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Libro N° 14927. La Vida En El Misisipi. Twain, Mark.


© Libro N° 14927. La Vida En El Misisipi. Twain, Mark. Emancipación. Marzo 21 de 2026

 

Título Original: © La Vida En El Misisipi. Mark Twain

 

Versión Original: © La Vida En El Misisipi. Mark Twain

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.gutenberg.org/cache/epub/245/pg245-images.html


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA VIDA EN EL MISISIPI

Mark Twain


Título : La vida en el Misisipi

Autor : Mark Twain


Fecha de publicación : 10 de julio de 2004 [Libro electrónico n.° 245]
Última actualización: 28 de enero de 2021

Idioma : inglés

Otra información y formatos : www.gutenberg.org/ebooks/245

Créditos : Producido por David Widger. Primera edición con texto apto para todo público producida por Graham Allan.

*** COMIENZA EL LIBRO ELECTRÓNICO DEL PROYECTO GUTENBERG: LA VIDA EN EL MISSISSIPPI ***







LA VIDA EN EL MISSISSIPPI




POR MARK TWAIN










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TABLA DE CONTENIDO

CAPÍTULO I.
Vale la pena leer sobre el Misisipi.—Es extraordinario.
—En lugar de ensancharse hacia su desembocadura, se estrecha.—Descarga
cuatrocientos seis millones de toneladas de lodo.—Fue visto por primera vez en 1542.
—Es más antiguo que algunas páginas de la historia europea.—De Soto tiene
influencia.—Más antiguo que la costa atlántica.—Algunos mestizos aportan su granito de arena.
—La Salle piensa que tomará una mano.

CAPÍTULO II.
La Salle aparece de nuevo, y también un bagre.—Búfalos también.
—Se ven algunas pinturas indígenas en las rocas.—“El padre de
las aguas” no desemboca en el Pacífico.—Más historia e indígenas. —Algunas representaciones curiosas—no de los primeros ingleses.— Se llega a
Natchez, o al emplazamiento del mismo. CAPÍTULO III. Un poco de historia.—Comercio primitivo.—Flotas de carbón y balsas de madera. —Empezamos un viaje.—Busco información.—Algo de música.—Los problemas comienzan.—Conversación animada.—El niño de la calamidad.—Tierra y volteretas.—El lavado.—Negocios y estadísticas.— Misteriosa banda.—Truenos y relámpagos.—El capitán habla. —Allbright llora.—El misterio resuelto.—Paja.—Me descubren. —Se propone una obra de arte.—Doy cuenta de mí mismo.—Liberado. CAPÍTULO IV. La ambición de los muchachos.—Escenas de pueblo.—Fotos de barcos de vapor. —Un fuerte oleaje.—Un fugitivo. CAPÍTULO V. Un viajero.—Un charlatán animado.—Una víctima de un gato montés. CAPÍTULO VI. Asediando al piloto.—Llevado con nosotros.—Arruinando una siesta.—Pescando una plantación.—“Puntos” en el río.—Una magnífica casa del piloto. CAPÍTULO VII. Inspectores de ríos.—Cottonwoods y Plum Point.—Cruce de Hat-Island. —Toca y vete.—Es un vete.—Un piloto relámpago CAPÍTULO VIII. Un gran cañón cargado.—Miras agudas en la oscuridad.—Abandonado a su destino.—Raspando las orillas.—Apréndelo o mátalo. CAPÍTULO IX. Sacude el arrecife.—La razón destronada.—El rostro del agua. —Una escena hechizante.—Romance y belleza. CAPÍTULO X. Dándose aires.—Un poco rebajado.—Apréndelo como es.—El río creciendo. CAPÍTULO XI. En el negocio de los terrenos.—Efectos de la crecida.—Plantaciones desaparecidas. —Un mar inconmensurable.—Un piloto sonámbulo.—Piloto sobrenatural. —No hay nadie allí.—Todos salvados. CAPÍTULO XII. Bajamar.—Sondeo con boyas.—Boyas y linternas.—Botes y sondeos.—El barco hundido.—Buscando los restos del naufragio. CAPÍTULO XIII.




La memoria de un piloto.—Salarios en alza.—Un dominio universal.—Habilidad y
nervios.—Probando a un “cachorro”.—“Apóyala de por vida”.—Una buena lección.

CAPÍTULO XIV.
Pilotos y capitanes.—Pilotos de alto precio.—Pilotos muy solicitados.
—Un silbador.—Un negocio barato.—Velocidad de doscientos cincuenta dólares.

CAPÍTULO XV.
Nuevos pilotos socavando la Asociación de Pilotos.—Muletas y salarios.
—Dándose aires de grandeza.—Los capitanes se debilitan.—La Asociación se ríe.
—La señal secreta.—Un sistema admirable.—Difícil con los forasteros.—
Un monopolio férreo.—Sin lagunas legales.—Los ferrocarriles y la guerra.

CAPÍTULO XVI.
¡Todos a bordo!—Un comienzo glorioso.—Listos para ganar.—Bandas y cornetas.
—Barcos y barcos.—Corredores y carreras.

CAPÍTULO XVII.
Recortes.—Amerizaje y disparos.—Cambios en Mississippi.—Una
noche salvaje.—Maldiciones y adivinanzas.—Stephen endeudado.—Confunde
a sus acreedores.—Hace un nuevo trato.—Les pagará alfabéticamente.

CAPÍTULO XVIII.
Una dura lección.—Sombras.—Me inspeccionan.—¿De dónde sacaste
esos zapatos?—Tírala hacia abajo.—Quiero matar a Brown.—Intento hacerla correr.—
Me felicitan.

CAPÍTULO XIX.
Una cuestión de veracidad.—Un pequeño disgusto.—Tengo una
audiencia con el capitán.—El señor Brown se retira.

CAPÍTULO XX.
Me convierto en pasajero.—Oímos las noticias.—Un estruendo ensordecedor.
—Se ponen en sus puestos.—Bajo el sol abrasador.—Un
espectáculo espantoso.—Ha llegado su hora.

CAPÍTULO XXI.
Consigo mi licencia.—La guerra comienza.—Me convierto en un todoterreno.

CAPÍTULO XXII.
Pruebo el negocio de los alias.—Región de perillas—Las botas comienzan a aparecer.
—El hombre del río ha desaparecido.—El joven está desanimado.
—Agua de muestra.—Una buena calidad de humo.—Un error supremo.—
Inspeccionamos el pueblo.—Tráfico en el camino de la desolación.—Un aserradero.

CAPÍTULO XXIII.
Antiguos asentamientos franceses.—Partimos hacia Memphis.—Señoritas y
bolsos de cuero ruso.

CAPÍTULO XXIV.
Recibo información.—Barcos de caimanes.—Charlas de caimanes.
—Era una serpiente de cascabel para ir.—Me descubren.

CAPÍTULO XXV.
El horno y la mesa del diablo.—Cae una bomba.—Sin cal.
—Treinta años en el río.—Uniformes del Mississippi.—Accidentes y
bajas.—Doscientos naufragios.—Una pérdida para la literatura.—
Escuelas dominicales y albañiles.

CAPÍTULO XXVI.
Discurso de guerra.—Me inclino hacia atrás.—Quince agujeros de bala.—Una llanura
Historia.—Guerras y disputas.—Darnell contra Watson.—Una pandilla y
una pila de leña.—Gramática occidental.—Cambios en el río.—Nuevo Madrid.
—Inundaciones y cascadas.

CAPÍTULO XXVII.
Turistas y sus cuadernos.—Capitán Hall.
—Las emociones de la Sra. Trollope.—El sentimiento del Honorable Charles Augustus Murray.—
Las sensaciones del Capitán Marryat.—Los sentimientos de Alexander Mackay.
—Informes del Sr. Parkman

CAPÍTULO XXVIII.
Balanceándose río abajo.—Nombrado en mi honor.—Plum Point de nuevo.
—Luces y barcos de rescate.—Cambios infinitos.—Un río sin ley.
—Cambios y muelles.—Testifica el tío Mumford.—Calibrando el
río.—Lo que hace el gobierno.—La Comisión.—Hombres y
teorías.—“Los tenía mal”.—Judíos y precios.

CAPÍTULO XXIX.
La banda de Murel.—Un villano consumado.—Deshacerse de los testigos.
—Stewart se convierte en traidor.—Inicio una rebelión.—Consigo un traje nuevo.
—Borramos nuestras huellas.—Valentía y capacidad.—Una
ciudad de buen samaritano.—Lo viejo y lo nuevo.

CAPÍTULO XXX.
Una imagen melancólica.—En movimiento.—Chismes del río.—Pasó
brillando.—Comodidades de la vida.—Un mundo de desinformación.—
Elocuencia del silencio.—Tropezando con un obstáculo.—Fotográficamente exacto.
—Aceras de tablones.

CAPÍTULO XXXI.
Lenguaje amotinado.—La casa de los muertos.—Alemán de hierro fundido e
inglés flexible.—La confesión de un moribundo.—Estoy atado y amordazado.
—Me libero.—Comienzo mi búsqueda.—El hombre con un pulgar.
—Pintura roja y papel blanco.—Cayó de rodillas.—Miedo
y gratitud.—Huí por el bosque.—Un espectáculo espantoso.—
Grita, hombre, grita.—Una mirada de sorpresa y triunfo.—El
gorgoteo ahogado de una risa burlona.—Qué extrañas son las cosas.
—El dinero escondido.

CAPÍTULO XXXII.
La narración de Ritter.—Una cuestión de dinero.—Napoleón.—Alguien
habla en serio.—Donde solía vivir la chica más bonita.

CAPÍTULO XXXIII.
Una cuestión de división.—Un lugar donde no había licencia.—La
compañía de tierras Calhoun.—La estimación de un plantador de algodón.—Halifax
y sandías.—Tacerdotes enjoyados.

CAPÍTULO XXXIV.
Un hombre austero.—Una política contra los mosquitos.—Hechos vestidos con mallas.
—Una oreja izquierda hinchada.

CAPÍTULO XXXV.
Señales y cicatrices.—El estruendo de los cañones ruge.—Habitantes de cuevas.
—Un domingo continuo.—Una tonelada de hierro y nada de vidrio.—El ardiente
se salva.—Carne de mula.—Un cementerio nacional.—Un perro y un proyectil.
—Ferrocarriles y riqueza.—Economía portuaria.—Vicksburg contra el
“Gold Dust”.—Una narración en anticipación.

CAPÍTULO XXXVI.
El profesor cuenta una historia.—Un entusiasta del ganado.—Hace una
proposición.—Cargando reses en Acapulco.—No fue criado para eso.
—Lo atrapan.—Sus ojos apagados se iluminan.—¡Cuatro ases, idiota!
—No le importan las vísceras.

CAPÍTULO XXXVII.
Un desastre terrible.—El “Gold Dust” explota sus calderas.
—El fin de un buen hombre.

CAPÍTULO XXXVIII.
El señor Dickens tiene una palabra.—Las mejores viviendas y sus muebles.—Álbumes
y música.—Pantalones y conchas.—Conejos de azúcar
y fotografías.—Sofás de crin de caballo y apagavelas.—Alfombras de trapo
y aposentos nupciales.

CAPÍTULO XXXIX.
Ruidosos y belleza.—Hielo como joyería.—Fabricación de hielo.—Más
estadísticas.—Algunos tamborileros.—Oleomargarina versus mantequilla.
—Aceite de oliva versus semilla de algodón.—La respuesta no fue capturada.
—Un episodio terrible.—Un dosel sulfuroso.—Los demonios de la guerra.
—El terrible guantelete.

CAPÍTULO XL.
En flores, como una novia.—Un castillo encalado.—Un
prospecto sureño.—Imágenes bonitas.—La comida de un caimán.

CAPÍTULO XLI.
Los accesos a Nueva Orleans.—Una calle vibrante.—
Mejoras sanitarias.—Logros periodísticos.—Cisternas y pozos.

CAPÍTULO XLII.
Hermosos cementerios.—Camaleones y panaceas.—Inhumación e
infección.—Mortalidad y epidemias.—El costo de los funerales.

CAPÍTULO XLIII.
Conozco a un conocido.—Ataúdes y casas de lujo.—La Sra. O'Flaherty
va un paso más allá.—Epidemias y enterramientos.—Seiscientos por un
buen caso.—Ánimos alegres y elevados.

CAPÍTULO XLIV.
Partes francesas y españolas de la ciudad.—El Sr. Cable y el Barrio Antiguo.
—Repollos y ramos.—Vacas y niños.—El
Camino de las Conchas. El West End.—Una buena comida cuadrada.—El Pompano.—La
Brigada de las Escobas.—Pintura histórica.—Habla sureña.—Lagniappe.

CAPÍTULO XLV.
Charla de “Waw”.—Peleas de gallos.—Demasiado para soportar.—Escritura fina.
—Carreras de mulas.

CAPÍTULO XLVI.
Mardi Gras.—La tripulación mística.—Rex y las reliquias.—Sir Walter Scott.—
Un mundo que retrocede.—Títulos y condecoraciones.—Un cambio.

CAPÍTULO XLVII.
El tío Remus.—Los niños decepcionados.—Leemos en voz alta.
—El señor Cable y Jean au Poquelin.—Intrusión involuntaria.—El dorado
Edad.—Una combinación imposible.—El dueño se materializa y protesta.

CAPÍTULO XLVIII.
Rizos apretados y pasos elásticos.—Arados de vapor.—“No. Yo.” Azúcar.
—Una risa de Frankenstein.—Franqueo espiritual.—Un lugar donde no hay
carniceros ni fontaneros.—Espasmos idiotas.

CAPÍTULO XLIX.
Pilotos-agricultores.—Trabajando con acciones.—Consecuencias.—Hombres que se mantienen
en sus puestos.—Vio lo que haría.—Un día después de la feria.

CAPÍTULO L.
Un patriarca.—Hojas de un diario.—Un tapón de lengua.—El viejo
marinero.—Cribado en la prensa.—Verdad petrificada.

CAPÍTULO LI.
Un “cachorro” fresco al timón.—Una tormenta en el valle.—Algunas observaciones sobre
la construcción.—Calcetín y botín.—El hombre que nunca interpretó
a Hamlet.—Me dio sed.—Estadísticas del domingo.

CAPÍTULO LII.
Atrapo una idea.—Un graduado de Harvard.—Un ladrón arrepentido.
—Su historia en el púlpito.—Algo simétrico.—Un artista literario.
—Una epístola modelo.—Las bombas vuelven a funcionar.—El “núcleo” de la nota.

CAPÍTULO LIII.
Un retiro magistral.—Un pueblo en reposo.—Travesuras de la niñez.—Amigos
de mi juventud.—El refugio para imbéciles.—Me presentan
mi medida.

CAPÍTULO LIV.
Un juicio especial.—Interés celestial.—Una noche de agonía.
—Otro ataque grave.—Me convalezco.—Me dirijo a una
escuela dominical.—Un niño modelo.

CAPÍTULO LV.
Una segunda generación.—Cien mil toneladas de sillas de montar.—Un
secreto oscuro y terrible.—Una gran familia.—Una querida de cabello dorado.
—La Cruz Misteriosa.—Mi Ídolo Está Roto.—Una Mala Temporada de
Escalofríos y Fiebre.—Una Cueva Interesante.

CAPÍTULO LVI.
Historia Pervertida—Una Conciencia Culpable.—Un Caso Supuesto.
—Un Hábito Que Debe Cultivarse.—Dejo Dejar De Entidad.—Diferencia en el Tiempo.

CAPÍTULO LVII.
Una Ciudad Modelo.—Una Ciudad Que Se Alza Para Soplar en Verano.
—El Decano Espantapájaros.—Escupiendo Humo y Llamas.—Una Atmósfera
Que Sabe Bien.—La Tierra del Atardecer.

CAPÍTULO LVIII.
Una Raza Independiente.—Ciudades Que Viven Veinticuatro Horas.—Paisajes Encantadores.
—El Hogar del Arado.—Black Hawk.—Valores Fluctuantes.
—Un Contraste.—Luces Eléctricas.

CAPÍTULO LIX.
Tradiciones Indias y Serpientes de Cascabel.—Una Palabra de Tres Toneladas.—Chimney
Rock.—El Hombre del Panorama.—Un Buen Salto.—La Cabeza Inmortal.
—Peboan y Seegwun.

CAPÍTULO LX.
El jefe de navegación.—De las rosas a la nieve.—Vacunación climática.
—Un largo viaje.—Huesos de la pobreza.—El pionero de la civilización.
—Jarra del imperio.—Gemelos siameses.—El bosque de arces.—Conquista a su novia.
—El misterio de la manta.—Una ciudad que siempre sorprende.
—De vuelta a casa.

APÉNDICE.
      

A
B
C
D







EL 'CUERPO DE LA NACIÓN'


Pero la cuenca del Misisipi es el Cuerpo de la Nación . Todas las demás partes son solo miembros, importantes en sí mismas, pero aún más importantes en su relación con esta. Excluyendo la cuenca del Lago y de 300.000 millas cuadradas en Texas y Nuevo México, que en muchos aspectos forman parte de ella, esta cuenca contiene aproximadamente 1.250.000 millas cuadradas. En extensión, es el segundo gran valle del mundo, superado solo por el del Amazonas. El valle del Obi congelado se le acerca en extensión; el del Río de la Plata le sigue en espacio, y probablemente en capacidad habitable, con aproximadamente ocho novenos de su área; luego viene el del Yeniséi, con aproximadamente siete novenos; el Lena, el Amoor, el Hoang-ho, el Yangtsé y el Nilo, cinco novenos; el Ganges, menos de la mitad; el Indo, menos de un tercio; el Éufrates, un quinto; el Rin, un quinceavo. Su extensión supera a la de toda Europa, excluyendo Rusia, Noruega y Suecia. Contendría Austria cuatro veces, Alemania o España cinco veces, Francia seis veces, y las islas británicas o Italia diez veces. Las concepciones formadas a partir de las cuencas fluviales de Europa Occidental se ven bruscamente alteradas al considerar la extensión del valle del Misisipi; tampoco resultan más adecuadas las formadas a partir de las estériles cuencas de los grandes ríos de Siberia, las elevadas mesetas de Asia Central o la inmensa extensión del Amazonas. La latitud, la altitud y las precipitaciones se combinan para que cada parte del valle del Misisipi sea capaz de sustentar una densa población. Como morada del hombre civilizado, es, con mucho, la primera en nuestro planeta .

MESA DEL EDITOR, REVISTA HARPER'S, FEBRERO DE 1863






Capítulo 1



El río y su historia







El Misisipi merece ser estudiado. No es un río común, sino todo lo contrario: es extraordinario en todos los sentidos. Si consideramos el Misuri como su afluente principal, es el río más largo del mundo: cuatro mil trescientas millas. Se podría decir que también es el río más sinuoso del mundo, ya que en un tramo de su recorrido utiliza mil trescientas millas para cubrir la misma distancia que un cuervo sobrevolaría en seiscientas setenta y cinco. Descarga tres veces más agua que el San Lorenzo, veinticinco veces más que el Rin y trescientas treinta y ocho veces más que el Támesis. Ningún otro río tiene una cuenca hidrográfica tan extensa: recibe su agua de veintiocho estados y territorios; de Delaware, en la costa atlántica, y de todo el territorio entre este e Idaho, en la vertiente del Pacífico, abarcando cuarenta y cinco grados de longitud. El Misisipi recibe y transporta al Golfo agua de cincuenta y cuatro ríos secundarios navegables por barcos de vapor, y de varios cientos navegables por veleros y barcazas. Su cuenca hidrográfica abarca una superficie equivalente a la suma de las áreas de Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda, Francia, España, Portugal, Alemania, Austria, Italia y Turquía; y casi toda esta extensa región es fértil; el valle del Misisipi, en particular, lo es de forma excepcional.



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Es un río singular en este sentido: en lugar de ensancharse hacia su desembocadura, se estrecha y se profundiza. Desde la confluencia con el Ohio hasta un punto a mitad de camino hacia el mar, su anchura media es de una milla en marea alta; desde allí hasta el mar, la anchura disminuye progresivamente hasta que, en los pasos de montaña, aguas arriba de la desembocadura, apenas supera la media milla. En la confluencia con el Ohio, la profundidad del Misisipi es de ochenta y siete pies; aumenta gradualmente hasta alcanzar los ciento veintinueve justo aguas arriba de la desembocadura.

La diferencia entre el ascenso y el descenso del nivel del río también es notable, no en la parte alta, sino en la baja. El ascenso es bastante uniforme hasta Natchez (a trescientos sesenta kilómetros de la desembocadura), aproximadamente cincuenta pies. Pero en Bayou La Fourche el río asciende solo veinticuatro pies; en Nueva Orleans, quince, y justo antes de la desembocadura, apenas dos pies y medio.

Un artículo del New Orleans Times-Democrat, basado en informes de ingenieros expertos, afirma que el río vierte anualmente cuatrocientos seis millones de toneladas de lodo en el Golfo de México, lo que recuerda el despectivo apodo que el capitán Marryat le dio al Misisipi: "la Gran Alcantarilla". Este lodo, solidificado, formaría una masa de una milla cuadrada y doscientos cuarenta y un pies de altura.

El depósito de lodo extiende gradualmente el terreno, pero solo gradualmente; apenas lo ha extendido medio kilómetro en los doscientos años transcurridos desde que el río se formó. La comunidad científica cree que la desembocadura se encontraba en Baton Rouge, donde terminan las colinas, y que los trescientos kilómetros de tierra entre allí y el Golfo fueron creados por el río. Esto nos da la edad de esa región sin ninguna dificultad: ciento veinte mil años. Sin embargo, es la zona más joven que se encuentra en esa región.

El Misisipi destaca por otra razón: su tendencia a realizar cambios de curso drásticos al atravesar estrechos istmos, enderezándose y acortándose así. ¡En más de una ocasión se ha acortado treinta millas de un solo salto! Estos desvíos han tenido efectos curiosos: han desplazado a varias poblaciones ribereñas hacia zonas rurales y han formado bancos de arena y bosques frente a ellas. La ciudad de Delta solía estar a tres millas río abajo de Vicksburg; un desvío reciente ha cambiado radicalmente su posición, y ahora Delta se encuentra dos millas río arriba de Vicksburg.

Ambos pueblos ribereños quedaron aislados en el campo por ese desvío. Un desvío causa estragos en los límites y las jurisdicciones: por ejemplo, un hombre vive hoy en el estado de Misisipi, esta noche se produce un desvío y mañana se encuentra con sus tierras al otro lado del río, dentro de los límites y sujeto a las leyes del estado de Luisiana. Tal suceso, ocurrido en la parte alta del río en tiempos antiguos, podría haber trasladado a un esclavo de Misuri a Illinois y haberlo convertido en hombre libre.

El Misisipi no altera su ubicación solo mediante atajos: cambia constantemente su hábitat , siempre se desplaza lateralmente . En Hard Times, Luisiana, el río se encuentra a dos millas al oeste de la región que solía ocupar. Por consiguiente, el emplazamiento original de aquel asentamiento ya no se encuentra en Luisiana, sino al otro lado del río, en el estado de Misisipi. Casi la totalidad de las mil trescientas millas del antiguo río Misisipi que La Salle recorrió en sus canoas hace doscientos años, ahora es tierra firme y seca . El río discurre a su derecha en algunos tramos y a su izquierda en otros.



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Aunque el lodo del Misisipi forma tierra lentamente en la desembocadura, donde las olas del Golfo interfieren en su labor, la forma es lo suficientemente rápida en las regiones más protegidas río arriba: por ejemplo, la Isla del Profeta contenía mil quinientas hectáreas de tierra hace treinta años; desde entonces, el río le ha añadido setecientas hectáreas.

Pero basta ya de ejemplos de las peculiaridades de este caudaloso río por ahora; daré algunos más más adelante en el libro.



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Dejemos de lado la historia física del Misisipi y hablemos brevemente de su historia histórica, por así decirlo. Podemos ojear brevemente su primera época, aletargada, en un par de capítulos; su segunda época, más despierta, en otros dos; su época más floreciente y vibrante en muchos capítulos posteriores; y luego hablaremos de su época actual, comparativamente tranquila, en lo que restará del libro.

El mundo y los libros están tan acostumbrados a usar, y abusar, de la palabra «nuevo» en relación con nuestro país, que pronto nos formamos y mantenemos la impresión de que no tiene nada de antiguo. Sabemos, por supuesto, que existen varias fechas relativamente antiguas en la historia estadounidense, pero las meras cifras no nos transmiten una idea precisa, una comprensión clara, del lapso de tiempo que representan. Decir que De Soto, el primer hombre blanco que vio el río Misisipi, lo vio en 1542, es una afirmación que enuncia un hecho sin interpretarlo: es como dar las dimensiones de una puesta de sol mediante mediciones astronómicas y catalogar los colores por sus nombres científicos; como resultado, se obtiene el dato de la puesta de sol, pero no se ve la puesta de sol. Hubiera sido mejor pintar una imagen de ella.

La fecha de 1542, por sí sola, no significa mucho para nosotros; pero cuando se agrupan algunas fechas y hechos históricos cercanos a su alrededor, se le añade perspectiva y matices, y entonces se comprende que esta es una de las fechas estadounidenses que resulta bastante respetable por su antigüedad.

Por ejemplo, cuando el Misisipi fue visto por primera vez por un hombre blanco, habían transcurrido menos de un cuarto de siglo desde la derrota de Francisco I en Pavía; la muerte de Rafael; la muerte de Bayardo, Sans Peur Et Sans Reproche ; la expulsión de los Caballeros Hospitalarios de Rodas por los turcos; y la colocación de las Noventa y Cinco Proposiciones, el acto que dio inicio a la Reforma. Cuando De Soto vislumbró el río, Ignacio de Loyola era un nombre oscuro; la orden de los jesuitas aún no tenía un año; la pintura de Miguel Ángel en el Juicio Final de la Capilla Sixtina aún no se había secado; María Estuardo aún no había nacido, pero lo haría antes de que terminara el año. Catalina de Médici era una niña; Isabel de Inglaterra aún no era adolescente; Calvino, Benvenuto Cellini y el emperador Carlos V estaban en la cima de su fama, y ​​cada uno estaba haciendo historia a su manera peculiar; Margarita de Navarra escribía el 'Heptamerón' y algunos libros religiosos; el primero se conserva, los demás están olvidados, pues el ingenio y la falta de delicadeza a veces conservan mejor la literatura que la santidad. La moral laxa de la corte y el absurdo asunto de la caballería estaban en pleno apogeo, y las justas y los torneos eran el pasatiempo frecuente de los caballeros nobles que sabían luchar mejor de lo que sabían escribir, mientras que la religión era la pasión de sus damas, y clasificar a sus hijos en hijos de pleno derecho e hijos por título honorífico era su pasatiempo.



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De hecho, en todas partes, la religión se encontraba en un estado de florecimiento singular: se convocaba el Concilio de Trento; la Inquisición española sembraba el terror con mano dura; en otras partes del continente, las naciones eran persuadidas a la piedad mediante la espada y el fuego; en Inglaterra, Enrique VIII había suprimido los monasterios, quemado a Fisher y a uno o dos obispos más, y estaba impulsando su Reforma inglesa y su harén. Cuando De Soto se encontraba a orillas del Misisipi, faltaban dos años para la muerte de Lutero; once años para la quema de Servet; treinta años para la matanza de San Bartolomé; Rabelais aún no se había publicado; Don Quijote aún no se había escrito; Shakespeare aún no había nacido; aún debían transcurrir cien largos años antes de que los ingleses oyeran el nombre de Oliver Cromwell.

Sin duda, el descubrimiento del Misisipi es un hecho documentado que suaviza y modifica considerablemente la brillante novedad de nuestro país, y le confiere un aspecto exterior de lo más respetable, de aspecto rústico y antiguo.



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De Soto apenas vislumbró el río, luego murió y fue enterrado en él por sus sacerdotes y soldados. Cabría esperar que los sacerdotes y los soldados multiplicaran por diez las dimensiones del río —la costumbre española de la época— y así animaran a otros aventureros a explorarlo de inmediato. Por el contrario, sus relatos al regresar a casa no despertaron tal curiosidad. El Misisipi permaneció sin ser visitado por los blancos durante un periodo de años que parece increíble en nuestros tiempos. Uno puede hacerse una idea de este intervalo dividiéndolo así: después de que De Soto vislumbrara el río, transcurrió poco menos de un cuarto de siglo, y luego nació Shakespeare; vivió algo más de medio siglo, luego murió; y cuando llevaba en su tumba bastante más de medio siglo, el segundo hombre blanco vio el Misisipi. En nuestros días no permitimos que transcurran ciento treinta años entre avistamientos de una maravilla. Si alguien descubriera un arroyo en el condado contiguo al del Polo Norte, Europa y América emprenderían quince costosas expediciones: una para explorar el arroyo y las otras catorce para buscarse mutuamente.



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Durante más de ciento cincuenta años, hubo asentamientos blancos en nuestras costas atlánticas. Estas personas mantenían una comunicación estrecha con los indígenas: en el sur, los españoles los robaban, masacraban, esclavizaban y convertían; más al norte, los ingleses les intercambiaban cuentas y mantas a cambio de una contraprestación, ofreciéndoles civilización y whisky como obsequio; y en Canadá, los franceses les impartían una educación rudimentaria, realizaban labor misionera entre ellos y atraían a poblaciones enteras a Quebec, y más tarde a Montreal, para comprarles pieles. Por lo tanto, era necesario que estos diversos grupos de blancos hubieran oído hablar del gran río del lejano oeste; y, en efecto, oyeron hablar de él vagamente, tan vagamente e indefinidamente, que su curso, sus dimensiones y su ubicación eran prácticamente inconcebibles. El mero misterio del asunto debería haber despertado la curiosidad e impulsado la exploración; pero esto no ocurrió. Aparentemente, nadie deseaba un río así, nadie lo necesitaba, nadie sentía curiosidad por él; así que, durante siglo y medio, el Misisipi permaneció fuera del mercado e inalterado. Cuando De Soto lo descubrió, no estaba buscando un río, ni tenía ninguna necesidad inmediata de uno; por consiguiente, no lo valoró ni le prestó especial atención.

Pero finalmente, el francés La Salle concibió la idea de buscar ese río y explorarlo. Siempre sucede que cuando alguien se interesa por una idea importante y olvidada, surgen a su alrededor personas que comparten esa misma visión. Así ocurrió en este caso.

Naturalmente, surge la pregunta: ¿Por qué querían estas personas el río ahora, cuando nadie lo había querido en las cinco generaciones anteriores? Aparentemente, fue porque en ese momento creían haber descubierto una manera de sacarle provecho; pues se había llegado a creer que el Misisipi desembocaba en el Golfo de California, ofreciendo así un atajo entre Canadá y China. Anteriormente, se suponía que desembocaba en el Atlántico, o Mar de Virginia.





Capítulo 2


El río y sus exploradores


El propio La Salle solicitó ciertos privilegios, que le fueron concedidos generosamente por Luis XIV, de memoria prodigiosa. Entre ellos destacaba el privilegio de explorar vastas extensiones, construir fuertes, delimitar continentes y entregarlos al rey, costeando él mismo los gastos; a cambio, recibía algunas ventajas de diversa índole, entre ellas el monopolio de las pieles de búfalo. Pasó varios años y casi todo su dinero realizando viajes peligrosos y penosos entre Montreal y un fuerte que había construido en Illinois, antes de lograr finalmente preparar su expedición para emprender la travesía hacia el Misisipi.

Mientras tanto, otros habían tenido mejor suerte. En 1673, el comerciante Joliet y el sacerdote Marquette cruzaron el país y llegaron a las orillas del Misisipi. Navegaron por los Grandes Lagos y, desde Green Bay, en canoas, por el río Fox y el Wisconsin. Marquette había prometido solemnemente, en la fiesta de la Inmaculada Concepción, que si la Virgen le permitía descubrir el gran río, lo llamaría Concepción en su honor. Cumplió su palabra. En aquella época, todos los exploradores viajaban con un séquito de sacerdotes. De Soto llevaba veinticuatro consigo. La Salle también tenía varios. Las expediciones a menudo carecían de carne y ropa, pero siempre tenían los muebles y demás enseres para la misa; siempre estaban preparados, como lo expresó uno de los pintorescos cronistas de la época, para «explicar el infierno a los salvajes».



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El 17 de junio de 1673, las canoas de Joliet y Marquette, junto con sus cinco tripulantes, llegaron a la confluencia del río Wisconsin con el Misisipi. El señor Parkman relata: «Ante ellos, una corriente ancha y rápida discurría transversalmente, al pie de altas cumbres envueltas en densos bosques». Y continúa: «Girando hacia el sur, remaron río abajo, a través de una soledad donde no se percibía ni el más mínimo rastro de presencia humana».

Un enorme bagre chocó contra la canoa de Marquette y lo sobresaltó; y con razón, pues los indios le habían advertido que su viaje era temerario, e incluso fatal, ya que el río albergaba un demonio "cuyo rugido se podía oír a gran distancia y que los engulliría en el abismo donde habitaba". He visto un bagre del Misisipi de más de seis pies de largo y que pesaba doscientas cincuenta libras; y si el pez de Marquette era comparable a aquel, tenía todo el derecho a pensar que el rugiente demonio del río había llegado.

«Finalmente, los búfalos comenzaron a aparecer, pastando en manadas en las vastas praderas que entonces bordeaban el río; y Marquette describe la mirada fiera y estúpida de los viejos toros mientras observaban a los intrusos a través de la enmarañada melena que casi los cegaba.»

Los viajeros avanzaron con cautela: «Desembarcaron de noche e hicieron una hoguera para preparar la cena; luego la apagaron, volvieron a embarcar, remaron un poco más y anclaron en el arroyo, manteniendo a un hombre de guardia hasta la mañana».



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Lo hicieron día tras día y noche tras noche; y al cabo de dos semanas no habían visto a un ser humano. El río era entonces un lugar de terrible soledad. Y lo sigue siendo ahora, en casi todo su recorrido.

Pero al cabo de dos semanas, un día se toparon con huellas de hombres en el lodo de la orilla occidental: una experiencia digna de Robinson Crusoe que aún hoy provoca escalofríos al leerla. Les habían advertido que los indios del río eran tan feroces y despiadados como el demonio del río, y que aniquilaban a cualquiera que se les acercara sin esperar provocación; pero no importó, Joliet y Marquette se adentraron en la zona para dar con los dueños de las huellas. Los encontraron, al poco tiempo, y fueron recibidos con hospitalidad y bien tratados; si ser recibido por un jefe indio que se ha quitado hasta el último harapo para lucir impecable es ser recibido con hospitalidad; y si ser agasajado con abundante pescado, gachas y otras presas, incluyendo perros, y que los indios te las sirvan con los dedos descalzos, es ser bien tratado. Por la mañana, el jefe y seiscientos de sus hombres escoltaron a los franceses hasta el río y se despidieron amistosamente de ellos.



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En las rocas sobre la actual ciudad de Alton encontraron unas pinturas indígenas toscas y fantásticas, que describen. A poca distancia, «un torrente de lodo amarillo se precipitaba furiosamente contra la tranquila corriente azul del Misisipi, hirviendo, agitado y arrastrando a su paso troncos, ramas y árboles arrancados de raíz». Esta era la desembocadura del Misuri, «ese río salvaje», que, «descendiendo de su frenética carrera a través de un vasto e inexplorado territorio de barbarie, vertía sus turbias aguas en el seno de su apacible hermana».

Poco a poco pasaron la desembocadura del Ohio; pasaron cañaverales; lucharon contra los mosquitos; flotaron día tras día a través del profundo silencio y la soledad del río, dormitando bajo la escasa sombra de toldos improvisados ​​y sofocados por el calor; se encontraron e intercambiaron cortesías con otro grupo de indios; y finalmente llegaron a la desembocadura del Arkansas (aproximadamente un mes después de su punto de partida), donde una tribu de salvajes belicosos salió a su encuentro para asesinarlos; pero ellos apelaron a la Virgen en busca de ayuda; así que en lugar de una pelea hubo un festín, y mucha charla agradable y juegos.

Habían comprobado, a su entera satisfacción, que el Misisipi no desembocaba en el Golfo de California ni en el Atlántico. Creían que desembocaba en el Golfo de México. Entonces regresaron y llevaron la buena noticia a Canadá.

Pero la fe no es prueba. Le correspondía a La Salle aportar la prueba. Sufrió retrasos constantes, uno tras otro, pero finalmente puso en marcha su expedición a finales de 1681. En pleno invierno, él y Henri de Tonty, hijo de Lorenzo Tonty, inventor de la tontina y su lugarteniente, descendieron por el río Illinois, acompañados por dieciocho indígenas traídos de Nueva Inglaterra y veintitrés franceses. Avanzaron en procesión por la superficie helada del río, a pie, arrastrando sus canoas en trineos.



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En el lago Peoria encontraron aguas abiertas y remaron hasta el Misisipi, donde pusieron rumbo al sur. Atravesaron los campos de hielo flotante, pasaron la desembocadura del Misuri y, poco después, la del Ohio; y, deslizándose por los páramos pantanosos que bordeaban el río, desembarcaron el 24 de febrero cerca de los Terceros Acantilados Chickasaw, donde se detuvieron y construyeron el Fuerte Prudhomme.

«Una vez más», dice el señor Parkman, «se embarcaron; y con cada etapa de su aventurera travesía, el misterio de este vasto mundo nuevo se iba desvelando cada vez más. Se adentraban cada vez más en el reino de la primavera. La luz tenue del sol, el aire cálido y soñoliento, el tierno follaje, las flores que se abrían, anunciaban el renacimiento de la vida en la naturaleza».

Día tras día descendieron por las grandes curvas, a la sombra de los densos bosques, y finalmente llegaron a la desembocadura del Arkansas. Primero, fueron recibidos por los nativos de la zona, como Marquette había sido recibido por ellos: con el retumbar del tambor de guerra y el despliegue de armas. La Virgen compuso la paz en el caso de Marquette; la flauta de la paz hizo lo mismo con La Salle. El hombre blanco y el hombre rojo se estrecharon las manos y se entretuvieron durante tres días. Entonces, para admiración de los indígenas, La Salle erigió una cruz con el escudo de armas de Francia y tomó posesión de todo el país para el rey —la moda de la época— mientras el sacerdote consagraba piadosamente el botín con un himno. El sacerdote explicó los misterios de la fe «por señales», para la salvación de los indígenas; compensándolos así con posibles posesiones en el Cielo por las seguras posesiones en la tierra que acababan de perder. Además, mediante gestos, La Salle extrajo de estos sencillos hijos del bosque muestras de lealtad a Luis el Pútrido, al otro lado del mar. Nadie sonrió ante estas colosales ironías.



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Estas representaciones tuvieron lugar en el emplazamiento de la futura ciudad de Napoleon, Arkansas, y allí se erigió la primera cruz de confiscación a orillas del gran río. El viaje de descubrimiento de Marquette y Joliet culminó en el mismo lugar: el emplazamiento de la futura ciudad de Napoleon. Cuando De Soto vislumbró fugazmente el río, allá por los remotos tiempos, lo hizo desde ese mismo lugar: el emplazamiento de la futura ciudad de Napoleon, Arkansas. Por lo tanto, tres de los cuatro acontecimientos memorables relacionados con el descubrimiento y la exploración del caudaloso río ocurrieron, por casualidad, en un mismo sitio. Es una distinción de lo más curiosa, si uno se detiene a reflexionar sobre ello. Francia robó ese vasto territorio en ese lugar, la futura Napoleon; ¡y más tarde el propio Napoleón iba a devolver el país! —a restituirlo, no a los dueños, sino a sus herederos blancos estadounidenses.

Los viajeros continuaron su viaje, haciendo escalas aquí y allá; «pasaron por los lugares, ahora históricos, de Vicksburg y Grand Gulf», y visitaron a un imponente monarca indígena en la región de Teche, cuya capital era una ciudad sólida construida con ladrillos resecos por el sol y paja, casas mejores que muchas de las que existen allí ahora. La casa del jefe tenía una sala de audiencias de cuarenta pies cuadrados; y allí recibió a Tonty en honores reales, rodeado de sesenta ancianos vestidos con mantos blancos. Había un templo en la ciudad, con una muralla de barro a su alrededor adornada con cráneos de enemigos sacrificados al sol.



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Los viajeros visitaron a los indios Natchez, cerca del emplazamiento de la actual ciudad homónima, donde encontraron un «despotismo religioso y político, una clase privilegiada descendiente del sol, un templo y un fuego sagrado». Debió de ser como volver a casa; de hecho, era un hogar con ventajas, pues carecía de Luis XIV.

Unos pocos días más transcurrieron velozmente, y La Salle se encontraba a la sombra de su cruz confiscadora, en la confluencia de las aguas de Delaware, de Itaska y de las cordilleras cercanas al Pacífico, con las aguas del Golfo de México; su tarea había terminado, su prodigio, consumado. El Sr. Parkman, al concluir su fascinante relato, lo resume así:

«Aquel día, el reino de Francia recibió en pergamino una estupenda anexión. Las fértiles llanuras de Texas; la vasta cuenca del Misisipi, desde sus gélidos manantiales del norte hasta las sofocantes fronteras del Golfo; desde las boscosas crestas de los Apalaches hasta las áridas cumbres de las Montañas Rocosas —una región de sabanas y bosques, desiertos abrasados ​​por el sol y praderas cubiertas de hierba, regada por mil ríos, habitada por mil tribus guerreras—, pasó bajo el cetro del Sultán de Versalles; y todo gracias a una débil voz humana, inaudible a ochocientos metros de distancia.»





Capítulo 3


Frescos del pasado


Aparentemente, el río ya estaba listo para ser explotado. Pero no, la distribución de la población a lo largo de sus riberas fue un proceso tan tranquilo, deliberado y lento como lo había sido su descubrimiento y exploración.



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Transcurrieron setenta años desde la exploración hasta que las orillas del río contaron con una población blanca digna de mención; y casi cincuenta más antes de que el río tuviera actividad comercial. Entre la apertura del río por La Salle y el momento en que se puede decir que se convirtió en el vehículo de un comercio regular y activo, siete soberanos habían ocupado el trono de Inglaterra, América se había independizado, Luis XIV y Luis XV habían muerto, la monarquía francesa había caído en la vorágine de la Revolución y el nombre de Napoleón comenzaba a sonar. En verdad, aquellos tiempos eran muy lentos.

El comercio fluvial más antiguo se realizaba en grandes barcazas: barcos de quilla y barcos de viento ancho. Flotaban y navegaban desde la parte alta del río hasta Nueva Orleans, cambiaban de carga allí y eran laboriosamente amarrados y empujados a mano con pértigas. Un viaje de ida y vuelta a veces duraba nueve meses. Con el tiempo, este comercio creció hasta dar empleo a hordas de hombres rudos y resistentes; toscos, sin educación, valientes, que sufrían terribles penurias con estoicismo marinero; bebedores empedernidos, juerguistas groseros en pocilgas morales como el Natchez-under-the-hill de aquella época, luchadores aguerridos, tipos temerarios, todos ellos, alegres desmesuradamente, de mente sucia, profanos; derrochadores de su dinero, arruinados al final del viaje, aficionados a lujos bárbaros, fanfarrones prodigiosos; sin embargo, en general, honestos, dignos de confianza, fieles a sus promesas y deberes, y a menudo pintorescamente magnánimos.

Poco a poco, el barco de vapor se hizo presente. Durante quince o veinte años, estos hombres continuaron navegando río abajo con sus barcazas, mientras que los vapores se encargaban de todo el transporte río arriba. Los barqueros vendían sus barcos en Nueva Orleans y regresaban a casa como pasajeros en cubierta de los vapores.

Pero al cabo de un tiempo, los barcos de vapor aumentaron tanto en número y velocidad que lograron absorber todo el comercio; y entonces la navegación en barcazas desapareció definitivamente. El barquero de barcazas se convirtió en marinero, primer oficial o piloto del vapor; y cuando no había camarotes disponibles en los vapores, buscaba un lugar en una plataforma carbonera de Pittsburgh o en una balsa de pinos construida en los bosques cercanos a las fuentes del Misisipi.

En el apogeo de la prosperidad de los barcos de vapor, el río, de un extremo a otro, estaba repleto de flotas de carbón y balsas de madera, todas manejadas a mano y con multitud de personajes rudos a los que he intentado describir. Recuerdo las procesiones anuales de enormes balsas que solían deslizarse por Hannibal cuando era niño: una hectárea más o menos de tablas blancas y perfumadas en cada balsa, una tripulación de dos docenas de hombres o más, tres o cuatro tipis dispersos por el vasto espacio llano de la balsa para resguardarse de las tormentas; y recuerdo los modales toscos y la tremenda charla de sus grandes tripulaciones, los antiguos marineros de barcazas y sus sucesores que los admiraban; pues solíamos nadar un cuarto o un tercio de milla para subir a esas balsas y dar un paseo.



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Para ilustrar el lenguaje y las costumbres de los barcos de vela, y aquella vida en balsa ya desaparecida y apenas recordada, incluiré aquí un capítulo de un libro en el que he estado trabajando, a ratos, durante los últimos cinco o seis años, y que posiblemente termine en otros cinco o seis. El libro narra algunos pasajes de la vida de un muchacho ignorante de pueblo, Huck Finn, hijo del borracho del pueblo de mi época en el oeste. Huyó de su padre, que lo perseguía, y de una viuda, también perseguida, que desea convertirlo en un muchacho bueno, honesto y respetable; y con él escapó un esclavo de la viuda. Encontraron un fragmento de una balsa de madera (es pleno verano y la marea está alta), y flotan río abajo por la noche, escondiéndose entre los sauces durante el día, rumbo a El Cairo, desde donde el negro buscará la libertad en el corazón de los Estados libres. Pero, envueltos en la niebla, pasan por El Cairo sin darse cuenta. Poco a poco empiezan a sospechar la verdad, y Huck Finn se deja convencer para poner fin a la angustiosa incertidumbre nadando hasta una enorme balsa que han visto a lo lejos, subiendo a bordo al amparo de la oscuridad y recabando la información necesaria escuchando a escondidas.

Pero ya sabes que un joven no puede esperar mucho cuando está impaciente por saber algo. Lo hablamos, y al cabo de un rato Jim dijo que era una noche tan oscura que no sería arriesgado nadar hasta la balsa grande, subir a bordo y escuchar; hablarían de El Cairo, porque estarían planeando ir a tierra para darse un buen festín, tal vez, o de todos modos enviarían barcos a tierra para comprar whisky o carne fresca o algo así. Jim tenía una cabeza maravillosamente sensata, para ser negro: casi siempre podía idear un buen plan cuando se lo pedías.



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Me puse de pie, me sacudí los harapos y salté al río, dirigiéndome hacia la luz de la balsa. Al poco rato, cuando ya casi la alcanzaba, aminoré la marcha y avancé despacio y con precaución. Pero todo estaba bien; no había nadie en la barca. Así que nadé a lo largo de la balsa hasta estar a la altura de la hoguera en el centro, luego me arrastré a bordo y avancé poco a poco hasta meterme entre unos manojos de tejas al lado de barlovento del fuego. Había trece hombres allí; eran los vigías de cubierta, por supuesto. Y tenían un aspecto bastante rudo, además. Tenían una jarra y tazas de hojalata, y mantenían la jarra en movimiento. Un hombre cantaba, rugiendo, se podría decir; y no era una canción agradable, al menos no para un salón. Rugía por la nariz y alargaba la última palabra de cada verso. Cuando terminó, todos lanzaron una especie de grito de guerra indígena, y luego cantaron otra. Empezaba así:

'Había una mujer en nuestro pueblo,
en nuestro pueblo vivía,
amaba a su querido esposo,
pero se casó con otro hombre.

Cantando también, riloo, riloo, riloo,
Ri-too, riloo, rilay—
Ella amaba a su querido esposo,
pero otro hombre se casó con ella.

Y así sucesivamente, catorce versos. Era bastante malo, y cuando iba a empezar el siguiente verso, uno de ellos dijo que era la melodía con la que murió la vieja vaca; y otro dijo: «¡Ay, por favor, déjanos en paz!». Y otro le dijo que se fuera a dar un paseo. Se burlaron de él hasta que se enfadó, se levantó de un salto y empezó a insultar a la multitud, diciendo que podía dejar cojo a cualquier ladrón del lugar.

Todos estaban a punto de huir para ayudarlo, pero el hombre más grande de allí se levantó de un salto y dijo:

«Siéntense donde están, caballeros. Déjenmelo a mí; es mi presa».



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Luego saltó tres veces en el aire y golpeó sus talones entre sí cada vez. Se quitó un abrigo de piel de venado lleno de flecos y dijo: «Quédate ahí hasta que termine la matanza»; y tiró su sombrero, que estaba cubierto de cintas, y dijo: «Quédate ahí hasta que termine su sufrimiento».

Entonces saltó en el aire, volvió a juntar los talones y gritó:

¡Whoo-oop! ¡Soy el viejo y original creador de cadáveres de mandíbula de hierro, montura de latón y vientre de cobre de las tierras salvajes de Arkansas! ¡Mírenme! ¡Soy el hombre al que llaman Muerte Súbita y Desolación General! ¡Engendrado por un huracán, represado por un terremoto, medio hermano del cólera, casi emparentado con la viruela por parte de madre! ¡Mírenme! ¡Me como diecinueve caimanes y un barril de whisky para desayunar cuando estoy sano y fuerte, y un bushel de serpientes de cascabel y un cadáver cuando estoy enfermo! ¡Parto las rocas eternas con mi mirada, y apago el trueno cuando hablo! ¡Whoo-oop! ¡Apártense y déjenme espacio según mi fuerza! ¡La sangre es mi bebida natural, y los lamentos de los moribundos son música para mis oídos! ¡Mírenme, caballeros! ¡Y agáchense y contengan la respiración, porque estoy a punto de desatarme!

Mientras se desvestía, sacudía la cabeza con expresión feroz, se movía en círculos, se ajustaba las muñequeras y, de vez en cuando, se enderezaba y se golpeaba el pecho con el puño, diciendo: «¡Mírenme, caballeros!». Cuando terminó, saltó, golpeó sus talones tres veces y lanzó un rugido: «¡Whoo-oop! ¡Soy el hijo de puta más grande que existe!».

Entonces el hombre que había iniciado la riña se inclinó el viejo sombrero de ala ancha sobre el ojo derecho; luego se encorvó hacia adelante, con la espalda encorvada y el extremo sur del cuerpo hacia afuera, y los puños empujando y contrayendo frente a él, y así dio unas tres vueltas en círculo, hinchándose y respirando con dificultad. Luego se enderezó, saltó y golpeó sus talones tres veces, antes de encenderse de nuevo (lo que los hizo vitorear), y comenzó a gritar así:



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'¡Whoo-oop! ¡Inclina tu cuello y ábrete, porque el reino del dolor se acerca! ¡Mantenme bajo tierra, porque siento mis poderes obrando! ¡Whoo-oop! ¡Soy un hijo del pecado, no me dejes empezar! ¡Cristal ahumado, aquí, para todos! ¡No intenten mirarme a simple vista, caballeros! Cuando estoy juguetón, uso los meridianos de longitud y los paralelos de latitud como red, ¡y arrastro el Océano Atlántico en busca de ballenas! ¡Me rasco la cabeza con el relámpago, y ronroneo hasta dormirme con el trueno! Cuando tengo frío, bilisé el Golfo de México y me baño en él; cuando tengo calor, me abanico con una tormenta equinoccial; cuando tengo sed, extiendo la mano y succiono una nube seca como una esponja; cuando recorro la tierra hambriento, ¡el hambre me sigue! ¡Whoo-oop! ¡Inclina tu cuello y ábrete! Pongo mi mano en la cara del sol y hago que sea de noche en la tierra; ¡Le arranco un pedazo a la luna y apresuro las estaciones; me sacudo y desmorono las montañas! ¡Contempladme a través del cuero, no uséis los ojos desnudos! ¡Soy el hombre con un corazón petrificado y entrañas de hierro! ¡La masacre de comunidades aisladas es el pasatiempo de mis momentos de ocio, la destrucción de nacionalidades el asunto serio de mi vida! ¡La inmensidad ilimitada del gran desierto americano es mi propiedad cercada, y entierro a mis muertos en mi propio terreno! Saltó y golpeó sus talones tres veces antes de encenderse (lo ovacionaron de nuevo), y al bajar gritó: «¡Whoo-oop! ¡Inclinad el cuello y extendeos, porque el hijo predilecto de la calamidad se acerca!»

Entonces el otro empezó a hincharse y a soplar de nuevo —el primero— al que llamaban Bob; luego, el Niño de la Calamidad volvió a intervenir, más grande que nunca; luego ambos se pusieron a pelear al mismo tiempo, hinchándose uno alrededor del otro y golpeándose la cara con los puños, gritando y vociferando como indios; luego Bob insultó al Niño, y el Niño le respondió insultándolo: luego, Bob le llamó con un montón de insultos más fuertes y el Niño le devolvió el peor tipo de lenguaje; luego, Bob le quitó el sombrero al Niño, y el Niño lo recogió y pateó el sombrero de cintas de Bob a unos seis pies; Bob fue a buscarlo y dijo que no importaba, que esto no iba a ser lo último de esto, porque era un hombre que nunca olvidaba ni perdonaba, así que más le valía al Niño tener cuidado, porque se acercaba un momento, tan seguro como que era un hombre vivo, en el que tendría que responderle con la mejor sangre de su cuerpo. El Niño dijo que ningún hombre estaba más dispuesto que él a que llegara ese momento, y le advertía a Bob que nunca volviera a cruzarse en su camino, pues no podía descansar hasta haberse bañado en su sangre, ya que esa era su naturaleza, aunque ahora lo perdonaba por su familia, si es que tenía una.

Ambos se alejaban en direcciones diferentes, gruñendo, sacudiendo la cabeza y hablando sin parar de lo que iban a hacer; pero un pequeño hombrecillo de bigotes negros se acercó dando saltitos y dijo:

¡Vuelvan aquí, par de cobardes, y les daré una paliza a los dos!



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Y él también lo hizo. Los agarró, los tiró de un lado a otro, los pateó, los derribó más rápido de lo que podían levantarse. Vaya, no pasaron ni dos minutos hasta que suplicaron como perros, y cómo los otros gritaron, rieron y aplaudieron todo el camino, y gritaron '¡Navega, Hacedor de Cadáveres!' '¡Hola! ¡otra vez para él, Niño de la Calamidad!' '¡Bien por ti, pequeño Davy!' Bueno, fue una charla perfecta por un rato. Bob y el Niño tenían narices rojas y ojos morados cuando llegaron. El pequeño Davy los obligó a admitir que eran unos gamberros y cobardes y que no eran dignos de comer con un perro ni de beber con un negro; luego Bob y el Niño se estrecharon la mano, muy solemnemente, y dijeron que siempre se habían respetado y que estaban dispuestos a dejar el pasado atrás. Entonces se lavaron la cara en el río; Y justo en ese momento se oyó una orden en voz alta de que estuvieran preparados para un cruce, y algunos de ellos fueron hacia adelante para manejar los barredores de allí, y el resto fue hacia popa para manejar los barredores de popa.

Me quedé quieto y esperé quince minutos, fumando una pipa que uno de ellos había dejado a mi alcance. Luego, al terminar la travesía, regresaron, tomaron algo y volvieron a charlar y cantar. Después sacaron un violín viejo, uno tocó y otro acompañó el juba, mientras que el resto se dedicó a improvisar una típica canción de desguace de barcazas. No pudieron mantener el ritmo mucho tiempo sin cansarse, así que al cabo de un rato volvieron a sentarse alrededor de la jarra.



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Cantaron 'jolly, jolly raftman's the life for me', con un coro animado, y luego se pusieron a hablar de las diferencias entre los cerdos y sus diferentes tipos de hábitos; y luego sobre las mujeres y sus diferentes maneras; y luego sobre las mejores maneras de apagar casas que estaban en llamas; y luego sobre lo que se debía hacer con los indios; y luego sobre lo que un rey tenía que hacer y cuánto ganaba; y luego sobre cómo hacer pelear a los gatos; y luego sobre qué hacer cuando un hombre tiene ataques; y luego sobre las diferencias entre los ríos de aguas claras y los de aguas turbias. El hombre al que llamaban Ed dijo que el agua turbia del Misisipi era más saludable para beber que el agua clara del Ohio; Dijo que si dejabas reposar una pinta de esta agua amarilla del Misisipi, tendrías entre media y tres cuartos de pulgada de lodo en el fondo, según el nivel del río, y entonces no sería mejor que el agua del Ohio; lo que debías hacer era mantenerla agitada, y cuando el río estuviera bajo, tener lodo a mano para echarlo y espesar el agua como debía ser.

El Niño de la Calamidad dijo que así era; dijo que había nutrientes en el lodo, y que un hombre que bebiera agua del Misisipi podría cultivar maíz en su estómago si quisiera. Dice...

«Si observas los cementerios, eso lo dice todo. En un cementerio de Cincinnati, los árboles no crecen ni un ápice, pero en uno de San Luis alcanzan alturas de más de 240 metros. Todo se debe al agua que bebieron antes de morir. Un cadáver en Cincinnati no enriquece la tierra.»

Y hablaron de cómo el agua del Ohio no se mezclaba con el agua del Misisipi. Ed dijo que si tomas el Misisipi cuando el Ohio está bajo, encontrarás una amplia franja de agua clara a lo largo de la orilla este del Misisipi durante cien millas o más, y en el momento en que te alejas un cuarto de milla de la costa y cruzas la línea, todo se vuelve espeso y amarillo el resto del camino. Luego hablaron de cómo evitar que el tabaco se enmoheciera, y de ahí pasaron a hablar de fantasmas y contaron muchas cosas que otras personas habían visto; pero Ed dice...

¿Por qué no me cuentan algo que hayan visto ustedes mismos? Ahora déjenme hablar. Hace cinco años estaba en una balsa tan grande como esta, y justo aquí era una noche brillante y con luna llena, y yo estaba de guardia y era el encargado del remo de proa, y uno de mis compañeros era un hombre llamado Dick Allbright, y se acercó a donde yo estaba sentado, en proa —boquiabierto y estirándose— y se inclinó sobre el borde de la balsa y se lavó la cara en el río, y se sentó a mi lado y sacó su pipa, y justo cuando la había llenado, levantó la vista y dijo...

—Mira esto —dice—, ¿no es esa la casa de Buck Miller, allá en la curva?

—Sí —dije—, lo es... ¿por qué? Dejó la pipa y apoyó la cabeza en la mano, y dijo...

—Pensé que estaríamos más abajo —dije—.

—Yo también lo pensé cuando terminé mi turno de guardia —estuvimos de guardia seis horas seguidas y seis de descanso—, pero los muchachos me dijeron —dije— que la balsa apenas se movió durante la última hora —dije—, aunque ahora se desliza bien —dije. Él emitió una especie de gemido y dijo—.

"Ya he visto una balsa actuar así antes, por aquí", dice, "me parece que la corriente se ha detenido en la parte superior de esta curva durante los últimos dos años", dice.

Bueno, se levantó dos o tres veces y miró a lo lejos, hacia el agua. Eso también me hizo pensar. Uno siempre imita lo que ve hacer a los demás, aunque no tenga mucho sentido. Al poco rato vi algo negro flotando en el agua, a estribor, girando detrás de nosotros. Vi que él también lo estaba mirando. Dije...



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—¿Qué es eso? —pregunta, con un tono algo infantil—.

"No es más que un viejo barril vacío."

—¡Un bar vacío! —digo—. ¿Por qué? —digo—, un catalejo engaña a tus ojos. ¿Cómo puedes saber que es un bar vacío? —Él dice—.

—No lo sé; creo que no es un bar, pero pensé que podría serlo —dice.

—Sí —dije—, podría ser, y también podría ser cualquier otra cosa; un cuerpo no puede decir nada al respecto, a tal distancia —dije.

No teníamos nada más que hacer, así que seguimos mirándolo. Al cabo de un rato dije...

«¡Mira, Dick Allbright, creo que esa cosa nos está alcanzando!»

«Nunca dijo nada. La cosa ganaba y ganaba, y supuse que debía ser un perro que estaba a punto de agotarse. Bueno, bajamos al cruce, y la cosa flotó a través del brillante rayo de luz de la luna, y, por Dios, era bar'l. Digo yo...»

—Dick Allbright, ¿qué te hizo pensar que esa cosa era un bar, cuando estaba a media milla de distancia? —le digo. Él dice...

—No lo sé —dije—.

—Dímelo tú, Dick Allbright —dice él—.

“Bueno, yo sabía que era un bar; ya lo había visto antes; mucha gente lo ha visto; dicen que es un bar embrujado.”

Llamé al resto de la guardia, vinieron y se quedaron allí, y les conté lo que había dicho Dick. Flotaba justo al lado, y ya no ganaba más distancia. Estaba a unos veinte pies de distancia. Algunos querían tenerlo a bordo, pero el resto no. Dick Allbright dijo que las balsas que habían jugado con él habían tenido mala suerte. El capitán de la guardia dijo que no le creía. Dijo que suponía que el bar nos había alcanzado porque estaba en una corriente un poco mejor que la nuestra. Dijo que se iría enseguida.

'Entonces pasamos a hablar de otras cosas, y tuvimos una canción, y luego un colapso; y después de eso el capitán de guardia pidió otra canción; pero ahora se estaba nublando, y el bar se quedó allí mismo en el mismo lugar, y la canción no parecía tener mucho calentamiento, de alguna manera, y así que no la terminaron, y no hubo vítores, sino que cayó como un pisotón, y nadie dijo nada durante un minuto. Entonces todos intentaron hablar a la vez, y un tipo soltó un chiste, pero fue inútil, no se rieron, e incluso el tipo que hizo el chiste no se rió de él, lo cual no es habitual. Todos nos acomodamos sombríos, y miramos el bar, y estábamos inquietos e incómodos. Bueno, señor, se cerró negro y silencioso, y luego el viento comenzó a gemir alrededor, y luego los relámpagos comenzaron a jugar y los truenos a gruñir. Y al poco rato se desató una tormenta en toda regla, y en medio de ella un hombre que corría hacia atrás tropezó, cayó y se torció el tobillo, por lo que tuvo que guardar reposo. Esto hizo que los muchachos negaran con la cabeza. Y cada vez que venía un relámpago, allí estaba esa barra con luces azules parpadeando a su alrededor. Siempre estábamos atentos a ella. Pero al amanecer, desapareció. Cuando llegó el día, no la vimos por ninguna parte, y tampoco la lamentamos.



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Pero la noche siguiente, sobre las nueve y media, cuando había canciones y alboroto, ahí estaba ella de nuevo, y ocupó su antiguo lugar en el lado de estribor. Ya no hubo más alboroto. Todos se pusieron serios; nadie hablaba; era imposible conseguir que nadie hiciera otra cosa que sentarse de mal humor y mirar el bar. Empezó a nublarse de nuevo. Cuando cambió la guardia, el que no estaba de guardia se quedó despierto, en lugar de entrar. La tormenta arreció y rugió toda la noche, y en medio de ella otro hombre tropezó y se torció el tobillo, y tuvo que retirarse. El bar se fue al amanecer, y nadie lo vio irse.

Todos estuvieron sobrios y deprimidos todo el día. No me refiero a la sobriedad que se experimenta al dejar de beber, no a eso. Estaban callados, pero todos bebieron más de lo habitual, no juntos, sino que cada uno se apartó y bebió a solas.

Después del anochecer, el vigía de retaguardia no se retiró; nadie cantó, nadie habló; los muchachos tampoco se dispersaron; se acurrucaron juntos, adelante; y durante dos horas permanecieron allí, completamente quietos, mirando fijamente en una dirección, y suspirando de vez en cuando. Y entonces, ahí viene de nuevo el bar'l. Retomó su antiguo lugar. Se quedó allí toda la noche; nadie se retiró. La tormenta volvió a arreciar, después de medianoche. Se puso terriblemente oscuro; la lluvia caía a cántaros; también granizo; los truenos retumbaban, rugían y bramaban; el viento soplaba como un huracán; y los relámpagos se extendían por todo en grandes láminas de resplandor, y mostraban toda la balsa tan claramente como el día; y el río se echó blanco como la leche hasta donde alcanzaba la vista por kilómetros, y allí estaba ese bar'l meciéndose, igual que siempre. El capitán ordenó al vigía que se pusiera las barcas de popa para cruzar, y nadie quiso ir; no más esguinces de tobillo para ellos, dijeron. Ni siquiera se atrevieron a caminar hacia la popa. De repente, el cielo se abrió de par en par con un estruendo, y el rayo mató a dos hombres de la guardia de popa e hirió gravemente a otros dos. ¿Cómo los hirió gravemente?, ¿dices? ¡Pues les torcieron los tobillos!



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El bar salió en la oscuridad entre relámpagos, hacia el amanecer. Bueno, nadie comió bocado en el desayuno esa mañana. Después de eso, los hombres holgazanearon, de dos en dos y de tres en tres, y hablaron en voz baja. Pero ninguno de ellos se unió a Dick Allbright. Todos lo miraban con desdén. Si se acercaba a donde estaba alguno de los hombres, se separaban y se escabullían. No querían acompañarlo en los barqueros. El capitán había hecho subir todos los botes a la balsa, junto a su tipi, y no permitía que los muertos fueran llevados a tierra para ser enterrados; no creía que un hombre que llegara a tierra regresaría; y tenía razón.

Al caer la noche, se veía claramente que iba a haber problemas si volvía a aparecer ese bar; había un gran murmullo. Muchos querían matar a Dick Allbright, porque ya había visto el bar en otros viajes y tenía mala pinta. Algunos querían desembarcarlo. Otros decían: «Si vuelve a aparecer el bar, desembarquemos todos juntos».

«Estos murmullos continuaban, los hombres estaban agrupados delante, vigilando el bar, cuando, he aquí, ahí viene de nuevo. Baja, lenta y firme, y se asienta en sus viejas vías. Se podía oír caer un alfiler. Entonces sube el capitán y dice:—

«Muchachos, no se comporten como niños y tontos; no quiero que este barril nos persiga durante todo el viaje a Orleans, y ustedes tampoco; bueno, entonces, ¿cuál es la mejor manera de acabar con él? Quemarlo, esa es la solución. Voy a subirlo a bordo», dijo. Y antes de que nadie pudiera decir nada, entró.

Él nadó hacia ella, y cuando la empujó hacia la balsa, los hombres se dispersaron a un lado. Pero el viejo la subió a bordo y le dio un golpe en la cabeza, ¡y dentro había un bebé! Sí, señor, un bebé completamente desnudo. Era el bebé de Dick Allbright; él mismo lo admitió.

—Sí —dice, inclinándose sobre él—, sí, es mi querido y lamentado hijo, mi pobre y perdido Charles William Allbright, fallecido —dice, pues podía pronunciar las palabras más duras del idioma cuando quería, y ponérselas delante sin inmutarse—. Sí, dijo que solía vivir al comienzo de esta curva, y una noche estranguló a su hijo, que lloraba, sin intención de matarlo —lo cual probablemente era mentira—, y luego se asustó y lo enterró en un barril antes de que su esposa llegara a casa, y se marchó, tomó el sendero del norte y se fue a hacer rafting; y este era el tercer año que el barril lo perseguía. Dijo que la mala suerte siempre comenzaba suavemente y duraba hasta que cuatro hombres morían, y luego el barril no volvía a aparecer. Dijo que si los hombres aguantaban una noche más —y seguía así—, pero los hombres ya habían tenido suficiente. Empezaron a sacar una barca para llevarlo a tierra y lincharlo, pero de repente agarró al niño pequeño y saltó por la borda con él abrazado contra su pecho, derramando lágrimas, y nunca más lo volvimos a ver en esta vida, pobre alma sufriente, ni a Charles William tampoco.



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—¿Quién estaba llorando? —pregunta Bob—. ¿Era Allbright o el bebé?

—Pues claro, Allbright; ¿acaso no te dije que el bebé estaba muerto? Lleva muerto tres años, ¿cómo iba a llorar?

—Bueno, no importa cómo pudo llorar, ¿cómo pudo conservar todo ese tiempo? —pregunta Davy—. Respóndeme eso.

—No sé cómo lo hizo —dice Ed—. Pero lo hizo; eso es todo lo que sé al respecto.

'Dime, ¿qué hicieron con el barril?', dice el Niño de la Calamidad.

«¡Pues lo arrojaron por la borda y se hundió como un trozo de plomo!»

«Edward, ¿el niño parecía estar ahogándose?», pregunta uno.

'¿Tenía el pelo peinado con raya?', pregunta otro.

—¿Qué marca tenía ese barril, Eddy? —preguntó un tipo al que llamaban Bill.

—¿Tienes los documentos con esas estadísticas, Edmund? —pregunta Jimmy.

—Oye, Edwin, ¿fuiste uno de los hombres que murieron por el rayo? —pregunta Davy.

'¿Él? Oh, no, él era los dos', dice Bob. Entonces todos rieron entre dientes.

—Oye, Edward, ¿no crees que deberías tomarte una pastilla? Tienes mala pinta, ¿no te sientes pálido? —dice el Niño de la Calamidad.

—Vamos, Eddy —dice Jimmy—, preséntate; debes guardar una parte de ese barril para demostrarlo. Enséñanos el agujero del trasero, hazlo, y todos te creeremos.

—Oigan, muchachos —dice Bill—, vamos a repartirlo. Somos trece. Yo me puedo tragar una decimotercera parte del ovillo, si ustedes se pueden tragar el resto.



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Ed se levantó enfadado y dijo que todos podían irse a algún sitio, lo cual profirió con bastante violencia, y luego se marchó maldiciendo para sí mismo, mientras ellos le gritaban y se burlaban de él, y rugían y reían de tal manera que se les podía oír a una milla de distancia.

«Muchachos, compartiremos una sandía», dijo el Niño de la Calamidad; y rebuscó en la oscuridad entre los montones de guijarros donde yo estaba, y me puso la mano encima. Yo estaba caliente, suave y desnudo; entonces dijo «¡Ay!» y retrocedió de un salto.

¡Traed una linterna o un trozo de fuego, muchachos! ¡Hay una serpiente tan grande como una vaca!

Entonces corrieron hacia allí con una linterna, se amontonaron y me miraron.

¡Sal de ahí, mendigo!, dice uno.

'¿Quién eres?', dice otro.



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¿Qué pretendes con esto? Habla rápido o te vas a ir por la borda.

'¡Sáquenlo de aquí, muchachos! ¡Agárrenlo por los talones!'

Comencé a suplicar y salí arrastrándome entre ellos temblando. Me miraron con extrañeza, y el Niño de la Calamidad dijo:

¡Un ladrón maldito! ¡Echad una mano y tiradlo por la borda!

—No —dice Big Bob—, mejor saquemos el bote de pintura y pintémoslo de azul cielo de la cabeza a los pies, ¡y luego tirémoslo al suelo!

'Bien, eso es. ¡A por la pintura, Jimmy!'

Cuando llegó la pintura, y Bob tomó el pincel y estaba a punto de comenzar, los demás se reían y se frotaban las manos, yo comencé a llorar, y eso de alguna manera afectó a Davy, y él dijo:

''¡Qué barbaridad! No es más que un cachorro. ¡Pintaré al hombre que lo enseñe!''

Entonces los observé, y algunos refunfuñaron y gruñeron, y Bob dejó la pintura, y los demás no la recogieron.

—Acércate al fuego y veamos qué estás haciendo —dice Davy—. Ahora siéntate ahí y da cuenta de lo que haces. ¿Cuánto tiempo llevas a bordo?

—No más de un cuarto de minuto, señor —dije.

¿Cómo te secaste tan rápido?

—No lo sé, señor. Casi siempre soy así.

'Oh, ¿eres tú? ¿Cómo te llamas?'

No iba a decir mi nombre. No sabía qué decir, así que solo dije...

—Charles William Allbright, señor.



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Entonces rugieron, toda la multitud; y me alegré mucho de haber dicho eso, porque tal vez reírse los pondría de mejor humor.

Cuando terminaron de reír, Davy dice:

—Eso no sirve de nada, Charles William. No podrías haber crecido tanto en cinco años, y eras un bebé cuando saliste del bar, ¿sabes?, y muerto para colmo. Venga, cuéntanos la verdad, y nadie te hará daño si no estás tramando nada malo. ¿Cómo te llamas?

'Aleck Hopkins, señor. Aleck James Hopkins.'

'Bueno, Aleck, ¿de dónde has salido? ¿De aquí?'

«Desde una barcaza mercante. Atraca allá arriba en la curva. Nací en ella. Papá ha comerciado aquí toda su vida; y me dijo que nadara hasta aquí, porque cuando pasaron ustedes dijo que le gustaría que algunos de ustedes hablaran con un tal señor Jonas Turner, en El Cairo, y le dijeran...»

¡Oh, ven!

—Sí, señor; es tan cierto como el mundo; papá dice...

¡Oh, tu abuela!

Todos se rieron, y volví a intentar hablar, pero me interrumpieron y me callaron.

—Mira esto —dice Davy—; tienes miedo y por eso hablas sin sentido. Dime, ¿de verdad vives en una barcaza o es mentira?

—Sí, señor, en una barcaza mercante. Está amarrada al comienzo de la curva. Pero yo no nací en ella. Es nuestro primer viaje.

¡Ahora sí que hablas! ¿Para qué viniste aquí? ¿Para robar?

—No, señor, no lo hice. Solo quería dar una vuelta en la balsa. Todos los chicos hacen eso.

—Bueno, eso ya lo sé. ¿Pero por qué te escondiste?

'A veces ahuyentan a los chicos.'

«Sí, lo hacen. Podrían robar. Mira, si te dejamos escapar esta vez, ¿te asegurarás de no meterte en este tipo de líos en el futuro?»

—Claro que sí, jefe. Inténtalo.

—Muy bien, entonces. Estás a poca distancia de la orilla. ¡Tírate por la borda y no vuelvas a hacer el ridículo de esta manera! ¡Maldita sea, muchacho, algunos balseros te darían una paliza hasta dejarte morado!

No esperé a dar un beso de despedida, sino que me lancé al agua y me dirigí a la orilla. Cuando Jim llegó poco después, la gran balsa ya se había perdido de vista al doblar la punta. Nadé hasta allí, subí a bordo y me alegré muchísimo de volver a casa.

El muchacho no obtuvo la información que buscaba, pero su aventura me ha brindado la visión del balsero y el barquero fallecidos que deseo ofrecer en este lugar.

Llego ahora a una etapa de la vida en el río Misisipi, la época dorada de los barcos de vapor, que me parece que merece un análisis exhaustivo: la maravillosa ciencia de la navegación, tal como se manifestaba allí. Creo que no ha habido nada igual en ningún otro lugar del mundo.



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Capítulo 4


La ambición de los chicos


Cuando era niño, entre mis compañeros de nuestra aldea {nota al pie [1. Hannibal, Missouri]} en la orilla oeste del río Misisipi, solo había una ambición permanente: ser marinero de barco de vapor. Teníamos otras ambiciones pasajeras, pero solo eso, pasajeras. Cuando un circo venía y se iba, nos dejaba a todos con un deseo irrefrenable de ser payasos; el primer espectáculo de juglares negros que llegó a nuestra zona nos dejaba a todos con la sensación de estar intentando vivir así; de vez en cuando, teníamos la esperanza de que, si vivíamos bien y nos portábamos bien, Dios nos permitiría ser piratas. Estas ambiciones se desvanecieron, una tras otra; pero la ambición de ser marinero de barco de vapor siempre permaneció.



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Una vez al día llegaba un paquete barato y llamativo desde San Luis, y otro desde Keokuk. Antes de estos eventos, el día era glorioso y lleno de expectativas; después, el día se volvía muerto y vacío. No solo los muchachos, sino todo el pueblo, lo sentían. Después de todos estos años, puedo imaginarme aquel viejo tiempo, tal como era entonces: el pueblo blanco dormitando bajo el sol de una mañana de verano; las calles vacías, o casi vacías; uno o dos dependientes sentados frente a las tiendas de Water Street, con sus sillas de respaldo de tablillas inclinadas contra la pared, la barbilla sobre el pecho, los sombreros ladeados sobre sus rostros, dormidos, con suficientes virutas de teja alrededor para mostrar lo que los había destrozado; una cerda y una camada de lechones holgazaneando en la acera, haciendo un buen negocio con las cáscaras y semillas de sandía; dos o tres pequeños montones solitarios de carga esparcidos por el dique; Un montón de tablas de madera en la pendiente del muelle empedrado, y el borracho del pueblo, de olor fragante, dormido a su sombra; dos o tres casetas de madera al comienzo del muelle, pero nadie para escuchar el suave murmullo de las pequeñas olas contra ellas; el gran Misisipi, el majestuoso, el magnífico Misisipi, extendiendo su marea de una milla de ancho, brillando bajo el sol; el denso bosque al otro lado; el promontorio sobre el pueblo, y el promontorio abajo, delimitando la vista del río y convirtiéndola en una especie de mar, y además, uno muy tranquilo, brillante y solitario. De pronto, una cortina de humo oscuro aparece sobre uno de esos promontorios remotos; al instante, un carretero negro, famoso por su vista aguda y su voz prodigiosa, alza el grito: «¡Viene un barco de vapor!», ¡y la escena cambia! El borracho del pueblo se agita, los empleados despiertan, le sigue un estruendo furioso de carros, cada casa y tienda ofrece su contribución humana, y en un abrir y cerrar de ojos el pueblo muerto cobra vida y se mueve.



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Carretas, carros, hombres, muchachos, todos se apresuran desde muchos lugares hacia un centro común, el muelle. Allí reunidos, la gente fija sus ojos en el barco que se acerca como si fuera una maravilla que ven por primera vez. Y el barco es bastante hermoso, además. Es largo, afilado, elegante y bonito; tiene dos chimeneas altas y elegantes, con un dispositivo dorado de algún tipo que se balancea entre ellas; una cabina de mando fantasiosa, de cristal y "pan de jengibre", posada sobre la cubierta "texana" detrás de ellas; las cajas de paletas son magníficas con una imagen o con rayos dorados sobre el nombre del barco; la cubierta de calderas, la cubierta de huracán y la cubierta texana están cercadas y adornadas con barandillas blancas limpias; hay una bandera ondeando gallardamente en el mástil de proa; las puertas del horno están abiertas y los fuegos brillan valientemente; las cubiertas superiores están negras de pasajeros; El capitán permanece junto a la gran campana, tranquilo, imponente, la envidia de todos; grandes volúmenes de humo negro se elevan y caen de las chimeneas, una grandeza cuidadosamente cultivada, creada con un poco de pino resinoso justo antes de llegar a un pueblo; la tripulación está agrupada en el castillo de proa; el amplio escenario se extiende sobre la proa de babor, y un marinero, envidiado por todos, se yergue pintorescamente en el extremo con una cuerda en la mano; el vapor contenido ruge a través de las válvulas de nivel, el capitán levanta la mano, suena una campana, las ruedas se detienen; luego giran, agitando el agua hasta formar espuma, y ​​el vapor queda en reposo. Entonces se produce un auténtico revuelo para subir a bordo, para desembarcar, para cargar y descargar mercancías, todo al mismo tiempo; ¡y con qué gritos y maldiciones los oficiales lo facilitan todo! Diez minutos después, el vapor vuelve a zarpar, sin bandera en el mástil y sin humo negro saliendo de las chimeneas. Tras otros diez minutos, el pueblo vuelve a estar desierto, y el borracho del pueblo duerme de nuevo junto a los patines.



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Mi padre era juez de paz, y yo suponía que tenía poder de vida o muerte sobre todos los hombres y que podía ahorcar a cualquiera que lo ofendiera. Esto ya era suficiente distinción para mí en general; pero el deseo de ser marinero de barco de vapor seguía presente. Primero quise ser grumete, para poder salir con un delantal blanco y sacudir un mantel por la borda, donde todos mis viejos camaradas pudieran verme; más tarde pensé que preferiría ser el marinero que se paraba en el extremo de la plataforma con la cuerda en la mano, porque era particularmente llamativo. Pero estos eran solo sueños, eran demasiado celestiales para contemplarlos como posibilidades reales. Al cabo de un tiempo, uno de nuestros muchachos se fue. No se supo nada de él durante mucho tiempo. Finalmente apareció como aprendiz de ingeniero o «engrapador» en un barco de vapor. Esto sacudió los cimientos de todas mis enseñanzas de la escuela dominical. Ese muchacho había sido notoriamente mundano, y yo todo lo contrario; Sin embargo, él fue elevado a esta eminencia, y yo me fui en la oscuridad y la miseria. No había nada generoso en este tipo en su grandeza. Siempre se las arreglaba para tener un perno oxidado que fregar mientras su barco permanecía en nuestro pueblo, y se sentaba en el guardia interior y lo fregaba, donde todos podíamos verlo y envidiarlo y detestarlo. Y cada vez que su barco estaba atracado, volvía a casa y se paseaba por el pueblo con su ropa más negra y grasienta, de modo que nadie podía evitar recordar que era un marinero de barco de vapor; y usaba todo tipo de tecnicismos de barcos de vapor en su charla, como si estuviera tan acostumbrado a ellos que olvidara que la gente común no podía entenderlos. Hablaba del lado 'labboard' de un caballo de una manera fácil y natural que hacía desear que estuviera muerto. Y siempre hablaba de 'St. Looy' como un viejo ciudadano; Solía ​​mencionar casualmente ocasiones en las que «bajaba por la Cuarta Calle», o cuando «pasaba por la Casa del Plantador», o cuando hubo un incendio y tuvo que frenar el «viejo Gran Misuri»; y luego mentía sobre cuántas ciudades del tamaño de la nuestra se habían quemado allí ese día. Dos o tres de los muchachos habían sido considerados entre nosotros durante mucho tiempo porque habían estado en San Luis una vez y tenían un vago conocimiento general de sus maravillas, pero su época de gloria había terminado. Se sumieron en un humilde silencio y aprendieron a desaparecer cuando se acercaba el implacable joven ingeniero. Este tipo también tenía dinero y aceite para el cabello. Además, un reloj de plata sencillo y una llamativa cadena de latón. Llevaba un cinturón de cuero y no usaba tirantes. Si alguna vez un joven fue cordialmente admirado y odiado por sus compañeros, este lo fue. Ninguna chica podía resistirse a sus encantos.Él eliminó a todos los muchachos del pueblo. Cuando su bote finalmente explotó, nos inundó una tranquilidad que no habíamos sentido en meses. Pero cuando regresó a casa la semana siguiente, vivo y famoso, y apareció en la iglesia maltrecho y vendado, un héroe resplandeciente, admirado y maravillado por todos, nos pareció que la parcialidad de la Providencia hacia un reptil indigno había llegado a un punto en que era susceptible de crítica.



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La carrera de esta criatura solo podía tener un resultado, y este llegó rápidamente. Un muchacho tras otro logró embarcarse en el río. El hijo del ministro se convirtió en ingeniero. Los hijos del médico y del jefe de correos se convirtieron en empleados de mantenimiento de lodos; el hijo del mayorista de licores se convirtió en camarero de un barco; cuatro hijos del comerciante principal y dos hijos del juez del condado se convirtieron en pilotos. Piloto era el puesto más prestigioso de todos. El piloto, incluso en aquellos tiempos de salarios insignificantes, tenía un sueldo principesco: de ciento cincuenta a doscientos cincuenta dólares al mes, sin alojamiento ni comida. Dos meses de su sueldo bastarían para pagar el sueldo de un predicador durante un año. Ahora algunos de nosotros nos quedábamos desconsolados. No podíamos embarcarnos en el río; al menos nuestros padres no nos dejaban.

Así que, poco a poco, me escapé. Dije que no volvería a casa hasta ser piloto y regresar con gloria. Pero, por alguna razón, no lo logré. Subí tímidamente a bordo de algunos de los barcos que yacían apiñados como sardinas en el largo muelle de San Luis y, con mucha humildad, pregunté por los pilotos, pero solo recibí indiferencia y cortantes palabras de los oficiales y oficinistas. Tuve que conformarme con ese trato por el momento, pero me entretenía la idea de un futuro en el que sería un piloto grande y honrado, con mucho dinero, y podría matar a algunos de esos oficiales y oficinistas y pagarles.



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Capítulo 5


Quiero ser piloto de Cub.


Meses después, la esperanza que albergaba en mí se extinguió a regañadientes, y me encontré sin ambición alguna. Pero me daba vergüenza volver a casa. Estaba en Cincinnati y me puse a trabajar para trazar un nuevo rumbo profesional. Había estado leyendo sobre la reciente exploración del río Amazonas por una expedición enviada por nuestro gobierno. Se decía que la expedición, debido a dificultades, no había explorado a fondo una parte del país situada cerca de las cabeceras, a unos cuatro mil kilómetros de la desembocadura del río. Solo había unos mil quinientos kilómetros desde Cincinnati hasta Nueva Orleans, donde sin duda podría encontrar un barco. Me quedaban treinta dólares; iría a completar la exploración del Amazonas. Esto fue todo lo que pensé al respecto. Nunca he sido muy bueno en asuntos de detalles. Preparé mi maleta y embarqué en una vieja barcaza llamada 'Paul Jones', con destino a Nueva Orleans. Por la suma de dieciséis dólares, tuve prácticamente para mí solo los esplendores desgastados y deslustrados de 'su' salón principal, pues no era una criatura que atrajera la atención de viajeros más experimentados.

Cuando por fin zarpamos y nos adentramos en el ancho río Ohio, me convertí en un ser nuevo, objeto de mi propia admiración. ¡Era un viajero! Jamás había escuchado una palabra tan placentera. Sentía una euforia incontenible al dirigirme a tierras misteriosas y climas lejanos, una sensación que jamás había experimentado con tanta intensidad. Me encontraba en tal estado de gloria que todos los sentimientos mezquinos desaparecieron, y pude mirar con compasión a quienes no habían viajado, con una lástima que apenas contenía rastro de desprecio. Aun así, cuando parábamos en pueblos y aserraderos, no podía evitar recostarme despreocupadamente sobre la barandilla de la cubierta de calderas para disfrutar de la envidia de los muchachos del campo en la orilla. Si no parecían descubrirme, estornudaba para llamar su atención o me colocaba en un lugar donde no pudieran evitar verme. Y en cuanto sabía que me veían, abría la boca de asombro, me estiraba y daba otras señales de estar tremendamente aburrido del viaje.



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Me quité el sombrero todo el tiempo y me quedé donde el viento y el sol me daban, porque quería conseguir el aspecto bronceado y curtido de un viejo viajero. Antes de que pasara la mitad del segundo día, sentí una alegría que me llenó de la más pura gratitud; vi que la piel de mi cara y cuello empezaba a ampollarse y a descamarse. Deseaba que los chicos y chicas de casa pudieran verme ahora.

Llegamos a Louisville a tiempo, o al menos a sus alrededores. Nos quedamos atascados en las rocas en medio del río, y allí permanecimos cuatro días. Empecé a sentirme parte de la familia del barco, como un hijo pequeño para el capitán y un hermano menor para los oficiales. No puedo describir el orgullo que sentía por esa grandeza, ni el cariño que empezaba a crecer en mí por esa gente. No podía imaginar cómo el altivo marinero despreciaba esa presunción en un simple hombre de tierra. Ansiaba especialmente llamar la atención del corpulento y tempestuoso contramaestre, y estaba atento a cualquier oportunidad para hacerle un favor. Finalmente llegó. En el castillo de proa se estaba celebrando el bullicio de colocar un mástil, y bajé y me quedé estorbando —o más bien, apartándome a saltos— hasta que el contramaestre gritó de repente una orden general para que alguien le trajera una barra de cabrestante. Salté a su lado y le dije: «Dime dónde está, ¡yo iré a buscarlo!».



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Si un trapero se hubiera ofrecido a prestar un servicio diplomático al emperador de Rusia, el monarca no habría quedado más asombrado que el propio ayudante. Incluso dejó de maldecir. Se quedó de pie, mirándome fijamente. Tardó diez segundos en recomponerse. Luego, con aire imponente, exclamó: «¡Vaya, esto es una maravilla!», y volvió a su trabajo con la actitud de quien se enfrenta a un problema demasiado complejo para resolver.

Me escabullí y busqué la soledad el resto del día. No fui a cenar; me quedé fuera hasta que todos los demás hubieran terminado. Ya no me sentía tan parte de la familia del barco como antes. Sin embargo, mi ánimo regresó poco a poco, mientras seguíamos nuestro camino río abajo. Lamenté haber odiado tanto al contramaestre, porque no era propio de la naturaleza humana (joven) no admirarlo. Era enorme y musculoso, con barba y bigote por toda la cara; tenía tatuadas en el brazo derecho una mujer roja y una mujer azul, una a cada lado de un ancla azul con una cuerda roja; y en cuanto a palabrotas, era sublime. Cuando descargaba la mercancía en un muelle, yo siempre estaba donde podía verlo y oírlo. Sentía toda la majestuosidad de su gran posición, y hacía que el mundo la sintiera también. Cuando daba la orden más simple, la ejecutaba como un rayo, seguida de una larga y resonante lluvia de palabrotas. No pude evitar contrastar la forma en que un marinero común daría una orden con la forma en que lo haría el contramaestre. Si el marinero quisiera que la pasarela se moviera un pie más adelante, probablemente diría: «James o William, que uno de ustedes empuje esa tabla hacia adelante, por favor»; pero si pusieras al contramaestre en su lugar, gritaría: «¡Oye, ahora, mueve esa pasarela hacia adelante! ¡Vamos! ¿Qué estás haciendo? ¡Agárrala! ¡AGÁRRALA! ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Otra vez hacia atrás! ¡Otra vez hacia atrás! ¿No me oyes? ¡Agárrala! ¿Vas a dormirte sobre ella?» . Un gran esfuerzo. «¡Un gran esfuerzo, te digo! ¿Vas a empujarla completamente hacia atrás? ¿ Adónde vas con ese barril? ¡ Adelante con él antes de que te lo trague,



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Ojalá pudiera hablar así.

Cuando el disgusto de mi aventura con el compañero se hubo disipado un poco, comencé tímidamente a congraciarme con el oficial más humilde del barco: el vigilante nocturno. Al principio rechazó mis insinuaciones, pero pronto me atreví a ofrecerle una pipa de tiza nueva; y eso lo ablandó. Así que me permitió sentarme con él junto a la gran campana en la cubierta de huracanes, y al poco tiempo se enfrascó en la conversación. No podía evitarlo, pues escuchaba sus palabras con tanta atención y demostraba tan claramente que me sentía honrado por su atención. Me mencionó los nombres de cabos tenues e islas sombrías mientras nos deslizábamos junto a ellas en la solemnidad de la noche, bajo las estrellas centelleantes, y al cabo de un rato empezó a hablar de sí mismo. Parecía demasiado sentimental para un hombre cuyo salario era de seis dólares a la semana; o más bien, así se lo habría parecido a una persona mayor que yo. Pero yo absorbía sus palabras con avidez, y con una fe que, de haberla aplicado con sensatez, habría movido montañas. ¿Qué me importaba que estuviera sucio, desaliñado y oliera a ginebra? ¿Qué me importaba que su gramática fuera mala, su construcción aún peor, y sus palabrotas tan carentes de arte que denotaban debilidad en lugar de fortaleza en su conversación? Era un hombre agraviado, un hombre que había conocido la adversidad, y eso me bastaba. Mientras se sumergía en su historia lastimera, sus lágrimas caían sobre la linterna que sostenía en su regazo, y yo también lloré, compadecido.



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Dijo que era hijo de un noble inglés —no recordaba si era conde o regidor, pero creía que ambos—; su padre, el noble, lo amaba, pero su madre lo odiaba desde la cuna; así que, siendo aún un niño pequeño, lo enviaron a «uno de esos colegios antiguos y ancestrales» —no recordaba cuál—; y al cabo de un tiempo, su padre murió y su madre se apoderó de la propiedad y lo «sacudió», como él mismo lo describió. Después de que su madre lo sacudiera, miembros de la nobleza con quienes tenía relación usaron su influencia para conseguirle el puesto de «maquinista en un barco»; y a partir de ese momento, mi vigilante se deshizo de toda restricción de fecha y lugar y se ramificó en una narración repleta de increíbles aventuras; una narración tan cargada de derramamiento de sangre y tan llena de escapes por los pelos y de las villanías personales más cautivadoras e inconscientes, que me quedé sin palabras, disfrutando, estremeciéndome, asombrado, venerando.

Fue una gran decepción descubrir después que era un farsante vil, vulgar, ignorante, sentimental y medio tonto, un nativo inexperto de las zonas rurales de Illinois, que había absorbido literatura primitiva y se había apropiado de sus maravillas, hasta que con el tiempo había entretejido retazos de ese despropósito en esta historia, y luego se la había contado a novatos como yo, hasta que llegó a creérsela él mismo.



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Capítulo 6


La experiencia de un piloto de Cub


Entre los cuatro días que el barco estuvo varado en Louisville y algunos otros contratiempos, el pobre Paul Jones tardó unas dos semanas en hacer el viaje de Cincinnati a Nueva Orleans. Esto me dio la oportunidad de conocer a uno de los pilotos, quien me enseñó a manejar el barco, lo que hizo que mi fascinación por la vida fluvial se intensificara aún más.

También me dio la oportunidad de conocer a un joven que había viajado en cubierta; ¡qué lástima!, porque me pidió prestados seis dólares con la promesa de volver al barco y devolvérmelos al día siguiente de nuestra llegada. Pero probablemente murió o se olvidó, porque nunca vino. Sin duda fue lo primero, ya que había dicho que sus padres eran ricos y que solo viajaba en cubierta porque hacía más fresco. {nota al pie [1. Pasaje en cubierta, es decir, pasaje en tercera clase.]}



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Pronto descubrí dos cosas. Una era que un barco difícilmente podría navegar hasta la desembocadura del Amazonas en menos de diez o doce años; y la otra, que los nueve o diez dólares que aún me quedaban en el bolsillo no serían suficientes para una exploración tan ambiciosa como la que había planeado, incluso si pudiera permitirme esperar un barco. Por lo tanto, tuve que buscarme una nueva carrera. El 'Paul Jones' se dirigía ahora a San Luis. Planeé un asedio contra mi piloto, y al cabo de tres duros días se rindió. Aceptó enseñarme a navegar por el río Misisipi desde Nueva Orleans hasta San Luis por quinientos dólares, pagaderos con el primer sueldo que recibiera tras graduarme. Me embarqué en la pequeña empresa de "aprender" mil doscientas o mil trescientas millas del gran río Misisipi con la despreocupada confianza propia de mi edad. Si hubiera sabido realmente lo que iba a exigir a mis facultades, no habría tenido el valor de empezar. Supuse que todo lo que tenía que hacer un piloto era mantener su barco dentro del río, y no consideré que eso pudiera ser muy difícil, ya que era muy ancho.



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El barco zarpó de Nueva Orleans a las cuatro de la tarde, y era nuestra guardia hasta las ocho. El señor Bixby, mi jefe, la enderezó, la impulsó pasando las popas de los otros barcos que estaban en el dique, y luego dijo: «Toma, tómala; roza esos barcos de vapor como si pelaras una manzana». Tomé el timón, y mi corazón latió con fuerza; porque me parecía que estábamos a punto de rozar el costado de cada barco de la fila, estábamos tan cerca. Contuve la respiración y comencé a alejar el barco del peligro; y tenía mi propia opinión del piloto que no había sabido hacerlo mejor que meternos en semejante peligro, pero era demasiado prudente para expresarla. En medio minuto tenía un amplio margen de seguridad entre el «Paul Jones» y los barcos; Y en diez segundos más me apartaron avergonzado, y el señor Bixby volvió a ponerse en peligro y me acribilló a insultos por mi cobardía. Me sentí herido, pero no pude evitar admirar la despreocupada confianza con la que mi jefe se balanceaba de un lado a otro del timón y ajustaba los barcos con tanta precisión que el desastre parecía inminente. Cuando se calmó un poco, me dijo que la calma estaba cerca de la costa y la corriente afuera, y que por lo tanto debíamos mantenernos cerca de la orilla, río arriba, para aprovechar la primera, y alejarnos bastante, río abajo, para sacar partido de la segunda. En mi mente, decidí ser piloto río abajo y dejar la navegación río arriba a los que no tenían prudencia.

De vez en cuando, el señor Bixby me llamaba la atención sobre ciertas cosas. Decía: «Este es Six-Mile Point». Asentía. Era información agradable, pero no comprendía su significado. No era consciente de que me interesara en absoluto. En otra ocasión dijo: «Este es Nine-Mile Point». Más tarde, dijo: «Este es Twelve-Mile Point». Todos estaban más o menos a la altura de la orilla; todos me parecían iguales; eran monótonamente poco pintorescos. Esperaba que el señor Bixby cambiara de tema. Pero no; se agrupaba alrededor de un promontorio, abrazando la orilla con afecto, y luego decía: «La calma termina aquí, junto a este grupo de árboles de China; ahora cruzamos». Y cruzó. Me cedió el timón una o dos veces, pero no tuve suerte. O bien estuve a punto de desviarme del borde de una plantación de caña de azúcar, o bien me alejé demasiado de la orilla, y así volví a caer en desgracia y fui objeto de insultos.



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Por fin terminó la guardia, cenamos y nos fuimos a la cama. A medianoche, el resplandor de una linterna me deslumbró, y el vigilante nocturno dijo:

¡Vengan! ¡Salgan!



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Y entonces se marchó. No lograba comprender aquel procedimiento tan extraordinario, así que pronto dejé de intentarlo y me quedé dormido. Al poco rato, el vigilante regresó, y esta vez estaba de mal humor. Me enfadé. Le dije:

¿Qué haces viniendo a molestarme por aquí en mitad de la noche? Ahora, lo más probable es que no vuelva a dormir esta noche.

El vigilante dijo—

'Bueno, si esto no es bueno, soy afortunado.'

El vigilante de relevo estaba a punto de entrar en su habitación, y oí risas espantosas y comentarios como: «¡Hola, vigilante! ¿Todavía no has sacado al cachorro? Seguramente es delicado. Dale un poco de azúcar en un trapo y llama a la criada para que le cante una nana».



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Por aquel momento apareció el señor Bixby. Un minuto después, subía los escalones del puente de mando con algo de ropa puesta y el resto en brazos. El señor Bixby me seguía de cerca, comentando. Era algo nuevo: levantarse en mitad de la noche para ir a trabajar. Un detalle del pilotaje que jamás se me había ocurrido. Sabía que los barcos navegaban toda la noche, pero nunca se me había ocurrido pensar que alguien tenía que levantarse de una cama caliente para manejarlos. Empecé a temer que pilotar no fuera tan romántico como lo había imaginado; había algo muy real y laboral en esta nueva etapa.

Era una noche bastante gris, aunque brillaban bastantes estrellas. El contramaestre estaba al timón, con la vieja barca apuntando a una estrella y manteniéndola recta por el centro del río. Las orillas a ambos lados no estaban separadas por mucho más de media milla, pero parecían maravillosamente lejanas, tan vagas e indistintas. El contramaestre dijo:

—Tenemos que desembarcar en la plantación de Jones, señor.

El espíritu vengativo que habitaba en mí se regocijó. Me dije a mí mismo: «Que disfrutes de tu trabajo, señor Bixby; te lo pasarás en grande encontrando la plantación del señor Jones una noche como esta; y espero que jamás la encuentres en tu vida».

El señor Bixby le dijo al compañero:

¿En la parte alta de la plantación o en la parte baja?

'Superior.'

'No puedo hacerlo. Los tocones están fuera del agua en este momento: no hay mucha distancia hasta la parte baja, y tendrás que conformarte con eso.'

—Muy bien, señor. Si a Jones no le gusta, tendrá que aguantarse, supongo.

Y entonces el compañero se marchó. Mi júbilo empezó a desvanecerse y mi asombro a resurgir. Había un hombre que no solo se proponía encontrar esa plantación en una noche así, sino que además la encontraría en cualquiera de sus extremos. Tenía muchísimas ganas de hacerle una pregunta, pero llevaba conmigo tantas respuestas cortas como me permitía mi bodega, así que me callé. Lo único que quería preguntarle al señor Bixby era si era tan ingenuo como para imaginarse que iba a encontrar esa plantación en una noche en la que todas las plantaciones eran exactamente iguales y del mismo color. Pero me contuve. En aquellos tiempos tenía una gran dosis de prudencia.

El señor Bixby se dirigió a la orilla y pronto la estaba rozando, como si fuera de día. Y no solo eso, sino que también cantaba...

'Padre celestial, el día está declinando', etc.

Me pareció que había puesto mi vida al cuidado de un marginado particularmente temerario. Al poco rato se volvió hacia mí y dijo:

¿Cuál es el nombre del primer punto que se encuentra sobre Nueva Orleans?

Me alegró poder responder con prontitud, y así lo hice. Dije que no lo sabía.

¿No lo sé ?

Esa actitud me sobresaltó. En un instante volví a estar a sus pies. Pero tenía que repetir lo que había dicho antes.

—Vaya, eres muy listo —dijo el señor Bixby—. ¿Cómo se llama el siguiente punto?



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Una vez más, no lo sabía.

'Bueno, esto supera cualquier cosa. Dime el nombre de cualquier punto o lugar que te haya mencionado.'

Estudié un tiempo y decidí que no podía.

¡Miren! ¿Desde dónde se parte, por encima de Twelve-Mile Point, para cruzar?

'Yo... yo... no lo sé.'

—¿Tú... tú... no lo sabes? —imitando mi forma de hablar arrastrando las palabras—. ¿Qué sabes ?

'Yo... yo... nada, con certeza.'

¡Por el fantasma del gran César, te creo! Eres el imbécil más estúpido que he visto o del que he oído hablar, ¡que me ayude Moisés! ¡La idea de que seas piloto... tú! ¡Si ni siquiera sabes guiar una vaca por un camino!

¡Ay, qué furia le desataba! Era un hombre nervioso, y se movía de un lado a otro de su rueda como si el suelo estuviera caliente. Se enfurecía un rato, y luego se desbordaba y me volvía a quemar.

¡Mira! ¿Para qué crees que te dije los nombres de esos puntos?

Tembloroso, lo consideré por un momento, y entonces el demonio de la tentación me incitó a decir:

'Bueno... para... para... ser entretenido, pensé.'

Esto fue como un trapo rojo para el toro. Se enfureció y se enfureció tanto (estaba cruzando el río en ese momento) que creo que lo dejó ciego, porque atropelló el timón de una barcaza mercante. Por supuesto, los comerciantes lanzaron una andanada de blasfemias ardientes. Jamás un hombre estuvo tan agradecido como el señor Bixby: porque estaba harto, y allí había súbditos que le responderían . Abrió una ventana de golpe, asomó la cabeza, y se produjo una irrupción como nunca antes había oído. Cuanto más débiles y lejanos se oían los insultos de los barqueros, más alto alzaba la voz el señor Bixby y más contundentes se volvían sus adjetivos. Cuando cerró la ventana, estaba vacío. Podrías haberle pasado una red por el cuerpo y no habrías recogido suficientes insultos como para molestar a tu madre. Al cabo de un rato me dijo con la mayor dulzura...

«Hijo mío, tienes que conseguir una libretita, y cada vez que te diga algo, anótalo enseguida. Solo hay una manera de ser piloto, y es aprenderse de memoria todo este río. Tienes que conocerlo como el abecedario.»



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Aquello fue una revelación desoladora para mí; pues mi memoria nunca había estado cargada con nada más que cartuchos vacíos. Sin embargo, no me desanimé por mucho tiempo. Juzgué que lo mejor era ser indulgente, pues sin duda el señor Bixby estaba «estirando la mano». Al poco rato tiró de una cuerda y golpeó la gran campana unas cuantas veces. Las estrellas habían desaparecido y la noche era tan negra como la tinta. Podía oír las ruedas girando a lo largo de la orilla, pero no estaba del todo seguro de poder ver la costa. La voz del vigía invisible llamó desde la cubierta de huracanes...

¿Qué es esto, señor?

'La plantación de Jones.'

Me dije a mí mismo: «Ojalá pudiera arriesgarme a apostar que no lo es». Pero no dije nada. Solo esperé a ver. El señor Bixby manejó las campanas del motor y, al cabo de un rato, la proa del bote tocó tierra; una antorcha brilló desde el castillo de proa; un hombre saltó a la orilla; la voz de un negro en la ribera dijo: «Dame la bolsa de yate, Mars Jones», y al instante siguiente estábamos de nuevo río arriba, en completa serenidad. Reflexioné profundamente un rato y luego dije —pero no en voz alta—: «Bueno, el descubrimiento de esa plantación fue el accidente más afortunado que jamás haya ocurrido; pero no podría volver a suceder en cien años». Y yo también creía firmemente que había sido un accidente.

