© Libro No. 643. Gramática de la Multitud. Para un
Análisis de las Formas de Vida Contemporáneas. Virno, Paolo. Colección E.O.
Marzo 8 de 2014.
Título original: © GRAMÁTICA DE LA MULTITUD. Para un
Análisis de las Formas de Vida Contemporáneas. Paolo Virno
Versión Original: © © GRAMÁTICA
DE LA MULTITUD. Para un Análisis de las Formas de Vida Contemporáneas. Paolo
Virno
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
GRAMÁTICA DE LA MULTITUD
Para un Análisis de las Formas
de Vida Contemporáneas
Paolo Virno
El
presente volumen reúne las lecciones llevadas a cabo en el doctorado de
investigación en ¨Ciencia, tecnología y sociedad¨, desarrollado en el
departamento de Sociología y Ciencia Política de la Universidad de Calabria,
cofinanciado por el Fondo Social Europeo. El texto ha sido revisado por el
autor.
Paolo
Virno es docente de Ética de la Comunicación en la Universidad de Calabria. La
transcripción de las lecciones ha sido curada por la Dra. Giuseppina
Pellegrino.
Traducción
al español: Eduardo Sadier, Buenos Aires, Argentina. Abril de 2002.
Premisa
Pueblo versus Multitud: Hobbes y Spinoza
Pienso
que el concepto de “multitud”, a diferencia del más familiar “pueblo”, es una
herramienta decisiva para toda reflexión sobre la esfera pública contemporánea.
Es preciso tener presente que la alternativa entre “pueblo” y “multitud” ha
estado en el centro de las controversias prácticas (fundación del Estado
centralizado moderno, guerras religiosas, etc.) y teórico-filosóficas del siglo
XVII. Ambos conceptos en lucha, forjados
en el fuego de agudos contrastes, jugaron un papel de enorme importancia en las
definiciones de las categorías sociopolíticas de la modernidad. Y fue la noción
de “pueblo” la prevaleciente. “Multitud” fue el término derrotado, el concepto
que perdió. Al describir la forma de
vida asociada y el espíritu público de los grandes Estados recién constituidos,
ya no se habló más de multitud, sino de pueblo. Resta preguntarse hoy si, al final de un prolongado ciclo, no se ha
reabierto aquella antigua disputa; si hoy, cuando la teoría política de la
modernidad padece una crisis radical, aquella noción derrotada entonces no
muestra una extraordinaria vitalidad, tomándose así una clamorosa revancha.
Ambas
polaridades, pueblo y multitud, reconocen como padres putativos a Hobbes y
Spinoza. Para Spinoza, la multitud representa una pluralidad que persiste como
tal en la escena pública, en la acción
colectiva, en la atención de los asuntos comunes, sin converger en un Uno, sin
evaporarse en un movimiento centrípeto. La multitud es la forma de existencia
política y social de los muchos en cuanto muchos: forma permanente, no
episódica ni intersticial. Para Spinoza, la multitud es el arquitrabe de las libertades civiles
(Spinoza 1677).
Hobbes
detesta - uso a sabiendas un vocablo
pasional, poco científico- a la multitud, y carga contra ella. En la existencia
social y política de los muchos en tanto muchos, en la pluralidad que no
converge en una unidad sintética, él percibe el mayor peligro para el “supremo
imperio”, es decir, para aquel monopolio de las decisiones políticas que es el
Estado. El mejor modo de comprender el
alcance de un concepto –la multitud
en nuestro caso-
es examinarlo con
los ojos de
aquellos que lo han
combatido con tenacidad. Descubrir todas sus implicancias y matices es algo
propio de aquel que desea expulsarlo del horizonte teórico y práctico.
Antes de
exponer concisamente el modo en el cual Hobbes describe a la detestada
multitud, es útil precisar el objetivo que persigue. Deseo mostrar que la
categoría de multitud (tal como
es considerada por
su jurado enemigo
Hobbes) nos ayuda
a explicar cierto número de comportamientos sociales contemporáneos.
Tras siglos del “pueblo”, y, por consiguiente, del Estado (Estado-nación,
Estado centralizado, etc.), vuelve finalmente a manifestarse la polaridad
contrapuesta, abolida en los albores de la modernidad. ¿La multitud como último
grito de la teoría social, política y filosófica? Tal vez. Una gama amplia y
notable de fenómenos- juegos lingüísticos, formas de vida, tendencias éticas,
características fundamentales del modo actual de producción material- resulta
poco o nada comprensible si no es a partir del modo de ser de los muchos. Para
analizar este modo de ser es preciso
recurrir a una instrumentación conceptual sumamente variada: antropología,
filosofía del lenguaje, crítica de la economía política, reflexión ética. Es
preciso circunvalar el continente- multitud, cambiando muchas veces el ángulo
de la mirada.
Como
hemos dicho, veamos brevemente como Hobbes, adversario perspicaz, delinea el
modo de ser de los “muchos”. Para Hobbes, el antagonismo político decisivo es aquel
entre la multitud y el pueblo. La esfera pública moderna pudo tener como centro
de gravedad a uno u otro. La guerra
civil, siempre incumbente, ha tenido su lógica en esta alternativa. El concepto
de pueblo, según Hobbes, está estrechamente asociado a la existencia del
Estado; no es un reflejo, una reverberación: si es Estado es pueblo. Si falta el Estado no puede haber pueblo. En De
Cive, donde ha expuesto largamente su horror
por la multitud,
se lee: “El
pueblo es un uno,
porque tiene una
única voluntad, y a quien se le puede atribuir una voluntad única”
(Hobbes 1642: XII, 8; y también VI, 1, Nota).
La
multitud, para Hobbes, es el “estado natural”; por ende, aquello que precede a
la institución del “cuerpo político”. Pero este lejano antecedente puede
reaparecer, como una “restauración” que pretende hacerse valer, en las crisis
que suelen sacudir a la soberanía estatal. Antes del Estado eran los muchos,
tras la instauración del Estado fue el pueblo- Uno, dotado de una única
voluntad. La multitud, según Hobbes, rehuye de la unidad política, se opone a
la obediencia, no acepta pactos duraderos, no alcanza jamás
el status de
persona jurídica pues
nunca transfiere sus
derechos naturales al soberano. La multitud está imposibilitada de
efectuar esta ¨ transferencia¨ por su modo de ser (por su carácter plural) y de
actuar. Hobbes, que era un gran escritor, subrayó con una precisión lapidaria
como la multitud era antiestatal, y, por ello,
antipopular: “Los ciudadanos,
en tanto se
rebelen contra el
Estado, son la multitud contra el pueblo” (ibid.) La
contraposición entre ambos conceptos es llevada aquí al extremo: si pueblo,
nada de multitud; si multitud, nada de pueblo. Para Hobbes y los apologistas de
la soberanía estatal del siglo XVI, la multitud es un concepto límite,
puramente negativo: coincide con los riesgos que amenazan al estatismo, el obstáculo que puede llegar a atascar a la
¨ granmáquina¨ .Un concepto negativo, la multitud: aquello que no ha aceptado
devenir pueblo, en tanto contradice virtualmente al monopolio estatal de la
decisión política, es decir, una reaparición del ¨ estadode la naturaleza¨ en la sociedad civil.
La pluralidad exorcizada: lo “privado” y lo
“individual”
¿Cómo ha
sobrevivido la multitud a la creación de los Estados centrales? ¿En qué formas
disimuladas y raquíticas ha dado señales de sí tras la plena afirmación del
moderno concepto de soberanía? ¿Dónde se escuchan sus ecos? Estilizando la
cuestión al extremo, intentemos identificar el modo en que han sido concebidos
los muchos en tanto muchos en el pensamiento liberal y en el pensamiento
socialdemócrata (es decir, en la tradición política que han desarrollado a
partir de la unidad del pueblo como punto de referencia indiscutible).
En
el pensamiento liberal, la inquietud
despertada por los “muchos” fue aquietada mediante el recurso de la dupla
público- privado. La multitud, antípoda del pueblo, cobra la semblanza algo
fantasmal y mortificante de lo denominado privado. Téngase en cuenta: también
la dupla público- privado, antes de volverse obvia, se forjó entre sangre y
lágrimas en mil contiendas teóricas y prácticas; y ha derivado, por lo tanto,
en un resultado complejo. ¿Qué puede ser
más normal para nosotros que hablar de experiencia pública y experiencia
privada? Pero esta bifurcación no ha sido siempre tan obvia. Y es interesante
esta fallida obviedad, pues hoy estamos tal vez en un nuevo Seiscientos, en una
época en la que estallan las antiguas categorías y deben acuñarse otras
nuevas. Muchos conceptos
que aún parecen
extravagantes e inusuales- por
ejemplo, la noción de democracia no representativa- tienden a tejer un nuevo
sentido común, aspirando, a su vez, a devenir “obvias”. Pero volvamos al tema.
“Privado” no significa solamente algo personal, atinente a la interioridad de
tal o cual; privado significa antes que nada privo: privado de voz, privado de
presencia pública. En el pensamiento liberal la multitud sobrevive como
dimensión privada. Los muchos están despojados y alejados de la esfera de los
asuntos comunes.
¿Dónde hallamos,
en el pensamiento
socialdemócrata algún eco
de la arcaica multitud? Quizá en el par colectivo-
individual. O, mejor aún, en el segundo término, el de la dimensión individual.
El pueblo es lo colectivo, la multitud es la sombra de la impotencia, del
desorden inquieto, del individuo singular. El individuo es el resto sin
importancia de divisiones y multiplicaciones que se efectúan lejos de él. En
aquello que tiene de singular, el individuo resulta inefable. Como inefable es
la multitud en la tradición socialdemócrata.
Es
conveniente anticipar una convicción que emergerá prontamente de mi discurso.
Creo que en la forma actual de vida, como asimismo en la producción
contemporánea (con tal que no se abandone la producción- cargada como está de
ethos, de cultura, de interacción lingüística- al análisis econométrico, sino
que se la entienda como la enorme experiencia del mundo), se percibe
directamente el hecho que tanto la dupla público- privado
como la dupla
colectivo- individuo no
se sostienen más,
han caducado. Aquello que estaba rígidamente subdividido se confunde y
superpone. Es difícil decir donde finaliza la experiencia colectiva y comienza
la experiencia individual. Es
difícil separar la
experiencia pública de la considerada
privada. En esta difuminación de las líneas
delimitadoras, dejan de ser confiables, también las dos categorías del
ciudadano y del productor, tan importantes en Rousseau, Smith, Hegel, y luego,
como blanco polémico, en el mismo Marx.
La
multitud contemporánea no está compuesta ni de “ciudadanos” ni de
“productores”; ocupa una región intermedia entre “individual” y “colectivo”; y
por ello ya no es válida de ningún modo la distinción entre “público” y
“privado”. Es a causa de la disolución de estas duplas, dadas por obvias
durante tanto tiempo, que ya no es posible hablar más de un pueblo convergente
en la unidad estatal. Para no proclamar estribillos de tipo postmoderno (“la
multiplicidad es buena, la unidad es la
desgracia a evitar”), es preciso reconocer que la multitud no se
contrapone al Uno, sino que lo redetermina. También los muchos necesitan una
forma de unidad, un Uno: pero, allí está el punto, esta unidad ya no es el
Estado, sino el lenguaje, el intelecto, las facultades comunes del género
humano. El Uno no es más una promesa, sino una premisa. La unidad no es más
algo (el Estado, el soberano) hacia donde converger, como era en el caso del pueblo,
sino algo que se deja a las espaldas, como un fondo o un presupuesto. Los
muchos deben ser pensados como individuaciones de lo universal, de lo genérico,
de lo indiviso. Y así, simétricamente, puede concebirse un Uno que, lejos de
ser un porqué concluyente, sea la base que autoriza la diferenciación, que
consiente la existencia político- social de los muchos en cuanto muchos. Digo
esto para señalar que una reflexión actual sobre la categoría de multitud no
tolera simplificaciones apresuradas, abreviaciones desenvueltas, sino que
deberá enfrentar problemas ríspidos: en primer lugar el problema lógico (para
reformular, no para eliminar) de la relación Uno- Muchos.
Tres aproximaciones a los Muchos
Las
determinaciones concretas de la multitud contemporánea pueden ser abordadas
desarrollando tres bloques temáticos. El primero es muy hobbesiano: la
dialéctica entre miedo y búsqueda
de seguridad. Es
evidente que también el
concepto de “pueblo” (en su
articulación del seiscientos, liberal o socialdemócrata) se identifica con
cierta estrategia tendiente a alejar el peligro y obtener protección. Pero (en
la exposición actual) se
halla debilitada, tanto
en el plano
empírico como en el
conceptual, la forma de miedo y su correspondiente tipo de resguardo que se ha
asociado con la noción de “pueblo”. En su lugar prevalece una dialéctica temor-
reparo muy distinta: ella define algunos rasgos característicos de la multitud
actual. Miedo- seguridad: he aquí una cuadrícula o papel de tornasol filosófica
y sociológicamente relevante para mostrar cómo la figura de la multitud no es
sólo “rosas y flores”; para individualizar qué venenos específicos anidan en
ella. La multitud es un modo de ser, el modo de ser prevaleciente hoy en día:
pero como todo modo de ser es ambivalente, ya contiene en sí mismo pérdida y
salvación, aquiescencia y conflicto, servilismo y libertad. El punto crucial,
sin embargo, es que esta posibilidad alternativa posee una fisonomía peculiar,
distinta de aquella con la que la comparamos en la constelación pueblo-
voluntad general- Estado.
El
segundo tema, que abordaremos en las sucesivas jornadas del seminario, es la
relación entre el concepto de multitud y la crisis de la antigua tripartición
de la experiencia humana en Trabajo, Política y Pensamiento. Se trata de una
subdivisión propuesta por Aristóteles,
retomada en el
Novecientos, en especial
por Hannah Arendt, grabada hasta ayer
en el sentido común. Subdivisión que hoy cae en pedazos. El tercer bloque
temático consiste en analizar algunas categorías a fin de avanzar sobre la subjetividad
de la multitud. Examinaremos en especial tres: el principio de individuación,
la charla y la curiosidad. La primera es una austera e injustamente descuidada
cuestión metafísica: ¿qué vuelve singular a una singularidad? Las otras dos, en
cambio, conciernen a la vida cotidiana. Ha sido Heidegger quien confirió a la
charla y la curiosidad la dignidad de conceptos filosóficos. Su modo de hablar,
como prueban algunas páginas de El Ser y el Tiempo, es sustancialmente no-
heideggeriano o anti- heideggeriano.
1
Temores y Resguardos
Ante la dupla miedo- angustia
La
dialéctica del temor y el resguardo
se halla en el centro
de la “Analítica del Sublime”,
una sección de la Crítica de la Razón (Kant 1790: Parte I, Libro II). Según
Kant, cuando observamos un alud aterrador, encontrándonos a resguardo, nos
sentimos colmados de una placentera sensación de seguridad que, sin embargo, se
entremezcla con la percepción de la propia indefensión. Es sublime, por lo
antedicho, este sentimiento dual,
parcialmente contradictorio. A
partir del principio
de la protección empírica que
hemos usufructuado casualmente, nos preguntamos qué puede garantizarnos una
protección absoluta y sistemática para nuestra existencia. Me pregunto qué cosa
puede salvaguardarme no de uno u otro peligro determinado, sino de
la peligrosidad inherente
al estar en
el mundo. ¿Dónde
encontrar un resguardo
incondicional? Kant responde: en el Yo moral, ya que allí está lo no
contingente, y hasta lo supramundano. La ley moral trascendente protege en modo
absoluto a mi persona, ya que coloca a los valores que le competen por encima
de la existencia finita y sus múltiples peligros. El sentimiento de lo sublime
(o por lo menos uno de dicha especie) consiste en transformar el alivio por
haber hallado un refugio ocasional en la búsqueda de la seguridad incondicional
que sólo el Yo moral puede garantizar.
He
mencionado a Kant por un único motivo: él ofrece un modelo muy nítido del modo
en el cual ha sido concebida la dialéctica temor- reparo en los dos últimos
siglos. Hay una seca bifurcación: por una parte, un peligro particular (el
alud, la malévola atención del Ministerio del Interior, la pérdida del puesto
de trabajo, etc.); y por otra, en cambio, el peligro absoluto asociado a
nuestro estar en el mundo. A estas dos formas de riesgo (y de temor) se
corresponden dos formas de protección (y de seguridad). Frente a un hecho
desgraciado tenemos remedios concretos (por ejemplo, el refugio de montaña
cuando desciende el alud). Pero el peligro absoluto requiere de una
protección... del mundo como tal. Se dice: el “mundo” del animal humano no
puede equipararse al ambiente del animal no humano, es decir, al habitat
circunscripto en el cual este último se orienta perfectamente en función de
instintos especializados. El mundo siempre tiene algo de indeterminado, está
cargado de sorpresas e imprevistos, es un contexto vital nunca dominable: por
esto es fuente de permanente inseguridad. Mientras el peligro relativo tiene
“nombre y apellido”, la peligrosidad absoluta
no posee un rostro preciso ni contenido unívoco.
La distinción
kantiana entre dos
tipos de riesgo
y seguridad se
prolonga en la discriminación, trazada por Heidegger,
entre miedo y angustia. El miedo es referido a un hecho preciso, al alud o la
desocupación; la angustia no posee, por su parte, una causa desencadenante
precisa. En las páginas de El Ser y el
Tiempo de Heidegger (Heidegger 1927: 40), la angustia está provocada por la
pura y simple exposición al mundo, por la incertidumbre y la indecisión con que
se manifiesta nuestra relación con él. El miedo es siempre circunscripto y
nominal; la angustia es multilateral, no se asocia a ninguna ocasión
privilegiada, puede sobrevenir en cualquier momento o lugar de peligro. Estas
dos formas de temor (miedo y angustia, según explicamos) y su correspondiente
antídoto se prestan a un análisis histórico- social.
La
distinción entre temor circunscripto y temor indeterminado es posible allí
donde hay una comunidad sustancial que constituye un cauce capaz de canalizar
las prácticas y experiencias
colectivas. Un cauce constituido por usos y costumbres repetitivos, y por eso
confortables, de un ethos consolidado. El miedo se ubica en el interior de la
comunidad, de su forma de vida y comunicación. La angustia hace su
aparición, por otra
parte, al alejarse
de la comunidad
de pertenencia, de las
costumbres compartidas, de los “juegos lingüísticos” ya conocidos, adentrándose
en el vasto mundo. Fuera de la comunidad el peligro es ubicuo, imprevisible,
constante: en suma, angustioso. La contrapartida del miedo es una seguridad que
la comunidad puede, en principio,
garantizar; la contrapartida
de la angustia
(es decir de la
exposición al mundo como tal) es el refugio provisto por la experiencia
religiosa.
Pues
bien, la línea divisoria entre miedo y
angustia, temor relativo y temor absoluto, es precisamente aquello que está
venido a menos. El concepto de “pueblo”, si bien con múltiples variaciones
históricas, está ligado a la separación neta entre un “adentro” habitual y un
“afuera” ignoto y hostil. El concepto de “multitud”, por el contrario, está
unido al fin de dicha separación. La distinción entre miedo y angustia, y entre
resguardo relativo y resguardo absoluto, queda privada de fundamento por, al
menos, tres motivos.
El
primero es que ya no se puede hablar razonablemente más de comunidad
sustancial. Hoy, cada impetuosa innovación no trastorna la forma de vida
tradicional y repetitiva, sino que interviene sobre los individuos ahora
habituados a no tener ya costumbres sólidas, adaptados a los cambios
repentinos, expuestos a lo insólito y lo imprevisto. Hay que moverse en una
realidad siempre y de todos modos renovada múltiples veces. Ya no es más
posible una distinción efectiva entre un “adentro” estable y un “afuera” incierto
y telúrico. La transformación permanente de la forma de vida y
el adiestramiento para
afrontar una aliatoriedad
ilimitada, comportan una relación continua y directa con el mundo
en cuanto tal, con el contexto indeterminado de nuestra existencia.
Existe,
por lo tanto, una completa superposición de temor y angustia. Cuando
pierdo el trabajo
debo afrontar un
peligro bien definido,
que suscita un
temor específico; pero este peligro de hecho se tiñe inmediatamente de
una angustia indeterminada, se confunde con una desorientación más general ante
la presencia en el mundo, se une a la inseguridad absoluta del animal humano,
debida a su carencia de instintos especializados. Se podría decir: el miedo es
siempre angustioso, el peligro circunscripto incluye siempre el riesgo general
de estar en el mundo. Si la comunidad sustancial velaba o amortiguaba la
relación con el mundo, su actual disolución expone a esta última a plena luz:
la pérdida del puesto de trabajo, las innovaciones que modifican las
connotaciones de las tareas laborales, la soledad metropolitana que conlleva en sí mucho de lo que antes
correspondía al terror sentido fuera de los muros de la comunidad.
Necesitaríamos contar con un término
distinto de “miedo” y “angustia”, un término que diera cuenta de su
fusión. Y me viene a la mente perturbación. Pero sería muy extensa la
justificación de esta elección en esta ocasión (ver Virno 1994: 65-7)
Pasemos a
la segunda aproximación crítica.
Según la representación tradicional, el miedo es un
sentimiento público, mientras que la angustia se asocia al individuo aislado de
su prójimo. A diferencia del miedo, provocado por un peligro que atañe
virtualmente a muchos miembros de la comunidad y puede ser contrarrestado con
la ayuda ajena, la desorientación angustiosa elude la esfera pública y
concierne únicamente a la denominada interioridad del individuo. Esta
representación se torna totalmente no fidedigna. Y por ello debe ser eliminada.
Hoy, toda forma de vida experimenta aquel “no sentirse en su casa” que según
Heidegger, es el origen de la angustia. De modo que no hay nada más compartido
y común, en cierto sentido más público, que el sentimiento de “no sentirse en
su propia casa”. Nadie se halla menos aislado que aquel que advierte la
espantosa presión del mundo indeterminado. Dicho de otro modo: el sentimiento
en que confluyen miedo y angustia es inmediatamente asunto de muchos. Se podría
decir, tal vez, que el “no sentirse en la propia casa” es nada más que un rasgo
distintivo del concepto de multitud, mientras que la separación entre el
“adentro” y el “afuera”, entre el miedo y la angustia, marca la idea hobbesiana
(y no sólo hobbesiana) del pueblo. El pueblo es uno porque la comunidad
sustancial coopera para calmar
los miedos que
emanan de los
peligros circunscriptos. La multitud, por otra parte, está mancomunada
por el peligro de “no sentirse en la propia casa”, de la exposición
multilateral al mundo.
Tercero y
último aspecto técnico, tal vez el más radical. Concierne a la pareja temor-
resguardo. Es errónea la idea según la cual primero experimentamos un temor, y
sólo luego buscaremos procurarnos un resguardo. Está totalmente fuera de lugar
un esquema estímulo- respuesta, o causa- efecto. Es de suponer, más bien, que
la experiencia inicial es la de procurarse reparo. Antes que nada, nos
protegemos; luego, mientras intentamos protegernos, analizamos cuales son los
peligros que debemos enfrentar. Arnold Gehlen decía que el transcurrir, para el
animal humano, es una tarea gravosa, para enfrentar la cual se debe sobre todo
mitigar la desorientación provocada por no disponer de un “ambiente” prefijado.
(Gehlen 1940: 60 y sig.). Es algo básico esto de ingeniarse a tientas en el
propio contexto vital. Mientras procuramos orientarnos, y salvaguardarnos, nos
percatamos, con frecuencia retrospectivamente, de las diversas formas del
peligro.
Es más.
No sólo el peligro se define a partir de la búsqueda originaria de resguardo,
sino que, y este es el punto verdaderamente crucial, se manifiesta para la
mayoría como forma específica de resguardo. El peligro consiste, bien visto, en
una estrategia horripilante de salvación (pensemos en el culto de una “pequeña
patria” étnica). La dialéctica entre peligro y reparo se resuelve, finalmente,
en la dialéctica entre formas alternativas de protección. Al temible reparo se
le opone un reparo de segundo grado, capaz de ser el antídoto para los venenos
del primero. Desde un punto de vista histórico y sociológico no es difícil
darse cuenta que el mal se expresa precisamente como horrible réplica a la
peligrosidad del mundo, como peligrosa búsqueda de protección: basta con pensar
en la tendencia a confiar en un soberano (robusto o de opereta, poco importa),
en la convulsiva obsesión por la carrera, en la xenofobia. También podríamos
decir: verdaderamente angustioso es sólo un cierto modo de enfrentar la angustia.
