© Libro N° 5595.
Nuevos
Cuentos De Pago Chico. Payró, Roberto J. Emancipación. Enero
19 de 2019.
Título original: © Nuevos
Cuentos De Pago Chico. Roberto J. Payró
Versión Original: © Nuevos Cuentos De Pago Chico. Roberto J. Payró
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A
CRÍTICA TODA LA CULTURA
NUEVOS CUENTOS DE PAGO CHICO
Roberto J. Payró
Índice
Pago Chico
- I -
La escena y los actores
- II -
Libertad de imprenta
- III -
En la policía
- IV -
El juez de paz
- V -
La elección municipal
- VI -
Ladrillo de maquina
- VII -
Beneficencia pagochiquense
- VIII -
Poncho de verano
- IX -
Para barrabasadas...
- X -
Los patos
- XI -
Metamorfosis
- XII -
Con la horma del zapato
- XIII -
El caudillo
- XIV -
El desquite de don Inacio
- XV -
Las memorias de Silvestre
- XVI -
Fiestas patrias
- XVII -
Poesía
- XVIII -
Sitiado por hambre
- XIX -
El diablo en Pago Chico
- XX -
¡Guerra a Silvestre!
- XXI -
Altruismo
- XXII -
Libertad de sufragio
Nuevos cuentos de Pago Chico
El fantasma
Justicia salomónica
Don Manuel en Pago Chico
Epílogo
Pago Chico
- I -
La escena y los actores
Fortín en tiempo de la guerra de indios, Pago Chico había ido
cristalizando a su alrededor una población heterogénea y curiosa, compuesta de
mujeres, de soldados, -chinas- acopiadores de quillangos y plumas de avestruz,
compradores de sueldos, mercachifles, pulperos, indios mansos, indiecitos
cautivos -presa preferida de cuanta enfermedad endémica o epidémica vagase por
allí.
El fortín y su arrabal, análogo al de los castillos feudales,
permanecieron largos años estacionarios, sin otro aumento de población que el
vegetativo -casi nulo porque la mortalidad infantil equilibraba casi a los
nacimientos, pero cuyos claros venían a llenar los nuevos contingentes de
tropas enviados por el gobierno.
Mas cuando los indios quedaron reducidos a su mínima expresión
-«civilizados a balazos»-, la comarca comenzó a poblarse de «puestos» y
«estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron, fomentando de rechazo
la población y el comercio de Pago Chico, núcleo de toda aquella vida
incipiente y vigorosa.
Cuando ese núcleo provincial adquirió cierta importancia, el gobierno
provincial de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra
especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en «partido»
el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo fuerte, a punto ya de
convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con esto una nueva unidad electoral
que oponer a los partidos centrales, más poblados, más poderosos y más capaces
de ponérsele frente a frente para fiscalizarlo y encarrilarlo.
Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales, el
gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad, comandantes
militares, jueces de paz y comisarios de policía, encargados de suministrarle
los legisladores a su imagen y semejanza que habían de mantenerlo en el poder.
La vida política de Pago Chico sólo se manifestó, pues, durante muchos
años, por la ciega obediencia al gobierno, del que era uno de los inconmovibles
bourgs pourris, baluarte en que se estrellaba todo conato de oposición. Los
«partidos» incondicionalmente oficiales, eran el gran cimiento de la situación,
y entre ellos Pago Chico aparecía como una de las herramientas más dóciles y
eficaces. Recibía en cambio algunos subsidios para el sostenimiento de sus
autoridades, y de vez en cuando gruesas sumas destinadas a obras públicas y de
fomento, que las mismas autoridades se repartían en Santa Paz, cubriendo las
apariencias con algún conato de construcción, verbigracia, la del puente sobre
el río Chico, que aún está en veremos, el ensanche de la iglesia, siempre en
las mismas, la terminación de la Municipalidad, o la mejora de los caminos, las
acequias o los mataderos...
Oposición no existía sino tan embrionaria que su exteriorización más
grande eran los chismes y las hablillas, las protestas de algún desdeñado o
perseguido y los anónimos al gobernador de la provincia o a los periódicos de
la capital, ora reveladores de verdaderos abusos, ora simples especies
calumniosas envenenadas.
El programa político de los descontentos era el rudimentario «quítate para
que yo me ponga» de manera que la oposición no salía nunca de su estado de
nebulosa, por poco que, cuando amenazaba consolidarse, los más ardientes
recibieran un mendrugo inspirador del quietismo y la tolerancia.
Bermúdez, por ejemplo, indignado ante la negativa de una concesión que
pidiera a la Municipalidad, proclamó urbi et orbe que iba a revelar los
latrocinios del puente sobre el Chico, denunciando a la prensa bonaerense la
verdadera inversión de los fondos, robados por los municipales como en una
carretera. Hizo, en efecto, una exposición circunstancial de las
defraudaciones, a la que agregó cálculos de precio de materiales, la
descripción de lo hecho y un cúmulo de comprobantes...
Firmó el terrible documento, consiguió que otros vecinos expectables lo
refrendaran, robusteciendo la denuncia, leyó el factum ante un grupo numeroso
en el café y confitería de Cármine, agitó los ánimos, despertó el patriotismo
pagochiquense, convulsionó al pueblo, pronto ya a la revolución y el
sacrificio...
-Usted es un zonzo, amigo Bermúdez -le dijo en esta emergencia el
escribano Ferreiro, deteniéndolo en la calle.
-¿Por qué? -preguntó el prohombre opositor muy sorprendido.
-Porque ha obligado al intendente a romper el contrato por diez años del
peaje del puente.
-¿Y a mí qué?
-Que la Municipalidad se lo concedía a usted por una bicoca... ¡Un
regalito de tres a cuatro mil pesos por año!...
Bermúdez se puso verde, luego amarillo, después rojo como un tomate,
enseguida pálido otra vez, y tomando el brazo del ladino Ferreiro con la mano
trémula de emoción y avaricia:
-¿Y eso no se podría arreglar? -preguntó.
Se arregló, y admirablemente. Bermúdez dio vuelta al poncho. Los
parroquianos del café de Cármine le sacaron el cuero; pero nuestro hombre,
desollado y todo, siguió tan campante enriqueciéndose y figurando cada vez
más...
Ese café de Cármine y otros puntos de cita no podían, entre tanto, dejar
de convertirse en centro de difamación, y lo fueron con tal eficacia que al
cabo de pocos años el pueblo se halló dividido en varios bandos que se odiaban
a muerte, y cuya lucha iba a dar origen a una oposición organizada.
Entre estos bandos destacábase el de don Ignacio Peña (don Inacio, allí) y
su acólito el boticario Silvestre Espíndola, enemigo personal este último del
intendente y su camarilla, porque el médico municipal, doctor Carbonero,
habilitó al italiano Bianchi para que abriese otra farmacia contando con la
clientela obligatoria de sus enfermos, los pedidos de la municipalidad para el
hospital, y los de la comisairía para su botiquín, pues Carbonero acumulaba
también las funciones de médico de policía y director del hospital.
Esto ahondaba la división, porque los otros dos facultativos, el doctor
Fillipini, italiano, y el doctor don Francisco de Pérez y Cueto, español, sin
cargo ni prebenda alguna, eran naturalmente opositores a todo trance.
Añádase a esto la competencia comercial, creadora de enconos por sí misma,
y exacerbada aún por el favoritismo de las autoridades, que para algunos
llegaban a extremos inconcebibles; los celos de las mujeres; las envidias de
los hombres; la sempiterna vida en común; la falta casi total de horizontes, y
se tendrá idea de aquel terreno preparado ya para convertirse en teatro de una
lucha homérica.
El primer síntoma de guerra fue una disputa ocurrida en el Club del
Progreso entre el intendente municipal don Domingo Luna y el juez de paz don
Pedro Machado, a raíz de un envite en que el juez cantó treinta y dos y se fue
a baraja sin mostrarlas, apuntándose los tantos después de no querer el rabón.
Casi hubo cachetadas, y quizá hubiera sido mejor, porque la venganza de
Machado, a quien el intendente llamara «tramposo» con todas sus letras, fue
terrible: fundó un periódico, «El Justiciero», para atacar a su enemigo y
sacarle los cueritos al sol. «Los cueritos al sol» dicen en la campaña, porque
allí se acostumbra que los niños duerman sobre pieles de cordero, y cuando
éstas se sacan a la luz... ¡ya se adivina el resto!
Hizo Machado llevar una imprentita de Buenos Aires, y como era
completamente analfabeto, la puso en manos de Fernández, que ya había
dragoneado de periodista en otro pueblo, encargándole que pusiese «overo» al
intendente, sin asco y sin lástima.
«El Justiciero» debía aparecer dos veces por semana: jueves y domingos.
Apareció, sin embargo, un solo jueves, pues el «deux ex machina» pagochiquense,
el escribano Ferreiro, se encargó de poner paz entre los príncipes cristianos.
-Mire, don Pedro -declaró al belicoso juez de paz-; esto va a ser como
pelea de comadres de barrio. «¡Usté es esto!» «¡Y usté es más!» Cuanto pueda
decirle a Luna, él se lo puede repetir a usté, porque todos hemos hecho y
estamos haciendo lo mismo. Tráguese la rabia y cállese la boca, porque lo más
que sacará será lo que el negro del sermón; los pies fríos y la cabeza
caliente. Sigamos como hasta ahora, que así va lindo no más. Si no vamos a
tener que enojarnos con usté, se va a enojar el gobierno, ya no le caerá ni un
negocito para hacer boca, y en cambio Luna se encargará de decirle cuántas son
cinco, y él y usté, usté y él serán la risa de todo el mundo.
Como don Pedro no cediera a las primeras de cambio, Ferreiro se entretuvo
en enumerarle todos los negocios dudosos y hasta escandalosos en que había
tenido participación, las arbitrariedades por él cometidas en el desempeño de
su cargo...
-Piór ha hecho él -gritaba Machado, como lo pronosticara el escribano, que
le tapó la boca con esto:
-Habrá hecho peor, no digo que no. Pero él no está en posesión de un campo
sin título de propiedad, ni de seis o siete lotes urbanos, que la Intendencia
puede reivindicar de un momento a otro...
«El Justiciero» no reapareció hasta meses más tarde, cuando «La Pampa» de
Viera arrojó en aquel terreno abonado la semilla de la oposición, provocando
por parte del oficialismo una defensa desesperada que tuvo la virtud de acabar
con las rencillas de Machado, Luna y demás «dueños del pueblo».
Este Viera, hijo de Pago Chico -joven de veintidós años que había vivido
algún tiempo en Buenos Aires, codeándose, gracias a su pequeña fortuna, con la
juventud frecuentadora de cervecerías, teatros y comités-, era un bien
intencionado y un cándido, con escasa ilustración y más escasa experiencia, a
quien el surgimiento de la Unión Cívica infundió ideas redentoras. A raíz de
aquel vasto movimiento de opinión volvió al Pago resuelto a reformar el mundo,
y para hacerlo compró también una imprentita, gastándose la mitad de su
capital, y fundó «La Pampa», dispuesto a sostenerla con la otra mitad.
Ya lo veremos en la acción. Entretanto pasemos a otra cosa, para dar una
idea general de aquel pueblo privilegiado.
Las reuniones más «chic» y mejor concurridas eran las que Gancedo
celebraba frecuentemente en su casa, para ir creándose una popularidad que
pudiera llevarlo a la diputación, sin darse cuenta de que en Ferreiro tenía un
rival tanto más peligroso cuanto más discreto y solapado.
Las tertulias de Gancedo eran todo lo amenas y agradables que podían serlo
en Pago Chico. Precedíalas siempre «una comida íntima» según el dueño de casa,
«un banquete» según los invitados no venenosos. Llenábase de gente el vasto
comedor, y como la ciencia culinaria pagochiquense estaba todavía en pañales,
el menú se componía generalmente de jamón, pavo fiambre, conservas de toda
especie y empanadas criollas, de tal modo que la mesa parecía la de un lunch de
viajeros en una parada del camino.
Terminada la comida y apuradas las últimas botellas del buen vino de
postre, comenzaba a llegar el resto de los invitados, las niñas con sus mamás,
los jóvenes solteros; el pianista Mussio aporreaba el teclado sin darse tregua,
y los valses, las polkas y los lanceros se sucedían hasta muy cerca del
amanecer.
Las demás reuniones eran muy parciales y ese excepto las masculinas del
Club del Progreso y la confitería de Cármine -los dos puntos de reunión que se
disputaban opositores y oficialistas, quedando el uno y el otro tan pronto en
manos de éstos, tan pronto en manos de aquéllos, como en las figuras de una
contradanza.
Pero, eso sí, sólo tratándose de un caso de enemistad declarada y odio
manifiesto, ningún pagochiquense distinguido faltaba al bautizo, la boda, el
velorio y el entierro de otro distinguido pagochiquense. Era de regla olvidar
aparentemente las pequeñas rencillas en estas solemnidades.
Pero si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile,
abundaban en cambio las «tenidas» de murmuración y desollamiento. Los hombres
las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y las ajenas.
Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando aquí a las que
acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas a su vez por aquéllas y por
otras, en una madeja de chismes, embustes, habladurías y calumnias que no
hubiera desenredado el mismo Job con toda la paciencia que se le atribuye aún,
pese a las protestas, clamores y vociferaciones que llenan su libro del vicio
testamento. Tales misteriosos cuchicheos empañaron más de una fama limpia y
pura, y pronto no quedó en Pago Chico, sino para los interesados, ni hombre
decente ni mujer honrada.
-Si uno fuera a creer tanta inmundicia -decía Silvestre-, tendría
vergüenza hasta de mirarse al espejo sin testigos.
Y lo más curioso es que Silvestre solía ser el vehículo por excelencia, de
la difamación.
«La Pampa» atacó el mal en varios artículos violentos contra los
calumniadores. Todo el mundo los leyó, comentó, aprobó, aplaudió, ensalzó; pero
todo el mundo siguió impertérrito haciendo lo mismo, y hasta puede que
exagerando la nota. De aquella célebre campaña periodística sólo quedó el dicho
de «Pago Chico, infierno grande», epígrafe de uno de los artículos de Viera, y
el buen efecto causado por este párrafo, glosa de la frase silvestrina:
«Si cuanto se dice fuera cierto, habría que cercar de murallas el pueblo y
convertirlo en una cárcel que fuera al propio tiempo manicomio y reclusión de
mujeres perdidas».
El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el
ferrocarril, pues entonces comenzaron a establecerse «barracas» para el acopio
de frutos del país -lana, cueros, etc.- Estos establecimientos fueron pronto
los más importantes y prósperos, llegando a efectuar ciertas operaciones
bancarias -depósitos en cuenta corriente y a plazo fijo, descuentos, giros- que
antes hacían fácilmente las principales casas de comercio.
Entre estas últimas, la más notable era la de Gorordo, que reunía en un
inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los ramos de
tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, corralón de madera, hierro y
tejas, mueblería, hojalatería, papelería y droguería, amén de otras
especialidades.
Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época en que
era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia, y en que todos
estos comercios se complementaban todavía con la compra-venta de frutos del
país. Pero iban perdiendo terreno ante la especialización, pues año tras año
surgieron tiendas y mercerías, almacenes de comestibles, boticas, mueblerías,
platerías, sastrerías, zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y
bodegones, hasta un conato de librería y una cigarrería pequeña -casas entre
las que sobresalía como una perla de incomparable oriente la
SAPATERIA E SPACIO DI BEVIDA
DI ROMOLO E REMO
DI GIUSEPPE CARDINALI
Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes
que París, o al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda reaparecer
cuando se complete el cielo de su evolución progresiva.
La primera industria mecánica que nace en un pueblo de provincia, y la
primera que nació en Pago Chico, es la de fabricación de carros. En un
principio los carros se compran en otra parte, pero inmediatamente se nota la
necesidad de una herrería y carpintería para componerlos. Establecida ésta, por
poco que la población adelante, el taller prospere y el obrero no sea muy
torpe, la simple herrería se convierte en fábrica y la industria ha nacido sin
esfuerzo.
A la fábrica de rodados había ya que agregar en Pago Largo el floreciente
molino y fideería de Guerrim, construcción chata y mezquina emplazada a orillas
del arroyo presuntuosamente llamado Río Chico, cuya escasa corriente bastaba
apenas para mover una pequeña rueda que molía el grano con lentitud y como
desganada. Las tormentas y la humedad, azotando y carcomiendo sus paredes de
ladrillo sin revoque, les habían dado una pátina verdinegra, triste pero
característica. Había que agregar también fuera de los hornos de ladrillos y
las licorerías falsificadoras de toda clase de bebidas, la talabartería de
Tortorano, que realizando buenos negocios, sin embargo, debía luchar con la
competencia de los trenzadores criollos, que en los ranchos de las afueras
hacían primorosos mancadores, lazos, bozales, mancas, prendas de gran lujo
disputadas por los paisanos y los mismos «paquetones» del pueblo, y en las que
un solo botón llevaba a veces más de un día de trabajo. Tortorano tenía que
limitarse a vender arreos, ordinarios, pero cobrándolos a peso de oro se
vengaba del arte purísimo que convertía los «tientos» el simple cuero sobado,
en bridas moriscas, suaves como la seda, en cabezadas caprichosas y elegantes,
sutiles trabajos en que el gusto y la paciencia realzaban diez y más veces el
valor de la materia prima. Y, a la larga, Tortorano venció: hizo que los
trenzadores trabajaran exclusivamente para él, almacenó sus obras sin
venderlas, imponiendo los artículos de su fabricación, y cuando logró que se
olvidara la moda de los aperos criollos, dejó sin trabajo a los trenzadores,
que debieron levantar campamento para no morirse de hambre.
Como industria, no podemos olvidar tampoco la de Tripudio, que con los
desmirriados racimos de las parras de su quinta y otros ingredientes menos
inofensivos, fabricaba un chacolí con «gusto a olor de ratón», que luego
expendía con el ingenioso título de «Vino Cható».
Completaban la población trabajadora de Pago Chico, varios ejemplares de
hojalateros, sombrereros, modistas, tipógrafos, pintores, blanqueadores y
empapeladores, planchadoras, panaderos, lavanderas, cigarreras, carniceros con
tienda abierta y verduleros que también vendían carbón, leña, maíz y afrecho...
...Y como esto basta y sobra para dominar el escenario y tener siquiera
barruntos de algunos pocos actores, pasemos sin más preámbulos a relatar y
puntualizar varios episodios de la sabrosa historia pagochiquense, preñada de
hechos trascendentales, rica en filosófica enseñanza, espejo de pueblos, regla
de gobiernos, pauta de administraciones progresistas, norma de libertad, faro
de filantropía, trasunto ejemplar de patriotismo...
-¡Flor y truco! y si hay más flor ¡contra flor el resto! -agregaría
Silvestre, afirmando con esta salva de veintiún cañonazos los colores de Pago
Chico.
- II -
Libertad de imprenta
Las cosas iban tomando en Pago Chico un giro terrible. La política
enardecía los ánimos y «La Pampa» y «El Justiciero» se dirigían los cumplidos
de mayor calibre que hasta ahora haya soportado una hoja de papel. Estaban
cercanas las elecciones municipales, y cívicos y oficialistas abrían ruda
campaña, los unos para conquistar, los otros para retener el gobierno de la
comuna. «La Pampa» no dejó de aprovechar el desfalco descubierto en la
tesorería municipal, y no dirigió sus golpes al culpable tesorero, sino que se
encaró con el intendente mismo. Un parrafito:
«Si don Domingo Luna estuviera donde debe estar, que no es seguramente en
la intendencia de Pago Chico, sino cerca de Olavarría, no se hubiese cometido
ese robo escandaloso, que una vez más viene a demostrar cómo la pobre provincia
que sufre la canalla entronizada de un gobierno que es la cueva de Alí Babá, va
a ser esquilmada hasta el último peso por los secuaces que ese gobierno
mantiene en todas partes, ya que no hay persona decente que quiera servir sus
planes ignominiosos, y si puramente hombres sin honor ni vergüenza».
Y el artículo que seguía in crescendo, peor en sintaxis y pésimo en
intenciones, enfureció a don Domingo de tal modo, que se fue como un cohete a
consultar el caso con el escribano Ferreiro, su mentor en las grandes
emergencias. Quería acusar a la publicación. Ferreiro, sudoroso, leyó
atentamente el artículo, dejando oír ligeros ¡hum! ¡hum!
intraducibles; luego depositó el diario en las rodillas y sentenció:
-No es acusable.
Don Domingo Luna se exaltó, replicando, pálido de ira:
-¿Quiere decir que porque a un miércoles se le ocurre robarse la plata de
la municipalidad, a mí me puede decir que debo estar en la cárcel de Sierra
Chica ese canalla de Viera?
-No lo dice, lo da a entender, -repuso tranquilamente Ferreiro.
El más alto funcionario de Pago Chico salió de la escribanía furioso,
gruñendo entre dientes:
-Me las ha de pagar ese insultador sin vergüenza. ¡Ya verá, ya verá!
¡Lo que es esta vez no se libra de una tunda!
Seguramente influía en el tumultuoso furor de don Domingo el estado del
tiempo. Todo aquel día hizo un calor espantoso. El horizonte, al norte y al
oeste, estaba oculto tras de vapores vagos que daban al cielo tintas sucias, un
color borroso de polvareda lejana. Rachas de viento caliente como sí saliera de
un horno, barrían las calles calcinadas por el sol.
Nadie salía de casa; todos se sentían invadidos por un malestar creciente,
con el pecho opreso, jadeantes y sudorosos aun en la inmovilidad. En sus
ráfagas el viento traía olor a paja quemada. El bochorno aumentaba por minutos.
Avanzando la tarde, el sol se ocultó entre nubes de fuego; pero el
incendio del ocaso parecía extenderse al norte, donde la extraña niebla tomaba
resplandores rojizos. La noche cayó lentamente, y el viento que forma montones
de arena en las aceras y la pasea triunfante de un lado a otro de la calle, no
disminuyó su furor ni se dignó refrescar algo; quería achicharrarlo todo.
Cuando oscureció completamente, se notaron en el cielo de azul profundo,
dos grandes parches luminosos, de cálidas tintas, semejantes -menos en el tono-
a la claridad difusa que por la noche y desde lejos se ve flotar sobre las
ciudades bien alumbradas. Tras de ese velo transparente, de color naranja,
titilaban las estrellas en el cielo sin una nube...
Era el incendio del campo, que había cundido con la violencia de los
grandes desastres como se verá cuando se lea que «El diablo» estuvo también en
Pago Chico.
La noche era obscura, pintiparada para cualquier combinación política de
esas que concluyen a garrotazo limpio; y como el señor intendente había tenido
tiempo de prepararse hablando con el juez de paz don Pedro Machado, para
pedirle la aprobación de su plan, y con el comisario Barraba para que le
prestase cuatro vigilantes vestidos de particular, aguardaba al pobre Viera una
que «había de dolerle», según declaró don Domingo, al anochecer, en el Club del
Progreso, delante de los concejales gubernistas, el comisario del mercado de
frutos y el inspector del riego.
Viera no tuvo aviso esta vez y se retardó en la redacción de «La Pampa»
hasta mucho después de anochecido. Había baile esa noche en casa de Gancedo -en
el patio, por el calor, con faroles chinescos y guirnaldas de sauce y yedra-,
iba la novia, no asistiría gubernista alguno, y no era posible faltar. Se dio
una tarea espantosa para «llenar» el diario, y a las ocho y media salió para ir
a mudarse de ropa: estaba de tinta de imprenta y kerosene, de no poder
acercársele. Llevaba su bastón en la mano y el infaltable Smith-Wesson en el
bolsillo de atrás del pantalón.
Paseaban la acera obscura cuatro sombras sospechosas. En frente, cerca de
la talabartería de Tortorano, un bulto se distinguía apenas en el quicio de la
puerta de Troncoso. Era don Domingo, ganoso de presenciar el castigo de su
insultador.
-¡Hum! -se dijo el periodista- ¡esto es algo!
Apenas le vieron, los vigilantes -las sombras- se echaron sobre él,
blandiendo unos talas irresistibles; pero en ese momento, interesado por la
escena que iba a desarrollarse, Luna tuvo la mala suerte de entrar en el radio
de luz de la vidriera de Tortorano. Viera le reconoció, y haciendo una gambeta
a los presuntos apaleadores, cruzó la calle como un rayo, alzó el bastón cuando
estuvo cerca del intendente, le cruzó dos veces la cara con dos soberbios
garrotazos, «¡Tomá, tomá, canalla, traidor!» y se metió de un salto en casa de
Troneoso, que comía con su familia, aprovechó el primer instante de indecisión
de los otros, corrió al fondo, trepó la tapia, bajó a la calle, y amparándose
en la sombra, se fue a su casa...
Luna, ciego de ira y de dolor, hizo violar el domicilio de Troncoso; pero
los agentes y él mismo se entretuvieron en buscar por las habitaciones, dando a
Viera el tiempo de escaparse. Mas el periodista, incauto, había ido a mudarse
ropa en vez de buscar sitio seguro, y no tardó en ser aprehendido bajo la
acusación de «desacato a la autoridad».
El insigne y sapientísimo juez de paz, don Pedro Machado, había prometido
firmar al día siguiente -antidatada, como es natural- una orden de allanamiento
para la casa de Troncoso y para cualquiera donde pudiese estar ese «chancho».
No había, pues, que temer ulterioridades, y se haría justicia.
Gracias a esta rapidez de procedimiento -excepcional en Pago Chico- el
comisario Barraba, precedido por seis vigilantes de uniforme, invadió la casa
de Viera, que estaba lavándose, en ropas menores y descalzo para no salpicar
los zapatos de charol.
-¡Marche!
-¡Pero hombre, no he de ir desnudo!
-¡Marche, canalla!
Por fin le permitieron ponerse unos pantalones y calzar unas zapatillas, y
en camiseta lo llevaron a empellones, por el medio de la calle, hasta la
comisaría en cuyo calabozo inmundo lo metieron.
-¡Yo t'enseñar, trompeta! -le gritó Barraba sacudiendo la mano en el aire,
apenas le vio encerrado.
Y allí pasó la noche Viera echando por esa boca cuanto terno figura en el
vocabulario de Pago Chico, que es uno de los completos en la materia.
Al día siguiente «La Pampa» salió «tremenda».
Informados a tiempo los amigos, primero por Tortorano, que lo había visto
todo, pero que no se animó a terciar, luego por Troncoso, que protestaba contra
el atropello de su domicilio, después por Silvestre, el boticario, que nada
había visto, pero que todo lo sabía y aún agregaba detalles de su cosecha, y
enseguida por Pago Chico entero, que se arremolinó cuchicheando en el club, en
los cafés, en la plaza, hasta en el baile de Gancedo, y que hacía silencio
apenas asomaba un oficialista -informados a tiempo, repetimos-, se encargaron
de dar la nota del día en el periódico, hicieron parar la máquina, aflojaron
las formas y añadieron un primer editorial cortito, pero sabroso, que se
atribuyó generalmente a la bien cortada pluma del doctor don Francisco de Pérez
y Cueto, que aunque español, era muy patriota y un liberal hasta allí.
No podemos renunciar al placer de exhibir ese documento histórico, ya que
está al alcance de la mano:
«La infamia entronizada en este desgraciado pueblo de Pago Chico, por
culpa de un gobernador de la provincia de Buenos Aires que no merece más que el
desprecio, y que comete cuantas tropelías harían poner rojo de vergüenza a
cualquier hombre con ciertos ápices de dignidad, ha llegado hasta un extremo
que no puede concebirse en un país libre donde todo el pueblo y los ciudadanos
además quieren la libertad de las instituciones.
«La prensa, que es el cuarto poder del estado, y que es una institución
simultáneamente y, al mismo tiempo, no se ve libre de las asechanzas de esos
malvados que roban y esquilman al pueblo a mansalva y sin que haya quien les
castigue, porque tienen el poder en la mano, y no contentos con eso echan mano
de la fuerza bruta para hacer callar la protesta indignada de un pueblo que
sufre sus desmanes y sus depredaciones.
»Como ven que la valiente propaganda de este diario no se detiene ni
tergiversa, han llegado en su infamia y su traición hasta asaltar en plena vía
pública a nuestro valiente y noble director, y no satisfechos con ese brutal e
incalificable atentado, le han sumergido luego en un estrecho e inmundo
calabozo infecto, casi desnudo, después de arrancarlo de su casa donde se
estaba mudando ropa para ir al baile de, lo de Gancedo, y no sin antes haber
violado su domicilio como violaron el de la casa del señor Troncoso para
buscarlo los emponchados que con el intendente a la cabeza trataban de darle
una paliza de la que el intendente fue el que salió mal parado.
»Y entretanto nuestro director está preso inicuamente.
»¡Así obran las autoridades gubernistas!
»¡¡Así se respeta el domicilio privado de las casas de familia!!
»¡¡¡Así se respeta, también, la prensa por esos canallas ensoberbecidos,
bandoleros del poder!!!
»¡¡¡¡¡Pero no nos harán callar!!!!!
»¡¡¡Hemos de decirles todas sus porquerías, y hemos de sacar muchos cueros
al sol!!!
»¡¡¡¡¡Miserables!!!!!!
»Mañana nos ocuparemos más extensamente de este atentado brutal. Hoy la
indignación nos pone mudos y a más la falta absoluta de espacio nos impide
tratar el tema con la extensión que merece».
Como se ve no habían alcanzado los puntos de admiración para el último
párrafo. El regente quiso distraer dos de ¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!! o de alguna de
las frases anteriores, pero no se lo permitieron, porque al fin y al cabo, el
último párrafo era puramente explicativo.
Por su parte «El Justiciero -el papel oficial-, no se quedó corto tampoco
en aquel memorable día. He aquí lo que escribió:
«El individuo Viera, que no se detiene en sus asquerosos avances de
pasquinero soez ni ante el sagrado del hogar, ha llevado ayer su justo
merecido, recibiento una paliza de padre y muy señor mío que le propinó nuestro
distinguido amigo y correligionario señor Domingo Luna, que con tan empeñoso
acierto rige las funciones de intendente municipal de este progresista pueblo».
Hay que hacer notar que este párrafo -y alguno de los que siguen-, fue
escrito antes del suceso. Luego hubo que cambiar algo en la redacción por la
inesperada vuelta de la tortilla. Pero ¡qué diablos! el artículo quedó bien de
todos modos y no era cosa de que los cajistas se estuvieran toda la noche en la
imprenta. Además ¿cómo decir que el apaleado había sido don Domingo? El
artículo continuaba:
«Como a Viera no se le hace más caso a sus ataques que a un perro sarnoso,
se le hizo el campo orégano, y no contento con insultar desde su pasquín
inmundo, quiso también echárselas de matón y agredió infamemente al señor Luna,
pero le salió la torta un pan, porque fue por lana y salió trasquilado y se
metió a apaleador y casi no le dejan hueso sano!»
-¡Coñe! ¡Así se escribe la historia! - exclamaba el doctor Pérez y Cueto
al llegar aquí de la lectura:
«Habíamos pronosticado que esto iba a suceder matemáticamente, porque no
podía ser de otro modo, porque estos advenedizos llenos de desvergüenza y
cínicos, y que tienen por arma la calumnia soez, infame y asquerosa, para
conseguir cuatro suscripciones de otros tan despechados y tan procaces como
ellos, no hacen más que insultar a los que valen más que ellos, sin comprender
que con eso no se puede transgredir ni paliar la opinión pública.
»Esa escoria social en la prensa, cuya misión es tan elevada y tan seria y
que alguien ha dicho que los periodistas son patronos de almas, da hálitos de
podredumbre inmunda a los pueblos que infestan y debían preocuparse los
gobiernos de poner a raya con sabias limitaciones reglamentarias y leyes al
propósito a esa prensa brava que destila haba sobre todos los que no comulgan
con sus ruedas de molino.
»Una ley de imprenta que enfrene a esos insultadores de oficio se hace
necesaria inminentemente. Sino, sería necesario hacerse justicia por su propia
mano, como en el caso de ayer.
»En cuanto a éste, sobre el cual mucho tendríamos que decir porque
pertenece a esa calaña; pero que nos callamos por la circunstancia misma de ser
nuestro enemigo político, (lealtad que no tiene él en sus desbordes infames,
entre paréntesis) está preso en la comisaría y hoy mismo será puesto a
disposición del digno juez de paz de este partido, señor don Pedro Machado.
»El señor intendente sigue algo mejor, y los doctores Carbonero y
Fillipini decían anoche que dentro de dos o tres días podrá salir a la calle.»
Ante la lectura de ambos diarios había para quedar perplejo. Al fin de
cuentas, ¿quién había dado a quién? ¡Problema! Pero para eso estaba Silvestre
que en cierta ocasión, encarándose con Viera y refiriéndose a «La Pampa» y a su
propaganda, había exclamado, orgulloso:
-¡Ella sale una vez al día, y yo salgo a todas horas!
Así es que no faltó buena y bien exagerada información en Pago Chico:
Luna, que preparaba una celada a Viera para vengarse de sus justos
ataques, había recibido una paliza que lo había «dejado mormoso», después de lo
cual el comisario, con treinta vigilantes armados a rémington, habían asaltado
la casa del periodista, y no sin que éste opusiera una resistencia heroica, en
que hubo tiros pero no heridos, (los tiros los oyó todo el mundo aunque no
sonaron) fue reducido y se le condujo preso al más sucio y poblado de sabandija
de los calabozos policiales... Allí estaba Viera aún. ¿Quién sabe si no lo
habían estaqueado?
La población de Pago Chico despertó al otro día incómoda y cuchicheante.
Sin embargo, escaldada tantas veces, no alzaba mucho el diapasón... ¡Claro! ¿Y
las consecuencias?... No era cosa de meterse a redentor y salir crucificado.
Verdad es que en la cantina de la estación del ferrocarril, donde no
acostumbraba presentarse oficialista alguno, un grupo que absorbía el vermouth
matinal se ocupó calurosamente del suceso, y después de una arrebatadora e
inspirada alocución de Lobera, secretario del comité y oficial de la peluquería
de Bernardo, declaró y juró que era deber nacional devolver la libertad a
Viera, y que lo liarían «si a las buenas, a las buenas: si a las malas... ¡a
las malas!» palabras textuales del arrebatado Tortorano, que la noche anterior
había juzgado de alta política no asomar las narices a la puerta.
-¡En último caso -exclamó Lobera, que destilaba agua de violeta por todas
partes y entusiasmo por la boca- en último caso asaltaremos la comisaría y le
daremos una paliza a Barraba!
-¡Muy bien dicho! -exclamaron unos.
-¡Eso es!, ¡una paliza al comisario!. -gritaron otros.
-¡Bravo! ¡Bravo! -aullaron los demás.
Silvestre, que entraba, vociferó, aunque estaba ronco desde la noche
antes:
-¡Es un atropello infame! ¡Que suelten a Viera!
Y durante un rato continuó la discusión, en voz muy baja pero
acaloradamente, y lo curioso es que el grupo se fue desgranando poco a poco de
una manera casi imperceptible. Bebían su vermouth o su bitter, y se evaporaban,
uno a uno, silenciosos, yéndose cada cual por su lado, no sin dirigir a la
salida una sonrisita amistosa al vigilante que de acera a acera, y observando
el interior del café, se paseaba por la esquina.
-¿Se ha ido Lobera?
-Hombre, sí; y Silvestre también.
-¿Y Tortorano?
-Acaba de salir.
-¡Así no se puede hacer nada nunca! -exclamó Pedrín, que también tomó la
puerta encogiéndose de hombros.
Al pasar por la comisaría miró hacia adentro, apretó el paso y se metió en
su casa. El «hotel del poco trigo», como le solía llamar, no era de sus
aficiones.
Sin embargo podría -él, tan curioso- haberse detenido a observar lo que
pasaba en la comisaría.
En medio del patio, bajo el sol rajante, un agente de plantón, tieso como
el Apolo del jardín de Bermúdez -aquella estatua de yeso pintado imitando
mármol veteado, que tanto podía representar a un tullido- miraba de reojo a sus
compañeros que tomaban mate, y de frente a las oficinas.
-Che, Avellanera, alcanzá uno -dijo el plantón al cebador del amargo,
viendo que los oficiales estaban de jarana en el despacho.
-¡Sí! ¡P'a que me frieguen! Andá que te dé Viera.
Los otros, formando grupo alrededor de la pava que hervía sobre un
fueguito de virutas en la sombra del paredón, se rieron a carcajadas de la
ocurrencia. Viera, medio desnudo, estaba en el calabozo, y Fernández, el agente
de plantón, era el jefe de la partida que debió apalearlo. Barraba lo había
castigado «por sonso», y porque sospechó quizá que tenía afición al
«pasquinero».
Casualmente, el comisario entró en aquel momento.
-¡A ver vos, Fernández, vení acá!
El plantón hizo la venia y con los sesos tostados por el sol, se acercó
miedoso y cariacontecido. Los otros se habían levantado y estaban firmes, con
la mano a la frente y expresión de la más absoluta humildad.
Barraba entró en su oficina, se sentó junto al escritorio, y viendo que
Fernández, cuadrado, se quedaba a la puerta, le gritó con voz áspera y
frunciéndole las cejas:
-Entrá.
Casi temblando entró y se cuadró de nuevo, silencioso.
-Vos andás con Viera ¿no?
-Yo... señor... -balbuceó el infeliz, que al oír tan terrible acento,
hubiera querido hallarse a veinte leguas.
-¡Es inútil que negués! ¡Yo mismo t'he visto! ¿Qué te decía ayer en la
puerta de la imprenta?
-Nada, señor comisario.
-¿Cómo nada? ¡Algo te había de decir!
-Me preguntaba por m'hijo Pancho; que quería hablar con él, me dijo:
-Sí, ¿y vos le avisarías lo de anoche, no? Ya sabés que yo no quiero que
te metás a mulo grande ¿entendés? Cuidadito conmigo, que si yo sé que te metés
en otra, te hago estaquear. Ahora andate y ¡cuidadito!...
El agente salió que no sabía lo que le pasaba. Le temblaban las piernas y
sudaba y trasudaba, tan lejos de Juan Moreira como Pago Chico de la capital
federal.
Barraba llamó a otro agente.
-Traigamé el preso -dijo.
-¿A cuál? ¿Al señor Viera?
-¡Qué señor ni qué señor! ¡Vaya y traigamé al preso, le digo!
Un momento después Viera aparecía en el despacho, escoltado por el agente.
Llegaba pálido y desgreñado, en camiseta y zapatillas, pero entero y altivo
como cuadra a todo periodista perseguido por el poder.
El comisario estuvo largo rato sin alzar la vista, fingiendo que examinaba
unos papeles. Viera, de pie y en silencio, se mordía los labios de rabia.
-¿Por qué está preso? -preguntó al fin Barraba, clavando en él una mirada
iracunda.
-No sé.
-¿Qué? ¡no sabe! ¡Qué no ha de saber!
-¡Lo que puedo asegurarle es que no soy yo quien debía estar preso!...
-¡No se me insolente! -gritó iracundo.
-No me insolento. Me pregunta y le contesto.
El agente dio un paso hacia Viera, aunque éste estaba aparentemente
impasible. Barraba se reprimió pero le hubiese gustado hallar ocasión de «darle
unos planazos al pasquinero».
-Bueno. Usted lo ha lastimado al señor Luna.
-Él me agredió... me he defendido. Después se trataba de una emboscada...
y si no ya ve cómo me asaltaron cuatro emponchados que de seguro me matan si no
me meto en casa de Troncoso.
El comisario pareció reflexionar.
-Bueno -dijo por fin-, esa es su versión. Pero el señor intendente no dice
lo mismo, y los testigos tampoco.
-¿Quiénes son los testigos? ¿Los vigilantes disfrazados? ¡Los he conocido
bien!
Barraba, ciego de ira, se levantó a medías de su asiento, pero logró
reprimirse otra vez, y tras una larga pausa, fingiendo tranquilidad, dijo
lentamente, cantando las palabras casi sílaba por sílaba:
-¡Qué quiere, amigo! ¡Diga lo que se le antoje! ¡Aquí no hay más agresor
que usted, y yo tengo la obligación de pasarlo al juez de paz por su delito de
desacato a la autoridad!
-¡Pero eso es una injusticia! ¡Usted es mi enemigo y abusa de su puesto!
-exclamó Viera que ya estaba viendo quince días o un mes de prisión en el
calabozo, los interrogatorios intolerables, las vejaciones sin término, y para
fin de fiesta, el viajecito a La Plata, entre dos vigilantes, y quizá con
grillos...,
-¡Enemigo!, ¡injusticia, eh! - gritó Barraba, morado de cólera- ¡Mire,
amiguito, no me cargue la paciencia, canejo!
-¡Es que es la verdad! -repuso el otro con indignación.
-¡Conque enemigo, eh! Pues ande con cuidao, cuando salga, con el enemigo y
con lo que escribe en su pasquín, si no quiere probar un buen guiso de lonja!
Y dirigiéndose a la puerta de la otra oficina, gritó:
-¡Benito! Hace l'ata de Viera.
El escribiente tenía el acta preparada ya y acudió a leerla con voz
monótona:
«Llamado a mi presencia el acusado Julián Viera, dijo que él había sido
agredido por don Domingo Luna y que se defendió en defensa propia y que le pegó
unos palos, y que entonces vinieron emponchados, y que él entonces se metió en
casa de Troncoso y que entonces los otros lo dejaron irse. Preguntado el
delincuente si conocía a los hombres que decía que lo habían querido asaltar,
el declarante dijo que no, y que no los había podido conocer porque dijo que la
noche estaba muy oscura y que no había luz. Y leído que le fue su declaración,
se ratificó y firmó conste.»
-Yo no firmo -dijo sencillamente Viera.
-¿Por qué? -preguntó Barraba indignado de ver desconocida su omnipotencia.
-Porque eso es una barbaridad.
Ya era como para no aguantar más; pero Barraba tenía mucha fuerza de
voluntad y mucha prudencia, y se limitó a ordenar:
-¡Volvelo al calabozo!
Y cuando Viera salió, se quedó murmurando un «de nada te ha'evaler» que
sólo terminó cuando tuvo a bien regalar a Benito con este cumplimiento a
propósito de la redacción del acta.
-¡También vos sos más bruto que un par de botas!
El escribiente se quedó impasible; ya estaba acostumbrado a esas
rebuscadas galanterías.
-A ver si ponés en el libro la entrada de ese sonso: «Por desacato a la
autoridá a mano armada del intendente».
Y el involuntario epigrama, retratando una época, sonríe aún en el libro
de entradas y salidas de la comisaría de Pago Chico.
Los telegramas habían llegado a todos los diarios de oposición de Buenos
Aires y La Plata, y el hecho asumía las proporciones de un verdadero escándalo.
¡Qué arma aquella, y en qué momentos! Asustados del ruidoso asunto, los
caudillos platenses juzgaron conveniente ahogarlo al nacer echándole tierra, y
el diputado Cisneros, mandón de Pago Chico, sirviendo de truchimán a los jefes
del partido oficial todavía no endurecidos en la brega, hizo al juez de paz,
don Pedro Machado, el siguiente despacho:
«Dejen Viera. Conviene altos intereses partido. Aquí laméntase brutal
atentado contra digno intendente Luna. Pero hay demostrar oposición,
tranquilidad, espíritu. Ponga asaltante inmediatamente libertad.
-Cisneros.»
El escribano Ferreiro había criticado acerbamente la aventura y el desmán,
abundando en las mismas opiniones.
-Eso es querer hacer callar un chancho a palos -dijo a Luna y a Barraba-.
Otra vez no sean tan bárbaros. A hombres como Viera hay que matarlos o
dejarlos. Nada de palizas. Sítienlo por hambre más bien.
...La orden del diputado se cumplió sin pérdida de momento. El consejo de
Ferreiro comenzó también a ponerse inmediatamente en práctica.
- III -
En la policía
No siempre había sido Barraba el comisario de Pago Chico; necesitose de
graves acontecimientos políticos para que tan alta personalidad policial fuera
a poner en vereda a los revoltosos pagochiquenses.
Antes de él, es decir, antes de que se fundara «La Pampa» y se formara el
comité de oposición, cualquier funcionario era bueno para aquel pueblo
tranquilo entre los pueblos tranquilos.
El antecesor de Barraba fue un tal Benito Páez, gran truquista, no poco
aficionado al porrón y por lo demás excelente individuo, salvo la inveterada
costumbre de no tener gendarmes sino en número reducidísimo -aunque las
planillas dijeran lo contrario-, para crearse honestamente un sobresueldo con
las mesadas vacantes.
-¡El comisario Páez -decía Silvestre- se come diez o doce vigilantes al
mes!
La tenida de truco en el Club Progreso, las carreras en la pulpería de La
Polvadera, las riñas de gallos dominicales, y otros quehaceres no menos
perentorios, obligaban a don Benito Páez a frecuentes, a casi reglamentarias
ausencias de la comisaría. Y está probado que nunca hubo tanto orden ni tanta
paz en Pago Chico. Todo fue ir un comisario activo con una docena de vigilantes
más, para que comenzaran los escándalos y las prisiones, y para que la gente
anduviera con el Jesús en la boca, pues hasta los rateros pululaban. Saquen
otros las consecuencias filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos
al cuento aunque quizá algún lector lo haya oído ya, pues se hizo famoso en
aquel tiempo, y los viejos del pago lo repiten a menudo.
Sucedió, pues, que un nuevo jefe de policía, tan entrometido como mal
inspirado, resolvió conocer el manejo y situación de los subalternos rurales y
sin decir ¡agua va! destacó inspectores que fueran a escudriñar cuanto pasaba
en las comisarías. Como sus colegas, don Benito ignoró hasta el último momento
la sorpresa que se le preparaba, y ni dejó su truco, sus carreras y sus riñas,
ni se ocupó de reforzar el personal con gendarmes de ocasión.
Cierta noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la sombra y
el barro, sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso, dos hombres a
caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala del chambergo sobre los ojos,
entraron al tranquito al pueblo, y se dirigieron a la plaza principal, calados
por la lluvia y recibiendo las salpicaduras de los charcos. Sabido es que la
Municipalidad corría pareja con la policía, y que aquellas calles eran modelo
de intransitabilidad.
Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como dos personajes
de novela caballeresca, y llegaron a la puerta de la comisaría, herméticamente
cerrada. Una de ellas, la que montaba el mejor caballo -y en quien el lector
perspicaz habrá reconocido al inspector de marras, como habrá reconocido en la
otra a su asistente-, trepó a la acera sin desmontar, dio tres fuertes golpes
en el tablero de la puerta con el cabo del rebenque...
Y esperó.
Esperó un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y refunfuñando
un terno volvió a golpear con mayor violencia.
Igual silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la comisaría se
notaba movimiento alguno.
Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado, condimentándolo
cada uno de ellos con mayor proporción de ajos y cebollas, y por fin allá a las
cansadas entreabriose la puerta, viose por la rendija la llama vacilante de una
vela de sebo, y a su luz un ente andrajoso y soñoliento, que miraba al
importuno con ojos entre asombrados y dormidos, mientras abrigaba la vela en el
hueco de la mano.
-¿Está el comisario? -preguntó el inspector bronco y amenazante.
El otro, humilde, tartamudeando, contestó:
-No, señor.
-¿Y el oficial?
-Tampoco, señor.
El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echose un poco para
atrás, y ordenó, perentoriamente:
-¡Llame al cabo de cuarto!
-¡No... no... no hay, señor!
-De modo que no hay nadie aquí, ¿no?
-Sí se... señor... Yo.
-¿Y usted es agente?
-No, señor... Yo... yo soy preso.
Una carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre, que temblaba
de pies a cabeza.
-¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría?
-Sí, se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de la esquina
bo... borracho, si se... señor!... Está durmiendo en la cuadra.
Una hora después don Benito se esforzaba en vano por dar explicaciones de
su conducta al inspector, que no las aceptaba de ninguna manera. Pero afirman
las malas lenguas, que cuando no se limitó a dar simples explicaciones, todo
quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría el hecho de que ¡su sistema
no sufrió modificación, y de que el presoportero y protector de agentes
descarriados siguió largos meses desempeñando sus funciones caritativas y
gratuitas.
- IV -
El juez de paz
Ya se ha visto que también Pago Chico tenía juez de paz y que éste era
entonces, desde años, D. Pedro Machado, «pichuleador» enriquecido en el
comercio con los indios, y a quien la política había llamado tarde y mal.
-¡A la vejez viruela! -decía Silvestre.
Y para desaguisados nadie semejante al juez aquel, famoso en su partido y
en los limítrofes, por una sentencia salomónica que no sabemos cómo contar
porque pasa de castaño obscuro.
Ello es que un mozo del Pago, corralero por más señas, tuvo amores con una
chinita de las de enagua almidonada y pañolón de seda, linda moza, pero menor y
sujeta aún al dominio de la madre, una vieja criolla de muy malas pulgas que
consideraba a su hija como una máquina de lavar, acomodar, coser, cocinar y
cebar mate, puesta a sus órdenes por la divina providencia.
Demás está decir que se opuso a los amores de Rufina y Eusebio, como quien
se opone a que lo corten por la mitad, y tanto hizo y tanto dijo para perder al
muchacho en el concepto de la niña... que ésta huyó un día con él sin que nadie
supiera adónde.
Desesperación de misia Clara, greñas por el aire, pataleos y pataletas...
El vecindario en masa, alarmado por sus berridos, acudió al rancho, la
roció con Agua Florida, la hizo ponerse rodajas de papas en las sienes, y por
si el disgusto había dañado los riñones, la comadre Cándida, gran conocedora de
males y remedios, le dio unos mates de cepa caballo...
Luego comenzó el rosario de los consuelos, de las lamentaciones y de los
consejos más o menos viables.
-¡Será como ha'e ser misia Clara! ¡Hay que tener pacencia!... ¡Si es de
lái háe golver!
-¡Usebio es un buen gaucho y no la v'a dejar! -observaba un consejero del
sexo masculino, que atribuía muy poca importancia al hecho.
Pero misia Clara no quería entender razones, ni aceptar consejos, ni tener
paciencia.
Petrona era la encarnación de todas sus comodidades, la sostenedora de su
ociosidad, el pretexto y el medio de pasarse las horas muertas en la más
plácida de las haraganerías. Ausente la joven, acabábanse la holganza, la
platita para los vicios, ganada con la aguja, el vestido de zaraza lavado y
planchado los domingos, las sabrosas achuras que Eusebio solía llevar del
matadero para no ser tan mal recibido como de costumbre...
