© Libro N° 8601. Un Cientifico En El Supermercado. Lopez Nicolas, Jose Manuel. Emancipación. Mayo 15
de 2021.
Título
original: © Un Cientifico En El
Supermercado. Jose Manuel Lopez Nicolas
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Manuel Lopez Nicolas
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
UN CIENTIFICO EN EL SUPERMERCADO
Jose Manuel Lopez Nicolas
Un Cientifico En El
Supermercado
Jose Manuel Lopez Nicolas
CONTENIDO
Prefacio
1. Una remolacha en el espacio
2. El sueño de los magufos
3. La bola entró
4. Anchoas ómicas y tradiciones populares
5. Glamur, Belleza y Escepticismo
6. El secreto de la abuela
7. O tú o ninguna
8. La cabalgata de la ciencia
9. Una linda gatita
10. Terror en el hipermercado
11. El mosquito asesino y los X-Men
12. Regreso al futuro
Epílogo
Agradecimientos
A Francisco García Carmona, mi maestro.
Prefacio
Mucha gente piensa que un tomate carece de ADN, que
un alimento natural no contiene ingredientes químicos o que el ser humano jamás
pisó la Luna. Estas ideas equivocadas tienen efectos muy negativos en ámbitos
como la salud, la economía, la investigación científica y la cultura en
general, pues conviene recordar siempre que la ciencia, de la misma manera que
las artes o las humanidades, es uno de los pilares básicos de nuestra
civilización.
Pero ese desconocimiento es aún más preocupante de lo que parece. Según las
últimas encuestas de percepción social, aproximadamente la mitad de los
españoles no siente el menor interés por la ciencia o la tecnología. No les
interesan en absoluto. Y todo eso a pesar de que, como afirmaba Carl Sagan,
vivimos en una sociedad altamente dependiente de ellas. Pura incongruencia.
Es posible que estos datos no le parezcan alarmantes, pero quizá cambie de
opinión si le cuento que uno de cada cinco españoles (es decir, unos 9,4
millones de personas) ha utilizado remedios no contrastados científicamente
para mejorar su salud. Además, cerca de dos millones los han empleado en
sustitución de tratamientos médicos. Lo peor es que muchos usuarios de estas
peligrosas prácticas las confunden con terapias y técnicas avaladas por la
ciencia.
Por todo ello, es imprescindible acercar la ciencia a la ciudadanía.
Personalmente lo hago como docente en las aulas de la Universidad, como
científico trasladando los resultados de nuestro grupo de investigación al
público y como divulgador científico en televisión, periódicos, revistas,
radio, webs, conferencias y redes sociales.
Sin el progreso científico y tecnológico, no dispondríamos de los alimentos que
consumimos, de los fármacos que nos curan, de la ropa que utilizamos o de los
dispositivos móviles de los que tanto dependemos. Pero, al mismo tiempo,
pretendo dar a conocer que la ciencia está presente también en todas y cada una
de nuestras aficiones. A nadie le extraña que detrás de un medicamento o de un
teléfono móvil haya mucha ciencia y tecnología, pero le sorprende que se
encuentre en algo tan insospechado como un simple paseo por la playa, un
partido de fútbol, un plato de arroz o nuestra película favorita.
Puesto que quiero mostrarle la importancia de la ciencia en nuestras
necesidades diarias, no espere encontrar aquí sesudas explicaciones teóricas
sobre física cuántica o la teoría de cuerdas, sino qué hay tras una compra
efectiva en su hipermercado, un amanecer, un divertidísimo partido de tenis, un
sabroso helado, un fraude alimentario, las más famosas tradiciones populares
—como la cabalgata de los Reyes Magos— y otras muchas cosas que forman parte de
su vida cotidiana.
¿Y cómo voy a intentar que usted se apasione por la ciencia? Empleando un arma
muy eficaz: la interdisciplinariedad. Las disciplinas científicas ya no
trabajan aisladas en compartimentos separados: en este siglo XXI, la madre de
todas las ciencias es la suma de todas ellas trabajando en equipo. Por eso en
estas páginas encontrará relaciones poco conocidas entre ramas clásicas de la
ciencia —biología, física, química, matemáticas, nutrición, medicina, geología,
veterinaria, farmacología y muchas otras—, entrelazadas con disciplinas
artísticas como la escultura, la música y la pintura.
Pero también conocerá nuevas áreas que han desembarcado recientemente en el
panorama científico-tecnológico —biotecnología, nanotecnología, bioinformática,
evolución dirigida, genómica, cronobiología, metabolómica…— y que están
cambiando no solo su vida, sino la de todos. Conocer los pros y contras de
estos avances evitará que aquellos que, sin duda, intentarán atemorizarnos ante
el progreso científico tengan poder sobre usted. Es algo que ha ocurrido
durante toda la historia de la humanidad. La llegada de una nueva tecnología ha
levantado múltiples suspicacias y la implantación definitiva de muchas de ellas
se ha frenado por motivos anticientíficos e interesados. El miedo vende y la
mejor manera de defenderse del temor ante lo desconocido es, precisamente, el
conocimiento.
El objetivo de este libro es tan claro como ambicioso: ayudar a las personas a
ser más libres, entendiendo la libertad como la capacidad de tomar decisiones
basadas en el rigor y no en la mentira. Esa ha sido mi intención al escribir
estos diálogos con figuras célebres (cuyos nombres propios omito en ocasiones
porque nunca he coincidido con ellas…, aunque me encantaría hacerlo) y personas
que tienen un lugar en mi propia vida. Aunque en ocasiones me he tomado algunas
licencias creativas, como cenar con la gran científica Piedad de la Cierva,
estas «historias de ciencia» buscan que todos miremos al futuro con optimismo y
con el deseo de dejarles a nuestros hijos un mundo mejor que el actual.
Capítulo 1
Una remolacha en el espacio
El poeta y político Ramón de Campoamor fue nombrado
en 1848 gobernador civil de Alicante, donde realizó grandes obras urbanísticas
—como el paseo que lleva su nombre y que donó a la ciudad— y también conoció a
la irlandesa Guillermina O’Gorman, una joven dama de acomodada familia. Tras la
boda, don Ramón adquirió la Dehesa de Matamoros, un extenso terreno de la costa
alicantina al que luego puso su nombre. ¿A qué viene comenzar así una obra
dedicada a la divulgación de la ciencia? La respuesta es sencilla. La Dehesa de
Campoamor es, desde hace cuarenta y nueve años, el pequeño rincón del
Mediterráneo donde planifico todos mis proyectos investigadores, divulgativos y
docentes de cada curso… y donde ocurrió la historia que ha dado lugar a este
libro.
Desde hace una década, cada 1 de enero me traslado con mi familia a la Dehesa
de Campoamor hasta que se reanuda el curso escolar. Este año, mi mujer, Rhut,
no pudo venir. Ella también es científica y, para esas fechas, tenía programada
una estancia investigadora en una universidad australiana. Se fue a resucitar
unas proteínas. Cosas de biólogas. Así que mi hija Ruth y yo hicimos las
maletas y estuvimos ocho días en la playa, rodeados de familiares, amigos… y
ciencia.
Una de mis grandes lagunas como científico, y como divulgador, es la
astronomía. Jamás me ha atraído. Como no quiero que Ruth herede ese tremendo
defecto, en agosto de 2018 me documenté y le conté muchas historias acerca de
planetas y exoplanetas, galaxias, la carrera espacial, etcétera. Como colofón,
decidí que, al llegar el nuevo año, le enseñaría —desde la playa de la Glea— el
paso de la Estación Espacial Internacional (EEI) por el cielo de la Dehesa de
Campoamor.
Gracias a uno de los mejores comunicadores científicos de la actualidad y gran
apasionado de la carrera espacial, Javier Pedreira, alias Wicho, supimos
exactamente la hora a la que la EEI pasaría esa noche del 1 de enero de 2019
por encima de nosotros: sería a las 23:45 h. Antes de ir a la playa preparé
unos bocadillos que, necesariamente, tenían que ser de atún. Luego, metí en la
mochila un balón de fútbol, un cactus y una remolacha. Mi hija estaba tan
contenta con la experiencia que no se preguntó las razones por las que escogí
esos objetos, tan aparentemente innecesarios para ver la EEI.
De camino a la playa, Ruth se extrañó que le propusiese entrar en la heladería
a comprar un helado, porque siempre es ella quien lo pide y yo me niego. Lo que
Ruth ignoraba era que todos mis movimientos formaban parte de una «trampa» que
me serviría para hablarle de ocho disciplinas científicas y de uno de los
mayores escándalos alimentarios de nuestra época.
Decidimos comprar dos helados de atractivo color rojo. «De fresa», dijo Ruth.
Sin embargo, aunque todo el mundo piensa que los helados de fresa llevan zumo
de fresa en su composición, en realidad es… ¡zumo de remolacha! Cuando se lo
dije, Ruth puso cara de repugnancia y dijo: «Odio el sabor de la remolacha».
Pero la función de la remolacha no es dar sabor a los helados, sino color. Y
mientras llegaba la EEI, aproveché para hablarle un poco de botánica, la rama
de la biología que se ocupa del estudio de las plantas. Mi hija suspiró y me
dejó hablar.
—La remolacha común (Beta vulgaris) es una planta herbácea del
género Beta que forma parte de la familia Amaranthaceae y
procede de otra especie botánica, la acelga marina o bravía (Beta maritima),
originaria del norte de África. Anual o perenne, ramificada y frondosa, puede
alcanzar hasta el metro y medio de alto y sus raíces son delgadas o bien con
forma de tubérculo, es decir, grandes y carnosas. En cuanto a sus propiedades
nutritivas, la remolacha aporta un moderado contenido calórico y es una buena
fuente de fibra. Tras el agua, los hidratos de carbono son su principal
componente, por lo que es una de las hortalizas más ricas en azúcares. Rica en
minerales como el yodo, el sodio y el potasio, entre sus vitaminas destacan los
folatos y varias del grupo B, como B1, B2, B3 y
B6… Anda, Ruth, toma un poco de esta remolacha.
Remolacha para el dolor de cabeza
El cultivo de la acelga marina data del siglo II a.
C. y dio lugar a dos hortalizas diferentes: una con follaje abundante, la
acelga que conocemos, y otra de raíz gruesa y carnosa, la remolacha. Hoy en día
se cultivan numerosas variedades, cuyo color oscila del verde al
púrpura-violáceo, entre las que están la remolacha de jardín y la remolacha
azucarera, muy importante en la producción de azúcar. Las antiguas
civilizaciones, como la romana, solo comían las hojas de la remolacha, mientras
que utilizaban la raíz para combatir los dolores de muelas y de cabeza. A
partir del siglo XVI el cultivo de la remolacha de mesa fue creciendo y
mejorando, con lo que pasó a formar parte de la dieta de ingleses y alemanes.
En la actualidad, su consumo está muy difundido por todos los países de clima
templado, en especial en Europa, donde Francia e Italia son sus principales
productores.
—Muy interesante, papi —dijo mientras miraba la remolacha con cara de asco—,
pero, además de decirte que paso de probarla, lo que quiero saber es cuál de
estos nutrientes es el responsable de que se le adicione zumo de remolacha a
nuestros helados.
—Ninguno de ellos. Ten paciencia y déjame seguir. Las tonalidades violáceas y
amarillas que exhiben ciertos géneros de flores (Bougainvillea, Celosia, Gomphrena, Mirabilis, Portulaca…),
frutas, hongos —como Amanita e Hygrocybe— y, de
forma ocasional, el tejido vegetativo de la mayoría de las plantas del orden de
las Caryophyllales (que incluye cactus, plantas carnívoras,
amarantos, acelga, espinaca, buganvillas) se deben a la presencia de
betalaínas, un grupo de pigmentos vegetales que contienen nitrógeno y son
solubles en agua. Las betalaínas se acumulan en las vacuolas de las células que
las sintetizan, sobre todo en los tejidos epidermal y subepidermal. Hasta el
momento se han identificado en la naturaleza más de cincuenta betalaínas, una
cifra que aumenta constantemente. Pues bien, el ejemplo más conocido de planta
superior con estos pigmentos coloreados corresponde a la raíz de la remolacha
roja (Beta vulgaris). Y esas betalaínas presentes en la remolacha son
las que se usan para dar color a nuestros helados. Además, se dividen en dos
grupos: las betacianinas, de color violeta, y las betaxantinas, de color
amarillo. Deben su nombre al género de la planta en la que se han
descrito, Beta, al cual se ha añadido el sufijo -cianina (de kyanos,
«azul» en griego) o -xantina (de xanthos,
«amarillo» en griego). Mediante diferentes procedimientos, las betalaínas se
extraen de la remolacha, se purifican y luego se añaden a ese helado,
presuntamente de fresa, que te estás comiendo.
—Papá, cuando se añade una sustancia a un alimento para darle color, ¿cómo se
llama?
—¿Ahora quieres hablar de ciencia y tecnología de los alimentos?
—No, pero como falta rato para que llegue la EEI, sigue dándome el tostón.
—Vale. Las sustancias que se emplean para dar color a los alimentos se llaman colorantes,
uno de los grupos más importantes de aditivos. Existen colorantes artificiales,
que se sintetizan en el laboratorio, y colorantes naturales, obtenidos de los
reinos vegetal y animal. Aunque hay personas que afirman que los aditivos son
peligrosos, y más si llevan la letra E, no es así. Los aditivos, los
coadyuvantes tecnológicos (sustancias que no se consumen como alimentos en sí
mismos, pero se utilizan intencionadamente en la transformación de materias
primas o alimentos para cumplir un determinado propósito) y las enzimas son
ingredientes sin los que no podríamos consumir muchos de los alimentos
disponibles en el mercado. Todos ellos pasan unos controles muy estrictos y, en
la Unión Europea (UE), por ejemplo, su efectividad y posible toxicidad son
revisadas por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus
siglas en inglés). A pesar de que el «riesgo cero» no existe, podemos consumir
alimentos que presenten aditivos en su composición, siempre y cuando se
ingieran siguiendo el patrón habitual de consumo de alimentos y se atienda a
las indicaciones claramente reflejadas en el etiquetado de los productos que
los contienen. Los colorantes, como los que se añaden a nuestros helados, son
aditivos que mejoran el color o el aspecto de los alimentos para hacerlos más
apetecibles, o bien para reemplazar las pérdidas de color que se producen
durante el proceso de elaboración. Sin la presencia de estos colorantes, muchos
de los alimentos que diariamente consumimos no serían nada apetecibles desde el
punto de vista psicológico, como ocurre con las golosinas, algunos postres,
muchas bebidas y especialmente los productos dirigidos al público infantil, que
es el colectivo que más se guía por la vista a la hora de comer.
Clasificación de los aditivos
Hay aditivos de muchos tipos, que se agrupan según
su función: existen los conservantes, edulcorantes, acidulantes, antioxidantes
y un largo etcétera. Una vez que el aditivo es autorizado, recibe el famoso
número E que podemos ver en las etiquetas de muchos alimentos y que sirve para
identificar y clasificar cada aditivo. De esta forma se pueden agrupar los
colorantes (E-100 a E-199); los conservantes (E-200 a E-299); los antioxidantes
y reguladores de acidez (E-300 a E-399); los espesantes, estabilizantes y
emulsionantes (E-400 a E-499); los reguladores de acidez y pH (E-500 a E-599);
los intensificadores de sabor (E-600 a E-699); y los incluidos en la categoría
Varios, que abarca desde agentes de recubrimiento y edulcorantes hasta
formadores de espuma (E-900 a E-999).
—Precisamente el zumo de remolacha empleado en nuestros helados «de fresa» es
uno de los colorantes naturales más usados y, según la normativa sobre aditivos
alimentarios, se lo conoce como E-162.
—Entonces, papi, ¿no puede pasarme nada malo si consumo un alimento con E-162?
—A tu salud, no; pero a tu bolsillo, sí. —Mi hija no paraba de preguntar cosas
acerca de los aditivos, quizá por haberse tragado demasiados anuncios
quimiofóbicos, con eslóganes comerciales como «Sin aditivos» o «Sin
conservantes ni colorantes»—. Hay delincuentes que emplean el zumo de remolacha
para engañar al resto de la gente. Me refiero al fraude del atún rojo. ¿Has
oído hablar de él?
—¡Sí, claro! Todos los días mis amigas y yo hablamos de eso en el patio del
cole, ¡no te fastidia! Anda, papi, cuéntame qué tiene que ver con la remolacha
y con los bocatas que has preparado…
—Por sus cualidades nutricionales y, sobre todo, por sus características
sensoriales —sabor, color, aroma, etcétera—, el atún rojo (Thunnus thynnus)
se ha convertido en un manjar muy codiciado y su precio supera los 35 euros por
kilo (aunque en Japón se han llegado a pagar 2,7 millones de euros por un
ejemplar de 278 kg, es decir, a 9700 euros el kilo). Este boom provoca
que muchos tramposos vendan en su lugar otras variedades mucho más baratas,
como el atún patudo (Thunnus obesus), también llamado «monja», y el atún
de aleta amarilla (Thunnus albacares). De hecho, los expertos dicen que
el 40 % de las piezas de atún rojo que hay en mercados, comercios y
restaurantes son un verdadero timo. ¿Sabes qué, Ruth? Para engañarnos, los
estafadores recurren a un sencillo truco: pintan de rojo esas especies de atún
menos caras.
—Ya, con acuarelas…
—No me vaciles. ¡Con zumo de remolacha! Se coge un filete de atún blanco, se
introduce en un recipiente hondo, se le añade zumo concentrado de remolacha y
se deja macerar unos minutos. En muy poco tiempo, las betalaínas de la
remolacha hacen su labor y el atún blanco adquiere un tono rojizo que recuerda
al del deseado atún rojo.
—Y dale con la remolacha… ¿No hay forma de distinguir el atún rojo verdadero
del falso?
Consejo práctico
Una buena pista para saber si estamos ante un
filete de verdadero atún rojo es observar su color una vez cortado. El atún
«tramposo» es más grisáceo, con un color poco uniforme que incluso se acerca al
marrón oscuro en los límites del filete. Al corte, por mucho que esté teñido
superficialmente con remolacha, esa blancura emerge.
Otra diferencia está en el sabor. El sabor del atún rojo es muy intenso,
mientras que el de aleta amarilla tiene menos personalidad.
Y otra buena señal está en el hielo que rodea al pescado en la pescadería: si
ese hielo está enrojecido, sabremos que se trata de un atún «tramposo» que ha
desteñido.
De repente, mi hija recordó que en la mochila que yo había preparado para
nuestra miniexcursión nocturna llevábamos un balón de fútbol.
—Por cierto, ¿no querrás que juegue contigo en la playa a estas horas?
—No, lo he traído para contarte algo sobre nutrición deportiva mientras llega
la EEI. ¿Sabías que hace pocos años el Leicester ganó la liga inglesa gracias
al zumo de remolacha?
—Lo tuyo con la remolacha, y sobre todo con el fútbol, es tremendo… ¡¡Vaya un
científico de pacotilla al que le gusta el fútbol!! —respondió mi hija, a la
que este deporte no le interesa lo más mínimo, pero cada vez estaba más
intrigada por lo que le contaba.
—El Leicester, un equipo poco conocido que jamás figuraba entre los favoritos a
ganar la Premier League inglesa, lo consiguió contra todo pronóstico hace tres
años. Sus jugadores estuvieron toda la temporada de 2015-2016 a un nivel físico
muy alto. Cuando acabó el campeonato y se hicieron públicas las estadísticas de
ese año, se observó que los futbolistas del Leicester eran los que menos
lesiones habían tenido, los más rápidos al sprint, los que habían
tenido una mejor progresión, etcétera. Pues bien, el médico del Leicester
descubrió que, a lo largo de toda la temporada, sus jugadores habían sido
obligados a consumir… ¡zumo de remolacha!
Todo comenzó cuando un equipo de científicos de la Universidad de Exeter
demostró que la ingesta de zumo de remolacha puede mejorar el rendimiento un
5-10 %. Además, esta hortaliza permite que los músculos se recuperen hasta un
10 % más rápido y aumenten la fuerza en un 16 %. Esto sucede porque la
remolacha es rica en nitrato, una sustancia que se metaboliza y se convierte en
óxido nítrico en el cuerpo y promueve una mayor vasodilatación, es decir,
permite que la sangre transporte más nutrientes y oxígeno para los músculos.
También contiene betaína, que reduce la fatiga muscular en atletas de alto
rendimiento, aumenta la fuerza muscular y reduce la acción inflamatoria. Los
resultados de estos estudios muestran que el consumo de remolacha a determinadas
concentraciones durante un tiempo significativo mejora precisamente aquellas
estadísticas donde los jugadores del Leicester mostraron ser superiores a lo
largo de la temporada. Aunque el estudio encontró que esa mejoría es
relativamente baja, de un 3,5 %, ese pequeño margen habría bastado para que sus
futbolistas alcanzasen el balón antes que un contrario.
—Si tomo muchos helados de fresa, ¿también correré más rápido? ¿Puedo comprar
cinco más, papi?
—¡Que jeta tienes! Yo… —De pronto, un punto luminoso en el cielo llamó mi
atención—. Mira, Ruth, ¡la EEI está pasando por encima de nosotros!
—¡¡Moola!! ¿Qué comen en la EEI, lo mismo que nosotros en casa? —me preguntó
intrigada.
Un laboratorio en órbita
La Estación Espacial Internacional (EEI) es un
centro de investigación en la órbita terrestre cuya administración, gestión y
desarrollo están a cargo de la cooperación internacional. La EEI funciona como
una estación espacial permanentemente tripulada, en la que rotan equipos de
astronautas e investigadores de las cinco agencias del espacio participantes:
la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio (la NASA
estadounidense), la Agencia Espacial Federal Rusa, la Agencia Japonesa de
Exploración Espacial, la Agencia Espacial Canadiense y la Agencia Espacial
Europea.
—Los astronautas e investigadores que visitan la EEI pasan largas temporadas en
ella, y allí arriba no hay hipermercados ni restaurantes donde salir a comer.
Además, tienen poco espacio para guardar alimentos. Necesitan un sistema que
les permita almacenar los alimentos en poco espacio y sin que pierdan sus
propiedades. Y este sistema es la deshidratación de alimentos, que elimina el
agua de estos y reduce su peso en un 80 % manteniendo hasta el 98 % de los
nutrientes. Así se conservan durante mucho más tiempo, porque se frena el
crecimiento de numerosos microorganismos. Y para consumir esos alimentos, solo
hay que reconstituir el alimento añadiéndole agua. También se consumen
alimentos termostatizados, es decir, que previamente han sido calentados para destruir
microorganismos o para inactivar aquellas proteínas que podrían deteriorarlos.
Entre ellos destacan sopas, postres y puddings. De hecho, la NASA
ha recibido autorización especial del Gobierno estadounidense para tratar
carne. Aunque no hay todo tipo de comidas en la EEI (¡qué más quisieran los
astronautas!), no comen mal. Actualmente pueden disponer de más de trescientos
productos diferentes clasificados en entrantes, platos principales, fruta,
bebida, pan y dulces. Beben café, té o algunas bebidas con sabor a naranja o
limón, pero nada con burbujas. En ocasiones llegan alimentos frescos —como
frutas, verduras u hortalizas— procedentes de alguna nave espacial que la
visita, pero, para evitar que crezcan microorganismos, se han de consumir
rápidamente en cuanto entran en la EEI… Por cierto, uno de los alimentos
frescos que se ha llegado a enviar a los astronautas que allí investigan es la
remolacha. ¿Quieres, hija?
—Entérate de una vez…, ¡¡odio las remolachas!! Por cierto, ¿sirve para algo
gastar un dineral en que se investigue en la EEI?
—Aunque mucha gente se cuestiona el gasto en la exploración espacial, está
totalmente justificado por distintas razones. Gracias a la investigación
espacial conocemos cómo son los planetas que componen el Sistema Solar y
también cómo nuestro comportamiento afecta a esos planetas. Además, la
investigación espacial ha contribuido a las comunicaciones, los ordenadores y
otros lujos de los que dispone la sociedad actual. La NASA ha colaborado en el
desarrollo de materiales para la fabricación de nuevos neumáticos más duraderos
o de nuevos sistemas de purificación de agua potable. En esa agencia espacial
también se crearon las células solares de silicio, que se usan en las placas
solares convencionales. Sin olvidar que la investigación espacial ha tenido
mucho que ver en la fabricación de nuevas prótesis, para animales y seres
humanos, y de los trajes de los bomberos, capaces de resistir altísimas
temperaturas. Las investigaciones realizadas por la NASA han dado lugar también
a cosas que forman parte de nuestra vida diaria. Gracias a ellas, podemos
disfrutar de los termómetros aurales, esos que nos ponemos en el oído para
saber si tenemos fiebre, y de los cómodos colchones que se adaptan al cuerpo y
a su forma.
—¡¿Mi colchón es espacial?! —exclamó con los ojos desorbitados.
—Esos colchones están hechos de espuma viscoelástica sensible al calor (temper
foam), cuya composición tiene una base de poliuretano. Este material fue
desarrollado por la NASA en la década de 1970 con el fin de proporcionar un
alivio a las molestias que los astronautas sufrían en sus viajes, y por eso
ahora se usa también en aviones, vehículos comerciales e incluso parques de
atracciones. Y, junto a esos productos, la investigación espacial también ha
ayudado al desarrollo de los detectores de humo que se colocan en los sitios
donde no se permite fumar. Incluso los programas informáticos que se emplean en
las montañas rusas tienen su origen en la carrera espacial. Por cierto, la
aspiradora inalámbrica que tenemos en casa tiene su origen en algunas de las
tecnologías creadas para las misiones espaciales de la NASA, como la Apolo o la
Géminis. Los científicos somos tremendamente curiosos. Nos apasiona descubrir
cosas nuevas, conocer lo que nunca antes nadie logró descifrar… y no hay mejor
sitio para experimentar esas sensaciones que en el espacio. Aunque no es fácil
investigar allí, porque en la EEI no existe la gravedad como todos la
conocemos, sino que se encuentra bajo condiciones de microgravedad y todo lo
que hay en ella flota.
¿Qué es eso de la microgravedad?
En 1665 el eminente científico inglés Isaac Newton
enunció la Ley de la Gravitación Universal, así como las tres Leyes de la
Mecánica que llevan su nombre y que sentaron las bases científicas para
entender el movimiento de los cuerpos. De acuerdo con lo expresado por estas
leyes, se sabe que la aceleración de un objeto cualquiera situado en las
proximidades de la superficie terrestre es de 9,8 metros por segundo cuadrado
(a este valor lo llamamos aceleración de la gravedad o, simplemente, gravedad)
y es el resultado de la fuerza con la que dicho objeto es atraído por la Tierra
hacia su centro. A medida que nos alejamos de la Tierra, ese valor comienza a
disminuir según la razón inversa del cuadrado de la distancia al centro de
nuestro planeta. Así, en rigor, únicamente podríamos afirmar que la gravedad
terrestre es cero o nula a una distancia infinita del mismo. Sin embargo, se
puede experimentar una sensación similar a la gravedad cero cuando dicha fuerza
se ve compensada por otra y esto es lo que sucede, por ejemplo, en la EEI,
donde los astronautas sienten algo muy parecido a la ausencia total de peso,
pues se puede interpretar que la fuerza centrífuga que actúa sobre la estación
y todo cuanto hay en su interior a causa de su movimiento orbital se compensa
casi exactamente con la fuerza de atracción de la Tierra. Los astronautas
parecen flotar en el interior de la EEI en un estado de «microgravedad» o
«ingravidez», términos que suelen usarse como sinónimos habitualmente. Una
sensación análoga la sentiríamos si descendiésemos en un ascensor y,
repentinamente, alguien cortase el cable.
—¿Y no les pasa nada a los científicos?
—Trabajar en microgravedad —le expliqué a Ruth— tiene ventajas respecto a
hacerlo en un laboratorio convencional, pues permite entender algunas
cuestiones fundamentales y mejorar y optimizar ciertos procesos físicos,
químicos y biológicos. También sirve para conocer con exactitud, o en un
periodo de tiempo inferior, ciertos procesos que están habitualmente
enmascarados por la gravedad. Por ejemplo, en microgravedad se pueden acelerar
ciertas patologías relacionadas con el envejecimiento, lo que permite estudiar
en poco tiempo cómo se producen determinadas enfermedades que ocurren cuando
somos mayores e investigar nuevos fármacos para combatirlas. Pero trabajar
mucho tiempo en condiciones de microgravedad también tiene sus inconvenientes,
ya que puede afectar negativamente a la salud. Hay muchos estudios que muestran
como las personas que pasan mucho tiempo en la EEI pueden sufrir trastornos
fisiológicos, neurológicos, musculares, inmunológicos… ¿Sabes quién está investigando
para desarrollar nuevos fármacos que mejoren la salud de los astronautas? Tu
padre…
—¿Tú solo?
—Un investigador solo no hace nada, Ruth. En los centros de investigación se
trabaja en equipo formando grupos multidisciplinares e interdisciplinares. En
nuestro grupo de Bioquímica y Biotecnología Enzimática, en la Universidad de
Murcia, hay químicos, bioquímicos, biotecnólogos, biólogos… Y entre todos hemos
realizado investigaciones preliminares para diseñar un fármaco que pueda ayudar
a los astronautas a no ponerse enfermos.
—¡Qué guay! ¿Y qué lleva ese fármaco?
—Remolacha…
No quería mirar a mi hija a la cara tras citar su palabra maldita. Temía su
reacción y su siguiente pregunta:
—¿Remolaaaacha? ¿Te estás riendo de mí? ¿La odiosa remolacha puede ayudar a los
astronautas?
—Jamás me río de ti, Ruth. Y sí, la remolacha, y más concretamente sus
betalaínas, pueden emplearse para diseñar fármacos que combatan los problemas
derivados de las condiciones de microgravedad en las que viven los astronautas.
En ello estamos investigando, pero no hay que echar las campanas al vuelo. En
investigación hay que ser prudentes en todo momento y no prometer falsas
expectativas. De eso ya se encargan los curanderos, videntes y demás
impresentables. A las betalaínas de la remolacha se les están descubriendo
diversas propiedades saludables gracias a su intensa actividad biológica.
Nuestro grupo de investigación ha demostrado que estos pigmentos que dan color
rojizo a los helados «de fresa» tienen una alta actividad antioxidante. También
protegen a los glóbulos rojos de la sangre contra el daño oxidativo y la
hemólisis. Sabemos también que las betalaínas participan en la eliminación del
ácido hipocloroso, un producto de la enzima mieloperoxidasa implicado en la
respuesta inflamatoria. Además, varios trabajos relacionan las betalaínas de la
remolacha con la quimioprevención del cáncer y con el sistema inmunológico. Una
de las explicaciones se basa en el potencial de las betalaínas para inhibir la
acción de dos enzimas, la ciclooxigenasa y lipoxigenasa, relacionadas con
procesos inflamatorios. Si logramos que estas dos enzimas no funcionen bien,
podríamos conseguir que algunos cánceres no se produjesen.
—Siempre hablas de «tus» enzimas.
—Las enzimas, con las que empecé mi carrera investigadora en el año 1993, son
unas proteínas que, a grandes rasgos, hacen que algunas reacciones químicas se
produzcan más rápidamente de lo normal. Estamos hablando de bioquímica. En los
últimos treinta años he trabajado con enzimas de nombres muy raros, como
peroxidasa, polifenoloxidasa, lacasa y otras muchas. Entre ellas le tengo un
gran cariño a la ciclooxigenasa, responsable de la formación de unas
importantes moléculas relacionadas con el dolor y la inflamación. Algunos
medicamentos que tenemos en casa, como la aspirina o el ibuprofeno, «fastidian»
a esta enzima y logran así que se alivien los molestos síntomas de la
inflamación y el dolor. Pues bien, en los últimos tiempos se están buscando
otros tipos de biomoléculas con carácter antiinflamatorio que inhiban la acción
de esta enzima. Resumiendo a muy grandes rasgos: en determinadas condiciones,
que no son las de los helados que consumimos habitualmente, los pigmentos de la
remolacha pueden tener un efecto similar al de ciertos medicamentos. La otra enzima
relacionada con los procesos inflamatorios es la 5-lipoxigenasa, una enzima
humana que transforma los ácidos grasos en unas moléculas llamadas
leucotrienos. Debido a que estas moléculas también están relacionadas con los
procesos inflamatorios, la búsqueda de fármacos con capacidad para inhibir la
5-lipoxigenasa también es el objetivo de diferentes tratamientos farmacológicos
relacionados con cardiopatías, asma, trastornos neuropatológicos y otras
enfermedades.
—¿Qué relación tienen la EEI y los astronautas con las enzimas lipoxigenasa y
ciclooxigenasa?
—Un grupo de investigación italiano envió dos muestras de sangre sanas a la
EEI. Una de ellas estuvo expuesta al ambiente de ingravidez, mientras que la
segunda fue colocada en una máquina centrífuga que de forma artificial simulaba
la gravedad terrestre. Los dos tubos fueron congelados y enviados de vuelta a
la Tierra. Su análisis fue comparado con el de otras muestras de sangre que no
habían viajado al espacio. Se descubrió entonces que la lipoxigenasa presente
en humanos se altera en un ambiente de ingravidez. El análisis de varias
muestras de sangre reveló que esta enzima se vuelve más activa en el espacio,
lo que produce un debilitamiento del sistema inmunológico de los astronautas
que están en la EEI. Por tanto, hay que encontrar nuevas moléculas (como las
existentes en la remolacha) que sean capaces de inactivar la lipoxigenasa, es
decir, que impidan su acción o que, al menos, ralenticen su actividad. Y esas
nuevas moléculas podrían aplicarse tanto a los astronautas en microgravedad
como a muchísimas otras personas.
—¿Me vas a decir ahora, papi, que los colorantes usados en nuestros helados y
que proceden de la remolacha son capaces de impedir la acción de estas enzimas
y de mejorar el sistema inmunológico de los astronautas?
—Más o menos… Así lo hemos demostrado en nuestros laboratorios empleando
técnicas de análisis instrumental, sobre todo la espectrofotometría, y de
química computacional.
—¡Vaya tela con la remolacha! ¿Nos vamos ya a casa?
—Sí, y hagámoslo antes de que lleguen los murciélagos.
—¡¡¡¿Qué?!!!
El susto que se dio mi hija cuando apareció el primer murciélago fue tremendo.
Aunque le encantan los animales, hay algunos «bichos» que no soporta.
—¡Aaaah! ¡Qué asco! ¡Quítame este bicho ciego de encima!
—¿Ciego? Los murciélagos ven incluso de noche, Ruth…
Ni ratones ni ciegos
El orden de los quirópteros (Chiroptera),
más conocidos como murciélagos, está formado por mamíferos placentarios cuyas
extremidades superiores se desarrollaron como alas. Aunque pocos quirópteros lo
son completamente, en la Antigüedad predominaba la creencia de que los
murciélagos eran ciegos (su nombre común deriva del castellano antiguo murciégalo,
procedente a su vez del latín mur caeculus, «ratoncito ciego»). Sin
embargo, aunque los ojos de la mayoría de ellos son pequeños, están poco
desarrollados y tienen una baja agudeza visual, no se puede decir que sean
ciegos. Estos mamíferos poseen diferentes fotorreceptores, ya sea para la
visión nocturna o la diurna.
—Muy bien, pero si aquí no suele haber murciélagos…, ¿qué hace este aquí?
—Tú lo has atraído, querida.
—¿Yooo?
—Sí, ¿quieres saber cómo? El murciélago que te incordia es un quiróptero muy
especial, llamado Glossophaga soricina, y ha acudido para polinizar
el cactus que he traído hasta aquí…, aunque reconozco que me extraña verlo por
estos lares al ser un murciélago tropical. La polinización es el proceso de
transferencia del polen desde los estambres hasta el estigma, la parte
receptiva de las flores en las plantas angiospermas. Una vez que el polen llega
al estigma, germina y fecunda los óvulos de la flor, comienza la producción de
semillas y frutos. Esta polinización es imprescindible para la supervivencia de
muchas especies. Pues bien, el transporte del polen se realiza mediante
vectores abióticos (es decir, «no vivos», como el agua o el viento) o bien a
través de vectores bióticos («vivos», como aves, insectos y… murciélagos).
El Glossophaga soricina es capaz de polinizar cactáceas, la
familia conocida como cactus, únicamente en unas condiciones muy especiales.
Aunque existen varios tipos de murciélagos que se alimentan del néctar de las
plantas que emiten luz en el espectro ultravioleta, el que sobrevolaba tu
cabeza solamente es capaz de percibir luz cuya máxima longitud de onda no se
encuentra en el ultravioleta, sino en el espectro visible. El murciélago Glossophaga
soricina tiene un único receptor de luz, con una sensibilidad máxima a
la longitud de onda de 510 nanómetros (un nanómetro es la millonésima parte de
un milímetro), que es precisamente la longitud de onda del espectro visible a
la que emiten las betaxantinas presentes en el cactus que yo había llevado.
Esto podría explicar que este animal solamente sea capaz de polinizar las
plantas que emiten fluorescencia a esta longitud de onda…, porque es la única
luz que logra ver. Y los pigmentos del cactus que atraen a estos murciélagos
son sus betalaínas, las mismas que se pueden encontrar en… la remolacha. La
emisión de luz por parte del cactus gracias a sus betalaínas opera a modo de
señal. Mientras que en otras plantas, como la remolacha, no desempeñan ninguna
función visual, sino de regulación osmótica y de almacenaje de compuestos
nitrogenados, en el cactus se convierte en un potente faro para orientar a los
murciélagos hacia ellos. ¿A que has flipado, Ruth? Anda, vámonos.
—Vale. Pero, antes de acostarme, deja que cuente en mi diario todo lo que me
has contado hoy. ¡Pero no se te ocurra mirarlo jamás!
Evidentemente, mientras ella dormía, no pude resistir la tentación y leí lo que
había escrito:
Gracias a aguantar la paliza que, con la excusa de llevarme a ver el paso de
la EEI por la playa alicantina de la Dehesa de Campoamor, me ha dado mi padre
sobre botánica, bioquímica, zoología, fisiología vegetal, biomedicina, física,
nutrición, farmacología y fraudes alimentarios, mañana me vas a comprar otro
helado de fresa… o si no le contaré a todo el mundo que por las noches abres el
diario de tu hija, ¿verdad, papá?
Capítulo 2
El sueño de los magufos
El sentimiento de culpa que me invadió tras leer el
diario de Ruth no me dejó conciliar el sueño. Tardé horas en caer rendido,
pero, al despertar, me llevé una gran sorpresa. La Dehesa de Campoamor se había
vestido de gala para acoger un congreso internacional de marketing en
el que intervenían famosos que prestan su imagen para anunciar muchos de los
alimentos, cosméticos y tratamientos alternativos que llevo desmontando
científicamente desde hace años.
Deportistas, cantantes, cocineros, presentadores de televisión, actores,
futbolistas… Jamás nuestro rincón del Mediterráneo había recibido a tanta gente
conocida. Después de presentarme e intercambiar unas palabras, a casi todos les
pedí que se hiciesen un selfie conmigo. Unos aceptaron a
regañadientes, otros se negaron rotundamente. Aunque al principio no entendía
su rechazo, deduje que a lo mejor se debía a los comentarios negativos que les
hice acerca de los productos o terapias que publicitaban.
El primer famoso al que me dirigí fue un baloncestista español, uno de los
mejores de la historia. En esa época promocionaba junto a una estrella de la
natación, también española, una cerveza sin alcohol e isotónica. Según el
fabricante y sus publicitarios, dicha bebida está hecha únicamente con
ingredientes naturales y ayuda a la recuperación tras la práctica deportiva.
Los anuncios aseguran, además, que su formulación nutritiva, especialmente su
composición en minerales, es fantástica.
Si todo esto es cierto, ¿por qué la Sociedad Española de Medicina del Deporte (Semed)
y el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (OMC) llevan advirtiendo
desde 2016 que las cervezas isotónicas en general —sin especificar la marca— no
son recomendables para los deportistas?
Bebidas con criterios científicos
En un informe presentado en 2016, la Semed y la OMC
afirman que las bebidas recomendadas para prevenir la deshidratación y la
fatiga durante (y después de) la práctica deportiva deben presentar una
composición específica, basada en criterios científicos. Sus objetivos
fundamentales son tres: aportar hidratos de carbono que mantengan una
concentración adecuada de glucosa en sangre y retrasen el agotamiento de los
depósitos de glucógeno; reponer electrolitos —sodio, principalmente—; y aportar
líquido para evitar la deshidratación.
La OMC y la Semed concluyeron que la cerveza isotónica no es recomendable
durante la actividad física y deportiva en ningún caso. Sin embargo, el
Ministerio de Sanidad, a través de la Agencia Española de Consumo, Seguridad
Alimentaria y Nutrición (Aecosan), afirmó que llamar «isotónica» a una cerveza
no contraviene ninguna normativa ni atribuye al producto propiedades
saludables. Quiero suponer que usted y yo coincidimos en que, por muy legal que
sea, no parece adecuado.
Además de no cumplir con los criterios y garantías necesarios para ser
recomendada, la cerveza isotónica constituye una forma de entrada al consumo de
alcohol de los más jóvenes. En el citado informe se advierte que utilizar a
ídolos deportivos como estímulo y referencia para que los niños y adolescentes
que practican deporte se acostumbren al sabor de la cerveza es, desde todo
punto de vista, rechazable y constituye un nuevo ejemplo de publicidad con una
clara intencionalidad subliminal contraria a la promoción de la salud.
Según el consenso científico, las bebidas isotónicas tienen que cumplir una
serie de requisitos:
·
deben aportar
entre 80 y 350 kilocalorías por litro;
·
al menos el
75% de sus calorías deben provenir de hidratos de carbono con un alto índice
glucémico (glucosa, sacarosa, maltodextrinas);
·
no pueden
suministrar más de un 9 % de hidratos de carbono, es decir, unos 90 gramos por
litro;
·
deben aportar
entre 460 y 1150 miligramos de sodio por litro;
·
su
osmolaridad —la concentración de solutos en disolución— debe estar entre 200 y
330 miliosmoles por kilogramo de agua.
—Venga, vale, por esa información me haré una foto
contigo —me dijo el famoso baloncestista—. Pero que conste que la cerveza
isotónica a la que presté mi imagen se ajusta a la normativa legal.
—Yo no he dicho lo contrario —respondí—, pero que una figura como tú anuncie
esos productos puede confundir claramente al consumidor. No discutamos más,
¡vamos con ese selfie!
Muchas personas creen que «bebida isotónica» y «bebida energética» son
sinónimos. Es un error de bulto. Por eso, cuando me encontré con un archiconocido
as del motociclismo, adorado por millones de niños, adolescentes y adultos en
todo el mundo, le pregunté por qué publicitaba bebidas energéticas cuya
composición es nefasta para sus seguidores más jóvenes. De hecho, muchos ídolos
de los adolescentes promocionan hábitos alimentarios poco saludables, que
contribuyen a la epidemia de obesidad infantil y juvenil que, en muchas partes
del mundo, ya se considera una crisis de salud pública.
—Pero no es culpa mía y, además, no sé de qué me hablas —me respondió el piloto
italiano.
—Pues deberías saberlo. Es tu obligación estar enterado de aquello que
publicitas. Tienes un gabinete que te asesora y tú cobras por ello.
Una bomba para la salud
Las bebidas energéticas pueden alcanzar los 75
gramos de azúcar, el equivalente a quince sobrecitos de los que nos dan con el
café. Es el triple del azúcar añadido que la Organización Mundial de la Salud
(OMS) permite que se ingiera al día. En otras palabras, una sola bebida
energética contiene casi todo el azúcar añadido que una persona debería
consumir como máximo en tres días. Más la misma cantidad de cafeína que tres
cafés solos y una serie de moléculas (carnitina, taurina, etcétera) que no
proporcionan ninguna propiedad saludable al organismo. Además, al mezclar las
bebidas energéticas con alcohol, como hacen muchísimos adolescentes, el riesgo
sobre la salud se dispara peligrosamente.
Según datos oficiales de la EFSA, en la Unión Europea el 68 % de los jóvenes de
entre 10 y 18 años de edad consume bebidas energéticas. Entre ellos, el 12 %
presenta un consumo crónico alto, ¡hasta siete litros o más al mes!, y otro
porcentaje similar declara beber ¡hasta 1,5 litros de una sola vez! Pero hay
unas cifras aún más alarmantes (y tristes): el 18 % de los niños de entre 3 y
10 años consume bebidas energéticas; de ellos, el 16 % bebe en torno a ¡4
litros al mes! Y luego nos echamos las manos a la cabeza cuando leemos las
preocupantes cifras de obesidad infantil y adolescente.
Una respuesta para frenar el preocupante consumo de bebidas energéticas y
azucaradas es incrementar los impuestos sobre ellas. De hecho, ya hay estudios
que muestran una reducción del consumo de azúcar en la población adolescente en
aquellas zonas donde se ha aplicado esta medida. Un trabajo llevado a cabo por
asesores científicos de la OMS muestra que elevar el precio de productos con un
demostrado impacto negativo en la salud, como las bebidas azucaradas,
contribuye a frenar el avance de ciertas enfermedades crónicas —diabetes,
obesidad, caries y otras patologías—, que cada año causan siete de cada diez
muertes en todo el mundo.
Ese mismo trabajo afirma que tales impuestos afectan más a las familias con
menos recursos, pero concluye también que, al ser estas las que más rápido
dejan de comprar estos productos cuando sube el precio, esta medida hace que su
salud mejore. Un buen ejemplo es el de México, un país con una elevada tasa de
obesidad y diabetes, donde se aprobó un impuesto sobre las bebidas azucaradas
en enero de 2014. A finales de ese mismo año, el consumo total de estas bebidas
se había reducido un 12 %. La caída fue mayor en los hogares con menos
recursos, donde se alcanzó el 17 %), mientras los más ricos no dejaron de
comprarlas. Al mismo tiempo, la venta de agua y otras bebidas sin impuestos
aumentó un 4 %.
Aparte de los beneficios de estos impuestos para la salud, debe tenerse en
cuenta que, en algunos países, buena parte de los ingresos por la venta de
estos productos se dedica a programas de prevención de enfermedades crónicas y
a fomentar hábitos saludables entre las personas de menor edad.
¡Defendamos nuestra salud!
Al igual que ocurre con el tabaco o las bebidas
alcohólicas, se debería prohibir la venta de bebidas energéticas a menores de
18 años. Y los famosos, sean deportistas, cantantes, actores o influencers,
no deberían publicitar productos que suponen un riesgo para la salud de los
millones de consumidores que los tienen como un ejemplo que seguir. ¿Recuerda
usted cuando se prohibió que las marcas de tabaco patrocinaran el
automovilismo? Pues lo mismo habría que hacer con estas bebidas y los deportes
como el motociclismo.
Mientras me hacía otro selfie con el genial campeón de
motociclismo, vi pasar al mejor futbolista de la historia. Me acerqué a él para
charlar un ratito, aunque quizá no comencé del mejor modo:
—Hola. Eres un dios del balón, pero también le das patadas al rigor científico
con demasiado frecuencia. ¿Te puedo preguntar por qué lo haces?
—¿Pero vos quién sos, boludo? ¿A qué te referís?
—Hace unos años sufriste una serie de lesiones musculares y entraste en una
racha negativa. De pronto, empezaste a sentirte mejor y resurgiste. Según
varios medios de comunicación, se debió, en parte, al trabajo de un italiano
especializado en la prevención de lesiones. Me he informado y dicen que utiliza
un método que combina flores de Bach, kinesiología holística, terapia emocional
y una dieta equilibrada.
—Ah, sí. Me fueron muy bien todos esos tratamientos, pibe.
—¡¡No me seas magufo!! —le repliqué enfadado.
—¿Magu… qué?
—Magufo. Es un término, resultado de combinar las palabras mago y ufólogo,
con el que las personas escépticas de las pseudociencias se refieren
informalmente a astrólogos, ufólogos, homeópatas y demás practicantes de estas
en general. Y también se aplica a quienes se atribuyen poderes sobrenaturales,
como los psíquicos y otros supuestos dotados.
—¡Pelotudo!
—No te enfades, por favor. No hay ninguna evidencia de que esas flores de Bach
que te administraron (38 preparados a base de esencias de flores, plantas,
árboles silvestres y agua de manantial que, supuestamente, influyen en la
actitud que un individuo toma ante distintas situaciones cotidianas) puedan
mejorar las afecciones musculares, como tampoco lo hacen la kinesiología
holística o la terapia emocional.
—Pues a mí me funcionó…
—No, lo que a ti te funcionó fue, entre otras cosas, el cambio de dieta. Tú
mismo has reconocido varias veces que te alimentabas de pizzas, refrescos
azucarados y otros alimentos procesados inadecuados. Sin embargo, los
nutricionistas que te rodean te obligaron a rechazarlos y a incluir en tu dieta
fruta, verdura, agua y otros alimentos mucho más saludables que la comida
rápida a la que estabas acostumbrado. En tu caso, lo realmente efectivo fue el
cambio de dieta y de hábitos, no todas esas pseudociencias. Y por eso tu forma
física mejoró significativamente.
—Me has convencido, pibe, hagámonos el selfie. Anda, ¡mira quién
viene por ahí!
El gran riesgo de los tratamientos
pseudocientíficos
Ningún tratamiento es totalmente inocuo. Cuando una
persona combina ambos tipos (por ejemplo, la homeopatía y la farmacología) y
siente la evidente mejoría debida al tratamiento efectivo (la farmacología), al
final puede decidir abandonarlo y seguir con el no efectivo (la homeopatía), lo
que quizá tenga consecuencias fatales. Cuando alguien no es consciente de que
el tratamiento efectivo es el fármaco y decide dejar uno de los tratamientos,
siempre abandona aquel que tiene peor fama, quedándose con el que mejor nombre
tiene («terapia alternativa» suena mejor que «tratamiento farmacológico» o
«químico»). Ya hay estudios que demuestran esta teoría.
Se acercaba a nosotros otro gran futbolista, un crack brasileño
nacionalizado español y famoso por sus malas pulgas. Años atrás, había sufrido
una lesión pocos días antes de una final decisiva y, ansioso por recuperarse a
tiempo, se había puesto en manos de la «Doctora Milagro». En la web de esta
singular «doctora» serbia se lee que su tratamiento no consiste en infiltrar
muscularmente al futbolista ni administrarle un suplemento alimenticio, sino en
aplicar un masaje con un gel elaborado con sustancias activas y naturales,
principalmente placenta de yegua, acompañado con descargas eléctricas. Según la
prensa británica, las tarifas de la «Doctora Milagro» rondan los 3000 euros por
sesión, y ya en 2009 fue investigada por las autoridades serbias por carecer de
las licencias adecuadas y por evasión de impuestos. La comunidad investigadora
se echó las manos a la cabeza al enterarse de las características del
tratamiento al que se sometía el conocido delantero. Evidentemente, aquello fue
un desastre. Transcurridos unos pocos minutos desde el inicio del partido, se resintió
de su lesión y tuvo que ser sustituido. Sus esperanzas se fueron al traste y su
equipo perdió aquella final.
Reconozco que, intimidado por su carácter, pensé que era mejor no recordarle su
experiencia con la placenta de yegua y dejé el selfie para
otra ocasión. Mientras me alejaba de ambos futbolistas, decidí acercarme al
deportista olímpico más condecorado de todos los tiempos, un nadador
estadounidense.
—Hola, ¿te has dado hoy tu sesión de cupping? Todo el mundo habla
de los moratones que las ventosas te dejan por todo el cuerpo.
—Se trata de una técnica utilizada en la medicina china tradicional, la
ventosaterapia. Con ella se logra la libre circulación del qì (o chí)
y de la sangre, lo que cura diversas dolencias y ayuda a la recuperación
muscular tras el ejercicio.
—¿El qì? —pregunté con cierta sorna.
—Es el flujo vital de energía, un concepto de la medicina tradicional china
relacionado con la filosofía. En la ventosaterapia también se pueden emplear
copas (cups en inglés) o recipientes de vidrio, de diferentes
tamaños, que son calentados para ser colocados en determinadas partes del
cuerpo. Al aplicarlos, se crea un vacío que absorbe la piel hacia su interior,
atrayendo la energía (el qì) y el flujo sanguíneo, de ahí los
moratones, a ese punto específico.
—Siento decirte que las evidencias científicas no apoyan ese difuso concepto
del «flujo vital de energía». En el mejor de los casos, esta técnica puede
calmar levemente el dolor cuando se combina con otros tratamientos únicamente
en afecciones como el herpes zóster o la parálisis facial. Aunque este
tratamiento es seguro, salvo que lo hagas de forma inapropiada, no mejora el
rendimiento deportivo. Pero si te empeñas en caer en las garras de la
ventosaterapia, por 30 euros puedes comprarte toda la supertecnología necesaria
para tu propio cupping.
—Eso díselo a ese astro del fútbol que está detrás de ti, él también usa las
ventosas —me dijo, señalando a un famoso delantero brasileño, tan conocido por
su azarosa vida y su gusto por las fiestas como por su juego.
—Para él tengo otras preguntas. Ahora ponte de espaldas para que los moratones
salgan en el selfie.
Sin más dilación me dirigí hacia el futbolista e inicié una agradable
conversación con él.
—Hola. Oye, tú le pegas a todo: practicas el cupping y
el kinesiotaping o vendaje neuromuscular (¡qué bonitas son
esas cintas adhesivas de colores!), publicitas bebidas energéticas… Pero lo que
me intriga es esto: ¿por qué usas tiritas nasales para jugar al fútbol?
—Porque favorecen una suave apertura extra de los orificios nasales que
facilita la entrada de aire a los pulmones cuando los conductos se encuentran
obstruidos. Las hay de muchos tipos. Yo, como soy un monstruo del fútbol, uso
las de tipo advanced. Su diseño es más anatómico, ya que la parte
inferior es más ancha que la superior, y así se adaptan mejor. Al tener mayor
superficie de contacto, las fosas nasales se abren más.
—No sé cómo decirte esto… Un equipo de investigadores de la Universidad de
Buffalo ha demostrado que esas tiritas facilitan la entrada de aire en las
fosas nasales en ejercicios de intensidad baja y moderada, como hacer footing o
montar en bicicleta a ritmos bajos, pero no ayudan a incrementar el rendimiento
en actividades deportivas de alta intensidad…, como es tu caso. Es lo que hay.
—Como sigas por ahí, me tiro rodando al suelo y pido penalti. Anda y vete a
molestar a ese otro futbolista, que se cree mejor que nadie.
Sin pensármelo dos veces, me fui al encuentro del guapo, rico y envidiado dios
del balón.
—Perdona que te importune, pero tú, como muchos de tus colegas, recurres a todo
tipo de extraños productos para mejorar el rendimiento deportivo. Me gustaría
centrarme en las pulseras Power Balance que llevabas en todos los partidos y
que tanta polémica levantaron.
—Poseían un holograma que funcionaba a través de frecuencias que se encuentran
en nuestro ambiente natural, de las que conocemos sus efectos positivos en el
campo de la energía del cuerpo. Esto me ayudaba a desarrollar el equilibrio, la
flexibilidad, la fortaleza y el bienestar general. Por eso soy el mejor.
—Ya… Pero diversos estudios científicos han demostrado que los productos de
Power Balance no tienen ningún efecto.
La estafa de Power Balance
Unos estudios realizados en el Instituto
Biomecánico de Valencia mostraron que las pulseras «mágicas» comercializadas
por la empresa estadounidense Power Balance eran completamente
ineficaces. Como muestra se seleccionó un grupo de estudiantes, con una media
de 23,3 años, que tuvieron que realizar dos pruebas de equilibrio.
La primera consistía en analizar el desplazamiento del centro de gravedad
del sujeto mientras este se sostenía durante un minuto sobre el pie dominante,
con el talón del otro pie sobre el borde superior de la rótula. En la segunda,
debían mantenerse firmes con un pie delante del otro y los ojos cerrados. Estas
pruebas se hacían unas veces con pulsera y otras sin ella. Además, a la mitad
de las pulseras se les quitó el holograma que, supuestamente, les proporcionaba
su poder. Las zonas del holograma fueron tapadas, de manera que ni la persona
que estaba realizando la prueba ni el investigador fuesen conscientes de qué
pulseras tenían y cuáles no.
Los resultados fueron esclarecedores: las pulseras Power Balance no tenían
ningún efecto. En España, la empresa fue denunciada en 2010 por publicidad
engañosa y por comercializar, como medicamento, un producto no autorizado por
el Ministerio de Sanidad. Y, por si quedaba alguna duda, en noviembre de 2011
la empresa fue condenada por estafa en Estados Unidos y obligada a indemnizar
con 57 millones de dólares a un grupo de consumidores.
—Me da igual lo que digan, soy el mejor jugador de la historia. De todas formas
me privan las fotos, así que voy a hacerme un selfie contigo.
—Claro, claro, el mejor… ¿Y qué piensas del kinesiotaping y
sus cintas?
—Me marcho, tengo sesión de peluquería y luego de fotografía. Allí tienes a un
célebre tenista serbio que las utiliza, habla con él.
Dicho y hecho. Antes de pedirle al tenista que se hiciera una foto conmigo, le
pregunté por qué se ponía aquellas cintas de colores tan bonitos en las
piernas.
—Para prevenir lesiones. Gracias a su elasticidad, las cintas (o kinesiotape)
contienen el músculo y previenen las hiperextensiones. Colocadas debidamente,
tensan y elevan ligeramente la piel, con lo que mejoran la circulación local y
el drenaje de los tejidos. Al reducirse la tensión en la zona, se descomprime
el espacio y el dolor disminuye. Además, son guais.
Marketing empresarial
En los Juegos Olímpicos de 2008, celebrados en
Pekín, la empresa estadounidense Kinesio Holding Corporation regaló a los
mejores deportistas del mundo, pertenecientes a 58 países,
"http://well.blogs.nytimes.com/2008/08/19/a-quirky-athletic-tape-gets-its-olympic-moment/"
50 000 rollos de unas llamativas cintas elásticas de colores. El éxito de esta
estrategia publicitaria fue brutal. Desde esa fecha, muchísimos deportistas de
élite —tenistas, futbolistas, baloncestistas, atletas…— comenzaron a emplearlas.
Aunque su eficacia es nula o insignificante, hoy se venden en todo el mundo.
—No digo que no sean monísimas, pero no funcionan como tú crees. Un ligero
masaje proporciona a tu organismo las mismas ventajas que esas cintas. Un grupo
de investigadores mostró que el uso de estos vendajes en personas aquejadas de
tendinitis o de pinzamientos no disminuye el dolor. En deportistas sanos no
tienen ningún efecto y, lo que es peor, si se aplican como sustituto de otros
tratamientos que sí han demostrado ser efectivos, el resultado puede ser un
agravamiento de la lesión. Lo que no hay que confundir son esas cintas de
colores con las medias compresoras que también se usan mucho en infinidad de
deportes como el baloncesto, el fútbol y, por supuesto, el tenis.
—¿Sirven para algo las medias compresoras?
—Como medida de recuperación, sí. Ayudan a reducir los niveles de lactato,
favorecen la circulación y reducen el dolor después del ejercicio. Incluso
también si las utilizas antes de la competición. Pero llevarlas durante el
rendimiento físico, como hacen algunos deportistas, es innecesario. Anda, olvídate
ya de las kinesiotape…
—Lo haré… y también de nuestro selfie —me respondió el
tenista—. A ver si eres tan valiente con uno de los mejores tenistas españoles
de la actualidad, que también hace publicidad de las pseudociencias. Ahí lo
tienes.
Reconozco que me puso en un brete. El tenista que se acercaba no es solo un
icono deportivo, sino también una persona que, con su continua demostración de
valores humanos, se ha ganado el respeto de todo el mundo, incluido el mío, por
supuesto. Sin embargo, y siempre desde mi punto de vista, se ha equivocado a la
hora de publicitar determinados productos destinados a mejorar la salud
articular.
—Hola, gracias por toda tu labor dentro y fuera de las pistas —le dije al
tenista en cuanto lo tuve delante—. Quiero hacerme un selfie contigo
para enseñárselo a mi suegra. No deja de repetirme que tú hubieses sido su
yerno ideal, no yo. Pero antes me gustaría hacerte una pregunta. Sé que a lo
largo de tu carrera has tenido muchas lesiones relacionadas con tu salud
articular: tus huesos y músculos han sufrido mucho. Pero cuando prestas tu
imagen para publicitar suplementos deportivos enriquecidos con colágeno, por
ejemplo, ¿por qué lo haces?
—Tengo entendido que en el funcionamiento de nuestro cuerpo intervienen
muchísimas proteínas. Una de las más destacables es el colágeno, que supone más
del 25 % del total de las que componen el organismo y forma parte de las fibras
presentes en numerosos tejidos como articulaciones, huesos, piel, músculos y
tendones, a los que aporta resistencia y flexibilidad. Estas dos propiedades
están directamente relacionadas con el desgaste del tejido cartilaginoso que
llevo sufriendo en los últimos años y su importancia en patologías como
tendinitis, artrosis y condromalacias está demostrada científicamente. Este
colágeno procede de dos fuentes: se puede sintetizar endógenamente —es decir,
lo «produce» nuestro propio organismo— o bien se obtiene de la dieta. Si
optamos por esta segunda opción, hay dos alternativas: la dieta tradicional
(pollo, pescado, carnes rojas, etcétera) o los innumerables complementos
alimenticios que se venden en parafarmacias, herboristerías y establecimientos
similares.
