© Libro N° 3997. Los Siete Discos. Molinero, Rafael. Colección E.O. Julio 22 de
2017.
Título
original: © Los Siete Discos. Rafael
Molinero
Versión Original: © Los Siete Discos. Rafael
Molinero
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS SIETE DISCOS
Rafael Molinero
Manrique había estado numerosas veces en la antigua
capital de la segunda Aquitania, pero, para pasar el tiempo mientras esperaba
noticias, dedicó el primer día de su estancia allí a visitar por enésima vez la
catedral de San Andrés, la iglesia de Santa Cruz, el Museo de Arte Antiguo y
varios otros lugares de interés.
La mañana del segundo día fue a ver las ruinas del Palais
Gallien, que no son, en realidad, más que restos de un anfiteatro romano. De
vuelta, se detuvo unos momentos en la Place des Quinconces contemplando el
monumento a los Girondinos y luego, prosiguió lentamente su camino hacia el
Royal Gascogne.
Los siete discos
CAPÍTULO I
CAPÍTULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
CAPÍTULO V
CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII
CAPÍTULO VIII
CAPÍTULO IX
CAPÍTULO X
CAPÍTULO XI
CAPÍTULO XII
Los siete discos
G. L. Hipkiss
(como Rafael Molinero)
Yuma/14
CAPÍTULO I
CARTA DE ULTRATUMBA
MANRIQUE tomó, con curiosidad, el voluminoso sobre que acababa
de entregarle el cartero. Los sellos indicaban que procedía de Australia. La
letra en que iba escrita la dirección le era completamente desconocida.
Se dejó caer en un asiento de su despacho, rasgó el sobre
y extrajo de él un fajo de billetes y una carta. Los billetes eran del Banco de
España; la carta estaba escrita a máquina.
«Querido, amigo» —leyó. E instintivamente sus ojos
buscaron la firma—, puede considerar esta carta como llegada de ultratumba,
puesto que el mero hecho de que la reciba supone que he muerto y que han sido
cumplidos algunos de los deseos que expresara in extremis. Confío en que usted,
respetando la última voluntad de un hombre que fue en vida gran amigo de su
padre y a quien usted, en realidad, ha visto muy pocas veces, hará lo que más
que pedirle, le suplico encarecidamente.
Quiero que, a los dos días justos de llegar a sus manos
esta carta, se dirija a Burdeos y tome alojamiento en el Hotel Royal Gascogne,
en la esquina de la Place des Quinconces y calle de Condé. Hallará en esta
carta el dinero suficiente para efectuar el viaje con toda comodidad, lo que
debiera convencerle de que no se trata de una simple broma póstuma encaminada a
hacerle perder tiempo y efectuar innecesarios dispendios.
Permanezca en dicho hotel hasta que reciba nuevas noticias
mías, y cuando las tenga, obre en consecuencia, sin discutirlas ni, si es
posible, apartarse ni un ápice de ellas. Mi intención podrá parecerle extraña;
pero, puesto que el concederme lo que le pido nada ha de perjudicarle y sí le
asegura unos días de vacaciones que yo pago, cuento con que escuchará mi ruego.
Es posible que, con el tiempo, llegue usted a comprender
el porqué de lo que hoy pudiera parecerle un capricho estúpido y se felicite de
haber atendido a la petición qué desde ultratumba le hace el que se llamó en
vida,
Aparicio Xicuelles
Manrique leyó la carta dos veces, luego contó el dinero.
Había diez mil pesetas, lo suficiente, no sólo para dirigirse a Burdeos con
comodidad, como le decían, sino con un lujo asiático.
¿Xicuelles? Recordaba el nombre, en efecto. Tenía la idea
de que había visto dos o tres veces, de pequeño, a un individuo de ese nombre,
que parecía gozar de la entera confianza de su padre. Pero, por más que se
devanó, los sesos, no pudo recordar ningún otro detalle relacionado con el
personaje que tan extraña misiva te mandaba después de muerto.
Antes de tomar una decisión, antes de acceder a la
petición del difunto, quizá fuera conveniente informarse, y nadie mejor para
ponerle en antecedentes que Garvez. Éste, que había sido muy amigo de su padre
también, seguramente recordaría a Xicuelles y podría aconsejarle.
Descolgó el teléfono y marcó, el número de Garvez. Éste
estaba a punto de salir para atender asuntos urgentes y no podía entretenerse.
Pero... ¿Xicuelles?... ¿Aparicio Xicuelles?... Sí, le recordaba perfectamente.
Buena persona. Sentía no poder pararse a hablarle, de él en aquel momento. Si
le llamaba a la noche... No obstante, si tanto le interesaba el asunto;— ¿por
qué no se entrevistaba con Trévelez? Por que Trévelez había sido,
indudablemente, uno de los mejores amigos de Aparicio Xicuelles y podría
proporcionarle mejor que nadie cuantos datos deseara acerca de su personalidad,
hasta era posible, aseguró Garvez, que conociera su paradero en aquellos
momentos.
Manrique no se molestó en decirle que Xicuelles había
muerto. Se limitó a darle las gracias por su información, prometió hablar con
Trévelez y, volvió a colgar el aparato. Luego, tras encerrar las diez mil
pesetas en un cajón de su mesa, abandonó su hotelito próximo a La Travesera,
paró un taxi, y se hizo conducir al Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas.
Trévelez se hallaba en su despacho examinando unos planos
cuando se presentó Manrique.
—Si está usted muy ocupado — dijo éste, al observarlo—,
volveré en momento más oportuno. Vengo en plan de consulta. Por consiguiente...
El director del Instituto le señaló una silla.
—Siéntate — dijo—. Lo que estoy haciendo no corre ninguna
prisa. ¿Qué consulta es esa?
—Una pregunta primero — respondió el joven, tomando
asiento—, ¿conocía usted a un tal Aparicio Xicuelles?
Trévelez movió, afirmativamente, la cabeza.
—Tu padre y yo — anunció—; éramos sus mejores amigos.
—¿Era...? — Manrique vaciló, cómo hacer la pregunta.
—¿Era — dijo, por fin—, una persona seria?
El director del Instituto le dirigió, una mirada.
Penetrante.
—¿Quieres ser un poco más explícito? —inquirió.
Manrique volvió a vacilar.
—Me gustaría saber — contestó—, qué clase de persona era
Xicuelles.
—Uno de los mejores hombres que he conocido — le respondió
el otro sin pasión, como quien se limita a señalar la verdad patente—. ¿Por qué
lo preguntas? Tú le has visto más de una vez. Y estoy seguro de que tu padre
habrá hablado de él más de una vez en tu presencia.
Manrique asintió, con un movimiento de cabeza.
—Lo he visto, es cierto, pero apenas le recuerdo. Era
demasiado joven entonces. Y lo mismo digo en cuanto se refiere a mi padre.
Murió siendo yo poco más de un niño, y lo que haya podido decirme de su amigo
se borró hace tiempo de mi memoria.
—Y... ¿a qué obedece tu interés por Xicuelles a estas
alturas?
—Aparicio Xicuelles — anunció Manrique hablando muy
despacio—, ha muerto.
Trévelez le miró con viveza.
—¡Muerto! — exclamó—. ¿Estás seguro de lo que dices?
El joven se encogió de hombros.
—Él mismo me lo ha dicho — respondió.
El director del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas hizo entonces algo que sorprendió a Manrique y le reveló cuán
profundamente conmovido estaba su amigo: frunció, levemente, el entrecejo
—hecho insólito en hombre tan imperturbable como Trévelez. Y su voz tenía,
también, cierta aspereza cuando preguntó:
—¿Es ése tu concepto de una broma, Manrique?
—Hablo en serio — se apresuró a decirle el interpelado—.
Mire.
Le tendió el sobre que había sacado del bolsillo. El otro
la tomó, extrajo la carta, leyó pausadamente su contenido.
Guardó silencio unos segundos. Cuando volvió a hablar, su
rostro se había vuelto ya tan inescrutable como de costumbre.
—¿Cuándo has recibido esta carta? — quiso saber.
—No hace una hora que me la entregó el cartero ¿Qué opina
de ella?
—La firma — repuso Trévelez—, es la de Aparicio. De eso no
cabe la menor duda. La he visto demasiadas veces para que pueda equivocarme. Él
no escribió el sobre, sin embargo.
—De lo cual deduce...
—Que la carta fue escrita hace tiempo y depositada en
manos de alguien a quien encargara que te la expidiese cuando hubiera muerto.
Es natural que no hiciera sobre. No podía saber cuándo llegaría su última
hora... y cabía la posibilidad de que cambiases de residencia.
—Si usted hubiera recibido una carta así de su amigo —
inquirió Manrique—, ¿qué hubiese hecho?
—Acceder sin vacilar a su petición, por muy extraño que me
hubiera parecido. ¿Encontraste en la carta el dinero de que habla?
El joven asintió con la cabeza.
—Diez mil pesetas. Lo que me extraña es que ordenase que
me las mandaran siquiera...
—¿Por qué no las necesitas? — dijo Trévelez.
—Por eso. Sin duda ignoraba...
—No creo que ignorase nada — le interrumpió el otro—.
Sabía que tu padre era rico. Seguramente daría los pasos necesarios para saber
si su hijo había despilfarrado toda la fortuna. No me cabe la menor duda de que
te mandó el dinero a conciencia, de que no lo necesitabas para hacer el viaje
que te pedía.
—Entonces...
—Él mismo te explica sus motivos en la carta. Esperaba que
el dinero te convenciese de que no se trataba de una broma.
—Así, pues, ¿usted cree que debo hacer lo que él me
indica?
