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Libro N° 3999. La Torre Del Dragón. Molinero, Rafael.

Libro N° 3999. La Torre Del Dragón. Molinero, Rafael.

 


© Libro N° 3999. La Torre Del Dragón. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  La Torre Del Dragón. Rafael Molinero

 

Versión Original: © La Torre Del Dragón. Rafael Molinero

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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La torre del dragón - Rafael Molinero | Libros digitales | ebooks ...

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA TORRE DEL DRAGÓN

Rafael Molinero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rogelio Prendes, director gerente de Prendes y C.ª, consultó su reloj de pulsera. Luego, como para asegurarse de la hora, volvió la cabeza y miró hacia el reloj de pared instalado por encima de su cabeza, detrás de la mesa de despacho que ocupaba.

Eran las diez menos diez.

Se levantó de su asiento, cruzó el lujoso despacho y abrió la puerta que daba al despacho general, donde tecleaba su secretaria y tres dependientes desempeñaban sus correspondientes cometidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La torre del dragón

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIV

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La torre del dragón

Rafael Molinero

(G. L. Hipkiss)

Yuma/3

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

ESPERANDO LA MUERTE

ROGELIO Prendes, director gerente de Prendes y C.ª, consultó su reloj de pulsera. Luego, como para asegurarse de la hora, volvió la cabeza y miró hacia el reloj de pared instalado por encima de su cabeza, detrás de la mesa de despacho que ocupaba.

Eran las diez menos diez.

Se levantó de su asiento, cruzó el lujoso despacho y abrió la puerta que daba al despacho general, donde tecleaba su secretaria y tres dependientes desempeñaban sus correspondientes cometidos.

Al otro lado de la oficina, frente a la puerta del despacho particular, había un largo mostrador. En aquel momento nadie esperaba junto a él.

Satisfecho de su examen, Prendes volvió a su despacho, cerró la puerta tras sí y echó los dos cerrojos que tenía por dentro, uno en la parte de arriba y otro en la de abajo.

Por si estas precauciones fueran pocas, hizo girar la llave en la cerradura con mucho cuidado, para que no se oyera desde la oficina. Luego se acercó a las dos ventanas y se aseguró de que estaban echadas las fallebas y que, a menos de que fuera roto el vidrio, nadie podría entrar por allí.

Volvió a su mesa, se sentó, abrió uno de los cajones y sacó una pistola. La examinó cuidadosamente. Extrajo el cargador e inspeccionó los cartuchos uno por uno. Probó la corredera y el gatillo. Todo funcionaba perfectamente. Volvió a colocar el cargador y movió la corredera para que entrara uno de los proyectiles en la recámara. Echó la corredera hacia atrás para dejar el arma en posición de disparar y puso el seguro. Dejó la pistola sobre la mesa y volvió de nuevo la cabeza. Faltaban muy pocos minutos para las diez. Aguardó a que faltase un minuto exacto, tomó la pistola, quitó el seguro y, torciendo el sillón giratorio de manera que pudiese dominar puerta y ventanas, aguardó, con el arma alzada. Reinaba el silencio más absoluto en el cuarto. El tecleteo de la máquina de escribir no llegaba hasta allí, gracias al grueso de la puerta. Pero, no; no era absoluto el silencio: el reloj de pared lo turbaba con su acompasado tic-tac.

Tic-tac... tic-tac... tic-tac...

Para el hombre que aguardaba, aquello era peor que la ausencia total de ruido. Representaba la marcha inexorable del tiempo y algo más terrible aún, la seguridad de que sobre él empezaba a cernirse el descarnado aspecto de la Muerte.

Tit-tac... tic-tac... tic-tac...

Con todos los nervios en tensión, perlada la frente de glacial sudor, Prendes procuró dominar el convulsivo temblor que le agitaba. Instintivamente, su mirada viajó hacia la esfera del reloj.

Medio minuto...

La angustia de aquella espera casi le hizo gritar. ¿Por qué no darían las doce de una vez y le sacarían de dudas?

Tic-tac... tic-tac... tic-tac...

Se dejó oír un sordo zumbido, el que suena siempre instantes antes de que un reloj empiece a dar la hora. Luego...

¡Clang!

¡Una campanada! ¡Con cuánta lentitud parecía dar las doce aquel reloj!

¡Clang!

¡Dos!

¡Clang!

Prendes no tuvo tiempo de contar. Al sonar la tercera campanada, sonó, al propio tiempo, una violenta explosión, Prendes, alcanzado en la sien izquierda jamás supo quién le había matado. Exhaló un grito ronco y se desmoronó sobre su mesa.

***

 

 

Ramón Trévelez, director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas de Barcelona, accidentalmente en Madrid, soltó el periódico que estaba leyendo y se quedó pensativo, con la mirada fija en la ventana del cuarto que acopaba en uno de los hoteles de la Gran Vía.

Todos los periódicos de la noche se ocupaban, en primera plana, del misterioso asesinato cometido aquella mañana.

Rogelio Prendes, director de la conocida casa de corretajes Prendes y C.ª había sido hallado muerto en su despacho.

Según los datos publicados por la Prensa, los hechos eran los siguientes:

Prendes había acudido a su despacho a las nueve y media de la mañana, como de costumbre. Los empleados aseguraban que nadie había entrado a verle. No se movió de allí en toda la mañana.

A las doce menos diez, aproximadamente, asomó la cabeza a la oficina general, echó una mirada a su alrededor y volvió a meterse en su despacho. A las doce, una explosión amortiguada, procedente del interior del misma, sembró el pánico entre los empleados. El contable, armándose de valor, se acercó a la puerta con la intención de investigar; pero la halló cerrada por dentro.

Telefoneó inmediatamente a la policía explicando lo ocurrido y diciendo que por mucho que había golpeado la puerta, no había obtenido contestación alguna.

No tardó en presentarse un inspector con dos agentes. Fue probada de nuevo la puerta. Volvieron a llamar, sin obtener respuesta. Intentaron entonces echar abajo la puerta, pero ésta era sólida y no lo consiguieron. Fue llamado un cerrajero, que abrió la cerradura, pero tuvo que destrozar la puerta después, porque no hubo manera de vencer la resistencia de los cerrojos.

En el despacho había un fuerte olor a pólvora. Rogelio Prendes estaba sentado, con la cabeza y los brazos sobre la mesa, en una posición rara. Había un charco de sangre sobre el secante y, al levantarle al hombre la cabeza, le encontraron una herida en la sien, sin orificio de salida, por lo que era evidente que el proyectil seguía alojado en el cráneo.

La primera impresión de la policía al encontrarle así y con una pistola en la mano, fue que se trataba de un suicidio. Pero el inspector se dio cuenta en seguida de que era imposible que hubiese caído el cadáver de aquella manera de haber muerto el hombre por su propia mano. En cuanto examinaron la pistola, se, comprobó que el inspector tenía razón. No había sido disparada siquiera, cosa bastante extraña, puesto que la pistola estaba amartillada y Prendes parecía haber tenido el dedo puesto en el gatillo. Lo más natural hubiese sido que, al caer, hubiera disparado el arma.

Pero no era aquello lo más raro del asunto. Las ventanas estaban intactas y cerradas por dentro. La puerta, como ya se ha dicho, tenía echada la llave y dos cerrojos. En el despacho no se encontró a nadie más que al muerto ni más arma que la que éste empuñaba. ¿Cómo había podido entrar allí el asesino? Y ¿cómo había podido salir después de perpetrar el crimen?

A pesar de que se trataba de un edificio moderno de paredes poco gruesas, la policía buscó pasajes secretos como única explicación posible de lo sucedido, pero todos sus esfuerzos fueran vanos. El interrogatorio a que fueron sometidos los dependientes uno tras otro tampoco puso nada en claro.

El muerto no tenía familia conocida, de manera que resultó imposible descubrir por ese lado a quién hubiera podido interesar su muerte.

Carecía de amigos, al parecer, y los que habían tenido tratos comerciales con él no podían aportar dato alguno susceptible de esclarecer tan misterioso suceso. No obstante, la policía proseguía sus investigaciones en la esperanza de dar, tarde o temprano, con una pista.

Trévelez, después de reflexionar largo rato, oprimió la corona de su reloj de pulsera y aguardó hasta sentir una leve presión sobre la muñeca.

Aquel reloj de pulsera, invento suyo, contenía toda la maquinaria en un reducidísimo espacio, dejando libre el resto para una serie de minúsculas bobinas y dispositivos singulares que formaban, en conjunto, un potentísimo aparato transmisor-receptor, sistema Morse. La parte superior de la corona, que servía para dar cuerda al reloj, hacía las veces de manipulador de telegrafía. Una palanquita instalada en la parte de atrás de la tapa posterior deletreaba, por media de presiones equivalentes a puntos y rayas, los mensajes recibidos.

Una vez seguro de que se le escuchaba, Trévelez transmitió un larguísimo mensaje. Luego cogió su sombrero, salió del cuarto y bajó al vestíbulo en el ascensor.

Preguntó al conserje si había llegado algo para él. Éste contestó negativamente. Anochecía cuando Trévelez salió a la calle.

CAPÍTULO II

 

 

¿SUICIDIO O ASESINATO?

EN su hotelito de La Guindalera, Miguel Grec, rentista, amigo de cenar temprano, estaba sentado a la mesa, comiendo, cuando entró su criado.

—Acaba de llegar el periódico de la noche, señor —dijo, colocándolo sobre la mesa.

—Gracias —contestó el hombre, desplegándolo distraídamente, mientras el criado volvía a salir del cuarto.

En cuanto vio los grandes titulares que cruzaban toda la primera plana, pareció olvidarse por completo de la comida y se puso a leer la noticia con creciente excitación.

A medida que iba leyendo, se iba tornando pálido y, cuando hubo terminado, dejó caer el periódico y se enjugó el sudor que empañaba su frente.

Hizo un esfuerzo por dominarse y tocó el timbre que tenía a su alcance.

—¿Llamaba el señor? —preguntó el criado, presentándose.

Luego, dándose cuenta de lo pálido que estaba el rentista y del temblor que, a pesar suyo, agitaba sus miembros, preguntó con cierta alarma:

—¿Se encuentra enfermo el señor? ¿Quiere que avise al médico?

—No —respondió el otro;— no es nada. No es la primera vez que padezco estos ataques. El médico me había ordenado que durmiese en un cuarto instalado de acuerdo con sus instrucciones, pero yo nunca he querido molestarme en seguir sus consejos, aunque tenía un cuarto dispuesto en las debidas condiciones. Hoy no tendré más remedio que hacerlo, sin embargo. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan mal.

—Podría llamar al médico, señor...

El rentista hizo un gesto de impaciencia.

—No es necesario —dijo—. Ya sé lo que va a recetarme. Prepáreme la habitación del sótano.

—Pero, señor... —exclamó el criado.

—No discuta y obedezca. Esa es la habitación que tengo destinada por orden del médico para casos como éste. Hay en ella una cama y todo lo necesario. Limítese a poner sábanas limpias y avíseme, porque voy a retirarme enseguida.

—¡Ah! —agregó, cuando el criado se disponía a marcharse—. Quiero hacerle una advertencia. No estoy para nadie. Si viene alguien a verme, que deje su nombre y diga el objeto de su visita y ya le avisaré dándole hora. Nada más.

 

 

 

—Bien, señor.

En cuanto se vio solo, Grec se puso a pasear de un lado a otro del comedor, murmurando:

—¡Dios Santo! ¿Es posible?... Pero, ¡no! ¡No será!

Se detuvo bruscamente, dio media vuelta y se dirigió a la habitación contigua. Cuando, volvió al comedor, llevaba una pistola en la mano y la estaba examinando.

El ruido de pasos que se acercaban hizo que se la metiera precipitadamente en el bolsillo.

—Ya tiene el cuarto preparado, señor-dijo el criado, entrando; —pero, si el señor me lo permite, yo le aconsejaría...

—No le he pedido a usted ningún consejo-contestó Grec, con brusquedad; —puede retirarse.

El hombre ofendido, se retiró sin decir ya una palabra.

Grec salió tras él y, al llegar al vestíbulo, abrió una puertecilla del fondo.

Encendió la luz y bajó por una escalera hasta llegar al sótano. Cruzó la primera habitación, que estaba vacía, y abrió la puerta que había en una de las paredes, encontrándose en un cuarto pequeño, amueblado sobriamente, con una cama, una silla, una mesa de noche y un lavabo.

En una de las paredes, cerca del techo, había una ventana pequeña que daba a ras de tierra. Tenía una reja muy fuerte y, además, estaba cerrada.

La puerta del cuarto era enormemente gruesa y tenía por dentro un cerrojo, además de la cerradura, que por cierto era de las que, al cerrarse, echan tres cerrojos: el corriente, uno hacia arriba y otro hacia el suelo, sujetando así la puerta por tres sitios.

Grec echó la llave y el cerrojo. Luego se sentó en la silla con la pistola en la mano. Estaba colocado de manera que le fuera posible vigilar puerta y ventana, como si temiese que, a pesar de todas sus precauciones, alguien pudiera introducirse en aquel cuarto, a parecer poco menos que inexpugnable.

Eran las nueve, aproximadamente cuando dio principio a su vigilia. A pesar de lo que le había dicho al criado no hizo el menor ademán de desnudarse ni dio muestra alguna de que pensar meterse en la cama.

Tenía miedo y, como nadie le veía no se molestaba en disimularlo.

Consultó el reloj, volviendo rápidamente a echar una mirada a la ventana y otra a la puerta, como si durante el breve instante que ocupara para ver la hora, pudiera haber entrado alguien.

Transcurrieron los segundos, los minutos, las horas... A las once, incapaz de permanecer más tiempo sentado, levantóse y púsose a pasear de un lado a otro de la habitación.

Por fin volvió a sentarse y, no sabiendo qué hacer, miró la pistola, vaciló unos instantes, dirigió una mirada a la puerta, consultó el reloj...

—¡Aún me da tiempo! —murmuró en alta voz, casi sin darse cuenta de que hablaba.

Sacó el cargador, extrajo el cartucho que había en la recámara, se cercioró de que funcionaba el arma perfectamente. Volvió a dejarla en condiciones de disparar. Hizo resbalar hacia atrás la corredera, echó el seguro y se miró las manos. Le habían quedado manchadas de grasa.

Masculló una maldición. Hizo ademán de levantarse para ir al lavabo, pero lo pensó mejor y permaneció en su sitio.

Así transcurrió media hora más.

De vez en cuando dejaba de vigilar para mirarse las manos. Las manchas de grasa le obsesionaban.

El mismo estado de nervios en que se encontraba le inducía a exagerar los detalles sin importancia. Llegó a ser tal la preocupación que le produjo la suciedad de los dedos, que experimentó unos deseos irresistibles de lavárselos. Sin embargo, su empeño en no moverse de la silla era tan grande, que tardó mucho en lograr vencerlo.

Contribuyó a ello un leve ruido que le hizo ponerse en pie de un brinco, alarmado. Al comprobar que no se trataba más que de un ratón, su alivio fue tan grande que la reacción le hizo prorrumpir en improperios contra sí mismo.

—Pero ¿qué me está pasando? ¿Me estaré volviendo cobarde? —se preguntó.

Y, como para convencerse a sí mismo de que no era así, decidió lavarse las manos.

El lavabo estaba colocado en un rincón y, para usarlo, tenía que ponerse de espaldas a la puerta y a la ventana. Era esto precisamente lo que le había hecho vacilar tanto.

Se dirigió al rincón, tomó la jarra que había encima de la jofaina y vertió agua suficiente para quitarse la grasa. Cogió el jabón, metió las manos en el agua y... soltó una exclamación.

Empezó a congestionársele el rostro. Los ojos se le desorbitaron. Con el más vivo terror retratado en su semblante, dejó caer el jabón y se llevó las manos al cuello, como si se ahogara.

Durante unos momentos permaneció en pie así, tambaleándose, más congestionada la cara cada vez. Por último cayó al suelo sin exhalar una queja siquiera.

Estaba muerto.

***

 

 

La noticia no se hizo pública hasta la noche siguiente. Había llegado a conocimiento de los periodistas demasiado tarde para poder aparecer en los periódicos de la mañana.

Grec tenía por costumbre levantarse de siete a ocho y al criado no se le ocurrió acercarse a la puerta del sótano hasta las ocho y media, en vista de que su amo no aparecía.

Llamó varias veces en vano y, recordando que el rentista había parecido enfermo la noche anterior, temió que le hubiese sucedido algo durante la noche y, creyó prudente avisar a la policía.

Al presentarse ésta, se intentó forzar la puerta del sótano, pero todo resultó inútil. La puerta era tan fuerte que hubiese hecho falta hacer uso de explosivos para moverla.

—¿No tiene ninguna ventana este cuarto? —inquirió el inspector de policía.

—Una ventana pequeña que da a ras del suelo, señor inspector-contestó el criado; —pero por ahí no podrán entrar, porque tiene unos barrotes muy fuertes.

—Lo probaremos, por lo menos-contestó el otro —. ¿Quiere enseñarme dónde está?

El criado le llevó al jardín y le señaló la ventana.

El inspector cruzó el cuadro de flores que había delante y se agachó. Los barrotes eran gruesísimos, en efecto. Lo que más llamó su atención, sin embargo, fue que, a través del grueso vidrio ondulado que cerraba la ventana por el otro lado de la reja, se veía brillar una luz.

Metió el brazo con dificultad por entre los barrotes y empujó el vidrio, hasta alzarlo casi por completo. Echó una mirada al interior del sótano, soltó una exclamación y volvió rápidamente a donde había dejado a los agentes que le acompañaban y al cerrajero.

—¿Trae usted sierra? —le preguntó.

—Sí, señor.

—Corte esos barrotes lo más aprisa que pueda. Tiene que introducirse alguien por esa ventana y abrir la puerta. ¡No esté ahí parado, mirándome como si tuviese monos en la cara! ¡Corre prisa!

El hombre no se hizo repetir la orden y se puso a trabajar en seguida. Mientras lo hacía, el inspector se volvió a los agentes.

—Usted, Gutiérrez-dijo, señalando a uno de ellos —, se encargará de meterse por esa ventana en cuanto pueda. Es el más delgado, conque supongo que podrá hacerlo. En cuanto esté dentro, no se pare a mirar nada. Ábrame la puerta en seguida. Yo estaré esperando al otro lado.

—Sí, señor.

—Y usted, Otero-agregó, dirigiéndose al otro —, permanecerá aquí de guardia. No quiero que se asome nadie. ¿Me entiende?

—Sí, señor.

El cerrajero, consumido por la curiosidad, había estado pensando cómo empujar la ventana sin llamar demasiado la atención para ver lo que había dentro del sótano, pero al oír las palabras del inspector decidió no arriesgarse.

—¿Cuánto rato cree usted que tardará en hacer eso? —le preguntó el policía.

—No lo sé-contestó el hombre —, pero, por muy aprisa que vaya, cuente usted con que tardaré una hora por lo menos.

El inspector masculló una maldición.

—¿No sería mejor probar otra vez la puerta? —insinuó uno de los agentes.

—¡Quiá! Por lo que me ha dicho el criado, está blindada por dentro, tiene cerrojo y una cerradura de esas parecidas a las de las cajas de caudales. A lo menos que usáramos explosivos, tendríamos que hacer uso de un soplete y abrir en ella cuatro boquetes para deshacer los cerrojos. Habría que ir en busca del soplete, para lo que necesitaríamos media hora por lo menos y trabajo no se haría en una hora ni mucho menos.

—Con explosivos...

—Tampoco ganaríamos mucho tiempo y, además, correríamos el riesgo de destruir indicios preciosos, aparte de acabar de matar al que está ahí dentro, si es que está vivo, cosa que dudo mucho. No, no hay más remedio que resignarse a esperar. Entretanto, yo voy a interrogar al criado. Ustedes no muevan de aquí y no olviden lo que les he dicho.

El inspector llamó al criado, que hallaba en el jardín viendo, a distancia lo que hacía el cerrajero.

—Acompáñeme-dijo —. Quiero hacerle unas preguntas.

Entraron en una salita y el inspector tomó asiento.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó al hombre.

—Juan Régulez.

—¿Hace mucho tiempo que está al servicio del señor Grec?

—Tres meses, señor inspector.

—¿Sabe usted por qué dormía el señor Grec en un sótano y por qué había hecho poner esa puerta blindada?

—No sé por qué habría hecho instalar esa puerta, pero el señor Grec no tenía costumbre de dormir en el sótano.

—¿No?

El inspector alzó la cabeza. Era evidente que aquella declaración había despertado su interés.

—No, señor-contestó el criado —. Anoche ha sido la primera vez desde que estoy a su servicio.

Y contó, a continuación, cuanto y sabemos, mientras el policía le dirigía una pregunta de vez en cuando.

—¿Quién era su médico?

—No tengo la menor idea, señor inspector. Es la primera vez que le he visto enfermo. No sabía que padeciese de una enfermedad crónica. Me alarmé, incluso, cuando me dijo eso anoche.