—Perfecto, lo has clavado. Pareces bioquímico. Pero ahora viene la pregunta
clave: ¿mejora nuestra salud articular si ingerimos alguno de los famosos
suplementos de colágeno que tan de moda están?
—Dímelo tú.
—Pues va a ser que no. La EFSA ha sido contundente. Según su Grupo de Expertos
en Nutrición, Alergias y Dietéticos no existe relación causa-efecto entre el
consumo de colágeno y el mantenimiento de las articulaciones.
—¿Y el ácido hialurónico que también contienen los suplementos que publicito?
¿No es un polisacárido que presenta función estructural y que está formado por
cadenas de carbohidratos complejos? Según tengo entendido se encuentra en altas
concentraciones en las articulaciones, los cartílagos y la piel, presentando
una textura muy viscosa. Además se emplea comúnmente en el campo de la
medicina, donde se suele emplear con éxito como material de relleno en cirugía
y odontología estética.
—Todo eso también es correcto, pero volvemos al quid de la
cuestión: ¿tiene alguna utilidad la ingesta de suplementos de ácido
hialurónico? No. Según el máximo organismo europeo de alimentación el consumo
de estos productos no tiene ningún efecto sobre el mantenimiento de las
articulaciones ni tampoco evita la deshidratación de la piel. Es lo que hay.
—No me digas que el sulfato de condroitina tampoco sirve para nada. Me he
informado de que este compuesto se trata de un glucosaminoglucano sulfatado
compuesto por una cadena de disacáridos de N-acetilgalactosamina y N-ácido
glucurónico alternados que forma parte de la mayoría de los tejidos de
vertebrados e invertebrados. Lo encontramos en piel, vasos sanguíneos, ligamentos
y tendones, donde su principal función es aportar al cartílago propiedades
mecánicas y elásticas, además de buena parte de su resistencia a la compresión.
—Siento decírtelo, pero la EFSA incluso ha emitido informes negativos sobre la
falta de evidencias que relacionen la ingesta oral de alimentos o suplementos
ricos en sulfato de condroitina con la mejora de las articulaciones.
—Entonces, ¿cómo se permite que los productos que yo publicito pongan en sus
envases que ayudan a diversas funciones relacionadas con la salud articular?
La estrategia del asterisco
Consiste en añadirle al producto el 15 % de la
cantidad diaria recomendada (CDR) de algún micronutriente (vitamina o mineral).
Esto, según los reglamentos europeos vigentes, permite a los suplementos
alimenticios publicitar determinadas alegaciones saludables relacionadas con
los huesos, la piel, los músculos, etcétera. Lo que no se dice en ningún sitio
de la publicidad de estos complementos es que esos micronutrientes los podemos
encontrar en la dieta tradicional, en alimentos mucho más nutritivos y baratos.
—Porque los responsables de marketing se amparan en un
resquicio legal y emplean la «estrategia del asterisco» —le expliqué al as de
la raqueta—. La he denunciado muchas veces. Te pondré un ejemplo relacionado
con alguno de los suplementos deportivos que tú publicitas. Muchos de esos complementos
poseen, junto a los tres ingredientes estrella comentados (colágeno, ácido
hialurónico y sulfato de condroitina), el 15 % de la CDR de vitamina C. ¿La
razón? Que este micronutriente sí tiene aprobadas ni más ni menos que catorce
alegaciones saludables por parte de la EFSA, muchas de ellas relacionadas con
la salud articular. Lo que ocurre es que consumir complementos por la presencia
de vitamina C es absurdo, ya que los españoles ingerimos entre un 200 y un 300
% más de la vitamina C necesaria. Te daré otro dato. La CDR de vitamina C es de
80 mg. El 15 % con el que ya se puede publicitar una de esas dichosas
alegaciones saludables equivale a 12 mg. Pues bien, en una sola naranja hay 70
mg de este micronutriente, ¡ocho veces más de la cantidad mínima exigida para
poder publicitar que un producto ayuda a la salud articular!
—¿Me estás diciendo que el único ingrediente que sirve para algo de algunos de
los suplementos articulares que publicito es la vitamina C, y que no solo no la
necesitamos sino que se encuentra de forma natural en muchas fuentes vegetales
como las naranjas y los limones?
—Sí. Y en mayor concentración, y a un precio muchísimo menor…
—Hagámonos enseguida ese selfie, voy a explicar todo esto a mis
representantes.
—Sí, y otro día hablamos de los riesgos para la salud que tiene la ingesta de
agua de mar… que tú también has publicitado. ¿No te das cuenta de que beberla
no solo no te aporta la cantidad de minerales que pierdes cuando sudas
abundantemente en la pista de tenis, sino que además puede producir graves
problemas para la salud?
Báñate en ella, pero no te la bebas
Cuando bebemos agua de mar, un líquido que tiene
altas cantidades de sal, nuestro cuerpo reacciona para procesar este aporte
extra de minerales. ¿Cómo lo hace? A través de los riñones, que comienzan a
trabajar a tope para filtrar el líquido y expulsar el exceso de sodio por la
orina. En este proceso eliminamos muchísima agua, con altos riesgos de
deshidratación, y la pérdida de fluidos puede hacer que aparezcan síntomas como
un aumento de la frecuencia cardíaca, náuseas, debilidad e incluso delirios.
—Entre el agua de mar de las ampollas que tomé en un Open de Australia delante
de millones de espectadores y la vitamina C presente en los complementos
articulares que publicito en las farmacias, pero que ahora sé que se encuentra
mucho más barata y en mayores cantidades en cualquier limón de la huerta
murciana, ¡la que estoy liando! —me contestó el genial tenista, desolado, antes
de fotografiarnos juntos.
No me podía creer lo que estaba viendo. En la zona de desayunos me encontré con
la reina más incombustible del mundo. Iba a pedirle un autógrafo, pero me
acordé de que su dinastía había tenido, durante varias generaciones, un
homeópata personal a su servicio y que el último había fallecido hacía poco.
Así que cambié de estrategia.
—Buenos días, Majestad.
—Buenos días —me contestó mientras sostenía, con enorme elegancia, una taza de
té.
—Sé que usted es amante del té, pero me va a permitir que le hable un poco de
la cafeína, un alcaloide del grupo de las xantinas. No es por tocarle las
narices, sino porque quiero demostrarle que la homeopatía que tanto gusta a su
Casa Real no tiene ningún sentido. Déjeme que le explique. Todos los productos
homeopáticos llevan una etiqueta que indica el número de diluciones que se han
efectuado con la «cepa homeopática», la «materia prima» de las preparaciones.
Algunos preparados homeopáticos llegan a diluciones que, en su jerga, se
denominan 30 CH, obtenidos a partir de productos tóxicos para el organismo
humano como el arsénico, el veneno de serpiente o la belladona. Según la ley de
los infinitesimales de Samuel Hahnemann, el padre de la homeopatía, «cuanto
menos, mejor». Uno de los preparados más famosos es el café crudo homeopático
30 CH (siglas de «centesimales de Hahnemann»). Esto quiere decir que la cepa
homeopática, que suele tener una concentración inferior a 1 molar (M), se ha
diluido mediante un procedimiento que consiste en tomar una parte de la cepa,
diluirla en 99 partes del diluyente (normalmente agua), tomar una parte de esa
nueva concentración y diluirla una vez más en 99 partes de diluyente, y así
sucesivamente, hasta repetir este proceso treinta veces. Es algo incoherente
desde el punto de vista científico.
—¿Por qué es incoherente? —preguntó interesada la soberana.
—Como bien explica J. J. Iruín, catedrático de Química-Física de la Universidad
del País Vasco, cualquier estudiante de Bachillerato puede concluir que, cuando
el medicamento contenga en su etiqueta denominaciones como 11 CH o 12 CH, la
concentración molar oscila entre 10–22 y 10–24 M.
Y, en el caso de los 30 CH, se llega a 10–60 M. Y otro concepto
de química que cualquier estudiante conoce es el ligado al número de Avogadro,
que, aunque establecido en 1811, no vio reconocida su validez con datos
experimentales hasta 1860. En un mol de cualquier sustancia hay 602.300.000.000.000.000.000
000 átomos o moléculas de esta. Por tanto, a partir de concentraciones como 10–24 M
se puede afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que en la disolución no existe
ningún átomo o molécula del principio activo. Entonces, ¿qué tendremos a una
concentración de 10–60 M, como la de los preparados 30 CH? Agua
o lactosa (más algo de sacarosa, si es que se la han añadido para darle más
dulzor), ¡pero ni un solo átomo del principio activo!
—¿Y eso qué implica?
—La EFSA —respondí, muy metido en mi papel divulgador— ha establecido en 75 mg
de cafeína el umbral mínimo para que esta sustancia tenga efecto sobre
diferentes procesos cognitivos, y en 3-4 mg por kilogramo de peso corporal para
que sea eficaz en el rendimiento deportivo. Debido a que una dilución 30 CH de 1
mg de cafeína hace que esta ya no se encuentre en la preparación, es imposible
que el café crudo homeopático produzca cualquier efecto debido a este
alcaloide. La concentración del principio activo es nula o se encuentra siempre
muy por debajo del umbral al que ha demostrado su eficacia, por lo cual no
sirve para nada. Y con el mismo procedimiento se puede desmontar fácilmente
cualquier producto homeopático.
—Todo eso está muy bien, pero, tiempo atrás, el real homeópata me dijo no sé
qué de la «memoria del agua».
—Eso es ya el colmo. Los defensores de la homeopatía se aferran a la
surrealista memoria del agua, una supuesta propiedad de este líquido según la
cual sus moléculas almacenan las propiedades curativas de un compuesto
homeopático sometido a diluciones en serie durante su preparación, para
explicar las propiedades curativas que atribuye la homeopatía a sus preparados,
aun cuando en estos no exista ni una molécula de principio activo. Nadie lo ha
podido demostrar.
La homeopatía no es una ciencia
Bastan unos simples cálculos químicos al alcance de
cualquier estudiante para desmontar la homeopatía, una de las pseudociencias
más conocidas. Según las Academias Nacionales de Ciencias de los Estados
Miembros de la Unión Europea, tiene nula evidencia científica y representa un
riesgo significativo para los pacientes. De hecho, el presidente de la
Organización Médica Colegial ha avisado de que la homeopatía es un proceso
«ilusorio y engañoso» perteneciente «al mundo de las creencias», pero que está
fuera del campo de la medicina. Por ello, aplaudo a aquellas organizaciones que
se han posicionado claramente y sin ambigüedades en contra de esta
pseudociencia. También creo que toda la sociedad, independientemente de sus
afinidades políticas, debería respaldar el Plan de Protección de la Salud
frente a las Pseudoterapias presentado a finales de 2018 por el Ministerio de
Sanidad, Consumo y Bienestar Social y por el Ministerio de Ciencia, Innovación
y Universidades.
—Me sorprende mucho todo lo que me dice. Pero, si los productos homeopáticos no
sirven para nada, ¿por qué se venden en farmacias? —me preguntó la augusta
anciana.
—Eso quisiera saber yo. Precisamente ayer le pregunté a mi farmacéutico. Me
explicó cuatro razones. A cual más surrealista. La primera de ellas es que la
legislación vigente permite vender homeopatía, por lo que no hace nada ilegal.
La segunda es que, si no vende homeopatía en su farmacia, la venderá la de al
lado. La tercera, que las farmacias necesitan nuevas fuentes de ingresos más
allá de los que proporcionan los fármacos. Y la cuarta es que si la gente entra
en su farmacia pidiendo homeopatía, él no puede negarse…
—¡Pare, joven, pare! Me ha convencido. A partir de ahora, mi Casa Real no
contratará ningún homeópata, debemos dar ejemplo. Eso sí, olvídese de la
cafeína. Mi té con limón es sagrado…
—Trato hecho.
En ese momento, mientras me fotografiaba con Su Majestad, otra reina —esta de
la televisión— se acercó a mí.
—¿Limón? ¿Limón? ¿Estáis hablando del limón?
—Sí —le contesté, un tanto apabullado por su energía, mientras mi anterior
interlocutora se alejaba—, pero no repitas aquellas declaraciones que hiciste
en TVE donde decías que el aroma de limón puede prevenir el cáncer. Estos temas
son muy graves como para frivolizar sobre ellos. Y aunque tus declaraciones no
se ajustan literalmente al concepto de aromaterapia, se acercan muchísimo.
—¿Aromaterapia? —replicó poniendo los brazos en jarras.
—Sí, la utilización de aceites esenciales por vía olfativa con la idea de
provocar una respuesta en el organismo a través de la interacción con
receptores olfativos. Esta pseudoterapia sin ningún aval científico debe ser
rechazada frontalmente por todos los sanitarios (médicos, farmacéuticos,
enfermeros…) y colegios profesionales. Aunque es cierto que algunos aceites
esenciales contienen moléculas biológicamente activas que pueden resultar
eficaces y poseer utilidad terapéutica en ciertas indicaciones, siempre deben
ser administrados por vía oral, pulmonar, tópica y nunca mediante vía olfativa.
Además, deben haber pasado todos los controles toxicológicos y funcionales a
los que es sometido cualquier fármaco y sus recomendaciones deben hacerse
basándose en pruebas científicas y no apoyándose en el uso tradicional.
—¡Vaya bronca me estás echando!
—Los presentadores de televisión tenéis que ser mucho más responsables. La tele
es la mayor fuente de información científica para la sociedad española, según
las últimas encuestas de la Fundación Española de Ciencia y Tecnología. Os ven
millones de españoles, así que debéis ser muy rigurosos con lo que decís.
—¡Cómo te pasas! ¡Paso de hacerme un selfie contigo!
Mientras la presentadora se marchaba y yo me serenaba un poco, me encontré con
un colega suyo, la figura televisiva que más reacciones negativas desencadena
en el panorama científico.
—¡Qué sorpresa verte! —le dije—. Te voy a ser sincero. Aquellas declaraciones
en las que relacionaste las vacunas con el autismo me indignaron muchísimo. No
existe ningún estudio que los vincule avalado por la comunidad científica.
Además, ¿qué es eso de que las vacunas contienen metales pesados que los
cuerpos de los niños no saben absorber? ¿Dónde están las pruebas que
justifiquen tal afirmación? ¿No te das cuenta de la irresponsabilidad de tus
palabras en un programa que ven millones de personas?
—Pues un conocido actor estadounidense publicó, hace años, un tweet en
las redes sociales donde decía: «El gobernador de California dice “sí” a
envenenar más a los niños con mercurio y aluminio en las vacunas obligatorias.
Este fascismo corporativo tiene que parar».
—¿Envenenar a niños? ¡Indignante! Mira, te recomiendo que leas el libro ¿Funcionan
las vacunas? de Ignacio López-Goñi, doctor en Biología y catedrático
de Microbiología en la Universidad de Navarra[1]. Además, no
solo hiciste comentarios anticientíficos en tu programa, ya suprimido de la
parrilla, sino que a tu plató invitaste a personajes que defendían posturas
contrarias al rigor científico. Pocas semanas después de la polémica sobre las
vacunas, llevaste a tu plató a un supuesto experto en morfopsicología, una
pseudociencia que sostiene que existe una relación directa entre las
características morfológicas de la cara de un sujeto y su perfil psicológico.
Aún recuerdo cómo definisteis la personalidad de un actor afroamericano a
partir de la forma de su nariz y su boca. Fue tremendo, hasta el punto de que
la Asociación Nacional de Informadores de la Salud publicó un comunicado pocos
días después en el que lamentaba que tu programa dedicase un espacio a la
morfopsicología. Y tras otro programa en el que uno de tus curiosos invitados
sugirió que había una mano negra tras los huracanes y otros fenómenos
climáticos devastadores, la Asociación Española de Comunicación Científica
presentó un escrito de denuncia al que se adhirieron otras entidades. No fue
buena idea utilizar la televisión para dar voz a teorías conspiranoicas sobre
el origen de los huracanes, y menos aún que tú alimentaras las teorías
conspiranoicas diciendo que la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) no había
querido pronunciarse en público.
—¿Quieres un selfie? —me sugirió despreocupado.
—¿Tú que crees? No. Me largo.
Cuando discuto con alguien, me entra hambre. Por eso, tras estas dos últimas
conversaciones, me dirigí al área de los cocineros famosos. En los tiempos que
vivimos, los chefs se han convertido en las estrellas televisivas del momento.
Para aprovechar su tirón mediático, muchas marcas comerciales los han «fichado»
para anunciar sus productos. Por eso quería hablar con algunos de ellos… y
también para que me dieran algo de comer con lo que se me pasara el enfado.
El primer cocinero con quien hablé, jurado de un archiconocido programa de
televisión y chef de un famoso restaurante, publicitaba un «pan para runners»
(ahora ya nadie corre, todos «practican el running»). Según se
anuncia en la página web de la empresa responsable, tal producto «está diseñado
para los que hacen deporte de forma regular, quieren reducir su consumo de
hidratos de carbono o simplemente quieren cuidarse». Curioso.
—Hola, ¿cómo estás? —me presenté—. Yo conocía todo tipo de cosas para correr,
pero hay algo que jamás pensé que vería: tu «pan para runners».
Flipé al enterarme de su existencia, y más cuando me di cuenta de que, aunque
lo llamen «pan», la cantidad de harina de trigo que lleva es insignificante. De
hecho, según se puede leer en el fabuloso blog del nutricionista Juan Revenga,
ni existe en su composición levadura ni se ha llevado a cabo ningún proceso
fermentativo[2]. Entonces,
¿qué lleva que lo hace tan especial?
—Tres veces más proteínas que el pan común, lo que ayuda a la regeneración de
los músculos después de la actividad física, 3-4 veces más fibra y un 75 %
menos hidratos de carbono que el pan integral normal.
—Qué curioso. Se me ocurren tres preguntas.
—Adelante con la primera —me animó el popular cocinero.
—Si ese pan está destinado a corredores, ya sea a nivel profesional o amateur,
¿de qué sirve reducir tanto los hidratos de carbono de absorción lenta, tan necesarios
en esta modalidad deportiva? Me parece que reducir el aporte calórico
procedente de los hidratos de carbono —del 81,5 % que contiene el pan normal al
16,3 % del pan que anuncias— no es lo más correcto para los corredores. Pero
voy más allá. Un 32,6 % de los hidratos de carbono de ese «pan para runners»
son azúcares, mientras que en el pan integral y blanco solo lo son el 4,7 y el
3,7 %, respectivamente. ¿Eso te parece bien?
—Paso palabra. Dispara la segunda pregunta.
—Aunque las proteínas que contiene el «pan para corredores» son de bajo valor
biológico (no son ricas en todos los aminoácidos esenciales), el hecho de que
tenga un alto contenido en fibra (más que el pan blanco o el integral) compensa
parcialmente ese déficit en proteínas de alta calidad. Sin embargo, ¿hace falta
consumir un pan que triplique el contenido en proteínas de un pan normal (37,5
frente al 13 %)? Estoy convencido de que, con una dieta equilibrada, no hace
falta zamparse un pan con esa altísima cantidad de proteínas… y menos si se
tiene en cuenta la alta ingesta proteica de la sociedad española. ¿Qué opinas?
—Esto… ¿cuál es la tercera?
—El porcentaje calórico de ese pan para runners es
elevadísimo, pues el porcentaje de grasas totales pasa del 5,5 % habitual en el
pan blanco al 46,2 % en el que tú anuncias. Un disparate. Es cierto que la
cantidad de ácidos grasos poliinsaturados es elevada al compararla con el pan
blanco y el integral, pero aun así un pan cuyo contenido en grasas aporta casi
el 50 % de la energía total del producto no es el producto ideal para tomar
antes o después de correr. Además…, ¿de verdad te gusta cómo sabe ese pan?
—Ya que estamos hablando de productos para runners, ¿qué me dices
de las bebidas lácteas articulares que vende una gran empresa láctea española y
que cuestan el triple que las normales? Las toman muchos corredores… —me dijo,
cambiando de tema y evitando responder también a mi última pregunta.
—Si nos guiamos por la legislación vigente, la publicidad de las bebidas
lácteas articulares es totalmente legal. ¿Por qué? Si te fijas, en ningún lugar
del envase se dice «fortalece sus huesos» o «ayuda a sus articulaciones», pues,
de aparecer esas alegaciones, sería ilegal porque no contienen ningún
ingrediente que permita decir tal barbaridad. No obstante, en su lugar aparece
el dibujo de una persona corriendo, un sello enorme de «Sport Life» y el lema
comercial «Bebida articular para deportistas», y todo eso da a entender
clarísimamente que se trata de un producto cuya composición es óptima para quienes
practican deporte.
—¿Y no es así? —me preguntó el afamado cocinero.
—No. Ningún estudio científico avala su efectividad, no han sido evaluadas por
el Grupo de Expertos en Nutrición, Alergias y Dietéticos de la EFSA y hay
informes sobre sus ingredientes estrella (ácido hialurónico, colágeno y sulfato
de condroitina) que niegan sus efectos en las articulaciones. Eso sí, su precio
es el triple que el de una leche de la misma marca sin esos tres famosos
ingredientes.
—Pero he leído que esas bebidas tienen un ingrediente, el extracto de cresta de
gallo, que está avalado por la Unión Europea.
—La UE ha autorizado la comercialización de extracto de cresta de gallo como
nuevo ingrediente alimentario de esta bebida láctea articular, con arreglo al
Reglamento 258/97 del Parlamento Europeo y del Consejo, pero nada más. Solo
significa que está autorizada su inclusión porque no es tóxico, no porque ayude
a mejorar el rendimiento físico.
—Me has caído bien, hagámonos un selfie juntos. Y te voy a
presentar a otro presentador de televisión relacionado con el mundo de la
cocina, que se ha hecho famoso por aconsejar remedios tradicionales para todo
tipo de afecciones y dolencias, como alternativa a los productos farmacéuticos
convencionales.
—No quiero conocerlo, gracias. Su botica televisiva es una fuente inacabable de
prácticas anticientíficas. Es firme defensor de irresponsables pseudoterapias
como la orinoterapia (que consiste en beber la propia orina), la moxicombustión
(práctica que utiliza, por ejemplo, el humo de las hojas desecadas y trituradas
de la planta Artemisia vulgaris), la iridología (que se basa en el
examen de los patrones, colores y otras características del iris ocular para
determinar la salud de un paciente), etcétera. ¿De verdad piensas que esa
persona me interesa?
Y, sin mediar una palabra más, dejé allí plantado al cocinero y me dirigí al
área de cultura del congreso, donde se concentraban escritores, cantantes,
artistas y otras figuras de muchos países. Allí había un filón de selfies…
y también de pseudociencias.
Entre los asistentes estaba una periodista y escritora madrileña que, en 2018,
atacó a la industria farmacéutica en un contundente artículo, acusándola de
manera bastante explícita de estar detrás del «machaque tan bien orquestado y
pertinaz» que —en su opinión— está sufriendo la homeopatía, a la que calificó
de «práctica barata y desde luego inocua». En ese mismo artículo, también
criticó los cultivos transgénicos e incluso dijo cosas sin sentido acerca de
las intolerancias al gluten.
Un poquito más allá se encontraba otro escritor, crítico literario y
articulista español, fiel defensor del creacionismo. Conocido también por su
faceta de tertuliano, ha defendido públicamente que detrás de todo existe un
creador y que los científicos que tratamos de entender el universo de una forma
que parece contraria a esta idea manipulamos los hechos de forma vil.
También logré ver a un director y guionista de cine, periodista, novelista y
actor, también español, que es un firme defensor de los nunca demostrados peligros
de las radiofrecuencias de baja intensidad que utilizan los dispositivos wifi.
Los niveles de exposición de la población a ellas, bien estudiadas en
condiciones realistas de funcionamiento, son miles de veces inferiores al
máximo recomendado por la OMS y la UE. No entiendo como ha puesto tantas veces
en entredicho la labor de los científicos, a los que incluso nos ha acusado de
intereses ocultos en el tema de las radiaciones. Pensé en acercarme a él para
mostrarle el reciente informe del Comité Científico Asesor en Radiofrecuencia y
Salud (CCARS) en el que asegura que la población no corre riesgos al exponerse
a la radiofrecuencia que emiten móviles, televisiones o radios, pero al fondo
de la sala vislumbré a una célebre estrella de Hollywood, la reina de la
anticiencia, la mujer que ama las pseudociencias por encima de todo.
—Hola, me gustaría hacerme una foto contigo.
—Claro, ¿sigues la web de mi empresa de productos saludables?
—Sí, por supuesto. Me río mucho cada vez que entro en ella, aunque al final
siempre acabo de mal humor. La cantidad de disparates anticientíficos y
peligrosos que dices en ella es insuperable.
—¿A qué te refieres? Explícate, que yo viví mucho tiempo en la provincia de
Toledo y hablo español.
—No sé por dónde empezar. En tu web has hablado de aceites
para reequilibrar los chakras, baños vaginales de vapor para equilibrar las
hormonas femeninas, chamanes que leen cristales, tiritas para regular la
frecuencia de la energía corporal, médiums médicos que curan gracias a un espíritu
en sus oídos, sujetadores que causan cáncer de mama, dietas para detoxificar o
curar casi cualquier enfermedad… Todo lamentable.
—¿Por qué? Nadie ha demostrado que esas cosas no sean ciertas.
—Eres tú quien debe demostrar que lo que dices, como que el agua tiene buenas o
malas vibraciones según lo que ponga en la etiqueta de la botella, es cierto.
Como afirmaba el científico Carl Sagan: «Las afirmaciones extraordinarias
requieren evidencias extraordinarias»… y tú jamás proporcionas ni una sola
evidencia de que lo que afirmas es cierto. Por cierto, ¿es verdad que has
tenido que pagar 145 000 euros de multa por afirmar que los huevos vaginales de
jade mejoran los orgasmos, regulan el ciclo menstrual y controlan la vagina?
—Sí. Tras la denuncia del Grupo de Trabajo para los Alimentos, Medicamentos y
Dispositivos Médicos de California, que afirmaba que se trataba de publicidad
engañosa, he tenido que llegar a un trato con la Fiscalía para evitar el juicio
y una posible condena mayor.
—¿Y qué pruebas hay de que tus controvertidos enemas de café son un buen
remedio para el estreñimiento? Te recuerdo que los médicos de Harvard califican
esta práctica de peligrosa y advierten de que puede acarrear riesgo de
deshidratación, desequilibrio de electrolitos y alteración de la flora
intestinal. ¿Y del lifting con acupuntura como terapia
antiedad? ¿Y de la apiterapia, el uso de veneno de abeja, para prevenir las
inflamaciones? ¿Y de los «parches del bienestar» fabricados, supuestamente, con
el material del que están hechos los trajes de los astronautas? ¡¡Si hasta la
NASA ha aclarado que es mentira, que sus trajes no llevan ese material y que
esos parches son un claro ejemplo de fraude!!
—¿Quieres un selfie o no?
—¡Por supuesto! No todos los días un escéptico como yo conoce a la reina
indiscutible de las pseudociencias y las pseudomedicinas.
Durante las horas siguientes, me fotografié, entre otros, con un veterano actor
de cine y televisión estadounidense, célebre por los golpes de karate que
reparte, que se ha declarado enemigo de los organismos modificados
genéticamente; con una compatriota suya, la presentadora más influyente de su
país y a la que nada de lo pseudocientífico le es ajeno; con otra estrella de
la gran pantalla, aliado de la cienciología; y con un mítico rockero británico,
elevado a la nobleza y amigo íntimo de la homeopatía.
Una responsabilidad ineludible
Cuando me cansé de tanto famoso anunciando
supercherías, me colé en la sala central de tan surrealista congreso, agarré un
micrófono y, sin pensarlo, solté este discurso que sonó por todos los
altavoces:
Hablo para todos aquellos que sois famosos y publicitáis productos y
tratamientos que no cuentan con el respaldo de la comunidad científica. Gracias
a vuestra labor profesional, tenéis un eco muy grande entre la sociedad y
millones de personas os siguen y confían en vosotros. Por esa razón estáis
obligados a informaros de los verdaderos efectos de todo aquello a lo que
prestáis vuestra imagen a cambio de una importante compensación económica. La
ignorancia no exime de culpa, y las consecuencias de vuestras acciones pueden
ser fatales. El 20 % de la población española consume pseudoterapias sin
evidencia científica. Uno de cada cinco españoles ha utilizado remedios no
contrastados científicamente, y cerca de dos millones de personas los han
empleado en sustitución de tratamientos médicos. Esto es muy grave y vosotros
tenéis parte de responsabilidad. Jamás olvidéis que lo menos grave que puede
ocurrirle a alguien que cae en las garras de las pseudociencias es tirar su
dinero, y que lo peor es que, además, lo maten…
* * * *
De repente, me pareció oír gritar a mi hermano y abrí los ojos.
—¡Despierta, que ya son las doce de la mañana! Me ha llamado tu hija. Dice que
llevas toda la noche soñando y hablando en sueños… ¡hasta te has levantado de
madrugada y te has puesto a hacerte selfies tú solo!
No me lo podía creer. Todo había sido un sueño…, el sueño de los magufos.
Capítulo 3
La bola entró
Para relajarme tras la agitada noche anterior,
decidí practicar uno de mis deportes favoritos: el tenis. Al llegar al
polideportivo, mi sorpresa fue que, junto a la barra del bar, me topé con uno
de los más grandes jugadores de la historia, mi ídolo cuando yo era un crío. Un
zurdo norteamericano de pelo rizado que infundía miedo tanto a rivales como a
árbitros.
—Hola, ¿jugamos un par de sets? —le pregunté sin dudarlo.
—Sí. Pero, como me ganes, rompo la raqueta en mil pedazos —me dijo, mostrando
que conservaba su fuerte carácter.
—¿No pensarás jugar con esa ropa? —le comenté, pues me sorprendió que llevase
ropa deportiva anticuada (perdón, vintage).
—Sí, me gusta —respondió mirándome ceñudo—. ¿Pasa algo?
—Pues que la aparición de nuevos materiales ha revolucionado la ropa deportiva
desde que te retiraste hace casi treinta años. Los nuevos tejidos no solo son
mucho más cómodos y acordes estéticamente con el siglo XXI, sino que también
mejoran el rendimiento deportivo. En tus tiempos de gloria, la mayoría de los
tenistas usabais ropa de algodón natural. Sin embargo, actualmente se impone el
poliéster, una categoría de elastómeros que contiene el grupo funcional éster
en su cadena principal. La primera fibra de poliéster se produjo en Inglaterra
en la década de 1930 y se comercializó con el nombre de Terylene, aunque en
Francia se llamó Tergal y en España, Terlenka.
—Todo eso está muy bien, pero ¿qué ventajas tiene el poliéster sintético de tu
camiseta respecto al algodón de mi polo vintage?
—Mi camiseta —le respondí— no se arruga, ni se deforma, ni se estira, ni se
encoge. Además, se puede combinar con otros materiales (como el algodón, la
lana o el nailon) y es resistente, duradera y liviana, lo que se agradece
cuando llevas horas jugando un partido. También absorbe menos humedad, lo que
hace que tu rendimiento físico mejore en determinadas condiciones atmosféricas,
y evita que huela mal y que se acumulen hongos, moho y bacterias. Finalmente,
como el poliéster absorbe mejor las tintas que el algodón, ahora se ven
camisetas de todos los colores en las canchas de tenis, y no solo blancas como
antiguamente. Y hay muchos estudios que muestran la relación directa entre los
nuevos tejidos usados en la ropa de los deportistas y el incremento en su rendimiento
deportivo. Si llegas a usar poliéster en vez de algodón, quizás habrías ganado
aún más títulos. Así que no me seas antiguo…
—¿Me estás llamando viejo? ¡Mira que me quito el polo que llevo puesto y te lo
tiro a la cara!
—No estires tanto tu polo de algodón que lo vas a romper. A mí eso no me ocurre
gracias a una de las fibras sintéticas que más han revolucionado la ropa
deportiva, el elastano.
Estira, estira…
También llamado spandex, el elastano es
una fibra sintética conocida por su excepcional elasticidad. La inventó Joseph
Shivers, un químico que trabajaba en la empresa norteamericana DuPont en 1958.
Se trata de un copolímero uretano-urea que, cuando se introdujo por primera vez,
revolucionó muchos ámbitos de la industria textil. Para producir fibras de
elastano se emplea una gran variedad de materias primas como prepolímeros —que
producen la columna vertebral de la fibra—, estabilizantes —protegen la integridad
del polímero— y colorantes. Para producir el elastano se emplean dos tipos de
prepolímeros: un macroglicol flexible, que puede ser un poliéster, un
policarbonato, una policaprolactona o alguna combinación de estos, y un
diisocianato rígido polimérico.
—Qué nombres tan raros usáis los químicos… ¿Y qué propiedades confiere el
elastano a la ropa? —me preguntó el tenista, que parecía más calmado.
—El elastano puede ser estirado sin romperse, se seca rápido y es muy duradero.
Por esto se emplea para fabricar medias, leggins, calcetines, ropa
interior, ropa de baño… Hay mucha gente que cree que el elastano y la licra son
lo mismo, pero no es así. El elastano ha sido comercializado en el sector del
textil desde su invención bajo diferentes nombres comerciales como Numa®,
Unei®, Dorlastan® y Lycra®. Así, la licra
es un elastano con gran elasticidad, flexibilidad y ligereza, pero no todos los
elastanos son Lycra®.
—¿Y en el tenis para qué se emplea?
—Sobre todo para conseguir camisetas y pantalones más elásticos. Hay momentos
durante los partidos en los que, como bien sabes, la elasticidad de la ropa del
tenista es fundamental. De hecho, las camisetas con elastano resisten una
elongación del 600 % antes de romperse, es decir, se pueden estirar hasta seis
veces su tamaño sin rasgarse. Eso sí, esta molécula no confiere respirabilidad
a la ropa. Y lo que poca gente conoce es que ya se están comercializando
zapatillas envolventes que se ajustan perfectamente a los pies gracias al
elastano. Consisten en una pieza de tela, con una suela preformada en el
centro, que se envuelve alrededor de los pies y cuyos dos extremos se sujetan
en el talón mediante una lengüeta de velcro.
—¡Geniales para un tenista! —replicó mi adorado ídolo.
—Otro material muy presente en el tenis es la poliamida, como la que usabas en
tus muñequeras y tus cintas para el cabello. Este polímero, que contiene
enlaces de tipo amida, fue sintetizado por primera vez en la empresa química
DuPont Corporation gracias al equipo dirigido por el químico Wallace Hume
Carothers, que trabajaba para esta firma estadounidense desde 1928. Las
poliamidas pueden ser naturales, como la lana y la seda, o sintéticas, como el
nailon y el kévlar (una fibra de alta resistencia, hasta cinco veces más
resistente que el acero, descubierta por la química Stephanie Kwolek en 1965).
Debido a su capacidad para formar hilos, la poliamida se utiliza en la
industria textil y en la cordelería para fabricar medias, cuerdas, tejidos y
otros elementos flexibles, como muñequeras o las cuerdas que componen la red
que separa los dos campos de una cancha de tenis.
—Muy interesante… —dijo con cara de malas pulgas—, pero ¿jugamos ya?
—Solo una cosa más. Sigues llevando, cosido a la ropa, el logotipo de la marca
que te patrocinaba. Me recuerdas a cuando mi madre me cosía, hace cuarenta
años, el número de la camiseta de fútbol a la espalda. Ahora, gracias al
poliuretano, sintetizado por Otto Bayer en 1937 como respuesta a la poliamida
desarrollada por la competencia, ya no hace falta coser los escudos, números y
logotipos en la ropa del deportista, sino que estos se «sellan» en el tejido.
Los poliuretanos
Químicamente, los poliuretanos son polímeros que se
diferencian por su comportamiento frente a la temperatura. Pueden ser de dos
tipos: termoestables o termoplásticos, según si se degradan antes de fluir o si
fluyen antes de degradarse. Los poliuretanos termoestables más habituales son
espumas muy utilizadas como aislantes térmicos. Entre los termoplásticos
destacan los empleados en elastómeros, adhesivos selladores de alto
rendimiento, suelas de calzado, pinturas, fibras textiles, sellantes,
embalajes, juntas, preservativos, las industrias de la construcción y del
mueble, componentes de automóvil y numerosas aplicaciones más.
—Perfecto, pero ahora voy a ponerte a prueba. Si el poliéster no permite
evacuar la humedad, la tela se pegará al cuerpo con el sudor y eso hará que
juegue peor. ¿No es así?
—Es cierto, aunque la ciencia también ha puesto solución a eso. Una famosa
marca de ropa deportiva ha desarrollado la tecnología Climachil, que tiene como
objetivo reducir la temperatura corporal y mejorar el rendimiento físico del
tenista. ¿Ves estas bolitas que lleva mi camiseta? Son pequeñas esferas de
aluminio que transmiten frescor a la piel. Además, la ropa con tecnología
Climachil tiene pequeños filamentos de titanio que, a través del contacto
directo con la piel, ayudan a liberar calor directamente. Esta fibra, con el
nombre comercial de SubZero, posee además la capacidad de una mayor
termorregulación mediante tres vías: por evaporación, absorbiendo el sudor y
secándolo a gran velocidad; por convección, maximizando la circulación de aire
hasta la piel; y por conducción, refrescando a través de su mayor superficie de
contacto con la piel.
—Para evitar los problemas de deshidratación, bebo un agua especial
comercializada en España por una famosa marca de aguas minerales. Gracias a la
presencia en su composición de 1300 microgramos de litio, promete retrasar el
envejecimiento cerebral. Es lo que necesito para jugar al tenis a mi edad: por
una parte me hidrata y, por otra, me ayuda a mantenerme joven, ya que inhibe la
enzima GSK-3, causante del envejecimiento cerebral… ¡¡Incluso hay gente que
dice que previene el alzhéimer!!
—Siento decirte —le contesté— que Marcos Llanero, coordinador del Grupo de
Estudio de Neurogeriatría de la Sociedad Española de Neurología, ha negado todo
eso. Y yo lo secundo. En efecto, se publicaron algunos estudios hace algún
tiempo que explicaban que el litio podía prevenir en modelos celulares con
ratones la enzima GSK-3 implicada en el ciclo del alzhéimer, sobre todo en la
creación de la proteína Tau. Sin embargo, el único ensayo en pacientes con la
enfermedad desmintió que hubiese relación. Por tanto, la publicidad de esa agua
«especial» es absurda y no tiene ningún sentido.
—¡Basta ya de ciencia! Juguemos, aunque odio hacerlo en una pista de tierra
batida.
—La tierra batida es uno de los cuatro tipos de superficies que se utilizan en
el mundo del tenis y predomina en Europa y Sudamérica. El torneo parisino de
Roland Garros es el único Grand Slam disputado en este tipo de pistas, en las
que el bote de la pelota es más lento que en las elaboradas con resina
sintética o con césped natural o artificial. Además, permite a los jugadores
«deslizarse» sobre la pista a la hora de llegar a una bola. Respecto a su
composición, este tipo de pistas están hechas de esquisto, piedra y arcilla o
ladrillo rojo pulverizado, materiales que se depositan en varias capas en una
pista de tierra batida.
—¿Qué es el esquisto? —me preguntó enarcando una ceja.
—Los esquistos son un grupo de rocas en las que abundan los minerales
laminares, los cuales favorecen su fragmentación en capas delgadas. Se dividen
en dos clases: los esquistos metamórficos (mica, clorita, talco, hornblenda,
grafito…) y los sedimentarios o arcillosos, que son rocas clásticas de grano
fino y no metamorfizadas que presentan la misma propiedad de laminación. Entre
estos últimos está el esquisto bituminoso, donde se forman gas y petróleo que
son extraídos mediante la fractura hidráulica (o fracking), una
técnica muy controvertida hoy en día.
—¡Abre de una vez el bote de pelotas nuevas! —me gritó.
Cómo se fabrican las pelotas de tenis
Son varias las etapas que se necesitan para
conseguir que tengan sus tres principales características: resistencia al
choque, flexibilidad y velocidad (los tenistas profesionales imprimen a las
bolas velocidades superiores a los 200 km/h). El material principal es el
caucho, un polímero elástico que se puede obtener tanto por procedimientos
naturales (surge como una emulsión lechosa, el látex, de diversas plantas como
el árbol del caucho) como sintéticamente. Más de la mitad del caucho utilizado
hoy en día es sintético, pero aún se producen, anualmente, varios millones de
toneladas de caucho natural.
El caucho natural suele someterse a la vulcanización, en la que es calentado
y se le añade azufre o selenio para lograr el enlazamiento de las cadenas de
elastómeros. De este modo, se mejora su resistencia —a las variaciones de
temperatura y elasticidad— y, por tanto, su durabilidad. Este proceso fue
descubierto casualmente en 1839 por Charles Goodyear, mientras que la
vulcanización en frío, desarrollada por Alexander Parkes en 1846, consiste en
sumergir el caucho en una solución de monocloruro de azufre.
Como inicialmente el caucho es demasiado duro y no se moldea fácilmente, se
introduce en unas máquinas que lo cortan en láminas y lo funden. A la mezcla se
añaden otros compuestos que permiten que las pelotas boten más alto y duren más
sin deformarse. Después, la mezcla fundida se vierte sobre un molde de media
esfera. Cuando estas semiesferas están listas, son introducidas en una máquina
donde se les aplica pegamento para formar una pelota perfecta. Además, dicha
máquina les da la presión interna adecuada. Puesto que sería imposible
controlar estas pelotas «calvas», se las recubre con fieltro hecho de nailon o
lana para frenar el aire. Finalmente se les imprime la marca sobre la felpa y
se meten en un bote presurizado para que mantengan la presión correcta.
Aunque todo el proceso, que consta de veintiocho pasos, está bastante
automatizado, en él intervienen muchos operarios que repasan y colocan a mano
tanto las piezas como las pelotas. Una vez acabadas, todas ellas deben tener un
diámetro que oscile entre 65,41 y 68,58 mm y un peso de entre 56 y 59,4 g y han
de rebotar entre 1,35 y 1,47 m tras ser lanzadas contra un suelo de cemento
desde una altura de 2,54 m.
Parecía dispuesto a saltar sobre mí en cualquier momento. Sin embargo,
mirándome con fijeza, me preguntó:
—¿Y por qué son verdes?
—¿¡Cómo!? Las pelotas de tenis son amarillas.
—¡¡¡Son verdes!!!
—Puesto que tú y el 52 % de las personas, según una encuesta realizada en la
red social Twitter, pensáis que son verdes, voy a hablarte de óptica y
neurociencia. Desde que la televisión en color llegó a nuestros hogares, las
pelotas son amarillas. Antes eran blancas o incluso negras. Hubo torneos como
Wimbledon que siguieron optando por las pelotas blancas hasta bien entrada la
década de 1980, pero las amarillas acabaron imponiéndose. Y los principales
fabricantes, como Penn, Wilson, Dunlop, Gamma Sports y Slazenger, afirman que
son de color «amarillo óptico» y no verdes. El hecho de que mucha gente las vea
de color verde responde, entre otras cosas, a nuestra percepción de los
colores. Nuestro cerebro interpreta la luz y valora el color en función del
contexto, por lo que algo nos puede parecer verde o amarillo, por ejemplo, en
función de lo que tenemos alrededor. Además, hay neurocientíficos que aseguran
que las diferencias de percepción tienen su origen en la evolución o en el
momento del día en que se observa la imagen. Y otros estudios sugieren que el
color que atribuimos a muchos objetos está determinado tanto por factores
perceptivos como cognitivos, es decir, por la luz física que llega al ojo y por
nuestro conocimiento previo sobre el objeto. Lo más probable es que quien
piensa que las pelotas de tenis son verdes las vea de este color. De hecho, hay
ocasiones en las que parecen verdosas debido a una sombra o al contraste con la
pista. ¿Te ocurriría lo mismo con un plátano aunque tengan la misma tonalidad?
No, porque desde pequeños nos han enseñado que los plátanos son amarillos. En
caso de no haberlos visto jamás, a lo mejor sí dirías que son verdes.
—¡Qué interesante! —asintió—. ¡Pero saca de una vez, científico cansino!
—¿De verdad vas a jugar con esa raqueta de madera? La ciencia ha progresado
mucho en las últimas décadas, y ahora existen materiales sintéticos mucho más
apropiados. Pero no solo la química es importante en las raquetas de hoy en
día, también la nanotecnología tiene un papel fundamental en ellas.
De la madera al grafito
La evolución que han sufrido las raquetas de tenis
es una de las mejores herramientas de divulgación de la ciencia y la tecnología
de los nuevos materiales. La primera raqueta de madera se fabricó en 1934 y se
empleaban diferentes tipos de madera, principalmente la de fresno.
Las raquetas antiguas como la tuya tenían un problema: los marcos eran muy
pesados y duraban poco, ya que la madera cedía con el tiempo. Otra desventaja
era que vibraban muchísimo, y esto hacía que los tenistas que las empleaban
sufrieran muchas lesiones, principalmente la conocida como «codo de tenista».
La poca durabilidad de los marcos de madera se solucionó en 1968, cuando ese
material fue sustituido por el acero. Pero las raquetas metálicas seguían
pesando demasiado y sus vibraciones no dejaban de producir lesiones.
La solución llegó en 1970 con el aluminio, gracias al cual las raquetas
redujeron considerablemente su vibración y su peso. Pocos años después, a mitad
de los años setenta, entraron en escena el carbono, el grafito y la fibra de
vidrio. Gracias a los dos primeros, las vibraciones desaparecen y se consiguen
marcos más rígidos, ligeros y resistentes. El uso de estos materiales implicó
mayores costes de fabricación, por lo que se mezcló el grafito con la fibra de
carbono para reducir el precio de venta sin mermar la calidad.
La ciencia de los nuevos materiales seguía avanzando y hoy se usa una
combinación de fibras ultrafuertes de titanio con otras ultraligeras de
grafito, un material casi tres veces más ligero y rígido que ese metal.
—¿Qué es eso de la nanotecnología?
—La nanotecnología —respondí— es el conocimiento y el control de la materia en
dimensiones entre 1 y 100 nanómetros (nm), es decir, al nivel de los átomos y
las moléculas. Es difícil para el cerebro humano hacerse idea de la escala,
pues el nanómetro equivale a 10–6 mm, o sea, a la millonésima
parte de un milímetro. Por ejemplo, un cabello humano mide 60 000 nanómetros de
grosor, de modo que habría que dividirlo a lo largo en 60 000 partes para
obtener 1 nanómetro. Otro ejemplo: 1 nm es lo que crece una uña en un segundo.
Hoy en día, la nanotecnología es ya una realidad porque sus aplicaciones han
llegado a la medicina, la ciencia de los materiales, la electrónica, la
industria textil, la del calzado, la automoción, la construcción y, cómo no, el
tenis. Los nanotubos de carbono que hay en mi raqueta tienen muchas propiedades
interesantes. Por ejemplo, son más fuertes que el acero, además de ser más
ligeros y flexibles. Sin duda, el futuro de las raquetas está en el uso de materiales
nanotecnológicos en su elaboración para incrementar la estabilidad y la
potencia, así como para reforzar la zona de la empuñadura con el fin de que
resista mejor los efectos del impacto de la pelota.
—Todo ha cambiado mucho desde que me retiré —concluyó, muy serio, el tenista.
—Sí. He de confesarte que, desde chaval, he jugado mucho al tenis. No lo hacía
mal, pero algo le pasaba a mi juego y me estanqué. Ahora he vuelto a mi máximo
nivel. ¿Sabes cómo lo he conseguido?
—Como si lo viera… Gracias a la ciencia y la tecnología.
—Correcto. Gracias a la inteligencia de datos, a los macrodatos o big
data. Para conocer las causas del bajón en mi juego, recurrí a la
telemetría. Introduje varios dispositivos (acelerómetros, giroscopios, sensores
de vibración) en mi raqueta y en mi muñequera, con el propósito de tener
información más exacta sobre mi juego. Estos dispositivos me permiten conocer,
a través de aplicaciones informáticas que registran todo lo que ha sucedido en
la pista, aspectos fundamentales: la fuerza del impacto sobre la pelota, la
dirección con la que la bola sale de la raqueta, si doy más golpes de derecha
que de revés, el efecto que le imprimo a la bola, etcétera. Mi raqueta
ultramoderna es capaz de almacenar en su memoria los datos de doscientos
cincuenta y siete millones de golpes gracias a su capacidad para grabar hasta
ciento cincuenta horas de juego.
—¿Y qué has conseguido? —me preguntó el antiguo campeón, mirando su raqueta de
madera, toda una antigualla.
—Mejorar mi tenis. Con el paso del tiempo, la fuerza con la que golpeaba la
bola era cada vez menor. Esto provocaba que su aceleración tras el golpeo
comenzase a flaquear. Tenía que encontrar una solución. Inicialmente pensé en
cambiar el cordaje. Las cuerdas están hechas de diferentes materiales químicos
como el nailon, la tripa natural, la tripa sintética o el kévlar. Pero más
importante que el material del que están hechas las cuerdas es la tensión del
cordaje, que se mide en kilogramos. La regla fundamental es: «más tensión para
mayor control, menos tensión para mayor potencia». En pistas duras, la pelota
tiende a moverse más rápida. Para mantener el control es recomendable
incrementar la tensión del cordaje. Sobre tierra batida, en cambio, la bola se
mueve más lenta y se suele reducir la tensión del cordaje para añadir potencia
y profundidad a los golpes. Desgraciadamente, los cambios en mi cordaje para
ganar potencia no surtieron efecto y, como alternativa, tuve que incrementar el
peso del marco de mi raqueta. Esta solución se suele emplear no solo para
incrementar la potencia, sino para reducir la torsión y vibración de la raqueta.
Utilicé cintas adhesivas de otro elemento químico, el plomo, para aplicar peso
a la cabeza de la raqueta y, así, incrementar la potencia de golpeo y la
aceleración de la pelota. Aunque al principio me costó acostumbrarme, el
resultado final fue un éxito. Desde ese momento mi derecha comenzó a golpear la
bola con más fuerza, la aceleración de la pelota volvió a ser la que era y mis
golpes planos (aquellos que llevan la menor carga de efecto) destrozaron a mis
rivales.
—Pues yo sigo usando tripa natural para encordar mi raqueta de madera
—argumentó mi interlocutor—. Este tipo de cordajes de tenis está formado por un
ensamblado de entre 13 y 15 tiras de intestino, normalmente de vaca. Esta
cohesión garantiza un mejor mantenimiento de la tensión y también una mayor
potencia y control de los golpes. Aunque son caros y duran poco, resultan muy
adecuados para prevenir las lesiones como el codo de tenista, ya que, debido a
su alta elasticidad, absorben muy bien las vibraciones generadas por el impacto
de la bola.
—Si te gusta tanto la tripa natural, puedes usar cordajes de multifilamentos.
Están hechos con materiales sintéticos, tienen propiedades muy parecidas y,
aunque tampoco duran mucho, son más económicos. Otra opción son los cordajes
ensamblados que se fabrican con un centro de nailon recubierto con numerosas
capas de filamentos, pero en menor cantidad que en el caso anterior. Muchos
jugadores profesionales actuales emplean cordajes de monofilamentos, fabricados
con un único filamento de poliéster, aunque pueden incorporar otros materiales
como, por ejemplo, el aluminio. Duran más, pero también son demasiado rígidos y
reducen la potencia del golpeo y la sensibilidad. Finalmente también hay
cordajes híbridos en los que se utilizan dos tipos de cuerdas diferentes. Normalmente
se combina un cordaje más resistente para las cuerdas verticales
(monofilamento), con uno más elástico y cómodo para las horizontales
(multifilamento). Así se consigue un encordado polivalente, que ofrece una
buena duración y, a la vez, unas buenas sensaciones de golpeo.
—Pero, como has dicho, para un jugador suele ser más importante la tensión del
cordaje que el material con el que se ha elaborado. Sin olvidar otro aspecto
importante: la fuerza del jugador, relacionado con su peso corporal. Un tenista
de poco peso debería decantarse por tensiones más bajas, mientras que otro muy
pesado tendría que incrementar la tensión de su raqueta. Y además hay otros
muchos factores que influyen en la tensión adecuada para el cordaje: el tipo de
superficie en la que se va a jugar, el tipo de pelota empleado, la temperatura,
la altitud, la…
—Deja de enrollarte… ¿empezamos o qué?
—Llevas una hora hablando de ciencia y ahora te entra la prisa. ¡¡Saca!!
Golpeé con violencia la pelota a una velocidad que superó los 200 km/h. Mi
«potente» brazo y, sobre todo, mi raqueta megacientífica lo hicieron posible.
No apliqué efecto alguno a mi golpe, por lo que —si consideramos que el impacto
no deformó la forma esférica de la bola, la velocidad del aire alrededor no
varió significativamente y la distribución de presiones fue más o menos
uniforme— la bola salió recta y, de acuerdo con la primera ley de Newton, cayó
al otro lado de la red casi exclusivamente por causa de la gravedad. Mi saque
fue perfecto y la pelota botó justo en la línea de saque del campo contrario,
en la cruceta central. Para no perder la costumbre, mi oponente protestó que la
pelota no había tocado la línea. Le repliqué que el «ojo de halcón», un sistema
más preciso que cualquier juez de silla, demostraba que él estaba equivocado,
que el punto era mío.
El «ojo de halcón»
Hoy en día, debido a las velocidades que se
imprimen a la pelota y a la alta precisión de los tenistas, que cada vez
ajustan más sus lanzamientos a las líneas, es necesario ayudar a los jueces en
su difícil tarea.
El «ojo de halcón» consiste en una red de cámaras, unas diez
aproximadamente, situadas alrededor de la pista. Equipadas con sensores de alta
resolución, su velocidad de obturación es bastante alta (unos 60 fps o
fotogramas por segundo), lo que permite recoger la trayectoria de la bola en
cada momento sin perder ningún detalle. Gracias a sistemas de triangulación de
imágenes, las capturas de las cámaras son procesadas por una unidad central,
que se encarga de generar un mapa tridimensional de la pista y recrear la
trayectoria de la bola. A partir de ese mapa, se analiza cada bote de la bola
para la creación de estadísticas detalladas (como las zonas en las que ha
botado tras realizarse el saque) y, obviamente, para dictaminar si ha entrado
dentro de los límites de la pista o no.
Mientras que el videoarbitraje (o VAR) usado en el fútbol es una mera grabación
de lo que ha ocurrido sobre el césped, el «ojo de halcón» del tenis es un
sistema informático más preciso y caro.
—¿Y no se equivoca?
—Podría, pero es muy difícil. A pesar de que procesar toda la información que
proporcionan las diez cámaras es bastante complejo, el margen de error de esta
tecnología ronda los tres milímetros, una cifra realmente baja. De hecho, según
el «ojo de halcón»…, ¡¡mi bola entró!!
—¡Te vas a enterar! —fue su respuesta.
Mi segundo saque fue aún mejor que el primero. De nuevo fue un saque plano, sin
efecto alguno. Esta vez no dirigí la pelota a la cruceta central, sino a la
línea lateral que hace de frontera con el pasillo de dobles. Sin embargo, tras
mi magnífico saque, algo inesperado ocurrió. Estirándose de forma inverosímil,
mi rival imprimió un efecto liftado a la pelota, haciéndola girar en el mismo
sentido que su desplazamiento, algo que solo la ciencia puede explicar. Tras
golpear la bola siguió la primera ley de Newton, según la cual un cuerpo se
mueve en la misma dirección y a la misma velocidad hasta que se le aplica una
fuerza que lo haga variar de dirección. Es necesario indicar que la primera ley
de Newton se cumple de forma rigurosa solamente en el eje horizontal y siempre
que se obvie el rozamiento de la pelota con el aire, ya que desde que la bola
sale despedida de la raqueta entra en juego la gravedad y la pelota va cayendo
poco a poco, por lo que en el eje vertical sí que hay un cambio de dirección.
Mi primera impresión fue clara. Esa bola se iría muy lejos de los límites de la
pista. Pero, de pronto, su trayectoria rectilínea comenzó a curvarse y,
sorprendentemente, entró.
¿Qué fuerza misteriosa había hecho que la pelota cambiara su trayectoria?
Aunque sabía que la respuesta estaba en la mecánica de fluidos, mi cara era
todo un poema en ese momento. Una pelota de tenis se desplaza sumergida en un
fluido, el aire, que la rodea por completo. Mi irascible ídolo golpeó
fuertemente en un lado de la pelota enviándola alta y a su izquierda…, pero
también rotándola lateralmente en su movimiento gracias al liftado. Esto
provocó que, en un lado de la pelota, el aire se moviera en dirección contraria
al giro de la misma, aumentando la presión. En el otro lado, el aire se movía
en la misma dirección del giro de la pelota, creando un área de baja presión.
La diferencia de presiones provocó la aparición de una fuerza perpendicular a
la dirección de la corriente de aire, que hizo que la trayectoria de la pelota
se curvara hacia la zona de baja presión, superándome y entrando en la pista.
Yo, que estaba junto a la red esperando para volear, solo vi pasar un «misil»
amarillo. Y todo se debía al efecto Magnus, un fenómeno que debe su nombre a su
descubridor, el químico y físico alemán Gustav Magnus (1779-1848).
El golpe con el que había logrado sobrepasarme en la red ha sido bautizado
como banana shot. No es el golpe liftado ordinario que muchos
jugadores hacen desde el fondo de la pista, con el que se consigue que la
pelota se eleve para salvar la red y luego bote muchísimo tras tocar la pista,
sino una variante del mismo en la que la rotación que se imprime a la bola es
aproximadamente perpendicular a la del golpe liftado clásico. Esa diferencia
había hecho que su bola siguiera una sorprendente trayectoria de fuera hacia
dentro de la pista.
Un tiro casi mágico
La ciencia puede describir la trayectoria exacta
que sigue la bola en el banana shot. Un equipo de científicos
franceses simuló este tipo de lanzamientos recurriendo como modelo a un gol muy
similar marcado por el futbolista brasileño Roberto Carlos a la selección
francesa en 1997. Hicieron experimentos bajo el agua, para eliminar los efectos
de las turbulencias en el aire y la fuerza de gravedad. Los investigadores
establecieron que la trayectoria que sigue una esfera cuando gira al dársele
efecto es una espiral en forma de concha de caracol.
En una cancha de tenis, y en condiciones adecuadas, ocurre algo parecido. El
primer requisito es que hay que golpear la pelota con mucha fuerza. Gracias a
ello se minimiza la influencia de la gravedad. La segunda condición para que la
curvatura sea completa es que el disparo lleve mucho efecto. El impacto de la
raqueta en la pelota debe provocar un espín muy pronunciado. Y, por último, es
necesario que el lanzamiento se realice desde el fondo de la pista para que
haya una distancia considerable hasta la parte contraria. Si la distancia es
insuficiente, solo trazará una trayectoria rectilínea o, como mucho, realizará
la primera parte de la curva. Pero si es la correcta, la curva se cierra y se
consigue una trayectoria completa en forma de caracol.
A partir de ahí, no volví a marcar un solo punto y únicamente corrí de un lado
para otro sin anotar. Además, durante el partido sufrí un fuerte picotazo en el
pie que me produjo un escozor tremendo y que, días más tarde, daría mucho que
hablar. Cuando acabamos, tuve que reconocer mi indiscutible derrota. Aunque
gané una valiosa lección: en una cancha de tenis, al igual que en un
laboratorio repleto de equipos de alta tecnología, el progreso científico solo
se pone de manifiesto si está detrás el talento humano.
—Solo me queda aplaudirte —dije a modo de despedida—. Me voy a descansar, pues
esta noche tengo unos invitados muy especiales a cenar. Hasta otra.
Capítulo 4
Anchoas ómicas y tradiciones populares
La noche de cada 2 de enero, ceno en la Dehesa de
Campoamor con los Anchoas. Somos un grupo de siete amigos y amigas de la
universidad, procedentes de otras tantas provincias, que cursamos juntos los
tres primeros años de carrera y elegimos la misma especialidad: Bioquímica.
Durante un lustro, aprendimos acerca del ácido desoxirribonucleico (ADN), el
ácido ribonucleico (ARN), los genes, las proteínas, etcétera. Sin embargo, los
tiempos han cambiado. Al publicarse el genoma humano en febrero de 2001, se abrió
un inmenso espacio tanto para el mejor conocimiento del lenguaje de la vida
como para la regulación de la expresión genética y sus correspondientes
implicaciones fisiopatológicas.
Hasta hace unos pocos años, los que formamos los Anchoas analizábamos unas
pocas moléculas que se podían estudiar en laboratorios. Sin embargo, en las
últimas décadas, y gracias al avance de la tecnología y de las herramientas de
análisis, el número de moléculas detectables se ha multiplicado y, al mismo
tiempo, se han formado grupos multidisciplinares constituidos por biólogos,
químicos, médicos, genetistas, programadores, bioinformáticos, bioestadísticos
y otros muchos científicos que colaboran para la interpretación de la infinidad
de datos recabada.
Todos estos avances han dado lugar a la aparición de nuevas ramas científicas.