-¡No!¡No me digan más! ¡No se lo h'e perdonar! -Y se desataba en dicterios
para su hija y el raptor, con palabras de tinte tan subido, que no debe
consignarse ni un pálido reflejo de ellas, so pena de ir más allá de la
incorrección. Era una fiera, un energúmeno, una tempestad de blasfemias y de
maldiciones, como si el infierno que la aguardaba cuando tuviera que hacerlo
todo por sus manos, se hubiera condensado y quintaesenciado en su interior.
-¡Ya verán! ¡Ya verán! ¡M'he quejar a la autoridá!...
Por más veleidades de rebelión que tenga el campesino nuestro, por más
independiente que parezca, la autoridad es un poder incontrastable para él. Los
largos años de sujeción y de persecución, desde el contingente hasta las
elecciones actuales, con todas sus perrerías, le «han hecho el pliegue» y sólo
otros tantos años de libertad permitirán que comience a desaparecer su fe en
esa providencia chingada.
Fue, pues, misia Clara a quejarse a D. Pedro Machado.
Un cuarto de paredes blanqueadas, sin más adorno que el retrato del
gobernador, el piso de ladrillos cubierto de polvo, un armario atestado de
papeles, una mesa llena de legajos, un banco largo, cuatro sillas y dos
sillones, una para el juez, otro para el secretario; todo eso era el Juzgado de
Paz de Pago Chico y la sala del trono de D. Pedro Machado.
Este digno personaje estaba en pleno funcionamiento, y el alguacil
apostado junto a la puerta sólo dejaba pasar a los querellantes, a medida que
D. Pedro lo indicaba, después de las decisiones del caso.
-¡Hoy he estado evacuando todo el día! -solía exclamar el funcionario
cuando abundaban las causas.
Misia Clara aguardó impaciente su vez, en la puerta de calle, secándose de
rato en rato una lágrima de ira que brotaba quizá con la higiénica intención de
lavarle las arrugas: vana empresa. La espera fue larga, pues todo Pago Chico
estaba en pleito o buscaba la ocasión de estarlo. D. Pedro sentenciaba con una
rapidez pasmosa.
-A ver, vos, ¿qué querés?
-Señor, venía porque Suárez me debe cincuenta pesos de pasto y hace dos
meses que...
-¡Bueno!... Andá decile que te pague, que digo yo... Y si no te paga,
volvé que yo le haré pagar. Vos debés tener razón, porque es un tramposo...
El hombre se fue medianamente satisfecho, dando paso a otros pleitistas
cuyo litigio era más complicado.
-Señor Juez, cuando yo hice la pared de mi casa que hoy es medianera con
la que está edificando el señor, la Municipalidad me dio una línea sobre la
calle, y como mi terreno es rectangular, tiré dos perpendiculares sobre esa
línea. Pero ahora resulta que el agrimensor municipal no supo darme la línea y
que la pared medianera, como ya digo, se entra en el fondo, en el terreno del
señor, que me reclama las varas que le faltan.
Yo, a mi vez, y antes de contestar a esa demanda, vengo a demandar a la
Municipalidad por daños y perjuicios, porque me dio la línea causante de
todo...
Don Pedro Machado, que lo miraba de hito en hito, interrumpiole de pronto
interpelando a la parte contraria:
-¿Y usté qué dice?
-¿Yo? Lo mismo que el señor; es la verdad.
-Demandar a la Municipalidad, ¿no?... ¿Y qué sian créido?...
-Señor, yo... demando...
-¡Callate! ¡Y vayan los dos a ver si se arreglan, y pronto... que sinó les
atraco una multa!
La audiencia continuó largo rato con incidentes análogos a los anteriores,
hasta que entró en el despacho un gubernista de cierta significación que iba
furioso contra «La Pampa», el diario opositor, salido aquellos días de toda
mesura. El diario publicaba un violento artículo contra él, Simón Bernárdez, y
lo trataba poco menos que de ladrón.
-Hola, Bernárdez, ¿y que lo trai por acá?
-Vengo a acusar por calunia al diario de Viera. ¡Mire lo que me dice!
Y tembloroso de rabia leyó los párrafos culminantes, interrumpido por las
indignadas interjecciones de don Pedro Machado.
-¡A hijo de una tal por cual! ¡Ya verá lo que le va a pasar! ¡Es malo
tentar al diablo!...
Y dirigiéndose al secretario Ernesto Villar:
-Estendé un' orden de prisión contra Viera...
-Vaya tranquilo nomás, don Simón, que aquí las va a pagar todas juntas.
Se fue Bernárdez a anunciar a sus amigos que había sonado la hora de la
venganza; pero el secretario no extendió la orden de prisión.
-Sabe don Pedro, que los jueces de paz, no entienden de delitos de
imprenta, y que no podemos dar curso a la acusación de Bernárdez...
-¿No?
-¡No, señor! Tiene que ir a La Plata.
Don Pedro Machado, hizo un gesto de disgusto al recibir la lección y para
no menoscabar su autoridad, exclamó en tono de reprimenda:
-¡También vos!, ¿por qué no me decís?
Por fin tocó el turno a misia Clara, que entre gimoteos y suspiros contó
como Eusebio le había robado la hija, y se desató en improperios contra ambos,
pidiendo al juez el más tremendo de los castigos que tuviera a mano.
-¿Cuántos años tiene la muchacha?
-Diciocho, don Pedro.
-Bueno, ya sabe lo que se hace, pues.
La vieja volvió a gemir, asustada del giro que parecía tomar el asunto.
-Pero mire, señor juez, que es única hija, que yo ya estoy muy anciana y
que no puedo trabajar... Si ella me falta... más vale que me cortaran un
brazo... ¡Haga que güelva, señor juez, que yo le per. dono con tal de que no lo
vea más a Usebio, que es de lo más canalla!...
Don Pedro permaneció impasible, armando un negro, con el papel entre el
pulgar y el índice y deshaciendo el tabaco en la palma de la mano izquierda con
las yemas de la derecha.
-¡Amparemé, señor -insistió la vieja-. Haga que güelva m'hija!... ¡O, de
no, atraquelé una multa a ese bandido!
-Fa eso no hay multas... Si juera uso de armas -replicó sarcásticamente D.
Pedro.
La otra cambió de baterías.
-¡Si usté hiciera que Usebio me pasara siquiera la carne!... ¡Estoy tan
vieja y tan pobre!...
-¡Eh, qué quiere misia Clara! La vaquilloncita ya estaba en estau...
y es natural.
Hubo un largo silencio. En la cara del juez retozaba una sonrisa reprimida
a duras penas.
-¿Qué resuelve, qué resuelve, D. Pedro? -clamó misia Clara, desesperada y
lamentable, con las arrugas más hondas y terrosas que nunca.
El insigne funcionario levantó lentamente la cabeza, y después sentenció
con calma:
-¿Yo? Que sigan no más, que sigan...
- V -
La elección municipal
Aquella mañana, con grande asombro de Pago Chico entero, apareció en el
diario oficial, El Justiciero, la siguiente inesperada noticia:
OTRA LISTA DE CANDIDATOS MUNICIPALES
«Con importantes elementos políticos, pertenecientes al partido
provincial, acaba de formarse un nuevo comité que en las elecciones de hoy
sostendrá la siguiente lista de candidatos para municipales.
Don Domingo Luna
Don Juan Dozo
Don José Bermúdez
Este comité, que funciona en la calle Buenos Aires, número 17, cuenta con
numerosos miembros, y aunque formado a última hora puede disputar el triunfo a
los demás partidos con bastantes probabilidades de éxito. En cuanto a los
cívicos, demás parece repetir que tendrán que comer cola.»
¿Qué acontecimientos habían ocurrido? ¿Era la influencia de Bermúdez tan
poderosa que su descontento producía la escisión del partido oficial?
No debía ser así, pues él mismo se sorprendió al leer la noticia, y lleno
de entusiasmo se encaró con su mujer, y golpeando el diario con el dedo,
exclamó gozoso:
-¿No ves, china, cómo todavía me necesitan, cómo todavía tengo quien me
apoye? ¡Yo también soy candidato, y del mismo partido oficial! ¡Mirá la lista!
¡Aquí estoy con Luna y Dozo, y El Justiciero dice que muy bien podemos
triunfar!
-¡Alguna picardía de Ferreiro! Lo mejor será que no te metás -replicó
Cenobita, siempre desconfiada-. Cuando menos, te quieren sacar unos pesos
pa'l'asao con cuero y la pionada...
-¡Vos siempre agarrás pa lao del miedo! -replicó Bermúdez que se echó
inmediatamente a la calle, vibrando de entusiasmo y de esperanza.
Eran las siete, y faltaba una hora para la apertura oficial del comicio.
Bermúdez, sin plan, iba palpitando, envanecido con su prestigio, ya
innegable, en las esferas oficiales, y casi seguro de que por él iría
directamente al triunfo. Tenía necesidad de hablar con alguien que no fuera su
mujer tan suspicaz y desconfiada que jamás creía las cosas hasta no haberlas
palpado. Y la suerte quiso que con quien primero se topase fuera con el doctor
Fillipini, que salía de una casa vecina. Detúvole, convencido de que lo
encontraría menos reacio que su digna esposa a compartir su patriótico
entusiasmo, y, basándose en las conjeturas que le habían llenado la cabeza, le
contó muy por lo menudo que sus amigos se habían arrepentido -como no podían
menos de hacer- de haberlo dejado a un lado cuando tantos y tan importantes
servicios prestara a la causa común.
El doctor lo miraba a ratos y a ratos bajaba los ojos, disimulando una
risita fisgona que le hacía cosquillas en el estómago. Y cuando el otro dejó de
hablar, no pudo reprimir esta desconsoladora exclamación:
-¡Ma é per il cuochente! ¿Ma, non vede qu'é per il cuochente?
El prestigioso candidato se sobresaltó, palideció y sin haber comprendido
bien todavía, preguntó tartamudeando:
-¿El cociente?... ¿Qué tiene que ver el cociente?
Fillipini, tomándole un botón de la levita -para la circunstancia Bermúdez
había creído conveniente salir de levita- y jugando con él, le explicó entonces
sus suposiciones, en la media lengua italo-criolla, impasible, sin
sorprenderse, con su filosofía práctica, ni de la inocencia del interlocutor,
ni de la picardía de sus amigos políticos, sin más objeto que el de poner en
claro las cosas, para hacer gala de sagacidad y burlarse en serio de aquel
pobre congénere.
Bermúdez quedó consternado al comprender que el partido oficial acababa de
dividirse aparentemente, pero sólo para asegurar más el triunfo, pues, por la
ley, el candidato que apareciera en las dos listas -Luna en este caso- sería
electo sin discusión, por pocos votos que obtuviera en una de ellas. Él no era,
en resumen, más que un comparsa, cuya misión terminaría casi antes de haber
empezado.
-¡Hijos de una gran!...
-¡Eh! ¿qué quiere? ¡Fatta la legge, fatto l'inganno!
El cociente lo había trastornado siempre, pero aquel día lo derribaba del
pináculo de sus más gratas esperanzas. ¡No sería, esa vez tampoco, genuino
representante y defensor del pueblo! ¡Miren que no votar derecho viejo como
antes! ¡Esos republicanos, inventores de la ley de trampa y de engaño! Si los
tuviera a mano ¡qué felpiada les daría!... Pero ¿qué hacerle? Para su venganza,
ya que no para otra cosa, la mejor contingencia era que los cívicos sacaran un
concejal. En cuanto a él no saldría nunca.
-Ma, gay un remedio...
-¿Qué remedio, dotor?
No era difícil: tratar bajo cuerda de figurar en las dos listas, borrando
uno de los candidatos, el doctor Carbonero, por ejemplo, y reunir de ese modo
el mayor número posible de votos, además de poner de su lado la importantísima
ventaja de figurar en dos listas. Cierto que si ambas tenían dos candidatos
comunes, es decir, la mayoría de ellos, por la ley tendrían que considerarse
iguales; pero... después se vería: eso tenía que resolverlo el mismo concejo,
juez de las elecciones y en cuyo seno no faltaban amigos de Bermúdez. También
podía hacer otra cosa: amenazar a los correligionarios con llevar sus elementos
de hombres y dinero a la Unión Cívica, amenaza que no dejaría de dar
resultados; pero eso debía Bermúdez presentarlo como resolución que tomaría en
el último momento y sólo si se le obligaba a ello, desconociendo tan
injustamente sus servicios.
-¿Y usté me ayudará, dotor?
-¿Io? ¿Cosa ho da fare? ¡Ma!... Io voteró...
Eran más de las siete, y Bermúdez, ansioso de poner el plan por obra,
estrechó efusivamente la mano de Fillipini, y se alejó en dirección al café de
Cármine, olvidado de su andar siempre lento y majestuoso. El médico,
entretanto, iba sonriendo, con la vista baja, satisfecho de la mala pasada que
había jugado a su colega Carbonero, aunque tuviera sus dudas respecto de la
acción que desarrollaría el pobre Bermúdez, cuya única habilidad hasta entonces
había sido robar a los indios y apuntar de más en las libretas de sus clientes
y en la pizarra de la trastienda.
Bermúdez entró en el café, pidió una ginebrita con bither Angostura, y
aguardó a que llegara alguno de los prohombres del partido oficial para poner
manos a la obra.
Momentos después Ferreiro, que acaba de entrar, se sentaba a su lado.
-Y... ¿ha visto la nueva lista? Anoche no le pude avisar porque resolvimos
hacerla muy a última hora.
-¡Hum!... ¡Sí, l'he visto, sí!
-¡Qué! ¿Y no está contento? -preguntó Ferreiro, fingiéndose muy
sorprendido- y algo lo estaba, en verdad, al comprender las sospechas de aquel
infeliz. ¿Quién podía haberlo puesto sobre aviso?
-Y ¿cómo v'y a estar contento, si eso es una trampa? ¿O crén ustedes que
yo soy sonso y me chupo el dedo?
-¿Pero, cómo trampa, Bermúdez? ¿No quería ser candidato?
-¡Sí, candidato, sí, pero en de veras! No quiero que naide juegue conmigo.
Ya estoy cansao. Y ¿quiere que le diga?, pues si no salgo municipal de esta
hecha... ¡me voy con los cívicos! ¡Aunque no sea candidato, quiero ser
municipal, ¿oye? y de no, me hago cívico, le juro!
Ferreiro se quedó un momento perplejo, pues no había contado con aquello,
que le malbarataba sus planes. Pero, por la inminencia del peligro, no tardó en
tomar una resolución, y antes de que Bermúdez hubiera vuelto a decir palabra,
afirmó:
-Pero si precisamente lo hemos puesto en esa lista para que salga
municipal, porque está resuelto en el comité que se le den votos también en la
otra lista. No sé qué le ha dado ahora para tener semejantes desconfianzas...
¡Vaya! ¡sea franco! ¿quién es el intrigante que le ha venido con cuentos?
-A mí naide me ha traído cuentos. Pero yo sé muy bien lo del cociente, y
aunque ya me había conformau con no salir municipal esta vez, no quiero tampoco
que me tomen pa'l churrete; ¡y desde que, me han puesto en lista, quiero salir
y que se dejen de historias!
-¡Pero si precisamente, le repito, sabiendo que usté deseaba ser municipal
lo hemos puesto en esa lista, Bermúdez! Si el partido tenía que recompensar sus
servicios, y así lo ha resuelto anoche. Usté es incapaz de desconfiar de ese
modo; por eso le pregunto quién es el intrigante que le ha venido con
cuentos... Debe ser algún interesado en dividirnos para sacar tajada...
-No se mete en política...
-Ah, ¿no ve, no ve que era cierto? ¿Quién le ha venido con el chisme,
diga?... ¡Vaya! mátelo, que al fin somos correligionarios y tenemos que
defendernos unos a otros. Hoy por ti, mañana por mí...
-El doctor Fillipini.
Ferreiro dio un puñetazo en la mesa:
-¡Ah, gringo é mier! -exclamó.
Y tomando otra postura, cruzadas las piernas y asida con ambas manos la
que quedó arriba, preguntó a Bermúdez con sonrisa entre burlona y
despreciativa:
-¿Y qué le ha dicho el doctor Fillipini? ¿Él le aconsejó que nos amenazara
con irse a la Unión Cívica?
-Sí, él. Pero me dijo que lo hiciera en último caso, y que si no me
escuchaban tratara de hacer votar por mí en la otra lista, borrándolo a
Carbonero...
-¡Conque sí, eh! ¡pues ya verá el hijo de su madre! -exclamó Ferreiro, que
siguió murmurando, mientras sacaba del bolsillo un lápiz y la carilla en blanco
de una carta, en la que escribió algunas palabras.
Bermúdez, turbado, sin saber ya a qué atenerse, lo interrumpió:
-¡Pero, al fin y al postre! -preguntó-, ¿salgo a no salgo municipal?
Eso es lo que quiero saber, pero sin vueltas, derecho viejo, porque si
no...
-Sí, será municipal, Bermúdez -contestó Ferreiro sin levantar la cabeza-.
Le doy mi palabra de que será municipal.
Y firmando la esquela que acababa de escribir, la plegó en cuatro, y llamó
al dueño de casa.
-¡Cármine! tráeme un sobre, y haceme llevar esta carta al intendente.
Era la condenación de Fillipini: un pedido-orden al intendente para que le
quitara inmediatamente su puesto de segundo médico del hospital.
-¡Sí sale, amigo, sí sale! -exclamó levantándose y palmeando en el hombro
a Bermúdez-. ¿Para cuándo serían los amigos, entonces?
-¡Je, je, je! -rió Bermúdez en el colmo de la satisfacción, levantándose
también.
Y ambos salieron del café, encaminándose al atrio de la iglesia, donde
iban a practicarse las elecciones más sonadas del entonces borrascoso Pago
Chico.
Entretanto, en el comité cívico hallábanse reunidos Viera, el periodista,
que a cada instante se asomaba a la puerta, nervioso, excitado, sin haber
dormido, aguardando las huestes de votantes de la campaña que ya debían haber
llegado; Lobera, que peroraba y destilaba esencias; Silvestre, que trataba en
vano de meter baza apenas se interrumpiese la interminable serie de sus
discursos; Pedrín, Pulci, Pancho Fernández, el hijo del vigilante, Tortorano,
veinte o treinta más, y por último el doctor D. Francisco Pérez y Cueto, que
había exclamado con énfasis al entrar:
-¡Ciudadanos! ¡este hermoso día no puede menos de anunciarnos la victoria!
Y satisfecho del efecto producido, sintiendo un agradable cosquilleo en la
piel, de entusiasmo hacia su propia persona, había callado y permanecido
silencioso para no disminuir con vulgaridades el mérito de aquellas palabras
proféticas. Aquel día se había propuesto no decir sino frases históricas.
Pero eso sí tuvo que informarse de un detalle de la importancia, de la
cuestión en aquellos momentos de vida o muerte, y preguntó en voz baja a Viera,
deteniéndolo en una de sus continuas idas y venidas.
-Diga usted, Viera, ¿están preparadas las armas?
Viera sacudió la cabeza de arriba abajo, dirigiéndole una mirada
confidencial, y contestó más quedo aún, como un murmullo:
-Están... La noche en peso nos la hemos pasado acarreándolas con
Silvestre. ¡Y con un jabón! ¡No sé cómo no nos han pillado!
Las tales armas, el supremo recurso de un pueblo justamente indignado,
resuelto a reconquistar su autonomía y a repeler todo conato de imposición,
eran seis fusiles rémington, que se hallaban cuidadosamente ocultos en la
azotea del comité y que Viera y Silvestre habían llevado efectivamente, y no
sin peligro, la noche anterior.
Como los extremos se tocan, en el patio estaba la antítesis del arsenal
aquel -grandes y negros trozos de asado con cuero, fiambre, sobre bolsal de
arpillera, una compañía de damajuanas de vino carlón y un montículo de panes-
el almuerzo, en fin, del invencible pueblo de Pago Chico, pronto a reivindicar
sus derechos conculcados, aunque fuese a costa de su generosa y noble sangre.
Habíase prohibido terminantemente el uso de bebidas alcohólicas a los
paladines del libre sufragio; no necesitaban excitante alguno para el caso
probable de tener que sacrificar sus vidas en el altar de la patria, y era
menester en cambio, que se mantuviera el mayor orden en el comité, para dar
completo ejemplo de civismo y de austeridad de costumbres. Pero a duras penas
se lograba que no se marcharan todos de una vez a tomar la mañana en el almacén
de la esquina, y hubo que conformarse con una transacción: que fueran de a dos,
cuando mucho de a tres, y que volvieran inmediatamente. El entusiasmo iba
creciendo con esto.
-¡Hay que tenerlos a soga corta -decía Silvestres- si no, no pueden con el
genio y rumbean p'a la borrachería!
Mientras estaban en el comité, los electores rondaban alrededor del asado,
con el sólito apetito, aguzado por las repetidas copas de mermú, afilándoseles
los dientes y saliéndoseles el cuchillo de la vaina. Y apenas podían entretener
el ocio y el hambre con dicharachos y canchadas, haciendo esgrima a mano
limpia.
-Lo que es hoy -decía el negro Urquiza, en cuclillas afilando un palito
para los dientes con un formidable facón- lo que es hoy, los carneros van a...
cargar aceite.
-¡Sí, de susto e verte la trompa! -le retrucó un paisanito, que, con las
piernas cruzadas y recostando el hombro en la pared, parado junto a él, lo
miraba desde arriba.
-Callate, guacho -saltó el moreno, gesticulando con su ancha boca y
mostrando los dientes en una a modo de sonrisa. Mas vale ser negro que orejano.
Yo siquiera tengo marca.
-¡Y yo soy capaz de ponerte otra en la jeta, negro trompeta -dijo el
muchacho echando la mano atrás como para sacar también el cuchillo.
El negro estuvo de un salto en pie, pero varios se interpusieron mientras
uno de los correligionarios decía pausadamente, no sin sorna:
-¡Vaya! guardesén p'a luego, muchachos. ¿No ven que las papas queman?
Puede ser que luego haiga baile, y entonces podrán bailar a gusto...
-¡Sí, bailar con la más fea! -exclamó otro.
-¡Y'anda teniendo miedo éste... tabaco aventau, no más! -dijo el del
baile.
-¡Oiganlé! -prorrumpieron varios.
-Pisale el poncho, ai tenés.
-¡A que no le mojás la oreja a ño Fortunato!
Viera creyó necesario intervenir:
-¡A ver, compañeros, un poco menos de bochinche, que esto no es ningún
piringundín!
Los ánimos se tranquilizaron momentáneamente. Reinaba en todos un
desasosiego, una nerviosidad desusada, y en la expectativa de acontecimientos
penosos mostrábanse irritables, como si anhelaran precipitarlos o provocar
otros prefiriéndolo todo a la zozobra en que necesariamente tenían que estar
largas horas todavía.
Pero el más desasosegado, el más nervioso, el más irritable era el mismo
Viera, que no podía estarse un segundo quieto. Conocía, afortunadamente, su
estado y reprimía sus ímpetus, siempre a punto de estallar, contestando con
monosílabos hasta al mismo Dr. Pérez y Cueto, sintiendo unas ansias que le
subían del corazón a la garganta y le cortaban la respiración. ¿Qué era
aquello? ¿Por qué no llegaban los correligionarios de la campaña? Y no pudo de
pronto contener su impaciencia y se quedó en la puerta del comité, golpeando el
suelo con el pie, pálido, casi trémulo, mirando con ojos devoradores a uno y
otro lado, como si quisiera atraer con la mirada los esperados grupos de
jinetes.
Pero la calle polvorienta, abrasada por un sol de fuego aunque ya
estuviesen en el final del mes de marzo, barrida de vez en cuando por una racha
ardiente como salida de un horno, estaba desierta, completa, implacablemente
desierta, y sobre ella se cernía el sepulcral silencio de los días de
elecciones, en que las mujeres se encierran a rezar apenas salen su padre, su
marido o su hijo, en dirección al comité o al atrio, y en que la mayoría de los
hombres, por no hacer que recen de miedo sus mujeres, sus hijas o sus madres,
se encierran con ellas, no porque teman los tumultos con tiros y tajos, sino
simplemente por compasión hacia las desgraciadas, y por no darlas tan pésimo
rato. También, si así no fuera, ¿cómo podría haber gobiernos electores, y de
qué tendría el pueblo que quejarse y con qué entretenerse leyendo diarios?
Pero el rostro de Viera se iluminó de pronto: por una bocacalle, allá
lejos, al extremo del pueblo, aparecía envuelto en densa nube de polvo un
pelotón de jinetes que avanzaba al trotecito, en formación casi correcta, de a
cinco en fondo. Y no pudo contener una jubilosa exclamación:
-¡Ahí vienen!
Todos se precipitaron a la puerta, y el comité quedó un momento
silencioso. Pero ¡ay! cuando era más intensa y segura la esperanza, la
cabalgata volvió una esquina y desapareció dejando tras sí, como único
consuelo, flotante gasa de polvo que una racha desvaneció por fin.
-Es la pionada del saladero -dijo un paisano.
-Esos van con los carneros -murmuró desalentado otro del grupo.
La zozobra de Viera era ya un nudo que le cerraba la garganta hasta
sofocarlo. Entró bruscamente al comité, y para disipar su horrible ansiedad,
encarose con una rueda de electores que, más atrevidos o más hambrientos que los demás, habían aprovechado
la general distracción apoderándose de una gran tajada de asado que devoraban,
cortando los jugosos bocados a raíz de los labios con los cuchillos como
navajas de afeitar.
-¡Se necesita ser aprovechadores! -exclamó colérico- ¿No les da vergüenza
ponerse a comer solos sin que nadie les haya dicho nada, para meter desorden?
-Es la picana, don Viera -contestó con aire socarrón y falsamente humilde
el paisanito a quien el negro Urquiza llamara «guacho».
-Sí, ¡conque te agarrás el mejor pedazo, y todavía lo decís! Sos más
madrugador que la lechuza, que no duerme de noche.
Pero este pequeño desahogo, que no podía ir más lejos, no fue parte a
tranquilizarlo. Sufría tanto como el general a quien se le ha confiado una
nación entera, y ve perdida, irremisiblemente perdida, la batalla final. Y para
distraerse, trató de dominar su angustia y conversar con el doctor Pérez y
Cucto, preocupadísimo también, que desde hacía rato murmuraba quién sabe qué
filípicas, sazonadas con los términos más groseros de su repertorio peninsular,
como si de tanto trueno pudiera salir la tormenta salvadora. Y, en voz baja,
comentaron la inexplicable tardanza de Gómez, que debía ir con sus puesteros,
peonada y esquiladores, la de García, salido la noche antes de los confines del
partido con gran copia de paisanos resueltos, el silencio de Méndez, que debía
haber llegado aquella madrugada a la cabeza de los seis o siete caudillejos
que, junto con sus respectivos hombres, determinaron concentrarse antes de
salir el sol en la pulpería de Laucha, y la de Soria, que había prometido ir
temprano con los indios de la tribu de Curá, una veintena de electores tan
inconscientes cuanto serviciales.
La ansiedad había cundido; formábanse varios corros, para deshacerse y
formarse de nuevo algo más lejos, y las caras comenzaban a expresar otra cosa
muy distinta del entusiasmo. Ya no se hablaba en voz alta, ni nadie salía al
almacén a continuar las matutinas libaciones. Eran los mismos treinta y tantos
que se habían reunido allí, muy de mañana, para estar bien al corriente de
todo, en primer lugar, y para no tener que cruzar las calles cuando se
alborotara el cotarro sobre todo. No se había agregado un solo ciudadano más,
ya eran las ocho, y las esperanzas con tanto entusiasmo expresadas y exageradas
la noche antes allí mismo, iban desvaneciéndose una tras otra, tan
vertiginosamente como las nubes con el pampero sucio...
Al ver a Viera conversando con el doctor, Silvestre primero, Lobera
después, Pancho Viacaba, Pedrín Pulci, Tortorano, Troncoso, y hasta el mismo
Urquiza, husmearon conciliábulo y formaron rueda alrededor. ¿Cómo ocultar,
entonces, el sobresalto y la angustia, si el mismo sobresalto y la misma
angustia se habían apoderado de todo el mundo? Viera lo comprendió e hizo
esfuerzos para infundir a los otros una tranquilidad que no tenía, y por
sostener en ellos las últimas y mal abrigadas ilusiones.
-¡No se ha perdido todo! -repetía- Han de venir, han de venir.
Aguardemos, y entre tanto, vamos a votar los que estamos aquí, para no
perder el turno, porque las ocho están al caer...
El furioso galope de un caballo lo interrumpió. Habíase oído desde lejos,
porque en el comité reinaba un vago silencio de expectativa ansiosa. El redoble
de las patas del animal en el piso duro de la calle fue acercándose con
creciente violencia, hubo una sofrenada, un resbalón en seco, el choque de unas
botas con espuelas en las piedras de la acera, y casi al mismo tiempo apareció
Méndez, jadeante, haciendo repicar las rodajas, con paso bamboleante de gaucho
compadre, medio civilizado a ratos, pero áspero y rudo, sobre todo en aquellas
circunstancias. Venía demudado. Y apenas se halló dentro del comité:
-¡Canallas! ¡canallas! -exclamó entrecortadamente-. Mi han fusilao la
gente... ¡Canallas!
Hízose un silencio seguido de un murmullo agitado y caluroso, y todos los
circunstantes rodearon a Méndez, acribillándolo a preguntas.
-Dejemén hablar; si les voy a contar todo. ¡Pero qué canallas asesinos!
Esta madrugada salimos perfectamente de lo de Céspedes, p'a cair al pueblo
tempranito. Éramos unos ciento veinte, todos los que estaban en el campo, y un
redepente, al enfrentar la alameda de la estancia de Carballo -veníamos al
tranquito-, unos que estaban atrincheraus entre los árboles nos hicieron una
descarga cerrada, y antes de que nos pudiéramos dar cuenta, otra y otra, como
juego graniau. Y, es natural, la gente, asustada, se me alzó y disparó, de
balde traté de atajarla. Con el julepe ni siquiera atinaron a ver quiénes nos
estaban afusilando, y cuántos eran.
¡Claro! Casi ninguno tráia más que facón... Yo hice juego con el revólver,
pero me quedé solo, y en cuanto vieron que se me habían acaban los tiros, se me
vinieron encima. Yo le clavé las espuelas al sotreta, disparé campo ajuera,
¿qu'iba hacer? y estuve esperando bajo un pajonal, p'a aprovechar venirme en cuanto se descuidasen, p'avisarles
a ustedes.
-¿Y quienes son, quienes son? -preguntaron varios con la voz ligeramente
empañada por la emoción.
-No sé, la gente no es del pago; tráida de otros partidos...
La noticia cayó como una ducha helada, pues aunque se temiese ya alguna
hazaña oficialista, nunca se creyó que llegara a tanto la desenvoltura de las
autoridades, cuyo silencio de los días anteriores se había tomado por una
prueba de debilidad y una derrota antes de haber lucha. En Pago Chico, como en
el resto de la provincia, se fusilaba, pues a mansalva a la gente, y quien lo
hacía era el mismo gobierno. Era cosa más seria de lo que se había pensado,
entonces; no se trataba sólo de sostener refriegas en los atrios, sino de
hallarse siquiera en condiciones de llegar a ellos... Nadie las tuvo ya todas
consigo, pues.
Silvestre, exasperado, y al mismo tiempo curioso de saber lo que se
preparaba en las cercanías de la iglesia, preguntó a Viera, mientras Méndez
seguía explicando el terrible encuentro de aquella mañana:
-¿Qué hacen en la plaza? ¿Han mandado algún bombero?
-No, a nadie -contestó el periodista.
-Entonces voy yo de una carrera.
-Mucho cuidado -le gritó Viera, cuando Silvestre ponía el pie en la calle.
El desaliento fue subiendo de punto, casi hasta convertirse en pánico, a
medida que fueron llegando mensajeros con otras infaustas noticias. La jugada
hecha a Méndez se había repetido con Gómez, con García, con Soria, con todos
los que llevaban gente de diversos puntos del partido. Sólo iban a engrosar los
escasos elementos del comité, unos cuantos dispersos, que llegaban de a uno y
de a dos, todos a dar noticias desesperantes, abultando los hechos, echando
bravatas, mintiendo hazañas, exagerando el número, el armamento y la ferocidad
del enemigo, que al fin y al cabo no quería matar sino ahuyentar electores por
iniciativa y consejo de Ferreiro.
-¡Nos han fregau fiero, caracho! -exclamaba Méndez.
-¡Es una vergüenza, una verdadera vergüenza! -decía Viera casi llorando.
-¿Y nos vamos a quedar así, como unos manfios! ¿Nos habrán quitau la
gente, pero nosotros podemos quetuarlos a balazos, canallas, hijos de mil!...
¡A ver, muchachos, a ver quién quiere hacer la pata ancha, conmigo: venga el
que tenga huesos, y vamos a echarlos del atrio a tiros!
Parte de la gente, desde las primeras noticias, viendo la indecisión de
los jefes, había juzgado lo más oportuno comerse el asado y beberse el vino;
pero al resonar la palabra vehemente y furibunda de Méndez, muchos habían
acudido a hacerle corro, e iban enardeciéndose, ya dispuestos a lanzarse a la
calle y jugar el todo por el todo, cuando Silvestre entró en el comité como una
exhalación, y sin tomar aliento comenzó a contar que el comisario Barraba con
treinta vigilantes armados a rémigton ocupaba el frente del atrio y que tenía
varias carretillas al lado, llenas de municiones; que los «carneros», por su
parte, habían formado un cantón en las azoteas de la confitería de Cármine
armados también con rémingtons del gobierno, y dominando las mesas colocadas en
el atrio mismo, de tal modo, que podían fusilar a mansalva a cuantos se
acercaran al comicio.
Era la derrota, la más completa e inmerecida de las derrotas.
Sin embargo, Viera quiso luchar hasta lo último, tentar un esfuerzo
supremo, hacer de aquella una cuestión de vida o muerte para él y para cuantos
le habían acompañado hasta entonces en su cruzada reivindicadora.
-No, amigo, es al botón -replicó Méndez, que había reaccionado, a su
proposición de ir a tomar las mesas por asalto-. Hace un ratito yo mismo lo
aconsejaba, y hubiera ido a sacarlos de allí por sorpresa. Pero las cosas se
han puesto muy distintas... ¿No ve que están preparaus, y que l'único que vamos
a sacar con estos cuatro gatos es que nos maten como a perros?
-¡Sería un sacrificio tan cruento como inútil de sangre generosa!
-exclamó el doctor Pérez y Cueto con la voz más oratoria que tenía-
¡Dejemos que obren los acontecimientos! ¡Tarde o temprano ha de llegar la hora
de la justicia! ¡Elevemos los corazones y retemplemos el ánimo! ¡La patria nos
mira, (pausa corta) y estos contratiempos, estas iniquidades, mejor dicho, nos
realzan a sus ojos, en lugar de deprimirnos como quisieran los enemigos de la
libertad, los asesinos del pueblo!...
Todos apoyaron, y algunos dieron el ejemplo altamente filosófico de hacer
a mal tiempo buena cara, yendo a atacar el asado ya que no podían comportarse
lo mismo con las mesas electorales. El ejemplo fue seguido, todos se pusieron a
comer, y del silencio sepulcral que reinaba en el comité desde las primeras
desastrosas noticias, fue pasándose poco a poco
a la animación y la alegría, gracias a las frecuentes y abundantes
libaciones y para justificar una vez, más el refrán criollo de «Barriga llena,
corazón contento».
Pero los caudillos, como que eran los que más perdían, formaban grupo
aparte, mustios y cariacontecidos, cerca de la puerta, comiendo
melancólicamente, cuando vieron con sorpresa presentarse al mismo don Ignacio
en persona, a pesar de la ruidosa separación del comité y del fuego resuelto
que había hecho contra su mesa directiva. Lo dejaron acercarse sin decir
palabra, aguardando a ver por dónde comenzaba.
-Vengo a acompañarlos en la derrota, y no hubiera venido en caso de
triunfo -dijo dirigiéndose a Viera-. En cuanto vi las fuerzas que hay en la
plaza y el cantón de la azotea de Cármine, comprendí que los habían fregao...
¡Es una infamia!... Pero todavía puede haber remedio... ¿Han hecho protesta
ante escribano?
-No -contestó simplemente Viera.
-¡Pero hombre! ¡Si es lo primero que hay que hacer! Bien me parecía que se
habían descuidau. En estas cosas hay que tener un poco de prática, como les he
dicho tantas veces. Si no se hace la protesta ¿cómo quieren pedir luego la
anulación de las elecciones? Vamos, vamos a buscar al escribano para que la
redate inmediatamente.
-¡Y de qué nos va a servir eso, si no hay justicia, si la protesta y nada
todo es uno! -exclamó Silvestre- Acuérdese, don Ignacio, de todas las que hemos
hecho hasta hoy, y dígame cuál es la que no ha ido a parar a la basura... Si
nos hubieran dejado votar habríamos ganado, no hay duda; pero entonces hubieran
protestado los carneros, y como los jueces son suyos, la Corte hubiera anulado
la elección. No hay remedio, no hay más remedio que hacer una revolución, pero
una gorda, y colgar a toda la canalla de los faroles, porque a esos hay que
matarlos o dejarlos.
-Nunca está demás la protesta -insistió don Ignacio-. Quién sabe qué
vueltas van a dar las cosas, y nunca es malo estar prevenidos.
-Además, no cuesta nada hacerla, y siempre será un documento que atestigüe
la felonía de nuestros enemigos, una página realmente ignominiosa de su
historia -apoyó el doctor Pérez y Cucto.
Los demás estuvieron por la afirmativa, y los principales, Viera, don
Ignacio, el doctor, Silvestre, y cuatro o cinco más salieron para ir a buscar
al escribano. Y la protesta se hizo, para aumentar el número de las protestas
legalizadas de aquel tiempo, que reunidas en un legajo formarían una montaña de
pequeñas inmundicias. El escribano Martínez no dejó de vacilar ante la
exigencia de los cívicos. Aunque su función era ineludible, temía las iras
oficiales, la posible venganza de los amos del poder, y sólo comenzó a escribir
el documento cuando vio que los electores burlados comenzaban a irritarse, y
que, por huir de un peligro futuro, iba a caer en uno inminente y
contundente... Aun puede verse, -si es que el documento no ha desaparecido, si
alguna interesada mano no lo destruyó en La Plata, donde fue a golpear las
puertas de la sorda justicia-, que está escrito con mano temblorosa, lleno
también de borrones que la trémula pluma dejó caer aquí y allí, atestiguando el
grande, el inmenso respeto de tabelión hacia las autoridades constituidas y su
anhelo de no ver perturbado el orden, sobre todo cuando el desorden podía
envolver y arrastrar a su dignísima persona...
Entre tanto, en el comicio funcionaban las mesas bajo la exclusiva
dirección del escribano Ferreiro, que hacía copiar los registros y poner en las
urnas una boleta por cada nombre que se sacaba de las listas del padrón y se
ponía en las actas.
Defendidos contra toda posible asechanza por las fuerzas del comisario
Barraba, estratégicamente dispuestas frente a la iglesia, y por los
correligionarios armados a rémington acantonados en los altos de la confitería
de Cármine, los escrutadores realizaban su patriótica tarea con toda
tranquilidad, fuertes en su derecho y su deber. Desde que tuvieron por seguro'
que no se presentarían ni siquiera los fiscales cívicos, y que el resultado de
los ataques a los electores de la campaña había sido excelente, se pusieron con
júbilo a la tarea, copiando nombres y depositando boletas según las
instrucciones de Ferreiro, es decir, alternado entre una y otra lista de las
dos oficiales, de tal modo que al fin resultaran electos don Domingo Luna y el
gran Bermúdez, como era invencible deseo de este prohombre pagochiquense.
No se había asustado mayormente Ferreiro de sus amenazas, pero consideró
que era mejor no provocar una di'sidencia en circunstancias tales como las que
estaban atravesando, tanto más cuanto que Bermúdez podía servirle como
instrumento, afinadísimo gracias a su misma inutilidad personal: lo llevaría de
las narices a donde quisiera.
En el comicio reinaba, pues, la calma más absoluta, y los pocos votantes
que en grupos llegaban de vez en cuando del comité de la provincia, eran
recibidos y dirigidos por Ferreiro, que los distribuía en las tres mesas para
que depositaran su voto de acuerdo con las boletas impresas que él mismo les
daba al llegar al atrio. Los votantes, una vez cumplido su deber cívico, se
retiraban nuevamente al comité, para cambiar de aspecto lo mejor posible,
disfrazándose, -el disfraz solía consistir en cambiar el pañuelo que llevaban
al cuello, nada más-, y volver diez minutos más tarde a votar otra vez como si
fueran otros ciudadanos en procura de genuina representación.
-¡No sé p'a qué hacen incomodar a esa gente! -exclamó uno de los
escrutadores-. Además de incomodarse ellos nos incomodan a nosotros, porque nos
hacen perder tiempo: la mayor parte ni siquiera sabe con qué nombre debe votar.
Lo mejor es seguir copiando derecho viejo del padrón, sin tanta historia.
-Tiene razón, amigo -exclamó Ferreiro-, tiene mucha razón. Voy a dar orden
de que no vengan más.
Y desde ese momento cesó la procesión de comparsas hecha a modo de los
desfiles de teatro en que los que salen por una puerta entran en seguida por la
otra, después de cambiar de sombrero o de quitarse la barba postiza. Los
escrutadores pudieron entonces copiar descansadamente el padrón, y así lo
hicieron hasta la hora de almorzar.
El almuerzo les fue llevado de la fonda, pues el comité, descontando ya el
indudable triunfo, había querido obsequiarles con todo lo mejor que podía
obtenerse en Pago Chico en materia de cocina francesa confeccionada con grasa
de vaca.
Por la tarde, a la hora en que debía cerrarse el comicio, del comité,
provincial salieron estrepitosas notas musicales, en la calle frente a la
puerta comenzó a funcionar el infaltable mortero municipal dirigido por don
Máximo en persona, estallaron las bombas de estruendo en el aire caldeado por
un día bochornoso de sol, y los paisanos desarrapados, llevados de todas partes
para las elecciones, formaron un grupo, abigarrado y mal oliente, que con la
banda de Castellone a la cabeza recorrió el pueblo dando vivas al partido
provincial y mueras a los cívicos, atestiguando de aquel modo el indiscutible
triunfo del oficialismo, las inmensas simpatías de que gozaban las autoridades
locales que el pueblo por nada quería cambiar, y la impotencia de los cuatro
locos que se arrogaban la representación política de ese mismo pueblo, unánime
como tabla, sin embargo, para hacer creer a los inexpertos que de veras había
una oposición en Pago Chico, donde a lo único que las personas sensatas hacían
la guerra, era a los perturbadores que bajo la careta del patriotismo querían
trastornarlo todo, por aquello de que a río revuelto ganancia de pescadores...
Así por lo menos lo dijo al día siguiente el diario oficial, llenando al
pasar de improperios a todos cuantos habían intentado sacudir el yugo.
Viera, entretanto, sentado a la puerta de su casa, oía todo aquel innoble
regocijo, en el abatimiento provocado por la continuada tensión nerviosa de
aquel día, en el que desarrolló más esfuerzo del necesario para realizar alguna
obra hercúlea, como la higienización de las caballerizas de Augías, por
ejemplo... Confusas imágenes, vagos sueños de evangelización y sacrificio
cruzaban por su mente, sentía un nudo en la garganta, una opresión en el pecho,
e incapaz de sintetizar después del análisis, de obrar basándose en la triste
experiencia, sólo acertaba a balbucir:
-¡Será posible! ¡Será posible!
Y como en esta fórmula vaga se materializaba su ideal, su ¡será posible!
era protesta, programa y credo -lo más puro, y por lo mismo lo más inmaterial,
imponderable, sublime...
Buscó largo rato lo que había de hacer... Todo se le presentaba impreciso.
No podía resolverse a nada. No sabía. Entonces, en pleno reino de lo abstracto,
sólo atinó a buscar su abstracción espiritual y sentimental más alta:
Se fue a ver a su novia.
- VI -
Ladrillo de maquina
La llamada «crisis de progreso» llegó hasta Pago Chico, provocando una
especulación en tierras, bastante grande en relación a la importancia del
pueblo.
La villa, hoy con honores nominales de «ciudad», cambió rápidamente de
aspecto; pero la liquidación final de la aventura dejó a la mitad de los
habitantes en la calle, cuando, después del 89, los pesos comenzaron a andar a
caballo o a esconderse como los peludos.
Pero antes de esta semicatástrofe, no pasaba domingo ni día de fiesta sin
diez o doce remates de sola. res, quintas y chacras, y un terreno cualquiera
solía tener en un solo mes cuatro o cinco propietarios sucesivos, dejando
apreciable ganancia a todos los vendedores.
Como consecuencia de esta embriaguez por el juego mal disimulado y de la
intermitente abundancia de dinero, cundía la edificación, no quedaba prójimo
sin amontonar ladrillos, levantábanse barrios enteros, y los albañiles acudían
de todas partes al olor del trabajo bien remunerado.
Las «autoridades» de Pago Chico habían formado, naturalmente, sociedad
para la compra-venta de tierras, la adquisición por testaferros de «sobrantes»
municipales, tramitación y logro de «indemnizaciones» por solares no ubicados,
y otras operaciones no menos honestas y lucrativas.
Estos negocios necesitan una rápida explicación, aunque no afecten al
fondo de la verídica historia que narramos.
Ya se ha visto que el plano del pueblo estaba topográficamente muy mal
aplicado y tanto que en medio de las manzanas, entre solar y solar, quedaba a
veces una fracción de terreno sin dueño: esta fracción era el «sobrante».
Como es muy de temer que esta explicación no se entienda, apelamos a las
rayas. Toda manzana pagochiquense era un cuadrilátero de ciento cincuenta varas
de lado, dividido cada uno en cuatro solares de treinta y siete y inedia varas
de frente por setenta y cinco de fondo, así:
A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=150 varas.
Pero cuando, por mala demarcación, la línea resultaba de más de 150 varas
-equivocados al situarse los puntos A y B-, era forzoso que entre un solar y
otro solar quedara una diferencia, posiblemente ubicable en cualquier punto,
pero ubicada siempre (por un resto de pudor administrativo) entre solar y
solar.
A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=165 varas.
Las quince varas de diferencia -sobrante- eran adjudicadas al precio
primitivo de los solares, diez veces inferior al corriente -a la persona que
hacía la denuncia. Como ésta era siempre un hombre de influencia, el sobrante
se ubicaba donde más daño hacía, es decir, entre las dos propiedades más
valiosas, siempre que no fueran de otro influyente... Para no destrozar sus
edificios, las víctimas pagaban a peso de oro, un terreno que había pagado ya,
pero cuyo exceso de superficie no ignoraban probablemente: a un engaño hay otro
engaño, a un pícaro, otro mayor, como afirma el proverbio.
Este error topográfico, provocaba el inverso, que otra línea explicará sin
más vueltas:
A 371/2 371/2 371/2 371/2 B=150 varas.
En la «cuadra» faltaba un solar, aunque existiera o pudiese forjarse un
título de propiedad. El dueño del título sin terreno, reclamaba (naturalmente
si era situacionista por que la reclamación no «cuajaba» de otro modo) y como
no era posible estirar la cuadra ni hacer parir las vacas, indemnizábasele con
otro lote municipal, diez o veinte veces más valioso, en cualquier otra parte,
y tanto mejor ubicado cuanto mayor era la influencia del reclamante. ¡Estancias
se obtuvieron por este sistema! y si Ferreiro llegó a diputado fue sólo a costa
de muchos sobrantes y muchas indemnizaciones que supo aprovechar para sí,
indicar a otros o repartir entre los «personajes» que le interesaban o podían
serle útiles al día siguiente, y esto fuera de las suculentas «comisiones» con
que sabía untar la mano de los empleados municipales, de intendente abajo. Como
que hasta don Máximo recibía infaliblemente su propina.
Esto hubiera bastado a cualquier gobierno aprovechador.
Pero, deseosos de ensanchar su campo de acción, los señores del pueblo
resolvieron un buen día dedicarse también a la industria y establecer una fábrica
de «ladrillo de máquina» que había de darles resultados. Asistimos a la reunión
en que quedaron sentadas las bases de la empresa.
Celébrase ésta en casa del juez de Paz don Pedro Machado, con asistencia
del intendente Municipal don Domingo Luna, del comisario Barraba, del doctor
Carbonero y del famoso escribano Ferreiro, cuyas fechorías habían de conducirlo
más tarde a ser todo un personaje provincial y hasta nacional, como veremos más
adelante, porque es cierto aquello de que «todo andará bien si el palito no se
quiebra».
Es de noche.
Una chinita desarrapada ceba y acarrea el mate amargo, y en la mesa del
comedor, como adorno característico se alza un porrón de ginebra rodeado de
copas.
-Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia lo
lucrativo que a su parecer resultará el negocio, las ventajas que reportará a
los asociados, las grandes cantidades de ladrillos que se podrá producir y
vender...
-Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och' hornos en el pueblo y nos
van a hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces de vender
perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos sacarían la chicha y
eso no nos hace cuenta...
Largo rato se debatió la cuestión, entroles miedo a los presuntos
fabricantes, y ya iban a abandonar la empresa por demasiado aleatoria, cuando
el escribano ladino, que había estado meditando sin tomar parte en la
discusión, electrizó de nuevo a sus socios y discípulos de siempre con una idea
genial que cortaba el nudo gordiano:
-¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder
trabajar? -preguntó don Domingo Luna, al más interiorizado en el asunto.
-Seis meses.
-¿Y para que venga la maquinaria de Europa?
-Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo.
-Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!...
Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros y
exclamaciones de satisfacción. A nadie se le ocurrió objetar aquello podía ser
arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con semejantes escrúpulos.
Barraba palmoteó a Ferreiro en el hombro. Machado se echó al coleto, con
los ojos brillantes de codicia, una copa de ginebra; el doctor Carbonero se
restregó las manos, alzando y levantando la cabeza sonriente, y don Domingo
hizo un movimiento tan brusco e intempestivo que derramó el mate sobre los
guiñapos de la china cebadora.
El plan de Ferreiro era muy sencillo:
Como la delineación del pueblo había sido pésima desde un principio, y
como los improvisados «ingenieros» -ni agrimensores siquiera-, municipales
habían hecho las calles en forma de dientes de sierra, como si sólo trabajaran
beodos, nada más natural que presentar al concejo y hacerle aprobar una
ordenanza prohibiendo la edificación mientras no se trazara el nuevo,
definitivo y esta vez matemático plano de la futura ciudad.
