejaron el camino
y se dirigieron derechos hacia mí. Venían en silencio. “Bueno —pensé—,
me ha llegado la hora”. Me senté, pues no quería morir echado; luego me puse en
pie. Uno de los soldados se detuvo a
unos pasos, meneó bruscamente el hombro y se
descolgó el fusil
ametrallador. ¡Qué curioso
es el carácter
del hombre!.... En aquel momento no sentía el menor pánico ni se me
encogió el corazón. No hacía más que mirarle y pensar: “Ahora me soltará una
ráfaga corta, pero ¿dónde me la disparará: en la cabeza o cruzándome el pecho?”
¡Como si a mí no me diera lo mismo que me acribillase una parte u otra!
»Era un
mozo negrete, de buena presencia, con los labios finos como hilos y los ojos
entornados. “Éste me mata, y se quedará tan fresco”, deduje. Y en efecto: me
apuntó con el fusil ametrallador; yo le miré de frente, a la cara, sin decir
palabra, pero otro —un cabo o algo así, de más edad, puede decirse que ya
entrado en años— gritó algo, le apartó de un empujón, se acercó a mí, farfulló no sé qué en su lengua y me
dobló el brazo derecho, para palparme el músculo, por consiguiente. Hecha la
comprobación exclamó: “¡O-oh!” y señaló hacia el camino, en dirección a donde
se ponía el sol. “Arre, bestia de carga, trabaja para nuestro Reich.” ¡Resultó
que era un amo, el hijo de perra!
»Pero el
negrete había echado
el ojo a mis
botas altas, que
tenían buena vista, y me dijo señalando con el dedo:
“¡Quítatelas!” Yo me senté en el suelo, me las quité y se las ofrecí. Él me las
arrebató de las manos. Me desenrollé los
peales y se los tendí también, mirándole
de abajo arriba. Pero él empezó a dar voces, a soltar tacos en su lengua, y
empuñó de nuevo el fusil ametrallador. Los demás reían a carcajadas, como si
relinchasen. Y así se fueron, por las buenas. Sólo el negrete, antes de llegar
al camino, volvió dos o tres veces la cabeza mirándome con ojos centelleantes,
de lobezno; estaba furioso, pero ¿por qué? Cualquiera diría que le había
quitado yo las botas, en lugar de él a mí.
»¿Y qué
iba a hacer yo, hermano? No había más remedio.
Salí al
camino, jurando como un carretero, con escogidos ajos de la región de
Vorónezh, y eché a andar hacia el Oeste,
¡hacia el cautiverio!.... Pero mi andadura era entonces Hojilla, un kilómetro
por hora, no más... Quería uno ir adelante, y daba bandazos de un lado para
otro, haciendo eses como un borracho. Anduve un trecho y me dio alcance una
columna de prisioneros; gente nuestra, de la división mía. Los conducían diez
soldados alemanes con fusil ametrallador. El que iba al frente de la columna,
al llegar a mi altura, sin decir una mala palabra, me golpeó en la cabeza, de
un revés, con la culata del fusil. Si hubiera caído, me habría cosido a la
tierra con una ráfaga, pero los nuestros me cogieron antes que cayera, me
empujaron al centro y me llevaron, sujetándome de los brazos, durante
media hora. Y cuando
recobré el sentido,
oí que uno de ellos
me susurraba: “¡Líbrete Dios de
caer! Camina, aunque sea con tus últimas fuerzas; si no, te matarán”. Y yo, con
mis últimas fuerzas, caminé.
»En
cuanto el sol se hubo ocultado, los
alemanes reforzaron la escolta; en un camión, trajeron unos veinte soldados más
con fusil ametrallador; nos arrearon a paso ligero. Los heridos graves no
podían seguir a los demás, y los mataban
a tiros en la misma carretera. Dos intentaron huir, sin tener en cuenta
que en una noche de luna, en campo raso, se le ve a uno divinamente, y claro,
los mataron también. A medianoche, llegamos a un pueblo medio quemado. Nos
encerraron en una iglesia, con la cúpula destrozada, para pernoctar allí. En el
suelo de losas no había ni un puñado de paja, y todos íbamos sin capote, a
cuerpo gentil, de modo que no teníamos nada con que hacer un lecho. Algunos ni
siquiera llevaban guerrera, sólo la camisa de lienzo. En su mayoría eran
oficiales de poca graduación. Se habían quitado las guerreras y chaquetas de
uniforme para que no se les distinguiera de los soldados rasos. Los servidores
de los cañones iban también ligeros de ropa. Los habían hecho prisioneros
cuando estaban casi desnudos, en su faena, y así continuaban.
»Por la
noche cayó una lluvia tan torrencial, que todos nos calamos hasta los huesos.
La cúpula se la había llevado algún proyectil pesado o alguna bomba de avión, y
toda la techumbre estaba hecha una criba a causa de la metralla; no había un
sitio seco ni siquiera en el altar. Así pasamos la noche entera, como ovejas en
un redil oscuro. Mediada la noche, noto que alguien me toca en el brazo y me
pregunta: “Camarada, ¿no estás herido?” “¿Y a ti qué te importa, hermano?”, le
contesto. Y él me dice: “Soy médico militar, tal vez pueda prestarte alguna
ayuda”. Yo me quejo de que el hombro izquierdo me crujía, se me había hinchado
y me dolía terriblemente. Él dijo con firmeza:
“Quítate la guerrera
y la camisa”. Me
quité todo aquello y él
empezó a palparme el hombro aferrándose a él con sus dedos
finos, de un modo que me hizo ver las estrellas. Rechinaron mis dientes y le
dije: “Tú debes de ser veterinario; y no médico de personas. ¿Por qué me
aprietas así en el sitio dolorido?, ¿es que
no tienes entrañas?” Pero él seguía palpando y me contestaba maligno: “¡Tu obligación es
callar! Vaya un charlatán que me has salido. Aguanta, que ahora te dolerá aún más”. Y cuando me
tiró del brazo vi unas chispas rojas que saltaban de mis ojos.
»Me
repuse un poco y le pregunté: “¿Qué estás haciendo, fascista desgraciado? Tengo
el brazo hecho cisco, y tú me das esos tirones”. Oigo que se ríe por lo bajo y
me dice: “Creí que me ibas a golpear con la derecha, pero resulta que eres un
muchacho pacífico. No tienes el brazo roto, sino dislocado, ya te he puesto el
hueso en su sitio. Bueno, ¿qué tal ahora, sientes alivio?” Y en realidad notaba
que el dolor iba desapareciendo. Le di las gracias, de corazón y él siguió
adelante en la oscuridad, preguntando bajito: “¿Hay algún herido?” ¡Ya ves lo
que es un verdadero doctor! Hasta en el cautiverio y en las tinieblas cumple su
gran misión.
»Intranquila
fue la noche aquella. No se permitía salir a hacer aguas; así nos lo había
advertido el jefe de la escolta cuando nos metían por parejas en la iglesia. Y,
como por castigo, a uno de los nuestros, un beato, le entraron muchas ganas de hacer una necesidad. Estuvo
aguantando y aguantando hasta que empezó
a lloriquear: “¡No puedo —decía— profanar un lugar sagrado! ¡Yo soy creyente,
yo soy cristiano! ¿Qué hago, hermanos míos?” Y los nuestros, ¡ya sabes tú cómo
son! Unos se reían, otros soltaban ternos, los de más allá le daban toda clase
de graciosos consejos. Nos alegró a todos
el beato, pero aquel barullo acabó de muy mala manera: el del
apretón empezó a aporrear la puerta y a
pedir que le dejasen salir. Bueno, y contestaron a su petición: un fascista disparó una larga ráfaga a través
de la puerta, a todo lo ancho, y mató al beato aquel
y a tres hombres más; otro fue gravemente herido y murió al amanecer.