—Es muy extraño, en efecto No conozco yo enfermedad alguna que exija que el que la padece tenga que recluirse en un sótano... y menos tras una puerta blindada. Sea como fuere, vamos a bajar ahora. No creo que falte mucho para que haya terminado el cerrajero. Mejor dicho, bajaré yo. Usted quédese aquí hasta que yo le llame. De momento no serviría más que de estorbo.

—Tal vez me necesite el señor...

—Lo dudo. O mucho me equivoco, Régulez, o va usted a quedarse sin colocación otra vez.

—¿Usted cree que el señor....? —empezó a preguntar el criado, con voz temblorosa.

—Yo no creo nada. Cuando hayamos entrado en ese cuarto lo veremos. Entretanto, tenga la bondad de no moverse de aquí hasta que yo le diga ¿Comprende?

—Sí, señor-respondió el criado.

El inspector salió al vestíbulo y bajó la escalera del sótano, pensativo.

Hubo de aguardar más de media hora allí antes de que un chirrido le anunciara que estaban descorriéndose el cerrojo desde dentro. Luego se oyó el ruido de la cerradura y apareció Gutiérrez en la puerta.

—Hemos hecho un descubrimiento, jefe-dijo, echándose a un lado para dejarle pasar.

El inspector entró y echó una mirada a su alrededor. La cama estaba hecha y no presentaba la menor huella de que se hubiera echado nadie sobre ella.

Cerca de la ventana, tendido en el suelo, vio al hombre que descubriera desde el jardín. Tenía el rostro amoratado, la boca abierta y la lengua fuera. Presentaba todos los síntomas de haber muerto estrangulado.

Se dejó caer de rodillas a su lado y acercó el oído a su pecho. No se oía el menor latido.

—¡Es curioso! —murmuró—. ¿Cómo pueden haberle estrangulado estando metido aquí dentro?

—No creo que se trate de un crimen, jefe, sino de un simple suicidio.

—¿Un suicidio?

Mientras hablaba había estado examinándole el cuello al cadáver. Antes de que su subordinado tuviera tiempo de contestarle, soltó una exclamación de sorpresa.

—¡Ah!

Acababa de descubrir que un cordón negro, muy fino, rodeaba la garganta del hombre, pero estaba tan prieto, que se le había hundido en la carne, por lo que no se distinguía a primera vista.

Metió los dedos. Tuvo que hacer mucha fuerza para aflojar el dogal, y entonces se dio cuenta de que el cordón era mucho más largo de lo que había parecido.

—Por lo menos-dijo —, no cabe la menor duda de cuál ha sido la causa de su muerte. ¿Por qué cree usted que se trata de un suicidio, Gutiérrez?

—Ese es el descubrimiento de que le hablaba, jefe. Una vez aserrada la reja, vimos que algo la retenía, que no podíamos retirarla. Entonces nos dimos cuenta de que había un cordón negro, que resultaba casi invisible, atado a uno de los barrotes. Lo tenía tirante el peso de este hombre. No tuvimos más remedio que cortarlo para poder entrar. ¿No se había dado usted cuenta de que colgaba de algo el hombre este al asomarse desde el jardín?

—No. Por la ventana se veía la mayor parte del cuarto, pero, como es natural, era imposible distinguir lo que había al pie de la ventana en sí, Solo vi parte de la cabeza, pero estaba tan quieta que, eso, unido a que nadie respondió a los golpes que dimos en la puerta, me hizo suponer que estaría muerto. No tenía medios de saber que estaba colgado. Podía haber habido algún asiento o cualquier otra cosa a que estuviera subido. Además, para que le hubiera creído colgado, hubiese tenido que ver una cuerda o algo y no vi nada. Conque usted cree que se trata de un suicidio, ¿eh, Gutiérrez?

—Evidentemente, jefe. Le encontramos colgado de un barrote en un cuarto cerrado casi herméticamente. ¿Qué otra cosa puede ser?

—¿Se ha fijado en esa pistola?

Señaló la silla sobre la que Grec había dejado el arma al irse a lavar las manos.

—No me ha dado tiempo-confesó el agente —. Como usted ordenó que no me entretuviese en nada hasta haberle abierto la puerta...

—Hizo usted muy bien-le tranquilizó el inspector —. Pero, ahora que la ve, ¿qué opina de ella? Antes de que me responda, voy a ponerle en antecedentes.

Y le contó lo que había declarado el criado.

—¡Ah! —murmuró Gutiérrez—. Ahora veo más claro.

—¿Sí? —dijo el otro, sonriendo—. ¿Qué ve?

—Este Grec, desesperado por padecer de una enfermedad incurable, decidiría suicidarse. Vaciló entre pegarse un tiro y ahorcarse. Casi había optado por lo primero y se disponía a descerrajarse un tiro, cuando se le ocurrió que sería más fácil lo otro. Ató el cordón al barrote y se ahorcó con él.

—No está mal. Pero me parece que se precipita usted un poco. Hay una serie de detalles aquí que no favorecen su teoría. Primero: ¿Por qué se metió en el sótano para suicidarse? Segundo ¿Por qué no dejó una carta anunciando sus propósitos? Eso es de rigor. Evita molestias a la policía e impide que se sospeche de gente inocente. Tercero: ¿Por qué dejó la pistola amartillada, encima de la silla? Cuarto: ¿Por qué tiene en las manos restos de jabón seco? Fíjese bien en este detalle y compagínelo con el hecho de que haya agua en el lavabo ese. Esos cuatro detalles son bastante importantes de por sí, pero creo que puedo agregar otro verdaderamente revelador. Tome.

Sacó una cinta métrica del bolsillo y se la entregó al agente.

—Haga el favor de medir la distancia exacta que hay desde donde estaba la reja, hasta el suelo.

El agente tomó la cinta y fue a coger la silla.

—Un momento-ordenó el inspector, deteniéndole.

Examinó cuidadosamente la silla, sacó una tiza del bolsillo y marcó en el suelo el lugar ocupado por cada una de las patas.

—Ahora puede usted usarla-dijo, cuando hubo terminado.

El agente la llevó hasta el pie de la ventana, se subió a ella, alzó la vidriera, gritó:

—¡Otero! ¡Sujeta aquí!

El otro agente se acercó a la ventana por el jardín y sujetó la extremidad de la cinta. Gutiérrez empezó a medir y señaló el punto en que acababa el metro.

—¡Ya puedes soltar! —dijo, por la ventana.

Y acabó de medir basta el suelo.

—Dos metros y medio justos, jefe.

—Bien. Es un poco macabro lo que vamos a hacer pero no hay más remedio. Vuelva a tirar del cordón hasta que quede prieto al cuello de ese hombre.

Haciendo una mueca, el agente obedeció.

—Ahora, mida el trozo de cordón que queda libre.

—Un metro y milímetros-cantó Gutiérrez, después de haber medido.

—No falta ya más que una cosa. Vamos a tender a este infeliz cuan largo es. Ahora está un poco encogido.

Ayudó a su subordinado a hacerlo.

—Vamos a ver qué estatura tiene-prosiguió.

Se encargó él de medir aquella vez, haciendo que Gutiérrez sujetara un extremo de la cinta.

—Un metro seiscientos sesenta y uno-anunció. Se guardó la cinta métrica de nuevo —. Me parece que eso, de por sí, basta para que pongamos en duda que se trate de un suicidio.

CAPÍTULO III

 

 

LA TEORÍA DEL INSPECTOR VENTURA

EL agente se le quedó mirando boquiabierto. El otro, sin hacerle caso, cogió la silla y volvió a ponerla en el lugar en que la había encontrado, procurando que las patas se hallaran en el mismo sitio exactamente, cosa bien fácil, puesto que había tomado la precaución de hacer las señales con tiza.

Luego, ante el asombro de su subordinado, se sentó, tranquilamente, y miró a su alrededor. Satisfecho al parecer, tomó la pistola y la examinó, cerciorándose de que no se había hecho disparo alguno con ella.

Volvió a dejarla sobre la silla y se acercó al lavabo. Aunque el agua no estaba clara del todo, era evidente que no habían llegado a lavarse en ella, todo lo más habrían caído unas gotas de jabón dentro.

Aquella le hizo pensar en otra cosa.

La jabonera estaba vacía. Miró por el suelo y no tardó en encontrar la pastilla. Tuvo que arrancarla, porque se había pegado.

La dejó en la jabonera, se mojó las manos y se arrodilló junto al cadáver. Tomó una de las manos del muerto y la frotó con las suyas. Observó con satisfacción, que se formaba algo de espuma.

Se enjuagó las manos y se secó.

—Siéntese, Gutiérrez-dijo —. Vamos a hablar un rato.

El hombre se sentó en la silla.

El inspector se acercó a la ventana, se puso de puntillas y logró levantar un poco la vidriera.

—¡Otero! —gritó—. ¿Está usted ahí?

—Sí, señor.

—Fíjese en la reja. Verá un cordón negro atado a uno de los barrotes. ¿Está cortado a ras del barrote?

Un momento de silencio. Luego:

—Sí, señor.

—¿Está usted seguro de que no cuelga ningún hilo?

—Hay bastante cordón y le han dado vueltas al barrote, atándolo con un lazo. Las extremidades del lazo cuelgan. Pero, de la parte cortada no hay más que unos milímetros. No creo que llegue al centímetro.

—Bueno Ahora, desate ese cordón y échemelo por esta ventana.

No tardó en recibir el trozo de cordón que faltaba.

—Ahora-dijo —, no creo que sea necesario que siga usted vigilando ahí fuera. Entre en la casa, asegúrese de que sigue en ella el criado y no le pierda de vista. No quiero que se marche por ahora. Si viniera alguna visita, entreténgala y mande al criado mismo a que me avise.

—Bien, jefe. ¿Algo más?

—Sí. Avise al forense. Arriba hay teléfono.

—En seguida-respondió Otero.

—Mientras esperamos al forense-dijo el inspector, sentándose en la cama —, vamos a examinar los indicios que poseemos y ver en qué dirección señalan. Encuentro mucho más conveniente exponer mis teorías, cuando las tengo, por dos razones: primera, porque al tener que expresarlas, las defino, las fijo y me doy mejor cuenta de sus puntos flacos, si los tienen; segundo, porque quien me escucha puede señalarme los errores en que haya incurrido o hacer resaltar los detalles en que yo no haya reparado. Por añadidura, puede discutir mis razonamientos y hacérmelos ver desde un punto más objetivo.

En realidad, el preámbulo era innecesario. Gutiérrez conocía a su jefe y sabía que era partidario siempre de discutir sus teorías con sus subordinados. No obstante, repuso:

—Sí, señor.

—Bien; en primer lugar, vamos a estudiar la teoría del suicidio. ¿Sigue usted creyendo posible que el señor Grec, al comprender que era incurable su enfermedad, se suicidara?

—Así, a simple vista...

—Es que ahora no se trata de simple vista. Gutiérrez. Ha comprobado usted una serie de detalles. ¿Recuerda las medidas que acabamos de tomar?

—Sí, señor.

—El difunto mide un metro, seiscientos sesenta y uno de estatura, ¿no es cierto?

—Sí, señor.

—El trozo de cordón que le colgaba del cuello, y que le cuelga, tiene un metro de longitud aproximadamente, ¿verdad?

—Sí, señor, pero... ¡ah! —el agente se dio una palmada en la frente—. ¡No había caído en eso!

—Se me antoja que saltaba a la vista-dijo el inspector, con sequedad —. Un metro seiscientos sesenta y uno, más un metro de cordón, son dos metros sesenta y seis y pico. Y... ¡la distancia entre el barrote y el suelo es de dos metros y medio!

—Sobran más de dieciséis centímetros-reconoció Gutiérrez, avergonzado de no haberse fijado en ese detalle antes.

—Justo.

—Luego... no puede haberse suicidado.

—Vuelve usted a precipitarse, Gutiérrez. Yo no digo que no puede haberse suicidado, sino que hay que ponerlo en tela de juicio. No es imposible suicidarse en tales condiciones, pero es un poco difícil. Podía haberlo intentado de dos maneras. Primera, echándose el nudo corredizo al cuello, dejándose caer hacia adelante para atirantar el cordón y apretando luego con todas sus fuerzas, para que el dogal cumpliera su cometido. Me parece que ese procedimiento podemos desecharlo.

—Si, señor. Podría apretar al principio, pero, cuando el cordón empezara a morderle el cuello...

—Justo. Examinemos, pues, la otra posibilidad. Si se hubiera encaramado a la ventana con el lazo al cuello, podía haber saltado desde allí, encogiendo las piernas para no tocar el suelo. El impulso del salto tal vez le hubiese descoyuntado el cuello...

—Habría usado la silla para subir y la silla estaba muy lejos de la ventana cuando hemos entrado.

—No tenía necesidad de la silla. Alzando las brazos podía meter los dedos en el reborde y alzarse.

—Entonces...

—No creo en esa teoría tampoco. No tiene descoyuntado el cuello el cadáver. Además, a pesar de haber sido yo quien sugiriera lo de agarrarse al reborde, no lo veo fácil, porque ya ha observado usted que forma rampa hasta la reja y, por lo tanto, hubiera encontrado imposible el sostenerse.

—En efecto tiene usted razón, jefe.

—Ahora que le he convencido a usted de que hay que descartar la teoría del suicidio, voy a señalarle otras cosas que apoyan la hipótesis de un crimen. Voy a ir más lejos aún: me propongo reconstruir, aproximadamente, la escena basándome en los indicios que tenemos.

»El señor Grec, que siempre ha dormido en su cuarto como una persona normal, decide anoche, de pronto, acostarse aquí abajo, so pretexto de que se lo ha ordenado el médico hace tiempo. Esta determinación la toma a última hora, instantes antes de retirarse. Baja a la habitación del sótano, una habitación que, según él mismo confiesa, está preparada desde hace tiempo para que pueda ocuparla cuando la necesite. Y la habitación tiene una puerta blindada que parece la de la cámara acorazada de un Banco. ¿No le parece extraño que un enfermo se encierre de semejante manera en lugar de dejar la puerta abierta para que le asistan en caso de urgencia?

—Sí que parece extraño.

—Aún hay más. Según el criado, anunció su intención de retirarse inmediatamente. El criado vio que, en efecto, parecía encontrarse mal, tanto es así, que quiso llamar al médico, pero... ¡él no quiso consentirlo! Ese es otro punto extraño. Luego, al llegar aquí abajo, se encierra con cerrojo y llaves y no se acuesta, sino que se sienta en una silla. Lo de sentarse en la silla es uno suposición mía, lo de que no se acostó, está bien patente. Ni siquiera se sentó en la cama, puesto que no hay en ella la huella de ningún cuerpo. Ese es otro detalle raro para un hombre que se encuentra enfermo.

“A continuación, saca una pistola y la prepara para poder disparar inmediatamente si hace falta. A propósito... ¿no nota usted algo especial en la disposición de esa silla que ocupa?

El agente miró a su alrededor unos instantes. Luego dijo:

—Sí, señor, está colocada en el sitio mejor para poder vigilar la puerta y la ventana al mismo tiempo.

—¡Bravo! Hace usted progresos, Gutiérrez. Encontrarlos, como usted dice, una silla colocada de forma que se pueda vigilar desde ella la puerta y la ventana. Y, sobre esa silla, una pistola cargada y amartillada. ¿Qué significa eso?

—Que el señor Grec temía algo, que no se sentía seguro en el cuarto que habitualmente ocupaba, que vino a refugiarse aquí y que, aun aquí, estaba asustado y vigilaba pistola en mano, No se atrevía a acostarse.

—Eso mismo. Por lo tanto, podemos suponer que lo de encontrarse enfermo era una excusa. Lo que en realidad le pasaba era que estaba aterrado; que había sucedido algo para espantarle y que, lo que fuese, sucedió cuando estaba cenando. Tengo mis ideas sobre el particular, pero voy a dejar ese punto por ahora. Mire las manos del cadáver ¿qué ve en ellas?

—Grasa y jabón.

—Precisamente. Y, de ello, deduzco lo siguiente: Grec, como hemos dicho, temía algo. Decidió pasar aquí dentro la noche, pero, a pesar de la puerta blindada y de los barrotes de la ventana, estaba intranquilo, no consideraba sus precauciones suficientes. Se instaló en la silla en lugar de acostarse y vigiló puerta y ventana pistola en mano.

“En algún momento, quiso asegurarse, de que estaba bien cargada la pistola y de que todo su mecanismo funcionaba perfectamente. Al hacerlo, se manchó de grasa las manos. Decidió lavárselas. Me imagino que tardaría bastante en llegar a semejante decisión, porque, para hacerlo, tenía que ponerse de espaldas a puerta y ventana, aunque no fuera más que unos instantes y eso, a juzgar por la serie de detalles que hemos visto, le haría muy poca gracia.

“Sea como fuere, el cabo es que acabó por dirigirse al lavabo, vertió agua y se dispuso a lavarse. Tomó el jabón, lo introdujo en el agua (hay indicios de jabón en ella, pero muy pocos) y empezó a frotarse las manos con él. Entonces sucedió lo que había temido. Alguien le echó un lazo al cuello. Inmediatamente, espantado, dejó caer el jabón y se llevó las manos a la garganta para intentar aflojar el dogal que le estrangulaba, pero no pudo. No cabe la menor duda de que sucedió esto en el momento que digo, porque hemos encontrado la pastilla de jabón pegada al suelo, lo que supone que estaba mojada al caer. Por añadidura, ya ha visto usted que las manos del muerto tenían jabón seco, cosa que yo he hecho resaltar frotándolas con agua hasta hacerlas echar espuma. Con eso sólo comprenderíamos que no tuvo tiempo de aclarárselas, aun cuando no hubiésemos visto ya por el estado del agua que nada enjabonado se había metido allí.

“Si Grec hubiera caído al suelo al pie mismo del lavabo, es posible que le hubieran descoyuntado el cuello al tirar de él hacia la ventana, en cuyo caso hubiese cabido la posibilidad de que creyésemos que se había suicidado saltando, como dije al principio. Es evidente, sin embargo, que luchando por desasirse daría unos pasos hacia la ventana para aflojar el cordón que le oprimía y que acabaría cayendo tan cerca, que su asesino tuvo que tirar muy poco para alzarle y dejar atado el cordón, de manera que pareciera que se trataba de un suicidio, cosa muy fácil de creer al encontrar a un hombre muerto en un cuarto tan difícil de abrir desde fuera. El error del asesino fue no asegurarse de que el cordón fuera lo bastante corto para convencer a quien lo encontrara.

—¡Jefe, les usted maravilloso! —exclamó el agente—. Estoy convencido de que tiene usted razón en todo. Pero, ¿quién será el asesino y cómo se las arreglaría para echarle el lazo?

—El asesino estaría aguardando el momento propicio. Seguramente, cuando examinemos con detención la ventana, encontraremos algún agujero o algo que le permitiera ver el interior del cuarto sin necesidad de abrir la ventana. En cuanto Grec se levantó para acercarse al lavabo, empujó la ventana y echó el lazo, lo que demuestra que no era neófito en su uso. En cuanto a su identidad se refiere, nuestro trabajo ahora es averiguarlo. No puedo deducir eso de lo sucedido, ni formarse idea siquiera, a menos que cuente con otros datos. Lo que sí puedo asegurar es que se trata de una persona de mucho ingenio. Casi logró hacer parecer que se trataba de un suicidio y, por añadidura, no h a dejado el menor rastro.

—Pero, si se acercó a la ventana, ha tenido que dejar huellas en el cuadro de flores. La tierra es blanda. Sólo que nosotros las habremos borrado todas ya con nuestras pisadas-observó el agente.

—No-dijo el inspector; —aunque en el primer momento no sospeché que pudiera tratarse de un crimen, miré el suelo, más por la fuerza de la costumbre que otra cosa. No había huella alguna en la tierra. Lo que se le ha ocurrido a usted, se le había ocurrido antes al asesino y tomó sus medidas para no dejar rastro. Habiendo pensado en hacer pasar esto por un suicidio, la más elemental cautela le advertiría que, si se hallaban huellas extrañas por aquí, la teoría del suicidio se iría al agua. Calle, me parece que viene alguien. Será el forense.

En efecto, se abrió la puerta y entró un hombre de cierta edad con un maletín en la mano.

—¡Hola, inspector! —dijo—. ¿Dónde está el cadáver?

—Hola, doctor. Ahí lo tiene. Parece haber muerto estrangulado.

El médico se dejó caer de rodillas junto al exánime cuerpo, quitó el cordón que aun llevaba al cuello y dio principio a su examen.

Al cabo de un buen rato, dijo:

—La muerte ha sido producida por asfixia.

—¿Cuándo calcula usted que ha muerto?

—Es difícil precisarlo. Hará de ocho a once horas aproximadamente, pero es imposible decirlo a ciencia cierta.

—¡Hum! —murmuró el inspector, consultando su reloj—. Son las diez. De once a dos de la madrugada, ¿eh?

—Sobre poco más o menos.

—¿Le es a usted posible decirme si ese individuo padecía de una enfermedad incurable?

—¿Le interesa mucho saberlo?

—Sí.

—Voy a darle otro repaso.

Transcurrieron unos minutos antes de que el médico alzara la cabeza. Dijo:

—Claro está, habrá que hacerle la autopsia, pero, que yo vea ahora, este hombre no sólo no padecía de enfermedad alguna, sino que gozaba de una salud excelente.

