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© Libro N° 3997. Los Siete Discos. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de 2017.

Título original: ©  Los Siete Discos. Rafael Molinero

 

Versión Original: © Los Siete Discos. Rafael Molinero

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LOS SIETE DISCOS

Rafael Molinero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manrique había estado numerosas veces en la antigua capital de la segunda Aquitania, pero, para pasar el tiempo mientras esperaba noticias, dedicó el primer día de su estancia allí a visitar por enésima vez la catedral de San Andrés, la iglesia de Santa Cruz, el Museo de Arte Antiguo y varios otros lugares de interés.

La mañana del segundo día fue a ver las ruinas del Palais Gallien, que no son, en realidad, más que restos de un anfiteatro romano. De vuelta, se detuvo unos momentos en la Place des Quinconces contemplando el monumento a los Girondinos y luego, prosiguió lentamente su camino hacia el Royal Gascogne.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los siete discos

CAPÍTULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los siete discos

G. L. Hipkiss

(como Rafael Molinero)

 

Yuma/14

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

CARTA DE ULTRATUMBA

MANRIQUE tomó, con curiosidad, el voluminoso sobre que acababa de entregarle el cartero. Los sellos indicaban que procedía de Australia. La letra en que iba escrita la dirección le era completamente desconocida.

Se dejó caer en un asiento de su despacho, rasgó el sobre y extrajo de él un fajo de billetes y una carta. Los billetes eran del Banco de España; la carta estaba escrita a máquina.

«Querido, amigo» —leyó. E instintivamente sus ojos buscaron la firma—, puede considerar esta carta como llegada de ultratumba, puesto que el mero hecho de que la reciba supone que he muerto y que han sido cumplidos algunos de los deseos que expresara in extremis. Confío en que usted, respetando la última voluntad de un hombre que fue en vida gran amigo de su padre y a quien usted, en realidad, ha visto muy pocas veces, hará lo que más que pedirle, le suplico encarecidamente.

Quiero que, a los dos días justos de llegar a sus manos esta carta, se dirija a Burdeos y tome alojamiento en el Hotel Royal Gascogne, en la esquina de la Place des Quinconces y calle de Condé. Hallará en esta carta el dinero suficiente para efectuar el viaje con toda comodidad, lo que debiera convencerle de que no se trata de una simple broma póstuma encaminada a hacerle perder tiempo y efectuar innecesarios dispendios.

Permanezca en dicho hotel hasta que reciba nuevas noticias mías, y cuando las tenga, obre en consecuencia, sin discutirlas ni, si es posible, apartarse ni un ápice de ellas. Mi intención podrá parecerle extraña; pero, puesto que el concederme lo que le pido nada ha de perjudicarle y sí le asegura unos días de vacaciones que yo pago, cuento con que escuchará mi ruego.

Es posible que, con el tiempo, llegue usted a comprender el porqué de lo que hoy pudiera parecerle un capricho estúpido y se felicite de haber atendido a la petición qué desde ultratumba le hace el que se llamó en vida,

Aparicio Xicuelles

 

Manrique leyó la carta dos veces, luego contó el dinero. Había diez mil pesetas, lo suficiente, no sólo para dirigirse a Burdeos con comodidad, como le decían, sino con un lujo asiático.

¿Xicuelles? Recordaba el nombre, en efecto. Tenía la idea de que había visto dos o tres veces, de pequeño, a un individuo de ese nombre, que parecía gozar de la entera confianza de su padre. Pero, por más que se devanó, los sesos, no pudo recordar ningún otro detalle relacionado con el personaje que tan extraña misiva te mandaba después de muerto.

Antes de tomar una decisión, antes de acceder a la petición del difunto, quizá fuera conveniente informarse, y nadie mejor para ponerle en antecedentes que Garvez. Éste, que había sido muy amigo de su padre también, seguramente recordaría a Xicuelles y podría aconsejarle.

Descolgó el teléfono y marcó, el número de Garvez. Éste estaba a punto de salir para atender asuntos urgentes y no podía entretenerse. Pero... ¿Xicuelles?... ¿Aparicio Xicuelles?... Sí, le recordaba perfectamente. Buena persona. Sentía no poder pararse a hablarle, de él en aquel momento. Si le llamaba a la noche... No obstante, si tanto le interesaba el asunto;— ¿por qué no se entrevistaba con Trévelez? Por que Trévelez había sido, indudablemente, uno de los mejores amigos de Aparicio Xicuelles y podría proporcionarle mejor que nadie cuantos datos deseara acerca de su personalidad, hasta era posible, aseguró Garvez, que conociera su paradero en aquellos momentos.

Manrique no se molestó en decirle que Xicuelles había muerto. Se limitó a darle las gracias por su información, prometió hablar con Trévelez y, volvió a colgar el aparato. Luego, tras encerrar las diez mil pesetas en un cajón de su mesa, abandonó su hotelito próximo a La Travesera, paró un taxi, y se hizo conducir al Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas.

Trévelez se hallaba en su despacho examinando unos planos cuando se presentó Manrique.

—Si está usted muy ocupado — dijo éste, al observarlo—, volveré en momento más oportuno. Vengo en plan de consulta. Por consiguiente...

El director del Instituto le señaló una silla.

—Siéntate — dijo—. Lo que estoy haciendo no corre ninguna prisa. ¿Qué consulta es esa?

—Una pregunta primero — respondió el joven, tomando asiento—, ¿conocía usted a un tal Aparicio Xicuelles?

Trévelez movió, afirmativamente, la cabeza.

—Tu padre y yo — anunció—; éramos sus mejores amigos.

—¿Era...? — Manrique vaciló, cómo hacer la pregunta.

—¿Era — dijo, por fin—, una persona seria?

El director del Instituto le dirigió, una mirada. Penetrante.

—¿Quieres ser un poco más explícito? —inquirió.

Manrique volvió a vacilar.

—Me gustaría saber — contestó—, qué clase de persona era Xicuelles.

—Uno de los mejores hombres que he conocido — le respondió el otro sin pasión, como quien se limita a señalar la verdad patente—. ¿Por qué lo preguntas? Tú le has visto más de una vez. Y estoy seguro de que tu padre habrá hablado de él más de una vez en tu presencia.

Manrique asintió, con un movimiento de cabeza.

—Lo he visto, es cierto, pero apenas le recuerdo. Era demasiado joven entonces. Y lo mismo digo en cuanto se refiere a mi padre. Murió siendo yo poco más de un niño, y lo que haya podido decirme de su amigo se borró hace tiempo de mi memoria.

—Y... ¿a qué obedece tu interés por Xicuelles a estas alturas?

—Aparicio Xicuelles — anunció Manrique hablando muy despacio—, ha muerto.

Trévelez le miró con viveza.

—¡Muerto! — exclamó—. ¿Estás seguro de lo que dices?

El joven se encogió de hombros.

—Él mismo me lo ha dicho — respondió.

El director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas hizo entonces algo que sorprendió a Manrique y le reveló cuán profundamente conmovido estaba su amigo: frunció, levemente, el entrecejo —hecho insólito en hombre tan imperturbable como Trévelez. Y su voz tenía, también, cierta aspereza cuando preguntó:

—¿Es ése tu concepto de una broma, Manrique?

—Hablo en serio — se apresuró a decirle el interpelado—. Mire.

Le tendió el sobre que había sacado del bolsillo. El otro la tomó, extrajo la carta, leyó pausadamente su contenido.

Guardó silencio unos segundos. Cuando volvió a hablar, su rostro se había vuelto ya tan inescrutable como de costumbre.

—¿Cuándo has recibido esta carta? — quiso saber.

—No hace una hora que me la entregó el cartero ¿Qué opina de ella?

—La firma — repuso Trévelez—, es la de Aparicio. De eso no cabe la menor duda. La he visto demasiadas veces para que pueda equivocarme. Él no escribió el sobre, sin embargo.

—De lo cual deduce...

—Que la carta fue escrita hace tiempo y depositada en manos de alguien a quien encargara que te la expidiese cuando hubiera muerto. Es natural que no hiciera sobre. No podía saber cuándo llegaría su última hora... y cabía la posibilidad de que cambiases de residencia.

—Si usted hubiera recibido una carta así de su amigo — inquirió Manrique—, ¿qué hubiese hecho?

—Acceder sin vacilar a su petición, por muy extraño que me hubiera parecido. ¿Encontraste en la carta el dinero de que habla?

El joven asintió con la cabeza.

—Diez mil pesetas. Lo que me extraña es que ordenase que me las mandaran siquiera...

—¿Por qué no las necesitas? — dijo Trévelez.

—Por eso. Sin duda ignoraba...

—No creo que ignorase nada — le interrumpió el otro—. Sabía que tu padre era rico. Seguramente daría los pasos necesarios para saber si su hijo había despilfarrado toda la fortuna. No me cabe la menor duda de que te mandó el dinero a conciencia, de que no lo necesitabas para hacer el viaje que te pedía.

—Entonces...

—Él mismo te explica sus motivos en la carta. Esperaba que el dinero te convenciese de que no se trataba de una broma.

—Así, pues, ¿usted cree que debo hacer lo que él me indica?

Trévelez tardó un poco en contestar. Luego:

—He dicho — anunció—, que Aparicio Xicuelles era uno de los mejores hombres que he conocido, y lo repito. Como buen asturiano, era amante de las aventuras y podía permitirse el lujo de correrlas con menos incomodidades que muchos paisanos suyos, puesto que el dinero no le faltaba. Que yo sepa, había recorrido medio mundo y es posible que, desde que yo le perdí de vista, recorriera lo que le faltaba.

»No es necesario que te hable de sus virtudes ni de sus debilidades. Bastará con que te diga que Xicuelles nunca hizo una cosa sin su cuenta y razón, ni pidió a nadie que lo hiciera sin motivo fundado. No pretendo entender la carta que te ha escrito ni adivinar lo que tras ella se oculta. Pero te repito lo que te dije antes: de haber recibido yo de él una carta así, no hubiera vacilado en hacer los preparativos necesarios para emprender el viaje. ¿Responde eso a tu pregunta— tan expresivamente como tú quisieras?

—Creo que responde a ella con mayor elocuencia incluso de lo que yo esperaba. Sea como fuese, con ello me basta y si nada ocurre que lo impida, seguiré las instrucciones de esta carta y tomaré el tren para Burdeos dentro de dos días.

*****

 

 

Manrique había estado numerosas veces en la antigua capital de la segunda Aquitania, pero, para pasar el tiempo mientras esperaba noticias, dedicó el primer día de su estancia allí a visitar por enésima vez la catedral de San Andrés, la iglesia de Santa Cruz, el Museo de Arte Antiguo y varios otros lugares de interés.

La mañana del segundo día fue a ver las ruinas del Palais Gallien, que no son, en realidad, más que restos de un anfiteatro romano. De vuelta, se detuvo unos momentos en la Place des Quinconces contemplando el monumento a los Girondinos y luego, prosiguió lentamente su camino hacia el Royal Gascogne.

Por pura fórmula, cruzó el vestíbulo en dirección al mostrador tras el cual estaba parapetado el conserje y preguntó:

—¿Hay correspondencia para mí?

El conserje se volvió de lado, examinó el casillero. Dijo:

—Oui, monsieur.

Y le tendió una carta.

Era ésta voluminosa, recia y, como la que recibiera en Barcelona, llevaba sellos australianos e iba dirigida por la misma letra que aquélla.

Manrique dio las gracias, se guardó el sobre en el bolsillo y, viendo que aun faltaba más de media hora para la comida, pidió la llave de su cuarto y se metió en el ascensor.

Una vez a solas en su habitación, sacó la carta del bolsillo y la abrió, levemente excitado. ¿Hallaría en ella la clave del misterioso viaje?

El sobre, a pesar de su volumen, contenía muy poca cosa: una hoja de papel doblada, unos billetes franceses y un grueso cartón, semejante al de los antiguos sobres monederos. Sólo que, en lugar de varios agujeros de distintos tamaños para alojar las monedas, no tenía más que uno y éste del tamaño de una moneda de a real. Sacudió el cartón y extrajo el disco que llenaba por completo el agujero. No cabía la menor duda de que era de oro macizo, pero por más vueltas que le dio Manrique, no pudo hallar señal alguna sobre su lisa superficie.

Se metió el disco en el bolsillo del chaleco y desdobló el papel.

Era de tamaño comercial, sin membrete, sin más escritura que cinco líneas —cuatro de ellas en verso— en el centro mismo de la hoja. Las siguientes:

 

Áureo reflejo de tu fortuna

vigila siempre y guarda a conciencia

sigue las gradas una por una

que en ellas yace la inteligencia.

 

Grada Segunda. —París. Hotel Ritz.

 

CAPÍTULO II

 

 

EL ENVIADO DE ESPAÑA

 

QUERIDO amigo:

Cuando recibas esta carta hará muchos meses ya, que mi cuerpo repose en su última morada. Por eso precisamente espero de tu amistad, de la que en vida me diste numerosas pruebas, esta última concesión a uno de mis estrafalarios caprichos.

Tú sabes que, por excéntrico que haya sido, nunca he hecho una cosa sin su cuenta y razón y hoy, como siempre, mis actos tienen su justificación como, si todo sale a medida de mis deseos, tendrás ocasión de comprobar a su debido tiempo.

Te suplico que una semana justa después de recibir esta carta emprendas el viaje a la isla de Chipre. Dirígete a Nicosia, su capital, y alójate en el Hotel Cleopatra. Me permito adjuntar el dinero necesario para cubrir tus gastos. Ya sé que no lo necesitas, pero no quiero obligarte a pagar de tu bolsillo lo que has de gastar por culpa mía.

Aguarda en el hotel. No han de transcurrir muchos días sin que sea necesaria tu presencia. Serás consultado a no dudar. Eso es cuanto deseo decirte. Desde el momento en que se dirijan a ti, el asunto queda en tus manos. Obra como creas conveniente. Aconseja o deja de hacerlo, como mejor te cuadre. Lo que tú hagas estará bien hecho. Si crees deber callar, guarda silencio. Si optas por hablar, hazlo en la medida que tú quieras.

Sólo una cosa te advierto: tú eres la inteligencia. Dudo que, sin tu ayuda, se resuelva jamás el misterio.

Hace muchos años —casi perdí la cuenta— te envié un estuche, suplicándote que lo guardaras, sellado hasta que yo te lo reclamase o te pidiera que lo abrieses. Ábrelo ahora y examina su contenido. Debe acompañarte cuando marches a Nicosia. Pero eso no es la clave ni mucho menos. La clave eres tú, personalmente, y el contenido del estuche no será más que tu instrumento.

Gracias, Ramón, por anticipado. Yo sé que atenderás mi ruego.

Un detalle importante. Pudiera darse el caso de que decidieras inhibirte del asunto una vez hubieses sido consultado. Y siendo conocido tu nombre, pudieras ser importunado. Por si tal cosa ocurriera, te advierto que no es necesario que te inscribas en el registro del hotel con tu nombre verdadero, si no lo deseas. Puedes dar el que se te antoje. Lo que sí es absolutamente indispensable es que, tras el nombre que emplees, agregues: «El Enviado de España», puesto que será a tal enviado a quien se le dirija cualquier consulta.

Nada más. Te saluda desde ultratumba con el cariño de siempre, tu amigo

 

 

Aparicio Xicuelles.»

 

EL director del Instituto de Inventores e Investigaciones Científicas dobló cuidadosamente la carta y guardó el fajo de billetes que la acompañaba. En una cosa se distinguía aquella misiva de la que recibiera Manrique: No procedía de Australia, sino de Madrid. Y, el que la había expedido, no sólo no había procurado guardar el anónimo, sino que había usado un sobre timbrado, acompañando el envío con una nota suya, sobre papel con membrete que proclamaba uno de los notarios más conocidos de la Villa y Corte.

La nota estaba, concebida en los términos siguientes:

 

Muy señor mío:

Hará cosa de tres años, tuve el gusto de recibir la visita de mi cliente y buen amigo don Aparicio Xicuelles.

En dicha ocasión, don Aparicio me entregó un sobre lacrado, dirigido a usted, y me suplicó que lo guardara en depósito. Se comprometió a enviarme noticias suyas de vez en cuando, pero me advirtió que, si alguna vez dejaban de llegarme tales noticias, debía aguardar seis meses más y, transcurrido dicho período, podía darle por muerto. Entonces, y sólo entonces, debía encargarme de que la carta de que me había hecho depositario llegase a sus manos.

Hoy hace seis meses justos que carezco de noticias de dicho señor y, respetando sus deseos, le remito la carta que para usted guardaba.

Aunque él no me pidió que le escribiese, he creído preferible hacerlo, dándole mi nombre y dirección por si pudiera serle útil en algo. No tengo la menor idea de lo que el sobre contiene. Don Aparicio nada me dijo a ese respecto. No obstante, por su volumen, he pensado en la posibilidad de que se tratara de un testamento ológrafo en el que se le nombrara a usted ejecutor del mismo.

Por si de, tal instrumento legal se tratara y por si se diera el caso de que desconociese usted los trámites legales a seguir, o conociéndolos, tuviera necesidad de buscar persona apta para encargarse de ellos, me permito ofrecerle mis servicios, tanto más cuanto se trata de un hombre a quien aprecié mucho en vida y en cuyo obsequio desplegaría, si cabe, más celo del que ya pongo cuando de servir a mis numerosos clientes se trata.

En espera de su grata contestación, queda de usted atto. y s. s. q. s. m. e.

 

J. Benavides Torrente.»

 

De que el sobre de Xicuelles había llegado intacto a manos de su destinatario, no cabía la menor duda. Aparte de que la reputación de Benavides excluía toda probabilidad de que lo hubiera tocado. Trévelez había observado en el lacre la marca del sello de oro que don Aparicio llevara en vida, con las armas de su familia.

Dejó a un lado la carta de su notario para contestarle más tarde, y permaneció sentado en su despacho unos momentos, pensativo. Luego se puso en pie y abrió la caja de caudales que había en un rincón del cuarto. De un cajón interior de la misma, que estaba cerrado con llave, sacó un estuche largo y estrecho, atado con un bramante y precintado con lacre.

La llevó a la mesa. Cortó el bramante con la tijera. Rompió los precintos. Alzó la tapa.

Sobre un lecho de terciopelo azul yacía una barrita de metal blanco. A un centímetro aproximadamente de una de las extremidades tenía una anilla.

La sacó. Parecía de platino, pero pesaba muy poco para su tamaño.

Al examinar las puntas, observó en el centro de una de ellas, una ranura. La barra era hueca, evidentemente, de ahí su falta de peso.

Miró la anilla y comprobó que, mientras que por un lado parecía formar parte integrante de la barra, por el otro tenía aspecto de hallarse despegada.

Asió la barrita como si fuera una jeringa, posó el dedo sobre el extremo cerrado y apretó. El resultado fue curioso. El último centímetro de barra se hundió en el resto hasta la anilla y simultáneamente surgió por la ranura inferior una lengüeta de metal en dirección oblicua.

Repitió la operación dos o tres veces y observó detenidamente el agujero y acabó convenciéndose de que la lengüeta no se había torcido accidentalmente, sino que la ranura había sido construida de suerte que sólo en ángulo oblicuo pudiera salir de ella.

No presentaba la barra, en toda su longitud, señal alguna que pudiese delatar su objeto, y Trévelez no se rompió la cabeza intentando adivinarlo. Comprendió que, sin más datos de los que poseía, perdería miserablemente el tiempo.

Volvió a meter el misterioso instrumento en su estuche y lo encerró de nuevo en la caja de caudales. Si él era la clave —y aquél su instrumento, tendría, por decirlo así, que descubrirse a sí mismo antes de comprender el fin para el que había sido fabricado.

*****

 

 

El barco que saliera de Beirut a la puesta del sol entró en el puerto de Famagusta al amanecer, atracando junto a la Torre de Otelo. De él desembarcó una docena escasa de pasajeros, todos ellos, menos uno, chipriotas o naturales del Cercano Oriente. La solitaria excepción era un anciano de cabellos blancos, encorvadas espaldas, pómulos salientes y hundidas mejillas, que llevaba una larga capa negra colgada del brazo izquierdo.

Un mozo cargó con sus dos pesadas maletas y le siguió Aduana adentro, pero bastó que enseñara su tarjeta para que los vistas le dejaran pasar sin examinar su equipaje siquiera. Una vez fuera del edificio, se dirigió al despacho de una Compañía de coches de línea, pidió que le reservaran asiento en el automóvil de la tarde, pagó al mozo, dejó las maletas en el despacho y, siempre con su capa del brazo, se puso a errar por la población, que evidentemente no le era desconocida.

Visitó la Torre de la Puerta del Mar, que conserva aún su rastrillo primitivo, y sobre la que campea el león de San Marcos, que proclama a la torre parte de las fortificaciones que en la isla alzaron los venecianos. Luego, vagó entre las iglesias, que en Famagusta son tan numerosas como los días del año, aunque hoy casi todas están en ruinas, unas cuantas siguen usándose y hasta hay una, — la famosa catedral de San Nicolás, del siglo XIV — que, saqueada por los turcos en 1571 y arrebatados todos sus adornos interines, se ha convertido en mezquita con fachada cristiana, por encima de cuyos góticos adornos suena todos las días la voz del almuédano llamando a los fieles a la oración.

A la una en punto, el anciano entró en el primer restaurante que halló a su paso, comió sobriamente y enderezó sus pasos hacia el lugar donde dejara el equipaje.

Era noche cerrada cuando, arrebujado en su capa, descendió del automóvil en una estrecha calle de Nicosia y entró en el Hotel Cleopatra.

Pidió habitación para un tiempo que no determinó y, al serle entregado el registro, escribió en él, con mano firme:

 

«Profesor Vardo. Profesión: arqueólogo.»

 

Y agregó a continuación:

 

«Enviado de España»

 

Se hizo servir una cena frugal y se retiró luego a su cuarto, donde ya había sido dejado su equipaje.