»Pusimos
a los muertos en un sitio aparte, nos
sentamos todos y quedamos en silencio, pensativos: el principio no era
muy alegre... Poco después,
empezamos a hablar a media voz, a
cuchichear: de dónde
era cada uno, de
qué distrito, cómo lo habían hecho
prisionero; en la oscuridad,
los camaradas de
una misma sección
o los conocidos de
una misma compañía
se perdían, y empezaban a
llamarse unos a otros, en voz baja. Junto a mí, oí esta queda conversación. Uno
decía: “Si mañana, antes de llevarnos más lejos, nos forman y preguntan por los
comisarios, los comunistas y los hebreos, tú, jefe de la sección, ¡no te
escondas! No conseguirás nada con ello.
¿Te
figuras que, porque te has quitado la guerrera,
vas a pasar por un soldado raso? ¡No, eso no cuela! Yo no estoy dispuesto a responder por ti. ¡Seré el primero en señalarte!
Yo sé que eres comunista y que me
hiciste propaganda para que ingresase en el Partido, ¡pues responde ahora de
tus actos! “. Esto lo decía uno que estaba sentado, cerca, junto a mí, y al
otro lado de él una voz joven le contestó: “Siempre sospechaba que tú,
Krizhnev, eras una mala persona. Sobre todo cuanto te negaste a ingresar
en el Partido, alegando
tu poca instrucción. Pero nunca creí
que pudieses llegar a ser un traidor.
Pues tú has terminado la
escuela secundaria, ¿verdad?”.
El interpelado respondió con
desgana a su
jefe de sección:
“Bueno, la terminé,
¿y eso qué tiene
que ver?”. Estuvieron callados
largo rato; luego, el jefe de la sección —lo reconocí por la voz—, dijo bajito:
“No me delates, camarada Krizhnev”. Y éste repuso soltando una maligna risita:
“Los camaradas se han quedado al otro lado del frente, yo no soy camarada tuyo;
no me vengas con ruegos, porque de todos modos, te señalaré. Cada uno cuida de
su pelleja'.
»Callaron
los dos; y yo sentí un escalofrío ante aquella ruindad. “¡No —pensé—, no te
permitiré, hijo de perra, que delates a tu jefe! No saldrás vivo de esta
iglesia, te sacarán de los pies,
¡como una res muerta! “. Empezaba a clarear un poco y vi que, junto a mí,
estaba tumbado boca arriba un mocetón de cara grande, con las manos cruzadas bajo
la nuca, y cerca de él, sentado, abarcándose las rodillas con los brazos, había
un muchachito en mangas de camisa, delgaducho, chatillo y muy pálido. “Desde
luego —pensé—, ese muchachito no podrá
con un caballo castrado tan gordo. Tendré yo que despacharlo”.
»Toqué al
jovencillo en el brazo y le pregunté en un susurro: “¿Tú eres jefe de sección?”
Él se limitó a asentir con la cabeza. “¿Ése te quiere delatar?”, le pregunté,
señalando al mocetón que estaba tumbado.
Volvió a inclinar la cabeza, confirmando. “Bueno —le dije—, ¡sujétalo
por las patas para que no cocee! ¡Venga, vivo! “, y caí sobre el mocetón y le
atenacé el gañote con los dedos. No tuvo tiempo ni de lanzar un grito. Le
sujeté debajo de mí un rato y me incorporé. Ya estaba liquidado el traidor, ¡y
con la lengua fuera, colgando a un lado!
»Después
de aquello, sentía un desazón muy grande y un deseo terrible de lavarme las
manos, como si, en vez de a un hombre, hubiese estrangulado a un reptil
repugnante... Era la primera vez que mataba en mi vida, y además, a uno de los
nuestros... Aunque, ¡qué iba a ser de los nuestros! Era peor que un extraño, un
traidor. Me levanté y le dije al jefe de sección: “Vámonos de aquí, camarada,
la iglesia es grande”.
»Como
había dicho el Krizhnev aquel, por la mañana nos formaron a todos, junto a la iglesia, nos cercaron
con un cordón de soldados con fusil
ametrallador, y tres oficiales
de los S.S. empezaron a seleccionar la gente más peligrosa para
ellos. Preguntaron quiénes eran comunistas, jefes de unidad o comisarios, pero
no apareció ninguno. Como no apareció tampoco ni un solo canalla que delatase,
porque entre nosotros eran comunistas casi la mitad y había jefes de unidad y,
ni que decir tiene, también comisarios. Sólo sacaron cuatro, entre docientos
hombres y pico. Uno hebreo y tres rusos, soldados rasos. Los rusos cayeron en
desgracia porque los tres eran morenos y tenían el pelo rizoso. Se
acercaban a uno de éstos y le
preguntaban: “¿judío?”. Él decía que era ruso, pero no querían ni escucharle.
“Sal, y se acabó.”
»Fusilaron
a aquellos pobretes y a nosotros nos
llevaron más adelante. El jefe de sección que había estrangulado conmigo al
traidor se mantuvo a mi lado hasta el
mismo Poznan; el primer día me estrechaba la mano de vez en cuando, sobre la
marcha. En Poznan nos separaron por la razón que voy a contarte. Es el caso,
hermano, que desde el primer día venía yo pensando en marcharme con los
nuestros. Pero quería escaparme con seguridad de éxito. Hasta el mismo Poznan,
donde nos metieron en un verdadero campo de prisioneros, no se me había
presentado ni una sola vez una ocasión
favorable. Y en el campo de Poznan pareció presentarse: a fines de mayo, nos mandaron a un
bosquecillo cercano al campo a cavar una fosa para unos prisioneros, compañeros
nuestros, que habían muerto; en aquel tiempo muchos de nuestros hermanos morían
de disentería; estaba yo cavando la arcilla de Poznan, y mirando de vez en
cuando alrededor, y de pronto observé que dos de los guardianes se habían
sentado a tomar un bocado y el tercero
dormitaba al solecillo. Tiré la pala y, sin hacer ruido, me escondí detrás de
un matorral... Luego eché a correr, todo derecho, en dirección a donde salía el
sol...
»Por lo
visto, mis guardianes tardaron en darse
cuenta. Pero ¿de dónde sacaría yo, estando tan extenuado como estaba, fuerzas
para recorrer casi cuarenta kilómetros en un día? Yo mismo no lo sé. Sin
embargo, de mis ilusiones no resultó nada: al cuarto día, cuando ya estaba
lejos del maldito campo, me atraparon. Unos perros policías me siguieron la
pista y me encontraron en un campo de avena sin segar.
»Al
amanecer, me había dado miedo de seguir caminando a campo raso, y como hasta el
bosque quedaban no menos de tres kilómetros, me tumbé entre la avena para
descansar durante el día. Estrujé unos
granos con las palmas, comí un poco y me llené los bolsillos de reservas. De
pronto, oigo unos ladridos y el traqueteo
de una moto... Se me
desgarró el corazón, porque los perros ladraban cada vez más cerca. Me tendí,
pegándome al terreno, y me tapé la cara con las manos para que al menos no me
mordieran en ella. Bueno, llegaron corriendo y me arrancaron en un instante
todos los harapos del cuerpo, dejándome como me parió mi madre. Estuvieron
rodándome por la avena todo el tiempo que les dio la gana y, por último, un
perro me puso las patas delanteras en el pecho y enfiló el hocico hacia mi
garganta, pero por el momento no me tocó.
»Llegaron unos alemanes
en dos motocicletas.
Primero me golpearon cuanto
se les antojó; luego, azuzaron
contra mí los perros; la piel y la carne saltaban de mi cuerpo a pedazos.
Desnudo, bañado en sangre, me llevaron al campo de prisioneros. Me pasé un mes
metido en el calabozo, por el intento de fuga, pero, a pesar de todo, salí del
trance con vida... ¡con vida!
»Doloroso es, hermano,
recordar, y más aún referir lo que hube
que pasar en el cautiverio.
Cuando recuerda uno los tormentos inhumanos que tuvimos que soportar allí, en
Alemania, y a todos los amigos y camaradas que perecieron martirizados en
aquellos campos de concentración, el corazón
se sube a la garganta y cuesta trabajo respirar.