Entre tanto, podría instalarse tranquilamente la fábrica; los horneros,
presuntos competidores, «reventarían» por falta de trabajo, y ya libres de
temores y al abrigo de toda contingencia, comenzarían a producir «ladrillo de
máquina», iniciando la «era del ladrillo de máquina» demarcadora de un nuevo y
colosal progreso pagochiquense.
Y así se hizo, como se dijo.
Los harneros fueron emigrando poco a poco; la maquinaria llegó; la
fabricación iniciose con un resultado desastroso, porque nadie entendía
aquellos complicados aparatos tragadores de barro, estiércol y paja; (la casa
europea había aprovechado la coyuntura para deshacerse de un viejo «clavo»
únicamente bueno para Sud América u otro país bárbaro); gritó La Pampa; comentó
el pueblo aquel escándalo, y protestó de él enviando anónimos al gobernador y a
los periódicos de la capital... Y cuando, después de encontrar obreros diestros
en Buenos Aires, comenzaron a levantarse altas pirámides de ladrillos tersos y
rojos, como diciendo «compradme» Ferreiro se encaró cierto día con el «digno y
progresista intendente de Pago Chico», según El Justiciero.
-¡Hombre, don Domingo! Se me acaba de ocurrir una cosa!
-¡Vamos a ver qué se le ocurre! -exclamó Luna-, Estoy a su servicio.
-Que usted me podría comprar las acciones de la fábrica de ladrillos.
-¡Qué! ¿Ya no le gusta el negocio?
-¡Al contrario! ¡Me gusta de alma! Pero ando un poco necesitado de plata
para completar lo que me cuesta una chacrita que acabo de comprar, y
naturalmente, no voy a vender las acciones a algún extraño que vaya a meter las
narices en nuestros asuntos!...
-¡Pues, natural! ¿Y, cuánto quiere?
-Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se las
doy por lo que me costaron.
-¡Arreglao! -exclamó el otro muy satisfecho.
Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad
anónima de los ladrillos de máquina.
Véase ahora la tontería de Ferreiro:
Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los
obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces más que su
valor fiduciario, y don Domingo Luna, echo un puerco espín, exclamaba.
-¡A este Ferreiro no hay por dónde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!...
Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó el
muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo! ¡Pucha con el
hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no a mañas libres, sino derecho
viejo! ¡La pucha con el platal que debemos hacer!...
Una vez se atrevió a increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo:
-Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario, estoy
más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación es como en el
juego de la brasa: el que se queda con ella, al último, es el que se quema,
como el último mono es el que se ahoga.
-Pero, yo soy su amigo, don...
-En la especulación, lo mismo que en el juego, no hay amigos, sino
enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al fin y al
cabo, y aquí estoy para hacer que se desquite. Compre certificados del Banco de
la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de pocos meses habrá duplicado o
triplicado el capital.
Y fue, en efecto, un gran negocio para don Domingo, quien perdonó gustoso
en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los malhadados ladrillos de
máquina...
- VII -
Beneficencia pagochiquense
De las sociedades de beneficencia formadas por señoras que había en Pago
Chico, la más reciente era la de las «Hermanas de los Pobres», fundada bajo los
auspicios de la augusta y respetable logia «Hijos de Hirám» que le prestaba
toda su cooperación. La primera en fecha era la sociedad «Damas de
Benefícencia», naturalmente ultra católica y archiaristocrática, como se puede
-¡y vaya si se puede!- serlo en Pago Chico.
Las «Hermanas de los Pobres» se instituyeron «para llenar un vacío» según
dijo La Pampa, y la verdad es que en un principio hicieron gran acopio de ropas
y artículos de utilidad, cuyo reparto se practicó no sin acierto entre pobres
de veras sin distinción de nacionalidades, religiones ni otras pequeñeces.
Distribuían también un poco de dinero, prefiriendo, sin embargo, socorrer a los
indigentes con alimentos y objetos dándoles vales para carnicerías, lecherías,
panaderías, boticas, todas de masones comprometidos a hacer una importante
rebaja. La sociedad prosperó con gran detrimento de la otra, que ni tenía su
actividad ni usaba de los mismos medios de acción, ni aprovechaba útilmente sus
recursos. Se hablaba muy mal de esta última. «Las Damas de Beneficencia» no
servían ni para Dios ni para el Diablo según la opinión general. Es decir, esa
opinión estaba conteste en que servía, pero no a las viudas, ni a los
huérfanos, ni a los pobres, ni a los inválidos y enfermos, sino a su digna
presidenta misia Gertrudis, la esposa del tesorero municipal, quien hallaba
medio de ayudarse a sí misma, no ayudando a los demás, con los recursos que le
llovían de todas partes. Pero, eso sí, la contabilidad de la asociación era
llevada «secundum arte», limpia y con buena letra, como que de ello cuidaba el
mismo tesorero, esposo fiel y servicial.
Tendrían o no tendrían razón de ser las hablillas circulantes, viviría o
no viviría misia Gertrudis de lo que se daba -con bastante generosidad- para
los pobres; esquilmaría o no esquilmaría el óbolo común; el hecho es que
estrenaba anualmente dos o tres vestidos de seda que hacían poner rojas y
verdes y amarillas de envidia a la comisaria, a la valuadora, a la misma
intendenta; que de cuando en cuando compraba un nuevo solarcito en las afueras
del pueblo; que en su casa no faltaba nunca una copa de oporto de regular
arriba, para obsequiar las visitas de cierta distinción, y que no se comía mal
ni mucho menos en los almuerzos que ella y el tesorero daban a sus amigos,
enemigos más bien.
Porque si no nos equivocamos, en todo el pueblo no había una persona que
no hablara pestes de la tesoreril pareja, hasta entre las que más la
festejaban. Claro está, entonces, que «la calumnia fue creciendo, fue
creciendo» y no tardó mucho en llegar a los propios oídos de la mismísima misia
Gertrudis, en alas de la voz pública representada esta vez por una vieja
pagochiquense, infatigable en la tarea de llevar y traer chismes y habladurías.
Doña Dolores, digna esposa del escribano Martín Martínez y enemiga a muerte de
misia Gertrudis, la despellejaba implacablemente, pero fingía ser su amiga, y
hasta puede que lo fuera en el instante en que conversaba con ella.
Un día, pues, no resistió el deseo imperioso de contar a la interesada
cuanto se decía en el pueblo, unas veces en voz baja, otras veces a gritos.
-Usted que es una señora decente, esposa nada menos que del tesorero
municipal, no debe dejar que hablen esas cosas de usted, y darles una lección.
Misia Gertrudis la escuchaba furiosa, no interrumpiéndola sino con
dicterios dirigidos indistintamente a todos los notables de Pago Chico. La
presidenta no dejó de rabiar desde entonces. Loca de ira y de indignación llegó
hasta jurar que presentaría su renuncia -cuya sola enunciación la hacía
estremecer- y declaraba a voz en cuello que lo único que no podía soportar era
la ingratitud, la injusticia de que se la hacía víctima inmaculada y dolorosa.
-¡Calumniarme a mí, a mí!... ¡A ver si hay una sola de esas hijas de
una... tal por cual, que sea capaz de «alministrar» tan bien como yo! ¡Que
vengan, que vengan a examinar mis libros!...
Y ostentaba los modelos de caligrafía pacientemente ejecutados por su
marido; pero allá en el fondo, su conciencia hacía un balance que nunca se
habría atrevido a presentar, ni a esas ni a otras damas cualesquiera, y le
imponía la visión, como implacable libro diario, de los kilos de carne, de
yerba, de azúcar, de arroz, de fideos y los litros de leche, de vino, de
aguardiente, de aceite de petróleo que debía a los pobres. E imaginábase que
entre ellos se arguía la figura odiosa y acusadora de su colega la presidenta
de las «Hermanas de los Pobres», esa «masona» que solamente por vil espíritu
sectario, por hacer daño a la iglesia y a los católicos y a Dios mismo, llevaba
sus libros peor escritos sí, pero con arreglo a la verdad.
Una mañana míster Kitcher, el acopiador de frutos del país, un inglés que
nunca se ocupó de saber lo que ocurría en el pueblo, le envió un donativo de
bastante importancia para el objeto, sin sospechar que aquel dinero pudiera
extraviarse antes de llegar a su verdadero destino.
Misia Gertrudis había notado aquel día, no sin pena, que el bolsón de
terciopelo cerrado por un cordón de seda, en que guardaba «aparte» el dinero de
los pobres, estaba completamente vacío, sin el más mínimo resto de limosna. Es
de imaginar, pues, con cuánta satisfacción recibió la de míster Kitcher, y el
buen humor con que se hubiera puesto a coser la bata -que proyectaba lucir en
la próxima función que a beneficio de la sociedad iba a dar en el circo la
compañía acrobática, del celebérrimo Tomate IV- si se hubiera podido apartar de
la imaginación el recuerdo de las comprometedoras hablillas y el encono cada
vez mayor que sentía hacia las «Hermanas de los Pobres», sobre quienes hacía
llover las maldiciones de más grueso calibre. Así es que apenas se sentó y sin
advertirlo, se puso a murmurar dicterios enardeciéndose cada vez con el propio
rumor y la propia ponzoña de sus rezongos.
-Aquí le manda esto el sastre -díjole la chinita Liberata, cuando apenas
había dado dos puntadas.
Era la cuenta de una compostura de ropa de su marido y del arreglo de la
levita negra para el «Te Deum» del nueve.
-A ver, dame... ¡Ah, sí, ya sé! -exclamó misia Gertrudis, tomando el papel
qué Liberata le presentaba y devolviéndoselo acto continuo-. Decile que vuelva
el sábado... Ahora estoy muy ocupada.
Pero en ese instante recordó la ofrenda de míster Kitcher, cuyo dinero
tenía aún en el bolsillo, e iluminada por súbita inspiración -¡lo que puede la
costumbre!- bolsiquió por la manera, asió el bolsón de terciopelo, e inmovilizó
a la chinita que ya iba a salir, gritándole:
-Esperate.
Muy grave, con una gravedad que imponía como siempre, respeto, añadió:
-No le digas nada. Tomá...
Y sacando los cuatro pesos que importaba la cuenta, los dio a Liberata que
corrió a entregárselos al cobrador del sastre, mientras la señora, reanudando
el hilo de sus pensamientos y el curso de sus imprecaciones murmuraba
indignadísima entre dientes:
-¡Pícaras! ¡Sinvergüenzas! Sospechar de que robo, yo, yo! Quisieran que
estuvieran un momento en mi lugar, para ver las cochinadas que harían...
Pero se arrepintió de haber invocado tan peligrosos testigos, y paseando
la mirada recelosa por el cuarto, tanteose el vestido, a ver si el bolsón de
terciopelo continuaba en su sitio para seguir socorriendo a los pobres
acreedores.
- VIII -
Poncho de verano
Desde meses atrás no se hablaba en Pago Chico sino de los robos de
hacienda, las cuatrerías más o menos importantes, desde un animalito hasta un
rodeo entero, de que eran víctima todos los criadores del partido, salvo,
naturalmente, los que formaban parte del gobierno de la comuna, los bien
colocados en la política oficial, y los secuaces más en evidencia de unos y
otros.
La célebre botica de Silvestre era, como es lógico, centro obligado de
todo el comentario, ardoroso e indignado si los hay, pues ya no se trataba
únicamente de principios patrióticos: entraba en juego y de mala manera, el
bolsillo de cada cual.
Por la tarde y por la noche toda la «oposición» desfilaba frente a los
globos de colores del escaparate y de la reluciente balanza del mostrador, para
ir a la trastienda para echar un cuarto a espadas con el fogoso farmacéutico,
acerca de los sucesos del día.
-A don Melitón le robaron anoche, de junto a las mismas casas, un padrillo
fino, cortando tres alambrados.
-A Méndez le llevaron un puntita de cincuenta ovejas lincoln.
-Fernández se encontró esta mañana con quince novillos menos, en la tropa
que estaba preparando.
-El comisario Barraba salió de madrugada con dos vigilantes y el cabo, a
hacer una recorrida...
Aquí estallaban risas sofocadas, expresivos encogimientos de hombros,
guiños maliciosos y acusadores.
-El mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla -murmuraba Silvestre, afectando
frialdad.
-¡Hum! -apoyaba Viera, el director de «La Pampa», meneando la cabeza con
desaliento-. Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio que
digamos...
-¡Él! -gritaba don Ignacio, caudillo opositor... todavía-. Es un peine que
ni caspa deja. ¡Y cómo está pelechando el hombre! No hace mucho se compró la
casa en que vive; aura ha alquirido una quinta junto al arroyo... ¿De ande saca
p'a tanta misa? Negocios no se le conocen, la suvención de la municipalidá no
es cosa, y los cinco o seis vigilantes que se come y no aparecen más que en las
planillas, no dan p'a esos milagros... ¡Él ha de mojar no más en los
a-bi-ge-á-tos!
Los otros grupos de independientes y opositores, explanaban el mismo tema
y compartían la misma opinión: el gran cuatrero, pudiera o no pudiera
probársele, era indudablemente el comisario Barraba, quién sabe si con la
complicidad de otros funcionarios, pero, en cualquier caso, con su
tolerancia... 'La corrupción del poder -como decía «La Pampa» es tan
contagiosa, que cuando invade a un cuerpo, no deja un solo miembro libre, y
luego sigue transmitiéndose alrededor, de tal manera, que todos vienen a quedar
infestados, si se descuidan».
-Así te diera yo a vos alguna coima, y veríamos -refunfuñaba el señor
comisario, para sus grandes bigotes.
Entretanto, el escándalo y la indignación pública iban subiendo de punto.
Ya no era únicamente «La Pampa» la que revelaba y consideraba los robos de
hacienda, pintando a Pago Chico como una cueva de ladrones; los periódicos de
la capital, informados por parte interesada, comenzaron también a poner el
grito en el cielo, espantados de que tales cosas ocurrieran en «la primera
provincia argentina», mientras el gobierno, llamado a velar por los intereses
generales, se hacía el sueco al clamor creciente de los despojados,
convirtiéndose en encubridor y fomentador de bandoleros.
Aunque la superioridad continuara sin inmutarse, sorda como una tapia y
muda como una piedra, Barraba comenzó a sentir sus recelos...
-¡Hay que hacer algo! -se decía, multiplicando sus inútiles salidas en
persecución de cuatreros y vagabundos, incomodado por las irónicas sonrisas y
los ademanes burlescos con que ya se le atrevían los vecinos al verlo pasar...
-Si -peroraba don Ignacio una noche en la botica-, cuatrero es cualquiera,
cuatreros somos todos, ¿cómo lo h'e negar? Los mismos piones que tengo, mañana
s'irán y me robarán hacienda; pero mientras estén en mi casa no, porque les
parecería demasiado ruindá. El vecino roba al vecino en cuantito se mesturan
los animales, o a gatas tienen ocasión. Roba el que pasa sin mal'intención por
su campo, si tiene hambre y está solo y le da gana de comerse una lengua'e vaca
o un lindo asau de cordero... Le roba el paisano haragán que vive «con permiso»
en el ranchujo que alza en un rincón de su campo, y que con cuatro o cinco
vacas tiene carne toda la vida, y con una majadita de cuarenta o cincuenta
ovejas vende casi más lana y más cueros que usté... ¿Y sabe p'a qué tiene
animales? ¡Bah! ¡si le dan trabajo!... ¡tiene p'al derecho a la marca y las
señales con que se apropea de todo lo orejano que le cai cerca!... Le roba el
alcalde, que ya comienza a ser autoridá, y no tiene miedo que lo castiguen... Y
por lo consiguiente, las demás autoridades...
-¡Pero esto es Sierra Morena! -clamó el doctor Pérez y Cucto, exagerando
aún su acento español-. Y el gobierno de la provincia debería...
-Ya l'he dicho -interrumpió don Ignacio-, que el gobierno no tiene coluna
más fuerte que el cuatrero, ya sea de profesión, ya por pura bolada de
aficionau. Los cuatreros son sus primeros partidarios; ésos son los que eligen
los electores, los diputados, los municipales; ésos son los que sostienen,
junto con los vigilantes, a la autoridá del pago, y de áhi el mismo gobierno. Y
p'a pagarles, el gobierno los deja vivir ¡es natural! En tiempo de elección les
hace dar plata, pero como no puede estar dándoles el año entero, los contempla
cuando comienzan a robar otra vez...
Todos apoyaron. El doctor Pérez y Cueto se había quedado meditabundo.
De pronto alzó la cabeza y dijo con énfasis, recalcando mucho las
palabras:
-Esa especie de connaturalización con el cuatrerismo, que lo convierte
casi en una tendencia espontánea y general, debe tener y tiene sin duda su
explicación sociológica. Pero ¿cuál? ¿Será el atavismo? ¿Se tratará en este
caso de una reaparición, modificada ya, de los hábitos de los conquistadores y
primeros pobladores, acostumbrados a considerar suyo cuanto les rodeaba, por el
derecho de las armas y hasta por derecho divino?... La herencia moral de este
país, no es, indudablemente, ni el respeto a la propiedad ni el amor al
trabajo...
Profundo silencio acogió estas palabras que nadie había comprendido bien,
y el doctor Pérez y Cueto dio las buenas noches y salió, para correr a
repetírselas a Viera, deseoso de que no se perdiesen...
Poco después entró en la trastienda Tortorano, el talabartero,
restregándose las manos y riendo, como portador de una noticia chistosa.
-¿Qué hay? ¿Qué hay? -le preguntaron en coro.
-¡Barraba ha salido con una partida, a recorrer!... -exclamó Tortorano-. Y
hace un rato gritaba en la confitería de Cármine que de esta hecha no vuelve
sin un cuatrero, ¡muerto o vivo!...
Todos se echaron a reír a carcajadas, festejando con chistes, dicharachos
y palabrotas la declaración del comisario...
Y sin embargo, éste supo cumplir su palabra...
Cuando ya regresaba, al amanecer, con las manos vacías -¿y a quién tomar,
en efecto, si no se tomaba a sí mismo?- después de haber pernoctado en una
estancia lejana, Barraba vio un hombre que se movía a pie, en el campo, cargado
con un bulto voluminoso y lejos de toda habitación. El individuo iba
hundiéndose en la niebla, todavía espesa, de una hondonada, junto al arroyo
medio oculto por las grandes matas de cortadera. Barraba, entrando en
sospechas, espoleó el caballo para reunírsele. ¡Su buena estrella!...
Cuando lo alcanzó no pudo ni quiso retener un sonoro terno, mitad de
cólera, mitad de alegría:
-¡Ah, ca... nejo! ¡Al fin cáiste!...
El hombre iba cargado con un hermoso costillar bien gordo y un cuero de
vaca recién desollado: iba sin duda a esconderlo en alguna cueva de las
barrancas del arroyo, pues, ya de día claro, no era prudente andar con aquella
carga, a vista y paciencia de quien acertara a pasar por allí...
Al oír el vozarrón del comisario que se le echaba encima a rienda suelta,
tiró cuero y costillar y trató de correr a ocultarse entre un alto fachinal que
allí cerca entretejía su impenetrable espesura. Pero Barraba, más listo, le
cortó el paso con una hábil evolución.
-¡Ah, eras vos! -exclamó al ver enfrente a Segundo, pobre paisano viejo,
cargado de familia, que se ganaba miserablemente la vida haciendo pequeños
trabajos sueltos-. ¿Con qu'eras vos, indino, canalla, hijuna!...
¡Tomá, tomá, sinvergüenza, ladrón, bandido!
Y haciendo girar el caballo en estrecho círculo alrededor de Segundo,
descargole una lluvia de rebencazos por la cabeza, por la espalda, por el
pecho, por la cara... Bañado en sangre, tembloroso y humilde, el otro apenas
atinaba a murmurar:
-Señor comisario... señor comisario...
Los vigilantes se reunieron al turbulento grupo y quisieron «mojar»
también, dando algunos lazasos al matrero, tomado infragante. Pero Barraba,
celoso de sus funciones de verdugo, los hizo apartar y siguió azotando hasta
que se le cansó, «más que la mano el rebenque».
Segundo había quedado en tierra, y resollaba fuerte, angustiosamente, pero
sin quejarse. Tenía el cuerpo cruzado de rayas rojas en todas direcciones, la
mejilla derecha cortada por la lonja, y de las narices le brotaba un caño de
sangre...
-¡A ver! ¡Llevenló en ancas! Tenemos que llegar temprano p'a darles una
buena lección! ¡Lleven el cuero también! -gritó el comisario.
Y apretando las piernas a su caballo enardecido por la brega, tomó a todo
galope en dirección a Pago Chico, que no estaba lejos ya.
Segundo, bamboleándose en la grupa del caballo de un vigilante, con una
nube en los ojos, la cabeza trastornada y los miembros molidos, balbucía:
-¡Por la virgen santa!... ¡Por la virgen santa!
El agente, fastidiado por aquella dolorosa y continua letanía, volviose
por fin colérico:
-¿De qué te quejás? ¡Tenés lo que merecés y nada más! ¿A qué andás robando
animales?...
Segundo hizo un esfuerzo:
-¡Era la primera vez -murmuró-, la primera! Encontré esa vaquillona
muerta... Mandinga me tentó... la «cuerié»... Pero es la primera vez, por
estas... -y poniendo las manos en cruz, se las besaba...
-¡Ya t'entenderás con el juez!... ¡Lo qu'es a mí, maní...! ¡No me vengás
con agachadas, ché!
El sol comenzaba materialmente a rajar la tierra cuando llegaron a la
comisaría, bañados en sudor hombres y caballos. La naturaleza entera parecía
jadear bajo los rayos de plomo y el viento del norte, cargado de arena quemaba
como el hálito de la boca de un horno. Las hojas de los árboles, achicharradas,
crujían al agitarse, como pedazos de papel. Pago Chico entero estaba metido en
su casa. El comisario, en la oficina, se refrescaba con una pantalla, en mangas
de camisa, tomando mate amargo que asentaba con un traguito de ginebra, «p'al
calor». Había llegado mucho antes que su escolta, montada en inservibles
matungos patrias, más inservibles aún con aquella temperatura tórrida.
-¡Ahí está el preso! -le anunció el asistente, cuadrándosele.
-¡Bueno! ¡Que le pongan el cuero de poncho, y lo hagan pasear por la plaza
hasta nueva orden -gritó Barraba.
La plaza era, como es sabido, un inmenso terreno de dos manzanas, sin un
árbol, sin una planta, sin una matita de pasto, en que el sol derramaba
torrentes de fuego, como si quisiera convertir en ladrillo aquella tierra plana
e igual, desolada y estéril.
El comisario salió en mangas de camisa, con el mate en la mano, a
presenciar el cumplimiento de su orden.
El cuero, fresco y blando, fue desdoblado; con un cuchillo hízosele en el
centro un tajo de unos treinta y cinco centímetros de largo...
Segundo fue conducido al patio, donde se ejecutaba esta operación; casi no
podía tenerse en pie... Lo obligaron a meter la cabeza por el boquete del
cuero, y uno de los agentes alisó con cuidado los pliegues, ajustándolos al
cuerpo.
-¡Lindo poncho fresco... de verano! -exclamó Barraba, chanceándose alegre
y amablemente.
Los que estaban en el patio -y sobre todo el escribiente Benito, aquel que
«era más bruto que un par de botas»- festejaron el chiste del superior, riendo
con más o menos estrépito... según la jerarquía.
Segundo callaba, sin darse cuenta aún de lo que iba a suceder. Por delante
y por detrás, el improvisado poncho llegábale a los pies; a ambos lados,
partiendo de los hombros, se abría como una especie de esclavina.
-¡Bueno, marche! -mandó el comisario-. ¡Y con centinela a la vista!
¡Que no se pare; y si se para, dele lazaso no más!
El viejo salió tropezando, seguido por un vigilante. Cruzaron la calle,
entraron en la plaza y comenzó el paseo... En los primeros momentos, las cosas
no anduvieron demasiado mal. Uno que otro vecino, asomado por casualidad, y
viendo el insólito aspecto del hombre vestido con tan extraño poncho, se
apresuró a inquirir de qué se trataba. La noticia cundió. Entreabriéronse
puertas y ventanas, dejáronse ver cabezas de hombres, mujeres y niños; un rato
después comenzaron a formarse grupos en las aceras con sombra, y a volar
comentarios de unos a otros:
-Es Segundo.
-¡Pobre! ¿Y qué ha hecho?
-Parece que lo han pillau robando animales...
-¿Él? ¡Bah! ¡No es capaz!
-¡Un viejo infeliz!
-¡Qué quiere, amigo! ¡La soga se corta por lo más delgao!
Pago Chico entero no tardó en hallarse reunido alrededor de la plaza, y el
gentío era aún más numeroso que el día de la fracasada ascensión del globo
acrostático. No quedó un perro en su casa, y en el ámbito asoleado zurrií un
zumbido de colmena.
El paseo de Segundo continuaba hacía ya una hora. El desdichado intentó
detenerse una o dos veces, pero el activo rebenque hizo desvanecer sus
ilusiones de descanso... El sudor corría por su rostro, mezclado con la sangre
coagulada que disolvía, flaqueábanle las piernas, y comenzaba a ¡sentirse
estrecho en el poncho de cuero, poco antes tan holgado. Éste, en efecto,
secándose rápidamente con el sol -harto rápidamente, pues para ello se había
cuidado de poner el pelo hacia adentro-, iba poco a poco oprimiéndolo por todas
partes, como un ajustado «retobo», hasta obligarlo a acortar el paso. Y su
interminable viaje seguía, en medio de aquella atmósfera de fuego, bajo las
miradas de la multitud, que empezaba a indignarse y a dejar oír murmullos
irritados... Ya se habían relevado tres agentes, muertos de calor, pero la
marcha continuaba, implacable, y el poncho seguía estrechándose, estrechándose,
impidiendo todo movimiento que no fuese el cada vez más corto de los pies del
triste torturado, haciéndole crujir los huesos.
-¡Basta! ¡Basta! -gritaron algunas voces.
-¡Basta! ¡Basta! -repetían algunas otras de vez en cuando.
El gentío, sobrecogido, olvidaba el calor. Segundo había pedido agua
muchas veces, con voz apagada y balbuciente de moribundo. Un vecino, más
caritativo y menos temeroso que los demás, le dio de beber. Al relevarse el
centinela, el comisario ordenó al que iba a hacer la nueva guardia:
-¡Que nadie se acerque al preso!
Al martirio del cuero que ya amenazaba descoyuntarlo, agregose entonces la
tortura de la sed...
Varias personas caracterizadas se presentaron a Barraba, pidiéndole que
hiciera cesar el suplicio. Barraba se echó a reír.
-¿De qué se queja? Tiene poncho fresco... de verano!... ¡Dejen, que así
aprenderá a carnear ajeno!...
-Pero, señor comisario... -le suplicaron.
-¡Bueno! ¿Y áura salimos con esas?... ¿Y no andan ustedes mismos diciendo
que hay que darles un «castigo ejemplar» a los cuatreros?...
-Segundo es un infeliz, y...
-¡No hay infeliz que valga!
-¡Y creemos que el juez!...
-¡Basta! ¡Callensé la boca! ¡Aquí mando yo, caray! ¿Por quién me han
tomau, y qué se piensan?...
Cuando los postulantes salieron, Segundo rodaba desmayado entre el polvo,
tieso como un tronco seco, rígido, aprensado en los tenaces y rudos pliegues
rectos del cuero, que le penetraba en las carnes. Había soportado el atroz
suplicio sin lanzar un ay, mientras tuvo fuerzas para mantenerse en pie...
Hubo que sacarle el poncho cortándolo con cuchillo. De la plaza se le
llevó casi agonizante al hospital.
Barraba reía con los suyos en la oficina:
-¡Poncho de verano! ¡Qué gracioso!... Miren que poncho de verano...
Párrafo del editorial aparecido al día siguiente en El Justiciero,
periódico oficial de Pago Chico.
«El comisario Barraba ha satisfecho ampliamente la vindicta pública y
merece el aplauso de todas las personas honradas, pues la terrible y merecida
lección que acaba de dar a los cuatreros hará que cesen para siempre los robos
de hacienda, aunque algunos la tachen de cruel y arbitraria, amigos como son de
la impunidad. ¡Siempre que extirpe un vicio vergonzoso y perjudicial, una
aparente arbitrariedad es evidente buena acción!»
Dos meses después Segundo estaba en Sierra Chica, su familia en la miseria
y el señor comisario se compraba otra casa...
- IX -
Para barrabasadas...
¡Cuánta serenata y qué golpear de puertas! Pago Chico está «desatado» y
mientras en el club los patricios hacen destapar mucho vino espumante y un poco
de champaña, entre risas, dicharachos y brindis, de las trastiendas de los
almacenes y de los despachos de bebidas salen cantos broncos y desafinados en
que se distingue algún «te l'o detto tante volte»... o acompasadas y
estrepitosas vociferaciones de «morra», como martillazos secos, o la algarabía
de alguna disputa nacida entre oleadas de carlón.
Por las calles vagan grupos de obreros con acordeón y guitarra, y de
jóvenes calaveras, al uso pagochiquense, que repican los Hamadores, se cuelgan
de las campanillas, hacen ronga-catonga alrededor de algún infeliz que se
retira tropezando, medio chispo, y producen tal alboroto que parecen legión
cuando son apenas un puñado.
Éstos se divierten apedreando las ventanas del Juez de Paz -sabiéndolo, en
el Club- guarecidos tras de la tapia de un terreno baldío; aquéllos han atado
un tarro de petróleo a la cola del perro de Silvestre, y allá va el pobre
animal como una exhalación hasta el confín del pueblo, despertando a las
supersticiosas comadres de los ranchos que se santiguan aterradas; los de más
allá, inspirados por el hijo de Bermúdez, mozo «diablo» cuya viveza es
legendaria, han puesto en práctica la genial idea de descolgar el letrero de
Madama Chomblant, la partera -cuadro que representa una mujer de palo, vestida
de hojalata, sacando un feto rojo de un rábano recortado en forma de rosa-, y
colgarlo en la puerta del cura, que echará pestes sin saber a quién debe tal
bromazo.
Al Club del Progreso, con motivo de tan magna fiesta, han acudido tirios y
troyanos a pesar de las terribles disenciones. Hay armisticio, y el mismo
comisario Barraba se ha dignado hacer acto de presencia -muy campechano- y
codearse breves momentos con la oposición.
El Club está momentáneamente en poder de los opositores. El caso es que
las cuestiones políticas le hicieron mucho daño, y la división estuvo a punto
de provocar su clausura, porque nadie pagaba la cuota mensual -sobre todo entre
los oficialistas, vulgo «carneros»-, y la falta de fondos no ha permitido dar
una tertulia, como en años anteriores...
Esto no puede impedir, sin embargo, que la gente se divierta.
En efecto, apenas dan las doce campanadas, saludadas con sendas copas de
vino (muchos no pueden realizar la proeza, por falta de estómago o por falta de
cobres), y apenas el licor empieza su marcha ascendente, hacia las alturas del
cráneo, Mussio se sienta al piano y la emprende con un vals saltado que pone en
movimiento a los más jaranistas y bailarines. No hay mujeres, naturalmente.
-¡Pan con pan comida de bobos! -exclama con sarcasmo Viera, el director de
«La Pampa».
Pero después de un par de brindis suplementarios, él también se enlaza con
Silvestre, y es de ver a los dos, dando vueltas vertiginosas y llevándose por
delante los muebles enfundados del salón, las sillas, el piano, los consocios
mismos.
El piano chilla, ladra, maúlla, se queja; saltan como pistoletazos los
tapones del vino espumante; un espectador lleva atronadoramente el compás con
los pies, el bastón, las patas de la silla, otro tararea el vals a destiempo;
el de más allá reclama un poco de silencio para lanzar un brindis de
circunstancias; los jugadores de billar se asoman a la puerta que comunica con
la sala de juego, risueños y enrojecidos, con el taco en la mano; los mozos y
el capataz corren de un lado a otro, y en las ventanas de la calle aparece
«vichando» con curiosidad y estupor, algún transeúnte retardado a quien
sorprende aquella inusitada barahúnda y que mañana desprestigiará a «todo lo
mejor de Pago Chico», entregado así a la más escandalosa y abyecta orgía.
El de los brindis llega por fin a hacerse escuchar, y apenas concluye sus
votos de prosperidad, dicha y bienandanza con un «año nuevo vida nueva», lleno
de modernismo, estalla la más formidable cencerrada que orejas pagochiquenses
hayan oído jamás. El orador, mohíno, se desliza hacia el «buffet» para
reponerse del mal rato, mientras los demás continúan cacareando, ladrando,
maullando, rebuznando o echando los pulmones en alguna otra forma original.
En esto, como si la empujara el pampero en persona, ábrese de par en par
la puerta del Club y entra desalado el oficial de policía Benito Mendoza,
produciendo en los presentes, hasta en los más entusiasmados, la impresión
acongojada de que acaba de ocurrir algo muy grave, alguna desgracia, algún
cataclismo...
Como por encanto reina en el Club entero un silencio pavoroso.
-¡Señor comisario! -dice el oficial en voz baja, acercándose a Barraba-:
El río Chico está desbordándose y amenaza inundar el pueblo.
¿Qué se hace?
Barraba ahoga una interjección de las suyas, parece meditar un segundo, y
luego grita, perentoriamente y con voz de trueno, como un general que toma
disposiciones en el momento decisivo de la batalla:
-¡Arme el piquete! ¡Vaya a paso de trote! ¡Mándeme el caballo! ¡Yo voy en
seguida!
El silencio se hizo tan solemne y trágico, que todos se volvieron
indignados hacia Silvestre que había oído y se sonaba ruidosamente las narices
para no estallar en una carcajada.
-¡Revolución!
-¡Ataque a la comisaría!
-¡Invasión!
No se escuchaba otra cosa cuando los concurrentes comenzaron a animarse,
una vez fuera el misterioso Barraba.
El boticario les dio la clave del enigma, pero no consiguió desarrugar los
ceños. ¡Una inundación! ¡Canario!...
Sólo al día siguiente, cuando se vio que el Chico no salía de madre ni
pensaba tal cosa, por la escasez de recursos que lo mantenía sometido a la
familia, con agua apenas para regar las quintas de los prohombres oficiales,
estalló del uno al otro extremo del Pago la homérica carcajada que Silvestre
atajó la noche antes con el pañuelo.
El comisario había inaugurado bien el año nuevo, y por eso sigue
diciéndose en nuestra tierra:
-¡Para barrabasadas, Barraba!...
- X -
Los patos
Era la tarde del 31 de diciembre. Ruiz, el tenedor de libros de una
importante casa de comercio -aquel españolito capaz y relativamente instruido
que acababa de llegar al pueblo, después de una escala en Buenos Aires,
provisto de calurosas recomendaciones para su compatriota el doctor don
Francisco Pérez y Cueto, que no tardó en procurarle la susodicha ubicación- se
hallaba, como de costumbre, en la frecuentada trastienda de la botica de
Silvestre, sorbiendo el mate que echaba Rufo, el nunca bien ponderado peón
criollo del criollo farmacéutico.
Merced a su irresistible don de gentes, el boticario era ya íntimo amigo
del tenedor de libros, a quien había enseñado en pocas semanas a tomar mate
-como se ha visto-, a jugar al truco y a opinar sobre política, tarea esta
última siempre fácil y agradable para un español. El aprendizaje de las otras
dos, y sobre todo de la primera, había costado mayor esfuerzo...
Ruiz, a pesar de su renegrido bigote, de sus ojos negros y brillantes y de
su continente resuelto, no sabía andar a caballo ni conducir un carruaje
-observación que no parece venir a cuento, pero que es imprescindible, sin
embargo-, de modo que, los domingos, cuando obtenía prestado el tílbury de su
patrón, veíase en la obligación de buscar compañero ayudante que lo sacara de
posibles apuros. Su primer invitación iba siempre enderezada a Silvestre, cuya
obligada respuesta era:
-No puedo abandonar la botica, ¡como te suponés!...
Porque ya se trataban tú por tú -o tú por vos, para ser más exacto- a
pesar de lo reciente de la relación.
Y lo curioso es que no pudiendo abandonar la botica, Silvestre andaba
siempre merodeando por el barrio, a caza o en difusión de noticias, aunque Rufo
no estuviera para cuidarle los potingues... Ante la voluntad negativa, Ruiz,
que se pasaba allí las largas horas en que el Mayor, el Diario y la Caja no
reclamaban la esgrima de su pluma, permanecía un rato en silencio, o hablando
de cosas indiferentes, para terminar insinuando:
-¿Rufo, no podría acompañarme?
-¡Cómo no! ¡Que vaya no más!
Y casi todos los domingos ambos montaban al tílbury, empuñaba las riendas
Rufo, y al trote del moro, allá iban los dos por esas calles, dando vueltas,
hasta cansarse de mirar muchachas en las puertas, para salir entonces a dar
largos paseos por las quintas sin árboles y las chacras sin sembrados.
Ahora bien, aquella tarde del 31 de diciembre, y como le consta al lector,
terminado el inacabable machaqueo de la pomada mercurial, y el sempiterno
lavado de frascos y botellas a gran fuerza de munición, Rufo acarreaba mate a
la trastienda, en que Silvestre y Ruiz departían mano a mano.
-Mañana es primero de año... ¿qué piensas hacer? -preguntó de pronto el
tenedor de libros.
-¿Yo?... ¡Ya sabés que no puedo abandonar la botica!...
-Pues yo pienso salir de caza, en el tílbury, así como te lo digo.
-¿A cazar qué?
-¡Patos, hombre, patos! ¿No sería excelente un guisado de patos para
festejar el año nuevo?
-Sí, pero tenés que ir muy lejos...
-¡Quiá!
-No hay patos por aquí. Están muy perseguidos, se han puesto matrerazos y
no se encuentran mas que en los lagunones del Sauce y muy arriba del río
Chico...
-¿Que no?... ¡Pues pululan!... Deja que Rufo me acompañe, y en dos o tres
horas me comprometo a traerte un par de docenas... ¡Los comeremos mañana
mismo!...
-¡Qué vas a traer! Si no hay un pato ni p'a un remedio por aquí...
Ruiz medio sulfurado, se encaró entonces con Rufo, que entraba llevando el
mate:
-¿No hemos visto centenares de patos el domingo, cuando salimos en el
tílbury?
Rufo sonrió con sonrisa indefinible, y contestó muy afirmativo:
-Negriaban, sí, señor... Hasta en los charquitos...
-¡No puede ser! -exclamó Silvestre, incrédulo; y en seguida apeló a su
sistema predilecto-: Te apuesto a que no tráis ni cinco en todo el día.
-¡Apostado! ¿Qué jugaremos?
-Que si cazás cinco patos, yo pago el vino bueno, los postres y el champán
para nosotros y tres amigos más; si no cazás nada o menos de cinco, vos pagás
una buena comida en lo de Cármine... ¿Te conviene?
-¡Va apostado!
Era aún temprano, el pueblo dormía, cantaban los pájaros, y el sol bajo el
horizonte iluminaba ya blandamente la tierra, cuando Rufo fue a buscar a Ruiz
con el tílbury tirado por el moro.
El criollito socarrón iba tan alegre que el látigo chasqueaba en su mano
como petardos, a pesar de que el moro llevara un trote bastante ágil en el aire
vivo de la mañana.
El tenedor de libros estaba vestido y aguardaba ya, armado hasta los
dientes, con escopeta de dos cañones, cuchillo de caza, morral, cinturón y
cartuchera con más de cien cartuchos cuidadosamente cargados.
Salieron y ya a pocas cuadras del pueblo comenzó el tiroteo: -¡Pim, pam;
pim, pam!- y el caer de patos era una maravilla. Mansos, mansitos los animales
se dejaban acercar bien a tiro, casi sin moverse junto a la misma orilla, y
cuando uno quedaba espachurrado y flotando sobre el agua cenagosa de los
pantanos, los otros parecían más sorprendidos que espantados por aquel
estrépito y aquella matanza, como si nunca se les hubiese hecho un disparo...
Después, convencidos de la abierta hostilidad, tendían el vuelo bajito
levantando el agua con las patas, como si navegaran a hélice, e iban a
detenerse poco más lejos, de tal manera que el tílbury, hábilmente dirigido por
Rufo, no tardaba en dejarlos a tiro otra vez...
Y ¡pim, pam; pim, pam! la escopeta de Ruiz continuaba el estrago,
amenazando dejar sin patos la comarca entera. Uno, dos, diez, veinte, cuarenta.
¡Cuarenta patos mató esa mañana el cazador forzudo delante del Señor, sin haber
tenido siquiera que bajarse del tílbury!
Los ojos le brillaban de júbilo y entusiasmo.
Aquel éxito colosal lo había puesto tan nervioso que hasta marró algunos
tiros, seguros sin embargo, con el apresuramiento y la avidez...
Cuando llegó a los cuarenta patos era aún temprano y Rufo cada vez más
satisfecho, rebosándole la alegría por todos los poros, quería que continuase
la hecatombe. Ruiz modestamente se negó, quizá apiadado de los inocentes
palmípedos.
-Llevo ocho veces más de lo necesario para ganar la apuesta. ¡Ocho
veces!... Silvestre va a trinar.
Se detuvieron a la puerta misma de la botica, y Etifo comenzó a bajar del
tílbury y a introducir en el despacho el producto de la milagrosa cacería.
Silvestre estaba en la trastienda, dale que le das al pildorero, preparando una
de las fructíferas recetas de «agua fontis y mica panis» que extendía el Dr.
Carbonero, enemigo de la farmacopea, más no de la voluntad de los clientes que
no querían curarse sin remedios. Pero ante la algazara de Ruiz, que bailaba y
cantaba castañeteando los dedos, en una ruidosa pírrica alrededor de los patos,
no pudo menos que abandonarlo todo y precipitarse a la tienda para ver
aquello...
En el patio se oía un desordenado repiqueteo de almirez. Con desusado
celo, como si una terrible urgencia lo impulsara, Rufo machacaba febrilmente la
pomada mercurial, hecha ya sin embargo. Y acompañando el redoble del mortero,
sonaba algo entre regaño y risa reprimida.
Una carcajada homérica sacudió de pies a cabeza a Silvestre, en cuanto se
vio delante del informe montón de los cuarenta patos; y sin dar tiempo a que
Ruiz volviera de su asombro, habíase lanzado como una flecha, atravesado la
calle y entrando como un ventarrón en la imprenta de La Pampa, en cuyo interior
siguieron estallando sus inextinguibles risotadas.
Ruiz, perplejo, se había quedado inmóvil y aturdido, en medio de la
farmacia, con la boca entreabierta y los brazos colgando frente a su botín
cinegético.
Siguiendo a Silvestre, apareció Viera, director de La Pampa, y el
administrador, y los cajistas, y luego otros más, atraídos por el ruido y el
movimiento, hasta formar cola a la puerta.
Y el boticario «indino» continuaba en sus carcajadas, interrumpiéndose
sólo para exclamar:
-¡Miren los patos que ha cazado Ruiz! ¡Miren los patos p'año nuevo que ha
cazado Ruiz!...
Y el público le hacía corro, y allí en el patio el repique del almirez
adquiría sonoridades de campana echada a vuelo.
Ruiz quería hablar, desconcertado, llorando casi con aquella burla
inacabable; pero las risas, las exclamaciones y los chascarrillos no lo dejaron
meter baza, ni averiguar la causa de semejante tremolina. Por fin oyó la clave
del enigma:
-¡Son gallaretas!
Y aunque no supiese lo que es una gallareta, comprendiendo que había
cazado gato por liebre, tomó el sombrero, abriose paso, trepó al tílbury y
manejando por primera vez en su vida, puso al moro al trote largo para escapar
de las risotadas, cuyo eco lo perseguía hasta volver una esquina...
Pasada la primera impresión y disuelto el corro, Silvestre creyó prudente
reprender a Rufo, por honor de la jerarquía. Al fin Ruiz era su amigo...
-¿Por qué lo has dejado matar tanta gallareta?
-¡P'a que aprienda, pues!
-También hubiese aprendido si le hubieras dicho antes...
-¡Qu'esperanza, patrón! ¿No está viendo que se podía haber olvidau?... ¡Y
lo qu'es aura, no se olvida ni a tiros!...
- XI -
Metamorfosis
Terminada la tarea de los recibos para fin de mes, don Lucas Ortega se
dispuso a salir en busca de las noticias municipales y policiales, a pesar de
la opinión del regente.
-¡No hay que descuidarse! -le había dicho éste-. Manolito nos la ha jurado
y es capaz de cualquier barbaridad.
Don Lucas púsose el sombrero, tomó como de costumbre su bastón de estoque,
y salió a las calles silenciosas de Pago Chico en plena siesta, diciéndose que
él no se metía con nadie, y que mal podía nadie meterse con él. Olvidaba el
pobre y manso administrador y reporter de El Justiciero una malhadada y
peligrosa modalidad de su carácter: la inclinación a darse lustre.
Llegado muy joven de La Coruña, don Lucas no había sido siempre
«periodista», como se declaraba enfáticamente. La instrucción recibida en una
escuela de lugar no le dio para tanto en los primeros años. Se estrenó con toda
modestia en una trastienda de almacén, despachando copas; luego ascendió a
vendedor, y más tarde a habilitado; a los diez o doce años de estar en la casa,
ya era socio, a los quince pudo establecerse por su cuenta, en pequeña
escala... Pero de pronto, cuando ya esperaba reunir una fortunita y todo el
mundo le llamaba «don Lucas» (el don le quedó para siempre) sobrevino una
crisis, los deudores no pagaban, los acreedores se le echaban encima, y desde
lo alto del que creyera inconmovible pedestal, rodó nuestro héroe, se encontró
en la calle, y rodando, rodando, llegó por fin a Pago Chico, y encalló en la
administración de El Justiciero.
En tan deslumbrante posición comenzó para él otra era de grandeza, no ya
material y pecuniaria, sino social e intelectual, cosa que estimaba muchísimo
más, aunque a veces lamentara a sus solas el sueldo escaso y tardo, y la
brillante miseria.
Pero, eso sí, había crecido, se había agigantado en su propio concepto, y
creía que también en el de los demás. Pago Chico debía considerarlo un
personaje, puesto que, como periodista, tenía la facultad de opinar, de juzgar,
de condenar ante el tribunal del pueblo.
Afable, atento, servicial, hasta servir mientras fue dependiente, y aun
siendo patrón, cuando el parroquiano era considerable, no había perdido estas
condiciones, como no perdió tampoco la bondad, que constituía el fondo de su
carácter. Pero había cambiado de forma. Ebrio de grandeza era familiar con
aquellos magnates del pago que se lo permitían; risueño y atrevido con las
señoras ante las que pavoneaba su pequeña estatura; grave y taciturno con la
gente de poca importancia; autoritario y altanero con la plebe;
condescendientemente accesible para sus subalternos de la imprenta. Hablaba
siempre «en discurso» como decía Silvestre, pero estaba tan lejos de ser malo
que, a juicio de todo el mundo, era incapaz de matar una mosca.
No era valiente tampoco; pero la convicción de su insignificancia,
persistiendo tan oculta allá en lo íntimo, que él mismo apenas la vislumbraba,
a veces tenía, si no otra, la virtud de hacerlo tranquilo y confiado. De modo
que aquella tarde salió tan sin preocupaciones como siempre (el estoque era un
regalo del director, que le había dicho al ofrecérselo: ¡Un periodista en
campaña no debe andar nunca desarmado!), a pesar de que El Justiciero acábase
de publicar la siguiente «feroz caída».
«Escándalo.- El Morenita M. P., que con sus calaveradas y fechorías ya
tiene indignado a todo el mundo de Pago Chico, promovió ayer un descomunal
escándalo en «cierta casa» de los suburbios, rompiendo vasos y espejos y
apaleando mujeres, hasta que por fin intervino la policía, que haría bien una
vez por todas en apretarle las clavijas al mocito que se prevale de su familia
para hacer cuantas atrocidades le da la gana. Sin embargo, no fue ni llevado a
la comisaría siquiera, y nos extraña mucho que el comisario Barraba, después
del atropello de ayer, todavía no lo haya metido a secar en un calabozo para
que otra vez aprenda, no siga dando mal ejemplo y fomentando la compadrada de
los demás muchachos del pueblo».
No extrañará esta filípica del oficialista Justiciero, si se tiene en
cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las autoridades para
ver de sacarles mayor tajada, pues iban a necesitarlo para las elecciones. Y el
suelto era justo, porque para los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de
raya, y era una amenaza general, pues el rico e
ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con la impunidad.
En cuanto a don Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el suelto,
es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que se inclinó «ante
la tumba del deplorable vecino» don Fulano, y dijo cuando la muerte de la madre
de Bermúdez, china nonagenaria, que la distinguida matrona había fallecido «en
la flor de su edad». Pero él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con
desparpajo singular, siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto o
noticia publicaba El Justiciero, de modo que todo el mundo acabó por creer
siquiera en su colaboración.
Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido el
vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta estatura,
mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los largos faldones de su
jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando se quedó frío, corriole un
cosquilleo de la nuca a los pies, y sólo merced a un heroico esfuerzo pudo
llevarse la mano trémula al bigote y erguirse casi hasta caer de espaldas...
Manuelito Pérez se adelantaba rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de El
Justiciero en la mano.
-¿Quién ha escrito esta noticia? -preguntó el jovenzuelo con voz
reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo a su lado.
Un velo pasó por los ojos de don Lucas; sintió que se le aflojaban las
piernas, pero haciendo de tripas corazón:
-¡No sé! -contestó secamente.
-¡Qué no ha de saber!
-¡No sé!
-¡Usté no más será, gallego!
-Y si fuera... acertó, lívido, a balbucir don Lucas.
-¡Ahora verá!
Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano a la cintura.
Trémulo, don Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque, buscando con la
vista una persona que lo auxiliase en la calle solitaria abrasada por el sol,
un objeto: el hueco de una puerta en que parapetarse... Pero no tuvo tiempo
para nada. Oyó una detonación seca, sintió un golpecito en el pecho y al rodar
por la acera, vio como en un escenario al bajar rápidamente el telón, que Pérez
corría con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que
algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó.
La grita de los periódicos -«la prensa local»- y especialmente de El
Justiciero, fue tan grande, que la policía se vio obligada a proceder,
descubriendo, una semana más tarde, el escondite de Manuelito, conocido por
todo el mundo desde el primer día. Y el jovenzuelo fue a dar a La Plata, con un
sumario que parecía hecho por su mismo abogado defensor...
Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones. El
Justiciero narraba extensamente los detalles del combate, en que su
administrador, heroico, había perdonado ya la vida del asesino que tenía en la
punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido, le había alevosa y
traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en seguida hablaba del
sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos en aras del pueblo, de la
ingratitud que generalmente es la única corona de los mártires que ofrecen en
holocausto por el bien público toda la generosa sangre de sus venas, y patatín
y patatán... Enorme éxito, indescriptible entusiasmo. La gente se agolpaba a la
imprenta.
Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero
declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía recibir
visitas -no muchas a la vez, ni demasiado charlatanas- el pobre cuartujo de
Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en sitio de obligada y fervorosa
peregrinación. D. Lucas había leído los diarios, se había extasiado con las
ditirámbicas apologías de El Justiciero, pero nada le produjo tan intensos
goces, tan férvido orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en
que figuraban los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera
faltaban damas..., como que un día se le apareció misia Gertrudis, la vieja
esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de Beneficencia...
¡Cuánto incienso recibió don Lucas, visitado, asistido, festejado y
adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente a la categoría de grande
hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le demostraba compasión,
sin embargo; todos se derretían de admiración respetuosa, prontos a venerarlo,
a idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta abnegación, tanta grandeza de alma!
¡Atreverse a oponer un simple estoque a un arma de fuego, vencer al terrible
enemigo, perdonarle la vida!... ¡Y todo por el pueblo!
-Ahora comprendo -pensaba D. Lucas- como se repiten las hazañas
peligrosas. ¡Se puede ser héroe!
Él lo era en su concepto. Lo fue algunos días en el de loe pagochiquenses.
Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando demasiado en cicatrizarse a
causa de tantas emociones, dio tiempo para que el entusiasmo se enfriara poco a
poco antes de que don Lucas pudiera tenerse en pie. Cuando salió a la calle, su
aventura era ya un hecho místico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le
daba importancia, nadie hacía alusión a él.
Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteosis había sido tan
intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se paseaba por el
pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto echarse atrás, haciendo
pininos para erguirse y crecerse. Y miraba a todos con soberanas sonrisas
protectoras o con gesto avinagrado y despectivo, según qué fuera aquel en quien
se dignaba detener la vista.
Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo, víctima del
deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo enorgullecía era su
fama de valiente. Ser valiente en la tierra del valor ¡él!... Y se frotaba las
manos y se sonreía de regocijo, convencido de su gloria.
Desde entonces usó revólver a la cintura, no dejándolo sino bajo la
almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en la
administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el circo,
haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor a nada ni a nadie.
Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director de El
Justiciero. Tenía ademanes rotundos de caballero andante pronto a lanzarse
contra una cuadrilla de malandrines. El manso se había convertido en impulsivo,
con el deschavetamiento del amor propio exacerbado.
-Es siempre malo que a un sonso se le aparezca un dijunto -solían decir
algunos más avisados, al ver pasear a Ortega con el sombrero en la nuca y
haciendo molinetes con el bastón.
Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando entre dientes al
vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote:
-Decile a un sonso que es guapo y lo verás matarse a golpes -uno de sus
refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra cosa.
Y el boticario criollo no dejaba de tener razón.
Ortega acostumbraba a tomar el vermouth vespertino en la confitería de
Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo-americano White, famoso por su
fuerza hercúlea, el doctor Fillipini, algunas veces y otros amigos.
Un día que don Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador
Fernández se acercó a la mesa, trabando conversación de negocios con Gómez. No
estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron, pasaron a las
injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose de pie, alzó la mano
como para dar una bofetada a su contrincante. White, más rápido, pudo evitar la
realización del hecho asiendo a Fernández por los brazos, de atrás. Gómez,
blandiendo una silla, se había puesto en guardia, mientras su adversario
forcejeaba por desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo
era realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara
Ortega...
Ver aquello, y sin detenerse a reflexionar ni qué era, ni de parte de
quién estaba la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura, fue todo
uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias. Y en menos de lo
que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un poco de humo, un hombre muerto
y el estupor pasó batiendo las alas, petrificando a los actores y espectadores
de aquel drama que sólo había tenido desenlace, y que sería comedia a no mediar
un cadáver.
Y cuando se vio solo en la oficina de la comisaría, preso, con un
homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció en aquel
pobre cerebro y don Lucas se echó a llorar como una criatura...
- XII -
Con la horma del zapato
«Tengo el honor y la satisfacción de comunicar a usted, por orden del
señor Intendente, que desde la fecha queda suspendido y exonerado de su cargo
de subdirector y segundo médico del Hospital municipal, por razones de mejor
servicio, y agradeciéndole en nombre del municipio los servicios prestados.
Tengo el gusto de saludarlo con toda consideración, etc., etc.»
Llegó esta nota a manos del doctor Fillipini al día siguiente de la
elección que consagró, por su consejo, municipal a Bermúdez.
-¡Mascalzone! -exclamó, pensando en su protegido de un minuto.
Pero sin que el despecho le ofuscara el raciocinio, salió de casa en busca
del firmante de la nota en primer lugar. Era éste el secretario de la
Intendencia, Remigio Bustos, y podía aclararle muchos puntos, útiles para sus
manejos ulteriores. Le encontró tomando café y copa en la confitería de
Cármine. Haciendo un grande esfuerzo, un acto heroico, pagó la «consumación» y
pidió «otra vuelta».
-Dígame, Bustos -preguntó por fin-; ¿por qué me destituye don Domingo?
-¡Hombre, no sé! -contestó el otro, paladeando su anis, y no por sutileza
ni reserva política, sino por nebulosidad cerebral.
Viera, caracterizándolo, había publicado efectivamente, hacía poco, una
parodia de la fabulilla de Samaniego:
Dijo Ferreiro a Bustos
después de olerlo:
-Tu cabeza es hermosa
pero sin seso.
¡Cómo éste hay muchos
que, aunque parecen hombres,
sólo son... Bustos!
-No sabe ¡bueno! Pero dígame cómo fue -insistió Fillipini, en su jerga
ítalo-argentina, seguro de que por el hilo sacaría el ovillo-. ¿No le habló
nadie?
-Nadie.
-¿Le hizo escribir la nota así, sin más ni más?
-Sí, mientras estaban votando.
-¿Y nadie había ido a verlo?
-Nadie más que Gino, el pión de Cármine.
-¿Y a qué iba Gino?
-A nada. Le llevaba un papelito.
Fillipini calló, apuró su taza, pagó, salió y volvió a entrar por otra
puerta, metiéndose hasta el patio y las cocinas. Allí vio a Gino, hecho una
pringue, como que era el lavaplatos -el platero, ¡según los chistosos
pagochiquenses- de la confitería de Cármine.
-¿Quién te dio el papelito que le llevaste al intendente el domingo?
-preguntole en italiano.
-Il signor notario -contestó Gino, mirando a su egregio compatriota con
los ojos azorados y los carrillos más mofletudos y rojos que de costumbre.
Fillipini, sin agregar palabra ni saludarlo siquiera, siguió andando y
salió por el portón de los carruajes, encaminándose al Club del Progreso.
Allí se sentó, poniéndose a sacar un solitario, indiferente y tranquilo en
apariencia, pero sin que nada escapara a sus ojos avizores.
Ni aun cuando entró Ferreiro se le conmovió un músculo de la cara, blanca,
impasible, rebosante de salud y de satisfacción. Pero a poco abandonó el
solitario, y evolucionando lentamente entre los grupos de jugadores y
desocupados, acabó por hallarse, como deseaba, mano a mano con Ferreiro.
Los dos zorros viejos se saludaron casi cariñosamente, en apariencia sin
aludir al suceso de que eran primeros actores: pero Fillipini no tardó en
lanzarse a la carga:
-¿No sabe? Don Domingo me ha destituido...
-¡No diga! ¿De veras?
-Sí, señor. Me ha destituido... Pero no me importa mucho, porque eso no
puede quedar así...
-¿Pero por qué? ¿Cómo es eso?
-¡Pavadas! El pobre no sabe lo que hace.
-Diga, pues, doctor; que sí yo puedo...
Fillipini, sonriéndose, miró la hora en su reloj de bolsillo, muy calmoso,
muy dueño de sí mismo; y luego, mirando a Ferreiro bien en los ojos, dijo con
buen humor:
-¡Claro que puede! Usted y el doctor Carbonero se apresurarán a
defenderme. Se necesita ser muy cretino para portarse así con un hombre como
yo.
Ferreiro pulsaba al «gringo», sorprendido de tanta soltura, de tanta
desfachatez, y pensando:
-¡Si se habrá encontrado topate con te toparías!
Pero quiso darse cuenta exacta de los puntos que calzaba su contrincante,
y después de un segundo de silencio, le preguntó:
-¿Y por qué cree que Carbonero y yo lo hemos de defender?
El médico se echó a reír con aparente franqueza y:
-Porque ustedes son demasiado inteligentes para no hacerlo -contestó-. Y
demasiado amigos míos -agregó inmediatamente, dorando la píldora, no sin
ciertos asomos de sarcasmo.
-Amigos, sí... está bueno. Pero si usted pretende amenazarnos...
-¡Señor Ferreiro! -dijo entre carcajadas Fillipini-. Si yo no lo conociese
tanto lo que me dice sería como para hacerme creer que usted ha «mojado» en
esta barbaridad...
-¡Yooo!
-¡No, no lo creo, claro está que no lo creo! Al contrario: usted lo
hubiera impedido, a saberlo... ¡Bah! entre bueyes no hay cornada, como se suele
decir... Para mí el caso es sencillo... Ese «lavativo» de Bermúdez tiene la
culpa, y me ha hecho una gran cargada después que le di el modo de hacerse
municipal...
-¡Y por qué se lo dio! -interrumpió violentamente Ferreiro.
-¡Eh!... ¡Questo é un altro paio di maniche! -murmuró Fillipini con mucha
socarronería.
Hizo una pausa, sonriente e insinuante, para continuar después:
-Yo soy muy necesario en el hospital, porque Carbonero no va casi nunca, y
hago todo el servicio... Si se nombrara a otro... con la administración... y
los gastos tan grandes... Además, que hay que nombrar a otro, desde que
Carbonero no iría aunque lo mataran.
-¿Y de ahí?...
-¿A quién nombrarían? El único médico que queda es el doctor Pérez y
Cueto...
-¿Y eso?
-Que nombrarlo a Pérez y Cucto, sería como meter las narices de toda la
oposición en el hospital... Publicar lo que comen los enfermos, cuando comen...
descubrir el estado de la farmacia... de las ropas de cama...
contar lo que pasa con los cadáveres que se quedan allí días y días, y lo
que hace la enfermera que se va a dormir todas las noches en su casa, y el
ecónomo que poco a poco se va llevando cuanto hay... Un enemigo como Pérez
vería todas estas cosas con malos ojos, las exageraría, metería un bochinche de
dos mil demonios... No pensaría como yo, que el hospital está relativamente
bien, porque no todo puede marchar a la perfección en un pueblo tan pobre como
éste y tan atrasado... Además, que la gente que va a curarse allí es de poca
importancia y no le interesa a nadie: extranjeros, personas de otros pagos...
Si no fuera así, también, ya hubiera habido más de un escándalo... Pero, ya se
ve, con las preocupaciones actuales que convierten la palabra «hospital» en
sinónimo de «muerte», sin que nada pueda evitarlo, no hay que tomar el rábano
por las hojas, ni meterse a redentor... Cualquier hombre sensato, yo el
primero, tiene que considerarlo así; pero no se me negará que todo esto
constituye un arma tremenda para los opositores, que si no la utilizan es
porque están ciegos como topos. Las chicas se les van y las grandes se les
escapan...
Durante este largo discurso, pronunciado con bonhomía y serenidad, como si
se tratara de ajenos, el escribano observaba con desconfianza a Fillipini,
diciéndole para su capote:
-El gringo éste es muy ladino. Si nos metemos con él, de repente nos va a
salir la vaca toro. Me precipité demasiado, y las calenturas son malas
consejeras.
-Pero, por sonsos que sean -continuó muy lentamente Fillipini-, por sonsos
que sean sabrán «rumbear» en cuanto alguien les enseñe el camino; y entonces no
habrá quien los ataje... ¡Chica farra se armaría si lo nombraran a Pérez y
Cueto!...
-También es posible no nombrar a nadie. El hospital no necesita...
-¡Usted no dice eso seriamente, señor Ferreiro! ¡Ma! por poco que sirva el
hospital tiene que tener médico, y ya sabe que Carbonero no va y no irá
nunca... Yo preferiría que nombrarán a otro si no quisieran reponerme a mí.
Pero, de cualquier modo, ya lamentarán haberme separado...
No daba el doctor Fillipini asidero para que se le replicara alzando la
prima; al contrario, cuanto decía estaba muy puesto en razón, y sus verdades no
le brotaban ni agrias ni amargas de la boca, aunque tras ellas hirviesen
amenazas tan terribles cuantos evidentes.
-Lo que se había pensado -dijo sin embargo Ferreiro- era no nombrar a
nadie.
-¡Ma! ¿y cómo dijo que no sabía nada? -preguntó con fingida candidez
Fillipini.
-Digo... se había pensado... así en el aire para el caso de que se
produjera una vacante...
-Capisco...
Y ni una objeción más. Fillipini se quedó mirando de hito en hito a
Ferreiro, que al poco rato no pudo contenerse y exclamó:
-¡Pero también usté! ¿Por qué se metió en lo de Bermúdez, para qué nos
forzó la mano sin necesidad?...
-¡Questo é un altro paio di maniche! -repitió el doctor-. Se lo vuelvo a
decir, porque ustedes no se habían dado cuenta de dos casos: de que Bermúdez es
un magnífico instrumento en la municipalidad, primero; y de que yo puedo serle
muy útil o muy perjudicial, después. Era preciso que nos conociéramos, señor
Ferreiro, para que ustedes no me tuvieran arrumbado en un rincón como hasta
ahora. Y usted convendrá en que me he hecho conocer sin causarles perjuicio.
¿Es una buena cualidad, no es cierto? ¡Vaya! ¡Dígale al intendente que me
reponga sin ruido, y tan amigos como antes o más amigos que nunca, mejor dicho!
-Bueno... veré... pensaré.
-¡Eso es! Piénselo bien, caro. Yo no quiero que se haga ninguna
arbitrariedad en mi favor.
-¡Qué gringo éste! -murmuró Ferreiro, levantándose entre divertido y
malhumorado-. Es como la garúa finita, que lo cala a uno hasta los huesos.
Y se va a salir con la suya, no más -agregó, palmeándole el hombro.
-Piénselo, piénselo y no se apure -dijo el otro-. Para todo hay tiempo y a
la corta o a larga usté se convencerá de que yo soy un buen amigo.
-Y yo también, doctor.
Se separaron. Fillipini, seguro de haber movido bien las piezas, murmuraba
sin embargo.
-¡Eh! si pudieses ¡qué patada me darías! Pero no podrás...
Sin perder tiempo volvió a la confitería de Cármine, donde había un grupo
de opositores tomando aperitivos, los unos sentados alrededor de las mesas, los
otros de pie, junto al mostrador. Silvestre, que peroraba entre ellos, se
acercó a Fillipini, como era, en parte, el deseo de éste, pues quería hallar
modo de que le vieran hablar largo y tendido con algún enemigo de la situación.
-Viera, si fuese posible, y lo sería, pues se hallaba presente también.
-¡Hola, doctor! -dijo Silvestre aproximándose con la confianza que se
tomaba con cualquiera y que en este caso justificaban hasta cierto punto las
relaciones de médico a farmacéutico-. Me alegro de verlo por acá. ¿Es cierto lo
que me han dicho?
-¿Qué le han dicho? Siéntese y tome algo.
-Gracias -y se sentó-. Mozo, otro vermú. Pues dicen que le han quitau el
empleo del hospital, ¿es cierto?
-Sí.
-¿Y por qué?
-Oh, esas son cosas, cosas...
-¡Hable, hombre, hable! Ya sabe que se me puede tener confianza.
¡Largue el rollo!
-¡Ma! Usted ya sabe como anda el hospital...
E hizo un cuadro, muy pálido, en verdad, de aquel desquicio harto conocido
por Silvestre, quien, sin embargo, se hacía de nuevas al oír tales cosas de
tales labios. Y terminó:
-Y como yo no quiero aguantar más ese desbarajuste...
-¿Lo han destituido?
-Eso es.
-¿Será cosa de Ferreiro y el dotor Carbonero, no?
-De ninguno de los dos. Es cosa de Bermúdez.
-¡Pero si Bermúdez ni siquiera es municipal!
-Pues ahí verá usted. Como ha salido electo, le ha calentado la cabeza al
intendente, y éste, para tenerlo contento, me ha sacrificado cuando ya me había
prometido arreglar el hospital.
-¡Bermúdez! tan bruto y tan...
-Así van los tantos... más vale un enemigo vivo que un amigo bruto...
Pero todo esto tiene que saberse...
-¡Claro que sí! ¿Quiere que se lo diga a Viera? Él ya tiene la noticia,
pero de un modo muy distinto. ¿Quiere?
-Llámelo, es mejor.
-¡Viera! ¡eh, Pampa!, una palabrita.
Viera se acercó, sentose a la mesa, oyó lo que el doctor quiso contarle,
creyó de ello lo más verosímil, y siguió luego largo rato en amistosa charla. A
la hora de comer cada cual tomó para su lado, y la vasta sala de la confitería
quedó solitaria y tenebrosa, pues Cármine bajó las luces para ahorrar petróleo.
Fillipini, muy tranquilo, no salió de su casa, aquella noche, aguardando
el desarrollo de los sucesos que con tanto cuidado acababa de preparar. Cuando
despertó, al día siguiente, lo primero que hizo fue pedir los diarios que el
sirviente le llevó a la cama.
Comenzó por la gaceta oficial, El Justiciero. De su exoneración ni una
palabra, del hospital menos. Pero, ¡oh detalle significativo!, en la noticia de
un banquete festejando la elección de Bermúdez y en la lista de los invitados,
su nombre figuraba entre los de Luna y Ferreiro, ¡nada menos!
-¡E fatto! -murmuró con una sonrisa, arrojando despreciativamente el
periódico para tomar La Pampa.
Una columna dedicaba ésta al asunto del hospital, condenando a...
Bermúdez, por la destitución de Fillipini; de Fillipini que -según el
artículo- era lo mejor o lo menos malo del oficialismo, un hombre así, un
hombre asao, cuyas intenciones eran tan sanas como sus propósitos de reforma y
administración. Bermúdez comenzaba desbarrando su carrera política, como lo
había previsto La Pampa, y si lo dejaban iba a ser como un caballo metido en un
almacén de loza... «El gran consejero de la situación, el señor Protocolos,
podría meter en vereda a este gaznápiro» -terminaba diciendo el artículo-. La
alusión a Ferreiro era visible pero no como para disgustarlo; ni el mismo
Fillipini la hubiera hecho con más tino...
En toda esta andanza el único que rabió fue Bermúdez, quien se atrevió a
encararse con Fillipini para darle un sofión. El italiano se le rió en la cara:
-¡Ma! ¡Usté tiene el estómago resfriao! Réchipe: sinapismos. Vaya «amigo
Bermúdese» y vuelva por otra.
Ferreiro no aludió nunca a la escaramuza aquella, pero desde entonces tuvo
siempre muy en cuenta a Fillipini, que, como es lógico, siguió de segundo
médico perpetuo en el Hospital Municipal de Pago Chico.
- XIII -
El caudillo
Don Ignacio era el hombre de la oposición en Pago Chico. Las autoridades
lo miraban como su bestia negra, y el pueblo, siempre descontento, tenía
puestas en él sus esperanzas, seguíalo en todas sus empresas políticas, le daba
a defender sus intereses.
Sin don Ignacio, Pago Chico hubiera sido un cementerio de vivos; con él,
siquiera se ejercía el derecho del pataleo.
No era don Ignacio muy largo, pero alguno de sus correligionarios hallaba
modo de lograrle préstamos y donativos, ya para sus necesidades personales, ya
para lo mismo, pero bajo el pretexto de gastos de propaganda. Él se sometía
refunfuñando, pues, ¿cómo ser jefe de partido si se comienza por descontentar a
los partidarios? Pero apuntaba... Su viejo cuaderno de notas, tenía páginas
como ésta:
PESOS
Prestado al gordo, que está sin trabajo............................5'00
A Juan para la copa............................0'20
Un letrero y una bandera para el comité............................15'50
A la china Dominga para que haga venir a sus hijas a la
inscripción............................25'00
Una docena de bombas............................6'00
Sumaba cuidadosamente don Ignacio estas partidas, que en tres años de
oposición a todo trance habían alcanzado a formar una gruesa suma -cuatro o
cinco mil pesos-, y no examinaba su cuaderno sin lanzar un suspiro y sumirse en
profunda meditación.
-¿Quién pagará estas misas? -se decía.
O, conversando con sus tenientes, hablaba de la patria, de los deberes del
ciudadano, de los sacrificios que hay que hacer en pro de la libertad, de la
abnegación que exigen los partidos de principios, para terminar diciendo:
-Yo soy el pavo de la boda.
Silvestre, el Boticario, se encogía de hombros instruido de las alusiones
de don Ignacio y considerando que de todos modos su popularidad le salía barata
en estos tiempos en que no se puede ser popular sin dinero. Alguna vez le
insinuó, con frase no muy atildada:
-El que quiera pescado, que se moje... el que le dije.
Acercábanse las elecciones; el gobierno de la provincia, preocupado por la
importancia que iba tomando la oposición, había resuelto darle una válvula de
escape, dejándola introducir algunos de los suyos en las municipalidades de
campaña.
Pero esta resolución no era conocida y la efervescencia popular continuaba
a más y mejor. En Pago Chico preparábase un miti, un metín, o cosa así, que
debía tener lugar en el antiguo reñidero de gallos, único local fuera de la
cancha de pelota, apropiado para la solemne circunstancia, puesto que el teatro
-un galpón de cine- pertenecía a don Pedro González, gubernista, que no quería
ni prestarlo ni alquilarlo a sus enemigos de causa.
Llegado el día, don Ignacio -que había contratado la banda a su costa,
hecho embanderar el reñidero, y comprado unas docenas de bombas de estruendo-,
esperó impaciente la hora de su discurso, un discurso ya mil veces repetido en
todos los tonos, palabra más, palabra menos, durante sus tres años de
caudillaje.
Cuando subió a la improvisada tribuna, rodeábalo un pueblo vibrante y
entusiasta que sólo pedía correr al sacrificio, a la lucha, al atrio, a las
urnas, don Ignacio, estaba radioso. Sus palabras hicieron el acostumbrado
efecto arrebatador, especialmente cuando, con grandes gritos y violentos
ademanes, reprodujo la frase:
«Los mandatarios impuros que engordan a costillas del abdomen del pueblo,
no pueden continuar un día más en el poder. El gobierno local tiene que
entregarse a personas honradas que no roben, a hombres sanos que no se apoderen
de las rentas, a ciudadanos que sean capaces de relamberse junto al plato de
caldo gordo sin tocarlo con un dedo.»
Los bravos, los vivas, los palmoteos estallaron como siempre, o por mejor
decir, más que nunca, cubriendo la voz del orador que al fin logró dominar el
bullicio, gritando:
-¡Conciudadanos! ¡Viva la honradez administrativa!
-¡¡Vivaaa!!
-¡Abajo los espoliadores del pueblo!
-¡Abajo! ¡Mueran! ¡Viva don Inacio! ¡Viva la honradez! ¡Viva el patriota!
¡Shuitz... pum! y música, grandes golpes de bombo, alaridos de pistón... y
otra bomba y otra. ¡Qué entusiasmo, qué delirio!
¡Pra-ta-ra-trac-pum! ¡un cohete! y vivas y más vivas, una algazara, un
jubileo como nunca se vio en Pago Chico, tanta que el batarás encerrado en un
cajón, encrespó la pluma, golpeó los musculosos flancos con las alas y lanzó un
ronco y estentóreo co-co-ro-co, como diana triunfal del vencimiento.
-¿Qué le ha parecido el métin, don Ignacio? -preguntábale por la noche
Silvestre.
-¡Oh, magnífico! Me ha costado más de quinientos pesos!
Mentira. Gastó sólo ciento cincuenta, pero con tal habilidad...
Silvestre lo miró de arriba abajo, sardónico, se encogió de hombros,
clavole la vista entre ceja y ceja, y metiéndose las manos en los bolsillos del
pantalón exclamó:
-Nuestra Señora del Triunfo nunca ha sido popular.
Don Ignacio se encrespó como el gallo del reñidero, y se puso rojo de ira.
-¡Vos te crés que lo digo de agarrau! ¿Y a mí qué m'importa la plata?...
¡Pero lo que es otro no sería tan pavo!... Ya llevo gastada una porretada de
pesos, sin que nadies miagradezca.
Mientras esto decía el caudillo, Silvestre había tomado la guitarra
-estaban en la botica- y cantaba acompañándose con grandes golpes de uña en las
seis cuerdas:
Y ásime... gustáun... tirano
c'abra labocay... ¡no grite!
El jueves llegaron dos delegados gubernistas de la capital para preparar
las elecciones comunales del domingo. Apenas instalados, trataron de provocar
una entrevista con don Ignacio, para hacerle proposiciones.
Pero Silvestre -la oposición dentro de la oposición- estaba allí oído
alerta, ojo avizor, humeando como politiquero de raza la componenda en ciernes,
advinándola antes de que se hubiera iniciado.
Viera, a todo esto, había visto oscurecerse su estrella, eclipsada por la
triunfante de don Ignacio. Tampoco él quería «componendas», y así lo escribió
en La Pampa. Inútilmente, porque el meeting, había dado el mando a su rival,
sostenido por los envidiosos de la popularidad del periodista, y por los que
sólo hacían política opositora buscando una ubicación, amén de los que don
Ignacio compraba como se ha visto. No faltaron, pues, las previsiones, los
vaticinios, las amenazas de perder lo hecho sin esperanza de rehacerlo más
tarde...
Sin embargo, la entrevista tuvo lugar, don Inacio no pudo resistir a una
transacción que lo llevaba de golpe y zumbido a la Municipalidad, que él creía
tan verde aún, y el domingo siguiente resultó electo concejal, a pesar de los
aspavientos del Silvestre, de los artículos-brulote de Viera y la agria censura
de gran parte de sus partidarios del día anterior.
Llegado al Concejo, sus colegas gubernistas, dirigidos por los delegados
de la capital -no era la primer zorra que desollaban éstos- lo designaron para
intendente.
-En una semana se habrá desmonetizado -decían aquellos profundos
políticos.
Pero la mayoría de los oficialistas protestaba irritada contra lo que
consideraba una cruel e inmerecida derrota; en cambio, el ex intendente, un
cuyano ladino, caudillejo él también, declaraba divertidísimo que aquella
evolución era «de mi flor».
-¿No le parece una barbaridá, Paisano -así le llamaban-, que hayan hecho
intendente a don Inacio?
El Paisano sonreía, encendiendo el negro, y luego, sacándoselo de la boca,
contestaba con toda calma, y no sin algo de burla.
-¡Dejenló pastiar qu'engorde!
Y, en efecto don Ignacio comenzó a engordar en la Intendencia, haciendo en
ella lo que sus antecesores, y rebañando cuanto pesito encontraba a su alcance.
Un día tuvo una grave explicación con Silvestre, que le echaba en cara sus
procederes administrativos, muy alejados de la honradez acrisolada que exigiera
en tanto discurso, en tanta proclama, en tanta profesión de fe a los pueblos en
general y al de Pago Chico en particular.
-Mire don Inacio, ¡lo qu'est'haciendo es una vergüenza!
Don Ignacio lo miró de hito en hito.
-¿Y qu'estoy haciendo, vamos a ver?
-¿Quiere que le diga? ¿Quiere que le diga? ¡No me busque la lengua,
canejo!
-Decí, decí no más.
-¡Está robando como los otros!
El caudillo estuvo a punto de pegarle, pero se dominó, tragó saliva, y
cuando se creyó bastante dueño de sí mismo, dijo con tono convincente:
-¿Y a mí quién me paga lo qu'hecho? ¿Y la platita que mián comido?...
Y después de una pausa, más insinuante aún, confidencial y tierno, exclamó
como quien esboza un sublime programa:
-¡Dejá que me desquite y verás qué honradez!...
- XIV -
El desquite de don Inacio
La historia del gobierno de don Inacio, llegado por maquiavélica
combinación política a Intendente Municipal de Pago Chico, sería tan larga y
tan confusa como la de cualquier semana del nebuloso y anárquico año 20.
¡Como que duró más de una semana: duró mes y medio!
Mes y medio lo tuvieron de pantalla los oficialistas, desprestigiando en
su persona a la oposición. Todo era agasajo y tentaciones para él: a cada
instante se le ofrecía un negocito, una coima o se le hacía «mojar» en algún
abuso más o menos disimulado. En los primeros días don Inacio reventaba de
satisfacción: parecíale que el mero hecho de mandar él había cambiado
radicalmente la faz de las cosas, que el pueblo tenía cuanto deseaba y soñaba,
que los pagochiquenses vivían en el mejor de los mundos...
Indecible es la explosión de su rabia, primero cuando Silvestre le dijo
las verdaderas en su propia cara, y después cuando Viera le aplicó en La Pampa,
varios cáusticos de esos que levantan ampolla. Don Ignacio quería morder, y
trataba de echarse en brazos de sus noveles amigos los situacionistas, que
acogían sus quejas con encogimientos de hombros y risas socarronas,
contentísimos de verlo enredado en las cuartas.
Lo del desquite se había hecho público y notorio, gracias a la buena
voluntad del farmacéutico.
-¿Cuándo podrá ser honrado don Inacio? -se preguntaba generalmente, como
chiste de moda.
-¡Cuando la rana cric pelos! -replicaba alguno-. ¡Ya le ha tomado el
gustito!
Los principistas, entretanto, trataban de demostrar que el extravío de un
hombre no podía en modo alguno empañar la limpidez y el brillo de todo un
programa de honestidad y de pureza. Y Ferreiro y los suyos, aprovechando la
bolada, hacían lo imposible para aumentar el escándalo y el desprestigio
alrededor de aquel puritano pringado hasta las cejas apenas se había metido en
harina.
-Así son todos, -predicaban-. ¡Quién los oye! ¡Los mosquitas muertas, en
cuantito pueden se alzan con el santo y la limosna!
Ferreiro, al aconsejar a los delegados oficialistas de la capital, primero
que hicieran municipal a don Ignacio y después que le dieran la intendencia,
había echado bien sus cuentas y deseaba dar un golpe maestro que las
circunstancias le presentaban maravillosamente, porque, como él solía decir a
sus íntimos:
-¡Más vale pelear de arriba que de abajo! Cuando uno tiene la sartén por
el mango no hay quien se le resista.
Pues bien, Ferreiro, conociendo el flaco del «desquite» que aquejaba a don
Ignacio, trató de hacerle pisar el palito, pero de tal modo que, al caer, no
arrastrara consigo a uno siquiera de los instrumentos que le habían servido
siempre en el gobierno local y sus adyacencias. El problema, aparentemente
difícil, era de una sencillez bíblica. Ferreiro lo resolvió con un golpe de
vista y una decisión napoleónicas.
La oportuna renuncia del comisario de tablada -provocada por Ferreiro bajo
promesa solemne de reposición e indemnización satisfactoria-, permitió a don
Ignacio reemplazarlo con un hombre de su confianza, hechura suya, «capaz de
echarse al fuego por él», y más, cuando el fuego estaba agradablemente
substituido por el bolsillo del contribuyente.
Nadie se opuso al nombramiento, ni nadie lo criticó, salvo los
copartidarios del intendente, a quienes todo aquello olía a chamusquina.
Bernárdez, pillete carrerista y gallero, que nunca había sido trigo
limpio, comenzó en paz a ejercer sus funciones de comisario de tablada,
coimeando y robando a gusto, y con prisa, como parte de «esa oposición que
tiene el estómago vacío desde hace veinte años, y quiere saciar en una semana
el hambre de un cuarto de siglo», -como decía El Justiciero.
No costó mucho a Ferreiro amontonar pruebas escritas y testimoniales de
aquellas exacciones y de la participación que en ellas tenía don Ignacio,
provocando con ellas un bochinche de doscientos mil demonios.
Interpelación al intendente en el seno del concejo. Réplica anodina del
interpelado. Iniciación por el concejo, ante la Suprema Corte de La Plata, de
un juicio político contra el intendente don Ignacio Peña, acusado de abuso de
autoridad, malversación de fondos, extorsión, la mar...
A todo esto, don Ignacio no había rescatado ni la mitad de los pesitos
invertidos en la campaña, opositora, y a cualquier lado que mirara no veía sino
enemigos, pues todo el mundo se le había dado vuelta. Abocado al naufragio,
suspendido por la Corte, con la comisaría de la tablada intervenida por el
tesorero municipal, aquel de la larga fama, dirigió los ojos angustiados hacia
los cívicos, esperando hallar entre sus brazos un refugio, por lo menos la
piedad y el perdón que alcanzó el hijo pródigo.
Nadie le hizo caso. Era la oveja sarnosa que podía contaminar y
desprestigiar la majada entera. En La Pampa, Viera le dijo sin piedad:
-El escribano Ferreiro le aconsejará lo mejor que pueda hacer.
Nosotros lo hemos declarado fuera del partido.
El diario publicó, en efecto, esta resolución al día siguiente.
Silvestre, menos cruel, lo fue mucho más en realidad, desahuciándolo en
esta forma:
-¡Tome campo ajuera, don Inacio! ¡Agarre de una vez p'a'lau del miedo!
¡Metasé en un zapato y tapesé con otro!...
Don Ignacio trató de defenderse, «quiso corcovear», empezó una larga
disertación, puntualizando sus principios, desarrollando sus planes de reforma,
enarbolando su bandera cívica... Silvestre que lo miraba con la cabeza
inclinada ora a la derecha ora a la izquierda, de tal modo que el intendente
podía apenas contener su ira furiosa, le interrumpió de pronto, exclamando con
su tono más burlón y agresivo:
-¡Ande vas conmigo a cuestas!...
Estuvo a punto de recibir un tremendo puñetazo que sólo evitó gracias a su
agilidad. Pero era cierto. Don Ignacio no podía ya engañar a nadie ni engañarse
a sí propio. Aguardábalo el ostracismo que la patria ingrata reserva a sus
grandes hombres... Al día siguiente renunció.
La Pampa de Viera dijo que aquello era un colmo de cobardía, la negación
de todo valor cívico la confesión de una falta absoluta de conciencia del
valor, de las propias acciones, una mancha indeleble que caía sobre la reputación y el carácter de don
Ignacio como hubiera caído sobre el partido entero, si éste no hubiera
repudiado y excomulgado a tiempo a la pobre oveja descarriada, que sólo merecía
desprecio en la acción pública, lástima y olvido en la vida privada, que nunca
debió abandonar.
El artículo de El Justiciero inspirado por Ferreiro, era mucho menos
contundente, y no apaleaba en el suelo al infeliz don Ignacio.
«Se ahorra muchos disgustos -decía-, y permite a Pago Chico volver a la
marcha normal de sus instituciones, dirigida por hombres que, cuando menos,
tienen la experiencia del gobierno, el conocimiento de las necesidades públicas
y el tacto que se requiere para no provocar a cada momento graves incidentes y
dolorosas complicaciones».
Como en aquel tiempo la Suprema Corte, instrumento político de primer
orden para el gobierno, recibía cada mes, cuatro o cinco expedientes de
conflictos municipales, y los apilaba sin piedad para años enteros si el
ejecutivo interesado en la resolución de alguno de ellos no le mandaba otra
cosa, el «juicio político» de don Ignacio no había prosperado aún, y mediando
la renuncia de la intendencia, de acuerdo los municipales y él, pudieron
retirarse los escritos y echar sobre el asunto una montaña de tierra.
Don Ignacio, después de esta tragedia, casi no salía de su casa.
Cuando se le hallaba por la calle parecía un pollo mojado. El
apabullamiento había sido completo. Sin embargo Silvestre no le perdonaba, y
una tarde que lo encontró, tuvo todavía alma de decirle:
-Lo de la honradez ya lo sabemos, don Inacio.
Pero, tengo curiosidá... ¿alcanzó a desquitarse del todo?
El otro estuvo a punto de morderlo, y lo hubiera hecho a no ponerse
Silvestre a buen recaudo, gritándole:
-¡Lástima que no le dejaran empezar la honradez!... ¡No queda peso con
vida!...
- XV -
Las memorias de Silvestre
Nuestro amigo el boticario Silvestre Espíndola hubiera llegado a ser un
grande hombre en cualquier otro medio, con solo algunas variantes en el
carácter y en la especialidad de su talento. Desgraciadamente se malgastaba en
fuegos artificiales. Carecía de espíritu científico; no hacía síntesis sino en
la farmacia, manipulando substancias químicas y sin saberlo siquiera. En la
política y en la sociedad limitábase forzosamente al análisis. Y el análisis,
cuando falta la generalización, no conduce a las grandes acciones, ni aún a la
acción, lo que quiere decir que no modela grandes hombres.
Pero, en otro ambiente, soliviantado por otros elementos, combatido o
favorecido por otras circunstancias, hubiera llegado lejos, pues en los centros
importantes, donde rebosa la vida, no faltan para una entidad cualquiera, las
entidades complementarias, que la convierten en personalidad, o cuando menos en
individualidad. De otra manera en cada país no habría sido un número irrisorio
por lo exiguo, de personajes dirigentes: lo serían, sólo, aquellos que de veras
tienen dedos para serlo.
Silvestre no era grande hombre ni en Pago Chico, donde sin embargo,
aparecían como tales, Ferreiro, Luna, Machado, Fillipini, Bermúdez, Viera, don
Ignacio, Carbonero, Barraba, Gómez y cien más, sin contar al diputado Cisneros,
pitonisa del partido oficial, y al senador Magariño, deidad invisible e
intangible, que sólo muy de tarde en tarde soltaba desde su nebuloso Sinaí
algún nuevo mandamiento de su decálogo con estrambotes o añadiduras.
Silvestre no era, pues, grande hombre... Entendámonos. No lo era para Pago
Chico, probablemente porque «nemo propheta in patria», pero lo era, lo es y lo
será siempre para nosotros. Si no nos bastaran sus altos hechos conocidos y
desconocidos para juzgarlo así, nos bastaría y sobraría el conocimiento que,
posteriormente y gracias a la indiscreción de un amigo común, hemos tenido de
su obra magna: sus memorias políticas.
Hablemos claro.
No hay tales memorias. Silvestre era incapaz de consignar día por día en
un cuaderno, con los ojos puestos en el futuro y para uso y experiencia de las
generaciones por venir, los acontecimientos a que asistía o en que actuaba, el
retrato físico y psicológico de sus contemporáneos, la filosofía que se
desprende de los sucesos, las pasiones, las cosas y los seres. A ser capaz de
tal perseverancia, sería grande hombre para alguien más que nosotros.
Pero, repitamos, lo era, para nosotros, ¡y tanto de no contentarse con el
relato verbal y circunstanciado que de cada novedad hacía en su farmacia,
llenando las lagunas con lo que le inspiraban su lógica o su imaginación, aguda y atrevida la una, viva y
acalorada la otra! Así es que acogió con júbilo el pedido de informes que le
hiciera un amigo suyo, periodista bonaerense, deseoso de estudiar por lo menudo
la psicología de la política y la administración en la campaña provinciana.
En un principio las cartas menudearon, erizadas de datos y observaciones;
luego, de pronto, sobrevenido el cansancio, Silvestre amainó, hasta enmudeció;
pero, gracias a la insistencia con que lo espoleaba su amigo el periodista,
nuestro hombre reanudó a ratos la chismografía postal con visos sociológicos,
interesante para él, es cierto, pero, -como le costaba trabajo y dedicación-,
menos grata que la verbal de todos los días, frondosa, repetida, recalentada
muchas veces, que le ofrecía, además, la enorme ventaja de no dejar huella
posiblemente perjudicial en lo futuro.
El periodista en cuestión ha tenido la deferencia de facilitarnos el
legajo de las cartas silvestrinas, al saber que nos ocupábamos de legar a la
posteridad el relato de algunos episodios pagochiquenses, para que sacáramos de
ellas cuanto quisiéramos, bajo la única condición de cerrar esos extractos con
el áureo coronamiento de una síntesis por él escrita, basándose en tales
estudios, y que podría titularse «Psicología de las autoridades de campaña».
Vamos a integrar este capítulo con párrafos de las que llamamos «memorias
silvestrinas» tomados aquí y allí en sus sabrosas epístolas, y con párrafos,
también, de la obra periodística aludida, que, a publicarse entera, abrumaría
de tedio a los lectores, no porque carezca de mérito, sino, porque la gente no
está hoy para teologías.
Este sería el gran momento de entrar en materia si no acabáramos de hacer
una observación: Hemos incurrido en una deficiencia que más tarde podría
echársenos en cara, y que podemos salvar aquí sin mucho sacrificio.
¡El retrato de Silvestre no adorna todavía las páginas de Pago Chico, ni
nos hemos detenido a echar una ojeada a su laboratorio!... Cierto es que,
considerando todo retrato literario, prosa destinada a que la salte el lector,
nos atuvimos hasta aquí a los hechos escuetos, sin describir cosas ni personas;
pero es cierto también que aún a riesgo de tan dolorosa e inevitable
indiferencia, debemos rendir ese homenaje al ilustre boticario, ubicuo en estas
páginas como Dios en el universo.
SEMBLANZA DE SILVESTRE
Era Silvestre de mediana estatura, delgado, nervioso, menudo, de
extremidades pequeñas y finas. Tenía mucho aire a Laucha, pero con más trazas
de gente, según los apreciadores y apreciadoras de Pago Chico.
Llevaba el cabello negro erizado sobre la frente angosta, cruzada ya por
una arruga de preocupación que las malas lenguas atribuían a muchos ratos
angustiosos pasados en el Mirador, la timba del Rengo. Las cejas delgadas y
renegridas, sombreaban apenas los ojos pequeños, negros también y muy
brillantes, separados como con tapia de bardas por una nariz enorme, encorvada
y fuera de proporción con la cara angosta y chica. Si Laucha se parecía a un
ratoncillo, Silvestre semejaba un galgo, pero un galgo de expresión
inteligente. Hablaba con voz un tanto aguda y chillona, e inflexiones no
exentas de gracia. Era verboso, persuasivo, y tanto para decir la verdad como
para mentir (¡ay! ¡solía mentir!) se expresaba con el calor contagioso de la
convicción. Por lo general vestía modestamente de saco, pero los domingos y
fiestas de guardar se empingorotaba con un jaquet color pizarra de largos y
tremolantes faldones, y para las grandes solemnidades tenía una levita negra,
pariente cercana del jaquet, que él llamaba indistintamente «mi leva» o «mi
funeraria», aludiendo con esto último al hecho de sacarla más frecuentemente
para entierros y funerales que para otra clase de diversiones.
Como era de uso corriente en aquella época, apenas lo veían enlevitado y
de sombrero de copa, los pilluelos de la vecindad, y los que no lo eran, iban
gritándole por detrás y en coro:
-Don Silvestre ¿p'ande va la galera?
O le cantaban con el estribillo de un vals a la moda:
Tin tin, el de la galera,
tin tin, el de la galera:
tin tin, el de la galera,
la galerita y el galerín.
-¡L'evita la caminata! -exclamaban luego, aludiendo a la lujosa prenda con
un retruécano fácil y poco espiritual pero popularísimo en aquellos años de
ingenuidad, alegría y «mirá que te corre el chancho».
Para el jaquet era otra cosa: una coplilla también cantada en coro y cuya
letra se basaba en dos «calembours» orilleros:
-¡Ya que has venido
p'a qué te vas!
¡Pagá la copa,
después t'irás!
«Yaqué, paquete» -no deja de ser ingenioso ¿verdad? y sobre todo en Pago
Chico...
Silvestre no volvía la cabeza, ni contestaba a la irrespetuosa y
bullanguera pandilla que, cansada al fin, lo dejaba en paz e iba a repetir la
broma con don Domingo Luna, o con Machado, o con Bermúdez, aferrándose
sucesivamente a ellos, hasta encontrar alguno que se enfadara y darse el gusto
de hacerlo rabiar hasta el rojo blanco.
Agregaremos en secreto y bajo palabra de honor de que no será divulgado
por quienes lo oigan:
Silvestre no era farmacéutico ni nada. Odiaba los títulos académicos, y
maldecía las facultades que dan patente a la inepcia y la ignorancia. No quiere
decir esto que supiera más que cualquier infeliz sometido a los estudios
regulares, la frecuentación de las aulas, los exámenes, etc. Casi estaríamos
por decir que sabía mucho menos o que no sabía nada. Pero su espíritu de
independencia nos gusta en lo que tiene de probatorio a favor de nuestro aserto
de que podría haber sido un grande hombre: con ese desparpajo y en terreno
propicio, se hace camino para llevar adonde se quiera, siempre que se sepa
donde se quiere llevar. Y aunque Silvestre fuese tan abiertamente enemigo de la
Facultad, fuerza es confesar que nunca se atrevió a hacerle guerra declarada:
así, evitando una posible clausura de la botica por su falta de título, pagaba
a un farmacéutico residente en Buenos Aires, para que se la regentase in
nomine, sin asomar nunca las narices en Pago Chico.
También, si el regente hubiese llegado a conocer el establecimiento a que
prestaba su nombre y por el que se responsabilizaba, (pues en caso de
inspección debía aparecer Silvestre como su dependiente y él en viaje
ocasional), es posible que hubiera retirado su garantía o por lo menos pedido
un fuerte aumento de gajes.
La farmacia, efectivamente, fuera del escaparate con sus grandes redomas
de agua coloreada de verde y de rojo con anilina, y del pequeño despacho para
el público, con sus estantes llenos de cajas de específicos, sus dos sillones
de roble con esterilla y su mostrador con la balancita de precisión guardada
entre cristales-, más tenía de desván o almacén de trastos viejos que de otra
cosa. Detrás del mostrador, hacia el fondo, corría el laboratorio, generalmente
cubierto de una espesa capa de polvo, con las probetas sucias, los tubos de
ensayo medio llenos, las cápsulas con poso, los pildoreros hechos una pringue,
los almireces con residuos de lo molido en ellos la última vez. Cuando había
que usar alguno de ellos, un golpe de trapo bastaba a la urgente limpieza... En
un patiecito se amontonaban las botellas, los frascos, los potes de todo
calibre, y Rufo, el único peón, se ocupaba en lavarlos con municiones, cuando
se lo permitían sus otras múltiples faenas de escudero de Silvestre, o cuando
no urgía la manipulación de ungüento de hidrargirio.
Dos pasos atrás del mostrador, es decir, antes de penetrar en el antro del
laboratorio, abríase sobre la derecha una puerta que daba a la habitación
convertida en sala-comedor-dormitorio, donde Silvestre recibía sus visitas y
organizaba el «mentidero» de la rebotica, club peculiar que no falta en pueblo
alguno americano o europeo, a juzgar por todas las crónicas antiguas y
modernas, novelas, comedias, pasillos y entremeses. Allí estaba la cama que
desaparecía tras de un biombo en cuanto se levantaba Silvestre, para
transformar la alcoba en comedor, como éste se trocaba en salón de tertulia una
vez quitados los manteles. Una caja de dominó, un juego de ajedrez y una
guitarra, parecían atestiguar que no todo era chismografía en aquella
habitación cuyo aspecto, aunque muy modesto, nada tenía de desagradable. Pero
¡ay si un curioso atisbaba detrás del biombo tapa-miserias! el rincón de la
cama ofrecía el más completo y desaseado desorden, con sus palanganas y vasos
de noche sin enjuagar, medias usadas, ropa blanca por el suelo, botines
cubiertos de barro o de moho, corbatas, ropas exteriores tiradas -un Cafarnaum
de criollo soltero en tiempos en que todavía no reinaban las higiénicas
costumbres que van imperando poco a poco... hasta en el Pago.
Podríamos seguir describiendo aquello. Más aun: podríamos retratar uno por
uno los personajes de este libro, es decir, todos los habitantes de Pago Chico,
dibujar sus respectivas viviendas y almacenes, sus costumbres y sus trajes.
Aquí, bajo la mano, tenemos toda la necesaria documentación, y lo que faltare
podría suplirlo fácilmente la fantasía, cuando no el recuerdo de
investigaciones y estudios hechos con paciencia y tesón en el teatro de los
sucesos.
Pero preferimos pasar por alto miles de notas que harían de este volumen
un infolio, sólo con adoptar el sistema imperante aun de no dejar nada al
ingenio ajeno, imitando al actor aquel que declamaba los versos y las
acotaciones, sin perdonar una. Vamos, pues, sin más tardanza, a los extractos
anunciados del epistolario silvestrino. Son los siguientes, y como se
comprenderá a primera vista se refieren a muy diversas fechas, pues su
correspondencia abarcó un período de años:
LA PLAZA DEL AGUJERO
«Te darás cuenta de lo que es este pueblo al saber que no tiene más que
una plaza, cuando debería tener cuatro, como consta en el plano primitivo,
escondido por mí arriba de uno de los armarios de la Municipalidad, en tiempos
de la intendencia de don Ignacio.
Las otras tres se vendieron en un remate de ñangapichanga, con el pretexto
de que eran necesarias y había urgencia de arbitrar recursos para la
Municipalidad. ¡Mentira! Era para atrapárselas.
Se las adjudicaron sin vergüenza Ferreiro, Luna y Machado, a cinco mil
pesos cada una y sin aflojar mosca, porque la pagaron con cuentas atrasadas,
compradas por un pedazo de pan a varios infelices cansados de tramitar el cobro
al cuete.
Los quince mil pesos quedaron reducidos para ellos a unos cuatro mil, y se
embolsicaron una fortuna a vista y paciencia de todo el mundo.
¡Decime si esto no es el callejón de Ibáñez!
Pues, para remachar el clavo, los mismos personajes y otros cortados por
la misma tijera, han hecho gastar a la Municipalidad más de cien mil nacionales
en la plaza que queda, «para ponerle tierra buena». Comenzaron un pozo, le
habrán echado tres o cuatro carradas cuando mucho, y andan tan campantes.
-¡Figurate que los únicos árboles que tiene la plaza son los tres
aguaribays que plantaron los milicos en tiempo del Fuerte! El agujero está sin
tapar desde hace una punta de meses, y más valiera que se hubiesen llevado los
morlacos sin hacer la parada de trabajar.
Lo único que me llama la atención es que no se roben las casas con gente y
todo».
COMICIOS BARATOS
«Las elecciones de ayer han pasado tan tranquilas que ni mesas se
instalaron en el atrio, ¡dáte cuenta!
