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miércoles, 30 de abril de 2025

Libro N° 4000. La Isla De Los Barcos Perdidos. Molinero, Rafael.

 


© Libro N° 4000. La Isla De Los Barcos Perdidos. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  La Isla De Los Barcos Perdidos. Rafael Molinero

 

Versión Original: © La Isla De Los Barcos Perdidos. Rafael Molinero

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/04/la-isla-de-los-barcos-perdidos-rafael.html#more

 

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No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Portada E.O. de Imagen original:

http://cloud10.todocoleccion.online/comics-pulp/tc/2016/09/15/12/60500355.jpg

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

    LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ISLA DE LOS BARCOS PERDIDOS

Rafael Molinero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La isla de los barcos perdidos

Rafael Molinero

Yuma/4

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XV

CAPÍTULO XVI

FIN

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

LAS DESGRACIAS DEL SEÑOR LEMING

Los salones de los señores de Galban-Cándares estaban concurridísimos. Todas las habitaciones de la plantabaja se hallabanbrillantemente iluminadas y los numerosos coches estacionados en los alrededores de la lujosa morada daban muda y elocuente testimonio de la fiesta que se estaba celebrando.

Todo lo mejor deBarcelona se había congregadobajo el techo de la aristocrática familia con motivo de la presentación en sociedad de la deliciosa Violeta, hija única del feliz matrimonio.

Aunque muy poco amigo de asistir a fiestas de tal índole, el señor Trévelez, director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, no había visto manera de excusarse y paseaba su aburrimiento de cuarto en cuarto, parándose, de vez en cuando, a corresponder a los saludos o contestar a los comentarios y finezas de los muchos que le conocían.

Empezaron a sonar los acordes de la orquesta y la mayoría de los invitados se dirigió al salón debaile.

Trévelez, viéndose temporalmente solo, decidió aprovechar la ocasión para salir al hermoso parque que rodeaba el palacio y respirar aire fresco, lejos de la cargada atmósfera de la casa.

En un rincón del mismo, rodeado de frondosos árboles, había un lagobastante grande en cuyo centro sobresalía del agua una estatua, obra de un famoso escultor. Representaba el nacimiento de Venus y la espuma de la que surgía la diosa ocultaba potentes reflectores cuya luz, enfocada sobre la imagen, traspasaba también el diáfano alabastro del que las olas estaban moldeadas, difundiendo una leve claridad sobre los lirios acuáticos cercanos.

Trévelez se acercó al lago y se puso a contemplar la estatua, admirando labelleza de sus líneas que la sabia disposición de los focos hacía resaltar.

-Vea que las aglomeraciones le causan el mismo tedio que a mí y que, como yo, prefiere la soledad individual a la soledad en compañía — dijo, de pronto, una voz a sus espaldas.

Trévelez se volvió.

-¡Hola, Balso! — saludó, reconociendo al hombre delgado y alto, de cabello canoso y sonriente semblante que le había hablado-. Tiene usted razón. Me asfixio entre tanta gente. Estas fiestas están muybien para la gente joven; pero, cuando se llega a nuestra edad, elbullicio, elbaile, las conversaciones sin trascendencia resultan casi insoportables. Me parece que no somos los únicos en huir de todo ese jaleo, sin embargo.

En efecto, un poco más allá, entre los árboles, se veía la figura de un hombre de unos cincuenta años, cabello entrecano, mandíbula cuadrada, alto, ni gordo ni delgado, que paseaba de un lado a otro, nervioso. Era evidente que no se había dado cuenta de la llegada de los otros dos.

-Es Leming-dijoBalso, siguiendo la mirada de su interlocutor.

-No será el Leming de…

-¿De la Compañía Leming de Navegación? — le interrumpióBalso-. Sí, él es. Comprendo perfectamente que no quiera rondar por los salones. Demasiado ha hecho con aceptar la invitación. Supongo que no se le ocurriría forma de rechazarla sin pecar de descortés.

-Eso será. Lo que me extraña es que se encuentre en España. ¿No tiene sus oficinas en Inglaterra?

-Sí; en Londres. Pero su estancia en nuestra ciudad es menos extraña de lo que parece. Tengo entendido que se halla de paso para Sumatra. Aunque es armador debuques, parece preferir viajar por tierra todo lo que le es posible. Salió de Londres con la intención de recorrer en tren todo el trayecto, vía Francia, hasta Gibraltar, donde embarcará en uno de sus propios vapores para continuar el viaje por el canal de Suez. A última hora ha decidido detenerse unos días enBarcelona para hablar con su agente.

-Se ve que las pérdidas que ha tenido que soportar la compañía le tienen preocupado. Ni siquiera ha reparado en nuestra presencia.

-No es para menos. Tresbuques en tres meses escasos es mucho perder. Y creo que eran los tres mejores que tenía. Por eso va a Sumatra. Quiere hablar con sus agentes allí con el fin de investigar por su propia cuenta el asunto. Lo singular del caso es que los tresbarcos se perdieron poco después de pasar por el Estrecho de Maloca a juzgar por lo que cuentan los supervivientes.

-Sí que es extraño… Nos ha visto ya. Creo que se acerca.

Así era. Leming, en una de sus vueltas, había alzado la cabeza y viendo a los dos hombres, se acercaba a ellos.

Trévelez tuvo entonces ocasión de examinarle más de cerca y fijarse en detalles que se le pasaran por alto anteriormente. Unas pobladísimas cejas por encima de ojos cavernosos, llenos de fuego, acentuaban la expresión sombría del resto de su semblante. La determinación expresada por la cuadrada mandíbula quedaba confirmada por laboca -unaboca grande, recta, que, al cerrarse, parecía un cepo.

En conjunto, Leming daba la sensación de ser un hombre de voluntad férrea que no consentiría que nada le desviase de su camino una vez se hubiera propuesto una cosa.

-Buenas noches, Balso -dijo el hombre.

Y miró a Trévelez con curiosidadbastante excusable, porque el director del Instituto llamaba la atención en todas partes por su aspecto.

Hubiera sido difícil calcular su edad con exactitud. Era uno de esos hombres que lo mismo pueden tener treinta que cuarenta años y que nunca parecen envejecer. Negra como ala de cuervo la cabellera, seco el rostro, tostado el cutis, aguileña la nariz, sus facciones formaban un conjunto exótico acentuado por el rescoldo que, dormitando en el fondo de sus pupilas, convertíase en llama a voluntad. El rostro carecía, normalmente, de expresión. Parecía tallado en piedra y recordaba el de ciertas esculturas de la patria de sus antepasados, pues Trévelez era de ascendencia americana, aunque nacido en España.

Tenía más de un metro ochenta de estatura; pero, viéndole solo, no se notaba por lobien proporcionado que tenía el cuerpo. El traje era incapaz de disimular la anchura de sus hombros y se adivinababajo el tejido una musculatura recia, poco corriente en hombres que, como él, se habían consagrado a la ciencia.

Interceptando y comprendiendo la mirada de Leming, Balso se apresuró a hacer las presentaciones.

-Don Ramón Trévelez-dijo-, director del Instituto de Inventores y de Investigaciones Científicas… El señor Leming, presidente de la Compañía de Navegación. Leming, cuyo nombre figura tan prominentemente en los diarios de algún tiempo a esta parte.

-Celebro conocerle, señor Leming -anunció Trévelez, estrechando la mano que el otro le tendía casi mecánicamente-. Hace unos minutos que le hemos visto y estábamos comentando su ensimismamiento..

-¿Cómo no quieren ustedes que esté ensimismado con todo lo que me está ocurriendo?

-Tiene usted razón. Que en tan poco tiempo sea su compañía víctima de tres accidentes…

-¡Tres accidentes! — le interrumpió el naviero con viveza-. Está usted en un error, señor Trévelez. No se trata de accidentes, sino de actos criminales premeditados.

-¡Actos criminales! — exclamóBalso, con sorpresa-. Nunca le había oído a usted calificarlos de tales hasta este momento.

Leming guardó silencio unos instantes, mordiéndose los labios, como si le pesara haber hablado tanto.

-No he creído necesario decir todo lo que sabía -dijo, por fin-, porque, como puede usted comprender, no me conviene que esto se haga público. Aun dejando que la gente crea que se trata de accidentes, se nota ya un marcado retraimiento por parte de los embarcadores. Si sé descubriera que soy víctima de una conspiración criminal, escasearían tanto los cargamentos que me obligarían, a retirar por completo losbarcos, amarrarlos en cualquier puerto y venderlos a quien quisiera comprármelos. Representaría la ruina total de la compañía que, de todas formas, si esto sigue así, no tardará en dar en quiebra.

-Es serio eso-murmuró Trévelez.

-Mucho más de lo que usted se supone. Puesto que ya me he ido de la lengua, lo mismo dará que cuente toda la verdad. Balso es de confianza y usted, señor Trévelez, me es conocido por sus inventos, sus descubrimientos y sus trabajos. Hasta es posible -continuó, con una leve sonrisa-, que su ciencia puede venir en mi ayuda… aunque lo dudo mucho. Sea como fuere, ésta será la primera vez que hable del asunto a amigos. Confío en la discreción de ustedes. Como ya he dicho, si la cosa se supiera, representaría la ruina.

-Por mi parte-contestó Trévelez-, puede usted hablar con entera libertad. No repetiré una sola palabra de cuanto oiga.

-Y yo -aseguróBalso-, soy la discreción personificada.

-Puesbien, hace cosa de seis o siete meses, recibí un anónimo en el que se me exigía la entrega del equivalente de cien mil pesetas, advirtiéndome que, si la cantidad pedida no era entregada, perdería uno de misbarcos. El anónimo me ordenaba que publicase un anuncio en el The Times de Londres, diciendo simplemente: «Pagaré» si estaba dispuesto a hacerlo. El mismo día en que se publicara el anuncio, recibiría instrucciones sobre el lugar y manera en que había de hacer entrega del dinero.

»Mi primera idea fue hacer caso omiso del anónimo, reírme de él, porque me parecía imposible que quien intentaba hacerme víctima de un chantaje contase con los medios para poder cumplir su amenaza. Pensándolo mejor, sin embargo, creí prudente entregar la carta a la policía, a cuyo efecto me dirigí, personalmente, a Scotland Yard.

»Allí me aconsejaron que publicase el anuncio en cuestión para ver si así podía establecerse la identidad del chantajista y detenerle. Seguí el consejo.

»El mismo día en que apareció el anuncio, recibí otro anónimo dándome instrucciones. Debía entregar el dinero al capitán del «Zephyr», uno de misbarcos que estaba próximo a salir. Durante la travesía, seria abordado el vapor por alguien que recogería el dinero. No se especificaba en qué punto ocurriría eso y, como misbarcos tocan en muchos puertos desde su salida de Londres hasta su llegada a la China, era difícil adivinarlo.

»Al propio tiempo, el autor del anónimo me decía que estaba enterado de mi visita a Scotland Yard y me advertía que nada adelantaba con pedir protección a las autoridades. Me aconsejaba que entregara el dinero enbilletes pequeños y que no intentase tomar la numeración porque sería una pérdida de tiempo. El menor contratiempo con uno de losbilletes le obligaría a exigirme igual cantidad en oro, lo que sería mucho más complicado para mí.

»Si, al subir su enviado abordo del «Zephyr» no encontraba el dinero preparado, elbarco se iría a pique antes de haber regresado a Inglaterra.

-¿Qué hizo usted entonces? — inquirió Trévelez.

-Ir a Scotland Yard otra vez, a pesar de las amenazas.

-¿Y qué le aconsejaron?

-Que no entregara el dinero. Misbarcos son de pasaje y carga. Quedó acordado que, entre los pasajeros del «Zephyr», irían dos detectives.

»El «Zephyr» se hizo a la mar. Tocó en varios puertos españoles y portugueses; se introdujo por el Mediterráneo haciendo escalas; bajó por el Canal de Suez atravesó el Mar Rojo y, desde Aden, marchó derecho a Ceylán, Penang, Singapur, Saigón, Hong-Kong y puertos diversos de China. El último puerto que había de tocar era Shanghai. Desde allí emprendió el camino de regreso sin que nadie se hubiera acercarlo abordo abuscar las cien mil pesetas.

»Hizo escala enBorneo; luego en Singapur otra vez y pasó por el Estrecho de Maloca en dirección a Penang; pero no llegó a este último puerto.

»Unbarco de cabotaje que pasaba por el Estrecho divisó cierta mañana variosbotes tan llenos de gente que era un milagro que no hubiesen zozobrado. Recogió a sus tripulantes, que resultaron ser náufragos del «Zephyr» y los desembarcó en Sumatra.

»Según su relato, al «Zephyr» se le había abierto una vía de agua durante la noche y todos los esfuerzos de la tripulación resultaron inútiles para reparar la avería. Sebotaron las embarcaciones de salvamento y pudieron salvarse casi todos los pasajeros y algunos de los tripulantes. El «Zephyr» se hundió con todos los demás que intentaban aún tapar la vía de agua. Entre los ahogados figuraban los dos detectives y toda la oficialidad, menos el capitán.

-Por lo que usted dice -observó Trévelez-, no existe prueba alguna de que se tratara de un acto criminal en ese caso.

-Horas antes del hundimiento se había acercado albarco una lancha automóvil procedente de Sumatra, según declaraciones del capitán. ¿No le parece una casualidad demasiado grande que se hundiera elbarco inmediatamente después de semejante visita? Además, ¿cómo es posible que se le abriera unboquete al «Zephyr» tan misteriosamente en plena noche? No, estoy convencido de que elbarco no se hundió, sino que fue echado a pique.

-¿Cómo cree usted que fue abierta la vía de agua?

-Es cosa que no ha podido ponerse en claro. Ni el capitán ni los tripulantes que se salvaron notaron nada anormal.

-¿Qué hicieron los detectives al ser abordado elbarco por la lancha?

-Estuvieron presentes mientras el enviado de los chantajistas hablaba con el capitán. Su primera intención había sido intentar seguir al hombre en una canoa automóvil, pero comprendieron, a última hora, que su mejor plan era quedarse abordo y avisar por telegrafía a tierra para que esperaran la llegada de la lancha automóvil y siguieran a sus tripulantes.

»Cuando se descubrió la vía de agua, se empeñaron en registrar elbarco antes de intentar salvarse, para ver si encontraban escondido a alguien. Se conoce que no pudieron salir a tiempo y se ahogaron.

--¿Lograron seguir al enviado del chantajista en tierra?

-Ahí está lo extraño del caso. La Policía holandesa asegura que no recibió ningún mensaje.

-Sí que es raro. ¿Qué pasó después?

-Recibí otro anónimo. Me decían en él que esperaban que me sirviera de lección lo ocurrido. Exigían ciento cincuenta mil pesetas, de lo contrario, sería hundido el «Typhoon». Este vapor se hallaba en Alejandría en aquel momento. Me ordenaban que telegrafiase a mis agentes instrucciones para que fuera entregada la cantidad mencionada al capitán del mismo.

»Notifiqué, nuevamente, a Scotland Yard. Me dijeron que no abandonaban el asunto, y mucho menos después de haber perdido a dos detectives. Se habían puesto en contacto con las autoridades holandesas para solicitar su cooperación, ya que el enviado de los chantajistas había salido de Sumatra. Al propio tiempo, estaban llevando a cabo investigaciones para descubrir quién era la persona que entregaba los anónimos en Londres. Me pidieron que no dejase de tenerles al corriente de cuanto sucediera y me anunciaron que no les daba tiempo a mandar a ningún detective abordo.

»Eran del parecer qué no debía pagar el dinero, cosa en la que yo estaba de acuerdo con ellos, puesto que no soy lobastante rico para poderme desprender sin más ni más de cantidades semejantes. Me dijeron que sería conveniente ordenarle al capitán del «Typhoon» que telegrafiara a tierra en cuanto subiera alguien, abordo para que pudieran esperarle y seguirle cuando desembarcara.

-¿Qué hizo usted?

-Telegrafiar al capitán dándole instrucciones de acuerdo con lo que me había dicho la Policía. A mis agentes de Alejandría no les dije una palabra. No hubiesen podido entregar ciento cincuenta mil pesetas al capitán aunque hubieran querido y yo no tenía ganas de pedirle albanco que hiciera una transferencia.

»Lo único que sabemos del «Typhoon» es que hizo las escalas de costumbre hasta llegar a Ceylán. Tuvimos noticias suyas desde Colombo. Pero, desde el momento en que salió de allí, no hemos vuelto a saber de él. Al parecer, se hundió con toda la tripulación. No se tiene noticia, hasta ahora de que haya sido recogido superviviente alguno, pero fueron halladas unas tablas flotantes cerca de las islas Nicobar, entre las que había una en que se leía el nombre del vapor desaparecido.

»Cuando recibí el tercer anónimo, la cantidad había subido al equivalente de doscientas mil pesetas y esta vez decidí pagarlas aunque confieso que, después de perder dosbarcos, el dinero ese me hacía muchísima falta.

»Saqué el dinero enbilletes pequeños, tomé nota de la numeración y entregué una copia a Scotland Yard. A continuación, mandé un empleado a Chipre a que hiciera entrega del dinero al capitán del «Simoon», que era elbarco amenazado.

»Cuando el vapor navegaba por el Mar Rojo, le abordó una lancha automóvil. El capitán dio el dinero al enviado del chantajista y telegrafió inmediatamente a tierra. Por desgracia, el punto en que se había hecho la entrega estaba lejos de lugares habitados y, para cuando los representantes de la autoridad llegaron, a los alrededores, la lancha había desaparecido por completa sin dejar rastro. El «Simoon» continuó su viaje. Muy pocos días después la Policía detuvo en El Cairo a un turista que intentaba pasar uno de losbilletes entregados a los chantajistas. Tuvo que soltarle, sin embargo, porque resultó ser una persona de importancia. Además, pudo demostrar que se lo habían entregado a él en una casa de cambio donde dio unbillete de diez libras esterlinas para comprar cinco libras de moneda egipcia. La Policía sigue investigando, pero está tan enredada la cosa que no espera adelantar nada.

»No obstante, poca después del descubrimiento delbillete, el «Simoon» desapareció tan misteriosamente como el «Typhoon» y todo parece indicar que se ha hundido.

»Inmediatamente recibí otro anónimo, recordándome lo que se me había dicho en el primero acerca del dinero marcado. En vista de lo sucedido había sido eliminado el «Simoon» y le ocurriría lo propio al «Sirocco» si no llevaba el equivalente de doscientas cincuenta mil pesetas en oro o algún metal precioso de fácil disposición. Lo que me pedían era poco menos que imposible. No intenté encontrar semejante cantidad siquiera. Dejé que saliera el «Sirocco» y confieso que temo recibir de un momento a otro la noticia de que ha ido a parar al fondo como los demás.

»No sé qué hacer. La Policía no ha logrado poner nada en clara aún. Después de pensarlo mucho, he decidido hacer un viaje a Sumatra. Puesto qué de allí salió la lancha que abordó al «Zephyr» y en esas inmediaciones se hundió elbarco y aparecieron los restos del «Typhoon», tal vez logre averiguar algo allí. Sea como fuere, es lo único que se me ocurre de momento.

Trévelez se acarició, pensativamente, labarbilla.

-Es la mar de misterioso todo eso -dijo por fin; — pero ha puesto usted el asunto enbuenas manos. Los detectives de Scotland Yard gozan de merecida fama. No cabe la menor duda de que, tarde o temprano, acabarán dando con los criminales.

-Y, entre tanto -respondió Leming, con amargura-, mi Compañía se quedará sin unbarco.

-La verdad es -continuó el director del Instituto-, que su situación es difícil. Quisiera poderle ofrecer algo, aunque fuera un consejo, para conjurar el peligro, pero sólo se me ocurre una cosa: que procuren sus capitanes no admitir marineros de los que no sepan nada. Por lo que usted cuenta, es evidente que las chantajistas contaban con la ayuda de alguien que iba abordo de cada uno de losbarcos hundidas y no menos evidente es que el cómplice habrá procurado salvarse al irse elbarco al fondo. Por consiguiente, yo, en su lugar, no perdería de vista a ninguno de los náufragos, pues es muy posible que alguno de ellos pueda proporcionarle la clave de todo el asunto.

-Tiene usted muchísima razón-dijo Leming, animándose; — no se me había ocurrido pensar en eso. En cuanto llegue a Sumatra, me pondré en contacto con la Policía holandesa para que investiguen las andanzas de todos los que se salvaron del hundimiento. No tengo noticias que haya salido ninguno de ellos de Sumatra aún, pero, si alguno se hubiese ido, le haré vigilar dondequiera que se encuentre. Me alegro de hacer hablado, después de todo. Quizá no se me hubiera ocurrido a mí nunca esa posibilidad de dar con una pista.

En aquel momento empezó a salir más gente al parque, por haber terminado elbaile, y se dio por terminada la conversación.

Trévelez pasó el resto de la nochebastante pensativo y, en cuanto pudo hacerlo sin molestar a nadie, se despidió de los señores de Galban-Cándares y regresó al Instituto.

Lo primero que hizo al llegar, fue meterse en el despacho, oprimir cierto lugar de una de las molduras e introducirse por la puerta que apareció al girar silenciosamente una estantería completa sobre invisibles goznes.

Pasó por un corto pasillo y se encontró en un cuarto en el que había unabiblioteca, dos sillas y una mesa grande sobre la que se veían dos teléfonos. Era su despacho secreto.

Descolgó uno de los aparatos y, en seguida, oyó una voz:

-Garvez.

-Informe.

-Sin novedad.

-Prepárese a tomar nota. Instrucciones.

-Escucho.

Durante cerca de media hora habló Trévelez, dándole a conocer sus órdenes al que le estaba escuchando. Luego colgó el aparato, se entretuvo unos instantes en el despacho exterior y acabó yéndose a la cama.

Eran las dos de la madrugada.

CAPÍTULO II

EL MENSAJE INTERRUMPIDO

Trévelez oprimió un resorte de la pared de su despacho secreto y entró en el cuarto ropero que ya hemos descrito en varias ocasiones a nuestros lectores.

En el fondo del mismo se abría la puertecilla de lo que parecía un cuarto, minúsculo, pero que era, en realidad, un ascensor.

En élbajó hasta el laboratorio y taller ocultos y situados muy por debajo de los cimientos del Instituto y se acercó a una mesa donde tenía instalado un enorme aparato con discos giratorios ranurados, motores, tubos neón y células fotoeléctricas.

Junto a este aparato había una serie debotones minúsculos, o, por lo menos, parecíanbotones.

Eran desmontables, sin embargo, como se vio al tomar Trévelez uno de ellos y desarmarlo.

Usó una lupa y herramientas de relojero para hacer unos ajustes en su interior. Luego lo acopló al aparato grande, encendió las lámparas neón, hizo girar los discos y examinó una pantalla fluorescente colocada allí cerca.

El resultado fue nulo.

Volvió a desmontar elbotón y, al probarlo por segunda vez, apareció una imagenborrosa en la pantalla.

Aquel éxito hizo que redoblara sus esfuerzos y, al cabo de unas horas, consiguió que la imagen resultara lobastante clara para que pudieran apreciarse algunos detalles.

No obstante, no estaba aún satisfecho y siguió experimentando. Cuando, al cabo de unbuen rato más, logró un resultado casi perfecto, abandonó su trabajo y volvió al despacho secreto.

Habían transcurrido cuatro días desde su conversación con el señor Leming y sus agentes no habían perdido el tiempo, como lo demostraba la pila de informes que había sobre su mesa, junto a los teléfonos.

Tomó asiento y se puso a repasarlos de nuevo, tomando notas de vez en cuando.

Hubiera sido imposible deducir por su semblante si encontraba los informes de interés o no. Iba pasando hoja tras hoja sin que se moviera un solo músculo de su cara.

De pronto, la mano derecha que alzaba una de las hojas para ponerla a un lado, se detuvo en el aire, soltó la hoja, se movió hacia el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca izquierda.

Aquel reloj, cuya maquinaria ocupaba un trozo muy pequeño de la caja, era, al propio tiempo, aparato receptor y transmisor de radiotelegrafía. Una serie de minúsculos electroimanes ponían en movimiento una palanca que, por medio de presiones cartas y prolongadas, transmitían un mensaje en morse.

