© Libro N° 4000. La Isla De Los Barcos Perdidos. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © La Isla De Los Barcos
Perdidos. Rafael Molinero
Versión Original: © La Isla De Los Barcos
Perdidos. Rafael Molinero
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2016/04/la-isla-de-los-barcos-perdidos-rafael.html#more
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://cloud10.todocoleccion.online/comics-pulp/tc/2016/09/15/12/60500355.jpg
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA ISLA DE LOS BARCOS PERDIDOS
Rafael Molinero
La isla de los barcos perdidos
Rafael Molinero
Yuma/4
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
CAPÍTULO XIII
CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO XV
CAPÍTULO XVI
FIN
CAPÍTULO I
LAS DESGRACIAS DEL SEÑOR LEMING
Los salones de los señores de Galban-Cándares estaban
concurridísimos. Todas las habitaciones de la plantabaja se
hallabanbrillantemente iluminadas y los numerosos coches estacionados en los
alrededores de la lujosa morada daban muda y elocuente testimonio de la fiesta
que se estaba celebrando.
Todo lo mejor deBarcelona se había congregadobajo el techo
de la aristocrática familia con motivo de la presentación en sociedad de la
deliciosa Violeta, hija única del feliz matrimonio.
Aunque muy poco amigo de asistir a fiestas de tal índole,
el señor Trévelez, director del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas, no había visto manera de excusarse y paseaba su aburrimiento de
cuarto en cuarto, parándose, de vez en cuando, a corresponder a los saludos o
contestar a los comentarios y finezas de los muchos que le conocían.
Empezaron a sonar los acordes de la orquesta y la mayoría
de los invitados se dirigió al salón debaile.
Trévelez, viéndose temporalmente solo, decidió aprovechar
la ocasión para salir al hermoso parque que rodeaba el palacio y respirar aire
fresco, lejos de la cargada atmósfera de la casa.
En un rincón del mismo, rodeado de frondosos árboles,
había un lagobastante grande en cuyo centro sobresalía del agua una estatua,
obra de un famoso escultor. Representaba el nacimiento de Venus y la espuma de
la que surgía la diosa ocultaba potentes reflectores cuya luz, enfocada sobre
la imagen, traspasaba también el diáfano alabastro del que las olas estaban
moldeadas, difundiendo una leve claridad sobre los lirios acuáticos cercanos.
Trévelez se acercó al lago y se puso a contemplar la
estatua, admirando labelleza de sus líneas que la sabia disposición de los
focos hacía resaltar.
-Vea que las aglomeraciones le causan el mismo tedio que a
mí y que, como yo, prefiere la soledad individual a la soledad en compañía —
dijo, de pronto, una voz a sus espaldas.
Trévelez se volvió.
-¡Hola, Balso! — saludó, reconociendo al hombre delgado y
alto, de cabello canoso y sonriente semblante que le había hablado-. Tiene
usted razón. Me asfixio entre tanta gente. Estas fiestas están muybien para la
gente joven; pero, cuando se llega a nuestra edad, elbullicio, elbaile, las
conversaciones sin trascendencia resultan casi insoportables. Me parece que no
somos los únicos en huir de todo ese jaleo, sin embargo.
En efecto, un poco más allá, entre los árboles, se veía la
figura de un hombre de unos cincuenta años, cabello entrecano, mandíbula
cuadrada, alto, ni gordo ni delgado, que paseaba de un lado a otro, nervioso.
Era evidente que no se había dado cuenta de la llegada de los otros dos.
-Es Leming-dijoBalso, siguiendo la mirada de su
interlocutor.
-No será el Leming de…
-¿De la Compañía Leming de Navegación? — le
interrumpióBalso-. Sí, él es. Comprendo perfectamente que no quiera rondar por
los salones. Demasiado ha hecho con aceptar la invitación. Supongo que no se le
ocurriría forma de rechazarla sin pecar de descortés.
-Eso será. Lo que me extraña es que se encuentre en
España. ¿No tiene sus oficinas en Inglaterra?
-Sí; en Londres. Pero su estancia en nuestra ciudad es
menos extraña de lo que parece. Tengo entendido que se halla de paso para
Sumatra. Aunque es armador debuques, parece preferir viajar por tierra todo lo
que le es posible. Salió de Londres con la intención de recorrer en tren todo
el trayecto, vía Francia, hasta Gibraltar, donde embarcará en uno de sus
propios vapores para continuar el viaje por el canal de Suez. A última hora ha
decidido detenerse unos días enBarcelona para hablar con su agente.
-Se ve que las pérdidas que ha tenido que soportar la
compañía le tienen preocupado. Ni siquiera ha reparado en nuestra presencia.
-No es para menos. Tresbuques en tres meses escasos es
mucho perder. Y creo que eran los tres mejores que tenía. Por eso va a Sumatra.
Quiere hablar con sus agentes allí con el fin de investigar por su propia
cuenta el asunto. Lo singular del caso es que los tresbarcos se perdieron poco
después de pasar por el Estrecho de Maloca a juzgar por lo que cuentan los
supervivientes.
-Sí que es extraño… Nos ha visto ya. Creo que se acerca.
Así era. Leming, en una de sus vueltas, había alzado la
cabeza y viendo a los dos hombres, se acercaba a ellos.
Trévelez tuvo entonces ocasión de examinarle más de cerca
y fijarse en detalles que se le pasaran por alto anteriormente. Unas
pobladísimas cejas por encima de ojos cavernosos, llenos de fuego, acentuaban
la expresión sombría del resto de su semblante. La determinación expresada por
la cuadrada mandíbula quedaba confirmada por laboca -unaboca grande, recta,
que, al cerrarse, parecía un cepo.
En conjunto, Leming daba la sensación de ser un hombre de
voluntad férrea que no consentiría que nada le desviase de su camino una vez se
hubiera propuesto una cosa.
-Buenas noches, Balso -dijo el hombre.
Y miró a Trévelez con curiosidadbastante excusable, porque
el director del Instituto llamaba la atención en todas partes por su aspecto.
Hubiera sido difícil calcular su edad con exactitud. Era
uno de esos hombres que lo mismo pueden tener treinta que cuarenta años y que
nunca parecen envejecer. Negra como ala de cuervo la cabellera, seco el rostro,
tostado el cutis, aguileña la nariz, sus facciones formaban un conjunto exótico
acentuado por el rescoldo que, dormitando en el fondo de sus pupilas,
convertíase en llama a voluntad. El rostro carecía, normalmente, de expresión.
Parecía tallado en piedra y recordaba el de ciertas esculturas de la patria de
sus antepasados, pues Trévelez era de ascendencia americana, aunque nacido en
España.
Tenía más de un metro ochenta de estatura; pero, viéndole
solo, no se notaba por lobien proporcionado que tenía el cuerpo. El traje era
incapaz de disimular la anchura de sus hombros y se adivinababajo el tejido una
musculatura recia, poco corriente en hombres que, como él, se habían consagrado
a la ciencia.
Interceptando y comprendiendo la mirada de Leming, Balso
se apresuró a hacer las presentaciones.
-Don Ramón Trévelez-dijo-, director del Instituto de
Inventores y de Investigaciones Científicas… El señor Leming, presidente de la
Compañía de Navegación. Leming, cuyo nombre figura tan prominentemente en los
diarios de algún tiempo a esta parte.
-Celebro conocerle, señor Leming -anunció Trévelez,
estrechando la mano que el otro le tendía casi mecánicamente-. Hace unos
minutos que le hemos visto y estábamos comentando su ensimismamiento..
-¿Cómo no quieren ustedes que esté ensimismado con todo lo
que me está ocurriendo?
-Tiene usted razón. Que en tan poco tiempo sea su compañía
víctima de tres accidentes…
-¡Tres accidentes! — le interrumpió el naviero con
viveza-. Está usted en un error, señor Trévelez. No se trata de accidentes,
sino de actos criminales premeditados.
-¡Actos criminales! — exclamóBalso, con sorpresa-. Nunca
le había oído a usted calificarlos de tales hasta este momento.
Leming guardó silencio unos instantes, mordiéndose los
labios, como si le pesara haber hablado tanto.
-No he creído necesario decir todo lo que sabía -dijo, por
fin-, porque, como puede usted comprender, no me conviene que esto se haga
público. Aun dejando que la gente crea que se trata de accidentes, se nota ya
un marcado retraimiento por parte de los embarcadores. Si sé descubriera que
soy víctima de una conspiración criminal, escasearían tanto los cargamentos que
me obligarían, a retirar por completo losbarcos, amarrarlos en cualquier puerto
y venderlos a quien quisiera comprármelos. Representaría la ruina total de la
compañía que, de todas formas, si esto sigue así, no tardará en dar en quiebra.
-Es serio eso-murmuró Trévelez.
-Mucho más de lo que usted se supone. Puesto que ya me he
ido de la lengua, lo mismo dará que cuente toda la verdad. Balso es de
confianza y usted, señor Trévelez, me es conocido por sus inventos, sus
descubrimientos y sus trabajos. Hasta es posible -continuó, con una leve
sonrisa-, que su ciencia puede venir en mi ayuda… aunque lo dudo mucho. Sea
como fuere, ésta será la primera vez que hable del asunto a amigos. Confío en
la discreción de ustedes. Como ya he dicho, si la cosa se supiera,
representaría la ruina.
-Por mi parte-contestó Trévelez-, puede usted hablar con
entera libertad. No repetiré una sola palabra de cuanto oiga.
-Y yo -aseguróBalso-, soy la discreción personificada.
-Puesbien, hace cosa de seis o siete meses, recibí un
anónimo en el que se me exigía la entrega del equivalente de cien mil pesetas,
advirtiéndome que, si la cantidad pedida no era entregada, perdería uno de
misbarcos. El anónimo me ordenaba que publicase un anuncio en el The Times de
Londres, diciendo simplemente: «Pagaré» si estaba dispuesto a hacerlo. El mismo
día en que se publicara el anuncio, recibiría instrucciones sobre el lugar y
manera en que había de hacer entrega del dinero.
»Mi primera idea fue hacer caso omiso del anónimo, reírme
de él, porque me parecía imposible que quien intentaba hacerme víctima de un
chantaje contase con los medios para poder cumplir su amenaza. Pensándolo
mejor, sin embargo, creí prudente entregar la carta a la policía, a cuyo efecto
me dirigí, personalmente, a Scotland Yard.
»Allí me aconsejaron que publicase el anuncio en cuestión
para ver si así podía establecerse la identidad del chantajista y detenerle.
Seguí el consejo.
»El mismo día en que apareció el anuncio, recibí otro
anónimo dándome instrucciones. Debía entregar el dinero al capitán del
«Zephyr», uno de misbarcos que estaba próximo a salir. Durante la travesía,
seria abordado el vapor por alguien que recogería el dinero. No se especificaba
en qué punto ocurriría eso y, como misbarcos tocan en muchos puertos desde su
salida de Londres hasta su llegada a la China, era difícil adivinarlo.
»Al propio tiempo, el autor del anónimo me decía que
estaba enterado de mi visita a Scotland Yard y me advertía que nada adelantaba
con pedir protección a las autoridades. Me aconsejaba que entregara el dinero
enbilletes pequeños y que no intentase tomar la numeración porque sería una
pérdida de tiempo. El menor contratiempo con uno de losbilletes le obligaría a
exigirme igual cantidad en oro, lo que sería mucho más complicado para mí.
»Si, al subir su enviado abordo del «Zephyr» no encontraba
el dinero preparado, elbarco se iría a pique antes de haber regresado a
Inglaterra.
-¿Qué hizo usted entonces? — inquirió Trévelez.
-Ir a Scotland Yard otra vez, a pesar de las amenazas.
-¿Y qué le aconsejaron?
-Que no entregara el dinero. Misbarcos son de pasaje y
carga. Quedó acordado que, entre los pasajeros del «Zephyr», irían dos
detectives.
»El «Zephyr» se hizo a la mar. Tocó en varios puertos
españoles y portugueses; se introdujo por el Mediterráneo haciendo escalas;
bajó por el Canal de Suez atravesó el Mar Rojo y, desde Aden, marchó derecho a
Ceylán, Penang, Singapur, Saigón, Hong-Kong y puertos diversos de China. El
último puerto que había de tocar era Shanghai. Desde allí emprendió el camino
de regreso sin que nadie se hubiera acercarlo abordo abuscar las cien mil
pesetas.
»Hizo escala enBorneo; luego en Singapur otra vez y pasó
por el Estrecho de Maloca en dirección a Penang; pero no llegó a este último
puerto.
»Unbarco de cabotaje que pasaba por el Estrecho divisó
cierta mañana variosbotes tan llenos de gente que era un milagro que no
hubiesen zozobrado. Recogió a sus tripulantes, que resultaron ser náufragos del
«Zephyr» y los desembarcó en Sumatra.
»Según su relato, al «Zephyr» se le había abierto una vía
de agua durante la noche y todos los esfuerzos de la tripulación resultaron
inútiles para reparar la avería. Sebotaron las embarcaciones de salvamento y
pudieron salvarse casi todos los pasajeros y algunos de los tripulantes. El
«Zephyr» se hundió con todos los demás que intentaban aún tapar la vía de agua.
Entre los ahogados figuraban los dos detectives y toda la oficialidad, menos el
capitán.
-Por lo que usted dice -observó Trévelez-, no existe
prueba alguna de que se tratara de un acto criminal en ese caso.
-Horas antes del hundimiento se había acercado albarco una
lancha automóvil procedente de Sumatra, según declaraciones del capitán. ¿No le
parece una casualidad demasiado grande que se hundiera elbarco inmediatamente
después de semejante visita? Además, ¿cómo es posible que se le abriera
unboquete al «Zephyr» tan misteriosamente en plena noche? No, estoy convencido
de que elbarco no se hundió, sino que fue echado a pique.
-¿Cómo cree usted que fue abierta la vía de agua?
-Es cosa que no ha podido ponerse en claro. Ni el capitán
ni los tripulantes que se salvaron notaron nada anormal.
-¿Qué hicieron los detectives al ser abordado elbarco por
la lancha?
-Estuvieron presentes mientras el enviado de los
chantajistas hablaba con el capitán. Su primera intención había sido intentar
seguir al hombre en una canoa automóvil, pero comprendieron, a última hora, que
su mejor plan era quedarse abordo y avisar por telegrafía a tierra para que
esperaran la llegada de la lancha automóvil y siguieran a sus tripulantes.
»Cuando se descubrió la vía de agua, se empeñaron en
registrar elbarco antes de intentar salvarse, para ver si encontraban escondido
a alguien. Se conoce que no pudieron salir a tiempo y se ahogaron.
--¿Lograron seguir al enviado del chantajista en tierra?
-Ahí está lo extraño del caso. La Policía holandesa
asegura que no recibió ningún mensaje.
-Sí que es raro. ¿Qué pasó después?
-Recibí otro anónimo. Me decían en él que esperaban que me
sirviera de lección lo ocurrido. Exigían ciento cincuenta mil pesetas, de lo
contrario, sería hundido el «Typhoon». Este vapor se hallaba en Alejandría en
aquel momento. Me ordenaban que telegrafiase a mis agentes instrucciones para
que fuera entregada la cantidad mencionada al capitán del mismo.
»Notifiqué, nuevamente, a Scotland Yard. Me dijeron que no
abandonaban el asunto, y mucho menos después de haber perdido a dos detectives.
Se habían puesto en contacto con las autoridades holandesas para solicitar su
cooperación, ya que el enviado de los chantajistas había salido de Sumatra. Al
propio tiempo, estaban llevando a cabo investigaciones para descubrir quién era
la persona que entregaba los anónimos en Londres. Me pidieron que no dejase de
tenerles al corriente de cuanto sucediera y me anunciaron que no les daba
tiempo a mandar a ningún detective abordo.
»Eran del parecer qué no debía pagar el dinero, cosa en la
que yo estaba de acuerdo con ellos, puesto que no soy lobastante rico para
poderme desprender sin más ni más de cantidades semejantes. Me dijeron que
sería conveniente ordenarle al capitán del «Typhoon» que telegrafiara a tierra
en cuanto subiera alguien, abordo para que pudieran esperarle y seguirle cuando
desembarcara.
-¿Qué hizo usted?
-Telegrafiar al capitán dándole instrucciones de acuerdo
con lo que me había dicho la Policía. A mis agentes de Alejandría no les dije
una palabra. No hubiesen podido entregar ciento cincuenta mil pesetas al
capitán aunque hubieran querido y yo no tenía ganas de pedirle albanco que
hiciera una transferencia.
»Lo único que sabemos del «Typhoon» es que hizo las
escalas de costumbre hasta llegar a Ceylán. Tuvimos noticias suyas desde
Colombo. Pero, desde el momento en que salió de allí, no hemos vuelto a saber
de él. Al parecer, se hundió con toda la tripulación. No se tiene noticia,
hasta ahora de que haya sido recogido superviviente alguno, pero fueron
halladas unas tablas flotantes cerca de las islas Nicobar, entre las que había
una en que se leía el nombre del vapor desaparecido.
»Cuando recibí el tercer anónimo, la cantidad había subido
al equivalente de doscientas mil pesetas y esta vez decidí pagarlas aunque
confieso que, después de perder dosbarcos, el dinero ese me hacía muchísima
falta.
»Saqué el dinero enbilletes pequeños, tomé nota de la
numeración y entregué una copia a Scotland Yard. A continuación, mandé un
empleado a Chipre a que hiciera entrega del dinero al capitán del «Simoon», que
era elbarco amenazado.
»Cuando el vapor navegaba por el Mar Rojo, le abordó una
lancha automóvil. El capitán dio el dinero al enviado del chantajista y
telegrafió inmediatamente a tierra. Por desgracia, el punto en que se había
hecho la entrega estaba lejos de lugares habitados y, para cuando los
representantes de la autoridad llegaron, a los alrededores, la lancha había
desaparecido por completa sin dejar rastro. El «Simoon» continuó su viaje. Muy
pocos días después la Policía detuvo en El Cairo a un turista que intentaba pasar
uno de losbilletes entregados a los chantajistas. Tuvo que soltarle, sin
embargo, porque resultó ser una persona de importancia. Además, pudo demostrar
que se lo habían entregado a él en una casa de cambio donde dio unbillete de
diez libras esterlinas para comprar cinco libras de moneda egipcia. La Policía
sigue investigando, pero está tan enredada la cosa que no espera adelantar
nada.
»No obstante, poca después del descubrimiento delbillete,
el «Simoon» desapareció tan misteriosamente como el «Typhoon» y todo parece
indicar que se ha hundido.
»Inmediatamente recibí otro anónimo, recordándome lo que
se me había dicho en el primero acerca del dinero marcado. En vista de lo
sucedido había sido eliminado el «Simoon» y le ocurriría lo propio al «Sirocco»
si no llevaba el equivalente de doscientas cincuenta mil pesetas en oro o algún
metal precioso de fácil disposición. Lo que me pedían era poco menos que
imposible. No intenté encontrar semejante cantidad siquiera. Dejé que saliera
el «Sirocco» y confieso que temo recibir de un momento a otro la noticia de que
ha ido a parar al fondo como los demás.
»No sé qué hacer. La Policía no ha logrado poner nada en
clara aún. Después de pensarlo mucho, he decidido hacer un viaje a Sumatra.
Puesto qué de allí salió la lancha que abordó al «Zephyr» y en esas
inmediaciones se hundió elbarco y aparecieron los restos del «Typhoon», tal vez
logre averiguar algo allí. Sea como fuere, es lo único que se me ocurre de
momento.
Trévelez se acarició, pensativamente, labarbilla.
-Es la mar de misterioso todo eso -dijo por fin; — pero ha
puesto usted el asunto enbuenas manos. Los detectives de Scotland Yard gozan de
merecida fama. No cabe la menor duda de que, tarde o temprano, acabarán dando
con los criminales.
-Y, entre tanto -respondió Leming, con amargura-, mi
Compañía se quedará sin unbarco.
-La verdad es -continuó el director del Instituto-, que su
situación es difícil. Quisiera poderle ofrecer algo, aunque fuera un consejo,
para conjurar el peligro, pero sólo se me ocurre una cosa: que procuren sus
capitanes no admitir marineros de los que no sepan nada. Por lo que usted
cuenta, es evidente que las chantajistas contaban con la ayuda de alguien que
iba abordo de cada uno de losbarcos hundidas y no menos evidente es que el
cómplice habrá procurado salvarse al irse elbarco al fondo. Por consiguiente,
yo, en su lugar, no perdería de vista a ninguno de los náufragos, pues es muy
posible que alguno de ellos pueda proporcionarle la clave de todo el asunto.
-Tiene usted muchísima razón-dijo Leming, animándose; — no
se me había ocurrido pensar en eso. En cuanto llegue a Sumatra, me pondré en
contacto con la Policía holandesa para que investiguen las andanzas de todos
los que se salvaron del hundimiento. No tengo noticias que haya salido ninguno
de ellos de Sumatra aún, pero, si alguno se hubiese ido, le haré vigilar
dondequiera que se encuentre. Me alegro de hacer hablado, después de todo.
Quizá no se me hubiera ocurrido a mí nunca esa posibilidad de dar con una
pista.
En aquel momento empezó a salir más gente al parque, por
haber terminado elbaile, y se dio por terminada la conversación.
Trévelez pasó el resto de la nochebastante pensativo y, en
cuanto pudo hacerlo sin molestar a nadie, se despidió de los señores de
Galban-Cándares y regresó al Instituto.
Lo primero que hizo al llegar, fue meterse en el despacho,
oprimir cierto lugar de una de las molduras e introducirse por la puerta que
apareció al girar silenciosamente una estantería completa sobre invisibles
goznes.
Pasó por un corto pasillo y se encontró en un cuarto en el
que había unabiblioteca, dos sillas y una mesa grande sobre la que se veían dos
teléfonos. Era su despacho secreto.
Descolgó uno de los aparatos y, en seguida, oyó una voz:
-Garvez.
-Informe.
-Sin novedad.
-Prepárese a tomar nota. Instrucciones.
-Escucho.
Durante cerca de media hora habló Trévelez, dándole a
conocer sus órdenes al que le estaba escuchando. Luego colgó el aparato, se
entretuvo unos instantes en el despacho exterior y acabó yéndose a la cama.
Eran las dos de la madrugada.
CAPÍTULO II
EL MENSAJE INTERRUMPIDO
Trévelez oprimió un resorte de la pared de su despacho
secreto y entró en el cuarto ropero que ya hemos descrito en varias ocasiones a
nuestros lectores.
En el fondo del mismo se abría la puertecilla de lo que
parecía un cuarto, minúsculo, pero que era, en realidad, un ascensor.
En élbajó hasta el laboratorio y taller ocultos y situados
muy por debajo de los cimientos del Instituto y se acercó a una mesa donde
tenía instalado un enorme aparato con discos giratorios ranurados, motores,
tubos neón y células fotoeléctricas.
Junto a este aparato había una serie debotones minúsculos,
o, por lo menos, parecíanbotones.
Eran desmontables, sin embargo, como se vio al tomar
Trévelez uno de ellos y desarmarlo.
Usó una lupa y herramientas de relojero para hacer unos
ajustes en su interior. Luego lo acopló al aparato grande, encendió las
lámparas neón, hizo girar los discos y examinó una pantalla fluorescente
colocada allí cerca.
El resultado fue nulo.
Volvió a desmontar elbotón y, al probarlo por segunda vez,
apareció una imagenborrosa en la pantalla.
Aquel éxito hizo que redoblara sus esfuerzos y, al cabo de
unas horas, consiguió que la imagen resultara lobastante clara para que
pudieran apreciarse algunos detalles.
No obstante, no estaba aún satisfecho y siguió
experimentando. Cuando, al cabo de unbuen rato más, logró un resultado casi
perfecto, abandonó su trabajo y volvió al despacho secreto.
Habían transcurrido cuatro días desde su conversación con
el señor Leming y sus agentes no habían perdido el tiempo, como lo demostraba
la pila de informes que había sobre su mesa, junto a los teléfonos.
Tomó asiento y se puso a repasarlos de nuevo, tomando
notas de vez en cuando.
Hubiera sido imposible deducir por su semblante si
encontraba los informes de interés o no. Iba pasando hoja tras hoja sin que se
moviera un solo músculo de su cara.
De pronto, la mano derecha que alzaba una de las hojas
para ponerla a un lado, se detuvo en el aire, soltó la hoja, se movió hacia el
reloj de pulsera que llevaba en la muñeca izquierda.
Aquel reloj, cuya maquinaria ocupaba un trozo muy pequeño
de la caja, era, al propio tiempo, aparato receptor y transmisor de
radiotelegrafía. Una serie de minúsculos electroimanes ponían en movimiento una
palanca que, por medio de presiones cartas y prolongadas, transmitían un
mensaje en morse.
