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Título Original: © Poesía. Manuel M. Flores

 

Versión Original: © Poesía. Manuel M. Flores

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://bdchamakes.sep.gob.mx/epub-reader/poesiaMFlores.html


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

POESÍA

Manuel M. Flores  


Poesía

Manuel M. Flores


Table of Contents

 FRÍO

AUSENCIA

MATER DOLOROSA

LA FORTUNA

PASIÓN

AMÉMONOS

ADIÓS

SOÑANDO

SOÑABA

EN EL BAÑO

ADORACIÓN

BAJO LAS PALMAS

UN BESO NADA MÁS

FRANCESA

LA NOCHE

 


 

 

Primera edición SEP, 2025

D.R. © Secretaría de Educación Pública, 2025

Argentina 28, Centro,

06020, Ciudad de México

 

ISBN 978-607-579-859-2

Prohibida su reproducción por cualquier medio mecánico o electrónico sin la autorización escrita de los editores.

Distribución gratuita-Prohibida su venta



FRÍO

(Cuento Bohemio)

 

La tarde era triste,

la nieve caía,

su blanco sudario

los campos cubría;

ni un ave volaba,

ni oíase rumor.

 

Apenas la nieve

dejando su huella,

pasaba muy triste,

muy pálida y bella,

la niña que ha sido

del valle la flor.

 

Llevaba en el cinto

su pobre calzado;

su hermano pequeño

que marcha a su lado

le dice: -"No sienten

la nieve tus pies?"

 

"Mis pies nada sienten

responde con calma

"El frío que yo siento

lo llevo en el alma;

y el frío de la nieve

más duro no es".

 

Y dice el pequeño

que helado tirita:

-"¡Más frío que el de nieve!...

¿Cuál es, hermanita?

¡No hay otro que pueda

decirse mayor!...

 

-"Aquel que de muerte

las almas taladre;

aquel que en el alma

me puso mi madre

el día que a mi esposo

me unió sin amor".

 

AUSENCIA

 

¡Quién me diera tomar tus manos blancas

para apretarme el corazón con ellas,

y besarlas... besarlas, escuchando

de tu amor las dulcísimas querellas!

 

¡Quién me diera sentir sobre mi pecho

reclinada tu lánguida cabeza,

y escuchar, como enantes, tus suspiros,

tus suspiros de amor y de tristeza!

 

¡Quién me diera posar casto y suave

mi cariñoso labio en tus cabellos,

y que sintieras sollozar mi alma

en cada beso que dejara en ellos!

 

¡Quién me diera robar un solo rayo

de aquella luz de tu mirar en calma,

para tener al separarnos luego

con qué alumbrar la soledad del alma!

 

Oh! quién me diera ser tu misma sombra

el mismo ambiente que tu rostro baña,

y, por besar tus ojos celestiales,

la lágrima que tiembla en tu pestaña.

 

Y ser un corazón todo alegría,

nido de luz y de divinas flores,

en que durmiese tu alma de paloma

el sueño virginal de sus amores.

 

Pero en su triste soledad el alma

es sombra y nada mas, sombra y enojos...

¿cuándo esta noche de la negra ausencia

disipará la aurora de tus ojos?...

 

 

MATER DOLOROSA

Plegaria

A mi Hermana Marina

 

Virgen del infortunio, doliente Madre mía,

en busca del consuelo me postro ante tu altar.

Mi espíritu está triste, mi vida está sombría,

pasaron sobre mi alma las olas del pesar.

 

Estoy en desamparo, no tengo quien me acoja;

hay horas en mi vida de bárbara aflicción,

y solo... siempre solo,, no tengo quien recoja

las lágrimas secretas que llora el corazón.

 

Es cierto que del mundo en la corriente impura

cayeron deshojadas las rosas de mi fe,

que en pos de mis fantasmas de juvenil locura

corriendo delirante, Señora, te olvidé.

 

Que me cegó el orgullo satánico del hombre,

y en mi ánima turbada la duda pentró;

y se olvidó mi labio de pronunciar tu nombre,

y de mi mente loca tu imagen se borró.