Por la mañana se levantó temprano, dedicándola entera al estudio de los muros circulares de la capital y sus once baluartes. Por la tarde, visitó la iglesia armenia para ver una vez más las losas de su suelo, lápidas, en realidad, de tumbas medievales, y pasó algún tiempo en el museo donde se conservan las pocas reliquias de la isla que no se ha llevado alguno de sus numerosos invasores.

En la mañana del segundo día estuvo en la catedral del Primado Latino, la monotonía de cuya blancura interior animan placas verdes y doradas y alfombras de Anatolia. Una línea diagonal divide la nave, señalando hacia la Meca, porque, como tantas otras iglesias chipriotas, ésta es hoy una mezquita. Tras una última mirada al policromo milhrab o nicho de oración y compás espiritual, salió de la antigua iglesia. Calzóse a la puerta y emprendió el camino de regreso al hotel.

En su ausencia, la población flotante de Cleopatra había aumentado. Al entrar en el comedor, vio dos caras nuevas. La mesita más cercana a la puerta estaba ocupada por una joven de generosas curvas y hermoso rostro que alzó la cabeza al oír los pasos del profesor. Los grandes ojos pardos, fijaron en él una aterciopelada mirada y dos labios sensuales esbozaron una sonrisa. Pareció a punto de levantarse y salirle al encuentro, pero lo pensó mejor y concentró nuevamente su atención en el plato que tenía delante.

Vardo fingió no darse cuenta de la vacilación de la muchacha y siguió hacia el rincón del cuarto donde se había sentado el día anterior. Mientras le servían, reparó en la segunda persona forastera: un joven alto, rubio, de ojos azules y bigote recortado, que parecía experimentar tanto interés por el profesor Vardo como el joven de la entrada. Sólo que éste, más decidido, no se conformó con mirar, sino que se puso en pie y se dirigió resueltamente a la mesa del anciano.

—Perdón, señor — dijo, hablando el inglés con marcado acento australiano—, ¿tengo el honor de hablar con el Enviado de España?

Vardo le contempló unos instantes en silencio. Luego movió afirmativamente la cabeza.

—Yo soy el Enviado de España —dijo.

—En tal caso — anunció el joven con una sonrisa—, mi peregrinación ha tocado a su fin. Me llamo James Cotry y he recibido la orden de consultarle.

—Se me antoja — respondió lentamente el anciano—, que no es usted el único que ha acudido a Chipre a consultarme. Esa señorita que está sentada a la puerta no me ha quitado la vista de encima desde que entré y el hecho de que usted me haya abordado parece haberle producido sorpresa, curiosidad e inquietud.

La mirada de Cotry se dirigió instintivamente hacia la puerta y pareció sorprenderse a su vez.

—¡La señorita Masta! — exclamó—. Ha viajado conmigo desde Turquía a Kyrenia y hemos cruzado las montañas juntos hasta Nicosia. Por cierto que me ha extrañado su extraordinaria reserva. Pero supuse que sería condición de su raza, con la que nunca había tenido yo el menor contacto. Es la primera vez que vengo a Chipre. Y la señorita Masta, según tengo entendido, es chipriota. ¿Me permite que me siente y dé principio a mi consulta?

—Creo que es preferible que termine usted tranquilamente su comida. No es éste el lugar más a propósito para consultas. Hay sala de lectura en este hotel. He observado que la gente es amiga de hacer la siesta aquí y que la sala en cuestión está completamente desierta a estas horas. Tenga la bondad de esperarme allí cuando salga del comedor.

El joven inclinó la cabeza con cierta rigidez y se dirigió a su mesa, de la que se levantó de nuevo a los pocos momentos para salir de la habitación.

Vardo vio, por el rabillo del ojo, que la señorita Masta había terminado de comer y le observaba evidentemente nerviosa, lo que no impidió que terminara él su comida tan tranquilamente como si dispusiera de toda la tarde para hacerlo.

Alzóse luego y dirigióse a la puerta. Masta, en pie ya, le cerró el paso.

—¿El Enviado de España? — inquirió, en voz baja, pero excitada.

—Yo soy — asintió Vardo, sonriendo—. Si su deseo es consultarme, tenga la bondad de dirigirse a la sala de lectura, donde la espero.

Y haciendo una leve reverencia, siguió su camino, saliendo al vestíbulo.

Dos consultantes. Tres, por lo menos. Porque tenía el presentimiento de que Manrique se presentaría en Nicosia, puesto que Manrique había recibido meses antes una carta de Xicuelles y Xicuelles parecía ser el organizador de todo aquello.

Oyó pasos a sus espaldas; pasos presurosos. Y alargó el suyo para llegar al punto de cita antes que la bella chipriota, que tan mal sabía contener su impaciencia.

CAPÍTULO III

 

 

UN MENSAJE EXTRAÑO

JAMES Cotry se paseaba de un lado para otro de la pequeña sala de lectura cuando el profesor Vardo hizo su aparición. El anciano se detuvo cerca de la puerta y aguardó a que llegara la joven que le seguía. Ésta se detuvo al ver a Cotry en la estancia y pareció vacilar.

—Pase, señorita — la invitó Vardo—. Creo que conoce ya al señor Cotry. Han hecho ustedes un largo viaje juntos, aunque sin saber que ambos acudían aquí con el mismo objeto.

—Se me ha pedido — anunció la muchacha, hablando en italiano—, que consulte al Enviado de España y...

—La misma petición ha recibido el señor Cotry — aseguró Vardo—. ¿Tiene la bondad de hablar en inglés? Sé que no desconoce ese idioma, porque en él se dirigió a mí en el comedor, y lo más probable, es que el señor Cotry no conozca al italiano.

Y miró interrogador al hombre, que movió negativamente la cabeza.

—No conozco más idioma que el mío — aseguró—; pero afortunadamente he encontrado en todas partes quien lo hablara, de lo contrarió lo habría pasado muy mal... sobre todo en ciertos lugares.

Vardo se dirigió a un rincón del cuarto y se dejó caer en un cómodo sillón. El joven y la muchacha acercaron otras dos butacas a la suya y se sentaron también.

—La sesión — anunció el profesor con una sonrisa—, queda abierta. Y, naturalmente, daremos preferencia a las damas.

Se volvió hacia la chipriota.

—¿Qué me tiene usted que consultar, señorita? — quiso saber.

La joven se metió la mano en el pecho y sacó un puñado de papeles. De entre ellos, escogió uno que presentó al profesor.

—Esto — contestó.

Vardo tomó el papel con curiosidad.

Era una hoja pequeña, cubierta de símbolos astronómicos (Fig. I) y debajo se leía lo siguiente:

 

Nace entre linfas maligna excrecencia

que por la Pascua florece entre el té.

Ébano mata montesa existencia:

¡verde sepulcro doncella le dé!

 

El enviado de España se aloja aquí.

Consúltale.

 

El anciano estudió el misterioso mensaje y los no menos misteriosos símbolos en silencio. Luego preguntó:

—¿Qué desea usted de mí?

—Que me diga lo que todo eso significa.

Vardo movió negativamente la cabeza.

—No tengo la menor idea —respondió.

La muchacha le miró con sorpresa.

Dijo Cotry:

—¿Ha dicho usted que no lo entiende?

—En absoluto. ¿Qué era lo que usted me tenía que consultar?

—Exactamente lo mismo que la señorita Masta. Tome.

Sacó del bolsillo un papel, copia exacta del que la muchacha enseñara, y agregó:

—Como usted verá, se nos pide que le consultemos. Lo cual hace suponer que usted conoce la clave de este mensaje cifrado o lo que sea. A menos...

Una extraña expresión apareció en su semblante. Se puso en pie.

—¡Usted no es el Enviado de España! — acusó.

Masta le miró a su vez, con sobresalto y hostilidad.

 

Figura I

 

Vardo se limitó a sonreír.

—¡Siéntese! — ordenó.

Sacó la carta que recibiera Trévelez de Xicuelles y la dobló de forma que sólo se pudiera leer el último párrafo y la firma. Permitió que ambos jóvenes lo leyeran, sin soltarla.

—¿Están ustedes convencidos? — inquirió por fin.

Ambos movieron afirmativamente la cabeza.

—Pero — quiso saber Cotry—, en tal caso, ¿cómo es posible que no pueda usted descifrarnos este jeroglífico?

Por toda contestación, Vardo dobló la carta de forma que quedara oculta la cabecera y lo relacionado con el estuche.

—Pueden, leer todo eso también — anunció.

Y cuando hubieron terminado:

—Eso es todo cuanto sé del asunto. Como ustedes ven, ni siquiera sabía que iban a ser varios los que me habían de consultar, ni tenía la menor idea de qué iba a ser lo que se me consultara. Xicuelles parece convencido, no obstante, de que yo puedo esclarecerlo sin indicaciones, y es muy posible que tenga razón... una vez que posea suficientes elementos de juicio. ¿Quieren ustedes contarme la historia desde un principio, para ver si en ella hallo algún indicio? Empiece usted, señorita.

La joven guardó silencio unos instantes, como reuniendo sus recuerdos. Luego, empezó a hablar.

—Me llamo Ifigenia Marta — dijo—, y soy natural de esta isla. Hace muchos años, siendo aún niña, mi padre, tuvo ocasión de hacer algún favor al señor Xicuelles. No sé en qué consistía el favor en cuestión, ni creo que importe para el caso.

»A la sazón vivíamos en Pafos, que es el lugar en que yo nací. El señor Xicuelles se empeñó en que recibiera una educación esmerada, y fui enviada a Inglaterra a estudiar. Creo que él costeó la mayor parte de los gastos. Volví aquí después, pero al morir mis padres regresé a Inglaterra, donde fijé mi residencia.

»Hace unos meses, recibí en Inglaterra una carta de Australia, pidiéndome que me trasladara, a Argel a los dos días de recibirla, y me alojara en el Hotel Excelsior del Boulevard Laferriérre... La carta está aquí.

Le ofreció una carta concebida en términos muy parecidos a la que recibiera Manrique en Barcelona; Vardo la leyó atentamente y se la devolvió.

—¿Qué ocurrió en Argel? — quiso saber.

—Al día siguiente de mi llegada recibí un abultado sobre. Lo abrí. Dentro de él había un cartón grueso, agujereado. En el agujero iba un disco. Este.

Sacó del escote una bolsita de cuero que colgaba de una cadena de plata que llevaba al cuello. Abrió la bolsita y dejó caer sobre la palma de la mano del profesor, un reluciente disco de cobre. Vardo examinó el anverso, el reverso y el canto sin descubrir en él señal alguna. Se lo devolvió luego a su dueña, preguntando:

—¿No le acompañaba ninguna carta?

—Sí — respondió Ifigenia, si es que a esto puede llamarse carta.

Y le ofreció una hoja en que se leía:

 

Por la estima en que te tuve y te tendré,

cúprea prenda he querido confiarte.

Dame prueba de que en mi pones tu fe

y de bienes sin cuento he de colmarte.

 

Seguía el nombre de la ciudad y el hotel a que debía trasladarse a continuación.

—Como la primera vez — aseguró la muchacha—, adjuntaba dinero más que suficiente para hacer el viaje. Desde entonces he estado viajando de ciudad en ciudad, sin encontrar a mi llegada más que un sobre con más dinero y una nueva dirección. A mi llegada a Maskat, en Arabia, cerca del Golfo Pérsico, el mensaje varió. Esto es lo que recibí.

La carta que entregó ahora la muchacha decía simplemente:

 

Tu peregrinación ha terminado. Dirígete a Chipre, al Hotel Cleopatra, de Nicosia. Allí hallarás la solución.

 

—En cuanto me presenté aquí — prosiguió la joven—, me encontré una carta que me aguardaba: la que le enseñé al principio. Al leer la nota final, pregunté al conserje si se hallaba aquí el Enviado de España. Me contestó: «¿Se refiere usted al profesor Vardo?» Le dije que desconocía su nombre, pero que bien pudiera ser, «Tiene que ser», afirmó él. «Por lo menos es el único que se ha inscrito en el registro de esa manera.» Y me enseñó lo que usted había escrito de su puño y letra. Me dijo a continuación que había salido, pero que me sería muy fácil reconocerle por la descripción que me daría. Y así ha sido, en efecto. ¿Le ayuda lo que le he dicho a resolver el misterio?

—Aun no le puedo contestar — replicó Vardo—: ¿Qué tiene usted, que contar, señor Cotry?

—Aproximadamente lo mismo que la señorita Marta. La única diferencia estriba en que fui dirigido a otras ciudades y que mi disco era de estaño y no de cobre como el de ella. Y el verso que lo acompaña también es distinto, naturalmente. Mire.

Le dio una hoja en que iba escrito el verso siguiente:

 

De este disco loa reflejos azulados

dan color a la fortuna que te espera.

No lo pierdas, pues que en premio a

[tus cuidados

he de darte una vida placentera.

 

Y le enseñó el disco de estaño, tan desprovisto de señales como el de la muchacha.

—Es evidente — anunció Vardo, tras unos instantes de silencio—, que con los datos que poseemos hay suficiente para desentrañar el misterio. Si Xicuelles no los hubiera creído bastantes, nos hubiese proporcionado otros. Lo curioso del caso es que creyera que yo podría interpretar correctamente tales datos, pero temiese que ustedes fueran incapaces de ello. ¿Me permite que conserve momentáneamente esta última hoja que ha recibido, señorita Masta?

—Supongo que no hay inconveniente — contestó ella.

—Gracias. Quiero meditar detenidamente sobre el asunto. Pero quisiera tener otros detalles aparte de éste. ¿Tendría la amabilidad de hacerme una lista completa de todos los lugares que ha visitado? Igual le pido a usted, señor Cotry. Mejor será que hagan las listas ahora mismo. No puedo decirles para qué han de servirme, porque tampoco lo sé yo. Una cosa es evidente, sin embargo: los viajes están relacionados con la solución de este asunto, de lo contrarió no les hubiera hecho viajar Xicuelles. Y mientras ustedes están distraídos con eso, les suplico que me permitan retirarme. Tengo necesidad de hacer algunas compras.

Y se retiró pensativo de la sala de lectura. A pesar de sus palabras, Vardo creía haber empezado a ver claro.

CAPÍTULO IV

 

 

SOL, VENUS, JÚPITER Y SATURNO

VARDO no fue muy lejos al salir del hotel. Se metió en una librería cercana —una de las más importantes de Nicosia— y se hizo enseñar cuantos mapas tenía el establecimiento en existencia. Escogió unos cuantos de entre ellos y compró a continuación compás, lápiz y regla. Armado con todo esto regresó al hotel. Había un coche de línea parado a la puerta cuando llegó y dos hombres hablaban con el conserje en el vestíbulo. A uno de ellos le reconoció inmediatamente: era Manrique. El segundo, hombre de cierta edad y cabello entrecano, le era completamente desconocido.

El conserje entregó a cada uno de los dos hombres una carta. Ambos se la metieron en el bolsillo y se hicieron conducir a sus respectivos cuartos. Manrique no volvió la cabeza, conque no vio a Vardo. Y éste no intentó llamar su atención siquiera. Marchó derecho a la sala de lectura, donde los dos jóvenes terminaban en aquel momento las listas.

—Creo — dijo, cuando se las entregaron—, que no estaría de más que me prestaran los versitos recibidos con el disco, o que me los copiaran si prefieren.

Ambos parecieron más inclinados a dar una copia que a ceder, aunque no fuera más que temporalmente, el original, conque el profesor aguardó a que lo hicieran.

—Se me antoja — dijo entonces—, que no son ustedes, los únicos peregrinos sobre la tierra por cuenta de Aparicio Xicuelles. He visto a dos hombres en el vestíbulo, uno de ellos conocido mío, que recibían cartas de Australia de mano del conserje. Tal vez su presencia ayude a despejar el misterio. Si no me equivoco, no han tardar ya en presentarse.

Como si no hubieran estado esperando más que a eso, se abrió la puerta de la sala de lectura y asomó Manrique, que hizo ademán de retirarse al ver que el profesor no estaba solo.

—Pasa — le ordenó éste.

—Y usted también — agregó al ver al hombre entrecano en la puerta.

—¿De qué color recibiste el disco? — prosiguió, encarándose con Manrique y sin darle lugar a hablar.

El joven miró hacia Cotry y Masta, que le contemplaban con curiosidad. Vardo interpretó correctamente su gesto.

—Puedes hablar con entera confianza — dijo—. Son compañeros tuyos de peregrinaje.

` —De oro puro — respondió entonces Manrique—. ¿Cómo sabía usted que había recibido un disco?

—Me lo supuse. ¿Dónde está el versito que lo acompañaba?

Manrique buceó en un bolsillo y lo sacó.

—No pareces sorprendido de verme — dijo Vardo, cuando hubo terminado su lectura.

—Vi el nombre de usted en el registro y noté lo que había puesto detrás de la profesión. En cuanto leí la carta, bajé a buscarle.

—Enséñame esa carta.

Era igual que la de Masta y la de Cotry.

Alzó la mirada y la clavó en el último que había llegado.

—Yo soy el Enviado de España — anunció—. ¿Ha recibido usted una carta igual que ésta?

Le enseñó la de Manrique.

Vardo había estado hablando en inglés durante todo aquel tiempo y el hombre le contestó en el mismo idioma, aunque con cierta dificultad.

—Si — dijo.

Y ofreció una carta que era, en efecto, copia exacta de todas las demás.

—¿Recibió un disco? — quiso saber el profesor.

—Con su correspondiente verso — contestó el otro.

Y de una abultada cartera sacó un disco de plomo y una hoja de papel que decía:

 

Negro cual la noche tenebrosa,

este disco en tu destino impera.

El perderlo fuera cosa desastrosa

que trocárate ambiciones en quimera.

 

—Más vale —dijo Vardo—, que me haga usted una lista completa de los lugares que ha visitado por orden de Aparicio Xicuelles. ¿Me es lícito preguntarle cómo se llama?

—Giuseppe Locarno.

—¿Italiano?

—Maltés.

—Gracias. Aquí hay tinta y papel. ¿Tendría la amabilidad de hacer la lista?

Se volvió hacia Manrique.

—Haz tú lo propio — ordenó:

Y a continuación, encarándose con todos:

—No podernos esperar que se nos deje solos por mucho tiempo en esta sala. La reunión que hemos de celebrar puede ser larga. Propongo que cada uno de ustedes pida la llave de su cuarto y se retire a él. Dentro de diez minutos les espero a todos en el mío, que es bastante grande y tiene anexa una salita. Allí podremos hablar a nuestras anchas.

Y salió de la sala de lectura.

Cuando diez minutos más tarde empezaron a llegar los convocados al cuarto del profesor, hallaron a éste sentado a la mesa de su salita, con un montón de mapas, un compás, una regla, un lápiz, unas hojas de papel y las listas y cartas delante de él. Aceptó las que Locarno y Manrique le entregaron y suplicó luego a todos que se sentaran lo más cerca posible de la mesa.

—Señores — dijo—, he llegado, a la conclusión de que aun han de reunirse con nosotros tres personas más... una de ellas del sexo femenino, con toda seguridad. No obstante, daremos principio a otro estudio de los datos sin esperarlas.

Guardó silencio unos instantes. Luego continuó:

—Aparicio Xicuelles, gran amigo mío, fue en vida, un hombre tan excéntrico como acaudalado. Es posible que nadie le haya conocido jamás tan bien como yo; por eso precisamente me escogería para que, llegado el momento, esclareciera los puntos que a ustedes pudieran parecerles oscuros.

»De la lectura de las rimas que a cada uno de ustedes dirigió, se desprende que les hizo sus herederos. Y digo esto porque en cada caso vemos mencionada la fortuna, la riqueza, o su equivalente como premio a la peregrinación que les impuso. De la serie de viajes que han tenido que hacer sus herederos se deducen varias cosas, entre ellas, en mi opinión, que no hay atajo sin trabajo; que el que algo quiere, algo le cuesta. Xicuelles, según le recuerdo, opinaba que la riqueza obtenida sin esfuerzo más perjudica que ayuda.

»En los breves minutos que he tenido a mi disposición, he hecho un descubrimiento importante, y aunque no he tenido tiempo de ponerlo a prueba, voy a hacerlo ahora en presencia de todos. Creo que de él y de los mensajes obtendremos todos los indicios necesarios para comprender lo que ha querido decirles, para interpretar las instrucciones que les ha dado.

Hizo una pausa mientras preparaba unos papeles, pausa de la que nadie se atrevía romper el silencio.

—No sé — prosiguió por fin—, si ustedes se habrán dado cuenta de ello; pero en ningún momento se han hallado más lejos ni más cerca del punto de reunión final de lo que estuvieron de él en la primera etapa de su peregrinación. En otras palabras: cada uno de ustedes ha estado viajando en círculo alrededor de un punto central en el que finalmente han acabado convergiendo. Obtuve esa impresión en cuanto vi las primeras listas y ahora van a ver la demostración de que es cierto.

Tomó el compás y extendió sobre la mesa un mapa del hemisferio oriental.

—Acérquense ustedes — ordenó.

Todos se apiñaron a su alrededor.

—Tomemos la lista de la señorita Masta — prosiguió—. En ella figura, entre otros lugares, la población de Argel. Coloquemos una punta del compás en la isla de —lo hizo— y la otra en la población argeliana.

Abrió el compás para conseguirlo.

—Si mi teoría es acertada — continuó diciendo—, la distancia que ahora mido constituye el radio del círculo trazado por la señorita en sus viajes. Vamos a ver si es cierto.

Tomó una hoja de papel transparente y trazó en ella un círculo cuya radio fuera equivalente a la distancia medida en el mapa entre Chipre y Argel, Luego puso el papel encima del mapa, haciendo coincidir el eje del círculo con la isla en que se encontraban.

—Vaya usted cantando en alta voz los nombres de los lugares que ha visitado, señorita Masta — ordenó.