CAPÍTULO IV

 

 

INTENTONA FRACASADA

LA noche misma en que el señor Grec, espantado, se refugiaba en el cuarto del sótano, un anciano de cabello blanco, encorvadas espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas, salía de la habitación contigua a la ocupada por el señor Trévelez en el Hotel Gordon. Sin esperar al ascensor, bajó la escalera, salió a la calle y echó a andar por la Gran Vía en dirección a la Red de San Luis.

Era temprano aún y había mucha gente por la calle. El hombre, sin mirar a derecha ni izquierda, siguió andando hasta llegar a una librería cuyo escaparate estaba iluminado. Mientras fingía leer los títulos de las obras expuestas, vigilaba en realidad, el portal vecino, que aun no estaba cerrado.

Como se trataba de un edificio dedicado exclusivamente a oficinas, sólo una bombilla iluminaba el vestíbulo a aquellas horas y la casa parecía completamente desierta. El portero, sin embargo, ocupaba su garita y era imposible entrar sin ser visto.

Transcurrió cerca de un cuarto de hora. Por fin, el portero se puso en pie dejando el periódico que había estado leyendo, abrió la puerta de la garita y se acercó a los dos ascensores. Se quedó indeciso unos instantes mirando a la puerta de la calle como preguntándose si no debía cerrarla antes de ausentarse de su puesto, pero acabó encogiéndose de hombros. No era fácil que entrase nadie a semejante hora.

Se metió en uno de los ascensores y oprimió el botón. Como si aquello hubiera sido una señal, el anciano se apartó del escaparate y, después de mirar disimuladamente a su alrededor, se introdujo en el portal y se dirigió a un rincón apartado, donde no pudiera vérsele desde la calle.

Sacó del bolsillo un paquetito, lo sacudió y éste se desplegó. Era una larga capa negra con capucha de un tejido tan fino que apenas ocupaba espacio una vez plegada.

Le dio la vuelta del revés y se la echó sobre los hombros. Entonces ocurrió algo asombroso: ¡el cuerpo del anciano desapareció por completo! Sólo quedó su cabeza, como suspendida en el aire.

Una mano invisible alzó la capucha y la echó sobre la cabeza y ésta desapareció a su vez.

El anciano se había convertido en Voz-aquella Voz Misteriosa, terrible fantástica que habían aprendido a temer todos los malhechores.

Y todo ello gracias a la maravillosa capa que, siendo negra por un lado, refractaba los rayos luminosos sin reflejarlos por el otro, por lo que todo lo que bajo ella se hallara resultaba invisible.

El anciano empezó a subir la escalera. Su figura, no sólo no se veía, sino que no proyectaba sombra alguna. Antes de que hubiese llegado al primer piso, el ascensor volvió a bajar, pero el portero no notó nada anormal ni vio a nadie por el camino.

Cuando el misterioso ser llegó al tercer piso, se detuvo ante una puerta de cristales en la que se leía: «PRENDES Y CIA. Sacó algo del bolsillo y, durante unos instantes, trabajó en la cerradura. De pronto sonó un chasquido y la puerta se abrió.

El hombre invisible la cerró tras sí y, guiándose por la débil luz que penetraba a través de los vidrios de la puerta, cruzó la oficina en que se encontraba, abrió la puerta del fondo y entró en lo que había sido despacho particular de Rogelio Prendes.

Allí se vio aparecer una lámpara de bolsillo, como suspendida en el aire, cuya luz fue viajando por todo el cuarto, sin que se le escapara detalle alguno. Luego se acercó a la mesa, uno de cuyos cajones se abrió solo. El revoloteo y roce de papeles indicó que una mano invisible los examinaba.

Durante más de media hora el hombre invisible permaneció allí, estudiando cuantos documentos había en el cuarto. Por fin se apagó la lámpara de bolsillo, se abrió la puerta y volvió a cerrarse, e instantes después, ocurrió lo propio con la puerta del pasillo.

El portero se disponía a cerrar el portal ya y salió a la calle para echar una última mirada antes de hacerlo. Hubiera jurado que no salía solo. Se le antojó que alguien le había rozado, pero, como no viera a nadie cerca, supuso que sería imaginación suya.

Varias personas que circulaban por la Gran Vía experimentaron también la sensación de que alguien pasaba por su lado, aunque a nadie distinguieron, y el conserje del Hotel Gordon se hubiese jugado la cabeza a que acababa de abrirse sola la puerta sin que notara la menor ráfaga de aire que lo explicase.

Pocos minutos después, en la habitación del profesor Vardo, una cabeza aparecía flotando en el aire-la cabeza del anciano encorvado. Dibujóse de pronto parte de su cuerpo al entreabrirse la capa que se quitó inmediatamente, apareciendo del todo. Su primer cuidado fue doblarla y metérsela en el bolsillo. Luego se introdujo en el cuarto de baño.

***

 

 

No habían hecho más que abrir las puertas de la oficina de Prendes y Cía., cuando entró un joven que se acercó al mostrador.

—¿En qué puedo servirle? —preguntó el contable.

—Vengo a buscar el reloj.

—¿El reloj? —exclamó el otro, extrañado.

—Sí, señor, soy el relojero. Hemos recibido aviso de que había que arreglar el reloj del despacho del señor Prendes.

—¿Otra vez? —preguntó el contable, más extrañado aún—. ¿Se han vuelto a olvidar algo? Me parece que vamos a tener que buscar una relojería menos descuidada que la de Astarte.

—No le entiendo. Yo soy de la Relojería Astarte y me han dicho que viniera a recoger el reloj. ¿Es que le han recogido ya?

—El día antes de que muriera el señor Prendes, que en paz descanse-contestó el otro —, vinieron a buscarlo y lo trajeron otra vez por la tarde, arreglado. Ayer por la tarde, no íbamos a trabajar en vista de la tragedia, pero los demás socios insistieron en que se abriera por el mucho trabajo que hay. Poco antes de la hora de cerrar, se presentó el mismo hombre que se llevara el reloj la primera vez. Traía un cristal grande. Dijo que, por un descuido, el reloj había sido entregado sin el cristal y que venía a ponerlo. Se deshizo en excusas por el descuido y le dejé pasar al despacho para que pusiera allí mismo el cristal. Y ¡ahora viene usted a buscar el reloj otra vez! ¿Se les ha vuelto a olvidar algo?

—Si está arreglado, usted perdone-contestó el joven —. Yo no soy empleado fijo de Astarte. Sólo me avisan cuando hay demasiado trabajo y no pueden mandar a uno de sus operarios corrientes. ¿Quién fue el que trajo el cristal? ¿Uno alto y grueso, bastante moreno?

—No, era alto y moreno, pero delgado.

—¡Ah! ¡Sería Juárez! Es el hombre más inútil que he conocido. No sé cómo le aguantan en la relojería. En fin, puesto que el trabajo está hecho, perdone usted la molestia. Si hubiera venido en cuanto me mandaron aviso, no hubiesen tenido necesidad de mandar a Juárez y hubieran salido ustedes ganando. Muy buenos días.

El joven se fue y, aun no había llegado a la calle, cuando empezó a transmitir un mensaje con un reloj parecido al que poseía el director del Instituto de Inventores, Trévelez.

Media hora más tarde, el anciano de encorvadas espaldas a quien conocemos bajo el nombre de profesor Vardo, entraba en el establecimiento que la Relojería Astarte tiene en la calle de Hortaleza.

—Quisiera que me arreglaran este reloj-dijo, sacando un reloj de oro, bastante anticuado, del bolsillo.

El hombre que estaba detrás del mostrador lo tomó, abrió la tapa y examinó la máquina.

—Se le ha roto la espiral-dijo —. Lo tendrá usted listo dentro de un par de días. Si quisiera usted dejar las señas, se lo mandaríamos a casa.

El profesor movió afirmativamente la cabeza, como distraído, y dio su nombre y las señas del hotel.

—¡Ah! —exclamó de pronto—. Ya sabía yo que quería hacer alguna advertencia. No es que valga mucho el reloj; ¿comprende?, pero es un recuerdo de familia y quiero que me lo traten bien...

—Descuide usted, aquí respondemos de nuestro trabajo-contestó el relojero, algo molesto.

—¡Hum!... Sí... he oído hablar muy bien de esta casa-dijo el profesor Vardo; —pero... Tengo amigos establecidos en Madrid, ¿sabe? Hace poco entregaron aquí un reloj para que lo arreglaran... un reloj de pared... Al parecer fueron ustedes bastante descuidados... Se olvidaron de poner el cristal...

El relojero se puso colorado.

—Ya sé el caso a que usted se refiere-contestó —. Pero puede usted estar tranquilo: esas cosas no volverán a suceder. Tuvimos la debilidad de encargarle la compostura a un oficial nuevo que teníamos y que era bastante bueno por cierto... sólo que nos resultó demasiado distraído. Afortunadamente ya no está con nosotros.

—¡Ah! ¡Respiro! Temí que mi reloj cayese en sus manos. ¿Le han echado ustedes?

—Lo íbamos a hacer, pero no ha habido necesidad. En cuanto volvió de poner el cristal en el reloj de Prendes y Compañía, dijo que comprendía que su trabajo no daba satisfacción y que, anticipándose a nuestros propósitos, se marchaba antes de que pudiéramos despedirle. Estuvo muy poco tiempo aquí... dos semanas escasas.

—Se llamaba Juárez, ¿verdad?

—No, señor; su nombre era Joaquín Pardo.

—¡Ah, ya! Bueno, mientras ustedes me aseguren que no ha de tocar él mi reloj...

—Descuide, como le he dicho, ese operario no trabaja ya en esta casa.

El anciano se despidió y salió a la calle. Hizo unas cuantas visitas más y se volvió, lentamente, al hotel.

Una vez allí, tomó el ascensor y se apeó en el tercer piso, que era donde tenía su habitación. Pasó de largo ante su propia puerta y se detuvo junto a la del cuarto ocupado por Trévelez. Escuchó unos instantes y luego llamó con los nudillos. Nadie le respondió.

Echó una mirada a su alrededor. El pasillo estaba desierto. Sacó una llave del bolsillo, abrió la puerta, entró y volvió a cerrarla tras sí.

En aquel piso no había más que un cuarto de baño por cada dos habitaciones y Trévelez y el profesor tenían que hacer uso del mismo. Como el baño se hallaba entre los dos cuartos, se podía pasar de uno a otro, atravesándolo.

El profesor se acercó a la puerta del cuarto de baño. Descorrió el cerrojo que estaba echado por aquel lado, cruzó el cuarto y se dirigió a la puerta que comunicaba con su habitación, que él no había cerrado por dentro al salir.

Al abrir, se quedó parado en el umbral y miró a su alrededor. Una sonrisa iluminó su semblante.

—¡Es ingenioso! —murmuró.

En efecto, un cordón negro, delgado, pero muy fuerte, partía de la puerta que daba al pasillo, cruzaba el cuarto hasta la ventana.

Sonriendo aún, el anciano cerró la puerta del baño y se acercó a la ventana procurando no tocar el cordón. Allí encontró un tubo negro, con una especie de gatillo al que daba la vuelta el cordón antes de perderse fuera.

Con mucho cuidado retiró el cordón del gatillo y retiró el tubo. Luego volvió a la puerta. Aquella extremidad del hilo estaba sujeta con un gancho al tirador, de forma que resbalara al ser abierta la puerta. Lo hizo resbalar él. Inmediatamente, el cordón dio un latigazo, resbaló por el cuarto y desapareció por la ventana.

—¡Muy ingenioso! —repitió el anciano.

Fue a la ventana y se asomó. Sacó la mano y, cuando volvió a meterla, llevaba en ella un estuche parecido al de una cinta métrica, de esas que se arrollan solas. Dentro estaba el cordón.

El tubo negro era como un cañón de pistola con disparador. En su interior había un cartucho y, al sacarlo el hombre, vio que el proyectil estaba raspado y tenía marcada una cruz. ¡Una bala dum-dum!

Era fácil de comprender el funcionamiento de aquella trampa. El tubo negro había sido colocado de manera que apuntara de lleno a la entrada del cuarto. Al sacar el cordón del estuche instalado fuera de la ventana, el muelle lo mantenía en tensión. Sujeto solamente al gatillo, la tensión misma hubiera disparado el arma, y como el misterioso asesino no quería que se disparara hasta que entrase su víctima, había compensado la tensión del resorte llevando el otro extremo del cordón hasta la puerta.

Mientras la puerta estuviera cerrada, la tensión sería igual por ambos lados. Pero, en cuanto se intentara abrirla, resbalaría el gancho y la tensión del resorte tiraría del gatillo, al que nada sujetaría ya por el otro lado.

Lo más, ingenioso del dispositivo no era eso, sin embargo. De haber entrado el profesor por la puerta, hubiese recibido un balazo y, cuando hubiera acudido la policía, se hubiese encontrado con otro asesinato misterioso, puesto que en el cuarto nada había que indicase cómo le habían matado.

El rebote mismo del tubo negro al dispararse, le hubiese hecho saltar hacia atrás y caer a la calle, mientras el cordón desaparecía dentro del estuche que ya hemos descrito.

Era poco probable que se le ocurriera á nadie examinar la pared de la fachada y mucho menos que encontrara el estuche oculto tras una cornisa.

En cuanto al tubo, con el tráfico que había por allí, lo más natural era que algún vehículo le pasase por encima y lo aplastara. Cualquiera que lo viese, creyéndolo un trozo de metal viejo, le daría un puntapié y hasta tal vez lo empujara hacia alguna alcantarilla. Pero, aun poniéndose en lo peor, aun suponiendo que alguien lo recogiera y lo examinara antes de que lo hubiese aplastado vehículo alguno, era poco probable que se le ocurriera relacionarlo con crimen alguno.

Fuera como fuese, era evidente que el profesor Vardo estaba vigilado y que, habiendo atentado una vez contra su vida, los misteriosos criminales no cejarían en sus propósitos hasta haberle eliminado por completo.

CAPÍTULO V

 

 

LA TERCERA VÍCTIMA

—¿HAY algo para mí? —le preguntó Trévelez al conserje.

—Sí, señor, han traído esta carta hace unos momentos-contestó el hombre, sacando un sobre de una de las casillas que había detrás del mostrador.

—Gracias —dijo Trévelez tomándolo.

Se lo metió en el bolsillo y entró en el ascensor.

Una vez en su cuarto, cerró la puerta con llave, echó el cerrojo del cuarto de baño y rasgó el sobre.

Sacó el papel que contenía y leyó:

 

Muy señor mío:

Le agradecería me diese hora para poder hablar con usted. Tengo un invento que deseo perfeccionar, pero me hallo falto de recursos. Sé que nunca niega usted su ayuda a inventor alguno que se encuentre en mi situación y no dudo que me la concederá a mí también en cuanto hayamos hablado. De usted atto. s. s.

J. Prado

 

Inmediatamente descorrió el cerrojo del cuarto de baño, pasó a él, y echó el cerrojo que tenía por aquel lado la puerta del cuarto del profesor. Seguro ya de no ser interrumpido, puso el tapón en el desagüe del lavabo y abrió el grifo.

Cuando tuvo agua suficiente, sacó un frasquito del bolsillo y vertió unas gotas en el lavabo.

Aguardó unos instantes antes de sumergir en el agua la carta que había recibido.

No bien tocó el papel el líquido, empezó a cambiar de color y, a los pocos segundos, apareció cubierto de escritura rojiza.

Trévelez volvió a sacarlo, quitó el tapón del lavabo, dejó que escapara el agua y lo enjuagó un poco. A continuación, descorrió el cerrojo de la puerta del profesor y volvió a su habitación. Allí se sentó y leyó lo escrito en la tinta invisible de su invención, que se manifestaba de un color rojizo con ayuda de la composición que llevaba en el frasquito, pero que ningún otro reactivo era capaz de hacer aparecer.

La nueva escritura era un informe redactado en los términos siguientes:

 

El orden solicitado es éste:

1. Prendes y Cía. (Rogelio Prendes, brasileño).

2. Miguel Grec (serbio).

3. Abelardo Ríos (español).

4. Justo Mervieux (francés).

5 Eric News (inglés).

6. Conrado Garvez (español).

Las señas ya las he dado.

X sigue pista J. Pardo. Casa preparada para mañana. A.

 

Trévelez leyó la lista dos o tres veces como para aprendérsela de memoria. Luego encendió una cerilla y quemó el papel.

Oprimió levemente la corona de su reloj de pulsera y, al recibir contestación, transmitió un mensaje. Luego se puso a esperar.

Cosa de diez minutos más tarde, respondió a la presión que sentía en la muñeca y deletreó:

 

G-H-A-L-L-A-D-O-M-U-E-R-T-O-E-ST-A-M-A-Ñ-A-N-A-Y

 

¡Grec muerto! Claro, no se habían enterado, a tiempo para que apareciese en los periódicos de la mañana. Ya leería los detalles a la tarde.

Se levantó y entró en el cuarto de baño.

El profesor Vardo consultó el reloj que llevaba. Eran las once y media de la mañana. Paró un taxi y se hizo conducir a toda velocidad a la Ciudad Lineal.

En cuanto se hubo apeado y despedido el coche, apretó el paso, consultando de nuevo la hora. Le quedaba poco tiempo. Se ocultó entre unos árboles y, seguro de que nadie le veía, sacó del bolsillo la capa y se la echó sobre los hombros, calándose luego la capucha. Invisible ya, continuó su camino basta llegar a un hotelito aislado cuya verja estaba cerrada.

El hombre invisible no se molestó en intentar abrirla. Escogió el punto de la pared más fácil de escalar y saltó al jardín. Se detuvo unos momentos sobre el césped, escuchando. Ningún ruido sospechoso llegó a sus oídos.

Se acercó a la casa y fue atisbando por las ventanas sin ver a nadie. Por fin se paró junto a una que tenía las cortinas descorridas, sacó un instrumento y la abrió. Entró y volvió a cerrar la ventana tras sí.

Miró a su alrededor. Se encontraba en una habitación amueblada como despacho. Sólo le dio tiempo a fijarse en la mesa de escritorio sobre la que había un teléfono, antes de que se abriera la puerta y entrara un hombre en la habitación.

Este cerró la puerta tras sí, echó la llave y el cerrojo y se aproximó a la mesa, de uno de cuyos cajones sacó una pistola.

Estaba pálido como un cadáver y le temblaban ligeramente las manos.

Se sentó a la mesa y examinó cuidadosamente la pistola. Una vez seguro de que funcionaba bien, la empuñó, se levantó y se dirigió a la ventana para asegurarse de que estaba cerrada. Luego consultó el reloj: eran las doce menos cinco.

El hombre invisible sólo se fijó en que el inquilino del hotelito era alto y que tenía la cara bronceada, como si hubiese pasado muchos años bajo un sol tropical. Luego su puso a examinar, minuciosamente, el cuarto, aunque sin dejar de echar una mirada de vez en cuando a la ventana.

Detrás de los sillones no había nada. Detrás del sofá, tampoco. La mesita sobre la que había un juego de fumador no tenía aspecto de ocultar aparato alguno mortífero.

Poco a poco inspeccionó toda la habitación mientras el otro paseaba como un león enjaulado, sin soltar la pistola ni perder de vista la ventana.

Yuma, el hombre misterioso, había acudido allí con el decidido propósito de impedir que el tercer personaje de su lista muriera asesinado como los anteriores. Recordando la singular manera en que había muerto Rogelio Prendes y lo ingenioso del dispositivo preparado en el Hotel Gordon, buscaba algo por el estilo en aquel cuarto, sin encontrarlo.

Abelardo Ríos consultó el reloj: eran las doce menos un minuto. Sudando de angustia, volvió a sentarse a la mesa, apuntando con la pistola en dirección a la ventana.

En aquel momento sonó el timbre del teléfono tan inesperadamente, que el hombre pegó un brinco en su asiento.

Con mano temblorosa descolgó el auricular y se lo acercó al oído.

—¿Diga?... Abelardo Ríos al habla...

No dijo más. Una fuerte llamarada salió del aparato. Ríos se levantó dando un grito de terror. Su cuerpo se arqueó y luego cayó, pesadamente, al suelo.

Había muerto electrocutado en el momento en que empezaban a dar las doce.

La tragedia se desarrolló con tanta rapidez, que el hombre invisible no tuvo tiempo de moverse siquiera antes de que todo hubiera quedado consumado.

Corrió al lado de Ríos por pura fórmula y le echó una mirada. Estaba completamente carbonizado. Comprendiendo que nada podía hacer por él, se acercó a la ventana, la abrió y saltó al jardín. Estaba desierto.

Escaló la tapia. Desde arriba, vio a poca distancia a una hombres qué se subían a un automóvil. No le daba tiempo a llegar a ellos. El coche tenía el motor en marcha. Sacó la pistola y disparó contra el único que no había subido aún.

El hombre, alcanzado de lleno, cayó del estribo al suelo. Uno de los que estaban dentro intentó apearse para recogerle, pero la bala que se estrelló contra la portezuela le hizo cambiar de opinión. Abandonando al caído, el automóvil se puso en marcha y no tardó en desaparecer.