Trévelez tardó un poco en contestar. Luego:
—He dicho — anunció—, que Aparicio Xicuelles era uno de
los mejores hombres que he conocido, y lo repito. Como buen asturiano, era
amante de las aventuras y podía permitirse el lujo de correrlas con menos
incomodidades que muchos paisanos suyos, puesto que el dinero no le faltaba.
Que yo sepa, había recorrido medio mundo y es posible que, desde que yo le
perdí de vista, recorriera lo que le faltaba.
»No es necesario que te hable de sus virtudes ni de sus
debilidades. Bastará con que te diga que Xicuelles nunca hizo una cosa sin su
cuenta y razón, ni pidió a nadie que lo hiciera sin motivo fundado. No pretendo
entender la carta que te ha escrito ni adivinar lo que tras ella se oculta.
Pero te repito lo que te dije antes: de haber recibido yo de él una carta así,
no hubiera vacilado en hacer los preparativos necesarios para emprender el
viaje. ¿Responde eso a tu pregunta— tan expresivamente como tú quisieras?
—Creo que responde a ella con mayor elocuencia incluso de
lo que yo esperaba. Sea como fuese, con ello me basta y si nada ocurre que lo
impida, seguiré las instrucciones de esta carta y tomaré el tren para Burdeos
dentro de dos días.
*****
Manrique había estado numerosas veces en la antigua
capital de la segunda Aquitania, pero, para pasar el tiempo mientras esperaba
noticias, dedicó el primer día de su estancia allí a visitar por enésima vez la
catedral de San Andrés, la iglesia de Santa Cruz, el Museo de Arte Antiguo y
varios otros lugares de interés.
La mañana del segundo día fue a ver las ruinas del Palais
Gallien, que no son, en realidad, más que restos de un anfiteatro romano. De
vuelta, se detuvo unos momentos en la Place des Quinconces contemplando el
monumento a los Girondinos y luego, prosiguió lentamente su camino hacia el
Royal Gascogne.
Por pura fórmula, cruzó el vestíbulo en dirección al
mostrador tras el cual estaba parapetado el conserje y preguntó:
—¿Hay correspondencia para mí?
El conserje se volvió de lado, examinó el casillero. Dijo:
—Oui, monsieur.
Y le tendió una carta.
Era ésta voluminosa, recia y, como la que recibiera en
Barcelona, llevaba sellos australianos e iba dirigida por la misma letra que
aquélla.
Manrique dio las gracias, se guardó el sobre en el
bolsillo y, viendo que aun faltaba más de media hora para la comida, pidió la
llave de su cuarto y se metió en el ascensor.
Una vez a solas en su habitación, sacó la carta del
bolsillo y la abrió, levemente excitado. ¿Hallaría en ella la clave del
misterioso viaje?
El sobre, a pesar de su volumen, contenía muy poca cosa:
una hoja de papel doblada, unos billetes franceses y un grueso cartón,
semejante al de los antiguos sobres monederos. Sólo que, en lugar de varios
agujeros de distintos tamaños para alojar las monedas, no tenía más que uno y
éste del tamaño de una moneda de a real. Sacudió el cartón y extrajo el disco
que llenaba por completo el agujero. No cabía la menor duda de que era de oro
macizo, pero por más vueltas que le dio Manrique, no pudo hallar señal alguna
sobre su lisa superficie.
Se metió el disco en el bolsillo del chaleco y desdobló el
papel.
Era de tamaño comercial, sin membrete, sin más escritura
que cinco líneas —cuatro de ellas en verso— en el centro mismo de la hoja. Las
siguientes:
Áureo reflejo de tu fortuna
vigila siempre y guarda a conciencia
sigue las gradas una por una
que en ellas yace la inteligencia.
Grada Segunda. —París. Hotel Ritz.
CAPÍTULO II
EL ENVIADO DE ESPAÑA
QUERIDO amigo:
Cuando recibas esta carta hará muchos meses ya, que mi cuerpo
repose en su última morada. Por eso precisamente espero de tu amistad, de la
que en vida me diste numerosas pruebas, esta última concesión a uno de mis
estrafalarios caprichos.
Tú sabes que, por excéntrico que haya sido, nunca he hecho
una cosa sin su cuenta y razón y hoy, como siempre, mis actos tienen su
justificación como, si todo sale a medida de mis deseos, tendrás ocasión de
comprobar a su debido tiempo.
Te suplico que una semana justa después de recibir esta
carta emprendas el viaje a la isla de Chipre. Dirígete a Nicosia, su capital, y
alójate en el Hotel Cleopatra. Me permito adjuntar el dinero necesario para
cubrir tus gastos. Ya sé que no lo necesitas, pero no quiero obligarte a pagar
de tu bolsillo lo que has de gastar por culpa mía.
Aguarda en el hotel. No han de transcurrir muchos días sin
que sea necesaria tu presencia. Serás consultado a no dudar. Eso es cuanto
deseo decirte. Desde el momento en que se dirijan a ti, el asunto queda en tus
manos. Obra como creas conveniente. Aconseja o deja de hacerlo, como mejor te
cuadre. Lo que tú hagas estará bien hecho. Si crees deber callar, guarda
silencio. Si optas por hablar, hazlo en la medida que tú quieras.
Sólo una cosa te advierto: tú eres la inteligencia. Dudo
que, sin tu ayuda, se resuelva jamás el misterio.
Hace muchos años —casi perdí la cuenta— te envié un
estuche, suplicándote que lo guardaras, sellado hasta que yo te lo reclamase o
te pidiera que lo abrieses. Ábrelo ahora y examina su contenido. Debe
acompañarte cuando marches a Nicosia. Pero eso no es la clave ni mucho menos.
La clave eres tú, personalmente, y el contenido del estuche no será más que tu
instrumento.
Gracias, Ramón, por anticipado. Yo sé que atenderás mi
ruego.
Un detalle importante. Pudiera darse el caso de que
decidieras inhibirte del asunto una vez hubieses sido consultado. Y siendo
conocido tu nombre, pudieras ser importunado. Por si tal cosa ocurriera, te
advierto que no es necesario que te inscribas en el registro del hotel con tu
nombre verdadero, si no lo deseas. Puedes dar el que se te antoje. Lo que sí es
absolutamente indispensable es que, tras el nombre que emplees, agregues: «El
Enviado de España», puesto que será a tal enviado a quien se le dirija cualquier
consulta.
Nada más. Te saluda desde ultratumba con el cariño de
siempre, tu amigo
Aparicio Xicuelles.»
EL director del Instituto de Inventores e Investigaciones
Científicas dobló cuidadosamente la carta y guardó el fajo de billetes que la
acompañaba. En una cosa se distinguía aquella misiva de la que recibiera
Manrique: No procedía de Australia, sino de Madrid. Y, el que la había
expedido, no sólo no había procurado guardar el anónimo, sino que había usado
un sobre timbrado, acompañando el envío con una nota suya, sobre papel con
membrete que proclamaba uno de los notarios más conocidos de la Villa y Corte.
La nota estaba, concebida en los términos siguientes:
Muy señor mío:
Hará cosa de tres años, tuve el gusto de recibir la visita
de mi cliente y buen amigo don Aparicio Xicuelles.
En dicha ocasión, don Aparicio me entregó un sobre
lacrado, dirigido a usted, y me suplicó que lo guardara en depósito. Se
comprometió a enviarme noticias suyas de vez en cuando, pero me advirtió que,
si alguna vez dejaban de llegarme tales noticias, debía aguardar seis meses más
y, transcurrido dicho período, podía darle por muerto. Entonces, y sólo
entonces, debía encargarme de que la carta de que me había hecho depositario
llegase a sus manos.
Hoy hace seis meses justos que carezco de noticias de
dicho señor y, respetando sus deseos, le remito la carta que para usted
guardaba.
Aunque él no me pidió que le escribiese, he creído
preferible hacerlo, dándole mi nombre y dirección por si pudiera serle útil en
algo. No tengo la menor idea de lo que el sobre contiene. Don Aparicio nada me
dijo a ese respecto. No obstante, por su volumen, he pensado en la posibilidad
de que se tratara de un testamento ológrafo en el que se le nombrara a usted
ejecutor del mismo.
Por si de, tal instrumento legal se tratara y por si se
diera el caso de que desconociese usted los trámites legales a seguir, o
conociéndolos, tuviera necesidad de buscar persona apta para encargarse de
ellos, me permito ofrecerle mis servicios, tanto más cuanto se trata de un
hombre a quien aprecié mucho en vida y en cuyo obsequio desplegaría, si cabe,
más celo del que ya pongo cuando de servir a mis numerosos clientes se trata.
En espera de su grata contestación, queda de usted atto. y
s. s. q. s. m. e.
J. Benavides Torrente.»
De que el sobre de Xicuelles había llegado intacto a manos
de su destinatario, no cabía la menor duda. Aparte de que la reputación de
Benavides excluía toda probabilidad de que lo hubiera tocado. Trévelez había
observado en el lacre la marca del sello de oro que don Aparicio llevara en
vida, con las armas de su familia.
Dejó a un lado la carta de su notario para contestarle más
tarde, y permaneció sentado en su despacho unos momentos, pensativo. Luego se
puso en pie y abrió la caja de caudales que había en un rincón del cuarto. De
un cajón interior de la misma, que estaba cerrado con llave, sacó un estuche
largo y estrecho, atado con un bramante y precintado con lacre.
La llevó a la mesa. Cortó el bramante con la tijera.
Rompió los precintos. Alzó la tapa.
Sobre un lecho de terciopelo azul yacía una barrita de
metal blanco. A un centímetro aproximadamente de una de las extremidades tenía
una anilla.
La sacó. Parecía de platino, pero pesaba muy poco para su
tamaño.
Al examinar las puntas, observó en el centro de una de
ellas, una ranura. La barra era hueca, evidentemente, de ahí su falta de peso.