Repito: es decisiva la alternativa entre diversas estrategias de reaseguración,
la contraposición entre formas antipódicas de reparo. Por ello, digamos al
pasar, es tan estúpido descuidar el tema de la seguridad como (sobre todo)
blandirlo sin calificaciones ulteriores (no detectando con ello el auténtico
peligro en sus declinaciones)
Es en
estas modificaciones de la dialéctica temor- resguardo donde radica, en
primer lugar, la
experiencia de la
multitud contemporánea (o,
si se prefiere, posfordista). Los
muchos en cuanto
muchos son aquellos
que comparten el “no
sentirse en la propia casa” y, así, instalan esta experiencia en el centro de
la propia práctica social y política. Además, en el modo de ser de la multitud
puede observarse a simple vista
una continua oscilación
entre diversas, a
veces diametralmente opuestas,
estrategias de reaseguro (oscilaciones que el “pueblo”, haciendo cuerpo con el
Estado soberano, desconoce).
Lugares comunes e “intelecto general”
A fin de
comprender mejor la noción contemporánea de multitud, es oportuno reflexionar
con más profundidad acerca de cuáles son los recursos esenciales con los que
puede contar para protegerse de la peligrosidad del mundo. Propongo identificar
estos recursos mediante un concepto aristotélico, un concepto lingüístico (o
mejor aún, atinente al arte de la retórica): los “lugares comunes”, los topoi
koinoi.
Cuando
hoy hablamos de “lugares comunes” nos referimos a locuciones estereotipadas,
privadas de todo significado, banalidades, metáfora apagada, convenciones
lingüísticas trilladas. Sin embargo, este no era el significado original de la
expresión “lugares comunes”. Para Aristóteles (Retorica, I, 2, 1358ª ) los
topoi koinoi son la forma lógica y lingüística de valor más general, también la
estructura ósea de todo nuestro discurso, aquello que posibilita y ordena
cualquier locución particular. Son
comunes dichos lugares
porque ninguno (tanto
el orador refinado
como el borracho que a duras
penas emite palabras entrecortadas, el comerciante como el político) puede
dejarlos de lado. Aristóteles nos indica tres: la relación entre más y menos;
la oposición de los contrarios y la categoría de la reciprocidad (“sí yo soy su
hermano ella es mi hermana”).
Esta
categoría, como toda estructura ósea efectiva, no aparece nunca como tal. Es la
trama de la “vida de la mente”, pero una trama inaparente. ¿Pero qué es lo que
se deja ver en nuestros discursos? Los “lugares especiales”, como los denomina
Aristóteles (topoi idioi)
Ellos son los
modos de decir-
metáforas, agudezas, alocuciones, etc.-
que se desarrollan
sólo junto a
uno u otro ámbito de
la vida asociada. “Lugares
especiales” son los
modos de decir/
pensar que resultan apropiados en una sede partidaria, o
en la iglesia, o en un aula universitaria, o entre los aficionados al Inter.
Etcétera. Ya la vida de la ciudad, como el ethos (hábitos compartidos), se
articula mediante “lugares especiales”, diversos y con frecuencia contradictorios. Una
cierta expresión funciona
aquí, pero no
allí, un tipo
de argumentación sirve para convencer a este interlocutor pero no a
aquel, etc.
Las
transformaciones que enfrentamos pueden ser resumidas así: hoy, los “lugares
especiales” del discurso y la argumentación se descomponen y disuelven,
mientras adquieren una visibilidad inmediata los “lugares comunes”, es decir,
la forma lógico- lingüística que hilvana todos los discursos. Esto significa
que para orientarnos en el mundo y protegernos de sus peligros ya no podemos
contar con las formas de pensamiento, de razonamiento, de discurso que tenían
se asentaban en uno u otro contexto particular. El clan de los tifosi, la
comunidad religiosa, la sesión del partido, el puesto de trabajo: todos estos
“lugares” continúan, obviamente, subsistiendo, pero ninguno de ellos,
caracterizado y caracterizante de tal modo, es capaz de ofrecer una “rosa de
los vientos”, es decir, un criterio de orientación, una búsqueda confiable, un
conjunto de hábitos específicos, de modos específicos de decir/ pensar. En
todas partes y en toda ocasión hablamos/ pensamos de un mismo modo, sobre la
base de construcciones lógico- lingüísticas tanto fundamentales como generales.
Desaparece una topografía ético- retórica. Aparecen en primer plano los
“lugares comunes”, estos descarnados principios de la “vida de la mente”: la
relación entre más y menos, la oposición de los contrarios, la relación de
reciprocidad, etc. Ellos, y sólo ellos, pueden ofrecer un criterio de
orientación, y, por ende, algún reparo del curso del mundo.
Ya no
inaparentes sino elevados al primer plano, los “lugares comunes” son el recurso
apotropeo de la multitud contemporánea. Emergen a la superficie como caja de
herramientas de utilidad inmediata. Los “lugares comunes” ¿qué otra cosa son
sino el núcleo fundamental de la “vida de la mente”, el epicentro de ese animal
lingüístico que es el ser humano?
Así se
podría decir que la “vida de la mente” deviene en pública. Se recurre a
categorías generales para desempeñarse en las más diversas situaciones
determinadas, no disponiendo ya más de códigos ético- comunicativos
“especiales”, sectoriales. No- sentirse-
en- la- propia- casa indica la preeminencia de los “lugares comunes”. El
intelecto como tal, el intelecto puro se vuelve la brújula concreta allí donde
se debilita la comunidad sustancial, quedando expuestos al mundo en su
conjunto. El intelecto, aún en sus funciones más extrañas, se presenta como
algo común y aparente. Los “lugares comunes” ya no son más un fondo
inadvertido, ámbito del pulular de los “lugares especiales”. Son un recurso
compartido al cual acuden los “muchos” en cualquier situación. La “vida de la
mente” es el Uno que subyace bajo el modo de ser de la multitud. Repito e
insisto: la llegada al primer plano del intelecto como tal, el hecho que la
estructura lingüística más general y abstracta se vuelva instrumento para
orientar la propia conducta es, a mi entender, una de las condiciones que
definen a la multitud contemporánea.
Hace poco
se ha hablado de “intelecto público”. Pero la expresión “intelecto público”
contradice una larga tradición según la cual el pensamiento era una actividad
solitaria y apartada, que separa del prójimo una actividad interior, privada de
manifestaciones visibles, extraña al tratamiento de los asuntos comunes. A esta
larga tradición según la cual la “vida de la mente” es refractaria a la
publicidad, sólo se le exceptúan, según mi parecer, algunas páginas de Marx,
quien coloca al intelecto como algo exterior y colectivo, como un bien público.
En el “Fragmento sobre las Máquinas” de los Grundrisse (Marx 1939- 1941: II,
389- 411), Marx habla de un intelecto general, de un general intellect: utiliza
el idioma inglés para dar fuerza a la expresión, como si deseara subrayarla. La
noción de “intelecto general” puede tener diversos orígenes:
quizá sea una
réplica polémica a
la “voluntad general”
de Rousseau (según Marx no es la voluntad sino el intelecto lo que
acumulan los productores); o, tal vez, el “intelecto general” sea la
continuación materialista del concepto aristotélico de nous poietikos (el
intelecto productivo, poiético). Pero, aquí, no importa la filología. Importa
el carácter exterior, social, colectivo que compete a la actividad intelectual,
en tanto de allí proviene, según Marx, el verdadero motor de la producción de
riqueza.
A
excepción de estas páginas de Marx, repito, al intelecto se le ha atribuido
siempre la característica de la reserva y de lo extraño a la esfera pública. En
un escrito juvenil de Aristóteles (Protreptico, B43) la vida del pensador es
parangonada a la vida del extranjero. El pensador debe extrañarse de su
comunidad, alejarse del rumor de la multitud, colocarle sordina a los sonidos
del agorá. Respecto de la vida pública, de la comunidad político- social, tanto
el pensador como el extranjero es sentido estricto no se sienten en su propia
casa. Es este un buen punto de partida para analizar las condiciones de la
multitud contemporánea. Buen punto de partida a condición de
extraer otras conclusiones
de la analogía
entre el extranjero
y el pensador.
El ser
extranjero, es decir, no sentirse en su propia casa, es hoy condición común de
los muchos, condición ineludible y compartida. Y bien, aquellos que no se
sientan en su casa deberán, a fin de orientarse y protegerse, recurrir a los
“lugares comunes”, es decir, a las categorías generales del intelecto
lingüístico; en tal sentido, los extranjeros son siempre pensadores. Como ven,
invierto la dirección de la comparación: no es el pensador el que se vuelve
extranjero en la confrontación con su comunidad de pertenencia, sino que los
extranjeros, la multitud de los “sin casa”, los que toman por la fuerza el
status de pensadores. Los “sin casa” no pueden más que comportarse como
pensadores: no porque
sepan de biología
o de matemática superior, sino porque deben
recurrir a las categorías más esenciales del intelecto abstracto a fin de parar
los golpes aleatorios, para resguardarse de las contingencias y los
imprevistos.
Para
Aristóteles, el pensador es extranjero, sí, pero provisoriamente: cuando ha
terminado de escribir la Metafísica puede ocuparse nuevamente de los asuntos
comunes. De igual modo, los extranjeros cercanos, los espartanos llegados a
Atenas, son extranjeros por un tiempo determinado: antes o después podrán
retornar a la patria. Pero para la multitud contemporánea la condición de “no
sentirse en casa” es permanente e irreversible.
La ausencia de
una comunidad sustancial,
y de sus “lugares especiales” asociados, hacen a
la vida de los extranjeros, al no sentirse- en- su- casa, a que el bios xenikós
sea una experiencia ineludible y duradera. La multitud de los “sin casa” confía
en el intelecto, en los “lugares comunes”: es, a su modo, una multitud de
pensadores (aunque sólo tengan educación elemental y no lean un libro ni bajo
tortura)
Una
observación al margen: se habla a veces de la puerilidad del comportamiento
metropolitano. Y se lo hace con tono despreciativo. Aún afirmando la estupidez
de dicho desprecio, vale la pena preguntarse si hay algo de consistencia, un
atisbo de verdad, en esa asociación entre vida metropolitana e infancia. Tal
vez la infancia sea la matriz ontogenética de toda búsqueda sucesiva de
protección contra los golpes del mundo circundante; ejemplifica la necesidad de
vencer una indecisión constitutiva, una inseguridad originaria (indecisión e
inseguridad que luego originan la vergüenza, sentimiento desconocido para el
cachorro no humano, que siempre sabe cómo comportarse). El niño se protege
mediante la repetición (otra vez el mismo cuento, el
mismo juego, el
mismo gesto). La
repetición resulta una
estrategia protectora para confrontar los chocs provocados por lo nuevo
e imprevisto. Ahora bien, el problema parece ser este: ¿no se transfiere la
experiencia del niño a la del adulto y al comportamiento prevaleciente dentro
de los grandes conglomerados urbanos (comportamientos descriptos por Simmel,
Benjamin y tantos otros)? La experiencia infantil de la repetición se prolonga
en la vida adulta ya que constituye la principal forma de resguardo allí donde
faltan costumbres sólidas, comunidad sustancial, un ethos completo. En la
sociedad tradicional (en la experiencia del “pueblo”) la repetición cara al
niño dejaba su lugar a formas de protección más completas y articuladas: el
ethos, los usos y costumbres, los hábitos que constituían el orden de la
comunidad sustancial. Ahora, en el tiempo de la multitud, esta sustitución no
sucede más. La repetición, lejos de ser reemplazada, perdura. Ha sido Walter
Benjamin quien consideró este punto. Le ha prestado una gran atención a la
infancia, al juego infantil, al amor del niño por la repetición; y, al mismo
tiempo, al culto de la reproducibilidad técnica de la obra de arte como ámbito
en el cual se forja nuevas formas de percepción (Benjamin 1936). Y bien, es de
suponer que hay un nexo entre estos
dos aspectos. En
la reproducibilidad técnica
revive potenciada la
instancia infantil del “otra vez más”, el general intellect se
manifiesta también como repetición reafirmadora. Es cierto: la multitud actual
tiene algo de infantil: pero es este algo es lo más serio.
Publicidad sin esfera pública
Hemos
dicho que la multitud se define por el no- sentirse- en- su- casa, y por la
consecuente familiaridad con los “lugares comunes”, con el intelecto abstracto.
Corresponde agregar ahora que la dialéctica miedo- resguardo radica en esta
familiaridad con el intelecto abstracto. El carácter público y compartido de la
“vida de la mente” está teñido de ambivalencia: hospeda en sí incluso
posibilidades negativas, figuras temibles. El intelecto público es el tronco
unitario del cual pueden brotar tanto horrendas formas de protección como
formas de protección capaces de procurar un bienestar real (en la medida en la
cual puedan salvar de la primera). El intelecto público, que logra la multitud,
es el punto de partida para desarrollos contrapuestos. La llegada a un primer
plano de las aptitudes fundamentales del ser humano (pensamiento, lenguaje,
autorreflexión, capacidad de aprendizaje) puede derivar en aspectos
inquietantes y opresivos, u originar una esfera pública inédita, una esfera
pública no Estatal, lejos de los mitos y los ritos de la soberanía.
Mi tesis,
en ajustada síntesis, es esta: si la publicidad del intelecto no se curva en
una esfera pública, en un espacio político en el cual los muchos puedan atender
los asuntos comunes, se producirán efectos aterradores. Una publicidad sin
esfera pública: he allí la vertiente negativa- el mal si se quiere- de la
experiencia de la multitud. Freud, en el ensayo Il Perturbante (Freud 1919:
292- 3), muestra cómo la potencia extrínseca del pensamiento puede volverse
angustiante. Dice que los males para los cuales el pensamiento tiene un poder
exterior, práctico, inmediatamente operativo, deben ser condicionados y
dominados por los otros. Es la misma situación, por otra parte, que se
determina en una sesión espiritista, en la cual los participantes están estrechamente
unidos en una relación de fusión que parece anular todo rasgo individual. Pues
bien, la creencia en la “omnipotencia del pensamiento” estudiada por Freud, o
la situación- límite de la sesión espiritista, ejemplifican adecuadamente qué
puede ser una publicidad sin esfera pública; qué puede ser un “intelecto
general”, un general intellect, que no se articule en un espacio público.
El
general intellect, o intelecto público, si no se vuelve república, esfera
pública, comunidad política, multiplica demencialmente las formas de sumisión.
Para aclarar el punto, pensemos en la producción contemporánea. El compartir
las aptitudes lingüísticas y cognoscitivas es el elemento constitutivo del
proceso de trabajo postfordista. Todos los trabajadores intervienen en la
producción en tanto pensantes- hablantes. Ninguna relación, vemos, con la
“profesionalidad”, o con el antiguo “oficio”: hablar/ pensar son aptitudes
genéricas del animal humano, lo contrario de cualquier especialización. Este
compartir preliminar, por una parte caracteriza a los “muchos” en tanto
“muchos”, la multitud; por otra, es la misma base de la producción actual. El
compartir, en cuanto requisito técnico, se opone a la división del trabajo, la
contradice, la desmorona. Esto no significa, naturalmente, que el trabajo no
esté ya subdividido, parcializado, etc.; significa que la segmentación del
ámbito laboral ya no responde a criterios objetivos, “técnicos”, sino que es
explícitamente arbitraria, reversible, cambiante. Para el capital, lo que
verdaderamente cuenta es la unificación originaria de la dote lingüístico-
cognoscitiva, ya que es eso lo que garantiza la velocidad de la reacción ante
las innovaciones, la adaptabilidad, etc. Pero es evidente que esta unificación
de las dotes genéricas cognoscitivas y lingüísticas al interior del proceso de
producción real no se vuelve esfera pública, no se vuelve comunidad política,
principio constitucional. ¿Qué cosa sucede, pues?
La publicidad
del intelecto, su
situación de compartida,
si por una
parte dinamiza la rígida área de la división del trabajo, por la otra
fomenta la dependencia personal. General intellect, fin de la división del
trabajo, dependencia personal: los tres aspectos están correlacionados. La
publicidad del intelecto, allí donde no se articula en una esfera pública se
traduce en una proliferación descontrolada de las jerarquías, tan infundada
como poderosa. La dependencia es personal en doble sentido: en el trabajo se
depende de la persona para esto o aquello, no desde reglas dotadas de poder
coercitivo anónimo; además, se intenta volver sumisa a la totalidad de la
persona, a sus aptitudes comunicativas y cognoscitivas básicas. Jerarquías
proliferantes, minuciosas, personalizadas: he allí la contrapartida
negativa de la publicidad/ unificación
del intelecto. La multitud, repetimos, es un modo de ser ambivalente.
¿Qué Uno para los Muchos?
El punto
de partida del
presente análisis ha
sido la contraposición entre “pueblo” y “multitud’. De todo lo
argumentado resulta evidente que la multitud no se desembaraza del Uno, es
decir, del universal, el común/ conjunto, sino que lo redetermina. El Uno de la
multitud no tiene nada en común con el Uno constituido por el Estado, con el
Uno donde converge el pueblo.
El pueblo
es el resultado de un movimiento centrípeto: de los individuos atomizados a la
unidad del “cuerpo político”, a la soberanía. El Uno es el mayor resultado de
este movimiento centrípeto. La multitud, en cambio, es el resultado de un
movimiento centrífugo: del Uno a los Muchos. Pero ¿cuál es el Uno a partir del
cual los muchos se diferencian y persisten como tales? No puede ser el Estado,
debe tratarse de otra forma de unidad/ universalidad. Podemos retomar ahora un
punto que señalábamos al comienzo.
La unidad
que la multitud carga en sus espaldas está constituida por “lugares comunes” de
la mente, de las facultades lingüísticas- cognoscitivas comunes a la especie,
del general intellect. Se trata de una unidad/ universalidad visiblemente
heterogénea con respecto a la estatal. Seamos claros: las aptitudes
cognoscitivas- lingüísticas de la especie no arriban a un primer plano porque
alguien lo decide, sino por necesidad, porque constituyen una forma de
protección en una sociedad privada de comunidad sustancial (es decir, de
“lugares especiales”).
El Uno
de la multitud
no es, por
ello, el Uno
del pueblo. La
multitud no converge en una
voluntad general por un motivo simple: porque ya dispone de un general
intellect. El intelecto público, que en el postfordismo aparece como mero
recurso productivo, puede constituir un diferente “principio constituyente”,
puede bosquejar una esfera pública no estatal. Los muchos en cuanto muchos
tienen como base o pedestal la publicidad del intelecto: para bien y para mal.
Hay,
ciertamente, una diferencia sustancial entre la multitud contemporánea y la
estudiada por los filósofos políticos del mil seiscientos. En los albores de la
modernidad los “muchos” coincidían con los ciudadanos de las repúblicas
comunales anteriores al nacimiento del gran Estado nacional. Aquellos “muchos”
avalaban el “derecho a la resistencia”, la jus resistentiae. Dicho derecho no
significa, banalmente, legítima defensa, sino algo más fino y complejo. El
“derecho a la defensa” consiste en hacer valer la prerrogativa de un individuo,
o de una comunidad local, o de una corporación, contra el poder central,
salvaguardando formas de vida ya instaladas. Se trata, por lo tanto, de
defender algo positivo: es una violencia conservadora (en el buen sentido del
término). Quizá el jus resistentiae, el derecho a defender cualquier cosa que
esté y sea digna de perdurar, sea lo que más aproxima a la multitud del
seiscientos a la multitud postfordista. Aunque no por eso se trata de “alcanzar
el poder”, de construir un nuevo Estado, un nuevo monopolio de la decisión
política, sino de defender las experiencias plurales, las formas de democracia
no representativa, usos y costumbres no estatales. En cuanto al resto no es
difícil ver las diferencias: la multitud actual tiene como presupuesto un Uno
no menos sino más universal que el Estado: el intelecto público, el lenguaje,
los “lugares comunes” (pensar en la web...). Además, la multitud contemporánea
lleva en sí la historia del capitalismo, se halla ligada doblemente a las
vicisitudes de la clase obrera.
Es
conveniente vigilar al demonio de la analogía, del cortocircuito entre antiguo
y moderno; es preciso subrayar los rasgos históricamente originales de la
multitud contemporánea, evitando considerarla una simple reedición de algo que
ya fue. Un ejemplo: es típico de la multitud postfordista fomentar el colapso
de la representación política, no como gesto anárquico sino como búsqueda
realista y calmada de nuevas formas políticas. Es verdad que ya Hobbes advertía
sobre la tendencia de la multitud a proveerse de organismos políticos
irregulares: “no otra cosa más que reuniones o asambleas de gente privada de
una finalidad o proyecto particular, o determinada por obligaciones de unos
hacia otros” (Hobbes 1651: 197). Pero es obvio que la democracia no representativa
basada en el general intellect posee otro alcance: nada intersticial, marginal
o residual; más bien, la concreta apropiación y rearticulación del saber/
poder, hoy congelado en el aparato administrativo del Estado.
Hablando
de “multitud”, no encontramos ante un problema complejo: si es un concepto sin
historia, sin léxico, mientras que el concepto de “pueblo” está completamente
codificado, con palabras concretas y matices de todo tipo. Es obvio que es así.
Hemos dicho ya que en las reflexiones político- filosóficas del ‘600 prevaleció
el “pueblo” sobre la “multitud”: por ello, el pueblo ha usufructuado un léxico
adecuado. A propósito de la multitud, descontamos en cambio la absoluta
ausencia de codificación, la ausencia
de un vocabulario
conceptual perspicaz. Y
este es un hermoso desafío para filósofos y
sociólogos, en especial por la riqueza del tema. Se trata de trabajar sobre
materiales concretos, examinándolos en detalle, y, al mismo tiempo, obteniendo
de ellos categorías teóricas. Un doble movimiento, de la cosa a la palabra, de
la palabra a la cosa: esto pide la multitud postfordista. Es, repito, una tarea
atractiva.
Es cierto
que “pueblo” y “multitud” son dos categorías más atinentes al pensamiento
político (indicando que son alternativas de existencia política) que a la
sociología. Pero en mi opinión la noción de multitud es extraordinariamente
fértil para comprender y censar el modo de ser del trabajo dependiente
postfordista, cuyos comportamientos resultan tan enigmáticos a primera vista.
Como desarrollaré mejor en la segunda jornada, es una categoría del pensamiento
político, derrotada en su momento en el debate teórico, la que hoy representa
un precioso instrumento de análisis
del trabajo vivo
del postfordismo. Hemos
dicho que la
multitud es una categoría anfibia: por un lado hablamos
de la producción social basada en el saber y el lenguaje, por otro, de la
crisis de la forma Estado. Quizá tras ambos haya un fuerte nexo. Carl Schmitt,
alguien que ha hecho un culto del Estado y uno de los mayores teóricos
políticos del siglo transcurrido, en los años sesenta, ya anciano ha escrito
una frase amarga (para él) cuyo sentido es la reaparición de la multitud y el
ocaso del pueblo: “La era del estatismo está llegando a su fin [...] El Estado
como modelo de la unidad política, el Estado como titular del más
extraordinario de todos los monopolios, el monopolio de las decisiones
políticas, está por ser destronado” (Schmitt 1963: 90). Con un agregado
importante: este monopolio de las decisiones le ha sido verdaderamente
sustraído al Estado, sólo se dejará de ser para siempre un monopolio cuando la
multitud haga valer su carácter centrífugo.
Deseo
concluir disipando, en lo posible, un equívoco en el cual es fácil caer. Puede
parecer que la multitud marca el fin de la clase obrera. En el universo de los
“muchos” ya no
hay lugar para
los overoles, todos
iguales uno tras
otro, poco sensibles al
caleidoscopio de las “diferencias”. Esta es una tontería de alguien que ha
deseado simplificar la cuestión y emitir frases de efecto (aplicarle
electroshocks a un babuino, diría un amigo). La clase obrera no coincide, ni en
Marx ni en la opinión de ninguna persona seria,
con determinados hábitos, usos y costumbres, etc. Clase obrera es
un concepto teórico, no
una foto postal:
indica al sujeto
que produce plusvalía absoluta y
relativa. Pues bien, la clase obrera contemporánea, el trabajo vivo
subordinado, su cooperación cognoscitiva- lingüística, posee los rasgos de la
multitud antes que del pueblo. No tiene ya la vocación “popular” por el
estatismo. La noción de “multitud” no invalida al concepto de clase obrera, ya
que este último no se ligaba por definición al de “pueblo”. Ser multitud no
impide en absoluto producir plusvalía. Es cierto que, desde que la clase obrera
no posee más el modo de ser del pueblo sino el de la multitud han cambiado
muchas cosas: mentalidad, formas de la organización y de los conflictos. Todo
se complica. Sería mucho más sencillo decir que ahora la multitud no es más la clase obrera... pero
si se desea simplicidad a toda costa basta con tomarse una botella de vino tinto.