 

Es cierto... ¡pero escucha!... de niño te adoraba,

al pie de tus altares mi madre me llevó...

Llorando, arrodillada, la historia me cantaba,

del Gólgota tremendo cuando Jesús murió.

 

Y vi sobre su rostro la angustia y el quebranto,

caía sobre tu frente la sombra de una cruz,

tus lágrimas rodaban y negro era tu manto...

todo de un cirio pálido a la siniestra luz.

 

Entonces era niño, no comprendí tu duelo;

pero te amé, Señora, ¡tú sabes que te amé!

que dulce inmaculado, alzábase hasta el cielo

el infantil acento de mi sencilla fe.

 

Por esa fe de niño, por el ardiente ruego

que al lado de mi madre con ella repetí,

¡virgen del infortunio, cuando a tus plantas llego,

virgen del infortunio, apiádate de mí!

 

Tú miras, reina augusta, la senda que cruzamos;

con llanto la regaron generaciones cien,

a nuestra vez nosotros con llanto la regamos,

y las que vienen luego la regarán también.

 

A nuestro paso vamos dejando en sus abrojos

pedazos palpitantes del roto corazón;

y andamos... y andamos... y no hallan nuestros ojos

ni tregua a la jornada, ni tregua a la aflicción.

 

Mas tú eres la esperanza, la luz y el consuelo,

tus ojos levantados suplican al Señor,

tus manos están juntas en dirección al cielo...

tú ruegas por nosotros, ¡oh, madre del dolor!

 

En busca de consuelo yo vengo a tus altares

con alma entristecida y amargo corazón;

y pongo ante tus ojos, Señora, mis pesares,

y en lágrimas se baña la voz de mi oración.

 

No mires que olvidando tu imagen y tu nombre

al viento de este mundo mis creencias arrojé.

Acuérdate del niño y olvídate del hombre...

mi frente está en el polvo... perdóname... pequé.

 

¡Oh! por mi fe de niño, por el ferviente ruego,

que al lado de mi madre con ella repetí,

Virgen de los Dolores, cuando a tus plantas llego,

Virgen de los Dolores, ¡apiádate de mí!

 

 

 

 

LA FORTUNA

 

A Rosario P.

 

En su curso voluble la Fortuna

todo cuanto me diera me quitó;

Y la Miseria pálida y hambrienta

el umbral de mi puerta se sentó.

 

Y llegó la Amistad la que en un día

el festín de mis dichas presidió-

y aunque le dije ven, ella, espantada

al ver aquel espectro, se alejó.

 

Amor llegó también... Sellé mi labio,

porque temí que se alejara Amor;

pero él sin vacilar, bañado en lágrimas,

vino a mi presuroso... y me abrazó.

 

Y la Miseria pálida y hambrienta

que al umbral de mi puerta se sentó

a la luz de aquel ángel que lloraba,

ella... ¡la horible harpía!... se embelleció.

 

 

 

 

PASIÓN

 

¡Hablame! Que tu voz, eco del cielo,

sobre la tierra por doquier me siga...

con tal de oir tu voz, nada me importa

que el desdén en tu labio me maldiga.

 

¡Mírame!... Tus miradas me quemaron,

y tengo sed de ese mirar, eterno...

por ver tus ojos, que se abrase mi alma

de esa mirada en el celeste infierno.

 

¡Amame!... Nada soy... pero tu diestra

sobre mi frente pálida un instante,

puede hacer del esclavo arrodillado

el hombre rey de corazón gigante.

 

*

 

Tú pasas... y la tierra voluptuosa

se estremece de amor bajo tus huellas,

se entibia el aire, se perfuma el prado

y se inclinan a verte las estrellas.

 

Quisiera ser la sombra de la noche

para verte dormir sola y tranquila,

y luego ser la aurora... y despertarte

con un beso de luz en la pupila.