Yuma saltó de la tapia y corrió hacia el desconocido. No estaba muerto, porque Yuma no tenía costumbre de matar. Los proyectiles que disparaba su pistola se abrían en cuanto entraban en la carne, derramando una substancia que hacía perder, instantáneamente, el conocimiento. Sus efectos duraban dos horas aproximadamente y, al salir de ellos, la víctima se encontraba tan sana como si no le hubiera sucedido nada.

Sin preocuparse del estado del desconocido, le registró los bolsillos, encontrando una pistola, un cargador de repuesto, algo de dinero y una figurita pequeña, de bronce, que se guardó. Pero ni un solo papel que permitiera establecer su identidad.

Satisfecho de que no tenía en la ropa ningún bolsillo secreto, se echó el cuerpo exánime al hombro y, con dificultad, lo subió a la tapia, donde le dejó cruzado hasta haber saltado él. Luego le bajó al jardín, escondiéndole, momentáneamente, entre unos matorrales.

Volvió a la habitación en que se hallaba el cadáver de Ríos, con mucha cautela. Aunque no había oído ruido alguno en la casa, cabía la posibilidad de que hubiese alguien más en ella-un criado por lo menos-y que hubiera acudido al despacho de su amo.

Pero la casa seguía envuelta en silencio.

Se puso unos guantes de goma, vaciló unos instantes y se detuvo a transmitir un mensaje con ayuda del reloj de pulsera que llevaba y que era igual al que hemos visto en la muñeca de Trévelez.

A continuación, registró los bolsillos del cadáver, repasó el contenido de los cajones de la mesa, retiró una serie de papeles que desaparecieron bajo su capa y, convencido de que ya nada le quedaba que hacer allí, salió al jardín, se dirigió a los matorrales, dio una inyección al desconocido para asegurarse de que no se despertara antes de tiempo y se marchó.

Aunque no había podido salvarle la vida a Abelardo Ríos, no había perdido del todo la mañana.

CAPÍTULO VI

 

 

TRÉVELEZ RECAPITULA

EL profesor Vardo llegó al Hotel Gordon a la una menos cuarto y pidió inmediatamente la cuenta, anunciando que se marchaba.

En otro cualquiera, el irse en el momento en que empezaban a servir la comida hubiese llamado la atención, pero en él no, porque rara vez comía allí.

Pagó y llamó a un botones:

—Sube a mi cuarto a buscarme la maleta-dijo.

Cuando bajó el muchacho con ella, ordenó:

—Busca un taxi.

Luego, volviéndose al conserje:

—¿Puede acompañarme a la estación a sacarme el billete y subirme la maleta al tren?

El conserje contestó afirmativamente.

El profesor y el botones subieron al taxi haciéndose conducir a la estación de Atocha, donde el muchacho se encargó de sacar el billete para el profesor y uno de andén para él.

Pasaron al andén, donde el tren aguardaba ya. El profesor buscó un compartimiento de primera vacío y subió a él. El botones se encargó de colocar la maleta en la red.

—Puedes marcharte ya si quieres-le dijo el profesor, dándole una propina —. Toma; aquí tienes algo para ti y otro poco por si quieres volver al hotel en taxi.

El muchacho le dio las gracias y se fue.

En lugar de sentarse cómodamente, el profesor salió al pasillo y se metió en el lavabo.

Sacó del bolsillo la capa, se la echó sobre los hombros, se caló la capucha y abrió de nuevo la puerta. No había nadie cerca, de modo que nadie presenció la anomalía de que una puerta se abriera y cerrara sola.

Invisible, buscó un compartimiento que tuviera aún la portezuela abierta y saltó al andén.

El empleado que se hallaba junto a la puerta de salida sintió, con extrañeza, que pasaba por su lado una especie de ráfaga. Yuma había salido de la estación.

Si alguien vigilaba al profesor, tendría la seguridad de que éste se había marchado en el tren que, en aquel preciso momento, empezaba a arrancar.

Se le había visto sacar billete y subir al tren. Nadie le había visto bajar.

Oficialmente, el profesor Vardo había salido de Madrid.

***

 

 

A la una y media, el señor Trévelez entraba en el comedor del Hotel Gordon y se sentaba a una mesa. Mientras comía, ordenó al camarero que pidiera su cuenta y que mandara a un botones a su cuarto, en busca de su equipaje.

A las dos y cuarto se detuvo un coche particular ante la puerta del hotel y se apeó de él un hombre de acusadas facciones, ojos grises muy vivos, mandíbula cuadrada y cabello ralo. Tendría cerca de cuarenta años de edad.

Cuando entró en el vestíbulo, Trévelez acababa de pagar la cuenta.

—¿Ya está usted aquí? —dijo, al ver al recién llegado—. Vamos.

Y, precedidos por el botones con las maletas, se dirigieron al coche.

Ninguno de los dos hombres habló por el camino. El automóvil arrancó en dirección a la Red de San Luis, bajó por la calle de la Montera a la Puerta del Sol, torció a la derecha y cruzó hacia la calle Arenal, atravesó la plaza de Isabel II, salió a la de Oriente y fue a detenerse ante un gran edificio de reciente construcción al lado izquierdo de los jardines.

Se apearon, entraron y tomaron el ascensor hasta el sexto piso. Allí, el desconocido sacó una llave del bolsillo, abrió una de las puertas y ambos entraron con el equipaje.

—Es lo mejor qué he podido encontrar disponiendo de tan poco tiempo, dijo el hombre —. Yo ocuparé un cuarto del piso octavo.

—Está divinamente, Garvez-anunció Trévelez, satisfecho —. ¿Ha conseguido instalar teléfono?

—En el despacho lo encontrará. Y, con la ayuda de un agente nuestro, he instalado también un hilo directo entre mi piso y éste.

—Mejor que mejor. Es preciso que conservemos estos pisos para cuando tengamos necesidad de venir a Madrid. Resulta mucho más cómodo que tener que andar por hoteles. Sin embargo, será preferible trasladar esto a un hotelito en cuanto sea posible.

—Ya se está buscando, pero cuesta trabajo dar con uno desalquilado.

Después de atravesar varias habitaciones, llegaron a una amueblada como despacho. Había dos teléfonos sobre la mesa y no faltaba detalle alguno que pudiera contribuir a la comodidad de quien lo usara.

Trévelez se dejó caer en un sillón. Garvez se acercó a una mesita sobre la que había una cafetera expreso pequeña y la enchufó, colocando dos tazas para recoger el café.

Luego se acercó, a la mesa y sacó de uno de los cajones una caja de puros.

—Su marca favorita-dijo.

Trévelez sonrió.

—Veo que no ha olvidado usted detalle-dijo, escogiendo un puro.

Garvez le imitó. Cortaron las puntas y encendieron. El café empezaba a caer en las tazas ya.

Garvez sacó un puñado de pruebas de imprenta del bolsillo y se las entregó al director del Instituto.

—No hay nada como tener amigos-observó —. He conseguido que me dieran pruebas de la noticia que publicarán los periódicos de la noche, para que no tenga usted que esperar.

Mientras Trévelez las leía, fue él a buscar las tazas y un azucarero.

Las pruebas contenían la versión oficial de lo sucedido en casa de Miguel Grec. No se omitía detalle alguno de lo hallado en el cuarto del sótano, pero se hacía saber que se trataba de un simple suicidio.

Trévelez lo leyó todo atentamente, tomó un sorbo de café y dijo:

—No cabe la menor duda de que esto no es más que la versión oficial. El encargado de este asunto, por lo que veo, es el inspector Ventura, y es demasiado inteligente para creer que se trata de un suicidio, como van a decir los periódicos. Por los detalles que se dan, no cabe la menor duda de que se trata de un crimen. Ventura se habrá dado cuenta de ello en seguida, pero comprendo su objeto en anunciar que se trata de un suicido. No quiere alarmar a los criminales dejándoles saber que ha descubierto la verdad. Si creen que la policía supone que Grec se quitó la vida por su propia mano, darán por liquidado el asunto y estarán menos alerta, por lo que será más fácil pillarlos. Francamente, tengo un concepto muy elevado de ese inspector. No me extrañaría nada que hubiese llegado tan lejos en sus deducciones como yo. Pero, dígame, ¿tiene algún informe que, darme?

—X, siguiendo sus instrucciones, se presentó en la Relojería Astarte y preguntó por Joaquín Pardo. Le dijeron que no trabajaba allí, pero le dieron sus señas. Esperábamos que fuesen falsas. Con gran sorpresa nuestra, sin embargo, resultó que Pardo había vivido en aquellas señas, aunque sólo durante tres semanas. Abandonó la casa aquella, que era una pensión, a raíz de despedirse de la relojería. No obstante, a fuerza de investigar, X acaba de dar con su paradero y le vigila de cerca, aun cuando nada tiene aún que comunicar.

—¿Algo más?

—Al recibirse el mensaje de usted, T se dirigió a la Ciudad Lineal y se llevó al hombre que encontró escondido entre los matorrales. Le ha dado un antídoto para neutralizar los efectos de la droga que usted le inyectó. Está esperando el resultado.

—Bien, antes de darle nuevas instrucciones, voy a explicarle a usted el asunto para que comprenda mejor el motivo de las investigaciones que he mandado hacer y para que pueda, sin necesidad de consultarme, hacer las indagaciones complementarias que le sugiera su sentido común.

Hizo una pausa y aspiró lentamente el humo de su cigarro.

—Cuando leí en el periódico la noticia de la muerte de Rogelio Prendes, me llamó poderosamente la atención la forma en que ésta se había producido. Las ventanas estaban cerradas por dentro, la puerta también; Rogelio estaba completamente solo en el despacho con una pistola amartillada en la mano. Sin embargo, le mataron. A menos que admiramos una agencia sobrenatural, tenemos que buscar una explicación lógica. Y hasta un espiritista convencido ridiculizaría la idea de que pudiera emplear un espíritu armas de fuego para cometer un asesinato.

“El detalle de la pistola en manos del muerto era interesante. Demostraba, sin el menor 'género de duda, que estaba esperando que se atentara contra su vida y, en previsión de ello, se había encerrado para que no pudieran alcanzarle, cosa que, como sabemos, resultó una precaución inútil.

“El hecho de que no se encerrara hasta poco antes de las doce es prueba evidente de que, no sólo sabía que iban a matarle, sino que tenía una idea de la hora en que se haría.

“En el despacho no parecía existir indicio alguno que permitiera adivinar la forma en que se había consumado el crimen. Digo que no parecía existir. Porque, en realidad, lo había. El reloj de pared tenía una leve mancha de humo en la esfera, cerca de uno de los dos agujeros que acostumbran tener esos relojes para darles cuerda. Examinando la esfera con cuidado, se notaba en las inmediaciones de dicho agujero que el esmalte estaba resquebrajado ligeramente y descolorido, como si le hubiesen aplicado fuego.

“Si aquel agujero hubiera servido de boca de cañón y hubiese salido por él un disparo, el fogonazo hubiera quemado el esmalte de aquella manera.

“Había una dificultad, sin embargo, para que pudiese haber sido ése el método empleado, un proyectil no puede atravesar un cristal sin romperlo. Y el reloj tenía cristal.

“Esa dificultad ha quedado ya solucionada, como usted sabe. Mi teoría de lo ocurrido es la siguiente:

“Un miembro de la cuadrilla, buen relojero, por cierto, consiguió colocación en la relojería que se encargaba de la reparación de los relojes de Prendes y C.ª. Si no se recibió aviso en el momento oportuno de ir a recoger el reloj de pared del despacho de Rogelio para arreglarlo, el individuo en cuestión se presentaría en una hora en que supiera que no se hallaba el gerente y diría al empleado que venía a buscar el reloj por orden de su jefe. Eso no ofrece dificultad. El empleado lo entregaría creyendo que era cierto.

“El hombre, entonces, instalaría un simple canuto con un cartucho y un disparador, colocado al ángulo necesario para que el proyectil diera a quien estuviese sentado a la mesa. Para ello, naturalmente, tendría que quitar el eje de dar cuerda al reloj, pero eso sería cosa fácil para un relojero.

“A continuación, instalaría en el interior una pila eléctrica y haría las conexiones necesarias para que, al coincidir las dos manillas en las doce, se estableciera contacto y se disparara el cartucho.

—Un momento-dijo Garvez —. Si mal no he entendido, el reloj fue devuelto la noche anterior al crimen. ¿Por qué no se disparó a las doce de la noche?

—Estaría previsto eso. Al ser colocado el artefacto, le pondrían algo que impidiera que se disparara la primera vez. Cuando dieran las doce de la noche, el mismo martillo que diera las doce campanadas o cualquier otro dispositivo retiraría el estorbo, dejándolo todo preparado para el mediodía siguiente. Yo, sin ser relojero, me comprometería a conseguir eso.

“El único punto flaco, desde el punto de vista de los criminales era la relojería. Si a la policía se le ocurría examinar el reloj y encontraba dentro el artefacto, era de suponer que interrogara a los empleados, se enterara de que el reloj había sido arreglado el día anterior y acudiera a la relojería, donde les darían el nombre del operario que había efectuado el arreglo. Claro es que no tendría el individuo ese la menor intención de seguir trabajando de relojero una vez hubiese quedado consumado el crimen. Pero se haría circular su descripción y, tarde o temprano, podría caer en manos de las autoridades, lo que no dejaba de constituir un peligro.

“Era preciso, por consiguiente, hacer desaparecer el artefacto una vez cometido el crimen... si era posible. La solución que hallaron fue ingeniosa. El reloj había sido entregado sin cristal para que no se descubriera la procedencia del disparo por los trozos del vidrio que saltaría hecho pedazos. Nadie se fijó en ese detalle, porque el propio oficial de relojero se encargó de colgarlo en el despacho.

“Pasado el primer momento y aprovechando que no había ningún policía de guardia, el relojero se presentó con el cristal, fingiendo haberse olvidado de ponerlo. Entró solo en el despacho, retiró el dispositivo instalado en el interior del reloj, puso el cristal y se fue. Apostaría cualquier cosa a que, cuando vayan a dar cuerda al reloj, Prendes y Compañía tendrá que volver a avisar al relojero para que les ponga el perno que falta para poder hacerlo. No creo que el hombre tuviera tiempo de arreglarlo cuando puso el cristal.

“Bien. No se le encontró al muerto papel alguno susceptible de aclarar el asesinato, que yo sepa. Pero en el cajón de la mesa tenía un recorte de periódico con seis nombres, al lado de cada uno de los cuales iba un número escrito en lápiz encarnado. Igual que éste.

Sacó un recorte de periódico y se lo enseñó a Garvez.

—¡Otro! —exclamó el hombre.

—Sí, otro exactamente igual que el primero. Ya le hablaré de él más tarde. Confieso que, en un principio, no estuve muy seguro de sí tendría relación alguna con el caso, pero me pareció prudente investigar. Por eso le encargué a usted que pusiera a trabajar a Y y le di el papel para que se lo diera.

“Lo interesante era saber en qué periódico o, por lo menos, en qué fecha se había publicado, porque es evidente que forma parte de una noticia y que lo que falta pudiera derramar algo de luz sobre el asesinato. Por desgracia, hasta la fecha no hemos podido averiguar nada.

“Esta mañana, sin embargo, reflexionando acerca de ello, se me ocurrió una posible explicación. Recordé que Rogelio Prendes figuraba en la lista con un uno encarnado al lado. Y ¡Prendes había muerto! ¿Significaba aquello que el aviso que andábamos buscando era precisamente el recorte de periódico? ¿Estarían amenazados de muerte los seis hombres mencionados? Si era así, el que llevara el número dos en lápiz encarnado sería la víctima siguiente y el recorte adquiriría un valor mucho mayor de lo que yo supusiera en un principio.

“No recordaba el orden de los nombres, conque mandé un mensaje a Y diciéndole que me enviara la lista completa, pero colocando los nombres por el orden que indicaban las cifras encarnadas. Recibí la lista. Miguel Grec tenía el número dos.

“Avisé a Y para que se acercara y montase guardia cerca de la casa de Grec, pero recibí la noticia a los pocos minutos, de que Grec había muerto durante la noche. ¡El segundo en morir y llevaba el número dos en la lista!

“Busqué el número tres. Empezaba a estar seguro de que todos ellos irían muriendo misteriosamente, uno tras otro. Usted me había encontrado ya las señas de todos ellos. Una cosa se me había olvidado decirle. ¿Sabe que el profesor Vardo estuvo a punto de hallar la muerte en su cuarto del hotel esta mañana?

—No sabía una palabra.

Trévelez le contó lo que ya sabemos y terminó diciendo:

—Es evidente que se trata de una cuadrilla muy bien organizada. No bien se dieron cuenta de que el profesor había hecho preguntas indiscretas en la relojería (y el hecho de que lo averiguaran tan pronto demuestra que no se les había pasado por alto la posibilidad de que ocurriera), le prepararon una trampa, de la que sólo se salvó gracias a sus precauciones. Fuera como fuese, el caso es que el profesor decidió que los aires de Madrid no le iban nada bien a la salud y abandonó la ciudad sin haberse parado a comer siquiera.

Garvez se echó a reír.

—¿Con conocimiento de los que habían atentado contra él? —preguntó.

—Se hizo acompañar a la estación por un botones que le subió el equipaje al tren.

Garvez volvió a reír.

—¿Qué pasó con el tercero de la lista?

—Murió electrocutado a las doce en punto.

Garvez emitió un silbido de sorpresa.

—Parece ser que no se había equivocado usted en sus suposiciones.

—La cosa sucedió de la manera siguiente-dijo Trévelez.

Y contó lo que había pasado.

—No sé lo que pensará la policía cuando se presente allí, pero estoy convencido de que esta noche los periódicos publicarán la noticia de que Abelardo Ríos ha muerto víctima de un lamentable accidente. Asegurarán que un cable de alta tensión que pasa por cerca de su hotelito se rompió, cayendo sobre la línea de su teléfono en el preciso momento en que hablaba. Quedó electrocutado.

“Le advierto que no mentirán los periódicos al decir eso. Así sucedió, en efecto. Sólo que, si la policía se fija bien en el cable, observara que éste no se rompió, sino que fue cortado.

“El modus operandi en este caso fue el siguiente: Cortaron el hilo del teléfono del hotelito, lo acoplaron a un aparato portátil que llevaban los criminales e hicieron sonar el timbre. En cuanto oyeron la voz de Ríos contestando, arrancaron su aparato y dejaron caer el cable de alta tensión sobre el hilo.

“El hombre que se ha llevado T era uno de los que cortaron el cable.

“El recorte que le he enseñado se hallaba en el cajón de la mesa de Abelardo Ríos junto con una lista bastante larga de objetos de arte, antiquísimos a juzgar por su descripción. De momento desconozco el valor que pueda tener esta última lista, pero la guardo por si acaso.

“Además de eso, fue encontrado en un cajón... ¡esto!

Echó sobre la mesa algo que, a primera vista, parecía una fíbula.

Garvez lo cogió y examinó con curiosidad. Era una llave en realidad, de forma rarísima. La anilla de la parte de arriba la formaba un dragón arqueado, una verdadera obra de arte.

—Es una llave-dijo Garvez; —pero ¡qué forma más rara tiene! ¿Usted cree que puede tener algo que ver con el asunto?

—Júzguelo por sí mismo-contestó Trévelez, arrojando otro objeto sobre la mesa —. Esto lo llevaba el prisionero de T en el bolsillo.

Era una reproducción en bronce de un dragón igual al de la llave.

—En efecto-murmuró Garvez; —parece que existe una relación entre ambas cosas.

—No cabe la menor duda de que la hay, pero aún no hemos logrado establecerla. Nuestra mejor pista, hasta ahora, sin embargo, es el recorte de periódico. Que siga Y visitando agencias de Prensa en la esperanza de que alguna de ellas reconozca a qué noticia pertenece ese extracto y pueda decir en qué fecha se publicó o proporcionarnos la noticia completa. Hay otro punto en eso: puesto que la noticia se ha empleado como aviso en dos ocasiones, que sepamos, es muy posible que se haya empleado o se emplee en todas. Es decir, que la cuadrilla debe haber comprado por lo menos seis ejemplares del periódico y, con toda seguridad, no hará mucho de eso. Claro está que cabe la posibilidad de que la persona en cuestión esté suscrita a una agencia de recortes y los reciba periódicamente, en cuyo caso nada podremos averiguar por ese lado, porque las agencias esas tienen centenares de suscriptores y no daríamos fácilmente con el que nos interesa. Si Y logra averiguar de qué fecha es, facilitará enormemente nuestro trabajo.

“Entretanto, hemos de poner de nuestra parte todos los medios para evitar que el cuarto en la lista, Justo Mervieux, sea víctima de un accidente misterioso. No creo que corra peligro hasta media noche, sin embargo.

—¿Por qué?

—Porque, por motivos que no acierto a explicarme ahora, pero que indudablemente tendrán su explicación, parece ser que las doce es la ahora escogida para cometer todos los asesinatos. Prendes murió a las doce en punto, según sabemos por la Prensa. Por las galeradas que usted me ha traído, veo que Grec murió, según opinión del forense, entre once y dos de la madrugada. Y Abelardo Ríos murió a las doce en punto. Con los antecedentes que tenemos y sabiendo lo ocurrido después, creo que estamos justificados en fijar las doce de la noche como hora en que murió Grec, y que podemos dar por seguro que esta noche, a las doce, le tocará el turno a Mervieux, a menos que podamos impedirlo vosotros.