Y a medida que la joven lo fue haciendo, Vardo señaló en el papel el lugar que ocupaban en el mapa.

—No es necesario que los lea todos, señorita — dijo—. Sáltese unos cuantos. Con los que quedan bastará para la demostración.

Y cuando hubo acabado la muchacha:

—Observarán que el círculo trazado pasa por todos los lugares citados, aun siendo puntos tan distantes entre sí como Argel, Addis Abbeba, Maskat y Vilna. ¿Están ustedes convencidos ya de que lo que digo es cierto?

La contestación fue unánime y afirmativa.

Vardo escribió en el círculo:

 

“I. Masta”

 

Luego dijo:

—Vamos a hacer la misma prueba con el itinerario del señor Manrique.

Midió con el compás la distancia entre Chipre y Burdeos y luego trazó otro círculo sobre el papel. Al hacer la comprobación, se vio que el círculo pasaba por todos los lugares que visitara Manrique. Puso el nombre de éste a la circunferencia y comprobó, a renglón seguido el itinerario de James Cotry y el de Locarno. En todos los casos obtuvo el mismo resultado. La circunferencia se separaba a veces unos milímetros de alguna población, lo que en realidad representaba una diferencia de kilómetros, pero era tan perfecta como podía serlo un círculo trazado de suerte que el que lo recorriera encontrase siempre una población donde parar en su camino.

—Creo haber demostrado — anunció el profesor—, que el propósito de Xicuelles, era hacer viajar a cada uno de ustedes en un circulo completo, pero que el radio de cada círculo tiene un itinerario distinto.

—Eso — respondió Locarno—: es una verdad incontrovertible.

—Puesto que estamos conformes en eso — dijo el profesor—, pasemos a hablar del último mensaje que han recibido ustedes. Se compone éste de una serie de símbolos astronómicos y de un versito. Lo que ignoran ustedes seguramente es que Aparicio Xicuelles era muy aficionado no sólo a la Astronomía, sino a la Astrología, y es esta última la que le ha servido para combinar todo el plan que ahora se está desarrollando.

Cuatro pares de ojos le miraron sin comprender.

—Los símbolos que ustedes ven — explicó Vardo señalando la hoja que le prestara Masta—, son aspectos planetarios. Se ha limitado a hacer uso de los siete planetas clásicos, prescindiendo de Neptuno, Plutón y Urano. Y los ha colocado por su orden geocéntrico, es decir, usando la Tierra como punto de mira y ordenándolos por orden de distancia, empezando por la Luna, que es el que más cerca está de nosotros, y terminando por Saturno, que es el más lejano.

—Sigo sin comprender lo que significa esa — anunció el australiano.

—Si me escucha con atención — respondió el profesor—, no tardará en ver claro. ¿Sabe alguno de ustedes algo de Astrología?

Todos confesaron su ignorancia. Habían oído hablar de ella, recordaban alguna cosa, pera no lo bastante para poder hablar del asunto.

—En la antigüedad — dijo Vardo—, los astrólogos asignaban a cada planeta un color, un metal y una piedra preciosa o varias... además de otras cosas que no interesan para el caso que nos ocupa. El metal correspondiente a Saturno, por ejemplo — agregó mirando a Locarno—, era el plomo, del que usted ha recibido un disco. Y su color era el negro. Negro cual la noche tenebrosa, este disco en tu destino impera... ¿No le parece bastante claro, señor Locarno, que Xicuelles quería identificarle a usted como Saturno?

—Quizás — asintió el interpelado—; sus palabras parecen indicarlo, por lo menos.

—El señor Cotry — dijo el profesor a continuación—, ha recibido un disco de estaño, metal que corresponde a Júpiter, cuyo color es el azul. De este disco los reflejos azulados... ¿Está de acuerdo, señor Cotry?

—Por completo — asintió el joven, en cuyos ojos empezaba a brillar la excitación.

—El cobre — anunció Vardo—, está vinculado con Venus. Su color es el verde, que en este caso no se ha citado. Pero es curioso que el disco de cobre lo haya recibido una mujer precisamente. ¿Admiten la posibilidad de que la señorita Masta represente a Venus?

—Me cuesta muy poco trabajo creerlo — aseguró Manrique, mirando a su compañera—. Creo, incluso, que Xicuelles ha escogido con mucho acierto.

—Y claro está — terminó Vardo—, el oro es el color del sol, cuyo color, como el del oro, es amarillo. Vamos a sustituir los nombres por los símbolos... o poner ambos por lo menos.

Se inclinó sobre el papel y anotó los símbolos junto a los nombres. (Fig. 2.)

 

Figura 2

 

—Observarán ustedes —dijo entonces—, que los símbolos colocados guardan las distancias que geométricamente les corresponden. La órbita de Venus es menor que la del Sol. La de Júpiter es mayor que ambas. La de Saturno las supera a todas... lo que significa que Xicuelles ha procurado guardar el debido orden al trazar sus itinerarios.

»Si después de darnos cuenta de todo esto no hubiéramos comprendido ya que son siete las personas que han de venir a Chipre, el mensaje recibido aquí nos lo hubiera demostrado. Observen ustedes que los planetas empleados en él son siete precisamente. Por eso digo que aun hemos de esperar a tres personas más y que una de ellas, por lo menos, ha de ser...

Se interrumpió para descolgar el teléfono que acababa de sonar. Escuchó unos instantes, tapó la boquilla y terminó la frase:

—...ha de ser mujer. Y ya ha llegado, por cierto.

Destapó otra vez la boquilla.

Dijo:

—Que suba esa señorita.

Colgó. Se encaró con sus compañeros.

—O mucho me equivoco — dijo—, o el disco de esta señorita será de plata y en su peregrinación habrá trazado el círculo más pequeño de todos.

Dio media vuelta y dirigióse a la puerta.

CAPÍTULO V

 

 

LUNA, MERCURIO Y MARTE

LA mujer que apareció en el umbral era la antítesis completa de la que dentro del cuarto se hallaba. Rubia su cabellera, como negra la de la otra; azules sus ojos, como pardos los de Ifigenia; blanco su cutis, como moreno el de la chipriota; estilizada su figura, como sensual la de la señorita Masta.

Quedó parada, enarcando las cejas, al ver a tanta gente en la sala.

Dijo Vardo:

—¿Buscaba al Enviado de España?

La joven movió afirmativamente la cabeza. No tendría más de veintidós años.

—He venido a consultarle — dijo, con voz baja y melodiosa.

—Yo soy el Enviado de España y los que me acompañan son los que, como usted, han peregrinado. ¿Cómo debe llamarla?

—Mi nombre — anunció ella—, es Hipatia Livadia.

—¿Griega?

—De Kalamata.

—¿No habla más que el griego y el italiano que está empleando?

—El español y el inglés algo.

—Le suplico, que emplee el inglés en tal caso. Parece ser ése el único idioma que entendemos, mejor o peor, todos los que estamos aquí reunidos, Pase...

Presentó a cada uno por su nombre.

Luego:

—¿Tiene la bondad de enseñarme el disco que ha recibido y la nota que le acompañaba?

Hipatia, como Ifigenia, guardaba su disco en una bolsita colgada del cuello y las cartas en el pecho.

Enseñó el disco a Vardo. Como éste había previsto, era de plata. La nota decía lo siguiente:

 

Blanca Prenda que en tus manos resplandece

te señala dulcemente su camino.

El tenerla tu fortuna robustece

y asegura el cumplimiento de tu sino.

 

—Plata — anunció el profesor—, metal de la Luna. Su color: el blanco. Sólo nos faltan dos planetas.

Hipatia le miró con sorpresa.

—No comprendo... — comenzó a decir.

—Todo quedará aclarado en breves instantes — la interrumpió el profesor—. A un han de llegar dos personas más a esta reunión. Si llegan pronto me ahorrarán tener que explicar demasiadas veces la misma cosa. Tenga la bondad de anotar en este papel el nombre de todas las ciudades que ha visitado por indicación del señor Xicuelles. Si para cuando haya terminado no han comparecido los que faltan, explicaré a usted sola lo que todos estos señores ya conocen.

Le entregó una hoja de papel y un lápiz y le ofreció un asiento. Todo el mundo guardó silencio mientras escribía. La emoción había crecido de punto. Parecían estar todos pendientes del teléfono y de la puerta, y tal vez por esa misma concentración, por paradójico que parezca, se sobresaltaron cuando al fin el teléfono dejó oír su timbre, Vardo se puso al aparato. Dos hombres aguardaban abajo. Ordenó que los hiciesen subir a su cuarto. El cómputo estaba ya completo. Llegaron ambos juntos y dieron muestras de sorpresa, como Hipatia, al ver la salita tan llena de gente. Uno, pelirrojo, ojiazul, de regular estatura y alrededor de treinta años de edad, dijo llamarse Cornelio Van Strom y ser natural de Maestricht, Holanda; el otro, de un metro ochenta de estatura, muy rubio y de ojos azules y cara muy colorada, anunció ser Olat Gaustad, de Stavanger, Noruega. Ambos se presentaron hablando en inglés desde el primer momento.

Vardo pidió a cada uno de ellos el disco y la nota que lo había acompañado. Olaf entregó un disco de hierro y la nota siguiente:

 

Ha de ser santo, seña y amuleto,

el más útil de todos los metales.

Cuando llegue a revelarle su secreto,

serán tuyos los bienes terrenales.

 

El disco de Cornelio era el más raro de todos, puesto que se componía de una aleación de varios metales. El verso que le acompañaba decía:

 

Cumple la voluntad del que se fue

y sigue sus instrucciones por entero.

El fin de tu peregrinación coronaré

si este disco es hasta el fin tu compañero.

 

El profesor suplicó a ambos que hicieran una lista de todos los lugares que hubieran visitado y, una vez hecho esto, repitió todas las explicaciones que diera a los cuatro primeros en llegar. Como hiciera, con los otros, tomó el compás y trazó tres nuevos círculos, con el radio equivalente entre Chipre y una de las poblaciones visitadas por cada uno de los tres.

—Es evidente — dijo—, que la señorita Livadia representa a la Luna. Olaf es Marte, puesto que el hierro pertenece a dicho planeta. Y la aleación de plata, estaño y mercurio de que está hecho el disco de Cornelio corresponde al planeta Mercurio.

»No falta nadie ya. Los círculos concéntricos están completos. Anotaremos en ellos los nombres de los nuevos planetas, y continuaremos buscando la solución, que no debe andar muy lejos ya.

Completó las inscripciones (Fig. 3) y concentró su atención luego en el mensaje final.

—Es evidente — anunció, por fin—, que la solución final ha sido disfrazada con la apariencia de un horóscopo y tendremos que reconstruirle para comprender.

Cogió el compás y trazó un círculo del tamaño de la órbita de Saturno. Luego lo dividió en doce partes, que numeró.

—Los astrólogos — dijo—, dividen el espacio celeste en doce partes, a las que llaman casas del sol. Cada una de ellas corresponde teóricamente, a treinta grados del Zodíaco. Las casas primera, cuarta, séptima y décima son llamadas cardinales. La primera corresponde a Oriente, llamado también Ascendente, la séptima, al Occidente. La cuarta señala el Norte y punto más bajo del horóscopo, o Nadir; la décima es el Sur y Cenit o punto culminante. Los planetas, en sus peregrinaciones por los espacios celestes, van ocupando, una tras otra, estas casas solares. La posición relativa de estos planetas, la distancia entre sí, determina lo que los astrólogos llaman «aspectos».

 

Figura 3

 

»Ustedes, haciendo veces de planetas, han ido variando en su peregrinación sus posiciones relativas y formando “aspectos”. De ellos, los únicos importantes para el caso son los señalados en la última nota de Xicuelles. No cabe la menor duda que calculó de antemano los días que cada uno de ustedes debía permanecer en cada sitio y la fecha en que cada uno debía dar principio a su peregrinación, para que, en momento dado, formaran entre si los «aspectos» en cuestión.

»Poseemos, cómo digo, una lista de los aspectos; pero por desgracia, en ellos no se advierte en qué casa solar deben ocurrir. No obstante, creo que lograremos averiguarlo si empezamos por orientar bien nuestro horóscopo, cosa que Xicuelles ha procurado que podamos hacer.

Tomó la hoja de Masta y empezó a leer en alta voz:

 

—Nace entre linfas maligna excrecencia...

 

Esta línea nos proporciona tres datos. Nace se refiere evidentemente al Ascendente; por linfas debe entenderse ríos. ¿Y a qué signo del Zodíaco le cuadra el calificativo de maligna excrecencia? A Cáncer nada más, a no dudar. Prolonguemos, pues, las líneas de los puntos cardinales y coloquemos en Oriente el signo de Cáncer. Más adelante veremos de qué ríos se puede tratar.

Hizo la anotación y leyó la línea siguiente:

—...que Por la Pascua florece entre el té... La Pascua nos recuerda el Cordero. Florecer parece ser el momento culminante, el Cenit. El té nos dará, oportunamente, la situación. Pongamos, pues, el Cordero, o Aries, en el Sur o Cenit.

Lo hizo. Siguió:

—...Ébano mata montesa existencia... Montesa, cabra, Capricornio; Mata existencia, Occidente. El Occidente está en Capricornio...

»Verde sepulcro doncella le dé... Sepulcro, punto más bajo del horóscopo, Norte o Nadir, Doncella, virgen. El Norte pues, está en Virgo. Llenemos ahora los signos que nos faltan. Ello servirá, al propio tiempo, para saber si nos hemos equivocado en la interpretación, puesto que los signos han de seguir un orden determinado.

Llenó los signos que faltaban y cayeron justamente en su sitio. (Fig, 4.)

—Tenemos hecho ya parte del trabajo. Ahora es preciso colocar los puntos cardinales en su sitio sobre el mapa, cosa un poco más difícil. De la primera línea no podemos ocuparnos aún. No sabemos a qué ríos puede referirse. La segunda es más fácil. Té sólo puede referirse a uno de dos sitios: China o Ceilán... Lo más probable es que se trate de este último. Vamos a probar.

Colocó el papel transparente sobre el mapa. Hizo coincidir el centro con la isla de Chipre y lo hizo girar hasta que el cenit cruzó Ceilán. Examinó luego el mapa.

 

 

Figura 4

 

—Vamos bien —anunció—. Con el Sur en Ceilán, el Occidente atravesaría el Congo, que podría corresponder con el Ébano que cita el verso. Y el Norte pasa por Irlanda... Verde sepulcro... La Verde Erín. La cuestión de los ríos del Oriente es más difícil y hay que afinar para que los cálculos salgan bien.

Se quedó unos instantes pensativo, con la mirada fija en el papel.

—¡Qué torpe soy! — exclamó, por fin—. ¡Si la solución está aquí!

Y señaló el signo colocado debajo de la lista de aspectos y por encima del verso que habla leído: una línea mixta y una recta y entre ambas una flecha.

—Sagitario en Libra — dijo—. Según Ptolomeo, España se halla bajo la influencia de Sagitario. Y observarán ustedes que colocado el horóscopo así, España queda dentro de la casa cuarta, regida por Libra. Esa ha de ser nuestra guía. Si colocamos toda la Península dentro del signo, el límite de la casa cuarta pasará por el Estrecho de Gibraltar, el Cenit pasará por Ceilán y el Ascendente se deslizará justo entre el Volga y el Don... entre linfas (Fig. 5). La orientación es exacta. Falta colocar los planetas en su sitio. Pero eso no podremos hacerlo a menos que todos ustedes tengan muy buena memoria o hayan tomado notas durante su viaje.

 

Figura 5

 

Entregó a cada uno de los siete la lista que de ellos había recibido.

—Necesito — dijo—, la fecha en que estuvieron ustedes en cada uno de esos sitios. Busquen facturas de hotel, billetes de tren, lo que sea, o hagan un esfuerzo de memoria, No podemos hacer nada sin eso.

La cosa no fue tan difícil como en un principio había parecido. Todos ellos, ante la posibilidad de que hasta el más insignificante detalle pudiera tener algo que ver con su misteriosa misión, habían ido acumulando papeles por el camino. Se dispersaron, por lo tanto, para ir a rebuscar en sus respectivos equipajes y un cuarto de hora más tarde volvieron a reunirse con todas las listas completas.

Vardo había estado estudiando detenidamente los aspectos planetarios mientras tanto y cuando le entregaron las listas, separó la de Locarno, la de Cotry y la de Hipatia.

—Notarán ustedes — explicó—, que el primer aspecto mencionado, es el de Luna en conjunción con Júpiter y Saturno. En Saturno se insiste sobre dicho aspecto. Ello significa que, en algún momento de su peregrinación, Locarno, Cotry e Hipatia se las han hallado al mismo tiempo en la misma casa solar. Por eso eran tan importantes las fechas.

Fue cotejando, fecha por fecha, el lugar en que se encontraba cada uno de ellos, consultando al propio tiempo el horóscopo colocado encima del mapa.

—¡Lo encontré — exclamó por fin—. El día quince de abril, Cotry estaba en la costa oriental de África, en Kilwa; Locarno, un poco más abajo, en Madagascar, en la población de Antanaharivo; e Hipatia, mucho más arriba, en un lugar que parece profético: ¡Meca! Los tres coincidieron en la casa octava, que, por cierto, es según los astrólogos, la casa de las herencias. Xicuelles la escogería ex profeso. Vamos a ver dónde estaban los demás en aquella fecha.

Anotó primero los tres planetas en conjunción dentro de la casa octava, en el lugar exacto que ocupaban en el mapa. Luego consultó las listas y anotó la situación de los otros.

Manrique, Sol, en Peshawar, casa décimo primera. Olaf Gaustad, Marte, en Kasongo Congo Belga, casa séptima. Cornelio Van Strom, Mercurio, en Túnez. Ifigenia Masta, Venus, en Vilna, casa segunda. Comprobó los aspectos. Eran exactos. (Figura 6.)

—Aquí tienen ustedes —dijo Vardo—, la figura que Xicuelles había concebido.

—Y ¿qué hacemos con ella? — inquirió Manrique, con una sonrisa—. Porque a mí sigue sin decirme nada.

—Es evidente — anunció el profesor—, que esto señala algo. Es cuestión de estudiarlo para saber de qué se trata.

Guardó silencio unos instantes, examinando la nota de Xicuelles.

—Aquí — dijo por fin—, observo algo curioso. Para marcar los aspectos, Xicuelles ha calculado como si todos los planetas ocuparan el centro mismo de cada casa en que se encuentran. Eso era lo más sencillo, desde luego.

 

Figura 6

 

—¿Por qué dice usted eso? —preguntó Olaf.

—Porque, en realidad, Luna y Júpiter, por ejemplo, no se hallan en conjunción, pero se les ha supuesto en tal aspecto porque ocupan la misma casa.

—¿Bien? —inquirió Manrique.

—Marca la nota — respondió Vardo—, que Venus y Saturno se encuentran en oposición y ello es cierto. Pero no lo es menos que si Luna, Júpiter Saturno están en conjunción, Venus tiene que estar en oposición con todos ellos.

—En efecto-asintió Manrique.

—Pero Xicuelles no marca más oposición que la de Venus y Saturno.

—¿Qué consecuencia saca de eso?

—Que era necesario que no se tuviera en cuenta más oposición que esa. Lo cual me da una idea. Voy a unir ambos planetas por una línea.

Tomó la regla y el lápiz y tiró una línea desde Vilna hasta Antananarivo.

 

Figura 7

 

 

 

—Hay otra anomalía en esta nota — dijo, a continuación—. Aunque en Luna anuncia la conjunción de ésta con Júpiter y Saturno y en Saturno insiste sobre dicho aspecto, en Júpiter no menciona a Saturno para nada, limitándose a registrar con función entre Júpiter y Luna. Creo que es una indicación digna de ser tenida en cuenta.

Y trazó una línea desde Kilwa a Meca.

—Ahora quedan tres planetas sueltos y lo natural parece que unamos Marte con Sol, que están en aspecto trino.

Tiró una raya de Kasongo a Peshawar.

—¿Se dan ustedes cuenta del resultado? — inquirió.

—¡Las tres líneas se cruzan en el mismo punto! — exclamó James Cotry.

—En efecto — asintió Manrique—. Al sur de Addis Abbeba. (Fig. 7.).

—¿No ven nada más que eso? —preguntó Vardo.

Nadie contestó.

—El cruce ocurre en la casa octava, a casa de las herencias, que en este horóscopo se halla bajo el signo de Acuario, bajo cuya influencia, precisamente, los astrólogos colocan a Etiopía. Lo cual confirma, señores, que su herencia se encuentra en Abisinia y precisamente en el lugar en que se cruzan dichas líneas.

CAPÍTULO VI

 

 

VARDO EXPONE SU PARECER

HUBO un momento de silencio tras la declaración del profesor Vardo, silencio que Manrique fue el primero en romper.

—No me cabe la menor duda — dijo—, que todo cuanto usted ha dicho es cierto. También estoy completamente seguro que, de no haber sido por su ayuda, jamás hubiéramos logrado interpretar acertadamente el jeroglífico de que se ha valido el señor Xicuelles para anunciarnos dónde ha dejado la fortuna de la que, al parecer, nos hace herederos. Pero...

Hizo una pausa. Vardo preguntó:

—Pero... ¿qué?

—Se me antoja que andamos muy lejos de haber dado con el lugar en que se oculta el tesoro. Etiopía es muy grande. Y aun admitiendo que el escondite se halle al sur de la capital, ¿cómo conoceremos el punto exacto? Si mal no recuerdo, se trata de un país de elevadísimas mesetas surcadas por numerosos ríos que han abierto profundos desfiladeros. La región está a medio explorar y...

Vardo le interrumpió:

—Hemos de suponer — dijo—, que Xicuelles no dejó nada al azar. La posición de los planetas sería calculada con precisión suficiente para que el cruce de las líneas marcara el escondite del tesoro con exactitud.