Los escrutadores no se acordaron de la votación hasta que Bustos, el
secretario de la Municipalidad, les llevó las actas fraguadas en casa de
Ferreiro, para que las firmaran y mandarlas después a la capital. Dicen que uno
le dijo:
-¡No se apure tanto amigo! ¡Si las elecciones son el domingo que viene!...
Y lo mejor es que Bustos se quedó en la duda y corrió a consultarlo a
Ferreiro que, a la noche, lo contaba en el club, riéndose a carcajadas.
Total: sin que nadie se moviese de su casa, sin gastar un centavo, hubo
mil doscientos votantes por la lista del gobierno, lo que da a Pago Chico una
enorme importancia política.
Así se hace patria».
EL VOTO DEL RENGO
«El Rengo, dueño de la casa de juego que llaman El Mirador, me cuenta que
en las últimas elecciones, el comisario Barraba le dio orden de ir a votar con
los carneros, diciéndole:
-Si los cívicos ganan, se acabó la jugarreta y vos te fregás, porque se
han comprometido a cerrar las casas de juego. Aura, si pierden, y vos y los
muchachos han votau con ellos, encomendate a la virgen y los santos, porque los
arriamos a todos una noche, sin asco, y los metemos en la cafúa.
Yo le dije al Rengo que eso no le convenía a Barraba, porque perdería la
coima, que le paga; pero él me contestó:
-¡Qué perder ni qué perder! ¡Como si faltaran otros que pondrían bailando
no digo una sino muchas timbas! No, señor; ¡hay que votar como manda el
comisario, y no andarse con vueltas, porque a lo mejor lo dejan a uno en
camisa, y que vaya a quejarse al Papa!
El que manda, manda, y cartuchera en el cañón, qué caray!
Decíme, hermano, si esto es páis o qué».
BARRABA Y LA ISLA MISTERIOSA
«Ya que querés saber algo más del comisario, te contaré algunas cosas,
pocas, porque no tengo tiempo: hay epidemia de tifoidea, y a cada rato viene
gente a la botica.
¡Ya sabés que Barraba le cobra coima al Rengo, dueño de la casa de juego
del Mirador; pues también le cobra a Laucha, el de la pulpería de La Polvareda,
al del reñidero de gallos, a otro que tiene un billar de choclón a media cuadra
de la plaza, y como si esto no bastara, es socio de la dueña de una casa
pública, en la que ha hecho trabajar de albañiles y peones a vigilantes y
presos!
¡Es tan angurriento y tan raspa este animal, que no te podés imaginar todo
lo que hace para juntar plata! Así, Pago Chico es, gracias a Barraba, el asilo
de todos los cuatreros de la provincia que quieran trabajar con él en completa
impunidad. Su compadre, Romualdo Cejas es el que capitanea la cuadrilla,
esconde y negocia la hacienda robada.
Es un chino santiagueño, bastante alto y grueso, de ojos atravesados, que
cuando cae al pueblo viene de botas de charol, en un caballo macanudamente
aperado, con su rico poncho de vicuña hasta la rodilla, tapándole el tirador en
el que trae facón y trabuco, lo mismo que Juan Morcira.
Tiene el rancho a dos leguas del pueblo, en una isla que rodea un cañadón
siempre lleno de agua y pantanoso. El rancho, o más bien los ranchos, porque
son varios, están en un albardón y atrás tienen un corral de palo a pique. Allí
vive él y toda su familia, además de los cuatreros que lo ayudan.
Después se pasa otro bañado hondo y de agua muy cenagosa que no se seca
nunca, y hay otro albardón, muchísimo más grande, donde meten la hacienda
robada. Nadie sabe por dónde la meten, ni nadie puede llegar allí, porque el
diablo de Cejas hace pisotear bien toda la orilla, para que no se acierte con
el paso.
De allí salen las haciendas y los cueros que se roban, allí se hacen
perdiz los padrillos de raza, los toros finos, -miles de pesos que van a parar
al matadero, como cualquier vaquillona o cualquier novillo criollo. Allí se
«planchan» las marcas que, como sabés, es la operación de quemar medio cuarto
trasero al pobre animal, o se «agrandan» las mismas marcas, desfigurándolas con
otros fierros. En fin, las picardías conocidas.
La mitad de lo que saca Cejas es para Barraba, que sino no lo dejaría
trabajar. Naturalmente, el otro le birla gran parte de la ganancia, porque para
eso es un bribón desorejau, y el que roba a otro ladrón tiene cien días de
perdón. Pero donde no lo puede estafar, porque el comisario lo fiscaliza, es en
una carnicería que han puesto en las afueras del pueblo para vender la carne
robada. ¡Qué pensás de esto, ché!
Pero, como ya te digo, no se harta, y aunque en la policía se come qué sé
yo cuántos vigilantes, nunca hay un nacional ni para el rancho de los agentes y
los presos, ni nadie le quiere fiar nada para cosas del servicio.
Ayer mandó buscar una carrada de leña, dándole un vale al sargento que se
anduvo todas las carbonerías una por una, sin que le quisieran vender sino con
la platita en la mano. Cuando lo supo Barraba, por no soltar sus realitos, hizo
que hicieran fuego en la comisaría con las patas de unos catres.
¡Se come hasta la alfalfa de los pobres patrias! Esto no te lo explicarás,
pero es así: la Intendencia le pasa una mensualidad para el forraje de los
caballos, que sin embargo tienen que contentarse con el verdín del patio hasta
que se mueren de alegría.
¡Y cómo es de bruto! Figurate que a don Juan Dozo, municipal, le robaron
el otro día unos cuatrocientos pesos. Dozo, hizo su denuncia a Barraba, y los
milicos y los oficiales se echaron a nadar, sin encontrar, naturalmente, ni la
plata ni el ladrón.
Pues ¿qué te parece que hace Dozo? Se va a consultar a una adivina que
tenemos que llaman misia Dorotea, y ésta probablemente por alguna venganza le
hace sospechar de uno de sus peones, llamado Sayús.
Dozo le cuenta la cosa a Barraba y éste, sin más ni más hace prender al
peón, y allí en un cuarto que hay en el fondo de la comisaría, comienza a
ahorcarlo y descolgarlo, para que confiese... ¿Crees que es mentira?
Pues la denuncia ha ido al ministro de gobierno, que no ha hecho nada,
porque Barraba es hombre de la situación «un perro fiel», como él mismo dice.
Hacé públicas estas cosas. ¡Es preciso! ¡Hacelas públicas, para que no
vuelvan a suceder!
Por las que te cuento al correr de la pluma puedes imaginar las que
sucederán, pues estas fechorías son como la tifoidea que tenemos actualmente:
nunca son casos aislados en pueblos de este corte. Las que yo sé son tremendas,
pero ¿cómo serán las que no sé?
Dejame que te lo repita: Publicá esto para que no se haga más. Yo no
encuentro otro remedio...»
UN MOREIRA DE ALQUILER
«Con motivo de la toma de posesión de los nuevos municipales, y por si a
la oposición se le antojase meter bochinche en la barra, Ferreiro ha hecho
venir del Sauce, -como si no bastara la policía- un pucho matón y compadre
llamado Camacho, a quien le dicen «Moraira», y que recorre las calles armado
con un tremendo facón y un descomunal trabuco naranjero, que al propósito anda
dejando ver debajo del poncho deshilachado. Este Moraira debe muchas a la
justicia, porque es madrugador, asesino y de alma atravesada. Es un flojo y un
cobarde cuando no está bebido; pero borracho es una fiera, de modo que ahora lo
hacen chupar como un saguaipé para que, por lo menos meta un julepe a alguno.
Ha muerto a traición a tres o cuatro, en estos últimos años, pero como
nunca se ha atrevido con ningún oficialista, y siempre lo protegen los que lo
utilizan como instrumento, el castigo mayor que se le ha dado hasta hoy, es el
de hacerlo escaparse del partido en que «se desgració», recomendándolo como
«hombre de acción» a las autoridades de cualquier otro.
Ferreiro lo ha traído por la fama terrible que tiene, pero probablemente
sin intención de utilizarlo de veras, porque es hombre de intriga pero no de
sangre. Sin duda nos ha querido correr con la vaina, y te debo confesar que lo
ha conseguido, porque este pueblo es muy mulita y no quiere estar a las duras
sino a las maduras.
Seguro que ya Ferreiro se ha arrepentido de haber llegado tan lejos,
porque el tal Camacho o Moraira es una verdadera calamidad, y todo el mundo lo
acusa a él de haberlo traído, hasta los mismos carneros que no se fían de
semejante salvaje y andan con el Jesús en la boca en cuanto lo tienen cerca, no
sea cosa que ellos mismos caigan en la volteada.
Anoche anduvo borracho a caerse, baladroneando y amenazando con matar y
degollar; salió a la calle con el trabuco cargado hasta la boca y el gatillo
alzado, preguntando a gritos dónde estaban esos «chivitos» de m., hijos de una
tal por cual, y diciendo que salieran si eran c...
para enseñarles quién es Moraira y quienes son los del partido provincial.
De seguro que mata a alguien, quizás a alguna mujer o criatura, si el
mismo Ferreiro no sale a buscarlo para llevárselo a dormir la mona.
Camacho no se quería ir aunque Ferreiro se lo mandara, diciéndole que todo
estaba tranquilo, que habían triunfado y que al día siguiente -por hoy- habría
asado con cuero y era preciso madrugar.
-Mire, patroncito -le dijo por fin Camacho, tartamudeando con la tranca-,
lu haré' porq'usté l'ordena. Pero sepasé que les h'e dar en medio'e las
guampas, p'a que otra vez no se metan a sonsos... ¡Ah, hijos de una, no estar
aquí! ¡Mire lo que les haría, patrón!...
Y descargó al aire su trabuco que hizo el estruendo de un cañonazo.
La gente se asomó con miedo a las puertas y ventanas, corriendo algunos
vigilantes, muy asustados y sin animarse a llegar hasta Camacho que se había
caído con la borrachera, y hasta creo que se había quedado dormido
inmediatamente. Ferreiro hizo que lo levantaran y lo llevaran a la posada,
cuando debió hacer que lo metieran al calabozo. Quizá tuviera ganas pero no se
atrevió, porque, como dicen, el miedo no es sonso ni junta rabia.
En fin, si este malevo sigue por acá, estoy seguro de que se va armar
alguna de Dios es Cristo. Esta mañana temprano ya andaba otra vez perdonando
vidas por el pueblo, y metiéndose a chupar en todas las trastiendas.
Un oficialista me ha dicho que Ferreiro va a hacer que se mame como una
cabra para que no pueda ir a la sesión municipal. Mirá si va y con la tranca
descarga el trabuco sobre los padres de la patria chica!»
HONRADEZ ADMINISTRATIVA
«Sí, nos dicen «chivitos», para vengarse de que le digamos «carneros»,
como son. Lo de chivitos viene del doctor Fillipini, que como italiano no puede
pronunciar «cívico», sino «chívico». De ahí tomaron pie para la gracia los más
diablos del Club del Progreso, y después todos los provinciales u oficialistas.
Ahora verás: Viera acaba de devolverles la pelota porque El Justiciero
tituló «Pax multa» su artículo sobre las elecciones, que como te imaginarás han
sido lo más pacíficas, porque ni los escrutadores fueron al atrio... Pues Viera
dijo en La Pampa que ese latinajo de «Pax multa», quería decir «Palos y
multas», que es lo único que dan nuestros municipales. Como lo escribiera muy
en serio, a Fernández, el director de El Justiciero, se le atravesó la cosa, y
anduvo averiguando lo que significan las palabritas que él interpretaba como
«mucha paz». Nadie se lo supo decir a derechas, así es que se fue a
preguntárselo al cura Papagna, que es como preguntármelo a mí.
-La pache de la multitúdine -dicen que le contestó el cura al tun tun,
pero dejándolo completamente tranquilo.
Viera y yo nos hemos reído a carcajadas de la cosa, aunque Viera sea
siempre más serio que bragueta de provisor. Y, a propósito de Viera, el otro
día lo embromé lindo, conversando sobre un suelto de La Pampa en que se quejaba
de que desde hace seis años no se publican los balances municipales.
-No los publican por honradez -le dije.
-¡Cómo por honradez! -gritó furioso.
-¡Claro! -le retruqué- ¡Les sería tan fácil falsificarlos, que si no lo
hacen es por honradez!
¿No te parece que tuve razón? Él, por lo menos, se quedó con la boca
abierta y después se rió. ¡Bah! Hasta los más desvergonzados tienen su pucho de
vergüenza, y eso les pasa a los municipales. ¿No te parece?»
LITERATURA PAGOCHIQUENSE
«No todo han de ser políticas. Para que te divirtás un rato, te copio
enseguida un documento que me ha facilitado su autor, seguro de haber hecho una
obra maestra, como que la manda a La Nación, de Buenos Aires, nada menos,
contando con que se la publicará en sitio preferente (¡agarrá ese trompo en
l'uña!). Es la crónica completa de una fiesta que resultó un verdadero velorio.
Pero ya te darás cuenta por lo que dice el artículo, que es el siguiente con
título y todo:
«Correspondencia de Pago Chico
«Pago Chico, 16 de junio de 18...
«Señor Administrador de La Nación: -Se celebraron aquí el día de
Corpus-Cristi con gran brillo y concurrencia las legendarias fiestas del Santo
Patrono de este pueblo, San Antonio; y aniversario de su fundación.
»Han sido tres fiestas en una; la fundación, del día 11, lo mismo que
nuestra gran Metrópoli, el Santo el 13 y Corpus Cristi el 14.
»Ha sido todo un acontecimiento.
»Desde la víspera, voluminosas bombas atronaban el éter, demostrando con
la variedad de colores, florones y antorchas, rarísimas visualidades.
»Nuestro Pirotécnico, don Ludovico Pituelli, demostró como siempre gran
ciencia y mucha perfección en el ramo, lo que le valieron sendos aplausos.
»La función religiosa o sea la misa, estuvo solemne, lo mismo que la
procesión de tarde, por la inmensa plaza-alameda que cubría con sus frondosos
árboles todo el ritual, y ofreciendo el panorama más hermoso que en esta clase
de funciones he visto, mereciendo los mayores elogios las hermanas de la
Inmaculada Concepción.
»El Reverendo Padre Papagna, como buen orador sagrado, tomó a su cargo el
panegírico y el sermón resultó notable. Amenizaba el acto la armoniosa banda de
música dirigida por el maestro Castellone y que lo más que impresiona al
público es: que está tocada por siete legítimos hermanos; quizá será la única
en el mundo; dicha banda amenizó la fiesta con perfección; se debe su presencia
a la buena voluntad del diputado señor Cisneros, quien la pagó de su bolsillo.
La policía muy correcta, lo mismo que el comisario Barraba y el pueblo
entusiasmado con los recreos populares, que terminaron con el manto nocturno y
el tronar de las bombas.
»Por la noche grandes bailes en la casa de los señores Gancedo, Tortorano
y Bermúdez, en donde bellas niñas lucieron las gracias de Tercícore,
concluyendo armoniosamente con el crepúsculo matutino.
»Saluda al señor Administrador Círilo Gómez.»
CURACIÓN MILAGROSA
«¡A este doctor Carbonero no hay con qué darle! El otro día, en la cancha,
el matón Camacho, traído por Ferreiro, y del que hasta ahora no nos hemos
podido librar, le dio tal garrotazo a Lobera que por poco lo desnuca. Ahí no
más quedó tieso más de media hora, tendido en el suelo de la cancha.
Lobera está malamente herido, y quien sabe si no espicha, pero para que
Barraba y el juez Machado puedan poner en libertad al otro, el doctor Carbonero
ha extendido un certificado diciendo que no tiene nada.
Y lo más lindo es que mientras Moraira, o sea Camacho, anda suelto y
compadreando como de costumbre, a Lobera me lo tienen preso en un cuarto del
hospital, en cama y con centinela de vista, sólo porque tuvo la infelicidad de
pelar el revólver cuando el otro lo volteó del garrotazo.
Se le está haciendo sumario por desorden, uso de armas y no sé qué otros
crímenes. Y el pueblo entre tanto, calladito como en misa. El único que
protesta es el pobre Viera. Pero ¿a qué santo si nadie le lleva el apunte?
Fuera de que los carneros le están haciendo una guerra tremenda, y a este
paso, pronto no tendrá ni con qué comer. Yo le dije que meta el violín en
bolsa, pero él no quiere si no morir en su ley...»
INTERESES PATRIÓTICOS
«¡Decime si no es cosa de morirse de risa por no reventar de rabia!
Hacía una punta de meses que mandábamos nota sobre nota al comité central
de la capital, sin que esos señores se dignaran contestarnos una sola palabra.
Parecía que se hubiesen muerto de repente. Viera, por encontrar alguna
disculpa, decía que era probable que el gobierno hiciera interceptar la
correspondencia en el mismo correo, de aquí o de allí.
-¡Andá ver! -le contestaba yo-. Es que no saben qué decirnos, ni tienen
plan, ni menos plata. Aquí hay que sostener el comité, dar algo a la gente,
comprar armas, por un si acaso, ayudar a tu diario que pierde demasiado, y como
nadie da nada, claro está que se hacen los suecos para no tener que mandar
fondos desde allí.
Él no me quería creer, pero anoche vino furioso a la botica. ¡Por fin
había llegado algo de Buenos Aires! ¡Pero ni vos mismo adivinás qué! Una lista
de candidatos para diputados, todos ilustres desconocidos que ni siquiera se
han asomado al Pago, pidiéndonos que la votemos ¡sin la más ligera
modificación!, «porque de eso dependen los altos intereses patrióticos que con
tanta altivez y civismo hemos sabido defender hasta hoy».
-¿Qué vamos a contestar? -le dije a Viera.
-No sé -me contestó- lo que sé es que me dan mucha rabia.
-Pues contestales que aquí no podemos votar, porque no nos dejan, y que
aunque nos dejaran, no votaríamos sino por una lista hecha después de consultar
nuestra opinión. Que para cambiar de nombre y no de costumbres, más vale ser
oficialista, que así siquiera se está cerca del candelero.
-Nos dirán que tenemos delegados en el comité central, y que ellos se han
encargado ya de interpretar nuestra opinión -me observó Viera.
-Bueno, hijo, mientras nos contentemos con esas lavaditas de cara -le
dije- vamos a estar siempre en las mismas. ¿Querés que te dé un buen consejo?
¿Sí? Pues hacé como ellos, no les contestés una palabra y el día de las
elecciones les mandás un telegrama diciendo que el comisario Barraba y sus
fuerzas han impedido el acceso del pueblo a los atrios, como será verdad por
otra parte. Mirá, Viera: si el país se compone ha de ser por algo muy raro y
que nadie se espera. Lo que es nosotros y los otros, nunca daremos pie con
bola.
No sé qué te parecerán estas afirmaciones, pero así como las pienso y se
las dije a Viera, te las digo a vos por lo que puedan valer.»
Podríamos seguir espigando largo tiempo y con fruto en el feracísimo campo
del epistolario silvestrino, pero todo tiene su término y preciso es dárselo a
estos interesantes extractos, para ceder parte del espacio que resta a los
prometidos párrafos de la especie de «Psicología de las autoridades de campaña»
desarrollada por el periodista amigo de Silvestre.
El lector verá que las mal llamadas «Memorias» no se cierran tan mal con
este trabajillo.
PSICOLOGÍA GUBERNATIVA
«La provincia de Buenos Aires ha venido experimentando lentamente un
cambio que la aleja en modo notable de su punto de partida. Ni es ya lo que era
ni es aún lo que será. En su vasto escenario, el gaucho por una parte y el
hombre ilustrado por otra -la absoluta mayoría y la absoluta minoría-, han
cedido sus puestos a nuevos elementos que no teniendo caracteres definidos, no
siendo bien aptos para sostenerse, combatir, triunfar en la lucha por la vida,
están destinados inevitablemente a desaparecer. Son individualidades de
transición, que no pueden subsistir, aun cuando circunstancias más o menos
artíficiales les hayan dado el predominio que hoy ejercen. Su injusta y
transitoria preponderancia es lo que nos mantiene aún lejos de la relativa
perfección a que hubiéramos llegado. Pero tenían que surgir si es cierto lo de
que «natura non facit saltum», lo mismo que debemos aguardar con fe un cambio
favorable y próximo, pues un tipo intermedio no puede perpetuarse, y menos en
primera línea.»
Esto es algo tedioso, como lo comprenderá su mismo autor. Por eso
saltamos, sin más, a párrafos de corte no tan científico, pero en cambio más
interesantes en nuestra humilde opinión:
«Estos «dirigentes» de pueblo de campo, de partido, hasta de provincia,
semejantes a las nubes macizas como montañas al parecer, cuyos perfiles se
destacan rudamente en el cielo, pero que ni siquiera aparecían en los antiguos
negativos fotográficos, cual si no existieran -esos dirigentes, digo, pueden
tomarse por individualidades con rasgos típicos propios, pero apenas se
estudian sus líneas, su masa se desvanece, como la nube, sin dejar impresionado
el cerebro. De ahí la dificultad de retratarlos y analizarlos. Son como las
aguas vivas, que se liquidan fuera del mar. Tienen algo de moluscos, y sin duda
por eso cierto amigo, observador y cáustico (la alusión a Silvestre es
evidente) ha dicho hablando de un pueblo de la provincia:
«Pago Chico es un banco de ostras con concha y sin concha». En las
indefensas encarnaba sin duda al pueblo en general; en las defendidas a las
autoridades satélites...»
Nuestro autor entra en materia algo más abajo:
«El intendente municipal, el presidente del Concejo Deliberante, el juez
de paz, el comandante militar y el comisario de policía de un partido, podrían
ser trasplantados a cuarenta o cien leguas de su campo de acción, dentro de la
provincia, y actuar en un medio desconocido sin que ni en el primer momento se
notara el cambio. Estas cinco personas forman en cada pueblo la oligarquía
comunal. Son ramas de un mismo tronco.
Ligadas estrechamente, hacen vida pública común. Se apoyan la una en las
cuatro y las cuatro en la una. Con los mismos defectos y las mismas faltas,
dentro de la misma carencia de opinión propia, se sirven mutuamente de paño de
lágrimas o de harnero para tapar el cielo. Son cooperadores, encubridores o
cómplices de sí mismos, según el caso.
«La justicia, el orden público, la administración, hasta la guardia
nacional, están en sus manos. Para ello tienen auxiliares de la misma
extracción, con iguales tendencias: los secretarios, los inspectores, el
contratista, el procurador, el médico de policía, el empresario de la casa de
juego, diez, veinte más. Este es el «partido oficial» entero, o la sociedad
comercial e industrial completa. Ahí está la oligarquía que a veces tiene un
jefe visible -el senador o uno de los diputados de la sección electoral, última
forma del caudillo-, que nunca está, seguro de sus subalternos, como éstos no
lo están de él, lógica desconfianza en esa asociación egoísta, instable
mientras no exista entre sus miembros algún férreo e inconfesable lazo de
unión.
»Se busca en el pasado de esos hombres y se encuentra siempre el mismo
oscuro punto de partida. Tal andaba de «chiripá» y con la pata en el suelo hace
cinco años; tal otro era carrero; el de más allá fue agente de policía; aquél,
incapaz de trabajar, vivió del juego como fullero o como empresario de timbas
amparadas por la autoridad, o tuvo casa de prostitución; éste lleva sobre su
conciencia despojos y asesinatos...
»-¿Por qué no entregan ustedes las instituciones de campaña a hombres
menos desprestigiados? -preguntábase a un gobernante.
»-Porque los hechos no se venden ni sirven para instrumentos -contestó.
»Casi no hay uno de estos hombres que pertenezca a una raza determinada.
Tienen sí, aspecto criollo, pero en su ascendencia se halla siempre la mezcla,
a la que sin duda impidió dar benéficos resultados el ambiente en que se
desarrollaron los productos. Con los defectos del gaucho amalgaman los que les
vienen del antepasado extranjero, llegado en busca de aventuras después de
dejar la conciencia donde no pueda estorbar, y no se encuentran en ellos ni la
nobleza, ni la generosidad, ni el amor al trabajo, ni siquiera el valor, que es
la última virtud que se eclipsa en nuestro paisano.
»Cuando se apalea o se maltrata a algún enemigo de la autoridad, inútil es
buscar la persona que lo hizo: siempre es alguna mano traidora y desconocida, o
un grupo de emponchados irresponsables.
»No han ascendido por esfuerzo propio ni por méritos adquiridos. Se ha
buscado lo que sirva de ciega herramienta y lo que no tenga elementos propios
para independizarse. Hombres incoloros, incapaces de atraer opinión, bastan
para los fines opresivos, pero son inhábiles, en el caso, para sacudir el yugo,
hasta en beneficio propio. Con otros afiliados, ciertos gobiernos no hubieran
podido subsistir. Se comprende, pues, que muchos hombres hayan sido
sacrificados y que muchos surgidos con aptitudes para el gobierno, desaparezcan
de pronto bajo el peso del partido oficial que llegó a temerlos. Por eso,
cuando se observa una excepción, un hombre de cierta importancia dedicado a la
actuación política oficial, no hay más que revisar los libros de los bancos, o
la lista de concesionarios de centros agrícolas, de ensanches de ejido, o los
legajos polvorientos de los juzgados de crimen... Ahí está el secreto...
»En cuanto a la sociedad oficial cuyos componentes hemos enumerado ya, se
ocupaba puramente de su comercio, feliz porque le dejaban «mañas libres». La
renta municipal, las multas policiales, las coimas de las casas de juego y
otras, la enajenación de los terrenos de la comuna ¡qué negocio!... ¿Política?
Ni la querían ni la estudiaban: les iba hecha de La Plata, la ponían
inmediatamente en acción y ni medían su alcance ni les importaban sus
consecuencias. Era, por otra parte, tan limitada y tan monótona, que se la
sabían de memoria y le dedicaban el menor tiempo posible, deseosos de acabar
pronto para seguir robando. En un principio se preocupaban de llevar gente a
las elecciones para darles cierta apariencia de legalidad; pero como esto exige
dedicación y gastos, lo fueron reduciendo a su menor expresión: el piquete de
policía armado a rémington frente al atrio, y en el portal de la iglesia los
escrutadores copiando los registros.
»Llegose una vez hasta cerrar las puertas, para que algún votante intruso
no fuera a interrumpir a los que copiaban nombres... mil cuatrocientos nombres
de ciudadanos votando unánimes y entusiastas por los candidatos oficiales.
»Como no podían abundar los hombres de la especie requerida para gobernar
la comuna, se jugaba a las cuatro esquinas con los puestos públicos: un año,
Luna, era juez de paz, Carbonero intendente y Machado presidente del Concejo;
al año siguiente, Carbonero era el juez de paz, Machado el intendente y Luna
presidente de la Municipalidad. Y la permuta se repetía desde tiempo casi
inmemorial, sin que se interpolara ningún elemento nuevo. Tanta era la escasez
de hombres que en otros partidos algunos tenían que representar dos papeles:
éstos eran, por regla general, diputados-intendentes.»
- XVI -
Fiestas patrias
-¡Tatachin, chin, chin!, ¡Tatachin, chin, chin!
-Shuitzsjsss... ¡pum!
Y vuelta a empezar.
Uno que otro pilluelo desarrapado seguía a la charauga y a don Másimo, el
viejo portero de la Municipalidad, cargado con un mortero y dos docenas de
bombas de estruendo para la salva reglamentaria de veintiún cañonazos.
Porque, eso sí, lo que es cañones, Pago Chico no los tenía sino en la
pasiva condición de postres, a la puerta del antiguo fuerte que, adobe por
adobe, iba derrumbándose en plena plaza principal.
Era el amanecer de un día patrio.
Olvidados los vecinos de la gloriosa fecha, despertaban sobresaltados al
oír los estampidos y la música marcial, a puro bombo y platillos, creyendo que
por lo menos, la grave cuestión política había sublevado al pueblo en masa, y
que los Krupps estaban haciendo estragos y sembrando de cadáveres el pueblo.
Es de advertir que, ya en aquel entonces, Pago Chico sentía del uno al
otro extremo y sobre todo en su corazón -el pueblo propiamente dicho- los
estremecimientos precursores de la honda y trascendental agitación que había de
perturbarlo durante tanto tiempo, dando socorrido tema a los historiadores
futuros.
«La grave cuestión política» no está puesta, pues, a humo de pajas, ni era
ilógico el sobresalto de los pacíficos vecinos, despertados por las descargas
sin malicia de don Máximo.
-¡Ah, sí! ¡Ahora caigo! Hoy es nueve.
Y dándose vuelta en el lecho abrigado, los pagochiquenses volvían al
interrumpido sueño, fastidiados, renegando de esa música y esas bombas
pluscuam-matinales, pero contentos en el fondo de ver disipados sus temores de
guerra y exterminio.
Alguna que otra madre afanosa se levantaba de un salto, a pesar del
intenso frío, para preparar los trajecitos de los «escueleros», que debían ir
en corporación a la iglesia y luego a la Municipalidad a pronunciar discursos,
a decir versos patrióticos, y sobre todo o comer masitas de la confitería de
Cármine, hechas con sebo de la riñonada, tan útiles para Pérez y Cucto,
Carbonero y Fillipini, y para el pobre Silvestre.
Después de dar diana a las autoridades y al cuerpo diplomático -los
vicecónsules Grandinetti, Sánchez Gómez y Petitjean-, quienes por excepción no
hallaron propicia la oportunidad para un discurso, la charanga y las bombas
volvieron a su punto de partida, al pie del cono truncado, obelisco de la plaza
pública; rasgó el cielo blanqueado por la luz del alba, el humillo de dos
bombas lanzadas una tras otra y que estallaron allá arriba, formando una
aureola como de copos de nieve; el astro rey saltó al oriente, al imperioso
mandato dorando la cima de la pirámide y el techo de las casas, y en el aire
tenue y frío vibraron las notas solemnes de la introducción del Himno que ni
los mismos asesinos de la banda de Castellone, que por chuscada se apellidaban
a sí mismos «bandidos», haciendo un juego de palabras no desprovisto de base
sólida, lograban echar a perder para nuestra eterna sugestividad. Los pilluelos
corrían y gritaban, entretanto, alrededor del mortero que se aprestaba a
disparar otra bomba (le faltaban cinco para la salva de veintiún cañonazos), y
en las calles dormidas del pueblo sólo cruzaba de vez en cuando, al trote de su
caballo, y con el repique de los panes sacudidos dentro, el carrito negro de
algún panadero, a caza de puertas abiertas...
Terminó el Himno, los músicos se fueron a su casa, el pueblo entró
lentamente en el movimiento habitual, esperando el mediodía con su procesión
infantil a la municipalidad, sus «versadas» en el salón alfombrado ex profeso,
sus cohetes, sus dulces, el vino de San Juan hecho por Cármine como las masas,
con algún sucedáneo de sebo -y el rompe cabezas, y la corrida de sortijas, y el
palo jabonado, y quizá, si quisieran trabajar gratis en la plaza- los
volatines, que en aquella época hacían las delicias de la población en una gran
carpa de lona.
Un poco más entrada la mañana, los guitarreros, payadores de menor
cuantía, salieron cada cual por su lado a dar alboradas a las personas de viso,
a las puertas de su casa, con la esperanza generalmente fallida de hacer buena
cosecha de centavos para la mañanita o la chiquita, las copas de la tarde, y la
farra de la noche.
El viento parecía que cortaba; las gentes pasaban por la calle con las
manos metidas en los bolsillos y la cabeza entre los hombros. ¡Qué invierno
aquél! Pero la baja temperatura no impidió que el negro Urquiza, payador o
mandadero, según las circunstancias, cantara a la puerta del municipal
Bermúdez, acompañado con terribles rasgueos de guitarra.
¡Qué bello día de primavera!
¡Qué panorama consolador!...
Se quedó sin centavos, a pesar de la ardiente fantasía que primaveraba el
invierno y convertía en panorama consolador al yermo aquél.
Porque Pago Chico, pelado como la palma de la mano, más que pueblo parecía
paradero de caravanas en un arenal.
Se almorzó temprano y fuerte en aquel día, frío seco y radioso como una
gema. Pero en las casas reinaba gran bullicio; los niños no podían estarse
quietos y a los padres les hormigueaban las piernas. Las niñas mayorcitas no
quisieron almorzar, ocupadas en la tarea homérica de disfrazar el vestido del
25 de mayo, obra que les había absorbido toda la semana.
Sólo cuatro o cinco (las de Tortorano, Bermúdez, Luna, Gancedo), estaban
libres de ese trabajo, pero no de las zozobras que en todo corazón femenino
provocan las inevitables tardanzas de la costurera.
La prensa de la localidad había salido de gala, en buen papel y con
grabados. La Pampa, el diario popular, cuyo programa era la redención de Pago
Chico, presentaba una alegoría de libertad, hecho por un tipógrafo de último
orden, e impresa en Buenos Aires sobre papel de oficio. Una gorda matrona con
bonete puntiagudo y amplias ropas de hojalata, alzaba en el rollizo brazo un
destrozado cadenón de buque, sostenía en la diestra la histórica balanza de
Bermúdez, que en tiempo de los indios tuvo hilos para manejarla a capricho y
estafarlos a gusto y bajo el pie colosal y descalzo para mayor vergüenza,
oprimía una bestia apocalíptica, erizada de púas en el cogote, y de ojos casi
más grandes que la cabeza. En segundo término, artísticamente esfumados y en el
aire, bailaban cuadrillas unos doce a catorce muñecos, que según por el texto
del diario se supo, querían representar a los próceres de la patria.
La alegoría (alegría pronunciaba Tortorano), llevaba estas leyenda:
Y A SUS PLANTAS RENDIDO UN LEÓN
El doctor Pérez y Cueto, que se hallaba en la redacción con Viera,
Silvestre y otros, al ver el verso sacó el lápiz, tachó con rabia la palabra
«león» y puso debajo «ratón».
-¡Qué león, ni qué león! -exclamó- Cuando mucho habrán vencido a un ratón.
-No hable mal d'España -le dijo con sorna Silvestre-. ¡No es tan ratón,
doctor!
-¡Vaya usted al caramba! -gritó Pérez y Cucto, saliendo de allí como una
bomba para evitar un desagrado.
Viera se limitó a lamentar que su alegoría pudiera prestarse para
interpretaciones belicosas o hirientes. Ni se había pasado por la imaginación
que aquello pudiera suceder.
Entretanto El Justiciero, el organito de Luna, como le solían llamar, era
todavía más patriota que La Pampa, pues publicaba también litografiado e
impreso en papel de oficio un gran retrato del gobernador de la provincia,
orlado de roble y laurel, modesta y conmovedora manera de honrar el día
glorioso y quedar bien con el patrón al mismo tiempo.
En estos prolegómenos y otros muchos que sería prolijo relatar, pasose la
mañana entera y verdadera.
A las doce volvió a oírse por esas calles el aullido de la banda de
Castellone, tocando una marcha que el «maguestro» (así se llamaba él mismo)
había rapsodiado para aquella circunstancia solemne; rimbombaron en la desnuda
plaza -tenía eco- los cohetes de don Máximo, muy estirado, enorgullecidísimo de
sus altas funciones, y la gente fue introduciéndose por grupos en la iglesia,
casa del Señor y más inmediata y exclusivamente, del cura Papagna.
El cortejo oficial no tardó en presentarse. Iban a la cabeza don Domingo
Luna, intendente municipal, vistiendo ancha levita negra de talle corto y mucho
vuelo de faldones, y prehistórico sombrero de copa; don Pedro Machado, juez de
paz, con indumentaria aproximada y oliendo a alcanfor y pimienta, como el
intendente; el doctor Carbonero, presidente de la Municipalidad, mejor puesto,
con más aire de gente, sin haber perdido del todo el ligero barniz de los años
de Colegio Nacional y los pocos de Facultad de Medicina (era médico de «guardia
nacional», como practicante en la guerra del Paraguay); a su lado quebrábase el
comisario Barraba, de saco y botas altas bajo el pantalón, mirando a todas
partes con ojos de mando y desafío; el recaudador de la contribución directa y
el valuador, empleados provinciales, de jerarquía por consiguiente, iban detrás
y de a dos los municipales acaudillados por Ferreiro y muy compinches con
Bermúdez; el comandante militar Revol, Fernández, director de La Pampa, su
escudero Ortega, el doctor Fillipini, Amancio Gómez, tesorero municipal, todo
el oficialismo, en fin, sin que faltara Benito Mendoza, dragoneante de oficial
de policía y revistando como agente... El cuerpo diplomático o sea los
vicecónsules Grandinetti, Petitjean y Sánchez Gómez, seguía muy enlevitado, muy
grave, muy posesionado de su papel, infundiendo respeto a los mismos pilletes
que, cuando estaba cada uno de ellos tras el respectivo mostrador lo trataban
tan a la pata la llana «como si se hubieran criáu en el mismo potrero», decía
Silvestre. Formaban la cola del cortejo los empleados municipales, inspectores,
comisario de tablada, inspector del riego -gran potencia- recaudador del
impuesto de naipes y tabaco, pero nadie, nadie que no ocupara un puesto
público, rentado o no, salvo uno que otro concesionario o contratista enredado
con fruto en los negociones municipales.
Tanto gritaba Viera en La Pampa que ya en el pueblo comenzaba a
divorciarse y huir de las autoridades, pero no muy ostensiblemente, para no dar
pie a las represalias. La oposición era placer no saboreado sino de corto
tiempo atrás, y los pagochiquenses no sabían aún a derechas, cómo se hace, por
qué se organiza, qué caminos debe seguir, ni a dónde conduce. Ya lo aprenderían
a su costa y quizá en su beneficio...
Pues, como íbamos diciendo, al rato llegaron procesionalmente los alumnos
de las escuelas. Con las caritas moradas y las manos azules de frío, niños y
niñas, bajo la brisa cortante y el sol radioso, marchaban también de dos en
dos, a las órdenes de sus maestros que, soberbios y fastidiados, maldecían de
la fiesta y sus incomodidades, pero se pavoneaban orgullosos de aquel mando a
vista y paciencia del pueblo entero. Los chiquilines avanzaban con resolución,
si no con marcialidad, luciendo en sus ojos a esperanza de los dulces
municipales -infinitamente más ricos que los caseros-, después de los discursos
y los versos aburridores e interminables.
El cura Papagna cantó el Te Deum como hubiera podido roncar un De
Profundis. Imposibles es decir cómo cupo tanta gente en la iglesita, simple
galpón le dos aguas con una torre ancha y baja, como hecha le cuatro naipes, en
una esquina. Muchos se quedaron a la puerta, éstos sencillamente porque no
cabían aquéllos porque no cabían y también porque se hubiesen quedado aunque
cupieran, para hacer pública gala de despreocupación religiosa. ¿Cómo creer que
un Papagna pudiera representar a nadie, ni siquiera al gobierno de Andorra, por
muy ministro que se dijera de la corte celestial?...
Y entre tanto el bueno de don Másimo, dale que le las a las bombas cuya
larga mecha encendía con un apestoso y húmedo cigarrillo negro, para agazaparse
enseguida y echar a correr casi en cuatro pies huyendo del mortero, mientras
resonaba el primer estampido y la bomba ascendía recta, con ligerísima espiral,
para estallar allá, muy arriba, sobre la seda celeste del firmamento irradiando
pedacitos de papel que el sol convertía en lentejuelas de oro...
En tropel salió la gente de la iglesia y apresurada atravesó la plaza para
invadir los salones de la Municipalidad, en que ya esperaban los menos
incautos, deseosos de no perder nada de la fiesta... Los niños de las escuelas
salieron en fila como habían entrado, bajo las órdenes de sus maestros y medio
entumidos por la larga espera de plantón. Llevaban su bandera de seda
-orgullosos y fatigados los porta estandartes- y si las niñas vestían de blanco
y banda celeste, los niños ostentaban todos la patria divisa atada al brazo,
como en primera comunión.
Los salones se llenaron y la fiesta comenzó, junto a la larga mesa del
refresco, que grandes y chicos miraban con ojos ávidos.
Pocas, muy pocas señoras, temerosas con razón, de los estrujones
inevitables; pero no faltaban ¡qué habían de faltar! las madres de los niños
preparados para declamar o pronunciar discursos alusivos, ni las dignas esposas
de los más dignos miembros del gobierno comunal, con la intendenta a la cabeza.
El inacabable cotorreo que llenaba el salón fue apagándose poco a poco,
cada cual buscó la manera de estar cómodo viendo mejor lo que iba a ocurrir, y
una voz infantil surgió sobre el mar de cabezas como un grito subterráneo y
prolongado. Decía versos.
Nunca se ha sabido cómo podía el chiquillo manejar las manos entre los
apretones de aquella multitud. El hecho es que -enseñado por el maestro de
primeras letras-, se debatía virilmente y lograba hacer con gesto rítmico y
acompasado, ademanes de acróbata que envía besos al público, una vez con la
derecha, otra con la izquierda, alternando sin equiparse, mientras las notas de
su voz, agudas como puntas de alfileres, clavaban palabras en los oídos
cercanos:
Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres
el blanco y el celeste de nuestro pabellón...
No oyó ni entendió una palabra -salvo los muy próximos- pero ¡qué aplaudir
aquél! Hubiera sido de cosa nunca acabar si una niñita vestida de raso celeste
con un gorro bermellón, no se abre paso para contar al pueblo soberano:
-Hoy es el grande, el inmenso aniversario...
Y como advirtiese que su movimiento instintivo no era el enseñado por la maestra,
interrumpiose roja de vergüenza y de temor, y con la voz húmeda de llanto,
temblorosa y baja, repitió después de corregir el ademán:
-Hoy es el grande, el inmenso aniversario...
Y a medida que iba diciendo las frases triviales del dómine de aldea, como
si comprendiera lo que había debajo de aquel palabreo insulso, la intención que
ennoblecía y agigantaba tanta vaciedad, la chiquilina iba acentuando sus
palabras, su voz se robustecía, siempre monótona y sin inflexiones, el rojo de
la vergüenza era substituido por el carmín del entusiasmo, brillaban sus lindos
ojitos negros y cuando al final dijo:
-¡Y juremos defender esta bandera!
Muchos miraron instintivamente la que sostenía un bebé rubio y rosado como
un Bebé Jumeau, y por los circunstantes rodó una ola de emoción rompiendo al
fin en un aplauso cerrado, sin que nadie parara mientes en que a los diez años
una futura patricia no puede jurar a sabiendas si será o no defensora de enseña
alguna.
Pero los pagochiquenses eran patriotas a su modo y por sugestión, mientras
«no queman las papas» según Silvestre.
Terminados los aplausos, la niñita con la cara colorada, como si fuese una
flor de ceibo, gritó: «-¡Viva la Rep...!»
No se oyó más, porque don Másimo había creído oportuno el momento para regalar
al pueblo con media docena de cohetes voladores, vanguardia de tres bombas de
estruendo.
Terminada esta parte de la fiesta, comenzó el desfile de los niños por
delante de la codiciada mesa. Con gracia encantadora, la intendenta, una
mujerona gorda y flácida, daba a cada uno su ración de dos pastelitos
elásticos, que a pesar de su heroica resistencia al diente, pasaban en un abrir
y cerrar de ojos a los infantiles estómagos. En otra jira dieron a cada cual un
vasito de horchata, y siempre en fila, militarmente, comandados por maestros y
maestras, los niños se retiraron de la Municipalidad, dirigiéndose a las
escuelas, punto de reunión y de licenciamiento.
Entre tanto, la oposición, sin tomar parte activa en los festejos
oficiales, no los había obstaculizado ni criticado siquiera. Por el contrario,
los cívicos padres de niños o de niñas, permitieron gustosos que concurrieran a
las escuelas, al Te Deum y hasta la Municipalidad. Un grupo se había cotizado
días antes para dar un asado con cuero en una de las chacras de los
alrededores, y allí hubo tras de mucho apetito, mucha alegría y muchísimos
brindis patrióticos, en los que, si se mezcló la política fue generalizando,
lejos de toda alusión personal. Pero no se tome esto como raro signo de
cultura, como inesperada manifestación de una tolerancia que nadie sentía, no.
La fiesta patria era un hermoso pretexto para divertirse, y allí había ido todo
el mundo a pasar un buen rato, a reír, a cantar, a bromear, pero no a
calentarse los cascos con el recuerdo de las diarias perrerías y los continuos
sofocones. -Estaban en el corro, devorando la sabrosa y blanca carne de la
vaquillona, los prohombres de la oposición, pues el festín criollo, el cielo
claro, el sol tibio y rubio, el silencio ambiente, la paz regocijada de la
naturaleza despertábanles el apetito y el buen humor.
El negro Urquiza había hecho el asado de acuerdo con todas las reglas del
arte, en una hoguera de leña fuerte y huesos; y los trozos de carne, bien a
punto, más sabrosos para los catadores que el faisán trufado, salían del fuego
como negros pedazos de carbón, rodeados de cáscara carbonizada, ganga
protectora de aquel riquísimo tesoro culinario criollo.
El moreno había estado «a la altura de sus antecedentes» se dijo para
felicitarlo, desde los primeros bocados. Luego, las congratulaciones y los
plácemes fueron subiendo de punto, hasta acabar todos gritando:
-¡Te has lucido, Urquiza!
El negro que, como tantos otros, llevaba el apellido de la familia a quien
sirvieran sus padres o sus abuelos, no tuvo otra cosa que contestar que un
clamoroso:
-¡Viva la patria!
El almuerzo criollo había terminado cuando comenzó a bajar el sol, y los
comensales, unos a caballo, otros en americana, algunos en tílbury, comenzaron
a volverse a las casas -como decían indicando el pueblo- después de haber
solemnizado con el estómago -como en la más refinada civilización- el magno
aniversario de la declaración de nuestra independencia.
Pero volvamos a los concurrentes de los salones municipales en el punto en
que los dejamos, es decir a la salida de los niños.
Llegó, pues, el turno de las personas mayores, que asaltaron las bandejas
de pastelillos y las botellas de vino, de cerveza, de licores, con un ímpetu
arrollador.
En un momento quedó el tendal de cadáveres, la mesa limpia de vituallas
pero no de manchas, y los brindis comenzaron, iniciándolos el vice-cónsul
francés, M. Petitjean, quien pronunció las siguientes sentidísimas palabras:
«Señogas y señogues:
»Como rapresentant' de la Fráns, yo levant' mi vás, pog brindag en esta
fiest, paga las diñas otoridades y diño pueblo de Pago Shic!
»Señogues:
»Viv' la Fráns!
»Viv' la Republic' Aryantín!»
Brindaron en términos análogos Grandinetti, agente consular italiano, y
Sánchez Gómez, vice-cónsul español, el uno con pronunciado acento zeneize, el
otro muy pulido, sin más pero que alguna confusión de g con j y o con u,
sabroso condimento regional de sus entusiastas palabras.
Susurrábase que allá en los comienzos de su carrera oratoria, nombrado
maestro de primeras letras, pronunció al hacerse cargo de la escuela, un
memorable discurso:
«Venju -dicen que dijo- a tratar del retrocesu de Paju Chicu, este pueblo
que antes fue jobernadu por los indius y que hoy sije en manus de la misma
familia».
Pero esto debía ser calumnia levantada por los envidiosos de sus altas
prendas ciceronianas, y lo hace sospechar así la insistencia con que Silvestre
propalaba la especie, alterando según las circunstancias el texto del discurso.
Quizá no sea aventurado considerarlo apócrifo.
Las autoridades no hablaron, porque entre ellas no había lenguaraz alguno,
así es que se dio por terminada esa parte de la función, la concurrencia salió
de la Municipalidad, y cada cual tomó el rumbo que más le convino: éstos a sus
casas, aquéllos a los volatines, los de más allá a la corrida de sortija, y los
pilluelos al rompecabezas y el palo jabonado con premios.
Aquel día fue como un compás de espera en la turbulencia pagochiquense, un
día de fraternidad no muy efusiva, pero siquiera respetuosa y confundible con
una comunión en un solo sentimiento...
Ridículas las fiestas de Pago Chico... Pero ¡caramba! ganas nos dan de
poner aquí como cierre del capítulo, la frase que Viera, contagiado con la
elocuencia de Pérez y Cucto, muy romántico, muy año 10, murmuró aquella noche
al oído de su novia, mirando el cielo cuyo azul profundo daba una sensación de
leve movimiento con el titilar de las estrellas:
-Parece que las grandes alas de la patria se cernieran sobre nosotros y
nos acariciaran desde allá arriba.
Pero no. No la pondremos. Está harto pasada de moda para que alguien la
lea sin reírse.
- XVII -
Poesía
«Poesía eres tú».- BÉCQUER
La noche de verano había caído espléndida sobre la pampa poblada de
infinitos rumores, como mecida por un inacabable y dulce arrullo de amor que
hiciese parpadear de voluptuosidad las estrellas y palpitar casi jadeante la
tierra tendida bajo su húmeda caricia. La brisa, cálida como una respiración,
se deslizaba entre las altas hierbas agostadas, fingiendo leves roces de seda, vagos
susurros de besos. Las luciérnagas bailaban una nupcial danza de luces. El
horizonte producía extraña impresión de claridad, aunque en derredor no pudiera
discernirse un solo detalle, ni en los planos más próximos. Era una noche de
ensueño, de esas que tienen la virtud de infiltrarse hasta el alma,
sobreexcitar los sentidos, encender la imaginación.
Y los peones de la estancia de don Juan Manuel García, tendidos en el
pasto, al amor de las estrellas, iluminados a veces por una ráfaga roja que
relampagueaba de la cocina, fumaban y charlaban a media voz, con palabra
perezosa, inconscientemente subyugados por la majestad suprema de la noche.
Una exhalación que cruzó la atmósfera, rayándola como un diamante que
cortara un espejo negro, para desvanecerse luego en la tiniebla, fue el punto
de arranque de la conversación.
-¡De qué dijunto será es'ánima! -exclamó el viejo don Marto, santiguándose
una vez pasado el primer sobrecogimiento.
-¡Por la luz que tenía, de juro que de algún ráy -contestó medrosamente
Jerónimo.
Don Marto rezongó una risita:
-¡De ande sacás!... -dijo-. Si aquí no hay ráys dende el año dies, cuando
echamos al último, qu'estaba en Uropa... después de los ingleses...
¡Ray! Aura todos somos ráys... y no tenemos corona, si no somos hijos del patrón...
Será más bien de algún inocente.
Pancho, el aprendiz de payador -que andaba siempre a vueltas con la
guitarra y se esforzaba por descubrir el mágico secreto de Santos Vega, con el
instinto del pájaro cantor que reclama a la compañera, querida en secreto-,
Pancho, que vio aparecer en la puerta de la cocina la delgada silueta de
Petrona, destacándose en negro sobre el fondo rojizo y cambiante del fogón,
agregó melancólico y penetrado:
-¡Debe de ser! Las ánimas de los angelitos son las más lindas.
