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Libro N° 3998. Las Islas Malditas. Molinero, Rafael.

Libro N° 3998. Las Islas Malditas. Molinero, Rafael.

 


© Libro N° 3998. Las Islas Malditas. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  Las Islas Malditas. Rafael Molinero

 

Versión Original: © Las Islas Malditas. Rafael Molinero

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LAS ISLAS MALDITAS

Rafael Molinero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La noche era obscura y triste. Una espesa neblina planeaba sobre la superficie del mar, aislando entre sí a los cincuenta barcos de que se componía el convoy. Desde que salieron de América, no habían conocido una noche como aquélla. La travesía del Atlántico se había efectuado sin el menor incidente y se hallaban ya cerca de las costas inglesas.

Cada barco navegaba como dentro de una cáscara de huevo - una cáscara húmeda que todo lo calaba. Faltando ya poco para arribar a puerto y dado el mal tiempo reinante, se había extremado la vigilancia en todos los navíos de que se componía el convoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las islas malditas

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

Notes

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las islas malditas

G. L. Hipkiss

(como Rafael Molinero)

 

Yuma/10

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

EL MISTERIO DEL WARLORD

LA noche era obscura y triste. Una espesa neblina planeaba sobre la superficie del mar, aislando entre sí a los cincuenta barcos de que se componía el convoy. Desde que salieron de América, no habían conocido una noche como aquélla. La travesía del Atlántico se había efectuado sin el menor incidente y se hallaban ya cerca de las costas inglesas.

Cada barco navegaba como dentro de una cáscara de huevo —una cáscara húmeda que todo lo calaba. Faltando ya poco para arribar a puerto y dado el mal tiempo reinante, se había extremado la vigilancia en todos los navíos de que se componía el convoy.

De los cincuenta barcos, más de la mitad iban cargados de material de guerra —los restantes eran transportes en los que viajaban numerosos soldados destinados a cubrir bajas en el frente de invasión.

Finalizaba la guardia de prima. Hacía un buen rato que sonaran las siete campanadas que anunciaban las once y media de la noche.

A bordo del «Selwyn» reinaba el mayor silencio. En el cuarto de derrota, el piloto estudiaba una carta de navegación, mascullando comentarios acerca del estado del tiempo. Según sus cálculos, había dejado ya atrás y a babor las costas del Sur de Irlanda. De haber sido de día, y sin niebla, hubiesen podido ver tierra inglesa.

De pronto, la voz del vigía le hizo levantarse de un brinco.

—¡Barco a estribor! —gritó una voz estentórea.

Y, casi en el mismo aliento:

—¡Nos aborda de proa!

El piloto estaba ya sobre el puente contemplando el buque que, rasgando la niebla, les enfilaba con su proa.

—¡Todo a babor! —le ordenó al timonel.

Y, haciendo sonar la campanilla del telégrafo, marcó en el cuadrante:

«¡A toda máquina!»

El navío respondió a la caña, dando un bandazo que despertó a cuantos iban a bordo. El ritmo de las máquinas se aceleró.

El capitán apareció sobre cubierta, lanzando improperios.

—¿Qué demonios están haciendo ustedes? —inquirió, con furia.

Pero no aguardó a que le contestaran, porque se dio cuenta, de pronto, del peligro que les amenazaba. Y se dio cuenta de algo más: era demasiado tarde para quitarse del paso del misterioso buque. El intento del piloto de colocar el «Selwyn» en línea paralela al rumbo del abordador estaba destinado a fracasar.

No bien lo hubo comprendido así, se volvió hacia los marineros y soldados que arrojados de sus literas por el brusco bandazo habían subido a cubierta y empezó a dar órdenes.

—¡Todo el mundo sobre cubierta! —dijo—. ¡Prepárense a botar chalupas y balsas!

Mientras unos corrían a los pescantes de los botes, otros se acercaban a las balsas y el propio capitán se dirigía en busca de la documentación del barco, sonó en la noche un toque del corneta de órdenes y empezaron a salir ordenadamente a cubierta los soldados que viajaban a bordo del «Selwyn».

Todo esto, que tanto tiempo ha hecho falta para contar, sucedió en unos momentos, y aún no había salido más de la tercera parte de los hombres que viajaban en las bodegas, cuando sobrevino el choque.

¡Craaaac!

Las planchas de acero quedaron hendidas como si hubieran sido de manteca. El agua empezó a entrar en las bodegas. De no haber sido por la maniobra iniciada, es seguro que el «Selwyn» hubiera quedado partido en dos, pero, aun así, el impacto fue lo bastante violento para que no existiera la menor esperanza de salvar al navío.

Varios soldados hallaron la muerte bajo cubierta. Los que tuvieron la suerte de salvarse, cargaron con los heridos y salieron apresuradamente.

Algunos de los botes de estribor habían quedado hechos astillas en el choque. Los otros flotaban ya, cargados, a poca distancia del costado del barco, cuya cubierta se hallaba ya casi al nivel de la superficie del mar por estribor.

Nadie soñó con esperar a que fueran botadas las restantes embarcaciones. Dada la lista que tenía el buque, las de babor resultaban inservibles, porque no había manera de botarlas. El mar se cubrió de soldados que, deshaciéndose de su armamento, nadaban desesperadamente por alejarse del costado del «Selwyn» y no verse arrastrados tras él por, el vórtice que se formara en las aguas al sumergirse éste.

El telegrafista, tras lanzar varias llamadas de socorro y dar la situación del barco, salió de su cabina y se tiró al agua, seguro de que alguno de los destructores de escolta o uno de los otros barcos del convoy les recogería a todos dentro de muy poco rato.

Vio, no lejos, la sombra del abordador que se alejaba sin preocuparse de las víctimas que acababa de causar y, como muchos otros de los que nadaban, braceó en aquella dirección, puesto que era el único medio de salvación visible.

De pronto, el misterioso barco cambió de rumbo, como si fuera al encuentro de los náufragos.

—¡Ah del barco! —gritó uno de éstos—. ¡Echad un cabo!

Nadie respondió. Parecía como si los invisibles tripulantes tuviesen la intención de abandonar a todos aquellos hombres a su suerte.

Uno de los que habían alcanzado el costado, sin embargo, descubrió una cuerda colgante y gateó por ella con agilidad de mano, seguido de algunos otros compañeros. Momentos después, empezaron a descolgarse cabos y escalas por babor y estribor y, cuando uno de los destructores ingleses se personó en la escena del naufragio, gran parte de la marinería y de la tropa se hallaban a bordo del buque desconocido.

En contestación a una llamada radiotelegráfica del buque, el destructor botó una chalupa a bordo de la cual iban un oficial y varios marineros. Los reflectores que iluminaban la superficie del mar en busca de supervivientes, enfocaron, durante un momento, la popa del abordador y leyeron su nombre:

 

«WARLORD LIVERPOOL»

 

Sobre cubierta, el capitán Haddock, del «Selwyn», recibió a los representantes de la marina de guerra con una sorprendente noticia.

—Este buque-dijo —, iba a la deriva. No tiene avería alguna, pero, no hay ni un solo tripulante a bordo.

—¿Está usted seguro? —preguntó el oficial, con sorpresa.

—Registraremos toda la nave de proa a popa y desde la cubierta a la sentina-contestó el capitán —; pero, desde que estoy a bordo, no he visto un alma ni observado el menor movimiento.

Se formaron varios grupos y se dio principio al registro.

Todo se hallaba en orden. La maquinaria estaba intacta; el timón funcionaba perfectamente; el aparato de radiotelegrafía se hallaba en condiciones de transmitir y captar mensajes. Pero ni un solo hombre, ni vivo ni muerto, fue encontrado en el barco.

En ninguna parte se notaba señal alguna de lucha. Tampoco se encontró nada que hiciera suponer que el barco había sido abandonado precipitadamente por su tripulación. Y, para que el misterio resultara aún mayor, no faltaba, ni un solo bote de los pescantes.

El oficial del destructor y el capitán del «Selwyn» se miraron. Y, como de común acuerdo, se dirigieron, de nuevo, a la cámara. Allí les aguardaba otra sorpresa. La documentación del barco se hallaba a bordo, completa.

Haddock abrió el diario de navegación. La última entrada tenía fecha del día anterior y no contenía dato alguno susceptible de arrojar luz sobre el misterio.

—Es incomprensible-murmuró el oficial —. La carga está intacta en las bodegas. Todo está en su sitio. El capitán ha abandonado el barco sin llevarse la documentación. El aparato de radio funciona divinamente y, sin embargo, no parece haberse empleado para pedir auxilio... si es que lo necesitaban. De haberlo usado, alguien hubiese captado el mensaje y acudido.

»Y, sin embargo, tiene que haber ocurrido algo muy gordo para que toda la tripulación y los oficiales hayan desaparecido. Lo han hecho tan aprisa, que ni tiempo han tenido para llevarse la documentación ni para hacer uso de los botes, lo que supone que han tenido que tirarse al mar.

—Pero, ¿qué puede haber acusado para que hicieran semejante cosa? —inquirió Haddock, perplejo—. No pueden haberse ido de aquí tan aprisa huyendo de la peste, porque, si tal hubiera sido el caso, algún cadáver o enfermo hubiese quedado.

El oficial sacudió la cabeza.

—No pretendo entenderlo-dijo —. No concibo que haya podido haber cosa alguna lo bastante terrible para que no pudiesen esperar a lanzar una llamada de socorro o botar las embarcaciones que llevaban.

—Se me ocurre una solución... la única-murmuró el capitán del «Selwyn» —Es muy posible que les saliera al paso un submarino enemigo y se los llevara a todos prisioneros.

El oficial volvió a sacudir la cabeza.

—¡Imposible! —dijo—. Un submarino enemigo hubiera empezado por llevarse la documentación del buque y, después, lo hubiese hundido. ¿Usted cree que iban a dejar intacto todo el material de guerra que lleva?

El capitán reconoció que el oficial tenía razón.

—Además-prosiguió éste —, el «Warlord» lleva montados dos cañones que no han sido disparados, y un avión catapultable que permanece intacto. Si hubiera sido atacado, ¿usted cree que no se hubiera defendido?

—Tiene usted razón-volvió a decir Haddock —; pero, entonces, ¿quiere explicarme lo que ha sucedido?

—Le repito que no hallo explicación alguna plausible y no pienso romperme más la cabeza de momento. Tenga la bondad de entregarme la documentación de este barco. Vuelvo a bordo de mi unidad a dar cuenta a mis superiores de lo ocurrido. Usted tenga la bondad de permanecer aquí hasta nueva orden.

El oficial volvió al destructor y, al cabo de un buen rato, el telegrafista del «Selwyn», que se había instalado en la cabina del «Warlord», recibió un mensaje que se apresuró a llevar al capitán Haddock.

En él, Haddock recibía orden de hacerse cargo del «Warlord», e incorporarse al convoy y navegar con él a Inglaterra. Si la tripulación a bordo era insuficiente, le serían mandados más hombres.

Y más hombres pidió. Normalmente, con los que ya había a bordo hubiera tenido suficientes para salir del apuro, pero los marineros son supersticiosos y ninguno de ellos se sentía dispuesto a navegar en un barco en el que tantas cosas incomprensibles habían sucedido. Obligados por las circunstancias, obedecían órdenes, pero era de observar qué procuraban mantenerse en grupos y el capitán hubo de hacer la vista sorda y permitir, incluso, que dos timoneles manejaran la caña. De haber insistido en que uno solo montara guardia, se hubiese expuesto a que el hombre, dominado por el pánico, hiciera alguna maniobra falsa que tuviera por resultado un segundo desastre.

Y, cuando, por fin, el «Warlord» amarró en un puerto de la Gran Bretaña, la marinería entera saltó a tierra y se negó a volver a embarcar en él-aunque, de momento, nadie les obligaba, pues las autoridades querían hacerlo examinar minuciosamente de nuevo, con la esperanza de hallar una explicación del inexplicable suceso.

CAPÍTULO II

 

 

SE SUCEDEN LOS MISTERIOS

LOS más expertos investigadores, las más competas pesquisas, los más minuciosos registros, no bastaron para llevar a las autoridades un paso adelante en la solución del misterio del «Warlord». Este buque, propiedad de unos armadores de Liverpool, había formado parte de un convoy y se lo había creído perdido por acción enemiga, aun cuando ni la escolta de barcos de guerra ni los demás navíos de que se componía el convoy, había observado nada anormal durante la travesía ni echado de menos al buque hasta su llegada a puerto inglés.

En vista de la inutilidad de todos los esfuerzos, se remitió a Alemania, por mediación de la potencia protectora, una lista completa de la tripulación, solicitando noticias de ella. La contestación alemana no se hizo esperar: no se tenían noticias de que ninguno de los individuos que figuraban en la lista hubiese caído prisionero.

Cabía, naturalmente, la posibilidad de que se hallaran a bordo de alguno de los submarinos o vapores que aún no habían vuelto a su base; pero se dudaba. Las autoridades inglesas fueron las primeras en no creer en semejante posibilidad.

Ni que decir tiene que el suceso fue objeto de sendos comentarios por parte de los periódicos Las teorías se sucedieron unas a otras, cada vez más ingeniosas, ya que no más fantásticas, porque eso era imposible.

El asunto, sin embargo, hubiera acabado siendo relegado al olvido como otros tantos a los que jamás se ha logrado hallarse solución satisfactoria, de no haber sido porque no fue único en su género. En efecto, pocos días después de la llegada del convoy de que ya hemos hablado, llegó otro llevando a remolque un buque que había sido hallado a la deriva en la vecindad de las costas da Irlanda.

El caso era exactamente igual al del «Warlord». No faltaba nada a bordo más que la tripulación y, en el cuaderno de bitácora, no se halló referencia alguna a suceso que pudiera haber obligado a los marineros a abandonar el vapor.

 

Y, tras el segundo, se presentó el tercero y el cuarto sin que se lograra dar con la clave del misterio.

Como era natural, no faltó quien lanzara el rumor de que el Eje había descubierto una nueva arma que hacía desaparecer a los hombres sin dejar rastro, aunque, a decir verdad, tuvo muy pocos partidarios, porque no se concebía que se hiciera desaparecer a una tripulación completa y se perdonara la carga de guerra.

Por otra parte, las autoridades alemanas se mostraban igualmente intrigadas por la serie de sucesos, aunque, hasta el momento, más bien favorecían al Eje que a ningún otro.

No había de tardar en cambiar el aspecto de la cuestión, sin embargo.

Hacía ya más de quince días que las bombas volantes llovían sobre Londres y el Sur de Inglaterra. Hasta entonces, su efecto había sido más bien moral que material. Molestaba, era cierto, y causaba víctimas y daños donde caía, pero otro tanto podía decirse de las bombas de aviación y éstas no habían logrado, en caso alguno, obtener el resultado decisivo que de ellas parecían haber, unos y otros, esperado.

De pronto, no obstante, la cosa se puso más seria. Las bombas parecieron desarrollar inteligencia propia, cualidades volitivas, facultades para desviar a voluntad su rumbo. Desde aquel momento, se convirtieron en arma terrible. Todas ellas, como atraídas por un imán, iban a caer en los puntos en que más daño podía hacerse. Fábricas, concentraciones de material de guerra y de hombres, almacenes de provisiones, flotas enteras de buques de guerra, fueron voladas, dispersadas, destruidas o hundidas.

Nada estaba seguro ya de las bombas volantes que parecían tener ojos y escoger su objetivo con pleno conocimiento de causa.

Los aviones sin piloto empezaron a hacer cundir el pánico en Inglaterra —aún más cuando se supo que algunos de ellos habían ido a caer en la cabeza de puente de Normandía en momentos críticos para las fuerzas aliadas.

Y, cuando más grave se estaba poniendo la cosa, cuando Inglaterra entera clamaba pidiendo que se hallara inmediatamente un antídoto contra aquella plaga, la situación sufrió otro cambio.

Las bombas volantes empezaron a estallar pocos momentos después de ser disparadas en Francia, haciendo una verdadera escabechina en ambos bandos beligerantes. Tan pronto caía una sobre las fuerzas del Eje, como sobre las inglesas o norteamericanas. En muchas ocasiones, hallándose entablada una batalla, iban a estallar entre atacantes y atacados, produciendo entre ambos tan cuantiosas bajas, que la batalla quedaba en tablas sin haberse, en realidad, librado.

Al paso que iban las cosas, una ancha faja de territorio francés amenazaba convertirse en tierra de nadie, completamente despoblada.

Los técnicos alemanes, asombrados, empezaron a hacer experimentos para dar con la causa del insólito comportamiento de sus proyectiles y no tardaron en dar con ella —alguien había descubierto la manera de dominar y dirigir los aviones sin piloto y la estaba empleando.

Se observó que, cada una de las bombas que de tan extraña manera obraba, llevaba encima una especie de torpedo que no había llevado al ser disparada.

Una observación sostenida permitió descubrir el momento en que los misteriosos torpedos aparecían. Estos lo hacían a tal velocidad, que, al principio, era imposible adivinar de qué punto cardinal procedían. Sólo al aproximarse a alguno de los aviones sin piloto perdían velocidad, haciéndose visibles.

La velocidad de los torpedos iba disminuyendo hasta ser la misma de las bombas volantes. Luego, como atraídos por éstas, iban a posarse sobre ellas. Desde aquel momento, las bombas quedaban bajo el control del misterioso disparador de los torpedos, siendo dirigidas a sus diversos objetivos con una precisión asombrosa.

No se pudo obtener, intacto, ninguno de aquellos torpedos, pero se supuso con razón, que no sólo contendrían el mecanismo necesario para desviar a la bomba volante de su curso en obediencia a las ondas emitidas de algún punto desconocido, sino que estarían equipados con un aparato de televisión, mediante el cual su lanzador podría seguir todas las peripecias de las bombas a distancia, y hacerlas caer en el punto que más le conviniese.

Una vez descubierto esto, tanto la Luftwaffe como la R. A. F., patrullaron los aires en acecho de los torpedos y, aunque resultaba poco menos que imposible verlos cuando viajaban a gran velocidad, como ya hemos dicho, los delicados aparatos de que iban dotados los aviones permitieron establecer, sin género alguno de duda, que procedían del Nordeste. ¿Quién los estaría disparando?

Volando en zigzag y consultando continuamente sus aparatos, los aviadores lograron ir estableciendo la trayectoria de los misteriosos torpedos. En cuanto los aparatos registradores señalaban el paso de una de aquellas unidades y la dirección de la misma, avanzaban unos cuantos kilómetros y aguardaban a que se señalara el paso de otra para asegurarse de que se hallaba sobre la ruta.

A veces tenían que volver atrás convencidos, por lo largo de la espera, que se habían apartado de la trayectoria verdadera; pero como los torpedos pasaban sin cesar, no tardaban en ponerse sobre buen camino de nuevo y avanzar otro poco.

Unos y otros se mantenían en comunicación continua con sus bases por medio de los aparatos de radio de a bordo y, por lo que pudiera ser, daban su posición de vez en cuando.

De pronto, a la altura del paralelo 78 y 130 grados de longitud, cesó toda comunicación. La base aliada, no menos que el Cuartel General alemán, trató de restablecer contacto con sus aviones, fracasando totalmente.

Se pensó en la posibilidad de que las perturbaciones atmosféricas hubieran inutilizado, temporalmente, los aparatos de radio y se aguardó. No obstante, a las veinticuatro horas se seguía sin noticias y, como era mucha casualidad que todos los aviones se hubiesen estrellado, se decidió proceder a su busca.

Por la posición radiada, se sabía que los aviones habían estado volando sobre el Océano Ártico, cerca de las islas de Nueva Siberia, al cesar toda comunicación. Se cursaron las órdenes oportunas para que una flotilla que se hallaba en dicho mar, cerca de Spitzberg, se dirigiera a toda marcha hacía el punto, en que habían desaparecido los aviones y, al propio tiempo, fueron enviadas unas Fortalezas Volantes por la misma ruta seguida por los desaparecidos.

Entretanto, los alemanes habían decidido suspender momentáneamente el lanzamiento de nuevas bombas volantes y, a las pocas horas de haberlo hecho, dejaron de llegar torpedos como si el que los disparara se hubiese enterado de ello.

Libres ya de la pesadilla, unos y otros procedieron a reagrupar sus fuerzas y se dio el caso curioso de que, mientras en Francia e Italia o luchaban o se aprestaban a la lucha, allá en el Ártico las fuerzas navales aliadas y alemanas se convirtieron en aliados por tácito acuerdo, cooperando en la labor de dar con el origen de los misteriosos torpedos lanzados, al parecer, por un tercero en discordia.

Los aviones beligerantes, mientras tanto, sufrieron la misma suerte que los primeros —o así se supuso. Al llegar a igual grado de longitud y latitud, dejaron de enviar mensajes y no se consiguió restablecer comunicación con ellos.

Este nuevo desastre, por muy lamentable que fuera, no dejaba de facilitar la labor de la Armada. Ahora ya se sabía positivamente que la zona de peligro se hallaba en la vecindad del Círculo Polar y que empezaba a los 78 grados de latitud Norte y 130 de longitud, cosa que se puso inmediatamente en conocimiento de las unidades que procedían en aquella dirección a toda máquina.

Transcurrieron unos días de angustia durante los cuales menudearon los mensajes de buques de guerra y submarinos dando cuenta de su posición, pero sin dar detalle alguno nuevo. Los misteriosos torpedos seguían brillando por su ausencia. Aliados y alemanes empezaron a respirar de nuevo.

De pronto, como ocurriera con los aviones, toda comunicación entre los buques de guerra y sus respectivas bases se interrumpió. Todos los esfuerzos por restablecer contacto con submarinos o unidades de superficie fracasaron. Se había repetido el caso de los aviones.