En la tapa posterior del reloj asomaba por un agujero
pequeño la punta de la palanca que hacía contacto con la muñeca de quien la
llevara puesto. Era una invención del director del Instituto y acababa de
sentir una presión sobre su carne.
Contestó inmediatamente para que quien comunicaba supiera
que se le escuchaba.
Inmediatamente la palanca empezó a deletrear
«X. — E-S-T-A-A-P-U-N-T-O-D-E,,,,»
El mensaje se interrumpióbruscamente. Trévelez oprimió la
parte superior de la corona del reloj. No obtuvo contestación alguna. Aguardó
unos instantes y probó otra vez, con idéntico resultado.
Alargó la mano en dirección al aparato que comunicaba
directamente con el jefe de sus agentes. Aun no lo había alcanzado, sin
embargo, cuando sonó el timbre.
Descolgó el auricular.
-Garvez-dijo una voz.
-Informe.
-X. — Acabo de recibir un mensaje incompleto…
-Lo he interceptado yo también-le interrumpió Trévelez-.
¿Dónde estaba X.?
-Habiendo cumplido la misión que se le había encargado,
embarcó en Singapur camino de regreso a España.
-¿En québarco venía?
-En el vapor «Sirocco», de la Compañía de Navegación
Leming.
Hubo un momento de silencio. Luego:
-Órdenes.
-Escucho -dijo Garvez.
-Averigüe inmediatamente en qué fecha salió el «Sirocco»
de Singapur, en qué puertos debía hacer escala y cuál es el último puerto en
que se sabe que ha tocado.
-Bien.
-Procure enterarse de la velocidad que desarrolla elbarco
y el puerto a que se dirigía cuando se tuvieron noticias de él la última vez.
Si es posible, vea si hay manera de saber dónde se calcula que estará a estas
horas.
-Conforme. ¿Algo más?
-Sí, expida inmediatamente un radiograma al «Sirocco»
pidiendo noticias de X con urgencia. Ni que decir tiene que ha de hacerlo,
alegando una excusa plausible. Hágalo expedir por una mujer, por ejemplo,
felicitándole, su supuesto cumpleaños y pidiendo contestación en nombre de su
esposa o cualquier otra cosa que se le ocurra.
-Conforme.
-Telefonee al aeródromo del Prat y pida que preparen
inmediatamente el avión del profesor Vardo.
-¿Algo más?
-Nada más de momento. Informe lo más aprisa posible.
Colgó el aparato y casi en el mismo movimiento, descolgó
el otro y marcó un número.
-¿Teredo y Cía.? — inquirió.
-Sí, señor -le contestó una voz.
-Tenga labondad de ponerme en comunicación con el gerente.
-¿De parte de quién, me hace el favor?
-Del director del Instituto de Inventores.
-No se mueva. En seguida le aviso.
Hubo una corta espera. Luego sonó un chasquido en el
aparato y una nueva voz inquirió:
-¿Diga?
-¿El director?
-A sus órdenes, señor Trévelez.
-Tengo entendido que son ustedes los agentes de la
Compañía de Navegación Leming enBarcelona.
-En efecto.
-He de recibir de Penang unos paquetes de hierbas y
minerales del país para mis laboratorios. Me interesa recibir todo eso cuanto
antes. Puesto que la Compañía Leming tiene vapores que tocan en ese puerto,
quisiera saber si alguno de ellos está a punto de hacer escala allí. En caso
afirmativo, telegrafiaría a mi corresponsal de Penang, para que entregara los
paquetes abordo.
-Los vapores de la Compañía Leming tocan casi siempre en
ese puerto. El «Sirocco» debe haber llegado ya allí o estar a punto de llegar.
No puedo decirle nada con certeza ahora, pero podré hacerlo dentro de poco. Yo
mismo le telefonearé en cuanto sepa algo concreto.
-Muchísimas gracias-contestó Trévelez-. En cuanto tenga
noticias suyas, expediré un cablegrama.
Colgó el aparato. Mientras esperaba, se levantó y se
acercó al estante. Sacó un atlas y lo llevó a la mesa, buscando un mapa del
Océano Indico. Era un mapa detalladísimo, en el que estaban marcados hasta los
escollos y profundidades.
Lo dejó abierto sobre la mesa y siguió estudiando los
informes que la llamada de X. le había obligado a abandonar.
Fueron pasando, lentamente, los minutos. Cinco… diez…
quince… media hora… tres cuartos…
Faltaba un minuto escaso para la hora cuando el timbre del
teléfono le hizo abandonar, de nuevo, su labor. Descolgó el aparato.
-Garvez.
-Informe.
— «Sirocco». Salió de Singapur el día doce. Bajó hasta
Java a tomar carga enBatavia. Subió luego por el Estrecho deBanka. Al parecer,
tenía que recoger carga en Sumatra, en Palembang, pero no subió el río hasta la
ciudad, sinon qué la tomó en la desembocadura del Musi, donde había sido
trasladada porbarcos indígenas. Este es el último sitio en que se sabe ha
tocado.
-Bien.
-Al parecer, el vapor no tenía que tocar en puerto alguno
ya hasta llegar a Penang, en la salida del Estrecho de Maloca. Se calcula que a
estas horas debe estar allí o estar a punto de llegar. El «Sirocco» desarrolla
una velocidad de treinta nudos.
-Continúe.
-Me aseguré primero de que llevaba aparato de
radiotelegrafía el vapor. Luego hice expedir el radiograma con urgencia. No se
ha podido obtener respuesta alguna. El»Sirocco» no responde. Tal vez tenga
avería en el aparato.
-¿Ha telefoneado al Prat?
-El avión está dispuesto.
-Bien.
-¿Algo más?
-Manténgase en contacto con los agentes y conmigo. Prosiga
las investigaciones que le encargué, con anterioridad. Si averiguara algo nuevo
de importancia, comuníquemelo por medio del reloj. Yo he de ausentarme,
momentáneamente.
-Muybien.
-¿Puede darme fechas y horas exactos de las escalas hechas
por elbarco? Me interesa especialmente la salida de la desembocadura del Musi.
Dicte y tomaré nota,
Garvez le dio los detalles que pedía y cortó la
comunicación.
Trévelez colocó entonces el mapa delante de si y, tomando
papel y lápiz, se puso a hacer cálculosbasados en los datos que Garvez le había
suministrado.
Al cabo de unos momentos, levantó la cabeza, perplejo. Si
no había error, en el momento de la llamada de X. el «Sirocco» debía haberse
hallado a la altura de la isla de Lancaya, es decir, mucho más arriba de
Penang, porque, no habiendo tocado en este último puerto, era de suponer que
habría pasado de largo… a menos que hubiese sufrido una avería por el camino y
se hubiera retrasado, cosa que hubiese llegado a los oídos de los agentes de la
Compañía por lo menos. ¿Qué significaba aquello?
Muy pensativo se levantó de su asiento y entró en el
cuarto ropero. El agente de la Compañía de Navegación Leming no había
telefoneado, pero no tenía la menor intención de esperar a que lo hiciera.
Abrió la puerta del pequeño ascensor ybajó al laboratorio.
En lugar de detenerse allí, sin embargo, cruzó la habitación aquella y la
siguiente, introduciéndose luego por un estrecho y largo corredor que había en
el fondo del taller, tras una puerta de acero.
Unos minutos más tarde, de la casita situada al pie de la
colina en que se alzaba el Instituto, salía un automóvil pequeño, cerrado,
conducido por un anciano de encorvadas espaldas, blanca cabellera, pómulos
salientes, y hundidas mejillas, que iba envuelto en una larga capa negra.
CAPÍTULO III
EL PROFESOR VARDO INVESTIGA
El profesor Vardo, a quien ya habrán reconocido nuestros
lectores en el anciano que conducía el automóvil, llegó al aeródromo del Prat,
dejó el coche en manos de un empleado para que lo encerrara hasta su vuelta y
se dirigió a la pista de despegue, donde unos mecánicos daban los últimos
toques a su aparato. Miró la manga que indicaba la dirección del viento y vio
que el aeroplano estaba colocado ya de cara a él, preparado para emprender el
vuelo. Se enteró de si estaba lleno el depósito de carburante y si se había
puesto abordo lubricante suficiente.
Una vez satisfecho de que todo estaba en orden, dio
ciertas instrucciones, a los mecánicos y subió a la carlinga.
Momentos después despegaba el aparato de cara al viento,
ganaba altura y, tras evolucionar sobre el aeródromo, pareció escoger rumbo y
voló en dirección a alta mar.
Más de nueve mil kilómetros separaban al profesor de su
objetivo. Su intención era hacer la primera escala en Egipto, para reponer
combustible. Luego viajar por etapas, según le dictaran las conveniencias del
momento.
No llevaba mucho tiempo en alto, cuando sintió una leve
presión sobre la muñeca. Oprimió la parte superior de la corona de su reloj de
pulsera mecánicamente, pues el profesar llevaba un reloj parecido al que hemos
visto en la muñeca del director del Instituto.
Inmediatamente, la palanquita empezó a deletrear el
siguiente mensaje:
«NOTICIAS SUMATRA ANUNCIAN RECEPCIÓN SOS LANZADA POR
SIROCCO SIN DAR LONGITUD PUNTO TODOS ESFUERZOS ESTABLECER COMUNICACIÓN DESPUÉS
INÚTILES NO HA VUELTO A ESCUCHARSE LLAMADA PUNTO HACE POCOS MINUTOS
OBSERVADORES EN SUMATRA PUNTA DIAMANTE VIERON INCENDIO EN MAR A GRAN DISTANCIA
PUNTO ORGANIZARON EXPEDICIÓN SALVAMENTO CON VARIAS EMBARCACIONES A MOTOR Y
MARCHARON DIRECCIÓN INCENDIO PUNTO NO HAN REGRESADO AÚN IGNORÁNDOSE HASTA EL
MOMENTO QUEBARCO SERÁ EL SINIESTRADO AUNQUE EN VISTA SOS RECIBIDO PREVIAMENTE
SUPÓNESE ES SIROCCO PUNTO COMUNICARÉ NUEVAS NOTICIAS EN CUANTO LAS TENGA PUNTO
AGUARDO -A»
El profesor acusó recepción del mensaje y anunció que nada
tenía que decir.
Consultó la esfera del reloj. Eran las seis de la tarde.
En aquel instante serían, aproximadamente, las doce y media y cuatro minutos de
la noche a la altura de Penang. El incendio había ocurrido, por lo tanto, en el
momento en que más visible sería a distancia.
El suceso en si no le causaba asombro, sobre todo teniendo
en cuenta que hasta el propio presidente de la compañía naviera daba por seguro
que el vapor sufriría un accidente. Pero, lo acontecido, suscitaba una serie de
cuestiones curiosas.
En primer lugar, ¿cómo era que el «Sirocco» no había
tenido tiempo para dar su latitud y longitud? ¿Por qué se había limitado a
pedir auxilio una sola vez, sin decir dónde se encontraba?
El profesor no dudaba que elbuque incendiado, resultaría
ser el «Sirocco». No obstante, un incendio abordo, por violento que sea,
siempre da tiempo a qué se telegrafíe un rato-a menos que elbarco vaya cargado
de explosivos y estalle casi inmediatamente, caso que no sucedía en el caso del
«Sirocco», puesto que, si hubiese llevado materias de dicha índole abordo, la
explosión hubiese sido oída en la noche a gran distancia.
Tampoco ignoraba el profesor que la Compañía de
Radiotelegrafía deBarcelona había intentado ponerse en comunicación con el
«Sirocco» durante la tarde, sin lograrlo, habiéndolo achacado a una posible
avería del aparato delbarco.
Claro era que cabía la posibilidad de que hubiese habido
avería y que ésta hubiera sido arreglada más tarde, pero el profesor no podía
creerlo. Con los datos que tenía en su poder, empezaba a tomar cuerpo en su
mente una teoría.
Se disponía a aterrizar en Alejandría cuando recibió el
segundo mensaje. Éste decía:
«VAPOR INCENDIADO SIROCCO PUNTO NI UN SÓLO MIEMBRO DE LA
TRIPULACIÓN SE HA SALVADO Y SÓLO CINCO DE LOS PASAJEROS PUNTO CUANDO LLEGARON
LANCHAS SÓLO ENCONTRARON RESTOS FLOTANTES QUEMADOSBARCO HUNDIÓSE EN MUY POCO
TIEMPO AL PARECER PUNTO SUPERVIVIENTES LLEVABAN MUCHO TIEMPO EN UNBOTE PUNTO NO
SE ENCUENTRA X. ENTRE ELLOS.»
Vardo hizo un aterrizaje perfecto de tres puntos, dejó el
aparato en manos de los mecánicos para que le dieran un repaso y llenaran los
depósitos y se dirigió a un hotel próximo al aeródromo.
Tampoco le había sorprendido el hecho de que X. no
figurara entre los supervivientes. No había creído, ni por un momento, que
tuviese esa suerte.
Se tomó unbocadillo y un vaso de leche y se retiró al
cuarto que le había sido asignado. Poco a poco, iba ultimando, mentalmente, los
detalles de un plan encaminado a poner coto a las actividades de la misteriosa
cuadrilla cuyos crímenes, habían estado tanbien combinados que más que actos
criminales, habían parecido accidentes. Sólo conociendo las amenazas de que
había sido objeto Leming se comprendía que la serie de catástrofes obedecía a
un plan preconcebido y no a una incomprensible racha de mala suerte.
Vardo durmióbien, y, al día siguiente, voló de un tirón
hasta la isla de Ceylán, aterrizando en Colombo.
Durante varios días, usando Ceylán comobase, hizo vuelos
de reconocimiento por el Golfo deBengala, bajando hasta el Estrecho de Maloca y
mostrando especial interés en las islas Andaman y Nicebar, por la parte de
arriba y las vecinas a Singapur, por la parte de abajo.
Un díabajó por el lado accidental de Sumatra, examinando
las islas de aquella parte y acabó por llegar hasta el Estrecho de Sonda y
aterrizar en Java, donde se aprovisionó de combustible para continuar su vuelo
hasta Australia. Allí hizo una cosa muy rara. Pidió en el aeródromo que
hicieran un reposo general de su aparato y lo tuvieran preparado para cuando se
le antojara usarlo.
A continuación, marchó a la ciudad y se pasó en ella unas
horas haciendo compras, yendo después a alquilar un cuarto en el hotel.
Al día siguiente, descansado, alquiló un taxi, cargó los
paquetes que contenían lo que había comprado y se hizo conducir al aeródromo,
donde se encerró con el director del aeropuerto en el despacho de éste.
El resultado de la conferencia no tardó en observarse. Fue
llamada uno de los pilotos que, después de ser interrogado por Vardo, fue
contratado por el anciano.
Unas horas más tarde, luego de haberse asegurado de que su
aparato estababien cuidado, el profesor subió a un monoplano que aguardaba en
la pista de despegue y se elevó en él, como simple pasajero, conducido por el
piloto cuyos servicios contratara.
El piloto parecía estarbien enterado de lo que de él se
esperaba, porque, sin decir una palabra, puso rumbo a las islas de Sonda.
¿Dónde iba y qué intenciones llevaba el misterioso
profesor Vardo?
Ni el propio piloto lo sabía. Había recibido sus órdenes y
se limitaba a cumplirlas.
CAPÍTULO IV
POLIZÓN
Mynheer Van Trock alzó la cabeza y miró hacia la puerta.
El calor era espantoso y los ruidos que se oían fuera indicaban la posibilidad
de que Mynheer tuviera que mostrarse activo, cosa que maldita la gracia que le
hacía.
Antes de que pudiera sobreponerse lobastante a su
indolencia para ponerse en pie y echar a cajas destempladas de la vecindad a
los que turbaban la calma de la tranquila calle, abrióse violentamente la
puerta y. entró un hombre de pantalónblanco, raído y sucio, en camisa sin
mangas. Teníabarba de cuatro a cinco días por lo menos, lo que no daba mejor
aspecto a su cara, ya de apariencia poco tranquilizadora de por sí. Desordenado
el cabello, inyectados en sangre los ojos, escupiendo maldiciones á cada paso,
no resultaba una visita tan agradable que Mynheer sintiera ganas de levantarse
y darle labienvenida.
A pesar de su mal humor, Van Trock llevaba demasiados años
de jefe de policía holandés del distrito, para que le causara asombro la
aparición de aquel individuo.
Después de la primera mirada en que la vivacidad de sus
ojos desmintió la pereza que parecía rezumar toda su persona, Mynheer posó la
vista en el hombre alto, corpulento, rubio, vestido impecablemente deblanco y
con gorra de capitán debarco en la cabeza, que había metido al indeseable en el
cuarto a empujones.
-¿Rebelión? — inquirió.
-Casi puede clasificarse como tal -contestó el capitán,
con voz que temblaba de ira-. Poco después de salir deBatavia nos hemos
encontrado con este hombre escondido abordo. Como no teníamos que tocar en
ningún puerto antes de Padang, le dije que tendría que ganarse el pasaje,
trabajando, a menos que quisiera que le echase a los tiburones.
»El contramaestre le puso a fregar la cubierta y, como no
parecía tener muchas ganas de moverse, le ordenó que se diese más prisa. Este
hombre se insolentó y el contramaestre le dio un empujón, al que éste
correspondió tumbando al contramaestre cuan largo era de un puñetazo. Lo
presencié yo desde el puente y mandé al piloto a que interviniera. El tipo éste
se volvió contra el piloto y le tumbó también.
»Le redujimos a la impotencia y le encerramos en el pañol,
donde se pasó el resto del viaje. Aquí le tiene, Mynheer, haga de él lo que
quiera. Yo no quise ser con él más severo de lo que fui.
-¿Cuál es subarco, capitán? — inquirió Van Trock.
-El «Kangaroo», matrícula australiana, dedicado al tráfico
interinsular. Vengo aquí a cargar café y especias. Hace media hora que hemos
amarrado en el puerto.
-Bien, capitán. Puede dejar a éste hombre aquí. Ya me
cuidaré yo de él.
Se puso en pie, cruzó el cuarto y abrió una puerta del
rincón.
-¡Venga acá! — ordenó, dirigiéndose al desconocido.
El hombre masculló algo entre dientes, pero obedeció. El
capitán del «Kangaroo» le siguió, como para prevenir todo intento de evasión.
La puerta aquella daba a un estrecho pasillo, en cuyo
fondo había un calabozo. Mynheer abrió, empujó al hombre dentro y volvió a
cerrar.
-Cuando tenga ganas le interrogaré -dijo el holandés
cuando el capitán y él se hallaron de nuevo en el despacho-. Supongo que usted
no sabrá quién es, ¿verdad?
-No tengo la menor idea. Sólo sé que iba de polizón en
mibarco, que no me gustó ni pizca su catadura y que pegó al contramaestre y al
piloto. No le pregunté quién era porque me supuse que me diría algún embuste.
Ya sabe la clase de gente que anda rondando por estas islas. Si es alguien que
anda huyendo de la justicia y habuscado refugio por aquí, es difícil que nos
diga la verdad… ni a usted ni a mí.
-Bueno. Ya veremos lo qué hacemos con él.
El capitán saludó y se fue.
Unos minutos más tarde volvió a abrirse la puerta y entró
un hombre de estatura regular, cabello castaño ybarba poblada que, como suele
ocurrir en los que tienen la cabellera de ese color, era de veinte mil matices,
aunque tirando a rojo en general.
Másbien grueso que delgado, desmentía el aspectobonachón
de su semblante el aceradobrillo de los ojos grises y la singular delgadez de
sus labios disimulada en gran parte, por el laciobigote.
-¡Hola, Mynheer! — exclamó: — Anda usted simulando otro
ataque de pereza, ¿eh?
-Hola, Weldon… No, mi indolencia no es fingida. Con el
calor que hace en este condenado país, no sé cómo hay quien tenga fuerzas para
abrir la puerta con tanta violencia como usted siquiera.
El recién llegado se dejó caer en uno de los sillones de
cana sin esperar a que le invitaran y se tiró de las puntas delbigote.
-La única diferencia que existe entre usted y yo en ese
aspecto -contestó-, es que, mientras usted disimula su energía fingiendo una
indolencia que sólo a un forastero puede engañar, yo la manifiesto en todo
momento. ¿Pasa algo? He visto que traían aquí a un hombre con trazas de
vagabundo.
-Ahí dentro está… en el calabozo -contestó el holandés,
haciendo un gesto en dirección a la puerta del fondo-. Un polizón que ha pegado
al oficial y al contramaestre que han querido ponerle a trabajar. Esbastante
mal encarado el pobre.
-¿Qué va usted a hacer con él?
-Maldito si lo sé. Aún no le he interrogado siquiera. ¡Y
luego dice usted que mi pereza es fingida!
-Lo que a usted le pasa es que le gusta tener espectadores.
Bueno, pues aquí tiene uno. Si quiere interrogarle en mi presencia, me
sacrificaré en aras de la amistad.
El holandés sonrió.
-A lo mejor tiene usted razón. Y hasta es posible que
resulte menos peligroso hacerlo en presencia de otra persona. Por lo que se ve,
este individuo es de armas tomar. Si tanta curiosidad tiene…
-¿A que va a resultar que sólo 1e interroga usted por mí?
-También puede ser que en eso tenga usted razón -contestó
el policía-. Pero comprendo su aburrimiento y no tengo inconveniente en
proporcionarle un rato de… ¿ quiere que lo llamemos expansión?
-Yo no sé si será para usted, pero…
-Para mí es un deber engorroso. No sé por qué rayos ha
tenido que traérselo el capitán aquí.
Se levantó, entró por el pasillo y volvió a los pocos
momentos en compañía del preso.
-Uno de los penosos deberes que tiene mi profesión -dijo,
haciéndole una seña al hombre para que se sentara-, es el de admitir denuncias
y someter a los detenidos a interrogatorio, pero no soy partidario de ser más
duro de lo absolutamente necesario. Siéntese.
El hombre se sentó.
-En primer lugar-preguntó el jefe de Policía-, ¿querrá
usted decirme lo que ocurrió abordo del «Kangaroo»
-¿No se lo ha contado el capitán ya? — respondió el otro,
con muy malos modos.
Mynheer frunció el entrecejo, pero no exteriorizó su
malhumor.
-Todas las medallas -dijo-, tienen dos caras. El capitán
me ha presentado el anverso, ahora le toca a usted mostrarme el reverso.
-En este caso -respondió el hombre-, la medalla es igual
por las dos caras. No tengo nada que agregar a lo qué ha dicho el capitán.
-Entonces ha de reconocer que se ha portado muybien con
usted. Abordo de unbarco, el capitán es la ley. Hubiera podido castigarle con
severidad y, sin embargo, se ha conformado con tenerle encerrado hasta llegar a
puerto. Debiera usted estarle agradecido.
-Cuando lo hizo -contestó el hombre con dureza-, sus
motivos tendría. No creo que lo hiciese por favorecerme.
-¿Cómo se llama usted?
-No acostumbra llamarme nada cuando ando por el mundo.
Dejo que me llamen los demás lo que les aconsejen las circunstancias.
-Según ese criterio, el nombre que ahora le corresponde es
el de Polizón.
-Vale tanto como cualquier otro. Si le gusta, puede
emplearlo.
-¿De dónde viene?
-Esa misma pregunta me he hecho yo muchas veces, pero
confieso que, hasta ahora, me ha sido completamente imposible contestarla.
Van Trock se impacientó.
-Puesto, que le estoy tratando con una cortesía que da
usted muestras de no merecer, lo menos que puedo exigirle es que responda como
es debido a mis preguntas.
-Hasta este momento, señor jefe de Policía, he contestado
a cuanto ha querido usted preguntarme sin usar una sola palabra que pueda
ofenderle. Quisiera hacer constar, de paso, que no he sido yo quien ha
solicitado ser sometido a interrogatorio. Si mis contestaciones no son de su
agrado, no tiene más que volverme a meter en el calabozo.
El holandés se mordió los labios.
-¿Subió usted abordo del «Kangaroo» enBatavia? — preguntó
sin rodeos.
-Siento mucho no poder contestarle. Para mí, las
poblaciones de todas estas islas son tan parecidas unas a otras, que nunca sé a
ciencia cierta dónde me encuentro. ¿No estamos enBatavia ahora?
Weldon sonrió levemente. Van Trock volvió a morderse los
labios e hizo como si no hubiera oído la pregunta del otro.
-¿De qué nacionalidad es usted?
-Yo no tengo patria. Soy del lugar en que me encuentro.
-Eso es lo mismo que decirme que, puesto que está en
terreno holandés ahora, es usted holandés en estos momentos.
-Ja, Mynheer -contestó Polizón, simplemente, en holandés.