Colocó el horóscopo sobre el mapa, hacienda coincidir los nombres de los lugares.

—El punto en cuestión — dijo—, se encuentra a siete grados de latitud Norte y cuarenta gradas dieciocho minutos de longitud Este. Lo interesante ahora es saber dónde cae eso exactamente. Aunque he comprado un montón de mapas, no figura entre ellos uno de Abisinia exclusivamente. Creo que será mejor que lo adquiramos. ¿Quieres salir tú mismo a comprarlo, Manrique? Hay una librería aquí cerca...

—Claro que sí — respondió éste, dirigiéndose á la puerta.

—Mejor será — observó el profesor, deteniéndole con un gesto—, que pidas los mapas más detallados que tengan de Addis Abeba para abajo. Es posible que tengan algún mapa en secciones... aunque no de carreteras. Me temo que de éstos no exista ninguno de confianza. Como dijiste tú, el país está a medio explorar todavía.

Marchó Manrique y estuvo de vuelta a los pocos minutos.. Había encontrado un mapa pequeño del sur de Etiopía que contenía la mar de lugares en blanco.

—Es lo mejor que tenían — anunció.

Vardo lo estudió. Señaló un punto en él.

—Es aquí aproximadamente — anunció—, a orillas del río Urbe, entre Ginir y Magalo.

—Tendremos que llevar instrumentos para medir el lugar exacto — intervino Cotry.

Vardo movió negativamente la cabeza.

—Pueden llevarse, claro está —dijo—; pero no creo que sirvan de gran cosa. En la forma en que nos hemos visto obligados a calcular el lugar, es posible que hayamos cometido un error de milímetros, que puede representar una considerable distancia sobre el terreno. También cabe que el propio Xicuelles, en su empeño por escoger siempre poblaciones y no lugares deshabitados, haya encontrado después difícil señalar con precisión matemática el lugar en que se halla el tesoro.

»Él, que era tan concienzudo en sus cosas, no puede haber olvidado posibilidad semejante. Lo cual quiere decir que la latitud y la longitud que la solución del jeroglífico arroja no puede considerarse más que aproximada. Muy aproximada, eso sí, pero no exacta.

—En tal caso... — empezó Olaf.

—Volverán a tener noticias de Xicuelles en alguna parte, o habrá señales inconfundibles cuando lleguen al final de su viaje.

—¿Cuándo lleguemos al final de nuestro viaje? — murmuró Hipatia—. ¿Significa eso que no piensa hacernos compañía hasta que encontremos el tesoro?

—Lamento, señorita, que mis ocupaciones no me permitan estar ausente de España tanto tiempo como será preciso para coronar este viaje.. Xicuelles, en su carta, me deja en completa libertad sobre ese punto. No obstante, si yo hubiera creído de absoluta necesidad mi presencia, hubiera hecho un sacrificio por acompañarles. Después de estudiados, los datos de que disponen ustedes, sin embargo, he llegado a la conclusión de qué no les hago falta para nada.

»Al parecer, la única dificultad en este asunto era saber interpretar los indicios que don Aparicio les había suministrado. Yo, gracias a lo mucho que conocía sus costumbres y aficiones he podido sacarles del apuro. Ahora ya saben lo bastante para poder proceder solos.

La contestación del profesor produjo evidente desencanto a la mayoría de los que le escuchaban.

Dijo Cornelio:

—Usted mismo ha confesado que los datos no son exactos. Si usted nos abandona...

—Mi compañía, señor Van Strom — sonrió Vardo—, no tendrá la virtud de hacer más exactos los datos que poseen. En mi opinión, como ya les he dicho, recibirán algún otro mensaje de Xicuelles por el camino... o encontrarán señales inequívocas. El mero hecho de que mi amigo no haya insistido en que les acompañe, demuestra que les considera a ustedes capaces de entender cualquier otra cosa que haya dejado a su paso.

»Ello no obsta para que si a su llegada a Etiopía encontraran algún mensaje que fueran incapaces de comprender, me mostrara yo dispuesto a cambiar de opinión y reunirme con ustedes en dicho país. Pero sólo si considerara que era conveniente que hiciese el viaje. Un simple cablegrama desde Djibutti o Addis Abeba...

—Abisinia es, para nosotros, un país totalmente desconocido — objetó Cotry—. No sabremos qué hacer ni cómo arreglárnoslas cuando pisemos tierra africana. Yo creo...

Vardo le interrumpió:

—No son ustedes niños, señor Cotry. Encontrarían la manera de salir adelante en cualquier caso. En éste, por añadidura, cuentan con un compañero que no desconoce el terreno. Mi amigo Manrique ha hecho más de un viaje por Etiopía, y por lugares más peligrosos que el que ustedes han de visitar, por añadidura.

Olaf se volvió hacia Manrique.

—¿Es cierto eso? — inquirió.

—Completamente cierto — respondió el interpelado—. Creo que nos desenvolveremos divinamente solos. Ni que decir tiene que hubiese preferido yo también que el profesor nos hubiera acompañado; pero sé que tiene muchos asuntos que atender en España y no parece justo insistir en que venga con nosotros y que lo abandone todo nada más que por estudiar nuestra conveniencia. Debemos estarle agradecidos, de que haya venido aquí siquiera, y de que se haya molestado en descifrarnos lo que para nosotros era un enigma.

Todos vieron la razón de estas palabras y protestaron que no debía tildárseles de desagradecidos. Apreciaban lo que el profesor había hecho por ellos y, claro estaba, si el acompañarles era una extorsión por él, no insistían.

Procuraron disimular su desilusión y Manrique dijo:

—He estado reflexionando mientras ustedes hablaban y se me ha ocurrido una cosa. ¿No le parece un poco raro, profesor, que, quedando unidos los demás planetas por medio de las líneas trazadas, permanezca Mercurio solo, sin conexión con ninguno? ¿No cabe la posibilidad de que desempeñe un papel importante, de que sea él quien proporcione la pista definitiva?

Vardo guardó silencio unos instantes.

—No queda excluida esa posibilidad, claro está — dijo, por fin—; pero confieso que, de momento, no le hallo significación susceptible de aclarar el punto que tú mencionas. Sea como fuere, vuestro primer paso está bien claro. Debéis trasladaros a Abisinia.

—¿Cuál es el camino que considera usted más adecuado? — quiso saber Cornelio.

—Yo creo que lo natural es que embarquen en el primer vapor que toque en Chipre camino de la India. Pasarán por el Canal de Suez, cruzarán el Mar Rojo y desembarcarán en Djibuti, donde podrán tomar el ferrocarril hasta Addis Abeba. Allí se verán obligados, a recurrir a las mulas para recorrer el resto del camino.

—¿No necesitaremos llevarnos nada de aquí?

—Haré una lista de las únicas cosas que necesitan adquirir en esta isla. No son muchas, en realidad. Las mulas y las provisiones las adquirirán en Etiopía.

Manrique, que había estado muy pensativo en los últimos instantes, dijo, de pronto:

—Va a ser duro el camino desde Addis Abeba hacia el Sur...

Vardo se encogió de hombros.

—No creo que sea tan cómodo como hubiera sido de desear — asintió.

—Las señoras podrían quedarse en Chipre... Ya nos cuidaríamos nosotros de que...

Ifigenia le interrumpió.

—Las señoras — dijo—, van a seguir esta aventura hasta el final.

—El país de los Galias...

—Es inútil. A mí no ha de convencerme, por lo menos. No le encontraría gusto a la fortuna si me la sirvieran en bandeja de plata.

Manrique se volvió hacia Hipatia.

—¿Qué dice usted, señorita?

—Que estoy completamente de acuerdo con la señorita Masta. No pueden ustedes privarnos del placer que una excursión de esa clase ha de proporcionarnos.

—¡Excursión! — exclamó el joven—. Si esa es su idea de una excursión... Y en cuanto a placer, dudo que saquen mucho de la aventura. Hemos de atravesar terreno en que los caminos brillan por su ausencia, donde habrá que escalar precipicios de paredes casi perpendiculares y donde posiblemente tropecemos con indígenas nada pacíficos. Yo creo...

Vardo intervino.

—Estás perdiendo el tiempo, Manrique — anunció—. En primer lugar estas jóvenes parecen decididas a correr vuestra misma suerte, En segundo lugar, si yo hubiera visto que su propósito vacilaba, hubiese procurado animarlas para que os siguiera.

Manrique le miró con cierto asombro. El profesor continuó:

—Si, como todo parece demostrar, Xicuelles quería que sus herederos se ganasen lo que les había dejado, existe la posibilidad de que sólo ellas puedan reclamar su parte. Además, y como apoyo a lo que digo, hay la cuestión de los discos. No olvides que Xicuelles os pide a todos que no os separéis de ellos. En algunos de los versos llega incluso a decir que el hacerlo sería un desastre. Por lo visto, esos discos son necesarios hasta el final. Tienen un objeto que no se nos alcanza de momento; pero no cabe la menor duda de que acabaréis conociéndolo.

»Decididamente, señorita, no les aconsejo que se queden atrás. Es preciso que corran los riesgos que el viaje representa. Es de esperar que los caballeros pondrán de su parte todo lo posible para hacerles llevaderas las penalidades del viaje. Eso es todo cuando pueden ustedes pedir.

Ordenó los papeles que tenía sobre la mesa.

—Es demasiado tarde — anunció—, para hacer nada hoy ya. Mañana por la mañana les tendré preparada la lista prometida. Manrique, creo que, como el más bregado en estos asuntos, debes ser tú quien asuma la dirección del grupo... ¿Tiene alguno de ustedes inconveniente en ello?

Ninguno tuvo nada que objetar. Era evidente, incluso, que les producía alivio el pensar que había alguien que pudiera cargar sobre sus hombros la responsabilidad de cuantas decisiones hubiera que tomar en adelante. No conocían la tierra que iban a pisar y tenían suficiente sentido común para comprender que saldrían ganando con que Manrique les dirigiera. Así lo dijeron, incluso.

—Bien, en tal caso, lo mejor será que mañana te encargues de visitar Compañías de vapores y agencias de turismo. Entérate de las salidas de los barcos y las fechas. Yo procuraré salir en avión mañana por la tarde si es posible. No quisiera dejar abandonados mis asuntos por más tiempo del absolutamente preciso.

Y no habiendo nada más que hablar, la reunión se deshizo, retirándose todos los que a ella habían asistido. Unos no se movieron del hotel ya y tras la cena se acostaron. Otros formaron grupos en la sala de lectura o salieron a dar una vuelta para ver el aspecto de la población de noche. Pero, en todos los casos, la conversación versó sobre el mismo tema: los peligros y aventuras que pudieran correr para posesionarse de la herencia que les había legado de tan original manera el excéntrico Aparicio Xicuelles.

Vardo, por su parte, cenó temprano y se retiró inmediatamente a su cuarto. Una vez allí, abrió la más pesada de las dos maleas que constituían su equipaje. Contenía entre otras cosas, una especie de mono del mismo material que la famosa capa de Yuma, y unas botas de montar que poseían las mismas propiedades. Pero ocupaba la mayor parte de la maleta algo de mucho más peso que todo aquello: una especie de tablero lleno de reóstatos e interruptores, unas pilas eléctricas especiales, varios accesorios y, en la parte interior de la tapa, una especie de pantalla de algo que parecía cuarzo.

Dio a uno de los interruptores y la pantalla fluorescente se iluminó, apareciendo en ella vagas sombras que se fueron precisando al hacer girar algunos reóstatos. Primero se vio el arco de la Puerta de Kyrenia y un trozo de la muralla almenada de Nicosia. En la distancia se movían unos bultos que se fueron acercando y que resultaron ser dos borricos: uno de ellos cargado, el otro con un jinete sobre sus lomos. Junto a ellos caminaba una mujer con un cesto al brazo y un cántaro en otra mano.

De pronto, una obscura sombra ocupó el primer término, ocultando casi por completo todo lo demás. Vardo cerró un interruptor y abrió otro. Quería ver quién era la persona que acompañaba a Manrique y que, al ladearse para dejar pasar los burros, se había metido delante de los televisores del agente de Yuma.

En la fluorescente pantalla dibujóse ahora un rostro blanco y sereno, de ojos azules y rubia cabellera, en cuyos labios se dibujaba en aquel instante una dulce sonrisa.

El profesor sonrió a su vez. Algo así había esperado después de ver la admiración conque Manrique había contemplado a Hipatia. Hubiera podido sorprender la conversación, pero no quiso ser indiscreto. Apagó, de nuevo y dio a otro interruptor. La pantalla quedó en blanco.

Tomó los papeles que tenía encima de la mesa y los depositó sobre el tablero. Luego, haciendo uso del reloj de pulsera que llevaba, empezó a llamar:

—A... A... A...

A los pocos instantes sintió la presión de la palanquita posterior del reloj sobre la muñeca.

—A... — le contestaron.

—TH — marcó él entonces.

Y a continuación deletreó en morse:

—Pantalla.

El brillo de la pantalla se intensificó y apareció en ella el rostro de Garvez.

—Órdenes — anunció el profesor.

—Escucho — habló la imagen.

Vardo se puso a hablar rápidamente, mientras Garvez, le escuchaba con atención, limitándose de vez en cuando a hacer una pregunta. A instancias del profesor, tomó papel y pluma y se puso a anotar lo que el otro le fue dictando.

Transcurrió una hora larga antes de que la comunicación terminara. Vardo cerró entonces todos los interruptores, echó la llave a la maleta, guardó los papeles y bajó de su cuarto. También él tenía ganas de disfrutar un rato del aire fresco de la noche antes de acostarse.

CAPÍTULO VII

 

 

DESASTRE

EL grupo de excursionistas no había sido muy afortunado. Después de visitar Manrique todas las agencias de Nicosia, hubo de volver al hotel con la triste nueva de que, de momento, no había manera de encontrar transporte, directo hasta Djibuti desde la isla de Chipre. La única combinación posible era embarcar en un vaporcito que saldría al día siguiente de Famagusta para Port Said, y aguardar allí la llegada de algún trasatlántico de la P. y 0., o de la Orient que tocara en Port Said camino de Australia.

—Pero — inquirió Cotry—, ¿no sale ningún barco desde allí?

—Los hay — asintió Manrique—; pero, son vaporcitos que tocan en El Cairo y unos cuantos puertos más, pero no pasan del Mar Rojo. Claro está que a lo mejor encontramos alguno que nos lleve hasta Aden, e incluso un poco más allá. Es problemático eso, sin embargo... sobre todo siendo siete como somos.

—¿Cuánto tiempo tendríamos que esperar en Port Said? — quiso saber Olaf.

—Tres días... cuatro a lo sumo.

—Y ¿habría seguridad de conseguir pasaje a bordo de uno de esos transatlánticos?

—Se espera que llegue a Port Said un barco de la línea Orient dentro de tres días justos. Nos expenderían el pasaje aquí... hasta Aden, claro está. Yo no he querido hacer nada sin consultarles, ustedes dirán.

—Pero ¿qué haremos en Aden? — inquirió Ifigenia.

—Allí será fácil encontrar un barco, que nos cruce hasta Djibuti — contestó Manrique—. Es un poco complicado, ya lo sé, pero, creo que es nuestra mejor combinación a pesar de todo.

Cotry se encaró con Vardo, que se hallaba presente.

—¿Qué opina usted? — preguntó.

—Yo no tengo voz ni voto en el asunto — respondió el profesor, sonriendo—. Son ustedes quienes han de resolver la cuestión. No obstante, soy del parecer de Manrique. La combinación no es mala. Y si se aburren de aguardar en Port Said, siempre les queda el recurso de cruzar hasta El Cairo y hacer una visita a las Pirámides.

Aun se debatió la cuestión unos minutos, al cabo de los cuales Manrique salió a reservar camarotes desde Port Said hasta Aden. A ninguno se le había ocurrido mejor combinación que aquélla.

Por la tarde tomaron el tren para Famagusta después de haberse despedido del profesor Vardo que salió en avión de la isla antes de que ellos hubieran abandonado Nicosia.

A la mañana siguiente embarcaron en el vaporcito y por la noche cenaron en Port Said.

El vapor «Socotora» de la línea Orient llegó a los tres días justos, sin el menor retraso sobre su horario. Andaba muy lejos de llevar su complemento completo de pasajeros en primera, y, en el comedor, los siete nuevos viajeros fueron distribuidos entre la mesa del sobrecargo y la del primer maquinista.

El sobrecargo era hombre locuaz, simpático y amable a más no poder. Se desvivía por asegurarse de que cuantos se hallaran a bordo hicieran el viaje con la mayor comodidad posible y parecía interesarse por los pasajeros, no sólo mientras se hallasen en el barco, sino hasta después de haber desembarcado.

Al preguntarle dos señoras si conocía bien Aden e inquirir qué probabilidades había de encontrar allí pronto un barco que les cruzara, respondió:

—Hubieran podido ustedes evitarse la mar de molestias si hubiesen embarcado directamente para la Somalia Francesa. Tres líneas de esta nacionalidad y una inglesa tocan en Djibuti.

Cornelio van Strom dirigió una mirada interrogadora a Manrique.

Éste se apresuró a explicar:

—Queríamos hacer el viaje cuanto antes y éste nos pareció el mejor sistema.

—Si hubieran preguntado en Port Said... — empezó el sobrecargo.

—No se nos ocurrió hacerlo. Y, de todas formas, ya teníamos sacado el pasaje en este trasatlántico. ¿Anticipa usted dificultades para hallar barco en Aden?

—No creo que les sea difícil dar con uno — contestó el hombre—. Aunque, después de haber tenido que soportar el sofocante calor del Mar Rojo, van a tener ustedes muy pocas ganas de hacer investigaciones, Les doy un consejo, sin embargo. Miren dos mesas más allá... a ese señor que come solo...

Miraron con disimulo hacia donde se les indicaba, Un hombre tan moreno que casi era negro, aunque sus facciones eran completamente caucásicas, comía pausadamente. Tenía ensortijado el cabello y vestía a la europea.

—Es etíope — anunció el sobrecargo—. Y se dirige a Djibuti, como ustedes. Subió a bordo en Malta. Creo que es un rats o algo por el estilo. Al parecer tenía mucha prisa, como ustedes también, y no quiso esperar la llegada de un vapor que le condujera directo.

»Él debe conocer Aden y seguramente tendrá más facilidades que otros para conseguir barco. Si procuraran entablar conversación con él, hacerse amigos... ¿Quién sabe? A lo mejor podría resultarles de gran ayuda.

Agradecieran al sobrecargo su consejo y, desde aquel momento, procuraron por todos los medios entablar contacto con el ras etíope. Pero descubrieron, con desilusión, que ésta era una tarea superior a sus fuerzas. El abisinio parecía pasarse casi todo el tiempo en su camarote, viéndosele aparecer solamente a las horas de comer para dirigirse al comedor. Dijérase que esquivaba contacto con todos los demás pasajeros, y con bastante éxito, por cierto.

Cuando»el Socatora» entró en el Mar Rojo, el etíope abandonó toda vestidura europea, presentándose, de pronto, en el comedor, con los pies descalzos, el pantalón ceñido y el chamma, ancho chal de algodón blanco y cuatro metros de longitud que constituye la principal prenda de vestir del etíope y de cuya forma de envolverse en él puede deducirse su rango social y su posición oficial. Si el individuo aquel no era un ras, había de ser, por lo menos, un personaje de importancia; su forma de llevar el chamma lo demostraba.

El calor insoportable empujó a los expedicionarios a cambiar de ropa también. Los hombres vistieron, de blanco, con pantalón corto. Las dos damas se pusieron de blanco también, con pantalón y botas de montar. Y empezaron a usar todos salacot para pasearse por cubierta... las veces que lograban vencer su laxitud y hacer un poco de ejercicio.

En Aden hallaron barco inmediatamente, el mismo en que embarcó el abisinio, pero, éste siguió mostrándose tan esquivo como antes, por lo que los expedicionarios renunciaron ya a intentar entablar conversación con él. Era evidente que prefería la soledad a la compañía y, como observó Manrique, en realidad no le necesitaban para nada, puesto que lo que deseaban ya lo habían conseguido. El viaje de Djibuti a Addis Abeba se efectuó sin novedad. Y, aunque sabían que el abisinio iba en el mismo tren, no le vieron en todo el camino, ni se fijaron si se apeaba o no en Addis Abeba, o si continuaba hasta Harrar. Se dirigieron al Hotel Tatu, al que habían telegrafiado ya pidiendo habitaciones. Estaban cansados y era tarde. Se lavaron apresuradamente, hicieron una cena frugal y, de común acuerdo, se retiraron a sus respectivos cuartos que, por cierto, se hallaban todos en el mismo piso.

Manrique empezó a desnudarse, pensativo. ¿Por qué habría recibido, durante la última noche pasada en Nicosia, el mensaje de Yuma ordenándole que propusiera el viaje a bordo del «Socatora» como la mejor combinación posible, cuando sabía muy bien que podían haber hecho el viaje directo? ¿Qué planes tendría su jefe y dónde se hallaría en aquellos momentos?

No tuvo tiempo de encontrar respuesta a ninguna de sus preguntas porque, en cuanto su cabeza tocó la almohada, se quedó profundamente dormido.

Se despertó, de pronto, con el eco de un grito agudo en los oídos. Y, mientras se preguntaba si habría estado soñando, el ruido de un golpe violento y el tintineo de vidrios rotos le hizo saltar de la cama en pijama, al pasillo. Estaba seguro de que el sonido procedía de una de las habitaciones vecinas. Y no era el único que había oído el jaleo, evidentemente, porque Olaf y Cotry habían salido de sus respectivos cuartos también, y el rostro asustado de Hipatia asomaba por la entreabierta puerta de su habitación.

—¿Qué ha ocurrido? — preguntó.

Cotry se encogió de hombros.

—No tengo la menor idea — dijo—. Oí un grito y ruido de vidrios rotos. Me parece que ha sido en la habitación de Locarno.