Miró la anilla y comprobó que, mientras que por un lado
parecía formar parte integrante de la barra, por el otro tenía aspecto de
hallarse despegada.
Asió la barrita como si fuera una jeringa, posó el dedo
sobre el extremo cerrado y apretó. El resultado fue curioso. El último
centímetro de barra se hundió en el resto hasta la anilla y simultáneamente
surgió por la ranura inferior una lengüeta de metal en dirección oblicua.
Repitió la operación dos o tres veces y observó
detenidamente el agujero y acabó convenciéndose de que la lengüeta no se había
torcido accidentalmente, sino que la ranura había sido construida de suerte que
sólo en ángulo oblicuo pudiera salir de ella.
No presentaba la barra, en toda su longitud, señal alguna
que pudiese delatar su objeto, y Trévelez no se rompió la cabeza intentando
adivinarlo. Comprendió que, sin más datos de los que poseía, perdería
miserablemente el tiempo.
Volvió a meter el misterioso instrumento en su estuche y
lo encerró de nuevo en la caja de caudales. Si él era la clave —y aquél su
instrumento, tendría, por decirlo así, que descubrirse a sí mismo antes de
comprender el fin para el que había sido fabricado.
*****
El barco que saliera de Beirut a la puesta del sol entró
en el puerto de Famagusta al amanecer, atracando junto a la Torre de Otelo. De
él desembarcó una docena escasa de pasajeros, todos ellos, menos uno,
chipriotas o naturales del Cercano Oriente. La solitaria excepción era un
anciano de cabellos blancos, encorvadas espaldas, pómulos salientes y hundidas
mejillas, que llevaba una larga capa negra colgada del brazo izquierdo.
Un mozo cargó con sus dos pesadas maletas y le siguió
Aduana adentro, pero bastó que enseñara su tarjeta para que los vistas le
dejaran pasar sin examinar su equipaje siquiera. Una vez fuera del edificio, se
dirigió al despacho de una Compañía de coches de línea, pidió que le reservaran
asiento en el automóvil de la tarde, pagó al mozo, dejó las maletas en el
despacho y, siempre con su capa del brazo, se puso a errar por la población,
que evidentemente no le era desconocida.
Visitó la Torre de la Puerta del Mar, que conserva aún su
rastrillo primitivo, y sobre la que campea el león de San Marcos, que proclama
a la torre parte de las fortificaciones que en la isla alzaron los venecianos.
Luego, vagó entre las iglesias, que en Famagusta son tan numerosas como los
días del año, aunque hoy casi todas están en ruinas, unas cuantas siguen
usándose y hasta hay una, — la famosa catedral de San Nicolás, del siglo XIV —
que, saqueada por los turcos en 1571 y arrebatados todos sus adornos interines,
se ha convertido en mezquita con fachada cristiana, por encima de cuyos góticos
adornos suena todos las días la voz del almuédano llamando a los fieles a la
oración.
A la una en punto, el anciano entró en el primer
restaurante que halló a su paso, comió sobriamente y enderezó sus pasos hacia
el lugar donde dejara el equipaje.
Era noche cerrada cuando, arrebujado en su capa, descendió
del automóvil en una estrecha calle de Nicosia y entró en el Hotel Cleopatra.
Pidió habitación para un tiempo que no determinó y, al
serle entregado el registro, escribió en él, con mano firme:
«Profesor Vardo. Profesión: arqueólogo.»
Y agregó a continuación:
«Enviado de España»
Se hizo servir una cena frugal y se retiró luego a su
cuarto, donde ya había sido dejado su equipaje.
Por la mañana se levantó temprano, dedicándola entera al
estudio de los muros circulares de la capital y sus once baluartes. Por la
tarde, visitó la iglesia armenia para ver una vez más las losas de su suelo,
lápidas, en realidad, de tumbas medievales, y pasó algún tiempo en el museo
donde se conservan las pocas reliquias de la isla que no se ha llevado alguno
de sus numerosos invasores.
En la mañana del segundo día estuvo en la catedral del
Primado Latino, la monotonía de cuya blancura interior animan placas verdes y
doradas y alfombras de Anatolia. Una línea diagonal divide la nave, señalando
hacia la Meca, porque, como tantas otras iglesias chipriotas, ésta es hoy una
mezquita. Tras una última mirada al policromo milhrab o nicho de oración y
compás espiritual, salió de la antigua iglesia. Calzóse a la puerta y emprendió
el camino de regreso al hotel.
En su ausencia, la población flotante de Cleopatra había
aumentado. Al entrar en el comedor, vio dos caras nuevas. La mesita más cercana
a la puerta estaba ocupada por una joven de generosas curvas y hermoso rostro
que alzó la cabeza al oír los pasos del profesor. Los grandes ojos pardos,
fijaron en él una aterciopelada mirada y dos labios sensuales esbozaron una
sonrisa. Pareció a punto de levantarse y salirle al encuentro, pero lo pensó
mejor y concentró nuevamente su atención en el plato que tenía delante.
Vardo fingió no darse cuenta de la vacilación de la
muchacha y siguió hacia el rincón del cuarto donde se había sentado el día
anterior. Mientras le servían, reparó en la segunda persona forastera: un joven
alto, rubio, de ojos azules y bigote recortado, que parecía experimentar tanto
interés por el profesor Vardo como el joven de la entrada. Sólo que éste, más
decidido, no se conformó con mirar, sino que se puso en pie y se dirigió
resueltamente a la mesa del anciano.
—Perdón, señor — dijo, hablando el inglés con marcado
acento australiano—, ¿tengo el honor de hablar con el Enviado de España?
Vardo le contempló unos instantes en silencio. Luego movió
afirmativamente la cabeza.
—Yo soy el Enviado de España —dijo.
—En tal caso — anunció el joven con una sonrisa—, mi
peregrinación ha tocado a su fin. Me llamo James Cotry y he recibido la orden
de consultarle.
—Se me antoja — respondió lentamente el anciano—, que no
es usted el único que ha acudido a Chipre a consultarme. Esa señorita que está
sentada a la puerta no me ha quitado la vista de encima desde que entré y el
hecho de que usted me haya abordado parece haberle producido sorpresa,
curiosidad e inquietud.
La mirada de Cotry se dirigió instintivamente hacia la
puerta y pareció sorprenderse a su vez.
—¡La señorita Masta! — exclamó—. Ha viajado conmigo desde
Turquía a Kyrenia y hemos cruzado las montañas juntos hasta Nicosia. Por cierto
que me ha extrañado su extraordinaria reserva. Pero supuse que sería condición
de su raza, con la que nunca había tenido yo el menor contacto. Es la primera
vez que vengo a Chipre. Y la señorita Masta, según tengo entendido, es
chipriota. ¿Me permite que me siente y dé principio a mi consulta?
—Creo que es preferible que termine usted tranquilamente
su comida. No es éste el lugar más a propósito para consultas. Hay sala de
lectura en este hotel. He observado que la gente es amiga de hacer la siesta
aquí y que la sala en cuestión está completamente desierta a estas horas. Tenga
la bondad de esperarme allí cuando salga del comedor.
El joven inclinó la cabeza con cierta rigidez y se dirigió
a su mesa, de la que se levantó de nuevo a los pocos momentos para salir de la
habitación.
Vardo vio, por el rabillo del ojo, que la señorita Masta
había terminado de comer y le observaba evidentemente nerviosa, lo que no
impidió que terminara él su comida tan tranquilamente como si dispusiera de
toda la tarde para hacerlo.
Alzóse luego y dirigióse a la puerta. Masta, en pie ya, le
cerró el paso.
—¿El Enviado de España? — inquirió, en voz baja, pero
excitada.
—Yo soy — asintió Vardo, sonriendo—. Si su deseo es
consultarme, tenga la bondad de dirigirse a la sala de lectura, donde la
espero.
Y haciendo una leve reverencia, siguió su camino, saliendo
al vestíbulo.
Dos consultantes. Tres, por lo menos. Porque tenía el
presentimiento de que Manrique se presentaría en Nicosia, puesto que Manrique
había recibido meses antes una carta de Xicuelles y Xicuelles parecía ser el
organizador de todo aquello.
Oyó pasos a sus espaldas; pasos presurosos. Y alargó el
suyo para llegar al punto de cita antes que la bella chipriota, que tan mal
sabía contener su impaciencia.
CAPÍTULO III
UN MENSAJE EXTRAÑO
JAMES Cotry se paseaba de un lado para otro de la pequeña
sala de lectura cuando el profesor Vardo hizo su aparición. El anciano se
detuvo cerca de la puerta y aguardó a que llegara la joven que le seguía. Ésta
se detuvo al ver a Cotry en la estancia y pareció vacilar.
—Pase, señorita — la invitó Vardo—. Creo que conoce ya al
señor Cotry. Han hecho ustedes un largo viaje juntos, aunque sin saber que
ambos acudían aquí con el mismo objeto.
—Se me ha pedido — anunció la muchacha, hablando en
italiano—, que consulte al Enviado de España y...
—La misma petición ha recibido el señor Cotry — aseguró
Vardo—. ¿Tiene la bondad de hablar en inglés? Sé que no desconoce ese idioma,
porque en él se dirigió a mí en el comedor, y lo más probable, es que el señor
Cotry no conozca al italiano.
Y miró interrogador al hombre, que movió negativamente la
cabeza.
—No conozco más idioma que el mío — aseguró—; pero
afortunadamente he encontrado en todas partes quien lo hablara, de lo contrarió
lo habría pasado muy mal... sobre todo en ciertos lugares.
Vardo se dirigió a un rincón del cuarto y se dejó caer en
un cómodo sillón. El joven y la muchacha acercaron otras dos butacas a la suya
y se sentaron también.
—La sesión — anunció el profesor con una sonrisa—, queda
abierta. Y, naturalmente, daremos preferencia a las damas.