Parecen de luz más... más caliente. Por eso se baila en los velorios p'a
festejarlas... Ésas no andan en pena ni se aparecen nunca... ¡Cuando se muere
una criatura se v'al cielo derechita, y áhi se queda!...
Petrona se había acercado y, en la sombra más espesa del alero, escuchaba,
invadida también por el avasallador hechizo de la noche y por el encanto de la
palabra del payador. Como la compañera todavía indecisa del pájaro cantor,
estaba suspensa de sus trinos, hipnotizada ya, pero sin tender las alas
todavía. Y Pancho continuó:
-Las de los malos son esas luces verdosas que andan rastriando por el
suelo y que juyen en cuantito si acerca un cristiano. Pero esas son las de los
dijuntos que todavía tienen vergüenza de lo qu'hicieron en vida: los que se
disgraciaron por casualidá, los que engañaron a un amigo p'a salvarse... ¡y
tantos otros! Las que son malas de veras, las de los ladrones, los traidores y
los cobardes... ¡esas no tienen luz!
Don Marto asintió:
-Sí, esas son las que le tiran a uno el poncho, de atrás, en las noches
escuras, o le mancan el mancarrón, o le apedrean el rancho, o le asustan
l'hacienda y l'esparraman y l'hacen brava redepente.
Juan, el resero nuevo, interpeló a su antecesor y maestro, aquel fumador
que se fumaba hasta la yema de los dedos, achacoso ya y siempre dolorido:
-¿Y usté qué dice, don Braulio?
-¿Yo? ¿Y qu'h'e decir? Que aquí estoy como peludo'e regalo, patas
p'arriba, esperando l'hora de ser ánima tamién!
-¡Qué don Braulio éste! ¡No hay con qué darle! ¡Siempre con sus dolamas y
pita que te pita!
-Y qu'h'e hacer ni en qué m' h'e divertir, a mi edá y con mis achaques...
Justamente andaba pensando si lo dejarán pitar a uno después que cante p'al
carnero...
Una risita de Pancho, y su contestación:
-¡Ya lo creo, don Braulio! ¿Que no está viendo esa porretada e jueguitos
que sencienden y se apagan en el campo?... Esos son los cigarros de las ánimas,
que vuelan y revuelan como las gaviotas o los teros, dando güeltas y fumando...
-¡No digás! -exclamó entre incrédulo y admirado su vecino.
-¡Si son «linternas»! -explicó don Marto, magistral.
-Luciérnegas querrá decir, don... -siguió Pancho, impertérrito-.
Parecen bichitos, es verdá; pero son los cigarros de las ánimas pitadoras.
-¡Calláte! ¡Y entonces, en invierno, ¿por qué no pitan?
-Sí, pitan... Pero tienen frío y s'encierran en las casas a pitar al lau
del jogón!...
-¡Vaya un cigarro! ¡Si no quema el juego!...
-¡Los dijuntos son fríos! ¡Estaría güeno que tuvieran juego caliente!
¿Quema el otro, acaso, el de las ánimas en pena?
Hubo una pausa.
Entre amedrentado y risueño, don Braulio agrego en seguida:
-¡Lindo no más! ¿Entonces, los dijuntos se entretienen?
-¡Y qué han di hacer!... ¡Tienen tanto tiempo desocupado! Ellos quisieran
hacer lo mesmo que cuand'eran vivos, y correr, y boliar, y enlazar... a veces
no pueden porque tienen los güesos en la tierra... Pero saben venirse, p'a un
si acaso... ¡Vamos a ver! ¿A que ninguno dice por qué sabe hacer tanto frío
p'al veinticinco e mayo y p'al nueve de Julio?
-No mi hago cargo -murmuró don Marto.
-Yo no sé -confesó otro.
-No caigo en la cuenta -declaró don Braulio.
Pancho, triunfante, explicó:
-Porque p'a las fiestas se vienen tuitos los que peliaron por la patria,
sin que falten ni los mesmos y muertos en los Andes, que son unas montañas
altas así de purito yelo!... Y como son tantos... Por eso, en cuantito tocan
l'Hino Nacional, es un frío que da calor y que le corre a uno por el lomo.
-¡Ah, balaquiador lindo! -gritó don Marto, no sin admiración reprimida.
Y luego; con cierto matiz respetuoso, alentador como un premio en labios
de tal paisano, agregó:
-Y, diga, don... ¿qué se hace l'ánima de las mozas, cuando se mueren
todavía tiernecitas?
La réplica inmediata de Pancho:
-¡Qué viejo, este don Marto!... ¿Y no ha visto, un si acaso, los
macachines, como di oro, florecer qu'es un gusto por el campo, y todos con una
frutita enterrada, igualita a un corazón, y como azúcar?...
-¡Agarrate!... ¿Y las viejas?
-Güevos de gallo, que se pierden en los cercos o se agarran a las
barrancas. Y cuanti más güenas jueron en vida el güevo es más grande y más
sabroso, y cuando han tenido hijos y los han querido... más todavía!...
Por su irritabilidad de enfermo, a don Braulio se le ocurrió lanzarle un
sarcasmo disimulado, sólo manifiesto por el tonito arrastrado y cantor:
-Y los payadores, decime...
Pancho contrajo con esfuerzo los músculos de la cara, sintió en la
garganta una especie de nudo, pero logró contestar, como si alguien le dictara
las palabras:
Los payadores de láy,
los payadores de veras,
no mueren nunca, paisano,
ni son ánimas en pena...
¡siguen cantando nomas,
lo mesmo que Santos Vega!...
Eran versos, inconscientemente medidos, y los lanzo con ritmo marcado y
sentimental. A los otros les llegaron al alma. Hubo un silencio prolongado y
lleno de sensaciones... Luego, uno a uno, fueron desgranándose los paisanos,
saturados por la poesía total de la noche. El último que se levantó para ir al
galpón en que tenía la cama, enervado por su mismo desgaste cerebral, fue
Pancho.
Y al pasar junto a la puerta, ya tenebrosa, de la cecina, en medio de la
envolvente y acariciadora sombra, sintió de pronto un hálito más intenso, más
libio, más húmedo que el de la noche, y una vocecita que murmuraba junto a su
oído:
-¡Pancho! ¿Quién te enseña esas cosas tan lindas?
Y él, azorado un instante, trémulo y atrevido luego, como un héroe que es
todavía un recluta, abrazó con ímpetu a Petrona y
-¡Vos! -le besó en la boca.
- XVIII -
Sitiado por hambre
-¡Hay que sitiarlo por hambre! -había exclamado Ferreiro aludiendo a
Viera, en vista del pésimo efecto producido por las medidas de rigor, como pudo
verse en «Libertad de imprenta».
El plan era fácil de desarrollar y estaba a medias realizado por el
oficialismo pagochiquense en masa, que ni compraba La Pampa, ni anunciaba en
ella, ni encargaba trabajos tipográficos en la imprenta cívica. No había más
que seguir apretando el torniquete y aumentar el ya crecido número de los
confabulados contra el periodista. De la tarea se encargaron cuantos pagochiquenses estaban en el
candelero, dirigidos por el escribano que les hizo emprender una campaña individual
activísima, no de abierta hostilidad, pues eso no hubiera sido diplomático,
sino de empeñosa protección a El Justiciero.
En los pueblos pequeños, como el Pago, los suscriptores de los periódicos
son necesariamente escasos y más escasos aún los anunciadores, porque ¿a qué
tanto salir diciendo que en el almacén tal o en la tienda cual, se venden estos
o los otros artículos, cuando todos tienen las mismísimas cosas, ni que la casa
de Fulano o de Mengano está en la calle tal número tantos, cuando hasta los
perros la conocen y le han puesto su marca muchas veces? Si se publica un aviso
en un diario es sólo como acto de magnanimidad y para favorecerlo
ostensiblemente, no por otro motivo o propósito, -y más barato resulta no
anunciar. De los suscriptores, muchísimos no pagan, unos por ser amigos del
propietario, otros por no serlo bastante, de manera que no hay cosa tan
precaria como la vida de una publicación de aldea, villa o presunta ciudad,
salvo cuando es afecta a los gobernantes, quienes la subvencionan, le dan
edictos, licitaciones, etc., hacen suscribirse a sus allegados, subalternos,
favorecidos o postulantes, y le crean así una especie de ambiente alimenticio
artificial. El periodista de la situación es un parásito insaciable, porque
nada, ni la sarna misma, come tanto como una imprenta. Y cuanto más tiene el
diario oficialista, menos alcanza el diario opositor, puesto que el comercio no
señala a la «réclame» sino una partida tan exigua como la destinada a limosnas
-es decir, nada en absoluto o nada relativamente- y los fondos no alcanzan para
dividirlos en dos. Mientras uno mama, el otro llora.
De tal parte de su capitalito que Viera destinó al sostenimiento de La
Pampa después de invertir la mitad en la imprenta, apenas le quedaban unos
pocos centenares de pesos enterrados en un solar de los suburbios que, en vez
de subir se había depreciado desde que lo compró. Esto mismo era más nominal
que positivo, pues como el diario, bamboleante en un principio, se sostenía a
duras penas, los proveedores bonaerenses de papel, tinta, tipos y demás, tenían
en cartera documentos a plazo fijo por un total bastante más crecido que el
valor del terreno. Para La Pampa, más celosa que la misma balanza de precisión
de Silvestre, la que según él medía hasta el peso de las palabras, cualquier
carga desfavorable podía determinar la ruina y el cierre ignominioso por falta
de elementos.
Ahora bien, la campaña organizada por Ferreiro se llevó a cabo con éxito
visible. Todos «los amigos» convirtiéronse en elocuentes propagandistas y
comisionistas de El Justiciero, buscando avisos y suscripciones que muchos no
les negaban por no incurrir en las iras celestiales. Pero, según lo ya dicho y
como que el hilo se corta por lo más delgado, sáquese la consecuencia, como la
sacaban práctica, aritmética y monetariamente Viera y su administrador, no sin
graves temores para un futuro inmediato.
-¿Por qué no se subscribe a El Justiciero? ¿Por qué no pone su avisito en
El Justiciero? -era la frase intercalada de pronto en la conversación y sin
andarse con muchos rodeos por los secuaces del escribano.
-Porque ya estoy suscripto a La Pampa y tengo allí mi aviso.
-Póngalo también en El Justiciero, porque «hay» interés en ayudarlo, y
para un comerciante cine vive de todo el mundo, como usted, no conviene estar
bien con unos y peor con «otros» que valen más.
El comerciante trataba, a veces, de no dar su brazo a torcer, siguiendo
con el aviso en La Pampa.
-Es que mire, don... El negocio no da p'a tantas misas, y a gatas si puedo
pagar un solo aviso, que ni necesito siquiera.
-Bueno -replicaba el comisionista de ocasión- en ese caso, para no quedar
ni bien ni mal con nadie, saque el aviso que tiene y no se haga tomar entre
ojos.
Por pocas concomitancias que el catequizado tuviera con «el poder»
forzosamente cedía, si no a la elocuencia de estas palabras, a las amenazas que
sentía rezongar bajo ellas, y o daba el aviso a El Justiciero quitándoselo a La
Pampa o se lo quitaba a ésta para no dárselo a nadie. Lo mismo o punto menos
ocurría con las suscripciones...
El derrumbamiento del diario se precipitaba estruendosamente sin que Viera
atinase con el remedio. El administrador sólo supo aconsejarle uno peor que la
enfermedad: rebajar las tarifas. Puesto en práctica, observose que no entraba
un solo anuncio nuevo -como es natural dado el carácter de los anunciantes-
mientras seguían retirándose los viejos...
Viera, que había fijado ya la fecha de sus bodas, creyó prudente
postergarlas hasta ver más claro en su situación, harto borrascosa para
embarcarse en el matrimonio; hizo todas las posibles economías, redujo el
personal de la imprenta y trató de prepararse para hacer frente al próximo
vencimiento de uno de sus pagarés... ¡Ay! si bien las páginas de anuncios de La
Pampa podían llenarse bien o mal con los borrones de los antiguos clisés de
específicos, la caja de la administración no se llenaba con artificio alguno.
Al borde del abismo, acudió solicitando un préstamo a la sucursal del Banco de
la Provincia, aunque considerara el paso inútil y hasta ridículo, pues los
consejeros eran Ferreiro y comparsa, precisamente los que estaban sitiándolo
por hambre. No se le dio ni siquiera un «no redondo»; ¡eso nunca!; al pie de su
solicitud, y con la firma del gerente, leyó pocos días más tarde esta cortés
pero mortal negativa: «Otra oportunidad».
Aún no había hecho confidencias a nadie, limitándose a refunfuñar que el
diario no iba tan bien como quisiera; pero ya necesitaba por lo menos el
precario consuelo de desahogarse con algún amigo, instintivamente, sin la
esperanza más remota de que nadie le echase una cuarta para sacarlo del
cangrejal en que se hundía.
El comité cívico no había hecho ni podía hacer nada en su favor, porque
también se hallaba desastrosamente arruinado, y ni en el terreno de la
hipótesis era caso de pensar en desnudar a un santo desnudo para vestir a otro
no más abrigado. Como aquel pesar y aquel temor de la catástrofe próxima no
dejaban en su cerebro célula capaz de una iniciativa, ni siquiera eligió su
confidente, abriose al doctor Pérez y Cueto que acababa de llegar por
casualidad a la imprenta, y que le escuchó con tristeza y a ratos con
indignación, mientras le reconstruía, tal como la había olfateado y
comprendido, la trama abominable contra él urdida por Ferreiro, Luni, Machado,
Barraba, Carbonero y tutti quanti.
-¡Mandrias! ¡Canalla soez! ¡Inmunda estirpe!... -exclamaba de tiempo en
tiempo el doctor, interrumpiendo a Viera.
Y luego, cuando el otro le enumerara sus apuros y dificultades, lo volvía
a interrumpir:
-¡Caramba, caramba, caramba!
Por fin Viera calló, muy conmovido, y no porque se le hubiera agotado el
tema. El doctor Pérez y Cucto púsose en pie, paseó la sala de arriba abajo con
las manos atrás y la cabeza sobre el pecho, profundamente meditabundo. Luego,
irguiéndose, arribó a una conclusión:
-¡Hay que arreglar eso! -dijo.
Y después de una pausa, como para que se le escuchara con religiosa
atención, repitió sentenciosamente:
-¡Hay que arreglar eso!
Nueva pausa. Viera, por último, resolvió acortar el entreacto:
-¿Y cómo? -preguntó a su grande amigo.
-¡Hay que arreglar eso! ¡Ya lo tengo pensado! Ahora mismo acaba de
ocurrírseme. No es posible que esos espúreos ciudadanos, esos advenedizos
despreciables que han llegado al poder arrastrándose por el lodo como los
reptiles, sigan sojuzgando a este desdichado pueblo y vejando a la gente de
pro. ¡A todos nos toca mantener bien alto la bandera enarbolada por La Pampa, y
todos sabremos cumplir nuestro deber! ¡Tenga usted confianza, Viera,
tranquilícese! ¡Retemple el corazón para seguir luchando como bueno!
Estaba tan agitado y conmovido cual si acábase de hablar ante cien o
doscientos pagochiquenses, en algún meeting trascendental; y a fe que su
auditorio, arrebatado por aquella elocuencia, enternecido por aquella grandeza
de alma, se dejó contagiar por su entusiasmo hasta las lágrimas.
Sí. Viera lloraba cuando estrechó la mano de su altisonante amigo. Y
cualquiera de nosotros hubiese hecho lo mismo en su lugar, porque ensánchese
Pago Chico hasta convertirlo en una gran nación, agrándese también
proporcionalmente el motivo y las consecuencias del acto y ¿no resultan
entonces el médico y el periodista dos héroes tan grandes como los que hayan
sacrificado más por la patria y la humanidad? Todo es cuestión de
relatividades, de apreciaciones, de teatro, de circunstancias.
El hecho en sí era noble y generoso: póngase en parangón con la entrevista
de Guayaquil y resultará trivial; compárese con el egoísmo reinante en la
actualidad, y ya veréis como se agiganta...
-¿Con cuánto se remedia? -preguntó el doctor Pérez y Cueto, volviendo a la
prosa de la vida, pero sin empequeñecer por eso su acción, como aquellas
homéricas deidades que podían comer, batallar, amar, hacer tonterías, a lo
humano, sin perder por eso su divino carácter.
Viera se lo dijo.
-Bien. Yo no puedo prestarle toda esa suma, ni aquí ha de tratarse de un
préstamo. No. Pago Chico está en deuda con usted, Pago Chico está en deuda con
La Pampa, su único defensor, su postrer baluarte, y es preciso que se conduzca
como un pueblo digno de tal nombre. Inicio, pues, una suscripción popular
contribuyendo con doscientos pesos, y encabezando la primera lista que me
encargo de llenar. No faltarán hombres de buena voluntad que colaboren en la
tarea y se hagan cargo de otras listas. En un par de días tendrá usted el doble
de lo urgentemente necesario, y La Pampa volverá a navegar viento en popa.
Y, en efecto, pocos días después, el doctor Pérez y Cueto entraba
triunfante en la redacción de La Pampa, gritando a voz en cuello:
-¡Aún hay pueblo en Pago Chico! Aún hay pueblo en Pago Chico!
Se había reunido una suma importante para aquel centro y aquella época, y
centenares de vecinos suscribieron con entusiasmo según sus fuerzas, los unos
igualando la suma ofrecida por el doctor, los otros contribuyendo hasta con
veinte centavos ahorrados del modestísimo puchero.
Si Washington hubiese podido presenciar aquel movimiento, hubiera pensado
que aquella era tela de ciudadanos, y que con elementos capaces de acto tan
sencillo en apariencia, es como se organizan grandes naciones.
Desgraciadamente Washington había muerto hacía muchos años, y aunque
viviera no tendría probabilidad de, conocer el nombre de Pago Chico, y mucho
menos su batracomiomaquia...
Todas las listas cerradas y puestas en manos del administrador de La Pampa
resultaron conformes con las sumas entregadas sucesivamente en efectivo.
Todas... es decir... Y aquí la pluma se emperra como patria empacado, para el
que no valen ni las nazarenas, ni la lonja, ni el talero mismo. No hay quien la
saque. Sería más capaz de bolearse que de dar un solo paso... Pero ello es
preciso, sin embargo, y justamente nos facilita el relato el hecho inevitable
de que resultará inverosímil, de la más absoluta inverosimilitud. Si no fuera
inverosímil, no lo contaríamos.
Gracias a que lo es, siempre quedará el suceso envuelto en una niebla de
vaga desconfianza, como una cuasi mentira que debiera ser mentira sin cuasi en
cualquier mundo a lo Pangloss...
Pues es el caso que faltó una lista. No. La lista no faltó. Lo que faltó
fue el dinero. Imposible armonizar nunca las cifras del total con el cero de la
entrega... He aquí los hechos:
La tarde del día en que se cerraba la suscripción, Silvestre entró
contentísimo en la imprenta, donde Viera estaba casualmente sólo.
-¡Viera, hermano Viera! -exclamó el insigne boticario- Te he juntado más
de seiscientos pesos: todos me han pagado. Ahí los tengo en casa; y si los
querés te los traigo aura mismo.
-No hay apuro.
-Aquí tenés la lista. Guardala, porque no queda nadie que agregar, y he
hecho la suma. ¡Qué manifestación, hermano! Eso sí que es honroso. Ya no se
trata de puro jarabe de pico, y cuando la gente se presta a aflojar la mosca,
por algo ha'e ser. Tocarle el bolsillo es como andarle por las verijas a un
animal cosquilloso. Así que, si querés, podés engreírte de lo que han hecho con
vos.
-Sí, hermano -replicó Viera- me siento verdaderamente conmovido.
¡Esas son cosas de que no me podré olvidar en la vida, y que no andaré
propalando, si no que las guardaré exclusivamente para mí, como una gloria
íntima y también como una obligación inquebrantable de mantenerme tal cual soy,
de seguir sin extravíos la norma que me he trazado!...
Hablaba sinceramente, y es muy posible que hoy, recordando aquellos
momentos, repitiera esas mismas palabras con igual convicción.
Silvestre le miraba. Al rato le preguntó:
-Pero decime, ¿la suscripción te alcanza para sacarte completamente del
pantano, o no?
-Es una ayuda muy grande.
-Eso ya sé. ¿Pero ahora te ves ya completamente libre de compromisos?
-Por el momento sí.
-¡Ah, por el momento, bien decía yo! ¿Unos cuantos meses, no es verdá?
Porque si el diario no se sostiene, ni menos da ganancias, en cuanto se gasten
esos nales volvés a enterrarte hasta el encuentro en el tembladeral, no?
-Desgraciadamente.
-Natural. ¡Lo que necesitás es muchos suscritores, muchos avisos, para
pagar a todo el mundo y vivir sin arretrancas; o, de no, mucha plata para que
el diario no se vaya al bombo en algunos años, y venga más población y entonces
se pueda sostener. Porque supongo que, aunque los nuestros suban no sos de los
que se han de prender a la ubre...
-Tenés razón, tenés razón en todo, Silvestre.
-Bueno... entonces, esperá... dejame a mí... Yo sé lo que hago, y has de
ver como todo viene como anillo al dedo. Tengo una combinación... Ya verás, ya
verás...
Y se levantó en actitud de marcharse.
-¿Qué pensás hacer?
-No te quiero decir... Luego... Mañana.
Y se fue.
Tan optimista estaba Viera, que la más pequeña simiente de ilusión o de
esperanza caída en su cerebro, luego se fecundaba, germinaba, brotaba, crecía,
echaba hojas, ramas, flores, frutos, como si estuviera en manos del más hábil
de los faquires indios. Las vagas palabras de Silvestre lo enajenaron,
entregándolo a una especie de pasajera megalomanía: era evidente para él que su
amigo pensaba convocar de nuevo al vecindario patriota para exponerle minuciosa
y exactamente la situación, comunicarle sus ideas y propósitos, y exigir de él
un esfuerzo más amplio y más continuado que aquella gran cinchada, demostrando
que con menos sacrificio se arribaría a mucho mayor efecto si no se aguardaba
cada vez, para echarle una manito, a que el carro estuviera encajado hasta la
maza.
Más suscripciones, avisos mejor pagados, con qué equilibrar las entradas y
las salidas; él no pedía más, ni lujo ni holgura siquiera, para seguir diciendo
verdades y defendiendo al pueblo.
Fue a ver a la novia para contagiarle su fiebre de ensueños, para
transmitirle el inmenso júbilo con que tantas manifestaciones de aprecio
-gloriosas decía él- embriagaban su juventud, para hablar también de las bodas,
que podrían acelerarse, sin tener ya enfrente el fantasma de la miseria...
Después, vuelto a su casa, aquella noche se durmió sonriendo a sus nuevos y
quebradizos juguetes.
Cuando, a medio día, entró en la imprenta Silvestre, su revuelto cabello,
los ojos huraños, los labios resecos y plegados en una mueca amarga y nerviosa,
revelaban un hondo sufrimiento, una grande angustia.
Viera lo mirá sorprendido.
-¿Qué tenés? -exclamó.
Silvestre, sin contestar, sacó el revólver, prementolo por el cabo al
periodista y
-¡Tomá, matame! -murmuró con voz reconcentrada.
-¿Qué tenés? ¿Estás loco?
-¡Tomá, matame, te digo! Soy un canalla y un flojo, porque ya me debía
haber hecho saltar la tapa de los sesos! ¡Tomá, matame, por favor!
Viera le quitó el revólver. Acababa de comprenderlo todo, lo de la
combinación, las reticencias, la loca esperanza... Silvestre se había dejado
arrastrar por su afición al juego, creyendo sinceramente que obedecía al
propósito de salvar para siempre a su amigo. La noche antes, en casa del Rengo,
lo habían dejado más pelado que laucha recién parida.
La suscripción no era ya sino una cantidad negativa, aumentada con una
deuda exigible dentro de las veinticuatro horas, una «deuda de honor».
El periodista guardó el revólver en un cajón del escritorio, y aunque
sintiera el corazón oprimido hasta el dolor, pudo sonreírse y decir
filosóficamente:
-¡Pedazo de sonso! Si hubieras venido con las manos llenas de plata no
traerías el revólver, aunque la intención sea la misma... Sólo que...
hay que desconfiarles mucho a esas intenciones... ¿Perdiste? Bueno; ¡no
hablemos más! Ya sabés que hiciste mal en jugar y... ¡basta!
Silvestre lo miraba boquiabierto, alelado, con una sorpresa indecible.
-¿Conque sabías? -acertó a balbucear- ¡Y me perdonás, hermano, todo el mal
que t'hecho!...
Y reaccionando de pronto, rompió a llorar con grandes sollozos
convulsivos, sentado, sepultada la cabeza entre las manos, sobre las rodillas
trémulas.
...Una semana después no se acordaba ya de aquella crisis espantosa,
tranquilizado por el silencio de Viera. Pero debemos confesar en honor suyo,
que perdonó a su amigo el haberlo perdonado de su falta, y esto aboga por él,
porque es excepcional. Viera dio por recibida la suma con grave peligro de su
reputación, pues la falla prolongó y dio incremento a sus apuros.
-¿Dónde tira la plata ese loco? -se preguntaban haciéndose cruces los que
veían de cerca al periodista siempre metido en su intolerable atolladero.
Pero como Silvestre no se apresuraba a explicarlo ni Viera había de
hacerlo...
- XIX -
El diablo en Pago Chico
Viacaba, aquel paisano tosco, bueno y trabajador que tantos han conocido,
tenía en ese tiempo su rancho a algunas leguas de Pago Chico, sobre el remanso
de un pequeño arroyo que, después de reflejar la barranca, perpendicular y
desnuda de vegetación, los sauces desmedrados que se balanceaban sobre ella y
el corral de la escasa puntita de ovejas, seguía su curso casi en ángulo recto
sobre su antigua dirección, e iba lento, pobre y turbio, a echarse en el
indigente caudal del Río Chico, que en realidad nunca llegó a río ni aún con
aquél refuerzo, sino en época de grandes crecidas e inundaciones. Viacaba vivía
allí, desde muchos años, con su mujer Panchita, sus dos hijos Pancho y Joaquín,
hombre ya, su hija Isabel, morenita, feúcha, pero inteligente, y un par de
peones, Serapio y Matilde, que, ayudados por el viejo y los dos mozos, bastaban
y sobraban para los quehaceres habituales de la estanzuela.
Estos quehaceres estaban lejos de ser abrumadores, aunque Viacaba poseyese
buen número de vacas y de yeguas, y unos pocos centenares de ovejas para el
consumo, pues no era aficionado a esa clase de crianza.
El rancho era espacioso y constaba de varias habitaciones. Se veía desde
lejos, sobre el albardón abierto en dos por el arroyo que, voluntarioso y
caprichudo, no había querido echar por lo más fácil, aunque le sobraba campo
llano en que correr y aunque no le importara un bledo de la línea recta. Quizá,
cuando tendió su lecho, aquellos terrenos tendrían muy distinta
configuración...
Y así como el rancho se veía de lejos, así también desde el rancho se
abarcaba hasta muy lejos un horizonte curvilíneo, desierto, completamente
plano, una extensión de pampa cubierta entonces de hierba reseca y triste,
amarilla tirando a gris, alfombra polvorienta en que, como trazada de
propósito, se destacaba la tortuosa línea verdegueante de las orillas del
arroyo, como una franja de terciopelo nuevo en un inmenso manto raído.
Aquella siesta hacía un calor bochornoso. El campo reverberaba, como si
fuese de sutiles y vibrantes laminillas de acero, y mareaba con sus destellos
ofuscadores. El cielo estaba casi blanco, sin una nube, pero en él flotaban
grandes e invisibles masas de vapores dilatados por el calor.
Oíase el incesante y estridente chirrido de la chicharra, y en la
atmósfera había un monótono zumbar de insectos, sin que se supiera de donde
partía, pero ensordecedor, atontador de persistencia.
No es extraño, pues, que cansados del trabajo de la mañana y rendidos por
el bochorno abrumador, todos durmieran en el puesto de Viacaba; los hombres
bajo el alero, que daba al este, ya sin sol, y las mujeres en el interior del
rancho, cuya oscuridad ofrecía una momentánea sensación de frescura.
El aire, sofocante, estaba inmóvil, como casi todos los días a esas horas,
en aquella temporada de sequía, tan larga y amenazante ya, que los animales
comenzaban a desmejorar y enflaquecer, síntoma de probable epidemia... Los
hombres, dormidos, respiraban sofocadamente, y gruesas gotas de sudor le
brotaban de los poros, bruscas y cristalinas, para correr luego en hilos por su
piel morena. Dormían intranquilos, hostigados por el calor y por las moscas,
zumbadoras, insistentes, pertinaces a pesar de sus instintivos manotones. Y
hubieran seguido postrados por la modorra, si el galope de un caballo que se
detuvo frente a la tranquera, y el furioso ladrar de los perros que, un momento
antes, echados a la sombra y con la lengua afuera imitaban jadeando la
locomotora de un expreso, no los arrancaran de la siesta.
Matilde, un peón santigueño, enorme y mal encarado, a quien aquel hombre
de mujer sentaba «como a un Cristo un par de pistolas», se incorporó
refunfuñando, levantose perezosamente, y con paso tardo, a pesar el sol que
rajaba la tierra, se encaminó a ver quién era el importuno jinete. Los demás,
mirando hacia la tranquera, entrevieron un tordillo, negro de sudor y de polvo,
que resollaba como un fuelle y sacudía la cabeza, orejas y cola, espantando la
nube de las moscas que se le había ido encima. El pasajero entraba con Matilde,
que se adelantó para informar a Viacaba.
-Es un «franchute» que pid'i'agua -dijo-. ¿Le doy?
-¡Cómo no! Hacé qu'entre aquí, a la sombrita.
Cuando el hombre llegó al alero todos se habían levantado y Panchita e
Isabel se movían adentro, despertadas por las voces.
-Buenas tardes, amigo. Entre y sientesé... Dale agua fresca, Serapio.
Después tomará un matecito, si gusta... ¿Cómo anda, amigo, con este solazo
que ni las víboras salen de las cuevas?
El francés explicó que aquella misma tarde tenía ocupaciones de urgencia
en el pueblo, para poder tomar la «galera» a la madrugada siguiente.
Era un mocetón alto y delgado, muy rubio y de ojos clarísimos, frente
estrecha, nariz larga, descolorida y ganchuda, como el pico de una ave de
presa; tenía algo de carancho, aunque su rostro fuese largo y afilado, y su
exagerada urbanidad no bastaba para desvanecer la antipática impresión que
desde el primer instante produjera en aquellos hombres sencillos y toscos. Un
fluido repelente flotaba en torno suyo, como si emanara de su cuerpo, y los
cinco paisanos, tan distintos en el aspecto y las maneras, no podían dejar de
mirarlo con desconfianza.
Bebió con verdadera avidez el agua recién sacada del pozo, y gozando de la
sombra dejose estar sentado en un banco, bajo el alero, recostado en la pared
de barro groseramente blanqueada, parpadeando para no dejarse vencer por el
sueño. Y cuando Isabel apareció, seguida por la madre, con el mate amargo que
había cebado en la cocina, se levantó ceremoniosamente, algo envarado, haciendo
una gran reverencia y murmurando cumplidos a la amable «señoguita» y a la
respetable «señoga».
Sorbió, no sin alguna mueca, el acre brebaje a que no estaba acostumbrado,
y con nuevas cortesías devolvió el mate a la joven. Esta, al pasar para la
cocina, con fragor de enaguas almidonadas, significó a Pancho, con un mohín y
una miradita de soslayo, cuánto la disgustaba, también a ella, el extranjero.
La señora lo examinaba a hurtadillas.
Los hombres hacían esfuerzos para sostener la desanimada conversación.
Más de una hora duró la visita. Matilde dio, entretanto, de beber al
tordillo y le apretó la cincha, como si con ello apresurara el momento de la
separación.
Mientras armaba un cigarrillo negro con que Viacaba lo había obsequiado,
el francés habló de la sequía y del triste estado de las haciendas. Llegaba de
lejos, y toda la campaña que había recorrido presentaba el mismo aspecto de
desolación: pastos resecos como yesca, lagunones sin agua, bañados lisos y
duros como piedra, arroyos tan bajos que casi todos se podían pasar de un
salto; las haciendas vacunas estaban flacas como esqueletos; las ovejas muy
desmejoradas y con una sarna más pertinaz que nunca; las yeguas con huesos y
pellejo...
-La suerte que aquí no lo vamos pasando tan mal tuavía -exclamó Viacaba
con cierta satisfacción.
Pero alzó bruscamente la cabeza, alarmado, cuando el extranjero dijo que
en muchas partes había visto grandes torbellinos de polvo que el viento
arrancaba de la tierra desnuda de vegetación.
-¡Las polvaredas! -murmuró con acento medroso-. ¡Por lo visto, ya
principian!...
Y se quedó profundamente pensativo, evocando aquella terrible calamidad,
no sufrida desde muchos años, pero que en otro tiempo pasara por allí sembrando
el estrago y la devastación, dejando la inmensa pampa despoblada de animales y
como muerta y enterrada ella misma bajo cenicienta y móvil capa de polvo...
La voz atiplada y agria del viajero, salpicada con notas discordantes,
aumentaba aquella impresión, y la de antipatía y desconfianza que
irresistiblemente provocara en todos.
Ya con el sol algo bajo, el francés se despidió haciendo zalemas y
protestas de vivo agradecimiento. Viacaba lo acompañó hasta la tranquera
mientras los demás habitantes lo miraban marcharse, en fila bajo el alero... El
tordillo, descansado ya, emprendió la marcha con paso más brioso, y cuando iba
a lanzarlo al galope, el jinete oyó que el paisano le gritaba desde la
tranquera:
-¡Cuidao con el pucho!
-¡Oui! ¡oui! -gritó el otro sin comprender.
Un momento después, Isabel, que volvía con el inacabable mate amargo,
formuló el pensamiento de todos:
-¡No me gusta nadita esi hombre!
-Cosa güena no ha'eser -refunfuñó afirmativamente Matilde, recogiendo el
recado para ir a ensillar.
-Parece medio... «cantimple» -zumbó Pancho, el más tolerante, después de
Viacaba.
Y aunque pasaron largo rato en silencio, aquella visita debió continuar
preocupándolos, porque Serapio no dijo a quién se refería cuando observó:
-Ahí va por el «fachinal».
-Efectivamente, el bulto, ya apenas perceptible, del hombre y el caballo,
se alejaba rápidamente e iba a internarse en un alto pajonal que, en dirección
a Pago Chico, ocupaba una vasta extensión de terreno.
-¡Cantimple decís! -objetó Joaquín, que se había quedado rumiando las
palabras de Pancho- Pues a mí lo que me parece es un pájaro de mal agüero, con
ese pico 'e lechuzón desplumao de la cabeza... Con tal de que no nos haiga
echan algún «daño»...
-¡Dejáte de agüerías, Joaquín! -exclamó Viacaba- Los gringos «saben» tener
unas caras... ¡fierazas! Pero ¿y de áhi? ¿Han de ser brujos por eso?...
Viacaba era supersticioso también, pero la edad y la experiencia atenuaban
un tanto esa superstición.
Los peones salieron al campo y tomaron para el oeste, donde estaba el
grupo de la hacienda, seguidos por Joaquín. Al este, pasando el arroyuelo, sólo
había algunas yeguas y la tropilla de zainos.
Las dos mujeres, Viacaba y Pancho, se quedaron bajo el alero, sin ganas de
moverse en la atmósfera asfixiante. El sol se acercaba al ocaso, y su luz iba
enrojeciéndose por momentos.
Al oscurecer, cuando volvieron los otros, llamados por la hora de la
comida, el cielo era al oeste un inmenso manto de púrpura reflejado al oriente
en un tenue velo, purpúreo también. Y delante de ese velo una columna recta, de
vapores terrosos, se alzaba del pajonal, como girando sobre sí misma.
-¡No digo! ¡Si ya principian las polvaredas! -exclamó Viacaba, que la vio
al ir con los suyos a la cocina.
-¿Cómo había podido equivocarse aquel hombre de campo, nacido en plena
pampa, conocedor de todos sus fenómenos, confidente de todos sus secretos?
¿Miró mal? ¿O la evocación terrible de las polvaredas, la obsesión de tamaña
calamidad, le había paralizado el cerebro?
No era, no, el torbellino de polvo que Una corriente giratoria alza y
retuerce en el aire, como columna salomónica, desde el campo reseco, para
pasearla después en caprichosa danza de un lado a otro y luego dejarla caer, de
golpe, disuelta, desvanecida en la atmósfera como fantástica creación de
pesadilla. No. La columna estaba fija en el mismo punto e iba elevándose y
ensanchándose en la atmósfera tranquila y caldeada que doraban y enrojecían los
últimos parpadantes fulgores del sol.
Y el astro acabó de hundirse. Las oladas de púrpura que lo seguían,
cubriendo el occidente, se derramaron también tras él, poco a poco, a manera
del agua que desaparece lenta en una hendidura. Y para anunciar la noche que
llegaba, comenzaron a revolotear tenues brisas mensajeras de paz, que crecían y
se multiplicaban por momentos...
Era ya oscuro, y, sin embargo, la columna seguía viéndose en el pajonal
vagamente luminosa, como si fuera la misma que guió a los israelitas en el desierto...
Entretanto, la familia Viacaba comía en la cocina, rodeando el fogón, más
animada y conversadora, pues el airecillo, tibio aún, iba haciendo reaccionar a
todos de su enervamiento, a medida que cobraba fuerzas y agitaba con más
decisión las alas.
La conversación, interrumpida a ratos, seguía, persistente, rodando
alrededor de la visita del francés, el acontecimiento del día. Y no había una
frase simpática para él.
-¡Vaya al diablo el ñacurutú ese! ¡Nunca he visto animal más feo!
-insistió Joaquín, supersticiosamente-. Y cómo miraba, con esos ojos
descoloridos, a pesar de todos sus «vulevús»... A mí me parecía...
-El Malo ¿no? -interrumpió Matilde, el santiagueño- ¡A mí también!
Dicen que's ansí; «payo», di ojos claritos y nariz de pico'e loro. No me
le fijé en las patas porque traiba botas... Pero ha de haber tenido pesuña no
más.
Como eco terrible de estas palabras, la voz angustiosa de Panchita, que
acababa de ir al pozo en busca de agua fresca, sonó en el patio como un grito
de alarma y de terror:
-¡Quemazón!... ¡Quemazón!... ¡Quemazón en el fachinal!...
-¡No decía yo! -murmuró Joaquín, precipitándose afuera con los demás...
La columna amenazadora que había comenzado por elevarse, ensanchándose e
iluminándose con vagas vislumbres, llegó a semejar inmenso tronco de copa
pequeña, redonda y blanquecina; luego, cuando el viento sopló con cierta
violencia, desvaneciose de pronto; en seguida, en la sombra creciente,
hubiérase dicho que el árbol acababa de desplomarse, ardiendo de punta a punta,
porque, a partir del mismo sitio, apareció chisporroteando una línea de fuego,
brasas y llamitas fugaces que se reflejaban en los vapores suspendidos sobre el
suelo. Inmediatamente después, la línea roja y resplandeciente al ras de la
tierra, se extendió, se extendió más, abareó un espacio enorme, en el este, de
donde llegaba el viento, como si quisiera ocupar todo el horizonte. Desde el
rancho veíanse vagar por el pajonal reflejos luminosos, anaranjados o
amarillentos, que contrastaban con la noche negra y armonizaban con la raya
purpúrea de la quemazón, mientras en el cielo un gran parche rojizo parecía
seguir la marcha del desastre. Y el viento, entre tanto, sacudía alegremente la
alta hierba, seca y sonora, murmurando y riendo como el niño que escapa después
de haber hecho una travesura. Y el susurro musical llenaba el aire de coros
indecisos... En el albardón, junto a «las casas», dominando el campo, Panchita
e Isabel asistían con espanto al espectáculo amenazador y terrible del
incendio. Los hombres, después de ensillar apresuradamente, se habían
precipitado a todo galope hacia el pajonal, atinando sólo a lo más visible del
peligro, tan azorados que no podían cordinar las ideas...
El viento, cansado de reír, se entretenía en combinar curiosos y
devastadores fuegos de artificio. Llegaba al incendio, levantaba nubes de humo
y semilleros de chispas; enredaba el humo en las matas cercanas, iluminadas por
el fuego, fingiéndolas incendiadas también, y esparcía las chispas como un
ramillete, o las hacía formar haces de espigas de oro; luego las dejaba
apagarse o caer sobre el pasto en lluvia finísima y devastadora... O de un
soplido apagaba bruscamente la inmensa línea roja, y luego, como arrepentido de
abandonar tan pronto su diversión, reavivábala de otro soplo hasta hacerla
llamear e incendiar también el cielo... Al sitio en que estaban las mujeres
llegaban bocanadas de horno, hálitos de fragua, un fragor atenuado, como de
lejanísimas descargas graneadáis de fusilería, y un olor acre de paja quemada,
dilución de las densas masas de humo que corrían al ras del suelo.
Lenta a la distancia, rápida en realidad, la línea de fuego se extendía,
aparentaba formar un arco de círculo cuyo centro fuera el albardón, e iba
acercándose a las casas cual si estrechase un sitio que les hubiera puesto de
repente con maravillosa táctica. Entre el rancho y el incendio, el campo estaba
iluminado, y sombras enormes se movían y fluctuaban vagamente en él: las
rechonchas de las anchas matas de paja y las alargadas de los jinetes que
andaban agitados junto a la quemazón.
Un tropel, un redoble de alarma estalló de repente en el silencio
rumoroso, haciendo retemblar el suelo; era la tropilla, eran las manadas que
huían despavoridas hacia el oeste, martillando con sus cascos la tierra seca y
sonora. Y una sombra informe pasó, envuelta en nubes de polvo, lanzando al paso
reflejos de ancas y de cabezas desgreñadas al viento... Y el furioso redoble
fue disminuyendo hasta perderse en la noche...
-¡La caballada! -gritó con angustia Isabel, sacudiendo un instante su
marasmo.
-¡Virgen santa! ¡Quién sabe si la volveremos a ver! -murmuró la madre.
Y atrás rumores más sordos, confusos e indescifrables, poblaban,
entretanto, la pampa y llegaban hasta ellas arrastrados por el viento
abrasador, saturado de humo y cargado de cenizas aún calientes...
Viacaba, sus hijos y los peones, desalados, habían creído llegar a tiempo
de sofocar el incendio. Pero cuando estuvieron a poco más de una cuadra, una
agonía les oprimió el corazón: el alto pastizal, tupido y seco, los matorrales
entretejidos y bravos, la cortadera amarillenta ya que ocultaba a un hombre de
pie, ardían en una enorme extensión, hasta donde alcanzaba la vista, entre
chisporroteos y llamaradas, estallando como millares de petardos incendiados
por series sucesivas. Llegábanles soplos tan ardientes como el fuego mismo, y
unos a otros se veían las caras sudorosas, completamente negras de hollín, en
que les relampagueaban los ojos. Los caballos, con las orejas tendidas casi en
línea horizontal hacia el incendio, resoplaban y sacudían la cabeza, negándose
a avanzar más.
A menos de una cuadra envolviéronlos el humo y las chispas, y parecían
avanzar en las nubes entre una constelación de estrellas fugaces.
La acre humareda los cegaba, aunque estuviesen tan hechos a los
humazos del fogón, y los soplos
abrasadores les hacían volver el rostro con el cabello y la barba medio
chamuscados... Sobre sus cabezas cerníase un instante la paja voladora,
ardiendo, y luego seguía su vuelo, a difundir a saltos el desastre, arrebatada
por el vendaval... No se oían casi, con el fragor del estallar de las pajas, y
tenían que gritar para comunicarse.
-...¡Contra-fuego! -oyose vociferar a Viacaba, que echó pie a tierra.
El principio de la frase se había perdido en el estrépito...
Tras el velo de llamas que ante sus ojos tendía la inmensa fogarata, la
noche tomaba insólitas negruras. Parecía que el oscuro cielo, sin luna,
continuara descendiendo, descendiendo, más negro cada vez, hasta llegar al
incendio mismo, sólo que en su parte inferior las apretadas y rojas estrellas
se apagaban sucesivamente, dejando en un momento lóbrega y vacía aquella parte
de inmensidad. El horizonte se había acercado hasta pocos pasos de ellas, y
creían hallarse al borde de un inmensurable abismo... La luz misma parecía
rechazada hacia adelante por el viento furioso que soplaba de aquel antro...
A la voz de Viacaba, todos se apearon. Una seña les hizo acercar, y oyeron
este grito:
-¡Aquí no! ¡Sería pior! ¡A la orilla del fachinal!...
Desanduvieron un trecho, teniendo del cabestro a los espantados caballos
que volvían la cabeza hacia el fuego con ojos de brasa, resollaban y roncaban
violentamente, hacían bruscos movimientos para desasirse y escapar, y tiritaban
cubiertos de sudor, mientras por los flancos les corrían arrugas como de agua
rizada por la brisa...
Y así, envueltos en rojas luces de Bengala, hombres y animales salieron a
la orilla del pajonal, donde comenzaba el pasto bajo, marchito y seco también.
Serapio mancó los caballos y los ató a las matas, bastante más lejos. Luego se
incorporó a los demás.
Viacaba y Pancho incendiaban rápidamente la hierba baja, en un ancho de
poco más de una vara, siguiendo una línea más o menos paralela a la quemazón.
Joaquín y Matilde, tras ellas, dejaban arder bien el pasto, y luego lo apagaban
azotándolo con escobas de la paja más verde, hasta que se incendiaban, o con
las jergas del recado, sin mojarlas, porque el agua estaba demasiado lejos.
Serapio los imitó...
En aquella hoguera parecían fundidores junto a un río de metal
incandescente; jadeaban, sudaban; sus caras negras, encendidas y lustrosas, se
hinchaban, se abotargaban, perdían sus líneas, mientras los ojos les
relampagueaban y por las mejillas y la frente les corrían hilos de tinta...
¡Sacrificio inútil! El fuego se burlaba de antemano del obstáculo, que le
querían oponer, levantándole una trinchera de vacío: reíase de ellos en
complicidad con el viento, en cuyas alas enviaba sus emisarios y sus
propagandistas más allá de los hombres y de su ciclópeo esfuerzo impotente.
Y el tropel que espantara a las mujeres llegó de pronto hasta allí como un
lejano trémolo de timbales entre los chasquidos del incendio...
Viacaba levantó la azorada cabeza, y con ojos saltones, enloquecidos,
gritó:
-¡Serapio! ¡Matilde! ¡La hacienda! ¡La hacienda!...
Y abarcando, al fin, la magnitud del desastre, abandonaron la quemazón
casual y la que ellos mismos hacían, corriendo frenéticos hacia los caballos.
Los caballos no estaban allí. Aguijoneados por el pavor, habían conseguido
arrancar las matas, y roncando, despavoridos, dementes, trabados por las
maneas, a grandes saltos enajenados, tropezando ciegos, allá iban, trémulos,
vacilantes, chorreando sudor, hacia el oeste, hacia la salvación, hacia la
vida...
Lograron alcanzarlos y, montados, salieron de carrera en distintas
direcciones, como si obedeciesen a un plan preestablecido. Sin embargo, no lo
tenían... ¿Dónde llevar la hacienda, en caso de que aún no se hubiese
dispersado y perdido en las tinieblas de la pampa? ¿Dónde proporcionarle un
refugio inmune? ¿Por dónde hacerlas escapar del tremendo estrago?...
...Las mujeres, petrificadas de pavor y de angustia, seguían como
sonámbulos en el albardón, con los ojos fijos en el incendio, que continuaba
avanzando, avanzando a cada minuto con mayor rapidez e intensidad, y no sólo
hacia las casas, sino hacia la derecha, hacia la izquierda, al norte, al sur,
para separarlas bien del mundo por aquel lado y luego replegarse, cortándoles
la retirada, envolviéndolas en su línea infranqueable. Y el redoble del
triunfo, la diana sin clarines se oía cada vez más cerca, más cerca, como
estallidos de risas y gritos de voces ásperas y discordantes... El calor era
tan intenso, que a cada instante las infelices se creían a punto de desfallecer
y caer semiasfixiadas.
El fuego llegó al arroyo... La esperanza les dilató un momento el pecho...
Pero el incendio se burló del caprichoso zanjón, cubierto previamente de paja
voladora por su cómplice el viento. Lo traspuso redoblando sus chasquidos,
llegó a la otra orilla, avanzó hasta lamer la tranquera y los sauces que le
daban sombra, y, regocijado, siguio su carrera hacia el oeste, dejando más
grande la noche'tras de sí, llevándola hasta los mismos pies de las mujeres
que, atontadas, siguieron mirando cómo se extinguían una a una las fugaces
estrellas de la quemazón en la noche de abismo que creara a su paso...
Más allá, hacia la derecha, por donde brillaba la Cruz del Sur, también la
paja sirvió de puente volante a la invasión devastadora. El arroyo ardió todo
en un segundo. Y desde la otra orilla, de las matas altas de albardón, el
viento arrebataba cardúmenes de chispas que iban a caer a los pies de las
mujeres... Algunas llegaban hasta el mismo rancho y se extinguían entre las
pajas del techo, sin fuerza para incendiarlas...
Ellas, en su angustia suprema, no advertían el nuevo peligro. Y chispas y
pajas abrasadas continuaban su vuelo, más compactas cada vez...
-¡Mama! ¡mama!...
El grito desgarrador de Isabel anunciaba el coronamiento de la catástrofe:
el techo central ardía con gran humareda en un círculo de una vara de diámetro.
-¡Agua! ¡agua! -gritó la madre, arrancada a su estupor.
Ambas corrieron al bebedero de los caballos, junto al pozo; una llenó un
balde, otra una jarra; precipitáronse al fuego; sus fuerzas no alcanzaron a
lanzar el agua hasta allí...
-¡Traé vos el agua! -tartamudeó la madre.
Y como pudo, valiéndose de un banco, lastimándose manos y rodillas,
trabada por los vestidos, trepó al techo gritando desesperadamente, como si
alguien pudiera oírla en aquella desolación:
-¡Viacaba!... ¡Pancho!... ¡Joaquín!...
Isabel le llevaba jarras y baldes de agua, de carrera, jadeantes, bañada
en sudor. Ella, febril, casi sin saber lo que hacía echábase de bruces sobre el
techo, tendía los brazos trémulos, alzaba el agua con esfuerzo automático, e
iba a verterla en la hoguera cada vez más ancha... Y mientras hacían esta
abrumadora y lenta maniobra, el viento continuaba acribillando el rancho con
sus flechas incendiarias... Un momento después el techo ardía por diversos
puntos...