—Lo que me extraña sobremanera-murmuró Garvez —, es que, sabiendo esos hombres que iban a matarles, sabiendo, incluso, la hora fija, se encerraran a esperar la muerte en lugar de avisar a la policía y pedir protección.

—Ese es un aspecto raro de la cuestión, en efecto-asintió Trévelez —. Eso induce a suponer que, o no les interesaba que la policía se inmiscuyera en sus asuntos o que tuvieran la esperanza de poder salvarse sin ayuda. Sea como fuera, con el tiempo lo sabremos. De momento quiero que se vigile a cada uno de los tres hombres que quedan vivos: Mervieux, Mews y Parvez. Debe vigilarse también la casa de Grec y la de Ríos.

—¿La de Prendes no?

—No, o mucho me equivoco o ese capítulo de la historia ha quedado definitivamente cerrado. Gracias a la estratagema del reloj, han tenido tiempo y ocasión de registrar el despacho y llevarse lo que pudiera interesarles. Espero un intento de robo en casa de Grec y en la de Ríos, sin embargo. Empiezo a tener una teoría que semejante intento serviría para confirmar. Si tal sucediera, es preciso que el agente no moleste para lado al presunto ladrón, sino que le siga y averigüe dónde va, quién es y todo lo que le sea posible. ¿Comprende?

—Perfectamente.

—Y, como es lógico, que avise.

En aquel momento los dos hombres sintieron una leve presión en la muñeca. Dejaron de hablar para recibir el mensaje.

“T”, deletrearon los relojes.

 

«PRISIONERO DICE LLAMARSE FLANDES Y NO SABER PALABRA DE NADA. LE PREGUNTARON ESTA MAÑANA SI QUERIA GANARSE, UNOS DUROS FÁCILMENTE Y EL DIJO QUE SÍ. LE LLEVARON A LA CIUDAD LINEAL Y LE ENCARGARON DE CORTAR UN CABLE. NO SABE NADA MAS, NI SIQUIERA EL NOMBRE DE SUS COMPAÑEROS.»

 

Garvez miró a Trévelez. Éste contestó:

 

«DEJELO. DELE INYECCIÓN. YA SABE LO QUE HA DE HACER CON EL. SAQUELE UNA FOTOGRAFIA DE FRENTE Y OTRA DE PERFIL ANTES, SIN EMBARGO. —A.»

 

—Ni que decir tiene que ese hombre miente-dijo después, mirando a Garvez —. El dragón de bronce debe ser una contraseña que no llevaría uno contratado tan a la ligera. Es igual, sin embargo. No vale la pena molestarse. Si le apretamos mucho, acabará hablando, pero nos dirá más embustes.

—¿Para qué quiere las fotografías?

—Como le he dicho a T, quiero que le dé una inyección para hacerle perder la memoria y que lo mande a donde mandamos a los otros para que se les eduque de nuevo y sean hombres de provecho. No obstante, pudiera interesarnos que uno de los agentes se pasara por él. Conque es bueno tener unas fotografías para que el que desempeñe su papel pueda caracterizarse bien.

Trévelez se puso en pie y se guardó la llave y el dragón de bronce.

—Me voy, Garvez-dijo —. Me llevo su coche. Si hubiera algo nuevo, no deje de avisarme.

Encendió el habano, que se le había apagado durante la conversación, y salió del piso.

CAPÍTULO VII

 

 

EL RECORTE DE PERIÓDICO

NO había llegado Trévelez a la calle aún, cuando volvió a notar una leve presión sobre la muñeca. Era un mensaje de Y.

 

«Y» decía:

 

«FECHA RECORTE DIEZ FEBRERO.»

 

Sin dejar de andar, el director del Instituto contestó:

 

«VISITE ADMINISTRACIONES PERIÓDICOS. EXAMINE EJEMPLARES DIEZ FEBRERO. BUSQUE CUAL PUBLICÓ NOTICIA EXACTAMENTE IGUAL MANERA QUE RECORTE Y NOTIFIQUE SI SÓLO FUERA UNO, PREGUNTE SI RECUERDAN SI ALGUIEN PIDIÓ SEIS EJEMPLARES DE DICHO NÚMERO RECIENTEMENTE. —A»

 

A pesar de haber dado estas instrucciones a su agente, se dirigió él a la administración del «A. B. C.» y pidió un número del diez de febrero.

Lo hojeó y no tardó en encontrar lo que buscaba. El telegrama, fechado en Cádiz, anunciaba la llegada a dicha puerto de unos náufragos recogidos en pleno Atlántico por un vapor español procedente de América. Al parecer, los seis hombres habían salido de Birmania en el momento de la ocupación japonesa, pero el barco que les conducía había sido torpedeado o había chocado con una mina, no estaban muy seguros de cuál de las dos cosas había sucedido.

Aunque el vapor español se pasó horas por los alrededores en la esperanza de encontrar más supervivientes de la catástrofe, no pudo lograrlo. Avisó por radio a cuantos barcos, se hallaran por allí por, si alguno de ellos tropezaba con alguno de los botes y supo que otro vapor había recogido cincuenta náufragos más, procedentes de la misma embarcación.

A continuación, figuraba en la noticia la lista de los nombres de los seis náufragos que, según el periódico, se hallaban en un hospital de Cádiz, dónde permanecerían hasta restablecerse. Llevaban más de veinte horas en el agua al ser recogidos y su estado era bastante crítico.

Quedaba resuelto, en parte, el misterio. Si los seis procedían de Birmania, era de suponer que se conocían, sobre todo en vista de los acontecimientos de los últimos días.

No obstante, el recorte hallado en el despacho de Prendes no procedía del «A.. B. C.», porque este periódico no había publicado los nombres en columna, sino seguidos.

Trévelez salió de la Administración de Prensa Gráfica muy pensativo. El descubrimiento de la fecha de la noticia le pareció lo bastante importante para cambiar sus planes por completo. En lugar de hacer las visitas que pensara en un principio, decidió que adelantaría más volviendo a su casa y aguardando los informes de los agentes.

Subió al automóvil y, sin pensarlo más, volvió a la plaza de Oriente.

En cuanto entró en su despacho, descolgó uno de los teléfonos.

—Garvez-dijo una voz.

—Informe.

—X. Joaquín Pardo recibió una visita con la que salió. X siguió a las dos hombres. Fueron a casa de Grec. Pardo se dirigió a la puerta y llamó, mientras su compañero saltaba la tapia del jardín. Abrió el criado. Pardo le entretuvo hablando bastante rato. Por fin, el que había saltado la tapia volvió a salir y emitió un silbido. Pardo cortó entonces la conversación y, con gestos que parecían de excusa, se despidió y el criado volvió a cerrar la puerta. X no pudo acercarse lo bastante para enterarse de lo que hablaba con el criado, pero no cree que tuviera importancia. Era una simple excusa para distraerle mientras su compañero se introducía en la casa por una ventana. Cuando los dos hombres se alejaban, X oyó que Pardo le preguntaba al otro: «¿La tienes?». El otro respondió afirmativamente, añadiendo: «Lo he dejado todo tal como estaba. No hay peligro que sospechen que ha entrado nadie en la casa».. «¿Vamos a la otra?», preguntó Pardo. «Sí».

»X no oyó nada más porque creyó prudente apartarse para no llamar la atención. Les siguió a la Ciudad Lineal, donde hicieron lo mismo que habían hecho en casa de Grec. Pardo se acercó a la puerta de casa de Ríos y llamó. Nadie respondió, sin embargo. La casa estaba completamente desierta. Ya había sido retirado el cadáver de Ríos y, como se había arreglado provisionalmente el cable de alta tensión en las cercanías de la casa, no se había dejado a nadie de guardia.

»Al ver que nadie contestaba, el compañero de Pardo, que había estado esperando a que se abriera la puerta antes de intentar introducirse por la ventana, salió de entre los matorrales y se acercó, diciéndole unas palabras. Pardo movió afirmativamente la cabeza y el otro desapareció de nuevo por la parte de atrás de la casa. Era evidente que le había dicho que vigilara.

»Transcurrió un buen rato y Pardo empezaba a impacientarse cuando volvió a salir su compañero, y le dijo algo, muy excitado. Pardo se fue con él a la parte de atrás de la casa otra vez. X decidió arriesgarse entonces y entró en el jardín, avanzando lentamente, pegado a la pared de la casa. Fue mirando cautelosamente por las ventanas hasta que llegó a la que daba al despacho. Atisbando por ella, vio a los dos hombres, que habían sacado todos los cajones de la mesa y los registraban. Por fin volvieron a dejar los cajones en su sitio. No habían encontrado lo que buscaban. Salieron de la habitación y X se retiró otra vez para aguardarles fuera. Pero tardaron mucho en salir aún. Cuando salieron, X oyó parte de su conversación.

» —¡No lo entiendo!— dijo Pardo —. ¡Debía estar allí!

» —Debía estar, pero no está. Se lo habrá llevado alguien.

» —¡No puede ser! ¿Quién iba a llevársela?

» —Flandes, por ejemplo. Dice el jefe que le pegaron un tiro, pero no debió ser grave la cosa y podría escapar, porque la policía no detuvo a nadie por aquí. Lo raro es que no avisara. Si está herido en alguna parte, podía haber mandado recado. No lo entiendo. Pero hemos revuelto toda la casa y no la encontramos. Si no se la llevó Flandes, Ríos debía tenerla muy bien escondida.

» —¿Qué hacemos?

» —Irnos. ¿Qué quieres que hagamos? Ya hemos hecho aquí todo lo que nos era posible.

»X los siguió. Fue dándome su informe por el camino. Dijo que cuando supiese dónde iban, avisaría. Aguardo noticias de un momento a otro.

»Los agentes estacionados cerca de casa de Grec y de la de Ríos confirman la llegada de los dos hombres, pero no dicen nada nuevo.

—Bien; puede usted retirar a esos agentes. O, mejor dicho, retire sólo al de casa de Grec. Allí, no volverán, puesto que encontraron lo que buscaban. Puede ser que prueben otra vez en casa de Ríos. Si fuera alguien, que el agente de vigilancia siga a quien sea, a menos que vea que le sigue ya X o cualquier otro, naturalmente.

—Conforme.

—No cabe la menor duda de que buscaban la llave que tengo yo en mi poder. En casa de Grec la encontraron y no tienen por qué volver. Cada uno de los seis hombres tendrá una llave igual. Bueno; ¿hay algo más?

—Informe de U. U es el que está vigilando la casa de Erie Mews. Mews ha salido de su casa hace unos minutos y U le sigue. No tardará en dar más noticias.

—Bien.

—Informe de Z, que vigila la casa de Mervieux. Sin novedad. Mervieux no se ha movido de su casa.

—Siga.

—Informe de T. Como Santos había terminado lo que usted le ordenó, le encargué de la vigilancia de casa de Parvez. En la casa misma, sin novedad. Pero T ha notado una cosa rara. Hay dos personas más vigilando la casa.

“Pensó al principio que serían agentes de policía, pero dice que no lo parecen. Está casi seguro que á él no le han visto.

—Que vigile a los que vigilan. Mándele otro que le ayude. Si alguno de los que vigilan se va, que le siga uno de ellos y se quede el otro vigilando la casa.

—Bien. Informe de Y recién llegado. El recorte que tiene no ha sido publicado en ningún periódico de Madrid. Todos —os de aquí dieron los nombres seguidos y no en columna.

—Me lo figuraba. Si hubiera tiempo, mandaríamos a Y a Cádiz en avión, pero necesitamos hacer las cosas más aprisa si es posible. Avise a uno de nuestros colaboradores de Cádiz inmediatamente. Explíquele lo del recorte. Que se entere de si alguien ha pedido seis ejemplares o más de alguno de los periódicos de allí de esa fecha y que consiga el nombre y señas si puede. Al mismo tiempo, que procure averiguar todo lo posible acerca de los náufragos, cómo llegaron y qué hicieron. Corre mucha prisa. Como Y queda disponible, mándele a reunirse con T.

—Conforme. Ahora llega un informe de Z. Acaba de llegar Eric Mews a casa de Mervieux, seguido de U. U confirma.

—Bien, curse usted todas las órdenes que le he dado. Me marcho, pero téngame al corriente.

Colgó el aparato y se levantó de su asiento. Las cosas empezaban a moverse por fin.

***

 

 

Justo Mervieux vivía en un caserón viejo, muy cerca de San Francisco el Grande. Z, metido en un portal oscuro cercano, vigilaba la puerta. Un poco más allá, en otro portal, aguardaba U.

El profesor Vardo pasó por delante del uno y del otro sin fijarse, al parecer en los dos hombres. Iba a pie y llevaba una capa negra sobre los hombros.

Entró en el portal del caserón y, aprovechando la oscuridad allí reinante, volvió la capa del revés, desapareciendo de vista.

Subió, despacio, la escalera y se paró a escuchar junto a la puerta del primer piso. Luego, satisfecho al parecer, sacó un instrumento del bolsillo, lo introdujo en la cerradura y, a los pocos momentos, sonó un leve chasquido. La puerta estaba abierta.

Entró y volvió a cerrar tras sí.

Se hallaba en un espacioso vestíbulo muy mal alumbrado. Durante unos instantes escuchó para orientarse. Le pareció oír un rumor de vocees por el lado derecho de la casa.

Avanzó por un pasillo y, siempre guiándose por el rumor, llegó a un saloncito cuya puerta estaba abierta.

Se paró delante de ella. Había dos hombres sentados dentro y por la descripción que tenía, reconoció en ellos al francés Mervieux y al inglés Mews.

El primero era seco, arrugado, de nariz ganchuda y pobladas cejas. Apenas tenía cabello, pero el que le quedaba no tenía ni una cana, a pesar de la edad que el hombre parecía tener. Su estatura, bastante baja, contrastaba con la de su compañero, que mediría por la menos un metro ochenta.

Mews tenía el cabello castaño y los ojos azules, pero hubiera podido pasar muy bien por español. Tenía la tez bronceada por el sol, lo que le hacía parecer moreno sin serlo.

Era él quien hablaba en aquellos momentos.

—Nos encontramos en el mismo caso-decía —. Usted hoy, mañana yo. Chindra es inexorable. Prendes, Grec y Ríos han caído ya. Supongo que no espera usted tener mejor fortuna.

“Reconozco que es preciso tomar una determinación, hacer algo para conjurar el peligro. Pero ¿qué? Los demás habían tomado sus precauciones y... ¡ya ve de qué les ha servido!

—En mi opinión-dijo Mews —, escogieron el peor medio de protegerse. Encerrarse en un cuarto es peligroso, porque no hay salida posible ni puede uno prever la de trampas que puedan haberle preparado dentro de su mismo refugio. No, Justo, yo no soy partidario de pasar las horas de peligro al aire libre.

—Tal vez tenga usted razón.

—No lo dude, la tengo. Si en la hora de peligro se encuentra uno en un lugar apartado, completamente abierto, de manera que nadie pueda acercarse sin que uno le vea, el peligro puede decirse que no existe.

—Pero, en plena noche...

—¿Qué más da? Puede hacerse igual que en pleno día. Aquí lo esencial es pasar las doce sin que nada nos haya ocurrido. Claro está que, si se salva usted esta noche, es muy posible que al mediodía vuelvan a intentar liquidarle, sin que ello suponga que me alarguen a mí el plazo por eso.

—Vamos a suponer que paso la noche sin novedad. ¿Qué adelanto después de todo? Aplazar el momento. Casi pienso que es mejor acabar de una vez. Por lo menos se ahorra uno la angustia de la espera.

—No, amigo Justo. Mi plan es el siguiente: a las horas de peligro, campo abierto. Pasada la hora, a trabajar para dar con el paradero de Chindra y acabar con él antes de que acabe él con nosotros. Día que pasa aumenta las probabilidades a nuestro favor. Un hombre como Chindra no puede pasar inadvertido mucho tiempo, sobre todo cuando se le busca con ahínco.

—En concreto, ¿que es lo que usted propone?

—Que desde este momento quedemos de acuerdo en reunirnos a las once y media de la noche todo lo más tarde. Juntos nos dirigiremos al sitio que convengamos para pasar la hora de peligro. Usted me defenderá a mí y yo le defenderé a usted. Nos protegeremos mutuamente. Si desde un principio nos hubiésemos puesto todos de acuerdo, tal vez no hubiera muerto ninguno.

—¿Usted cree que no corremos peligro fuera de esa hora?

—De sobra conoce usted a Chindra. Dijo que a las doce, y a las doce será. Tiene unas ideas muy especiales, y, una vez pasada la hora, no se meterá con nosotros hasta que vuelva a sonar. Ya ve usted que a todos les ha tocado a las doce...

Mervieux se quedó pensativo un rato. Luego preguntó:

—¿Ha hablado usted con Parvez?

—Aún no, pero pensaba hacerlo. Dudo que él se preste a acompañarnos, sin embargo. Es muy confiado. No le gusta perder de vista al dragón.

—¿Qué sitio escogemos para pasar las doce?

—He estado tratando de pensar dónde nos pillaría más cerca. De momento, sólo se me ocurre el paseo de Rosales. Ahí tendremos espacio suficiente a nuestro alrededor para que no pueda acercarse nadie sin que le veamos. Si acaso, ya pensaremos en otro sitio para mañana. ¿Le parece bien?

—Sí... a falta de sitio mejor... ¿Nos encontraremos allí?

—Vendré yo mismo a buscarle un poco antes de las once y media. Traeré el coche, conque estaremos allí en seguida. Entretanto, he dado la descripción de Chindra a una agencia de investigaciones para ver si dan con su paradero. He ofrecido pagarlo muy bien con que estoy seguro de que harán todo lo que puedan.

El hombre invisible no esperó más. Volvió al vestíbulo, abrió la puerta de la escalera y la cerró, silenciosamente, tras sí. Pocos instantes después se abría de nuevo y salía Mews. Se había marchado justamente a tiempo.

CAPÍTULO VIII

 

 

DOS CRIMINALES MENOS

—LES agradeceré que no esperen a mandarme las contestaciones cuando lleguen. Aquí tienen mi número de teléfono. Llamen a cualquier hora del día o de la noche y léanmelas. Me urge conocerlas cuanto antes-dijo Trévelez, entregando un manojo de radiogramas en la ventanilla.

El empleado le aseguró que no dejarían de hacerlo, y el director del Instituto salió del despacho que la Compañía de Telegrafía sin Hilos tiene en la calle de Alcalá, cerca de la entrada de la Gran Vía.

Tenía el coche parado fuera. Subió a él y volvió inmediatamente a la casa de la Plaza de Oriente.

Al entrar en el despacho, descolgó uno de los teléfonos.

—Garvez-dijo una voz.

—Informe.

—Informe de X. Los dos hombres volvieron juntos a casa de Pardo. Al poco rato salió éste otra vez y aguardó en el portal. Diez minutos más tarde pasó un coche particular por la calle. Al verle acercarse, Pardo se acercó al bordillo y echó algo dentro del automóvil al pasar éste de largo sin detenerse. X supone que echaría lo que se había llevado de casa de Grec. Hubiera seguido al coche, pero no vio ningún taxi por los alrededores. Sólo pudo fijarse en el número de matrícula. Sigue vigilando. Pero dice que nadie se ha acercado a los dos hombres ni se ha acercado a ellos nadie. Espera que den algún paso, sin embargo, porque los dos siguen juntos.

—Bien, ¿ha procurado usted averiguar a quién pertenece el coche?

—Sí, pero el criminal es demasiado astuto. Resulta que el número es falso. No hay ningún coche que tenga esa matrícula en Madrid.

—Era de suponer, después de todo. ¿Algo más?

—Informe de U. Mews ha salido de casa de Mervieux. Mientras se hallaba dentro, fue visto entrar también el profesor Vardo o, por lo menos, deduzco que era él por la descripción que hace U.

—Siga.

—Z. Confirma lo dicho por U. Mews se fue derecho a casa de Parvez y aun no ha salido.

—¿Algo más?

—T e Y dan cuenta de la llegada de Mews a casa de Parvez y confirman que aun no ha salido. Desde que están allí, el automóvil de Mews es el tercero en llegar. Hubo otros dos antes, pero eran taxis y no pudo ver quién iba dentro ninguno de los dos. Volvieron a marcharse en seguida.

—Continúe.

—Hay noticias de Cádiz. Pero no dicen nada nuevo, o casi nada. Los náufragos desembarcaron tal como publicó el periódico. Lo único que ha podido agregar es que llevaban equipaje. Por lo visto pudieron salvarlo en el bote en que les encontraron. Lo raro es que, en trance tan apurado, se preocuparon del equipaje siquiera.

—Al contrario-observó Trévelez —. Me hubiera sorprendido que no lo hubiesen hecho. ¿Algo más?

—De momento, no.

—Bien. Tome nota. Voy a darle instrucciones.

—Escucho.