Por otra
parte, también en
Marx la clase
obrera pierde la
semblanza de “pueblo” y adquiere
la de “multitud”. Un solo ejemplo: pensemos en las páginas del último capítulo
del primer libro de El Capital, donde Marx analiza las condiciones de la clase
obrera en los Estados Unidos (Marx 1867: cap. XXV, “La teoría moderna de la
colonización”). Son grandes páginas sobre el Oeste americano, sobre el éxodo,
sobre las iniciativas individuales de los “muchos”. Los obreros europeos,
expulsados de sus países por las epidemias, la carestía, las crisis económicas,
llegan a trabajar a la costa Este de los Estados Unidos. Pero, atención, se
quedan algunos años, sólo algunos años. Luego desertan de las fábricas,
dirigiéndose hacia el Oeste, hacia la tierra libre. El trabajo asalariado,
antes que una prisión, se presenta como un episodio transitorio. Durante
unos veinte años
los asalariados tuvieron
la posibilidad de sembrar el desorden en las férreas leyes
del mercado de trabajo: abandonando las propias condiciones de partida,
determinaron la relativa escasez de mano de obra y, con ello, el alza de los
salarios. Marx, describiendo esta situación, ofrece un retrato muy vívido de
una clase obrera que es también multitud.
2
Trabajo, acción, intelecto
La última
vez he intentado ilustrar el modo de ser de la multitud ha partir de la
dialéctica temor- resguardo. Hoy deseo discutir la clásica división de la
experiencia humana en tres ámbitos fundamentales: Trabajo (o poiesi), Acción
política (o praxis), Intelecto (o vida de la mente). El objetivo es siempre el
mismo: articular y profundizar la noción de multitud.
Como se
recordará, “multitud” es una categoría
central del pensamiento político: la utilizamos para
desarrollar algunos rasgos sobresalientes del modo de producción postfordista.
A condición de entender por “modo de producción” no sólo una configuración
económica particular sino
también un conjunto
compuesto por formas de vida, una
constelación social, antropológica, ética (“ética”, atención, no “moral”: el
tema son los hábitos, los usos y costumbres, no el deber- ser). Y bien, deseo
sostener que la multitud contemporánea tiene por trasfondo la crisis de la
subdivisión de la experiencia humana en Trabajo, Acción (política) e Intelecto.
La multitud se afirma como modo de ser en alto grado allí donde hay
yuxtaposición o al menos hibridización entre ámbitos que desde no mucho tiempo
atrás, aún en la época fordista, parecían netamente distintos y separados.
Trabajo,
Acción, Intelecto: de acuerdo con una tradición que se inicia con Aristóteles y
ha sido retomada con particular pasión y eficacia por Hannah Arendt (Arendt
1958), esta tripartición ha parecido perspicaz, realista, casi incuestionable.
Se ha enraizado en el sentido común: no se trata, por ello, de una cuestión
sólo filosófica, sino de un esquema ampliamente compartido. Ejemplo
autobiográfico: cuando comencé a ocuparme de política, en los años ’60, esta
subdivisión me parecía obvia; me resultaba irrefutable, como una percepción
visual o táctil. No era preciso haber leído la Etica Nicomachea de Aristóteles
para saber que trabajo, acción política y reflexión intelectual constituían
tres esferas de principios y criterios radicalmente heterogéneos. Obviamente,
la heterogeneidad no
excluía las intersecciones: la reflexión intelectual podía aplicarse a la
política; a su vez, la acción política se nutría con frecuencia y de buena gana
de términos atinentes al ámbito de la producción, etc. Pero, por numerosas que
fuesen las intersecciones, Trabajo, Intelecto, Política eran esencialmente
distintas. Por motivos estructurales.
El
Trabajo es recambio orgánico con la naturaleza, producción de nuevos objetos,
proceso repetitivo y previsible. El Intelecto puro posee una índole solitaria e
inaparente: la meditación del pensador escapa de la mirada de los otros; la
reflexión teórica silencia el mundo
de las apariencias.
A diferencia del Trabajo,
la Acción política interviene en
las relaciones sociales, no sobre los materiales naturales; tiene que ver con
lo posible y lo imprevisto; no llena el contexto en el que opera de objetos
ulteriores, sino que modifica este mismo contexto. A diferencia del Intelecto,
la Acción política es pública, entregada a la exterioridad, a la contingencia,
al rumor de los “muchos”; implica, para utilizar palabras de Hannah Arendt, “la
exposición ante los ojos de los demás” (ibid: cap. V, “La acción”). El concepto
de Acción política puede ser producido por oposición respecto a los otros dos
ámbitos.
Y bien,
esta antigua tripartición, todavía grabada en el sentido común de la generación
que debutó en la escena pública en los años ’60, es precisamente la que ha
entrado en decadencia. Se han disuelto los confines entre la pura actividad
intelectual, la acción
política y el
trabajo. En especial
el trabajo denominado postfordista ha absorbido en sí
muchas de las características típicas de la acción política. Y esta fusión
entre Política y Trabajo constituye un rasgo fisonómico decisivo de la multitud
contemporánea.
Yuxtaposición de poiesis y praxis
Distinguían
a la experiencia política. La poiesis ha incluido en sí numerosos aspectos de
la praxis. Este es el primer aspecto de la hibridización general que deseo
tratar.
Veamos:
también Hannah Arendt denuncia insistentemente el fin de los límites entre
trabajo y política (siempre que por “política” no se entienda la vida en una
sesión del partido, sino
la experiencia genéricamente
humana de comenzar
de nuevo cualquier cosa, una
relación íntima con la contingencia y lo imprevisto, la exposición a la vista
de los otros). La política, según Arendt, ha pasado a imitar al trabajo. La
política del Novecientos, a su juicio, ha derivado en una especie de
construcción de nuevos objetos: el Estado, el partido, la historia, etc. Pues
bien, afirmo que todo ha sido lo opuesto a lo que Arendt cree: no es la
política la que se ha conformado como el trabajo, sino el trabajo el que ha
adquirido las connotaciones tradicionales de la acción política. Es la mía una
argumentación opuesta y simétrica a la de Arendt. Sostengo que en el trabajo
contemporáneo se descubre la “exposición a la vista de los demás”, la relación
con la presencia de los otros, el inicio de procesos inéditos, la familiaridad
constitutiva con la contingencia, lo imprevisto y lo posible. Sostengo que el
trabajo postfordista, el
trabajo productivo de
plusvalía, el trabajo
subordinado, introduce en escena dotes y requisitos que, según una
tradición secular, pertenecían a la acción política.
Para
retener. Esto explica, a mi parecer, la crisis de la política, el desprecio que
circunda hoy a la praxis política, el
descrédito en el cual ha caído la acción. En efecto, la acción política aparece
fatalmente como una duplicación superflua de la experiencia del trabajo, ya que
esta última también de modo deformado
y despótico, ha subsumido en sí ciertos caracteres
estructurales de la primera. El ámbito de la política copia estrechamente
procedimientos y estilos que distinguen al ámbito del trabajo, pero dicha
copia resulta una
versión empobrecida, rosa,
simplificada. La política ofrece una red comunicativa y un
contenido cognoscitivo más pobre que el derivado del actual proceso productivo.
Menos compleja que la del trabajo, y, sin embargo, muy similar a ella, la
acción política aparece como algo poco deseable.
La
inclusión en la producción contemporánea de ciertos rasgos de la praxis
política ayuda a comprender porqué la multitud postfordista es, hoy, una
multitud politizada. Ya hay
mucha política en
el trabajo asalariado
(en cuanto trabajo asalariado) porque
la política como
tal puede también
gozar de una
autónoma dignidad.
Del virtuosismo. De Aristóteles a Glenn Gould
La
subsunción en el proceso laboral de aquello que anteriormente otorgaba a la
Acción pública su fisonomía inconfundible puede ser aclarada mediante una
categoría vetusta, pero eficaz: el virtuosismo.
Siguiendo
por ahora la acepción ordinaria, por “virtuosismo” entiendo la capacidad
peculiar de un artista ejecutante. Virtuoso es, por ejemplo, el pianista que
ofrece una ejecución memorable de Schubert; o el bailarín experimentado, o el
orador persuasivo, o el docente no aburrido, o el cura del sermón sugestivo.
Consideremos atentamente qué es lo que distingue la actividad del virtuoso, es
decir, del artista ejecutante. En primer lugar, la suya es una actividad que
halla su propio cumplimiento (su propio fin) en sí misma, sin objetivarse en
una obra duradera, sin depositarse en un “producto acabado”, vale decir, en un
objeto que sobreviva a la ejecución. En segundo lugar, es una actividad que
exige la presencia de otros, que existe sólo en presencia de un público.
Actividad
sin obra: la ejecución de un pianista o un bailarín no deja detrás de sí un
objeto determinado, separable de la propia ejecución, en condiciones de
persistir cuando aquella ha
finalizado. Actividad que
exige la presencia
de otros: la performance tiene sentido sólo cuando es
vista o escuchada. Se intuye que estas dos características están
correlacionadas: el virtuoso necesita de la presencia de un público, por el
hecho de no producir una obra, un objeto que quede girando en el virtuoso debe
dar cuenta de su testimonio.
La
categoría del virtuosismo es discutida en la Etica Nicomachea; aflora aquí y
allá en el pensamiento político moderno, también del novecientos; posee un
pequeño lugar en la crítica de la economía política de Marx. En la Etica
Nicomachea Aristóteles distingue el trabajo, o poiesis, de la acción política,
o praxis, utilizando para ello la noción de virtuosismo: hay trabajo cuando se
produce un objeto, una obra separable del acto; hay praxis cuando el acto tiene
en sí mismo su propio fin. Aristóteles escribe: “el fin de la producción es
distinto de la propia producción, mientras que no puede serlo aquel de la
acción: porque la acción (acordada tanto como conducta ética o como acción
política) es un fin en sí misma” (Et. Nic. , VI, 1139 b). Retomando implícitamente
a Aristóteles, Hannah Arendt compara a los artistas ejecutantes, los virtuosos,
con aquellos que están impregnados de la acción política. Escribe: “El arte que
no produce ninguna “obra” posee gran afinidad con la política. Los artistas que
lo producen- bailarines, actores, músicos y similares- tienen necesidad de un
público al cual mostrar su virtuosismo, como aquellos hombres que actúan
[políticamente] necesitan de otros ante cuya presencia poder aparecer: unos y
otros, para poder “trabajar”, requieren de un espacio de estructura pública, y
en ambos, su “ejecución” depende de la presencia ajena”. (Arendt 1961: 206).
Se podría
decir que toda acción política es virtuosa. Con el virtuosismo comparte, en
efecto, la contingencia, la ausencia de un “producto acabado”, la
inmediata e inevitable
relación con la
presencia ajena. Opuestamente, todo virtuosismo es intrínsecamente
político. Pensemos en el caso de Glenn Gould (Gould 1984: 15-24; Schneider
1989). Este gran artista odiaba, paradójicamente, el rasgo distintivo de
su actividad de artista ejecutante;
dicho de otro modo: detestaba la exhibición pública. Toda la vida combatió la
“politicidad” inherente a su actividad. En cierto momento
Gould declaró querer
“abandonar la vida
activa”, es decir,
la exposición a la mirada ajena (nótese que “vida activa” es la
denominación tradicional de la política). Por volver impolítico el propio
virtuosismo, intentó aproximar lo más posible la actividad del artista
ejecutante al trabajo propiamente dicho, que queda dentro de
su producto extrínseco.
Esto significó encerrarse
en un estudio
de grabación, contrabandeando la producción de discos (por otra parte,
excelentes), por una “obra”. Para evadirse de la dimensión público- política
propia del virtuosismo, debió fingir que sus ejecuciones magistrales producían
un objeto definido (independiente de la misma ejecución). Así eran una obra, un
producto autónomo, eran trabajo, ya no más virtuosismo ni, tampoco, política.
También
Marx habla de pianistas, oradores, bailarines, etc. De ellos habla en algunos
de sus textos más significativos: en el Capítulo VI inédito (Marx 1933: 83) y
luego, en términos casi idénticos, en la Teoría del plusvalor (Marx 1905: I,
357-8). Marx analiza el trabajo intelectual distinguiendo en él dos especies
principales. Por un lado, la actividad inmaterial o mental, que “tiene por
resultado mercancías con una existencia independiente del productor [...]
libros, cuadros, objetos de arte en general, en cuanto distintos de las
prestaciones artísticas de quienes los escriben, pintan o crean” (Marx 1933:
83). Esta es la primer especie de trabajo intelectual. Por otro lado- escribe
Marx- consideremos toda aquella actividad en la cual “el producto es inseparable
del acto de producir” (Ibid.), aquella actividad que halla en sí misma el
propio cumplimiento, sin objetivarse en una obra que la exceda. Es la misma
discriminación entre producción material y acción política ya ilustrada por
Aristóteles. Sólo que aquí Marx no se ocupa de la acción política, sino que
analiza dos figuras laborales distintas. Ello explica la distinción entre
actividad- con- obra y actividad- sin- obra en determinados tipos de poiesis.
La segunda especie de trabajo intelectual (la actividad en la cual “el producto
es inseparable del acto de producir”) comprende, según Marx, todas aquellas en
las cuales el trabajo se resuelve en una ejecución virtuosa: pianistas,
mayordomos, bailarines, docentes, oradores, médicos, sacerdotes, etc.
Ahora, si
el trabajo intelectual que produce una obra no presenta problemas particulares,
el trabajo sin obra (virtuoso, por lo señalado) resulta embarazoso para Marx.
El primer tipo de trabajo intelectual se acomoda sin más a la definición de
“trabajo productivo”. Pero ¿y el segundo tipo? Recuerdo el pasaje en el cual,
para Marx, trabajo productivo no es trabajo subordinado, fatigoso o humilde,
sino tan sólo trabajo que produce
plusvalía. Es cierto
que también las
prestaciones virtuosas pueden, en
principio, producir plusvalía: si la actividad del bailarín, del pianista, etc.
se organizan de modo capitalista, pueden ser fuente de plusvalía. Sin embargo, Marx está perturbado por la
fuerte semejanza entre la actividad del artista ejecutante y la tarea servil,
la cual, aunque ingrata y frustrante, no produce plusvalor, y, por ello,
pertenece al ámbito del trabajo improductivo. Trabajo servil es aquel por el
cual no se invierte capital, sino que se gasta un rédito (por ejemplo, el
servicio personal de un mayordomo). El trabajador “virtuoso”, según Marx, si
por una parte representa una excepción poco significativa desde el punto de
vista cuantitativo, por otra, y es lo que más
importa, converge casi
siempre en el
trabajo servil/ improductivo. Tal convergencia está sancionada por el
hecho que su actividad no da lugar a una obra independiente: donde
falta un producto
acabado autónomo, generalmente
no se hallará un trabajo
productivo (de plusvalor). Marx acepta de hecho la ecuación trabajo- sin- obra
= servicio personal. En conclusión, el virtuosismo es, para Marx, “trabajo
asalariado que no es al mismo tiempo trabajo productivo” (Marx 1905: I, 358).
Saquemos
las conclusiones. El virtuosismo está abierto a dos alternativas: o bosqueja el
carácter estructural de la actividad política (falta de una obra, exposición
ante los demás, contingencia, etc.), como sugieren Aristóteles y Hannah Arendt;
o bien, en Marx, toma la semblanza del “trabajo asalariado que no es todavía
trabajo productivo”. Esta bifurcación decae y se hace añicos cuando el trabajo
productivo, en su totalidad, hace suyas las características peculiares del
artista ejecutante. En el postfordismo aquel que produce plusvalía se comporta-
desde un punto de vista estructural, por supuesto- como un pianista, bailarín,
etc. y, por lo tanto, como un hombre político. En referencia a la producción
contemporánea, resulta perspicaz la observación de Hannah Arendt sobre la
actividad de los artistas ejecutantes y de los hombres políticos: para trabajar
necesitan de un “espacio de estructura pública”. En el postfordismo, el Trabajo
requiere un “espacio de estructura pública” y se asemeja a una ejecución virtuosa
(sin obra). A este espacio de estructura pública Marx lo llama “cooperación”.
Se podría decir: a un cierto grado de desarrollo de las fuerzas sociales
productivas la cooperación laboral introyecta en sí la comunicación verbal,
semejando así a una ejecución virtuosa, o, precisamente, a un complejo de
acciones políticas.
¿Recuerdan el célebre texto de Max Weber sobre la
política como profesión. (Weber 1919: 133-5)? Weber enumera una serie de dotes
que distinguen al hombre político: saber poner en peligro la salud de la propia
alma, un justo equilibrio entre la ética de las convicciones y la de la
responsabilidad, dedicación a los objetivos, etc. Debemos releer este texto en
referencia al toyotismo, al trabajo basado en el lenguaje, a la movilización
productiva de las facultades cognoscitivas. El ensayo de Weber habla de las
dotes hoy requeridas por la producción material.
El hablante como artista ejecutor
Todos
nosotros somos, desde siempre, virtuosos, artistas ejecutantes. Tal vez
mediocres o torpes pero, a todos los efectos, virtuosos. En efecto, el modelo
básico del virtuosismo, la experiencia en que se funda el concepto, es la
actividad del hablante. No la actividad de un locutor sabio, sino la de
cualquier locutor. El lenguaje verbal humano, no siendo un simple utensilio o
un complejo de señales instrumentales (característica esta que asemeja, en el
peor de los casos al lenguaje de los animales no humanos: pensemos en las
abejas, en las señales mediante las cuales coordinan el aprovisionamiento de
comida), posee en sí mismo su propia realización, no produce (al menos no
necesariamente, no regularmente) un “objeto” independiente de la propia
ejecución enunciativa.
El
lenguaje es “sin obra”. Toda enunciación es una prestación virtuosa. Y lo es,
obviamente, porque está conectada (directa o indirectamente) a la presencia
ajena. El lenguaje presupone y al mismo
tiempo instituye siempre de nuevo el “espacio de estructura pública” del cual
habla Arendt. Debemos releer el pasaje de la Etica Nicomachea sobre la
diferencia entre poiesis (producción) y praxis (política) en estrecha
referencia a la noción de palabra en Saussure (Saussure 1922: 28-30)y, sobre
todo, al análisis de Emile Benveniste (Benveniste 1970) sobre la enunciación
(donde por enunciación se entiende no el contenido del enunciado, el “qué se
dice”, sino la toma de palabra como tal, el mismo hecho de hablar). De tal modo
se constata que los rasgos diferenciales de la praxis respecto de la poiesis
coinciden en todo y por todo con los
rasgos diferenciales del
lenguaje verbal respecto
de la motilidad
o también a la comunicación no- verbal.
Es más.
Sólo el parlante- a diferencia del pianista, del bailarín, del actor- puede
actuar sin una copia o una partitura. El suyo es un virtuosismo dual: no sólo
no produce una obra que sea distinguible en la ejecución sino que ni siquiera
tiene a sus espaldas una obra para actualizar mediante la ejecución. En efecto,
el acto de la palabra se sirve solamente de la potencialidad de la lengua, o,
mejor, de la facultad genérica del lenguaje: no de un texto prefijado al
detalle. El virtuosismo del parlante es prototipo y culminación de todo otro
virtuosismo, exactamente porque incluye en sí la relación potencia/ acto, allí
donde el virtuosismo ordinario o derivado presupone un acto determinado (las
Variaciones Goldberg de Bach, por ejemplo), para ser revivido siempre de nuevo.
Volveremos sobre este punto.
Baste
decir, por ahora, que la producción contemporánea se vuelve “virtuosística” (y
por ende política) porque incluye en sí la experiencia lingüística como tal. Si
esto es así, la matriz del postfordismo se encontrará en el sector industrial
en el que haya “producción de comunicación por medios de comunicación”. Por lo
tanto, en la industria cultural.
Industria cultural: anticipación y paradigma
El
virtuosismo se vuelve trabajo masificado con el nacimiento de la industria
cultural. Es aquí donde el virtuoso comienza a sellar su tarjeta. En la
industria cultural, en efecto, la actividad sin obra, es decir la actividad
comunicativa que tiene en sí misma su propio cometido, es el elemento caracterizante, central,
necesario. Y es por este motivo que por sobre todo en la industria cultural la
estructura del trabajo asalariado ha coincidido con la acción política.
En el
sector en el cual se produce comunicación con
medios de comunicación, la tarea y la función son, conjuntamente,
“virtuosísticas” y “políticas”. Un gran escritor italiano, Luciano Bianciardi,
en su romance más importante, La vita agra, cuenta miserias y esplendores de la
industria cultural en Milán en los años cincuenta. Una página admirable de este
libro ilustra eficazmente aquello que distingue a la industria cultural de la
industria tradicional y de la agricultura. El protagonista de La vita agra, llegado
a Milán de Grosseto con la intención de vengar la reciente muerte del trabajo
en su región, termina empleándose en la naciente industria cultural. Pero, tras
un breve período, es licenciado. He aquí el fragmento que hoy posee un
indudable valor teórico: “...Y me licenciaron, por el sólo hecho de arrastrar
los pies, de moverme lento, me quedo a un lado hasta que no sea indispensable.
En nuestra ocupación, en cambio, es preciso
separar bien la
tierra, los pies,
y golpear sonoramente,
es necesario moverse, zapatear, saltar, hacer polvo, una nube de polvo y
luego ocultarse dentro de ella. No es como hacen el campesino o el obrero. El
campesino se mueve lento, porque como su trabajo sigue a las estaciones él no
puede sembrar en julio y cosechar en febrero. El obrero se mueve rápidamente,
pero está en la cadena, porque le cuentan en tiempo de producción, y si no
camina a ese ritmo está en aprietos [...] Pero el hecho es que el campesino
pertenece a la actividad primaria, y el obrero a la secundaria. Uno produce de
la nada, el otro transforma una cosa en otra. La medida de valoración para el
obrero y el campesino es fácil, cuantitativa: cuantas piezas saca la fábrica
del horno, cuánto rinde la finca. En nuestra tarea es diferente, no somos mensurables
cuantitativamente. ¿Cómo se mide la destreza de un sacerdote, de un
publicitario, de un PRM? Ellos no producen de la nada ni transforman. No son ni
primarios ni secundarios. Son terciarios, y hasta podemos decir [...]
cuaternarios. No son instrumentos de producción, y ni siquiera correa de
transmisión. Son lubricantes al máximo, son vaselina pura. ¿Cómo se puede valorar a un sacerdote, a un publicista, a un
PRM? ¿Cómo se calcula la cantidad de fe, de deseos de compra, de simpatía, que
aquellos hayan logrado obtener? No, no tenemos otro método como no sea la
capacidad de cada uno de mantenerse a flote, de emerger por sí mismo, en suma,
de llegar a obispo. En otras palabras, aquel que elija una profesión terciaria
o cuaternaria necesita dotes y aptitudes de tipo político. La política, como
todos sabemos, ha dejado hace tiempo de ser la ciencia del buen gobierno,
tornándose en su lugar en el arte de la conquista y la conservación del poder.