-¡Baje, mama, baje! Se va a abrasar viva!...
La desgraciada bajó por fin. Como alegre fogarata, el rancho ardía por las
cuatro puntas iluminando el patio hasta la tranquera con sus sauces
descabellados, sacudidos por el viento, hasta el corral en que se revolvían, se
atropellaban y se trepaban unas sobre otras las ovejas, balando lastimeramente,
tratando de derribar el fuerte cerco... Y aquella siniestra y formidable
iluminación desvanecía, borraba totalmente la otra, ya en el horizonte...
Los hombres vieron desde lejos aquella antorcha y regresaron uno tras
otro, llenos de desesperación.
Nada había que hacer... Apenas, y con gran peligro, consiguieron sacar
algunos objetos de la formidable hornalla... Las cumbreras se desplomaron con
gran ruido, el alero desapareció, y a la luz roja no se veía ya más que las
paredes ennegrecidas... Sentados en el suelo, anonadados por la impotencia y la
desesperación, lanzaban de vez en cuando lamentables exclamaciones. Y la visita
del extranjero volvía a su exaltada imaginación con caracteres diabólicos y
aterradores.
-¡Ah, el gringo, el gringo!...
-Él no más nos ha tráido esta calamidá...
-Nos ha hecho «daño»...
-¡Seguro que tiró el pucho en el fachinal, indino!...
-¡No, patrón!; era el Malo, si era Mandinga!... ¡Tan cierto como que éstas
son cruces!...
Y su infantil superstición iba a convertirse en hecho comprobado, al día
siguiente, cuando en Pago Chico, donde fueron a refugiar su desnudez, les
dijeron que allí no había llegado francés alguno, y luego a difundirse pasando
de boca en boca como acontecimiento histórico, aunque el comisario averiguara y
publicara que un hombre de la filiación del presunto incendiario estuvo aquella
tarde en el vecino pueblo del Sauce donde, a la madrugada, tomó la galera del
Azul...
Pero el alba se extendió descolorida y triste sobre el campo. Hombres y
mujeres, acercados por la desgracia, formaban un grupo silencioso e inmóvil. Lo
que ayer fuera bienestar y abundancia era miseria ya...
La pampa, a las primeras luces indecisas, mostróseles cubierta por inmenso
tapiz de funerario pano negro, que se extendía hasta el horizonte, en todo
rumbo, y el viento, fuerte aún, levantó nubes de hollín y los envolvió en
impalpable polvo de cenizas...
- XX -
¡Guerra a Silvestre!
También acabó Silvestre por incomodar a los situacionistas que resolvieron
castigarlo, igual que a Viera.
A este propósito hicieron que fuera a establecerse a Pago Chico,
habilitado por ellos, un farmacéutico diplomado, cierto italiano Barrucchi,
venido del país amigo a hacer fortuna rápidamente, así, sin otra condición,
rápidamente.
La competencia fastidió mucho al criollo en un principio, como que hasta
fue denunciado al Consejo de Higiene por ejercicio ilegal de la profesión. Pero
estaba atrincherado tras de su regente, a quien hizo pasar una temporadita en
el Pago, con pret, plus y otras regalías inherentes a la actividad del
servicio.
-Al gringo l'enseñan -decía-, pero nada le ha'e valer. ¡A la larga no hay
cotejo!
Y para dominar del todo la situación, halló manera de ¿cómo diremos?
untar la mano al inspector enviado de La Plata.
«Untar la mano» es frase grosera, bien; pero ¿qué decir entonces, del
hecho de untarla, y de dejársela untar?...
Nada. Punto. Y sigamos adelante con los faroles.
No se durmió Silvestre sobre los laureles de su primera defensa
victoriosa, sino que atisbó, vichó, bombeó, supo cuanto hacía el italiano, le
tendió lazos, le analizó preparaciones en que había substituido sustancias,
publicó los resultados, formuló denuncias, y de perseguido convirtiose pronto
en perseguidor, porque en aquella delicada materia se inmiscuía alguien más que
los cabecillas pagochiquenses, y el Consejo de Higiene, no desdeñoso de multas,
solía enviar inspectores cuando era a golpe seguro, y entre tantos alguno
habría reacio a los ungüentos de marras.
Y apareció muy luego otro inspector.
Barrucchi escapó difícilmente a las consecuencias con que lo amenazaba una
grave trocatinta de frascos y rótulos en el armarito de los alcaloides, nada
menos, falta que hasta nuevo aviso debe atribuirse a negligencia suya, nunca a
perversidad de Silvestre, incapaz, por su parte de jugar a sabiendas con la
vida de sus convecinos, e imposibilitado de penetrar en la plaza enemiga.
La misma grosería del error fue lo que salvó a Barrucchi, provisto de
auténticos diplomas de una facultad italiana, y de un certificado de reválida
en toda regla, otorgado por la de Buenos Aires. Insistimos en que Silvestre no
tuvo arte ni parte en el su. ceso. Barrucchi probablemente tampoco, puesto que
nadie lo hizo responsable, ni siquiera lo amonestó por su descuido, ni por su
aterradora confusión de consonantes en ina.
Pero sus negocios, que hasta entonces habían sido regulares, se
resintieron con la divulgación de aquel hecho, cuidadosamente propalado a todos
los vientos del cuadrante por Silvestre y los suyos. Sin embargo, el azar, ya
que no la buena reputación y limpia fama, vino a favorecerlo. La farmacia,
asegurada en una nueva compañía contra incendios que buscaba clientela en Pago
Chico, por una suma mucho mayor que su capital verdadero, ardió casualmente a
los pocos días, sin que bastara para extinguir el incendio la guardia de cuatro
vigilantes con machete en mano, puesta por Barraba en las cuatro esquinas de la
casa.
Hay quien dice, todavía, que el incendio no fue intencional.
La compañía de seguros pagó inmediatamente al boticario y al dueño del
edificio, pues le convenía acreditarse para hacer una buena ponchada de fuertes
primas en ese partido y los inmediatos, y sólo pidió a uno y otro un recibo
bombástico y la autorización de hacer con él cuanto reclamo quisiera.
La casa comenzó a reconstruirse con gran prisa, y todo el mundo creyó que
Barrucchi restablecería su farmacia en muchos mejores condiciones ya que
contaba con un capital relativamente respetable. Tal era, en efecto, su
intención; pero una frase que corrió como un reguero de pólvora de punta a
punta del pueblo, le hizo variar de propósito y retirarse con los honores de la
guerra, es decir, con los pesos del seguro.
-Non e niente, demientra no se brushe l'arquibio.
Esto era lo que se oía de la mañana a la noche hasta en los últimos
rincones de Pago Chico, y las extrañas palabras eran repetidas ora con acento
de indignación, ora entre carcajadas más mortíferas aún. Y todo el mundo se
contaba inacabable, infatigablemente, durante días, semanas, meses enteros, la
maquiavélica invención de Silvestre, aderezada hasta con la jerga propia del
personaje y del caso:
Barrucchi, a quien la noche del incendio corrió a avisarse al Club que
ardía la botica, se limitó a contestar tranquilamente, encogiéndose de hombros:
-¡Eh, no importa, mientras no se queme el aljibe!...
El pobre Tartarín tuvo que ir a Argel por una copla; Barrucchi tuvo que
irse de Pago Chico por una frase.
También es verdad que Barrucchi no era del pueblo y que la frase brotó del
cerebro de Silvestre. Si hubiese sido pagochiquense, quizá se le perdona, pues
es fama que hasta los perros dicen, amparando a los vecinos:
-¡No lo muerdan, qu'es del barrio!
Los hombres también, y si no, véase enseguida como lo prueba, con elegante
demostración, la cajita misteriosa de Ferreiro.
- XXI -
Altruismo
Entre las espesas sombras de la noche, en grupos charlatanes de tres o
cuatro personas, numerosos vecinos de Pago Chico se encaminaban lentamente a la
estación del ferrocarril. Se habían reunido con ese objeto en el Club del
Progreso, en el café y en la confitería de Cármine, y al acercarse la hora
fueron destacándose poco a poco, para no llamar demasiado la atención ni dar
pie a que los opositores hicieran alguna de las suyas.
Llegaba en tren expreso, costeado naturalmente por el gobierno, el
diputado Cisneros con la misión de reconstruir el comité, y era preciso hacerle
una calurosa acogida a pesar de lo intempestivo de la hora. La estación estaba
completamente a oscuras; sólo por la puerta de la habitación del jefe, filtraba
una raya de luz, y allá en el fondo el Buffet -en funciones para las
circunstancias-, abría sobre andén desierto, el abanico luminoso de su entrada.
Allí fueron sentándose a medida que llegaban, el doctor Carbonero, el escribano
Ferreiro, el intendente Luna, el juez de paz Machado, el concejal Bermúdez y
varios otros, sin que faltaran el comisario Barraba y su escribiente Benito, ni
aún don Másimo, el portero de la Municipalidad, muy extrañado de no tener que
disparar bombas de estruendo en tan solemne emergencia. No hubo francachela;
los tiempos estaban malos, y nadie quería cargar con el mochuelo del coperío,
aunque sólo hubiera en la estación una veintena de personas. Cada cual, si
quería, «tomaba algo»... y pagaba.
La espera fue larga. El expreso se había retrasado en no sabemos qué
estación y el jefe aun no tenía noticias de su llegada... Poco a poco, todos
fueron a pasearse en la oscuridad del andén, luego instintivamente agrupáronse
a la puerta de Buffet, y conversaban mirando inquietos al norte por descubrir
entre las sombras el ojo encendido del tren en marcha.
-¿A que no sabe abrir esta cajita? -dijo de pronto el escribano Ferreiro,
presentando un objeto al Intendente Luna.
Era una cajita oblonga, en forma de ataúd, en uno de cuyos extremos
asomaba un botón a modo de resorte; un juguete-chasco de lo más infantil, pues
oprimiendo el botón aparecía una aguja que pinchaba al curioso, con tanta mayor
fuerza cuanto mayor había sido su confianza en sí mismo y el apretón
consiguiente. Luna la tomó, la examinó deliberadamente, vio el resorte cuya
evidencia debería haberlo hecho recelar sin embargo, y exclamó:
-¡Mire qué gracia!...
Soberbio fue el golpe de pulgar que dio al botón apenas había dicho estas
palabras, y soberbio el pinchazo que recibió en mitad de la yema del dedo...
Estuvo a punto de soltar uno de los ternos más sonoros de su colección; pero se
contuvo a tiempo, y lejos de protestar, fingió seguir examinando la cajita.
-No doy ni mañana -dijo por fin.
-A ver emprieste, compadre -solicitó Barraba tendiendo la mano, con los
ojos brillantes de curiosidad.
Los demás habían estrechado el corro, deseando ver el misterio que
encerraba el cabalístico estuche, y las conversaciones se interrumpieron.
Barraba cayó en la trampa, y a su grueso pulgar asomó una gotita de sangre
como un pequeño rubí. Pero puso buena cara, y aparentó seguir maniobrando con
la cajita.
-¡Traiga amigo, traiga! ¡Si usté es muy mulita p'a estas cosas!
-exclamó al cabo de un instante el juez de paz Machado.- ¿No sabe que p'a
qu'el amor no tuerza, más vale maña que juerza? -A ver traiga p'acá.
Barraba no tuvo inconveniente...
Nuevo pinchazo... Nuevo esfuerzo heroico para no lanzar un grito.
Aquellos espartanos eran todos capaces de dejarse devorar el vientre, con
tal de que enseguida, se lo devoraran a los amigos y compañeros.
Y después de Machado, la cajita pasó a Bermúdez, a Carbonero, a los demás
-hasta a don Másimo, que fue el último en pincharse.
Aquel Sterne, imitado ahora por quienes, con sólo imitarlo son puestos a
la cabeza de no sabemos cuántas literaturas, nos ofrecería aquí una sabrosa
disquisición, llena de longanimidad y de sincero enternecimiento ante la
flaqueza humana. Se explicaría el hecho y trataría de explicarlo a los demás,
por aquello de que «tout comprendre c'est tout pardonner».
Pero desgraciadamente no habla Sterne, ni el hecho, produciéndose en
Francia bajo tan rudimentarias formas, ha dado tema a los grandes modistos
literarios. Ello vendrá.
Mientras no viene, y por si no viene, el lector hará bien si saca por su
propia cuenta el caracú del hueso que le ofrecemos, y que más peca por sobra
que por falta de médula, pues allá en la pobre y silenciosa estación de Pago
Chico -microcosmos sintetizado-, y entre aquel reducidísimo compendio de la
humanidad, no hubo un solo ejemplar, un solo individuo que no pasara por la
prueba, ni uno que no se mostrara a la altura de las circunstancias. El mismo
don Másimo -el último mono- se dirigió humildemente al escribano:
-¿No quiere emprestármela hasta mañana, señor Ferreiro?
-¿Para qué don Máximo?
-Va mostrársela a la Goya, no más.
Su altruismo no le permitía gozar tan solo de las delicias de la aguja,
pues los otros veinte no contaban ya: Habían contribuido a chasquearlo y se
reían de él, como si fuese el único burlado.
Entre tanto y en silencio, había ido aproximándose el tren. Un silbido
agudo y un repentino y fuerte resplandor, les hizo dar un salto y volverse
hacia la vía. El diputado Cisneros, de pie en la plataforma, con el tren aún en
movimiento, comenzó a dirigirles la palabra:
«Este brillante recibimiento me demuestra cuánto es vuestro altruismo y
vuestra abnegación. Siempre dispuestos a sacrificaros por el bien de los demás,
a luchar sin tregua ni descanso por evitar el sufrimiento ajeno, venís en horas
de combate a retemplar mi espíritu, para el holocausto fraternal a que estoy
dispuesto tanto como vosotros mismos».
Y siguió así, mientras don Máximo se devanaba los sesos por hallar modo de
pasarle la cajita sin faltarle a las debidas consideraciones. Pero no lo halló
por demasiado humilde, y tuvo que consolarse con la idea de embromar a la
Goya...
- XXII -
Libertad de sufragio
Cierta noche, poco antes de unas elecciones, el Club del Progreso estaba
muy concurrido y animado.
En las dos mesas de billar, la de carambola y la de casino, se hacían
partidas de cuatro, con numerosa y dicharachera barra. Las mesitas de juego
estaban rodeadas de aficionados al truco, al mus y al siete y medio, sin que en
un extremo del salón faltaran los infalibles franceses, con el vicecónsul
Petitjean a la cabeza, engolfados en su sempiterna partida de «manille».
El grupo más interesante era, en la primera mesita del salón, frente a la
puerta de la sala de billares, el que formaban el intendente Luna, presidente
del Concejo, varios concejales y el diputado Cisneros, de visita en Pago Chico
para preparar las susodichas elecciones. Entregábanse a un animado truco de
seis, conversadísimo, cuyos lances eran a cada paso motivo de griterías,
risotadas, palabrotas con pretensiones de chistes y vivos comentarios de los
mirones que, en círculo alrededor, trataban más de hacerse ver por el diputado
que de seguir los incidentes de la brava partida.
Junto a ellos, sentado en un sillón, con la pierna derecha cruzada sobre
la izquierda, acariciándose la bota, abrazándola casi, el comisario Barraba con
el chambergo echado sobre las cejas y dejándole en sombra la mitad de la cara
achinada, ancha y corta, de ralo y duro bigote negro, hablaba ora con los
jugadores, ora con los mirones, lanzando frasecitas cortas y terminantes como
cuadra a tan omnímoda autoridad.
Descontentos no había en el club más que tres o cuatro: Tortorano,
Troncoso y Pedrín Pulci a caza de noticias, cuya tibieza les permitía andar por
donde se les diera la real gana.
Los tres se hallaban cerca de la mesa del intendente y el diputado, podían
oír lo que en ella se decía, y hasta replicar de vez en cuando -aunque con
moderación naturalmente-, al comisario Barraba.
Alguien habló de las elecciones próximas y de las respectivas
probabilidades de cada candidato.
-¡Qué eleciones ni que eleciones! -exclamo Tortorano encogiéndose de
hombros-. Nosotros nunca hemos tenido eleciones de veras, y no las tendremos
jamás!...
-La libertad de sufragio... -agregó Troncoso sarcásticamente.
Pero el comisario, echando hacia atrás la cabeza, tanto que casi dejaba
ver el dedo de frente descubierto entre el chambergo y las cejas, lo
interrumpió:
-¿Qué dice amigo? ¿Qué no v'haber libertá?
-¡Vaya comisario, nunca ha habido! -objetó Tortorano sonriendo.
-Sería una novedad muy grande -afirmó Troncoso retorciéndose el bigote con
aire convencido.
-¡Y s'imagina, entonces, que y o estoy aquí p'a quitarles la libertá a los
ciudadanos? ¿Y que yo, comisario, lo h'e permitir?
El diputado, el intendente y demás jugadores de la oligárquica mesa,
levantaron la vista sorprendidos. El ruido disminuyó de pronto en el salón,
como si los concurrentes se quedaran a la espectativa de un acontecimiento
trascendental. Pedrín fue acercándose más al comisario...
-No digo eso - murmuró Troncoso mirando al suelo y preguntándose
interiormente dónde iría a parar el hombre encargado en Pago Chico de asegurar
el éxito de una candidatura dada, con exclusión total de la otra.
¿Se habría convertido de la noche a la mañana, después de tantas
arbitrariedades y persecuciones?
-Ya tampoco digo que usted les quite la libertad. ¡No faltaba más!
Tortorano se encogió de hombros otra vez y se puso a armar un cigarrillo
negro. Troncoso miró al comisario para ver si hablaba de veras.
Pedrín, aunque no tuviera nada de cándido, intervino con una ingenuidad:
-Me alegro mucho de haberl'óido -dijo-. Yo ya estaba por no ir a las
eleciones. Pero desde que usté garante la libertá...
- ¡La garanto, canejo! ¡Ya lo creo que la garanto!
El diputado Cisneros se incorporó en su silla, casi resuelto a llamar al
orden al extraviado y demagogo funcionario policial. Las demás autoridades
estaban, al oír semejantes despropósitos, que no sabían lo que les pasaba.
-Pues si es así... -prosiguió Pedrín-, lo que es yo, el domingo no faltaré
en el atrio p'a votar por don Vicente.
Pero no había acabado de decirlo cuando el comisario estaba ya parado, de
un salto tan violento y repentino que ni siquiera le dio tiempo para soltarse
la bota. Y así en un pie:
-¡Pare la trilla que una yegua si ha mancau! -gritó- ¿Qué es lo que dice,
amiguito?
-Que ya que usté garante l'eleción v'y a sufragar por los cívicos...
nada más.
-¡Dios lo libre y lo guarde! ¡Cómo de orinarse en la cama!
-¿Pero no dice que habrá libertá de votar?
-Sí, para todos; pero libertá, libertá de votar por el candidato del
gobierno!...
Un gran suspiro de satisfacción compuesto de seis suspiros particulares se
exhaló del truco oficial.
Y el ruido volvió entonces, más alegre y estrepitoso que nunca...
Nuevos cuentos de Pago Chico
El fantasma
Las apariciones sobrenaturales de que era víctima Jesusa Ponec, traían
revuelto al pueblo desde semanas atrás. Misia Jesusa las había revelado bajo
sello de secreto inviolable a sus íntimas amigas: misia Cenobia, la
empingorotado y tremebunda esposa del concejal Bermúdez, y misia Gertrudis
Gómez, la espigadora presidenta de las Damas de Beneficencia. Tula y Cenobia
las comunicaron, naturalmente, bajo el mismo sello inviolable, a sus
confidentas, quienes, a su vez... Total, que todo el mundo lo sabía.
Los fantasmas suelen deambular preferentemente en las noches de invierno,
cuando los vecinos se quedan en sus casas, pero a la sazón era verano, un
verano de plomo derretido que mantenía en fusión el fuelle del viento norte.
Así, los que se encerraban «por si acaso» desde que corrió la noticia, sudaban
la gota gorda.
Tula y Cenobia escucharon, haciéndose cruces y temblando como azogadas,
las primeras confidencias de Jesusa, aunque Cenobia Bermúdez fuera hembra de
pelo en pecho y capaz de zurrarle la badana (como lo probó varias veces) no
sólo a su esposo, sino al más pintado, y aunque Tula no tuviese temor de Dios,
según decían las malas lenguas refiriéndose a cómo administraba la sociedad.
Hicieron que llenase su casa de palma y boj del Domingo de Ramos, que la
rociara con agua bendita, que pintara cruces en el suelo delante de las
puertas, que encendiese velas de la Candelaria, que hiciera sahumerios de
incienso... Y como el fantasma -que era el ánima de su marido Nemesio Ponce,
comisario de Tablada- siguió apareciéndose a misia Jesusa, la aconsejaron que
acudiese en confesión al cura Papagna, pues aunque éste fuera un «carcamán sin
conciencia», era el único que tenía corona para conjurar al Malo y ahuyentarlo
con sus «sorcismos».
-Las ánimas la persiguen porque ha de estar en pecado mortal -sentenciaba
Tula-. Confiésese, misia Jesusa, y con la «solución» y una buena penitencia, el
diablo se irá a los infiernos y su fantasma no volverá a aparecer.
-¡Qué pecado mortal, ni qué solución, ni qué penitencia! -clamó misia
Jesusa en el colmo de la indignación- Aunque pecadora, yo no he hecho nunca mal
a nadie, y si el condenado me persigue será porque se le antoja y tiene
licencia de Dios, no por culpa mía, que no soy peor que otras que se las echan
de santas...
-Por algo han de ser las apariciones -dijo Cenobia-. Puede ser que el
difunto necesite misas para salir del purgatorio...
Muy colorada, como quien ha sentido que se le empezaba a quemar la cola,
Jesusa se asió a la tabla que Cenobia le tendía:
-Le haré rezar cuantas misas me pida -murmuró.
-Yo no tengo miedo a los fantasmas ni a los aparecidos -continuó Cenobia-
porque Bermúdez, mi marido el concejal, estuvo últimamente en las provincias de
arriba, y desde entonces anda acompañado, y algo de esa virtud me toca a mí
también.
-¿Y quién lo acompaña? Será el ángel de la guarda, como a todos los
cristianos...
-No es eso, sino que tiene una «guayaca» o bolsita con plumas de urutaú
que lo salvan del daño y hacen que todo le salga bien.
Jesusa estuvo a punto de pedir que Bermúdez fuese a protegerla, pues tanto
poder tenía; pero no se atrevió.
El tiempo había hecho olvidar ciertos recuerdos, ciertas «calumnias» sobre
visitas del concejal cuando el comisario de Tablada se iba antes de amanecer al
matadero, y no era cosa de soplar sobre el pábilo.
-Yo, a decir verdad -contestó Tula- quisiera también «andar acompañada»,
porque tengo un miedo loco a las ánimas y no paso de noche ni a tirones por el
cementerio desde que enterraron a la finada Melchora y al difunto Melitón, su
compadre, porque como anduvieron en enriedos, todas las noches salen sus ánimas
de las sepulturas y bailan un gato endiablado sin poder juntarse nunca...
-¿De veras?
-¡Como éstas son cruces!
Al hacer Tula tan solemne afirmación entró desolada en el comedor una moza
como de diez y ocho o veinte años, rolliza de carnes y bonita de cara, que se
quedó plantada y temblando entre las tres señoras.
-¿Qué te pasa, Emer? -preguntó Jesusa alarmada.
-¡Ay, mamita! ¡Que la gallina blanca acaba de cantar como gallo!
-¡Jesús, María, y José!
Era la desgracia que se cernía sobre aquella casa, y misia Jesusa,
persignándose una y más veces, murmuró:
-¡De hoy no pasa sin que me confiese!
Así, pues, primero en la Municipalidad, por órgano de Gómez y de Bermúdez,
horas más tarde en el Club del Progreso y en la botica de Silvestre Espíndola,
simultáneamente en las redacciones de La Pampa y de El Justiciero, algo después
en el Círculo Artístico y en la confitería de Cármine, a media noche en El
Mirador, la timba del Rengo, y a la mañana siguiente de la confidencia en todo
Pago Chico y sus alrededores, sin exceptuar la pulpería de La Polvareda, de
Laucha y Carolina, se supo que el ánima en pena de Nemesio Ponce se le aparecía
a su viuda todos los viernes a las doce de la noche y le hablaba con voz
amenazadora y sepulcral de su hija Emerenciana, ordenándole que no la casara
con Enriquito Gancedo, como lo había proyectado, sino con otro que le indicaría
a su tiempo, y esto so pena de ejemplar castigo. Pocos dejaron de reírse de la
historia, los menos por creerla imaginaria y artificiosa, los más por hacer
gala de escepticismo. Pero estos últimos se preocuparon más y no las tuvieron
ya todas consigo, desde que el gran lenguaraz y amigo de los indios, el viejo
don Dermidio Soria, recordando las diabluras de Gualichu, decía que se han
visto cosas más raras aún, y Silvestre lo apoyaba con palabras sibilinas como
«no y sino juéguenle risa no más»...
Cierto que el boticario solía también, decir en la intimidad que «mejor
hubiera hecho el difunto, en vida, apareciéndose a su mujer alguna madrugada en
tiempo de Bermúdez»... pero esto caía en oídos discretos y no trascendía al
vulgo.
Las mujeres eran las más alborotadas, convencidas desde el primer momento
de la veracidad de las apariciones, como que las madres y sus amigas y criadas
de éstas les habían contado otras análogas o más terribles, que se sucedían
desde tiempo inmemorial. Y, sin ir más lejos, ahí estaba la adivina Dorotea,
que había visto duendes y fantasmas con sus propios ojos, que seguramente iba a
las «salamancas» lo mismo que Cándida la curandera; y ahí estaba también la
pobre misia Pancha Viacaba, a quien el Diablo le quemó el rancho, y cuanto
tenía y le hizo disparar la hacienda, que nunca más volvió, dejando a toda la
infeliz familia con una mano atrás y otra adelante...
Y esta convicción se hizo más profunda al saberse que Jesusa, arrebujada
en su gran mantón, como para que no la conociesen, había entrado
apresuradamente en la iglesia, donde Liberata, la chinita de misia Tula,
enviada a «bichar» la vio llamar al cura Papagna y arrodillarse en el
confesionario, muy agitada y afligida. Media hora después, y no más tranquila
por cierto, la viuda abandonaba la iglesia y se encaminaba a la comisaría,
seguida de lejos por Liberata, admirable «bombero» adiestrado por la tesorera.
Hallábase el comisario Barraba en una situación algo difícil. Desde que
emponchó al viejo Segundo en su viejo cuero de vaca, el famoso «poncho de
verano», se habían llamado a silencio, diciéndose que no estaba el horno para
bollos, y andaba en todo con sus pasos contados. La oposición iba ganando
terreno en la provincia y el jefe de policía le había escrito secamente a raíz
del suceso: «Absténgase en lo sucesivo de esos atropellos, que desprestigian a
nuestra importante repartición, sobre todo a la vista y paciencia del pueblo».
El senador Magariños le escribió también. «En lo del cuatrero Segundo se le ha
ido la mano, compadre, y los diarios chillan. Le recomiendo más ojo en lo que
pasa de puertas afuera de la comisaría, para no darles en el gusto a los pasquineros».
El diputado Cisneros había sido más lacónico y contundente, escribiéndole:
«Mire que no está en la Cuarta de Fierro, y no sea tan bárbaro, amigazo». Con
estas lecciones, Batraba había caído en la pasividad más completa y se pasaba
el día tomando mate, para no dar qué decir.
En esta ocupación le encontró misia Jesusa, y el comisario apenas la vio,
tomó un airecillo malicioso, se atusó los grandes bigotes y arqueando las cejas
dijo como con desgano:
-¿En qué puedo servirla, doña?
-Señor comisario, soy...
-Sí, ya sé: misia Jesusa Ponce, la viuda... y la de la viuda.
-¡No es chacota, señor comisario! No lo tome de jarana, que es muy serio.
¡Si usted supiera! Todos los viernes a las doce de la noche, se me aparece el
finado y... ¡Virgen Santísima de los Desamparados!...
-Ya sé, ya sé... No se aflija tanto, doña, y cuéntemelo todo de pe a pa,
porque sólo así podré remediarlo, si no es cosa del otro mundo...
-No ha de ser, señor comisario, es decir, que yo lo deseo, y que así me lo
asegura quien puede saberlo... pero no le tengo confianza...
-¿Ha visto al cura? ¿Qué le ha dicho?
-¡Ay, señor! ¡Es un desalmado! Me ha dicho que ya pasó el tiempo de los
sorcismos y de los aparecidos, y eso que en el altar mayor tiene un cuadrito de
las indulgencias plenarias y al lado una alcancía para las ánimas benditas. En
su media lengua me decía: «¡San Jenaro, qué fantasma! El que e morto e morto e
non vive más. Animas non che no sono a Pago Chico. Algún birbante chichón la ha
tomado para embromarla, siñora».
Disculpe que lo remede al gringo, señor comisario, pero es más fuerte que
yo. Y cuando le confesé:
-Cuando le confesó ¿qué?...
Misia Jesusa que se había interrumpido de pronto, como haciendo rayar el
flete, continuó, pero evidente. mente en otro rumbo:
-Es decir, cuando le hablé, de que se trataba del noviajo de Emer...
-¿Emer?
-¡Sí, pues, Emerenciana, m'hija! Entonces el cura se rió y dijo:
«¡Eh! sempre las moshashas! ¡Busque el amoroso! Vada del comisario y
dígale que busque el amoroso».
-Muy bien. Ahora cuénteme lo que le pasa con el aparecido.
Y misia Jesusa contó muy por lo menudo toda su tragedia. Un viernes, hacía
más de un mes, la despertó a medianoche un ruido infernal, como de cadenas y de
alguien que se quejara a grito herido. Lo curioso es que Emer no se despertó ni
con el ruido de afuera ni con el que ella hizo tirándose de la cama y corriendo
a la ventana que da a los fondos. Más bien no se asomara, porque ¡ay Dios mío!
allí junto a la tapia vio que se movía una forma blanca, grande como un
gigante, dando grandes pasos a un lado y otro, moviendo unos brazos muy largos
y mirándola con unos ojazos de fuego que brillaban en una calavera espantosa.
Estuvo a punto de caer redonda, y más cuando el fantasma gritó con una voz como
un ladrido de perro ronco: «¡Jesusa! ¡Acordate y no casés a Emer con Enrique
Gancedo! Estoy en el Purgatorio y sufro como un condenado, pero vos irás al
infierno de cabeza». Volvieron a oírse los ayes y el rechinar de cadenas, el
fantasma se acható de pronto y desapareció como si se lo tragase la tierra. El
viernes siguiente fue la misma historia, con el adimento de que los postigos
estuvieron abiertos, aunque ella los cerrase y atrancase todas las noches desde
la primera aparición. Otra vez fue todavía más horroroso, porque el fantasma
largó llamaradas por los ojos, boca y narices, mientras repetía lo de «Jesusa,
acordate». A la cuerta aparición le anunció que le diría con quién había de
casar a Empr...
-¿Y Emerenciana, a todo esto? -preguntó el comisario.
-Nunca ha visto las apariciones, porque siempre duerme como si le hubieran
dado alguna bebida embrujada. ¡Ah, señor! La pobre debe tener histérico, porque
tan pronto se ríe, tan pronto llora como una Magdalena y el día en peso anda de
un lado a otro como bola sin manija... En fin, para acabar con mi cuento, que
por desgracia no es cuento, el ánima de mi marido o lo que fuera, que dijo con
quién tenía que casar a Emer, que está comprometida con Enriquito, el hijo de
don Salustiano Gancedo, uno de los más ricos y más señores del pago.
-¿Y de quién se trata? ¿Quién es el «amoroso», como dice el cura Papagna?
Por ahí deben andar los tantos...
-Pues un pelagatos, un atorrante, un «tauro» que se pasa las noches en la
timba del Rengo...
-¿Qué me dice? ¿En la timba del Rengo? En el pago no hay ni habrá casas de
juego, señora, ¡al menos mientras yo sea comisario de policía!
El Rengo pagaba puntualmente sus mensualidades a Barraba, y no había por
qué ni para qué molestarlo. Jesusa vio que no podía remediar, disculpándose,
sino más bien agravar su metida de pata, así es que anudó impertérrita el hilo,
diciendo:
-¡Un haraganón, un trápala que no es capaz de ganarse el pan nuestro de
cada día y que no tiene ni donde caerse muerto, Severo Rendón, señor comisario,
Severo Rendón! ¡Miren qué yerno! ¡Y con «eso» quiere el finadito que se case
nuestra hija! ¡Pobres de nosotras! ¡En un sastrás nos come vivas y nos deja
desnudas en la calle!
-No se acalore, tanto señora, y explíqueme qué es eso de la timba de que
me habla -exclamó el comisario interrumpiéndola con las cejas fruncidas y el
bigote erizado.
-¿Yo he hablado de timba? No sé... ¡Ah, sí! Cosas que he oído... en
tiempos del comisario Páez... Parece que Severo jugaba fuerte y trampeaba de lo
lindo... en tiempo de Páez...
-¡Ah -suspiró Barraba, tranquilizándose- Con que Severo Rendón... La cosa
es seria... Puede que tenga razón el cura. Pero, vamos a ver, qué dice la moza.
¿Lo quiere a Enriquito o no? ¿Se entiende con Rendón o no se entiende? Esto es
lo principal.
-La verdad es que desde el último baile Municipal, Emer, como suele
decirse, le ha ladeado el caballo a Enriquito. Esa noche, hará tres meses
estuvo de temporada con Severo, haciendo rabiar al otro, porque, según me dijo,
le había hecho un desaire... que me parece difícil. Y desde entones ya no está
como antes de balconeo corrido con el novio, y apenas le habla cuando viene a
casa de visita, que es jueves y domingo. Pero, en cambio, a Severo no lo veo
nunca andar rodeando como hacen todos los que arrastran el ala.
Barraba pareció meditar largo rato, atusándose el bigote, su gesto
familiar, y al cabo pronunció:
-Puede retirarse sin cuidado, misia Jesusa, que el tal fantasma no volverá
a aparecérsele, o yo puedo poco. Ya estoy al cabo de la calle y sé con los
bueyes que aro. Sin embargo esta tardecita pasaré por su casa para ver el
teatro de los sucesos y darme cuenta de todo. Adiosito, misia Jesusa. Hasta
esta tarde. ¡Ah! Trate de que Emer no sepa que voy, y de que no esté en la casa
mientras la registro. Lo mismo su chinita.
A media siesta, con un calor de calera que hubiese pulverizado las
estatuas de mármol a haberlas en Pago Chico, bajo el soplo lento y sofocante
del norte, desarrollábase un coloquio amoroso en el callejón solitario a que
daban las tapias traseras de la casa de misia Jesusa Ponce. Una linda cabeza de
mujer asomaba por las bardas, y un mozo bien portado y no mal parecido
empinábase sobre una piedra para alcanzarla y hablarle al oído, con el
chambergo claro echado sobre las cejas. El joven murmuraba con misterio, la
muchacha contestaba con creciente irritación, diciendo:
-¡No quiero! ¡Ya te he dicho que no quiero! No lo vuelvas a hacer, que no
puedo aguantar más.
-Pero hijita -decía el otro con susurro insinuante y mimoso-. Si es el
único remedio y va dando resultado. Si no le damos changüi, verás cómo la vieja
afloja de repente y nos salimos con la nuestra.
-¿Y si, entretanto, le da un patatús? Ella sí que anda como ánima en pena,
y ni come, ni duerme, ni hace nada derecho. ¡Pobre mamá!... Hoy mismo, según me
han dicho -que ella no suelta prendase fue a ver al cura y al comisario y
volvió con inedia lengua afuera, es un decir. De seguro que Barraba va a armar
alguna tremenda. ¡Y esto lo digo por vos!
-No tengás miedo. El comisario es un sotreta, y conmigo se va a tener que
hamacar.
-Sí, ¿pero si te pasa algo? ¡Es tan bagual, tan bruto! ¡Capaz de hacerte
estaquiar!
-¡Bah, bah! Pura boca, estaquiador de infelices como Segundo, y ni eso
siquiera, porque desde lo del poncho está como avestruz contra el cerco.
-En fin, Severo, te repito que no, que no lo hagás más, porque si mamita
se enfermara, yo no tendría perdón de Dios. ¿Has oído?
Hablaba casi en voz alta, y su irritación pareció contagiarse a Severo,
que exclamó en el mismo diapasón:
-¡Emer! ¡Decí más bien que seguís embobada con tu Enriquito Gancedo, que
es un verdadero ganso, un pajuate, un cantimpla! ¡Y así no más ha de ser!
Claro. Él es rico y yo no tengo un real... Pero el día menos pensado, si lo
agarro a tiro...
-¡Severo! Ya te he dicho que si llegás a tocarle un pelo de la ropa se
acabó todo entre nosotros. Con que... ¡elegí!...
-¡No te digo que te pirrás por él!
-Es un buen muchacho, y hasta. De eso a otra cosa hay mucho trecho, a
pesar de los pesares... En fin, Severo, ya hasta de bromas, que se hacen muy
pesadas, aunque sea con buen fin. Así, prometéme...
Oyeron ruido, la cabeza que comenzaba a sonreír desapareció tras de la
tapia, y el galán comenzó a andar callejón abajo, como quien se pasea.
Jesusa, que acababa de hacer su siestita, llamaba a Emerenciana para
mandarla con un recado a misia Cenobita.
-¡Con semejante calor, mamá!
-Bien podés salir a la calle cuando andás por el patio en cabeza y al rayo
del sol.
Emer, alejada con este pretexto, y llevando por rodrigón a la chinita
Gervasia, iba con el pensamiento puesto en la conversación que acababa de tener
con Severo y que la preocupaba mucho, cuando la fortuna quiso que de manos a
boca tropezara con su novio oficial, Enrique Gancedo.
-Parece que andás huida -murmuró el chico venciendo a duras penas su
timidez-. Ya no te veo, ni puedo hablar con vos, ni te asomás a la puerta, ni
te sentás a la ventana, y cuando voy a tu casa me tratás como a visita de
cumplimiento... ¿Qué te pasa? ¿Te has olvidado de que a fin de año nos vamos a
casar, y que tendrías que ser un poco más cariñosa?
-Yo lo estimo mucho, pero mucho, Enrique -dijo Emer con frialdad y sin
rudeza-, pero ¡cómo ha de ser!, una no está siempre para conversaciones y
zalamerías, y lo que hoy gusta mañana puede disgustar, sin que haya nada malo
en eso, ni nada que echarse en cara los unos a los otros.
Enriquito, demudado, exclamó:
-Es decir que... es decir que... ¿ya no me quiere? ¡Hable claro, por Dios,
Emer!
La moza sonrió y, cruel:
-¿Cuándo le he dicho yo que lo quería?
-¡Esa sí que está buena!... Mil y mil veces... Y todavía hace poco, en la
reja, cuando... ¡Sólo desde ese maldito velorio de la Municipalidad se acabó el
besuqueo, y ya no sé qué pensar!
-Piense lo que quiera, pero dejemé en paz, que por ahora no tengo ganas de
amoríos y noviazgos.
-Otro la entretendrá, otro que me la querrá quitar... ¡Ah, ya sé! ¡El
Rendón ese, el tal Severo! ¡Dígame la verdad, por Cristo bendito!
-¿Y aunque así fuera? -contestó Emer-. ¡Vaya! ¡Adiós, que misia Cenobia me
está esperando hace media hora!
Enriquito, en la mitad de la acera, con la boca abierta y los ojos
llorosos, se quedó largo rato como un poste.
Al día siguiente El Justiciero publicaba una noticia, obra maestra de
estilo de su administrador y redactor, don Lucas Ortega, y que rezaba así:
«Misterio y pesquisa»
«Nuestro infatigable e inteligente comisario don Ciriaco Barraba, que
tantas notables investigaciones policiales ha realizado en sus pesquisas
limpiando al partido de vagos, mal entretenidos, cuatreros y facinerosos, acaba
de emprender con el mayor secreto una nueva e importantísima campaña que por la
pinta promete dar los más excelentes resultados. Con toda reserva, para no
cometer indiscreciones que podrían entorpecer la marcha de la justicia, nos
limitaremos hoy día a decir que se trata de poner en claro un misterio que
tiene muy agitada y amenazada a una de las más distinguidas matronas de la
localidad y a su distinguida familia y amigos, y por consiguiente a todo el
vecindario entero que está al corriente, como
pasa comúnmente, de lo que pasa en casos como el presente y otros
análogos.
»La reserva que debemos al buen finiquito de la pesquisa y para no dar la
voz de alerta a los malhechores y a los bromistas de mala ralea que se
entretienen en alarmar y sembrar el pánico en las familias pacíficas y honradas,
si es que no buscan otra cosa (y por otra parte son muy conocidos en la cancha)
nos impide hablar claro, como podemos hacerlo, y como lo haremos, el sábado
próximo, cuando los delincuentes estén ya en manos de la autoridad y en las
garras de la policía.
»Y basta por hoy. En cuanto menos lo piensen «los aparecidos» se le va a
parecer un difunto de los que no se empardan, y ya verán quién es...
Barraba».
-Simón el bobito, que espantaba al gato gritando ratón -comentó Silvestre
en su tertulia matutina. Este suelto ha de ser de don Lucas, por lo sonso, y
porque ayer lo acompañó a Barraba en la pesquisa que hizo en casa de misia
Jesusa.
En efecto, después de la siesta, cuando el comisario se preparaba a salir,
llegó don Lucas a la comisaría en busca de noticias, como de costumbre, y
Barraba lo llevó consigo aunque recomendándole la mayor reserva.
-¿Y qué ha hecho el comisario en esa casa? -preguntó el doctor don
Francisco Pérez y Cucto, con aire burlón.
-¡Pues qué había de hacer! -contestó Silvestre, tan bien informado como si
hubiese sido de la partida- Registró la casa, todos los cuartos, olfateó todos
los rincones, anduvo una hora por el patio haciéndose explicar dónde aparecía
el fantasma, y se fue diciéndole a misia Jesusa que el viernes, es decir,
mañana, les tendería la cama a los mal intencionados o a los chichones, como
quiera que sea.
-¿Y no vio nada en el patio? -preguntó Laucha, que desde días atrás,
abandonando a Carolina y La Polvareda, se paseaba por el pueblo y era asiduo de
la tertulia Silvestrina y de la timba del Mirador.
-¡Qué ha de ver! -exclamó el boticario-. Las chicas se le van y las
grandes se le escapan. Además, que no ha de haber nada. Son visiones de misia
Jesusa.
-Eso no más ha de ser -dijo Severo Rendón, allí presente, con gran
disgusto de Pérez y Cueto, que no lo podía pasar «por chisgaravís, meterete y
urdemalas, además de pisaverde y mujeriego», según decía-. Sin embargo, algo
hay de cierto en eso de los fantasmas.
-¡Qué ha de haber! -protestó enérgicamente el doctor- Son camándulas,
embustes, travesuras de estudiantes o añagazas de bandoleros.
-Con todo -observó Julián Viera, el director de La Pampa, buscándole la
boca- no todas son «camanas»; no hay que negar que el espiritismo...
-¡Camándulas, camándulas y camándulas! -interrumpió sulfurado el doctor
Pérez y Cueto-. Lo de las mesas parlantes y de los mediums está por ver, aunque
el magnetismo animal sea cosa probada, pero fantasmas no ha habido nunca, por
mucho que digan los historiadores mitológicos y los historiadores
ultramontanos. Detrás de un fantasma hay siempre un pillastre, así como trás de
la cruz está el diablo. En mi pueblo, allá en España, hubo, en mi niñez, una
casa asombrada donde se oía ruido de cadenas, estrépitos inexplicables, voces
cavernosas y se veía pasar por las ventanas durante la noche entera, lucecillas
mortecinas y fosforescentes que infundían pavor, tanto que nadie se atrevía a
pasar por la casa maldita, ni siquiera acercarse a cien varas de ella. Fue registrada
muchas veces sin que se encontrara nada, y hasta que la guardia civil tomó
cartas en el asunto y descubrió en una cueva, cuya entrada estaba muy bien
disimulada, todo el material de falsificar moneda, y a poco de andar echó el
guante a los monederos falsos, que hacían aquellos aparatos de espanto, para
trabajar en paz y libres de indiscretos. Esto en cuanto a malhechores; en
cuanto a otros motivos menos culpables, Pereda, el gran Pereda, cuenta con
mucha gracia un hecho harto común, que sitúa en su imaginaria Ficóbriga, donde
un galán hacía de fantasma para visitar todas las noches a mansalva a una viuda
alegre de cascos y solazarse, con ella, sin temor de aguafiestas.
-¡Gaucho lindo! -exclamó Laucha.
-Por eso en muchos casos, y quizá en este mismo -dijo sentenciosamente el
médico- hay que decir como los franceses: «Cercé la Fam» o como los españoles:
«¿Quién es ella?»... Pero, como risible y chistoso, -confirmó, porque aquel día
estaba en vena- ninguno como el hecho que ocurrió, también en mi pueblo: es el
caso de que dos vecinos labradores salieron muy de madrugada a sus faenas
rurales, y al pasar por el cementerio, que estaba -y está todavía, aunque
clausurado- junto a la iglesia, uno de ellos preguntó: «Qué hora será, que me
he olvidado de mirarlo al salir», y con verdadero pavor oyeron que desde lo
profundo de una fosa les contestaba una ronca voz subterránea. «Muy tarde,
porque he dormido mucho... y cuando salí eran ya las doce, bien dadas». Con los
pelos de punta no detuvieron mis labriegos la desenfrenada carrera hasta una
legua de allí. Durante largos meses sólo se habló de fantasmas y aparecidos,
pero al cabo se supo que el del cuento era Blas, célebre borrachín, que, harto
cargado de mosto, al salir de la taberna había, de un traspié, dado antes de la
hora con sus huesos en la sepultura, recién abierta, que le sirvió para dormir
tan lindamente la mona... ¡Y del mismo o parecido jaez son todos los duendes,
trasgos y ánimas en pena!...
-No digo que la mayoría del tiempo no sea como cuenta el doctor, que es
más láido que yo -repuso Laucha-. Pero, ¿qué me dicen del lobisón, que anda
desde el tiempo de Ñaupa y que, se transforma en toda suerte de animales y
alimañas; del hombre-perro, que nadie podía agarrar, y que todavía se aparece
de vez en cuando; de las viudas que se presentan donde quiera, cuando menos se
piensa, lo mismo ahora que cuando mi abuela vivía; del hombre-chancho, que
anduvo cuando yo era muchacho por el barrio de los Corrales y de San Cristóbal,
que le manearon bala y más bala, sin hacerle ni siquiera un rajuño?... Cierto
que dijeron que el tal hombre-chancho era un ladrón que se había retobao de
corcho, pero, ¿acaso al corcho no le dentra bala? ¿Y ande está el ladrón, ni quién
lo ha visto nunca?... Para mí hay mucha matuña, pero algunas veces la cosa va
de veras.
-Leyendas, supersticiones populares, creencias tradicionales -explicó,
sintético, el doctor.
-Pues yo aseguro que Laucha tiene razón -dijo Severo con gravedad- porque,
aunque mozo, he solido ver muchas veces la luz mala corriéndome por el campo
mientras galopaba de noche y hasta la he visto bailando en los cuernos de las
vacas y en las orejas de los mancarrones.
En los cementerios no se diga, y en el bañao del Sauce se la puedo mostrar
a quien quiera y cuando quiera, porque se aparece todas las noches y anda de
aquí para allá, como verdadera ánima en pena que debe ser.
-Exhalaciones, fuegos fatuos -dejó caer desdeñosamente el doctor Pérez y
Cucto.
-¡Pues véngase conmigo a ver qué efecto le hacen, mi doctor! -exclamó
Severo en tono de zumba.
El doctor Pérez y Cueto, muy amostazado, pero lenta y solemnemente
replicó:
-En el ejercicio de mi profesión, señor mío, salgo de noche y solo,
completamente solo, cuantas veces soy requerido para casos de urgencia.
Pero no es de mi carácter ni de mis años eso de ir a meterme en andanzas
averiguando cosas ya harto averiguadas, fenómenos naturales que la ciencia ha
explicado y puntualizado sin dejar lugar a dudas sino en el obtuso caletre y el
seco meollo de los ignorantes.
-¡Tomá y volvé por otra! -dijo Silvestre riendo y haciendo señas a Severo
para que se callase.
Viera distrajo hábilmente la atención, pidiendo al doctor:
-A ver si con todo eso me escribe un buen articulo para mañana. ¡Será tan
interesante, mi querido doctor!
-Sí que lo escribiré -dijo Pérez y Cueto-. Y añadiré algo sobre el
Sacamantecas que destripaba a las españolas como ese Jaque te Riper, de que
tanto hablaron los periódicos, lo ha hecho recientemente con las inglesas. El
tal Sacamantecas tardó años en ser descubierto: era un loco lúbrico.
-¡Lúbrico como un día sin sol! -exclamó Laucha ostentando su saber.
Aunque no hubiera leído a Edgard Poe, ni siquiera a Gaboriau -Sherlock
Holmes estaba aún en el limbo- y Sarmiento fuese un opio para él, Barraba
conocía por las mentas las hazañas de Calibar y otros rastreadores, tanto
criollos como europeos. Eduardo Gutiérrez hubiera hecho con él un polizonte
menos que mediano. Sin embargo, el asunto del fantasma le parecía claro como la
luz y, valiéndose de otros términos, pensaba: «plantearlo es resolverlo». El
autor de la farsa era Severo.
Emerenciana lo ayudaba, algún otro cómplice debía andar entre bastidores,
toda la comedia se desenlazaría en casorio, y no era cuestión de tomarla por la
tremenda para quedar en ridículo. Pero había que acabar con la farsa para que
la pobre misia Jesusa no «espichase» de un soponcio, y para que no se rieran de
la importante repartición», como decía su jefe. La dificultad estriba en no
hacer y no dejar hacer al propio tiempo: si hacía, volverían a acusarlo de
«barrabasadas»; si no hacía, la oposición lo tomaría para el titeo, como
inútil.
-Lo que hay que hacer es sacárselo a la jeringa -concluyó Barraba,
proponiéndose bordejear cuanto fuera posible.