El jefe de Policía le dirigió una penetrante mirada. Luego
miró a Weldon y se encogió de hombros.
-Si fuera usted indígena -dijo, por fin-, le daría un
escarmiento muy serio. Si estuviéramos en cualquier país de habitantes de
razablanca, se iba usted a pasar por lo menos unos meses picando piedras. Tiene
la suerte de que considero deber mío velar por el prestigio de la razablanca y
que, por consiguiente, quiero evitar que unblanco vaya a la cárcel en estas
islas, por mucho que se lo merezca… si es posible evitarlo. No obstante, su
insolencia no puede quedar del todo impune. Le echaré una multa y le pondré en
libertad, pero a condición de que salga inmediatamente de Padang, sea como
fuere.
-¿Qué multa me echa? — inquirió Polizón.
-Cien florines.
-¿Hago yo cara de tener tanto dinero? — preguntó el
hombre, echándose a reír-. Rebaje, Mynheer, rebaje o va a tener que darme
hospedaje. He aquí mis disponibilidades.
Se volvió del revés los dosbolsillos del pantalón y echó
sobre la mesa unas cuantas monedas entre las que se veían una rupia de la India
inglesa, una piastra y dos sapeques indochinos, dos o tres peniques ingleses,
un cuarto de florín y unbillete de cinco florines delBanco de Java.
-¿Y con eso anda usted por el mundo? — exclamó el jefe de
Policía, con disgusto.
-Procuro andar lo menos posible -contestó el interpelado.
Mynheer estaba á punto de dejarle en libertad sin multa,
pero al oír esta contestación se picó y cambió de opinión.
-Lo siento por usted -dijo-, y por mí… Y por mí quiero
decir la razablanca. He dicho cien florines y cien florines han de ser. Puesto
que no puede pagarlos en dinero, va a tener que hacerlo en la cárcel, a razón
de un día por florín.
-Mi más sincero pésame a la razablanca
-contestó,burlonamente, el hombre, poniéndose en pie y haciendo una
reverencia-. ¿He de retirarme ahora mismo a mi alojamiento del final del
pasillo?
-Creo que es lo más indicado-contestó el policía, con
sequedad.
Y se puso él en pie también.
-¡Un momento! — intervino Weldon, sin moverse de su
asiento.
Los dos hombres se volvieron hacia él. Weldon se dirigió a
Polizón.
-Al principio le tomé a usted por un vulgar vagabundo
-dijo; — pero ahora, después de haberle oído hablar, comprendo que ha conocido
usted tiempos mejores.
-¿Qué pretende ahora? — preguntó Polizón con sorna-.
¿Hacer una novela romántica de mi vida?
-Sólo pretendo hacerle comprender lobochornoso que
resultará para los por pocosblancos, que vivimos en estas islas que uno de su
raza se encuentre preso entre indígenas.
-Se me antoja que esas palabras debieran ir dirigidas a
Mynheer el jefe y no a mí.
-Mynheer Van Trock ha querido evitar a los representantes
de la razablanca semejante vergüenza. Usted, por el contrario, parece haber
puesto empeño en provocarle con sus insolencias y sus modales agresivos para
que no tuviera más recurso que encerrarle. Yo en su lugar, Polizón, reconocería
mi error, pediría perdón a Mynheer por mis palabras y le prometería procurar
mantener el prestigio de la raza.
-Está usted perdiendo el tiempo, Weldon -anunció el jefe
de Policía, con sequedad-. Este individuo pagará los cien florines o irá a la
cárcel. Después de todo no sé si saldríamos ganando con ponerle en libertad. Es
capaz de hacer alguna trastada en Padang y dejarnos aún peor parados.
-Me parece -dijo Polizón-, que el jefe de Policía ha
contestado por mí.
-Pero aún no he acabado de hablar yo -aseguró Weldon-. Si
no hay otra manera de evitar estebochorno, pagaré yo la multa y me encargaré de
sacarle de Padang.
-¿No le parece que sería prudente consultar primero
conmigo? — inquirió Polizón.
-¿Es ése todo el agradecimiento que merece lo que quiero
hacer por usted?
-Perdón, o yo no entiendobien, o es la razablanca quien ha
de agradecerle su sin par rasgo de generosidad, señor Weldon. ¿No lo hace por
ella?
Weldon ahogó un gesto de cólera y fue a contestar, pero el
otro le contuvo con un gesto.
-No; no quiero que usted me lo suplique, señor Weldon
–dijo-. Yo también sé ser generoso. Acepto. Y no quiero que la raza me
agradezca el que haya salvado su prestigio aceptando un ofrecimiento que a mí,
personalmente, me repugna. Lo hago por ella; cumplo un deber de conciencia. Y,
al propío tiempo, siento una gran satisfacción interna al pensar que,
sacrificándome yo, he conseguido que pueda usted ser acreedor del
agradecimiento de la raza por la que tanto vela.
Volvió Weldon a querer hablar y volvió Polizón a imponerle
silencio.
-No; no me dé usted las gracias, señor Weldon, se lo
suplico. Ya he dicho que cumplo con un deber de conciencia. Estoy a sus
órdenes. Pague y condúzcame usted donde quiera.
CAPÍTULO V
PROPOSICIONES
-Y, ahora que me ha librado usted de las garras de Mynheer
-dijo Polizón, en cuanto se vio en la calle-, ¿qué se propone hacer conmigo?
-De momento, llevarle a mi casa.
-Y… ¿luego?
-Puesto que me he metido a redentor, no tendré más remedio
que sacar el coche y llevarle a usted lejos de aquí para que mi sacrificio no
haya sido enbalde.
Polizón se echó a reír. Weldon se picó.
-¿Qué es lo que encuentra usted tan gracioso?
-Lo del sacrificio. Pero… ¿vive usted muy lejos?
-No, estaremos allí enseguida.
Pasaron por entre grupos de árabes, malayos y chinos, que
les miraron con curiosidad.
A los pocos momentos se detuvieron ante una casita muy
parecida a aquella en que tenía su despacho el jefe de Policía. Entraron.
Weldon hizo una seña a su compañero, para que se sentase y sacó unabotella de
whisky y dos vasos.
-¿Agua? — preguntó.
-No, gracias. No me gusta hacer mezclas raras -contestó el
hombre, sirviéndose medio vaso.
Sebebió la mitad del contenido. Luego alzóbruscamente la
cabeza y miró al otro de hito en hito.
-¿Qué necesita usted de mí? — preguntó, con dureza.
-¿Necesitar yo de usted? — murmuró el otro, enarcando las
cejas-. Se me antoja que es usted el que necesita de mi… para que no vuelva a
mecerle Mynheer en el calabozo.
Polizón se inclinó sobre la mesa, mirando a su
interlocutor con fijeza.
-Escuche, Weldon –dijo-. Yo no tengo un pelo de tonto. El
prestigio de la razablanca podrá ser una cosa muy importante, pero usted no se
ha desprendido de cien florines para mantenerlo. ¿Por qué ha tenido tanto
empeño en que se me pusiera en libertad?
Weldon se echó a reír.
-Es usted muy suspicaz, amigo –respondió-. Y la suspicacia
produce resultadosbastante desagradables en ciertas ocasiones.
-Esta no es una de ellas. ¿Por qué no habla claro?.
-Le voy a ser completamente sincero -dijo Weldon-. Ha dado
usted pruebas hoy de una discreción poco corriente. Ha demostrado que sabe
callar cuando le conviene. Mientras hablaba, se me ocurrió que era una lástima
que un hombre de sus cualidades, tuviera que pasarse una temporada en la cárcel
por falta de cien miserables florines. En estas islas quien sabe callar puede
hacer fortuna en poco tiempo…
-Y usted pensaba proponerme un medio para que lograse esa
fortuna de que me habla, ¿no es cierto?
-¿Yo? ¡Qué disparate! No he hecho más que adelantarle un
dinero que espero que usted me devolverá con el tiempo. Estando en libertad, no
han de faltarle ocasiones… sobre todo si esbuen marinero.
-No me falta experiencia.
-¿Cómo simple marinero o… como oficial?
Polizón se puso en pie de unbrinco.
-¿Qué quiere usted decir con eso?
-¿Yo? Nada. Se me había ocurrido una idea… Pero retiro la
pregunta si le molesta. Como soy hombre discreto, sé respetar la discreción en
los demás. No me interesa saber qué fue usted en otros tiempos o qué dejó de
ser. Sólo lo pregunté por ayudarle. Cuando se sabe algo de un hombre, a veces
resulta más fácil indicarle en qué dirección puede encontrar la suerte. ¿Le
interesaría volver al mar, Polizón?
-He oído decir a algunos que prefieren la esclavitud
abordo a la libertad en tierra. No puedo decir que esté completamente de
acuerdo con tales sentimientos; pero… la vida de navegante no deja de tener su
aliciente.
-¿Qué opinión le merece el marino que pierde subarco en
alta mar?
-Un accidente le ocurre a cualquiera.
-Y… ¿si no se tratara de un accidente? — dijo Weldon, con
suavidad.
Polizón, que estaba apurando el vaso de whisky, movió
lentamente, la cabeza y miró a su interlocutor.
-Mientras valiera la pena hacerlo pasar por tal… — dijo
con énfasis.
Weldon cambió,bruscamente, de conversación.
-Va ustedbastante desastrado, amigo -dijo.
Polizón se encogió de hombros.
-La vida -dijo-, nos impone a veces esos sacrificios.
-Tal vez podría equiparle yo más decentemente.
-No seré yo quien le quite tan generosa idea de la cabeza.
Weldon se puso en pie y se retiró de la habitación,
volviendo a los pocos momentos con un pantalón y una camisa.
-No valen gran cosa -dijo; — pero estánbastante mejor que
lo que lleva usted puesto. Entre ahí a mudarse si quiere.
Polizón se cambió de ropa en el cuarto contiguo y volvió a
la sala. A pesar de ir más limpio, su aspecto no había cambiado gran cosa. El
otro no le ofreció que se afeitara en su casa.
-Y ahora… ¿qué? — preguntó el hombre.
-Ahora tenemos que pensar en que, si no está usted fuera
de Padang dentro de veinticuatro horas, Myrheer le hará detener. Nuestro jefe
de Policía, a pesar de la impresión que de él adquieran los extraños, es un
hombre de extraordinaria energía. Y siempre cumple su palabra. Puede tener la
completa seguridad de que caerá usted en sus manos como permanezca aquí.
-,Habló usted de un automóvil…
-Sí, lo pienso usar.
-¿Dónde me llevara?
-Al principio había tenido la intención de conducirle al
otro lado de la isla, pero he cambiado de opinión. ¿Le interesa a usted
trabajar?
-Si se trata de trabajobien remunerado…
-En eso estaba pensando. Aquí dudo que lo encuentre.
-¿Qué propone?
-Llevarle en automóvil hastaBenkulen.
-¿Qué he de hacer allí?
-Eso lo ha de decidir usted. Yo ya le he ayudado cuanto me
ha sido posible. Pero, si estuviera en su lugar…
-¿Qué haría?
-En cuanto me viera enBenkulen, me acercaría al puerto.
Allí nunca faltanbarcos. Hasta me consta que hay uno que saldrá pasado mañana
paraBatavia. ¡Batavia es un sitio ideal para usted en estos momentos!
-Si así lo cree, estoy por probar fortuna.
-Hágalo. EnBatavia le costará poco trabajo encontrar las
oficinas de Weekly, agente consignatario…
-¿Puedo ir a verle de su parte?
-Nada adelantaría con eso. Lo más probable es que no me
recuerde. Sin embargo, corrimos una aventura juntos hace muchos años… Y eso sí
que no lo habrá olvidado. Pregúntele usted si recuerda los vientos. Si le da
una contestación afirmativa, puede contarle lo que le ha ocurrido en Padang y
su conversación conmigo. Es posible que él pueda proporcionarle la clase de
trabajo que a usted le interesa.
-Comprendido; pero, para llegar aBatavia sin tropiezos…
-Poco necesita, pero no se preocupe, ya les prestaré yo
unos cuantos florines para que no tenga que ir de polizón.
-¿Cuándo salimos paraBenkulen?
-Dentro de una hora. Tengo varias cosas que hacer antes.
Puede darse una vuelta por la población y volver aquí transcurrido ese tiempo..
-Conforme.
Polizón se puso en pie y se dispuso a salir de la casa.
-¡Un momento! — dijo Weldon.
El otro se volvió.
-Pensándolo mejor, creo es preferible que me aguarde aquí
mismo, no sea que tenga usted algún mal encuentro y se le estropee el viaje.
Siéntese. Ahí le dejo el whisky. Procure nobeber más de lo necesario. Yo salgo.
Dentro de una hora volveré. Si necesita algo, dé unas palmadas y acudirá mi
criado malayo. Hasta luego.
Salió de la casa dejando a Polizón solo. Este se echó dos
dedos de whisky en el vaso y, mientras los sorbía, lentamente, pasó revista a
los acontecimientos de las últimas horas.
¿A qué obedecía el interés demostrado por Weldon en
conseguir su libertad? El cuento aquel de mantener el prestigio de la
razablanca era una simple excusa, era evidente que, desde el primer momento, el
otro le había creído útil para algún proyecto particular suyo. Pero… ¿qué
proyecto era ése?
Las insinuaciones de Weldon, los consejos que le había
dado, las palabras que le había dicho que pronunciara enBatavia y que,
evidentemente, eran una contraseña, eran datos que para Polizón representaban
otros tantos eslabones que reforzaban la cadena, de la teoría que desde hacía
algún tiempo había ido forjando.
Porque Polizón, como él mismo había dicho, no tenía un
pelo de tonto. Weldon hubiera quedado sorprendidísimo de haber podido leer los
pensamientos del hombre a quien, según él, deseaba ayudar. Y aun hubiese sido
mucho mayor su asombro de haber tenido idea de la cantidad de cosas que Polizón
sabía sin que él se las hubiera comunicado.
Afortunadamente para su tranquilidad de ánimo, ni siquiera
sospechaba que su «protegido» tuviese semejantes conocimientos y, cuando
regresó dos horas más tarde y encontró al hombre completamente sereno a pesar
de haber tenido a su disposición unabotella de whisky casi llena, se felicitó
por haber hallado a una persona lobastante discreta, no sólo para callar lo que
no le convenía que se supiese, sino para saber abstenerse del alcohol que,
desatándole la lengua, pudiera comprometer su secreto.
El viaje aBenkulen se efectuó sin incidente alguno. Una
vez en el puerto, le dio un puñado de florines a Polizón y se despidió de él,
deseándole suerte.
Aunque éste no lo sabía, sin embargo, permaneció
enBenkulen hasta recibir la noticia de que Polizón había idobordo del vapor que
él le recomendara, llegando a un acuerdo con el capitán para que le llevase
aBatavia.
Weldon se frotó las manos, satisfecho, al saberlo, se
dirigió a una casa apartada donde había instalada una estación de
radiotelegrafía cuya existencia era conocida de contadas personas, y después de
charlar allí media hora, subió a su «auto» y se dispuso a emprender el camino
de regreso a Padang.
CAPÍTULO VI
EL AGENTE WEEKLY
Polizón desembarcó en Tandjong Priok, el puerto deBatavia
que es espaciosísimo y magnífico, aunque de poco calado.
Como desconocía el lugar en que se hallaba el despacho del
agente consignatario Weekly, decidió tomar un vehículo y pedir al conductor que
le llevara. Por consiguiente, buscó a su alrededor un medio de locomoción, cosa
que no ofrece la menor dificultad enBatavia, puesto que allí, sólo se echa de
menos un vehículo de cuantos se conocen: el ricksha.
Por lo demás, los holandeses, que como es sabido son muy
amantes de labicicleta, han inundado Java de máquinas (se calcula que hay dos
millones de ellas en la isla), no faltan los coches de caballos, los carros
debueyes ni los automóviles (de los que los norteamericanos han abierto una
importante fábrica en el mismo puerto).
Polizón vio automóviles de alquiler, pero, sabiendo lo
descuidados que eran los conductores javaneses, optó por un sado, coche pequeño
de dos ruedas tirado por un minúsculo caballo de los que se crían en Java y que
son fortísimos.
Subió al sado y le dijo al cochero donde quería ir. El
coche se puso en movimiento, las aplicaciones niqueladas de los arreos
centellearonbajo el cálido sol y sonaron los cascabeles del caballo.
El cochero, sentado con las piernas cruzadas, hacía sonar
de vez en cuando una especie de timbre como el de lasbicicletas, pero mucho
mayor, dándole con el dedo gordo del pie mientras hacía restallar un enorme
látigo.
Parecía tener marcada preferencia por el centro de la
calle, sin preocuparse en absoluto del resto del tráfico, a pesar de lo
peligroso que resultaba por la existencia del llamado «tranvía de vapor». Dios
sabe por qué, puesto que en realidad es una locomotora que tira de varios
vagones de distintas clases.
Lo gracioso del caso es que la vía de este tren tan pronta
va por un lado de la calle como por el otro, de manera que nunca sabe uno hacía
qué lado mirar. El tren, cuando empieza a viajar a toda velocidad, empieza a
hacer sonar su silbato y tocar la campana al mismo tiempo, pero desconcierta
enormemente, apareciendo de pronto por una esquina cuando uno lo esperaba por
otro lado.
El cochero indígena condujo a Polizón sin novedad por la
ciudad vieja, pasando por entre los canales que la cruzan, yendo a meterse
luego por el PasarBaroe oBazar Nuevo, centro comercial en el que los chinos han
hecho derroche de ingenio para conseguir la clientela de la población europea.
Los que se hallan por primera vez enBatavia y se dirigen a la llamada ciudad
nueva enbusca delbarrio chino para hacer sus compras, se llevan, siempre un
chasco al ver esta calle que casi parece europea.
Es una calle larga y estrecha, llena de gente a todas
horas y fue una verdadera maravilla que el cochero indígena no atropellara a
nadie, porque no por ver tanta gente contuvo la marcha de su caballo.
Por fin se detuvo ante una casa de un solo piso, sobre
cuya puerta se leía:
A. Weekly — Consignatario debuques.
Polizón se apeó, pagó al cochero y se acercó a la puerta.
Era de cristales y estaba entornada. Entró.
Un euraso que estaba sentado ante una máquina de escribir
se levantó y se acercó al mostrador que corría de uno a otro extremo del
cuarto.
-¿Qué desea usted, señor? — inquirió en holandés,
contemplándole con cierta desconfianza.
-Ver inmediatamente al señor Weekly -respondió Polizón, en
el mismo idioma.
-Lo siento, señor. El señor Weekly está muy ocupado y ha
dado orden de que no se le moleste a menos que se trate de algo verdaderamente
importante.
-Se trata de algo importante.
-Si tuviera labondad de decirme el objeto de su visita…
-Limítese a decirle al señor Weekly que vengo de Padang y
que necesito hablarle.
El dependiente hizo un gesto de duda, pero acabó diciendo:
-Aguarde un momento, pero me temo que no podrá usted
verle.
Dio media vuelta y se dirigió a una puerta que había en el
fondo del cuarto. Llamó con los nudillos y, en contestación, a una voz, abrió y
entró.
A los pocos momentos salió seguido de un hombre de unos
cincuenta años, cabello de un rubio pajizo, ojos azules acuosos y cara que
parecía un trozo de cuero por lo curtido de la piel. Erabajo y delgado y muy
nervioso en apariencia.
-¿Preguntaba usted por mí? — inquirió, acercándose al
mostrador.
Y, sin darle tiempo al otro a contestar, prosiguió:
-Le advierto que estoy ocupadísimo y no puedo
entretenerme. Dispongo de muy poco tiempo. Sea usted explícito. Comuníqueme el
objeto de su visita con la mayorbrevedad posible.
-Vengo de Padang -volvió á decir Polizón.
-Sí, sí, ya me lo ha dicho mi dependiente -contestó el
hombre, con cierta irritación-. Pero eso, señor mío, no es motivo para hacerme
perder el tiempo.
-He hablado allí con el señor Weldon.
-Espero que la conversación le haya resultado provechosa
-contestó Weekly, con sequedad, haciendo ademán de retirarse-. Si eso es cuanto
tiene que decirme, permítame que vuelva a mi trabajo.
Polizón le miró, con una sonrisa, antes de decir
-¿Recuerda usted los vientos, señor Weekly?
Al oír estas palabras, la actitud del hombre cambió de
repente. Toda su irritación desapareció y se tornó la amabilidad en persona.
-¡Ah! –murmuró-. ¡Hay algunos vientos que son terribles!
¿Cómo dice usted que se llama?
-No he dicho que me llamara nada. Pero llámeme Polizón, si
quiere. Es el nombre por el que me conoce Weldon.
Weekly le miró con extrañeza, pero no hizo comentario
alguno.
-Bien, señor Polizón -dijo-, celebro conocerle. Tenga la
amabilidad de pasar a mi despacho. Podremos hablar más á nuestras anchas.
Levantó una sección del mostrador y le hizo entrar,
conduciéndole inmediatamente hacia la puerta por la que había él salido. El
euraso, sorprendido por el cambio que notara en su jefe, empezó a mirar al
visitante con mayor respeto.
En el despacho de Weekly, éste le hizo una seña a Polizón
para que se sentara.
-Esas palabras de usted -dijo-, me han hecho recordar que,
en efecto, el señor Weldon y yo hemos tenido ocasión de hacer algunos negocios
juntos. Buena persona ese Weldon…buena.
-Esa es la impresión que a mí me ha causado -asintió
Polizón-. A él le debo hallarme ahora en libertad.
-¡Caramba! ¿Cómo ha sido eso?
-Eso venía a contarle por encargo del señor Weldon. Si
usted me permite…
Polizón sacó un cigarrillo y se lo puso en laboca, después
de haberle ofrecido uno a Weekly.
-Gracias, no fumo -dijo éste; — pero fume usted todo lo
que quiera.
Polizón encendió el cigarrillo y contó, a continuación,
cómo había conocido a Weldon y lo que éste le había dicho.
Weekly escuchó en silencio, acariciándose labarbilla.
Cuando el otro hubo terminado, se quedó unbuen rato pensativo.
-¡Hum! — murmuró por fin-. No está usted de suerte. Si le
hubiera conocido antes… Hace muy pocos días que andababuscando un oficial de
confianza para uno de los vapores que me vienen consignados. Pero, ahora…
Mientras hablaba, no perdía de vista ni un instante el
rostro de Polizón, como si pretendiera leer en él sus más íntimos pensamientos.
-Siento no haber llegado a tiempo -contestó Polizón-. Otra
vez será. ¿Qué vamos a hacer? A lo mejor encuentro algo en otra parte.
-No es tan fácil encontrar plazas de oficial o capitán en
estas islas, señor Polizón.
-¿Quién ha hablado de eso? En primer lugar, no recuerdo
haberle dicho que pueda yo desempeñar esos cargos.
-No necesito que usted me lo diga -aseguró Weekly-. Si se
hubiera tratado de un marinero, por ejemplo, o todo lo más de un contramaestre…
-¿Podría usted emplearme?
-No me atrevo a ofrecerle una cosa tan pequeña, señor
Polizón,
-¿Por qué? A mí, lo que menos me importa es el cargo. Lo
interesante es el dinero.
-He recibido un radiograma de una de misbarcos, pidiéndome
quebusque un marinero que sustituya a otro que ha de quedarse en tierra
enBatavia. Por lo visto se trata de un hombre de poca confianza y el capitán no
le quiere abordo. Tal vez…
-¿Pagabien esebarco?
-Cuando encuentra lo quebusca… si.
-En tal caso, cuente conmigo.
-No soy yo quien ha de contar con usted. No interprete mal
mis palabras. A mí me han pedido quebusque un marinero y que le haga las
observaciones oportunas. Yo nada tengo que ver con el asunto ni puedo darle a
usted empleo. Lo más que puedo hacer es presentarle al capitán cuando llegue.
Lo demás es cuenta suya.
-En tal caso puede presentarme cuando guste.
-Aún no ha llegada elbarco aBatavia. Le espero mañana o
pasado. No obstante, le advierto desde ahora que el capitánbusca un hombre
discreto…
-Como yo.
-Como usted parece ser -asintió Weekly-. Es posible que
note algunas casas anormales abordo…
-No lo crea. Tengo la facilidad de ser ciego además de
mudo y sordo cuando conviene,
-Eso hace falta.
-¿Se dedica esebarco, acaso, al contrabando?
-¿Le asustaría a usted que así fuese?
-¿Asustarme yo? — exclamó Polizón, echándose a reír a
carcajada limpia-. ¿Usted cree que sería la primera vez que me dedicara a eso?