Mientras hablaba, se había ido acercando a la puerta de dicho cuarto. Manrique se unió a él. Llamaron con los nudillos y no recibieron contestación alguna. Alarmados, probaron la puerta.

No tenía echada la llave ni el pestillo. El tirador giró entre sus dedos, entraron en la habitación. Giuseppe Locarno yacía sobre el lecho en una posición extraña. Manrique se acercó de un brinco, le tomó el pulso y exhaló un suspiro de alivio. El hombre estaba vivo. Le colocó bien en la cama y, al moverle la cabeza, observó que tenía ensangrentada la frente, cerca de la sien izquierda.

Sacó un pañuelo, lo empapó en agua y lavó la herida. Ésta era un simple rasguño, pero la carne de alrededor se estaba inflamando rápidamente.

—Asómese a la ventana — le ordenó Manrique a Cotry—. Me parece que ya es tarde, pero pudiera rondar aún por aquí el hombre que ha atacado a Locarno.

—¿Es grave la cosa? — inquirió Cotry, moviéndose hacia la ventana y pisando con cuidado para no cortarse los desnudos pies con los trozos de vidrio que cubrían el suelo.

—No... Un simple golpe que le ha dejado sin conocimiento. Pero le va a salir un bulto como una casa.

—No veo a nadie — anunció Cotry, tras mirar hacia el exterior—; pero la noche es lo bastante obscura para ocultar a un regimiento entero, cuanto más a un solo atacante.

Una queja de Locarno le hizo acudir al lecho, donde se hallaba Olaf ya también.

—¿Qué ha ocurrido? — inquirió Manrique, mirando al herido que había abierto los ojos y miraba, aturdido, a su alrededor, Locarno sacudió la cabeza, como si pensara despejársela mejor así.

—No lo sé a ciencia cierta — respondió—. Me desperté de pronto, creyendo oír un ruido. Vi a un hombre inclinado sobre la mesa de noche. Me incorporé. Oyó el ruido de la cama. Se volvió como una centella y me dio un golpe con la culata de una pistola. No tuve tiempo de verle la cara siquiera.

—¿Cómo sabe usted que —e dio con una pistola? ¿Cómo pudo verle siquiera sin encender la luz? — inquirió Manrique.

—El individuo ese llevaba una lámpara de bolsillo y la tenía encendida, enfocando la mesa de noche. ¿Pudo usted darse cuenta de cómo vestía?

—Para lo que eso nos sirve, es como si no me hubiera fijado en nada. Era un negro, si no me equivoco, o casi un negro por lo menos. Y vestía de algodón blanco como todos los abisinios que hemos visto.

—¿Cómo huyó?

—No lo sé. Perdí el conocimiento inmediatamente. No sé ni por dónde entró y mucho menos por dónde salió.

—¿Se encuentra usted con fuerzas para levantarse?

—Sólo estoy un poco aturdido aún y me duele enormemente la cabeza. Por lo demás, me encuentro bien.

—Mire a ver si le falta algo. ¿Recuerda lo que había dejado sobre la mesa de noche?

—Sí...

Locarno se levantó, se acercó a la mesilla.

Durante unos instantes su mirada se paseó por la superficie.

—El dinero — dijo, señalando un fajo de billetes—, sigue ahí. Y no habiéndose llevado eso...

Se interrumpió, de pronto, consternado y soltó una exclamación.

—¡El disco! —exclamó—. ¡Me lo han robado!

CAPÍTULO VIII

 

 

DESAPARECE OTRO DISCO

OLAF masculló una maldición, Manrique le asió del brazo y se apretó con fuerza, Hipatia e Ifigenia se hallaban junto a la puerta, sin acabar de decidirse a entrar. —

—Señoritas — dijo Manrique—, les suplico que se retiren a sus habitaciones. El señor Locarno se encuentra bien ya y, en cuanto al disco, nada podemos hacer de momento. Veo que aun llevan el suyo al cuello. No se separen de él ni un instante; echen el cerrojo a la puerta y cierren bien la ventana. Es preferible que pasen un poco de calor esta noche a que se lleven un susto.

Ifigenia empezó a protestar; pero Hipatia, más comprensiva, asió del brazo a su compañera y tiró de ella.

—Haremos muy mal papel — dijo—, si sube alguien y nos encuentra a estas horas por los pasillos.

Cuando las muchachas se fueron y quedó cerrada la puerta, Manrique se volvió a Locarno.

—¿Está usted seguro de que dejó el disco sobre la mesilla de noche? —inquirió.

—Completamente seguro.

—Mal sitio escogió. ¿Cómo no se le ocurrió ponerlo en un lugar más escondido?

—¿Quién iba a suponer que iba a entrar nadie en mi cuarto... y mucho menos que se lo llevara? Quienquiera que sea, sabe algo. Se ha llevado el disco exclusivamente y no ha tocado el dinero que tenía delante de las narices.

—Así parece — asintió Manrique—. A menos que viniera a robar el dinero y se asustara y lo dejase después de dejarle a usted sin conocimiento. Puede haber dado manotazo al disco en su aturdimiento y haberlo tirado al suelo. Porque no cabe la menor duda de que estaba algo asustado.

»Hay dos ventanas en este cuarto, una abierta y otra cerrada. Seguramente entraría por la abierta y, al huir, no se fijaría en su atolondramiento que corría hacia la ventana cerrada. Sólo así se explica que haya saltado por ella, haciendo añicos los cristales, sin detenerse a abrirla siquiera. Vamos a mirar por el suelo antes de dar por perdido el disco.

Rebuscaron debajo de la mesilla de noche y por todo el cuarto, pero el disco no apareció por parte alguna.

—¿No sería mejor que diéramos cuenta a la dirección del hotel? — inquirió Cotry, cuando se dieron por vencidos.

—Y ¿qué adelantaríamos con ello?

—Entonces, ¿qué propone?

—De momento no sé qué contestarle. Con despertar a medio hotel nada conseguiremos más que poner a todo el mundo de mal humor. Creo que será preferible aguardar hasta mañana. Estaremos más descansados y más en disposición, por consiguiente, de estudiar el efecto que lo sucedido puede tener sobre nuestros planes.

De pronto se dio cuenta de algo en lo que no había reparado hasta aquel punto.

—¿Y Van Strom? — inquirió—. ¿Le ha visto alguno de ustedes?

Cotry le miró con extrañeza.

—¿Van Strom? Debe estar durmiendo como un bendito.

—Pues entonces tiene el sueño mucho más pesado que todos nosotros. Es posible que así sea, pero quiero cerciorarme.

Abrió la puerta. Locarno se ató un pañuelo a la cabeza y se dispuso a seguirle. Cotry y Olaf salieron tras él.

El cuarto de Van Strom era el contiguo al de Locarno, lo que hacía más extraño aun que el ruido no le hubiese despertado. Manrique llamó a la puerta con fuerza.

Nadie le respondió.

Volvió a llamar, más fuerte aun esta vez y con idéntico resultado.

Miró a sus compañeros sin ocultar su preocupación.

—No es posible que no me oiga — dijo.

Y probó la puerta. Estaba cerrada por dentro. Sin decir una palabra, el joven regresó apresuradamente al cuarto de Locarno.

—¿Qué va usted a hacer? — preguntó Locarno.

—Intentar entrar por la ventana. Si el ladrón ha podido pasar de una a otra, igual podré hacer yo.

Se asomó. La cosa no era tan fácil coma parecía. La distancia entre la ventana de Locarno y la más cercana de Cornelio no era muy grande, pero sí lo bastante para que no pudiera pasarse de una a otra directamente. Las molduras de la fachada, sin embargo, podían servir de precario apoyo y el intruso debía haberse valido de ellas.

Manrique se subió al antepecho. Cotry, que se había asomado a mirar también, exclamó:

—¡Se caerá usted! ¡No podrá sostenerse en esa moldura tan estrecha!

—Calzado, no — asintió Manrique—; pero, voy descalzo y tengo el pie seguro. De todas formas, aunque me cayera, no es fácil hiciera gran daño. Hay muy poca distancia de aquí al suelo. Salgan al pasillo y, si logro entrar, les abriré la puerta.

Agarró con una mano el marco y alargó un pie hasta posarlo en la moldura. Luego, con mucho cuidado, fue transfiriendo el peso de su cuerpo a él, mientras los dedos de su mano derecha buscaban, por encima de su cabeza, un resquicio en que meterse.

Muy despacio fue avanzando hacía la otra ventana que, como había supuesto, estaba abierta.

Una vez estuvo seguro Cotry de que ya no podía caerse, salió al pasillo, donde ya se hallaban los otros, y aguardó.

Unos minutos después se oyó descorrer el cerrojo y la puerta se abrió.

En el cuarto de Van Strom, todo parecía en orden, pero se notaba en el aire un fuerte olor a cloroformo. Cornelio dormía bajo los efectos del narcótico, pero no debían haberle dado una dosis muy fuerte, porque parecía a punto de despertarse.

—Tendremos que esperar — dijo Manrique—. No podemos averiguar nada por nuestra cuenta. Creo casi seguro, sin embargo, que Van Strom habrá perdido también su disco.

—Lo curioso del caso — dijo Olaf—, es que a Locarno le dieran el culatazo en lugar de hacer uso del cloroformo como con Cornelio.

—No tiene nada de curioso — anunció Cotry—. Seguramente el ladrón esperaba que sus víctimas creyeran haber extraviado ellas los discos y no quería dejar huellas de su paso. Lo intentó con Locarno y le salió mal. Conque, al acercarse aquí, tomó precauciones.

—Así, pues — murmuró Olaf—, el ladrón estuvo en el cuarto de Locarno antes que en éste, según usted. ¿No es eso?

Cotry movió afirmativamente la cabeza. Olaf dio muestras de insospechada agudeza.

—En tal caso — dijo—, nuestra primera teoría es errónea.

—¿Por qué?

—Suponemos al ladrón tan aturdido, que salta por la ventana sin darse cuenta de que está cerrada siquiera, llevándose por delante los cristales. ¿Usted cree que, si hubiera estado tan asustado, se hubiese metido después en este cuarto?

Manrique le miró con viveza. Cotry se quedó un momento sien saber qué contestar. Olaf prosiguió:

—Aparte de que, claro está, al saltar, caería a la calle. No creo que se hiciera daño, pero necesita gatear entonces desde abajo hasta la ventana esta.

—Puede haberse serenado al ver que nadie le perseguía — dijo Cotry—. No es difícil subir hasta aquí desde la calle.

—Usted se asomó a la ventana del cuarto de Locarno. ¿No es cierto?

—Sí, en efecto.

—Y... ¿no vio a nadie?

—A nadie.

—¿Cree usted que podía haber estado un hombre escalando la pared en aquel momento sin que usted le viera?

—Difícilmente.

Olaf movió, la cabeza, con satisfacción.

—Eso mismo creo. Con lo cual, si el ladrón entró primero en la habitación de Locarno, sólo puede explicarse lo sucedido de una de dos maneras.

Locarno le miró, interrogador.

—¿Qué dos maneras son ésas? — quiso saber.

—El intruso no estaba asustado, como suponemos. O, si lo estaba, se serenó antes de tocar el suelo y subió inmediatamente a este cuarto. El tiempo transcurrido desde el momento en que oímos el ruido de vidrios rotos hasta el instante en que entramos en el cuarto fue cortísimo. No obstante, si estaba sereno ese negro y era ágil, puede haber tenido tiempo, pero nada más que el justo, para introducirse aquí antes de que Cotry se asomara a la ventana.

—Y... ¿de no haber sido así...?

Olaf se encogió de hombros.

—Entonces — dijo—, ha dado muestras de mayor serenidad aun que en el primer caso. Porque tiene que haber escalado la fachada, cometido el robo y marchado otra vez, mientras estábamos todos en el cuarto de al lado.

—¡Muy bien razonado! — dijo Manrique.

Locarno intervino.

—No creo que eso importe gran cosa. Tuviera o no tuviese serenidad, fuera a mi cuarto primero o después, el caso es que se ha llevado mi disco y, seguramente, el de Cornelio. Eso es lo que interesa.

—¿Mi disco? ¿Que se han llevada mi disco?

Cornelio había vuelto en sí y se había incorporado en el lecho.

—No lo sabemos con seguridad — le respondió Manrique—. Eso sólo usted puede decírnoslo. ¿Qué le ha sucedido?

—¿A mí? ¡Nada que yo sepa!

—Le han dado a usted cloroformo. Aun se huele en el cuarto. ¿No ha visto usted a nadie?

—¿Cloroformo? Esa debe ser la causa de las náuseas que siento. Pero no me he enterado, de nada. Me acosté después de cenar, me quedé dormido, y... hasta ahora.

Se puso en pie y tuvo que agarrarse, a un barrote de la cama para no caerse, porque le daba vueltas la cabeza. Aguardó unos instantes y luego se acercó a la percha, descolgando el chaleco. Metió la mano en un bolsillo. Rebuscó unos momentos.

—Tal vez se haya metido en este librito — dijo.

Y sacó un librito de notas que sacudió infructuosamente. Masculló una maldición.

—¿No se habrá equivocado de bolsillo? — inquirió Locarno.

—Estoy seguro de que lo llevaba en éste — respondió el otro—; pero que por mirar no quede.

Y se vació, una tras otro, todos los bolsillos del chaleco. El disco, sin embargo, había seguido el mismo camino que el de Locarno.

Manrique procuró calmar al excitado Van Strom, que, si le hubieran dejado, hubiese puesto en pie a todo el hotel y hecho cundir la alarma por toda Addis Abeba.

—Estamos perdiendo un tiempo precioso — dijo el joven—. Lo más importante ahora es que descansemos y estemos en condiciones de hacer algo por la mañana. Usted, Cornelio, como Locarno, puede dormir tranquilo. Se ha quedado sin disco y han perdido ya todo interés para el ladrón. Somos los demás los que hemos de andar con cuidado ahora. Aunque dudo que el desconocido ese intente despojar á ningún otro de su disco esta noche. Después de lo sucedido, debe comprender que estaremos alerta. Aguardará a que se le presente un momento más propicio.

Y, aunque se discutió mucho su decisión acabaron acatándola todos, porque no se les ocurría ninguna cosa mejor.

Manrique se retiró apresuradamente a su cuarto por dos razones: porque, como había dicho, creía conveniente descansar y porque, mientras hablaba Olaf, en el cuarto de Van Strom, había sentido la presión de la palanqueta de su reloj de pulsera en la muñeca y recibido el mensaje:

 

«Hablaremos luego. firmado por «TH».

 

Cuando se encontró solo, se metió en el oído el minúsculo auricular que conectó con el reloj de pulsera y la pila seca que llevaba en el bolsillo del chaleco. Con su ayuda y aprovechando como vehículo la misma onda empleada para mandarle mensajes en morse, podía escuchar las palabras de su jefe como escuchaba él las suyas y las de los que cerca de él hablaran por medio de las ondas de los televisores que en forma de botones llevaba Manrique, como todos los agentes de Yuma, en el traje.

Marcó con la corona del reloj la contraseña de Yuma y, al responder éste, anunció:

—Puede hablar, jefe. Llevo puesto el auricular.

Sonó la voz de Yuma.

—He escuchado vuestra conversación en el cuarto de Van Strom. ¿Qué ha sucedido antes?

Manrique le contó cómo sé había despertado y la forma en que encontrara a Locarno.

¿Quién le atacó?

—Un abisinio al parecer.

Describió al desconocido como le describiera Locarno. Luego:

—Es evidente que alguien conoce nuestro secreto. El hombre ese sólo se llevó los discos, despreciando el dinero que tan a la vista estaba.

—No os preocupéis por eso — dijo Yuma—. El desconocido no puede hacer nada con dos discos solamente. Necesita todos los demás. Volveréis a encontrárosle en vuestro camino por dos razones: porque procurar apoderarse de los discos que le faltan, y porque ha de ir forzosamente hacia Ginir para hacer uso de ellos. Si sabe que el escondite se halla en las cercanías del río Uebe, puede ser que se adelante y os tienda una emboscada. Si no lo sabe, os seguirá, En cualquiera de los dos casos debéis ir siempre alerta. Cuando acampéis, montad centinelas. Lo esencial, sin embargo, es que no os ocurra nada. Los discos que habéis perdido o que perdáis podréis recobrarlos al final del viaje. ¿Qué nombre has dado en el hotel?

—El mío —contestó Manrique.

—¿Nada más?

—Y el de los otros.

—No, no me refiero a eso. He pensado que, posiblemente, haya sido expedido algún otro mensaje para «El enviado de España». Cuando bajes mañana, dile al conserje que eres el «Enviado de España» y pregúntale si ha llegado algo para ti.

—Así lo haré.

—Si algún mensaje hay y no lo entiendes, llámame. ¿Has entendido?

—Perfectamente, jefe.

—Nada más, pues.

Manrique se quitó el auricular, se lo guardó en el bolsillo. Sacó la pila seca y la dejó sobre la mesilla. Se aseguró de que el disco de oro seguía en su chaleco. Cerró la puerta y las ventanas, se metió el chaleco debajo de la almohada y volvió a dormirse. Si alguna precaución había tenido, habíase disipado al saber que Yuma, aunque lejos, no les había abandonado.

CAPÍTULO IX

 

 

LA EXPEDICIÓN SE PONE EN MARCHA

MANRIQUE se levantó temprano a la mañana siguiente, y se encontró en el pasillo con Olaf y Cotry, que habían madrugado tanto como él. Juntos bajaron al vestíbulo y descubrieron que, con tanto madrugar, aun había uno que les había ganado.

Apoyado en el mostrador que había junto a la entrada y hablando con el intérprete, había un abisinio envuelto en su chamma. Volvió levemente la cabeza al oír los pasos de los tres hombres y éstos le reconocieron inmediatamente: era el individuo en cuya compañía habían viajado desde Port Said. Éste no dio la menor muestra de haberles reconocido., sin embargo y siguió hablando unos instantes con el empleado del hotel, para después dejarse caer en un sillón cercano.

Manrique se acercó al mostrador junto con sus compañeros. Dijo:

—Soy el Enviado de España: ¿ha llegado algo para mí?

—Ayer, señor — le contestaron—. Como usted no dijo nada anoche y no sabía quién era, no pude ofrecérsela.

Se volvió y sacó una carta del casillero que tenía a sus espaldas. Como todas cuantas había recibido Manrique de Xicuelles hasta entonces, procedía de Australia.

Dio las gracias y se echó la carta al bolsillo, encaminándose, a renglón seguido, al comedor.

Locarno estaba sentado allí ya, a la mesa grande central. Cornelio y las dos mujeres entraron momentos después.

No se dijo nada hasta que les fue servido el desayuno. No había nadie más que ellos en la estancia. Preguntó Locarno, de pronto:

—¿Qué hacemos por lo que a los discos se refiere?

Manrique hizo suyas las palabras de Yuma para contestar.

—Se me antoja — anunció—, que la pérdida de los discos no es razón para que modifiquemos nuestros planes. Buscaremos mulas, provisiones y tiendas de campaña y proseguiremos la marcha como si nada hubiera sucedido.

—¿Sin los discos? — insistió Locarno.

—¿De dónde quiere usted que los saquemos? Cualquiera sabe quién se los ha llevado ni dónde se encuentran en este instante... aunque es posible que se hallen mucho más cerca de lo que nos suponemos. Quienquiera que los tenga, procurará apoderarse de los que le faltan. Ya hará acto de presencia. Y, cuando lo haga, estaremos esperando para recibirle.

—Yo creo — dijo Cotry—, que debiéramos procurar encontrar al ladrón antes de continuar nuestro camino.

—Buscarle en Addis Abeba sería como buscar una aguja en un pajar. Y nos expondríamos a perder algún disco más, con tan pocas probabilidades de volverlo a rescatar. No. Es mejor seguir adelante. No podrá ocultarse ese hombre tan fácilmente en despoblado.

—¿Quién nos garantiza — inquirió Cornelio—, que ese hombre nos saldrá al paso?

—El sentido común respondió Manrique—. ¿De qué le sirven los dos discos solos? Y, aun suponiendo que le sirvieran, sólo pueden serle de utilidad allá por los alrededores de Ginir, conque tendrá que hacer el mismo viaje que nosotros. Si no le vemos por el camino, ya nos le encontraremos cuando lleguemos al punto de destino.

—Tiene razón Manrique — murmuró Hipatia—. Es mucho mejor que sigamos adelante.

—A menos — intervino, Cotry—, que haya algo en la carta que nos aconseje hacer lo contrario.

—¿Qué carta? — inquirió Locarno.

—Una que acaban de entregarle a Manrique.

Se volvió hacia éste.

—¿Por qué no la abre? — inquirió.

—Estaba pensando hacerlo — respondió el joven, sacando el sobre del bolsillo.

Lo rasgó con cuidado. No contenía más que una hoja doblada. La desdobló y la depositó sobre la mesa. Todos la miraron con extrañeza.

—Xicuelles — dijo Locarno—, se ha empeñado en ser enigmático hasta el mismísimo fin.

—¿Qué significan esos garabatos? —inquirió Ifigenia.

—¿A qué se referirá esa frase? — quiso saber Cotry.

Manrique se encogió de hombros, contemplando la hoja de papel. En el centro había dibujado una especie de escudo, con dos seises tumbados y una flecha entre los dos (Fig..8—)

Debajo decía lo siguiente:

 

...Ofrendaron sus sacrificios durante

generaciones a Uak

 

 

Figura 8

 

—No pretendo — dijo Manrique—, entender su significado de momento; pero no creo que ello modifique en absoluto otro itinerario. Nos ocuparemos de los preparativos después de desayunar. Entretanto, reflexionaré. Si no se me ocurre una solución, aprovecharé el ofrecimiento del profesor Vardo y le telegrafiaré... aunque no creo que llegue a ser eso necesario.

—¿Cree usted poderlo descifrar por su cuenta? — preguntó Hipatia.