Aunque alarmados por el suceso, los respectivos Estados Mayores procuraron quitar importancia al asunto para evitar la desmoralización de sus Ejércitos. Hasta aquel momento, sólo se habían iniciado las investigaciones partiendo de Occidente en dirección a Oriente. Tal vez, se pensó, fuera más fácil llevarlas a cabo, y menos peligroso, intentándolas desde el otro lado de la zona de peligro.

No bien se pensó en ello, se llevó a la práctica. Varios barcos de guerra procedentes de Alaska zarparon con rumbo al Oeste, siguiendo el paralelo 78. Sobre ellos volaba una escuadrilla de aviones de gran radio de acción.

La comunicación entre estas fuerzas y tierra se mantuvo sin interrupción hasta el momento en que llegaron a los 160 grados de longitud Norte. A partir de ese instante, cesó por completo y no volvió a saberse una palabra de la expedición.

El sacrificio de estas nuevas unidad sólo sirvió para una cosa: delimitar la zona asequible a la navegación aérea y naval. La extensión de océano comprendida entre los ciento treinta y los ciento sesenta grados de longitud Norte, parecía haber quedado herméticamente cerrada y dentro de ella se hallaba el punto de origen de los torpedos volantes.

Dentro de los mencionados treinta grados existían numerosas islas, la mayor parte de las cuales pertenecía al pequeño archipiélago de Nueva Siberia.

Pero, ¿cuál de ellas era la guarida del misterioso personaje que con tan desastrosos resultados había intervenido en la guerra?

Después de una conferencia que duró cerca de veinte horas, el Estado Mayor Aliado se reconoció impotente-por lo menos de momento-para hacer frente a la situación creada. Sólo se le ocurrió una medida de eficacia muy dudosa: establecer patrullas de vigilancia en el Océano Ártico en la esperanza que alguna de ellas pudiera hacer un descubrimiento interesante.

Se cursaron las oportunas órdenes. Varias escuadrillas de aviones de gran radio de acción volarían continuamente sobre el mar, partiendo unas desde Alaska y las otras desde Rusia. Sus instrucciones eran terminantes: podían llegar hasta los ciento veintinueve grados cincuenta minutos de longitud por el Oeste y hasta los ciento sesenta con cincuenta minutos por el Este, pero en ningún caso debíais internarse ni un minuto más.

De esta suerte, se mantendría una vigilancia continua en las fronteras de la zona peligrosa y tal vez lograra descubrirse algo de lo que sucedía en el interior.

A pesar de lo poco que se confiaba en la nueva medida, ésta no tardó en dar resultados. Una patrulla salida de Alaska, distinguió, cuando volaba sobre las islas Wrangel, un navío en la distancia. Voló en dirección Oeste, llegando a la vecindad de la zona de peligro a tiempo para ver salir de ella a un destructor que, a juzgar por las apariencias, iba a la deriva.

En cuanto se halló en mar abierto, uno de los aparatos descendió hasta pocos metros de la superficie, sin dejar de radiar llamados a las que no recibió contestación alguna. El barco era un destructor y parecía estar completamente abandonado.

Se avisó a una de las unidades de superficie que patrullaban por los alrededores y uno de los aviones voló, describiendo círculos, por encima del destructor para señalar el lugar en que se encontraba.

Cuando llegó un buque de guerra y abordó al destructor una chalupa procedente del mismo, se encontraron todos los botes en sus pescantes; las balsas en su sitio; la cubierta preparada para entrar en acción; los camarotes en orden. Pero no había a bordo ni un solo hombre. Era una reproducción exacta del caso del «Warlord» y de los demás vapores hallados a la deriva. Si su hallazgo no aclaraba el misterio, ponía, por lo menos, en evidencia una cosa:

“La desaparición de los tripulantes de los navíos encontrados a la deriva en el Atlántico, estaba estrechamente relacionada con el misterioso individuo que había lanzado los torpedos desde su guarida del Océano Ártico”.

CAPÍTULO III

 

 

UN NUEVO AZOTE

POCO después de la aparición del barco de guerra abandonado, los países en guerra recibieron un nuevo mensaje:

«Una docena de aviones», decía, «ha surgido de la zona peligrosa volando a gran altura. De no recibir contraorden, atacaremos».

No sólo no fue dada contraorden, sino que se aconsejó el ataque, abogando por la conveniencia de hacer prisioneros entre los tripulantes de los aviones en cuestión si era posible, con el fin de someterles a interrogatorio.

La contestación, recibida minutos después, fue sorprendente y como para descorazonar a cualquiera. Los aviones, que más que tales parecían submarinos volantes, habían resultado ser poco menos que inexpugnables. La primera Fortaleza Volante en aproximarse a uno de ellos había caído como herida por el rayo. Quedaron destruidas dos más antes de que los pilotos se convencieran que tan peligroso resultaba acercarse a las aeronaves, como al meridiano ciento treinta.

Se intentó entonces derribarlos a cañonazos a distancia; pero el blindaje que llevaban era a prueba de los proyectiles de mayor calibre que pudieran disparar los atacantes. Quedaban por probar las bombas. Una de las Fortalezas que llevaba una bomba de cinco toneladas, empezó a elevarse para situarse por encima de los submarinos volantes. Su intención era ganar suficiente altura para estar fuera del alcance del arma que había derribado a otras unidades de su escuadrilla y soltar la bomba que caería, matemáticamente, sobre su objetivo gracias a los dispositivos de gran precisión instalados a bordo.

Logró situarse por encima de uno de los extraños aparatos, pero, antes de que soltara su carga, pareció vacilar en el aire, formóse a su alrededor un nimbo de azulada luz, y la fortaleza estalló, con vívida llamarada.

Cuando los deslumbrados ojos de los pilotos de los demás aparatos pudieron ver de nuevo, la fortaleza había desaparecido tan por completo como si jamás hubiese existido y la formación de submarinos volantes continuaba su vuelo hacia el Sudoeste como si no hubiera ocurrido nada. Pero se vio, muy por encima de ellos, uno de aquellos torpedos que anteriormente volaran sobre Francia y que parecía, en aquel caso, estar haciendo veces de aparato de caza.

Al saberse en tierra la noticia de lo ocurrido, todas las baterías antiaéreas se aprestaron para luchar con los singulares aviones y las fortalezas recibieron la orden de seguirlos a distancia prudencial para ir dando cuenta de su ruta.

Los submarinos volantes modificaron levemente su rumbo al hallarse sobre Rusia, dividiéndose en tres grupos. Uno de ellos se dirigió en línea recta al Oeste; otro, al Sudoeste y, el tercero, al Sudsudoeste. Aunque habían perdido altura al internarse en Rusia de forma que se hallaban bien al alcance de las baterías antiaéreas, ni uno de ellos fue alcanzado.

No tardó en conocerse el porqué de la maniobra efectuada por la docena de aviones. Cada uno de ellos parecía tener asignado un sector fijo del frente del Este, cubriendo, entre todos, la totalidad de la línea de fuego desde el mar Negro hasta el Báltico.

Una vez tomadas posiciones, cada submarino volante empezó a recorrer su sector lanzando bombas de una potencia hasta entonces desconocida. Y lo hizo con una imparcialidad asombrosa. La única misión de cada uno de ellos parecía ser aniquilar concentraciones de tropas y material sin preocuparse de la nacionalidad de sus víctimas. La incursión duró poco más de uno hora y, al cabo de ella, podía decirse que había dejado de existir frente alguno en el Este. Los submarinos volantes se retiraron después de haber descargado todos sus explosivos, sin que ninguno de ellos hubiera sido tocado siquiera.

La hecatombe conmovió al mundo entero. Todas las destrucciones obra de la guerra, hasta aquel momento, resultaban insignificantes ante el terrible holocausto. Había llegado la hora de que los que con tanta saña se habían combatido hasta entonces llegaran a un arreglo, aunque no fuera más que temporal, para hacer frente al nuevo enemigo que, por cierto, aún no había dado a conocer su nombre.

Se convino celebrar una conferencia a la que asistirían los Estados Mayores de todas las naciones de Europa. Esta se celebró bajo tierra, a gran profundidad, porque era evidente que el desconocido enemigo sabía todo lo que ocurría en el mundo y hubiera sido insensato exponerse a ser aniquilados en plena conferencia.

Ya iba a dar principio la reunión, cuando se recibieron nuevas y desoladoras noticias. Los submarinos volantes habían vuelto a hacer su aparición-esta vez sobre Italia-sembrando la muerte y la destrucción a su paso.

En tan graves circunstancias, no es de extrañar que algunos de los asistentes a la conferencia propusieran acciones radicales.

—La zona que sirve de cobijo a nuestro enemigo-dijo uno de ellos —, tiene una extensión relativamente pequeña: treinta grados de Este a Oeste, por dos o tres grados de Norte a Sur... a menos que contemos el Círculo Polar.

»Ya que resulta de todo punto imposible internarse por ella, la mejor solución es asegurarse de que no quede ser viviente dentro de dicha zona, cosa nada difícil. Basta con que tomen posiciones unos cuantos buques bien artillados en el límite de la zona de seguridad e inicien un bombardeo sistemático, no dejando ni el más pequeño rincón del objetivo sin barrer.

»Tras unos días de cañoneo ininterrumpido con piezas de grueso calibre creo yo que el foco de peligro habrá quedado neutralizado por completo.

—Olvida usted-objetó otro —, que dentro de esa zona hay numerosas islas habitadas que, con toda seguridad, nada tienen que ver con el asunto. Semejante cañoneo no dejaría con vida los culpables, pero tampoco a los inocentes.

—Es cierto-asintió un tercero —. No obstante, ¿no creen ustedes preferible que mueran unos cuantos si con ello se logra salvar a millones de la muerte?

—Será preferible que busquemos otra solución primero-dijo el segundo que había hablado —. Hacer desaparecer a los habitantes de las islas de Nueva Siberia de semejante modo...

—¿A los habitantes de Nueva Siberia? —exclamó uno de los delegados con sorpresa—. ¿Quién ha hablado de esa gente? Olvidan ustedes que, según nuestras noticias, la zona de peligro empieza en el paralelo setenta y ocho. Consulten un mapa, si no lo han hecho ya, y verán que las islas de la Nueva Siberia quedan al Sur de este meridiano... la mayoría de ellas por lo menos.

—Hay otras aparte de las islas esas...

—Que a lo mejor están despobladas por completo. Y, si no lo están, poca gente debe haber en ellas. Sí, creo que un bombardeo por unidades de la escuadra sería la mejor solución del problema.

Continuó la discusión horas y horas sin que se llegara a un acuerdo. Puesta la cosa a votación, hubo empate entre los partidarios y los enemigos del cañoneo.

—Quizá-sugirió entonces alguien —, sería conveniente pedirle a Rusia que indague en las islas de Nueva Siberia si desde ellas ha sido visto algo. Es muy posible que, si no ahora, en los momentos en que nuestro enemigo se instalaba en el Océano Ártico fuera observada alguna cosa que resultase hoy de utilidad.

La sugerencia les pareció un poco infantil a casi todos, pero, como no sabían qué partido tomar, decidieron seguirla y, haciendo uso de la estación de radio instalada en los subterráneos, se pusieron en contacto con Rusia y dieron a conocer los deseos de los delegados allí reunidos.

Transcurrió cerca de una hora en dar a conocer Rusia el resultado de su investigación. Cuando lo hizo, los delegados se miraron, estupefactos.

«Islas Nueva Siberia», decía el mensaje, «incomunicadas totalmente. Zona de peligro se ha extendido hasta los ciento veinte grados por el Oeste, los ciento cincuenta por Oriente, y el meridiano setenta. Se carece de noticias del trozo de Rusia comprendido ahora en la zona de peligro. Nadie parece haber podido escapar de ella. La ampliación de la zona debe haber ocurrido bruscamente, pillando por sorpresa a algunas de las unidades y varios de los aviones que patrullaban por los alrededores. No se tiene conocimiento de que haya presenciado nadie cómo han desaparecido éstos. Se da por sentada su desaparición porque no contestan desde hace rato a las llamadas que se les hacen».

—¡Un trozo de Rusia incomunicado! —exclamó uno de los delegados—. ¡Esto es una invasión en toda regla, señores! Pero una invasión contra la que, de momento, no conocemos remedio.

—Aún hay uno-insistió el que propusiera el bombardeo de la zona de peligro —. Aún estamos a tiempo de barrer toda la zona con un fuego mortífero. Si esperamos más, será demasiado tarde.

—Es demasiado tarde ya-contestó uno de los que le escuchaban —. Si han podido ensanchar los límites de la zona, hay que suponer que podrán repetir la maniobra. Todo barco que se acerque para llevar a cabo el cañoneo desaparecerá como los anteriores. En cuanto se hagan los primeros disparos, loco sería el individuo ese, si no hiciera todo el uso posible de los fantásticos recursos que indudablemente posee.

La discusión fue interrumpida por la entrada del radiotelegrafista con el semblante alterado.

—¡El agresor se descubre! —anunció—. ¡Está radiando un mensaje! ¡Vengan ustedes si quieren oírle! He puesto el altavoz.

Todos los delegados salieron tras él, atropellándose unos a otros por ser los primeros en llegar a la cabina radiotelegráfica. No cabían todos dentro, pero, dejando la puerta abierta, se oía todo, perfectamente, en los pasillos.

Cuando se acercaron, hirió sus oídos una voz metálica que hablaba, pausadamente, en alemán.

—¡Achtung! ¡Achtung! ¡Atención Europa!... ¡Achtung Europa!... ¡Deponed las armas! ¡Cesad en la lucha! ¡Habla vuestro emperador!

Se repitieron estas frases dos o tres veces. Luego, la voz continuó:

—Es inútil que intentéis luchar conmigo. Soy demasiado fuerte. Lo que habéis visto hasta ahora no es más que una parte infinitesimal de lo que puedo hacer. Sois mis vasallos desde este momento. Os conjuro a que lo reconozcáis así.

»Si os confesáis vencidos; si os sometéis, si expresáis vuestra determinación de obedecer mis órdenes, yo os daré instrucciones. Si os negáis a rendiros; si insistís en luchar conmigo; si os rebeláis contra vuestro emperador, os haré sentir todo el peso de mi fuerza.

»Soy generoso. No quiero, si es posible, reinar sobre un imperio de cadáveres, pero vosotros habréis de decir la palabra final. No os pido que decidáis ahora mismo. Llevo mi generosidad hasta el punto de daros tiempo a que celebréis consultas, a que convenzáis a vuestros respectivos pueblos de que toda resistencia sería suicida.

»Durante una semana completa os dejaré gozar de tranquilidad absoluta. Hoy es miércoles. El miércoles que viene, a las doce de la mañana, todas las emisoras darán a conocer vuestra decisión. Si ésta es favorable, recibiréis instrucciones y os serán enviados representantes míos.

»Si decidís desafiarme, emprenderé una ofensiva contra vosotros que empezará a la una del miércoles y continuará ininterrumpidamente hasta que os rindáis sin condiciones o dejéis todos de existir. Seguid mi consejo: no deis lugar a que os ataque. Ni en los momentos de mayor exaltación podríais imaginaros las espantosas consecuencias de una actitud hostil.

»¡Atención Europa! ¡Atención Europa! ¡Os habla vuestro emperador! ¡Os habla... FEGOR!

Calló unos instantes la voz para volver a empezar, esta vez en inglés. Terminado el mensaje, se repitió en francés; luego en italiano, noruego, finlandés, ruso... en fin, en todos los idiomas hablados en el continente europeo, uno tras otro.

Y, mientras tanto, los delegados se miraban unos a otros, estremecidos de horror.

La amenaza, el ultimátum que acababan de escuchar, hubiera sido terrible en labios de cualquiera; pero más en los de aquel al que habían oído hablar.

Porque todos conocían a Fegor y sabían de lo que era capaz.

CAPÍTULO IV

 

 

YUMA RECOGE EL GUANTE

NUESTROS lectores ya conocen el Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas de Barcelona. Es un grandioso edificio rodeado de jardines que se alza sobre una colina próxima al Tibidabo.

La estructura central tiene seis pisos. Una biblioteca que figura entre las mejores del mundo ocupa por completo la planta baja. El primer piso contiene una serie de juegos de habitaciones compuestos de alcoba y despacho. En los demás se alojan, estudian y trabajan especialistas en todos los ramos del humano.

Este edificio es completamente cuadrado y, en el centro del mismo, hay un gran patio estilo árabe, con palmeras, arcadas, flores, bancos de azulejos y un surtidor central cuyas aguas refrescan el ambiente en verano.

Gracias a la conformación de la casa todas las habitaciones están muy bien ventiladas y gozan de abundante luz.

De la fachada posterior y de los dos lados, parten dos amplias y largas naves-seis en total-que albergan talleres bien equipados, laboratorios dotados de todos los adelantos modernos, salas de maquinaria de todas clases.

Completamente apartado del resto, en el fondo de un bosquecillo, anida otro laboratorio taller destinado a los experimentos de índole peligrosa.

Esta fundación está destinada a proteger a inventores en ciernes y a los investigadores científicos cuyos medios no les permiten llevar a cabo sus trabajos.

El Instituto, único en su género, no sólo pone todo su material a disposición de los inventores e investigadores, sino que sus ingenieros y especialistas les ayudan a resolver sus dificultades y, una vez perfeccionado el invento, se encarga de hallarle mercado, limitándose a cobrar al inventor un tanto por ciento insignificante del importe de la venta para subvenir a los gastos de sostenimiento.

Cuando se trata de investigaciones de orden abstracto, el instituto publica memorias, folletos, monografías u obras voluminosas por su cuenta, deduciendo siempre un tanto por ciento de los beneficios para contribuir a los gastos de la fundación.

Ramón Trévelez, director del Instituto, había soñado siempre con proporcionar ayuda a cuantos laboraban por el progreso de la Humanidad y, al fijar su residencia en Barcelona, había dedicado parte de su cuantiosa fortuna a la fundación de dicho Instituto en colaboración con el Estado.

Gracias a su iniciativa, España pudo beneficiarse de muchas invenciones que, de lo contrario, hubieran ido a parar al extranjero o que el inventor jamás hubiese podido perfeccionar por falta de medios.

Era Trévelez uno de esos hombres cuya edad es difícil calcular con exactitud. Lo mismo podía tener treinta que cuarenta años y nunca parecía envejecer.

Negra como ala de cuervo su cabellera, seco el rostro, tostado el cutis, aguileña la nariz, sus facciones formaban un conjunto exótico acentuado por el rescoldo que, dormitando en el fondo de sus pupilas, convertíase en llama a voluntad.

El rostro carecía, normalmente, de expresión. Parecía tallado en piedra y recordaba el de ciertas esculturas de la patria de sus antepasados, pues Trévelez, aunque nacido en España, era de ascendencia americana.

A pesar de su gran estatura, ésta apenas se notaba por lo bien proporcionado de su cuerpo. El traje que llevaba era incapaz de disimular la anchura de sus hombros y se adivinaba bajo el tejido una musculatura recia, poco corriente en los hombres que, como él, se habían consagrado a la ciencia.

Miembro de numerosas academias y sociedades científicas del viejo y del nuevo Continente, gozaba de bien merecida fama por sus descubrimientos en física, química y electroquímica, por su inventiva y por su privilegiada inteligencia.

Tal era el hombre que, allá por la hora en que estaba a punto de celebrarse la conferencia internacional de Estados Mayores, estaba sentado en su despacho.

Frente a él, cómodamente instalado en un sillón, hallábase otro, de acusadas facciones, ojos grises muy vivos que parecían incapaces de fijar la mirada un instante, pero que sorprendían a veces, inmovilizándose. En tales momentos, como muchos podían dar fe, adquirían un brillo extraño, cómo el del hielo y, como si de hielo fueran, daban frío a aquel en quien se clavaban.

La cuadrada mandíbula expresaba determinación, testarudez incluso. Le clareaban los cabellos, cubriéndole, escasamente la parte superior de la cabeza. Andaba más cerca de los cuarenta que de los treinta y su voz era enérgica, pero agradable.

La conversación, como era natural, versaba sobre el único tópico de todas las conversaciones del momento.

—Es espantoso lo que está ocurriendo-dijo el compañero de Trévelez.

Este asintió, con un movimiento de cabeza.

—Cuando un genio loco se desmanda-observó —, horroriza pensar cuáles pueden ser las consecuencias.

—Habla usted como si esperara cosas más terribles aún.

—Y las espero, Garvez, y las espero... ¿Cree usted que después de haber empezado de esa manera el desconocido ese va a detenerse?

—¿Qué opina usted que busca?

—O mucho me equivoco, o quiere hacerse el dueño del mundo.

—¿Qué hace Yuma que no interviene? —preguntó Garvez, con calor—. ¿Cómo puede permanecer impávido viendo morir a millares de seres, viendo amenazada la civilización, él que se ha consagrado por completo a luchar contra el crimen en todos sus aspectos? ¿Qué hace que no da señales de vida?

—Yuma no está ocioso-le respondió el director del Instituto —. Desde que apareció en el horizonte la amenaza, trabaja sin descanso. Si aún no se ha visto el resultado de su labor, es porque todavía no está preparado para asestar golpes eficaces.

Garvez que, excitado, se había medio incorporado en su asiento, volvió a dejarse caer en él, exhalando un suspiro de alivio.

—Durante un momento-confesó —, temí que hasta el propio Yuma se hubiera rendido sin lucha.

—Eso, en usted, es casi una blasfemia-respondió Trévelez. Y una sonrisa quitó hierro a sus palabras —. A usted le consta que jamás ha vacilado Yuma cuándo de cumplir un deber sagrado se trataba. Y el acabar con esta amenaza es un deber sagrado para él...