»¡Adónde
no me llevarían en los
dos años de
cautiverio! Recorrí media
Alemania en este tiempo; estuve en Sajonia, trabajando en
una fábrica de silicatos; en la región del Ruhr, picando carbón en una mina; en
Baviera, echando joroba en trabajos de excavación, y en Turingia también...
¡Por qué
lugares de la tierra alemana no caminaría yo! Ni el diablo lo sabe. La
naturaleza, hermano, es allí distinta en todas partes, pero en todas partes nos
ametrallaban y pegaban igual. Y pegaban los
miserables parásitos, malditos
de Dios, como nunca se ha pegado
en nuestra tierra ni a las
bestias. Nos daban puñetazos, nos pateaban, nos golpeaban con porras de goma,
con los hierros de toda clase que encontraban a mano, sin hablar ya de las
culatas de los fusiles y otros maderos.
»Te
golpeaban porque eras ruso, porque aún vivías en el mundo, porque trabajabas
para ellos, para los muy canallas. Te pegaban porque no mirabas, porque no
andabas, porque no te volvías como a
ellos les gustaba... Pegaban sencillamente para matarte alguna vez, para que te
atragantases con tu última bocanada de sangre y reventaras de las palizas. Por
lo visto, no había para nosotros en Alemania bastantes hornos crematorios...
»Y nos
daban de comer lo mismo en todas partes: ciento cincuenta gramos de algo
parecido a pan, mitad serrín, y una sopa clara de nabos. Agua hervida daban en
algunas partes; en otras, no. En fin, ¡qué te voy a decir! Imagínate: antes de
la guerra pesaba yo ochenta y seis kilos, y para el otoño no me quedaban más
que cincuenta. Estaba en los puros
huesos, e incluso los huesos ya no tenía fuerza para arrastrarlos. Y
venga trabajo, y no rechistes; además, un trabajo que un caballo de carga no
habría podido con él.
»A
primeros de septiembre, nos trasladaron a ciento cuarenta y dos prisioneros
soviéticos desde un campo cerca de la ciudad de Küstrin al campo B-14, no lejos
de Dresde. Por aquel tiempo había allí
alrededor de dos
mil de los nuestros. Todos trabajaban
en una cantera;
a mano, extraían, picaban y
machacaban piedra alemana. La norma era de cuatro metros cúbicos diarios por
alma, advirtiéndote que aquella gente apenas tenía ya sujeta el alma al cuerpo
con un hilo muy fino. Y empezó la cosa: al cabo de dos meses, de ciento
cuarenta y dos hombres que éramos en
nuestra expedición, sólo quedábamos cincuenta y siete. ¿Qué te parece, hermano?
Mal asunto, ¿verdad? No dábamos abasto a
enterrar a los nuestros, y además
circulaban por el campo rumores de que los alemanes habían tomado
Stalingrado1 y seguían avanzando hacia
Siberia. Una pena tras otra, y te encorvaban de tal manera, que no alzabas los
ojos de la tierra alemana, de aquella tierra extraña, como si le pidieras que a
ti también te recogiese en su seno. Entretanto,
los de la guardia del campo bebían todos los días, berreaban canciones,
estaban muy contentos, locos de júbilo.
»Un
anochecer volvimos al barracón después
del trabajo. Había estado lloviendo todo el día. Teníamos los harapos
chorreando; tiritábamos todos como perros, al viento frío, dando diente con
diente. Y no había dónde secarse, ni dónde calentarse un poco; por añadidura,
traíamos un hambre tremenda, más que tremenda, espantosa. Pero por las noches
no nos correspondía comer.
»Me quité
los empapados andrajos, me tumbé en el camastro de madera y dije: “Ellos
necesitan que les demos cuatro metros cúbicos, por cabeza, pero a cada uno de
nosotros le basta y le sobra con un metro cúbico, para su sepultura”. No dije
más, pero no faltó entre los nuestros un canalla que fuese a contarle al
comandante del campo mis amargas palabras.
»El
comandante del campo —el lagerführer,
en su lengua—era un alemán llamado
Müller, macizo, de mediana estatura, albino y todo él como blancuzco:
los cabellos, las cejas, las pestañas, incluso los ojos, eran blanquecinos,
saltones. Hablaba el ruso como tú y yo, y además recargando el acento en la
“o”, alegaba que era oriundo de la región del Volga. Y en lo de soltar ajos,
tacos y ternos era un verdadero maestro. ¿Dónde habría aprendido aquel maldito
el oficio? A veces, nos formaba
ante el block —como llamaban ellos
al barracón—, pasaba
frente a la
formación, acompañado de su jauría de los S.S. y con el brazo derecho
extendido. Llevaba la mano enfundada en un guante de cuero, y en el guante una
manopla de plomo, para no lastimarse los dedos. Al pasar, daba un puñetazo en
las narices a uno sí y otro no, haciendo echar sangre. A eso le llamaba él
“profiláctica contra la gripe». Y así todos los días. En el campo había cuatro
blocks en total; tal como hoy, hacia la “profiláctica” del primero; mañana, del
segundo, y así sucesivamente. Puntual era el miserable, trabajaba incluso los
días festivos. Pero había una cosa que el imbécil no podía comprender: antes de ponerse a sacudir, el tipo, para
enardecerse, estaba unos diez minutos blasfemando delante de la formación;
insultaba en vano, porque a nosotros aquello nos producía alivio, pues tales
palabras, de nuestra lengua materna, eran como una brisa acariciadora que
viniese
de la
tierra natal... Si
hubiera sabido que
sus insultos sólo
nos producían placer,
no habría
blasfemado
en ruso, sino en su idioma. Sólo un
amigo mío, un moscovita, se enfadaba
terriblemente. “Cuando suelta esas palabrotas —decía—, cierro los ojos, y me
parece que estoy en Moscú, en Satsiep, sentado en una cervecería, y me entran
unas ganas tan grandes de beber cerveza, que la cabeza se me va...”
»Pues
bien, ese mismo comandante, al día siguiente de haber dicho yo lo del metro
cúbico, me llamó a su despacho. Al
anochecer vino el intérprete al barracón, acompañado de dos guardianes. “¿Quién es
Andréi Sokolov?” Dije
que era yo. “Ven
con nosotros, te llama
el propio herr lagerführer en
persona.” Estaba claro para qué me llamaba. Para liquidarme. Me despedí de los
camaradas, todos sabían que iba a la muerte, di un suspiro y me fui. Caminaba
ya por el patio del campo de concentración, miraba a las estrellas, me despedía de ellas y pensaba: “Bueno, ya se acabaron tus tormentos, Andréi Sokolov,
número trescientos treinta y uno en este campo”. Me dio pena de Irina, de los
hijitos, pero luego aquella pena fue calmándose y empecé a armarme de valor
1
Actualmente Volvogrado.
para
mirar impávido al cañón de la pistola, como corresponde a un soldado, para que
los enemigos no vieran en mi último instante que, a pesar de todo, me costaba
trabajo desprenderme de la vida...
»En la
comandancia, había tiestos de flores en los alféizares de las ventanas; estaba
todo limpio, como en un buen club nuestro.
Sentados a la mesa, estaban todos los jefes del campo; eran cinco,
bebían shnapps1; comían tocino como
entremés. Sobre la mesa había
un panzudo botellón de shnapps, pan, tocino, manzanas en adobo,
botes abiertos de conservas de diferentes clases. Eché a todos aquellos
manjares una rápida ojeada y, no lo querrás creer, pero me entró una desazón
tan grande, que estuve a punto de vomitar. Tenía hambre de lobo, había perdido
la costumbre de comer lo que comen las personas, y de pronto, aparecía toda
aquella bendición delante de mí... Como pude dominé las náuseas, pero hubo de
hacer un enorme esfuerzo para apartar los ojos de la mesa.
»Frente a mí, estaba sentado Müller, medio borracho;
jugueteaba con la pistola, tirándosela de una mano a otra, y me miraba sin
pestañear, como una serpiente. Bueno, yo me puse firme, di un taconazo e informé en voz alta: “El prisionero Andréi
Sokolov se presenta por orden de usted, herr kommandant”. Él me preguntó: “¿De
modo, russ Iván, que cuatro metros
cúbicos de norma de trabajo es mucho?”