Me refiero, entre otras, a las llamadas «ciencias ómicas», que permiten
estudiar un gran número de moléculas implicadas en el funcionamiento de un
organismo. En la última reunión de los Anchoas, sus integrantes rememoramos
como, tras acabar la carrera, volvimos a nuestras ciudades de origen para
dedicarnos a la bioquímica básica. Al hilo de la charla, descubrimos que, hoy
en día, todos habíamos abandonado esa disciplina para dedicarnos a alguna
ciencia ómica. Pero lo mejor fue que, de forma espontánea, los Anchoas
mostramos nuestro lado más oscuro y, uno a uno, confesamos nuestra afición por
ciertas fiestas populares donde la ciencia, aunque parezca extraño, tiene un
papel fundamental.
* * * *
En todos los grupos siempre hay un líder en la
sombra, y el nuestro es Dani (aún recuerdo cuando, por su culpa, pillaron a
treinta y dos compañeros copiando en clase de Matemáticas y él salió de
rositas).
—Dani, cuéntanos cómo te va —le dije.
—Sigo en mi pueblo de Soria. Desde allí recorro todos los días 100 kilómetros
para trabajar en un laboratorio de genómica perteneciente al Consejo Superior
de Investigaciones Científicas (CSIC), donde disfruto muchísimo.
—Últimamente oigo hablar de «genómica» por todos lados. ¿De qué va?
—La genómica fue la primera ciencia «ómica» que surgió —comenzó a explicar
Dani—. Estudia el genoma, que podría definirse como la totalidad de la
información genética que posee un organismo en particular y que se transmite de
generación en generación. En él, además de los genes propiamente dichos, se
incluyen regiones espaciadoras, regiones reguladoras, restos de genes que
estuvieron funcionales en algún momento y muchas otras secuencias cuya función
o papel todavía se desconoce. De hecho, en el genoma humano, solamente un
porcentaje muy pequeño del material hereditario tiene una función codificante,
es decir, corresponde a lo que solemos entender por genes. Así que, en
definitiva, la genómica es la disciplina que tiene como objetivo comprender el
contenido, la organización, la función y la evolución de la información
molecular del ADN contenida en el genoma completo. Como veis, es tremendamente
ambiciosa y para abordarla se aplican conocimientos de otras disciplinas como,
por ejemplo, la biología molecular, la bioquímica, la informática, la
estadística, las matemáticas y la física. Y, aunque tienen grandes lazos de
unión, la genómica se diferencia claramente de la genética clásica. Esta última
busca, a partir de un fenotipo —el conjunto de caracteres visibles que un
individuo presenta como resultado de la interacción entre su información
genética y el medio—, los genes responsables de este. Sin embargo, la genómica
tiene como objetivo adelantarse y predecir la función de los genes a partir de
su secuencia o de sus interacciones con otros genes. Todo este campo ha
evolucionado mucho desde que estudiábamos genética. Antes nos limitábamos a
describir los genes. Con los nuevos avances, ahora ya podemos conocer las
variaciones del genoma a distintos niveles: expresión de ARN mensajeros (ARNm),
función de proteínas, producción de metabolitos e incluso las interacciones
físicas que cada uno de estos componentes celulares establece para formar las
redes que componen un sistema biológico.
—Es fascinante, pero muy complejo. En tu laboratorio, ¿a qué parte de la
genómica te dedicas?
—La genómica se divide en dos ramas principales. Yo me dedico a la genómica
estructural, orientada a la caracterización y localización de las secuencias
que conforman el ADN, un conocimiento que permite obtener mapas genéticos de
los organismos. Dentro de mi grupo de investigación hay otros científicos que
se dedican a la genómica funcional, que estudia las funciones e interacciones
de genes y proteínas, por lo cual se centran en los aspectos dinámicos de los
genes, como su transcripción, la traducción, las interacciones
proteína-proteína, en oposición a los aspectos estáticos de la información
genómica, como la secuencia del ADN o su estructura.
Ventajas de la genómica
Desde la irrupción de la genómica se han
desarrollado muchas áreas relacionadas, como la medicina genómica o
personalizada, la genómica agropecuaria, la forense, la ambiental, la
industrial, etcétera. Una de las más destacadas es la investigación en enfermedades
genéticas. En el ser humano, las enfermedades genéticas pueden ser de dos
tipos: mendelianas o poligénicas. Las enfermedades mendelianas generalmente son
causadas por una mutación en un gen. Esta mutación impide la expresión correcta
de una proteína que es necesaria para el correcto funcionamiento de nuestro
organismo. Sin embargo, la mayoría de las enfermedades genéticas que afectan a
humanos, como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y la obesidad, son
poligénicas, es decir, están producidas por distintos genes, por agentes
externos y por las interacciones entre estos. Aquí es donde la genómica puede
dar más soluciones que la genética tradicional.
—¡Apasionante! Oye, cambiando de tema, ¿cómo llevas lo de vivir en un pueblo
tan alejado del mar?
—Muy bien, aunque echo de menos el clima mediterráneo. Os tengo que confesar
que no conozco mejor fiesta que la que se celebra en mi pueblo, San Pedro
Manrique, el 23 de junio, la noche de San Juan.
—¿En Soria celebráis la noche de San Juan? —preguntó, sorprendido, otro de los
Anchoas.
—Claro. Además de Alicante, hay muchas localidades en España que encienden
hogueras para conmemorar el nacimiento de san Juan Bautista, que fue anunciado
con lumbres por su padre, Zacarías. Para otros, la finalidad de este rito es
dar más fuerza al Sol, pues, a partir de esa fecha, comienza a debilitarse
porque los días se van acortando hasta llegar el solsticio de invierno. Incluso
hay gente que cree que el fuego también tiene una función purificadora en las
personas que lo contemplan o saltan sobre él. Sea por una razón o por otra,
cada 23 de junio muchos de mis vecinos y yo mismo caminamos descalzos sobre una
alfombra de brasas de madera de roble. El recorrido es exactamente de tres
metros, un número que no se escoge por casualidad.
—¿Caminas sobre las brasas? ¿Estás loco? ¿Y no te quemas?
—No. La ciencia me protege —respondió Dani—. La caminata sobre el fuego es una
tradición en Macedonia, Argelia, Egipto, Polinesia, India, Sri Lanka y otros
lugares. Aunque mucha gente atribuye la ausencia de quemaduras a supuestos
poderes de la mente humana para evitar el temor y el dolor, en realidad no es
así. La termodinámica, y no la brujería, explica que nadie se queme al caminar
sobre brasas… salvo que cometa una imprudencia. Para quemarse hace falta que la
temperatura del pie sea lo suficientemente elevada como para producir daños
irreversibles en la piel. Uno de los factores para que esto no ocurra es la
conductividad térmica, una propiedad física de los materiales que mide su
capacidad para transmitir el calor a otros materiales puestos en contacto. La
conductividad térmica es alta en los metales, baja en los polímeros y muy baja
en los aislantes térmicos. ¿A que no es lo mismo tocar un metal caliente que un
trozo de madera caliente? Nos quemamos mucho antes al tocar el metal que la
madera. Pues bien, las brasas de carbón, al igual que la madera, poseen una
conductividad térmica baja. Por eso su capacidad para transmitir el calor a
otros objetos que entran en contacto con ellas, como los pies de los vecinos de
San Pedro Manrique, es pobre. Cuando apoyo mis pies sobre las brasas, estas no
pueden transferir la energía calorífica con la rapidez suficiente como para
quemarme, así que casi no me entero.
—¿Todo depende de la conductividad térmica? —se interesó una Anchoa.
—No, también influye la débil capacidad calorífica de las brasas. Esta
propiedad indica la cantidad de calor que necesita un material para elevar su
temperatura. Es decir, refleja la mayor o menor dificultad que presenta un
cuerpo para experimentar cambios de temperatura cuando se le suministra calor.
Hay materiales que necesitan mucho calor para aumentar su temperatura y otros que
necesitan menos. El hecho de que las brasas posean una capacidad calorífica
débil significa que necesitan poco calor para aumentar su temperatura. A los
pies les ocurre lo contrario. Como se componen principalmente de agua, que
tiene una capacidad calorífica específica relativamente elevada, necesitan
bastante calor para aumentar su temperatura. Si ponemos en contacto el pie con
las brasas, estas disminuirán rápidamente su temperatura, mientras que el pie
la aumentará muy lentamente. Por eso, aunque las brasas superen los 500 °C, el
«paseo» sobre ellas en la noche de San Juan debería durar bastantes segundos
para quemarme.
—¿Cuántos segundos exactamente? —pregunté, siempre atento a los detalles.
—Es difícil predecirlo con precisión, ya que depende de muchos factores. Uno es
la temperatura de las brasas: a mayor diferencia de temperatura entre las
brasas y el pie, más rápido fluye el calor. Otro es la presencia de callos o
durezas en los pies, que dificultan la transmisión del calor. También es
importante no correr ni presionar las brasas con los pies. Si estos se hunden
en las brasas, aumenta la superficie de contacto con la piel y, por tanto, el
riesgo de quemaduras se incrementa. En definitiva, cualquier persona puede
recorrer una distancia de 4 a 5 metros a la velocidad de una caminata normal
sin quemarse. Por esta razón, en San Pedro Manrique preparamos un recorrido de
«tan solo» 3 metros.
—Recuerdo un programa de la televisión británica BBC en el que construyeron un
sendero de 18 metros de longitud con brasas ardientes a 600 °C para comprobar
los supuestos poderes paranormales de personas que alegaban ser capaces de no
quemarse al caminar sobre ellas. ¿Lo viste?
—Sí. La mitad de las personas que caminaron por él desistieron tras recorrer 8
metros porque se quemaban. La otra mitad decidió seguir y sufrió graves
quemaduras. Sin duda, la termodinámica no era su fuerte.
—A pesar de mis nociones termodinámicas, no sería capaz de caminar descalzo
sobre las brasas. Y si te viese hacerlo, me pondría nerviosísimo[3].
Corazones al compás
Un equipo de investigadores, pertenecientes al
Centro de Neurociencia Funcionalmente Integrativa de la Universidad Aarhus, en
Dinamarca, hizo un estudio sociológico de las fiestas de San Pedro Manrique
para cuantificar la conectividad social que subyace a los rituales de una
comunidad. Estos científicos descubrieron que la frecuencia cardiaca de quienes
caminan sobre las brasas se sincroniza con la de sus familiares y amigos que
los observan.
Para medir la frecuencia, colocaron pulsímetros a doce pasadores del fuego,
nueve espectadores emparentados con ellos y diecisiete visitantes que no tenían
ninguna relación con las personas que cruzaron las ascuas. Aquella noche, la
fiesta duró unos treinta minutos, durante los cuales veintiocho personas
hicieron «paseos» de cinco segundos de duración. Tras medir sus latidos, los
investigadores detectaron que el ritmo cardiaco de los familiares y amigos
evolucionaba de una manera similar al de las personas que cruzaban las ascuas.
Estaban, por decirlo de alguna manera, sincronizados. Por el contrario, los
visitantes que no conocían a los pasadores no presentaron cambios en su
frecuencia cardiaca.
Este estudio mostró por primera vez que los efectos de la acción social tienen
una base fisiológica que se puede medir con precisión, y que este efecto es
independiente de la coordinación motora, ya que los espectadores permanecían
inmóviles y los pasadores recorrían la alfombra de brasas de uno en uno. Por
tanto, los individuos vinculados emocionalmente pueden estarlo también por vías
fisiológicas. La conclusión final fue que el ritual social sirve para
cohesionar a los miembros del grupo.
—Por cierto —concluyó Dani—, ¿quién se apunta a visitar mi pueblo la próxima
noche de San Juan para pasar sobre las brasas?
Ante tal ofrecimiento, y con más o menos dudas, todos levantamos la mano. Todos
menos Ana, nuestra amiga valenciana, que aprovechó para hacer uno de sus
típicos comentarios.
—Yo miraré mientras me tomo una cerveza. Eso sí, mi pulsímetro ni se va a
inmutar cuando paseéis por encima de las brasas —nos espetó—. Las proteómicas
somos así.
—¿Qué es la proteómica? —me atreví a preguntar, ya que nadie lo hacía.
—Te has quedado en la bioquímica de finales del siglo XX y la realidad es que
nuestra disciplina favorita ha cambiado mucho. Recordaréis que, en la facultad,
yo tenía mejores notas en aquellas asignaturas relacionadas con las proteínas,
los componentes principales de las rutas metabólicas de las células. Por eso
decidí especializarme en proteómica, el conjunto de técnicas o tecnologías
encaminadas a la obtención de información funcional de todas las proteínas. Su
nombre fue acuñado en 1997 como una analogía con la genómica y deriva del
término proteoma, una fusión de proteína y genoma. La proteómica es hoy en día
una herramienta fundamental para el progreso de la biología y la biomedicina.
En concreto, me dedico a analizar, identificar y caracterizar el proteoma
celular, es decir, el conjunto de proteínas presentes en cada momento en una
célula, tejido u órgano.
—¿Por qué dices «en cada momento»?
—Porque el proteoma de un organismo no es fijo como el genoma, sino que sufre
muchos cambios a lo largo del tiempo. Pero no creáis que en los laboratorios de
proteómica nos limitamos a cuantificar el número de proteínas, pues también
analizamos su estructura, actividad, localización y mecanismos de actuación o
de interacción con otras moléculas, por ejemplo. El auge de la proteómica le
debe mucho al desarrollo de la espectrometría de masas, una técnica aplicada al
análisis de moléculas biológicas. En el laboratorio la usamos tanto para la
identificación y caracterización de proteínas como para la búsqueda de nuevas
proteínas que puedan ser de interés en diferentes campos. También es importante
disponer de amplias bases de datos de genes y proteínas, potentes métodos de
fraccionamiento y separación de péptidos y proteínas y técnicas de identificación
de proteínas. Por eso la proteómica se apoya mucho en las técnicas
instrumentales de análisis y la bioinformática.
—¿Todos los que trabajáis en proteómica lo hacéis en la misma área?
—¡Ni mucho menos! Por un lado está la proteómica de expresión, que se encarga
del estudio de la abundancia relativa de las proteínas y de sus modificaciones
postranscripcionales. Por otro, la proteómica estructural, que aborda la
caracterización de la estructura tridimensional de las proteínas. Y finalmente
está la proteómica funcional, cuya misión es estudiar tanto la localización y
distribución subcelular de proteínas como las interacciones que se producen
entre las proteínas y otras moléculas con el fin de determinar su función.
Una biotecnología en desarrollo
La proteómica es una herramienta muy eficaz en la
búsqueda de remedios contra dolencias como el cáncer, la diabetes y la
obesidad, entre otras. Entre sus principales aplicaciones actuales destacan la
identificación de nuevos marcadores para el diagnóstico de enfermedades, la
determinación de mecanismos moleculares involucrados en diferentes afecciones y
el análisis de rutas de transducción de señales.
—¿Qué aplicaciones concretas te parecen más interesantes?
—Sin duda, el descubrimiento de fármacos, el diagnóstico molecular y la
medicina personalizada. Como recordarás, los biomarcadores son biomoléculas que
se determinan en un tejido o en un fluido corporal de un enfermo para definir
una enfermedad a nivel molecular. También sirven para seguir una enfermedad
determinada o para predecir la respuesta a una terapia. Por esta razón es
fundamental disponer de biomarcadores efectivos para estudiar cada enfermedad
en sus diferentes etapas. Pues bien, los marcadores proteicos ideales para la
rutina clínica son los que se pueden detectar en el suero, ya que este contiene
información sobre el proteoma, que refleja lo que está ocurriendo en cada
tejido del cuerpo. De hecho, como investigadora y experta en proteómica de
biomarcadores, el problema al que me enfrento cada día en el laboratorio es la
existencia en el suero de muchas proteínas poco significantes que enmascaran a
las que realmente desempeñan una función importante como biomarcadores. Mi
trabajo consiste en identificar en el conjunto del proteoma aquellas proteínas
que puedan ser interesantes como biomarcadores, aislarlas y purificarlas.
También me dedico a encontrar diferencias entre el proteoma de un tejido sano y
el de otro enfermo. El objetivo es determinar la «firma proteómica», el
conjunto de proteínas cuya alteración es característica de la respuesta a una
enfermedad o a un cambio genético.
—¿Nos puedes contar en qué trabajas ahora mismo… o es secreto?
—Estoy centrada en mejorar diferentes aspectos de la reproducción asistida. En
esta área la proteómica es de gran interés para analizar óvulos y
espermatozoides e identificar proteínas que puedan ser utilizadas como
biomarcadores. Así, se podrán seleccionar aquellos gametos que aseguren una
mejor fertilización y aumentar la tasa de éxito de la reproducción asistida.
Además, dirijo un grupo de investigación en el que cada miembro está
especializado en un apartado de la proteómica, como la fosfoproteómica, que
estudia las proteínas que unen fósforo; la glicoproteómica, que estudia las
unidas a azúcares; y la degradómica, encargada de analizar cómo se degradan las
proteínas.
—Con tanto trabajo, te quedará poco tiempo para la química fundamental.
Recuerdo que te apasionaba.
—Ya que la mencionas, os voy a revelar un secreto: ¡soy la elegida para
preparar los fuegos artificiales que alumbrarán Valencia en la próxima Nit del
Foc, durante la madrugada del 18 al 19 de marzo!
—¡Vaya honor y qué gran responsabilidad! —exclamé. Siempre me han fascinado los
fuegos artificiales. Son pura química, no solo por las reacciones que
posibilitan la explosión, sino también por los fundamentos que permiten obtener
la gran gama de colores que garantizan la máxima espectacularidad—. ¿Qué
compuestos químicos emplearás?
—Seguramente pólvora negra —respondió Ana—. La que más se emplea está compuesta
de un 75 % de nitrato de potasio, un 15 % de carbón y 10 % de azufre. Cada
componente tiene su función. El nitrato potásico, que actúa como oxidante, se
encarga de generar el oxígeno que intervendrá en la reacción de combustión. El
carbón —que contiene básicamente carbono— y el azufre, los elementos
reductores, actúan como combustibles para reaccionar con el oxígeno molecular
liberado por los oxidantes, dando lugar a la producción de grandes cantidades
de gases calientes. Aunque también es posible que utilice pólvora «sin humo»,
que no es otra cosa que nitrocelulosa o nitroglicerina. Se usa como alternativa
a la pólvora tradicional porque no genera humo, lo que permite contemplar mejor
los colores y efectos de los fuegos artificiales.
—¿Y cómo conseguirás los colores?
—Con una serie de sales metálicas. Para el rojo, añadiré cloruro de litio o
nitrato de estroncio; para el amarillo intenso, sales de sodio; para el verde,
nitrato de bario; para el naranja, cloruro de calcio; para el dorado, polvo de
hierro o zinc; para el blanco, sales de magnesio o aluminio; para el azul,
nitrato de cobre; y para el violeta, mezclaré nitrato de estroncio y nitrato de
cobre. Además, emplearé titanio para los destellos blancos y plateados;
magnesio para incrementar el brillo y la luminosidad; antimonio, que deja una
nube de partículas brillantes como si fueran purpurina; y calcio para aumentar
la intensidad de los colores obtenidos. También pondré en práctica un truco
pirotécnico que consiste en añadir dextrina, un derivado del almidón, que hace
que muchos explosivos alcancen gran altura y ardan con más intensidad.
Fuegos de mil colores
Para producir fuegos multicolores, la química
empleada en la pirotecnia echa mano de otra gran disciplina científica: la
física. Existen dos modos en que los fuegos artificiales producen color: la
incandescencia y la luminiscencia.
La incandescencia es la emisión de radiación (que, en un intervalo de
frecuencia o longitud de onda adecuado, da lugar al color) como consecuencia de
que el cuerpo emisor está a alta temperatura. La emisión de esta radiación
suele comenzar en la zona infrarroja del espectro y, a medida que la
temperatura aumenta, se desplaza hacia la zona del rojo-amarillo. Pero la
incandescencia solo puede producir colores rojizos, amarillentos y, si la
temperatura es muy alta, el blanco.
Para superar este problema, los pirotécnicos recurren a la luminiscencia, un
proceso de emisión de luz «fría» cuyo origen no se encuentra en las altas
temperaturas, sino que la emisión de radiación lumínica es provocada a
temperatura ambiente o baja. Según la energía que la origina, se distinguen
diferentes clases como, entre otras, la termoluminiscencia (activada por la
temperatura), la quimioluminiscencia (por una reacción química), la
triboluminiscencia (por la energía mecánica), la electroluminiscencia (por la
energía eléctrica) y la bioluminiscencia (por la energía biológica).
—¿Qué tipo de cohete utilizarás en la Nit del Foc?
—Los cohetes para fuegos artificiales que pienso utilizar tienen dos cámaras.
La primera es una cápsula con forma de tubo, donde se aloja la carga de
pólvora, y una salida por la parte inferior, por donde escapan los gases que
impulsan el proyectil hacia arriba. Además, tengo un recurso que gusta mucho al
público: empleo un tipo muy especial de propelente, la sustancia encargada de
propulsar el cohete, para conseguir que se oiga un fuerte silbido durante el
ascenso. Por su parte, la segunda cámara del cohete explota al quemarse por
completo la primera. En ella se encuentran las sales que dan lugar a los
colores y a formas especiales como anillos o palmeras.
—¿Y llevan su característico palito para clavarlos en el suelo?
—¡No seas antiguo! Eso ya no se usa. Yo empleo tubos a modo de mortero que
disparo a distancia mediante ignición eléctrica. De esta forma, además de ganar
en seguridad, logro controlar la trayectoria del cohete y el ritmo del
espectáculo. ¡Así que estáis todos invitados, no faltéis!
La primera de los Anchoas en apuntarse para visitar Valencia en marzo fue
Marga.
—Me fascina la Nit del Foc, así que… ¡cuenta conmigo! Además, una metabolómica
extremeña como yo no puede faltar.
—¿Metabolómica? ¿A qué te dedicas ahora, Marga?
—A algo íntimamente relacionado con lo que han contado Dani y Ana. Como todos
sabéis, en las complejas reacciones que forman parte del metabolismo (el
proceso de conversión de energía de los alimentos en energía mecánica o calor)
participa una infinidad de sustratos, intermediarios y productos: son los
metabolitos, que se encuentran en muestras biológicas como la orina, la saliva
y el plasma sanguíneo. Sin embargo, estos metabolitos no permanecen fijos a lo
largo del tiempo. Al igual que las proteínas, cambian en respuesta a una
variación genética o bien a un estímulo fisiológico o patológico. Pues bien, la
tecnología que estudia los cambios globales en la concentración de los
metabolitos presentes en nuestro organismo es la metabolómica. Esta disciplina
creció, junto con la genómica y la proteómica, desde mediados de la década de
1990 como resultado del Proyecto Genoma Humano.
—¿Y qué ventajas ofrece la metabolómica?
—El metaboloma es una colección de todos los metabolitos en un lugar concreto
en un momento determinado en el tiempo. Los seres humanos tenemos muchos tipos
de células con metabolomas diferentes, pero la metabolómica se ocupa del
estudio de los metabolitos con bajo peso molecular como lípidos, azúcares,
aminoácidos y vitaminas. Para conocer el proteoma, se aplican dos técnicas
instrumentales muy concretas: la resonancia magnética nuclear y la
espectrometría de masas. También son importantísimas las herramientas
informáticas y el tratamiento estadístico necesario. Al igual que las ciencias
tradicionales como la física, la química o la biología deben trabajar de forma
conjunta, la metabolómica debe estar integrada con la proteómica, la genómica y
las demás ciencias ómicas. Mediante una metodología muy parecida a la que usa
Ana con sus proteínas, yo hago análisis que me permiten encontrar metabolitos
específicos relacionados con el desarrollo de una enfermedad. De esta forma, es
posible saber si una persona está enfermando y atajar el avance de su dolencia.
Además, analizando la variación de los metabolitos relacionados con esa
patología tras la administración de un tratamiento farmacológico o nutricional,
sabemos si este resulta efectivo. Incluso podemos prevenir la aparición de
muchas enfermedades asegurándonos de que la concentración de determinados
metabolitos es óptima.
—¿En qué trabajas ahora concretamente?
—Trabajo en la prevención de la obesidad y de la diabetes. En mi laboratorio
estudiamos determinados metabolitos presentes en la orina y el suero (como
ciertos aminoácidos, lípidos, hidratos de carbono y ácidos nucleicos) y que
están asociados al riesgo de desarrollar ambas enfermedades. Si observamos que
las concentraciones de algunos aminoácidos (especialmente los de cadena
ramificada, como isoleucina, leucina y valina), ácidos grasos libres en suero
(ácido oleico, palmítico, palmitoleico y esteárico) o hidratos de carbono
(principalmente glucosa, fructosa y glicerol en suero) superan ciertos límites,
suenan todas las señales de alerta y actuamos rápidamente. En primer lugar,
identificamos qué ruta metabólica está alterada y, a continuación,
administramos el tratamiento adecuado para normalizarla hasta que los niveles
de esos metabolitos son correctos. Así, luchamos contra la obesidad y la
diabetes tanto a nivel de prevención como de tratamiento.
—Aunque Dani, Ana y tú trabajáis en áreas diferentes, todas ellas están muy
relacionadas. ¡Tenéis un arte que no se puede aguantar!
—¡Qué rumboso estás! Por cierto, ¿sabes que a mí me encanta el flamenco y que
hay un montón de ciencia en él?
—No sabía que en Extremadura estuviese tan arraigado el flamenco. Creía que era
solo cosa de Andalucía. Pero eso de que hay ciencia tras el flamenco nos lo vas
a tener que demostrar.
—Escucha, chaval… En noviembre de 2010 la Unesco declaró el flamenco Patrimonio
Cultural Inmaterial de la Humanidad por iniciativa de las comunidades autónomas
de Andalucía, tu querida Murcia y mi amada Extremadura. Además, el flamenco ya
no es solo cosa de tablaos, sino también de laboratorios de universidades y
otros centros de investigación, donde este género musical se estudia desde
perspectivas multidisciplinares como la informática, la psicología, el deporte
y hasta las matemáticas.
—¿Matemáticas y flamenco?
—Por supuesto. La relación entre la música y las matemáticas se conoce desde
tiempos inmemoriales. La simetría y Mozart, las potencias y el valor de las
notas musicales… Pitágoras descubrió, allá por el siglo V antes de Cristo, la
importancia de los números en la música. De hecho, este filósofo griego y sus
seguidores dividían las matemáticas en cuatro áreas: la aritmética, la
geometría, la astronomía y la música. Curiosamente, las matemáticas y la música
comparten una propiedad excepcional: son lenguajes universales. Sin embrago, a
la ciencia le ha costado «meter mano» al flamenco, un género musical, con sus
propias tradiciones y normas, cuyas principales facetas son el cante, el toque
y el baile. La mayoría de las composiciones tienen características propias que
sirven para identificarlas del resto, como su ritmo, su melodía, el timbre de
los instrumentos o la armonía que forman en conjunto. Desde el punto de vista
de la ciencia son fáciles de analizar. Pero esto no ocurre con el flamenco. Un
cantaor ejercita su cante por la mañana, pero si le pides que lo repita al
mediodía, ya no puede hacerlo. El mismo cante de la misma persona varía cada
vez que se entona y no hay partituras, lo que hace más difícil catalogarlo. El
flamenco se canta a golpe de efecto, de quejío, de intuición. Sin análisis
técnicos. Y esto complica el encontrar patrones similares entre unos cantes y
otros. Pues bien, para solucionarlo, hace unos años se puso en marcha el
proyecto Cofla (Computación y Flamenco), que enfoca el estudio de la música
flamenca desde una perspectiva tecnológica. La investigación analiza cómo los
modelos matemáticos y computacionales pueden ayudar a estudiar y sintetizar la
música flamenca, que se aborda con enfoques multidisciplinares que incluyen,
entre otras disciplinas, la algorítmica, las matemáticas, la psicología y el
procesamiento de señales de audio. Estos avances pueden además ser útiles para
la docencia, divulgación y conservación del arte flamenco.
—Ojiplático me dejas.
—El proyecto Cofla, dirigido por José Miguel Díaz-Báñez, catedrático de
Matemáticas Aplicadas en la Universidad de Sevilla, ofrece además herramientas
destinadas a la descripción automática de piezas flamencas en términos
armónicos, melódicos o rítmicos para ahondar en una nueva disciplina, la
etnomusicología computacional, que trata de analizar las músicas de tradición
oral entroncadas con la cultura, teniendo el flamenco como objeto de estudio
fundamental.
—Estoy flipando —repliqué, realmente sorprendido.
¡Olé la resonancia cinemática!
La galardonada cantaora onubense Rocío Márquez
Limón, reconocida por su versión particular y rompedora del flamenco, es
también científica. Su tesis doctoral está basada en la resonancia cinemática.
En realidad, las personas somos instrumentos y, dependiendo de cómo sean los
huecos que tenemos dentro, los sonidos que emitimos varían de una forma u otra.
Esta cantaora-científica repitió la misma melodía en el mismo tono pero en
distintos resonadores (utilizando un equipo de resonancia magnética) para ver
cómo afecta la fisiología humana al cante. Entre otras muchas cosas, mostró que
el cuerpo de un cantaor define la forma en que canta flamenco. Esto explica por
qué hay tantísimas formas distintas de interpretarlo, por encima de la
importancia de las técnicas que puedas aprender. Para un buen funcionamiento
del aparato vocal es fundamental una correcta respiración y la consecuente
activación de la faja abdominal. Sin embargo, hasta que el aire no pasa por las
cuerdas vocales y resuena en la cabeza, no acaba de definirse el «color» del
sonido.
—Espérate, que hay más. También se han desarrollado estudios científicos para
investigar el «duende» del baile flamenco.
—¿El duende? ¿Científicos? —pregunté asombrado.
—La expresión «tener duende» se refiere, en el mundo del flamenco, a aquella
persona que posee un talento especial en el cante, el baile, el toque o la
caja. Evidentemente la expresión «investigar el duende» no es literal, pues lo
que se ha analizado mediante termografía es la temperatura de los cuerpos de
bailaoras de flamenco, observándose que la huella térmica flamenca está
relacionada con la activación de diversas áreas cerebrales, habilidades
técnicas y estrés empático. Un grupo de científicos de la Universidad de
Granada, pertenecientes al Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento,
han empleado la huella térmica del «duende» flamenco para diferenciar qué
bailaores «sienten» realmente el baile y cuáles no. En el estudio participaron
diez bailaoras de flamenco que llevaban al menos una década en la profesión.
Mediante un termógrafo de última generación, los científicos midieron la
temperatura de diversas partes de su cuerpo en reposo, mientras bailaban
flamenco y mientras veían vídeos en los que otras personas lo hacían. Las
bailaoras experimentaron un descenso significativo de la temperatura de su
nariz y sus glúteos (una media de 2,1 °C) mientras bailaban, algo que también
ocurría, pero en menor medida (en torno a 1 °C), cuando miraban una grabación.
Los resultados muestran que «sentir el duende» implica un estado emocional contrario
a tener empatía, mientras que el cambio de temperatura en los glúteos y la
nariz es un excelente marcador que determina una mejor comprensión emocional
del flamenco, pues implica, en términos psicológicos, un mayor estrés empático[4]. Y, por
cierto, ¿creéis que un licenciado en Educación Física puede contribuir al
desarrollo del flamenco?
—Yo ya me lo creo todo.
—Alfonso Vargas, licenciado en Educación Física y doctor por la Universidad de
Cádiz, demostró en su tesis que las exigencias físicas de un bailaor son
similares a las de un atleta de élite. Además, aplica las ciencias
biomecánicas, tan importantes entre los deportistas de alto rendimiento, al
flamenco. Este científico estudió más de 150 000 fotogramas con tecnología 3D y
analizó cómo se mueve un bailaor. Con las imágenes grabadas con sistema PAL y a
25 fotogramas por segundo, captó el arte de diecisiete bailaores por
veinticuatro palos distintos para recoger el braceo, la vuelta de tacón, el
zapateado o el marcaje de los pies[5]. Sus
resultados sirven tanto para mejorar la técnica del flamenco como para prevenir
lesiones. Analizando la pisada de un bailaor durante el zapateo, se puede saber
si los gestos del pie son correctos y evitar complicaciones óseas, sobrecargas,
dolencias y lesiones provocadas la repetición de gestos propios de un baile.
—Está claro —concluí— que detrás de una bailaora, de un cantaor o de un
fandango hay muchísimas disciplinas científicas
—¡Ni lo dudes! Así que os espero en la Feria de Badajoz. Os enseñaré mucho de
metabolómica, pero también os demostraré in situ cómo se baila
el flamenco.
Poco a poco nuestras agendas se iban llenando de fiestas populares. Todos los
miembros de los Anchoas estábamos encantados, aunque Antonio, quizás el más
introvertido del grupo, no lo parecía tanto.
—Un pamplonica como yo nunca abandona a sus amigos, así que os acompañaré, pero
me dedicaré a beber manzanilla mientras os subís al tablao. Menos mal que la
transcriptómica me separó de vosotros tras la facultad…
—¿Transcrip… qué? —preguntamos al unísono.
—Transcriptómica. Actualmente trabajo en un centro de investigación de Pamplona
donde me especialicé en esta nueva disciplina. Para comenzar, ¿recordáis el
proceso de transcripción del ADN? En él se transfiere la información contenida
en la secuencia del ADN hacia la secuencia de proteína utilizando diversos ARN
como intermediarios. En este proceso, las secuencias de ADN son copiadas a ARN
mediante una enzima llamada ARN polimerasa, la cual sintetiza un ARNm que
mantiene la información de la secuencia del ADN. Por eso la transcripción del
ADN también podría llamarse «síntesis del ARN mensajero»…
—Aún recuerdo —lo interrumpí— la obsesión del profesor con el ácido
ribonucleico, el ácido nucleico formado por una sola cadena de ribonucleótidos.
—Exacto. La transcriptómica es el estudio del conjunto de todos los ARN que
existen en una célula, tejido u órgano.
El tamaño sí importa
Los transcriptomas, al igual que los proteosomas y
los metabolomas, fluctúan mucho con el tiempo, ya que muestran qué genes se
están expresando en un momento dado. Por eso el ARN es específico de cada
célula y de las condiciones fisiopatológicas en determinado momento. Eso sí, la
transcriptómica incluye tanto el ARN codificante como el no codificante.
Un ARN no codificante es una molécula de ARN funcional que, a diferencia del
ARN mensajero, no se traduce en una proteína. Cuando estudiábamos, se creía que
una gran parte del ADN que no se transcribía a ARNm no tenía ninguna función.
Sin embargo, además del ARNm existen otros transcritos no codificantes que
tienen como función regular la expresión de los ARNm codificantes. En la
actualidad, sabemos que estas regiones del ADN son secuencias reguladoras de la
expresión de diversos genes y no «basura».
Pues bien, se estima que solamente el 3 % del genoma se transcribe en ARN y
solo el 1,2 % se traduce en proteínas en cada tipo celular. Por esta razón, el
tamaño del transcriptoma es siempre mucho menor que el del genoma de un
organismo.
—¿Y qué consiste exactamente vuestra investigación?
—Trabajamos con células cancerígenas —respondió Antonio—, ya que los
transcriptomas de las células cancerosas pueden ayudar a entender los
complicados procesos de carcinogénesis y de desarrollo y diferenciación
celular. Mediante biochips (microarrays) de ADN, unas superficies
sólidas a las cuales se unen fragmentos de este ácido nucleico, analizamos
miles de moléculas de ARN de todo tipo. Es decir, determinamos el
transcriptoma. En realidad, la transcriptómica es el paso previo a la
proteómica.
—Aunque en los encierros de San Fermín de tu querida Pamplona no hay mucha
ciencia, lo cierto es que tu trabajo es apasionante.
—¡¿Que no hay ciencia en los toros?! —protestó nuestro amigo—. Se han publicado
tesis doctorales relacionadas con el toro de lidia, considerado como una
subespecie del género Bos taurus, un organismo herbívoro y rumiante
que ha evolucionado a nivel de grupo, población y comunidad. Independientemente
de que estés a favor o en contra de la tauromaquia, desde el punto de vista
científico las conclusiones son muy interesantes. Además, nunca se sabe en qué
área se aplicarán los resultados obtenidos en otro campo muy diferente. Una de
esas tesis, dedicada al sentido de la vista de esos bellos animales, mezcla
tres disciplinas científicas: la física, la óptica y la veterinaria[6]. Su objetivo
general era estudiar en detalle la óptica del ojo del toro de lidia para
descifrar cómo ve este animal y, así, intentar comprender su comportamiento
tanto en el campo como en el ruedo.
A vista de toro
El campo visual que tiene un toro de lidia es una
de las incógnitas que siempre se ha planteado el mundo de la tauromaquia. Al
igual que el resto de los bovinos, el toro bravo tiene una zona de exclusión
visual frontal, o zona ciega, donde carece de visión.
Para quien se pone delante de un toro de lidia, conocer las dimensiones de
esa zona ciega (determinadas por la posición de las órbitas oculares y por la
extensión que ocupan las células fotorreceptoras en la retina) es clave para
saber dónde colocarse. Unos afirman que lo más cerca que el toro de lidia puede
ver es a 3 m de distancia; otros sitúan este punto mucho más cerca, a 1 m; y
hay quienes dicen que oscila entre 13-15 cm o, como mucho, 20 cm.
La citada tesis muestra que la longitud de la zona de exclusión visual en un
toro cuatreño —de cuatro años, edad aproximada a la que suelen ser lidiados— es
de unos 40 cm. Este resultado permite afirmar que el toro sí ve al torero
colocado justamente delante de él. Por tanto, es posible que las faenas
«tremendistas» en las que el diestro se coloca relativamente cerca y delante
del toro y este no embiste, obedezcan más al sometimiento del animal en el
desarrollo de la lucha que a causas relacionadas con los aspectos visuales.
Otro resultado interesante es que, en los toros, la distancia interpupilar y la
zona de exclusión visual frontal aumentan con la edad. Los toros de lidia
tienen dificultades para enfocar objetos cercanos, y los estudios han permitido
demostrar que alrededor del 80 % son hipermétropes (y muchos, además, padecen
astigmatismo). Como el ojo del toro está «diseñado» para mirar hacia abajo, si
levantan la cabeza no son capaces de ver lo que está cerca de sus pezuñas.
—¿Por eso la muleta que emplean los toreros es roja?
—No tiene una razón científica —contestó Antonio—, porque el animal reacciona
al movimiento, no al color. Un toro ve en tonos verdes, azules y rojos, pero en
una tonalidad distinta a la que conocemos.
—Desde luego, los toros no tienen vista de águila… —intervino Carolina.
Aunque siempre parecía estar ausente, en su rico mundo interior, a nuestra
amiga Carolina no se le escapa el menor detalle. Tras licenciarse, regresó a su
Huelva natal y allí entró en un grupo de investigación adscrito al Hospital
General, donde se especializó en una disciplina, hecha a su medida, que
relaciona los comportamientos de la gente con su estado de salud a nivel
genético
—¡Y que lo digas! ¿Sigues dedicándote a la epi… lo que sea?
—A la epigenómica, en efecto. Es una tecnología que está por todos sitios.
Siempre se ha dicho que el ADN era una estructura simple y lineal, pero en las
últimas décadas se ha demostrado que la secuencia de nucleótidos no es lo único
que regula la expresión génica, sino que también influye el enrollamiento del
ADN y su posicionamiento durante la formación de estructuras complejas que
construyen los cromosomas. De hecho, el ADN puede plegarse formando estructuras
tridimensionales capaces de regular regiones muy lejanas. Pues bien, la
epigenómica engloba el conjunto de reacciones químicas y demás procesos que
modifican la actividad del ADN sin alterar su secuencia en un momento dado y en
condiciones fisiopatológicas específicas. Pero lo mejor viene ahora. Todos
estos cambios son fruto de la conexión entre la expresión de nuestros genes y
factores no solo internos, sino también medioambientales, y se transmiten a las
células hijas.
—¿A qué factores ambientales te refieres? ¿Cómo se producen esos cambios que no
afectan a la secuencia del ADN pero sí a la expresión de los genes y, por
tanto, a la síntesis de proteínas?
—A factores no genéticos entre los que se encuentran la malnutrición, el
tabaquismo, el sedentarismo, la exposición al sol, el consumo de drogas, el
estatus educativo y socioeconómico, etcétera. Estas prácticas producen la
adición de grupos metilo (metilación) de los nucleótidos del ADN y la
metilación o adición de grupos acetilo (acetilación) de las histonas, es decir,
de las proteínas sobre las cuales se enrolla el ADN durante la formación de los
cromosomas. En nuestro laboratorio estudiamos cómo todos estos cambios afectan
al desarrollo de un organismo. Por ejemplo, investigamos el efecto del sol
sobre el cáncer de piel. Algunos de nuestros resultados muestran cómo la piel
que ha sido expuesta al sol sin protección tiene, en su ADN, menos grupos
metilo que la que ha sido protegida adecuadamente. Los mismos patrones con
menor cantidad de grupos metilo se han reconocido en las células cancerosas.
Así, la epigenómica de la exposición al sol y la de la progresión del cáncer
son similares.
—¿Y en Huelva hay muchas cosas que hacer aparte de trabajar en epigenómica?
—Muchísimas. En mis ratos libres, sin ir más lejos, utilizo la ciencia para que
la gente disfrute con la religión.
—¡¿Ciencia y religión?! —exclamamos todos horrorizados.
—¡Tranquilos! No seré yo quien, desde el respeto, niegue la más que evidente
brecha que separa la ciencia de la religión. Sin embargo, las procesiones de
Semana Santa son una de las conexiones entre ambas. La ciencia influye en la
salud tanto del paso o trono —pues son piezas de enorme valor artístico— como
en la del costalero o estante que lo porta en sus hombros o espaldas. Vayamos
por partes. En Murcia, la ciencia y la tecnología ayudaron a reparar el
maltrecho trono barroco del Santísimo Cristo del Amparo, tallado en madera y
que pesa unos 650 kg. Son muchos los factores que pueden dañar las obras de
arte: la humedad, la polución ambiental, la luz solar, el envejecimiento de los
materiales empleados en su elaboración, etcétera. Las esculturas, al ser
tridimensionales y estar conformadas mediante volúmenes, suscitan problemas
relativos a la materia constitutiva del objeto tallado, modelado o fundido, y
al desigual desgaste de sus diferentes zonas. Si además son policromadas, hay
que atender al deterioro de la policromía causado por alteraciones internas
estructurales o por agentes externos. Para identificar y reparar estos
deterioros sufridos por las esculturas con el paso del tiempo, hace falta un
equipo interdisciplinar de profesionales compuesto entre otros por
historiadores, restauradores… y científicos. Entre sus numerosas funciones está
la de seleccionar las mejores técnicas para el análisis y reparación de las
estructuras. Para ello emplean métodos ópticos y estudios de superficie
(microscopías con luz polarizada, de fluorescencia o confocal); técnicas
cromatográficas (gaseosas, líquidas o en placa fina); técnicas espectroscópicas
y difractométricas (espectroscopia infrarroja por transformada de Fourier,
Raman o difracción de rayos X); o estudios físicos, entre otras herramientas.
El uso de todas ellas, aisladas o combinadas, permite no solo un análisis
pormenorizado de la estructura original de las obras de arte, sino también la
identificación precisa de los compuestos empleados en su elaboración, tanto
orgánicos como inorgánicos. Por ejemplo, gracias a la espectrometría Raman,
consistente en irradiar la muestra con un láser y medir la luz dispersada, unos
investigadores españoles de la Universidad de Córdoba determinaron el color
original de varias esculturas romanas que han sufrido un proceso de
decoloración con el paso del tiempo. Así que, correlacionando la longitud de
onda de la luz dispersada con diferentes enlaces químicos, es posible
determinar la naturaleza del pigmento empleado originalmente en la pintura.
Además, los científicos que forman parte de estos equipos restauradores también
deben conocer las principales características de los materiales empleados en su
día por los artistas para la realización de sus obras (maderas, yeso,
terracota, arcillas, pinturas, mármol, metales, cuero, fibras, etcétera) y las
propiedades de los innovadores materiales que se emplean actualmente para la
reparación de los materiales antiguos deteriorados.
Un milagro tecnológico
En su última restauración, el Cristo del Amparo
murciano llegó a los talleres con una fisura de casi 3 mm en la unión del brazo
izquierdo con el torso. El primer paso fue localizar el origen de esta
anomalía. El uso de la avanzada tecnología con la que cuenta el Centro de
Restauración de la Comunidad Autónoma de Murcia sirvió para estudiar su
estructura, localizar el origen del daño y repararlo.
A través de los rayos X se descubrió que, en una de las anteriores
restauraciones, se le habían incorporado unos clavos de «rosca madera» ante la
ausencia de su espiga original. Fue un error. La utilización desacertada e
incompatible del hierro y la madera fue lo que produjo el daño en la pieza. Una
vez descubierto el origen de la fisura, se emplearon diferentes técnicas, como
la inyección de resinas y de pasta de madera, para solucionar el problema.
También se aisló el hierro de la madera. Con ello se logró no solo reparar el
daño, sino también evitar que el problema se repita en el futuro. Además, la
talla se limpió con los materiales adecuados y se retocó su policromía.
El maravilloso resultado de todas estas acciones se puede ver todos los Viernes
de Dolores durante su procesión por las calles de la capital murciana.
—Antes también has dicho que la ciencia y la tecnología ayudan a la salud de
los costaleros o estantes. ¿A qué te referías?
—Un exhaustivo estudio descriptivo en 101 costaleros de la Semana Santa de
Huelva, que presentaban una edad media de 28 años de edad y promedios de 1,74 m
de altura y 82,59 kg de peso, analizó la asociación entre obesidad y presión
arterial. Como ejemplo de trono, se escogió el paso de la Hermandad del
Prendimiento de Huelva, el más grande de Andalucía, que cuenta con un peso de
2898 kg y una cuadrilla de 60 costaleros, lo que supone que cada uno de ellos
soporta una media de 48,3 kg. A los 101 costaleros les realizaron dos exámenes
para medir su condición física: el test de Ruffier-Dickson, que mide la
resistencia cardiaca al esfuerzo y la capacidad que tiene la persona para
recuperarse tras este, y la prueba de Abalakov, que da cuenta de la fuerza o
potencia del tren inferior de los sujetos. Dichas pruebas eran adecuadas para
medir la altura de un salto, equivalente a la levantá del trono.
A través de diferentes encuestas se demostró que los costaleros estudiados
percibían su estado de salud como bueno y creían que cuidaban su dieta. Sin
embargo, los resultados de las pruebas a las que se los sometió mostraron todo
lo contrario: desde un punto de vista cardiovascular, eran un grupo de riesgo a
medio y largo plazo. Por el tremendo esfuerzo realizado y su estado físico, su
probabilidad de presentar una presión arterial anormal es elevada. El riesgo
está en realizar un intenso esfuerzo físico sin una preparación física previa,
sobre todo si se padece de sobrepeso u obesidad. Por ello, el estudio puso de
manifiesto que las medidas preventivas deben ser una prioridad entre los
costaleros de la Semana Santa[7].
—Realmente —añadí— la ciencia está presente donde menos se espera…
—Pues vas a alucinar con lo que voy a contarte. Mientras recorre las calles de
Málaga en procesión, la imagen del Cristo de la Esperanza levanta su brazo e
imparte su bendición a los fieles. Esto era posible gracias a un sistema
hidráulico muy artesanal, cuyos defectos de diseño se habían agravado con el
tiempo, de modo que se producían frecuentes fallos. Pues bien, un equipo de
ingenieros del Instituto Andaluz de Automática Avanzada y Robótica ha
robotizado el brazo con un sistema electrónico sencillo y ligero que garantiza
un movimiento más natural.
Tanto hablar nos despertó el hambre. Como sabíamos que a Gregorio, el más
alegre de los Anchoas, le gustaba comer bien —de ahí que no nos extrañara su
dedicación a la nutrigenómica y a la nutrigenética—, lo pinchamos para que
propusiera tomar algo. Gregorio siempre quiso cursar una carrera universitaria
relacionada con la nutrición humana, pero en nuestra época aún no se había
puesto en marcha en España la diplomatura, ahora grado, de Nutrición Humana y
Dietética, así que estudiamos juntos.
—¿Qué tal te va con el estudio de las interacciones entre los componentes de la
dieta y los genes? Es lo que siempre has querido estudiar… y degustar.
—Menos cachondeo. Me encanta la genómica nutricional, la nueva (aunque ya no
tanto) disciplina que estudia las interacciones funcionales de los alimentos y
sus componentes con el genoma a nivel molecular, celular y sistémico, con el
objetivo de prevenir o tratar enfermedades a través de la dieta.
—Pero esa interacción se conoce desde hace tiempo…
—Claro. Carolina, al hablar de la epigenómica, ha mencionado el efecto de
diversos factores ambientales en la expresión de los genes. Pues bien, la
ingesta alimenticia es el factor ambiental al que todos estamos expuestos a lo
largo de nuestra vida y, por tanto, es clave para la modulación de la expresión
génica.
Rumbo a la nutrición personalizada
Desde hace décadas se sabe que, debido entre otras
cosas a nuestra variabilidad genética, los mismos nutrientes producen efectos
diferentes en la población. Sin embargo, los estudios de las interacciones
gen-nutriente a escala molecular son más recientes, aunque muchos no son
concluyentes debido a fallos estadísticos o de metodología. Afortunadamente, en
los últimos años se ha mejorado significativamente el diseño de los estudios
sobre las enfermedades asociadas a las variantes genéticas, lo que ha generado
un mejor entendimiento de la influencia de los nutrientes y de la dieta sobre
el estado de salud y enfermedad de los humanos.
La «culpa» de esta mejora la tienen la nutrigenética y la nutrigenómica.
Aunque las dos forman parte de la genómica nutricional (la disciplina que
estudia la relación entre el genoma humano, la nutrición y la salud), hay
claras diferencias entre ellas. Por un lado, la nutrigenómica es la herramienta
que nos deja conocer, de manera global, los cambios en la expresión de genes en
respuesta al consumo de un nutrimento, alimento o dieta. Es decir, se centra en
el efecto de los nutrientes sobre el genoma, el proteoma y el metaboloma. Por
otro, la nutrigenética estudia cómo las distintas variantes genéticas de las
personas influyen en el metabolismo de los nutrientes, la dieta y las
enfermedades asociadas a esta última. Incluye la identificación y
caracterización de las variantes génicas asociadas a las respuestas
diferenciales a los nutrientes.
El objetivo de la nutrigenética es generar recomendaciones relacionadas con los
riesgos y beneficios de las dietas o componentes dietéticos específicos para la
persona. Es lo que se conoce también como nutrición personalizada o
individualizada. Gracias a la investigación en campos como la salud cardiovascular,
sabemos, entre otras cosas, que la ingesta de ácidos grasos poliinsaturados
como el docosahexanoico bloquea la expresión de genes implicados en la
formación de la placa de ateroma que obtura las arterias.
* * * *
—Todos hemos desvelado nuestro «lado oscuro». ¿Cuál es el tuyo, Gregorio?
—Es mucho más oscuro que el vuestro: desde que regresé a Tarragona, quiero
convertirme en… ¡¡el mejor casteller de Cataluña!!
—¿En serio?
—Por supuesto. ¿Sabíais que los castells, que llegan a rozar los 12
m de altura, fueron declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad
por la Unesco en 2010? Y no tenéis ni idea de la gran cantidad de disciplinas
científicas que hay en la formación de una de esas torres humanas. Levantarlos
implica momentos de gran tensión y estrés, lo que justifica el incremento en
los niveles de muchas hormonas. El metabolismo también se altera, así como la
frecuencia cardiaca y la presión arterial. Pero si tuviera que elegir una sola
rama de la ciencia que desempeña un papel clave en ellos, me quedaría con la
física, ya que en realidad un castell es un conjunto de
vectores de fuerzas en equilibrio. Hace unos años participé en el castell más
grande jamás levantado hasta ese momento, el quatre de deu amb folre i
manilles, una torre de diez pisos, con cuatro personas en cada uno de
ellos, reforzado en el segundo piso (folre) y en el tercero (manilles).
Entre todos los castellers que intervinimos, sumábamos unos 61
000 kg de peso.
—¿61 toneladas entre cuarenta personas? ¡Eso es imposible!
—Esa estimación incluye la pinya, una estructura al nivel del suelo
que reúne a unas 700 personas que suman unos 49 000 kg. La pinya trabaja
de forma compacta ejerciendo fuerzas de compresión para aguantar el castell.
Gracias a su trabajo, se reduce el peso que aguantan los castellers propiamente
dichos del piso inferior. Si no existiese, las espaldas de los cuatro castellers de
la base, los baixos, tendrían que soportar los 1934 kg de los nueve
pisos superiores, es decir, unos 483,5 kg por cabeza. La ayuda de la pinya les
ayuda a descargar peso y a absorber los picos de carga.
—¿Qué son los picos de carga?
—Buena pregunta —dijo Gregorio—. El peso que soportamos cada casteller no
es constante durante todo el tiempo, y eso es un problema para nuestras
espaldas. Los castells son estructuras dinámicas en las que el
peso que soportamos cada persona aumenta y disminuye en función de pequeños
movimientos. Si la persona de encima se desequilibra unos pocos centímetros, el
peso que soporta el casteller que la sostiene puede
incrementarse hasta un 150 %. Es lo que se conoce como «picos de carga».
Además, cuando un casteller sube o baja por el pilar o tronc,
puede generar picos de carga que, desde la perspectiva de los castellers que
están debajo, multiplican por dos y hasta tres su peso. Finalmente, cuanto más
constante sea la velocidad de subida y de bajada y menos se separe el casteller del
tronc, menos tensiones adicionales se generarán y menos riesgo habrá de que la
estructura faci llenya, o sea, que se desmorone.
—¿Cómo se coloca la gente en la pinya? ¿A su libre albedrío?
—En absoluto. La física también determina la posición de todos sus miembros,
determinada por la constitución de cada persona. Todos están en contacto, pecho
con espalda y hombro con hombro, sin dejar huecos para transmitir la fuerza del
empuje. La fuerza liberada por el peso del castell empuja
la pinya hacia fuera. Sin embargo, el apelotonamiento
organizado de sus miembros lo hace hacia dentro, lo que reduce la tensión en la
estructura.
—¿Cómo podéis aguantar tanto peso sobre vuestras espaldas?
—Cuidamos mucho nuestra forma física, entrenamos entre dos y tres veces a la
semana y tenemos una gran aliada, la faja que nos enrollamos a la cintura. Esta
prenda evita que las paredes abdominales se deformen debido al peso que
soportamos y ayuda a descargarlo a la columna vertebral. Pero la clave está en
repartirlo de forma equilibrada. Supongamos que un casteller aguanta
250 kg. Aplicando la ley de la gravedad, sabemos que la fuerza que recibe es de
2500 newton (N). Cuando se sobrecargan 700 N más en un hombro que en el otro,
la musculatura de la columna no solo lo tiene que compensar, sino que en
realidad debe hacer una fuerza de 1400 N, porque el brazo de palanca de la
musculatura es más pequeño. O sea, la distancia de la columna al punto del
hombro donde se genera la fuerza es más grande que la distancia de la
musculatura a la columna.
—Me aterra cuando veo caerse a los enxanetes, los niños que suben a
lo más alto del castell.
—Las caídas son espectaculares, pero pocas veces se producen lesiones graves.
Cuando un casteller cae, el movimiento que rige su descenso no
es el de caída libre. Se producen colisiones con sus compañeros, que absorben
energía y frenan la caída. Además, hay que tener en cuenta el principio de
conservación de la energía. La energía que acumula cada casteller cuando
está alineado en la torre es igual a su masa, por la gravedad y por la altura a
la que está situado. Es decir, cada casteller tiene una
energía potencial. En caso de caída, esta energía potencial se convierte en
energía cinética, pero parte de ella será absorbida por la pinya en
el momento del impacto.
—¿Se pueden hacer castells más grandes, como un quatre
d’onze, con once pisos y cuatro personas en cada uno de ellos? —pregunté
interesado.
—Cuantas más personas haya en la base, más estable será el castell,
pero encajar todas las piezas se convertirá en un puzle sumamente complejo. Por
eso, el primer quatre de deu se logró mucho tiempo después que
el tres de deu. Por otra parte, levantar un quatre
d’onze presenta un «riesgo de derrumbe» muy elevado. Según algunos
especialistas, una torre de once pisos con cuatro castellers en
cada uno de ellos requeriría 900 personas en la pinya (frente
a las 700 del quatre de deu) y muchas más personas en los pisos
intermedios. Además, el peso total de la estructura alcanzaría unos 80 000 kg.
Es muy difícil, pero no imposible. Por eso lo vamos a intentar. Estáis
invitados a verlo. Eso sí, tendréis que formar parte de la pinya.
Capítulo 5
Glamur, belleza y escepticismo
Hace unos años tuve un problema con una famosa
actriz, cantante, bailarina, diseñadora de moda, perfumista y empresaria
estadounidense de origen portorriqueño. El motivo fue un error que esta
estrella mundial difundió al anunciar un champú. Reconozco que se me fue la
mano en mi respuesta y se armó un buen lío. Meses más tarde, quedamos en Nueva
York para limar asperezas. La mañana del 3 de enero, mientras yo corría
(perdón, hacía running) por la Dehesa de Campoamor, nos volvimos a
encontrar. Intercambiamos los saludos de rigor y convinimos en quedar una
noche, pero no aquella, pues yo tenía una cita muy importante con una gran
mujer. Y lo que había comenzado como un encuentro casual se transformó en una
surrealista conversación científico-glamurosa.
—Perdona mi sinceridad —me dijo—, pero no tienes buen aspecto. Así no puedes ir
a una cita con nadie. Es imprescindible cambiar tu imagen. Relájate y ponte en
mis manos. Te debo una desde que, en el anuncio del champú, dije que llevaba
arginina, «una proteína que proporciona al cabello una triple acción» y me
dejaste bien claro que se trata de un aminoácido. Para empezar, te estás
quedando calvo y hay que encontrar una solución inmediata.
—Pertenezco a ese 50 % de hombres españoles que sufre alopecia androgenética,
es decir, calvicie común. Pierdo, más o menos, cien cabellos diarios y las
causas pueden ser varias. El folículo piloso, la parte de la piel que da
crecimiento al cabello, se rige por dos metabolismos, uno energético y otro
androgenético. En el caso del metabolismo energético, la falta de nutrientes,
dietas muy estrictas o problemas de absorción pueden provocar la caída del
cabello. En el caso del metabolismo androgénico, se debe a una proteína con un
nombre muy raro, 5-alfa-dihidrotestosterona.
—Menos mal que soy mujer y jamás me quedaré calva.
—Siento desilusionarte. La alopecia androgenética se debe a la acción de las
hormonas masculinas, pero afecta a hombres y mujeres jóvenes a cualquier edad
tras la adolescencia, aunque en vosotras es más común que empiece tras la
menopausia. De hecho, un 10 % de las mujeres también padecéis calvicie común…
—¿Yo? Perdona, bonito, por mí no pasa el tiempo. No quiero hundirte, pero está
demostrado que los hombres resultan más atractivos y parecen más jóvenes con
pelo. ¿Tu querida ciencia puede ayudarnos?
—Está complicado. Hace unos días me hice un análisis local del cabello para
comprobar su grosor y densidad. Los resultados mostraron que, a medida que pasa
el tiempo, tengo más cabellos miniaturizados que, aunque son viables y están
vivos, cada vez que vuelven a salir son más pequeños y finos. Por suerte,
existen tratamientos para mejorar su densidad. Y menos mal que no tengo calvas,
porque el trasplante sería la única opción. Tendrían que ponerme anestesia
local y extraerme uno a uno los cabellos de una zona apta, como la nuca, para
implantármelos después en las calvas.
Una melena a lo Trump
Uno de los fármacos más conocidos contra la
calvicie es la finasterida. Es el que, según su médico, emplea Donald Trump
para mantener su pelazo. Funciona bloqueando una enzima que transforma la
hormona testosterona en otro metabolito que activa la calvicie. Su uso es
controvertido por la posible aparición de efectos secundarios relacionados con
la disminución del apetito sexual y con trastornos de la erección y la
eyaculación. Pero estos no están nada claros, pues quizá se deban a la edad y
no al fármaco.
Otra opción es el minoxidil, que se utilizaba para tratar la hipertensión
hasta que se vio que también inducía el crecimiento de los cabellos, al alargar
sus ciclos y su grosor. Puesto que puede alterar la tensión arterial, se aplica
en forma de loción o, en caso de que se necesiten dosis muy altas o una mayor
absorción de este fármaco, se emplean inyecciones similares a las usadas en
estética para administrar colágeno.
También existen tratamientos muy novedosos como el uso de plasma rico en
plaquetas o la inyección de células madre, aunque aún no hay pruebas
científicas suficientes que avalen su eficacia. Eso sí, lo que está demostrado
es que las alternativas para el crecimiento del pelo nada rigurosas como la
carboxiterapia, la ozonoterapia, la levadura de cerveza y demás únicamente
sirven para tirar el dinero.
Sin dejarme decir nada más, mi célebre interlocutora me condujo a la
biopeluquería de un amigo suyo con la intención de hacerme peinar a la última
moda. Lo de «biopeluquería» ya me pareció mal, pero todo empeoró nada más
entrar.