 

Soy tuyo, me posees... un solo átomo

no hay en mi ser que para ti no sea:

dentro de mi corazón eres latido,

y dentro de mi cerebro eres idea.

 

*

 

¡Oh! por mirar tu frente pensativa

y pálido de amores tu semblante;

por sentir el aliento de tu boca

mi labio acariciar un solo instante;

 

por estrechar tus manos virginales

sobre mi corazón, yo de rodillas,

y devorar con mis tremente besos

lágrimas de pasión en tus mejillas;

 

yo te diera... no sé... ¡no tengo nada!...

-el poeta es mendigo de la tierra-

¡toda la sangre que en mis venas arde!

¡todo lo grande que mi mente encierra!

 

*

 

Mas no soy para ti... ¡Si entre tus brazos

la suerte loca me arrojara un día,

al terrible contacto de tus labios

tal vez mi corazón... se rompería!

 

Nunca será... Para mi negra vida

la inmensa dicha del amor no existe...

sólo nací para llevar en mi alma

todo lo que hay de tempestuoso y triste.

 

Y quisiera morir... ¡pero en tus brazos,

con la embriaguez de la pasión más loca,

y que mi ardiente vida se apagara

al soplo de los besos de tu boca

 

 

 

AMÉMONOS

 

Buscaba mi alma con afán tu alma,

buscaba yo la virgen que mi frente

tocaba con su labio dulcemente

en el febril insomnio del amor.

 

Buscaba la mujer pálida y bella

que en sueño me visita desde niño,

para partir con ella mi cariño,

para partir con ella mi dolor.

 

Como en la sacra soledad del templo

sin var a Dios se siente su presencia,

yo presentí en el mundo tu existencia,

y, como a Dios, sin verte, te adoré.

 

Y demandando sin cesar al cielo

la dulce compañera de mi suerte,

muy lejos yo de ti, sin conocerte

en la ara de mi amor te levanté.

 

No preguntaba ni sabía tu nombre,

¿En dónde iba a encontrarte? lo ignoraba;

pero tu imagen dentro el alma estaba,

más bien presentimiento que ilusión.

 

Y apenas te miré... tú eras ángel

compañero ideal de mi desvelo,

la casta virgen de mirar de cielo

y de la frente pálida de amor.

 

Y a la primera vez que nuestros ojos

sus miradas magnéticas cruzaron,

sin buscarse, las manos se encontraron

y nos dijimos "te amo" sin hablar

 

Un sonrojo purísimo en tu frente,

algo de palidez sobre la mía,

y una sonrisa que hasta Dios subía...

asi nos comprendimos... nada más.

 

¡Amémonos, mi bien! En este mundo

donde lágrimas tantas se derraman,

las que vierten quizá los que se aman

tienen yo no sé que de bendición.

dos corazones en dichoso vuelo;

¡Amémonos, mi bien! Tiendan sus alas

amar es ver el entreabierto cielo

y levantar el alma en asunción.

 

Amar es empapar el pensamiento

en la fragancia del Edén perdido;

amar es... amar es llevar herido

con un dardo celeste el corazón.

Es tocar los dinteles de la gloria,

es ver tus ojos, escuchar tu acento,

en el alma sentir el firmamento

y morir a tus pies de adoración.

 

 

 

ADIÓS

 

Adiós para siempre, mitad de mi vida,

un alma tan sólo teníamos los dos;

mas hoy es preciso que esta alma divida

la amarga palabra del último adiós.

 

¿Por qué nos separan? ¿No saben acaso

que pasa la vida cual pasa la flor?

cruzamos el mundo como aves de paso...

mañana la tumba, ¿por qué hoy el dolor?

 

¿La dicha secreta de dos que se adoran

enoja a los cielos, y es fuerza sufrir?

¿Tan sólo son gratas las almas que lloran

al torvo destino?... ¿La ley es morir?...

 

¿Quién es el destino?... Te arroja a mis brazos,

en mi alma te imprime, te infunde en mi ser,

y bárbaro luego me arranca a pedazos

el alma y la vida contigo... ¿por qué?