“Exacto —le respondí—, herr kommandant,
es mucho”. “¿Y con uno tienes bastante para tu sepultura?” “Exacto, herr
kommandant, con uno me basta y hasta me sobra”.
»Se
levantó y dijo: “Voy a hacerte
un gran honor, ahora te mataré
personalmente por esas palabras.
Aquí no estaría bien, vamos al patio y allí te daré el pasaporte”. “Como usted
quiera”, le repuse. Se levantó y quedó
un momento pensativo; luego, tiró la pistola sobre la mesa, llenó de shnapps un
vaso, tomó una rebanada de pan, le puso encima una loncha de tocino y me tendió
todo aquello al tiempo
que decía: “Bebe,
russ Iván, antes
de morir, por la victoria
de las armas alemanas”.
»Yo cogí
de sus manos el vaso y la tapa, pero en cuanto oí aquellas palabras, ¡me
pareció que me quemaban como un hierro
candente! Y pensé: “Yo, un soldado
ruso, ¿voy a beber por la victoria de las armas alemanas? ¿Y no
quieres alguna otra cosa más, her kommandant? De todos modos, voy a morir, por
lo tanto, ¡vete a hacer puñetas con tu vodka! “
»Dejé
sobre la mesa el vaso, puse allí también el bocadillo y dije: “Le agradezco la
invitación, pero yo no bebo”. Él sonrió: “¿No quieres beber por nuestra
victoria? En ese caso, bebe por tu muerte”. ¿Qué tenía yo que perder?
“Por mi muerte y la liberación de mis sufrimiento, beberé”, repuse. Dicho esto,
cogí el vaso, y de dos tragos me lo eché al coleto, pero no toqué el bocadillo;
cortésmente, me limpié los labios con la palma de la mano y dije: “Le agradezco
la fineza. Estoy a su disposición, herr kommandant, vamos, deme usted el
pasaporte”.
»Pero
él se me
quedó mirando con atención
y dijo: “Toma siquiera un bocado
antes de la muerte”. Yo le contesté: “Después del primer vaso, nunca
como”. Me sirvió el segundo y me lo dio. Me bebí también el segundo, pero, de
nuevo, no toqué el bocadillo; empinaba el codo para tomar
valor,
pensando: “Al menos, me emborracharé
antes de salir al patio a despedirme de la vida”. El
comandante,
enarcando mucho las cejas
blanquecinas, me preguntó: “¿Por
qué no comes, russ Iván? ¡No te dé vergüenza! “. Y yo le repliqué:
“Perdóneme usted, herr kommandant, pero, después del segundo vaso, tampoco acostumbro
a comer”. Infló los carrillos,
dio un resoplido, soltó la carcajada
y, entre risas, dijo
rápidamente algo en alemán;
por lo visto, estaba
traduciendo mis palabras a sus amigos.
Éstos también se echaron a reír, corrieron las sillas y volvieron sus carotas
hacia mí; entonces observé que me miraban ya de otra manera, como más
suavemente.
»Me
sirvió el comandante el tercer vaso, y su mano temblequeaba de la risa. Me lo
bebí despacio, comí un pedacito de pan y dejé el resto sobre la mesa. Quería
demostrarles a los malditos que, aunque no podía tenerme en pie, de hambre, no
me disponía a atragantarme con su
limosna, que tenía mi dignidad y mi orgullo rusos y que, por mucho que habían
hecho, no habían conseguido convertirme en una bestia.
1
Shnapps: vodka.
»Después
de aquello, el comandante puso una cara
seria, se enderezó sobre el pecho las dos cruces de hierro, se levantó
de la mesa, sin armas, y dijo: “Mira, Sokolov, tú eres un verdadero soldado
ruso. Un soldado valiente. Yo también soy soldado y respeto la dignidad de los
enemigos. No te mataré. Además, hoy
nuestras gloriosas tropas
han llegado al Volga
y conquistado por completo la
ciudad de Stalingrado. Esto es para
nosotros una gran alegría; por ello, te concedo magnánimamente
la vida. Vete a tu block, y toma esto, por tu valentía”, y cogiendo de la mesa
un pan no muy grande y un trozo de tocino, me lo dio.
»Yo
apreté el pan contra el pecho, con todas mis fuerzas tenía el tocino en la mano
izquierda y era tan grande mi desconcierto ante aquel cambio inesperado, que ni
siquiera di las gracias; giré sobre los talones, hacia la izquierda, y me
dirigí hacia la salida, pensando: “Ahora, me meterá una bala entre las dos
paletillas y no podré llevarles a los muchachos
estos víveres”. Pero no, escapé felizmente. También esta vez pasó la
muerte de largo, junto a mí, y sólo sentí su frío aliento.
»Salí de
la comandancia con paso firme, pero en el patio empecé a dar bandazos. Irrumpí
en la barraca y me derrumbé sobre el piso de cemento. Me despertaron los
nuestros antes del amanecer: “¡Cuéntanos!
“Bueno, y yo recordé todo lo
que había pasado en la
comandancia; se lo referí. “¿Cómo vamos
a repartir los víveres?”,
me preguntó mi compañero de camastro,
y la voz le temblaba. “A todos
por igual”, contesté yo. Esperamos a que
amaneciera. Cortamos el pan y el tocino, midiéndolo rigurosamente con una cuerda,
en porciones idénticas. A
cada uno le correspondió un pedazo de
pan del tamaño de una caja de cerillas, calculando hasta las migajas, y en
cuanto al tocino, bueno, ya te puedes figurar, lo suficiente para untarse los
labios. Sin embargo, lo repartimos todo sin que nadie se ofendiera.
»Pronto nos mandaron,
a unos trescientos hombres de los
más fuertes, a desecar un pantano;
luego, a la región del Ruhr, a las minas. Allí me pasé hasta el año cuarenta y
cuatro. Por aquel tiempo los nuestros ya le habían desencajado las mandíbulas a
Alemania, y los fascistas dejaron de hacerles ascos a los prisioneros. Una vez,
nos formaron, a todo el relevo del día, y un oberleutnant recién llegado dijo,
a través del intérprete: “El que haya
servido de chófer en el ejército, o haya trabajado en esta profesión antes de
la guerra, que dé un paso al frente”. Avanzamos siete hombres, antiguos
chóferes. Nos entregaron ropa de trabajo usada y nos llevaron custodiados a la
ciudad de Potsdam. Llegamos allí, y a cada uno lo enviaron a un sitio
diferente. A mí me pusieron a trabajar en la “Todte”; había en Alemania una
compañía que se dedicaba a la
construcción de carreteras y a obras de defensa.
»Yo
conducía el “Oppel-admiral” de un ingeniero alemán
que tenía el grado de mayor del ejército. ¡Qué gordinflón era el fascista
aquel! Pequeño, barrigudo, tan ancho como largo y culón como una mujer de
buenas carnes. Por delante, sobre el cuello de la guerrera, le asomaban tres
papadas colgantes, y detrás, en el cogote, le sobresalían tres grandes
pliegues. Yo calculaba que tendría no menos de tres puds de grasa pura. Al
andar, resoplaba como una locomotora, y cuando se sentaba a la mesa, ¡tragaba que
era un espanto! A veces, se pasaba el día entero dándoles trabajo a las muelas
y tientos a la cantimplora de coñac. Alguna vez que otra a mí también me tocaba
algo: nos parábamos en la carretera, él cortaba unas rodajas de salchichón y de
queso, tomaba un bocado y echaba un trago; cuando estaba de buenas, me tiraba
una tajada, como a un perro. Nunca me daba nada en la mano, pues lo consideraba
una humillación para él. Pero, aun con todo, no era el campo de concentración, el
caso es que, poco a
poco, yo iba pareciéndome a un
hombre, y, aunque despacito, empecé a reponerme.
»Durante
un par de semanas estuve llevando a mi mayor de Potsdam a Berlín y viceversa;
luego, le mandaron a una zona cercana al
frente a construir unas líneas de defensa contra nosotros. Y allí perdí el
sueño por completo: me pasaba las noches en vela pensando en cómo fugarme y
volver con los míos, a la Patria.