—Es cierto. El horror que me inspira lo sucedido ha hecho que pierda algo de mi serenidad habitual. He juzgado muy a la ligera, lo confieso, y me arrepiento de ello. ¿Cuándo espera Yuma acudir en auxilio de la Humanidad?

—Dentro de poco. El adversario cuenta con armas poderosas. Ya ha visto usted que ni aviones ni buques de guerra han podido nada contra él. Hubiera sido una locura lanzarse a la lucha con tan potente enemigo sin haber tomado siquiera las precauciones más elementales.

—Sí, eso lo comprendo. Normalmente, ni se me hubiera ocurrido decir lo que he dicho. En realidad, he llegado a temer a veces que Yuma, con toda su ciencia, fuera incapaz de hallar medio de combatir contra tan temible enemigo.

—Es temible, en efecto-asintió Trévelez —. No seré yo quien cometa el error de menospreciar a un adversario. Como digo, desde que aparecieron los mal llamados torpedos volantes, Yuma no ha dejado de trabajar. Y ha encontrado la manera de dominarlos. Esa parte del problema, por lo menos, no presentaba demasiadas dificultades.

—Es posible, pero para mí hubieran resultado insuperables.

—No lo crea. Todo era cuestión de que se hubiese usted molestado un poco en pensar sobre el asunto. Más difícil es lo que el megalómano ese ha hecho.

—¿Se refiere usted a la forma que ha encontrado de dirigir las bombas volantes?

—Precisamente. La bomba volante, como usted sabe, es una especie de avión pequeño, guiado por un piloto automático. Las hay de dos clases: las impulsadas por un motor que consume gasolina y las que llevan una carga propulsora que les convierte, por decirlo así, en una especie de avión cohete.

»Antes de ser disparado el artefacto, se ajusta el piloto automático para que siga un rumbo determinado y se procura calcular la carga propulsora, o el combustible, para que se agote al hallarse la bomba sobre el objetivo escogido. Cuando esto ocurre, el avión sin piloto cae y, al mismo tiempo, se establece un contacto que detona la bomba propiamente dicha. En realidad, transcurre un intervalo de dos o tres segundos entre ambas cosas. Al agotarse la carga propulsora, la luz roja de la cola del artefacto se apaga. La explosión se produce dos o tres segundos más tarde de haber sucedido esto.

—Y ¿cómo saben los que lanzan la bomba si ésta ha llegado a su objetivo? O ¿no es posible saberlo?

—Sí que lo es. Aunque el avión sin piloto no va dirigido por radio como en un principio se creyó, lleva instalado un aparato emisor. Este aparato emite señales continuamente hasta que el avión cae al suelo a es destruido por cualquier otro medio. Cuando se dispara uno de ellos, se pone en marcha, simultáneamente, la manilla de un cronómetro que marca las décimas de segundo. Mientras se van recibiendo las señales emitidas por la bomba volante, la manilla sigue en marcha. Se la pasa en cuanto dejan de percibirse éstas.

»Por la carga propulsora que lleva o la cantidad de gasolina, se sabe, aproximadamente, cuánto ha de tardar el proyectil en llegar a su objetivo. Si las señales cesan antes del tiempo que debiera necesitar el avión sin piloto para llegar a su meta, los que lo han disparado saben que ha sido destruido por algún caza o por el fuego antiaéreo.

—Es curioso. No sabía que pudiese controlarse la acción de la bomba volante de esa manera. Perdone que le haya interrumpido. Me estaba usted explicando cómo había superado el desconocido las dificultades técnicas que se le presentaban.

—En efecto-asintió Trévelez —. Iba a decir, cuando usted me ha interrumpido con su pregunta, que la parte más difícil de lo conseguido por ese desconocido enemigo de la Humanidad ha sido precisamente neutralizar o, mejor dicho, desconectar el piloto mecánico y dominar, a distancia, el timón de la bomba volante. Por lo menos, parece haber conseguido eso...

—No cabe la menor duda de ello. Lo ha demostrado dirigiéndolas a su antojo.

—Es posible-murmuró Trévelez —; pero yo tengo otra teoría... que no pasa de ser eso; una teoría, naturalmente.

—¿Qué teoría es ésa?

—Que nuestro desconocido enemigo halló, probablemente, un medio más sencillo para lograr sus propósitos.

—¿Cuál?

—Vencer la resistencia del piloto automático empleando como timón el torpedo volante.

—¿Quiere usted decir con eso que el timón del torpedo era el que dirigía a la bomba?

—Algo así.

—No es posible que tuviera fuerza suficiente para hacerlo.

—Eso es mucho decir. Creo que podría demostrarle yo a usted todo lo contrario. Pero no lo discutiremos. No vale la pena. Tanto da que usara un procedimiento como otro: el caso es que lo consiguió.

—Pero, ¿cómo se las apañaba para acoplar los torpedos a las bombas volantes?

—Todo objeto en movimiento-explicó Trévelez —, desarrolla en torno suyo una especie de campo magnético. Es evidente que el desconocido calculó, con bastante exactitud, la potencia de éste y dotó a su torpedo de aparatos lo bastante sensibles para aprovecharla. En realidad, el torpedo volante es un avión pequeño, sin piloto, dirigido por radio. Aun sin haber visto el interior de ninguno de ellos, podemos estar seguros de que contienen, entre otras cosas, un televisor del cual se vale el desconocido para juzgar cuando ha llegado el momento oportuno de hacer caer la bomba.

»El torpedo sale disparado a gran velocidad en dirección al punto de donde parten las bombas volantes. En cuanto pasa por cerca de una de ellas, sus aparatos registran la presencia de la misma y regulan automáticamente la velocidad del torpedo hasta sincronizarla con la de la bomba.

»Una vez conseguido esto, se posan sobre la masa mayor adhiriéndose a ella fuertemente, sea por medio de electroimanes o cualquier otro procedimiento. Entonces, o desconectan el piloto mecánico por medio de una descarga eléctrica, o hacen uso de su propio timón para guiar la bomba, como ya hemos dicho.

»En cuanto se hallan sobre el objetivo, se desprenden de la bomba y la hace, estallar haciendo uso, sin duda, del mismo rayo mortífero que parecen haber empleado cuando hacían de escolta de los llamados submarinos volantes. La cosa, como he dicho, no ofrece dificultades.

—Y, ¿dice usted que Yuma puede ya dominarlos?

—Sí, lo que uno ha hecho, otro lo puede hacer. Sólo se trataba de dar con la longitud de onda empleada por el desconocido para dirigir su aparato. Es muy posible que, a estas horas, muchos otros técnicos europeos hayan dado con ella. Por cierto que es cortísima. Se mide por milímetros y no por metros como las normales.

—De todas formas, el descubrimiento llega demasiado tarde para ser de utilidad. Desde el momento en que dejó de usarse la bomba volante, los torpedos han desaparecido del campo de operaciones.

—No del todo, amigo mío. No olvide que se han usado también como aparatos de caza. Es ahí donde puede ser útil el descubrimiento de Yuma. Y no para ahí la cosa. Los submarinos volantes no creo que lleven piloto tampoco. Yuma sigue experimentando. Está seguro de que, si son dirigidos por radio, acabará dando con su longitud de onda también. Además, tiene reservadas otras cuantas sorpresas.

Sonó el timbre del teléfono que había sobre la mesa. El director del Instituto lo descolgó. Era uno de los químicos el que le llamaba.

—Señor Trévelez-preguntó —, ¿ha escuchado usted la radio durante estos últimos minutos.

—No, ¿por qué lo pregunta?

—¡Porque ya se sabe quién es el megalómano que parece dispuesto a destruir el mundo! ¡Escuche usted, que está radiando un mensaje!

—Gracias-contestó Trévelez, colgando de nuevo.

Se acercó al mueble que había en un rincón del despacho y puso en marcha el potentísimo aparato que ocultaba. La voz metálica estaba transmitiendo en inglés, en aquel momento, su mensaje.

Trévelez escuchó hasta el final sin que sufriera alteración alguna su semblante, pero, al oír el nombre del misterioso personaje, dirigió una mirada, a su compañero.

—¡Fegor! —exclamó Garvez—. ¡Fegor otra vez!

Trévelez movió, afirmativamente, fa cabeza.

—Era de esperar-dijo —. Ya sabía yo que volvería a cruzarse en el camino de Yuma. ¡Lástima que se escapara de la Isla de Pascua!1. Fue un día negro aquél para la Humanidad. Cuando empezaron a aparecer los torpedos volantes, sospeché que se trataba de un nuevo intento por parte, de Fegor para hacerse dueño del mundo. Él era suficientemente ambicioso para intentarlo y poseía los conocimientos necesarios y el ingenio para idear medios como los que se han empleado.

—Es raro, sin embargo, que no le haya retado a Yuma personalmente como hizo la otra vez.

—No lo habrá creído necesario. Él sabe, divinamente, que Yuma no dejará de enfrentarse con él. La situación es mucho mejor de lo que yo había esperado.

Garvez le miró con sorpresa.

—¿Mejor? —exclamó.

—Mejor. El continente dispone de una semana entera para tomar sus medidas para prepararse. Ese loco ha cometido un error al dar un plazo tan largo, puede ser su perdición.

—¡Así sea! —murmuró Garvez, con fervor.

—Amén-respondió Trévelez —. Creo, amigo mío, que la lucha empezará mucho antes de lo que había esperado. Fegor ha lanzado un reto. Y Yuma ha recogido el guante.

CAPÍTULO V

 

 

UNA MISIÓN PELIGROSA

EL jueves, día siguiente a aquel en que Mejor lanzara su ultimátum, un joven, de veintiséis o veintisiete años de edad, estatura regular, cabello castaño y rostro risueño que hubiera pasado inadvertido entre otros jóvenes de su edad, se hallaba sentado en un hotelito próximo a la Travesera leyendo un periódico de la mañana.

Manrique, que, así se llamaba, era uno de, los mejores agentes del misterioso Yuma y, como todos sus compañeros, se estaba preguntando en aquellos momentos y por enésima vez hasta cuándo esperaría su jefe para iniciar su campaña contra el infame Fegor.

Como si Yuma hubiera leído sus pensamientos a distancia y quisiera dar una contestación a ellos, Manrique sintió, de pronto, una leve presión sobre la muñeca. Inmediatamente se llevó la mano al reloj de pulsera.

Este reloj, que era un poco más grande y grueso de lo corriente, era un invento de Yuma con el que iban equipados todos sus agentes. La maquinaria del reloj propiamente dicho ocupaba, escasamente, una tercera parte del interior de la caja. Debajo de la esfera, una serie de minúsculos electroimanes y de piezas extrañas convertían al supuesto reloj en maravilloso receptor y transmisor radiotelegráfico.

Sólo recibía y transmitía en morse y una pequeña palanca que sobresalía por la parte de atrás marcaba los puntos y las rayas con presiones más o menos prolongadas sobre la piel.

Como hemos dicho, Manrique había notado una presión sobre la muñeca. Oprimió el botón que sobresalía de la corona del reloj para advertir que estaba aguardando el mensaje y empezó a leer los puntos y rayas que el aparato marcó a continuación.

«X», deletreó la palanquita, «recibirás dentro de unos minutos órdenes especiales. Obedécelas al pie de la letra.»

Y, la firma, «TH», anunció que el mensaje llegaba directamente de Yuma, y no del jefe de sus agentes que era, generalmente, el encargado de transmitir sus órdenes.

Manrique acusó recibo de la orden, dobló el periódico y se dispuso á esperar.

No hubo de hacerlo mucho rato. Aún no había transcurrido un cuarto de hora cuando llamaron a la puerta y, cuando se acercó a ella, oyó caer algo en el buzón. No se molestó en abrir ya sabía que no encontraría a nadie.

Extrajo del buzón un voluminoso sobre y volvió con él a la sala. Allí lo abrió.

Contenía unas cuantas hojas de papel escritas a máquina y un reloj parecido al que llevaba puesto, pero bastante más grande y pesado. Lo dejó sobre la mesa mientras leía los papeles, que decían así:

«X. —Procederás lo más aprisa posible al aeródromo del Prat, donde encontrarás un avión monoplaza esperándote. Lo has de tripular tú mismo.

»Dirígete en él a la zona comprendida entre el paralelo setenta y el Círculo Polar, y los grados 120 y 170 de longitud Norte. No debes ignorar que, al hacerlo, existe la posibilidad de que pierdas la vida. Este, sin embargo, es un riesgo que alguien ha de tomar para salvar a la Humanidad, y no serás tú el único que lo corra.

»En cuanto te internes en dicha zona, es seguro que ocurrirá una cosa: el aparato de radio de tu avión dejará de funcionar. Lo que ocurra después sólo puede ser objeto de conjeturas. Es posible que el avión se estrelle, como también es probable que no ocurra tal cosa y que se limite Fegor a darte la orden de que aterrices.

»Me inclino a creer que ocurrirá la segunda de estas dos cosas: tengo motivos de peso para suponerlo. Cuando salgas de casa en dirección al aeródromo, deja atrás el reloj que llevas y ponte, en su lugar, el que ahora te envío. Este está construido de forma que podrá seguir funcionando normalmente, aun cuando el aparato del avión deje de funcionar.

»En cuanto emprendas el vuelo, empezarás a radiar tu posición cada diez minutos al principio, pero cuando empieces a volar sobre territorio ruso, lo harás cada cinco minutos y, al llegar al paralelo sesenta, radiarás señales sin interrupción mientras funcione el aparato de radio porque, ni que decir tiene, has de usar el aparato del avión para esto.

»Una vez deje de funcionar tu emisora, harás uso del reloj que te envío, dándome a conocer, exactamente, lo que te ha ocurrido y está ocurriendo. Ten en cuenta una cosa: desde el momento en que empieces a usar el reloj, no debes estar más de diez minutos sin mandar un mensaje o, si esto no es factible por las circunstancias, una señal siquiera. Si, transcurridos diez minutos después de una de tus comunicaciones no he recibido por lo menos una señal que ha de ser, precisamente, la equivalente a mi contraseña, supondré que el reloj ha dejado de estar en tu poder. Aguardaré un minuto más para asegurarme y, transcurrido este intervalo, destruiré el reloj a distancia para que no tenga tiempo de examinarlo Fegor.

»De momento, no puedo darte ninguna otra orden concreta. Usa tu criterio y obra según te dicten las circunstancias. Tengo plena confianza en ti.»

Terminaba la carta con una lista de los lugares en que podía aterrizar por el camino para reponer la gasolina y con la firma de «TH».

Cuando dio fin a la lectura, Manrique encendió su mechero y prendió fuego a la misiva, asegurándose que no quedara ni un milímetro de ella. Luego redujo a polvo el papel carbonizado, a quitó el reloj de pulsera, y se puso el que Yuma le había enviado.

Habiendo leído la información publicada por los periódicos acerca de lo sucedido en el Ártico, se daba perfecta cuenta del terrible peligro que corría al obedecer las órdenes de su jefe. Pero no vaciló un instante. Si Yuma tenía confianza en él, no menos confianza tenía él en Yuma. Sabía que, ocurriera lo que ocurriese, éste nunca le abandonaría.

Media hora más tarde, abandonaba su hotelito y marchaba, en su coche, al aeródromo del Prat, donde, obedeciendo órdenes recibidas, se le tenía preparado un aeroplano monoplaza.

Mientras esto sucedía cerca de la Travesera, algo muy parecido estaba ocurriendo en los alrededores de San José de la Montaña.

Allí, el recipiente del mensaje de Yuma era Marcos, hombre de un metro ochenta de estatura, patilargo, delgado hasta el punto de parecer cadavérico. Atraque los movimientos de aquel otro agente de la misteriosa Voz eran más bien lentos, ocultaba, bajo su aparente torpeza, un caudal inagotable da energías y unos vivísimos deseos de darle salida luchando, corriendo aventuras, haciendo lo que fuese.

Quien, viéndole tan parado, creyera poder insultarle con impunidad, descubriría, con gran sorpresa, que el supuesto perezoso se convertía en un verdadero remolino humano. No pasaría de los veintiséis años, pero su estatura le hacía parecer más viejo a primera vista.

También Marcos había recibido un aviso de su jefe y también él encontró en su buzón un sobre voluminoso con un reloj nuevo e instrucciones concretas.

Sólo que a él no se le pedía que se dirigiera al Ártico en avión, aunque sí que viajara parte del camino por ese procedimiento. Se le encargó que marchara a Nueva Zembla, en el Océano Glacial Ártico. Allí le aguardaría una canoa automóvil muy potente, en la que debía emprender el viaje en dirección a la zona de peligro.

La canoa tendría instalada una emisora de radio que Marcos debía emplear mientras pudiese, recurriendo al reloj que se le enviaba en cuanto ésta dejara de funcionar.

Seguía una serie de detalles sobre la ruta exacta que debía seguir y, como Manrique, el segundo agente de Yuma no vaciló en seguir las instrucciones de su jefe a pesar del peligro que representaban.

*****

 

 

Trévelez entró en su despacho oficial del Instituto y, tras cerrar la puerta con llave, se acercó a la pared, tocando una moldura en dos sitios distintos.

Toda la estantería llena de libros que adornaba aquel lado de la pared giró silenciosamente, dejando al descubierto una puerta. Se introdujo por ella, sonó un chasquido, y el estante volvió a su sitio.

Se encontró en un pasillo corto y estrecho. Al fondo del mismo había una puerta, que abrió, pasando a una habitación pequeña, amueblada como despacho. Sobre la mesa había dos teléfonos. Descolgó uno de ellos al tomar asiento.

—Garvez-dijo una voz.

—Ordenes-anunció Trévelez.

—Escucho.

—X e Y están a punto de salir de Barcelona. X se dirigirá al paralelo setenta en avión; Y irá en avión a Nueva Zembla y de allí saldrá en canoa automóvil para el meridiano ciento veinte Norte. ¿Ha tomado nota?

—Sí.

—Avisará usted en nombre de Yuma a las cancillerías de los países sobre los que han de volar para que no se moleste a los aviones y para que se les entregue gasolina cuando aterricen en los lugares que a continuación les diré.

—Bien.

—Las cancillerías deben dar orden con urgencia de que la canoa tripulada por Y, así como los aviones en cuestión, sea respetada por aeroplanos y buques de todas las naciones.

—Bien.

—Tome nota. Voy a describirle el modelo de los aviones, las marcas que llevan y la clase de canoa que empleará Y. También le daré el nombre de los lugares en que aterrizarán los aeroplanos.

Garvez tomó nota de cuanto le fue dictando su jefe.

—¿Es eso todo? —preguntó, por fin.

—No. Quiero que mande a todas las cancillerías en nombre de Yuma una explicación detallada de lo que ha descubierto acerca de los torpedos volantes. También les dará a conocer la longitud de onda necesaria para dirigirlos, a fin de que puedan prepararse en todas partes para combatirlos en cuanto hagan su aparición. Prepárese a tomar nota. Copie mis palabras textualmente, cuidando de no cometer error alguno, que el asunto es muy importante.

—Descuide. Puede empezar ya.

Trévelez le dictó, rápidamente, todos los detalles en cuestión y, cuando hubo terminado, se hizo leer las notas de Garvez para asegurarse de que éste había entendido bien.

—¿Algo más? —inquirió Garvez.

—Sólo una cosa: que aconseje a las cancillerías que toda comunicación que expidan relativa a este asunto debe ir en la clave particular de cada uno de los Estados interesados para evitar que haya filtraciones. Anuncie que Yuma vuelve a emprender la lucha contra Fegor, al que, como todos saben, ya venció en otra ocasión. Pero aconseje que no se haga la cosa pública de momento. Cuanto más tarde Fegor en darse cuenta de que Yuma ha tomado cartas en el asunto, más probabilidades habrá de adelantar algo. Cuando se entere (y no tardará en hacerlo a pesar de todas nuestras precauciones), extremará la vigilancia y tomará medidas más rigurosas para protegerse contra sus ataques.

—¿Tiene usted algo más que ordenar?

—Nada de momento. Cumpla mis instrucciones lo más aprisa posible.

—Lo haré inmediatamente-aseguró el jefe de los agentes de Yuma.

El director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas colgó el auricular.

Permaneció unos instantes pensativo. Luego, se puso en pie y tiró, con fuerza, de la lámpara que colgaba sobre la mesa. Inmediatamente se descorrió un entrepaño de la pared y apareció la entrada de un cuarto ropero bastante grande.

En el fondo del cuartito había un armario, y a él se dirigió Trévelez. Lo abrió, entró, lo cerró tras sí, apretó un botón. El armario era, en realidad, un ascensor pequeño que le condujo muy por debajo de los sótanos del Instituto, a otros sótanos de cuya existencia nadie sospechaba.

Al salir del ascensor se encontró en un magnífico laboratorio cuyo equipo en nada era inferior al de los laboratorios que había, a nivel de tierra, en el edificio. En un rincón de éste se veía un complicadísimo aparato, que parecía una emisora de radio. En el centro de la misma había instalada una pantalla fluorescente y en su alrededor, numerosos accesorios entre los que figuraban un radiogoniómetro y dispositivos cuyo objeto hubiera resultado muy difícil adivinar.

Trévelez se sentó junto al aparato, abrió varios interruptores y probó diversos dispositivos. Luego, satisfecho del resultado, se levantó de su asiento, pero no desconectó el altavoz. Desde aquel momento en adelante debía permanecer, abierto para que se fueran recibiendo las señales radiadas por Manrique y Marcos. Ambos disponían, a bordo, de una emisora de igual longitud de onda, pero era poco probable que coincidiesen sus señales.

CAPÍTULO VI

 

 

EL RESULTADO DE LA MISIÓN

TRÉVELEZ cortó el altavoz conectado con el receptor de los sótanos e instalado en su despacho oficial, por el que había estado recibiendo las señales de X e Y, pasó a su despacho secreto y, sin detenerse en él, descorrió el entrepaño de la pared y entró en el ropero.