—Casi estoy por asegurarle que estoy convencido de que puedo hacerlo —sonrió Manrique.

Cuando salieron del comedor el abisinio había desaparecido del vestíbulo. Manrique se acercó al mostrador.

—¿Quién era ese hombre que estaba hablando con usted cuando bajamos nosotros? — preguntó.

—Fitaurarí Hapta — respondió el intérprete.

—¿Comandante del Ejército Abisinio? — inquirió el joven.

—Sí, pero tengo la idea de que no se trata de un comandante en activo, sino de un título honorario que le han concedido, Ato Manrique.

—¿Vive en Addis Abeba?

—No... Es galla, de los arusi galla. Creo que ahora marcha a su tierra. ¿Deseaba algo de él?

—Nada, gracias — le respondió Manrique—. Preguntaba por curiosidad. Hemos viajado juntos desde Port Said y me habían dicho que se trataba de un personaje de importancia. ¿Ha hecho usted lo que le encargué?

Sí, Ato Manrique. Dentro de media hora estarán reunidas las mulas y cargadas. Y los hombres estarán aquí también.

—Gracias. Avíseme cuando lleguen. Seguramente estaré en mi cuarto.

Empezó a subir la escalera. Los otros le siguieron, no porque tuvieran deseos de volver a su habitación, sino porque les consumía la curiosidad.

—¿Qué es un fitaurari? — le preguntó Ifigenia.

—Ya me oyó usted decirlo: un comandante del Ejército del Negusa Nagast o Rey de Reyes, lo que significa que ocupa uno de los cargos más importantes en este país... aunque su título sea sólo honorario. Aparte del de Negusa Nagast, sólo hay tres títulos que le superen: el de Negus o Rey, el de ras o cabecilla, y el dajazmach o general.

—Y ¿qué quiso decir el intérprete cuando le llamó a usted Ato?

—Oh, ese no es más que un título de cortesía equivalente a nuestro «señor» en inglés. Si habla usted con él, verá cómo la llama Waizaro, que, es el equivalente femenino de Ato.

—El intérprete dice que ese hombre es gallo — intervino Olaf—, y que regresa a su país. ¿No hemos de ir nosotros, al terreno de los Arusi Galla?

—En efecto — asintió Manrique.

—Podría sernos muy útil su compañía.

—Pero no creo que nos permita disfrutarla. Ya vio usted cómo nos esquivaba en el barco. Y aquí ha hecho como si no nos conociera. Por consiguiente, soy partidario de no dirigirle la palabra... a menos que nos la dirija el primero. Recojan lo que tengan en los cuartos y estén preparados. Cuando lleguen las bestias de carga emprenderemos el camino. No hay necesidad de esperar aquí por más tiempo.

Se metió en su cuarto e inmediatamente se puso el auricular y llamó a Yuma. Éste contestó en seguida.

—He estado observándoos — anunció—. Pero no he podido ver muy bien esa carta. Enséñamela.

Manrique la sacó del sobre, la abrió y la colocó a cierta distancia de su cuerpo. Yuma guardó silencio unos instantes. Luego dijo:

—Como todas las comunicaciones de Xicuelles, ésta hay que examinarla desde el punto de vista astrológico. Eso que parece un escudo no es tal, sino una reproducción en gran escala de un signo del Zodíaco: Tauro. Los supuestos dos seises son en realidad el signo de Cáncer. Y la flecha colocada en medio es Sagitario. En este caso no creo que se trate de países, porque la cosa no tendría sentido. Aguarda que piense...

Otro intervalo.

—Los astrólogos — dijo, por fin—, asignaban tres signos del Zodíaco a cada uno de los cuatro elementos. Es de observar que los tres signos de ese papel corresponden a elementos distintos y creo a qué elementos se refieren. Si tal es el caso, debemos interpretar el dibujo como una referencia a fuego (Sagitario), dentro de agua (Cáncer), dentro de tierra (Tauro). Eso es todo cuanto puedo decirte. Salvo que, como notarás, Sagitario, o Fuego, podría relacionarse con esa frase final de ofrendar sacrificios.

—¿Qué significa Uak?

—Uak — anunció Yuma—, es Dios en el idioma de los gallas. Lo que parece confirmar que es en terreno galla donde hallaréis lo que andáis buscando. Seguid a Ginir. Posiblemente se aclare más la cosa por el camino. Nada más. ***

Manrique se quitó el auricular, recogió la ropa que tenía en el cuarto, hizo un envoltorio y lo bajó al vestíbulo. Los demás, no sabiendo qué hacer mientras esperaban, habían bajado ya.

—¿Se le ha ocurrido alguna solución al enigma ya? — preguntó Cotry al verle.

—A medias — respondió Manrique.

Y explicó, como cosa suya, lo que le dijera Yuma.

—Creo — terminó diciendo—, que veremos más claro el significado de eso por el camino. ¿Se quedan ustedes aquí?

—¿Qué otra cosa podemos hacer?

—Yo pienso dar una vuelta para distraerme.

—¿Y si llegan los animales durante su ausencia?

—Ya se esperarán a que regrese. ¿Quiere alguien acompañarme?

—Yo, si usted me lo permite — anunció Hipatia.

—Con mil amores — respondió el joven.

—A mí me gustaría, pero... — empezó a decir Ifigenia, mirando de uno a otro, con malicia.

Hipatia se puso colorada. Cotry intervino.

—Le acompaño yo también. Pero, como tres no es compañía...

—Tendré yo que completar la segunda pareja — sonrió Ifigenia, terminando la frase—. No había necesidad de que acudiera en mi auxilio, sin embargo, Cotry. Tenía la intención de acompañar a Hipatia y, no obstante, no ser un estorbo para ella. Hubiera pedido a uno de ustedes que me acompañara, sin vacilar.

—¿A cuál de nosotros? — inquirió Cotry..

—¿Anda usted buscando que sea yo quien eche los piropos, caballero? Cualquiera de ustedes me hubiese servido.

—Me considero completamente aplastado — anunció Cotry—; pero no tengo la menor intención de retirar mi candidatura. Ordenad, señora, ¿dónde queréis que os conduzca?

—Como ni usted ni yo conocemos la población, creo que nuestro mejor plan será acompañar a Hipatia y Manrique.

—¡Por Dios! — exclamó Cotry, con fingido horror—. ¡Acompañarles, no!

—Seguirles, quise decir... Y a respetuosa distancia, naturalmente. ¿Vamos?

Echaron a andar en la dirección tomada por la otra pareja. Ninguno de los otros expedicionarios sintió el menor deseo de unirse al grupo. Cornelio se quedó sentado a la puerta. Locarno y Olaf marcharon a la sala de billar, pero pronto se aburrieron y regresaron al lado de su compañero.

Las dos parejas no tardaron en regresar. Se habían encontrado por el camino con los indígenas y las mulas y volvían con ellos. Olaf se quedó boquiabierto al ver llegar la caravana.

—Pero... ¿todo eso hemos de llevar? — preguntó, aturdido.

Y no era para menos. Había, en total, veintiuna mulas, dos becerros y, unas cuantos ovejas y cabras. Catorce de las mulas iban cargadas. Las otras siete, ensilladas.

Las conducían ocho indígenas.

Manrique sonrió.

—Más bien nos faltan que nos sobran — dijo—. He viajado otras veces por Etiopía. La primera vez cometí el error de llevar lo menos posible y a poco estuve de no volver del viaje. Siete de las mulas, como ve, son para nuestro uso, como cabalgaduras, aunque yo, por mi parte, pienso usar la mía lo menos posible. Las otras catorce llevan provisiones, municiones y las tiendas de campaña.

—Van a medio cargar nada mas — objetó Olaf—. Podía haberlas cargado más y haber necesitado menos.

—Vamos a recorrer un camino montañoso. A veces tendremos que pasar por lugares que apenas pueden escalar las cabras. Estas mulas están acostumbradas a eso, pero si fueran demasiado cargadas se caerían a algún precipicio.

—¿Y los becerros y las cabras? ¿Para que las queremos?

—No llevamos suficientes previsiones para la distancia que hemos de recorrer. Tampoco podemos fiarnos demasiado de la caza. Podemos encontrar mucha... o ninguna. Y, no sabemos la recepción que nos acordarán los arusi. A veces se niegan a suministrar alimentos a los viajeros. Ya verá usted cómo nos hace falta todo lo que llevamos.

Entró en el hotel a recoger las ropas que allí tenía, cargando el bulto en una de las mulas. Los demás le imitaron. Luego se colgó un rifle en bandolera, se puso un cinturón del que colgaba un revólver enfundado y se encaró con sus compañeros.

—¿Están todos preparados, señores? — quiso saber.

Ninguno parecía haberse olvidado nada y todos se mostraron dispuestos a dar principio al viaje.

De pronto Manrique se acordó de una cosa.

—¡Un momento, señores!

Dejó el rifle a la puerta, subió presurosamente la escalera y la volvió a bajar, no menos precipitadamente, momentos después. Por su expresión se comprendía que había sucedido algo.

—¿Qué ocurre? — preguntó Locarno.

—Que ese ladrón sigue por los alrededores — anunció Manrique.

—¿El disco...? — inquirió Olaf.

El joven movió negativamente la cabeza.

—No, la carta. Me la dejé olvidada en el cuarto. Ha desaparecido.

La más viva consternación se retrató en el semblante de todos.

—¡La carta! — exclamó Cotry.

—Oh, no es por lo que valga — se apresuró a decir Manrique—. Para nosotros no significa entorpecimiento alguno, puesto que conocemos su contenido. Sólo que el que se llevó los discos ha conseguido un dato más que desconocía.

Cotry se volvió hacia Locarno.

—¿Dijo usted que el hombre a quien sorprendió en su cuarto era abisinio? — preguntó.

—No me cabe la menor duda de ello — respondió el interpelado.

—Esta mañana — prosiguió Cotry—, cuando el intérprete le dio la carta a Manrique, el fitaurari ese estaba sentado a pocos pasos de distancia...

—¿Qué quiere decir con eso? — inquirió Manrique.

—Que pudo ver perfectamente el sobre y los sellos australianos.

—¿Qué posible interés puede haber tenido para él eso?

—No lo sé, pero es mucha casualidad. Nos encontramos a Hapta por el camino y rehúye nuestra compañía. A continuación, un abisinio roba dos discos. Por la mañana, descubrimos que Hapta para en el mismo hotel y se halla presente cuando le entregan a usted una carta de Australia. Media hora más tarde, nos le encontramos detrás del hotel, poco más o menos debajo de la ventana del cuarto de usted. Y, á nuestro regreso, la carta ha desaparecido. ¿No le parecen muchas coincidencias esas?

—Puede ser que tenga usted razón — dijo Manrique muy despacio.

Se encaró con Olaf.

—¿Han estado ustedes aquí todo el tiempo durante nuestra ausencia?

Olaf afirmó con la cabeza.

—Sí. Es decir, hemos estado en el hotel. Cornelio y yo fuimos un rato al billar, pero salimos en seguida. Locarno, sin embargo, se quedó en la puerta.

—Mientras ha estado usted en la puerta, ¿ha entrado o salido alguien?

Locarno negó con la cabeza.

—Nadie — afirmó.

—¿Ha visto la escalera durante todo este tiempo?

—Lo bastante para poder asegurarle que nadie ha bajado ni subido por ella.

Manrique entró en el hotel.

—¿Está el fitaurari Hapta? — le preguntó al intérprete.

—No, Ato Manrique. Marchó a primera hora.

—¿Volverá?

—No. Le estaban esperando fuera con las mulas. Ha emprendido ya el viaje hacia el país de los Arusi Galla.

El joven volvió a salir.

—Hapta — anunció—, salió a primera hora con sus mulas, diciendo que marchaba hacía su país. Nosotros le hemos visto no hace mucho rato detrás de este hotel. No sé si será él quien robó los discos y la carta, pero su actuación se me antoja sospechosa. Sea como fuere, por nuestro camino viaja y, a buen seguro, nos lleva ya unos minutos de delantera. Ya nos volveremos a cruzar con él durante la ruta.

Ayudó a Hipatia a montar, mientras Cotry hacía lo propio con Ifigenia. Dio una orden al jefe de los indígenas y la caravana se puso en marcha, en dirección al río Auash. Desde allí, dos rutas se abrirían ante ellos para llegar a Ginir a través de Arusi: una pasando por Siri, y la otra cruzando la montaña de Chilaló. Esta segunda era la más pintoresca y la menos usada, y de buena gana la hubiera escogido. Manrique. Pero también era la más larga y, como esperaba que se hiciera algún intento por quitarles los demás discos por el camino, optó por seguir la ruta Siri.

Desde su salida de Addis Abeba hasta su llegada a la orilla del Auash, sólo una vez distinguieron al fitaurari, aun entonces, a gran distancia.

Rapta iba, montado en una mula en pelo, al estilo galla. Delante de él iba un indígena galla como él, conduciendo dos mulas cargadas. Le vieron durante unos instantes tan sólo antes de que se perdiera tras unos matorrales.

CAPÍTULO X

 

 

UN SUCESO INCREÍBLE

LOS días fueron transcurriendo sin novedad. Los gallos que se encontraron a su paso, armados con lanzas en su mayoría, no dieron muestras de intenciones hostiles. A medida que quedaban atrás los kilómetros, se iban dando cuenta los expedicionarios de que Manrique había hecho muy bien al empeñarse en llevar ganado. Uno de los becerros había sido sacrificado ya, y varias de las ovejas. Las cabras les habían proporcionado una leche a la que pronto se fueron acostumbrando.

Llevaban cinco tiendas de campaña, tiendas etíopes, de indiana, que tienen la ventaja de pesar muy poco. En dos de ellas dormían los ocho indígenas, a cuatro por tienda. Hipatia e Ifigenia compartían otra; Olaf y Van Strom, la cuarta, y en la última dormían Manrique, Locarno y Cotry. Al alzarlas por la noche, colocaban la de las mujeres en el centro y, hasta que se levantaba el campamento, había dos hombres de guardia, uno de los expedicionarios y un indígena.

Por fin, al cabo de largos días de marcha, llegaron a orillas del río Uabi sin haber tenido ningún tropiezo. El fitaurari debía haber tirado por otro camino, o se habría adelantado o retrasado, porque hacía tiempo que no le veían ni de lejos.

El Uabi, frontera de Arusi y Bale, es un río muy ancho y de una corriente muy fuerte, y en la época de las lluvias baja con tal caudal, que no hay manera de vadearlo. Los expedicionarios tuvieron suerte, sin embargo, y pudieron cruzarlo por un lugar en que medía noventa metros de anchura tan sólo, y en el punto en que no había alcanzado el río el nivel que de un momento a otro alcanzaría.

Escalaron luego las montañas Lajo por senderos que sólo aquellas mulas hubieran podido recorrer y, aun éstas, con peligro continuo de despeñarse. El paisaje es maravilloso por aquella comarca, pero Manrique estaba demasiado preocupado, por las oportunidades que la montaña ofrecía a cualquiera que quisiese tenderles una emboscada para pararse demasiado a admirarla. En la cima de la montaña, donde el frío era intenso, les sorprendió, por añadidura, la lluvia y optaron por acampar antes de tiempo, Bajaron la montaña al día siguiente, cruzando el río Uebe —que no debe confundirse con el Uabi— cerca de su nacimiento y desembocaron en la ancha llanura que se extiende hasta Ginir, viéndose obligados a vadear nuevamente el río antes de llegar a la población. En la vecindad de la misma acamparon sin haber sido molestados en todo su largo viaje ni una sola vez.

Habían llegado ya muy cerca del lugar señalado en el famoso horóscopo. Magalo no se hallaba muy lejos. Y entre Ginir y Magalo debía encontrarse el tesoro. Manrique, luego de consultar con sus compañeros, decidió ir a dar una vuelta por Ginir. No conocía el idioma galla, pero sabía que todos los gallas entienden, el amhárico también, y de él esperaba servirse. Su objeto era adquirir, si le era posible algún conocimiento de la topografía de los alrededores en la esperanza de que ella pudiera proporcionarle algún dato que le permitiese descubrir el significado de la carta que le robaran en Addis Abeba.

Cornelio y Locarno se ofrecieron para acompañarle, pero rechazó su ofrecimiento porque, como ninguno de los dos conocía el idioma, le servirían más de estorbo que ninguna otra cosa.

—Alguno habrá — arguyó Locarno—, que entienda algún idioma de los que nosotros hablamos. Después de todo, por aquí han pasado italianos.

No dejaba de tener razón en eso, y Manrique le contestó:

—Si quieren ustedes probar suerte por su cuenta, háganlo. Acompañándome no, adelantarán nada. Ganaremos más tiempo si cada uno prueba fortuna por su lado. Luego nos reuniremos en el campamento y compararemos lo que hayamos descubierto.

Así quedaron. Y cada uno tiró por su lado.

Manrique encontró en Ginir mucha mejor recepción de la que se había esperado. Tanto fue así, que no emprendió el camino de regreso al campamento hasta que cayó la noche. Volvía muy satisfecho. De las conversaciones sostenidas con unos y otros, había obtenido una serie de datos preciosos. O mucho se equivocaba ó el escondite del tesoro había dejado ya de ser un secreto para él.

Precisamente por ir tan contento no fue tan alerta como de costumbre. Pasaba junto a unos matorrales cuando el instinto le avisó que un peligro inminente le amenazaba. Quiso volverse, escudriñar la oscuridad, pero era ya demasiado tarde. Algo pesado descendió sobre su cabeza, derribándole. Luchó, con todas las fuerzas que le dio la desesperación, contra las tinieblas que empezaban a envolverle el cerebro. Pero su lucha fue estéril y perdió el conocimiento sin haber podido ver, ni un instante, a la persona que le había agredido.

Volvió en sí por fin. La oscuridad era profunda. No tenía la menor idea del tiempo que había estado sin conocimiento, De lo primero que se acordó fue del disco. Lo buscó en el bolsillo del chaleco. Había desaparecido. Tambaleándose aún, furioso consigo mismo por haberse dejado sorprender de aquella manera, se puso en pie y echó a andar de nuevo hacia el lugar en que habían instalado las tiendas de campaña. Iba preguntándose con qué cara se presentaría a sus compañeros y les diría que él, a quien se le había confiado el mando de la expedición y a quien se le había encargado cuidase de la seguridad le los demás, no había sabido cuidarse de sí mismo.

Pero olvidó su dolor y su ira de pronto ante el presentimiento de un nuevo y mayor desastre. O mucho se equivocaba, o debía hallarse ya a pocos pasos del campamento, Sin embargo, ni veía luz alguna, ni oía el menor ruido. El silencio era absoluto como si no hubiera ser vivo alguno en las cercanías.

Siguió caminando. La forma de aquellos matorrales se le antojaba conocida. Aquel árbol... Aquel cactus un poco, más allá... Era mucha casualidad que hubiera dos lugares tan iguales, con la misma vegetación y espaciada de idéntica manera. Pero las tiendas de campaña no se veían por ninguna parte.

Sacó una lámpara del bolsillo. Iluminó el suelo. Vio señales de herraduras, los agujeros en que habían estado clavadas las cuñas de las tiendas de campaña. Pero ¡el campamento había desaparecido por completo, como, si se lo hubiera tragado la tierra!

Se frotó los ojos, incrédulo. Volvió a examinar el suelo, a introducir los dedos en los agujeros de las cuñas para asegurarse de que existían de veras y no eran pura invención de su fantasía. Consultó su reloj de pulsera. Era la una de la madrugada. Había estado sin conocimiento cuatro horas aproximadamente. Y durante dicho intervalo el campamento se había volatilizado.

Empezó, á recorrer los alrededores, llamando en alta voz de vez en cuando. A lo mejor, por causas que no se le alcanzaban, pero que le parecerían completamente lógicas cuando las conociera, sus compañeros habrían cambiado de lugar las tiendas. Era la única explicación posible. No podían haber levantado el campamento en su ausencia para continuar el viaje, sobre todo teniendo en cuenta que le habían estado esperando y que de él dependía todo, puesto que ninguno de los otros conocía ni el idioma ni el terreno.

Al cabo de cerca de media hora de buscar, cuando empezaba a perder toda esperanza, uno de sus gritos recibió respuesta, y muy cerca. Una carga pareció quitársele de encima; pero volvió a sentir su peso, más abrumador que nunca, al volverse.

Sentado en el suelo, con cara de profundo abatimiento, se hallaba Cornelio Van Strom, Y, frente a él, no menos abatido, Giuseppe Locarno.

—¿Qué sucede? ¿Dónde están los demás? — quiso saber Manrique.

Cornelio se encogió de hombros e hizo un gesto de impotencia con las manos. Locarno alzó la mirada y dijo, con voz completamente aplanada:

—¿Los demás? ¡Creíamos que habría sido usted quien habría ordenado que se siguiera adelante sin esperarnos!

—¿A estas horas? — exclamó Manrique.

Se acercó a los dos hombres. Los sacudió con violencia, obligándoles a levantarse.

—¿Por qué había yo de trasladar de sitio el campamento u ordenar que se prosiguiera la marcha en ausencia de ustedes? ¡Vamos! ¿Dónde han estado?

—En Ginir — respondió Locarno—; pero no juntos. Yo he hablado con algunos indígenas que sabían algo de italiano. Cuando comprendí que ya no podría averiguar más y que se estaba haciendo tarde, volví al campamento y no lo encontré. Creí que estaba soñando. Mientras erraba por los alrededores pensando que, a lo mejor, me habría equivocado de sitio, me encontré con Cornelio, que estaba van estupefacto como yo. Eso es lo único que sé...

A Cornelio le había sucedido lo propio. Había vuelto buscando el campamento desaparecido, sin encontrar a nadie más que a Locarno que vagaba por entre la vegetación como un ánima en pena.