En la tapa posterior del reloj asomaba por un agujero pequeño la punta de la palanca que hacía contacto con la muñeca de quien la llevara puesto. Era una invención del director del Instituto y acababa de sentir una presión sobre su carne.

Contestó inmediatamente para que quien comunicaba supiera que se le escuchaba.

Inmediatamente la palanca empezó a deletrear

«X. — E-S-T-A-A-P-U-N-T-O-D-E,,,,»

El mensaje se interrumpióbruscamente. Trévelez oprimió la parte superior de la corona del reloj. No obtuvo contestación alguna. Aguardó unos instantes y probó otra vez, con idéntico resultado.

Alargó la mano en dirección al aparato que comunicaba directamente con el jefe de sus agentes. Aun no lo había alcanzado, sin embargo, cuando sonó el timbre.

Descolgó el auricular.

-Garvez-dijo una voz.

-Informe.

-X. — Acabo de recibir un mensaje incompleto…

-Lo he interceptado yo también-le interrumpió Trévelez-. ¿Dónde estaba X.?

-Habiendo cumplido la misión que se le había encargado, embarcó en Singapur camino de regreso a España.

-¿En québarco venía?

-En el vapor «Sirocco», de la Compañía de Navegación Leming.

Hubo un momento de silencio. Luego:

-Órdenes.

-Escucho -dijo Garvez.

-Averigüe inmediatamente en qué fecha salió el «Sirocco» de Singapur, en qué puertos debía hacer escala y cuál es el último puerto en que se sabe que ha tocado.

-Bien.

-Procure enterarse de la velocidad que desarrolla elbarco y el puerto a que se dirigía cuando se tuvieron noticias de él la última vez. Si es posible, vea si hay manera de saber dónde se calcula que estará a estas horas.

-Conforme. ¿Algo más?

-Sí, expida inmediatamente un radiograma al «Sirocco» pidiendo noticias de X con urgencia. Ni que decir tiene que ha de hacerlo, alegando una excusa plausible. Hágalo expedir por una mujer, por ejemplo, felicitándole, su supuesto cumpleaños y pidiendo contestación en nombre de su esposa o cualquier otra cosa que se le ocurra.

-Conforme.

-Telefonee al aeródromo del Prat y pida que preparen inmediatamente el avión del profesor Vardo.

-¿Algo más?

-Nada más de momento. Informe lo más aprisa posible.

Colgó el aparato y casi en el mismo movimiento, descolgó el otro y marcó un número.

-¿Teredo y Cía.? — inquirió.

-Sí, señor -le contestó una voz.

-Tenga labondad de ponerme en comunicación con el gerente.

-¿De parte de quién, me hace el favor?

-Del director del Instituto de Inventores.

-No se mueva. En seguida le aviso.

Hubo una corta espera. Luego sonó un chasquido en el aparato y una nueva voz inquirió:

-¿Diga?

-¿El director?

-A sus órdenes, señor Trévelez.

-Tengo entendido que son ustedes los agentes de la Compañía de Navegación Leming enBarcelona.

-En efecto.

-He de recibir de Penang unos paquetes de hierbas y minerales del país para mis laboratorios. Me interesa recibir todo eso cuanto antes. Puesto que la Compañía Leming tiene vapores que tocan en ese puerto, quisiera saber si alguno de ellos está a punto de hacer escala allí. En caso afirmativo, telegrafiaría a mi corresponsal de Penang, para que entregara los paquetes abordo.

-Los vapores de la Compañía Leming tocan casi siempre en ese puerto. El «Sirocco» debe haber llegado ya allí o estar a punto de llegar. No puedo decirle nada con certeza ahora, pero podré hacerlo dentro de poco. Yo mismo le telefonearé en cuanto sepa algo concreto.

-Muchísimas gracias-contestó Trévelez-. En cuanto tenga noticias suyas, expediré un cablegrama.

Colgó el aparato. Mientras esperaba, se levantó y se acercó al estante. Sacó un atlas y lo llevó a la mesa, buscando un mapa del Océano Indico. Era un mapa detalladísimo, en el que estaban marcados hasta los escollos y profundidades.

Lo dejó abierto sobre la mesa y siguió estudiando los informes que la llamada de X. le había obligado a abandonar.

Fueron pasando, lentamente, los minutos. Cinco… diez… quince… media hora… tres cuartos…

Faltaba un minuto escaso para la hora cuando el timbre del teléfono le hizo abandonar, de nuevo, su labor. Descolgó el aparato.

-Garvez.

-Informe.

— «Sirocco». Salió de Singapur el día doce. Bajó hasta Java a tomar carga enBatavia. Subió luego por el Estrecho deBanka. Al parecer, tenía que recoger carga en Sumatra, en Palembang, pero no subió el río hasta la ciudad, sinon qué la tomó en la desembocadura del Musi, donde había sido trasladada porbarcos indígenas. Este es el último sitio en que se sabe ha tocado.

-Bien.

-Al parecer, el vapor no tenía que tocar en puerto alguno ya hasta llegar a Penang, en la salida del Estrecho de Maloca. Se calcula que a estas horas debe estar allí o estar a punto de llegar. El «Sirocco» desarrolla una velocidad de treinta nudos.

-Continúe.

-Me aseguré primero de que llevaba aparato de radiotelegrafía el vapor. Luego hice expedir el radiograma con urgencia. No se ha podido obtener respuesta alguna. El»Sirocco» no responde. Tal vez tenga avería en el aparato.

-¿Ha telefoneado al Prat?

-El avión está dispuesto.

-Bien.

-¿Algo más?

-Manténgase en contacto con los agentes y conmigo. Prosiga las investigaciones que le encargué, con anterioridad. Si averiguara algo nuevo de importancia, comuníquemelo por medio del reloj. Yo he de ausentarme, momentáneamente.

-Muybien.

-¿Puede darme fechas y horas exactos de las escalas hechas por elbarco? Me interesa especialmente la salida de la desembocadura del Musi. Dicte y tomaré nota,

Garvez le dio los detalles que pedía y cortó la comunicación.

Trévelez colocó entonces el mapa delante de si y, tomando papel y lápiz, se puso a hacer cálculosbasados en los datos que Garvez le había suministrado.

Al cabo de unos momentos, levantó la cabeza, perplejo. Si no había error, en el momento de la llamada de X. el «Sirocco» debía haberse hallado a la altura de la isla de Lancaya, es decir, mucho más arriba de Penang, porque, no habiendo tocado en este último puerto, era de suponer que habría pasado de largo… a menos que hubiese sufrido una avería por el camino y se hubiera retrasado, cosa que hubiese llegado a los oídos de los agentes de la Compañía por lo menos. ¿Qué significaba aquello?

Muy pensativo se levantó de su asiento y entró en el cuarto ropero. El agente de la Compañía de Navegación Leming no había telefoneado, pero no tenía la menor intención de esperar a que lo hiciera.

Abrió la puerta del pequeño ascensor ybajó al laboratorio. En lugar de detenerse allí, sin embargo, cruzó la habitación aquella y la siguiente, introduciéndose luego por un estrecho y largo corredor que había en el fondo del taller, tras una puerta de acero.

Unos minutos más tarde, de la casita situada al pie de la colina en que se alzaba el Instituto, salía un automóvil pequeño, cerrado, conducido por un anciano de encorvadas espaldas, blanca cabellera, pómulos salientes, y hundidas mejillas, que iba envuelto en una larga capa negra.

CAPÍTULO III

EL PROFESOR VARDO INVESTIGA

El profesor Vardo, a quien ya habrán reconocido nuestros lectores en el anciano que conducía el automóvil, llegó al aeródromo del Prat, dejó el coche en manos de un empleado para que lo encerrara hasta su vuelta y se dirigió a la pista de despegue, donde unos mecánicos daban los últimos toques a su aparato. Miró la manga que indicaba la dirección del viento y vio que el aeroplano estaba colocado ya de cara a él, preparado para emprender el vuelo. Se enteró de si estaba lleno el depósito de carburante y si se había puesto abordo lubricante suficiente.

Una vez satisfecho de que todo estaba en orden, dio ciertas instrucciones, a los mecánicos y subió a la carlinga.

Momentos después despegaba el aparato de cara al viento, ganaba altura y, tras evolucionar sobre el aeródromo, pareció escoger rumbo y voló en dirección a alta mar.

Más de nueve mil kilómetros separaban al profesor de su objetivo. Su intención era hacer la primera escala en Egipto, para reponer combustible. Luego viajar por etapas, según le dictaran las conveniencias del momento.

No llevaba mucho tiempo en alto, cuando sintió una leve presión sobre la muñeca. Oprimió la parte superior de la corona de su reloj de pulsera mecánicamente, pues el profesar llevaba un reloj parecido al que hemos visto en la muñeca del director del Instituto.

Inmediatamente, la palanquita empezó a deletrear el siguiente mensaje:

«NOTICIAS SUMATRA ANUNCIAN RECEPCIÓN SOS LANZADA POR SIROCCO SIN DAR LONGITUD PUNTO TODOS ESFUERZOS ESTABLECER COMUNICACIÓN DESPUÉS INÚTILES NO HA VUELTO A ESCUCHARSE LLAMADA PUNTO HACE POCOS MINUTOS OBSERVADORES EN SUMATRA PUNTA DIAMANTE VIERON INCENDIO EN MAR A GRAN DISTANCIA PUNTO ORGANIZARON EXPEDICIÓN SALVAMENTO CON VARIAS EMBARCACIONES A MOTOR Y MARCHARON DIRECCIÓN INCENDIO PUNTO NO HAN REGRESADO AÚN IGNORÁNDOSE HASTA EL MOMENTO QUEBARCO SERÁ EL SINIESTRADO AUNQUE EN VISTA SOS RECIBIDO PREVIAMENTE SUPÓNESE ES SIROCCO PUNTO COMUNICARÉ NUEVAS NOTICIAS EN CUANTO LAS TENGA PUNTO AGUARDO -A»

El profesor acusó recepción del mensaje y anunció que nada tenía que decir.

Consultó la esfera del reloj. Eran las seis de la tarde. En aquel instante serían, aproximadamente, las doce y media y cuatro minutos de la noche a la altura de Penang. El incendio había ocurrido, por lo tanto, en el momento en que más visible sería a distancia.

El suceso en si no le causaba asombro, sobre todo teniendo en cuenta que hasta el propio presidente de la compañía naviera daba por seguro que el vapor sufriría un accidente. Pero, lo acontecido, suscitaba una serie de cuestiones curiosas.

En primer lugar, ¿cómo era que el «Sirocco» no había tenido tiempo para dar su latitud y longitud? ¿Por qué se había limitado a pedir auxilio una sola vez, sin decir dónde se encontraba?

El profesor no dudaba que elbuque incendiado, resultaría ser el «Sirocco». No obstante, un incendio abordo, por violento que sea, siempre da tiempo a qué se telegrafíe un rato-a menos que elbarco vaya cargado de explosivos y estalle casi inmediatamente, caso que no sucedía en el caso del «Sirocco», puesto que, si hubiese llevado materias de dicha índole abordo, la explosión hubiese sido oída en la noche a gran distancia.

Tampoco ignoraba el profesor que la Compañía de Radiotelegrafía deBarcelona había intentado ponerse en comunicación con el «Sirocco» durante la tarde, sin lograrlo, habiéndolo achacado a una posible avería del aparato delbarco.

Claro era que cabía la posibilidad de que hubiese habido avería y que ésta hubiera sido arreglada más tarde, pero el profesor no podía creerlo. Con los datos que tenía en su poder, empezaba a tomar cuerpo en su mente una teoría.

Se disponía a aterrizar en Alejandría cuando recibió el segundo mensaje. Éste decía:

«VAPOR INCENDIADO SIROCCO PUNTO NI UN SÓLO MIEMBRO DE LA TRIPULACIÓN SE HA SALVADO Y SÓLO CINCO DE LOS PASAJEROS PUNTO CUANDO LLEGARON LANCHAS SÓLO ENCONTRARON RESTOS FLOTANTES QUEMADOSBARCO HUNDIÓSE EN MUY POCO TIEMPO AL PARECER PUNTO SUPERVIVIENTES LLEVABAN MUCHO TIEMPO EN UNBOTE PUNTO NO SE ENCUENTRA X. ENTRE ELLOS.»

Vardo hizo un aterrizaje perfecto de tres puntos, dejó el aparato en manos de los mecánicos para que le dieran un repaso y llenaran los depósitos y se dirigió a un hotel próximo al aeródromo.

Tampoco le había sorprendido el hecho de que X. no figurara entre los supervivientes. No había creído, ni por un momento, que tuviese esa suerte.

Se tomó unbocadillo y un vaso de leche y se retiró al cuarto que le había sido asignado. Poco a poco, iba ultimando, mentalmente, los detalles de un plan encaminado a poner coto a las actividades de la misteriosa cuadrilla cuyos crímenes, habían estado tanbien combinados que más que actos criminales, habían parecido accidentes. Sólo conociendo las amenazas de que había sido objeto Leming se comprendía que la serie de catástrofes obedecía a un plan preconcebido y no a una incomprensible racha de mala suerte.

Vardo durmióbien, y, al día siguiente, voló de un tirón hasta la isla de Ceylán, aterrizando en Colombo.

Durante varios días, usando Ceylán comobase, hizo vuelos de reconocimiento por el Golfo deBengala, bajando hasta el Estrecho de Maloca y mostrando especial interés en las islas Andaman y Nicebar, por la parte de arriba y las vecinas a Singapur, por la parte de abajo.

Un díabajó por el lado accidental de Sumatra, examinando las islas de aquella parte y acabó por llegar hasta el Estrecho de Sonda y aterrizar en Java, donde se aprovisionó de combustible para continuar su vuelo hasta Australia. Allí hizo una cosa muy rara. Pidió en el aeródromo que hicieran un reposo general de su aparato y lo tuvieran preparado para cuando se le antojara usarlo.

A continuación, marchó a la ciudad y se pasó en ella unas horas haciendo compras, yendo después a alquilar un cuarto en el hotel.

Al día siguiente, descansado, alquiló un taxi, cargó los paquetes que contenían lo que había comprado y se hizo conducir al aeródromo, donde se encerró con el director del aeropuerto en el despacho de éste.

El resultado de la conferencia no tardó en observarse. Fue llamada uno de los pilotos que, después de ser interrogado por Vardo, fue contratado por el anciano.

Unas horas más tarde, luego de haberse asegurado de que su aparato estababien cuidado, el profesor subió a un monoplano que aguardaba en la pista de despegue y se elevó en él, como simple pasajero, conducido por el piloto cuyos servicios contratara.

El piloto parecía estarbien enterado de lo que de él se esperaba, porque, sin decir una palabra, puso rumbo a las islas de Sonda.

¿Dónde iba y qué intenciones llevaba el misterioso profesor Vardo?

Ni el propio piloto lo sabía. Había recibido sus órdenes y se limitaba a cumplirlas.

CAPÍTULO IV

POLIZÓN

Mynheer Van Trock alzó la cabeza y miró hacia la puerta. El calor era espantoso y los ruidos que se oían fuera indicaban la posibilidad de que Mynheer tuviera que mostrarse activo, cosa que maldita la gracia que le hacía.

Antes de que pudiera sobreponerse lobastante a su indolencia para ponerse en pie y echar a cajas destempladas de la vecindad a los que turbaban la calma de la tranquila calle, abrióse violentamente la puerta y. entró un hombre de pantalónblanco, raído y sucio, en camisa sin mangas. Teníabarba de cuatro a cinco días por lo menos, lo que no daba mejor aspecto a su cara, ya de apariencia poco tranquilizadora de por sí. Desordenado el cabello, inyectados en sangre los ojos, escupiendo maldiciones á cada paso, no resultaba una visita tan agradable que Mynheer sintiera ganas de levantarse y darle labienvenida.

A pesar de su mal humor, Van Trock llevaba demasiados años de jefe de policía holandés del distrito, para que le causara asombro la aparición de aquel individuo.

Después de la primera mirada en que la vivacidad de sus ojos desmintió la pereza que parecía rezumar toda su persona, Mynheer posó la vista en el hombre alto, corpulento, rubio, vestido impecablemente deblanco y con gorra de capitán debarco en la cabeza, que había metido al indeseable en el cuarto a empujones.

-¿Rebelión? — inquirió.

-Casi puede clasificarse como tal -contestó el capitán, con voz que temblaba de ira-. Poco después de salir deBatavia nos hemos encontrado con este hombre escondido abordo. Como no teníamos que tocar en ningún puerto antes de Padang, le dije que tendría que ganarse el pasaje, trabajando, a menos que quisiera que le echase a los tiburones.

»El contramaestre le puso a fregar la cubierta y, como no parecía tener muchas ganas de moverse, le ordenó que se diese más prisa. Este hombre se insolentó y el contramaestre le dio un empujón, al que éste correspondió tumbando al contramaestre cuan largo era de un puñetazo. Lo presencié yo desde el puente y mandé al piloto a que interviniera. El tipo éste se volvió contra el piloto y le tumbó también.

»Le redujimos a la impotencia y le encerramos en el pañol, donde se pasó el resto del viaje. Aquí le tiene, Mynheer, haga de él lo que quiera. Yo no quise ser con él más severo de lo que fui.

-¿Cuál es subarco, capitán? — inquirió Van Trock.

-El «Kangaroo», matrícula australiana, dedicado al tráfico interinsular. Vengo aquí a cargar café y especias. Hace media hora que hemos amarrado en el puerto.

-Bien, capitán. Puede dejar a éste hombre aquí. Ya me cuidaré yo de él.

Se puso en pie, cruzó el cuarto y abrió una puerta del rincón.

-¡Venga acá! — ordenó, dirigiéndose al desconocido.

El hombre masculló algo entre dientes, pero obedeció. El capitán del «Kangaroo» le siguió, como para prevenir todo intento de evasión.

La puerta aquella daba a un estrecho pasillo, en cuyo fondo había un calabozo. Mynheer abrió, empujó al hombre dentro y volvió a cerrar.

-Cuando tenga ganas le interrogaré -dijo el holandés cuando el capitán y él se hallaron de nuevo en el despacho-. Supongo que usted no sabrá quién es, ¿verdad?

-No tengo la menor idea. Sólo sé que iba de polizón en mibarco, que no me gustó ni pizca su catadura y que pegó al contramaestre y al piloto. No le pregunté quién era porque me supuse que me diría algún embuste. Ya sabe la clase de gente que anda rondando por estas islas. Si es alguien que anda huyendo de la justicia y habuscado refugio por aquí, es difícil que nos diga la verdad… ni a usted ni a mí.

-Bueno. Ya veremos lo qué hacemos con él.

El capitán saludó y se fue.

Unos minutos más tarde volvió a abrirse la puerta y entró un hombre de estatura regular, cabello castaño ybarba poblada que, como suele ocurrir en los que tienen la cabellera de ese color, era de veinte mil matices, aunque tirando a rojo en general.

Másbien grueso que delgado, desmentía el aspectobonachón de su semblante el aceradobrillo de los ojos grises y la singular delgadez de sus labios disimulada en gran parte, por el laciobigote.

-¡Hola, Mynheer! — exclamó: — Anda usted simulando otro ataque de pereza, ¿eh?

-Hola, Weldon… No, mi indolencia no es fingida. Con el calor que hace en este condenado país, no sé cómo hay quien tenga fuerzas para abrir la puerta con tanta violencia como usted siquiera.

El recién llegado se dejó caer en uno de los sillones de cana sin esperar a que le invitaran y se tiró de las puntas delbigote.

-La única diferencia que existe entre usted y yo en ese aspecto -contestó-, es que, mientras usted disimula su energía fingiendo una indolencia que sólo a un forastero puede engañar, yo la manifiesto en todo momento. ¿Pasa algo? He visto que traían aquí a un hombre con trazas de vagabundo.

-Ahí dentro está… en el calabozo -contestó el holandés, haciendo un gesto en dirección a la puerta del fondo-. Un polizón que ha pegado al oficial y al contramaestre que han querido ponerle a trabajar. Esbastante mal encarado el pobre.

-¿Qué va usted a hacer con él?

-Maldito si lo sé. Aún no le he interrogado siquiera. ¡Y luego dice usted que mi pereza es fingida!

-Lo que a usted le pasa es que le gusta tener espectadores. Bueno, pues aquí tiene uno. Si quiere interrogarle en mi presencia, me sacrificaré en aras de la amistad.

El holandés sonrió.

-A lo mejor tiene usted razón. Y hasta es posible que resulte menos peligroso hacerlo en presencia de otra persona. Por lo que se ve, este individuo es de armas tomar. Si tanta curiosidad tiene…

-¿A que va a resultar que sólo 1e interroga usted por mí?

-También puede ser que en eso tenga usted razón -contestó el policía-. Pero comprendo su aburrimiento y no tengo inconveniente en proporcionarle un rato de… ¿ quiere que lo llamemos expansión?

-Yo no sé si será para usted, pero…

-Para mí es un deber engorroso. No sé por qué rayos ha tenido que traérselo el capitán aquí.

Se levantó, entró por el pasillo y volvió a los pocos momentos en compañía del preso.

-Uno de los penosos deberes que tiene mi profesión -dijo, haciéndole una seña al hombre para que se sentara-, es el de admitir denuncias y someter a los detenidos a interrogatorio, pero no soy partidario de ser más duro de lo absolutamente necesario. Siéntese.

El hombre se sentó.

-En primer lugar-preguntó el jefe de Policía-, ¿querrá usted decirme lo que ocurrió abordo del «Kangaroo»

-¿No se lo ha contado el capitán ya? — respondió el otro, con muy malos modos.

Mynheer frunció el entrecejo, pero no exteriorizó su malhumor.

-Todas las medallas -dijo-, tienen dos caras. El capitán me ha presentado el anverso, ahora le toca a usted mostrarme el reverso.

-En este caso -respondió el hombre-, la medalla es igual por las dos caras. No tengo nada que agregar a lo qué ha dicho el capitán.

-Entonces ha de reconocer que se ha portado muybien con usted. Abordo de unbarco, el capitán es la ley. Hubiera podido castigarle con severidad y, sin embargo, se ha conformado con tenerle encerrado hasta llegar a puerto. Debiera usted estarle agradecido.

-Cuando lo hizo -contestó el hombre con dureza-, sus motivos tendría. No creo que lo hiciese por favorecerme.

-¿Cómo se llama usted?

-No acostumbra llamarme nada cuando ando por el mundo. Dejo que me llamen los demás lo que les aconsejen las circunstancias.

-Según ese criterio, el nombre que ahora le corresponde es el de Polizón.

-Vale tanto como cualquier otro. Si le gusta, puede emplearlo.

-¿De dónde viene?

-Esa misma pregunta me he hecho yo muchas veces, pero confieso que, hasta ahora, me ha sido completamente imposible contestarla.

Van Trock se impacientó.

-Puesto, que le estoy tratando con una cortesía que da usted muestras de no merecer, lo menos que puedo exigirle es que responda como es debido a mis preguntas.

-Hasta este momento, señor jefe de Policía, he contestado a cuanto ha querido usted preguntarme sin usar una sola palabra que pueda ofenderle. Quisiera hacer constar, de paso, que no he sido yo quien ha solicitado ser sometido a interrogatorio. Si mis contestaciones no son de su agrado, no tiene más que volverme a meter en el calabozo.

El holandés se mordió los labios.

-¿Subió usted abordo del «Kangaroo» enBatavia? — preguntó sin rodeos.

-Siento mucho no poder contestarle. Para mí, las poblaciones de todas estas islas son tan parecidas unas a otras, que nunca sé a ciencia cierta dónde me encuentro. ¿No estamos enBatavia ahora?

Weldon sonrió levemente. Van Trock volvió a morderse los labios e hizo como si no hubiera oído la pregunta del otro.

-¿De qué nacionalidad es usted?

-Yo no tengo patria. Soy del lugar en que me encuentro.

-Eso es lo mismo que decirme que, puesto que está en terreno holandés ahora, es usted holandés en estos momentos.