-Pudiera ser algo más grave que el contrabando… En
realidad -se apresuró Weekly a agregar-, hablo por hablar. No sé por québusca
el capitán un hombre que no se asuste de nada. Me limito a señalar
posibilidades para que no se llame usted a engaño. Mientras usted esté
dispuesto…
Polizón le miró un rato, pensativo.
-¿Es usted capaz de guardar un secreto? — preguntó, de
pronto.
-Esa capacidad mía es la que me ha permitido conseguir una
posición desahogada.
Polizón se levantó, se acercó a la puerta, abrió y echó
una mirada al despacho general. El euraso estaba sentado delante de la máquina
de escribir, leyendo una novela.
Cerró de nuevo la puerta y volvió a ocupar su asiento.
Luego se inclinó, confidencialmente, hacia Weekly.
-Hace unos años -dijo, bajando la voz-, hubo un
escándalobastante gordo en los círculos navieros.
-¿A cuál se refiere usted?
-¿Se acuerda del “Petty Lass”?
-Según mis noticias -respondió Weekly, contemplando a su
interlocutor con mayor interés-, el «Petty Lass» se fue a pique en
circunstancias misteriosas… tan misteriosas, que se hizo una investigación.
Como consecuencia de ella, su capitán fue encarcelado. ¿Me equivoco en algún
detalle?
-Creo que no. ¿Sabe usted lo que sucedió después?
-El capitán logró evadirse. Dicen que pudo apoderarse de
una lancha automóvil en el río Támesis y que intentó huir en ella en dirección
al mar. Pero no estuvo de suerte. Cerca de Chatham, cuando le faltaba poco para
salir del río, chocó, inexplicablemente, con un vapor que entraba en el
Támesis. La lancha zozobró y el capitán, herido o aturdido tal vez por el
golpe, se fue al fondo.
-Esa es la historia oficial.
-¡Cómo! ¿Acaso no es cierta?
-En gran parte, sí. Pero… ¿ha oído decir alguna vez que
fuera hallado su cadáver?
Weekly le miró con viveza.
-No… — dijo.
-Seguramente tampoco sabrá que el choque, si choque fue,
apenas tuvo la violencia necesaria para hacer zozobrar la embarcación. La
Policía se dio cuenta de ello y no pudo nunca comprender cómo era posible que,
en tales circunstancias, hubiese podido recibir el capitán un golpe que le
aturdiera. Se sabia que erabuen nadador y hasta se llegó a dudar de que el
choque hubiese sido accidental. Tanto es así, que se hizo circular su
descripción por los alrededores, en previsión de que hubiera podido salvarse. Se
dragó el río de todas formas, sin lograr encontrar su cadáver, aunque, en vista
de que transcurría el tiempo sin que se tuvieran noticias suyas, decidió
dársele, oficialmente, por muerto.
-¿Bien? — inquirió Weekly, inclinándose hacia adelante a
su vez, excitado.
-El capitán no murió, señor Weekly.
-Entonces, usted… — empezó a decir el otro.
-Yo soy Polizón, nombre que vale tanto como cualquier
otro. Para un hombre cuya discreción es notoria, creo que he hablado mucho más
de la cuenta, señor Weekly. Puede usted sacar las consecuencias que quiera de
mi relato. ¿Usted cree que soy elegible para ese cargo de marinero?
-Cada vez me convenzo más de que es usted el hombre que el
capitán andabuscando -contestó Weekly; — Ni que decir tiene que, si usted es
discreto, yo no le voy a la zaga. Su secreto estábien guardado. Llevo mi
discreción tan lejos, que ya ni recuerdo qué es lo que me estaba contando.
-Es usted de una discreción admirable. ¿Se puede saber el
nombre delbarco en que he de servir de marinero?
-No hay inconveniente. Se trata del vapor «Simoon», de la
Compañía de Navegación Leming.
CAPÍTULO VII
EL SINIESTRO
Hacía yabastantes días desde que el «Simoon», procedente
deBorneo, tocara enBatavia y fuera admitido Polizón como timonel en lugar del
hombre que fue dejado en tierra en Tandjong Priok.
Desde entonces, el vapor había navegado por el Estrecho
deBanka, tocado en Muntok y procedido a Singapur.
Hasta aquel momento nadie le había dicho una palabra que
le permitiera suponer, que se esperaba de él otra cosa que el cumplimiento de
su deber como timonel.
Sólo una cosa rara había notado por el camino. En Muntok,
el vapor había cargado unosbidones de petróleo. Esto, en sí, nada hubiese
tenido de particular de no haber sido porque se había esperado a la noche para
hacerlo y se habían tomado precauciones para que nadie se diera cuenta de ello.
La cantidad embarcada era demasiado pequeña para que pudiera considerársela
como carga propiamente dicha. Sin embargo, era considerablemente mayor de la
que requería el vapor para las necesidades de abordo.
Al propio tiempo, habían subido, abordo una caja que se
colocó, con sumo cuidado, en uno de los pañoles. Aunque apenas había tenido
tiempo para verla, Polizón estaba convencido de que contenía dinamita.
Nobien salieron de Singapur, empezó a notarse movimiento
abordo. Losbidones que con tanto secreto se habían embarcado, fueron sacados a
cubierta, colocados en hilera a estribor y amarrados fuertemente allí.
La caja de dinamita fue sacada del pañol durante la noche
y depositada en uno de losbotes salvavidas, debajo de la lona. Algo se
preparaba y, o prescindían de los servicios de Polizón, o no tardarían en
comunicarle el papel que había de desempeñar en todo aquello.
Por fin, cierto día le llamaron al camarote del piloto.
-Cierre usted la puerta -ordenó éste al verle entrar.
-¿Me llamaba usted? — preguntó, innecesariamente, Polizón.
-Sí. Según los informes que tengo, es usted un hombre
discreto y poco mojigato…
-Esos informes no le han engañado.
-Puesbien; esta noche hará una guardia más larga que de
costumbre. A pesar de lo establecido, tomará usted el timón a las once en punto
y ya no se moverá de allí pase lo que pase, ¿comprende?
-Sí, señor.
-Es posible que oiga gritos de alarma, que veabotar las
chalupas, que parezca que se abandona elbarco… Usted no hará caso de nada de
eso y seguirá en su puesto.
-Comprendo.
-En cuanto oiga los primeros gritos de alarma, reciba
usted la orden o no la reciba, hará girar la caña del timón de manera que la
proa delbarco vire hacia la península Malaya y el vapor quede cruzado en el
Estrecho, de estribor a la dirección de Singapur. ¿Ha entendidobien?
-Perfectamente.
-Manténgase así hasta que reciba una nueva orden.
Seguramente estará usted solo en el puente. Cabe la posibilidad de que, si se
le grita la orden desde cubierta, no pueda oírla por el jaleo. Lo mismo da. La
orden que recibirá será de enderezar la proa delbarco y continuar la ruta hacia
arriba, pero derivando haciababor, aunque no lobastante para tocar tierra en
Sumatra. ¿Quedabien entendido toda eso?
-Sí, señor. ¿Qué he de hacer después?
-Ya recibirá las órdenes oportunas. Tendrá que seguir al
timón toda la noche porque los demás estarán demasiado ocupados para relevarle.
No olvide lo que le he dicho. Pase lo que pase, vea lo que vea, no abandone
usted su puesto. No sucederá nada que no haya sido previsto.
*****
A las once de la noche, según lo convenido, Polizón subió
al puente, se acercó a labitácora y tomó el timón, relevando al timonel que le
dio la ruta y se retiró.
No llevaría más de un cuarto de hora en su puesto, cuando
empezó a notar que el aire se estaba poblando de un humo negro. Olfateó un poco
y creyó distinguir un leve olor a petróleo.
De pronto sonó una voz que se oyó perfectamente en la
noche.
-¡Fuego!
Inmediatamente empezó el movimiento. Sonaron pasos
presurosos sobre cubierta, voces excitadas, preguntas, respuestas…
Recordando las órdenes recibidas, Polizón dio a la caña
del timón y elbarco, obedeciendo, enfiló la costa malaya. Casi al mismo tiempo,
el ritmo de las máquinas se hizo más lento.
-¡El humo está saliendo de labodega de proa! — gritó un
marinero.
-¡Y de la popa también! — gritó otro.
-¡Hay que abrir las escotillas e inundar lasbodegas de
agua! — sonó la voz del capitán.
Polizón echó una mirada hacia cubierta. Varios marineros
se habían acercado a labodega de proa, por los intersticios de cuyos cuarteles
se filtraba el humo negro que había visto.
Entretanto, los pasajeros se habían despertado y salido a
cubierta a medio vestir. Eran siete, dos de ellos mujeres. Estas últimas
estaban alarmadísimas y
los hombres se esforzaban por tranquilizarlas.
Los marineros de proa levantaron, en aquel momento, dos de
los cuarteles.
Un grito de espanto escapó del pecho de las mujeres. Al
quedar destapada labodega, unas llamas enormes salieron por el hueco,
iluminando toda la cubierta.
-¡El interior es un infierno! — gritó el piloto, que había
acudido-. ¡No podremos apagar el fuego!
No obstante, empezaron a funcionar lasbombas y las mangas
dirigieron un chorro de agua al interior de labodega. En lugar de adelantar
algo, las llamas se hicieron mayores y las nubes de humo más espesas. Para
Polizón, aquello era prueba evidente de que no se había equivocado en su
primera suposición. Allá dentro había gasolina ardiendo.
Durante unbuen rato continuaron los esfuerzos para dominar
el incendio. Nadie parecía acordarse de labodega de popa, de la que seguía
saliendo un humo tan espeso como de la otra.
Las mujeres, acurrucadas cerca de sus camarotes,
contemplaban la escena con los ojos desmesuradamente abiertos de espanto. Los
pasajeros habían corrido a ofrecerse para trabajar en la extinción del fuego.
Apareció de pronto el capitán, con la cara muy seria.
-No creo que podamos, hacer nada –dijo-. E1barco está
perdido. Nosotros seguiremos intentando salvarlo, pero no quiero que los
pasajeros corran más riesgos. ¡Blake! ¡Smith! ¡Raymond!
Los tres marineros llamados acudieron a su llamamiento.
-Botad dos de las embarcaciones de estribor. Que suban a
ellas los pasajeros. Salvaos vosotros con ellos.
-Capitán -dijo uno de ellos-, yo quiero quedarme a correr
la misma suerte que los demás. Quiero ayudar a luchar con el fuego.
-¡Cumple las órdenes que te he dado! — gritó el capitán-.
¡No es éste el momento para entrar en discusiones!
Sin decir más, los tres marineros corrieron a los
pescantes de losbotes salvavidas y empezaron a arriar los cabos.
Los pasajeros, obedeciendo a otra orden del capitán,
recogieron apresuradamente dos o tres prendas de vestir y subieron a losbotes.
Los tres marineros subieron tras ellos y acabaron de arriarlos, alejándose del
vapor cuyo aspecto era cada vez más intranquilizador.
Habían destapado ya por completo labodega numero I y
acudido a la otra para hacer lo propio. Las llamas alcanzaban una altura
enorme. El humo hacía la atmósfera irrespirable.
De pronto empezó a salir humo también de algunos de los
portillos. Los que se alejaban en losbotes perdieron de vista al “Simón” que
quedó envuelto por completo en aquella nube negra, a través de la cual se veían
algunos resplandores rojizos.
Tras esta cortina, el ajetreo de la tripulación que
quedaba abordo del “Simoon” no había cesado, sino que iba en aumento. Con grave
riesgo de quemarse, varios marineros habían empezado a colocar de nuevo los
cuarteles, reduciendo la apertura por la que se escapaba el fuego. Cuando sólo
quedaban dos cuarteles por poner, otros acudieron con unasbombonas que echaron
por la abertura y acabaron de cerrar la escotilla, repitiendo la operación con
la otrabodega.
Entretanto, alguien había agujereado losbidones de
estribor y el petróleo que contenía se estaba vaciando en el mar. Elbote que
contenía la dinamita había sidobotado al agua porbabor y Polizón vio, desde el
puente, que la caja estaba abierta y que ardía en ella una mecha.
Casi al mismo tiempo, oyó la orden que le gritaban desde
cubierta y enderezó la proa delbuque, continuando la ruta primitiva con cierta
derivación haciababor.
Oyó cómo aceleraban las máquinas y el vapor empezó a coger
velocidad.
Alguien había tirado al agua unabalsa sobre las que había
un montón de algo que echaba mucho humo, con el fin de impedir que se disipara
demasiado pronto la nube que servía de cortina a las maniobras de la
embarcación.
De pronto sonó una explosión espantosa, que encrespó las
olas e hizobambolearse al vapor. A continuación, una intensa llamarada se alzó
de la superficie del mar. La dinamita había estallado y el petróleo que flotaba
sobre las aguas había entrado en conflagración.
Para los que se alejaban en 'os dosbotes, aquello señalaba
el hundimiento del “Simón” con todos los que se habían quedado abordo.
Más tarde, cuando atraídos por el resplandor del incendio
y el ruido de la explosión llegaran a investigar lanchas de salvamento,
encontrarían a los diez náufragos que contarían el trágico fin de sus
compañeros. Las astillas delbote, los restos de labalsa y alguna otra madera
chamuscada, serían lo único que quedara, al parecer, del siniestradobarco.
La Compañía de Navegación Leming acababa de perder,
oficialmente, el quinto navío.
CAPÍTULO VIII
LA ISLA DE LOSBARCOS PERDIDOS
Cuando amaneció, todo rastro del “Simoon” había
desaparecido. En su lugar, avanzaba por el estrecho un velero de dos palos con
motor auxiliar, en cuya popa se leía en grandes letras su nombre: «Bushman» y
el del puerto australiano de matrícula: «Sydney».
Polizón, que aún no había sido relevado, estaba admirado
de la rapidez con que se había efectuado la transformación.
Mientras unos marineros, descolgándose en un andamio, se
habían preocupado de cambiar el nombre de proa y popa delbarco, otros colocaban
vergas, que llevaban preparadas ya, en los dos mástiles del vapor, izando en
seguida velas.
Después de aplicarle a la chimenea un trozo postizo que la
hacía cambiar de altura y de forma, la habían pintado de nuevo, cambiando la
contraseña.
Aún en aquellos instantes estaban haciendo una serie de
modificaciones en el puente y entrepuente para cambiar aún más el aspecto
delbuque y no era fácil que le reconociera ya nadie a distancia.
El fuego había sido más aparatoso que real. La principal
preocupación de los tripulantes había sido que echara mucho humo y sólo alguna
llama en el momento de destapar las escotillas para crear el efecto de que se
trataba de un incendio serio.
Lasbombonas de ácido carbónico lanzadas a labodega habían
acabado con el fuego en pocos minutos.
En aquellos momentos, elbuque navegaba con las escotillas
al descubierto para que se disiparan los gases.
Subieron al puente a relevarle por fin. Siguiendo las
órdenes que le habían ido dando, tenia la proa enfilada al Noroeste. Comunicó
el rumbo al nuevo timonel y se dirigió al castillo de proa a descansar.
Durante dos días, el vapor siguió la misma ruta, sin la
menor variación. Al amanecer del tercer día, hallándose. Polizón de guardia,
recibió la orden de cambiar el rumbo y poner la proa derecho al Oeste. Poco
tiempo después la ruta fue cambiada de nuevo, poniéndose rumbo esta vez al Sur.
De todo esto dedujo que habían doblado la punta de Sumatra
y que volvían atrás por la costa occidental, creencia que se convirtió en
convencimiento, al ver, durante los dos días siguientes, que el rumbo se iba
modificando hasta convertirse en Sudeste.
Habían transcurrido cinco días desde el simulado incendio
cuando, después de pasar de largo numerosas islas, volvió a modificarse
levemente el rumbo, acentuándose la deriva hacia el Este. A proa y ababor,
empezaba a dibujarse la línea azulada de la costa. A medida que se fueron
acercando, Polizón vio que se trataba de una isla densamente poblada de
árboles.
De pronto, las máquinas empezaran a funcionar mas despacio
hasta casi detenerse.
Visto desde lejos, el «Bushman» parecía ahora un velero
encalmado que aguardaba una ráfaga de viento para poder continuar su camino.
Entretanto, se iba acercando insensiblemente a tierra, como a la deriva.
Cayó la noche. Era evidente que el capitán había estado
esperando eso precisamente, porque sonó el timbre del telégrafo de la sala de
máquinas y éstas empezaron a funcionar a toda marcha.
La oscuridad no era muy grande, porque el cielo, azul
turquesa, estaba tachonado de estrellas y una Luna en cuarto creciente ayudaba
a disipar las tinieblas.
Nadie sabe mejor que un marinero, sin embargo, cuán
engañosa es la luz de la Luna. Por eso había escogido el capitán aquel momento.
Era menos probable que las maniobras delbuque pudieran ser observadas de lejos
con catalejo.
La proa del “Bushman” enfilaba de lleno la isla y parecía
dispuesto a estrellarse contra el denso arbolado de la costa. El piloto se
había hecho cargo, personalmente, del timón, moviendo levemente la caña de vez
en cuando.
Cuando Polizón creyó inevitable el entallamiento y se
preguntó qué pretendería aquella gente, vio aparecer delante delbarco una
pequeña solución de continuidad en elbosque, por la que unbrazo de mar se
adentraba en tierra.
La abertura parecía demasiado estrecha para dar paso
albarco, pero, gracias a la habilidad con que el piloto supo manejarlo, se
introdujeron por ella, arriando rápidamente las velas con las que tropezaban
las ramas de los árboles que crecían a ambos lados de aquella pequeña ría.
Durante unos cinco minutos, flotaron por una especie de
túnel arbóreo a media máquina. Luego, dieron de nuevo toda marcha al
ensancharse gradualmente el paso hasta convertirse en anchurosa vía.
Al principio, se tenía la impresión de que la ría era
corta, porque se divisaba, al fondo, labarrera que la selva alzaba a su paso,
pero, al llegar a ella, se encontraba con que hacía recodo y continuaba
adelante a través de unbosque que parecía desprovisto de habitantes.
Haría, cosa de media hora que habían entrado por aquel
extraño canal, cuando el vapor hizo sonar la sirena. Otra sirena respondió no
muy lejos y, al doblar el siguiente recodo el “Bushman”, Polizón quedó
sorprendido al ver que desembocaban en una especie de lago profundo, en cuyas
orillas se hallaban anclados otros tresbarcos, todos ellos iluminados.
Un potente foco, instalado en tierra, se encendió de
pronto iluminando la superficie del agua y permitiendo, distinguir, en los
alrededores del lago, una serie de construcciones debambú-viviendas indígenas
al parecer.
El “Bushman” paró las máquinas y, aprovechando el impulso,
maniobró hasta quedar cerca de tierra, donde fue dada la orden para que
funcionaran las maquinillas dé las anclas.
Unos hombres que aguardaban recogieron las maromas que les
fueron echadas desde cubierta y las ataron a los árboles. Un hombre subió
abordo poco después a hablar con el capitán, pero nadie desembarcó aquella
noche.
El foco encendido en tierra volvió a apagarse, la mayoría
de las luces de losbarcos anclados en aquel fondeadero secreto desaparecieron,
los marineros se fueron retirando y Polizón quedó encargado de la primera
guardia.
*****
Cuando amaneció al día siguiente, Polizón fue uno de los
primeros en levantarse y subir a cubierta a echar una mirada a su alrededor.
Dos de los tresbarcos anclados al otro lado del lago, estaban medio
desmantelados. El tercero estaba casi intacto, al parecer.
Dirigió una mirada a tierra y notó movimiento entre las
construcciones debambú que ocupaban un claro delbosque a orillas del agua.
Pocos momentos después, vio que salían hombres de
distintas cabañas y se dirigían a una mayor, de la que sacaron a unos treinta
individuos sujetos unos á otros por una larga cadena que les permitía moverse
sin dificultad.
Un marinero se acercó a la hilera de cautivos y abrió dos
candados, separando así a los infelices en tres grupos, uno de los cuales se
dirigió albosquebajo el mando de un marinero y, los otros dos, a losbarcos.
Al poco rato, Polizón comprendió lo que significaba todo
aquello: losbarcos desmantelados estaban sufriendo una transformación, que les
permitiera hacerse de nuevo a la mar sin peligro de ser reconocidos por nadie.
El tercero, que él creyera casi intacto, se hallaba, en realidad, casi
transformado ya. Seguramente quedaría terminado aquel día.
No tuvo mucho tiempo para pararse a pensar, porque en
aquel momento apareció el piloto y reunió a toda la tripulación del “Bushman”.
-Podéis ir todos a tierra ahora-dijo-, para que os enseñen
dónde habéis de dormir mientras estéis aquí. Durante la noche no quedará abordo
nadie más que el que esté de guardia. Id a visitar los otrosbarcos para daros
cuenta de lo que hay que hacer. Después de comer, volved todos aquí para
empezar a desmantelar elbarco.
La falta de calado había impedido que el vapor se pegara
del todo a tierra, pero, durante la noche, habían colocado una almadía entre
medias y apoyado en ella la pasarela por la que ahorabajaron los tripulantes.
Les condujeron primero a las cabañas en que estaban
instaladas las camas, bastante cómodas por cierto. Luego fueron a visitar la
construcción mayor, destinada a los prisioneros. Esta constaba de una sola
pieza con dos hileras de jergones tirados en el suelo. En un extremo había una
especie de púlpito, desde el cual vigilaba un marinero durante la noche.
A continuación, dieran la vuelta al lago, acercándose a
los tresbarcos. Los prisioneros servían debestias de carga mientras los
marineros se encargaban de la verdadera transformación de los vapores. Los que
sabían algo de carpintería trabajaban en un cobertizo con todas las
herramientas del oficio. Varios oficiales marchaban de un lado para otro dando
órdenes y vigilándolo todo.
Polizón vio que un grupo de prisioneros había sido soltado
por completo para que pudieran trabajar, todos mejor. Ninguno de ellos
intentaba escapar, sin embargo, porque sabía que todos los marineros iban
armados y, además, no hubieran podido llegar muy lejos por la selva.
Los tripulantes del “Bushman”, al entablar conversación
con los que había por allí, supieron que aquellosbarcos eran el “Monzón”, el
“Siroco”, y el «Typhoon”, de la Compañía de Navegación Leming, que todo el
mundo creía en el fondo del mar.
Era evidente que, una vez transformados, serían sacados de
allí y, seguramente, vendidos a alguna de las compañías establecidas en las
islas-o tal vez llevados más lejos, a China, por ejemplo, para deshacerse de
ellos al mejor precio obtenible.
Lo último que vieron fue el lugar de la selva en que uno
de los grupos de prisioneros trabajaban, vigilados por un marinero, derribando
árboles cuya madera había de servir para hacer las modificaciones necesarias en
losbarcos del lago.
Los habían soltado, pero cada uno de ellos llevaba unabola
al pie para que no pudiera escaparse. Volvieron abordo de su propiobarco a
comer aquel día e, inmediatamente después, se hizo una distribución del trabajo
y cada uno, se puso a hacer lo que le había sido encargado.
A Polizón le tocó arrancar trozos del puente, mientras
otros se encargaban de los mástiles, de la chimenea y del castillo de proa.
Cenaron en tierra y se nombró a los que habían de hacer
guardia aquella noche.
A Polizón le tocó la guardia de las doce y se pasó las dos
horas de vigilancia sentado la mayor parte del tiempo en lo que quedaba del
cuarto de derrota, escribiendo.
Cuando terminó la misiva, que era larguísima, la dobló
cuidadosamente y se la guardó en elbolsillo. Luego se sacó una pistola que
llevaba metida en una funda y sujeta al muslo y la examinó atentamente.
Satisfecho al parecer, volvió a guardarla y paseó, pensativo, por cubierta
hasta que le relevaron á las dos de la madrugada.
CAPÍTULO IX
EN ELBOSQUE
A la mañana siguiente se repitió la escena del día
anterior. Los presos fueron sacados de su encierro y la colonia que pudiéramos
llamar pirata, se puso a trabajar.
Aquel día se notó movimiento extraordinario porque el
«Typhoon» había quedado transformado ya casi por completo y se estaba
escogiendo la tripulación que había de sacarle del lago.
Aún no llevaba Polizón una hora trabajando, cuando fue
llamado por el segundo oficial.
-El encargado de la custodia de los prisioneros que
trabajan en la selva -le dijo éste-, ha sido escogido para formar darte de la
primera tripulación. Por consiguiente, tiene que ocupar su lugar otro. Anoche
se decidió que fuera usted el nuevo guardián. Irá usted armado. Haga trabajar a
esos hombres como es debido y, si alguno de ellos se desmandara, no vacile en
pegarle un tiro. Servirá de escarmiento a los demás. De todas formas, cada día
nos hacen menos falta, porque rinden menos.