Se volvió hacia la chipriota.
—¿Qué me tiene usted que consultar, señorita? — quiso
saber.
La joven se metió la mano en el pecho y sacó un puñado de
papeles. De entre ellos, escogió uno que presentó al profesor.
—Esto — contestó.
Vardo tomó el papel con curiosidad.
Era una hoja pequeña, cubierta de símbolos astronómicos
(Fig. I) y debajo se leía lo siguiente:
Nace entre linfas maligna excrecencia
que por la Pascua florece entre el té.
Ébano mata montesa existencia:
¡verde sepulcro doncella le dé!
El enviado de España se aloja aquí.
Consúltale.
El anciano estudió el misterioso mensaje y los no menos
misteriosos símbolos en silencio. Luego preguntó:
—¿Qué desea usted de mí?
—Que me diga lo que todo eso significa.
Vardo movió negativamente la cabeza.
—No tengo la menor idea —respondió.
La muchacha le miró con sorpresa.
Dijo Cotry:
—¿Ha dicho usted que no lo entiende?
—En absoluto. ¿Qué era lo que usted me tenía que
consultar?
—Exactamente lo mismo que la señorita Masta. Tome.
Sacó del bolsillo un papel, copia exacta del que la
muchacha enseñara, y agregó:
—Como usted verá, se nos pide que le consultemos. Lo cual
hace suponer que usted conoce la clave de este mensaje cifrado o lo que sea. A
menos...
Una extraña expresión apareció en su semblante. Se puso en
pie.
—¡Usted no es el Enviado de España! — acusó.
Masta le miró a su vez, con sobresalto y hostilidad.
Figura I
Vardo se limitó a sonreír.
—¡Siéntese! — ordenó.
Sacó la carta que recibiera Trévelez de Xicuelles y la
dobló de forma que sólo se pudiera leer el último párrafo y la firma. Permitió
que ambos jóvenes lo leyeran, sin soltarla.
—¿Están ustedes convencidos? — inquirió por fin.
Ambos movieron afirmativamente la cabeza.
—Pero — quiso saber Cotry—, en tal caso, ¿cómo es posible
que no pueda usted descifrarnos este jeroglífico?
Por toda contestación, Vardo dobló la carta de forma que
quedara oculta la cabecera y lo relacionado con el estuche.
—Pueden, leer todo eso también — anunció.
Y cuando hubieron terminado:
—Eso es todo cuanto sé del asunto. Como ustedes ven, ni
siquiera sabía que iban a ser varios los que me habían de consultar, ni tenía
la menor idea de qué iba a ser lo que se me consultara. Xicuelles parece
convencido, no obstante, de que yo puedo esclarecerlo sin indicaciones, y es
muy posible que tenga razón... una vez que posea suficientes elementos de
juicio. ¿Quieren ustedes contarme la historia desde un principio, para ver si
en ella hallo algún indicio? Empiece usted, señorita.
La joven guardó silencio unos instantes, como reuniendo
sus recuerdos. Luego, empezó a hablar.
—Me llamo Ifigenia Marta — dijo—, y soy natural de esta
isla. Hace muchos años, siendo aún niña, mi padre, tuvo ocasión de hacer algún
favor al señor Xicuelles. No sé en qué consistía el favor en cuestión, ni creo
que importe para el caso.
»A la sazón vivíamos en Pafos, que es el lugar en que yo
nací. El señor Xicuelles se empeñó en que recibiera una educación esmerada, y
fui enviada a Inglaterra a estudiar. Creo que él costeó la mayor parte de los
gastos. Volví aquí después, pero al morir mis padres regresé a Inglaterra,
donde fijé mi residencia.
»Hace unos meses, recibí en Inglaterra una carta de
Australia, pidiéndome que me trasladara, a Argel a los dos días de recibirla, y
me alojara en el Hotel Excelsior del Boulevard Laferriérre... La carta está
aquí.
Le ofreció una carta concebida en términos muy parecidos a
la que recibiera Manrique en Barcelona; Vardo la leyó atentamente y se la
devolvió.
—¿Qué ocurrió en Argel? — quiso saber.
—Al día siguiente de mi llegada recibí un abultado sobre.
Lo abrí. Dentro de él había un cartón grueso, agujereado. En el agujero iba un
disco. Este.
Sacó del escote una bolsita de cuero que colgaba de una
cadena de plata que llevaba al cuello. Abrió la bolsita y dejó caer sobre la
palma de la mano del profesor, un reluciente disco de cobre. Vardo examinó el
anverso, el reverso y el canto sin descubrir en él señal alguna. Se lo devolvió
luego a su dueña, preguntando:
—¿No le acompañaba ninguna carta?
—Sí — respondió Ifigenia, si es que a esto puede llamarse
carta.
Y le ofreció una hoja en que se leía:
Por la estima en que te tuve y te tendré,
cúprea prenda he querido confiarte.
Dame prueba de que en mi pones tu fe
y de bienes sin cuento he de colmarte.
Seguía el nombre de la ciudad y el hotel a que debía
trasladarse a continuación.
—Como la primera vez — aseguró la muchacha—, adjuntaba
dinero más que suficiente para hacer el viaje. Desde entonces he estado
viajando de ciudad en ciudad, sin encontrar a mi llegada más que un sobre con
más dinero y una nueva dirección. A mi llegada a Maskat, en Arabia, cerca del
Golfo Pérsico, el mensaje varió. Esto es lo que recibí.
La carta que entregó ahora la muchacha decía simplemente:
Tu peregrinación ha terminado. Dirígete a Chipre, al Hotel
Cleopatra, de Nicosia. Allí hallarás la solución.
—En cuanto me presenté aquí — prosiguió la joven—, me
encontré una carta que me aguardaba: la que le enseñé al principio. Al leer la
nota final, pregunté al conserje si se hallaba aquí el Enviado de España. Me
contestó: «¿Se refiere usted al profesor Vardo?» Le dije que desconocía su
nombre, pero que bien pudiera ser, «Tiene que ser», afirmó él. «Por lo menos es
el único que se ha inscrito en el registro de esa manera.» Y me enseñó lo que
usted había escrito de su puño y letra. Me dijo a continuación que había
salido, pero que me sería muy fácil reconocerle por la descripción que me
daría. Y así ha sido, en efecto. ¿Le ayuda lo que le he dicho a resolver el
misterio?
—Aun no le puedo contestar — replicó Vardo—: ¿Qué tiene
usted, que contar, señor Cotry?
—Aproximadamente lo mismo que la señorita Marta. La única
diferencia estriba en que fui dirigido a otras ciudades y que mi disco era de
estaño y no de cobre como el de ella. Y el verso que lo acompaña también es
distinto, naturalmente. Mire.
Le dio una hoja en que iba escrito el verso siguiente:
De este disco loa reflejos azulados
dan color a la fortuna que te espera.
No lo pierdas, pues que en premio a
[tus cuidados
he de darte una vida placentera.
Y le enseñó el disco de estaño, tan desprovisto de señales
como el de la muchacha.
—Es evidente — anunció Vardo, tras unos instantes de
silencio—, que con los datos que poseemos hay suficiente para desentrañar el
misterio. Si Xicuelles no los hubiera creído bastantes, nos hubiese
proporcionado otros. Lo curioso del caso es que creyera que yo podría
interpretar correctamente tales datos, pero temiese que ustedes fueran
incapaces de ello. ¿Me permite que conserve momentáneamente esta última hoja
que ha recibido, señorita Masta?
—Supongo que no hay inconveniente — contestó ella.
—Gracias. Quiero meditar detenidamente sobre el asunto.
Pero quisiera tener otros detalles aparte de éste. ¿Tendría la amabilidad de
hacerme una lista completa de todos los lugares que ha visitado? Igual le pido
a usted, señor Cotry. Mejor será que hagan las listas ahora mismo. No puedo
decirles para qué han de servirme, porque tampoco lo sé yo. Una cosa es
evidente, sin embargo: los viajes están relacionados con la solución de este
asunto, de lo contrarió no les hubiera hecho viajar Xicuelles. Y mientras ustedes
están distraídos con eso, les suplico que me permitan retirarme. Tengo
necesidad de hacer algunas compras.
Y se retiró pensativo de la sala de lectura. A pesar de
sus palabras, Vardo creía haber empezado a ver claro.
CAPÍTULO IV
SOL, VENUS, JÚPITER Y SATURNO
VARDO no fue muy lejos al salir del hotel. Se metió en una
librería cercana —una de las más importantes de Nicosia— y se hizo enseñar
cuantos mapas tenía el establecimiento en existencia. Escogió unos cuantos de
entre ellos y compró a continuación compás, lápiz y regla. Armado con todo esto
regresó al hotel. Había un coche de línea parado a la puerta cuando llegó y dos
hombres hablaban con el conserje en el vestíbulo. A uno de ellos le reconoció
inmediatamente: era Manrique. El segundo, hombre de cierta edad y cabello
entrecano, le era completamente desconocido.
El conserje entregó a cada uno de los dos hombres una
carta. Ambos se la metieron en el bolsillo y se hicieron conducir a sus
respectivos cuartos. Manrique no volvió la cabeza, conque no vio a Vardo. Y
éste no intentó llamar su atención siquiera. Marchó derecho a la sala de
lectura, donde los dos jóvenes terminaban en aquel momento las listas.
—Creo — dijo, cuando se las entregaron—, que no estaría de
más que me prestaran los versitos recibidos con el disco, o que me los copiaran
si prefieren.
Ambos parecieron más inclinados a dar una copia que a
ceder, aunque no fuera más que temporalmente, el original, conque el profesor
aguardó a que lo hicieran.