 

Adiós... es preciso. No llores... y parte.

La dicha de vernos nos quitan no más;

pero un solo instante dejar de adorarte,

hacer que te olvide, ¿lo pueden? ¡Jamas!

 

Con lazos eternos nos hemos unido;

en vano el destino nos hiere a los dos...

¡las almas que se aman no tienen olvido,

no tienen ausencia, no tiene adiós!

 

 

 

 

SOÑANDO

 

Anoche te soñaba, vida mía,

estaba solo y triste en mi aposento,

escribía... no sé qué; mas era algo

de ternura, de amor, de sentimiento.

Porque pensaba en ti. Quizás buscaba

la palabra más fiel para decirte

la infinita pasión con que te amaba.

 

De pronto, silenciosa,

una figura blanca y vaporosa

a mi lado llegó... Sentí en mi cuello

posarse dulcemente

un brazo cariñoso, y por mi frente

resbalar una trenza de cabello.

Sentí sobre mis labios

el puro soplo de un aliento blando,

alcé mis ojos y encontré los tuyos

que me estaban, dulcísimos, mirando.

Pero estaban tan cerca que sentía

en yo no sé que plácido desmayo

que en la luz inefable de su rayo

entraba toda tu alma hasta la mía.

 

Después, largo, süave

y rumoroso apenas, en mi frente

un beso melancólico imprimiste,

y con dulce sonrisa de tristeza

resbalando tu mano en mi cabeza

en voz baja, muy baja, me dijiste:

-"Me escribes y estás triste

porque me crees ausente, pobre amigo;

pero ¿no sabes ya que eternamente

aunque lejos esté, vivo contigo?"

......................................

Y al despertar de tan hermoso sueño

sentí en mi corazón plácida calma;

y me dijiste: es verdad... ¡eternamente!...

¿cómo puede jamás estar ausente

la que vive inmortal dentro del alma?

 

 

 

 

SOÑABA

(Heine)

 

Soñaba yo: mis párpados henchidos

de lágrimas sentía;

soñé que estabas en la tumba, muerta,

y muerta te veía...

Era un sueño no más , pero despierto

lloraba todavía.

 

Estaba yo soñando, y por la cara,

el llanto me corría;

soñé que te arrancaba de mi lado

alguno, vida mía...

Era un sueño no más, pero despierto

lloraba todavía.

 

Soñaba yo... Me ahogaban los sollozos,

el llanto me bebía...

Estaba yo soñando que me amabas,

¡soñando que eras mía!

Era un sueño no más, no más que un sueño,

y lloro, más que nunca, todavía!

 

 

 

EN EL BAÑO

 

Alegre y sola en el recodo blando

que forma entre los árboles el río

al fresco abrigo del ramaje umbrío

se está la niña de mi amor bañando.

 

Traviesa con las ondas jugueteando

el busto saca del remanso frío,

y ríe y salpica el glacial rocío

el blanco seno, de rubor temblando.

 

Al verla tan hermosa, entre el follaje

el viento apenas susurrando gira,

slata trinando el pájaro salvaje,

 

el sol más poco a poco se retira;

todo calla... y Amor, entre el ramaje,

a escondidas mirándola, suspira.

 

 

 

ADORACIÓN

 

Como al ara de Dios llega el creyente,

trémulo el labio al exhalar el ruego,

turbado el corazón, baja la frente,

así, mujer, a tu presencia llego.

 

¡No de mí apartes tus divinos ojos!

Pálida está mi frente de dolores;

¿para qué castigar con tus enojos

al que es tan infeliz con tus amores?

 

Soy un esclavo que a tus pies se humilla

y suplicante tu piedad reclama,

que con las manos juntas se arrodilla

para decir con miedo. . . que te ama!

 

¡Te ama! Y el alma que el amor bendice,

tiembla al sentirle como débil hoja.

¡Te ama! y el corazón cuando lo dice

en yo no se qué lagrimas se moja.

 

¡Perdóname este amor! A mí ha venido

como la luz a la pupila abierta,

como viene la música al oído,

como la vida a la esperanza muerta.