De este modo, la bondad de un hombre político no se mide según el bien que le
haga a los demás, sino por la rapidez con que arribe a la cúspide y el tiempo
que pueda mantenerse allí [...] Del mismo modo, en las profesiones terciarias y
cuaternarias, no existiendo ninguna producción visible de bienes que sirva de
medida, el criterio será el mismo” (Bianciardi 1962: 129-32)
En muchos
sentidos el análisis de Bianciardi está visiblemente desactualizado, ya que en
él las tareas de la industria cultural aparecen como una excepción marginal y
extravagante. Y más aún: es cuando menos superficial la reducción de la
política a simple y puro atropello. Sin embargo, en el fragmento que hemos
leído brota ante los ojos una formidable intuición, que mezcla y retoma a su
modo la tesis de Arendt sobre la semejanza entre virtuosismo y política, y las
anotaciones de Marx acerca del trabajo que no tiene por resultado una “obra”
independiente. Bianciardi subraya la creciente “politicidad” del trabajo en la
industria cultural. Pero, y esto es lo importante, asocia esta politicidad al
hecho que en tal industria no se producen obras separadas del propio acto. Allí
donde falta una “obra” extrínseca hay acción política. Seamos claros: en la
industria cultural (como luego, hoy, en la época postfordista, en la industria
en general) no faltan algunos productos acabados para la venta al final del
proceso productivo. El punto crucial es que, mientras que la producción
material de objetos es demandada al sistema de máquinas automatizadas, las
prestaciones del trabajo vivo se asemejan cada vez más a las prestaciones
lingüísticas- virtuosísticas.
Es de
preguntarse qué papel jugó la industria cultural en la superación del
fordismo- taylorismo. Creo
que ella había
puesto a punto
el paradigma de la
producción postfordista en
su conjunto. Creo,
en consecuencia, que
los procedimientos de la
industria han devenido,
a partir de
un cierto momento, ejemplares e invasivos. En la
industria cultural, incluso en aquella arcaica examinada por Benjamin y Adorno,
es posible encontrar el preanuncio de un modo de producir que luego, con el
postfordismo, se generalizará, alcanzando el rango de canon.
Para
entender mejor esto, retornemos momentáneamente a la crítica de la industria de
la comunicación por parte de los pensadores de la Escuela de Frankfurt. En
Dialéctica del iluminismo (Adorno, Horckheimer 1947: 130-80), los autores
sostenían, en forma general, que también las “fábricas del alma” (editoriales,
cine, radio, televisión, etc.), se conformaban según los criterios fordistas de
la serialidad y la parcelización. En ellas parecía afirmarse la cadena de
montaje, símbolo preclaro de las fábricas de automóviles. El capitalismo- es
esta la tesis- muestra poder mecanizar y especializar incluso la producción
espiritual, tal como ha hecho con la agricultura y la elaboración de los
metales. Serialidad, insignificancia de la tarea única, econometría de las
emociones y los
sentimientos: son los
estribillos permanentes. Esta aproximación crítica admitía, por
supuesto, que en el caso peculiar de la industria cultural permanecieran
algunos aspectos refractarios a una asimilación completa a la organización fordista
del proceso laboral.
En la industria
cultural, por ello,
era necesario mantener abierto un determinado espacio para la
informalidad, lo no programado, el escape imprevisto, la improvisación
comunicativa e ideativa: no para favorecer a la creatividad humana, sino a fin
de obtener una productividad empresaria satisfactoria. Pero para la Escuela de
Frankfurt estos aspectos eran nada más que residuos sin importancia, escoria
del pasado, detritus. Sólo importaba la fordización general de la industria
cultural. Ahora me parece que, observando todo esto desde la perspectiva de
nuestro presente, no es difícil reconocer que aquellos pretendidos residuos (un
cierto espacio concedido a lo informal, a lo imprevisto, a lo “fuera de programa”)
eran, en verdad, avances del futuro.
No se
trataba de residuos sino de presagios anticipatorios. La informalidad del
accionar comunicativo, la interacción competitiva típica de una reunión, las
bruscas variaciones que pueden animar un programa televisivo, en general todo
aquello que está disfuncionalmente rígido y reglamentado hasta un cierto umbral
es visto hoy, en la época postfordista, como un rasgo típico de la totalidad de
la producción social. Y no sólo de la actual industria cultural, sino hasta de
la Fiat de Melfi. Si Bianciardi hablaba del trabajo en el cual regía un nexo
entre actividad- sin- obra (virtuosa) y aptitudes políticas como si fuera una
extravagancia marginal, hoy se trata de la regla. El entramado
entre virtuosismo, política
y trabajo está
hoy propagado por
todas partes. Resta preguntarse, a lo sumo, qué función específica asume
hoy la industria de las comunicaciones, cuando todos los sectores industriales
se inspiran en su modelo. Aquella que en su
momento anticipó el
viraje postfordista ¿qué
función cumple ahora que el postfordismo está plenamente desplegado?
Para responder conviene detenerse por un momento en los conceptos de
“espectáculo” y “sociedad del espectáculo”.
El lenguaje sobre el escenario
Creo que
la noción de “espectáculo”, no poco equívoca de por sí, constituye aún un
instrumento útil para descifrar algunos aspectos de la multitud postfordista
(que es, si se quiere, una multitud de virtuosos, de trabajadores que, para
trabajar, recurren a dotes genéricamente “políticas”).
El
concepto de “espectáculo”, acuñado durante los años sesenta por los
situacionistas, es un concepto propiamente teórico, no extraño a la trama de
argumentaciones marxianas. Para Guy Debord (Debord 1967) el “espectáculo” es la
comunicación humana devenida mercancía. Aquello que se da en el espectáculo es,
precisamente, la facultad humana de comunicarse, el lenguaje verbal en cuanto
tal. Como se puede ver, no se trata de una acusación rencorosa contra la
sociedad de consumo (siempre un poco sospechada, porque se corre el riesgo,
como le sucede a Pasolini, de añorar la buena convivencia en medio del bajo
consumo y la miseria). La comunicación humana en cuanto espectáculo es una
mercancía entre las demás, desprovista de prerrogativas o cualidades
especiales. Pero, por otra parte, es una mercancía que concierne, a partir de
un cierto punto, a todos los sectores industriales. Aquí está el problema.
Por un
lado el espectáculo es el producto particular de una industria particular, la
industria llamada cultural por lo señalado. Por otro lado, en el postfordismo
la comunicación humana es
también un ingrediente
esencial de la
cooperación productiva en general; por lo tanto, es la reina de las
fuerzas productivas, algo que sobrepasa el propio ámbito sectorial,
resguardando más bien a la industria en su conjunto, a la poiesis en su
totalidad... En el espectáculo son exhibidas, en forma separada y fetichizada, las
fuerzas productivas más
relevantes de la
sociedad, aquellas fuerzas productivas que deben alcanzar cualquier
proceso laboral contemporáneo:
competencia lingüística, saber,
imaginación, etc. El
espectáculo posee, por lo tanto, una doble naturaleza: producto
específico de una industria particular, pero también, al mismo tiempo,
quintaesencia de modo de producción en su conjunto. Debord escribe que el espectáculo
es “la exposición general de la racionalidad del sistema” (ibid. 28). Dan
espectáculo, por así decir, las propias fuerzas productivas de la sociedad en
cuanto coinciden, en medida creciente, con la competencia lingüística-
comunicativa y con el general intellect.
La doble
naturaleza del espectáculo trae a la mente, ciertamente, la doble naturaleza
del dinero. Como es sabido, el dinero es una mercancía entre las demás,
fabricada en la ceca del Estado, en Roma, dotada de un cuerpo metálico o de
papel. Pero tiene también una segunda naturaleza: es el equivalente, la unidad
de medida, de todas las demás mercancías. Particular y universal al mismo
tiempo el dinero; particular y universal
al mismo tiempo
el espectáculo. El
parangón, sin dudas atractivo, es, sin embargo, erróneo. A
diferencia del dinero, que mide el resultado de un proceso productivo
concluido, el espectáculo concierne más bien al proceso productivo en sí, en sí mismo, en su potencialidad. El
espectáculo, según Debord, muestra lo que hombres y mujeres pueden hacer.
Mientras que el dinero refleja en sí el valor de las mercancías, por lo tanto
aquello que la sociedad ya ha hecho, el espectáculo exhibe en forma separada
aquello que el conjunto de la sociedad puede ser o hacer. Si el dinero es la
“abstracción real” (para usar una clásica expresión marxiana) que se refiere a
las obras concluidas, al pasado del trabajo, el espectáculo, por el contrario,
según Dabord, es la “abstracción real” que representa al mismo obrar, al
presente del trabajo. Si el dinero
señala hacia los cambios, el espectáculo, comunicación humana devenida
mercancía, señala a la cooperación productiva. Debe concluirse, por lo tanto,
que el espectáculo, la capacidad comunicativa humana devenida mercancía, posee
una doble naturaleza, pero distinta a la del dinero. ¿Cuál?
Mi
hipótesis es que la industria de la comunicación (o mejor aún, del espectáculo,
o, también, la industria cultural) es una industria dentro de las otras, con su
técnica específica, sus procedimientos particulares, sus peculiares provechos,
etc., pero que, por otra parte, lleva también a cabo el papel de industria de
los medios de producción. Tradicionalmente la industria de los medios de
producción es la industria que produce máquinas y demás instrumentos, para ser
empleados luego en los más diversos sectores productivos. Sin embargo, en una
situación en la cual los instrumentos de producción no se reducen a máquinas,
sino que consisten en competencia lingüística- cognoscitiva inescindible del
trabajo vivo, es lícito pensar que una parte conspicua de los denominados
“medios de producción” consista en técnica y procedimientos comunicativos. Y
bien ¿dónde son forjadas estas técnicas y estos procedimientos sino en la
industria cultural? La industria cultural produce (innova, experimenta) los
procedimientos comunicativos que son luego destinados a hacer las veces de
medios de producción
hasta en los
sectores más tradicionales
de la economía contemporánea. He
allí el papel de la industria de la comunicación, una vez que el postfordismo
se ha afirmado plenamente: industria de los medios de comunicación.
Virtuosismo del trabajo
El
virtuosismo, con su intrínseca politicidad, caracteriza no sólo a la industria
cultural sino al conjunto de la producción social contemporánea. Se podría
decir que, en la organización laboral postfordista, la actividad sin obra, caso
especial y problemático (recordemos las dudas de Marx al respecto), deviene el
prototipo general de trabajo asalariado. Repito un punto ya dicho: esto no
significa, naturalmente, que no se produzcan más productos maquinados, sino que
para una parte creciente de las tareas laborales, el cumplimiento de las
acciones es interno a la misma acción (no consiste en dar lugar a un
semitrabajo independiente).
Una
situación de este tipo es bosquejada por el propio Marx en los Grundrisse,
cuando escribe que, con la gran industria automatizada y la aplicación
intensiva y sistemática de las ciencias de la naturaleza al proceso productivo,
la actividad laboral “se coloca “junto” al proceso de producción inmediato como
el agente principal” (Marx 1939-1941:
II, 401). Este
colocarse “junto” al
proceso de producción
inmediato significa, dice ahora Marx, que el trabajo coincide siempre
más con una “actividad de vigilancia y de coordinación”. Dicho de otro modo: la
tarea del trabajador o del empleado ya no consiste en la obtención de un único
fin determinado, sino en variar e intensificar la cooperación social.
Permíteseme agregar algo. El concepto de cooperación social, que en Marx es tan
complejo y delicado, puede ser pensado de dos modos distintos. Es, antes que
nada, una acepción “objetiva”: cada individuo hace cosas diversas, específicas,
que son recogidas por el ingeniero o el dueño de la fábrica: la cooperación, en
este caso, trasciende la actividad del individuo, no es relevante en el propio
hecho del trabajo. En segundo lugar, sin embargo, es preciso considerar también
una noción “subjetiva” de cooperación: ella toma cuerpo cuando una parte
consistente del trabajo individual consiste en desarrollar, afinar,
intensificar la misma cooperación. En el postfordismo prevalece la segunda
acepción de cooperación. Trataré de explicarme mejor con una comparación. Desde
siempre, un recurso de la empresa capitalista ha sido el denominado “robo de la
información obrera”. Vale decir: cuando los obreros buscaban el modo de cumplir
el trabajo con menos fatiga, haciendo
una pausa, etc.,
la jerarquía empresaria
explotaba esta mínima conquista,
incluso cognoscitiva, para modificar la organización del trabajo. Según me
parece, si hay un cambio relevante en cuanto a las tareas del obrero o del
empleado, éste consiste, en buena medida, en hallar recursos, “trucos”,
soluciones que mejoren la organización del trabajo. En este último caso, la
información obrera no es utilizada a escondidas, sino que es explícitamente
requerida, e incluso constituye uno de los deberes laborales. Los mismos cambios se dan, por lo dicho, por
la cooperación: no es lo mismo que los trabajadores sean coordinados de hecho
por el ingeniero o que se dispongan a inventar y producir nuevos procedimientos
cooperativos. Antes que quedar en el fondo, el comportamiento concertado, la
interacción lingüística se ubica en primer plano.
Cuando la
cooperación “subjetiva” deviene la principal fuerza productiva, las acciones laborales muestran
una pronunciada índole lingüística- comunicativa, implicando la
exposición ante los
demás. Disminuye el
carácter monológico del trabajo:
la relación con
los otros es
un elemento originario,
básico, para nada accesorio. Allí donde el trabajo aparece
junto al proceso productivo inmediato, antes que un componente, la cooperación
productiva es un “espacio de estructura pública”. Este “espacio de estructura
pública”- configurado en el proceso laboral- moviliza aptitudes
tradicionalmente políticas. La política (en sentido amplio) deviene fuerza
productiva, tarea, “cofre de herramientas”. Se podría decir que el lema
heráldico del postfordismo es, sarcásticamente, “política antes que nada”. Del
resto, ¿qué otra cosa significa el discurso sobre la “calidad total” si no la
solicitud de poner a disposición de la producción el gusto por la acción, la
actitud para afrontar lo posible y lo imprevisto, la capacidad de comenzar
cualquier cosa de nuevo?
Cuando el
trabajo bajo patrón asume el gusto por la acción, la capacidad relacional, la
exposición ante los demás- todas aquellas cosas que las generaciones
precedentes experimentaban en las sesiones del partido -, podríamos decir que
algunos rasgos distintivos del animal humano, en especial su tener- lenguaje,
están subsumidos dentro de
la producción capitalista. La
inclusión de la
misma antopogénesis en el modo de producción vigente es un evento
extremo. Otra que la charla heideggeriana sobre la “época de la técnica”...
Este evento no atenúa sino que radicaliza la antinomia de la formación socio-
económica capitalista. Nadie es tan pobre como aquellos que ven la propia
relación con la presencia de los otros, es decir la propia
facultad comunicativa, el
propio tener- lenguaje,
reducido a trabajo asalariado.
El intelecto como partitura
Si el
conjunto del trabajo
postfordista es trabajo
productivo (de plusvalía) porque se
desarrolla en modo
político- virtuosístico, la
pregunta es ¿cuál
es la partitura que ejecutan los
trabajadores- virtuosos? ¿Cuál es el libreto de las presentaciones
lingüísticas- comunicativas?
El
pianista ejecuta un vals de Chopin, el actor se matiene mas o menos fiel a una
escenificación preliminar, el orador posee al menos algún apunte al cual
referirse: todos los artistas ejecutantes cuentan con alguna partitura. Pero
cuando el virtuosismo involucra a la totalidad del trabajo social ¿cuál es la
partitura? Por mi parte afirmo sin dudar que la partitura seguida por la
multitud postfordista es el Intelecto, el intelecto en cuanto facultad
humana genérica. En
los términos de
Marx, la partitura
de los virtuosos modernos es el
general intellect, el intelecto general de la sociedad, el pensamiento
abstracto devenido columna vertebral de la producción social. Volvemos así a un
tema (general intellect, intelecto público, “lugares comunes”, etc.) tratado en
la primera jornada.
Por
general intellect Marx entiende a la ciencia, el conocimiento en general, el
saber del cual
hoy depende la
productividad social. El
virtuosismo consiste en modular, articular, variar el general
intellect. La politización del trabajo (es decir la subsunción en el ámbito del
trabajo de todo aquello que antes era atinente a la acción política) se inicia
cuando el pensamiento deviene resorte principal de la producción de riqueza. El
pensamiento deja de ser una actividad inaparente y se vuelve algo exterior o
“público”, cuando irrumpe den el proceso productivo. Se podría decir: solo
ahora, sólo cuando tiene por propio centro de gravedad al intelecto
lingüístico, la actividad del trabajo puede absorber en sí muchas de las
características que antes pertenecían a la acción política.
Hasta
ahora he discutido sobre la yuxtaposición del Trabajo y la Política. Pero ahora
aparece el tercer ámbito de la experiencia humana, el Intelecto. Esa es la
“partitura” siempre de nuevo seguida por los trabajadores- virtuosos. Pienso
que la hibridización entre estas diversas esferas (pensamiento puro, vida
política y trabajo) comienza precisamente cuando el Intelecto, en cuanto
principal fuerza productiva, deviene público. Sólo ahora el trabajo toma una
semblanza virtuosística (o comunicativa) y, por ello, se colorea de tonalidad
“política”.
Marx le
atribuye al pensamiento un carácter exterior, una índole pública, en dos
distintas ocasiones. Primero, cuando utiliza la expresión, también muy bella
desde el punto de vista filosófico, de “abstracción real”; luego, cuando habla
de “general intellect”. Una abstracción real es, por ejemplo, el dinero. En el
dinero se encarna, deviene real, en efecto, uno de los principios- guías del
pensamiento humano: la idea de equivalencia. Esta idea, de por sí muy
abstracta, adquiere una existencia concreta, apenas tintinea en la cartera. El
devenir cosa de un pensamiento: eso es lo que una abstracción real es. Y bien
visto, el concepto de general intellect no hace más que desarrollar
desmesuradamente la noción de abstracción real. Con general intellect, Marx indica
la fase en la cual ya no son más ciertos hechos (guardábamos la moneda) los que
asignan el valor y estatuto de un pensamiento, sino en la que son nuestros
pensamientos, como tales, los que inmediatamente asignan el valor a los hechos
materiales. Si en el caso de la
abstracción real es un hecho empírico (por ejemplo, el intercambio de
equivalentes) el que muestra la sofisticada estructura de un pensamiento puro,
en el caso del general intellect la relación se invierte: ahora son nuestros
pensamientos los que se presentan con el peso y la incidencia típica de los
hechos. El general intellect es el estadio en el cual las abstracciones
mentales son inmediatamente, de por sí, abstracciones reales.
Aquí, sin
embargo, surgen los problemas. O, si se prefiere, aflora una cierta
insatisfacción con respecto a las formulaciones de Marx. La dificultad nace del
hecho que Marx concibe al “intelecto general” como capacidad científica
objetivada, como sistema de máquinas. Obviamente, este aspecto cuenta, pero no
es todo. Debe considerarse el lado por el cual el intelecto general, antes que
encarnarse (o mejor, enferrarse) en el sistema de máquinas, existe en tanto
atributo del trabajo vivo. El general intellect se presenta hoy, antes que
nada, como comunicación, abstracción, autorreflexión de los sujetos vivientes.
Parece lícito afirmar que, por la propia lógica del desarrollo económico, es
necesario que una parte del general intellect no se cuaje en capital fijo, sino
que se desarrolle en la interacción comunicativa, en forma de paradigmas
epidémicos, representaciones dialógicas, juegos lingüísticos. Dicho en otros
términos: el intelecto público es uno solo con la cooperación, con el
comportamiento concertado del trabajo vivo, con la competencia comunicativa de
los individuos.
En el
capítulo quinto del primer libro de El Capital, Marx escribe: “El proceso
laboral, así como la hemos expuesto en sus movimientos simples y abstractos, es
actividad final para la producción de valores de uso [...]. Por eso no hemos
querido presentar al trabajador en relación con otros trabajadores. Ha sido
suficiente por una parte el hombre y su trabajo, por otra, la naturaleza y sus
materiales” (Marx 1867: I: recambio orgánico entre el hombre y la naturaleza,
por ello, en términos generales y abstractos, sin considerar la relación
histórica- social. Y aún podemos preguntarnos si, quedándose en este plano tan
general (casi antropológico), es lícito separar del concepto de trabajo los
aspectos interactivos, es decir, la relación con los demás trabajadores.
Ciertamente no es lícito cuando la actividad laboral tiene su punto nodal en
las prestaciones comunicativas. Es imposible, ahora, bosquejar el proceso
laboral sin presentar desde el comienzo al trabajador en relación con los otros
trabajadores; o sin utilizar ahora a la categoría del virtuosismo, en relación
con su “público”.
El
concepto de cooperación involucra en sí, enteramente, a la actitud comunicativa
de los seres humanos. Esto vale sobretodo allí donde la cooperación va hacia un
“producto” específico de la actividad laboral, hacia cualquier cosa promovida,
elaborada, afinada por los mismos cooperantes. El general intellect requiere un
obrar virtuosístico (es decir, un obrar político), porque una importante parte
suya no se vierte en el sistema de máquinas, sino que se manifiesta en la
actividad directa del trabajo vivo, en su cooperación lingüística.
El
intelecto, la pura facultad del pensamiento, el simple tener- lenguaje: he
aquí, repitámoslo, la “partitura” seguida siempre de nuevo por los virtuosos
postfordistas. (Se nota la diferencia de enfoque entre la exposición de hoy y
la de la jornada previa del seminario: aquello que hoy es “partitura” del
virtuoso, el intelecto, el día anterior aparecía como recurso apotropaico
fundamental, como resguardo de la peligrosidad indeterminada del contexto
mundano. Es conveniente considerar conjuntamente ambos aspectos: la multitud
contemporánea, con su forma de vida y sus juegos lingüísticos se coloca en la
intersección de estas dos acepciones del “intelecto público”). Voy a retomar y
subrayar aquí un punto importante, ya aludido antes. Mientras el virtuoso propiamente
dicho (el pianista o el bailarín, por ejemplo) hace uso de una partitura bien
definida, es decir de una obra en sentido estricto, el virtuoso postfordista,
“ejecutando” su propia facultad lingüística, no tiene presupuesta una obra
determinada. Por general intellect no debe entenderse el conjunto de los
conocimientos adquiridos por la especie, sino la facultad de pensar; la
potencia como tal, no sus innumerables realizaciones particulares. El intelecto
general” no es otra cosa que el intelecto en general. Sirve aquí el ejemplo ya
dado del parlante. Teniendo como única “partitura” la infinita potencialidad de
la propia facultad del lenguaje, un locutor
(cualquier locutor) articula
sus actos de
palabra determinados: y
bien, la facultad del lenguaje es
lo opuesto a un determinado guión, a una obra con estas o aquellas
características inconfundibles. El virtuosismo de la multitud postfordista
equivale al virtuosismo del parlante: virtuosismo sin apuntes, dotado de un
guión coincidente con la pura y simple dynamis, con la pura y simple potencia.
Es
oportuno agregar que la relación entre “partitura” y ejecución virtuosa se
halla regulada por las normas de la empresa capitalista. La puesta en trabajo (y en ganancia) de las
facultades comunicativas y cognoscitivas más genéricas del animal humano poseen
un índice histórico, una forma históricamente determinada. El general intellect
se manifiesta, hoy, como perpetuación del trabajo asalariado, del sistema de
jerarquías, eje importante de la producción de plusvalor.
Razón de Estado y Éxodo
Se puede
delinear en este punto algunas consecuencias de la hibridización entre Trabajo,
Acción (política) e Intelecto. Consecuencias tanto en el plano de la producción
como en el de la esfera pública (Estado, aparatos administrativos).
El
intelecto deviene público cuando se enlaza al trabajo; sin embargo, observemos,
que es un enlace emparentado con el trabajo asalariado, con su típica
publicidad, incluso inhibida y distorsionada. Siempre evocado de nuevo en
cuanto fuerza productiva, es también siempre reprimido en cuanto esfera pública
propiamente dicha, raíz eventual de la acción política, diferente principio
constituyente.
que
aquella específicamente laboral. Más amplia y, a la vez, del todo heterogénea.
Reaparece aquí un tema ya tratado en la primera jornada del seminario. Mientras
las conexiones del proceso productivo se basan en las divisiones técnicas y
jerárquicas de las tareas, la acción concertada emprendida bajo el general
intellect se mueve desde la participación común a la “vida de la mente”, vale
decir al compartir original de aptitudes comunicativas y cognoscitivas. Sin
embargo, la cooperación excedente del Intelecto, antes de eludir la coacción de
la producción capitalista, aparece como el recurso más importante de ésta. Su
heterogeneidad no es visible ni audible. Por el contrario, ya que la
aparición del Intelecto
se vuelve el
prerrequisito técnico del Trabajo, el comportamiento del conjunto
extra- laboral que ella provoca es, a su
vez, sometido a los criterios y jerarquías que caracterizan al régimen de la
fábrica.