»Hoy acompañará al que los custodia para enterarsebien de
lo que debe obligarles a hacer. Mañana irá usted solo.
-Conforme -contestó Polizón; — pero yo no soy tonto. Me
doy poco más o menos cuenta de la que está ocurriendo aquí. No tengo el menor
inconveniente en poner de mi parte todo lo necesario para el éxito de la
empresa. Soy de absoluta confianza, como seguramente le habrán dicho ya. Sin
embargo… aún no sé qué es lo que voy a sacar en limpio de todo esto.
-No se preocupe. No tendrá motivo de queja. Aún han de
venir aquí dosbarcos más por lo menos. Los que ahora se van con elbarco ese,
conseguirán que se les admita como tripulantes del «Whirlwind» y lo traerán
aquí.
»Una vez esté aquí ése y el siguiente, las tripulaciones
que salgan no volverán. Al dejar elbarco que saquen del lago en el puerto
acordado, recibirán su parte de losbeneficios y puede usted estar seguro que,
por la cuenta que le tiene, el jefe será espléndido con todos.
Polizón se marchó con uno de los marineros que le entregó
una pistola, una canana y un fusil.
-¿Ya sabes dónde están ésos? — le preguntó.
-Si, no te preocupes -le contestó Palizón-, ya los
encontraré yo solo.
Se puso la canana, se colgó el fusil al hombro y examinó
la pistola. Vio en seguida que era del mismo calibre que el fusil y que, por
consiguiente, los cartuchos que llevaba en la canana podían emplearse para
cualquiera de las dos armas.
Echó a andar en dirección a la selva y, en cuanto estuvo
seguro de que nadie le veía, sacó delbolsillo el papel que había escrito el día
anterior y agregó una nota. Luego se quitó del muslo la pistola que llevaba
oculta y se la metió en elbolsillo con la otra.
Unos minutos más tarde, llegó al lugar en que los
prisioneros trabajaban.
-¿Eres tú el que ha de sustituirme? — preguntó el
guardián, al verle.
-Sí.
-Me llamo Red. ¿Y tú?
-A mí me llaman Polizón.
-Es un nombrebien raro, pero ¡qué rayos! Cada una se llama
como le da la gana.
-Eso mismo opino yo. ¿Qué árboles tienen que cortar éstos?
Red, le enseñó los que cortaban y los que aún quedaban por
cortar.
-La cosa esbien sencilla. Encárgate de que trabajen, que
para eso están. Esasbolas que llevan las dejamos aquí cuando nos vamos. Ellos
mismos se encargan de ponerse la cadena primero. Das un vistazo a ver si han
cerrado los candadosbien y luego les dices que se quiten lasbolas. Les dejas la
llave para que lo hagan y que te la devuelvan luego. En realidad, debía haber
dos aquí vigilando siempre, pero, puesto que se emperran que lo haga uno, no
hay más remedio que dejar que ellos, mismos se sujeten. Es la única manera de
impedir que le den a uno un puntapié en las narices el día menos pensado. Por
la mañana, les haces ponerse lasbolas primero y, cuando estés seguro de que las
llevanbien sujetas, le das a uno la llave para que se quite la cadena y se la
quite a los demás, sin perderle tú de vista. ¿Comprendes?
-Perfectamente.
Polizón se acercó a los prisioneros y los estuvo viendo
trabajar un rato.
-¡Tú! — dijo, de pronto, dándole a uno en las costillas
con la culata del fusil-. ¡Muévete un poco más!
El hombre hizo un gesto de ira, pero se mordió la lengua y
obedeció.
Red sonrió.
-Veo que no eres partidario de que haga nadie el vago
-dijo.
-Tengo ganas de que se acabe esto pronto para cobrar mi
parte -contestó Polizón-. Cuanto más aprisa trabajen éstos, más pronto llegará
ese día.
El otro se echó a reír.
-Tengo yo tantas ganas como tú –advirtió-. Pero ya no
falta mucho. Cuando volvamos nosotros con el «Whirlwind», saldrá el «Monsoon» y
la misma tripulación se traerá otro. Aún no sabemos cuál será. '
-¿Está el capitán del «Whirlwind» con nosotros?
-No. Por lo visto no ha podido el jefe conquistarle o no
lo ha intentado siquiera. Pero los oficiales si que lo están..
-¿Estáis seguros de que podréis enrolaros abordo?
-Claro. Todo eso está arreglado ya.
-¿Y la tripulación que lleva ahora?
-Ha abandonado elbarco. Se hizo correr la voz de que iba a
cargar contrabando y que el contrabando se componía de explosivos de gran
potencia. Por lo visto, a ninguno le hizo gracia la cosa y elbarco se quedó
desierto sin que haya podido explicarse el capitán por qué le han dejado tan en
seco. La verdad es que, en cualquier otrobarco, tal vez alguno de los
tripulantes se hubiera quedado a pesar del rumor, pero tratándose de un vapor
de la Compañía de Navegación Leming, que tantosbarcos lleva perdidos últimamente,
no quisieron arriesgarse. Hay gente muy supersticiosa.
-Y con razón -dijo Polizón-. ¿Tenéis que ir muy lejos
abuscarlo?
-No, está enBorneo, detenido por falta de tripulantes. Los
oficiales nos esperan.
Polizón se volvió,bruscamente, hacia uno de los
prisioneros,
-¿Qué haces tú rondando por aquí? Espiando, ¿eh?
¿Escuchando lo que no te importa? ¡Vete a trabajar!
Y dio un paso hacia él, amenazador.
El hombre que, en realidad, no había dejado de trabajar un
momento, siguió serrando sin decir una palabra.
Cuando llegó la hora de comer, Polizón se había hecho ya
odiar de todo el grupo. La comida de los presos y de sus guardianes fue traída
de cerca del lago. Por regla general, los presos se sentaban juntos, en corro,
a dicha hora, pero Polizón se negó a consentirlo aquel día.
-¿Dejarlos juntarse? –exclamó-. ¡Quiá! Conmigo no harán
tal cosa. Se sentarán cada uno por su lado, todos ante mi vista pero lobastante
separados para que no puedan hablar entre sí como no sea a gritos. No quiero
proporcionarles ocasión de que se pongan de acuerdo para fastidiarme.
Y como Red había decidido dejar que se las arreglara su
compañero para que se fuera acostumbrando, se hizo lo que él dijo.
-Podías aflojar un poco -le aconsejó Red-. No creo que
haya peligro de que intenten nada.
-Mientras yo los vigile, puedes jugarte la cabeza de que
nada intentarán — contestó, Polizón-. Y, si alguno se atreviera a moverse, no
le arriendo la ganancia.
No cabía la menor duda de que hablaba en serio.
La tarde transcurrió lentamente para los prisioneros que
tenían que aguantar los insultos y malos tratos del nuevo guardián. A medida
que pasaban las horas, la tensión se hacía mayor. Había un muchacho de unos
veintisiete años al que Polizón parecía haber cobrado especial antipatía y no
perdonaba ocasión de meterse con él.
A última ahora, cuando faltaba muy poco para que dejaran
de trabajar, Polizón llevo a cabo el acto culminante de su primer día como
guardián. Con un fútil pretexto, se acercó al joven y le abofeteó. Éste, que a
duras penas se había contenido durante la tarde, lo echó todo a rodar entonces
e intentó abalanzarse sobre su atormentador.
Polizón se metió la mano en elbolsillo y sacó la pistola.
-Conque rebelión, ¿huh? –gruñó-. ¡Conmigo no se rebela
nadie más de una vez!
Alzó el arma.
-¡Un momento! — gritó Red, corriendo hacia él-. ¡Un
momento, Polizón!
Un estampido ahogó su voz.
Una expresión de incredulidad apareció en el rostro del
joven. Se llevó la mano al pecho y, sin exhalar un gemido siquiera, rodó por
tierra.
Red, viendo que ya nada podía hacer, se detuvo.
-¡Qué malas pulgas tienes, amigo! — dijo.
-¿Qué quieres que hiciera? ¿Dejar que se me echara encima?
— preguntó el otro, guardándose la pistola en elbolsillo.
Red se encogió de hombros.
-Bueno –observó-, un quebradero de cabeza menos. Después
de todo, tal vez tengas razón. Tampoco nos hacía mucha falta,
-¿Quién era éste que tantos humos tenía? — preguntó
Polizón, dándole un puntapié al cadáver.
-Un pasajero del “Sirocco”. Creo que se llamaba Manrique.
Polizón paseó la mirada por los demás prisioneros que, al
ocurrir el incidente, habían dejado de trabajar. La mirada de todos ellos era
hostil, pero no más que la del guardián.
-¿Hay alguno aquí que quiera solidarizarse con el difunto?
— preguntó.
Ninguno despegó los labios, aunque sus miradas no podían
ser más elocuentes. Mal lo pasaría Polizón si algún día lograban aquellos
hombres pillarle por su cuenta.
-¡A trabajar todos! — rugió éste, amenazador.
Uno por uno los prisioneros fueron obedeciendo sin decir
una palabra.
-¿Qué piensas hacer de ese fiambre? — inquirió Red.
-¿Yo? ¡Nada! ¡Ya se encargarán de él las fieras!
-Más vale que te encargues tú. Si no lo limpian las fieras
en una noche, no podrás aguantar el olor mañana cuando vuelvas con los
trabajadores. El calor éste no es él más a propósito para impedir que se pudra
un cadáver.
-¿Dónde quieres que lo meta?
-¿No has visto esa especie de charco que hay detrás de
esos árboles? — inquirió Red, señalando.
-Sí, pero eso y nada es todo uno. No haybastante agua en
él para cubrirle.
-Eso crees tú. Me caí yo dentro un día y no encontré
fondo. Con labola que lleva éste atada al pie, tal vez se hunda. Si no, ponle
otra piedra en el otro.
-Me parece quebastará con ésta -contestó Polizón,
inclinándose.
Se echó el cadáver al hombro como si fuera una pluma con
gran admiración de su compañero, que no le había creído tan fuerte. Luego echó
a andar y desapareció por entre los árboles.
Al cabo de unos momentos llegó a oídos de todos el ruido
de un cuerpo que caía en el agua y, poco después, volvió a reunirse Polizón con
ellos.
-Así acaban todos los que se cruzan en mi camino-dijo.
CAPÍTULO X
UN PLAN ATREVIDO
Era casi de noche. El hombre, escondido entre la maleza y
cubierto de ramas espinosas como protección contra las fieras, se agitó,
inquieto, y acabó abriendo los ojos.
Se quedó parpadeando unos instantes, tratando de
coordinar, de recordar lo que le había sucedido. Poco a poco se fue dando
cuenta de lo que le rodeaba, se fijó en las precauciones que se habían tomado
para asegurarle la mayor protección posible. Asaltado por un súbito recuerdo,
se introdujo la mano por debajo de la camisa y, al sacarla, la encontró
cubierta de sangre. Así, pues, no había soñado. Era cierto que le habían dado
un tiro.
Lo asombroso del caso era que, a pesar de haberle
alcanzado el proyectil en la vecindad de la tetilla izquierda, no sólo se
encontraba vivo, sino que, fuera de un leve escozor, no experimentaba molestia
alguna.
Tampoco parecía haber experimentado una pérdida de sangre
tan grande como hubiera sido de esperar con semejante herida. Y sus facultades
mentales, lejos de hallarse abotargadas, empezaban a manifestarse más activas
que nunca. Tenía una lucidez incomprensible.
Se incorporó lentamente para probar sus fuerzas. No le
costó el menor esfuerzo ni experimentó cansancio alguno. Apartó las ramas
espinosas, intentando al propio tiempo explicarse por qué habría intentado
protegerle contra las fieras creyéndole muerto y quién habría sido la persona
que le había ocultado entre la maleza.
Al ponerse en pie del todo, notó un peso inusitado en
elbolsillo y metió la mano para investigar.
Empezó a latirle el corazón con violencia. ¿Era posible?
Sus dedos habían topado con tres cosas-tres cosas que no habían estado allí en
el momento de perder el conocimiento.
Sacó la primera.
Era una pistola, la misma, al parecer, que empleara el
hombre para pegarle el tiro. Pero comprendió que no podía ser y al extraer el
cargador y verle completo, quedó convencido de que aquella no era la pistola
que se había usado contra él.
Verse con un arma cargada hizo que cobrara nuevosbríos.
La segunda cosa que contenía subolsillo era
unabrújula-detalle que sólo a una persona no se le hubiera pasado por alto. Si
tenía que huir por la selva, aquellabrújula tal vez le salvara la vida.
La tercera cosa era, para Manrique, la más importante de
todas; una carta. No necesitó leer la firma para saber el nombre que figuraba
al pie de la misma.
¡Yuma! ¡Sólo podía ser Yuma!
Así quedaba todo explicado elbalazo en el pecho, lo poco
que había sangrado, la sensación que experimentaba en aquellos momentos en que
todos le darían por muerto.
Yuma, como siempre que se viera Manrique en dificultades,
había acudido en su auxilio. Y había escogido el mejor medio de hacerlo. Nada
de hablarle, de darse a conocer, de acordar con él un medio para que se fugara.
Era mucho mejor que todos le creyeran muerto, así nadie volvería a preocuparse
de él. De haberse escapado normalmente, se le hubiese dado caza como a una
fiera y difícilmente hubiera podido librarse de la muerte.
Yuma, comprendiéndolo así de antemano, le había pegado un
tiro ante testigos que pudieran certificar su muerte, para que nadie dudase de
ella. Y se lo había pegado, no con la pistola que le dieran los piratas, sino
con la suya propia, la pistola de Yuma, cuyos proyectiles no mataban, porque
Yuma no mataba nunca.
Al tropezar con la piel, lasbalas de Yuma se abrían,
produciendo una herida superficial en la que derramaban su contenido una droga
que privaba, instantáneamente, del conocimiento.
El efecto de tales proyectiles duraba dos horas escasas y,
al volver en sí el alcanzado por ellas, nos sólo no sentía pesadez ni malestar
alguna, sino que la droga le producía una exaltación momentánea de las
facultades mentales.
El intento del joven de ponerse en comunicación con su
jefe desde el “Sirocco” no había fracasado del todo como él llegara a temer.
Leyó, lentamente, el papel dos veces, seguidas. Luego lo
rompió en trozos muy menudos y se lo fue comiendo para que no quedara ni rastro
del mensaje.
Yuma le decía que si, conociendo como conocía la situación
de losbarcos, su disposición y la guardia que en ellos se montaba, creía poder
embarcarse en el ex «Typhoon» y ocultarse de forma que no fuera descubierto,
ese era el medio que debía emplear para escapar de allí. Por el contrario, si
consideraba la empresa demasiado difícil, mejor sería que se acercara al
«Simoon» en cuanto cayera la noche y él se encargaría de proporcionarle uno de
los cinco caballos que había visto en la colonia pirata y que nadie parecía
usar.
De ir a caballo, debía procurar llegar a Goenoeng Sitoli,
al otro lado de la isla que, par cierto, era la de Nias, y cruzar desde allí a
Sumatra. A continuación, le daba larguísimas instrucciones para que supiera qué
hacer en cuanto se hallará en libertad.
X., pues X, era, reflexionó unos instantes. Le maravillaba
que Yuma hubiese averiguado tantas cosas como le decía en la carta-muchas más
de las que él sabía a pesar del tiempo que llevaba prisionero. Por muchos años,
que pasaran, por muchas cosas aparentemente imposibles que le viera realizar,
por grandes que fueran las pruebas de su habilidad y de su ingenio, Yuma
siempre tendría la virtud de despertar la admiración de sus colaboradores.
Yuma, el ser invisible, la Voz misteriosa ante la que
todos los malhechores temblaban, quería que X. llegara aBorneo, fuera como
fuese, para cumplir sus instrucciones.
Los peligros de la selva no le arredraban a X. Estaba
dispuesto a correrlos mucho mayores para llevar a cabo su cometido y,
precisamente por eso, acabó optando por esconderse en el «Typhoon». Había
escuchado la conversación de los dos guardianes y sabía que el vapor aquél se
dirigía aBorneo. Antes de ser destinado al grupo encargado de cortar árboles,
había pasado unos días ayudando a transformar el «Typhoon» que, por otra parte,
se parecía mucho por dentro al «Sirocco», barco en el que había sido él hecho prisionero.
No se le ocultaba que corría un grave peligro, pero
esperaba poder salir conbien de él. El «Typhoon» le llevaría directamente donde
tenía que ir. Era preciso, por lo tanto, que se ocultase abordo aquella misma
noche, puesto que al día siguiente partiría.
Aguardó a que fuera noche cerrada antes de aventurarse
fuera de su escondite. Luego avanzó cautelosamente por entre los árboles en
dirección a la parte del lago, en que estaba anclado el vapor que le
interesaba.
Por aquel lado, había sido talado en parte elbosque para
facilitar los trabajos y los últimos árboles distaban cerca de cincuenta metros
del vapor.
Cómo cruzar aquel espacio sin ser visto era uno de sus
mayores problemas. Una casa le ayudaba, sin embargo. Entre el lugar en que se
encontraba y elbarco, se alzaba el cobertizo en que trabajaban los carpinteros
durante el día.
Atisbó por entre los árboles, mirando a derecha e
izquierda. No se veía un alma. Encorvándose levemente, salió de pronto
delbosque y corrió hacia el cobertizo, donde se dejó caer en el suelo, junto a
unbanco.
Permaneció allí durante unos minutos, aguzando el oído,
todos los músculos en tensión, preparado para alzarse y echar a correr de nuevo
hacia elbosque si oía el menor grito de alarma.
Pero nada turbó el silencio de la noche. Era evidente que
no había sido visto.
Más tranquilo, se arrastró por entrebancos y montones de
virutas hasta poder ver el «Typhoon». La orilla del lago estaba desierta al
parecer. Recordó entonces X, que aquella debía ser la hora de la cena y que
todos estarían reunidos en una de las cabañas que hacía veces de comedor-todos,
menos los que montaban guardia.
Unas punzadas en el estómago le hicieron acordarse que él
no había cenado. Tendría que resignarse. Si todo le salíabien y podía
esconderse abordo, aprovecharía la primera oportunidad que se le presentase
para robar algo de comer al día siguiente, cuando se hallasen en alta mar.
Hasta entonces, tendría que ayunar forzosamente.
Lo interesante de momento era averiguar dónde estaba el
que montaba guardia ábordo. Pero… ¡no! ¡Aún había algo más importante! Sabía
que el centinela no comía en elbarco. Uno de los marineros acudía a relevarle
después de haber cenado para que pudiese el otro cenar a su vez. ¿Se habría
efectuado el relevo ya?
Ante la duda, era peligroso moverse. Podía ser sorprendido
por el relevo en el momento más inoportuno. Decidió aguardar un rato para
asegurarse.
Transcurrió un cuarto de hora que se le antojó una
eternidad. Nada se movía abordo ni en tierra. Ya estaba a punto de arriesgarse
a cruzar, cuando apareció un hombre por el lado de la colonia. Había hechobien
en esperar.
El hombre siguió andando sin sospechar que era espiado,
llegó a la almadía colocada entre tierra y el “Typhoon”, la cruzó, subió la
pasarela y llamó al que montaba guardia.
-¡Ya puedes irte a cenar! — le dijo.
El guardián, habló unas cuantas, palabras con su compañero
y luego abandonó elbarco.
X, observaba con tanta intensidad, que hasta le hacían
daño los ojos. Quería ver dónde se colocaba el relevo.
El hombre se quedó junto a la pasarela de momento. Al cabo
de un rato, sin embargo, se cansó de estar allí y se dirigió a proa.
Aquella era la ocasión que había estado aguardando
Manrique. Se limitó a echar una mirada en dirección a la colonia para
asegurarse de que nadie se acercaba por aquel lado, luego se levantó y,
agachado, corrió a la almadía, la cruzó y empezó a subir por la pasarela.
A1 llegar arriba, se detuvo y miró hacia proa. El guardián
había desaparecido, tal vez detrás del castillo.
Mientras aguardaba entre los montones de viruta, X, había
estado procurando recordar la disposición delbuque para escoger el sitio menos
peligroso en que esconderse. Su primera intención había sido escoger las
lastreras, pero luego se dijo que lo más probable era que las llenaran antes de
salir, puesto que elbuque iba sin carga. A continuación, pensó en los camarotes
de los pasajeros. Éstos se hallaban en el entrepuente. Había seis en total. Dos
de ellos, con dos literas cada uno, daban a cubierta. Había que descartarlos
por demasiado peligrosos. Entre ambos se abría un pasillo a un lado del cual
había un camarote en el que, en caso de necesidad, podían caber cuatro
viajeros, luego venía el comedor y, a continuación, otro camarote igual. En el
fondo del pasillo se hallaba la puerta de otro de dos literas, cuyo portillo
daba a la cubierta debabor. Por el lado contrario estaba el último camarote,
grande también, luego la escala que conducía al puente y, por último, un cuarto
pequeño, especie de despensa del mayordomo, con una mesa para preparar las
cosas antes de llevarlas al comedor. En el fondo de este cuarto se abría una
puerta que comunicaba con la cocina. Pegado a este cuarto había un pequeño
camarote que servía de alojamiento al mayordomo y al telegrafista.
La ventaja de meterse en uno de aquellos camarotes era que
le costaría poco trabajo a X, salir durante la noche y conseguir provisiones.
Pero tenía todo eso el inconveniente de que podrían sorprenderle fácilmente, en
alguna de sus incursiones, el mayordomo, el telegrafista, el capitán o
cualquiera de los oficiales que empleara aquella escala para subir obajar del
puente.
Pese a los peligros citados, hubiera decidido correr el
riesgo de ocupar uno de aquellos camarotes si, en el último momento, no hubiese
tenido una idea luminosa.
El “Typhoon” o “Meredith”, como le habíanbautizado ahora,
no era unbarco moderno. Llevababastantes años navegando aunque lo habían
modernizado en parte. Una cosa quedaba, sin embargo, que no estaba de más en
aquellas latitudes: El calabozo destinado a encerrar a cualquiera que se
amotinase. Dicho calabozo se hallaba en un callejón abierto en el pasillo que
ponía en comunicación la cubierta de popa con la cintura delbarco.
X.bajó rápidamente la escala hasta la cubierta de popa, se
metió, por el pasillo y entró en el calabozo que estaba abierto. No era fácil
que se acercara nadie a él durante todo el viaje. Teniendo en cuenta quiénes
eran los tripulantes, podía tenerse la seguridad de que no habría motines
abordo.
Con un poco de cuidado, no temía ser descubierto, pero
necesitaba comida y tenía que idear un medio de conseguírsela. Volvió a salir
al pasillo y asomó par el otro extremo, pero ni vio ni oyó al guardián y no se
atrevió a arriesgarse.
Anduvo rondando por el pasillo hasta que vino el relevo.
Sabía que se habían embarcado ya provisiones para el viaje y todo era cuestión
de que pudiese introducirse unos momentos en la despensa.
El nuevo centinela, se instaló inmediatamente en el
puente, pero subió por la escala de cubierta, sin pasar para nada por el
pasillo de los camarotes.
No se le presentaría mejor ocasión por mucho que
labuscase. Había encontrado un saco en el calabozo y se lo metió debajo
delbrazo. Subió rápidamente a la despensa, cogió dos panes, unas galletas de
mar, un poco de chocolate y unas tiras de tasajo y regresó, sin novedad, al
calabozo. Administrando aquello un poco, tendría lo suficiente para ir tirando
hasta que desembarcara.
Comió con sobriedad y echó de ver entonces que se había
olvidado de algo muy importante: agua. No tuvo más remedio que volver enbusca
de un par debotellas llenas. A continuación, se tumbó en el suelo, pegado a la
puerta para que ésta no se abriera, y se quedó dormido.
Le despertó el ruido de muchas pasos y las órdenes dadas a
voz en grito. Las maquinillas empezaron a funcionar, levando las anclas. Nobien
terminaron éstas, un estremecimiento recorrió elbarco de proa a popa y el
monótono tu-cu-tuuuni, tu-cu, tuuun, tucu-tuuun de las máquinas anunció que la
hélice empezaba a dar vueltas y fue el “Meredith” había iniciado su viaje.
CAPÍTULO XI
UN ACCIDENTE
La partida del «Meredith» señaló un cambio también en las
obligaciones de Polizón.
Lo sucedido con Manrique el día anterior no había sido
visto con muybuenos ojos, por el grupo de oficiales que, en nombre de un
misterioso jefe, regían los destinos de la colonia pirata.
La vida de un hombre les importaba muy poco. En realidad,
todos los prisioneros estaban sentenciados a muerte de antemano. En cuanto no
hubiera necesidad de ellos, pensaban liquidarlos a todos para hacer desaparecer
así peligrosos testigos para el porvenir.