Para cuando habíamos recorrido setecientas u ochocientas millas río arriba, había aprendido a ser un timonel bastante valiente río arriba, a la luz del día, y antes de llegar a San Luis había avanzado un poco en el trabajo nocturno, pero solo un poco. Tenía una libreta que estaba repleta de nombres de pueblos, cabos, barras, islas, meandros, tramos, etc.; pero la información solo se encontraba en la libreta, nada de eso estaba en mi cabeza. Me dolía el corazón pensar que solo había anotado la mitad del río; porque como nuestra guardia era de cuatro horas de descanso y cuatro horas de servicio, día y noche, había un largo vacío de cuatro horas en mi libreta por cada vez que había dormido desde que comenzó el viaje.



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Mi jefe fue contratado en ese momento para ir en un gran barco de Nueva Orleans, así que empaqué mi bolso y fui con él. Era un asunto grandioso. Cuando me paré en su puente de mando estaba tan alto sobre el agua que parecía estar encaramado en una montaña; y sus cubiertas se extendían tan lejos, de proa a popa, debajo de mí, que me pregunté cómo pude haber considerado alguna vez al pequeño 'Paul Jones' un barco grande. También había otras diferencias. El puente de mando del 'Paul Jones' era una chatarra barata, sucia y maltrecha, estrecha para el espacio: pero aquí había un suntuoso templo de cristal; espacio suficiente para tener un baile; llamativas cortinas rojas y doradas en las ventanas; un imponente sofá; cojines de cuero y un respaldo para el banco alto donde se sientan los pilotos visitantes, para contar historias y 'mirar el río'; brillantes y fantasiosos 'cuspadores' en lugar de una ancha caja de madera llena de aserrín; un bonito hule nuevo en el suelo; una gran estufa hospitalaria para el invierno; Un timón tan alto como mi cabeza, con incrustaciones de gran valor; una cuerda de timón de alambre; pomos de latón brillante para las campanas; y un pulcro camarero negro, con delantal blanco, al estilo texano, que traía tartas, helados y café durante la guardia de medianoche, día y noche. Ahora esto era "algo parecido", y así comencé a animarme de nuevo y a creer que pilotar era, después de todo, una ocupación romántica. En cuanto zarpamos, empecé a recorrer el gran vapor y a llenarme de alegría. Era tan limpio y delicado como un salón; cuando miré a lo largo de su largo salón dorado, fue como mirar a través de un espléndido túnel; tenía un cuadro al óleo, de algún talentoso pintor de letreros, en la puerta de cada camarote; brillaba con un sinfín de candelabros con flecos de prismas; la oficina del secretario era elegante, el bar era maravilloso, y el camarero había sido arreglado y tapizado a un precio increíble. La cubierta de calderas (es decir, el segundo piso del barco, por así decirlo) era tan espaciosa como una iglesia, me pareció; lo mismo ocurría con el castillo de proa; y allí abajo no había un puñado insignificante de marineros, fogoneros y peones, sino todo un batallón de hombres. Las llamas resplandecían con fuerza desde una larga hilera de hornos, ¡y sobre ellos se alzaban ocho enormes calderas! Aquello era una pompa indescriptible. Las poderosas máquinas... pero basta de esto. Nunca me había sentido tan bien. Y cuando descubrí que el regimiento de elegantes sirvientes me trataba con el respetuoso título de «señor», mi satisfacción fue completa.





Capítulo 7


Un acto audaz


Cuando regresé al puente de mando, St. Louis había desaparecido y me sentía perdido. Había un tramo de río que aparecía en mi libro, pero no lograba entenderlo: estaba al revés. Lo había visto al remontar el río, pero nunca me había girado para ver cómo se veía cuando estaba a mis espaldas. Se me partió el corazón de nuevo, pues era evidente que tenía que aprenderme ese río tan complicado en ambos sentidos .

La cabina de mando estaba llena de prácticos que bajaban a "observar el río". Lo que se conoce como el "curso superior del río" (las doscientas millas entre San Luis y El Cairo, donde desemboca el Ohio) tenía un nivel bajo; y el Misisipi cambia de cauce tan constantemente que los prácticos siempre veían la necesidad de ir a El Cairo a echar un vistazo cuando sus barcos iban a permanecer en puerto una semana; es decir, cuando el nivel del agua estaba bajo. Gran parte de esta "observación del río" la realizaban hombres pobres que rara vez tenían un puesto fijo y cuya única esperanza de conseguirlo residía en estar siempre recién asignados y, por lo tanto, listos para sustituir a algún práctico de buena reputación, para un solo viaje, debido a la repentina enfermedad de este o a alguna otra necesidad. Y muchos de ellos subían y bajaban constantemente inspeccionando el río, no porque realmente esperaran conseguir un puesto fijo, sino porque (al ser huéspedes del barco) era más barato "observar el río" que quedarse en tierra y pagar alojamiento. Con el tiempo, estos hombres se volvieron más refinados en sus gustos y solo frecuentaban barcos con una reputación consolidada por su buena mesa. Todos los prácticos visitantes eran útiles, pues siempre estaban dispuestos, invierno o verano, noche o día, a salir en la lancha y ayudar a señalizar el canal o asistir a los prácticos en lo que pudieran. También eran bienvenidos porque, cuando se reúnen, son charlatanes incansables, y como solo hablan del río, siempre se les entiende y resultan interesantes. A un verdadero práctico no le importa nada más en la tierra que el río, y su orgullo por su oficio supera al de los reyes.



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En este viaje nos acompañó una excelente compañía de inspectores fluviales. Eran entre ocho y diez, y había espacio de sobra para ellos en nuestra gran cabina de mando. Dos o tres lucían sombreros de seda pulida, camisas con elaborados corpiños, broches de diamantes en el pecho, guantes de cabritilla y botas de charol. Dominaban el inglés a la perfección y se comportaban con la dignidad propia de hombres de posición acomodada y de gran reputación como pilotos. Los demás vestían de forma más o menos informal y llevaban en la cabeza altos conos de fieltro que recordaban a la época de la Commonwealth.

Yo era un don nadie en aquella augusta compañía, y me sentía abatido, por no decir aletargado. Ni siquiera tenía la suficiente importancia como para ayudar al timón cuando era necesario girar bruscamente; el invitado que estaba más cerca lo hacía cuando la ocasión lo requería, y esto ocurría casi siempre, debido a la sinuosidad del canal y la escasez de agua. Me quedé en un rincón, y la conversación que escuché me quitó toda la esperanza. Un visitante le dijo a otro:

'Jim, ¿cómo te fue en Plum Point?'

'Era de noche, allí, y lo hice como me dijo uno de los muchachos del "Diana"; salí a unos cincuenta metros por encima del montón de leña en la punta falsa, y me mantuve cerca de la cabina bajo Plum Point hasta que izé el rizo —un cuarto menos dos—, luego enderecé el rumbo hacia la barra central hasta que me puse a la par del viejo álamo de una sola rama en la curva, luego puse la popa sobre el álamo y la proa en el lugar bajo sobre la punta, y pasé a toda velocidad —nueve y medio.'

'Un cruce bastante cuadrado, ¿verdad?'

'Sí, pero la barra superior está bajando rápidamente.'

Otro piloto intervino y dijo:

'Tenía agua mejor que esa, y la bajé más abajo; partí del punto falso —marca dos— levanté el segundo rizo a la altura del gran obstáculo en la curva, y tenía un cuarto menos de dos.'

Una de las más hermosas comentó:

"No quiero criticar a sus capataces, pero me parece que es mucha agua para Plum Point."

Hubo un gesto de aprobación general cuando aquel discreto desaire cayó sobre el fanfarrón y lo "calmó". Y así siguieron hablando, hablando y hablando. Mientras tanto, lo que me rondaba por la cabeza era: "Ahora, si no me falla la vista, no solo tengo que aprenderme de memoria los nombres de todos los pueblos, islas, recodos, etc., sino que además debo entablar una estrecha relación con cada viejo tronco, cada álamo de una sola rama y cada montón de leña recóndito que adorna las orillas de este río a lo largo de mil doscientas millas; y más aún, debo saber dónde están estas cosas en la oscuridad, a menos que estos invitados tengan una vista capaz de penetrar dos millas de oscuridad absoluta; ojalá el negocio de los barcos estuviera en Jericó y nunca se me hubiera ocurrido".

Al anochecer, el señor Bixby tocó la gran campana tres veces (la señal para desembarcar), y el capitán salió de su salón en la parte delantera del Texas y levantó la vista con expresión inquisitiva. El señor Bixby dijo:

'Nos quedaremos aquí toda la noche, capitán.'

—Muy bien, señor.

Eso fue todo. El barco llegó a la orilla y lo amarraron para pasar la noche. Me pareció estupendo que el piloto pudiera hacer lo que quisiera sin pedir permiso a un capitán tan importante. Cené y me fui inmediatamente a la cama, desanimado por las observaciones y experiencias del día. El cuaderno de notas de mi último viaje no era más que un lío de nombres sin sentido. Me había enredado cada vez que lo miraba durante el día. Ahora esperaba encontrar consuelo en el sueño; pero no, me atormentó hasta el amanecer, una pesadilla frenética e incansable.



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A la mañana siguiente me sentía bastante oxidado y desanimado. Avanzamos a toda velocidad, arriesgándonos bastante, pues estábamos ansiosos por salir del río (como se decía que íbamos a llegar a El Cairo) antes de que nos alcanzara la noche. Pero el compañero del Sr. Bixby, el otro práctico, encalló la lancha, y perdimos tanto tiempo intentando desencallarla que era evidente que la oscuridad nos alcanzaría bastante más arriba de la desembocadura. Esto fue una gran desgracia, especialmente para algunos de nuestros prácticos visitantes, cuyas lanchas tendrían que esperar su regreso, sin importar cuánto tardara. Esto hizo que la conversación en la cabina de mando fuera mucho más seria. Al remontar el río, a los prácticos no les importaba el bajo nivel del agua ni la oscuridad; nada los detenía salvo la niebla. Pero el trabajo río abajo era diferente; una lancha estaba prácticamente indefensa, con una fuerte corriente empujándola a sus espaldas; por lo que no era costumbre navegar río abajo de noche con el agua baja.

Sin embargo, parecía haber una pequeña esperanza: si lográbamos cruzar la intrincada y peligrosa travesía de Hat Island antes del anochecer, podríamos aventurarnos a continuar, pues tendríamos una navegación más tranquila y mejores aguas. Pero sería una locura intentar cruzar Hat Island de noche. Así que pasamos el resto del día pendientes de los relojes, calculando constantemente nuestra velocidad; Hat Island era el tema recurrente; a veces la esperanza era grande y otras veces nos retrasábamos en una travesía complicada, y volvíamos a caer. Durante horas, todos estuvimos bajo el peso de esta emoción contenida; incluso me lo comunicaron, y llegué a sentirme tan preocupado por Hat Island, y bajo una presión tan terrible de responsabilidad, que deseé tener cinco minutos en tierra para tomar una buena bocanada de aire fresco y empezar de nuevo. No teníamos guardias regulares. Cada uno de nuestros pilotos navegaba las secciones del río que había recorrido al remontar la corriente, debido a su mayor familiaridad con el mismo; pero ambos permanecían constantemente en la cabina del piloto.

Una hora antes del atardecer, el señor Bixby tomó el volante y el señor W——se hizo a un lado. Durante los siguientes treinta minutos, todos los hombres sostenían su reloj en la mano, inquietos, silenciosos e intranquilos. Finalmente, alguien dijo, con un suspiro ominoso…



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«Bueno, allá está la Isla del Sombrero, y no podemos llegar». Todos los guardias cerraron de golpe, todos suspiraron y murmuraron algo sobre que era «qué lástima, qué lástima... ¡ah, si tan solo hubiéramos podido llegar media hora antes!», y el lugar estaba cargado de una atmósfera de decepción. Algunos comenzaron a salir, pero se demoraron, sin oír el toque de campana para desembarcar. El sol se ocultó tras el horizonte, el barco siguió su camino. Las miradas inquisitivas se cruzaron entre los huéspedes; y uno que tenía la mano en el pomo de la puerta y lo había girado, esperó, luego retiró la mano y dejó que el pomo volviera a girar. Navegamos con paso firme por la curva. Se intercambiaron más miradas y asentimientos de admiración sorprendida, pero ninguna palabra. Insensiblemente, los hombres se agruparon detrás del Sr. Bixby, mientras el cielo se oscurecía y aparecían una o dos estrellas tenues. El silencio sepulcral y la sensación de espera se volvieron opresivos. El señor Bixby tiró de la cuerda, y dos notas graves y suaves de la gran campana resonaron en la noche. Luego una pausa, y se oyó una nota más. La voz del vigilante siguió, desde la cubierta de huracanes...

'¡Líder del panel de control, ahí! ¡Líder del panel de control!'

Los gritos de los jefes de escuadrón comenzaron a oírse a lo lejos, y fueron repetidos bruscamente por los mensajeros en la cubierta de huracanes.

'¡Marca tres!... ¡Marca tres!... ¡Tres menos un cuarto!... ¡Media docena!... ¡Cuarto de docena!... ¡Marca dos!... ¡Cuarto menos...!'

El señor Bixby tiró de dos cuerdas de campana, y recibió como respuesta unos débiles tintineos allá abajo, en la sala de máquinas, y nuestra velocidad disminuyó. El vapor comenzó a silbar a través de las válvulas de los manómetros. Los gritos de los jefes de máquinas continuaron, y es un sonido extraño, siempre, en la noche. Todos los pilotos del grupo observaban ahora, con la mirada fija, y murmuraban. Nadie estaba tranquilo y relajado excepto el señor Bixby. Bajaba el timón y se paraba sobre un radio, y cuando el vapor giraba hacia sus marcas (para mí) completamente invisibles —pues parecíamos estar en medio de un mar amplio y sombrío—, lo alcanzaba y lo sujetaba allí. Entre el murmullo de conversaciones apenas audibles, se oía de vez en cuando una frase coherente, como por ejemplo:

¡Ahí está! ¡Ya ha superado el primer arrecife!

Tras una pausa, otra voz apagada...

¡Su popa está bajando justo como debe ser, por Dios!

'¡Ahora está en la línea; allá va!'

Alguien más murmuró—

¡Oh, quedó precioso, precioso !

Ahora los motores estaban completamente apagados y nos dejábamos llevar por la corriente. No es que pudiera ver la deriva del barco, pues era imposible, ya que las estrellas habían desaparecido. Esta deriva era una tarea lúgubre; paralizaba el corazón. Pronto descubrí una oscuridad aún más densa que la que nos rodeaba. Era la punta de la isla. Nos acercábamos peligrosamente a ella. Entramos en su sombra más profunda, y el peligro parecía tan inminente que temía asfixiarme; y sentí un impulso irresistible de hacer algo , lo que fuera, para salvar el barco. Pero el señor Bixby seguía junto al timón, silencioso, concentrado como un gato, y todos los pilotos permanecían hombro con hombro a su espalda.

—¡No lo logrará! —susurró alguien.

El agua se fue haciendo cada vez más poco profunda, a causa de los gritos del guía, hasta que llegó a...

¡Ocho pies y medio!... ¡Ocho pies!... ¡Ocho pies!... ¡Siete pies y...!

El señor Bixby le dijo en tono de advertencia al ingeniero a través de su tubo de comunicación:

¡Esperen, ahora!

¡Sí, señor!



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¡Siete pies y medio! ¡Siete pies! ¡Seis pies y...!

¡Tocamos fondo! Al instante, el Sr. Bixby dio la voz de alarma, gritó por el tubo: «¡Ahora, dale con todo! ¡Hasta la última gota!», y luego a su compañero: «¡Bájala con fuerza! ¡Agárrala! ¡Agárrala!». El bote se abrió paso a duras penas por la arena, pendiendo de un hilo al borde del desastre durante un instante tremendo, ¡y entonces se hundió! ¡Y un grito como el que recibió el Sr. Bixby jamás había hecho temblar el techo de una cabina de mando!



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Después de eso, no hubo más problemas. El señor Bixby fue un héroe esa noche; y pasó bastante tiempo antes de que su hazaña dejara de ser tema de conversación entre los hombres del río.

Para comprender plenamente la asombrosa precisión necesaria para posicionar el gran vapor en sus marcas en ese turbio abismo de agua, hay que saber que no solo debe abrirse paso con dificultad entre obstáculos y arrecifes ciegos, y luego rozar la punta de la isla tan cerca que casi roza la vegetación colgante con su popa, sino que en un punto debe pasar casi al alcance de un brazo de distancia de un naufragio hundido e invisible que, si chocara con él, le arrebataría la madera del casco y destruiría en cinco minutos un barco de vapor y carga por valor de un cuarto de millón de dólares, y tal vez ciento cincuenta vidas humanas de paso.

El último comentario que escuché esa noche fue un halago al señor Bixby, pronunciado en un soliloquio y con unción por uno de nuestros invitados. Dijo:

¡Por la Sombra de la Muerte, pero es un piloto relámpago!



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Capítulo 8


Lecciones desconcertantes


Al cabo de lo que pareció un tiempo tedioso, había logrado llenar mi cabeza de islas, pueblos, barras, "puntas" y meandros; y, curiosamente, era una masa inanimada de madera. Sin embargo, puesto que podía cerrar los ojos y recitar una buena y larga cadena de estos nombres sin omitir más de diez millas de río cada cincuenta, comencé a sentir que podría llevar un barco hasta Nueva Orleans si lograba que saltara esos pequeños huecos. Pero, por supuesto, mi complacencia apenas podía levantar la nariz un poco en el aire antes de que el Sr. Bixby pensara en algo para hacerme bajar de nuevo. Un día, de repente, se volvió contra mí con este colono...

¿Qué forma tiene Walnut Bend?

Era como si me hubiera preguntado la opinión de mi abuela sobre el protoplasma. Reflexioné respetuosamente y luego dije que no sabía que tuviera ninguna forma en particular. Mi jefe de artillería, por supuesto, estalló en cólera y siguió cargando y disparando hasta quedarse sin adjetivos.



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Hacía tiempo que sabía que solo llevaba una cantidad limitada de munición, y que seguramente se convertiría en un viejo cuervo muy dócil e incluso arrepentido en cuanto se le acabaran. La palabra «viejo» es solo un cumplido; no tenía más de treinta y cuatro años. Esperé. Al cabo de un rato dijo...

«Hijo mío, tienes que conocer a la perfección el curso del río. Es lo único que queda para orientarse en una noche muy oscura. Todo lo demás desaparece. Pero ten en cuenta que no tiene la misma forma de noche que de día.»

¿Cómo voy a aprenderlo entonces?

¿Cómo se recorre un pasillo en casa a oscuras? Porque uno conoce su forma, pero no la ve.

¿Quieres decir que tengo que conocer todas las millones de insignificantes variaciones de forma en las orillas de este río interminable tan bien como conozco la forma del recibidor de mi casa?

«Por mi honor, debes conocerlas mejor que nadie las formas de los pasillos de su propia casa».

¡Ojalá estuviera muerto!

—Ahora no quiero desanimarte, pero…

'Bueno, que me lo echen encima; mejor lo tomo ahora que en otro momento.'

'Verás, esto hay que aprenderlo; no hay forma de evitarlo. Una noche estrellada y despejada proyecta sombras tan densas que, si no conocieras perfectamente la forma de la orilla, te alejarías de cada grupo de troncos, porque confundirías su sombra negra con un cabo sólido; y te asustarías de muerte cada quince minutos con la guardia. Estarías a cincuenta yardas de la orilla todo el tiempo, cuando deberías estar a menos de cincuenta pies. No puedes ver un obstáculo en una de esas sombras, pero sabes exactamente dónde está, y la forma del río te indica cuándo te acercas. Luego está la noche completamente oscura; el río tiene una forma muy diferente en una noche completamente oscura que en una noche estrellada. Todas las orillas parecen líneas rectas, y además muy tenues; y correrías por ellas como si fueran líneas rectas, solo que tú sabes que no lo son. Conduces tu bote con audacia directamente hacia lo que parece ser una pared sólida y recta (sabiendo perfectamente que en realidad hay una curva), y esa pared retrocede y te abre paso. Luego está la niebla gris. Tomas una noche con una de esas nieblas grises, espantosas y lloviznantes, y entonces la orilla no tiene ninguna forma definida. Una niebla gris enredaría la cabeza del hombre más viejo que jamás haya existido. Bueno, entonces, los diferentes tipos de luz de luna cambian la forma del río de diferentes maneras. Verás...

¡Oh, no digas nada más, por favor! ¿Acaso tengo que aprenderme la forma del río de todas esas quinientas mil maneras diferentes? Si intentara cargar con todo eso en mi cabeza, acabaría encorvado.

¡ No ! Solo aprendes la forma del río, y la aprendes con tal certeza que siempre puedes guiarte por la forma que tienes en la cabeza , y no te importa la que tienes delante de los ojos.

«Muy bien, lo intentaré; pero una vez que lo haya aprendido, ¿podré confiar en él? ¿Mantendrá la misma forma y no se descontrolará?»



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Antes de que el señor Bixby pudiera responder, el señor W—— entró para recoger el reloj y dijo—

'Bixby, tendrás que tener cuidado con la Isla del Presidente y toda esa zona despejada por encima de Old Hen and Chickens. Las orillas se están derrumbando y la forma de la costa está cambiando como todo. Si no, no sabrías reconocer el punto por encima del 40. Ahora puedes subir al interior del viejo sicómoro.{nota al pie [1. Puede que no sea necesario, pero no está de más explicar que "dentro" significa entre el sicómoro y la orilla.—MT]}

Así que esa pregunta quedó respondida. Allí se extendían leguas de costa que cambiaban de forma. Mi ánimo estaba decaído de nuevo. Dos cosas me parecieron bastante evidentes. Una era que, para ser piloto, un hombre debía aprender más de lo que se le debería permitir a cualquier persona; y la otra era que debía aprenderlo todo de nuevo, de una forma diferente, cada veinticuatro horas.

Esa noche nos tocó estar de guardia hasta las doce. Era una antigua costumbre fluvial que los dos pilotos charlaran un rato cuando cambiaba la guardia. Mientras el piloto que entraba se ponía los guantes y encendía su cigarro, su compañero, el piloto que salía, decía algo así:

'Creo que la barra superior está bajando un poco en Hale's Point; tenía un cuarto de dos con la barra inferior y una marca de dos {nota al pie [Dos brazas. 'Un cuarto de dos' son dos brazas y un cuarto, trece pies y medio. 'Marca tres' son tres brazas.]} con la otra.'

'Sí, me pareció que estaba bajando un poco en el último viaje. ¿Viste algún barco?'

Me encontré con una chica a la altura de la cabeza del número 21, pero estaba más lejos, pegada a la barra, y no pude distinguirla del todo. La confundí con el "Sunny South"; no tenía claraboyas delante de las chimeneas.

Y así sucesivamente. Y cuando el piloto de relevo tomó el timón, su compañero {nota al pie ['Compañero' es un término técnico para 'el otro piloto'.]} mencionaba que estábamos en tal y cual curva, y decía que estábamos a la altura del aserradero o la plantación de tal hombre. Esto era cortesía; supuse que era necesario. Pero el Sr. W—— llegó a su puesto de guardia con doce minutos de retraso esa noche en particular, una tremenda falta de etiqueta; de hecho, es el pecado imperdonable entre pilotos. Así que el Sr. Bixby no lo saludó en absoluto, sino que simplemente cedió el timón y salió de la cabina del piloto sin decir palabra. Me quedé horrorizado; era una noche terrible por la oscuridad, estábamos en una parte particularmente ancha y ciega del río, donde no había forma ni sustancia en nada, y parecía increíble que el Sr. Bixby hubiera dejado a ese pobre hombre a la deriva tratando de averiguar dónde estaba. Pero decidí que lo apoyaría de todos modos. Debería descubrir que no estaba del todo solo. Así que me quedé allí, esperando a que me preguntaran dónde estábamos. Pero el señor W—— siguió su camino serenamente a través del sólido firmamento de gatos negros que formaban una atmósfera, y nunca abrió la boca. He aquí un diablo orgulloso, pensé; he aquí una rama de Satanás que preferiría mandarnos a todos a la destrucción antes que endeudarse conmigo, porque aún no soy uno de los buenos y privilegiado para despreciar a los capitanes y dominar a todos los muertos y vivos en un barco de vapor. Enseguida me subí al banco; no creí que fuera seguro dormirme mientras este lunático estuviera de guardia.

Sin embargo, debí de quedarme dormido en algún momento, porque lo siguiente que recuerdo es que amanecía, el señor W—— se había ido y el señor Bixby estaba de nuevo al volante. Eran las cuatro y todo iba bien, excepto yo; me sentía como un esqueleto andante, con todos los huesos doliendo a la vez.



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El señor Bixby me preguntó qué había hecho allí arriba. Confesé que era para hacerle un favor al señor W., decirle dónde estaba. Tardó cinco minutos en comprender lo absurdo de la situación, y entonces creo que lo llenó casi hasta la barbilla; porque me hizo un cumplido, y no uno muy grande, por cierto. Dijo:

—Bueno, en general, pareces ser un tipo de imbécil muy diferente a cualquier criatura que haya visto antes. ¿Qué creías que quería saber?

Le dije que pensaba que podría resultarle conveniente.

¡Conveniencia, nación D! ¿No te dije que un hombre debe conocer el río por la noche tan bien como conoce el vestíbulo de su casa?

«Bueno, puedo seguir el pasillo principal en la oscuridad si sé que es el pasillo principal; pero supongamos que me dejas en medio de él en la oscuridad y no me dices cuál es; ¿cómo voy a saberlo?»

¡Pues claro que sí , en el río!

'Muy bien. Entonces me alegro de no haberle dicho nada al señor W——'

'Claro que sí. ¡Te habría lanzado contra la ventana y habría destrozado cien dólares en marcos y demás!'

Me alegré de que se hubiera evitado ese daño, pues me habría granjeado la antipatía de los dueños. Siempre odiaban a cualquiera que tuviera fama de descuidado y de dañar las cosas.



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Me puse a trabajar para aprender la forma del río; y de todos los objetos esquivos e inasibles que intenté comprender, ese era el principal. Fijaba la vista en una punta boscosa y afilada que se adentraba en el río a varios kilómetros de distancia, y me dedicaba laboriosamente a grabar su forma en mi mente; y justo cuando empezaba a lograrlo a mi satisfacción, nos acercábamos a ella y ¡esa cosa exasperante comenzaba a desvanecerse y a replegarse hacia la orilla! Si hubiera habido un árbol muerto y llamativo en la punta del cabo, lo encontraría discretamente integrado en el bosque, ocupando el centro de una orilla recta, cuando me acercaba a él. Ninguna colina prominente mantenía su forma el tiempo suficiente para que pudiera decidir cuál era realmente, sino que era tan cambiante y efímera como una montaña de mantequilla en el rincón más caluroso del trópico. Nada tenía la misma forma cuando bajaba río abajo que la que tenía cuando subía. Le comenté estas pequeñas dificultades al señor Bixby. Él dijo:

Esa es la principal virtud de este aparato. Si las formas no cambiaran cada tres segundos, no servirían para nada. Tomemos este lugar donde estamos ahora, por ejemplo. Mientras esa colina de allá sea una sola, puedo navegar sin problemas por donde voy; pero en el momento en que se bifurca en la cima y forma una V, sé que tengo que virar a estribor rápidamente, o destrozaré este barco contra una roca; y luego, en el momento en que una de las ramas de la V se superpone a la otra, tengo que volver a virar a babor, o chocaré con un obstáculo que arrancaría la quilla de este vapor con la misma facilidad con la que se desprende de la palma de la mano. Si esa colina no cambiara de forma en las noches de mal tiempo, habría un terrible cementerio de vapores por aquí en menos de un año.

Era evidente que tenía que aprender la forma del río de todas las maneras imaginables: al revés, con el extremo equivocado primero, del revés, de proa a popa y en forma de "barcos de pesca", y luego saber qué hacer en las noches grises cuando no tenía forma alguna. Así que me puse manos a la obra. Con el tiempo empecé a dominar esta compleja lección, y mi autocomplacencia volvió a ocupar el frente. El señor Bixby estaba listo para empezar de nuevo hacia atrás. Me habló de esta manera...

'¿Cuánta agua teníamos en el cruce intermedio de Hole-in-the-Wall, en el penúltimo viaje?'

Consideré esto una afrenta. Dije...

«En cada viaje, de ida y vuelta, los solistas cantan a través de ese lugar enmarañado durante tres cuartos de hora seguidos. ¿Cómo crees que puedo recordar semejante desastre?»

«Hijo mío, tienes que recordarlo. Tienes que recordar el lugar exacto y las marcas exactas donde se encontraba el barco cuando teníamos aguas muy poco profundas, en cada uno de los quinientos bajíos entre San Luis y Nueva Orleans; y tampoco debes confundir las sondas y marcas de un viaje con las de otro, porque rara vez son iguales. Debes mantenerlas separadas.»

Cuando volví en mí, dije:

«Cuando logre hacer eso, podré resucitar a los muertos y ya no tendré que pilotar un barco de vapor para ganarme la vida. Quiero retirarme de este negocio. Quiero un cubo de lodo y una escoba; solo sirvo para peón. No tengo la inteligencia suficiente para ser piloto; y aunque la tuviera, no tendría la fuerza suficiente para cargarlos, a menos que usara muletas.»

¡Ahora deja eso! Cuando digo que le enseñaré {nota al pie ['Enseñar' no está en el vocabulario del río.]} a un hombre el río, lo digo en serio. Y puedes estar seguro de ello, le enseñaré o lo mataré.



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Capítulo 9


Perplejidades continuas


Era inútil discutir con una persona así. Rápidamente me esforcé tanto en recordar que, al poco tiempo, incluso las aguas poco profundas y las innumerables boyas de señalización empezaron a quedarse grabadas en mi memoria. Pero el resultado fue el mismo. Nunca lograba aprender más que un detalle complicado antes de que apareciera otro. Había visto a menudo a pilotos mirando el agua y fingiendo leerla como si fuera un libro; pero era un libro que no me decía nada. Sin embargo, llegó un momento en que el Sr. Bixby pareció considerarme lo suficientemente avanzado como para aprender a interpretar el agua. Así que empezó...



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¿Ves esa larga línea inclinada en la superficie del agua? Eso es un arrecife. Es más, un arrecife de acantilado. Debajo hay una sólida barra de arena casi tan vertical como la pared de una casa. Hay mucha agua cerca, pero muy poca encima. Si chocaras contra él, destrozarías el barco. ¿Ves dónde la línea se difumina en el extremo superior y empieza a desvanecerse?

'Sí, señor.'

«Bueno, ese es un lugar bajo; es la cabecera del arrecife. Puedes trepar hasta allí sin dañar nada. Cruza ahora y sigue justo debajo del arrecife; el agua está tranquila, casi no hay corriente.»

Seguí el arrecife hasta que me acerqué al extremo con flecos. Entonces el señor Bixby dijo:

'Ahora prepárense. Esperen a que dé la orden. No querrá subir al arrecife; un barco odia las aguas poco profundas. Manténganse a la espera, esperen, ESPEREN, manténganla bien controlada. ¡AHORA sujétenla! ¡Atrápenla! ¡Atrápenla!'

Agarró el otro lado del timón y ayudó a hacerlo girar hasta que quedó completamente abajo, y entonces lo mantuvimos así. El barco se resistió y se negó a responder durante un rato, y luego viró bruscamente a estribor, subió al rizo y lanzó una larga y furiosa cresta de agua espumeante desde su proa.

'Ahora obsérvala; obsérvala como a un gato, o se te escapará. Cuando lucha fuerte y el timón resbala un poco, de una manera brusca y resbaladiza, afloja un poco; es la forma en que te dice por la noche que el agua está demasiado baja; pero sigue acercándola, poco a poco, hacia la punta. Ya estás bien arriba en la barra; hay una barra debajo de cada punta, porque el agua que baja alrededor forma un remolino y permite que el sedimento se hunda. ¿Ves esas finas líneas en la superficie del agua que se ramifican como las costillas de un abanico? Bueno, esos son pequeños arrecifes; quieres evitar los extremos, pero pasar bastante cerca. Ahora cuidado, ¡cuidado! No te acerques demasiado a ese lugar resbaladizo y resbaladizo; no hay nueve pies ahí; no lo soportará. Empieza a olerlo; ¡mira bien, te digo! ¡Oh, cielos, ahí vas! ¡Para la rueda de estribor! ¡Rápido! ¡Envío de vuelta! ¡Hazla retroceder!



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Las campanas de los motores sonaron y estos respondieron con prontitud, lanzando columnas blancas de vapor muy por encima de las chimeneas, pero ya era demasiado tarde. El barco había olido la barra con fuerza; las crestas espumosas que irradiaban desde su proa desaparecieron repentinamente, una gran ola muerta se abalanzó sobre él y lo arrastró, se inclinó bruscamente hacia babor y se alejó a toda velocidad hacia la otra orilla como si estuviera a punto de morir de miedo. Estábamos a una buena milla de donde deberíamos haber estado cuando finalmente logramos dominarlo de nuevo.

Durante la guardia de la tarde del día siguiente, el señor Bixby me preguntó si sabía correr los próximos kilómetros. Le dije...

'Pasa por dentro del primer tronco que hay encima de la punta, por fuera del siguiente, empieza desde el extremo inferior del aserradero de Higgins, haz un cruce cuadrado y...'

—No hay problema. Volveré antes de que terminen con el siguiente punto.

Pero no lo estaba. Todavía estaba abajo cuando lo rodeé y entré en un tramo de río que me inquietaba un poco. No sabía que se escondía detrás de una chimenea para ver cómo me desempeñaría. Seguí alegremente, sintiéndome cada vez más orgulloso, pues nunca antes había dejado el bote a mi cargo durante tanto tiempo. Incluso llegué a "estabilizarlo" y soltar el timón por completo, mientras yo, vanidosamente, me daba la vuelta e inspeccionaba las marcas de la proa y tarareaba una melodía, una especie de indiferencia relajada que había admirado prodigiosamente en Bixby y otros grandes pilotos. Una vez inspeccioné durante bastante tiempo, y cuando volví a mirar hacia adelante, el corazón se me subió a la boca tan repentinamente que si no hubiera apretado los dientes lo habría perdido. ¡Uno de esos espantosos arrecifes escarpados se extendía con su mortal longitud justo sobre nuestra proa! Perdí la cabeza en un instante; no sabía en qué extremo estaba parado; jadeé y no podía respirar; Giré el timón con tal rapidez que se tejió como una telaraña; el barco respondió y viró alejándose del arrecife, ¡pero el arrecife la siguió! Huí, y aún así me seguía, aún así seguía, ¡justo frente a mi proa! Nunca miré adónde iba, solo huí. El terrible choque era inminente, ¡por qué no venía ese villano! Si cometía el crimen de tocar una campana, podrían tirarme por la borda. Pero mejor eso que matar el barco. Así que en ciega desesperación comencé un 'shivaree' tan estruendoso abajo que jamás había asombrado a un ingeniero en este mundo, me imagino. En medio del frenesí de las campanas, los motores comenzaron a retroceder y llenarse de manera furiosa, y mi razón abandonó su trono: estábamos a punto de estrellarnos contra el bosque al otro lado del río. Justo entonces el Sr. Bixby apareció tranquilamente en la cubierta de huracanes. Mi alma se dirigió a él en gratitud. Mi angustia se desvaneció; Me habría sentido seguro al borde del Niágara, con el señor Bixby en la cubierta de huracanes. Con indiferencia y dulzura, sacó el palillo de dientes de su boca entre los dedos, como si fuera un cigarro —estábamos en pleno ascenso a un gran árbol que se extendía sobre el agua, y los pasajeros corrían hacia atrás como ratas— y me dirigió estas órdenes con suma delicadeza:

'Detén el costado de estribor. Detén el costado de babor. Hazla retroceder en ambos.'

La barca vaciló, se detuvo, clavó su proa entre las ramas por un instante crítico y luego, a regañadientes, comenzó a retroceder.

'Detén el costado de babor. Avanza por él. Detén el costado de estribor. Avanza por él. Apúntala hacia la barra.'



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Zarpé tan serenamente como una mañana de verano. El señor Bixby entró y dijo, con fingida sencillez:

«Cuando haya granizo, muchacho, debes tocar la campana grande tres veces antes de aterrizar, para que los ingenieros puedan prepararse».

Me sonrojé ante el sarcasmo y dije que no había granizado.

¡Ah! Entonces supongo que era para leña. El oficial de guardia te avisará cuando necesite leña.

Seguí consumiendo y dije que no buscaba madera.

¿En serio? ¿Qué podrías querer aquí en la curva? ¿Acaso sabías de algún barco que navegara río arriba siguiendo una curva en este tramo del río?

—No, señor, y no intentaba seguirlo. Estaba huyendo de un arrecife escarpado.

'No, no era un arrecife rocoso; no hay ninguno en un radio de tres millas de donde estabas.'

'Pero lo vi. Era tan engañoso como aquel de allá.'

¡Casi! ¡Pasa por encima!

¿Lo das como una orden?

'Sí. Atropéllalo.'

'Si no lo hago, ojalá me muera.'

«De acuerdo; asumo la responsabilidad». Tenía las mismas ganas de hundir el barco ahora que las que había tenido antes de salvarlo. Grabé mis órdenes en mi memoria, para usarlas en la investigación, y me dirigí directamente hacia el arrecife. Cuando desapareció bajo nuestra proa, contuve la respiración; pero lo pasamos por encima como si fuera aceite.

¿No ves la diferencia? No era más que un arrecife de viento . El viento hace eso.

'Ya veo. Pero es exactamente como un arrecife escarpado. ¿Cómo voy a poder distinguirlos?'

'No puedo decírtelo. Es instinto. Poco a poco, sabrás distinguirlos de forma natural , pero nunca podrás explicar por qué ni cómo los diferencias.'

Resultó ser cierto. La superficie del agua, con el tiempo, se convirtió en un libro maravilloso, un libro que era un lenguaje muerto para el pasajero inculto, pero que me reveló su mente sin reservas, entregando sus secretos más preciados con la misma claridad que si los pronunciara con voz propia. Y no era un libro para leer una vez y desechar, pues tenía una nueva historia que contar cada día. A lo largo de las largas mil doscientas millas no hubo una sola página que careciera de interés, ninguna que se pudiera dejar sin leer sin perder nada, ninguna que uno quisiera saltarse, pensando que podría encontrar mayor placer en otra cosa. Nunca hubo un libro tan maravilloso escrito por el hombre; nunca uno cuyo interés fuera tan absorbente, tan incansable, tan brillantemente renovado con cada relectura. El pasajero que no podía leerlo quedaba encantado con una peculiar y tenue hendidura en su superficie (en las raras ocasiones en que no la pasaba por alto por completo); pero para el piloto eso era un pasaje en cursiva ; En efecto, era más que eso; era una leyenda de las capitales más grandes, con una serie de signos de exclamación al final; pues significaba que allí yacían enterrados un naufragio o una roca capaz de destrozar la embarcación más robusta que jamás hubiera existido. Es la expresión más tenue y simple que el agua puede ofrecer, y la más espantosa para la vista de un piloto. En verdad, el pasajero que no sabía leer este libro no veía más que bellas imágenes pintadas por el sol y sombreadas por las nubes, mientras que para el ojo experto no eran imágenes en absoluto, sino la lectura más sombría y seria.

Ahora que había dominado el lenguaje de esta agua y había llegado a conocer cada insignificante rasgo que bordeaba el gran río con la misma familiaridad con la que conocía las letras del alfabeto, había hecho una valiosa adquisición. Pero también había perdido algo. Había perdido algo que jamás podría recuperar mientras viviera. ¡Toda la gracia, la belleza, la poesía se habían ido del majestuoso río! Todavía conservo en memoria una puesta de sol maravillosa que presencié cuando la navegación a vapor era nueva para mí. Una amplia extensión del río se convirtió en sangre; en la distancia media el tono rojo se tornó dorado, a través del cual un tronco solitario flotaba, negro y llamativo; en un lugar una larga marca oblicua brillaba sobre el agua; en otro la superficie estaba rota por anillos hirvientes y revoloteantes, tan multicolores como un ópalo; donde el rubor rojizo era más tenue, había una mancha lisa cubierta de gráciles círculos y líneas radiantes, trazadas con tanta delicadeza; La orilla a nuestra izquierda estaba densamente arbolada, y la sombra sombría que caía de este bosque se veía interrumpida en un punto por un largo sendero ondulado que brillaba como la plata; y en lo alto del muro del bosque, un árbol muerto de tronco limpio ondeaba una rama frondosa que resplandecía como una llama bajo el esplendor sin obstáculos que emanaba del sol. Había curvas gráciles, imágenes reflejadas, alturas boscosas, distancias suaves; y sobre toda la escena, lejos y cerca, las luces que se desvanecían se desplazaban con constancia, enriqueciéndola, a cada instante, con nuevas maravillas de color.



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Me quedé como hechizado. Lo absorbí, en un éxtasis mudo. El mundo era nuevo para mí, y nunca había visto nada parecido en casa. Pero como he dicho, llegó un día en que dejé de notar las glorias y los encantos que la luna, el sol y el crepúsculo creaban sobre la superficie del río; llegó otro día en que dejé de notarlos por completo. Entonces, si esa escena del atardecer se hubiera repetido, la habría contemplado sin éxtasis, y la habría comentado, interiormente, de esta manera: Este sol significa que mañana tendremos viento; ese tronco flotante significa que el río está creciendo, en pequeña medida gracias a él; esa marca oblicua en el agua se refiere a un arrecife escarpado que va a matar el barco de vapor de alguien una de estas noches, si sigue extendiéndose así; esos remolinos muestran una barra que se disuelve y un canal cambiante allí; Las líneas y los círculos en el agua resbaladiza de allá son una advertencia de que ese lugar problemático se está volviendo peligrosamente bajío; esa raya plateada en la sombra del bosque es el 'descanso' de un nuevo obstáculo, y se ha ubicado en el mejor lugar que pudo haber encontrado para pescar barcos de vapor; ese árbol alto y muerto, con una sola rama viva, no va a durar mucho, y entonces, ¿cómo va a poder alguien atravesar este lugar ciego por la noche sin el viejo y amigable punto de referencia?

No, el romanticismo y la belleza habían desaparecido del río. Todo el valor que tenía para mí ahora radicaba en la utilidad que podía ofrecer para guiar con seguridad la navegación de un barco de vapor. Desde entonces, he compadecido profundamente a los médicos. ¿Qué significa para un médico el rubor en las mejillas de una mujer sino una señal de una enfermedad mortal? ¿Acaso no están todos sus encantos ocultos, entretejidos con lo que para él son signos y símbolos de una decadencia oculta? ¿Acaso percibe alguna vez su belleza, o simplemente la observa desde una perspectiva profesional y comenta para sí mismo su estado de salud? ¿Y no se pregunta a veces si ha ganado o perdido más al aprender su oficio?



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Capítulo 10


Completando mi educación


Quienquiera que haya tenido la cortesía de leer mis capítulos anteriores tal vez se pregunte por qué trato con tanto detalle la navegación como ciencia. Ese era el propósito principal de esos capítulos; y aún no he terminado. Deseo mostrar, de la manera más paciente y minuciosa, lo maravillosa que es esta ciencia. Los canales de navegación están señalizados con boyas e iluminación, por lo que aprender a recorrerlos es relativamente fácil; los ríos de aguas claras, con fondos de grava, cambian de cauce muy gradualmente, por lo que solo es necesario aprenderlos una vez; pero la navegación se convierte en otra cosa cuando se aplica a grandes ríos como el Misisipi y el Misuri, cuyas orillas aluviales se derrumban y cambian constantemente, cuyos obstáculos siempre buscan nuevos lugares, cuyos bancos de arena nunca están quietos, cuyos canales son siempre errantes y esquivos, y cuyas obstrucciones deben afrontarse todas las noches y en cualquier condición climática sin la ayuda de un solo faro o una sola boya; pues no hay luz ni boya en ninguna parte de estas tres o cuatro mil millas de río infernal. {nota al pie [Cierto en el momento al que se hace referencia; no es cierto ahora (1882).]} Me siento justificado al extenderme sobre esta gran ciencia porque estoy seguro de que nadie que haya pilotado un barco de vapor y, por lo tanto, tenga un conocimiento práctico del tema, ha escrito jamás un párrafo al respecto. Si el tema fuera trillado, me vería obligado a tratar con delicadeza al lector; pero como es completamente nuevo, me he sentido con la libertad de ocupar un espacio considerable con él.

Cuando aprendí el nombre y la posición de cada accidente geográfico visible del río; cuando dominé su forma de tal manera que podía cerrar los ojos y seguirlo desde San Luis hasta Nueva Orleans; cuando aprendí a leer la superficie del agua como quien lee las noticias del periódico matutino; y finalmente, cuando entrené mi memoria, aún algo torpe, para atesorar un sinfín de sondeos y puntos de referencia, y retenerlos con firmeza, consideré que mi educación estaba completa: así que me puse a inclinar la gorra hacia un lado y a llevar un palillo de dientes en la boca al timón. El señor Bixby estaba pendiente de estas poses. Un día dijo...



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¿Qué altura tiene ese terraplén de allá, en casa de Burgess?

—¿Cómo voy a saberlo, señor? Está a tres cuartos de milla de distancia.

—Tienes muy mala vista, muy mala. Coge el vaso.

Tomé el vaso y enseguida dije: «No sabría decirlo. Supongo que ese terraplén tiene aproximadamente medio metro de altura».

¡Un pie y medio! Eso es un terraplén de seis pies. ¿Qué altura tenía el terraplén por aquí la última vez que vinimos?

'No lo sé; nunca me había fijado.'

¿No lo hiciste? Pues entonces tendrás que hacerlo siempre de ahora en adelante.

'¿Por qué?'

«Porque tendrás que saber muchas de las cosas que te indica. Para empezar, te dice el nivel del río; te dice si hay más o menos agua en el río en este tramo que en el viaje anterior».

'Los indicios me lo dicen.' Pensé que tenía ventaja sobre él en ese aspecto.

Sí, pero ¿y si las pistas mienten? El banco te lo diría, y entonces les darías un buen susto a esos agentes. En el último viaje había un terraplén de tres metros, y ahora solo hay uno de dos metros. ¿Qué significa eso?

"El río está cuatro pies más alto que en el último viaje."

'Muy bien. ¿El río está creciendo o bajando?'

'Creciente.'

'No, no lo es.'

—Creo que tengo razón, señor. Allí hay algunos trozos de madera a la deriva flotando río abajo.

'Una crecida provoca que la madera a la deriva comience a flotar, pero luego sigue haciéndolo un tiempo después de que el río deja de crecer. La orilla te lo explicará. Espera a llegar a un lugar donde el terreno se estabiliza un poco. Ahora, aquí, ¿ves esta estrecha franja de sedimento fino que se depositó cuando el agua estaba más alta? Verás que la madera a la deriva también empieza a quedar varada. La orilla ayuda de otras maneras. ¿Ves ese tocón en el saliente falso?'



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'Ay, ay, señor.'

'Bueno, el agua llega justo hasta las raíces. Debes tomar nota de eso.'

'¿Por qué?'

'Porque eso significa que hay siete pies en el conducto de 103.'

'Pero el número 103 aún está muy lejos río arriba.'

Ahí es donde entra en juego la ventaja del banco. Ahora mismo hay suficiente agua en el 103 , pero puede que no la haya cuando lleguemos; pero el banco nos mantendrá informados en todo momento. No se pueden recorrer rápidos estrechos en un río que está bajando, río arriba, y hay muy pocos que se puedan recorrer río abajo. Existe una ley en Estados Unidos que lo prohíbe. Puede que el río esté creciendo cuando lleguemos al 103, y en ese caso lo recorreremos. Estamos extrayendo... ¿cuánto?

'Seis pies a popa, seis pies y medio a proa.'

'Bueno, parece que sí sabes algo.'

'Pero lo que realmente quiero saber es si tengo que llevar una medición perpetua de las orillas de este río, a lo largo de mil doscientas millas, mes tras mes.'

'¡Por supuesto!'

Durante un tiempo, mis emociones fueron demasiado intensas para expresarlas con palabras. Finalmente dije...

¿Y qué me dicen de estos toboganes? ¿Hay muchos?

«Claro que sí. Me imagino que en este viaje no recorreremos el río como lo has hecho antes, por así decirlo. Si el río vuelve a crecer, pasaremos por detrás de las barras que siempre has visto sobresalir del río, altas y secas como el tejado de una casa; cruzaremos zonas bajas que nunca has notado, justo en medio de barras que cubren trescientas hectáreas de río; nos deslizaremos por grietas donde siempre has creído que había tierra firme; atravesaremos el bosque a toda velocidad y dejaremos veinticinco millas de río a un lado; veremos la parte trasera de cada isla entre Nueva Orleans y El Cairo.»

'Entonces tengo que ir a trabajar y aprender aún más sobre el río de lo que ya sé.'

"Es casi el doble, en la medida de lo posible."

«Bueno, uno vive para saberlo. Creo que fui un tonto cuando me metí en este negocio».

'Sí, es cierto. Y aún lo eres. Pero no lo serás cuando lo hayas aprendido.'

'¡Ah, nunca podré aprenderlo!'

'Me aseguraré de que lo hagas .'

Al cabo de un tiempo me aventuré de nuevo—

¿Tengo que aprender todo esto igual que conozco el resto del río —sus formas y todo— para poder navegarlo de noche?

Sí. Y hay que tener buenas marcas de referencia desde un extremo del río hasta el otro, que ayuden a la orilla a saber cuándo hay suficiente agua en cada uno de esos innumerables puntos, como ese tocón, ¿sabes? Cuando el río empieza a crecer, puedes recorrer media docena de los más profundos; cuando sube un pie más, puedes recorrer otra docena; el siguiente pie añadirá un par de docenas, y así sucesivamente: así que ves, tienes que conocer las orillas y las marcas con absoluta certeza, y nunca confundirlas; porque cuando empiezas a pasar por una de esas grietas, no hay vuelta atrás, como en el río grande; tienes que pasar, o quedarte allí seis meses si te atrapa una crecida. Hay unas cincuenta de estas grietas por las que no se puede navegar excepto cuando el río está rebosante y desbordado.

"Esta nueva lección es una perspectiva alentadora."

«Bastante animado. Y recuerda lo que te acabo de decir: cuando entres en uno de esos lugares, tendrás que atravesarlo. Son demasiado estrechos para dar la vuelta, demasiado sinuosos para retroceder, y el agua siempre está en la cabecera; nunca en otro sitio. Y es probable que la cabecera se vaya llenando poco a poco, de modo que las marcas que uses para calcular su profundidad esta temporada quizás no sirvan para la próxima.»

¿Aprender un nuevo repertorio, entonces, cada año?

'Exacto. ¡Apriétala contra la barra! ¿Qué haces de pie en medio del río?'

Los meses siguientes me depararon cosas extrañas. El mismo día en que tuvimos la conversación que acabo de narrar, nos topamos con una gran crecida río abajo. Toda la vasta superficie del río estaba cubierta de troncos muertos a la deriva, ramas rotas y grandes árboles que se habían derrumbado y habían sido arrastrados por la corriente. Se requería una gran destreza para maniobrar entre aquella corriente impetuosa, incluso de día, al cruzar de un punto a otro; y de noche la dificultad aumentaba enormemente. De vez en cuando, un enorme tronco, hundido en el agua, aparecía de repente justo bajo nuestra proa, de frente; era inútil intentar esquivarlo entonces; solo podíamos parar los motores, y una rueda pasaba por encima del tronco de un extremo al otro, produciendo un estruendo ensordecedor y desestabilizando la embarcación de una manera muy incómoda para los pasajeros. De vez en cuando, golpeábamos uno de estos troncos hundidos con un estruendo sordo, justo en el centro, a toda velocidad, y la embarcación se sacudía como si hubiera chocado contra un continente. A veces, este tronco se atascaba y se quedaba justo delante de nosotros, obstruyendo el Misisipi; entonces teníamos que hacer malabares para sortear la obstrucción. A menudo chocábamos con troncos blancos en la oscuridad, pues no los veíamos hasta que estábamos justo encima; pero un tronco negro es un objeto bastante nítido por la noche. Un tronco blanco atascado es un espectáculo desagradable cuando se ha ido la luz del día.

Por supuesto, en la gran elevación, descendía un enjambre de prodigiosas balsas de madera desde las cabeceras del Misisipi, barcazas de carbón de Pittsburgh, pequeñas barcazas mercantes de todas partes y barcos de cuernos anchos del condado de Posey, Indiana, cargados de "fruta y muebles" —el término habitual para describirlo, aunque en inglés sencillo la carga así magnificada eran postes de aro y calabazas—. Los pilotos odiaban mortalmente estas embarcaciones; y ese odio se les devolvía con usura. La ley exigía que todos esos indefensos comerciantes mantuvieran una luz encendida, pero era una ley que a menudo se infringía. De repente, en una noche oscura, una luz se alzaba, justo debajo de nuestras proas, casi, y una voz agonizante, con el "golpe" del bosque, gemía...

¡¿Adónde demonios vas?! ¿Es que no ves nada, maldito chupasangre, ladrón de ovejas, hijo tuerto de mono de peluche?



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Entonces, por un instante, mientras pasábamos silbando, el resplandor rojo de nuestros hornos revelaba la barcaza y la figura del orador gesticulante como si fuera un relámpago, y en ese instante nuestros fogoneros y marineros lanzaban y recibían una tempestad de proyectiles y blasfemias, una de nuestras ruedas se desprendía con los fragmentos de un remo de dirección, y la oscuridad mortal volvía a cerrarse. Y ese barquero seguramente iría a Nueva Orleans a demandar a nuestro barco, jurando con vehemencia que tenía una luz encendida todo el tiempo, cuando en realidad su banda tenía la linterna abajo para cantar, mentir, beber y apostar, y nadie vigilaba en cubierta.



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Una vez, de noche, en una de esas grietas bordeadas de bosque (detrás de una isla) que los marineros describen intensamente con la frase "tan oscura como el interior de una vaca", deberíamos haber devorado a una familia del condado de Posey, fruta, muebles y todo, pero que casualmente estaban tocando el violín abajo, y justo a tiempo alcanzamos el sonido de la música para alejarnos, sin causar daños graves, por desgracia, pero estando tan cerca que por un momento tuvimos buenas esperanzas. Estas personas encendieron su linterna, entonces, por supuesto; y mientras retrocedíamos y llenábamos la barca para alejarnos, la preciada familia estaba bajo su luz —ambos sexos y de diversas edades— y nos maldijo hasta que todo se volvió azul. Una vez, un marinero de un barco carbonero disparó una bala a través de nuestra cabina de mando, cuando le pedimos prestado un remo de dirección en un lugar muy estrecho.









Capítulo 11


El río crece


Durante esta gran crecida, estas pequeñas embarcaciones se convirtieron en una molestia insoportable. Recorríamos un canal tras otro —un mundo nuevo para mí— y si encontrábamos un lugar particularmente estrecho en un canal, casi con seguridad nos topábamos con un pez de cuernos anchos; y si no estaba allí, lo encontrábamos en un lugar aún peor: la cabecera del canal, en aguas poco profundas. Y entonces no cesaban los intercambios de cordialidades blasfemas.

A veces, en el gran río, cuando avanzábamos con cautela entre la niebla, el profundo silencio se rompía de repente con gritos y el estruendo de cacerolas, y en un instante aparecía vagamente una balsa de troncos entre la telaraña, muy cerca de nosotros; y entonces no esperábamos a intercambiar cuchillos, sino que arrancábamos las campanas de nuestros motores de raíz y poníamos toda la potencia que teníamos para apartarnos rápidamente. Uno no choca contra una roca o una balsa de troncos con un barco de vapor si puede evitarlo.

Aunque parezca mentira, muchos empleados de los barcos de vapor llevaban consigo una gran variedad de folletos religiosos en aquellos tiempos de navegación a vapor. En efecto. Veinte veces al día nos apretujábamos alrededor de un bar, mientras una hilera de esos bribones se adentraba en la curva, a un par de millas más allá de nosotros. De repente, una barca se alejaba de una de ellas y se abría paso con dificultad a través del desierto de agua. Pasaba a toda velocidad a la sombra de nuestro castillo de proa, y los remeros jadeantes gritaban: «¡Dame un papel!», mientras la barca se alejaba rápidamente hacia popa. El empleado arrojaba un archivo de periódicos de Nueva Orleans. Si los recogíamos sin decir nada, podíamos darnos cuenta de que ahora una docena de barcas más se acercaban sin decir nada. Entendemos que estaban esperando a ver cómo le iba al número 1. Sin que el primero hiciera ningún comentario, todos los demás se inclinaban sobre sus remos y avanzaban de inmediato; y mientras llegaban, el empleado arrojaba pulcros fardos de folletos religiosos, atados a tablillas. La cantidad de improperios que provocan doce paquetes de literatura religiosa, repartidos equitativamente entre doce cuadrillas de balseros que han arrastrado una pesada barca dos millas en un día caluroso para transportarlos, es simplemente increíble.



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Como ya he dicho, la gran crecida me abrió un mundo nuevo. Para cuando el río se desbordó, habíamos abandonado nuestros antiguos caminos y trepábamos cada hora por barras que antes sobresalían diez pies del agua; rozábamos orillas pedregosas, como la que está al pie de la Curva de Madrid, que siempre había visto evitar; atravesábamos con estrépito barrancos como el del 82, donde la abertura al pie era una pared de madera ininterrumpida hasta que nuestra nariz casi tocaba el mismo punto. Algunos de estos barrancos eran auténticos remansos de soledad. El denso bosque virgen se cernía sobre ambas orillas de la pequeña grieta torcida, y uno podía creer que los seres humanos jamás habían pisado ese lugar. Las vides que se mecían, los rincones cubiertos de hierba y las vistas que vislumbrábamos al pasar, las enredaderas en flor que ondeaban sus flores rojas desde lo alto de los troncos muertos, y toda la exuberante riqueza del follaje del bosque, se desperdiciaban allí. Los barrancos eran lugares encantadores para navegar; Eran profundos, excepto en la cabecera; la corriente era suave; bajo los "puntas" el agua estaba completamente muerta, y las orillas invisibles eran tan escarpadas que donde sobresalían los tiernos matorrales de sauces podías enterrar el costado de tu bote en ellos mientras avanzabas a toda velocidad, y entonces parecía que realmente volabas.



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Detrás de otras islas encontramos miserables granjas y aún más miserables cabañas de troncos; había cercas de madera destartaladas que sobresalían treinta o sesenta centímetros del agua, con uno o dos hombres miserables, vestidos con vaqueros, con escalofríos y la cara amarilla, posados ​​en la barandilla superior, con los codos sobre las rodillas y la mandíbula entre las manos, moliendo tabaco y esparciendo el resultado en virutas flotantes a través de las grietas que dejaban los dientes perdidos; mientras que el resto de la familia y los pocos animales de la granja estaban acurrucados en una barcaza vacía amarrada cerca de su embarcación. En esta barcaza la familia tendría que cocinar, comer y dormir durante un número mayor o menor de días (o posiblemente semanas), hasta que el río bajara sesenta o noventa centímetros y les permitiera regresar a su cabaña de troncos y a sus escalofríos, una misericordiosa provisión de una Providencia omnisciente que les permitía hacer ejercicio sin esfuerzo. Y este tipo de acampada acuática era algo que estas personas solían experimentar un par de veces al año: con la crecida del Ohio en diciembre y la del Misisipi en junio. Sin embargo, estas eran concesiones benévolas, pues al menos permitían a las pobres criaturas resucitar de vez en cuando y contemplar la vida cuando pasaba un barco de vapor. Agradecían la bendición, pues abrían bien la boca y los ojos y aprovechaban al máximo estas ocasiones. Ahora bien, ¿qué podían hacer estas criaturas desterradas para no morir de tristeza durante la época de aguas bajas?

En una ocasión, en uno de estos encantadores canales insulares, nos encontramos con que un enorme árbol caído bloqueaba completamente nuestro camino. Esto ilustra lo estrechos que eran algunos de los canales. Los pasajeros disfrutaron de una hora de esparcimiento en un paraje natural virgen, mientras los marineros desmantelaban el puente; pues, como comprenderán, no había vuelta atrás.

Desde El Cairo hasta Baton Rouge, cuando el río se desborda, no hay mayores problemas por la noche, pues la densa selva que protege ambas orillas a lo largo de mil millas solo se interrumpe a intervalos con la entrada de alguna granja o aserradero, por lo que no es mucho más fácil "salir del río" que salir de un camino cercado; pero desde Baton Rouge hasta Nueva Orleans la cosa cambia. El río tiene más de una milla de ancho y es muy profundo, hasta doscientos pies en algunos puntos. Ambas orillas, durante gran parte de cien millas, están desprovistas de árboles y bordeadas por continuas plantaciones de caña de azúcar, con solo algunos árboles jóvenes dispersos o hileras de árboles ornamentales de China. La tala de árboles se extiende hasta detrás de las plantaciones, entre dos y cuatro millas. Cuando se avecina la primera helada, los plantadores recogen sus cosechas a toda prisa. Cuando terminan de moler la caña, amontonan los restos de los tallos (a los que llaman bagazo ) y les prenden fuego, aunque en otros países azucareros el bagazo se usa como combustible en los hornos de los ingenios azucareros. Ahora, los montones de bagazo húmedo arden lentamente y humean como la mismísima cocina del diablo.

Un terraplén de diez o quince pies de altura protege ambas orillas del Misisipi a lo largo de su curso inferior, y este terraplén se encuentra a una distancia de la orilla de diez a cien pies, según las circunstancias; digamos treinta o cuarenta pies, en general. Imagínese toda esa región con una impenetrable nube de humo proveniente de cien millas de pilas de bagazo en llamas, cuando el río se desborda, y suelte un barco de vapor a medianoche y vea cómo se siente. ¡Y vea cómo se siente usted también! Se encuentra perdido en medio de un mar vago y tenue, sin orillas, que se desvanece y se pierde en la distancia turbia; pues no puede distinguir la delgada cresta del terraplén, y siempre imagina ver un árbol disperso cuando no lo ve. Las plantaciones mismas se transforman por el humo y parecen parte del mar. Durante toda su vigilia, lo tortura la exquisita miseria de la incertidumbre. Espera mantenerse en el río, pero no lo sabe. De lo único que puedes estar seguro es de que probablemente te encuentres a menos de dos metros del terraplén y de la destrucción, cuando crees estar a medio kilómetro de la costa. Y también puedes estar seguro de que si de repente chocas contra el terraplén y tus chimeneas caen por la borda, tendrás el pequeño consuelo de saber que es más o menos lo que esperabas. Uno de los grandes paquetes de Vicksburg se adentró en una plantación de caña de azúcar una noche, en una época así, y tuvo que quedarse allí una semana. Pero no tenía nada de novedoso; ya se había hecho muchas veces.



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Creí haber terminado este capítulo, pero deseo añadir algo curioso, ya que lo tengo presente. Solo es relevante porque está relacionado con la navegación. Solía ​​haber un excelente piloto en el río, un tal Sr. X., que era sonámbulo. Se decía que si le preocupaba un tramo peligroso del río, seguramente se levantaría y caminaría dormido haciendo cosas extrañas. Una vez fue compañero de pilotaje en un par de viajes con George Ealer, en un gran barco de pasajeros de Nueva Orleans. Durante gran parte del primer viaje, George estuvo inquieto, pero se le pasó poco a poco, ya que X. parecía contento de quedarse en su cama cuando dormía. Una noche, el barco se acercaba a Helena, Arkansas; el agua estaba baja y el cruce sobre la ciudad era muy peligroso y complicado. X. había visto el cruce desde que Ealer lo hizo, y como la noche era particularmente lluviosa, sombría y oscura, Ealer estaba considerando si no sería mejor llamar a X. para que lo ayudara a administrar el lugar, cuando la puerta se abrió y X. entró. Ahora bien, en noches muy oscuras, la luz es un enemigo mortal para la navegación; usted sabe que si uno se encuentra en una habitación iluminada, en una noche así, no puede ver nada en la calle con claridad; pero si apaga las luces y se queda en la penumbra, puede distinguir los objetos en la calle bastante bien. Por lo tanto, en noches muy oscuras, los pilotos no fuman; no permiten que haya fuego en la estufa de la cabina del piloto si hay una grieta por donde pueda escapar el más mínimo rayo de luz; ordenan que los hornos se cubran con enormes lonas y que las claraboyas se tapen herméticamente. Entonces, no sale luz alguna del barco. La figura indefinible que ahora entraba en la cabina del piloto tenía la voz del Sr. X. Esto decía...

—Déjame llevarla, George; conozco este lugar desde que tú lo conociste, y es tan laberíntico que creo que me resultará más fácil gestionarlo yo mismo que explicándote cómo hacerlo.



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«Es muy amable de tu parte, y te juro que estoy dispuesta. Ya no me queda ni una gota de sudor. He estado dando vueltas y vueltas en la rueda como una ardilla. Está tan oscuro que no puedo distinguir hacia dónde se balancea hasta que da la vuelta como un molinillo».

Entonces Ealer tomó asiento en el banco, jadeando y sin aliento. El fantasma negro tomó el timón sin decir palabra, estabilizó el vapor que se balanceaba con un par de giros, y luego se quedó tranquilo, inclinándolo un poco hacia un lado y luego hacia el otro, con tanta suavidad y dulzura como si fuera mediodía. Cuando Ealer observó esta maravilla de la navegación, ¡deseó no haber confesado! Se quedó mirando, se maravilló y finalmente dijo:

"Bueno, yo creía que sabía cómo pilotar un barco de vapor, pero ese fue otro error mío."

X. no dijo nada, sino que continuó serenamente con su trabajo. Tocó para que le dieran las guías; tocó para que redujera la velocidad del vapor; manejó el bote con cuidado y precisión hacia marcas invisibles, luego se paró en el centro del timón y miró con indiferencia hacia la oscuridad, hacia adelante y hacia atrás, para verificar su posición; a medida que las guías se volvían más y más bajísimas, detuvo los motores por completo, y siguió el silencio sepulcral y el suspenso de la "deriva" cuando se topó con el agua más bajísima, encendió el vapor, la llevó elegantemente, y luego comenzó a manejarla con cautela hacia el siguiente sistema de marcas de bajíos; siguió el mismo uso paciente y atento de las guías y los motores, el bote se deslizó sin tocar fondo, y entró en la tercera y última complejidad de la travesía; Imperceptiblemente se movió entre la penumbra, deslizándose centímetros a centímetros hacia sus marcas, dejándose llevar tediosamente hasta que el agua más poco profunda fue alcanzada, y entonces, bajo una tremenda presión de vapor, ¡saltó disparada sobre el arrecife y se adentró en aguas profundas y a salvo!

Ealer dejó escapar el aliento que había contenido durante tanto tiempo en un gran suspiro de alivio, y dijo:

«¡Esa es la maniobra de pilotaje más impresionante que se haya realizado jamás en el río Misisipi! No lo habría creído posible si no lo hubiera visto».

No hubo respuesta, y añadió:

—Solo abrázala cinco minutos más, compañero, y déjame bajar a buscarme una taza de café.

Un minuto después, Ealer estaba mordiendo un pastel, en el 'texano', y consolándose con café. Justo en ese momento entró el vigilante nocturno, y estaba a punto de salir de nuevo, cuando vio a Ealer y exclamó:

¿Quién está al volante, señor?

'INCÓGNITA.'



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¡Corre hacia el puente de mando, más rápido que un rayo!

Al instante siguiente, ambos hombres subían corriendo por la escalerilla del puente de mando, ¡de un salto! ¡No había nadie! ¡El gran vapor avanzaba a toda velocidad por el medio del río, a su antojo! El vigía salió disparado de nuevo; Ealer tomó el timón, puso un motor a máxima potencia y contuvo la respiración mientras el barco, a regañadientes, se desviaba de un remonte que estaba a punto de arrojar al medio del Golfo de México.

Al cabo de un rato, el vigilante regresó y dijo:

¿Acaso ese loco no te dijo que estaba dormido cuando vino aquí por primera vez?

' No .'

«Pues sí, lo era. Lo encontré caminando por encima de la barandilla con la misma despreocupación con la que cualquier otro hombre caminaría por la acera; lo acosté y, justo ahora, ahí estaba de nuevo, rezagado, haciendo esa especie de malabarismo sobre la cuerda floja, igual que antes.»

«Bueno, creo que me quedaré a su lado la próxima vez que tenga uno de esos ataques. Pero espero que los tenga a menudo. Deberías haberlo visto navegar en ese barco por Helena. Nunca había visto nada tan ostentoso. Y si puede pilotar con tanta delicadeza, con tanta precisión y con tanta elegancia, incluso cuando está profundamente dormido, ¡qué no podría hacer si estuviera muerto!»



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Capítulo 12


Sondeo


Cuando el río está muy bajo y el barco de vapor está "aprovechando toda el agua" del canal —o incluso unos centímetros más, como solía ocurrir antiguamente— hay que ser extremadamente prudente al pilotar. Casi en cada viaje, cuando el río tenía un nivel muy bajo, teníamos que sondear varios puntos especialmente peligrosos.



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El sondeo se realiza de esta manera. La embarcación amarra en la orilla, justo encima del bajío; el práctico que no está de guardia toma a su ayudante o timonel y una tripulación selecta (a veces también un oficial) y sale en la lancha —siempre que la embarcación no cuente con ese raro y suntuoso lujo de una lancha de sondeo diseñada específicamente— y procede a buscar las mejores aguas, mientras el práctico de guardia observa sus movimientos a través de un catalejo y, en algunos casos, ayuda con señales de la sirena de la embarcación, que significan «intente más arriba» o «intente más abajo»; pues la superficie del agua, como una pintura al óleo, es más expresiva e inteligible cuando se inspecciona desde cierta distancia que muy de cerca. Sin embargo, las señales de sirena rara vez son necesarias; quizás nunca, excepto cuando el viento confunde las ondulaciones significativas en la superficie del agua. Cuando la goleta ha llegado al bajío, se reduce la velocidad, el práctico comienza a sondear la profundidad con una pértiga de diez o doce pies de largo, y el timonel obedece la orden de "mantenerla a estribor" o "dejarla ir a babor" {nota al pie [El término "babor" ya no se usa en el mar para referirse a la izquierda; pero siempre se usaba en el río en mi época]} o "mantén la calma, mantén la calma".

Cuando las mediciones indican que el yate se acerca a la parte menos profunda del arrecife, se da la orden de "¡remar todos!" Entonces los hombres dejan de remar y el yate se deja llevar por la corriente. La siguiente orden es: "¡Manténganse junto a la boya!" En el momento en que se llega al punto menos profundo, el piloto da la orden: "¡Suelten la boya!" y pasa por encima. Si el piloto no está satisfecho, vuelve a sondear el lugar; si encuentra mejor agua más arriba o más abajo, retira la boya a ese lugar. Finalmente satisfecho, da la orden, y todos los hombres levantan sus remos rectos en el aire, en línea; un pitido del silbato del barco indica que se ha visto la señal; entonces los hombres "ceden" sus remos y colocan el yate junto a la boya; El vapor desciende sigilosamente, apunta directamente a la boya, dosifica su energía para la lucha que se avecina y, en el momento crítico, desata toda su potencia y avanza con dificultad, balanceándose sobre la boya y la arena, hasta alcanzar las aguas profundas. O tal vez no; tal vez «golpea y se balancea». Entonces tiene que pasar varias horas (o días) luchando para mantenerse a flote.

A veces no se coloca ninguna boya, sino que la lancha avanza en busca de las mejores aguas, y el vapor la sigue de cerca. A menudo, sondear resulta divertido y emocionante, sobre todo en un espléndido día de verano o en una noche tempestuosa. Pero en invierno, el frío y el peligro le quitan gran parte de la gracia.

Una boya no es más que una tabla de un metro veinte o un metro cincuenta de largo, con un extremo hacia arriba; es como un banco escolar al revés, con uno de los soportes intacto y el otro quitado. Se ancla en la parte menos profunda del arrecife con una cuerda a la que se le ata una piedra pesada en el extremo. Si no fuera por la resistencia del extremo hacia arriba del banco, la corriente arrastraría la boya hacia el fondo. Por la noche, se coloca una linterna de papel con una vela en la parte superior de la boya, que puede verse a un kilómetro o más de distancia, una pequeña chispa brillante en la inmensidad de la oscuridad.

Nada deleita tanto a un cachorro como la oportunidad de salir a sondear. Hay un aire de aventura en ello; a menudo hay peligro; es tan vistoso y propio de un buque de guerra sentarse en las escotas de popa y dirigir un veloz yate; hay algo hermoso en el exultante salto del barco cuando una experimentada tripulación de viejos marineros entrega sus almas a los remos; es hermoso ver la espuma blanca alejarse de la proa; hay música en el murmullo del agua; es deliciosamente estimulante, en verano, ir a toda velocidad sobre las extensiones ventosas del río cuando el mundo de las pequeñas olas baila bajo el sol. Es tan grandioso también, para el cachorro, tener la oportunidad de dar una orden; porque a menudo el piloto simplemente dirá: "¡Que vire!" y dejará el resto al cachorro, que instantáneamente grita, con su tono de mando más severo: "¡A estribor! ¡Fuerte a babor! ¡Ceda el paso estribor! ¡Con voluntad, hombres! El cachorro disfruta tocando la bocina por la razón adicional de que los ojos de los pasajeros observan todos los movimientos de la balandra con interés absorbente si es de día; y si es de noche, sabe que esos mismos ojos curiosos están fijos en la linterna de la balandra mientras se desliza hacia la oscuridad y se desvanece en la lejanía.

En un viaje, una linda muchacha de dieciséis años pasó todo el día en nuestra caseta de mando con sus tíos. Me enamoré de ella. También el hijo del señor Thornburg, Tom G——. Tom y yo habíamos sido grandes amigos hasta entonces; pero ahora empezaba a surgir cierta frialdad. Le conté a la muchacha muchas de mis aventuras fluviales y me hice pasar por un héroe; Tom también intentó parecer un héroe, y lo consiguió hasta cierto punto, pero claro, siempre tenía la costumbre de adornar. Sin embargo, la virtud es su propia recompensa, así que yo llevaba una ligera ventaja en la contienda. Por aquel entonces sucedió algo que me auguraba un buen futuro: los pilotos decidieron sondear el cruce a la cabecera del 21. Esto ocurriría sobre las nueve o las diez de la noche, cuando los pasajeros aún estarían despiertos; sería el turno del señor Thornburg, así que mi jefe tendría que hacer el sondeo. Sentíamos una profunda admiración por las lanchas de sondeo: largas, estilizadas, elegantes y tan veloces como un galgo; sus bancadas estaban acolchadas; llevaban doce remeros; uno de los oficiales siempre era enviado en ella para transmitir órdenes a la tripulación, pues el nuestro era un vapor donde no se escatimaban esfuerzos para lograr un estilo impecable.

Amarramos en la orilla, más allá de las 21, y nos preparamos. Era una noche terrible, y el río era tan ancho allí, que los ojos inexpertos de un hombre de tierra firme no podían distinguir la otra orilla en medio de semejante penumbra. Los pasajeros estaban atentos e interesados; todo transcurría satisfactoriamente. Mientras me apresuraba por la sala de máquinas, pintorescamente vestido con ropa de tormenta, me encontré con Tom y no pude evitar dirigirle unas palabras poco amables.

'¿No te alegra no tener que salir a sondear?'

Tom estaba pasando, pero rápidamente se giró y dijo:

«Ahora, solo por eso, puedes ir a buscar la sonda tú mismo. Iba a buscarla, pero prefiero verte en Halifax antes que hacerlo.»

¿Quién quiere que lo consigas? Yo no. Está en la sonda.

'Tampoco lo es. Acaba de ser pintada y ha estado dos días colgada en las barandillas del camarote de señoras, secándose.'

Volé de regreso y poco después llegué entre la multitud de damas que observaban y se preguntaban qué pasaba, justo a tiempo para escuchar la orden:

¡Abran paso, hombres!

Miré a mi alrededor y allí estaba la gallarda barcaza retumbando, el inescrupuloso Tom al timón y mi jefe sentado junto a él con la pértiga que me habían enviado a buscar en una misión inútil. Entonces aquella joven me dijo:

¡Ay, qué horrible tener que salir en esa barquita en una noche así! ¿Crees que hay algún peligro?



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Preferiría haber sido apuñalado. Me fui, lleno de veneno, a ayudar en la cabina del piloto. Al cabo de un rato, la linterna del barco desapareció, y después de un intervalo, una pequeña chispa brilló sobre la superficie del agua a una milla de distancia. El señor Thornburg hizo sonar el silbato en señal de confirmación, dio marcha atrás al vapor y se dirigió hacia él. Navegamos a toda velocidad durante un rato, luego redujimos la velocidad y nos deslizamos con cautela hacia la chispa. De pronto, el señor Thornburg exclamó:

'¡Hola, la linterna-boya está fuera!'

Detuvo los motores. Un momento o dos después dijo:

¡Pero si ahí está otra vez!

Así que volvió a poner en marcha las máquinas y llamó a los vagones guía. Gradualmente, el agua subió de nivel y luego comenzó a profundizarse de nuevo. El señor Thornburg murmuró...

«Bueno, no entiendo esto. Creo que la boya se ha alejado del arrecife. Parece estar un poco demasiado a la izquierda. En fin, lo más seguro es pasar por encima de ella de todas formas.»

Así pues, en aquel sólido mundo de oscuridad, descendimos sigilosamente hacia la luz. Justo cuando nuestros arcos estaban a punto de ararla, el señor Thornburg agarró las cuerdas de las campanas, hizo sonar un repique sorprendente y exclamó:

¡Mi alma, es la sonda!

Un coro repentino de alarmas enloquecidas resonó muy abajo, una pausa, y luego siguió el sonido de rechinidos y estruendos. El señor Thornburg exclamó:

¡Ahí! ¡La rueda de paletas ha encallado el barco sonda en cerillas de Lucifer! ¡Corran! ¡Vean quién muere!

En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba en la cubierta principal. Mi jefe, el tercer oficial y casi todos los hombres estaban a salvo. Descubrieron el peligro cuando ya era demasiado tarde para apartarse; entonces, cuando los grandes guardias los cubrieron un instante después, estaban preparados y sabían qué hacer; a la orden de mi jefe, saltaron en el momento justo, agarraron al guardia y fueron subidos a bordo. Al instante siguiente, la balsa de sondeo viró hacia popa hasta el timón y fue golpeada y hecha añicos. Dos de los hombres y el cachorro Tom habían desaparecido, un hecho que se extendió como la pólvora por el barco. Los pasajeros acudieron en masa a la pasarela de proa, damas y caballeros, con los ojos ansiosos, el rostro pálido, y hablaban con voz sobrecogida de lo terrible. Y una y otra vez los oí decir: «¡Pobres muchachos! ¡Pobre muchacho, pobre muchacho!».

Para entonces, la lancha auxiliar ya estaba tripulada y había zarpado en busca del desaparecido. De repente, se oyó un débil grito a la izquierda. La lancha auxiliar había desaparecido en la otra dirección. La mitad de la gente corrió hacia un lado para animar al nadador con sus gritos; la otra mitad corrió en la dirección opuesta para gritarle a la lancha auxiliar que diera la vuelta. Por los gritos, el nadador se acercaba, pero algunos decían que el sonido denotaba que se debilitaba. La multitud se apiñó contra las barandillas de la cubierta de calderas, inclinándose y mirando fijamente hacia la oscuridad; y cada grito, cada vez más débil, les arrancaba palabras como: «¡Ay, pobre hombre, pobre hombre! ¿No hay manera de salvarlo?».

Pero los gritos persistieron y se acercaron, y al poco rato la voz dijo valientemente:

¡Puedo hacerlo! ¡Prepárense con una cuerda!

¡Qué vítores le dedicaron! El primer oficial se colocó a la luz de una antorcha, con una cuerda en la mano, y sus hombres se agruparon a su alrededor. Al instante siguiente, el rostro del nadador apareció en el círculo de luz, y en otro, su dueño fue izado a bordo, flácido y empapado, mientras los vítores resonaban. Era el mismísimo Tom.



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La tripulación del yate buscó por todas partes, pero no encontró rastro de los dos hombres. Probablemente no lograron alcanzar al guardia, cayeron hacia atrás y fueron golpeados por la rueda y murieron. Tom nunca saltó para alcanzar al guardia, sino que se zambulló de cabeza en el río y se zambulló bajo la rueda. No fue nada; yo podría haberlo hecho fácilmente, y así lo dije; pero todos siguieron como si nada, haciendo un gran espectáculo sobre ese idiota, como si hubiera hecho algo grandioso. Esa chica parecía no cansarse de ese patético "héroe" durante el resto del viaje; pero a mí me importaba poco; de todos modos, la odiaba.

La forma en que confundimos la linterna del sondeo con la luz de la boya fue la siguiente. Mi jefe dijo que, después de colocar la boya, se apartó y la vigiló hasta que pareció estar segura; luego se posicionó a cien yardas río abajo y un poco a un lado de la trayectoria del vapor, dirigió el sondeo río arriba y esperó. Como tuvieron que esperar un rato, él y el oficial se pusieron a hablar; levantó la vista cuando calculó que el vapor estaba cerca del arrecife; vio que la boya había desaparecido, pero supuso que el vapor ya la había atropellado; continuó hablando; notó que el vapor se acercaba mucho, pero eso era lo correcto; era su deber pasarlo cerca, para facilitar el embarque; esperaba que se alejara, hasta el último momento; entonces se dio cuenta de que estaba intentando atropellarlo, confundiendo su linterna con la luz de la boya; así que gritó: «¡Prepárense para llamar a la guardia, hombres!». y al instante siguiente se realizó el salto.



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Capítulo 13


Las necesidades de un piloto


Pero me estoy desviando de lo que pretendía hacer, es decir, aclarar, más de lo que quizás se aprecia en los capítulos anteriores, algunos de los requisitos particulares de la ciencia del pilotaje. En primer lugar, hay una facultad que un piloto debe cultivar incesantemente hasta alcanzar la perfección absoluta. Nada menos que la perfección es suficiente. Esa facultad es la memoria. No puede limitarse a pensar que algo es de tal o cual manera; debe saberlo; pues esta es, sin duda, una de las ciencias exactas. ¡Con qué desdén se miraba a un piloto, en tiempos antiguos, si se atrevía a usar esa débil frase «creo», en lugar de la enérgica «sé»! No es fácil comprender la magnitud de la hazaña que supone conocer cada detalle, por insignificante que sea, de mil doscientas millas de río con absoluta exactitud. Si recorre la calle más larga de Nueva York, de arriba abajo, estudiando pacientemente sus características hasta memorizar cada casa, ventana, puerta, farola y letrero, grande o pequeño, con tanta precisión que pueda identificar al instante el que tiene delante si lo dejan al azar en esa calle en medio de una noche oscura como la tinta, tendrá una idea bastante aproximada de la cantidad y exactitud del conocimiento de un piloto que lleva el río Misisipi en la cabeza. Y si continúa hasta conocer cada cruce de calles, las características, el tamaño y la posición de las piedras del cruce, y la profundidad variable del lodo en cada uno de esos innumerables lugares, tendrá una idea de lo que debe saber el piloto para evitar problemas con un vapor del Misisipi. A continuación, si tomas la mitad de las señales de esa larga calle, cambias su ubicación una vez al mes y aun así logras conocer con precisión sus nuevas posiciones en noches oscuras, y te mantienes al día con estos cambios repetidos sin cometer ningún error, comprenderás lo que exige la memoria infalible de un piloto ante el caprichoso río Mississippi.



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Creo que la memoria de un piloto es una de las cosas más maravillosas del mundo. Conocer de memoria el Antiguo y el Nuevo Testamento, recitarlos con fluidez, de principio a fin o al revés, o empezar al azar por cualquier parte y recitarlos en ambos sentidos sin equivocarse jamás, no es un conocimiento desmesurado ni una habilidad prodigiosa, comparado con el vasto conocimiento que un piloto tiene del Misisipi y su asombrosa destreza para navegarlo. Hago esta comparación deliberadamente, y creo que no exagero al hacerlo. Muchos pensarán que mi comparación es exagerada, pero los pilotos no.

Y con qué facilidad y comodidad la memoria del piloto hace su trabajo; con qué plácida y sin esfuerzo es su camino; con qué inconscientemente almacena sus vastas reservas, hora tras hora, día tras día, ¡y nunca pierde ni extravía un solo paquete valioso de todas ellas! Tomemos un ejemplo. Dejemos que un jefe de pista grite: "¡Medio dos! ¡Medio dos! ¡Medio dos! ¡Medio dos! ¡Medio dos!" hasta que se vuelva tan monótono como el tictac de un reloj; dejemos que la conversación continúe todo el tiempo, y el piloto participe en la charla, y ya no escuche conscientemente al jefe de pista; y en medio de esta interminable cadena de medios dos, dejemos que un solo "¡Cuarto dos!" se intercala, sin énfasis, y luego el grito de medio twain continúa, igual que antes: dos o tres semanas después, ese piloto puede describir con precisión la posición del barco en el río cuando se pronunció ese cuarto de twain, y darte tantas marcas de proa, popa y costado para guiarte, que deberías poder llevar el barco allí y ponerlo en ese mismo lugar tú mismo. El grito de "cuarto de twain" no realmente lo sacó de su conversación, pero sus facultades entrenadas fotografiaron instantáneamente los rumbos, notaron el cambio de profundidad y almacenaron los detalles importantes para futuras referencias sin requerir ninguna ayuda de él en el asunto. Si estuvieras caminando y charlando con un amigo, y otro amigo a tu lado repitiera monótonamente el sonido de la vocal A durante un par de cuadras, y luego, en medio, intercalara una R, así, A, A, A, A, A, R, A, A, A, etc., sin darle énfasis a la R, no podrías decir, dos o tres semanas después, que se había insertado la R, ni podrías decir qué objetos pasaban a tu lado en el momento en que ocurrió. Pero sí podrías si tu memoria hubiera sido entrenada con paciencia y esfuerzo para realizar ese tipo de cosas mecánicamente.



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Si a un hombre se le da una memoria razonablemente buena, la práctica del pilotaje la convertirá en una capacidad extraordinaria. Pero solo en aquello que se practica a diario . Llegará un momento en que sus facultades mentales percibirán automáticamente puntos de referencia y sondeos, y su memoria los retendrá con una precisión asombrosa; pero si a esa misma persona le preguntaras al mediodía qué desayunó, lo más probable es que no supiera responder. Se pueden lograr cosas increíbles con la memoria humana si se la dedica con esmero a una actividad específica.

En la época en que los salarios se dispararon en el río Misuri, mi jefe, el Sr. Bixby, fue allí y aprendió a navegar más de mil millas de ese río con una facilidad y rapidez asombrosas. Cuando hubo recorrido cada tramo una vez de día y otra de noche, su aprendizaje estaba casi completo, por lo que obtuvo una licencia para navegar de día; unos pocos viajes después, obtuvo la licencia completa y se dedicó a pilotar de día y de noche, y también alcanzó el puesto número 1.

El señor Bixby me puso como timonel durante un tiempo bajo las órdenes de un piloto cuyas proezas de memoria me asombraban constantemente. Sin embargo, creo que su memoria era innata, no adquirida. Por ejemplo, alguien mencionaba un nombre. Al instante, el señor Brown intervenía...

«Oh, lo conocía . Un tipo de tez pálida y cabello rojo, con una pequeña cicatriz en el costado de la garganta, como una astilla bajo la carne. Llevaba solo seis meses en el comercio del sur. Eso fue hace trece años. Hice un viaje con él. En aquel entonces, el río tenía cinco pies de profundidad en la parte alta; el “Henry Blake” encalló al pie de la isla Tower con un calado de cuatro pies y medio; el “George Elliott” perdió su timón al naufragar el “Sunflower”...»



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'¡Pero si el “Girasol” no se hundió hasta que…'

«Sé cuándo se hundió; fue tres años antes, el 2 de diciembre. Asa Hardy era su capitán, y su hermano John era el primer escribiente; y también era su primer viaje en ella. Tom Jones me contó estas cosas una semana después en Nueva Orleans; él era el primer oficial del “Sunflower”. El capitán Hardy se clavó un clavo en el pie el 6 de julio del año siguiente y murió de tétanos el 15. Su hermano murió dos años después, el 3 de marzo, de erisipela. Nunca vi a ninguno de los Hardy; eran hombres del río Allegheny, pero quienes los conocían me contaron todo esto. Y decían que el capitán Hardy usaba calcetines de lana tanto en invierno como en verano, y que su primera esposa se llamaba Jane Shook —era de Nueva Inglaterra— y que la segunda murió en un manicomio. Lo llevaba en la sangre. Era de Lexington, Kentucky. Su apellido de soltera era Horton.»

Y así, hora tras hora, la lengua del hombre fluía. No podía olvidar nada. Era sencillamente imposible. Los detalles más triviales permanecían tan nítidos y vívidos en su cabeza, después de haber permanecido allí durante años, como los acontecimientos más memorables. La suya no era simplemente la memoria de un piloto; su alcance era universal. Si hablaba de una carta insignificante que había recibido siete años antes, seguramente te la recitaría de memoria. Y entonces, sin darse cuenta de que se desviaba del tema principal, probablemente soltaría entre paréntesis una larga biografía del autor de esa carta; y tenías mucha suerte si no mencionaba a los familiares de ese autor, uno por uno, y te contaba también sus biografías.

Un recuerdo así es una gran desgracia. Para él, todos los sucesos son iguales. Su poseedor no puede distinguir una circunstancia interesante de una que no lo es. Como conversador, inevitablemente llenará su narración de detalles tediosos y se convertirá en un aburrido insoportable. Además, no puede ceñirse a su tema. Recoge cada pequeño fragmento de memoria que discierne en su camino, y así se desvía. El señor Brown comenzaría con la honesta intención de contarle una anécdota muy divertida sobre un perro. Estaría "tan lleno de risa" que apenas podría empezar; luego su memoria comenzaría con la raza y la apariencia personal del perro; derivaría en una historia de su dueño; de la familia de su dueño, con descripciones de bodas y entierros que habían ocurrido en ella, junto con recitaciones de versos de felicitación y poesía de obituario provocada por los mismos: luego esta memoria recordaría que uno de estos eventos ocurrió durante el célebre "invierno duro" de tal y cual año, y seguiría una descripción minuciosa de ese invierno, junto con los nombres de las personas que murieron congeladas, y estadísticas que mostraban las altas cifras a las que llegaron el cerdo y el heno. El cerdo y el heno sugerirían maíz y forraje; el maíz y el forraje sugerirían vacas y caballos; las vacas y los caballos sugerirían el circo y ciertos jinetes célebres a pelo; la transición del circo al zoológico fue fácil y natural; del elefante al África ecuatorial fue solo un paso; luego, por supuesto, los salvajes paganos sugerirían la religión; Y al cabo de tres o cuatro horas de tediosa espera, cambiaba el turno de guardia, y Brown salía de la cabina del piloto murmurando fragmentos de sermones que había oído años atrás sobre la eficacia de la oración como medio de gracia. Y esa primera mención sería todo lo que uno sabría de aquel perro, después de tanta espera y ansia.



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Un piloto debe tener buena memoria; pero también debe poseer dos cualidades superiores. Debe tener buen juicio y rapidez para tomar decisiones, y una serenidad imperturbable ante cualquier peligro. Con tan solo una pizca de valentía, cuando se convierte en piloto es capaz de afrontar cualquier riesgo a bordo de un barco de vapor; pero no se puede decir lo mismo del juicio. El juicio es una cuestión de inteligencia, y un piloto debe comenzar con una buena dosis de ella o jamás tendrá éxito.

El desarrollo de la valentía en la cabina del piloto es constante, pero no alcanza un nivel alto y satisfactorio hasta que el joven piloto lleva un tiempo haciendo guardia solo, bajo el peso abrumador de todas las responsabilidades del puesto. Cuando un aprendiz conoce bien el río, navega con su barco de vapor con tanta intrépida seguridad, de día o de noche, que pronto empieza a creer que es su propia valentía la que lo impulsa; pero la primera vez que el piloto se baja y lo deja solo, descubre que era la valentía del otro. Descubre que el artículo se ha omitido por completo de su carga. De repente, todo el río se llena de peligros; no está preparado para afrontarlos; no sabe cómo manejarlos; todo su conocimiento lo abandona; y en quince minutos está pálido como un fantasma y muerto de miedo. Por lo tanto, los pilotos, con sabiduría, entrenan a estos jóvenes con diversas estrategias para que afronten el peligro con mayor serenidad. Una de sus tácticas favoritas es gastarle una broma amistosa al candidato.



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El señor Bixby me atendió así una vez, y durante años después me sonrojaba incluso en sueños al recordarlo. Me había convertido en un buen timonel; tan bueno, de hecho, que tenía todo el trabajo que hacer en nuestra guardia, día y noche; el señor Bixby rara vez me hacía alguna sugerencia; lo único que hacía era tomar el timón en noches o travesías particularmente malas, atracar el barco cuando era necesario, disfrutar de la tranquilidad durante nueve décimas partes de la guardia y cobrar el salario. El río estaba casi a rebosar, y si alguien hubiera cuestionado mi capacidad para cruzar entre El Cairo y Nueva Orleans sin ayuda ni instrucciones, me habría sentido irreparablemente herido. La idea de tener miedo de cruzar en ese tramo, de día , era algo demasiado absurdo para siquiera considerarlo. Bueno, un día de verano inolvidable, yo bajaba a toda velocidad por la curva sobre la isla 66, rebosante de vanidad y con la nariz tan alta como la de una jirafa, cuando el señor Bixby dijo...

'Voy a bajar un rato. Supongo que ya sabes cuál es el próximo cruce, ¿verdad?'

Esto era casi una afrenta. Era el cruce más sencillo y fácil de todo el río. Era imposible sufrir daño alguno, se cruzara correctamente o no; y en cuanto a la profundidad, nunca había habido fondo allí. Yo lo sabía perfectamente.

¿Sabes cómo funciona ? ¡Pues yo puedo hacerlo con los ojos cerrados!

¿Cuánta agua contiene?

'Bueno, esa es una pregunta extraña. No podría llegar al fondo ni con el campanario de una iglesia.'

'Eso crees, ¿verdad?'

El tono mismo de la pregunta sacudió mi confianza. Eso era lo que el señor Bixby esperaba. Se marchó sin decir nada más. Empecé a imaginar todo tipo de cosas. El señor Bixby, sin que yo lo supiera, por supuesto, envió a alguien al castillo de proa con unas instrucciones misteriosas para los jefes de escuadra, otro mensajero fue enviado a susurrar entre los oficiales, y luego el señor Bixby se escondió tras una chimenea desde donde podía observar los resultados. Poco después, el capitán salió a la cubierta de huracanes; luego apareció el primer oficial; después un escribiente. Cada dos o tres minutos se unía alguien más a mi audiencia; y antes de llegar a la cabecera de la isla, tenía quince o veinte personas reunidas allí, justo delante de mis narices. Empecé a preguntarme cuál era el problema. Mientras cruzaba, el capitán me miró desde arriba y dijo, con fingida inquietud en la voz:

¿Dónde está el señor Bixby?

—Ha bajado, señor.



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Pero eso me bastó. Mi imaginación empezó a crear peligros de la nada, y se multiplicaron más rápido de lo que pude controlarlos. ¡De repente me imaginé ver aguas poco profundas delante! La ola de cobardía y agonía que me invadió entonces casi me dislocó todas las articulaciones. Toda mi confianza en esa travesía se desvaneció. Agarré la cuerda de la campana; la solté, avergonzado; la agarré de nuevo; la solté otra vez; la sujeté temblorosamente una vez más, y tiré de ella tan débilmente que apenas pude oír el golpe. El capitán y el primer oficial gritaron al instante, y ambos juntos...

¡A estribor, ahí va! ¡Y rápido!

Esto fue otro shock. Empecé a trepar al timón como una ardilla; pero apenas lograba que el bote se moviera hacia babor antes de ver nuevos peligros en ese lado, y giraba bruscamente hacia el otro; solo para encontrar peligros acumulándose a estribor, y volverme loco por llegar a babor de nuevo. Entonces llegó el grito sepulcral del jefe de equipo...

¡Cuatro profundos!

¡Cuatro profundidades en un cruce sin fondo! El terror me dejó sin aliento.

'¡Marca tres!... Marca tres... ¡Un cuarto menos tres!... ¡Media docena!'

¡Esto fue espantoso! Agarré las cuerdas de las campanas y detuve las máquinas.

¡Cuarenta y dos! ¡Cuarenta y dos! ¡ Marcas dos!

Estaba indefensa. No sabía qué hacer. Temblaba de pies a cabeza, y mis ojos estaban tan salidos que casi podía colgar mi sombrero.

¡Un cuarto menos dos! ¡Nueve y medio !

¡Nos tocaba el número nueve! Mis manos temblaban nerviosamente. No podía hacer sonar una campana con claridad. Corrí hacia el tubo acústico y le grité al ingeniero:

'¡Oh, Ben, si me quieres, apóyala ! ¡Rápido, Ben! ¡Oh, arráncale el alma inmortal ! '



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Oí que la puerta se cerraba suavemente. Miré a mi alrededor y allí estaba el señor Bixby, sonriendo con una sonrisa dulce y sin gracia. Entonces, el público en la cubierta de huracanes estalló en una carcajada humillante. Ahora lo entendía todo y me sentía más despreciable que el hombre más despreciable de la historia. Me puse a la cabeza, coloqué el barco en sus marcas, aceleré los motores y dije...

«Fue una buena jugada para gastarle a un huérfano, ¿verdad ? Supongo que nunca dejaré de oír hablar de lo tonto que fui al lanzar el plomo al frente del 66.»

—Bueno, no, tal vez no. De hecho, espero que no; porque quiero que aprendas algo de esa experiencia. ¿Acaso no sabías que no había fondo en esa travesía?

—Sí, señor, lo hice.

—Muy bien, entonces. No debiste haber permitido que ni yo ni nadie más minara tu confianza en ese conocimiento. Intenta recordarlo. Y otra cosa: cuando te encuentres en una situación peligrosa, no te acobardes. Eso no va a solucionar nada.

Fue una lección bastante buena, pero me costó bastante aprenderla. Sin embargo, lo más difícil fue que durante meses tuve que escuchar con frecuencia una frase que me resultaba particularmente desagradable: «¡Ay, Ben, si me quieres, apóyala!».



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Capítulo 14


Rango y dignidad del pilotaje


En los capítulos anteriores he intentado, al adentrarme en los detalles de la ciencia del pilotaje, llevar al lector paso a paso a la comprensión de en qué consiste dicha ciencia; y al mismo tiempo he intentado mostrarle que es una ciencia muy curiosa y maravillosa, y muy digna de su atención. Si he parecido amar mi tema, no es de extrañar, pues amé esta profesión mucho más que ninguna otra que haya ejercido desde entonces, y sentí un orgullo inmenso por ella. La razón es clara: un piloto, en aquellos tiempos, era el único ser humano libre y completamente independiente que vivía en la tierra. Los reyes no son más que sirvientes limitados del parlamento y del pueblo; los parlamentos se sientan encadenados por sus electores; el editor de un periódico no puede ser independiente, sino que debe trabajar con una mano atada a la espalda por el partido y los mecenas, y contentarse con expresar solo la mitad o dos tercios de su opinión; ningún clérigo es un hombre libre y puede decir toda la verdad, independientemente de las opiniones de su parroquia; Los escritores de todo tipo somos siervos encadenados del público. Escribimos con franqueza y sin miedo, pero luego «modificamos» antes de imprimir. En verdad, todo hombre, mujer y niño tiene un amo, y sufre y se angustia en la servidumbre; pero en la época de la que escribo, el piloto del Misisipi no tenía ninguno. El capitán podía pararse en la cubierta de huracanes, con la pompa de una autoridad muy breve, y darle cinco o seis órdenes mientras el barco retrocedía hacia la corriente, y entonces el reinado de ese capitán terminaba.



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En el momento en que el barco se ponía en marcha en el río, quedaba bajo el control exclusivo e indiscutible del piloto. Podía hacer con él lo que quisiera, navegar cuando y hacia donde quisiera, y amarrarlo a la orilla cuando su juicio le indicara que ese era el mejor rumbo. Sus movimientos eran completamente libres; no consultaba a nadie, no recibía órdenes de nadie, y rechazaba de inmediato incluso la más mínima sugerencia. De hecho, la ley de los Estados Unidos le prohibía escuchar órdenes o sugerencias, considerando con razón que el piloto necesariamente sabía mejor cómo manejar el barco que nadie. Así pues, aquí radicaba la novedad de un rey sin guardián, un monarca absoluto cuya absoluta verdad era real y no producto de meras palabras. He visto a un joven de dieciocho años conducir un gran vapor con serenidad hacia lo que parecía una destrucción casi segura, mientras el anciano capitán permanecía mudo, lleno de aprensión pero impotente para intervenir. Su intervención, en ese caso particular, podría haber sido excelente, pero permitirla habría sentado un precedente sumamente pernicioso. Considerando la autoridad ilimitada del piloto, es fácil adivinar que era una figura importante en los viejos tiempos de los barcos de vapor. El capitán lo trataba con notable cortesía y todos los oficiales y sirvientes con marcada deferencia; y este espíritu de deferencia se transmitía rápidamente también a los pasajeros. Creo que los pilotos eran prácticamente las únicas personas que conocí que no mostraban, en cierta medida, vergüenza en presencia de príncipes extranjeros de viaje. Pero claro, la gente de nuestro mismo estatus social no suele resultar incómoda.



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Por costumbre, los pilotos solían expresar todos sus deseos en forma de órdenes. Todavía hoy me molesta tener que formular mi voluntad con la vaga forma de una petición, en lugar de hacerlo con la claridad de una orden. En aquellos tiempos, cargar un barco de vapor en San Luis, llevarlo a Nueva Orleans y regresar, y descargar la mercancía, consumía unos veinticinco días, en promedio. Siete u ocho de esos días el barco permanecía en los muelles de San Luis y Nueva Orleans, y todos a bordo trabajaban arduamente, excepto los dos pilotos; ellos no hacían más que comportarse como caballeros en la ciudad y recibían el mismo salario que si estuvieran de servicio. En cuanto el barco tocaba el muelle en cualquiera de las dos ciudades, desembarcaban; y era poco probable que se les volviera a ver hasta que sonara la última campana y todo estuviera listo para otro viaje.

Cuando un capitán conseguía un piloto de gran reputación, se esforzaba por conservarlo. Cuando los salarios eran de cuatrocientos dólares al mes en el Alto Misisipi, conocí a un capitán que mantenía a un piloto así sin trabajo, con sueldo completo, durante tres meses seguidos, mientras el río estaba congelado. Y hay que recordar que en aquellos tiempos de escasez, cuatrocientos dólares era un salario de una magnificencia casi inconcebible. Pocos hombres en tierra ganaban semejante sueldo, y cuando lo hacían, eran muy respetados. Cuando los pilotos de ambos extremos del río llegaban a nuestro pequeño pueblo de Misuri, eran buscados por los mejores y más distinguidos, y tratados con gran respeto. Permanecer en puerto cobrando era algo que muchos pilotos disfrutaban y apreciaban enormemente; especialmente si pertenecían al río Misuri en el apogeo de ese comercio (en la época de Kansas), y ganaban novecientos dólares por viaje, lo que equivalía a unos mil ochocientos dólares al mes. He aquí una conversación de aquel día. Un tipo procedente del río Illinois, con una pequeña barcaza de rueda de popa, aborda a un par de pilotos del río Missouri, ataviados con elaborados trajes dorados.

'Caballeros, tengo un viaje estupendo por el interior del país y necesitaré su ayuda durante aproximadamente un mes. ¿Cuánto costará?'

'Mil ochocientos dólares cada uno.'

¡Por los cielos y la tierra! ¡Toma mi barca, dame tu salario y lo repartiré!



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Comentaré, de paso, que los marineros de los barcos de vapor del Misisipi eran importantes a los ojos de los terrestres (y también, en cierta medida, a los suyos propios) según la dignidad del barco en el que trabajaban. Por ejemplo, era motivo de orgullo pertenecer a la tripulación de embarcaciones tan imponentes como el 'Aleck Scott' o el 'Grand Turk'. Los fogoneros, marineros y barberos negros que trabajaban en esos barcos eran personas distinguidas en su clase social, y eran muy conscientes de ello. Un negro robusto ofendió una vez en un baile de negros en Nueva Orleans con sus aires de grandeza. Finalmente, uno de los organizadores se le acercó apresuradamente y le dijo:

'¿Quién eres tú, de todos modos? ¿Quién eres? ¡Eso es lo que quiero saber!'