-Ja, Mynheer -contestó Polizón, simplemente, en holandés.

El jefe de Policía le dirigió una penetrante mirada. Luego miró a Weldon y se encogió de hombros.

-Si fuera usted indígena -dijo, por fin-, le daría un escarmiento muy serio. Si estuviéramos en cualquier país de habitantes de razablanca, se iba usted a pasar por lo menos unos meses picando piedras. Tiene la suerte de que considero deber mío velar por el prestigio de la razablanca y que, por consiguiente, quiero evitar que unblanco vaya a la cárcel en estas islas, por mucho que se lo merezca… si es posible evitarlo. No obstante, su insolencia no puede quedar del todo impune. Le echaré una multa y le pondré en libertad, pero a condición de que salga inmediatamente de Padang, sea como fuere.

-¿Qué multa me echa? — inquirió Polizón.

-Cien florines.

-¿Hago yo cara de tener tanto dinero? — preguntó el hombre, echándose a reír-. Rebaje, Mynheer, rebaje o va a tener que darme hospedaje. He aquí mis disponibilidades.

Se volvió del revés los dosbolsillos del pantalón y echó sobre la mesa unas cuantas monedas entre las que se veían una rupia de la India inglesa, una piastra y dos sapeques indochinos, dos o tres peniques ingleses, un cuarto de florín y unbillete de cinco florines delBanco de Java.

-¿Y con eso anda usted por el mundo? — exclamó el jefe de Policía, con disgusto.

-Procuro andar lo menos posible -contestó el interpelado.

Mynheer estaba á punto de dejarle en libertad sin multa, pero al oír esta contestación se picó y cambió de opinión.

-Lo siento por usted -dijo-, y por mí… Y por mí quiero decir la razablanca. He dicho cien florines y cien florines han de ser. Puesto que no puede pagarlos en dinero, va a tener que hacerlo en la cárcel, a razón de un día por florín.

-Mi más sincero pésame a la razablanca -contestó,burlonamente, el hombre, poniéndose en pie y haciendo una reverencia-. ¿He de retirarme ahora mismo a mi alojamiento del final del pasillo?

-Creo que es lo más indicado-contestó el policía, con sequedad.

Y se puso él en pie también.

-¡Un momento! — intervino Weldon, sin moverse de su asiento.

Los dos hombres se volvieron hacia él. Weldon se dirigió a Polizón.

-Al principio le tomé a usted por un vulgar vagabundo -dijo; — pero ahora, después de haberle oído hablar, comprendo que ha conocido usted tiempos mejores.

-¿Qué pretende ahora? — preguntó Polizón con sorna-. ¿Hacer una novela romántica de mi vida?

-Sólo pretendo hacerle comprender lobochornoso que resultará para los por pocosblancos, que vivimos en estas islas que uno de su raza se encuentre preso entre indígenas.

-Se me antoja que esas palabras debieran ir dirigidas a Mynheer el jefe y no a mí.

-Mynheer Van Trock ha querido evitar a los representantes de la razablanca semejante vergüenza. Usted, por el contrario, parece haber puesto empeño en provocarle con sus insolencias y sus modales agresivos para que no tuviera más recurso que encerrarle. Yo en su lugar, Polizón, reconocería mi error, pediría perdón a Mynheer por mis palabras y le prometería procurar mantener el prestigio de la raza.

-Está usted perdiendo el tiempo, Weldon -anunció el jefe de Policía, con sequedad-. Este individuo pagará los cien florines o irá a la cárcel. Después de todo no sé si saldríamos ganando con ponerle en libertad. Es capaz de hacer alguna trastada en Padang y dejarnos aún peor parados.

-Me parece -dijo Polizón-, que el jefe de Policía ha contestado por mí.

-Pero aún no he acabado de hablar yo -aseguró Weldon-. Si no hay otra manera de evitar estebochorno, pagaré yo la multa y me encargaré de sacarle de Padang.

-¿No le parece que sería prudente consultar primero conmigo? — inquirió Polizón.

-¿Es ése todo el agradecimiento que merece lo que quiero hacer por usted?

-Perdón, o yo no entiendobien, o es la razablanca quien ha de agradecerle su sin par rasgo de generosidad, señor Weldon. ¿No lo hace por ella?

Weldon ahogó un gesto de cólera y fue a contestar, pero el otro le contuvo con un gesto.

-No; no quiero que usted me lo suplique, señor Weldon –dijo-. Yo también sé ser generoso. Acepto. Y no quiero que la raza me agradezca el que haya salvado su prestigio aceptando un ofrecimiento que a mí, personalmente, me repugna. Lo hago por ella; cumplo un deber de conciencia. Y, al propío tiempo, siento una gran satisfacción interna al pensar que, sacrificándome yo, he conseguido que pueda usted ser acreedor del agradecimiento de la raza por la que tanto vela.

Volvió Weldon a querer hablar y volvió Polizón a imponerle silencio.

-No; no me dé usted las gracias, señor Weldon, se lo suplico. Ya he dicho que cumplo con un deber de conciencia. Estoy a sus órdenes. Pague y condúzcame usted donde quiera.

CAPÍTULO V

PROPOSICIONES

-Y, ahora que me ha librado usted de las garras de Mynheer -dijo Polizón, en cuanto se vio en la calle-, ¿qué se propone hacer conmigo?

-De momento, llevarle a mi casa.

-Y… ¿luego?

-Puesto que me he metido a redentor, no tendré más remedio que sacar el coche y llevarle a usted lejos de aquí para que mi sacrificio no haya sido enbalde.

Polizón se echó a reír. Weldon se picó.

-¿Qué es lo que encuentra usted tan gracioso?

-Lo del sacrificio. Pero… ¿vive usted muy lejos?

-No, estaremos allí enseguida.

Pasaron por entre grupos de árabes, malayos y chinos, que les miraron con curiosidad.

A los pocos momentos se detuvieron ante una casita muy parecida a aquella en que tenía su despacho el jefe de Policía. Entraron. Weldon hizo una seña a su compañero, para que se sentase y sacó unabotella de whisky y dos vasos.

-¿Agua? — preguntó.

-No, gracias. No me gusta hacer mezclas raras -contestó el hombre, sirviéndose medio vaso.

Sebebió la mitad del contenido. Luego alzóbruscamente la cabeza y miró al otro de hito en hito.

-¿Qué necesita usted de mí? — preguntó, con dureza.

-¿Necesitar yo de usted? — murmuró el otro, enarcando las cejas-. Se me antoja que es usted el que necesita de mi… para que no vuelva a mecerle Mynheer en el calabozo.

Polizón se inclinó sobre la mesa, mirando a su interlocutor con fijeza.

-Escuche, Weldon –dijo-. Yo no tengo un pelo de tonto. El prestigio de la razablanca podrá ser una cosa muy importante, pero usted no se ha desprendido de cien florines para mantenerlo. ¿Por qué ha tenido tanto empeño en que se me pusiera en libertad?

Weldon se echó a reír.

-Es usted muy suspicaz, amigo –respondió-. Y la suspicacia produce resultadosbastante desagradables en ciertas ocasiones.

-Esta no es una de ellas. ¿Por qué no habla claro?.

-Le voy a ser completamente sincero -dijo Weldon-. Ha dado usted pruebas hoy de una discreción poco corriente. Ha demostrado que sabe callar cuando le conviene. Mientras hablaba, se me ocurrió que era una lástima que un hombre de sus cualidades, tuviera que pasarse una temporada en la cárcel por falta de cien miserables florines. En estas islas quien sabe callar puede hacer fortuna en poco tiempo…

-Y usted pensaba proponerme un medio para que lograse esa fortuna de que me habla, ¿no es cierto?

-¿Yo? ¡Qué disparate! No he hecho más que adelantarle un dinero que espero que usted me devolverá con el tiempo. Estando en libertad, no han de faltarle ocasiones… sobre todo si esbuen marinero.

-No me falta experiencia.

-¿Cómo simple marinero o… como oficial?

Polizón se puso en pie de unbrinco.

-¿Qué quiere usted decir con eso?

-¿Yo? Nada. Se me había ocurrido una idea… Pero retiro la pregunta si le molesta. Como soy hombre discreto, sé respetar la discreción en los demás. No me interesa saber qué fue usted en otros tiempos o qué dejó de ser. Sólo lo pregunté por ayudarle. Cuando se sabe algo de un hombre, a veces resulta más fácil indicarle en qué dirección puede encontrar la suerte. ¿Le interesaría volver al mar, Polizón?

-He oído decir a algunos que prefieren la esclavitud abordo a la libertad en tierra. No puedo decir que esté completamente de acuerdo con tales sentimientos; pero… la vida de navegante no deja de tener su aliciente.

-¿Qué opinión le merece el marino que pierde subarco en alta mar?

-Un accidente le ocurre a cualquiera.

-Y… ¿si no se tratara de un accidente? — dijo Weldon, con suavidad.

Polizón, que estaba apurando el vaso de whisky, movió lentamente, la cabeza y miró a su interlocutor.

-Mientras valiera la pena hacerlo pasar por tal… — dijo con énfasis.

Weldon cambió,bruscamente, de conversación.

-Va ustedbastante desastrado, amigo -dijo.

Polizón se encogió de hombros.

-La vida -dijo-, nos impone a veces esos sacrificios.

-Tal vez podría equiparle yo más decentemente.

-No seré yo quien le quite tan generosa idea de la cabeza.

Weldon se puso en pie y se retiró de la habitación, volviendo a los pocos momentos con un pantalón y una camisa.

-No valen gran cosa -dijo; — pero estánbastante mejor que lo que lleva usted puesto. Entre ahí a mudarse si quiere.

Polizón se cambió de ropa en el cuarto contiguo y volvió a la sala. A pesar de ir más limpio, su aspecto no había cambiado gran cosa. El otro no le ofreció que se afeitara en su casa.

-Y ahora… ¿qué? — preguntó el hombre.

-Ahora tenemos que pensar en que, si no está usted fuera de Padang dentro de veinticuatro horas, Myrheer le hará detener. Nuestro jefe de Policía, a pesar de la impresión que de él adquieran los extraños, es un hombre de extraordinaria energía. Y siempre cumple su palabra. Puede tener la completa seguridad de que caerá usted en sus manos como permanezca aquí.

-,Habló usted de un automóvil…

-Sí, lo pienso usar.

-¿Dónde me llevara?

-Al principio había tenido la intención de conducirle al otro lado de la isla, pero he cambiado de opinión. ¿Le interesa a usted trabajar?

-Si se trata de trabajobien remunerado…

-En eso estaba pensando. Aquí dudo que lo encuentre.

-¿Qué propone?

-Llevarle en automóvil hastaBenkulen.

-¿Qué he de hacer allí?

-Eso lo ha de decidir usted. Yo ya le he ayudado cuanto me ha sido posible. Pero, si estuviera en su lugar…

-¿Qué haría?

-En cuanto me viera enBenkulen, me acercaría al puerto. Allí nunca faltanbarcos. Hasta me consta que hay uno que saldrá pasado mañana paraBatavia. ¡Batavia es un sitio ideal para usted en estos momentos!

-Si así lo cree, estoy por probar fortuna.

-Hágalo. EnBatavia le costará poco trabajo encontrar las oficinas de Weekly, agente consignatario…

-¿Puedo ir a verle de su parte?

-Nada adelantaría con eso. Lo más probable es que no me recuerde. Sin embargo, corrimos una aventura juntos hace muchos años… Y eso sí que no lo habrá olvidado. Pregúntele usted si recuerda los vientos. Si le da una contestación afirmativa, puede contarle lo que le ha ocurrido en Padang y su conversación conmigo. Es posible que él pueda proporcionarle la clase de trabajo que a usted le interesa.

-Comprendido; pero, para llegar aBatavia sin tropiezos…

-Poco necesita, pero no se preocupe, ya les prestaré yo unos cuantos florines para que no tenga que ir de polizón.

-¿Cuándo salimos paraBenkulen?

-Dentro de una hora. Tengo varias cosas que hacer antes. Puede darse una vuelta por la población y volver aquí transcurrido ese tiempo..

-Conforme.

Polizón se puso en pie y se dispuso a salir de la casa.

-¡Un momento! — dijo Weldon.

El otro se volvió.

-Pensándolo mejor, creo es preferible que me aguarde aquí mismo, no sea que tenga usted algún mal encuentro y se le estropee el viaje. Siéntese. Ahí le dejo el whisky. Procure nobeber más de lo necesario. Yo salgo. Dentro de una hora volveré. Si necesita algo, dé unas palmadas y acudirá mi criado malayo. Hasta luego.

Salió de la casa dejando a Polizón solo. Este se echó dos dedos de whisky en el vaso y, mientras los sorbía, lentamente, pasó revista a los acontecimientos de las últimas horas.

¿A qué obedecía el interés demostrado por Weldon en conseguir su libertad? El cuento aquel de mantener el prestigio de la razablanca era una simple excusa, era evidente que, desde el primer momento, el otro le había creído útil para algún proyecto particular suyo. Pero… ¿qué proyecto era ése?

Las insinuaciones de Weldon, los consejos que le había dado, las palabras que le había dicho que pronunciara enBatavia y que, evidentemente, eran una contraseña, eran datos que para Polizón representaban otros tantos eslabones que reforzaban la cadena, de la teoría que desde hacía algún tiempo había ido forjando.

Porque Polizón, como él mismo había dicho, no tenía un pelo de tonto. Weldon hubiera quedado sorprendidísimo de haber podido leer los pensamientos del hombre a quien, según él, deseaba ayudar. Y aun hubiese sido mucho mayor su asombro de haber tenido idea de la cantidad de cosas que Polizón sabía sin que él se las hubiera comunicado.

Afortunadamente para su tranquilidad de ánimo, ni siquiera sospechaba que su «protegido» tuviese semejantes conocimientos y, cuando regresó dos horas más tarde y encontró al hombre completamente sereno a pesar de haber tenido a su disposición unabotella de whisky casi llena, se felicitó por haber hallado a una persona lobastante discreta, no sólo para callar lo que no le convenía que se supiese, sino para saber abstenerse del alcohol que, desatándole la lengua, pudiera comprometer su secreto.

El viaje aBenkulen se efectuó sin incidente alguno. Una vez en el puerto, le dio un puñado de florines a Polizón y se despidió de él, deseándole suerte.

Aunque éste no lo sabía, sin embargo, permaneció enBenkulen hasta recibir la noticia de que Polizón había idobordo del vapor que él le recomendara, llegando a un acuerdo con el capitán para que le llevase aBatavia.

Weldon se frotó las manos, satisfecho, al saberlo, se dirigió a una casa apartada donde había instalada una estación de radiotelegrafía cuya existencia era conocida de contadas personas, y después de charlar allí media hora, subió a su «auto» y se dispuso a emprender el camino de regreso a Padang.

CAPÍTULO VI

EL AGENTE WEEKLY

Polizón desembarcó en Tandjong Priok, el puerto deBatavia que es espaciosísimo y magnífico, aunque de poco calado.

Como desconocía el lugar en que se hallaba el despacho del agente consignatario Weekly, decidió tomar un vehículo y pedir al conductor que le llevara. Por consiguiente, buscó a su alrededor un medio de locomoción, cosa que no ofrece la menor dificultad enBatavia, puesto que allí, sólo se echa de menos un vehículo de cuantos se conocen: el ricksha.

Por lo demás, los holandeses, que como es sabido son muy amantes de labicicleta, han inundado Java de máquinas (se calcula que hay dos millones de ellas en la isla), no faltan los coches de caballos, los carros debueyes ni los automóviles (de los que los norteamericanos han abierto una importante fábrica en el mismo puerto).

Polizón vio automóviles de alquiler, pero, sabiendo lo descuidados que eran los conductores javaneses, optó por un sado, coche pequeño de dos ruedas tirado por un minúsculo caballo de los que se crían en Java y que son fortísimos.

Subió al sado y le dijo al cochero donde quería ir. El coche se puso en movimiento, las aplicaciones niqueladas de los arreos centellearonbajo el cálido sol y sonaron los cascabeles del caballo.

El cochero, sentado con las piernas cruzadas, hacía sonar de vez en cuando una especie de timbre como el de lasbicicletas, pero mucho mayor, dándole con el dedo gordo del pie mientras hacía restallar un enorme látigo.

Parecía tener marcada preferencia por el centro de la calle, sin preocuparse en absoluto del resto del tráfico, a pesar de lo peligroso que resultaba por la existencia del llamado «tranvía de vapor». Dios sabe por qué, puesto que en realidad es una locomotora que tira de varios vagones de distintas clases.

Lo gracioso del caso es que la vía de este tren tan pronta va por un lado de la calle como por el otro, de manera que nunca sabe uno hacía qué lado mirar. El tren, cuando empieza a viajar a toda velocidad, empieza a hacer sonar su silbato y tocar la campana al mismo tiempo, pero desconcierta enormemente, apareciendo de pronto por una esquina cuando uno lo esperaba por otro lado.

El cochero indígena condujo a Polizón sin novedad por la ciudad vieja, pasando por entre los canales que la cruzan, yendo a meterse luego por el PasarBaroe oBazar Nuevo, centro comercial en el que los chinos han hecho derroche de ingenio para conseguir la clientela de la población europea. Los que se hallan por primera vez enBatavia y se dirigen a la llamada ciudad nueva enbusca delbarrio chino para hacer sus compras, se llevan, siempre un chasco al ver esta calle que casi parece europea.

Es una calle larga y estrecha, llena de gente a todas horas y fue una verdadera maravilla que el cochero indígena no atropellara a nadie, porque no por ver tanta gente contuvo la marcha de su caballo.

Por fin se detuvo ante una casa de un solo piso, sobre cuya puerta se leía:

A. Weekly — Consignatario debuques.

Polizón se apeó, pagó al cochero y se acercó a la puerta. Era de cristales y estaba entornada. Entró.

Un euraso que estaba sentado ante una máquina de escribir se levantó y se acercó al mostrador que corría de uno a otro extremo del cuarto.

-¿Qué desea usted, señor? — inquirió en holandés, contemplándole con cierta desconfianza.

-Ver inmediatamente al señor Weekly -respondió Polizón, en el mismo idioma.

-Lo siento, señor. El señor Weekly está muy ocupado y ha dado orden de que no se le moleste a menos que se trate de algo verdaderamente importante.

-Se trata de algo importante.

-Si tuviera labondad de decirme el objeto de su visita…

-Limítese a decirle al señor Weekly que vengo de Padang y que necesito hablarle.

El dependiente hizo un gesto de duda, pero acabó diciendo:

-Aguarde un momento, pero me temo que no podrá usted verle.

Dio media vuelta y se dirigió a una puerta que había en el fondo del cuarto. Llamó con los nudillos y, en contestación, a una voz, abrió y entró.

A los pocos momentos salió seguido de un hombre de unos cincuenta años, cabello de un rubio pajizo, ojos azules acuosos y cara que parecía un trozo de cuero por lo curtido de la piel. Erabajo y delgado y muy nervioso en apariencia.

-¿Preguntaba usted por mí? — inquirió, acercándose al mostrador.

Y, sin darle tiempo al otro a contestar, prosiguió:

-Le advierto que estoy ocupadísimo y no puedo entretenerme. Dispongo de muy poco tiempo. Sea usted explícito. Comuníqueme el objeto de su visita con la mayorbrevedad posible.

-Vengo de Padang -volvió á decir Polizón.

-Sí, sí, ya me lo ha dicho mi dependiente -contestó el hombre, con cierta irritación-. Pero eso, señor mío, no es motivo para hacerme perder el tiempo.

-He hablado allí con el señor Weldon.

-Espero que la conversación le haya resultado provechosa -contestó Weekly, con sequedad, haciendo ademán de retirarse-. Si eso es cuanto tiene que decirme, permítame que vuelva a mi trabajo.

Polizón le miró, con una sonrisa, antes de decir

-¿Recuerda usted los vientos, señor Weekly?

Al oír estas palabras, la actitud del hombre cambió de repente. Toda su irritación desapareció y se tornó la amabilidad en persona.

-¡Ah! –murmuró-. ¡Hay algunos vientos que son terribles! ¿Cómo dice usted que se llama?

-No he dicho que me llamara nada. Pero llámeme Polizón, si quiere. Es el nombre por el que me conoce Weldon.

Weekly le miró con extrañeza, pero no hizo comentario alguno.

-Bien, señor Polizón -dijo-, celebro conocerle. Tenga la amabilidad de pasar a mi despacho. Podremos hablar más á nuestras anchas.

Levantó una sección del mostrador y le hizo entrar, conduciéndole inmediatamente hacia la puerta por la que había él salido. El euraso, sorprendido por el cambio que notara en su jefe, empezó a mirar al visitante con mayor respeto.

En el despacho de Weekly, éste le hizo una seña a Polizón para que se sentara.

-Esas palabras de usted -dijo-, me han hecho recordar que, en efecto, el señor Weldon y yo hemos tenido ocasión de hacer algunos negocios juntos. Buena persona ese Weldon…buena.

-Esa es la impresión que a mí me ha causado -asintió Polizón-. A él le debo hallarme ahora en libertad.

-¡Caramba! ¿Cómo ha sido eso?

-Eso venía a contarle por encargo del señor Weldon. Si usted me permite…

Polizón sacó un cigarrillo y se lo puso en laboca, después de haberle ofrecido uno a Weekly.

-Gracias, no fumo -dijo éste; — pero fume usted todo lo que quiera.

Polizón encendió el cigarrillo y contó, a continuación, cómo había conocido a Weldon y lo que éste le había dicho.

Weekly escuchó en silencio, acariciándose labarbilla. Cuando el otro hubo terminado, se quedó unbuen rato pensativo.

-¡Hum! — murmuró por fin-. No está usted de suerte. Si le hubiera conocido antes… Hace muy pocos días que andababuscando un oficial de confianza para uno de los vapores que me vienen consignados. Pero, ahora…

Mientras hablaba, no perdía de vista ni un instante el rostro de Polizón, como si pretendiera leer en él sus más íntimos pensamientos.

-Siento no haber llegado a tiempo -contestó Polizón-. Otra vez será. ¿Qué vamos a hacer? A lo mejor encuentro algo en otra parte.

-No es tan fácil encontrar plazas de oficial o capitán en estas islas, señor Polizón.

-¿Quién ha hablado de eso? En primer lugar, no recuerdo haberle dicho que pueda yo desempeñar esos cargos.

-No necesito que usted me lo diga -aseguró Weekly-. Si se hubiera tratado de un marinero, por ejemplo, o todo lo más de un contramaestre…

-¿Podría usted emplearme?

-No me atrevo a ofrecerle una cosa tan pequeña, señor Polizón,

-¿Por qué? A mí, lo que menos me importa es el cargo. Lo interesante es el dinero.

-He recibido un radiograma de una de misbarcos, pidiéndome quebusque un marinero que sustituya a otro que ha de quedarse en tierra enBatavia. Por lo visto se trata de un hombre de poca confianza y el capitán no le quiere abordo. Tal vez…

-¿Pagabien esebarco?

-Cuando encuentra lo quebusca… si.

-En tal caso, cuente conmigo.

-No soy yo quien ha de contar con usted. No interprete mal mis palabras. A mí me han pedido quebusque un marinero y que le haga las observaciones oportunas. Yo nada tengo que ver con el asunto ni puedo darle a usted empleo. Lo más que puedo hacer es presentarle al capitán cuando llegue. Lo demás es cuenta suya.

-En tal caso puede presentarme cuando guste.

-Aún no ha llegada elbarco aBatavia. Le espero mañana o pasado. No obstante, le advierto desde ahora que el capitánbusca un hombre discreto…

-Como yo.

-Como usted parece ser -asintió Weekly-. Es posible que note algunas casas anormales abordo…

-No lo crea. Tengo la facilidad de ser ciego además de mudo y sordo cuando conviene,

-Eso hace falta.

-¿Se dedica esebarco, acaso, al contrabando?

-¿Le asustaría a usted que así fuese?

-¿Asustarme yo? — exclamó Polizón, echándose a reír a carcajada limpia-. ¿Usted cree que sería la primera vez que me dedicara a eso?