—¡Esto es absurdo! — exclamó Manrique—. ¡Un campamento no puede desaparecer así, sin dejar rastro! Ocho indígenas y cuatro blancos... doce personas nada menos... Y veintiuna mulas... ¿Ustedes creen que puede moverse semejante caravana sin ser vista por nadie?

Los dos hombres movieran negativamente la cabeza.

—No, no es posible — asintió Locarno—. Pero, ¿por qué se han ido y dónde se han metido?

—No lo sé, pero vamos a hacer lo posible por averiguarlo. ¿Son ustedes capaces de volver aquí sin perderse si se alejan un poco?

Ambos contestaron afirmativamente.

—En tal caso, vamos a separarnos y mirar bien por los alrededores. Usted, tire por ahí, Cornelio... Usted, por ese lado, Locarno... Yo iré por este otro. Dentro de media hora volveremos a reunirnos aquí.

Y cuando, de cabo de medio hora, volvieron a reunirse, en el rostro de todos ellos se leía que habían fracasado.

—Alguien — dijo Locarno—, debe haberlos secuestrado a todos.

—¿Secuestrado? — exclamó Manrique—. ¿Sin lucha? Estaban armados. Se hubieran defendido por lo menos. Y, en este silencio, los disparos se oyen desde muy lejos. ¿Han oído ustedes alguno?

Ambos contestaron negativamente.

Manrique se sentó en el suelo, se puso a reflexionar. No debía dejarse trastornar por el increíble acontecimiento. Necesitaba, más que nunca, toda su serenidad. La vida de sus compañeros tal vez dependería de ello. La vida de sus compañeros... la vida de Hipatia. Este énfasis lo dio él mentalmente y casi sin darse cuenta. Durante los días que llevaban juntos viajando por aquellas selváticas tierras, la amistad de la linda griega había llegado a significar mucho para Manrique, tal vez mucho más de lo que él mismo se daba cuenta siquiera.

Cuanto más reflexionaba, más se inclinaba a creer que Locarno tenía razón, después de todo. Tenían que haber sido secuestrados, por imposible que pareciese. Ninguna otra explicación parecía admisible. Y nadie sabía mejor que él cuán cerca del campamento había andado su misterioso enemigo, puesto que él mismo había sido su víctima.

Admitiendo, sin embargo, que aquello fuera obra del mismo que le había atacado, ¿por qué había secuestrado al campamento entero? ¿No se había conformado con robarle el disco a él, como hiciera anteriormente con Cornelio y Locarno? ¿Por qué no se había limitado a robarles el disco a los demás también? ¿Qué necesidad tenía de cargarse con ellos?

O... ¿habría un tercero en discordia? Para secuestrar a doce personas y llevarse sus mulas, haría falta bastante gente. ¿Quién podía disponer de tanta gente por allá? Entre otros, el fitaurari Hapta a no dudar. ¿Sería todo aquello obra del galla?

Volvió a ponerse en pie. Nada adelantaba haciéndose tantas preguntas. De haberse hallado en otro lugar, hubiera procurado hallar rastro de los animales por lo menos. Pero allí era tiempo perdido. Había muchas mulas en Ginir, y muchas pisadas de animales en sus alrededores. Entre ellas hubiera resultado imposible distinguir cuáles eran las del campamento.

—Tendremos que esperar a que amanezca — dijo por fin—. Entraremos entonces en Ginir a preguntar si alguien ha visto algo. Si nada descubrimos, continuaremos como podamos el camino. Si se ha secuestrado a nuestros compañeros por dos discos, donde se encuentre el tesoro encontraremos a su secuestrador. Es nuestra única esperanza. ¿Qué han descubierto ustedes en la población?

—Muy poca cosa... por lo menos yo — anunció Locarno—. Lo único notable por aquí, al parecer, es que el río Uebe atraviesa una montaña llena de cavernas cerca de Magalo.

—Eso mismo he descubierto yo — afirmó Cornelio.

—Con lo cual — observó Manrique—, lo han descubierto todo... o casi todo. Yo me he enterado de eso también. ¿Recuerdan la carta que nos quitaron en Addis Abeba? Fuego, dentro de Agua, dentro de Tierra... ¿Verdad que recuerdan? Pues bien, vamos a leerlo de otra manera. Fuego, dentro de río, dentro de montaña... Es evidente que al hablar de agua dentro de tierra, Xicuelles se refería al Uebe en este trozo de su recorrido que, por cierto, se halla dentro de la latitud señalada en el horóscopo.

—Así parece — asintió Cornelio, que, a pesar de todo, no lograba entusiasmarse—. Pero ¿y el fuego?

—Decía la nota: Ofrendaron sus sacrificios durante generaciones a Uak....

—Sí...

—Uak significa «Dios» en galla. Yo he procurado averiguar si había algún sitio por aquí en que, desde hace muchas generaciones, se hubieran ofrecido sacrificios a Dios...

—Y... ¿ha conseguido, averiguarlo? — inquirió Locarno, dando muestras de interés por vez primera.

—Sí. Me han dicho que en el corazón de la montaña que atraviesa el río hay una caverna donde siempre se han hecho sacrificios. Pero nadie ha querido decirme exactamente dónde está ni cómo llegar a ella. Dicen que en el corazón de la montaña hay serpientes boa, y leones, y animales fabulosos. Y aseguran que nadie puede entrar allí y vivir y que ningún indígena está dispuesto a ayudar a quien allí se dirija, ni a proporcionarle alimentos, porque eso sería hacerse cómplice de su sacrilegio.

»Es posible que haya serpientes boa por allí, pero es absurdo suponer que pueda haber leones. En cuanto a los animales fabulosos, ésos no son más que producto de la fantasía y de la superstición. Estoy seguro de que ese lugar de sacrificios es el «fuego» de que habla Xicuelles, dentro del «agua» o río Uebe, dentro éste, a su vez de «tierra», o sea la montaña.

—Estoy completamente seguro — dijo Cornelio—, de que tiene usted razón. Pero, de poco nos sirve saberlo en el estado en que nos encontramos.

—Procuremos descansar un poco — aconsejó Manrique—. Ya veremos lo que nos trae el día.

Y subiéndose a un árbol cercano, se aposentó entre dos ramas, a las que se sujetó con el cinturón, y consiguió quedarse dormido.

CAPÍTULO XI

 

 

FUEGO DENTRO DE AGUA, DENTRO DE TIERRA

A la mañana siguiente los tres se apretaron el cinturón a falta de desayuno y echaron a andar hacia Ginir, sin dejar de mirar a su alrededor por si, a la luz del día, descubrían algún indicio del paradero del campamento perdido.

Escogieron, antes de entrar en la población, un punto donde reunirse más tarde. Luego se separaron. Manrique anduvo errando de un lado para otro, entablando conversación de vez en cuando, escuchando las más de las veces la conversación de los demás. Al cabo de dos horas andaba tan lejos de dar con la solución del misterio como cuando entrara. Y como dos horas era el plazo fijado para su indagación, regresó al punto convenido confiando en que sus dos compañeros habrían tenido más suerte.

Fue el primero en llegar al lugar de cita y se sentó a la sombra de unos árboles. Transcurrió un cuarto de hora sin que aparecieran Cornelio y Locarno. ¿Habrían olvidado lo convenido o no se habrían dado cuenta de que había pasado ya el tiempo? A la media hora empezó a inquietarse. A los tres cuartos, su alarma era completa. A la hora justa, decidió abandonar el punto de cita e ir en busca de los dos hombres.

Pero obtuvo el mismo resultado que en el caso del campamento: Locarno y Van Strom habían desaparecido sin dejar rastro, Sólo entonces se decidió a ponerse en comunicación con su jefe. Se había resistido a hacerlo antes por creer que aquel era un asunto que debía resolver él por su cuenta.

Como en veces anteriores, Yuma contestó en seguida. Pero aquélla vez insistió en que la conversación fuera llevada a cabo con el reloj de pulsera. Sin duda se hallaba en un lugar donde le era imposible hacer uso de la pantalla fluorescente y de los auriculares.

Manrique dio cuenta de su marcha a Ginir y del resultado de sus investigaciones. Habló de su regreso al campamento y de la sorpresa que se había llevado. Contó cómo había vuelto a la población y comunicó sus temores respecto a Cornelio y Locarno.

La contestación de Yuma fue breve.

—Tu interpretación, de los símbolos zodiacales es acertada — dijo—. Desde Ginir al lugar en que el Uebe se pierde en la montaña, a pocos kilómetros de Magalo, hay un día de camino. Procede tú solo, sin preocuparte. No creo que la vida de tus compañeros peligre... todavía.

»Ahora quiero que vuelvas a Ginir. Dirígete al mercado. Entre los vendedores verás a un hombre sentado entre dos colmillos de elefante. Acércate a él y discute el precio de la mercancía. Es galla, pero puedes hablarle en inglés, que te entenderá. Le dices que te envía La Voz. Cuando le hayas dicho esto, haz como si el género no te interesara y vete. Da una vuelta mirando las demás mercancías expuestas, pero no pierdas de vista al galla. Cuando veas que él se levanta, síguele. Él te proporcionará una mula y provisiones. No le preguntes nada, que él nada te preguntará a ti. En cuando tengas la mula, ponte en, camino hacia el Uebe. Nada más.

Manrique se puso en pie y volvió de nuevo a Ginir. Como le había dicho su jefe, halló un hombre sentado entre dos colmillos de elefante. Aparte de esto, tenía unos cuantos tejidos y utensilios indígenas ante sí..

Se acercó y se puso a discutir el precio en inglés, idioma en que respondió el otro. Y cuando estuvo seguro de que nadie le oía, se inclinó y dijo:

—Me envía la Voz.

Aun discutió unos momentos con el hombre después de eso, marchando luego a ver las mercancías de los demás vendedores. No tardó mucho tiempo en levantarse el hombre. Manrique vio, por el rabillo del ojo, que hablaba con otro indígena, encomendándole, sin duda alguna, el cuidado de su puesto.

Cuando el hombre se fue, se hallaba ya a pocos pasos detrás de él. Le siguió hasta el otro extremo de la población, donde el galla se metió en una construcción indígena, de cañas. A los pocos minutos volvió a salir conduciendo una mula cargada. Llegó hasta donde estaba Manrique, le entregó el ronzal. Dijo:

—Buen viaje. Ese es el camino de Magalo.

Señaló hacia el horizonte. Y, dando luego media vuelta, echó a andar otra vez en dirección al mercado.

Manrique no tenía que cruzar la población ya para nada. Se hallaba en el extremo de ella más próximo a Magalo. Emprendió lentamente la marcha, pero en cuanto hubo perdido de vista Ginir, montó a lomos de la mula y la azuzó para que fuera lo más aprisa posible. Temía que le sorprendiese la noche antes de haber llegado a su destino, ya que ello le obligaría a aplazar su exploración hasta el día siguiente. Y a pesar de las palabras de Yuma, la suerte de sus compañeros, le preocupaba. —

Comió frugalmente al mediodía sin apearse de la mula ni acortar el paso. El terreno que había delante de él y que a distancia le había parecido bastante llano cambió por completo de aspecto cuando lo vio de cerca, presentándose quebrado, rocoso, lleno de simas. Muy abajo vio un profundo desfiladero en el que desembocaban numerosos valles menores. Empezó a descender por las escarpadas laderas con gran dificultad, y continuo peligro. La vista era hermosa, pero Manrique no tenía ojos para ella. Abundaban las palmeras, los matorrales gigantescos, arbustos árboles y plantas trepadoras cubiertas de varías flores.

Después de recorrer más de un kilómetro de esta manera, se encontró al borde de un segundo precipicio de unos sesenta metros de profundidad, por cuyo fondo se deslizaban las turbulentas aguas del Uebe, Hasta aquel momento, no se había encontrado ni a un solo ser humano en su camino.

Cuando llegó a la orilla del agua, hubo de detenerse, a pesar suyo, mudo de admiración ante la grandiosidad de lo que estaba viendo. Las aguas del río, en el transcurso de los siglos, habían ido minando la montaña con tal arte, que más que obra de la Naturaleza, parecía trabajo del hombre. Por las riberas se alzaban gigantescas columnas, balaustradas, peristilos, arcos, figuras simétricas fantásticas que parecían tallados todos en mármol. Por uno de los arcos pasó Manrique cuando pudo dominar su asombro, atravesando luego una especie de templete natural compuesto de un grupo de columnas que sostenían un techo de granito. Al otro lado, el río se deslizaba por entre grupos de columnas y rocas, cayendo en cascada de trecho en trecho. Un poco más allá, se perdía por un arco. Por aquel lado, la montaña entera parecía hallarse sostenida por columnas de diez a quince metros de altura, separadas entre sí por una distancia que oscilaba entre los seis y los treinta metros. El espacio entre ellas formaba una serie de cámaras de inmensas cúpulas. Había llegado al lugar mencionado en el mensaje, el lugar en que el agua se metía en la tierra.

Durante unos instantes se detuvo, contemplando aquella soberbia belleza arquitectónica, obra del Creador. Su grandeza le aturdía. Temía perderse en aquel laberinto subterráneo sin dar con lo que quería buscar.

La presión de la palanquita del reloj-muñeca le sacó de su contemplación.

—Auricular — le ordenaron, en morse.

Se lo puso como hombre en sueños. La voz de Yuma sonó en sus oídos.

—No entres por ahí — le ordenó—. Ata la mula a una columna. Elévate una cuerda que encontrarás con las provisiones. Escala la ladera. Encontrarás un agujero: la boca de una caverna. Sujeta la cuerda fuera y empléala. Ten en cuenta que el suelo de la caverna se encuentra seis metros más abajo de la entrada. Nada más. No te quites el auricular ya.

Manrique ató la mula a una de las columnas como le habían ordenado. Tomó la cuerda que encontró. Empezó a escalar la ladera. Al cabo de unos momentos hubo de pasar por entre una masa de rocas. Al otro lado descubrió un negro agujero en la montaña. Ató un extremo de la cuerda a una de las rocas. Empezó a descolgarse en la oscuridad.

Cuando por fin tocaron suelo sus pies, permaneció inmóvil unos instantes, escuchando. El silencio era completo. Sacó la lámpara del bolsillo y la encendió. Se encontraba en una cámara subterránea de colosales proporciones. Junto a una de las paredes había un enorme hogar y alrededor de él colgaban utensilios de madera, collares de conchas, pieles de oveja y numerosas correas, ofrendas, evidentemente, hechas a Uak.

Manrique pronunció el nombre de Dios en gallo instintivamente. Aquel era, sin duda alguna, el santuario del que le habían hablado, aquel donde, según las palabras del mensaje, ofrendaron sus sacrificios durante generaciones a Uak. Aquel era el fuego dentro del agua, dentro de la tierra. ¿Era allí donde debía encontrar el tesoro? Si así era, se había adelantado a sus enemigos. Y ¿dónde estaban sus amigos?

Yuma seguía guardando silencio. Si sabía algo más de lo que había dicho, lo callaba. Examinó, palmo a palmo, toda la cámara y salió de ella, recorriendo un centenar de metros más allá, pisando por nuevas cámaras y arcos de roca. Parte de la montaña se había hundido por allí y no pudo continuar. ¿Se habría cerrado el paso al tesoro con aquel hundimiento?

Volvió a la cámara de los sacrificios. El hogar se hallaba en una especie de nicho. Se introdujo en él y examinó la pared. Nada descubrió. Dirigió la luz de su lámpara hacía arriba. Había un hueco allí, como la boca de una chimenea. Volvió a dirigir los rayos de su lámpara hacia abajo. Por el rabillo del ojo notó entonces algo que le hizo alzar la cabeza de nuevo, y con brusquedad. No se había equivocado. Allá arriba, en el interior de la chimenea, se notaba un leve resplandor que mientras lo miraba, volvió a desaparecer.

Se metió la lámpara en el bolsillo. Las desigualdades de la pared del nicho eran lo bastante grandes para que fuese posible escalarle sin dificultad. Apoyó un pie, en un saliente de roca. Buscó asidero para la mano. Empezó lentamente la ascensión.

Una vez en la chimenea, la tarea se hizo más fácil, puesto que era lo bastante ancha para que pudiera pasar con comodidad, pero no tanto que no pudiera hacer presión en sus paredes con piernas y brazos.

El resplandor volvió, a verse por encima de su cabeza y a sus oídos llegó una voz desfigurada por los ecos.

—Eso debe ser — decía.

Manrique hizo un esfuerzo por subir más aprisa.

Alcanzó el punto par donde se filtraba la débil luz. Era un agujero grande, casi cuadrado, abierto en la roca viva. Apoyó la espalda contra una de las paredes de la chimenea, apretó con los pies contra la otra, posó las manos en los bordes del hueco, adelantó con suelo cuidado la cabeza.

CAPÍTULO XII

 

 

YUMA DA CIMA A LA EMPRESA

ABAJO, a la altura aproximadamente de la cámara que acababa de abandonar, Manrique vio una especie de gruta, un lado de la cual estaba abierto, permitiendo ver un trozo de una cámara exterior de mayores dimensiones.

Frente a él, en la gruta, y pegado a la pared, había una especie de altar de piedra, cuya parte delantera o retablo era en parte, de metal. Sobre la mesa del altar, había trazado un enorme círculo que la llenaba por entero. Y el círculo estaba dividido en doce partes, en cada una de las cuales se había grabado un signo del Zodíaco. De momento no pudo ver más allí, porque la luz era insuficiente. Delante, ante el retablo o, mejor dicho, al pie del mismo, había un esqueleto. Del retablo en sí no le era posible a Manrique distinguir detalles.

En el trozo visible de la cámara mayor, Hipatia, Ifigenia, Cotry y Olaf aparecían hacinados, custodiados por ocho etíopes con revólver y rifle: los ocho que les habían servido de escolta desde Addis Abeba. A Cornelio Van Strom no se le veía por parte alguna. Locarno, sin embargo, se hallaba delante del grupo de prisioneros, con una lámpara de bolsillo en una mano y una pistola en la otra. Por la oscilación de las sombras se comprendía que la luz que iluminaba la caverna mayor procedía de antorchas.

Locarno empezó a hablar y la hizo en inglés para que todos le comprendieran. Solo entonces, escuchándole, comprendió Manrique la verdad y tuvo que hacer un esfuerzo para que la rabia no le cegase. Porque lo que decía el maltés revelaba en él una vileza de la que jamás le hubiera creído posible.

—Siento, amigos míos — la voz llegaba perfectamente hasta el joven, aunque el eco la desfiguraba lo suficiente para que no le hubiera sido posible reconocerla al oírla por vez primera—; siento, amigos míos, haberles sometido a las incomodidades que su excursión hasta aquí ha representado. Hubiera querido evitarles la molestia, sobre todo en el caso de las señoras, pero no he visto la manera de poder hacerlo.

—Se apoderó usted de nuestros discos abusando de la confianza que en usted teníamos — dijo la voz de Olaf—. ¿Qué más quiere? ¿Por qué no ha dejado en libertad a las mujeres, por lo menos?

El revólver de un etíope le impuso silencio con un gesto.

—Nuestro amigo Xicuelles — prosiguió Locarno—: fue un hombre muy ingenioso. Parece haberla previsto todo. Por eso no he querido correr riesgos. Poseía los discos, pero ¿quién me garantizaba a mí que, a última hora, no fuera necesaria la presencia de los interesados para que pudieran servir de algo? Por eso precisamente me he tomado la molestia de traerles a todos conmigo. El único que nos falta es Manrique. Cornelio y yo, muy a pesar nuestro, tuvimos que optar por dejarle atrás. No nos atrevíamos á cargar con él y bajarle, solos, hasta aquí, Bastante trabajo teníamos con bajar nosotros sin estrellarnos.

»No obstante, espero que pronto se ha hallará entre nosotros. Ha comprendido el significado exacto del mensaje de Xicuelles y obtenido los datos necesarios. Y vendrá aquí, porque opina que aquí encontrará a sus compañeros, por cuya seguridad, naturalmente, se interesa. Es mucho mejor así. Nos ahorra trabajo, porque viene por su propio pie. Y no puede escapársenos, porque Cornelio le aguarda oculto junto a la entrada.

Si Manrique hubiese dudado de que Yuma seguía velando por ellos, tal duda hubiese quedado disipada entonces. Yuma le había señalado otro camino, y no el del río, para salvarle de que cayera en las garras de aquellos traidores.

Locarno siguió hablando.

—No creo — dijo—, que la presencia de los interesados sea necesaria después de todo, sin embargo. Todo parece indicar que la posesión de los discos basta. Lo que no impide que tenga vivos deseos de ver a Manrique formar a vuestro lado.

Esto lo dijo con una sonrisa siniestra qué reveló bien claramente a todos sus intenciones. Pensaba apoderarse del tesoro y luego dar muerte a sus ex compañeros, No podría disfrutar de la fortuna mientras ellos viviesen. Y ningún lugar mejor que aquél, para abandonar sus cadáveres. ¿Quién iba a descubrirlos en el corazón de la montaña?

Manrique sacó cuidadosamente el revólver que le colgaba del costado. Tendría que intervenir tarde o temprano. Pero aun no había llegado el momento. Si disparaba ahora contra Locarno, se exponía a causar la muerte de sus compañeros. Y Cornelio acudiría al oír las detonaciones que repercutirían como el trueno por todas las cavernas.

—¡Vigilad estrechamente a todos! — ordenó Locarno.

Y con gran sorpresa de Manrique lo dijo en amhárico, idioma que había hecho creer a todos que desconocía.

Se metió la pistola en el bolsillo y avanzó hacia el altar, dando un puntapié al esqueleto.

—¡Así, acabarás tú también cuando intentes, abrir ese cofre! — vaticinó Cotry.

Locarno se echó a reír. Los rayos de su lámpara iluminaron el retablo. Manrique vio en el centro, un agujero del que asomaba una barra.

—¡Tus esperanzas resultarán fallidas! — respondió el maltés—. Este hombre, que Dios sabe cómo llegaría hasta aquí, halló la muerte porque quiso abrir sin usar los discos, cuya existencia tal vez no ignorase. Eso no puede sucederme a mí.