—Hola. ¡Cuánto tiempo sin verte, querida! —dijo el biopeluquero—. ¡Oye, tu
amigo necesita un cambio urgente! Precisamente, hoy está de oferta el lavado
con agua biopolar…
Y, acto seguido, me soltó una retahíla de frases sin sentido, pero
grandilocuentes y llenas de palabrería científica: «niveles celulares»,
«vehículos transmisores de orden cuántico», «emisiones fotónicas», «soluciones
bionaturales», etcétera. Era un clarísimo ejemplo del marketing pseudocientífico
(que tantas veces he denunciado) con el que los departamentos de ventas abusan
de la confianza de los consumidores en la ciencia.
—No te preocupes —repliqué—. Con el agua del grifo me vale.
—Deja entonces que te lave con el producto de moda: orina de camello. Es eficaz
en el tratamiento de ciertas enfermedades de la piel, elimina la caspa y hará
que tengas un pelo brillante y grueso. También es beneficiosa en el tratamiento
de la hepatitis, incluso si se ha alcanzado una etapa avanzada en la que la
medicina no puede hacer nada, pero en ese caso tendrías que beberla. Y si no te
convence, puedo aplicarte champú de placenta vegetal.
—Me estoy enfadando… Es cierto que la placenta vegetal existe, pero no tiene
nada que ver con los champús. Las angiospermas son las plantas con semilla
cuyas flores tienen verticilos o espirales ordenados de sépalos, pétalos,
estambres y carpelos. Estos últimos forman la parte reproductiva femenina de la
flor, ya que encierran los óvulos y reciben el polen en su superficie
estigmática, en lugar de recibirlo directamente en el óvulo como las gimnospermas.
Pues bien, el tejido de la cara interna del carpelo sobre el cual se forman los
óvulos recibe el nombre de placenta, pero, por mucho que la publicidad diga que
«actúa nutriendo la circulación sanguínea del cuero cabelludo y facilitando por
tanto el crecimiento y el nacimiento del cabello», esta placenta vegetal no
aporta nada a un champú. Lo que el fabricante del champú añade en realidad es
un simple extracto de proteína de maíz hidrolizada, un ingrediente presente en
muchos otros champús y que se extrae de las mazorcas. Este agente ayuda a tener
un cabello con una apariencia más voluminosa, pero no ayuda a que nazca o
crezca.
—¿Y este champú sin gluten? —preguntó al tiempo que me mostraba el envase.
—¿En serio? Los champús normales no contienen esa proteína, así que anunciarlos
como «sin gluten» no tiene ningún sentido. Esos eslóganes publicitarios en
cosméticos lo único que consiguen es fomentar la quimiofobia entre la sociedad,
pero no hacen que el producto sea más seguro o más eficaz. El gluten no atraviesa
la piel ni se introduce en el organismo si no se ingiere, por lo que su
presencia en un champú no implicaría ningún riesgo para las personas celíacas.
Tendrías que beberte el champú y, si cometes esa imprudencia, lo que menos debe
preocuparte es la presencia de gluten.
—Como sé lo que ocurrió, no voy a ofrecerte el champú con arginina que anunció
nuestra común amiga. Sin embargo, reconoce que proteína suena
mejor en un anuncio que aminoácido. Esa terminología química queda
fatal en las etiquetas y no ayuda a incrementar nuestras ventas. Pero déjame
hacer un último intento. Aquí tengo un champú que emplea en su composición ADN
marino, arroz rojo y péptidos, y este otro con ARN y células madre. Si no te
gustan, también tengo champús funcionales enriquecidos en vitaminas y que
llevan agua de manantial y manzanilla orgánica destilada o ungüentos que
activan los genes de la eterna juventud. Y te recomiendo unas ampollas con
guaraná, ginseng y bardana orgánica que eliminan la caspa…
Me marché sin despedirme siquiera. Me indigna ver como hay gente que se
aprovecha de la ciencia para engañar al consumidor. Cuando solo había andado
unos metros, mi famosa acompañante me cogió del brazo.
—Tranquilízate. No puedo dejarte acudir a tu romántica cita con esa piel tan
seca. Tengo una mascarilla que te ayudará. Lleva esperma de ballena.
—¿Me estás hablando en serio? —repliqué con un tono que hizo que mi
interlocutora olvidase el ofrecimiento.
Brillante como una ballena
El esperma de ballena es un ácido graso blanquecino
presente en las cavidades del cráneo del cachalote (Physeter macrocephalus)
y en las grasas vascularizadas de todas las ballenas. Tras someterlo a una
cristalización a 6 °C y a un tratamiento con presión y una solución química de
álcali cáustico, se consiguen unos cristales blancos brillantes y duros, pero
que resultan aceitosos al tocarlos. Gracias a su textura y a su olor, este
material es muy apropiado para la industria cosmética, los trabajos en cuero y
los lubricantes. Aunque el esperma de ballena no tiene efecto positivo sobre la
salud, más allá de que te guste su textura u olor, si te lo pones después de la
ducha, tu piel quedará reluciente.
—Pasemos a la ropa —dijo ella—. Aunque quieras impresionar a tu cita, queda muy
macarra ir en camiseta en el mes de enero.
—No te preocupes. Mi camiseta, fabricada con una tela sensible al calor, forma
parte de lo que ahora se llama «ropa inteligente[8]». Es tan
lista que se adapta al tiempo atmosférico que hace en cada momento. En su
composición destaca un hilo hecho con fibras que se expanden o contraen en
respuesta al calor y la humedad. El hilo se compone de dos materiales
sintéticos: uno absorbe agua y el otro la repele. Las hebras, además, están
recubiertas de nanotubos de carbono cuya estructura se modifica dependiendo de
la temperatura. Cuando el hilo está caliente o húmedo, se compacta, generando
espacios para que el calor sea liberado efectivamente. Por otro lado, si el
hilo se encuentra frío o seco, se expande y así se reducen los espacios por
donde el calor podría escapar. Mediante este proceso, el tejido puede bloquear
la radiación infrarroja o dejarla pasar.
—Me has convencido, te dejo ponerte esa camiseta. No olvides llevarle dos
regalos, uno tradicional y otro más atrevido. El primero debe ser un ramo de
rosas. El otro, algo más íntimo, un sujetador, por ejemplo. ¿Cuál es su color
favorito?
—El azul. Un color complicado de encontrar en unas rosas, aunque podríamos
solucionarlo. En cuanto al sujetador, no me parece lo más apropiado para la
mujer con la que he quedado.
—El sujetador es imprescindible. Dime antes cómo vamos a solucionar lo de las
rosas azules.
—En realidad las rosas azules que se ven en muchas floristerías no son más que
rosas blancas tintadas con colorantes. La dificultad para obtener una rosa azul
genuina reside en que los pétalos de las rosas no poseen el gen necesario para
producir la delfinidina. Esta molécula pertenece al grupo de las antocianinas,
unos pigmentos hidrosolubles que, además de otorgar el color azul a algunas
hojas, flores y frutos, también sirve para protegerlas de la radiación
ultravioleta o para atraer insectos polinizadores. A la carencia de delfinidina
se suma el problema de que, al ser un pigmento hidrosoluble, esas rosas azules
se desteñirían fácilmente. Por eso se desató una interesante lucha por
conseguir la primera rosa azul genuina. El primero en intentarlo fue el inglés
Frank Cowlishaw, que pasó veinticinco años de su vida cruzando entre sí
diferentes tipos de rosas. En 1999 produjo la variedad Rhapsody in Blue,
obtenida mediante técnicas de mejora genética. Sin embargo, esta rosa no era
azul, sino morada. Posteriormente, varios científicos japoneses y chinos se
enzarzaron en una guerra sin cuartel por ser los primeros en obtenerla.
Mediante ingeniería genética, los nipones insertaron en una rosa roja un gen
procedente de la petunia. Este gen produce la enzima indispensable para
sintetizar la delfinidina. También insertaron un gen «silenciador» para evitar
que la rosa fabricase cianidina, el pigmento rojo que le da su color
tradicional. Por desgracia, la rosa que obtuvieron tampoco fue azul
completamente, ya que seguía teniendo rastros de cianidina y, por tanto, aún
presentaba tonalidades rojas. Tras muchas investigaciones, eliminaron los
restos de cianidina y, en 2009, lograron comercializar y exportar la primera
rosa cuyos pétalos solamente tenían pigmentos azules. La bautizaron como
Aplausse. Aunque los japoneses se dieron por satisfechos con el resultado de
Aplausse, muchas personas opinaron que esta rosa era más bien malva. Entonces,
unos investigadores chinos abordaron el problema de la rosa azul desde otra
perspectiva. En vez de insertar en el genoma de la rosa el gen responsable de
la síntesis del pigmento azul delfinidina, lo que hicieron fue utilizar dos
enzimas bacterianas capaces de sintetizar otro pigmento azul, la indigoidina.
Para ello emplearon una cepa de Agrobacterium tumefaciens, un microorganismo
muy utilizado en biotecnología vegetal por su capacidad para insertar ADN
extraño en el genoma de las plantas. Cuando se inyectó la bacteria a las rosas
blancas, se transfirieron los genes de síntesis del pigmento y un verdadero
color azul comenzó a propagarse desde el lugar de la inyección. El resultado
sigue siendo una flor blanca, pero con pequeñas manchas azules extendidas por
sus pétalos[9].
—¡Perfecto! Lleva esta noche un ramo de esas rosas azules transgénicas, tengan
el precio que tengan. Respecto al sujetador que le debes regalar, yo utilizo
uno «supercientífico» que hace que mi piel esté más firme, suave, tersa e
hidratada. Además, mi busto está más firme y tonificado y puedo lucir un escote
más cuidado y atractivo. Todas estas maravillosas propiedades se consiguen
mediante la técnica de microencapsulación molecular con la que se ha elaborado
esta prenda íntima. El sujetador está compuesto de un 24 % de elastano, un 75 %
de poliamida y una serie de compuestos bioactivos. Aunque esas fibras se
emplean en la mayoría de los sujetadores y seguro que ya las conoces, lo
verdaderamente especial del que te recomiendo es la presencia de unos compuestos
bioactivos de naturaleza hidrofóbica (retinol, ácido oleico, ceramidas, aloe
vera y ácidos grasos). Al añadir estos ingredientes al proceso de elaboración
del sujetador, quedan atrapados en el interior de la poliamida. Se forman así
una serie de microcápsulas que son incorporadas a las fibras del sujetador
durante el proceso de hilado, de modo que cada filamento contiene miles de
microcápsulas. Por la fricción con la piel, estas microcápsulas se van
rompiendo y los compuestos bioactivos se liberan de forma constante y gradual,
haciendo que su acción fisiológica y sensorial sobre mi busto perdure en el
tiempo. Esos compuestos estimulan la síntesis de colágeno rejuveneciendo mi
piel, restauran la barrera de la piel aportando un efecto tensor inmediato, proporcionan
elasticidad y flexibilidad, eliminan arrugas prematuras y manchas seniles,
previenen y eliminan las estrías… y mil cosas más.
—Espera un momento. Tu sujetador tiene dos problemas: uno científico y otro
práctico. Por una parte, la tecnología de liberación controlada de compuestos
bioactivos está respaldada científicamente, pero otra cosa muy distinta es la
efectividad de los compuestos liberados. En el caso de tu sujetador, son
necesarias evidencias científicas que justifiquen que los agentes liberados
proporcionan todos los efectos que me has dicho, más allá de tus apreciaciones.
Pero lo más importante: estoy convencido de que a mi cita no le gustará que me
presente con un sujetador.
—Hazme caso, funcionará —repuso, haciendo oídos sordos a mis palabras—. Y para
que estés bien despierto durante tu cita, vamos a tomar un café especial para
personas mayores de cuarenta años. Concretamente, para las que deben reducir el
cansancio y la fatiga. Según su publicidad, una sola taza al día ayuda a
superar la crisis que sufrís los cuarentones. Lleva magnesio, que según la EFSA
ayuda, entre otras cosas, a reducir el cansancio y la fatiga, a la normal
función psicológica, al equilibrio de los electrolitos, a la síntesis normal de
las proteínas, al funcionamiento normal de los músculos, al metabolismo normal
de rendimiento de la energía, al mantenimiento normal de los dientes, al
funcionamiento normal del sistema nervioso y al proceso de división de las
células…
¿Todavía más magnesio? No, gracias
Si observamos las ingestas dietéticas estimadas de
este mineral adaptadas para la población española y los requerimientos medios
estimados, la ingesta de suplementos con magnesio suele ser innecesaria. En
2015 la EFSA revisó la ingesta diaria recomendada (IDR) de magnesio como parte
de la actualización de los valores dietéticos de referencia en la UE. Su grupo
de expertos estableció una ingesta recomendada de magnesio de 350 mg/día para
los hombres y 300 mg/día para las mujeres. Para los niños, varía entre 170 y
300 mg/día según la edad. Pues bien, la media de la ingesta observada de
magnesio oscila entre 300 y 400 mg/día, siendo algo menor en mujeres. Toda la
población española está por encima del nuevo límite inferior establecido por la
EFSA. Además, según la Enide, el porcentaje de población con una ingesta
inadecuada de este nutriente ronda el 30 %.
—¿Estás segura de que necesito magnesio? —la interrumpí—. Tras leer lo que dice
la Encuesta Nacional de Ingesta Dietética Española (Enide) realizada por la
Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan), no lo tengo tan
claro. Por tanto, a mí no me hace falta esa maldita taza de café «especial» por
dos cosas. La primera es que el grupo de población que más magnesio consume son
los hombres y mujeres… ¡que ya han cumplido los cuarenta! La segunda es que, en
mi casa, consumimos varios alimentos que superan los 56,3 mg de magnesio que
lleva el café para cuarentones fatigados que me has recomendado. Yo me decanto
por los frutos secos como las almendras, las avellanas y, sobre todo, las
nueces, que tienen un perfil nutricional espectacular. Además, aportan una gran
cantidad de ácidos grasos poliinsaturados, sobre todo omega-3, y tienen una
elevada proporción entre omega-3 y omega-6. O sea, que un puñado de nueces
tiene más magnesio que este carísimo café. De hecho, ¿te has dado cuenta de que
todos los suplementos ricos en colágeno y ácido hialurónico que tanto te gustan
van siempre acompañados de magnesio? Pues puedes tirarlos. Con un puñado de las
mismas nueces que yo tomo para reducir mi fatiga, tú puedes cuidar tus huesos y
el tejido conectivo, porque el colágeno y el ácido hialurónico presentes en los
complementos alimenticios no sirven para nada y su único efecto lo produce el
magnesio.
—Vale, pero al menos tómate un vaso de leche enriquecida que te aportará, según
su publicidad, «todo lo que necesitas para cuidarte a partir de los cincuenta».
—¿Me has llamado «cincuentón»? —rugí—. ¿Y de qué va esa leche que, según tú,
tanto necesito?
—Proporciona un aporte nutricional extra de proteínas para ayudar a mantener tu
masa ósea y muscular. Concretamente, 5 g de proteína por 100 ml frente a los
3,2 g de las normales. Esta gran cantidad de proteínas se obtiene por un
proceso de ultrafiltración que consiste en hacer pasar la leche por una
membrana con un tamaño de poro que permite el paso del agua, los minerales y la
lactosa, pero retiene las proteínas (que son más grandes).
—Eso es cierto…, pero en España no tenemos déficit de proteínas. De hecho, los
españoles consumimos bastante más proteína de la que se establece en las
recomendaciones, por lo que enriquecer proteicamente un alimento es absurdo.
Las tenemos en los huevos, carnes, pescados naturales, legumbres… Tanto la OMS
como la EFSA han establecido una IDR para adultos de 0,83 g de proteína por
kilogramo de peso corporal y día, especificando que pueden proceder de
proteínas de alta calidad (con la mayoría de aminoácidos esenciales y alta
biodisponibilidad). Esto quiere decir que una persona que pese 70 kg debe
consumir unos 58 g de proteína al día. Pues bien, en España los hombres
consumen 109 g y las mujeres, 88 g.
—Vale, en España se superan las IDR de proteínas. Pero esta leche para
cincuentones también lleva un aporte extra de calcio… y lo necesitas.
—Sí, contiene más calcio que la leche tradicional, pero ese aporte extra es
innecesario. Además, puedes encontrar otras fuentes que son más ricas en calcio
(y más baratas), como la col, la coliflor, el brócoli o incluso el repollo.
Calcio por un tubo
Las IDR de calcio son muy variables entre países
con condiciones similares, pues pasan de los 900 mg al día para adultos en
España a los 1000 mg en Estados Unidos o los 700 mg en el Reino Unido para el
mismo rango de edad. La EFSA, por su parte, indica una ingesta de referencia de
1000 mg/día entre los 18 y los 24 años de edad, y de 950 mg/día para mayores de
25 años. Pero da igual, porque la ingesta diaria de calcio siempre es mayor que
la recomendada.
—Pero, cuando se tienen problemas de osteoporosis, todos dicen que hay que
consumir más calcio —comentó la estrella hollywoodense.
—No. Cada vez es más evidente que es absurdo aumentar la ingesta de calcio para
mejorar nuestra salud ósea y prevenir las osteoporosis. Hay otras opciones
mejores, como aumentar la actividad física, no descuidar la ingesta de
proteínas, moderar el consumo de sal, obtener suficiente magnesio y vitamina K
consumiendo verduras, no beber, no fumar… e ingerir suficiente cantidad de vitamina
D.
—La leche para cincuentones —apuntó la celebrity— tiene un aporte
extra de vitamina D…
—Pues no vamos muy sobrados los españoles de vitamina D, y eso que vivimos en
un país con muchas horas de sol, la principal fuente de síntesis de este
nutriente. Una parte de la población española no alcanza las IDR establecidas.
Además, a medida que nos hacemos mayores, la síntesis de vitamina D a partir de
la exposición solar disminuye. Y no es fácil encontrarla en la alimentación
tradicional, pues se encuentra fundamentalmente en el pescado azul (100 g de
atún aportan 25 μg), los moluscos y crustáceos, los huevos, algunos alimentos
de origen vegetal —como las setas— y pocos más. Pero, aun así, no recomiendo
pagar el alto precio que tiene esa leche para cincuentones por ingerir un poco
más de vitamina D.
—Hala, leche «especial» a la basura. Y ahora llega el momento más delicado. Si
la cita va bien y ambos os ponéis cariñosos…
—¿Pero qué insinúas? ¡¡Esta noche no habrá sexo!! —exclamé con los ojos fuera
de las órbitas.
—¿Tan seguro estás de que no la vas a seducir?
—Sí. La mujer se llama Rosario, tiene quince hijos y es… mi abuela.
Capítulo 6
El secreto de la abuela
Lo Pagán, en Murcia, es un pequeño pueblo costero
situado a orillas del Mar Menor, la albufera española de mayor extensión. Esta
laguna litoral de agua salada del Mediterráneo tiene una gran riqueza
medioambiental gracias, entre otras cosas, a su singular fauna y flora.
Flamencos, caballitos de mar y espectaculares algas son algunas de las especies
más características de esta joya situada a escasos kilómetros de la Dehesa de
Campoamor.
En las últimas décadas, el Mar Menor ha sufrido muchísimo por culpa de la alta
contaminación. Su principal causa es la eutrofización —la acumulación de
residuos orgánicos— producida por factores como el vertido de aguas y residuos
urbanos y agrícolas, la filtración procedente del subsuelo rica en nitratos, el
aumento de la acuicultura, la acción de las líneas marítimas en el entorno y el
cambio climático. Todo ello ha provocado una grave degeneración del Mar Menor,
un ecosistema único incluido en la Convención Relativa a los Humedales de
Importancia Internacional, especialmente como Hábitat de Aves Acuáticas —más
conocida, para abreviar, como Convenio de Ramsar— y protegido como espacio
natural y zona de especial interés. Hoy en día, el Mar Menor se está
recuperando poco a poco de esta situación que ha provocado la destrucción de
más del 80 % de sus praderas vegetales.
Siempre que puedo, vuelvo a este paradisiaco lugar para ver a mi abuela. Cuando
llegué a Lo Pagán, ella estaba sentada en la terraza tomando su bebida
favorita, el vermú, la cual nos llevó a una conversación que me hizo recordar
quién despertó mi amor por la ciencia.
—¡Hola, abuela! ¿Ya estás otra vez con el vermú? No te fíes, que esa bebida
entra muy fácil, pero tiene un grado alcohólico no inferior al 14,5 %.
—A mis años, merezco tomarme el aperitivo que me apetezca. Esta bebida, que por
cierto se ha vuelto a poner de moda entre la juventud, es un compendio de
botánica y química. Todo lo que sé sobre él me lo enseñó tu abuelo Enrique, que
lo elaboraba y se pasaba todo el día hablando del tema. Se trata de un simple
vino aromatizado que ha sufrido adición de alcohol y cuyo sabor característico
ha sido obtenido mediante la utilización de sustancias adecuadas derivadas de
diversas especies de Artemisia. Este que estoy tomando procede
concretamente del ajenjo o hierba santa (Artemisia absinthium), una
planta herbácea medicinal que crece en las regiones templadas de Europa, Asia y
el norte de África. El principio activo del ajenjo es la tujona, un compuesto
que recibe ese nombre porque se encontró por primera vez en el aromático árbol
tuya, un tipo de cedro también conocido como «el árbol de la vida». También se
encuentra en la salvia y el enebro. Su estructura química es parecida al
mentol. En cantidades elevadas la tujona puede ser peligrosa, ya que inhibe
receptores que activan las neuronas, pero a las dosis en las que se encuentra
en el vermú no hay ningún riesgo. La planta tiene otro compuesto químico, la
absintina, una sustancia amorfa de color amarillo, poco soluble en alcohol pero
sí en agua, que le proporciona también sabor amargo.
—Abuela, ¿qué tomas para acompañar el vermú?
—Una tapa de microorganismos. Formo parte de un proyecto de investigación que
intenta demostrar que la ingesta de determinados suplementos probióticos ayuda
a mi salud mental.
—¿Te ríes de mí, abuela?
—Pues vaya un divulgador científico que estás hecho. Veo que no estás al día en
los últimos estudios acerca de la importancia de la microbiota en nuestra vida.
Como sabes, el microbioma humano es el conjunto de genes de los microorganismos
presentes en nuestro organismo. Este conjunto de microorganismos se denomina
microbiota, y está integrada principalmente por bacterias, virus y hongos.
Parece ser que el microbioma humano bacteriano es predominante y de mayor
influencia. Más de cien mil billones de bacterias habitan en el organismo
humano y muchas de ellas desempeñan un papel esencial en la regulación de
procesos tan importantes como la actividad de las enzimas digestivas, la
síntesis de vitaminas del complejo B, la interacción con el sistema inmunológico
y la protección frente a organismos patógenos, entre otros. Ten en cuenta,
querido nieto, que varios estudios apoyan que no cuidar la microbiota puede
incrementar el riesgo de desarrollar determinadas patologías.
—¿Y qué tiene que ver la microbiota con tu salud mental?
—Aunque hasta ahora los estudios concluyentes se han realizado solo en ratones,
cada vez parece más claro que los microbios que habitan en nuestro intestino no
solo influyen sobre nuestra salud estomacal, sino también en la mental.
Bacterias para alegrarnos la vida
Cuando a ratones sanos se les introducen heces de
humanos con depresión, desarrollan síntomas propios de esta enfermedad. Por el
contrario, en humanos se ha visto que modificar el ecosistema intestinal puede
reducir los estados de ansiedad, depresión y/o autismo.
Ya se han trasplantado experimentalmente en humanos bacterias para combatir
infecciones intestinales y, en la actualidad, hay un proyecto en marcha que
consiste en administrar bacterias Coprococcus y Dialister a los humanos a
través de la dieta o de alimentos probióticos para tratar enfermedades
psiquiátricas o neurológicas. Aunque aún es pronto para saber si este
tratamiento es efectivo, y más aún para hacer recomendaciones generalizadas,
porque la complejidad del ecosistema intestinal es muy alta.
Cada persona tiene en su estómago más de un kilo de microorganismos, la mayoría
bacterias, de 1200 especies distintas. Por ello es muy complicado influir en
patologías graves con la administración de una sola bacteria. Es necesario
modificar la microbiota con intervenciones más grandes, pero las pequeñas
investigaciones arrojan resultados que luego se tendrán en cuenta en los
grandes programas sanitarios.
—Así que suplementarte con bacterias es uno de tus secretos para estar sana
mentalmente.
—Sí, y ser una alondra —apostilló ufana.
—¿…?
—¿Y tú dices que eres científico? Las alondras somos las personas a las que no
nos cuesta levantarnos y alcanzamos nuestro mayor grado de productividad por
las mañanas. En el lado opuesto se encuentran los búhos, que trabajan mejor de
noche y se acuestan y levantan tarde. Tú eres un búho. Pues bien, un estudio
muestra que las alondras tienen menos riesgo de sufrir enfermedades mentales
como la depresión o la esquizofrenia. El trabajo, que ha analizado el genoma de
697 828 personas, concluye que existen al menos 351 genes que predisponen a una
persona a ser búho o alondra, casi quince veces más de los 24 genes que se
conocían. Al determinar qué variantes genéticas compartimos las alondras, los
investigadores han podido establecer una relación causa-efecto entre ser
tempranero y gozar de una mayor salud mental[10]. El estudio
confirma que quienes estaban genéticamente predispuestos a ser alondras se
dormían unos 25 minutos antes que los búhos. Por tanto, muchos de esos genes
regulan los «relojes» circadianos del cuerpo, es decir, los procesos
bioquímicos que gobiernan la periodicidad de las actividades celulares. Otros
genes que han identificado se expresan en el hipotálamo, la región del cerebro
que regula el sueño y la vigilia; algunos participan en el metabolismo de la
insulina; y los hay que influyen en el procesado de sustancias estimulantes
como la cafeína y la nicotina. Además, otras investigaciones han demostrado que
los búhos, por su peor regulación metabólica, parecen tener un mayor riesgo de
diabetes y obesidad. Así que lleva cuidado, querido búho, y conviértete en
alondra. El ritmo circadiano se puede entrenar, pero hasta cierto punto. Si
eres un búho, puedes lograr avanzar gran parte del camino para llegar a ser una
alondra. Debes cambiar tus rutinas de acostarte y levantarte. Eso sí, los búhos
tenéis un «reloj» interno que corre un poco más despacio, por lo que nunca
llegaréis a ser alondras puras, pues eso es genético y no se puede cambiar.
—No tenía ni idea. ¿Sigues tejiendo?
—Por supuesto —respondió mi abuela—. Me relaja muchísimo, me ayuda a ser
creativa y a mantener activa la mente y, sobre todo, me sirve para actualizarme
en un campo que me encanta: la física de los materiales. Un tejido de punto es
un buen ejemplo de cómo un material muy simple (una hebra de lana
unidimensional) puede estructurarse para convertirse en un objeto (una bufanda)
con unas propiedades mecánicas radicalmente diferentes. En otros tipos de tela
existen múltiples hebras que se cruzan entre sí. Sin embargo, en esta bufanda
que estoy tejiendo solo hay una hebra que forma curvas y se entrelaza consigo
misma formando una red muy flexible con gran capacidad para estirarse.
Concretamente, esta bufanda puede estirarse hasta el doble de su longitud,
aunque la hebra original que he empleado no sea en sí misma elástica. Eso
ocurre porque las propiedades de la hebra original no tienen un papel
significativo en la forma que adopta el tejido cuando se deforma, sino que es
la estructura que se le da al tejerla lo que tiene más influencia.
—No hacía falta este despliegue científico. Lo que quiero es que me regales la
bufanda cuando la acabes, porque me estoy resfriando.
—En serio, parece mentira que seas científico. El frío no es el motivo por el
que te estás resfriando. En realidad, el culpable de tu resfriado es un virus,
normalmente del género Rhinovirus, aunque hay otros. Estos virus se
transmiten por el aire, por secreciones del cuerpo o por superficies
contaminadas como los pomos de las puertas o la barra del autobús. De todas
formas, el frío podría contribuir a transmitir los virus que producen los catarros,
ya que existen evidencias que sugieren que un ambiente frío y seco favorece el
contagio y la infección. No está demostrado que ponerte esta bufanda o secarte
el pelo tras la ducha te vaya a proteger de la infección, pero tendrás menos posibilidades
de constiparte si te lavas las manos frecuentemente o te tapas la boca con un
pañuelo y no con la mano cuando estornudas.
—Ya sé a quién he salido. Cuando hablas de ciencia, te enrollas más que yo…
—Hoy no vas a conseguir cabrearme. Es un día grande para todos los que vivimos
en el Mar Menor. Aunque sea poco a poco, la laguna se está regenerando y ha
recuperado en un año un tercio de su vegetación submarina.
El renacer del mar menor
Antes de la crisis de eutrofización de sus aguas,
casi todo el fondo del Mar Menor se encontraba colonizado total o parcialmente
por praderas de una hierba llamada seba (Cymodocea nodosa) y de un alga
que aquí se llama orejilla de liebre (Caulerpa prolifera). Poco a poco,
ambas especies vuelven a ocupar el fondo marino ¡e incluso hay más caballitos
de mar! Según el último censo, la población de Hippocampus guttulatus,
una especie característica del Mar Menor que puede alcanzar los 21 cm de
longitud, ha pasado de 5000 individuos en 2017 a casi 25 000 actualmente. De
todas formas, aún estamos lejos de los 200 000 caballitos que había en 2012. Si
se recupera la cubierta vegetal de esta laguna salada, perdida tras el desastre
ecológico sufrido, lograremos que vuelva a bucear por sus aguas este elegante
animal, que destaca por su largo hocico, su cola prensil —con la que puede
fijarse sobre algas y plantas— y su color amarillo-verdoso, que le permite
camuflarse para protegerse de sus depredadores.
—¿Y sigue habiendo tantas medusas como el año pasado?
—Tranquilo, este año no hay carabelas portuguesas (Physalia physalis) en
el Mar Menor. Por cierto, no son medusas, sino una colonia de diferentes
organismos que se dedican a distintas funciones. Su picadura no es mortal, ni
siquiera es más peligrosa que otras, pero su veneno tiene propiedades
neurotóxicas, citotóxicas y cardiotóxicas. En el verano de 2018 tuvimos un
tiempo atípico en la zona y las intensas lluvias y fuertes vientos de poniente
durante muchos días seguidos atrajeron a centenares de ellas.
—Espero que esta regeneración no sea flor de un día y que todos los agentes
implicados en la recuperación del Mar Menor, políticos incluidos, se lo tomen
en serio.
—Ya me encargaré yo de recordárselo. Y para celebrar que la salud del Mar Menor
mejora, he reservado mesa en un restaurante y te invito a cenar. Eso sí, nos va
a acompañar mi amiga Piedad, he quedado con ella mientras nos bañábamos después
de comer.
—¿Os habéis bañado sin dejar pasar dos horas? ¡Os podía haber dado un corte de
digestión!
—Hijo, tú de química sabrás mucho, pero de fisiología… Es cierto que hay
personas que sufren un corte de digestión cuando se meten al agua justo después
de una comida copiosa. Pero la verdadera razón de ese síncope (que nada tiene
que ver con el aparato digestivo) es un cambio brusco en la temperatura
corporal, que te puede llevar incluso a la muerte si pierdes el conocimiento en
el mar. Esta diferencia de temperaturas también se puede producir, por ejemplo,
si te expones prolongadamente al sol, te metes al agua tras sudar mucho, tomas
alcohol antes de bañarte o estás ingiriendo determinados fármacos. Para evitar
ese mal llamado corte de digestión, no hace falta dejar dos horas tras la
comida, sino evitar el shock termodiferencial. Nosotras nos
hemos mojado las muñecas, nuca y cabeza antes de meternos al agua y hemos
estado un rato de pie en el agua antes de zambullirnos completamente. De esta
forma hemos evitado el riesgo de hidrocución, que es un término más apropiado,
y no hemos sufrido ningún tipo de inhibición de la función respiratoria y
circulatoria por reflejo.
—¿Y por qué mi madre y tú me decíais de pequeño que tenían que pasar dos horas
desde la comida?
—¡Ay, qué inocente eras! Porque necesitábamos ese tiempo para dormir la siesta…
Tras esta intensa e inesperada charla sobre ciencia con mi abuela Rosario, me
llevó a cenar a un restaurante cercano. Nada más llegar me quedé estupefacto.
—¿Me has traído a un restaurante vegano? ¿En serio? Pero si yo juego mucho al
tenis y los deportistas no podemos permitirnos ser veganos. Es peligroso.
—Déjate de prejuicios absurdos —protestó—. Hay muchos tenistas veganos. Aunque
sí es cierto que su dieta tiene que ser controlada por un especialista en
nutrición deportiva, ya que la eliminación de cualquier producto de origen
animal (carne, pescado, leche, huevos, miel, queso o mantequilla) puede dar
lugar a algún desequilibrio nutricional si no planifican bien su menú. Los
deportistas veganos deben evitar las dietas hipocalóricas, las fuentes de
hidratos de carbono nada recomendables o los alimentos vegetales poco
proteicos. Tampoco es recomendable la ingesta excesiva de ácidos grasos omega-6
o los alimentos ultraprocesados, aunque lleven el sello «producto apto para
veganos». La mayoría de estos alimentos contienen excesivas cantidades de sal,
azúcares, grasas vegetales poco recomendables y otros ingredientes nada
saludables. Pero, ojo, las personas no veganas también debéis hacer una
correcta planificación nutricional.
—¿Y qué como yo en un restaurante vegano? —le pregunté desanimado.
—Puedes comer lo mismo que un deportista vegano. Estos tienen muchísimas
fuentes de alimentos saludables y sabrosos. Prácticamente no tienen que
suplementar su dieta con nada.
Alimentación sana para deportistas veganos
Las proteínas vegetales de los frutos secos
(cacahuetes, almendras, anacardos, etcétera) y de las legumbres (la soja
texturizada posee un 50 % de proteína) son de gran calidad. La levadura de
cerveza también es una buena fuente de proteínas vegetales, además de aportar
vitaminas del grupo B y diversos minerales.
Respecto al consumo de hidratos de carbono, se recomienda la avena, el
arroz, la fruta desecada y las legumbres (garbanzos, lentejas, guisantes y
demás). Todos estos alimentos aportan, además de hidratos de carbono, otros
macronutrientes y micronutrientes de gran calidad.
Eso sí, el deportista vegano debe ingerir alimentos poco habituales (como
semillas de lino y pipas de girasol o calabaza) para suplir la carencia de
ácidos grasos omega-3 provocada por la ausencia de pescado azul en su dieta.
Por supuesto, el aceite de oliva virgen extra debe ser la principal fuente de
grasa, seas vegano o no.
Es cierto que los deportistas veganos que no planifican su dieta pueden
presentar déficits de micronutrientes como vitamina D, calcio, yodo, hierro,
zinc, selenio y, sobre todo, vitamina B12. En cuanto a esta última, los veganos
deben tomar alimentos enriquecidos con ella o bien suplementos de esta
vitamina.
La llegada de Piedad, la amiga de mi abuela, interrumpió su arenga en favor del
veganismo.
—Hola. Lamento el retraso, pero me han hecho un estudio neuronal para saber si
tengo alzhéimer. Por suerte, los resultados han sido negativos.
—¿En qué consiste ese estudio? —pregunté tras saludarla.
—El cerebro humano produce nuevas neuronas hasta casi los noventa años de edad.
Este mecanismo, denominado neurogénesis hipocampal adulta, se encuentra dañado
en los pacientes que padecen alzhéimer. Si tuviese esta enfermedad, en el
estudio que me han hecho hoy hubiesen detectado que mi cerebro no produce
neuronas nuevas. Pero estoy perfecta. Además, me han explicado que los humanos
tenemos unos 86 000 millones de neuronas, que no es cierto que tengamos un
hemisferio creativo y otro analítico que trabajan independientemente (ya que
los dos lados del cerebro están interconectados y trabajan en equipo) y que,
sin duda, utilizamos mucho más del 10 % de nuestro cerebro.
—Me alegro de que todo haya ido bien.
—Gracias. ¿Sabes que me encantan los restaurantes veganos? A diferencia de los
tradicionales, suelen tener complementos alimenticios de origen vegetal.
—No le digas que recurres a la medicina natural —dijo mi abuela con tono
alarmado, pues me conoce bien.
—Hay mucha gente que cree en la medicina natural como método para luchar contra
sus enfermedades y rechaza la medicina «química». Es absurdo —afirmó Piedad—.
Solo existe un tipo de medicina, la que funciona. Pero lo que no se puede
obviar es que muchos principios activos que se emplean en la medicina «química»
proceden de fuentes naturales. Lo que ocurre es que esos principios activos hay
que aislarlos y purificarlos antes de su introducción en fármacos. Por eso,
aunque la aspirina tenga su origen en la corteza del sauce o la morfina en la
amapola del opio, no tiene ningún sentido comer corteza de sauce o pétalos de
amapola. En resumen, tan absurda es la quimiofobia (el rechazo a los productos
químicos) como la naturofobia (el rechazo a los productos naturales). Al final,
lo único que cuenta es la efectividad del principio activo una vez sintetizado
químicamente o aislado y purificado de fuentes vegetales. Yo, por ejemplo,
suelo consumir unos comprimidos procedentes del cardo mariano (Silybum
marianum).
Una terapia prometedora
Un compuesto extraído de las semillas de cardo
mariano, la silbinina, ha demostrado frenar la metástasis cerebral en una
terapia experimental realizada en dieciocho pacientes con cáncer de pulmón.
Administrado en combinación con el tratamiento estándar de quimioterapia,
sirvió para aumentar significativamente la supervivencia media de estos
enfermos. En tres casos, las metástasis cerebrales desaparecieron hasta ser
indetectables. Aunque sus resultados son muy relevantes, hay que dejar claro
que solo es un tratamiento experimental y que no se administró cardo mariano
tal cual, sino su principio activo una vez aislado y purificado.
—Camarero, por favor —dijo mi abuela para desviar la conversación—. Sírvanos lo
que el chef crea oportuno. Eso sí, queremos el mejor vino sin alcohol que tenga
en la carta.
—Si no os importa, tomaré una copa de vino con alcohol. Respecto a la bebida
que has pedido, tengo que decir dos cosas. La primera es que no existe vino sin
alcohol de calidad. Para elaborarlo se suele emplear la ósmosis inversa, un
sistema mediante el cual el alcohol se extrae en una etapa posterior a la
fermentación del vino, lo que reduce no solo su grado alcohólico, sino también
los componentes volátiles que aportan complejidad al buqué y los aromas en la
nariz. Además, puesto que los restaurantes veganos ofrecen numerosos
complementos enriquecidos con vitamina B12 y este micronutriente combate la
resaca, mañana me levantaré como nuevo por mucho vino con alcohol que beba.
—Voy a rectificar una vez más a tu nieto, Rosario. Es cierto que algunos vinos
sin alcohol elaborados por ósmosis inversa presentan peores características
sensoriales. Sin embargo, los enólogos han descubierto nuevos métodos de
elaboración de vino sin alcohol que dan excelentes resultados. Uno de ellos
consiste en emplear un tipo especial de levaduras en el proceso de
fermentación. Estas levaduras se «comen» el azúcar del vino con el único
objetivo de reproducirse, pero no producen alcohol. De esta forma se logra
elaborar vino sin nada de alcohol. Si lo que se pretende es que tenga una baja
graduación alcohólica, cuando queda poco azúcar se introducen levaduras tradicionales
que lo fermenten. Esta técnica permite regular la cantidad de alcohol sin
eliminar los compuestos volátiles responsables del aroma y del sabor. Y
respecto a lo de tomar vitamina B12, ya sea en forma de suplemento o mediante
fármacos, para combatir la resaca, siento decirte que es un mito. Es cierto que
la vitamina B12 tiene un papel esencial en el sistema nervioso, pero eso no
tiene nada que ver con que su administración ayude a superar el malestar
causado por el alcohol. De hecho, como bioquímico que me ha dicho tu abuela que
eres, deberías saber que el alcohol interfiere en la reabsorción de la B12, ya
que el hígado está más preocupado por metabolizar el alcohol que en sintetizar
glutatión, una molécula necesaria para la absorción de esa vitamina. Así que
limita tu consumo de alcohol o no te librarás de la resaca.
—Me has convencido, Piedad, pero tengo un as en la manga. El uso del selenito
sódico como suplemento alimenticio es capaz de reparar el daño en el ADN que
provoca el consumo de alcohol agudo y que puede dar lugar a serios problemas
cardiovasculares, relacionados con el sistema nervioso central o incluso
cáncer. El selenito previene y repara el daño oxidativo en el ADN evitando la
rotura de la doble hélice provocada por el consumo de alcohol. Además, el
consumo de este complemento aumenta la actividad de una enzima antioxidante, la
glutatión peroxidasa, que se ve afectada negativamente[11].
—Por un lado, esos estudios se han hecho solo en ratones y habría que
confirmarlo en humanos —repuso Piedad—. Además, ¿no has leído que el alcohol,
incluso en pequeñas cantidades, aumenta el riesgo de desarrollar varios tipos
de cáncer?
—Querido nieto, el alcohol siempre es dañino, da igual que lo ingieras a altas
o bajas cantidades —añadió mi abuela.
¿Alcohol? No, gracias
Un estudio científico analizó el consumo de alcohol
de los habitantes de 195 países entre 1990 y 2016. Los resultados son claros:
consumir cada día 10 g de alcohol etílico puro (equivalente a un vasito de
vino, una caña de cerveza o un chupito de whisky) es suficiente para causar
cirrosis, trastornos cardiovasculares o varios tipos de cáncer. En un principio
la probabilidad de contraer estas patologías es solo un 0,5 % mayor, pero este
porcentaje aumenta drásticamente a medida que aumenta el número de bebidas
ingeridas. De hecho, alcanza el 37 % si se alcanza una cantidad de alcohol
equivalente a dos copas de licor destilado o algo menos de tres copas de vino.
Incluso la OMS no establece un límite para beber con seguridad, ya que las
evidencias demuestran que lo mejor para la salud es no consumir alcohol en
absoluto.
—¡Nunca bebo, pero esta noche es especial! Y lo que quiero saber es cuál es
vuestro gran secreto científico —dije para desviar su atención, lo que hizo que
ambas se miraran con complicidad.
—Empieza tú, Rosario —sugirió Piedad.
—En 1915 ingresé en la Residencia de Señoritas, el primer centro oficial para
fomentar la educación superior de la mujer en España —comenzó mi abuela—. Era
la versión femenina de la Residencia de Estudiantes, un centro que surgió con
el objetivo de que aquellos jóvenes varones que vivían en las provincias
españolas pudieran ir a estudiar a la universidad en la capital y tuviesen un
sitio digno para alojarse. La directora del centro era María de Maeztu, una
pedagoga muy implicada en el mundo de la enseñanza que luchó duramente para poner
en marcha la Residencia de Señoritas. Y te puedo asegurar que lo consiguió.
Cuando se inauguró la Residencia éramos treinta mujeres. Pocos años más tarde
ese número ascendía a doscientas noventa y siete.
—Nunca me lo habías contado. Pero ¿por qué el centro donde se alojaba el grupo
femenino se llamaba Residencia de Señoritas? ¿Acaso no erais vosotras también
estudiantes?
—La razón oficial era que la inmensa mayoría de las estudiantes, al principio
sobre todo, no eran universitarias. En aquella época no había muchas mujeres
que fuesen a la universidad. La mayoría de las que vivían en la Residencia de
Señoritas se preparaban para ser maestras, entrar en el conservatorio o
ingresar en otros centros. Afortunadamente, el número de universitarias en la
Residencia aumentó con el tiempo. Ese fue el gran logro de María de Maeztu:
normalizar el hecho de que las mujeres tuvieran una educación superior y que
fueran a la universidad.
Cuna del feminismo español
La Residencia de Señoritas no solo era un lugar de
alojamiento de las estudiantes que llegaban de fuera de Madrid. Repartidos por
los doce edificios que la componían había un salón de té, una biblioteca, salas
de estudio donde tenían lugar conferencias y clases particulares impartidas por
ilustres profesoras de aquella época, salones donde se realizaban recitales
musicales y otras actividades culturales en las que intervinieron personas
como, por ejemplo, José Ortega y Gasset, Rafael Alberti, Concha Méndez, Miguel
de Unamuno, Clara Campoamor y Victoria Kent.
Pero en la Residencia de Señoritas no solo se pretendía que las mujeres
crecieran en el ámbito cultural, también se buscaba que las residentes
crecieran moralmente y, para ello, la directora empleaba una estrategia basada
en la convivencia y la tolerancia. Además, muchas de las actividades tenían
como objetivo impulsar el papel de la mujer en la sociedad de aquellos tiempos
e, incluso, reivindicar la igualdad en el matrimonio y en el acceso a los
cargos públicos y que se dictasen leyes protectoras del trabajo femenino.
La Residencia de Señoritas fue una de las cunas del actual feminismo, y de ella
salió un grupo excepcional de mujeres altamente cualificadas, gracias a las
cuales el modelo social tradicionalmente asociado a la condición femenina
empezó a experimentar una auténtica transformación en España.
—¿Qué ideología reinaba en la Residencia de Señoritas?
—Había de todo. Chicas católicas, protestantes, agnósticas…, pero a todas nos
unía nuestro amor por la cultura y por la igualdad de derechos entre hombres y
mujeres, cosa que no era muy fácil de defender en los albores del siglo XX. Fue
un modelo tan exitoso que en 1931 se fundó la Residencia Internacional de
Señoritas Estudiantes de Barcelona, situada en el Palau de Pedralbes, y que
funcionó hasta el inicio de la Guerra Civil.
—Voy a hacerte la gran pregunta, abuela: ¿tú qué hacías allí?
—Yo estudiaba… química farmacéutica en el Laboratorio Foster.
—¡¡¡¿…?!!!
—Cierra la boca, nieto. Se lo bautizó como Laboratorio Foster en honor a su
fundadora, la bioquímica estadounidense Marie-Louise Foster, y era el resultado
de la colaboración de la Junta para Ampliación de Estudios con el International
Institute for Girls in Spain, institución cuyo punto de referencia eran
los colleges femeninos del nordeste de los Estados Unidos.
Pues bien, el Laboratorio Foster fue el primer centro de química en nuestro
país que se dedicó en exclusiva a la formación de mujeres y en él se educaron
las primeras generaciones de científicas españolas en este campo. Su creación
fue algo revolucionario, ya que hasta 1920 las mujeres se habían mantenido
prácticamente al margen de la formación práctica en ámbitos científicos, debido
a que en los laboratorios siempre ha existido la escasez de recursos y estos se
priorizaban para los varones. El Laboratorio Foster tenía como finalidad la de
completar, con los estudios prácticos, la formación teórica adquirida por las
alumnas de la Facultad de Farmacia. Venía a ser un laboratorio que sustituía la
ausencia de dependencias similares en la universidad, y muy especialmente en la
Facultad de Farmacia, de donde procedía la mayor parte de las alumnas. Las
prácticas que allí se impartían eran de tanta calidad que muchas de ellas
llegaron a convalidarse en la universidad. Muchas mujeres que se formaron en el
Laboratorio llegaron a trabajar en el Instituto Nacional de Física y Química y
algunas de ellas se convirtieron, posteriormente, en personas muy importantes
en el panorama científico nacional e internacional. El éxito de este
laboratorio de química fue tal que se decidió crear otro semejante en el ámbito
de la biología. Sin embargo, las subvenciones estadounidenses se dirigieron a
la mejora del centro químico antes que a la creación de otro lugar de
investigación.
—¿Esos centros siguen en pie? —pregunté mientras intentaba asimilar todo lo que
me contaba mi intrépida abuela.
—Por desgracia, no. Dejaron de funcionar en 1939 tras el fin de la Guerra
Civil. Debido al parón vacacional, la Residencia de Señoritas se encontraba
prácticamente vacía cuando estalló la contienda en 1936. Sus instalaciones se
emplearon entonces como hospital, enfermería y orfanato. A comienzos del año
siguiente, una delegación se instaló en Valencia. Finalmente, María de Maeztu
dimitió y partió hacia el exilio. Ese fue el principio del fin de la Residencia
de Señoritas y del Laboratorio Foster.
—Abuela, gracias por contármelo. Tuviste que conocer a muchas científicas en
esos años…
—La que más me impactó no vivía en la Residencia de Señoritas, sino en otra,
pero nos veíamos mucho. La tienes sentada a tu derecha. Piedad de la Cierva no
solo es mi gran amiga, sino también una de las mejores investigadoras que ha
habido en España. Incluso trabajó mano a mano con una de las mujeres
científicas más relevantes de la historia.
—¡¡¡¿…?!!! —Aunque es difícil en mí, volvía a quedarme sin palabras.
—Yo procedo de una familia murciana muy conservadora, pero mi padre quiso que
mi educación fuera adecuada a los nuevos tiempos que corrían para las mujeres
—comenzó a explicar Piedad, divertida con mi estupefacción—. Estudié Ciencias
en Murcia y posteriormente en Valencia, donde me alojé en la residencia de las
Escolapias hasta que la proclamación de la Segunda República cerró el centro.
Entonces fui acogida por la familia de uno de sus profesores, que había sido
maestro mío en Murcia. Más tarde me trasladé a Madrid para hacer el doctorado,
y allí residía en la Institución Teresiana. Hice mi tesis en el Instituto
Rockefeller, donde se encontraba el Instituto Nacional de Física y Química. Se
tituló Factores químicos del azufre y del plomo. También estudié la
división atómica de los elementos químicos fundamentales y logré publicar siete
artículos al respecto en la revista de la Sociedad Española de Física y
Química. En 1935, justo antes del estallido de la Guerra Civil, que dio al
traste con la carrera científica de tu abuela, tuve la suerte de viajar a
Dinamarca para especializarme en radiación artificial. Gracias a una beca de
ampliación de estudios, pude hacer una estancia en el Instituto Niels Bohr, un
centro de referencia mundial en energía nuclear donde en aquellos tiempos
trabajaban muchos de los nobeles con los que me codeé. Uno de ellos fue el
famoso científico George von Hevesy, quien había descubierto el hafnio. Imagínate…,
¡una mujer nacida en Murcia rodeada de premiados con el Nobel en Copenhague!
También conocí en París a Irène Joliot-Curie, hija de Marie y Pierre Curie.
Ella investigaba allí junto a su marido, Frédéric Joliot, la estructura del
átomo y la física nuclear. Me fascinó tanto como su madre, a la que tuve
ocasión de ver en España en tiempos de la Segunda República. La otra gran
científica que marcó mi carrera fue mi querida Lise Meitner, la «madre» de la
fisión nuclear.
—¡¿Conociste a mi científica favorita, la física austriaca Lise Meitner?!
—Sí, la conocí en Berlín. Es la única mujer que tiene un elemento en la tabla
periódica en su honor: el meitnerio. Este alto reconocimiento solo lo han
alcanzado unos pocos científicos como Nicolás Copérnico (copernicio), Alfred
Nobel (nobelio) y Albert Einstein (einstenio), entre otros pocos. El 29 de
agosto de 1982, los investigadores alemanes Peter Armbruster y Gottfried
Münzenberg lograron sintetizar por primera vez ese elemento radiactivo que,
aunque inicialmente fue llamado unnilenio, luego sería bautizado en honor de
Lise, para hacerle justicia como víctima del racismo alemán y dar el justo
crédito a su trabajo científico.
Una injusticia científica
Por ser mujer, Lise Meitner lo tuvo muy difícil
para acceder a la universidad, pero, gracias a su familia y a su propio empeño,
consiguió que el físico y matemático alemán Max Planck, considerado el fundador
de la teoría cuántica, hiciera una excepción y le permitiera asistir a sus
clases en la Universidad de Berlín en 1907. Allí conoció a Otto Hahn, su
«pareja» científica. Durante casi treinta años, formaron un tándem perfecto. Él
era químico experimental y ella, física teórica. Pero el comienzo de la Segunda
Guerra Mundial rompió la pareja. Con la llegada de Adolf Hitler al poder en
1933, Lise tuvo cada vez más trabas para poder trabajar. Finalmente, en 1938,
tuvo que escapar a Holanda y luego a Suecia con documentos falsos.
En el campo científico, Lise Meitner fue la segunda mujer en conseguir un
doctorado en Física en la Universidad de Viena, la primera de toda Alemania en
lograr el puesto de profesora titular de Física en la de Berlín y la primera
investigadora en ingresar en la Academia Austríaca de Ciencias. Codescubrió el
efecto Auger y varios nuevos isótopos, uno de los cuales condujo a su hallazgo
del elemento químico protactinio.
Sin embargo, su mayor logro científico fue la explicación teórica de la fisión
nuclear, nombre que acuñó junto con su sobrino, Otto Frisch. Sus experimentos
mostraron un sorprendente descubrimiento: al bombardear el uranio con
neutrones, se dividía en elementos más ligeros. Hasta entonces, la comunidad
científica creía que el uranio se dividía en elementos más pesados. Este resultado
fue clave en el desarrollo de la bomba atómica, aunque ella siempre se negó a
participar en su diseño y a formar parte del Proyecto Manhattan.
A pesar de todo, la carrera científica de Lise Meitner estuvo marcada por una
de las injusticias más grandes de la historia. Su compañero Otto Hahn, con el
que seguía colaborando en la clandestinidad, publicó los resultados que dieron
lugar al descubrimiento de la fisión nuclear sin incluir a Lise como coautora
del artículo. En 1944, Hahn recibió en solitario el Premio Nobel de Química por
«su» descubrimiento de la fisión de núcleos pesados. Lamentable. De todas
formas, lo que más cabreaba a Lise Meitner era la obsesión de mucha gente por
relacionarla con la Segunda Guerra Mundial.
—Tremenda historia —coincidí—. ¿Y tú a qué te dedicaste?
—Tras mucho tiempo trabajando en el campo de la radiación artificial atómica,
mi idea era regresar a España y fundar un centro de física atómica en el
Instituto Rockefeller. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil lo cambió
todo. A mi familia y a mí nos pilló en Madrid. Nos tuvimos que refugiar en la
embajada de Noruega. Allí conocí al militar y científico José María Otero de
Navascués, que tendría mucha transcendencia en mi carrera investigadora. De ahí
pasé con un salvoconducto a la zona franquista, donde trabajé como profesora de
Física y Química en el instituto de la localidad sevillana de Osuna y como
enfermera en el frente. Cuando acabó la contienda, ocupé una plaza de
interventora en el instituto de Osuna. Fui la única mujer en la lista de
personal de los treinta y cuatro institutos de enseñanza secundaria que
entonces había en España. Y pude retomar la investigación, aunque en otro
campo. Tras el final de la guerra, Otero de Navascués creó el Instituto de
Óptica y me fichó para su equipo. En aquellos tiempos, la industria y la
investigación científica estaban muy orientadas hacia la guerra y el armamento,
por lo que investigué en mejorar sistemas de visión nocturna y también en el
desarrollo de nuevos prismáticos. El Ejército así me lo pidió. En 1945, Otero
de Navascués abandonó el centro y creó el Laboratorio y Taller de Investigación
del Estado Mayor de la Armada, donde me contrató como científica. Cuando acabó
la Segunda Guerra Mundial, me envió a Estados Unidos para que aprendiese a
elaborar vidrio óptico, ya que en España no existía. Allí visité el National
Bureau of Standards (Washington), la Facultad de Ingeniería de Vidrio de la
Universidad de Toledo (Ohio) y también diversas instituciones, donde recabé
datos y experiencia para la elección de materiales, la construcción del horno y
todo lo relacionado con aquel vidrio. A mi vuelta apliqué la tecnología
aprendida y por aquel logro gané, en 1955, el Premio de Investigación Técnica
Juan de la Cierva.
—Querido nieto —apostilló mi abuela—, la señora que tienes a tu lado no lo ganó
una sola vez, sino dos.
—Es cierto. Cuando la industrialización del vidrio óptico dejó de tener
interés, busqué una nueva área de investigación que fuese atractiva y, a la
vez, rentable. Leí mucho hasta que encontré algo que me llamó poderosamente la
atención. La cascarilla del arroz tenía un gran poder aislante y nadie conocía
las razones. Incluso los estadounidenses querían saber la causa para poder
diversificar sus aplicaciones. Tras muchos experimentos encontré que se debía a
su elevado porcentaje de sílice. Para purificar este material, debía quemar la
cascarilla en hornos muy potentes, así que utilicé los que había empleado para
elaborar vidrio óptico. Al quemarla, aparecía un polvo blanco con el que se
pueden construir ladrillos refractarios, es decir, que no se alteran con las
altas temperaturas del fuego, y que se aplica también en la construcción de
calderas. Fruto de estas investigaciones, en 1966 gané mi segundo Premio Juan
de la Cierva.
—Una científica como tú no tendría muchas dificultades para salir adelante…
—Te equivocas totalmente. En aquellos tiempos a las mujeres no se nos reconocía
nuestro trabajo… ni siquiera en la universidad. Por otro lado, también teníamos
dificultades para viajar solas, y me costó lo mío visitar Dinamarca, Estados
Unidos, Liechtenstein y todos los lugares a los que fui. Además, sufrí el
machismo propio de aquella época. En 1941, por ejemplo, me presenté a unas
oposiciones a cátedra de universidad. Éramos cinco candidatos —tres varones y
dos mujeres— para tres plazas. Los miembros del tribunal concedieron sendas
plazas a dos varones… y de forma incomprensible prefirieron dejar desierta la
tercera antes que dársela a una de las dos mujeres que nos presentábamos.
Aquello me afectó tanto, puesto que mi expediente era muy superior al de mis
contrincantes, que abandoné mi puesto de auxiliar de cátedra universitaria y me
centré en la investigación científica y en ayudar a otras mujeres a desarrollar
su carrera académica.
Llegaba la hora de acabar aquella inolvidable velada. A la mañana siguiente, yo
debía partir rumbo a Suecia para asistir al concierto de un famoso cantante
mexicano, gran amigo de mi infancia, y aún no tenía ni siquiera el billete de
avión. Se lo expliqué a mi abuela y a su amiga, parte de la historia de esta
España que cuida poco a sus científicos y peor aún a sus científicas. Ambas aún
me reservaban una última sorpresa.
—Déjame que llame al aeropuerto y lo solucione —dijo Piedad mientras se
levantaba de la mesa.
—Ella no ha querido contártelo —me explicó mi abuela cuando nos quedamos a
solas—, pero su padre era primo de Juan de la Cierva y Codorníu, el científico
aeronáutico español que inventó el autogiro, precursor del helicóptero. Y
puesto que la Asamblea Regional decidió que el nuevo aeropuerto internacional
de Murcia se llamara Juan de la Cierva, seguro que Piedad encuentra la solución
a tu problema.
Reconocimientos al trabajo científico
En homenaje al inventor del autogiro, el Gobierno
español creó los Premios Nacionales de Investigación Juan de la Cierva
dedicados a la transferencia de tecnología. El objetivo de estos galardones es
el reconocimiento de los méritos de los científicos o investigadores españoles
que realizan «una gran labor destacada en campos científicos de relevancia
internacional, y que contribuyan al avance de la ciencia, al mejor conocimiento
del hombre y su convivencia, a la transferencia de tecnología y al progreso de
la humanidad». Pero no solo eso, sino que en 2004 el Ministerio de Educación y
Ciencia español inició el Programa Juan de la Cierva para la contratación de
doctores, gracias al cual centenares de investigadores españoles y extranjeros
desarrollan su actividad.
—Brindemos con el mejor whisky de la casa por vuestra increíble historia,
abuela.
—De acuerdo, no te lo impediré…, pero le echaremos un poco de agua.
—Claro, no quiero que os emborrachéis…
—No te confundas, pequeño. Tenemos mucho más aguante que tú. Lo que ocurre es
que el sabor del whisky se relaciona con ciertas moléculas anfipáticas, es
decir, que poseen un extremo hidrofílico y otro hidrófobo, como el guaiacol.
Pues bien, cuando la concentración de alcohol es muy alta, el sabor del
guaiacol disminuye al interaccionar fuertemente con el etanol. Sin embargo, si
diluyes con agua el whisky, el guaiacol «sube» a la superficie del líquido y su
sabor y aroma son más intensos. Eso sí, ten claro que ese brindis estropea la
dendrita, la parte de las neuronas que se encarga de recibir los estímulos, y
esto hace que estas se comuniquen mucho peor. Además, el alcohol «hackea» el
cerebro de muchas formas, aunque quizá la peor sea que hace que cuanto más
bebes, más quieres. Así que, si quieres estar bien despierto mañana en Suecia,
mejor no bebamos más.
—¡Solucionado! —exclamó Piedad al regresar—. Dentro de ocho horas sale tu vuelo
a Suecia.
Capítulo 7
O tú o ninguna
Uno de los grandes amigos que conservo de la
infancia es un famoso cantante mexicano, aunque nacido en Puerto Rico, al que
conocí hace casi cuatro décadas. Para asistir a su último concierto en Europa,
aquel 4 de enero viajé a Suecia. Tras acceder a su camerino y después de
ponernos al día, le expliqué la razón que me había impulsado a viajar desde
Murcia hasta el Parque Nacional de Fulufjället para encontrarme de nuevo con
él.