Son dos
las principales consecuencias de esta situación paradójica. La primera referida
a la forma y naturaleza del poder político. La publicidad peculiar del
Intelecto, privada de una expresión propia de aquel trabajo que también la
reclama como fuerza productiva, se manifiesta indirectamente en el ámbito del
Estado mediante el crecimiento
hipertrófico de los aparatos administrativos. La administración, ya no más el
sistema político- parlamentario, es el corazón de la estatalidad: pero lo es
precisamente porque representa una concreción autoritaria del general
intellect, el punto de fusión entre saber y comando, la imagen invertida de la
cooperación excedente. Es cierto que durante decenios se ha advertido el peso
creciente y determinante de la burocracia en el “cuerpo político”, la
preeminencia de los decretos sobre las leyes: pero aquí pretende marcar un
umbral inédito. En resumen, no nos hallamos más ante los tan conocidos procesos
de racionalización del Estado, sino, por el contrario, constatamos hoy la
llegada de la estatización del Intelecto. La antigua expresión “razón de
Estado” adquiere por vez primera un significado no metafórico. Si Hobbes
vislumbraba al principio de legitimación del poder absoluto en la transferencia
del derecho natural de cada individuo a la persona del soberano, hoy,
contrariamente, podemos hablar de la transferencia del Intelecto, o, mejor
dicho, de su publicidad inmediata e irreducible, a la administración estatal.
La
segunda consecuencia está referida a la naturaleza efectiva del régimen
postfordista. Ya que el “espacio de estructura pública” abierto por el
Intelecto se reduce totalmente a cooperación laboral, es decir a una densa red
de relaciones jerárquicas, las funciones dirimentes que cumple la “presencia
ajena” en todas las operaciones productivas concretas toman la forma de la
dependencia personal. Dicho de otro modo: la actividad virtuosística se muestra
como trabajo servil universal. La afinidad entre el pianista y el camarero, que
Marx había entrevisto, halla una inesperada confirmación en la época en la cual
todo el trabajo asalariado tiene algo del “artista ejecutante”. Sólo que, pese
a la semejanza con el trabajo servil, es el mismo trabajo productivo de
plusvalor. Cuando “el producto es inseparable del mismo acto de producción”,
este acto refiere a la persona que lo ejecuta, y, sobre todo, a la relación
entre ella y aquellos que lo han ordenado o a quienes está dirigido. La puesta
en trabajo de aquello que es común, vale decir, del intelecto y del lenguaje,
si por una parte torna ficticia la división técnica impersonal de las tareas,
por otra, no traduciéndose aquello comunitario en una esfera pública (es decir,
en una comunidad política), induce una viscosa personalización del
sometimiento.
La
pregunta crucial es esta: ¿es posible escindir aquello que hoy está unido, es
decir, el Intelecto (el general intellect) y el Trabajo (asalariado), y unir
aquello que hoy está escindido, el Intelecto y la Acción política? ¿Es posible
pasar de la “antigua alianza” Intelecto/ Trabajo a una “nueva alianza”
Intelecto/ Acción política?
Sustraer
la acción política de la actual parálisis no es diferente a desarrollar la
publicidad del Intelecto por fuera del Trabajo asalariado, en oposición a ello.
El asunto presenta dos aspectos
distintos, tras los
cuales, sin embargo,
subsiste la más estrecha complementariedad. Por una
parte, el general intellect se afirma como esfera pública autónoma tan solo en
la medida en que se van cortando los lazos que lo unen a la producción de
mercaderías y al trabajo asalariado. Por otra parte, la subversión de las
relaciones capitalistas de
producción puede manifestarse
ya solamente mediante la
institución de una esfera pública no estatal, de una comunidad política que posea como fundamento propio al general
intellect. Los rasgos salientes de la experiencia postfordista (virtuosismo
servil, valorización de la misma facultad del lenguaje, indefectible relación
con la “presencia ajena”, etc.) postulan, como contrapartida conflictiva nada
menos que una forma radicalmente nueva de democracia.
La esfera
pública no estatal es la esfera pública que se conforma según el modo de ser de
la multitud. Ella se sirve de la “publicidad” del lenguaje/ pensamiento, del
carácter extrínseco, aparente, conjunto, del Intelecto en cuanto partitura de
los virtuosos. Se trata de una
“publicidad- como ya hemos observado en la
primera jornada del seminario- del todo heterogénea respecta de aquella
instituida por la soberanía estatal, o, para decirlo como Hobbes, por la
‘unidad del cuerpo político’”. Esta “publicidad” que se manifiesta hoy como un
recurso productivo preeminente, puede devenir principio constituyente, una
esfera pública como lo señalamos.
¿Cómo es
posible un virtuosismo no servil? ¿Cómo se pasa, hipotéticamente, del
virtuosismo servil a un virtuosismo “republicano” (entendiendo por “república
de la multitud” a un ámbito no estatal de los asuntos comunes)? ¿Cómo concebir,
en principio, la acción política basada en el general intellect? Sobre este
terreno conviene moverse con cautela. Todo lo que podemos hacer es indicar la
forma lógica de todas aquellas cosas de las que hoy carecemos de una sólida
experiencia empírica. Propongo dos palabras clave: desobediencia civil y éxodo.
La
“desobediencia civil” representa, quizá, la forma básica de acción política de
la multitud. A condición de emanciparla de la tradición liberal en la que está
encapsulada. No se trata de desatender una ley específica porque es incoherente
o contradictoria con otras normas fundamentales, por ejemplo la Constitución:
en dicho caso la resistencia
estaría testimoniando sólo
una profunda lealtad
al comando estatal. Viceversa, la
desobediencia radical que nos interesa cuestiona la misma facultad de comando
del Estado. Una pequeña disgresión para comprenderlo mejor.
Según
Hobbes, con la institución del “cuerpo político”, nos obligamos a obedecer antes
de saber qué
cosa se nos
será ordenada: “La
obligación de obediencia, por
cuya fuerza son válidas las leyes civiles, precede a toda ley civil” (Hobbes
1642: XIV, 21). Es por ello que no hallaremos alguna ley especial que intime a
no rebelarse. Si la aceptación incondicional del comando no fuese ya
presupuesta, las disposiciones legislativas concretas (incluyendo aquellas que
indiquen “no rebelarse”) carecerían de toda validez. Hobbes sostiene que el
vínculo original de obediencia deriva de las “leyes naturales”, es decir, del
interés común por la seguridad y la conservación. Entonces, se apresura a
añadir, aquellas “naturales”, a saber las Superleyes que imponen respetar todas
las órdenes del soberano, se vuelven efectivamente una ley “sólo cuando se ha
salido del estado de la naturaleza, es decir, cuando el Estado está ya
instituido”. Se delinea así una auténtica paradoja: la obligación de obediencia
es, al mismo tiempo, causa y efecto de la existencia del Estado, es sostén de
aquello que también constituye su fundamento, precede y sigue al mismo tiempo a
la formación del “imperio supremo”.
Y bien,
la multitud toma como objetivo propio la obediencia preliminar y sin contenido
sobre cuya base solamente puede desarrollarse luego la melancólica dialéctica
entre aquiescencia y “transgresión”. Contraviniendo una prescripción particular
sobre el desmantelamiento de la asistencia sanitaria o sobre el bloqueo de la
inmigración, la multitud se alza ante el presupuesto oculto de toda
prescripción imperativa y resquebraja su vigencia. También la desobediencia
radical “precede a las leyes civiles”, ya que no se limita a violarlas, sino
que esgrime el hecho fundamental de su propia validez.
Y
llegamos a la segunda palabra clave: éxodo. Terreno de cultivo de la
desobediencia son los conflictos sociales que se manifiestan no sólo como
protesta, sino, sobre todo, como defección (por decirlo como Albert O.
Hirschman [Hirschman 1970], no como voice, sino como exit [en inglés en el
original]) condiciones en las que ha tenido lugar la contienda, antes
presupuestas como horizonte inamovible; cambia el contexto en el cual está
inserto un problema, en lugar de afrontar a este último eligiendo una u otra de
las alternativas previstas. En suma, el exit (salida, N. del T.) consiste en
una invención desprejuiciada, que altera las reglas del juego y enloquece la
brújula del adversario. Basta pensar- recordemos todo lo dicho al respecto en la primera
jornada- en la fuga masiva del régimen de fábrica, puesta en ejercicio por los
obreros americanos a mediados del Ochocientos: adentrándose en la “frontera”
para colonizar tierras a bajo costo, tuvieron oportunidad de tornar reversible
su propia condición de partida. Algo similar acaeció en Italia a fines de los
años 70, cuando la fuerza de trabajo juvenil, contradiciendo todas las
expectativas, prefirió la precariedad y el part- time [en inglés en el original] al puesto fijo en la gran empresa.
Aún por un breve período, la movilidad ocupacional funcionó como recurso
político, provocando el eclipse de la disciplina industrial y consintiendo un
cierto grado de autodeterminación.
El éxodo,
es decir la defensa, está en las antípodas del desesperado “no tener para
perder más que las propias cadenas”: se sostiene, por el contrario, sobre una
riqueza latente, sobre
exuberantes posibilidades, en
suma, sobre el
principio del tertium datur. Pero
¿cual es, para la multitud contemporánea, la abundancia virtual que empuja
hacia la opción- fuga a despecho de la opción- resistencia? En juego no está,
obviamente, una “frontera” espacial, sino la suma de saberes, comunicaciones,
actuaciones virtuosísticas de conjunto implicadas en la publicidad del general
intellect. La defección le otorga una expresión autónoma, afirmativa en alto
nivel a esta suma, impidiendo de este modo su “transferencia” al poder de la
administración estatal, o su configuración como recurso productivo de la
empresa capitalista.
Desobediencia,
éxodo. Queda claro que se trata sólo de alusiones a aquello que puede ser el
virtuosismo político, es decir, no servil, de la multitud.
3
La multitud como subjetividad
El
concepto de multitud merece, tal vez, el mismo tratamiento que el gran
epistemólogo francés Gaston Bachelard proponía reservar para el problema y las
paradojas suscitadas por la mecánica cuántica. Bachelard afirmaba (Bachelard
1940: 19-20) que la mecánica cuántica se corresponde a un sujeto gramatical
que, para ser pensado adecuadamente, debe poder servirse de múltiples
“predicados” filosóficos dentro de sus heterogeneidades: una vez sirve un
concepto kantiano, otra resulta adecuada una noción extraída de la sicología de
la Gestalt, o, porqué no, alguna sutileza de la lógica escolástica. Esto mismo
vale para nuestro caso. También la multitud debe ser indagada mediante
conceptos recabados de ámbitos y autores diversos.
Y es lo
que hemos hecho desde la primera jornada del seminario. En aquella primera
jornada nos hemos aproximado al modo de ser de los “muchos” desde la dialéctica
temor- reparo. Como recordarán, hemos utilizado palabras clave de Hobbes, Kant,
Heidegger, Aristóteles (los topoi koinoi, es decir, los “lugares comunes”),
Marx, Freud. En la segunda jornada, el reconocimiento de la multitud
contemporánea fue buscado discutiendo la yuxtaposición de poiesi y praxis,
Trabajo y Acción política. Los “predicados” utilizados en referencia a esto
fueron hallados entre Hannah Arendt, Glenn Gould, el novelista Luciano
Bianciardi, Saussure, Guy Debord, también Marx, Hirschman y otros. Hoy
examinaremos otro grupo de conceptos a fin, espero, de echar luz,
desde una perspectiva
diferente, sobre la
multitud. Esta perspectiva diferente está constituida por la
forma de la subjetividad.
Los
predicados atribuibles al sujeto gramatical “multitud” son: a) el principio de
individuación, es decir, la antigua cuestión filosófica que trata sobre qué
cosa vuelve singular a una singularidad, individual a un individuo; b) la
noción foucaltiana de “biopolítica”; c) la tonalidad emotiva o Stimmungen, que
califica hoy a la forma de vida de los “muchos”: oportunismo y cinismo
(atención: por tonalidad emotiva no entiendo un rasgo psicológico pasajero sino
una relación característica con su propio estar en el mundo); d) y, en fin, dos
fenómenos que, también analizados por Agustín y Pascal, ascendieron al rango de
términos filosóficos en El Ser y el tiempo de Heidegger: la charla y la
curiosidad.
El principio de individuación
Multitud
significa: la pluralidad- literalmente: el ser- muchos- como forma duradera de
existencia social y política, contrapuesta a la unidad cohesiva del pueblo.
Pues bien, la multitud consiste en una red de individuos; los muchos son
singularidad.
El punto
decisivo es considerar a esta singularidad como un punto de llegada, no como un
dato desde el cual partir; como el resultado final de un proceso de
individuación, no como átomos solipsísticos. Porque son el resultado complejo
de una diferenciación progresiva, los “muchos” no postulan una síntesis
ulterior. El individuo de la multitud es el término final de un proceso tras el
cual no hay otro, porque todo el resto (el pasaje del Uno al Muchos) ya se ha
dado.
Cuando se
habla de un proceso, o de un principio, de individuación, conviene tener en
cuenta a aquello que precede a la misma individuación. Se trata, antes que
nada, de una realidad preindividual, es decir, de algo común, universal,
indiferenciado. El proceso que produce la singularidad tiene un incipit no
individual, preindividual. La singularidad hunde las raíces en su opuesto,
proviene de aquellos que se halla en sus antípodas. La noción de multitud
parece tener algún parentesco con el pensamiento liberal, puesto que valoriza
la individualidad, pero, al mismo tiempo, se diferencia radicalmente porque
dicha individualidad es el fruto final de una individuación que proviene de lo
universal, de lo genérico, de lo preindividual. La aparente vecindad se destruye
en la mayor lejanía.
Digamos:
¿en qué consiste la realidad preindividual que está en la base de la
individuación? Muchas, y todas legítimas, son las respuestas posibles.
En primer
lugar, preindividual es el fondo biológico de la especie, como los órganos sensoriales,
el aparato motor,
las prestaciones perceptivas.
Es muy interesante lo que afirma
Merleau- Ponty (Merleau- Ponty 1945: 293): “Yo no tengo conciencia de ser el
verdadero sujeto de mis sensaciones, más que lo que he tenido conciencia de ser
el verdadero sujeto de mi nacimiento y de mi muerte”. Y luego: “la vista, el
oído, el tacto, con sus campos, son anteriores y permanecen extraños a mi vida
personal” (Ibid.: 451). La percepción no es describible mediante la primera
personal del singular. No es nunca un
“yo” individual el que siente, ve, toca, sino la especie como tal. A las
sensaciones se les ha asociado muchas veces el pronombre anónimo “se”: se ve,
se toca, se siente. Lo preindividual incluido en las sensaciones es dotación
biológica genérica, no susceptible de individuación.
En
segundo lugar, preindividual es la lengua, la lengua histórica- cultural
conjunta de todos los locutores de una cierta comunidad. La lengua es de todos
y de ninguno. También en este caso no hay un “yo” individualizado sino un “se”:
se habla. El uso de la palabra es, primeramente, interpsíquico, social,
público. No existe – en ningún caso, tanto menos en el del neonato- un
“lenguaje privado”. Es a tal propósito que se comprende todo el alcance del
concepto de “intelecto público” o general intellect. Todavía la lengua, a
diferencia de las percepciones sensoriales, es un ámbito preindividual en cuyo
interior se radica el proceso de individuación. La ontogénesis, es decir la
fase de desarrollo del ser viviente individual, consiste por lo señalado en el
pasaje del lenguaje como experiencia pública o interpsíquica al lenguaje como
experiencia singularizante e intrapsíquica. Este proceso, en mi opinión, se
cumple cuando el niño se percate de que su acto de palabra no depende solamente
de una lengua determinada (que en muchos aspectos se asemeja al líquido
amniótico o a un ambiente zoológico anónimo), sino que está en relación a una
facultad genérica de palabra, con una indeterminada potencia de decir (que no
se resuelve jamás en una u otra
lengua histórica- natural).
La explicitación progresiva
de la relación
entre la facultad (o potencia) de
hablar y el acto particular de la palabra: he aquí lo que posibilita superar el
carácter preindividual de la lengua histórica- natural, provocando la
individuación del locutor. En efecto, mientras la lengua es de todos y de
ninguno, el pasaje de simple y puro poder- decir a una enunciación particular y
contingente determina el espacio del “propiamente mío”. Pero esta es un asunto
complicado, al cual sólo le dedico aquí una alusión. Para concluir, téngase
presente que, mientras lo preindividual perceptivo queda como tal, sin dar
lugar a una individuación, el preindividual lingüístico es, contrariamente, la
base o el ámbito en el que toma forma la singularidad individualizada.
En tercer
lugar, preindividual es la relación de producción dominante. Tiene que ver, por
ello, con una realidad preindividual exquisitamente histórica. En el
capitalismo desarrollado, el proceso de trabajo moviliza los requisitos más
universales de la especie: percepción, lenguaje, memoria, afectos. Funciones y
tareas, en época postfordista, coinciden grandemente con el gattungswesen, o
“existencia genérica”, de la cual hablaba Marx en los Manuscritos económicos y
filosóficos de 1844 (Marx 1932: 227-8). Preindividual son el conjunto de las
fuerzas productivas. Es la cooperación social como tarea concertada, conjunto
de relaciones poiéticas, cognoscitivas, emotivas. Es el general intellect, el
intelecto general, objetivo, extrínseco. La multitud contemporánea está
compuesta de individuos individualizados, que llevan a sus espaldas también
esta realidad preindividual (además de, naturalmente, la percepción sensorial
anónima y la lengua, de todos y de ninguno).
Un Sujeto
anfibio. Está por ser publicado en Italia (por la editorial Derive
Approdi) un texto importante de Gilbert
Simondon, filósofo francés muy caro a Gilles Deleuze, hasta ahora bastante
desatendido (también en Francia, según creo). El libro se titular La
individuación psíquica y colectiva (Simondon 1989). Las reflexiones de Simondon
acerca del principio de individuación nos ofrecen otros “predicados”
conceptuales para aplicar al sujeto gramatical que está en el centro, la
multitud.
Dos tesis
de Simondon son particularmente relevantes para cualquier discurso sobre la
subjetividad en la época de la multitud. La primer tesis afirma que la
individuación no es nunca completa, que lo preindividual nunca se traduce del
todo en singularidad. En consecuencia, según Simondon, el sujeto consiste en la
trama permanente de elementos preindividuales y aspectos individuados; es
decir: es esta trama. Sería un gran error, según Simondon, identificar al
sujeto con una de sus partes, aquella singularizada. Es, por el contrario, un
compuesto: “yo” pero también “se”, unicidad irrepetible pero también
universalidad anónima.
Si el
“yo” individuado convive con el fondo biológico de la especie (las percepciones
sensoriales, etc.), con los caracteres públicos o interpsíquicos de la lengua
materna, con la cooperación productiva y el general intellect, conviene añadir
que esta convivencia no es siempre pacífica. Al contrario, da lugar a crisis de
diversos géneros. El sujeto es un campo de batalla. No es extraño que los
aspectos preindividuales parezcan cuestionar la individuación: que esta última
se muestre como un resultado precario, siempre reversible. Por otro lado,
viceversa, es el “yo” puntual el que parece querer reducir a sí, con voracidad
paroxística, todos los aspectos preindividuales de nuestra experiencia. En
ambos casos no están ausentes ciertos fenómenos de temor pánico, angustia,
patologías de diversos géneros. O un Yo sin mundo o un mundo sin Yo: esos son
los dos extremos de una oscilación que, en forma contenida, nunca está del todo
ausente. De esta oscilación son testimonios perspicuos, según Simondon, los
afectos y las pasiones. La relación entre preindividuales e individuados es, de
hecho, mediada por los afectos.
Algo más:
la trama no siempre armónica entre aquellos aspectos preindividuales y aquellos
singularizados del sujeto concierne estrechamente a la relación entre cada uno
de los “muchos” y el general intellect. En la primera jornada del seminario se
ha insistido bastante sobre la fisonomía aterrorizante que puede asumir el
“intelecto general” cuando no se traduce en una esfera pública, presionando
como un poder impersonal y despótico. En tal caso, el preindividual deviene
amenazador y succionante. El pensamiento crítico del Novecientos – pensemos en
la Escuela de Frankfurt- ha sostenido que la infelicidad deriva de la
separación del individuo de las fuerzas productivas universales. Así se
representa un individuo confinado en un
nicho frío y oscuro, mientras lejos de
sí resplandece la potencia anónima de la sociedad (y de la especie). Es esta
una idea totalmente errónea. La infelicidad es la inseguridad derivada no de la
separación entre existencia individual y potencia preindividual, sino de su
férrea trama cuando esta última se manifiesta como desarmonía, oscilación
patológica, crisis.
Llegamos ahora
a la segunda
tesis de Simondon.
En ella afirma
que el colectivo, la experiencia
colectiva, la vida de grupo, no es, como suele creerse, el ámbito en el cual se
atemperen o disminuyan los rasgos sobresalientes del individuo singular, sino,
por el contrario, es el terreno de una nueva individuación, aún más radical. En
la participación en un colectivo, el sujeto, lejos de renunciar a sus rasgos
más peculiares, tiene la ocasión de individuar, al menos en parte, la cuota de
realidad preindividual que lleva siempre en sí. Según Simondon, en el colectivo
se busca afinar la propia singularidad, ajustarla según el diapasón. Sólo en el
colectivo, no en el individuo aislado, la
percepción, la lengua,
las fuerzas productivas
pueden configurarse como una experiencia individuada.
Esta
tesis permite comprender mejor la oposición entre “pueblo” y “multitud”. Para
la multitud el colectivo no es centrípeto, fusionante. No es el lugar en el
cual se forma la “voluntad general” y se prefigura la unidad estatal. Ya que la
experiencia colectiva de la multitud no entorpece sino que radicaliza el
proceso de individuación, se excluye por principio que de dicha experiencia se
pueda extrapolar un rasgo homogéneo; se excluye que se pueda “delegar” o
“transferir” algo al soberano. El colectivo de la multitud, en cuanto
individuación ulterior o de segundo grado, funda la posibilidad de una
democracia no representativa. Recíprocamente, se puede definir a la “democracia
no representativa” como una individuación del preindividual histórico- social:
ciencia, saberes, cooperación productiva, general intellect. Los “muchos”
persisten como “muchos”, sin aspirar a la unidad estatal, porque: 1) en cuanto
a singularidad individuada llevan
ya sobre sus
espaldas la unidad/
universalidad inherente a las diversas especies de preindividuales; 2)
en sus acciones colectivas acentúan y prosiguen el proceso de individuación.
El
individuo social. En el “Fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisse (Marx 1939-1941:
II, 401), Marx acuña un concepto que, a mi parecer, es central para comprender
la subjetividad de la multitud contemporánea. Un concepto, lo digo rápidamente,
objetivamente correlacionado con las tesis de Simondon sobre la trama entre
realidad preindividual y singularidad. Es el concepto de “individuo social”. No
es casual, me parece, que Marx utilice esta expresión en las mismas páginas en
las que discute sobre el general intellect, el intelecto público. El individuo
es social porque en él está presente el general intellect. O también,
recordando de nuevo al Marx de los Manuscritos, porque en él se manifiesta
abiertamente, junto a lo singular, el gattungswesen, la “existencia genérica”,
el conjunto de requisitos y facultades de la especie Homo sapiens sapiens.
“Individuo
social” es un oximorón, una unidad de los opuestos: podría parecer una coquetería
hegeliana, sugestiva e
inconsistente, de no
poder contar con Simondon para descifrara su sentido.
“Social” se traduce por preindividual, “individuo” por el
resultado final del
proceso de individuación. Ya
que por “preindividual” queremos entender a las
percepciones sensoriales, la lengua, las fuerzas productivas, se podría
entonces decir que el “individuo social” es el individuo que exhibe abiertamente
la propia ontogénesis, la propia formación (con sus diversos estados o
elementos constituyentes).
He allí
una especie de cadena lexicológica que une conjuntamente al ser- muchos, a la
antigua cuestión del principio de individuación, a la noción marxiana de
“individuo social”, a las tesis de Simondon sobre la convivencia en todo sujeto
de elementos preindividuales (lengua, cooperación social, etc.) y elementos
individuados. Propongo llamar multitud al conjunto de “individuos sociales”. Se
podría decir- junto con Marx, pero
en contra gran
parte del marxismo-
que las transformaciones radicales del presente
estado de las cosas consiste en conferir el mayor valor y resaltar la
existencia de cada miembro singular de la especie. Podrá parecer paradójico,
pero creo que la teoría de Marx podría (es más, debería) hoy considerarse como
una teoría realista y compleja del individuo. Como un individualismo riguroso:
por lo tanto como una teoría de la individuación.