Mientras hubiese trabajo, sin embargo, podían ayudar
mucho, haciendo las labores más pesadas. Durante el día que Polizón había hecho
de guardián, había conseguido hacerse odiar de todos por sus malos tratos, amén
de demostrar una tendencia a quitarle la vida al primero que se propasara.
Era un tirano tan grande, que todos acabarían por volverse
contra él, aunque les costase la vida.
En vista de ello, se nombró a otro en su lugar y se le
ordenó que volviera albarco a contribuir, a la transformación del mismo.
Ocupó su puesto, sin embargo, debastante mala gana y, ya
que no tenía esclavos en quienes desahogar su malhumor, empezó a hacer objeto
de sus sarcasmos e insultos a cuantos compañeros suyos se ponían a su alcance.
El resultado de ello fue que, a los dos días, no había
quien quisiese trabajar a su lado y que todos rehuyeran su compañía hasta a las
horas de las comidas, cosa que, por cierto, parecía importarle muy poco.
Todas las partes que habían de ser reconstruidas para
modificar el aspecto del vapor habían sido arrancadas ya y se preparaba la
labor de transformación de acuerdo con los planos preparados, al parecer, con
mucha anterioridad.
Se construyó por aquel lado un cobertizo para los
carpinteros y, como Polizón no parecía servir para otra cosa, se le empleó en
los trabajos que requirieran fuerza, y que había de compartir con los
prisioneros asignados a los mismos.
Los trabajos de los otros dosbuques que quedaban en el
lago estabanbastante adelantados, pero pasarían muchos días aún antes de que
estuvieran en condiciones de hacerse a la mar.
Ya que nadie quería tratos con él, Polizón pasaba sus
ratos de ocio paseando por la selva y, se acostumbraron tanto a verle hacerlo,
que nadie le dio importancia. Mucho les hubiera extrañado a sus compañeros, sin
embargo, si le hubiesen visto gatear a los árboles más altos una vez lejos del
campamento o colonia, y otear el horizonte, pero aun esto les hubiera extrañado
menos que sus excursiones al anochecer. En éstas, siempre se las arreglaba para
llevarse algo que dejaba escondido en un tronco hueco. Una vez era, un machete
con su vaína, otra amuniciones, la tercera, un fusil y así sucesivamente.
No estando ya encargado de vigilar a los prisioneros,
había entregado el fusil, aunque le permitieron quedarse con la pistola. Pero
él, aprovechando un descuido, se había apoderado de otro para esconderlo como
ya hemos dicho y, al propio tiempo, había agregado una pistola a su armería
secreta, armas que, hasta el momento, nadie parecía haber echado de menos.
El quinto día empezaron a izarse abordo las vigas y
maderas que habían de emplearse, aprovechando para ello las vergas de carga del
propiobarco que no habían sido desmontadas.
Polizón fue encargado de una de las maquinillas y dio
nuevas muestras, en aquel puesto, de sus ideas de independencia.
En lugar de hacer caso de las señales para izar o arriar,
lo hacía a su antojo, dejando a veces que se desenrollara el cable del tambor
de la maquinilla con tal velocidad, que las vigas tocaban la cubierta mucho
antes, de lo que se esperaba, con los consiguientes sustos para los demás
marineros.
Poco faltó varias veces para que se produjera un accidente
serio y los marineros acabaron por negarse a trabajar mientras Polizón
estuviera en la maquinilla.
Tuvo que intervenir el piloto y, comprendiendo que los
hombres tenían razón, se encaró con el culpable.
-¡Quítese usted de ahí! –ordenó-. ¡Deje su puesto a otro
que sepa cumplir mejor con su deber!
Polizón soltó, lentamente, la palanca y se volvió hacia el
oficial.
-¡Yo no necesito que me enseñe nadie cuál es mi
obligación! –exclamó-.¡Si esos papanatas no estuvieran medio dormidos, no
correrían peligro de que les tocaran las vigas!
-Me parece que se le están subiendo a usted los humos a la
cabeza un poco, amigo-respondió el piloto-. Más vale que se dé cuenta, de una
vez para siempre, que es usted un simple marinero y que yo soy su superior. A
pesar de las circunstancias anormales, o tal vez precisamente por ellas, no
estoy dispuesto a tolerar la menor insubordinación. ¡Quítese usted de ahí! Es
demasiado peligroso para los demás.
Polizón, vaciló un instante. Hubo un momento en que
pareció a punto de abalanzarse sobre el oficial, pero lo pensó mejor, quizá
porque no vio una sola cara amiga entre todas las que le miraban. Se retiró de
la maquinilla y otro marinero ocupó su lugar.
-Ahora -dijo el piloto-, ayude a retirar las vigas una vez
hayan sido descargadas. A ver si sabe usted hacer eso sin perjudicar a nadie.
Mientras todo esto sucedía abordo, los qué estaban en la
almadía habían enganchado la eslinga que sujetaba tres vigas al cabo que
colgaba de la verga.
Al verlo, el piloto se volvió al que se había hecho cargo
de la maquinilla, gritando:
-¡Hala!
La maquinilla se puso en movimiento, halando el cabo. Dos
hombres, asidos a una cuerda atada a la verga de carga, la hicieron girar hacia
cubierta.
-¡Arría! — gritó el piloto.
Las vigas empezaron a descender.
El piloto marchó a tierra a ver lo que hacían los
carpinteros y el contramaestre se puso a hacer las señales para que se arriara
o halar según el caso.
Antes de que las vigas tocaran la cubierta, Polizón estaba
ya preparado para cogerlas, desahogando su ira tirando violentamente de ellas.
-Más vale que andes con cuidado -le advirtió el
contramaestre-. Deja que toquen cubierta o acabará sucediéndote una desgracia.
Polizón contestó con un gruñido y, como en desafío, en
cuanto viobajar hacia él la siguiente eslinga de vigas, alzó elbrazo y asió una
de ellas para guiarla hasta cubierta.
Se le escapó y las vigas empezaron a girar. Viendo el
peligro, el de la maquinilla dejó ir la cuerda para que tocaran cubierta antes
de que sucediera un accidente.
Pero no llegó a tiempo. Las extremidades de las vigas
alcanzaron a Polizón antes de que pudiera ponerse a salvo de un salto, le
levantaron en vilo y le tiraron de cabeza al lago.
Todos corrieron a laborda y se asomaron. Polizón se había
hundido como una piedra al tocar el agua.
Botaron en seguida la chalupa para sacarle, pero no le
vieron salir a la superficie por ninguna parte. Las vigas debían haberle
alcanzado en la cabeza, dejándole sin conocimiento.
Fue avisado el piloto que ordenó que se continuara
trabajando mientras dos o tres marineros recorrían el lago enbotes. Todo fue
inútil, sin embargo. Polizón no apareció por parte alguna.
-O estaba sin conocimiento -dijo el piloto-, o se habrá
quedado enredado en la vegetación del fondo del lago.
-Se habrá quedado entre las algas -observó el
contramaestre; — de lo contrario, hubiera salido a flote alguna vez siquiera.
-Sea como fuere, me parece que queda uno menos para el
reparto. La culpa es suya. Hace días que solo parecía capaz de animaladas. Tal
vez sea mucho mejor que haya muerto. Por el camino que iba, hubiésemos tenido
que acabar matándole nosotros.
Tal fue el epitafio de Polizón. Nadie volvió a preocuparse
de él. Y, si los prisioneros le dedicaron algún recuerdo, sólo fue para decirse
que Dios es justo y castiga a quien se lo merece.
Poco rato después, estando a punto de caer la noche, se
suspendió el trabajo y se retiraron todos a tierra-todos menos el marinero a
quien le tocaba hacer la primera guardia.
CAPÍTULO XII
LAS CIUDADES NIAS
La almadía, como suele suceder con esta clase de
construcciones, estaba hecha de un armazón de maderas montado sobre unos
cuantosbarriles cerrados que hacían veces deboyas, y que se hallaban como de
pie, sujetos a los travesaños que distaban, aproximadamente, medio metro de la
parte superior de la estructura flotante.
Cuando el peso que recaía sobre labalsa era grande,
losbarriles llegaban a hundirse hasta más de la mitad en el agua, pero, por muy
grande que fuera lo que sobre ella se pusiese nunca se sumergían por completo.
Los marineros habíanbuscado por todo el lago, pero no se
les había ocurrido mirar por debajo de la almadía. De haberlo hecho, hubiesen
visto a Polizón, agarrado a un travesaño, pisando agua y manteniendo la cabeza
a flote.
El accidente de que había sido víctima no había sido tal
accidente. Necesitaba desaparecer del campamento y la mejor manera de hacerla
sin excitar sospechas era inducir a hacer creer a todos que había muerto. Se le
había ocurrido aquel plan, desde el momento en que le trasladaron albarco
relevándole del cargo de guardián de los presos y sólo había estada esperando
un momento propicio.
Se había dejado alcanzar por las vigas, era cierto, porque
era la única manera de conseguir que el accidente pareciese auténtico. No
obstante, las vigas nos le habían dado en la cabeza como suponían los
marineros, sino en los hombros, y, como había estada esperando su impacto, en
lugar de ofrecer resistencia se dejó llevar por ellas y hasta saltar en
dirección al agua, cosa que a los espectadores pareció un esfuerzo por quitarse
del paso.
Como consecuencia de ello, había recibido un golpe
relativamente flojo que no le paralizó ni un momento. Al tocar el agua, buceó
inmediatamente para pasar por debajo del casco delbuque y, cuando empezaron
abuscarle enbotes, ya se hallaba instalado debajo de la almadía dispuesto a
esperar todo el tiempo que fuera necesario para que se cansasen debuscarle, le
dieran por muerto y abandonaran el trabajo para el día.
Después de oír pasar par encima de su cabeza a las
trabajadores, aguardó media hora completa para darles tiempo a meterse en la
cabaña-comedor antes de salir de su escondrijo y echar una mirada a tierra y
otra albarco.
No distinguió al centinela, por lo que supuso que se
encontraría al otro lado del vapor. En tierra no había nadie.
Asió elborde de la almadía y subió a ella. Dirigió una
nueva mirada albarco y echó a correr hacía la vecina selva. Una vez entre los
árboles, atisbó en dirección al lago y al grupo de cabañas para asegurarse de
que nadie le había visto. Luego, satisfecho, caminó en dirección al árbol hueco
que le había servido de almacén durante todos aquellos días.
Entre las cosas allí escondidas, figuraban una camisa y un
pantalón.
Se quitó la chorreante ropa y entonces se vio que, debajo
de ella, llevaba arrollada al cuerpo una capa negra de tan finísimo material
que apenas ocupaba sitio. Del interior de aquella capa que, por lo visto, era
impermeable, extrajo la pistola, un reloj de pulsera, dos cargadores de
repuesto y un estuche aplastado que, entre otras cosas, contenía una jeringa y
unas ampollas.
Se secó lo mejor que pudo después de haberse quitado la
capa, se puso la ropa seca, dobló cuidadosamente la capa que formó unbulto tan
pequeño que pudo meterlo sin dificultad en elbolsillo, el estuche fue a parar
albolsillo de atrás del pantalón, la pistola que llevaba, al otro. A
continuación se puso la canana, la pistola y el machete que tenía escondidos en
el árbol y se colgó el fusil del hombro por la correa.
Le faltaba un paquete que recoger, el que había dejado
allí después de comer aquella tarde. Éste contenía unabrújula, que sacó, y un
poco de pan y carne seca.
Inmediatamente se puso en marcha en dirección Sudeste.
Polizón sabía, perfectamente, dónde ese encontraba. Era
uno de los pocos europeos para quienes la, existencia y la historia de la isla
de Nias no constituía un secreto, aunque jamás había pisado aquella tierra,
hasta, llegar abordo del «Simoon».
La misteriosa isla de Nias se cita por primera vez, que
sepamos, en las obras de un mercader musulmán llamado Suleyman que vivió por el
año 851 de nuestra Era. Según él, sus pobladores poseían oro en abundancia, se
alimentaban de cocos y habían de capturar la cabeza de un enemigo para poder
casarse. Si un hombre cortaba dos cabezas, tenía derecho a dos esposas, si
cortaba cincuenta, era muy dueño de casarse con cincuenta mujeres.
En manuscritos posteriores se habla, varias veces, de esta
isla a la que los antiguos llamaban la Isla del Oro y los portugueses,
basándose en mapas antiguos, intentaron encontrarla en 1520, sin lograrlo.
Los holandeses se preocuparon muy poco de aquella isla
vecina a Sumatra, hasta mediados del siglo diecinueve en que establecieron
varias factorías en el Norte y en el Sur. La Naturaleza, sin embargo, pareció
ponerse de parte de los indígenas hostiles para mantener aislada la isla. En
1861, una serie de terremotos, seguidos de una ola gigantesca, destruyeron las
colonias, de la costa y, poco después, los indígenas se alzaron y arrojaron a
los holandeses que quedaban, fuera de la isla.
Es curioso que en todo tiempo, los navegantes han
preferido pasar por el lado oriental de Sumatra. Mejor dicho, no es curioso
sino natural, pues el Estrecho de Maloca ofrece mayor protección contra los
elementos.
Sólo una línea de vapores pasa hoy en día por el lado
occidental, pero no se acerca para nada a Nias. Hace veinte años nada más que
los holandeses decidieron establecer en la isla una especie de gobernador y
escogieron para ello un poblado pequeño de la costa oriental llamado Goenoeng
Sitoli. La única comunicación que dicho poblado tiene con el exterior es la
llegada una vez al mes, de unbarco procedente de Padana que toca allí, camino
de Achín, para dejar víveres.
La parte Norte de la isla está casi deshabitada debido a
su esterilidad, pero en el Sur, en las cimas de las colinas, rodeadas
debosques, se hallan las grandes ciudades de calles pavimentadas, obra de
gente, el origen de cuya civilización es un misterio, pueblos cuyos guerreros
llevan armadura y cuyos
jefes visten chaquetas recamadas de oro y se adornan con
tiaras y joyas del mismo precioso metal.
La isla mide, aproximadamente, veinte leguas de longitud y
ocho de anchura. Polizón calculó que se encontraba, aproximadamente, a unos
cincuenta kilómetros de la punta Sur, hacia la que se dirigía. Pero no caminó
mucho rato.
Cuando consideró que se hallaba lobastante lejos del lago
para no correr peligro de ser descubierto, buscó un árbol adecuado, se encaramó
por su tronco, y se echó a dormir sobre un lecho que improvisó sobre las ramas.
Se levantó al salir el sol, bajó al suelo, se refrescó en
un arroyo, cercano, comió unosbocados de pan y carne y emprendió el camino de
nuevo.
El sol estaba muy, alto en el cielo cuando inició la
ascensión de una loma de pendientebastante pronunciada. Poca rato después
entraba en un poblado, delante de cuyas casas se alzaban grandesbancos de
piedra construidos por sus primitivos habitantes, para que en ellos descansaran
los espíritus de sus antepasados. Cruzó el desierto lugar, la mayoría de cuyas
casas se hallaban en ruinas.
Una vez hubo dejado aquello atrás, empezó a avanzar con
mayor cautela. Sabía que no tardaría en llegar a lugares habitados y no tenía
la menor intención de presentarse abiertamente en ellos.
Se apartó de los caminos y, por lo tanto, no pasó por
varias, ciudades que sabía existían cerca de ellos. Tenía trazada su plan y
estaba decidido a seguirlo. Buscaba una ciudad mayor y no carecía de datos para
encontrarla.
Hubo de caminar mucho rato antes de llegar a la orilla del
río que había estadobuscando. No podía cruzarlo por allí porque estaba
infestado de cocodrilos y hubiese sido peligroso intentarlo. Siguió la orilla
y, a última hora de la tarde, vio un puente muy viejo, suspendido sobre el río.
Cruzó por él, esperando que de un momento a otro
cedierabajo su peso y caminó durante una hora más, deteniéndose, por fin, en la
inmediación de una larga escalera de anchos escalones.
Había llegado a su meta. Sacó delbolsillo la doblada capa
y la desplegó. Luego volvió la parte negra hacia dentro y se la echó sobre los
hombros, terciándose el fusil para que le estorbara menos.
Entonces ocurrió una cosa maravillosa. El cuerpo entero de
Polizón desapareció como por ensalmo, quedando sólo visible su cabeza, que
parecía flotar en el aire.
Aquella capa, negra y visible por un lado, era por el otro
de un tejido especial que tenía la particularidad de refractar la luz sin
reflejarla, de modo que resultaba invisible y hacía invisible también a
cuantobajo ella se ocultaba.
Polizón asió la larga capucha que colgaba por detrás y se
la echó sobre la cabeza que desapareció a su vez. Luego se dirigió,
resueltamente, a la escalera y empezó a ascenderla.
CAPÍTULO XIII
LOS ESPIRITUS HABLAN
En la parte superior de la escalera, unos cocodrilos de
piedra guardaban la entrada de una ciudad maravillosa cuya calle, recta y,
ancha, estaba cubierta de losas. A ambos lados de la calle había una hilera de
casas y, delante de cada una de ellas, una gran losa, pulimentada como el
cristal, fantásticamente esculpida, debajo de la cual el habitante de la casa
tenía colocadas las calaveras de sus antepasados. Altos pilares de piedra
hacían como de respaldo dé aquellos asientos. Según la creencia popular, los
espíritus de los antepasados descansaban en ellos cada vez que deseaban tomar
parte en las festividades de sus descendientes.
A mediados de la calle había una especie de pirámide
truncada, de piedra, de unos tres metros de altura, utilizada por los jóvenes
para sus ejercicios guerreros, entre los que figuraba el saltarse aquel
obstáculo.
A poca distancia se hallaba un enorme sillón de piedra,
protegido por un paraguas de piedra también. Era el asiento desde el cual
administraba el jefe justicia.
Aquella ciudad estaba animadísima. Habiendo pasado el
calor del día, losbancos estaban ocupados por numerosos indígenas que reían,
charlaban y cantaban, convencidos de que sus antepasados ocupaban un asiento a
su lado.
Entre ellos se veían miembros de la nobleza indígena, con
extraños tocados de oro macizo entre los que descollaban altísimas ramas de
oro, adornadas de hojas del mismo metal, símbolo de la nobleza, y
representación del cocotero.
El hombre invisible no se detuvo allí. Siguió adelante,
procurando no tropezar con ninguno de los jóvenes que cruzaban continuamente la
calle.
Pasó de largo junto al lugar reservado parabaño de las
mujeres-una parte del pueblo rodeada de una muralla, protegida su entrada por
aves mitológicas esculpidas en piedra. En ella, a la sombra de espeso follaje,
un agua fresca manaba continuamente por tubos debambú sobre las losas en que
las mujeres chapalateaban hasta refrescarse.
Yuma salió de aquella ciudad, cruzó unbosque de cocoteros
y ascendió otra larga escalera de piedra que le condujo a otra ciudad
maravillosa. En ésta, examinó las casas para decidir cuál era la del jefe, y
cruzó la calle.
Las casas no tenían puerta, pero Yuma conocía la manera de
entrar en ellas. Pasó por entre las hileras de columnas que servían debase a la
construcción y, al llegar aproximadamente par debajo del centro de la casa, vio
la escalera que conducía a un agujero abierto en el suelo.
Bajó por ella y se encontró en una magnífica sala. El
suelo estaba cubierto de tablas pulimentadas que adornaban también las paredes
de las que colgaban armaduras de metal, krises con amuletos recubiertos de
dientes de tigre, lanzas, escudos y numerosas figurillas ancestrales, que los
indígenas tallan para dar albergue al espíritu de sus antepasados. Los
hechiceros de la tribu dicen hablar con los muertos por medio de estas
imágenes.
En el momento de llegar Yuma al cuarto, apareció, en la
puerta de la habitación el habitante de la casa.
Llevaba un complicadísimo tocado con altos adornos de oro
macizo, enormes pendientes y un pesado collar del mismo metal, chaqueta
encarnada con galón de oro toda alrededor, un taparrabos que, por delante, le
caía hasta las rodillas como una falda amarilla, y un kris con vaina de oro.
Además, ostentaba el adorno corriente en la nobleza y en
las jefes de aquella raza: Unbigote de oro macizo, de puntiagudas guías
curvadas hacia arriba.
El jefe se acercó a la especie de estante en que se
hallaban las figurillas, desde las cuales partían largas cadenas debambú que,
saliendo por la ventana, iban a morir en elbanco de piedra de delante de la
casa. Eran las llamadas escaleras por las que se suponía que los espíritus de
los antepasados subían, para ocupar las imágenes cada vez que sentían deseos de
tomar parte en la vida de la familia.
En aquel momento, quiso la suerte que una araña corriera
por una de las figuras y se perdiese detrás de ella.
El jefe la vio y acudió, en seguida, a acariciar la
imagen.
Para los nias, los antepasados nunca mueren. No viven con
ellos siempre, pero no dejan de velar por sus descendientes. Su alma se hace
visible de vez en cuando en forma de araña. Por consiguiente, el jefe
interpretó lo que había visto como una prueba de que uno de sus antepasados se
había posesionado de la imagen que le estaba destinada.
Yuma, que conocía esta creencia, comprendió que se le
presentaba unabuena ocasión para desarrollar su plan.
Sacó, ocultobajo la capa, el estuche de que ya hemos
hablado y, con unos tubos que de él extrajo, empezó a retocarse la cara. Luego
se colocó lo más cerca posible de la imagen y dijo:
-¡Mi alma está triste, ¡oh! Balawa!
El jefe alzó la cabeza y miró a su alrededor. Nunca había
oído hablar a los espíritus, aunque sabía que los magos nias lo hacían con
frecuencia. Creyó haber oído mal al principio o que alguien habría entrado en
la estancia. Pero vio que estaba completamente solo.
Durante unos momentos aguardó, esperando que volviera a
sonar la voz. Luego, al ver que no era así, acarició de nuevo la imagen y
salió, apresuradamente, del cuarto.
Regresó a, los pocos momentos acompañado de una
sacerdotisa cubierta de adornos de oro y con una especie de rama de oro con
discos del mismo de metal detrás de la cabeza, colocada de tal suerte que
parecía formar una cruz.
Tras ellos entraron dos jóvenes con aros de oro alrededor
de la frente y collares compuestos de anillas delgadas de cuerno de carabao,
prueba evidente de que pertenecían a familia de elevado rango o que tenían un
cargo de importancia.
-Este es el antepasado mío que habló, ¡oh! Retu -dijo el
jefe, señalando la figurilla, tras la que se había ocultado la araña-. Y he
visto su alma cuando tomaba posesión de la imagen.
-Si habló, algo importante tendrá que comunicar. No pudo
decirte más porque no estabas tú en condiciones de escucharle, Balawa.
Hicistebien en llamarme.
La sacerdotisa trasladó, con suma reverencia, la figurilla
hacia el centro del cuarto y empezó a recitar conjuros. Depositó delante de la
imagen unbraserillo en el que echó unas hierbas aromáticas cuyo perfume no
tardó en llenar la estancia.
Yuma, que había seguido a la imagen, volvió a hablar
entonces, empleando el idioma de los nias.
-¡Mi alma está triste, ¡oh! Balawa -repitió.
-¿Qué puede hacerBalawa por disipar tu tristeza, ¡oh!
Situli?
-Nuestra tierra ha sido profanada. ¿No sabes que no muy
lejos de aquí unosbárbaros ocupan el lago con sus grandesbarcos y alzan cabañas
en sus cercanías?
-Ha llegado a mis oídos, pero no han salido de allí y no
parecen tener intención de molestarnos.
-Esosbárbaros tienen negra el alma. Sus pensamientos son
tenebrosos. Proyectan grandes males. Los de su propia raza reniegan de ellos.
-¿Que debo hacer?
-Reúne a tus guerreros, ¡oh! Balawa. Eres el más poderoso
de los jefes nias. Tienes fuerzas suficientes para la empresa.
-¿He de exterminar a esosbárbaros?
-No… Debes respetar su vida.. Apela a la astucia. Puedes
apresarles si quieres sin derramar una gota de sangre. Con ellos hay algunos
que no están aquí por su propia voluntad. Han sido hechos prisioneros, cargados
de cadenas y obligados a trabajar. A esos los pondrás en libertad y te ayudarán
a custodiar a los otros.
-¿Qué he de hacer con ellos cuando los haya apresado?
-Esperar. Acampa con tus guerreros junto al lago. Veo el
porvenir. Los de su propia raza se los llevarán para darles el castigo que
merecen. Cuándo ya no estén en esta tierra, entonces dejará de estar triste mi
alma, ¡oh! Balawa!.
-¿Cuándo he de emprender la marcha?