De una de las perchas colgaba una capa de material tan finísimo que apenas ocupaba espacio al ser plegada. La descolgó, la dobló y se la metió en el bolsillo. Momentos después salía del ascensor en el laboratorio y se sentaba junto a la emisora receptora. Por los datos que iban llegando de Manrique, éste andaba ya muy cerca de la zona peligrosa.

Marcos, por su parte, acababa de salir de Nueva Zembla y sus mensajes se recibían intercalados en los del otro agente.

Transcurrieron unos minutos durante los cuales Manrique siguió radiando su posición. De pronto, las llamadas cesaron por completo y, a continuación, la palanquita del reloj de pulsera que llevaba Trévelez empezó a moverse.

“La emisora” deletreó “no funciona” pero sigo recibiendo perfectamente. Acaban de comunicarse por el aparato del avión que debo perder altura y prepararme a aterrizar. Si me niego a hacerlo, seré aniquilado junto con mi aparato. Un aparato volante ha aparecido sobre mí. He recibido orden de seguirle y aterrizar donde él me señale. Obedezco.”

Aquel era el momento que había estado aguardando Trévelez. Hubiera podido anular las ondas emitidas por Fegor y dominar el torpedo él, pero, ¿qué hubiera adelantado con ello? Nada más que dar a conocer a Fegor que el secreto del funcionamiento de sus aviones sin piloto había sido descubierto.

No era conveniente que el megalómano se enterase de eso aún. Conque se guardó muy bien de intentar variar el rumbo del torpedo. En lugar de eso, decidió aprovechar el televisor del torpedo para ver algo del sitio en que Manrique se veía obligado a aterrizar. Podía hacerlo sin que Fegor tuviera la menor noticia de ello.

Dio a una serie de interruptores y se puso a sintonizar, rápidamente, el aparato. Poco a poco se fue dibujando una imagen en la pantalla fluorescente que tenía delante. Al principio era borrosa, pero no tardó en aclararse por completo.

Estaba viendo, desde gran altura, un trozo de tierra pelado, llano en gran parte, pero no exento de algún que otro monte o altozano. El cuadro fue acercándose más a su vista, prueba evidente que el torpedo estaba descendiente, sin duda para indicarle el camino a Manrique.

No tardaron en precisarse las características del terreno que, por cierto, parecía deshabitado. Todo era tundra. Montes y llanos estaban cubiertos de musgos y líquenes, típica vegetación ártica.

Los montes, según pudo apreciarse momentos más tarde, estaban todos perforados. En sus laderas se abrían las bocas de enormes cavernas, de las que parecía partir una cinta tundra adelante.

La sección de terreno televisto se fue haciendo menor y ganando, por consiguiente, en detalle. Las cintas eran pistas de aterrizaje y despegue. Por fin, no se vio en la pantalla más que la falda de uno de los montes, con su caverna y un trozo de la pista.

El paisaje se inmovilizó unos instantes, luego comenzó a alejarse. El torpedo ganaba altura de nuevo. Simultáneamente, la palanquita del reloj de pulsera deletreó un nuevo mensaje:

«He recibido orden de aterrizar. Tundra. Monte. Caverna en ladera. Pista aterrizaje conduce interior. Torpedo se eleva sobre mí. —X.

En efecto, en la pantalla apareció el monoplano tripulado por Manrique. Era evidente que el torpedo tenía la misión de asegurarse de que aterrizara.

Presenció cómo tomaba tierra el monoplano y rodaba por la pista hacia la boca de la caverna. Cuando hubo desaparecido el aparato en su interior, el torpedo se elevó aún más, viró y cruzó hacia el otro lado de lo que debía ser una isla.

El paisaje que se iba deslizando por pantalla fluorescente era todo igual —monte y llanura, musgos y líquenes. Se vio el mar a lo lejos; el torpedo empezó a perder altura. En los montes vecinos a la costa se alzaban torres metálicas que alcanzaban gran altura.

Algunas de ellas eran torres de antena; otras, sin embargo, debían tener otro uso imposible de adivinar por lo extraño de su construcción.

De trecho en trecho se veían construcciones de acero que salían, oblicuamente, de las laderas. Parecían montañas rusas de las que vemos en nuestros parques de atracciones.

El torpedo, descendiendo siempre, se acercó a una de ellas, evolucionando. Vióse entonces aparecer en la pantalla la extremidad de una de las misteriosas construcciones. Era curiosa en extremo. Tenía forma de triángulo con la base hacía el observador. Toda la superficie del triángulo estaba cubierta de vías, como las de un ferrocarril, que convergían en dos partes. Estos, partiendo del ápice del triángulo, se prolongaban por la estructura en dirección a la montaña, como las vías de subida y bajada de un camino de hierro.

El torpedo, tras una nueva maniobra, enfiló el triángulo y aterrizó sobre él. Debía de tener un tren de aterrizaje especial, que encajara en aquellas vías, porque, no bien las hubo tocado, empezó a resbalar por ellas en dirección al ápice.

Eso supuso Trévelez que hacía, por lo menos. En realidad, no podía verlo.

El televisor del aparato estaba instalado en la parte de debajo del torpedo y, por consiguiente, sólo hacia abajo podía verse. Aun esto sólo era posible en aquel momento porque la construcción metálica no pasaba de ser un armazón.

Gracias a ello, se veía por entre la viguería de acero y las vías y, como ya hemos dicho que aquella especie de montaña rusa formaba rampa descendente en dirección a la ladera del monte, era posible distinguir parte de la estructura antes de llegar a ella.

Así fue como vio Trévelez que el torpedo se aproximaba a la boca de un túnel por el que se perdía, la rampa metálica y, momentos después, el avión sin piloto se introducía por él, quedando negra la pantalla.

Dejó el receptor de televisión sintonizado por si volvía a moverse el torpedo aquel.

Entretanto, Manrique había estado transmitiendo sin cesar.

Al parecer, había rodado cerca de un kilómetro por el interior del monte, antes de detenerse. El piso de la galería por la que se deslizaba era de cemento. La galería en sí se había iluminado brillantemente al entrar en ella el aparato, cosa que había permitido ver a Manrique que, de trecho en trecho, se abría alguna puerta a uno y otro lado.

Por fin desembocó en una amplia plazoleta subterránea que hacía veces de hangar. No tuvo tiempo de ver más que unos cuantos aparatos que parecían submarinos al otro extremo, antes de que varios hombres se acercaran a su monoplano, obligándole a saltar a tierra.

Le registraron, le quitaron la pistola que llevaba, pero no le tocaron ninguna otra cosa más. A continuación, fue conducido por otro pasillo y encerrado en una especie de celda que contenía una cama. Intentó averiguar qué era lo que se pretendía hacer con él, pero no fueron contestadas sus preguntas.

Le dejaron solo, cosa que le permitió radiar su mensaje con comodidad.

Transcurrió el tiempo. Manrique fue radiando señales de vez en cuando, pero no tenía nada nuevo que decir. Trévelez seguía sentado ante el aparato. Junto a él tenía dos teléfonos, extensión de los instalados en su despacho secreto. Uno comunicaba con el exterior —el otro era el hilo que le ponía en comunicación directa con Garvez.

Recibió una o dos llamadas y contestó desde allí. No pensaba alejarse de la emisora de momento.

Por fin, Manrique anunció que se había presentado un hombre con comida.

En contestación a sus preguntas, éste se había limitado a decirle que dentro de unos momentos sería interrogado por el jefe y que sabría cuál sería su destino.

Nueva espera. Marcos seguía navegando por el Ártico sin novedad.

Un cuarto de hora más tarda, Manrique fue sacado de su calabozo y conducido a una galería vecina. Allí, con gran sorpresa suya, se le hizo subir a una especie de tren subterráneo, en el que viajó más de un cuarto de hora antes de apearse. Después entró en una habitación donde había varios hombres, sentados. Ninguno de ellos era Fegor, de eso estaba seguro.

Lo primero que hicieron fue preguntarle su nombre, (Él dio uno falso, naturalmente), su nacionalidad, su profesión. Creyó preferible pasarse por sudamericano. Decir que era español pudiese despertar sospechas si Fegor esperaba que Yuma luchara contra él. En cuanto a profesión, aseguró ser técnico de radio, simplemente porque era la única cosa que conocía lo suficientemente a fondo, para que no pudieran pillarle en un renuncio si es que llegaba la ocasión de demostrarlo.

Todos los datos fueron apuntados en una ficha, que pasó a otra mesa donde le obligaron a poner sus huellas dactilares en el dorso de aquella cartulina y de otra que estaba en blanco. Esta última fue llenada a continuación, Manrique firmó las dos y le fue entregada una que, según le dijeron, había de servirle de tarjeta de identidad de allí en adelante.

Los que le habían conducido hasta allí le sacaron del cuarto y, una vez fuera, le pidieron que les enseñara la tarjeta que había recibido.

—Sección IV-dijo uno de ellos, leyendo lo escrito en un rincón —. Gasuli. Este va con Gasuli a la Sección de Radio.

Le condujeron de nuevo al ferrocarril subterráneo y, al apearse, recorrieron unas galerías y entraron en un despacho donde estaba sentado, escribiendo, un hombre.

—Un recluta nuevo-le dijo uno de los guardianes.

—¿Tarjeta? —inquirió el hombre.

Manrique la mostró.

—Bien-dijo el otro —; entrará a trabajar en el turno de la noche.

Abrió una puerta que había en el otro extremo del cuarto e hizo pasar por ella al agente de Yuma.

Este se encontró en una gran sala en cuyo centro había una mesa muy ancha y larga con sillas todo alrededor. En algunos otros puntos de la habitación había sillones bastante cómodos y dos estanterías giratorias llenas de libros.

Junto a las paredes y todo alrededor del cuarto se alzaban tres pisos de literas numeradas.

El escribiente, o lo que fuera, consultó la tarjeta de nuevo.

—Esta es la litera que le corresponde-anunció, señalando una del tercer piso que llevaba el número veinticuatro —. Saldrá con los demás esta noche y le será asignado trabajo.

Entonces se fijó Manrique en que la sala no estaba desierta. Había unos cuantos hombres en ella, pero todos estaban echados y, al parecer, dormidos.

Se sentó en uno de los sillones más alejados de la puerta por la que había entrado y que, al parecer, era el único medio de acceso al cuarto. Tomó un libro de la vecina estantería y fingió leer, mientras comunicaba a su jefe todo lo que había sucedido hasta entonces.

Cosa de media hora más tarde, empezaron a levantarse los que estaban acostados. El primero que lo hizo, al verle, se acercó a él y preguntó:

—¿Nuevo?

Hablaba inglés y Manrique le contestó, afirmativamente, en el mismo idioma. Explicó que cuando volaba por las cercanías le habían obligado a aterrizar y le habían hecho prisionero.

—Lo mismo me ocurrió a mí-anunció el otro —. Iba de telegrafista en la primera Fortaleza Volante que se acercó a estas islas siguiendo la ruta de los torpedos. ¿Qué ha sucedido en el mundo desde entonces?

Manrique se lo contó a grandes rasgos, porque tenía vivos deseos de interrogarle a su vez.

—¿Dónde estamos? —preguntó—. ¿Qué sitio es este? ¿Qué trabajo es el que obligan a hacer?

—No sé con exactitud dónde estamos-le respondió el otro —. De eso debe usted saber tanto como yo. Parecemos encontrarnos en una isla pequeña, situada al Noroeste de la Nueva Siberia, pero que no recuerdo haber visto nunca en ningún mapa. Ninguna de los que duermen en esta sala parece poder dar más detalles sobre ese particular.

—¿Qué trabajo se les obliga a hacer? —insistió Manrique.

—Nosotros estamos encargados de todo lo que tenga algo que ver, por remotamente que sea, con la radiotelegrafía. Usted hace el completo. Ahora somos veinticuatro justos, lo que permitirá destinar ocho hombres a cada turno.

—¿Ocho hombres a cada turno?

—Sí, aquí se trabaja día y noche, pero Fegor tiene suficiente sentido común para comprender que, si intenta explotar demasiado a sus trabajadores, acabará matándolos y, aun mientras vivan, darán muy poco rendimiento. Conque ha establecido tres turnos de ocho horas cada uno. Yo pertenezco al último turno: al que trabaja desde medianoche hasta las ocho de la mañana. Hasta ahora había sido el peor librado, pues sólo contaba con siete hombres. Supongo que le agregarán a usted al nuestro. ¿Cómo se llama?

—Rodrigo-contestó Manrique, dando el nombre que constaba en su tarjeta —; soy venezolano.

—Habla usted muy bien el inglés para ser extranjero. Yo soy norteamericano, de Boston. Me llamo Rogers.

Mientras hablaban, se habían ido levantando los demás y acercándose para escuchar la conversación. Eran ocho y Manrique hubo de explicar, nuevamente, lo ocurrido en el mundo durante su ausencia. Algunos de ellos volvieron a acostarse después de haberle escuchado. Otros acercaron sillas e intervinieron, de vez en cuando, agregando datos a los que daba Rogers.

Parecía ser que aquellos ocho hombres pertenecían todos al turno de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. El único del turno de la noche era Rogers.

—Nos sacan todos los días a la superficie para que estiremos un poco las piernas-explicó éste —, pero no obligan a ir al que no quiere. Yo, como he dormido bastante mal esta mañana, me he quedado hoy.

—Pero, ¿qué clase de vida se lleva aquí? —inquirió el agente de Yuma, que no dejaba de mandar señales, de vez en cuando, a su jefe.

—Ocho horas de trabajo y dieciséis de descanso-dijo uno de los hombres.

—El plan-explicó Rogers —, es conceder ocho horas para cada cosa: ocho para trabajar, ocho para dormir y ocho para hacer ejercicio y distraerse. Nuestros guardianes entran aquí tres veces al día: a las ocho de la mañana, a las cuatro de la tarde y a las doce de la noche. Es decir, a las horas en que se cambia el turno.

»A esa hora, el que se halle aquí y quiera salir a dar un paseo por el exterior, puede hacerlo, en formación, claro está, y con vigilancia. Estos podían haber salido esta tarde también, pero prefieren descansar primero y salir a medianoche.

»Las horas de las comidas varían. Los que, como yo, entran a trabajar a medianoche, desayunan a las ocho de la mañana, comen a las cuatro y cenan a las diez. Los que forman parte del turno de las ocho desayunan media hora antes que nosotros y comen con nosotros al volver de trabajar, cenando también en nuestra compañía a las diez.

»Los del turno de cuatro a doce, desayunan media hora antes de comer nosotros, comen al salir de trabajar a las doce y cenan cuando los demás desayunamos. El horario es un poco raro, pero acaba uno por acostumbrarse.

—¿Cómo pueden aguantar tantas horas seguidas sin probar bocado? —inquirió Manrique.

—No estamos tantas horas sin probar bocado-respondió uno de los prisioneros —. A mitad de la jornada de trabajo se nos da una especie de merienda para aguantar las cuatro horas que faltan antes de ser relevados.

—¿Qué tal se come?

—Bastante bien. No se le puede hacer trabajar mucho a un hombre mal alimentado.

—¿Qué trabajo se hace?

—Cuidar de los aparatos que sirven para dirigir los torpedos y los submarinos volantes. Estos últimos tampoco llevan tripulación. Atender a los televisores y a las emisoras de radio y proyectadoras de rayos que disgregan todo objeto contra el que van dirigidos. Y una serie de cosas más que ya irás viendo.

—¿Hay muchos prisioneros aquí?

—No lo sabemos a ciencia cierta, pero suponemos que son muchos, en efecto. Casi todos los que están en esta sección son radiotelegrafistas de barco o de aeroplano. En todos los casos, no fueron ellos solos los únicos prisioneros, sino que cayó en poder de Fegor la tripulación completa de avión o buque.

»Los hombres de Fegor clasifican los prisioneros según sus aptitudes y cada sección está aislada de todas las demás. Por eso dan tarjetas de identidad, para que no pueda pasar ninguno de una sección a otra. Los que no son técnicos son empleados, al parecer, en trabajos rudos y, si parecen carecer de fuerzas para soportarlos, se les destina a la cocina y al reparto de la comida.

»A veces, cuando salimos, vemos algún otro grupo por los alrededores, pero nunca se nos permite que nos acerquemos el uno al otro. Por regla general, sin embargo, ni siquiera nos vemos. Procuran sacar a cada sección por un sitio distinto para no tener que preocuparse tanto de vigilarnos.

—¿Hay posibilidad de escaparse?

—Difícilmente. El momento más oportuno es cuando nos sacan a pasear, pero, aun entonces, no se nos pierde de vista y, si alguno intenta alejarse del grupo y no responde al alto que se le eche, le matan sin compasión.

Manrique consultó el reloj.

—Veo que pronto será la hora de cenar-dijo —. Voy a echarme a descansar un poco hasta entonces si es que me ha de tocar pasarme la noche sin dormir.

—¡Tiene usted reloj! —exclamó uno de los hombres, con sorpresa.

—Sí, ¿no se puede tener? —inquirió Manrique.

—A todos nos lo quitaron cuando nos apresaron-dijo Rogers —. Lo raro es que se lo hayan dejado a usted. Se habrán descuidado los encargados de registrarle, pero no lo tendrá mucho tiempo.

—Sentiría perder este reloj. Es un recuerdo. ¿No hay manera de esconderlo?

Rogers movió, negativamente, la cabeza.

—No hay manera-contestó —. Mejor dicho, no es que no se pueda esconder, sino que es muy difícil mantenerlo oculto. De vez en cuando hacen un registro en la sala y...

—Pero, bien escondido... en algún agujero en la pared, tras las literas, por ejemplo...

Rogers se levantó.

—¿No ha notado usted nada de particular en este cuarto? —quiso saber.

—No-respondió Manrique.

—¿No observa quo no hay nada metálico en parte alguna?

—No había reparado en ello.

—Pues no lo hay... en absoluto. Si examina las literas, observará que son de madera exclusivamente y que, donde ha sido necesario hacer una unión, se han machihembrado las tablas o listones, encolándolos además.

»Los sillones están hechos de igual manera. Los cojines, como podrá comprobar, están sueltos. No hay en todo el cuarto un solo clavo siquiera.

—Y ¿qué significa eso?

—Que quieren molestarse lo menos posible al hacer un registro. Poseen aparatos que delatan la presencia de metales y, como no hay ninguno aquí, no tienen más que presentarse aquí con uno de esos aparatos para saber si se ha ocultado alguna cosa que pudiera servir de arma o para fabricar armas.

»Si el aparato delata la presencia de un metal, registran todo el cuarto hasta dar con él —cosa nada difícil, puesto que el aparato señala el sitio exacto en que se halla oculto. Por eso le digo que podrá conservar el reloj de momento, pero no tardará en quedarse sin él, porque hace unos días que no han registrado la sala y no tardarán mucho en volverlo a hacer.

—¿Son muchos nuestros guardianes?

—Demasiados. No los vemos todos nosotros, pero no podemos ir a sitio alguno en que no estemos vigilados por alguien. Tampoco tocamos nosotros los aparatos principales instalados aquí. Ni siquiera sabemos para qué son algunos de ellos. El trabajo de importancia, como el dirigir los torpedos y los submarinos, lo llevan a cabo miembros de la banda de Fegor. Y, lo que hacemos nosotros, lo hacemos bajo las órdenes directas de alguno de sus hombres. No se fían de nosotros.

»No tenemos ocasión nunca de hacer nada sin ser vistos, de forma que no podernos obstruir los planes de Fegor en absoluto. Si alguno intenta cometer algún acto de sabotaje (Y ya se ha dado el caso), es condenado a muerte y ejecutado sin perder un instante. No existe posibilidad de hacer cosa alguna aquí para ayudar al mundo exterior. Si los gobiernos de Europa, por su propia cuenta, no encuentran medio de vencer a Fegor, bien perdidos estamos. Se hará el dueño del mundo y esclavizará a la Humanidad.

—¿De qué nacionalidad son sus hombres?

—Los hay de todas las nacionalidades, pero parecen predominar los de distintas razas asiáticas.

—Bueno-anunció Manrique, levantándose —, creo que será mejor que me eche ya, si es que pienso descansar.

Y, encaramándose a la litera del primer piso, subió hasta el tercero donde estaba la suya.

Inmediatamente, mientras fingía dormir, transmitió a su jefe un relato completo de todo cuanto había averiguado.

CAPÍTULO VII

 

 

LA ODISEA DE MARCOS

DESPUÉS de recibir el informe completo de X, Trévelez se quedó pensativo. Era evidente que el reloj caería, tarde o temprano, en manos de Fegor. Esto, en sí, no le preocupaba —podía destruirlo a distancia en unos segundos. Si lo hacía, sin embargo, pondría sobre aviso a Fegor, que caería en la cuenta que Manrique era agente de su mortal enemigo.

Si esto sucedía, Manrique pasaría muy malos ratos, pues Fegor procuraría averiguar, por mediación suya, quién era su jefe y dónde podía encontrársele —y no vacilaría en emplear las más terribles torturas para hacer declarar a su prisionero.

Teniendo todo esto en cuenta, Trévelez prefería que no llegase el caso de tener que destruir el reloj, pero, por lo que le decía Manrique, parecía imposible evitarlo.

Estuvo reflexionando un buen rato antes de contestar a X. Por fin, dijo, haciendo uso de su reloj de pulsera:

—Quítate el reloj y métetelo en el bolsillo cuando te toque ir a trabajar. Si has de perderlo tarde o temprano, no es conveniente que lo conserves y será preferible que ni se enteren siquiera tus apresadores de que lo has tenido nunca.