 

Fue una chispa de tu alma desprendida

en el beso de luz de tu mirada

que al abrazar mi corazón en vida

dejó mi alma a la tuya desposada.

 

Y este amor es el aire que respiro,

ilusión imposible que atesoro

inefable palabra que suspiro

y dulcísima lágrima que lloro.

 

Es el ángel espléndido y risueño

que con sus alas en mi frente toca,

y que deja - ¡perdóname, es un sueño!

El beso de los cielos en mi boca.

 

Mujer, mujer . . . mi corazón de fuego

de amor no sabe la palabra santa,

pero palpita en el supremo ruego

que vengo a sollozar ante tu planta.

 

¿No sabes que por sólo las delicias

de oír el canto que tu voz encierra,

cambiara yo, dichoso, las caricias

de todas las mujeres de la tierra?

 

¿Que por seguir tu sombra, mi María,

sellando el labio a la importuna queja,

de lágrimas y besos cubriría

la leve huella que tu planta deja?

 

¿Que por oír en cariñoso acento

mi pobre nombre entre tus labios rojos,

para escucharte detendré mi aliento,

para mirarte me pondré de hinojos?

 

¿Que por sentir en mi dichosa frente

tu dulce labio con pasión impreso,

te diera yo, con mi vivir presente,

toda mi eternidad . . . por sólo un beso?

 

Pero si tanto amor, delirio tanto,

tanta ternura ante mis pies traída,

empapada con gotas de mi llanto,

formada con la esencia de mi vida;

si este grito de amor, íntimo, ardiente,

no llega a ti . . . si mi pasión es loca,

perdona los delirios de mi mente,

perdona las palabras de mi boca.

 

Y ya no más mi ruego sollozante

irá a turbar tu indiferente calma . . .

Pero mi amor hasta el postrer instante

te daré con las lágrimas del alma.

 

 

 

BAJO LAS PALMAS

 

Morena por el sol de mediodía

que en llama de oro fúlgido la baña,

es la agreste beldad del alma mía,

la rosa tropical de la montaña.

 

Dióle la selva su belleza ardiente;

dióle la palma su gallardo talle;

en su pasión hay algo del torrente

que se despeña desbordado al valle.

 

Sus miradas son luz, noche sus ojos;

la pasión en su rostro centellea,

y late el beso entre sus labios rojos

cuando desmaya su pupila hebrea.

 

Me tiembla el corazón cuando la nombro;

cuando sueño con ella, me embeleso;

y en cada flor con que su senda alfombro

pusiera un alma como pongo un beso.

 

Allá en las soledad, entre las flores,

nos amamos sin fin a cielo abierto,

y tienen nuestros férvidos amores

la inmensidad soberbia del desierto.

 

Ella, regia, la beldad altiva,

soñadora de castos embelesos,

se doblega cual tierna sensitiva

al aura ardiente de mis locos besos.

 

Y tiene el bosque voluptuosa sombra,

profundos y selvosos laberintos,

y grutas perfumadas, con alfombra

de eneldos y tapices de jacintos.

 

Y palmas de soberbios abanicos

mecidos por los vientos sonoros,

aves salvajes de canoros picos

y lejanos torrentes caudalosos.

 

Los naranjos en flor que nos guarecen

perfuman el ambiente, y en su alfombra

un tálamo los musgos nos ofrecen

de las gallardas palmas a la sombra.

 

Por pabellón tenemos la techumbre

del azul de los cielos soberano,

y por antorcha de himeneo la lumbre

del espléndido sol americano.

 

Y se oyen tronadores los torrentes

y las aves salvajes en conciertos,

en tanto celebramos indolentes

nuestros libres amores del desierto.

 

Los labios de los dos, con fuego impresos,

se dicen en secreto de las almas;

después . . . desmayan lánguidos los besos . . .

y a la sombra quedamos de las palmas.