Un concepto equívoco: la biopolítica
El
término “biopolítica” fue introducido por Foucault en algunos de sus cursos de
los años 70 en el Collége de Francia (Foucault 1989: 71-83), dedicados a los
cambios del concepto de “población” entre fines del siglo XVIII y principios
del XIX. Para Foucault es en aquella época cuando la vida, la vida como tal, la
vida como mero proceso biológico, comienza a ser gobernada, administrada
políticamente. En los últimos años el concepto de “biopolítica” se ha puesto de
moda: a él se recurre con frecuencia y de buena gana para todo tipo de
propósito. Debemos evitar este uso automático e irreflexivo. Preguntémonos, por
lo tanto, cómo y porqué la vida irrumpe en el centro de la escena pública, cómo
y porqué el Estado la regula y gobierna.
A mi
parecer, para comprender el nudo racional del término “biopolítica”, se puede
partir de un concepto distinto, mucho más complicado bajo el ángulo filosófico:
el de fuerza de trabajo. De esta noción se habla dondequiera en las ciencias
sociales, descuidando su carácter
áspero y paradójico.
Si los filósofos
profesionales se ocuparan de algo
en serio, deberían dedicarle mucho esfuerzo y atención. ¿Qué significa “fuerza
de trabajo”? Significa
potencia de producir.
Potencia, es decir, facultad, capacidad, dynamis. Potencia
genérica, indeterminada: en ella no está prescrita una u otra especie particular de acto
laboral, sino toda especie, tanto la
fabricación de una
puerta como la
cosecha de peras,
tanto el parloteo
de un telefonista de las chat-
lines (en inglés en el original, N. del T.) como la corrección de bocetos.
Fuerza de trabajo es “la suma de todas las aptitudes físicas e intelectuales
existentes en la corporeidad” (Marx 1867: I, 195). Nótese: todas. Hablando de
la fuerza de trabajo nos referimos implícitamente a toda clase de facultad:
competencia lingüística, memoria, motilidad, etc. Sólo hoy, en la época
postfordista, la realidad de la fuerza de trabajo está plenamente a la altura
de su concepto. Sólo hoy, es decir, la noción de fuerza de trabajo no es
reducible (como en la época de Gramsci) a un conjunto de dotes físicas,
mecánicas, sino que incluye en sí, plenamente, a la “vida de la mente”.
Vayamos al
punto. La relación
capitalista de producción
se basa en la
diferencia entre fuerza de trabajo y trabajo efectivo. La fuerza de trabajo,
repito, es pura potencia, muy diferente de los actos correspondientes. Escribe
Marx: “Quien dice capacidad de trabajo no dice trabajo, como quien dice
capacidad de digerir no dice digestión” (ibid.: 203). Se trata pues de una
potencia que se jacta de la prerrogativa concreta de la mercancía. La potencia
es algo no presente, no real; pero en el caso de la fuerza de trabajo, este
algo no presente está, sin embargo, sujeto a demanda y oferta (ver Virno 1999:
121-3). El capitalista adquiere la facultad de producir en cuanto tal (“la
suma de todas
las aptitudes físicas
e intelectuales existentes
en la corporeidad”), no ya una o
más prestaciones determinadas. Después que se ha efectuado la compraventa, él
utiliza según su parecer la mercadería que ahora posee: “El adquiriente de la
fuerza de trabajo la consume haciendo trabajar a su vendedor. Es así que este
último deviene en actu aquello que antes era potentia” (Marx 1867: I, 209). El
trabajo verdaderamente suministrado no se limita a resarcir al capitalista del
dinero desembolsado antes con la finalidad de asegurarse la potencia de
trabajar ajena, sino que prosigue por un lapso de tiempo suplementario: aquí
está la génesis de la plusvalía, el arcano de la acumulación capitalista.
La fuerza
de trabajo encarna (literalmente) una categoría fundamental del pensamiento
filosófico: la potencia, la dynamis. Y “potencia”, como acabo de decir,
significa que no es actual, que no es presente. Pues bien, algo que no es
presente (o real) se vuelve, en el capitalismo, una mercancía de importancia
excepcional. La potencia, la dynamis, la no- presencia, antes que quedar como
concepto abstracto toma semblanza pragmática, empírica, socioeconómica. La
facultad como tal, ahora desaplicada, está en el centro de los cambios entre el
capitalista y el obrero. Objeto de la compraventa, no es una entidad real
(prestaciones laborales efectivamente ejecutadas), sino algo que, de por sí, no
posee una existencia espacio- temporal autónoma (la capacidad genérica de
trabajar).
Las
características paradójicas de la fuerza de trabajo (algo de irreal, que, sin
embargo, es vendida y comprada como cualquier mercancía) son las premisas de la
biopolítica. Para darse cuenta es conveniente ahora una inclusión
argumentativa. En los Grundrisse Marx escribe que “el valor de uso que el
obrero ha de ofrecer [en el intercambio con el capitalista] no se materializa
en un producto, no existe fuera de él, no existe realmente más que como camino
posible, es decir, como su capacidad” (Marx 1939-1941: I, 244-5; itálica del
autor). Se ve el punto decisivo: allí donde se vende algo que existe sólo como
posibilidad, este algo no es separable de la persona viviente del vendedor. El
cuerpo vivo del obrero es el substrato de aquella fuerza de trabajo que, de por
sí, no tiene existencia independiente. La “vida”, el puro y simple bios,
adquiere una importancia específica en cuanto tabernáculo de la dynamis, de la
simple potencia.
Al
capitalista le interesa la vida del obrero, su cuerpo, sólo por un motivo
indirecto: ese cuerpo, esa vida, son los que contienen la facultad, la
potencia, la dynamis. El cuerpo viviente deviene objeto de gobernar no por su
valor intrínseco, sino porque es el substrato de la única cosa que
verdaderamente importa: la fuerza de trabajo como suma de las más diversas
facultades humanas (potencia de hablar, de pensar, de recordar, de actuar,
etc.). La vida se coloca en el centro de la política cuando lo puesto en juego
es la inmaterial (y, de por sí, no-presente) fuerza de trabajo. Por esto y sólo
por esto es lícito hablar de “biopolítica”. El cuerpo viviente, del cual se
ocupan los aparatos administrativos del Estado, es el signo tangible de una
potencia aún irrealizada, el simulacro del trabajo aún no objetivado, o, como
dice Marx en una expresión muy hermosa, del “trabajo como subjetividad”. Se
podría decir que, mientras el dinero es el representante universal de los
valores de cambio, o de la misma intercambiabilidad de los productos, la vida
hace las veces, más bien, de la potencia de producir, de la invisible dynamis.
El origen
no mitológico de aquel dispositivo de saberes y poderes que Foucault llama
biopolítica se halla sin dudas en el modo de ser de la fuerza de trabajo. La
importancia práctica asumida por la potencia en cuanto potencia (el hecho que
ella es vendida y comprada
como tal), y
su inseparabilidad de
la existencia corpórea inmediata del trabajador: ese es el
fundamento efectivo de la biopolítica. Foucault se burla de los teóricos
libertarios como Wilhelm Reich (los psicoanalistas heterodoxos), según los
cuales una atención espasmódica a la vida sería fruto de un propósito
represivo: disciplinar los cuerpos para realzar la productividad del trabajo. Y
tiene razón de sobra Foucault, pero contra un blanco fácil. Es cierto: el
gobierno de la vida es muy variado y articulado, moviéndose desde la contención
de los impulsos hacia la licencia más desenfrenada, de la interdicción
puntillosa al alarde de tolerancia, del ghetto para los pobres a los altos
salarios keynesianos, de las cárceles de máxima seguridad al Estado de
Bienestar. Dicho esto, queda el interrogante crucial: ¿porqué la vida como tal
es tomada a cargo y gobernada? La respuesta es unívoca: porque ella hace las
veces de substrato de una mera facultad, la fuerza de trabajo, la que ha
adquirido la consistencia de una mercancía. No es cuestión aquí de la
productividad del trabajo en acto, sino la intercambiabilidad de la potencia de
trabajar. Por el solo hecho de ser comprada y vendida, esta potencia incluye
también al receptáculo del cual ella es inseparable, es decir, el cuerpo
viviente; además, lo coloca a la vista como objeto de innumerables y
diferenciadas estrategias gubernativas.
No es
conveniente creer, por lo tanto, que la biopolítica comprende en sí, como
articulación particular, la gestión de la fuerza de trabajo. El asunto es a la
inversa: la biopolítica es sólo un efecto, un reflejo, o precisamente una
articulación de aquel hecho primario- histórico y filosófico al mismo tiempo-
que consiste en la compraventa de la potencia en cuanto potencia. Hay
biopolítica allí donde alcanza el primer plano, en la experiencia inmediata, lo
atinente a las dimensiones potenciales de la existencia humana: no la palabra
dicha sino la facultad de hablar como tal; no el trabajo cumplido sino la
capacidad genérica de
producir. La dimensión
potencial de la
existencia deviene prominente precisamente y tan sólo con la apariencia
de la fuerza de trabajo. Es en esta última donde se compendian todas las
diversas facultades o potencias de animal
humano. Mirándolo bien,
“fuerza de trabajo”
no designa una
facultad específica, sino el conjunto de las facultades humanas en
cuanto ellas son incorporadas a las praxis productiva. “Fuerza de trabajo” no
es un nombre propio sino un nombre común.
La tonalidad emotiva de la multitud
Deseo
hablar brevemente ahora de la situación emotiva de la multitud contemporánea.
Con la expresión “situación emotiva” no me refiero, que quede claro, a una
mezcla de propensiones psicológicas, sino a modos de ser y de sentir tan
extendidos que resultan comunes a los más diversos contextos de la experiencia
(trabajo, ocio, afectos, política, etc.). La situación emotiva, además de
ubicua, es siempre ambivalente. Ella puede manifestarse, además, tanto como
aquiescencia o como conflicto, ya con la
semblanza de la resignación como con la de la inquietud crítica. Dicho de otro
modo: la situación emotiva tiene un núcleo neutro sujeto a declinaciones
diversas e incluso opuestas. Este núcleo neutro indica un modo de ser
fundamental. Ahora es indudable que la situación emotiva de la multitud se
manifiesta hoy con “malos sentimientos”: oportunismo, cinismo, integración
social, abjuración incansable, alegre resignación. Sin embargo, necesita
remontarse desde estos “malos sentimientos” hasta el núcleo neutro, es decir al
modo de ser fundamental que, en principio, podría dar origen a desarrollos muy
diferentes a los que prevalecen hoy. Lo difícil de entender es que el antídoto,
por así llamarlo, puede ser hallado en aquello que hoy se muestra como veneno.
La situación
emotiva de la
multitud postfordista se
caracteriza por la coincidencia inmediata entre producción y
ética, “estructura” y “superestructura”, revolución del
proceso laboral y
sentimientos, tecnología y
tonalidad emotiva, desarrollo material
y cultura. Detengámonos un momento en
estas coincidencias.
¿Cuáles
son hoy los principales requisitos exigidos a los trabajadores dependientes?
Acostumbramiento a la movilidad, capacidad de adaptarse a las reconversiones
más bruscas, adaptabilidad asociada con algunas iniciativas, ductilidad en el
transcurrir entre uno y
otro grupo de
reglas, disposición a
una interacción lingüística
tan banalizada como omnilateral, capacidad de ingeniarse más allá de
posibilidades alternativas limitadas. Pues bien, estos requisitos no son el
fruto del disciplinamiento industrial, sino más bien el resultado de una
socialización que tiene su epicentro fuera del trabajo. La “profesionalidad”
efectivamente requerida y ofrecida consiste en las dotes adquiridas durante una
prolongada permanencia en un estadio pre- laboral o precario. Diría: en la
espera de un empleo se han venido desarrollando aquellos talentos genéricamente
sociales y aquel hábito de no contraer hábitos perdurables, que funcionan
luego, una vez que se ha hallado trabajo, como verdaderos “gajes del oficio”.
La
empresa postfordista usufructúa estos hábitos de no tener hábitos, este
adiestramiento para la precariedad y la variabilidad. Pero el hecho decisivo es
una socialización (con este término designo a la relación con el mundo, con los
otros y con uno mismo) que proviene esencialmente de fuera del trabajo, una
socialización esencialmente extra laboral. Son los chocs metropolitanos de los
que hablaba Benjamin, la proliferación de juegos lingüísticos, las variaciones
ininterrumpidas de las reglas y las técnicas que constituirán el gimnasio donde
se forjarán las aptitudes y requisitos que, a continuación, se volverán dotes y
requisitos “profesionales”. Entendamos bien: la socialización extra laboral
(que luego confluye en el “ámbito
laboral” postfordista) consiste en experiencias y sentimientos en los cuales la
principal filosofía y sociología
del último siglo,
desde Heidegger y
Simmel en más,
ha reconocido los rasgos distintivos del nihilismo. Nihilística es una
praxis que ya no goza de un fundamento sólido, de estructura recursiva de la
cual dar cuenta, de hábitos protectores. Durante el Novecientos el nihilismo
pareció un contrapunto colateral a los procesos de racionalización de la
producción y del Estado. Diría: por una parte el trabajo, por otra la
precariedad y la variabilidad de la vida metropolitana. Ahora, en cambio, el nihilismo (habituarse a
no tener hábitos, etc.) entra en producción, deviene requisito profesional, es
puesto a trabajar. Sólo aquel que es experto en la aleatoria variabilidad de la
forma de vida metropolitana sabe cómo comportarse en la fábrica del just in
time (en inglés en el original. N. del T.)
Casi es
inútil agregar que, de este modo, se hace añicos el esquema mediante el cual la
mayor parte de la tradición sociológica y filosófica ha representado a los procesos de
“modernización”. De acuerdo con tales esquemas, las innovaciones (tecnológicas,
emotivas, éticas) desconciertan a las sociedades tradicionales, donde
prevalecen costumbres repetitivas. Filemón y Bauci, los pacíficos campesinos
que Goethe describe en Fausto, supieron despegarse del empresario moderno. Hoy,
nada de todo esto. No se puede hablar más de “modernización” allí donde
intervienen las innovaciones, por lo demás, con periodicidad cada vez más
breve, sobre un escenario completamente caracterizado por el desarraigo, la
aleatoriedad, el anonimato, etc. el punto crucial es que el actual movimiento
productivo se sirve, como su más precioso recurso, de todo aquello que los
esquemas de la modernización consideraban dentro de sus efectos: incertidumbre
de expectativas, contingencia de las colocaciones, identidades frágiles,
valores siempre cambiantes. La tecnología avanzada no provoca una
“desorientación” para disipar una progresiva “familiaridad”, sino que reduce a
perfil profesional la misma experiencia de la desorientación más radical. El
nihilismo, en un principio a la sombra de la potencia técnica- productiva,
deviene luego en ingrediente fundamental, dote muy estimada en el mercado
laboral.
Éste es
el trasfondo sobre el que se destacan sobre todo dos tonalidades emotivas no
exactamente edificantes: el oportunismo y
el cinismo. Tratemos de tamizar
estos “malos sentimientos”, identificando en ellos un modo de ser que, de por
sí, puede ser expresado de modo no desdeñoso.
Oportunismo.
El oportunismo hunde sus raíces en una socialización extra laboral signada por
virajes repentinos, chocs perceptivos, innovaciones permanentes,
inestabilidad crónica. Oportunista
es aquel que
afronta un flujo
de posibilidades siempre
intercambiables, estando disponible para el mayor número de ellas, sometiéndose
a la más próxima y luego desviándose con presteza de una a otra. Esta es una
definición estructural, sobria, no-moralista del oportunismo. En cuestión es
una sensibilidad aguzada por las mutables oportunidades, una familiaridad con
el caleidoscopio de las oportunidades, un íntima relación con lo posible en
cuanto tal. En el modo postfordista de producción el oportunismo adquiere un
indudable relieve técnico. Es la reacción
cognoscitiva y de comportamiento de
la multitud contemporánea al hecho que la praxis ya no está ordenada
según directrices uniformes, sino que presenta un alto grado de indeterminación.
Ahora, la misma capacidad de ingeniarse entre oportunidades abstractas e
intercambiables constituye una cualidad profesional en ciertos sectores de la
producción postfordista, allí donde el proceso laboral no está regulado por una
finalidad particular única, sino por una clase de posibilidad equivalente, a
especificar cada vez. La máquina informática, antes que medio
para un fin
unívoco, es premisa
de elaboraciones sucesivas
y “oportunistas”. El oportunismo se hace valer como recurso
indispensable cada vez que el proceso de trabajo concreto está invadido de un
difuso “obrar comunicativo”, ni identificándose más con el “obrar instrumental”
mudo. O también, retomando un tema tratado en la segunda jornada del seminario,
toda vez que el Trabajo incluye en sí los rasgos salientes de la Acción
política. En el fondo ¿qué otra cosa es el oportunismo si no una dote del
hombre político?
Cinismo.
También el cinismo es conexo a la inestabilidad crónica de la forma de vida y
de los juegos lingüísticos. Esta inestabilidad crónica expone a la vista, tanto
en el trabajo como en el tiempo libre, las reglas desnudas que estructuran
artificialmente los ámbitos de acción. La situación emotiva de la multitud está
caracterizada, por lo señalado, por la extrema vecindad de los “muchos” a las
reglas que enervan los contextos singulares. En la base del cinismo
contemporáneo está el hecho que los hombres y las mujeres experimentan las
reglas, sino los “hechos”, antes que los eventos concretos. Pero tener una
experiencia directa de las reglas significa también reconocer su
convencionalismo y falta de fundamentos. De modo que no se está más inmerso en
un “juego” predefinido, participando con verdadera adhesión, sino que se
vislumbra un “juego” singular, despojado
de toda obviedad y seriedad, ahora sólo el lugar de la inmediata afirmación de
sí. Afirmación de sí tanto más brutal y arrogante, en suma cínica, en tanto más
se sirve, sin ilusiones pero con perfecta adhesión momentánea, de aquellas
mismas reglas de las cuales se había percibido el convencionalismo y la
mutabilidad.
Pienso
que hay una relación muy fuerte entre el general intellect y el cinismo
contemporáneo. O mejor: pienso que el cinismo es uno de los modos posibles de
reaccionar al general intellect (no el único, cierto: retorna aquí el tema de
la ambivalencia de las
situaciones emotivas). Veamos
mejor este nexo.
El general intellect es el saber
social devenido principal fuerza productiva; es el conjunto de paradigmas
epistémicos, lenguajes artificiales, constelaciones conceptuales que enervan la
comunicación social y la forma de vida. El general intellect se distingue de
las “abstracciones reales” típicas de la modernidad, todas ancladas al
principio de equivalencia. “Abstracción real” es, sobre todo, el dinero, que
representa la conmensurabilidad de los trabajos, de los productos, de los
sujetos. Pues bien, el general intellect no tiene nada que ver con el principio
de equivalencia. Los modelos del saber social no son unidad de medida, sino que
constituyen el presupuesto para posibilidades operativas heterogéneas. Los
códigos y paradigmas técnico- científicos se presentan como “fuerza productiva
inmediata”, es decir, como principios constructivos. No se equiparan a nada,
pero hacen las veces de premisa para todo género de acciones.
El hecho
que el ordenamiento de las relaciones sociales provenga del saber abstracto
antes que del intercambio de equivalentes, se refleja en la figura
contemporánea del cínico. ¿Porqué? Porque el principio de equivalencia
constituía la base, aún contradictoria, para las ideologías igualitarias que
propugnaban el ideal de un reconocimiento recíproco sin constricciones, aquel
de una comunicación lingüística universal y transparente. Viceversa, el general
intellect, en tanto premisa apodíptica de la praxis social, no ofrece ninguna
unidad de medida para una equiparación. El cínico reconoce, en el contexto
particular en el cual actúa, el papel preeminente de ciertas premisas
epistémicas y la simultánea ausencia de equivalencias reales. Comprime
preventivamente la aspiración a una comunicación dialógica paritaria. Renuncia
desde el principio a la búsqueda de un fundamento intersubjetivo para su
praxis, como también a la reivindicación de un criterio unificado de valoración
moral. La caída del
principio de equivalencia, íntimamente
correlacionado con los intercambios de mercancías, es vestida,
en el comportamiento del cínico, como insoportable abandono de la instancia de
igualdad. Al punto que él confía la afirmación de sí a la multiplicación (y
fluidificación) de jerarquías y desigualdades, que la sobrevenida centralidad
del saber en la producción parece comportar.
Oportunismo
y cinismo: “malos sentimientos”, sin duda. Sin embargo, es lícito hipotetizar
que cada conflicto o protesta de la multitud arraigará en el propio modo de ser
(el “núcleo neutro” al que aludíamos antes) que, por el momento, se manifiesta
con esta modalidad algo repugnante. El núcleo neutro de la situación emotiva
contemporánea, susceptible de manifestaciones opuestas, consiste en la familiaridad con lo posible en cuanto posible
y en una extrema aproximación a las reglas convencionales que estructuran los
diversos contextos de acción. Aquella familiaridad y esta
proximidad, de las
cuales derivan ahora
el oportunismo y
el cinismo, constituyen, de todos
modos, un signo distintivo indeleble de la multitud.
La charla y la curiosidad
Por
último, quiero detenerme en dos fenómenos muy conocidos, y mal vistos, de la
vida cotidiana, a los que Heidegger ha conferido el rango de temas filosóficos.
En primer lugar la charla, es decir un discurso sin estructura ósea,
indiferente al contenido que cada tanto aflora, contagioso y extensivo. Luego,
la curiosidad, es decir la insaciable voracidad por lo nuevo en tanto nuevo. Me
parece que estos son otros dos predicados inherentes al sujeto gramatical
“multitud”. Convengamos de utilizar, como se verá, la palabra de Heidegger en
contra de él mismo. Discutiendo sobre la “charla” quiero avanzar sobre una
faceta ulterior de la relación multitud/ lenguaje verbal; la “curiosidad”, en
cambio, tiene que ver cierta virtud epistemológica de la multitud (quede claro
que estamos discutiendo nada más que una epistemología espontánea e
irreflexiva).
La charla
y la curiosidad son estados analizados por Heidegger en Ser y tiempo (Heidegger
1927: 35 y 36). Ambos son considerados como típicas manifestaciones de la “vida
no- auténtica”. Ésta última está caracterizada por la nivelación conformista de
todo sentir y comprender. El dominador incontrastable es en ella el pronombre
impersonal “se”: se dice, se hace, se cree una u otra cosa. En términos de
Simondon, es el preindividual el que domina la escena, impidiendo cualquier
individuación. El “se” es anónimo y
extensivo. Alimenta seguridades tranquilizantes, difunde opiniones siempre
compartidas. Es el sujeto sin rostro de la comunicación mediática. El “se” alimenta la charla y desencadena una
curiosidad sin recato.
Este “se”
chismoso y entrometido oculta el rasgo sobresaliente de la existencia humana:
el ser en el mundo. Cuidado: pertenecer al mundo no significa contemplarlo
desinteresadamente. Esta pertenencia representa antes que nada una implicancia
pragmática. La relación con mi contexto
vital no consiste primariamente en conocimientos y representaciones,
sino en una praxis adaptativa, en la búsqueda de resguardo, en una orientación
práctica, en la intervención manipuladora de los objetos circundantes. La
vida auténtica, para
Heidegger, parece hallar
una expresión adecuada en el trabajo.
El mundo es, en primer
lugar, un mundo- en-
obra, un conjunto de medios y
finalidades productivas, el teatro de una alacridad general. Según Heidegger,
esta relación fundamental con el mundo se halla desvirtuada por la charla y la
curiosidad. El que charla y se abandona a la curiosidad no trabaja, se distrae
de la ejecución de una tarea determinada, suspende el “hacerse cargo”. El “se”,
además de anónimo, es también ocioso. El
mundo- en- obra es transformado en un mundo- espectáculo.