El delincuente no se inmutó en lo más mínimo, sino que se infló y puso en su voz un tono que demostraba que sabía que no estaba fingiendo ni fingiendo tener un capital limitado.

'¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo? ¡Les haré saber muy rápido quién soy! Quiero que ustedes, negros, entiendan que yo disparo la puerta del medio en el “Aleck Scott!”'

Eso fue suficiente.

El barbero del "Grand Turk" era un joven negro elegante que hacía alarde de su importancia con una complacencia frívola, y era muy apreciado por el círculo en el que se movía. La joven población negra de Nueva Orleans era muy dada a flirtear al anochecer en los bancos de las callejuelas. Una noche, en uno de esos lugares, alguien vio y oyó algo parecido a lo siguiente: una mujer negra de mediana edad asomó la cabeza por un cristal roto y gritó (con la intención de que los vecinos la oyeran y la envidiaran): "¡Tú, Mary Ann, entra ahora mismo! ¡Deja de perder el tiempo con esa chusma, y ​​aquí está el barbero del "Grand Turk" que quiere hablar contigo!".



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Mi referencia, hace un momento, al hecho de que la peculiar posición oficial de un piloto lo situaba fuera del alcance de la crítica o la orden, me hace pensar naturalmente en Stephen W. Era un piloto talentoso, un buen tipo, un conversador incansable, ingenioso y con mucho sentido del humor. Poseía una independencia irreverente, y se desenvolvía con una naturalidad y comodidad exquisitas ante la edad, la dignidad oficial e incluso la más augusta riqueza. Siempre tenía trabajo, nunca ahorró un centavo, era un prestatario muy persuasivo, estaba endeudado con todos los pilotos del río y con la mayoría de los capitanes. Podía dotar a la pilotaje temerario de un cierto esplendor que resultaba casi fascinante, aunque no para todos. Una vez hizo un viaje con el buen Capitán Y., y fue relevado de su puesto cuando el barco llegó a Nueva Orleans. Alguien expresó su sorpresa por la baja. El Capitán Y. se estremeció con solo oír mencionar a Stephen. Entonces su pobre y débil voz anciana emitió algo parecido a esto:

¡Dios mío! ¡No querría a semejante criatura salvaje en mi barco por nada del mundo! ¡Ni por todo el mundo! Jura, canta, silba, grita... Jamás vi a un indio gritar tanto. A todas horas de la noche, le daba igual. Gritaba así, sin motivo alguno, sino simplemente por la especie de consuelo diabólico que le producía. Nunca conseguía dormir bien sin que él me sacara de la cama, empapado en sudor frío, con uno de esos terribles gritos de guerra. Un ser extraño, muy extraño; sin respeto por nada ni por nadie. A veces me llamaba "Johnny". Tenía un violín y un gato. Tocaba fatal. Esto parecía angustiar al gato, que aullaba. Nadie podía dormir donde estaba ese hombre, y su familia. Y era un temerario. Nunca hubo nada igual. Ahora, lo creas o no, pero tan seguro como que estoy aquí sentado, él hizo que mi bote se inclinara a través de esos terribles obstáculos en Chicot bajo una cabeza de vapor traqueteante, ¡y el viento soplaba como si fuera el mismísimo país! Mis oficiales te lo dirán. Ellos lo vieron. Y, señor, mientras él se abría paso a través de esos obstáculos, y yo temblaba de miedo y rezaba, ¡ojalá no pudiera volver a hablar jamás si no hubiera fruncido los labios y se hubiera puesto a silbar ! Sí, señor; silbando "Chicas búfalo, ¿no pueden salir esta noche, no pueden salir esta noche, no pueden salir esta noche?"; y haciéndolo con tanta calma como si estuviéramos asistiendo a un funeral y no fuéramos parientes del cadáver. Y cuando le reclamé por ello, me sonrió como si yo fuera su hijo y me dijo que corriera a casa y tratara de portarme bien, ¡y que no me metiera con mis superiores!



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Un capitán bastante mezquino sorprendió a Stephen en Nueva Orleans sin trabajo y, como de costumbre, sin dinero. Lo acosó sin descanso, ya que Stephen se encontraba en una situación muy difícil, y finalmente lo convenció de que se uniera a él por ciento veinticinco dólares al mes, apenas la mitad del salario. El capitán prometió no revelar el secreto y así evitar que el pobre hombre se ganara el desprecio de todo el gremio. Pero el barco no llevaba ni un día fuera de Nueva Orleans cuando Stephen descubrió que el capitán se jactaba de su hazaña y que todos los oficiales estaban al tanto. Stephen se estremeció, pero no dijo nada. A media tarde, el capitán salió a la cubierta de tormenta, echó un vistazo a su alrededor y pareció bastante sorprendido. Miró a Stephen con curiosidad, pero este silbaba plácidamente y se ocupaba de sus asuntos. El capitán permaneció allí un rato, visiblemente incómodo, y un par de veces pareció a punto de hacer una sugerencia; pero la etiqueta del río le había enseñado a evitar ese tipo de imprudencias, así que logró guardar silencio. Se impacientó y se quedó perplejo unos minutos más, luego se retiró a sus aposentos. Pero pronto salió de nuevo, y aparentemente más perplejo que nunca. Enseguida se atrevió a comentar, con deferencia:

'El río está en muy buen estado ahora, ¿verdad, señor?'

¡Pues claro que sí! Estar a tope es una etapa bastante liberal.

'Parece que hay bastante corriente aquí.'

¡Esto es un chorrito de agua! Es peor que un canal de molino.

¿No es más fácil acercarse a la costa que aquí en el medio?

«Sí, creo que sí; pero nunca se puede ser demasiado precavido con un barco de vapor. Aquí es bastante seguro; no hay riesgo de encallar, de eso puedes estar seguro».

El capitán partió con semblante apesadumbrado. A ese paso, probablemente moriría de viejo antes de que su barco llegara a San Luis. Al día siguiente apareció en cubierta y encontró de nuevo a Stephen, fielmente de pie en medio del río, luchando contra la inmensa fuerza del Misisipi, silbando la misma melodía apacible. La cosa se estaba poniendo seria. Cerca de la orilla había un barco más lento que avanzaba con dificultad por las aguas tranquilas y ganaba terreno constantemente; comenzó a dirigirse hacia un canal que rodeaba una isla; Stephen se mantuvo en el centro del río. Le sacaron las palabras al capitán. Dijo:

'Señor W——, ¿acaso ese conducto no acorta bastante la distancia?'

'Creo que sí, pero no lo sé.'

¡No lo sé! Bueno, ¿no hay suficiente agua ahora para que pase?

'Supongo que sí, pero no estoy seguro.'

¡Por Dios, esto es muy raro! ¡Pero si esos pilotos de ese barco de allá van a intentarlo! ¿Acaso quieres decir que no sabes tanto como ellos?

¡ Ellos ! ¡Pero si son pilotos de doscientos cincuenta dólares! Pero no se preocupen; sé tanto como cualquiera puede permitirse saber por ciento veinticinco dólares.

El capitán se rindió.

Cinco minutos después, Stephen estaba atravesando el tobogán a toda velocidad, dejando en ridículo al barco rival con un par de tacones de doscientos cincuenta dólares.





Capítulo 15


El monopolio de los pilotos


Un día, a bordo del 'Aleck Scott', mi jefe, el Sr. Bixby, avanzaba con cuidado por un lugar estrecho en Cat Island, con ambas líneas de escape abiertas y todos conteniendo la respiración. El capitán, un hombre nervioso y aprensivo, se mantuvo quieto todo el tiempo que pudo, pero finalmente se derrumbó y gritó desde la cubierta de huracán:

¡Por el amor de Dios, dele vapor, señor Bixby! ¡Dele vapor! ¡Nunca izará el arrecife a este ritmo!

Por el efecto que causó en el señor Bixby, cualquiera habría supuesto que no se había dicho nada. Pero cinco minutos después, cuando el peligro había pasado y las riendas estaban colocadas, estalló en una furia incontenible y le lanzó al capitán la peor reprimenda que jamás haya oído. No hubo derramamiento de sangre; pero eso se debió a que la causa del capitán era débil, pues normalmente no era hombre de aceptar correcciones con facilidad.



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Habiendo expuesto detalladamente la naturaleza de la ciencia del pilotaje y descrito asimismo el rango que ostentaba el piloto entre los marineros, este parece un buen momento para mencionar una organización que los pilotos formaron en su día para la protección de su gremio. Curiosamente, y digna de mención, fue quizás la organización comercial más compacta, completa y sólida jamás creada entre los hombres.

Durante mucho tiempo, los salarios habían sido de doscientos cincuenta dólares al mes; pero, curiosamente, a medida que se multiplicaban los barcos de vapor y aumentaba el negocio, los salarios comenzaron a bajar poco a poco. Era fácil descubrir la razón. Se estaban formando demasiados pilotos. Era conveniente tener un aprendiz, un timonel, que hiciera todo el trabajo duro durante un par de años, gratis, mientras su amo se sentaba en un banco alto y fumaba; todos los pilotos y capitanes tenían hijos o sobrinos que querían ser pilotos. Con el tiempo, casi todos los pilotos del río tenían un timonel. Cuando un timonel había progresado lo suficiente como para satisfacer a dos pilotos del oficio, podían obtener una licencia de piloto para él firmando una solicitud dirigida al inspector de los Estados Unidos. No se necesitaba nada más; normalmente no se hacían preguntas ni se requerían pruebas de capacidad.

Muy bien, este creciente grupo de nuevos pilotos pronto comenzó a socavar los salarios para conseguir puestos. Demasiado tarde —aparentemente— los caballeros del timón se percataron de su error. Claramente, había que hacer algo, y rápido; pero ¿qué era lo necesario? Una organización sólida. Nada más funcionaría. Lograrlo parecía imposible; así que se habló y se habló, y luego se abandonó. Era demasiado probable arruinar a cualquiera que se aventurara a intervenir en el asunto. Pero finalmente, una docena de los pilotos más audaces —y algunos de ellos los mejores— del río se lanzaron a la empresa y asumieron todos los riesgos. Obtuvieron una carta constitutiva especial de la legislatura, con amplios poderes, bajo el nombre de Asociación Benéfica de Pilotos; eligieron a sus dirigentes, completaron su organización, aportaron capital, aumentaron los salarios de la "asociación" a doscientos cincuenta dólares de inmediato, y luego se retiraron a sus hogares, pues fueron despedidos de inmediato. Pero en sus estatutos había dos o tres detalles insignificantes que, aunque inadvertidos, contenían la semilla de la propagación. Por ejemplo, todos los miembros ociosos de la asociación, al corriente de sus obligaciones, tenían derecho a una pensión de veinticinco dólares mensuales. Esto empezó a atraer a un rezagado tras otro de entre los pilotos novatos, durante la temporada baja (verano). Mejor tener veinticinco dólares que morirse de hambre; la cuota de inscripción era de tan solo doce dólares, y no se exigía ninguna cuota a los desempleados.

Además, las viudas de los miembros fallecidos al corriente de sus obligaciones podían percibir veinticinco dólares mensuales, y una cantidad determinada por cada uno de sus hijos. Asimismo, el difunto sería enterrado a expensas de la asociación. Estas medidas revitalizaron a todos los pilotos jubilados y olvidados del valle del Misisipi. Venían de granjas, de pueblos del interior, de todas partes. Llegaban con muletas, en carros, en ambulancias; de cualquier forma, llegaban. Pagaban sus doce dólares y enseguida empezaban a percibir veinticinco dólares mensuales y a calcular sus gastos funerarios.



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Al cabo de un tiempo, todos los pilotos inútiles e indefensos, y una docena de los mejores, estaban en la asociación, y nueve décimas partes de los mejores pilotos fuera de ella y riéndose de ella. Era el hazmerreír de todo el río. Todos bromeaban sobre el reglamento que obligaba a los miembros a pagar el diez por ciento de sus salarios, cada mes, a la tesorería para el sostenimiento de la asociación, mientras que todos los miembros eran marginados y tabú, y nadie los quería emplear. Todos estaban irónicamente agradecidos a la asociación por sacar a todos los pilotos inútiles del camino y dejar todo el campo a los excelentes y merecedores; y todos estaban jocosamente agradecidos por eso, sino por un resultado que naturalmente siguió, a saber, el aumento gradual de los salarios a medida que se acercaba la temporada alta. Los salarios habían subido de la baja cifra de cien dólares al mes a ciento veinticinco, y en algunos casos a ciento cincuenta; Y era muy divertido explayarse sobre el hecho de que esta encantadora hazaña había sido lograda por un grupo de hombres, ninguno de los cuales recibió el más mínimo beneficio. Algunos bromistas solían visitar las instalaciones de la asociación y divertirse molestando a los miembros, ofreciéndoles la caridad de llevarlos como timoneles en un viaje para que vieran cómo era el río olvidado. Sin embargo, la asociación estaba contenta; o al menos no daba señales de lo contrario. De vez en cuando, reclutaban a algún piloto que andaba mal y lo añadían a su lista; y estas últimas incorporaciones eran muy valiosas, pues eran buenos pilotos; los incompetentes ya habían sido contratados. A medida que el negocio prosperaba, los salarios subieron gradualmente hasta los doscientos cincuenta dólares —la cifra de la asociación— y se fijaron allí; y aún así, sin que ningún miembro de ese grupo se beneficiara, pues no se contrataba a ninguno. La hilaridad a costa de la asociación ya no tenía límites. No había fin a la diversión que ese pobre mártir tenía que soportar.

Sin embargo, es un camino largo sin retorno. Se acercaba el invierno, el negocio se duplicó y triplicó, y una avalancha de barcos de los ríos Misuri, Illinois y Alto Misisipi llegó en masa para probar suerte en el comercio con Nueva Orleans. De repente, los pilotos tenían una gran demanda y, en consecuencia, escaseaban. Había llegado el momento de la venganza. Fue un trago amargo tener que aceptar finalmente a los pilotos de la asociación, pero los capitanes y armadores coincidieron en que no había otra opción. ¡Pero ninguno de estos marginados se ofreció! Así que había que tragar un trago aún más amargo: había que buscarlos y pedirles sus servicios. El capitán —— fue el primero que consideró necesario tomar la dosis, y había sido el más crítico de la organización. Buscó a uno de los mejores pilotos de la asociación y le dijo:

Bueno, muchachos, nos habéis superado un poco por ahora, así que cederé con la mayor deportividad posible. He venido a contrataros; subid el baúl de inmediato. Quiero partir a las doce.

'No lo sé. ¿Quién es tu otro piloto?'

'Tengo... ¿Por qué?'

'No puedo ir con él. No pertenece a la asociación.'

'¡Qué!'

'Así es.'

¿Me estás diciendo que no vas a navegar con uno de los mejores y más veteranos pilotos del río porque no pertenece a tu asociación?

'Sí.'

«¡Vaya, esto sí que es presumir! Creía que te estaba haciendo un favor, pero empiezo a pensar que soy yo quien pide que se haga un favor. ¿Acaso te estás amparando en alguna ley?»

'Sí.'

'Enséñamelo.'

Entonces entraron en las salas de la asociación, y el secretario pronto convenció al capitán, quien dijo:

'Bueno, ¿qué puedo hacer? He contratado al Sr. S—— para toda la temporada.'

—Yo me encargaré de usted —dijo la secretaria—. Le asignaré un piloto que la acompañará y estará a bordo a las doce en punto.

'Pero si despido a S——, me reclamará el sueldo de toda la temporada.'

—Por supuesto, ese es un asunto entre usted y el señor S——, capitán. No podemos inmiscuirnos en sus asuntos privados.



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El capitán se enfureció, pero fue en vano. Al final, tuvo que despedir a S——, pagarle unos mil dólares y contratar a un piloto de la asociación en su lugar. La risa empezaba a volverse en su contra. A partir de entonces, cada día caía una nueva víctima; cada día algún capitán indignado despedía a un piloto ajeno a la asociación, entre lágrimas y blasfemias, e instalaba a un odiado miembro de la asociación en su litera. En muy poco tiempo, los pilotos ajenos a la asociación, ociosos, empezaron a abundar, dado el auge del negocio y la gran demanda de sus servicios. La risa se volvía cada vez más evidente. Estas víctimas, junto con los capitanes y los propietarios, dejaron de reírse por completo y empezaron a enfurecerse pensando en la venganza que tomarían cuando terminara el frenesí económico.

Pronto, los únicos que reían eran los propietarios y las tripulaciones de los barcos que contaban con dos pilotos ajenos a la asociación. Pero su triunfo no duró mucho. La razón era la siguiente: la asociación tenía una regla estricta que prohibía a sus miembros, bajo ninguna circunstancia, proporcionar información sobre el canal a ningún "ajeno". Para entonces, aproximadamente la mitad de los barcos solo tenían pilotos de la asociación, y la otra mitad solo pilotos externos. A primera vista, uno podría suponer que, en lo que respecta a prohibir información sobre el río, ambas partes podían jugar en igualdad de condiciones; pero no era así. En cada pueblo de tamaño considerable, de un extremo a otro del río, había un "barco de muelle" donde atracar, en lugar de un muelle o embarcadero. En él se almacenaba la mercancía para su transporte; los pasajeros que esperaban dormían en sus camarotes. En cada uno de estos barcos de muelle, los directivos de la asociación colocaban una caja fuerte con un candado especial que solo se utilizaba en un servicio: el servicio postal de los Estados Unidos. Era el candado del saco de cartas, un objeto sagrado del gobierno. Tras muchas súplicas, el gobierno había accedido a permitir que la asociación utilizara este candado. Cada miembro de la asociación llevaba una llave para abrir estos buzones. Esa llave, o más bien una peculiar manera de sostenerla cuando un desconocido solicitaba información sobre el río —pues el éxito de la asociación de San Luis y Nueva Orleans había dado lugar a sucursales bastante prósperas en una docena de rutas fluviales vecinas—, era la señal y el diploma de pertenencia del miembro de la asociación; y si el desconocido no respondía mostrando una llave similar y sosteniéndola de la manera debidamente prescrita, su pregunta era amablemente ignorada.



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De la secretaría de la asociación, cada miembro recibió un paquete de formularios en blanco más o menos espléndidos, impresos como un membrete de factura, en papel de buena calidad, debidamente rayado en columnas; un membrete de factura redactado de forma similar a esta:



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Estos espacios en blanco se llenaban día a día, a medida que avanzaba el viaje, y se depositaban en las distintas cajas de los botes del muelle. Por ejemplo, tan pronto como se completaba la primera travesía, saliendo de San Luis, los artículos se anotaban en el espacio en blanco, bajo los encabezados correspondientes, de la siguiente manera:

'San Luis. Nueve pies y medio. Popa en el juzgado, proa en el álamo muerto sobre el astillero, hasta que levantes el primer rizo, luego vira en línea recta.' Luego, bajo el encabezado de Observaciones: 'Pasa justo fuera de los restos de los naufragios; esto es importante. Nuevo obstáculo justo donde te enderezas; pasa por encima de él.'

El piloto que depositó ese documento en blanco en la caja de El Cairo (después de añadirle los detalles de cada travesía desde San Luis) sacó y leyó media docena de informes recientes (de vapores que navegaban río arriba) sobre el río entre El Cairo y Menfis, se preparó a conciencia, los devolvió a la caja y volvió a subir a bordo de su barco tan preparado contra cualquier accidente que le sería imposible meterlo en problemas sin recurrir a la más ingeniosa negligencia.

¡Imaginen las ventajas de un sistema tan admirable en un tramo de río de doscientas o trescientas millas de largo, cuyo cauce cambiaba a diario! El piloto, que antes se veía obligado a conformarse con ver un bajío una o dos veces al mes, ahora contaba con un centenar de ojos atentos que lo vigilaban y con un sinfín de mentes brillantes que le indicaban cómo navegarlo. Su información rara vez tenía veinticuatro horas de antigüedad. Si los informes de la última caja le generaban alguna duda sobre un cruce peligroso, tenía la solución: hacía sonar su silbato de vapor de una manera peculiar en cuanto veía acercarse un barco; la señal era respondida de una manera peculiar si los pilotos de ese barco pertenecían a la asociación; y entonces los dos vapores se colocaban a su lado y todas las incertidumbres se disipaban con información nueva, transmitida de boca en boca y con todo lujo de detalles.



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Lo primero que hacía un piloto al llegar a Nueva Orleans o San Luis era llevar su informe final y detallado a las salas de la asociación y colgarlo allí, tras lo cual podía visitar a su familia. En estas salas siempre se reunía una multitud para comentar los cambios en el canal, y en cuanto llegaba un nuevo barco, todos dejaban de hablar hasta que el testigo informaba de las últimas novedades y aclaraba la última incertidumbre. Otros artesanos pueden, a veces, desconectar del taller y dedicarse a otros asuntos. No ocurría lo mismo con un piloto; debía dedicarse por completo a su profesión y no hablar de otra cosa, pues de poco serviría ser perfecto un día e imperfecto al siguiente. No tenía tiempo ni palabras que perder si quería mantenerse al día.

Pero los forasteros lo pasaban mal. No había un lugar fijo para reunirse e intercambiar información, ni informes de los barcos de los muelles; solo contaban con formas de obtener noticias basadas en la casualidad y de manera poco satisfactoria. La consecuencia era que a veces un hombre tenía que recorrer quinientos kilómetros de río con información de hacía una semana o diez días. En un buen momento del río, eso podría haber sido suficiente; pero cuando bajaba la marea, resultaba destructivo.

Ahora llegó otro resultado perfectamente lógico. Los ajenos a la asociación comenzaron a encallar barcos de vapor, a hundirlos y a meterse en todo tipo de problemas, mientras que los accidentes parecían mantenerse completamente alejados de los miembros de la asociación. Por lo tanto, incluso los propietarios y capitanes de barcos con tripulación exclusivamente ajena a la asociación, y que antes se consideraban totalmente independientes y libres de jactarse y reírse, comenzaron a sentirse bastante incómodos. Aun así, fingieron mantener la jactancia, hasta que un día fatídico se ordenó formalmente a todos los capitanes que despidieran inmediatamente a sus tripulantes ajenos a la asociación y contrataran en su lugar a pilotos de la asociación. ¿Y quién tuvo la audacia de hacer eso? ¡Ay!, provino de un poder oculto, mayor que el propio trono. ¡Fueron los aseguradores!

No era momento para intrigas. Todo aquel que no pertenecía a la asociación debía desembarcar de inmediato. Por supuesto, se suponía que existía colusión entre la asociación y las aseguradoras, pero no era así. Estas últimas habían comprendido la eficacia del sistema de informes de la asociación y la seguridad que este garantizaba, por lo que tomaron su decisión entre ellas, basándose en principios comerciales claros.

En el campamento de los forasteros reinaban el llanto, el lamento y el crujir de dientes. Pero no importaba, solo les quedaba un camino por seguir, y lo siguieron. Se acercaron en parejas y grupos, ofrecieron sus doce dólares y solicitaron la membresía. Se sorprendieron al saber que hacía tiempo se habían añadido varios estatutos nuevos. Por ejemplo, la cuota de iniciación se había elevado a cincuenta dólares; esa suma debía abonarse, además del diez por ciento del salario que el solicitante había recibido cada mes desde la fundación de la asociación. En muchos casos, esto ascendía a trescientos o cuatrocientos dólares. Aun así, la asociación no consideraría la solicitud hasta que se presentara el dinero. Incluso entonces, un solo voto en contra podía anular la solicitud. Cada miembro debía votar «Sí» o «No» en persona y ante testigos; por lo que se tardaban semanas en decidir una candidatura, ya que muchos pilotos llevaban mucho tiempo ausentes en viajes. Sin embargo, los pecadores arrepentidos reunieron sus ahorros y, uno a uno, mediante nuestro tedioso proceso de votación, fueron admitidos en la asociación. Llegó un momento, finalmente, en que solo quedaban unos diez afuera. Decían que preferían morirse de hambre antes que solicitar empleo. Permanecieron ociosos durante mucho tiempo, porque, por supuesto, nadie se atrevía a contratarlos.



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Poco a poco, la asociación publicó que, a partir de cierta fecha, los salarios se incrementarían a quinientos dólares mensuales. Todas las filiales se habían fortalecido, y la de Red River había subido los salarios a setecientos dólares al mes. A regañadientes, los diez forasteros cedieron ante esta situación y presentaron su solicitud. Para entonces, existía un nuevo reglamento que les obligaba a pagar cuotas no solo sobre todos los salarios que habían recibido desde la fundación de la asociación, sino también sobre lo que habrían recibido si hubieran continuado trabajando hasta el momento de su solicitud, en lugar de haberse dedicado a holgazanear. Resultó difícil elegirlos, pero finalmente se logró. El más reincidente de este grupo se había mantenido al margen y había permitido que se acumularan las "cuotas" en su contra durante tanto tiempo que tuvo que enviar seiscientos veinticinco dólares con su solicitud.

La asociación contaba ahora con una buena situación financiera y era muy fuerte. Ya no había ningún forastero. Se añadió un reglamento que prohibía la admisión de nuevos aprendices durante cinco años; transcurrido ese tiempo, se admitiría un número limitado, no por particulares, sino por la asociación, bajo las siguientes condiciones: el solicitante debía ser mayor de dieciocho años, de familia respetable y de buena reputación; debía aprobar un examen de estudios, pagar mil dólares por adelantado para obtener el privilegio de ser aprendiz y permanecer bajo la tutela de la asociación hasta que una gran parte de los miembros (creo que más de la mitad) estuvieran dispuestos a firmar su solicitud de licencia de piloto.

Todos los aprendices que habían estado contratados previamente fueron separados de sus maestros y adoptados por la asociación. El presidente y el secretario los asignaron a uno u otro barco, según su criterio, y los reubicaron de un barco a otro siguiendo ciertas reglas. Si un piloto demostraba tener mala salud y necesitaba ayuda, se ordenaba a uno de los aprendices que lo acompañara.

La lista de viudas y huérfanos creció, al igual que los recursos financieros de la asociación. La asociación asistía a sus propios funerales con honores de Estado y los costeaba. Cuando la ocasión lo requería, enviaba a sus miembros río abajo en busca de los cuerpos de los hermanos desaparecidos en accidentes de barcos de vapor; una búsqueda de este tipo a veces costaba mil dólares.

La asociación obtuvo una carta constitutiva y también incursionó en el negocio de los seguros. No solo aseguraba la vida de sus miembros, sino que también asumía riesgos en barcos de vapor.

La organización parecía indestructible. Era el monopolio más férreo del mundo. Según la ley estadounidense, nadie podía convertirse en piloto a menos que dos pilotos debidamente licenciados firmaran su solicitud; y ahora no había nadie fuera de la asociación competente para firmar. En consecuencia, la formación de pilotos había llegado a su fin. Cada año algunos fallecían y otros quedaban incapacitados por la edad y la enfermedad; no habría nuevos pilotos que los reemplazaran. Con el tiempo, la asociación podría fijar los salarios a la cifra que quisiera; y mientras tuviera la sensatez de no extralimitarse y provocar que el gobierno nacional modificara el sistema de licencias, los propietarios de barcos de vapor tendrían que someterse, ya que no habría ayuda para ellos.

Los propietarios y capitanes eran el único obstáculo que se interponía entre la asociación y el poder absoluto; y finalmente, este obstáculo fue eliminado. Por increíble que parezca, los propietarios y capitanes lo hicieron deliberadamente. Cuando la asociación de pilotos anunció, meses antes, que el primer día de septiembre de 1861 se aumentarían los salarios a quinientos dólares mensuales, los propietarios y capitanes subieron inmediatamente los fletes unos centavos y explicaron a los agricultores ribereños la necesidad de ello, llamándoles la atención sobre el oneroso salario que estaba a punto de establecerse. Era un argumento bastante débil, pero los agricultores no parecieron darse cuenta. Les pareció razonable que añadir cinco centavos al flete por bushel de maíz estuviera justificado dadas las circunstancias, pasando por alto el hecho de que este aumento en una carga de cuarenta mil sacos era mucho más de lo necesario para cubrir los nuevos salarios.



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Así pues, los capitanes y armadores formaron de inmediato su propia asociación y propusieron aumentar los salarios de los capitanes a quinientos dólares, además de solicitar un nuevo incremento en los fletes. Era una idea novedosa, pero, por supuesto, un efecto que había tenido éxito una vez podía repetirse. La nueva asociación decretó (pues esto ocurrió antes de que todos los ajenos a la asociación de pilotos se hubieran unido) que si algún capitán empleaba a un piloto que no perteneciera a la asociación, se vería obligado a despedirlo y a pagar una multa de quinientos dólares. Varias de estas cuantiosas multas se pagaron antes de que la organización de capitanes se fortaleciera lo suficiente como para ejercer plena autoridad sobre sus miembros; pero todo eso cesó poco después. Los capitanes intentaron que los pilotos decretaran que ningún miembro de su corporación debía servir bajo las órdenes de un capitán ajeno a la asociación; pero esta propuesta fue rechazada. Los pilotos vieron que, de todos modos, contarían con el respaldo de los capitanes y las aseguradoras, por lo que, sabiamente, se abstuvieron de formar alianzas comprometedoras.

Como ya he comentado, la asociación de pilotos era ahora el monopolio más compacto del mundo, quizás, y parecía simplemente indestructible. Y, sin embargo, los días de su gloria estaban contados. Primero, el nuevo ferrocarril que se extendía a través de Misisipi, Tennessee y Kentucky, hasta los centros ferroviarios del norte, comenzó a desviar el transporte de pasajeros de los vapores; luego llegó la guerra y aniquiló casi por completo la industria de los barcos de vapor durante varios años, dejando a la mayoría de los pilotos ociosos y con el coste de la vida aumentando constantemente; luego el tesorero de la asociación de San Luis metió la mano en la caja y se llevó hasta el último dólar del generoso fondo; y finalmente, con los ferrocarriles invadiendo todas partes, a los vapores les quedaba poco que hacer, cuando terminó la guerra, salvo transportar mercancías; así que enseguida a algún genio de la costa atlántica se le ocurrió el plan de remolcar una docena de cargamentos de vapores hasta Nueva Orleans a la cola de un pequeño y vulgar remolcador; ¡Y he aquí que, en un abrir y cerrar de ojos, la asociación y la noble ciencia del pilotaje se convirtieron en cosas de un pasado muerto y patético!



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Capítulo 16


Días de carreras


Siempre fue costumbre que los barcos salieran de Nueva Orleans entre las cuatro y las cinco de la tarde. A partir de las tres, quemaban resina y pino resinoso (señal de preparación), y así se presenciaba el pintoresco espectáculo de una hilera, de unas dos o tres millas de largo, de altas columnas ascendentes de humo negro como el carbón; una columnata que sostenía un techo de sable del mismo humo mezclado y extendiéndose por la ciudad. Cada barco que salía tenía su bandera ondeando en el mástil de proa, y a veces una réplica en el mástil de popa. Dos o tres millas de oficiales daban órdenes y maldecían con más énfasis de lo habitual; innumerables procesiones de barriles y cajas de carga giraban a través del dique y volaban a bordo de las plataformas, los pasajeros rezagados esquivaban y saltaban entre estas cosas frenéticas, con la esperanza de llegar vivos a la escotilla de proa, pero con sus dudas al respecto; Las mujeres con bolsos y cajas de ropa intentaban seguir el ritmo de sus maridos cargados con sacos de alfombra y bebés llorando, pero fracasaban en el intento, perdiendo la cabeza en el torbellino, el rugido y la distracción general; los carros y las furgonetas de equipaje traqueteaban de un lado a otro a toda prisa, quedando atascados y bloqueados de vez en cuando, y durante diez segundos no se les podía ver por la obscenidad, salvo vagamente y con poca nitidez; cada cabrestante conectado a cada escotilla de proa, de un extremo a otro de esa larga hilera de barcos de vapor, mantenía un zumbido ensordecedor, bajando la carga a la bodega, y las tripulaciones semidesnudas de negros sudorosos que los manejaban gritaban canciones como "¡De Las' Sack! ¡De Las' Sack!", inspirados a una exaltación inimaginable por el caos de la agitación y el ruido que estaba volviendo locos a todos los demás.



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Para entonces, las cubiertas de tormenta y de calderas de los vapores estarían repletas y negras de pasajeros. Las "últimas campanas" comenzarían a sonar a lo largo de toda la línea, y entonces el powwow pareció duplicarse; en un momento o dos llegó la advertencia final, —un estruendo simultáneo de gongs chinos, con el grito, "¡Todo eso no va a funcionar, por favor, pónganse en marcha!"— ¡y he aquí que el powwow se cuadruplicó! La gente llegó en tropel a la orilla, derribando a los rezagados emocionados que intentaban subir a bordo. Un momento más tarde, una larga hilera de tablones de escenario estaba siendo arrastrada, cada uno con su habitual último pasajero aferrado al extremo con dientes, uñas y todo lo demás, y el habitual último procrastinador dando un salto salvaje hacia la orilla por encima de su cabeza.



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Ahora, varios barcos se deslizan hacia atrás en la corriente, dejando amplios huecos en la fila compacta de vapores. Los ciudadanos se agolpan en las cubiertas de los barcos que no van a partir, para contemplar el espectáculo. Vapor tras vapor se endereza, reúne toda su fuerza y ​​pronto pasa balanceándose, bajo una tremenda presión de vapor, con la bandera ondeando, humo negro que se eleva y toda su tripulación de fogoneros y marineros (generalmente negros morenos) agrupados en el castillo de proa, la mejor "voz" de todos destacando desde el centro (montado en el cabrestante), agitando su sombrero o una bandera, y todos rugiendo un poderoso coro, mientras los cañones de despedida retumban y los multitudinarios espectadores agitan sus sombreros y ¡hurra! Vapor tras vapor se alinea, y la majestuosa procesión emprende su vuelo río arriba.

En los viejos tiempos, cuando dos lanchas rápidas iniciaban una carrera, con una gran multitud observando, era inspirador oír cantar a las tripulaciones, especialmente al anochecer, con el castillo de proa iluminado por el resplandor rojo de las antorchas. Las carreras eran un verdadero espectáculo. El público siempre creyó que eran peligrosas, cuando en realidad ocurría todo lo contrario, sobre todo después de que se aprobaran las leyes que limitaban la potencia de cada barco a una determinada cantidad de libras de vapor por pulgada cuadrada. Ningún ingeniero se dormía ni se descuidaba cuando su corazón latía con fuerza. Estaba constantemente alerta, ajustando los manómetros y vigilando todo. El peligro residía en las lanchas lentas y pesadas, donde los ingenieros se dormían y permitían que entraran virutas en el sistema de control de la caldera, interrumpiendo así el suministro de agua.



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En la época dorada de la navegación a vapor, una carrera entre dos vapores de gran velocidad era un acontecimiento de suma importancia. La fecha se fijaba con varias semanas de antelación, y a partir de entonces, todo el valle del Misisipi se sumía en una expectación desbordante. La política y el clima quedaban en segundo plano, y la gente solo hablaba de la inminente carrera. Al acercarse el momento, los dos vapores se preparaban a conciencia. Se eliminaba cualquier estorbo que añadiera peso o expusiera una superficie al viento o al agua, si era posible prescindir de él. Los mástiles, e incluso a veces sus grúas de apoyo, se enviaban a tierra, y no se dejaba ningún medio para reflotar el barco en caso de encallar. Cuando el Eclipse y el AL Shotwell disputaron su gran carrera hace muchos años, se decía que se habían tomado la molestia de raspar el dorado del extravagante adorno que colgaba entre las chimeneas del Eclipse, y que para aquel viaje el capitán se quitó los guantes de cabritilla y se afeitó la cabeza. Pero siempre dudé de estas cosas.

Si se sabía que el barco alcanzaba su velocidad máxima con un calado de cinco pies y medio hacia adelante y cinco pies hacia atrás, se cargaba cuidadosamente hasta alcanzar esa medida exacta; después de eso, no se registraba ni una dosis de pastillas homeopáticas en el manifiesto. Casi no se llevaban pasajeros, porque no solo añadían peso, sino que además nunca ayudaban a equilibrar el barco. Siempre corrían hacia un lado cuando veían algo, mientras que un marinero concienzudo y experimentado se mantendría en el centro del barco y se peinaría con un nivel de burbuja.

No se permitían trenes de carga ni pasajeros, ya que los aviones de carreras solo pararían en las ciudades más grandes, y entonces solo habría escalas cortas. Se habían contratado con antelación vagones plataforma para el carbón y la madera, y estos se mantenían listos para engancharse a los aviones de vapor en cualquier momento. Se transportaban tripulaciones dobles para que todo el trabajo se pudiera realizar rápidamente.

Llegada la fecha elegida y todo listo, los dos grandes vapores regresan al río y permanecen allí, maniobrando un instante, aparentemente observando el más mínimo movimiento del otro, como criaturas sensibles; las banderas ondean, el vapor acumulado chirría a través de las válvulas de seguridad, el humo negro sale de las chimeneas y oscurece todo el aire. Gente, gente por todas partes; las orillas, los tejados, los barcos de vapor, los navíos, están repletos de gente, y uno sabe que las fronteras del ancho Misisipi se verán bordeadas de gente desde allí hacia el norte, hasta mil doscientas millas, para dar la bienvenida a estos corredores.

En ese momento, altas columnas de vapor brotan de las chimeneas de ambos vapores, dos cañones estruendosos anuncian una despedida, dos héroes con camisas rojas montados en cabrestantes ondean sus pequeñas banderas sobre las tripulaciones agrupadas en los castillos de proa, dos solos lastimeros se prolongan en el aire unos segundos de espera, dos poderosos coros estallan... ¡y aquí vienen! Las bandas de música braman ¡Salve Columbia!, hurra tras hurra retumba desde las costas, y las majestuosas criaturas pasan silbando como el viento.



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Esos barcos jamás se detienen entre Nueva Orleans y San Luis, salvo un instante en las ciudades grandes o para enganchar barcos madereros de treinta cuerdas. Deberías estar a bordo cuando remolquen un par de esos barcos y metan a un montón de hombres en cada uno; para cuando te hayas limpiado los vasos y te los hayas puesto, te preguntarás qué habrá sido de esa madera.

Dos vapores bien emparejados se mantendrán a la vista el uno del otro día tras día. Incluso podrían navegar uno al lado del otro, de no ser porque no todos los pilotos son iguales, y los más astutos ganarán la carrera. Si uno de los barcos tiene un piloto muy rápido, cuyo compañero es ligeramente inferior, se puede saber quién está de guardia observando si ese barco ha ganado o perdido terreno durante cada tramo de cuatro horas. El piloto más astuto puede retrasar un barco si no tiene una gran habilidad para la navegación. La navegación es un arte muy refinado. No se debe mantener el timón rozando la proa del barco si se quiere remontar el río rápidamente.

Claro que hay una gran diferencia entre barcos. Durante mucho tiempo estuve en un barco tan lento que a veces olvidábamos en qué año habíamos zarpado. Pero, por supuesto, esto ocurría muy rara vez. Los transbordadores perdían viajes valiosos porque sus pasajeros envejecían y morían esperando a que pasáramos. Esto sucedía aún con menos frecuencia. Tenía los documentos de estos sucesos, pero por descuido se extraviaron. Este barco, el 'John J. Roe', era tan lento que cuando finalmente se hundió en Madrid Bend, pasaron cinco años antes de que los dueños supieran de él. Siempre me resultó un dato confuso, pero así consta en los registros. Era terriblemente lento; aun así, a menudo pasábamos momentos bastante emocionantes compitiendo con islas, balsas y demás. Sin embargo, en un viaje nos fue bastante bien. Llegamos a San Luis en dieciséis días. Pero incluso a esa velocidad tan lenta, creo que cambiamos de guardia tres veces en el tramo de Fort Adams, que tiene cinco millas de largo. Un "tramo" es un tramo recto de río, y por supuesto la corriente fluye por ese lugar de una manera bastante animada.

Ese viaje fuimos a Grand Gulf, desde Nueva Orleans, en cuatro días (trescientas cuarenta millas); el 'Eclipse' y el 'Shotwell' lo hicieron en uno. Estuvimos nueve días fuera, en el canal de 63 (setecientas millas); el 'Eclipse' y el 'Shotwell' fueron allí en dos días. Hace algo más de una generación, un barco llamado 'JM White' fue de Nueva Orleans a El Cairo en tres días, seis horas y cuarenta y cuatro minutos. En 1853, el 'Eclipse' hizo el mismo viaje en tres días, tres horas y veinte minutos.{nota al pie [Tiempo disputado. Algunas autoridades añaden 1 hora y 16 minutos a esto.]} En 1870, el 'RE Lee' lo hizo en tres días y una hora. Este último es llamado el viaje más rápido registrado. Intentaré demostrar que no lo fue. Por esta razón: la distancia entre Nueva Orleans y El Cairo, cuando el 'JM White' la recorrió, era de aproximadamente mil ciento seis millas; Por consiguiente, su velocidad media era ligeramente superior a las catorce millas por hora. En la época del Eclipse, la distancia entre los dos puertos se había reducido a mil ochenta millas; por consiguiente, su velocidad media era ligeramente inferior a catorce millas y tres octavos por hora. En la época del R.E. Lee, la distancia se había reducido a unas mil treinta millas; por consiguiente, su velocidad media era de unas catorce millas y un octavo por hora. Por lo tanto, el tiempo del Eclipse fue, sin duda, el más rápido jamás registrado.



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Capítulo 17


Recortes y Stephen


Estos detalles, aunque áridos, son importantes por una razón en particular. Me brindan la oportunidad de presentar una de las peculiaridades más extrañas del Misisipi: su tendencia a acortarse de vez en cuando. Si uno lanza una manzana larga y flexible por encima del hombro, esta se adaptará bastante bien a una sección promedio del río Misisipi; es decir, los novecientos o diezcientos kilómetros que se extienden desde Cairo, Illinois, hacia el sur hasta Nueva Orleans, siendo este tramo maravillosamente sinuoso, con breves tramos rectos aquí y allá a intervalos amplios. El tramo de doscientos kilómetros desde Cairo hacia el norte hasta San Luis no es en absoluto tan sinuoso, ya que se trata de un terreno rocoso que el río no puede erosionar mucho.

El agua erosiona las orillas aluviales del río 'bajo' formando profundas curvas en forma de herradura; tan profundas, de hecho, que en algunos lugares si uno desembarcara en un extremo de la herradura y caminara a través del istmo, medio o tres cuartos de milla, podría sentarse y descansar un par de horas mientras su vapor dobla el largo codo, a una velocidad de diez millas por hora, para llevarlo de nuevo a bordo. Cuando el río crece rápidamente, algún sinvergüenza cuya plantación está en el interior, y por lo tanto de menor valor, solo tiene que esperar su oportunidad, cavar una pequeña zanja a través del estrecho istmo de tierra en una noche oscura, y dirigir el agua hacia ella, y en un tiempo asombrosamente corto ocurre un milagro: es decir, todo el Misisipi se ha apoderado de esa pequeña zanja, y ha colocado la plantación del campesino en su orilla (cuadruplicando su valor), y la plantación antes valiosa de esa otra parte se encuentra allá en una gran isla; El antiguo cauce que lo rodea pronto se volverá menos profundo, los barcos no podrán acercarse a menos de diez millas y su valor se reducirá a una cuarta parte de lo que valía antes. Se vigilan esos estrechos istmos en momentos cruciales, y si alguien es sorprendido cavando una zanja a través de ellos, es muy poco probable que vuelva a tener la oportunidad de hacerlo.



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Observen algunos de los efectos de esta desviación del cauce. Antiguamente, frente a Port Hudson, Luisiana, había un istmo de apenas media milla de ancho en su punto más angosto. Se podía cruzar a pie en quince minutos; pero si se rodeaba el cabo en balsa, se recorrían treinta y cinco millas para lograr lo mismo. En 1722, el río se desvió bruscamente por ese istmo, abandonando su antiguo cauce, y así se acortó treinta y cinco millas. De la misma manera, se acortó veinticinco millas en Black Hawk Point en 1699. Aguas abajo de Red River Landing, se construyó el atajo de Raccourci (hace cuarenta o cincuenta años, creo). Esto acortó el río veintiocho millas. Hoy en día, si se viaja por el río desde el más meridional de estos tres atajos hasta el más septentrional, se recorren solo setenta millas. Para hacer lo mismo hace ciento setenta y seis años, ¡había que recorrer ciento cincuenta y ocho millas! ¡Un acortamiento de ochenta y ocho millas en esa insignificante distancia! En algún momento olvidado del pasado, se realizaron atajos río arriba de Vidalia, Luisiana; en la isla 92; en la isla 84; y en Hale's Point. Estos acortaron el río, en total, setenta y siete millas.



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Desde mis tiempos en el Misisipi, se han realizado atajos en Hurricane Island, en la isla 100, en Napoleon (Arkansas), en Walnut Bend y en Council Bend. Estos acortó el río, en total, sesenta y siete millas. En mi época, se realizó un atajo en American Bend, que acortó el río diez millas o más.

Por lo tanto, el río Misisipi entre El Cairo y Nueva Orleans tenía mil doscientas quince millas de largo hace ciento setenta y seis años. Medía mil ciento ochenta después del desvío de 1722. Medía mil cuarenta después del desvío de American Bend. Desde entonces, ha perdido sesenta y siete millas. En consecuencia, su longitud actual es de tan solo novecientas setenta y tres millas.

Ahora bien, si quisiera ser uno de esos científicos solemnes y pretender demostrar lo ocurrido en el pasado remoto basándome en lo ocurrido en un momento dado del pasado reciente, o lo que ocurrirá en el futuro lejano basándome en lo ocurrido en los últimos años, ¡qué oportunidad se me presenta! ¡La geología nunca tuvo semejante oportunidad, ni datos tan precisos para argumentar! ¡Ni tampoco el «desarrollo de las especies»! Las épocas glaciares son importantes, pero son vagas, muy vagas. Por favor, observen:

En el lapso de ciento setenta y seis años, el Bajo Misisipi se ha acortado doscientos cuarenta y dos millas. Eso es un promedio de poco más de una milla y un tercio por año. Por lo tanto, cualquier persona sensata, que no sea ciega ni idiota, puede ver que en el Período Silúrico Oolítico Antiguo, hace apenas un millón de años el próximo noviembre, el Bajo Misisipi tenía más de un millón trescientas mil millas de largo y se extendía sobre el Golfo de México como una caña de pescar. Y de la misma manera, cualquier persona puede ver que dentro de setecientos cuarenta y dos años el Bajo Misisipi tendrá solo una milla y tres cuartos de largo, y El Cairo y Nueva Orleans habrán unido sus calles y avanzarán tranquilamente bajo un solo alcalde y una junta de concejales común. Hay algo fascinante en la ciencia. Se obtienen tales resultados de conjeturas a partir de una inversión tan insignificante de hechos.

Cuando el agua comienza a fluir por una de esas zanjas de las que he estado hablando, es hora de que la gente de los alrededores se mueva. El agua desgarra las orillas como un cuchillo. Para cuando la zanja alcanza los doce o quince pies de ancho, la calamidad es prácticamente consumada, pues ningún poder en la tierra puede detenerla ahora. Cuando el ancho llega a cien yardas, las orillas comienzan a desprenderse en franjas de medio acre de ancho. La corriente que fluye alrededor de la curva antes viajaba a solo cinco millas por hora; ahora ha aumentado enormemente debido a la reducción de la distancia. Yo estaba a bordo del primer bote que intentó pasar por el atajo en American Bend, pero no lo logramos. Era casi medianoche, y fue una noche tormentosa: truenos, relámpagos y torrenciales lluvias. Se calculó que la corriente en el atajo alcanzaba unas quince o veinte millas por hora; doce o trece era lo máximo que nuestro bote podía hacer, incluso con el agua relativamente tranquila, por lo que quizás fuimos insensatos al intentar pasar por el atajo. Sin embargo, el señor Brown era ambicioso y siguió intentándolo. El remolino que subía por la orilla, bajo la punta, era casi tan rápido como la corriente en el centro; así que salíamos disparados por la orilla como un tren expreso relámpago, tomábamos mucha velocidad y nos preparábamos para un sprint cuando chocábamos con la corriente que giraba junto a la punta. Pero todos nuestros preparativos fueron inútiles. En el instante en que la corriente nos golpeaba, nos hacía girar como una peonza, el agua inundaba la proa y el barco se inclinaba tanto que apenas se podía mantener el equilibrio. Al instante siguiente, nos alejábamos río abajo, luchando con todas nuestras fuerzas para evitar el bosque. Repetimos el experimento cuatro veces. Me paré en la escotilla de proa para observar. Era asombroso ver con qué rapidez el barco giraba y daba media vuelta en el momento en que emergía del remolino y la corriente golpeaba su proa. El estruendo y el temblor habrían sido prácticamente los mismos si hubiera chocado a toda velocidad contra un banco de arena. Bajo los relámpagos se veían las cabañas de la plantación y los extensos terrenos desplomarse en el río; y el estruendo que producían no era un mal intento de trueno. Una vez, al girar, estuvimos a punto de chocar con una casa a unos seis metros de distancia, que tenía una luz encendida en la ventana; y en ese mismo instante, la casa cayó por la borda. Nadie podía mantenerse en el castillo de proa; el agua lo arrasaba como un torrente cada vez que nos lanzábamos contra la corriente. Al final de nuestro cuarto intento, llegamos al bosque dos millas río abajo del desvío; toda la zona estaba inundada, por supuesto. Uno o dos días después, el desvío tenía tres cuartos de milla de ancho, y los barcos podían pasar sin mucha dificultad, ahorrándose así diez millas.



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El antiguo atajo de Raccourci redujo la longitud del río en veintiocho millas. Existía una tradición asociada a él. Se decía que un barco pasó por allí de noche y rodeó el enorme meandro como de costumbre, sin que los pilotos supieran que el atajo había sido construido. Era una noche espantosa y horrible, y todas las formas eran vagas y distorsionadas. El antiguo meandro ya había comenzado a llenarse, y el barco empezó a huir de misteriosos arrecifes, chocando ocasionalmente con alguno. Los perplejos pilotos comenzaron a maldecir y, finalmente, expresaron el deseo totalmente innecesario de no poder salir jamás de aquel lugar. Como suele suceder en estos casos, esa plegaria en particular fue escuchada, y las demás fueron ignoradas. Así que, hasta el día de hoy, ese vapor fantasma sigue vagando por ese río desierto, intentando encontrar su salida. Más de un vigilante serio me ha jurado que en noches lluviosas y sombrías, ha mirado con temor río abajo, hacia aquel río olvidado, al pasar por el extremo de la isla, y ha visto el tenue resplandor de las luces del vapor fantasma que se deslizaban entre la oscuridad distante, y ha oído la tos amortiguada de sus 'tubos de escape' y el grito lastimero de sus capataces.



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A falta de más estadísticas, me permito cerrar este capítulo con un último recuerdo de 'Stephen'.

La mayoría de los capitanes y pilotos tenían el pagaré de Stephen como garantía de préstamos por sumas que oscilaban entre doscientos cincuenta dólares en adelante. Stephen nunca pagó ninguno de estos pagarés, pero era muy puntual y muy diligente a la hora de renovarlos cada doce meses.

Por supuesto, llegó un momento en que Stephen ya no pudo pedir prestado a sus antiguos acreedores; así que se vio obligado a esperar a nuevos hombres que no lo conocieran. Una de esas víctimas fue el bondadoso y sencillo joven Yates (uso un nombre ficticio, pero el nombre real comenzaba, como este, con una Y). El joven Yates se graduó como piloto, consiguió un puesto y, al finalizar el mes, cuando se dirigió a la oficina del secretario y recibió sus doscientos cincuenta dólares en billetes nuevos y relucientes, ¡allí estaba Stephen! Su labia comenzó a menear, y en muy poco tiempo los doscientos cincuenta dólares de Yates habían cambiado de manos. El hecho pronto se supo en la sede de los pilotos, y la diversión y satisfacción de los antiguos acreedores fueron grandes y generosas. Pero el inocente Yates jamás sospechó que la promesa de Stephen de pagar puntualmente al final de la semana era una farsa. Yates reclamó su dinero en la fecha estipulada; Stephen lo engatusó y le dio largas una semana. Llamó entonces, según lo acordado, y volvió a salir envuelto en halagos, pero sufriendo otro aplazamiento. Así continuó la cosa. Yates acosaba a Stephen semana tras semana, sin ningún resultado, y finalmente se dio por vencido. ¡Y entonces Stephen empezó a acosar a Yates! Dondequiera que apareciera Yates, allí estaba el inevitable Stephen. Y no solo allí, sino radiante de afecto y prodigando disculpas por no poder pagar. Al poco tiempo, cada vez que el pobre Yates lo veía venir, se daba la vuelta y salía corriendo, arrastrando consigo a sus acompañantes, si los tenía; pero era inútil; su deudor lo alcanzaba y lo acorralaba. Jadeando y con el rostro enrojecido, Stephen se acercaba, con las manos extendidas y la mirada ansiosa, se entrometía en la conversación, le sacudía los brazos a Yates y comenzaba...



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'¡Vaya carrera que he tenido! Vi que no me veías, así que aceleré a fondo por miedo a no verte. ¡Y aquí estás! ¡Quédate ahí, déjame mirarte! ¡Tu mismo rostro noble de siempre!' [Al amigo de Yates:] '¡Míralo! ¡Míralo! ¡ Qué bien se ve! ​​¿ Verdad ? ¡Es una maravilla! Algunos lo llaman una maravilla; yo lo llamo un panorama. Eso es lo que es: un panorama completo. ¡Y ahora me acuerdo! ¡Cómo desearía haberte visto una hora antes! Llevo veinticuatro horas ahorrando esos doscientos cincuenta dólares para ti; te he estado buscando por todas partes. Esperé en casa del Planter desde las seis de la tarde de ayer hasta las dos de la madrugada, sin descanso ni comida; mi esposa me pregunta: "¿Dónde has estado toda la noche?". Le respondí: "Esta deuda me pesa mucho". Ella dice: “En todos mis días jamás vi a un hombre tomarse una deuda tan en serio como tú”. Le dije: “Es mi naturaleza; ¿cómo puedo cambiarla?”. Ella dice: “Bueno, vete a la cama y descansa un poco”. Le dije: “No hasta que ese pobre y noble joven haya recibido su dinero”. Así que pasé toda la noche en vela, y esta mañana salí disparando, y el primer hombre al que alcancé me dijo que te habías embarcado en el “Grand Turk” y te habías ido a Nueva Orleans. Bueno, señor, tuve que apoyarme contra un edificio y llorar. ¡Por Dios, no pude evitarlo! El dueño del lugar salió limpiando con un trapo y dijo que no le gustaba que la gente llorara contra su edificio, y entonces me pareció que el mundo entero se había vuelto contra mí, y que ya no tenía sentido vivir; y hace una hora, sufriendo una agonía inimaginable, me encontré con Jim Wilson y le pagué los doscientos cincuenta dólares a cuenta; ¡y pensar que aquí estás tú ahora, y yo no tengo ni un centavo! Pero tan seguro como que estoy aquí parado, en este suelo, sobre este ladrillo en particular —ahí, he marcado el ladrillo para recordarlo—, pediré prestado ese dinero y te lo pagaré mañana a las doce en punto. Ahora, quédate así; déjame mirarte una vez más.

Y así sucesivamente. La vida de Yates se convirtió en una carga. No podía escapar de su deudor ni de los terribles sufrimientos que este padecía por no poder pagar. Temía aparecer en la calle, por si acaso Stephen lo esperaba al acecho en la esquina.

El salón de billar de Bogart era un lugar muy frecuentado por los pilotos en aquellos tiempos. Se reunían allí tanto para intercambiar noticias del río como para jugar. Una mañana, Yates estaba allí; Stephen también, pero se mantenía oculto. Al cabo de un rato, cuando casi todos los pilotos que estaban en el pueblo habían llegado, Stephen apareció de repente en medio y corrió hacia Yates como si fuera un hermano perdido hace mucho tiempo.

Oh , me alegra tanto verlos! ¡Oh, alma mía, verlos es un consuelo para mis ojos! Caballeros, les debo dinero a todos ustedes; entre ustedes, probablemente les debo cuarenta mil dólares. Quiero pagarlo; pretendo pagarlo hasta el último centavo. Todos ustedes saben, sin que yo se lo diga, el dolor que me ha costado permanecer tanto tiempo con deudas tan profundas con amigos tan pacientes y generosos; pero el dolor más agudo que sufro —con mucho el más agudo— es por la deuda que tengo con este noble joven; y he venido a este lugar esta mañana especialmente para anunciar que por fin he encontrado un método para pagar todas mis deudas. Y sobre todo quería que él estuviera aquí cuando lo anunciara. Sí, mi fiel amigo, mi benefactor, ¡he encontrado el método! ¡He encontrado el método para pagar todas mis deudas, y usted recibirá su dinero!' La esperanza apareció en los ojos de Yates; Entonces Stephen, con una sonrisa benevolente, y colocando su mano sobre la cabeza de Yates, añadió: "¡Voy a pagarles en orden alfabético!"



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Luego se dio la vuelta y desapareció. El significado completo del "método" de Stephen no se reveló a la multitud perpleja y pensativa hasta pasados ​​dos minutos; y entonces Yates murmuró con un suspiro...

«Bueno, los de la serie Y tienen una probabilidad desmesurada. No llegará más lejos que los de la serie C en este mundo, y supongo que después de que haya transcurrido una buena parte de la eternidad en el próximo, todavía me llamarán allá arriba "aquel pobre piloto andrajoso que vino aquí desde San Luis en los primeros tiempos"».



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Capítulo 18


Tomo algunas lecciones adicionales


Durante los dos o dos años y medio de mi aprendizaje, trabajé bajo las órdenes de muchos pilotos y tuve experiencia con diversos tipos de marineros y barcos de vapor; pues no siempre le convenía al Sr. Bixby tenerme con él, y en tales casos me enviaba con otra persona. Todavía hoy me beneficio de esa experiencia; pues en esa breve e intensa formación, conocí personalmente casi todos los tipos de naturaleza humana que se encuentran en la ficción, la biografía o la historia. Me doy cuenta a diario de que un empleo promedio en tierra requiere hasta cuarenta años para brindar a un hombre este tipo de educación. Cuando digo que aún me beneficio de ello, no quiero decir que me haya convertido en un juez de hombres; no, no lo ha hecho; pues los jueces de hombres nacen, no se hacen. Mi beneficio es diverso en tipo y grado; pero el aspecto que más valoro es el entusiasmo que esa experiencia temprana ha dado a mis lecturas posteriores. Cuando encuentro un personaje bien construido en una obra de ficción o biografía, generalmente me intereso personalmente por él, porque ya lo conocía de antes; lo conocí a orillas del río.

La figura que más a menudo se me viene a la mente, emergiendo de las sombras de aquel tiempo desaparecido, es la de Brown, del vapor «Pennsylvania», el hombre al que me referí en un capítulo anterior, cuya memoria era tan buena como tediosa. Era un tirano de mediana edad, alto, delgado, huesudo, bien afeitado, con cara de caballo, ignorante, tacaño, malicioso, gruñón, buscador de defectos, magnificador de motas. Pronto adquirí la costumbre de entrar de guardia con pavor en el corazón. Por muy bien que lo estuviera pasando con el relevo de abajo, y por muy animado que estuviera al ascender, mi alma se convertía en plomo en el momento en que me acercaba al puente de mando.



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Todavía recuerdo la primera vez que estuve en presencia de aquel hombre. El barco había zarpado de San Luis y estaba "enderezándose"; subí al puente de mando con aire de superioridad, muy orgulloso de ser, de manera semi-oficial, miembro de la familia ejecutiva de un barco tan rápido y famoso. Brown estaba al timón. Me detuve en medio de la sala, listo para hacer mi reverencia, pero Brown no miró a su alrededor. Me pareció que me había echado una mirada furtiva de reojo, pero como ni siquiera repitió esa observación, supuse que me había equivocado. Para entonces, estaba navegando con cuidado entre algunos "desiertos" peligrosos junto a los aserraderos; por lo tanto, no sería apropiado interrumpirlo; así que me dirigí con cuidado al banco alto y tomé asiento.

Hubo diez minutos de silencio; luego mi nuevo jefe se giró y me inspeccionó deliberada y minuciosamente de la cabeza a los pies durante aproximadamente —según me pareció— un cuarto de hora. Después, apartó la mirada y no la volví a ver durante unos segundos; luego volvió a aparecer y me saludó con esta pregunta:

¿Eres el cachorro de Horace Bigsby?

'Sí, señor.'

Después de esto hubo una pausa y otra inspección. Luego...



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'¿Cómo te llamas?'

Se lo dije. Él lo repitió después de mí. Probablemente fue lo único que olvidó; pues aunque estuve con él muchos meses, nunca se dirigió a mí de otra manera que no fuera «¡Aquí!», seguido de su orden.

¿Dónde naciste?

'En Florida, Missouri.'

Una pausa. Luego...

¡Ese ojo mejor se hubiera quedado ahí!

Mediante una docena de preguntas bastante directas, consiguió sacarme a la fuerza la historia de mi familia.

Los cables ya estaban colocados, en el primer cruce. Esto interrumpió la investigación. Cuando se hubieron colocado los cables, reanudó...

¿Cuánto tiempo llevas en el río?

Se lo dije. Tras una pausa...

¿De dónde sacaste esos zapatos?

Le di la información.

¡Levanta el pie!

Así lo hice. Él retrocedió, examinó el zapato minuciosamente y con desdén, rascándose la cabeza pensativo, inclinando su alto sombrero de copa hacia adelante para facilitar la operación, y luego exclamó: "¡Vaya, qué sorpresa!" y regresó a su rueda.



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Qué motivo había para estar tan maldito por eso es algo que sigue siendo tan misterioso para mí ahora como lo era entonces. Debieron pasar quince minutos —quince minutos de un silencio sordo y nostálgico— antes de que esa larga cara de caballo se volviera hacia mí de nuevo, ¡y entonces, qué cambio! Estaba roja como el fuego, y cada músculo de ella estaba en movimiento. Entonces se oyó este chillido...



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¡Mira! ¿Vas a quedarte ahí sentado todo el día?

Me quedé paralizado en medio de la sala, paralizado por la repentina y eléctrica sorpresa. En cuanto recuperé el habla, dije, con tono de disculpa: —No he recibido órdenes, señor.

¡No has recibido órdenes ! ¡Vaya, qué pájaro tan elegante somos! ¡Debemos recibir órdenes ! Nuestro padre era un caballero —tenía esclavos— y hemos ido a la escuela . Sí, nosotros también somos caballeros, ¡y tenemos que recibir órdenes! ¿Órdenes ? ¡ Órdenes es lo que quieres! ¡Maldita sea, te enseñaré a inflarte y a presumir por aquí con tus malditas órdenes ! ¡Aléjate de la rueda! (Me había acercado sin darme cuenta).

Retrocedí uno o dos pasos y me quedé inmóvil como en un sueño, con todos mis sentidos aturdidos por aquel ataque frenético.

¿Qué haces ahí parado? Llévate esa jarra de hielo al Texas Tender Come, muévete y no te quedes ahí todo el día.

En el momento en que regresé al puente de mando, Brown dijo:

¡Oye! ¿Qué estabas haciendo ahí abajo todo este tiempo?

"No pude encontrar el pollo estilo Texas; tuve que ir hasta la despensa."

¡Menuda historia! ¡Llena el horno!

Procedí a hacerlo. Me observó como un gato. De pronto gritó...



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¡Deja esa pala! Es el imbécil más grande que he visto en mi vida; ni siquiera tiene la inteligencia suficiente para encender una estufa.

Durante toda la guardia, esto se repetía. Sí, y las guardias siguientes fueron muy parecidas, durante varios meses. Como ya he dicho, pronto me acostumbré a entrar de servicio con pavor. En cuanto me encontraba en su presencia, incluso en la noche más oscura, sentía esos ojos amarillos clavados en mí y sabía que su dueño buscaba un pretexto para lanzarme su veneno. Previamente, solía decir:

¡Toma! Coge el volante.

Dos minutos después—

'¿ A qué parte del país vas? ¡Derribala! ¡Derribala!'

Tras otro momento...

¡Oye! ¿Vas a tenerla retenida todo el día? ¡Suéltala, ve a verla! ¡Ven a verla!

Entonces él saltaba del banco, me arrebataba el volante y se dirigía a su encuentro, desahogando su ira contra mí todo el tiempo.

George Ritchie era el aprendiz del otro piloto. Se lo estaba pasando bien, pues su jefe, George Ealer, era tan bondadoso como Brown no lo era. Ritchie se había preparado para Brown la temporada anterior; por lo tanto, sabía exactamente cómo entretenerse y fastidiarme, todo con la misma táctica. Cada vez que tomaba el timón un momento bajo la supervisión de Ealer, Ritchie se sentaba en el banco y jugaba a ser Brown, con continuas exclamaciones de: «¡Agárrala! ¡Agárrala! ¡La peor gata de barro que he visto!». «¡Oye! ¿Adónde vas ahora ? ¿Vas a pasar por encima de ese obstáculo?». «¡Tírala hacia abajo ! ¿No me oyes? ¡Tírala hacia abajo! ». «¡Ahí va! ¡ Justo como esperaba! Te dije que no te atascaras en ese arrecife. ¡Aléjate del timón!».

Así que siempre lo pasaba mal, sin importar de quién fuera el turno; y a veces me parecía que las bromas de buen humor de Ritchie eran casi tan irritantes como las quejas serias de Brown.

A menudo deseaba matar a Brown, pero eso no surtía efecto. Un novato tenía que aguantar todo lo que su jefe le decía, en cuanto a comentarios y críticas vehementes; y todos creíamos que existía una ley en Estados Unidos que castigaba con pena de prisión golpear o amenazar a un piloto en servicio. Sin embargo, podía imaginarme matando a Brown; no había ninguna ley que lo prohibiera; y eso era lo que solía hacer en cuanto me acostaba. En lugar de repasar mentalmente mi problema, como era mi deber, dejaba de lado el trabajo por placer y mataba a Brown. Maté a Brown todas las noches durante meses; no de las maneras viejas, rancias y comunes, sino de maneras nuevas y pintorescas; maneras que a veces sorprendían por la originalidad del diseño y la crudeza de la situación y el entorno.



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Brown siempre buscaba un pretexto para encontrar fallos; y si no encontraba ninguno plausible, se lo inventaba. Te regañaba por afeitar la orilla y por no afeitarla; por pegarte a la barra y por no pegarte; por tirar de la cuerda sin que te lo pidieran y por no tirarla sin que te lo pidieran; por encender la cuerda sin órdenes y por esperar órdenes . En resumen, su regla invariable era encontrar fallos en todo lo que hacías; y otra regla invariable suya era convertir todos sus comentarios (dirigidos a ti) en insultos.

Un día nos acercábamos a New Madrid, a toda velocidad y con la carga pesada. Brown iba a un lado del volante, manejando; yo estaba al otro, listo para «tirar hacia abajo» o «empujar hacia arriba». De vez en cuando me lanzaba una mirada furtiva. Hacía tiempo que sabía lo que eso significaba: estaba intentando tenderme una trampa. Me preguntaba qué forma tomaría. Al cabo de un rato, se apartó del volante y dijo con su habitual tono gruñón:

¡Mira! —A ver si tienes el valor suficiente para convencerla.

Esto estaba destinado al éxito; nada podía impedirlo; pues nunca antes me había permitido dar la vuelta al bote; por consiguiente, hiciera lo que hiciera, encontraría fallos sin problema. Se quedó allí, observándome con atención, y el resultado fue el previsible: perdí la cabeza en un cuarto de minuto y no sabía lo que hacía; empecé a dar la vuelta al bote demasiado pronto, pero vi un destello de alegría en los ojos de Brown y corregí mi error; volví a intentarlo estando demasiado alto, pero me corregí a tiempo; hice otros movimientos en falso y aun así logré salvarme; pero al final me sentí tan confundido y ansioso que cometí el peor error de todos: bajé demasiado antes de empezar a dar la vuelta al bote. La oportunidad de Brown había llegado.



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Su rostro se puso rojo de ira; dio un salto, me arrojó al otro lado de la casa con un movimiento de su brazo, hizo girar la rueda y comenzó a lanzarme un torrente de invectivas que duró hasta que se quedó sin aliento. En el transcurso de su discurso, me llamó con todos los insultos que se le ocurrieron, y un par de veces pensé que incluso iba a maldecir, pero esta vez no lo hizo. «Dod dern» fue lo más cerca que se atrevió a decir palabrotas, pues había sido educado con un sano respeto por el fuego y el azufre del futuro.

Fue una hora incómoda, pues había mucha gente en la cubierta de huracanes. Esa noche, al acostarme, maté a Brown de diecisiete maneras diferentes, todas ellas nuevas.



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Capítulo 19


Brown y yo intercambiamos cumplidos


Dos viajes después, me metí en serios problemas. Brown estaba al timón; yo estaba "tirando hacia abajo". Mi hermano menor apareció en la cubierta de tormenta y le gritó a Brown que se detuviera en algún embarcadero, una milla más abajo. Brown no dio ninguna señal de haber oído nada. Pero esa era su manera de ser: nunca se dignaba a prestar atención a un suboficial. Soplaba el viento; Brown era sordo (aunque siempre fingía no serlo), y dudaba mucho que hubiera oído la orden. Si hubiera tenido dos cabezas, habría hablado; pero como solo tenía una, me pareció prudente guardar silencio; así que me quedé quieto.

Poco después, efectivamente, pasamos navegando junto a aquella plantación. El capitán Klinefelter apareció en cubierta y dijo:

—Déjela que vuelva, señor, déjela que vuelva. ¿No le dijo Henry que aterrizara aquí?

¡ No , señor!

'Yo lo envié para que lo hiciera.'

«Sí que vino; y de nada sirvió, el muy idiota. No dijo nada.»

—¿No lo oíste ? —me preguntó el capitán.

Por supuesto que no quería verme involucrado en este asunto, pero no había manera de evitarlo; así que dije...

'Sí, señor.'

Sabía cuál sería el siguiente comentario de Brown antes de que lo pronunciara; fue...

¡Cállate la boca! Nunca has oído nada parecido.

Cerré la boca según las instrucciones. Una hora después, Henry entró en la cabina del piloto, sin saber lo que había ocurrido. Era un chico completamente inofensivo, y me dio pena verlo venir, pues sabía que Brown no tendría ninguna piedad de él. Brown comenzó, enseguida…

¡Oye! ¿Por qué no me dijiste que teníamos que aterrizar en esa plantación?

—Ya se lo dije, señor Brown.

¡Es mentira!

Yo dije-

Mientes tú misma. Él sí te lo dijo.

Brown me miró con sorpresa impasible; y por un instante se quedó completamente sin palabras; luego me gritó:

—¡En medio minuto me ocuparé de tu caso! —y luego, dirigiéndose a Henry—, ¡sal de la cabina del piloto; fuera!

Era ley de pilotos y debía obedecerse. El muchacho salió, e incluso tenía el pie en el escalón superior de la puerta, cuando Brown, con un repentino ataque de furia, agarró un trozo de carbón de diez libras y se abalanzó sobre él; pero yo estaba entre ellos, con un taburete pesado, y le di a Brown un buen golpe que lo dejó tendido en el suelo.



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Había cometido el crimen de los crímenes: ¡había levantado la mano contra un piloto de servicio! Supuse que iría a la cárcel seguro, y no podía ir más seguro si saldaba mi larga cuenta con esa persona mientras tuviera la oportunidad; por consiguiente, me aferré a él y lo golpeé con los puños durante un buen rato —no sé cuánto tiempo, el placer probablemente hizo que pareciera más de lo que realmente fue—, pero al final se liberó, se levantó de un salto y se lanzó al timón: una preocupación muy natural, pues, durante todo ese tiempo, ¡ahí estaba ese vapor bajando a toda velocidad por el río a una velocidad de quince millas por hora y nadie al timón! Sin embargo, Eagle Bend tenía dos millas de ancho en ese momento, con la orilla llena, y por consiguiente era largo y profundo; y el barco navegaba recto por el medio sin correr riesgos. Aun así, eso fue solo suerte; alguien podría haberlo encontrado a la deriva en el bosque.



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Al percibir, de un vistazo, que el 'Pennsylvania' no corría peligro, Brown tomó el gran catalejo, como si fuera una maza de guerra, y me ordenó salir del puente de mando con una bravuconería mayor que la de un comanche. Pero ya no le tenía miedo; así que, en lugar de irme, me entretuve y critiqué su gramática; reformé sus feroces discursos y los traduje a un buen inglés, haciéndole ver la ventaja del inglés puro sobre el dialecto bastardo de las minas de carbón de Pensilvania de donde provenía. Claro que podría haber contribuido a la admiración con un intercambio de insultos; pero no estaba preparado para ese tipo de controversia; así que enseguida dejó a un lado el catalejo y tomó el timón, murmurando y sacudiendo la cabeza; y yo me retiré al banco. El alboroto había congregado a todos en la cubierta de huracanes, y temblé al ver al viejo capitán levantar la vista desde entre la multitud. Me dije a mí mismo: "¡Ahora sí que estoy perdido!". Porque, aunque por lo general era tan paternal e indulgente con la familia del barco, y tan paciente con las pequeñas faltas, podía ser bastante severo cuando la falta lo merecía.

Traté de imaginar qué le haría a un piloto novato que hubiera sido culpable de un crimen como el mío, cometido en un barco con carga valiosa y lleno de pasajeros. Nuestra guardia estaba a punto de terminar. Pensé en esconderme en algún lugar hasta tener la oportunidad de desembarcar. Así que salí sigilosamente de la cabina del piloto, bajé las escaleras y rodeé la puerta de Texas, y estaba a punto de entrar cuando el capitán me encaró. Bajé la cabeza, y él se quedó de pie frente a mí en silencio un momento o dos, luego dijo con voz imponente:

'Sígueme.'



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Me dejé llevar por su estela; me condujo a su salón, en la parte delantera del Texas. Ahora estábamos solos. Cerró la puerta trasera; luego se dirigió lentamente a la delantera y la cerró. Se sentó; yo permanecí de pie frente a él. Me miró un rato y luego dijo...

'¿Así que has estado peleando con el señor Brown?'

Respondí con mansedumbre—

'Sí, señor.'

¿Sabes que eso es un asunto muy serio?

'Sí, señor.'

¿Sabía usted que esta embarcación estuvo navegando río abajo durante cinco minutos sin nadie al timón?

'Sí, señor.'

¿Le golpeaste tú primero?

'Sí, señor.'

¿Con qué?

—Un taburete, señor.

'¿Duro?'

'Regular, señor.'

¿Lo derribó?

—Él... él se cayó, señor.

¿Le diste seguimiento? ¿Hiciste algo más?

'Sí, señor.'

'¿Qué hiciste?'

'Le di una paliza, señor.'

¿Lo golpeó?

'Sí, señor.'

¿Le pegaste mucho? —es decir, ¿con fuerza?

—Quizás se podría decir así, señor.

¡Me alegro muchísimo! Escuchad, no digáis jamás que he dicho eso. Habéis cometido un gran crimen; y no volváis a cometerlo jamás en este barco. Pero ... ¡deseadle una buena paliza! ¿Me entendéis? Yo pago los gastos. Ahora id... y recordad, ni una palabra a nadie. ¡Fuera de aquí! ¡Habéis cometido un gran crimen, mocosos!

Salí deslizándome, feliz por la sensación de haberme librado por los pelos y de haberme liberado por completo; y lo oí reírse para sí mismo y darse palmadas en sus muslos gordos después de que le cerré la puerta.

Cuando Brown terminó su turno, fue directamente al capitán, que estaba hablando con algunos pasajeros en la cubierta de calderas, y exigió que me dejaran en tierra en Nueva Orleans, y añadió:

"Jamás volveré a manejar este barco mientras ese cachorro siga aquí."

El capitán dijo—

'Pero no tiene por qué venir cuando usted esté de guardia, señor Brown.

«Ni siquiera me quedaré en el mismo barco que él. Uno de los dos tiene que desembarcar».

—Muy bien —dijo el capitán—, que sea usted mismo; y reanudó su conversación con los pasajeros.



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Durante el breve tiempo que restaba del viaje, comprendí cómo se siente un esclavo emancipado, pues yo mismo lo era. Mientras esperábamos en los desembarcaderos, escuchaba la flauta de George Ealer; o sus lecturas de sus dos biblias, es decir, Goldsmith y Shakespeare; o jugaba al ajedrez con él, y a veces le habría ganado, solo que siempre retractaba su último movimiento y terminaba la partida de otra manera.



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Capítulo 20


Una catástrofe


Estuvimos tres días en Nueva Orleans, pero el capitán no logró encontrar otro piloto; así que me propuso que hiciera guardia diurna y dejara las guardias nocturnas a George Ealer. Pero tenía miedo; nunca había hecho guardia solo y creía que seguramente me metería en problemas al entrar en algún canal o encallaría el barco en un estrecho paso entre algún banco de arena. Brown permaneció en su puesto, pero no quiso viajar conmigo. Así que el capitán me dio una orden para que el capitán del 'AT Lacey' me llevara a San Luis, y dijo que allí encontraría un nuevo piloto y que entonces podría retomar mi puesto de timonel. El 'Lacey' zarparía un par de días después del 'Pennsylvania'.



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La noche anterior a la partida del ' Pennsylvania ', Henry y yo estuvimos charlando sentados en un montón de carga en el dique hasta medianoche. El tema principal de la conversación era uno que creo que no habíamos abordado antes: los desastres de barcos de vapor. Uno se dirigía hacia nosotros, aunque no lo sospechábamos; el agua que iba a generar el vapor que lo causaría pasaba por algún punto a mil quinientas millas río arriba mientras hablábamos; pero llegaría en el momento y lugar precisos. Dudábamos de la utilidad de las personas sin autoridad en casos de desastre y el pánico que este conllevaba; aun así, podrían ser de alguna utilidad; así que decidimos que si alguna vez ocurría un desastre, al menos nos quedaríamos en el barco y prestaríamos el pequeño servicio que el azar nos deparara. Henry lo recordó después, cuando ocurrió el desastre, y actuó en consecuencia.

El 'Lacey' zarpó río arriba dos días después del 'Pennsylvania'. Hicimos escala en Greenville, Mississippi, un par de días después, y alguien gritó...

«¡El “Pennsylvania” explota en Ship Island y se pierden ciento cincuenta vidas!»

Esa misma noche, en Napoleon, Arkansas, recibimos un ejemplar adicional, publicado por un periódico de Memphis, que incluía algunos detalles. Mencionaba a mi hermano y decía que no había resultado herido.

Más arriba, río arriba, tuvimos una noticia adicional. Mi hermano fue mencionado nuevamente; pero esta vez como herido sin remedio. No supimos todos los detalles de la catástrofe hasta que llegamos a Memphis. Esta es la triste historia…



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Eran las seis de la mañana de un caluroso día de verano. El 'Pennsylvania' avanzaba lentamente al norte de Ship Island, a unas sesenta millas al sur de Memphis, a media potencia, remolcando una plataforma de madera que se estaba vaciando rápidamente. George Ealer estaba solo en el puente de mando, creo; el segundo ingeniero y un fogonero estaban de guardia en la sala de máquinas; el segundo oficial estaba de guardia en cubierta; George Black, el Sr. Wood y mi hermano, oficinistas, dormían, al igual que Brown, el ingeniero jefe, el carpintero, el primer oficial y un fogonero; el capitán Klinefelter estaba en la silla del barbero, y este se disponía a afeitarlo. Había bastantes pasajeros de camarote a bordo, y trescientos o cuatrocientos pasajeros de cubierta —según se decía entonces—, y no muchos de ellos estaban despiertos. Como ya casi no quedaba madera en el piso, Ealer gritó "¡Adelante!" a toda máquina, y al instante siguiente cuatro de las ocho calderas estallaron con un estruendo ensordecedor, ¡y todo el tercio delantero del barco se elevó hacia el cielo! La mayor parte de la masa, con las chimeneas, cayó de nuevo sobre el barco, una montaña de escombros retorcidos y caóticos, y luego, poco después, se desató el fuego.



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Muchas personas salieron despedidas a grandes distancias y cayeron al río; entre ellas estaban el señor Wood, mi hermano y el carpintero. El carpintero aún estaba tendido sobre su colchón cuando cayó al agua a veintitrés metros del bote. Brown, el piloto, y George Black, el jefe de oficina, nunca fueron vistos ni se supo nada de ellos después de la explosión. La silla del barbero, con el capitán Klinefelter sentado en ella ileso, quedó con el respaldo colgando vacío; todo lo que había delante, el suelo y todo lo demás, había desaparecido. El barbero, estupefacto y también ileso, permanecía de pie con un dedo del pie extendido en el aire, removiendo la espuma inconscientemente y sin decir una palabra.

Cuando George Ealer vio las chimeneas desplomarse frente a él, supo lo que ocurría; así que se cubrió el rostro con las solapas de su abrigo y apretó ambas manos con fuerza para mantener la protección en su lugar, impidiendo que el vapor le llegara a la nariz o la boca. Tuvo tiempo suficiente para ocuparse de estos detalles durante el ascenso y el descenso. Poco después, aterrizó sobre las calderas sin explotar, a doce metros por debajo de la antigua cabina del piloto, acompañado por su timón y una lluvia de otros objetos, envuelto en una nube de vapor hirviendo. Todos los que respiraron ese vapor murieron; ninguno sobrevivió. Pero Ealer no lo respiró. Se dirigió al aire libre lo más rápido que pudo; y cuando el vapor se disipó, regresó y volvió a subir a las calderas, buscando pacientemente cada una de sus piezas de ajedrez y las distintas partes de su flauta.



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Para entonces, el fuego comenzaba a amenazar. Gritos y gemidos llenaban el aire. Mucha gente había sufrido quemaduras, muchos otros habían quedado lisiados; la explosión había atravesado el cuerpo de un hombre con una palanca de hierro; creo que dijeron que era sacerdote. No murió al instante, y su sufrimiento fue terrible. Un joven cadete naval francés de quince años, hijo de un almirante francés, sufrió quemaduras graves, pero soportó las torturas con valentía. Ambos oficiales sufrieron quemaduras graves, pero aun así permanecieron en sus puestos. Remolcaron la barcaza de madera hacia popa, y junto con el capitán, contuvieron a la multitud de inmigrantes aterrorizados hasta que los heridos pudieron ser trasladados allí y puestos a salvo.

Cuando el señor Wood y Henry cayeron al agua, intentaron llegar a la orilla, que estaba a solo unos cientos de metros; pero Henry enseguida dijo que creía no estar herido (¡qué error tan inexplicable!), y que por lo tanto nadaría de vuelta al bote para ayudar a salvar a los heridos. Así que se separaron, y Henry regresó.

Para entonces, el fuego avanzaba con furia, y varias personas atrapadas bajo los escombros imploraban desesperadamente ayuda. Todos los esfuerzos por sofocar el fuego resultaron inútiles; así que los cubos fueron arrojados a un lado y los oficiales, armados con hachas, intentaron liberar a los prisioneros. Entre ellos se encontraba un obrero; dijo que no estaba herido, pero que no podía liberarse. Al ver que el fuego amenazaba con ahuyentar a los trabajadores, suplicó que alguien le disparara para salvarlo de una muerte aún más terrible. El fuego, en efecto, ahuyentó a los obreros, quienes tuvieron que escuchar, impotentes, las súplicas de este pobre hombre hasta que las llamas pusieron fin a su sufrimiento.



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El fuego arrasó con todo y lo arrastró hasta la lonja de madera que cabía allí; esta quedó a la deriva y, junto con el vapor en llamas, flotó río abajo hacia Ship Island. Amarraron la lonja en la cabecera de la isla, y allí, sin protección del sol abrasador, los ocupantes semidesnudos tuvieron que permanecer, sin comida ni estimulantes, ni atención médica, durante el resto del día. Finalmente, llegó un vapor y los llevó a Memphis, donde recibieron de inmediato una ayuda muy generosa. Para entonces, Henry estaba inconsciente. Los médicos examinaron sus heridas y constataron que eran mortales, y naturalmente centraron su atención en los pacientes que podían salvarse.

Cuarenta de los heridos fueron colocados en camillas en el suelo de un gran salón público, y entre ellos estaba Enrique. Allí acudían a diario las damas de Menfis con flores, frutas, dulces y manjares de todo tipo, y allí permanecían atendiendo a los heridos. Todos los médicos y estudiantes de medicina montaban guardia; y el resto de la ciudad aportaba dinero o cualquier otra cosa que hiciera falta. Y Menfis sabía cómo hacer bien todas estas cosas, pues muchos desastres como el del 'Pennsylvania' habían ocurrido cerca de sus puertas, y tenía experiencia, más que ninguna otra ciudad ribereña, en la bondadosa labor del Buen Samaritano.

La escena que vi al entrar en aquella gran sala me resultó nueva y extraña. Dos largas filas de cuerpos postrados —más de cuarenta en total—, cada rostro y cabeza convertidos en una masa informe de algodón crudo suelto. Era un espectáculo espantoso. Permanecí allí seis días y seis noches, y fue una experiencia muy melancólica. Había un incidente diario particularmente deprimente: el traslado de los condenados a una cámara aparte. Se hacía para que la moral de los demás pacientes no se viera afectada negativamente al ver a uno de ellos agonizando. Al condenado siempre lo llevaban con la menor agitación posible, y la camilla siempre permanecía oculta tras una hilera de ayudantes; pero no importaba: todos sabían lo que significaba aquel grupo de cuerpos encorvados, con sus pasos amortiguados y su lento movimiento; y todos los ojos lo observaban con nostalgia, y un escalofrío lo recorría como una ola.



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Vi a muchos pobres hombres ser trasladados a la "sala de la muerte" y no los volví a ver. Pero vi a nuestro primer oficial ser llevado allí más de una vez. Sus heridas eran espantosas, especialmente sus quemaduras. Estaba cubierto de aceite de linaza y algodón crudo hasta la cintura, y no se parecía en nada a un ser humano. A menudo perdía la razón; y entonces sus dolores lo hacían delirar, gritar y a veces chillar. Luego, tras un período de agotamiento mudo, su imaginación desordenada transformaba repentinamente el gran camarote en un castillo de proa, y la apresurada multitud de enfermeras en la tripulación; y se ponía en posición sentada y gritaba: "¡Agáchense, agáchense , petrificaciones, barrigas de caracol, portadores de ataúdes! ¿Van a estar todo el día sacando ese sombrero lleno de carga?" y complementaba esta explosión con una irrupción o blasfemia que aniquilaba el firmamento y que nada podía detener hasta que su cráter estuviera vacío. Y de vez en cuando, mientras estos frenesíes lo poseían, arrancaba puñados de algodón y exponía su carne cocida a la vista. Era horrible. Era malo para los demás, por supuesto, este ruido y estas exhibiciones; así que los médicos intentaron darle morfina para calmarlo. Pero, consciente o inconscientemente, no la tomaba. Decía que su esposa había muerto por culpa de esa droga traicionera, y que él moriría antes de tomarla. Sospechaba que los médicos la ocultaban en sus medicamentos habituales y en su agua, así que dejó de llevárselas a los labios. Una vez, cuando había estado sin agua durante dos días sofocantes, tomó el cucharón en la mano, y la visión del líquido límpido, y la miseria de su sed, lo tentaron casi más allá de sus fuerzas; pero se dominó y lo tiró, y después de eso no permitió que le acercaran más. Tres veces lo vi ser llevado a la sala de la muerte, inconsciente y supuestamente moribundo; Pero cada vez que revivía, maldecía a sus sirvientes y exigía que lo llevaran de vuelta. Vivió para volver a ser primer oficial de un barco de vapor.

Pero fue el único que fue a la sala de la muerte y regresó con vida. El doctor Peyton, médico principal y poseedor de todas las cualidades que conforman un carácter íntegro e intachable, hizo todo lo que su juicio experto y su habilidad profesional pudieron hacer por Henry; pero, como habían dicho los periódicos al principio, sus heridas eran irreversibles. En la tarde del sexto día, su mente errante se entretuvo con asuntos lejanos, y sus dedos entumecidos jugueteaban con las sábanas. Había llegado su hora; lo llevamos a la sala de la muerte, pobre muchacho.









Capítulo 21


Una sección de mi biografía


Con el tiempo, obtuve mi licencia. Ahora era piloto de pleno derecho. Empecé a trabajar ocasionalmente; no hubo contratiempos, y el trabajo intermitente dio paso a empleos estables y prolongados. El tiempo transcurría con tranquilidad y prosperidad, y yo suponía —y esperaba— que seguiría el río el resto de mis días y moriría al timón cuando mi misión terminara. Pero pronto llegó la guerra, el comercio se paralizó y perdí mi trabajo.

Tuve que buscarme otro medio de vida. Así que me convertí en minero de plata en Nevada; después, en reportero de periódico; luego, en minero de oro en California; después, en reportero en San Francisco; luego, en corresponsal especial en las Islas Sandwich; luego, en corresponsal itinerante en Europa y Oriente; luego, en un orador inspirador; y, finalmente, me convertí en escritor de libros y en una presencia inamovible entre las demás rocas de Nueva Inglaterra.

En pocas palabras he resumido los veintiún años que han transcurrido lentamente desde la última vez que miré desde las ventanas de la cabina del piloto.

Continuemos ahora.





Capítulo 22


Regreso a mis corderos


Tras veintiún años de ausencia, sentí un fuerte deseo de volver a ver el río, los barcos de vapor y a los muchachos que aún quedaran; así que decidí ir. Recluté a un poeta para que me acompañara y a una taquígrafa para que me acompañara, y partí hacia el oeste a mediados de abril.

Como me propuse tomar notas para imprimirlas, pensé en algunos métodos de procedimiento. Reflexioné que si me reconocían en el río, no tendría la misma libertad para ir y venir, hablar, preguntar y espiar, como si fuera un desconocido; recordé que era costumbre de los marineros de antaño colmar al forastero confiado con las mentiras más pintorescas y admirables, y distraer al amigo sofisticado con hechos aburridos e ineficaces: así que concluí que, desde un punto de vista comercial, sería ventajoso disfrazar a nuestro grupo con nombres ficticios. La idea era ciertamente buena, pero generó infinitas molestias; porque aunque Smith, Jones y Johnson son nombres fáciles de recordar cuando no hay ocasión de recordarlos, es casi imposible recordarlos cuando se necesitan. ¿Cómo se las arreglan los criminales para recordar un alias nuevo ? Este es un gran misterio. Yo era inocente; y sin embargo, rara vez podía tener a mano mi nuevo nombre cuando lo necesitaba; Y me pareció que si hubiera tenido un crimen en mi conciencia que me confundiera aún más, jamás habría podido conservar ese nombre.

Salimos en tren por la compañía Pennsylvania Railroad a las 8 de la mañana del 18 de abril.

«NOCHE. Hablando de vestimenta... La elegancia y el encanto se van desvaneciendo gradualmente a medida que uno se aleja de Nueva York.»

Lo encuentro entre mis notas. Da igual la dirección que tomes, el hecho es el mismo. Vayas al norte, al sur, al este o al oeste, no importa: puedes levantarte por la mañana y adivinar cuánto has avanzado, observando la falta de gracia y elegancia en la vestimenta de los nuevos pasajeros; no me refiero solo a las mujeres, sino a ambos sexos. Puede que la cuestión sea la base de todo esto; y creo que sí; pues hay muchas damas y caballeros en las ciudades provinciales cuyas prendas están confeccionadas por los mejores sastres y modistas de Nueva York; sin embargo, esto no afecta en absoluto al hecho fundamental: el ojo educado jamás confunde a esas personas con neoyorquinos. No, hay una gracia, un brío y un estilo innegables en un neoyorquino de pura cepa que la mera ropa no puede lograr.

'19 DE ABRIL. Esta mañana, me topé con la zona de las perillas pobladas, a veces acompañadas de bigote, pero solo ocasionalmente.'



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Resultaba extraño toparse con semejante barba de chivo, una prenda anticuada y desaliñada; era como encontrarse de repente con un conocido olvidado al que se creía muerto desde hacía generaciones. La perilla se extiende por una vasta región y va acompañada de una fe inquebrantable en Adán y la historia bíblica de la creación, que no ha sido refutada por los científicos.



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«Buenas tardes. En las estaciones de tren, los vagabundos llevan ambas manos en los bolsillos de sus pantalones; antes se observaba que a veces sacaban una mano, aquí, nunca. Este es un dato importante en geografía.»

Si los holgazanes determinaran el carácter de un país, eso sería aún más importante, por supuesto.

«Hasta ahora, se había observado con frecuencia al holgazán de la estación rascándose una espinilla con el otro pie; aquí, faltan esos vestigios de actividad. Esto tiene un aspecto ominoso.»

Poco a poco, entramos en la zona donde se consume tabaco de mascar. Hace cincuenta años, esta zona abarcaba todo el territorio de la Unión. Ahora está muy restringida.

Luego, empezaron a aparecer las botas. Aunque no en gran número. Más tarde, río abajo por el Misisipi, se convirtieron en la norma. Desaparecieron de otras zonas de la Unión junto con el barro; sin duda, también desaparecerán de los pueblos ribereños cuando se construyan pavimentos adecuados.

Llegamos a San Luis a las diez de la noche. En la recepción del hotel, presenté un nombre ficticio inventado a toda prisa, con un patético intento de aparente tranquilidad. El recepcionista se detuvo y me examinó con la compasión con la que se examina a una persona respetable que se encuentra en circunstancias dudosas; luego dijo:

—No hay problema; sé qué tipo de habitación buscas. Solía ​​trabajar como recepcionista en el St. James, en Nueva York.



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Un comienzo poco prometedor para una carrera fraudulenta. Nos dirigimos al comedor y nos encontramos con otros dos hombres a quienes ya conocía. Qué extraño e injusto es: impostores malvados andan dando conferencias bajo mi seudónimo y nadie sospecha de ellos; pero cuando un hombre honesto intenta suplantar mi identidad, lo descubren de inmediato.

Una cosa parecía clara: debíamos partir río abajo al día siguiente si seguían apareciendo personas ingenuas; una decepción desagradable, pues habíamos esperado pasar una semana en San Luis. El Southern era un buen hotel, y podríamos haber disfrutado de una estancia agradable. Es grande, está bien gestionado y su decoración no resulta ostentosa, como la del inmenso Palmer House de Chicago. Es cierto que las mesas de billar eran del Silúrico antiguo, y los tacos y las bolas del Post-Plioceno; pero esto nos reconfortaba, no nos incomodaba, pues la contemplación de las antigüedades proporciona descanso y sanación.



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La ausencia más notable en la sala de billar fue la del hombre de río. Si estaba allí, se había llevado su firma, iba disfrazado. No vi ni rastro de las pomposas atenciones, las ostentosas muestras de dinero ni los pomposos derroches que solían distinguir a la gente de los barcos de vapor de la gente de tierra firme en los abarrotados salones de billar de San Luis en aquellos tiempos. En aquella época, los principales salones siempre estaban llenos de hombres de río; de cincuenta jugadores presentes, treinta o treinta y cinco probablemente serían de río. Pero sospechaba que ahora eran pocos, y que los hombres de los barcos de vapor ya no eran una aristocracia. En mi época, solían llamar al camarero Bill, o Joe, o Tom, y darle una palmada en el hombro; yo estaba atento a eso. Pero ninguno de ellos lo hacía. Evidentemente, una gloria que alguna vez existió se había disuelto y desvanecido en estos veintiún años.

Cuando subí a mi habitación, encontré allí al joven llamado Rogers, llorando. Rogers no era su nombre; tampoco Jones, Brown, Dexter, Ferguson, Bascom ni Thompson; pero respondía a cualquiera de esos nombres que alguien encontrara a mano en caso de emergencia; o a cualquier otro nombre, de hecho, si se daba cuenta de que te referías a él. Dijo:

¿Qué puede hacer una persona aquí cuando quiere beber agua? ¿Beber este aguanieve?

¿No puedes bebértelo?

'Podría hacerlo si tuviera otra agua para lavarlo.'

He aquí algo que no había cambiado; veinte años no habían alterado en lo más mínimo el color mulato de esta agua; veinte siglos, probablemente, no lo harían mejor. Proviene del turbulento y accidentado río Misuri, y cada vaso contiene casi un acre de tierra disuelta. Este dato me lo contó el obispo de la diócesis. Si dejas reposar el vaso media hora, puedes separar la tierra del agua con la misma facilidad que en el Génesis; y entonces descubrirás que ambas son buenas: una para comer, la otra para beber. La tierra es muy nutritiva, el agua es completamente saludable. Una calma el hambre; la otra, la sed. Pero los nativos no las toman por separado, sino juntas, como la naturaleza las mezcló. Cuando encuentran un centímetro de lodo en el fondo del vaso, lo revuelven y luego beben el trago como si fuera una papilla. A un forastero le cuesta acostumbrarse a esta mezcla, pero una vez que se acostumbra, la prefiere al agua. Esto es realmente cierto. Es bueno para navegar en barco de vapor y es bueno para beber; pero no sirve para ningún otro propósito, excepto para bautizar.

A la mañana siguiente, recorrimos la ciudad en coche bajo la lluvia. Parecía que había cambiado poco. Había cambiado mucho, pero no lo parecía; porque en San Luis, como en Londres y Pittsburgh, es imposible que algo nuevo parezca nuevo; el humo del carbón lo convierte en una antigüedad en cuanto lo apartas de tu mano. La ciudad casi había duplicado su tamaño desde que yo vivía allí, y ahora tenía 400.000 habitantes; aun así, en las zonas comerciales, seguía luciendo prácticamente igual que antes. Sin embargo, estoy seguro de que ahora hay menos humo en San Luis que antes. El humo solía acumularse en una densa y ondulada blanquecina sobre la ciudad, ocultando el cielo. Ahora esa blanquecina es mucho más fina; aun así, creo que hay suficiente humo. No oí ninguna queja.

Sin embargo, en las afueras los cambios eran bastante evidentes, sobre todo en la arquitectura de las viviendas. Las nuevas y elegantes casas son nobles, bellas y modernas. Además, se alzan solitarias, rodeadas de verdes jardines; mientras que las viviendas de antaño se apiñan en bloques y presentan un diseño uniforme, con ventanas idénticas, enmarcadas por arcos de piedra labrada; un tipo de casa que ya era bastante atractiva cuando era menos común.

Hubo otro cambio: el Parque Forestal. Esto era nuevo para mí. Es hermoso y muy extenso, y tiene el gran mérito de haber sido creado principalmente por la naturaleza. Hay otros parques, y muy buenos, en particular Tower Grove y el Jardín Botánico; pues San Luis se interesó por estas mejoras mucho antes que la mayoría de nuestras ciudades.

La primera vez que vi San Luis, pensé que podría haberla comprado por seis millones de dólares, y fue el error de mi vida no haberlo hecho. Ahora me resulta amargo contemplar desde la distancia esta metrópolis de cúpulas y campanarios, esta sólida extensión de ladrillos y cemento que se extiende en todas direcciones hacia distancias difusas e incalculables, y recordar que dejé escapar esa oportunidad. Por qué la dejé pasar parece, por supuesto, una tontería e inexplicable hoy en día, a primera vista; sin embargo, en aquel momento había razones que justificaban mi decisión.

Un escocés, el honorable Charles Augustus Murray, escribió hace unos cuarenta y cinco o cincuenta años: «Las calles son estrechas, están mal pavimentadas y mal iluminadas». Esas calles siguen siendo estrechas, por supuesto; muchas de ellas aún están mal pavimentadas; pero la queja sobre la mala iluminación ya no se puede repetir. La «Nueva Iglesia Católica» era entonces el único edificio notable, y se le pidió al Sr. Murray que la admirara, con su «especie de pórtico griego, coronado por una especie de campanario, demasiado diminuto en sus proporciones, y coronado por diversos ornamentos» que el poco imaginativo escocés se vio «completamente incapaz de describir»; y por lo tanto agradeció cuando un turista alemán lo ayudó con la exclamación: «¡Caramba, parecen postes de cama!». St. Louis ahora cuenta con edificios públicos majestuosos y nobles, y la pequeña iglesia, de la que la gente solía estar tan orgullosa, perdió su importancia hace mucho tiempo. Aun así, esto no sorprendería al Sr. Murray si pudiera regresar. pues profetizó con gran confianza la futura grandeza de San Luis.

Cuanto más avanzábamos en nuestro recorrido de inspección, más claramente me daba cuenta de cómo había crecido la ciudad desde la última vez que la había visto; los cambios en los detalles se volvieron cada vez más evidentes y frecuentes que al principio: cambios que evidenciaban uniformemente progreso, energía y prosperidad.



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Pero el cambio de cambios estaba en el 'dique'. Esta vez, una desviación de la regla. ¡Media docena de barcos de vapor profundamente dormidos donde solía ver una milla sólida de barcos bien despiertos! Esto era melancólico, esto era lamentable. La ausencia del omnipresente y jovial barquero del salón de billar se explicaba. Estaba ausente porque ya no está. Su ocupación se ha ido, su poder ha pasado, se ha absorbido en la manada común, muele en el molino, un Sansón rapado e inconspicuo. Media docena de barcos de vapor sin vida, una milla de muelles vacíos, un negro fatigado por el whisky estirado y dormido, en un amplio y silencioso vacío, ¡donde las huestes apiñadas del comercio solían contender!{nota al pie [El capitán Marryat, escribiendo hace cuarenta y cinco años dice: 'San Luis tiene 20.000 habitantes. El río que discurre junto al pueblo está repleto de barcos de vapor, dispuestos en dos o tres niveles . Aquí reinaba la desolación, en efecto.

'El viejo, viejo mar, como uno que llora,
viene murmurando, con labios espumosos,
y golpeando los muelles vacíos,
llama a su multitud de barcos perdidos hace mucho tiempo.'



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El remolcador y el ferrocarril habían cumplido su cometido, y lo habían hecho bien y a la perfección. El imponente puente, que se extendía sobre nuestras cabezas, había contribuido a la matanza y la devastación. Los restos de antiguos marineros me comentaron, con una satisfacción tenue, que el puente no daba frutos. Aun así, saber que la dinamita que lo destruyó no era de la calidad esperada no puede ser una compensación suficiente para un cadáver.

Los pavimentos a lo largo de la ribera estaban en mal estado; las aceras estaban bastante deterioradas; había una gran abundancia de barro. Todo esto era familiar y satisfactorio; pero los antiguos ejércitos de carretas, las multitudes de hombres luchando y las montañas de mercancías habían desaparecido; y el sábado reinaba en su lugar. La milla inmemorial de burdeles baratos y sórdidos permanecía, pero el negocio era escaso; las multitudes de irlandeses bebedores de veneno se habían marchado, y en su lugar había unos pocos puñados dispersos de negros harapientos, algunos bebiendo, otros borrachos, algunos cabeceando, otros dormidos. San Luis es una ciudad grande, próspera y en constante progreso; pero su ribera parece muerta, irrecuperable.

El servicio de barcos de vapor en el Misisipi nació alrededor de 1812; al cabo de treinta años, había alcanzado proporciones imponentes; ¡y en menos de treinta más, desapareció! Una vida extrañamente corta para una actividad tan majestuosa. Claro que no ha desaparecido del todo, como tampoco lo hace un octogenario lisiado que antaño podía saltar veintidós pies en terreno llano; pero en comparación con lo que fue en su apogeo, el servicio de barcos de vapor en el Misisipi puede considerarse extinto.

Acabó con la navegación tradicional en barcos de quilla, al reducir el viaje de mercancías a Nueva Orleans a menos de una semana. Los ferrocarriles acabaron con el tráfico de pasajeros en barcos de vapor, al realizar en dos o tres días lo que a estos les llevaba una semana; y las flotas de remolcadores acabaron con el tráfico de mercancías de larga distancia, al arrastrar seis o siete cargamentos de barcos de vapor río abajo a la vez, a un coste tan insignificante que la competencia de los barcos de vapor era inviable.

El transporte de mercancías y pasajeros sigue en manos de los vapores. Este servicio, a lo largo de los tres mil kilómetros de río entre San Pablo y Nueva Orleans, está en manos de dos o tres sociedades anónimas bien financiadas; y gracias a una gestión y un sistema eficientes y pragmáticos, estas obtienen beneficios suficientes de lo que queda de la otrora próspera industria naviera. Supongo que San Luis y Nueva Orleans no han sufrido grandes pérdidas con este cambio, ¡pero pobre del aserradero!



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Solía ​​vender sus mercancías a lo largo del río; su mercancía, cuidadosamente seleccionada, se extendía de una ciudad a otra, siguiendo las orillas, y vendía incontables cuerdas de leña cada año al contado; pero ahora todos los barcos que quedan funcionan con carbón, y lo que menos se ve hoy en el Misisipi es una pila de leña. ¿Dónde estará ahora aquel aserradero?