»Llegaron
a la ciudad de Pólotsk. Al amanecer, oí, por primera vez en dos años, el
estruendo de nuestra artillería, ¿y sabes, hermano, cómo empezó a latirme el
corazón? ¡Ni de mozo, cuando iba a ver a
Irina, me latía con tanta fuerza! Los combates se desarrollaban al este de
Pólotsk, a unos
dieciocho
kilómetros. En la ciudad, los alemanes empezaron a enfurecerse, a ponerse nerviosos, mi
gordinflón se emborrachaba cada vez con más frecuencia. Por el día íbamos al
campo, y él disponía cómo tenían que hacerse las fortificaciones; por la noche
la agarraba a solas. Estaba todo hinchado, unas bolsas colgaban fláccidas, bajo
sus ojos...
»Bueno
—me dije—, no hay por qué esperar más, ¡ha llegado la hora! Y no debo fugarme
yo solo, tengo que llevarme conmigo a mi gordinflón, ¡les servirá a los
nuestros!
»Encontré
entre unas ruinas una pesa de dos kilos, la envolví en un trapo para que, si
había que golpear, no brotara sangre, cogí en la carretera un trozo de hilo
telefónico, todo cuanto necesitaba, lo preparé cuidadosamente y lo guardé bajo
el asiento delantero. Dos días antes de despedirme de los alemanes,
iba por la noche
a repostar, cuando veo
que por el barro camina
un suboficial borracho,
agarrándose a las paredes. Paré el coche, llevé al suboficial a unas ruinas, le quité el uniforme y el gorro.
Todos aquellos bienes los metí también bajo el asiento, ¡y adivina quién te
dio!
El
veintinueve de junio por la mañana, me ordenó mi mayor que le llevase fuera de
la ciudad, hacia Trosnitsa, donde él dirigía unas obras de fortificación.
Partimos. El mayor, acomodado en el asiento de atrás, dormitaba plácidamente, y
el corazón parecía querer saltárseme del pecho. Iba de prisa, pero ya en el
campo aminoré la marcha; luego, detuve el coche, bajé, volví la cabeza: allá
lejos venían dos camiones. Saqué la pesa, abrí bien la portezuela. El
gordinflón, recostado en el respaldo del
asiento, roncaba como si estuviera junto al costado de su mujer. Bueno, y yo le
di un golpe con la pesa en la sien izquierda. Él dejó caer la cabeza. A decir
verdad, le golpeé otra vez, pero no quise matarle. Necesitaba llevarlo vivo,
pues debía contarles muchas cosas a los
nuestros. Le saqué de la funda la pistola, me la metí en el bolsillo, hinqué
una palanca tras el respaldo del asiento de atrás, enrollé al cuello del mayor
el hilo telefónico y lo até con un nudo corredizo a la palanca. Aquello lo hice
para que el gordinflón no se derrumbase
de medio lado cuando el coche fuera a mucha velocidad. De prisa me
embutí en el uniforme alemán y me puse el gorro; bueno, y embalé el coche para
ir derecho hacia donde la tierra retemblaba y se desarrollaban los combates.
»Crucé la
línea avanzada alemana entre dos fortines. De un blindado saltaron dos soldados
con fusiles automáticos, y yo, adrede, aminoré la marcha para que vieran que
iba un mayor en el auto. Pero ellos empezaron
a dar voces y a agitar las manos indicando que hacia allí no se
podía ir; yo hice como que no
comprendía, pisé el acelerador y escapé a ochenta por hora. Cuando quisieron recobrarse de la
sorpresa y comenzaron a disparar con las
ametralladoras, yo me encontraba ya en terreno de nadie y zigzagueaba entre los
embudos abiertos por las bombas, no peor que una liebre.
»Desde atrás,
los alemanes zumbaban,
y desde delante los
míos disparaban como locos recibiéndome con el tableteo de
sus fusiles ametralladores. Agujerearon el parabrisas por cuatro sitios, el
radiador lo acribillaron a balazos... Pero ya estaba en un bosquecillo, más
arriba de un lago; los nuestros corrían hacia el auto, y yo me metí a toda marcha
en el bosquecillo, abrí la portezuela, caí sobre la tierra, la
besé, y no podía respirar...
»Un
mozuelo, con unas hombreras en la guerrera que yo no había visto en la vida,
fue el primero en llegar hasta mí y me dijo riendo burlón: “¡Ah, fritz del
diablo! Conque te has perdido, ¿eh?” Me arranqué el uniforme alemán, tiré a mis
pies el gorro y le repuse: “¡Ay, papanatas, alma mía! ¡Hijito querido! ¡Yo que
voy a ser un fritz, cuando he nacido en el mismo Vorónezh! Estaba prisionero,
¿te enteras? Y ahora descargad a ese marrano
que traigo en el coche, cogedle la cartera y llevadme a donde está vuestro
jefe”. Les di la pistola,
fui pasando de mano en mano y, al
anochecer, me encontraba ya ante un coronel, jefe de la división. Para
entonces ya me habían dado de comer, llevado al baño, interrogado y hecho
entrega de un equipo completo, de modo que me presenté en el fortín del
coronel, limpio de cuerpo y alma y
vestido con todas las prendas de
uniforme. El coronel se levantó de la mesa y vino a mi encuentro. Delante de
todos los oficiales, me abrazó y me dijo: “Gracias, soldado, por el regalo que
nos has traído de los alemanes. Tu mayor y su cartera son más valiosas para
nosotros que veinte lenguas1. Gestionaré ante el mando que se te conceda una
1
Prisioneros que son capturados para que faciliten información.
condecoración”.
Sus palabras, su cariñoso afecto me emocionaron profundamente; me temblaban los
labios, no me obedecían y sólo pude articular: «Le ruego, camarada coronel, que
me envíe a una unidad de infantería:
»Pero el
coronel se echó a reír y contestó,
dándome unas palmadas en el hombro: “¿Qué guerrero vamos a hacer de ti, si apenas puedes tenerte
en pie? Hoy mismo te mandaré al hospital. Allí
te curarán y te alimentarán bien;
después, irás a casa, con permiso, a
pasar un mes con la familia, y cuando
vuelvas a nuestra división, ya veremos dónde te destinamos”.
»El
coronel y todos los
oficiales que estaban
con él en el
fortín se despidieron de mí
cariñosamente, dándome la mano, y yo salí de allí emocionado por completo,
porque en dos años había perdido la costumbre
de que se me tratara como a un ser humano. Y fíjate, hermano, durante
mucho tiempo después, en
cuanto tenía que
hablar con los jefes,
continué encogiendo
involuntariamente la cabeza entre los hombros, como si temiera que fuesen a
pegarme. Ya ves qué formación nos daban en los campos fascistas...
»Desde el
hospital escribí inmediatamente a Irina. En la carta le contaba todo con
brevedad: cómo había estado en el cautiverio, cómo había huido de allí
llevándome al mayor alemán. Pero, imagínate, no pudo contenerme las ganas y le
dije que el coronel me había propuesto para una condecoración... ¿De dónde me
vendría a mí aquella petulancia infantil?
»Dos semanas estuve comiendo
y durmiendo. Me daban
el alimento poco a
poco y con frecuencia, pues si me hubieran dado de golpe todo lo que yo
quería, habría hincado el pico; así me lo dijo el doctor. Acumulé fuercecillas
de sobra. Pero al cabo de las dos semanas, ya no podía tragar ni un bocado, No
llegaba respuesta de
casa y, lo reconozco, me entró la
morriña. Ni siquiera pensaba en
la comida, perdí el sueño por completo, toda clase de malos pensamientos me
pasaban por la cabeza... A la tercera semana, recibí carta de Vorónezh. Pero no me escribía Irina, sino un vecino
mío, el carpintero Iván Timoféievich. ¡No quiera Dios que nadie reciba una
carta semejante! Me decía que, en junio del cuarenta y dos, los alemanes habían
bombardeado la fábrica de aviación y una bomba grande había caído en mi pequeña
jata. Irina y las hijas estaban en aquel momento en casa... Y me comunicaba que no se habían encontrado
ni los restos de ellas; en el
sitio donde estuviera la jata
sólo quedaba una profunda fosa... Aquella vez no pude terminar de leer la
carta. Se me nubló la vista, el
corazón se me había
encogido y continuaba hecho
un ovillo sin querer dilatarse.