-Pudiera ser algo más grave que el contrabando… En realidad -se apresuró Weekly a agregar-, hablo por hablar. No sé por québusca el capitán un hombre que no se asuste de nada. Me limito a señalar posibilidades para que no se llame usted a engaño. Mientras usted esté dispuesto…

Polizón le miró un rato, pensativo.

-¿Es usted capaz de guardar un secreto? — preguntó, de pronto.

-Esa capacidad mía es la que me ha permitido conseguir una posición desahogada.

Polizón se levantó, se acercó a la puerta, abrió y echó una mirada al despacho general. El euraso estaba sentado delante de la máquina de escribir, leyendo una novela.

Cerró de nuevo la puerta y volvió a ocupar su asiento. Luego se inclinó, confidencialmente, hacia Weekly.

-Hace unos años -dijo, bajando la voz-, hubo un escándalobastante gordo en los círculos navieros.

-¿A cuál se refiere usted?

-¿Se acuerda del “Petty Lass”?

-Según mis noticias -respondió Weekly, contemplando a su interlocutor con mayor interés-, el «Petty Lass» se fue a pique en circunstancias misteriosas… tan misteriosas, que se hizo una investigación. Como consecuencia de ella, su capitán fue encarcelado. ¿Me equivoco en algún detalle?

-Creo que no. ¿Sabe usted lo que sucedió después?

-El capitán logró evadirse. Dicen que pudo apoderarse de una lancha automóvil en el río Támesis y que intentó huir en ella en dirección al mar. Pero no estuvo de suerte. Cerca de Chatham, cuando le faltaba poco para salir del río, chocó, inexplicablemente, con un vapor que entraba en el Támesis. La lancha zozobró y el capitán, herido o aturdido tal vez por el golpe, se fue al fondo.

-Esa es la historia oficial.

-¡Cómo! ¿Acaso no es cierta?

-En gran parte, sí. Pero… ¿ha oído decir alguna vez que fuera hallado su cadáver?

Weekly le miró con viveza.

-No… — dijo.

-Seguramente tampoco sabrá que el choque, si choque fue, apenas tuvo la violencia necesaria para hacer zozobrar la embarcación. La Policía se dio cuenta de ello y no pudo nunca comprender cómo era posible que, en tales circunstancias, hubiese podido recibir el capitán un golpe que le aturdiera. Se sabia que erabuen nadador y hasta se llegó a dudar de que el choque hubiese sido accidental. Tanto es así, que se hizo circular su descripción por los alrededores, en previsión de que hubiera podido salvarse. Se dragó el río de todas formas, sin lograr encontrar su cadáver, aunque, en vista de que transcurría el tiempo sin que se tuvieran noticias suyas, decidió dársele, oficialmente, por muerto.

-¿Bien? — inquirió Weekly, inclinándose hacia adelante a su vez, excitado.

-El capitán no murió, señor Weekly.

-Entonces, usted… — empezó a decir el otro.

-Yo soy Polizón, nombre que vale tanto como cualquier otro. Para un hombre cuya discreción es notoria, creo que he hablado mucho más de la cuenta, señor Weekly. Puede usted sacar las consecuencias que quiera de mi relato. ¿Usted cree que soy elegible para ese cargo de marinero?

-Cada vez me convenzo más de que es usted el hombre que el capitán andabuscando -contestó Weekly; — Ni que decir tiene que, si usted es discreto, yo no le voy a la zaga. Su secreto estábien guardado. Llevo mi discreción tan lejos, que ya ni recuerdo qué es lo que me estaba contando.

-Es usted de una discreción admirable. ¿Se puede saber el nombre delbarco en que he de servir de marinero?

-No hay inconveniente. Se trata del vapor «Simoon», de la Compañía de Navegación Leming.

CAPÍTULO VII

EL SINIESTRO

Hacía yabastantes días desde que el «Simoon», procedente deBorneo, tocara enBatavia y fuera admitido Polizón como timonel en lugar del hombre que fue dejado en tierra en Tandjong Priok.

Desde entonces, el vapor había navegado por el Estrecho deBanka, tocado en Muntok y procedido a Singapur.

Hasta aquel momento nadie le había dicho una palabra que le permitiera suponer, que se esperaba de él otra cosa que el cumplimiento de su deber como timonel.

Sólo una cosa rara había notado por el camino. En Muntok, el vapor había cargado unosbidones de petróleo. Esto, en sí, nada hubiese tenido de particular de no haber sido porque se había esperado a la noche para hacerlo y se habían tomado precauciones para que nadie se diera cuenta de ello. La cantidad embarcada era demasiado pequeña para que pudiera considerársela como carga propiamente dicha. Sin embargo, era considerablemente mayor de la que requería el vapor para las necesidades de abordo.

Al propio tiempo, habían subido, abordo una caja que se colocó, con sumo cuidado, en uno de los pañoles. Aunque apenas había tenido tiempo para verla, Polizón estaba convencido de que contenía dinamita.

Nobien salieron de Singapur, empezó a notarse movimiento abordo. Losbidones que con tanto secreto se habían embarcado, fueron sacados a cubierta, colocados en hilera a estribor y amarrados fuertemente allí.

La caja de dinamita fue sacada del pañol durante la noche y depositada en uno de losbotes salvavidas, debajo de la lona. Algo se preparaba y, o prescindían de los servicios de Polizón, o no tardarían en comunicarle el papel que había de desempeñar en todo aquello.

Por fin, cierto día le llamaron al camarote del piloto.

-Cierre usted la puerta -ordenó éste al verle entrar.

-¿Me llamaba usted? — preguntó, innecesariamente, Polizón.

-Sí. Según los informes que tengo, es usted un hombre discreto y poco mojigato…

-Esos informes no le han engañado.

-Puesbien; esta noche hará una guardia más larga que de costumbre. A pesar de lo establecido, tomará usted el timón a las once en punto y ya no se moverá de allí pase lo que pase, ¿comprende?

-Sí, señor.

-Es posible que oiga gritos de alarma, que veabotar las chalupas, que parezca que se abandona elbarco… Usted no hará caso de nada de eso y seguirá en su puesto.

-Comprendo.

-En cuanto oiga los primeros gritos de alarma, reciba usted la orden o no la reciba, hará girar la caña del timón de manera que la proa delbarco vire hacia la península Malaya y el vapor quede cruzado en el Estrecho, de estribor a la dirección de Singapur. ¿Ha entendidobien?

-Perfectamente.

-Manténgase así hasta que reciba una nueva orden. Seguramente estará usted solo en el puente. Cabe la posibilidad de que, si se le grita la orden desde cubierta, no pueda oírla por el jaleo. Lo mismo da. La orden que recibirá será de enderezar la proa delbarco y continuar la ruta hacia arriba, pero derivando haciababor, aunque no lobastante para tocar tierra en Sumatra. ¿Quedabien entendido toda eso?

-Sí, señor. ¿Qué he de hacer después?

-Ya recibirá las órdenes oportunas. Tendrá que seguir al timón toda la noche porque los demás estarán demasiado ocupados para relevarle. No olvide lo que le he dicho. Pase lo que pase, vea lo que vea, no abandone usted su puesto. No sucederá nada que no haya sido previsto.

*****

A las once de la noche, según lo convenido, Polizón subió al puente, se acercó a labitácora y tomó el timón, relevando al timonel que le dio la ruta y se retiró.

No llevaría más de un cuarto de hora en su puesto, cuando empezó a notar que el aire se estaba poblando de un humo negro. Olfateó un poco y creyó distinguir un leve olor a petróleo.

De pronto sonó una voz que se oyó perfectamente en la noche.

-¡Fuego!

Inmediatamente empezó el movimiento. Sonaron pasos presurosos sobre cubierta, voces excitadas, preguntas, respuestas…

Recordando las órdenes recibidas, Polizón dio a la caña del timón y elbarco, obedeciendo, enfiló la costa malaya. Casi al mismo tiempo, el ritmo de las máquinas se hizo más lento.

-¡El humo está saliendo de labodega de proa! — gritó un marinero.

-¡Y de la popa también! — gritó otro.

-¡Hay que abrir las escotillas e inundar lasbodegas de agua! — sonó la voz del capitán.

Polizón echó una mirada hacia cubierta. Varios marineros se habían acercado a labodega de proa, por los intersticios de cuyos cuarteles se filtraba el humo negro que había visto.

Entretanto, los pasajeros se habían despertado y salido a cubierta a medio vestir. Eran siete, dos de ellos mujeres. Estas últimas estaban alarmadísimas y

los hombres se esforzaban por tranquilizarlas.

Los marineros de proa levantaron, en aquel momento, dos de los cuarteles.

Un grito de espanto escapó del pecho de las mujeres. Al quedar destapada labodega, unas llamas enormes salieron por el hueco, iluminando toda la cubierta.

-¡El interior es un infierno! — gritó el piloto, que había acudido-. ¡No podremos apagar el fuego!

No obstante, empezaron a funcionar lasbombas y las mangas dirigieron un chorro de agua al interior de labodega. En lugar de adelantar algo, las llamas se hicieron mayores y las nubes de humo más espesas. Para Polizón, aquello era prueba evidente de que no se había equivocado en su primera suposición. Allá dentro había gasolina ardiendo.

Durante unbuen rato continuaron los esfuerzos para dominar el incendio. Nadie parecía acordarse de labodega de popa, de la que seguía saliendo un humo tan espeso como de la otra.

Las mujeres, acurrucadas cerca de sus camarotes, contemplaban la escena con los ojos desmesuradamente abiertos de espanto. Los pasajeros habían corrido a ofrecerse para trabajar en la extinción del fuego.

Apareció de pronto el capitán, con la cara muy seria.

-No creo que podamos, hacer nada –dijo-. E1barco está perdido. Nosotros seguiremos intentando salvarlo, pero no quiero que los pasajeros corran más riesgos. ¡Blake! ¡Smith! ¡Raymond!

Los tres marineros llamados acudieron a su llamamiento.

-Botad dos de las embarcaciones de estribor. Que suban a ellas los pasajeros. Salvaos vosotros con ellos.

-Capitán -dijo uno de ellos-, yo quiero quedarme a correr la misma suerte que los demás. Quiero ayudar a luchar con el fuego.

-¡Cumple las órdenes que te he dado! — gritó el capitán-. ¡No es éste el momento para entrar en discusiones!

Sin decir más, los tres marineros corrieron a los pescantes de losbotes salvavidas y empezaron a arriar los cabos.

Los pasajeros, obedeciendo a otra orden del capitán, recogieron apresuradamente dos o tres prendas de vestir y subieron a losbotes. Los tres marineros subieron tras ellos y acabaron de arriarlos, alejándose del vapor cuyo aspecto era cada vez más intranquilizador.

Habían destapado ya por completo labodega numero I y acudido a la otra para hacer lo propio. Las llamas alcanzaban una altura enorme. El humo hacía la atmósfera irrespirable.

De pronto empezó a salir humo también de algunos de los portillos. Los que se alejaban en losbotes perdieron de vista al “Simón” que quedó envuelto por completo en aquella nube negra, a través de la cual se veían algunos resplandores rojizos.

Tras esta cortina, el ajetreo de la tripulación que quedaba abordo del “Simoon” no había cesado, sino que iba en aumento. Con grave riesgo de quemarse, varios marineros habían empezado a colocar de nuevo los cuarteles, reduciendo la apertura por la que se escapaba el fuego. Cuando sólo quedaban dos cuarteles por poner, otros acudieron con unasbombonas que echaron por la abertura y acabaron de cerrar la escotilla, repitiendo la operación con la otrabodega.

Entretanto, alguien había agujereado losbidones de estribor y el petróleo que contenía se estaba vaciando en el mar. Elbote que contenía la dinamita había sidobotado al agua porbabor y Polizón vio, desde el puente, que la caja estaba abierta y que ardía en ella una mecha.

Casi al mismo tiempo, oyó la orden que le gritaban desde cubierta y enderezó la proa delbuque, continuando la ruta primitiva con cierta derivación haciababor.

Oyó cómo aceleraban las máquinas y el vapor empezó a coger velocidad.

Alguien había tirado al agua unabalsa sobre las que había un montón de algo que echaba mucho humo, con el fin de impedir que se disipara demasiado pronto la nube que servía de cortina a las maniobras de la embarcación.

De pronto sonó una explosión espantosa, que encrespó las olas e hizobambolearse al vapor. A continuación, una intensa llamarada se alzó de la superficie del mar. La dinamita había estallado y el petróleo que flotaba sobre las aguas había entrado en conflagración.

Para los que se alejaban en 'os dosbotes, aquello señalaba el hundimiento del “Simón” con todos los que se habían quedado abordo.

Más tarde, cuando atraídos por el resplandor del incendio y el ruido de la explosión llegaran a investigar lanchas de salvamento, encontrarían a los diez náufragos que contarían el trágico fin de sus compañeros. Las astillas delbote, los restos de labalsa y alguna otra madera chamuscada, serían lo único que quedara, al parecer, del siniestradobarco.

La Compañía de Navegación Leming acababa de perder, oficialmente, el quinto navío.

CAPÍTULO VIII

LA ISLA DE LOSBARCOS PERDIDOS

Cuando amaneció, todo rastro del “Simoon” había desaparecido. En su lugar, avanzaba por el estrecho un velero de dos palos con motor auxiliar, en cuya popa se leía en grandes letras su nombre: «Bushman» y el del puerto australiano de matrícula: «Sydney».

Polizón, que aún no había sido relevado, estaba admirado de la rapidez con que se había efectuado la transformación.

Mientras unos marineros, descolgándose en un andamio, se habían preocupado de cambiar el nombre de proa y popa delbarco, otros colocaban vergas, que llevaban preparadas ya, en los dos mástiles del vapor, izando en seguida velas.

Después de aplicarle a la chimenea un trozo postizo que la hacía cambiar de altura y de forma, la habían pintado de nuevo, cambiando la contraseña.

Aún en aquellos instantes estaban haciendo una serie de modificaciones en el puente y entrepuente para cambiar aún más el aspecto delbuque y no era fácil que le reconociera ya nadie a distancia.

El fuego había sido más aparatoso que real. La principal preocupación de los tripulantes había sido que echara mucho humo y sólo alguna llama en el momento de destapar las escotillas para crear el efecto de que se trataba de un incendio serio.

Lasbombonas de ácido carbónico lanzadas a labodega habían acabado con el fuego en pocos minutos.

En aquellos momentos, elbuque navegaba con las escotillas al descubierto para que se disiparan los gases.

Subieron al puente a relevarle por fin. Siguiendo las órdenes que le habían ido dando, tenia la proa enfilada al Noroeste. Comunicó el rumbo al nuevo timonel y se dirigió al castillo de proa a descansar.

Durante dos días, el vapor siguió la misma ruta, sin la menor variación. Al amanecer del tercer día, hallándose. Polizón de guardia, recibió la orden de cambiar el rumbo y poner la proa derecho al Oeste. Poco tiempo después la ruta fue cambiada de nuevo, poniéndose rumbo esta vez al Sur.

De todo esto dedujo que habían doblado la punta de Sumatra y que volvían atrás por la costa occidental, creencia que se convirtió en convencimiento, al ver, durante los dos días siguientes, que el rumbo se iba modificando hasta convertirse en Sudeste.

Habían transcurrido cinco días desde el simulado incendio cuando, después de pasar de largo numerosas islas, volvió a modificarse levemente el rumbo, acentuándose la deriva hacia el Este. A proa y ababor, empezaba a dibujarse la línea azulada de la costa. A medida que se fueron acercando, Polizón vio que se trataba de una isla densamente poblada de árboles.

De pronto, las máquinas empezaran a funcionar mas despacio hasta casi detenerse.

Visto desde lejos, el «Bushman» parecía ahora un velero encalmado que aguardaba una ráfaga de viento para poder continuar su camino. Entretanto, se iba acercando insensiblemente a tierra, como a la deriva.

Cayó la noche. Era evidente que el capitán había estado esperando eso precisamente, porque sonó el timbre del telégrafo de la sala de máquinas y éstas empezaron a funcionar a toda marcha.

La oscuridad no era muy grande, porque el cielo, azul turquesa, estaba tachonado de estrellas y una Luna en cuarto creciente ayudaba a disipar las tinieblas.

Nadie sabe mejor que un marinero, sin embargo, cuán engañosa es la luz de la Luna. Por eso había escogido el capitán aquel momento. Era menos probable que las maniobras delbuque pudieran ser observadas de lejos con catalejo.

La proa del “Bushman” enfilaba de lleno la isla y parecía dispuesto a estrellarse contra el denso arbolado de la costa. El piloto se había hecho cargo, personalmente, del timón, moviendo levemente la caña de vez en cuando.

Cuando Polizón creyó inevitable el entallamiento y se preguntó qué pretendería aquella gente, vio aparecer delante delbarco una pequeña solución de continuidad en elbosque, por la que unbrazo de mar se adentraba en tierra.

La abertura parecía demasiado estrecha para dar paso albarco, pero, gracias a la habilidad con que el piloto supo manejarlo, se introdujeron por ella, arriando rápidamente las velas con las que tropezaban las ramas de los árboles que crecían a ambos lados de aquella pequeña ría.

Durante unos cinco minutos, flotaron por una especie de túnel arbóreo a media máquina. Luego, dieron de nuevo toda marcha al ensancharse gradualmente el paso hasta convertirse en anchurosa vía.

Al principio, se tenía la impresión de que la ría era corta, porque se divisaba, al fondo, labarrera que la selva alzaba a su paso, pero, al llegar a ella, se encontraba con que hacía recodo y continuaba adelante a través de unbosque que parecía desprovisto de habitantes.

Haría, cosa de media hora que habían entrado por aquel extraño canal, cuando el vapor hizo sonar la sirena. Otra sirena respondió no muy lejos y, al doblar el siguiente recodo el “Bushman”, Polizón quedó sorprendido al ver que desembocaban en una especie de lago profundo, en cuyas orillas se hallaban anclados otros tresbarcos, todos ellos iluminados.

Un potente foco, instalado en tierra, se encendió de pronto iluminando la superficie del agua y permitiendo, distinguir, en los alrededores del lago, una serie de construcciones debambú-viviendas indígenas al parecer.

El “Bushman” paró las máquinas y, aprovechando el impulso, maniobró hasta quedar cerca de tierra, donde fue dada la orden para que funcionaran las maquinillas dé las anclas.

Unos hombres que aguardaban recogieron las maromas que les fueron echadas desde cubierta y las ataron a los árboles. Un hombre subió abordo poco después a hablar con el capitán, pero nadie desembarcó aquella noche.

El foco encendido en tierra volvió a apagarse, la mayoría de las luces de losbarcos anclados en aquel fondeadero secreto desaparecieron, los marineros se fueron retirando y Polizón quedó encargado de la primera guardia.

*****

Cuando amaneció al día siguiente, Polizón fue uno de los primeros en levantarse y subir a cubierta a echar una mirada a su alrededor. Dos de los tresbarcos anclados al otro lado del lago, estaban medio desmantelados. El tercero estaba casi intacto, al parecer.

Dirigió una mirada a tierra y notó movimiento entre las construcciones debambú que ocupaban un claro delbosque a orillas del agua.

Pocos momentos después, vio que salían hombres de distintas cabañas y se dirigían a una mayor, de la que sacaron a unos treinta individuos sujetos unos á otros por una larga cadena que les permitía moverse sin dificultad.

Un marinero se acercó a la hilera de cautivos y abrió dos candados, separando así a los infelices en tres grupos, uno de los cuales se dirigió albosquebajo el mando de un marinero y, los otros dos, a losbarcos.

Al poco rato, Polizón comprendió lo que significaba todo aquello: losbarcos desmantelados estaban sufriendo una transformación, que les permitiera hacerse de nuevo a la mar sin peligro de ser reconocidos por nadie. El tercero, que él creyera casi intacto, se hallaba, en realidad, casi transformado ya. Seguramente quedaría terminado aquel día.

No tuvo mucho tiempo para pararse a pensar, porque en aquel momento apareció el piloto y reunió a toda la tripulación del “Bushman”.

-Podéis ir todos a tierra ahora-dijo-, para que os enseñen dónde habéis de dormir mientras estéis aquí. Durante la noche no quedará abordo nadie más que el que esté de guardia. Id a visitar los otrosbarcos para daros cuenta de lo que hay que hacer. Después de comer, volved todos aquí para empezar a desmantelar elbarco.

La falta de calado había impedido que el vapor se pegara del todo a tierra, pero, durante la noche, habían colocado una almadía entre medias y apoyado en ella la pasarela por la que ahorabajaron los tripulantes.

Les condujeron primero a las cabañas en que estaban instaladas las camas, bastante cómodas por cierto. Luego fueron a visitar la construcción mayor, destinada a los prisioneros. Esta constaba de una sola pieza con dos hileras de jergones tirados en el suelo. En un extremo había una especie de púlpito, desde el cual vigilaba un marinero durante la noche.

A continuación, dieran la vuelta al lago, acercándose a los tresbarcos. Los prisioneros servían debestias de carga mientras los marineros se encargaban de la verdadera transformación de los vapores. Los que sabían algo de carpintería trabajaban en un cobertizo con todas las herramientas del oficio. Varios oficiales marchaban de un lado para otro dando órdenes y vigilándolo todo.

Polizón vio que un grupo de prisioneros había sido soltado por completo para que pudieran trabajar, todos mejor. Ninguno de ellos intentaba escapar, sin embargo, porque sabía que todos los marineros iban armados y, además, no hubieran podido llegar muy lejos por la selva.

Los tripulantes del “Bushman”, al entablar conversación con los que había por allí, supieron que aquellosbarcos eran el “Monzón”, el “Siroco”, y el «Typhoon”, de la Compañía de Navegación Leming, que todo el mundo creía en el fondo del mar.

Era evidente que, una vez transformados, serían sacados de allí y, seguramente, vendidos a alguna de las compañías establecidas en las islas-o tal vez llevados más lejos, a China, por ejemplo, para deshacerse de ellos al mejor precio obtenible.

Lo último que vieron fue el lugar de la selva en que uno de los grupos de prisioneros trabajaban, vigilados por un marinero, derribando árboles cuya madera había de servir para hacer las modificaciones necesarias en losbarcos del lago.

Los habían soltado, pero cada uno de ellos llevaba unabola al pie para que no pudiera escaparse. Volvieron abordo de su propiobarco a comer aquel día e, inmediatamente después, se hizo una distribución del trabajo y cada uno, se puso a hacer lo que le había sido encargado.

A Polizón le tocó arrancar trozos del puente, mientras otros se encargaban de los mástiles, de la chimenea y del castillo de proa.

Cenaron en tierra y se nombró a los que habían de hacer guardia aquella noche.

A Polizón le tocó la guardia de las doce y se pasó las dos horas de vigilancia sentado la mayor parte del tiempo en lo que quedaba del cuarto de derrota, escribiendo.

Cuando terminó la misiva, que era larguísima, la dobló cuidadosamente y se la guardó en elbolsillo. Luego se sacó una pistola que llevaba metida en una funda y sujeta al muslo y la examinó atentamente. Satisfecho al parecer, volvió a guardarla y paseó, pensativo, por cubierta hasta que le relevaron á las dos de la madrugada.

CAPÍTULO IX

EN ELBOSQUE

A la mañana siguiente se repitió la escena del día anterior. Los presos fueron sacados de su encierro y la colonia que pudiéramos llamar pirata, se puso a trabajar.

Aquel día se notó movimiento extraordinario porque el «Typhoon» había quedado transformado ya casi por completo y se estaba escogiendo la tripulación que había de sacarle del lago.

Aún no llevaba Polizón una hora trabajando, cuando fue llamado por el segundo oficial.

-El encargado de la custodia de los prisioneros que trabajan en la selva -le dijo éste-, ha sido escogido para formar darte de la primera tripulación. Por consiguiente, tiene que ocupar su lugar otro. Anoche se decidió que fuera usted el nuevo guardián. Irá usted armado. Haga trabajar a esos hombres como es debido y, si alguno de ellos se desmandara, no vacile en pegarle un tiro. Servirá de escarmiento a los demás. De todas formas, cada día nos hacen menos falta, porque rinden menos.