—Esta noche, un poco antes de las once y media, Mews irá a casa de Mervieux. Los dos hombres saldrán juntos en el automóvil del primero y se dirigirán al paseo Rosales, frente a Marqués de Urquijo, si no me equivoco. Piensan quedarse allí hasta que hayan pasado las doce. Lo mejor será que U y Z se adelanten a ellos y se sitúen en sitios estratégicos desde los que puedan vigilarlos. Tendrán que llevar prismáticos o algo para verlos de lejos. No es conveniente que se acerquen. Ambos hombres van allí porque se creen más seguros al aire libre que en sus respectivas casas. Irán armados. Si ven acercarse a alguien, seguramente dispararán contra él sin avisar.

—Entendidos. Pero, ¿no hay que vigilar las casas?

—No es necesario. Es posible que se intente cometer un robo en ellas. No obstante, lo más probable es que se aguarde a la muerte de los dos hombres que, por su parte, están tomando las únicas precauciones posibles para salvarse.

—Bien.

—Seguiré aquí por ahora. Si volviera a salir, le avisaría.

—Conforme.

Trévelez colgó el auricular. A los pocos minutos, sin embargo, hubo de descolgarlo otra vez. Garvez le llamaba.

—Informe de X-dijo —. Han subido de la tienda de la esquina a casa de Pardo a decirle que le llamaban por teléfono. Pardo ha bajado. Después de unos momentos, ha vuelto a subir a casa y ha bajado inmediatamente con su compañero. Se han dirigido a casa de Mews. Dice X que ahora están dentro. Un momento...

Hubo una pausa durante unos minutos. Luego:

—Nuevo informe de X. Han salido ya. Han encontrado lo que buscaban. Han tomado un taxi y dado las señas de Mervieux. X les sigue en otro taxi.

—Me parece que empiezo a ver un poco más claro en este asunto-observó Trévelez —. ¿Algo más?

—No... ¡sí! Un momento.

Nueva espera.

—Informe de U. Mervieux ha salido precipitadamente. Le sigue.

—Es evidente que le habrán llamado por teléfono o algo para alejarle de casa con una excusa.

—Sí.

—Si consiguen apoderarse de esa llave, tendrán cuatro. Aunque consigan quitarle a Parvez la suya también, seguirá faltándoles una, la que yo tengo.

Colgó de nuevo. Cosa de diez minutos más tarde supo que los dos hombres habían llegado a casa de Mervieux, con éxito completo al parecer.

Mervieux acabó volviendo a su casa de muy mal humor. T y su compañero seguían anunciando que en casa de Parvez no había novedad Mews había marchado ya y se supo por Z que había regresado a su domicilio.

Transcurrieron las horas.

Trévelez telefoneó a Garvez anunciándole su propósito de salir a cenar.

Fue a un restaurante de la calle Arenal y comió tranquilamente.

Al regresar a casa supo que no había habido noticia alguna desde su marcha y, le dijo a Garvez que se fuera a cenar a su vez y que él montaría la guardia.

Se hizo una taza de café y se la estaba tomando, cuando sonó uno de los dos teléfonos.

Lo descolgó, era la compañía de Radiotelegrafía.

—¿El señor Trévelez? —preguntó una voz.

—Yo soy.

—Han llegado varios radiogramas para usted. Antes de mandárselos a su casa, voy a leérselos por teléfono.

—Escucho.

—Dos de ellos vienen cifrados. Se los iré dictando letra por letra para que lo anote. ¿Está preparado?

Trévelez acercó unas hojas de papel al teléfono y tomó un lápiz.

—Ya puede dictar.

El empleado fue deletreando los mensajes mientras Trévelez escribía.

—Ya están-dijo el hombre por fin —. Ahora le leeré el último.

—Bien.

—Dice:

 

«Famoso comerciante en antigüedades. Especializa en cosas orientales. Tiene su oficina central en Bombay. Agentes por todo Oriente. Se hallaba en Birmania a raíz de la invasión japonesa. Se desconoce su actual paradero. Gerente suyo en Birmania llamábase Parvez. Agentes compradores en el mismo país: Prendes, Grec, Ríos, Mervieux, Mews, Garandez. Paradero de éstos desconocido aquí también»

 

—Nada más. Lo firma «Singh»..

—Muchísimas gracias.

—De nada. Disponga. Recibirá usted los originales dentro de unos minutos.

—Bien.

Trévelez cogió otro papel y se puso a descifrar los otros dos telegramas. Debió ser muy interesante lo que decían, porque cuando acabó con ellos, exhaló un suspiro de satisfacción.

No tardó mucho en volver Garvez de cenar y, cuando lo hizo, entró en el piso de Trévelez.

—Veo que ya ha tomado usted café —dijo—. Con su permiso, voy a hacerme yo una taza también.

—Haga dos y le acompañaré-contestó Trévelez.

Garvez se acercó a la mesita del rincón y puso la cafetera en marcha.

Estaban tomando el café cuando sonó el timbre del teléfono con insistencia.

Trévelez se puso al aparato.

—¡Es X! —dijo, con sorpresa.

—Le di el número de usted también por si no me encontraba a mí y quería llamarme. Lo que no comprendo es por qué usa el teléfono.

Trévelez no contestó. Estaba escuchando. Era imposible adivinar lo que oía por su semblante. No cambió de expresión en todo el rato. Al cabo de unos minutos dijo:

—Está bien. Mande usted el reloj. No recibirá nuevas órdenes hasta que lo tenga.

Y colgó.

—Ha sucedido algo imprevisto-anunció, dejándose caer en un sillón.

Alzó la taza de café y bebió un sorbo.

—Pardo y su compañero volvieron a casa después de haber llevado a cabo los dos robos. Es evidente que habían recibido instrucciones de antemano, porque no se movieron de allí hasta hace unos momentos, y, aun entonces, no hicieron más que salir al portal.

“Como la vez anterior, apareció de pronto un coche por un extremo de la calle. Era el que esperaban. Se acercaron al bordillo. El coche se detuvo esta vez, aunque con el motor en marcha. Pardo echó algo dentro, seguramente las llaves. Cuando arrancó el automóvil de nuevo, asomó el cañón de una pistola ametralladora por la ventanilla y barrió la acera con un par de ráfagas. Una de las balas le dio de rebote a X, rompiéndole el reloj. Por eso ha tenido que hacer uso del teléfono. Afortunadamente no ha sido herido.

En cuanto a los dos criminales, cayeron acribillados. X se acercó a ellos y comprobó que estaban muertos. No quiso esperar más por miedo a que le detuvieran en cuanto apareciese la policía.

CAPÍTULO IX

 

 

EN EL PASEO DE ROSALES

—¡ADIÓS nuestras esperanzas de averiguar algo por ese lado! —murmuró Garvez, cuando dejó de hablar su compañero.

—No es eso lo peor-respondió el otro —. ¿No se da usted cuenta de lo que eso significa?

—Que quedan dos criminales menos.

—Cuando un criminal empieza a deshacerse de sus secuaces-dijo Trévelez —, ello significa que ya no los necesita y que le estorban. Esos hombres habían cumplido ya con su misión, pero sabían demasiado. Conque el misterioso jefe les tapó la boca para siempre.

—Eso es evidente, pero...

—Veo que aun no comprende usted todo el alcance del suceso. Lo ocurrido demuestra que Pardo y su compañero eran absolutamente innecesarios. Y sólo podía serlo habiendo logrado el criminal todo lo que se proponía, o habiendo asegurado que nada podía fallarle ya.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Que me parece que no pasará la noche sin que tengamos muy malas noticias!

Consultó el reloj. Eran las once.

—Voy a marcharme-dijo —. ¿Tiene usted llaves del portal?

Garvez le entregó una llave en silencio.

—¿Está el coche abajo?

—Sí.

Sonó de nuevo el teléfono. Garvez se puso al habla.

—Sí-dijo; —Barcelona al habla. Garvez. No... Hizo usted muy bien en llamar a este número, para eso se lo había dado... Diga.

Escuchó un rato.

—Bueno, muchas gracias-dijo por fin —. No, nada más de momento... Adiós.

Volvió a colgar.

—Conferencia de Cádiz-anunció, volviéndose a Trévelez —. Ha descubierto nuestro colaborador el periódico al que fueron pedidos seis ejemplares del diez de febrero.

—¿Sí? ¿Quién los pidió?

—Me parece que hemos estado perdiendo el tiempo. Los pidió un tal Jaime Fernández, de Madrid, y se los hizo mandar á Lista de Correos.

—En efecto, toda esa investigación ha sido una pérdida de tiempo. Quien se hizo mandar eso a Lista de Correos, lo hizo por no dar a conocer su dirección y sería una estupidez, después de tanta precaución, dar su verdadero nombre. Podemos dar por seguro que no se llama así el que pidió los periódicos. La verdad es que, habiendo comprobado el ingenio del criminal, me hubiese extrañado que no hubiese procurado ocultar su pista en eso.

—¿Qué piensa usted hacer ahora?

—No lo sé a ciencia cierta. Haré lo que me dicten las circunstancias. Hasta luego.

Dio media vuelta y salió.

***

 

 

Un automóvil bajó a toda velocidad por la calle de Bailén en dirección a la calle de Ferraz. A1 volante iba sentado un anciano de blanco cabello sobre cuyas encorvadas espaldas flotaba una negra capa.

Al llegar a la entrada misma del paseo de Rosales, sonó una explosión y el coche patinó. Se había pinchado un neumático.

Soltando una exclamación, el anciano paró el automóvil y echó pie a tierra. Un breve examen le bastó para comprender que necesitaría cambiar por completo la rueda para seguir adelante. Consultó su reloj. Era muy tarde. Iría más aprisa a pie que si esperaba a tener arreglada la avería.

Su primera intención había sido seguir por la calle de la Princesa hasta Marqués de Urquijo y dejar allí el coche. Pero, yendo a pie, le tenía más cuenta entrar en el paseo por aquel extremo y así lo hizo.

Cuando estuvo seguro de que nadie le observaba, dio la vuelta a la capa y se echó el capuchón.

No llevaba mucho rato andando, cuando los faros de un «auto» procedente de la calle Ferraz iluminaron el paseo. Aunque, como es natural, no podía distinguir quién iba dentro, el hombre invisible estaba convencido de que lo guiaba Mews y que Mervieux iba sentado junto a él.

El automóvil pasó a su lado a toda velocidad. Yuma apretó el paso. De no haber sido por el accidente, hubiese llegado al lugar convenido antes que ellos y tal vez hubiera ideado, sobre el terreno, mejor medio de protegerles.

Llegó a la altura de la calle del Buen Suceso. Desde allí volvió a ver al automóvil. Estaba parado frente a Marqués de Urquijo, en medio de la plazuela, con todos los faros encendidos Seguramente pensaban sus ocupantes que así sería más difícil que se acercara nadie sin ser observado.

Se detuvo a unos metros del coche y lo examinó. Como había supuesto, los ocupantes eran los dos hombres cuya vida estaba amenazada. No habían permanecido sentados junto al volante, sin embargo. Ambos estaban en el interior del coche, arrodillados, con las ventanillas abiertas.

Distinguió el contorno de la cabeza de Mervieux en una de ellas y el de la de Mews en la otra. Aunque no lo veía, daba por seguro que ambos estarían vigilando pistola en mano.

A los agentes de Trévelez no los vio por parte alguna, aunque era de suponer que no andarían lejos. Sin saber qué partido tomar, el hombre invisible empezó a dar la vuelta alrededor del coche, escudriñando las sombras por ver si alguien se ocultaba en ellas.

Durante todo este tiempo, en ningún momento se había hallado a menos de diez metros del vehículo parado. Consultó su reloj. Eran las doce menos cinco.

Siguió dando la vuelta.

Aún no la había completado cuando, en un reloj, lejano, sonó la primera campanada de la hora.

¡CRAAAAC!

Una explosión formidable que pareció desgarrar hierro y acero y arrancarle metálicas y estridentes quejas, hizo mil pedazos el silencio de la noche.

Una viva llamarada iluminó, brillantemente, las inmediaciones.

El automóvil parecía haberse convertido en gigantesca granada que esparcía metralla en todas direcciones.

Fue tan horrenda la explosión y tal la fuerza de la onda explosiva que, a pesar de hallarse tan lejos, el hombre invisible se sintió levantado en vilo y arrojado violentamente contra el suelo, donde quedó casi sin conocimiento.

CAPÍTULO X

 

 

EN LA TRAMPA

YUMA se levantó, lentamente, del suelo y quedó un instante indeciso, tambaleándose. Al ser alzado en vilo se le había caído la capa, pero tardó un buen rato en darse cuenta de ello.

En cuanto pudo coordinar de nuevo, vio a poca distancia un bulto negro y fue a recogerlo, creyendo que era la capa perdida. No hizo más que inclinarse, sin embargo, cuando retiró vivamente la mano.

Aquel bulto era una piltrafa humana.

Antes de dar con la capa encontró varios otros bultos parecidos. Por fin dio con lo que buscaba, se envolvió en la capa y se echó la capucha.

Era innecesario preguntarse qué había sido de Mervieux y de Mews: los trozos que encontrara declaraban, con elocuencia, la suerte que habían corrido.

En el lugar ocupado momentos antes por el automóvil, veíase ahora un cráter humeante, mudo testigo de la potencia del explosivo que había segado dos vidas a la segunda campanada de las doce.

Todos los alrededores estaban sembrados de trozos de metal retorcidos.

La destrucción no podía haber sido más completa.

Mervieux y Mews, queriendo aislarse, se habían llevado la muerte consigo, encerrada en su coche.

Algo así se había temido Yuma y por esa había acudido al lugar. Era cierto que su presencia nada había evitado, pero no lo era menos que aquella tragedia desvanecía las pocas dudas que le quedaban, y remachaba, por decirlo así, uno de los últimos eslabones de la cadena, completaba la serie de datos que señalaban en una dirección y en una sola.

Nada podía hacer ya allí y tenía mucho que hacer en otros sitios.

Aquella noche no dormiría Yuma, porque veía claro su camino.

Echó a andar hacia donde había dejado abandonado su coche. Empezaba a aparecer gente ya, atraída por la explosión y la llamarada que muchos vieron desde lejos. ¿Qué explicación se daría a lo sucedido?

Reflexionando, pasando revista a todos los datos, que conocía, Yuma fue atando cabos, haciendo deducciones, reconstruyendo los hechos con una intuición maravillosa. Sólo le faltaba saber por qué habían ocurrido todas las muertes a las doce de la noche o del día, lo demás creía haberlo interpretado todo exactamente.

Antes de salir de las sombras del paseo de Rosales se había convertido de nuevo en el profesor Vardo, envuelto en una larga capa negra.

Sacó las herramientas del coche, preparó la rueda de repuesto que llevaba, alzó la averiada con un gato, la desmontó y puso la otra en su lugar. Era cerca de la una cuando dio fin a su trabajo y subió al coche, siguiendo hacia la calle de la Princesa como había sido su primera intención.

Al llegar a Marqués de Urquijo torció a la derecha por Carranza y Génova. Cruzó el paseo de la Castellana y no paró hasta encontrarse cerca del extremo de la calle de Serrano. Allí dejó el automóvil y continuó su camino a pie, convertido en hombre invisible de nuevo.

Su destino era un hotelito rodeado de frondoso parque y, no bien llegó a él, se encaramó a la tapia y se dejó caer al otro lado. No intentó acercarse a la puerta siquiera. Sabía que estaba vigilada y, aunque él fuera invisible, una puerta no se abre sola sin hacer que investigue el que la esté guardando.

Dio la vuelta a la casa buscando una ventana que no estuviera iluminada porque, a pesar de la hora, no se habían apagado todas las luces de la casa.

Al llegar a la parte de atrás, le llamó la atención una construcción extraña, separada por completo del edificio principal. Tenía la forma de una torre romana y, por sus ladrillos, se veía que era de época mucho más reciente que el hotelito en sí. Casi parecía recién alzada.

Dio la vuelta a la torre, pero, por más que miró, no pudo encontrar puerta alguna ni ventana en ella. ¿Era posible que fuese maciza? ¿Para qué se había construido?

Decidió investigar la misteriosa torre detenidamente más tarde. De momento, lo que le interesaba era meterse, en el edificio principal.

Halló una ventana a su gusto y la abrió sin dificultad con ayuda de un instrumento que sacó del bolsillo. Entró y la volvió a cerrar para no llamar la atención de los centinelas que pudieran rondar por el parque, pues era muy posible que los hubiera.

Permaneció inmóvil unos momentos, intentando acostumbrar la vista a la oscuridad. Luego, comprendiendo que no lo conseguiría al ser ésta demasiado profunda, encendió una lámpara de bolsillo durante una fracción de segundo.

Aquello le bastó para darse cuenta de que se hallaba en un comedor y para fijarse en el sitio en que se hallaba la puerta. Se acercó a ella, escuchó y hasta miró por la cerradura para averiguar si había luz fuera. Ni se oía ni se veía nada.

La abrió con cuidado para que no chirriaran las bisagras y salió a un corredor. Por aquel lado no se veía luz en parte alguna.

Echó a andar hacia la parte delantera de la casa. De pronto sonó un timbre tres veces, se abrió una puerta y un raudal de luz cayó sobre el otro extremo del corredor. En el umbral de la puerta apareció un hombre.

Yuma apretó el paso, pero, antes de que hubiera llegado, la puerta se volvió a cerrar y sonaron los pasos del hombre que se alejaba. El hombre invisible se inclinó y miró por la cerradura. No pudo ver más que el extremo de una mesa sobre la que estaba apoyado un brazo.

Habiendo alguien en el cuarto, era preferible esperar y así lo hizo.

A lo lejos, en lo que supuso el vestíbulo, se oyó rumor de voces, luego, pasos de nuevo. Pero esta vez parecían los de dos personas. Se echó a un lado de la puerta-el lado más apartado de la parte delantera de la casa-y aguardó.

Los pasos se acercaron. Oyó una maldición y un comentario:

—¿Por qué rayos no encendéis las luces de este pasillo? ¿Queréis que se estrellen las visitas?

Una risa le respondió y otra voz dijo:

—No necesitamos luz para nada. De sobra conocemos el camino. Y ya va siendo hora de que lo conozcas tú también.

—Aunque viva mil años-contestó el primero que había hablado —, nunca comprenderé por qué ha de andarse a oscuras cuando se tiene luz.

—Lo creo-respondió el otro, con sequedad; —hay muchas cosas que tú no comprendes y que supongo que nunca comprenderás.

Llegaron a la puerta. Yuma hubiera pedido tocarles con sólo alargar la mano. Abrieron. La luz del cuarto iluminó el rostro de los dos hombres-rostros brutales, despiadados, de gente que no conocía el significado de la compasión.

Durante los breves instantes que permaneció la puerta abierta, aun tuvo tiempo el hombre invisible para echar una mirada al interior.

El cuarto era pequeño. No contenía más que una mesa de despacho, una estantería llena de libros, un sofá y dos sillones. A la mesa estaba sentado un hombre de cuarenta y tantos años, delgado, de afiladas facciones y nariz ganchuda. Tenía el cabello entrecano y expresión de mal humor. Sus dedos, delgados y largos, tabaleaban sobre la mesa. Era extraordinariamente nervioso al parecer y apenas podía estarse quieto un momento.

—¡Ya era hora que llegaras! —exclamó.

Cerróse la puerta en aquel momento tras los dos hombres y Yuma hubo de aplicar el oído a la cerradura para poder seguir la conversación.

—No he podido venir antes-contestó el recién llegado —. Me habíais exigido que no me presentase sin las llaves y hasta ahora no me las han dado. Aquí están.

Se oyó el ruido de algo que caía sobre la mesa.

Hubo un momento de silencio.

—Aquí no hay más que cuatro-dijo el hombre delgado por fin —. ¿Dónde está la otra, Méndez?

—Eso quisiera saber yo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que aquí están las de Mervieux, Mews, Grec y Prendes, pero falta la de Ríos.

—¿No han ido a buscarla?

—Aseguran que registraron la casa desde la buhardilla hasta los sótanos sin encontrarla.

—¡Tiene que haber estado allí!

—Pues según ellos, no estaba. Pensaron que tal vez se la hubiera llevado Flandes.

—No pudo hacerlo. No estuvo en la casa para nada. A propósito, ¿qué ha sido de él?

—Seguimos sin saber una palabra. Según dicen, cuando subían al «auto» para marcharse después de la muerte de Ríos, alguien disparó contra ellos. Flandes aun estaba en el estribo y resultó alcanzado, cayendo al suelo. Forgas intentó apearse para recogerle, pero una bala se estrelló a dos dedos de sus narices y tuvo que renunciar a ello. De todas formas, su impresión era que Flandes había muerto.

—Si hubiese muerto hubiera sido encontrado su cadáver. Los periódicos hubieran hablado del asunto. Y, hasta la fecha, no han dicho una palabra. ¿Quién disparó contra el coche?

—Ese es un misterio tan grande como la desaparición de Flandes. Forgas creyó que se trataba de la policía y por eso no aguardó, pero, ahora, ni él ni yo creemos que fuera así.

—Ni yo tampoco. Ordené que se investigara.

—Se ha investigado, pero nada se ha descubierto. Quienquiera que fuese no ha vuelto a dar señales de vida.