 

 

 

 

UN BESO NADA MÁS

 

Bésame con el beso de tu boca,

cariñosa mitad del alma mía:

un solo beso el corazón invoca,

que la dicha de dos... me mataría.

 

¡un beso nadamás!... Ya su perfume

en mi alma derramándose la embriaga

y mi alma por tu beso se consume

y por mis labios impaciente vaga.

 

¡Júntese con la tuya!... Ya no puedo

lejos tenerla de tus labios rojos...

¡Pronto... dame tus labios!... ¡tengo miedo

de ver tan cerca tus divinos ojos!

Hay un cielo, mujer en tus abrazos,

siento de dicha el corazón opreso...

¡Oh! ¡sosténme en la vida de tus brazos

para que no me mates con tu beso!

 

 

 

FRANCESA

 

- La tierra en donde vi la luz primera

es vecina del golfo en que suspende

el Po, ya fatigado, su carrera.

 

Amor, que sin sentir el alma prende,

A éste prendó del don, que arrebatado

Me fue de modo que aun aquí me ofende.

 

Amor, que obliga a amar al que es amado,

Juntónos a los dos con red tan fuerte

Que para siempre ya nos ha ligado.

 

Amor hiriónos con terrible suerte;

Y está Caín de entonces esperando

Aquí al perverso que nos dio la muerte.

 

Palabras tan dolientes escuchando

Incliné sobre el pecho la cabeza,

-¿en qué - dijo el Poeta- estás pensando?-

 

Y respondí, movido de tristeza

-¡Ay de mí! ¡Cuánto bello pensamiento,

Cuánto sueño de amor y de terneza

 

Los condujeron al fatal momento! -

Y vuelto a ellos -¡Oh, Francesca! - dije -,

Al corazón me llega tu lamento;

 

Y de tal modo tu dolor me aflige,

Que las lágrimas bañan mi semblante.

Pero tu triste voz a mí dirige,

 

Y dime de qué modo, en cuál instante,

Cuando tan dulcemente suspirábais,

Y en el fondo del alma, vacilante,

 

Tímido aún vuestro deseo guardábais.

¿Dime de qué manera inesperada

os reveló el Amor que os adorábais? -

 

Ella me respondió: - ¡Desventurada!

¡No hay pena más aguda, más impía,

Que recordar la dicha ya pasada

 

En medio de la bárbara agonía

De un presente dolor! . . . Y esa tortura

La conoce muy bien el que te guía.

 

Mas ya que tu piedad saber procura

El cómo aquel amor rasgó su velo,

Llorando te diré mi desventura.

 

Leíamos con quietud y grato anhelo

De Lancelote el libro cierto día,

Solos los dos y sin ningún recelo.

 

Leíamos . . . y en tanto sucedía

Que dulces las miradas se encontraban

Y el color del rostro se perdía.

 

Un solo punto nos venció. Pintaban

Cómo, de la ventura en el exceso,

En los labios amados apagaban

 

Los labios del amante, con un beso,

La dulce risa que a gozar provoca.

Y entonces éste, que a mi lado preso

 

Para siempre estará, con ansia loca

Hizo en su frenesí lo que leía . . .

Temblando de pasión besó mi boca . . .

 

Y no leímos más en aquel día.

 

 

LA NOCHE

 

A Juan B. Hijar y Haro

 

¡Salve, noche sagrada! Cuando tiendes

desde el éter profundo

bordada con el oro de los astros

tu lóbrega cortina sobre el mundo;

cuando, vertiendo la urna de la sombra,

con el blando rocío de los beleños

vas derramando en la Creación dormida

las negras flores de los vagos sueños,

el fúnebre silencio y la honda clama

que a los misterios de no ser convida,

entonces, como flor de las tinieblas,

para vivir en ti, se abre mi alma.

 

Hermosa eres ¡Oh noche!

Hermosa cuando límpida, serena,

Rivalizando con el mismo día,

Rueda tu luna llena,

Joya de Dios, en la región vacía;

Hermosa cuando opaca,

Esa luna, ya triste, se reclina

En la argentada nube

Que apenas, melancólica, ilumina,

Tan apacible en su divina calma

Que, viéndola, los ojos se humedecen

Y, sin saber por qué, suspira el alma.