-En cuanto hayas reunido a tus guerreros. Yo estaré, a
vuestro lado para aconsejaros si es preciso. Y no me oirás tan sólo, sino que
me verás si lo juzgo necesario… ¡cómo ahora!
Se notó un movimiento en el aire por encina de la imagen y
apareció,bruscamente, una cabeza flotante-la cabeza de un nias-con los mismos
rasgos faciales que los cuatro indígenas que la contemplaban con asombro y que
se dejaron caer de rodillas y tocaron el suelo con la frente ante ella.
-Levantaos -dijo la cabeza-. El tiempo apremia… Es preciso
que salgáis cuanto antes a hacer prisioneros a los malvados del lago. ¡Miradme!
Todos alzaron la vista y la clavaron en la cabeza de Yuma,
caracterizada enbreves momentos para desempeñar el papel de antepasado del
jefe.
Los ojos, extrañamente resplandecientes, pasearon su
mirada por la estancia, se posaron en la sacerdotisa, en el jefe, en los dos
jóvenes.
-Leo la resolución en vuestros ojos –dijo-, y mi alma ya
empieza a alegrarse.
Pareció como si parpadeara algo en el aire y la cabeza
desapareció tan misteriosamente como había aparecido.
La sacerdotisa apagó elbraserillo y volvió a trasladar la
figurilla a su estante.
El jefe y los dos jóvenes se habían alzado ya del suelo.
-El espíritu de tu antepasado ha hablado, ¡oh! Balawa! —
murmuró la mujer, mirándole-. Su alma está triste. ¿Qué piensas hacer, para
remediarlo?
-Esta noche -anuncióBalawa con voz solemne-, mis guerreros
emprenderán la marcha hacia el lago.
CAPÍTULO XIV
LA MISIÓN DE X.
Mientras en la isla de Nias se desarrollaban los
acontecimientos que hemos relatado en los capítulos anteriores, un joven,
elegantemente vestido, se presentaba en la residencia del gobernador deBorneo y
solicitaba audiencia urgentemente.
El gobernador le recibió en su despacho, le suplicó que
tomase asiento y se dispuso a escuchar el objeto de la visita de aquel hombre
con quien se veía obligado a hablar inglés por desconocer éste el idioma de
Holanda.
-Vuestra Excelencia -dijo el visitante, encendiendo el
puro que le ofrecían-, me permitirá que le haga una súplica antes de explicar
detalladamente el asunto que me trae aquí a estas horas. Se trata de algo
urgente y podremos hablar con mucha más tranquilidad una vez haya quedado
resuelto.
-¿De qué se trata?
-De tres cosas. Primera: Ha entrado hace unas horas en el
puerto el vapor “Meredith”, supuestamente australiano. En realidad, es elbotín
de une acto de piratería del que dentro de pocos momentos le hablaré. Propongo
que dé Vuestra Excelencia las órdenes oportunas para que, si intenta salir,
sebusquen pretextos para retardarle de momento, con vistas a su confiscación
más tarde.
»La segunda cosa, es que curse Vuestra Excelencia órdenes
para que sea vigilado un tal señor Weldon, residente en Padang. Cuando haya
oído Vuestra Excelencia, lo que tengo que decir, no dudo que le hará detener.
-Y ¿cuál es la tercera? — preguntó el gobernador, sin
disimular su asombro.
-Que la Policía deBatavia vigile al señor Weekly,
consignatario debuques y se prepare a detenerle también.
-Hace usted unas peticiones extraordinarias. Supongo que
estará dispuesto a justificarlas, señor Manrique.
-Cuando me haya escuchado Vuestra Excelencia, comprenderá
que tengo emotivos más que suficientes para hablar de esa manera.
-No quiero dudar de subuena fe, pero usted se hará cargo
de que…
-He pensado en eso -le interrumpió Manrique-. ¿Conoce
Vuestra Excelencia a este señor?
Le presentó una tarjeta.
-¡Naturalmente! — contestó el gobernador al leer el
nombre.
-Si fuera él quien le hiciera las peticiones que acabo yo
de hacerle, ¿accedería usted a ellas?
-Sin vacilar.
-En tal caso, le ruego que telefonee a ese señor, le diga
que he venido yo a verle y le pregunte qué concepto le merezco.
-El caso es tan grave -dijo el gobernador, después de
titubear un instante-, que voy a seguir su consejo, aunque parezca descortesía.
Y descolgó el teléfono.
Cuando logró comunicación, explicó enbreves palabras el
caso y luego escuchó lo que le contestaban.
-¿Cómo? — exclamó a los pocos momentos.
Volvió a escuchar.
-Es que el señor Manrique me pide unas cosas un poco
fuertes… ¿De absoluta confianza?…Bien…bien, puesto que usted lo dice…
¡Caramba!…Bueno, bueno, muchísimas gracias.
Colgó el aparato y miró a Manrique con curiosidad.
-No sé quién será usted –dijo-, pero por lo visto goza de
una fama excelente. Me dicen que le conceda cuanto me pida sin el menor
escrúpulo… ¡aunque me pida el Ejército y la Marina holandeses!
Manrique sonrió.
-No le pediré tanto -aseguró; — pero no crea que le
faltará mucho para eso.
-Ante todo -dijo el gobernador-, voy a hacer lo que usted
me ha pedido.
Descolgó el teléfono otra vez y, durante unbuen rato,
estuvo dando órdenes a sus subordinados para que se cuidaran de los extremos
mencionados por su visitante.
-Ahora -dijo, cuando hubo terminado-, espero con
curiosidad sus explicaciones, señor Manrique.
El joven se arrellanó cómodamente en su asiento, exhaló
unabocanada de humo y dio principio a su relato.
-Vuestra Excelencia, como todo el mundo, estará, enterado
de la serie de desgracias que ha tenido que soportar la Compañía de Navegación
Leming.
-En efecto -asintió el otro; — máxime teniendo en cuenta
que esas desgracias parecen haber ocurrido todas en los alrededores de estas
islas.
Manrique movió la cabeza afirmativamente.
-Hasta la fecha –dijo-, son cinco losbarcos que esa
Compañía ha perdido. El «Zephyr» fue el primero y se hundió, en efecto, pero
los otros cuatro, el «Typhoon», el «Monsoon», el «Sirocco» y el «Simoon»,
siguen a flote en estos momentos.
-¿Qué está usted diciendo?
-¿Le asombra? Pues aun le voy a asombrar más. El «Typhoon»
se halla, actualmente, en este puerto.
-¿Cómo? — exclamó el gobernadorboquiabierto.
-No se preocupe. Vuestra Excelencia ha tomado ya sus
medidas para que no se escape. El «Typhoon» navega ahorabajo el nombre de
“Meredith”.
-¿Qué pruebas tiene usted de ello?
-He sido yo uno de los que ayudó a transformarle.
El gobernador le miróboquiabierto.
-Eso equivale a confesarse cómplice de un acto de
piratería -dijo.
-Un cómplice involuntario, a lo sumo -contestó Manrique-.
Pero permítame que le cuente la historia desde un principio.
»Al parecer, hubo alguien en éstas islas que vio, desde el
primer momento, un medio de hacer fortuna con losbarcos de la Compañía de
Navegación Leming. Ese alguien fue Weekly, agente de la Compañía en Java.
»Gracias a las amistades que poseía, logró ir
introduciendo en losbarcos de la Compañía marineros que estaban dispuestos a
todo a cambio de dinero. En algunos casos llegó, incluso, a poder colocar
capitanes y oficiales que se prestarían, llegado el caso, a lo que él quisiera
mandarles.
»Estudió la manera de simular el hundimiento de losbarcos,
de forma que quedase todo el mundo engañado. Si todos los que iban abordo eran
gente suya, la cosa resultaba fácil. El vapor no tenía más que lanzar una
llamada de auxilio, decir que se estaba hundiendo, cortar la llamada antes de
haber dado su posición, como si no le hubiese dado tiempo, cambiar un poco el
aspecto delbarco y marcharse a un puerto seguro a transformarse
definitivamente.
»Si había alguien abordo que no estuviera en el secreto,
procuraba hacérsele creer que se estaba hundiendo elbarco, se le metía en
unbote salvavidas y se representaba una comedia para que creyese haber visto
hundirse el vapor y pudiese dar fe de ello como testigo ocular cuando fuera
recogido.
»La primera vez que se puso el plan en práctica, el
capitán no era de confianza. Lo propio ocurría con algunos de los tripulantes
y, además, iban varios pasajeros. El plan era meterlos enbotes y dejar que se
salvaran. Por desgracia para ellos, se dieron cuenta de que sucedía algo
anormal y no quedó más remedio que reducirles a la impotencia y llevárselos
prisioneros.
»Las demás veces, después de la experiencia adquirida,
salieron mejor las cosas y fue posible dejar que se salvaran algunos para
contar la supuesta tragedia.
»Yo me dirigía a Europa como pasajero abordo del
«Sirocco». Descubrí, por casualidad, unos preparativos sospechosos y fui
sorprendido por uno de los tripulantes. Ni que decir tiene que se me hizo
prisionero inmediatamente para que no hablara con nadie.
»Como Vuestra Excelencia no ignora, el «Sirocco» se
incendió en alta mar y se fue a pique antes de que pudieran acudir en su
auxilio. Creo que sólo hubo cinco supervivientes que describieron el incendio.
Esa es la noticia oficial. En realidad, lo que ocurrió fue lo siguiente:
»En cada una de lasbodegas habían sido colocados, lo más
aislados posible de la carga, unos montones de trapos impregnados de una
sustancia que, al arder, echara un humo espeso y abundante. Suspendidas de los
cuarteles que tapaban cada escotilla habían unas garrafas de gasolina.
»Llevábamos abordo unosbidones de petróleo que no
figuraban en el manifiesto y que habían sido embarcados clandestinamente en una
de las islas. Estosbidones se sujetaron junto a laborda, sobre cubierta, cuando
estuvimos en alta mar. Dentro de uno de losbotes salvavidas habían metido una
caja debarras de dinamita con fulminantes y mechas y, al lado de ella, una
garrafa de gasolina. Una de lasbalsas estaba rellena de trapos empapados en
materias inflamables de las que echan mucho humo.
»Recordará Vuestra Excelencia que todos los accidentes
ocurrieron durante la noche, nunca en pleno día. Era mucho más cómodo así,
puesto que el vapor tenía tiempo de alejarse antes de que fuese de día.
»Cuando llegaba el momento fijado, se prendía fuego a los
montones de trapos de lasbodegas, estos no daban llama. No hacían más que
arrojar humo espeso que se filtraba y salía a cubierta.
»Se daba la voz de alarma. Se corría a destapar las
escotillas y se aprovechaba el momento para romper las garrafas, dejando caer
la gasolina sobre los trapos. Claro está, salía una llamarada enorme
inmediatamente.
»Si el capitán no estaba complicado, no aparecía en
escena, porque le tenían encerrado ya. El piloto o quien fuera se hacía cargo
de todo. Se informaba a los pasajeros que elbarco estaba perdido
irremisiblemente y se les hacía subir a losbotes junto con los tripulantes que
no supieran una palabra de lo que estaba ocurriendo.
»Entretanto, el vapor paraba, se cruzaba en el estrecho y
los marineros, aprovechando la confusión, agujereaban losbidones de gasolina,
que iba a derramarse al mar. Una vez los que habían de pasar por supervivientes
estuvieran en el agua, sebotaba la almadía con los trapos encendidos para
aumentar el humo y no permitir ver con claridad elbuque. Luego se echaba al
agua elbote salvavidas que llevaba la dinamita, habiendo encendido previamente
las mechas.
»Hecho esto, se abríanbien las escotillas para que saliera
la mayor cantidad de humo posible y, mientras volvían a cerrarse, elbuque se
ponía en marcha de nuevo, alejándose del lugar. Antes de poner el último
cuartel en labodega, se echaban dentro unasbombonas de ácido carbónico para
apagar el fuego.
»A las pocos momentos, estallaba la dinamita, creando la
impresión de que había volado elbuque y la misma explosión incendiaba el
petróleo que flotaba sobre la superficie del mar. A cubierto de todo esto, el
vapor se iba alejando, mientras los tripulantes le disfrazaban de velero con
máquina auxiliar y pintaban un nombre nuevo en la popa y en la proa.
»Al llegar el día elbuque estaba lo suficientemente
transformado para que no se le reconociera desde lejos. Entonces se dirigía a
Nias, por el lado occidental de Sumatra, entrando por una ría hasta un lago
donde se hacía una verdadera transformación para poderlo sacar de nuevo sin
peligro y venderlo, junta con las mercancías que llevara en el momento de
desaparecer, si se habían salvado del incendio. El «Typhoon» tuvo mala suerte
en eso. Llevaba un cargamento tan delicado, que, aunque no ardió, se echó a perder
por completo.
»En ese lago escondido, los prisioneros, entre los que me
contaba yo, pasaban la vida cargados de cadenas y trabajando en losbarcos para
cambiar su aspecto. Yo pude escaparme y esconderme abordo del primerbarco en
salir, el «Typhoon», que ha llegado aquí con el nombre de «Meredith», como ya
he dicho.
»La tripulación del «Meredith» está destinada a hacerse
cargo del «Whirlwind», de la Compañía de Navegación también, y piensan robar
elbarco lo mismo que han hecho con los otros. Toda la oficialidad del
«Whirlwind» está complicada en el asunto y se las ha arreglado para que los
tripulantes que no eran de su confianza abandonaran elbarco. El único que no
sabe nada es el capitán. El «Meredith» creo que ha sido vendido ya y que el
acuerdo era que fuese entregado en este puerto.
»En Nias quedan aún tresbarcos en los que están trabajando
y una treintena de prisioneros. Y ahora viene lo que quería pedirle. Sería
conveniente que unbarco de guerra holandés se acercara a Nias a capturar a los
piratas y hacerse cargo de losbarcos allí escondidos.
El gobernador, que había escuchado con atención y
creciente asombro el relato de Manrique, dijo, en cuanto éste hubo acabado de
hablar:
-¡Es increíble! ¡Qué ingenio ha tenido el hombre que ha
preparado todo eso! ¡Y cuánto tiempo debe de haber estado preparándolo!
Se levantó de su asiento y dio unas vueltas por la
habitación.
-Bien -dijo, por fin; — si usted, como simple particular,
hubiera venido aquí y me hubiese contado todo eso, le digo con toda sinceridad
que no le hubiera creído una palabra. Es demasiado fantástico su relato. La
persona que le recomienda, sin embargo, tiene tal solvencia moral, que creo
cuanto usted ha dicho porque él le garantiza.
»Puesto que aquí se trata de casosbien claros de
piratería, no tengo inconveniente en mandar uno de losbarcos de guerra que se
encuentran en estas cercanías. ¿Sabe usted la latitud y la longitud del sitio
en que se encuentra ese lago?
-Aproximadamente nada más, pero con esobastará. Acompañaré
yo a la expedición para señalarles el lugar.
-¿Cómo pudo usted escaparse de esos individuos?
-Yo no hubiera podido hacerlo por mí solo. Un amigo, que
es el qué ha descubierto toda la trampa, por cierto, se disfrazó de marinero y
pudo embarcar en el “Simoon”, captándose la confianza del capitán. Él fue quien
me ayudó a escapar. Él me dijo que viniera a visitar a Vuestra Excelencia y es
él quién descubrió la culpabilidad de Weldon y de Weekly.
-¿Se encuentra aún en la isla?
-Sí, afortunadamente.
-¿Afortunadamente?
-Me prometió que, para cuando llegara elbarco de guerra,
procuraría tener él presos a todos los piratas para que la Marina no tuviera
necesidad de luchar y correr el riesgo de que muriera alguno de sus miembros.
-Y ¿cómo se proponía conseguir eso?
-No me lo dijo, pero, conociéndole como le conozco, estoy
seguro de que cumplirá su palabra si es humanamente posible.
*****
Aquella misma noche, aprovechando la marea, el s. s. «Van
Vermont» salía deBorneo llevando abordo al agente de Yuma.
CAPÍTULO XV
LA LUCHA EN TORNO AL LAGO
El jefeBalawa, obedeciendo la voz del que creía su
antepasado, había distribuido a sus guerreros de forma que fueran convergiendo
en el lago, por distintas direcciones para no permitir que ninguno de los que
allí había se escapara.
Tenían todos la orden de permanecer escondidos en cuanto
llegaran a las cercanías de la colonia pirata hasta que recibieran nuevas
instrucciones o vieran, que atacaban, los que se hallaban conBalawa.
La intención de Yuma era que el ataque se efectuara de
noche, silenciosamente, con la esperanza de poder evitar así derramamiento de
sangre y, con dicho fin, había hecho queBalawa nombrara a tres guerreros cuya
única obligación, sería abordar simultáneamente los tresbarcos, sorprender a
los guardianes y dejarles sin sentido de un golpe.
Desde la ciudad de los nias hasta el lago había dos
jornadas largas de camino, pero, como algunos de los guerreros habían de dar un
rodeo para atacar por otros lados, tuvieron quebasarse en el tiempo que
tardarían éstos en llegar para hacer sus cálculos.
Como consecuencia, de ello, no llegaron a la vecindad del
lago hasta el atardecer del tercer día.
Decidieron aguardar allí escondidos hasta que cayera la
noche. El hecho más insignificante, sin embargo, da al traste a veces con los
planes mejor preparados y eso fue lo que les ocurrió a los guerreros nias.
Aquel día, Dios sabe por qué, los piratas habían dejado
sueltos a los caballos para que pacieran por los alrededores y dos hombres
habían salido abuscarlos a última hora.
Cuando regresaban can ellos, uno de los grupos nias estaba
ya tomando posiciones por aquel lado, sin ser vistos por los hombres. Pero, si
éstos no sospecharon siquiera su presencia, los caballos, en cambio, olieron a
los indígenas, relincharon y se negaron a seguir adelante.
Uno de los hombres, extrañado, quiso averiguar qué era lo
que había espantado a los caballos y descubrió a los nias que no tuvieron más
remedio que echársele encima y apresarle. Si él no pudo dar la voz de alarma,
no obstante lo pudo hacer el otro, que salió corriendo y gritando, perseguido
por los nias que le alcanzaron antes de que llegara al lago. Pero la alarma
estaba dada…
El marinero había gritado:
-¡Nos atacan los salvajes!
Y, a este grito, los que se hallaban en las cabañas
salieron al exterior, armas en mano, mirando hacia el lugar de donde procedían
las voces.
Balawa lo vio todo perdido.
-¿Estas a mi lado, ¡oh! Situli?. — preguntó,
-Estoy a tu lado -le contestó la voz.
-La sorpresa es imposible ya. No podremos capturarlos sin
derramamiento de sangre.
-Ataca, ¡oh! Balawa. Ataca y captura a losbárbaros. Que
tus guerreros se defiendan, pero que hieran sólo si es posible, y ni aún eso si
se puede evitar.
-Sea -respondióBalawa.
Y dio la orden de ataque.
Aunque lo estaban esperando, los piratas nunca supusieron
que iban a ser atacados por todas partes, por lo que un grupo de ellos pudo ser
desarmado y hecho prisionero antes de que tuviera tiempo de hacer un solo
disparo.
Los demás, sin embargo, viendo mal parada la cosa, se
fueron replegando otra vez hacia las cabañas, sin dejar de disparar. Yuma se
extrañó de ver tan poco sentido común entre los marineros. Retirarse a las
cabañas resultaba peligrosísimo, pues los indígenas podían disparar flechas
inflamadas sobre los tejados e incendiarlas en unos momentos, obligándoles a
salir o a achicharrarse.
Sólo un grupo de diez hombres intentó alcanzar uno de
losbarcos, pero, se le ocurrió la idea demasiado tarde. Unos nias que salieron
delbosque por aquel lado les cortaron el paso y, aunque lograron derribar a
varios de ellos, era demasiado grande la superioridad numérica para que
pudieran salvarse y acabaron cayendo prisioneros.
ABalawa se le ocurrió inmediatamente la idea de incendiar
las cabañas, como había supuesto Yuma. Pero él se opuso a ello.
-Hay prisioneros inocentes ahí, ¡oh! Balawa -dijo-.
Morirían ellos, que ninguna culpa tienen.
-¿Qué hemos de hacer, pues? Nos desafían. Algunos de mis
guerreros han caído. ¿He de dejar sin vengar su muerte?
-Yo los haré salir sin necesidad de que mates a nadie
-contestó el hombre invisible-. Entraré en las cabañas y les haré salir con
losbrazos en alto.
-Tú lo puedes, Situli. Hágase según tu deseo.
Durante un momento apareció la cabeza flotante anteBalawa.
Luego desapareció.
Yuma echó a andar en dirección a la cabaña-comedor donde
se había refugiado la mayor parte de los marineros. Calculaba que eran
alrededor de cincuenta en número los piratas. De ellos, los nias habían hecho
prisioneros ya a veinte, contando el hombre de los caballos y los diez que
fueron interceptados camino delbarco.
Los tres guardianes habían abandonado los vapores a los
primeros gritos de alarma, uniéndose a sus compañeros. Quedaban, pues, unos
treinta en libertad, sin contar los prisioneros.
Yuma había prometido hacer salir a los piratasbrazos en
alto, pero era mucho más fácil prometerlo que llevarlo a cabo. Las dos puertas
que tenía el comedor estaban cerradas. Las ventanas, aunque abiertas, tenían un
hombre apostado en cada una, pistola en mano.
No obstante, se acercó a una de ellas y miró hacia el
interior. Contó a veinte hombres allí dentro. Calculó la distancia que había
entre el centinela y el marco de la ventana. El espacio era demasiado estrecho
para darle paso.
Fue recorriendo ventana, tras ventana con el mismo
resultado.
De pronto, uno de los oficiales le resolvió el problema.
-No sé qué hacéis asomados a las ventanas -dijo. Como se
les ocurra empezar a tirar flechas, no vais a quedar ninguno para contarlo.
¿Por qué no os echáis a un lado para poder vigilar y, sin embargo, no presentar
tanbuenblanco?
Todos encontraron acertadas las palabras del oficial y se
colocaron de forma que pudieran ver, el exterior exponiendo la menor parte
posible de su persona.
-De todas formas -observó un marinero-, hemos sido unos
imbéciles con meternos aquí dentro. Cuando quieran hacernos salir, no tienen
más que prender fuego a la cabaña, que arderá como si fuera yesca.
-Esperemos que no se les ocurra eso -contestó el oficial-.
Hemos hecho mal, pero la cosa ya no tiene remedio. Cuando esté más adelantada
la noche, intentaremos hacer una salida y llegar hasta losbarcos. Una vez allí,
podremos resistir todos los ataques y acabaremos por aburrirles o liquidarles.
Lo que no comprendo es por qué se meten con nosotros. Hasta ahora nos habían
dejado completamente tranquilos. Cuando tengamos ocasión, prepararemos el
campamento de manera que resulte imposible toda sorpresa.
-Se me antoja que todo eso es hablar por hablar. Mientras
no salgamos de este atolladero, es inútil que hablemos de lo que vamos a hacer
en el porvenir.
Mientras tanto, aprovechando las precauciones tomadas por
los piratas, Yuma se había introducido en la cabaña y estudiaba la situación.
Aún no veía claro cómo iba a hacerles, salir de allí desarmados. Decidió
esperar.
Transcurrieron los minutos.
-Esta situación se hace insostenible -dijo, bruscamente,
uno de los oficiales.
-Eso opino yo -dijo otro-. Lo mejor será que intentemos
salir ahora. No esperarán que hagamos eso y, antes de que salgan de su
sorpresa, podemos llegar muy cerca del primerbarco.
-Sí, será mejor que lo intentemos. ¿Qué opináis,
muchachos?
-Que cualquier cosa será mejor que esta espera -contestó
uno de ellos-. Yo ya tengo todos los nervios de punta.
-Vamos a formar dos grupos -dijo el primer oficial-. Uno
saldrá por cada puerta. Pero hemos de salir al mismo tiempo. El éxito de esta
maniobra depende de la rapidez. Si salimos todos a un tiempo no les daremos
lugar a reponerse de su sorpresa. Cuando yo dé la voz, salid todos de golpe y
empezad a disparar en todas direcciones. Eso servirá, al propio tiempo, para
que ninguno se atreva a asomarse. ¡A ver! ¡Formad dos grupos!
Un grupo de diez hombres se aproximó a cada puerta,
revólver en mano.
Antes de que el oficial que había hablado pudiese dar la
voz, sin embargo, sonó otra, terrible, que heló de espanto a los que la
escuchaban
-¡Al primero que se mueva le levanto la tapa de los sesos!
Reinó un instante de angustioso silencio. Luego los dos
grupos se volvieron.
No vieron a nadie.