—¿Estás seguro de que no se trataría del mismo que estuvo en la relojería?

—Ese salió de Madrid. Se le vio sacar billete y tomar el tren.

—Eso no quiere decir nada. No comprendo aún cómo pudo salvarse de lo que le preparasteis en el hotel, pero el hecho de que lo consiguiera demuestra que no tenía nada de tonto. De un hombre así se puede esperar un rasgo genial. Supondría, con motivo, que estaba vigilado y que, mientras permaneciera en el hotel, su vida corría peligro. Por consiguiente, se despediría y fingiría marcharse de Madrid. Tendría suficiente inteligencia para sacar billete, puesto que se sabía vigilado, y tomaría el tren.

“Pero, una vez fuera de Madrid, ¿quién le impedía que se apeara en la primera estación y volviese?

—Nadie, en efecto.

—Seguramente acabaremos descubriendo que eso es lo que ha sucedido. Ese hombre es peligroso. Si fue él quien disparó allá en casa de Ríos, es evidente que sabe o sospecha más de lo conveniente para nuestra seguridad. Hay que encontrarle y acabar con él. Encárgate de eso. Que se le busque por todo Madrid. Y será mucho mejor que se le mate donde se le encuentre. Así no hay peligro de que se nos escape. Empiezo a creer que ha sido él quien se ha llevado a Flandes. Sabemos que no está preso, no se ha encontrado su cadáver ni se le ha visto por parte alguna. Sólo puede estar prisionero. Quizá ese hombre espere poder hacerle hablar.

—Por ese lado estoy tranquilo. No creo que haya nadie capaz de hacerle hablar a Flandes, pero, aunque lo hubiera, perdería el tiempo. Flandes no sabe bastante para poder comprometernos.

—Sea como fuere, lo de la llave me tiene desconcertado. Habrá que registrar la casa otra vez. A menos... ¡Claro! ¡Eso es lo más probable!

—¿Qué?

—¡El que disparó! ¡Tiene que haber sido él quien se llevara la llave! ¡Ahora sí que no hay más remedio que dar con su paradero! Y ¡no le matéis hasta haber encontrado la llave! Vamos, no pierdas un momento. Ve ahora mismo a dar las órdenes oportunas Hay que empezar a buscarle inmediatamente.

—Voy. ¿Me acompañas, González?

—Ve tú solo. Tengo que hablar con González.

—Yo no soy gato y no veo en la oscuridad.

—Con las veces que has estado aquí debieras saber andar por la casa aunque perdieras la vista. Anda, vete. Deja la puerta abierta y verás mejor. No me interesa que se enciendan las luces del pasillo. Tengo mis motivos para ello.

Yuma se separó de la cerradura al oír los pasos de Méndez. El hombre salió al pasillo refunfuñando y dejó la puerta abierta de par en par.

Aprovechando esto, el hombre invisible se asomó al cuarto. El llamado González estaba sentado frente su jefe y de espaldas a la puerta. El hombre delgado lo miraba con una cruel sonrisa en los labios.

—No me fío de Méndez-dijo —. En cuanto haya cumplido la que le he ordenado...

González le interrumpió.

—Puede volver y oírnos-dijo.

El otro alargó la mano y oprimió un timbre que tenía sobre la mesa.

—Ahora estamos a cubierto de toda sorpresa-anunció —. Si viene sin que le oigamos, peor para él.

Previendo que iba el otro a bajar la voz y queriendo oír todo lo que le fuera posible, Puma decidió entrar en la habitación y acercarse. Entonces comprendió, demasiado tarde, lo que el gesto del hombre delgado y sus palabras significaban.

¡El suelo cedió bajo sus pies!

Hizo esfuerzos desesperados por salvarse, pero todo fue inútil. Un trozo del suelo se hundió y le precipitó en el vacío sin que González ni su jefe se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo.

CAPÍTULO XI

 

 

LA TORRE DEL DRAGÓN

SI grande fue la sorpresa de Yuma al precipitarse por la trampa, aun fue mayor la de aquellos entre quienes cayó.

Porque, tras recorrer una distancia pequeña, fue a aterrizar en el centro de una habitación subterránea en la que había reunidos cuatro hombres.

Afortunadamente para él, había logrado mantenerse bien envuelto en su capa al caer, de forma que seguía siendo invisible, pero el impacto de su cuerpo fue oído claramente.

Dos de los hombres, que estaban vueltos de espaldas, se volvieron bruscamente, pistola en mano, al oír el golpe. Los otros dos se frotaron los ojos y miraron al punto en que había sonado el ruido, alzando luego la vista hacia el techo.

—¿Habéis oído algo vosotros? —preguntó uno de ellos, con cara de asombro.

—Ha sido un golpe bien fuerte-aseguró otro —. Hubiera jurado que había caído alguien por la trampa.

—Eso creía yo, pero aquí no hay nadie. Como no lo hayamos soñado...

—Los cuatro no íbamos a habernos imaginado la misma cosa al mismo tiempo-objetó uno, con bastante lógica.

—Entonces... ¿cómo os lo explicáis vosotros?

—Yo no me lo explico de ninguna manera. Pero aquí ha sonado un golpe.

—¡A ver si va a resultar que hay aquí duendes! —exclamó uno, soltando una carcajada.

Los dos que habían estado de espaldas miraron a los otros dos, frunciendo el entrecejo.

—Supongo que no habréis querido gastarnos una broma vosotros, ¿verdad? —dijo uno de ellos, en tono amenazador.

Uno de los interpelados se picó.

—No me gusta tu tono, amigo-dijo.

—A mí, cuando me hables, lo haces como es debido.

—A, ti te hablo yo como me da la gana y como te mereces.

La cuestión empezaba a agriarse. Uno de los otros intervino.

—No lo toméis tan a pecho-dijo —, después de todo, la cosa no tiene importancia. Una broma...

—Pero ¡si yo no he gastado ninguna broma! —exclamó el otro, exasperado—. ¿Por qué os empeñáis en echarme la culpa a mí cuando no la tengo?

Durante esta discusión, Yuma se había puesto en pie. No se había hecho mucho daño porque, como hemos dicho, la distancia que existía entre la trampa y el suelo del cuarto subterráneo era pequeña.

Seguramente aquellos hombres tendrían la orden de apresar, o tal vez matar, a todo el que cayera allí dentro. El mero hecho de que se hallaran allá suponía una salida secreta. Por algún lado tenían que haber entrado allá. Lo que más le interesaba de momento era dar con ella.

Se veía la boca de dos pasillos en el cuarto-uno a la derecha, otro a la izquierda.

No tuvo necesidad Yuma de escoger, porque las circunstancias se encargaron de hacerlo por él.

Los hombres que discutían estaban apiñados junto al pasillo de la derecha y era de todo punto imposible pasar por ahí en aquel momento. Por consiguiente, tiró por el de la izquierda, dejando que los cuatro guardianes discutiesen a sus anchas.

Así como el cuarto subterráneo estaba iluminado, los pasillos se hallaban sumidos en las más profundas tinieblas. Como ya sabemos, Yuma llevaba una lámpara de bolsillo, pero no quiso usarla, prefiriendo andar a tientas de momento.

Por fin, notando que doblaba un recodo y que, por lo tanto, la luz no podría ser vista por los guardianes, se atrevió a encenderla. Vio que las paredes y el techo estaban revestidos de cemento y que, un poco más allá, se bifurcaba la galería.

Siguió adelante hasta llegar al punto en que esto ocurría, sin saber por cuál de los dos ramales tirar. Un detalle le decidió, sin embargo. Mientras uno de los ramales se perdía en la oscuridad sin presentar obstáculo alguno, el otro tenía el paso cortado por una profunda zanja en la que se hubiera precipitado sin remedio, de haber intentado internarse por ella en la oscuridad.

Aquel obstáculo, que a otro le hubiera hecho vacilar, surtió el efecto contrario en Yuma. Dedujo que, puesto que se habían tomado medidas para impedir que entrara nadie por allí, era más probable que condujese a la salida.

En alguna parte del pasillo debía haber una plancha o algo que sirviera para cruzar el abismo, pero no quería perder tiempo buscándola. A pesar de ser bastante ancho, calculó que le sería posible salvarlo de un salto.

Se quitó la capa, la dobló cuidadosamente y se la metió en el bolsillo. Si intentaba saltar con ella corría el riesgo de que se le enredara en las piernas y le hiciera caer.

Si apagaba la luz, no vería el borde de la zanja. No tenía más remedio que mantenerla encendida y confiar que, en movimiento, le iluminaría lo bastante para que no se precipitara en el agujero.

Tomó cuanta carrerilla le permitió la pared del túnel, llegó al borde y dio un prodigioso salto.

Durante un momento temió que hubiese saltado corto, pero, por fortuna, uno de sus pies pisó en firme y el mismo impulso de su salto, al fallarle el otro, le hizo caer de bruces a la orilla misma de la zanja.

Se levantó del suelo, recogió la lámpara que se le había escapado de la mano y rodado un poco más allá, sacó la capa y se la volvió a poner. Siguió andando y, a los pocos metros, se encontró al pie de una escalera de caracol, donde terminaba la galería aquella.

A pesar de lo empinada que era, apagó la luz. No sabía dónde le conduciría y era peligroso hacer uso de la luz, pues si ésta era vista por alguien desde arriba, podría caer en una trampa de la que le fuera más difícil librarse.

Muy despacio, probando a cada escalón antes de atreverse a apoyar sobre él todo su peso, emprendió la ascensión. Era posible que hubiera otras trampas y la única manera de protegerse era ir adelante can cautela.

Iba contando los escalones a medida que ascendía y, haciendo un cálculo aproximado de la altura de cada uno de ellos, calculó que debía hallarse ya muy cerca del nivel del suelo exterior. Extremó entonces su cautela, has tinieblas seguían siendo profundas, cosa que achacó a que aquella salida debía dar a algún punto del parque, seguramente entre maleza que ocultaba la boca, porque, juzgando por la distancia que llevaba recorrida, no debía hallarse ya debajo de la casa.

Le aguardaba una sorpresa, sin embargo. Rebasó la altura a que había calculado que se hallaba el piso sin que terminara la escalerilla de caracol.

No fue hasta haber subido diez o doce escalones más que empezó a darse cuenta de la verdad.

¡Aquella escalera acedía por el centro de la torre que había visto en el jardín!

No cabía otra explicación.

Al ocurrírsele esto, se dio cuenta de otra cosa también. ¡Por allí no saldría de su encierro! La torre aquella no tenía ventanas ni puertas y, además, era evidente que la escalera conducía a la parte más elevada de la extraña construcción.

Pensó volver atrás y probar suerte por la otra galería, pero, ya que se encontraba allá, decidió seguir adelante a ver si daba con la explicación, con algo que justificara la existencia de la torre singular.

Una cosa le llamaba la atención. Aquella escalera no llenaba más que una parte muy pequeña de la torre. ¿Era posible que el resto fuera macizo? ¿Habría algo más en ella para el que conociese la manera de encontrarlo?

Para precaverse contra cualquier trampa, había ido subiendo a gatas. De pronto, sus manos no encontraron más escalones. Estiró los brazos y buscó a su alrededor. No toparon sus dedos con cosa alguna. Sus manos resbalaron sobre lo que parecían baldosas.

Subió los últimos escalones y se quedó inmóvil, escuchando. El silencio era tan completo como la oscuridad. Aguardó unos instantes más antes de encender la luz. Luego, alzó la lámpara de bolsillo a la altura de su cabeza y oprimió el botón.

La brillante luz de la lámpara no bastó para iluminar toda la estancia en que se encontraba, pero sí hizo resaltar sus características principales.

Era un cuarto completamente redondo, como comprobó Yuma al mover la luz. No tenía más salida aparente que la escalerilla por la que él había subido, que se hallaba junto a la pared.

El suelo estaba cubierto de baldosas de un complicado dibujo oriental que le daba cierto barbárico esplendor.

En el centro mismo campeaba la figura de un dragón chino, cuyos ojos centelleaban, rojizos, al herirlos la luz. Estaba tan bien hecho y era su postura tan natural, que parecía vivo. Era de un color verdoso, teniendo sus escamas el borde dorado, lo que, producía un efecto sorprendente.

Debajo del dragón, en el pedestal, había una puerta. El tirador, dorado, tenía forma de dragón también.

Durante unos momentos el hombre invisible permaneció inmóvil contemplando el sorprendente cuadro. Luego dio un paso hacia el centro del cuarto.

Inmediatamente se desvanecieren por completo las tinieblas. Potentes luces ocultas, enfocadas, entraron en acción. Un rayo de potente luz roja dio de lleno en las fauces entreabiertas del dragón. Otro, verdoso, acarició su lomo. Una luz blanca iluminó el pomo de la puerta. El cuadro entero se bañó en luz policroma y difusa.

Yuma apagó la lámpara suya y se la guardó. Comprendía lo ocurrido. El que entraba en la estancia establecía un contactó al pisar los primeros ladrillos, haciendo que las luces se encendieran.

Se aproximó al pedestal y examinó el dragón de cerca. Era una verdadera obra de arte, pero no acababa de comprender su significado.

Desde luego, no cabía duda de que estaba relacionado con los asesinatos, puesto que, en cada caso, se habían cometido éstos para apoderarse de una llave que llevaba como adorno un dragón, el cual, al propio tiempo, parecía constituir la contraseña de los componentes de la cuadrilla.

Tal vez se ocultara la solución del misterio tras la puerta que había delante de él.

Examinó el tirador y sus alrededores. No se veía el agujero de ninguna cerradura. O bastaba hacer girar el tirador para abrir la puerta, o habría algún resorte secreto.

Yuma alargó la mano, asió el tirador, quiso hacerlo girar.

El efecto fue maravilloso.

El dragón pareció cobrar de pronto vida. Todas las luces se apagaron tan bruscamente coma se habían encendido, pero la oscuridad no fue completa.

Los ojos del dragón despedían una intensa luz rojiza que iluminaba el pedestal como con resplandor de fuego. La cola azotó el aire. La cabeza se alzó, abriéronse más sus fauces y sus fosas nasales empezaron a despedir un vapor luminoso.

Toda esta transformación se había operado en un segundo. Yuma soltó el tirador y alzó la cabeza, recibiendo en pleno rostro el aliento del dragón.

Sintió que empezaba a darle vueltas la cabeza. Hizo un esfuerzo por saltar atrás, apartarse de la trayectoria del vapor luminoso, pero no pudo. Estaba perdiendo el conocimiento y lo sabía. Mientras luchaba en vano por mantenerse despejada la cabeza, se dio cuenta, vagamente, de que algo se movía bajo sus pies.

Era el suelo que cedía y le precipitaba por un oscuro pozo. Pero esto no llegó a verlo Yuma, porque ya había perdido el conocimiento.

CAPÍTULO XII

 

 

EL MISTERIO DE LAS SEIS LLAVES

YUMA volvió, lentamente, en sí. Tenía la boca seca, como si le hubieran dada cloroformo.

Poco a poco, mientras yacía inmóvil, fue coordinando y recordando todo lo que le había ocurrido.

¡La torre del dragón! ¡El aliento venenoso!

Se acordó de que, momentos antes de perder el conocimiento, había sentido moverse el suelo.

¿Dónde estaría? ¿Dónde habría caído?

Movió las manos y tocó por un lado la pared; una pared circular evidentemente. ¿Estaría en el fondo de un pozo?

Logró levantarse, pero tuvo que apoyarse en el apuro y aguardar, porque el movimiento le produjo náuseas y notó que las nubes empezaban a descender de nuevo sobre su entendimiento.

Quedóse quieto, luchando por no perder de nuevo el conocimiento. Al cabo de unos minutos, aunque muy inseguro aun sobre los pies, sacó la lámpara de bolsillo. Por fortuna, la caída no la había estropeado y se encendió en cuanto Yuma apretó el botón.

Vio delante de él una pared circular, tal como le había revelado ya su tacto. Dio media vuelta.

Se hallaba en un pozo, en efecto, pero no en un pozo cerrado por completo. Por aquel lado había una especie de ventana de un metro de altura cerrada por fuertes y entrecruzados barrotes.

Asomóse a ella e introdujo el brazo, armado de la lámpara, por los barrotes.

Al otro lado había un cuarto que, dado el ángulo en que se encontraba, le era imposible ver por completo. El suelo estaba cubierto de baldosas de diseño oriental también y, en el rincón que le era visible, veíase una escalera de caracol, seguramente la escalera por la que hubiese podido bajar de haber podido entrar por la puerta del pedestal.

No veía nada más, ni le interesaba de momento. Era mucho más importante que saliese de aquel encierro. Por mucho que examinó las paredes, sin embargo, no encontró puerta secreta alguna que le permitiera escaparse. La situación era grave. Envuelto en su capa resultaba invisible y no había peligro de que le descubriese nadie que penetrara en aquella estancia, pero... ¿era eso una ventaja?

Acabaría él por tener que llamar al primero que apareciera, a menos que quisiese morirse allí de hambre. No, a tanto no llegaría. Siempre le quedaba un recurso.

Por más que hiciera, sin embargo, no podía apartarse del pensamiento una cosa. No podía ser que los criminales dejaran que se pudriera allí el que cayese en la trampa. Tampoco era posible que le sacaran por arriba, por el mismo agujero que hubiese caído. Para ello hubiera sido preciso que se descolgara un hombre y atara al otro a una cuerda para que le pudieran subir.

Teniendo en cuenta el ingenio de que parecía estar dotado el jefe de los criminales, como lo probaban las trampas, los pasadizos y el dragón, resultaba difícil creer que no hubiese previsto la necesidad de sacar, de allí a un prisionero y dejado de prepararse para semejante contingencia practicando una puerta secreta en algún lado.

Este pensamiento impulsó a Yuma a hacer un examen más detenido del pozo. El resultado fue nulo, como la vez primera. Si existía salida, estaba tan bien escondida que no lograba dar con ella. Si el pozo hubiera sido más estrecho, hubiese intentado subir por él, apretando brazos y piernas contra las paredes. Aunque el trabajo resultara agotador, hubiera acabado por llegar arriba y quizá, una vez allí, hubiese hallado manera de abrir la compuerta del cuarto del dragón.

El pozo era demasiado ancho, sin embargo. Era preciso apelar al recurso en que anteriormente pensara.

Sacó del bolsillo un estuche pequeño, dentro del cual había minúsculas herramientas de todas clases, del mejor acero obtenible. Puesto que no encontraba salida, limaría los barrotes.

El inconveniente de este procedimiento saltaba a la vista. En primer lugar, necesitaría horas y horas para poder retirar los barrotes necesarios. En segundo lugar, siempre existía el peligro de que se presentase alguien entretanto y se fijara en que los barrotes estaban medio serrados o limados.

A falta de cosa mejor, no obstante, Yuma escogió una minúscula sierra y examinó la reja. Observó entonces que había un poco más de distancia entre el barrote del extremo y la pared, que entre barrote y barrote. Gracias a ello, tal vez tuviera sitio suficiente para dar paso a su cuerpo serrando un solo hierro. Animado por este pensamiento, se puso a trabajar.

La fina sierra mordió el metal en seguida. Los minutos transcurrieron en silencio, turbado tan sólo por el leve rumor de los dientes de acero al cumplir su cometido.

De pronto, con gran sorpresa de Yuma, la sierra mordió en vacío. ¡El barrote aquel era hueco! ¡Iba a costarle mucho menos trabajo cortarle de lo que había supuesto!

Trabajó con más furia. La sierra fue alcanzando el centro de la barra hueca, Cuando empezaba a felicitarse, la hoja de acero se encalló en algo duro, algo que ofrecía inesperada resistencia. Hizo un esfuerzo por desencallar la herramienta y... antes de que pudiera sacarla sonó un zumbido sordo y la: totalidad del enrejado sea puso en movimiento, desapareciendo, poco a poco, en el suelo.

Lo que no había conseguido buscando, el azar se lo había resuelto. La sierra, tocando un resorte secreto que pasaba por el centro del barrote escogido, le había librado de su encierro.

Ocurrió esto con tal rapidez, que no tuvo tiempo de salvar la herramienta, que se hundió con la reja.

Salió del pozo y examinó la pared cercana en busca del resorte que le permitiera cerrar de nuevo el enrejado, pero, al no encontrarlo en seguida, abandonó la idea.

Miró a su alrededor. El cuarto en que se encontraba era muy parecido al de arriba, sólo que era más pequeño y cuadrado. Contra la pared del fondo se veía otro pedestal, mucho más pequeño que el primero. Y encima había un dragón que no mediría más allá de medio metro.

Recordando lo que le había ocurrido arriba, se aproximó al pedestal con mucho tiento, iluminándolo con su lámpara de bolsillo, porque allí no se había encendido luz alguna.

Al hallarse a un metro de distancia se detuvo. Entonces se dio cuenta de algo que no notara al principio.

El pedestal aquel no era de piedra como el de arriba, sino que estaba constituido por un cofre, fijo en el suelo, sobre el que se había instalado el dragón.

Y, al concentrar en él la luz, Yuma vio que tenía seis cerraduras, colocadas en dos hileras.