»Si no te han registrado ya, es posible que no te registren de momento. Sea como fuere, es un riesgo que hay que correr. Si logras llegar a tu trabajo con él, fíjate bien, en los aparatos que haya a tu alrededor. Escoge aquel que creas que mayor importancia tenga y aprovecha la primera ocasión para esconder el reloj en su interior, sin ser visto, y procurando que esté puesto de forma que no pueda sospecharse la presencia de un objeto extraño dentro del aparato y que no estorbe su funcionamiento.

»Si es posible, radia tu contraseña y la mía instantes antes de hacerlo, para que sepa que estás a punto de cumplir mis órdenes. Si no puedes, da lo mismo. El día que convenga, podré destruir el reloj y, al mismo tiempo, el aparato en que se encuentre escondido. ¿Has comprendido?

—Perfectamente, jefe-contestó Manrique.

Y, a la una de la madrugada, Trévelez recibió de Manrique el mensaje siguiente:

«TH— —X.»

Nada más, pero bastaba.

Claro era que cabía la posibilidad de que, después de radiado este mensaje, le hubiera sido arrebatado el reloj a X, antes de que pudiese esconderlo. Pero éste también era un riesgo inevitable. Si después de aquella señal recibía alguna otra del reloj de Manrique, sabría que había caído en otras manos y lo destruiría inmediatamente.

Al transcurrir las horas, sin embargo, y no volver a tener noticias de X, dedujo —y acertó— que Manrique había logrado seguir sus instrucciones sin ser descubierto.

*****

 

 

Marcos comprobó que se hallaba muy cerca ya del meridiano ciento veinte y acortó el intervalo entre señal y señal. Aún no sabía si, desde las últimas noticias recibidas, se habría ensanchado la zona y se hallaría más cerca de ella de lo que había supuesto. Pero su aparato de radio fue funcionando normalmente hasta llegar a la longitud mencionada, momento en que dejó de funcionar por completo como emisor, pero no como receptor.

Instantes después, la voz de Fegor le ordenaba que continuara adelante —como le ocurriera a Manrique— y apareció sobre él un torpedo volante para señalarle el camino.

Trévelez, allá en su laboratorio secreto de Barcelona, estaba viendo la canoa de Marcos en el momento de recibir éste la orden. Desde que sintonizara con el torpedo volante que había salido al encuentro de Manrique, había mantenido contacto con el mismo, como ya dijimos, decidido a no perderlo mientras no recibiera noticias de que andaba volando otro con el que le conviniera más sintonizar.

Quiso la suerte, sin embargo, que cuando menos se lo esperaba, la pantalla fluorescente se iluminara de nuevo y empezara a verse en ella el armazón de la rampa metálica por la que bajara el torpedo al desaparecer.

Esta vez el torpedo cruzó toda la isla, de un extremo a otro, apareciendo en la pantalla nuevas instalaciones gigantescas en distintos puntos sobre las cimas de los montes. La isla no era muy ancha, y no tardó el torpedo en hallarse volando sobre el mar.

Al poco rato apareció sobre la superficie del océano una embarcación pequeña y, a medida que el avión sin piloto fue descendiendo, pudo reconocer en ella a la canoa de Marcos que, en aquellos instantes, empezaba a radiar un mensaje explicando lo que estaba sucediendo.

Era mucha casualidad que se hubiese empleado el mismo torpedo en ambas ocasiones y ello hizo suponer a Trévelez que aquél estaba destinado, exclusivamente, a tales fines.

La canoa siguió adelante, escoltada por el torpedo, y el director del Instituto fue anotando en un papel los cambios de rumbo que Marcos, con la vista en la brújula, le iba radiando. Gracias a ello, cuando apareció a lo lejos la costa de la isla, sabía ya, con bastante aproximación, la longitud y la latitud exacta de la misma.

La embarcación, siguiendo la dirección señalada por el torpedo, se introdujo por una ría que penetraba en tierra por un desfiladero estrecho, entre rocosos y escarpados farallones. Parecía como si un gigantesco cuchillo hubiese partido en dos la montaña para abrir un cauce al brazo de mar.

Mientras navegaba, recordando lo que le ocurriera a Manrique, Trévelez le iba dando nuevas órdenes a Marcos.

—Es peligroso que conserves el reloj-le dijo —. Tienes que deshacerte de él antes de que te lo vean siquiera, si es posible. En cuanto desembarques, te verás rodeado de gente. Seguramente te meterán en un calabozo de momento, hasta que decidan llevarte a la oficina de clasificación, donde te preguntarán tu nombre, la profesión y la nacionalidad.

»Tú hablas muy bien el noruego: di que eres noruego y da un nombre escandinavo. Diles que no tienes oficio ni beneficio, pero que entiendes algo de motores marinos, aunque muy poco. Lo más probable es que te pongan a hacer trabajos rudos, pero tú eres fuerte y puedes soportarlos.

»Si en los primeros momentos ves algo que creas de importancia, esconde en ello el reloj de forma que no pueda sospecharse su presencia ni estorbe el funcionamiento del aparato. Así, cuando me convenga, podré destruir reloj y aparato al mismo tiempo. Si te es posible, dime dónde vas a poner el reloj antes de ponerlo, o radia siquiera tu contraseña y la mía para que sepa que estás a punto de colocarlo. Si no puedes radiar nada, da lo mismo.

»En el caso de que no vieras nada de importancia, tira el reloj al agua aunque sea —a menos que veas posibilidad de ocultarlo hasta encontrar cosa que valga la pena destruir. Nada más, de momento.

Marcos acusó recibo del mensaje. La ría describía una curva a poca distancia del mar y, al doblar la canoa ésta, encontró ante sí un túnel, en la distancia y notó que una fuerte corriente empezaba a arrastrar a la canoa en dirección al mismo —corriente cuya fuerza aumentaba por momentos de tal suerte, que el motor no le servía para nada, porque la corriente era más veloz.

Cuando ya parecía que iba a introducirse en el túnel a una velocidad vertiginosa, el torpedo cambió de rumbo, señalando un ramal del desfiladero aquél, por el que el agua se deslizaba mansamente. Trabajo le costó a Marcos sustraerse a la corriente, pero lo consiguió por fin, internándose por el tamal que también iba a morir en una caverna.

Entró en ella, seguido del torpedo volante, que tuvo que descender a bajo nivel para hacerlo, aunque la altura de la entrada era bastante grande.

Se encendieron en el interior unas luces brillantes, iluminando un lago al otro lado del cual se veía un desembarcadero. Atracó la canoa de Marcos, saltó éste a tierra y, como le había predicho Trévelez, se vio rodeado, inmediatamente, por varios hombres.

Entonces el torpedo dio media vuelta, salió a la ría, ganó altura y volvió en línea recta a la rampa metálica, donde aterrizó como la primera vez, obscureciéndose, a continuación, la pantalla.

Entretanto, según comunicó por medio del reloj de pulsera, Marcos había sido conducido a un calabozo y encerrado. Anunció su propósito de conservar el reloj de momento, puesto que llevaba unas zapatos con tacón hueco y podría ocultarlo en ellos.

Trévelez le advirtió que eso no le valdría cuando se hiciera un registro en toda regla y le explicó lo que le había dicho Manrique. No obstante, valía la pena que lo conservase hasta ver si se le presentaba ocasión de colocarlo en un sitio donde, más adelante, pudiera hacer daño.

Como había supuesto el director del Instituto, Marcos fue asignado a la sección de trabajadores sin conocimientos especiales y, más adelante, logró introducir el reloj en algún sitio de importancia, aunque no dijo de qué se trataba, limitándose a radiar las dos contraseñas convenidas: «TH y Y.»

Después de recibir este mensaje, Trévelez dio muestras de una actividad sorprendente. Subió apresuradamente a su despacho oficial y telefoneó al conserje, ordenándole que comunicase al subdirector del Instituto que deseaba hablarle.

Cuando éste se presentó, estuvo hablando con él más de media hora, dándole una serie de instrucciones. Terminado con él, cerró el despacho con llave por dentro, pasó al despacho secreto, y se puso en comunicación con Garvez, al que dio una serie de instrucciones muy detalladas.

A continuación, llamó por medio del reloj de pulsera al agente T y le dio órdenes concretas. Telefoneó al Prat, solicitó una conferencia transoceánica urgente que, en las circunstancias, le hubiera sido negada a cualquiera que no fuese un hombre del prestigio de Trévelez.

Mientras aguardaba a que se la dieran, hizo varias llamadas más. Una vez hubo conseguido su conferencia y dicho lo que tenía que decir, bajó al laboratorio, recogió una maleta que tenía preparada en un rincón y marchó con ella por una puerta que había más allá de la emisora de radio, que cerró al pasar por delante.

Salió a un taller tan bien equipado como el laboratorio, lo cruzó apresuradamente, y se introdujo por otra puerta.

Unos momentos más tarde salía de la casita edificada al pie de la colina en que se alzaba el Instituto un automóvil pequeño que partió a toda velocidad por la carretera del Valle de Hebrón.

Lo conducía un anciano de cabello blanco, encorvado de espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas que llevaba una capa negra echada sobra los hombros.

Nuestros lectores ya habrán reconocido en él al famoso arqueólogo profesor Vardo.

CAPÍTULO VIII

 

 

YUMA ENTRA EN ACCIÓN

UNA canoa arrancó de la isla de Wrangel e, impulsada por potente motor, comenzó a navegar velozmente en dirección Noroeste, como si tuviese la intención de irse aproximando al Círculo Polar.

La tripulaba un hombre de unos treinta años de edad, estatura regular, moreno, ni delgado ni grueso, nariz bastante larga y cara solemne a la que rara vez iluminaba una sonrisa.

Era Santos, agente de Yuma, de carácter muy parecido al de Manrique, del que, por cierto, era muy amigo y había llegado aquel mismo día a la isla obedeciendo las órdenes recibidas.

La canoa aquella iba equipada con radio, pero Santos no estaba empleando el aparato más que como receptor. Había captado una estación que radiaba música clásica y la escuchaba, con el altavoz abierto, desde su puesto ante el timón.

También en aquello seguía las instrucciones de su jefe. Este le había ordenado que tomara la canoa que hallaría esperándole en Wrangel, que pusiera rumbo al Noroeste y que no empleara en absoluto la radio más que para escuchar programas musicales.

El joven suponía que su misión era internarse en la zona peligrosa, pero lo hacía a ciegas, porque su jefe no se había dado explicación de ninguna cosa. Dice mucho de la fe que tenía en Yuma que, ni por un momento, soñó con desobedecer las órdenes recibidas.

Tarde o temprano, se dijo, Yuma le daría a conocer sus deseos y, si no lo hacía, usaría su criterio en cuanto traspasara la invisible barrera que protegía al fantástico Fegor.

Perdió la isla de vista. Se encontró solo en la inmensidad del mar. Sólo el zumbido del motor de la canoa turbaba el silencio de aquel océano que, poco tiempo antes, había sido aún innavegable —un simple campo de hielo.

Se puso a pensar y, absorto en sus pensamientos, apenas se dio cuenta de la velocidad a que transcurría el tiempo. Unas punzadas en el estómago le advirtieron que iba siendo hora ya de que pensara en comer y, atando la caña del timón para que no se desviara la embarcación de su rumbo, entró en el pequeño camarote en busca de algo de comer.

La despensa de la canoa estaba bien provista. Yuma se había cuidado de aquello como de todos los demás detalles.

Salía de nuevo a cubierta con una lata de conservas y un poco de pan, cuando una voz dijo a sus espaldas:

—Nos vamos acercando a la zona peligrosa. Come y, mientras lo haces, te daré nuevas instrucciones.

Santos no se sobresaltó. Ni siquiera volvió la cabeza porque estaba seguro de que nada vería. Sintió, sin embargo, un enorme alivio. Había temido que le dejaran obrar por su cuenta —no porque no se atreviese a hacerlo, sino porque, desconociendo los planes de su jefe, podría hacer, inconscientemente, algo que los obstruyera. El saber que, después de todo, Yuma viajaba a su lado, le llenaba de alegría.

Porque era, en efecto, Yuma, La Voz misteriosa, terrible y fantástica que habían aprendido a temer todos los malhechores del mundo, La Voz misteriosa que sonaba en el aire sin que su procedencia fuera visible. Y, cuando alguna vez, por excepción, aparecía flotando en el aire Yuma —la cabeza de cuyos labios salía la terrible Voz— su espantoso aspecto hacía estremecerse al criminal más empedernido.

¿Qué era La Voz? La indicación única de la presencia de Yuma que, valiéndose de la maravillosa capa por él inventada, se hacía invisible a voluntad.

Aquella prenda, cuya extraordinaria finura permitía doblarla hasta formar tan reducido bulto que cabía holgadamente en un bolsillo, poseía otras propiedades maravillosas.

Negra por un lado, era, por el otro, de una sustancia extraña que refractaba la luz sin reflejarla. Es decir, que al tocar los rayos de luz su superficie, quedaban desviados por completo resultando la capa, por consiguiente, invisible por aquel lado. Como era natural, todo cuanto se cobijaba bajo dicha capa resultaba igualmente invisible al quedar la parte negra hacia adentro.

Santos abrió la lata de conservas y se puso a comer. Mientras lo hacía, Yuma siguió hablando.

—Cuando crucemos la frontera del reino de Fegor-dijo —, la emisora de radio quedará inutilizada, por lo menos temporalmente, pero podrá seguir recibiendo mensajes. Con toda seguridad, Fegor te hablará. Radiará una onda más potente que la que estás recibiendo y logrará dominar la música.

»Te ordenará que pongas proa a tierra siguiendo la dirección que te señale uno de sus torpedos volantes que aparecerá a continuación. Tú obra como si yo no estuviese aquí. Sigue las instrucciones que recibas.

»Cuando llegues a tierra y desembarques (seguramente a la entrada de alguna caverna), en encontrarás rodeado de hombres que te conducirán a un calabozo después de desarmarte.

Le explicó, a continuación, lo que debía esperar basándose en lo que había sucedido a sus compañeros.

—Tú dirás-ordenó —, que eres ingeniero mecánico. Es muy posible que te toque la misma sección que a Marcos, aunque no estoy muy seguro de ello. Si separan a los especializados de los que carecen de profesión, te tocará en un departamento distinto. De todas formas, lo más probable es que le veas en las horas de trabajo. Sea como fuere, haz como si no le hubieses visto en tu vida hasta aquel momento. En la primera ocasión que se te presente, dile que yo estoy cerca de vosotros y que no tendrán que permanecer mucho tiempo cautivos ya. A Manrique no le verás, porque está en una sección distinta. Eso es cuanto he de decirte de momento. Más adelante, si es necesario, ya buscaré yo la manera de llegar hasta donde estés. Entretanto, mejor será que procures descubrir todo lo que te sea posible sin hacerte sospechoso. Quizá nos sea luego de utilidad.

Santos terminó de comer. Tiró la lata vacía al mar.

—Bien, jefe-dijo —. Seguiré al pie de la letra sus instrucciones.

No se habló más. La canoa siguió navegando.

De pronto, se notaron interferencias en la música del altavoz. Al principio eran leves, pero fueron cobrando volumen hasta estropear por completo la recepción. En lugar de música, se oía ahora un zumbido continuo, como el de un motor en marcha.

Esto duró unos instantes nada más. Luego sonó una voz y, simultáneamente, el zumbido desapareció.

—Estas incomunicado con el exterior-decía —. No puedes esperar ayuda de nadie. Has entrado en mi reino y, desde este momento, obedecerás ciegamente mis órdenes si quieres conservar la vida.

Hubo un momento de silencio durante el cual, por si Fegor tenía medio de darse cuenta de su intento, hizo esfuerzos por poner en marcha la emisora, sin lograrlo.

La voz continuó:

—Uno de mis cancerberos vigila ya. Alza la cabeza.

Santos alzó la mirada. Era cierto. Por encima de la canoa estaba evolucionando uno de los torpedos volantes. Tan pendiente había estado del altavoz, que no se había dado cuenta antes de su llegada.

—Ese avión tan raro que vuela sobre tu cabeza-prosiguió la voz —, te aniquilará por completo si intentas resistirte a mis órdenes. Habrás oído hablar de lo que les ocurrió a las Fortalezas Volantes que intentaron luchar con mis aviones... Eso mismo te sucederá a ti.

Calló Fegor de nuevo, como para dar tiempo a su nuevo prisionero a que se diera cuenta de la inutilidad de cuantos esfuerzos pudiera hacer por escapar. Santos no se movió. Aguardaba nuevas instrucciones.

—El avión-dijo la voz —, va a descender un poco y adelantarse. Volará luego en dirección a mis islas. Síguele. No olvides que si no lo haces te destruiré como se destruye a un insecto.

Enmudeció el receptor. El torpedo volante perdió altura, ganó velocidad, se adelantó a la canoa.

Santos movió la caña del timón unos puntos más al Norte para seguir el mismo rumbo.

Navegaba ahora entre varias islas cuyas costas se veían no muy lejos. Siguió por entre ellas y las dejó atrás, virando aún más hacia el Norte. Desaparecieron a popa las islas, que debían de ser las de Nueva Siberia. Durante un buen rato no se vio más que mar y cielo. Luego se dibujó en lontananza otra costa, y otra, y otra: tres nuevas islas, casi en hilera.

El torpedo volante señaló la ruta hacia la que se hallaba en el centro, indicó una cala descendiendo un poco en picado y continuó sobre la canoa hasta dejarla dentro de una de las cavernas que tanto parecían abundar en aquellas islas.

Desembarcó Santos a requerimiento de los hombres que le aguardaban en una especie de embarcadero y se dejé conducir caverna adentro hasta una especie de calabozo en el que quedó recluido de momento para ser, más tarde, llevado a la oficina de clasificación, donde le destinaron a una sección compuesta exclusivamente de ingenieros y de la que, naturalmente, no formaba parte Marcos. Santos, sin embargo, no había desembarcado solo. Yuma, envuelto en la capa que le hacía invisible y bajo la cual llevaba, también, una maleta bastante grande y pesada que manejaba, no obstante, como si hubiera sido una pluma, le había seguido.

El hombre invisible sólo se preocupó de averiguar adónde llevaban a su agente y luego se puso a explorar los alrededores.

Poco había que ver por allí. En el brazo de mar que entraba en la caverna no había más embarcación que la canoa en que habían llegado él y su agente. Si no habían sido desguazados los demás barcos apresados, debía haber un fondeadero secreto especial para ellos.

De la caverna en que se hallaba el embarcadero partían dos galerías: una, aquella por la que habían conducido a Santos para meterlo en el calabozo. La galería en cuestión carecía de salida y no tenía más que una serie de habitaciones perforadas en la roca que debían de ser calabozos también.

Antes de internarse por la segunda, examinó cuidadosamente la caverna e hizo un descubrimiento. Si hubiese intentado entrar él solo en la cueva, hubiera sido descubierto inmediatamente a pesar de su invisibilidad: mejor dicho, hubiera sido descubierta su presencia.

En la entrada del mar había instalado un ojo eléctrico —es decir, a un lado había una célula fotoeléctrica y, en el otro, una lámpara de luz infrarroja. Bien conocido es el funcionamiento de este dispositivo. La válvula fotoeléctrica ofrece resistencia al paso de una corriente eléctrica mientras se halla iluminada, pero, en cuanto queda a obscuras, la resistencia cesa y la corriente pasa con libertad. El empleo de la luz infrarroja tiene la ventaja de que, mientras resulta invisible para los ojos humanos, surte el mismo efecto en la célula que la luz blanca.

Cualquiera que hubiese intentado entrar en aquella cueva, se hubiese interpuesto entre la lámpara y la célula, dejándole a obscuras a ésta. El resultado hubiera sido que la corriente hubiese pasado y hecho sonar una alarma por lo menos.

Yuma estaba convencido de que éste era uno de los medios que habría empleado Fegor para protegerse, no sólo contra la entrada de alguien por aquella caverna, sino por todas las demás que hubiera. Y no dudaba que habría ojos eléctricos instalados también de isla a isla para delatar el paso de cualquier embarcación. Debiera haberlo supuesto antes, ya que no era la primera vez que había tenido que habérselas con aquel hombre.

Ya, en su primer encuentro con él, le había visto emplear tales células —y otros dispositivos de los que sí se había acordado: Aquel que servía para delatar la presencia en un cuarto de una persona extraña, por muy invisible que ésta fuese. Contra tal eventualidad iba prevenido. El aparato de Fegor descubría a los intrusos porque era sensible a las vibraciones ódicas que todo ser despide. Contra él, Yuma había construido una especie de cinturón que neutralizaba por completo las suyas aunque, antes de hacerlo, estuvo a punto de hallar la muerte.

Satisfecho de que allí no tenía ya nada más que descubrir, recogió la maleta que había dejado en un rincón oscuro y se internó por la segunda galería.

Esta estaba desierta. A los pocos pasos descubrió que se bifurcaba y se metió, al azar, por uno de los ramales que, al cabo de unos metros, desembocaba en una especie de apeadero delante del cual se veían dos líneas de ferrocarril.

Hubiera podido volver atrás y explorar el otro ramal, pero prefirió quedarse donde se encontraba. Hubiera sido una locura intentar seguir las vías, pues corría el riesgo de verse pillado entre un tren ascendente y otro descendente y morir aplastado.

Recordando lo que a Manrique y a Marcos les había ocurrido, supuso que a Santos le ocurriría lo propio. Sería mucho mejor esperar y viajar en el mismo tren que su agente. Así fue que, cuando Santos fue conducido a la oficina de clasificación, como ya dijimos, Yuma viajaba muy cerca de él sin que su agente lo supiera.