»Hoy acompañará al que los custodia para enterarsebien de lo que debe obligarles a hacer. Mañana irá usted solo.

-Conforme -contestó Polizón; — pero yo no soy tonto. Me doy poco más o menos cuenta de la que está ocurriendo aquí. No tengo el menor inconveniente en poner de mi parte todo lo necesario para el éxito de la empresa. Soy de absoluta confianza, como seguramente le habrán dicho ya. Sin embargo… aún no sé qué es lo que voy a sacar en limpio de todo esto.

-No se preocupe. No tendrá motivo de queja. Aún han de venir aquí dosbarcos más por lo menos. Los que ahora se van con elbarco ese, conseguirán que se les admita como tripulantes del «Whirlwind» y lo traerán aquí.

»Una vez esté aquí ése y el siguiente, las tripulaciones que salgan no volverán. Al dejar elbarco que saquen del lago en el puerto acordado, recibirán su parte de losbeneficios y puede usted estar seguro que, por la cuenta que le tiene, el jefe será espléndido con todos.

Polizón se marchó con uno de los marineros que le entregó una pistola, una canana y un fusil.

-¿Ya sabes dónde están ésos? — le preguntó.

-Si, no te preocupes -le contestó Palizón-, ya los encontraré yo solo.

Se puso la canana, se colgó el fusil al hombro y examinó la pistola. Vio en seguida que era del mismo calibre que el fusil y que, por consiguiente, los cartuchos que llevaba en la canana podían emplearse para cualquiera de las dos armas.

Echó a andar en dirección a la selva y, en cuanto estuvo seguro de que nadie le veía, sacó delbolsillo el papel que había escrito el día anterior y agregó una nota. Luego se quitó del muslo la pistola que llevaba oculta y se la metió en elbolsillo con la otra.

Unos minutos más tarde, llegó al lugar en que los prisioneros trabajaban.

-¿Eres tú el que ha de sustituirme? — preguntó el guardián, al verle.

-Sí.

-Me llamo Red. ¿Y tú?

-A mí me llaman Polizón.

-Es un nombrebien raro, pero ¡qué rayos! Cada una se llama como le da la gana.

-Eso mismo opino yo. ¿Qué árboles tienen que cortar éstos?

Red, le enseñó los que cortaban y los que aún quedaban por cortar.

-La cosa esbien sencilla. Encárgate de que trabajen, que para eso están. Esasbolas que llevan las dejamos aquí cuando nos vamos. Ellos mismos se encargan de ponerse la cadena primero. Das un vistazo a ver si han cerrado los candadosbien y luego les dices que se quiten lasbolas. Les dejas la llave para que lo hagan y que te la devuelvan luego. En realidad, debía haber dos aquí vigilando siempre, pero, puesto que se emperran que lo haga uno, no hay más remedio que dejar que ellos, mismos se sujeten. Es la única manera de impedir que le den a uno un puntapié en las narices el día menos pensado. Por la mañana, les haces ponerse lasbolas primero y, cuando estés seguro de que las llevanbien sujetas, le das a uno la llave para que se quite la cadena y se la quite a los demás, sin perderle tú de vista. ¿Comprendes?

-Perfectamente.

Polizón se acercó a los prisioneros y los estuvo viendo trabajar un rato.

-¡Tú! — dijo, de pronto, dándole a uno en las costillas con la culata del fusil-. ¡Muévete un poco más!

El hombre hizo un gesto de ira, pero se mordió la lengua y obedeció.

Red sonrió.

-Veo que no eres partidario de que haga nadie el vago -dijo.

-Tengo ganas de que se acabe esto pronto para cobrar mi parte -contestó Polizón-. Cuanto más aprisa trabajen éstos, más pronto llegará ese día.

El otro se echó a reír.

-Tengo yo tantas ganas como tú –advirtió-. Pero ya no falta mucho. Cuando volvamos nosotros con el «Whirlwind», saldrá el «Monsoon» y la misma tripulación se traerá otro. Aún no sabemos cuál será. '

-¿Está el capitán del «Whirlwind» con nosotros?

-No. Por lo visto no ha podido el jefe conquistarle o no lo ha intentado siquiera. Pero los oficiales si que lo están..

-¿Estáis seguros de que podréis enrolaros abordo?

-Claro. Todo eso está arreglado ya.

-¿Y la tripulación que lleva ahora?

-Ha abandonado elbarco. Se hizo correr la voz de que iba a cargar contrabando y que el contrabando se componía de explosivos de gran potencia. Por lo visto, a ninguno le hizo gracia la cosa y elbarco se quedó desierto sin que haya podido explicarse el capitán por qué le han dejado tan en seco. La verdad es que, en cualquier otrobarco, tal vez alguno de los tripulantes se hubiera quedado a pesar del rumor, pero tratándose de un vapor de la Compañía de Navegación Leming, que tantosbarcos lleva perdidos últimamente, no quisieron arriesgarse. Hay gente muy supersticiosa.

-Y con razón -dijo Polizón-. ¿Tenéis que ir muy lejos abuscarlo?

-No, está enBorneo, detenido por falta de tripulantes. Los oficiales nos esperan.

Polizón se volvió,bruscamente, hacia uno de los prisioneros,

-¿Qué haces tú rondando por aquí? Espiando, ¿eh? ¿Escuchando lo que no te importa? ¡Vete a trabajar!

Y dio un paso hacia él, amenazador.

El hombre que, en realidad, no había dejado de trabajar un momento, siguió serrando sin decir una palabra.

Cuando llegó la hora de comer, Polizón se había hecho ya odiar de todo el grupo. La comida de los presos y de sus guardianes fue traída de cerca del lago. Por regla general, los presos se sentaban juntos, en corro, a dicha hora, pero Polizón se negó a consentirlo aquel día.

-¿Dejarlos juntarse? –exclamó-. ¡Quiá! Conmigo no harán tal cosa. Se sentarán cada uno por su lado, todos ante mi vista pero lobastante separados para que no puedan hablar entre sí como no sea a gritos. No quiero proporcionarles ocasión de que se pongan de acuerdo para fastidiarme.

Y como Red había decidido dejar que se las arreglara su compañero para que se fuera acostumbrando, se hizo lo que él dijo.

-Podías aflojar un poco -le aconsejó Red-. No creo que haya peligro de que intenten nada.

-Mientras yo los vigile, puedes jugarte la cabeza de que nada intentarán — contestó, Polizón-. Y, si alguno se atreviera a moverse, no le arriendo la ganancia.

No cabía la menor duda de que hablaba en serio.

La tarde transcurrió lentamente para los prisioneros que tenían que aguantar los insultos y malos tratos del nuevo guardián. A medida que pasaban las horas, la tensión se hacía mayor. Había un muchacho de unos veintisiete años al que Polizón parecía haber cobrado especial antipatía y no perdonaba ocasión de meterse con él.

A última ahora, cuando faltaba muy poco para que dejaran de trabajar, Polizón llevo a cabo el acto culminante de su primer día como guardián. Con un fútil pretexto, se acercó al joven y le abofeteó. Éste, que a duras penas se había contenido durante la tarde, lo echó todo a rodar entonces e intentó abalanzarse sobre su atormentador.

Polizón se metió la mano en elbolsillo y sacó la pistola.

-Conque rebelión, ¿huh? –gruñó-. ¡Conmigo no se rebela nadie más de una vez!

Alzó el arma.

-¡Un momento! — gritó Red, corriendo hacia él-. ¡Un momento, Polizón!

Un estampido ahogó su voz.

Una expresión de incredulidad apareció en el rostro del joven. Se llevó la mano al pecho y, sin exhalar un gemido siquiera, rodó por tierra.

Red, viendo que ya nada podía hacer, se detuvo.

-¡Qué malas pulgas tienes, amigo! — dijo.

-¿Qué quieres que hiciera? ¿Dejar que se me echara encima? — preguntó el otro, guardándose la pistola en elbolsillo.

Red se encogió de hombros.

-Bueno –observó-, un quebradero de cabeza menos. Después de todo, tal vez tengas razón. Tampoco nos hacía mucha falta,

-¿Quién era éste que tantos humos tenía? — preguntó Polizón, dándole un puntapié al cadáver.

-Un pasajero del “Sirocco”. Creo que se llamaba Manrique.

Polizón paseó la mirada por los demás prisioneros que, al ocurrir el incidente, habían dejado de trabajar. La mirada de todos ellos era hostil, pero no más que la del guardián.

-¿Hay alguno aquí que quiera solidarizarse con el difunto? — preguntó.

Ninguno despegó los labios, aunque sus miradas no podían ser más elocuentes. Mal lo pasaría Polizón si algún día lograban aquellos hombres pillarle por su cuenta.

-¡A trabajar todos! — rugió éste, amenazador.

Uno por uno los prisioneros fueron obedeciendo sin decir una palabra.

-¿Qué piensas hacer de ese fiambre? — inquirió Red.

-¿Yo? ¡Nada! ¡Ya se encargarán de él las fieras!

-Más vale que te encargues tú. Si no lo limpian las fieras en una noche, no podrás aguantar el olor mañana cuando vuelvas con los trabajadores. El calor éste no es él más a propósito para impedir que se pudra un cadáver.

-¿Dónde quieres que lo meta?

-¿No has visto esa especie de charco que hay detrás de esos árboles? — inquirió Red, señalando.

-Sí, pero eso y nada es todo uno. No haybastante agua en él para cubrirle.

-Eso crees tú. Me caí yo dentro un día y no encontré fondo. Con labola que lleva éste atada al pie, tal vez se hunda. Si no, ponle otra piedra en el otro.

-Me parece quebastará con ésta -contestó Polizón, inclinándose.

Se echó el cadáver al hombro como si fuera una pluma con gran admiración de su compañero, que no le había creído tan fuerte. Luego echó a andar y desapareció por entre los árboles.

Al cabo de unos momentos llegó a oídos de todos el ruido de un cuerpo que caía en el agua y, poco después, volvió a reunirse Polizón con ellos.

-Así acaban todos los que se cruzan en mi camino-dijo.

CAPÍTULO X

UN PLAN ATREVIDO

Era casi de noche. El hombre, escondido entre la maleza y cubierto de ramas espinosas como protección contra las fieras, se agitó, inquieto, y acabó abriendo los ojos.

Se quedó parpadeando unos instantes, tratando de coordinar, de recordar lo que le había sucedido. Poco a poco se fue dando cuenta de lo que le rodeaba, se fijó en las precauciones que se habían tomado para asegurarle la mayor protección posible. Asaltado por un súbito recuerdo, se introdujo la mano por debajo de la camisa y, al sacarla, la encontró cubierta de sangre. Así, pues, no había soñado. Era cierto que le habían dado un tiro.

Lo asombroso del caso era que, a pesar de haberle alcanzado el proyectil en la vecindad de la tetilla izquierda, no sólo se encontraba vivo, sino que, fuera de un leve escozor, no experimentaba molestia alguna.

Tampoco parecía haber experimentado una pérdida de sangre tan grande como hubiera sido de esperar con semejante herida. Y sus facultades mentales, lejos de hallarse abotargadas, empezaban a manifestarse más activas que nunca. Tenía una lucidez incomprensible.

Se incorporó lentamente para probar sus fuerzas. No le costó el menor esfuerzo ni experimentó cansancio alguno. Apartó las ramas espinosas, intentando al propio tiempo explicarse por qué habría intentado protegerle contra las fieras creyéndole muerto y quién habría sido la persona que le había ocultado entre la maleza.

Al ponerse en pie del todo, notó un peso inusitado en elbolsillo y metió la mano para investigar.

Empezó a latirle el corazón con violencia. ¿Era posible? Sus dedos habían topado con tres cosas-tres cosas que no habían estado allí en el momento de perder el conocimiento.

Sacó la primera.

Era una pistola, la misma, al parecer, que empleara el hombre para pegarle el tiro. Pero comprendió que no podía ser y al extraer el cargador y verle completo, quedó convencido de que aquella no era la pistola que se había usado contra él.

Verse con un arma cargada hizo que cobrara nuevosbríos.

La segunda cosa que contenía subolsillo era unabrújula-detalle que sólo a una persona no se le hubiera pasado por alto. Si tenía que huir por la selva, aquellabrújula tal vez le salvara la vida.

La tercera cosa era, para Manrique, la más importante de todas; una carta. No necesitó leer la firma para saber el nombre que figuraba al pie de la misma.

¡Yuma! ¡Sólo podía ser Yuma!

Así quedaba todo explicado elbalazo en el pecho, lo poco que había sangrado, la sensación que experimentaba en aquellos momentos en que todos le darían por muerto.

Yuma, como siempre que se viera Manrique en dificultades, había acudido en su auxilio. Y había escogido el mejor medio de hacerlo. Nada de hablarle, de darse a conocer, de acordar con él un medio para que se fugara. Era mucho mejor que todos le creyeran muerto, así nadie volvería a preocuparse de él. De haberse escapado normalmente, se le hubiese dado caza como a una fiera y difícilmente hubiera podido librarse de la muerte.

Yuma, comprendiéndolo así de antemano, le había pegado un tiro ante testigos que pudieran certificar su muerte, para que nadie dudase de ella. Y se lo había pegado, no con la pistola que le dieran los piratas, sino con la suya propia, la pistola de Yuma, cuyos proyectiles no mataban, porque Yuma no mataba nunca.

Al tropezar con la piel, lasbalas de Yuma se abrían, produciendo una herida superficial en la que derramaban su contenido una droga que privaba, instantáneamente, del conocimiento.

El efecto de tales proyectiles duraba dos horas escasas y, al volver en sí el alcanzado por ellas, nos sólo no sentía pesadez ni malestar alguna, sino que la droga le producía una exaltación momentánea de las facultades mentales.

El intento del joven de ponerse en comunicación con su jefe desde el “Sirocco” no había fracasado del todo como él llegara a temer.

Leyó, lentamente, el papel dos veces, seguidas. Luego lo rompió en trozos muy menudos y se lo fue comiendo para que no quedara ni rastro del mensaje.

Yuma le decía que si, conociendo como conocía la situación de losbarcos, su disposición y la guardia que en ellos se montaba, creía poder embarcarse en el ex «Typhoon» y ocultarse de forma que no fuera descubierto, ese era el medio que debía emplear para escapar de allí. Por el contrario, si consideraba la empresa demasiado difícil, mejor sería que se acercara al «Simoon» en cuanto cayera la noche y él se encargaría de proporcionarle uno de los cinco caballos que había visto en la colonia pirata y que nadie parecía usar.

De ir a caballo, debía procurar llegar a Goenoeng Sitoli, al otro lado de la isla que, par cierto, era la de Nias, y cruzar desde allí a Sumatra. A continuación, le daba larguísimas instrucciones para que supiera qué hacer en cuanto se hallará en libertad.

X., pues X, era, reflexionó unos instantes. Le maravillaba que Yuma hubiese averiguado tantas cosas como le decía en la carta-muchas más de las que él sabía a pesar del tiempo que llevaba prisionero. Por muchos años, que pasaran, por muchas cosas aparentemente imposibles que le viera realizar, por grandes que fueran las pruebas de su habilidad y de su ingenio, Yuma siempre tendría la virtud de despertar la admiración de sus colaboradores.

Yuma, el ser invisible, la Voz misteriosa ante la que todos los malhechores temblaban, quería que X. llegara aBorneo, fuera como fuese, para cumplir sus instrucciones.

Los peligros de la selva no le arredraban a X. Estaba dispuesto a correrlos mucho mayores para llevar a cabo su cometido y, precisamente por eso, acabó optando por esconderse en el «Typhoon». Había escuchado la conversación de los dos guardianes y sabía que el vapor aquél se dirigía aBorneo. Antes de ser destinado al grupo encargado de cortar árboles, había pasado unos días ayudando a transformar el «Typhoon» que, por otra parte, se parecía mucho por dentro al «Sirocco», barco en el que había sido él hecho prisionero.

No se le ocultaba que corría un grave peligro, pero esperaba poder salir conbien de él. El «Typhoon» le llevaría directamente donde tenía que ir. Era preciso, por lo tanto, que se ocultase abordo aquella misma noche, puesto que al día siguiente partiría.

Aguardó a que fuera noche cerrada antes de aventurarse fuera de su escondite. Luego avanzó cautelosamente por entre los árboles en dirección a la parte del lago, en que estaba anclado el vapor que le interesaba.

Por aquel lado, había sido talado en parte elbosque para facilitar los trabajos y los últimos árboles distaban cerca de cincuenta metros del vapor.

Cómo cruzar aquel espacio sin ser visto era uno de sus mayores problemas. Una casa le ayudaba, sin embargo. Entre el lugar en que se encontraba y elbarco, se alzaba el cobertizo en que trabajaban los carpinteros durante el día.

Atisbó por entre los árboles, mirando a derecha e izquierda. No se veía un alma. Encorvándose levemente, salió de pronto delbosque y corrió hacia el cobertizo, donde se dejó caer en el suelo, junto a unbanco.

Permaneció allí durante unos minutos, aguzando el oído, todos los músculos en tensión, preparado para alzarse y echar a correr de nuevo hacia elbosque si oía el menor grito de alarma.

Pero nada turbó el silencio de la noche. Era evidente que no había sido visto.

Más tranquilo, se arrastró por entrebancos y montones de virutas hasta poder ver el «Typhoon». La orilla del lago estaba desierta al parecer. Recordó entonces X, que aquella debía ser la hora de la cena y que todos estarían reunidos en una de las cabañas que hacía veces de comedor-todos, menos los que montaban guardia.

Unas punzadas en el estómago le hicieron acordarse que él no había cenado. Tendría que resignarse. Si todo le salíabien y podía esconderse abordo, aprovecharía la primera oportunidad que se le presentase para robar algo de comer al día siguiente, cuando se hallasen en alta mar. Hasta entonces, tendría que ayunar forzosamente.

Lo interesante de momento era averiguar dónde estaba el que montaba guardia ábordo. Pero… ¡no! ¡Aún había algo más importante! Sabía que el centinela no comía en elbarco. Uno de los marineros acudía a relevarle después de haber cenado para que pudiese el otro cenar a su vez. ¿Se habría efectuado el relevo ya?

Ante la duda, era peligroso moverse. Podía ser sorprendido por el relevo en el momento más inoportuno. Decidió aguardar un rato para asegurarse.

Transcurrió un cuarto de hora que se le antojó una eternidad. Nada se movía abordo ni en tierra. Ya estaba a punto de arriesgarse a cruzar, cuando apareció un hombre por el lado de la colonia. Había hechobien en esperar.

El hombre siguió andando sin sospechar que era espiado, llegó a la almadía colocada entre tierra y el “Typhoon”, la cruzó, subió la pasarela y llamó al que montaba guardia.

-¡Ya puedes irte a cenar! — le dijo.

El guardián, habló unas cuantas, palabras con su compañero y luego abandonó elbarco.

X, observaba con tanta intensidad, que hasta le hacían daño los ojos. Quería ver dónde se colocaba el relevo.

El hombre se quedó junto a la pasarela de momento. Al cabo de un rato, sin embargo, se cansó de estar allí y se dirigió a proa.

Aquella era la ocasión que había estado aguardando Manrique. Se limitó a echar una mirada en dirección a la colonia para asegurarse de que nadie se acercaba por aquel lado, luego se levantó y, agachado, corrió a la almadía, la cruzó y empezó a subir por la pasarela.

A1 llegar arriba, se detuvo y miró hacia proa. El guardián había desaparecido, tal vez detrás del castillo.

Mientras aguardaba entre los montones de viruta, X, había estado procurando recordar la disposición delbuque para escoger el sitio menos peligroso en que esconderse. Su primera intención había sido escoger las lastreras, pero luego se dijo que lo más probable era que las llenaran antes de salir, puesto que elbuque iba sin carga. A continuación, pensó en los camarotes de los pasajeros. Éstos se hallaban en el entrepuente. Había seis en total. Dos de ellos, con dos literas cada uno, daban a cubierta. Había que descartarlos por demasiado peligrosos. Entre ambos se abría un pasillo a un lado del cual había un camarote en el que, en caso de necesidad, podían caber cuatro viajeros, luego venía el comedor y, a continuación, otro camarote igual. En el fondo del pasillo se hallaba la puerta de otro de dos literas, cuyo portillo daba a la cubierta debabor. Por el lado contrario estaba el último camarote, grande también, luego la escala que conducía al puente y, por último, un cuarto pequeño, especie de despensa del mayordomo, con una mesa para preparar las cosas antes de llevarlas al comedor. En el fondo de este cuarto se abría una puerta que comunicaba con la cocina. Pegado a este cuarto había un pequeño camarote que servía de alojamiento al mayordomo y al telegrafista.

La ventaja de meterse en uno de aquellos camarotes era que le costaría poco trabajo a X, salir durante la noche y conseguir provisiones. Pero tenía todo eso el inconveniente de que podrían sorprenderle fácilmente, en alguna de sus incursiones, el mayordomo, el telegrafista, el capitán o cualquiera de los oficiales que empleara aquella escala para subir obajar del puente.

Pese a los peligros citados, hubiera decidido correr el riesgo de ocupar uno de aquellos camarotes si, en el último momento, no hubiese tenido una idea luminosa.

El “Typhoon” o “Meredith”, como le habíanbautizado ahora, no era unbarco moderno. Llevababastantes años navegando aunque lo habían modernizado en parte. Una cosa quedaba, sin embargo, que no estaba de más en aquellas latitudes: El calabozo destinado a encerrar a cualquiera que se amotinase. Dicho calabozo se hallaba en un callejón abierto en el pasillo que ponía en comunicación la cubierta de popa con la cintura delbarco.

X.bajó rápidamente la escala hasta la cubierta de popa, se metió, por el pasillo y entró en el calabozo que estaba abierto. No era fácil que se acercara nadie a él durante todo el viaje. Teniendo en cuenta quiénes eran los tripulantes, podía tenerse la seguridad de que no habría motines abordo.

Con un poco de cuidado, no temía ser descubierto, pero necesitaba comida y tenía que idear un medio de conseguírsela. Volvió a salir al pasillo y asomó par el otro extremo, pero ni vio ni oyó al guardián y no se atrevió a arriesgarse.

Anduvo rondando por el pasillo hasta que vino el relevo. Sabía que se habían embarcado ya provisiones para el viaje y todo era cuestión de que pudiese introducirse unos momentos en la despensa.

El nuevo centinela, se instaló inmediatamente en el puente, pero subió por la escala de cubierta, sin pasar para nada por el pasillo de los camarotes.

No se le presentaría mejor ocasión por mucho que labuscase. Había encontrado un saco en el calabozo y se lo metió debajo delbrazo. Subió rápidamente a la despensa, cogió dos panes, unas galletas de mar, un poco de chocolate y unas tiras de tasajo y regresó, sin novedad, al calabozo. Administrando aquello un poco, tendría lo suficiente para ir tirando hasta que desembarcara.

Comió con sobriedad y echó de ver entonces que se había olvidado de algo muy importante: agua. No tuvo más remedio que volver enbusca de un par debotellas llenas. A continuación, se tumbó en el suelo, pegado a la puerta para que ésta no se abriera, y se quedó dormido.

Le despertó el ruido de muchas pasos y las órdenes dadas a voz en grito. Las maquinillas empezaron a funcionar, levando las anclas. Nobien terminaron éstas, un estremecimiento recorrió elbarco de proa a popa y el monótono tu-cu-tuuuni, tu-cu, tuuun, tucu-tuuun de las máquinas anunció que la hélice empezaba a dar vueltas y fue el “Meredith” había iniciado su viaje.

CAPÍTULO XI

UN ACCIDENTE

La partida del «Meredith» señaló un cambio también en las obligaciones de Polizón.

Lo sucedido con Manrique el día anterior no había sido visto con muybuenos ojos, por el grupo de oficiales que, en nombre de un misterioso jefe, regían los destinos de la colonia pirata.