—Estoy aquí porque estaba leyendo la biografía de un escultor-científico
mientras escuchaba una de tus canciones en la que sonaba un violín y sentí la
obligación de venir a verte.
—¿Quién es ese escultor-científico al que le debo este reencuentro?
—Como tú y yo, nació en 1970. Se trata del alemán Julian Voss-Andreae. Es
natural de Hamburgo, aunque ha viajado por medio mundo. Al cumplir la mayoría
de edad, comenzó sus estudios universitarios de Ciencias Físicas en las
universidades de Berlín y Edimburgo. Más tarde, realizó un máster en la
Universidad de Viena para especializarse en física cuántica. A pesar de su amor
por la física, nunca renunció a su gran pasión: la escultura. Acabado el
máster, se trasladó a Estados Unidos y se matriculó en la Escuela de Arte del
Pacífico Noroeste (PNCA, por sus siglas en inglés). Desde que se graduó,
Voss-Andreae combina sus dos grandes aficiones, la ciencia y el arte, para
crear espectaculares esculturas científicas.
—¿Qué tipo de esculturas hace? —preguntó mientras se oía el clamor del público
que iba llenando el recinto.
—Podría estar horas hablando de ellas…
* * * *
Casi todas las obras de Julian Voss-Andreae están
relacionadas con la física cuántica y la bioquímica. Una de las más
conocidas, Quantum Man, mide 2,5 m de alto y está formada por 115
láminas de acero. Instalada en la ciudad de Moses Lake, en el estado de
Washington, este «hombre cuántico» representa a un caminante. Al contemplarla
de frente, de espaldas o en diagonal, la obra parece sólida, pero, al mirarla
de lado, casi se desvanece. Quantum Man refleja la dualidad
onda-partícula de la mecánica cuántica, de ahí que según la posición del
observador y el ángulo con el que observe la escultura, esta «aparezca» o
«desaparezca».
Voss-Andreae ha dedicado varias piezas a la bioquímica. Al principio de su
carrera, este artista buscaba estructuras de proteínas que lo atrajeran
estéticamente. Más tarde, se centró en aquellas que desempeñaban un papel
fundamental en la vida humana, así que ha dedicado obras al ADN, al colágeno, a
las hélices alfa, a los anticuerpos y a las enzimas. Un ejemplo es la
escultura Collagen unravelling, que mide 3,40 m. Basada en la
estructura molecular real del colágeno, alude a su papel como componente
estructural en el cuerpo humano. En su parte superior, las hélices entrelazadas
del colágeno se abren y quedan desenredadas. La intención de Voss-Andreae es
representar así el envejecimiento, una época de la vida en la que la estructura
del colágeno humano se degrada.
Pero una de las esculturas más sorprendentes de Voss-Andreae es Heart
of Steel, una representación de la hemoglobina, la proteína que transporta
el oxígeno, que mide 1,6 m de altura. Esta proteína posee un grupo hemo, cuyo
átomo de hierro se une de forma reversible a una molécula de oxígeno. Con el
paso del tiempo, el oxígeno oxida la hemoglobina (color rojo fresco) y la
transforma en oxihemoglobina (color rojo oscuro). Pues bien, en Heart
of Steel este científico-escultor emplea cristal y una aleación de
acero autopatinable (weathering steel). La escultura, colocada al aire
libre en Oregón, tiene un globo de cristal en su interior que simula el átomo
de hierro del grupo hemo. En unos meses, la superficie brillante del acero
autopatinable se oxidó y pasó a ser de color rojo oscuro, reproduciendo la
misma reacción química que se produce cuando respiramos: el hierro se une al
oxígeno.
Y su obra más impresionante es Angel of the West, inspirada en la
estructura de las moléculas fundamentales del sistema inmunológico humano, los
anticuerpos, esas glicoproteínas empleadas por el sistema inmunitario para
identificar y neutralizar elementos extraños como bacterias, virus o parásitos.
En Angel of the West se aprecia una molécula de
inmunoglobulina con su típica forma de Y rodeada por un anillo, evocador del
icónico El hombre de Vitruvio dibujado por Leonardo da Vinci.
La escultura, realizada en 2008 para presidir el campus del Instituto de
Investigación Scripps de Florida, simboliza la aplicación de la ciencia
occidental al arte de curar. Usando en su escultura proporciones similares para
el anticuerpo y para el cuerpo humano, el artista resalta la importancia de los
anticuerpos en la salud.
El rigor científico hecho cultura
Además de los materiales típicos que cualquier
artista contemporáneo puede emplear (acero, cristal, cobre…), Voss-Andreae
emplea un arma de altísima precisión que los bioquímicos usamos a diario en
nuestros laboratorios. Se trata del Protein Data Bank, una base de datos
bioinformática en la que se puede ver la estructura tridimensional de proteínas
y ácidos nucleicos. A partir de los datos registrados en esta biblioteca
virtual, obtenidos mediante cristalografía de rayos X o resonancia magnética
nuclear, los científicos reconstruimos digitalmente las estructuras de muchas
moléculas. Gracias a esta herramienta, Voss-Andreae reproduce fielmente en sus
esculturas la estructura de muchas proteínas.
Julian Voss-Andreae ha proclamado que uno de sus objetivos es llevar la ciencia
a lugares donde el ciudadano no la espera. En lugar de exhibirlas en museos,
galerías o instituciones, coloca sus esculturas científicas en calles, parques,
jardines, paseos y otros espacios públicos. Así consigue que los ciudadanos
vean la ciencia como algo cercano
* * * *
—Lo creo, pero háblame de la que más te haya
llamado la atención.
—Esa es, sin duda, Kalata —repuse entusiasmado—. Esta obra,
creada en 2002, mide 60 × 90 × 90 cm y forma parte de una colección privada de
Portland (Oregón). Es una representación de una proteína, la kalata, que no
presenta una estructura lineal como la mayoría de las proteínas, sino cíclica.
En los ciclótidos —el conjunto de las proteínas con esa característica—, los
extremos N-terminal y C-terminal de la secuencia de aminoácidos que los forman
se unen para formar una estructura cerrada muy estable. A nivel científico está
establecido que la mayoría de los ciclótidos en las plantas funcionan como
moléculas de defensa contra los depredadores. Además, también presentan
propiedades uterotónica —inducen la contracción del útero—, anti-VIH,
antitumoral y antimicrobiana. El descubrimiento de estas propiedades de los
ciclótidos ha generado nuevas posibilidades para la ingeniería de péptidos
bioactivos y la síntesis de productos químicos destinados a la obtención de
fármacos. Por otra parte, su actividad insecticida los convierte en componentes
esenciales en la lucha contra las plagas. Gracias a la biotecnología, se puede
transferir esa actividad a cultivos comerciales específicos y así protegerlos. Las
plantas modificadas genéticamente que presenten estos ciclótidos en su
estructura podrán defenderse mucho mejor de la agresión patógena que las
plantas tradicionales. Esto aumentará la productividad y mejorará el medio
ambiente al no tener que abusar de los tradicionales plaguicidas.
Kalata B1
La kalata fue el primer ciclótido descubierto. En
la década de 1960, el médico noruego Lorents Gran se unió a la Cruz Roja
Internacional para ayudar en la crisis del entonces denominado Congo Belga.
Parte de su trabajo consistía en ayudar a mujeres a dar a luz en paritorios.
Tras meses realizando su labor, algo despertó su curiosidad. Las mujeres del
Congo utilizaban infusiones de la planta Oldenlandia affinis (Rubiaceae)
para acelerar el parto. Tras años estudiando cuál era el principio activo
existente en dicha planta, se llegó a la conclusión de que ese compuesto
incrementaba la intensidad y duración de los espasmos uterinos. En honor al
término con el que se conoce la planta en la región, Lorents Gran decidió que
esta proteína se llamase kalata B1. Estudios posteriores en el campo de la
estructura de proteínas determinaron no solo que estaba formada por 29
aminoácidos, sino también que su estructura era cíclica.
—¿Y tiene algo más de especial la kalata? —Estaba tan absorto en la historia
que no oía los gritos del público que reclamaba su presencia en el escenario.
—Sí, este ciclótido tiene mucho que ver con las matemáticas y la música. La
kalata B1 no es una proteína cíclica tradicional. En su esqueleto se observan
una serie de loops (vueltas) constituidas por una diversidad
de aminoácidos que podrían ser intercambiados por otros y, así, constituir
nuevas estructuras con actividades biológicas mejoradas o desconocidas. La
presencia de una torsión de 180º en el loop 5 de la kalata B1
da lugar a que la cadena aminoacídica no solo sea cíclica, sino que además esté
«girada» sobre sí misma. Esta torsión recuerda a la famosa banda o cinta de
Moebius, una forma geométrica sin principio ni final descubierta de forma independiente
por los matemáticos alemanes August Ferdinand Moebius y Johann Benedict
Listing.
Una proteína matemática
Tanto la cinta de Möbius como la proteína kalata B1
están formadas por una superficie de una única cara. Puedes demostrarlo
haciendo la «prueba del algodón». Si coloreas la superficie de una cinta de
Möbius (o de la kalata B1) comenzando por un punto determinado, al final queda
coloreada toda la cinta (o la proteína). Por otra parte, su superficie posee un
único borde, ya que si lo sigues con un dedo alcanzarás finalmente el mismo
punto de partida. Además, la superficie de la cinta de Möbius o de la proteína
kalata B1 no son orientables. Si partes con una pareja de ejes perpendiculares
orientados, al desplazarse paralelamente a lo largo de la cinta, se llegará al
punto de partida con la orientación invertida.
—Pero… ¿y su relación con la música?
—La banda de Moebius más curiosa que conozco está relacionada con uno de los
grandes genios de la música, Johann Sebastian Bach, cuya fecunda obra es
considerada como la cumbre de la música barroca. Bach fue un matemático
experimental del más alto rango, que exploró profundamente las posibilidades de
la simetría[12]. Pero hoy
nos interesa centrarnos en el Canon del cangrejo, el primero de
la Ofrenda musical (BWV 1079) del músico alemán. El canon es
una forma en la que las distintas partes se incorporan sucesivamente repitiendo
la melodía de la voz principal. Lo más curioso del Canon del cangrejo es
que el acompañamiento repite exactamente lo hecho por la voz principal…, aunque
en sentido inverso. Si te fijas detenidamente en la partitura, el pentagrama de
abajo repite lo escrito en el de arriba pero invertido en el tiempo, ya que el
canon es una melodía interpretada marcha atrás que sirve de acompañamiento a sí
misma.
—¿Me estás diciendo que la pieza es capicúa, que suena igual si se toca hacia
delante que si se hace hacia atrás?
—Sí, como un palíndromo musical. Por esta razón, por caminar adelante y atrás,
se la conoce como Canon del cangrejo. Si prestas atención, podrás
escuchar un bucle interminable en el que una pieza enlaza y se superpone
consigo misma, exactamente igual que la estructura de la cinta de Möbius y de
la kalata.
—¡Alucino! Gracias por tu relato, pero debo salir a cantar o me van a matar
—dijo mientras se dirigía al escenario.
—¿Y no quieres que te cuente el final de la historia? Está relacionada con mi
presencia hoy en Suecia y, sobre todo, con uno de tus músicos.
En ese momento se hizo el silencio. De pronto, mi colega subió al escenario y
se dirigió a los miles de personas que allí se congregaban.
—Hoy pienso daros el mejor concierto de mi vida, pero vais a tener que esperar
unos minutos. Un ser muy extraño, llegado de una lejana ciudad llamada Murcia,
tiene la culpa.
Increíblemente el público sueco reaccionó bien y mi amigo pudo volver al
camerino de una pieza.
—¿Has dicho que un escultor alemán, tu proteína favorita y mi ídolo Johann
Sebastian Bach tienen que ver con tu estancia en Suecia y con un integrante de
mi banda? ¡No me fastidies!
—Viendo por televisión un concierto de tu gira, observé con gran sorpresa que
uno de tus músicos emplea un violín, uno de los instrumentos preferidos de
Bach. Al fijarme en él, descubrí que no era uno de esos violines modernos que
tanto se llevan ahora, sino un Stradivarius.
—Está obsesionado con él. Nos contó, hace tiempo, que los Stradivarius reciben
su nombre de su fabricante, Antonio Stradivari (1644-1737), también conocido
como el Golfo, el más famoso luthier italiano. No hace falta
que te explique que un luthier es una persona que construye,
ajusta o repara todo tipo de instrumentos de cuerda (violines, violas,
violonchelos, contrabajos, guitarras, laúdes, archilaúdes, tiorbas, mandolinas,
clavecines, timples, etcétera). Todos los instrumentos fabricados por
Stradivari tienen unas características sonoras e individuales que son
consideradas únicas por algunos especialistas en instrumentos de cuerda. Sin
embargo, yo tengo dudas al respecto.
—¿Dudas? Siempre se ha dicho que son los mejores. Hay muchas teorías al
respecto, la mayoría de ellas descartadas por diferentes razones, que atribuyen
su calidad a diversos factores: la composición del barniz; el tiempo de secado
de las maderas de arce y abeto con que están construidos; el período de frío
extremo que sufrió Europa en los años en que Stradivari vivió y que pudo
ocasionar que los árboles que crecieron durante esa época desarrollaran una
fibra más compacta y con una mejor calidad mecánica sonora; la presencia de
ciertos hongos en los árboles vivos empleados para su fabricación; que los
Stradivarius antiguos tenían un 25 % menos de agua que los modelos recientes
debido a la degradación de la hemicelulosa, lo que mejoraba significativamente
su sonido; la existencia de un enorme árbol encontrado por Stradivari y que usó
para elaborar sus más famosos instrumentos; el uso de disoluciones de sales
metálicas para tratar las maderas; el empleo de bórax para proteger los instrumentos
contra los insectos sin saber que ello tendría también efectos sobre la
sonoridad…
—Ya, pero incluso si hubiese alguna diferencia por cualquiera de estos motivos,
no hay pruebas de que sea perceptible.
—Es posible, pero lo que sí que es cierto es que, independientemente de los
gustos de cada uno, nadie ha podido crear violines que suenen como los que se
hacían en los siglos XVI a XVIII en la ciudad italiana de Cremona. Al parecer,
el sonido inimitable de los Stradivarius podría deberse a la combinación del
paso del tiempo, la transformaciones que la vibración de las cuerdas produce en
la madera y el uso de baños químicos en las planchas de arce, sauce y pícea
común.
—El arce y el sauce los conozco, pero no sé qué es la pícea.
—Se trata de una conífera, la Picea abies, de la familia de las
pináceas. Es originaria de la parte central y este de Europa, desde los países
nórdicos hasta los Balcanes, que suele formar bosques en altitudes superiores a
los 800 m. Aunque por su aspecto mucha gente lo confunde con un abeto y en
muchos países del norte de Europa se lo considera el árbol típico de Navidad,
en realidad no lo es, ya que no pertenece al género Abies. De hecho
se lo conoce en muchos lugares como «falso abeto». La característica más
especial de las píceas, como la utilizada en el Stradivarius de tu músico, es
su antigüedad. En abril de 2008 científicos de la Universidad de Umeå (Suecia)
descubrieron un ejemplar de pícea, llamado Old Tjikko, con un sistema de raíces
de 9550 años de longevidad. Está a escasos metros de aquí, en el mismo Parque
Nacional de Fulufjället…
Sin decir una sola palabra, el cantante salió del camerino y, durante dos
horas, lo dio todo en el escenario. Al salir del recinto, su representante nos
esperaba con un mapa en la mano, donde estaba señalada la ubicación exacta de
Old Tjikko, la pícea más antigua del mundo.
—¡Ni loco, son las tres de la mañana! —protesté.
—Me da igual, es casi de día —replicó el artista—. Mi representante dice que es
por un fenómeno llamado el «sol de medianoche».
—Se equivoca. Ese fenómeno natural, observable al norte del círculo polar
ártico y al sur del círculo polar antártico, hace que, en las fechas próximas
al solsticio de verano, el Sol sea visible durante las 24 horas del día. El día
polar es el fenómeno contrario a la noche polar. La inclinación del eje de
rotación de la Tierra respecto a la eclíptica, que roza los 23 grados y 27
minutos, provoca que, en latitudes altas, el Sol no se oculte durante el verano
local. La duración del sol de medianoche varía desde unas 20 horas en los
círculos polares hasta unos 186 días seguidos (es decir, unos seis meses) en
los polos geográficos. Eso sí, puesto que el Parque Nacional de Fulufjället
está al sur del círculo polar ártico, lo que estás viendo es luz nocturna. ¿Quieres
que vayamos ahora al encuentro de Old Tjikko? Pues vayamos.
Comenzamos una larga caminata por los bosques de Suecia, en la que hicimos
varias paradas. Tras una de ellas, el cielo comenzó a ponerse rojizo. Mi
acompañante quiso saber a qué se debía.
—Las razones del color de este amanecer son varias. La principal es la
presencia de dos fenómenos físicos: la refracción y la dispersión. La
refracción ocurre cuando la luz del Sol se encuentra con un obstáculo, la
Tierra, y sus rayos son desviados, así que solo algunos de ellos se cuelan en
la atmósfera. Lo mismo que la luz se refracta (desviándose) al pasar del aire
al agua por tener estos medios distintos índices de refracción, la luz que
llega a la Tierra procedente del Sol se refracta al ir atravesando la
atmósfera, desviándose los rayos tanto más cuanto más próxima esté la fuente de
luz (el Sol en el caso que nos ocupa) al horizonte. Tras producirse la
refracción entra en acción la dispersión, consistente en que la presencia en la
atmósfera de diversas partículas divide la luz blanca del Sol en los colores
del arcoíris. La atmósfera se comporta como si fuera un prisma dispersando la
luz, tanto más cuanto mayor sea el recorrido que deba seguir el rayo de luz en
la propia atmósfera. Esta dispersión afecta más a la parte azul del espectro de
luz, de modo que, cuando la luz solar llega a nuestros ojos, generalmente
quedan más partes rojas y amarillas del espectro.
—¿Y solo se pueden ver estos preciosos amaneceres en Suecia?
—He leído que en Darwin, la capital del Territorio del Norte australiano, estas
preciosas puestas de sol de color rojo y naranja ocurren casi a diario. Durante
la estación seca (el período comprendido entre mayo y septiembre), el cielo
está lleno de partículas de polvo azotadas por los vientos secos del sudeste,
así como por el humo de los frecuentes incendios forestales. Tanto las
partículas como el humo aumentan los fenómenos de dispersión que te he
comentado. Además, lo que a menudo hace que esos amaneceres y atardeceres con
el cielo rojo sean aún más espectaculares es la posición del sol en el cielo,
en relación con las nubes. Cuando el sol está bajo en el horizonte, los rayos
de luz rebotan en la parte inferior de las nubes, que reflejan esos brillantes
colores naranja y rojo que hacen que parezca que el cielo se ha encendido.
—Mi abuela materna —recordó el cantante— decía que esos amaneceres la ayudaban
a predecir el tiempo que iba a hacer en las horas siguientes.
—No iba desencaminada. Aunque con muchas reservas, un amanecer de cielo rojo
sugiere que un área de alta presión y buen tiempo, con su polvo atrapado y
otras partículas, se ha movido hacia el este. Esto permite que un área de menor
presión y tiempo alterado, quizás un frente frío y una banda de lluvia, se
mueva hacia el oeste durante el día. Por otro lado, una puesta de sol en el
cielo rojo nos dice que lo peor del tiempo ya se ha aliviado, con una mayor
presión y un mejor tiempo que se aproxima desde el oeste para el día siguiente.
Con una puesta de sol de cielo rojo, es más probable que el cielo del oeste
esté despejado, con los rayos del sol brillando en la nube más al este.
Mi acompañante estaba tan contento que arrancó a cantar… con una voz parecida a
la de un motor viejo.
—Qué mal tengo las cuerdas vocales esta mañana. Como siga cantando así, va a
llover.
—Aquí es complicado. Aunque no se puede tomar como norma, las zonas más
proclives a que se vean estos amaneceres rojos suelen presentar índices de
lluvia muy bajos. La culpa es, entre otras cosas, del uso abusivo que los humanos
hacemos de los aerosoles. Recuerda que el fenómeno de dispersión de la luz
blanca es fundamental para ver el precioso color rojo del amanecer. Pues bien,
esa dispersión es debida a la presencia en la atmósfera de diferentes
sustancias… entre las que destacan los aerosoles. Un gran amigo, el meteorólogo
y divulgador científico José Miguel Viñas, explica que, mientras que las
moléculas de aire son las responsables del color azul del cielo —como
consecuencia de la dispersión de Rayleigh—, la presencia de aerosoles provoca
una dispersión de la luz algo distinta, conocida como la dispersión de Mie,
responsable tanto del color rojizo de los atardeceres y amaneceres como del
tono parduzco o amarillento de la calima y del resplandor blanquecino de la
niebla. La dispersión de Mie se produce cuando la radiación electromagnética
incide sobre partículas esféricas con diámetros comprendidos entre 0,1 y 50
veces la longitud de onda de dicha radiación incidente, y se llama así en honor
al físico alemán Gustav Mie, que fue quien estableció la primera teoría
completa sobre la dispersión esférica de la luz.
—Cuando hablas de aerosoles, ¿te refieres a los espráis que usamos
habitualmente?
—No exactamente. En ingeniería ambiental, se denomina aerosol a un coloide de
partículas sólidas o líquidas suspendidas en un gas…
—¡Para, para! ¿Un coloide?
—Sí, un sistema conformado por dos o más fases, normalmente una fluida
(líquido) y otra dispersa en forma de partículas generalmente sólidas muy
finas. El tamaño de los aerosoles oscila entre los 0,002 y más de 100
micrómetros y pueden ser de origen natural o generarse por la actividad humana.
—¿Y por qué son importantes los aerosoles?
—La composición química de los aerosoles afecta directamente a la forma en que
interactúa la atmósfera con la radiación solar y el contenido de agua líquida.
Los componentes químicos de los aerosoles alteran el índice de refracción
global de la atmósfera, por lo que influyen clarísimamente en el color rojizo
que nos acompaña toda la mañana. Las mayores fuentes naturales de aerosoles son
la actividad volcánica, los suelos erosionados, las plantas y flores, los
microorganismos, la superficie de los mares y océanos, las tormentas de polvo y
los incendios forestales y de pastizales. La pulverización de agua marina
también es una gran fuente de aerosoles, aunque la mayoría de estos caen al mar
cerca de donde fueron emitidos. Por otra parte, la mayor fuente de aerosoles
debida a la actividad humana es la quema de combustibles en motores térmicos
para el transporte y en centrales termoeléctricas para la generación de energía
eléctrica, la fundición de metales como cobre o zinc, el uso de espráis y la
producción de cemento, cerámica y ladrillos, además del polvo generado en las
obras de construcción y otras zonas de tierra donde el agua o la vegetación han
sido removidas.
—¿Me estás diciendo que la laca, el desodorante y los demás espráis que uso en
mi vida diaria contribuyen tanto al color rojo de este amanecer como a que no
llueva?
—En efecto, así que córtate un poco. En un estudio que aborda las razones de
las severas sequías que asolan Sudamérica y África desde la segunda mitad del
siglo XX, se muestra cómo la concentración de aerosoles en la atmósfera reduce
la probabilidad de lluvia. Estos estudios concluyen que en un escenario no
contaminado se generan gotas grandes que favorecen la lluvia, mientras que
cuando existen altas concentraciones de aerosoles en la atmósfera, se inhibe el
desarrollo de las gotitas que forman nubes, no llueve… y llega la sequía[13]. Eres
mexicano —proseguí— y conoces perfectamente que la sequía es uno de los mayores
factores limitantes para la producción agrícola, ya que las plantas necesitan
agua para su supervivencia. Actualmente la agricultura utiliza el 70 % del agua
dulce extraída en todo el mundo, y el cultivo de los alimentos que consume una
sola persona al día requiere entre 2000 y 5000 l de agua. Sin embargo, cada vez
será más complicado sostener este enorme consumo de agua para producir los
alimentos que necesita la creciente población mundial, ya que el porcentaje de
la superficie global asolada por graves sequías se ha duplicado desde la década
de 1970. Los efectos del cambio climático empeorarán cada vez más,
especialmente en los países en vías de desarrollo. Esto será nefasto si se
tiene en cuenta que la agricultura de secano, la que depende de la lluvia,
genera alrededor del 60 % de la producción mundial.
—¿Qué estáis haciendo los científicos —preguntó mi amigo— para solucionar este
desastre?
—La acuciante sequía ha hecho que uno de los objetivos de la agricultura actual
sea producir la misma cantidad de comida con menos agua. Para ello se
desarrollan, por ejemplo, nuevos sistemas de riego y mejoras en los procesos de
hibridación o mutagénesis. Sin embargo, estos procesos no son suficientes y es
necesario que la biotecnología vegetal, mi disciplina científica favorita,
entre en juego. ¿Cómo? Diseñando plantas transgénicas resistentes a la sequía.
Es el caso de un maíz que expresa el gen cspB, procedente de la bacteria Bacillus
subtilis, que habitualmente se encuentra en los suelos y posee la habilidad
de formar una endospora protectora que protege la planta en condiciones
ambientales extremas. La bacteria Bacillus subtilis se ha
mostrado muy manejable para la manipulación genética en los estudios de
laboratorio, sobre todo de esporulación, que es un ejemplo simplificado de la
diferenciación celular.
—¿Qué ventajas tiene ese maíz transgénico diseñado a partir del gen cspB frente
al convencional?
—Le permite necesitar un 10 % menos de agua que el no transgénico. Si piensas
que este porcentaje es mínimo, te equivocas. Un 10 % en una extensión grande en
riego puede suponer ahorrar millones de litros de agua; y en secano, aumentar
la producción aunque disminuyan las precipitaciones.
—¿Me estás diciendo que la biotecnología vegetal, a través del desarrollo de
plantas transgénicas que necesitan menos agua para crecer, puede ayudar a
combatir los problemas de sequía generados por el uso abusivo de aerosoles,
compuestos químicos que contaminan el medio ambiente y favorecen la aparición
del tono rojizo (fruto de los fenómenos físicos de refracción y dispersión) que
estamos viendo esta mañana?
—Lo has clavado. ¡Mira, ahí está Old Tjikko! —Ambos nos quedamos embobados. No
era un árbol bonito (más bien nos pareció feísimo), pero siempre impresiona
estar delante de un ser vivo con casi 10 000 años de antigüedad.
Más viejo que Matusalén
La edad del Old Tjikko —nombre que le puso su
descubridor, Leif Kullman, profesor de Fisiografía de la Universidad de Umeå,
en homenaje a su perro— fue determinada por un test de datación por
radiocarbono de su sistema de raíces, no por dendrocronología, es decir,
contando los anillos de su tronco. La datación por radiocarbono es un método
que utiliza el isótopo carbono-14 (14C) para determinar la edad de
materiales que contienen carbono y cuya antigüedad se remonta hasta unos 50 000
años. En arqueología, por ejemplo, está técnica de datación se considera
altamente fiable. En 1946 el químico estadounidense Willard Libby dio a conocer
los mecanismos de formación del isótopo 14C a través de
reacciones nucleares en la atmósfera. Más tarde, en 1949, cuando ocupaba su
cargo como profesor en la Universidad de Chicago, desarrolló este método, por
el que fue galardonado con el Nobel de Química en 1960.
La datación radiocarbónica no es lo suficientemente certera como para
acertar el año exacto en que Old Tjikko nació de una semilla, pero, dada la
edad más antigua estimada, se calcula que brotó hacia el año 7550 a. de C. En
su zona hay cerca de veinte ejemplares de píceas con al menos ocho mil años de
edad. Para hacerse una idea de la magnitud de la antigüedad de estos árboles,
basta con recordar que la invención de la escritura no ocurrió hasta el 4000 a.
de C. Lo curioso es que el tronco de Old Tjikko tiene unos pocos cientos de
años, aunque el árbol como un todo ha sobrevivido gracias a un proceso de acodo
(cuando una rama cae al suelo y se producen nuevas raíces) o esqueje (cuando el
tronco muere pero el sistema de raíces permanece, puede aparecer un nuevo
tallo).
Lo más interesante es que, durante miles de años, Old Tjikko permaneció en
forma de arbusto debido a las condiciones extremas del ambiente en el que vive.
Durante el calentamiento global del último siglo, el árbol se ha desarrollado
de forma normal.
Durante las siguientes dos horas estuve sentado junto a Old Tjikko con mi viejo
amigo. Allí le expliqué que la madera de las píceas comunes no se emplea
solamente para fabricar Stradivarius, sino que es muy rica en compuestos
bioactivos de gran valor añadido. Entre ellos destaca el piceatanol, una
molécula perteneciente a la familia de los estilbenos y a la que se le han
atribuido propiedades antioxidantes, anticancerígenas y antiinflamatorias,
entre otras. Estas propiedades han convertido al piceatanol en uno de los
ingredientes más prometedores de cara a su futuro uso en el diseño de nuevos
fármacos y alimentos funcionales. Otro compuesto activo de gran importancia que
se encuentra en la madera de las píceas es el sabineno, una molécula
perteneciente a los monoterpenos que también está presente en la cáscara de la
pimienta negra (Piper nigrum) y que los grandes cocineros usan para dar
un sabor especial a sus platos.
Cuando volvimos al hotel, antes de despedirnos, el cantante me invitó a
acompañarlo a la ciudad noruega de Hammerfest, la siguiente parada en su gira
mundial, para, ya más cerca del círculo polar ártico, ver realmente el sol de
medianoche.
—Lo siento —le respondí—, debo volver inmediatamente a la Dehesa de Campoamor.
Hoy se celebra la cabalgata de los Reyes Magos y es una noche muy especial para
mi hija. Quiero pasarla con ella.
Capítulo 8
La cabalgata de la ciencia
A las cuatro de la madrugada del 5 de enero de
1975, escuché un ruido y me desperté sobresaltado. A pesar de que mis padres me
lo habían prohibido, abrí un ojo. Allí estaba él. Me da igual lo que años más
tarde me contaron sobre los Reyes Magos. También me es indiferente que no
exista ninguna referencia en la Biblia donde se haga mención a su existencia,
ni a que se llamasen Gaspar, Melchor y Baltasar, ni a que perteneciesen a
diferentes razas… Yo vi a Baltasar guiñándome un ojo mientras dejaba regalos para
toda mi familia en el salón. Desde aquel día, no consiento que se ponga en duda
la existencia de Sus Majestades de Oriente.
* * * *
Regresé a la Dehesa de Campoamor procedente de
Suecia a mediodía del día 5. Al poco de llegar, me dirigí, junto con mi hija
Ruth y sus primos, a comprar un décimo de la Lotería del Niño. Soy científico,
pero jamás me quedo sin comprar una participación para ese sorteo. Mi sobrino
Mario, que va para matemático, se extrañó:
—¿Por qué vas a comprar Lotería de Navidad? ¿No dicen los científicos que es
imposible que te toque?
—Compraré Lotería del Niño, no es lo mismo —contesté—. Hay muchas más
posibilidades en este caso. Al existir 100 000 números en uno de los bombos del
sorteo, la probabilidad de que te toque el Gordo de Navidad es de 0,00001,
según la Teoría Analítica de la Probabilidad que el famoso astrónomo, físico y
matemático francés Pierre-Simon Laplace planteó en el siglo XVIII. Según la
Regla de Laplace, cuando un experimento aleatorio es regular, es decir, que
todos los sucesos elementales tienen la misma probabilidad de ocurrir o son
equiprobables, para calcular la probabilidad de un suceso cualquiera A basta
contar y hacer el cociente entre el número de sucesos elementales que
componen A (casos favorables) y el de sucesos elementales del
espacio muestral (casos posibles). Es decir, en el caso de mi décimo de la
Lotería de Navidad, la Regla de Laplace me permite saber que P (probabilidad
de que me toque) = números que juego/números que hay en el bombo. En
definitiva, P = 1/100 000, o sea, tengo una probabilidad de
0,00001 de ser agraciado con el Premio Gordo. Viene a ser como si yo señalara
una palabra al azar en uno de mis libros preferidos, El hobbit, de
J. R. R. Tolkien, que tiene unas 300 páginas y 100 000 palabras, y vosotros
intentarais acertarla a la primera. Os pondré otro ejemplo. Imaginad que voy a
un campo de fútbol y os llamo por teléfono para preguntaros en cuál de las 100
000 localidades me he sentado. ¿Acertaríais el lugar exacto?
—Ni de broma —concluyó Mario con cierta pesadumbre—. ¿Y comprando más décimos
tendrías más posibilidades de ganar?
—La probabilidad aumentaría, pero la esperanza matemática de la ganancia, es
decir, la cantidad media de veces que se «espera» que ocurra un suceso (en este
caso el dinero que esperamos ganar) bajaría. En realidad, cuanto más compres,
mayor es la esperanza de perder. Por eso funciona el juego. Chicos, Loterías y
Apuestas del Estado destina a premios solo el 70 % de lo que recauda, por lo
que siempre tiene margen de beneficios. Además, Hacienda se queda con el 20 %
de cada premio que supera los 2500 euros. Ya lo dijo el presidente
estadounidense Thomas Jefferson: «El desconocimiento de las matemáticas
convierte la lotería en un impuesto que recae solo en aquellos que quieren
pagarlo de buena gana».
—Por cierto, la abuela compra todos los años el mismo número. Dice que algún
día tocará. ¿Si haces eso se elevan tus posibilidades de ganar?
—No. Imagina que vas a jugar durante 60 sorteos seguidos. Pues bien, elijas la
lista de 60 números que elijas (los números pueden ser los mismos o no y se
entiende que el primer sorteo juegas al primer número de la lista, el segundo
sorteo al segundo y así sucesivamente) la probabilidad de que te toque alguna
de las 60 veces la lotería es siempre la misma: 1-(99.999/100.000)60 =
0,0005998. Este número sale de lo siguiente. Si llamas A al suceso «te toca
ALGUNA vez la lotería en esos años y con esos números concretos», entonces el
complementario (suceso contrario) de ese suceso es el suceso B «NUNCA te va a
tocar». La probabilidad de B es justamente (99.999/100.000)60 y
al hacer complementario, se tiene que la p(A) = 1 - p(B) (la probabilidad de un
suceso es siempre 1 menos la probabilidad de su complementario).
A alguien le tiene que tocar
La probabilidad de ganar el primer premio es la
misma en la Lotería de Navidad que en la del Niño, 1 entre 100 000, pero hay
dos diferencias significativas entre ambos sorteos. Por un lado en los bombos
del Sorteo de Navidad hay 100 000 números y 5305 premios, distribuidos entre el
Gordo, segundo, tercero, cuartos, quintos y pedreas. Por tanto, la probabilidad
de ganar algo es del 5,305 %. Sin embargo, en el Sorteo Extraordinario del Niño
hay también 100 000 números, pero se reparten 7813 premios, por lo que la
probabilidad de ganar se eleva al 7,813 %. También hay otra diferencia
importante entre ambos sorteos. En el de Navidad solo existe el reintegro del
primer premio, es decir, nos devuelven los 20 euros gastados si nuestro último
número coincide con la última cifra del Gordo. Por el contrario, en el Sorteo
del Niño hay tres reintegros en vez de uno, lo que triplica la probabilidad de
que nos devuelvan el dinero. Resumiendo: si compramos Lotería del Niño, tenemos
en torno al 38 % de posibilidades de que nos toque algo o al menos de recuperar
el dinero, un porcentaje que se reduce al 14 % si adquirimos un décimo de
Navidad.
—Pues mi padre sí que compra Lotería de Navidad —repuso mi sobrino Mario,
dispuesto a no dar su brazo a torcer—. Antes de seleccionar el número, encontró
el resultado de los últimos sorteos de Navidad celebrados y observó que el
Gordo ha caído en 63 ocasiones en un número comprendido entre el 0 y el 10 000,
en 73 en un número entre el 10 001 y el 30 000, y en 69 en números comprendidos
entre el 30 001 y el 99 999. También vio que los números terminados en cinco
han tocado más veces que cualquier otro. Además, según me dijo, hay ciudades y
administraciones que han sido mas agraciadas que otras. Supongo que tú habrás
tenido en cuenta todos estos factores, ¿no?
—Mario, no hay números con más probabilidad de ser agraciados que otros, todos
pueden ganar cualquiera de los premios. Así que da igual en qué cifra termine o
por cuál empiece. Además, la probabilidad de que el Gordo toque en una
administración u otra es directamente proporcional a los boletos que haya
vendido cada una. Y si ha vendido muchos décimos de números diferentes, hay más
posibilidades de que toque que si ha vendido muy pocos. Las administraciones
más famosas son las que más décimos venden en España…, por eso son
frecuentemente agraciadas. Lo mismo ocurre con las ciudades. Si en Madrid se
venden más décimos que en Murcia, hay más posibilidades de que el Gordo caiga
allí. Pero una cosa debe quedar clara: todos estos factores no afectan en
ningún caso a las posibilidades que tiene el comprador de que le toque. Si
compras un décimo, da igual la ciudad, la administración o la terminación: tu
probabilidad individual de que te toque el Gordo no cambia, es 0,00001.
* * * *
A medida que pasaba el día, los nervios se iban
apoderando de mi hija y mis sobrinos. La llegada de los Reyes Magos estaba más
cerca. Para comer, les preparé un arroz con conejo y caracoles típico de mi
tierra. En la elaboración de un menú se producen más reacciones físico-químicas
que en el mejor de los laboratorios. Un buen ejemplo son el típico turrón
navideño o el famoso roscón de Reyes Magos, en cuya elaboración intervienen
numerosos procesos científico-tecnológicos.
—¿Qué te parece si elaboramos tú y yo el roscón este año? —propuso Pablo, mi
sobrino mayor, un as de la química y de la cocina.
—Acepto el reto. Lo primero que debemos preparar es la glasa, aunque jamás me
sale bien. ¿Has oído hablar de ella?
—Por supuesto. Se trata de azúcar glas disuelto en clara de huevo. Este tipo de
azúcar molido a tamaño de polvo, con cristales de un diámetro inferior a 0,15
mm, contiene un 2-3 % de almidón para evitar que se apelmace debido a su
elevada higroscopicidad, es decir, a su capacidad para absorber la humedad.
Para elaborar el carbón de Reyes, hay que adicionar poco a poco azúcar glas a
la clara del huevo y agitar la mezcla.
—¿Para qué necesito agitar?
—Vaya químico estás hecho —replicó Pablo, que estaba disfrutando con aquella
clase magistral—. La agitación provoca la incorporación de burbujas de aire,
que quedan retenidas gracias a las propiedades de las proteínas globulares que
contiene la clara de huevo. Se forma así una espuma de color blanco, por lo que
se dice que ya está «a punto de nieve». A medida que agitas, el azúcar se va
disolviendo en el agua que contiene la clara de huevo. El azúcar retarda el
«punto de nieve», pues disminuye la capacidad de la espuma para retener aire.
Por eso, en comparación con lo que ocurre en una clara a punto de nieve tradicional,
la glasa real no aumenta mucho de volumen al batirla. Cuando el azúcar ya no se
disuelve más porque la clara está saturada, se obtiene un medio muy viscoso, la
glasa.
—Listo. ¿Y ahora qué hago?
—Añade limón a la glasa y así modificarás sus propiedades organolépticas y
nutritivas. Como bien sabes, la estructura de las proteínas se ordena en una
serie de niveles que van desde la estructura primaria a la cuaternaria. Sin
embargo, cualquier factor que modifique la interacción de la proteína con el disolvente
puede disminuir su estabilidad en disolución y provocar la precipitación. Se
dice entonces que la proteína se encuentra desnaturalizada. Como consecuencia
de esta desnaturalización pueden producirse diversos efectos en una proteína,
como un aumento de su viscosidad, una fuerte disminución de su solubilidad y la
pérdida significativa de alguna de sus propiedades biológicas. En el caso del
carbón de Reyes que estamos preparando, al añadir el limón se produce una
bajada del pH debido al ácido cítrico y al ácido ascórbico. Este descenso en el
pH provoca la pérdida de las estructuras secundaria, terciaria y cuaternaria de
las proteínas de la clara de huevo, con lo cual la cadena polipeptídica queda
reducida a una simple cadena de aminoácidos. Las proteínas se han
desnaturalizado y las cadenas de aminoácidos se despliegan atrapando el azúcar
que habíamos añadido anteriormente.
—Ya tengo la glasa preparada y las proteínas desnaturalizadas. ¿Cuál es el
siguiente paso, sobrino?
—Mientras hablábamos, he calentado en un recipiente agua y azúcar hasta que la
mezcla ha hervido a 140 °C. Sí, ya sé que el agua hierve a 100 °C, pero, al
añadirle azúcar, su punto de ebullición ha aumentado. Mira, he traído unas
gráficas como las que manejan los cocineros profesionales donde se puede ver la
temperatura exacta de ebullición de la mezcla agua-azúcar según la
concentración. Estas gráficas muestran que hay que añadir la glasa cuando la
temperatura de la mezcla agua-azúcar alcanza los 140 °C. A partir de ahí se
desencadenan una serie de reacciones físico-químicas que dan lugar al carbón
dulce que dejan los Reyes Magos.
—¿A qué reacciones te refieres, Pablo?
—En primer lugar se produce la reacción de Maillard debido a la existencia en
el medio de reacción de aminoácidos (habitualmente procedentes de proteínas),
azúcares reductores (glucosa y fructosa, que proceden de la hidrólisis parcial
de la sacarosa), calor y un ambiente seco. Debe su nombre al médico y químico
francés Louis-Camille Maillard, que fue el primero en describir esta reacción,
una de las más importantes en el campo de la ciencia y la tecnología de los
alimentos y que engloba varios procesos bastante complejos. También se producen
reacciones de caramelización, aunque estas no necesitan aminoácidos para
llevarse a cabo. Ambas reacciones tienen una gran influencia no solo en el
sabor y el color del carbón dulce, sino también en su estructura. ¿Ves como el
carbón se va oscureciendo? Paralelamente a la reacción de Maillard se produce
la coagulación total de las proteínas de la clara, dando lugar a una estructura
tridimensional elástica de gran importancia en nuestro dulce. El azúcar
presente ayuda a que se estire esta red, cuya misión es atrapar parte del vapor
liberado en el proceso de ebullición del agua. El vapor, en su intento de salir
al exterior, provoca la expansión de la red tridimensional, que se va
«hinchando» poco a poco hasta que se rompe la estructura tridimensional y lo
deja escapar. Si se retira del fuego, el vapor sale menos violentamente y la
estructura reduce su volumen, pero, al volver a calentar, se hincha de nuevo.
Listo. Ahora debemos dejarlo enfriar. El descenso de la temperatura provoca la
solidificación del azúcar, con lo cual se forma una estructura rígida de
naturaleza amorfa que atrapa burbujas de aire en su interior y que proporciona
ese aspecto tan característico del carbón dulce.
—¿Podré comérmelo en cuanto se enfríe? —preguntó con ojos golosos.
—No, Pablo. Debes dejarlo en el salón y Sus Majestades elegirán su
destinatario. Es muy posible que seas tú.
—O tú…
* * * *
Salimos de la cocina a las seis de la tarde. Ruth y
Mario estaban jugando con un slinky, ese sencillo muelle helicoidal
con el que muchas generaciones nos hemos divertido.
—¿Sabéis que este juguete científico es uno de los mejores recursos para
explicar física?[14] Sirve
para visualizar los tres tipos diferentes de movimiento en el medio a través
del cual pasa una onda. Si mueves el extremo del muelle de lado a lado, o de
arriba hacia abajo, observarás que una onda de desplazamiento de lado a lado (o
de arriba hacia abajo) viaja a lo largo del muelle. Cuando los desplazamientos
son perpendiculares a la dirección en que viaja la onda, se denominan ondas
transversales. Si ahora empujas el extremo del slinky hacia
delante y hacia atrás, a lo largo de la dirección del propio muelle, observarás
una onda de desplazamiento de ida y vuelta que viaja a lo largo de él. Cuando
los desplazamientos se producen en la misma dirección en la que se desplaza la
onda, se denominan ondas longitudinales. Finalmente, si giráis el extremo del
muelle rápidamente hacia la derecha y hacia la izquierda, una onda de
desplazamiento angular se mueve a lo largo del muelle. Cuando los
desplazamientos giran en un plano perpendicular a la dirección de la onda, se
los llama ondas torsionales.
—Prima, tu padre nos ve jugando con un muelle y se pone a hablar de ondas
físicas —le susurró Mario—. Lo que tendrás que aguantar todos los días.
—No lo sabes tú bien… —dijo Ruth con resignación.
—Venga, familia, al coche —dije dando por zanjada la conversación—. Este año
veremos la cabalgata en Torrevieja.
Por el camino, mi sobrino Pablo sacó de su mochila un envase con forma de tubo
que contenía algo parecido a las patatas fritas. Después de ofrecer a los
demás, nos explicó que en ese aperitivo se combinan la química y las
matemáticas para dar lugar a un producto científicamente maravilloso.
Paraboloides hiperbólicos como aperitivo
La compañía en la que trabajaba le hizo un encargo
muy especial al químico orgánico Fredric Baur (1918-2008): crear unas patatas
fritas que tuvieran una forma y tamaño uniformes, que pudieran ser apiladas (no
apiñadas) y empaquetadas sin que se rompieran, y cuyo envase tuviese la menor
cantidad de aire posible para que fuesen menos perecederas que las de otras
marcas.
Baur diseñó un contenedor cilíndrico y una patata con forma de silla de
montar, o, dicho de forma matemática, de paraboloide hiperbólico, una
superficie que tiene unas propiedades muy interesantes gracias a sus
curvaturas. Baur empleó esta forma tan particular por varias razones. El
paraboloide hiperbólico es una superficie estable que ofrece resistencia a las
fracturas, por eso se emplea mucho en el diseño de algunas piezas de arte y
obras arquitectónicas. Por ejemplo, Antoni Gaudí lo utilizó para diseñar
algunas zonas del Parque Güell de Barcelona. En este caso, si la forma de las
patatas fuese plana cabrían más en el cilindro, pero también se romperían más y
necesitarían un mayor grosor, como ocurre con las galletas.
Pero hacer unas patatas con la forma, el tamaño y el grosor necesarios no fue
fácil. Baur recurrió a la química y cambió el proceso de producción de las
patatas fritas tradicionales. Prepararon las patatas fritas mezclando patatas
deshidratadas con agua para formar una masa especial. Luego, colocaron esta
masa en un molde y frieron las piezas hasta que quedaron crujientes.
Desde el punto de vista de la composición química, este tipo de aperitivo solo
contiene un 42 % de patata. Esto le ocasionó varios problemas a la empresa
porque, con la ley estadounidense en la mano, no se puede llamar «patata frita»
a un producto con menos del 50 % de ese tubérculo. El resto de los ingredientes
son almidón, distintos tipos de harinas, aceites vegetales y potenciadores de
sabor. Su contenido en grasa está entre un 15 y un 35 %, significativamente
inferior al de las patatas fritas tradicionales. Esta composición hace que se
puedan freír en un tiempo de entre cinco y sesenta segundos, mientras que las
convencionales requieren de uno a tres minutos. Pero su gran ventaja es que
aguantan mucho tiempo en el bote sin echarse a perder ni romperse… y todo
gracias a su peculiar forma de silla de montar.
Las cabalgatas de los Reyes Magos han cambiado mucho en los últimos años.
Ahora, antes de que aparezcan Sus Majestades, desfilan decenas de personajes de
todo tipo. Este año, mi hija y sus primos comenzaron a gritar entusiasmados
cuando aparecieron sus seres más queridos, unas pequeñas criaturas de color
amarillo banana, con uno o dos ojos, que se habían convertido en auténticas
estrellas del cine. Cuando menos lo esperaba, Ruth sacó su vena curiosa… y yo,
la mía científica.
—Si existieran tal y como se les ve en la película, ¿cuánto medirían realmente?
—En la película se observa que el más alto de todos le llega a su villano
favorito a la altura de la rodilla. Suponiendo que este posea la estatura media
de un humano, es decir, unos 178 cm, y teniendo en cuenta la distancia entre la
rodilla y la planta del pie, se puede establecer que tus adorados ayudantes de
villano miden, como mucho, 45 cm. No se les puede considerar enanos, ya que
este término se emplea para referirse a individuos que tienen una talla sensiblemente
inferior a la del resto de su especie, y todas estas criaturas amarillas tienen
más o menos la misma altura. Así que simplemente son «seres de talla baja algo
excéntricos».
—¿Y por qué son tan raros?
—La respuesta nos la da la genética, Ruth. Estos divertidos seres tienen
alterados varios de los genes responsables de su desarrollo. Me refiero a los
genes homeóticos, que participan en el desarrollo de los organismos. Entre
otras funciones estos genes tienen como objetivo indicar a las células si deben
formar parte de la cabeza, del tórax o del abdomen del individuo. Cuando estos
genes no hacen bien su función, aparecen alteraciones en el desarrollo
corporal, como las que se aprecian en tus diminutos amigos. Por eso tienen un
físico tan extraño. Esos genes homeóticos se descubrieron por vez primera en la
mosca del vinagre o de la fruta (Drosophila melanogaster). Esta mosca
era rarísima: donde tenían que aparecer antenas, le surgieron patas, y además
tenía más alas de lo normal.
—Pobrecita —dijo mi hija—. ¿Y qué genes homeóticos han provocado esas
alteraciones en estas divertidas criaturas?
—El pequeño cuerpo de tus minipersonajes está bastante desproporcionado, lo que
podría ser un síntoma claro de hipocondroplasia y/o acondroplasia. Un médico te
explicaría que el desorden en sí consiste en una modificación del ADN causada
por alteraciones en el receptor del factor de crecimiento 3 de los
fibroblastos, lo que a su vez genera anormalidades en la formación de
cartílago. El gen N540K, situado en el cromosoma 4 humano, ha mutado en los
afectados por acondroplasia. Pero como a ti este lenguaje te suena a chino, te
diré que la hipocondroplasia da lugar a un acortamiento de los huesos largos,
aunque la longitud de la columna vertebral suele mantenerse en la media. Esto
provoca un aspecto irregular que se caracteriza por macrocefalia —la
circunferencia de la cabeza es más grande que el promedio—, piernas y brazos
cortos. Desgraciadamente, aún no existe un tratamiento efectivo para la
hipocondroplasia, aunque se está investigando activamente en la lucha contra
esta enfermedad.
—¿Y por qué hablan tan raro? —me preguntó recordando cuánto se había divertido
con eso viendo las tres películas que protagonizaban sus ídolos.
—Es posible que esa forma de hablar que solo tú entiendes delate que tienen un
problema con el gen FoxP2.
El gen del habla
A pesar de que se lo conoce así popularmente, el
gen FoxP2 es solo uno más de los múltiples factores que influyen en el
lenguaje. Sin embargo, su correcto funcionamiento parece imprescindible para un
desarrollo normal del mismo. Este gen fue descubierto gracias a la llamada que
recibió un grupo de científicos de la Universidad de Oxford desde una cercana
escuela de logoterapia. Un grupo de niños de la misma familia presentaban
determinados defectos del habla y del lenguaje que se remontaban hasta los bisabuelos.
Eso sí, el gen FoxP2 no es exclusivo del ser humano, sino que es probable que
exista en todos los vertebrados, incluidos los humanos y tus minisecuaces, en
los que se expresa en las mismas áreas cerebrales: núcleos basales, cerebelo,
tálamo y córtex o regiones equivalentes.
—¿Y por qué algunos tienen un solo ojo?
—La causa podría ser una mutación de otro gen homeótico que participa en el
desarrollo de los organismos. En esta ocasión me refiero al Pax-6, que ha sido
aislado en mamíferos, anfibios, peces, nematodos, gusanos… y a lo mejor también
está en esos personajillos amarillos. El gen Pax-6 se expresa durante las
primeras etapas del desarrollo del ojo, y cuando este gen se encuentra en mal
estado provoca alteraciones de la lente, la córnea o la retina.
—Pues lo que más me gusta de ellos es, precisamente, que sean amarillos. ¿Por
qué tienen este color?
—Vete a saber, un malvado científico loco podría afirmar que se debe a una
mezcla de ADN mutante, ácidos grasos y dos tazas y media de bananas trituradas…
Pero como aún no he enloquecido, diría que hay tres razones posibles. La
primera: seguramente, y al igual que ocurre en diversos peces, anfibios,
crustáceos o cefalópodos, su color amarillo procede de unas células, los
cromatóforos, que poseen pigmentos en su interior que reflejan la luz. Los
diversos tipos de cromatóforos se diferencian por el color que reflejan: los
cianóforos, el azul; los eritróforos, el verde; y los xantóforos, el amarillo.
La segunda: la alimentación también puede influir en el color de esos
minidevoradores de bananas que tanto te gustan. Los alimentos amarillos son
pobres en unos pigmentos llamados carotenoides, muy abundantes en los tomates,
las zanahorias y otros alimentos rojizos o anaranjados que, si los comieran,
harían cambiar el color de tus traviesos amiguitos. La tercera: la genética
también influye en su color amarillo. Por la pinta que tienen, seguro que
poseen los mismos genes responsables de los xantóforos que dan su color
amarillo a los peces cebra, como los que tenemos en la pecera de casa y que
suelen usarse para la investigación.
—¿Y por qué empleáis los científicos peces cebra?
– Por su homología genética con el ser humano, es decir, por su parecido con
cualquiera de nosotros: compartimos con estos peces más del 80 % del genoma y
esto permite que los resultados obtenidos cuando se prueban fármacos en estos
animales sean potencialmente extrapolables a los humanos…
De pronto, y cuando menos me lo esperaba, vi a mi pesadilla. Allí, en la
cabalgata, estaba una de las protagonistas de la película que más veces ha
visto mi hija. Se trataba de una princesa que estuvo congelada y,
sorprendentemente, no murió por hipotermia extrema porque su hermana la
descongeló con un enternecedor gesto de amor verdadero. Indignado, me subí a
una silla y proclamé a los cuatro vientos:
—Sabed todos que esta cabalgata no tiene ningún rigor científico. La princesa
no pudo sobrevivir a las bajas temperaturas que sufrió durante el tiempo que
permaneció congelada. La termodinámica lo explica perfectamente.
En ese momento se hizo el silencio y decenas de personas me miraron con cara de
pocos amigos. Muchas incluso tapaban las orejas de sus hijos para que no me
escucharan. Hasta mi familia me miraba horrorizada.
—No os pongáis a la defensiva y escuchadme. A pesar de que varía según la
persona, la edad, la actividad y el momento del día, la temperatura corporal
normal de una persona es de unos 37 °C. Si la temperatura es inferior, se entra
en la fase de hipotermia y se produce una serie de cambios fisiológicos que
pueden alterar gravemente la salud y producir incluso la muerte. ¿Queréis saber
qué grado de hipotermia alcanzó la princesa en esa película embustera?
Para morirse de frío
En la fase de hipotermia leve (33-35 °C) comienzan
los escalofríos, las manos se entumecen, los vasos sanguíneos de las
extremidades se contraen, la respiración se vuelve rápida, el corazón se
acelera.
Cuando la temperatura sigue bajando (30-33 °C) se entra en la fase de
hipotermia moderada, en la que los escalofríos se vuelven más violentos, los
movimientos son lentos y costosos y los vasos sanguíneos se contraen aún más,
con lo que las personas empalidecen y sus labios, orejas y dedos de las manos y
pies muestran un tinte cianótico, es decir, azulado.
Y al llegar a valores por debajo de los 30 °C, se entra en la fase de
hipotermia grave, en la que los procesos metabólicos celulares se bloquean. La
piel expuesta se vuelve azul, la coordinación muscular se torna muy pobre,
caminar se convierte en algo casi imposible, la víctima muestra un
comportamiento incoherente e irracional. En estos momentos el pulso y el ritmo
respiratorio disminuyen de manera significativa, aunque pueden aparecer ritmos
cardíacos rápidos (taquicardia ventricular, fibrilación auricular).
Finalmente, los órganos principales fallan y, cuando la temperatura corporal
baja hasta los 24 °C, el límite inferior compatible con la vida, se produce la
muerte clínica[15].
La respuesta de la gente de mi alrededor fue unánime. Aunque todos parecían
indignados y dispuestos a lincharme, estaba convencido de que querrían oír cómo
concluía mi análisis científico.
—Puesto que su entorno mientras estuvo congelada era hielo puro, cuando su
hermana hizo el gesto de amor verdadero la temperatura de la princesa era
claramente inferior a 5 °C. Eso es una muerte segura.
Ruth, Mario y Pablo me miraban horrorizados. La gente empezó a increparme,
pero, por suerte, llegaron los tres Reyes Magos y todos se olvidaron de mí.
Baltasar es el preferido de mi hija, así que su cara se iluminó cuando lo vio
acercarse cargado de mirra.
—¿La mirra existe de verdad? —me preguntó sin apartar la vista de «su»
Baltasar.
—Claro. Es una sustancia resinosa aromática que se obtiene de la corteza de un
árbol llamado Commiphora myrrha que crece en el noreste de
África. Se usa a diario como antiséptico en enjuagues bucales y dentífricos.
Además, varios estudios científicos con ratas y ratones han demostrado que la mirra
tiene propiedades analgésicas y antiinflamatorias, además de ayudar a reducir
el peso corporal y mejorar el nivel de lípidos en la sangre. Eso sí, habrá que
seguir investigando para conocer sus posibles efectos en humanos.
—Vale, pero no creo que Baltasar le llevara mirra al niño Jesús para que se
lavara los dientes…
—La mirra era muy valorada en la Antigüedad para elaborar perfumes, incienso,
ungüentos, medicinas y otros productos. Pero las razones por las que tu amigo
Baltasar le regaló mirra a Jesús no se saben exactamente. Hay quien dice que,
por su sabor amargo, ese presente era un presagio de la vida de sufrimiento que
le esperaba. Otros aseguran que, debido a que la mirra se empleaba para
embalsamar, el Rey Mago se la regaló para anunciar que, tarde o temprano,
terminaría muriendo. Vete tú a saber.
—¿Has visto qué camello tan bonito trae este año Baltasar?
—No es un camello, es un dromedario —puntualicé.
¿Cuántas jorobas tiene?
Existen tres géneros de animales pertenecientes a
la familia de los camélidos: Camelus, como el camello y el
dromedario; Vicugna, que incluye la vicuña y la alpaca; y Lama,
en el que se encuentran el guanaco y la llama. El género Camelus,
los camélidos jorobados, vive en las llanuras áridas y los desiertos asiáticos
y africanos; y Vicugna y Lama, los camélidos sin
joroba, habitan en las alturas andinas en Sudamérica.
El rey Baltasar va a lomos de un Camelus dromedarius, un animal
original de la península arábiga pero que hoy puede verse en muchos otros
lugares. Los dromedarios presentan un pelaje mucho más corto que el de los
camellos debido a que las temperaturas en Arabia —la península situada entre el
mar Arábigo y el Mediterráneo— son más cálidas que en el desierto de Gobi
—entre China y Mongolia—, donde los inviernos son bastante fríos. Además, los
camellos tienen extremidades más cortas y robustas, características más
adecuadas para mantener el equilibrio en terrenos montañosos y en suelos
helados o cubiertos de nieve. Esto hace que los dromedarios tengan una mayor
talla, pero los camellos sean más pesados. La forma más rápida de
diferenciarlos es contando sus jorobas o gibas: los camellos tienen dos y los
dromedarios, una.
—¿Es cierto que las jorobas están llenas de agua?
—Aunque es cierto que estos animales pueden llegar a beber hasta 135 litros de
agua en unos quince minutos, en realidad esas jorobas son acumulaciones de
grasa, no de agua. Su función es crucial para estos animales, ya que pueden
convertir esa grasa en agua o energía cuando lo necesitan. Los camellos y
dromedarios son capaces de producir hasta 8,2 litros de agua por cada kilogramo
de grasa catabolizada, por eso pueden viajar muchos kilómetros por el desierto
sin beber. Además, raramente sudan, incluso a temperaturas cercanas a los 50
°C, lo que les permite mantener los líquidos ingeridos durante largos periodos
de tiempo sin deshidratarse.
—El dromedario de Baltasar me está mirando —advirtió mi hija—. Con esa nariz y
esa boca, no es precisamente atractivo.
—A diferencia de los humanos, los dromedarios son capaces de cerrar sus
orificios nasales, no solo para protegerse de la entrada de arena, sino también
para limitar las pérdidas de agua por la respiración. Además, sus conductos
nasales tienen propiedades higroscópicas, que permiten que, cuando están
deshidratados, puedan captar el agua del aire. Por otra parte, las espesas
cejas y las dos filas de largas pestañas protegen sus ojos de la arena. Además,
sus labios, anchos y duros, le permiten arrancar las secas y espinosas plantas
del desierto sin dañarse.
—Voy a mirarlo mal para que se vaya.
—Ni se te ocurra. Aunque se dejan domesticar, los dromedarios son mucho más
temperamentales que los camellos y se ponen muy nerviosos si los molestas. Eso
sí, también son mucho más rápidos galopando, por eso los Reyes Magos los
prefieren a los camellos, así les da tiempo a repartir todos los regalos. Por
cierto, ¿quieres que te cuente un secreto? A los dromedarios les gustan las
hojas, la hierba seca, las acacias y los dátiles. Si esta noche les dejas de
comer lo que más les gusta, se quedarán mucho tiempo en casa y te pondrán más
regalos.