Desde dicha oficina siguió a los guardianes de Santos para averiguar donde le llevaban. Por su conversación supo que se trataba de la Sección Primera y, una vez descubierto dónde radicaba ésta, erró por las galerías hasta dar con el paradero de las secciones a las que habían sido incorporados sus otros dos agentes.

De la maleta no se apartaba ni un solo momento. No se atrevía a dejarla en ninguna parte por temor a que la necesitase cuando menos asequible la tuviese. Cualquier otro no hubiera tenido más remedio que soltarla porque, evidentemente, pesaba mucho, Pero Yuma tenía una fuerza, extraordinaria y aquello que para otro hubiera sido engorro, él lo llevaba sin apenas darse cuenta de ello.

Ignoraba cuántas secciones podría haber en aquel pueblo subterráneo —cuatro desde luego, puesto que Manrique había sido destinado a la cuarta, pero podía haber muchas más. Ni siquiera sabía dónde se hallaba la segunda, ni se había preocupado en buscarla. Por la descripción que recibiera de Manrique y de Marcos, reconoció a los encargados de sus respectivas secciones y, de momento, se conformaba con esto.

Sabía que Manrique no empezaba a trabajar hasta medianoche. Marcos no había sabido decirle cuándo le tocaba y Santos no había tenido oportunidad. Por lo ocurrido anteriormente, suponía que a Santos no se le haría trabajar ya hasta transcurrido un turno más por lo menos, conque escogió la tercera sección —la de Marcos— como primera que debía vigilar.

A las cuatro de la tarde cambió el turno y vio que, entre los que salían de la sección, se encontraba su agente. Eran unos cincuenta hombres en total y no le costó ningún trabajo seguirles. De pase, descubrió dónde se hallaba otra de las secciones, pues vio salir hombres en la distancia.

Los cincuenta hombres atravesaron varias galerías y salieron a una especie de plaza, bajo tierra, donde unos veinticinco hambres trabajaban febrilmente taladrando roca y montando en el centro de la plaza una especie de bastidor de hierro que salía por un agujero de la pared.

Allí se quedó la mitad del turno y, los relevados se unieron a la procesión que, internándose por otro pasillo ascendente, no tardó en salir al exterior, encontrándose en una ladera de la montaña. A pocos pasos de distancia se alzaba una especie de torre de acero, de unos quince metros de altura unos seis metros de lado.

En la parte superior de ésta había sido montado un bastidor circular, de treinta metros de diámetro por lo menos. La estructura no estaba terminada. Trabajaban en ella veinticinco hombres dirigidos por tres individuos. Unos seis hombres más montaban guardia en los alrededores, armador de pistola y látigo. Al parecer, si Fegor era relativamente benévolo con los que trabajaban, no tenía inconveniente en obligar a trabajar a latigazos a todo aquel que no rindieran lo suficiente.

Los veinticinco hombres se retiraron al aparecer el relevo, en el que figuraba Marcos. Estos, junto con los otros veinticinco, emprendieron el camino de vuelta al túnel por él que los otros habían salido, acompañados de los guardianes. Yuma no se molestó en seguirlos: suponía, fundadamente, que se les volvían a llevar a la sección correspondiente.

Permaneció un buen rato contemplando el trabajo y tratando de averiguar el objeto de aquella torre, sin lograrlo. Una cosa descubrió, sin embargo: de los tres hombres que parecían dirigir los trabajos, dos de ellos eran prisioneros también. Lo raro era que no hubiesen sido relevados.

Pero aún contemplaba la obra, cuando aparecieron unos guardianes con unos veinte hombres, de los que dos relevaron a los dirigentes. Por lo visto, no se hacía simultáneamente el relevo de todos porque pertenecían a distintas secciones y allí parecía imperar la táctica de no permitir que gente de distintas secciones tuviera contacto si era posible evitarlo.

Yuma se retiró de allí por fin, convencido de que nada nuevo averiguaría. Sabía ya por dónde volver al interior de la montaña aquella y el camino para llegar hasta cualquiera de las cuatro secciones que ya conocía. Decidió apartarse un poco y comer algo y luego echar una mirada por los alrededores.

Y, mientras lo hacía, radió un mensaje a España valiéndose del reloj de muñeca especial que llevaba. Dependía demasiado del éxito de su empresa para que se arriesgara a callar hasta última hora cuanto fuese averiguando. Deseaba que, caso de sucederle a él algo, el mundo poseyera datos suficientes para hacer frente a la amenaza.

Así fue que, en Barcelona, el jefe de los agentes A recibió los siguientes detalles:

1. —Que las Islas Malditas, como el vulgo había dado en llamarlas por toda Europa, se hallaban situadas exactamente entre los grados 77 y 30 de latitud Norte y los 140 y 150 de longitud Este. Eran tres y, desde ellas, se dominaba a las de Nueva Siberia, aunque era posible que hubiese secuaces de Fegor en estas últimas también.

2. —Aún no había visto a Fegor, pero lo que pudiera llamarse el centro industrial de las Islas Malditas radicaba en la tercera.

3. —Hasta el momento, sabía que existían cuatro secciones. Era posible, sin embargo, que hubiera más.

4. —La Sección III mandaba trabajar les hombres de cincuenta en cincuenta y, como había tres turnos, ello suponía un total de ciento cincuenta prisioneros en aquella sección.

La Sección IV se componía de veinticuatro hombres que trabajaban en turnos de a ocho.

No tenía la menor idea aún de cuántos componían la sección II.

Dando por supuesto que los que dirigían las construcciones pertenecían al grupo de ingenieros y puesto que Santos, al decirse ingeniero, había sido destinado a la Sección I, deducía que esta última sección se componía de sesenta hombres, ya que el grupo de relevo que dejara dos ante la torre se componía de veinte.

Así, pues, contando tan sólo las secciones I, III y IV, había, seguros, doscientos treinta y cuatro prisioneros a los que habría que agregar los de la Sección II. Lo más probable era que éstos fueran técnicos de algo y, por consiguiente, había que suponer que su número era pequeño. Para formarse una idea, podrían calcular que tendría aproximadamente el mismo número de hombres que la Sección IV, de radio, y asignarle, provisionalmente, veinticuatro hombres. Doscientos cincuenta y ocho hombres en total.

5. —En las entrañas de todas las cavernas que daban acceso al mundo subterráneo, había instalados ojos eléctricos para dar la alarma si entraba una persona no autorizada. Era de suponer, por añadidura, que dichos ojos eléctricos habrían sido instalados entre isla e isla, sin exceptuar las de Nueva Siberia, cosa que había que tener en cuenta si algún día se llegaba a cruzar la invisible barrera de la zona peligrosa y navegar por entre las islas.

Explicó, por añadidura, cómo eran apresados los que acercaban y describió cada una de las galerías que había recorrido para que pudiera irse trazando el plano a medida que enviara él nuevos detalles.

Prometió dar a conocer, dentro de muy poco, la forma de cruzar la barrera invisible sin conocimiento de Fegor, terminó su mensaje, acabó de comer lo poco que había llevado y continuó su exploración. Desde aquel momento en adelante tendría que mantenerse con tabletas de vitaminas mientras estuviese en la isla, a menos que encontrara comida por algún lado. Llevaba tabletas suficientes para aguantar un mes. Estas, afortunadamente, al menos ocupaban sitio, cosa que no hubiera sucedido con las provisiones corrientes.

Cuando hubo vagado por las cercanías, decidió volver al interior de la montaña por donde había salido. Existía un peligro, sin embargo, el ojo eléctrico que, sin duda, protegería la entrada. No obstante, no veía la necesidad de aguardar ocho horas a que cambiaran el turno para entrar.

Se acercó a la boca del túnel y, sin intentar entrar, examinó, cuidadosamente, los lados. Le costó bastante trabajo hacerlo desde fuera, pero por fin descubrió dónde estaba la instalación. Entonces fue obra de unos momentos averiguar cuál era la lámpara y cual la célula.

Echó una mirada hacia la torre metálica, pero ninguno de los hombres podía ver la boca del túnel desde allí. En cuanto al interior de éste, parecía desierto en aquellos instantes.

Sacó una lámpara de bolsillo, la encendió, y enfocó con sus rayos la célula, procurando que dieran de lleno sobre ella mientras él se introducía por el túnel. Una vez dentro y fuera del paso de la luz infrarroja, apagó la lámpara y se la guardó.

Gracias a sus precauciones, no podía haber sonado alarma alguna. La célula no había dejado un instante de estar iluminada y, por lo tanto, no podía haber dejado paso a la corriente que hacía funcionar la alarma.

CAPÍTULO IX

 

 

YUMA APROVECHA EL TIEMPO

DISPONÍA Yuma de más de seis horas antes de que le tocara el turno a Manrique, al que quería seguir para averiguar qué aparatos eran los que tenían que cuidar los de su turno, y decidió aprovecharlas lo mejor posible.

Lo que más le interesaba de momento era averiguar dónde estaban los hangares, o lo que fueran, de los aviones de que disponía Fegor. Se había fijado, mientras se hallaba en el exterior en los sitios en que aparecía alguna rampa metálica y toda otra estructura que comunicase con el interior.

No sólo se había fijado, sino que, con ayuda de la brújula y otros instrumentos que llevaba en el bolsillo, había podido calcular aproximadamente el sitio en que se encontraban. Por consiguiente, no le costó mucho trabajo orientarse en los subterráneos y visitó, uno por uno, los lugares que había señalado.

En todos ellos encontró torpedos volantes, pero nada más que torpedos. El sistema de almacenamiento era curioso. El extremo de la rampa situado bajo tierra acababa en un triángulo parecido al del exterior. Cada torpedo ocupaba una vía de dicho triángulo; al ser lanzado al exterior, recorría su vía hasta desembocar en la central.

Cuando aterrizaba, bajaba por la pendiente hacia el ápice del triángulo y, allí, se desviaba por la vía que le correspondía gracias a la conformación de su curioso tren de aterrizaje que no podía deslizarse más que por uno de los rieles.

Yuma escogió el más alejado del túnel de entrada y se pasó un buen rato examinándolo a la luz de su lámpara de bolsillo. Cuando lo dejó, el torpedo le había revelado ya todos sus secretos.

Como hemos dicho, visitó varios otros almacenes de torpedos sin dar con ninguna otra clase de vehículo aéreo, aunque sabía que tenían que existir los llamados submarinos volantes. No desesperó, sin embargo; aún disponía de tiempo.

Y, tanto y tan bien buscó, que su paciencia se vio, finalmente, recompensada. Dio con tres hangares subterráneos, uno de los cuales debía ser aquel por el que había entrado Marcos. En total, había treinta submarinos y, en el primer hangar que encontró, hizo la misma operación que con los torpedos, descubriendo su funcionamiento exacto y el objeto de cuantos instrumentos llevaba a bordo.

 

Entonces, por primera vez, abrió la maleta que había sido su continua compañera. Llenaba la mayor parte de ésta una especie de emisora portátil. Y decimos «especie de emisora», porque tenía una serie de accesorios que no acostumbran encontrarse en emisoras corrientes.

El hueco libre estaba lleno de una especie de cápsulas, del tamaño de un reloj de pulsera, debajo de las cuales se encontraban tres pistolas y algunas municiones.

Todos los submarinos volantes llevaban bombas. Yuma tomó una de las cápsulas que hemos mencionado y la dejó adherida a una de las bombas de uno de los submarinos. Hizo luego lo propio con los restantes y, después, fue en busca de un nuevo hangar donde repitió la operación.

Una vez recorridos los tres hangares de que hemos hablado, siguió explorando galerías y dio con las cocinas, que eran enormes, y en las que trabajaban varios prisioneros pelando patatas, limpiando cacharros, y atendiendo a los demás menesteres propios de semejante lugar. En el momento de acercarse Yuma, salían dos de ellos, llevando un caldero entre ambos, y acompañados de un guardián.

El hombre invisible les siguió, comprobando que se dirigían a la Sección IV con la cena. Hasta aquel momento no se había dado cuenta del tiempo que había necesitado para dar con los hangares y hacer preparativos. Eran las diez. Dentro de dos horas el turno de Manrique entraría a trabajar.

Exploró los alrededores de la sección, procurando no alejarse demasiado y tuvo la buena suerte de descubrir, por casualidad, el lugar en que Fegor almacenaba las armas y, al lado del mismo, lo que pudiéramos llamar el polvorín. Ambas habitaciones tenían dos hombres de guardia a la entrada y fue precisamente por la conversación de éstos que se enteró de lo que había dentro.

Volvió a la vecindad de la Sección IV poco antes de las doce y, cuando salió el turno de Manrique, lo siguió hasta llegar a lo que, aparentemente, era uno de los puntos de más importancia de todo aquel dédalo de galerías.

Se trataba de una enorme sala. Todo alrededor de la misma había hombres sentados a una especie de mesas delante de las cuales, contra la pared, se veían pantallas fluorescentes. La parte superior de la mesa en sí tenía numerosos interruptores. Pero lo más curioso era que, junto al sillón ocupado por algunos de los prisioneros, se encontraba una reproducción exacta de los mandos de un avión.

En el centro de la sala se alzaba una torre cuadrada que llegaba hasta el techo de la caverna. Se componía de tres pisos y planta baja. En esta última había cuatro hombres armados, vuelto cada uno de ellos hacia un lado de la habitación.

En el primer piso, había otros cuatro, sirviendo cuatro ametralladoras instaladas de manera que pudiera barrerse con ellas todo el cuarto.

El segundo piso contenía mesas parecidas a las de la sala y había un hombre sentado a cada una de ellas.

Y, en el último piso, estaba... ¡Fegor!

Yuma le reconoció en seguida. Le había visto ya en la Isla de Pascua cuando, como recordarán nuestros lectores, acabó con toda su organización, aunque sin poder apresarle a él. Era un tipo sorprendente, de unos dos metros de estatura y anchos hombros. Tenía facciones asiáticas pero hubiera sido difícil adivinar a qué raza pertenecía exactamente. Parecía una mezcla indescifrable de razas orientales.

Aunque los pisos eran completamente abiertos de la mitad para arriba, el tercer piso era demasiado alto para que pudiera distinguirse nada de lo que en él había y sólo gracias a su gigantesca talla lograba vérsele a Fegor siquiera.

Su presencia, sin embargo, resultaba significativa. Cuando él se hallaba allí, era de suponer que la sala aquella representaba el corazón de todo aquel hormiguero. Se trataba, indudablemente, de la sala de mandos. Fegor, desde su elevado puesto, debía ejercer el control supremo. Y se hallaba rodeado de sus hombres de más confianza.

Hubiera resultado difícil, en verdad, atacarle con la menor probabilidad de éxito. Aun desde abajo, Yuma vio que una escalerilla partía del último piso y se perdía por una abertura del techo. Fegor, evidentemente, empleaba aquella salida para no hallarse nunca al alcance de sus esclavos.

Aparte de los centinelas ya mencionados, dos hombres bien armados se paseaban por la sala, observando a los trabajadores. El relevo del turno se llevó a cabo como se lleva a cambio el relevo de la guardia en un cuartel. Los ocho trabajadores avanzaban, formados, acompañados de sus guardianes, y se detenían ante una mesa. Uno de los hombres se destacaba. El que estaba sentado se levantaba y le cedía el puesto, yendo a incorporarse él a la formación. Entonces se procedía a la mesa siguiente, se repetía la operación, y así sucesivamente hasta quedar completo el relevo, tras lo cual la columna daba media vuelta y se volvía a marchar con rumbo a su sección y a la cama.

Yuma se quedó y recorrió, una tras otra, las mesas, examinándolas con atención. Procuraba colocarse siempre de manera que no se hallara en el camino de ninguno de los dos guardianes que paseaban, para que no tropezasen con él.

Había doce mesas —cuatro de ellas ocupadas, evidentemente por secuaces de Fegor. No tardó en deducir cuáles eran éstos. Junto a cada pared, incluso aquélla en la que se abría la puerta, estaban tres mesas. Dos de ellas servían para dirigir torpedos volantes, cuya trayectoria podía seguirse en la pantalla fluorescente que estaba sincronizada con el televisor de los aviones sin piloto.

Entre los interruptores había un mapa de las islas y parte del mar —seguramente de toda la zona peligrosa— y, sobre él, se veía una minúscula reproducción de uno de los torpedos, atravesado por una varilla con divisiones marcadas en colores. No hacía falta ser muy listo para comprender que el minúsculo modelo se movía sincronizado con el torpedo auténtico, reproduciendo todos sus movimientos y que las divisiones de color de la varilla representaban la altura a que volaba el avión.

En dos de cada tres mesas, como decíamos, había esto nada más, lo que demostraba que, desde ellas, sólo podía dirigirse a los torpedos dentro de la zona peligrosa.

La tercera, sin embargo, poseía una pantalla triple —dos pequeñas y una grande. El mapa de delante abarcaba una distancia mayor, comprendiendo las dos terceras partes de Europa y un trozo de Asia. Precisamente por eso, Yuma dedujo que estas mesas eran las ocupadas por los hombres de Fegor y supuso que, desde ellas, era posible ver, en las pantallas menores, lo que se veía en las dos mesas vecinas. Si alguno de aquellos hombres temía que el prisionero no estuviese siguiendo órdenes al pie de la letra, no tenía más que dar a un interruptor y comprobarlo.

Aunque no le era posible verlo, estaba seguro de que, allá en la torre central, Fegor y sus hombres de confianza podían ver todo lo que vieran abajo cuando les conviniese y dirigir los rayos mortíferos y hacer descargar las bombas a los submarinos volantes. Ninguna de las mesas de abajo parecía servir para los submarinos, por lo que seguramente se les dirigiría desde la torre.

Por encima de la pantalla de cada mesa había cuatro bombillas —una blanca; otra, encarnada; la tercera, azul; la cuarta, amarilla. Todas ellas estaban apagadas.

También era fácil comprender el significado de éstas. Eran bombillas de alarma y cada una de ellas correspondería a un trozo determinado del plano que hemos descrito y que, por cierto, se hallaba encerrado, con su minúsculo torpedo, dentro de una especie de vitrina de cristal.

Al poco rato de estar en la sala, Yuma conocía perfectamente el funcionamiento de cada una de las mesas y su objeto exacto. Le hubiera gustado poder subir a la torre central, seguro de que allí haría descubrimientos de mayor interés; pero resultaba de todo punto imposible.

El acceso a la misma se hallaba en la planta baja; pero la puerta estaba cerrada y no podía abrirla sin que lo vieran los centinelas. Aun suponiendo que lo hubiese logrado, se hubiera encontrado entre los centinelas del primer piso y con otra puerta cerrada que abrir para llegar al segundo piso. Y desde este al tercero no había paso alguno, al parecer.

Con lo visto, sin embargo, y lo que deducía, tenía bastante para empezar a trazarse un plan. Su mayor deseo ya era poder salir de aquel lugar cuanto antes.

No se le presentó ocasión alguna de hacerlo, sin embargo, hasta las cuatro de la mañana, hora en que se abrió la puerta y entraron unos hombres que dieron un bocadillo y un tazón de café a cada uno de los trabajadores, que lo consumieron sin moverse de su sitio.

Cuando los empleados de la cocina salieron, Yuma iba tras ellos.

Su primer cuidado fue retirarse al rincón de una galería, por donde no había visto pasar a nadie, y ponerse en comunicación con España.

Le hizo, en primer lugar, una descripción de las nuevas galerías y salas que había descubierto para que fuera completando el plano. Le explicó el lugar ocupado por los diversos hangares, aunque advirtiéndole que habría otros por aquella isla y, posiblemente, en las vecinas.

La barrera de la zona peligrosa, continuó, puede franquearse sin dificultad. Por mar, hay hundidos de trecho en trecho unos artefactos que funcionan por el estilo de las minas magnéticas. Sólo que, en lugar de sentirse atraídos hacia el casco de los buques como éstas, la presencia de una embarcación las hace emitir unas ondas que hacen funcionar una alarma en tierra.

Inmediatamente, se dirige desde tierra un rayo que inutiliza por completo la emisora de radio y se envía, al propio tiempo, uno de los torpedos volantes para que dirija a la embarcación hacia el punto en que se quiere que desembarquen sus tripulantes. Si la embarcación se resiste a obedecer órdenes, la destruyen con el mortífero rayo que pueden lanzar por medio de los torpedos o los submarinos volantes.

Por tierra, la barrera está constituida por ojos eléctricos. Por aire, hay una especie de cortina de rayos infrarrojos. Al chocar éstos con un avión, se desvían y son rechazados hacia tierra, donde los captan receptores especiales y hacen sonar la alarma.

Por aire sobre el mar, se ha establecido en tierra, a la altura de la longitud geográfica en que se quiere establecer la frontera, una instalación que despide los rayos infrarrojos en abanico, de forma que queda cerrada la barrera por ese lado también. En este caso, los rayos desviados por un avión hacen impacto en el agua y son percibidos por los artefactos que descubren a los buques, que acusan su presencia con una señal distinta, por ser distinta la causa excitante.

»Las minas magnéticas fueron vencidas, mediante la instalación en el casco de los buques de una especie de cinturón por el que pasa una corriente eléctrica neutralizadora. Hay que emplear el mismo sistema para neutralizar el efecto de los artefactos hundidos en el mar aunque, claro está, con las variaciones que voy a decirle. ¿Toma nota?

Aguardó unos instantes y, en cuanto obtuvo contestación afirmativa, describió exactamente el método de emplearse. Luego continuó:

«La cortina aérea es más difícil de neutralizar y habrá que renunciar a ello de momento. En realidad, su importancia es poca. El único fin de la cortina aérea y de la barrera oceánica es dar aviso de la presencia de aviones y barcos. Si éstos, una vez descubiertos, se niegan a entregarse, son destruidos a distancia. El verdadero peligro, pues, es el rayo que destruye.