La vida de un hombre les importaba muy poco. En realidad, todos los prisioneros estaban sentenciados a muerte de antemano. En cuanto no hubiera necesidad de ellos, pensaban liquidarlos a todos para hacer desaparecer así peligrosos testigos para el porvenir.

Mientras hubiese trabajo, sin embargo, podían ayudar mucho, haciendo las labores más pesadas. Durante el día que Polizón había hecho de guardián, había conseguido hacerse odiar de todos por sus malos tratos, amén de demostrar una tendencia a quitarle la vida al primero que se propasara.

Era un tirano tan grande, que todos acabarían por volverse contra él, aunque les costase la vida.

En vista de ello, se nombró a otro en su lugar y se le ordenó que volviera albarco a contribuir, a la transformación del mismo.

Ocupó su puesto, sin embargo, debastante mala gana y, ya que no tenía esclavos en quienes desahogar su malhumor, empezó a hacer objeto de sus sarcasmos e insultos a cuantos compañeros suyos se ponían a su alcance.

El resultado de ello fue que, a los dos días, no había quien quisiese trabajar a su lado y que todos rehuyeran su compañía hasta a las horas de las comidas, cosa que, por cierto, parecía importarle muy poco.

Todas las partes que habían de ser reconstruidas para modificar el aspecto del vapor habían sido arrancadas ya y se preparaba la labor de transformación de acuerdo con los planos preparados, al parecer, con mucha anterioridad.

Se construyó por aquel lado un cobertizo para los carpinteros y, como Polizón no parecía servir para otra cosa, se le empleó en los trabajos que requirieran fuerza, y que había de compartir con los prisioneros asignados a los mismos.

Los trabajos de los otros dosbuques que quedaban en el lago estabanbastante adelantados, pero pasarían muchos días aún antes de que estuvieran en condiciones de hacerse a la mar.

Ya que nadie quería tratos con él, Polizón pasaba sus ratos de ocio paseando por la selva y, se acostumbraron tanto a verle hacerlo, que nadie le dio importancia. Mucho les hubiera extrañado a sus compañeros, sin embargo, si le hubiesen visto gatear a los árboles más altos una vez lejos del campamento o colonia, y otear el horizonte, pero aun esto les hubiera extrañado menos que sus excursiones al anochecer. En éstas, siempre se las arreglaba para llevarse algo que dejaba escondido en un tronco hueco. Una vez era, un machete con su vaína, otra amuniciones, la tercera, un fusil y así sucesivamente.

No estando ya encargado de vigilar a los prisioneros, había entregado el fusil, aunque le permitieron quedarse con la pistola. Pero él, aprovechando un descuido, se había apoderado de otro para esconderlo como ya hemos dicho y, al propio tiempo, había agregado una pistola a su armería secreta, armas que, hasta el momento, nadie parecía haber echado de menos.

El quinto día empezaron a izarse abordo las vigas y maderas que habían de emplearse, aprovechando para ello las vergas de carga del propiobarco que no habían sido desmontadas.

Polizón fue encargado de una de las maquinillas y dio nuevas muestras, en aquel puesto, de sus ideas de independencia.

En lugar de hacer caso de las señales para izar o arriar, lo hacía a su antojo, dejando a veces que se desenrollara el cable del tambor de la maquinilla con tal velocidad, que las vigas tocaban la cubierta mucho antes, de lo que se esperaba, con los consiguientes sustos para los demás marineros.

Poco faltó varias veces para que se produjera un accidente serio y los marineros acabaron por negarse a trabajar mientras Polizón estuviera en la maquinilla.

Tuvo que intervenir el piloto y, comprendiendo que los hombres tenían razón, se encaró con el culpable.

-¡Quítese usted de ahí! –ordenó-. ¡Deje su puesto a otro que sepa cumplir mejor con su deber!

Polizón soltó, lentamente, la palanca y se volvió hacia el oficial.

-¡Yo no necesito que me enseñe nadie cuál es mi obligación! –exclamó-.¡Si esos papanatas no estuvieran medio dormidos, no correrían peligro de que les tocaran las vigas!

-Me parece que se le están subiendo a usted los humos a la cabeza un poco, amigo-respondió el piloto-. Más vale que se dé cuenta, de una vez para siempre, que es usted un simple marinero y que yo soy su superior. A pesar de las circunstancias anormales, o tal vez precisamente por ellas, no estoy dispuesto a tolerar la menor insubordinación. ¡Quítese usted de ahí! Es demasiado peligroso para los demás.

Polizón, vaciló un instante. Hubo un momento en que pareció a punto de abalanzarse sobre el oficial, pero lo pensó mejor, quizá porque no vio una sola cara amiga entre todas las que le miraban. Se retiró de la maquinilla y otro marinero ocupó su lugar.

-Ahora -dijo el piloto-, ayude a retirar las vigas una vez hayan sido descargadas. A ver si sabe usted hacer eso sin perjudicar a nadie.

Mientras todo esto sucedía abordo, los qué estaban en la almadía habían enganchado la eslinga que sujetaba tres vigas al cabo que colgaba de la verga.

Al verlo, el piloto se volvió al que se había hecho cargo de la maquinilla, gritando:

-¡Hala!

La maquinilla se puso en movimiento, halando el cabo. Dos hombres, asidos a una cuerda atada a la verga de carga, la hicieron girar hacia cubierta.

-¡Arría! — gritó el piloto.

Las vigas empezaron a descender.

El piloto marchó a tierra a ver lo que hacían los carpinteros y el contramaestre se puso a hacer las señales para que se arriara o halar según el caso.

Antes de que las vigas tocaran la cubierta, Polizón estaba ya preparado para cogerlas, desahogando su ira tirando violentamente de ellas.

-Más vale que andes con cuidado -le advirtió el contramaestre-. Deja que toquen cubierta o acabará sucediéndote una desgracia.

Polizón contestó con un gruñido y, como en desafío, en cuanto viobajar hacia él la siguiente eslinga de vigas, alzó elbrazo y asió una de ellas para guiarla hasta cubierta.

Se le escapó y las vigas empezaron a girar. Viendo el peligro, el de la maquinilla dejó ir la cuerda para que tocaran cubierta antes de que sucediera un accidente.

Pero no llegó a tiempo. Las extremidades de las vigas alcanzaron a Polizón antes de que pudiera ponerse a salvo de un salto, le levantaron en vilo y le tiraron de cabeza al lago.

Todos corrieron a laborda y se asomaron. Polizón se había hundido como una piedra al tocar el agua.

Botaron en seguida la chalupa para sacarle, pero no le vieron salir a la superficie por ninguna parte. Las vigas debían haberle alcanzado en la cabeza, dejándole sin conocimiento.

Fue avisado el piloto que ordenó que se continuara trabajando mientras dos o tres marineros recorrían el lago enbotes. Todo fue inútil, sin embargo. Polizón no apareció por parte alguna.

-O estaba sin conocimiento -dijo el piloto-, o se habrá quedado enredado en la vegetación del fondo del lago.

-Se habrá quedado entre las algas -observó el contramaestre; — de lo contrario, hubiera salido a flote alguna vez siquiera.

-Sea como fuere, me parece que queda uno menos para el reparto. La culpa es suya. Hace días que solo parecía capaz de animaladas. Tal vez sea mucho mejor que haya muerto. Por el camino que iba, hubiésemos tenido que acabar matándole nosotros.

Tal fue el epitafio de Polizón. Nadie volvió a preocuparse de él. Y, si los prisioneros le dedicaron algún recuerdo, sólo fue para decirse que Dios es justo y castiga a quien se lo merece.

Poco rato después, estando a punto de caer la noche, se suspendió el trabajo y se retiraron todos a tierra-todos menos el marinero a quien le tocaba hacer la primera guardia.

CAPÍTULO XII

LAS CIUDADES NIAS

La almadía, como suele suceder con esta clase de construcciones, estaba hecha de un armazón de maderas montado sobre unos cuantosbarriles cerrados que hacían veces deboyas, y que se hallaban como de pie, sujetos a los travesaños que distaban, aproximadamente, medio metro de la parte superior de la estructura flotante.

Cuando el peso que recaía sobre labalsa era grande, losbarriles llegaban a hundirse hasta más de la mitad en el agua, pero, por muy grande que fuera lo que sobre ella se pusiese nunca se sumergían por completo.

Los marineros habíanbuscado por todo el lago, pero no se les había ocurrido mirar por debajo de la almadía. De haberlo hecho, hubiesen visto a Polizón, agarrado a un travesaño, pisando agua y manteniendo la cabeza a flote.

El accidente de que había sido víctima no había sido tal accidente. Necesitaba desaparecer del campamento y la mejor manera de hacerla sin excitar sospechas era inducir a hacer creer a todos que había muerto. Se le había ocurrido aquel plan, desde el momento en que le trasladaron albarco relevándole del cargo de guardián de los presos y sólo había estada esperando un momento propicio.

Se había dejado alcanzar por las vigas, era cierto, porque era la única manera de conseguir que el accidente pareciese auténtico. No obstante, las vigas nos le habían dado en la cabeza como suponían los marineros, sino en los hombros, y, como había estada esperando su impacto, en lugar de ofrecer resistencia se dejó llevar por ellas y hasta saltar en dirección al agua, cosa que a los espectadores pareció un esfuerzo por quitarse del paso.

Como consecuencia de ello, había recibido un golpe relativamente flojo que no le paralizó ni un momento. Al tocar el agua, buceó inmediatamente para pasar por debajo del casco delbuque y, cuando empezaron abuscarle enbotes, ya se hallaba instalado debajo de la almadía dispuesto a esperar todo el tiempo que fuera necesario para que se cansasen debuscarle, le dieran por muerto y abandonaran el trabajo para el día.

Después de oír pasar par encima de su cabeza a las trabajadores, aguardó media hora completa para darles tiempo a meterse en la cabaña-comedor antes de salir de su escondrijo y echar una mirada a tierra y otra albarco.

No distinguió al centinela, por lo que supuso que se encontraría al otro lado del vapor. En tierra no había nadie.

Asió elborde de la almadía y subió a ella. Dirigió una nueva mirada albarco y echó a correr hacía la vecina selva. Una vez entre los árboles, atisbó en dirección al lago y al grupo de cabañas para asegurarse de que nadie le había visto. Luego, satisfecho, caminó en dirección al árbol hueco que le había servido de almacén durante todos aquellos días.

Entre las cosas allí escondidas, figuraban una camisa y un pantalón.

Se quitó la chorreante ropa y entonces se vio que, debajo de ella, llevaba arrollada al cuerpo una capa negra de tan finísimo material que apenas ocupaba sitio. Del interior de aquella capa que, por lo visto, era impermeable, extrajo la pistola, un reloj de pulsera, dos cargadores de repuesto y un estuche aplastado que, entre otras cosas, contenía una jeringa y unas ampollas.

Se secó lo mejor que pudo después de haberse quitado la capa, se puso la ropa seca, dobló cuidadosamente la capa que formó unbulto tan pequeño que pudo meterlo sin dificultad en elbolsillo, el estuche fue a parar albolsillo de atrás del pantalón, la pistola que llevaba, al otro. A continuación se puso la canana, la pistola y el machete que tenía escondidos en el árbol y se colgó el fusil del hombro por la correa.

Le faltaba un paquete que recoger, el que había dejado allí después de comer aquella tarde. Éste contenía unabrújula, que sacó, y un poco de pan y carne seca.

Inmediatamente se puso en marcha en dirección Sudeste.

Polizón sabía, perfectamente, dónde ese encontraba. Era uno de los pocos europeos para quienes la, existencia y la historia de la isla de Nias no constituía un secreto, aunque jamás había pisado aquella tierra, hasta, llegar abordo del «Simoon».

La misteriosa isla de Nias se cita por primera vez, que sepamos, en las obras de un mercader musulmán llamado Suleyman que vivió por el año 851 de nuestra Era. Según él, sus pobladores poseían oro en abundancia, se alimentaban de cocos y habían de capturar la cabeza de un enemigo para poder casarse. Si un hombre cortaba dos cabezas, tenía derecho a dos esposas, si cortaba cincuenta, era muy dueño de casarse con cincuenta mujeres.

En manuscritos posteriores se habla, varias veces, de esta isla a la que los antiguos llamaban la Isla del Oro y los portugueses, basándose en mapas antiguos, intentaron encontrarla en 1520, sin lograrlo.

Los holandeses se preocuparon muy poco de aquella isla vecina a Sumatra, hasta mediados del siglo diecinueve en que establecieron varias factorías en el Norte y en el Sur. La Naturaleza, sin embargo, pareció ponerse de parte de los indígenas hostiles para mantener aislada la isla. En 1861, una serie de terremotos, seguidos de una ola gigantesca, destruyeron las colonias, de la costa y, poco después, los indígenas se alzaron y arrojaron a los holandeses que quedaban, fuera de la isla.

Es curioso que en todo tiempo, los navegantes han preferido pasar por el lado oriental de Sumatra. Mejor dicho, no es curioso sino natural, pues el Estrecho de Maloca ofrece mayor protección contra los elementos.

Sólo una línea de vapores pasa hoy en día por el lado occidental, pero no se acerca para nada a Nias. Hace veinte años nada más que los holandeses decidieron establecer en la isla una especie de gobernador y escogieron para ello un poblado pequeño de la costa oriental llamado Goenoeng Sitoli. La única comunicación que dicho poblado tiene con el exterior es la llegada una vez al mes, de unbarco procedente de Padana que toca allí, camino de Achín, para dejar víveres.

La parte Norte de la isla está casi deshabitada debido a su esterilidad, pero en el Sur, en las cimas de las colinas, rodeadas debosques, se hallan las grandes ciudades de calles pavimentadas, obra de gente, el origen de cuya civilización es un misterio, pueblos cuyos guerreros llevan armadura y cuyos

jefes visten chaquetas recamadas de oro y se adornan con tiaras y joyas del mismo precioso metal.

La isla mide, aproximadamente, veinte leguas de longitud y ocho de anchura. Polizón calculó que se encontraba, aproximadamente, a unos cincuenta kilómetros de la punta Sur, hacia la que se dirigía. Pero no caminó mucho rato.

Cuando consideró que se hallaba lobastante lejos del lago para no correr peligro de ser descubierto, buscó un árbol adecuado, se encaramó por su tronco, y se echó a dormir sobre un lecho que improvisó sobre las ramas.

Se levantó al salir el sol, bajó al suelo, se refrescó en un arroyo, cercano, comió unosbocados de pan y carne y emprendió el camino de nuevo.

El sol estaba muy, alto en el cielo cuando inició la ascensión de una loma de pendientebastante pronunciada. Poca rato después entraba en un poblado, delante de cuyas casas se alzaban grandesbancos de piedra construidos por sus primitivos habitantes, para que en ellos descansaran los espíritus de sus antepasados. Cruzó el desierto lugar, la mayoría de cuyas casas se hallaban en ruinas.

Una vez hubo dejado aquello atrás, empezó a avanzar con mayor cautela. Sabía que no tardaría en llegar a lugares habitados y no tenía la menor intención de presentarse abiertamente en ellos.

Se apartó de los caminos y, por lo tanto, no pasó por varias, ciudades que sabía existían cerca de ellos. Tenía trazada su plan y estaba decidido a seguirlo. Buscaba una ciudad mayor y no carecía de datos para encontrarla.

Hubo de caminar mucho rato antes de llegar a la orilla del río que había estadobuscando. No podía cruzarlo por allí porque estaba infestado de cocodrilos y hubiese sido peligroso intentarlo. Siguió la orilla y, a última hora de la tarde, vio un puente muy viejo, suspendido sobre el río.

Cruzó por él, esperando que de un momento a otro cedierabajo su peso y caminó durante una hora más, deteniéndose, por fin, en la inmediación de una larga escalera de anchos escalones.

Había llegado a su meta. Sacó delbolsillo la doblada capa y la desplegó. Luego volvió la parte negra hacia dentro y se la echó sobre los hombros, terciándose el fusil para que le estorbara menos.

Entonces ocurrió una cosa maravillosa. El cuerpo entero de Polizón desapareció como por ensalmo, quedando sólo visible su cabeza, que parecía flotar en el aire.

Aquella capa, negra y visible por un lado, era por el otro de un tejido especial que tenía la particularidad de refractar la luz sin reflejarla, de modo que resultaba invisible y hacía invisible también a cuantobajo ella se ocultaba.

Polizón asió la larga capucha que colgaba por detrás y se la echó sobre la cabeza que desapareció a su vez. Luego se dirigió, resueltamente, a la escalera y empezó a ascenderla.

CAPÍTULO XIII

LOS ESPIRITUS HABLAN

En la parte superior de la escalera, unos cocodrilos de piedra guardaban la entrada de una ciudad maravillosa cuya calle, recta y, ancha, estaba cubierta de losas. A ambos lados de la calle había una hilera de casas y, delante de cada una de ellas, una gran losa, pulimentada como el cristal, fantásticamente esculpida, debajo de la cual el habitante de la casa tenía colocadas las calaveras de sus antepasados. Altos pilares de piedra hacían como de respaldo dé aquellos asientos. Según la creencia popular, los espíritus de los antepasados descansaban en ellos cada vez que deseaban tomar parte en las festividades de sus descendientes.

A mediados de la calle había una especie de pirámide truncada, de piedra, de unos tres metros de altura, utilizada por los jóvenes para sus ejercicios guerreros, entre los que figuraba el saltarse aquel obstáculo.

A poca distancia se hallaba un enorme sillón de piedra, protegido por un paraguas de piedra también. Era el asiento desde el cual administraba el jefe justicia.

Aquella ciudad estaba animadísima. Habiendo pasado el calor del día, losbancos estaban ocupados por numerosos indígenas que reían, charlaban y cantaban, convencidos de que sus antepasados ocupaban un asiento a su lado.

Entre ellos se veían miembros de la nobleza indígena, con extraños tocados de oro macizo entre los que descollaban altísimas ramas de oro, adornadas de hojas del mismo metal, símbolo de la nobleza, y representación del cocotero.

El hombre invisible no se detuvo allí. Siguió adelante, procurando no tropezar con ninguno de los jóvenes que cruzaban continuamente la calle.

Pasó de largo junto al lugar reservado parabaño de las mujeres-una parte del pueblo rodeada de una muralla, protegida su entrada por aves mitológicas esculpidas en piedra. En ella, a la sombra de espeso follaje, un agua fresca manaba continuamente por tubos debambú sobre las losas en que las mujeres chapalateaban hasta refrescarse.

Yuma salió de aquella ciudad, cruzó unbosque de cocoteros y ascendió otra larga escalera de piedra que le condujo a otra ciudad maravillosa. En ésta, examinó las casas para decidir cuál era la del jefe, y cruzó la calle.

Las casas no tenían puerta, pero Yuma conocía la manera de entrar en ellas. Pasó por entre las hileras de columnas que servían debase a la construcción y, al llegar aproximadamente par debajo del centro de la casa, vio la escalera que conducía a un agujero abierto en el suelo.

Bajó por ella y se encontró en una magnífica sala. El suelo estaba cubierto de tablas pulimentadas que adornaban también las paredes de las que colgaban armaduras de metal, krises con amuletos recubiertos de dientes de tigre, lanzas, escudos y numerosas figurillas ancestrales, que los indígenas tallan para dar albergue al espíritu de sus antepasados. Los hechiceros de la tribu dicen hablar con los muertos por medio de estas imágenes.

En el momento de llegar Yuma al cuarto, apareció, en la puerta de la habitación el habitante de la casa.

Llevaba un complicadísimo tocado con altos adornos de oro macizo, enormes pendientes y un pesado collar del mismo metal, chaqueta encarnada con galón de oro toda alrededor, un taparrabos que, por delante, le caía hasta las rodillas como una falda amarilla, y un kris con vaina de oro.

Además, ostentaba el adorno corriente en la nobleza y en las jefes de aquella raza: Unbigote de oro macizo, de puntiagudas guías curvadas hacia arriba.

El jefe se acercó a la especie de estante en que se hallaban las figurillas, desde las cuales partían largas cadenas debambú que, saliendo por la ventana, iban a morir en elbanco de piedra de delante de la casa. Eran las llamadas escaleras por las que se suponía que los espíritus de los antepasados subían, para ocupar las imágenes cada vez que sentían deseos de tomar parte en la vida de la familia.

En aquel momento, quiso la suerte que una araña corriera por una de las figuras y se perdiese detrás de ella.

El jefe la vio y acudió, en seguida, a acariciar la imagen.

Para los nias, los antepasados nunca mueren. No viven con ellos siempre, pero no dejan de velar por sus descendientes. Su alma se hace visible de vez en cuando en forma de araña. Por consiguiente, el jefe interpretó lo que había visto como una prueba de que uno de sus antepasados se había posesionado de la imagen que le estaba destinada.

Yuma, que conocía esta creencia, comprendió que se le presentaba unabuena ocasión para desarrollar su plan.

Sacó, ocultobajo la capa, el estuche de que ya hemos hablado y, con unos tubos que de él extrajo, empezó a retocarse la cara. Luego se colocó lo más cerca posible de la imagen y dijo:

-¡Mi alma está triste, ¡oh! Balawa!

El jefe alzó la cabeza y miró a su alrededor. Nunca había oído hablar a los espíritus, aunque sabía que los magos nias lo hacían con frecuencia. Creyó haber oído mal al principio o que alguien habría entrado en la estancia. Pero vio que estaba completamente solo.

Durante unos momentos aguardó, esperando que volviera a sonar la voz. Luego, al ver que no era así, acarició de nuevo la imagen y salió, apresuradamente, del cuarto.

Regresó a, los pocos momentos acompañado de una sacerdotisa cubierta de adornos de oro y con una especie de rama de oro con discos del mismo de metal detrás de la cabeza, colocada de tal suerte que parecía formar una cruz.

Tras ellos entraron dos jóvenes con aros de oro alrededor de la frente y collares compuestos de anillas delgadas de cuerno de carabao, prueba evidente de que pertenecían a familia de elevado rango o que tenían un cargo de importancia.

-Este es el antepasado mío que habló, ¡oh! Retu -dijo el jefe, señalando la figurilla, tras la que se había ocultado la araña-. Y he visto su alma cuando tomaba posesión de la imagen.

-Si habló, algo importante tendrá que comunicar. No pudo decirte más porque no estabas tú en condiciones de escucharle, Balawa. Hicistebien en llamarme.

La sacerdotisa trasladó, con suma reverencia, la figurilla hacia el centro del cuarto y empezó a recitar conjuros. Depositó delante de la imagen unbraserillo en el que echó unas hierbas aromáticas cuyo perfume no tardó en llenar la estancia.

Yuma, que había seguido a la imagen, volvió a hablar entonces, empleando el idioma de los nias.

-¡Mi alma está triste, ¡oh! Balawa -repitió.

-¿Qué puede hacerBalawa por disipar tu tristeza, ¡oh! Situli?

-Nuestra tierra ha sido profanada. ¿No sabes que no muy lejos de aquí unosbárbaros ocupan el lago con sus grandesbarcos y alzan cabañas en sus cercanías?

-Ha llegado a mis oídos, pero no han salido de allí y no parecen tener intención de molestarnos.

-Esosbárbaros tienen negra el alma. Sus pensamientos son tenebrosos. Proyectan grandes males. Los de su propia raza reniegan de ellos.

-¿Que debo hacer?

-Reúne a tus guerreros, ¡oh! Balawa. Eres el más poderoso de los jefes nias. Tienes fuerzas suficientes para la empresa.

-¿He de exterminar a esosbárbaros?

-No… Debes respetar su vida.. Apela a la astucia. Puedes apresarles si quieres sin derramar una gota de sangre. Con ellos hay algunos que no están aquí por su propia voluntad. Han sido hechos prisioneros, cargados de cadenas y obligados a trabajar. A esos los pondrás en libertad y te ayudarán a custodiar a los otros.

-¿Qué he de hacer con ellos cuando los haya apresado?

-Esperar. Acampa con tus guerreros junto al lago. Veo el porvenir. Los de su propia raza se los llevarán para darles el castigo que merecen. Cuándo ya no estén en esta tierra, entonces dejará de estar triste mi alma, ¡oh! Balawa!.

-¿Cuándo he de emprender la marcha?