Capítulo 23


Viajando de incógnito


Mi idea era detenerme un tiempo en cada pueblo entre San Luis y Nueva Orleans. Para ello, sería necesario viajar de un lugar a otro en los barcos de pasajeros. Era un plan fácil de idear, y habría sido fácil de llevar a cabo hace veinte años, pero no ahora. Hoy en día, los intervalos entre barcos son muy largos.

Quería empezar por los interesantes asentamientos franceses de St. Genevieve y Kaskaskia, a sesenta millas al sur de San Luis. Solo había un barco anunciado para esa zona: un Grand Tower. Aun así, con un barco bastaba, así que fuimos a verlo. Era un viejo cacharro destartalado, y además un fraude; pues se hacía pasar por propiedad privada, cuando la tierra buena y honesta que la cubría era tan espesa que merecía tributar como bien inmueble. Hay lugares en Nueva Inglaterra donde su cubierta de huracanes valdría ciento cincuenta dólares el acre. El suelo de su castillo de proa era bastante bueno; la nueva cosecha de trigo ya brotaba de las grietas en los lugares protegidos. La escotilla era de arena seca y habría sido ideal para el cultivo de uvas, con orientación sur y un poco de subsuelo. El suelo de la cubierta de calderas era delgado y rocoso, pero lo suficientemente bueno para el pastoreo. Un muchacho negro estaba de guardia allí; no se veía a nadie más. Según nos comentó, esta tranquila embarcación zarparía, tal como se anunciaba, "si conseguía su viaje"; si no lo conseguía, esperaría.

¿Ha tenido algo de su viaje?

'Que Dios le bendiga, no, jefe. Todavía no la han descargado. Acaba de llegar esta mañana.'



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No estaba seguro de cuándo podría realizar su viaje, pero pensó que podría ser mañana o quizás pasado mañana. Esto no nos aclaraba nada; así que tuvimos que renunciar a la novedad de navegar río abajo en una granja. Teníamos una última opción: un barco de pasajeros de Vicksburg, el 'Gold Dust', zarparía a las 5 de la tarde. Embarcamos en él rumbo a Memphis y abandonamos la idea de hacer escalas aquí y allá, por considerarla impracticable. Era pulcra, limpia y cómoda. Acampamos en la cubierta de calderas y compramos algunos libros baratos para matar el tiempo. El vendedor era un venerable irlandés de rostro bondadoso y lengua que fluía con facilidad, y de él supimos que había vivido en San Luis treinta y cuatro años y que nunca había cruzado el río durante ese tiempo. Luego se lanzó a una disertación muy fluida, llena de nombres y alusiones clásicas, que era maravillosa por su elocuencia hasta que se hizo evidente que no era la primera vez, ni quizás la quincuagésima, que pronunciaba ese discurso. Era un personaje peculiar, y mucho mejor compañía que la literatura sentimental que vendía. Un comentario casual, que relacionaba a los irlandeses con la cerveza, hizo que revelara esta valiosa información:



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No la beben, señor. No pueden beberla, señor. Denle cerveza a un irlandés durante un mes y estará muerto. Un irlandés está revestido de cobre, y la cerveza lo corroe. Pero el whisky pule el cobre y es su salvación, señor.

A las ocho en punto, puntualmente, retrocedimos y cruzamos el río. Mientras nos acercábamos sigilosamente a la orilla, en la espesa oscuridad, un cegador resplandor de luz eléctrica blanca brotó repentinamente de nuestra proa e iluminó el agua y los almacenes como si fuera un resplandor de mediodía. Otro gran cambio: ya no había antorchas parpadeantes, humeantes, goteantes de brea e ineficaces; su época había terminado. A continuación, en lugar de llamar a una veintena de hombres para manejar la plataforma, un par de hombres y un buen chorro de vapor la bajaban de la grúa donde estaba suspendida, la botaban, la depositaban en el lugar exacto, y todo terminaba antes de que un oficial de a pie, como en los viejos tiempos, hubiera podido preparar su máquina de palabrotas para comenzar los preparativos. Que este nuevo y sencillo método de manejo de las plataformas no se pensara cuando se construyó el primer barco de vapor es un misterio que nos ayuda a darnos cuenta de lo obtuso que es el ser humano promedio.



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Finalmente, partimos a las dos de la mañana, y cuando salí a las seis, estábamos doblando la esquina hacia un promontorio rocoso donde había un antiguo almacén de piedra, o al menos, sus ruinas; cerca, al abrigo de las colinas frondosas, se encontraban dos o tres casas en ruinas; pero no había rastro de vida humana ni animal. Me pregunté si había olvidado el río, pues no recordaba absolutamente nada de aquel lugar; su forma también me resultaba desconocida; no había nada a la vista, en ninguna parte, que recordara haber visto antes. Estaba sorprendido, decepcionado y molesto.

Desembarcamos a una dama y un caballero elegantemente vestidos, y a dos jóvenes también elegantes y de aspecto refinado, junto con varias bolsas de cuero ruso. ¡Un lugar extraño para gente así! No había ningún carruaje esperando. El grupo partió como si no esperaran ninguno y se adentró a pie por un sinuoso camino rural.

Pero el misterio se resolvió cuando reanudamos la marcha; pues estas personas evidentemente se dirigían a una gran ciudad que se encontraba aislada tras un cabo (es decir, una isla nueva) a un par de millas río abajo de este desembarcadero. No recordaba esa ciudad; no lograba ubicarla, no podía pronunciar su nombre. Así que perdí un poco la paciencia. Sospeché que podría ser St. Genevieve, y así fue. Observen lo que había hecho este río tan peculiar: había construido este enorme e inútil cabo justo enfrente de esta ciudad, había cortado sus comunicaciones fluviales, la había cercado por completo y la había convertido en un pueblo rural. Es un lugar antiguo y hermoso, además, y merecía un destino mejor. Fue fundado por los franceses y es una reliquia de una época en la que se podía viajar desde la desembocadura del Misisipi hasta Quebec y estar en territorio francés y bajo dominio francés durante todo el trayecto.



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Acto seguido, subí a la cubierta de huracanes y lancé una mirada nostálgica hacia el puente de mando.



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Capítulo 24


Mi incógnito ha explotado


Tras observar detenidamente el rostro del piloto de guardia, me convencí de que nunca lo había visto antes; así que subí. El piloto me examinó; yo volví a examinarlo. Terminados estos preliminares de rigor, me senté en el banco alto, y él se giró y continuó con su trabajo. Todos los detalles de la cabina del piloto me resultaban familiares, con una excepción: un tubo de boca ancha bajo el panel frontal. Me entretuve un buen rato intentando descifrarlo; al final, me di por vencido y pregunté para qué servía.

'Para oír las campanas de los motores.'

Fue otro ingenioso invento que debería haberse inventado medio siglo antes. Eso pensaba yo cuando el piloto preguntó...

¿Sabes para qué sirve esta cuerda?

Logré sortear esta cuestión sin comprometerme.

¿Es la primera vez que entras en la cabina del piloto?

Me deslicé por debajo de ese.

'¿De dónde eres?'

'Nueva Inglaterra.'

¿Es la primera vez que visitas el Oeste?

Yo escalé por encima de este.

'Si te interesan estas cosas, puedo explicarte para qué sirven.'

Dije que debería gustarme.

«Esto», dijo, poniendo la mano sobre la cuerda de una campana de respaldo, «es para hacer sonar la alarma de incendios; esto», dijo, poniendo la mano sobre una campana de avance, «es para llamar al remolcador de Texas; esto», dijo, señalando la palanca del silbato, «es para llamar al capitán». Y así continuó, tocando un objeto tras otro y desgranando su tranquilo rollo de mentiras.



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Nunca me había sentido tan como un pasajero. Le agradecí, con emoción, cada nuevo dato y lo anoté en mi cuaderno. El piloto aprovechó la oportunidad y procedió a embarcarme a la antigua usanza. A veces temía que su invento se rompiera; pero siempre resistió la presión y salió ileso. Poco a poco, fue revelando las maravillosas peculiaridades del río, de diversa índole, y las acompañó con ilustraciones bastante grandilocuentes. Por ejemplo…

¿Ves esa pequeña roca que sobresale del agua allá? Bueno, cuando llegué por primera vez al río, era una sólida cresta rocosa de más de dieciocho metros de altura y tres kilómetros de largo. Todo se lo llevó la corriente, excepto eso. [Esto con un suspiro.]

Sentí un fuerte impulso de destruirlo, pero me pareció que matarlo, de cualquier forma ordinaria, sería demasiado bueno para él.



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En una ocasión, cuando una embarcación de aspecto peculiar, con una enorme tina de carbón inclinada en el extremo de una viga, pasaba a lo lejos, él la señaló con indiferencia, como quien señala un objeto que se ha vuelto tedioso por la familiaridad, y observó que era un "barco caimán".

¿Un barco para caimanes? ¿Para qué sirve?

'Para dragar y sacar caimanes.'

¿Son tan gruesos como para resultar problemáticos?

«Bueno, ahora no, porque el gobierno los mantiene a raya. Pero antes sí. No en todas partes; pero sí en lugares predilectos, aquí y allá, donde el río es ancho y poco profundo, como Plum Point, Stack Island, etc., lugares que llaman zonas de concentración de caimanes».

¿Realmente obstaculizaron la navegación?

«Hace años, sí, con el agua muy baja; casi no había viaje en el que no encalláramos por culpa de los caimanes».

Me pareció que sin duda debía sacar mi tomahawk. Sin embargo, me contuve y dije:

'Debió de ser terrible.'

Sí, esa era una de las principales dificultades de pilotar. Era muy difícil saber nada del agua; esas malditas cosas se mueven tanto que nunca se quedan quietas ni cinco minutos seguidos. Se puede distinguir un arrecife de viento a simple vista; se puede distinguir una rompiente; se puede distinguir un arrecife de arena; todo eso es fácil; pero un arrecife de caimanes no aparece, para nada. Nueve de cada diez veces no se puede saber dónde está el agua; y cuando se ve dónde está, lo más probable es que no esté allí cuando se llega, porque las cosas han cambiado mucho mientras tanto. Claro que había algunos pilotos que podían juzgar el agua de caimanes casi tan bien como cualquier otro tipo, pero tenían que tener un talento natural para ello; no era algo que se pudiera aprender, había que nacer con ello. Veamos: estaban Ben Thornburg, Beck Jolly, Squire Bell, Horace Bixby, Major Downing, John Stevenson, Billy Gordon, Jim Brady, George Ealer y Billy Youngblood, todos pilotos de caimanes de primera. Podían distinguir el agua de caimanes tan lejos como un cristiano distingue el whisky. ¿Leerla? ¡Ah, claro que sí! Ojalá tuviera tantos dólares como ellos podían distinguir el agua de caimanes a una milla y media de distancia. Sí, y además les pagaban por hacerlo. Un buen piloto de caimanes siempre podía ganar mil quinientos dólares al mes. Por las noches, otros tenían que esperar a los caimanes, pero esos tipos nunca esperaban a los caimanes; nunca esperaban nada más que niebla. Decían que podían oler la mejor agua de caimanes; No sé si fue así o no, y creo que uno ya tiene bastante con lo que tiene si se limita a lo que sabe por sí mismo, sin andar por ahí respaldando lo que dicen los demás, aunque hay muchos que no tienen reparos en hacerlo, siempre y cuando puedan sacar algo maravilloso que contar. Lo cual no es el estilo de Robert Styles, ni mucho menos .



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[¡Vaya! ¿Era este Rob Styles? ¿Esta figura bigotuda y majestuosa? Un joven bastante delgado en mi época. ¡Cómo ha mejorado en atractivo en veinticinco años y en el noble arte de exagerar sus hazañas!] Después de estas reflexiones, dije en voz alta:

"Creo que dragar para sacar a los caimanes no habría servido de mucho, porque podrían volver enseguida."

«Si tuvieras tanta experiencia con caimanes como yo, no hablarías así. Si dragas a un caimán una vez, se convence de que no hay vuelta atrás. No volverá por un pastel . Si hay algo que un caimán detesta más que nada, es que lo dragen. Además, no solo los apartaban a empujones; la mayoría los subían a bordo, los vaciaban en la bodega y, cuando terminaban el viaje, los llevaban a Orleans, a las instalaciones del gobierno.»

'¿Para qué?'

«Pues para hacer botas militares con sus pieles. Todos los zapatos del Gobierno están hechos de piel de caimán. Son los mejores zapatos del mundo. Duran cinco años y no absorben agua. La pesca de caimanes es un monopolio del Gobierno. Todos los caimanes son propiedad del Gobierno, igual que los robles. Si talas un roble, el Gobierno te multa con cincuenta dólares; si matas un caimán, te acusan de encubrimiento de traición; ¡qué suerte si no te ahorcan también! Y lo harán si eres demócrata. El buitre es el ave sagrada del Sur, y no puedes tocarlo; el caimán es el ave sagrada del Gobierno, y tienes que dejarlo en paz.»



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¿Alguna vez te encuentras con caimanes ahora?

¡Oh, no! ¡Eso no ha sucedido en años!

'Bueno, entonces, ¿por qué siguen manteniendo en servicio los barcos de caza de caimanes?'

«Solo para tareas de vigilancia, nada más. Simplemente suben y bajan de vez en cuando. La generación actual de caimanes los conoce tan bien como un ladrón conoce a un policía; cuando ven venir uno, levantan el campamento y se internan en el bosque.»



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Después de redondear, terminar y pulir el asunto de los caimanes, se adentró con facilidad y comodidad en la vena histórica, y narró algunas hazañas tremendas de media docena de antiguos barcos de vapor que conocía, deteniéndose con especial extensión en una actuación extraordinaria de su favorito entre esta distinguida flota, y luego añadió:

Ese barco era el " Ciclón " —en su último viaje— se hundió, en ese mismo viaje— el capitán era Tom Ballou, el mentiroso más inmortal que jamás haya conocido. Parecía incapaz de decir la verdad, bajo ninguna circunstancia. ¡Te hacía estremecer! ¡Era el mentiroso más escandaloso! Finalmente lo dejé; no lo soportaba. El proverbio dice: "De tal palo, tal astilla"; y si te quedas con un hombre así, tarde o temprano levantarás sospechas, tan seguro como que vives. Pagaba un sueldo de primera; pero yo dije: ¿Qué importa el sueldo cuando tu reputación está en peligro? Así que renuncié al sueldo y me quedé con mi reputación. Y nunca me he arrepentido. La reputación lo vale todo, ¿no? Así lo veo yo. Tenía más órganos egoístas que siete hombres en el mundo, todos metidos en la popa de su cráneo, por supuesto, donde debían estar. Le pesaban la nuca de tal manera que le hacían levantar la nariz. La gente pensaba que era vanidad, pero no lo era, era malicia. Si solo vieras su pie, pensarías que medía diecinueve pies de altura, pero no era así; era porque su pie no encajaba en el dibujo. Sin duda, se suponía que mediría diecinueve pies de altura si le hubieran hecho el pie primero, pero no llegó a esa altura; solo medía cinco pies y diez pulgadas. Eso es lo que era, y eso es lo que es. Si le quitas las mentiras, se encogerá al tamaño de tu sombrero; si le quitas la malicia, desaparecerá. Ese "Ciclón" era un barco de cascabeles, y la cosa más dulce de manejar que jamás haya surcado las aguas. Colócalo en el centro, en un río grande, y déjalo ir; era todo lo que tenías que hacer. Se mantendría en una estrella toda la noche, si la dejabas sola. Nunca podías sentir su timón. No me costaba más trabajo manejarla que contar los votos republicanos en unas elecciones de Carolina del Sur. Una mañana, justo al amanecer, en su último viaje, subieron el timón a bordo para repararlo; yo no sabía nada al respecto; la saqué del aserradero y navegué tranquilamente río abajo. Después de recorrer unos veintitrés kilómetros y hacer cuatro cruces terriblemente tortuosos...

¿Sin timón?

—Sí, el viejo capitán Tom apareció en el tejado y empezó a reprocharme que hubiera huido en una noche tan oscura...

¿Una noche tan oscura ? —¿Por qué, dijiste?—

—No importa lo que dije, ahora estaba tan oscuro como en Egipto, aunque muy pronto la luna comenzó a salir, y...

—¿Te refieres al sol ? —Porque saliste justo al amanecer— ¡Mira! ¿Fue esto antes de que dejaras al capitán por sus mentiras, o...?

'Fue antes... oh, mucho antes. Y como decía, él...'

«¿Pero fue este el viaje en el que se hundió, o fue...?»

—¡Oh, no! —meses después. Y entonces el anciano, él...

—Entonces hizo dos últimos viajes, porque dijiste...

Se apartó del volante, secándose el sudor, y dijo:



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—¡Toma! —me llamó por mi nombre—, llévatela y miente un rato; se te da mejor que a mí. ¡Intentando hacerte pasar por un desconocido e inocente! ¡Pero si te conocí antes de que pronunciaras siete palabras! Y me propuse averiguar cuál era tu jueguito. Era para sacarme de quicio . Bueno, te dejé, ¿no? Ahora toma el timón y termina la guardia; y la próxima vez juega limpio, y no tendrás que trabajar.

Así terminó el asunto del nombre ficticio. ¡Y a menos de seis horas de San Luis! Pero, de todos modos, había obtenido un privilegio, pues desde el principio ansiaba ponerme al timón. Parecía haber olvidado el río, pero no había olvidado cómo manejar un barco de vapor, ni cómo disfrutarlo.





Capítulo 25


De El Cairo a Hickman




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El paisaje, desde San Luis hasta El Cairo —doscientas millas— es variado y hermoso. Las colinas estaban ahora cubiertas por el fresco follaje primaveral, y constituían un marco elegante y digno para el ancho río que fluía entre ellas. Nuestro viaje comenzó de forma prometedora, con un día perfecto, con brisa y sol, y nuestra barca recorrió las millas a su paso con satisfactoria rapidez.

Encontramos una vía férrea que se adentraba en Chester, Illinois; Chester también tiene ahora una penitenciaría y, por lo demás, sigue adelante. En Grand Tower también había una vía férrea, y otra en Cape Girardeau. La primera ciudad debe su nombre a un enorme y robusto pilar de roca que emerge del agua en la orilla de Missouri del río —una obra caprichosa de la naturaleza— y es uno de los elementos más pintorescos del paisaje de la región. Para los vecinos más cercanos o más lejanos, la Torre tiene el Horno del Diablo —llamado así, quizás, porque no se parece en nada al horno de ningún otro lugar— y la Mesa del Té del Diablo —esta última una gran masa de roca de superficie lisa, con un tallo que se estrecha como una copa de vino, situada a unos cincuenta o sesenta pies sobre el río, junto a un precipicio adornado con flores y guirnaldas, y lo suficientemente parecida a una mesa de té como para representar a cualquiera, sea el Diablo o el Cristiano. Río abajo tenemos el Codo del Diablo y el Hipódromo del Diablo, y muchas otras propiedades suyas que ahora mismo no recuerdo.

La ciudad de Grand Tower era, evidentemente, un lugar más concurrido que antaño, pero parecía necesitar algunas reparaciones aquí y allá, y una nueva capa de cal por todas partes. Aun así, me alegró ver de nuevo la antigua capa de cal. El tío Mumford, nuestro segundo oficial, dijo que el lugar había sufrido inundaciones y, por consiguiente, no tenía su mejor aspecto. Pero añadió que no era extraño que no desperdiciaran cal, pues allí se producía más cal, y de mejor calidad, que en cualquier otro lugar del Oeste; y agregó: «En una granja lechera nunca se consigue leche para el café, ni azúcar en una plantación de caña de azúcar; y es ilógico ir a un pueblo calero a buscar cal». Por mi propia experiencia, sabía que las dos primeras afirmaciones eran ciertas; y también que a quienes venden dulces no les importan los dulces; por lo tanto, había cierta plausibilidad en la última observación del tío Mumford: «Quienes fabrican cal se inclinan más hacia la religión que hacia la cal». El tío Mumford añadió que Grand Tower era un importante centro de abastecimiento de carbón y un lugar próspero.



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Cape Girardeau está situada en una ladera y tiene una apariencia hermosa. Hay una gran escuela jesuita para chicos al pie del pueblo, junto al río. El tío Mumford decía que tenía una reputación de rigor académico tan alta como cualquier otra institución similar en Missouri. Había otro colegio más arriba, en una cima despejada: un edificio nuevo y brillante, con una torre y pináculos pintorescos y peculiares, una especie de gigantescas máquinas de pulir, con todos los recipientes incluidos. El tío Mumford decía que Cape Girardeau era la Atenas de Missouri y que albergaba varios colegios además de los ya mencionados; y todos ellos de carácter religioso de una u otra índole. Me llamó la atención sobre lo que él llamaba el «aspecto religioso fuerte y omnipresente del pueblo», pero no pude ver que pareciera más religioso que otros pueblos de la misma pendiente y construidos con el mismo tipo de ladrillos. Los prejuicios a menudo hacen que la gente vea más de lo que realmente existe.

El tío Mumford lleva treinta años trabajando como contramaestre en el río. Es un hombre práctico y sensato; observador; con mucha experiencia de diversa índole; con opiniones; y, además, con un toque poético en su forma de escribir, una elocuencia natural, una voz grave y un par de palabrotas cuando las exigencias de su trabajo requieren un estímulo espiritual. Es un contramaestre de los de antaño; y, cuando hay mucho trabajo, se dedica a dar la lata con seriedad, de una forma que ablanda el corazón del antiguo marinero con dulces y suaves añoranzas por los días pasados ​​que ya no volverán. «¡ Levántate de ahí! ¿Vas a estar todo el día? ¿Por qué no dices que estabas petrificado de miedo antes de embarcarte?».

Es un hombre constante con su tripulación; amable y justo, pero firme; por eso lo aprecian y se quedan con él. Todavía viste la ropa informal de la vieja generación de oficiales; pero en el próximo viaje, la Anchor Line lo vestirá de uniforme —un elegante uniforme naval azul, con botones de latón, al igual que todos los oficiales de la línea— y entonces representará un panorama totalmente diferente al actual.

¡Uniformes en el Misisipi! Supera con creces todos los demás cambios juntos, en cuanto a sorpresa. Y aún hay otra sorpresa: que no se haya implementado hace cincuenta años. Es tan evidentemente sensato que, uno podría suponer, se podría haber pensado antes. Durante cincuenta años, el pasajero inocente que necesitaba ayuda e información confundía al primer oficial con el cocinero y al capitán con el barbero, y además era tratado con rudeza por ello. Pero sus problemas han terminado. Y la notable mejora en la apariencia de la tripulación es otra ventaja lograda durante la reforma del uniforme.

Navegamos por la curva que hay debajo de Cape Girardeau. Solían llamarla "Curva del Timonel"; siempre había buena navegación y mucha agua; era prácticamente el único lugar en la parte alta del río donde a un novato se le permitía navegar en bote con el agua baja.

Tebas, en la cabecera de la Gran Cadena, y Comercio, al pie de la misma, eran ciudades fáciles de recordar, ya que no habían sufrido alteraciones notables. Tampoco la Cadena, por su propia naturaleza; pues se trata de una cadena de rocas sumergidas admirablemente dispuestas para capturar y hundir barcos de vapor en noches de mal tiempo. Muchos cadáveres de barcos de vapor yacen enterrados allí, fuera de la vista; entre ellos, mi primer amigo, el 'Paul Jones'; se le salió el casco y se hundió como una olla, según me contó el historiador, el tío Mumford. Dijo que llevaba a bordo una yegua gris y un predicador. Para mí, esto explicaba suficientemente el desastre; como, por supuesto, también para Mumford, quien añadió:

«Pero hay mucha gente ignorante que se burlaría de tal cosa y lo llamaría superstición. Pero siempre te darás cuenta de que son personas que nunca han viajado con una yegua gris y un predicador. Una vez bajé el río en esa compañía. Encallamos en Bloody Island; encallamos en Hanging Dog; encallamos justo debajo de este mismo Commerce; chocamos contra Beaver Dam Rock; chocamos contra una de las peores grietas en el "Cementerio" detrás de Goose Island; un peón murió en una pelea; se quemó una caldera; se rompió un eje; se derrumbó una chimenea; y entramos en Cairo con nueve pies de agua en la bodega —quizás más, quizás menos—. Lo recuerdo como si fuera ayer. Los hombres perdieron la cabeza del terror. Pintaron la yegua de azul, a la vista del pueblo, y arrojaron al predicador por la borda, o no habríamos llegado. Rescataron al predicador y lo salvaron. Él mismo reconoció que había tenido la culpa. Lo recuerdo todo como si fuera ayer.»



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Que esta combinación —predicador y yegua gris— pudiera engendrar una calamidad, parece extraño y, a primera vista, increíble; pero el hecho está reforzado por tantas pruebas irrefutables que dudar es deshonrar la razón. Recuerdo un caso en el que un capitán fue advertido por numerosos amigos de que no llevara consigo una yegua gris y un predicador, pero persistió en su propósito a pesar de todo lo que se le decía; y ese mismo día —quizás fue al día siguiente, y algunos dicen que sí, aunque yo creo que fue el mismo día— se emborrachó, cayó por la escotilla y lo llevaron a casa muerto. Esto es literalmente cierto.

Ya no queda rastro de Hat Island; todo ha desaparecido. Ni siquiera recuerdo en qué parte del río se encontraba, salvo que estaba entre San Luis y El Cairo. Era una zona peligrosa, en los alrededores de Hat Island, en sus inicios. Un granjero que vivía en la orilla de Illinois contó que veintinueve barcos de vapor habían dejado sus restos esparcidos a la vista de su casa. Entre San Luis y El Cairo, el promedio de naufragios de barcos de vapor es de uno por milla; doscientos naufragios en total.

Pude reconocer grandes cambios desde Commerce hacia abajo. Beaver Dam Rock estaba ahora en medio del río, y rompía una ola prodigiosa; solía estar cerca de la orilla, y los barcos navegaban fuera de ella. Una gran isla que solía estar en medio del río, se ha retirado a la orilla de Missouri, y los barcos ya no se acercan a ella. La isla llamada Jacket Pattern se ha reducido a una cuña, y está destinada a desaparecer pronto. Goose Island ha desaparecido por completo, excepto por una pequeña mancha del tamaño de un barco de vapor. El peligroso "Cementerio", entre cuyos innumerables naufragios solíamos avanzar tan lenta y cuidadosamente, ahora está lejos del canal, y no representa ningún terror para nadie. Una de las islas antes llamadas Two Sisters ha desaparecido por completo; la otra, que solía estar cerca de la orilla de Illinois, ahora está en el lado de Missouri, a una milla de distancia; Está sólidamente unida a la costa, y se necesita un ojo experto para ver dónde está la junta, pero sigue siendo territorio de Illinois, y la gente que vive allí tiene que cruzar en ferry, trabajar en las carreteras de Illinois y pagar impuestos de Illinois: ¡una situación singular!



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Cerca de la desembocadura del río, varias islas habían desaparecido, arrastradas por la corriente. Cairo seguía allí, fácilmente visible al otro lado del promontorio llano y alargado, en cuya orilla se asienta; pero tuvimos que dar un largo rodeo para llegar hasta allí. Cayó la noche cuando salíamos del curso superior del río y nos encontrábamos con las crecidas del Ohio. Navegamos a toda velocidad sin preocupaciones, pues la roca oculta que solía bloquearnos el paso se había desplazado río arriba, a gran distancia del cauce; o mejor dicho, aproximadamente un condado se había adentrado en el río desde el promontorio del Misuri, y el promontorio de Cairo había descendido y ampliado su territorio en consecuencia. El Misisipi es un río justo y equitativo; nunca arrasa la granja de un hombre sin construir una nueva granja idéntica para su vecino. Esto evita los resentimientos.

Al entrar en El Cairo, estuvimos a punto de chocar con un barco de vapor que no hizo caso a nuestro silbato y luego intentó cruzarse en nuestro camino. Maniobrándolo con fuerza, logramos salvarlo; lo cual fue una gran pérdida, pues habría dado pie a una buena historia.

Cairo es ahora una ciudad dinámica, sólidamente construida y con un aspecto urbano que contrasta notablemente con su antiguo esplendor, tal como lo describe el Sr. Dickens. Sin embargo, ya se estaba construyendo con ladrillos la última vez que la vi, cuando el coronel (ahora general) Grant estaba entrenando a su primer mando allí. El tío Mumford dice que las bibliotecas y las escuelas dominicales han hecho un buen trabajo en Cairo, al igual que los albañiles. Cairo tiene un importante comercio ferroviario y fluvial, y su ubicación en la confluencia de los dos grandes ríos es tan ventajosa que no puede sino prosperar.

Cuando salí por la mañana, habíamos pasado Columbus, Kentucky, y nos acercábamos a Hickman, un pueblo bonito, encaramado en una hermosa colina. Hickman se encuentra en una rica región tabaquera y antiguamente gozaba de un comercio próspero y lucrativo de este producto básico, que recolectaba en sus almacenes procedente de una extensa zona y lo transportaba en barco; pero el tío Mumford dice que construyó un ferrocarril para facilitar aún más este comercio, y él cree que lo facilitó de la manera equivocada: le arrebató la mayor parte del comercio al "acapararlo a lo largo de la línea sin recogerlo en sus puertas".









Capítulo 26


Bajo fuego


La conversación empezó a girar en torno a la guerra, pues ya nos adentrábamos en el extremo norte del antiguo campo de batalla. Columbus nos seguía de cerca, así que se habló mucho de la famosa batalla de Belmont. Varios oficiales del barco habían servido en la flota de guerra del Misisipi. Entendí que al principio se sentían completamente fuera de lugar en ese tipo de asuntos, pero que después se acostumbraron, se adaptaron y se sintieron más o menos cómodos. Uno de nuestros pilotos tuvo su primera experiencia bélica en la batalla de Belmont, como piloto en un barco al servicio de los confederados. Siempre había sentido curiosidad por saber cómo se sentiría un novato en su primera batalla, encaramado solo en la cabina del piloto, blanco fácil para cualquiera, sin nadie a su lado que le impidiera mostrar su valentía cuando la situación se ponía tensa y peligrosa; así que, para mí, su historia era valiosa: llenaba un vacío que todas las historias habían dejado hasta entonces.



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LA PRIMERA BATALLA DEL PILOTO

Él dijo—

Era el 7 de noviembre. La batalla comenzó a las siete de la mañana. Yo estaba en la colina RHW. Recogí un cargamento de tropas de Columbus. Regresé y tomé el mando de una batería de artillería. Mi compañero dijo que iba a ver la batalla y quería que lo acompañara. Le dije que no, que no tenía prisa, que la vería desde la cabina del piloto. Me llamó cobarde y se marchó.

Esa batalla fue un espectáculo terrible. El general Cheatham hizo que sus hombres se quitaran los abrigos y los amontonaran, y dijo: "¡Ahora síganme al infierno o a la victoria!". Lo oí decir eso desde la cabina del piloto; y luego entró al galope, al frente de sus tropas. El viejo general Pillow, con su cabello blanco, montado en un caballo blanco, también entró, liderando a sus tropas tan vivaces como un niño. Al cabo de un rato, los federales hicieron retroceder a los rebeldes, ¡y aquí venían! corriendo a toda velocidad, ¡sálvese quien pueda y que el diablo se lleve al último! y se arrastraron bajo la orilla y se refugiaron. Yo estaba sentado con las piernas colgando de la ventana de la cabina del piloto. De repente noté un silbido que pasó junto a mi oído. Calculé que era una bala. No me detuve a pensar en nada, simplemente me incliné hacia atrás y aterricé en el suelo, y me quedé allí. Las balas retumbaban a mi alrededor. Tres balas de cañón atravesaron la chimenea; una bala arrancó la esquina de la cabina del piloto; Los proyectiles silbaban y estallaban por todas partes. Hacía un calor sofocante; ojalá no hubiera venido.



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Me quedé allí tumbado en el suelo del puente de mando, mientras los disparos se volvían cada vez más rápidos. Me escabullí detrás de la gran estufa, en medio del puente de mando. De repente, una bala Minié atravesó la estufa, me rozó la cabeza y me cortó el sombrero. Juzgué que era hora de irme de allí. El capitán estaba en el techo con un mayor pelirrojo de Memphis, un hombre apuesto. Le oí decir que quería irse de allí, pero que «ese piloto había muerto». Me arrastré hasta el lado de estribor para tirar de la campana y poner el barco en reversa; me levanté y eché un vistazo, y vi unos quince agujeros de bala en los cristales de las ventanas; habían pasado tan rápido que no los había notado. Miré hacia el agua, y las salpicaduras de bala parecían una granizada. Pensé que lo mejor era salir de allí. Bajé por el puente de mando, de cabeza, no de pies, sino de cabeza, me deslicé hacia abajo, antes de tocar la cubierta, el capitán dijo que debíamos irnos de allí. Así que me subí encima del tipo y volví al suelo. Por esas fechas, detuvieron a mi compañero y lo llevaban a la cabina del piloto entre dos soldados. Alguien había dicho que me habían matado. Él asomó la cabeza y me vio en el suelo, intentando alcanzar las campanas de freno. Dijo: «¡Mierda, no le han disparado!», y se zafó de los hombres que lo sujetaban por el cuello y corrió hacia abajo. Estuvimos allí hasta las tres de la tarde, y luego conseguimos escapar.

La siguiente vez que vi a mi compañero, le dije: «Ahora, sé sincero y dime la verdad. ¿Adónde fuiste cuando fuiste a ver esa batalla?». Él respondió: «Fui a la bodega».



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Durante toda la batalla estuve aterrado. Apenas me daba cuenta de nada, estaba tan asustado que casi no lo sabía; pero, como ves, nadie más lo sabía. Al día siguiente, el general Polk me mandó llamar y me felicitó por mi valentía y mi conducta gallarda. No dije nada, lo dejé pasar. Yo creía que no era cierto, pero no me correspondía contradecir a un general.

Poco después, enfermé y me sentí muy agotado, así que tuve que ir a las aguas termales. Allí recibí muchas cartas de comandantes que querían que volviera. Me negué, porque no estaba lo suficientemente bien ni fuerte; pero me mantuve firme y conservé la reputación que me había forjado.

Una historia sencilla, contada sin rodeos; pero Mumford me dijo que aquel piloto había "disimulado, en algunos aspectos, aquella cicatriz"; que su posterior trayectoria en la guerra era prueba de ello.



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Descendimos por el canal de la Isla Número 8, y bajé a cubierta y entablé conversación con un pasajero, un hombre apuesto, de porte distinguido y rostro inteligente. Nos acercábamos a la Isla Número 10, un lugar muy conocido durante la guerra. La casa de este caballero estaba en la costa principal, cerca de la isla. Charlé con él sobre los tiempos de guerra; pero pronto la conversación giró en torno a las «venganzas», pues en ninguna otra parte del Sur la venganza ha florecido con tanta fuerza ni se ha prolongado tanto entre familias rivales como en esta región en particular. Este caballero dijo…

'Ha habido más de una disputa por aquí, en tiempos antiguos, pero creo que la peor fue entre los Darnell y los Watson. Nadie sabe ya de qué se trató la primera riña, fue hace tanto tiempo; ni los Darnell ni los Watson lo saben, si es que queda alguno vivo, cosa que dudo. Algunos dicen que fue por un caballo o una vaca; en fin, era una nimiedad; el dinero en juego no tenía importancia, ninguna en el mundo, ambas familias eran ricas. El asunto se podría haber arreglado fácilmente; pero no, eso no habría servido. Se habían dicho palabras hirientes; y entonces, solo la sangre podía arreglarlo después de eso. ¡Ese caballo o vaca, fuera lo que fuese, costó sesenta años de muertes y mutilaciones! Cada año, más o menos, alguien moría de un lado o del otro; y tan pronto como una generación terminaba, sus hijos retomaban la disputa y la mantenían viva. Y es tal como digo; Siguieron disparándose entre sí, año tras año —haciéndolo casi una religión, ¿entiendes?— hasta que, hacía mucho tiempo, habían olvidado de qué se trataba todo aquello. Dondequiera que un Darnell atrapara a un Watson, o un Watson a un Darnell, uno de ellos iba a salir herido; la única cuestión era quién sorprendería al otro. Se disparaban unos a otros, en presencia de la familia. No se buscaban entre sí, pero cuando se encontraban, se enzarzaban en una pelea. Los hombres disparaban a los niños, los niños disparaban a los hombres. Un hombre disparó a un niño de doce años; se lo encontró por casualidad en el bosque y no le dio ninguna oportunidad. Si le hubiera dado una oportunidad, el niño le habría disparado. Ambas familias pertenecían a la misma iglesia (todos por aquí son religiosos); durante todo este lío de cincuenta o sesenta años, ambas tribus iban allí todos los domingos a rezar. Vivían a cada lado de la línea divisoria, y la iglesia estaba en un desembarcadero llamado Compromiso. La mitad de la iglesia y la mitad del pasillo estaban en Kentucky, la otra mitad en Tennessee. Los domingos se veía a las familias llegar en coche, todos con sus ropas de domingo, hombres, mujeres y niños, y hacer fila por el pasillo, y sentarse, en silencio y orden, un grupo en el lado de Tennessee de la iglesia y el otro en el lado de Kentucky; y los hombres y los muchachos apoyaban sus armas contra la pared, a mano, y luego todos se unían a la oración y la alabanza; aunque dicen que el hombre del pasillo siguiente no se arrodilló, junto con el resto de la familia; más bien se quedó de guardia. No lo sé; nunca estuve en esa iglesia en mi vida; pero recuerdo que eso era lo que se decía.



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Hace veinte o veinticinco años, una de las familias rivales sorprendió a un joven de diecinueve años y lo mató. No recuerdo si fueron los Darnell y los Watson, o alguna otra familia; pero en fin, este joven llegó a caballo —el barco de vapor estaba allí en ese momento— y lo primero que vio fue a toda una banda del enemigo. Saltó detrás de una pila de leña, pero ellos lo rodearon y comenzaron a atacarlo, él les disparó, y ellos galopaban, retozaban, gritaban y disparaban con todas sus fuerzas. Creo que hirió a un par de ellos; pero lo acorralaron y lo persiguieron hasta el río; y mientras nadaba río abajo, lo siguieron por la orilla y siguieron disparándole; y cuando llegó a la orilla estaba muerto. Windy Marshall me lo contó. Él lo vio. Era el capitán del barco.

Hace años, la familia Darnell se vio tan mermada que el anciano y sus dos hijos decidieron marcharse del país. Emprendieron un viaje en barco de vapor cerca del número 10, pero los Watson se enteraron y llegaron justo cuando los dos jóvenes Darnell subían por la escalerilla con sus esposas del brazo. La pelea comenzó entonces y no llegaron más lejos: ambos murieron. Después, el viejo Darnell tuvo problemas con el encargado del ferry, quien se llevó la peor parte y murió. Pero sus amigos acribillaron al viejo Darnell a balazos y acabaron con su vida.

El caballero rural que me contó estas cosas se había criado en la comodidad y el bienestar, era un hombre de buenas cualidades y tenía estudios universitarios. Su gramática descuidada era fruto de la costumbre, no de la ignorancia. Este hábito entre los hombres educados del Oeste no es universal, pero sí frecuente; frecuente en los pueblos, sin duda, si no en las ciudades; y hasta un punto que resulta inevitable notar y asombrar. Oí a un occidental, considerado un hombre muy culto en cualquier país, decir: «No importa, da igual ». Una residente de toda la vida que estaba presente lo oyó, pero no le causó ninguna impresión. Pudo recordarlo después, cuando se lo recordaron. pero confesó que las palabras no le habían resultado desagradables en aquel momento, una confesión que sugiere que si las personas educadas pueden oír semejante gramática blasfema, de tal fuente, y no ser conscientes del hecho, el delito debe ser bastante común, tan común que el oído general se ha embotado por la familiaridad con él, y ya no está alerta, ya no es sensible a tales afrentas.

Nadie en el mundo habla con una gramática impecable; nadie la ha escrito jamás , ni en el mundo ni fuera de él (tomando las Escrituras como prueba de esto último); por lo tanto, no sería justo exigir la perfección gramatical a los pueblos del Valle; pero a ellos y a todos los demás pueblos se les puede exigir con justicia que se abstengan de corromper su gramática a sabiendas y deliberadamente .



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Encontré el río muy cambiado en la Isla Número 10. La isla que recordaba medía unas tres millas de largo y un cuarto de milla de ancho, estaba densamente arbolada y se encontraba cerca de la costa de Kentucky, a menos de doscientos metros, diría yo. Ahora, sin embargo, había que buscarla con un catalejo. No quedaba de ella más que un pequeño y insignificante montículo, y este ya no estaba cerca de la costa de Kentucky; estaba justo al otro lado de la costa opuesta, a una milla de distancia. En tiempos de guerra, la isla había sido un lugar importante, pues dominaba la situación; y, al estar fuertemente fortificada, era imposible evitarla. Se encontraba entre las divisiones superior e inferior de las fuerzas de la Unión, y las mantuvo separadas, hasta que finalmente se logró una unión a través del istmo de Misuri; pero ahora que la isla está unida a ese istmo, el ancho río no tiene obstáculos.

En esta región, el río pasa de Kentucky a Tennessee, luego regresa a Missouri, vuelve a Kentucky y de allí a Tennessee nuevamente. Así que una o dos millas de Missouri se extienden hasta Tennessee.



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El pueblo de New Madrid tenía un aspecto muy deteriorado; pero por lo demás, permanecía inalterado respecto a su estado y aspecto anteriores. Sus bloques de casas de madera seguían agrupados en la misma llanura de siempre, rodeados por los mismos bosques de antaño. Reinaba la misma tranquilidad de antaño y, aparentemente, no había crecido ni disminuido de tamaño. Se decía que la reciente crecida lo había invadido y dañado su aspecto. Esta noticia resultaba sorprendente, pues en época de estiaje la ribera del río es muy alta allí (cincuenta pies), y en mi época un desbordamiento siempre se había considerado imposible. Esta inundación de 1882 sin duda quedará grabada en la historia del río durante varias generaciones antes de que se produzca un diluvio de similar magnitud. Inundó todas las tierras bajas desprotegidas, desde Cairo hasta la desembocadura; derribó los diques en numerosos lugares, a ambos lados del río; y en algunas regiones del sur, cuando la inundación alcanzó su punto máximo, ¡el Misisipi tenía setenta millas de ancho! Se perdieron numerosas vidas y la destrucción de propiedades fue terrible. Las cosechas fueron destruidas, las casas arrasadas y los hombres y el ganado sin hogar se vieron obligados a refugiarse en elevaciones dispersas aquí y allá en campos y bosques, y esperar en peligro y sufrimiento hasta que los barcos encargados por los gobiernos nacionales y locales y por la iniciativa periodística pudieran llegar a rescatarlos. Las propiedades de multitudes de personas estuvieron bajo el agua durante meses, y los más pobres debieron haber muerto de hambre por cientos si no se les hubiera brindado ayuda rápidamente. {nota al pie [Para una descripción detallada e interesante de la gran inundación, escrita a bordo del barco de socorro del New Orleans Times-Democrat , véase el Apéndice A]} El agua había estado cayendo durante un tiempo considerable, pero por lo general encontrábamos las orillas todavía bajo el agua.



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Capítulo 27


Algunos artículos importados


Nos encontramos con dos barcos de vapor en New Madrid. ¡Dos barcos de vapor a la vista a la vez! Un espectáculo poco frecuente ahora en el solitario Misisipi. La soledad de esta solemne y estupenda corriente es impresionante, y deprimente. Legua tras legua, y aún legua tras legua, vierte su marea de chocolate a lo largo, entre sus sólidas paredes de bosque, sus orillas casi deshabitadas, con rara vez una vela o un objeto en movimiento de cualquier tipo que perturbe la superficie y rompa la monotonía de la soledad vacía y acuática; y así pasa el día, llega la noche, y de nuevo el día, y sigue igual, noche tras noche y día tras día: majestuosa e inmutable uniformidad de serenidad, reposo, tranquilidad, letargo, vacío: símbolo de eternidad, realización del cielo descrito por sacerdotes y profetas, ¡y anhelado por los buenos y los despreocupados!

Inmediatamente después de la guerra de 1812, comenzaron a llegar turistas a América, procedentes de Inglaterra; al principio, algunos dispersos, luego una especie de procesión, una procesión que mantuvo su marcha lenta y paciente por el país durante muchos años. Cada turista tomaba notas, regresaba a casa y publicaba un libro, un libro que solía ser tranquilo, veraz, razonable y amable; pero que parecía todo lo contrario para nuestros inexpertos antepasados. Un vistazo a estos libros de viajes nos muestra que, en ciertos aspectos, el Misisipi no ha sufrido cambios desde que aquellos extranjeros lo visitaron, sino que permanece hoy prácticamente igual que entonces. Las emociones que estos aspectos producían en aquellos extranjeros no se formaban según un mismo patrón, por supuesto; tenían que ser variadas, al principio, porque los primeros turistas se veían obligados a originar sus emociones, mientras que en países más antiguos uno siempre puede tomar prestadas las emociones de sus predecesores. Y, ojo, las emociones son de las cosas más difíciles del mundo de fabricar de la nada; es más fácil fabricar siete hechos que una emoción. Capitán Basil Hall. RN, escribiendo hace cincuenta y cinco años, dice:

Allí vislumbré por primera vez el objeto que tanto anhelaba contemplar, y en ese instante me sentí ampliamente recompensado por todas las molestias que había sufrido al llegar tan lejos; me quedé mirando el río que fluía hasta que oscureció demasiado para distinguir nada. Pero no fue hasta que visité el mismo lugar una docena de veces que comprendí plenamente la grandeza de la escena.



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A continuación se describen las emociones de la Sra. Trollope. Escribe unos meses después, en el mismo año, 1827, y se encuentra en la desembocadura del Misisipi.

La primera señal de nuestra proximidad a tierra fue la aparición de este caudaloso río, cuyas aguas turbias se mezclaban con el azul profundo del Golfo de México. Jamás había contemplado una escena tan desoladora como la desembocadura del Misisipi. Si Dante la hubiera visto, habría podido imaginar otra Borgia a partir de sus horrores. Un único objeto se alza sobre las aguas turbulentas: el mástil de un navío que naufragó hace mucho tiempo al intentar cruzar la barra, y que aún permanece en pie, un lúgubre testigo de la destrucción pasada y un presagio de la que está por venir.

Emociones del Honorable Charles Augustus Murray (cerca de San Luis), siete años después—

«Solo cuando uno asciende por la poderosa corriente durante cincuenta o cien millas, y usa tanto la imaginación como la visión de la naturaleza, comienza a comprender toda su fuerza y ​​majestuosidad. Se la ve fertilizando un valle infinito, llevando consigo los trofeos de sus mil victorias sobre el bosque devastado; aquí arrastrando grandes masas de tierra con toda su vegetación, y allá formando islas, destinadas en algún momento futuro a ser la morada del hombre; y mientras uno se deleita con esta perspectiva, llega el momento de reflexionar y darse cuenta de que la corriente que se extiende ante uno ha recorrido dos o tres mil millas, y aún le quedan mil trescientas más antes de llegar a su destino oceánico.»

Reciba ahora las emociones del capitán Marryat, de la Marina Real Británica, autor de los relatos marinos, que escribió en 1837, tres años después del Sr. Murray.

'Jamás, quizás, en los anales de la historia de las naciones, se ha registrado un siglo de crímenes tan invariables e implacables como los que se pueden encontrar en la historia del turbulento y sangriento Misisipi. El propio río parece apropiado para los actos que allí se han cometido. No es como la mayoría de los ríos, hermosos a la vista, que otorgan fertilidad en su curso; no es uno en el que la vista se deleite mientras fluye, ni se puede pasear por sus orillas, ni confiar en su corriente sin peligro. Es un torrente furioso, rápido y desolador, cargado de sedimentos aluviales; y pocos de los que caen en sus aguas vuelven a la superficie, {nota al pie [Existía una superstición absurda, algo extendida en aquella época, de que el Misisipi no rescataría a un nadador ni permitiría que el cuerpo de un ahogado volviera a la superficie.]} o pueden mantenerse mucho tiempo en su superficie sin la ayuda de algún tronco. Contiene los peces más toscos e incomestibles, como el bagre y otros de ese género, y a medida que se desciende, sus orillas están ocupadas por el fétido caimán, mientras que la pantera se asolea en sus márgenes, entre los cañaverales, casi inmune al hombre. Vertiendo sus aguas impetuosas a través de senderos salvajes cubiertos de árboles de poco valor salvo para leña, arrasa bosques enteros en su curso, que desaparecen en una confusión tumultuosa, arrastrados por la corriente ahora cargada con las masas de tierra que nutrieron sus raíces, a menudo bloqueando y cambiando por un tiempo el cauce del río, que, como enfurecido por la oposición, inunda y devasta toda la región circundante; Y en cuanto se abre paso a través de su antiguo cauce, planta en todas direcciones a los monarcas arrancados del bosque (en cuyas ramas jamás volverá a posarse el pájaro, ni a trepar el mapache, la zarigüeya o la ardilla) como trampas para los intrépidos navegantes de sus aguas a vapor, quienes, arrastrados por estos peligros ocultos que perforan las tablas, a menudo no tienen tiempo de virar y alcanzar la orilla antes de hundirse hasta el fondo. No hay asociaciones agradables relacionadas con la gran cloaca común del oeste de América, que vierte su lodo en el Golfo de México, contaminando el mar azul cristalino durante muchos kilómetros más allá de su desembocadura. Es un río de desolación; y en lugar de recordarte, como otros ríos hermosos, a un ángel que ha descendido para beneficio del hombre, lo imaginas como un demonio, cuyas energías solo han sido vencidas por el maravilloso poder del vapor.

Es una literatura bastante tosca para un hombre acostumbrado a escribir; sin embargo, como panorama de las emociones que desataron en el pecho de este célebre visitante el aspecto y las tradiciones de la "gran cloaca común", tiene su valor. Un valor, aunque empañado en lo que respecta a las estadísticas por imprecisiones; pues el bagre es un pez más que suficiente para cualquiera, y no hay panteras que sean "invulnerables al hombre".

Más tarde llega Alexander Mackay, del Middle Temple, abogado, con mejor digestión y sin haber cenado bagre a bordo, y se siente de la siguiente manera:

¡El Misisipi! Fue con una emoción indescriptible que me sentí flotando por primera vez sobre sus aguas. ¡Cuántas veces, en mis sueños de colegial y en mis visiones diurnas posteriores, mi imaginación había visualizado aquel majestuoso río, fluyendo con corriente tumultuosa a través de la vasta región a la que da nombre, y recogiendo en su curso hacia el océano las aguas de los afluentes de casi todas las latitudes de la zona templada! Allí estaba, pues, en toda su realidad, y yo, por fin, navegando contra su corriente. Lo contemplé con la reverencia con la que todo aquel debe contemplar un gran elemento de la naturaleza.

Hasta aquí las emociones. Los turistas, todos y cada uno, comentan la profunda y melancólica soledad y desolación del vasto río. El capitán Basil Hall, que lo vio durante la crecida, dice:

«A veces recorríamos distancias de veinte o treinta millas sin ver una sola vivienda. Un artista, en busca de inspiración para un cuadro del diluvio, la habría encontrado aquí en abundancia».

El primero será el último, etc. Hace apenas doscientos años, el viejo original, el primero y más galante de todos los turistas extranjeros, pionero, cabeza de la procesión, terminó su cansado y tedioso viaje de descubrimiento por los solemnes tramos del gran río La Salle, cuyo nombre perdurará mientras el río mismo perdure. Citamos al Sr. Parkman:

Y entonces se acercaban al final de su viaje. El seis de abril, el río se dividió en tres amplios cauces. La Salle siguió el del oeste, y D'Autray el del este; mientras que Tonty tomó el del medio. A la deriva, entre las orillas bajas y pantanosas, el agua salobre se transformó en agua salada, y la brisa se volvió fresca con el aliento salino del mar. Entonces, ante sus ojos, se abrió el vasto seno del gran golfo, agitando sus olas inquietas, ilimitadas, silenciosas, solitarias como nacidas del caos, sin vela, sin señal de vida.

Entonces, en un punto de tierra firme, La Salle levantó una columna «portando las armas de Francia; los franceses fueron reunidos en armas; y mientras los indios de Nueva Inglaterra y sus mujeres observaban en silencio, asombrados, entonaron el Te Deum, el Exaudiat y el Domine Salvum Fac Regem ».

Entonces, mientras los mosquetes disparaban y estallaban gritos de júbilo, el victorioso descubridor erigió la columna e hizo una proclamación en voz alta, tomando posesión formal del río y de los vastos territorios que regaba, en nombre del Rey. La columna llevaba esta inscripción:

LOUIS LE GRAND, ROY DE FRANCIA Y NAVARRA, REGNE; LE NEUVIEME AVRIL, 1682.

Nueva Orleans tenía previsto celebrar, este año, el bicentenario de este ilustre acontecimiento; pero llegado el momento, todas sus energías y su dinero sobrante se necesitaban en otros frentes, pues la inundación azotaba la región, causando estragos y devastación por doquier.



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Capítulo 28


El tío Mumford descarga


Durante todo el día navegamos río abajo, y prácticamente teníamos el río para nosotros solos. Antes, con ese nivel del agua, habríamos visto hectáreas de balsas de madera y docenas de grandes barcazas de carbón; también alguna que otra barcaza mercante, pedaleando de granja en granja, con la familia del vendedor a bordo; quizás, alguna barcaza cualquiera, llevando a la humilde compañía Hamlet y compañía en un viaje teatral itinerante. Pero no vimos nada de eso. Ya avanzada la tarde, vimos un barco de vapor; solo uno, y no más. Estaba descansando a la sombra, en la desembocadura boscosa del río Obion. El catalejo reveló que llevaba mi nombre, o que él llevaba mi nombre, como prefieran. Como era la primera vez que me encontraba con semejante honor, me parece justificable mencionarlo y, al mismo tiempo, llamar la atención de las autoridades sobre mi tardanza en reconocerlo.



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Se observó un gran cambio en el río, en la isla número 21. Era una isla muy grande, y solía estar ubicada hacia la mitad del cauce; pero ahora está unida firmemente a la orilla principal y ha dejado de ser una isla.

Al acercarnos al famoso e imponente Plum Point, cayó la noche, pero eso no era motivo de temor en estos tiempos modernos. Porque ahora el gobierno nacional ha convertido el Misisipi en una especie de procesión de antorchas de dos mil millas. En la cabecera de cada cruce, y en el pie de cada cruce, el gobierno ha colocado una lámpara de luz brillante. Ahora nunca estás completamente a oscuras; siempre hay un faro a la vista, ya sea delante, detrás o a la par. Casi se podría decir que las lámparas se han desperdiciado allí. Docenas de cruces están iluminados, que no eran bajíos cuando se crearon, y nunca lo han sido desde entonces; cruces tan claros, además, y también tan rectos, que un barco de vapor puede atravesarlos sin ayuda alguna, después de haberlos cruzado una vez. Las lámparas en tales lugares, por supuesto, no se desperdician; es mucho más conveniente y cómodo para un piloto sujetarse a ellas que a una extensión de oscuridad informe que no se queda quieta; y, al mismo tiempo, se ahorra dinero para el barco, ya que, por supuesto, puede recorrer más millas con el timón en el centro que con él perpendicular a la popa, lo que la frena.



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Pero esto le ha quitado el romanticismo a la navegación, en gran medida. Esto, y algunas otras cosas juntas, le han quitado todo el romanticismo. Por ejemplo, el peligro de los troncos sumergidos ya no es lo que era. Los barcos del gobierno patrullan arriba y abajo, en estos días pragmáticos, quitando los dientes del río; han erradicado todos los antiguos cúmulos que hacían que muchas localidades fueran tan formidables; y no permiten que se acumulen nuevos. Antes, si tu barco se te escapaba, en una noche oscura, y se iba hacia el bosque, era un momento de angustia para ti; también lo era cuando ibas a tientas a través de la oscuridad solidificada en un canal estrecho; pero todo eso ha cambiado ahora: enciendes tu luz eléctrica, transformas la noche en día en un abrir y cerrar de ojos, y tus peligros y ansiedades terminan. Horace Bixby y George Ritchie han cartografiado los cruces y trazado los recorridos con brújula; Han inventado una lámpara que complementa el mapa y han patentado todo el invento. Gracias a estas herramientas, ahora se puede navegar en la niebla con considerable seguridad y con una confianza desconocida en el pasado.



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Con estas abundantes balizas, la eliminación de obstáculos, abundante luz natural disponible en una caja y lista para encenderse cuando sea necesario, y una carta náutica y una brújula para combatir la niebla, pilotar, con un buen nivel de agua, es ahora casi tan seguro y sencillo como navegar a vela, y apenas tres veces más romántico.



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Y ahora, en estos nuevos tiempos, en estos tiempos de cambios infinitos, la Anchor Line ha elevado al capitán por encima del práctico, otorgándole el salario más alto de los dos. Esto ya era mucho, pero no se han detenido ahí. Han decretado que el práctico debe permanecer en su puesto y vigilar durante toda la travesía, ya sea que el barco esté navegando o amarrado a la orilla. Nosotros, que una vez fuimos los aristócratas del río, ya no podemos irnos a dormir, como solíamos hacerlo, mientras se cargan cien toneladas de mercancía; no, debemos permanecer sentados en el puente de mando y, además, mantenernos despiertos. En verdad, nos tratan como a un montón de oficiales e ingenieros. El Gobierno nos ha arrebatado el romanticismo de nuestra profesión; la Compañía nos ha arrebatado su estatus y dignidad.

Plum Point lucía como siempre de noche, con la excepción de que ahora había balizas para marcar los cruces, y también muchas otras luces en el cabo y a lo largo de su orilla; estas últimas brillaban desde la flota de la Comisión Fluvial de los Estados Unidos, y desde un pueblo que los funcionarios han construido en el terreno para oficinas y para los empleados del servicio. Los ingenieros militares de la Comisión han asumido la tarea de reconstruir el Misisipi, una tarea superada en magnitud solo por la tarea original de crearlo. Están construyendo diques aquí y allá, para desviar la corriente; y diques para confinarla en límites más estrechos; y otros diques para mantenerla allí; y durante incontables millas a lo largo del Misisipi, están talando la línea de árboles cincuenta yardas hacia atrás, con el propósito de rebajar la orilla hasta la marca de bajamar con la inclinación de un tejado de casa, y lastrarla con piedras; y en muchos lugares han protegido las orillas erosionadas con hileras de pilotes. Quien conoce el Misisipi afirmará sin dudarlo —no en voz alta, sino para sí mismo— que diez mil comisiones fluviales, con las minas del mundo a sus espaldas, no pueden domar ese río indómito, no pueden contenerlo ni encauzarlo, no pueden decirle «Ve aquí» o «Ve allá» y obligarlo a obedecer; no pueden salvar una orilla que él mismo ha condenado; no pueden bloquear su curso con una obstrucción que no derribe, sobre la que baile y de la que se ría. Pero un hombre discreto no expresará estas cosas con palabras; pues los ingenieros de West Point no tienen superiores en ninguna parte; lo saben todo sobre su abstrusa ciencia; y así, puesto que creen poder encadenar y esposar ese río y dominarlo, lo más sensato para el hombre sin conocimientos científicos es mantenerse al margen, pasar desapercibido y esperar a que lo hagan. El capitán Eads, con sus espigones, realizó una obra en la desembocadura del Misisipi que parecía claramente imposible; por lo tanto, no nos sentimos con la suficiente confianza como para profetizar contra tales imposibilidades. De lo contrario, uno podría intervenir y decir que la Comisión bien podría intimidar a los cometas en sus trayectorias y obligarlos a comportarse, en lugar de intentar intimidar al río Misisipi para que tenga una conducta correcta y razonable.

Consulté al tío Mumford sobre este y otros asuntos afines, y aquí presento el resultado, transcrito taquigráficamente, por lo que se puede confiar en que es completo y correcto; salvo que he omitido algunos comentarios dirigidos a los hombres, como "¿adónde demonios vas ahora con ese barril?", que me parecieron interrumpir la fluidez de la declaración escrita, sin compensarlo añadiendo información o claridad. No es que me haya atrevido a eliminar todas esas interjecciones; solo he quitado las que eran obviamente irrelevantes; cuando encontré alguna que me generó dudas, consideré que lo más prudente era dejarla.



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LAS IMPRESIONES DEL TÍO MUMFORD

El tío Mumford dijo:

'Durante los treinta años que he sido primer oficial de un barco de vapor, he observado este río y lo he estudiado. Tal vez podría haber aprendido más sobre él en West Point, pero si lo creo, ojalá pudiera ser ¿ qué haces chupándote los dedos ahí? ¡Agarra a ese idiota! Cuatro años en West Point, y muchos libros y estudios, le enseñarán mucho a un hombre, supongo, pero no le enseñarán sobre el río. Si le entregas uno de esos pequeños ríos europeos a esta Comisión, con su fondo duro y agua cristalina, sería un trabajo de vacaciones para ellos construir muros, apilarlos, construir diques, domarlo, mandarlo, hacer que vaya a donde quieran, y que se quede donde lo pongan, y que haga exactamente lo que digan, siempre. Pero este no es ese tipo de río. Han empezado aquí con mucha confianza y las mejores intenciones del mundo; pero se van a quedar atrás. ¿Qué dice Eclesiastés 7:13? Eso dice mucho para echarles una mano a sus jueguitos, ¿no? Ahora fíjense en sus métodos. Allí en la Isla del Diablo, en el Alto Río, querían que el agua fuera en una dirección, pero el agua quería ir en otra. Así que levantaron un muro de piedra. ¿Pero qué le importa al río un muro de piedra? Cuando estuvo listo, simplemente lo atravesó. Quizás puedan construir otro que se mantenga en pie; es decir, allá arriba, pero aquí abajo no pueden. Aquí abajo, en el Bajo Río, clavan unas estacas para desviar el agua de la orilla e impedir que se desprenda de la ribera; muy bien, ¿acaso no pasa directamente por encima y se lleva la ribera de otro? Por supuesto. ¿Van a poner estacas en todas las riberas? Podrían comprar terrenos y construir un nuevo Misisipi más barato. Ahora están poniendo estacas en Bulletin Tow-head. No servirá de nada. Si el río tiene una hipoteca sobre esa isla, la ejecutará, seguro, con estacas o sin ellas. Allá abajo, han clavado dos hileras de pilotes justo en medio de una barra seca de media milla de largo, que sobresale cuarenta pies del agua cuando el río está bajo. ¿Para qué crees que es eso? Si lo supiera, desearía poder aterrizar en... ¡ vete a la mierda, hijo de enterrador! ¡Fuera con ese queroseno, ahora mismo, vivaz, vivaz!Y fíjense en lo que están intentando hacer allá abajo en Milliken's Bend. Han cortado el curso del río en esa sección, y Vicksburg ha quedado aislada. Ahora es un pueblo de campo. El río desemboca río abajo; y un barco no puede llegar al pueblo excepto con la marea alta. Pues bien, van a construir diques de contención en la curva opuesta al pie de la carretera 103, desviar el agua y cortar el pie de la isla, y arar hasta un antiguo canal donde solía estar el río en tiempos remotos; y creen que así podrán desviar el agua y hacer que desemboque río arriba de Vicksburg, como antes, y así reintegrar el pueblo al mundo. Es decir, van a tomar todo el Misisipi, darle la vuelta y hacer que corra varios kilómetros río arriba . Hay que admirar a los hombres que manejan ideas de esa magnitud y pueden llevarlas a cabo sin muletas; ¡pero no tienen por qué creer que pueden hacer tales milagros! Y sin embargo, no estás absolutamente obligado a creer que no pueden. Creo que la forma segura, cuando uno puede permitírselo, es financiar la operación con cobre y, al mismo tiempo, comprar suficientes propiedades en Vicksburg para estar a salvo en caso de que ganen. El gobierno está haciendo un trato por el Misisipi ahora, gastando muchísimo dinero en él. Cuando solía haber cuatro mil barcos de vapor y diez mil acres de barcazas de carbón, y balsas y gabarras mercantes, no había ni una linterna desde San Pablo hasta Nueva Orleans, y los obstáculos eran más gruesos que las cerdas en el lomo de un cerdo; y ahora que hay tres docenas de barcos de vapor y ni una sola barcaza o balsa, el gobierno ha arrancado todos los obstáculos, e iluminado las orillas como Broadway, y un barco está tan seguro en el río como lo estaría en el cielo. Y calculo que para cuando no quede ni un solo barco, la Comisión habrá reorganizado, dragado, cercado y ordenado todo lo viejo, hasta tal punto que la navegación será simplemente perfecta, absolutamente segura y rentable; y todos los días serán domingos, y todos los oficiales serán niños de escuela dominical... ¡¿ Qué demonios están haciendo ahí, hijos de la iniquidad, herederos de la perdición?! ¿Va a tardar un año en desembarcar ese barril?

Durante nuestro viaje a Nueva Orleans y de regreso, mantuvimos muchas conversaciones con hombres de ribera, plantadores, periodistas y funcionarios de la Comisión del Río, con resultados contradictorios y confusos. A saber:

1. Algunos creían en el plan de la Comisión para confinar (y así profundizar) de forma arbitraria y permanente el canal, preservar las costas amenazadas, etc.

2. Algunos creían que el dinero de la Comisión debía gastarse únicamente en la construcción y reparación del gran sistema de diques.

3. Algunos creían que cuanto más alto se construyera el dique, más subiría el fondo del río; y que, por consiguiente, el sistema de diques era un error.

4. Algunos creían en el plan para aliviar el río, en época de crecidas, desviando sus aguas sobrantes hacia el lago Borgne, etc.

5. Algunos creían en el plan de construir embalses en los lagos del norte para reabastecer el río Misisipi en épocas de sequía.



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Dondequiera que encuentres a un hombre que crea en una de estas teorías, puedes dirigirte al siguiente y plantear tu conversación partiendo de la hipótesis de que él no cree en esa teoría; y después de haber tenido experiencia, no tomes este camino con dudas ni vacilaciones, sino con la confianza de un asesino moribundo, uno convertido, quiero decir. Porque habrás llegado a saber, con una profunda y tranquila certeza, que no te vas a encontrar con dos personas enfermas de la misma teoría, una tras otra. No, siempre habrá una o dos con otras enfermedades entre medias. Y a medida que avances, descubrirás una o dos cosas más. Descubrirás que no hay ninguna enfermedad que no sea contagiosa; y no puedes ir donde está sin contagiarte. Puedes vacunarte con hechos disuasorios cuanto quieras, pero no servirá de nada; parecerá que "surte efecto", pero no es así; en el momento en que te cruces con cualquiera de esos teóricos, decide que es hora de izar tu bandera amarilla.

Sí, eres su víctima segura; sin embargo, su trabajo no es del todo perjudicial para ti, solo en parte. Es como tu médico de cabecera, que viene y cura las paperas, pero deja atrás la escarlatina. Si tu médico es un teórico de la cura del lago Borgne, por ejemplo, exhalará una nube de datos y estadísticas mortales que te contagiarán esa enfermedad, sin duda; pero al mismo tiempo te curará de cualquier otra de las cinco teorías que se te hayan metido previamente.

He padecido las cinco enfermedades, y las he padecido gravemente; pero no me pregunten, con tristeza, cuál me causó más sufrimiento ni cuál me provocó la mayor cantidad de enfermedades, porque no lo sé. En verdad, nadie puede responder a esta última pregunta. El proyecto de mejora del Misisipi es un tema importante allá abajo. Todos los hombres a orillas del río, al sur de Cairo, hablan de ello a diario, en los pocos momentos que pueden dedicar a no hablar de la guerra; y cada una de las principales teorías tiene su multitud de fervientes partidarios; pero, como ya he dicho, es imposible determinar qué causa cuenta con más seguidores.

Sin embargo, todos coincidían en un punto: si el Congreso destinara los fondos suficientes, el beneficio sería enorme. Muy bien; desde entonces, se ha realizado la asignación, posiblemente suficiente, aunque ciertamente no excesiva. Esperemos que la profecía se cumpla plenamente.

El lector reconocerá fácilmente que la opinión del Sr. Edward Atkinson sobre cualquier asunto comercial nacional de gran envergadura es tan autorizada como la de cualquier otro ciudadano de la Unión. Su opinión sobre la mejora del río Misisipi se encuentra en el Apéndice. [Véase el Apéndice B.]

A veces, media docena de cifras revelarán, como un relámpago, la importancia de un tema que diez mil palabras laboriosas, con el mismo propósito, habían dejado al final vaga e incierta. He aquí un caso de este tipo: párrafo del 'Cincinnati Commercial'.

El remolcador “Jos. B. Williams” se dirige a Nueva Orleans con un convoy de treinta y dos barcazas, que transportan seiscientos mil bushels (setenta y seis libras por bushel) de carbón, sin contar su propio combustible, siendo el mayor convoy jamás llevado a Nueva Orleans o a cualquier otro lugar del mundo. Su factura de flete, a 3 centavos por bushel, asciende a $18,000. Se necesitarían mil ochocientos vagones, de trescientos treinta y tres bushels por vagón, para transportar esta cantidad de carbón. A $10 por tonelada, o $100 por vagón, que sería un precio justo para la distancia por ferrocarril, la factura de flete ascendería a $180,000, es decir, $162,000 más por ferrocarril que por río. El convoy será llevado de Pittsburg a Nueva Orleans en catorce o quince días. Se necesitarían cien trenes de dieciocho vagones por tren para transportar este tonel de seiscientos mil bushels de carbón, e incluso si alcanzara la velocidad habitual de las líneas de carga rápidas, se tardaría todo un verano en transportarlo por ferrocarril.



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Cuando un río en buen estado permite ahorrar 162.000 dólares y todo un verano en un solo envío, la conveniencia de tomar medidas para mantener el río en buenas condiciones resulta evidente incluso para quienes no tienen una mentalidad comercial.





Capítulo 29


Algunos ladrillos de muestra


Atravesamos la región de Plum Point, doblamos Craighead's Point y navegamos sin oposición por lo que alguna vez fue el formidable Fuerte Pillow, recordado por la masacre perpetrada allí durante la guerra. Las masacres abundan en la historia de varias naciones cristianas, pero esta es casi la única que se encuentra en la historia estadounidense; quizás sea la única que alcanza una magnitud acorde con ese título tan sombrío. Tenemos la «Masacre de Boston», donde murieron dos o tres personas; pero debemos agrupar la historia anglosajona para encontrar la contraparte de la tragedia del Fuerte Pillow; e incluso entonces, sin duda, debemos remontarnos a los días y las hazañas de Corazón de León, ese gran «héroe», antes de lograrlo.

Más rarezas del río. Antiguamente, el cauce discurría por encima de la Isla 37, cerca de la barra de Brandywine, y descendía hacia la Isla 39. Posteriormente, cambió su curso y pasó de Brandywine a través del canal de Vogelman en el Codo del Diablo, hasta la Isla 39; parte de este recorrido invirtió el orden original, haciendo que el río subiera cuatro o cinco millas en lugar de bajar, y acortando el trayecto en unas quince millas. Esto ocurrió en 1876. Toda esa región se conoce ahora como Isla Centennial.

Según la tradición, la Isla 37 fue uno de los principales refugios de la otrora célebre «Banda de Murel». Se trataba de una banda colosal de ladrones, asaltantes de caballos, secuestradores de negros y falsificadores, que operaban a lo largo del río hace unos cincuenta o sesenta años. Durante nuestro viaje por el país hacia San Luis, no parábamos de oír hablar de Jesse James y su apasionante historia, pues acababa de ser asesinado por un agente del gobernador de Misuri y, en consecuencia, ocupaba gran parte de la prensa. Los mozos de tren vendían biografías baratas sobre él. Según estas, era la criatura más extraordinaria de su especie que jamás había existido. Era un error. Murel era su igual en audacia, en valor, en rapacidad, en crueldad, brutalidad, insensibilidad, traición y, en general, en vileza y desvergüenza; y muy superior en algunos aspectos más importantes. James era un bribón ocasional; Murel, un granuja. El modesto genio de James no soñaba con algo más ambicioso que planear asaltos a coches, diligencias y bancos rurales; Murel, en cambio, proyectó insurrecciones negras y la toma de Nueva Orleans; y, además, en ocasiones, este Murel podía subir a un púlpito y edificar a la congregación. ¿Qué son James y su media docena de rufianes vulgares comparados con este majestuoso criminal de antaño, con sus sermones, sus insurrecciones y tomas de ciudades planeadas, y su imponente séquito de mil hombres, juramentados para cumplir su malvada voluntad?



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Aquí tenéis un par de párrafos sobre este importante operador, extraídos de un libro ahora olvidado que se publicó hace medio siglo.

Parece haber sido un villano sumamente hábil y consumado. Cuando viajaba, solía disfrazarse de predicador itinerante; y se dice que sus discursos eran muy conmovedores, cautivando tanto a los oyentes que estos olvidaban cuidar de sus caballos, que eran robados por sus cómplices mientras él predicaba. Pero el robo de caballos en un estado y su venta en otro era solo una pequeña parte de su negocio; lo más lucrativo era persuadir a los esclavos para que huyeran de sus amos, para luego venderlos en otro lugar. Esto se organizaba de la siguiente manera: le decían a un negro que si huía de su amo y permitía que lo vendieran, recibiría una parte del dinero pagado por él, y que a su regreso lo enviarían a un estado libre, donde estaría a salvo.



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Los pobres desgraciados accedieron a esta petición, con la esperanza de obtener dinero y libertad; serían vendidos a otro amo y volverían a escapar, con sus empleadores; a veces los vendían de esta manera tres o cuatro veces, hasta que obtenían tres o cuatro mil dólares; pero como después de esto existía el temor de ser descubiertos, la costumbre habitual era deshacerse del único testigo que se podía presentar contra ellos, que era el propio negro, asesinándolo y arrojando su cuerpo al Misisipi. Incluso si se establecía que habían robado a un negro, antes de asesinarlo, siempre estaban preparados para evadir el castigo; pues ocultaban al negro fugitivo hasta que se anunciaba su búsqueda y se ofrecía una recompensa a quien lo capturara. Un anuncio de este tipo garantiza que la persona se quede con la propiedad, si la encuentra. Y entonces el negro se convierte en una propiedad en fideicomiso, por lo que cuando lo vendían, solo se convertía en un abuso de confianza, no en un robo; y por un incumplimiento de confianza, el propietario de la propiedad solo puede obtener reparación mediante una acción civil, lo cual fue inútil, ya que los daños nunca fueron pagados. Cabe preguntarse cómo fue que Murel escapó de la ley del linchamiento en tales circunstancias. Esto se entenderá fácilmente cuando se afirma que tenía más de mil confederados jurados , todos listos en cualquier momento para apoyar a cualquier miembro de la banda que pudiera estar en problemas. Los nombres de todos los principales confederados de Murel fueron obtenidos de él mismo, de una manera que explicaré en breve. La banda estaba compuesta por dos clases: los Jefes o Consejo, como se les llamaba, que planeaban y concertaban, pero rara vez actuaban; eran unos cuatrocientos. La otra clase eran los agentes activos, y se les denominaba huelguistas, y eran unos seiscientos cincuenta. Estos eran las herramientas en manos de los demás; corrían todo el riesgo y recibían solo una pequeña parte del dinero; Estaban en manos de los líderes de la banda, quienes podían sacrificarlos en cualquier momento entregándolos a la justicia o arrojando sus cuerpos al Misisipi. El punto de encuentro habitual de esta banda de delincuentes era en la orilla de Arkansas del río, donde escondían a sus negros en los pantanos y cañaverales.



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Los estragos de esta extensa conspiración se sintieron con fuerza; pero sus planes estaban tan bien orquestados que, aunque Murel, siempre activo, era sospechoso en todas partes, no se pudo obtener ninguna prueba. Sin embargo, sucedió que un joven llamado Stewart, que cuidaba de dos esclavos que Murel había secuestrado, se unió a él, se ganó su confianza, prestó juramento y fue admitido en la banda como miembro del Consejo General. De esta manera se descubrió todo; pues Stewart se convirtió en traidor, a pesar de haber prestado juramento, y tras obtener toda la información, expuso toda la conspiración, los nombres de todos los implicados y, finalmente, logró reunir pruebas suficientes contra Murel para conseguir su condena y su ingreso en prisión (Murel fue condenado a catorce años de cárcel). Tantas personas que se suponía que eran honestas y gozaban de una reputación respetable en los distintos estados figuraban en la lista del Gran Consejo publicada por Stewart, que se hicieron todos los intentos posibles por desacreditar sus afirmaciones; su reputación fue vilipendiada y se intentó asesinarlo en más de una ocasión. En consecuencia, se vio obligado a abandonar los estados del sur. Sin embargo, ahora se sabe con certeza que todo era cierto; y aunque algunos culpan al Sr. Stewart de haber violado su juramento, ya no intentan negar la veracidad de sus revelaciones. Citaré algunos fragmentos de las confesiones que Murel le hizo al Sr. Stewart durante un viaje que realizaron juntos. Debí haber señalado que las intenciones finales de Murel y sus asociados, según su propio relato, eran de gran alcance; tenían como objetivo nada menos que incitar a los negros contra los blancos, apoderarse de Nueva Orleans, saquearla y hacerse con el control del territorio . A continuación, algunos extractos:



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Reuní a todos mis amigos de Nueva Orleans en casa de uno de ellos y nos sentamos a deliberar durante tres días antes de concretar nuestros planes. Decidimos emprender la rebelión a toda costa y hacer tantos amigos como pudiéramos para ese propósito. Una vez asignados los asuntos de cada uno, partí a pie hacia Natchez, tras haber vendido mi caballo en Nueva Orleans, con la intención de robar otro al partir. Caminé cuatro días y no tuve oportunidad de conseguir un caballo. Al quinto día, sobre las doce, estaba cansado y me detuve junto a un arroyo para beber agua y descansar un poco. Mientras estaba sentado en un tronco, mirando el camino por donde había venido, vi a un hombre montado en un caballo de buen aspecto. En cuanto lo vi, decidí apoderarme de su caballo, si llevaba la apariencia de un viajero. Se acercó a caballo y, por su montura, vi que era un viajero. Me levanté, le apunté con una elegante pistola-rifle y le ordené que desmontara. Así lo hizo, y yo agarré su caballo por las riendas, señalé el arroyo y le ordené que caminara delante de mí. Caminó unos cientos de metros y se detuvo. Enganché su caballo, y luego le hice desvestirse, hasta quedar solo con la camisa y los calzoncillos, y le ordené que me diera la espalda. Dijo: «Si estás decidido a matarme, déjame rezar antes de morir». Le dije que no tenía tiempo para oírlo rezar. Se dio la vuelta y cayó de rodillas, y le disparé en la nuca.



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Le abrí el vientre, le saqué las entrañas y lo arrojé al arroyo. Luego le registré los bolsillos y encontré cuatrocientos dólares con treinta y siete centavos y varios papeles que no me molesté en examinar. Arrojé la cartera, los papeles y su sombrero al arroyo. Sus botas eran nuevas y me quedaban muy bien; me las puse y arrojé mis viejos zapatos al arroyo para expiar el daño. Enrollé su ropa y la metí en su maleta, pues era de tela nueva de la mejor calidad. Monté un caballo tan magnífico como nunca antes había montado y puse rumbo a Natchez con mucha más soltura que en los últimos cinco días.

Un tipo llamado Crenshaw y yo reunimos cuatro buenos caballos y partimos hacia Georgia. Nos encontramos con un joven de Carolina del Sur justo antes de llegar a la montaña Cumberland, y Crenshaw pronto supo de qué se trataba. Había ido a Tennessee a comprar una manada de cerdos, pero al llegar allí la carne de cerdo era más cara de lo que había calculado, y declinó la compra. Concluimos que era un buen partido. Crenshaw me guiñó un ojo; comprendí su idea. Crenshaw ya había recorrido ese camino antes, pero yo nunca; habíamos viajado varias millas por la montaña cuando pasó cerca de un gran precipicio; justo antes de cruzarlo, Crenshaw me pidió mi látigo, que tenía una libra de plomo en la empuñadura; se lo di, y él se acercó al joven de Carolina del Sur, le dio un golpe en la cabeza y lo tiró del caballo; nos bajamos de nuestros caballos y le registramos los bolsillos; conseguimos mil doscientos sesenta y dos dólares. Crenshaw dijo que conocía un lugar para esconderlo, y lo tomó bajo sus brazos, y yo lo sujeté por sus pies, y lo conduje hasta una profunda grieta en la cima del precipicio, y lo arrojé dentro, y desapareció de la vista; luego nos subimos a su silla de montar y nos llevamos su caballo, que valía doscientos dólares.

Estuvimos detenidos unos días, y durante ese tiempo nuestro amigo fue a un pequeño pueblo cercano y vio el anuncio del negro (un negro que teníamos en nuestro poder), y una descripción de los dos hombres a quienes se lo habían comprado, y sus sospechas sobre ellos. Eran tiempos bastante turbulentos, pero en tiempos de tormenta, cualquier puerto es bueno: capturamos al negro esa noche a la orilla de un arroyo que pasa junto a la granja de nuestro amigo, y Crenshaw le disparó en la cabeza. Le sacamos las entrañas y lo ahogamos en el arroyo.



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«Había vendido al otro negro por tercera vez en el río Arkansas por más de quinientos dólares; luego lo robó y se lo entregó a su amigo, quien lo condujo a un pantano, ocultó la trágica escena y obtuvo las últimas espigas y la sagrada promesa de secreto; pues un juego de esa clase no puede terminar a menos que sea un misterio para todos excepto para la fraternidad. Vendió al negro, primero y último, por casi dos mil dólares, y luego lo puso para siempre fuera del alcance de todos los perseguidores; y nunca podrán pastorearlo a menos que encuentren al negro; y eso no pueden hacer, porque su cadáver ha alimentado a muchas tortugas y bagres antes de esto, y las ranas han cantado esto durante muchos largos días al silencioso reposo de su esqueleto.»

Nos acercábamos a Memphis, frente a cuyas orillas, y ante la mirada de sus habitantes, se libró la más famosa de las batallas fluviales de la Guerra Civil. Dos hombres bajo cuyas órdenes serví durante mi época en el río participaron en aquella batalla: el Sr. Bixby, piloto jefe de la flota de la Unión, y Montgomery, comodoro de la flota confederada. Ambos tuvieron una participación activa durante la guerra y se ganaron una gran reputación por su valentía y capacidad.



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Al acercarnos a Memphis, empezamos a buscar una excusa para quedarnos con el 'Gold Dust' hasta el final de su ruta: Vicksburg. Estábamos tan a gusto que no deseábamos cambiar de sitio. Tenía un encargo importante que hacer en Napoleon, Arkansas, pero quizás podría resolverlo sin abandonar el 'Gold Dust'. Así lo comenté, y decidimos quedarnos donde estábamos.



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El barco debía permanecer en Memphis hasta las diez de la mañana siguiente. Es una ciudad hermosa, majestuosamente situada en un promontorio con vistas al río. Las calles son rectas y amplias, aunque no están pavimentadas de forma que despierten una admiración desmedida. No, la admiración debe reservarse para el sistema de alcantarillado de la ciudad, que se considera perfecto; una reforma reciente, sin embargo, pues hasta hace pocos años era todo lo contrario: una reforma resultante de la lección aprendida por una devastadora epidemia de fiebre amarilla. En aquellos días terribles, la gente fue arrasada por cientos, por miles; y tan grande fue la reducción causada por la huida y la muerte a la vez, que la población disminuyó en tres cuartas partes, y así permaneció durante un tiempo. El comercio estaba prácticamente paralizado, y las calles tenían el aspecto desierto de un domingo.

Aquí hay una imagen de Menfis en aquella época desastrosa, dibujada por un turista alemán que parece haber sido testigo presencial de las escenas que describe. Proviene del capítulo VII de su libro, recién publicado en Leipzig, «Mississippi-Fahrten, von Ernst von Hesse-Wartegg».

En agosto, la fiebre amarilla alcanzó su punto álgido. Diariamente, cientos de personas caían víctimas de la terrible epidemia. La ciudad se había convertido en un inmenso cementerio; dos tercios de la población la habían abandonado, y solo quedaban los pobres, los ancianos y los enfermos, presa segura del insidioso enemigo. Las casas estaban cerradas: pequeñas lámparas ardían frente a muchas, señal de que la muerte había llegado. A menudo, varios muertos yacían en una misma casa; de las ventanas colgaban crespones negros. Las tiendas estaban cerradas, pues sus dueños se habían marchado o habían muerto.

¡Un mal terrible! En un instante, abatió y arrasó incluso a la víctima más vigorosa. Una leve indisposición, luego una hora de fiebre, después el espantoso delirio, y luego... ¡la Peste Amarilla! En las esquinas y en las plazas yacían enfermos, repentinamente presa de la enfermedad; e incluso cadáveres, deformados y rígidos. La comida escaseaba. La carne se echaba a perder en pocas horas en el aire fétido y pestilente, y se volvía negra.

«Desde muchas casas se oyen clamores espantosos; luego, tras un tiempo, cesan, y todo queda en silencio: hombres nobles y abnegados traen el ataúd, lo clavan y lo llevan al cementerio. En la noche reina la quietud. Solo los médicos y los coches fúnebres se apresuran por las calles; y a lo lejos, a intervalos, llega el sordo estruendo del tren, que, impulsado por el viento y como perseguido por furias, pasa volando junto a la ciudad plagada de pestes sin detenerse.»

Pero ahora hay vida de sobra allí. La población supera los cuarenta mil habitantes y sigue creciendo, y el comercio está en pleno auge. Recorrimos la ciudad en coche; visitamos el parque y la simpática bandada de ardillas que lo habita; vimos las elegantes residencias, adornadas con rosas y con otros encantos; y disfrutamos de un buen desayuno en el hotel.

La ciudad del Buen Samaritano del Misisipi es un lugar próspero: cuenta con un gran comercio mayorista, fundiciones, talleres mecánicos y fábricas de carros, carruajes y aceite de semilla de algodón; y pronto tendrá fábricas de algodón y elevadores de granos.

Sus ingresos por la producción de algodón alcanzaron los quinientos mil fardos el año pasado, un aumento de sesenta mil con respecto al año anterior. De su próspero centro comercial parten cinco líneas ferroviarias principales, y se está construyendo una sexta.

Este Memphis es muy diferente del que la desaparecida y olvidada procesión de turistas extranjeros solía plasmar en sus libros hace mucho tiempo. En los tiempos de la ahora olvidada, pero otrora famosa y fervientemente odiada, señora Trollope, Memphis parece haber consistido principalmente en una larga calle de casas de troncos, con algunas cabañas dispersas hacia el bosque; y de vez en cuando un cerdo, y barro por doquier. Eso fue hace cincuenta y cinco años. Se detuvo en el hotel. Claramente no era el mismo donde nos sirvieron el desayuno. Ella dice:

La mesa estaba puesta para cincuenta personas y estaba casi llena. Comieron en absoluto silencio y con tal rapidez que su cena terminó literalmente antes de que la nuestra hubiera comenzado; los únicos sonidos que se oían eran los de los cuchillos y los tenedores, junto con el incesante coro de toses , etc.

«Tos, etc.». El «etc.» indica una palabra desagradable, una palabra que no siempre disimula con benevolencia, sino que a veces escribe explícitamente. La encontrarán en la siguiente descripción de una cena en un barco de vapor que compartió con un grupo de plantadores aristocráticos; ricos, bien nacidos e ignorantes, adornados con los habituales títulos militares y judiciales inofensivos de aquella época de farsas baratas y pretensiones vacías.



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«La total ausencia de las cortesías habituales en la mesa; la voraz rapidez con que se tomaban y devoraban los manjares; las extrañas y toscas frases y pronunciaciones; el repugnante acto de escupir, del que era absolutamente imposible proteger nuestra ropa; la espantosa manera de comer con sus cuchillos, hasta que parecía que la hoja entera entraba en la boca; y la aún más espantosa manera de limpiarse los dientes después con una navaja de bolsillo, pronto nos hicieron sentir que no estábamos rodeados de los generales, coroneles y mayores del viejo mundo; y que la hora de la cena iba a ser cualquier cosa menos una hora de disfrute.»





Capítulo 30


Bocetos al paso


Era un río caudaloso, aguas abajo de Memphis; sus orillas rebosaban por doquier, y con frecuencia incluso más que desbordadas, inundando bosques y campos durante kilómetros tierra adentro; en algunos lugares, alcanzaban una profundidad de quince pies; señales por doquier del arduo trabajo de los hombres arruinado, y de tener que volver a empezar con recursos limitados y ánimos debilitados. Un panorama melancólico y continuo; cientos de kilómetros de ello. A veces, las luces de los faros se encontraban sumergidas en agua de tres pies de profundidad, al borde de densos bosques que se extendían kilómetros sin granjas, aserraderos, claros ni ningún tipo de resquicio; lo que significaba que el encargado del faro debía recorrer una gran distancia en barca para cumplir con su deber, y a menudo en condiciones climáticas adversas. Sin embargo, me dijeron que el trabajo se realiza fielmente, en cualquier clima; y no siempre por hombres, a veces por mujeres, si el hombre está enfermo o ausente. El gobierno proporciona el combustible y paga diez o quince dólares al mes por la iluminación y el mantenimiento. Un barco del gobierno distribuye petróleo y paga los salarios una vez al mes.



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La región de Ship Island seguía siendo tan boscosa y deshabitada como siempre. La isla dejó de ser una isla; se unió compactamente a la costa principal, y ahora circulan carretas por donde antes navegaban los barcos de vapor. No quedan rastros del naufragio del 'Pennsylvania'. Algún granjero desenterrará sus restos con su arado algún día, sin duda, y se llevará una sorpresa.

Nos adentrábamos en la región de los negros migrantes. Estas pobres personas nunca pudieron viajar cuando eran esclavas; así que ahora compensan esa privación. Permanecen en una plantación hasta que les invade el deseo de viajar; entonces empacan, toman un barco de vapor y parten. No a un lugar en particular; no, casi cualquier lugar les sirve; solo quieren moverse. El dinero que tengan a mano resolverá el resto del dilema. Si les lleva cincuenta millas, perfecto; que sean cincuenta. Si no, un vuelo más corto les bastará.

Durante un par de días, respondimos con frecuencia a estos saludos. A veces había un grupo de cabañas derruidas y manchadas por la crecida del agua, pobladas por gente de color, y ningún blanco a la vista; con parches de tierra seca sin hierba aquí y allá; algunos árboles talados, con vacas, mulas y caballos esqueléticos, comiendo las hojas y royendo la corteza, sin otro alimento para ellos en la tierra devastada por la inundación. A veces había una sola cabaña de desembarco solitaria; cerca de ella la familia de color que nos había saludado; pequeños y grandes, viejos y jóvenes, posados ​​sobre el escaso montón de enseres domésticos; estos consistían en un arma oxidada, algunas sábanas, baúles, utensilios de hojalata, taburetes, un espejo roto, un sillón venerable y seis u ocho perros amarillos viles y sin espíritu, atados a la familia con cuerdas. Necesitan a sus perros; no pueden ir sin sus perros. Sin embargo, los perros nunca están dispuestos; siempre se oponen; así que, uno tras otro, en una ridícula procesión, son arrastrados a bordo; Con las cuatro patas firmes y deslizándose por el escenario, la cabeza a punto de ser arrancada; pero el que tiraba avanzaba con determinación, inclinándose para cumplir su labor, con la cuerda sobre el hombro para sujetarla mejor. A veces se olvida a un niño y se le deja en la orilla; pero nunca a un perro.



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Los típicos chismes fluviales en la cabina del piloto. La isla número 63, una isla con un precioso canal o pasaje detrás de ella en tiempos pasados. Contaban que Jesse Jamieson, en el 'Skylark', llevaba consigo a un piloto visitante en un viaje, un pobre anciano, decrépito y jubilado, que lo dejó al timón, al pie de la isla 63, para que hiciera guardia. El viejo marinero subió por el canal y bajó por el río; y volvió a subir por el canal y bajar por el río; y otra vez y otra vez; y entregó el barco al piloto relevista, al cabo de tres horas de esfuerzo honesto, ¡al mismo pie de la isla donde había tomado el timón originalmente! Un negro en la orilla que había visto pasar el barco unas trece veces, dijo: "¡Caramba, no me sorprendería que hubiera toda una fila de Skylarks!".

Anécdota que ilustra la influencia de la reputación en el cambio de opinión. El «Eclipse» era famoso por su velocidad. Un día pasó por allí; un anciano negro en la orilla, absorto en sus propios asuntos, no se percató de qué vapor se trataba. Poco después, alguien preguntó:

¿Ha flotado algún barco?



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'Sí, señor.'

¿Iba rápido?

'Oh, más o menos... holgazaneando'.

'Ahora bien, ¿sabes qué barco era ese?'

'No, señor.'

—¡Pero si, tío, ese fue el “Eclipse”!

¡No! ¿Es eso cierto? Bueno, apuesto a que sí, ¡porque acaba de pasar por aquí resplandeciente !

Un fragmento de la historia que ilustra el estilo violento de algunos habitantes de esta zona: Durante las primeras semanas de la crecida, los postes de la cerca de A fueron arrastrados hasta el terreno de B, y los postes de B, arrastrados por el remolino, cayeron en el terreno de A. A dijo: «Que así sea; yo usaré tus postes y tú los míos». Pero B se opuso; no lo permitió. Un día, A bajó al terreno de B para recoger sus postes. B le gritó: «¡Te mataré!» y se abalanzó sobre él con su revólver. A respondió: «No estoy armado». Entonces B, que solo quería hacer lo correcto, arrojó su revólver; luego sacó un cuchillo y le cortó la garganta a A por completo, pero concentró su atención en la parte delantera, por lo que no logró seccionarle la yugular. Forcejeando, A logró alcanzar el revólver abandonado y le disparó a B, matándolo con él, y se recuperó de sus propias heridas.

Más chismes;—después de lo cual, todos bajaron a tomar el café de la tarde y me dejaron al timón, solo. Algo me recordó nuestra última hora en San Luis, parte de la cual pasé en la cubierta de huracanes de este barco, en la popa. Allí se me unió un extraño, que se puso a conversar conmigo: un joven vivaz, que dijo que había nacido en un pueblo del interior de Wisconsin y que nunca había visto un barco de vapor hasta una semana antes. También dijo que en el viaje desde La Crosse había inspeccionado y examinado su barco con tanta diligencia y con tanto interés apasionado que lo había dominado por completo, desde la proa hasta la pala del timón. Me preguntó de dónde era. Respondí: Nueva Inglaterra. '¡Oh, un yanqui!', dijo; y siguió charlando sin esperar mi aprobación o negación. Inmediatamente se propuso llevarme por todo el barco y decirme los nombres de sus diferentes partes, y enseñarme sus usos. Antes de que pudiera protestar o excusarme, ya estaba hablando con soltura sobre su benévolo trabajo; Y cuando me di cuenta de que estaba nombrando mal las cosas y divirtiéndose inhóspitamente a costa de un inocente desconocido de un país lejano, guardé silencio y lo dejé salirse con la suya. Me dio un mundo de información errónea; y cuanto más avanzaba, más se expandía su imaginación y más disfrutaba de su cruel obra de engaño. A veces, después de endosarme una mentira particularmente fantástica y escandalosa, estaba tan «lleno de risa» que tenía que apartarse un minuto, con un pretexto u otro, para evitar que sospechara. Me quedé fielmente a su lado hasta que terminó su comedia. Entonces comentó que se había comprometido a «enseñarme» todo sobre un barco de vapor, y lo había hecho; pero que si había pasado por alto algo, solo pregúntale y él lo completaría. «Cualquier cosa sobre este barco cuyo nombre o propósito desconozcas, ven a verme y te lo diré». Dije que lo haría y me marché; Desapareció y se acercó a él desde otro lado, desde donde no podía verme. Allí estaba sentado, solo, retorciéndose de risa incontenible. Debió de haberse enfermado, pues no se le vio en público durante varios días. Mientras tanto, el episodio se me olvidó.



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Lo que me lo recordó ahora, cuando estaba solo al timón, fue el espectáculo de aquel joven de pie en la puerta de la cabina del piloto, con el pomo en la mano, inspeccionándome en silencio y con severidad. No recuerdo haber visto a nadie con una expresión tan dolida como la suya. No dijo nada; simplemente se quedó allí, mirando; mirando con reproche y meditando. Finalmente, cerró la puerta y arrancó; se detuvo un minuto en el timonel; regresó lentamente y se quedó de nuevo en la puerta, con esa mirada afligida en el rostro; me miró un rato con suave reproche, y luego dijo...

'Me dejaste enseñarte todo sobre los barcos de vapor, ¿verdad?'

—Sí —confesé.

'Sí, lo hiciste, ¿verdad ?'

'Sí.'

'Tú eres el tipo que... que...'

Le fallaron las palabras. Hizo una pausa, una lucha inútil por encontrar más palabras, y luego se rindió, soltó un juramento profundo y fuerte, y se marchó para siempre. Después lo vi varias veces abajo durante el viaje; pero estaba frío, no me miraba. Idiota, si no hubiera estado tan nervioso por gastarme su broma pesada al principio, lo habría distraído y evitado que cometiera esa descortesía tan tonta e irrespetuosa.

Me había llamado para el turno de las cuatro de la mañana, pues nunca se ven suficientes amaneceres de verano en el Misisipi. Son encantadores. Primero, está la elocuencia del silencio; un profundo silencio lo impregna todo. Luego, está la inquietante sensación de soledad, aislamiento, lejanía de las preocupaciones y el bullicio del mundo. El amanecer se desliza sigilosamente; las sólidas paredes del bosque negro se suavizan hasta volverse grises, y vastos tramos del río se abren y se revelan; el agua es lisa como un espejo, desprende pequeñas y espectrales volutas de niebla blanca, no hay ni la más leve brisa, ni el movimiento de las hojas; la tranquilidad es profunda e infinitamente satisfactoria. Entonces un pájaro canta, otro le sigue, y pronto los cantos se convierten en un jubiloso torbellino musical. No ves a los pájaros; simplemente te mueves a través de una atmósfera de canto que parece cantarse a sí misma. Cuando la luz se vuelve un poco más intensa, tienes una de las imágenes más bellas y suaves que puedas imaginar. Tienes el verde intenso del follaje denso y tupido cerca; lo ves atenuarse sombra a sombra frente a ti; en el siguiente cabo que sobresale, a una milla o más de distancia, el tono se ha aclarado al tierno verde joven de la primavera; el cabo más allá de ese casi ha perdido el color, y el más lejano, a millas bajo el horizonte, duerme sobre el agua como un mero vapor tenue, apenas distinguible del cielo que lo cubre y lo rodea. Y todo este tramo de río es un espejo, y tienes los reflejos sombríos del follaje, las orillas curvas y los cabos que se alejan, dibujados en él. Bueno, todo eso es hermoso; suave, rico y hermoso; y cuando el sol está bien alto, y distribuye un rubor rosado aquí, un polvo de oro allá y una bruma púrpura donde producirá el mejor efecto, reconoces que has visto algo que vale la pena recordar.

Nos adentramos en la región de Kentucky Bend al amanecer, escenario de un extraño y trágico accidente en tiempos pasados. El capitán Poe tenía un pequeño barco de vapor con ruedas de popa, que durante años fue el hogar de él y su esposa. Una noche, el barco chocó contra un obstáculo en la cabecera de Kentucky Bend y se hundió con asombrosa rapidez; el agua ya cubría gran parte del piso de la cabina cuando el capitán llegó a popa. Entonces, abrió un hachazo en el camarote de su esposa desde arriba; ella dormía en la litera superior, cuyo techo era más endeble de lo que se suponía; el primer golpe atravesó las tablas podridas y le partió el cráneo.



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Esta curva está ahora completamente obstruida, como resultado de un desvío; y el mismo agente ha tomado la gran y antaño muy frecuentada Curva de Walnut y la ha apartado en un lugar solitario, lejos de la ruta habitual de los barcos de vapor que pasan.

Visitamos Helena y también un pueblo del que no había oído hablar antes, pues era de reciente creación: Arkansas City. Nació gracias a una línea férrea; el ferrocarril Little Rock, Mississippi River and Texas Railroad llega hasta allí. Le preguntamos a un pasajero que era de allí qué clase de lugar era. «Bueno», dijo, tras pensarlo un momento, con el aire de quien quiere tomarse su tiempo y ser preciso, «es un lugar infernal». Una descripción tan exacta como una fotografía. Había varias hileras y grupos de casas de madera destartaladas, y una cantidad de lodo suficiente para asegurar que el pueblo no sufriera una hambruna durante cien años; pues el desbordamiento apenas había cesado. Había charcos estancados en las calles, aquí y allá, y una docena de barcazas toscas estaban esparcidas, varadas dondequiera que hubieran estado cuando las aguas se drenaron y la gente pudo volver a pasear y hacer sus compras a pie. Aun así, es un lugar próspero, con una rica región a sus espaldas, un elevador de granos frente a él y también una gran fábrica para la producción de aceite de semilla de algodón. Nunca antes había visto una fábrica de este tipo.

En mi época, la semilla de algodón era prácticamente insignificante; pero ahora vale entre 12 y 13 dólares la tonelada, y no se desperdicia nada. El aceite que se obtiene de ella es incoloro, insípido y casi totalmente inodoro. Se afirma que, mediante la manipulación adecuada, puede imitar y cumplir las funciones de cualquier aceite, y producirse a un precio inferior al de los aceites originales más baratos. Personas astutas lo enviaron a Italia, lo adulteraron, lo etiquetaron y lo trajeron de vuelta como aceite de oliva. Este comercio se volvió tan lucrativo que Italia se vio obligada a imponerle un arancel prohibitivo para evitar que perjudicara gravemente su industria petrolera.

Helena ocupa uno de los lugares más bellos del Misisipi. Su emplazamiento es el último, el grupo de colinas más meridional que se ve en esa orilla del río. En condiciones normales, es un pueblo bonito; pero la inundación (o posiblemente la filtración) lo había estado asolando últimamente; calles enteras de casas habían sido invadidas por el agua lodosa, y las fachadas de los edificios aún estaban cubiertas por una amplia mancha que se extendía desde los cimientos. Barcazas varadas y abandonadas yacían por todas partes; las aceras de tablones sobre pilotes de un metro veinte de altura seguían en pie; las aceras de madera a nivel del suelo estaban sueltas y en ruinas: un par de hombres trotando sobre ellas podrían hacer creer a un ciego que se acercaba una carga de caballería; por todas partes el lodo era negro y profundo, y en muchos lugares había charcos de agua estancada, fétida y purulenta. Una inundación del Misisipi es la segunda calamidad más devastadora y desoladora después de un incendio.

Disfrutamos mucho de este soleado domingo: dos horas completas de libertad en tierra mientras el barco descargaba la mercancía. En las callejuelas se veían pocos blancos, pero sí mucha gente de color, principalmente mujeres y niñas; casi sin excepción, ataviadas con ropa nueva, brillante, elegante y de corte impecable, un contraste llamativo y a la vez divertido con el lodo sombrío y los charcos pensativos.



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Helena es la segunda ciudad más poblada de Arkansas, con cinco mil habitantes. La región circundante es excepcionalmente productiva. Helena cuenta con un importante comercio de algodón, con un volumen anual de entre cuarenta y sesenta mil fardos; un gran comercio de madera y cereales; una fundición, molinos de aceite, talleres mecánicos y fábricas de vagones; en resumen, tiene una inversión de un millón de dólares en la industria manufacturera. Posee dos líneas ferroviarias y es el centro comercial de una extensa y próspera región. Según el New Orleans Times-Democrat, sus ingresos brutos anuales, provenientes de todas las fuentes, ascienden a cuatro millones de dólares.









Capítulo 31


Una huella dactilar y lo que resultó de ella.


Nos acercábamos a Napoleon, Arkansas. Así que empecé a pensar en mi recado. Era mediodía, un día soleado y brillante. Esto no era lo ideal, pues mi recado no era precisamente para mediodía. Cuanto más pensaba, más se me imponía esa idea, primero de una forma, luego de otra. Finalmente, se convirtió en una pregunta clara: ¿es sensato hacer el recado de día, cuando, con un pequeño sacrificio de comodidad y preferencias, se puede hacer de noche y sin miradas indiscretas? Esto lo resolvió. Una pregunta sencilla y una respuesta sencilla son la solución más rápida a la mayoría de las dudas.



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Llevé a mis amigos a mi camarote y les dije que lamentaba las molestias y la decepción, pero que, pensándolo bien, lo mejor era desembarcar y hacer escala en Napoleon. Su desaprobación fue inmediata y ruidosa; su lenguaje, rebelde. Su principal argumento fue el que siempre ha sido el primero en salir a la luz en estos casos, desde el principio de los tiempos: «Pero decidiste y acordaste quedarte en este barco, etc.»; como si, habiendo decidido hacer algo imprudente, uno estuviera obligado a hacer dos cosas imprudentes al llevar a cabo esa decisión.