—Se me antoja — dijo entonces—, que no son ustedes, los
únicos peregrinos sobre la tierra por cuenta de Aparicio Xicuelles. He visto a
dos hombres en el vestíbulo, uno de ellos conocido mío, que recibían cartas de
Australia de mano del conserje. Tal vez su presencia ayude a despejar el
misterio. Si no me equivoco, no han tardar ya en presentarse.
Como si no hubieran estado esperando más que a eso, se
abrió la puerta de la sala de lectura y asomó Manrique, que hizo ademán de
retirarse al ver que el profesor no estaba solo.
—Pasa — le ordenó éste.
—Y usted también — agregó al ver al hombre entrecano en la
puerta.
—¿De qué color recibiste el disco? — prosiguió,
encarándose con Manrique y sin darle lugar a hablar.
El joven miró hacia Cotry y Masta, que le contemplaban con
curiosidad. Vardo interpretó correctamente su gesto.
—Puedes hablar con entera confianza — dijo—. Son
compañeros tuyos de peregrinaje.
` —De oro puro — respondió entonces Manrique—. ¿Cómo sabía
usted que había recibido un disco?
—Me lo supuse. ¿Dónde está el versito que lo acompañaba?
Manrique buceó en un bolsillo y lo sacó.
—No pareces sorprendido de verme — dijo Vardo, cuando hubo
terminado su lectura.
—Vi el nombre de usted en el registro y noté lo que había
puesto detrás de la profesión. En cuanto leí la carta, bajé a buscarle.
—Enséñame esa carta.
Era igual que la de Masta y la de Cotry.
Alzó la mirada y la clavó en el último que había llegado.
—Yo soy el Enviado de España — anunció—. ¿Ha recibido
usted una carta igual que ésta?
Le enseñó la de Manrique.
Vardo había estado hablando en inglés durante todo aquel
tiempo y el hombre le contestó en el mismo idioma, aunque con cierta
dificultad.
—Si — dijo.
Y ofreció una carta que era, en efecto, copia exacta de
todas las demás.
—¿Recibió un disco? — quiso saber el profesor.
—Con su correspondiente verso — contestó el otro.
Y de una abultada cartera sacó un disco de plomo y una
hoja de papel que decía:
Negro cual la noche tenebrosa,
este disco en tu destino impera.
El perderlo fuera cosa desastrosa
que trocárate ambiciones en quimera.
—Más vale —dijo Vardo—, que me haga usted una lista
completa de los lugares que ha visitado por orden de Aparicio Xicuelles. ¿Me es
lícito preguntarle cómo se llama?
—Giuseppe Locarno.
—¿Italiano?
—Maltés.
—Gracias. Aquí hay tinta y papel. ¿Tendría la amabilidad
de hacer la lista?
Se volvió hacia Manrique.
—Haz tú lo propio — ordenó:
Y a continuación, encarándose con todos:
—No podernos esperar que se nos deje solos por mucho
tiempo en esta sala. La reunión que hemos de celebrar puede ser larga. Propongo
que cada uno de ustedes pida la llave de su cuarto y se retire a él. Dentro de
diez minutos les espero a todos en el mío, que es bastante grande y tiene anexa
una salita. Allí podremos hablar a nuestras anchas.
Y salió de la sala de lectura.
Cuando diez minutos más tarde empezaron a llegar los
convocados al cuarto del profesor, hallaron a éste sentado a la mesa de su
salita, con un montón de mapas, un compás, una regla, un lápiz, unas hojas de
papel y las listas y cartas delante de él. Aceptó las que Locarno y Manrique le
entregaron y suplicó luego a todos que se sentaran lo más cerca posible de la
mesa.
—Señores — dijo—, he llegado, a la conclusión de que aun
han de reunirse con nosotros tres personas más... una de ellas del sexo
femenino, con toda seguridad. No obstante, daremos principio a otro estudio de
los datos sin esperarlas.
Guardó silencio unos instantes. Luego continuó:
—Aparicio Xicuelles, gran amigo mío, fue en vida, un
hombre tan excéntrico como acaudalado. Es posible que nadie le haya conocido
jamás tan bien como yo; por eso precisamente me escogería para que, llegado el
momento, esclareciera los puntos que a ustedes pudieran parecerles oscuros.
»De la lectura de las rimas que a cada uno de ustedes
dirigió, se desprende que les hizo sus herederos. Y digo esto porque en cada
caso vemos mencionada la fortuna, la riqueza, o su equivalente como premio a la
peregrinación que les impuso. De la serie de viajes que han tenido que hacer
sus herederos se deducen varias cosas, entre ellas, en mi opinión, que no hay
atajo sin trabajo; que el que algo quiere, algo le cuesta. Xicuelles, según le
recuerdo, opinaba que la riqueza obtenida sin esfuerzo más perjudica que ayuda.
»En los breves minutos que he tenido a mi disposición, he
hecho un descubrimiento importante, y aunque no he tenido tiempo de ponerlo a
prueba, voy a hacerlo ahora en presencia de todos. Creo que de él y de los
mensajes obtendremos todos los indicios necesarios para comprender lo que ha
querido decirles, para interpretar las instrucciones que les ha dado.
Hizo una pausa mientras preparaba unos papeles, pausa de
la que nadie se atrevía romper el silencio.
—No sé — prosiguió por fin—, si ustedes se habrán dado
cuenta de ello; pero en ningún momento se han hallado más lejos ni más cerca
del punto de reunión final de lo que estuvieron de él en la primera etapa de su
peregrinación. En otras palabras: cada uno de ustedes ha estado viajando en
círculo alrededor de un punto central en el que finalmente han acabado
convergiendo. Obtuve esa impresión en cuanto vi las primeras listas y ahora van
a ver la demostración de que es cierto.
Tomó el compás y extendió sobre la mesa un mapa del
hemisferio oriental.
—Acérquense ustedes — ordenó.
Todos se apiñaron a su alrededor.
—Tomemos la lista de la señorita Masta — prosiguió—. En
ella figura, entre otros lugares, la población de Argel. Coloquemos una punta
del compás en la isla de —lo hizo— y la otra en la población argeliana.
Abrió el compás para conseguirlo.
—Si mi teoría es acertada — continuó diciendo—, la
distancia que ahora mido constituye el radio del círculo trazado por la
señorita en sus viajes. Vamos a ver si es cierto.
Tomó una hoja de papel transparente y trazó en ella un
círculo cuya radio fuera equivalente a la distancia medida en el mapa entre
Chipre y Argel, Luego puso el papel encima del mapa, haciendo coincidir el eje
del círculo con la isla en que se encontraban.
—Vaya usted cantando en alta voz los nombres de los
lugares que ha visitado, señorita Masta — ordenó.
Y a medida que la joven lo fue haciendo, Vardo señaló en
el papel el lugar que ocupaban en el mapa.
—No es necesario que los lea todos, señorita — dijo—.
Sáltese unos cuantos. Con los que quedan bastará para la demostración.
Y cuando hubo acabado la muchacha:
—Observarán que el círculo trazado pasa por todos los
lugares citados, aun siendo puntos tan distantes entre sí como Argel, Addis
Abbeba, Maskat y Vilna. ¿Están ustedes convencidos ya de que lo que digo es
cierto?
La contestación fue unánime y afirmativa.
Vardo escribió en el círculo:
“I. Masta”
Luego dijo:
—Vamos a hacer la misma prueba con el itinerario del señor
Manrique.
Midió con el compás la distancia entre Chipre y Burdeos y
luego trazó otro círculo sobre el papel. Al hacer la comprobación, se vio que
el círculo pasaba por todos los lugares que visitara Manrique. Puso el nombre
de éste a la circunferencia y comprobó, a renglón seguido el itinerario de
James Cotry y el de Locarno. En todos los casos obtuvo el mismo resultado. La
circunferencia se separaba a veces unos milímetros de alguna población, lo que
en realidad representaba una diferencia de kilómetros, pero era tan perfecta
como podía serlo un círculo trazado de suerte que el que lo recorriera
encontrase siempre una población donde parar en su camino.
—Creo haber demostrado — anunció el profesor—, que el
propósito de Xicuelles, era hacer viajar a cada uno de ustedes en un circulo
completo, pero que el radio de cada círculo tiene un itinerario distinto.
—Eso — respondió Locarno—: es una verdad incontrovertible.
—Puesto que estamos conformes en eso — dijo el profesor—,
pasemos a hablar del último mensaje que han recibido ustedes. Se compone éste
de una serie de símbolos astronómicos y de un versito. Lo que ignoran ustedes
seguramente es que Aparicio Xicuelles era muy aficionado no sólo a la
Astronomía, sino a la Astrología, y es esta última la que le ha servido para
combinar todo el plan que ahora se está desarrollando.
Cuatro pares de ojos le miraron sin comprender.
—Los símbolos que ustedes ven — explicó Vardo señalando la
hoja que le prestara Masta—, son aspectos planetarios. Se ha limitado a hacer
uso de los siete planetas clásicos, prescindiendo de Neptuno, Plutón y Urano. Y
los ha colocado por su orden geocéntrico, es decir, usando la Tierra como punto
de mira y ordenándolos por orden de distancia, empezando por la Luna, que es el
que más cerca está de nosotros, y terminando por Saturno, que es el más lejano.
—Sigo sin comprender lo que significa esa — anunció el
australiano.
—Si me escucha con atención — respondió el profesor—, no
tardará en ver claro. ¿Sabe alguno de ustedes algo de Astrología?
Todos confesaron su ignorancia. Habían oído hablar de
ella, recordaban alguna cosa, pera no lo bastante para poder hablar del asunto.