Me eché en la cama, estuve acostado un buen rato y acabé de leerla. Mi vecino
me decía que durante el bombardeo, Anatoli se encontraba en la ciudad. Al atardecer, volvió a la
barriada, estuvo contemplando la fosa y
regresó de nuevo a la ciudad.
Antes de marcharse, le dijo a mi
vecino que iba a pedir que le mandasen como voluntario al frente. Y nada más.
»Cuando
el corazón se dilató un poco y empecé a sentir en los oídos el latir de la
sangre, recordé con cuánto dolor se había
despedido de mí Irina en la estación. Por consiguiente, su corazón de mujer le decía ya que no volveríamos a
vernos más en este mundo. Y aquella vez
la aparté de un empujón... Tenía yo una familia, mi casa; todo aquello se había
ido formando en el transcurso de años, y de pronto, en un instante, desapareció todo y me quedé
solo. Pensaba: “¿No habrá sido un sueño mi vida infortunada?” Pues en el
cautiverio, casi todas las noches —mentalmente, claro está— hablaba con Irina,
con mis hijitos, les
daba ánimos; les decía: “No
paséis pena por mí, queridos
míos; volveré, soy fuerte, saldré de esto con vida y de nuevo estaremos todos
juntos...” Por lo tanto, ¡había estado hablando con los muertos!
El
narrador calló un instante; luego, ya con otra voz, entrecortada, queda, me
dijo:
—Echemos
un cigarro, hermano, porque me ahogo...
Fumamos.
En el bosque, inundado por las aguas del río, oíase el sonoro golpeteo del
picamaderos. El tibio vientecillo seguía meciendo perezoso las secas
candelillas de los alisos; en la altura, por el azul del cielo, continuaban
flotando las nubes, como barcos de tensas velas blancas; pero en aquellos
momentos de doloroso silencio, me parecía ya otro aquel mundo infinito que se
preparaba para las grandes transformaciones de la primavera, para la eterna
confirmación de lo vivo en la vida.
Era
penoso callar, y le pregunté:
—¿Y qué
ocurrió después?
—¿Después?
—repuso de mala gana
el narrador—. Después el
coronel me dio un mes de permiso, y una semana más tarde ya estaba yo en Vorónezh. Llegué a pie hasta el lugar donde viviera en
tiempos con mi familia. Un profundo embudo, lleno de agua herrumbrosa, y en derredor, maleza hasta la cintura...
Mala hierba espesa y un silencio de cementerio. ¡Ay, cuánto dolor sentí,
hermano! Estuve en pie unos minutos, con el alma llena de pesar, y volví a la
estación. No pude permanecer allí ni siquiera una hora; aquel mismo día
emprendí el regreso a la división.
»Pero
unos tres meses más tarde, surgió radiante, sonriéndome, una gran alegría, como
asoma el sol entre las nubes: apareció Anatoli. Me mandó al frente una carta,
por lo vista desde otro frente. Había sabido mis señas por nuestro vecino Iván
Timoféievich. Resultaba que primeramente había ido a parar a una escuela de
artillería; allí le sirvió su capacidad para las matemáticas. Al cabo de un
año, terminó los estudios
con notas de sobresaliente y
marchó a la línea
de fuego, y ahora escribía
diciendo que tenía ya el grado de capitán, mandaba una batería del “cuarenta y
cinco” y estaba condecorado con seis
órdenes y medallas. En resumidas cuentas, que había dejado atrás al padre en
todos los terrenos. Y de nuevo, ¡me enorgullecí de él, terriblemente! Puedes
decir lo que quieras, pero se trataba de mi propio hijo, hecho ya todo un
capitán, un jefe de batería, ¡aquello no era cosa de broma! Y además, con
semejantes órdenes. No importaba que el padre transportase en un “Studebaker”
municiones y otros efectos militares, sus afanes eran agua pasada, mientras que
el capitán lo tenía todo por delante.
»Y, por
las noches, empezaron los ensueños de viejo: terminaría la guerra, casaría al
hijo y me iría a vivir con el joven matrimonio, a trabajar, a cuidar de los
nietecillos. En fin, toda clase de ilusiones
de vejete. Pero también
en este caso
falló todo. Durante el
invierno atacábamos sin descanso, y no teníamos tiempo para
escribirnos con mucha frecuencia; al final de la guerra, muy cerca ya de
Berlín, le envié una mañana a Anatoli una cartita, y al día siguiente recibí
respuesta. Y entonces me di cuenta de que
el hijo y yo llegábamos a
la capital de
Alemania por caminos distintos,
pero nos encontrábamos cerca el uno del otro. Esperaba impaciente, con
verdadera ansia, el momento en que nos
veríamos. Bueno, y nos vimos... Exactamente el nueve de
mayo, en la mañana del día de la
Victoria, un sniper alemán mató a mi Anatoli...
Por la
tarde, me llamó el jefe de la compañía. Vi que con él estaba sentado un
teniente coronel de artillería, desconocido para mí. Al entrar yo en la
habitación, se levantó, como ante un superior. El jefe de mi compañía me dijo:
“Viene a verte a ti, Sokolov”, y se volvió hacia la ventana. Yo noté una
sacudida por todo el cuerpo, como una descarga eléctrica: había presentido algo
malo. El teniente coronel se
acercó a mí y me dijo en voz baja: “¡Ten
valor, padre! Hoy, en la batería, han matado a tu hijo, el capitán Sokolov.
¡Ven conmigo!”.
»Me
tambaleé, pero me mantuve en pie. Ahora, igual que en sueños, recuerdo cómo
íbamos el teniente coronel y yo, en un automóvil grande, avanzando con
dificultad por las calles llenas de escombros; recuerdo confusamente una
formación de soldados y un féretro envuelto en terciopelo rojo. Y a Anatoli lo
veo como ahora a ti, hermano. Me acerqué al féretro. Mi hijo yacía en él, pero
no parecía mi hijo. El mío era un muchachito siempre sonriente, estrecho de
pecho, con una saliente nuez en el cuello delgado, mientras que allí yacía un
hombre, joven, guapo, de pecho ancho y ojos entornados, como si estuviera
mirando algo muy lejano, más allá de mí, que yo no conocía. Sólo en las
comisuras de sus labios había quedado grabada eternamente la sonrisa del hijito
de antes. Del pequeño Anatoli de otros tiempos. Le besé y me aparté a un lado.
El teniente coronel pronunció un discurso. Los camaradas y amigos de mi hijo se
enjugaron las lágrimas, y las mías, que no llegaron a ser vertidas, debieron de
secarse en el corazón. Tal vez por eso me duela tanto.
»Di
sepultura en tierra alemana, en tierra extraña,
a mi última alegría y esperanza; la batería disparó una salva de honor,
despidiendo a mi hijo en su último, largo viaje, y me pareció que algo se
desgarraba en mis entrañas... Llegué a
mi unidad anonadado, roto. Pero allí me desmovilizaron poco después. ¿Adónde
ir? ¿Quizás a Vorónezh? ¡Por nada del mundo! Recordé que en Uriúpinsk
vivía un
amigo mío, licenciado en el invierno a
causa de una herida; en una ocasión me
había invitado a ir a su casa, lo recordé y partí para Uriúpinsk.
»Mi amigo
y su mujer no tenían hijos, vivían en una casita propia de las afueras de la
ciudad. Aunque era inválido de guerra, trabajaba de chófer en una compañía de
transportes; yo me coloqué también allí. Me quedé a vivir en casa de mi amigo, me acogieron en
ella. Llevábamos diversas cargas a diferentes comarcas; en otoño, nos
incorporamos al transporte del trigo. En aquel tiempo fue cuando conocí a mi
nuevo hijito, ése que está jugando en la arena.