—Lo haré…, pero no se lo digas a mis primos.
* * * *
La inminente llegada de los Reyes Magos hace que,
año tras año, mi hija dé infinitas vueltas en la cama antes de dormirse. Ese 5
de enero, eran las once y media de la noche y seguía despierta, así que decidí
hablarle de la cronobiología, la disciplina científica más relacionada con el
sueño, sobre la que J. C. Hall, M. Rosbash y M. W. Young han hecho grandes
descubrimientos, que les valieron el Nobel de Fisiología y Medicina en 2017.
—Los descubrimientos de Hall, Rosbash y Young —comencé a contar— tienen grandes
implicaciones para nuestra salud y bienestar, ya que explican cómo las plantas,
los animales y los humanos adaptamos nuestros ritmos biológicos para que se
sincronicen con la rotación de la Tierra. Sus investigaciones han mostrado que
los mecanismos moleculares que ocurren en el interior de nuestro organismo
sufren una oscilación que se repite a lo largo de un periodo de 24 horas. El
correcto ajuste de nuestro «reloj biológico» a este ritmo circadiano permite
mantener un buen estado de salud, mientras que su desajuste puede influir en el
envejecimiento, la aparición de patologías graves (como algunos tipos de
cáncer) y la alteración del sueño.
—Hablando de sueño, ¿cuántas horas debemos dormir para estar sanos?
—Según los especialistas en cronobiología, no hay un tiempo exacto, depende de
muchos factores como el sexo, la edad o el ritmo de vida. Aunque hay personas
que con seis horas de sueño se encuentran perfectamente, los adultos deberíamos
dormir entre 7 y 9 horas para no encontrarnos cansados ni somnolientos.
Vamos a la cama, que hay que descansar…
Durante nuestras horas de descanso se producen
numerosos procesos que favorecen la recuperación. Se activa el sistema
inmunitario, la regeneración de la piel y los tejidos, baja la presión
arterial, se producen hormonas como la melatonina y la leptina, disminuye el
apetito, aumenta la resistencia a la insulina y se reducen la producción de
orina y la temperatura interior corporal, entre otros muchos efectos.
Pero el tipo de sueño no es el mismo durante toda la noche. En las primeras
horas predomina el sueño N-REM, caracterizado por un ligero descenso en la
actividad neuronal y que favorece la recuperación del cansancio físico.
Posteriormente, durante la segunda parte de la noche, aparece el sueño REM. En
él la actividad cerebral es muy alta y parece ser necesario para la
consolidación de la memoria.
—¿Qué se puede hacer para dormir mejor?
—Aumentar las horas de actividad física, exponernos más tiempo a la luz
natural, cenar como mínimo dos horas antes de acostarnos, controlar nuestro
peso, no dejar luces encendidas (ni tampoco la televisión o la radio) por la
noche en nuestro dormitorio… Y, sobre todo, conseguir que nuestro cerebro
reduzca su activación un par de horas antes de irnos a la cama. Por eso no
debemos usar dispositivos con pantallas electrónicas, como móviles o tabletas,
una o dos horas antes de dormir.
—Y si no dormimos lo suficiente, ¿qué nos puede pasar?
—En tu caso, irás tan cansada que sacarás malas notas. Una parte del fracaso
escolar debe atribuirse a la falta de sueño de los jóvenes. Si las personas no
duermen lo suficiente, aparte del cansancio, pueden tener trastornos de
memoria, depresión, inmunodepresión, trastornos digestivos, obesidad, diabetes
tipo 2, algunos tipos de cáncer, hipertensión y accidentes cerebrovasculares.
Además, aumenta el riesgo de sufrir accidentes o cometer errores en el trabajo
por fallos en la concentración. Pero hoy, si no te duermes pronto, lo más
importante es que… ¡¡mañana no habrá regalos!!
Tras esa amenaza, mi hija se durmió en treinta segundos. Yo también me acosté,
pero no conseguí conciliar el sueño. Mi recuerdo infantil seguía estando
presente y pensaba que en cualquier momento aparecería Baltasar. Tras una hora
dando vueltas en la cama, decidí recurrir a la melatonina, una hormona
sintetizada a partir del aminoácido esencial que está presente en humanos,
animales, plantas, hongos y bacterias.
La melatonina se produce en una pequeña glándula endocrina situada en el
cerebro de los vertebrados, la glándula pineal, y participa en numerosos
procesos celulares, neuroendocrinos y neurofisiológicos. Cuando la intensidad
de la luz ambiental desciende, la glándula pineal segrega melatonina y esta
hormona hace que nos dé sueño. La secreción es progresiva, y la presencia en
sangre de la melatonina tiene la forma de una campana de Gauss, es decir, con
un pico a una determinada hora de la media noche y un descenso a medida que se
acerca el día.
Para quedarme dormido, ingerí una cantidad extra de melatonina en forma de
complemento alimenticio. Debido a la controversia sobre la dosis adecuada para
conciliar el sueño, que en Estados Unidos se ha fijado en 5 mg, seguí el
consejo de la EFSA y me tomé 1 mg. Poco después, cerré los ojos.
* * * *
A las siete de la mañana, Ruth vino a mi habitación
para que me levantara. Lo primero que encontramos al salir fueron restos de
acacia y dátiles esparcidos por el pasillo, signo inequívoco del paso de Sus
Majestades por la casa. El salón estaba lleno de paquetes. El primero de ellos,
con mi nombre, contenía el carbón que me había anunciado mi sobrino Pablo.
Cuando mi hija desenvolvió su primer regalo, noté que algo había ido mal.
Baltasar le había traído a Ruth un juego de química con probetas, buretas, matraces
y otros materiales, así como unas gafas de seguridad de laboratorio y los
reactivos necesarios. Reconozco que, en mi afán de despertar su vocación
científica por la química, algo se me había ido de las manos cuando escribí la
carta a los Reyes Magos.
—No pongas esa cara. Los regalos químicos pueden ser muy divertidos. ¿Hacemos
un slime de esos que parecen un gran moco verde, aunque en
realidad es un fluido no newtoniano?
—Lo que me faltaba… Baltasar me trae un juego de química y mi padre aprovecha
para hablarme de ciencia.
—Te lo pasarás bien, y a mamá le «encantará» que convirtamos el salón en un
laboratorio químico durante unas horas. Por cierto, los slime son
polímeros, unos materiales que se forman cuando los monómeros se juntan para
crear cadenas más largas. Es posible que te suene raro, pero hay polímeros en
tu ropa, en tu material escolar, en tu cepillo de dientes y en muchos sitios
más. Pero el slime que vamos a fabricar es un polímero muy
especial, porque es capaz de fluir como líquido y resistir como sólido. Si le
aplicamos una fuerza pequeña se comportará como un líquido, pero si ejercemos
una fuerza mayor actuará como un sólido. Además, su viscosidad varía con la
temperatura. Todo eso es lo que convierte al slime en un
fluido no newtoniano. Conoces muchos fluidos de este tipo: la pasta de dientes,
la mantequilla, la mermelada, el kétchup, la sopa, la mayonesa, el yogur, sin
olvidarnos de la lava, el magma, la sangre, la saliva… Por el contrario, los
fluidos newtonianos son aquellos cuya viscosidad puede considerarse constante,
como el agua.
—¿Podemos hacer slime amarillo? —me pidió con una leve
sonrisa.
Ingredientes para el «slime».
El slime es muy fácil de preparar,
aunque, si eres menor, pide ayuda a un adulto. Se necesitan tres reactivos:
PVA, bórax y colorante. Las siglas PVA son las iniciales, en inglés, del
acetato de polivinilo, un polímero no tóxico y biodegradable. Se usa tradicionalmente
para conservar lentillas, en lubricantes, guantes de laboratorio, bolsas de
detergente que se disuelven, fabricación de juguetes, etcétera. El bórax es una
sal de boro que se emplea en detergentes, suavizantes, jabones, desinfectantes,
pesticidas y en la fabricación de esmaltes, vidrio y cerámica. En este
experimento se aprovecha la capacidad del bórax para convertirse fácilmente en
ácido bórico.
—Claro. Es tan fácil que lo vas a hacer tú sola, aunque con mi supervisión.
Primero, lávate bien las manos antes de empezar y no comas o bebas mientras lo
elaboramos. Al mezclar en las proporciones exactas bórax, agua, PVA y el
colorante (amarillo, en tu caso, para conseguir ese color asqueroso que tanto
te gusta), se forma un material cuya viscosidad depende del tipo de PVA
empleado y de la cantidad de bórax.
Nos entretuvimos un buen rato y obtuvimos un repugnante slime amarillo.
Por si acaso le recordé que, cuando se cansara de jugar con él, debía guardarlo
en una bolsa de plástico, mejor con autocierre, para que no se secara.
—¡Qué chulo! Pero no puedo llevar reactivos químicos al colegio. ¿Cómo
preparo slime en clase?
—Primero, pide permiso a tu profesor o profesora. Necesitarás 180 gramos de
nubes de golosina, 100 gramos de harina y colorante alimentario. Pon las nubes
en un recipiente y caliéntalas en el microondas durante 30 segundos, remueve y
vuelve a calentar las veces que sea necesario hasta conseguir que se fundan por
completo. Luego, añade la mitad de la harina. Mánchate las manos con harina y
amasa. Añade más harinas cada vez que se te pegue la masa durante el proceso,
hasta alcanzar la consistencia deseada. Para que quede más chulo, añade colorante
alimentario del color que más te guste. ¡¡Tus amigos y amigas fliparán con el
fluido no newtoniano que conseguirás!!
A mi hija, el experimento del slime le gustó. Mientras yo
encendía la televisión y comprobaba, un año más, que no me había tocado la lotería,
se oyó un ruido en la cocina y Ruth fue a averiguar su origen. De repente, un
grito se escuchó en toda la casa.
—¡¡¡Un gatooooooo!!!
Cuando llegué, no paraba de gritar y de llorar de alegría. Baltasar le había
traído el regalo que le había pedido. Pero cuando mi hija se lo llevó a su
habitación, que estaba a oscuras, el lindo gatito emitió una luz verde muy
intensa que lo hacía brillar en la oscuridad.
—Papá, ¿qué está pasando?
—No lo sé con seguridad, pero me parece que este gato tiene un Premio Nobel…
Capítulo 9
Una linda gatita
Cuando era joven tuve un gato, Pelón. Un día,
contrajo el lentivirus de la familia Retroviridae que causa la
inmunodeficiencia felina. Esta enfermedad, conocida como «el sida felino»,
afecta a un 11 % de los gatos del mundo y no se puede transmitir a los seres
humanos ni a otros animales. Cuando un gato es infectado por este virus puede
ocurrir que venza totalmente a la infección y no quede ningún rastro; que se
convierta en portador sano del virus pero que nunca llegue a enfermar,
disfrutando de una vida larga, saludable y relativamente normal; o, en el peor
de los casos, que tenga serias complicaciones inmunológicas o incluso muera,
como le ocurrió a Pelón. Por eso siempre he sido reticente a tener un nuevo
gato en casa.
Pero un regalo nunca se devuelve, y menos si procede del rey Baltasar. Además,
en el momento en que vi la cara de mi hija, entendí que la familia tenía un
nuevo miembro. Así que decidí imaginar cómo serían mis conversaciones con el
felino, y resultó ser un experto en física, química, genética, evolución,
biotecnología, medicina, enzimología… e incluso en la carrera espacial.
—Hola, gatito. ¿De dónde has salido?
—Como todos los gatos domésticos, desciendo del gato salvaje africano, una
subespecie del gato montés euroasiático. Los estudios de ADN de muestras de
restos gatunos tomadas en momias egipcias, yacimientos vikingos, cuevas de la
Edad de Piedra y otros lugares han demostrado que, aunque originalmente los
gatos éramos salvajes, sufrimos dos domesticaciones diferentes: una en el
Próximo Oriente hace 10.000 años y otra posterior en Egipto.
—Perdona…
—No me interrumpas. Nuestros primeros antepasados comenzaron a convivir con
humanos hace diez milenios, cuando vuestras cosechas eran invadidas por
roedores y nosotros fuimos la solución. Nos zampamos a esos roedores que os
estaban fastidiando… y nos hicimos amigos. Todos salimos ganando de aquel
trato. Luego, la convivencia con los humanos durante el Neolítico en el Próximo
Oriente dio lugar a una selección de los gatos más sociables, que acabaron
saliendo de la península de Anatolia en un primer linaje que conquistó la
actual Bulgaria hace más de 6400 años. Los científicos que analizaron el ADN de
momias felinas egipcias descubrieron que un segundo linaje dominó Egipto. Se
cree que estos gatos conquistaron el Mediterráneo hace unos 3000 años a lomos
de los barcos mercantes, en los que eran introducidos para acabar con ratas y
ratones.
—Pero…
—Calla. Los gatos de entonces eran como los de ahora, con la piel llena de
manchas de todos los colores. El ADN analizado confirma lo que ya sugerían las
pinturas del Antiguo Egipto: en aquellos tiempos predominaban los gatos
atigrados listados, con bandas en su pelaje, como sus hermanos salvajes…
—¡Déjame hablar! Mi pregunta era mera cortesía, no me cuentes toda vuestra
historia. Vayamos al grano: ¿eres gato o gata?
—Baltasar me dijo que me dejaba en casa de un científico, pero veo que dejas
mucho que desear como investigador. ¿No te das cuenta de que mi piel está
formada por tres colores (naranja, blanco y negro) y esto es signo casi
inequívoco de que soy gata? Y si eso te sorprende, ya verás cuando te cuente
que mis primos siameses cambian de color con la temperatura.
De noche todos los gatos son pardos
Los gatos tienen pelajes con una infinita variedad
de tonalidades: los hay negros, naranjas, blancos, cremas como los siameses,
gris perla como los persas, tricolores… Pues bien, el color del pelaje en los
gatos es una característica ligada al sexo. Como los demás mamíferos, los gatos
tienen dos cromosomas sexuales: X e Y. La madre aporta el cromosoma X y el
padre puede aportar el X o el Y. Pues bien, si ves a un gato con tres colores
distintos, puedes apostar que es hembra.
En los gatos, el gen para el color naranja está ubicado en el cromosoma X y
puede tener un alelo (cada una de las formas alternativas que puede tener un
mismo gen y que se manifiestan en modificaciones concretas de su función) para
el color negro. Por tanto, la única forma de que ambos alelos se den juntos y
combinados con blanco es que haya dos cromosomas X, es decir, que sea una gata.
En general, los machos solo tienen otro color además del blanco. Por ello,
aproximadamente solo uno de cada tres mil gatos tricolores es macho.
—¡¿Cómo?! —pregunté sorprendido.
—¿Trabajas en un Departamento de Bioquímica y Biología Molecular especializado
en enzimología y no sabes el papel de la tirosinasa en el color de los gatos
siameses?
—¡Pero si esa es una de las enzimas sobre las que más trabajos científicos
hemos publicado en nuestro grupo de investigación!
—Peor me lo pones. No tienes ni idea de genética…, pero tampoco de bioquímica.
Los gatos tenemos una enzima, es decir, una proteína que acelera reacciones
químicas, llamada tirosinasa. Contribuye a producir la melanina, el pigmento
responsable de las manchas oscuras que aparecen en la piel. Pues bien, en el
caso de los siameses esta enzima no se encuentra activa cuando su temperatura
corporal es normal, sobre los 37 °C, de ahí que el color predominante de su
piel sea claro. Sin embargo, cuando baja la temperatura, la tirosinasa se
activa y se desencadenan una serie de reacciones enzimáticas y químicas que dan
lugar a la melanina, oscureciéndoles la piel. Por eso, cuando hace calor, el gato
siamés presenta más superficie blanca y, cuando refresca, presenta más zonas de
color oscuro.
—¿Y por qué las patas, las orejas y la nariz de los siameses son más oscuras
que el resto de su cuerpo?
—Humano, no te enteras. Esas zonas tienen una mayor superficie de contacto y,
por tanto, pierden calor más rápidamente que el torso o la espalda. Eso sí,
esta desnaturalización es reversible, de modo que, si la temperatura baja de
los 34 °C, la tirosinasa se activa y se produce melanina. En ese momento, el
pelaje se torna negro. Este proceso solo ocurre con los siameses. Esta raza de
gato contiene una mutación en el ADN que, entre otras cosas, provoca que su
enzima tirosinasa sea mucho más sensible a la temperatura que la presente en
otros gatos.
—Por cierto, ¿cómo te llamas? —quise saber.
—Feli. Mis padres eran amantes de la exploración espacial y me pusieron este
nombre en honor de Félicette, la primera gata que fue enviada al espacio. Lo
hizo el Gobierno francés en 1963.
—No tenía ni idea de que hubo una gata astronauta.
—El uso de gatos en experimentos científicos es bien conocido. Nuestros
enemigos los ratones se utilizan mucho en el estudio de mecanismos bioquímicos
básicos. Sin embargo, cuando hay que analizar la complejidad neuronal, los
científicos recurren a los felinos porque tenemos sistemas sensoriales muy
desarrollados, así que representamos un buen modelo para estudiar determinados
procesos neurológicos. Cuando escuches que un laboratorio ha desarrollado una
terapia contra algún tipo de ceguera, muy probablemente habrá utilizado gatos
en su investigación. Sin embargo, enviar a Félicette al espacio fue una
ocurrencia del general Charles de Gaulle para demostrar, en plena Guerra Fría,
que Francia no era menos que Estados Unidos o Rusia, las dos grandes potencias
espaciales en ese momento.
—¿Cómo escogieron a Félicette para volar al espacio?
—Aquello fue tremendo. Los franceses seleccionaron a catorce gatos y los
sometieron a todo tipo de pruebas (cámaras de vacío, centrífugas, insoportables
ruidos, vibraciones…) para ver cuál soportaría mejor las duras exigencias de un
vuelo espacial. Solo cuatro pasaron las difíciles pruebas y se decidió que
Félix, recogido de las calles de París por el dueño de una tienda de animales
antes de ser adquirido por el Gobierno francés, sería el que viajara al
espacio. El lanzamiento estaba previsto para el 18 de octubre de 1963. Sin
embargo, en los momentos previos, el inteligente Félix se escapó. Su suplente,
Félicette, fue la que finalmente entró en la nave espacial. La situaron en un
pequeño contenedor diseñado especialmente y le colocaron un electrodo en el
cráneo para recoger datos (algo que no fue bien visto por parte de ciertos
colectivos). Pocos minutos después de las ocho de la mañana, despegó desde la
base militar de Hammaguir, situada en el Sahara argelino, a bordo del cohete
Véronique AGI47. La nave alcanzó una altura de 156 km y Félicette pudo
disfrutar de cinco minutos de ingravidez en su pequeño contenedor. Trece
minutos después del despegue, la gata volvió a tierra sana y salva, aunque algo
magullada. La telemetría mostró que el animal había experimentado hasta
9,5 g durante el ascenso y 7 g en el regreso
a la Tierra. Los franceses se dieron por satisfechos y Félicette, la gata a la
que debo mi nombre, se convirtió en una estrella gracias a la campaña mediática
que hizo el Gobierno francés.
—Perdona la indiscreción, ¿qué edad tienes?
Gatos retatarabuelos
La esperanza de vida de los gatos ronda los
dieciséis años, pero depende de muchos factores como la raza, el tamaño y, en
el caso de los domésticos, los cuidados que les den sus dueños. La
alimentación, junto a la atención médica y las comodidades, aumentan su
esperanza de vida, aunque al mismo tiempo se enfrentan a numerosas enfermedades
emergentes, como el sobrepeso, provocadas por los hábitos de los humanos y sus
formas de vida.
Rubble, un gato doméstico de Exeter, en Inglaterra, cumplió 31 años en mayo de
2019, una edad equivalente a 141 años humanos, y se convirtió en el gato vivo
más viejo del mundo en ese momento. Lo sigue Scooter, un siamés nacido en Texas
en 1986 y que vivió 30 años y 1 mes. Pero los gatos más viejos conocidos han
sido dos vecinos de Scooter: Creme Puff (38 años, unos 173 años humanos) y
Granpa (34 años). De todas formas, son casos excepcionales.
—Para un gato lo más importante no es la edad exacta que tengamos en cada
momento, sino que los humanos sepáis la etapa de la vida en la que nos
encontremos. Nosotros nos dividimos en cachorros (desde que nacemos hasta que
llegamos a la madurez sexual); juniors (cuando ya somos sexualmente maduros
pero aún seguimos creciendo); adultos (cuando hemos alcanzado la madurez física
y aún somos jóvenes); maduros (entre la mitad y los tres cuartos de nuestra
esperanza de vida); seniors (en los últimos años de nuestra esperanza de vida),
y geriátricos (gatos ancianos que han superado la media de nuestra esperanza de
vida). No te diré exactamente los años que tengo, pero sí que soy un cachorro.
Y si lo que me estás queriendo preguntar es si voy a morir pronto, te aseguro
que no.
—¿Por qué no sales de esa caja de cartón donde te ha dejado Baltasar?
—El estrés que siento al estar en tu casa por primera vez se reduce gracias a
las endorfinas que se generan al rozar mi piel las paredes de esta caja. Lo
mismo me ocurría cuando me acurrucaba junto a mi madre y mi piel tocaba su
pelaje. A mis amigos los cerdos les ocurre igual. Las crías de cerdo liberan,
en circunstancias parecidas, una molécula llamada naltrexona que tiene
propiedades antiinflamatorias y neuroprotectoras. Así que saldré de la caja
cuando os pierda el miedo.
Feli me miró con cara de pocos amigos. No quería dar su pata a torcer, pero
tenía muchísima sed y, muy despacio, se acercó al vaso que había puesto a mi
lado y comenzó a beber. Cuando acabó de beber, comenzó a lamerse el cuerpo. A
mí no se me ocurriría hacerlo, y menos en público, así que decidí preguntarle
la razón.
Sin derramar ni una sola gota
Cuando beben, y lo hacen muy rápido, los gatos no
derraman una gota. Unos científicos del Instituto de Tecnología de
Massachusetts en Cambridge (Estados Unidos) encontraron la respuesta en una
disciplina científica, la fluidodinámica. Grabaron con imágenes de alta
velocidad la forma de beber agua de gatos, leones y tigres. Incluso diseñaron
un modelo que predice la frecuencia de los lametazos de un felino en función de
su masa corporal.
Según estos investigadores, los gatos emplean un sofisticado sistema basado
en el equilibrio de dos fuerzas físicas: la gravedad y la inercia del fluido.
Para eso, lo primero que hacen es curvar la lengua ligeramente hacia atrás en
forma de J. Luego, acercan solo la punta de la lengua al agua, sin sumergirla,
y rápidamente la pliegan a toda velocidad arrastrando una buena cantidad de
líquido hacia arriba. Al tocar la superficie líquida, se forma una columna de
agua que sube por inercia, y cuando tienen toda el agua dentro de la boca,
cierran la mandíbula antes de que el líquido caiga por acción de la gravedad.
La gran velocidad a la que actúa su lengua (casi 1 m/s) y el tamaño de su boca
son claves a la hora de optimizar la cantidad de agua que ingieren en cada
lametazo.
En cambio los perros, aunque en algunos casos beben agua usando también la J,
habitualmente lo suelen hacer a «cucharadas», poniendo la lengua de manera que
se forme una concavidad y, una vez llena de agua, la llevan hasta su boca. Por
eso se mojan el hocico y los labios al beber. Otros animales como los caballos,
los cerdos y los rumiantes beben por succión.
—Los gatos —me explicó Feli— empleamos los lametazos para refrescarnos y
limpiarnos. Tenemos en la lengua una serie de espinas curvadas en la misma
dirección, las papilas, con las que nos rascamos la piel. En la punta de esas
papilas hay unas cavidades huecas en forma de U donde almacenamos la saliva.
Mediante técnicas de tomografía computarizada, unos científicos observaron que
cada una de ellas puede almacenar hasta 4,1 μl de saliva, la cual usamos para
lavarnos y refrescarnos. Estos resultados, además de explicar nuestra forma de
comportarnos, también tienen utilidad para vosotros, los humanos. Basándose en
sus resultados, los científicos han diseñado un cepillo para gatos inspirado en
nuestra lengua que es más efectivo que los tradicionales a la hora de nuestras
lociones, administrarnos medicamentos o desprender el pelo sobrante.
—Si los gatos sois tan listos —pregunté con cierta malicia—, ¿por qué dicen que
los perros son más inteligentes que vosotros?
—¡Eso no está demostrado y hay mucha controversia! —replicó Feli enojada.
—¡Tienes un ojo de cada color! —exclamé para cambiar de tema.
—Se debe a una anomalía, la heterocromía. Aunque puede afectar a la piel o al
cabello, lo más frecuente es que haga que el color de los dos iris sea
diferente. En mi caso tengo un ojo totalmente marrón y otro completamente
verde. Es lo que se conoce como heterocromía total. Hay gatos con heterocromía
parcial que solo tienen una sección del iris distinta al resto en ambos ojos.
La heterocromía ocurre cuando una persona o un individuo de otra especie animal
tiene demasiada o muy poca melanina en el cuerpo. Por eso hay más casos entre
los gatos blancos que entre los negros. Lo más habitual es que su origen sea
genético, pero también puede manifestarse debido a la aparición de una
enfermedad o lesión, en cuyo caso se considera que la heterocromía es
adquirida, aunque es poco frecuente entre nosotros. Pero no pienses que la
heterocromía es exclusiva de los gatos. Los humanos también podéis tener un
iris de cada color, aunque se estima que esta anomalía afecta solo al 1 % de la
población.
—Uno de mis cantantes favoritos, David Bowie, tenía heterocromía.
—¿De qué hablas? Bowie, un gran amante de los gatos, tenía anisocoria, otra
anomalía de la vista producida por una contracción (miosis) o una dilatación
(midriasis) de las pupilas. En realidad, sus ojos no tenían un color diferente,
sino que la pupila de su ojo izquierdo estaba permanentemente dilatada como
consecuencia de un golpe que recibió cuando era joven. Pero la anisocoria no siempre
es traumática, puesto que una de cada cinco personas nace con anisocoria
fisiológica. En la mayoría de los afectados, la diferencia en el diámetro de la
pupila es inferior a 0,5 mm, por lo que no se suele distinguir a simple vista y
no tiene efectos negativos sobre su salud visual. Hablando de salud, ¿aquí
cuándo se come?
—Lo siento, no tenemos comida especial para gatas. Esta tarde iremos a por
ella.
—No te compliques la vida. Los gatos somos carnívoros. Nuestra salud
nutricional depende, sobre todo, de la ingesta de grasa y proteínas. Por eso
nos encanta comer pequeños roedores, reptiles o pájaros de diversa condición.
¿Tienes alguno por ahí? Da igual, tengo hambre, buscaré algo por la casa.
Cuando regresó, saciada su hambre, seguimos nuestra charla. Al poco, la gata
empezó a maullar, a corretear de un lado para otro y, por último, se subió a un
armario. Extrañado, quise saber qué le ocurría.
—La culpa es de la planta que le dejó tu hija al camello de Baltasar, suerte
que el animal no la probó. Como estaba muerta de hambre, me la he comido entera
sin pensar que era Nepeta cataria.
—¿De qué hablas? —pregunté extrañado.
—Vaya científico… La Nepeta cataria es una planta de la
familia de la menta típica de Europa, Asia occidental y Norteamérica. También
se la conoce como hierba de los gatos o menta gatuna, y en el pasado se
empleaba para tratar las picaduras de escorpión. Cuando algunos gatos, no todos,
la mordemos, nos ponemos eufóricos, posteriormente agresivos y, finalmente,
entramos en éxtasis y vemos alucinaciones. La culpa la tiene la nepetalactona,
una molécula de la familia de los terpenos, que fue descubierta en 1941 y se
utiliza para elaborar aceites esenciales y compuestos farmacológicos. Al
mordisquear la planta, se libera la nepetalactona. En ese momento, el terpeno
interactúa con mi epitelio olfativo y comienza la fiesta. Eso sí, aunque sus
efectos son evidentes, queda mucho por investigar acerca del mecanismo concreto
de actuación de este terpeno. Además, este compuesto orgánico también está presente
en la madera de la madreselva tartárica (Lonicera tatarica), que se
utiliza a menudo para confeccionar los juguetes que los humanos nos compráis a
los gatos para que nos divirtamos.
—¿Ese compuesto tiene alguna utilidad para los humanos?
—Puede abrir nuevos caminos en la investigación contra el cáncer. A diferencia
de otros terpenos cuya síntesis se produce en un solo paso, en la de la
nepetalactona intervienen dos pasos catalizados por dos enzimas distintas. La
primera de ellas activa un compuesto precursor que luego es empleado por una
segunda enzima para producir la nepetalactona. Este proceso de dos pasos puede
ser similar al que se emplea en la síntesis de principios activos, como la
vincristina y la vinblastina, dos moléculas utilizadas en tratamientos contra
el cáncer. De modo que sí, estudiar la menta gatuna, además de facilitar la
comprensión de la conducta de los gatos, os puede ayudar a los humanos a
sintetizar productos químicos beneficiosos para vuestra salud.
De repente ocurrió lo que se veía venir. En su delirio, Feli resbaló y se
precipitó desde lo alto del armario. Pegué un grito y cerré los ojos. Cuando
los abrí, Feli estaba indemne, mirándome desde el suelo con una sonrisa
picarona en su cara.
Gatos 7-humanos 1
Los gatos son capaces de girarse mientras caen de
espaldas desde una cierta altura y aterrizar de pie, por lo que, según el
dicho, tienen siete vidas. Si un humano cayera del mismo modo, tendría muy
difícil dar la vuelta debido a la ley de conservación del momento angular. Los
humanos, al caer, lo hacemos como un cuerpo casi rígido y no tenemos fácil
girar sobre nuestro propio eje. Por eso nuestra caída es descontrolada y
solemos golpear el suelo con zonas tan sensibles como la cabeza o el tórax… y
la palmamos.
—¿Cómo has logrado aterrizar sin matarte?
—Cuando he resbalado y he comenzado a caer, mi oído se ha dado cuenta de que
algo raro pasaba. Mi cabeza no estaba orientada de la forma correcta y había
que solucionar el problema. En ese momento, el sistema vestibular de mi oído ha
mandado una señal a mi cuello, que rápidamente ha corregido la posición de la
cabeza. En primer lugar, he arqueado la columna vertebral mientras estiraba las
patas traseras y recogía las delanteras. Así he logrado crear una pequeña velocidad
angular de la parte trasera de mi cuerpo. Como consecuencia, y por la ley de
conservación del momento angular, se ha creado el mismo momento angular en la
parte delantera de mi cuerpo. Por ello he retraído las patas traseras y he
estirado las delanteras, lo que ha provocado que mi cuerpo rote alrededor de la
columna vertebral. A todo este proceso también ayuda que nuestra columna
vertebral, la de los gatos, sea muy flexible, gracias a que tiene más vértebras
que la de los humanos.
—Desde luego, el aterrizaje ha sido sorprendente.
—He amortiguado el golpe recurriendo al «efecto paracaídas», que justifica que
aún siga viva tras el golpetazo.
Gatos paracaidistas
Al igual que hacen los paracaidistas cuando
flexionan los músculos y las caderas justo antes de tocar tierra, los gatos
flexionan las patas al «aterrizar». De este modo, la fuerza del choque se
disipa en gran medida en los tejidos blandos sin que se rompan ningún hueso, ya
que sus patas anteriores, además de ser muy musculosas, no están unidas al
tronco mediante un hueso clavicular. Todo se mantiene unido por ligamentos y
músculos, permitiendo al hombro mayor libertad de movimientos. Además, con el
fin de facilitar dicho aterrizaje, no solo extienden las garras para evitar
resbalones, sino que también arquean la columna, de modo que aumenta la
fricción con el aire y se reduce la velocidad de caída a la mitad que la del
cuerpo de un humano.
Feli y yo seguimos hablando de nuestras cosas. De repente, la gata me hizo una
confesión.
—Quiero decirte algo, y está relacionado con Pelón, tu añorado gato del que he
oído mucho hablar. No sé si alguna vez has oído hablar del macaco (o mono)
Rhesus (Macaca mulatta). Esta especie de primate catarrino, de la
familia Cercopithecidae, es una de las más conocidas del Viejo
Mundo. El mono Rhesus fue el tercer primate cuyo genoma se secuenció
completamente tras el humano y el del chimpancé. Durante casi dos años, 170
investigadores de 35 instituciones de varios países trabajaron para establecer
su secuencia genética total y demostraron que es idéntica en un 97,5 % a la
humana, casi tanto como la del chimpancé, que es igual en más del 98 %. El
interés por estudiar el genoma del macaco Rhesus no residía únicamente en
compararlo con el de los demás primates, sino también en mejorar la
investigación en muchas áreas de la medicina, como las neurociencias, la
endocrinología y la cardiovascular. Se ha descubierto que los macacos Rhesus
tienen la capacidad, a través un factor de restricción, de bloquear el ataque
del sida felino. Este factor de restricción desactiva la cubierta externa del
virus del sida cuando trata de invadir una célula del macaco Rhesus, y así
impide que la infecte. Pues bien, unos investigadores estadounidenses aislaron
en un primate el gen que da lugar a dicho factor de transcripción y lo
insertaron en unos ovocitos felinos que posteriormente fecundaron. Esta
técnica, la transgénesis lentiviral dirigida a los gametos, ha demostrado ser
muy efectiva y gracias a ella nací yo.
—O sea, que tú no puedes…
—Exacto. Como estás pensando, gracias a este proceso yo no puedo ser infectada
por el virus del sida felino que acabó con la vida de tu gato. Tengo el gen del
macaco que da lugar al factor de transcripción que lo resiste. Y cuando alguna
vez sea madre, mis gatitos producirán por sí mismos las proteínas que resisten
el ataque del virus, lo que significará que los genes insertados se mantienen
activos en generaciones sucesivas. Además, esta nueva tecnología puede ayudar
en el futuro a investigar nuevas terapias contra el virus del sida humano y
otras enfermedades.
—¡Eres una gata transgénica! Me alegro de que no te pueda pasar lo mismo que a
Pelón. Pero necesito preguntarte otra cosa: ¿por qué emites fluorescencia de
color verde?
—Porque soy una gata doblemente transgénica. Además de insertarme un gen
procedente de un macaco, me transfirieron otro gen procedente de una medusa,
que es el que me proporciona la fluorescencia que tú has visto. En realidad soy
una gata-mono-medusa. Para conocer el origen de mi color verde hay que
remontarse a principios de la década de 1960, cuando el científico japonés
Osamu Shimomura se empeñó en conocer de dónde procedía el color verde que
emitía la medusa Aequorea victoria presente en las costas
occidentales de Norteamérica. Hasta entonces, mucha gente se quedaba
maravillada con el espectáculo de luz que proporcionaban las colonias de esta
medusa, pero nadie sabía la causa real del fenómeno. Con muchos esfuerzos, y
tras analizar 10 000 ejemplares, Shimomura aisló una proteína fluorescente
dependiente del calcio y, en honor a la medusa con la que trabajaba, la llamó
aequorina. Pero se llevó un chasco: la aequorina emitía luz de color azul, por
lo que no podía ser responsable del color verde que producía la medusa. Tras
hacer nuevos análisis, Shimomura se dio cuenta de que en esa medusa existía
otra proteína que, al ser iluminada por luz azul, emitía una fluorescencia
verdosa. Decidió llamarla proteína verde fluorescente (GFP, por sus siglas en
inglés). Lo curioso es que las dos proteínas están totalmente conectadas. Para
emitir fluorescencia verde, la medusa libera iones de calcio, que activan la
emisión de luz azul por parte de la aequorina. La GFP, por su parte, absorbe la
luz liberada por la primera y produce su característica luz verde. Enigma
resuelto.
—¿Para qué puede servir a la humanidad la GFP?
—Para una infinidad de cosas. Shimomura demostró que, a diferencia de otras
proteínas que emiten luz, la GFP no requiere ningún aditivo para fluorescer.
Esta singular propiedad es uno de los factores que han hecho que esta proteína
pasara de ser una curiosidad científica a convertirse en una poderosa
herramienta extensamente utilizada en biología celular. Y aquí es donde aparece
en escena Martin Chalfie. Este investigador estadounidense demostró que el gen
que codifica la GFP puede ser extraído de la medusa Aequorea
victoria e introducido en otros organismos vivos, unicelulares (como
la bacteria intestinal Escherichia coli) o multicelulares (como el
gusano Caenorhabditis elegans). Al introducir una molécula
luminiscente en otros seres vivos, es posible seguir mediante técnicas ópticas
distintos procesos que se producen en su organismo y que de otra forma serían
difíciles de estudiar.
—¡Qué bien lo hicieron Shimomura y Chalfie! —exclamé entusiasmado.
—Espera, que aún falta por aparecer el tercer mosquetero de esa investigación,
Roger Y. Tsien. Este científico estadounidense describió cómo se forma
espontáneamente el fluoróforo de la GFP, contribuyó a la determinación de su
estructura tridimensional y diseñó, gracias a la biotecnología, diversas
variantes de la GFP y de otras proteínas fluorescentes, también aisladas de
organismos marinos. Dichas variantes brillan incluso con mayor intensidad que
la GFP y cubren una extensa gama de colores, casi tantos como los del arcoíris.
Estas proteínas se introducen en cualquier organismo y, mediante la simple
iluminación con la luz adecuada, se puede observar en el microscopio su
localización o tráfico intracelular. Además, y a diferencia de otros métodos
que deben emplear células muertas, el marcaje con proteínas fluorescentes
permite realizar análisis en tiempo real y en células vivas. A la Real Academia
de las Ciencias de Suecia le pareció tan maravillosa la acción conjunta de
estos tres investigadores, que en 2008 los premió con el Nobel de Química por
sus hallazgos, que han supuesto un vuelco no solo en la biología celular, sino
también en muchas otras disciplinas científicas como la neurociencia o la
investigación en torno al cáncer o el envejecimiento. ¿Te has enterado de qué
tiene que ver todo lo que te he explicado con el sida felino?
—Si no me equivoco, la fluorescencia que emites, cuyo origen está en una
proteína existente en una medusa, actúa como una bombilla que al iluminarse
permite saber si el proceso de transferencia de los genes del macaco Rhesus ha
sido correcto. De esta forma se puede saber si eres capaz de resistir la
infección al virus del sida felino. ¿Es correcta mi hipótesis?
—Al final no vas a ser tan tonto como parecías…
Capítulo 10
Terror en el hipermercado
Mi madre, Toñi, tiene un pequeño apartamento en la
Dehesa de Campoamor. Últimamente no va mucho, pero esas Navidades había
decidido pasarse a vernos. La mañana del 7 de enero, aun a sabiendas del mal
rato que podía pasar a mi lado por mi fama de cazaetiquetas pseudocientíficas,
me pidió que la acompañara al hipermercado. En muchos centros comerciales
conocen mi obsesión por analizar etiquetas y no me lo ponen fácil. El personal
de seguridad está atento y no me deja sacar fotografías de los productos para
luego analizarlas. No hay problema. Compro el producto en cuestión, salgo, hago
la correspondiente instantánea y, posteriormente, regreso para devolver lo
comprado. Engorroso pero efectivo.
—Bueno, vamos a hacer la compra. Hijo, ¿quieres mirar algo en especial?
—Sí, mamá, la sección «Alimentos del Futuro». Está al final del hipermercado,
así que, para llegar allí, tendremos que atravesar otras secciones.
Sección 1: Alimentos «sin».
La primera sección por la que pasamos estaba dedicada a los alimentos «sin». Mi
madre, que me conoce bien, intentó que no me detuviera.
—Vayamos rápido y no mires la publicidad de esos alimentos «sin», no quiero que
te sulfures. Además, la responsable de esta sección es mi amiga Flori,
compañera del colegio, y no quiero enemistarme con ella a estas alturas por tu
culpa.
—Hola, Toñi, ¿quieres llevarte unos potitos «sin pesticidas» para tu nieto
pequeño? La seguridad alimentaria es importantísima para los bebés. Además, la
empresa dice que ha diseñado un nuevo envase muy innovador… y todo sin subir el
precio.
Vigilancia continuada
Según la FAO, un plaguicida o pesticida es
«cualquier sustancia destinada a prevenir, destruir, atraer, repeler o combatir
cualquier plaga, incluidas las especies indeseadas de plantas o animales,
durante la producción, almacenamiento, transporte, distribución y elaboración
de alimentos, productos agrícolas o alimentos para animales, o que pueda
administrarse a los animales para combatir ectoparásitos».
Eso engloba las sustancias destinadas a utilizarse como reguladores del
crecimiento de las plantas, defoliantes, desecantes, agentes para reducir la
densidad de fruta o inhibidores de la germinación, y las sustancias aplicadas a
los cultivos antes o después de la cosecha para proteger el producto contra el
deterioro durante el almacenamiento y el transporte. Sin embargo, no se
incluyen normalmente los fertilizantes, nutrientes de origen vegetal o animal,
aditivos alimentarios y medicamentos para animales.
Si hay un tipo de sustancias cuya presencia en alimentos se examina año tras
año en toda la UE por sus posibles riesgos, esos son los plaguicidas o
pesticidas. Una prueba son los numerosos informes que la EFSA emite
periódicamente sobre ellos y que pueden ser consultados en su página web.
—Perdonad que os interrumpa, pero no tienen sentido las campañas publicitarias
que se basan en la ausencia de pesticidas en los alimentos y menos en los
productos infantiles —comencé a explicar, mientras mi madre me miraba
indignada, pero con un toque de preocupación—. Año tras año, se analizan en los
países pertenecientes a la UE casi cien mil muestras de productos alimentarios
en busca de casi mil plaguicidas diferentes. De acuerdo con los resultados que
proporcionan los países comunitarios, se realizan análisis detallados de los
niveles de pesticidas presentes en los productos alimentarios de consumo
habitual, así como el riesgo de exposición que tienen los consumidores. Los
datos recabados también sirven para identificar los productos fitosanitarios que
se han utilizado, y aquellos alimentos que contenían trazas de plaguicidas por
encima de los límites legales marcados por la UE.
Flori se quedó helada. No esperaba una reacción así del hijo de su amiga. Sin
embargo, no se cortó a la hora de preguntar.
—¿Qué resultados se obtuvieron en esos análisis?
—Hasta el momento son claros. El porcentaje de alimentos que rebasan los
límites de pesticidas permitidos supera ligeramente el 1 %. Y en el caso de los
alimentos infantiles, esta cifra es aún menor. Además, la UE tiene un sistema
de actuación rápido y contundente frente a aquellos pocos productos que no
cumplen la legislación. Ante estos resultados, me parece lamentable que una
empresa base su campaña publicitaria en la ausencia de pesticidas en los
productos infantiles de su marca. De hecho, se me ocurren varias preguntas que
los distribuidores de sus productos deberían hacerle a la empresa fabricante:
¿está insinuando que el resto de las marcas sí los contienen y son menos
seguras?, ¿acaso el resto de los potitos de la misma marca que no pertenecen a
la gama «Sin pesticidas» sí los llevan? Sería interesante que se aclararan
estas dudas antes de seguir sembrando el miedo en el consumidor acerca de la
presencia de pesticidas en alimentos infantiles. Y en cuanto a su envase, es
tan innovador que cabe… justo la mitad de producto. Por tanto, no han mantenido
el precio, sino que lo han duplicado.
—Vaya carácter —dijo Flori—. Olvidaos de los potitos sin pesticidas que cuestan
el doble…, pero que sepáis que la gente los compra porque están dispuestos a
gastarse lo que haga falta por la seguridad de sus hijos. Si es cierto lo que
dices, las empresas de productos infantiles lo saben y no escatiman esfuerzos a
la hora de diseñar eslóganes que atemorizan al consumidor, aprovechándose de
que «el miedo vende». De todas formas, Toñi, algo tendrá que comer tu nieto. En
esta zona tenemos la carne «sin antibióticos». ¿Os preparo unos solomillos para
la cena?
—Pues…
Mi madre no pudo terminar la frase, porque la interrumpí al escuchar el
disparate que había dicho Flori. Miró al cielo con desesperación y esperó con
paciencia el segundo asalto. A veces creo que no me la merezco.
—¿Sin antibióticos? Los animales enferman y los antibióticos se emplean con
fines terapéuticos. Puede tratarse de antibióticos metafilácticos, para tratar
animales enfermos o en riesgo de padecer la enfermedad, o profilácticos, para
prevenirla en animales sanos. Estos últimos son los más empleados. Eso sí,
jamás se usan para engordar los animales y, desde 2006, tampoco se pueden usar
como promotores del crecimiento. ¿Y estos antibióticos administrados por los
veterinarios a los animales pueden transmitirse a la carne que nosotros
ingerimos, de forma que afecte a nuestra salud? Aunque el riesgo cero no existe
jamás, es prácticamente imposible. El tiempo de espera que transcurre desde que
se aplica el antibiótico hasta que se sacrifica al animal es suficiente para
que se metabolice todo el medicamento. Esto es controlado mediante análisis
diarios que se hacen en los mataderos y, por supuesto, a través de la EFSA.
Esta agencia publica informes anuales tanto sobre los residuos de medicamentos
en animales como sobre los restos de plaguicidas en vegetales. A modo de
ejemplo os diré que en 2016 se analizaron 123 000 muestras de alimentos de
origen animal en busca de antibióticos, y solo el 0,18 % no cumplía los
requisitos legales. Ese porcentaje es bajísimo, por lo que publicitar una carne
«sin antibióticos» es una estrategia comercial hasta denunciable. ¿Acaso el
resto de la carne de tu hipermercado sí los tiene?
La pregunta hizo pensar a Flori. Se dio cuenta de que utilizar como estrategia
de venta que una carne no lleva antibióticos no solo era erróneo, sino que
tiraba por tierra el resto de sus productos, e inmediatamente decidió que, a
partir de ese mismo día, ya no publicitaría su carne con ese argumento.
Uso responsable de los antibióticos
Los antibióticos se convierten en un problema
cuando no se emplean de la forma correcta, administrando dosis inapropiadas o
no completando los tratamientos. En ese momento las bacterias más resistentes
sobreviven y, posteriormente, transmiten esa capacidad a su descendencia,
originando cepas inmunes a los antibióticos. Esas cepas (y no los antibióticos)
son las que pueden dar lugar a problemas en humanos, a los que pueden llegar a
través del contacto directo con los animales, de carne contaminada cruda o poco
cocinada, o de otros alimentos contaminados con bacterias fecales. Pero no
olvidemos que la resistencia a los antibióticos también la originamos los
humanos con el uso indiscriminado y la automedicación. Por ello son tan
necesarias las campañas para concienciar a la población del buen uso de los
antibióticos.
—Oye, Flori —cortó mi madre para hacerme callar—, he leído en la puerta que
este hipermercado se ha declarado «libre de aceite de palma». ¿Tienes galletas
«sin aceite de palma» para los desayunos de mis nietos? Son más caras, pero la
diferencia de precio merecerá la pena, porque supongo que serán mucho mas sanas
que…
—No te equivoques, mamá —dije sin poder contenerme—. Las razones del uso del
aceite de palma en los alimentos son, principalmente, dos. Por un lado, es una
grasa muy barata y a la industria le interesa utilizarla. Por otra parte, tiene
un perfil organoléptico nada desdeñable, ya que aporta una textura agradable a
los alimentos en los que se emplea, es muy untuoso y se derrite fácilmente en
la boca. Sin embargo, su aporte nutricional no es positivo y no se puede
comparar al de otros aceites muchos más saludables como el de oliva virgen
extra. Es cierto que es muy rico en grasas saturadas, como lo es que la ingesta
de grandes cantidades de aceite de palma se asocia a enfermedades metabólicas. Pero
no nos confundamos. La cantidad de aceite de palma que hay en los alimentos es
muy baja, de modo que su efecto sobre la salud es prácticamente nulo.
Una alarma provechosa para algunos
El gran problema nutricional relacionado con el
aceite de palma reside en que los alimentos que lo contienen son,
habitualmente, alimentos ultraprocesados que además poseen elevadas
concentraciones de harinas refinadas, sal, grasas de mala calidad y azúcares.
Por esta razón es absurdo eliminar el aceite de palma y sustituirlo por otro
tipo de aceite si los alimentos siguen manteniendo esos ingredientes de mala
calidad, porque nunca serán mas saludables. En definitiva, declarar vuestro
hipermercado como «establecimiento libre de aceite de palma» no tiene mucho
sentido desde el punto de vista nutricional.
El boom de productos «sin aceite de palma» se debe a dos razones. La primera
es que, desde hace pocos años, es obligatorio que todos los productos que
contengan aceite vegetal especifiquen qué tipo de aceite vegetal es el que
emplean en su composición (girasol, palma, coco, oliva…). Anteriormente bastaba
con indicar que se utilizaba «aceite vegetal» sin indicar el tipo y, como el
término «vegetal» está bien visto por parte de la sociedad, nadie se ponía
nervioso…, al contrario. Esta situación acabó con la aplicación de forma
definitiva en 2014 del Reglamento Europeo 1169/2011 sobre la información
alimentaria facilitada al consumidor, en el que se especifica que los aceites
refinados de origen vegetal pueden agruparse en la lista de ingredientes con la
designación «aceites vegetales», siempre que vayan seguidos inmediatamente por
una lista en la que se indique el origen específico vegetal. Al poco tiempo de
ponerse en marcha este reglamento, los consumidores empezaron a leer «aceite de
palma» en las etiquetas de muchos alimentos y se dispararon las alarmas debido
a su mala fama. La segunda razón que ha dado lugar a que aparezcan tantísimos
productos «sin aceite de palma» es la información de la EFSA sobre la
generación de varios agentes contaminantes durante el proceso de refinamiento
de este producto.
La combinación de ambas razones (nuevo reglamento e informe de la EFSA) dio
lugar a que mucha gente comenzase a hablar mal de él, hecho del que se
aprovecharon muchas empresas para lanzar el eslogan «Sin aceite de palma».
¡Incluso pueden encontrarse botellas de agua mineral con esa etiqueta!
—Yo he leído algo sobre los peligros medioambientales del aceite de palma
—comentó mi madre para participar en la conversación.
—Claro, mamá. Aunque desde el punto de vista nutricional la importancia del
aceite de palma presente en los alimentos es escasa, su presencia en
innumerables alimentos ultraprocesados y en otros subproductos como los
biocombustibles está provocando un daño medioambiental irreparable. El aceite
de palma se obtiene del mesocarpio (capa intermedia del pericarpio, esto es, la
parte del fruto situada entre endocarpio y epicarpio) de la fruta de la palma (Elaeis
guineensis), una planta originaria de África occidental, de donde pasó a
América y, posteriormente, a Asia. Hoy en día, Malasia e Indonesia son los
principales países productores de aceite de palma y sus derivados a nivel
mundial. Pues bien, cada año, para la obtención de dichos derivados,
principalmente aceite y biocombustible, se tala una extensión de selva tropical
del tamaño de Austria, es decir, unos 84 000 km2. Una barbaridad.
Por otra parte, desde 1990 Indonesia ha perdido 310 000 km2 de
bosques. Para que os hagáis una idea, este país quemó en 2015 dos millones de
hectáreas de selva para sembrar palma aceitera; es como si las llamas arrasaran
Cantabria, el País Vasco y La Rioja. Incluso se calcula que en 2022 se habrá
destruido el 98 % de los bosques de la isla de Borneo para aumentar las
plantaciones de palma. Además de la evidente deforestación, estas prácticas
tienen una incidencia notable sobre la biodiversidad vegetal y animal (los
orangutanes que vivían en los bosques talados están a punto de desaparecer en
determinadas zonas) y sobre la huella de carbono. Esto es insostenible y se
considera uno de los mayores desastres ecológicos de la historia.
—¿Se está haciendo algo para solucionarlo? —preguntaron Flori y mi madre al
unísono.
—Los principales organismos internacionales están tomando decisiones
contundentes para frenar esta situación. Además de los fuertes movimientos de
los grupos ecologistas, en 2018 el Parlamento Europeo aprobó una propuesta que
congela los objetivos de impulso de los biocombustibles convencionales en los
vehículos para el año 2030. Además, acordó prohibir específicamente el uso del
aceite de palma en el biodiésel a partir de 2021. El prefijo bio- queda
muy mono, pero lo de los biocombustibles, tal y como está concebido
actualmente, es un desastre. Eso sí, un informe reciente de la Unión
Internacional para la Conservación de la Naturaleza advierte que un boicot
descontrolado al aceite de palma acabaría afectando a otras especies, ya que
este debería ser reemplazado por otro aceite vegetal para satisfacer la demanda
mundial, lo que podría empeorar la situación. Los cultivos de aceite de palma
producen de cuatro a diez veces más cantidad de aceite por unidad de terreno
que los de soja o colza, además de requerir muchos menos pesticidas y
fertilizantes para su crecimiento. De hecho, el aceite de palma constituye el
35 % de todos los aceites de origen vegetal aunque solo ocupa el 10 % de la
tierra asignada a cultivos oleaginosos. Hay que buscar soluciones sostenibles
globales. Esperemos que se consigan… y pronto. En definitiva, dejémonos de
asustar a la gente con los problemas nutricionales del aceite de palma y con
ridículos eslóganes y centrémonos en lo realmente importante: el desastre
ecológico que rodea a la palma.
Este tema había dejado cierta inquietud en mi madre, muy concienciada con el
medio ambiente. Durante un buen rato continuamos con la compra, acompañados por
Flori. Cuando íbamos a salir de la sección de alimentos «sin», mi madre me hizo
frenar el carrito de nuevo.
—Flori, me gustaría saber si tienes leche «sin lactosa». No me he hecho ningún
análisis, pero estoy segura de que soy intolerante.
—Por supuesto. Tenemos leches, flanes, yogures, batidos…, todo lo que quieras.
Hay una zona dedicada a los productos sin lactosa en cada sección del
hipermercado, aunque hace años no sabíamos ni lo que eran.
—¿Por qué pides leche sin lactosa, mamá? Si no te han diagnosticado
intolerancia a este disacárido, ¿por qué despilfarras el dinero comprando caros
productos «sin lactosa» que no necesitas? La lactosa es un azúcar formado por
una molécula de glucosa y otra de galactosa que se encuentra en la leche, un
alimento que, aunque no es imprescindible en nuestra dieta, sí es muy completo
a pesar de las campañas que existen en contra de su consumo. Es cierto que hay
personas que no pueden digerirla correctamente, ya que no son capaces de
producir la suficiente lactasa, una enzima presente en nuestro organismo que nos
permite hidrolizar la lactosa. Estas personas acumulan lactosa en el intestino,
donde es fermentada por algunas de las bacterias que conforman la flora
intestinal dando lugar a ácido láctico, dióxido de carbono e hidrógeno. Estos
procesos dan lugar a una serie de procesos fisiológicos (irritación del
intestino, aumento de la presión osmótica, incremento de la concentración de
agua, etcétera) que provocan la aparición de diarreas, cólicos abdominales,
náuseas, vómitos y otros efectos desagradables. Para estas personas los
productos sin lactosa, que se consiguen añadiendo industrialmente a la leche
original la enzima lactasa obtenida a partir de levaduras (como Kluyveromyces
fragilis y Kluyveromyces lactis) y hongos (como Aspergillus
niger y Aspergillus oryzae) sí son una buena (y necesaria)
solución. Pero ahora viene la pregunta clave: ¿de verdad pensáis que el enorme
despliegue comercial de productos sin lactosa que inunda las superficies
comerciales está destinado solamente a las relativamente pocas personas a las
que se les ha diagnosticado intolerancia a la lactosa? No, desde luego.
Publicidad irresponsable
Las agresivas campañas comerciales han hecho creer
que la lactosa es perjudicial para todo el mundo, y este mensaje no solamente
no es cierto, sino que puede ser peligroso. Hay estudios recientes que muestran
como el abuso de productos «sin lactosa» por parte de personas tolerantes a
ella puede convertirlas en intolerantes al «desactivar» su capacidad de
producir lactasa, con lo que digerirán mal la leche normal cuando la consuman.
—Ya que estamos hablando de la leche, ¿es un alimento imprescindible?
—En absoluto, Flori. Eso de que hay que consumir tres raciones de lácteos al
día tampoco tiene sentido. Los nutrientes que aporta la leche puedes obtenerlos
de muchas otras fuentes. Ni es un veneno ni es imprescindible, como tampoco lo
es el desayuno. Dependerá de muchas cosas, como el tipo de actividad física que
realices durante la mañana, la planificación de las restantes ingestas
alimentarias, etcétera. Eso sí, si decides desayunar, olvídate de galletas,
dulces, bollería o bebidas azucaradas. Mejora ese desayuno o bien te lo saltas
hasta media mañana o la comida. ¡Desayunamos de pena y muchas veces es debido a
la presencia en los hipermercados de una infinidad de productos poco o nada
saludables destinados específicamente a ese momento del día!
—Entonces…, ¿no le intento vender a tu madre esta tarta hecha con cereales «sin
gluten»?
—¡Floriiii! —exclamé casi hiperventilando.
Intenté calmarme y, de nuevo, me armé de paciencia para intentar que, de una
vez por todas, el mensaje les quedara claro a ella y a mi madre: «Si no lo
necesitas, ¿por qué lo consumes?».
—Estamos en el mismo caso que con los alimentos «sin lactosa» —contesté, ya más
tranquilo—. Si mi madre fuese celíaca (solamente el 1 % de la población tiene
esta enfermedad autoinmune), tuviera sensibilidad al gluten no celíaca (entre
el 3 y el 7 % de la población mejora su salud, sin ser celíacas, al retirar el
gluten de la dieta), padeciese dermatitis herpetiforme o sufriera ataxia por
gluten (un trastorno neurológico autoinmune provocado por el gluten que
ocasiona problemas motores), sí que tendría sentido. Afortunadamente, no es
así, por lo que no tiene sentido que los consuma. Pero esto no tiene freno. Las
agresivas campañas comerciales realizadas por una parte de la industria
alimentaria han disparado considerablemente la venta de alimentos «sin gluten»,
incluso entre las personas que no tienen ningún problema con él. Pero tengo que
deciros una cosa: el consumo abusivo de esos productos también tiene su riesgo.
¿Por qué? Porque el gluten es un conjunto de proteínas que está presente no
solo en los cereales que lo contienen (trigo, cebada, centeno y sus variedades
o híbridos, como la escanda, la espelta, el triticale o el kamut), sino también
en muchos productos ultraprocesados que, además de gluten, llevan otros
ingredientes nada saludables. Es un caso parecido al que os comenté de los
alimentos «sin aceite de palma».
¡Un verdadero desastre!
Aunque les quitemos el gluten a dulces, bollería,
platos precocinados, etcétera, estos productos seguirán siendo muy insanos y
contribuirán a la mala nutrición de la sociedad. En 2016 había en España unos
24 millones de personas adultas con exceso de peso, un 70 % de los hombres y el
50 % de las mujeres de más de 16 años. Si se mantiene la tendencia, en 2030
esta cifra se incrementará en unos 3 millones de personas. Los sobrecostes
directos para el sistema sanitario de atender a estas personas pueden llegar a
superar los 3000 millones de euros en los próximos doce años.
—¿Y por qué se añade gluten a muchos alimentos ultraprocesados? —preguntó mi
madre, de nuevo muy interesada por la información.
—Porque otorga propiedades viscoelásticas a la masa, lo que favorece la mezcla
de ingredientes y da estabilidad al alimento, pues actúa como agente
aglutinante, gelificante y emulgente. Todo esto complica muchísimo la calidad
de vida del celíaco, ya que son muchos los problemas que se encuentran para
evitar el gluten. Me refiero a la contaminación cruzada, a las dificultades a
la hora de encontrar alimentos sin gluten en muchas superficies comerciales o,
incluso, a las sorpresas desagradables que se lleva al consumir productos que
tradicionalmente no llevan gluten, pero a los que se les ha añadido para
facilitar su elaboración o mejorar sus características sensoriales. Por todo
ello, aplaudamos el esfuerzo de la Federación de Asociaciones de Celíacos de
España, que lucha por una correcta aplicación del etiquetado de los productos
sin gluten. Actualmente, y según la legislación vigente, para que un alimento
sea considerado «sin gluten» debe contener menos de 20 mg/kg o, en el caso de
los «bajos en gluten», de 100 mg/kg. Mamá, mi conclusión es clara: como no te
han diagnosticado ningún problema de salud asociado al gluten, no tiene sentido
que compres alimentos etiquetados como «sin gluten». Y si alguna vez lo tienes,
bastará con que sigas una dieta basada en productos frescos (verdura, frutas,
hortalizas, legumbres, huevo, carne, pescado, marisco…) y cereales sin gluten
como el arroz o el maíz.
—Visto lo visto, no pasaremos por la sección de los productos «sin
conservantes» o «sin colorantes» —nos advirtió Flori—. Pero al fondo del
pasillo tenemos nuestros productos estrella del mundo «sin»: los
alimentos detox.
Mi madre no sabía dónde meterse. El día anterior, le había aconsejado tirar
todos los alimentos detox que encontré en su casa: batidos,
zumos, complementos alimenticios… Normalmente están formados por verdura, fruta
y algunos componentes exóticos como jengibre o semillas de todo tipo. Sin
embargo, respiró tranquila cuando me vio partirme de risa tras la propuesta de
su amiga.