—En la antigüedad — dijo Vardo—, los astrólogos asignaban
a cada planeta un color, un metal y una piedra preciosa o varias... además de
otras cosas que no interesan para el caso que nos ocupa. El metal
correspondiente a Saturno, por ejemplo — agregó mirando a Locarno—, era el
plomo, del que usted ha recibido un disco. Y su color era el negro. Negro cual
la noche tenebrosa, este disco en tu destino impera... ¿No le parece bastante
claro, señor Locarno, que Xicuelles quería identificarle a usted como Saturno?
—Quizás — asintió el interpelado—; sus palabras parecen
indicarlo, por lo menos.
—El señor Cotry — dijo el profesor a continuación—, ha
recibido un disco de estaño, metal que corresponde a Júpiter, cuyo color es el
azul. De este disco los reflejos azulados... ¿Está de acuerdo, señor Cotry?
—Por completo — asintió el joven, en cuyos ojos empezaba a
brillar la excitación.
—El cobre — anunció Vardo—, está vinculado con Venus. Su
color es el verde, que en este caso no se ha citado. Pero es curioso que el
disco de cobre lo haya recibido una mujer precisamente. ¿Admiten la posibilidad
de que la señorita Masta represente a Venus?
—Me cuesta muy poco trabajo creerlo — aseguró Manrique,
mirando a su compañera—. Creo, incluso, que Xicuelles ha escogido con mucho
acierto.
—Y claro está — terminó Vardo—, el oro es el color del
sol, cuyo color, como el del oro, es amarillo. Vamos a sustituir los nombres
por los símbolos... o poner ambos por lo menos.
Se inclinó sobre el papel y anotó los símbolos junto a los
nombres. (Fig. 2.)
Figura 2
—Observarán ustedes —dijo entonces—, que los símbolos
colocados guardan las distancias que geométricamente les corresponden. La
órbita de Venus es menor que la del Sol. La de Júpiter es mayor que ambas. La
de Saturno las supera a todas... lo que significa que Xicuelles ha procurado
guardar el debido orden al trazar sus itinerarios.
»Si después de darnos cuenta de todo esto no hubiéramos
comprendido ya que son siete las personas que han de venir a Chipre, el mensaje
recibido aquí nos lo hubiera demostrado. Observen ustedes que los planetas
empleados en él son siete precisamente. Por eso digo que aun hemos de esperar a
tres personas más y que una de ellas, por lo menos, ha de ser...
Se interrumpió para descolgar el teléfono que acababa de
sonar. Escuchó unos instantes, tapó la boquilla y terminó la frase:
—...ha de ser mujer. Y ya ha llegado, por cierto.
Destapó otra vez la boquilla.
Dijo:
—Que suba esa señorita.
Colgó. Se encaró con sus compañeros.
—O mucho me equivoco — dijo—, o el disco de esta señorita
será de plata y en su peregrinación habrá trazado el círculo más pequeño de
todos.
Dio media vuelta y dirigióse a la puerta.
CAPÍTULO V
LUNA, MERCURIO Y MARTE
LA mujer que apareció en el umbral era la antítesis
completa de la que dentro del cuarto se hallaba. Rubia su cabellera, como negra
la de la otra; azules sus ojos, como pardos los de Ifigenia; blanco su cutis,
como moreno el de la chipriota; estilizada su figura, como sensual la de la
señorita Masta.
Quedó parada, enarcando las cejas, al ver a tanta gente en
la sala.
Dijo Vardo:
—¿Buscaba al Enviado de España?
La joven movió afirmativamente la cabeza. No tendría más
de veintidós años.
—He venido a consultarle — dijo, con voz baja y melodiosa.
—Yo soy el Enviado de España y los que me acompañan son
los que, como usted, han peregrinado. ¿Cómo debe llamarla?
—Mi nombre — anunció ella—, es Hipatia Livadia.
—¿Griega?
—De Kalamata.
—¿No habla más que el griego y el italiano que está
empleando?
—El español y el inglés algo.
—Le suplico, que emplee el inglés en tal caso. Parece ser
ése el único idioma que entendemos, mejor o peor, todos los que estamos aquí
reunidos, Pase...
Presentó a cada uno por su nombre.
Luego:
—¿Tiene la bondad de enseñarme el disco que ha recibido y
la nota que le acompañaba?
Hipatia, como Ifigenia, guardaba su disco en una bolsita
colgada del cuello y las cartas en el pecho.
Enseñó el disco a Vardo. Como éste había previsto, era de
plata. La nota decía lo siguiente:
Blanca Prenda que en tus manos resplandece
te señala dulcemente su camino.
El tenerla tu fortuna robustece
y asegura el cumplimiento de tu sino.
—Plata — anunció el profesor—, metal de la Luna. Su color:
el blanco. Sólo nos faltan dos planetas.
Hipatia le miró con sorpresa.
—No comprendo... — comenzó a decir.
—Todo quedará aclarado en breves instantes — la
interrumpió el profesor—. A un han de llegar dos personas más a esta reunión.
Si llegan pronto me ahorrarán tener que explicar demasiadas veces la misma
cosa. Tenga la bondad de anotar en este papel el nombre de todas las ciudades
que ha visitado por indicación del señor Xicuelles. Si para cuando haya
terminado no han comparecido los que faltan, explicaré a usted sola lo que
todos estos señores ya conocen.
Le entregó una hoja de papel y un lápiz y le ofreció un
asiento. Todo el mundo guardó silencio mientras escribía. La emoción había
crecido de punto. Parecían estar todos pendientes del teléfono y de la puerta,
y tal vez por esa misma concentración, por paradójico que parezca, se
sobresaltaron cuando al fin el teléfono dejó oír su timbre, Vardo se puso al
aparato. Dos hombres aguardaban abajo. Ordenó que los hiciesen subir a su
cuarto. El cómputo estaba ya completo. Llegaron ambos juntos y dieron muestras
de sorpresa, como Hipatia, al ver la salita tan llena de gente. Uno, pelirrojo,
ojiazul, de regular estatura y alrededor de treinta años de edad, dijo llamarse
Cornelio Van Strom y ser natural de Maestricht, Holanda; el otro, de un metro
ochenta de estatura, muy rubio y de ojos azules y cara muy colorada, anunció
ser Olat Gaustad, de Stavanger, Noruega. Ambos se presentaron hablando en
inglés desde el primer momento.
Vardo pidió a cada uno de ellos el disco y la nota que lo
había acompañado. Olaf entregó un disco de hierro y la nota siguiente:
Ha de ser santo, seña y amuleto,
el más útil de todos los metales.
Cuando llegue a revelarle su secreto,
serán tuyos los bienes terrenales.
El disco de Cornelio era el más raro de todos, puesto que
se componía de una aleación de varios metales. El verso que le acompañaba
decía:
Cumple la voluntad del que se fue
y sigue sus instrucciones por entero.
El fin de tu peregrinación coronaré
si este disco es hasta el fin tu compañero.
El profesor suplicó a ambos que hicieran una lista de
todos los lugares que hubieran visitado y, una vez hecho esto, repitió todas
las explicaciones que diera a los cuatro primeros en llegar. Como hiciera, con
los otros, tomó el compás y trazó tres nuevos círculos, con el radio
equivalente entre Chipre y una de las poblaciones visitadas por cada uno de los
tres.
—Es evidente — dijo—, que la señorita Livadia representa a
la Luna. Olaf es Marte, puesto que el hierro pertenece a dicho planeta. Y la
aleación de plata, estaño y mercurio de que está hecho el disco de Cornelio
corresponde al planeta Mercurio.
»No falta nadie ya. Los círculos concéntricos están
completos. Anotaremos en ellos los nombres de los nuevos planetas, y
continuaremos buscando la solución, que no debe andar muy lejos ya.
Completó las inscripciones (Fig. 3) y concentró su
atención luego en el mensaje final.
—Es evidente — anunció, por fin—, que la solución final ha
sido disfrazada con la apariencia de un horóscopo y tendremos que reconstruirle
para comprender.
Cogió el compás y trazó un círculo del tamaño de la órbita
de Saturno. Luego lo dividió en doce partes, que numeró.
—Los astrólogos — dijo—, dividen el espacio celeste en
doce partes, a las que llaman casas del sol. Cada una de ellas corresponde
teóricamente, a treinta grados del Zodíaco. Las casas primera, cuarta, séptima
y décima son llamadas cardinales. La primera corresponde a Oriente, llamado
también Ascendente, la séptima, al Occidente. La cuarta señala el Norte y punto
más bajo del horóscopo, o Nadir; la décima es el Sur y Cenit o punto
culminante. Los planetas, en sus peregrinaciones por los espacios celestes, van
ocupando, una tras otra, estas casas solares. La posición relativa de estos
planetas, la distancia entre sí, determina lo que los astrólogos llaman
«aspectos».
Figura 3
»Ustedes, haciendo veces de planetas, han ido variando en
su peregrinación sus posiciones relativas y formando “aspectos”. De ellos, los
únicos importantes para el caso son los señalados en la última nota de
Xicuelles. No cabe la menor duda que calculó de antemano los días que cada uno
de ustedes debía permanecer en cada sitio y la fecha en que cada uno debía dar
principio a su peregrinación, para que, en momento dado, formaran entre si los
«aspectos» en cuestión.
»Poseemos, cómo digo, una lista de los aspectos; pero por
desgracia, en ellos no se advierte en qué casa solar deben ocurrir. No
obstante, creo que lograremos averiguarlo si empezamos por orientar bien
nuestro horóscopo, cosa que Xicuelles ha procurado que podamos hacer.
Tomó la hoja de Masta y empezó a leer en alta voz:
—Nace entre linfas maligna excrecencia...
Esta línea nos proporciona tres datos. Nace se refiere
evidentemente al Ascendente; por linfas debe entenderse ríos. ¿Y a qué signo
del Zodíaco le cuadra el calificativo de maligna excrecencia? A Cáncer nada
más, a no dudar. Prolonguemos, pues, las líneas de los puntos cardinales y
coloquemos en Oriente el signo de Cáncer. Más adelante veremos de qué ríos se
puede tratar.