Nos
preguntamos: ¿entonces es cierto que la charla y la curiosidad están confinadas
al exterior del trabajo, en el tiempo del ocio y la distracción? Sobre la base
de lo que se ha argumentado en este seminario, ¿no debemos suponer, más bien,
que estas actitudes se han vuelto el eje de la producción contemporánea, en la
cual domina el actuar comunicativo y es valorizada en máximo grado la capacidad
de ingeniarse ante innovaciones continuas?
Comencemos
por la charla. Ella atestigua el papel preeminente de la comunicación social,
su independencia de todo vínculo o presupuesto, su plena autonomía. Autonomía de objetivos predefinidos, de
empleos circunscriptos, de la obligación de reproducir fielmente la realidad.
En la charla disminuye teatralmente la correspondencia denotativa entre
palabras y cosas. El discurso no requiere más una legitimación externa,
procurada desde los eventos sobre el cual versa. Él mismo constituye ahora un
evento en sí, consistente, que se justifica por el sólo hecho de ocurrir.
Heidegger escribe: “En virtud de la comprensión media que el lenguaje expresado
posee en sí, el discurso comunicante [...] puede ser comprendido incluso sin
que aquel que escucha se coloque en la comprensión originaria de aquello sobre
lo cual discurre el discurso” (Heidegger 1927: 212). Y luego: “la charla es la
posibilidad de comprender todo sin ninguna apropiación de la cosa a comprender”
(Ibid. 213).
La charla
resquebraja el paradigma referencialista. La crisis de este paradigma se halla
en el origen de los mass media (en inglés en el original. N. del T.) Una vez
emancipados del peso de corresponder punto por punto al mundo no lingüístico,
los enunciados pueden multiplicarse
indefinidamente, generándose unos
a otros. La charla es infundada. Esta falta de
fundamento explica su carácter lábil, y a veces vacuo, de las interacciones
cotidianas. Sin embargo, la misma falta de fundamento autoriza en todo momento
la invención y experimentación de nuevos discursos. La comunicación, antes que
reflejar y transmitir aquello que es, produce esos mismos estados de cosas,
experiencias inéditas, hechos nuevos. Estamos tentados de decir que la charla
se parece a un rumor de fondo: de por sí insignificante (a diferencia de los
rumores ligados a fenómenos particulares, por ejemplo una moto en marcha o un
taladro), pero que ofrece el entramado del cual se extraen variantes
significativas, modulaciones insólitas, articulaciones imprevistas.
Me parece
que la charla
constituye la materia
prima del virtuosismo postfordista del cual hemos
hablado en la segunda jornada del seminario. El virtuoso, como recordarán, es
aquel que produce algo no distinguible ni separable del mismo acto de
producirlo. Virtuoso por excelencia es el simple locutor. Pero, agreguemos
ahora, el locutor no- referencialista; el locutor que, hablando, no refleja uno
u otro estado de cosas, sino que lo determina de nuevo mediante su misma
palabra. Aquel que, según Heidegger, charla. La charla es performativa: en
ella, las palabras determinan hechos, eventos, estados de las cosas (ref.
Austin 1962). O, si se quiere, en la charla se puede reconocer el performativo básico: no “Yo apuesto” o “Yo
juro” o “Yo tomo a esta
mujer como esposa”,
sino, en primer
lugar, “Yo hablo”. En la
afirmación “Yo hablo”, hago algo diciéndolo, y, además, declaro aquello que
hago mientras lo hago.
Contrariamente
a lo que supone Heidegger, la charla no sólo no es una experiencia pobre y
despreciable, sino que concierne directamente al trabajo, a la producción social.
Treinta años atrás,
en muchas fábricas
había carteles que intimaban: “Silencio, se trabaja”. Quien
trabajaba callaba. Se comenzaba a charlar sólo a la salida de la fábrica o del
trabajo. La principal novedad del postfordismo consiste en haber puesto a
trabajar al lenguaje. Hoy, en algunas oficinas, podemos figurarnos dignamente carteles
especulares a los de otros tiempos: “Aquí se trabaja.
¡Hable!”.
Al
trabajador no se le pide un cierto número de frases promedio, sino un actuar
comunicativo informal, dúctil, en condiciones de enfrentar las más diversas
eventualidades (con una buena dosis de oportunismo, diríamos). En términos de
filosofía del lenguaje diría que lo que se ha movilizado no es la palabra sino
la lengua; la misma facultad,
es decir, la
potencia genérica de
articular todo tipo
de enunciaciones, adquiere un relieve empírico propio en la charla
informática. Allí, en efecto, no cuenta tanto “qué cosa dice”, como el puro y
simple “poder decir”.
Y pasemos
a la curiosidad. También ella tiene por sujeto al anónimo “se”, protagonista
indiscutible de la “vida no auténtica”. Y también ella se sitúa, para
Heidegger, por fuera del proceso laboral. El “ver”, que en el trabajo finaliza
con el cumplimiento de una tarea particular, en el tiempo libre deviene
intranquilo, móvil, voluble. Escribe Heidegger: “el ocuparse se detiene en dos
casos: o para tomar fuerza o porque la obra ha finalizado. Este aquietamiento
no suprime la ocupación, sino que deja libre la visión, liberándola del mundo
de la obra” (ibid. : 217). La liberación del mundo de la obra hace que la
“visión” se nutra de cualquier cosa, hechos, eventos, reducidos, sin embargo, a
otros tantos espectáculos.
Heidegger
cita a Agustín, que de la curiosidad había efectuado un análisis admirable en
el libro décimo de las Confesiones. El curioso, para Agustín, es aquel que se
abandona a la concupiscentia oculorum, a la concupiscencia de la vista,
codiciando asistir a espectáculos insólitos e incluso horribles: “el placer
corre detrás de aquello que es bello, gustoso, armonioso, suave, mórbido; la
curiosidad desea experimentar también lo contrario [...] por afán de probar, de
conocer. Y en verdad ¿qué placer se puede probar a la horrible vista de un
cadáver hecho pedazos? Sin embargo, si aparece uno en cualquier parte, todos
acuden allí” (Confesiones: X, 35). Tanto Agustín como Heidegger consideraban a
la curiosidad como una forma degradada y perversa de amor por el saber. Una
pasión epistémica, en suma. La parodia
plebeya del bios
theoretikos, de la
vida contemplativa dedicada
al conocimiento puro. Ni
el filósofo ni
el curioso tienen
intereses prácticos, ambos aspiran a un aprendizaje como fin en sí
mismo, a una visión sin finalidad extrínseca.
Pero en
la curiosidad los sentidos usurpan las prerrogativas del pensamiento: son los
ojos del cuerpo, no aquella metáfora de la mente, los que observarán, hurgarán,
valorarán todos los fenómenos. La ascética theoria se transforma en el “afán de
probar, de conocer” del voyeur.
El juicio
de Heidegger es
sin apelación: en
la curiosidad anida
un extrañamiento radical; el curioso “está interesado sólo por el
aspecto del mundo; de este modo intenta liberarse de sí mismo en tanto ser- en-
el- mundo” (Heidegger 1927: 217). Deseo confrontar este juicio de Heidegger con
la postura de Walter Benjamin. En L’opera d’arte nell’epoca della sua
riproducibilitá tecnica, Benjamin ha propuesto, a su vez, un diagnóstico del
“se”, del modo de ser de la sociedad de masas, en suma, de la “vida no
auténtica”. Con otra terminología,
desde luego. Y arribando a conclusiones
muy distintas de
las de Heidegger.
Benjamin entiende como
una promesa, o al menos una ocasión importante, aquello que,
contrariamente, Heidegger considera una amenaza. La reproducibilidad técnica
del arte y de toda clase de experiencias, realizada por los mass media, no es
otra cosa más que el instrumento más adecuado para satisfacer una curiosidad
universal y omnívora. Benjamin elogia aquel “afán de conocer” por medio de los
sentidos, aquella “concupiscencia de la vista”, que Heidegger, por su parte,
denigra. Veamos esto más detalladamente.
Tanto la
curiosidad (para Heidegger) como la reproducibilidad técnica (para
Benjamin)
se esfuerzan para
abolir la distancia, para
colocar todas las
cosas al alcance de la mano (o,
mejor, de la mirada). Esta vocación por la proximidad posee, sin embargo,
significados opuestos en ambos autores. Para Heidegger, en ausencia de un
trabajoso “poner manos a la obra”, el acercamiento a lo que es lejano y extraño
da por resultado la anulación desastrosa de la perspectiva: la mirada no
distingue entre “primer plano” y “fondo”. Cuando todas las cosas convergen en
una proximidad indiferenciada (como, según Heidegger, le ocurre al curioso),
desaparece el centro estable desde donde poder observarlas. La curiosidad se
asemeja a una alfombra voladora
que, eludiendo la
fuerza de gravedad,
vuela a baja
altura sobre los fenómenos (sin arraigar en ellos). En
cambio Benjamin, a propósito de la curiosidad mass- mediática, escribe:
“restituir las cosas espacialmente, humanamente más cercanas, es para las masas
actuales una exigencia primordial como la tendencia a la superación de la unicidad
de todo lo dado mediante la recepción de su reproducción” (Benjamin 1936: 25).
Para Benjamin la curiosidad, en cuanto acercamiento al mundo, ensancha y
enriquece la capacidad perceptiva humana. La visión móvil del curioso,
realizada mediante los mass media, no se limita a recibir pasivamente un
espectáculo dado, sino, por el contrario, decide todas las veces qué cosa ver,
qué cosa merece ubicarse en el primer plano y qué cosa debe permanecer en el
fondo. Los medios adiestran los sentidos a
considerar lo conocido como si fuese ignoto, es decir, a vislumbrar un
“margen de libertad enorme e imprevisto” incluso en aquellos aspectos más
trillados y repetitivos de la experiencia cotidiana. Pero, a un mismo tiempo,
adiestran los sentidos también para la tarea opuesta: considerar lo ignoto como
si fuera conocido, adquirir familiaridad con lo insólito y sorprendente,
habituarse a la carencia de costumbres sólidas.
Otra
analogía significativa. Tanto para Heidegger como para Benjamin, el curioso
está permanentemente distraído. El mira, aprende, experimenta todas las cosas,
pero sin prestar atención. También en este tema el juicio de ambos autores es
divergente. Para Heidegger la distracción, correlacionada con la curiosidad, es
la prueba evidente de un desarraigo total y ausencia de autenticidad. Distraído
es quien siempre persigue posibilidades distintas pero equivalentes e
intercambiables (el oportunista en la acepción propuesta anteriormente). Por el
contrario, Benjamin alaba explícitamente a la distracción, divisando en ella al
modo más eficaz de recibir una experiencia artificial, construida técnicamente.
Escribe: “Mediante la distracción [...] se puede controlar de antemano en qué
medida la percepción se halla en condiciones de absorber nuevas tareas [...].
El cine desvaloriza los valores de culto [tal el culto por la obra de arte,
considerada algo único] no sólo induciendo al público a una actitud valorativa
[él decide qué cosa es fondo y qué primer plano, como hablábamos antes], sino
también por el hecho que en el cine la actitud valorativa no implica atención:
el público [podemos decir: la multitud en cuanto público] es un examinador,
pero un examinador distraído”(Ibid.: 46)
De por
sí, la distracción es un obstáculo para el aprendizaje intelectual. El hecho
cambia radicalmente, sin embargo, si lo que está en juego es un aprendizaje
sensorial: éste último es favorecido y potenciado por la distracción; reclama
un cierto grado de dispersión e inconstancia. Pues bien, la curiosidad
mediática es aprendizaje sensorial de artificios técnicamente reproducibles,
percepción inmediata de productos intelectuales, visiones corporales de
paradigmas científicos. Los sentidos- o, mejor, la “concupiscencia de la
vista”- se apropian de una realidad abstracta, es decir, de conceptos
materializados en técnica, no asomándose con atención, sino haciendo alardes de
distracción.
La
curiosidad (distraída), así como la charla (no referencialista), son atributos
de la multitud contemporánea. Atributos cargados de
ambivalencia, naturalmente. Pero
ineludibles.
4
Diez tesis sobre la multitud y el capitalismo
postfordista
He
intentado describir el modo de producción contemporáneo, el denominado
postfordismo, sobre la base de categorías extraídas de la filosofía política,
de la ética, de la epistemología, de la filosofía del lenguaje. No por
costumbre profesional, sino porque estoy convencido que el modo de producción
contemporáneo exige, para ser descripto de modo adecuado, esta instrumentación,
esta amplitud de mirada. No se comprende
el postfordismo sin
recurrir a una
constelación conceptual ética- lingüística. Como es obvio, por otra
parte, allí el matter of fact (en inglés en el original. N. del T.) debe
consistir en la identificación progresiva entre poiesis y lenguaje, producción
y comunicación.
Para
denominar con un término unitario la forma de vida y juegos lingüísticos que
caracterizan a nuestra época, he utilizado la noción de “multitud”. Esta
noción, antipódica de aquella de “pueblo”, se define por el conjunto de
quiebres, desmoronamientos, innovaciones que he intentado señalar. Citando
desordenadamente: la vida de los extranjeros (bios xenikos) como condición
ordinaria; la prevalencia de los “lugares comunes” del discurso por sobre
aquellos “especiales”; la publicidad del intelecto, tanto como recurso
apotropaico o como base de la producción social; la actividad sin obra (es
decir, el virtuosismo); la centralidad del principio de individuación; la
relación con lo posible en cuanto tal (oportunismo); el desarrollo hipertrófico
de los aspectos no referenciales del lenguaje (charla). En la multitud se da la
plena exhibición histórica, fenoménica, empírica de la condición ontológica del
animal humano: carencias biológicas, carácter indefinido o potencial de su
existencia, ausencia de un ambiente determinado, intelecto lingüístico como
“resarcimiento” por la escasez de instintos especializados. Es como si las raíces hubiesen salido a la
superficie, quedando expuestas a la vista. Aquello que siempre fue verdad, se
ve ahora sin velamientos. La multitud es esto: configuración biológica
fundamental que deviene modo de ser históricamente determinado, ontología que
se revela fenoménicamente. Se puede decir también que la multitud postfordista
resalta sobre el plano histórico-
empírico la antopogénesis como tal, es decir, la misma génesis del animal
humano, sus caracteres diferenciales. La recorre en compendio, la recapitula.
Hemos pensado en estas consideraciones más bien abstractas como otra forma
para decir que
el capitalismo contemporáneo
tiene su principal
recurso productivo en las actitudes lingüísticas- relacionales del ser
humano, en el conjunto de facultades (dynameis, potencia) comunicativas y
cognoscitivas que lo distinguen.
El
seminario ha concluido. Lo que podía decirse ya está (bien o mal) dicho. Ahora,
al término de nuestra circunnavegación
del continente “multitud”, sólo queda insistir sobre algunos aspectos
por dirimir. A tal fin, propongo diez aserciones sobre la multitud y el
capitalismo postfordista. Aserciones que sólo por comodidad llamo tesis. Ellas
no pretenden ser exhaustivas, ni quieren contraponerse a otros posibles
análisis o definiciones del postfordismo. De tesis auténticas sólo tienen el
aspecto apodíptico y (espero) la concisión. Algunas de estas aserciones
podrían, quizá, converger entre sí, fundiéndose en una única “tesis”. Además,
la secuencia es arbitraria: aquella que aparece como “tesis x” no perdería nada
figurando como “tesis y” (y viceversa). Debo aclarar, en fin, que a menudo
afirmo o niego con más claridad, o menos matices, de lo que sería justo (o
prudente). En algunos casos, casi diría, más de lo que pienso.
Tesis 1
El postfordismo (y con él la multitud) ha
hecho su aparición en Italia con las luchas sociales que por convención son
recordadas como el “movimiento de 1977”.
El
postfordismo ha estado inaugurado en Italia por los tumultos de una fuerza de
trabajo escolarizada, precaria, móvil, que odiaba la ética del trabajo y se
oponía, a veces frontalmente, a las tradiciones y la cultura de la izquierda
histórica, marcando una clara discontinuidad con el obrero de la línea de
montaje, sus usos y costumbres, su forma de vida. El postfordismo fue
inaugurado por conflictos centrados en figuras sociales que, pese a su aparente
marginalidad, estaban convirtiéndose en el auténtico fulcro del nuevo ciclo de
desarrollo capitalista. Por otra parte, ya ha sucedido que un cambio radical
del modo de producción sea acompañado por la precoz conflictividad de aquellos
estratos de la fuerza de trabajo que de a poco se fueron constituyendo en el
eje de sustentación de la producción de plusvalor. Basta pensar en la
peligrosidad atribuida en el Setecientos a los vagabundos ingleses, ya
expulsados de los campos, y a punto de sumergirse en las primeras manufacturas.
O en las luchas de los obreros no
calificados estadounidenses en
los años 10
de nuestro siglo,
luchas que precedieron los
cambios fordistas y
tayloristas basados en
la descalificación sistemática
del trabajo. Toda metamorfosis drástica de la organización productiva está
destinada en un principio a evocar los afanes de la “acumulación originaria”,
debiendo transformar desde el inicio una relación entre cosas (nueva
tecnología, distintos destinos de las
inversiones, etc.) en
una relación social.
Es en este
intermedio delicado donde se manifiesta a veces el aspecto subjetivo de
aquello que, más tarde, deviene irrefutable decurso factual.
La obra
maestra del capitalismo italiano ha sido haber transformado en recurso
productivo precisamente los comportamientos que, en un primer momento, se
manifestaban con la
semblanza del conflicto
radical. La conversión
de las propensiones colectivas
del movimiento del ‘77-éxodo de la fábrica, rechazo al empleo estable,
familiaridad con los saberes y las redes comunicativas- en un concepto
innovado de profesionalidad (oportunismo,
charla, virtuosismo, etc.):
ése es el resultado más precioso de la
contrarrevolución italiana (entendiendo por “contrarrevolución” no la simple
restauración del estado de cosas precedente, sino, literalmente, una revolución
al revés, es decir, una innovación drástica de la economía y de las instituciones
a los fines de lanzar de nuevo la productividad y el dominio político).
El
movimiento del ’77 tuvo la desdicha de ser tratado como un movimiento de
marginales y parásitos.
De hecho, marginal
y parasitario era el punto
de vista adoptado por quienes
emitían esas acusaciones. En efecto, esos se identificaban del todo con el
paradigma fordista, considerando “central” y “productivo” sólo al trabajo
estable en la fábrica de bienes de consumo durables. Se identificaban, por
tanto, con el ciclo de desarrollo en declinación. Bien visto, el movimiento del
’77 anticipó algunos rasgos de la multitud postfordista. Pálido y tosco cuanto
se quiera, el suyo fue nada menos que un virtuosismo no servil.
Tesis 2
El postfordismo ¿es la realización empírica
del “Fragmento sobre las máquinas” de Marx?
Escribe
Marx: “El robo del tiempo de trabajo ajeno sobre el cual se apoya la actual
riqueza se presenta como una base miserable respecto a esta nueva base [el
sistema de máquinas automatizadas] que se ha desarrollado mientras tanto,
siendo creada por la misma gran industria. Apenas el trabajo en forma inmediata
ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo cesa y debe
cesar de ser su medida, y por consiguiente, el valor de cambio debe cesar de
ser la medida del valor de uso” (Marx 1939-1941: II, 401). En el “Fragmento sobre las máquinas” de los
Grundrisse, de donde he extraído la cita, Marx sostiene una tesis muy poco
marxista: el saber abstracto- aquel científico en primer lugar, pero no sólo él-
se encamina a convertirse en nada menos que la principal fuerza productiva,
relegando al trabajo parcializado y repetitivo en una posición residual.
Sabemos que Marx recurre a una imagen tan sugestiva para indicar el conjunto de
conocimientos que constituyen el epicentro de la producción social y, al mismo
tiempo, preordenan todos los ámbitos vitales: general intellect, intelecto
general. La preeminencia tendencial del saber hace del tiempo de trabajo una
“base miserable”. La denominada “ley del valor” (según la cual el valor de una
mercancía está determinado por el tiempo de trabajo incorporado en ella), que
Marx considera el arquitrabe de las actuales relaciones sociales, es, sin
embargo, refutada y resquebrajada por el propio desarrollo capitalista.
Es en
este punto donde
Marx plantea una
hipótesis de superación
de la relación de producción
dominante muy distinta de aquella, y de las expuestas en otros textos. En el
“Fragmento” la crisis del capitalismo no está ya más imputada a las
desproporciones internas de un modo de producción realmente basado en el tiempo
de trabajo erogado individualmente (no está más imputada, pues, a los
desequilibrios conexos a la plena vigencia de las leyes, como por ejemplo, a la
caída de la tasa de ganancia). Llegan al primer plano, más bien, las
contradicciones lacerantes entre un proceso productivo, que hoy gira directa y
exclusivamente sobre la ciencia, y una unidad de medida de la riqueza todavía
coincidente con la cantidad de trabajo incorporada a los productos. El
progresivo ensanchamiento de esta contradicción conduce, según Marx, al
“derrumbe de la producción basada sobre el valor de cambio” y, por lo tanto, al
comunismo.
Esto que
salta a la vista, en la época postfordista, es la plena realización factual de
la tendencia descripta por Marx, pero sin algún aspecto emancipador. Antes que
foco de crisis, la desproporción entre el papel absoluto del saber y la
importancia decreciente del tiempo de trabajo ha dado lugar a una nueva y
estable forma de dominio. Las metamorfosis radicales del mismo concepto de
producción están inscriptas para siempre en el ámbito del trabajo bajo patrón.
Más que aludir a una superación de lo existente, el “Fragmento” es una caja de
herramientas para el sociólogo.
Describe una realidad
empírica ante la
mirada de todos:
la realidad empírica del
ordenamiento postfordista.
Tesis 3
La multitud refleja en sí la crisis de la
sociedad del trabajo
La crisis
de la sociedad
del trabajo no
coincide ciertamente con
una contracción lineal del tiempo de trabajo. Este último, por el
contrario, muestra hoy una inaudita persistencia. Las posiciones de Gorz y
Rifkin sobre el “fin del trabajo” (Gorz
1997;
Rifkin 1995) están equivocadas; sembradas de errores de toda clase; y lo que es
peor, impiden analizar la cuestión que evocan.
La crisis
de la sociedad del trabajo consiste antes que nada en el hecho (tesis
2) que la
riqueza social está producida por la ciencia, por el general intellect, antes
que por el trabajo erogado por el individuo. El trabajo ordenado parece
reducido a porciones virtualmente despreciables de una vida. La ciencia, la
información, el saber en general, la cooperación, se presentan como la pilastra
de la producción. Ellos, ya no más el tiempo de trabajo. Todavía este tiempo
continúa valiendo como parámetro del desarrollo y de la riqueza social. La
salida de la sociedad del trabajo constituye, por eso, un proceso
contradictorio, teatro de furiosas antinomias y de desconcertantes paradojas.
El tiempo de trabajo es la unidad de medida vigente, pero ya no más verdadera.
Ignorar uno de los dos lados- subrayar sólo la vigencia o sólo la no-verdad- no
nos lleva lejos: en el primer caso ni siquiera nos percatamos de la crisis de
la sociedad del trabajo, en el segundo se termina en la avalada representación
pacífica a lo Gorz o a la Rifkin.
La
superación de la sociedad del trabajo sobreviene en la forma prescripta del
sistema social basado en el trabajo asalariado. El tiempo excedente, es decir,
riqueza potencial, se manifiesta como miseria:
dependencia, desocupación estructural (provocada por las inversiones no
por su falta), flexibilización ilimitada en el empleo de la fuerza de trabajo,
proliferación de jerarquías, restablecimiento de arcaísmos disciplinarios para
controlar individuos, ya no sometidos a los preceptos del Sistema fabril. Esta
es la tempestad
magnética con la
cual se despliega,
en el plano fenoménico, una “superación” tan
paradójica de cumplir sobre la misma base de aquello que quiere superar.
Repito la
frase clave: la superación de la sociedad del trabajo se cumple según las
reglas del trabajo asalariado. Esta frase no hace más que aplicar a la
situación postfordista lo que Marx observó a propósito de la primera sociedad
por acciones. Según Marx, con la sociedad por acciones se ha “superado la
propiedad privada sobre la base misma de la propiedad privada”. Vale decir: la
sociedad por acciones atestigua la posibilidad de salida del régimen de la
propiedad privada, pero esta afirmación conduce para siempre al interior de la
propiedad privada, mejor dicho, potencia esta última desmesuradamente. Toda la
dificultad, en el caso del postfordismo como en el de aquella sociedad por
acciones, está en poder considerar simultáneamente los dos perfiles contradictorios,
la subsistencia y el final, la vigencia y la superación.