»Cuando
volvía a la ciudad, de algún viaje, lo primero que hacía, claro está, era
detenerme en un ventorrillo a comprar
algo y beberme, como es
natural, medio vaso
de vodka para
matar el cansancio. He de
reconocer que por aquel tiempo me había aficionado bastante a esta mala cosa...
Pues bien, una vez, junto al
ventorrillo, vi a ese
chicuelo; al día siguiente
lo volví a ver allí. Pequeñito,
harapiento, con la carita toda manchada de jugo de sandía, lleno de polvo y
mugre, despeinado ¡y con unos ojillos como dos luceritos en la noche, después
de la lluvia! Y quedé tan prendado de él, que —cosa rara— hasta empecé a echarlo de menos; cuando
volvía de un viaje, aceleraba para verlo cuanto antes. Comía a la puerta del
ventorrillo lo que le daban.
»Al
cuarto día, viniendo directamente del sovjós, cargado de trigo, viré hacia el
ventorrillo. Mi chicuelo estaba sentado al borde de la terracilla de entrada,
balanceando las piernecitas y, según todos los síntomas, hambriento. Asomé la
cabeza por la ventanilla y le grité: “¡Eh, Vania! Monta a escape en el coche,
te llevaré al elevador y, desde allí, volveremos aquí, a comer”. Al oír mis
voces, se estremeció, saltó de la terracilla, encaramóse al estribo y me
preguntó bajito: “¿Y cómo sabes tú, tío, que yo me llamo Vania?» Y con los
ojillos muy abiertos, esperó mi respuesta. Bueno, yo le dije que, como hombre
de experiencia, lo sabía todo.
»Rodeó el
camión para subir por la banda derecha; yo abrí la portezuela, lo senté a mi
lado y partimos. Aquel chiquillo tan vivaracho se apaciguó de pronto y quedó pensativo, quietecito; de improviso, posó
en mí sus ojos
de largas pestañas,
combadas hacia arriba,
y suspiró. Un gorrioncillo como aquél, y ya había aprendido a suspirar.
¿Acaso le correspondía
a él eso? Le pregunté: “¿Dónde
está tu padre, Vania?” Contestó en un
susurro: “Murió en el frente”. “¿Y tú mamá?” “La mató una bomba en el tren,
cuando íbamos de viaje.” “¿Y de dónde veníais?” “No lo sé, no me
acuerdo...” “ ¿Y no tienes
aquí ningún pariente?” “Ninguno.”
“¿Dónde pasas las noches?” “Donde puedo.”
»Sentí la
quemazón de una lágrima ardiente, que no acababa de brotar, y decidí
en el acto: “¡Pasaremos juntos
las penas! Lo prohijaré”. Y al instante, se me alivió el alma, como si entrase
en ella un rayito de luz. Me incliné hacia él y le pregunté quedo: “Vania, ¿y
tú no sabes quién soy yo?” El pequeño inquirió con un hilillo de voz: “¿Quién?”
Y yo le respondí, muy bajito también: “Soy tu padre”.
»¡La que
se armó, santo Dios! Se abalanzó a mi cuello, me besó en la cara, en los
labios, en la frente y comenzó a
chillar, con vocecilla aguda de pájaro flauta, atronando el pescante: “¡Papaíto
querido! ¡Ya lo sabía yo! ¡Sabía que me encontrarías! ¡Que me encontrarías de
todos modos! ¡He estado esperando tanto
tiempo a que me encontraras!” Se apretó contra mí, y todo él temblaba, como una hierbecilla
agitada por el viento. Entonces, una
neblina me veló los ojos y me entró
también un temblor por todo el cuerpo, que se me estremecían hasta las manos...
¿Cómo no solté el volante? ¡De milagro! Sin embargo, me metí sin querer en la
cuneta; paré el motor; en tanto seguía aquella neblina en los ojos, no quería
reanudar la marcha, no fuera a atropellar a alguien. Estuve allí parado unos cinco minutos, y mi hijito continuaba
apretándose contra mí, con todas sus fuercecillas, callado, tembloroso. Le
pasé el brazo derecho por la espalda, y le estreché suavemente contra mi pecho,
mientras con la izquierda viraba el camión y emprendía el regreso hacia casa.
Había desistido de ir al elevador, ¡no estaba yo para elevadores en aquellos
momentos!
»Dejé el
coche a la puerta, tomé a mi nuevo hijito en brazos y lo llevé hacia casa. Él
me echó las manecitas al cuello y no se soltó hasta que llegamos. Tenía pegada
su carita a mi áspera mejilla sin afeitar, como soldada a ella. Y así le llevé
a la vivienda. Los dueños estaban en la casa. Entré, les
guiñé y
dije animoso: “He encontrado a mi Vania!
Dadnos albergue, buena gente!” Los dos, que no tenían hijos, comprendieron al
instante y empezaron a moverse diligentes. Pero yo no podía apartar al hijo de
mí, de ninguna de las maneras. Como Dios me dio a entender, le convencí
de que me soltara. Le lavé las manos con jabón y lo senté a la mesa. La
dueña de la casa le llenó el plato de sopa de coles; al ver con qué ansia
comía, se le saltaron las lágrimas. Estaba en pie ante el horno de la cocina
llorando y enjugándose los ojos con el delantal. Mi Vania se dio cuenta de que
lloraba, corrió a ella, y le preguntó, dándole tirones de la falda: “Tía, ¿por
qué llora usted? El padre me ha encontrado
a la puerta del ventorrillo. Todos debían estar contentos, ¡y usted
llora! “Y ella, al oír aquello, ¡allá va!, arreció aún más en su llanto. ¡Se
deshacía en lágrimas!
»Después
de comer, lo llevé a la peluquería, le cortaron el pelo; en casa, lo bañé yo
mismo en un barreño y le envolví en una sábana limpia. Él me abrazó, y así se
quedó dormido en mis brazos. Con
cuidado, lo acosté en la cama y me fui con el coche al elevador; descargué el
trigo, dejé el camión en la parada y empecé a recorrer las tiendas a toda prisa. Le compré unos
pantaloncitos de paño, una camisilla, unos zapatitos y una gorrita de paja, con
visera. Y, naturalmente, resultó que nada de aquello le venía a la medida y,
por su calidad, no valía un comino. Por los pantaloncillos me gané una regañina
de la dueña de la casa: “¿Te has vuelto loco? —me dijo—. ¿Cómo va a llevar el
niño unos pantalones de paño con un calor semejante?” Al momento, puso sobre la mesa la máquina de
coser, empezó a
hurgar en el
arcón y, al cabo
de una hora,
ya tenía mi Vania preparados unos pantaloncillos de
satén y una camisita blanca de manga corta. Me acosté con él y, por primera vez
en largo tiempo, dormí tranquilo. Sin embargo, durante la noche, me levanté
unas cuatro veces. Me despertaba y veía que, acurrucado bajo mi sobaco, como un
gorrioncillo bajo un alero, respiraba suavemente, ¡y se me llenaba el alma de
un gozo que es imposible describir con
palabras! Tenía miedo a moverme, no
fuera a despertarlo; pero no podía resistir el deseo y me levantaba con mucho
tiento, encendía una cerilla y lo contemplaba embelesado...
»Antes
del amanecer, me desperté: sentía un ahogo incomprensible. ¿Qué era aquello?
Era que mi hijito se había desenvuelto de la sábana y yacía atravesado sobre
mí, apretándome la garganta con un piececillo; intranquilo era dormir con el
chiquillo, pero me había acostumbrado y me aburría sin él. Por las noches,
acariciaba al niño dormido, olía sus cabellos alborotados; el corazón sentía
alivio, se ablandaba; de lo contrario se me habría petrificado de dolor...
»En los
primeros tiempos, el chiquillo iba conmigo en el camión, a los viajes; luego,
me di cuenta de que aquello no podía ser. ¿Qué necesitaba yo solo? Con un canto
de pan y una cebolla con sal, ya está harto el soldado para todo el día.