-Pero en la mañana del viernes -día fatídico de las apariciones- el
comisario tuvo un pésimo rato leyendo en La Pamapa el luminoso artículo del
doctor Pérez y Cueto, que comenzaba:
«Apenas El Justiciero vislumbra un cuento de Dueñas Quitañonas, o una
conseja que no engulliría Tragaldabas, o algún disparate digno de Juan de la
Encina o de Manolito Gásquez, cuando montado en su Pegaso de cartón, que es
apenas un Clavileño y clavándole el acicate en los ijares, comienza entre bote
y bote a ensartar sandeces que sólo caben en meollos como los que escriben ese
papel de estraza.
«Ahora le ha dado con los fantasmas -que él pone en femenino,
naturalmente- y con los aparecidos que, aun cuando mero fruto de la imaginación
más terca, no acierta a describir ni explicar, a fuerza de ignorancia,
disimulando torpemente ésta bajo el fútil pretexto de la reserva que la Policía
le exige. ¡Cómo si el invicto, ilustre y nunca bien ponderado Barraba, azote de
opositores, vejador de desvalidos y besador de peanas, tuviese algún secreto
que guardar, sino sus yerros, y mucho menos con sus cofrades y defensores del
papelucho en cuestión, ni albergase en su mente ida o proyecto alguno
susceptible de merecer discreción o siquiera curiosidad!...
»En cuanto al caso que lo deja boquiabierto de admiración ante nuestro
primer polizonte, más parece artificio de maleantes que fenómeno extraño al
orden natural, y por eso mismo, porque debe de tratarse de hechos naturales,
nos atrevemos a pronosticar que Barraba, sabueso sin olfato, no dará nunca,
pero nunca jamás, con el 'busilis'».
Seguían las anécdotas contadas en la farmacia, con otras más que no hacen
al caso.
-¡Y esto se llama libertad de imprenta! -exclamó Barraba, haciendo trizas
el papel- ¡Libertad, Libertad!... Yo le había de dar libertad a ese doctorcito
gallego secándolo en el cepo colombiano... ¡Pero qué le hemos de hacer! ¡Hay
que aguantar nomás!
Puertas y ventanas, a pesar de la noche tórrida, estaban desde hacía rato
herméticamente cerradas -que tanto pueden los aparecidos- cuando en la más
profunda oscuridad entraron Barraba y compañía a casa de misia Jesusa. Sin
perder un minuto, el comisario tomó sus disposiciones, apostando en el patio,
disimulados por plantas y trebejos, al cabo Fernández y a otro agente, a
quienes dio en voz baja la consigna:
-A la primer alarma gritan «¡alto, quien vive!» y saltan sobre el bulto o
lo que sea. Si se quieren disparar, tiren al aire para asustarlos.
No los lastimen si no hacen armas contra ustedes, pero agárrenmelos. Es
preciso que me los agarren. Yo haré de reserva y refuerzo con el señor
Ortega... Y ahora no se muevan, no charlen y no piten.
En el comedor, entre dos floreros con penachos de paja brava, había visto
sobre el aparador un porrón de ginebra y se lo llevó al dormitorio, junto con
dos copas. Misia Jesusa, Emer y la china debían quedarse en el comedor, y
estarse quietas, sin chistar, aún cuando el mundo se viniese abajo. Emer, más
asustada que la misma misia Jesusa, hizo varias veces ademán de hablar al
comisario, que, entre galante y socarrón, le dijo sonriendo:
-Vaya, moza, no haga tanto aspaviento, que de esta hecha se acabaron los
fantasmas.
-¡Que no vengan, por Dios! -acertó a clamar Emerenciana.
-¡Eh! ¡Eh! Cuidado con espantarme las comadrejas, niña, que aquí las
quiero agarrar mansitas.
A oscuras, misia Jesusa rezaba musitando, Emer suspiraba y se revolvía,
don Lucas y Barraba echaban sendos y repetidos tragos, iba pasando
tranquilamente el tiempo, cuando pronto, aunque no hubiese reloj público en el
pueblo, como en las novelas de capa y espada, grave y vibrante campana, rompió
el silencio de la noche. El inexplicable y pavoroso tañido parecía venir de la
calle, y al oírlo don Lucas y Barraba, aunque valientes, saltaron en sus
asientos, como las mujeres en los suyos y Fernández y el agente en sus
escondites. El comisario, inmóvil, como hipnotizado, contó: Una... Dos...
Tres...
A la duodécima campanada se oyó una voz ronca que decía: «Jesusa, casá a
Emer con Severo» (el fantasma se hacía lacónico), a la que contestó
inmediatamente un: «¡Alto, quién vive!», mientras Barraba y don Lucas veían
pasar en la oscuridad del patio, echando llamaradas por los huecos de horrible
calavera, una espantable y gigantesca figura que agitaba dos desmesurados
brazos en el aire. Sonó un tiro, luego otro. Saltó Barraba la ventana, haciendo
fuego, siguiolo con más prudencia don Lucas, disparando también, volvieron a
descargar sus armas los agentes y durante un interminable minuto aquello fue
campo de batalla, hasta que el fantasma, llegado a una de las tapias laterales,
se aplastó de pronto contra el suelo, como herido de muerte, para enseguida ¡oh
prodigio!, convertido en una especie de lagarto, dar un salto colosal y
deslizarse al otro lado de las bardas. Entretanto blasfemaban los hombres,
chillaban las mujeres, ladraban y gruñían los perros, cloqueaban las gallinas
sobresaltadas, cacareaban los gallos, golpeaban las puertas los vecinos, menos
prudentes que curiosos, y aquel tumulto tras tanto silencio, era dominado por
el tañido cada vez más lejano de la fatal campana...
-¡Dispara por el callejón! ¡Agárrelon! -gritaba el comisario.
Pero ya era tarde, en cuanto a la persecución y en cuanto a la hora, a
pesar de que la escena sólo hubiese durado tres minutos... Sin embargo, la
tranquilidad no renació hasta la madrugada.
Como los periódicos habían trasnochado en previsión de los sucesos, tanto
El Justiciero como La Pampa aparecieron al día siguiente con la noticia de
actualidad. Pero el modo de encararla era muy distinto. El Justiciero la
titulaba: «Importante batida. -El comisario Barraba pone en fuga a los
pretendidos aparecidos». Por su parte, La Pampa le ponía estos títulos:
«Descomunal batalla del comisario contra los molinos del viento.
-Una hora de tiroteo y diez años de titeo. -Pólvora en chimangos. -Parte
sin novedad».
Los lectores pueden ahorrarse el texto porque los títulos bastan.
Enriquito había sido de los primeros en acudir en auxilio de su desdeñosa
prometida y de su presunta suegra, pero sólo se atrevió a entrar en la casa a
la mañana siguiente, para ofrecer sus servicios. Ya estaban allí Cenobita y
Tula con todas las Lunas -Clara, Blanca y Pura- la Tortorano y otras vecinas de
fuste, lo que aumentó su timidez normal, aunque Emer lo recibiera casi con
agasajo. Y tan atortolado estaba que, sin quererlo, dijo una gracia, escapando:
-¡Estoy aquí como Perico entre ellas!
Las señoras comentaban todas a un tiempo las aventuras de la víspera, y
daban simultáneamente sus pareceres, que nadie les pedía ni escuchaba, hasta
que Cenobita Bermúdez, con voz tonante, dijo:
-¡Si esto pasa es porque las mujeres no saben hacer como los hombres,
agarrar un revólver o una escopeta y secar a tiros al que les ha faltado,
aunque sea tanto así!... Pero ¡lo que soy yo!...
Y había en su voz y en su gesto una tremenda amenaza.
Todas callaron sobrecogidas y misia Jesusa más que todos. ¡Válgame Dios y
la Virgen Santa! Y como la conversación se enfrió, las damas se marcharon una
tras otra, tanto más cuanto que ya iba siendo la hora de almorzar. Al salir
Tula, que fue la última, aconsejó a su afligida amiga:
-¿Por qué no la ves a Cándida, la adivina? ¡Quién sabe!...
-Para qué, si ya no habrá nada -contestó Jesusa.
Después de almorzar trató de dormir la siesta, que harta falta le hacía
después de la noche de perros, y Emer aprovechó la circunstancia para asomarse
al callejón. El galán no tardó mucho.
-¡Severo! ¡Si esto no concluye no te vuelvo a mirar la cara, le digo todo
a mamita, y se acabó!...
-¡No seas sonsa! ¡Callate unos días y ya verás!
-¡Te repito que no!
-¡Pero, prenda, si tengo un santo remedio!
-¿Y que mamita se me muera, no? ¡Ya le da el mal!...
-¡Lo que a vos te está dando!... ¡Sí, sí, ya vi al pajuate de Gancedo que
venía esta mañana todo derretido, y vos como un almíbar!... ¡Sos capaz de
volverle a cabrestiar, monona!
-¡Si seguís en esa tandita, me voy!...
-Y cómo no he de seguir, si está visto que...
La cabeza de Emer había desaparecido ya tras de la tapia, aunque esta vez
no la alarmase ruido alguno.
Pero aquella noche, cuando misia Jesusa y Emer reposaban tranquilamente,
en el mismo aposento resonó, tremenda, una voz que decía:
-¡Jesusa! ¡Jesusa! Si no casás a Emer con Severo le digo a Cenobita, para
que te saque los ojos, lo que pasó con Bermúdez, y que yo no te perdono
todavía. ¡Por esto estoy ardiendo en el Purgatorio!
-¡Miente el bandido! -gritó Jesusa saltando de la cama-. ¡Miente el
bandido, porque Nemesio no supo nunca nada!
Emerenciana, que aquella noche no dormía -ni las otras tampoco- la tomó en
sus brazos, consolándola y haciéndola acostar de nuevo:
-Sosieguesé, mamita, no haga caso, que esas son pavadas y no volverán a
suceder... El comisario lo arreglará. Yo le diré lo que hay que hacer...
-¿Y cómo lo sabés vos? - preguntó Jesusa entre recelosa y tranquilizada.
-Porque me lo ha dicho... porque me lo ha dicho una persona que sabe mucho
de brujerías.
-¿La parda Cándida, la que anda siempre descalza y con un pañuelo colorado
en la cabeza?
-¡Esa misma, mamita!...
-Pues no pasa de mañana de que la vaya a ver, porque Tula ya me había
hablado de ella.
Emer tardó mucho en dormirse, porque se preguntaba y no sabía responderse:
«¿Qué es eso de Bermúdez?», aunque lo coligiera, y: «¿Por dónde ha podido
hablar, que parecía adentro del cuarto?» aunque supiera perfectamente quién lo
había hecho...
La parda Cándida recibió a misia Jesusa con todos los honores debidos,
pero como si no la conociera.
-¿En qué puedo servirla, mi señora?
-Yo quisiera... yo quisiera saber doña Cándida, si los pobrecitos difuntos
saben lo que ha pasado mientras vivían...
-Sí, saben.
-¿Lo que han visto?
-Y lo que no han visto también.
-¡No me diga!
-Sí, saben lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que pasará.
-¡Jesús me valga!
-Usté está afligida, señora, parece que tiene «daño» y dejuro que le
gustaría que le dijesen la verdá...
-¡Daría lo que no tengo!...
-No tanto, mi señora... Conque alcance pa unas cuantas cebaduras...
Diole unos cobres misia Jesusa, la parda hizo con mucho aparato un gran
sahumerio, y acabó por decir con aire de pitonisa:
-A usté la persiguen... pero son malevos... cuidado con las lauchas... y
con los jugadores compadritos... muertos no hablan... pero la vieja es mala...
Todo le saldrá bien, si una moza quiere.
-No entiendo -dijo misia Jesusa.
-Ni yo tampoco -contestó la parda-. Pero es porque yo no debo entender
-agregó socarronamente.
Las voces se repitieron, aunque Barraba hiciese custodiar la casa, y lo
que más sobresaltaba a Jesusa era que persistían en amenazarla con decírselo
todo a Cenobita. ¿Sería esta la vieja terrible a que se refería la parda
Cándida? Claro que sí...
Para tranquilizarla y para ver a Emer, Enriquito se les presentaba todas
las mañanas, mejor recibido cada vez, pero aquello no era vida para misia
Jesusa, ni la paz volvía a reinar en el pueblo.
-Vaya a verlo otra vez al comisario, mamita -le dijo un día Emer-. Yo la
he de acompañar.
Fueron con la retahíla de siempre, y como siempre Barraba les respondió
que nada podía hacer si no tomaban «in fragante» al culpable; pero al salir,
Emer le dejó en la mano un papelito sin firma que decía:
«Señor comisario: hágalo seguir a Severo Rendón, porque el indino es ánima
en pena y yo no quiero que mamita se me muera por culpa suya.
Además, que yo ya no lo puedo aguantar y no quiero saber nada más con él,
y si usted lo pone preso para que escarmiente, mejor sobre todo porque amenaza
con pegarle un tiro a Enriquito Gancedo, que es un mozo bien. No diga a nadie
que yo le he dicho y busque la soga de la ropa y un cano viejo de chimenea que
hay en el cuarto que por hay son las apariciones.
Laucha anda metido en el enriedo y el boticario les ha prestado las cosas,
que la campana era una olla de cobre».
-¿Qué anda matreriando por aquí tan tarde, amigo Laucha?
-Ya lo ve, señor comisario: tomando el fresco y estirando las piernas.
-¡Buena... pierna es Barrionuevo! ¿Y Rendón? Seguro que está en la
huella...
-No sé.
-Sí sabe, déjese de pavadas y llámelo, que tengo que hablar en serio con
ustedes.
Laucha se hizo de rogar, pero comprendió que más valía no endurecer, y a
poco estuvieron los tres reunidos.
-Vamos a echar un taco en casa que esto no es asunto de policía -dijo
maquiavélicamente Barraba, diestro en política por la primera vez.
Y mientras en fino amor y compañía empinaban el codo, les demostró que
estaba al cabo de todos sus manejos, pero que gastaban al cuete el tiempo y la
saliva, porque la moza se les había ido al campo contrario.
«Mujer y veleta todo es uno, como dicen en el Rigoleto». Además, la cosa
iba pasando de castaño oscuro y ya no podía seguir hacienda la vista gorda,
porque había recibido instrucciones de La Plata...
Severo protestó inocencia, hizo endechas de amor, formuló amenazas, gimió
celos, pero con el ginebrón fue pasando de la arrogancia a la ternura, del
furor al dolor, a la alegría y la chacota, pues también cambia el hombre con el
viento. Confesó que tanto le daba Emerenciana como otra cualquiera, con tal de
que fuese moza de posición, y acabó abrazando al comisario y diciéndole entre
sollozos:
-¡Nunca hubiera creído que fuera tan hombre y tan buenazo! ¡Dame esos
cinco, Barraba, y amigos hasta la muerte!
-¡No te vas a meter con el pavo de Enriquito!
¡Dejalo nomás, que puede ser que más tarde, si se casan... ya me entendés,
Severo! Es lo mejor, porque siempre se dirá que sos el mozo más diablo del
Pago... sin ofender a nuestro amigazo Laucha, aquí presente...
Muy enternecido también cuando le dejaron meter baza, Laucha aprovechó
para contar por lo menudo, toda la tramoya del aparecido:
hacían correr una sábana con unas cañas a modo de brazos, por la soga
doble de la ropa, montada sobre unas roldanitas, y luego la retiraban
rápidamente por encima de la tapia con un piolín; hablando por un gran embudo
de vidrio prestado por Silvestre, lo mismo que el caldero-campana, y la
calavera -como la saben hasta los niños de teta- era una cáscara de sandía con
agujeros y una vela adentro: sólo que la habían perfeccionado soplando por un
canuto licopodio para hacer las llamaradas.
Con esto llamaba llegaba a sus fines -y nosotros al nuestro- y valiéndose
de tan estrecha y noble fraternidad explicó a Laucha y a Severo que era preciso
echar tierra sobre el asunto, como él estaba dispuesto a hacerlo. Pero ¿cómo
echarle tierra si la oposición seguía alborotando el cotorro, sobre todo si La
Pampa no interrumpía su campaña? En la conveniencia de unos y otros no estaba
quedarse calladitos como en misa, porque, sino, saldrían a bailar con ellos el
mismo Silvestre y quién sabe cuántos más...
La sesión se prolongó hasta hora muy avanzada de la noche, pero, el orden
del día fue votado por unanimidad.
Días -después El Justiciero hacía saber a sus lectores que el activo e
inteligente comisario Barraba había ahuyentado para siempre a los malevos
«ajenos a la localidad» que se entretenían haciendo de fantasmas y sembrando el
terror en las familias. «Por esta brillante campaña -agregaba- le desearíamos
el ascenso que merecía, pero por egoísmo no se lo deseamos, porque nos privaría
de los servicios de tan sobresaliente funcionario policial».
En el mismo número del mismo diario se leía una noticia con el título
francés de «On dit», confesión de chismografía, en aquel entonces tan en boga:
«La alta sociedad de Pago Chico tiene en vista una fiesta que hará época,
si es cierto, como se dice en las tertulias aristocráticas que la bellísima y
distinguida señorita Emerenciana Ponce contraerá enlace el mes próximo con
nuestro joven y aventajado amigo don Enrique Gancedo, hijo del señor don
Salustiano Gancedo, uno de los principales hacendados del partido, vecino
acaudalado e influyente con cuya amistad nos honramos. La boda se celebrará con
gran pompa en nuestra iglesia parroquial, y como en seguida habrá un suntuoso
baile, terminaremos diciendo: ¡A prepararse jóvenes!».
Muy largo era el último luminoso artículo que sobre la cuestión fantasma,
escribió el doctor don Francisco Pérez y Cueto y publicó La Pampa. Tomemos esta
muestrita:
«En suma, como lo pronosticamos a nuestros queridos lectores desde el
punto y sazón en que comenzó a hablarse de la pretendida «ánima en pena»,
trátase de un bromazo harto pesado y grosero de gente extraña al que se dio con
ligereza demasiada importancia inicial, principalmente de parte de la
autoridad, que suele verlo todo con vidrio de aumento, para acabar por lo
general como la famosa montaña de la fábula, sólo que esta vez no ha salido
siquiera el ratoncillo de marras, con lo que la dicha autoridad tiene que
apagar su linterna, por lo cual la felicitamos; (caso raro como las alubias de
a libra), puesto que al fin ha demostrado cierta discreción y delicadeza, de la
que no la creyéramos capaz hasta hoy».
-¡Uf! -exclamó Silvestre que había perdido tres veces el resuello.
Justicia salomónica
He aquí, textualmente, la versión de uno de los más ruidosos escándalos
sociales de Pago Chico, oída de los veraces labios de Silvestre Espíndola, en
el «mentidero» -como él le llamaba- de su botica:
-Pero cuando Cenobita lo derrotó fiero al pobre Bermúdez fue el verano
pasado. Sólo que la derrota tuvo complicaciones...
Estaban los dos en el comedor, que da a la calle, y Bermúdez, en mangas de
camisa, daba la espalda a la ventana. Hacía un calor bárbaro, un viento norte
de no te muevas; el gato en el suelo, hecho una rosca, dormía con un ojo, y
Cenobita y su marido estaban de un humor de perros, como ya verán.
Era la hora del almuerzo; la chinita Ugenia trajo la sopera y Cenobita
sirvió a Bermúdez, que, en cuanto probó la primera cucharada rezongó de mal
modo:
-Esta sopa está fría.
-¿Qué decís? ¡Cómo ha de estar fría si el cucharón me abrasa los dedos!
-retrucó Cenobita, furiosa sin razón.
-¡Bah! ¡Cuando yo te digo que está fría!
-¡Pues yo te digo que no puede estar fría, ¿entendés?
-Pero si vos no la has probado y yo acabo de probarla. ¡Qué sabés vos!
-¿Que qué sé yo? ¡Repetí, a ver!
-Sí, te repetiré hasta cansarme, que está fría, que está...
Pero Cenobita no lo dejó concluir:
-Pues si está fría, tomá, refrescate...
Y ¡zas! le zampó la sopera en la cabeza. Mi hombre le hizo una cuerpeada;
la sopera, aunque se le derramara encima, lo tocó de refilón, ¡plan! pegó en el
suelo, se hizo añicos y un pedazo de loza fue a lastimar al gato, que saltó a
la calle todo erizado y con la cola tiesa, a tiempo que pasaba Salustiano
Gancedo, que, como ustedes saben, por chismes y envidias nada más, siempre ha
andado a tirones con Bermúdez.
El gato le cayó justo sobre la pavita, se refaló y queriendo sujetarse le
clavó las uñas en la cara, bufó, se largó al suelo después de dejarlo hecho un
eceómo y se escapó como si tuviera cuetes en la cola.
Ahí no más, en cuanto se dio cuenta, Gancedo le endilgó una runfla de
insultos y de ajos a Bermúdez que, con el baño de caldo, parecía entorchado de
fideos. Bermúdez por su lado, no se quedó atrás, diciéndole ciento y la madre,
como es consiguiente, y ahí se armó la gorda a grito pelado, pero con la reja
de la ventana de por medio, lo que los hacía a los dos más agalludos.
Cenobia, de mientras, iba juntando rabia, pero los dejaba, hasta que
Gancedo, tartamudo de puro furioso, le dijo a Bermúdez:
-¡Salí afuera, maula, si no querés que esa gran oveja sea la única que te
zurre!
¡Habrían de verla a Cenobita! Principió con lo de que más oveja será la
que lo echó al mundo a Gancedo y la mala mujer que hacía que todo el mundo se
riera de él, y las hijas, que desde chiquillas eran unas arrastradas, y qué sé
yo cuántas otras cosas tremebundas que no se deben repetir... Pero Gancedo no
tiene pelos en la lengua y, confiado en la reja
de la ventana, ya no se pudo sofrenar y comenzó a echarle vale cuatro
sobre vale cuatro, hasta atorrarla, hasta que, ciega de rabia, sacó al marido a
empellones a la calle, para que fuese a peliarlo, pero sin darle con qué...
La cosa le salió mal a Bermúdez porque Gancedo, que siempre anda de bastón
de verga -por los perros, dice él; por darse corte digo yo- le metió una
garroteadura que, colándolos por la camisa, le hizo entrar en el lomo los
fideos de la sopa.
El vigilante Fernández, que por una gran casualidad andaba por ahí en vez
de sestear como de costumbre en algún boliche, al oír el barullo se había ido
arrimando sin mucha gana de meterse con gente tan copetuda. Vio que algunos
vecinos principiaban a asomarse a las puertas, juntó coraje y los apartó.
-¡Mirenló al flojo! ¡Y se deja castigar como una criatura! -se desgañitaba
Cenobita, hecha una loca para picanear al marido- ¡Pero qué hacés, zopenco!
¡Agarrá y pegale un tiro de una vez!
El vigilante estaba en medio, algunos curiosos se acercaban, Gancedo
seguía con el bastón en la mano, y el dolor de la paliza gritaba más fuerte a
Bermúdez que su misma mujer.
-¡Dejenló no más! ¡Dejenló no más! -repetía amenazando y ganando la puerta
de su casa- ¡Ya verá con el juez! ¡Lo voy a arrastrar a tribunales, gran
bribón!
De mientras el vigilante -para que no volviese a principiar la tunda-
separaba y acompañaba a Gancedo, que iba bufando y resollando, con la cara
llena de sangre como pescuezo de mancarrón acosado por los tábanos...
Bueno, pues; el asunto fue directamente al Juzgado de Paz, porque el
comisario Barraba que, quería quedar bien con todos los de la situación y con
todos los ricos, se hizo el zonzo, a pesar del parte del vigilante: aquella era
una cuestión personal que se había arreglado entre hombres, como en los duelos,
y en esos casos la policía hace siempre la vista gorda...
Pero el juez, don Pedro Machado, tuvo por fuerza que recibir la demanda de
Bermúdez, que pedía daños y perjuicios por injurias, golpes y violación de
domicilio, porque, sin provocación de su parte, Gancedo lo había atropellado en
su propia casa -no decía en la vereda como era la verdad- comenzando por
endigarle a él y a su señora los insultos más asquerosos.
Con sus miras de componenda, don Pedro hizo comparecer a los dos y ordenó
al secretario que tomara las declaraciones en foja aparte, para destruirla si
venía a pelo. Pero estaban demasiado enconaos. Gancedo, que podía haberse
contentado con la apaleadura si no fuera porque los arañones le iban a durar
más de un mes, acusó a Bermúdez de haberle tirado con el gato, a traición,
cuando pasaba tranquilamente por la vereda de su casa, con la intención alevosa
de que le desfigurase la cara.
Bermúdez retrucó que él no era domador de gatos y no podía embozarle las
uñas al suyo, como se hace con el hocico de un perro: pero si el gato se le
saltó encima a Gancedo fue porque se había pegado un susto sin que nadie se
metiese con él; que Gancedo no tenía por qué ni para qué andar a aquella hora
ni a ninguna otra, por su barrio, si no era por puras ganas de armar camorra,
como la armó; que el mismo Gancedo era un mal hombre, aprovechador y flojo, que
se había valido de que él estaba solo y desarmado, únicamente en compañía de
una débil mujer -¡óiganle al duro!- para madrugarlo y vengarse porque era
público y notorio que se la tenía jurada...
-¡Yo no me he metido con usted, so marica! ¡Yo no me ocupo de gentuza! Y
si usté no es domador de gatos, yo soy domador de pavos atorados, de gallos
juidos, ¿entiende?... Y si no basta una lección, ¡estoy pronto para dar otra
que entre mejor!...
-¡Qué dice el gran botarate! -gritó Bermúdez, queriendo echársele encima.
-Pueda ser -y Dios me perdone el mal pensamiento- que esta valentonada le
venía del sitio en que estaban y de la gente que tenía alrededor. El caso es
que don Pedro Machado, riéndose como un loco para sus adentros, los llamó al
orden con aquel vozarrón que tiene, y enseguida principió a aconsejarlos.
-Es una verdadera lástima que vecinos tan respetables, que hombres tan
decentes, anden a los repelones por pavadas, como matones de pulpería.
Yo bien sé que no tienen ningún disgusto grave, que nunca ha pasado nada
serio entre los dos, que hasta se entienden en política... ¡Pero ahí está!
Hay gente que se pirra por andar metiendo pleito entre los demás con
chismes, invenciones y chumalés, para después gozárselos, fumárselos en pipa,
como a unos papanatas, riéndose a descostillarse a costa de ellos...
¡Vaya! No sean tan zonzos. Demuestren que son unos dignos ciudadanos,
amigos de la tranquilidad, hagan las paces, y ustedes serán los que se rían en
vez de los que peinan p'a ver la riña. ¡Es lo mejor!
Pero los dos estaban demasiado calientes para entender razones y siguieron
manoteando y gritándose, hasta que don Pedro se cansó y les dijo:
-Si son tan sotretas que no saben tirar parejo aunque se les enseñe a
andar en yunta para bien de los dos, tendremos, no más, que meterle al juicio.
Yo lo siento mucho, pero ¿qué le hemos de hacer? Sarna con gusto no pica,
dicen... Bueno: quedan ustedes citados para el martes -¿oye secretario?- para
el martes a las dos de la tarde.
-Sí, señor -contestó Villar, el secretario, tomando nota.
-Y ustedes traigan testigos, si tienen, porque yo no quiero resolver
mientras no sepa perfectamente lo que ha pasado... Bueno, pues: vayasé usté
primero, Gancedo. Ahorita no más se va usté también. Bermúdez; no quiero que se
me trensen otra vez en plena calle.
Claro está que ni La Pampa ni El Justiciero dijeron una palabra de la
cuestión. La Pampa porque Viera, el director, anda, como ustedes saben, medio
de novio con la hija de Gancedo y no quiso meter más barullo; El Justiciero,
porque el mulato Marcos Fernández, le saca plata a Gancedo con el cuento de la
diputación, y del otro lado es muy compinche con Bermúdez y sabe pecharlo
también, aunque no mucho, a causa de Cenobita...
Pues como les iba diciendo, al otro martes se presentaron los dos con una
cáfila de testigos. Pero don Pedro no las iba con tanto vulebú, así es que
principió a preguntarle a todos, uno por uno:
-Usté, don, ¿ha visto bien lo que ha pasado?
-No, señor juez: no he visto bien, porque no estaba, pero en cambio:
-¿Si no sabís a qué te metís?, como decía mi compadre Plaza Montero. Puede
largarse no más, con viento fresco; aquí necesitamos testigos presenciales,
testigos en de veras que hayan visto cómo principió la agarrada, no
parlanchines que nos vengan cotorreando lo que han oído a los demás.
-Pero es que desde hace mucho, Bermúdez...
-Mandate cambiar hijito, y más pronto que ligero porque p'a chismes
maldita la falta que hacés.
Y dirigiéndose a otro:
-Y usté don, ¿vio o no vio la pelea?
-Yo no, don Pedro; yo estaba justamente...
-Pues volvete aura mismito donde estaba entonces, o a donde se te frunza,
que aquí no tenés nada que hacer.
Y así los fue despachando a todos con cajas destempladas -«recusándolos»,
decía él- hasta que no quedaron más que Cenobita -¡sí, pues! ¿no les había
dicho? Bermúdez se había llevado a Cenobita p'a testiga- y el vigilante
Fernández.
-Los recusaos no han de ser siempre los jueces -explicaba don Pedro-
también nosotros hemos de mojar alguna vez.
Pues volviendo al cuento, Machado se hizo como si recién reparara en misia
Cenobia y se le acercó hecho un almíbar.
-¡Cuánto bueno por acá! ¿Y qué anda haciendo, mi señora? ¿Qué vientos la
traen por el juzgau?
-Vengo de testiga de mi marido, que ese sinvergüenza de...
-¿De testiga, mi señora? ¡No me diga! ¿Y de cuándo acá las mujeres salen
de testigos de sus maridos? ¡Aviaos estaríamos!... No, mi señora, usté no puede
ser testiga... Cuando mucho, y eso como un favor, por ¡ser usté, la dejaremos
asistir al juicio, pero calladita la boca, porque en cuantito chiste y se meta
en historias, la hago sacar con un vigilante...
-¿Los juicios no son públicos, si acaso?
-Son públicos y muy públicos, sí, mi señora. Yo nunca juzgo solo, ¿no es
verdá, secretario?... Pero la ley no menta para nada a las mujeres...
-Pues lo que es a mí no me parece...
-A usté, señora, puede parecerle lo que se le dé la gana, pero no se me
venga con leyes y decretos, porque ni es -abogado ni yo estoy para perder el
tiempo. ¡Usté se va o se queda, como guste, pero eso sí, se me calla como en
misa!
Cenobita, hecha una furia, no se quiso quedar porque más fácil que a ella
sería hacer callar un chancho a palos, pero por la pinta tenía unas ganas locas
de volverse gato para hacer con el juez lo mismo que el morrongo había hecho
con el pobre Gancedo.
Y entonces, más tranquilo, don Pedro «procedió» a tomar declaración al
agente Fernández.
-Lo que ustedes tienen que decir, ya lo sé yo de memoria -explicó a los
litigantes-. Aura le toca a la autoridá.
-Pues yo, señor juez -principió a decir Fernández medio abatatao- lo único
que tengo que reclarar es del tenor siguiente: en circunstancias de que cuando
iba haciendo la ronda de reglamento, que es la consigna del señor comisario, a
la hora de la siesta y con un sol rajante, y de que cuando di güelta a la
esquina de la casa de don Bermúdez aquí presente, me pareció oír como unos
chiquillos de mujer, y como ruido de garrotazos, y como gritos de hombres
peliando, y entonces, ahí no más, corrí como pude, agarrando el machete que me
golpiaba las corvas, y entonces, en circunstancias que me allegué, pude darme
cuenta me cuenta que, efectivamente, dos se habían agarrao fierazo y se
menudiaban de lo lindo... Y entonces corrí más ligero, y entonces vi que don
Bermúdez se le había prendido a don Gancedo por el pescuezo, dándole con la
zurda trompis y más trompis en la cara, de mientras que el otro le sacudía
garrotazos en los lomos con toda su fuerza, y como podía, porque el otro lo
tenía sujeto del cañote... Y entonces, yo señor juez, sin fijarme en que
también me podía ligar a mí, los desaparté, gritándoles ¡desen presos! p'a que
soltaran... Y entonces vide que don Gancedo tenía la cara toda rajuñada y
estilando sangre, y don Bermúdez tenía la camisa hecha tiras, dejando ver el
lomo zebruno de moretones... Y de mientras, todo el tiempo, una mujer chillaba
como si la cuerearan viva, gritando al fin que le pegaran un balazo a don
Gancedo... o a don Bermúdez... Eso no lo entendí muy bien, y no tengo pa qué
mentir... Y entonces... yo los dejé que se jueran, porque es gente formal y
amiga de don Barraba el comisario y de todas las autoridades... Y entonces...
entonces ya no tengo más que reclarar, señor juez, si usté me dá su venia.
Don Pedro había conseguido a duras penas que los pleiteantes se estuvieran
quietos y callados mientras hablaba Fernández, amenazándolos con el calabozo en
cuantito interrumpieran, y tampoco los dejó meter baza cuando acabó la
declaración. Se levanto, plantó de golpe los puños en la mesa, como para
afirmarse mejor y dijo con voz de mando:
-¡Autos y vistos!
Se calló un segundo, miró a todos los presentes con las cejas fruncidas, y
siguió:
-Voy a resolver el caso según mi cencia y concencia, como si las cosas
hubieran pasado tal cual ustedes mismos la cuentan, visto que el agente
Fernández les da autoridad con su declaración, que como es de un policía no
puede ser más que la purísima verdá. ¡A ver, secretario! Léase el acta de la
otra audiencia y la de hoy, si está acabada.
Villar, muerto de risa, a gatas podía leer, pero se sacó bastante bien el
lazo.
-Aura -dijo Machado volviendo a levantarse- aura voy a fallar. Tome nota,
secretario...
Se compuso el pecho, esgarró y sentenció con más autoridá que el mismísimo
Salomón:
-Al demandado, don Salustiano Gancedo, lo condeno a veinte nacionales de
multa -y me quedo corto- por vías de hecho a mano armada contra un vecino
pacífico.
-¡Qué dice! -chilló Gancedo, encocorado-. ¡Y qué! se ha imaginan que yo...
-Silencio, digo -gritó Machado- que si no, lo meto preso por un año, en
vez de los veinte morlacos. Lea, secretario, la ley, donde la he marcao con una
raya.
-Artículo veintiuno, inciso segundo -leyó Villar-. «Conocer de todo asunto
correccional en que la pena no exceda de quinientos pesos de multa o de un año
de detención, arresto, prisión o servicio militar».
-¿Ha visto, amigo que tengo campo suficiente para meterle un trote de
veras y no una multita de nada?
Y clavándole los ojos a Bermúdez, también lo metió en el baile:
-Al demandante, D. José Bermúdez -y conste que no digo una palabra de
misia Cenobita ni del chumalé del balazo. No escriba eso secretario, pero ceto
sí: - A D. José Bermúdez, por tener sueltos en el pueblo animales bravos que
ponen en peligro a los vecinos, veinte pesos de multa.
¡Baratito!... Aura vayasén on paz y hagamén el favor de dejarme en paz a
mi también.
-¡Qué iniquidá!, ¡apelaré! -gritó Bermúdez, hecho una fiera.
-¡Vaya una justicia! ¡Apelaré! -agregó el otro, pálido.
-¡Y apelen, pues! ¿A mí qué se me da? Pero es que son sonsos. ¿No les
decía yo que se amigasen, que era lo mejor? Aura vayan sí quieren a buscar
madre que los envuelva, métanse en pleitos en La Plata, hagan que se rían de
ustedes en todas partes, y empiecen a rascarse los bolsillos... Allí la
justicia es mucho más cara y no tan liberal como en el pago. No le han puesto
el nombre al puro botón: La Plata llama la plata.
-Los muy mulitas no apelaron y se nos acabó la diversión -terminó
Silvestre Espíndola-. Dicen que no querían más escándalo. Pero andan armados, y
cualquier día se produce... Sólo que cuando salen a la calle, averiguan antes
por dónde anda el otro... y no se encuentran nunca.
Don Manuel en Pago Chico
Una de las frecuentes revoluciones provinciales quedó por milagro dueña de
algunos partidos. Entre ellos se contaba Pago Chico, pues la junta central
revolucionaria envió como delegado un capitán de línea cuyo marcial ascendiente
subyugó a los infelices paisanos que dragoneaban de vigilantes, con medio
sueldo para acrecer los gajes del comisario oficialista, quien escapó al primer
asomo de revuelta, temiendo la infidelidad y la venganza de los subalternos.
Tomose la policía con cuatro gatos, sin disparar un tiro, y como «muerto el
perro se acabó la rabia», la comuna quedó en manos de los opositores.
-¡Viva la revolución! -gritaba el pueblo poco después, saliendo de sus
casas al saberse triunfante.
El capitán Pérez reunió enseguida a los opositores principales (que habían
creído deber patriótico no derramar sangre de hermanos y convecinos) y deliberó
con ellos acerca del buen gobierno inmediato de Pago Chico. De la deliberación
resultaron, como es lógico, miembros de la Municipalidad, todos los presentes,
y el capitán quedó al frente de la comisaría y demás fuerzas armadas.
Pero considerose decorativo y de acuerdo con los altos ideales que se
perseguían a tanta costa, nombrar un intendente imparcial, fundamentalmente
honrado y universalmente querido. Sólo don Juan Manuel García reunía estas
condiciones, y don Juan Manuel García fue puesto a la cabeza de la comuna.
Era un hombre ya maduro, rico para aquel rincón y aquella época, muy
bondadoso, muy conciliador enemigo de chismes y politiquerías, y a quien todos
rodeaban de la consideración debida a un ente superior por la experiencia, la
práctica y el buen sentido natural que ponía gustoso al servicio de cualquiera.
Todos esperaban grandes cosas de él... ¡pero no tan grandes!
Pasado el primer momento de entusiasmo y de embriaguez, los demás
municipales cayeron en la cuenta de que, «podían comprometerse demasiado», pues
como al fin y al postre «los gobiernos son gobiernos», el de la provincia
acabaría por rehacerse a la corta o a la larga, en cuyo triste y probabilísimo
trance iban a quedar peor que nunca. Estos temores se acentuaban con la falta
de noticias fidedignas, pues el telégrafo seguía interrumpido, y sólo llegaban
al Pago rumores contradictorios. Silvestre, el boticario, al ver las caras
recelosas y la nerviosidad de los municipales, murmuraba epigramáticamente:
-El miedo no es sonso, ni junta rabia.
Para atenuar, en efecto, las futuras responsabilidades y sacar el cuerpo
en lo posible a las amenazadoras represalias, los funcionarios comenzaron por
ralear y acabaron por no presentarse en la Municipalidad, dejando en manos de
don Juan Manuel la suma de los poderes públicos.
Éste, viendo la diserción, pensaba:
-¡No hay mal que por bien no venga! ¡Así, solito y mi alma, podré hacer
mucho más!...
El capitán Pérez, buen muchacho, aunque no de largos alcances, le presto
incondicionalmente su apoyo material y moral: ya había arriesgado, «metiéndose
en la revolución», lo bastante para que no le dolieran prendas.
-Gota más, gota menos, el amargo no aumenta y el veneno es el mesmo -decía
aplicando a su situación el proverbio popular.
Y con este poderoso auxiliar, don Juan Manuel, comenzó a poner orden en la
administración; reprimió abusos, cortó coimas, castigó defraudaciones, limpió
las oficinas y dependencias de empleados inútiles, criaturas del favoritismo,
puso a raya a la empresa del alumbrado, persiguió sin cuartel a los cuatreros,
convirtió, en fin, a Pago Chico en una Arcadia... salvo los odios que nacían
violentos en todas partes.
El diario oficialista no aparecía. La Pampa, de Viera, aplaudía a todo
trapo al intendente, y don Juan Manuel, rodeado como cualquier dictador, de una
corte de aduladores, interesados o entusiastas, por muy sensato, prudente y
modesto que fuera, no advertía las resistencias, el descontento, la oposición
crecientes. Había tomado gusto al poder, usábalo sin fiscalización ni
restricciones y se lo pasaba discurriendo proyectos y planes de bienandanza y
prosperidad general.
A ser más justa y equitativa la humanidad pagochiquense le hubiera erigido
un monumento -estatua o arco triunfal-. ¡Pues no señor! Sólo la posteridad sabe
honrar a los grandes hombres, y ella misma tiene, a veces, tan poco
discernimiento, que don Juan Manuel corre peligro de quedarse sin laureles, ni
aún póstumos.
Una vez puesta en mejor pie la administración, preocupáronlo sobremanera
las obras públicas: el edificio de la Municipalidad se caía a pedazos, los
caminos eran pantanos invadeables o vertiginosas montañas rusas, la tablada un
chiquero, las calles, rompecabezas, y las acequias del riego, mal cuidadas,
estaban inmundas, destrozadas, cegadas en gran parte. Qué síntesis del
vandalismo oficialista... Como los fondos escaseaban hasta la completa
ausencia, don Juan Manuel no sabía cómo remediar tamaña devastación, cuando de
repente atravesó su cerebro una idea genial, engendrada por el recuerdo de una
conversación con el bearnés Navarrot, jardinero de su chacra. Allá en los
Pirineos, los vecinos hacían desde tiempo inmemorial las obras públicas,
construcción y conservación de carreteras, caminos de herraduras, sendas, etc.,
trabajando uno o más días al mes si era necesario, enviando un substituto si no
podían o querían hacerlo personalmente, o en último caso, suministrando dinero
para pagar al peón que hiciese sus veces. Iluminado por este recuerdo, don Juan
Manuel echó sus cuentas:
-El partido de Pago Chico tendrá unos ocho o diez mil habitantes vaya uno
a averiguarlo después de las trampas que han hecho los gubernistas en el censo,
con propósitos electorales! ¡Bueno, no importa! Sea como sea, si todos
-descontando naturalmente las mujeres y los niños-, trabajan un día por mes en
bien de la comuna, en menos de un año se habrán hecho maravillas. ¡Ya estuvo,
pues! ¡Manos a la obra!
Como mera fórmula, pero también para mayor tranquilidad de conciencia,
habló del asunto con Silvestre, que en su entusiasmo, comenzó a imitar el silbo
y el estampido de las bombas de estruendo y a canturrear su estrofa preferida
de la Marsellesa.
-Magnífico, don Juan Manuel -gritó, por fin-. Vamos a imitar a los
galenses del Chubut, que por su propia iniciativa, sin ayuda oficial, ni
decretos del gobierno ni un centavo de gasto, se han hecho magníficos caminos y
obras estupendas de irrigación. Lo leí hace poco, en un libro...
¡Ah, bravo! ¡Viva don Juan Manuel García! ¡Pshit... pum... Pshit...
puum!... ¡Sean eternos!...
Y él mismo, convertido en amanuense, escribió el iradé convocando a los
vecinos para distribuirles sin más discusión el trabajo...
Viera escribió en La Pampa, con muchos circunloquios, que la ordenanza
podía no parecer muy constitucional y provocar alguna oposición, pero que, en
vista de las circunstancias, la bondad del propósito, etc., había que apoyarla
resueltamente... Los destronados entretanto, no desperdiciaron la ocasión de
volver por su patrimonio de tanto tiempo, y se movieron como epilépticos,
armando el lazo. Pago Chico parecía un avispero.
El día fijado por la ordenanza y a la hora prescripta, don Juan Manuel
entró en la Municipalidad, lleno de satisfacción y regocijo. No era, en
apariencia, para menos: el largo salón, el potrero llamado patio, las mismas
oficinas, estaban de bote en bote. No cabía un alfiler.
-¡Qué me contaban de oposición! -decíase el intendente provisional- ¡Aquí
están todos, como un guante!
Pero en cuanto entró diose vuelta la tortilla: un murmullo hostil de
desaprobación y enojo fue creciendo hasta el escándalo. Todos hablaban, todos
gritaban a un tiempo, gesticulando con los brazos por sobre las cabezas, y
entre la alborotada batahola discerníanse frases de este porte: ¡dictadura!
¡anticonstitucional! ¡excesos humillantes! ¡tiranía!
¡demencia! ¡loco de atar! ¡a su casa! ¡al manicomio! ¡muera! ¡abajo!
Don Juan Manuel, colorado como un tomate, con la melena blanca revuelta y
erizada, pudo a duras penas y merced a un último resto de prestigio, llegar,
abriéndose paso hasta la tarima del fondo, encaramarse, tratar de que le
escucharan:
-¡Compatriotas! Se trata del bien común, y con un pequeñísimo esfuerzo...
-¡Abajo! ¡Ya nos secan a impuestos! ¡No es constitucional! ¡Que lo saquen!
¡A sembrar papas! ¡Coco-ro-có! ¡Guau, guau!
El intendente buscó con los ojos al capitán Pérez, aterrado por aquel
indecible «titeo». Por fin lo vio, con el brazo recostado en el marco de la
puerta, las piernas cruzadas y un palito entre los dientes; se encogía de
hombros, «jugándole risa», declarándose impotente, porque él tampoco «las iba»
con la ordenanza. Algo más atrás, Silvestre, hacía señas desesperadas: ¡no, no!
El tirano, gritando a voz en cuello, consiguió dominar un instante la
infernal algarabía:
-¡Compatriotas! ¡Tienen razón! ¡Me declaro gusano! ¡Ahí queda eso!
¡Busquen madre que los envuelva! ¡Yo, a mi chacra! ¡Que talle otro!
Y calándose el sombrero, cruzó impertérrito y altivo la multitud
sorprendida, subió al tílbury, que lo esperaba a la puerta, y dando un latigazo
al caballo -única manifestación de su cólera-, echó un ajo como una casa y
salió del pueblo al trotecito.
Horas después, los situacionistas formaban una nueva Municipalidad mixta
(«mistonga» decía Silvestre), y volvían a tomar, disimuladamente todavía, la
sartén por el mango. El capitán juzgó acto de prudencia tomar el portante,
porque el gobierno provincial se rehacía.
Todo encajó otra vez en el viejo quicio y... así terminó la ominosa
dictadura pagochiquense de don Juan Manuel.
-¡También meterse a hacer cosas! -le decía más tarde Silvestre-. íLa
Constitución, la Constitución, amigo!... ¡Para gobernar sin opositores es
preciso no hacer nada y sobre todo, nada bueno!...
Epílogo
Lector que, risueño o adusto has recorrido con interés o desgano, estas
páginas aparentemente superficiales ¿sabes a qué espectáculo hemos asistido
juntos sin saberlo? Pues nada menos que a las primeras palpitaciones de una
democracia en gestación y a los primeros desperezamientos de una gran ciudad en
la cuna!... i Así, como lo oyes!
Ríete, si quieres, y harás bien, porque siempre es bueno reírse de la
verdad. Pues, sí, señor: democracia, gran ciudad, etc...
Nosotros mismos no lo sospechábamos siquiera, y no es la perspicacia sino
el tiempo quien nos abre los ojos. Muchos años, en efecto, van corridos desde
los sucesos narrados en la crónica que cerramos provisionalmente con estas
líneas. En ese lapso las cosas han cambiado.
Pago Chico es Pago Grande, el villorrio es un fuerte núcleo de población,
con afirmados, tranvías, luz eléctrica, obras sanitarias; su comercio gira
millones, su industria crece y prospera, su fuerza vegetativa y progresiva es
colosal; en política también se ha dado un largo paso hacia adelante, y aunque
esté aún muy lejos el ideal, algo se ha ganado en cuanto al juego de las
instituciones, y hasta parece haberse ganado mucho, pues ya no se estilan los
burdos medios de gobernar que burla burlando hemos puesto de relieve. Y, como
dijo el otro, la hipocresía es tácito homenaje de vicio a la virtud.
Esto nació de aquello. Parece imposible, pero es así. El impulso que lleva
nuestro país es admirable de fuerza y de velocidad, pese a los sucesivos
descarrilamientos que amenazaban dar con todo al traste. Quien se detenga hoy
en Pago Chico, jurará que lo hemos calumniado, o que lo pintamos en remotísimos
tiempos -allá en la edad de la piedra labrada o del hueso roído- aunque su
historia es casi una actualidad, algo fiambre si se quiere, pero en modo alguno
vetusta.
Más todavía: alejémonos unas cuantas leguas, y la actualidad palpitante
renacerá de sus cenizas. Pago Chico se ha retirado un poco más, como se
retiraba antiguamente la línea de fronteras -he ahí todo. Y como, más por azar
que por calculo, hemos olvidado hasta ahora determinar la exacta ubicación del
pueblo, puede el lector situarlo más al oeste del meridiano quinto o más al sur
del Río Negro, con cuya sencillísima operación tendrá a la minuta un verdadero
«plato del día». Y ni aún es menester que vaya mentalmente tan lejos, pues
rincones hay todavía, muy próximos a la misma capital, donde continúa a más y
mejor cociéndose habas, en forma parecida por lo menos.
En fin, risueño o adusto lector, sólo queremos agregar pocas palabras,
para repetirte que este volumen no se te presenta como la crónica completa de
la era inicial pagochiquense, sino como una simple colección de documentos que
forman parte de ella -parte pequeña por lo demás-, y hecha voluntariamente al
acaso, sin plan previo, para que de su misma aparente inconexión resulte, si lo
puede por sí misma, una especie de unidad, aquel «lírico desorden» que
aconsejan los preceptistas en cierta clase de obras, para suspender el ánimo y
conmoverlo con inesperadas imágenes, acciones o ideas...
Quiero esto decir que aún quedan disponibles cajas y legajos de documentos
y notas atinentes a la vida política, intelectual, social, moral, etc. de Pago
Chico -y en primísimo lugar cuanto a las damas y al amor, con sus enredadas
marañas se refiere-, destinados a la polilla y el polvo del olvido, si la
muestra presente no despierta el interés y la atención que nos atrevemos a
esperar.
Haz, lector, una seña, y veras cómo nos apresuramos a convertir en Prólogo
de otro volumen este Epílogo que -en tal expectación- no relata sucintamente
como era uso en tiempos de ingenuidad y bonhomía literarias, qué «se ficieron»
todos los personajes de la obra y los hijos de sus hijos. Tal metamorfosis nos
alegraría, y no por el éxito que pudiera significar -créasenos aunque no
parezca cierto-, sino porque al separarnos de estas páginas, en las que hay más
verdadera melancolía que despreocupado buen humor, sentimos algo como si huyera
un minuto que desearíamos repetir, como si se nos marchara otro poquito de
juventud -toda esa que se revive al relatar la que fue, esa que a tantos
ancianos ha hecho escribir sus recuerdos, esa que obligará a Silvestre a redactar
in extenso sus memorias, en cuanto no tenga una ficción de trabajo con qué
entretener los nervios bailarines.
Y, con esto, hasta luego, no sea que habiendo logrado, como cabe, hacer un
libro entretenido, lo echemos a perder ahora con una intolerable lata.