Hizo la anotación y leyó la línea siguiente:
—...que Por la Pascua florece entre el té... La Pascua nos
recuerda el Cordero. Florecer parece ser el momento culminante, el Cenit. El té
nos dará, oportunamente, la situación. Pongamos, pues, el Cordero, o Aries, en
el Sur o Cenit.
Lo hizo. Siguió:
—...Ébano mata montesa existencia... Montesa, cabra, Capricornio;
Mata existencia, Occidente. El Occidente está en Capricornio...
»Verde sepulcro doncella le dé... Sepulcro, punto más bajo
del horóscopo, Norte o Nadir, Doncella, virgen. El Norte pues, está en Virgo.
Llenemos ahora los signos que nos faltan. Ello servirá, al propio tiempo, para
saber si nos hemos equivocado en la interpretación, puesto que los signos han
de seguir un orden determinado.
Llenó los signos que faltaban y cayeron justamente en su
sitio. (Fig, 4.)
—Tenemos hecho ya parte del trabajo. Ahora es preciso
colocar los puntos cardinales en su sitio sobre el mapa, cosa un poco más
difícil. De la primera línea no podemos ocuparnos aún. No sabemos a qué ríos
puede referirse. La segunda es más fácil. Té sólo puede referirse a uno de dos
sitios: China o Ceilán... Lo más probable es que se trate de este último. Vamos
a probar.
Colocó el papel transparente sobre el mapa. Hizo coincidir
el centro con la isla de Chipre y lo hizo girar hasta que el cenit cruzó
Ceilán. Examinó luego el mapa.
Figura 4
—Vamos bien —anunció—. Con el Sur en Ceilán, el Occidente
atravesaría el Congo, que podría corresponder con el Ébano que cita el verso. Y
el Norte pasa por Irlanda... Verde sepulcro... La Verde Erín. La cuestión de
los ríos del Oriente es más difícil y hay que afinar para que los cálculos
salgan bien.
Se quedó unos instantes pensativo, con la mirada fija en
el papel.
—¡Qué torpe soy! — exclamó, por fin—. ¡Si la solución está
aquí!
Y señaló el signo colocado debajo de la lista de aspectos
y por encima del verso que habla leído: una línea mixta y una recta y entre
ambas una flecha.
—Sagitario en Libra — dijo—. Según Ptolomeo, España se
halla bajo la influencia de Sagitario. Y observarán ustedes que colocado el
horóscopo así, España queda dentro de la casa cuarta, regida por Libra. Esa ha
de ser nuestra guía. Si colocamos toda la Península dentro del signo, el límite
de la casa cuarta pasará por el Estrecho de Gibraltar, el Cenit pasará por
Ceilán y el Ascendente se deslizará justo entre el Volga y el Don... entre
linfas (Fig. 5). La orientación es exacta. Falta colocar los planetas en su
sitio. Pero eso no podremos hacerlo a menos que todos ustedes tengan muy buena
memoria o hayan tomado notas durante su viaje.
Figura 5
Entregó a cada uno de los siete la lista que de ellos
había recibido.
—Necesito — dijo—, la fecha en que estuvieron ustedes en
cada uno de esos sitios. Busquen facturas de hotel, billetes de tren, lo que
sea, o hagan un esfuerzo de memoria, No podemos hacer nada sin eso.
La cosa no fue tan difícil como en un principio había
parecido. Todos ellos, ante la posibilidad de que hasta el más insignificante
detalle pudiera tener algo que ver con su misteriosa misión, habían ido
acumulando papeles por el camino. Se dispersaron, por lo tanto, para ir a
rebuscar en sus respectivos equipajes y un cuarto de hora más tarde volvieron a
reunirse con todas las listas completas.
Vardo había estado estudiando detenidamente los aspectos
planetarios mientras tanto y cuando le entregaron las listas, separó la de
Locarno, la de Cotry y la de Hipatia.
—Notarán ustedes — explicó—, que el primer aspecto
mencionado, es el de Luna en conjunción con Júpiter y Saturno. En Saturno se
insiste sobre dicho aspecto. Ello significa que, en algún momento de su
peregrinación, Locarno, Cotry e Hipatia se las han hallado al mismo tiempo en
la misma casa solar. Por eso eran tan importantes las fechas.
Fue cotejando, fecha por fecha, el lugar en que se
encontraba cada uno de ellos, consultando al propio tiempo el horóscopo
colocado encima del mapa.
—¡Lo encontré — exclamó por fin—. El día quince de abril,
Cotry estaba en la costa oriental de África, en Kilwa; Locarno, un poco más
abajo, en Madagascar, en la población de Antanaharivo; e Hipatia, mucho más
arriba, en un lugar que parece profético: ¡Meca! Los tres coincidieron en la
casa octava, que, por cierto, es según los astrólogos, la casa de las
herencias. Xicuelles la escogería ex profeso. Vamos a ver dónde estaban los
demás en aquella fecha.
Anotó primero los tres planetas en conjunción dentro de la
casa octava, en el lugar exacto que ocupaban en el mapa. Luego consultó las
listas y anotó la situación de los otros.
Manrique, Sol, en Peshawar, casa décimo primera. Olaf
Gaustad, Marte, en Kasongo Congo Belga, casa séptima. Cornelio Van Strom,
Mercurio, en Túnez. Ifigenia Masta, Venus, en Vilna, casa segunda. Comprobó los
aspectos. Eran exactos. (Figura 6.)
—Aquí tienen ustedes —dijo Vardo—, la figura que Xicuelles
había concebido.
—Y ¿qué hacemos con ella? — inquirió Manrique, con una
sonrisa—. Porque a mí sigue sin decirme nada.
—Es evidente — anunció el profesor—, que esto señala algo.
Es cuestión de estudiarlo para saber de qué se trata.
Guardó silencio unos instantes, examinando la nota de
Xicuelles.
—Aquí — dijo por fin—, observo algo curioso. Para marcar
los aspectos, Xicuelles ha calculado como si todos los planetas ocuparan el
centro mismo de cada casa en que se encuentran. Eso era lo más sencillo, desde
luego.
Figura 6
—¿Por qué dice usted eso? —preguntó Olaf.
—Porque, en realidad, Luna y Júpiter, por ejemplo, no se
hallan en conjunción, pero se les ha supuesto en tal aspecto porque ocupan la
misma casa.
—¿Bien? —inquirió Manrique.
—Marca la nota — respondió Vardo—, que Venus y Saturno se
encuentran en oposición y ello es cierto. Pero no lo es menos que si Luna,
Júpiter Saturno están en conjunción, Venus tiene que estar en oposición con
todos ellos.
—En efecto-asintió Manrique.
—Pero Xicuelles no marca más oposición que la de Venus y
Saturno.
—¿Qué consecuencia saca de eso?
—Que era necesario que no se tuviera en cuenta más
oposición que esa. Lo cual me da una idea. Voy a unir ambos planetas por una
línea.
Tomó la regla y el lápiz y tiró una línea desde Vilna
hasta Antananarivo.
Figura 7
—Hay otra anomalía en esta nota — dijo, a continuación—.
Aunque en Luna anuncia la conjunción de ésta con Júpiter y Saturno y en Saturno
insiste sobre dicho aspecto, en Júpiter no menciona a Saturno para nada,
limitándose a registrar con función entre Júpiter y Luna. Creo que es una
indicación digna de ser tenida en cuenta.
Y trazó una línea desde Kilwa a Meca.
—Ahora quedan tres planetas sueltos y lo natural parece
que unamos Marte con Sol, que están en aspecto trino.
Tiró una raya de Kasongo a Peshawar.
—¿Se dan ustedes cuenta del resultado? — inquirió.
—¡Las tres líneas se cruzan en el mismo punto! — exclamó
James Cotry.
—En efecto — asintió Manrique—. Al sur de Addis Abbeba.
(Fig. 7.).
—¿No ven nada más que eso? —preguntó Vardo.
Nadie contestó.
—El cruce ocurre en la casa octava, a casa de las
herencias, que en este horóscopo se halla bajo el signo de Acuario, bajo cuya
influencia, precisamente, los astrólogos colocan a Etiopía. Lo cual confirma,
señores, que su herencia se encuentra en Abisinia y precisamente en el lugar en
que se cruzan dichas líneas.
CAPÍTULO VI
VARDO EXPONE SU PARECER
HUBO un momento de silencio tras la declaración del
profesor Vardo, silencio que Manrique fue el primero en romper.
—No me cabe la menor duda — dijo—, que todo cuanto usted
ha dicho es cierto. También estoy completamente seguro que, de no haber sido
por su ayuda, jamás hubiéramos logrado interpretar acertadamente el jeroglífico
de que se ha valido el señor Xicuelles para anunciarnos dónde ha dejado la
fortuna de la que, al parecer, nos hace herederos. Pero...
Hizo una pausa. Vardo preguntó:
—Pero... ¿qué?
—Se me antoja que andamos muy lejos de haber dado con el
lugar en que se oculta el tesoro. Etiopía es muy grande. Y aun admitiendo que
el escondite se halle al sur de la capital, ¿cómo conoceremos el punto exacto?
Si mal no recuerdo, se trata de un país de elevadísimas mesetas surcadas por
numerosos ríos que han abierto profundos desfiladeros. La región está a medio
explorar y...
Vardo le interrumpió:
—Hemos de suponer — dijo—, que Xicuelles no dejó nada al
azar. La posición de los planetas sería calculada con precisión suficiente para
que el cruce de las líneas marcara el escondite del tesoro con exactitud.
Colocó el horóscopo sobre el mapa, hacienda coincidir los
nombres de los lugares.