 

Hermosa cuando negra

Como el seno del caos, la eterna sombra,

Insondable y desierta,

Chispea de estrellas, que alumbran parecen,

Pálidos cirios, a la tierra muerta.

¡Y más hermosa aún, cuando agitando

su densa cabellera de tinieblas

trenzadas con el rayo, la tormenta

borra los astros y fulgura y brama,

y azotando los cielos con la llama

del relámpago lívido, revienta!

 

Entonces, sólo entonces, el aliento

Del huracán que ruge embravecido,

Al rasgar la centella el firmamento,

Al estallar el trueno, es cuando siento

Latir mi corazón, latir henchido

De salvaje embriaguez . . . Quieren mis ojos

Su mirada cruzar fiera y sombría

Con la mirada eléctrica del rayo,

Fatídica también. . Mi pecho ansía

Aspirar en tu atmósfera de fuego

Tu aliento, tempestad . . . ¡Y que se pierda

La ardiente voz de mi agitado seno

En la explosión magnífica del trueno!

 

¡Quiero sentir que mi cabello azota

la ráfaga glacial; quiero en mi frente

un beso de huracán, y que la lluvia

venga a mezclar sus gotas con la gota

en que tal vez mi párpado reviente!

 

Noche de tempestad, noche sombría,

¿acaso tú no eres

la imagen de lo que es el alma mía?

Tempestad de dolores y placeres,

Inmenso corazón en agonía. . .

 

También así, como en sereno cielo

De blanca luz y fúlgidas estrellas,

Miré pasar en delicioso vuelo,

Como esas nubes que argentó la luna,

Fantásticas y bellas

Mis quimeras de amor y de fortuna.

Y así también, de pronto, la tiniebla

Mis astros apagó, rasgó la nube

Cárdeno rayo en explosión violenta,

Y en mi alma desataron

El dolor y la duda su tormenta.

 

¿Quién como yo sintió? ¿Quién de rodillas

cayó temblando de pasión ante Ella

¿Quién sintiendo corres por sus mejillas

el llanto del amor, en ese llanto

mojó los besos que dejó en su huella?

¿Quién como yo, mirando realizada

la ansiada dicha que alcanzó el empeño,

al irla a disfrutar vio disiparse

en la sombra, en la nada,

la mentira de un sueño?

¿Quién de la vida al seductor banquete

llegó jamás con juventud más loca?

La copa del festín ¿quién más acerba

Apartó de su boca?

 

¿Quién como yo ha sentido

para tanto dolor el seno estrecho,

y de tanto sollozo comprimido

dolerle el corazón dentro del pecho?

¿Quién a despecho de su orgullo de hombre

ha sentido, cual yo, del alma rota

brotar la acerba gota

de un escondido padecer sin nombre?

¿Quien, soñador maldito,

al quemar, como yo, sus dioses vanos,

por sofocar del corazón el grito

se apretó el corazón con ambas manos?

¿Quién como yo, mintiendo indiferencia

y hasta risas y calma,

atraviesa tan solo la existencia

con una tempestad dentro del alma?

 

¿Quien busca, como yo, tus muertas horas

¡oh, noche! Y tus estrellas,

fingiendo que son ellas

las lágrimas de luz con que tú lloras?

¿Quién ama como yo tu sombra muda,

tu paz de muerte, y el silencio grave,

a quien la voz de los misterios diste,

y tus suspiros que las auras llevan,

y tu mirada de luceros triste?

 

Mi alma es la flor, la flor de las tinieblas,

El cáliz del amor y los dolores,

Y se abre, ¡oh, noche! En tu regazo frío,

Y espera, así como las otras flores,

Tu bienhechor rocío.

 

Hijo yo del dolor, tu negra clama

Es el mejor abrigo,

Para ver en la sombra, sin testigo,

Una noche en el cielo, otra en el alma.



FIN

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