Intenté varias tácticas para apaciguarlos, con bastante éxito; animado por ello, intensifiqué mis esfuerzos; y, para demostrarles que yo no había creado esta molesta tarea y que no tenía ninguna culpa de ella, enseguida me adentré en su historia, sustancialmente como sigue:

Hacia finales del año pasado, pasé unos meses en Múnich, Baviera. En noviembre vivía en la pensión de la señorita Dahlweiner , en Karlstrasse 1a; pero mi lugar de trabajo estaba a una milla de allí, en la casa de una viuda que se mantenía alquilando habitaciones. Ella y sus dos hijos pequeños solían pasar todas las mañanas y hablarme en alemán, a petición mía. Un día, durante un paseo por la ciudad, visité uno de los dos establecimientos donde el Gobierno guarda y vigila los cadáveres hasta que los médicos deciden que están muertos definitivamente y no en estado de trance. Era un lugar espantoso, esa espaciosa habitación. Había treinta y seis cadáveres de adultos a la vista, extendidos boca arriba sobre tablas ligeramente inclinadas, en tres largas filas, todos con rostros rígidos y blancos como la cera, y todos envueltos en sudarios blancos. A lo largo de los lados de la habitación había profundos nichos, como ventanales; y en cada una de ellas yacían varios bebés con rostros de mármol, completamente ocultos y enterrados bajo macizos de flores frescas, salvo sus rostros y sus manos cruzadas. Alrededor de un dedo de cada una de estas cincuenta formas inmóviles, tanto grandes como pequeñas, había un anillo; y del anillo salía un cable que llegaba al techo, y de allí a una campana en una sala de vigilancia allá, donde, día y noche, un vigilante permanece siempre alerta y listo para acudir en ayuda de cualquiera de esa pálida compañía que, al despertar de la muerte, haga algún movimiento, pues cualquier movimiento, incluso el más leve, hará vibrar el cable y sonar esa temible campana. Me imaginé a mí mismo como un centinela de la muerte dormitando allí solo, lejos en las largas vigilias de alguna noche aullante y ventosa, y teniendo en un abrir y cerrar de ojos todo mi cuerpo convertido en gelatina temblorosa por el repentino clamor de esa terrible llamada. Así que pregunté sobre esto; pregunté qué sucedía normalmente si el vigilante moría, y el cadáver resucitado venía e hacía lo que podía para que sus últimos momentos fueran fáciles. Pero fui reprendido por intentar alimentar una curiosidad ociosa y frívola en un lugar tan solemne y triste; y me marché con la frente en alto.

A la mañana siguiente le estaba contando a la viuda mi aventura, cuando ella exclamó:

¡Ven conmigo! Tengo un inquilino que te contará todo lo que quieras saber. Ha trabajado allí como vigilante nocturno.

Era un hombre vivo, pero no lo aparentaba. Estaba en cama, con la cabeza apoyada en almohadas; su rostro estaba demacrado y sin color, sus ojos hundidos estaban cerrados; su mano, sobre el pecho, era como una garra, huesuda y de dedos largos. La viuda comenzó a presentarme. Los ojos del hombre se abrieron lentamente y brillaron con malicia desde la penumbra de sus cavernas; frunció el ceño con un gesto sombrío; alzó su mano delgada y nos hizo un gesto perentorio para que nos marcháramos. Pero la viuda continuó hablando sin rodeos, hasta que supo que yo era un extranjero y estadounidense. El rostro del hombre cambió al instante; se iluminó, incluso se mostró ansioso, y al momento siguiente estábamos solos.



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Me abrí en un alemán férreo; él respondió en un inglés bastante flexible; a partir de entonces, dejamos de lado el idioma alemán definitivamente.

Este tuberculoso y yo nos hicimos buenos amigos. Lo visitaba todos los días y hablábamos de todo. Bueno, de todo menos de esposas e hijos. Si se mencionaba a la esposa o al hijo de alguien, siempre ocurrían tres cosas: un brillo bondadoso, cariñoso y tierno aparecía en sus ojos por un instante; se desvanecía al siguiente, y en su lugar aparecía esa mirada mortal que había brillado allí la primera vez que vi sus párpados abiertos; tercero, dejaba de hablar, allí mismo y por todo el día; permanecía en silencio, absorto y ensimismado; aparentemente no oía nada de lo que yo decía; no se daba cuenta de mis despedidas y, claramente, no sabía, ni por la vista ni por el oído, cuándo salía de la habitación.

Cuando yo había sido la única y diaria pareja íntima de este Karl Ritter durante dos meses, un día me dijo, abruptamente...

'Te contaré mi historia.'

LA CONFESIÓN DE UN HOMBRE MORIBUNDO

Luego continuó de la siguiente manera:

Nunca me había rendido, hasta ahora. Pero ahora me he rendido. Voy a morir. Anoche decidí que tenía que ser así, y muy pronto. Dices que volverás a tu río, dentro de poco, cuando tengas oportunidad. Muy bien; eso, junto con una extraña experiencia que me tocó vivir anoche, me impulsa a contarte mi historia, pues verás Napoleon, Arkansas; y por mí te detendrás allí y harás algo por mí, algo que emprenderás con gusto después de haber escuchado mi relato.

Resumamos la historia donde podamos, pues será necesario, ya que es larga. Ya saben cómo llegué a América y cómo me establecí en esa solitaria región del Sur. Pero no saben que tenía esposa. Mi esposa era joven, hermosa, cariñosa, ¡y tan divinamente buena, intachable y dulce! Y nuestra hijita era su madre en miniatura. Éramos un hogar de lo más feliz.

Una noche —era hacia el final de la guerra— desperté de un letargo empapado y me encontré atado y amordazado, ¡y el aire impregnado de cloroformo! Vi a dos hombres en la habitación, y uno le decía al otro en un susurro ronco: «Le dije que lo haría si hacía ruido, y en cuanto al niño...»

El otro hombre interrumpió con voz baja, casi llorosa:

«Dijiste que solo les amordazaríamos y les robaríamos, no les haríamos daño; de lo contrario, no habría venido».

«Cállate y deja de quejarte; tuvimos que cambiar el plan cuando se despertaron; hiciste todo lo posible por protegerlos, ahora que eso te satisfaga; ven, ayúdanos a rebuscar».



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Ambos hombres llevaban máscaras y vestían ropas toscas y andrajosas de «negro»; portaban una linterna de ojo de buey, y a su luz noté que al ladrón más amable le faltaba el pulgar en la mano derecha. Rebuscaron en mi humilde cabaña por un momento; entonces el cabecilla dijo, en un susurro teatral:

«Es una pérdida de tiempo; él dirá dónde está escondido. Quítenle la mordaza y reanimenlo.»

El otro dijo—

'De acuerdo, siempre y cuando no haya discotecas.'

«Entonces, nada de golpes con porras, siempre y cuando se quede quieto.»

Se acercaron a mí; justo entonces se oyó un ruido afuera; un ruido de voces y cascos que pisoteaban; los ladrones contuvieron la respiración y escucharon; los ruidos se acercaban lentamente y más; luego se oyó un grito—

Hola , casa! ¡Enciende la luz, queremos agua!'

—¡Por Dios, la voz del capitán! —dijo el rufián que susurraba en voz baja, y ambos ladrones huyeron por la puerta trasera, cerrando su diana mientras corrían.

Los desconocidos gritaron varias veces más, luego pasaron a caballo —parecía que había una docena— y no volví a oír nada.

Luché, pero no pude liberarme de mis ataduras. Intenté hablar, pero la mordaza era efectiva; no podía emitir ningún sonido. Escuché la voz de mi esposa y la de mi hijo; escuché larga y atentamente, pero ningún sonido provenía del otro extremo de la habitación, donde estaba su cama. Este silencio se volvía cada vez más terrible, cada vez más ominoso, a cada instante. ¿Crees que podrías haber soportado una hora? Compadécete de mí, que tuve que soportar tres. ¿Tres horas? ¡Parecía una eternidad! Cada vez que el reloj daba las campanadas, parecía que habían pasado años desde la última vez que lo oí. Todo este tiempo estuve forcejeando con mis ataduras; y por fin, al amanecer, logré liberarme, me levanté y estiré mis rígidas extremidades. Pude distinguir los detalles con bastante claridad. El suelo estaba lleno de cosas que los ladrones habían arrojado allí durante su búsqueda de mis ahorros. El primer objeto que llamó mi atención fue un documento mío que vi al más rudo de los dos rufianes mirar y luego tirar. ¡Tenía sangre! Me tambaleé hasta el otro extremo de la habitación. ¡Oh, pobres inocentes e indefensos, allí yacían, sus problemas habían terminado, los míos habían comenzado!

¿Acaso recurrí a la ley? ¿Acaso el rey sacia la sed del pobre si bebe por él? ¡Oh, no, no, no! No quería ninguna intromisión impertinente de la ley. ¡Ni las leyes ni la horca podían pagar la deuda que me debían! Que las leyes dejen el asunto en mis manos, y no teman: encontraría al deudor y cobraría la deuda. ¿Cómo lograrlo, se preguntan? ¿Cómo lograrlo y estar tan seguro de ello, si ni siquiera había visto los rostros de los ladrones, ni oído sus voces, ni tenía idea de quiénes podrían ser? Sin embargo, estaba seguro , completamente seguro, completamente confiado. Tenía una pista, una pista que ustedes no habrían valorado, una pista que no habría ayudado mucho ni siquiera a un detective, ya que le faltaría el secreto de cómo aplicarla. Llegaré a eso en breve, ya verán. Sigamos, ahora, con las cosas en su debido orden. Hubo una circunstancia que me orientó claramente desde el principio: esos dos ladrones eran claramente soldados disfrazados de vagabundos; no eran novatos en el servicio militar, sino veteranos, quizás regulares; no adquirieron su actitud, gestos y porte de soldados en un día, ni en un mes, ni siquiera en un año. Eso pensé, pero no dije nada. Y uno de ellos había dicho: «¡Por Dios, la voz del capitán!», aquel cuya vida yo quería. A dos millas de distancia, varios regimientos estaban acampados, y dos compañías de caballería estadounidense. Cuando supe que el capitán Blakely, de la Compañía C, había pasado por allí esa noche con una escolta, no dije nada, pero en esa compañía decidí buscar a mi hombre. En la conversación, describí con esmero y persistencia a los ladrones como vagabundos, seguidores del campamento; y entre esta clase la gente hizo una búsqueda inútil, nadie sospechaba de los soldados excepto yo.

Trabajando pacientemente, de noche, en mi desolada casa, me fabriqué un disfraz con retazos de ropa; en el pueblo más cercano compré unas gafas azules. Al cabo de un rato, cuando se desmanteló el campamento militar y la Compañía C fue enviada cien millas al norte, a Napoleón, escondí mi pequeño tesoro en mi cinturón y partí durante la noche. Cuando la Compañía C llegó a Napoleón, yo ya estaba allí. Sí, estaba allí, con un nuevo oficio: adivino. Para no parecer parcial, hice amigos y leí la fortuna a todas las compañías allí acuarteladas; pero dediqué la mayor parte de mi atención a la Compañía C. Me mostré infinitamente complaciente con estos hombres; no podían pedirme ningún favor, ni ponerme en riesgo alguno, que yo rechazara. Me convertí en el blanco de sus bromas; esto perfeccionó mi popularidad; me convertí en uno de sus favoritos.

Pronto encontré a un soldado raso al que le faltaba un pulgar; ¡qué alegría me produjo! Y cuando descubrí que era el único de toda la compañía que había perdido un pulgar, mi última duda se desvaneció; estaba seguro de que iba por el buen camino. Este hombre se llamaba Kruger, era alemán. Había nueve alemanes en la compañía. Observé para ver quiénes podrían ser sus allegados; pero parecía no tener ninguno en particular. Pero yo era su allegado; y me esforcé por cultivar esa intimidad. A veces ansiaba tanto mi venganza que apenas podía contenerme para no arrodillarme y rogarle que me señalara al hombre que había asesinado a mi esposa y a mi hijo; pero logré contenerme. Esperé el momento oportuno y seguí leyendo la fortuna cuando se me presentaba la oportunidad.



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Mi artilugio era sencillo: un poco de pintura roja y un trozo de papel blanco. Pintaba la yema del pulgar del cliente, la imprimía en el papel, la estudiaba esa noche y le revelaba su fortuna al día siguiente. ¿Cuál era mi idea en todo este disparate? Era la siguiente: Cuando era joven, conocí a un viejo francés que había sido carcelero durante treinta años, y me dijo que había algo en una persona que nunca cambiaba, desde la cuna hasta la tumba: las líneas de la yema del pulgar; y decía que estas líneas nunca eran exactamente iguales en los pulgares de dos personas distintas. Hoy en día, fotografiamos al nuevo criminal y colgamos su foto en la galería de los delincuentes para futuras referencias; pero aquel francés, en su época, solía tomar una impresión de la yema del pulgar del nuevo prisionero y guardarla para futuras referencias. Siempre decía que las fotos no servían de nada: los futuros disfraces podían hacerlas inútiles; «El pulgar es lo único seguro», decía; «eso no se puede disimular». Y solía poner a prueba su teoría con mis amigos y conocidos; siempre lo conseguía.



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Seguí leyendo la fortuna. Cada noche me encerraba, completamente sola, y estudiaba las huellas dactilares del día con una lupa. ¡Imaginen la voracidad con la que examinaba esas intrincadas espirales rojas, con aquel documento a mi lado que contenía las huellas del pulgar y el índice de la mano derecha de aquel asesino desconocido, impresas con la sangre más preciada —para mí— que jamás se haya derramado en esta tierra! Y muchas, muchísimas veces tuve que repetir la misma vieja y decepcionada frase: «¡Nunca coincidirán ! ».

Pero mi recompensa llegó al fin. Era la huella del pulgar del cuadragésimo tercer hombre de la Compañía C con quien había experimentado: el soldado Franz Adler. Una hora antes, no sabía el nombre del asesino, ni su voz, ni su figura, ni su rostro, ni su nacionalidad; ¡pero ahora lo sabía todo! Creía que podía estar seguro; las repetidas demostraciones del francés eran una garantía tan buena. Aun así, había una manera de asegurarme . Tenía una impresión del pulgar izquierdo de Kruger. Por la mañana lo aparté cuando estaba fuera de servicio; y cuando estuvimos fuera de la vista y del alcance del oído de los testigos, dije, de forma impresionante...

«Una parte de su fortuna es tan grave que pensé que sería mejor para usted no revelarla públicamente. Usted y otro hombre, cuya fortuna estuve investigando anoche —el soldado Adler—, han asesinado a una mujer y a un niño. Los acosamos: en cinco días, ambos serán asesinados.»

Cayó de rodillas, aterrorizado; y durante cinco minutos no paró de repetir las mismas palabras, como un demente, y con el mismo tono entrecortado que me recuerda a aquella noche horrible en mi camarote.



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«Yo no lo hice; lo juro por mi alma; y traté de impedir que lo hiciera; lo hice, y Dios es mi testigo. Él lo hizo solo.»

Esto era todo lo que quería. Y traté de deshacerme del tonto; pero no, se aferró a mí, implorándome que lo salvara del asesino. Dijo...

Tengo dinero —diez mil dólares— escondido, fruto de saqueos y robos; sálvame, dime qué hacer y te lo quedarás, hasta el último centavo. Dos tercios son de mi primo Adler, pero puedes quedártelo todo. Lo escondimos cuando llegamos aquí. Pero ayer lo escondí en un sitio nuevo y no se lo he dicho, ni se lo diré. Iba a desertar y escaparme con todo. Es de oro y demasiado pesado para llevarlo corriendo y esquivando gente; pero una mujer que ha cruzado el río hace dos días para prepararme el camino me seguirá con él; y si no tengo oportunidad de describirle el escondite, le voy a dar mi reloj de plata o enviárselo, y lo entenderá. Hay un papel en la parte de atrás de la caja que lo explica todo. Toma, coge el reloj, ¡dime qué hacer!

Intentaba presionarme con su reloj, y me estaba mostrando el papel y explicándomelo, cuando Adler apareció en escena, a unos doce metros de distancia. Le dije al pobre Kruger:

«Guarda tu reloj, no lo quiero. No te pasará nada. Vete ya; tengo que leerle la fortuna a Adler. Enseguida te diré cómo escapar del asesino; mientras tanto, tendré que examinar tu huella dactilar otra vez. No le digas nada a Adler sobre esto, no se lo digas a nadie.»

Se marchó lleno de miedo y gratitud, pobre diablo. Le conté a Adler una larga predicción de mi futuro —a propósito, tan larga que no pude terminarla—; le prometí ir a verlo esa noche, haciendo guardia, y contarle la parte realmente importante —la parte trágica, le dije—, para que nadie pudiera oírla. Siempre mantenían una guardia a las afueras del pueblo —mera disciplina y ceremonia—, sin motivo alguno, sin enemigos cerca.



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Hacia la medianoche, partí, equipado con la contraseña, y me dirigí sigilosamente hacia la solitaria región donde Adler debía hacer guardia. Estaba tan oscuro que tropecé con una figura tenue casi antes de poder pronunciar una palabra de protección. El centinela me llamó y respondí, ambos al mismo tiempo. Añadí: «Soy yo, el adivino». Entonces me deslicé junto al pobre diablo y, sin decir palabra, ¡le clavé mi daga en el corazón! ¡ Vaya !, me reí, ¡ era la parte trágica de su destino, en efecto! Al caer de su caballo, se aferró a mí, y mis gafas azules quedaron en su mano; y la bestia se precipitó arrastrándolo, con el pie en el estribo.

Huí a través del bosque y logré escapar, dejando atrás las gafas acusadoras en la mano de aquel hombre muerto.

Esto ocurrió hace quince o dieciséis años. Desde entonces he vagado sin rumbo por la tierra, a veces trabajando, a veces ocioso; a veces con dinero, a veces sin nada; pero siempre cansado de la vida, y deseando que todo terminara, pues mi misión aquí había concluido con el acto de aquella noche; y el único placer, consuelo y satisfacción que tuve, en todos esos tediosos años, fue la reflexión diaria: «¡Lo he matado!».

Hace cuatro años, mi salud comenzó a fallar. Había llegado a Múnich sin rumbo fijo. Sin dinero, busqué trabajo y lo conseguí; cumplí con mi deber fielmente durante aproximadamente un año, y luego me dieron el puesto de vigilante nocturno en esa casa de los muertos que visitaste hace poco. El lugar se ajustaba a mi estado de ánimo. Me gustaba. Me gustaba estar con los muertos, me gustaba estar solo con ellos. Solía ​​vagar entre esos cadáveres rígidos y mirar fijamente sus rostros austeros, durante horas. Cuanto más tarde, más impresionante era; prefería la hora nocturna. A veces bajaba las luces: esto daba perspectiva, ¿ves?; y la imaginación podía jugar; siempre, las tenues filas de muertos que se alejaban inspiraban fantasías extrañas y fascinantes. Hace dos años —llevaba allí un año entonces— estaba sentado solo en la sala de vigilancia, una noche de invierno ventosa, con frío, entumecido, sin consuelo; adormeciéndome gradualmente hasta perder el conocimiento; El sollozo del viento y el golpeteo de las persianas lejanas llegaban cada vez más débiles a mis oídos, cuando, de repente, aquella campana muerta resonó con una alarma escalofriante sobre mi cabeza. La conmoción casi me paralizó; era la primera vez que la oía.

Me recompuse y corrí a la sala de cadáveres. A mitad de la fila exterior, una figura amordazada estaba sentada erguida, meneando la cabeza lentamente de un lado a otro: ¡un espectáculo espantoso! Estaba de lado hacia mí. Me apresuré a acercarme y le miré a la cara. ¡Cielos, era Adler!



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¿Puedes adivinar cuál fue mi primer pensamiento? En palabras, fue este: «Parece que, entonces, me has escapado una vez: ¡esta vez el resultado será diferente!».

Evidentemente, esta criatura sufría terrores inimaginables. ¡Imagínense lo que debió haber sido despertar en medio de aquel silencio mudo y contemplar aquella lúgubre congregación de muertos! ¡Qué gratitud brilló en su rostro pálido y demacrado al ver una forma viva ante él! ¡Y cómo aumentó el fervor de aquella gratitud muda cuando sus ojos se posaron en los néctares que yo llevaba en mis manos! Imaginen, pues, el horror que se reflejó en aquel rostro demacrado cuando dejé los néctares detrás de mí y dije burlonamente...

«Habla, Franz Adler; invoca a estos muertos. Sin duda te escucharán y tendrán piedad; pero aquí no hay nadie más que lo haga».

Intentó hablar, pero la parte del sudario que le ataba la mandíbula se mantuvo firme y no se lo permitió. Intentó alzar las manos implorando, pero las tenía cruzadas sobre el pecho y atadas. Dije...

'Grita, Franz Adler; haz que los durmientes en las calles lejanas te oigan y traigan ayuda. Grita, y no pierdas tiempo, porque hay poco que perder. ¿Qué, no puedes? Qué lástima; pero no importa, no siempre trae ayuda. Cuando tú y tu primo asesinaron a una mujer y un niño indefensos en una cabaña en Arkansas —¡mi esposa, y mi hijo!— gritaron pidiendo ayuda, ¿recuerdas?; pero no sirvió de nada; recuerdas que no sirvió de nada, ¿verdad? Te castañetean los dientes, entonces ¿por qué no puedes gritar? Afloja las vendas con las manos, entonces podrás. Ah, ya veo, tienes las manos atadas, no pueden ayudarte. Qué extrañamente se repiten las cosas, después de tantos años; porque yo tenía las manos atadas esa noche, ¿recuerdas? Sí, atadas como las tuyas ahora, qué extraño. No pude liberarme. No se te ocurrió desatarme; no se me ocurre desatarte. ¡Shhh! Se oye un paso tardío. Se acerca. ¡Escucha, qué cerca está! Se pueden contar los pasos: uno, dos, tres. Ahí está, justo afuera. ¡Ahora es el momento! ¡Grita, hombre, grita! ¡Es tu única oportunidad entre la eternidad! Ah, ves que te has demorado demasiado; ya pasó. Ahí se desvanece. ¡Se fue! Piensa en ello, reflexiona sobre ello: has escuchado un paso humano por última vez. Qué curioso debe ser escuchar un sonido tan común y saber que uno jamás volverá a oír a quien lo produjo.



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¡Oh, amigo mío, la agonía en ese rostro cubierto era un éxtasis de contemplar! Pensé en una nueva tortura y la apliqué, ayudándome con una pizca de mentira inventada.

«Ese pobre Kruger intentó salvar a mi esposa y a mi hijo, y le devolví el favor cuando llegó el momento. Lo persuadí para que te robara; y una mujer y yo lo ayudamos a desertar y lo pusimos a salvo». Una expresión de sorpresa y triunfo se vislumbró tenuemente entre la angustia del rostro de mi víctima. Estaba perturbado, inquieto. Dije...

'¿Y qué? ¿No escapó?'

Un movimiento de cabeza negativo.

¿No? ¿Qué pasó entonces?

La satisfacción reflejada en el rostro cubierto por el sudario era aún más evidente. El hombre intentó balbucear algunas palabras, pero no lo logró; intentó expresar algo con sus manos inmovilizadas, pero fracasó; hizo una pausa momentánea y luego inclinó débilmente la cabeza, de forma significativa, hacia el cadáver que yacía más cerca.

—¿Muerto? —pregunté—. ¿No logró escapar? ¿Lo atraparon en el acto y le dispararon?

Negación con la cabeza.

¿Entonces cómo?

El hombre intentó de nuevo hacer algo con las manos. Lo observé atentamente, pero no pude adivinar su intención. Me incliné y lo observé aún con más detenimiento. Había retorcido un pulgar y se golpeaba débilmente el pecho con él. «Ah, ¿te refieres a que me apuñaló?».

Un asentimiento afirmativo, acompañado de una sonrisa espectral de una peculiar malicia, que encendió una luz reveladora en mi cerebro adormecido, y grité—

¿Acaso lo apuñalé confundiéndolo contigo? —Porque ese golpe no iba dirigido a nadie más que a ti.

El asentimiento afirmativo del bribón moribundo fue tan alegre como sus menguantes fuerzas le permitieron expresarlo.

¡Oh, miserable, miserable de mí, por sacrificar al alma compasiva que fue amigo de mis seres queridos cuando estaban indefensos, y que los habría salvado si hubiera podido! ¡Miserable, oh, miserable, miserable de mí!

Me pareció oír el gorgoteo sordo de una risa burlona. Aparté la cara de mis manos y vi a mi enemigo hundiéndose hacia atrás sobre su tabla inclinada.

Su agonía fue larga y satisfactoria. Tenía una vitalidad maravillosa, una constitución asombrosa. Sí, fue una agonía larga y placentera. Tomé una silla y un periódico, me senté a su lado y leí. De vez en cuando tomaba un sorbo de brandy. Esto era necesario, a causa del resfriado. Pero lo hacía en parte porque me di cuenta de que, al principio, cada vez que extendía la mano para coger la botella, él pensaba que iba a darle un poco. Leía en voz alta: principalmente relatos imaginarios de personas rescatadas del umbral de la tumba y devueltas a la vida y al vigor con unas cucharadas de licor y un baño caliente. Sí, tuvo una agonía larga y dura: tres horas y seis minutos, desde que tocó su campana.

Se cree que en los dieciocho años transcurridos desde la instauración de la guardia de cadáveres, ningún difunto habitado en los cementerios bávaros ha hecho sonar su campana. En fin, es una creencia inofensiva. Dejémoslo así.

El frío de aquella cámara funeraria me caló hasta los huesos. Revivió y reavivó la enfermedad que me aquejaba, pero que, hasta esa noche, había ido remitiendo. Ese hombre asesinó a mi esposa y a mi hijo; y dentro de tres días me añadirá a su lista. ¡Qué más da! ¡Dios mío, qué dulce recuerdo! Lo sorprendí escapando de su tumba y lo empujé de nuevo a ella.

Después de aquella noche, estuve postrado en cama durante una semana; pero en cuanto pude moverme, consulté los registros de defunciones y averigüé el número de la casa donde había fallecido Adler. Era una pensión miserable. Supuse que, siendo su primo, se habría hecho con las pertenencias de Kruger; y yo quería conseguir su reloj, si era posible. Pero mientras estuve enfermo, las cosas de Adler se vendieron y se dispersaron, salvo unas cuantas cartas antiguas y algunos objetos sin valor. Sin embargo, a través de esas cartas, localicé a un hijo de Kruger, el único pariente que quedaba. Ahora tiene treinta años, es zapatero de oficio y vive en el número 14 de la calle Königstrasse, en Mannheim; es viudo y tiene varios hijos pequeños. Sin explicarle el motivo, desde entonces me he hecho cargo de dos tercios de su manutención.

Ahora bien, en cuanto a ese reloj, ¡mira qué extrañas son las cosas! Lo busqué por toda Alemania durante más de un año, con un considerable gasto de dinero y muchos quebraderos de cabeza; y al fin lo conseguí. Lo conseguí y me alegré muchísimo; lo abrí, ¡y no encontré nada dentro! Debería haber sabido que ese trozo de papel no iba a quedarse ahí todo este tiempo. Por supuesto que renuncié a esos diez mil dólares; los renuncié y los olvidé por completo; y con mucha tristeza, porque los quería para el hijo de Kruger.

Anoche, cuando finalmente acepté mi muerte, comencé a prepararme. Procedí a quemar todos los papeles inútiles; y, efectivamente, de un montón de papeles de Adler, que no había examinado con detenimiento, ¡cayó aquel fragmento tan ansiado! Lo reconocí al instante. Aquí está; lo traduciré:

«Establo de ladrillo, cimientos de piedra, en el centro de la ciudad, esquina de Orleans y Market. Esquina hacia el juzgado. Tercera piedra, cuarta fila. Un cartel indicando cuántas personas deben venir.»

«Toma esto y consérvalo». Kruger explicó que aquella piedra era extraíble y que se encontraba en el muro norte de los cimientos, en la cuarta fila desde arriba, y la tercera piedra desde el oeste. El dinero estaba escondido detrás. Dijo que la frase final era una cortina de humo, para despistar en caso de que el documento cayera en malas manos. Probablemente cumplió esa función para Adler.

Ahora les ruego que, cuando emprendan su viaje río abajo, encuentren ese dinero escondido y se lo envíen a Adam Kruger, a la dirección de Mannheim que les he mencionado. Eso lo hará rico, y yo dormiré más tranquilo en mi tumba sabiendo que hice lo que pude por el hijo del hombre que intentó salvar a mi esposa y a mi hijo, aunque, por ignorancia, lo abatí, cuando mi corazón me impulsaba a protegerlo y ayudarlo.



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Capítulo 32


La eliminación de una bonanza


«Tal era la narración de Ritter», les dije a mis dos amigos. Se produjo un silencio profundo e imponente que duró bastante tiempo; entonces ambos prorrumpieron en una ráfaga de exclamaciones entusiastas y admirativas sobre los extraños incidentes del relato; y esto, junto con un torrente de preguntas, se mantuvo hasta que todos estuvieron casi sin aliento. Entonces mis amigos comenzaron a calmarse y, al amparo de algunas intervenciones, se sumieron en el silencio y en una profunda ensoñación. Durante diez minutos reinó la quietud. Entonces Rogers dijo soñadoramente:

'Diez mil dólares.'

Y añadió, tras una pausa considerable:

'Diez mil. Es un montón de dinero.'

En ese momento el poeta preguntó:

¿Se lo vas a enviar ahora mismo?

—Sí —dije—. Es una pregunta extraña.

No hubo respuesta. Al cabo de un rato, Rogers preguntó, con vacilación:

'¿ Todo ?—Es decir—quiero decir...'

'Sin duda, todo.'

Iba a decir más, pero me detuve; me detuvo una serie de pensamientos que surgieron en mi mente. Thompson habló, pero mi mente estaba ausente y no entendí lo que dijo. Pero oí la respuesta de Rogers...

'Sí, eso me parece. Debería ser suficiente; porque no veo que haya hecho nada.'

En ese momento el poeta dijo:

«Si lo analizas bien, es más que suficiente. ¡Míralo! ¡Cinco mil dólares! ¡No podría gastarlos en toda una vida! Y además le haría daño; tal vez lo arruinaría; piénsalo. En poco tiempo malgastaría lo último que le quedaba, cerraría su negocio, quizás se daría a la bebida, maltrataría a sus hijos huérfanos, se desviaría hacia otros caminos perversos, iría de mal en peor...»



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—Sí, eso es —interrumpió Rogers con vehemencia—. Lo he visto cien veces, sí, más de cien. Si le das dinero a un hombre así, si quieres destruirlo, eso es todo; solo tienes que darle dinero, es lo único que tienes que hacer; y si eso no lo hunde, y no le quita toda su utilidad, todo su respeto por sí mismo y todo lo demás, entonces no entiendo la naturaleza humana. ¿No es así, Thompson? E incluso si le diéramos un tercio , en menos de seis meses...

—¡Menos de seis semanas , más te vale! —dije, entrando en calor y entrando en acción—. A menos que tuviera esos tres mil dólares en buenas manos, donde no pudiera tocarlos, no te duraría ni seis semanas, ni más ni menos que...



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'Por supuesto que no lo haría', dijo Thompson; 'He editado libros para ese tipo de personas; y en el momento en que ponen sus manos sobre los derechos de autor —quizás sean tres mil, quizás dos mil—'

—¿Qué negocio tiene ese zapatero con dos mil dólares, me gustaría saberlo? —interrumpió Rogers con seriedad—. Un hombre, quizás perfectamente satisfecho ahora, allí en Mannheim, rodeado de los de su clase, comiendo su pan con el apetito que solo el trabajo arduo puede dar, disfrutando de su humilde vida, honesto, recto, puro de corazón; ¡y bendito ! —¡sí, digo bendito! ¡Bendito por encima de todas las miríadas que van vestidas de seda y recorren el vacío y artificial círculo de la locura social! ¡Pero solo si le pones esa tentación una vez! ¡Solo si le ofreces mil quinientos dólares a un hombre así y le dices...!

—¡Mil quinientos demonios! —grité—, quinientos le pudrirían los principios, paralizarían su industria, lo arrastrarían a la taberna, de ahí a la cuneta, de ahí al asilo, de ahí a...

«¿ Por qué nos atribuimos este crimen, caballeros?», interrumpió el poeta con seriedad y súplica. «Él es feliz donde está y como es. Todo sentimiento de honor, todo sentimiento de caridad, todo sentimiento de elevada y sagrada benevolencia nos advierte, nos suplica, nos ordena que lo dejemos en paz. Esa es la verdadera amistad, esa es la amistad auténtica. Podríamos seguir otros caminos más ostentosos; pero ninguno que fuera tan verdaderamente bondadoso y sabio, créanme».



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Tras un breve diálogo, se hizo evidente que, en el fondo, cada uno de nosotros sentía ciertas reservas respecto a esta resolución del asunto. Era obvio que todos sentíamos que debíamos enviarle algo al pobre zapatero . Hubo una larga y reflexiva discusión sobre este punto, y finalmente decidimos enviarle una cromografía.

Bueno, ahora que todo parecía estar resuelto satisfactoriamente para todos los implicados, surgió un nuevo problema: resultó que estos dos hombres esperaban repartirse el dinero a partes iguales conmigo. Esa no era mi idea. Les dije que si se repartían la mitad entre los dos podían considerarse afortunados. Rogers dijo...

¿Quién habría tenido algo si no hubiera sido por mí? Yo di la primera pista, pero si no, todo habría ido a parar al zapatero.

Thompson dijo que él mismo estaba pensando en eso en el preciso momento en que Rogers había hablado originalmente.

Le respondí que la idea se me habría ocurrido muy pronto, y sin ayuda de nadie. Tal vez tardé en pensar, pero estaba seguro.



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Este asunto se convirtió en una riña; luego en una pelea; y ambos hombres resultaron bastante maltrechos. Tan pronto como me recuperé, subí a la cubierta de huracanes de muy mal humor. Allí encontré al capitán McCord y le dije, tan amablemente como me lo permitió mi humor:

—He venido a despedirme, capitán. Deseo desembarcar en Napoleon.

¿Adónde ir a tierra?

'Napoleón.'

El capitán se rió; pero al ver que yo no estaba de humor jovial, cesó su risa y dijo:

¿Pero lo dices en serio?

¿En serio? Por supuesto que sí.

El capitán miró hacia el puente de mando y dijo:

¡Quiere bajarse del coche en Napoleón!

'¿Napoleón?'

—Eso es lo que él dice.

¡Por el fantasma del gran César!

El tío Mumford se acercó por la cubierta. El capitán dijo:

'¡Tío, aquí tienes un amigo tuyo que quiere bajarse del coche en Napoleon!'

'Bueno, ¿por...?'

Yo dije-

'Vamos, ¿de qué va todo esto? ¿Acaso un hombre no puede desembarcar en Napoleón si quiere?'

«¡Pero, carajo! ¿Acaso no lo sabes? Ya no existe Napoleón. No lo ha habido durante años y años. ¡El río Arkansas lo arrasó, lo redujo a escombros y lo vació en el Misisipi!»

'¿Se llevó consigo a toda la ciudad? ¿Bancos, iglesias, cárceles, oficinas de periódicos, juzgado, teatro, estación de bomberos, establos, todo ?'

«Todo. Solo quince minutos de trabajo», o algo parecido. No quedó ni rastro, salvo los restos de una choza y una chimenea de ladrillo. Esta barca está remando ahora mismo, justo donde antes estaba el centro de aquel pueblo; allá está la chimenea de ladrillo, todo lo que queda de Napoleón. Este denso bosque a la derecha solía estar a una milla del pueblo. Mira hacia atrás, río arriba, ahora empiezas a reconocer este paisaje, ¿verdad?

«Sí, ahora lo reconozco. Es lo más maravilloso que he oído en mi vida; con mucha diferencia, lo más maravilloso e inesperado».

Mientras tanto, el señor Thompson y el señor Rogers habían llegado con sus maletines y paraguas, y habían escuchado en silencio las noticias del capitán. Thompson puso medio dólar en mi mano y dijo en voz baja:

'Por mi parte del cromo.'

Rogers hizo lo mismo.



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Sí, fue asombroso ver el Misisipi serpenteando entre orillas deshabitadas y justo sobre el lugar donde hace veinte años solía ver un pueblo grande y autocomplaciente. Un pueblo que era la capital de un condado grande e importante; un pueblo con un gran hospital de la Marina de los Estados Unidos; un pueblo de innumerables peleas, una investigación cada día; un pueblo donde conocí a la chica más guapa y talentosa de todo el valle del Misisipi; un pueblo donde nos entregaron la primera noticia impresa del trágico desastre del 'Pennsylvania' hace un cuarto de siglo; un pueblo que ya no existe, engullido, desaparecido, ido a alimentar a los peces; ¡no queda nada más que un fragmento de una choza y una chimenea de ladrillos desmoronándose!





Capítulo 33


Refrigerios y ética


En cuanto a la Isla 74, situada no lejos de la antigua Napoleón, una anomalía del río ha desconcertado profundamente las leyes humanas, convirtiéndolas en una burla y una vana ilusión. Cuando se constituyó el estado de Arkansas, este controlaba el territorio «hasta el centro del río», una línea sumamente inestable. El estado de Misisipi reclamaba «hasta el canal», otra línea ambigua e inestable. La Isla 74 pertenecía a Arkansas. Poco a poco, un desvío separó esta gran isla de Arkansas, aunque sin llegar a pertenecer a Misisipi. «En medio del río» a un lado, «canal» al otro. Así entiendo yo el problema. Independientemente de si he acertado o no en los detalles, el hecho es que esta gran y valiosísima isla de cuatro mil acres, abandonada a la intemperie, no pertenece a ninguno de los dos estados; no paga impuestos a ninguno, no debe lealtad a ninguno. Un solo hombre es dueño de toda la isla, y con razón es «el hombre sin patria».

La isla 92 pertenece a Arkansas. El río la desplazó y la unió a Misisipi. Un individuo abrió allí una licorería sin licencia de Misisipi y se enriqueció a costa de los clientes de Misisipi bajo la protección de Arkansas (donde en aquella época no se requería licencia).

Nos deslizamos suavemente río abajo con la habitual privacidad; rara vez veíamos algún barco de vapor u otra embarcación. El paisaje, como siempre: un sinfín de bosques casi ininterrumpidos a ambos lados del río; una soledad silenciosa. Aquí y allá, una o dos cabañas, erguidas en pequeños claros de las orillas grises y sin hierba; cabañas que antes se encontraban un cuarto o media milla más adelante, y que poco a poco se habían ido desplazando hacia atrás a medida que las orillas se hundían. Como en Pilcher's Point, por ejemplo, donde, según nos contaron, las cabañas habían sido trasladadas trescientos metros hacia atrás en tres meses; pero las orillas ya las habían alcanzado, y las estaban llevando de nuevo hacia atrás.



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En el pasado, Napoleón tenía una opinión bastante baja de Greenville, Mississippi; pero he aquí que Napoleón se ha ido al otro mundo, y ahora Greenville rebosa de vida y actividad, prosperando considerablemente en el valle; se dice que cuenta con tres mil habitantes y un volumen de negocios anual de 2.500.000 dólares. Una ciudad en pleno crecimiento.

En el barco se hablaba mucho de la Compañía de Tierras de Calhoun, una empresa que se esperaba que diera buenos resultados. El coronel Calhoun, nieto del estadista, fue a Boston y formó un consorcio que compró una gran extensión de tierra a orillas del río, en el condado de Chicot, Arkansas —unas diez mil hectáreas— para el cultivo de algodón. El objetivo es operar al contado: comprar directamente a los productores y gestionar su propia producción; abastecer a sus trabajadores negros con provisiones y artículos de primera necesidad con una ganancia mínima, digamos un 8 o 10 por ciento; proporcionarles alojamiento confortable, etc., y animarlos a ahorrar y permanecer en el lugar. Si esto resulta un éxito financiero, como parece casi seguro, se proponen establecer una casa bancaria en Greenville y prestar dinero a un tipo de interés asequible; se habla de un 6 por ciento.

El problema hasta ahora ha sido —cito comentarios de plantadores y marineros— que los plantadores, aunque poseían la tierra, carecían de capital en efectivo; tenían que hipotecar tanto la tierra como la cosecha para continuar con el negocio. En consecuencia, el comerciante comisionista que proporciona el dinero corre cierto riesgo y exige un alto interés —generalmente el 10 por ciento, y el 2.5 por ciento por negociar el préstamo. El plantador también tiene que comprar sus suministros a través del mismo comerciante, pagando comisiones y ganancias. Luego, cuando envía su cosecha, el comerciante agrega sus comisiones, seguro, etc. Así que, en general, y en primer y último lugar, la participación del comerciante en esa cosecha es de alrededor del 25 por ciento.'{nota al pie ['Pero ¿qué puede hacer el Estado cuando la gente está sujeta a tasas de interés que van del 18 al 30 por ciento, y también está obligada a comprar sus cosechas por adelantado incluso antes de sembrar, a estas tasas, por el privilegio de comprar todos sus suministros al 100 por ciento. ¿Beneficio? — Edward Atkinson .]}



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Estimación de un plantador de algodón sobre el margen de ganancia promedio en la siembra, en su sección: Un hombre y una mula cultivan diez acres de algodón, dando diez fardos de algodón, con un valor, digamos, de $500; costo de producción, digamos $350; ganancia neta, $150, o $15 por acre. También hay una ganancia ahora de la semilla de algodón, que antes tenía poco valor, ninguno donde se requería mucho transporte. En mil seiscientas libras de algodón crudo, cuatrocientas son fibra, con un valor, digamos, de diez centavos por libra; y mil doscientas libras de semilla, con un valor de $12 o $13 por tonelada. Tal vez en el futuro incluso los tallos no se desechen. El Sr. Edward Atkinson dice que por cada fardo de algodón hay mil quinientas libras de tallos, y que estos son muy ricos en fosfato de cal y potasa; Cuando se muelen y se mezclan con ensilaje o harina de semilla de algodón (que es demasiado rica para usarla como forraje en grandes cantidades), la mezcla de tallos constituye un alimento superior, rico en todos los elementos necesarios para la producción de leche, carne y huesos. Hasta ahora, los tallos se consideraban una molestia.

Se alega que el plantador sigue mostrándose resentido con el antiguo esclavo desde la guerra; no quiere tener con él más que una fría relación comercial, sin permitir que ningún sentimiento se inmiscuya, no quiere tener una "tienda" él mismo y satisfacer las necesidades del negro, protegiendo así su bolsillo y haciéndole capaz y dispuesto a quedarse en el lugar, lo cual le supondría una ventaja, sino que concede ese privilegio a algún israelita ahorrador, que anima al negro y a su esposa, sin pensarlo dos veces, a comprar a crédito, a precios elevados, mes tras mes, con crédito basado en la parte de la cosecha que le corresponde al negro; y al final de la temporada, la parte del negro pertenece al israelita, el negro además está endeudado, desanimado, insatisfecho, inquieto, y tanto él como el plantador resultan perjudicados; porque él tomará un barco de vapor y emigrará, y el plantador tendrá que conseguir en su lugar a un extraño que no lo conoce, no se preocupa por él, engordará al israelita durante una temporada y seguirá a su predecesor en barco de vapor.



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Se espera que la Compañía Calhoun demuestre, mediante el trato humano y protector que brinda a sus trabajadores, que su método es el más rentable tanto para el plantador como para el negro; y se cree que, como consecuencia, se generalizará la adopción de dicho método.



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Y donde tantos dicen su opinión, ¿no testificará el tabernero? Es reflexivo, observador, nunca bebe; se esfuerza por ganar su salario, y lo ganaría si hubiera suficientes clientes. Dice que la gente de aquí en Mississippi y Louisiana enviará río arriba a comprar verduras en lugar de cultivarlas, y subirán a bordo en los desembarcaderos y comprarán frutas al tabernero. Piensa que "no saben nada más que algodón"; cree que no saben cómo cultivar verduras y frutas, "al menos la mayoría de ellos". Dice que "un negro irá a H por una sandía" ('H' es todo lo que encuentro en el informe del taquígrafo; probablemente se refiere a Halifax, aunque parece un buen lugar para ir por una sandía). El tabernero compra sandías por cinco centavos río arriba, las trae y las vende por cincuenta. "¿Por qué prepara bebidas tan elaboradas y pintorescas para los negros que trabajan en el barco?" Porque no quieren ninguna otra. "Quieren una bebida grande; Da igual de qué lo prepares, quieren que su dinero valga la pena. Si le das a un negro un simple vaso de brandy de medio dólar por cinco centavos, ¿lo tocará? No. No es suficiente. Pero si le sirves una pinta de toda clase de basura inservible y le echas algo rojo para que se vea bien —el rojo es lo principal—, no soltaría ese vaso ni para ir al circo.



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Todos los bares de esta línea Anchor son alquilados y propiedad de una sola empresa. Suministran las bebidas alcohólicas de su propio establecimiento y contratan a los camareros con un salario fijo. ¿Buenas bebidas alcohólicas? Sí, en algunos barcos, donde hay pasajeros que las desean y pueden pagarlas. ¿En los demás barcos? No. Solo los marineros y fogoneros las beben. ¿Brandy? Sí, tengo brandy, mucho; pero no querrás nada a menos que hayas hecho tu testamento. Ya no es como antes. Entonces todos viajaban en barco de vapor, todos bebían y todos invitaban a todos. Ahora casi todos viajan en tren y el resto no bebe. Antes, el camarero era dueño del bar, era alegre, inteligente, hablador y estaba lleno de joyas, y era el aristócrata más elegante del barco; solía ganar 2000 dólares por viaje. Un padre que le dejó a su hijo un bar en un barco de vapor, le dejó una fortuna. Ahora le deja alojamiento y comida; sí, y lavandería, si una camisa sirve para un viaje. Sí, en efecto, los tiempos han cambiado. ¡Imagínense, en la principal línea de barcos del Alto Misisipi no hay ni un solo bar! Suena a poesía, pero es la pura verdad.



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Capítulo 34


Historias difíciles


Isla Stack. Recordé la isla Stack; también Lake Providence, Luisiana, que es el primer pueblo con un aspecto claramente sureño al que uno llega al descender; es llano y bajo, con árboles de sombra cubiertos de venerables barbas grises de musgo español; "un aspecto tranquilo, pensativo, dominical", comenta el tío Mumford, con sentimiento y también con verdad.



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Un tal Sr. H. me proporcionó algunos detalles menores sobre esta región que habría dudado en creer si no hubiera sabido que era compañero de tripulación de un barco de vapor. Era pasajero nuestro, residente de Arkansas City, y se dirigía a Vicksburg para embarcar en su barco, un pequeño barco de pasajeros Sunflower. Era un hombre austero y tenía fama de ser singularmente ingenuo para ser un hombre de río. Entre otras cosas, dijo que Arkansas había sido perjudicado y frenado por generaciones de exageraciones sobre los mosquitos de aquí. Uno puede sonreír, dijo, y restarle importancia al asunto; pero cuando se ven los efectos producidos, en cuanto a la desaliento de la inmigración y la disminución del valor de las propiedades, era todo lo contrario a una cosa pequeña, o algo que deba tomarse a la ligera o ridiculizarse. Estos mosquitos habían sido persistentemente representados como formidables e incontrolables; mientras que "la verdad es que son débiles, de tamaño insignificante, tímidos en extremo, sensibles", y así sucesivamente; Uno habría supuesto que hablaba de su familia. Pero si bien era indulgente con los mosquitos de Arkansas, era lo suficientemente duro con los de Lake Providence como para compensarlo: «esos colosos de Lake Providence», como él los llamaba con delicadeza. Decía que dos de ellos podían azotar a un perro y que cuatro podían inmovilizar a un hombre; y que, a menos que llegara ayuda, lo matarían, «lo descuartizarían», como él mismo lo expresaba. Se refirió de manera casual —pero significativa— al hecho de que «en Lake Providence se desconoce el seguro de vida en su forma más simple; además, contratan un seguro contra mosquitos». Contó muchas cosas sorprendentes sobre esos insectos sin ley. Entre otras cosas, dijo haberlos visto intentar votar. Al notar que esta afirmación parecía resultarnos un tanto forzada, la modificó un poco: dijo que podría haberse equivocado en ese punto en particular, pero que sabía haberlos visto cerca de las urnas «haciendo campaña».



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Había otro pasajero —amigo de H.— que corroboró las duras pruebas contra esos mosquitos y relató algunas emocionantes aventuras que había vivido con ellos. Las historias eran bastante extensas, simplemente extensas; sin embargo, el Sr. H. interrumpía continuamente con un frío e inexorable «Espere, reduzca eso en un veinticinco por ciento; continúe»; o «Espere, se está excediendo; bájelo, bájelo; le está poniendo demasiados adornos a sus afirmaciones: siempre vista un hecho con medias, nunca con un ulster»; o «Perdone, una vez más: si va a añadir algo más a esa afirmación, debería traer un par de barcazas y remolcar el resto, porque ya está agotando toda el agua del río; aténgase a los hechos, simplemente aténgase a los hechos fríos y duros; lo que estos caballeros quieren para un libro es la verdad congelada, ¿no es así, caballeros?». Le explicó en privado que era necesario vigilar a ese hombre constantemente y mantenerlo a raya; no convenía descuidar esta precaución, como él, el Sr. H., «sabía con pesar». Dijo: «No te voy a engañar; una vez me contó una mentira tan monstruosa que se me hinchó la oreja izquierda y se me ensanchó tanto que no podía ver nada a su alrededor; así me duró meses, y la gente venía de todas partes para verme abanicarme con ella».



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Capítulo 35


Vicksburg durante los disturbios




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Antes solíamos pasar junto a la imponente ciudad de Vicksburg, río abajo; pero ahora no podemos. Un atajo la ha convertido en un pueblo pequeño, como Osceola, St. Genevieve y otros. Ahora hay una zona de aguas tranquilas —y una gran isla— frente a Vicksburg. Se baja por el río al otro lado de la isla, luego se gira y se remonta hasta el pueblo; eso es, con la marea alta: con la marea baja no se puede remontar, sino que hay que desembarcar a cierta distancia río abajo.

Aún quedan huellas y cicatrices que recuerdan las terribles experiencias bélicas de Vicksburg: terraplenes, árboles destrozados por las balas de cañón, refugios en las cuevas de los precipicios arcillosos, etc. Las cuevas prestaron un buen servicio durante las seis semanas de bombardeo de la ciudad, del 8 de mayo al 4 de julio de 1863. Fueron utilizadas por los no combatientes, principalmente por mujeres y niños, no para vivir en ellas permanentemente, sino para refugiarse ocasionalmente. Eran simples agujeros, túneles excavados en la ladera arcillosa perpendicular, ramificados en forma de Y dentro de la colina. La vida en Vicksburg durante esas seis semanas fue quizás... pero esperen; aquí hay algunos materiales para reproducirla:

Población: veintisiete mil soldados y tres mil no combatientes; la ciudad completamente aislada del mundo, sólidamente amurallada, el frente con cañoneras, la parte trasera con soldados y baterías; por lo tanto, no había compraventa con el exterior; no había paso de un lado a otro; no se deseaba buena suerte a un huésped que se despedía, ni se daba la bienvenida a uno que llegaba; no había hectáreas impresas de noticias mundiales para leer en el desayuno, por las mañanas, en cambio, una tediosa y aburrida ausencia de tal asunto; por lo tanto, tampoco, había que correr para ver los barcos de vapor humeando a lo lejos, río arriba o río abajo, y arando hacia la ciudad, porque no venía ninguno, el río yacía vacío e inalterado; no había prisa ni tumulto alrededor de la estación de tren, no había lucha entre enjambres desconcertados de pasajeros por ruidosas turbas de cocheros, todo estaba tranquilo allí; harina doscientos dólares el barril, azúcar treinta, maíz diez dólares el bushel, tocino cinco dólares la libra, ron cien dólares el galón; otras cosas en proporción: en consecuencia, no hay rugido ni estruendo de carros y carruajes que se desborden por las calles; nada que hacer para ellos, entre ese puñado de no combatientes de medios agotados; a las tres de la mañana, silencio; un silencio tan muerto que el paso medido de un centinela se puede oír a una distancia aparentemente imposible; fuera del alcance de este sonido solitario, tal vez la quietud sea absoluta: de repente llegan los estruendos ensordecedores de la artillería, el cielo se cubre de telarañas con las líneas rojas entrecruzadas que emanan de los proyectiles que se elevan, y una lluvia de fragmentos de hierro cae sobre la ciudad; cae sobre las calles vacías: calles que no están vacías un momento después, sino salpicadas de figuras difusas de mujeres y niños frenéticos que corren de sus casas y camas hacia las mazmorras de las cuevas, alentados por los soldados sombríos y humorísticos, que gritan "¡Ratas, a sus agujeros!" y se ríen.



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El estruendo de los cañones ruge, los proyectiles silban y caen sobre nuestras cabezas, la lluvia de hierro cae a cántaros, una hora, dos horas, tres, posiblemente seis, y luego se detiene; le sigue el silencio, pero las calles siguen vacías; el silencio continúa; poco a poco una cabeza se asoma de una cueva aquí y allá y allá, y explora, con cautela; el silencio continúa, los cuerpos siguen a las cabezas, y criaturas hastiadas, medio asfixiadas, se agrupan, estiran sus miembros encogidos, toman profundas bocanadas del agradecido aire fresco, chismorrean con los vecinos de la cueva de al lado; tal vez se escabullan a casa en breve, o den un paseo por el pueblo, si la quietud continúa; y volverán a correr a los agujeros, poco después, cuando la tempestad de la guerra estalle una vez más.

Siendo tan solo tres mil de estos habitantes de las cuevas —la población de una aldea—, ¿no llegarían a conocerse entre sí, después de una o dos semanas, y a tener cierta familiaridad, de tal manera que las experiencias, afortunadas o desafortunadas, de uno serían de interés para todos?



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Esos son los materiales que nos brinda la historia. ¿Acaso casi nadie podría recrear por sí mismo la vida de aquella época en Vicksburg? ¿Podrías tú, que no la viviste, acercarte más a reproducirla en la imaginación de otro que no la vivió que un habitante de Vicksburg que sí la vivió? Parece imposible; y, sin embargo, hay razones por las que podría no serlo. Cuando uno realiza su primer viaje en barco, es una experiencia repleta de novedades sorprendentes; novedades que contrastan tan marcadamente con todas las experiencias anteriores de esa persona que se aferran de forma casi imborrable a su imaginación y memoria. Con palabras o con la pluma, puede hacer que un forastero reviva ese extraño y emocionante viaje; hacerle verlo y sentirlo todo. Pero ¿y si espera? ¿Y si realiza diez viajes seguidos? ¿Qué ocurre entonces? Pues bien, la experiencia ha perdido su color, su chispa, su sorpresa; y se ha vuelto algo común. El hombre no tendría nada que contar que acelerara el pulso de un forastero.

Hace años, hablé con un par de civiles de Vicksburg: un hombre y su esposa. Les permitieron contar su historia a su manera, y lo hicieron sin pasión, casi sin interés.

Una semana de su maravillosa vida allí les habría dado elocuencia para siempre, tal vez; pero tuvieron seis semanas, y eso agotó por completo la novedad; se acostumbraron a ser bombardeados fuera de casa y enterrados; el asunto se volvió común. Después de eso, la posibilidad de que volvieran a ser sorprendentemente interesantes en sus conversaciones sobre ello desapareció. Lo que dijo el hombre fue algo así:



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'Se convirtió en domingo todo el tiempo. Siete domingos en la semana, al menos para nosotros. No teníamos nada que hacer, y el tiempo se hacía pesado. Siete domingos, y todos ellos interrumpidos en un momento u otro, de día o de noche, por unas horas de la terrible tormenta de fuego, truenos y hierro. Al principio solíamos correr hacia los agujeros mucho más rápido que después. La primera vez, me olvidé de los niños, y María los trajo a ambos. Cuando estuvo a salvo en la cueva, se desmayó. Dos o tres semanas después, cuando corría hacia los agujeros, una mañana, a través de una lluvia de proyectiles, un gran proyectil explotó cerca de ella, y la cubrió de tierra, y un trozo de hierro se llevó su bolsa de caza de pelo postizo de la parte de atrás de su cabeza. Bueno, se detuvo a recoger esa bolsa de caza antes de seguir adelante. Ya se estaba acostumbrando a las cosas, ¿ves? Todos llegamos a saber mucho sobre proyectiles; y después de eso no siempre nos poníamos a cubierto si era una llovizna. Nosotros los hombres holgazaneábamos y charlábamos; y un hombre decía, '¡Ahí va!' y nombraba el tipo de proyectil que era por el sonido, y seguía hablando, si no había ningún peligro. Si un proyectil estallaba cerca de nosotros, dejábamos de hablar y nos quedábamos quietos; incómodo, sí, pero no era seguro moverse. Cuando soltaba, seguíamos hablando de nuevo, si nadie resultaba herido, tal vez diciendo, '¡Eso fue un golpe tremendo!' o algún comentario común antes de reanudar la conversación; o, tal vez, veíamos un proyectil flotando en el aire sobre nuestras cabezas. En ese caso, todos los muchachos simplemente decían de repente, '¡Hasta luego, caballeros!' y se empujaban. Muchas veces veía grupos de damas paseando por las calles, con aspecto tan alegre como se pueda imaginar, y con un ojo de reojo mirando los proyectiles; Y los he visto detenerse cuando no estaban seguros de lo que iba a hacer un proyectil, y esperar y asegurarse; y después de eso seguían su camino tranquilamente, o corrían a refugiarse, según el veredicto. En algunas ciudades, las calles están llenas de trozos de papel y restos de todo tipo tirados por ahí. En la nuestra no; había chatarra de hierro . A veces, un hombre recogía todos los fragmentos de hierro y proyectiles sin explotar de su vecindario y los apilaba formando una especie de monumento en su patio delantero; a veces, una tonelada. No quedaba vidrio; el vidrio no podía soportar tal bombardeo; todo se había roto. Las ventanas de las casas estaban vacías, parecían agujeros en un cráneo. Los cristales enteros eran tan escasos como las noticias.



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'Teníamos misa los domingos. Al principio no había mucha gente; pero con el tiempo la asistencia fue bastante buena. He visto cómo el servicio se detenía un minuto, y todos se sentaban en silencio —no se oía ni una voz, como en un funeral— y más aún por el terrible estruendo y el estruendo que se oían afuera y arriba; y muy pronto, cuando se oía un cuerpo, el servicio continuaba. Órganos y música sacra mezclados con un bombardeo es una combinación extraña y poderosa, al principio. Saliendo de la iglesia una mañana, tuvimos un accidente, el único que ocurrió cerca de mí un domingo. Estaba dándole la mano a un amigo al que no veía desde hacía tiempo, y le dije: «Pásate por nuestra cueva esta noche, después del bombardeo; tenemos una pinta de whisky de primera». Whisky, iba a decir, ¿sabes?, pero un proyectil lo interrumpió. Un trozo le cortó el brazo al hombre y lo dejó colgando en mi mano. ¿Y sabes qué es lo que más se me va a quedar grabado en la memoria, y que perdurará más que todo lo demás, grande o pequeño, creo?, es el pensamiento mezquino que tuve entonces: «El whisky está a salvo ». Y sin embargo, ¿sabes?, era algo comprensible; porque era tan escaso como los diamantes, y solo teníamos eso; no volvimos a probarlo durante el asedio.

A veces las cuevas estaban abarrotadas, siempre hacía calor y el ambiente era muy estrecho. A veces había veinte o veinticinco personas hacinadas en una cueva; no había espacio para que nadie se moviera; el aire era tan viciado que, a veces, no se podía encender una vela. Una noche, un niño nació en una de esas cuevas. Imagínense; fue como si hubiera nacido en un baúl.

Dos veces tuvimos dieciséis personas en nuestra cueva; y varias veces tuvimos una docena. Era bastante sofocante allí dentro. Siempre éramos ocho; ocho debían estar allí. El hambre, la miseria, la enfermedad, el miedo, el dolor y no sé qué más, se acumularon tanto en ellos que ninguno volvió a ser el mismo después del asedio. Todos murieron menos tres de nosotros en un par de años. Una noche, un proyectil estalló frente al agujero, lo derrumbó y lo tapó. Fueron tiempos agitados, durante un tiempo, cavando para salir. Algunos estuvimos a punto de asfixiarnos. Después de eso hicimos dos aberturas; deberíamos haberlo pensado desde el principio.

'Carne de mula. No, solo llegamos a eso el último día o dos. Claro que estaba buena; cualquier cosa está buena cuando te mueres de hambre.



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Este hombre había llevado un diario durante... ¿seis semanas? No, solo los primeros seis días. El primer día, ocho páginas casi cerradas; el segundo, cinco; el tercero, una, escrita de forma descuidada; el cuarto, tres o cuatro líneas; una o dos líneas el quinto y el sexto día; el séptimo día, abandonó el diario; la vida en la terrible Vicksburg se había vuelto ya algo común y corriente.

La historia bélica de Vicksburg resulta más interesante para el lector general que la de cualquier otra ciudad ribereña. Es variada, está llena de acontecimientos y rebosa de encanto. Vicksburg resistió más que ninguna otra ciudad ribereña importante y vivió la guerra en todas sus fases, tanto terrestres como marítimas: el asedio, las minas, el asalto, el rechazo, el bombardeo, las enfermedades, el cautiverio y la hambruna.

El más hermoso de todos los cementerios nacionales se encuentra aquí. Sobre la gran puerta de entrada se lee esta inscripción:



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“Aquí descansan en paz 16.600 que murieron por su patria entre 1861 y 1865.”

Los terrenos gozan de una ubicación privilegiada, en lo alto de una colina, con amplias vistas al río. Están diseñados con buen gusto en amplias terrazas, con caminos y senderos sinuosos; y presentan una profusa ornamentación de arbustos y flores semitropicales. En una parte, se conserva un bosque silvestre autóctono, tal como creció, lo que le confiere un encanto único. Todo en este cementerio refleja la intervención del Gobierno nacional. La labor del Gobierno siempre se distingue por su excelencia, solidez, minuciosidad y pulcritud. El Gobierno realiza su trabajo con esmero desde el principio y, además, lo cuida con esmero.

Por caminos sinuosos —a menudo excavados a tal profundidad entre muros perpendiculares que parecían simples túneles sin techo—, condujimos un par de millas y visitamos el monumento que se alza en el lugar donde el general Pemberton rindió Vicksburg al general Grant. Su estructura metálica lo protegerá de los desgarros y desconchones que tanto dañaron a su predecesor, que era de mármol; pero los cimientos de ladrillo se están desmoronando y pronto se derrumbará. Domina una pintoresca región de colinas boscosas y barrancos; y no deja de ser pintoresco, ya que está cubierto de maleza en flor. Los restos maltrechos del monumento de mármol han sido trasladados al Cementerio Nacional.

En el camino, a un cuarto de milla en dirección al pueblo, un anciano de color nos mostró, con orgullo, un proyectil sin explotar que había permanecido en su patio desde el día en que cayó allí durante el asedio.

'Yo estaba aquí parado, y el perro estaba aquí parado; el perro fue a buscar la concha, a armar un escándalo con ella; pero yo no; le dije: “Quédate en casa; quédate quieto donde estás, o destroza el lugar, como quieras, ¡pero yo tengo asuntos que atender en el bosque!”'

Vicksburg es una ciudad con importantes calles comerciales y agradables residencias; controla el comercio de los ríos Yazoo y Sunflower; está impulsando la construcción de ferrocarriles en varias direcciones, a través de ricas regiones agrícolas, y tiene un futuro prometedor de prosperidad e importancia.

Aparentemente, casi todos los pueblos ribereños, grandes y pequeños, han decidido que deben depender principalmente de los ferrocarriles para obtener riqueza y desarrollo, de ahora en adelante. Están actuando conforme a esta idea. Los indicios apuntan a que los próximos veinte años traerán cambios notables en el Valle, en la dirección de un aumento de la población y la riqueza, y en el avance intelectual y la liberalización de la opinión que naturalmente van con estos. Y sin embargo, a juzgar por el pasado, los pueblos ribereños se las arreglarán para encontrar y aprovechar alguna oportunidad para obstaculizar y retrasar su progreso. Se mantuvieron estancados en los días de la supremacía de los barcos de vapor, mediante un sistema de derechos de muelle tan absurdamente escalonado que prohibía lo que podría llamarse pequeño tráfico minorista de carga y pasajeros. A los barcos se les cobraban derechos de muelle tan elevados que no podían permitirse atracar para uno o dos pasajeros o un pequeño lote de carga. En lugar de fomentar el comercio, los pueblos lo desalentaron diligente y eficazmente. Podrían haber tenido muchos barcos y tarifas bajas; pero su política impuso pocas embarcaciones y tarifas elevadas. Fue una política que se extendió —y se extiende— desde Nueva Orleans hasta San Pablo.

Teníamos muchas ganas de hacer un viaje por el Yazoo y el Sunflower, una región interesante en cualquier época del año, pero aún más interesante en ese momento, porque allí arriba todavía se podía ver la gran inundación en toda su magnitud; pero estábamos casi seguros de que tendríamos que esperar uno o más días para tomar un barco a Nueva Orleans a nuestro regreso; así que nos vimos obligados a abandonar el proyecto.

Esta es una historia que escuché a bordo del barco aquella noche. La incluyo aquí simplemente porque es una buena historia, no porque pertenezca a este lugar, pues no es el caso. La contó un pasajero, un profesor universitario, y surgió en el transcurso de una conversación informal que comenzó hablando de caballos, derivó en astronomía, luego en el linchamiento de los jugadores en Vicksburg hace medio siglo, después en sueños y supersticiones; y terminó, pasada la medianoche, en una discusión sobre el libre comercio y el proteccionismo.











Capítulo 36


La historia del profesor


Eran los primeros tiempos. Yo no era profesor universitario entonces. Era un joven topógrafo humilde, con el mundo por delante, listo para ser topografiado, por si alguien lo necesitaba. Tenía un contrato para trazar la ruta de una gran zanja minera en California, y me dirigía hacia allí por mar, un viaje de tres o cuatro semanas. Había bastantes pasajeros, pero tenía muy poco que decirles; leer y soñar eran mis pasiones, y evitaba la conversación para dar rienda suelta a esos gustos. Había tres jugadores profesionales a bordo: tipos toscos y repulsivos. Nunca hablé con ellos, pero no podía evitar verlos con cierta frecuencia, pues jugaban en un camarote de la cubierta superior día y noche, y en mis paseos a menudo los vislumbraba a través de su puerta, que permanecía entreabierta para dejar escapar el exceso de humo de tabaco y palabrotas. Eran una presencia malvada y odiosa, pero, por supuesto, tenía que soportarlo.

Había otro pasajero que me llamó mucho la atención, pues parecía empeñado en ser amable conmigo, y no podía deshacerme de él sin correr el riesgo de herir sus sentimientos, algo que no deseaba en absoluto. Además, había algo encantador en su sencillez campestre y su radiante buen carácter. La primera vez que vi a este señor John Backus, por su ropa y su aspecto, supuse que era un ganadero o agricultor de alguna zona rural del oeste —sin duda Ohio—, y después, cuando empezó a contarme su historia personal y descubrí que era un criador de ganado del interior de Ohio, me sentí tan satisfecho con mi intuición que le tomé cariño por haber confirmado mi presentimiento.



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Empezó a acompañarme todos los días, después del desayuno, para ayudarme a dar mi paseo; y así, con el tiempo, su locuacidad me reveló todo sobre su negocio, sus perspectivas, su familia, sus parientes, su política; de hecho, todo lo que concernía a un Backus, vivo o muerto. Y mientras tanto, creo que logró sacarme todo lo que sabía sobre mi oficio, mi tribu, mis propósitos, mis perspectivas y sobre mí mismo. Era un genio gentil y persuasivo, y esto lo demostraba; pues yo no era dado a hablar de mis asuntos. Una vez mencioné algo sobre triangulación; la palabra solemne le complació; preguntó qué significaba; se lo expliqué; después de eso, con calma e inocencia, ignoró mi nombre y siempre me llamó Triángulo.

¡Qué apasionado era del ganado! Con solo mencionar el nombre de un toro o una vaca, sus ojos se iluminaban y su elocuente lengua se desataba. Mientras yo caminara y escuchara, él caminaría y hablaría; conocía todas las razas, las amaba todas, las acariciaba con su afectuosa lengua. Yo caminaba a mi lado, sumido en una silenciosa agonía, mientras se hablaba del ganado; cuando ya no podía soportarlo más, solía introducir hábilmente un tema científico en la conversación; entonces mis ojos brillaban y los suyos se apagaban; mi lengua revoloteaba, la suya se detenía; la vida era una alegría para mí y una tristeza para él.

Un día dijo, con cierta vacilación y algo de timidez:

'Triangle, ¿te importaría bajar un momento a mi camarote para hablar un poco sobre cierto asunto?'

Fui con él de inmediato. Al llegar, asomó la cabeza, echó un vistazo al salón con cautela, luego cerró la puerta y le echó el cerrojo. Se sentó en el sofá y dijo:

'Voy a hacerte una pequeña propuesta, y si te parece bien, será algo medianamente bueno para ambos. Tú no vas a California por diversión, ni yo tampoco; es un negocio, ¿no? Bueno, puedes hacerme un favor, y yo a ti también, si lo consideramos oportuno. He ahorrado y ahorrado durante muchos años, y lo tengo todo aquí.' Abrió un viejo baúl, apartó un montón de ropa raída y sacó una bolsa pequeña y robusta por un momento, luego la volvió a guardar y cerró el baúl. Bajando la voz a un tono bajo y cauteloso, continuó: 'Está todo ahí: unos diez mil dólares en billetes amarillos; ahora bien, esta es mi pequeña idea: lo que no sé sobre la cría de ganado, no vale la pena saberlo. Hay dinero a raudales en California.' Bueno, yo sé, y tú sabes, que a lo largo de toda una línea que se está midiendo, hay pequeños trozos de tierra que llaman "pequeños montículos", que le caen al agrimensor gratis. Todo lo que tienes que hacer, por tu parte, es medir de tal manera que los "pequeños montículos" caigan en buena tierra fértil, luego me los entregas, yo los lleno de ganado, te pago el dinero, te pago tu parte de los dólares regularmente, y...



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Sentí haber apagado su entusiasmo desbordante, pero no pude evitarlo. Lo interrumpí y dije con severidad:

—Yo no soy ese tipo de topógrafo. Cambiemos de tema, señor Backus.

Fue lamentable ver su confusión y oír sus disculpas torpes y avergonzadas. Yo estaba tan angustiado como él, sobre todo porque parecía estar lejos de sospechar que hubiera algo inapropiado en su propuesta. Así que me apresuré a consolarlo y a distraerlo con una charla amena sobre ganado y carnicería, para que olvidara su percance. Estábamos fondeados en Acapulco y, al subir a cubierta, por suerte la tripulación estaba empezando a izar algunos reses a bordo con eslingas. La melancolía de Backus se desvaneció al instante, y con ella el recuerdo de su reciente error.

—¡Miren esto! —exclamó—. ¡Dios mío, Triangle! ¿Qué dirían en Ohio ? ¿No se les saldrían los ojos de las órbitas al ver cómo los tratan? ¿Verdad que sí?

Todos los pasajeros estaban en cubierta mirando —incluso los jugadores— y Backus los conocía a todos y los había acosado con su tema favorito. Mientras me alejaba, vi a uno de los jugadores acercarse y abordarlo; luego a otro; luego al tercero. Me detuve; esperé; observé; la conversación continuó entre los cuatro hombres; se volvió seria; Backus se alejó gradualmente; los jugadores lo siguieron y se mantuvieron a su lado. Me sentía incómodo. Sin embargo, cuando pasaron junto a mí, oí a Backus decir, con un tono de molestia y persecución:

'Pero no sirve de nada, caballeros; se lo repito, como ya se lo he dicho media docena de veces, no estoy a la altura y no voy a renunciar a ello.'

Sentí alivio. «Su sensatez será suficiente protección», me dije a mí mismo.

Durante el viaje de dos semanas de Acapulco a San Francisco, vi varias veces a los jugadores hablando seriamente con Backus, y en una ocasión le lancé una advertencia amable. Él rió entre dientes con tranquilidad y dijo:

¡Oh, sí! Me siguen a todas partes; quieren que juegue un poco, solo por diversión, dicen; pero, ¡por Dios!, si mis padres me han dicho una vez que tenga cuidado con ese tipo de ganado, me lo han dicho mil veces, creo.

Al cabo de un rato, nos acercábamos a San Francisco. Era una noche oscura y fea, con un fuerte viento, pero el mar estaba en calma. Yo estaba en cubierta, solo. Hacia las diez, bajé. Una figura salió de la guarida de los jugadores y desapareció en la oscuridad. Sentí un susto, pues estaba seguro de que era Backus. Corrí por la escotilla, lo busqué con la mirada, pero no lo encontré. Regresé a cubierta justo a tiempo para verlo entrar de nuevo en aquel nido de bribones. ¿Se habría rendido por fin? Lo temía. ¿Adónde había ido abajo? ¿A buscar su bolsa de monedas? Quizás. Me acerqué a la puerta, con un presentimiento. Estaba entreabierta, eché un vistazo y vi algo que me hizo desear amargamente haber dedicado mi atención a salvar a mi pobre amigo el ganado, en lugar de perder el tiempo leyendo y soñando. Estaba jugando. Para colmo, le estaban dando champán a raudales y ya se notaban sus efectos. Elogió la "sidra", como él la llamaba, y dijo que ahora que la había probado, casi creía que se la bebería si fuera licor, pues estaba buenísima y superaba con creces cualquier cosa que hubiera probado antes. Ante esto, se intercambiaron sonrisas furtivas, y llenaron todas las copas. Mientras Backus se bebía la suya a tragos, fingieron hacer lo mismo, pero arrojaron el vino por encima del hombro.



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No pude soportar la escena, así que me alejé y traté de distraerme con el mar y el susurro del viento. Pero no, mi inquietud me arrastraba de vuelta cada cuarto de hora; y siempre veía a Backus bebiendo su vino con toda la calma del mundo, mientras los demás lo desperdiciaban. Fue la noche más dolorosa que jamás haya vivido.

Mi única esperanza era que llegáramos a nuestro fondeadero rápidamente; eso rompería el juego. Ayudé al barco con todas mis fuerzas con mis oraciones. Por fin cruzamos el Golden Gate a toda velocidad, y mi corazón latió con fuerza. Me apresuré a regresar a la puerta y eché un vistazo. Por desgracia, había poco espacio para la esperanza: los ojos de Backus estaban pesados ​​e inyectados en sangre, su rostro sudoroso estaba carmesí, su discurso era sentimental y pesado, su cuerpo se movía ebrio al compás del vaivén del barco. Apuró otro vaso hasta la última gota, mientras se repartían las cartas.

Tomó su mano, la miró y sus ojos apagados se iluminaron por un instante. Los jugadores lo observaron y mostraron su satisfacción con gestos apenas perceptibles.

¿Cuántas cartas?

—¡Ninguno! —dijo Backus.

Un villano, llamado Hank Wiley, descartó una carta, los otros tres cada uno. Empezaron las apuestas. Hasta entonces, las apuestas habían sido insignificantes: uno o dos dólares; pero Backus empezó con un águila, Wiley dudó un instante, luego lo vio y apostó diez dólares más. Los otros dos levantaron las manos.

Backus lo hizo veinte veces mejor. Wiley dijo—

'Ya veo, ¡y te deseo cien mil más!', sonrió y extendió la mano para coger el dinero.

—Déjalo en paz —dijo Backus con una gravedad propia de un borracho.

¡¿Qué?! ¿Quieres decir que lo vas a cubrir?

¿Cubrirlo? Bueno, creo que sí, y además añadiré otros cien encima.

Metió la mano dentro de su abrigo y sacó la cantidad requerida.

«Ah, ¿ese es tu jueguito? ¡Veo tu apuesta y la subo quinientos!», dijo Wiley.



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«Quinientos más», dijo el tonto arriero, sacó la cantidad y la esparció sobre el montón. Los tres conspiradores apenas intentaron disimular su júbilo.

Toda diplomacia y pretensión quedaron abandonadas, y las exclamaciones agudas se sucedieron sin cesar, mientras la pirámide amarilla crecía cada vez más. Finalmente, diez mil dólares quedaron a la vista. Wiley arrojó una bolsa de monedas sobre la mesa y dijo con una gentileza burlona:

—Cinco mil dólares mejor, amigo mío de las zonas rurales, ¿qué dices ahora ?

—¡Te llamo ! —dijo Backus, arrojando su bolsa de perdigones dorada sobre el montón—. ¿Qué tienes?

—¡Cuatro reyes, maldito imbécil! —y Wiley tiró sus cartas y rodeó las apuestas con los brazos.

—¡Cuatro ases , imbécil! —tronó Backus, apuntando a su hombre con un revólver amartillado—. ¡ Yo mismo soy un jugador profesional, y he estado apostando por vosotros, idiotas, durante todo este viaje!



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Se echó el ancla, ¡rumbledy-dum-dum! y el largo viaje terminó.

Vaya, vaya mundo tan triste. Uno de los tres jugadores era amigo de Backus. Fue él quien repartió las fatídicas cartas. Según un acuerdo con las dos víctimas, debía darle a Backus cuatro reinas, pero, por desgracia, no lo hizo.

Una semana después, me topé con Backus —vestido a la última moda— en la calle Montgomery. Me dijo alegremente mientras nos despedíamos:

«Ah, por cierto, no te preocupes por esas vísceras. La verdad es que no sé nada de ganado, salvo lo que aprendí en una semana de prácticas en Jersey justo antes de zarpar. Mi afición y mi entusiasmo por el ganado ya cumplieron su cometido; no los necesito más.»

Al día siguiente, nos despedimos a regañadientes del 'Gold Dust' y sus oficiales, con la esperanza de volver a ver ese barco y a todos esos oficiales algún día. ¡Algo que el destino, trágicamente, hizo imposible!



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Capítulo 37


El fin del 'polvo de oro'


Porque, tres meses después, el 8 de agosto, mientras escribía uno de los capítulos anteriores, los periódicos de Nueva York publicaron este telegrama:

UN TERRIBLE DESASTRE.

Diecisiete personas murieron en una explosión a bordo del vapor 'Gold Dust'.

'NASHVILLE, 7 de agosto.—Un despacho desde Hickman, Kentucky, dice—

El vapor “Gold Dust” sufrió una explosión en sus calderas a las tres de la tarde de hoy, justo después de zarpar de Hickman. Cuarenta y siete personas sufrieron quemaduras y diecisiete están desaparecidas. El barco fue desembarcado en el remanso situado justo encima del pueblo, y gracias a los esfuerzos de los ciudadanos, los pasajeros de camarote, los oficiales, parte de la tripulación y los pasajeros de cubierta fueron llevados a tierra y trasladados a hoteles y residencias. Veinticuatro de los heridos se encontraban en la tienda de telas de Holcomb, donde recibieron todos los cuidados necesarios antes de ser trasladados a lugares más confortables.

A continuación se presentó una lista de nombres, en la que se indicaba que de los diecisiete fallecidos, uno era el camarero; y entre los cuarenta y siete heridos se encontraban el capitán, el primer oficial, el segundo oficial y el segundo y tercer escribientes; también el Sr. Lem S. Gray, piloto, y varios miembros de la tripulación.

En respuesta a un telegrama privado, supimos que ninguno de ellos había resultado gravemente herido, salvo el Sr. Gray. Las cartas recibidas posteriormente confirmaron esta noticia e indicaban que el Sr. Gray estaba mejorando y se recuperaría. Cartas posteriores se mostraron menos optimistas sobre su estado; y finalmente llegó una anunciando su muerte. Un buen hombre, un hombre de lo más sociable y varonil, merecedor de un destino más benévolo.



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Capítulo 38


La Casa Hermosa


Viajamos en un barco de Cincinnati a Nueva Orleans; o en un barco de Cincinnati, cualquiera de las dos opciones es correcta; la primera es la forma oriental de decirlo, la segunda la occidental.

El señor Dickens se negó a estar de acuerdo en que los barcos de vapor del Misisipi fueran "magníficos" o "palacios flotantes", términos que siempre se les habían aplicado; términos que no exageraban la admiración con la que la gente los veía.

La postura del Sr. Dickens era inexpugnable, posiblemente; la postura del pueblo era ciertamente inexpugnable. Si el Sr. Dickens comparaba estos barcos con las joyas de la corona; o con el Taj Mahal, o con el Matterhorn; o con alguna otra cosa invaluable o maravillosa que hubiera visto, no eran magníficos; tenía razón. El pueblo los comparaba con lo que había visto; y, medidos y juzgados de esta manera, los barcos eran magníficos; el término era el correcto, no era para nada exagerado. El pueblo tenía tanta razón como el Sr. Dickens. Los barcos de vapor eran mejores que cualquier cosa en tierra. Comparados con las casas superiores y los hoteles de primera clase del Valle, eran indudablemente magníficos, eran «palacios». Para unas pocas personas que vivían en Nueva Orleans y San Luis, tal vez no eran magníficos; no eran palacios; pero para la gran mayoría de esas poblaciones, y para toda la población repartida por ambas orillas entre Baton Rouge y San Luis, eran palacios; Coincidían con el sueño que el ciudadano tenía de lo que era la magnificencia, y lo satisfacían.



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Cada pueblo y aldea a lo largo de ese vasto tramo de doble frente fluvial tenía una mejor vivienda, la más hermosa, mansión,—el hogar de su ciudadano más rico y prominente. Es fácil describirla: gran patio cubierto de hierba, con cerca de estacas pintada de blanco—en buen estado; camino de ladrillos desde la puerta hasta la entrada; gran casa cuadrada de dos pisos con estructura de madera, pintada de blanco y con pórtico como un templo griego—con esta diferencia, que las imponentes columnas estriadas y los capiteles corintios eran una patética imitación, estando hechos de pino blanco y pintados; aldaba de hierro; pomo de puerta de latón—descolorido, por falta de pulido. Dentro, un vestíbulo sin alfombra, de tablas cepilladas; abriéndose desde él, una sala, de quince pies por quince—en algunos casos cinco o diez pies más grande; alfombra de grano; mesa central de caoba; lámpara sobre ella, con pantalla de papel verde—de pie sobre una rejilla, por así decirlo, hecha de hilos de colores brillantes, por las jóvenes de la casa, y llamada estera de lámpara; varios libros, apilados y dispuestos, con una exactitud férrea, según un plan heredado e inmutable; entre ellos, Tupper, muy anotado a lápiz; también, 'Friendship's Offering' y 'Affection's Wreath', con sus empalagosas insensateces ilustradas en mezzotintas desvanecibles; también, Ossian; 'Alonzo and Melissa': tal vez 'Ivanhoe': también 'Album', lleno de 'poesía' original del tipo 'Has herido al espíritu que te amaba'; dos o tres obras santurronas: 'Shepherd of Salisbury Plain', etc.; el número actual del casto e inocuo 'Lady's Book' de Godey, con láminas de moda pintadas de figuras de cera de mujeres con bocas todas iguales: labios y párpados del mismo tamaño; cada mujer de cinco pies con una cuña de dos pulgadas que sobresale de debajo de su vestido y que parece ser la mitad de su pie. Estufa hermética pulida (un invento nuevo y mortal), con un tubo que pasa a través de una tabla que cierra la vieja y buena chimenea desechada. En cada extremo de la repisa de madera, sobre la chimenea, una gran cesta de melocotones y otras frutas, de tamaño natural, todas hechas de yeso, toscamente, o de cera, y pintadas para parecerse a las originales, cosa que no hacen. Sobre el centro de la repisa, un grabado: Washington cruzando el Delaware; en la pared junto a la puerta, una copia hecha con bordados de truenos y relámpagos por una de las jóvenes, una obra de arte que habría hecho dudar a Washington sobre cruzar, si hubiera podido prever la ventaja que se iba a sacar de ella. Piano: una tetera disfrazada, con música, encuadernada y suelta, apilada sobre él, y en un atril cercano: Batalla de Praga; Vals del pájaro; Viajero de Arkansas; Rosin the Bow; Himno de Marsella; En una isla solitaria y estéril (Santa Elena); El último eslabón se ha roto; Llevaba una corona de rosas la noche en que nos vimos por última vez; Vete, olvídame,¿Por qué la tristeza debería arrojar una sombra sobre esa frente? Horas allí fueron más queridas para el recuerdo; Hace mucho, mucho tiempo; Días de ausencia; Una vida en la ola del océano, un hogar en la profundidad ondulante; Pájaro en el mar; y extendido abierto en el potro, donde el cantante lastimero lo ha dejado,ro -holl on, silver moo -hoon, guía el trav -el-lerr en su camino, etc. Inclinada pensativamente contra el piano, una guitarra, una guitarra capaz de tocar el fandango español por sí sola, si se le da un comienzo. Obra de arte frenética en la pared: lema piadoso, hecho en el lugar, a veces en hilos de colores, a veces en hierbas descoloridas: progenitor del 'Dios bendiga nuestro hogar' del comercio moderno. Enmarcadas en molduras negras en la pared, otras obras de arte, concebidas y realizadas en el lugar, por las jóvenes; siendo sombríos crayones blancos y negros; paisajes, en su mayoría: lago, velero solitario, nubes petrificadas, árboles pregeológicos en la orilla, precipicio de antracita; nombre de criminal conspicuo en la esquina. Litografía, Napoleón cruzando los Alpes. Litografía, La tumba en Santa Elena. Placas de acero, La batalla de Bunker Hill de Trumbull y la salida de Gibraltar. Placas de cobre, Moisés golpeando la roca y El regreso del hijo pródigo. En un gran marco dorado, una calumnia de la familia en óleo: papá sosteniendo un libro ('Constitución de los Estados Unidos'); una guitarra apoyada contra mamá, con cintas azules ondeando de su cuello; las jóvenes, como niñas, con zapatillas y pantimedias festoneadas, una abrazando un caballo de juguete, la otra engañando a un gatito con una bola de lana, y ambas mirando con voz melosa a mamá, quien les devuelve la mirada. Todas estas personas frescas, crudas y rojas, aparentemente desolladas. Enfrente, en un marco dorado, el abuelo y la abuela, a los treinta y veintidós años, rígidos, anticuados, con cuello alto, mangas abullonadas, mirando pálidamente desde un fondo de sólida noche egipcia. Bajo una cúpula de cristal de un reloj francés, un gran ramo de flores rígidas hechas de cera blanca cadavérica. Objetos piramidales en la esquina, los estantes ocupados principalmente con baratijas de la época, dispuestas con ojo para el mejor efecto: una concha, con el Padre Nuestro tallado en ella; otra concha, del tipo ovalado alargado, estrecho, orificio recto, de tres pulgadas de largo, que va de extremo a extremo, retrato de Washington tallado en ella; no bien hecho; la concha tenía la boca de Washington, originalmente, el artista debería haberla construido hasta ahí. Estos dos son memoriales del viaje nupcial de hace mucho tiempo a Nueva Orleans y el Mercado Francés. Otros objetos de baratijas: 'ejemplares' californianos: cuarzo, con verruga de oro adherida; antiguo medallón de oro de Guinea, con un círculo de cabello ancestral en su interior; puntas de flecha indias, de sílex; par de mocasines de cuentas, del tío que cruzó las Llanuras; tres cestas de 'alumbre' de varios colores, siendo un esqueleto de alambre, cubierto con cubos de alumbre cristalizado al estilo de caramelo de roca, obras de arte que fueron realizadas por las jóvenes; sus dobles y duplicados se pueden encontrar en todos los cachivaches del país; convención de insectos y mariposas desecados prendidos a una tarjeta; perro de juguete pintado,sentado sobre un fuelle que deja caer su mandíbula inferior y chirría al presionarlo; conejo de azúcar: extremidades y rasgos fusionados, no fuertemente definidos; medalla de campaña presidencial de peltre; sierra de madera en miniatura de cartón, para ser fijada al tubo de la estufa y operada por el calor; pequeño Napoleón, hecho de cera; daguerrotipos abiertos de niños, padres, primos, tías y amigos poco definidos, en todas las actitudes menos las habituales; sin pórtico con templo en la parte posterior, y paisaje artificial que se extiende en la distancia, eso llegó después, con la fotografía; todas estas figuras vagas lujosamente encadenadas y anilladas: el metal indicado y asegurado de la duda por rayas y salpicaduras de bronce dorado vívido; todas ellas demasiado peinadas, demasiado arregladas; y todas ellas incómodas con ropas de domingo inflexibles de un patrón que el espectador no puede darse cuenta de que alguna vez pudo haber estado de moda; marido y mujer generalmente agrupados juntos —el marido sentado, la mujer de pie, con la mano en su hombro— y ambos conservando, todos estos años que se desvanecen, algún efecto rastreable del rápido «¡Ahora sonrían, por favor!» del daguerrotipista. Entre paréntesis sobre cualquier cosa —lugar de especial sacralidad— un ultraje en acuarela, hecho por la joven sobrina que vino de visita hace mucho tiempo y murió. Lástima también; porque podría haberse arrepentido de esto con el tiempo. Sillas de crin de caballo, sofá de crin de caballo que se desliza constantemente bajo ti. Persianas, de tela de aceite, con lecheras y castillos en ruinas estampados en ellas con colores intensos. Lambrequines que cuelgan de llamativas cajas de hojalata repujada, doradas. Dormitorios con alfombras de trapo; camas del tipo «cordón», con un hundimiento en el medio, los cordones necesitan ser tensados; colchón de plumas húmedo, no ventilado con la suficiente frecuencia; Sillas con asiento de mimbre, mecedora con respaldo de tablillas; espejo de pared, del tamaño de una pizarra escolar, con marco chapado; cómoda heredada; palangana y jarra, posiblemente, pero no con certeza; candelabro de latón, vela de sebo, apagavelas. Nada más en la habitación. No hay baño en la casa; y es poco probable que llegue algún visitante que haya visto uno.demasiado arreglado; y todos ellos incómodos con ropas de domingo inflexibles de un patrón que el espectador no puede imaginar que alguna vez haya estado de moda; marido y mujer generalmente agrupados juntos —el marido sentado, la mujer de pie, con la mano en su hombro— y ambos conservando, todos estos años que se desvanecen, algún efecto rastreable del rápido del daguerrotipista '¡Ahora sonrían, por favor!' Entre paréntesis sobre cualquier cosa —lugar de especial sacralidad— un ultraje en acuarela, hecho por la joven sobrina que vino de visita hace mucho tiempo y murió. Lástima también; porque podría haberse arrepentido de esto con el tiempo. Sillas de crin de caballo, sofá de crin de caballo que se desliza constantemente bajo tus pies. Persianas, de tela de aceite, con lecheras y castillos en ruinas estampados en ellas con colores estridentes. Lambrequines que cuelgan de llamativas cajas de hojalata repujada, doradas. Dormitorios con alfombras de trapo; Camas con cabeceros de cuerda, hundidas en el centro, que necesitaban ajustarse; colchón de plumas húmedo, poco ventilado; sillas con asiento de mimbre, mecedora con respaldo de listones; espejo de pared, del tamaño de una pizarra escolar, con marco chapado; cómoda heredada; lavabo y jarra, posiblemente, pero no con certeza; candelabro de latón, vela de sebo, apagavelas. Nada más en la habitación. No hay baño en la casa; y es poco probable que llegue algún visitante que haya visto uno.demasiado arreglado; y todos ellos incómodos con ropas de domingo inflexibles de un patrón que el espectador no puede imaginar que alguna vez haya estado de moda; marido y mujer generalmente agrupados juntos —el marido sentado, la mujer de pie, con la mano en su hombro— y ambos conservando, todos estos años que se desvanecen, algún efecto rastreable del rápido del daguerrotipista '¡Ahora sonrían, por favor!' Entre paréntesis sobre cualquier cosa —lugar de especial sacralidad— un ultraje en acuarela, hecho por la joven sobrina que vino de visita hace mucho tiempo y murió. Lástima también; porque podría haberse arrepentido de esto con el tiempo. Sillas de crin de caballo, sofá de crin de caballo que se desliza constantemente bajo tus pies. Persianas, de tela de aceite, con lecheras y castillos en ruinas estampados en ellas con colores estridentes. Lambrequines que cuelgan de llamativas cajas de hojalata repujada, doradas. Dormitorios con alfombras de trapo; Camas con cabeceros de cuerda, hundidas en el centro, que necesitaban ajustarse; colchón de plumas húmedo, poco ventilado; sillas con asiento de mimbre, mecedora con respaldo de listones; espejo de pared, del tamaño de una pizarra escolar, con marco chapado; cómoda heredada; lavabo y jarra, posiblemente, pero no con certeza; candelabro de latón, vela de sebo, apagavelas. Nada más en la habitación. No hay baño en la casa; y es poco probable que llegue algún visitante que haya visto uno.

Esa era la residencia del ciudadano principal, desde los suburbios de Nueva Orleans hasta las afueras de San Luis. Cuando subió a bordo de un gran y elegante barco de vapor, entró en un mundo nuevo y maravilloso: las partes superiores de las chimeneas cortadas para imitar una corona de columnas de vapor, y tal vez pintadas de rojo; la timonera, la cubierta de huracanes, las protecciones de la cubierta de calderas, todas adornadas con filigrana de madera blanca de patrones fantasiosos; bellotas doradas coronando las grúas; cuernos de ciervo dorados sobre la gran campana; una llamativa imagen simbólica en la caja de paletas, posiblemente; una gran y espaciosa cubierta de calderas, pintada de azul y amueblada con sillones Windsor; en el interior, una "cabina" blanca como la nieve que se alejaba a lo lejos; pomo de porcelana y pintura al óleo en cada puerta de camarote; patrones curvos de filigrana retocados con dorado, que se extendían por encima de toda la vista convergente; grandes candelabros por todas partes, cada uno una lluvia de abril de brillantes gotas de vidrio; Una hermosa luz de arcoíris caía por todas partes desde los vitrales de colores de las claraboyas; todo un largo y resplandeciente túnel, ¡un espectáculo desconcertante y reconfortante para el alma! En el camarote de las damas, una alfombra Wilton rosa y blanca, suave como la seda, y glorificada con un deslumbrante estampado de flores gigantes. Luego, la Cámara Nupcial —el animal que inventó esa idea aún estaba vivo y sin ser ahorcado, en aquel entonces—, la Cámara Nupcial cuya pretenciosa ostentación resultaba necesariamente abrumadora para el intelecto ahora tambaleante de aquel ciudadano que aclamaba. Cada camarote tenía su par de literas cómodas y limpias, y tal vez un espejo y un armario acogedor; y a veces incluso había un lavabo y una jarra, y parte de una toalla que un experto podría distinguir de una mosquitera; aunque generalmente estas cosas faltaban, y los pasajeros en mangas de camisa se aseaban en una larga fila de cuencos fijos en la barbería, donde también había toallas, peines y jabón públicos.



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Tomemos el barco de vapor que acabo de describir, y lo tendremos en su estado más elevado, elegante, agradable, cómodo y satisfactorio. Ahora cubrámoslo con una capa de suciedad antigua y persistente, y tendremos el vapor de Cincinnati al que me referí hace un rato. No por fuera, solo por dentro; pues estaba bien equipado en todos los departamentos, excepto en el de mayordomo.

Pero si se lavara y se volviera a pintar ese barco, sería prácticamente el equivalente al barco más elogiado de los viejos tiempos de bonanza: porque la arquitectura de los barcos de vapor del Oeste no ha sufrido ningún cambio; tampoco lo han sufrido los muebles y la ornamentación de los barcos de vapor.



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Capítulo 39


Fabricantes y malhechores


Donde antes el río, en la región de Vicksburg, serpenteaba, ahora es relativamente recto, debido a un desvío; una distancia anterior de setenta millas se redujo a treinta y cinco. Este cambio relegó a Delta, Luisiana, vecina de Vicksburg, al interior del país y puso fin a su historia como ciudad ribereña. Toda su ribera está ahora ocupada por un extenso banco de arena, densamente cubierto de árboles jóvenes, un crecimiento que con el tiempo se convertirá en un denso bosque y ocultará por completo la ciudad exiliada.



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Con el tiempo pasamos Grand Gulf y Rodney, famosas por su paso por la guerra, y llegamos a Natchez, la última de las hermosas ciudades en la cima de una colina, pues Baton Rouge, aún por llegar, no está en una colina, sino solo en un terreno elevado. La famosa Natchez, al pie de la colina, no ha cambiado notablemente en veinte años; en su aspecto exterior, a juzgar por las descripciones de la antigua procesión de turistas extranjeros, no ha cambiado en sesenta; pues sigue siendo pequeña, dispersa y desaliñada. Tenía una pésima reputación, moralmente hablando, en los viejos tiempos de los barcos de quilla y los primeros barcos de vapor: abundaban allí la bebida, las juergas, las peleas y los asesinatos, entre la chusma del río, en aquellos días. Pero Natchez, en la cima de la colina, es atractiva; siempre lo ha sido. Incluso la señora Trollope (1827) tuvo que confesar sus encantos.

En uno o dos puntos, la monótona línea del terreno se ve interrumpida por pequeños acantilados, como llaman a esos breves intervalos de terreno elevado. El pueblo de Natchez está magníficamente situado en uno de esos puntos altos. El contraste que su colina de un verde brillante forma con la lúgubre línea de bosque negro que se extiende a su alrededor, el abundante crecimiento de papayas, palmitos y naranjas, la copiosa variedad de flores de dulce aroma que allí florecen, todo le da la apariencia de un oasis en el desierto. Natchez es el punto más al norte donde las naranjas maduran al aire libre o sobreviven al invierno sin protección. Con la excepción de este lugar tan especial, me parecieron de lo más miserables todos los pueblecitos y aldeas por los que pasamos.

Natchez, como sus vecinos fluviales cercanos y lejanos, ahora tiene ferrocarriles y los está ampliando, empujándolos de un lado a otro hacia todas las ricas regiones periféricas que son tributarias naturales de ella. Y como Vicksburg y Nueva Orleans, tiene su fábrica de hielo: produce treinta toneladas de hielo al día. En Vicksburg y Natchez, en mi época, el hielo era una joya; solo los ricos podían usarlo. Pero ahora cualquiera puede tenerlo. Visité una de las fábricas de hielo en Nueva Orleans para ver cómo se verían las regiones polares cuando se trasladaran al borde de los trópicos. Pero no había nada llamativo en el aspecto del lugar. Era simplemente una casa espaciosa, con alguna inocente maquinaria de vapor en un extremo y algunas grandes tuberías de porcelana que iban de aquí para allá. No, no eran de porcelana, solo lo parecían; eran de hierro, pero el amoníaco que se respiraba a través de ellas las había cubierto hasta el grosor de una mano con hielo sólido de color blanco lechoso. Debería haberse derretido; pues en esa atmósfera no se necesitaba ropa de invierno; pero no se derritió, porque el interior de la tubería estaba demasiado frío.

Enterradas en el suelo había innumerables cajas de hojalata, de treinta centímetros de lado y sesenta centímetros de largo, abiertas por la parte superior. Estaban llenas de agua cristalina; y alrededor de cada caja, se colocaban sal y otros ingredientes. Además, se añadía amoníaco al agua mediante un método que siempre me resultará un misterio, pues no logré comprender el proceso. Mientras el agua de las cajas se congelaba gradualmente, algunos hombres la removían de vez en cuando con un palo, supongo que para liberar las burbujas de aire. Otros hombres sacaban continuamente las cajas cuyo contenido se había congelado por completo. Las sumergían una sola vez en una tina de agua hirviendo para derretir el bloque de hielo y separarlo de su caja de hojalata. Luego, lanzaban el bloque sobre un vagón plataforma y ya estaba listo para su comercialización. Estos grandes bloques eran duros, sólidos y cristalinos. En algunos de ellos, se habían congelado grandes ramos de flores tropicales frescas y brillantes; en otros, hermosas muñecas francesas vestidas de seda y otros objetos bonitos. Estos bloques se colocaban de pie en una bandeja, en el centro de las mesas, para refrescar el aire tropical; y también tenían una función ornamental, ya que las flores y demás objetos que contenían se podían ver como a través de un cristal. Me dijeron que esta fábrica podía vender hielo al por menor, transportándolo en carreta por toda Nueva Orleans, en cantidades mínimas para viviendas, a seis o siete dólares la tonelada, y obtener una ganancia suficiente. Siendo así, hay negocio para las fábricas de hielo en el Norte; pues allí no conseguimos hielo en esas condiciones si se compra menos de trescientas cincuenta libras por entrega.

La fábrica de hilados Rosalie Yarn Mill, de Natchez, tiene una capacidad de 6000 husos y 160 telares, y emplea a 100 personas. La empresa Natchez Cotton Mills Company inició sus operaciones hace cuatro años en un edificio de dos plantas de 15 x 58 metros, con 4000 husos y 128 telares; un capital de 105 000 dólares, aportado íntegramente por los habitantes de la ciudad. Dos años después, los mismos accionistas aumentaron su capital a 225 000 dólares; añadieron una tercera planta a la fábrica, ampliaron su longitud a 97 metros y adquirieron maquinaria para aumentar la capacidad a 10 300 husos y 304 telares. Actualmente, la empresa emplea a 250 trabajadores, muchos de ellos residentes de Natchez. 'La fábrica procesa 5.000 balas de algodón al año y fabrica telas para camisas, sábanas y sargas de la mejor calidad, produciendo 5.000.000 de yardas de estos productos al año.'{nota al pie [New Orleans Times-Democrat, 26 de agosto de 1882.]} Una corporación cerrada: acciones mantenidas a 5.000 dólares por acción, pero ninguna en el mercado.

Los cambios en el río Misisipi son grandes y extraños, aunque previsibles; pero no esperaba vivir para ver cómo Natchez y otras ciudades ribereñas se convertían en bastiones manufactureros y centros ferroviarios.

Hablar de manufacturas me recuerda una charla sobre ese tema que escuché —que oí por casualidad— a bordo del barco de Cincinnati. Desperté de un sueño intranquilo, con una sorda confusión de voces en mis oídos. Escuché: dos hombres conversaban; el tema, al parecer, era la gran inundación. Miré por la popa abierta. Los dos hombres estaban desayunando tarde; sentados uno frente al otro; no había nadie más alrededor. Cerraron el tema de la inundación con unas pocas palabras —habiéndolo usado, evidentemente, como un simple rompehielos y para entablar amistad— y luego pasaron a hablar de negocios. Pronto se supo que eran tamborileros: uno de Cincinnati, el otro de Nueva Orleans. Hombres enérgicos, de movimientos y palabras vivaces; el dólar era su dios, cómo conseguirlo su religión.



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'Ahora bien, en cuanto a este artículo', dijo Cincinnati, cortando la supuesta mantequilla y sosteniendo un trozo en la hoja de su cuchillo, 'es de nuestra casa; mírenlo, huélelo, pruébenlo. Hagan la prueba que quieran. Tómense su tiempo, sin prisas, háganlo bien. Ahí lo tienen, ¿qué dicen? Mantequilla, ¿no? ¡Ni por asomo! ¡Es margarina! Sí, señor, eso es: margarina. No se distingue de la mantequilla; ¡por Dios!, ni un experto podría. Es de nuestra casa. Suministramos a la mayoría de los barcos del Oeste; apenas hay una libra de mantequilla en ninguno de ellos. Avanzamos a paso de tortuga, o mejor dicho, a toda velocidad. Vamos a dominar todo ese sector. Sí, y también el sector hotelero. Pronto llegará el día en que no podrán encontrar ni una pizca de mantequilla en ningún hotel de los valles del Mississippi y del Ohio, fuera de las grandes ciudades. ¡Estamos produciendo margarina a miles de toneladas! Y la vendemos tan barata que todo el país la necesita ; es imposible resistirse. La mantequilla no tiene rival; no hay competencia. La mantequilla ya pasó de moda , y a partir de ahora, desaparecerá. Hay más dinero en la margarina que en... ¡no se imaginan el negocio que hacemos! He visitado todos los pueblos desde Cincinnati hasta Natchez, y he enviado grandes pedidos de todos ellos.

Y así sucesivamente, durante diez minutos más, con el mismo tono ferviente. Entonces Nueva Orleans intervino y dijo:

Sí, es una imitación de primera, eso es seguro; pero no es la única de primera calidad. Por ejemplo, hoy en día hacen aceite de oliva con aceite de semilla de algodón, así que es imposible distinguirlos.