El secreto de las llaves estaba resuelto. Aquel cofre contenía algo que sólo con la ayuda de seis llaves podía sacarse. Y para poder disponer de ello se había asesinado ya a cinco personas.

El hombre invisible sonrió al pensar que, a pesar de lo que el criminal había conseguido, seguía siendo dueño de la situación él, puesto que poseía una llave, sin la cual las otras cinco resultaban inútiles.

No intentó tocar el cofre ni acercarse más al dragón. Había visto una puerta al otro lado del cuarto y hacia ella se dirigió. Dicen que gato escaldado del agua fría huye, y así le sucedió a Yuma. Tardó más de cinco minutos en tocar la puerta, minutos que empleó en aplicar toda serie de presiones por los alrededores y de probar todas las baldosas.

Por fin, satisfecho de que allí no había ninguna trampa, asió el tirador, que tenía la forma de un dragón también, lo hizo girar e inmediatamente dio un salto atrás.

Aquello le salvó, porque había una trampa, en efecto, en cuya posibilidad no había pensado.

La puerta, en lugar de abrirse de la forma normal, cayó hacia delante, y, de no haber retrocedido, le hubiera aplastado bajo su peso.

Pasó por encima de ella y se introdujo en el corto pasillo que encontró. La puerta, entretanto, empezó a levantarse sola otra vez, operada por un mecanismo oculto, hasta que se cerró por completo.

Lámpara de bolsillo en mano, Yuma avanzó hasta llegar al fondo del corredor. Allí vio una puerta con una mirilla a la altura de los ojos.

Abrió el atisbadero y dirigió la luz de su lámpara por él.

Era una estrecha celda, con un banco de piedra en el que estaba sentado un hombre de facciones mongólicas. A sus pies se veía un cántaro de agua.

Al ver el rayo de luz, el hombre se puso en pie de un brinco, y exclamó:

—¿Hasta cuándo pensáis tenerme aquí?

CAPÍTULO XIII

 

 

CHINDRA

SIN que en su voz se notara el menor dejo de asombro, Yuma respondió:

—Tranquilizaos, Chindra. Soy un amigo que viene a sacaros de aquí.

—¿Un amigo? —exclamó el hombre, intentando atisbar por la mirilla—. Creí que no me quedaba ninguno por aquí. ¿Quién sois?

—Unos me llaman Yuma. Otros La Voz. Llamadme cómo mejor os plazca. Sólo para los criminales soy temible.

—¡Yuma! —exclamó Chindra—. ¿Sois por ventura el hombre a quien reputan invisible?

—Él soy.

—Vuestra fama ha llegada á mis oídos. Si sois Yuma, sé que la suerte me protege.

—Aguardad un momento. Voy á ver si puedo abrir esta puerta. No os asombre no verme cuando esté en vuestra presencia. Mi invisibilidad es mi mejor protección, y el secreto de mi identidad debe seguir siéndolo para que mi labor no se malogre.

—Abrid tranquilo. Respeto vuestro secreto y agradezco los peligros que por mí corréis.

Creyendo el lugar bien seguro, los criminales se habían conformado con cerrar la puerta echando un cerrojo que Yuma descorrió sin dificultad.

—¿Cuánto tiempo lleváis aquí, Chindra? —preguntó.

—No lo sé-respondió el hombre, contemplando la lámpara de bolsillo flotante en el aire, único signo visible, de su salvador —. Calculo que dos o tres días. Durante todo ese tiempo sólo han estado dos veces aquí a traerme un cántaro de agua y un pan.

—Muchas cosas han ocurrido en estos últimos días, Chindra, y en vuestro nombre, por añadidura.

—¿Cómo sabéis mi nombre?

—Sé muchas cosas, Chindra, pero vos podéis decirme más. Sé que os hallabais en Birmania cuando la invasión japonesa, que vuestro gerente de Rangún y cinco de vuestros agentes se escaparon... y hasta adivino lo que se trajeron, pero no sé lo que ocurrió en Birmania.

—Eso pronto está contado-replicó el hombre —. Al iniciarse el ataque japonés, Garández, que era mi agente en Thailandia, entró en Birmania y se dirigió a Rangún con los objetos de arte que había comprado en los últimos tiempos por mi cuenta. Yo me hallaba a la sazón en Rangún también, en casa de Párvez, que, como ya sabe, estaba al frente de mi sucursal allí.

“No tardaron en congregarse en su casa mis demás agentes Ríos, Mervieux, Prendes, Mews y Grec. En vista de las circunstancias, decidimos recoger todas las curiosidades que teníamos en Rangún y retirarnos a la India, donde tengo mi casa central.

“Fue por entonces cuando comenzaron los bombardeos. En uno de ellos tuve la mala fortuna de quedar herido en el costado, viéndome imposibilitado para continuar el viaje. Entonces descubrí la verdadera naturaleza de mis agentes. Viéndome imposibilitado, se pusieron de acuerdo para robarme. Todos los objetos de arte estaban empaquetados en el cuarto en que yo yacía. Se presentaron y me dieron a conocer sus intenciones. Me dijeron que el cargar conmigo les dificultaría la marcha y que a ellos lo único que les interesaba era salvarse ellos y llevarse consigo lo suficiente para vivir con comodidad.

“ —Como vos moriréis aquí abandonado— dijo Párvez —, para nada necesitáis esas chucherías. Nos las llevamos.

“Y fue a coger los bultos en que estaba lo que él había llamado «chucherías». Sólo uno mostró ser honrado, Garández. Y lo pagó caro el pobre. Intentó convencer a los otros, les dijo que era una canallada lo que meditaban, y, al ver que no le hacían caso, sacó una pistola y dijo que de allí no se sacaría nada. Párvez rió, y, antes de que Garández pudiera comprender sus propósitos, disparó contra él, matándole con la misma tranquilidad que si matara a un perro. Hice un esfuerzo para levantarme, a pesar de mi herida, y dije:

“ —Más vale que me matéis si pensáis robarme. Acordaos bien de esa hora. Son las doce de la noche. Si vivo, os buscaré por todas partes y, cuando os haya encontrado, os mataré uno tras otro, pero siempre a las doce de la noche o del día, para que recordéis que ése es el pago de vuestra canallada. Y os avisaré de antemano para que resulte más angustiosa la espera. En cuanto haya muerto el primero, podéis iras preparando los demás, porque a las doce siguientes caerá el segundo, y así sucesivamente, hasta que no quede ninguno de vosotros.

—Ahora queda explicado lo único que me intrigaba del asunto-dijo Yuma —. Pero continuad.

—Ya queda poco. Se marcharon riéndose de mí y de mi impotencia. Mews era partidario de matarme de una vez, pero Párvez se opuso.

“Morirá igual-dijo —, y prefiero que lo haga lentamente para que tenga tiempo de arrepentirse de habernos amenazado.

“Se fueron y me dejaron solo. Por fortuna, algunos indígenas entraron en la casa, me encontraran y me cuidaron. Acabé sanando de la herida y pude salir de Birmania. Ha pasado mucho tiempo de eso. Desde el primer momento me puse a buscar a los seis que me habían traicionado. Me costó mucho trabajo, pero tengo dinero y con él se hacen maravillas. Acabé por enterarme de que habían llegado a España y logré descubrir las señas de todos.

“A pesar de mi amenaza, no tenía la menor intención de atentar contra su vida. Lo que sí quería hacer era entrar en posesión de lo que me pertenecía, o de lo que de ello quedara, e intentar hacerlos detener a los seis, acusarlos de robo, cosa fácil de demostrar, y, si no era posible, hacer que se les juzgase por el asesinato cometido en la persona de Garández, algo más difícil de conseguir, puesto que ellos lo negarían y yo no podría aportar prueba alguna.

“Antes de dirigirme a la policía, sin embargo, pensé visitar a Párvez para darle un susto. Vine aquí y me recibió, pero, una vez me tuvo en su despacho, dos hombres suyos se me echaron encima y me redujeron a la impotencia, trasladándome aquí. Eso es cuanto sé.

Yuma se quedó pensativo unos momentos. Luego dijo:

—Voy a contar yo ahora todo lo que ignoráis de la historia. Creo que puedo hacerlo. No supongo que venga nadie a molestarnos por ahora y es preferible que lo sepáis todo para que podáis explicárselo a la policía cuando llegue el momento.

Hizo una pausa y luego continuó:

—Párvez y sus compañeros tuvieron la suerte, al naufragar, de poder salvar los objetos de arte que os habían robado. Al encontrarse en España, pensarían primero repartirse el botín, pero seguramente no lograrían ponerse de acuerdo sobre su valor y decidirían venderlo todo para hacer mejor el reparto. Entonces se les ocurriría que no es tan fácil vender una cantidad de objetos de arte de golpe, sobre todo cuando se quiere obtener un buen precio por ellos y evitar a toda costa, que su procedencia excite sospechas.

“No vieron más que una solución. Vender la cantidad suficiente para que su producto les permitiera a todos instalarse cómodamente y esperar una ocasión propicia para deshacerse del resto.

“A1 llegar a esta decisión, tropezaron con otra dificultad. Ninguno de ellos se fiaba de sus compañeros, pero todos ellos no podían ser depositarios de la riqueza. Acabaron por escoger a Párvez como depositario del tesoro y, para que no pudiera tocarlo sin contar con ellos, mandaron hacer un cofre con seis cerraduras, todas ellas distintas. Cada uno se quedó con una llave y era preciso que todos se reunieran el día que quisieran abrir el cofre.

“Lo que no acierto a comprender es el por qué de toda esa teatralería, ese afán de misterio que les impulsó a adornar las llaves con dragones y usar dragones con aparato de relojería para guardar el cofre.

—Eso puedo explicárselo yo-interrumpió Chindra —. Es cosa de Párvez a buen seguro, como toda esa red de pasillos secretos. Ya en Oriente mostraba una marcada afición a todo lo que fuera teatral y misterioso, llevando la cosa hasta tal punto, que se hizo miembro de una sociedad secreta que llevaba por nombre “El Dragón Verde” y cuyos fines nunca he logrado poner en claro. Según él, como miembro de dicha sociedad, lograba hacer compras que no le hubieran sido posibles de otra manera. Por lo visto ha querido rodearse aquí de cosas por el estilo y ha fundado por su cuenta una sociedad secreta que tiene al dragón verde por emblema.

—Esa parece ser la explicación-asintió Yuma —. Sea como fuere, el caso es que, antes de encerrar los objetos de arte en el cofre, hicieron el inventario de ellos, quedándose cada uno una copia. De momento quedó la cosa así. Pero Párvez no estaba satisfecho. Soñaba con quedarse con todo para él y robar a sus compañeros, como antes os robara a vos.

“Recordando la amenaza que habíais proferido contra ellos, ideó un plan que le permitiera realizar su ambición. Mandó a cada uno de sus compañeros una lista en la que figuraban los nombres de los seis con un número al lado. El suyo era el último de todos.

“Tenía ya pensado de antemano la forma misteriosa en que había de darles muerte y empezó por el primero de la lista, Prendes, a quien anotó a las doce en punto de la mañana. La lista recibida y el hecho de que el primero muriera a las doce, hizo suponer a todos que erais vos, Chindra, quien empezaba a cumplir su amenaza.

“Grec murió, a pesar de todas sus precauciones, a las doce de la noche del mismo día. Ríos perdió la vida a las doce del día siguiente. Mervieux y Mews se alarmaron y decidieron pasar juntos las doce de la noche en despoblado para hallarse fuera del alcance de vuestra mano. Su mayor error fue creer que Párvez se uniera a ellos. Si no hubiesen dicho nada y se hubieran ido solos, tal vez estuvieran vivos a estas horas. Pero Mews vino a ver a Párvez para decirle que les acompañase, descubriéndole así sus intenciones. Párvez no quiso ir con ellos, pero, mientras entretenía a Mews aquí, unos hombres suyos se encargaron de instalar en su automóvil una potente bomba preparada para estallar a las doce de la noche y, en lugar de morir uno, murieron los dos de golpe.

“Entretanto, secuaces de Párvez se encargaron de robar las llaves de cada una de las víctimas. Párvez ha quedado solo de todos ellos y posee cinco llaves, pero ha fracasado en sus propósitos. Yo me anticipé a él en una de las ocasiones y la sexta llave reposa en mi bolsillo en estos instantes. Ahora...

Se interrumpió bruscamente y aguzó el oído.

—¡Me parece que viene alguien! —dijo.

Corrió hacia la puerta del pasillo y escuchó. Unos pasos se acercaban. Volvió al lado de Chindra.

—Tened un poco de paciencia aún-le dijo —. Voy a encerraros de nuevo hasta ver quién viene y qué quiere. Es mucho más prudente.

Chindra entró en el calabozo sin rechistar. Yuma echó el cerrojo y apagó la luz.

Unos momentos más tarde cayó la puerta del pasillo y entró un hombre con un cántaro de agua y un trozo de pan.

Dejó cántaro y pan junto a la puerta, sacó una pistola y descorrió el cerrojo.

—Coge esto y métete dentro otra vez —ordenó—. A1 menor movimiento sospechoso que hagas te levanto la tapa de los sesos.

Chindra salió, recogió el pan y el agua y se metió de nuevo en el calabozo. El hombre echó el cerrojo de nuevo.

—¡Come y bebe aprisa! —dijo, mirando por la mirilla—. Ya te queda poco tiempo. Dentro de diez minutos bajará el jefe y te sacará de aquí.

—¿Qué pretende hacer de mí? —preguntó Chindra.

—El dragón necesita víctimas-contestó el hombre, riendo —. Sigue un consejo: cuando te encuentres ante él, guárdate de su aliento.

CAPÍTULO XIV

 

 

LA SORPRESA

EN cuanto se hubo marchado el hombre, Yuma abrió de nuevo la puerta.

—¿Qué opináis que debo hacer? —preguntó Chindra, en seguida.

—Permanecer encerrado-contestó Yuma, sin vacilar —. Creo que se van a presentar las cosas mejor de lo que yo esperaba. Tomad.

Sacó del bolsillo una pistola y se la entregó.

—Tengo otra. Escondeos ésa hasta que sea el momento de usarla. Tengo un plan que os voy a explicar ahora mismo.

Y, rápidamente, le dio a conocer su proyecto para apresar a Párvez y escapar de aquellos pasadizos.

***

 

 

La puerta del calabozo se abrió y Chindra fue conducido a la cámara exterior por dos hombres. Esta se hallaba brillantemente iluminada y, a pocos pasos del cofre, aguardaba Párvez acompañado de González y de otro hombre más.

—¡Salve, Chindra! —dijo, al verle—. ¡Vuestro cautiverio ha cesado!

—Ya era hora de que te arrepintieras de tus canalladas-contestó el interpelado —. ¿Vas a devolverme lo que me has robado?

—Ahí lo tienes, Chindra. Ese cofre contiene los objetos de arte que nos trajimos de Birmania. Si puedes sacarlos, tuyos son. Pero no podrás. Ese dragón que sobre él campea respira fuego... fuego líquido que arranca la carne de los huesos a todo el que a él se acerca. ¿Te atreves a intentarlo?

—Ese cofre tiene seis cerraduras-contestó Chindra, sin inmutarse —. ¿Dónde están las llaves?

—¡Ah! Dices bien. Las llaves. Puedo ofrecerte cinco de ellas para que pruebes fortuna. Por desgracia, la sexta aún no está en mis manos, aunque no tardará en estarlo. Acércate y prueba. Tal vez el dragón te sea propicio. ¡Prueba, Chindra, prueba!

—Dame esas cinco llaves.

Párvez se las entregó.

—¿Vas a atreverte? —dijo.

—El aliento del dragón no me asusta. ¡Lástima que no tengas la sexta!

—¿Sirve ésta? —preguntó una voz que hizo estremecer a cuantos la escucharon.

Todas las cabezas se volvieron. Todos los ojos convergieron en la llave que había aparecido, flotando en el aire a poca distancia de ellos.

—¿Quién habla? —preguntó Párvez—. ¿Qué comedia es ésta?

Una pistola apareció a pocos centímetros de la llave.

—¡Que nadie se mueva! —dijo la Voz.

Notóse una especie de revoloteo y, por encima de pistola y llave, apareció una cabeza.

El rostro era horrible y estaba cubierto de una palidez cadavérica. Dos ojos brillaban como dos ascuas en aquella faz de muerto.

—¡Yuma! —exclamó uno de los hombres, con voz de espanto.

—Sí, Yuma-asintió la cabeza; —Yuma, que viene a pediros que rindáis cuenta de vuestros actos. ¡Chindra!

Al oír su nombre, el prisionero, con gran sorpresa de los que le rodeaban, sacó una pistola.

—¡Poneos delante de mí todos, donde yo os vea! —ordenó.

 

 

 

Párvez masculló una maldición y, sin hacer caso de la pistola, se echó una mano al bolsillo.

¡Crac!

Chindra disparó sin vacilar. El hombre, alcanzado de lleno, abrió desmesuradamente los ojos. Luego cayó pesadamente al suelo.

Los otros retrocedieron ante la amenaza de la pistola y se pusieron en fila.

Sonó una carcajada burlona y la cabeza, la pistola y la llave desaparecieron. Un momento después González sentía un pinchazo en la espalda y se derrumbaba sin soltar un grito siquiera.

Uno de los otros soltó una exclamación de terror al ver caer tan misteriosamente a su compañero, y no tardó en reunirse con él en el suelo.

Chindra, a quien ya había avisado Yuma de sus propósitos, no se asombró al ver caer uno tras otro a los secuaces de Párvez.

No quedaba ya más que uno en pie, cuando se oyeron pasos presurosos y se abrió una puerta secreta, por la que entró corriendo un hombre, casi sin aliento.

—¡La policía está asaltando la casa! —gritó—. ¡La policía...!

No acabó lo que estaba diciendo. Vio a sus compañeros en el suelo y observó cómo caía el último de ellos. Alzó la pistola y apuntó a Chindra, pero, antes de que pudiera oprimir el gatillo, sonó un disparo cuya procedencia sólo pudo adivinarse por el fogonazo aislado que se vio en el aire. Yuma había acudido a tiempo.

El criminal rodó por el suelo sin conocimiento.

—¡Vamos, Chindra! —dijo la Voz—. Ninguno de ellos está muerto, ni Párvez, a quien vos derribasteis de un tiro. Permanecerán así durante dos horas. Al cabo de ellas volverán, en sí como si nada les hubiera ocurrido. Vamos al encuentro de la policía.

Chindra no se hizo repetir la orden y corrió por donde había entrado el que trajera el aviso.

Aquel pasillo iba a desembocar en el mismo que siguiera Yuma antes de abandonarlo para meterse por la bifurcación que conducía a la Torre del Dragón.

Al llegar al cuarto situado debajo del despacho de Párvez, tropezaron con tres hombres que desembocaban de la galería de enfrente huyendo hacia la cámara de donde ellos habían salido.

Los tres cayeron ante las pistolas de Yuma y de Chindra.

Al otro extremó del pasillo se oían disparos y gritos. El hombre invisible detuvo unos instantes a su compañero.

—Tomad, Chindra, he aquí la llave que os falta-dijo, metiéndole la llave de Ríos en la mano —. Os pertenece. No olvidéis destruir el dragón antes de intentar abrir el cofre, sin embargo, porque, de lo contrario, hallaréis la muerte.

—¿Me abandonáis?

—Es preciso. Ya no me necesitáis para nada. Vos mismo podéis dar explicaciones a la policía y reclamar lo que es vuestro. Por cierto que el inspector Ventura ha demostrado que no en vano le tenía, yo por inteligente. Esperaba que supiese hallar la solución de los asesinatos y veo que lo ha logrado. Si no hubiese llegado yo, él os habría salvado, Chindra.

—Me temo que no hubiese llegado a tiempo, Ynma —respondió Chindra—. Jamás me hubiera perdonado Párvez la vida para que mis declaraciones le llevaran luego a presidio. Nunca olvidaré lo que os debo. Si alguna vez necesitáis de mí, avisadme. Desde este momento, Yuma, Chindra se pone incondicionalmente a vuestras órdenes.

Pero Yuma no le oía ya. Esquivando los proyectiles que silbaban a su alrededor, había logrado llegar al final del pasillo, pasar inadvertido entre los agentes y salir al parque de la torre de Párvez en el momento en que empezaba a clarear el día.

***

 

 

—Como habrá usted visto, el asunto no podía resultar más sencillo una vez establecida la verdadera identidad de los asesinados-terminó diciendo Trévelez.

Garvez se levantó del sillón, donde había estado escuchando el relato del director del Instituto.

—Me parece-dijo, sonriendo —, que, a pesar de su sencillez, el asunto hubiera continuado siendo un misterio si no se le hubiese ocurrido intervenir en él a nuestro querido amigo el profesor Vardo... a quien todo el mundo hacía a muchos kilómetros de distancia. Y ahora, ¿qué hacemos?

—O mucho me equivoco-respondió Trévelez —, o el propio profesor se ha encargado de sacarnos billete para Barcelona, donde nos espera bastante trabajo. No podemos hacerle el desprecio de rechazarlos.

Y, encendiendo un puro, se puso tranquilamente a preparar su equipaje.

 

 

 

FIN

 

 

 

Publicado por: Editorial Molino, junio de 1943

 

 

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