—Opino que los productos detox son una de las grandes estafas
de la alimentación del siglo XXI. ¿De verdad crees que nuestro cuerpo va estar
lleno de toxinas esperando que compremos un batido de espinacas, apio, pepino y
té verde para depurarnos? Afortunadamente de eso ya se encarga nuestro cuerpo:
hígado, riñones, piel, sistemas linfático y digestivo… Si aun así sigues
teniendo un problema, déjate de chorradas detoxificantes y ve urgentemente al
médico. Debes saber que los carísimos y modernos tratamientos depurativos
basados en la ingesta de grandes cantidades de estos productos detox durante
varios días pueden dar lugar a graves problemas de salud. La EFSA no solo no ha
aprobado ninguna alegación saludable para el término detox, sino
que ha alertado en varios informes recientes sobre el consumo abusivo de estos
batidos «verdes». Su ingesta continuada incrementa la litiasis renal, da lugar
a procesos de desmineralización y deficiencia de calcio y hierro, excede la
ingesta de nitratos tolerada, tiene riesgo de contaminación microbiana en caso
de una deficiente conservación… Menos detoxificarte, te pueden producir de
todo. Además, ya se han dado casos de intoxicaciones por el uso de dietas detox basadas
exclusivamente en el incremento desmedido del consumo de líquidos o del uso de
ingredientes milagrosos (y peligrosos) como el carbón activo para depurar el
organismo. No digo que cualquier compuesto detox tomado de
manera aislada sea terriblemente perjudicial. En realidad son batidos o zumos
de frutas y/o verduras sin más (aunque siempre es mucho más saludable comer una
fruta fresca que un zumo, ya que este último tiene menos fibra y más azúcares
libres). Lo que no tienen esos productos son las propiedades mágicas
detoxificantes que se les atribuyen y, además, una alimentación basada
solamente en planes detox puede ser muy peligrosa. ¿De dónde
obtienes las grasas tan necesarias para la vida? ¿Y las proteínas? Claro que
pierdes peso si solo bebes zumos…, pero luego lo recuperas muy rápidamente por
culpa del «efecto rebote». Así que olvidaos de los productos detox aunque
los promocionen vuestras actrices o modelos favoritas.
La estafa detox
Edzard Ernst, profesor emérito de Medicina en la
Universidad de Exeter, escéptico y luchador incansable contra charlatanes y
estafadores, denunció la moda detox:
Que quede claro, existen dos tipos de desintoxicación: una es respetable y
la otra no. La respetable se circunscribe al tratamiento médico de aquellas
personas con algún tipo de adicción a las drogas […]. El otro concepto es el
que mantienen «secuestrado» algunos empresarios, curanderos y charlatanes a la
hora de vender un tratamiento falso que supuestamente libera de toxinas el
cuerpo de quienes se supone las han acumulado. Si el nivel de toxinas se
elevara por encima de un valor tal que tu cuerpo no pudiera eliminarlas, lo más
probable es que se falleciera en un periodo de tiempo más o menos corto, y que
se necesitara de una intervención médica urgente. En un cuerpo sano, los
riñones, el hígado, la piel, incluso los pulmones mantienen el cuerpo
desintoxicado mientras hablamos. No existe el modo de mejorar algo que ya
funciona correctamente en un organismo sano, y desde luego los tratamientos
detox tampoco lo consiguen[16].
—Y entonces, ¿por qué tantas empresas se empeñan en elaborar alimentos «sin»?
—Porque la mayoría de ellas conocen perfectamente que «el miedo vende» y el
«por si acaso» se impone a la racionalidad. Además, los departamentos de marketing de
algunas empresas son conscientes del bajo nivel científico de la sociedad
española, que nos impide distinguir entre el rigor y la mentira, y se
aprovechan de ello para encarecer sus productos y rodearlos de eslóganes
apocalípticos sabiendo que los vamos a comprar, y más si son productos
dirigidos a bebés o niños. Esa estrategia comercial es totalmente rechazable y,
en su lugar, podrían presumir de la seguridad de sus alimentos y de la buena
calidad de sus productos. Pero, como suele pasar, «la avaricia rompe el saco»…
—Bueno, me llevo a este energúmeno —me cortó mi madre. Flori respiró aliviada
cuando nos vio alejarnos.
* * * *
Antes de abandonar el mundo «sin», quiero recordar
algo muy importante: aunque desde diversos flancos se infunde miedo
constantemente a la población sobre los productos que consumimos, la
alimentación actual es más segura que nunca…, lo que no significa que sea más
saludable. Las modernas técnicas de elaboración y conservación de alimentos han
reducido muy significativamente el número de intoxicaciones alimentarias.
Muchas personas no estarán de acuerdo con lo que digo y recordarán casos
concretos, algunos de ellos muy recientes, en los que todas las alertas
alimentarias se dispararon. Pero mi respuesta es clara. Siempre habrá casos
aislados. El riesgo nunca es cero en materia de alimentación. Es absolutamente
imposible saber si el consumo de un determinado alimento como, por ejemplo, un
plátano, es absolutamente seguro. Lo que si se puede asegurar es que, a día de
hoy y con las evidencias científicas de las que disponemos, basadas en el
conocimiento de la composición de los plátanos, en la fiabilidad de los controles
a los que se los somete y en las consecuencias que ha tenido su consumo durante
años, el consumo del plátano es seguro. A lo mejor algún día se descubre un
nuevo ingrediente del plátano que sea perjudicial para toda la sociedad o para
parte de ella, pero las pruebas indican que en la actualidad ese peligro no
existe, por lo que debemos seguir consumiéndolos. Lo importante es seguir
investigando y tener un buen sistema sanitario que detecte rápidamente una
alerta alimentaria y sepa reaccionar a tiempo. Y, por suerte, en España tenemos
ese sistema.
Sección 2: Alimentos «con».
La siguiente sección estaba dedicada a los alimentos «con», esos complementos
alimenticios o alimentos funcionales a los que se les ha añadido algún
ingrediente con diversos fines. Antes de adentrarnos en ella, mi madre me
advirtió, muy seriamente, que no quería problemas con Agapito, su responsable.
—Tranquila, mamá. Hola, Agapito. ¿Tú sabías que ni en tu hipermercado ni en
ningún otro existe un solo complemento alimenticio o alimento funcional que sea
necesario en ausencia de patologías o dietas especiales? Es cierto que algunos
suplementos de vitamina B12 son convenientes para dietas veganas u otras muy
específicas, pero también es cierto que las empresas no producen estos absurdos
productos solamente para gente en situaciones especiales.
—¡Toñi, cuánto tiempo! Y tú, tan simpático como siempre —me saludó Agapito
mientras mi madre me fulminaba con la mirada—. ¿Y se puede saber cómo logran
las empresas de alimentos funcionales confundirnos?
—Claro. Basándome en las Encuestas de Percepción Social de la Ciencia de la
Fundación Española de Ciencia y Tecnología (Fecyt), dependiente del Ministerio
de Ciencia, Innovación y Universidades, te daré tres datos muy claros. El
primero de ellos es que la imagen social de la ciencia es cada vez mejor. El
segundo, que la profesión de científico, después de la de médico, es la mejor
valorada por los españoles. El tercero, sin embargo, no es tan positivo: un
porcentaje muy amplio de la sociedad de este país tiene un nivel científico que
no es el apropiado; de hecho, el 20 % de los españoles no distinguen una
pseudoterapia de una terapia avalada por la ciencia.
Mi madre resopló desesperada, pero se volvió a despertar su vena curiosa:
—¿Y eso, hijo mío, qué tiene que ver con el lineal de productos de Agapito?
—Mucho. Los departamentos de marketing de la gran mayoría de
las empresas de alimentos funcionales y complementos alimenticios se aprovechan
de esos tres datos y envuelven los eslóganes de sus productos con palabrería
científica que encanta al consumidor, pero que, debido a la incultura
científica de este, no logra saber si es rigurosa o no. ¿No os habéis dado
cuenta de que cada vez más se ven en televisión personas con batas blancas que
anuncian productos o platós que simulan laboratorios o consultas médicas? Todo
forma parte del marketing pseudocientífico, una estrategia
torticera basada en la anticiencia para engañar al consumidor en productos de
alimentación. Agapito, siento decirte que esto se aplica a casi todos los
productos «con» de tu sección.
—Pues, hijo, a mí me han dicho que las isoflavonas de soja son útiles para la
menopausia —intervino mi madre.
—Aún no está demostrado. Tampoco que la carnitina ayude a adelgazar, que el
colágeno oral ayude a las articulaciones, que el Lactobacillus casei ayude
a las defensas, que los péptidos bioactivos disminuyan la tensión arterial, que
la taurina dé alas, que los suplementos de ácido hialurónico sean buenos para
la piel y los huesos, que el triptófano presente en complementos ayude a
superar bajos estados de ánimo, que los productos enriquecidos en calcio sean
recomendables para prevenir la osteoporosis, que la fosfatidilserina ayude a la
memoria… Podría estar toda la tarde citando ejemplos. Y no son opiniones mías,
sino que lo dicen los informes oficiales de la EFSA y el Reglamento 1924/2006,
relativo a las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables en los
alimentos. En el caso de que algún día se demuestre que esas propiedades son
ciertas no habrá ningún problema en rectificar y permitir que haya productos
que, gracias a integrar en su composición dichos ingredientes, vuelvan a
emplear esos eslóganes pseudocientíficos. Pero, a día de hoy, nada de nada.
—O sea, que la ciencia está dispuesta a contradecir lo que ha afirmado
anteriormente. Como eso de que se podrían tomar solo tres huevos a la semana,
luego ninguno y ahora no hay problema en consumir uno diario.
—Exacto, mamá. La ciencia está sometida a continua revisión y, cuando las
pruebas científicas actuales contradicen lo que se dijo en una época anterior
donde había menos evidencias, los científicos no tenemos ningún inconveniente
en rectificar. Pero eso no es un problema de la ciencia, sino una virtud. La
ciencia nunca afirma tajantemente, siempre duda. No lo olvides.
—Todo eso está muy bien, chicos, pero tengo una duda —dijo Agapito, cuyo mundo
«con» se tambaleaba ante sus propios ojos—. Si la reglamentación actual no deja
atribuir ninguna propiedad al Lactobacillus casei, la carnitina, la
taurina, las isoflavonas, etcétera, ¿por qué mi sección está llena de alimentos
funcionales y complementos alimenticios en cuya publicidad se puede leer esas
propiedades asociadas a dichos ingredientes?
—Por la «estrategia del asterisco», que insisto en explicar siempre que puedo,
porque habría que erradicarla. En realidad, eslóganes como «ayudan al normal
funcionamiento del sistema inmunitario», «mejoran la salud articular» o
«contribuye al rendimiento intelectual» no están asociados al Lactobacillus
casei, ni a la carnitina, ni a la fosfatidilserina ni a otros extravagantes
ingredientes que se leen en letras grandes en los envases de carísimos
productos…, sino a baratísimos micronutrientes muy presentes en la dieta
diaria, que no nos hacen falta porque los ingerimos en cantidades suficientes y
que aparecen en letra minúscula en la publicidad de esos alimentos funcionales
y complementos alimenticios. Sin embargo, un resquicio legal de la legislación
vigente permite a los publicitarios hacer auténticos malabares para seguir
confundiendo, por no decir engañando, al consumidor.
—¿Me puedes poner como ejemplo algún producto de los que vendo en mi sección?
—Acabo de ver un producto lácteo en tu lineal que utiliza esta estrategia. Se
vende en paquetes de seis botellitas y lo malo es que emplea la trampa del
asterisco. Fijaos en el envase. Está recomendado para aquellas personas que
tienen niveles ligeramente elevados de tensión arterial. Según el fabricante,
gracias a la presencia de una bacteria, el Lactobacillus helveticus,
capaz de «romper» la proteína de la leche y producir unos maravillosos péptidos
bioactivos que ayudan a controlar la tensión arterial, basta con tomar una
botellita diaria para que tu presión arterial se normalice en el plazo de 5 a 7
semanas. ¿Y cuál es el escándalo? Pues que no solo no hay evidencias
científicas aprobadas oficialmente de que la adición de Lactobacillus
helveticus a un producto lácteo dé lugar a unos maravillosos péptidos
bioactivos con capacidad para regular la presión arterial, sino que la EFSA
informó negativamente hace un tiempo acerca de la petición de una empresa
alimentaria para poder comercializar una leche fermentada con este lactobacilo
publicitando dichas propiedades. En otras palabras, la presencia de este microorganismo
no añade ninguna propiedad a estos alimentos funcionales.
—¿Y cómo es posible que en su publicidad prometan reducir la presión arterial?
—preguntó Agapito con el rostro desencajado.
—Porque, como ya os he comentado, las empresas han encontrado un resquicio
legal para mantener estos productos en el mercado sin infringir la ley:
añadirle una determinada cantidad de potasio. Según el Reglamento Europeo que
regula la presencia de alegaciones saludables en la publicidad de alimentos
funcionales, si un producto presenta cierta cantidad de potasio en su
composición (habitualmente basta con un 15 % o incluso menos), puede anunciar,
lleve o no péptidos bioactivos en su formulación, que «contribuye al
mantenimiento de la tensión arterial normal». Además, también puede publicitar
que «contribuye al funcionamiento normal del sistema nervioso» y al
«funcionamiento normal de los músculos», pero nada de hablar de semanas de
tratamiento, de mejorar patologías ni de cosas por el estilo. Lo mismo ocurre
con otros carísimos productos que contienen extravagantes y costosísimos
ingredientes. Al final, el único ingrediente útil es una vitamina o un mineral
—concluí, mientras mi madre y Agapito pasaban del asombro inicial a la
indignación—. Todo esto es legal, pero, desde mi punto de vista, es una de las
mayores tomaduras de pelo que hay en el sector alimentario.
—¿Tan difícil es encontrar ese potasio en los alimentos que consumimos a diario
que hay que recurrir a estos productos milagro?
—No, mamá. Según los últimos estudios nutricionales, la deficiencia de potasio
es muy rara en individuos con una dieta equilibrada y no hay necesidad alguna
de consumirlo en circunstancias normales. Las legumbres como las judías blancas
o los garbanzos; las hortalizas como el brócoli, la remolacha, la berenjena y
la coliflor; las frutas como el plátano, las uvas, el albaricoque, el
melocotón, las cerezas y las ciruelas; el germen de trigo; algunos frutos
secos… Todos ellos son alimentos ricos en potasio. Y lo más curioso es que,
observando las Encuestas de Ingesta Dietética, en España vamos sobrados de
potasio, por lo que es ridículo suplementarnos con este mineral. Para hacer una
comparativa nutricional y económica entre los alimentos ricos en potasio y
estas leches fermentadas que venden en botellitas, vamos a tomar un aguacate,
una fruta con un inmenso valor nutritivo por su contenido lipídico de gran
calidad debido a su alta cantidad de grasas monoinsaturadas, su concentración
muy elevada de fibra soluble, su importante concentración de vitaminas
antioxidantes y otros importantes nutrientes. Aunque hay muchas variedades de
aguacate (Bacon, Fuerte, Gwen, Hass, Pinkerton, Reed, Zutano, etcétera), las
más comercializadas y conocidas pesan entre 150 y 350 g por unidad. Al poseer
este alimento cerca de 500 mg de potasio por cada 100 g, y poniendo una media
de 250 g de peso por unidad, podríamos establecer que cada aguacate tiene unos
1250 mg de potasio, lo que cuadriplica los 300 mg de este mineral que hay en
cada botellita de 65 ml de la dichosa leche fermentada.
Agapito no quería seguir preguntando allí dentro al ser empleado, pero mi madre
continuó con su interrogatorio:
—¿Y cómo andan de precio estos productos milagrosos comparados con el aguacate?
—Se supone que, al tener cuatro veces menos potasio y no poseer las otras
propiedades nutricionales de esta fruta exótica, tendrían que ser bastante más
baratos, ¿no? Al contrario. Un paquete de seis botecitos cuesta unos 3,90 euros
(unos 65 céntimos por unidad), mientras que un aguacate vale unos 55 céntimos,
es decir, un 15 % menos.
El enfado de ambos iba en aumento, así que seguí hablando con la intención de
animarlos un poco.
—La estrategia del asterisco que os acabo de describir está presente en todos
los alimentos funcionales y complementos alimenticios de tu lineal, Agapito. El
trinomio producto para bajar tensión (propiedad publicitada)/péptido bioactivo
(no funciona)/potasio (sí funciona) se repite en una infinidad de productos.
Compruébalo con tus propios ojos
Te dejo varios ejemplos de trinomios existentes en
tu hipermercado habitual para que juegues a encontrarlos: sistema inmunitario-L.
Casei-vitamina B6; memoria-fosfatidilserina-fósforo;
huesos-colágeno-magnesio; piel-ácido hialurónico-vitamina C… Como os podréis
imaginar, esto no solo tiene repercusiones sobre el bolsillo del consumidor o
sobre su cultura científica, sino también sobre la investigación, el desarrollo
y la innovación (la famosa I+D+i) de nuevos productos. ¿Qué empresario del
sector alimentario va a invertir grandes sumas de dinero en una investigación
seria y responsable si añadiendo el 15 % de un baratísimo micronutriente puede
emplear los mismos eslóganes en sus envases que permite la estrategia del
asterisco usada por la competencia? Pero voy más allá. Esta estrategia de los
alimentos «con» pone en riesgo nuestra salud al estar basada en el
nutricionismo, un peligroso concepto que solo se fija en los ingredientes
individuales del alimento sin tener en cuenta la visión de este como suma de ingredientes,
ni el conjunto de la dieta y sus interacciones, ni el papel de cada metabolismo
individual.
—Empiezas a preocuparme —reconoció mi madre—. ¿A qué te refieres?
—Un alimento funcional, por la presencia de una cantidad ridícula e innecesaria
de vitamina C, puede publicitar que contribuye al funcionamiento normal del
sistema inmunitario, a la formación normal de colágeno para el funcionamiento
normal de la piel, a disminuir el cansancio y la fatiga, a la formación normal
de colágeno para el funcionamiento normal de los cartílagos, a la protección de
las células frente al daño oxidativo, al funcionamiento normal del sistema
nervioso y a mil cosas más. Pero, por otra parte, puede llevar hasta 75 g de
azúcar, el triple de la cantidad que la OMS aconseja consumir como muchísimo al
día por sus implicaciones sobre la obesidad, la caries, la diabetes y otras
enfermedades. Hasta que no se cambie la legislación vigente en materia de
alimentos funcionales y complementos alimenticios, nuestra economía doméstica,
nuestra cultura científica, la inversión en I+D+i y, sobre todo, nuestra salud
están en serio peligro.
Agapito alucinó al enterarse del entramado que rodea actualmente a los
alimentos «con». Llevaba toda la vida recomendando estos productos a los
consumidores creyendo firmemente en que su publicidad era blanca y
transparente.
—Esto es un escándalo —comentó discretamente—. Te lo digo como empleado de este
hipermercado, pero, sobre todo, como consumidor. Me parece un engaño en toda
regla y no entiendo cómo la ley lo permite. Se ha puesto en marcha un proyecto
llamado Nutriscore que pretende cambiar el etiquetado nutricional de los
alimentos para que el consumidor no pueda ser confundido tan fácilmente, pero
aún queda muchísimo camino por recorrer en este sentido. Por lo que me cuentas,
son muchos los agentes implicados con intereses contrapuestos y la Administración
pública debería rodearse de gente independiente que la aconseje para
desarrollar proyectos como Nutriscore. De verdad, espero que la legislación
cambie y que los consumidores puedan decidir lo que compran con conocimiento de
causa y no basándose en estas sucias tretas. En caso contrario, el mundo de los
alimentos funcionales seguirá siendo una tomadura de pelo. Y ahora, ¿por qué no
pasáis al siguiente pasillo, el de los productos «naturales»? Allí encontraréis
a Juana, la encargada de esa sección.
Sección 3: Alimentos «naturales».
Por nada del mundo me habría perdido una de las secciones más divertidas del
hipermercado, llena de falsas creencias y mitos. Juana nos conocía bien a ambos
(de hecho, aunque me considera algo tiquismiquis, me lee cada semana), así que
se acercó y, tras saludarnos, comenzó a hablar con mi madre. Por una vez,
intenté mantenerme callado.
—¿Quieres comprar algo de mi sección, Toñi? La tengo dividida en dos partes:
alimentos ecológicos y suplementos de ingredientes naturales.
—Unos tomates ecológicos no me vendrán mal. Dicen que están llenos de vitaminas
y, además, son más seguros que los convencionales.
—Mamá, es que me provocas… —salté, dejando de lado mis buenos propósitos—.
¿Alimentos ecológicos? Hay que recordar que solo lo son aquellos que se ajustan
estrictamente al Reglamento Europeo 848/2018 sobre producción ecológica y
etiquetado de los productos ecológicos. Y una lectura pausada de su contenido
muestra que no hay motivos para pensar que esos alimentos ecológicos sean más
nutritivos o más seguros que los convencionales, o que presenten mejor perfil
sensorial u organoléptico. Respecto al valor nutricional, no existe ningún
artículo científico serio que muestre que la ingesta de alimentos ecológicos
mejora la salud del consumidor. Es cierto que algunos artículos reflejan una
mayor concentración de determinados nutrientes en ciertos productos ecológicos,
pero otros demuestran precisamente lo contrario. Incluso dentro de una misma
manzana ecológica hay nutrientes, como los polifenoles, que pueden estar en
mayor concentración que en la manzana convencional, pero también hay otros,
como la fibra, que están en menor concentración. Sin embargo, no existe ningún
estudio serio que demuestre lo que realmente le interesa al consumidor: que la
salud de las personas que consumen una alimentación ecológica mejora por la
ingesta de estos productos. Ni uno solo.
Juana no estaba dispuesta a que alguien pusiera en duda sus productos por mucho
que la ciencia lo respalde.
—¡Una pera ecológica es más segura que una pera convencional! —sentenció sin
pestañear.
—¿Por qué? Es cierto que el contenido en plaguicidas de los alimentos
ecológicos está un poco por debajo del de los alimentos convencionales…, ¡pero
es que ambos están lejísimos de los máximos niveles permitidos! Es decir, ni
unos ni otros tienen riesgo sobre la salud. Eso sí, los ecológicos son más
caros. Por todas estas razones, estoy de acuerdo con Bernard Url, director de
la EFSA, en que «lo orgánico no es ni más seguro ni más nutritivo».
—Pero los alimentos ecológicos de mi sección están más buenos y huelen mejor…
—No, Juana. Mucha gente defiende que los productos ecológicos poseen un mejor
perfil sensorial que los convencionales, es decir, que tienen mejor sabor y
olor. No es cierto. Lo que no hay que confundir es el producto ecológico con el
alimento de cercanía o de temporada. Estos últimos sí suelen tener mejor perfil
organoléptico que un tomate ecológico que proceda de otro país, por mucho que
cumpla la legislación vigente de productos ecológicos.
¿Realmente son ecológicos?
En el RE 848/2018 se menciona que, con los
productos ecológicos, se pretende «contribuir a la protección del medio
ambiente y del clima». ¿De verdad esto ocurre con productos ecológicos que se
venden en España pero proceden de países muy lejanos? ¿Qué tipo de combustible
consumen los camiones que los transportan hasta nuestro país recorriendo miles
de kilómetros? ¿Tiene repercusión en la huella de carbono? ¿Y los plásticos que
se utilizan en el embalaje de estos productos? Además, en este reglamento se habla
de «fomentar los circuitos cortos de distribución y las producciones locales en
los territorios de la Unión [Europea]». Entonces, ¿por qué están llenas las
superficies comerciales de productos ecológicos elaborados a miles de
kilómetros de distancia? Por otra parte, la normativa vigente apuesta por
«contribuir sustancialmente a un medio ambiente no tóxico». Si es así, ¿por qué
permite el uso del cobre dentro de los agentes químicos permitidos en la
agricultura ecológica?
Tras constatar que no lograría vendernos alimentos «ecológicos», Juana decidió
pasar al plan B.
—Supongo que no querrás ningún suplemento de ingredientes naturales, ¿verdad?
—Pues sí… Dame una caja de cada uno de estos complementos que vendes: cola de
caballo, aceite de onagra, fucus, hipérico, garcinia cambogia, rusco, jalea
real, ginseng, bayas de goji… —Juana no acababa de creer lo que oía—. Pero no
creas que los compro para consumirlos, son para un taller teórico-práctico
sobre la inutilidad de todos estos suplementos. En él, les explico a mis
alumnos dónde está el truco que permite publicitar que tales productos sirven
para algo, cuando no es cierto según los informes de la EFSA. Pero hay algo que
quiero que quede claro: soy igual de crítico con los quimiofóbicos (aquellas
personas que muestran un rechazo irracional por los ingredientes de naturaleza
sintética) que con los naturofóbicos (las personas que presentan animadversión
hacia los ingredientes de origen natural). Hay gente que está haciendo negocio
a base de criticar los productos naturales, y tampoco estoy de acuerdo con
ellos. El origen de un ingrediente, salvo rarísimas excepciones, no importa. Si
un alimento está enriquecido en un principio activo, da igual que este se haya
extraído de una planta o que se haya sintetizado en el laboratorio. Lo que
realmente importa es la concentración de dicho principio activo, un dato que va
a condicionar tanto su toxicidad como su efectividad. La toxicidad viene
condicionada por la famosa frase «Todas las sustancias son venenos, no existe
ninguna que no lo sea. La dosis diferencia un veneno de un remedio»,
pronunciada por el alquimista, médico y astrólogo suizo Theophrastus Philippus
Aureolus Bombastus von Hohenheim, más conocido por Paracelso, allá por el siglo
XVI. Esta sentencia es utilizada constantemente por muchos divulgadores
científicos para explicar que la toxicidad de un compuesto químico, proceda de
una planta natural o se sintetice químicamente en el laboratorio, depende de la
cantidad en la que se ingiera y no de su origen. Si consumimos una cantidad de
un compuesto químico por debajo de determinada dosis, los efectos sobre nuestra
salud pueden no existir o incluso ser positivos. Sin embargo, si la ingesta
supera dicho umbral, las consecuencias pueden llegar a ser nefastas.
—¿Y la concentración del principio activo también condiciona la efectividad?
—Exacto, Juana. Olvídate del origen natural o artificial para valorar si un
principio activo es efectivo o no. Cuando la concentración de dicho principio
sea inferior a un determinado valor umbral, no será efectivo. Sin embargo,
cuando se supera dicha concentración, podrán apreciarse los efectos del
principio activo. Esto sirve tanto para explicar la efectividad de un alimento
funcional como para demostrar que los productos homeopáticos no sirven para
nada. Tranquilas, hoy no toca hablar de homeopatía, ya lo hice días atrás
cuando me encontré con la reina…
Mi madre no tenía ni idea de a qué reina me refería, pero respiró tranquila.
Quería seguir teniendo amigos después de nuestra visita al hipermercado, y
sabía que eso habría sido imposible si yo hablaba de homeopatía. Sin embargo,
Juana volvió a abrir la caja de los truenos.
—Tengo un producto natural en mi sección que seguro que os gustará. En su
envase se pueden leer eslóganes como «gracias a sus ingredientes naturales esta
es la bebida energética perfecta» y «endulzado exclusivamente con miel y
compuesto únicamente con ingredientes saludables y naturales». Y este es el
mejor: «Es la primera bebida energética natural y sus ingredientes naturales la
convierten en una de las mejores bebidas energéticas para el bienestar de la
mente y del cuerpo».
Cuando mi madre escuchó las palabras «bebida energética», empezó a temblar.
Sabe que llevo una lucha contra ellas desde hace muchos años. Incluso cuando
nadie hablaba de ellas, yo las tenía ya en mi punto de mira. Y, como no podía
ser de otra forma, exploté.
—¿En serio? ¡Madre mía, lo tiene todo! Esto de asociar estas bombas calóricas a
«lo natural y lo saludable» es un disparate…
—Espera, que sigo. Su publicidad alaba los beneficios que otorga a sus
consumidores en la práctica deportiva, para estudiar, para ir al trabajo…, y su
eslogan preferido es: «Lo malo es mejor». Además, recurre a una estrategia
publicitaria que sé que te va a encantar. Aúna en un solo producto lo que
habéis visto en las dos secciones anteriores. Cumple el binomio «con/sin» de
los alimentos funcionales. Por una parte, está enriquecida CON una serie de
ingredientes que se supone que le dan un valor añadido; por otra, está
formulada SIN otra serie de ingredientes que, según la empresa, podrían ser
perjudiciales para la salud. ¿Por dónde empiezo a contarte?
—¿Te estás riendo de mí? —exclamó Juana—. ¿Alimentos funcionales «con/sin»?
Empieza por los «sin». ¿Qué es lo que no lleva esta bebida energética que,
supuestamente, podría ser malo?
—Taurina, un aminoácido. Dicen que es malísima, pero eso no es verdad. Pero lo
que realmente me tiene en ascuas es por qué tienes esta bebida energética en tu
sección de productos naturales. ¿Qué lleva en su composición?
Una verdad (o una mentira) a medias
La taurina no aporta ninguna propiedad saludable,
por lo que enriquecer productos con ella es absurdo, pero tampoco su presencia
es perjudicial. Solo es una estrategia del fabricante de esa bebida energética
para meternos miedo sobre este ingrediente y que compremos su producto. Cuando
una empresa emplea el eslogan «Sin taurina», manda el siguiente mensaje
implícito al consumidor: «La taurina es perjudicial y nuestro producto es
seguro porque no la lleva, a diferencia de otras marcas comerciales»… y esto no
es cierto. La EFSA ha rechazado los beneficios de enriquecer alimentos con
taurina, pero ha afirmado también que no hay riesgo por consumir alimentos
funcionales ricos en taurina. Los niveles a los que se encuentra la taurina en
estos productos están muy lejos de la dosis que puede dar lugar a algún tipo de
problema sobre la salud. De hecho, nadie ha demostrado que sea carcinogénica
—que cause cáncer—, teratogénica —que provoque defectos en el feto— o
genotóxica —que dañe el material genético— o que produzca ningún tipo de
problema sanitario.
—No hay nada más natural y saludable que la miel, la elaboran las abejitas…, y
esta es la única bebida energética del mercado que lleva miel en su
composición. Toñi, ¿quieres un pack de seis botellitas energéticas con miel y
sin taurina?
—A mí no me mires…, esta es vuestra guerra.
—Escuchadme las dos —dije con cara muy seria—. Como todos sabemos, la miel
tiene un origen natural, pero esto no justifica en absoluto muchas de las
propiedades saludables que se le han atribuido. Una cosa es que te guste
sensorialmente (a mí me pasa) o que incluso pueda tener efectos balsámicos
sobre la tos… y otra muy diferente que se puedan justificar muchas de esas
presuntas bondades. La EFSA hizo público un contundente informe en el que deja
claro que no se ha establecido una relación de causa-efecto entre el consumo de
miel y la mejora de la salud respiratoria a través de sus sustancias
antioxidantes, el fortalecimiento del sistema inmune, la estimulación del
metabolismo, la obtención de beneficios durante la menopausia, la mejora de la
memoria, etcétera. Sí es cierto que la miel posee en su composición
micronutrientes como el zinc, el hierro, la vitamina B o la vitamina C, pero su
concentración es tan baja que tendrías que ingerir cantidades elevadísimas de
miel para que esos minerales y vitaminas tuviesen algún efecto.
—¿Y qué ocurre si tomas grandes cantidades de miel? —quiso saber Juana,
dispuesta a defender su sección con uñas y dientes.
—Pues que, por muy natural que sea su procedencia, tendrás un problema gordo
debido a los azúcares que contiene: un 39 % de fructosa, un 31 % de glucosa y
un 10 % de otros azúcares, mientras que el azúcar blanco está formado por
sacarosa (un disacárido formado por la unión de fructosa y glucosa) casi al 100
%.
—¿Acaso los azúcares de la miel no son mejores que los del azúcar blanco de los
sobrecillos?
—En absoluto. Tanto la miel como el azúcar común tienen un índice glucémico muy
parecido, es decir, ambos alimentos hacen aumentar los niveles de glucosa en
sangre casi a la misma velocidad.
—Pero el azúcar común es refinado, mientras que el de la miel no lo es —Juana
comenzaba a demostrar interés.
—Efectivamente. Y en eso se basa la publicidad de esta bebida, en que su azúcar
no es refinado, sino procedente de la miel. Pero da exactamente igual, porque
lo que realmente importa es que tanto los azúcares refinados como los presentes
en la miel son azúcares libres, precisamente aquellos cuyo consumo la OMS
recomienda reducir. Ten en cuenta que la OMS considera azúcares libres tanto
los añadidos (refinados o sin refinar) a los alimentos por los fabricantes, los
cocineros o los consumidores, como los presentes de forma natural en los
jarabes y zumos de fruta y… en la miel. Tanto para los adultos como para los
niños, el consumo de azúcares libres se debería reducir a menos del 10 % de la
ingesta calórica total. Y una reducción por debajo del 5 % produciría
beneficios adicionales para la salud. Por ejemplo, un adulto que consuma 2000
calorías diarias debería reducir a menos de 25 g el consumo de azúcares libres,
lo que equivale a menos de 6 terrones de azúcar de 4 g o a una simple cucharada
de miel.
—¿Me estás diciendo que la bebida energética utiliza la expresión «Sin azúcar
refinado» pero no podría decir «Sin azúcares libres»?
—Exacto. El azúcar de la miel es igual de libre que el añadido (refinado o no)…
e igual de poco saludable. Hablar en la publicidad de esa bebida energética
endulzada con miel de «la peligrosa azúcar refinada», cuando la miel también
tiene azúcares libres, es lamentable, al igual que su eslogan «sin agregados de
productos químicos». En la información nutricional se lee que contiene 11 g de
azúcar por 100 ml. Teniendo en cuenta que las latas son de 250 ml, la cuenta es
clara: 27,5 g de azúcar por unidad. Con una sola lata de esta bebida, superas
el azúcar libre que la OMS admite que se consuma en un solo día para una dieta
de 2000 calorías.
Juana tuvo que marcharse a atender sus obligaciones, momento que mi madre
aprovechó para recordarme que llevábamos dos horas en el hipermercado y el
carrito seguía vacío.
—¿No habíamos venido aquí para ver la sección de alimentos «del futuro»? —me
dijo señalándome con un dedo—. Ahí la tienes, ya hemos llegado.
Sección 4: Alimentos «del futuro».
Sin más dilación, empujé el carrito para atravesar el tiempo y plantarnos en el
futuro de la alimentación. En esta ocasión, el responsable de la sección era un
viejo conocido mío, que se hizo famoso en su adolescencia por regresar al
futuro gracias a la ayuda de un científico un tanto excéntrico que había convertido
un automóvil en una máquina del tiempo. Se lo presenté a mi madre, que no
acababa de estar muy convencida, y charlamos un rato.
—¿Queréis que os enseñe nuestra gama de alimentos del futuro? Los hemos llamado
así aunque muchos de ellos ya se pueden adquirir. Otros, aún no. Pero no creáis
que os hablo de bayas de goji, chlorella, quinoa, semillas de chía y otros
productos que llaman absurdamente «superalimentos». Me refiero a otras cosas
con más rigor científico y que no prometen tantísimos milagros. Empecemos por
los insectos: grillos, larvas, cucarachas, gusanos, etcétera.
—Vámonos, hijo, me están dando arcadas —dijo mi madre intentando apartarse,
pero yo no me moví, dispuesto a seguir escuchando.
—Una gran parte de la sociedad asocia los insectos a suciedad o enfermedades y
ni se les pasa por la cabeza comerse a estos seres vivos. Sin embargo, lo
primero que debo deciros es que los insectos pueden criar en ambientes
perfectamente higiénicos y, cumpliendo con las normativas europeas de inocuidad
alimentaria, no representan ningún peligro para la salud. Pero os entiendo. Es
normal que lo primero que expreséis, al oír hablar de insectos comestibles, sea
asco y rechazo.
La comida es cultura
Esto es debido a que la aceptación de los alimentos
no es solo un término relacionado con su valor nutricional, sino también el
resultado de la interacción entre el alimento y el consumidor en un momento
determinado. Por un lado, intervienen las características del alimento
(composición química y nutritiva, estructura y propiedades físicas); por otro,
las de cada consumidor (genéticas, de edad, estado fisiológico y psicológico);
y, por último, las del entorno que lo rodea (hábitos familiares y geográficos, religión,
educación, moda, precio o conveniencia de uso). Todas ellas influyen en su
actitud en el momento de aceptar o rechazar un alimento. Por tanto, la
consideración de un determinado producto como alimento tiene un marcado
carácter cultural y esto podría explicar por qué algunas especies de animales
(insectos, caracoles, ranas o perros) se consideran productos comestibles o no
en distintas culturas.
—Sigues sin convencerme —se defendió mi madre—. A lo mejor, si me enseñas tus
insectos…
—Imposible, aún no se pueden encontrar en las superficies comerciales. Os
explico la situación acerca del consumo de insectos, porque mucha gente no lo
tiene claro. Hasta hace poco, su comercialización en España estaba totalmente
prohibida. Sin embargo, la entrada en vigor del Reglamento Europeo 2015/2283
relativo a los nuevos alimentos admite que los insectos enteros y/o sus partes
puedan formar parte de las nuevas categorías de alimentos. Esto no quiere decir
que esté permitido vender cualquier insecto, sino que las empresas ya pueden
solicitar autorización a la UE para que se incluyan en la lista de nuevos
alimentos. Una vez que los organismos pertinentes comprueben que dichas
solicitudes cumplen lo que exige la legislación, incluido por supuesto todo lo
relativo a la seguridad alimentaria de los insectos, se permitirá su
autorización. No creáis que esos trámites son muy engorrosos. La EFSA considera
que, en general, los riesgos de comer insectos son similares a los de cualquier
otra fuente proteica, por lo que no parece ser que vayan a existir muchos
problemas para su aprobación. Además, ese Reglamento abre una posibilidad para
agilizar los trámites de autorización si se estima que los insectos evaluados
se consideran alimentos tradicionales en terceros países. Para ello, deben
haberse consumido sin problemas durante al menos veinticinco años dentro de la
dieta habitual de un número significativo de personas. Y, como sabéis, los
insectos se consumen desde hace muchos años en países no pertenecientes a la
UE, principalmente de África, América, Asia y Oriente Medio.
—Sigo intrigada. ¿Qué propiedades aportan los insectos para que pensemos en que
puedan formar parte de la dieta occidental?
—Según la FAO —respondió el antiguo viajero en el tiempo— hay varias razones
principales por las que deberíamos comer insectos. La primera son los aspectos
nutricionales. Los insectos son una buena fuente de nutrientes y una
alternativa a alimentos básicos como el pollo, el cerdo, el vacuno e incluso el
pescado.
El valor nutritivo de los insectos
En líneas generales, los insectos son una buena
fuente de energía y proteína de alta calidad, cumplen con las necesidades de
aminoácidos, tienen altas cantidades de ácidos grasos monoinsaturados y
poliinsaturados y, además, son ricos en minerales (como cobre, hierro,
magnesio, manganeso, fósforo, selenio y zinc) y vitaminas (riboflavina, ácido
pantoténico, biotina y ácido fólico en ocasiones). Hay insectos cuyo contenido
en proteínas es similar al de la carne «convencional» tanto en cantidad como en
calidad, ya que contienen un altísimo porcentaje de aminoácidos esenciales[17]. Eso sí,
este valor nutricional de los insectos depende no solamente de la especie, sino
también del momento de la vida del insecto en que se coma o de la preparación
culinaria a la que se someta. Además, estas proteínas tienen alta capacidad
para formar geles, una propiedad tecnológica muy importante en la industria
alimentaria.
—¿Hay más razones además de las nutricionales para consumir insectos?
—pregunté.
—Sí, las medioambientales. Si tomamos como referencia los alimentos de origen
animal, la producción de insectos necesita menos terreno y agua, produce menos
cantidad de amonio y emisiones de metano, es eficaz a la hora de convertir los
alimentos en proteína… A modo de ejemplo os diré que, según la FAO, los grillos
necesitan doce veces menos alimento que las vacas, cuatro menos que las ovejas
y la mitad que los cerdos o los pollos para obtener la misma cantidad de
proteína. Desde mi humilde punto de vista, los beneficios medioambientales que
aporta la inclusión de los insectos en la alimentación occidental son su mayor
ventaja.
—¿Alguna razón más?
—También los factores económicos y sociales son importantes, Toñi. Los insectos
como nueva fuente de alimentación pueden ser una oportunidad de desarrollo de
algunas comunidades y una línea de negocio.
—¿Cuáles crees tú que serán los primeros que se autoricen?
—Actualmente se han documentado casi dos mil especies diferentes aptas para el
consumo humano. Si yo tuviera que apostar, lo haría por la mosca, los gusanos
de la harina, los gusanos de seda y los grillos. Además, no hace falta comerse
los insectos de uno en uno, sino que pueden formar parte de harinas, salsas o
sopas. Si os parece bien, os apunto en la lista para cuando estén autorizados.
—A mí me has convencido —repuse—, pero mi madre aún está en shock.
—Acompañadme. En esta otra zona tengo las algas y las medusas.
—Uffff… —Mi madre comenzaba a empalidecer.
—¿Por qué pones esa cara de asco? Las algas son muy empleadas en la gastronomía
oriental y hoy en día, debido a la globalización, al auge de la comida japonesa
y a la cada vez mayor disponibilidad de productos en las tiendas, se han hecho
un hueco en las superficies comerciales españolas. Se venden tanto de forma
individual como formando parte de zumos, barritas de proteínas, chips y otros
alimentos. Su principal propiedad es que tienen una textura y un sabor especial
que las hace ideales como ingrediente para nuevas preparaciones gastronómicas.
Se emplean habitualmente en salsas, caldos, licuados, etcétera. De hecho, las
estoy vendiendo muchísimo. Aunque no es oro todo lo que reluce en el mundo de
las algas. Se ha escrito mucho acerca de sus bondades nutricionales y no todo
es cierto. A modo de ejemplo os cuento que las algas son la principal fuente de
DHA (un ácido graso omega-3) vegetal. Sin embargo, no es cierto que sean una
buena fuente de vitamina B12 para los humanos (ni siquiera en el caso de la
espirulina); tampoco son ricas en proteínas. (la wakame tiene
apenas 3 g por cada 100 g, mientras que la nori posee el doble); ni resultan
recomendables para curar la anemia (no son ricas en hierro). Además, su alto
contenido en yodo puede resultar peligroso para las personas con problemas de
tiroides o para niños y embarazadas. Así que mi opinión es que compréis las
algas que os ofrezco en mi sección, pero sin buscar en ellas una solución a
vuestras necesidades nutricionales, sino un complemento para vuestros gustos
culinarios.
—Me has convencido —reconoció mi madre—. Pero de las medusas no quiero ni oír
hablar.
—¿Cómo que no? En nuestras costas mediterráneas tenemos un grave problema con
las medusas, y no solamente porque dificulten el baño de los que allí
veraneamos. La proliferación en los últimos años de estos animales marinos
pertenecientes al filo Cnidaria, más conocidos como celentéreos, se
ha convertido en un problema para la pesca. Por ello la FAO ha recomendado
desarrollar productos alimenticios a base de medusas para frenar su repentina
aparición y el descenso de las poblaciones de peces observado en el
Mediterráneo y el mar Negro. El consumo de medusas, que aparecieron hace unos
500 millones de años, no es nada nuevo en muchos países. Se consumen de forma
habitual en China, Indonesia, Corea, Japón y Tailandia, países en los que
forman parte de aperitivos, ensaladas o sopas. Las especies asiáticas se
parecen bastante a algunos tipos de las que se encuentran en el Mediterráneo (cuerpo
gelatinoso con forma de campana de la que cuelga un manubrio tubular, con la
boca en el extremo inferior, a veces prolongado por largos tentáculos cargados
con células urticantes), por lo que sería posible obtener medusas comestibles
en aguas españolas. Yo las he probado y me encanta su sabor a mar y su textura
suave y crujiente. Incluso hay restaurantes que en su menú tienen varias
opciones: ensalada con medusa, ramallo de mar y wakame; rabo de
toro con medusa de guarnición; tempura de medusa; licor de medusa…
—Ni loca.
—De acuerdo. Como sé que os encanta la ciencia, esta otra zona os gustará. Es
la dedicada a la carne artificial o «carne de laboratorio». La primera vez que
se supo de ella fue en 2013, cuando Mark Post, profesor de la Universidad de
Maastricht, presentó la primera hamburguesa de carne de vacuno cultivada. Mucha
gente creía que el profesor Post hablaría de un alimento parecido a la carne,
con propiedades sensoriales y organolépticas similares, obtenido a partir de
ingredientes como soja, garbanzos, quinoa, cebolla y otros vegetales. Se
pensaba que presentaría un sucedáneo de carne de pollo o hamburguesas,
productos que, aunque no se vendan masivamente, sí que constituyen un
complemento en la alimentación de personas vegetarianas. Pero no. Se trataba de
carne de vacuno. Pero ahí no quedó la cosa. Posteriormente una empresa
estadounidense anunció que había elaborado la primera carne de pollo producida
sin animales y que la lanzaría al mercado.
—¿Qué ventajas tiene? —me interesé, encantado con esta sección.
—Una de las grandes ventajas de esta hamburguesa artificial es que no hace
falta sacrificar a los animales para su fabricación. La carne de laboratorio se
obtiene a partir de células madre musculares que se extraen de vacas vivas
mediante una biopsia. Una vez obtenidas estas células madre, se multiplican
colocándolas en un medio de cultivo que contenga todos los nutrientes
necesarios para su crecimiento. Para pequeñas porciones de carne, como es el
caso de la hamburguesa, no se necesitan vasos sanguíneos, ya que el oxígeno y
los nutrientes pueden entrar en el tejido de forma muy eficiente. Si se
quisiera construir un tejido más grande, como un filete, se necesitaría crear
algún sistema de vasos sanguíneos para poder llevar oxígeno y nutrientes a
todas las capas del tejido. Luego, se le añade colágeno y, posteriormente, se
lo somete a una estimulación eléctrica para obtener las fibras musculares. Por
último, mezclan este músculo con grasa animal (también sintetizada en el
laboratorio) e ingredientes para darle sabor y textura, como sal, huevo en
polvo y miga de pan, y jugo de remolacha para conseguir el color rojo
característico.
—¡Jugo de remolacha! Mi hija Ruth tendría que oír eso… ¿Y cuánto vale esa
hamburguesa? —pregunté mientras mi madre miraba perpleja a nuestro
interlocutor.
—Por ser tú, te la dejo en… 250 000 euros. Es broma, eso costó la investigación
y el desarrollo de este prototipo de hamburguesa artificial que os estoy
mostrando. Cuando la EFSA autorice su comercialización, la optimización del
proceso hará que el precio ronde los 10 euros, aunque es posible que finalmente
cuesten menos que una hamburguesa convencional.
Beneficiosa para la salud y para el planeta
La carne artificial presenta muchas e importantes
ventajas a las que conviene prestar atención: se reduce el número de animales
sacrificados; contamina el medio ambiente veinte veces menos que la carne
tradicional, ya que se reducen las emisiones de gases con efecto invernadero
del ganado; consume menos recursos hídricos; y no se necesitan tierras
cultivables para criar ganado. Pensad que en 2017 se produjeron 322 millones de
toneladas de carne en todo el mundo y se espera que la demanda se incremente en
los próximos años. La realidad es que ya hay un 33 % de las tierras cultivables
en todo el mundo que se dedica a criar ganado. Desde el punto de vista de la
salud, la carne artificial producirá menos toxiinfecciones alimentarias, al
elaborarse en un entorno estéril y con menor resistencia a antibióticos.
Además, tendrán menos grasa y esta será mucho más saludable que la que se
emplea hoy en día en las hamburguesas que se sirven en los restaurantes de
comida rápida.
—¿Y no presenta inconvenientes este tipo de carne artificial?
—Por supuesto que aún quedan cosas por mejorar, Toñi. Aún no se han alcanzado
un color y sabor óptimos, y eso, aunque no influya en sus propiedades
nutricionales o en su seguridad, sí puede tener efecto en la decisión de compra
por parte de los consumidores. También hay que hacer más estudios sobre su
estabilidad genética, la posible presencia de antibióticos en la carne
artificial, la obtención de fuentes rentables de nutrientes y otros aspectos.
Pero yo soy muy optimista…
—Vaya lección nos has dado. Ha sido la única sección del hipermercado que ha
pasado el escéptico filtro de mi hijo.
—Gracias y hasta pronto. ¡Regreso al futuro a ver si hay más alimentos!
Antes de marcharnos, mi madre y yo «paseamos» por las restantes secciones del
hipermercado y charlamos con sus respectivos responsables. Visitamos la de
bollería y le recordamos a Mariano que la Comisión Europea acaba de aprobar el
reglamento que limita a un 2 % la cantidad de grasas trans en los alimentos
procesados en la UE; la de fiambres (por llamarlos de alguna forma), donde
debatimos sobre su composición con Puri; la de vinos, en la que a Paco, natural
de La Rioja, casi le da un patatús cuando le dije que era una chorrada eso de
beber una copita de vino al día para el corazón; e incluso la de cosméticos,
donde se lio parda con Marieta al tocar el tema de los parabenos.
—Vámonos ya, hijo. Llevamos aquí cuatro horas y solo hemos comprado una
lechuga. Págala y salgamos de aquí. Pero lleva cuidado…
—¿Cuidado? ¿Por qué?
—He leído que nueve de cada diez comprobantes de la compra, aquellos en los que
la tinta se borra con el paso del tiempo porque están elaborados con papel
térmico, contienen bisfenol-A (BPA), un conocido disruptor endocrino que altera
el equilibrio hormonal y conduce a enfermedades como malformaciones
genitourinarias, infertilidad, obesidad y cáncer en órganos dependientes de las
hormonas, como el de mama —me explicó mi madre, demostrando que mi interés por
la ciencia no ha salido de la nada—. ¿Es eso cierto?
—¡Por favor! No vas a sufrir ninguna de esas enfermedades por tocar un papelito
con BPA. Este producto químico se utiliza desde hace mucho tiempo como
componente para la fabricación de plásticos que se usan tanto para hacer
envases de alimentos como otros muchos objetos con los que, día a día, estamos
en contacto: CD, DVD, cristales de gafas, faros de coches, cajones de
frigoríficos, juguetes…
¡Que no te metan miedo!
La seguridad del BPA se ha evaluado en numerosas
ocasiones. En la última reevaluación completa de sus riesgos realizada por la
EFSA se concluía que esta sustancia no planteaba ningún riesgo para la salud
humana, puesto que los niveles de exposición calculados se encontraban muy por
debajo de la ingesta diaria tolerable establecida para todos los grupos de edad
y poblaciones sensibles, como embarazadas y ancianos. Los expertos de la EFSA
llegaron incluso a la conclusión de que, aun considerando todas las posibles
fuentes de exposición al bisfenol-A (productos alimenticios, juguetes, polvo,
cosméticos y papel térmico), no se superaría la ingesta diaria tolerable. El
BPA es una de las sustancias más vigiladas de la historia y continuamente sufre
reevaluaciones.
—¡Paga ya y cállate! E invítame a algo para que te perdone por el lío en que me
has metido con mis amigos.
—Querida mamá, espero que me perdones —le dije sinceramente mientras tomábamos
un aperitivo—, pero el fomento del escepticismo y el espíritu crítico ante los
productos que nos rodean es necesario hoy en día más que nunca. Hay que luchar
contra estas prácticas y denunciarlas públicamente, aun a sabiendas de que me
expongo a represalias por parte de poderosos sectores. Pero la lucha contra el
fraude no puede ser una lucha individual de toda la sociedad, sino que ha de
ser colectiva. Cada uno de nosotros, en nuestros ámbitos profesionales, podemos
engañar al resto de la sociedad, pero si nos sacan de nuestra área de
conocimiento también podemos ser engañados. Yo entiendo algo de alimentación,
pero no soy experto en mecánica, ni en telefonía, ni en nuevos materiales, ni
en una infinidad de cosas más. ¿Qué ocurre cuando dejo mi coche en un taller?
¿Es de buena calidad el móvil que compré ayer? ¿Estoy pagando lo que vale
realmente el traje que he comprado? El estafador no debe olvidar que también
puede ser estafado. ¿Es esa la sociedad que queremos? ¿Una sociedad donde
prevalezca el fraude? Yo no la deseo, y tampoco acepto que sea la sociedad
donde crezca mi hija. Quiero una sociedad donde confiemos los unos en los otros
y donde no exista la mentira ni el fraude. Y no conozco una mejor forma para
empezar a crear esa sociedad que la divulgación del conocimiento, ya que una
sociedad culta y preparada tomará las decisiones adecuadas para llevar a sus
miembros, a todos y cada uno de nosotros, al sitio que merecen.
—Tienes razón. ¿Recuerdas que fui yo quien te pidió que me acompañaras? Lo hice
sabiendo perfectamente lo que pasaría. Tenía ganas de reírme un rato, y eso
siempre ocurre cuando se va contigo a un hipermercado…
—¡Serás maquiavélica! Te quiero, mamá. Por cierto, ¿te quedas a comer?
—No, gracias. Quiero descansar un poco de la ciencia… y de ti. Además, hoy
vienen tus compañeros del grupo de investigación para intentar solucionar ese
problema en el pie del que llevas días quejándote. Y prefiero no estar
presente…, te van a trolear, que lo sepas.
Capítulo 11
El mosquito asesino y los X-Men
En el siglo XXI no se entienden las diferentes
ramas de la ciencia como compartimentos estancos aislados unos de otros. Un
ejemplo práctico de la importancia de la multidisciplinariedad y de la
interdisciplinariedad ocurrió el 7 de enero tras almorzar con mi madre. Llevaba
días con el tobillo hinchado y sentía un gran escozor que recorría toda mi
pierna. El dolor por el picotazo que había sentido durante mi partido con el
iracundo tenista comenzaba a ser insoportable. Estaba tan desesperado que acudí
a mi equipo de expertos favorito: el grupo de investigación «Bioquímica y
Biotecnología Enzimática» de la Universidad de Murcia, compuesto por químicos,
biólogas, veterinarias, biotecnólogos, tecnólogas de alimentos, bioquímicos,
farmacéuticas y microbiólogas, entre otros. Son… los X-Men de la ciencia.
Para atraerlos hasta la Dehesa de Campoamor, los invité a una degustación de
productos murcianos. Esta reunión gastrocientífica, provocada por una picadura,
acabó con una auténtica exhibición de cómo trabaja un grupo de investigación y
con la publicación, en una importante revista, de uno de los mejores artículos
científicos del grupo.
—Como jefe del grupo, quiero darte las gracias por invitarnos a comer. ¿Qué hay
de aperitivo?
—De nada, Paco. A ver cómo os lo explico sin que os enfadéis. Hoy no nos hemos
juntado solo para comer. En realidad, os he citado porque tengo un problema y
solo vosotros, que sois el mejor equipo de investigación multidisciplinar que
conozco, sabréis solucionarlo.
—¿Hablas en serio? Equipo, nos volvemos a casa —ordenó Paco, haciendo amago de
levantarse.
—No, por favor. Aunque os he traído para trabajar, también he preparado unos
sabrosos aperitivos.
—Vale, nos quedamos un rato. Sirve rápido y cuéntanos tu problema.
—Resulta que hace unos días, mientras jugaba al tenis, algo me picó en el
tobillo. Al principio no le di importancia, pero la hinchazón y el escozor van
a más. ¿Qué hago?
—Sabes de sobra que el primer paso es la observación. Acércate al escenario del
crimen con Mercedes, la veterinaria de nuestro equipo, y que nos diga
exactamente qué tipo de animal te ha picado. Luego, ya veremos…
Mientras el resto del equipo devoraba el aperitivo como si no hubiera un
mañana, Mercedes y yo nos dirigimos a la arboleda cercana al club deportivo
donde había jugado días antes. Al llegar, comprobamos que la zona estaba llena
de mosquitos de pequeño tamaño.
—No te confundas —me advirtió Mercedes—, no son simples mosquitos. Pertenecen a
una de las especies más peligrosas. Son capaces de transmitir enfermedades como
el dengue, el zika y, muy especialmente, el chikungunya. Su nombre científico
es Aedes albopictus, pero se los conoce como… mosquitos tigre.
—No me fastidies. ¿Y cómo sabes que no es un mosquito normal?
—Son más pequeños que la especie común, apenas miden entre 5 y 10 mm. Tienen
una característica línea blanca central en el tórax que se prolonga sobre la
cabeza. Sus patas son de gran tamaño, si las comparamos con la totalidad del
cuerpo, y están flanqueadas con rayas blancas. Además, en el abdomen tienen
unas bandas blancas horizontales más gruesas. Hay otra prueba inequívoca: el
tipo de picotazo. Me has comentado que el dolor ha ido a más conforme pasa el
tiempo y que la piel alrededor del picotazo se torna cada vez más rojiza. Esa
sintomatología también es característica de Aedes albopictus.
Además, ¿cuándo me has dicho que notaste el pinchazo?
—Hace unos días llovió torrencialmente. Por la tarde jugué al tenis, y allí
noté el pinchazo en la pierna.
—Los mosquitos tigre crían en recipientes pequeños con agua estancada en zonas
urbanas, como son los platos de los tiestos, las plantas acuáticas, los jarros
con flores, bebederos de animales, etcétera. También la materia orgánica
arrastrada por las riadas favorece su proliferación. Yo veraneé un año en la
Dehesa de Campoamor y sé que cada vez que llueve abundantemente el agua se
estanca en la rambla varios días. Si te acercas por allí, te volverán a picar.
Una mamá muy prolífica
Una hembra de mosquito tigre no deposita sus huevos
en aguas en movimiento, pero puede llegar a poner hasta doscientos huevos en
una semana dentro de un pequeño recipiente con agua estancada…, así que
imagínate en la rambla. Desde que el mosquito nace del huevo, solo tarda seis
días en convertirse en adulto. Aunque los mosquitos tigre son diurnos, a
diferencia de las especies de mosquito comunes, una vez que salen del huevo se
esconden entre la vegetación en zonas húmedas y sombrías (no les gusta el sol
directo). Si tienen lo que necesitan (agua, refugio, sombra y agua), no se
alejan mucho del lugar donde han nacido. Así que te recomiendo que no pases
cerca de lugares abandonados con aguas paradas y mucha vegetación putrefacta.
—¿Qué hacen los mosquitos tigre en el Mediterráneo? ¿No son originarios de
Asia?
—Es cierto que proceden del continente asiático, pero hace más de una década
que llegaron a España —me explicó Mercedes—. Concretamente en 2004 se
detectaron en la localidad barcelonesa de Sant Cugat del Vallès. Se cree que
entraron desde Francia, donde unos años antes se habían detectado en almacenes
de neumáticos usados. Gracias a su fácil adaptación y a su pródiga
proliferación, este mosquito se extendió rápidamente por todo el litoral
mediterráneo español. También se han detectado en otros países europeos como
Albania, Bélgica, Francia, Italia, Montenegro, Croacia, Serbia, Hungría,
Grecia, Suiza, Alemania y Holanda. E incluso está extendido por Sudamérica.
—Había oído que el invierno no les gustaba.
—Cierto, por eso no es habitual verlos en enero, ya que odian las bajas
temperaturas. De hecho, suelen aparecer en abril y desaparecer en noviembre.
Pero estas Navidades han sido atípicas, y el fuerte calor y las lluvias
torrenciales han atraído al Aedes albopictus a Campoamor. Pero
no creas que es un hecho puntual. El aumento global de la temperatura media
podría favorecer su llegada. Zonas que hasta ahora eran demasiado frías se
convertirán en lugares templados, donde los mosquitos tigre podrán vivir al menos
unos meses al año. De hecho, la proliferación de enfermedades contagiadas por
especies exóticas ha sido ya descrita como uno de los riesgos asociados al
cambio climático.
—¿Cómo es posible que me picara en los tobillos si llevaba calcetines?
—Te picó en las piernas porque el mosquito tigre suele volar bajo, a ras de
tierra. Son muy ágiles, pequeños y, en ocasiones, difíciles de ver. Además, son
muy activos, te pueden picar a cualquier hora del día. Por otra parte, su
trompa es capaz de traspasar los calcetines, por lo que no fueron un
impedimento para él. Al contrario que otras especies que lo hacen una sola vez,
el mosquito tigre te picó varias veces hasta que te succionó toda la sangre que
necesitaba. Por eso tienes varias ronchas en la piel. Lo único que puedo hacer
es recomendarte que no te rasques y que te pongas hielo para evitar la
hinchazón y aliviar el dolor. Si vemos que no mejoras, deberás tomar fármacos
con antihistamínicos o hidrocortisona.
Mercedes y yo volvimos rápidamente a casa. Tras contarles que el mosquito tigre
era el responsable de mi insoportable dolor, Paco tomó la palabra:
—Equipo, deberíamos diseñar entre todos un nuevo producto antimosquitos tigre
basado en la ciencia y la tecnología que cubra dos objetivos. El primero, que
el mosquito tigre no se pueda acercar a las personas y succionar su sangre. El
segundo, que, si por algún motivo el mosquito logra picar a alguien, no se
produzca ningún proceso inflamatorio. Si lo logramos, no solo solucionaremos el
problema de Jose y escribiremos un artículo científico, sino que incluso
podríamos patentar la idea. ¿Os parece?