—Sí, así es —respondió Cincinnati—, y durante un tiempo fue un negocio de primera. Lo enviaban y lo traían de Francia e Italia, con el sello de aduanas de Estados Unidos para certificar su autenticidad, y se ganaba muchísimo dinero; pero Francia e Italia acabaron con el negocio, como era de esperar. Se les subió tanto el precio que ni siquiera el aceite de oliva de semilla de algodón pudo soportarlo; tuvieron que colgar y dejarlo.

'Oh, ¿sí que lo hizo? Espera aquí un minuto.'

Va a su camarote, trae un par de botellas largas y les quita los corchos; dice:



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'Ahí está, huélelos, pruébalos, examina las botellas, inspecciona las etiquetas. Uno de ellos es de Europa, el otro nunca ha salido de este país. Uno es aceite de oliva europeo, el otro es aceite de oliva americano de semilla de algodón. ¿Distinguirlos? Claro que no puedes. Nadie puede. Quien quiera, puede permitirse el gasto y la molestia de enviar sus aceites a Europa y de vuelta; es su privilegio; pero nuestra empresa conoce un truco que vale seis veces eso. Producimos todo, limpio desde el principio, en nuestra fábrica de Nueva Orleans: etiquetas, botellas, aceite, todo. Bueno, no, no las etiquetas: las compramos en el extranjero; allí las conseguimos baratísimas. Verá, en un galón de aceite de semilla de algodón hay una minúscula partícula, esencia o lo que sea, que le da olor, sabor o algo; si la eliminamos, todo estará bien. Es muy fácil convertir el aceite en cualquier tipo de aceite que se desee, y nadie puede distinguir el auténtico del falso. Pues bien, nosotros sabemos cómo eliminar esa pequeña partícula, y somos la única empresa que lo hace. Y producimos un aceite de oliva simplemente perfecto, ¡indetectable! Además, estamos haciendo un negocio redondo, como podría demostrarle fácilmente con mi libro de pedidos para este viaje. Quizás pronto le ponga mantequilla a todo el mundo en el pan, pero nosotros le llevaremos aceite de semilla de algodón para su ensalada desde el Golfo hasta Canadá, y eso es totalmente seguro.

Cincinnati resplandeció y centelleó de admiración. Los dos sinvergüenzas intercambiaron tarjetas de presentación y se levantaron. Al abandonar la mesa, Cincinnati dijo:

«Pero hay que llevar marcas de aduana, ¿no? ¿Cómo se gestiona eso?»

No entendí la respuesta.

Pasamos por Port Hudson, escenario de dos de los episodios más terribles de la guerra: la batalla nocturna que tuvo lugar allí entre la flota de Farragut y las baterías terrestres confederadas, el 14 de abril de 1863; y la memorable batalla terrestre, dos meses después, que duró ocho horas —ocho horas de lucha excepcionalmente feroz y tenaz— y que terminó, finalmente, con el rechazo de las fuerzas de la Unión con una gran matanza.



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Capítulo 40


Castillos y cultura


Baton Rouge estaba engalanada con flores, como una novia; no, incluso más; como un invernadero. Porque estábamos en el Sur absoluto: sin modificaciones, sin concesiones, sin medias tintas. Los magnolios en los jardines del Capitolio eran hermosos y fragantes, con su denso y exuberante follaje y sus enormes flores en forma de bola de nieve. El aroma de la flor es muy dulce, pero conviene mantenerse alejado, porque es muy intenso. No son flores para el dormitorio: podrían asfixiar a uno mientras duerme. Sin duda, estábamos por fin en el Sur; pues aquí comienza la región azucarera, y las plantaciones —vastas llanuras verdes, con ingenios azucareros y viviendas para negros agrupados en la distancia— se divisaban a lo lejos. Y había un sol tropical en lo alto y un calor sofocante en el aire.

Y en este punto también comienza el paraíso del piloto: un río ancho desde allí hasta Nueva Orleans, abundancia de agua de orilla a orilla, y ningún banco de arena, obstáculo, leñador o naufragio en su camino.

Sir Walter Scott es probablemente responsable del edificio del Capitolio; pues es inconcebible que este pequeño castillo de pacotilla se hubiera construido si él no hubiera enloquecido al pueblo, hace un par de generaciones, con sus romances medievales. El Sur aún no se ha recuperado de la influencia debilitante de sus libros. La admiración por sus héroes fantásticos y sus grotescas hazañas de «caballerosidad» y sus románticas inmadureces aún sobrevive aquí, en una atmósfera en la que ya se percibe el sano y práctico olor decimonónico de las fábricas de algodón y las locomotoras; y con él sobreviven rastros de su lenguaje ampuloso y otras patrañas vacías. Es bastante patético que un castillo encalado, con torretas y demás —materiales todos falsos por dentro y por fuera, que pretenden ser lo que no son— se haya construido alguna vez en este lugar por lo demás honorable; Pero resulta mucho más lamentable ver cómo esta falsedad arquitectónica se restaura y perpetúa en nuestros días, cuando habría sido tan fácil dejar que la dinamita terminara lo que un incendio benéfico había comenzado, y luego destinar ese dinero de la restauración a la construcción de algo auténtico.

Baton Rouge no tiene patente sobre castillos de imitación, ni tampoco el monopolio de los mismos. Aquí hay una imagen del anuncio del «Instituto Femenino» de Columbia, Tennessee. El siguiente comentario proviene del mismo anuncio:

El edificio del Instituto es famoso desde hace mucho tiempo por su arquitectura impactante y hermosa. Los visitantes quedan cautivados por su parecido con los antiguos castillos de las canciones y los cuentos, con sus torres, murallas almenadas y pórticos cubiertos de hiedra.



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Tener una escuela en un castillo es algo romántico; tan romántico como tener un hotel en un castillo.

En sí mismo, el castillo de imitación es sin duda inofensivo y está bien; pero como símbolo, generador y sustentador de un sentimental romanticismo medieval aquí, en medio del más sencillo, robusto, infinitamente grandioso y digno de todos los siglos que el mundo ha visto, es necesariamente algo dañino y un error.

Aquí hay un extracto del prospecto de una "Universidad Femenina" de Kentucky. "Universidad Femenina" suena bastante bien; pero dado que la frase se formuló de esa manera injustificable simplemente por brevedad, me parece que "universidad femenina" habría sido aún mejor, porque es más corta y significa lo mismo: es decir, si es que alguna de las dos frases significa algo.

«La presidenta es sureña de nacimiento, de crianza, de educación y de sentimiento; todas las profesoras son sureñas de sentimiento y, con la excepción de las nacidas en Europa, nacieron y se criaron en el sur. Convencidos de que el sur representa el tipo de civilización más elevado que este continente ha conocido, las jóvenes son educadas según los ideales sureños de delicadeza, refinamiento, feminidad, religión y decoro; por lo tanto, ofrecemos una universidad femenina de primera clase para el sur y solicitamos el apoyo de la comunidad sureña.»

{nota al pie [Ilustraciones del mismo omitidas descuidadamente por el anunciante:

KNOXVILLE, Tennessee, 19 de octubre.—Esta mañana, pocos minutos después de las diez, el general Joseph A. Mabry, Thomas O'Connor y Joseph A. Mabry, Jr., murieron en un tiroteo. La disputa comenzó ayer por la tarde cuando el general Mabry atacó al mayor O'Connor y lo amenazó de muerte. Esto ocurrió en el recinto ferial, y O'Connor le dijo a Mabry que ese no era el lugar para resolver sus diferencias. Mabry entonces le dijo a O'Connor que no viviría. Al parecer, Mabry estaba armado y O'Connor no. La causa de la disputa fue una antigua disputa sobre la transferencia de una propiedad de Mabry a O'Connor. Más tarde, esa misma tarde, Mabry le envió un mensaje a O'Connor diciéndole que lo mataría en cuanto lo viera. Esta mañana, el mayor O'Connor estaba parado en la puerta del Banco Nacional de Mecánicos, del cual era presidente. El general Mabry y otro caballero caminaban por la calle Gay, en la acera opuesta al banco. O'Connor entró al banco, tomó una escopeta, apuntó deliberadamente al general Mabry y disparó. Mabry cayó muerto, herido en el costado izquierdo. Mientras caía, O'Connor disparó de nuevo, alcanzando el muslo de Mabry. Entonces, O'Connor metió la mano en el banco y tomó otra escopeta. En ese momento, Joseph A. Mabry, Jr., hijo del general Mabry, llegó corriendo por la calle, sin que O'Connor lo viera hasta que estuvo a unos doce metros, cuando el joven disparó una pistola, alcanzando el pecho derecho de O'Connor y atravesándole el cuerpo cerca del corazón. En el instante en que Mabry disparó, O'Connor se giró y disparó, alcanzando el pecho y el costado derechos del joven Mabry. Mabry cayó atravesado por veinte perdigones, y casi al instante O'Connor cayó muerto sin oponer resistencia. Mabry intentó levantarse, pero volvió a caer muerto. Toda la tragedia ocurrió en dos minutos, y ninguno de los tres habló después de ser herido. El general Mabry tenía unos treinta perdigones en el cuerpo. Un transeúnte resultó gravemente herido en el muslo por un perdigón, y otro en el brazo. Cuatro hombres más sufrieron heridas de perdigones en la ropa. El incidente causó gran conmoción y la calle Gay se llenó de miles de personas. El general Mabry y su hijo Joe fueron absueltos hace apenas unos días del asesinato de Moses Lusby y Don Lusby, padre e hijo, a quienes mataron hace unas semanas. Will Mabry fue asesinado por Don Lusby la pasada Navidad. El mayor Thomas O'Connor era presidente del Mechanics' National Bank de la zona y el hombre más rico del estado. — Associated Press Telegram .

Un día del mes pasado, el profesor Sharpe, del Colegio Femenino de Somerville, Tennessee, un hombre tranquilo y caballeroso, fue informado de que su cuñado, el capitán Burton, lo había amenazado de muerte. Al parecer, Burton ya había asesinado a un hombre y apuñalado a otro. El profesor se armó con una escopeta de dos cañones, salió en busca de su cuñado, lo encontró jugando al billar en un salón y le voló la cabeza. El periódico «Memphis Avalanche» informa que la acción del profesor fue bien recibida en la comunidad; consciente de que la ley era impotente, dada la opinión pública, para protegerlo, decidió protegerse a sí mismo.

Casi al mismo tiempo, dos jóvenes de Carolina del Norte se pelearon por una chica e intercambiaron insultos. Sus amigos intentaron reconciliarlos, pero les costó caro. El día 24, los jóvenes se encontraron en la carretera. Uno llevaba un garrote pesado, el otro un hacha. El hombre del garrote luchó desesperadamente por su vida, pero la lucha fue inútil desde el principio. Un golpe certero le arrebató el garrote de las manos y, al instante siguiente, yacía muerto.

Casi al mismo tiempo, dos jóvenes virginianos de buena posición social, dependientes de una ferretería en Charlottesville, mientras bromeaban, se enzarzaron en una pelea. Peter Dick le arrojó pimienta a los ojos de Charles Roads; Roads exigió una disculpa; Dick se negó a dársela, y se acordó que un duelo era inevitable, pero surgió un problema: ninguno de los dos tenía pistolas, y era demasiado tarde para conseguirlas. Uno de ellos sugirió que los cuchillos de carnicero servirían, y el otro aceptó la sugerencia; el resultado fue que Roads cayó al suelo con una herida en el abdomen que podría ser mortal. Si Dick ha sido arrestado, la noticia no nos ha llegado. Expresó su profundo arrepentimiento, y un corresponsal de Staunton del Philadelphia Press nos dice que se han hecho todos los esfuerzos posibles para silenciar el asunto. — Extractos de los Diarios Públicos .

¡Vaya, guardia! El hombre que puede lanzar una ráfaga tan complaciente como esa, probablemente la lanza desde un castillo.

Desde Baton Rouge hasta Nueva Orleans, las grandes plantaciones de caña de azúcar bordean ambas orillas del río y extienden sus vastas llanuras hasta las sombrías paredes boscosas de cipreses barbudos en la parte trasera. Las orillas ya no son solitarias. Abundan las viviendas a lo largo de ambas riberas, tan juntas que el ancho río que discurre entre las dos hileras se convierte en una especie de calle espaciosa. Una región de aspecto muy hogareño y alegre. Y de vez en cuando se divisa una gran mansión con columnas y pórticos, rodeada de árboles. Aquí se encuentra el testimonio de uno o dos de los turistas extranjeros que desfilaron por aquí hace medio siglo. La señora Trollope dice:

«La llanura ininterrumpida de las riberas del Misisipi se mantenía invariable durante muchos kilómetros río arriba de Nueva Orleans; pero la grácil y exuberante palmera, el oscuro y majestuoso enebro y el brillante naranja se veían por todas partes, y pasaron muchos días antes de que nos cansáramos de contemplarlos.»



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Capitán Basil Hall—

La región colindante con el río Misisipi, en la parte baja de Luisiana, está densamente poblada por plantadores de caña de azúcar, cuyas ostentosas casas, alegres plazas, cuidados jardines y numerosos poblados de esclavos, todos limpios y ordenados, daban un aire sumamente próspero al paisaje fluvial.

Todas las descripciones de la procesión pintan un cuadro atractivo de la misma manera. Las descripciones de hace cincuenta años no necesitan cambiar ni una palabra para describir con exactitud la misma región tal como se ve hoy, salvo en lo que respecta a la «pulcritud» de las casas. El encalado ha desaparecido de las cabañas de los negros; y muchas, posiblemente la mayoría, de las grandes mansiones, antaño tan relucientes de blanco, han perdido su pintura y presentan un aspecto deteriorado y descuidado. Es la plaga de la guerra. Hace veintiún años todo era pulcro, pulcro y brillante a lo largo de la «costa», tal como había sido en 1827, según lo describían aquellos turistas.

¡Desgraciados turistas! Les contaron mentiras estúpidas y ridículas, y luego se rieron de ellos por creerlas y publicarlas. Le dijeron a la señora Trollope que los caimanes —o cocodrilos, como ella los llama— eran criaturas terribles; y respaldaron la afirmación con un relato escalofriante de cómo uno de estos reptiles calumniados se coló en una cabaña de okupas una noche y devoró a una mujer y cinco niños. La mujer, por sí sola, habría satisfecho a cualquier caimán, por muy improbable que fuera; pero no, estos mentirosos insistieron en que se comiera también a los cinco niños. Uno no se imaginaría que bromistas de esta estirpe fueran sensibles, pero lo eran. Hoy en día, es difícil comprender, e imposible justificar, la acogida que tuvo el libro del serio, honesto, inteligente, amable, varonil, caritativo y bienintencionado capitán Basil Hall.









Capítulo 41


La metrópolis del Sur




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Los accesos a Nueva Orleans eran familiares; los aspectos generales permanecían inalterados. Cuando uno sobrevuela Londres en un tren suspendido en el aire sobre altos arcos, puede observar kilómetros de dormitorios en los pisos superiores a través de las ventanas abiertas, pero la mitad inferior de las casas queda por debajo de su nivel y fuera de su vista. De manera similar, durante la crecida del río, en la región de Nueva Orleans, el agua llega hasta la parte superior del dique que la rodea, la llanura que se extiende detrás queda hundida —como el fondo de un plato— y, mientras el barco navega sobre la corriente, se puede contemplar las casas y las ventanas de los pisos superiores. No hay nada más que esa frágil muralla de tierra entre la gente y la destrucción.



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Los antiguos almacenes de sal de ladrillo, agrupados en la parte alta de la ciudad, lucían como siempre; almacenes que, sin embargo, habían experimentado una especie de milagro desde la última vez que los vi; pues cuando estalló la guerra, el propietario se fue a dormir una noche dejándolos repletos de miles de sacos de sal común, que valían un par de dólares el saco, y se levantó por la mañana y descubrió que su montaña de sal se había convertido en una montaña de oro, por así decirlo, tan repentinamente y a tal altura habían disparado las noticias de la guerra el precio del producto.

La vasta extensión de muelles de tablones permaneció inalterada, y había tantos barcos como siempre; pero la larga hilera de barcos de vapor había desaparecido; no del todo, por supuesto, pero quedaba muy poco de ella.

La ciudad en sí no había cambiado, al menos a simple vista. Había crecido considerablemente en extensión y población, pero su aspecto seguía siendo el mismo. El polvo, cubierto de papeles usados, seguía acumulándose en las calles; las profundas cunetas, a modo de canaletas, junto a los bordillos, seguían medio llenas de agua estancada con una superficie polvorienta; las aceras seguían, en la zona azucarera y de tocino, repletas de barriles, toneles y tinas; las grandes manzanas de casas comerciales, de una sencillez austera, lucían tan polvorientas como siempre.

Canal Street era más elegante, atractiva y animada que antes, con sus multitudes que deambulaban, sus varias procesiones de tranvías apresurados y, al anochecer, sus amplias galerías del segundo piso repletas de caballeros y damas vestidos a la última moda.



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No es que haya arquitectura en Canal Street: hablando en términos generales, no hay arquitectura en Nueva Orleans, excepto en los cementerios. Parece extraño decirlo de una ciudad rica, visionaria y enérgica de un cuarto de millón de habitantes, pero es cierto. Hay una enorme Aduana de granito de los Estados Unidos, bastante costosa, bastante auténtica, pero como decoración es inferior a un gasómetro. Parece una prisión estatal. Pero fue construida antes de la guerra. Se podría decir que la arquitectura en Estados Unidos nació después de la guerra. Nueva Orleans, creo, ha tenido la buena suerte —y en cierto sentido la mala suerte— de no haber sufrido un gran incendio en los últimos años. Debe ser así. Si hubiera sido al revés, creo que se podría distinguir el «distrito quemado» por la mejora radical de su arquitectura con respecto a las formas antiguas. Esto se puede hacer en Boston y Chicago. El «distrito quemado» de Boston era común antes del incendio; Pero ahora no existe ningún distrito comercial en ninguna ciudad del mundo que pueda superarlo, o quizás siquiera rivalizar con él, en belleza, elegancia y buen gusto.

Sin embargo, Nueva Orleans ya ha comenzado, justo en este momento, por así decirlo. Una vez terminado, el nuevo Cotton Exchange será un edificio majestuoso y hermoso; imponente, sólido, rebosante de elegancia arquitectónica; sin artificios, falsas pretensiones ni defectos por ningún lado. Para la ciudad, valdrá mucho más de lo que costó, pues será un referente para su especie. Lo que faltaba hasta ahora era un modelo a seguir; algo que inspirara la vista y el gusto; una inspiración , por así decirlo.



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La ciudad está bien dotada de hombres progresistas: hombres reflexivos, sagaces y con visión de futuro. El contraste entre el espíritu de la ciudad y su arquitectura es como el contraste entre la vigilia y el sueño. Aparentemente, todo está en auge, excepto ese único aspecto muerto. El agua de las alcantarillas solía estar estancada y viscosa, y era un potente foco de enfermedades; pero ahora se limpian dos o tres veces al día con maquinaria potente; en muchas de ellas, el agua nunca se detiene, sino que fluye constantemente. Se han realizado otras mejoras sanitarias, con tal eficacia que Nueva Orleans afirma ser (durante los largos intervalos entre los ocasionales brotes de fiebre amarilla) una de las ciudades más saludables de la Unión. Ahora hay hielo en abundancia para todos, fabricado en la ciudad. Es un centro comercial dinámico y cuenta con una importante actividad fluvial, marítima y ferroviaria. En la fecha de nuestra visita, era la ciudad mejor iluminada de la Unión, eléctricamente hablando. Las luces eléctricas de Nueva Orleans eran más numerosas que las de Nueva York, y mucho mejores. Uno tenía este mediodía modificado no solo en Canal y algunas calles principales vecinas, sino a lo largo de un tramo de cinco millas de la ribera del río. Ahora hay buenos clubes en la ciudad —varios de ellos, pero organizados recientemente— y atractivos centros de placer de estilo moderno en West End y Spanish Fort. El teléfono está en todas partes. Uno de los avances más notables es en el periodismo. Los periódicos, como los recuerdo, no eran un elemento llamativo. Ahora sí lo son. Se gasta dinero en ellos sin escrúpulos. Obtienen las noticias, cueste lo que cueste. El trabajo editorial no es meramente informativo, sino literario. Como ejemplo del logro periodístico de Nueva Orleans, cabe mencionar que el 'Times-Democrat' del 26 de agosto de 1882 contenía un informe sobre los negocios del año de las ciudades del valle del Misisipi, desde Nueva Orleans hasta St. Paul —dos mil millas—. Ese número del periódico constaba de cuarenta páginas; siete columnas por página; Doscientas ochenta columnas en total; mil quinientas palabras por columna; un total de cuatrocientas veinte mil palabras. Es decir, casi tres veces más palabras que las que contiene este libro. Resulta triste compararlo con la arquitectura de Nueva Orleans.

Me he referido únicamente a la arquitectura pública. La arquitectura residencial en Nueva Orleans es impecable, a pesar de que permanece inalterada. Todas las viviendas son de madera —me refiero a la parte americana de la ciudad— y todas tienen un aspecto acogedor. Las del barrio adinerado son espaciosas; generalmente pintadas de blanco nieve, y suelen tener amplias galerías, o galerías dobles, sostenidas por columnas ornamentales. Estas mansiones se alzan en el centro de extensos jardines y emergen, adornadas con rosas, de entre exuberantes masas de follaje verde brillante y flores multicolores. No podría haber casas más armoniosas con su entorno, más agradables a la vista, más hogareñas y confortables.

Uno incluso se acostumbra a la cisterna; se trata de un enorme barril, pintado de verde, y a veces de un par de pisos de altura, que se apoya contra la esquina de la casa sobre pilotes. Hay una sugerencia de mansión y cervecería sobre la combinación que parece muy incongruente al principio. Pero la gente no puede tener pozos, así que toman agua de lluvia. Tampoco pueden tener fácilmente sótanos, ni tumbas,{nota al pie [Los israelitas son enterrados en tumbas, supongo que con permiso, no por obligación; pero nadie más, excepto los indigentes, que son enterrados a expensas del erario público. Las tumbas tienen solo tres o cuatro pies de profundidad.]} ya que la ciudad está construida sobre terreno artificial; así que prescinden de ambas cosas, y pocos de los vivos se quejan, y ninguno de los demás.





Capítulo 42


Higiene y sentimiento




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Entierran a sus muertos en bóvedas, sobre el suelo. Estas bóvedas se asemejan a casas, a veces a templos; generalmente están construidas de mármol; son arquitectónicamente elegantes y armoniosas; dan a los senderos y caminos del cementerio; y cuando uno camina entre un millar de ellas y ve sus techos blancos y frontones extendiéndose a lo lejos por doquier, la expresión "ciudad de los muertos" cobra sentido de inmediato. Muchos cementerios son hermosos y se mantienen en perfecto orden. Cuando uno va desde el dique o las calles comerciales cercanas a un cementerio, piensa que si esas personas allí abajo vivieran con la misma pulcritud en vida que después de muertas, encontrarían muchas ventajas en ello; y además, su morada sería la admiración del mundo empresarial. Flores frescas en jarrones con agua adornan los portales de muchas bóvedas: colocadas allí por las manos piadosas de padres e hijos, esposos y esposas afligidos, y renovadas diariamente. Una forma más suave de dolor encuentra su recuerdo económico y duradero en la tosca y fea, pero indestructible, "siempreviva" —una corona, cruz o algún emblema similar, hecha de rosetas de lino negro, a veces con una roseta amarilla en la unión de las barras de la cruz— una especie de broche de luto, por así decirlo. La siempreviva no requiere atención: simplemente se cuelga y listo; déjela sola, ella se encargará de su dolor y lo recordará mejor que usted; resiste la intemperie de maravilla y dura como el hierro.

En los días soleados, los pequeños y bonitos camaleones —los reptiles de patas más gráciles— se arrastran por las fachadas de mármol de las bóvedas y cazan moscas. Sus cambios de color —en cuanto a variedad— no están a la altura de su reputación. Cambian de color cuando alguien se acerca y cuelga una siempreviva; pero eso no es nada: cualquier reptil con buen corazón haría lo mismo.



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Poco a poco iré dejando de lado el tema de los cementerios. He intentado por todos los medios llegar al aspecto sentimental, pero no lo consigo. Creo que no hay nada genuinamente sentimental en ello. Es todo grotesco, espantoso, horrible. Los cementerios quizás se justificaban en épocas pasadas, cuando nadie sabía que por cada cadáver enterrado, para saturar la tierra, las raíces de las plantas y el aire con gérmenes, cinco, cincuenta o incluso cien personas debían morir antes de tiempo; pero difícilmente se justifican ahora, cuando hasta los niños saben que un santo muerto inicia una carrera de asesinatos que dura un siglo en el momento en que la tierra se cierra sobre su cadáver. Es una idea bastante sombría. Las reliquias de Santa Ana, en Canadá, después de mil novecientos años, se han dedicado a curar a decenas de enfermos. Pero es de sentido común que esas mismas reliquias, apenas una generación después de la muerte y el entierro de Santa Ana, enfermaran a miles de personas. Por lo tanto, estos milagros son simplemente una compensación, nada más. Santa Ana tarda un poco en pagar, para ser una santa, es cierto; pero es mejor una deuda saldada después de mil novecientos años, y prescrita por el plazo de prescripción, que no pagarla en absoluto; y la mayoría de los caballeros del halo no pagan nada. Donde encuentras a uno que paga —como Santa Ana— encuentras ciento cincuenta que se benefician de la prescripción. Y ninguno de ellos paga más que el capital de lo que deben; no pagan ni los intereses, ni simples ni compuestos. Sin embargo, un santo nunca puede devolver el capital por completo ; pues su cadáver mata a la gente, mientras que sus reliquias solo curan ; nunca resucitan a los muertos. Esa parte de la cuenta siempre queda sin saldar.

El Dr. F. Julius Le Moyne, tras cincuenta años de práctica médica, escribió: «La inhumación de cuerpos humanos, muertos por enfermedades infecciosas, conlleva una carga constante de la atmósfera y la contaminación de las aguas, no solo con los gérmenes que surgen de la simple putrefacción, sino también con los gérmenes específicos de las enfermedades que causaron la muerte».

«Los gases (procedentes de los cadáveres enterrados) ascenderán a la superficie a través de dos o tres metros de grava, al igual que lo hace el gas de hulla, y prácticamente no hay límite a su capacidad de escape.»

Durante la epidemia en Nueva Orleans en 1853, el Dr. E. H. Barton informó que en el Cuarto Distrito la mortalidad era de cuatrocientas cincuenta y dos por cada mil habitantes, más del doble que en cualquier otro. En este distrito había tres grandes cementerios, en los que durante el año anterior se habían enterrado más de tres mil cuerpos. En otros distritos, la proximidad de los cementerios parecía agravar la enfermedad.

«En 1828, el profesor Bianchi demostró cómo el terrible resurgimiento de la peste en Módena fue causado por las excavaciones en el terreno donde, trescientos años antes , habían sido enterradas las víctimas de la epidemia. El Sr. Cooper, al explicar las causas de algunas epidemias, señala que la apertura del cementerio de Eyam, donde se encontraban enterrados los enfermos de peste, provocó un brote inmediato de la enfermedad». — North American Review, n.º 3, vol. 135.

En un discurso ante la Sociedad Médica de Chicago, en defensa de la cremación, el Dr. Charles W. Purdy hizo algunas comparaciones impactantes para mostrar la carga que supone para la sociedad el entierro de los muertos:

En Estados Unidos, se gasta anualmente en funerales una vez y cuarto más que el gasto del gobierno en educación pública. En 1880, los funerales costaron al país lo suficiente como para saldar las deudas de todas las empresas quebradas en Estados Unidos durante ese mismo año y proporcionar a cada deudor un capital de 8630 dólares para reanudar sus negocios. ¡Los funerales cuestan anualmente más que el valor combinado de la producción de oro y plata de Estados Unidos en 1880! Estas cifras no incluyen las sumas invertidas en cementerios ni las gastadas en tumbas y monumentos, ni la pérdida por depreciación de las propiedades cercanas a los cementerios.



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Para los ricos, la cremación sería tan efectiva como el entierro, ya que las ceremonias asociadas podrían ser tan costosas y ostentosas como un sati hindú; mientras que para los pobres, la cremación sería mejor que el entierro, porque es tan barata {nota al pie [Cuatro o cinco dólares es el costo mínimo.]}, tan barata que los pobres empezarían a imitar a los ricos, lo cual harían tarde o temprano. La adopción de la cremación nos libraría de un montón de chistes manidos sobre entierros; pero, por otro lado, resucitaría muchos chistes viejos y mohosos sobre cremaciones que han descansado durante dos mil años.

Tengo un conocido de color que se gana la vida con trabajos ocasionales y trabajos manuales pesados. Nunca gana más de cuatrocientos dólares al año, y como tiene esposa y varios hijos pequeños, debe ahorrar al máximo para llegar a fin de mes sin deudas. Para un hombre así, un funeral es un desastre financiero colosal. Mientras escribía uno de los capítulos anteriores, este hombre perdió a un niño pequeño. Recorrió el pueblo con un amigo, intentando encontrar un ataúd que estuviera a su alcance. Compró el más barato que encontró, de madera simple, barnizada. Le costó veintiséis dólares. Probablemente habría costado menos de cuatro si hubiera sido construido para guardar algo útil dentro. Él y su familia sentirán ese gasto durante muchos meses.



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Capítulo 43


El arte de la inhumación


Casi al mismo tiempo, me encontré en la calle con un hombre al que no había visto en seis o siete años; y a continuación mantuvimos una conversación parecida a esta. Le dije:

«Pero antes parecías triste y mayor; ahora no. ¿De dónde sacaste tanta juventud y alegría desbordante? Dime la dirección.»



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Se rió alegremente, se quitó la brillante baldosa, señaló un círculo de papel rosa con muescas pegado en la parte superior, con algo escrito en él, y siguió riéndose mientras yo leía: «J. B——, enterrador ». Luego se puso el sombrero, lo inclinó irreverentemente hacia sotavento y gritó:

¡Ese es el problema! Antes, cuando me conocías, las cosas iban mal: el negocio de los seguros, ya sabes; muy irregular. Un gran incendio, sí, pero diez días de mucho trabajo mientras la gente estaba asustada; después, un negocio de pólizas aburrido hasta el siguiente incendio. En pueblos como este no hay incendios con la suficiente frecuencia; uno tiene tantas semanas malas seguidas que se desanima. ¡Pero claro que sí, este es el negocio! La gente no espera a que los ejemplos desaparezcan. No, señor, van desapareciendo enseguida; en el negocio de las funerarias no hay ni un solo momento aburrido. Empecé con dos o tres ataúdes viejos y un coche fúnebre alquilado, ¡y mira cómo está ahora! He montado un negocio que satisfaría a cualquiera, sin importar quién sea. Hace cinco años, vivía en un ático; ahora vivo en una casa estupenda, con tejado abuhardillado y todas las comodidades modernas.

¿Un ataúd da tanto dinero? ¿Se obtiene mucha ganancia con un ataúd?

'¡Vete! ¡Cómo hablas!' Luego, con un guiño cómplice, bajando la voz y colocando su impresionante mano sobre mi brazo; 'Mira, hay una cosa en este mundo que nunca es barata. Es un ataúd. Hay una cosa en este mundo por la que nadie intentará engañarte. Es un ataúd. Hay una cosa en este mundo por la que nadie dirá: "Voy a mirar un poco, y si no encuentro nada mejor, volveré y lo compraré". Es un ataúd. Hay una cosa en este mundo por la que nadie aceptará madera de pino si puede conseguir nogal; y no aceptará madera de nogal si puede conseguir caoba; y no aceptará caoba si puede conseguir un ataúd de hierro con placa de plata en la puerta y asas de bronce. Es un ataúd. Y hay una cosa en este mundo por la que no tienes que preocuparte de que alguien pague. Y es un ataúd. ¿Un funeral? —es el negocio más seguro de la cristiandad, y también el más snob.



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«¡Miren esto! Un hombre rico no aceptará nada más que lo mejor de ti; y puedes darle todo lo que quieras, darle todo lo que quieras y no se quejará jamás. En cambio, si contratas a un hombre pobre y lo haces trabajar bien, se dejará la piel con una sola puesta. O sobre todo si se trata de una mujer. Por ejemplo: la señora O'Flaherty entra, viuda, secándose las lágrimas y gimiendo. Se quita un pañuelo de un ojo, lo mira con ojos llorosos sobre la tela; dice...»

'¿Y qué podrías pedir por ese vestido?'

—Treinta y nueve dólares, señora —digo yo.

«Es un precio muy alto, sí, pero Pat será enterrado como un caballero, como lo fue, aunque tenga que matarme a trabajar para conseguirlo. Lo haré, señor.»

—Sí, señora —dije—, y es muy bueno, además; no es caro, desde luego, pero en esta vida hay que ajustarse a las posibilidades, como dice el refrán. Y mientras ella se dispone a marcharse, añadí, con cierta indiferencia: —Este, con el forro de satén blanco, es una preciosidad, pero me temo que… bueno, sesenta y cinco dólares es bastante… bastante… pero da igual, me sentí obligado a decírselo a la señora O'Shaughnessy…

'“¿Sabes que Bridget O'Shaughnessy compró el compañero para esa caja joo-ul para enviar a ese diablo borracho al Purgatorio?”

—Sí, señora.

«Entonces Pat irá al cielo en la versión gemela, si aguanta el último golpe que puedan dar los O'Flaherties; y ojo, añádele algunos extras también, y te daré otro dólar».



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«Y mientras yacía en la caballeriza, por supuesto no olvido mencionar que la señora O'Shaughnessy alquiló carruajes por valor de cincuenta y cuatro dólares y le puso tanto lujo al funeral de Dennis como si hubiera sido un duque o un asesino. Y claro, llegó y se fue con unos cuatro carruajes y un autobús más. Eso era lo que se hacía antes, pero ahora ya no se juega; al menos, en este pueblo. Los irlandeses llegaron a acumular tantos carruajes en sus funerales que estos los dejaban harapientos y hambrientos durante dos años; así que el cura intervino y lo arregló todo. Ahora solo les permite tener dos carruajes, y a veces solo uno.»

—Bueno —dije—, si sois tan alegres y joviales en tiempos normales, ¿cómo seréis durante una epidemia?

Negó con la cabeza.

—No, te equivocas. No nos gusta ver una epidemia. Una epidemia no da beneficios. Bueno, claro que no me refiero exactamente a eso; pero no da beneficios en proporción a lo normal. ¿No se te ocurre por qué?

No.

'Pensar.'

'No puedo ni imaginarlo. ¿Qué es?'

Son solo dos cosas.

'Bueno, ¿qué son?'

'Uno se está embalsamando.'

¿Y cuál es la otra?

'Hielo.'

¿Cómo es eso?



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Bueno, en tiempos normales, una persona muere y la colocamos en hielo; uno, dos, quizás tres días, esperando a que lleguen los amigos. Se necesita mucho hielo, se derrite rápido. Cobramos precios de joyería por ese hielo y precios de guerra por la asistencia. Bueno, ¿sabes?, cuando hay una epidemia, los llevan al cementerio en cuanto exhalan el último aliento. No hay mercado para el hielo en una epidemia. Lo mismo ocurre con el embalsamamiento. Si tomas una familia que puede embalsamar, tienes algo blando. Puedes mencionar dieciséis maneras diferentes de hacerlo —aunque no hay solo una o dos, cuando te pones a pensar en el fondo— y siempre elegirán la más cara. Es la naturaleza humana, la naturaleza humana en el duelo. No razona, ¿entiendes? Por el momento, no le importa nada. Lo único que quiere es la inmortalidad física para el difunto, y están dispuestos a pagar por ella. Lo único que tienes que hacer es estar tranquilo y acumularlo; aguantarán el ruido. ¡Vaya, hombre! Puedes coger un muerto que no podrías regalar ; rodearte de tus trampas de embarrado y ponerte a trabajar; y en un par de horas vale seiscientos, eso es lo que vale . No hay nada igual, salvo cambiar ratas por diamantes en tiempos de hambruna. Bueno, ¿no ves? Cuando hay una epidemia, la gente no espera para embarrar. No, de hecho no lo hacen; y eso perjudica al negocio como el infierno, como decimos, como el infierno, ¿ entiendes ? Nuestro pequeño chiste del oficio. Bueno, me tengo que ir. Llámame cuando necesites algo, quiero decir, cuando pases por aquí alguna vez.

En su jovialidad desbordante, él mismo fue quien exageró, si es que lo hizo. No me he extendido en sus comentarios.

Con las breves referencias anteriores a la inhumación, dejemos el tema. En cuanto a mí, espero ser incinerado. Le hice ese comentario a mi pastor una vez, quien dijo, con lo que parecía creer que era una manera impresionante:

«Yo no me preocuparía por eso si tuviera tus oportunidades». Sabía mucho al respecto; toda la familia se oponía rotundamente.



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Capítulo 44


Lugares de interés de la ciudad


La antigua parte francesa de Nueva Orleans —antiguamente la española— no guarda ninguna semejanza con la zona americana de la ciudad: la zona americana que se extiende más allá del centro comercial de ladrillo que la separa. Las casas se agrupan en bloques; son austeras, sencillas y dignas; de diseño uniforme, con alguna que otra excepción que resulta agradable; todas están enlucidas por fuera y casi todas tienen largas galerías con barandillas de hierro que recorren los distintos pisos. Su principal belleza reside en el profundo y cálido tono multicolor con el que el tiempo y las inclemencias del clima han enriquecido el enlucido. Armoniza con todo el entorno y se integra en él con la misma naturalidad que el rubor de las nubes al atardecer. Esta encantadora decoración es irrepetible; tampoco se encuentra en ningún otro lugar de Estados Unidos.



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Las barandillas de hierro también son una especialidad. El diseño suele ser sumamente ligero y delicado, etéreo y elegante, con un gran monograma o cifra en el centro, una delicada telaraña de formas intrincadas y desconcertantes, forjadas en acero. Las barandillas antiguas están hechas a mano y ahora son relativamente raras y, por consiguiente, valiosas. Se han convertido en objetos de colección .

El grupo tuvo el privilegio de pasear tranquilamente por este antiguo barrio de Nueva Orleans con el genio literario más destacado del Sur, el autor de «Los Grandísimos». En él, el Sur ha encontrado un maestro en la descripción de su vida interior y su historia. En verdad, he comprobado por experiencia que el ojo inexperto y la mente ociosa pueden examinarla, aprender de ella y juzgarla con mayor claridad y provecho a través de sus libros que mediante el contacto directo con ella.

Con el señor Cable a tu lado para que te guíe, describa, explique e ilumine, un paseo por ese barrio antiguo es un placer intenso. Y tienes una vívida sensación de cosas invisibles o apenas perceptibles: vívidas, pero a la vez intermitentes y sombrías; vislumbras rasgos destacados, pero pierdes los matices o los captas imperfectamente a través de la visión de la imaginación: un caso, por así decirlo, de un forastero ignorante y miope que recorre el borde de los amplios y vagos horizontes de los Alpes con un nativo inspirado e ilustrado, de vista aguda.

Visitamos el antiguo Hotel St. Louis, ahora ocupado por oficinas municipales. No tiene nada particularmente destacable; pero se puede decir de él, al igual que de la Academia de Música de Nueva York, que si alguna vez se ha usado una escoba o una pala, no hay pruebas que lo confirmen. Es curioso que no crezcan repollos, heno ni otras plantas en la Academia de Música; sin duda se debe a la obstrucción de la luz por los bancos y a la imposibilidad de cultivarlos salvo en los pasillos. El hecho de que los acomodadores cultiven sus ramilletes en el recinto demuestra lo que se podría lograr si contaran con la mentalidad agrícola adecuada.

También visitamos la venerable Catedral y la bonita plaza frente a ella; una tenuemente iluminada por la luz religiosa, la otra brillante con la luz mundana, y encantadora con naranjos y arbustos en flor; luego condujimos bajo el sol abrasador a través del desierto de casas y salimos a la amplia y desolada llanura más allá, donde están las villas, y las norias para drenar la ciudad, y los terrenos comunales poblados de vacas y niños; pasando por un antiguo cementerio donde nos dijeron que yacían las cenizas de un antiguo pirata; pero lo tomamos en cuenta y no lo visitamos. Era un pirata con una historia tremenda y sangrienta; y mientras se mantuvo intachable, en su retiro, la dignidad de su nombre y la grandeza de su antigua profesión, el homenaje y la reverencia fueron suyos por doquier; pero cuando finalmente descendió a la política y se convirtió en un insignificante concejal, el público lo "estremeció", se apartó y lloró. Cuando murió, le erigieron un monumento; y poco a poco ha vuelto a ser respetado; Pero se trata de respeto hacia el pirata, no hacia el concejal. Hoy, los leales y generosos solo recuerdan lo que fue y, con benevolencia, olvidan en qué se convirtió.



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Desde allí, condujimos unos kilómetros a través de un pantano, por un camino elevado de conchas, con un canal a un lado y un denso bosque al otro; y aquí y allá, a lo lejos, un ciprés desgarbado, de ramas angulosas y barba de musgo, con la copa erguida, recortado nítidamente contra el cielo, y de una forma tan peculiar como los manzanos en las pinturas japonesas: tal era nuestro camino y el entorno que lo rodeaba. De vez en cuando, veíamos algún caimán nadando tranquilamente por el canal, y alguna que otra figura pintoresca de color en la orilla, proyectando su imagen inmóvil sobre el agua tranquila, esperando un bocado.

Y al poco rato llegamos al West End, un conjunto de hoteles típicos de los balnearios veraniegos, con amplias verandas por todas partes y las olas del ancho y azul lago Pontchartrain lamiendo las entradas. Cenamos en una veranda sobre el agua; el plato principal fue el famoso pez llamado pámpano, delicioso como los pecados menos pecaminosos.



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Miles de personas llegan cada tarde en tren y en carruaje a West End y a Spanish Fort, donde cenan, escuchan a las bandas, pasean al aire libre bajo las luces eléctricas, navegan por el lago y se entretienen de diversas maneras.

En otros días y lugares tuvimos la oportunidad de probar el pámpano. En particular, en una cena editorial en uno de los clubes de la ciudad. Allí se encontraba en su máximo esplendor, haciendo honor a su fama. En su suite había una alta pirámide de cangrejos de río rojos —grandes, del tamaño de un pulgar—, delicados, sabrosos y apetitosos. También había alevines rellenos, gambas de primera calidad y una fuente de pequeños cangrejos de caparazón blando de una raza excepcional. Los demás platos eran del gusto de un restaurante como Delmonico's o el Palacio de Buckingham; supongo que los que he mencionado solo se pueden encontrar con la misma perfección en Nueva Orleans.

En el Oeste y el Sur tienen una nueva institución: la Brigada de la Escoba. Está compuesta por señoritas que visten uniforme y realizan ejercicios de infantería, pero con escobas en lugar de mosquetes. Es un espectáculo muy bonito, visto en privado. Cuando actúan en el escenario de un teatro, entre el resplandor de las llamas de colores, debe ser un espectáculo magnífico y fascinante. Las vi realizar su complejo manual con gracia, entusiasmo y admirable precisión. Las vi hacer todo lo que un ser humano puede hacer con una escoba, excepto barrer. No las vi barrer. Pero sé que podrían aprender. Lo que ya han aprendido lo demuestra. Y si alguna vez aprendieran y se lanzaran a la batalla por Tchoupitoulas o alguna de las otras calles de los alrededores, esas vías lucirían mucho mejor en cuestión de minutos. Pero las chicas no lo harían; así que, al fin y al cabo, no se ganaría nada.



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El ejercicio tuvo lugar en el edificio de la Artillería de Washington. En este edificio vimos muchas reliquias interesantes de la guerra. También un magnífico óleo que representa la última entrevista de Stonewall Jackson con el general Lee. Ambos hombres están a caballo. Jackson acaba de llegar y se dirige a Lee. El cuadro es muy valioso por los retratos, que son auténticos. Pero, como muchas otras imágenes históricas, no significa nada sin su etiqueta. Y una etiqueta le quedaría tan bien como cualquier otra.

Primera entrevista entre Lee y Jackson.

Última entrevista entre Lee y Jackson.

Jackson se presenta a Lee.

Jackson acepta la invitación de Lee a cenar.

Jackson rechaza la invitación de Lee a cenar, agradeciéndole su interés.

Jackson pide disculpas por la dura derrota.

Jackson anuncia una gran victoria.

Jackson le pide a Lee que peleen.

Cuenta una historia, y una suficientemente completa; pues dice con toda claridad y eficacia: «Aquí están Lee y Jackson juntos». El artista habría indicado que se trata de la última entrevista de Lee y Jackson si hubiera podido. Pero no pudo, pues no había manera de hacerlo. Una buena etiqueta legible suele valer, en cuanto a información, mucho más que una gran cantidad de gestos y expresiones significativas en una imagen histórica. En Roma, personas de naturaleza sensible se ponen de pie y lloran ante el célebre retrato de «Beatrice Cenci el día antes de su ejecución». Esto demuestra el poder de una etiqueta. Si no conocieran la imagen, la observarían impasibles y dirían: «Niña con fiebre del heno; niña con la cabeza en una bolsa».

Encontré las entonaciones y elisiones sureñas casi olvidadas tan agradables a mi oído como antes. Un sureño habla de música. Al menos para mí es música, pero claro, yo nací en el Sur. El sureño culto no usa la r, excepto al principio de una palabra. Dice 'honah', y 'dinnah', y 'Gove'nuh', y 'befo' the waw', y así sucesivamente. Puede que las palabras carezcan de encanto a la vista, impresas, pero lo tienen al oído. ¿Cuándo desapareció la r del habla sureña, y cómo desapareció? La costumbre de omitirla no fue tomada prestada del Norte, ni heredada de Inglaterra. Muchos sureños —la mayoría— ponen ay en palabras ocasionales que empiezan con el sonido de la k. Por ejemplo, dicen Sr. K'yahtah (Carter) y hablan de tocar k'yahds o de montar en k'yahs. Y conservan la agradable costumbre —que hace tiempo cayó en desuso en el Norte— de emplear con frecuencia el respetuoso «Señor». En lugar del seco «Sí» y el brusco «No», dicen «Sí, señor» y «No, señor».



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Pero hay algunos errores. Por ejemplo, usar «like» en lugar de «as» y añadir «at» donde no es necesario. Oí a un caballero culto decir: «Como lo hizo el almirante». Su cocinero o su mayordomo habrían dicho: «Como lo hizo el almirante». Se oye a caballeros decir: «¿Dónde has estado?». Y aquí viene la forma agravada: oí a un árabe callejero andrajoso decírselo a un compañero: «Le estaba preguntando a Tom qué estabas haciendo». Los más selectos dicen «will» descuidadamente cuando quieren decir «shall»; y muchos dicen: «No fui a hacerlo», queriendo decir «No tenía intención de hacerlo». La palabra norteña «guess» (suponer), importada de Inglaterra, donde solía ser común, y ahora considerada por los ingleses satíricos como una invención yanqui, apenas se usa entre los sureños. Ellos dicen «reckon» (calcular). No tienen ningún «doesn't» en su idioma; dicen «don't» en su lugar. Los menos refinados a menudo usan «went» en lugar de «gone». Es casi tan malo como el «hadn't ought» del norte. Esto me recuerda que hace unos días se hizo un comentario muy peculiar aquí en mi vecindario (en el norte): «He hadn't ought to have went». ¿Cómo es eso? ¿No es un gran triunfo? Uno conoce los órdenes combinados en la arquitectura de esta mezcla sin preguntar: un progenitor norteño, el otro sureño. Hoy oí a una maestra preguntar: «¿Dónde se ha ido John?». Esta forma es tan común —tan casi universal, de hecho— que si hubiera usado «whither» en lugar de «where», creo que habría sonado a afectación.

Aprendimos una palabra excelente, una palabra que valía la pena buscar en Nueva Orleans; una palabra agradable, flexible, expresiva y práctica: «lagniappe». La pronuncian «lanny-yap». Es española, según dijeron. La descubrimos al principio de una columna de curiosidades en el Picayune el primer día; la oímos usar a veinte personas el segundo; preguntamos qué significaba el tercero; la adoptamos y aprendimos a usarla con soltura el cuarto. Tiene un significado restringido, pero creo que la gente la usa un poco más cuando quiere. Es el equivalente al decimotercer panecillo de una docena de panadero. Es algo que se añade gratis, por si acaso. La costumbre se originó en el barrio español de la ciudad. Cuando un niño o un sirviente compra algo en una tienda —o incluso el alcalde o el gobernador, por lo que sé— termina la operación diciendo:

'Dame algo de propina.'



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El tendero siempre responde; le da al niño un poco de raíz de regaliz, le da al sirviente un cigarro barato o un carrete de hilo, le da al gobernador... no sé qué le da al gobernador; apoyo, probablemente.

Cuando te invitan a tomar algo, y esto ocurre de vez en cuando en Nueva Orleans, y dices: "¿Qué, otra vez? No, ya he bebido suficiente", la otra persona dice: "Pero solo una vez más, esto es de regalo". Cuando el galán se da cuenta de que está exagerando con los halagos y ve en el rostro de la joven que la conversación habría sido mejor sin el primer halago, reduce su "Disculpe, no fue mi intención", a la forma más breve de "Oh, esto es de regalo". Si el camarero del restaurante tropieza y derrama un chorrito de café sobre tu nuca, dice "De regalo, señor" y te trae otra taza sin cargo adicional.



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Capítulo 45


Deportes del Sur


En el Norte, se oye hablar de la guerra en conversaciones informales una vez al mes; a veces, incluso una vez por semana; pero como tema de conversación independiente, hace tiempo que dejó de serlo. Hay razones de sobra para ello. Si hoy se reúne a cenar con seis caballeros, es muy probable que cuatro de ellos —y posiblemente cinco— no hayan estado en el frente. Así pues, las probabilidades son de cuatro a dos, o cinco a uno, de que la guerra no se convierta en tema de conversación en ningún momento de la velada; y las probabilidades son aún mayores de que, si se convierte en tema, solo lo sea por un breve instante. Si se añaden seis damas a la mesa, se suman seis personas que vieron tan poco de las terribles realidades de la guerra que hace años que dejaron de hablar de ella y ahora se cansarían rápidamente del tema si se mencionara.

En el Sur, la situación es muy diferente. Allí, todo hombre que uno conoce participó en la guerra, y toda mujer la presenció. La guerra es el tema principal de conversación. El interés es intenso y constante; el interés en otros temas es fugaz. Mencionar la guerra anima a una compañía aburrida y hace que sus conversaciones fluyan, cuando casi cualquier otro tema fracasaría. En el Sur, la guerra es lo que la AD es en otros lugares: se remonta a ella. Todo el día se oyen cosas que se sitúan como ocurridas desde la guerra; o durante la guerra; o antes de la guerra; o justo después de la guerra; o unos dos, cinco o diez años antes o después de la guerra. Esto demuestra cuán íntimamente cada individuo fue afectado, en su propia persona, por aquel tremendo episodio. Le da al forastero inexperto una idea más clara de lo que es una invasión tan vasta y completa que la que jamás podría obtener leyendo libros junto a la chimenea.



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Una noche, en un club, un caballero se volvió hacia mí y me dijo, en un aparte:

Como habrán notado, casi siempre hablamos de la guerra. No es porque no tengamos nada más de qué hablar, sino porque nada más nos interesa tanto. Y hay otra razón: durante la guerra, cada uno de nosotros, a su manera, parece haber experimentado todas las facetas de la vida humana; por consiguiente, es imposible mencionar cualquier tema ajeno a la guerra sin que a algún oyente le recuerde algo que ocurrió durante la misma, y ​​lo saca a relucir. Claro que eso nos lleva de nuevo al tema de la guerra. Por mucho que intentemos mantener otros temas de conversación, y todos podemos participar, pero el resultado es inevitable: el tema más trivial abrumaría a todos con recuerdos de la guerra y los dejaría sin palabras; y la conversación probablemente se detendría enseguida, porque no se pueden decir trivialidades cuando se tiene un hecho o una fantasía visceral en la cabeza que uno anhela expresar.

El poeta estaba sentado a poca distancia; y al poco rato comenzó a hablar... sobre la luna.

El caballero que me había estado hablando comentó aparte: «Ahí, la luna está bastante lejos del escenario de la guerra, pero verás que le sugerirá algo a alguien sobre la guerra; dentro de diez minutos, la luna, como tema, quedará en el olvido».

El poeta decía que había notado algo que le sorprendió; había tenido la impresión de que aquí abajo, hacia el ecuador, la luz de la luna era mucho más fuerte y brillante que en el norte; había tenido la impresión de que cuando visitó Nueva Orleans, hace muchos años, la luna...

Interrupción desde el otro extremo de la habitación—

Déjame explicarte. Me recuerda una anécdota. Todo ha cambiado desde la guerra, para bien o para mal; pero aquí encontrarás gente quejica por naturaleza, que no ve ningún cambio excepto el que va a peor. Había una anciana negra de ese tipo. Un joven neoyorquino le dijo: «¡Qué luna tan maravillosa tienes aquí!». Ella suspiró y dijo: «¡Ay, Dios mío, cariño, deberías haber visto esa luna antes de la guerra!».

El nuevo tema ya estaba muerto. Pero el poeta lo resucitó y le dio un nuevo comienzo.

Se produjo una breve discusión sobre si la diferencia entre la luz de la luna del Norte y la del Sur existía realmente o era solo una ilusión. La conversación sobre la luz de la luna derivó fácilmente en una charla sobre métodos artificiales para disipar la oscuridad. Entonces alguien recordó que cuando Farragut avanzó sobre Port Hudson en una noche oscura —y no quiso ayudar a la puntería de los artilleros confederados— no llevaba linternas de batalla, sino que pintó las cubiertas de sus barcos de blanco, creando así una luz tenue pero valiosa que permitió a sus hombres orientarse con considerable facilidad. En ese momento, la guerra volvió a tomar la palabra; aún no habían transcurrido los diez minutos.

No lo lamenté, pues las conversaciones sobre la guerra dichas por hombres que han estado en ella siempre son interesantes; mientras que las divagaciones lunares de un poeta que no ha estado en la luna probablemente resulten aburridas.

Fuimos a una pelea de gallos en Nueva Orleans un sábado por la tarde. Nunca antes había visto una. Había hombres y muchachos de todas las edades, razas, idiomas y nacionalidades. Pero noté una ausencia bastante llamativa y sorprendente: las tradicionales caras de furia. No había ninguna. Sin peleas de gallos, se podría haber organizado una reunión de oración con un desconocido; y después de que comenzara, un avivamiento espiritual —siempre y cuando le vendaras los ojos—, porque los gritos eran ensordecedores.



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Un negro y un hombre blanco estaban en el ruedo; todos los demás afuera. Los gallos fueron traídos en sacos; y cuando se dio el aviso, los sacaron los dos encargados de las botellas, los acariciaron, los empujaron el uno hacia el otro y finalmente los liberaron. El gran gallo negro se abalanzó al instante sobre el pequeño gallo gris y lo golpeó en la cabeza con su espuela. El gris respondió con brío. Entonces estalló la Babel de los gritos de muchas lenguas, y no cesó desde entonces. Cuando los gallos llevaban un rato peleando, esperaba que cayeran muertos en cualquier momento, pues ambos estaban ciegos, rojos de sangre y tan exhaustos que se caían con frecuencia. Sin embargo, no se rendían, ni morían. El negro y el hombre blanco los levantaban cada pocos segundos, los limpiaban, les echaban agua fría en un fino rocío y les tomaban la cabeza con la boca y la mantenían allí un momento, tal vez para reavivar la vida que se extinguía; no lo sé. Luego, al ser depositadas de nuevo en el suelo, las criaturas moribundas se tambaleaban a tientas, arrastrando las alas, se encontraban entre sí, se asestaban uno o dos golpes a ciegas y caían exhaustas una vez más.

No vi el final de la batalla. Me obligué a soportarla todo lo que pude, pero era una escena demasiado lamentable; así que lo confesé con franqueza y nos retiramos. Después supimos que el gallo negro murió en la arena, luchando hasta el último momento.

Evidentemente, este «deporte» despierta una gran fascinación entre quienes lo conocen mínimamente. Jamás vi a nadie disfrutar tanto de nada como los asistentes a esta pelea. Lo mismo ocurría con los ancianos y con los niños de diez años. Se entregaban a un frenesí de deleite. La «caza de gallos» es un espectáculo inhumano, no cabe duda; sin embargo, parece un deporte mucho más respetable y menos cruel que la caza del zorro, pues a los gallos les gusta; experimentan y, a la vez, disfrutan; algo que no sucede con el zorro.

Un día asistimos —en el sentido francés— a una carrera de mulas. Creo que disfruté de esta competición más que de cualquier otra mula presente. La disfruté más que de cualquier otra carrera de animales que haya visto. La tribuna estaba repleta de la belleza y la caballerosidad de Nueva Orleans. Esa frase no es mía. Es del periodista sureño. La ha usado durante dos generaciones. La usa veinte veces al día, o veinte mil veces al día; o un millón de veces al día, según las circunstancias. Se ve obligado a usarla un millón de veces al día si tiene ocasión de hablar de hombres y mujeres respetables con tanta frecuencia; pues no tiene otra frase para tal fin que esa. Nunca se cansa de ella; siempre le suena bien. Hay en ella una especie de pomposidad medieval y ostentación que complace su alma bárbara y extravagante. Si hubiera estado en Palestina en los primeros tiempos, no habríamos oído hablar de «mucha gente» de su parte. No, él habría dicho «la belleza y la caballerosidad de Galilea» reunidas para escuchar el Sermón de la Montaña. Es probable que los hombres y mujeres del Sur estén hartos de esa frase a estas alturas y deseen un cambio, pero no hay perspectivas inmediatas de que lo consigan.

El editor de Nueva Orleans tiene un estilo fuerte, conciso, directo y sin florituras; no desperdicia palabras ni se explaya en excesos. No ocurre lo mismo con su corresponsal promedio. En el apéndice he citado una buena carta, escrita por una mano experta; pero el corresponsal promedio utiliza un estilo que difiere de ese. Por ejemplo:

El 'Times-Democrat' envió un vapor de socorro por uno de los pantanos el pasado abril. Este vapor atracó en un pueblo, allá arriba, y el capitán invitó a algunas de las mujeres del pueblo a hacer un corto viaje con él. Aceptaron y subieron a bordo, y el vapor zarpó río arriba. Eso fue todo. Y eso es todo lo que el editor del 'Times-Democrat' habría sacado de ello. No había nada más que estadísticas, y no habría sacado nada más. Probablemente incluso las habría tabulado, en parte para asegurar una claridad perfecta en la declaración y en parte para ahorrar espacio. Pero su corresponsal especial conoce otros métodos para manejar las estadísticas. Simplemente se deshace de toda restricción y se regodea en ellas.

El sábado por la mañana temprano, la belleza del lugar adornó nuestra cabaña, y orgullosa de su valiosa carga, la gallarda barquita se deslizó por el pantano.

Decir que las damas subieron a bordo y que el bote se adentró en el arroyo con veintidós palabras es un desperdicio de diez buenas palabras y, además, perjudica la concisión del mensaje.



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El problema del reportero sureño son las mujeres. Lo desestabilizan; lo hacen perder el equilibrio. Es sencillo, sensato y satisfactorio, hasta que aparece una mujer. Entonces se desmorona; su mente se tambalea, se vuelve florido e idiota. Al leer el fragmento anterior, uno podría pensar que este alumno de Sir Walter Scott es un aprendiz y que no sabe casi nada sobre el manejo de una pluma. Por el contrario, en su larga carta ofrece numerosas pruebas de que sabe manejarla perfectamente cuando las mujeres no están cerca para quejarse de su lenguaje artificial. Por ejemplo…

A las cuatro en punto, nubes amenazantes comenzaron a acumularse en el sureste, y poco después llegó desde el golfo un vendaval que aumentaba de intensidad a cada instante. No era seguro abandonar el muelle entonces, y hubo un retraso. Los robles se despojaron de sus largas ramas musgosas al viento, y el pantano, en su afán, formó pequeñas olas que imitaban a las masas de agua mucho mayores. Una tregua permitió zarpar, y emprendimos el rumbo de regreso a casa, bajo un cielo oscuro y con un fuerte viento soplando. Al caer la noche, pocos a bordo no deseaban estar más cerca de casa.

No hay nada de malo en eso. Es una buena descripción, concisa y bien expresada. Sin embargo, existía una gran tentación de caer en un lenguaje sensacionalista.

Pero volvamos a la mula. Desde que la dejé, he rebuscado y encontrado un informe completo de la carrera. En él encuentro confirmación de la teoría que acabo de plantear: que el problema con el reportero sureño son las mujeres. Mujeres, complementadas con Walter Scott y sus caballeros, belleza y caballerosidad, etcétera. Este es un excelente informe, siempre y cuando las mujeres se mantengan al margen. Pero cuando se entrometen, tenemos este resultado frenético...

«Probablemente pasará mucho tiempo antes de que la tribuna de las damas presente un mar de belleza espumosa como el de ayer. Las mujeres de Nueva Orleans siempre son encantadoras, pero nunca tanto como en esta época del año, cuando, con sus delicados trajes de primavera, traen consigo un soplo de frescura balsámica y un aroma a santidad indescriptible. La tribuna estaba tan abarrotada que, caminando a sus pies sin ver posibilidad de acercarse, muchos hombres apreciaron como nunca antes la sensación de Peri ante las Puertas del Paraíso, y se preguntaron cuál sería el don invaluable que les permitiría acceder a su sagrada presencia. Resplandecía sobre sus pechos u hombros vestidos de blanco los colores de sus caballeros favoritos, y si no fuera porque los valerosos héroes aparecían montados en mulas poco románticas, habría sido fácil imaginar uno de los días de fiesta del Rey Arturo.»

En la primera tanda había trece mulas; de toda clase, con distintos tonos de piel, andares, temperamentos y aspecto. Algunas eran hermosas, otras no; algunas lucían un pelaje brillante, otras parecían no haber sido cepilladas últimamente; algunas eran inocentemente alegres y juguetonas; otras rebosaban malicia y maldad. A juzgar por su aspecto, algunas creían que se trataba de una guerra, otras de una broma, y ​​el resto lo tomaba como un acto religioso. Y cada mula actuaba según sus convicciones. El resultado fue una falta de armonía bien compensada por una notable variedad, una variedad pintoresca y entretenida.



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Todos los jinetes eran jóvenes caballeros de la alta sociedad. Si el lector se ha preguntado por qué las damas de Nueva Orleans asisten a una orgía tan humilde como una carrera de mulas, la explicación está ahora. Es una moda pasajera; todos los involucrados son gente de la alta sociedad.

Es muy divertido y goza de gran popularidad. La carrera de mulas es uno de los eventos más destacados del año. Ha traído a algunas mulas muy veloces a la cabeza. Una de ellas tuvo que ser descartada, porque era tan rápida que convirtió la carrera en una competencia individual, privándola de una de sus mejores características: la variedad. Pero de vez en cuando, alguien la disfraza con un nombre y una apariencia nuevos, y la vuelve a inscribir.

Los jinetes visten trajes completos de jockey, confeccionados con sedas, satenes y terciopelos de colores brillantes.

Las trece mulas escaparon en grupo, tras un par de salidas en falso, y huyeron con un ímpetu prodigioso. Como cada mula y cada jinete tenía una opinión distinta sobre cómo debía correrse la carrera, qué lado de la pista era mejor en determinadas circunstancias, con qué frecuencia debía cruzarse la pista, cuándo debía producirse una colisión y cuándo debía evitarse, estas veintiséis opiniones contradictorias crearon una confusión de lo más fantástica y pintoresca, y el espectáculo resultante fue tremendamente cómico.



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Carrera de una milla; tiempo: 2:22. Ocho de las trece mulas se distanciaron. Aposté por una mula que habría ganado si la procesión se hubiera invertido. La segunda carrera fue muy divertida, al igual que la "carrera de consolación para las mulas derrotadas", que tuvo lugar más tarde; pero la primera carrera fue la mejor en ese sentido.

Creo que la carrera de barcos de vapor es, sin duda, la más divertida de todas; pero, después de esa, prefiero la alegre y divertida carrera de mulas. Dos barcos de vapor al rojo vivo avanzando a toda velocidad, codo con codo, poniendo a prueba cada nervio —es decir, cada remache de las calderas— temblando, sacudiéndose y gimiendo de proa a popa, expulsando vapor blanco por los tubos, arrojando humo negro por las chimeneas, haciendo llover chispas, abriendo el río en largas olas de espuma siseante: este es un deporte que hace que hasta el hígado se estremezca de placer. Una carrera de caballos es bastante dócil e insípida en comparación. Aun así, una carrera de caballos podría estar bien, a su manera, quizás, si no fuera por las tediosas salidas en falso. Pero claro, nadie muere. Al menos, nadie murió cuando yo estuve en una carrera de caballos. Han quedado lisiados, es cierto; pero eso no viene al caso.









Capítulo 46


Encantamientos y hechiceros


El evento anual más grande de Nueva Orleans es algo que llegamos demasiado tarde para experimentar: las festividades del Mardi Gras. Vi la procesión de la Banda Mística de Comus allí, hace veinticuatro años, con caballeros y nobles, etc., vestidos con espléndidas telas de seda y oro hechas en París, planeadas y compradas para esa única noche; y en su séquito toda clase de gigantes, enanos, monstruosidades y otras grotescas divertidísimas, un espectáculo sorprendente y maravilloso, mientras desfilaba solemne y silenciosamente por la calle a la luz de sus antorchas humeantes y parpadeantes; pero se dice que en estos últimos días el espectáculo ha aumentado enormemente, en cuanto a costo, esplendor y variedad. Hay un personaje principal, 'Rex'; y si mal no recuerdo, ni este rey ni ninguno de sus numerosos subordinados son conocidos por nadie ajeno a la organización. Todas estas personas son caballeros de posición e importancia; y es un orgullo pertenecer a la organización; Así pues, el misterio en el que ocultan su personalidad es simplemente por motivos románticos, y no por la policía.



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El Mardi Gras es, por supuesto, una reliquia de la ocupación francesa y española; pero creo que su componente religioso prácticamente ha desaparecido. Sir Walter se ha ganado la confianza de los caballeros con capucha y rosario, y seguirá haciéndolo. Su espectáculo medieval, complementado con monstruos, rarezas y encantadoras criaturas de cuento de hadas, es más atractivo que las pobres invenciones y representaciones fantásticas de la chusma juerguista de la época sacerdotal, y sirve igual de bien, quizás, para enfatizar la importancia del día y recordar a los hombres que se alcanza el punto de inflexión entre la época mundana y la sagrada.

Este espectáculo de Mardi Gras fue patrimonio exclusivo de Nueva Orleans hasta hace poco. Pero ahora se ha extendido a Memphis, San Luis y Baltimore. Probablemente ha llegado a su límite. Es algo que difícilmente podría existir en el pragmático Norte; sin duda duraría muy poco tiempo, tan poco tiempo como en Londres. Porque su esencia es romántica, no cómica ni grotesca. Si se eliminaran los misterios románticos, los reyes, los caballeros y los títulos grandilocuentes, el Mardi Gras moriría allí en el Sur. El rasgo que lo mantiene vivo en el Sur —el romanticismo cursi— lo mataría en el Norte o en Londres. Puck y Punch, y la prensa universal, se abalanzarían sobre él y lo ridiculizarían sin piedad, y su primera edición sería también la última.

Frente a los crímenes de la Revolución Francesa y de Bonaparte, caben dos beneficios compensatorios: la Revolución rompió las cadenas del Antiguo Régimen y de la Iglesia, transformando una nación de esclavos en una nación de hombres libres; y Bonaparte instituyó la primacía del mérito sobre el linaje, despojando por completo a la realeza de su divinidad, de modo que, mientras que antes los monarcas europeos eran considerados dioses, ahora son solo hombres y jamás podrán volver a serlo, sino meras figuras decorativas, responsables de sus actos como simples mortales. Estos beneficios compensan el daño temporal causado por Bonaparte y la Revolución, y dejan al mundo en deuda con ellos por estos grandes y permanentes servicios a la libertad, la humanidad y el progreso.

Luego llega Sir Walter Scott con sus encantamientos, y con su poder singular frena esta ola de progreso, e incluso la hace retroceder; hace que el mundo se enamore de sueños y fantasmas; de formas de religión decadentes y porcinas; de sistemas de gobierno decadentes y degradados; de las tonterías y vacíos, las falsas grandezas, los falsos galanes y las falsas caballerías de una sociedad descerebrada e inútil que hace mucho que desapareció. Causó un daño incalculable; un daño más real y duradero, quizás, que cualquier otro individuo que haya escrito. La mayor parte del mundo ha sobrevivido a buena parte de estos daños, aunque de ninguna manera a todos ellos; pero en nuestro Sur todavía florecen con bastante fuerza. No con tanta fuerza como hace media generación, quizás, pero aún con fuerza. Allí, la civilización genuina y sana del siglo XIX está curiosamente confundida y mezclada con la falsa civilización medieval de Walter Scott; y así tienes ideas prácticas, de sentido común, progresistas y obras progresistas; Mezclado con el duelo, el discurso ampuloso y el romanticismo pueril de un pasado absurdo, muerto y que, por caridad, debería ser enterrado. De no ser por la enfermedad de Sir Walter, el carácter del sureño —o sureño, según la forma más rígida en que Sir Walter lo expresaba— sería completamente moderno, en lugar de una mezcla de lo moderno y lo medieval, y el Sur estaría una generación más avanzado de lo que es. Fue Sir Walter quien convirtió a cada caballero del Sur en mayor, coronel, general o juez antes de la guerra; y fue él también quien hizo que estos caballeros valoraran estas falsas condecoraciones. Porque fue él quien creó allí el rango y la casta, así como la reverencia por el rango y la casta, y el orgullo y el placer que estos producían. Ya se habla bastante de la esclavitud, sin añadirle las creaciones y contribuciones de Sir Walter.



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Sir Walter influyó tanto en la formación del carácter sureño, tal como existía antes de la guerra, que en gran medida es responsable de la misma. Resulta un tanto duro afirmar, para un hombre fallecido, que nunca habríamos tenido ninguna guerra de no ser por Sir Walter; sin embargo, tal vez se podría esgrimir un argumento plausible en apoyo de esa audaz afirmación. El sureño de la Revolución Americana poseía esclavos; también lo hacía el sureño de la Guerra Civil: pero el primero se asemeja al segundo como un inglés se asemeja a un francés. El cambio de carácter se puede atribuir con mayor facilidad a la influencia de Sir Walter que a la de cualquier otra cosa o persona.

Se puede observar, a través de uno o dos indicios, cuán profundamente penetró esa influencia y cuán fuerte perdura. Si uno toma una revista literaria del norte o del sur de hace cuarenta o cincuenta años, la encontrará repleta de verborrea ampulosa, florida y elocuente, romanticismo y sentimentalismo; todo ello imitado de Sir Walter, y bastante mal ejecutado, por cierto; de hecho, inocentes parodias de su estilo y métodos. Siendo este tipo de literatura la moda en ambas regiones del país, existía la oportunidad para una competencia justa; y, en consecuencia, el sur pudo presentar tantos nombres literarios conocidos, en proporción a su población, como el norte.

Pero se ha producido un cambio, y ya no hay oportunidad para una competencia justa entre el Norte y el Sur. El Norte ha abandonado ese viejo estilo pomposo, mientras que el escritor sureño aún se aferra a él, y como consecuencia, tiene un mercado limitado para sus obras. Por supuesto, en el Sur hay tanto talento literario ahora como siempre lo ha habido; pero su obra apenas tiene repercusión en las condiciones actuales; los autores escriben para el pasado, no para el presente; utilizan formas obsoletas y una lengua muerta. Pero cuando un sureño de genio escribe en inglés moderno, su libro ya no necesita muletas, sino alas; y se difunde rápidamente por toda América e Inglaterra, y a través de las grandes editoriales alemanas de reimpresiones inglesas, como lo demuestra la experiencia del Sr. Cable y el Tío Remus, dos de los poquísimos autores sureños que no escriben al estilo sureño. En lugar de tres o cuatro nombres literarios ampliamente conocidos, el Sur debería tener una docena o dos, y los tendrá cuando la época de Sir Walter llegue a su fin.

Un ejemplo curioso del poder que un solo libro puede tener, para bien o para mal, se observa en los efectos de «Don Quijote» e «Ivanhoe». El primero arrasó con la admiración mundial por la extravagancia caballeresca medieval; el segundo la restauró. En lo que respecta al sur de Estados Unidos, la valiosa obra de Cervantes es prácticamente letra muerta, tal es la eficacia con la que la perniciosa obra de Scott la ha socavado.





Capítulo 47


El tío Remus y el señor Cable


El señor Joel Chandler Harris («Tío Remus») llegaría de Atlanta a las siete de la mañana del domingo; así que nos levantamos y lo recibimos. Pudimos reconocerlo entre la multitud de llegadas en la recepción del hotel gracias a su correspondencia con una descripción suya que nos había proporcionado una fuente fidedigna. Se decía que era de baja estatura, pelirrojo y algo pecoso. Era el único hombre del grupo cuyo aspecto exterior coincidía con esta descripción. Se decía que era muy tímido. Es un hombre tímido. De eso no hay duda. Puede que no se note a simple vista, pero la timidez está ahí. Después de días de intimidad, uno se sorprende al ver que sigue siendo tan fuerte como siempre. Hay una naturaleza noble y hermosa oculta tras ella, como saben todos los que han leído el libro del Tío Remus; y también un gran genio, como todos saben por el mismo signo. Parece que estoy hablando con bastante libertad sobre este vecino; Pero al hablar en público, solo estoy hablando con sus amigos personales, y estas cosas están permitidas entre amigos.



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Decepcionó profundamente a varios niños que habían acudido con entusiasmo a la casa del señor Cable para ver al ilustre sabio y oráculo de las guarderías de la nación. Dijeron:

¡Pero si es blanco!

Estaban apenados por ello. Así que, para consolarlos, trajeron el libro para que pudieran escuchar la historia del Muñeco de Alquitrán del tío Remus de boca del propio tío Remus, o de lo que, a sus ojos indignados, quedaba de él. Pero resultó que nunca había leído en voz alta a nadie y era demasiado tímido para intentarlo ahora. El señor Cable y yo leímos algunos de nuestros libros para mostrarle lo fácil que era; pero su timidez inmortal fue inmune incluso a esta astuta estrategia, así que tuvimos que leer nosotros mismos la historia del Conejo Brer.



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El señor Harris debería ser capaz de leer el dialecto negro mejor que nadie, pues en lo que respecta a escribirlo es el único maestro que ha dado el país. El señor Cable es el único maestro en la escritura de dialectos franceses que ha dado el país; y los lee a la perfección. Fue un verdadero placer oírlo leer sobre Jean-ah Poquelin, sobre Innerarity y su famoso «pigshoo» que representa «Luisiana fusionándose con la Unión», junto con pasajes de dialecto alemán sutilmente matizados de una novela que aún estaba en manuscrito.

En una conversación, se supo que en dos ocasiones el señor Cable se metió en serios problemas por usar en sus libros nombres franceses casi imposibles que, sin embargo, pertenecían a ciudadanos vivos y sensibles de Nueva Orleans. Sus nombres eran inventos o bien los había tomado prestados de un pasado antiguo y obsoleto; no recuerdo bien cuál de las dos opciones era correcta. En cualquier caso, aparecieron personas que los llevaban y se sintieron muy dolidas al ver que se les prestaba tanta atención a ellos y a sus asuntos de una manera tan excesivamente pública.

El señor Warner y yo tuvimos una experiencia similar cuando escribimos el libro titulado «La Edad Dorada». Hay un personaje llamado «Sellers». No recuerdo cuál era su nombre de pila al principio; pero, en cualquier caso, al señor Warner no le gustaba y quería que lo cambiáramos. Me preguntó si podía imaginarme a una persona llamada «Eschol Sellers». Por supuesto, le dije que no podía, ni siquiera sin estimulantes. Me contó que, allá en el Oeste, una vez había conocido, contemplado e incluso estrechado la mano de un hombre con ese nombre imposible: «Eschol Sellers». Añadió...

«Eso fue hace veinte años; probablemente su nombre ya lo haya llevado a la perdición antes; y si no, de todos modos nunca verá el libro. Confiscaremos su nombre. El nombre que usted usa es común y, por lo tanto, peligroso; probablemente haya mil Sellers que lo lleven, y toda la horda vendrá a por nosotros; pero Eschol Sellers es un nombre seguro, es una roca.»

Así que tomamos prestado ese nombre; y cuando el libro llevaba publicado una semana, uno de los hombres blancos más majestuosos, apuestos y de aspecto más aristocrático que jamás haya existido, llamó por ahí con la demanda por difamación más formidable en el bolsillo; bueno, en resumen, obtuvimos su permiso para suprimir una edición de diez millones {nota al pie [Cifras tomadas de memoria y probablemente incorrectas. Creo que fueron más.]} de copias del libro y cambiar ese nombre a 'Mulberry Sellers' en ediciones futuras.



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Capítulo 48


Azúcar y franqueo


Un día, en la calle, me topé con el hombre que, de entre todos los hombres, más deseaba ver: Horace Bixby; antes piloto bajo mi mando —o mejor dicho, sobre mi mando—, ahora capitán del gran vapor «City of Baton Rouge», la última y más veloz incorporación a la Anchor Line. La misma figura esbelta, los mismos rizos apretados, el mismo paso ágil, la misma agudeza, la misma decisión en la mirada y la respuesta en la mano, el mismo porte militar erguido; ni un centímetro de más ni de menos de más, ni un gramo de más ni de menos de más, ni un pelo despeinado. Es curioso dejar a un hombre de treinta y cinco años y volver al cabo de veintiún años y encontrarlo todavía con treinta y cinco. Creo que nunca antes había tenido una experiencia así. Tenía algunas patas de gallo, pero no importaban mucho, ya que eran discretas.

Acababa de llegar su barco. Llevaba varios días esperándolo, con la intención de regresar a San Luis en él. El capitán y yo nos unimos a un grupo de damas y caballeros, invitados del mayor Wood, y navegamos río abajo cincuenta y cuatro millas, en un rápido remolcador, hasta la plantación de azúcar del exgobernador Warmouth. A lo largo del río, río abajo de la ciudad, se extendían varios barcos de vapor viejos, destartalados y en ruinas, ninguno de los cuales había visto antes. Todos habían sido construidos, desgastados y abandonados desde mi última visita. Esto da una idea clara de la fragilidad de un barco del Misisipi y de la brevedad de su vida.



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A seis millas de la ciudad, una gruesa y maltrecha chimenea de ladrillo, que sobresalía entre magnolias y robles, fue señalada como el monumento erigido por una nación agradecida para celebrar la batalla de Nueva Orleans: la victoria de Jackson sobre los británicos, el 8 de enero de 1815. La guerra había terminado, las dos naciones estaban en paz, pero la noticia aún no había llegado a Nueva Orleans. Si hubiéramos tenido el telégrafo por cable en aquellos tiempos, esta sangre no se habría derramado, esas vidas no se habrían perdido; y mejor aún, Jackson probablemente nunca habría sido presidente. Hemos superado los daños que nos causó la guerra de 1812, pero no algunos de los que nos causó la presidencia de Jackson.

La plantación de Warmouth abarca una vasta extensión de terreno, y la hospitalidad de la mansión Warmouth se extiende a la misma escala. Vimos arados de vapor en funcionamiento por primera vez. La locomotora se desplaza sobre sus propias ruedas hasta llegar al lugar requerido; entonces se detiene y, mediante un cable de acero, arrastra el enorme arado hacia sí, doscientos o trescientos metros a través del campo, entre las hileras de caña. La máquina corta el fango negro hasta una profundidad de medio metro. El arado parece un soporte longitudinal de un vapor del río Hudson, invertido. Cuando el timonel negro se sienta en un extremo, este se inclina hacia abajo, cerca del suelo, mientras que el otro se eleva en el aire. Este gran balancín se balancea y cabecea como un barco en alta mar, y no cualquier jinete de circo podría mantenerse sobre él.

La plantación abarca dos mil seiscientas hectáreas; seiscientas cincuenta están sembradas de caña de azúcar; y hay un fértil naranjal de cinco mil árboles. La caña se cultiva siguiendo un método científico moderno y complejo, demasiado elaborado para que yo lo describa; pero el año pasado generó pérdidas de 40 000 dólares. No recuerdo los demás detalles. Sin embargo, la cosecha de este año alcanzará entre diezcientas y mil doscientas toneladas de azúcar, por lo que las pérdidas del año pasado no importarán. Estos métodos científicos, laboriosos y costosos, permiten obtener un rendimiento de una tonelada y media, y de ahí a dos toneladas por hectárea; lo que representa tres o cuatro veces el rendimiento por hectárea en mi época.

Las cunetas estaban repletas de pequeños cangrejos, los llamados "cangrejos violinistas". Se les veía corretear de un lado a otro en todas direcciones al oír cualquier ruido molesto. Estos cangrejos son una plaga costosa, pues perforan los diques y los arruinan.

La gran fábrica de azúcar era un laberinto de tinas, tanques, cubas, filtros, bombas, tuberías y maquinaria. El proceso de elaboración del azúcar es sumamente interesante. Primero, se introduce la caña en las centrífugas para extraer el jugo; luego se pasa por la caldera de evaporación para extraer la fibra; después por el filtro de hueso para eliminar el alcohol; luego por los tanques de clarificación para descargar la melaza; luego por el tubo de granulación para condensarla; y finalmente por la caldera de vacío para extraer el vacío. Ahora está lista para el mercado. He anotado estos detalles de memoria. Parece sencillo y fácil. No se engañen. Elaborar azúcar es realmente una de las cosas más difíciles del mundo. Y hacerlo bien es casi imposible. Si examinan su propia producción de vez en cuando durante un tiempo y registran los resultados, descubrirán que no dos de cada veinte personas pueden elaborar azúcar sin que se le mezclen impurezas.

Podríamos haber bajado hasta la desembocadura del río y visitar la gran obra del capitán Eads, los "espigones", donde el río ha sido comprimido entre muros, y así profundizado hasta veintiséis pies; pero se consideró inútil ir, ya que en ese nivel del agua todo estaría cubierto e invisible.

Podríamos haber visitado ese antiguo y singular pueblo, 'Pilot-town', que se alza sobre pilotes en el agua —según dicen—; donde casi toda la comunicación se realiza en barca y canoa, incluso para asistir a bodas y funerales; y donde los niños y niñas más pequeños son tan hábiles con el remo como los niños que no son anfibios con el velocípedo.



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Podríamos haber hecho muchas otras cosas, pero por falta de tiempo, volvimos a casa. La navegación por el río, con su brisa y sus aguas cristalinas, fue una experiencia encantadora, y habría sido satisfactoriamente sentimental y romántica de no ser por las interrupciones del loro mascota del remolcador, cuyos incansables comentarios sobre el paisaje y los pasajeros eran siempre mundanos y, a menudo, profanos. Además, tenía una abundancia de la risa discordante, ensordecedora y metálica propia de su especie: una risa artificial, una risa de Frankenstein, sin alma. La aplicaba a cada comentario sentimental y a cada canción patética. La soltó con una energía espantosa después de «De vuelta a casa, de vuelta a casa desde una costa extranjera», y dijo que «no le importaría un comino semejante basura». El romance y el sentimentalismo no pueden sobrevivir mucho tiempo a semejante desaliento, así que pronto cesaron el canto y la charla, lo que deleitó tanto al loro que se maldijo a sí mismo hasta quedarse ronco de alegría.



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Entonces los hombres del grupo se trasladaron al castillo de proa para fumar y charlar. Había varios viejos marineros de vapor, y me enteré por ellos de muchas cosas que les habían sucedido a mis antiguos amigos del río durante mi larga ausencia. Supe que un piloto para quien solía trabajar como timón se había convertido en espiritista y que, durante más de quince años, recibía una carta semanal de un pariente fallecido a través de un médium espiritista de Nueva York llamado Manchester. El franqueo variaba según la distancia: de la oficina de correos local de Paradise a Nueva York, cinco dólares; de Nueva York a San Luis, tres centavos. Recuerdo muy bien al Sr. Manchester. Lo visité una vez, hace diez años, con un par de amigos, uno de los cuales quería preguntar por un tío fallecido. Este tío había perdido la vida de una manera particularmente violenta e inusual, hacía unos seis años: un ciclón lo arrastró unos cinco kilómetros y derribó con él un árbol de un metro veinte de diámetro y veinte metros de altura. No sobrevivió a este suceso. En la sesión espiritista a la que me acabo de referir, mi amigo interrogó a su difunto tío a través del Sr. Manchester, y este último transcribió sus respuestas usando la letra y el lápiz del Sr. Manchester. El siguiente es un buen ejemplo de las preguntas formuladas, así como de las respuestas chapuceras y sin sentido que Manchester ofreció bajo el pretexto de que provenían del espectro. Si este hombre no es el farsante más despreciable que existe, le debo una disculpa.

PREGUNTA. ¿Dónde estás?

RESPUESTA. En el mundo espiritual.

P. ¿Eres feliz?

A. Muy feliz. Perfectamente feliz.

P. ¿Cómo te entretienes?

A. Conversación con amigos y otros espíritus.

P. ¿Qué más?

A. Nada más. No es necesario nada más.

P. ¿De qué hablan?

A. Sobre lo felices que somos; y sobre los amigos que quedan en la tierra, y cómo influir en ellos para su bien.

P. Cuando todos tus amigos en la tierra lleguen al mundo espiritual, ¿de qué hablarás entonces? ¿Solo de lo felices que sois todos?

Sin respuesta. Se explica que los espíritus no responden preguntas frívolas.

P. ¿Cómo es posible que los espíritus que se contentan con pasar la eternidad en ocupaciones frívolas, y lo aceptan como felicidad, sean tan quisquillosos con cuestiones frívolas sobre el tema?

Ninguna respuesta.

P. ¿Te gustaría volver?

A. No.

P. ¿Lo diría bajo juramento?

A. Sí.

P. ¿Qué se come allí?

A. No comemos.

P. ¿Qué bebes?

A. Nosotros no bebemos.

P. ¿Qué fumas?

A. No fumamos.

P. ¿Qué lees?

A. No leemos.

P. ¿Toda la gente buena va a tu casa?

A. Sí.

P: Usted conoce mi estilo de vida actual. ¿Puede sugerirme alguna actividad delictiva que me motive a mudarme a otro lugar?

A. Sin respuesta.

P. ¿Cuándo moriste?

A. No morí, fallecí.

P. Muy bien, entonces, ¿cuándo falleció? ¿Cuánto tiempo ha estado en el mundo de los espíritus?

A. Aquí no tenemos medidas de tiempo.

P. Aunque en su estado y entorno actuales pueda mostrarse indiferente e inseguro respecto a las fechas y horas, esto no tiene nada que ver con su estado anterior. En aquel entonces sí tenía fechas. Le pido una de ellas. Usted falleció en un día determinado de un año determinado. ¿No es cierto?

A. Sí.

P. Entonces, di el nombre del día del mes.

(Durante un breve instante, el médium jugueteó con el lápiz, acompañado de violentos espasmos en la cabeza y el cuerpo. Finalmente, explicó que los espíritus suelen olvidar las fechas, pues para ellos no tienen importancia).

P. Entonces, ¿este ha olvidado realmente la fecha de su traslado al mundo de los espíritus?

Se admitió que así era.

P. Esto es muy curioso. Bueno, entonces, ¿en qué año fue?

(Más torpezas, sacudidas y espasmos idiotas por parte del médium. Finalmente, una explicación en el sentido de que el espíritu ha olvidado el año).

P. Esto es realmente estupendo. Permítame hacerle una pregunta más, una última pregunta, antes de que nos separemos para no volver a vernos; pues incluso si no logro evitar su asilo, un encuentro allí no tendrá ningún valor como tal, ya que para entonces usted fácilmente me habrá olvidado a mí y a mi nombre: ¿murió de muerte natural o fue víctima de una catástrofe?

A. (Tras una larga vacilación y muchas convulsiones y espasmos.) Muerte natural .



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Con esto concluyó la entrevista. Mi amigo le contó a la médium que, cuando su pariente estaba en este mundo, poseía una inteligencia extraordinaria y una memoria absolutamente impecable, y que le parecía una gran lástima que no se le hubiera permitido conservar algún vestigio de estas cualidades para su disfrute en el reino de la felicidad eterna, y para el asombro y la admiración del resto de la población.

Este hombre tenía muchos clientes, y aún los tiene. Recibe cartas de espíritus de todos los rincones del mundo espiritual y las envía por todo el país a través del correo estadounidense. Estas cartas están llenas de consejos —consejos de «espíritus» que no saben ni lo que un renacuajo— y quienes las reciben los siguen al pie de la letra. Uno de estos clientes era un hombre al que los espíritus (si es que se puede describir así al ingenioso Manchester) le enseñaban a diseñar una rueda de vagón mejorada. Es un trabajo tosco para un espíritu, pero es una actividad más elevada y saludable que hablar sin cesar de «lo felices que somos».



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Capítulo 49


Episodios en la vida de un piloto


En el transcurso de los chismes del remolcador, se supo que de cada cinco de mis antiguos amigos que habían abandonado el río, cuatro habían elegido la agricultura como ocupación. Por supuesto, esto no se debía a que tuvieran un talento especial para la agricultura y, por lo tanto, más probabilidades de triunfar como agricultores que en otras industrias: la razón de su elección debía atribuirse a otra fuente. Sin duda, eligieron la agricultura porque esa vida es privada y apartada de las irrupciones de extraños indeseables, como la ermita de la caseta del piloto. Y sin duda también la eligieron porque, en mil noches de tormenta negra y peligro, habían observado las luces centelleantes de las granjas solitarias al pasar el barco, e imaginaban la serenidad, la seguridad y la calidez de tales refugios en esos momentos, y así, poco a poco, habían llegado a soñar con esa vida tranquila y apartada como lo único deseable que anhelar, anticipar, ganar y, finalmente, disfrutar.

Pero no supe que ninguno de estos agricultores-pilotos hubiera asombrado a nadie con sus éxitos. Sus granjas no los sustentan: ellas sustentan sus granjas. El agricultor-piloto desaparece del río cada año, al comienzo de la primavera, y no se le vuelve a ver hasta la siguiente helada. Entonces reaparece, con ropa de tela desgastada, se peina para quitarse el heno del pelo y se instala en una caseta de pilotaje para pasar el invierno. De esta manera paga las deudas que ha contraído con su agricultura durante la temporada agrícola. Así, su esclavitud al río solo se ha roto a medias; sigue siendo esclavo del río durante la mitad más dura del año.

Uno de estos hombres compró una granja, pero no se retiró a ella. Conocía un truco que valía el doble. No pretendía arruinar su granja aplicando su ignorancia personal al trabajo. No, puso la granja en manos de un experto agrícola para que la trabajara a partes iguales: de cada tres cargas de maíz, el experto se quedaría con dos y el agricultor con la tercera. Pero al final de la temporada, el agricultor no recibió maíz. El experto explicó que no se había alcanzado su parte. La granja solo produjo dos cargas.

Algunos de los pilotos que conocí habían vivido aventuras; a veces, el desenlace fue afortunado, pero no siempre. El capitán Montgomery, para quien fui su ayudante cuando era piloto, comandó la flota confederada en la gran batalla de Memphis; cuando su barco se hundió, nadó hasta la orilla, se abrió paso entre un pelotón de soldados y escapó valientemente por los pelos. Siempre fue un hombre sereno; nada podía perturbar su tranquilidad. En una ocasión, cuando era capitán del 'Crescent City', yo estaba llevando el barco al puerto de Nueva Orleans y esperaba recibir órdenes de la cubierta de huracanes, pero no las recibí. Había detenido las ruedas, y allí terminaban mi autoridad y responsabilidad. Era de noche, en el crepúsculo tenue; el sombrero del capitán estaba sobre la gran campana, y supuse que allí residía su poder intelectual, pero no era así. El capitán era muy estricto; por lo tanto, sabía que era mejor no tocar una campana sin órdenes. Mi deber era mantener el barco firme en su rumbo desastroso y dejar que las consecuencias se resolvieran por sí solas, lo cual hice. Así que seguimos arrollando las popas de los barcos de vapor, acercándonos cada vez más; el choque era inminente, pero el sombrero seguía en su sitio, pues, por desgracia, el capitán dormía la siesta en el Texas... La situación se estaba volviendo extremadamente tensa e incómoda. Me parecía que el capitán no iba a aparecer a tiempo para presenciar el espectáculo. Pero lo hizo. Justo cuando entrábamos en la popa de un barco de vapor, salió a cubierta y dijo, con una serenidad celestial: «¡Apoya el barco sobre ambos pies!», lo cual hice; aunque un poco tarde, pues al instante siguiente nos estrellamos contra la frágil estructura exterior del otro barco con un estruendo ensordecedor. El capitán no me dirigió la palabra después, salvo para decirme que había hecho bien y que esperaba que no dudara en actuar de la misma manera en circunstancias similares.

Uno de los pilotos que conocí durante mi travesía por el río tuvo una muerte muy honorable. Su barco se incendió y él permaneció al timón hasta que logró atracar a salvo. Luego, salió por la borda con la ropa en llamas y fue la última persona en llegar a tierra. Falleció a causa de sus heridas en el transcurso de dos o tres horas, y fue la única víctima mortal.



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La historia de la navegación en Misisipi ofrece seis o siete ejemplos de este tipo de martirio, y medio centenar de casos de escapes de un destino similar que llegaron a un segundo o dos de ser fatalmente tardíos; pero no hay ningún caso de un piloto que abandonara su puesto para salvar su vida, cuando al permanecer allí y sacrificarla podría haber salvado otras vidas de la muerte. Vale la pena dejar constancia de este noble hecho, y vale la pena destacarlo también.

Al piloto novato se le advierte desde el principio que desprecie todos los peligros relacionados con la profesión y que prefiera cualquier tipo de muerte a la profunda deshonra de abandonar su puesto mientras exista la posibilidad de que pueda ser útil en él. Y estas advertencias se inculcan con tanta eficacia que incluso los pilotos jóvenes y con poca experiencia pueden confiar en que se mantendrán al timón y morirán allí cuando la ocasión lo requiera. En un cementerio de Memphis yace enterrado un joven que pereció al timón hace muchos años, en el río White, para salvar la vida de otros hombres. Le dijo al capitán que si el fuego le daba tiempo para llegar a un banco de arena, a cierta distancia, todos podrían salvarse, pero que aterrizar contra la escarpada orilla del río aseguraría la pérdida de muchas vidas. Llegó al banco y encalló la lancha en aguas poco profundas; pero para entonces las llamas lo habían envuelto y, al escapar a través de ellas, sufrió quemaduras mortales. Le habían instado a volar antes, pero él respondió como debía responder un piloto:

«No me iré. Si me voy, nadie se salvará; si me quedo, nadie se perderá salvo yo. Me quedaré.»

A bordo viajaban doscientas personas, y solo falleció el piloto. En aquel cementerio de Memphis había un monumento a este joven. Durante nuestra escala en Memphis, en nuestro viaje de regreso, salí a buscarlo, pero el tiempo era tan escaso que tuve que regresar antes de lograr mi objetivo.

Los chismes del remolcador me informaron que Dick Kennet había muerto, en una explosión cerca de Memphis; que varios otros conocidos míos habían caído en la guerra, uno o dos de ellos abatidos al timón; que otro amigo muy especial, para quien había realizado muchos viajes, había salido de su casa en Nueva Orleans una noche, años atrás, para cobrar algo de dinero en una zona apartada de la ciudad, y nunca más se le volvió a ver; se creía que había sido asesinado y arrojado al río; que Ben Thornburgh había muerto hacía mucho tiempo; también su salvaje "cachorro", con quien solía pelearme durante todas las guardias diurnas. Era una criatura imprudente e imprudente, siempre metido en líos, siempre haciendo travesuras. Un pasajero de Arkansas subió un oso enorme a bordo un día y lo encadenó a un bote salvavidas en la cubierta de huracanes. El "cachorro" de Thornburgh no pudo descansar hasta que fue allí y desató al oso, para "ver qué hacía". Quedó satisfecho de inmediato. El oso lo persiguió alrededor de la cubierta, durante kilómetros y kilómetros, con doscientos rostros ansiosos sonriendo a través de las barandillas en busca de público, y finalmente le arrebató la cola del abrigo al muchacho y se metió en el Texas para mordisquearla. El vigía salió con presteza y dejó al oso solo. Pronto se sintió solo y salió a buscar diversión. Recorrió todo el barco, visitó cada rincón, con una vanguardia de gente que huía delante de él y un vacío silencioso detrás; y cuando su dueño finalmente lo capturó, esos dos eran los únicos seres visibles en todas partes; todos los demás estaban escondidos, y el barco era un desierto.



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Me contaron que uno de mis amigos pilotos falleció en 1869 a causa de una enfermedad cardíaca. El capitán se encontraba en la cubierta en ese momento. Vio cómo el barco se dirigía hacia la costa; gritó, pero no obtuvo respuesta; subió corriendo y encontró al piloto muerto en el suelo.

El señor Bixby había sido víctima de una explosión en la curva de Madrid; no resultó herido, pero el otro piloto falleció.

George Ritchie había sobrevivido a una explosión cerca de Memphis: la rueda del barco lo lanzó al río y quedó incapacitado. El agua estaba helada; se aferró a un fardo de algodón —principalmente con los dientes— y flotó hasta casi agotarse, momento en que fue rescatado por unos marineros que se encontraban en un trozo del naufragio. Abrieron el fardo, lo envolvieron en el algodón, lo calentaron y lo llevaron a salvo a Memphis. Ahora es uno de los pilotos de Bixby en el 'Baton Rouge'.



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En la vida de un empleado de un barco de vapor, ahora fallecido, se había colado un toque de romance; un romance algo grotesco, pero romance al fin y al cabo. Cuando lo conocí, era un joven holgazán y derrochador, bullicioso, bondadoso, lleno de generosidad despreocupada, y que prometía descaradamente dilapidar sus posibilidades rápidamente y no llegar a nada. En una ciudad del Oeste vivían un anciano extranjero rico y sin hijos y su esposa; y en su familia había una joven atractiva, una especie de amiga, una especie de sirvienta. El joven empleado del que he estado hablando —cuyo nombre no era George Johnson, pero al que llamaré George Johnson para los fines de esta narración— conoció a esta joven, y pecaron; y el anciano extranjero los descubrió y los reprendió. Avergonzados, mintieron y dijeron que estaban casados; que se habían casado en secreto. Entonces el dolor del anciano extranjero sanó, y los perdonó y los bendijo. Después de eso, pudieron continuar su pecado sin ocultarlo. Al poco tiempo, la esposa del extranjero falleció, y poco después él también murió. Amigos de la familia se reunieron para llorar su pérdida, y entre los dolientes se encontraban los dos jóvenes pecadores. El testamento fue abierto y leído solemnemente. ¡Legaba hasta el último centavo de la gran fortuna de aquel anciano a la señora George Johnson!

Y tal persona no existía. Los jóvenes pecadores huyeron entonces e hicieron una gran tontería: se casaron ante un desconocido juez de paz y le hicieron antedatar la fecha. Aquello no sirvió de nada. Los parientes lejanos acudieron en masa y descubrieron la fecha fraudulenta con extrema rapidez y sorprendente facilidad, y se llevaron la fortuna, dejando a los Johnson unidos legítima, legal e irrevocablemente en un honorable matrimonio, pero sin un centavo para sí mismos. Estos son los hechos reales; y no todas las novelas tienen como base una situación tan reveladora.





Capítulo 50


Los 'Jacobs originales'


Hablamos un poco del capitán Isaiah Sellers, fallecido hace muchos años. Era un hombre distinguido, de principios elevados y muy respetado tanto en tierra como en el río. Era muy alto, corpulento y apuesto; y en su vejez —tal como lo recuerdo— su cabello era tan negro como el de un indígena, y su mirada y mano eran tan fuertes y firmes, y su temple y juicio tan lúcidos como los de cualquiera, joven o viejo, entre la hermandad de pilotos. Era el patriarca del oficio; había sido piloto de barcazas antes de la era de los barcos de vapor; y piloto de barcos de vapor antes que cualquier otro piloto de barcos de vapor que aún viviera en la época de la que hablo. En consecuencia, sus compañeros lo veneraban con la reverencia con la que siempre se venera a los ilustres supervivientes de una época pasada. Sabía cómo lo consideraban, y quizás este hecho añadía un toque de rigidez a su dignidad natural, que ya era suficientemente rígida de por sí.

Dejó un diario tras de sí; pero, al parecer, no databa de su primer viaje en barco de vapor, que se dice que fue en 1811, el año en que el primer barco de vapor surcó las aguas del Misisipi. En el momento de su muerte, un corresponsal del 'St. Louis Republican' extrajo los siguientes fragmentos del diario:

En febrero de 1825, embarcó en el vapor "Rambler" en Florence, Alabama, y ​​durante ese año realizó tres viajes de ida y vuelta a Nueva Orleans, esta vez en el "Gen. Carrol", entre Nashville y Nueva Orleans. Fue durante su estancia en este barco que el capitán Sellers introdujo el toque de campana como señal para izar la boya de salida, ya que antes era costumbre que el práctico hablara con los hombres de abajo cuando se necesitaban sondajes. La proximidad del castillo de proa al puente de mando, sin duda, facilitaba esta tarea; pero ¡qué diferente sería en uno de nuestros palacios de hoy en día!

En 1827 lo encontramos a bordo del “President”, un barco de doscientas ochenta y cinco toneladas de carga, que navegaba entre Smithland y Nueva Orleans. De allí se unió al “Jubilee” en 1828, y en este barco realizó su primer trabajo como piloto en la ruta de San Luis; su primera guardia se extendió desde Herculano hasta Santa Genoveva. El 26 de mayo de 1836, completó y partió de Pittsburgh al mando del vapor “Prairie”, un barco de cuatrocientas toneladas, y el primer vapor con camarote de primera clase que se vio en San Luis. En 1857 introdujo la señal para el encuentro de barcos, que, con algunas pequeñas modificaciones, se ha convertido en la costumbre universal hasta nuestros días; de hecho, es obligatoria por ley del Congreso.

'Como datos generales sobre la historia del río, citamos las siguientes notas marginales de su diario de a bordo:

En marzo de 1825, el general Lafayette partió de Nueva Orleans hacia San Luis a bordo del vapor de baja presión "Natchez".

En enero de 1828, veintiún vapores zarparon del muelle de Nueva Orleans para celebrar la visita del general Jackson a esa ciudad.

En 1830, el “North American” realizó el trayecto de Nueva Orleans a Memphis en seis días, el mejor tiempo registrado hasta la fecha. Desde entonces, se ha logrado en dos días y diez horas.

'En 1831 se formó el ramal del río Rojo.

En 1832, el vapor “Hudson” realizó el trayecto desde White River hasta Helena, una distancia de setenta y cinco millas, en doce horas. Esto fue motivo de mucha conversación y especulación entre las partes directamente interesadas.

'En 1839 se formó el ramal de Great Horseshoe.

«Hasta la fecha, un periodo de treinta y cinco años, según consta en su diario, ha realizado cuatrocientos sesenta viajes de ida y vuelta a Nueva Orleans, lo que supone una distancia de un millón ciento cuatro mil millas, o una media de ochenta y seis millas al día».



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Siempre que el capitán Sellers se acercaba a un grupo de pilotos que charlaban, un escalofrío los invadía y la conversación cesaba. La razón era esta: siempre que se reunían seis pilotos, había uno o dos novatos entre ellos, y los mayores se dedicaban a alardear ante estos pobres muchachos, haciéndoles sentir con tristeza su inexperiencia, la reciente nobleza de sus orígenes y su humilde condición, hablando extensamente y con aires de grandeza sobre sus antiguas experiencias en el río; siempre empeñados en remontar todo lo más atrás posible, para que los novatos sintieran su inexperiencia al máximo y envidiaran a los veteranos con la misma intensidad. ¡Y cómo se envanecían , presumían, mentían y se remontaban diez, quince, veinte años atrás! ¡Y cómo disfrutaban del efecto que producían en los jóvenes, maravillados y envidiosos!

Y tal vez justo en este momento tan especial, la imponente figura del capitán Isaiah Sellers, ese auténtico y único Hijo de la Antigüedad, irrumpiría solemnemente en medio. Imaginen el profundo silencio que se produciría al instante. E imaginen la emoción de aquellos hombres calvos y la euforia de su público cuando el anciano capitán comenzara a soltar comentarios casuales e indiferentes, llenos de nostalgia, sobre islas que habían desaparecido y rutas que se habían cortado, ¡una generación antes de que el hombre calvo más anciano de la compañía hubiera puesto un pie en la cabina del piloto!