La crisis
de la sociedad del trabajo (acordemos) implica que toda la fuerza de trabajo
postfordista puede ser descripta mediante la categoría con la cual Marx analizó
al “ejército industrial de reserva”, es decir, la desocupación. Marx creía que
el “ejército industrial de reserva” era subdivisible en tres especies o
figuras: fluido (hoy hablamos de turn- over (en inglés en el original. N. del
T.), jubilaciones anticipadas, etc.), latente (allí donde en cualquier momento
puede llegar una innovación tecnológica a segar la ocupación), estancado (en
términos actuales: el trabajo en negro, precario, atípico). Fluida, latente o
estancada es, según Marx, la masa de desocupados, no la clase obrera ocupada;
un sector marginal de la fuerza de trabajo, no su sección central. Pues bien,
la crisis de la sociedad del trabajo (con las características complejas que
intentamos esbozar) hace que estas tres determinaciones sean aplicables,
efectivamente, a la totalidad de la fuerza de trabajo. Fluida o latente o
estancada es la clase trabajadora ocupada en cuanto tal. Toda erogación de
trabajo asalariado deja traslucir su no- necesidad, su carácter de costo social
excesivo. Pero esta no- necesidad se manifiesta siempre como perpetuación del
trabajo asalariado precario o “flexibilizado”.
Tesis 4
Para la multitud postfordista cada vez hay
menos diferencia cualitativa entre tiempo de trabajo y de no- trabajo.
Hoy el
tiempo social parece salido de sus goznes, pues ya no hay nada que distinga al
tiempo de trabajo del resto de las actividades humanas. Por lo tanto, como el
trabajo deja de constituir una praxis especial y separada, en cuyo interior
rigen criterios y procedimientos peculiares, todo es distinto de los criterios
y procedimientos que regulan el tiempo de no- trabajo. No hay más un límite
neto que separe el tiempo de trabajo del de no- trabajo. En el fordismo, según
Gramsci, el intelecto queda fuera de la producción; sólo al finalizar el
trabajo el obrero fordista lee el diario, acude a la sesión del partido,
piensa, dialoga. Por el contrario, en el postfordismo ya que la “vida de la
mente” está plenamente incluida en el espacio- tiempo de la producción,
prevalece una homogeneidad esencial.
Trabajo y
no trabajo desarrollan
idéntica productividad, basada
sobre el ejercicio de
facultades humanas genéricas:
lenguaje, memoria, socialidad, inclinaciones éticas y estéticas,
capacidad de abstracción y aprendizaje. Desde el punto de vista de “que cosa”
se hace y del “cómo” se hace no hay ninguna diferencia sustancial entre
ocupación y desocupación.
Podemos decir: la
desocupación es trabajo no
remunerado; el trabajo, por su parte, es desocupación remunerada. Se puede
afirmar con buenos motivos tanto que nunca se deja de trabajar como que se
trabaja siempre de menos. Esta formulación paradójica, y también
contradictoria, atestigua, en su conjunto, la salida de sus bisagras del tiempo
social.
La
antigua distinción entre “trabajo” y “no trabajo” se resuelve en esta entre vida retribuida y vida
no retribuida. El confín entre una y otra es arbitrario, cambiante, sujeto a
decisiones políticas.
La
cooperación productiva de la que participa la fuerza de trabajo es cada vez más
amplia y rica que la puesta en acción en el proceso laboral. Comprende también
al no- trabajo, las experiencias y conocimientos maduradas fuera de la fábrica
y del oficio. La fuerza de trabajo valoriza al capital solamente porque no
pierde más su calidad de no- trabajo (es decir su inherencia a una cooperación
productiva más rica que aquella integrada al proceso laboral estrechamente
acordado).
Ya que la
cooperación laboral precede y excede al proceso laboral, el trabajo
postfordista es siempre,
además, trabajo sumergido.
Con esta expresión
no se entiende aquí un empleo no
contractualizado, “en negro”. Trabajo sumergido es, ante todo, la vida no
retribuida, es decir, la parte de actividad humana que, homogénea en todo a
aquella trabajadora, no es sin embargo computada como fuerza productiva.
El punto
decisivo es reconocer que en el trabajo tiene un peso preponderante la
experiencia madurada por fuera de él, sabiendo sin embargo que esta esfera de
experiencia más general, una vez incluida en el proceso productivo, se somete a
las reglas del modo de producción capitalista. También aquí hay un doble
riesgo: o negar la dimensión de cuanto viene incluido en el modo de producción,
o bien, en nombre de dicha dimensión, negar la existencia de un modo específico
de producción.
Tesis 5
En el postfordismo subsiste un descarte
permanente entre “tiempo de trabajo” y un más amplio “tiempo de producción”.
Marx
distingue entre “tiempo de trabajo” y “tiempo de producción” en los capítulos
XII y XIII del segundo libro de El capital. Pensemos en el ciclo siembra-
cosecha. El jornalero se fatiga durante un mes (tiempo de trabajo); luego viene
el largo intervalo de maduración del grano (ahora tiempo de producción, pero no
de trabajo); finalmente llega la época de la cosecha (otra vez tiempo de
trabajo). En la agricultura y en otros sectores la producción es más extensa
que la misma actividad laboral; por lo que esta última constituye apenas una
fracción del ciclo total. Pues bien, la dupla “tiempo de trabajo” / “tiempo de
producción” es una herramienta conceptual extraordinariamente pertinente para
comprender la realidad postfordista, las articulaciones actuales de la jornada
laboral social. De aquellos ejemplos bucólicos de Marx, el descarte entre
“producción” y “trabajo” se adecua muy bien a la situación descripta por Marx
en el “Fragmento sobre las máquinas”, una situación en la cual el tiempo de
trabajo se presenta como un “residuo miserable”.
La
desproporción toma dos formas distintas. En primer lugar, se halla dentro de
cada jornada laboral
de cada dependiente
individual. El obrero
vigila y coordina (tiempo de trabajo) el sistema
automático de máquinas (cuyo funcionamiento define el tiempo de producción); la
actividad del trabajador se resuelve a menudo en una especie de mantenimiento.
Se podría decir que, en el ámbito postfordista el tiempo de producción sólo se
interrumpe a expensas del tiempo de trabajo. Mientras la siembra es condición
necesaria para la posterior fase de crecimiento del grano, la actual actividad
de vigilancia y coordinación es colocada, desde el principio al fin, al costado
del proceso automatizado.
Tenemos
luego un segundo y más radical modo de concebir la desproporción. En el
postfordismo el “tiempo de producción” comprende al tiempo de no- trabajo, a la cooperación social que se radica en él
(Tesis 4). Denomino por eso “tiempo de producción” a la unidad indisoluble de
vida retribuida y vida no retribuida, trabajo y no- trabajo, cooperación social
emergida y cooperación social sumergida. El “tiempo de trabajo” es sólo un
componente, y no necesariamente el más relevante, del “tiempo de producción” así
acordado. Esta constatación nos fuerza a reformular, en parte o del todo, la
teoría del plusvalor. Según Marx, el plusvalor emana del plustrabajo, es decir,
de la diferencia entre trabajo necesario (que reintegra al capitalista de la
compra efectuada para adquirir la fuerza de trabajo) y el conjunto de la
jornada laboral. Pues bien, debemos decir que el plusvalor en la época
postfordista está determinado sobre todo por el hiato entre un tiempo de
producción no computado como tiempo de trabajo y el tiempo de trabajo
propiamente dicho. No sólo cuenta el descarte, interno al tiempo de trabajo,
entre trabajo necesario
y plusvalor, sino
también (o tal
vez más) el descarte entre tiempo de producción (que
incluye en sí al no- trabajo, a su peculiar productividad) y tiempo de trabajo.
Tesis 6
El postfordismo se caracteriza por la
convivencia de muy diversos modelos productivos y, por otra parte, por una
socialización extralaboral esencialmente homogénea.
A
diferencia de la fordista, la actual organización del trabajo es siempre en
manchas de leopardo. Las innovaciones tecnológicas no son universales: más que
determinar un modelo productivo único y conductor, ellas mantienen con vida a
una miríada de modelos
diferenciados,
resucitándolos de sus
anacronismos y superaciones. El
postfordismo reedita todo el pasado de la historia del trabajo, desde islas de
obreros- masa a enclaves de obreros profesionales, desde un inflado trabajo
autónomo a restablecidas formas de dominio personal. Los modelos de producción
sucedidos a través de prolongados
periodos se representan sincrónicamente, casi del mismo modo que en una
Exposición Universal. El fondo es la suposición que esta proliferación de
diferencias, esta rotura de formas organizativas, está construida por el
general intellect, por la tecnología informática- telemática, por una
cooperación productiva que incluye en sí al tiempo de no- trabajo.
Paradójicamente, cuando el saber y el lenguaje devienen la principal fuerza
productiva, se da una desenfrenada multiplicación de
modelos de organización del
trabajo, aunque en
ecléctica convivencia.
Hay que
preguntarse qué cosa tienen en común el técnico de software, el obrero de la
Fiat o el trabajador precario. Y debemos tener el coraje de responder: bien
poco, en cuanto a las tareas, a la competencia profesional, a las
características del proceso laboral. Pero también: todo, en cuanto a los modos
y contenidos de la socialización extralaboral del individuo particular. Comunes
son, por ejemplo, la tonalidad emotiva, las inclinaciones, la mentalidad, las
expectativas. Sólo que este ethos homogéneo (oportunismo, charla, etc.),
mientras en los sectores avanzados está incluido en la producción y delinea
perfiles profesionales, para aquellos que están destinados a sectores
tradicionales, como para el jornalero estacional que oscila entre trabajo y
desocupación, se incorpora ante todo al “mundo de la vida”. Para decirlo de
otro modo: el punto de sutura se encuentra entre el oportunismo al trabajo y el
oportunismo universalmente solicitado de la experiencia metropolitana. A la
fragmentación de los modelos productivos, a su convivencia en forma de
Exposición Universal, se le contrapone el carácter sustancialmente unitario de
la socialización desenganchada del proceso laboral.
Tesis 7
En el postfordismo el general intellect no
coincide con el capital fijo, sino que se manifiesta principalmente como
interacción lingüística del trabajo vivo.
Como ya
se ha dicho en la segunda jornada del seminario, Marx identificó sin dudas al
general intellect (el saber en cuanto principal fuerza productiva) con el
capital fijo, con la “capacidad científica objetivada” en el sistema de
máquinas. Así descuidó el lado, hoy absolutamente preeminente, por el cual el
general intellect se presenta como trabajo vivo. Esta crítica obliga al
análisis de la producción postfordista. En el denominado “trabajo autónomo de
segunda generación”, y también en los procedimientos operativos de una fábrica
radicalmente innovada como la Fiat de Melfi, no es difícil reconocer que la
conexión entre saber y producción no se agota en absoluto en el sistema de
máquinas, sino que se articula en la cooperación lingüística de hombres y mujeres,
en su concreto actuar conjunto. En el ámbito postfordista juegan un papel
decisivo constelaciones conceptuales y esquemas lógicos que no pueden ya
cuajar en capital
fijo, siendo inescindibles
de la interacción
de una pluralidad de sujetos vivientes.
El “intelecto general” comprende, por lo tanto, conocimientos formales e
informales, imaginación, inclinaciones estéticas, mentalidad, “juegos
lingüísticos”. En los procesos laborales contemporáneos, somos pensadores y
discursos que funcionamos de por sí como “máquinas” productivas, sin que
debamos adoptar un cuerpo mecánico ni tampoco un alma electrónica.
El
general intellect se vuelve un atributo del trabajo vivo cuando la actividad de
este último consiste, en creciente medida, en prestaciones lingüísticas. Es
palpable aquí la falta de fundamento de la posición de Juergen Habermas. Él,
basándose en las lecciones de Hegel a Jena (Habermas 1968), opone el trabajo a
la interacción, el “actuar instrumental” (o estratégico) al “actuar
comunicativo”. A su juicio, los dos ámbitos responden a criterios
inconmensurables: el trabajo sigue la lógica medios/ fines, la
interacción lingüística se
apoya en los
cambios, en el
recíproco reconocimiento, en el compartir un idéntico ethos. Hoy, sin
embargo, el trabajo (dependiente, asalariado, productivo de plusvalor) es
interacción. El proceso laboral ya no es más taciturno sino locuaz. El “actuar
comunicativo” no pertenece más a un terreno privilegiado, exclusivo, en las
relaciones éticas- culturales y en la política, extendiéndose, en cambio, al
ámbito de la reproducción material de la vida. Por el contrario, la palabra
dialógica se instala en el mismo corazón de la producción capitalista. Con
un agregado: para
comprender verdaderamente a la praxis trabajadora postfordista debemos
dirigirnos cada vez más a Saussure y Wittgenstein. Es cierto
que estos autores
se desinteresaron de
las relaciones sociales
de producción: sin embargo han reflexionado profundamente sobre la
experiencia lingüística, con lo cual pueden enseñarnos mucho más acerca de la
“fábrica locuaz” que lo que puedan los economistas profesionales.
Ya hemos
dicho que una
parte del tiempo
de trabajo del
individuo está destinada a
enriquecer y potenciar la propia cooperación productiva, es decir, el mosaico
del cual él es un fragmento. Más claramente: es tarea del trabajador mejorar y
variar la conexión entre su propio trabajo y las prestaciones de los demás. Es
este carácter reflexivo de la actividad laboral el que asume una importancia
creciente en los aspectos lingüísticos- relacionales, y el oportunismo y la
charla se convierten en utensilios de gran relieve. Hegel había hablado de una
“astucia del trabajar”, entendiendo con ello la capacidad de secundar la
causalidad natural a fin de utilizar la potencia con una finalidad determinada.
Pues bien, en el postfordismo la “astucia” hegeliana ha sido suplantada por la
“charla” heideggeriana.
Tesis 8
El conjunto de la fuerza de trabajo
postfordista, aún la más descalificada, es fuerza de trabajo intelectual,
“intelectualidad de masas”.
Denomino
“intelectualidad de masas” al conjunto del trabajo vivo postfordista (ya no, se
entiende, sólo a aquellos sectores particularmente calificados del terciario)
en tanto es depositario de competencia cognoscitiva y comunicativa no
objetivable en el sistema de máquinas. La intelectualidad de masas es la forma
preeminente con la cual se muestra hoy el general intellect (tesis 7). Es
inútil aclarar que no me refiero de ningún modo a una erudición fantasmal del
trabajo dependiente; no pienso que los obreros actuales sean expertos en temas
de biología molecular o de filología clásica. Como he dicho en las jornadas
precedentes, lo que viene sobresaliendo es el intelecto en general, es decir
las actitudes más genéricas de la mente: la facultad del lenguaje, la
disposición al aprendizaje, la memoria, la capacidad de abstracción y
correlación, la inclinación hacia la autorreflexión. La intelectualidad de
masas no tiene nada que ver con la obra
del pensador (libros,
fórmulas algebraicas, etc.),
sino con la
simple facultad de pensar y de hablar. La lengua (como el intelecto o la
memoria) es lo más difuso y menos “especializado” que se pueda concebir. No el
científico sino el simple parlante es un buen ejemplo de intelectualidad de
masas. Y esta última no tiene nada que compartir con una nueva “aristocracia
obrera”; por el contrario, está ubicada en sus antípodas. Bien vista, la
intelectualidad de masas no hace más que tornar verdadera, por primera vez, la
ya citada definición marxiana de fuerza de trabajo: “la suma de todas las
aptitudes físicas e intelectuales existentes en la corporeidad”.
En
relación con la intelectualidad de masas, es preciso evitar aquella mortífera
simplificación en la cual caían los que buscaban siempre confortables
repeticiones de experiencias transcurridas. Un modo de ser que tiene su fulcro
en el saber y el lenguaje no puede ser definido según categorías económicas-
productivas. No se trata, en suma, del siguiente eslabón de aquella cadena
cuyos precedentes son el obrero de oficio y el obrero de la línea de montaje.
Los aspectos característicos de la intelectualidad de masas, digamos su
identidad, no pueden ser hallados en relación con el trabajo, sino, ante todo,
sobre el plano de la forma de vida, del consumo cultural, de los usos
lingüísticos. Aún, y esta es la otra cara de la moneda, cuando la producción no
es más en
modo alguno el
lugar específico de
formación de la identidad, ahora mismo ella se proyecta
sobre todos los aspectos de la experiencia, subsumiendo dentro de sí a la
competencia lingüística, las inclinaciones éticas, los matices de la subjetividad.
La
intelectualidad de masas se halla en el corazón de esta dialéctica.
Difícilmente describible en términos económicos- productivos, justamente por
ello (no: a pesar de ello) es un componente fundamental de la actual
acumulación capitalista. La intelectualidad de masas (otro nombre de la
multitud) está en el centro de la economía postfordista exactamente porque su
modo de ser escapa totalmente a los conceptos de la economía política.
Tesis 9
La multitud saca del juego a la “teoría de la
proletarización”.
En las
discusiones teóricas marxistas la confrontación entre trabajo
“complejo”(intelectual) y trabajo “simple” (sin calidad) ha provocado no pocos
dolores de cabeza. ¿Qué unidad de medida permite esta confrontación? Respuesta
habitual: la unidad de medida coincide con el trabajo “simple”, con el puro
dispendio de energía psicofísica; el trabajo “complejo” es tan sólo un múltiplo
del “simple”. La proporción entre
uno y otro
puede ser determinada
considerando los distintos
costos de formación (escuela,
especializaciones varias, etc.) de la fuerza de trabajo intelectual con
respecto a la descalificada. De esta antigua y controvertida cuestión poco me
importa aquí; deseo,
sin embargo, aprovecharme
instrumentalmente de la terminología empleada para ese propósito.
Afirmo que la intelectualidad de masas (tesis 8), en su totalidad, es trabajo
“complejo”, pero trabajo “complejo” irreductible a trabajo “simple”. La
complejidad, y también la irreductibilidad, derivan del hecho que esta fuerza
de trabajo moviliza, en el cumplimiento de sus tareas, competencias
lingüísticas- cognoscitivas genéricamente
humanas. Estas competencias,
o facultades, hacen que las prestaciones del individuo estén siempre
señaladas por una elevada tasa de socialidad e inteligencia, aún no siendo
asuntos especializados (aquí no hablamos de ingenieros o de filólogos, sino de
trabajadores ordinarios). Lo que no es reducible a trabajo “simple” es, si se
quiere, la calidad cooperativa de las operaciones concretas ejecutadas por la
intelectualidad de masas.
Decir que
todo el trabajo
postfordista es trabajo
complejo, no reducible
a trabajo simple, significa también que la “teoría de la
proletarización” resulta en la actualidad totalmente desenfocada. Esta teoría
se centralizaba en afirmar la tendencia a la equiparación del trabajo
intelectual con el manual. Por ello, resulta inadecuada para explicar la
intelectualidad de masas, o, lo que es lo mismo, el trabajo vivo en cuanto
general intellect. La teoría de la proletarización fracasa también en cuanto el
trabajo intelectual (o complejo) no es identificable con una red de saberes
especializados, sino que se identifica con el uso de facultades genéricas
lingüísticas- cognoscitivas del animal humano. Éste es el pasaje conceptual (y
práctico) que modifica todos los términos de la cuestión.
La
fallida proletarización no significa que los trabajadores calificados conserven
nichos privilegiados. Significa ante todo que toda la fuerza de trabajo
postfordista, en cuanto compleja o intelectual, no se caracteriza por aquella
suerte de homogeneidad por sustracción que implica por sí el concepto de
“proletariado”. Dicho de otro modo: significa que el trabajo postfordista es
multitud, no pueblo.
Tesis 10
El postfordismo es el “comunismo del
capital”.
Las
metamorfosis de los sistemas sociales de Occidente durante los años ’30 han
sido a veces designadas con una expresión tan perspicua como aparentemente
paradójica: socialismo del capital. Con ella se alude al papel determinante
asumido por el Estado en el ciclo económico, al finalizar el laissez- faire
liberal, a los procesos de centralización y de planificación dirigida de la
industria pública, a la política de pleno empleo, al principio del Welfare. La
respuesta capitalista a la Revolución de Octubre y a la crisis del ’29 fue una
gigantesca socialización (o mejor, estatización) de las relaciones de
producción. Para decirlo con la frase de Marx que citábamos hace poco: “una
superación de la propiedad privada sobre el mismo terreno de la propiedad privada”.
Las
metamorfosis de los sistemas sociales de Occidente durante los años ’80 y ’90
pueden ser sintetizadas del modo más pertinente con la expresión: comunismo del
capital. Esto significa que la iniciativa capitalista orquesta en su propio
beneficio precisamente aquellas condiciones
materiales y culturales
que le aseguraban
un calmo realismo a la perspectiva comunista. Si pensamos en los
objetivos que constituían el eje de aquella perspectiva: abolición de ese
escándalo intolerable que es el trabajo asalariado; extinción del Estado en
tanto industria de la coerción y “monopolio de las decisiones políticas”;
valorización de todo aquello que torna irrepetible la vida del individuo. Pues
bien, en el curso de los últimos veinte años se ha puesto en escena una
interpretación capciosa y terrible de estos mismos objetivos. En primer lugar:
la irreversible contracción del tiempo de trabajo socialmente necesario ha sucedido
con el aumento del horario para los que están “adentro” y la marginación para
los que están “afuera”. Incluso cuando se está ante un apriete extraordinario,
el conjunto de los trabajadores dependientes es presentado como
“sobrepoblación” o “ejército industrial de reserva”. En segundo lugar, la
crisis radical o hasta la disgregación de los Estados nacionales se explica
como reproducción miniaturizada, a modo de caja china, de la forma- Estado. En
tercer lugar, a continuación de la caída de un “equivalente universal” capaz de
tener vigencia efectiva, asistimos a un culto fetichista de las diferencias:
sólo que estas últimas, reivindicando un subrepticio fundamento sustancia,
derivan luego en toda clase de jerarquías vejatorias y discriminantes.
Si el
fordismo había incorporado, y transcripto a su modo, algunos aspectos de la
experiencia socialista, el postfordismo ha destituido de fundamento tanto al
keynesianismo como al socialismo. El postfordismo, basado en el general
intellect y la multitud, declina a su modo instancias típicas del comunismo
(abolición del trabajo, disolución del Estado, etc.). El postfordismo es el
comunismo del capital.
A
espaldas del fordismo estuvo la revolución socialista en Rusia (y, aún
derrotado, un intento de revolución en Europa occidental). Es lícito
preguntarse qué movimientos sociales han hecho de preludio del postfordismo.
Pues bien, creo que en los años ’60 y ’70 se dio en Occidente una revolución
derrotada. La primera revolución no insurreccional contra la pobreza y el
atraso, más específicamente, contra el modo de producción capitalista, por lo
tanto, contra el trabajo asalariado. Si hablo de revolución derrotada no es
porque muchos hablasen de revolución. No me refiero al carnaval de la
subjetividad, sino a un sobrio dato de hecho: por un largo período de tiempo,
tanto en las fábricas como en los barrios populares, en las escuelas como en
ciertas delicadas instituciones estatales, se enfrentaron dos poderes
contrapuestos, con la consiguiente parálisis de las decisiones políticas. Desde
este punto de vista- objetivo, sobrio- se puede sostener que en Italia y otros
países occidentales, hubo una revolución derrotada. El postfordismo, es decir,
el “comunismo del capital”, es la respuesta a aquella revolución derrotada, tan
distinta de la de los años ’20. La calidad de la “respuesta” es igual y
contraria a la calidad de la “demanda”. Creo que las luchas sociales de los
años ’60 y ’70 poseían expresas instancias no socialistas, es más,
antisocialistas: crítica radical del trabajo; un acentuado gusto por las
diferencias o, si se prefiere, una refinación del “principio de individuación”;
ya no más la aspiración a apoderarse del
Estado, sino la actitud (a veces
muy violenta) de defenderse del Estado, de disolver el vínculo estatal como
tal. No es difícil reconocer principios y orientaciones comunistas en la
fallida revolución de los años ’60 y ’70. Por ello el postfordismo, que
constituye una respuesta a dicha revolución, ha dado vida a una paradójica
forma de “comunismo del capital”.
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