-En cuanto hayas reunido a tus guerreros. Yo estaré, a vuestro lado para aconsejaros si es preciso. Y no me oirás tan sólo, sino que me verás si lo juzgo necesario… ¡cómo ahora!

Se notó un movimiento en el aire por encina de la imagen y apareció,bruscamente, una cabeza flotante-la cabeza de un nias-con los mismos rasgos faciales que los cuatro indígenas que la contemplaban con asombro y que se dejaron caer de rodillas y tocaron el suelo con la frente ante ella.

-Levantaos -dijo la cabeza-. El tiempo apremia… Es preciso que salgáis cuanto antes a hacer prisioneros a los malvados del lago. ¡Miradme!

Todos alzaron la vista y la clavaron en la cabeza de Yuma, caracterizada enbreves momentos para desempeñar el papel de antepasado del jefe.

Los ojos, extrañamente resplandecientes, pasearon su mirada por la estancia, se posaron en la sacerdotisa, en el jefe, en los dos jóvenes.

-Leo la resolución en vuestros ojos –dijo-, y mi alma ya empieza a alegrarse.

Pareció como si parpadeara algo en el aire y la cabeza desapareció tan misteriosamente como había aparecido.

La sacerdotisa apagó elbraserillo y volvió a trasladar la figurilla a su estante.

El jefe y los dos jóvenes se habían alzado ya del suelo.

-El espíritu de tu antepasado ha hablado, ¡oh! Balawa! — murmuró la mujer, mirándole-. Su alma está triste. ¿Qué piensas hacer, para remediarlo?

-Esta noche -anuncióBalawa con voz solemne-, mis guerreros emprenderán la marcha hacia el lago.

CAPÍTULO XIV

LA MISIÓN DE X.

Mientras en la isla de Nias se desarrollaban los acontecimientos que hemos relatado en los capítulos anteriores, un joven, elegantemente vestido, se presentaba en la residencia del gobernador deBorneo y solicitaba audiencia urgentemente.

El gobernador le recibió en su despacho, le suplicó que tomase asiento y se dispuso a escuchar el objeto de la visita de aquel hombre con quien se veía obligado a hablar inglés por desconocer éste el idioma de Holanda.

-Vuestra Excelencia -dijo el visitante, encendiendo el puro que le ofrecían-, me permitirá que le haga una súplica antes de explicar detalladamente el asunto que me trae aquí a estas horas. Se trata de algo urgente y podremos hablar con mucha más tranquilidad una vez haya quedado resuelto.

-¿De qué se trata?

-De tres cosas. Primera: Ha entrado hace unas horas en el puerto el vapor “Meredith”, supuestamente australiano. En realidad, es elbotín de une acto de piratería del que dentro de pocos momentos le hablaré. Propongo que dé Vuestra Excelencia las órdenes oportunas para que, si intenta salir, sebusquen pretextos para retardarle de momento, con vistas a su confiscación más tarde.

»La segunda cosa, es que curse Vuestra Excelencia órdenes para que sea vigilado un tal señor Weldon, residente en Padang. Cuando haya oído Vuestra Excelencia, lo que tengo que decir, no dudo que le hará detener.

-Y ¿cuál es la tercera? — preguntó el gobernador, sin disimular su asombro.

-Que la Policía deBatavia vigile al señor Weekly, consignatario debuques y se prepare a detenerle también.

-Hace usted unas peticiones extraordinarias. Supongo que estará dispuesto a justificarlas, señor Manrique.

-Cuando me haya escuchado Vuestra Excelencia, comprenderá que tengo emotivos más que suficientes para hablar de esa manera.

-No quiero dudar de subuena fe, pero usted se hará cargo de que…

-He pensado en eso -le interrumpió Manrique-. ¿Conoce Vuestra Excelencia a este señor?

Le presentó una tarjeta.

-¡Naturalmente! — contestó el gobernador al leer el nombre.

-Si fuera él quien le hiciera las peticiones que acabo yo de hacerle, ¿accedería usted a ellas?

-Sin vacilar.

-En tal caso, le ruego que telefonee a ese señor, le diga que he venido yo a verle y le pregunte qué concepto le merezco.

-El caso es tan grave -dijo el gobernador, después de titubear un instante-, que voy a seguir su consejo, aunque parezca descortesía.

Y descolgó el teléfono.

Cuando logró comunicación, explicó enbreves palabras el caso y luego escuchó lo que le contestaban.

-¿Cómo? — exclamó a los pocos momentos.

Volvió a escuchar.

-Es que el señor Manrique me pide unas cosas un poco fuertes… ¿De absoluta confianza?…Bien…bien, puesto que usted lo dice… ¡Caramba!…Bueno, bueno, muchísimas gracias.

Colgó el aparato y miró a Manrique con curiosidad.

-No sé quién será usted –dijo-, pero por lo visto goza de una fama excelente. Me dicen que le conceda cuanto me pida sin el menor escrúpulo… ¡aunque me pida el Ejército y la Marina holandeses!

Manrique sonrió.

-No le pediré tanto -aseguró; — pero no crea que le faltará mucho para eso.

-Ante todo -dijo el gobernador-, voy a hacer lo que usted me ha pedido.

Descolgó el teléfono otra vez y, durante unbuen rato, estuvo dando órdenes a sus subordinados para que se cuidaran de los extremos mencionados por su visitante.

-Ahora -dijo, cuando hubo terminado-, espero con curiosidad sus explicaciones, señor Manrique.

El joven se arrellanó cómodamente en su asiento, exhaló unabocanada de humo y dio principio a su relato.

-Vuestra Excelencia, como todo el mundo, estará, enterado de la serie de desgracias que ha tenido que soportar la Compañía de Navegación Leming.

-En efecto -asintió el otro; — máxime teniendo en cuenta que esas desgracias parecen haber ocurrido todas en los alrededores de estas islas.

Manrique movió la cabeza afirmativamente.

-Hasta la fecha –dijo-, son cinco losbarcos que esa Compañía ha perdido. El «Zephyr» fue el primero y se hundió, en efecto, pero los otros cuatro, el «Typhoon», el «Monsoon», el «Sirocco» y el «Simoon», siguen a flote en estos momentos.

-¿Qué está usted diciendo?

-¿Le asombra? Pues aun le voy a asombrar más. El «Typhoon» se halla, actualmente, en este puerto.

-¿Cómo? — exclamó el gobernadorboquiabierto.

-No se preocupe. Vuestra Excelencia ha tomado ya sus medidas para que no se escape. El «Typhoon» navega ahorabajo el nombre de “Meredith”.

-¿Qué pruebas tiene usted de ello?

-He sido yo uno de los que ayudó a transformarle.

El gobernador le miróboquiabierto.

-Eso equivale a confesarse cómplice de un acto de piratería -dijo.

-Un cómplice involuntario, a lo sumo -contestó Manrique-. Pero permítame que le cuente la historia desde un principio.

»Al parecer, hubo alguien en éstas islas que vio, desde el primer momento, un medio de hacer fortuna con losbarcos de la Compañía de Navegación Leming. Ese alguien fue Weekly, agente de la Compañía en Java.

»Gracias a las amistades que poseía, logró ir introduciendo en losbarcos de la Compañía marineros que estaban dispuestos a todo a cambio de dinero. En algunos casos llegó, incluso, a poder colocar capitanes y oficiales que se prestarían, llegado el caso, a lo que él quisiera mandarles.

»Estudió la manera de simular el hundimiento de losbarcos, de forma que quedase todo el mundo engañado. Si todos los que iban abordo eran gente suya, la cosa resultaba fácil. El vapor no tenía más que lanzar una llamada de auxilio, decir que se estaba hundiendo, cortar la llamada antes de haber dado su posición, como si no le hubiese dado tiempo, cambiar un poco el aspecto delbarco y marcharse a un puerto seguro a transformarse definitivamente.

»Si había alguien abordo que no estuviera en el secreto, procuraba hacérsele creer que se estaba hundiendo elbarco, se le metía en unbote salvavidas y se representaba una comedia para que creyese haber visto hundirse el vapor y pudiese dar fe de ello como testigo ocular cuando fuera recogido.

»La primera vez que se puso el plan en práctica, el capitán no era de confianza. Lo propio ocurría con algunos de los tripulantes y, además, iban varios pasajeros. El plan era meterlos enbotes y dejar que se salvaran. Por desgracia para ellos, se dieron cuenta de que sucedía algo anormal y no quedó más remedio que reducirles a la impotencia y llevárselos prisioneros.

»Las demás veces, después de la experiencia adquirida, salieron mejor las cosas y fue posible dejar que se salvaran algunos para contar la supuesta tragedia.

»Yo me dirigía a Europa como pasajero abordo del «Sirocco». Descubrí, por casualidad, unos preparativos sospechosos y fui sorprendido por uno de los tripulantes. Ni que decir tiene que se me hizo prisionero inmediatamente para que no hablara con nadie.

»Como Vuestra Excelencia no ignora, el «Sirocco» se incendió en alta mar y se fue a pique antes de que pudieran acudir en su auxilio. Creo que sólo hubo cinco supervivientes que describieron el incendio. Esa es la noticia oficial. En realidad, lo que ocurrió fue lo siguiente:

»En cada una de lasbodegas habían sido colocados, lo más aislados posible de la carga, unos montones de trapos impregnados de una sustancia que, al arder, echara un humo espeso y abundante. Suspendidas de los cuarteles que tapaban cada escotilla habían unas garrafas de gasolina.

»Llevábamos abordo unosbidones de petróleo que no figuraban en el manifiesto y que habían sido embarcados clandestinamente en una de las islas. Estosbidones se sujetaron junto a laborda, sobre cubierta, cuando estuvimos en alta mar. Dentro de uno de losbotes salvavidas habían metido una caja debarras de dinamita con fulminantes y mechas y, al lado de ella, una garrafa de gasolina. Una de lasbalsas estaba rellena de trapos empapados en materias inflamables de las que echan mucho humo.

»Recordará Vuestra Excelencia que todos los accidentes ocurrieron durante la noche, nunca en pleno día. Era mucho más cómodo así, puesto que el vapor tenía tiempo de alejarse antes de que fuese de día.

»Cuando llegaba el momento fijado, se prendía fuego a los montones de trapos de lasbodegas, estos no daban llama. No hacían más que arrojar humo espeso que se filtraba y salía a cubierta.

»Se daba la voz de alarma. Se corría a destapar las escotillas y se aprovechaba el momento para romper las garrafas, dejando caer la gasolina sobre los trapos. Claro está, salía una llamarada enorme inmediatamente.

»Si el capitán no estaba complicado, no aparecía en escena, porque le tenían encerrado ya. El piloto o quien fuera se hacía cargo de todo. Se informaba a los pasajeros que elbarco estaba perdido irremisiblemente y se les hacía subir a losbotes junto con los tripulantes que no supieran una palabra de lo que estaba ocurriendo.

»Entretanto, el vapor paraba, se cruzaba en el estrecho y los marineros, aprovechando la confusión, agujereaban losbidones de gasolina, que iba a derramarse al mar. Una vez los que habían de pasar por supervivientes estuvieran en el agua, sebotaba la almadía con los trapos encendidos para aumentar el humo y no permitir ver con claridad elbuque. Luego se echaba al agua elbote salvavidas que llevaba la dinamita, habiendo encendido previamente las mechas.

»Hecho esto, se abríanbien las escotillas para que saliera la mayor cantidad de humo posible y, mientras volvían a cerrarse, elbuque se ponía en marcha de nuevo, alejándose del lugar. Antes de poner el último cuartel en labodega, se echaban dentro unasbombonas de ácido carbónico para apagar el fuego.

»A las pocos momentos, estallaba la dinamita, creando la impresión de que había volado elbuque y la misma explosión incendiaba el petróleo que flotaba sobre la superficie del mar. A cubierto de todo esto, el vapor se iba alejando, mientras los tripulantes le disfrazaban de velero con máquina auxiliar y pintaban un nombre nuevo en la popa y en la proa.

»Al llegar el día elbuque estaba lo suficientemente transformado para que no se le reconociera desde lejos. Entonces se dirigía a Nias, por el lado occidental de Sumatra, entrando por una ría hasta un lago donde se hacía una verdadera transformación para poderlo sacar de nuevo sin peligro y venderlo, junta con las mercancías que llevara en el momento de desaparecer, si se habían salvado del incendio. El «Typhoon» tuvo mala suerte en eso. Llevaba un cargamento tan delicado, que, aunque no ardió, se echó a perder por completo.

»En ese lago escondido, los prisioneros, entre los que me contaba yo, pasaban la vida cargados de cadenas y trabajando en losbarcos para cambiar su aspecto. Yo pude escaparme y esconderme abordo del primerbarco en salir, el «Typhoon», que ha llegado aquí con el nombre de «Meredith», como ya he dicho.

»La tripulación del «Meredith» está destinada a hacerse cargo del «Whirlwind», de la Compañía de Navegación también, y piensan robar elbarco lo mismo que han hecho con los otros. Toda la oficialidad del «Whirlwind» está complicada en el asunto y se las ha arreglado para que los tripulantes que no eran de su confianza abandonaran elbarco. El único que no sabe nada es el capitán. El «Meredith» creo que ha sido vendido ya y que el acuerdo era que fuese entregado en este puerto.

»En Nias quedan aún tresbarcos en los que están trabajando y una treintena de prisioneros. Y ahora viene lo que quería pedirle. Sería conveniente que unbarco de guerra holandés se acercara a Nias a capturar a los piratas y hacerse cargo de losbarcos allí escondidos.

El gobernador, que había escuchado con atención y creciente asombro el relato de Manrique, dijo, en cuanto éste hubo acabado de hablar:

-¡Es increíble! ¡Qué ingenio ha tenido el hombre que ha preparado todo eso! ¡Y cuánto tiempo debe de haber estado preparándolo!

Se levantó de su asiento y dio unas vueltas por la habitación.

-Bien -dijo, por fin; — si usted, como simple particular, hubiera venido aquí y me hubiese contado todo eso, le digo con toda sinceridad que no le hubiera creído una palabra. Es demasiado fantástico su relato. La persona que le recomienda, sin embargo, tiene tal solvencia moral, que creo cuanto usted ha dicho porque él le garantiza.

»Puesto que aquí se trata de casosbien claros de piratería, no tengo inconveniente en mandar uno de losbarcos de guerra que se encuentran en estas cercanías. ¿Sabe usted la latitud y la longitud del sitio en que se encuentra ese lago?

-Aproximadamente nada más, pero con esobastará. Acompañaré yo a la expedición para señalarles el lugar.

-¿Cómo pudo usted escaparse de esos individuos?

-Yo no hubiera podido hacerlo por mí solo. Un amigo, que es el qué ha descubierto toda la trampa, por cierto, se disfrazó de marinero y pudo embarcar en el “Simoon”, captándose la confianza del capitán. Él fue quien me ayudó a escapar. Él me dijo que viniera a visitar a Vuestra Excelencia y es él quién descubrió la culpabilidad de Weldon y de Weekly.

-¿Se encuentra aún en la isla?

-Sí, afortunadamente.

-¿Afortunadamente?

-Me prometió que, para cuando llegara elbarco de guerra, procuraría tener él presos a todos los piratas para que la Marina no tuviera necesidad de luchar y correr el riesgo de que muriera alguno de sus miembros.

-Y ¿cómo se proponía conseguir eso?

-No me lo dijo, pero, conociéndole como le conozco, estoy seguro de que cumplirá su palabra si es humanamente posible.

*****

Aquella misma noche, aprovechando la marea, el s. s. «Van Vermont» salía deBorneo llevando abordo al agente de Yuma.

CAPÍTULO XV

LA LUCHA EN TORNO AL LAGO

El jefeBalawa, obedeciendo la voz del que creía su antepasado, había distribuido a sus guerreros de forma que fueran convergiendo en el lago, por distintas direcciones para no permitir que ninguno de los que allí había se escapara.

Tenían todos la orden de permanecer escondidos en cuanto llegaran a las cercanías de la colonia pirata hasta que recibieran nuevas instrucciones o vieran, que atacaban, los que se hallaban conBalawa.

La intención de Yuma era que el ataque se efectuara de noche, silenciosamente, con la esperanza de poder evitar así derramamiento de sangre y, con dicho fin, había hecho queBalawa nombrara a tres guerreros cuya única obligación, sería abordar simultáneamente los tresbarcos, sorprender a los guardianes y dejarles sin sentido de un golpe.

Desde la ciudad de los nias hasta el lago había dos jornadas largas de camino, pero, como algunos de los guerreros habían de dar un rodeo para atacar por otros lados, tuvieron quebasarse en el tiempo que tardarían éstos en llegar para hacer sus cálculos.

Como consecuencia, de ello, no llegaron a la vecindad del lago hasta el atardecer del tercer día.

Decidieron aguardar allí escondidos hasta que cayera la noche. El hecho más insignificante, sin embargo, da al traste a veces con los planes mejor preparados y eso fue lo que les ocurrió a los guerreros nias.

Aquel día, Dios sabe por qué, los piratas habían dejado sueltos a los caballos para que pacieran por los alrededores y dos hombres habían salido abuscarlos a última hora.

Cuando regresaban can ellos, uno de los grupos nias estaba ya tomando posiciones por aquel lado, sin ser vistos por los hombres. Pero, si éstos no sospecharon siquiera su presencia, los caballos, en cambio, olieron a los indígenas, relincharon y se negaron a seguir adelante.

Uno de los hombres, extrañado, quiso averiguar qué era lo que había espantado a los caballos y descubrió a los nias que no tuvieron más remedio que echársele encima y apresarle. Si él no pudo dar la voz de alarma, no obstante lo pudo hacer el otro, que salió corriendo y gritando, perseguido por los nias que le alcanzaron antes de que llegara al lago. Pero la alarma estaba dada…

El marinero había gritado:

-¡Nos atacan los salvajes!

Y, a este grito, los que se hallaban en las cabañas salieron al exterior, armas en mano, mirando hacia el lugar de donde procedían las voces.

Balawa lo vio todo perdido.

-¿Estas a mi lado, ¡oh! Situli?. — preguntó,

-Estoy a tu lado -le contestó la voz.

-La sorpresa es imposible ya. No podremos capturarlos sin derramamiento de sangre.

-Ataca, ¡oh! Balawa. Ataca y captura a losbárbaros. Que tus guerreros se defiendan, pero que hieran sólo si es posible, y ni aún eso si se puede evitar.

-Sea -respondióBalawa.

Y dio la orden de ataque.

Aunque lo estaban esperando, los piratas nunca supusieron que iban a ser atacados por todas partes, por lo que un grupo de ellos pudo ser desarmado y hecho prisionero antes de que tuviera tiempo de hacer un solo disparo.

Los demás, sin embargo, viendo mal parada la cosa, se fueron replegando otra vez hacia las cabañas, sin dejar de disparar. Yuma se extrañó de ver tan poco sentido común entre los marineros. Retirarse a las cabañas resultaba peligrosísimo, pues los indígenas podían disparar flechas inflamadas sobre los tejados e incendiarlas en unos momentos, obligándoles a salir o a achicharrarse.

Sólo un grupo de diez hombres intentó alcanzar uno de losbarcos, pero, se le ocurrió la idea demasiado tarde. Unos nias que salieron delbosque por aquel lado les cortaron el paso y, aunque lograron derribar a varios de ellos, era demasiado grande la superioridad numérica para que pudieran salvarse y acabaron cayendo prisioneros.

ABalawa se le ocurrió inmediatamente la idea de incendiar las cabañas, como había supuesto Yuma. Pero él se opuso a ello.

-Hay prisioneros inocentes ahí, ¡oh! Balawa -dijo-. Morirían ellos, que ninguna culpa tienen.

-¿Qué hemos de hacer, pues? Nos desafían. Algunos de mis guerreros han caído. ¿He de dejar sin vengar su muerte?

-Yo los haré salir sin necesidad de que mates a nadie -contestó el hombre invisible-. Entraré en las cabañas y les haré salir con losbrazos en alto.

-Tú lo puedes, Situli. Hágase según tu deseo.

Durante un momento apareció la cabeza flotante anteBalawa. Luego desapareció.

Yuma echó a andar en dirección a la cabaña-comedor donde se había refugiado la mayor parte de los marineros. Calculaba que eran alrededor de cincuenta en número los piratas. De ellos, los nias habían hecho prisioneros ya a veinte, contando el hombre de los caballos y los diez que fueron interceptados camino delbarco.

Los tres guardianes habían abandonado los vapores a los primeros gritos de alarma, uniéndose a sus compañeros. Quedaban, pues, unos treinta en libertad, sin contar los prisioneros.

Yuma había prometido hacer salir a los piratasbrazos en alto, pero era mucho más fácil prometerlo que llevarlo a cabo. Las dos puertas que tenía el comedor estaban cerradas. Las ventanas, aunque abiertas, tenían un hombre apostado en cada una, pistola en mano.

No obstante, se acercó a una de ellas y miró hacia el interior. Contó a veinte hombres allí dentro. Calculó la distancia que había entre el centinela y el marco de la ventana. El espacio era demasiado estrecho para darle paso.

Fue recorriendo ventana, tras ventana con el mismo resultado.

De pronto, uno de los oficiales le resolvió el problema.

-No sé qué hacéis asomados a las ventanas -dijo. Como se les ocurra empezar a tirar flechas, no vais a quedar ninguno para contarlo. ¿Por qué no os echáis a un lado para poder vigilar y, sin embargo, no presentar tanbuenblanco?

Todos encontraron acertadas las palabras del oficial y se colocaron de forma que pudieran ver, el exterior exponiendo la menor parte posible de su persona.

-De todas formas -observó un marinero-, hemos sido unos imbéciles con meternos aquí dentro. Cuando quieran hacernos salir, no tienen más que prender fuego a la cabaña, que arderá como si fuera yesca.

-Esperemos que no se les ocurra eso -contestó el oficial-. Hemos hecho mal, pero la cosa ya no tiene remedio. Cuando esté más adelantada la noche, intentaremos hacer una salida y llegar hasta losbarcos. Una vez allí, podremos resistir todos los ataques y acabaremos por aburrirles o liquidarles. Lo que no comprendo es por qué se meten con nosotros. Hasta ahora nos habían dejado completamente tranquilos. Cuando tengamos ocasión, prepararemos el campamento de manera que resulte imposible toda sorpresa.

-Se me antoja que todo eso es hablar por hablar. Mientras no salgamos de este atolladero, es inútil que hablemos de lo que vamos a hacer en el porvenir.

Mientras tanto, aprovechando las precauciones tomadas por los piratas, Yuma se había introducido en la cabaña y estudiaba la situación. Aún no veía claro cómo iba a hacerles, salir de allí desarmados. Decidió esperar.

Transcurrieron los minutos.

-Esta situación se hace insostenible -dijo, bruscamente, uno de los oficiales.

-Eso opino yo -dijo otro-. Lo mejor será que intentemos salir ahora. No esperarán que hagamos eso y, antes de que salgan de su sorpresa, podemos llegar muy cerca del primerbarco.

-Sí, será mejor que lo intentemos. ¿Qué opináis, muchachos?

-Que cualquier cosa será mejor que esta espera -contestó uno de ellos-. Yo ya tengo todos los nervios de punta.

-Vamos a formar dos grupos -dijo el primer oficial-. Uno saldrá por cada puerta. Pero hemos de salir al mismo tiempo. El éxito de esta maniobra depende de la rapidez. Si salimos todos a un tiempo no les daremos lugar a reponerse de su sorpresa. Cuando yo dé la voz, salid todos de golpe y empezad a disparar en todas direcciones. Eso servirá, al propio tiempo, para que ninguno se atreva a asomarse. ¡A ver! ¡Formad dos grupos!

Un grupo de diez hombres se aproximó a cada puerta, revólver en mano.

Antes de que el oficial que había hablado pudiese dar la voz, sin embargo, sonó otra, terrible, que heló de espanto a los que la escuchaban

-¡Al primero que se mueva le levanto la tapa de los sesos!

Reinó un instante de angustioso silencio. Luego los dos grupos se volvieron.

No vieron a nadie.