-¿Quién ha hablado? — preguntó un oficial con ira-. ¿Quién
es el que tiene ganas debroma en estos momentos?
-Yo -dijo la Voz Misteriosa.
Se notó revolotear algo en el aire y apareció una cabeza
horrible. El rostro estaba cubierto de una palidez cadavérica y dos ojos
cavernosos, brillantes como ascuas, contemplaban a los asombrados piratas.
-¡Yuma! — exclamó uno de los marineros, reconociéndole.
Y el simple nombre hizo que todos ellos se estremecieran.
-Yuma, sí -respondió la Voz-. Yuma que viene a ordenaron
que os entreguéis si queréis salvar la vida. Tirad las armas, alzad losbrazos y
salid. Sólo seréis hechos prisioneros.
-¿Tirar las armas? — exclamó un oficial, con rabia-. ¡Toma
la mía!
Alzo el revólver, pero, antes de que hubiese podido
oprimir el gatillo, sonó un disparo y el hombre rodó por el suelo. Una pistola
había aparecido en el aire, por debajo de aquella cabeza. Y la pistola disparó
dos veces más, derribando a otros dos hombres que habían intentado alzar sus
armas al propio tiempo que el temerario oficial.
Casi inmediatamente desapareció la cabeza e, instantes
después, la pistola.
-No me veis, pero sigo aquí con vosotros y mi pistola
sigue vuestros movimientos -dijo la Voz-. Es inútil que intentéis luchar
conmigo. Os doy un minuto de tiempo para que os decidáis a rendiros.
Transcurrido ese tiempo, empezaré a derribaros uno por uno hasta que os
entreguéis. No volveré a dirigiros la palabra.
Reinó el silencio. Los hombres se miraron unos a otros,
sin saber qué partido tomar. Nada podían contra aquel ser extraño cuya
invisibilidad le protegía. Sólo su voz podía guiarles y había dejado de hablar.
Pasó el minuto sin que nadie hubiera soltado las armas.
¡Ping!
El proyectil de la pistola invisible alcanzó a uno de los
oficiales que rodó por tierra. Volvió a reinar el silencio.
La tensión era enorme. Los piratas no querían entregarse,
pero no se atrevían a resistirse.
¡Ping!
Otro hombre cayó.
Un oficial disparó a tontas y a locas esperando tocar al
hombre invisible, pero fracasó, recibiendo él a su vez unbalazo que le dejó
fuera de combate.
Los dieciséis hombres restantes, comprendiendo la
inutilidad de la lucha, llegaron, simultáneamente, a la misma decisión.
-¡Nos rendimos!
Por toda contestación, sonó otro disparo y cayó otro de
ellos.
Comprendiendo lo que aquello significaba, los quince
hombres fueron soltando las armas y alzando las manos. Yuma los hizo colocarse
en hilera y ordenó al primero que abriera la puerta, volviera a levantar las
manos y saliera seguido de todos los demás.
Así los hizo cruzar hasta la selva, donde los dejó en
manos de los indígenas.
La Voz dijo al oído deBalawa:
-Aguarda, ¡oh! Balawa. Faltan diez. Te los traeré.
Fue cosa sencilla desarmar a los diez que faltaban y
obligarles a que se rindiesen. Por orden de Yuma fue un grupo de indígenas a la
cabaña-cárcel y puso en libertad a los prisioneros, a quienes la Voz dijo que
nada les sucedería, que ayudaran a vigilar a los piratas y que pronto serían
rescatados.
-Pronto -dijo la Voz-, llegará unbuque hecho todo de
hierro. Vendrán a recogeros, a dar las gracias a los nias y a llevarse presos a
los piratas.
Y más tarde, a solas con el jefe, apareció la cabeza del
antepasado flotando en el aire. Y la cara, lejos de estar triste, reflejaba
ahora alegría muy grande.
-Mi alma vuelve a sentirse invadida de paz. Mi alegría
será completa cuando elbarco de hierro se lleve a estos hombres, ¡oh! Balawa.
*****
Cuando, siguiendo las indicaciones de Manrique, elbarco de
guerra holandés avanzó por la ría y desembocó, en el lago, encontró los
tresbarcos desiertos.
Manrique saltó a tierra con un puñado de marinas armados y
vio que Yuma había cumplido su promesa. Un grupo de indígenas se presentó
custodiando a cincuentablancos con la ayuda de otros veintinueveblancos que
antes fueran prisioneros. Los alcanzados por los disparos de Yuma no habían
muerto ni mucho menos. Al cabo de dos horas de estar sin conocimiento habían
vuelto en sí, como todo el que caía herido por los proyectiles del misterioso
ser invisible.
Uno de los ex prisioneros llevaba una carta que la Voz le
había ordenado entregase a Manrique. En ella le daba nuevas instrucciones e
incluía una misiva en holandés, explicando al comandante delbarco todo lo
sucedido, la ayuda prestada por los nías y un resumen con los nombres de los
piratas y los de los prisioneros,
Fueron todos conducidos abordo. Entre los prisioneros
liberados había dos capitanes y algunos oficiales. Con ayuda de éstos, los
demás ex prisioneros y unos cuantos marinos del “Van Vermont”, fueron
tripulados los tresbarcos que, aunque navegando con su propia máquina,
arribaron a Sumatra unidos por un cable entre sí y albuque de guerra.
Aunque ninguno lo sabía, en uno de losbarcos iba un
pasajero: Yuma, que continuaba invisible.
CAPÍTULO XVI
EL DESENLACE
Los tresbarcos recuperados quedaron en Sumatra y elbuque
de guerra continuó su viaje aBorneo con los piratas y sus ex prisioneros.
Mientras los primeros eran encerrados en la cárcel de la
capital de la colonia holandesa y Manrique se dirigía al palacio del gobernador
acompañado del comandante delbuque y de los prisioneros liberados para darle
cuenta del éxito de la empresa, un hombre anciano, de peloblanco, encorvadas
espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas, despegaba de un aeródromo
cercano, en el avión que le estaba esperando para conducirle a Australia.
El anciano se despidió allí del piloto, pagándole con
largueza sus servicios y, subiendo al aeroplano que dejara allí muchos días
antes, emprendió el vuelo de regreso á Europa por etapas.
Había salido de España primitivamente, pero sólo paró allí
horas al cabo de varios días de vuelo. Desde el aeródromo del Prat volvió a
elevarse y no paró ya hasta aterrizar en Inglaterra.
El inspectorBardsley, encargado del asunto de la Compañía
de Navegación Leming, estaba sentado en su despacho cuando le fue anunciada la
visita del profesor Vardo, a quien conocía desde hacía muchos años como
excéntrico científico, aficionado a los problemas detectivescos, que más de una
vez le había sacado de apuros.
Tenía una idea de que aquel viejo contaba entre sus
amistades al famoso Yuma, el hombre invisible al que tanto temían los
malhechores, pero nunca había logrado que el viejo lo confesara.
Hizo pasar al profesor, preguntándose qué le traería por
Inglaterra, aunque sin extrañarse demasiado, pues sabía que el anciano era un
viajero infatigable, al que podía encontrársele en cualquier parte del mundo
que tuviera museos de arqueología y ruinas que examinar, cosas que no le
faltaban a la GranBretaña.
-Querido profesor -dijo, ofreciéndole un asiento-. No
esperaba tener el gusto de verle por aquí. Hace muchísimo tiempo que no nos
veíamos.
-En efecto, en efecto… — respondió el viejo; — pero ya que
he pasado por la ciudad para hacer unas consultas en el MuseoBritánico, no he
querido marcharme sin hacerle una visita.
-Y yo se lo agradezco mucho. ¿Por qué no viene a comer hoy
conmigo?
-Me ha encontrado usted el punto flaco, amigoBardsley. Soy
incapaz de rechazar semejante convite, porque su esposa es una de las mejores
cocineras del mundo.
El inspector se echó a reír.
-Le agradeceré mucho que no se lo diga a ella, porque si
lo hace, no podré volverme a quejar de la comida mientras viva.
-Ni creo que tenga usted jamás motivos para ello. ¿Trabaja
mucho?
-En estos momentos he quedado libre de servicio -anunció
el detective-. Estaba encargado del asunto de la Compañía Leming, pero acabo de
recibir un cablegrama anunciándome que han sido hallados losbarcos que creíamos
hundidos y que están encarcelados los capitanes y tripulantes que se apoderaron
de ellos simulando el hundimiento.
-¿Y queda terminado así el asunto? — inquirió el anciano,
con curiosidad.
-Vamos a pedir su extradición para juzgarlos aquí en
Inglaterra, ya que todos ellos son ingleses y han cometido un delito contra una
compañía inglesa. En cuanto a éstos, no sé si conseguiremos que nos la
concedan, aun cuando existen probabilidades de que sí. En realidad, el delito
de piratería es delito en todas partes y los holandeses pueden alegar, para
juzgarlos ellos, que la guarida de los piratas se hallaba en una isla
holandesa. Además, si consiguen convencernos de que la desaparición de cada uno
de losbarcos tuvo lugar en aguas de Sumatra, tendremos que reconocer que se ha
llevado a cabo en lugar que se hallabajo la jurisdicción de Holanda. Yo
insisto, sin embargo, que ha sucedido más cerca de la costa de Maloca y que,
por lo tanto, entra de lleno en la jurisdicción inglesa, aparte de que, como ya
he dicho, las culpables son ingleses y la compañía perjudicada es inglesa
también.
-¿Y Weekly y Weldon? — inquirió el profesor, con dulzura.
El inspector abrió, desmesuradamente, los ojos.
-¡Cómo! ¿También está usted enterado de eso?
-¡Bah! — contestó el viejo-. Eso no tiene nada de
particular.. Me llamó la atención el asunto de la desaparición de losbarcos
desde un principio y tengobuenas fuentes de información.
-¡Y tanbuenas! — exclamóBardsley-. Apenas acabó yo de
enterarme y ya lo sabe usted. Entonces debe saber que esos dos son los que
hacen más difícil la extradición de los demás, porque residen en posesiones
holandesas y son, al parecer, los que lo han organizado todo. Por consiguiente,
mirándola por ese lado, puede decirse que el asunto es de la exclusiva
incumbencia de Holanda. Pero estamos hablando por hablar. Después de todo, eso
es un simple detalle. Se les juzgue allí o se les juzgue aquí, el resultado será
el mismo. Serán condenados.
-Y, una vez hecho eso, ¿dan ustedes por terminado el
asunto?
-Naturalmente.
-¡Hum!
-Usted, mi querido amigo -dijo el detective-, ha venido
hoy aquí con el decidido propósito de tomarme el pelo.
-¿Yo? ¡Dios me libre!
-Le conozco demasiado. ¿Qué ha querido decirme con ese
¡hum! tan despectivo?
-¿Yo? Nada. Pero, oiga, amigo, ¿usted conoce todo el
asunto?
-No con todo lujo de detalles, pero…
-Pues permítame que se lo cuente yo, que por casualidad,
he podido hablar con personas que lo han vivido. Escúcheme unos instantes.
Le relató, con todo lujo de pormenores, los sucesos que ya
conocemos.
El inspectorBardsley le escuchó, cada vez más asombrado.
-Es usted una maravilla, profesor -dijo, cuando hubo
terminado de contar el otro-. Consigue enterarse de los detalles más nimios con
una rapidez increíble. Yo conocía a grandes rasgos la historia nada más. Me
gustaría tener las fuentes de información de que usted dispone.
-No sabría aprovecharlas-le contestó el otro, sonriendo.
-¿Por qué dice usted eso?
-Porque no veo que haya sacado gran provecho de las que
tiene a su alcance.
-Sigo sin comprenderle.
-La cosa estábien clara. Dígame, ¿han averiguado aún quién
es el autor de los anónimos que recibía el señor Leming?
-Habiendo sido detenidos los tripulantes de losbarcos,
creo que tenemos quebuscar más lejos.
-¡Hum!
-¿No comparte usted mi opinión?
-Si la compartiera, tendría que considerar el asunto
incompleto igualmente. ¿Dónde está la persona que entregaba esos anónimos en
Londres?
El inspector se mordió los labios.
-No hemos podido averiguarlo.
-Lo que supone que aún le queda por detener un miembro de
la cuadrilla.
-A menos que luego se enrolara en uno de losbarcos.
-Perdóneme si digo «¡hum!» otra vez. Pero tiene usted la
culpa. ¿No se ha dado usted cuenta de un detalle curioso?
-¿Cuál?
-Que el «Zephyr» se hundió de verdad.
¿Y ese es un detalle curioso?
-Curiosísimo. ¿Por qué no fingieron el hundimiento y se lo
llevaron como los otros?
-Seguramente elbarco ese se hundió de verdad y no tuvieron
esos piratas nada que ver con el asunto.
-En ese caso, ¿quiere usted explicarme qué significa la
declaración de los supervivientes?
-No entiendo.
-Los supervivientes declararon que había subido abordo un
hombre a recoger la cantidad exigida por el anónimo como rescate delbarco. Sólo
después de no haber sido pagada fue hundido o se hundió elbuque. Si supone
usted que los piratas presos, nada tuvieron que ver con el hundimiento del
«Zephyr», tiene usted que reconocer la existencia de otra cuadrilla distinta,
autora de los anónimos y causante del primer hundimiento. Y, si reconoce usted
la existencia de semejante cuadrilla, reconoce, al propio tiempo, que no ha
logrado apresar a ninguno de sus miembros. Además, ello implica que el asunto
no está terminado ni mucho menos, puesto que pueden ocurrir nuevos
hundimientos.
-¡Demonio de hombre! — exclamó el detective, amoscado-.
Siempre viene a turbar mi tranquilidad cuando más seguro me encuentro de que un
caso ha quedado liquidado definitivamente;
-¿Reconoce usted que tengo razón?
-¿Qué remedio me queda? Aduce usted unas razones que no
encuentro manera de combatir con éxito. Pero, profesor, puesto que tanto
interés ha tomado en el asunto, alguna teoría habrá formado. ¿Qué opina de todo
eso?
-Le advertí, hace unos momentos, que tenía usted a su
alcance fuentes que no había sabido aprovechar. Le repito ahora lo mismo.
El inspector consultó su reloj.
-Si no es un poco más explícito –anunció-, vamos a
quedarnos sin comer hoy. Ya debe estar la mesa puesta y mi esposa no espera
visitas.
-Pues la comida no la perdono. Vámonos ahora mismo -dijo
Vardo, poniéndose en pie-. Si no hay suficiente comida para tres, da lo mismo.
Con lo que le he dicho, me parece que se le quitará a usted el apetito, conque
podré comer a mis anchas.
-Profesor…
-Ni una palabra. Yo no vuelvo a hablar de esas cosas hasta
que haya comido.
*****
Estaban de sobremesa. Aunque se le había presentado un
invitado sin previo aviso, la esposa del inspector había sabido salir airosa
del trance y todos habían quedado satisfechos, pese a que la curiosidad y la
preocupación no habían quitado al detective el apetito.
-Ahora -dijo éste, sorbiendo el café-, va usted a hablar
claro, amigo Vardo, o le meto en un calabozo para que aprenda a no ponerme
todos los nervios de punta cada vez que se presenta usted en Londres.
-Cuando yo me enteré del asunto de losbarcos hundidos,
cosa que fue al mismo tiempo que la mayoría de la gente y mucho después que
algunos, empecé estudiando lo elemental del caso.
-¿ Y qué era eso?
-Quise saber quién era la Compañía de Navegación Leming y
todo lo que a ella se refiriera. Ya sabe que, a veces, examinando las cosas
así, se encuentra un detalle que derrama luz sobre un asunto confuso. Si se
trataba de una obra de venganza, era posible que en la historia de la compañía
existiera algún episodio que permitiera establecer la identidad de un enemigo
en potencia.
-Y ¿qué descubrió usted?
-Mucho más de lo que me esperaba. Otra vez, amigoBardsley,
no descuide detalles de tanta importancia.
-¡Hable de una vez, hombre de Dios!
-Su exasperación me demuestra que, en efecto, usted omitió
tan necesaria investigación. Pero no quiero hacerle rabiar más y prosigo.
»Descubrí que la Compañía de Navegación Leming no se
encontraba en una posición muy desahogada, económicamente hablando. Los
vientos, como denominaban popularmente a losbarcos de la compañía, producían
más pérdidas quebeneficios. El recorrido que hacían era muy largo, los gastos,
grandes, los fletes, escasos. Por añadidura, había mucha competencia entre las
compañías navieras de las islas y cada día había que cobrar menos para poder
hacer un viaje sin llevar elbarco en lastre.
»Si la Compañía de Navegación hubiera sido rica, hubiese
podido, intentar eliminar la competencia mediante el sencillo expediente de
hacer los transportes casi gratis hasta arruinar a los competidores y
monopolizar entonces, los fletes. Pero la Compañía tenía casi todo su capital
invertido enbarcos y muy poco dinero en efectivo.
»El valor de éstos, representaba una fortuna, pero una
fortuna irrealizable. El señor Leming veía cernirse sobre él la ruina y sabía
que, de ir a la quiebra, no salvaría nada de la hecatombe. Si ponía losbarcos a
la venta, no le darían por ellos ni la mitad de su valor, y mucho menos en
vista de que, el mero hecho de que los vendiera, sería una demostración de qué
andaba apurado y ya sabe que los negociantes aprovechan esas ocasiones.
-¿Quiere insinuar con eso…?
-Más vale que no me interrumpa, ahora que tengo ganas de
hablar. Ya dirá usted todo lo que quiera luego.
»Bien. Seguí mis investigaciones y descubrí otro detalle
interesante. A1 ser renovados los contratos de seguro de los vapores de la
compañía, se había hecho una tasación nueva, de manera que cada uno de ellos
estaba asegurado por un treinta por ciento más que anteriormente. Eso me
diobastante que pensar.
»No le diré, paso a paso, todas las indagaciones que hice.
Lo cierto es que, al cabo de unos días, estaba yo completamente convencido de
que Leming había descubierto la manera de liquidar su Compañía de Navegación y
obtener unbuenbeneficio. Se trataba, simplemente, de ir perdiendo todos
susbarcos e ir cobrando el seguro de cada uno de ellos.
»Hizo un viaje primero a Sumatra para ponerse de acuerdo
allí con Weldon. Necesitaba alguien que se encargara debuscar tripulaciones
dispuestas a todo y le pareció que las islas eran unbuen lugar en que
encontrarlas y que, además, estaban demasiado lejos para que pudiera asociarse
ninguna de las maniobras llevadas a cabo por allá con él.
»Me enteré yo de ese viaje y supe a quién había visto y,
como las referencias que yo tenía de Weldon eranbastante malas, me dio malísima
espina. Ya sabe que después de perder tresbarcos, hizo otra viaje a Sumatra. Yo
creo que fue para decirle a Weldon que frenara un poco las actividades de sus
tripulaciones, porque la cosa iba a parecer demasiado sospechosa.
»Entretanto, había inventado el cuento de los anónimos
para representarse como perseguido y amenazado y explicar, al propio tiempo,
los hundimientos que iban a provocarse.
-Un momento -le interrumpió el detective-. Según eso, el
jefe de los piratas es Leming, en realidad.
-Veo que sigue usted sin querer fijarse en los detalles
importantes. ¿No recuerda que le señalé el extraño caso del «Zephyr»?
-Me parece que voy a dejarle que siga explicando por su
cuenta y así no tendré que romperme la cabeza -contestó el detective.
-Aplaudo su idea. Saldrá usted ganando con ella -sonrió el
profesor.
Tomó un sorbo de café, sin fijarse en que ya estaba casi
helado y prosiguió:
-Lo más terrible del caso Leming –dijo-, es que éste ha
dado pruebas de ser un desalmado completo. En efecto, cuando se le ocurrió la
idea de los hundimientos, tuvo que pensar en la posibilidad de que alguno de
los tripulantes se negara a prestarse a ellos y de que alguno de los pasajeros
se enterara por casualidad de lo que estaba sucediendo, o no se dejara engañar
por las apariencias. En tales casos, no podía haber más solución que una: la
muerte.
»Por eso murieron tantos en el «Zephyr». Era la primera
intentona y no se había podido encontrar una tripulación completa. Fue preciso
que se ahogaran aquellos que hubiesen podido hablar más de la cuenta, entre
ellos los dos detectives que iban abordo. Los que se salvaron, creyeron debuena
fe que elbarco había ido a pique accidentalmente… todos menos el capitán, que
estaba complicado en el asunto, como lo demuestra el hecho de que hablara de la
llegada de un emisario del supuesto chantajista, emisario que sólo en su
imaginación existía. Otra prueba contra él es el hecho de que, aunque aseguró
haber telegrafiado a tierra para que fuera interceptada la canoa de dicho
personaje imaginario, ninguna estación recogió el mensaje, cosa muy natural,
puesto que nunca había sido enviado.
»El capitán en cuestión, sin embargo, comprendía que no
podría engañar a un tribunal investigador, y desapareció de repente, sin que
volviera a conocerse su paradero… hasta ahora.
-¿Hasta ahora?
-Sí era uno de los que se hallaban en la isla de Nias.
Pero volvamos al asunto de los hundimientos. El éxito obtenido en el caso del
«Zephyr» envalentonó a Leming. Y envalentonó también a otros.
»Por la facilidad con que podía encontrar tripulaciones de
tendencias criminales, se había creído prudente meter a Weekly, agente de la
Compañía en Java, en la conspiración. Weekly era un hombre muy listo y vio en
seguida un negocio en el que no había pensado Leming. Precisamente porque era
tan listo, decidió no decirle una palabra al naviero y hacerlo él por su propia
cuenta, en combinación con Weldon y los tripulantes.
»Costaba muy poco trabajo simular los hundimientos en
lugar de llevarlos a cabo si se estudiababien el procedimiento. El propio
Weekly se encargó de perfeccionar el sistema que, como ya le he explicado, se
empleó en diversas ocasiones.
»El negocio era redondo, sobre todo para Weekly y Weldon.
Cobraban de Leming su parte en los hundimientos y recibían la cantidad
estipulada para pagar a las tripulaciones. Desde el momento en que se metieron
a salvar losbarcos, llegaron a un acuerdo con los tripulantes y oficiales para
darles un tanto por ciento del importe de la venta de losbarcos una vez
hubiesen quedado transformados éstos, venta que se encargaba de efectuar el
propio Weekly valiéndose de sus amistades e influencias. Hecho ya este acuerdo,
todo el dinero pagado por Leming se lo quedaban entre Leming y Weekly, sin dar
un céntimo de él a los tripulantes.
»Si Leming se ha enterado ya de la detención de sus
cómplices y de la jugarreta que le han estado haciendo, debe estar tirándose de
los pelos. Yo creo, amigoBardsley, que lo mejor que puede usted hacer ahora, es
largarse a casa de Leming y echarle el guante antes de que se le escape.
Seguramente sabrán agradecérselo las compañías de seguros, aparte de los
honores que le valdrá el haber resuelto un asunto que, si se descuidan un poco,
se queda a medio terminar a pesar de todas las detenciones hechas.
»Entretanto, querido amigo, tengo el gusto de comunicarle
que, según noticias confidenciales, el «Whirlwind» de la misma Compañía, ha
sido detenido en el puerto de Singapur, siendo encarcelados todos sus
tripulantes y oficiales, excepción hecha del capitán, que era la única persona
decente qué había abordo. Le deseo muybuenas tardes, le agradezco enormemente
su invitación a comer, le ruego que me ponga a los pies de su esposa que, al
parecer, ha desaparecido, puesto que no la veo desde hace rato, y espero volver
a tener pronto el honor de comer en esta casa. ¡Hasta otro rato, amigo!
El profesor se puso en pie.
-Pero, ¿se va usted ya, profesor? — exclamó el inspector,
imitándole.
-No tengo más remedio. Tengo mucho que hacer y muy poco
tiempo disponible. Y usted tiene que ir a ver a Leming sin perder momento.
-Le estoy muy agradecido por sus indicaciones, profesor,
gracias a usted…
-Guárdese las gracias y no me entretenga ni se entretenga.
Los dos tenemos prisa. ¡Adiós, inspector! ¡Adiós, señora! — agregó al ver
entrar a la esposa deBardsley-. Sólo me queda el tiempo suficiente para darle
mil gracias por sus atenciones y asegurarle que su comida ha sido exquisita.
Y, sin dar tiempo a que le contestaran, el profesor Vardo
salió de la casa, paró el primer taxi, y se hizo conducir al aeródromo donde
había dejado su aeroplano.
Cuando el inspectorBardsley llegó a casa de Leming
dispuesto a detenerle, Vardo había dejado atrás Londres y volaba sobre el Canal
de la Mancha.
FIN
Publicado por: Editorial Molino, agosto de 1943

No hay comentarios:
Publicar un comentario