En innumerables ocasiones, este viejo marinero apareció en escena de la forma descrita, sembrando la desgracia y la humillación a su alrededor. Si se le da crédito a los pilotos, siempre databa sus islas hasta los albores de la historia fluvial; nunca usaba la misma isla dos veces; y jamás empleaba una isla que aún existiera, ni le daba un nombre que alguien presente tuviera edad suficiente para haber oído antes. Si se le da crédito a los pilotos, siempre era meticuloso con los pequeños detalles; nunca hablaba del "estado de Misisipi", por ejemplo; no, decía: "Cuando el estado de Misisipi estaba donde ahora está Arkansas", y nunca hablaba de Luisiana o Misuri de forma general, dejando una impresión errónea en la mente de los demás; no, decía: "Cuando Luisiana estaba río arriba" o "Cuando Misuri estaba en la orilla de Illinois".

El anciano no tenía dotes literarias, pero solía anotar breves párrafos con información práctica sobre el río, firmarlos como « Mark Twain » y entregarlos al «New Orleans Picayune». Estos párrafos describían el nivel y el estado del río, eran precisos y valiosos; hasta ese momento, no contenían veneno. Sin embargo, al hablar del nivel del río en un punto determinado, el capitán solía añadir algún comentario sobre que era la primera vez en cuarenta y nueve años que veía el agua tan alta o tan baja en ese punto; y de vez en cuando mencionaba la isla tal y cual, y entre paréntesis añadía alguna observación como «desapareció en 1807, si no recuerdo mal». Estas anticuadas interjecciones encendían veneno y amargura para los demás pilotos veteranos, quienes solían burlarse de los párrafos de «Mark Twain» con mordaces comentarios.

Dio la casualidad de que uno de estos párrafos—{nota al pie [El manuscrito original, escrito de puño y letra del capitán, me ha sido enviado desde Nueva Orleans. Dice lo siguiente—

VICKSBURG, 4 de mayo de 1859.

'Mi opinión, en beneficio de los ciudadanos de Nueva Orleans: El nivel del agua está más alto a esta altura que en ningún otro momento desde el 8 de junio. Creo que el agua alcanzará los pies de profundidad en Canal Street antes del primero de junio próximo. La plantación de la Sra. Turner, en la cabecera de Big Black Island, está completamente bajo el agua, algo que no ocurría desde 1815.

'Yo, Sellers.']}

Se convirtió en el texto de mi primer artículo periodístico. Lo parodié de forma exagerada, muy exagerada, extendiendo mis fantasías hasta ochocientas o mil palabras. Era un novato en aquel entonces. Les mostré mi actuación a algunos pilotos, y ellos se apresuraron a publicarla en el 'New Orleans True Delta'. Fue una gran lástima; pues no le hizo ningún favor a nadie y le causó un profundo dolor a un buen hombre. No había malicia en mi disparate; pero se burlaba del capitán. Se burlaba de un hombre para quien tal cosa era nueva, extraña y terrible. No sabía entonces, aunque ahora sí, que no hay sufrimiento comparable al que siente una persona común cuando es ridiculizada por primera vez en la prensa.

El capitán Sellers me hizo el honor de detestarme profundamente desde ese día. Y cuando digo que me hizo ese honor, no lo digo por decir. Fue un verdadero honor estar en la mente de un hombre tan grande como el capitán Sellers, y tuve la suficiente inteligencia para apreciarlo y sentirme orgulloso de ello. Fue un honor ser amado por un hombre así; pero fue un honor mucho mayor ser odiado por él, porque amaba a muchísimas personas; pero no se desvelaba odiando a nadie más que a mí.



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Nunca más imprimió un párrafo en vida, ni volvió a firmar nada como «Mark Twain». Cuando el telégrafo anunció su muerte, yo me encontraba en la costa del Pacífico. Era un periodista novato y necesitaba un seudónimo; así que me apropié del que el viejo marinero había desechado y he hecho todo lo posible por conservar su esencia: un signo, un símbolo y una garantía de que todo lo que se encuentre en su compañía puede considerarse la verdad absoluta. No sería modesto de mi parte decir cuánto éxito he tenido.

El capitán sentía un orgullo inmenso por su profesión y un profundo amor por ella. Mandó mandar a construir su monumento antes de morir y lo mantuvo cerca hasta su muerte. Ahora se alza sobre su tumba en el cementerio de Bellefontaine, en San Luis. Es su imagen, en mármol, de pie al timón, en señal de servicio; digna de permanecer allí y afrontar cualquier crítica, pues representa a un hombre que, en vida, habría permanecido allí hasta la muerte si el deber así lo hubiera exigido.

Lo más impresionante que vimos en todo nuestro viaje por el Misisipi fue al acercarnos a Nueva Orleans en el remolcador de vapor. Era la sinuosa fachada de la ciudad en forma de media luna iluminada por el resplandor blanco de ocho kilómetros de luces eléctricas. Fue una vista maravillosa y muy hermosa.



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Capítulo 51


Recuerdos


Partimos hacia San Luis, a la ciudad de Baton Rouge, en un día deliciosamente caluroso, pero el propósito principal de mi visita quedó poco logrado. Esperaba encontrar y charlar con un centenar de marineros, pero me integré tan agradablemente en la vida social de la ciudad que solo conseguí conversar brevemente, durante cinco minutos, con una veintena de ellos.

Estaba sentado en el puente de mando cuando retrocedimos y nos preparamos para la salida; el barco se detuvo para una señal de "listos", a la antigua usanza, y el humo negro salió de las chimeneas también a la antigua usanza. Entonces comenzamos a ganar impulso, y pronto estábamos en marcha y avanzando a toda velocidad. Todo era tan natural y familiar —y también las vistas hacia la costa— como si no hubiera habido ninguna interrupción en mi vida fluvial. Había un joven, y supuse que tomaría el timón ahora; y así fue. El capitán Bixby entró en el puente de mando. Pronto el joven se acercó a la fila de barcos de vapor. Me puso nervioso, porque dejó que se viera demasiada agua entre nuestro barco y los barcos. Sabía muy bien lo que iba a pasar, porque podía remontarme en mi propia vida y revisar el historial. El capitán observó durante medio minuto de silencio, luego tomó el timón y maniobró la lancha hasta que rozó el agua, quedando a escasos centímetros de los demás barcos. Era exactamente el mismo favor que me había hecho, hacía aproximadamente un cuarto de siglo, en ese mismo lugar, la primera vez que zarpé del puerto de Nueva Orleans. Fue un placer enorme y sincero para mí ver que se repetía la hazaña, esta vez con otra víctima.



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Llegamos a Natchez (trescientas millas) en veintidós horas y media, la travesía más rápida que jamás haya hecho por ese tramo de agua.

A la mañana siguiente, me incorporé a la guardia de las cuatro y vi a Ritchie cruzar con éxito media docena de veces en medio de la niebla, guiándose por la carta náutica marcada que él y Bixby habían ideado y patentado. Esto demostró sobradamente la gran utilidad de la carta.

Al cabo de un rato, cuando la niebla empezó a disiparse, me di cuenta de que el reflejo de un árbol en las tranquilas aguas de una orilla desbordada, a seiscientos metros de distancia, era más intenso y oscuro que el propio árbol fantasmal. Los tenues árboles espectrales, apenas visibles a través de la niebla que se disipaba, eran una imagen muy hermosa.

Tuvimos una fuerte tormenta eléctrica en Natchez, otra en Vicksburg, y otra más a unas cincuenta millas al sur de Memphis. Tenían una energía a la antigua que hacía tiempo que no conocía. Esta tercera tormenta estuvo acompañada de un viento furioso. Amarramos a la orilla cuando vimos que se acercaba la tempestad, y todos salieron de la cabina del piloto menos yo. El viento doblaba los árboles jóvenes, dejando al descubierto el pálido envés de las hojas; y ráfaga tras ráfaga seguía, en rápida sucesión, azotando las ramas violentamente hacia arriba y hacia abajo, y hacia un lado y otro, y creando rápidas olas de verde y blanco alternados según el lado de la hoja que quedaba expuesto, y estas olas corrían unas tras otras como lo hacen sobre un campo de avena azotado por el viento. Ningún color que se veía en ninguna parte era del todo natural; todos los tonos estaban cargados de un tinte plomizo por la sólida capa de nubes que se cernía sobre nosotros. El río era plomizo; todas las distancias eran iguales; e incluso las extensas filas de crestas blancas que se mecían estaban opacas por la oscura y densa atmósfera a través de la cual marchaban sus legiones enjambre. Los truenos eran constantes y ensordecedores; explosión tras explosión con intervalos insignificantes entre ellas, y los estruendos se volvían cada vez más agudos y agudos, y más irritantes para el oído; el relámpago era tan diligente como el trueno, y producía efectos que encantaban la vista y enviaban éxtasis eléctricos de deleite y aprensión mezclados que recorrían cada nervio del cuerpo en una procesión ininterrumpida. La lluvia caía a cántaros; los truenos ensordecedores resonaban cada vez más cerca; el viento aumentaba en furia y comenzaba a arrancar ramas y copas de árboles y enviarlas volando por el espacio; la cabina del piloto se balanceaba, se tensaba, crujía y se sacudía, y bajé a la bodega para ver qué hora era.

La gente se jacta mucho de las tormentas alpinas; pero las que he tenido la suerte de ver en los Alpes no se comparan con algunas que he presenciado en el valle del Misisipi. Claro que puede que no haya visto a los Alpes en su máximo esplendor, y si pueden superar al Misisipi, prefiero no hacerlo.

En este viaje de ida vi un pequeño islote de media milla de largo, que se había formado durante los últimos diecinueve años. Dado que había tanto tiempo disponible que se podían dedicar diecinueve años a la construcción de un simple islote, ¿qué sentido tenía, originalmente, apresurar todo este mundo en seis días? Es probable que si se hubiera dedicado más tiempo desde el principio, el mundo se habría construido correctamente y esta constante mejora y reparación no sería necesaria ahora. Pero si uno apresura la construcción de un mundo o una casa, es casi seguro que tarde o temprano descubrirá que ha omitido un islote, un pequeño cuarto de servicio o alguna otra pequeña comodidad aquí y allá, que debe ser añadida, sin importar el gasto ni las molestias que pueda ocasionar.

Tuvimos una sucesión de noches oscuras remontando el río, y era evidente que cada vez que desembarcábamos e inundábamos repentinamente los árboles con el intenso resplandor de la luz eléctrica, se producía un curioso efecto: cientos de pájaros salían instantáneamente de entre la masa de follaje verde brillante y revoloteaban de un lado a otro entre los rayos blancos, y a menudo algún pájaro cantor afinaba su canto y se ponía a cantar. Deducíamos que confundían este magnífico día artificial con uno real. Disfrutamos de un viaje encantador en aquel vapor impecablemente ordenado, y lamentamos que terminara tan rápido. Con diligencia y actividad, logramos encontrar a casi todos los viejos amigos. Sin embargo, faltaba uno; partió a su destino, fuera cual fuese, hace dos años. Pero averigüé todo sobre él. Su caso me ayudó a comprender cuán duradero puede ser el efecto de un suceso insignificante. Cuando él era aprendiz de herrero en nuestro pueblo, y yo un colegial, un par de jóvenes ingleses llegaron y se quedaron un tiempo; y un día se vistieron con atuendos reales baratos y representaron el duelo de espadas de Ricardo III con energía frenética y una pomposidad prodigiosa, en presencia de los muchachos del pueblo. Este joven herrero estaba allí, y el veneno del histrionismo se le metió en los huesos. Este grandullón, torpe, ignorante y de mente obtusa quedó prendado del escenario, y para siempre. Desapareció, y poco después apareció en San Luis. Me lo encontré allí, al cabo de un rato. Estaba de pie, pensativo, en una esquina, con la mano izquierda en la cadera, el pulgar de la derecha apoyando la barbilla, el rostro agachado y frunciendo el ceño, el sombrero de ala ancha calado hasta la frente, imaginándose a sí mismo como Otelo o algún personaje parecido, e imaginando que la multitud que pasaba notaba su trágico porte y quedaba sobrecogida.



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Me uní a él e intenté que bajara de sus nubes, pero no lo conseguí. Sin embargo, poco después me comentó con naturalidad que era miembro de la compañía de teatro de Walnut Street; intentó decirlo con indiferencia, pero esta era evidente, y una enorme alegría se transparentaba a través de ella. Dijo que lo habían elegido para un papel en Julio César esa misma noche, y que si yo iba, lo vería. ¡ Si yo fuera!, le dije, no me lo perdería ni aunque estuviera muerto.

Me marché estupefacto, asombrado, y me dije a mí mismo: «¡Qué extraño es! Siempre pensamos que este tipo era un tonto; sin embargo, en cuanto llega a una gran ciudad, donde abundan la inteligencia y el aprecio, el talento oculto en esta raída servilleta se descubre de inmediato, y es recibido y honrado con prontitud».

Pero aquella noche salí del teatro decepcionado y ofendido, pues no había visto ni rastro de mi héroe, y su nombre no figuraba en los carteles. Me lo encontré en la calle a la mañana siguiente, y antes de que pudiera decir nada, me preguntó...

¿Me viste?

'No, tú no estabas allí.'

Parecía sorprendido y decepcionado. Dijo...

'Sí, lo era. En efecto, lo era. Era un soldado romano.'

'¿Cuál?'

¿Por qué no viste a esos soldados romanos que estaban allí atrás en formación, y que a veces marchaban en procesión alrededor del escenario?

¿Te refieres al ejército romano? ¿Esos seis peones con sandalias, en camisones, con escudos y cascos de hojalata, que marchaban pisándose los talones unos a otros, al mando de un tuberculoso con piernas de araña vestido como ellos?

¡Eso es! ¡Eso es! Yo era uno de esos soldados romanos. Era el penúltimo. Hace medio año siempre era el último; pero me han ascendido.

Pues bien, me contaron que aquel pobre hombre siguió siendo soldado romano hasta el final: treinta y cuatro años. A veces le daban papeles con diálogo, pero no muy elaborados. Se podía confiar en que dijera: «Mi señor, el carruaje espera», pero si se atrevían a añadirle una o dos frases, su memoria se resienteba y era probable que fallara. Sin embargo, pobre hombre, había estado estudiando pacientemente el papel de Hamlet durante más de treinta años, ¡y vivió y murió con la esperanza de que algún día lo interpretarían!

¡Y esto fue lo que resultó de aquella fugaz visita de esos jóvenes ingleses a nuestra aldea hace tantos años! ¡Qué magníficas herraduras podría haber fabricado este hombre de no ser por aquellos ingleses; y qué soldado romano tan mediocre resultó ser !

Uno o dos días después de llegar a San Luis, caminaba por la Cuarta Calle cuando un hombre de pelo gris se sobresaltó al pasar a mi lado, luego se detuvo, regresó, me examinó con atención, con el ceño fruncido, y finalmente dijo con profunda aspereza:



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'Mira, ¿ya tienes la bebida? '

Un maníaco, pensé al principio. Pero en un instante lo reconocí. Hice un esfuerzo por sonrojarme que me puso a prueba, y respondí con la dulzura y el encanto que siempre supe...

'He avanzado un poco lento, pero justo ahora estoy a punto de llegar al lugar donde lo guardan. ¡Entra y ayuda!'

Se suavizó y dijo que le trajeran una botella de champán, y accedió. Dijo que había visto mi nombre en los periódicos, que había dejado todo de lado y había salido decidido a encontrarme o morir; y a hacerme responder a esa pregunta satisfactoriamente, o matarme; aunque la mayor parte de su reciente aspereza había sido más bien fingida.

Esta reunión me trajo a la memoria los disturbios de San Luis de hace unos treinta años. Pasé una semana allí, en aquella época, en una pensión, y tenía a un joven como vecino al otro lado del pasillo. Vimos algunos de los enfrentamientos y asesinatos; y al cabo de una noche fuimos a un arsenal donde doscientos jóvenes se habían reunido, a petición, para armarse y salir contra los alborotadores, bajo el mando de un militar. Entrenamos hasta las diez de la noche; entonces llegó la noticia de que la turba estaba en gran número en la zona baja de la ciudad y arrasaba con todo a su paso. Nuestra columna se puso en marcha de inmediato. Era una noche muy calurosa y mi mosquete pesaba mucho. Marchamos y marchamos; y cuanto más nos acercábamos al frente, más calor sentía y más sed tenía. Iba detrás de mi amigo; así que, finalmente, le pedí que me sujetara el mosquete mientras bajaba a buscar agua. Luego me separé del grupo y me fui a casa. Por supuesto, no sentía ninguna preocupación por él, pues sabía que ahora estaba tan bien armado que podía defenderse sin problemas. Si hubiera tenido alguna duda al respecto, le habría pedido prestado otro mosquete. Salí de la ciudad bastante temprano a la mañana siguiente, y si este hombre canoso no se hubiera topado con mi nombre en los periódicos el otro día en San Luis y no se hubiera sentido impulsado a buscarme, me habría llevado a la tumba la angustia de no saber si había salido ileso de los disturbios o no. Debería haber preguntado hace treinta años; lo sé. Y habría preguntado si hubiera tenido los mosquetes; pero, dadas las circunstancias, él parecía estar en mejores condiciones para llevar a cabo las investigaciones que yo.

Un lunes, cerca de la fecha de nuestra visita a San Luis, el 'Globe-Democrat' publicó un par de páginas con estadísticas dominicales, según las cuales 119.448 habitantes de San Luis asistieron a los servicios religiosos matutinos y vespertinos el día anterior, y 23.102 niños asistieron a la escuela dominical. Así, 142.550 personas, de los 400.000 habitantes totales de la ciudad, respetaron el día en lo religioso. Encontré estas estadísticas, en forma resumida, en un telegrama de Associated Press y las guardé. Dejaban claro que San Luis se encontraba en un estado de gracia mayor del que podría haber afirmado en mi época. Pero ahora que examino las cifras con detenimiento, sospecho que el telegrama las distorsionó. No puede ser que haya más de 150.000 católicos en la ciudad; los otros 250.000 deben ser protestantes. Según este dudoso telegrama, de estas 250.000 personas, solo 26.362 asistían a la iglesia y a la escuela dominical, mientras que de los 150.000 católicos, 116.188 iban a la iglesia y a la escuela dominical.



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Capítulo 52


Una marca en llamas


De repente, me vino a la mente el pensamiento: "No he buscado al señor Brown".

Sobre ese texto, deseo apartarme del tema principal y hacer una pequeña digresión. Deseo revelar un secreto que he guardado durante nueve años y que se ha vuelto una carga.

En cierta ocasión, hace nueve años, dije con gran convicción: "Si alguna vez vuelvo a ver San Luis, buscaré al señor Brown, el gran comerciante de cereales, y le pediré el privilegio de estrecharle la mano".

La ocasión y las circunstancias fueron las siguientes. Un amigo mío, un clérigo, vino una tarde y dijo:

'Aquí tengo una carta extraordinaria que quiero leerte, si puedo hacerlo sin derrumbarme. Sin embargo, debo comenzar con algunas explicaciones. La carta está escrita por un exladrón y exvagabundo de origen humilde y crianza vil, un hombre manchado por el crimen y sumido en la ignorancia; pero, gracias a Dios, con una mina de oro puro escondida en su interior, como verás. Su carta está dirigida a un ladrón llamado Williams, que cumple una condena de nueve años en cierta prisión estatal por robo. Williams era un ladrón particularmente audaz y se dedicó a ese oficio durante varios años; pero finalmente fue capturado y encarcelado, a la espera de juicio en un pueblo donde había entrado a robar en una casa por la noche, pistola en mano, y obligado al dueño a entregarle 8.000 dólares en bonos del gobierno. Williams no era una persona común, ni mucho menos; se graduó en la Universidad de Harvard y provenía de una buena familia de Nueva Inglaterra. Su padre era clérigo. Mientras yacía en la cárcel, su salud comenzó a deteriorarse y estuvo amenazado de tuberculosis. Este hecho, junto con la oportunidad de reflexión que le brindó el aislamiento, tuvo su efecto, su efecto natural. Cayó en profundas reflexiones; su educación temprana se impuso con fuerza y ​​ejerció una fuerte influencia en su mente y corazón. Dejó atrás su antigua vida y se convirtió en un cristiano ferviente. Algunas mujeres del pueblo se enteraron de esto, lo visitaron y, con sus palabras de aliento, lo apoyaron en sus buenas resoluciones y lo fortalecieron para continuar en su nueva vida. El juicio terminó con su condena a la prisión estatal por un período de nueve años, como ya he dicho. En la prisión conoció al pobre desgraciado al que me referí al principio de mi charla, Jack Hunt, el autor de la carta que voy a leer. Verán que esta amistad le resultó beneficiosa a Hunt. Cuando terminó su condena, Hunt vagó hasta San Luis; y desde allí escribió su carta a Williams. La carta no llegó más allá de la oficina del alcaide de la prisión, por supuesto; A los presos no se les suele permitir recibir cartas del exterior. Las autoridades penitenciarias leyeron esta carta, pero no la destruyeron. No tuvieron el valor de hacerlo. Se la leyeron a varias personas, y finalmente llegó a manos de aquellas señoras de las que hablé hace un rato. El otro día me encontré con un viejo amigo mío —un clérigo— que había visto esta carta y estaba harto de ella. El mero recuerdo lo conmovió tanto que no podía hablar de ella sin que se le quebrara la voz. Prometió conseguirme una copia; y aquí está: una copia exacta, con todas las imperfecciones del original conservadas. Contiene muchas expresiones coloquiales —jerga de ladrones—, pero su significado se ha intercalado.entre paréntesis, por las autoridades penitenciarias—



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San Luis, 9 de junio de 1872.

Señor W—— amigo Charlie, si me permite llamarlo así: sé que le sorprende recibir una carta mía, pero espero que no se enfade porque le escriba. Quiero agradecerle la forma en que me habló cuando estaba en prisión; me ha llevado a intentar ser un mejor hombre. Supongo que pensó que no me importaba lo que dijo, y al principio no me importó, pero sabía que usted era un hombre que había hecho un gran trabajo con hombres buenos y que no quería tontos ni que lo gasearan, y todos los muchachos lo sabían.

Solía ​​pensar por las noches lo que dijiste, y por eso dejé de maldecir meses antes de que se me acabara el tiempo, porque vi que no traería nada bueno, de ninguna manera; el día que se me acabó el tiempo me dijiste que si sacudía la cruz ( dejaba de robar ) y vivía en la plaza durante meses, sería el mejor trabajo que jamás había hecho en mi vida. El agente estatal me dio un boleto para venir aquí, y en el coche pensé más en lo que me dijiste, pero no me decidí. Cuando llegamos a Chicago en los coches de allí a aquí, le quité el cuero a una anciana;



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( Le robé su bolso ) No había hecho más que quitárselo cuando deseé no haberlo hecho, por un tiempo antes de eso decidí ser un tipo honesto, por meses de tu palabra, pero lo olvidé cuando vi que el cuero era un agarre ( fácil de conseguir )—pero me mantuve cerca de ella y cuando salió de los autos en un lugar de paso le dije, señora, ¿ha perdido algo? Y ella tropezó ( descubrió ) que su cuero se había ido ( desaparecido )—¿es esto?, le dije, dándoselo—bueno, si no eres honesto, dijo ella, pero no tenía suficiente descaro para soportar ese tipo de conversación, así que la dejé apresuradamente. Cuando llegué aquí me quedaban $1 y 25 centavos y no conseguí trabajo durante 3 días porque no soy lo suficientemente fuerte para andar por ahí en un barco de vapor ( para un marinero ). La tarde del tercer día gasté mis últimos 10 centavos en moons ( galletas marinas grandes y redondas ) y queso y me sentía bastante mal y estaba pensando que tendría que volver a robar ( a hurtar carteras ), cuando pensé en lo que dijiste una vez sobre un tipo que invoca al Señor cuando está en apuros, y pensé en intentarlo una vez de todos modos, pero cuando lo intenté me quedé atascado en el principio, y todo lo que pude decir fue: Señor, dale a un pobre hombre la oportunidad de cuadrarlo durante 3 meses por el amor de Cristo, amén; Y seguí pensando en ello una y otra vez mientras caminaba; aproximadamente una hora después estaba en la 4ª calle y esto es lo que pasó y es la causa de que esté donde estoy ahora y de lo que te hablaré antes de terminar de escribir. Mientras caminaba, oí un gran ruido y vi un caballo corriendo con un carruaje con dos niños dentro, y agarré un trozo de la cubierta de una caja de la acera y corrí al medio de la calle, y cuando el caballo se acercó, lo golpeé en la cabeza con todas mis fuerzas; la tabla se partió en pedazos y el caballo se detuvo un poco y agarré las riendas y le tiré de la cabeza hacia abajo hasta que se detuvo; el caballero que era su dueño vino corriendo y tan pronto como vio que los niños estaban bien, me estrechó la mano y me dio un billete de 50 dólares, y le pedí al Señor que me ayudara a entrar en razón, y estaba tan aturdido que no pude soltar las riendas ni decir nada; vio que algo andaba mal, y



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Al volver a mí me dijo: «Muchacho, ¿estás herido?». Y justo en ese momento se me ocurrió pedirle trabajo; le pedí que me devolviera la factura y me diera un empleo. Él me dijo: «Ven aquí y hablemos, pero quédate con el dinero». Me preguntó si podía cuidar caballos y le dije que sí, pues solía frecuentar establos y a menudo ayudaba a limpiar y arrear caballos. Me dijo que necesitaba a alguien para ese trabajo y que me pagaría 16 dólares al mes y me daría alojamiento. Claro que aproveché la oportunidad de inmediato. Esa noche en mi pequeña habitación sobre el establo me senté mucho tiempo pensando en mi vida pasada y en lo que acababa de suceder y simplemente me arrodillé y agradecí al Señor por el trabajo y por ayudarme a cuadrarlo, y para bendecirte por haberme animado a hacerlo, y a la mañana siguiente lo hice de nuevo y me conseguí ropa nueva y una Biblia porque decidí que después de lo que el Señor había hecho por mí leería la Biblia todas las noches y mañanas, y le pediría que me cuidara. Cuando llevaba allí aproximadamente una semana, el Sr. Brown (ese es su nombre) entró en mi habitación una noche y me vio leyendo la Biblia; me preguntó si era cristiano y le dije que no; me preguntó cómo era que leía la Biblia en lugar de papeles y libros. Bueno, Charlie, pensé que sería mejor darle un trato justo desde el principio, así que le conté todo sobre mi estancia en prisión y sobre ti, y cómo casi había renunciado a buscar trabajo y cómo el Señor me consiguió el trabajo cuando se lo pedí; y la única forma que tenía de pagarle era leer la Biblia y cuadrarla, y le pedí que me diera una oportunidad por 3 meses; me habló como un padre durante mucho tiempo, y me dijo que podía quedarme y entonces me sentí mejor que nunca en mi vida, porque le había dado al Sr. Brown un comienzo justo conmigo y ahora no temía que nadie me delatara ( exponiendo su vida pasada ) y me echara del trabajo; a la mañana siguiente me llamó a la biblioteca y me dio otra charla cuadrada, y me aconsejó que estudiara un poco todos los días, y me ayudaba una o dos horas cada noche, y me dio un libro de aritmética, un libro de ortografía, un libro de geografía y un libro de escritura, y me escucha todas las noches; me deja entrar en la casa para las oraciones todas las mañanas, y me puso en una clase de Biblia en la Escuela Dominical que me gusta mucho porque me ayuda a entender mejor mi Biblia.



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Ahora, Charlie, los 3 meses en la plaza terminaron hace 2 meses, y como dijiste, es el mejor trabajo que he hecho en mi vida, y comencé otro del mismo tipo de inmediato, solo que es para que Dios me ayude a durar toda la vida Charlie. Te escribí esta carta para decirte que creo que Dios ha perdonado mis pecados y escuché tus oraciones, porque me dijiste que debías orar por mí. Sé que me encanta leer su palabra y contarle todos mis problemas y él me ayuda, lo sé porque tengo muchas oportunidades de robar, pero no siento que lo haga como antes y ahora disfruto más yendo a la iglesia que al teatro y eso no era así antes. Nuestro pastor y otros a menudo hablan conmigo y hace un mes querían que me uniera a la iglesia, pero dije que no, que no ahora, que tal vez me equivoque en mis sentimientos, que esperaré un tiempo, pero ahora siento que Dios me ha llamado y el primer domingo de julio me uniré a la iglesia. Querido amigo, desearía poder escribirte como me siento, pero aún no puedo hacerlo. Tú sabes que Aprendí a leer y escribir en prisión y no he mejorado lo suficiente como para escribir como hablaba; sé que no he escrito bien todas las palabras en esto y hay muchos otros errores, pero lo perdonarás, lo sé, porque sabes que me crié en una casa pobre hasta que me escapé, y que nunca supe quiénes eran mi padre y mi madre y no sé mi nombre correcto, y espero que no te enfades conmigo, pero tengo tanto derecho a un nombre como a otro y he tomado tu nombre, porque no lo usarás cuando salgas, lo sé, y eres el hombre en el que más pienso en el mundo; así que espero que no te enfades—estoy bien, pongo 10 dólares al mes en el banco con 25 dólares de los 50—si alguna vez quieres algo o todo, házmelo saber, y es tuyo. Ojalá me dejaras enviarte algo ahora. Te envío con esto un recibo de un año de Littles Living Age. No sabía qué te gustaría y se lo comenté al Sr. Brown, quien dijo que creía que te gustaría. Ojalá estuviera cerca para poder enviarte refrigerios en los días festivos; desde aquí se estropearía el clima, pero de todos modos te enviaré una caja el próximo Día de Acción de Gracias. La próxima semana, el Sr. Brown me contrata en su tienda como mozo de carga y me ascenderá en cuanto sepa un poco más. Tiene un gran almacén mayorista. Olvidé contarte sobre mi escuela misionera, la clase de escuela dominical. La escuela es los domingos por la tarde. Salí dos domingos por la tarde y recogí a siete niños ( niños pequeños).) y logré que vinieran. Dos de ellos sabían tanto como yo y los puse en una clase donde pudieran aprender algo. Yo no sé mucho, pero como estos niños no saben leer, me llevo bien con ellos. Me aseguro de que estén bien yendo a buscarlos todos los domingos una hora antes de que empiecen las clases. También conseguí que vinieran cuatro chicas. Háblales de mí a Mack y Harry; si vienen cuando se les acabe el tiempo, les conseguiré trabajo enseguida. Espero que disculpes esta carta tan larga y todos los errores. Ojalá pudiera verte, porque no puedo escribir como hablo. Espero que el clima cálido te esté sentando bien a los pulmones. Tenía miedo de que murieras cuando estabas sangrando. Saluda a todos los chicos de mi parte y diles cómo estoy. Estoy bien y todos aquí me tratan con la mayor amabilidad posible. El Sr. Brown te escribirá en algún momento. Espero que algún día me escribas. Esta carta es de tu verdadero amigo.

C—— W——

a quien conoces como Jack Hunt.

Te envío la tarjeta del Sr. Brown. Hazle llegar mi carta.

Aquí había verdadera elocuencia; elocuencia irresistible; y sin una sola gracia ni adorno que la realzara. Pocas veces me ha conmovido tanto un escrito. El lector se detuvo, de principio a fin, con la voz temblorosa y quebrada; sin embargo, había intentado fortalecer sus sentimientos leyéndola en privado varias veces antes de compartirla con los demás. Estaba practicando conmigo para ver si tenía alguna posibilidad de leer el documento en su reunión de oración con un mínimo de control sobre sus emociones. El resultado no fue prometedor. Sin embargo, decidió arriesgarse; y lo hizo. Lo hizo bastante bien; pero su audiencia se derrumbó pronto y permaneció así hasta el final.

La fama de la carta se extendió por todo el pueblo. Un pastor se acercó, tomó prestado el manuscrito, lo incluyó en un sermón, lo predicó ante mil doscientas personas un domingo por la mañana, y la carta los conmovió profundamente hasta las lágrimas. Luego, mi amigo la incluyó en un sermón y lo predicó ante su congregación dominical. Obtuvo otro triunfo. Toda la iglesia lloró al unísono.

Mi amigo se fue de vacaciones de verano a las regiones pesqueras de nuestros vecinos británicos del norte, y llevó consigo este sermón, ya que tal vez lo necesitara en algún momento. Un día le pidieron que predicara. La pequeña iglesia estaba llena. Entre los presentes se encontraban el difunto Dr. J. G. Holland, el difunto Sr. Seymour del 'New York Times', el Sr. Page, filántropo y defensor de la templanza, y, creo, el senador Frye, de Maine. La maravillosa carta surtió el efecto esperado; todos se conmovieron, todos lloraron; las lágrimas corrían sin cesar por las mejillas del Dr. Holland, y casi lo mismo puede decirse de todos los presentes. El Sr. Page estaba tan entusiasmado con la carta que dijo que no descansaría hasta peregrinar a aquella prisión y hablar con el hombre que había logrado inspirar a un compañero desafortunado a escribir un tratado tan valioso.

¡Ay, pobre Page! —y otro hombre más. Si hubieran estado en Jericó, esa carta habría dado la vuelta al mundo y conmovido a todas las naciones durante mil años, y nadie se habría enterado de que era el engaño más descarado, ingenioso y astuto jamás ideado para estafar a pobres mortales confiados.

La carta era una estafa en toda regla, y esa es la verdad. Y, en general, no tenía parangón entre las estafas. ¡Era perfecta, redondeada, simétrica, completa, colosal!



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El lector lo descubre en este punto; pero nosotros no lo supimos hasta mucho después, semanas y kilómetros más adelante. Mi amigo regresó del bosque, y él y otros clérigos y misioneros laicos volvieron a conmover profundamente al público con sus lágrimas y las de este; supliqué con vehemencia permiso para publicar la carta en una revista y contar la historia, a veces inverosímil, de sus triunfos; mucha gente recibió copias de la carta, con permiso para distribuirlas por escrito, pero no impresas; se enviaron copias a las Islas Sandwich y otras regiones lejanas.

Charles Dudley Warner estaba en la iglesia un día cuando leyeron la carta desgastada y lloraron por ella. Después, en la puerta de la iglesia, dejó caer un iceberg peculiarmente frío sobre la espalda del clérigo con la pregunta:

¿Sabes si esa carta es auténtica?

Fue la primera sospecha que se había expresado; pero tuvo ese efecto repugnante que siempre tienen las primeras sospechas contra el ídolo. Después hubo algunos comentarios…

'¿Por qué? ¿Qué debería hacerte sospechar que no es auténtico?'

«Que yo sepa, no hay nada más que decir que es demasiado pulcro, compacto, fluido y bien escrito para ser obra de una persona inexperta. Creo que lo hizo un hombre culto.»

El artista literario había descubierto el mecanismo literario. Si observas la carta ahora, lo descubrirás tú mismo; es perceptible en cada línea.

Enseguida el clérigo partió, con esa semilla de sospecha germinando en su interior, y escribió a un ministro residente en aquella ciudad donde Williams había sido encarcelado y convertido; pidió luz; y también preguntó si a una persona del ámbito literario (es decir, a mí) se le permitiría imprimir la carta y contar su historia. Pronto recibió esta respuesta:

Rdo. -- --

Mi querido amigo: En cuanto a esa "carta del convicto", no cabe duda de su autenticidad. "Williams", a quien iba dirigida, estaba en nuestra cárcel y afirmaba haberse convertido, y el reverendo Sr. —, el capellán, tenía mucha fe en la autenticidad de la conversión, tanta como se puede tener en un caso así.

La carta fue enviada a una de nuestras señoras, maestra de catecismo, probablemente por el propio Williams o por el capellán de la prisión estatal. Le ha molestado mucho la gran publicidad que ha recibido, por temor a que se considere una violación de la confidencialidad o una ofensa para Williams. En cuanto a su publicación, no puedo dar permiso; aunque si se omiten los nombres y lugares, y especialmente si se envía fuera del país, creo que usted podría asumir la responsabilidad y hacerlo.

Es una carta maravillosa, que ningún genio cristiano, y mucho menos uno impío, podría haber escrito. Al mostrar la obra de la gracia en un corazón humano, y en uno muy degradado y perverso, demuestra su origen y reprende nuestra débil fe en su poder para vencer cualquier forma de maldad.

Según alguien, el señor Brown de San Luis era de Hartford. ¿Acaso todos los que envías desde Hartford sirven igual a su amo?

PD: Williams sigue en la cárcel estatal, cumpliendo una larga condena de nueve años, creo. Ha estado enfermo y con riesgo de tuberculosis, pero no he preguntado por él últimamente. Supongo que esta señora de la que hablo se cartea con él y seguramente lo cuidará.

Esta carta llegó unos días después de haber sido escrita, y la reputación del Sr. Williams volvió a subir. La infundada sospecha del Sr. Warner quedó sepultada, donde aparentemente merecía estar. En cualquier caso, se trataba de una sospecha basada en meras pruebas internas; y cuando se trata de pruebas internas, es un campo muy amplio y un juego en el que pueden participar dos personas: como lo demuestra esta otra prueba interna, descubierta por el autor de la nota citada anteriormente, que afirma que «es una carta maravillosa, que ningún genio cristiano, y mucho menos uno impío, podría haber escrito».

Ahora tenía permiso para imprimir, siempre y cuando omitiera nombres y lugares y enviara mi relato fuera del país. Así que elegí una revista australiana como medio de publicación, ya que estaba lo suficientemente lejos del país, y me puse a trabajar en mi artículo. Y los ministros volvieron a poner en marcha los medios, con la carta para impulsar la economía.

Pero mientras tanto, el Hermano Page había estado agitando. No había visitado la penitenciaría, pero había enviado una copia de la ilustre carta al capellán de esa institución, acompañándola con —aparentemente— preguntas. Recibió una respuesta, fechada cuatro días después de la tranquilizadora epístola del otro Hermano; y antes de que terminara mi artículo, llegó a mis manos. El original está ahora ante mí, y lo adjunto aquí. Está repleto de pruebas internas de la más sólida índole.

PRISIÓN ESTATAL, OFICINA DEL CAPELLÁN, 11 de julio de 1873.

Estimado hermano Page : Adjunto encontrará la carta que amablemente me prestó. Me temo que no se puede comprobar su autenticidad. Afirma estar dirigida a algún preso de aquí. Ninguna carta de este tipo ha llegado jamás a manos de un preso. Todas las cartas recibidas son leídas cuidadosamente por los funcionarios de la prisión antes de que lleguen a manos de los reclusos, y una carta así no podría haber sido olvidada. Además, Charles Williams no es cristiano, sino un libertino astuto y disoluto, cuyo padre es pastor. Su nombre es ficticio. Me alegra haberle conocido. Estoy preparando una conferencia sobre la vida vista a través de los barrotes de la prisión y me gustaría impartirla cerca de usted.

Y así terminó aquel pequeño drama. Mi pobre artículo fue a parar al infierno; pues, si bien los materiales para escribirlo eran ahora más abundantes e infinitamente más valiosos que antes, había gente a mi alrededor que, aunque antes anhelaban su publicación, en esta etapa y bajo esta premisa se unieron para suprimirla. Decían: «Esperen, la herida aún está muy reciente». Todas las copias de la famosa carta, excepto la mía, desaparecieron repentinamente; y desde entonces, la misma vieja sequía se apoderó de las iglesias. Por lo general, la ciudad sonreía con satisfacción durante un tiempo, pero había lugares donde esa sonrisa no aparecía y donde era peligroso mencionar la carta del exconvicto.

Una aclaración. «Jack Hunt», el supuesto autor de la carta, era un personaje ficticio. El ladrón Williams, graduado de Harvard e hijo de un pastor, escribió la carta él mismo, para sí mismo: la sacó clandestinamente de la prisión y la hizo llegar a quienes lo habían apoyado y animado en su conversión, donde sabía que ocurrirían dos cosas: la autenticidad de la carta no se pondría en duda ni se investigaría; y su esencia se notaría y tendría un efecto valioso, el efecto, de hecho, de iniciar un movimiento para lograr el indulto del Sr. Williams.

Ese "núcleo" está tan ingeniosamente, tan casualmente, lanzado y dejado inmediatamente allí al final de la carta, sin profundizar en él, que un lector indiferente jamás sospecharía que era el corazón y la esencia de la epístola, si es que siquiera se fijara en él. Este es el "núcleo"...

'Espero que el clima cálido le esté sentando bien a tus pulmones; temía que murieras cuando estabas sangrando; dale mis respetos', etc.

Eso es todo: un simple roce, sin mayor trascendencia. Sin embargo, estaba dirigido a un lector atento y conmovido, con la intención de inspirar a un corazón bondadoso a intentar liberar a un pobre hombre, reformado y purificado, que yacía bajo las garras de la tuberculosis.

Cuando escuché leer esa carta por primera vez, hace nueve años, me pareció la más extraordinaria que jamás había leído. Me conmovió tanto el señor Brown de San Luis que dije que si alguna vez volvía a visitar esa ciudad, buscaría a ese hombre tan excelente y le besaría el borde de la túnica si fuera nueva. Bueno, visité San Luis, pero no busqué al señor Brown; pues, ¡ay!, las investigaciones de hacía tiempo habían demostrado que el benévolo Brown, como «Jack Hunt», no era una persona real, sino una mera invención de ese bribón talentoso, Williams: ladrón, graduado de Harvard, hijo de un clérigo.





Capítulo 53


La casa de mi infancia


Embarcamos en uno de los barcos rápidos de la compañía St. Louis and St. Paul Packet Company y partimos río arriba.

Cuando yo, de niño, vi por primera vez la desembocadura del río Misuri, estaba a veintidós o veintitrés millas río arriba de San Luis, según la estimación de los pilotos; el desgaste de las orillas la ha desplazado ocho millas hacia abajo desde entonces; y los pilotos dicen que dentro de cinco años el río la atravesará y desplazará la desembocadura cinco millas más hacia abajo, lo que la acercará a diez millas de San Luis.

Al anochecer pasamos por la gran y próspera ciudad de Alton, Illinois; y antes del amanecer del día siguiente, por Louisiana, Missouri, un pueblo tranquilo en mi época, pero ahora un bullicioso centro ferroviario; sin embargo, todas las ciudades de la zona son ahora centros ferroviarios. No pude reconocer bien el lugar. Esto me pareció extraño, pues cuando me retiré del ejército rebelde en el 61, lo hice en Louisiana en buen orden; al menos en el orden suficiente para alguien que aún no había aprendido a retirarse según las reglas de la guerra y tuvo que confiar en su ingenio. Me pareció que, para ser un primer intento de retirada, no estuvo mal. En toda la campaña no había avanzado nada que se le comparara.

Aquí había un puente ferroviario que cruzaba el río, bien iluminado con luces brillantes, y era una vista muy hermosa.

A las siete de la mañana llegamos a Hannibal, Missouri, donde pasé mi infancia. La había visto brevemente quince años atrás, y otra vez seis años antes, pero ambas visitas fueron tan fugaces que apenas contaban. La única imagen que conservaba de la ciudad era la que recordaba de cuando la abandoné veintinueve años atrás. Aquella imagen seguía tan clara y vívida como una fotografía. Desembarqué con la sensación de quien regresa de una generación ya desaparecida. Intuí lo que debieron sentir los prisioneros de la Bastilla al salir y contemplar París tras años de cautiverio, y observar la curiosa mezcla entre lo familiar y lo extraño. Vi las casas nuevas —las vi con claridad—, pero no alteraron la imagen que tenía en mi mente, pues a través de sus sólidos ladrillos y argamasa distinguí con perfecta nitidez las casas que antes habían estado allí.

Era domingo por la mañana y todos estaban aún acostados. Así que caminé por las calles vacías, viendo todavía el pueblo como era y no como es, y reconociendo y estrechando metafóricamente la mano de un centenar de objetos familiares que ya no existen; y finalmente subí a Holiday's Hill para obtener una vista panorámica. Todo el pueblo se extendía bajo mis pies, y podía marcar y fijar cada lugar, cada detalle. Naturalmente, me conmovió mucho. Dije: «Muchas de las personas que conocí en este tranquilo refugio de mi infancia están ahora en el cielo; algunas, confío, están en el otro lugar». Las cosas a mi alrededor y frente a mí me hicieron sentir como un niño otra vez; me convencieron de que era un niño otra vez, y que simplemente había estado soñando un sueño inusualmente largo; pero mis reflexiones lo estropearon todo; Porque me obligaron a decir: «Veo cincuenta casas antiguas allá abajo, en cada una de las cuales podría entrar y encontrar a un hombre o una mujer que era un bebé o estaba por nacer cuando vi esas casas por última vez, o a una abuela que era una joven y regordeta novia en aquel entonces».

Desde este punto estratégico, la vista panorámica del río, tanto río arriba como río abajo, y la vasta extensión boscosa de Illinois, es realmente hermosa; una de las más bellas del Misisipi, creo. Lo cual es una afirmación arriesgada, pues los ochocientos kilómetros de río entre San Luis y San Pablo ofrecen una sucesión ininterrumpida de paisajes encantadores. Quizás mi afecto por la persona en cuestión influya en mi juicio a su favor; no puedo asegurarlo. En cualquier caso, me pareció sumamente hermosa, y tenía esta ventaja sobre todos los demás amigos a quienes estaba a punto de saludar: no había sufrido ningún cambio; era tan joven, fresca, atractiva y amable como siempre; mientras que los rostros de los demás estarían envejecidos, marcados por las vicisitudes de la vida, por sus penas y derrotas, y no me infundirían ningún ánimo.



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Un anciano, que estaba dando un paseo temprano por la mañana, se acercó y hablamos del tiempo, y luego pasamos a otros temas. No pude recordar su rostro. Dijo que llevaba veintiocho años viviendo allí. Así que había llegado después de mi época, y nunca lo había visto antes. Le hice varias preguntas; primero sobre un compañero mío de la escuela dominical: ¿qué había sido de él?

«Se graduó con honores en una universidad del este, se labró un futuro incierto en algún lugar del mundo, no tuvo éxito en nada, se desvaneció de la memoria hace años y se supone que se fue al garete».

"Era inteligente y prometía mucho cuando era niño."

'Sí, pero lo que pasó es en qué se convirtió todo aquello.'

Pregunté por otro chico, que era sin duda el más brillante de la escuela de nuestro pueblo cuando yo era niño.

«Él también se graduó con honores en una universidad del este; pero la vida lo golpeó en cada batalla, sin cesar, y murió en uno de los Territorios, hace años, un hombre derrotado.»

Pregunté por otro de los chicos brillantes.

"Él es un triunfador, siempre lo ha sido y siempre lo será, creo."

Cuando yo era niño, pregunté por un joven que había venido al pueblo a estudiar una profesión.

«Antes de terminar sus estudios, probó con otra cosa: pasó de la medicina al derecho, o viceversa; luego se dedicó a alguna otra novedad; se fue un año, regresó con una joven esposa; cayó en la bebida, luego en el juego clandestino; finalmente llevó a su esposa y a sus dos hijos pequeños a casa de su suegro y se marchó a México; allí fue de mal en peor, y finalmente murió, sin un centavo para comprar una mortaja y sin un amigo que lo acompañara al funeral.»

«Qué lástima, porque era el joven más bondadoso, alegre y optimista que jamás haya existido».

Le puse nombre a otro niño.

«Oh, él está bien. Todavía vive aquí; tiene esposa e hijos, y le va bien.»

El mismo veredicto con respecto a los otros chicos.

Nombré a tres colegialas.

«Los dos primeros viven aquí, están casados ​​y tienen hijos; el otro falleció hace mucho tiempo, nunca se casó».

Con emoción, mencioné a uno de mis primeros amores.

«Ella está bien. Se ha casado tres veces; ha enterrado a dos maridos, se divorció del tercero, y oigo que se está preparando para casarse con un señor mayor en algún lugar de Colorado. Tiene hijos repartidos por todas partes».

La respuesta a otras preguntas fue breve y sencilla:

«Muerto en la guerra».

Le puse nombre a otro niño.

«¡Vaya, su caso es curioso! No había un solo ser humano en este pueblo que no supiera que ese chico era un completo idiota; un completo imbécil; un estúpido, como se suele decir. Todo el mundo lo sabía y todo el mundo lo decía. Pues bien, si ese mismo chico no es hoy el primer abogado del estado de Misuri, ¡entonces soy demócrata!»

'¿Es eso así?'

'Es cierto. Te estoy diciendo la verdad.'

¿Cómo lo explicas?

¿Explicarlo? No hay explicación posible, salvo que si mandas a un imbécil a San Luis y no les dices que es un imbécil, jamás lo descubrirán. Una cosa es segura: si tuviera un imbécil, sabría qué hacer con él: enviarlo a San Luis; es el mercado más noble del mundo para ese tipo de personas. Bueno, cuando lo analizas bien, lo reflexionas y lo estudias, ¿no te parece algo totalmente nuevo?

«Bueno, sí, parece que sí. Pero ¿no crees que tal vez fueron los de Aníbal quienes se equivocaron con respecto al niño, y no los de San Luis?»

¡Tonterías! La gente de aquí lo conoce desde la cuna; lo conocen cien veces mejor que los idiotas de San Luis. No, si tienen algún imbécil al que quieran darle una lección, sigan mi consejo: envíenlo a San Luis.

Mencioné a un gran número de personas que había conocido anteriormente. Algunas habían muerto, otras se habían marchado, algunas habían prosperado, otras habían caído en la nada; pero en lo que respecta a una docena de ellas, la respuesta fue reconfortante:

«Prósperos —aún viven aquí— pueblo lleno de sus hijos».

Pregunté por la señorita —.

Murió en el manicomio hace tres o cuatro años; nunca salió de allí desde que ingresó, y además siempre estuvo sufriendo; nunca recuperó ni un ápice de su cordura.



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Si decía la verdad, se trataba de una verdadera tragedia. ¡Treinta y seis años en un manicomio para que unos jóvenes insensatos se divirtieran! Yo era un niño pequeño entonces, y vi a esas jovencitas atontadas entrar de puntillas en la habitación donde la señorita — leía a medianoche junto a una lámpara. La chica que encabezaba la fila llevaba un sudario y la cara pintada; se arrastró detrás de la víctima, la tocó en el hombro, y esta levantó la vista, gritó y luego sufrió convulsiones. No se recuperó del susto, sino que enloqueció. Hoy en día parece increíble que la gente creyera en fantasmas hace tan poco tiempo. Pero creían.

Después de preguntar por otras personas que pude recordar, finalmente pregunté por mí mismo :

«Oh, tuvo bastante éxito; otro caso de un completo idiota. Si lo hubieran enviado a San Luis, habría triunfado antes».

Fue con gran satisfacción que reconocí la sabiduría de haberle dicho a este caballero sincero, desde el principio, que mi nombre era Smith.



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Capítulo 54


Pasado y presente


Allí arriba, a solas, seguí observando casas antiguas en el pueblo lejano, e invocando a sus antiguos habitantes desde el pasado mohoso. Entre ellas, reconocí de inmediato la casa del padre de Lem Hackett (nombre ficticio). Aquello me transportó en un instante a más de una generación atrás, y me situó en medio de una época en la que los acontecimientos de la vida no eran el resultado natural y lógico de grandes leyes generales, sino de órdenes especiales, y estaban cargados de propósitos muy precisos y definidos: en parte punitivos, en parte aleccionadores; y generalmente de aplicación local.

Cuando yo era pequeño, Lem Hackett se ahogó un domingo. Cayó de una barcaza vacía donde estaba jugando. Cargado de pecado, se hundió como un yunque. Fue el único niño del pueblo que durmió esa noche. Todos los demás permanecimos despiertos, arrepentidos. No necesitábamos la información, pronunciada desde el púlpito esa noche, de que el caso de Lem era un juicio especial; ya lo sabíamos. Esa noche hubo una tormenta eléctrica feroz que duró hasta casi el amanecer. El viento soplaba, las ventanas vibraban, la lluvia caía a cántaros sobre el tejado, y en breves intervalos la oscuridad de la noche se desvanecía, las casas de enfrente brillaban blancas y cegadoras por un instante tembloroso, luego la sólida oscuridad volvía a cerrarse y un trueno ensordecedor resonaba, que parecía destrozar todo a su alrededor. Me incorporé en la cama temblando y estremeciéndome, esperando la destrucción del mundo, y la anticipaba. Para mí, no había nada extraño ni incongruente en que el cielo armara tal revuelo por Lem Hackett. Aparentemente, era lo correcto. No me cabía duda de que todos los ángeles estaban reunidos, discutiendo el caso de este muchacho y observando con satisfacción y aprobación el terrible bombardeo de nuestra pequeña y miserable aldea. Había algo que me perturbaba profundamente: la idea de que este interés celestial centrado en nuestra aldea no podía dejar de atraer la atención de los observadores hacia personas entre nosotros que, de otro modo, habrían pasado desapercibidas durante años. Sentía que no solo era una de esas personas, sino la más propensa a ser descubierta. Ese descubrimiento solo podía tener un resultado: estaría en el fuego con Lem antes de que el frío del río se hubiera disipado por completo de su interior. Sabía que esto sería lo justo y equitativo. Constantemente aumentaba mis posibilidades de perdición, al sentir una amargura secreta contra Lem por haber atraído esa atención fatal hacia mí, pero no podía evitarlo; ese pensamiento pecaminoso persistía en infestar mi pecho a pesar de mí. Cada vez que el relámpago brillaba, contenía la respiración y creía que había muerto. En mi terror y miseria, comencé a sugerir a otros muchachos y a mencionar actos suyos que eran más perversos que los míos y que merecían un castigo especial; y traté de fingir que lo hacía de forma casual, sin intención de desviar la atención divina hacia ellos para librarme de ella.Con profunda perspicacia, transformé estas menciones en recuerdos dolorosos y falsas súplicas para que los pecados de esos muchachos pasaran desapercibidos: «Quizás se arrepientan». «Es cierto que Jim Smith rompió una ventana y mintió al respecto, pero tal vez no lo hizo con mala intención. Y aunque Tom Holmes dice más palabrotas que cualquier otro chico del pueblo, probablemente tenga la intención de arrepentirse, aunque nunca lo haya dicho. Y si bien es cierto que John Jones pescó un poco el domingo, una vez, en realidad no pescó nada más que un pequeño e inútil pez gato; y tal vez no hubiera sido tan terrible si lo hubiera devuelto al agua, como dice que hizo, pero no lo hizo. Ojalá se arrepintieran de estas cosas terribles, y tal vez lo hagan».



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Pero mientras intentaba, vergonzosamente, llamar la atención sobre esos pobres muchachos —quienes sin duda dirigían la atención celestial hacia mí en ese mismo instante, aunque jamás lo sospeché—, dejé la vela encendida sin darme cuenta. No era momento de descuidar ni siquiera las precauciones más insignificantes. No había ocasión para añadir nada a los medios para atraer la atención hacia mí, así que apagué la luz.

Fue una noche larga para mí, y quizás la más angustiosa que jamás haya vivido. Sufrí terribles remordimientos por pecados que sabía que había cometido, y por otros de los que no estaba seguro, pero sí convencido de que un ángel, más sabio que yo, no confiaba en la memoria para asuntos tan importantes, los había escrito en mi contra en un libro. Poco a poco, me di cuenta de que había cometido un error garrafal y desastroso: sin duda, no solo había sellado mi propia destrucción al llamar la atención sobre aquellos muchachos, ¡sino que ya había consumado la suya! ¡Seguro que el rayo los había dejado a todos muertos en sus camas! La angustia y el miedo que me produjo este pensamiento hicieron que mis sufrimientos anteriores parecieran insignificantes en comparación.

La situación se había vuelto realmente grave. Decidí cambiar de rumbo de inmediato; también decidí unirme a la iglesia al día siguiente, si sobrevivía para verla salir. Decidí dejar de pecar en todas sus formas y llevar una vida noble e intachable para siempre. Sería puntual en la iglesia y en la escuela dominical; visitaría a los enfermos; llevaría canastas de comida a los pobres (simplemente para cumplir con las normas, aunque sabía que entre nosotros no había nadie tan pobre, pero me romperían la canasta en la cabeza por mis esfuerzos); instruiría a otros muchachos en el buen camino y aceptaría con humildad los castigos resultantes; subsistiría exclusivamente con folletos; irrumpiría en la taberna y advertiría al borracho; y finalmente, si escapaba del destino de aquellos que pronto se vuelven demasiado buenos para vivir, me haría misionero.

La tormenta amainó al amanecer, y poco a poco me fui quedando dormido con la sensación de estar en deuda con Lem Hackett por haber afrontado el sufrimiento eterno de una manera tan abrupta, evitando así una catástrofe mucho más terrible: mi propia pérdida.

Pero cuando, al cabo de un rato, me levanté renovado y descubrí que los otros chicos seguían vivos, tuve la vaga sensación de que quizás todo había sido una falsa alarma; que todo el revuelo había sido culpa de Lem y de nadie más. El mundo parecía tan brillante y seguro que no parecía haber motivo alguno para cambiar de rumbo. Estuve algo cabizbajo ese día, y quizás también el siguiente; después, mi propósito de reformarme se fue desvaneciendo poco a poco, y volví a disfrutar de una época tranquila y apacible, hasta la siguiente tormenta.

Aquella tormenta llegó unas tres semanas después; y fue la más inexplicable que jamás había vivido, pues en la tarde de ese día, Dutchy se ahogó. Dutchy pertenecía a nuestra escuela dominical. Era un muchacho alemán que no sabía resguardarse de la lluvia; pero era exasperantemente bueno y tenía una memoria prodigiosa. Un domingo, se convirtió en la envidia de todos los jóvenes y en el tema de conversación de todo el pueblo, recitando tres mil versículos de las Escrituras sin omitir ni una palabra; al día siguiente, se marchó y se ahogó.

Las circunstancias le dieron a su muerte una singular solemnidad. Nos bañábamos en un arroyo lodoso con un pozo profundo, donde los toneleros habían sumergido una pila de aros de nogal americano verde a unos cuatro metros de profundidad. Estábamos buceando para ver quién aguantaba más tiempo bajo el agua. Lográbamos mantenernos sumergidos agarrándonos a los aros. Dutchy no lo hizo tan bien que cada vez que asomaba la cabeza fuera recibido con risas y burlas. Finalmente, pareció dolido por las burlas y nos rogó que nos quedáramos quietos en la orilla, que fuéramos justos con él y que le diéramos una cuenta honesta: «Sean amables y bondadosos solo por esta vez, y no se equivoquen al contar solo por reírse de él». Intercambiamos guiños cómplices y todos dijimos: «Está bien, Dutchy, adelante, seremos justos».



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Dutchy se zambulló, pero los chicos, en lugar de empezar a contar, siguieron el ejemplo de uno de ellos y corrieron hacia unos arbustos de moras cercanos, escondiéndose tras ellos. Imaginaban la humillación de Dutchy cuando, tras un esfuerzo sobrehumano, se levantara y encontrara el lugar silencioso y vacío, sin nadie que lo aplaudiera. Estaban tan llenos de risa con la idea que no paraban de estallar en carcajadas ahogadas. El tiempo transcurrió, y al poco rato uno que miraba entre las zarzas dijo, sorprendido:

¡Pero si aún no ha subido!

Las risas cesaron.

—Chicos, es un buceo espléndido —dijo uno.

—No importa —dijo otro—, la broma a costa de él es aún mejor así.

Hubo un par de comentarios más, y luego una pausa. Dejaron de hablar y todos empezaron a mirar a través de las enredaderas. Al poco tiempo, los rostros de los chicos se tornaron inquietos, luego ansiosos, y finalmente aterrorizados. El agua seguía inmóvil. Los corazones empezaron a latir con fuerza y ​​los rostros palidecieron. Salimos del agua en silencio y nos quedamos en la orilla, con la mirada horrorizada, alternando entre los rostros de los demás y el agua.

¡Alguien tiene que bajar a ver!

Sí, era evidente; nadie quería esa tarea tan espantosa.

¡Echen una pajita!

Así lo hicimos, con las manos temblando tanto que apenas sabíamos lo que hacíamos. Me tocó a mí, y bajé. El agua estaba tan turbia que no veía nada, pero tanteé entre los postes del aro y enseguida agarré una muñeca inerte que no reaccionó; y si lo hubiera hecho, no me habría dado cuenta, pues la solté con tal brusquedad y miedo.

El niño había quedado atrapado entre los postes del aro, indefenso e inmovilizado. Salí corriendo a la superficie y di la terrible noticia. Algunos sabíamos que si lo sacábamos de inmediato, tal vez podría reanimarse, pero nunca lo consideramos. No pensábamos en nada; no sabíamos qué hacer, así que no hicimos nada, salvo que los más pequeños lloraban desconsoladamente, y todos nos vestíamos frenéticamente, poniéndonos la ropa que teníamos a mano, y por lo general, la poníamos del revés. Luego salimos corriendo y dimos la alarma, pero ninguno de nosotros regresó para ver el final de la tragedia. Teníamos algo más importante que hacer: todos volamos a casa y no perdimos ni un instante en prepararnos para una vida mejor.



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La noche pronto llegó a su fin. Entonces se desató aquella tremenda e inexplicable tormenta. Estaba completamente aturdido; no podía comprenderla. Me parecía que debía haber algún error. Los elementos se desataron, y rugieron, golpearon y azotaron con furia y frenesí. Perdí todo ánimo y esperanza, y un pensamiento desolador seguía rondando mi cabeza: «Si un muchacho que se sabe de memoria tres mil versos no es suficiente, ¿qué posibilidades hay para alguien más?».

Por supuesto, jamás cuestioné que la tormenta fuera culpa de Dutchy, ni que él o cualquier otro animal insignificante mereciera semejante demostración divina; lo único que me inquietaba era la lección que me dejaba, pues me convencía de que si Dutchy, con todas sus virtudes, no era un encanto, sería inútil que yo cambiara de rumbo, ya que inevitablemente me quedaría muy lejos de aquel chico, por mucho que lo intentara. Sin embargo, lo hice —un temor profundamente arraigado me obligó a ello—, pero los días siguientes, llenos de alegría y sol, volvieron a aparecer, y en un mes había retrocedido tanto que volví a sentirme tan perdido y a gusto como siempre.

Se acercaba la hora del desayuno mientras reflexionaba sobre estos temas y recordaba aquellos sucesos antiguos; así que volví al presente y bajé la colina.

De camino al hotel, vi la casa que fue mi hogar cuando era niño. Al precio actual, quienes la habitan no valen más que yo; pero en mi época, cada uno habría valido al menos quinientos dólares. Son personas de color.

Después del desayuno, salí sola de nuevo, con la intención de buscar algunas escuelas dominicales y ver cómo se comparaba esta generación de alumnos con sus antepasados ​​que se habían sentado conmigo en esos lugares y probablemente me habían tomado como modelo, aunque ahora no lo recuerdo. Junto a la plaza pública había en mi época una pequeña iglesia de ladrillo destartalada llamada «El Viejo Barco de Sion», a la que asistí como alumna de la escuela dominical; y encontré el lugar con bastante facilidad, pero no la vieja iglesia; había desaparecido, y en su lugar había un edificio nuevo, llamativo y bastante gracioso. Los alumnos iban mejor vestidos y eran más guapos que los de mi época; por consiguiente, no se parecían a sus antepasados; y por consiguiente, no había nada familiar para mí en sus rostros. Aun así, los contemplé con profundo interés y una melancolía nostálgica, y si hubiera sido niña habría llorado; Porque eran descendientes, y representaban, y ocupaban los lugares, de niños y niñas a algunos de los cuales amé amar, y a otros de los cuales amé odiar, pero todos ellos fueron queridos para mí por una razón u otra, tantos años después... ¡y, Señor, dónde estarán ahora!

Me sentí profundamente conmovido y habría agradecido que me permitieran permanecer tranquilo y observar a mi antojo; pero un superintendente calvo, que había sido compañero mío de la escuela dominical en ese mismo lugar en mi juventud, me reconoció, y les solté un montón de disparates a esos niños para ocultar los pensamientos que tenía en mente, y que no podría haber expresado sin una traición a mis sentimientos que se habría considerado impropia de mí.

Pronunciar discursos sin preparación no es mi fuerte; y estaba decidido a desaprovechar cualquier oportunidad nueva, pero en la siguiente escuela dominical, más numerosa, me encontré al fondo de la asamblea; así que estuve muy dispuesto a subir a la plataforma un momento para observar bien a los alumnos. De repente, no pude recordar ninguna de las viejas tonterías con las que los visitantes solían insultarme cuando era alumno allí; y lo lamenté, ya que me habría dado tiempo y excusa para entretenerme y contemplar con detenimiento lo que, me atrevo a decir, era un grupo de jóvenes atractivos y frescos, inigualables en otra escuela dominical del mismo tamaño. Como hablé simplemente para tener la oportunidad de observar; y como solté esas tonterías al azar solo para prolongar la observación, consideré decente confesar estas bajas intenciones, y así lo hice.



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Si el Niño Modelo estuvo en alguna de esas escuelas dominicales, no lo vi. El Niño Modelo de mi época —solo tuvimos uno— era perfecto: perfecto en modales, perfecto en vestir, perfecto en conducta, perfecto en piedad filial, perfecto en devoción exterior; pero en el fondo era un mojigato; y en cuanto al contenido de su cráneo, podría haber sido reemplazado por el contenido de un pastel y nadie habría salido perjudicado salvo el pastel. La impecabilidad de este muchacho era una vergüenza constante para todos los chicos del pueblo. Era la admiración de todas las madres y el desprecio de todos sus hijos. Me contaron qué fue de él, pero como fue una decepción para mí, no entraré en detalles. Triunfó en la vida.





Capítulo 55


Una venganza y otras cosas


Durante mi estancia de tres días en el pueblo, me despertaba cada mañana con la impresión de ser un niño, pues en mis sueños todos los rostros volvían a ser jóvenes y parecían como en los viejos tiempos; pero me acostaba cada noche con cien años, pues mientras tanto había estado viendo esos rostros tal como son ahora.

Claro que al principio me llevé algunas sorpresas, antes de acostumbrarme al cambio. Conocí a señoras jóvenes que parecían no haber cambiado nada; pero resultaron ser las hijas de las jóvenes que yo tenía en mente, a veces incluso sus nietas. Cuando te dicen que una desconocida de cincuenta años es abuela, no hay nada sorprendente; pero si, por el contrario, es alguien a quien conociste de niña, parece imposible. Te preguntas: "¿Cómo puede una niña ser abuela?". Se necesita tiempo para aceptar y comprender que, mientras uno envejece, sus amigos no se han quedado estancados en ese aspecto.

Observé que los mayores cambios se daban en las mujeres, no en los hombres. Vi hombres que, a sus treinta años, apenas habían cambiado; pero sus esposas habían envejecido. Eran buenas mujeres; ser buena es agotador.

Había un talabartero al que deseaba ver, pero ya no estaba. Muerto, hacía muchos años, decían. Una o dos veces al día, el talabartero solía bajar corriendo por la calle, poniéndose el abrigo mientras caminaba; y entonces todos sabían que se acercaba un barco de vapor. Todos sabían también que John Stavely no esperaba a nadie en el barco, ni tampoco ninguna mercancía; y Stavely debía de saber que todos lo sabían, pero aun así no le importaba; le gustaba aparentar que esperaba cien mil toneladas de sillas de montar en ese barco, y así siguió toda su vida, disfrutando de estar siempre disponible para recibir y cobrar esas sillas, por si acaso, por algún milagro, llegaban. Un periódico malicioso de Quincy solía referirse a este pueblo, en tono de burla, como «El Desembarcadero de Stavely». Stavely fue una de mis primeras admiraciones; envidiaba su ajetreo de negocios imaginarios y el espectáculo que era capaz de montar ante los extraños, mientras bajaba volando por la calle luchando con su abrigo ondeante.

Pero había un carpintero que era mi mayor héroe. Era un mentiroso consumado, pero yo no lo sabía; creía todo lo que decía. Era un farsante romántico, sentimental y melodramático, y su porte me impresionaba profundamente. Recuerdo vívidamente la primera vez que me confió sus secretos. Estaba cepillando una tabla, y de vez en cuando se detenía y exhalaba un profundo suspiro; y ocasionalmente murmuraba frases inconexas, confusas e ininteligibles, pero de entre ellas a veces se escapaba una exclamación que me hacía estremecer y me hacía bien: «¡Oh, Dios, es su sangre!». Me senté en la caja de herramientas y lo admiré humilde y estremecidamente; pues lo juzgaba como un hombre lleno de maldad. Finalmente, dijo en voz baja:

'Mi amiguito, ¿puedes guardar un secreto?'

Dije con entusiasmo que podía.

¿Una oscura y espantosa?

En ese punto, quedé satisfecho.

«Entonces os contaré algunos pasajes de mi historia; ¡porque debo aliviar mi alma atribulada, o moriré!»

Me advirtió una vez más que guardara silencio absoluto; luego me dijo que era un asesino con las manos en la masa. Dejó el avión, extendió las manos frente a él, las contempló con tristeza y dijo:

«¡Mirad, con estas manos he arrebatado la vida a treinta seres humanos!»

El efecto que esto tuvo en mí lo inspiró, y se volcó en el tema con interés y energía. Dejó de generalizar y entró en detalles: comenzó con su primer asesinato; lo describió, contó las medidas que había tomado para evitar sospechas; luego pasó a su segundo homicidio, al tercero, al cuarto, y así sucesivamente. Siempre había cometido sus asesinatos con un cuchillo bowie, y me puso los pelos de punta al sacarlo de repente y mostrármelo.

Al final de esta primera sesión, volví a casa con seis de sus espeluznantes secretos entre mis pertenencias, y me resultaron de gran ayuda para mis sueños, que habían estado lentos últimamente. Lo busqué una y otra vez, en mis vacaciones de los sábados; de hecho, pasé todo el verano con él, todo lo cual fue valioso para mí. Su fascinación nunca disminuyó, pues añadía algo nuevo y conmovedor, en forma de horror, a cada asesinato sucesivo. Siempre daba nombres, fechas, lugares, todo. Esto, poco a poco, me permitió notar dos cosas: que había matado a sus víctimas en todos los rincones del mundo, y que estas víctimas siempre se apellidaban Lynch. La destrucción de los Lynch continuó serenamente, sábado tras sábado, hasta que los treinta originales se multiplicaron hasta sesenta, y aún quedaban más por saber; entonces mi curiosidad venció mi timidez, y pregunté cómo era posible que todas estas personas justamente castigadas llevaran el mismo nombre.



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Mi héroe dijo que jamás había revelado ese oscuro secreto a ningún ser vivo; pero sentía que podía confiar en mí, y por lo tanto, me contaría la historia de su triste y desdichada vida. Había amado a una mujer «demasiado bella para este mundo», y ella le había correspondido «con todo el dulce afecto de su naturaleza pura y noble». Pero tenía un rival, un «vil mercenario» llamado Archibald Lynch, que decía que la muchacha debía ser suya, o «teñiría sus manos con la mejor sangre de su corazón». El carpintero, «inocente y feliz en el joven sueño del amor», no le dio importancia a la amenaza, sino que condujo a su «amada de cabellos dorados» al altar, y allí, los dos se unieron; allí también, justo cuando las manos del ministro se extendían en bendición sobre sus cabezas, se cometió el terrible acto —con un cuchillo— y la novia cayó muerta a los pies de su esposo. ¿Y qué hizo el esposo? Sacó aquel cuchillo y, arrodillándose junto al cuerpo de su ser querido, juró «consagrar su vida al exterminio de toda la escoria humana que lleva el odiado nombre de Lynch».

Eso era todo. Había estado dando caza a los Lynch y asesinándolos desde aquel día hasta hoy: veinte años. Siempre había usado el mismo cuchillo consagrado; con él había asesinado a su larga lista de Lynch, y con él había dejado en la frente de cada víctima una marca peculiar: una cruz profundamente grabada. Dijo él...

La cruz del Vengador Misterioso es conocida en Europa, en América, en China, en Siam, en los trópicos, en los mares polares, en los desiertos de Asia, en toda la tierra. Dondequiera que un Lynch haya penetrado en los confines del globo, allí se ha visto la Cruz Misteriosa, y quienes la han visto se han estremecido y han dicho: «Es su marca, él ha estado aquí». Habéis oído hablar del Vengador Misterioso; contempladlo, pues ante vosotros se alza nada menos que una persona. Pero cuidado: no dirigáis ni una palabra a nadie. Guardad silencio y esperad. Una mañana, esta ciudad acudirá horrorizada a ver un cadáver ensangrentado; en su frente se verá la terrible señal, y los hombres temblarán y susurrarán: «Él ha estado aquí, ¡es la marca del Vengador Misterioso!». Vendréis aquí, pero yo habré desaparecido; no me veréis más.

Este imbécil había estado leyendo el 'Jibbenainosay', sin duda, y su pobre cabeza romántica se había dejado llevar por él; pero como yo aún no había visto el libro, tomé sus invenciones por ciertas y no sospeché que fuera un plagiador.

Sin embargo, teníamos un Lynch viviendo en el pueblo; y cuanto más pensaba en su inminente perdición, menos podía dormir. Sentía que era mi deber salvarlo, y un deber aún más claro e importante el de dormir yo mismo, así que finalmente me atreví a ir a ver al señor Lynch y contarle lo que estaba a punto de sucederle, bajo estricto secreto. Le aconsejé que huyera, y ciertamente esperaba que lo hiciera. Pero se rió de mí; y no se detuvo ahí; me llevó al taller del carpintero, le dio al carpintero una lección burlona y desdeñosa sobre sus ridículas pretensiones, le abofeteó, lo obligó a arrodillarse y suplicar, y luego se marchó, dejándome contemplando la ruina barata y lamentable de quien, a mis ojos, había sido tan poco tiempo un héroe majestuoso e incomparable.



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El carpintero fanfarroneó, blandió su cuchillo y sentenció a Lynch con su habitual estilo explosivo, sin que la contundencia de sus fatídicas palabras disminuyera; pero para mí todo fue en vano; ya no era un héroe, sino un pobre, tonto y desenmascarado farsante. Me avergoncé de él y de mí mismo; perdí todo interés en él y nunca más volví a su taller. Su pérdida fue irreparable, pues era el mayor héroe que jamás había conocido. El tipo debía de tener cierto talento, pues algunos de sus asesinatos imaginarios estaban descritos con tanta viveza y dramatismo que aún recuerdo todos los detalles.

Los habitantes de Hannibal no han cambiado más que la propia ciudad. Ya no es un pueblo; es una ciudad, con alcalde, ayuntamiento, sistema de abastecimiento de agua y, probablemente, deudas. Tiene quince mil habitantes, es un lugar próspero y dinámico, y está pavimentada como el resto del oeste y el sur, donde una calle bien pavimentada y una buena acera son tan raras que uno duda de ellas cuando las ve. La media docena de ferrocarriles habituales ahora tienen su centro en Hannibal, y hay una nueva estación que costó cien mil dólares. En mi época, la ciudad no tenía ninguna especialidad ni grandeza comercial; el tren diario solía desembarcar un pasajero, comprar un bagre y llevarse otro pasajero y un montón de mercancías; pero ahora ha surgido un enorme comercio de madera y, como resultado, un gran comercio de productos diversos. Allí se mueve mucho dinero ahora.



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Bear Creek —llamado así, quizás, porque siempre estuvo particularmente desprovisto de osos— ahora está oculto bajo islas y continentes de madera apilada, y solo un experto puede encontrarlo. Solía ​​ahogarme allí todos los veranos, y algún enemigo fortuito me vaciaba, me volvía a inflar y lo hacía volver a funcionar; pero ahora no queda suficiente desocupado como para que alguien se ahogue. En su época, era famoso por ser un foco de escalofríos y fiebre. Recuerdo un verano en que todos en el pueblo contrajeron esta enfermedad a la vez. Muchas chimeneas se derrumbaron y todas las casas quedaron tan dañadas que hubo que reconstruir el pueblo. Los científicos suponen que el abismo o desfiladero entre Lover's Leap y la colina al oeste fue causado por la acción glacial. Esto es un error.

Hay una cueva interesante a un par de kilómetros de Hannibal, entre los acantilados. Me hubiera gustado volver a visitarla, pero no tuve tiempo. En mi época, el entonces propietario la convirtió en un mausoleo para su hija de catorce años. El cuerpo de esta pobre niña fue colocado en un cilindro de cobre lleno de alcohol, que quedó suspendido en una de las lúgubres avenidas de la cueva. La tapa del cilindro era desmontable; y se decía que era común que los turistas más sórdidos arrastraran el rostro del difunto hasta la vista para examinarlo y comentarlo.



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Capítulo 56


Una cuestión de derecho


El matadero ya no está en la desembocadura de Bear Creek, al igual que la pequeña cárcel (o «calaboose») que antes se alzaba en sus inmediaciones. Un ciudadano preguntó: «¿Recuerdan cuando Jimmy Finn, el borracho del pueblo, murió quemado en la calaboose?».

Observen ahora cómo la historia se corrompe con el paso del tiempo y la ayuda de los malos recuerdos de los hombres. Jimmy Finn no fue quemado en la calaboza, sino que murió de muerte natural en una tina de curtido, por una combinación de delirium tremens y combustión espontánea. Cuando digo muerte natural, quiero decir que fue una muerte natural para Jimmy Finn. La víctima de la calaboza no era ciudadano; era un pobre forastero, un vagabundo inofensivo empapado de whisky. Sé más sobre su caso que nadie; sabía demasiado de él, en aquel día pasado, como para disfrutar hablando de ello. Ese vagabundo andaba vagando por las calles una noche fría, con una pipa en la boca, pidiendo un fósforo; no obtuvo ni fósforos ni cortesía; al contrario, una tropa de niños traviesos lo siguió y se divirtió molestándolo y fastidiándolo. Yo ayudé; Pero al fin, una súplica del vagabundo pidiendo clemencia, acompañada de una patética referencia a su desamparada y solitaria condición, tocó en mí la poca vergüenza y el sosiego que me quedaban, y fui a buscarle cerillas. Luego me dirigí a casa y me acosté, con la conciencia pesada y el ánimo decaído. Una o dos horas después, el hombre fue arrestado y encerrado en la celda por el alguacil —un nombre pomposo para un agente, pero ese era su título—. A las dos de la madrugada, las campanas de la iglesia sonaron por incendio, y todos salieron, por supuesto; yo con los demás. El vagabundo había usado las cerillas de forma desastrosa: había prendido fuego a su cama de paja, y el revestimiento de roble de la habitación se había incendiado. Cuando llegué abajo, doscientos hombres, mujeres y niños estaban apiñados, paralizados por el horror, mirando fijamente las rejas de las ventanas de la cárcel. Detrás de los barrotes de hierro, tirando frenéticamente de ellos y gritando pidiendo ayuda, estaba el vagabundo; parecía un objeto negro contra el sol, tan blanca e intensa era la luz a su espalda. No se encontraba al alguacil, y él tenía la única llave. Rápidamente se improvisó un ariete, y el estruendo de sus golpes contra la puerta resonó con tal fuerza que los espectadores estallaron en vítores y creyeron que la batalla había sido ganada. Pero no fue así. Las vigas eran demasiado fuertes; no cedieron. Se decía que el hombre seguía aferrado a los barrotes incluso después de muerto; y que en esa posición las llamas lo envolvieron y lo consumieron. Sobre esto, lo desconozco. Lo que se vio después de que reconociera el rostro que suplicaba a través de los barrotes, lo vieron otros, no yo.

Vi ese rostro, así situado, todas las noches durante mucho tiempo después; y me sentí tan culpable de la muerte de aquel hombre como si le hubiera dado las cerillas a propósito para que se quemara con ellas. No tenía duda de que me ahorcarían si se descubría mi conexión con aquella tragedia. Los sucesos y las impresiones de aquel tiempo están grabados a fuego en mi memoria, y su estudio me entretiene tanto ahora como me angustiaron entonces. Si alguien hablaba de aquel horrible asunto, enseguida prestaba toda mi atención, atento a lo que pudiera decir, pues siempre temía y esperaba que me sospecharan; y tan fina y delicada era la percepción de mi conciencia culpable, que a menudo detectaba sospechas en los comentarios más insignificantes, en miradas, gestos, ojeos que no tenían significado alguno, pero que me hacían temblar de miedo. Y qué asco me daba cuando alguien, por muy descuidado y sin intención que fuera, decía: «¡El asesinato siempre sale a la luz!». Para un niño de diez años, yo cargaba con una carga bastante pesada.

Durante todo este tiempo, afortunadamente, había olvidado una cosa: el hecho de que era un charlatán empedernido en sueños. Pero una noche desperté y encontré a mi compañero de cama, mi hermano menor, sentado en la cama, contemplándome a la luz de la luna. Le dije:

'¿Cuál es el problema?'

"Hablas tanto que no puedo dormir."

En un instante, me incorporé, con los riñones en la garganta y el pelo de punta.

¿Qué dije? ¡Rápido, dilo de una vez! ¿Qué dije?



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'Poco.'

'Es mentira, tú lo sabes todo.'

'¿Todo sobre qué?'

'Ya lo sabes perfectamente. Sobre eso .'

¿De qué hablas? No sé de qué estás hablando. Creo que estás enfermo o loco o algo así. Pero bueno, estás despierto, y yo voy a dormir mientras pueda.

Se quedó dormido y yo yacía allí, empapado en sudor frío, dándole vueltas a este nuevo terror en el torbellino de pensamientos que me invadía. El peso de mi mente era: ¿Cuánto habré revelado? ¿Cuánto sabe él? ¡Qué angustia me produce esta incertidumbre! Pero al poco tiempo se me ocurrió una idea: despertaría a mi hermano y lo interrogaría con un caso hipotético. Lo sacudí y le dije:

'Supongamos que un hombre se acerca a ti borracho...'

'Esto es una tontería; yo nunca me emborracho.'

—No me refiero a ti, idiota, me refiero al hombre. Imagina que un hombre viene borracho y te pide prestado un cuchillo, un tomahawk o una pistola, y olvidas decirle que está cargada, y...

¿Cómo se podría cargar un tomahawk?

«No me refiero al tomahawk, y no dije tomahawk; dije la pistola. Ahora no sigas interrumpiendo así, porque esto es serio. Ha muerto un hombre.»

¡¿Qué?! ¿En este pueblo?

'Sí, en esta ciudad.'

—Bueno, adelante, no diré ni una sola palabra.

«Bueno, entonces, supongamos que olvidaste decirle que tuviera cuidado con ella, porque estaba cargada, y él se fue y se disparó con esa pistola —jugando con ella, ya sabes, y probablemente haciéndolo por accidente, estando borracho—. Bueno, ¿sería eso asesinato?»

'No, suicidio.'

'No, no. No me refiero a su acto, me refiero al tuyo: ¿serías un asesino por dejarle tener esa pistola?'

Tras una profunda reflexión, llegó esta respuesta:

'Bueno, supongo que fui culpable de algo... tal vez de asesinato... sí, probablemente de asesinato, pero no estoy del todo seguro.'

Esto me incomodó mucho. Sin embargo, no fue un veredicto definitivo. Debía exponer el caso real; parecía no haber otra manera. Pero lo haría con cautela y estaría atento a cualquier efecto sospechoso. Dije:

'Estaba suponiendo un caso, pero ahora voy a contarte el verdadero. ¿Sabes cómo terminó el hombre quemado en la calaboza?'

'No.'

¿No tienes ni la más mínima idea?

'Ni mucho menos.'

'¿Ojalá te mueras en el acto si lo has hecho?'

Sí, ojalá pudiera morir en el acto.

«Pues bien, la cosa fue así. El hombre quería cerillas para encender su pipa. Un muchacho se las trajo. El hombre prendió fuego a la pipa con esas mismas cerillas y murió quemado.»

'¿Es eso así?'

'Sí, lo es. Ahora bien, ¿crees que ese chico es un asesino?'

'A ver. ¿El hombre estaba borracho?'

Sí, estaba borracho.

¿Muy borracho?

'Sí.'

¿Y el niño lo sabía?

Sí, él lo sabía.

Hubo una larga pausa. Luego llegó este duro veredicto...

«Si el hombre estaba borracho y el chico lo sabía, el chico asesinó a ese hombre. Eso es seguro».

Una sensación tenue y nauseabunda recorrió todas las fibras de mi cuerpo, y me pareció comprender cómo se siente una persona que escucha su sentencia de muerte pronunciada desde el estrado. Esperé a oír lo que mi hermano diría a continuación. Creía saber lo que iba a decir, y tenía razón. Dijo...

'Conozco al chico.'

No tenía nada que decir; así que no dije nada. Simplemente me estremecí. Entonces añadió...

'Sí, antes de que terminaras de contarme la mitad de la historia, supe perfectamente quién era el chico; ¡era Ben Coontz!'

Salí de mi colapso como quien resucita de entre los muertos. Dije, con admiración:

'¿Cómo demonios lo adivinaste?'

"Lo dijiste mientras dormías."

Me dije a mí mismo: «¡Qué espléndido es eso! Este es un hábito que hay que cultivar».

Mi hermano siguió hablando inocentemente...

«Cuando hablabas en sueños, no dejabas de murmurar algo sobre “cerillas”, que no entendía nada; pero justo ahora, cuando empezaste a contarme lo del hombre, la calabaza y las cerillas, recordé que en sueños mencionaste a Ben Coontz dos o tres veces; así que até cabos, ¿sabes?, y enseguida supe que fue Ben quien quemó a ese hombre.»

Elogié efusivamente su sagacidad. Acto seguido, preguntó:



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¿Vas a entregarlo a la justicia?

—No —dije—; creo que esto le servirá de lección. Por supuesto que lo vigilaré, pues es lo correcto; pero si se detiene donde está y se reforma, jamás se podrá decir que lo traicioné.

¡Qué bueno eres!

'Bueno, lo intento. Es todo lo que una persona puede hacer en un mundo como este.'

Y ahora, al haber pasado mi carga a otros hombros, mis terrores pronto se desvanecieron.

El día antes de partir de Hannibal, algo curioso llamó mi atención: la sorprendente dilatación del tiempo longitudinal que allí experimenta. Lo supe por uno de los hombres más sencillos: el cochero negro de un amigo mío, que vive a cinco kilómetros del pueblo. Debía pasar a buscarme al Hotel Park a las 7:30 p. m. y llevarme. Pero se retrasó bastante; no llegó hasta las diez. Se excusó diciendo:

'El tiempo es más lento en el campo que en la ciudad; llegarás con tiempo de sobra, jefe. A veces salimos temprano para ir a la iglesia el domingo y llegamos justo en medio del sermón. La diferencia horaria es inevitable. No se puede calcular.'

Había perdido dos horas y media; pero había aprendido algo que valía por cuatro.



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Capítulo 57


Un arcángel


Desde San Luis hacia el norte, se aprecian todos los indicios de la presencia de poblaciones activas, enérgicas, inteligentes, prósperas y prácticas del siglo XIX. La gente no sueña, trabaja. El resultado positivo se manifiesta por doquier en el aspecto tangible de las cosas y en la sensación de bienestar y bienestar que se percibe en cada rincón.

Quincy es un ejemplo notable: una ciudad dinámica, hermosa y bien organizada; y ahora, como antes, interesada en el arte, las letras y otras cosas elevadas.

Pero Marion City es una excepción. Marion City ha retrocedido de una manera inexplicable. Esta metrópolis prometía tanto que los promotores le añadieron la palabra "ciudad" a su nombre desde el principio, con total confianza; pero fue una mala predicción. Cuando vi Marion City por primera vez, hace treinta y cinco años, tenía una calle y casi seis casas. Ahora solo tiene una, y esta, en ruinas, está a punto de seguir el mismo camino que las cinco anteriores y ser demolida por el río. Sin duda, Marion City estaba demasiado cerca de Quincy. Tenía otra desventaja: estaba situada en un terreno llano y fangoso, por debajo de la línea de marea alta, mientras que Quincy se alza en lo alto de la ladera de una colina.

En sus inicios, Quincy tenía el aspecto y las costumbres de una ciudad modelo de Nueva Inglaterra, y aún conserva esas características: calles amplias y limpias, casas y jardines impecables, elegantes mansiones y majestuosos bloques de edificios comerciales. Además, cuenta con amplios terrenos para ferias, un parque bien cuidado y numerosos paseos atractivos; biblioteca, salas de lectura, un par de universidades, algunas iglesias hermosas y costosas, y un imponente palacio de justicia con terrenos que ocupan una plaza. La población de la ciudad es de treinta mil habitantes. Hay algunas grandes fábricas y la manufactura, de diversos tipos, se realiza a gran escala.

La Grange y Canton son ciudades en crecimiento, pero me perdí Alexandria; me dijeron que estaba bajo el agua, pero que saldría a la superficie en verano.

Keokuk era fácilmente reconocible. Viví allí en 1857, un año extraordinario en lo que respecta al mercado inmobiliario. El auge fue maravilloso. Todo el mundo compraba, todo el mundo vendía, excepto las viudas y los predicadores; ellos siempre se aferraban a sus propiedades, y cuando la marea bajaba, se quedaban solos. Cualquier terreno urbano, por muy bien situado que estuviera, era vendible, y a un precio que habría sido elevado incluso si el suelo hubiera estado cubierto de billetes.

La ciudad cuenta ahora con quince mil habitantes y experimenta un crecimiento saludable. Era de noche y no pudimos apreciar los detalles, lo cual lamentamos, pues Keokuk tiene fama de ser una ciudad hermosa. Antiguamente era un lugar agradable para vivir y, sin duda, ha progresado, no retrocedido, en ese sentido.

Una obra monumental que se estaba llevando a cabo allí en mi época ya está terminada. Se trata del canal sobre los rápidos. Tiene ocho millas de largo, trescientos pies de ancho y en ningún punto menos de seis pies de profundidad. Su mampostería es de la majestuosa calidad que suele emplear el Departamento de Guerra, y perdurará como un acueducto romano. La obra costó entre cuatro y cinco millones.

Tras pasar una o dos horas con viejos amigos, retomamos el camino río arriba. Keokuk, hace mucho tiempo, era un lugar de descanso ocasional para aquel genio excéntrico, Henry Clay Dean. Creo que solo lo vi una vez; pero se hablaba mucho de él cuando vivía allí. Esto es lo que se decía de él:



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Comenzó su vida pobre y sin educación. Pero se educó a sí mismo, en las aceras de Keokuk. Se sentaba en una acera con su libro, ajeno al bullicio del comercio y al ir y venir de la gente, y se sumergía en sus estudios durante horas, sin cambiar de postura salvo para encoger las rodillas de vez en cuando y dejar pasar un carro sin obstáculos. Cuando terminaba su libro, su contenido, por muy abstracto que fuera, quedaba grabado en su memoria y se convertía en su posesión permanente. De esta manera, adquirió un vasto tesoro de conocimientos de todo tipo, que guardaba en su cabeza, a los que podía recurrir intelectualmente siempre que lo necesitara.

Su ropa no se diferenciaba en nada de la de un estibador cualquiera, salvo que era más andrajosa, más heterogénea y discordante (y, por lo tanto, más extravagantemente pintoresca), y estaba varias capas más sucia. Nadie podía adivinar quién era el cerebro detrás de aquel edificio a partir del edificio mismo.

Era un orador nato, primero por naturaleza y luego por la experiencia y la práctica. Cuando hacía campaña, su nombre era un imán que atraía a los granjeros a su puesto desde cincuenta millas a la redonda. Su tema siempre era la política. No usaba notas, pues un volcán no las necesita. En 1862, un hijo del difunto y distinguido ciudadano de Keokuk, el Sr. Claggett, me contó esta anécdota sobre Dean...

En Keokuk, en 1961, la tensión bélica era palpable, y se había programado una gran asamblea para una fecha determinada en el nuevo Ateneo. Un orador distinguido iba a dirigirse a la multitud. Tras llenar el edificio hasta su máxima capacidad con gente de ambos sexos que sufría un calor sofocante, el escenario seguía vacío: el orador no había logrado conectar con el público. La multitud se impacientó y, poco a poco, se indignó y se rebeló. En ese momento, un gerente afligido encontró a Dean en la acera, le explicó la situación, le quitó el libro, lo metió rápidamente en el edificio por la puerta trasera y le dijo que subiera al escenario y salvara a su país.



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De repente, un silencio se apoderó del público murmurante, y todas las miradas se dirigieron a un solo punto: el amplio, vacío y desprovisto de alfombra escenario. Allí apareció una figura cuyo aspecto resultaba familiar para apenas una docena de los presentes. Era el espantapájaros Dean, con zapatos de tacón bajo; calcetines de colores extraños, también bajos; pantalones desgastados, reliquias de la antigüedad, demasiado cortos, que dejaban al descubierto unos centímetros de tobillo; un chaleco desabrochado, también demasiado corto, que dejaba ver una zona de lino sucio y arrugado entre este y la cinturilla; la camisa abierta; un largo pañuelo negro, enrollado alrededor del cuello como una venda; un abrigo azul corto, que llegaba hasta la parte baja de la espalda, con mangas que dejaban al descubierto diez centímetros de antebrazo; una pequeña gorra de soldado de ala rígida colgaba de una esquina del bulto de... cualquiera que fuera ese bulto. Esta figura avanzó solemnemente por el escenario y, con paso pausado y medido, se dirigió al frente, donde se detuvo y observó soñadoramente al público, sin decir palabra. El silencio de la sorpresa se mantuvo por un instante, para luego ser interrumpido por una leve oleada de alegría que recorrió los rostros como la espuma de una ola. La figura permaneció inmóvil, observando pensativa. Se inició otra oleada, esta vez de risas. Le siguió otra, y luego una tercera, esta última bulliciosa.

Y entonces el extraño retrocedió un paso, se quitó la gorra de soldado, la arrojó al ala y comenzó a hablar, con deliberación, nadie escuchando, todos riendo y susurrando. El orador habló sin vergüenza, y pronto lanzó un disparo que dio en el blanco, y el resultado fue silencio y atención. Lo siguió rápido y veloz, con otras cosas reveladoras; se animó en su trabajo y comenzó a derramar sus palabras, en lugar de gotearlas; se puso cada vez más caliente, y cayó en descargas de relámpagos y truenos, y entonces la casa comenzó a estallar en aplausos, a los que el orador no prestó atención, sino que siguió martillando directamente; se desenrolló su vendaje negro y lo tiró, aún tronando; pronto se deshizo del frac y lo arrojó a un lado, disparando cada vez más alto todo el tiempo; finalmente arrojó el chaleco después del abrigo; y luego, durante un tiempo indefinido, permaneció allí, como otro Vesubio, arrojando humo y llamas, lava y cenizas, lloviendo piedra pómez y escorias, sacudiendo la tierra moral con choque intelectual tras choque, explosión tras explosión, mientras la multitud enloquecida permanecía de pie en un cuerpo sólido, respondiendo con un huracán incesante de vítores, a través de una tormenta de nieve azotada por pañuelos ondeantes.

«Cuando llegó Dean», dijo Claggett, «la gente pensaba que era un loco fugado; pero cuando se fue, pensaban que era un arcángel fugado».

Burlington, cuna del espumoso Burdette, es otra ciudad de montaña; y también una hermosa, sin duda alguna; una ciudad próspera y floreciente, con una población de veinticinco mil habitantes, rodeada de bulliciosas fábricas de casi todo tipo imaginable. Era una ciudad muy seria, por el momento, pues estaba pendiente un proyecto de ley sumamente serio: un proyecto de ley para prohibir la fabricación, exportación, importación, compra, venta, préstamo, robo, consumo, olfato o posesión, por conquista, herencia, intención, accidente o cualquier otra causa, en el estado de Iowa, de toda bebida nociva conocida por la humanidad, excepto el agua. Esta medida fue aprobada por todas las personas racionales del estado, pero no por el tribunal de jueces.

Burlington cuenta con todo el equipamiento propio de una ciudad moderna y progresista para un gobierno justo e inteligente; incluyendo un departamento de bomberos remunerado, algo de lo que carece la gran ciudad de Nueva Orleans, que aún emplea esa reliquia de la antigüedad: el sistema independiente.

En Burlington, como en todas estas ciudades de la cuenca alta del río, se respira un ambiente dinámico y emprendedor que resulta muy agradable. Recientemente se ha construido allí un teatro de ópera, que contrasta notablemente con los tugurios que suelen funcionar como teatros en ciudades del tamaño de Burlington.

No tuvimos tiempo de desembarcar en Muscatine, pero pudimos verla a plena luz del día desde el barco. Viví allí un tiempo, hace muchos años, pero el lugar, ahora, tenía un aspecto bastante desconocido; así que supongo que claramente ha superado al pueblo que yo conocía. De hecho, sé que sí; porque lo recuerdo como un lugar pequeño, que ya no lo es. Pero lo recuerdo mejor por un loco que me abordó en el campo, un domingo, sacó un cuchillo de carnicero de su bota y me propuso acuchillarme con él, a menos que lo reconociera como el único hijo del Diablo. Intenté llegar a un acuerdo reconociendo que era el único miembro de la familia que había conocido; pero eso no lo satisfizo; no aceptaba medias tintas; debo decir que era el único hijo del Diablo; afiló el cuchillo en su bota. No parecía que valiera la pena armar un escándalo por una nimiedad como esa; Así que me giré hacia su punto de vista y salvé el pellejo. Poco después, fue a visitar a su padre; y como no ha vuelto desde entonces, confío en que todavía esté allí.



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Y recuerdo Muscatine —aún con más agrado— por sus atardeceres de verano. Nunca he visto ninguno, a ninguno de los dos lados del océano, que los iguale. Usaban el ancho y tranquilo río como lienzo, y pintaban en él cada sueño de color imaginable, desde las delicadas y sutiles vetas del ópalo, pasando por intensidades acumulativas, hasta cegadoras conflagraciones púrpuras y carmesí que encantaban la vista, pero a la vez la ponían a prueba. Toda la región del Alto Misisipi tiene estos extraordinarios atardeceres como un espectáculo familiar. Es la verdadera Tierra del Atardecer: estoy seguro de que ningún otro país puede hacer honor a ese nombre. También se dice que los amaneceres son extraordinariamente hermosos. No lo sé.





Capítulo 58


En el curso superior del río




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Las grandes ciudades aparecen ahora, una tras otra, y entre ellas se extienden hileras de granjas prósperas, no una soledad desolada. Hora tras hora, el barco se adentra cada vez más en el vasto y populoso Noroeste; y con cada sección que se revela, la sorpresa y el respeto se intensifican. Un pueblo así, y sus logros, merecen admiración. Se trata de una raza independiente que piensa por sí misma y es capaz de hacerlo, porque está educada e ilustrada; lee, se mantiene al día de las ideas más novedosas, fortalece cada rincón débil de su tierra con una escuela, una universidad, una biblioteca y un periódico; y vive bajo la ley. No es apropiado preocuparse por el futuro de una raza como esta.

Esta región es nueva; tan nueva que podría decirse que aún está en sus inicios. Por lo que ha logrado en esta etapa inicial, se pueden prever las maravillas que hará en su madurez. Es tan nueva que el turista extranjero aún no ha oído hablar de ella ni la ha visitado. Durante sesenta años, el turista extranjero ha recorrido el río entre San Luis y Nueva Orleans, y luego ha regresado a casa y escrito su libro, creyendo haber visto todo lo que valía la pena ver o que tenía algo que ofrecer. En menos de seis de estos libros se mencionan estas ciudades del Alto Río, porque los cinco o seis turistas que exploraron esta región lo hicieron antes de que se planificaran estas ciudades. El último turista de todos (1878) realizó el mismo viaje rutinario de siempre: no había oído hablar de que existiera nada al norte de San Luis.

Y sin embargo, existía. Existía esta asombrosa región, repleta de grandes ciudades, proyectadas anteayer, por así decirlo, y construidas al día siguiente. Una veintena de ellas tienen entre mil quinientos y cinco mil habitantes. Luego tenemos Muscatine, diez mil; Winona, diez mil; Moline, diez mil; Rock Island, doce mil; La Crosse, doce mil; Burlington, veinticinco mil; Dubuque, veinticinco mil; Davenport, treinta mil; St. Paul, cincuenta y ocho mil; Minneapolis, sesenta mil y más.

El turista extranjero jamás ha oído hablar de esto; no hay ninguna mención de ello en sus libros. Surgieron de la noche a la mañana, mientras él dormía. Esta región es tan nueva que yo, relativamente joven, soy mayor que ella. Cuando nací, St. Paul tenía una población de tres personas, Minneapolis apenas un tercio. La población de Minneapolis de entonces murió hace dos años; y cuando él murió, había visto cómo su propia población, en cuarenta años, había aumentado a cincuenta y nueve mil novecientas noventa y nueve personas. Tenía una fertilidad pésima.

Debo aclarar que las cifras que aparecen arriba, correspondientes a la población de St. Paul y Minneapolis, tienen varios meses de antigüedad. Estas ciudades son mucho más grandes ahora. De hecho, acabo de ver una estimación periodística que cifra la población de St. Paul en setenta y un mil habitantes, y la de Minneapolis en setenta y ocho mil. Este libro no se publicará hasta dentro de seis o siete meses; para entonces, ninguna de las cifras tendrá mucha validez.

Vimos brevemente Davenport, otra hermosa ciudad que corona una colina, una frase que se aplica a todos estos pueblos, pues todos son atractivos, bien construidos, limpios, ordenados, agradables a la vista y reconfortantes; y todos están situados sobre colinas. Por lo tanto, dejaremos de usar esa frase. Los indígenas cuentan que Marquette y Joliet acamparon donde ahora se encuentra Davenport, en 1673. El siguiente hombre blanco que acampó allí lo hizo unos ciento setenta años después, en 1834. Davenport ha alcanzado sus treinta mil habitantes en los últimos treinta años. Ahora envía más niños a sus escuelas que los que tenía su población total hace veintitrés años. Cuenta con la cuota habitual de fábricas, periódicos e instituciones educativas de la región del Alto Río; tiene teléfonos, telégrafo local, una alarma eléctrica y un admirable cuerpo de bomberos remunerado, compuesto por seis compañías de escaleras, cuatro camiones de bomberos a vapor y treinta iglesias. Davenport es la residencia oficial de dos obispos: uno episcopal y otro católico.

Frente a Davenport se encuentra la próspera ciudad de Rock Island, situada al pie de los Rápidos Superiores. Un gran puente ferroviario conecta ambas ciudades; es uno de los trece puentes que cruzan el Misisipi y conectan San Luis y San Pablo.

La encantadora isla de Rock Island, de cinco kilómetros de largo y ochocientos metros de ancho, pertenece a los Estados Unidos, y el Gobierno la ha convertido en un magnífico parque, realzando sus atractivos naturales con obras de arte y conectando sus frondosos bosques con kilómetros de senderos. Cerca del centro de la isla, entre los árboles, se vislumbran diez enormes edificios de piedra de cuatro pisos, cada uno de los cuales ocupa una hectárea. Estos son los talleres del Gobierno; pues el complejo de Rock Island alberga un arsenal y una armería nacional.

Navegamos río arriba, siempre a través de paisajes encantadores, pues no hay otro tipo en el Alto Misisipi, y pasamos por Moline, un centro de vastas industrias manufactureras; y Clinton y Lyons, importantes centros madereros; y pronto llegamos a Dubuque, que se encuentra en una rica región minera. Las minas de plomo son muy productivas y de gran extensión. Dubuque cuenta con un gran número de empresas manufactureras; entre ellas, una fábrica de arados que tiene como clientes a toda la cristiandad en general. Al menos eso me dijo un agente de la empresa que iba en el barco. Dijo:

«Enséñame un país bajo el sol donde realmente sepan arar, y si no te muestro nuestra marca en el arado que usan, me lo como; y tampoco pediré salsa Woostershyre para condimentarlo».



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Toda esta parte del río es rica en historia y tradiciones indígenas. El nombre de Black Hawk fue en su día un nombre poderoso por aquí, al igual que el de Keokuk, más abajo. A pocos kilómetros de Dubuque se encuentra la Tête de Mort (la roca o acantilado de la calavera), a cuya cima los franceses condujeron a un grupo de indígenas en tiempos remotos y los encerraron allí, con la muerte como una certeza, y solo la forma de morir era cuestión de elección: morir de hambre o saltar y suicidarse. Black Hawk adoptó las costumbres de los blancos hacia el final de su vida; y cuando murió, fue enterrado cerca de Des Moines, según el rito cristiano, modificado por la costumbre indígena; es decir, vestido con un uniforme militar cristiano y con un bastón cristiano en la mano, pero depositado en la tumba sentado. Antiguamente, siempre se enterraba un caballo con un jefe. La sustitución del bastón demuestra que la naturaleza altiva de Black Hawk se había humillado realmente, y esperaba poder caminar al llegar al más allá.

Observamos que, río arriba de Dubuque, el agua del Misisipi era de un verde oliva intenso, hermoso y semitransparente, bañado por el sol. Claro que el agua no era tan clara ni tenía el mismo tono que en otras épocas del año; pues ahora estaba crecida y, por lo tanto, turbia y borrosa por el lodo formado por el derrumbe de las orillas.