»Si se consigue hacer inocuo el rayo en cuestión, poco importa que se dé la alarma o no. Y, hasta ahora, la única manera en que puede Fegor dirigir los rayos mortíferos hacia un punto determinado, es haciendo uso de un vehículo que se halle sobre el objeto que quiere destruir. El vehículo que emplea en todos los casos es el torpedo volante que lleva instalado un aparato especial para recibir el rayo y proyectarlo hacia abajo. Si se logra dominar el torpedo, no hay nada que temer del rayo.

—El torpedo está dominado-le respondió el jefe de sus agentes —; usted mismo dio la solución.

—No, en realidad no está dominado, pero sí neutralizado hasta cierto punto. Verdad es que he descubierto la onda necesaria para ponerlos en movimiento. Y por medio de esa onda cualquiera podrá dirigirlos... mientras no los esté dirigiendo Fegor.

—Entonces, cuando están en pleno vuelo, ¿no puede uno defenderse contra ellos?

—Sí, pero no dominarlos. Piense usted un poco y lo comprenderá. Si Fegor dirige el torpedo en una dirección determinada y usted intenta dirigirlo en dirección contraria, ¿qué sucederá? Que ninguno de los dos podrá dominarlo. Si los impulsos radiados por Fegor y por usted son alternos, es decir, si no coinciden, el torpedo obedecerá a los del uno primero y luego los del otro, avanzando y retrocediendo por turnos. Si los impulsos son simultáneos, se anularán mutuamente al ser contrarios; el torpedo se estacionará en el aire momentáneamente y, si la situación dura unos segundos, no podrá sostenerse en el aire y caerá. Eso bastará, no obstante, para defenderse contra él. En cuanto se le vea aparecer, se intenta volverle atrás y, ya que esto no se consiga, por lo menos se le obligará a caer. Mientras no se dé lugar a que vuele sobre uno, el torpedo no es peligroso.

—¿Y el submarino?

—Le pasa aproximadamente lo mismo. Sólo que éste es peligroso por la carga de potentísimas bombas que lleva y cuya onda explosiva puede causar una catástrofe a menos que se consiga hacer caer al submarino muy lejos. No se preocupe usted de ellos, sin embargo. Su onda no es la, misma que la de los torpedos, pero no le interesa conocerla. Creo que los únicos submarinos volantes de que dispone Fegor se hallan en esta isla y yo pienso encargarme de ellos.

Hizo una pausa que indujo al jefe de sus agentes a preguntar:

—¿Nada más?

—Ordenes-contestó Yuma.

—Escucho.

—Avise a los Estados Mayores. Quiero que empiecen a concentrarse en el mar, a ambos lados de la zona peligrosa, unas cuantas unidades de guerra equipadas con el cinturón neutralizante que le he descrito. Ninguna de ellas debe cruzar la barrera invisible, sin embargo, hasta que yo avise.

—¿Cómo avisará usted?

—Por radio. Haré una emisión normal para que puedan recibirla los aparatos de los buques. Esto, no obstante, implica que Fegor oirá mi emisión también. Por consiguiente, sólo radiaré una señal que nadie más que los comandantes de las unidades de guerra sabrá de quién proviene.

»En cuanto la reciban, deben cruzar la barrera invisible todos a un tiempo, ocupar las islas de Nueva Siberia los unos, mientras los otros se dirigen hacia éstas. Es preciso que no lo hagan hasta haber recibido mi aviso porque, en esto, lo esencial es la sorpresa.

»No cabe la menor duda de que Fegor se enterará de que se están concentrando barcos de guerra en las inmediaciones. Debe tener agentes por toda Europa. Pero no se preocupará de ellos porque creerá que, en el momento en que se atrevan á entrar en la zona peligrosa, recibirá él aviso. Cuando quiera darse cuenta de que le han fallado sus alarmas, los buques estarán cerca de las islas y hasta es posible que hayan hecho desembarcos en ellas.

»O mucho me equivoco, o Fegor aún tiene algunas armas poderosas por usar. Lo deduzco, en parte, de la serie de construcciones raras que está haciendo en esta isla. Precisamente por la forma de éstas, no parece descabellado suponer que se trata de armas que hay que emplear a distancia, para que no hagan tanto daño al que las use como a su enemigo. Por consiguiente, si conseguimos que los buques se echen encima antes de que se dé cuenta, tales armas le resultarán inútiles, porque no se atreverá a emplearlas. Los buques sólo tendrán que habérselas con los torpedos.

»Como, de momento, no hay manera de sorprender a. Fegor por aire, según he explicado anteriormente, lo mejor es que no intervenga aviación en los primeros momentos. De lo contrario, lo echarían todo a perder.

»Los buques deben empezar a concentrarse sin perder instante para que pueda yo avisarles cuando considere más propicio el momento. ¿Comprende?

—Perfectamente. ¿Cómo les digo que recibirán aviso para que sepan que se trata de usted?

—Recibirán el siguiente mensaje «Rumbo al Sur. —Thetis.» Cuando lo oigan, deben cruzar la barrera a toda máquina. Repita el mensaje para ver si lo ha entendido bien.

El jefe de los agentes lo repitió correctamente.

—Bien. Una última advertencia. Que tengan cuidado los barcos de lo que hablan entre sí por radio. Que no olviden ni un instante que todo cuanto digan puede ser oído por Fegor. Lo mejor será que queden de acuerdo ya y que cada unidad se ponga en marcha por su cuenta al oír mi mensaje sin esperar órdenes superiores. Así no correrán riesgos innecesarios. Si no usan la radio en absoluto mientras esperan, mejor que mejor.

—Lo advertiré.

—Si, por cualquier causa, tuviese que hacer alguna otra advertencia, ya encontraré la manera de hacerlo. Mientras no les diga yo lo contrario, deben seguir mis instrucciones al pie de la letra si quieren que nuestro plan tenga éxito.

Dio Yuma fin a su mensaje e, inmediatamente, se puso en marcha en busca del camino que le condujese al punto por el que Fegor salía de la torre alzada en el cuarto de teledinámica.

CAPÍTULO X

 

 

MANRIQUE RECIBE INSTRUCCIONES

CUANDO, a las ocho de la mañana, Manrique regresó a la Sección IV con su turno, Yuma formaba parte de la comitiva. Manrique desayunó y se dirigió a su litera, pero, al irse a echar, la encontró ocupada y oyó una voz que le decía:

—Siéntate en el borde y escucha lo que tengo que decirte.

El agente se acomodó como pudo y Yuma empezó a hablar.

—Es preciso-dijo —, que prepares a los prisioneros de tu sección para el momento de recobrar la libertad, que ya no anda muy lejano. ¿Ha habido registro aquí últimamente?

—Ayer.

—En tal caso, ya no habrá otro hasta dentro de un par de días por lo menos, ¿no es eso?

—Así parece por lo que me han dicho mis compañeros.

—Bien. Dentro de poco las flotas europeas atacarán las islas y yo las dirigiré desde aquí. Cuando llegue ese momento, es conveniente que los prisioneros se subleven y ataquen a sus guardianes. Yo los ayudaré.

—¿Qué van a hacer los prisioneros contra gente armada?

—Tendrán armas. Para ti traigo una de nuestras pistolas, con municiones suficientes. Igual digo de Y y T que se hallan prisioneros como tú en otras secciones. He encontrado el almacén de armas de Fegor y traeré armas y municiones para todos los que hay aquí.

»Debéis esconderlas o llevarlas encima, como creáis más conveniente. No hagáis el menor uso de ellas hasta que yo dé la señal Sin embargo, si hubiera un registro inesperado y estuviera a punto de ser descubierta su existencia, no tendréis más remedio que obrar inmediatamente, pase lo que pase.

»Si fueran halladas, es muy posible que Fegor torturase a los prisioneros para averiguar la procedencia de las pistolas y no cabe la menor duda de que asesinaría a parte de ellos por lo menos. Por consiguiente, a la menor señal de peligro atacad a vuestros guardianes y salid a las galerías. Yo me encargaré de ayudaros. ¿Has comprendido?

—Perfectamente.

—Bien, aprovecha el tiempo. Prepara a tus compañeros. ¿Tienes mucho sueño?

—Ni pizca. No acostumbro acostarme hasta más tarde.

—Mejor. Yo estoy cansado. Dormiré unas horas en tu litera. Luego aprovecharé la primera ocasión que se me presente para salir de aquí. Cuando crea llegado el momento oportuno, empezaré a traeros armas. ¿Has descubierto tú algo nuevo?

—Sé como protegen las entradas de las cavernas contra los intrusos-contestó Manrique.

—Y yo también-le respondió Yuma —. ¿Nada más?

—Hablando con algunos compañeros que fueron enviados ayer a otra parte de la isla, he sabido dónde se encuentran fondeados los buques apresados por Fegor y el hangar en que se guardan los aviones secuestrados.

—Dámelo. Descríbeme el camino para llegar hasta ellos si la conoces. Si no, pregúntalo a los que estuvieron. Explícame, igualmente, qué sitios has visitado hasta ahora aquí dentro o qué cosas has averiguado personalmente o por lo que has oído decir a los demás. Todos los datos que me proporciones, por insignificantes que sean, pueden llegar a tener importancia algún día.

Manrique obedeció y, de su relato, Yuma pudo entresacar nuevos datos y agregar nuevas líneas al plano de los subterráneos.

—¿Dónde colocaste el reloj? —preguntó, a continuación, el hombre invisible.

—En la mesa del secuaz de Fegor que me enseñó el manejo de los instrumentos de la mía. No sé si lo sabe, pero los que ocupan las mesas de tres pantallas no son prisioneros.

—Me lo figuraba. Bueno. Me parece que lo mejor será que hagas lo que te he dicho mientras yo descanso un poco.

—Bien, jefe.

Manrique saltó al suelo y fue a reunirse con sus compañeros. Unos momentos después, sentado en uno de los sillones, empezó a cumplir las órdenes que había recibido de su jefe. El hombre que se hallaba sentado cerca de él era el mismo que le hablara el primero a su llegada a la sección.

—¿Ha oído usted-le preguntó —, hablar de Yuma alguna vez?

—¿Yuma? —exclamó el otro—. ¿Quién no ha oído hablar de él?

—¿Y qué ha oído usted decir de ese personaje?

—Que tiene declarada la guerra al crimen, que todos los malhechores le temen y recuerdo, incluso, que hace algún tiempo tuvo un encuentro con este mismo Fegor y le venció.

—En efecto-asintió Manrique.

—Lo extraño-murmuró el hombre —, es que no haya hecho nada contra Fegor esta vez. Con franqueza, Rodrigo, es la única persona a la que creo capaz de desbaratar los planes de Fegor. Sólo que debe haber muerto, debe haberle ocurrido algo, de lo contrario no se explica...

—Yuma no ha muerto-le interrumpió Manrique —. Y, no sólo no ha muerto, sino que hace tiempo que trabaja, que lo prepara todo para acabar con Fegor.

—Si tarda mucho-observó el hombre, con pesimismo —, llegará demasiado tarde.

—No tardará. Yuma, aunque no le veamos, se encuentra ya en esta isla.

—¡Imposible! —exclamó el otro, con incredulidad.

—Para Yuma, esa palabra no existe. ¿Olvida usted acaso que puede hacerse invisible a voluntad? O ¿no sabía usted eso?

—Sí que lo sabía, pero la invisibilidad de nada le valdría en esta isla. Sería descubierto igual. Los dispositivos de Fegor...

—Son un juego de niños para él. La prueba está en que se halla en la isla y no ha sido descubierto.

—¿Cómo sabe usted eso?

—Porque he hablado con él.

—¿Que ha hablado usted con él? Luego, ¿hay esperanzas de salvación? ¡Las había perdido ya todas de salir con vida de aquí!

El hombre, ante la posibilidad de librarse del cautiverio aquél, estaba excitadísimo.

—¿Qué le dijo? —preguntó—. ¿Qué piensa hacer? ¿Cuándo piensa hacerlo? Pero (se notó en su voz un repentino dejo de desanimación), ¿cómo va a poder él solo contra todas las fuerzas, todas las máquinas, todos los hombres de Fegor?

—Mucho. No será él solo quien luche, sin embargo, aunque llevará él la dirección. Desea que le ayudemos.

—¿Cómo vamos a ayudarle nosotros?

—Recibiremos armas y municiones. Cuando él dé la señal, debemos alzarnos.

—¿Cuándo tendremos esas armas?

—Él nos las traerá cuando lo crea oportuno.

—¿Y si hubiera un registro antes de que llegara el momento de alzarse?

—No tendremos más remedio que obrar como si hubiéramos recibido la señal. No podremos consentir que nos desarmen y lleguen, incluso, a asesinar a algunos de nosotros. Pero Yuma estará a nuestro lado en todo momento y nos ayudará.

—Va a ser difícil vencer aquí dentro, aun contando con armas.

—Nuestro ataque coincidirá con el de varias escuadras desde el mar.

—Las destruirá Fegor.

—No lo permitirá Yuma. Créame, Yuma nunca fracasa. Puedes tener confianza ciega en él.

—¿Quién es usted? ¿Cómo le ha dicho Yuma a usted todo eso?

—Soy uno de sus agentes. Me hice hacer prisionero adrede, por orden de mi jefe. No soy el único de sus agentes que se halla en estos subterráneos. Y todos hemos venido voluntariamente. Ya ve si tendremos confianza en él.

El hombre a duras penas podía contener su excitación.

—¿Qué he de hacer yo? —preguntó.

—Primero-le respondió Manrique —, debe serenarse. Si alguno de nuestros guardianes le ve así, pudiera desconfiar. Y no nos conviene que eso ocurra. Cuando se haya serenado, vaya usted hablando con algunos de nuestros compañeros y dándoles a conocer la nueva. Yo haré lo propio con otros.

»Creo que será preferible que no formemos todos un solo grupo para hablar porque, si entraran nuestros guardianes y nos encontraran así, lo creerían tan extraño, que nos someterían a interrogatorio para averiguar de que estábamos hablando. Y... ya sabe que si no pueden hacer declarar a uno por las buenas, no vacilan en emplear los tormentos más atroces.

El hombre asintió, con un movimiento de cabeza.

—Tiene usted razón-dijo —. Voy a empezar a hacer correr la noticia.

Se levantó y fue a sentarse cerca de otro. Manrique hizo otro tanto. La noticia empezó a correr de boca en boca.

*****

 

 

Yuma, entretanto, dormía; pero, cuatro horas más tarde, cuando entraron los guardianes a ver si quería salir alguno a dar un paseo por el exterior, no sólo se hallaba despierto ya, sino que salió tras ellos.

Durante la tarde se las arregló para hablar con Marcos y con Santos, a los que dio instrucciones similares a las que recibiera Manrique. De las demás secciones no podía ocuparse de momento. No teniendo agente en ellas, resultaba demasiado complicado, porque podía tropezar con la incredulidad de aquellos a quienes abordase y hacer más daño que bien a sus planes.

De momento, se conformaba con lo hecho. En los primeros instantes de la sublevación de los prisioneros, contaría con más de doscientos hombres armados, número nada despreciable con el que podría asegurar fueran libertados y armados los demás.

Aquella misma noche empezó a introducir armas extraídas del almacén de Fegor en cada una de las tres secciones, dejándolas sobre las literas de sus agentes después de haberles avisado.

En los intervalos que forzosamente había de esperar para poder entrar en los dormitorios, siguió sus exploraciones. Una de las cosas que más le interesaba descubrir, era la Central eléctrica que forzosamente había de tener instalada Fegor, para obtener la energía necesaria al funcionamiento de sus armas y pasa el alumbrado.

Hasta el momento, sin embargo, todos sus esfuerzos habían resultado vanos y ninguno de sus agentes tenía la menor idea de dónde se encontraba. Por ninguna de las galerías que había recorrido había oído, siquiera, el rumor lejano de dínamos o transformadores y, sin embargo, tenían que estar instaladas en alguna parte.

Acabó por cambiar de procedimiento. Si la Central se hallaba en aquella isla, habría prisioneros trabajando en ella. Su mejor plan era seguir a estos para dar con ella. Dos secciones más conocía: aquella en la que se albergaban los que trabajaban en las cocinas y otra de la que no sabía una palabra.

Se instaló en la vecindad de esta última y aguardó a que llegara la hora de relevar los turnos, siguiendo a los obreros. Estos se dirigieron, con sus guardianes, a la galería por la que pasaba el ferrocarril y subieron al tren que les aguardaba. Yuma calculó que habrían recorrido así toda la longitud de la isla antes de que el tren se detuviera y se apearan todos, pero había descubierto lo que buscaba.

A sus oídos llegaba ya el zumbido de dínamos y transformadores y, siguiendo a los hombres, no tardó en encontrarse en una central bien instalada, de la que evidentemente salía distribuida la energía eléctrica.

No obstante, el manantial de fuerza no se hallaba allí. Ni se veían turbinas por parte alguna, ni se oía ruido de aguas. Aquella no era más que una simple central distribuidora como ya hemos dicho.

Salió de la central en cuanto pudo, buscó y halló los cables de alta tensión que iban a parar a ella, y los siguió. Bajaban éstos por una estrecha galería descendente bastante larga y hubo de andar Yuma bastante rato antes de oír el rumor lejano de agua.

Continuó adelante y, al doblar un recodo, se encontró ante una verja de hierro, por entre cuyos barrotes pasaban los cables. Atisbando por ella, vio, diez metros más abajo, el salto de agua y las turbinas. Era evidente que aquel lugar era de demasiada importancia para Fegor para que utilizase prisioneros en él.

La verja de hierro no era la entrada, ni mucho menos. Se había instalado simplemente para evitar que alguno, descuidado, cayese por el precipicio en cuyo fondo se alzaba la central y se había aprovechado el hueco para pasar los cables de alta tensión.

Desde su otero, Yuma no pudo descubrir el punto por donde se entraba allá abajo. Le hubiera gustado poder llegar hasta las turbinas, para dejar algo preparado que las hiciese saltar en el momento que a él lo conviniese. De haber logrado privar a Fegor de la fuerza eléctrica, le hubiese dejado casi por completo indefenso. Aún podría hacerlo, sin embargo, si inutilizaba la central distribuidora. Tendría que aguardar una oportunidad para instalar alguna de sus cápsulas.

CAPÍTULO XI

 

 

EL ATAQUE A LAS ISLAS MALDITAS

LA víspera del día en que las emisoras del mundo habían de radiar la sumisión de Europa entera al megalómano Fegor, Yuma recibió la noticia de que por el Este y por el Oeste se habían concentrado grandes fuerzas navales a poca distancia de la barrera invisible. Un agente suyo, instalado en la isla de Wrangel y otro que se había trasladado a la costa rusa próxima al meridiano peligroso le radiaron la noticia por medio de sus relojes.

Para entonces, todos los hombres de las Secciones I, III y IV estaban armados y, de común acuerdo, llevaban siempre la pistola, hasta cuando trabajaban, porque la orden de lucha pillaría a algunos de ellos trabajando, naturalmente.

Manrique, Marcos y Santos volvían a poseer relojes que Yuma les había proporcionado, para transmitirles órdenes.

A media mañana del día en cuestión, el invisible personaje salió de los subterráneos y se dirigió a un montículo que había escogido ya, con anterioridad, como observatorio. Una vez allí, abrió la maleta que había sido su inseparable compañera, repasó el aparato que contenía para asegurarse de su buen funcionamiento y extrajo a continuación un puñado de tubos.

Uno de ellos tenía una bola de un metal oscuro, con reflejos dorados, que parecía pirita de hierro. Asió el tubo con una mano y tiró de la bola. El tubo era una varilla telescópica, en tres secciones de distinto diámetro que encajaban la una en la otra. Todas ellas tenían paso de rosca en ambas extremidades y las atornilló unas a otras en un instante.

Los demás tubos eran extensibles también y fueron acoplados a la varilla primera. El último de ellos terminaba en aguda punta, que Yuma clavó en el suelo. Era tan delgada la varilla que, a pesar de su longitud y gracias a la forma en que estaba pintada, apenas se la veía a unos metros de distancia.

Yuma acopló la varilla al aparato de la maleta e, inmediatamente, radió un mensaje:

 

«RUMBO AL SUR. —THETIS.»

 

Luego ajustó su aparato a la onda de los torpedos volantes y aguardó.

Transcurrió el tiempo sin que sonara la alarma en parte alguna ni aparecieran los torpedos. Era evidente que sus órdenes habían sido seguidas al pie de la letra. Los artefactos hundidos habían quedado neutralizados.

Por fin, allá en lontananza, empezaron a verse unos puntos negros en el mar por el Este y por el Oeste —puntos que se iban haciendo mayores por momentos.

Pasaron unos minutos sin que sucediera nada, pero no podían pasar los buques inadvertidos mucho más rato. Lo que no habían conseguido los aparatos de Fegor, lo conseguirían los ojos de sus hombres. Había gente trabajando por el exterior de la isla. Alguno de los guardianes se fijaría en los buques y, no habiendo visto salir torpedo alguno a su encuentro, avisaría por si sucedía algo anormal.

Aún se estaba haciendo Yuma estas reflexiones, cuando su aparato registró una fuerte sacudida. Fegor había recibido aviso y lanzaba la descarga que había de inutilizar las emisoras de los buques enemigos. Por fortuna, Yuma había explicado ya la forma de neutralizar el rayo en cuestión y los barcos, preparados para recibirlo, no sufrieron el menor desperfecto.

Casi inmediatamente sonó la voz de Fegor dando la orden que ya conocemos. A continuación, la pantalla fluorescente del aparato de Yuma se iluminó. Empezó a dibujarse en ella la parte interior de una rampa metálica y, luego, el suelo de la isla. Empezaban a ser lanzados los torpedos.