Mientras que con él, la cosa variaba: unas veces había que conseguir leche;
otras, cocer un huevecillo, y de nuevo no se podía pasar sin lumbre. No había
que dar largas al asunto. Me armé de valor y un día lo dejé al cuidado de la
dueña de la casa; allí se quedaba, sorbiéndose las lágrimas, hasta el
anochecer, y al anochecer corría al elevador para recibirme. Me estaba
esperando allí hasta bien entrada la noche.
»Muchos apuros me hacía pasar al principio. Una vez,
nos acostamos antes del oscurecer. El día había
sido de gran
ajetreo y yo estaba muerto de
cansancio; él, que
siempre piaba como un gorrioncillo, permanecía callado. Le
pregunté: “¿En qué piensas, hijito?” Él inquirió, mirando al techo: “¿Dónde has
dejado el abrigo de cuero, papá?” ¡En la vida había tenido un abrigo de cuero!
Hubo que salir del trance: “Me lo dejé en Vorónezh”, le dije. “¿Y por qué has
tardado tanto en encontrarme?” Yo le respondí: “Te estuve buscando, hijito en
Alemania y en Polonia, recorrí toda Bielorrusia, a pie y en coche, y resultó
que tú estabas en Uriúpinsk”. “¿Y Uriúpinsk está más cerca que Alemania? ¿Y
Polonia está lejos de nuestra casa?” Así charlábamos hasta que nos dormíamos.
»¿Y
crees, hermano, que lo del abrigo de cuero lo preguntó porque sí? No, todo
aquello tenía su motivo. Por consiguiente, su verdadero padre había llevado en un tiempo un abrigo
así, y él lo recordó. Pues la memoria de los niños es como un relámpago de verano: se enciende de pronto, lo ilumina todo por
unos instantes y se apaga. Eso le ocurre
a su memoria; igual que el relámpago, brilla de vez en cuando.
»Puede
que hubiera vivido con él en Uriúpinsk un añito más, pero en noviembre me
ocurrió un percance. Iba por el barro, cuando, al pasar por un caserío, el
coche dio un patinazo; una vaca se cruzó de pronto en mi camino y yo la
derribé. Bueno, ya sabes, las mujeres pusieron el grito en el cielo, se
arremolinó la gente, y un inspector de transporte se presentó como por encargo.
Me quitó el permiso de conducir, por mucho que le pedí clemencia. La vaca se
levantó, alzó el rabo y se fue a corretear
por los callejones, y yo me
quedé sin el
permiso. Durante el
invierno, trabajé de carpintero; luego
empecé a cartearme
con un amigo, también compañero
del servicio —que trabajaba de chófer en vuestro distrito, en la región de Kashar— y me invitó a ir a su casa. Me escribe
diciendo que trabajaré medio año en cuestiones decarpintería, y que luego allí,
en vuestro distrito, me darán un nuevo permiso de conducir.
»Pero,
¿cómo decirte?, aunque no me hubiera ocurrido ese incidente de la vaca, de
todos modos me habría marchado de
Uriúpinsk. La pena no me deja estar mucho
tiempo en un mismo sitio. Cuando mi Vania crezca y haya que mandarlo a
la escuela, puede que me apacigüe y me asiente en un sitio fijo. Y entretanto,
caminamos los dos por la tierra rusa.
—A él le
es penoso caminar.
—Él no
anda apenas, la mayor parte del tiempo va a cuestas. Lo siento en mis hombros y
lo llevo así; cuando tiene ganas de estirar las piernas, se baja y corretea por
el borde del camino, retozando como un cabritillo. Todo esto, hermano, no
importaría, ya viviríamos de alguna manera los dos, pero se me ha escacharrado
el corazón, hay que cambiarle los émbolos... Alguna vez que otra se me oprime y
me entra un dolor que veo todas las estrellas del cielo. Temo que cualquier
noche me muera dormido y dé un susto a mi hijito. Y además, otra desgracia:
casi todas las noches sueño con mis queridos muertos. Y la mayoría de las
veces, yo estoy tras la alambrada y ellos al otro lado, en libertad... Hablo de
todo con Irina y con mis chicos, pero en cuanto quiero apartar el alambre de
espino, se alejan de mí, desaparecen como si se esfumaran ante mis ojos... Y
fíjate qué extraño: durante el día, siempre
me mantengo bien, sin un
ay ni un suspiro, pero cuando me
despierto por la noche, está toda la almohada empapada de lágrimas...
En el
bosque resonó la voz de mi camarada y el chapoteo de los remos en el agua.
Aquel
hombre —un extraño, pero ya para mí un amigo entrañable—, me tendió la mano,
grande, dura, como de madera:
—¡Adiós,
hermano, que tengas suerte!
—Y tú,
que llegues felizmente a Kashar.
—Gracias.
¡Eh, hijito, vamos a la barca!
El
chiquillo corrió hacia el padre, se puso a su derecha y, agarrándose al faldón
de la enguantada chaqueta, echó a
andar, con pasitos rápidos y cortos, junto al hombre, que caminaba a grandes zancadas.
Dos seres
desvalidos, dos granitos de arena arrojados a tierra extraña por el huracán de
la guerra, de una fuerza
inaudita... ¿Qué los
esperaba en adelante?
Y hubiera querido pensar
que aquel hombre ruso, hombre de voluntad
inflexible, no se dejaría abatir, y que junto a él, al amparo del padre,
crecería el otro que, cuando fuese mayor, sería ya capaz de soportarlo todo, de
salvar cuantos obstáculos encontrase en su camino, si la Patria le llamaba a
ello.
Con honda
tristeza, los acompañé con la mirada... Tal vez nuestra despedida hubiera
terminado bien, pero Vania, luego de alejarse unos pasos, correteando con sus
piernecillas cortas, volvió hacia mí la carita y agitó sin detenerse la manita
sonrosada. Y de pronto sentí como si una zarpa, blanda, pero de afiladas uñas,
me oprimiese el corazón, y me volví de espaldas, apresuradamente. No, no sólo
lloran en sueños los hombres maduros, encanecidos en los años de guerra. Lloran también despiertos. En estos casos, lo
importante es saber volverse a tiempo.
Lo principal es no herir el corazón del niño, que no vea cómo por tu mejilla
corre, parca y ardiente, una lágrima de hombre...
Índice*
CUENTOS DEL DON
EL LUNAR
...............................................................................................................................5
EL PASTOR
.............................................................................................................................21
EL COMISARIO DE ABASTOS
.............................................................................................39
SANGRE DE SHIBALOK
.......................................................................................................49
TLIUJA .....................................................................................................................................57
EL CORAZÓN DE ALIOSHKA
..............................................................................................67
EL GUARDA DEL MELONAR
..............................................................................................87
EL GRAN CAMINO
................................................................................................................107
EL BORDE
...............................................................................................................................165
EL TORBELLINO
....................................................................................................................201
UN PADRE DE FAMILIA
.......................................................................................................225
EL PRESIDENTE DEL COMITÉ MILITAR
REVOLUCIONARIO DE LA REPÚBLICA ..235
EL SENDERO TORCIDO
........................................................................................................143
LA BÍGAMA ............................................................................................................................259
SOBRE EL COMISARIO DE ABASTOS DEL
DON Y SOBRE LAS DESVENTURAS DEL VICECOMISARIO CAMARADA PLITSIN
..................................................................183
LA OFENSA
.............................................................................................................................293
UN ENEMIGO MORTAL
........................................................................................................311
EL POTRILLO
.......................................................................................................................133
LOS CHARCOS
.......................................................................................................................145
SOBRE KOLSCHA, LA ORTIGA Y OTRAS
CUESTIONES
...............................................363
LA CARCOMA
........................................................................................................................171
LA ESTEPA AZUL
..................................................................................................................191
BRACEROS
.............................................................................................................................405
SANGRE EXTRAÑA
...............................................................................................................257
UN LENGUAJE COMÚN
........................................................................................................283
EL BLANDENGUE
.................................................................................................................293
EL DESTINO DE UN HOMBRE
.....................................................................................................
385

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