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Los majestuosos acantilados que dominan el río a lo largo de esta región cautivan con la gracia y variedad de sus formas, y la suave belleza de su ornamentación. La empinada ladera verde, cuya base se asienta a la orilla del agua, está coronada por una alta muralla de rocas fragmentadas y almenadas, de una riqueza y suavidad exquisitas: principalmente marrones oscuros y verdes apagados, salpicados de otros matices. Y luego está el río resplandeciente, serpenteando aquí y allá, su curso interrumpido a intervalos por grupos de islas boscosas surcadas por canales plateados; y se vislumbran aldeas lejanas, dormidas sobre cabos; y balsas sigilosas deslizándose a la sombra de los muros del bosque; y vapores blancos desapareciendo tras puntos remotos. Y todo es tan tranquilo y apacible como un sueño, y no tiene nada de terrenal, nada que cause inquietud o preocupación.

Hasta que el tren infernal llega a toda velocidad —lo cual sucede de inmediato, destrozando la sagrada soledad con su grito diabólico y el rugido y trueno de sus ruedas— y enseguida vuelves a este mundo, con uno de sus trastes listo para tu entretenimiento: pues recuerdas que este es el mismo camino cuyas acciones siempre bajan después de comprarlas, y siempre vuelven a subir en cuanto las vendes. Todavía me estremezco al recordar que una vez estuve a punto de no deshacerme de mis acciones. Debe ser terrible tener un ferrocarril abandonado.

La locomotora se divisa desde la cubierta del barco de vapor casi durante todo el trayecto de San Luis a San Pablo: ochocientas millas. Estos ferrocarriles han causado estragos en el comercio fluvial. El empleado de nuestro barco era empleado de un barco de vapor antes de que se construyeran estas vías. En aquella época, la afluencia de población era tan grande y el tráfico de mercancías tan intenso que los barcos no podían satisfacer la demanda; por consiguiente, los capitanes eran muy independientes y despreocupados, bastante arrogantes, como diría el tío Remus. El empleado resumió el contraste entre aquella época y la actual de la siguiente manera:

'El barco solía desembarcar—el capitán en el techo del huracán—muy rígido y recto—una baqueta de hierro por columna—guantes de cabritilla, teja de tapón, el pelo peinado hacia atrás—el hombre en la orilla se quita el sombrero y dice—

—Tengo veintiocho toneladas de trigo, capitán; le haría un gran favor si pudiera llevárselas.

'El capitán dice...

"Me llevaré dos de ellos" y ni siquiera te dignes a mirarlo.

'Pero hoy en día el capitán se quita su vieja falda, sonríe de oreja a oreja, se quita un arco sin que le moleste la baqueta y dice...

«Me alegra verte, Smith, me alegra verte; te ves muy bien; no te había visto tan bien en años. ¿Qué tienes para nosotros?»



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—Nada —dice Smith; y se deja el sombrero puesto, simplemente da la espalda y se va a hablar con otra persona.

«Oh, sí, hace ocho años el capitán estaba al mando; pero ahora le toca a Smith. Hace ocho años, un barco solía remontar el río con todos los camarotes ocupados, y la gente se amontonaba de cinco en cinco o de seis en seis en el suelo de la cabina; y, para colmo, una sólida cubierta llena de inmigrantes y segadores abajo. Para conseguir un camarote de primera clase, tenías que demostrar dieciséis años de nobleza y cuatrocientos años de ascendencia, o conocer personalmente al negro que le lustraba las botas al capitán. Pero ahora todo ha cambiado; hay muchos camarotes arriba, ningún segador abajo; ahora hay una encuadernadora automática patentada, y ya no hay segadores; se han ido a donde crece la madreselva, y tampoco fueron en barco de vapor; fueron en tren.»

En esta región nos topamos con enormes extensiones de balsas de madera que descendían, pero no flotando tranquilamente, a la antigua usanza, tripuladas por alegres e imprudentes gamberros que tocaban el violín, cantaban, bebían whisky y bailaban desenfrenadamente; no, todo era empujado rápidamente por un potente barco de vapor de popa, al estilo moderno, y las pequeñas tripulaciones eran hombres tranquilos y ordenados, de aspecto sosegado y profesional, sin rastro de romanticismo alguno.

Por aquí, en algún lugar, en una noche oscura, descendimos por unos estrechos y sinuosos canales entre islas, a la luz de la linterna. Detrás, una oscuridad total, una orilla impenetrable; delante, un estrecho recodo de agua que serpenteaba entre densas paredes de follaje que casi rozaban nuestras proas a ambos lados; y allí, cada hoja y cada ondulación destacaban con su color natural, bañadas por un resplandor similar al del mediodía. El efecto era extraño, hermoso y muy impactante.

Pasamos por Prairie du Chien, otro de los campamentos del padre Marquette; y tras varias horas de marcha a través de paisajes variados y hermosos, llegamos a La Crosse. Se trata de una ciudad de doce o trece mil habitantes, con calles alumbradas eléctricamente y manzanas de edificios lo suficientemente imponentes y de gran calidad arquitectónica como para merecer respeto en cualquier ciudad. Es una ciudad encantadora, y aprovechamos satisfactoriamente la hora que teníamos para recorrerla, aunque el tiempo era más lluvioso de lo necesario.



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Capítulo 59


Leyendas y paisajes


En La Crosse, añadimos varios pasajeros a nuestra lista; entre ellos, un anciano que había llegado a esta región del noroeste con los primeros colonos y la conocía a la perfección. Y, comprensiblemente, estaba orgulloso de ella. Dijo:



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'Entre aquí y St. Paul encontrarás paisajes que pueden realzar el Hudson. Tendrás el Queen's Bluff, de setecientos pies de altura, un espectáculo tan imponente como cualquier otro; y la isla Trempeleau, que no se parece a ninguna otra isla de América, creo, pues es una montaña gigantesca, con laderas escarpadas, llena de tradiciones indígenas y antiguamente repleta de serpientes de cascabel; si captas el sol justo ahí, tendrás una imagen que te acompañará siempre. Y sobre Winona encontrarás hermosas praderas; y luego vienen las Mil Islas, demasiado bellas para cualquier cosa; ¿verdes? Nunca has visto un follaje tan verde, ni tan denso; es como mil cojines mullidos flotando en un espejo, cuando el agua está en calma; y luego los monstruosos acantilados a ambos lados del río, escarpados, accidentados, de tez oscura, justo el marco que se necesita; Siempre se busca un marco sólido, ¿sabes?, para resaltar los puntos fuertes de una imagen delicada y hacer que destaquen.

El anciano también nos contó un par de conmovedoras leyendas indias, aunque no muy impactantes.

Después de esta incursión en la historia, volvió al paisaje y lo describió, detalle por detalle, desde las Mil Islas hasta San Pablo; nombrando sus lugares con tal facilidad, avanzando por su tema con tal agilidad y confianza, insertando una palabra de tres toneladas aquí y allá, con tal aire complaciente de "no es nada, puedo hacerlo cuando quiera", y soltando agradables sorpresas de elocuencia escabrosa a intervalos tan juiciosos, que pronto comencé a sospechar...

Pero no importaba lo que empezara a sospechar. Escúchalo...

'Diez millas más allá de Winona llegamos a Fountain City, acurrucada dulcemente a los pies de acantilados que elevan sus imponentes frentes, como Júpiter, hacia las profundidades azules del cielo, bañándolas en atmósferas vírgenes que no han conocido otro contacto que el de las alas de los ángeles.

'Y luego nos deslizamos por aguas plateadas, entre aspectos encantadores y estupendos de la naturaleza que sintonizan nuestros corazones con la admiración adoradora, durante unas doce millas, y llegamos al Monte Vernon, de seiscientos pies de altura, con las románticas ruinas de un hotel que alguna vez fue de primera clase, encaramado entre las sombras de las nubes que salpican sus vertiginosas alturas, único vestigio del otrora floreciente Monte Vernon, pueblo de antaño, ahora desolado y completamente desierto.



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Y así continuamos. Pasamos Chimney Rock volando, una noble columna de seiscientos pies; justo antes de aterrizar en Minnieska, nuestra atención se ve atraída por un impresionante promontorio que se eleva a más de quinientos pies: la pirámide de montaña ideal. Su forma cónica, con una densa superficie boscosa que rodea sus lados y su ápice semejante al de un cono, hacen que el espectador se maraville ante el funcionamiento de la naturaleza. Desde sus vertiginosas alturas, se divisan magníficas vistas de los bosques, arroyos, acantilados, colinas y valles que se extienden a lo largo de kilómetros. ¿Qué paisaje fluvial más grandioso se puede concebir, mientras contemplamos este paisaje encantador desde el punto más alto de estos acantilados, hacia los valles que se extienden abajo? La naturaleza primigenia y la sobrecogedora soledad de estas sublimes creaciones de la naturaleza y del Dios de la naturaleza, despiertan sentimientos de admiración ilimitada, cuyo recuerdo jamás se borra de la memoria al contemplarlas desde cualquier perspectiva.

'A continuación, tenemos la Cabeza de León y la Cabeza de Leona, esculpidas por la mano de la naturaleza, para adornar y dominar el hermoso arroyo; y luego, de repente, el río se ensancha y una vista encantadora y magnífica del valle que se abre ante nosotros irrumpe repentinamente en nuestra visión: colinas escarpadas, cubiertas de verdes bosques desde la cima hasta la base, llanuras de pradera, que sostienen en su regazo la hermosa Wabasha, Ciudad de las Aguas Curativas, poderoso enemigo de la enfermedad de Bright, y esa grandiosa concepción de las obras de la naturaleza, el incomparable Lago Pepin; todo esto constituye una imagen en la que la mirada del turista puede contemplar durante incontables horas, con un éxtasis insaciable e incontenible.

'Y así nos deslizamos; a su debido tiempo, encontrándonos con esas majestuosas cúpulas, el poderoso Pan de Azúcar y la sublime Roca de la Doncella, a la que la superstición romántica ha dotado de una voz; y a menudo, cuando la canoa de abedul se desliza cerca, al anochecer, el remero moreno imagina oír la suave y dulce música de la ya desaparecida Winona, querida de las canciones y relatos indígenas.

'Entonces Frontenac se alza ante nuestra vista, encantador balneario de turistas hastiados; luego la progresista Red Wing; y Diamond Bluff, imponente y preponderante en su singular sublimidad; luego Prescott y el St. Croix; y de repente vemos irrumpir ante nosotros las cúpulas y campanarios de St. Paul, joven y gigantesco jefe del Norte, marchando a paso de siete leguas a la vanguardia del progreso, abanderado de la civilización más elevada y nueva, labrándose su benéfico camino con el tomahawk de la empresa comercial, haciendo sonar el grito de guerra de la cultura cristiana, arrancando el cuero cabelludo apestoso de la pereza y la superstición para plantar allí el arado de vapor y la escuela; siempre en su frente, anarquía árida, ignorancia, crimen, desesperación; siempre a su paso florecen la cárcel, la horca y el púlpito; y siempre...'

¿Alguna vez has viajado con un panorama?

'Anteriormente desempeñé ese cargo.'

Mis sospechas se confirmaron.

¿Sigues viajando con él?

«No, ella está descansando hasta que comience la temporada de otoño. Ahora mismo estoy ayudando a preparar el material para una guía turística que la compañía St. Louis and St. Paul Packet Company va a publicar este verano para beneficio de los viajeros que utilizan esa línea».

«Cuando hablabas de la Roca de la Doncella, mencionaste a la ya desaparecida Winona, la favorita de las canciones y leyendas indígenas. ¿Es ella la doncella de la roca? ¿Existe alguna conexión entre ambas por la leyenda?»

«Sí, y una muy trágica y dolorosa. Quizás la más célebre, así como la más patética, de todas las leyendas del Misisipi».

Le pedimos que lo contara. Abandonó su tono conversacional y retomó su tono de conferenciante sin esfuerzo alguno, y continuó así:



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A poca distancia de Lake City se encuentra un famoso promontorio conocido como la Roca de la Doncella, que no solo es un lugar pintoresco, sino que también está lleno de romanticismo debido al evento que le dio nombre. No hace muchos años, esta localidad era un lugar de veraneo predilecto para los indios sioux debido a la excelente pesca y caza que se practicaban allí, y un gran número de ellos siempre se encontraba en este lugar. Entre las familias que solían frecuentar este lugar, había una perteneciente a la tribu de Wabasha. We-no-na (primogénita) era el nombre de una doncella que había prometido su mano a un amante de la misma tribu. Pero sus severos padres habían prometido su mano a otro, un famoso guerrero, e insistieron en que se casara con él. Sus padres fijaron el día, para su gran pesar. Ella pareció aceptar la propuesta y los acompañó a la roca con el propósito de recoger flores para el banquete. Al llegar a la roca, We-no-na corrió hasta su cima y, de pie en el borde, reprendió a sus padres, que estaban abajo, por su crueldad; luego, cantando un lamento fúnebre, se arrojó al precipicio y los estrelló contra la roca de abajo, haciéndolos pedazos.

¿A quién destrozó en pedazos? ¿A sus padres?

'Sí.'

«Bueno, sin duda fue un asunto trágico, como usted dice. Y además, tiene un giro dramático sorprendente que no esperaba. Representa una clara mejora con respecto a la versión desgastada de la leyenda indígena. Hay cincuenta saltos de amantes a lo largo del Misisipi desde cuya cima han saltado muchachas indígenas decepcionadas, pero este es el único que resultó bien y de forma satisfactoria. ¿Qué fue de Winona?»

«Quedó bastante conmocionada y sacudida, pero se recompuso y desapareció antes de que el forense llegara al lugar fatal; y se dice que buscó y se casó con su verdadero amor, y vagó con él a algún lugar lejano, donde vivió feliz para siempre, con su espíritu apacible suavizado y escarmentado por el incidente romántico que tan pronto la había privado de la dulce guía del amor de una madre y del brazo protector de un padre, y la había arrojado, completamente sola, a la fría caridad de un mundo moralista.»

Me alegró escuchar la descripción del paisaje por parte del conferenciante, ya que me ayudó a apreciar lo que vi y me permitió imaginar la parte que perdimos con la llegada de la noche.



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Como señaló el conferenciante, toda esta región está cubierta de cuentos y tradiciones indígenas. Pero le recordé que la gente suele mencionar este hecho solo de pasada, de una manera que despierta el interés, y prudentemente me detuve ahí. ¿Por qué? Porque la impresión que dejaba era que estos cuentos estaban llenos de incidentes e imaginación, una impresión agradable que se disiparía rápidamente si se contaran. Le mostré mucha literatura de este tipo que había estado recopilando, y confesó que era material de mala calidad, basura lamentable; y me atreví a añadir que las leyendas que él mismo nos había contado eran de este tipo, con la única excepción de la admirable historia de Winona. Admitió estos hechos, pero dijo que si buscaba el libro del Sr. Schoolcraft, publicado hace casi cincuenta años y ahora sin duda agotado, encontraría en él algunas invenciones indígenas que distaban mucho de carecer de incidentes e imaginación; que los cuentos de Hiawatha eran de este tipo, y provenían del libro de Schoolcraft; Y que había otras historias en el mismo libro que el señor Longfellow podría haber convertido en verso con gran acierto. Por ejemplo, estaba la leyenda de «La Cabeza Inmortal». No podía contarla, pues muchos detalles se le habían desvanecido de la memoria; pero me recomendó que la buscara y así aumentaría mi respeto por la imaginación indígena. Dijo que este relato, y la mayoría de los demás del libro, eran conocidos entre los indígenas de esta parte del Misisipi cuando llegó por primera vez; y que los colaboradores del libro de Schoolcraft los habían escuchado directamente de boca indígena y los habían transcrito con estricta exactitud, sin adornos propios.

He encontrado el libro. El conferenciante tenía razón. Contiene varias leyendas que confirman lo que dijo. Ofreceré dos de ellas: «La cabeza inmortal» y «Peboan y Seegwun, una alegoría de las estaciones». Esta última se utiliza en Hiawatha; pero vale la pena leerla en su forma original, aunque solo sea para apreciar la eficacia que puede tener un poema genuino sin la ayuda ni la gracia de la métrica y el ritmo poéticos.

PEBOAN Y SEEGWUN.

Un anciano estaba sentado solo en su cabaña, junto a un arroyo helado. Era finales de invierno y su fuego casi se había apagado. Parecía muy viejo y muy desolado. Su cabello estaba blanco por la edad y le temblaban todas las articulaciones. Día tras día transcurría en soledad, y no oía más que el sonido de la tempestad, que barría a su paso la nieve recién caída.

Un día, cuando su fuego se estaba extinguiendo, un apuesto joven se acercó y entró en su morada. Sus mejillas estaban sonrosadas por la juventud, sus ojos brillaban con vitalidad y una sonrisa asomaba en sus labios. Caminaba con paso ligero y ágil. Llevaba una corona de hierba dulce en la frente, en lugar de la diadema de guerrero, y un ramo de flores en la mano.

—¡Ah, hijo mío! —dijo el anciano—. Me alegra verte. Entra. Ven y cuéntame tus aventuras y las tierras extrañas que has visitado. Pasemos la noche juntos. Yo te hablaré de mis proezas y hazañas, y de lo que puedo hacer. Tú harás lo mismo y nos divertiremos.

Luego sacó de su saco una pipa antigua de curiosa factura, la llenó de tabaco suavizado con una mezcla de ciertas hojas y se la entregó a su invitado. Una vez concluido este ritual, comenzaron a conversar.

—Soplo —dijo el anciano— y el arroyo se detiene. El agua se vuelve rígida y dura como una piedra cristalina.

—Respiro —dijo el joven—, y las flores brotan en la llanura.

«Sacudo mi cabello», replicó el anciano, «y la nieve cubre la tierra. Las hojas caen de los árboles a mi orden, y mi aliento las dispersa. Los pájaros se levantan del agua y vuelan a una tierra lejana. Los animales se esconden de mi aliento, y el suelo se vuelve duro como el pedernal».

—Agito mis rizos —replicó el joven—, y cálidas lluvias caen sobre la tierra. Las plantas alzan sus cabezas, como los ojos de niños que brillan de alegría. Mi voz evoca a los pájaros. El calor de mi aliento abre los arroyos. La música inunda los bosques por dondequiera que camino, y toda la naturaleza se regocija.

Por fin, el sol comenzó a salir. Un suave calor inundó el lugar. El anciano enmudeció. El petirrojo y el azulejo comenzaron a cantar en lo alto de la cabaña. El arroyo murmuró junto a la puerta, y la fragancia de las hierbas y flores que crecían llegó suavemente con la brisa primaveral.

La luz del día reveló por completo al joven el carácter de su animador. Cuando lo miró, tenía el rostro gélido de Peboan. {nota al pie [Invierno.]} De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas. A medida que el sol aumentaba, disminuía su estatura y pronto se derritió por completo. En el lugar de su hoguera no quedó nada más que el miskodeed, {nota al pie [El madroño rastrero.]} una pequeña flor blanca con un borde rosa, que es una de las especies más antiguas de plantas del norte.

«La cabeza inmortal» es un relato bastante largo, pero compensa su falta de brevedad con ocurrencias extrañas, prodigios de cuento de hadas, variedad de incidentes y energía narrativa. {nota al pie [Véase el apéndice D.]}





Capítulo 60


Especulaciones y conclusiones




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Llegamos a St. Paul, en el punto navegable más alto del Misisipi, y allí terminó nuestro viaje de dos mil millas desde Nueva Orleans. Es un viaje de unos diez días en barco de vapor. Probablemente se pueda hacer más rápido en tren. Lo creo porque sé que se puede ir en tren de St. Louis a Hannibal —una distancia de al menos ciento veinte millas— en siete horas. Esto es mejor que ir a pie, a menos que uno tenga prisa.

La estación estaba muy avanzada cuando estuvimos en Nueva Orleans, las rosas y las flores de magnolia estaban cayendo; pero aquí en St. Paul era la nieve. En Nueva Orleans habíamos tomado ocasionalmente un respiro gélido desde lo alto de un cráter, al parecer; aquí en St. Paul tomamos frecuentemente uno paralizante desde lo alto de un glaciar, al parecer.



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Pero me estoy desviando del tema. St. Paul es una ciudad maravillosa. Está construida con sólidos bloques de ladrillo y piedra, y da la impresión de ser una ciudad con futuro. Su oficina de correos se estableció hace treinta y seis años; y, según cuenta la leyenda, cuando el jefe de correos recibía una carta, la llevaba a Washington a caballo para preguntar qué se debía hacer con ella. Ese año se construyeron dos casas de madera y la población aumentó considerablemente. Un número reciente del principal periódico de St. Paul, el 'Pioneer Press', ofrece algunas estadísticas que contrastan notablemente con aquella situación anterior: Población, otoño del presente año (1882), 71.000; número de cartas gestionadas, primer semestre del año, 1.209.387; número de casas construidas durante los tres primeros trimestres del año, 989; su coste, 3.186.000 dólares. El aumento de cartas con respecto a los seis meses correspondientes del año anterior fue del cincuenta por ciento. El año pasado, los nuevos edificios construidos en la ciudad costaron más de 4.500.000 dólares. La fortaleza de St. Paul reside en su comercio; me refiero al comercio de él. Es una ciudad manufacturera, por supuesto —todas las ciudades de esa región lo son—, pero destaca especialmente en el ámbito comercial. El año pasado, su volumen de negocios ascendió a más de 52.000.000 de dólares.

Tiene una aduana y está construyendo un costoso capitolio para reemplazar el que se incendió recientemente, pues él es la capital del Estado. Tiene iglesias sin fin; y no de las baratas y pobres, sino de las que levanta el rico protestante, de las que la pobre trabajadora irlandesa se deleita en erigir. ¡Qué pasión tiene la trabajadora irlandesa por construir iglesias majestuosas! Es algo bueno para nuestra arquitectura, pero con demasiada frecuencia disfrutamos de sus señoriales templos sin pensar en ellos con gratitud. De hecho, en lugar de reflexionar que "cada ladrillo y cada piedra de este hermoso edificio representa un dolor, un puñado de sudor y horas de fatiga intensa, aportados por la espalda, la frente y los huesos de la pobreza", solemos olvidar estas cosas por completo y simplemente glorificar el poderoso templo en sí, sin dedicar un solo pensamiento de alabanza a su humilde constructor, cuyo corazón generoso y bolsillo marchito simboliza.

Esta es una tierra de bibliotecas y escuelas. St. Paul cuenta con tres bibliotecas públicas que, en conjunto, albergan unos cuarenta mil libros. Tiene ciento dieciséis escuelas y destina más de setenta mil dólares anuales al pago de salarios a los maestros.

Hay una estación de tren excepcionalmente bonita; de hecho, es tan grande que al principio parecía algo exagerada en cuanto a tamaño; pero al cabo de unos meses se comprendió que el error era precisamente el contrario. El error debe corregirse.

La ciudad se alza sobre una colina, a unos setecientos pies sobre el nivel del mar. Su altura es tal que desde sus calles se disfruta de una amplia vista del río y las tierras bajas.

Es una ciudad maravillosa, sin duda, y aún no está terminada. Todas las calles están obstruidas con material de construcción, que se está compactando lo más rápido posible para construir casas y así dejar espacio para más, pues hay gente ansiosa por construir en cuanto puedan usar las calles para apilar sus ladrillos y demás materiales.

¡Qué solemne y hermoso es pensar que el primer pionero de la civilización, el líder de la civilización, nunca es el barco de vapor, nunca el ferrocarril, nunca el periódico, nunca la escuela dominical, nunca el misionero, sino siempre el whisky! Así es. Repasen la historia; lo verán. El misionero llega después del whisky; quiero decir, llega después de que el whisky haya llegado; luego viene el inmigrante pobre, con hacha, azada y rifle; luego, el comerciante; luego, la fiebre del oro y el oro; luego, el jugador, el forajido, el salteador de caminos y todos sus parientes pecadores de ambos sexos; y luego, el tipo astuto que ha comprado una antigua concesión que abarca toda la tierra; esto trae a la tribu de los abogados; el comité de vigilancia trae al sepulturero. Todos estos intereses traen el periódico; el periódico inicia la política y un ferrocarril; todos se dedican a construir una iglesia y una cárcel, y he aquí, la civilización se establece para siempre en la tierra. Pero el whisky, como ven, fue el líder de esta obra benéfica. Siempre lo es. Era propio de un extranjero —y comprensible en un extranjero— ignorar esta gran verdad y divagar en la astronomía para tomar prestado un símbolo. Pero si hubiera estado familiarizado con los hechos, habría dicho:

Hacia el oeste avanza la Jarra del Imperio.

Este gran pionero llegó al terreno que hoy ocupa St. Paul en junio de 1837. Sí, en esa fecha, Pierre Parrant, un canadiense, construyó la primera cabaña, descorchó su cántaro y comenzó a vender whisky a los indígenas. El resultado está a la vista.



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Todo lo que he dicho sobre la novedad, el dinamismo, el rápido progreso, la riqueza, la inteligencia, la arquitectura refinada y sustancial, y el dinamismo general, así como la energía de St. Paul, se aplicará también a su vecina cercana, Minneapolis, con la salvedad de que esta última es la mayor de las dos ciudades.

Estas extraordinarias ciudades, separadas por apenas dieciséis kilómetros hace unos meses, crecían tan rápidamente que posiblemente ahora estén unidas y funcionando bajo un mismo alcalde. En cualquier caso, dentro de cinco años habrá una importante red de edificios que las conectará, de tal manera que un forastero no podrá distinguir dónde termina una y comienza la otra. Juntas, alcanzarán una población de doscientos cincuenta mil habitantes, si continúan creciendo al ritmo actual. Así, este centro de población en la cabecera del río Misisipi comenzará a rivalizar en número con el centro de población situado al pie del mismo: Nueva Orleans.

Minneapolis está situada en las cataratas de San Antonio, que se extienden a lo largo del río a lo largo de mil quinientos pies y tienen una caída de ochenta y dos pies; una fuerza hidráulica que, gracias a la ingeniería, ha adquirido un valor incalculable desde el punto de vista comercial, aunque en cierta medida ha perjudicado a las cataratas como espectáculo o como telón de fondo para tomar fotografías.



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Treinta molinos harineros producen dos millones de barriles de la mejor harina cada año; veinte aserraderos producen doscientos millones de pies de madera anualmente; además, hay fábricas de lana, algodón, papel y aceite; y un sinfín de fábricas de marcos, clavos, muebles, barriles y otros productos. Los grandes molinos harineros de aquí y de St. Paul utilizan el «nuevo proceso» y trituran el trigo laminándolo, en lugar de molerlo.

Dieciséis líneas ferroviarias confluyen en Minneapolis, y sesenta y cinco trenes de pasajeros llegan y parten diariamente. En esta ciudad, al igual que en St. Paul, el periodismo florece. Aquí se publican tres importantes diarios, diez semanarios y tres revistas mensuales.

Hay una universidad con cuatrocientos estudiantes, y lo mejor de todo es que sus esfuerzos no se limitan a la educación de un solo sexo. Hay dieciséis escuelas públicas, cuyos edificios costaron 500.000 dólares; cuentan con seis mil alumnos y ciento veintiocho profesores. También existen setenta iglesias, y se proyecta la construcción de muchas más. Los bancos suman un capital de 3.000.000 de dólares, y el comercio mayorista de la ciudad genera 50.000.000 de dólares anuales.

Cerca de St. Paul y Minneapolis hay varios puntos de interés: Fort Snelling, una fortaleza situada en un acantilado fluvial de treinta metros de altura; las cataratas de Minnehaha, el lago Whitebear, etc. Las hermosas cataratas de Minnehaha son suficientemente famosas; no hace falta que las recomiende. El lago Whitebear es menos conocido. Es una hermosa extensión de agua, utilizada como lugar de veraneo por la gente adinerada y elegante del estado. Cuenta con su club social y su hotel, con modernas comodidades; elegantes residencias de verano; y abundante pesca, caza y agradables paseos en coche. Hay una docena de pequeños centros turísticos de verano en los alrededores de St. Paul y Minneapolis, pero el lago Whitebear es el principal. Relacionada con el lago Whitebear está una leyenda indígena de lo más absurda. Resistiría la tentación de reproducirla aquí, si pudiera, pero la tarea supera mis fuerzas. La guía menciona al creador de la leyenda y elogia su «pluma ágil». Sin más comentarios ni dilación, pues, pongamos en práctica la mencionada pluma sobre el lector.

UNA LEYENDA DEL LAGO DEL OSO BLANCO.

Cada primavera, quizás desde hace un siglo, o desde que existe una nación de nativos americanos, una banda de indígenas ha visitado una isla en medio del lago Whitebear con el propósito de elaborar jarabe de arce.

Según la tradición, hace muchos años, en esta isla, un joven guerrero amó y cortejó a la hija de su jefe, y se dice que la doncella también amó al guerrero. Sus padres le habían negado la mano repetidamente, pues el viejo jefe alegaba que no era lo suficientemente valiente, ¡y su antigua consorte lo llamaba mujer!

El sol se había puesto de nuevo sobre el arbusto de azúcar, y la brillante luna se alzaba en lo alto del cielo azul, cuando el joven guerrero bajó su flauta y salió solo, una vez más para cantar la historia de su amor. La suave brisa movía con delicadeza las dos alegres plumas de su tocado, y mientras se subía al tronco de un árbol inclinado, la nieve húmeda caía pesadamente de sus pies. Al llevarse la flauta a los labios, su manta se deslizó de sus bien formados hombros y quedó parcialmente sobre la nieve. Comenzó su extraña y salvaje canción de amor, pero pronto sintió frío, y cuando extendió la mano hacia atrás para alcanzar su manta, una mano invisible la colocó suavemente sobre sus hombros; era la mano de su amada, su ángel guardián. Ella tomó lugar a su lado, y por el momento fueron felices; pues el indígena tiene un corazón para amar, y en este orgullo es tan noble como en su propia libertad, que lo convierte en hijo del bosque. Según cuenta la leyenda, un gran oso blanco, pensando quizás que las nieves polares y el sombrío invierno se extendían por todas partes, emprendió su viaje hacia el sur. Finalmente, se acercó a la orilla norte del lago que ahora lleva su nombre, bajó por la ribera y se abrió paso silenciosamente a través de la nieve profunda y pesada hacia la isla. Fue en la primavera siguiente cuando se encontraron los amantes. Habían abandonado su primer refugio y ahora estaban sentados entre las ramas de un gran olmo que se extendía sobre el lago. (El mismo árbol aún permanece en pie y despierta curiosidad e interés en todo el mundo). Por temor a ser descubiertos, hablaban casi en un susurro, y ahora, para poder regresar al campamento a tiempo y evitar sospechas, estaban a punto de levantarse para volver, cuando la doncella lanzó un grito que se oyó en todo el campamento, y corriendo hacia el joven valiente, agarró su manta, pero calculó mal el paso y cayó, llevándose la manta consigo a los grandes brazos del feroz monstruo. Al instante, cada hombre, mujer y niño de la banda estaba en la orilla, pero todos desarmados. Gritos y lamentos se elevaban de todas las bocas. ¿Qué se iba a hacer? Mientras tanto, esta bestia blanca y salvaje sostenía a la doncella sin aliento en su enorme garra, y acariciaba a su preciada presa como si estuviera acostumbrado a escenas como esta. Un grito ensordecedor del guerrero amante se oye por encima de los gritos de cientos de su tribu, y corriendo hacia su tipi, agarra su fiel cuchillo, regresa casi de un salto a la escena de miedo y terror, corre a lo largo del árbol inclinado hasta el lugar donde cayó su tesoro, y saltando con la furia de una pantera enloquecida, se abalanzó sobre su presa. El animal se giró, y con un golpe de su enorme pata unió los corazones de los amantes, pero al momento siguiente el guerrero, con una estocada de la hoja de su cuchillo,Se abrieron las compuertas carmesí de la muerte, y el oso moribundo aflojó su agarre.



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Esa noche, ni la banda ni los amantes pudieron dormir, y mientras jóvenes y ancianos danzaban alrededor del cadáver del monstruo, al valiente guerrero le obsequiaron otra pluma, y ​​antes de que se pusiera otra luna, un tesoro viviente se sumó a su corazón. Sus hijos jugaron durante muchos años sobre la piel del oso blanco —del cual el lago toma su nombre—, y la doncella y el valiente recordaron por mucho tiempo la espantosa escena y el rescate que los unió, pues Kis-se-me-pa y Ka-go-ka jamás olvidarían su aterrador encuentro con el enorme monstruo que estuvo a punto de enviarlos al feliz coto de caza.

Es un asunto desconcertante. Primero, ella se cayó del árbol —ella y la manta—; el oso la atrapó y la acarició —a ella y la manta—; luego ella volvió a caer al árbol —dejando la manta—; mientras tanto, el amante regresa a casa dando gritos de guerra y vuelve «con los talones», trepa al árbol, salta sobre el oso, la chica salta tras él —aparentemente, porque estaba en el árbol—, retoma su lugar en los brazos del oso junto con la manta, el amante clava su cuchillo en el oso y salva —¿a quién?, ¿a la manta? No, nada de eso. Te emocionas y te entusiasmas con esa manta, y de repente, justo cuando un clímax feliz parece inminente, te decepcionas por completo: nada se salva excepto la chica. Sin embargo, a uno no le interesa la chica; ella no es el personaje principal de la leyenda. No obstante, ahí te quedas, y ahí debes permanecer; porque aunque vivas mil años, nunca sabrás quién se quedó con la manta. Un muerto podría inspirar una leyenda mejor que esta. Y no me refiero a un muerto reciente; me refiero a un hombre que lleva muerto semanas y semanas.

Retomamos el camino de regreso a casa y, en pocas horas, llegamos a la asombrosa Chicago, una ciudad donde siempre están haciendo milagros, invocando genios y tramando y logrando nuevas imposibilidades. Es inútil que el visitante ocasional intente seguirle el ritmo a Chicago: supera sus predicciones más rápido de lo que él puede formularlas. Siempre es una novedad, pues nunca es la misma Chicago que viste la última vez que la visitaste. La carretera de Pensilvania nos llevó rápidamente a Nueva York sin perder ni un minuto en ningún punto del trayecto; y allí terminó uno de los viajes de cinco mil millas más placenteros que he tenido la fortuna de realizar.



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APÉNDICE



APÉNDICE A

(DEL NEW ORLEANS TIMES DEMOCRAT DEL 29 DE MARZO DE 1882.)

VIAJE DEL BARCO DE AYUDA DEL TIMES-DEMÓCRATA A TRAVÉS DE LAS REGIONES INUNDADAS

Eran las nueve de la mañana del jueves cuando el 'Susie' abandonó el Misisipi y entró en Old River, o lo que ahora se conoce como la desembocadura del Red. Ascendiendo por la izquierda, una inundación caía sobre los diques de la plantación Chandler, el punto más septentrional de la parroquia de Pointe Coupee. El agua cubría completamente el lugar, aunque los diques habían cedido poco tiempo antes. El ganado había sido reunido en una gran barcaza, donde, sin alimento, al pasar, los animales estaban acurrucados, esperando que un barco los remolcara. En la margen derecha del río se encuentra la isla de Turnbull, y en ella hay una gran plantación que antiguamente se consideraba una de las más fértiles del estado. Hasta entonces, el agua le había permitido pasar sin problemas durante las inundaciones habituales, pero ahora amplias extensiones de agua solo indicaban dónde estaban los campos. La parte superior del dique protector se podía ver aquí y allá, pero casi todo estaba sumergido.

Los árboles lucen un follaje más verde desde que el agua ha llegado, y el bosque se ve brillante y fresco, pero este aspecto agradable a la vista se ve contrarrestado por el interminable derroche de agua. Pasamos milla tras milla, y no hay más que árboles que se mantienen erguidos hasta las ramas sumergidas. De vez en cuando, un pavo de agua se eleva y vuela hacia adelante en la larga avenida del silencio. A veces, una piragua sale de entre los arbustos y cruza el río Rojo en su camino hacia el Misisipi, pero los remeros de rostro triste jamás vuelven la cabeza para mirar nuestra embarcación. El murmullo de la barca es música en esta penumbra, que produce una extraña sensación. No es la penumbra de bosques profundos ni cavernas oscuras, sino una peculiar clase de silencio solemne y asombro imponente que obliga a reconocerlo. Esta mañana pasamos junto a dos familias negras en una balsa amarrada a los sauces. Evidentemente pertenecían a la clase acomodada, ya que llevaban provisiones de comida y tres o cuatro cerdos. Sus balsas medían unos veinte pies cuadrados, y delante de un refugio improvisado habían colocado tierra sobre la cual encendieron su fuego.

La corriente que bajaba por el Atchafalaya era muy rápida, y el Misisipi mostraba una predilección por esa dirección, lo cual basta con observarlo para reforzar la idea de los desesperados esfuerzos de ese río por encontrar un camino corto hacia el Golfo. Las pequeñas embarcaciones, los botes, las piraguas, etc., tienen mucha demanda, y muchos han sido robados por negros piratas, que los llevan donde les reportarán el mayor precio. Según me contó el Sr. C.P. Ferguson, un plantador cerca de Red River Landing, cuya propiedad acaba de quedar sumergida, hay mucho sufrimiento en la parte trasera de ese lugar. Los negros habían perdido toda esperanza de que se abriera una grieta allí, ya que el dique superior había resistido durante mucho tiempo, y cuando finalmente se abrió, quedaron a su merced. El jueves, varios fueron rescatados de los árboles y de los techos de las cabañas y traídos a tierra, y muchos aún permanecen allí.

Uno no aprecia la belleza de la tierra hasta que ha atravesado una inundación. En el mar no se espera ni se busca, pero aquí, con las hojas ondeando, los senderos sombríos del bosque y los tejados apenas visibles, es algo que se da por sentado. De hecho, un cementerio, si los túmulos estuvieran por encima del agua, sería digno de admiración. El río aquí solo se conoce porque hay un claro entre los árboles, y nada más. Tiene una anchura de aproximadamente sesenta millas, desde Fort Adams en la margen izquierda del Misisipi hasta la orilla de la parroquia de Rapides. Gran parte de este territorio estaba cultivado, especialmente a lo largo del Misisipi y detrás del río Rojo. Al entrar en el río Rojo propiamente dicho, una fuerte corriente lo atravesaba directamente, siguiendo la misma dirección que la del Misisipi.

Tras varias horas de viaje, se llegó al río Black. Apenas se entró en él, las señales de sufrimiento se hicieron evidentes. Todos los sauces de las orillas estaban desprovistos de hojas. Un hombre, con quien habló su corresponsal, dijo que tenía ciento cincuenta cabezas de ganado vacuno y cien cerdos. Al primer indicio de agua, comenzó a conducirlos hacia las tierras altas de Avoyelles, a cincuenta y seis kilómetros de distancia, pero perdió cincuenta cabezas de ganado vacuno y sesenta cerdos. El río Black es bastante pintoresco, incluso con sus orillas bajo el agua. Una densa vegetación de fresnos, robles, liquidámbares y nogales hace que las orillas sean casi impenetrables, y donde se puede vislumbrar algún claro entre los árboles, apenas se distinguen los contornos difusos de los troncos lejanos en la penumbra.

Unos kilómetros río arriba, la profundidad del agua en las orillas alcanzaba los dos metros y medio, y por todas partes se podían ver, resistiendo aún la fuerte corriente, los tejados de las cabañas. Aquí y allá, alguna volcada estaba rodeada de madera a la deriva, formando el núcleo de lo que podría ser una futura isla.

Para ahorrar carbón, ya que era imposible acceder a él durante la expedición, se mantuvo a un vigía buscando una pila de leña. Al doblar un cabo, un joven, hábilmente remado, se acercó rápidamente, y en su proa iba una muchacha de quince años, de rostro bello, hermosos ojos negros y modales recatados. El muchacho pidió un periódico, que le arrojaron, y la pareja empujó su pequeña embarcación hacia el oleaje del barco.

En ese momento, una niña, de no más de doce años, remó en la canoa más pequeña y la manejó con toda la destreza de una vieja viajera. La pequeña parecía más una indígena que una niña blanca, y se rió cuando le preguntaron si tenía miedo. Se había criado en una piragua y podía ir a cualquier parte. La habían enviado a recoger hojas de sauce para el ganado, y señaló una casa cercana con el suelo inundado hasta tres pulgadas de profundidad. En la puerta trasera estaba amarrada una balsa de unos treinta pies cuadrados, con una especie de cerca construida sobre ella, y dentro de esta había unas dieciséis vacas y veinte cerdos. La familia no se quejó, salvo por la pérdida de su ganado, y enseguida trajeron leña en una caja.

Desde este punto hasta el río Misisipi, quince millas, no hay ni un palmo de tierra por encima del agua, y hacia el oeste, durante treinta y cinco millas, solo se ve la crecida del río. El río Black había crecido durante el jueves 23, 1¾ pulgadas, y seguía subiendo durante la noche. A medida que avanzamos río arriba, las viviendas se vuelven más frecuentes, pero aún están a kilómetros de distancia. Casi todas están desiertas, y las letrinas han sido arrastradas por la corriente. Para colmo de la desolación, casi todo ser vivo parece haber desaparecido, y en esta soledad no se oye ni el canto de un pájaro ni el ladrido de una ardilla. A veces, un pez gar, con aire melancólico, levanta la cola y desaparece en el río, pero más allá de esto, todo está en silencio: el silencio de la disolución. Río abajo flota ahora un gallinero pulcramente encalado, luego un grupo de listones de cerca cuidadosamente partidos, o una puerta y un cadáver hinchado, solemnemente custodiado por un par de buitres, las únicas aves a la vista, que se dan un festín con el cadáver mientras este los arrastra. Un marco de fotos que contenía una litografía barata de un soldado a caballo, mientras flotaba, revelaba la presencia de algún hogar invadido por el agua y despojado de este adorno.

Al anochecer, como no era prudente huir, buscaron un lugar junto al bosque y amarraron la barca a un alto eucalipto para pasar la noche.

Una hermosa luna creciente proyectaba una luz agradable sobre el bosque y el río, creando una imagen que sería un deleite para el artista si tan solo pudiera plasmarla en su lienzo. El movimiento de las máquinas se había detenido, el resoplido del vapor que escapaba se había apagado, y un silencio envolvente nos invadió. ¡Qué silencio! Normalmente, en un bosque por la noche se oye el croar de las ranas, el zumbido de los insectos o el crujido de las ramas; pero aquí la naturaleza estaba muda. Los oscuros recovecos, esos pasillos que conducían a esta catedral, no emitían ningún sonido, e incluso las ondulaciones de la corriente se desvanecieron.

Al amanecer del viernes, todos se levantaron y emprendimos el viaje río arriba por el Black. La mañana era hermosa, y el río, de una reclinación asombrosa, lucía su mejor gala. Las flores del espino perfumaban el aire deliciosamente, y algunos pájaros silbaban alegremente a lo largo de las orillas. Los árboles eran más grandes, y el bosque parecía más antiguo que el de la parte baja. Pasamos por más campos que cerca de la desembocadura, pero la escena se repetía: ahumaderos que se extendían por los pastos, viviendas de negros ancladas desordenadamente contra algún roble, y la modesta residencia que apenas dejaba ver sus aleros sobre el agua. El sol salió con un glorioso color carmín, y los árboles resplandecían en sus variados tonos de verde. No se veía ni un palmo de tierra en ninguna parte, y el agua parecía hacerse cada vez más profunda, pues llegaba hasta las ramas de los árboles más grandes. A lo largo de todo el recorrido, los sauces que bordeaban el río estaban desprovistos de hojas, lo que demostraba cuánto tiempo llevaban los lugareños trabajando para recolectar este forraje para sus animales. A un anciano en una piragua le preguntaron cómo les sentaban las hojas de sauce a sus vacas. Interrumpió su trabajo y, con un gesto ominoso de la cabeza, respondió: «Bueno, señor, les basta para mantener el calor corporal, y eso es todo lo que esperamos, pero les sienta mal a los cerdos, sobre todo a los pequeños. Se están muriendo muy rápido. ¿Pero qué se le va a hacer? Es lo único que tenemos».

A treinta millas río arriba de la desembocadura del río Black, el agua se extiende desde Natchez, en el Misisipi, hasta las colinas de pinos de Luisiana, una distancia de setenta y tres millas, y prácticamente no hay un punto que no esté a diez pies bajo su agua. La corriente del río Black se dirige hacia el oeste. De hecho, esto es tan cierto que las aguas del río Red han sido desviadas desde la región de Calcasieu, y las aguas del Black desembocan en el Red unas quince millas río arriba de la desembocadura del primero, algo nunca antes visto ni siquiera por los marineros más veteranos. El agua que ahora vemos proviene enteramente del Misisipi.

Hasta Trinity, o mejor dicho Troya, que se encuentra a poca distancia río abajo, casi toda la población se ha marchado; los que quedan tienen lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas. Sin embargo, su ganado está sufriendo y muriendo rápidamente, ya que el confinamiento en balsas y la alimentación que reciben propician enfermedades.

Tras una breve parada, continuamos la marcha y pronto llegamos a una zona con numerosos campos abiertos y cabañas dispersas. Allí se apreciaban más escenas de angustia. Dentro de las casas, los habitantes habían construido andamios con cajas, donde colocaban los muebles. Los postes de las camas estaban cortados, ya que el techo no superaba el metro veinte centímetros del suelo improvisado. Las construcciones parecían muy precarias y amenazaban con derrumbarse en cualquier momento. Cerca de las casas, había ganado con el agua hasta el pecho, completamente impasible. No se movían de su sitio, sino que esperaban pacientemente a que llegara la ayuda. La escena era desgarradora, y las pobres criaturas seguramente morirían si no eran rescatadas rápidamente. El ganado se diferencia de los caballos en esta peculiaridad. Un caballo, al no encontrar ayuda, nada en busca de alimento, mientras que una res se queda quieta hasta que, agotada, cae al agua y se ahoga.

A las doce y media se oyó un saludo desde una barcaza dentro de la línea de la orilla. Al rodear la barcaza, nos acercamos y el general York subió a bordo. En ese momento estaba descargando el ganado y recibió con entusiasmo la barcaza del 'Times-Democrat', pues dijo que era muy necesaria. Comentó que la situación de emergencia no era exagerada en absoluto. La gente se encontraba en una situación difícil de imaginar. El agua estaba tan alta que existía un gran peligro de que sus casas fueran arrastradas. Ya había subido tanto que casi llegaba a los aleros, y cuando alcanza este punto, siempre existe un riesgo inminente de que sean arrastradas. Si esto ocurre, habrá una gran pérdida de vidas. El general habló de la valiente labor de muchas personas en sus intentos por salvar su ganado, pero calculó que el veinticinco por ciento había perecido. Dos mil quinientas personas ya habían recibido raciones de Troy, en el río Black, y él había remolcado una gran cantidad de ganado, pero una cantidad muy grande permanecía allí y se encontraba en extrema necesidad. El nivel del agua era ahora dieciocho pulgadas más alto que en 1874, y no había tierra entre Vidalia y las colinas de Catahoula.

A las dos en punto, el 'Susie' llegó a Troy, sesenta y cinco millas río arriba de la desembocadura del río Black. Allí, a la izquierda, se encuentra el río Little; un poco más allá, el Ouachita, y a la derecha, el Tensas. Estos tres ríos forman el río Black. Troy, o una parte de ella, está situada sobre y alrededor de tres grandes montículos indígenas, de forma circular, que se elevan unos doce pies sobre el nivel actual del agua. Tienen aproximadamente ciento cincuenta pies de diámetro y están separados por unos doscientos metros. Las casas están construidas entre estos montículos, por lo que todas se inundan hasta una profundidad de dieciocho pulgadas en sus pisos.

Estas elevaciones, construidas por los aborígenes hace cientos de años, son los únicos refugios en kilómetros a la redonda. Al llegar, las encontramos repletas de ganado, todos flacos y apenas capaces de mantenerse en pie. Había ovejas, cerdos, caballos, mulas y vacas mezclados. Uno de estos montículos se ha utilizado durante muchos años como cementerio, y hoy vimos vacas demacradas recostadas contra las lápidas de mármol, rumiando plácidamente tras una comida de maíz proporcionada por el general York. Aquí, como abajo, se apreciaba la notable destreza de las mujeres y las niñas en el manejo de las pequeñas piraguas. Los niños remaban en estas embarcaciones tan delicadas con la misma naturalidad de expertos.

El general York ha puesto en marcha un sistema perfecto para la prestación de ayuda. Inspecciona personalmente el lugar donde se solicita, determina las necesidades y, tras fletar dos barcos con plataformas, los envía rápidamente al lugar, una vez cargado el ganado y remolcado a las colinas de pinos y las tierras altas de Catahoula. Ha establecido su cuartel general en Troy, y hasta allí llegan los barcos para abastecerse de forraje para el ganado. Al otro lado del río Little River, que se bifurca a la izquierda del Black River, entre este y el Ouachita, se encuentra la ciudad de Trinity, amenazada constantemente de destrucción. Está mucho más abajo que Troy, y el agua alcanza los ocho y nueve pies de profundidad en las casas. Una fuerte corriente la atraviesa, y es sorprendente que todas sus casas no hayan sido arrasadas. Los residentes de Troy y Trinity han recibido ayuda, pero aún es necesario alimentar a parte de su ganado.

En cuanto el 'Susie' llegó a Troya, fue entregado al general York y puesto a su disposición para llevar a cabo las labores de socorro con mayor rapidez. Casi todos sus suministros fueron desembarcados en uno de los montículos para aligerar el barco, y se dirigió río abajo para socorrer a los que se encontraban río abajo. En la propiedad de Tom Hooper, a pocos kilómetros de Troya, se remolcó una gran barcaza con unas cincuenta cabezas de ganado a bordo. Los animales fueron alimentados y pronto recuperaron fuerzas. Hoy nos dirigimos al río Little River, donde el sufrimiento es mayor.

RÍO NEGRO ABAJO

Sábado por la noche, 25 de marzo.

Salimos río abajo por el río Black muy temprano, bajo la dirección del general York, para sacar el ganado que pudiéramos alcanzar. Al bajar río abajo, dejamos una barcaza remolcada en una localidad central, y desde allí los hombres la impulsaron con pértigas hacia la parte trasera de las plantaciones, recogiendo los animales dondequiera que los encontráramos. En el desván de una desmotadora se encontraron diecisiete cabezas de ganado, y después de construir una pasarela, las condujeron a la barcaza sin dificultad. Tomando una barca con el general, su reportero fue llevado hasta una pequeña casa de dos habitaciones, donde el agua llegaba a sesenta centímetros del suelo. En una de las habitaciones grandes estaban acurrucados los caballos y las vacas del lugar, mientras que en la otra la viuda Taylor y su hijo estaban sentados en un andamio elevado en el suelo. Uno o dos pozos de tierra flotaban en el terreno, listos para ser utilizados en cualquier momento. Cuando sacaron la barcaza, cortaron un lateral de la casa como único medio para sacar a los animales, y el ganado fue conducido a bordo de la barcaza. El general York, como en todos los casos, preguntó si la familia deseaba marcharse, informándoles de que el mayor Burke, del periódico 'The Times-Democrat', había enviado el 'Susie' con ese propósito. La señora Taylor dijo que agradecía al mayor Burke, pero que intentaría resistir. La asombrosa tenacidad de la gente de aquí para regresar a sus hogares es incomprensible. Un poco más abajo, a dieciséis millas de Troy, se recibió la noticia de que la casa del señor Tom Ellis estaba en peligro y que toda su familia se encontraba dentro. Nos dirigimos allí inmediatamente y nos encontramos con una escena desoladora. Mirando por la mitad de la ventana que quedaba por encima del nivel del agua, estaba la señora Ellis, de salud delicada, mientras que en la puerta estaban sus siete hijos, el mayor de menos de catorce años. Un lado de la casa estaba destinado a los animales de trabajo, unas doce cabezas, además de los cerdos. En la habitación contigua vivía la familia, con el agua a solo cinco centímetros de la barandilla de la cama. La estufa estaba sumergida y se cocinaba sobre un fuego encima. La casa amenazaba con derrumbarse en cualquier momento: uno de sus extremos se hundía y, de hecho, el edificio parecía una mera cáscara vacía. Cuando el barco viró, el señor Ellis salió en una trinchera y el general York le dijo que había venido en su auxilio; que el barco del Times-Democrat estaba a su servicio y que trasladaría a su familia de inmediato a las colinas, y que el lunes un camión se llevaría sus provisiones, ya que hasta entonces estarían ocupados. A pesar de la deplorable situación en la que él y su familia se encontraban, el señor Ellis no quería marcharse. Dijo que pensaba esperar hasta el lunes y correr el riesgo de que su casa se derrumbara. Los niños que estaban junto a la puerta parecían perfectamente contentos, sin importarles demasiado el peligro que corrían. Estos son solo dos ejemplos de muchos.Tras semanas de privaciones y sufrimiento, la gente se aferra a sus casas y solo las abandona cuando ya no hay espacio entre el agua y el techo para construir un andamio sobre el que refugiarse. Parecía incomprensible, pero el amor por su antiguo hogar era más fuerte que el deseo de seguridad.

Tras dejar la propiedad de los Ellis, el siguiente lugar al que llegaron fue la de los Oswald. Allí, la plataforma fue remolcada junto a la desmotadora, donde quince cabezas de ganado estaban sumergidas en el agua; sin embargo, al estar sobre andamios, sus cabezas sobresalían por encima de la entrada. Resultó imposible sacarlas sin cortar parte del frente; así que se requisaron hachas y se abrió un hueco. Tras mucho esfuerzo, los caballos y las mulas fueron colocados de forma segura en la plataforma.

En cada lugar donde paramos, siempre llegan tres, cuatro o más canoas que traen información sobre ganado necesitado en otros lugares. A pesar de que muchos habían llevado parte de su ganado a las colinas hace tiempo, aún queda una gran cantidad que el general York, trabajando con energía incansable, desembarcará en los pinares antes del martes.

A lo largo del río Black River, el 'Susie' ha sido visitado por decenas de plantadores, cuyas historias repiten las ya escuchadas de sufrimiento y pérdidas. Un viejo plantador, que vive a orillas del río desde 1844, afirmó que nunca antes se había producido una crecida semejante y aseguró que se había perdido más de una cuarta parte del ganado. Por suerte, la gente priorizó el cuidado de su ganado de trabajo, y cuando pudieron encontrarlo, los caballos y las mulas fueron puestos a salvo. La crecida, que aún continúa y que anoche alcanzó los cinco centímetros, los obliga a trasladarlos a las colinas; de ahí la gran importancia de la labor del general York. Desde el amanecer hasta bien entrada la noche, va de un lado a otro, animando con palabras amables y dirigiendo con sereno criterio lo que se debe hacer. Una historia desagradable, la de cierto comerciante de Nueva Orleans, se cuenta a lo largo del río. Al parecer, desde hace algunos años los plantadores han tratado con este individuo, y muchos de ellos tenían balanzas en sus manos. Cuando llegó la inundación, escribieron pidiendo café, comida y, de hecho, cualquier cosa que necesitaran. No recibieron respuesta a estas cartas, e incluso escribieron otras, pero a estos antiguos clientes, cuyas plantaciones estaban bajo el agua, se les negó incluso lo necesario para sobrevivir. Huelga decir que ahora no goza de popularidad en Back River.

Las colinas que se mencionan como lugar de refugio para la gente y el ganado en Black River se encuentran en la parroquia de Catahoula, a veinticuatro millas de Black River.

Tras llenar el piso con ganado, acogimos a la familia de TS Hooper, siete personas, que ya no podían permanecer en su vivienda, y ahora los estamos llevando río arriba por Little River hasta las colinas.

LA INUNDACIÓN SIGUE SUBIENDO

Troya: 27 de marzo de 1882, mediodía.

La crecida del río está aumentando aproximadamente ocho centímetros cada veinticuatro horas, y las lluvias que han comenzado a intensificar este aumento. El general York considera que nuestros esfuerzos deben centrarse en salvar vidas, ya que el alza del agua ha puesto en peligro muchas casas. Tenemos previsto remontar el río Tensas en unos minutos, y luego regresaremos y bajaremos por el río Black para rescatar a las familias. Hay escasez de transporte a vapor para hacer frente a la emergencia. El general ha fletado tres barcos, con plataformas a remolque, pero la demanda para remolcar el ganado supera su capacidad de respuesta inmediata. Todos trabajan día y noche, y el 'Susie' apenas se detiene más de una hora en ningún lugar. La crecida ha puesto a Trinity en una situación peligrosa, y se prevé que algunas casas sean arrastradas por la corriente en cualquier momento. Troy está un poco más alta, pero todas las casas están bajo el agua. Se ha informado de que una mujer y un niño han sido arrastrados por la corriente río abajo, y dos cabañas han sido arrastradas por la corriente. Sus ocupantes son los mismos que se negaron a evacuar anteayer. Uno no creería la absoluta pasividad de la gente.

Todavía no se han recibido noticias del vapor «Delia», que se supone que fue el que se hundió en la tormenta de ayer en el lago Catahoula. Se suponía que llegaría aquí, pero aún no ha llegado. Incluso el correo es muy irregular, así que lo envío en una lancha a Natchez para que te llegue. Es imposible obtener datos precisos sobre las cosechas pasadas, etc., ya que quienes sabían mucho sobre el tema se han ido y quienes quedan no están familiarizados con la producción de esta sección.

El general York me pide que les comunique que la cantidad de raciones enviadas anteriormente debe duplicarse y enviarse de inmediato. Es imposible hacer un cálculo, pues la población huye a las montañas, tal es la rapidez con la que aumenta la población. Los residentes se encuentran en un estado de conmoción que solo puede apreciarse al verlo, y la desmoralización es total.

Si se hicieran repartos de raciones para alguna zona en particular, no se garantizaría su distribución, así que todo debería enviarse a Troya como centro de acopio, y el general se encargaría de su correcta gestión. Ha pedido cien tiendas de campaña, y si todos los que están en marcha ahora se dirigen a las montañas, se necesitarán doscientas.

APÉNDICE B

LA COMISIÓN DEL RÍO MISSISSIPPI

El estado de este fértil valle del Bajo Misisipi, inmediatamente después de la guerra y durante la misma, constituyó uno de los efectos más desastrosos de la guerra, digno de lamento. La propiedad ficticia de los esclavos no solo fue justamente destruida, sino que gran parte del trabajo que dependía de la mano de obra esclava también fue destruido o gravemente perjudicado, especialmente el sistema de diques.

Quienes no hayan investigado el tema podrían haber esperado que mejoras tan importantes como la construcción y el mantenimiento de los diques fueran asumidas de inmediato por los distintos estados. Pero, ¿qué puede hacer el Estado cuando la población está sometida a tasas de interés que oscilan entre el 18 y el 30 por ciento, y además se ve obligada a pignorar sus cosechas antes incluso de sembrarlas, a esas tasas, para poder adquirir todos sus suministros con un beneficio del 100 por ciento?

Basta con prestarle un poco de atención para que quede perfectamente claro que el control del río Misisipi, si es que se decide tomarlo, debe recaer en el gobierno federal y no puede estar a cargo de los estados. El río debe ser tratado como una unidad; su control no puede ejercerse bajo un sistema administrativo dividido o separado.

Ninguno de los Estados especialmente interesados ​​tiene la capacidad suficiente para coordinarse entre sí en las operaciones necesarias. El trabajo debe comenzar río arriba, al menos hasta El Cairo, si no más allá, y debe llevarse a cabo siguiendo un plan general coherente a lo largo de todo el curso del río.

No se necesitan conocimientos técnicos ni científicos para comprender los elementos del caso si se le dedica un poco de tiempo y atención al tema, y ​​cuando se ha constituido una comisión sobre el río Misisipi, como la comisión actual, integrada por hombres plenamente capaces de diferentes ámbitos de la vida, ¿no podría sugerirse que su veredicto en el caso se acepte como concluyente, en la medida en que cualquier teoría a priori de construcción o control pueda considerarse concluyente?

Cabe recordar que en esta junta se encuentran el general Gilmore, el general Comstock y el general Suter, del Cuerpo de Ingenieros de los Estados Unidos; el profesor Henry Mitchell (la autoridad más competente en materia de hidrografía), del Servicio Geodésico Costero de los Estados Unidos; BB Harrod, ingeniero estatal de Luisiana; Jas. B. Eads, cuyo éxito con los espigones de Nueva Orleans es garantía de su competencia, y el juez Taylor, de Indiana.

Sería una presunción por parte de cualquier persona, por muy capacitada que sea, impugnar el fallo de un tribunal como este.

El método de mejora propuesto por la comisión concuerda tanto con los resultados de la experiencia en ingeniería como con las observaciones de la naturaleza, satisfaciendo así nuestras necesidades. Del mismo modo que en la naturaleza el crecimiento de los árboles y su tendencia a caer por la pendiente y sostener la orilla, cuando se ven socavados, garantiza en algunos puntos una profundidad de canal adecuada y cierta permanencia, en el proyecto del ingeniero el uso de madera y maleza, así como el fomento del crecimiento forestal, son las características principales. Se propone reducir el ancho excesivo mediante diques de maleza, inicialmente bajos, pero elevándolos progresivamente a medida que el lodo del río se asienta bajo su protección, y finalmente inclinándolos hacia atrás en el ángulo que permita el libre crecimiento de los sauces. Este trabajo contiene numerosos detalles relacionados con la forma de estos diques de protección, su disposición para formar una serie de cuencas de sedimentación, etc., cuya descripción solo complicaría la comprensión del proyecto. En la mayor parte del río no se requerirán obras de contracción, pero casi todas las riberas del lado cóncavo de los lechos deberán protegerse de la erosión de la corriente, y gran parte de las riberas opuestas deberán defenderse en puntos críticos. Las obras que tengan en cuenta este objetivo de conservación pueden denominarse generalmente obras de revestimiento; y estas también estarán hechas principalmente de maleza, tejida en alfombras continuas o entrelazada en malla metálica. Este proceso de revestimiento se ha empleado con éxito en el río Misuri; y en algunos casos se han cubierto tanto de sedimentos y se han invadido tanto de sauces que pueden considerarse permanentes. Para asegurar estas alfombras se utilizará piedra de cantera en pequeñas cantidades, y en algunos casos la pendiente nivelada entre el curso alto y bajo del río tendrá que pavimentarse más o menos con piedra.

Cualquiera que haya navegado por el Rin habrá observado operaciones muy parecidas a las que acabamos de mencionar; y, de hecho, la mayoría de los ríos de Europa que fluyen entre sus propios aluviones han requerido un tratamiento similar en aras de la navegación y la agricultura.

El dique es la obra culminante del revestimiento de la ribera, aunque no necesariamente esté conectado directamente a ella. Puede ubicarse a una corta distancia de la ribera revestida; pero, en efecto, constituye el parapeto necesario. No es posible registrar el caudal del río y el del río en estiaje, ni obligarlos a unirse en la excavación de un único canal permanente, sin un control total de todas las fases; e incluso las crecidas anormales deben preverse, ya que pondrían en peligro el dique y, una vez alcanzado, lo destruirían tras las obras de revestimiento.

Según el principio general de que la pendiente local de un río es el resultado y la medida de la resistencia de su lecho, es evidente que un arroyo estrecho y profundo debería tener menor pendiente, ya que posee menor superficie de fricción en proporción a su capacidad; es decir, menor perímetro en proporción a su área de sección transversal. El efecto final de los diques y revestimientos que confinan las crecidas y registran todas las etapas del río es profundizar el cauce y disminuir la pendiente. El primer efecto de los diques es elevar la superficie; pero esto, al inducir una mayor velocidad de flujo, provoca inevitablemente un aumento de la sección, y si se impide que este aumento se produzca a expensas de las riberas, el fondo debe ceder y la forma del cauce debe mejorarse para permitir este flujo con menor elevación. La experiencia real con los diques en el río Misisipi, sin ningún intento de contener las orillas, ha sido favorable, y nadie puede dudar, a la luz de las pruebas aportadas en los informes de la comisión, de que si los primeros diques hubieran ido acompañados de un revestimiento de las orillas y se hubieran completado, hoy tendríamos un río navegable con aguas bajas y un país adyacente a salvo de inundaciones.

Por supuesto, sería ilógico concluir que un río confinado puede reducir su pendiente de inundación hasta el punto de hacer innecesarios los diques, pero se cree que, gracias a esta contención lateral, el río, como conducto, puede mejorar su forma de manera tal que incluso las raras inundaciones resultantes de la crecida simultánea de muchos afluentes encuentren salida sin destruir los diques de altura normal. Se ha demostrado con frecuencia que la capacidad real de un canal a través del aluvión depende de su servicio durante las inundaciones, pero esta capacidad no incluye las inundaciones anómalas, aunque recurrentes.

Resulta prácticamente inútil considerar los proyectos para aliviar las inundaciones del río Misisipi mediante la creación de nuevos desagües, ya que estas propuestas sensacionalistas solo han convencido a mentes poco reflexivas y carecen de respaldo entre los ingenieros. Si el lecho del río fuera de hierro fundido, recurrir a aberturas para el exceso de agua podría ser necesario; pero como el fondo es blando y la mejor forma de desagüe es un único canal profundo, al minimizar la relación entre el perímetro y el área de la sección transversal, no podría existir un método de tratamiento más poco filosófico que la multiplicación de vías de escape.

En la declaración anterior se ha intentado condensar, en el espacio más limitado que permite la importancia del tema, los elementos generales del problema y las características generales del método de mejora propuesto que ha sido adoptado por la Comisión del Río Mississippi.

El autor no puede evitar sentir cierta presunción al intentar presentar los hechos relativos a una empresa que exige la más alta pericia científica; pero es un asunto que interesa a todos los ciudadanos de los Estados Unidos y constituye uno de los métodos de reconstrucción que deberían aprobarse. Se trata de una reclamación de guerra que no implica beneficio privado ni compensación alguna, salvo en los casos de destrucción inherente a la guerra, que bien podrían ser reparados por el pueblo de todo el país.

EDWARD ATKINSON.

Boston: 14 de abril de 1882.

APÉNDICE C

RECEPCIÓN DEL LIBRO DEL CAPITÁN BASIL HALL EN LOS ESTADOS UNIDOS

Habiendo llegado ya casi al final de nuestro viaje, me veo obligado, antes de concluir, a mencionar nuevamente lo que considero uno de los rasgos más notables del carácter nacional estadounidense: su exquisita sensibilidad y resentimiento ante todo lo que se dice o escribe sobre ellos. De esto, quizás, el ejemplo más notable que puedo dar es el efecto que produjo en casi todos los tipos de lectores la publicación de "Viajes por Norteamérica" ​​del capitán Basil Hall. De hecho, fue una especie de terremoto moral, y la vibración que provocó en los nervios de la república, de un extremo a otro de la Unión, no había cesado ni mucho menos cuando abandoné el país en julio de 1831, un par de años después de aquel revuelo.

Me encontraba en Cincinnati cuando se publicaron estos volúmenes, pero no fue hasta julio de 1830 que conseguí un ejemplar. Un librero al que consulté me dijo que había tenido algunos ejemplares antes de comprender la naturaleza de la obra, pero que, una vez familiarizado con ella, nada le haría vender otro. Sin embargo, otros profesionales de su sector debieron ser menos escrupulosos, pues el libro se leía en ciudades, pueblos, aldeas y caseríos, en barcos de vapor y diligencias, y se oía un grito de júbilo sin precedentes en mi memoria en ninguna ocasión.

Creo que el ardiente deseo de aprobación y la delicada sensibilidad ante la censura siempre se han considerado rasgos de carácter agradables; pero la situación en la que la aparición de la obra del capitán Hall sumió a la república demuestra claramente que estos sentimientos, llevados al extremo, producen una debilidad que raya en la imbecilidad.

Resultaba absolutamente asombroso oír a hombres que, en otros temas, tenían cierto criterio, expresar sus opiniones sobre este asunto. Jamás había oído hablar de ningún caso en el que el sentido común, generalmente presente en la crítica nacional, se viera tan derrocado por la pasión. No me refiero a la falta de justicia ni a una interpretación justa y liberal: esto, quizás, era de esperar. A otras naciones se las ha llamado susceptibles, pero los ciudadanos de la Unión, al parecer, carecen por completo de sensibilidad; se estremecen ante la más mínima brisa, a menos que vaya acompañada de halagos. Por lo tanto, no era de extrañar que las agudas y contundentes observaciones de un viajero, a quien sabían que escucharían, fueran recibidas con irritación. Lo extraordinario del asunto radicaba, en primer lugar, en el exceso de la furia en la que se dejaron llevar; y, en segundo lugar, en la puerilidad de las excusas con las que intentaban justificar la severidad con la que creían haber sido tratados.

No contentos con declarar que los volúmenes no contenían ni una palabra de verdad, de principio a fin (una afirmación que oí casi con la misma frecuencia con la que se mencionaban), todo el país se puso a trabajar para descubrir las razones por las que el capitán Hall había visitado los Estados Unidos y por qué había publicado su libro.

He oído decir, con tanta precisión y gravedad como si la declaración hubiera sido transmitida por un informe oficial, que el capitán Hall había sido enviado por el Gobierno británico expresamente con el propósito de frenar la creciente admiración de Inglaterra por el Gobierno de los Estados Unidos; que había venido por encargo del tesoro; y que solo en obediencia a las órdenes había encontrado algo a lo que oponerse.

No lo digo como un simple rumor; estoy convencido de que es la opinión de una parte considerable del país. Tan arraigada está la convicción de este singular pueblo de que es imposible verlos sin ser admirados, que no admiten la posibilidad de que alguien, con honestidad y sinceridad, encuentre algo que reprocharles a ellos o a su país.

Creo que muchas de las reseñas estadounidenses son bien conocidas en Inglaterra; por lo tanto, no necesito citarlas aquí, pero a veces me preguntaba por qué ninguna de ellas pensó en traducir la maldición de Abdías al inglés clásico estadounidense; si lo hubieran hecho, colocando (él, Basil Hall) entre paréntesis, en lugar de (él, Abdías), se habrían ahorrado un montón de problemas.

Apenas puedo describir la curiosidad con la que me senté a examinar detenidamente estos enormes volúmenes; mucho menos puedo expresar la sorpresa que me causaron sus contenidos. Decir que no encontré ni una sola afirmación exagerada en toda la obra es quedarse corto. Es imposible que alguien que conozca el país no se dé cuenta de que el capitán Hall buscaba con ahínco motivos para admirar y elogiar. Cuando elogia, lo hace con evidente placer; y cuando critica, lo hace con evidente reticencia y moderación, salvo cuando motivos puramente patrióticos le impulsan a declarar abiertamente lo que conviene a su país.

De hecho, el capitán Hall supo apreciar el país en su máxima expresión. Provisto, por supuesto, de cartas de presentación para las personalidades más distinguidas, y con la aún más influyente recomendación de su propia reputación, fue recibido con todos los honores y honores de un extremo a otro de la Unión. Vio el país en todo su esplendor y tuvo pocas o ninguna oportunidad de juzgarlo sin artificios, sin adornos, sin curtir, con todas sus imperfecciones, como me sucedió a mí y a mi familia con demasiada frecuencia.

El capitán Hall tuvo, sin duda, excelentes oportunidades para familiarizarse con la forma de gobierno y las leyes, y, además, para recibir los mejores comentarios orales sobre ellas, en conversaciones con los ciudadanos más distinguidos. Aprovechó al máximo estas oportunidades; nada importante que se le presentara escapaba a su atención analítica, propia de un viajero experimentado y filosófico. Esto ha hecho que sus libros sean sumamente interesantes y valiosos; pero estoy profundamente convencido de que si un hombre de igual perspicacia visitara los Estados Unidos sin otro medio para conocer el carácter nacional que el trato cotidiano, se formaría una idea infinitamente inferior de la moral del país que la que parece haber tenido el capitán Hall; y tengo la firme convicción de que, si el capitán Hall no se hubiera autocontrolado, habría expresado una indignación mucho mayor que la que manifestó contra muchos aspectos del carácter estadounidense, con los que, según demuestra por otras circunstancias, estaba bien familiarizado. Su regla parece haber sido la de exponer la verdad justa para que sus lectores se llevaran una impresión correcta, minimizando así el dolor hacia las personas sensibles sobre las que escribía. Expresa sus propias opiniones y sentimientos, dando por sentado que tiene buenas razones para adoptarlos; pero evita a los estadounidenses la amargura que habría provocado un análisis detallado de las circunstancias.

Si alguien afirma que el origen de mi opinión reside en una malvada antipatía hacia doce millones de desconocidos, debo aceptarlo; y si se tratara de una mera especulación ociosa, desde luego no me arriesgaría a las críticas que recibiría por expresarla. Pero no es así.

. . . . . . .

La franqueza que expresa, y que evidentemente siente, la confunden con ironía o la desconfían por completo; su renuencia a causar dolor a quienes le han brindado bondad, la rechazan con desdén como una afectación, y aunque deben saber muy bien, en el fondo, cuánto más están a su merced de lo que él ha querido demostrar, pretenden, incluso para sí mismos, que ha exagerado los defectos de su carácter e instituciones; cuando, en realidad, los ha tratado con una ternura que puede ser perfectamente apropiada para él, por poco merecida que sea; mientras que, al mismo tiempo, ha engrandecido con ahínco sus méritos siempre que ha podido encontrar algo favorable.

APÉNDICE D

LA CABEZA INMORTAL

En una remota región del Norte vivían un hombre y su hermana, que jamás habían visto a un ser humano. Rara vez, o nunca, el hombre tenía que salir de casa; pues, cuando necesitaba comida, solo tenía que alejarse un poco de la cabaña y colocar allí, en un lugar específico, sus flechas, con sus púas clavadas en el suelo. Le decía a su hermana dónde las había colocado, y cada mañana ella iba a buscarlas, y siempre encontraba cada una clavada en el corazón de un ciervo. Entonces solo tenía que arrastrarlos hasta la cabaña y prepararles la comida. Así vivió hasta que llegó a la edad adulta, cuando un día su hermano, cuyo nombre era Iamo, le dijo: «Hermana, se acerca el momento en que enfermarás. Escucha mi consejo. Si no lo haces, probablemente será la causa de mi muerte. Toma los utensilios con los que encendemos el fuego. Aléjate un poco de nuestra cabaña y enciende un fuego aparte. Cuando tengas hambre, te diré dónde encontrarla. Tú debes cocinar para ti misma, y ​​yo para mí». Cuando estés enfermo, no intentes acercarte a la cabaña ni traer ninguno de los utensilios que usas. Asegúrate siempre de llevar en el cinturón lo que necesites, pues no sabes cuándo llegará el momento. En cuanto a mí, haré lo que pueda. Su hermana prometió obedecerle en todo lo que le había dicho.

Poco después, su hermano tuvo que marcharse de casa. Ella estaba sola en su cabaña, peinándose. Acababa de desatar el cinturón al que estaban sujetas las herramientas, cuando de repente ocurrió lo que su hermano había mencionado. Salió corriendo de la cabaña, pero con las prisas olvidó el cinturón. Temerosa de volver, se quedó un rato pensando. Finalmente, decidió entrar a buscarlo. «Mi hermano no está en casa, y solo me quedaré un momento para cogerlo», pensó. Regresó. Entró corriendo de repente, lo cogió y estaba saliendo cuando vio a su hermano. Él sabía lo que pasaba. «¡Oh!», dijo, «¿No te dije que tuvieras cuidado? Pero ahora me has matado». Ella seguía su camino, pero su hermano le dijo: «¿Qué puedes hacer ahora? El accidente ha ocurrido. Entra y quédate donde siempre te has quedado. ¿Y qué será de ti? Me has matado».

Entonces se quitó su traje y equipo de caza, y poco después sus pies comenzaron a ponerse negros, de modo que no podía moverse. Aun así, le indicó a su hermana dónde colocar las flechas, para que siempre tuviera comida. La inflamación continuó aumentando, y ahora había alcanzado su primera costilla; y dijo: «Hermana, mi fin está cerca. Debes hacer lo que te digo. Mira mi bolsa de medicinas y mi maza de guerra atada a ella. Contiene todas mis medicinas, mis plumas de guerra y mis pinturas de todos los colores. Tan pronto como la inflamación llegue a mi pecho, tomarás mi maza de guerra. Tiene una punta afilada, y me cortarás la cabeza. Cuando esté separada de mi cuerpo, tómala, coloca su cuello en la bolsa, que debes abrir por un extremo. Luego cuélgala en su lugar anterior. No olvides mi arco y flechas. Una de las últimas la tomarás para conseguir comida. El resto, átala a mi bolsa, y luego cuélgala, para que pueda mirar hacia la puerta. De vez en cuando te hablaré, pero no a menudo. Su hermana prometió obedecer de nuevo.

En poco tiempo su pecho se vio afectado. «Ahora», dijo él, «toma el garrote y córtame la cabeza». Ella tenía miedo, pero él le dijo que reuniera valor. «Golpea», dijo él, y una sonrisa apareció en su rostro. Reuniendo todo su valor, ella dio el golpe y cortó la cabeza. «Ahora», dijo la cabeza, «colócame donde te dije». Y con temor ella obedeció todas sus órdenes. Conservando su animación, miró alrededor de la cabaña como de costumbre, y le ordenaba a su hermana que fuera a los lugares que creía que le proporcionarían la carne de los diferentes animales que necesitaba. Un día la cabeza dijo: «No está lejos el momento en que me libraré de esta situación, y tendré que soportar muchos males. Así lo decreta el superior manito, y debo soportarlo todo con paciencia». En esta situación debemos dejar a la cabeza.

En cierta parte del país había una aldea habitada por una numerosa y belicosa banda de indios. En esta aldea vivía una familia de diez jóvenes, hermanos. Era primavera cuando el menor de ellos se pintó la cara de negro y ayunó. Sus sueños fueron propicios. Tras terminar el ayuno, fue a buscar a sus hermanos en secreto por la noche, para que nadie en la aldea pudiera oírlos ni averiguar adónde se dirigían. Aunque se oía su tambor, era algo habitual. Después de los saludos de rigor, les contó lo favorables que habían sido sus sueños y que los había reunido para saber si lo acompañarían en una expedición de guerra. Todos respondieron que sí. El tercer hermano, conocido por sus rarezas, apareció con su maza de guerra cuando su hermano terminó de hablar y se levantó de un salto. «Sí», dijo, «iré, y así trataré a aquellos contra quienes voy a luchar»; y golpeó el poste en el centro de la cabaña y lanzó un grito. Los demás le hablaron, diciéndole: «Despacio, Mudjikewis, cuando estés en las moradas ajenas». Así que se sentó. Luego, por turnos, tomaron el tambor, cantaron sus canciones y concluyeron con un banquete. El más joven les dijo que no susurraran sus intenciones a sus esposas, sino que se prepararan en secreto para su viaje. Todos prometieron obediencia, y Mudjikewis fue el primero en decirlo.

Se acercaba la hora de su partida. Se dio la orden de reunirse una noche determinada, cuando partirían de inmediato. Mudjikewis exigía con vehemencia sus mocasines. Varias veces su esposa le preguntó el motivo. «Además», dijo ella, «tienes un buen par puesto». «Rápido, rápido», dijo él, «ya que debes saberlo, vamos a una expedición de guerra; así que date prisa». Así reveló el secreto. Esa noche se reunieron y partieron. Había nieve en el suelo, y viajaron toda la noche para evitar que otros los siguieran. Al amanecer, el líder tomó nieve e hizo una bola, luego la arrojó al aire y dijo: «Así vi caer la nieve en un sueño, para que no pudieran rastrearme». Y les dijo que se mantuvieran juntos por temor a perderse, ya que la nieve comenzó a caer en copos muy grandes. A pesar de lo cerca que caminaban, apenas podían verse. La nieve siguió cayendo durante todo el día y la noche siguiente, por lo que fue imposible seguirles la pista.

Llevaban ya varios días caminando, y Mudjikewis siempre iba a la retaguardia. Un día, corriendo repentinamente hacia adelante, dio el saw-saw-quan (grito de guerra) y golpeó un árbol con su maza, que se partió en pedazos como si le hubiera caído un rayo. «Hermanos», dijo, «así serviré a aquellos contra quienes vamos a luchar». El líder respondió: «Tranquilo, tranquilo, Mudjikewis, aquel a quien te guío no es alguien a quien debas tomar a la ligera». De nuevo retrocedió y pensó: «¡Qué! ¡Qué! ¿A quién nos está guiando?». Sintió miedo y guardó silencio. Día tras día siguieron viajando, hasta que llegaron a una extensa llanura, en cuyos límites huesos humanos se blanqueaban al sol. El líder habló: «Son los huesos de quienes nos precedieron. Ninguno ha regresado jamás para contar la triste historia de su destino». Mudjikewis se inquietó de nuevo y, corriendo hacia adelante, lanzó su grito habitual. Avanzó hasta una gran roca que sobresalía del suelo, la golpeó y la hizo pedazos. «Mirad, hermanos», dijo, «así trataré a aquellos contra quienes vamos a luchar». «Tranquilos, tranquilos», repitió el líder; «aquel a quien os llevo no se compara con la roca».

Mudjikewis retrocedió pensativo, diciéndose a sí mismo: «Me pregunto quién será este al que va a atacar»; y sintió miedo. Aun así, siguieron viendo los restos de antiguos guerreros que habían estado en el lugar al que ahora se dirigían, algunos de los cuales se habían retirado hasta el punto donde vieron los huesos por primera vez, más allá del cual nadie había logrado escapar. Finalmente, llegaron a una elevación del terreno, desde donde distinguieron claramente, durmiendo en una montaña lejana, a un oso mamut.

La distancia entre ellos era muy grande, pero el tamaño del animal permitía verlo con claridad. «Ahí», dijo el líder, «es a quien os llevo; aquí comenzarán nuestros problemas, pues es un mishemokwa y un manito. Es él quien posee aquello que tanto valoramos (es decir, el wampum), por cuya obtención, los guerreros cuyos huesos vimos sacrificaron sus vidas. No debéis tener miedo: sed valientes. Lo encontraremos dormido». Entonces el líder se adelantó y tocó el cinturón alrededor del cuello del animal. «Esto», dijo, «es lo que debemos obtener. Contiene el wampum». Luego le pidieron al mayor que intentara deslizar el cinturón sobre la cabeza del oso, que parecía estar profundamente dormido, ya que no se inmutó en lo más mínimo al intentar obtener el cinturón. Todos sus esfuerzos fueron en vano, hasta que le tocó el turno al siguiente más joven. Lo intentó, y el cinturón casi pasó por encima de la cabeza del monstruo, pero no pudo introducirlo más. Entonces el más joven, el líder, hizo su intento y lo logró. Colocándolo sobre la espalda del mayor, dijo: «Ahora debemos correr», y partieron. Cuando uno se fatigaba por el peso, otro lo relevaba. Corrieron así hasta que pasaron junto a los huesos de todos los guerreros anteriores, y ya estaban a cierta distancia, cuando al mirar hacia atrás vieron al monstruo alzándose lentamente. Se detuvo un rato antes de perder su wampum. Pronto oyeron su tremendo aullido, como un trueno lejano, que poco a poco llenaba el cielo; y entonces lo oyeron hablar y decir: «¿Quién se ha atrevido a robar mi wampum? No hay tierra tan grande que no pueda encontrarlos»; y descendió de la colina en persecución. Como si convulsionara, la tierra temblaba con cada salto que daba. Muy pronto se acercó al grupo. Sin embargo, ellos conservaron el cinturón, intercambiándolo entre sí y animándose unos a otros; pero él los alcanzó rápidamente. —Hermanos —dijo el líder—, ¿ninguno de ustedes, estando en ayunas, ha soñado jamás con algún espíritu amigo que les ayudara como guardián? —Siguió un silencio sepulcral. —Pues bien —dijo—, en ayunas, soñé que estaba en peligro de muerte instantánea, cuando vi una pequeña cabaña, con humo que salía de su parte superior. Un anciano vivía en ella, y soñé que me ayudaba; y que pronto se verifique —dijo, corriendo hacia adelante y dando un grito peculiar, y un aullido como si los sonidos provinieran de las profundidades de su estómago, y lo que se llama checaudum.Al llegar a una pequeña elevación del terreno, ¡miren!, apareció una cabaña, con humo que se elevaba desde su cima. Esto les infundió nuevas fuerzas, y corrieron hacia ella y entraron. El líder habló con el anciano que estaba sentado en la cabaña, diciendo: «Nemesho, ayúdanos; pedimos tu protección, porque el gran oso nos matará». «Siéntense y coman, nietos míos», dijo el anciano. «¿Quién es un gran manito?», preguntó. «No hay nadie más que yo; pero déjenme ver», y abrió la puerta de la cabaña, cuando, ¡he aquí!, a poca distancia vio al animal enfurecido acercándose con saltos lentos pero poderosos. Cerró la puerta. «Sí», dijo, «en efecto es un gran manito: nietos míos, ustedes serán la causa de mi muerte; me pidieron protección, y se la concedí; así que ahora, pase lo que pase, los protegeré. Cuando el oso llegue a la puerta, deben salir corriendo por la otra puerta de la cabaña». Entonces, extendiendo la mano hacia el costado de la cabaña donde estaba sentado, sacó una bolsa que abrió. Sacando dos pequeños perros negros, los colocó frente a él. 'Estos son los que uso cuando peleo', dijo; y comenzó a palmear con ambas manos los costados de uno de ellos, y comenzó a hincharse, de modo que pronto llenó la cabaña con su volumen; y tenía grandes y fuertes dientes. Cuando alcanzó su tamaño completo, gruñó, y desde ese momento, como por instinto, saltó por la puerta y se encontró con el oso, que de otro salto habría llegado a la cabaña. Se produjo un terrible combate. Los cielos resonaron con los aullidos de los feroces monstruos. El perro restante pronto entró en acción. Los hermanos, al principio, siguieron el consejo del anciano y escaparon por el lado opuesto de la cabaña. No habían avanzado mucho cuando oyeron el grito agonizante de uno de los perros, y poco después del otro. 'Bien', dijo el líder, 'el anciano compartirá su destino: así que corran; «Pronto nos perseguirá». Partieron con renovado vigor, pues habían recibido comida del anciano; pero muy pronto el oso apareció a la vista y de nuevo los alcanzaba rápidamente. El líder volvió a preguntar a los hermanos si no podían hacer nada para salvarse. Todos guardaron silencio. El líder, corriendo hacia adelante, hizo lo mismo que antes. «Soñé», gritó, «que, estando en gran apuro, un anciano me ayudó; pronto veremos su morada». Armándose de valor, continuaron. Tras recorrer una corta distancia, vieron la morada del viejo manito. Entraron de inmediato y pidieron su protección, diciéndole que un manito los perseguía. El anciano, sirviéndoles carne, dijo: «¡Coman! ¿Quién es un manito? No hay otro manito que yo; no hay nadie a quien tema»; y la tierra tembló mientras el monstruo avanzaba.El anciano abrió la puerta y lo vio venir. La cerró lentamente y dijo: «Sí, nietos míos, me habéis traído problemas». Tomando su bolsa de medicinas, sacó sus pequeñas mazas de piedra negra y les dijo a los jóvenes que corrieran al otro lado de la cabaña. Mientras manejaba las mazas, estas se hicieron enormes, y el anciano salió justo cuando el oso llegaba a la puerta. Entonces, al golpearlo con una de las mazas, esta se rompió en pedazos; el oso tropezó. Repitió el intento con la otra maza, que también se rompió, pero el oso cayó inconsciente. Cada golpe que el anciano le asestaba sonaba como un trueno, y los aullidos del oso resonaban hasta llenar el cielo.

Los jóvenes habían corrido ya una buena distancia cuando miraron hacia atrás. Vieron que el oso se recuperaba de los golpes. Primero movió las patas, y pronto lo vieron ponerse de pie. El anciano corrió la misma suerte, pues ahora oyeron sus gritos mientras era despedazado. El monstruo los perseguía de nuevo, alcanzándolos rápidamente. Sin desanimarse, los jóvenes siguieron su camino; pero el oso estaba tan cerca que el líder volvió a pedir ayuda a sus hermanos, pero no pudieron hacer nada. «Bueno», dijo, «mis sueños pronto se agotarán; después de este solo me queda uno». Avanzó, invocando a su espíritu guardián para que lo ayudara. «Una vez», dijo, «soñé que, estando en apuros, llegué a un gran lago, en cuya orilla había una canoa, medio fuera del agua, con diez remos listos. No teman», gritó, «pronto lo conseguiremos». Y así fue, tal como lo había dicho. Al llegar al lago, vieron la canoa con diez remos e inmediatamente se embarcaron. Apenas habían llegado al centro del lago cuando vieron al oso llegar a sus orillas. Alzándose sobre sus patas traseras, miró a su alrededor. Luego se adentró en el agua; al perder el equilibrio, retrocedió y comenzó a dar la vuelta al lago. Mientras tanto, el grupo permaneció inmóvil en el centro para observar sus movimientos. Recorrió todo el lago hasta que finalmente llegó al punto de partida. Entonces comenzó a beber agua, y vieron que la corriente se acercaba rápidamente a su boca abierta. El líder los animó a remar con fuerza hacia la orilla opuesta. Cuando estaban a poca distancia de la costa, la corriente había aumentado tanto que los arrastró de vuelta, y todos sus esfuerzos por alcanzarla fueron en vano.

Entonces el líder volvió a hablar, instándolos a afrontar su destino con valentía. «Ahora es el momento, Mudjikewis», dijo, «de demostrar vuestra destreza. Coged valor y sentaos en la proa de la canoa; y cuando se acerque a su boca, probad qué efecto tendrá vuestro garrote en su cabeza». Él obedeció y se preparó para asestar el golpe; mientras el líder, que dirigía la canoa, la conducía hacia la boca abierta del monstruo.

Avanzando rápidamente, estaban a punto de entrar en su boca cuando Mudjikewis le asestó un tremendo golpe en la cabeza y le dio el saw-saw-quan . Las extremidades del oso se doblaron bajo su peso y cayó aturdido por el golpe. Pero antes de que Mudjikewis pudiera repetirlo, el monstruo vomitó toda el agua que había bebido con una fuerza que lanzó la canoa a gran velocidad hacia la orilla opuesta. Abandonando la canoa al instante, huyeron de nuevo y siguieron adelante hasta quedar completamente exhaustos. La tierra volvió a temblar y pronto vieron al monstruo persiguiéndolos de cerca. Sus ánimos decayeron y se sintieron desanimados. El líder se esforzó, con acciones y palabras, por animarlos; y una vez más les preguntó si no se les ocurría nada o si no podían hacer nada para salvarse; y, como antes, todos guardaron silencio. «Entonces», dijo, «esta es la última vez que puedo recurrir a mi espíritu guardián. Ahora, si no lo logramos, nuestro destino está sellado». Corrió hacia adelante, invocando a su espíritu con gran fervor, y lanzó un grito. «Pronto llegaremos», dijo a sus hermanos, «al lugar donde mora mi último espíritu guardián. En él deposito gran confianza. No tengan miedo, no se paralizarán. Pronto llegaremos a su morada. ¡Corran, corran!», gritó.

Volviendo ahora a Iamo, había pasado todo el tiempo en la misma condición en que lo habíamos dejado, la cabeza dando instrucciones a su hermana para conseguir comida, dónde colocar las flechas mágicas y hablando a largos intervalos. Un día, la hermana vio que los ojos de la cabeza se iluminaban, como de placer. Por fin habló. «Oh, hermana», dijo, «¡en qué situación tan lamentable me has puesto! Pronto, muy pronto, llegará un grupo de jóvenes que me pedirán ayuda; pero ¡ay! ¿Cómo puedo darles lo que habría hecho con tanto gusto? Sin embargo, toma dos flechas y colócalas donde solías colocar las demás, y prepara y cocina carne antes de que lleguen. Cuando los oigas venir y llamarme por mi nombre, sal y di: “¡Ay! Hace mucho que le ocurrió un accidente. Yo fui la causa”. Si aún se acercan, invítalos a entrar y ponles carne delante. Y ahora debes seguir mis instrucciones al pie de la letra. Cuando el oso esté cerca, sal a su encuentro. Tomarás mi saco de medicinas, mis arcos y flechas, y mi cabeza. Luego desatarás el saco y extenderás ante ti mis pinturas de todos los colores, mis plumas de águila de guerra, mis mechones de pelo seco y todo lo demás que contenga. Cuando el oso se acerque, tomarás todos estos objetos, uno por uno, y le dirás: «Esta es la pintura de mi difunto hermano», y así sucesivamente con los demás objetos, arrojándolos lo más lejos posible. Las virtudes que contienen lo harán tambalearse; y, para completar su destrucción, tomarás mi cabeza y también la arrojarás lo más lejos posible, gritando: «¡Mira, esta es la cabeza de mi difunto hermano!». Entonces caerá inconsciente. Para entonces, los jóvenes habrán comido y los llamarás para que te ayuden. Luego cortarás el cadáver en pedazos, sí, en pequeños pedazos, y los esparcirás a los cuatro vientos; porque, a menos que hagas esto, volverá a revivir. Prometió que todo se haría como él decía. Apenas tuvo tiempo de preparar la carne, cuando se oyó la voz del líder pidiendo ayuda a Iamo. La mujer salió y dijo como su hermano le había ordenado. Pero el grupo de guerreros, perseguido de cerca, llegó a la cabaña. Ella los invitó a entrar y les puso la carne delante. Mientras comían, oyeron que el oso se acercaba. Desatando la bolsa de medicinas y tomando la cabeza, lo tenía todo listo para su llegada. Cuando se acercó, hizo lo que le habían dicho; y, antes de que hubiera gastado las pinturas y las plumas, el oso comenzó a tambalearse, pero, aún avanzando, se acercó a la mujer. Diciendo lo que le habían ordenado, tomó la cabeza y la arrojó lo más lejos que pudo. Mientras rodaba por el suelo, la sangre,La excitada sensación que le producía aquella terrible escena le brotó por la nariz y la boca. El oso, tambaleándose, cayó al suelo con un estruendo ensordecedor. Entonces gritó pidiendo auxilio, y los jóvenes acudieron corriendo, habiendo recuperado parcialmente sus fuerzas y el ánimo.

Mudjikewis, acercándose, lanzó un grito y le propinó un golpe en la cabeza. Repitió la acción hasta que pareció una masa informe de sesos, mientras los demás, con la mayor rapidez posible, lo cortaban en pedazos diminutos que luego esparcían en todas direcciones. Mientras tanto, al asomarse a donde habían arrojado la carne, vieron, para su asombro, pequeños osos negros que surgían y se dispersaban en todas direcciones, como los que se ven hoy en día. Pronto, la región se llenó de estos animales negros. Y fue de este monstruo de donde surgió la raza actual de osos.

Tras vencer a su perseguidor, regresaron a la cabaña. Mientras tanto, la mujer recogió los utensilios que había usado y la cabeza, y los volvió a guardar en el saco. Pero la cabeza no volvió a hablar, probablemente debido al gran esfuerzo que había hecho para vencer al monstruo.

Habiendo pasado tanto tiempo y recorrido un país tan vasto en su huida, los jóvenes abandonaron la idea de regresar a su tierra natal, y como había caza en abundancia, decidieron quedarse donde estaban. Un día se alejaron un poco de la cabaña con el propósito de cazar, habiendo dejado el wampum con la mujer. Tuvieron mucho éxito y se entretuvieron, como hacen todos los jóvenes cuando están solos, hablando y bromeando entre ellos. Uno de ellos habló y dijo: «Tenemos toda esta diversión para nosotros solos; vayamos a preguntarle a nuestra hermana si no nos deja traer la cabeza a este lugar, ya que todavía está viva. Puede que le complazca oírnos hablar y estar en nuestra compañía. Mientras tanto, llévenle comida a nuestra hermana». Fueron y le pidieron la cabeza. Ella les dijo que la tomaran, y la llevaron a sus terrenos de caza, e intentaron entretenerla, pero solo a veces veían sus ojos brillar de placer. Un día, mientras estaban ocupados en su campamento, fueron atacados inesperadamente por indios desconocidos. La escaramuza fue larga y sangrienta; Muchos de sus enemigos murieron, pero aún así eran treinta contra uno. Los jóvenes lucharon desesperadamente hasta que todos cayeron. El grupo atacante se retiró entonces a una elevación del terreno para reunir a sus hombres y contar los desaparecidos y muertos. Uno de sus jóvenes se había quedado atrás y, al intentar alcanzarlos, llegó al lugar donde colgaba la cabeza. Al ver que solo esta conservaba vida, la observó durante un rato con temor y sorpresa. Sin embargo, la bajó y abrió el saco, y se alegró mucho al ver las hermosas plumas, una de las cuales se colocó en la cabeza.

Al comenzar, la cabeza ondeó con gracia sobre él hasta que llegó junto a su grupo, momento en que arrojó la cabeza y el saco, y les contó cómo la había encontrado, y que el saco estaba lleno de pinturas y plumas. Todos miraron la cabeza y se burlaron de ella. Varios jóvenes tomaron la pintura y se pintaron, y uno del grupo tomó la cabeza por el cabello y dijo:

«¡Mira, criatura fea, y observa tus pinturas en los rostros de los guerreros!»

Pero las plumas eran tan hermosas que muchos se las pusieron en la cabeza. Luego, volvieron a proferir toda clase de ultrajes contra la cabeza, y a cambio, quienes habían usado las plumas les dieron la muerte. Entonces el jefe les ordenó que tiraran todo excepto la cabeza. «Ya veremos —dijo— cuando lleguemos a casa qué podemos hacer con ella. Intentaremos que cierre los ojos».

Al llegar a sus casas, lo llevaron a la casa del consejo y lo colgaron frente al fuego, sujetándolo con piel cruda empapada, que se encogería y se tensaría con la acción del fuego. «Ya veremos», dijeron, «si no podemos hacer que cierre los ojos».

Mientras tanto, durante varios días, la hermana esperó a que los jóvenes le devolvieran la cabeza; hasta que, finalmente, impaciente, salió en su búsqueda. Encontró a los jóvenes tendidos a poca distancia unos de otros, muertos y cubiertos de heridas. Varios cuerpos yacían esparcidos a su alrededor. Buscó la cabeza y el saco, pero no los encontró por ninguna parte. Alzó la voz y lloró, y se manchó el rostro de pólvora. Luego caminó en diferentes direcciones, hasta que llegó al lugar de donde habían sacado la cabeza. Allí encontró el arco y las flechas mágicas, donde los jóvenes, ignorantes de sus poderes, los habían dejado. Pensó que encontraría la cabeza de su hermano, y llegó a una pequeña elevación del terreno, donde vio algunas de sus pinturas y plumas. Las guardó con cuidado y las colgó de la rama de un árbol hasta su regreso.

Al anochecer llegó a la primera cabaña de una aldea muy extensa. Allí usó un conjuro, común entre los indios cuando desean ser recibidos con amabilidad. Al dirigirse al anciano y la anciana de la cabaña, fue recibida amablemente. Les dio a conocer su propósito. El anciano prometió ayudarla y le dijo que la cabeza estaba colgada frente al fuego del consejo, y que los jefes de la aldea, con sus jóvenes, la vigilaban continuamente. A los primeros se les considera manítos. Ella dijo que solo deseaba verla, y que se conformaría con llegar a la puerta de la cabaña. Sabía que no tenía el poder suficiente para tomarla por la fuerza. 'Ven conmigo', dijo el indio, 'yo te llevaré'. Fueron y tomaron asiento cerca de la puerta. La cabaña del consejo estaba llena de guerreros, que se entretenían con juegos y mantenían constantemente un fuego encendido para ahumar la cabeza, según decían, para hacer carne seca. Vieron que la cabeza se movía, y sin saber qué hacer con ella, uno habló y dijo: '¡Ja! ¡ja! «Empieza a sentirse el efecto del humo». La hermana levantó la vista desde la puerta, sus ojos se encontraron con los de su hermano y las lágrimas rodaron por sus mejillas. «Bueno», dijo el jefe, «pensé que al fin te haríamos hacer algo. ¡Miren! ¡Miren esto, derramando lágrimas!», les dijo a los que lo rodeaban; y todos rieron y contaron sus chistes al respecto. El jefe, mirando a su alrededor y observando a la mujer, después de un rato le dijo al hombre que la acompañaba: «¿Quién es esta? Nunca la había visto en nuestra aldea». «Sí», respondió el hombre, «la ha visto; es pariente mía y rara vez sale. Se hospeda en mi cabaña y me pidió permiso para venir conmigo a este lugar». En el centro de la cabaña estaba sentado uno de esos jóvenes siempre atrevidos, aficionados a presumir y exhibirse ante los demás. «Pues bien», dijo, «la he visto a menudo, y es a esta cabaña a la que vengo casi todas las noches para cortejarla». Los demás rieron y continuaron con sus juegos. El joven no sabía que estaba mintiendo para beneficiar a la mujer, quien así logró escapar.

Regresó a la cabaña del hombre e inmediatamente partió hacia su tierra. Al llegar al lugar donde yacían los cuerpos de sus hermanos adoptivos, los colocó juntos, con los pies hacia el este. Luego, tomando un hacha que tenía, la arrojó al aire gritando: «Hermanos, levántense de debajo de ella, o les caerá encima». Repitió esto tres veces, y a la tercera vez todos los hermanos se levantaron y se pusieron de pie.

Mudjikewis comenzó a frotarse los ojos y a estirarse. «¿Por qué?», dijo, «me he quedado dormido». «No, en efecto», dijo uno de los otros, «¿acaso no sabes que todos morimos y que fue nuestra hermana quien nos devolvió la vida?». Los jóvenes tomaron los cuerpos de sus enemigos y los quemaron. Poco después, la mujer partió a buscarles esposas en un país lejano, que desconocían; pero regresó con diez jóvenes, a quienes les dio uno a cada uno, comenzando por el mayor. Mudjikewis iba de un lado a otro, inquieto por si no le tocaba la que le gustaba. Pero no se decepcionó, pues ella le tocó a él. Y se complementaban bien, pues ella era una hechicera. Entonces todos se mudaron a una cabaña muy grande, y su hermana les dijo que las mujeres debían turnarse para ir cada noche a la cabeza de su hermano, intentando desatarla. Todos dijeron que lo harían con gusto. La mayor hizo el primer intento, y con un ruido ensordecedor huyó por los aires.

Regresó al amanecer. No había tenido éxito, pues solo logró desatar uno de los nudos. Todos se turnaban regularmente, y cada uno lograba desatar solo un nudo cada vez. Pero cuando la más joven se fue, comenzó el trabajo tan pronto como llegó a la cabaña; aunque siempre había estado ocupada, los indios nunca veían a nadie. Durante diez noches, el humo no había ascendido, sino que había llenado la cabaña y los había ahuyentado. Esa última noche, todos fueron expulsados, y a la joven le cortaron la cabeza.

Los jóvenes y la hermana oyeron a la joven que venía volando alto y la oyeron decir: «Preparen el cuerpo de nuestro hermano». Y en cuanto lo oyeron, fueron a una pequeña cabaña donde yacía el cuerpo negro de Iamo. Su hermana comenzó a cortar la parte del cuello, de donde había sido separada. Cortó tan profundamente que le hizo sangrar; y los demás presentes, frotando el cuerpo y aplicando medicinas, expulsaron la negrura. Mientras tanto, el que lo trajo, cortando la nuca, también hizo sangrar esa parte.

En cuanto llegó, colocaron aquello cerca del cuerpo y, con la ayuda de medicinas y otros medios, lograron devolverle a Iamo toda su belleza y virilidad de antaño. Todos se regocijaron por el feliz fin de sus problemas y pasaron un rato alegremente juntos, cuando Iamo dijo: «Ahora repartiré el wampum», y tomando el cinturón que lo contenía, comenzó con el mayor, dándole porciones iguales. Pero el más joven recibió lo más espléndido y hermoso, pues la parte inferior del cinturón contenía lo más rico y raro.

Se les dijo que, puesto que todos habían muerto una vez y resucitado, ya no eran mortales, sino espíritus, y se les asignaron diferentes lugares en el mundo invisible. Sin embargo, solo el lugar de Mudjikewis recibió un nombre. Él debía dirigir el viento del oeste, por lo que generalmente se le llama Kebeyun, y permanecer allí para siempre. Se les ordenó, en la medida de lo posible, hacer el bien a los habitantes de la tierra y, olvidando sus sufrimientos al obtener el wampum, darlo todo con generosidad. También se les ordenó que lo consideraran sagrado; los granos o conchas de color pálido serían símbolo de paz, mientras que los de color más oscuro conducirían al mal y a la guerra.

Entonces, los espíritus, entre cantos y gritos, emprendieron el vuelo hacia sus respectivas moradas en lo alto; mientras que Iamo, junto con su hermana Iamoqua, descendió a las profundidades.



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FIN

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