Yuma se limitó a observar de momento. No pensaba intervenir si veía que los barcos de guerra podían con ellos. Vio volar torpedos hacia el Este y hacia el Oeste, pero ninguno de ellos llegó lejos. Todos se detuvieron de pronto en pleno aire, vacilaron y acabaron desplomándose en el agua.

Allá en su guarida subterránea Fegor debió comprender que, no sólo había aprendido el mundo a neutralizar su barrera invisible, sino a manejar sus propios torpedos y, si alguna duda hubiera podido quedarle de ello, se desvanecería al observar que, los que quedaban en los hangares, salían de ellos sin que sus hombres ni él tuvieran arte ni parte en el asunto. Era Yuma, en realidad, quien los estaba dirigiendo.

Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, el propio Fegor tuvo que hacerlos estrellarse antes de que le atacaran con sus propias armas.

Si le habían inutilizado los torpedos, sin embargo, aún le quedaban, los submarinos, cargados con suficientes explosivos para acabar con cuantos barcos intentaran acercarse.

Salió el primero de ellos, seguido de cerca por otros cuatro que, después de evolucionar sobre la isla mientras Fegor radiaba una nueva orden invitando a las escuadras a rendirse, enderezaron el vuelo y se dirigieron a sus objetivos.

Aquél era el momento que Yuma había estado esperando. Ajustó de nuevo su aparato, aguardó unos instantes, e hizo funcionar un manipulador. Simultáneamente, sonó una explosión espantosa y el submarino volante más adelantado se desintegró, destruido por sus propias bombas.

Uno tras otros los cuatro restantes se deshicieron en llamas con terribles explosiones y, como si aquello hubiera sido una señal, sonaron, no muy lejos del lugar en que se hallaba Yuma, una serie de disparos de pistola. Los prisioneros que trabajaban en la torre metálica, aprovechando la sorpresa de sus guardianes ante los acontecimientos, los habían atacado.

Yuma empezó a radiar un mensaje a sus agentes, valiéndose del reloj de pulsera. Era la orden de alzarse y apresar a sus guardianes. A Manrique le dijo que, en cuanto se hubieran hecho dueños de la sección, se dirigiera con sus compañeros a la sala de teledinámica en auxilio de los que se hallaban trabajando.

—Voy a destruir ahora mismo el reloj que dejaste allí. Volará con él todo el aparato en que lo colocaste y la sorpresa que producirá eso ayudará a los prisioneros. Coloqué yo también algo en la torre central, pero no creo que haga mucho daño.

Marcos contestó desde fuera. Era uno de los que estaban trabajando en la torre metálica y no habían esperado órdenes para rebelarse. La ocasión les pareció oportuna y la aprovecharon.

Anunció que todos los guardianes habían sido apresados o muertos —no había podido evitar que sus compañeros acabaran con los que ofrecieron resistencia.

Yuma le ordenó que procediese, con sus hombres, al interior, ayudando a los que trabajaban en el otro extremo de la torre a libertarse y que, a continuación, procediera a la Sección II (le explicó dónde se encontraba) y libertara a aquellos presos y los armara.

Con las armas de los guardianes de unos y otros tal vez tuviesen bastante, pero, si no, encontrarían cuantos pudiesen desear en el almacén de Fegor, que encontrarían sin dificultad si seguían sus instrucciones.

Mientras había estado dando estas órdenes, habían aparecido seis submarinos volantes más, que sufrieron la misma suerte que los primeros. La cápsula que Yuma colocara en una de sus bombas las detonaba al recibir el impacto del rayo que el hombre invisible mandaba desde tierra.

Los buques de guerra seguían adelante, sin hacer fuego todavía.

Yuma hizo un nuevo ajuste en su aparato. Apretó el manipulador.

Allá en la sala de teledinámica, una llamarada ascendió, de pronto, de una de las mesas de triple pantalla. La mesa quedó destruida en unos instantes y el hombre que se hallaba sentado a ella sufrió graves quemaduras y perdió el conocimiento.

Aún no habían salido los centinelas de su sorpresa, cuando brotó un chorro de fuego por cada uno de los lados de la torre central, al pie mismo de donde se hallaban instaladas las ametralladoras. Como daño, bien poco hizo, pero espantó de tal suerte a los que las servían, que saltaron de la torre a la sala, huyendo de lo que creyeron una muerte cierta.

Jamás se les presentaría a los prisioneros ocasión más propicia que aquélla, y la aprovecharon sin vacilar. Mientras uno de cada grupo de tres se encargaba de dejar fuera de combate al jefe de su grupo —cosa facilísima, porque ninguno de ellos sospechaba que todos los prisioneros estaban armados, otros abrieron fuego contra los centinelas del pie de la torre y los que habían saltado del piso.

Aprovechando aquella serie de sorpresas, lograron algunos, incluso, encaramarse al lugar en que se hallaban las ametralladoras e inutilizarlas. No se atrevieron a hacer uso de ellas por miedo a dar a sus propios compañeros.

Los centinelas quedaron eliminados, los aparatos de la sala destruidos —aunque hubiera sido igual que los dejasen intactos, porque no quedaba ningún torpedo que guiar.

Había ocurrido todo tan aprisa, que los del segundo piso no habían tenido tiempo de reaccionar. Los prisioneros hubieran asaltado de buena gana la torre para intentar apoderarse de Fegor, pero comprendieron que era arriesgado quedarse allí. Se exponían a que los acorralaran y mataran como a conejos.

—¡A las galerías! —gritó uno—. ¡A las galerías antes de que nos cierren el paso con una ametralladora!

Todos comprendieron la prudencia de la orden y corrieron a la puerta. La abrieron presurosamente y salieron al pasillo a tiempo para encontrarse con Manrique y sus demás compañeros de sección que llegaban en su auxilio.

Entonces volvieron atrás, pensando que, entre todos, bien podrían asaltar la torre sin peligro, pero se encontraron la puerta cerrada por dentro y no hallaron manera de abrirla. Mientras aún la golpeaban se oyó ruido de pasos en la galería. Fegor no había querido que se luchase en la sala de teledinámica por temor que se estropearan los demás aparatos, pero había dado órdenes para que sus hombres salieran al encuentro de los amotinados por otro lado.

Al darse cuenta del peligro, Manrique no aguardó a ser atacado, sino que lanzó a los prisioneros contra los secuaces de Fegor antes de que éstos pudieran tomar posiciones para barrerlos con sus ametralladoras.

La lucha fue titánica y tal vez hubieran vencido los hombres de Fegor gracias a la superioridad de su armamento, si no hubiesen llegado los de la Sección II a los que Marcos acababa de libertar, pillando a los malhechores por la espalda.

Mientras estas cosas sucedían bajo tierra, las Islas de Nueva Siberia habían sido ocupadas, así como el trozo de Rusia comprendido dentro de la zona de peligro. Los ojos eléctricos y demás aparatos fueron destruidos y se apresó a una cincuentena de hombres que Fegor tenía destacados para cuidarse de los aparatos e imponer su voluntad a los pocos habitantes de aquellos lugares.

Fuerzas de la Infantería de Marina desembarcaban ya en las islas exteriores del grupo de las Malditas y varios buques se aproximaban a la central por el Este, por el Oeste y por el Sur. Aún no había disparado ninguna de las unidades ningún cañonazo.

Yuma volvió a radiar órdenes a sus agentes. No habían salido todos los submarinos volantes aún, y no quería correr riesgos. Dio instrucciones a sus agentes para que ninguno de los presos se acercara a los hangares en mucha distancia, anunciando que iba a volarlos.

Cuando recibió contestación de ellos asegurándole que ninguno de los presos se hallaban por aquellos lugares, hizo un nuevo ajuste en su aparato y apretó el manipulador. Por lo visto, quedaban aparatos en todos los hangares. Sonaron, una tras otra, tres explosiones violentísimas y grandes trozos de roca salieron despedidos hacia el aire en tres puntos distintos de la isla.

La fuerza de las explosiones hicieron estremecerse toda la isla y, allá en los subterráneos, hizo verdaderos estragos. Trozos de roca se desprendieron de las paredes. El aire, puesto en movimiento por la expansión de los gases, circuló por las galerías con velocidad de huracán, barriendo cuanto encontraba a su paso.

Prisioneros y guardianes, cayeron amontonados ante el impacto del viento. Repercutió por las galerías el eco de desprendimientos lejanos —algunos de importancia a juzgar por su estruendo. Y, de pronto, todas las luces se apagaron.

Lo que no había podido hacer Yuma directamente, lo había conseguido de carambola. Las dínamos —posiblemente las turbinas— habían quedado destruidas por efecto de la terrible explosión. El hombre invisible había esperado algo fuerte, al radiar el rayo que había de detonar las bombas de los submarinos, pero no había creído que llegara a tanto.

Preocupado por la suerte que hubieran podido correr los prisioneros, se puso en contacto inmediatamente con sus agentes. Todas ellos le contaron, aproximadamente, la misma historia. La mayoría de las galerías había quedado destruidas. Las rocas desprendidas del techo y de las paredes habían causado la muerte a varios, pero no había sido posible comprobar aún cuáles de las víctimas eran prisioneros y cuáles secuaces de Fegor.

Santos, a quien la explosión había pillado camino de la Central de distribución con sus hombres, anunciaba que el polvorín había saltado, obstruyendo por completo dos galerías. El y sus hombres se habían librado, milagrosamente, de los efectos de la onda explosiva, por haberse metido en la Central y cerrado la puerta al oír reverberaciones que se acercaban.

En el interior de ésta, los efectos apenas se habían sentido, pero, era evidente que el lugar en que estaban instaladas las turbinas había quedado deshecho, porque todas las luces se habían apagado. Iban a salir de la central y, con ayuda de lámparas de bolsillo que habían encontrado y algunos faroles, procurarían dar con una salida al exterior.

Apenas terminado este mensaje, empezó otro del mismo Santos. La situación era más grave de lo que supusiera. El abismo en cuyo fondo se hallaban las turbinas había quedado cegado por las rocas, y el agua de la catarata, buscando salida, había irrumpido en la galería y avanzaba hacia ellos. Por suerte, un trozo de la galería estaba intacta y podían correr por ella, en busca de la salida, pero no sabían si tendría salida.

Desprovisto de energía eléctrica, poco daño podía hacer Fegor. Yuma radió un mensaje a las unidades de la flota anunciando a los comandantes que podían desembarcar sin peligro los hombres. Les dio una ligera idea de lo que había sucedido en los subterráneos y pidió que mandaran fuerzas a tierra rápidamente, pues era posible que tuviesen qué ayudar a encontrar á los supervivientes de la catástrofe.

Los buques anclaron a poca distancia de la costa y empezaron a mandar lanchas cargadas de soldados a tierra por tres costados de la isla. De algunas de las cavernas empezaban a salir hombres, algunos de ellos heridos, todos ellos espantados.

Fueron hechos prisioneros en seguida hasta averiguar si eran cautivos o secuaces de Fegor. El número de supervivientes que aparecía fue en aumento. Se les concentró y sometió a interrogatorio. Los que resultaron ser secuaces de Fegor quedaron apartados. Los ex cautivos dieron a conocer a qué sección pertenecían y el número de que dicha sección se componía.

Los malhechores, por su parte, parecían poco dispuestos a ayudar. Sin duda pensaban que si ocultaban su verdadero número, muchos de ellos conseguirían escapar y liberarles más tarde. Fuera como fuese, no hubo manera de aclarar con cuántos hombres había contado Fegor.

Tampoco pudo saberse si el megalómano vivía o había perecido entre los escombros de su guarida.

De los prisioneros, habían aparecido unos doscientos y, por el cálculo hecho, debían pasar de quinientos en total, lo que suponía que, muertos o vivos, quedaban unos tres centenares en las entrañas de la tierra.

Ninguno de los tres agentes de Yuma había salido aún, pero estaban vivos, porque seguían comunicando con él. La mayor dificultad de casi todos ellos era la falta de luz. Aun los que habían hallado lámparas o linternas no encontraban suficiente su luz para orientarse.

Muchos de ellos se encontraban en lugares del subterráneo en los que jamás habían estado hasta aquel momento, lo que aún les hacía más difícil hallar una salida. Santos anunciaba que se habían salvado de la corriente gracias a una grieta que se había abierto en el suelo del subterráneo. Él y sus hombres habían logrado franquearla de un salto. El agua saltó la grieta y les persiguió unos instantes, lo que les hizo suponer que la hendedura era poco profunda y no tenía salida, por lo que, después de haberla llenado, el agua seguía adelante.

Unos momentos más tarde, sin embargo, el agua dejó de avanzar y luego empezó a retroceder. Sin duda había hallado salida por el fondo de la grieta. Estaban salvados de aquel peligro por lo menos.

Manrique temía haber perdido a alguno de sus hombres, pero se encontraba en una galería no obstruida por la que avanzaba esperando dar con una salida.

Marcos aún estaba contestando al mensaje de su jefe cuando asomó por entre la torre metálica seguido de varios hombres. Habían podido llegar hasta la base de la estructura y gatear por ella desde el interior.

Algunos otros hombres fueron apareciendo, de vez en cuando, por el mismo lado y saliendo de otros huecos de los montes.

Ex cautivos y marinos se unieron formando brigadas de salvamento. Algunas de las unidades de la flota hicieron conducir a tierra cables conectados con sus motores para suministrar luz, y se procedió a quitar escombros de algunas de las cavernas en busca de supervivientes.

Cadáveres fueron sacados muchos —seres vivientes muy pocos. Una de las brigadas se introdujo en los subterráneos por la torre metálica, guiada por Marcos. Según él, un hundimiento había partido en dos el grupo que le acompañaba y era muy probable que pudieran encontrar a algunos de sus compañeros al otro lado del desprendimiento.

Entre los escombros, en efecto, fueron hallados cinco cadáveres y, al otro lado, unos cincuenta hombres que trabajaban por su cuenta para abrirse paso.

Se estuvo trabajando sin cesar todo el día y se continuó cuando cayó la noche. Los reflectores de los barcos de guerra iluminaban brillantemente toda la superficie de la isla, de manera que nadie hubiese podido escaparse de ella sin ser visto.

Yuma acechaba, porque mientras no viese el cadáver de Fegor no creería en su muerte y no quería darle lugar a escapar si era posible. Ninguno de los que iban saliendo podía dar noticia alguna, del jefe de los malhechores. Nadie parecía haberle visto, nadie tenía la menor idea de lo que podía haber sido de él.

A las dieciséis horas de haber iniciado los trabajos de salvamento, se hizo recuento. El resultado había sido mucho más satisfactorio de lo que ninguno había esperado. Trescientos cincuenta ex cautivos, completamente ilesos, cooperaban en los trabajos; ciento cincuenta habían sido curados de heridas más o menos graves, lo que daba un total de quinientos.

Además, se habían extraído los cadáveres de doce más. Por lo que cada uno dijo de su sección, se dedujo que faltaban treinta y ocho prisioneros y hasta se pudo saber cómo se llamaban. Parecía quedar poca duda ya de que éstos debían hallarse muertos, entre los trozos de roca.

Cien secuaces de Fegor habían sido apresados vivos. Habían sido hallados los cadáveres de veintitantos más, pero se ignoraba cuántos faltaban, porque no hubo manera de conseguir que ninguno de los supervivientes lo declarara.

Se hizo un último esfuerzo antes de abandonar la obra y se extrajeron treinta cadáveres más, dieciocho de los cuales eran de prisioneros. De Fegor seguía sin saberse una palabra.

El jefe de la flota recibió, de Yuma, un mensaje radiado.

—Me parece que ya se ha hecho cuanto se ha podido. No debe quedar ser vivo ahí abajo. Lo mejor será retirarse. Antes de hacerlo, sin embargo, prepongo que se mine toda la isla para hacerla volar desde alta mar. Es preferible destruir por completo estas cavernas y pasadizos, para que nadie pueda volver a usarlos para el mal.

Al parecer, el jefe halló muy razonable la cosa, porque se recibió la orden en tierra de embarcar a los hombres liberados y a los nuevos prisioneros, y proceder luego a colocar cargas explosivas lo más profundamente posible en los pasadizos y cavernas.

Se emplearon veinte horas más en hacer esto, porque las brigadas, aprovechando que tenían que entrar en las galerías a colocar las cargas, echaban una última mirada en busca de supervivientes. Pero no apareció ninguno más.

Cuando todo quedó a punto y la marina se dispuso a retirarse, el almirante de una de las flotas recibió de Yuma una petición. El hombre invisible solicitaba un camarote y una garantía de que nadie intentaría averiguar su verdadera identidad. El almirante no vaciló un instante en acceder a ambos ruegos suyos.

Una chalupa se acercó a tierra a buscarle. Fue despejada la playa en los alrededores de la misma para que nadie estorbara el paso de Yuma y, cuando el oficial encargado de conducirle a bordo oyó a su lado una voz que le anunciaba la presencia de Yuma, puso rumbo al barco almirante sin volver la cabeza siquiera.

El almirante aguardaba sobre cubierta, un poco desorientado. Quería conducir él, personalmente, a Yuma al camarote que le había sido preparado, pero se estaba preguntando cuándo debería hablar para tener la seguridad de que se le escuchaba, puesto que el hombre aquel era invisible.

El propio Yuma le sacó de su dilema.

—¿Cuál es mi camarote, señor Almirante? —inquirió una voz a dos pasos suyos.

A pesar de que había estado esperando algo así, el almirante se sobresaltó. Pero se rehízo en seguida.

—Tenga la bondad de seguirme-dijo.

Y echó a andar hacia la cámara.

Cuando llegó al camarote, abrió la puerta y se echó a un lado. Sintió que alguien le rozaba al entrar. Una voz le dijo:

—Gracias.

—Las gracias-contestó él —, ha de dárselas a usted toda la Humanidad, puesto que la ha salvado de la esclavitud más terrible. Lo menos que puedo ofrecerle es un camarote. ¿Dónde quiere ser conducido?

—A cualquier parte-respondió Yuma —. No quiero que el buque se aparte del rumbo que tuviera señalado por culpa mía. Yo puedo volver a mi casa desde cualquier parte del mundo.

Las escuadras empezaron a retirarse a Este y Oeste. Más tarde, cuando se hallaron a una distancia prudencial, se permitió a todos los tripulantes que no se hallaran de guardia subir a cubierta a ver el fin de la tercera de las Islas Malditas.

A una orden, fue radiada la onda que había de detonar los explosivos colocados. Transcurrieron unos segundos, luego, una vívida llamarada iluminó el cielo en muchas leguas a la redonda. Parecía como si, de pronto, el mar hubiera empezado a vomitar fuego. Unos instantes después, llegó hasta ellos el eco de una explosión terrible y, aún más tarde, una enorme ola, alzada a varias millas de allí por la onda explosiva, alzó y zarandeó los barcos.

—Si algo quedaba con vida en esa isla-murmuró el almirante, dirigiéndose a los oficiales quo se hallaban junto a él, sobre el puente del navío —, ha dejado de existir en este instante.

—Sí-asintió uno de los que le escuchaban —, no hay ser vivo que pueda resistir una concusión semejante.

*****

 

 

En el despacho oficial del director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas, dos hombres hablaban. Hubiérase dicho que no se habían movido de allí desde que los viéramos sentados en el mismo sitio en los primeros capítulos de este libro.

Esto podría no ser cierto, pero las conversaciones, desde luego, se complementaban, eran continuación la una de la otra.

—Fegor-decía Garvez —, ha querido dominar el mundo por segunda vez...

—Y por segunda vez ha fracasado-asintió Trévelez.

—Gracias a Yuma.

—Y a sus agentes-agregó Trévelez.

—Mucho tiene que agradecerle el mundo.

—Nada. Yuma forma parte integrante de ese mundo, y era en interés suyo que se salvara.

—Tiene usted la manía, amigo Trévelez, de restarle méritos siempre a Yuma.

—Ni le doy mérito ni se lo quito. Juró concentrar todas sus energías en ayudar a sus semejantes. Es su deber hacerlo. Quien cumple con su deber no tiene por qué esperar que se lo agradezcan. No se lo merece. Y, en este caso, aún creo que se lo merece menos.

—¿Por qué?

—Porque no ha podido apresar a Fegor esta vez tampoco.

—¿Qué importa? Fegor halló sepultura en los subterráneos que debía tener preparados desde hace años para un momento como éste.

—¿Está usted seguro de ello?

—Nadie le vio salir de ellos. El propio Yuma vigilaba para cortarle la retirada. A continuación, una explosión formidable casi hizo desaparecer la isla del mapa. ¿Cómo es posible que pudiera salvarse un ser humano en tales circunstancias?

—Tal vez tenga usted razón-asintió Trévelez —; pero a mí no me basta eso. La única manera de convencerme a mí de que Fegor ha muerto es enseñarme su cadáver. Y no creo que pueda enseñármelo nadie actualmente.

—Me parece que es usted excesivamente pesimista, Trévelez.

—Conocemos demasiado a Fegor; sabemos de lo que es capaz; nos consta que, mientras viva, no cejará en su empeño de convertirse en dueño del mundo. Es demasiado importante el saber si está vivo o muerto para que uno pueda conformarse con suposiciones.

—En el mundo entero-anunció Garvez —, es usted, seguramente, el único que duda de la muerte de ese hombre.

—El único... si no contamos a Yuma-respondió el director del Instituto.

—El tiempo-prosiguió Garvez —, le demostrará que Fegor no existe.

—Dios le oiga, amigo Garvez-contestó Trévelez, con fervor —. Porque, de lo contrario, ¡Dios salve a la humanidad!

 

 

 

FIN

 

 

 

Publicado por: Editorial Molino, febrero de 1945

notes

 

Notas a pie de página

 

1 Véase “Crimen organizado” Nº 8 de Yuma

 

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