-¿Quién ha hablado? — preguntó un oficial con ira-. ¿Quién es el que tiene ganas debroma en estos momentos?

-Yo -dijo la Voz Misteriosa.

Se notó revolotear algo en el aire y apareció una cabeza horrible. El rostro estaba cubierto de una palidez cadavérica y dos ojos cavernosos, brillantes como ascuas, contemplaban a los asombrados piratas.

-¡Yuma! — exclamó uno de los marineros, reconociéndole.

Y el simple nombre hizo que todos ellos se estremecieran.

-Yuma, sí -respondió la Voz-. Yuma que viene a ordenaron que os entreguéis si queréis salvar la vida. Tirad las armas, alzad losbrazos y salid. Sólo seréis hechos prisioneros.

-¿Tirar las armas? — exclamó un oficial, con rabia-. ¡Toma la mía!

Alzo el revólver, pero, antes de que hubiese podido oprimir el gatillo, sonó un disparo y el hombre rodó por el suelo. Una pistola había aparecido en el aire, por debajo de aquella cabeza. Y la pistola disparó dos veces más, derribando a otros dos hombres que habían intentado alzar sus armas al propio tiempo que el temerario oficial.

Casi inmediatamente desapareció la cabeza e, instantes después, la pistola.

-No me veis, pero sigo aquí con vosotros y mi pistola sigue vuestros movimientos -dijo la Voz-. Es inútil que intentéis luchar conmigo. Os doy un minuto de tiempo para que os decidáis a rendiros. Transcurrido ese tiempo, empezaré a derribaros uno por uno hasta que os entreguéis. No volveré a dirigiros la palabra.

Reinó el silencio. Los hombres se miraron unos a otros, sin saber qué partido tomar. Nada podían contra aquel ser extraño cuya invisibilidad le protegía. Sólo su voz podía guiarles y había dejado de hablar.

Pasó el minuto sin que nadie hubiera soltado las armas.

¡Ping!

El proyectil de la pistola invisible alcanzó a uno de los oficiales que rodó por tierra. Volvió a reinar el silencio.

La tensión era enorme. Los piratas no querían entregarse, pero no se atrevían a resistirse.

¡Ping!

Otro hombre cayó.

Un oficial disparó a tontas y a locas esperando tocar al hombre invisible, pero fracasó, recibiendo él a su vez unbalazo que le dejó fuera de combate.

Los dieciséis hombres restantes, comprendiendo la inutilidad de la lucha, llegaron, simultáneamente, a la misma decisión.

-¡Nos rendimos!

Por toda contestación, sonó otro disparo y cayó otro de ellos.

Comprendiendo lo que aquello significaba, los quince hombres fueron soltando las armas y alzando las manos. Yuma los hizo colocarse en hilera y ordenó al primero que abriera la puerta, volviera a levantar las manos y saliera seguido de todos los demás.

Así los hizo cruzar hasta la selva, donde los dejó en manos de los indígenas.

La Voz dijo al oído deBalawa:

-Aguarda, ¡oh! Balawa. Faltan diez. Te los traeré.

Fue cosa sencilla desarmar a los diez que faltaban y obligarles a que se rindiesen. Por orden de Yuma fue un grupo de indígenas a la cabaña-cárcel y puso en libertad a los prisioneros, a quienes la Voz dijo que nada les sucedería, que ayudaran a vigilar a los piratas y que pronto serían rescatados.

-Pronto -dijo la Voz-, llegará unbuque hecho todo de hierro. Vendrán a recogeros, a dar las gracias a los nias y a llevarse presos a los piratas.

Y más tarde, a solas con el jefe, apareció la cabeza del antepasado flotando en el aire. Y la cara, lejos de estar triste, reflejaba ahora alegría muy grande.

-Mi alma vuelve a sentirse invadida de paz. Mi alegría será completa cuando elbarco de hierro se lleve a estos hombres, ¡oh! Balawa.

*****

Cuando, siguiendo las indicaciones de Manrique, elbarco de guerra holandés avanzó por la ría y desembocó, en el lago, encontró los tresbarcos desiertos.

Manrique saltó a tierra con un puñado de marinas armados y vio que Yuma había cumplido su promesa. Un grupo de indígenas se presentó custodiando a cincuentablancos con la ayuda de otros veintinueveblancos que antes fueran prisioneros. Los alcanzados por los disparos de Yuma no habían muerto ni mucho menos. Al cabo de dos horas de estar sin conocimiento habían vuelto en sí, como todo el que caía herido por los proyectiles del misterioso ser invisible.

Uno de los ex prisioneros llevaba una carta que la Voz le había ordenado entregase a Manrique. En ella le daba nuevas instrucciones e incluía una misiva en holandés, explicando al comandante delbarco todo lo sucedido, la ayuda prestada por los nías y un resumen con los nombres de los piratas y los de los prisioneros,

Fueron todos conducidos abordo. Entre los prisioneros liberados había dos capitanes y algunos oficiales. Con ayuda de éstos, los demás ex prisioneros y unos cuantos marinos del “Van Vermont”, fueron tripulados los tresbarcos que, aunque navegando con su propia máquina, arribaron a Sumatra unidos por un cable entre sí y albuque de guerra.

Aunque ninguno lo sabía, en uno de losbarcos iba un pasajero: Yuma, que continuaba invisible.

CAPÍTULO XVI

EL DESENLACE

Los tresbarcos recuperados quedaron en Sumatra y elbuque de guerra continuó su viaje aBorneo con los piratas y sus ex prisioneros.

Mientras los primeros eran encerrados en la cárcel de la capital de la colonia holandesa y Manrique se dirigía al palacio del gobernador acompañado del comandante delbuque y de los prisioneros liberados para darle cuenta del éxito de la empresa, un hombre anciano, de peloblanco, encorvadas espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas, despegaba de un aeródromo cercano, en el avión que le estaba esperando para conducirle a Australia.

El anciano se despidió allí del piloto, pagándole con largueza sus servicios y, subiendo al aeroplano que dejara allí muchos días antes, emprendió el vuelo de regreso á Europa por etapas.

Había salido de España primitivamente, pero sólo paró allí horas al cabo de varios días de vuelo. Desde el aeródromo del Prat volvió a elevarse y no paró ya hasta aterrizar en Inglaterra.

El inspectorBardsley, encargado del asunto de la Compañía de Navegación Leming, estaba sentado en su despacho cuando le fue anunciada la visita del profesor Vardo, a quien conocía desde hacía muchos años como excéntrico científico, aficionado a los problemas detectivescos, que más de una vez le había sacado de apuros.

Tenía una idea de que aquel viejo contaba entre sus amistades al famoso Yuma, el hombre invisible al que tanto temían los malhechores, pero nunca había logrado que el viejo lo confesara.

Hizo pasar al profesor, preguntándose qué le traería por Inglaterra, aunque sin extrañarse demasiado, pues sabía que el anciano era un viajero infatigable, al que podía encontrársele en cualquier parte del mundo que tuviera museos de arqueología y ruinas que examinar, cosas que no le faltaban a la GranBretaña.

-Querido profesor -dijo, ofreciéndole un asiento-. No esperaba tener el gusto de verle por aquí. Hace muchísimo tiempo que no nos veíamos.

-En efecto, en efecto… — respondió el viejo; — pero ya que he pasado por la ciudad para hacer unas consultas en el MuseoBritánico, no he querido marcharme sin hacerle una visita.

-Y yo se lo agradezco mucho. ¿Por qué no viene a comer hoy conmigo?

-Me ha encontrado usted el punto flaco, amigoBardsley. Soy incapaz de rechazar semejante convite, porque su esposa es una de las mejores cocineras del mundo.

El inspector se echó a reír.

-Le agradeceré mucho que no se lo diga a ella, porque si lo hace, no podré volverme a quejar de la comida mientras viva.

-Ni creo que tenga usted jamás motivos para ello. ¿Trabaja mucho?

-En estos momentos he quedado libre de servicio -anunció el detective-. Estaba encargado del asunto de la Compañía Leming, pero acabo de recibir un cablegrama anunciándome que han sido hallados losbarcos que creíamos hundidos y que están encarcelados los capitanes y tripulantes que se apoderaron de ellos simulando el hundimiento.

-¿Y queda terminado así el asunto? — inquirió el anciano, con curiosidad.

-Vamos a pedir su extradición para juzgarlos aquí en Inglaterra, ya que todos ellos son ingleses y han cometido un delito contra una compañía inglesa. En cuanto a éstos, no sé si conseguiremos que nos la concedan, aun cuando existen probabilidades de que sí. En realidad, el delito de piratería es delito en todas partes y los holandeses pueden alegar, para juzgarlos ellos, que la guarida de los piratas se hallaba en una isla holandesa. Además, si consiguen convencernos de que la desaparición de cada uno de losbarcos tuvo lugar en aguas de Sumatra, tendremos que reconocer que se ha llevado a cabo en lugar que se hallabajo la jurisdicción de Holanda. Yo insisto, sin embargo, que ha sucedido más cerca de la costa de Maloca y que, por lo tanto, entra de lleno en la jurisdicción inglesa, aparte de que, como ya he dicho, las culpables son ingleses y la compañía perjudicada es inglesa también.

-¿Y Weekly y Weldon? — inquirió el profesor, con dulzura.

El inspector abrió, desmesuradamente, los ojos.

-¡Cómo! ¿También está usted enterado de eso?

-¡Bah! — contestó el viejo-. Eso no tiene nada de particular.. Me llamó la atención el asunto de la desaparición de losbarcos desde un principio y tengobuenas fuentes de información.

-¡Y tanbuenas! — exclamóBardsley-. Apenas acabó yo de enterarme y ya lo sabe usted. Entonces debe saber que esos dos son los que hacen más difícil la extradición de los demás, porque residen en posesiones holandesas y son, al parecer, los que lo han organizado todo. Por consiguiente, mirándola por ese lado, puede decirse que el asunto es de la exclusiva incumbencia de Holanda. Pero estamos hablando por hablar. Después de todo, eso es un simple detalle. Se les juzgue allí o se les juzgue aquí, el resultado será el mismo. Serán condenados.

-Y, una vez hecho eso, ¿dan ustedes por terminado el asunto?

-Naturalmente.

-¡Hum!

-Usted, mi querido amigo -dijo el detective-, ha venido hoy aquí con el decidido propósito de tomarme el pelo.

-¿Yo? ¡Dios me libre!

-Le conozco demasiado. ¿Qué ha querido decirme con ese ¡hum! tan despectivo?

-¿Yo? Nada. Pero, oiga, amigo, ¿usted conoce todo el asunto?

-No con todo lujo de detalles, pero…

-Pues permítame que se lo cuente yo, que por casualidad, he podido hablar con personas que lo han vivido. Escúcheme unos instantes.

Le relató, con todo lujo de pormenores, los sucesos que ya conocemos.

El inspectorBardsley le escuchó, cada vez más asombrado.

-Es usted una maravilla, profesor -dijo, cuando hubo terminado de contar el otro-. Consigue enterarse de los detalles más nimios con una rapidez increíble. Yo conocía a grandes rasgos la historia nada más. Me gustaría tener las fuentes de información de que usted dispone.

-No sabría aprovecharlas-le contestó el otro, sonriendo.

-¿Por qué dice usted eso?

-Porque no veo que haya sacado gran provecho de las que tiene a su alcance.

-Sigo sin comprenderle.

-La cosa estábien clara. Dígame, ¿han averiguado aún quién es el autor de los anónimos que recibía el señor Leming?

-Habiendo sido detenidos los tripulantes de losbarcos, creo que tenemos quebuscar más lejos.

-¡Hum!

-¿No comparte usted mi opinión?

-Si la compartiera, tendría que considerar el asunto incompleto igualmente. ¿Dónde está la persona que entregaba esos anónimos en Londres?

El inspector se mordió los labios.

-No hemos podido averiguarlo.

-Lo que supone que aún le queda por detener un miembro de la cuadrilla.

-A menos que luego se enrolara en uno de losbarcos.

-Perdóneme si digo «¡hum!» otra vez. Pero tiene usted la culpa. ¿No se ha dado usted cuenta de un detalle curioso?

-¿Cuál?

-Que el «Zephyr» se hundió de verdad.

¿Y ese es un detalle curioso?

-Curiosísimo. ¿Por qué no fingieron el hundimiento y se lo llevaron como los otros?

-Seguramente elbarco ese se hundió de verdad y no tuvieron esos piratas nada que ver con el asunto.

-En ese caso, ¿quiere usted explicarme qué significa la declaración de los supervivientes?

-No entiendo.

-Los supervivientes declararon que había subido abordo un hombre a recoger la cantidad exigida por el anónimo como rescate delbarco. Sólo después de no haber sido pagada fue hundido o se hundió elbuque. Si supone usted que los piratas presos, nada tuvieron que ver con el hundimiento del «Zephyr», tiene usted que reconocer la existencia de otra cuadrilla distinta, autora de los anónimos y causante del primer hundimiento. Y, si reconoce usted la existencia de semejante cuadrilla, reconoce, al propio tiempo, que no ha logrado apresar a ninguno de sus miembros. Además, ello implica que el asunto no está terminado ni mucho menos, puesto que pueden ocurrir nuevos hundimientos.

-¡Demonio de hombre! — exclamó el detective, amoscado-. Siempre viene a turbar mi tranquilidad cuando más seguro me encuentro de que un caso ha quedado liquidado definitivamente;

-¿Reconoce usted que tengo razón?

-¿Qué remedio me queda? Aduce usted unas razones que no encuentro manera de combatir con éxito. Pero, profesor, puesto que tanto interés ha tomado en el asunto, alguna teoría habrá formado. ¿Qué opina de todo eso?

-Le advertí, hace unos momentos, que tenía usted a su alcance fuentes que no había sabido aprovechar. Le repito ahora lo mismo.

El inspector consultó su reloj.

-Si no es un poco más explícito –anunció-, vamos a quedarnos sin comer hoy. Ya debe estar la mesa puesta y mi esposa no espera visitas.

-Pues la comida no la perdono. Vámonos ahora mismo -dijo Vardo, poniéndose en pie-. Si no hay suficiente comida para tres, da lo mismo. Con lo que le he dicho, me parece que se le quitará a usted el apetito, conque podré comer a mis anchas.

-Profesor…

-Ni una palabra. Yo no vuelvo a hablar de esas cosas hasta que haya comido.

*****

Estaban de sobremesa. Aunque se le había presentado un invitado sin previo aviso, la esposa del inspector había sabido salir airosa del trance y todos habían quedado satisfechos, pese a que la curiosidad y la preocupación no habían quitado al detective el apetito.

-Ahora -dijo éste, sorbiendo el café-, va usted a hablar claro, amigo Vardo, o le meto en un calabozo para que aprenda a no ponerme todos los nervios de punta cada vez que se presenta usted en Londres.

-Cuando yo me enteré del asunto de losbarcos hundidos, cosa que fue al mismo tiempo que la mayoría de la gente y mucho después que algunos, empecé estudiando lo elemental del caso.

-¿ Y qué era eso?

-Quise saber quién era la Compañía de Navegación Leming y todo lo que a ella se refiriera. Ya sabe que, a veces, examinando las cosas así, se encuentra un detalle que derrama luz sobre un asunto confuso. Si se trataba de una obra de venganza, era posible que en la historia de la compañía existiera algún episodio que permitiera establecer la identidad de un enemigo en potencia.

-Y ¿qué descubrió usted?

-Mucho más de lo que me esperaba. Otra vez, amigoBardsley, no descuide detalles de tanta importancia.

-¡Hable de una vez, hombre de Dios!

-Su exasperación me demuestra que, en efecto, usted omitió tan necesaria investigación. Pero no quiero hacerle rabiar más y prosigo.

»Descubrí que la Compañía de Navegación Leming no se encontraba en una posición muy desahogada, económicamente hablando. Los vientos, como denominaban popularmente a losbarcos de la compañía, producían más pérdidas quebeneficios. El recorrido que hacían era muy largo, los gastos, grandes, los fletes, escasos. Por añadidura, había mucha competencia entre las compañías navieras de las islas y cada día había que cobrar menos para poder hacer un viaje sin llevar elbarco en lastre.

»Si la Compañía de Navegación hubiera sido rica, hubiese podido, intentar eliminar la competencia mediante el sencillo expediente de hacer los transportes casi gratis hasta arruinar a los competidores y monopolizar entonces, los fletes. Pero la Compañía tenía casi todo su capital invertido enbarcos y muy poco dinero en efectivo.

»El valor de éstos, representaba una fortuna, pero una fortuna irrealizable. El señor Leming veía cernirse sobre él la ruina y sabía que, de ir a la quiebra, no salvaría nada de la hecatombe. Si ponía losbarcos a la venta, no le darían por ellos ni la mitad de su valor, y mucho menos en vista de que, el mero hecho de que los vendiera, sería una demostración de qué andaba apurado y ya sabe que los negociantes aprovechan esas ocasiones.

-¿Quiere insinuar con eso…?

-Más vale que no me interrumpa, ahora que tengo ganas de hablar. Ya dirá usted todo lo que quiera luego.

»Bien. Seguí mis investigaciones y descubrí otro detalle interesante. A1 ser renovados los contratos de seguro de los vapores de la compañía, se había hecho una tasación nueva, de manera que cada uno de ellos estaba asegurado por un treinta por ciento más que anteriormente. Eso me diobastante que pensar.

»No le diré, paso a paso, todas las indagaciones que hice. Lo cierto es que, al cabo de unos días, estaba yo completamente convencido de que Leming había descubierto la manera de liquidar su Compañía de Navegación y obtener unbuenbeneficio. Se trataba, simplemente, de ir perdiendo todos susbarcos e ir cobrando el seguro de cada uno de ellos.

»Hizo un viaje primero a Sumatra para ponerse de acuerdo allí con Weldon. Necesitaba alguien que se encargara debuscar tripulaciones dispuestas a todo y le pareció que las islas eran unbuen lugar en que encontrarlas y que, además, estaban demasiado lejos para que pudiera asociarse ninguna de las maniobras llevadas a cabo por allá con él.

»Me enteré yo de ese viaje y supe a quién había visto y, como las referencias que yo tenía de Weldon eranbastante malas, me dio malísima espina. Ya sabe que después de perder tresbarcos, hizo otra viaje a Sumatra. Yo creo que fue para decirle a Weldon que frenara un poco las actividades de sus tripulaciones, porque la cosa iba a parecer demasiado sospechosa.

»Entretanto, había inventado el cuento de los anónimos para representarse como perseguido y amenazado y explicar, al propio tiempo, los hundimientos que iban a provocarse.

-Un momento -le interrumpió el detective-. Según eso, el jefe de los piratas es Leming, en realidad.

-Veo que sigue usted sin querer fijarse en los detalles importantes. ¿No recuerda que le señalé el extraño caso del «Zephyr»?

-Me parece que voy a dejarle que siga explicando por su cuenta y así no tendré que romperme la cabeza -contestó el detective.

-Aplaudo su idea. Saldrá usted ganando con ella -sonrió el profesor.

Tomó un sorbo de café, sin fijarse en que ya estaba casi helado y prosiguió:

-Lo más terrible del caso Leming –dijo-, es que éste ha dado pruebas de ser un desalmado completo. En efecto, cuando se le ocurrió la idea de los hundimientos, tuvo que pensar en la posibilidad de que alguno de los tripulantes se negara a prestarse a ellos y de que alguno de los pasajeros se enterara por casualidad de lo que estaba sucediendo, o no se dejara engañar por las apariencias. En tales casos, no podía haber más solución que una: la muerte.

»Por eso murieron tantos en el «Zephyr». Era la primera intentona y no se había podido encontrar una tripulación completa. Fue preciso que se ahogaran aquellos que hubiesen podido hablar más de la cuenta, entre ellos los dos detectives que iban abordo. Los que se salvaron, creyeron debuena fe que elbarco había ido a pique accidentalmente… todos menos el capitán, que estaba complicado en el asunto, como lo demuestra el hecho de que hablara de la llegada de un emisario del supuesto chantajista, emisario que sólo en su imaginación existía. Otra prueba contra él es el hecho de que, aunque aseguró haber telegrafiado a tierra para que fuera interceptada la canoa de dicho personaje imaginario, ninguna estación recogió el mensaje, cosa muy natural, puesto que nunca había sido enviado.

»El capitán en cuestión, sin embargo, comprendía que no podría engañar a un tribunal investigador, y desapareció de repente, sin que volviera a conocerse su paradero… hasta ahora.

-¿Hasta ahora?

-Sí era uno de los que se hallaban en la isla de Nias. Pero volvamos al asunto de los hundimientos. El éxito obtenido en el caso del «Zephyr» envalentonó a Leming. Y envalentonó también a otros.

»Por la facilidad con que podía encontrar tripulaciones de tendencias criminales, se había creído prudente meter a Weekly, agente de la Compañía en Java, en la conspiración. Weekly era un hombre muy listo y vio en seguida un negocio en el que no había pensado Leming. Precisamente porque era tan listo, decidió no decirle una palabra al naviero y hacerlo él por su propia cuenta, en combinación con Weldon y los tripulantes.

»Costaba muy poco trabajo simular los hundimientos en lugar de llevarlos a cabo si se estudiababien el procedimiento. El propio Weekly se encargó de perfeccionar el sistema que, como ya le he explicado, se empleó en diversas ocasiones.

»El negocio era redondo, sobre todo para Weekly y Weldon. Cobraban de Leming su parte en los hundimientos y recibían la cantidad estipulada para pagar a las tripulaciones. Desde el momento en que se metieron a salvar losbarcos, llegaron a un acuerdo con los tripulantes y oficiales para darles un tanto por ciento del importe de la venta de losbarcos una vez hubiesen quedado transformados éstos, venta que se encargaba de efectuar el propio Weekly valiéndose de sus amistades e influencias. Hecho ya este acuerdo, todo el dinero pagado por Leming se lo quedaban entre Leming y Weekly, sin dar un céntimo de él a los tripulantes.

»Si Leming se ha enterado ya de la detención de sus cómplices y de la jugarreta que le han estado haciendo, debe estar tirándose de los pelos. Yo creo, amigoBardsley, que lo mejor que puede usted hacer ahora, es largarse a casa de Leming y echarle el guante antes de que se le escape. Seguramente sabrán agradecérselo las compañías de seguros, aparte de los honores que le valdrá el haber resuelto un asunto que, si se descuidan un poco, se queda a medio terminar a pesar de todas las detenciones hechas.

»Entretanto, querido amigo, tengo el gusto de comunicarle que, según noticias confidenciales, el «Whirlwind» de la misma Compañía, ha sido detenido en el puerto de Singapur, siendo encarcelados todos sus tripulantes y oficiales, excepción hecha del capitán, que era la única persona decente qué había abordo. Le deseo muybuenas tardes, le agradezco enormemente su invitación a comer, le ruego que me ponga a los pies de su esposa que, al parecer, ha desaparecido, puesto que no la veo desde hace rato, y espero volver a tener pronto el honor de comer en esta casa. ¡Hasta otro rato, amigo!

El profesor se puso en pie.

-Pero, ¿se va usted ya, profesor? — exclamó el inspector, imitándole.

-No tengo más remedio. Tengo mucho que hacer y muy poco tiempo disponible. Y usted tiene que ir a ver a Leming sin perder momento.

-Le estoy muy agradecido por sus indicaciones, profesor, gracias a usted…

-Guárdese las gracias y no me entretenga ni se entretenga. Los dos tenemos prisa. ¡Adiós, inspector! ¡Adiós, señora! — agregó al ver entrar a la esposa deBardsley-. Sólo me queda el tiempo suficiente para darle mil gracias por sus atenciones y asegurarle que su comida ha sido exquisita.

Y, sin dar tiempo a que le contestaran, el profesor Vardo salió de la casa, paró el primer taxi, y se hizo conducir al aeródromo donde había dejado su aeroplano.

Cuando el inspectorBardsley llegó a casa de Leming dispuesto a detenerle, Vardo había dejado atrás Londres y volaba sobre el Canal de la Mancha.

 

FIN

 

Publicado por: Editorial Molino, agosto de 1943

 

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