Saltó sobre el altar y lo iluminó con la lámpara. Vio Manrique, a su luz, que en cada casilla del círculo había una estrecha ranura.

—El significado de esto es bien claro — anunció el hombre—. El cofre incrustado en el altar sólo puede abrirse cuando cada uno de los discos se halla en la ranura que le corresponde. No sé cómo funcionará el mecanismo. Pero, es evidente que está tan delicadamente equilibrado, que el menor error puede causarle la muerte al que lo cometa. Por fortuna, soy hombre precavido. Ya en Chipre saqué una copia del horóscopo que trazó el profesor Vardo para ahorrarme yo el trabajo de reconstruirlo con ayuda del mensaje, que para cada uno de nosotros dejó Xicuelles.

Sacó un papel del bolsillo y los siete discos. Estudió el papel unos instantes.

—Empezaremos por la oposición — anunció—. Venus en Leo...

Dejó caer el disco de cobre en la ranura correspondiente.

—...Saturno en Acuario...

Introdujo el disco correspondiente en la octava casa del horóscopo.

—Y — prosiguió—, en la misma ranura, Júpiter y Luna...

Volvió a consultar el papel.

—Sol en Taurus... — dijo—. Marte en Capricornio... Mercurio en Libra...

Saltó al suelo. Sacó la barrita del agujero en que estaba metida. La examinó.

—Se conserva en perfecto estado — dijo—. Y esta vez funcionará.

Arrodillóse junto al retablo. Enfocó el agujero con la lámpara. Introdujo la barra.

—Es completamente redonda — dijo—; conque es evidente que no ha de ser dándola vueltas como funcione, sino apretando, para que haga veces de resorte...

La barra había entrado casi por completo en el agujero. Apretó con fuerza.

Hipatia exhaló un grito de horror. Ifigenia asió con violencia a Cotry.

Al apretar Locarno la barra, había salido con rapidez de relámpago una especie de hoz dentada de cada lado del retablo, alcanzándole en el cuello, una por cada lado.

Manrique cerró los ojos para no ver caer la cabeza de Locarno, que estaba seguro quedaría segada. Volvió a abrirlos al oír el grito de espanto del maltés. Las hoces se habían detenido en su trayectoria, pero le tenían atenazado por la garganta con tal fuerza, que los dientes se le habían hincado, en la carne, luego, con la misma rapidez que aparecieran, las hoces volvieron a separarse y desaparecer dentro del retablo. Locarno, pálido como un cadáver, cayó al suelo, pero se alzó de nuevo bruscamente, tirando de los dibujos que rodeaban el agujero en el que seguía clavada la barra. El cofre resistió todos sus esfuerzos. Seguía tan cerrado como antes.

Locarno empezó a rehacerse de su terror. En sus ojos, el espanto cedió a la ira. Le enfurecía el fracaso. Olaf rió, y el maltés se volvió hacía él como una fiera, enarbolando su pistola.

—¡Silencio! — aulló, con rabia—. El cofre se abrirá. Y, aunque no se abriese, no serás tú quien pueda reírse de mi fracaso.

La pistola viró hasta encañonar a Olaf. La locura brillaba, ya en los ojos del maltés. Manrique alzó su revólver dispuesto a impedir que fuera consumado el asesinato.

Pero no fue necesario que disparara. Un brusco cambio se operó en la fisonomía de Locarno. La pistola se le escapó de entre los dedos. El fuego murió en sus pupilas. El rostro pareció hinchársele.

Un gemido ahogado se escapó de su garganta. Las manos azotaron el aire con impotencia. Se le doblaron las piernas. Rodó pesadamente por el suelo.

Durante unos instantes nadie se movió. Todos miraban, como hipnotizados, el cuerpo de Locarno, que se agitaba aún en los estertores de la agonía. Una espuma sanguinolenta y verdosa le asomaba a los labios.

El primero en moverse fue Cotry. De un manotazo desarmó al abisinio que tenía al lado, al mismo tiempo que daba un empujón con la otra mano, a las dos mujeres para tirarlas dentro de la gruta donde correrían menos peligro en la lucha.

Pero su triunfo fue de corta duración, Otro etíope le dio un culatazo en la cabeza y le hizo caer sin conocimiento. Había sucedido toda tan aprisa, que ninguno de los otros prisioneros había tenido tiempo de moverse.

Las etíopes parlamentaron entre sí. Lo sucedido les había desconcertado por completo. No sabían qué partido tomar.

Manrique se estaba preguntando si habría llegado ya el momento de dar a conocer su presencia, si su aparición repentina no provocaría un tiroteo fatal para sus compañeros, cuando la iniciativa le fue arrebatada de las manos.

Una voz terrible sonó en la gruta. Una voz que hizo estremecerse de horror a cuantos la escucharon. Una voz que hablaba en amárico.

¡La Voz de Yuma!

—¿Por qué turbáis con vuestras luchas fratricidas el santuario? ¿Cómo osáis entrar en él con armas y derramar sangre humana?

Todas las miradas convergieron en el punto de dónde parecía proceder la voz. Algo pareció revolotear en el aire, sobre el altar. Y entonces apareció, como flotando, sin sostén alguno, una faz horrible, cubierta de una palidez cadavérica. Una faz cuyos ojos brillaban como ascuas, Los abisinios retrocedieron poseídos de un terror supersticioso. Los prisioneros, que habían oído hablar en otras ocasiones del rostro aquel y que conocían muchas de las hazañas de aquel a quien representaba, exclamaron con alegría:

—¡YUMA!

Manrique encendió su lámpara de bolsillo y enfocó con ella el terrible rostro para darle más realce. Luego, aprovechando el terror de los indígenas, saltó al suelo de la gruta.

Aquello rompió en parte el ensalmo. Uno de los abisinios vio caer al joven y alzó el revólver.

Junto a la cabeza flotante apareció de pronto una pistola que escupió fuego. El revólver del indígena cayó al suelo, alcanzado de lleno.

—¡Descargaré mi ira sobre vosotros — clamó la Voz—, por haber osado hacer uso de las armas en mi presencia!

Un grito de terror salió de la garganta del abisinio, grito que fue coreado por sus compañeros. Como de común acuerdo, soltaron todos las armas, dieron media vuelta y emprendieron locamente la huída.

Cornelio, que avisado por el disparo de que algo pasaba acudía a toda velocidad a la gruta en auxilio de su compañero, se encontró con la ola indígena que pasó por encima de él como si no existiera. Antes de que hubiera podido volverse a levantar del suelo, Olaf se había abalanzado sobre él. Le asió por el cinturón y, con una fuerza insospechada, le levantó por encima de su cabeza y le tiró contra la pared de enfrente. Cornelio cayó y no se movió ya. Manrique, entretanto, había corrido hacia Hipatia que se refugió en sus brazos con un grito de alegría. Cotry rodeaba a Ifigenia con su brazo, protegiéndola.

El rostro flotante desapareció apareciendo de nuevo instantes después cerca del cuerpo de Cornelio.

—Sólo ha perdido el conocimiento — anunció la Voz.

Apareció una jeringuilla a unos centímetros del suelo. El brazo de Cornelio se alzó y volvió a caer. Yuma le había dado una de las inyecciones que usaba para borrar de la mente de los criminales todo recuerdo del pasado. Más adelante, Cornelio recibiría un nombre nuevo y sería enviado a la colonia de Yuma en el Yucatán, para ser reeducado y convertido en un hombre útil a la Humanidad.

Volvió a desaparecer Yuma, pero sólo para reaparecer otra vez y bajo un aspecto distinto. Con gran sorpresa de cuantos se hallaban allí, se notó un nuevo revoloteo en el aire, y en lugar del rostro de Yuma apareció el de un abisinio, mejor dicho: el de un galla.

¡El fitaurari Hapta!

Quitóse la capa, doblóla cuidadosamente y se la introdujo bajo el chamma.

—Tomé el barco en Malta — anunció—, para seguiros en vuestra peregrinación y velar por vosotros. Era mucho mejor que me tomarais por enemigo, como lo hicisteis.

Miró el cuerpo de Locarno.

—Está muerto — anunció—. Envenenado. Los dientes de esas hoces estaban untadas de una sustancia ponzoñosa al parecer, Xicuelles había previsto que alguien intentaría traicionar a sus compañeros, y temió que Locarno, precisamente, se dejara tentar y se convirtiese en traidor.

—Creo — agregó—, que ha llegado el momento de posesionarse del tesoro de Xicuelles. Esos indígenas no nos molestarán. Se han llevado un susto terrible. Seguramente harán correr por ahí las historias más fantásticas y no habrá quién se atreva a aproximarse por aquí desde ahora en adelante.

—Pero ¿cómo va a abrir usted el cofre? — exclamó Cotry—. Locarno siguió al pie de la letra las instrucciones y ya ve usted el resultado. ¿No teme que le ocurra lo propio?

El supuesto fitaurari sonrió.

Locarno — dijo—, no poseía la llave. La tengo yo.

Sacó de debajo del chamma un estuche y de él extrajo la barra de platino que ya conocemos.

—Esa llave — dijo Olaf—, es casi igual que la que empleó Locarno.

—No se parecen en nada — aseguró Hapta—. Ésta tiene algo que no tenía la otra. Ya hablaremos de eso más adelante.

Se arrodilló junto al retablo. Extrajo la barra. Introdujo la suya, que, por cierto, no pudo entrar más allá de la anilla. Apretó la parte superior.

El efecto fue instantáneo. La parte delantera del retablo cayó, dejando al descubierto todo el mecanismo y, en el centro, una caja de metal cerrada y con la llave en la cerradura. Seguramente la habrían engrasado bien antes de ponerla, pero, con el tiempo la grasa se había ido secando y estaba un poco enmohecida la llave. No obstante, un poco de fuerza bastó para hacerla girar.

Bajo el resplandor de la lámpara de bolsillo, la caja pareció poblarse de policroma luz, cegando a los que la contemplaban.

—El tesoro está aquí — anunció Hapta, volviendo a cerrar la caja—. Pero creo que debemos aguardar a momento más oportuno para examinarlo. Un sirviente me aguarda fuera, con mis mulas. Las de ustedes se hallan cerca de la salida en una caverna, junto con su equipaje. Hazte tú cargo de esto, Manrique.

Le entregó la caja. Era pesadísima. Dijo el fitaurari:

—Aguarden unos instantes. Tengo que recoger parte de mi equipaje que he depositado en una cueva contigua.

Se ausentó unos momentos y regresó con una maleta... aquella en que llevaba la pantalla fluorescente.

—Vamos — dijo.

La procesión se puso en marcha hacia la salida, llevando consigo el cuerpo exánime de Cornelio.

*****

 

 

—Trévelez — anunció el futaurari Hapta, sentado cómodamente en un sillón—, delegó en el profesor Vardo para que marchara en representación suya a Chipre. Y fue a Yuma a quien le suplicó que se hiciera cargo de la llave y protegiera a los expedicionarios.

Hipatia, Ifigenia, Manrique, Cotry y Olaf se hallaban reunidos, con Hapta, en una casa de Magalo que había puesto a disposición del fitaurari un amigo suyo.

—Una cosa encontré extraña en el asunto — prosiguió Hapta—. Todas las cartas habían sido echadas al Correo en Australia... todas menos la que recibiera Trévelez. ¿Por qué? Evidentemente porque Xicuelles no quería dejar la fortuna de todos sus herederos a merced de un solo hombre... del encargado de poner las cartas en circulación el día de su muerte.

»Al darme cuenta de eso, procuré averiguar todo lo posible respecto a cada uno de los siete herederos. Hasta di las órdenes oportunas para que fueran visitados todos los lugares que cada uno de ellos había visitado. La tarea fue lenta, pero su resultado la justificó plenamente. Todos habían hecho el recorrido que aseguraban, pero dos de ellos no habían recibido carta alguna en ninguno de los hoteles en que se habían alojado. Esos dos hombres eran Locarno y Van Strom. Pero aunque no habían recibido comunicación de ningún género como los demás, habían hecho el recorrido exacto que les correspondía para describir las órbitas de los planetas que en el plan de Xicuelles representaban.

—¿Quiere usted decir con eso — inquirió Manrique—, que ambos conocían todo el plan desde un principio?

Hapta movió afirmativamente la cabeza.

—Entonces, ¿por qué hicieron viaje alguno siquiera?

—Por dos razones: porque querían poder demostrar, si era necesario, que habían seguido su itinerario, y porque, además, ignoraban el objeto exacto del mismo y temieron que pudieran necesitar haber estado para comprenderlo bien cuando llegara el momento.

—Y ¿cómo pueden haberlo conocido?

—Pude descubrir, más tarde, que Xicuelles había hecho depositario a Locarno de todas las cartas que habéis recibido, junto con las instrucciones necesarias para que les diera curso el día que se tuvieran noticias de su muerte, o en que pudiera darse por sentada su defunción por falta de noticias suyas. Estoy seguro de que Xicuelles dejaría las cartas debidamente lacradas, como la que Trévelez recibió de Madrid. Pero Locarno no pudo resistir la tentación y las abrió todas. Una cosa sacó en limpio de ellas. Xicuelles había nombrado herederos suyos a él y a otras seis personas.

—Y, a pesar de tener intenciones de quedarse él con todo si le era posible, ¿echó las cartas a su debido tiempo?

—Las mandó a una agencia australiana de repartos para que se encargara de distribuirlas en las fechas indicadas. No tenía más remedio que cursarlas. Conocía su contenido, Pero no sabía interpretarlo. La necesidad le obligaba a obrar como si no hubiera visto ninguna de las cartas con anterioridad. Y, claro está, para hacer eso, no podía apoderarse de los discos. No tenía la menor idea de su objeto... ni esperaba tenerla si se los quedara. Me parece que eso se comprende perfectamente.

Manrique movió afirmativamente la cabeza.

—Tiene usted razón —asintió—. Locarno sólo podía robar los discos cuando tuviera la seguridad de que podía usarlos para obtener el tesoro.

—Pero empezó en seguida a preparar sus planes para alejar de sí toda sospecha cuando tuviera que obrar en contra de ustedes. Aunque Van Strom vivía en Holanda y él en Malta, se conocían y, evidentemente, eran lobos de la misma camada. Se pusieron de acuerdo en seguida. En Addis Abeba, Van Strom se encargó de darle el golpe a Locarno para que éste pudiera desempeñar bien su papel y luego se metió en su cuarto y se aplicó a sí mismo cloroformo. Esperaban que habiendo sido ellos los primeros aparentemente en perder los discos, jamás se sospecharía de ellos si tenían necesidad o les convenía robar los otros por el camino.

»Mi presencia les ayudó. Consiguieron hacer recaer sospechas sobre mí. El robo de la carta en el hotel fue un ardid encaminado a despistar. Hasta llegar a Ginir no empezaron a tener una idea de dónde se dirigían. Locarno había viajado mucho por Abisinia y se acordó de pronto, de las famosas cuevas del Uebe. En cuanto comprendió el significado del último mensaje recibido, creyó llegada su hora.

»Hacía tiempo que, aprovechando los momentos que se hallaba de guardia y cuantas otras ocasiones se le presentaban de estar a solas con el jefe de los indígenas encargados de cuidar vuestras mulas, había sondeado a éste y descubierto que estaba dispuesto a venderse si el precio era bueno. Cuando te dirigiste tú a Ginir, Manrique, ellos anunciaran su propósito de hacer otro tanto porque querían poder probar la coartada si no salían las cosas a medida de sus deseos. Antes de marchar, sin embargo, avisaron al jefe de los indígenas para que, en su ausencia, secuestraran al campamento entero y lo condujeran hacía las cavernas del Uebe.

»Estuvieron en la población indagando y adquiriendo la seguridad de que no se habían equivocado, A su regreso, te tendieron una emboscada, te quitaron tu disco y te abandonaron en el camino, yéndose ellos al lugar en que había estado el campamento a esperar que tú te presentaras. Cuando, fuisteis por segunda vez a Ginir, ellos aprovecharon la ocasión para desaparecer a su vez. Lo demás ya lo conocéis, ¿Qué pensáis hacer ahora?

—Regresar a Europa, naturalmente. Creo que es mejor qué dejemos el reparto de las piedras preciosas hasta que podamos hacerlo con seguridad, en país civilizado.

—Sí — asintió Hapta—; yo también creo que es mucho más conveniente eso. ¿En qué país pensáis hacerlo?

—Por mi parte — anunció Cotry—, lo haré donde los demás quieran. Tengo mis planes hechos para después. Y... creo que Ifigenia está dispuesta a compartirlos.

Miró a la chipriota con una sonrisa de ternura, a la que ésta correspondió con una mirada de adoración.

—Les felicito — dijo Hapta—. Lo que ustedes han encontrado vale más que toda la fortuna que les dejó el pobre Xicuelles.

No era necesario preguntarlo para darse cuenta de que, sobre ese particular, tanto Ifigenia como Cotry opinaban lo mismo.

—¿Qué dice usted, Olaf?

—Creo — contestó el holandés—, que será mejor que el reparto se haga en España y que lo haga el propio señor Trévelez. Después de todo, él era el amigo más íntimo de don Aparicio al parecer, y tiene derecho a representarle en ese asunto. Por cierto que sigo sin comprender una cosa que está con él relacionado.

—¿Cuál?

—¿Por qué murió Locarno al intentar abrir el cofre y, sin embargo, a usted no le ocurrió nada? No noté yo suficiente diferencia en las barras para justificar la diferencia en los resultados.

—Conservo la barra — anunció Hapta—, y voy a demostrarles la diferencia en seguida.

Sacó la llave de platino y la puso sobre la mesa.

—Xicuelles — dijo—, lo había previsto todo, como ya hemos tenido ocasión de advertir. Previó también que uno solo descubriera el uso de los discos y pudiera abrir el cofre. Por consiguiente, hizo una llave especial que mandó a Trévelez, convencido de que éste se encargaría de que la llave se hallara en el lugar del tesoro cuando hiciese falta y se hubieran cumplido todos los requisitos.

»El mecanismo del cofre era sencillo. Cada uno de los discos tenía un peso determinado y sólo ese peso, en el lugar correspondiente, quitaba las trabas que sujetaban el resorte. Pero el resorte no se hallaba enfrente mismo del agujero que hacía veces de cerradura. Si se hubiesen fijado ustedes hubieran visto que había seis o siete varillas, como los rayos de una rueda, en la vecindad de la cerradura en cuestión, De dichas varas, solo una abría el cofre. Las demás soltaban las hoces o al otro dispositivo mortal por el estilo.

Tomó la llave de platino.

—Esta barra — prosiguió—, tiene una anilla que no le permite entrar más de la cuenta y disparar las hoces por accidente. Y tiene otra cosa...

Apretó la parte superior y enseñó cómo salía la lengüeta de metal por la parte inferior.

—Esta lengüeta actuaba el resorte — explicó—. La oblicuidad de su trayectoria aseguraba que no pudiera tocar más que la varilla que abría el cofre. Todo instrumento empleado que no tuviera exactamente la misma desviación hubiera provocado la muerte de quien lo empleara. Un milímetro de diferencia a derecha o izquierda convertía la llave en un instrumento de muerte. ¿Comprenden ahora?

—Perfectamente — asintieron todos.

—No ha hablado usted aun, Hipatia — dijo Hapta—. ¿Dónde quiere que se efectúe el reparto?

—Estoy de acuerdo con Olaf — contestó ésta—. Me gustaría que fuese Trévelez quien se encargara de ello.

—De todas formas... —agregó, mirando a Manrique de soslayo—, me parece que, cuando haya recibido mi parte, me quedaré en España.

—Y ¿qué piensa hacer allí?

—No lo sé... pero... — su mirada se tornó soñadora. El tono de su voz se hizo nostálgico—. ¡Puede hacerse tanto bien cuando se dispone de dinero...! Y he oído hablar de ese señor Trévelez, que dicen ustedes, que es muy bueno. Tal vez él pueda aconsejarme... ¿De qué sirve el dinero si no se puede aliviar con él la suerte de los desgraciados?

Manrique la miró con los ojos como estrellas. La muchacha alzó la vista, se ruborizó y se inclinó instintivamente hacia él, aunque con timidez.

Hapta contempló a la pareja con una expresión singular en el semblante.

—Estoy seguro — dijo, con mucha dulzura—, que Trévelez querrá conocerla... Y nadie mejor que Manrique para presentarla.

Cambió bruscamente de tono.

—¿Encuentra usted bien el parecer de sus compañeros? — inquirió, mirando a Cotry.

—Lo encuentro divinamente — respondió el australiano—. ¿Vuelve usted a España con nosotros?

—Vuelvo a España — asintió Hapta—; pero no con ustedes. Dentro de unas horas aterrizará en las cercanías un avión que viene a recogerme. Creo que Olaf piensa ser mi compañero de viaje.

Y miró a Olaf, que, al encontrarse con sus ojos, disimuló la sorpresa que la declaración le había producido y movió vigorosa y afirmativamente la cabeza.

—En tal caso — propuso Cotry—, ¿por qué no nos hace el favor de entregar usted mismo las joyas al señor Trévelez? Estarían más seguras que si las lleváramos nosotros.

—No tengo inconveniente — respondió el supuesto fitaurari.

Y más tarde, cuando el avión despegaba dejando atrás a las dos parejas, Hapta le dijo con una sonrisa a Olaf:

—Es preferible que hagan solos el viaje de regreso ellos. Necesitan más tiempo para conocerse.. Nada me extrañaría que, a su llegada a España, tuviera que ser padrino de boda Trévelez... De Ifigenia y de Cotry, desde luego. Y... ¿quién sabe?... posiblemente de Hipatia y Manrique también con el tiempo.

Y, al acabar de decir esto, pensó en un futuro feliz, junto a la doctora Arana.

 

 

 

FIN

 

Con esta novela se terminó la serie de este personaje

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