—De acuerdo. Pero ¿qué he hecho yo para que me pique? ¡Algo le habrá atraído de
mí! —me quejé, harto del dolor.
—Por razones que aún se desconocen —expuso Paco— los mosquitos tigre prefieren
a quienes tienen más colesterol en la piel, a las personas que sudan más o las
que usan fragancias dulces, a los que producen más olor corporal… Por eso debes
cuidar tu piel, ducharte y asearte cada vez que practiques ejercicio, no usar
colonias con aromas dulces, etcétera. Todas estas precauciones son fáciles de
llevar a cabo. Sin embargo, hay algo que les gusta mucho a los mosquitos tigre
y que tiene más difícil solución: el CO2 que emitimos las
personas al respirar.
¡Qué olorcito más rico!
Los seres humanos espiramos unos 400 ml de CO2 por
minuto, lo que equivale a unos 0,72 g. Cada persona emite 0,37 toneladas de
dióxido de carbono al año. Como la población mundial la componemos unos 7700
millones de personas, el total que expulsamos es de unas 2,85 Gt (una
gigatonelada equivale a mil millones de toneladas) de CO2 al
año. A efectos de comparación, las emisiones globales de otras actividades
humanas (sin contar «respirar») suponen unas 27 Gt al año. Por tanto, los
humanos suponemos casi un 11 % del total de emisiones. Este dato no es nada
desdeñable… y al mosquito tigre le gusta.
—¡¿Cómo voy a evitar emitir CO2 y que se acerque el mosquito
tigre si tengo que respirar?!
Paco, como buen investigador, se lo toma todo con mucha calma. Antes de
contestar, se acercó a la cocina y se sirvió un plato de langostinos del Mar
Menor (Penaeus kerathurus) que el día anterior había comprado en la
lonja. Este crustáceo pertenece a una variedad de langostino, los atigrados,
que, debido a los especiales niveles de salinidad del Mar Menor, tiene un sabor
muy valorado. Además, es más pequeño que otras variedades de la misma especie y
el color de sus franjas atigradas es más intenso.
—Nunca había probado estos langostinos cocinados al vapor, siempre los preparo
a la plancha. Están riquísimos. Respecto a lo del CO2, seguro que
nos puede ayudar Manoli.
—Pues sí, algo de luz puedo aportar al problema —replicó la bióloga
especializada en botánica—. Mis plantas favoritas son las Poaceae,
una familia de plantas herbáceas o, muy raramente, leñosas pertenecientes al
orden de las monocotiledóneas. Dentro de sus más de 820 géneros y cerca de 12
100 especies descritas, mi preferida es la Cymbopogon o hierba
de limón.
—Me parece perfecto, pero no sé qué relación hay entre eso y mi picotazo. Cada
vez me escuece más y necesito una solución rápida.
—Tranquilo. En las hojas y tallos de las especies Cymbopogon nardus (citronela
de Ceilán) y Cymbopogon winterianus (citronela de Java) hay
muchos compuestos bioactivos de enorme importancia. Un grupo son los aceites
esenciales, unos productos químicos insolubles en agua e intensamente
aromáticos. Entre todos ellos destaca el aceite de citronela, que se añade como
saborizante a algunas bebidas alcohólicas y a alimentos como productos lácteos
congelados, gelatinas y pudines. Pero lo que más nos interesa es que se usa
también como repelente contra los insectos. Así que debemos aprovecharlo para
desarrollar un producto que no permita al mosquito tigre acercarse a ti.
—Fantástico, me echaré un litro de citronela y se acabó —exclamé desesperado.
La citronela me confunde
La Agencia de Protección Ambiental estadounidense
clasifica el aceite de citronela como un biopesticida con un modo de acción no
tóxico. También son conocidas sus propiedades antifúngicas, que ayudan a
inhibir el crecimiento de hongos como Aspergillus, Eurotium y
Penicillium. Por todas estas propiedades, el aceite de citronela puede
encontrarse en productos pesticidas —como aerosoles, lociones, velas y
pulseras—, protectores solares y collares antipulgas.
Este aceite esencial contiene citronelal —que le da su característico aroma
a limón—, citronelol y geraniol, unos compuestos orgánicos de fuerte carácter
aromático. De entre los tres el que menos le gusta al mosquito tigre es el
citronelal, perteneciente a la familia de los monoterpenoides. Parece ser que
interfiere en los receptores situados en las antenas del mosquito, los cuales
captan las emisiones del cuerpo humano (temperatura, CO2, sudor) y
lo orientan para que pueda picar. Por tanto, el citronelal no mata al mosquito
(acción insecticida), sino que lo confunde evitando que localice el cuerpo
humano (acción repelente).
—No vayas tan rápido —me recomendó Paco—. La impaciencia jamás ha sido un buena
aliada de la ciencia. Entendemos tus necesidades, pero el avance científico va
muy despacio. Por una parte, la aplicación de citronelal no va a mejorar tu
picotazo. Su única función es que no se te acerquen más mosquitos tigre. Eso lo
solucionaremos luego. Lo importante es que el citronelal tiene un serio
problema estructural del que nadie habla y que debemos resolver antes de que te
lo apliques. Te lo explicará Fernando, el físico-químico de nuestro grupo de
investigación.
—Paco tiene razón —afirmó Fernando—. Generalmente se habla de las propiedades
beneficiosas o perjudiciales de un compuesto sin tener en cuenta una serie de
circunstancias que son cruciales. Por eso es absurdo hablar de las
características de una molécula (incluidas su efectividad o su toxicidad) sin
especificar qué concentración, pH o temperatura se encuentran en el medio de
reacción. Un compuesto puede tener propiedades positivas si se prepara a bajas
concentraciones en un fármaco, pero en una concentración inadecuada puede tener
efectos muy negativos. También puede ocurrir lo contrario. ¿Por qué? Porque en
muchas ocasiones, al aumentar la concentración de un compuesto, su estructura
físico-química cambia hasta el punto de que puede comportarse como otro
totalmente distinto con propiedades opuestas.
—¿Me estás diciendo que, por ejemplo, duplicar la concentración de un compuesto
no siempre duplica su efecto?
—Precisamente eso es lo que le ocurre al citronelal. Cuando se encuentra a
bajas concentraciones, se presenta en forma de moléculas individuales llamadas
monómeros. Sin embargo, a partir de una cierta concentración, comienzan a
formarse unos agregados con propiedades totalmente diferentes. Pues bien, el
valor exacto de concentración del citronelal al cual este pasa súbitamente de
la forma monomérica a la agregada se denomina concentración micelar crítica.
Para repeler al mosquito tigre es conveniente que empleemos una concentración
de citronelal por debajo de su concentración micelar crítica. Es decir, que se
encuentre en forma monomérica.
—Creo que lo he entendido todo. Para que no me piquen más mosquitos tigre,
dadme una solución de citronelal en estado monomérico…, ¡pero hacedlo ya!
—Lo siento —volvió a intervenir Paco—, pero antes de rociarte con citronelal
debemos solucionar otros problemas científicos que tiene esta molécula y de los
que va a hablarte Carolina, nuestra química de productos naturales.
—El citronelal presenta una estructura química muy sensible fácilmente
degradable por agentes externos —explicó Carolina—. Hay que impedir como sea
que eso ocurra. Por otra parte, y al igual que ocurre con muchas colonias o
desodorantes de baja calidad, el aroma del citronelal responsable de su acción
repelente es muy intenso inicialmente, pero se pierde con rapidez por su alta
volatilidad. Además, es muy poco soluble en disolución acuosa y eso nos obliga
a introducir altas cantidades de disolvente orgánico en el repelente que
estamos diseñando. Estos tres problemas reducen la efectividad del citronelal y
debemos solucionarlos. La mejor forma es recurrir a la nanoencapsulación
molecular, y no conozco mejor especialista que Adrián.
—Ese soy yo. La encapsulación molecular se basa en el uso de agentes
encapsulantes para proteger en su cavidad interna un compuesto bioactivo. El
agente ideal para encapsular el citronelal y así evitar la picadura del
mosquito tigre es la ciclodextrina. Aunque tenga ese nombre tan exótico, en
realidad es una molécula muy simple.
Ladrones de ciclodextrina
En la ciclodextrina, varias unidades de glucosa se
unen formando una especie de anillo. El número de unidades de glucosa determina
el nombre de las distintas ciclodextrinas (CD), que se designan con una letra
griega: α-CD (6 unidades de glucosa), β-CD (7 unidades de glucosa), γ-CD (8
unidades de glucosa), etcétera. Además, las ciclodextrinas se pueden tunear. Es
decir, están sujetas a posibles adiciones, sustituciones o eliminaciones que
den lugar a modificaciones en su estructura.
Existen muchísimos tipos diferentes. Se pueden sintetizar químicamente, pero es
más fácil obtenerlas empleando la microbiología. Hay diversos microorganismos
que, para obtener energía a partir del almidón, usan enzimas. Una de ellas, muy
poderosa aunque con un nombre muy raro, es la
ciclodextrina-glicosil-transferasa (CGTasa). Sin embargo, justo antes de que el
microorganismo se «coma» la ciclodextrina para obtener energía, los expertos en
nanoencapsulación, conocedores del maravilloso valor industrial de esta
molécula, intervienen en el sistema y se la «roban».
—¿Qué tienen estas moléculas que las hace tan especiales? —le pregunté.
—Su valor añadido reside en su singular estructura. Las ciclodextrinas tienen
forma de dónut, con un interior altamente apolar y un exterior muy hidrofílico.
Esta estructura les otorga una capacidad para encapsular una amplia variedad de
moléculas orgánicas e inorgánicas, las llamadas «moléculas huésped», dentro de
su cavidad interna. La formación de estos complejos de inclusión con
ciclodextrinas puede alterar algunas de las propiedades físico-químicas de las
moléculas huésped, entre las que se encuentran su solubilidad,
biodisponibilidad, reactividad química…
—Pero ¿qué ventajas —inquirió Mercedes— ofrece esta estructura tan especial?
—La encapsulación de moléculas en el interior de las ciclodextrinas tiene una
serie de ventajas, entre las que destacan la estabilización de sustancias
sensibles a la luz y/o el oxígeno, la fijación de sustancias volátiles, la
protección de distintas sustancias frente a la degradación por microorganismos,
el aumento de la solubilidad, absorción y biodisponibilidad de diversas
moléculas o el enmascaramiento de colores, sabores y aromas desagradables.
Las ciclodextrinas sirven para (casi) todo
La industria farmacéutica utiliza las
ciclodextrinas para proteger el principio activo de los medicamentos frente a
agentes externos (luz, oxígeno, etcétera). También para aumentar la solubilidad
de muchos fármacos, lo que reduce el tiempo de absorción del medicamento.
Gracias a ellas, se consigue la liberación prolongada de algunos fármacos, lo
que ofrece tres ventajas: una dosis del principio activo dentro de los niveles
terapéuticos, una menor frecuencia de administración y una reducción de la
toxicidad; así se consigue un fármaco o producto más eficaz y seguro.
Otro de los sectores que más se beneficia del uso de las ciclodextrinas es
la seductora industria de fragancias y aromas. Todos conocemos la rapidez con
la que los aromas que forman parte de muchas colonias y desodorantes
desaparecen. Pues bien, las ciclodextrinas tienen la capacidad de hacer
perdurar diversos tipos de aromas manteniendo su intensidad durante mucho
tiempo, como si acabáramos de aplicarnos el correspondiente perfume.
Incluso la industria textil se ha beneficiado de ellas, ya que las propiedades
de blanqueo que las ciclodextrinas confieren a distintos tipos de fibras las
convierten en moléculas muy valoradas en este sector.
Y todo esto por no hablar del efecto protector de las ciclodextrinas sobre el
medio ambiente, ya que han demostrado su capacidad para encapsular
contaminantes orgánicos y metales pesados, eliminándolos tanto del suelo como
de aguas contaminadas.
—¿Se pueden usar en la industria alimentaria?
—Por supuesto, Mercedes. Por una parte, mejoran el color de muchos alimentos.
En los últimos años, por ejemplo, se han empleado para la prevención de la
degradación del color en distintos tipos de zumos de frutas, como los
procedentes de pera, melocotón, manzana y uva. Pero no solo mejora el color,
sino que el uso de ciclodextrinas como agentes naturales puede enmascarar el
desagradable sabor de algunos alimentos o mejorar el de otros. Todos conocemos
el gran problema que presentan los chicles. Una vez introducidos en la boca,
pierden su sabor en escasos minutos. Pues bien, las ciclodextrinas logran que
ese sabor se mantenga intacto durante mucho tiempo. También se han empleado
para su uso en el diseño de nuevos envases y el desarrollo de nuevos productos,
concretamente de los famosos alimentos funcionales. Con ciclodextrinas se
enriquecen alimentos de naturaleza hidrofílica, como zumos, néctares y
determinados productos lácteos que poseen nutrientes (es el caso de algunos
antioxidantes o ácidos grasos) poco solubles en agua. Incluso se han utilizado
para reducir, e incluso eliminar, la presencia de sustancias perjudiciales para
la salud en determinados alimentos; una de ellas es el colesterol presente en
varios tipos de mantequillas, cremas o helados, que se han convertido en
alimentos «bajos en colesterol» gracias a la ciclodextrina. Como ves no es una
molécula más, sino que puede dar mucho de sí.
—Gracias, Adrián. Pero vamos a lo importante… ¿Cómo me ayudarán las
ciclodextrinas a resolver el problema de mi picotazo? ¿Pueden matar al mosquito
tigre?
—No lo matan directamente, pero pueden ayudar a que no se te acerque. Como te
hemos contado antes, el citronelal presenta algunos problemas como su baja
solubilidad, su facilidad de degradación y la rapidez con la que su aroma
desaparece. Pues bien, si encapsulamos el citronelal en el interior de las
ciclodextrinas, lograremos varias cosas a la vez. Por un lado, se incrementará
su solubilidad, lo que permitirá utilizar altas concentraciones de este
repelente. Por otro, el anillo de la ciclodextrina protegerá al citronelal
impidiendo su degradación. Finalmente, y al igual que pasa con algunas
colonias, desodorantes o chicles, la encapsulación del citronelal en el interior
de una ciclodextrina y su posterior liberación controlada permitirá que el
aroma persista durante más tiempo en el ambiente, así el mosquito tigre no se
te acercará. La suma de esos tres factores aumentará la eficacia del citronelal
como repelente.
—Me has convencido —reconocí—. Encapsulemos el citronelal en ciclodextrinas.
¡Muerte al mosquito tigre! Por cierto, antes me has dicho que existen cientos
de ciclodextrinas diferentes. ¿Cuál usamos?
—La elección de la ciclodextrina que mejor encapsule el citronelal es clave
para el desarrollo del nuevo producto, pero no tengo ni idea de cuál escoger.
Eso solo lo puede saber Pepa, nuestra bioinformática experta en química
computacional.
—Pepa, ¿tienes algo que decir? ¡El escozor va en aumento, necesito una solución
ya!
—Puedo ayudaros. La química computacional se está convirtiendo en una
disciplina imprescindible en todos los grupos de investigación. Su poder
predictivo nos va a ayudar, en tu caso, a saber qué tipo de ciclodextrina es la
que mejor encapsulará el citronelal para protegerlo de su degradación y
volatilidad… y así combatir la presencia del mosquito tigre en la Dehesa de
Campoamor.
Ordenadores para ver el futuro molecular
El austríaco Martin Karplus, el sudafricano Michael
Levitt y el israelí Arieh Warshel fueron galardonados con el Premio Nobel de
Química en 2013 por «el desarrollo de modelos multiescala de sistemas químicos
complejos». Estos tres investigadores sentaron las bases de las metodologías
teóricas que luego tradujeron a los potentes programas informáticos empleados
actualmente para comprender y predecir procesos químicos, unos modelos que
replican la vida real y que son uno de los avances más cruciales para la química
contemporánea.
Gracias a la química computacional desarrollada por Karplus, Levitt y Warshel
se pueden simular en potentes ordenadores reacciones químicas complejas para
predecir cómo pueden interaccionar determinadas moléculas o para saber si una
reacción va a ocurrir o no. Este poder predictivo se aprovecha para muchas
finalidades, como el diseño de fármacos o la síntesis de nuevos compuestos.
—¿La química computacional basada en ordenadores va a sustituir a la
tradicional hecha en el laboratorio?
—En absoluto. Para que los resultados obtenidos mediante la química
computacional a través de grandes ordenadores sean definitivos, deben
complementarse con experimentos que confirmen esas predicciones, y estos se
realizan en laboratorios. El desarrollo de la química computacional es de vital
importancia para la predicción y el desarrollo de infinidad de reacciones
químicas en el campo de la medicina, pero la química computacional y la química
experimental forman un binomio y se nutren mutuamente. La química computacional
necesita a la experimental para corroborar sus predicciones, mientras que esta
necesita a la computacional para optimizar su rendimiento.
—¿De qué métodos computacionales se dispone? ¿Llevas alguno encima?
—Para realizar el cribado virtual podemos emplear muchas técnicas distintas,
desde las más rápidas e imprecisas, como los farmacóforos (los grupos
relevantes para la actividad biológica de una molécula), y las de mediana
precisión (docking o acoplamiento molecular) a las de precisión
alta (dinámica molecular) o muy alta (métodos cuánticos). Yo suelo usar
el docking molecular, que consiste en buscar la conformación y
posición óptima de un ligando (por ejemplo, una molécula orgánica pequeña)
dentro de una diana molecular (por ejemplo, una enzima o un canal iónico). En
una primera fase, el docking buscará todas las posibles
interacciones entre la ciclodextrinas y el citronelal y, luego, puntuará cada
interacción según su eficacia. Precisamente en el ordenador portátil que llevo
en la mochila tengo instalado el programa informático que me va a permitir
hacer las simulaciones en unos minutos.
Mientras yo rellenaba los platos y los vasos del implacable equipo, Pepa se
aplicaba en su ordenador.
—¡Eureka! El programa informático ya ha dado su veredicto.
Hidroxipropil-beta-ciclodextrina, un anillo formado por siete moléculas de
glucosa y un radical hidroxipropilo, es la ciclodextrina elegida para nuestro
nuevo producto antimosquitos tigre.
—Por fin tenemos nuestro citronelal monomérico encapsulado en la ciclodextrina
óptima para que aumente su eficacia y listo para su administración. Gracias a
todos. ¿Alguien tiene algo más que decir o podéis aplicármelo ya? —Jamás
aprenderé a cerrar la boca en el momento justo, sobre todo cuando Silvia,
nuestra tecnóloga de alimentos, aún no había dicho nada en todo el día.
—Yo. Todo lo que hemos hecho hasta ahora no servirá de nada si el aroma del
citronelal se pierde rápidamente, pues los mosquitos volverán a atacar. Es
cierto que ya lo hemos encapsulado en ciclodextrinas, pero ¿alguien ha
comprobado si la encapsulación ha sido realmente efectiva desde el punto de
vista sensorial? Os recuerdo que el citronelal encapsulado solamente servirá
para algo si bloquea los receptores que ayudan a que el mosquito tigre detecte
el CO2, el calor y el sudor humanos.
—Tienes razón, Silvia —dijo Paco, el líder del equipo—. Dejemos que lo
compruebe.
—Voy a hacer el análisis mediante dos metodologías: la instrumental y la
sensorial. Para el análisis instrumental voy a emplear un cromatógrafo de gases
portátil formado por un gas portador, el sistema de inyección del citronelal,
la columna y el detector. Lo llevo siempre en el coche. Fijaos lo que voy a
hacer porque es muy sencillo. En primer lugar, introduzco en el cromatógrafo
gaseoso una muestra que solo lleve el citronelal y compruebo el tiempo que
tarda en volatilizarse. A continuación, repito el mismo experimento con una
muestra en la que el citronelal ya está encapsulado en ciclodextrinas. ¡Los
resultados son clarísimos! La muestra que solo lleva citronelal ha tardado muy
poco en desaparecer. Sin embargo, cuando está protegido en el interior de la
ciclodextrina, el tiempo de permanencia es muchísimo mayor.
—¿Y eso qué implica?
—Que si te impregnas de una solución comercial de citronelal estándar solo te
protegerá del mosquito tigre durante un rato, pero si utilizas el citronelal
encapsulado en ciclodextrinas que hoy estamos desarrollando entre todos, esos
molestos chupadores de sangre no podrán detectarte en mucho tiempo. Pero no te
precipites. Para asegurarnos de que vamos por el buen camino, debemos hacer
también el análisis organoléptico del citronelal. Para ello necesito un grupo
de catadores con buena nariz que hagan de mosquitos tigre. Deberán distinguir
entre el citronelal estándar y el encapsulado. Como hacer una cata sensorial
tras una comida copiosa no es lo más recomendable, no me servís. Me voy a casa
de los vecinos para ver si se ofrecen como voluntarios.
Poco después, mientras los demás dormitaban y yo me moría de escozor, se oyeron
unos pasos apresurados.
—¡Buenas noticias! —dijo Silvia mientras se acercaba—. Ya tengo los resultados
del análisis sensorial realizado por el grupo de catadores. El citronelal
estándar se evapora enseguida y los catadores no lo perciben al poco rato. Por
eso no es efectivo para repeler al mosquito tigre. Sin embargo, el encapsulado
en ciclodextrinas sigue oliendo intensamente durante mucho más tiempo. Esto
confirma los datos que arrojó el análisis instrumental mediante la
cromatografía gaseosa. La encapsulación en ciclodextrinas perjudica al mosquito
tigre. ¡Lo hemos logrado!
Rápidamente me quité el calcetín y fui a rociarme con el citronelal encapsulado
en ciclodextrinas. Sin embargo, Paco volvió a intervenir.
—Algo me huele mal. Por favor, ¿podéis comprobar la capacidad bactericida del
nuevo producto?
—Vamos a ver, Paco, el citronelal es conocido por su acción repelente, pero
también tiene una alta capacidad bactericida. Al alterar la membrana celular de
las bacterias que pueda haber en nuestra piel, las destruye. En el caso de que
algún mosquito no haya sido repelido y consiga llegar a nuestra piel, podría
depositar alguna bacteria en ella. Pero, gracias al citronelal de nuestro
producto, esa bacteria morirá. No me parece que haga falta comprobarlo.
—Parece mentira que a estas alturas de tu carrera científica digas eso —me riñó
Paco con cariño—. No podemos dar nada por supuesto, y hay algo que me huele a
chamusquina. Juana, tú que eres microbióloga, comprueba que la inclusión de
ciclodextrinas como agente encapsulante no ha modificado la capacidad
bactericida del citronelal, por favor.
Mientras Juana realizaba el análisis, los demás X-Men prosiguieron con su
incesante misión de acabar con todas las provisiones de la casa.
—Tienes razón —concluyó Juana cuando terminó—. La presencia de ciclodextrinas
ha perjudicado gravemente la capacidad del citronelal para destruir las
bacterias que pudiera haber en la piel de las personas. Más bien pasa al
contrario. ¡El producto antimosquitos tigre que estamos preparando favorece el
crecimiento bacteriano! Esto es peligroso. ¿Qué está pasando?
—Me lo imaginaba. En ausencia de ciclodextrinas, el citronelal destruye las
bacterias que puedan llegar a nuestra piel. Sin embargo, al introducir este
agente encapsulante provocamos el efecto contrario y les estamos dando de comer
a estos microorganismos. Recordad que las ciclodextrinas están formadas por
unidades de glucosa, así que es muy posible que las bacterias recurran a estas
ciclodextrinas para crecer. Para comprobarlo, necesitamos un bioquímico que nos
diga cómo impedir que las bacterias «devoren» las ciclodextrinas como fuente de
energía —admitió Paco—. Álvaro, es tu momento.
Reconozco que esta investigación era la más interesante que habíamos hecho en
años. Pero mi escozor no me dejaba vivir. Al ver mi cara de desesperación,
Álvaro comenzó a hablar:
—No os preocupéis, tengo la solución. Lo que está ocurriendo es que algunas
bacterias tienen unas enzimas, las amilasas, que son capaces de transformar las
ciclodextrinas en glucosa, un azúcar que les sirve de alimento. Por eso las
bacterias crecen cuando usamos nuestro nuevo producto antimosquitos tigre. Es
decir, lo que estamos diseñando repele el mosquito tigre, pero aumenta la
posibilidad de infección bacteriana.
—Pero ¿no has dicho que tenías el remedio?
—Sí. Hay que introducir en el producto una molécula que impida a las bacterias
convertir las ciclodextrinas en glucosa. Así no podrán comer y crecer. Debemos
a toda costa inhibir esa ruta enzimática catalizada por las enzimas amilasas
bacterianas.
—¿Y tenemos esa molécula? —pregunté con cierto nerviosismo.
—Sí. Hay un colectivo que tiene el mismo problema al que nos enfrentamos. Me
refiero a los diabéticos. Al igual que nosotros debemos impedir que las
amilasas bacterianas conviertan las ciclodextrinas en glucosa, los diabéticos
deben evitar a toda costa el paso de almidón a glucosa producido por las
amilasas humanas. ¿Cómo vamos a hacerlo? Con la ayuda de un principio activo
que está presente en los fármacos que emplean los diabéticos: la acarbosa, uno
de los santos griales para luchar contra la diabetes.
Aluciné con la intervención de Álvaro. Un arma contra la diabetes humana nos
había dado la solución para fastidiar al mosquito tigre. Siempre he defendido
que el conocimiento científico generado en un área puede de ser de aplicación
en otra muy diferente (lo que viene a ser la interdisciplinariedad).
—Nos ha costado, pero por fin lo tenemos. Añadidle acarbosa al producto y
pasádmelo para…
—No tan rápido —me interrumpió Paco—. Hay un dato importante que no hemos
tenido en cuenta. Tienes el tobillo inflamado. Con lo que hemos diseñado hasta
ahora, no se te acercarán más mosquitos tigre ni crecerán bacterias en tu piel,
pero el picotazo sufrido puede ir a más si no lo tratamos. Además, hay que
pensar a lo grande. Lo que hoy estamos diseñando deberíamos patentarlo como un
nuevo producto que sirva, por un lado, para repeler a los mosquitos tigre; por
otro, para evitar el crecimiento bacteriano; y, finalmente, para impedir la
inflamación en caso de que por cualquier causa el mosquito tigre burle la
acción del citronelal y pique a las personas. Por todo ello, hay que introducir
un antiinflamatorio en el nuevo fármaco antes de ponerlo en uso.
—¿Hablas en serio?
—Por supuesto. Necesitamos una farmacéutica que nos proporcione el
antiinflamatorio adecuado. Encarna, es tu turno.
—Últimamente estamos estudiando nuevos compuestos con capacidad
antiinflamatoria. Uno de ellos es el citrato de sildenafilo, una molécula poco
soluble en agua implicada en las reacciones de inflamación y que se emplea para
combatir enfermedades como la hipertensión pulmonar arterial. Podríamos innovar
y utilizarlo en nuestro producto antimosquitos tigre.
La hipertensión arterial pulmonar
El lado derecho del corazón bombea sangre a través
de los pulmones, donde recoge oxígeno. Luego, la sangre retorna al lado
izquierdo del corazón, desde donde se bombea hacia el resto del cuerpo. Si las
arterias pulmonares se estrechan, no pueden transportar mucha sangre, por lo
que la presión se acumula. Es lo que se denomina hipertensión pulmonar. Como
consecuencia, el corazón tiene que trabajar más para bombear suficiente sangre
a través de ellos. Pues bien, el citrato de sildenafilo se usa para combatir este
trastorno por su potente acción vasodilatadora que relaja la pared arterial,
permitiendo así la disminución de la resistencia y de la presión arterial, lo
cual aumenta el suministro de sangre a los pulmones y reduce el trabajo del
corazón.
—Encarna, ¿qué tiene que ver ese compuesto con mis picotazos?
—Si los picotazos no se tratan correctamente, se produce una fuerte inflamación
que puede derivar en graves trastornos. Por eso, si introducimos en la cavidad
interna de las ciclodextrinas no solo el citronelal, sino también el citrato de
sildenafilo, tendremos cubiertos los dos objetivos de los que hablaba Paco:
repeleremos al mosquito con la acción del citronelal y evitaremos cualquier
posible inflamación derivada de un picotazo aislado gracias al citrato de
sildenafilo.
—Perfecto. Tras ocho horas de jornada gastrocientífica, y con mi tobillo como
una bota, ya tenemos la fórmula mágica. El nuevo producto antimosquitos tigre
debe llevar ciclodextrinas que encapsulen el citronelal para repeler al
mosquito, un inhibidor de amilasa para que la bacteria E. coli no
se coma las ciclodextrinas y, además, citrato de sildenafilo como
antiinflamatorio.
Sin pensármelo más, agarré el aerosol y me lo eché por todo el cuerpo. No quedó
ni un centímetro de mi piel sin rociar. De repente, mi jefe empezó a gritar.
—¿Pero qué haces, loco? Este producto no sirve en tu caso. A ti ya te picó el
mosquito y tu tobillo está demasiado inflamado. Échate un poco de alcohol y
acude al médico.
—¿Me estáis tomando el pelo? ¿Que me eche alcohol y vaya al médico? ¿Tras
acabar con mi frigorífico y mi despensa me decís eso?
—Bueno…, hay una cosa más que debes saber sobre los posibles efectos
secundarios del producto antimosquitos tigre que te has aplicado.
—¿De qué hablas, Paco?
—El citrato de sildenafilo que hemos utilizado como antiinflamatorio no solo se
emplea para combatir la hipertensión pulmonar, sino que también forma parte de
la Viagra, el fármaco más consumido contra la disfunción eréctil… Chicos,
vámonos, aquí ya no hay nada que hacer.
—¡No me dejéis así!
—Lo sentimos. Nos has traído aquí para que solucionemos científicamente tu
problema con el mosquito tigre, y lo hemos hecho gracias a la
multidisciplinariedad y la interdisciplinariedad, dos de las mejores armas de
la ciencia. Pero antes de regresar a Murcia, te anuncio que vamos a publicar un
artículo con los resultados obtenidos[18]. ¿Cómo se te
ha quedado el cuerpo?
—¿El cuerpo? Solo tienes que mirarme. Estoy «contentísimo», como si llevara un
conejo en el bolsillo…
Capítulo 12
Regreso al futuro
La vuelta al trabajo tras las vacaciones de Navidad
siempre es dura. Si además son tan intensas como lo habían sido ese año, el
regreso aún resulta más difícil. Pero en esta ocasión había tenido un acicate:
en la Universidad de Murcia investíamos doctor honoris causa al
naturalista inglés Charles Robert Darwin (1809-1882), en mi humilde opinión la
figura científica más trascendente de la historia. Darwin planteó la teoría de
la evolución biológica a través de la selección natural, que expuso y justificó
en su obra El origen de las especies. En Murcia somos así, nos
saltamos las normas y nombramos doctores honoris causa a
personas que fallecieron hace más de un siglo, pero cuyo trabajo condiciona no
solo el presente, sino también el futuro de la humanidad.
Antes de dirigirme a la ceremonia de investidura del «nuevo» doctor honoris
causa, me vestí con el traje académico: toga, muceta, birrete, puñetas,
guantes y la medalla de la Facultad. Me hubiera gustado mucho leer la lección
magistral en honor del insigne científico inglés, pero el rector no lo creyó
conveniente y eligió a otra persona. Cuando Ruth, a la que debía dejar en su
colegio, y yo nos disponíamos a salir, la puerta se abrió. Era mi mujer, Rhut,
que volvía de pasar las Navidades en Sídney, Australia, donde había realizado
una breve estancia investigadora. Cuando la vio, mi hija se lanzó a sus brazos.
—¡Mamá, te he echado mucho de menos!
—Hola, Ruth. Y tú, ¿adónde vas con esa pinta?
—Yo también te quiero. ¿Eso es lo primero que tienes que decirme tras diez días
de vacaciones mientras yo sufría con tu hija?
—¡No he estado de vacaciones! Es cierto que en Australia es pleno verano en
estas fechas, pero me he pasado diez días encerrada en el laboratorio. Además,
el viaje de vuelta ha sido largo y, si me descuido, no llego a tiempo para el
acto de hoy.
—¿De qué acto hablas? Bueno, acompáñame a llevar a Ruth al colegio y me cuentas
por el camino.
Jamás se me olvidarán las risas de los compañeros de mi hija cuando me vieron
aparecer con el traje académico en el colegio. Tampoco la mirada asesina de
Ruth.
—La estancia en Sídney ha sido muy provechosa —me explicó mi mujer para desviar
mi atención—. Hemos logrado resucitar dos proteínas y hemos diseñado otras tres
más. No está mal en tan poco tiempo.
—¿Resucitar? ¿Me tomas el pelo?
—En absoluto. Hoy en día, gracias a las modernas técnicas de análisis de
secuencias, a los novedosos métodos de análisis estadístico y a los avances en
ingeniería genética, los expertos en paleobioquímica podemos «resucitar»
proteínas.
En busca de la proteína perdida
Las proteínas son estructuras formadas por cadenas
de aminoácidos que siguen una determinada secuencia. Hoy en día se sabe que
algunas de ellas provienen de una misma proteína ancestral común, ya
desaparecida. La posibilidad de reconstruir secuencias de proteínas ancestrales
a partir de otras obtenidas de proteínas actuales es uno de los campos de la
bioquímica que más de moda está[19]. Los
pioneros de esta disciplina, la paleobioquímica, fueron los grandísimos Linus
Pauling (1901-1994), que recibió los premios Nobel de Química y de la Paz, y el
biólogo francés de origen austriaco Émile Zuckerkandl, considerado uno de los
fundadores del campo de la evolución molecular. Hace más de cincuenta años,
estos científicos intuyeron la paleobioquímica que, gracias a los avances
actuales, nos ha llevado a «resucitar» proteínas. José Manuel Sánchez Ruiz,
catedrático de Química de la Universidad de Granada y uno de los grandes
especialistas en paleoquímica, afirma que si sabemos que dos proteínas tienen
el mismo origen y conocemos el proceso evolutivo que han seguido, podemos
retroceder en el tiempo y hacer una estimación razonable de esa proteína ancestral
común.
—¿Para qué sirve la paleobioquímica?
—¿No te das cuenta? Las implicaciones de lo que he estado haciendo en Australia
son muchas. Por una parte, gracias a la recuperación de proteínas ancestrales,
ha sido posible echar un vistazo atrás y resolver enigmas en torno a momentos
evolutivos cruciales. Por otra, conocer el pasado nos está sirviendo para
mejorar el presente. Y, por último, la «resurrección» de proteínas antiguas es
algo más que una útil curiosidad científica: permitirá tener un mejor futuro.
—Explícate —le pedí—, este tema comienza a interesarme.
—En primer lugar, la resurrección de proteínas nos ayuda a conocer mejor la
evolución humana. El descubrimiento de cómo eran determinadas moléculas hace
millones de años y de cómo evolucionaban en el tiempo nos da información acerca
de cuál era su entorno en cada momento, ya que dichas moléculas debían
adaptarse a él si querían seguir manteniendo su actividad. Se puede determinar
la temperatura o el pH de un medio en un momento exacto si sabemos la estructura
de las proteínas que existían entonces.
—¿Tienes algún ejemplo concreto?
—Claro. Recientemente se han «resucitado» proteínas del periodo Precámbrico, es
decir, que vivieron hace entre 4500 y 500 millones de años, lo que ha aportado
información acerca de cómo era nuestro planeta en aquella época. Un importante
descubrimiento llevado a cabo por un grupo de investigadores dirigidos por el
especialista en proteínas ancestrales Eric Gaucher refuerza la idea de que los
océanos primitivos eran cálidos y que se han ido enfriando a lo largo de la
evolución[20].
—Es decir, gracias a la recuperación de proteínas ancestrales ha sido posible
echar un vistazo atrás y resolver enigmas en torno a momentos evolutivos
cruciales.
—Te voy a poner un ejemplo maravilloso. ¿A que no sabes en qué momento de la
historia el ser humano comenzó a consumir alcohol? Tú sabes que gracias a una
serie de enzimas existentes en nuestro organismo podemos degradar las moléculas
de alcohol y metabolizarlo. Sin embargo, esto no fue siempre así. ¿Nunca te has
preguntado en qué momento evolucionó nuestra especie para favorecer a los
individuos con más cantidad de estas enzimas y, por tanto, más eficaces a la
hora de procesar el alcohol?
—Pues no.
—Tradicionalmente se creía que este proceso ocurrió hace unos 10 000 años,
cuando surgió la agricultura y pudo generalizarse la fermentación de cereales y
fruta. Sin embargo, parece ser que no fue así. Al resucitar las enzimas
implicadas en el metabolismo del alcohol, se observó que dicho proceso ocurrió
hace unos 10 millones de años, cuando nuestros ancestros bajaron de los árboles
y adoptaron un estilo de vida terrestre[21]. Esto debió
de ser una ventaja para los primates que vivían en el suelo, donde la fruta
fermentada era más frecuente. Gracias a la resurrección de proteínas, hoy
conocemos otra parte de nuestra evolución. Si Darwin levantase la cabeza…
—Precisamente hoy tengo un acto relacionado con Darwin y estoy disgustado
porque yo quería dar la lección magistral, pero no he sido el elegido. Luego te
cuento. Una vez que has determinado cómo era esa proteína en el pasado, ¿cuál
es el siguiente paso?
—En el caso de que, por cualquier motivo, nos interese disponer de la proteína
ancestral que ya no existe en la actualidad, nos metemos en el laboratorio y,
de acuerdo con lo que hemos averiguado acerca de cómo era en el pasado, la
volvemos a sintetizar. Empleamos métodos bioinformáticos, química computacional
y técnicas biotecnológicas de nueva generación. De esta forma obtenemos una
proteína con alta actividad biológica que no existe actualmente, pero que algún
día tuvo un importante papel en la vida de los seres vivos.
Proteínas fósiles muy «vivas».
Gracias a la resurrección de proteínas se puede
combatir algunas enfermedades causadas por virus que afectan a muchísimos
cultivos agrícolas. Los virus son seres vivos muy pequeños y sencillos que,
para expandirse y reproducirse, necesitan reclutar unas proteínas especiales
del huésped al que han infectado. Estas proteínas, llamadas factores
provirales, evolucionan a la par que el propio virus. Una de las proteínas
huésped más importantes que secuestran los virus para poder replicarse y
sobrevivir es la tiorredoxina, una molécula que existe prácticamente desde el
origen de la vida y está presente en todos los organismos modernos. Los virus
son capaces de infectar la bacteria E. coli aprovechando la
tiorredoxina para su propio beneficio. Pues bien, para que los virus no puedan
desarrollar su función, un equipo de investigadores de la Universidad de
Granada dirigido por el profesor José Manuel Sánchez Ruiz «resucitó» versiones
ancestrales de la proteína tiorredoxina existente hace miles de millones de
años mediante ingeniería genética y las introdujo en una bacteria E.
coli actual. De esta manera, utilizando una proteína fósil en lugar de
la actual, desmontaron toda la estrategia del virus. Gracias a ello, los virus
que sí pueden utilizar las versiones actuales de tiorredoxina fueron incapaces
de aprovechar en beneficio propio la versión antigua, por lo que la
bacteria E. coli quedó protegida frente a infecciones víricas[22].
—¿Y qué aplicaciones prácticas tiene este descubrimiento?
—En el campo de la bioingeniería de plantas, muchas. Podría utilizarse para
manipular las especies genéticamente y hacerlas resistentes a los virus que
pueden causar efectos devastadores en las cosechas. Piensa que hay países cuya
economía y subsistencia dependen de un cultivo concreto, como el arroz, el
trigo, la yuca o el plátano. Una enfermedad viral en ellos puede tener
consecuencias desastrosas para la población. Gracias a la resurrección de determinadas
proteínas y su posterior inclusión en cultivos para resistir la infección
vírica, se evitaría este desastre. Si Darwin levantara la cabeza…
—Y dale con Darwin. ¿Podríamos «tunear» esa proteína resucitada e incluso
mejorarla respecto a la que existió hace millones de años?
—Por supuesto, la evolución dirigida tiene la clave… y tu querido Darwin la
culpa. Vayamos por partes. Si el naturalista inglés no se hubiese embarcado en
el Beagle en 1831, jamás habría escrito su célebre obra El origen de
las especies. En su famosa teoría de la evolución, Darwin apostó
certeramente por la adaptación de los seres vivos al entorno mediante cambios
minúsculos, aunque heredables, que se transmiten de generación en generación.
Aquellos individuos que tengan alguna variante que les otorgue una ventaja
respecto al resto de los seres vivos tendrán mayor probabilidad de sobrevivir y
transmitir esa ventaja a su descendencia. Te doy un ejemplo. En una manada de
antílopes solo los más veloces sobrevivirán ante el acoso de los depredadores,
para así transmitir sus genes a la siguiente generación.
—Pero aún no has relacionado el viaje de Darwin, que lo llevó a los desiertos
de la Patagonia, las montañas boscosas de la Tierra de Fuego o las islas del
archipiélago de las Galápagos, con las proteínas resucitadas.
—No te impacientes. A Darwin ni se le pasó por la cabeza que, 150 años más
tarde, sus teorías servirían para el desarrollo de una disciplina que ha
supuesto una revolución absoluta en el campo de la biotecnología: la evolución
molecular dirigida. Esta evolución no se realiza en la naturaleza, sino que la
hacemos algunos biólogos en un tubo de ensayo…, pero el fundamento es el mismo.
En la naturaleza, los caracteres se propagan a través de la reproducción
sexual. En la evolución molecular dirigida, la variabilidad se promueve
mediante mutaciones inducidas, la recombinación del material genético o ambas.
A continuación se escogen los mejores clones de la generación creada, se
introducen de nuevo en el tubo de ensayo y se inicia otro ciclo de evolución.
Este proceso se repite cuantas veces sea necesario, hasta que se consiga la
nueva proteína con las cualidades buscadas.
—Ya lo he cogido. ¿Quieres decir que la resurrección de proteínas podría
acoplarse a la evolución molecular para dar lugar a moléculas con propiedades
muy beneficiosas?
—¡Exacto! Y todo esto sin olvidar lo más importante…
Evolución bajo control
La evolución molecular dirigida tiene importantes
ventajas: gran estabilidad a altas temperaturas o en medios no convencionales,
mayor eficiencia, mejor actividad catalítica, etcétera. Pero hay un dato muy
importante que diferencia la evolución en la naturaleza que describió Darwin y
la in vitro. La evolución natural no cursa en un sentido prefijado.
Los episodios ocurren de forma espontánea durante la reproducción y la lucha
por la supervivencia. Sin embargo, en los experimentos de evolución dirigida
hay un objetivo definido. Además, los pasos fundamentales (mutación,
recombinación y selección) se hallan sometidos al control del investigador.
—¿El qué?
—La evolución en la naturaleza es lenta. Por el contrario, la evolución
dirigida, jugando con las mismas reglas, comprime la escala temporal de la
evolución natural, desde miles de millones de años hasta tan solo unas semanas
de trabajo en el laboratorio. Si Darwin pudiera verlo…
—Qué pesada estás con Darwin. ¿Hay ya disponibles proteínas que se hayan
obtenido mediante evolución dirigida?
—Por supuesto. En un articulo publicado en la más que recomendable
revista Investigación y Ciencia y escrito por Miguel Alcalde
Galeote, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas
(CSIC), aparecen muchos ejemplos de proteínas obtenidas mediante este
procedimiento junto con las empresas que ya las comercializan. Destacan enzimas
que se añaden a los detergentes de lavadoras para eliminar las manchas de
grasa, medicamentos más efectivos contra el cáncer u otras enfermedades,
anticuerpos que se unen a su antígeno con una fuerza 10.000 veces superior a la
que lo haría un anticuerpo normal[23]. Mi
referente en este campo es la investigadora Frances H. Arnold, del Instituto de
Tecnología de California.
—¿Qué tiene de especial?
—La doctora Arnold desarrolló en 1993 los primeros estudios de evolución
dirigida de enzimas (proteínas que catalizan reacciones químicas). Estos
métodos permiten fabricar proteínas con un sistema respetuoso con el medio
ambiente, tanto para la industria farmacéutica como para la producción de
biocombustibles renovables. Entre sus objetivos está la producción de
catalizadores limpios, altamente selectivos, que darán lugar a las desaparición
de subproductos tóxicos y de procesos energéticamente muy caros. No se limita a
realizar la evolución dirigida de una sola enzima, sino que explora la
evolución de vías metabólicas completas donde intervienen muchas. Su trabajo es
tan fascinante que mi objetivo es viajar a Estados Unidos para hacer mi próxima
estancia investigadora en su laboratorio, pero va a ser muy complicado.
—¿Por qué?
—Porque en 2018 la doctora Arnold fue una de las galardonadas con el Premio
Nobel de Química. El comité de la Real Academia de las Ciencias de Suecia se lo
concedió por su trabajo en la evolución dirigida de las enzimas y consideró que
había «aprovechado el poder de la evolución» con el propósito de «proporcionar
el mayor beneficio a la humanidad». Como te imaginarás, el laboratorio de la
doctora Arnold está muy solicitado para realizar estancias investigadoras, pero
pediré consejo a un brillante científico español que colabora asiduamente con
ella. Me refiero a Miguel Alcalde, uno de los mejores investigadores mundiales
en el campo de la evolución dirigida de proteínas. Recurriré a él para irme a
trabajar en el laboratorio de la doctora Arnold. Tú puedes quedarte aquí con
tus amigotes…
—¡Ni de broma, yo te acompaño! En resumidas cuentas, si a los experimentos de
resurrección de proteínas les añadimos los de evolución dirigida, dispondremos
en pocos meses de supermoléculas que posean, por una parte, las importantes
características que tenían las proteínas hace miles de millones de años y que
ahora se han perdido y, por otra, las nuevas propiedades que se les añadan y
que la evolución natural tardaría millones de años en aportar. O sea, que
podríamos… ¡¡¡regresar al pasado para ir al futuro!!!
—Correcto. Ahora que lo dices, ese es precisamente el título de la conferencia
que imparto dentro de un rato en el paraninfo de tu universidad: Regreso
al futuro. Acelera, que no llegamos…
—¿Cómo? ¿En el paraninfo? Pero si es el acto de investidura de…
—Charles Darwin… y soy la encargada de dar la lección magistral gracias al
rector, que me lo pidió encarecidamente.
—¡¿Tú eres la elegida?! —dije a punto de hiperventilar.
—Es lo que hay, unas veces se gana y otras se pierde. En esta ocasión, has
perdido. ¿Y tú qué has hecho en la Dehesa de Campoamor? Seguro que olvidarte de
la ciencia…
—En absoluto. Ha sido el comienzo de año más científico de mi vida. Sabes que
veo ciencia por todos sitios, así que he pensado escribir un libro contando
algunas vivencias de estos días. Estoy seguro de que disfrutaré mucho
haciéndolo y, además, creo importante dar a conocer que la ciencia no solo está
presente en todas partes, sino que sin ella no sería posible la calidad de vida
que tenemos. Es imprescindible para nuestras necesidades y para nuestras
aficiones, y sobre todo nos hace más libres a la hora de la toma correcta de
decisiones. Si ese libro sirve para empujar en esa dirección, yo sería feliz.
¿Qué te parece?
—Genial. ¿Piensas que le gustará a la gente?
—Espero que sí. Pero de lo que estoy completamente seguro es que será el tipo
de libro que, en esta etapa de mi vida, me apetece escribir.
Epílogo
La ciencia de las pequeñas cosas
Aunque a veces no lo parezca, la ciencia avanza a
pasos agigantados. En los pocos meses que han transcurrido desde aquellos
maravillosos días en la Dehesa de Campoamor que dieron lugar a este libro, son
muchos los nuevos descubrimientos científicos que han visto la luz. El hallazgo
de nuevos exoplanetas, la síntesis de revolucionarios materiales con los que se
construirán modernas naves espaciales, la primera imagen de un agujero negro,
la inauguración de grandes telescopios maravillosos. Sin embargo, mi propósito
cuando diseñé esta obra no era escribir acerca de este tipo de avances,
absolutamente fascinantes y que revolucionarán el futuro de la sociedad. Mi
principal objetivo ha sido descubrirles la importancia de la ciencia de
las pequeñas cosas, de aquellas que no coparán las portadas de medios de
comunicación, pero que son absolutamente imprescindibles para nuestro día a
día.
Como docente universitario, investigador y divulgador, considero prioritario
que ustedes sean plenamente conscientes de que detrás de todas sus actividades
diarias, desde que se levantan hasta que se acuestan, se encuentra el progreso
científico. La seguridad de los alimentos que han consumido hoy, la calidad de
los cosméticos con los que se han aseado, la comodidad de la ropa con la que se
han vestido, la efectividad de los posibles fármacos que hayan utilizado, la
larga lista de dispositivos electrónicos que han empleado a lo largo del día,
todo, absolutamente todo, es fruto de los avances científicos.
¿Y por qué pienso que estamos obligados (sí, obligados) a conocer la
importancia de la ciencia de las pequeñas cosas?Por cuatro razones.
La primera de ellas es el placer. Disfruto escuchando a Beethoven, leyendo a
Lorca o navegando por el Mediterráneo, pero les aseguro que lo mismo me ocurre
conociendo los procesos científicos que ocurren cuando me meto en la cocina y
preparo una paella, cuando cultivo una planta en una maceta o cuando practico
mi deporte favorito. Las sensaciones que se sienten cuando se es consciente de
la ciencia que hay detrás de todas nuestras acciones son maravillosas y estas
sensaciones alcanzan su punto máximo de placer cuando, gracias al conocimiento
de la ciencia de las pequeñas cosas, somos capaces de mejorar
un plato en la cocina, ganar un partido de tenis o disfrutar de una tradición
popular más de lo que lo hacemos habitualmente.
Otra razón por la que debemos conocer la ciencia de las pequeñas
cosas es impedir que nos engañen. Vivimos en la época de las fake
news y de la mentira permanente donde muchos sectores, aprovechándose
de nuestra falta de cultura científica, pretenden «confundirnos» usando
estrategias comerciales retorcidas y torticeras… y no conozco mejor forma de
luchar contra el engaño que desde el conocimiento. Es cierto que hay fraudes a
gran escala contra los que es difícil luchar desde nuestra posición, pero
también es verdad que hay otros que sí podemos combatir. Desgraciadamente la
publicidad de nuevos alimentos y modernos cosméticos está llena de mentiras.
En Un científico en el supermercado les he proporcionado
herramientas suficientes para que ustedes sepan distinguir entre la verdadera
ciencia y la anticiencia que se encuentra presente en pequeñas (pero
necesarias) cosas como un atún, yogures, potitos, champús, geles, etc. También
les he mostrado cómo combatir las innumerables pseudociencias con las que
timadores y mentirosos, con la colaboración involuntaria (pero no exenta de
parte de culpa) de otros sectores, intentan engañarnos. La decisión final de
comprar esos productos o de usar esas peligrosas terapias es suya, faltaría
más, pero en este libro he cumplido con mi obligación moral de advertirles de
los riesgos económicos, sociales y sanitarios que conlleva coquetear con la
pseudociencia. La ciencia nos sirve, entre otras cosas, para ser personas más
libres, entendiendo esta libertad como la toma de decisiones basada en el
conocimiento y no en la mentira, el engaño y el fraude.
El tercer motivo por el que debemos estar al día de la ciencia de las
pequeñas cosas es ser personas cultas. Uno de los pensamientos
instalados en nuestra sociedad que más me sorprende es que a una persona culta
se le exija que sepa de historia, de arte, de cine, de música, pero se le
perdone que no sepa nada sobre ciencia y tecnología. Causa vergüenza no saber
qué pintaba Rembrandt, pero a pocos sonroja no saber nada sobre qué materiales
forman una camisa o qué diferencia hay entre una proteína y un aminoácido,
¡incluso los hay que parecen orgullosos de esa carencia! Ese hábito humanista
se ha instalado y ha generado el rechazo al conocimiento científico como parte
esencial del estar bien informados. Estoy absolutamente en contra de esa
corriente y, como firme defensor de la ciencia como uno de los pilares básicos
de la cultura, estoy convencido que el conocimiento de las ciencias clásicas
(matemáticas, física, química, etc.) y las más novedosas (metabolómica,
nanotecnología, biotecnología, etc.) que hay detrás de las pequeñas
cosas nos hace personas más cultas. Adquirir mayor nivel científico y,
por tanto, convertirnos en personas más cultas, ha sido otro de los objetivos
de Un científico en el supermercado.
Y dejo para el final la razón más importante. Creo firmemente que, cuando
seamos plenamente conscientes de la trascendencia de la ciencia de las
pequeñas cosas, dejaremos un mundo mucho mejor a nuestros hijos y nietos.
¿A qué me refiero? Vivimos tiempos convulsos políticamente. En los últimos años
hemos pasado por un sinfín de elecciones generales, regionales y locales.
¿Recuerdan ustedes en cuál de estos procesos electorales la ciencia ha ocupado
titulares? Yo no. ¿Y saben ustedes por qué? Porque para la clase política
solamente son importantes aquellos temas que preocupan a la sociedad y
desgraciadamente la ciencia no forma parte de ese selecto grupo de temas. ¿Y
por qué la ciencia no preocupa a la sociedad como debería? En mi humilde
opinión porque desconoce la importancia de la ciencia en su día a día, y es
aquí donde entra en juego la importancia de divulgar sobre las pequeñas
cosas. Cuando la sociedad sea plenamente consciente de que sin los avances
científicos y tecnológicos es completamente imposible tener la calidad de vida
que tenemos y desarrollar nuestras actividades diarias, presionará a la clase
política para que tenga en cuenta la ciencia y no la ningunee. Si seguimos sin
ver el progreso científico y tecnológico como algo inherente a la propia vida,
no presionaremos a nuestros políticos, la ciencia seguirá en un segundo plano y
la sociedad que espera a nuestros descendientes estará abocada al fracaso, ya
que jamás deberíamos olvidar que aquellas sociedades que han apostado por la
ciencia, incluso en momentos de crisis, son las que han logrado salir adelante
de forma exitosa.
Estimados lectores, gracias por haber llegado al último párrafo de este libro.
Espero que hayan disfrutado esta obra tanto como yo lo hice al escribirla. Es
posible que en algunos capítulos se hayan reído y que en otros se hayan
emocionado, pero de lo que estoy seguro es de que se han dado cuenta de que
todos tienen un denominador común: la pasión con la que los he escrito.
Considero la pasión el arma más efectiva para comunicar la ciencia a la
sociedad. Por eso me emociono transmitiendo el conocimiento científico en clase
ante mis alumnos, en una conferencia ante cientos de personas o en mi rincón
del Mediterráneo escribiendo este libro. Si un divulgador no se emociona con lo
que cuenta, jamás llegará al corazón de sus lectores. Y el éxito de la
divulgación científica depende mucho de la razón, pero también del corazón.
Hasta pronto.
Agradecimientos
Son muchas las personas a las que debo agradecer
que este libro haya visto la luz. Con el riesgo de dejarme a alguna en el
tintero, cosa que espero me sea perdonada, quiero dar las gracias a aquellos
investigadores, profesores y divulgadores científicos que han dedicado parte de
su valioso tiempo a asesorarme sobre algunos de los temas científicos abordados
en esta obra. Me refiero a Carlos Lobato, Eugenio Manuel Fernández, Rhut
Martínez, Sergio Palacios, Javier Panadero, José Antonio Prado-Bassas, Delfina Roca,
Daniel Torregrosa y José Miguel Viñas. Una vez más, y ya van muchas, me han
demostrado que se puede contar con ellos cuando se les necesita. Son brillantes
profesionales, pero, sobre todo, son grandes personas.
Por supuesto quiero agradecer a la Editorial Planeta la confianza que depositó
en mí para que escribiera este libro, la profesionalidad con la que han cuidado
la obra y el cariño con el que Oriol Alcorta, mi editor, me ha tratado en todo
momento.
Dejo para el final a las dos personas a las que más debo agradecer que usted
esté leyendo Un científico en el supermercado. Me refiero a mi
mujer Rhut y a mi hija Ruth. Han sido muchísimas las horas que he dejado de
pasar con ellas para centrarme en este proyecto y sin su generoso esfuerzo
hubiese sido imposible alcanzar uno de los sueños de mi vida, escribir este
libro. Os quiero.
Gracias a todos, de corazón.
Notas:
[1] Ignacio
López-Goñi y Oihan Iturbide, ¿Funcionan las vacunas?, Next Door Publishers,
Pamplona, 2019.
[2] Juan
Revenga, «¿Tan especiales son los runners que necesitan un pan aparte (y qué
“pan”)?», El nutricionista de la General, 3 de noviembre de 2014.
[3] Ivana
Konvalinka et al., «Synchronized arousal between performers and related spectators in a
fire-walking ritual»,
Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America
(PNAS), 108 (20), 17 de mayo de 2011, pp. 8514-8519.
[4] Elvira
Salazar-López et al., «The Thermal Imprint of Flamenco Duende», Thermology International, 24 (4), enero de 2013, pp. 147-156.
[5] Alfonso
Vargas Macías, El baile flamenco: estudio descriptivo, biomecánico y condición
física, Centro de Investigación Flamenco Telethusa, Cádiz, 2009
[6] Matteo
Lo Sapio, Estudio sobre diferentes aspectos de la visión y la anatomía ocular
del toro de lidia, tesis
doctoral, Universidad de Murcia, Departamento de Anatomía y Anatomía Patológica
Comparada, 2016.
[7] José
Miguel Robles-Romero, El costalero en Huelva. Composición corporal y adecuación
al trabajo, tesis doctoral, Universidad de Huelva, Departamento de Enfermería, 2017. Este trabajo dio lugar a José Miguel
Robles-Romero et al., «Anthropometric Measures as Predictive Indicators of Metabolic Risk in a
Population of “Holy Week Costaleros”», Journal of Environmental Research and Public Health, 16(2), 2019,
pp. 207-217.
[8] Xu A.
Zhang et al., «Dynamic
gating of infrared radiation in a textile», Science, 363(6427), pp. 619-623.
[9] Azucena
Martín, «En busca de la rosa azul: una flor de leyenda china», Hipertextual, 12 de octubre de 2018
[10] Samuel
E. Jones, «Genome-wide association analyses of chronotype in 697,828 individuals
provides insights into circadian rhythms», Nature Communications, 10(343), 2019.
[11] «Patentado un suplemento nutritivo para paliar los efectos del “botellón”», Sevilla Buenas Noticias, 31 de diciembre de
2018.
[12] Eli
Maor, La música y los números: De Pitágoras a Schoenberg, Turner, Madrid, 2018.
[13] Eui-Seok
Chung y Brian J. Soden, «Hemispheric climate shifts driven by anthropogenic
aerosol-cloud interactions», Nature Geoscience, 10, 2017, pp. 566-571.
[14] César
Tomé López, «Tipos de ondas», Cuaderno
de Cultura Científica, Universidad
del País Vasco, 30 de octubre de 2018.
[15] Douglas
J. A. Brown et al., «Accidental Hypothermia», The New England Journal of
Medicine, 367 (2012), pp. 1930-1938.
[16] Extraído
de Juan Revenga, «Dos conceptos para el término “detox”: el válido y el absurdo», El nutricionista de la General, 9 de diciembre
de 2014.
[17] Liya Yi
et al., «Extraction and characterisation of protein fractions from five insect
species», Food Chemistry, 141(4), 2013, pp. 3341-3348
[18] Carolina
Abril-Sánchez, Adrián Matencio, Silvia Navarro-Orcajada, Francisco
García-Carmona, José Manuel López-Nicolás, «Evaluation of the properties of the
essential oil citronellal nanoencapsulated by cyclodextrins», Chemistry and
Physics of Lipids, 29, 2019, pp. 72-78.
[19] Álvaro
Inglés Prieto, Proteínas ancestrales: Reconstrucción y caracterización energética, funcional y estructural, tesis doctoral, Departamento de Química Física,
Universidad de Granada, 2013.
[20] Eric A.
Gaucher et al., «Paleotemperature trend for Precambrian life inferred from
resurrected proteins», Nature, 451(7179), febrero de 2008, pp. 704-707.
[21] Matthew
A. Carrigan et al., «Hominids adapted to metabolize ethanol long before
human-directed fermentation», PNAS, 112(2), 2015, pp. 458-463.
[22] Asunción
Delgado et al., «Using Resurrected Ancestral Proviral Proteins to Engineer
Virus Resistance», Cell Reports, 19(6), 2017, pp. 1247-1256.
[23] Asunción
Delgado et al., «Using Resurrected Ancestral Proviral Proteins to Engineer
Virus Resistance», Cell Reports, 19(6), 2017, pp. 1247-1256.
CONTENIDO
Prefacio
1. Una remolacha en el espacio
2. El sueño de los magufos
3. La bola entró
4. Anchoas ómicas y tradiciones populares
5. Glamur, Belleza y Escepticismo
6. El secreto de la abuela
7. O tú o ninguna
8. La cabalgata de la ciencia
9. Una linda gatita
10. Terror en el hipermercado
11. El mosquito asesino y los X-Men
12. Regreso al futuro
Epílogo
Agradecimientos
© 2001 Patricio Barros y Antonio Bravo

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