—El punto en cuestión — dijo—, se encuentra a siete grados
de latitud Norte y cuarenta gradas dieciocho minutos de longitud Este. Lo
interesante ahora es saber dónde cae eso exactamente. Aunque he comprado un
montón de mapas, no figura entre ellos uno de Abisinia exclusivamente. Creo que
será mejor que lo adquiramos. ¿Quieres salir tú mismo a comprarlo, Manrique?
Hay una librería aquí cerca...
—Claro que sí — respondió éste, dirigiéndose á la puerta.
—Mejor será — observó el profesor, deteniéndole con un
gesto—, que pidas los mapas más detallados que tengan de Addis Abeba para
abajo. Es posible que tengan algún mapa en secciones... aunque no de
carreteras. Me temo que de éstos no exista ninguno de confianza. Como dijiste
tú, el país está a medio explorar todavía.
Marchó Manrique y estuvo de vuelta a los pocos minutos..
Había encontrado un mapa pequeño del sur de Etiopía que contenía la mar de
lugares en blanco.
—Es lo mejor que tenían — anunció.
Vardo lo estudió. Señaló un punto en él.
—Es aquí aproximadamente — anunció—, a orillas del río
Urbe, entre Ginir y Magalo.
—Tendremos que llevar instrumentos para medir el lugar
exacto — intervino Cotry.
Vardo movió negativamente la cabeza.
—Pueden llevarse, claro está —dijo—; pero no creo que
sirvan de gran cosa. En la forma en que nos hemos visto obligados a calcular el
lugar, es posible que hayamos cometido un error de milímetros, que puede
representar una considerable distancia sobre el terreno. También cabe que el
propio Xicuelles, en su empeño por escoger siempre poblaciones y no lugares
deshabitados, haya encontrado después difícil señalar con precisión matemática
el lugar en que se halla el tesoro.
ȃl, que era tan concienzudo en sus cosas, no puede haber
olvidado posibilidad semejante. Lo cual quiere decir que la latitud y la
longitud que la solución del jeroglífico arroja no puede considerarse más que
aproximada. Muy aproximada, eso sí, pero no exacta.
—En tal caso... — empezó Olaf.
—Volverán a tener noticias de Xicuelles en alguna parte, o
habrá señales inconfundibles cuando lleguen al final de su viaje.
—¿Cuándo lleguemos al final de nuestro viaje? — murmuró
Hipatia—. ¿Significa eso que no piensa hacernos compañía hasta que encontremos
el tesoro?
—Lamento, señorita, que mis ocupaciones no me permitan
estar ausente de España tanto tiempo como será preciso para coronar este
viaje.. Xicuelles, en su carta, me deja en completa libertad sobre ese punto.
No obstante, si yo hubiera creído de absoluta necesidad mi presencia, hubiera
hecho un sacrificio por acompañarles. Después de estudiados, los datos de que
disponen ustedes, sin embargo, he llegado a la conclusión de qué no les hago
falta para nada.
»Al parecer, la única dificultad en este asunto era saber
interpretar los indicios que don Aparicio les había suministrado. Yo, gracias a
lo mucho que conocía sus costumbres y aficiones he podido sacarles del apuro.
Ahora ya saben lo bastante para poder proceder solos.
La contestación del profesor produjo evidente desencanto a
la mayoría de los que le escuchaban.
Dijo Cornelio:
—Usted mismo ha confesado que los datos no son exactos. Si
usted nos abandona...
—Mi compañía, señor Van Strom — sonrió Vardo—, no tendrá
la virtud de hacer más exactos los datos que poseen. En mi opinión, como ya les
he dicho, recibirán algún otro mensaje de Xicuelles por el camino... o
encontrarán señales inequívocas. El mero hecho de que mi amigo no haya
insistido en que les acompañe, demuestra que les considera a ustedes capaces de
entender cualquier otra cosa que haya dejado a su paso.
»Ello no obsta para que si a su llegada a Etiopía
encontraran algún mensaje que fueran incapaces de comprender, me mostrara yo
dispuesto a cambiar de opinión y reunirme con ustedes en dicho país. Pero sólo
si considerara que era conveniente que hiciese el viaje. Un simple cablegrama
desde Djibutti o Addis Abeba...
—Abisinia es, para nosotros, un país totalmente
desconocido — objetó Cotry—. No sabremos qué hacer ni cómo arreglárnoslas
cuando pisemos tierra africana. Yo creo...
Vardo le interrumpió:
—No son ustedes niños, señor Cotry. Encontrarían la manera
de salir adelante en cualquier caso. En éste, por añadidura, cuentan con un
compañero que no desconoce el terreno. Mi amigo Manrique ha hecho más de un
viaje por Etiopía, y por lugares más peligrosos que el que ustedes han de
visitar, por añadidura.
Olaf se volvió hacia Manrique.
—¿Es cierto eso? — inquirió.
—Completamente cierto — respondió el interpelado—. Creo
que nos desenvolveremos divinamente solos. Ni que decir tiene que hubiese
preferido yo también que el profesor nos hubiera acompañado; pero sé que tiene
muchos asuntos que atender en España y no parece justo insistir en que venga
con nosotros y que lo abandone todo nada más que por estudiar nuestra
conveniencia. Debemos estarle agradecidos, de que haya venido aquí siquiera, y
de que se haya molestado en descifrarnos lo que para nosotros era un enigma.
Todos vieron la razón de estas palabras y protestaron que
no debía tildárseles de desagradecidos. Apreciaban lo que el profesor había
hecho por ellos y, claro estaba, si el acompañarles era una extorsión por él,
no insistían.
Procuraron disimular su desilusión y Manrique dijo:
—He estado reflexionando mientras ustedes hablaban y se me
ha ocurrido una cosa. ¿No le parece un poco raro, profesor, que, quedando
unidos los demás planetas por medio de las líneas trazadas, permanezca Mercurio
solo, sin conexión con ninguno? ¿No cabe la posibilidad de que desempeñe un
papel importante, de que sea él quien proporcione la pista definitiva?
Vardo guardó silencio unos instantes.
—No queda excluida esa posibilidad, claro está — dijo, por
fin—; pero confieso que, de momento, no le hallo significación susceptible de
aclarar el punto que tú mencionas. Sea como fuere, vuestro primer paso está
bien claro. Debéis trasladaros a Abisinia.
—¿Cuál es el camino que considera usted más adecuado? —
quiso saber Cornelio.
—Yo creo que lo natural es que embarquen en el primer
vapor que toque en Chipre camino de la India. Pasarán por el Canal de Suez,
cruzarán el Mar Rojo y desembarcarán en Djibuti, donde podrán tomar el
ferrocarril hasta Addis Abeba. Allí se verán obligados, a recurrir a las mulas
para recorrer el resto del camino.
—¿No necesitaremos llevarnos nada de aquí?
—Haré una lista de las únicas cosas que necesitan adquirir
en esta isla. No son muchas, en realidad. Las mulas y las provisiones las
adquirirán en Etiopía.
Manrique, que había estado muy pensativo en los últimos
instantes, dijo, de pronto:
—Va a ser duro el camino desde Addis Abeba hacia el Sur...
Vardo se encogió de hombros.
—No creo que sea tan cómodo como hubiera sido de desear —
asintió.
—Las señoras podrían quedarse en Chipre... Ya nos
cuidaríamos nosotros de que...
Ifigenia le interrumpió.
—Las señoras — dijo—, van a seguir esta aventura hasta el
final.
—El país de los Galias...
—Es inútil. A mí no ha de convencerme, por lo menos. No le
encontraría gusto a la fortuna si me la sirvieran en bandeja de plata.
Manrique se volvió hacia Hipatia.
—¿Qué dice usted, señorita?
—Que estoy completamente de acuerdo con la señorita Masta.
No pueden ustedes privarnos del placer que una excursión de esa clase ha de
proporcionarnos.
—¡Excursión! — exclamó el joven—. Si esa es su idea de una
excursión... Y en cuanto a placer, dudo que saquen mucho de la aventura. Hemos
de atravesar terreno en que los caminos brillan por su ausencia, donde habrá
que escalar precipicios de paredes casi perpendiculares y donde posiblemente
tropecemos con indígenas nada pacíficos. Yo creo...
Vardo intervino.
—Estás perdiendo el tiempo, Manrique — anunció—. En primer
lugar estas jóvenes parecen decididas a correr vuestra misma suerte, En segundo
lugar, si yo hubiera visto que su propósito vacilaba, hubiese procurado
animarlas para que os siguiera.
Manrique le miró con cierto asombro. El profesor continuó:
—Si, como todo parece demostrar, Xicuelles quería que sus
herederos se ganasen lo que les había dejado, existe la posibilidad de que sólo
ellas puedan reclamar su parte. Además, y como apoyo a lo que digo, hay la
cuestión de los discos. No olvides que Xicuelles os pide a todos que no os
separéis de ellos. En algunos de los versos llega incluso a decir que el
hacerlo sería un desastre. Por lo visto, esos discos son necesarios hasta el
final. Tienen un objeto que no se nos alcanza de momento; pero no cabe la menor
duda de que acabaréis conociéndolo.
»Decididamente, señorita, no les aconsejo que se queden
atrás. Es preciso que corran los riesgos que el viaje representa. Es de esperar
que los caballeros pondrán de su parte todo lo posible para hacerles llevaderas
las penalidades del viaje. Eso es todo cuando pueden ustedes pedir.
Ordenó los papeles que tenía sobre la mesa.
—Es demasiado tarde — anunció—, para hacer nada hoy ya.
Mañana por la mañana les tendré preparada la lista prometida. Manrique, creo
que, como el más bregado en estos asuntos, debes ser tú quien asuma la
dirección del grupo... ¿Tiene alguno de ustedes inconveniente en ello?
Ninguno tuvo nada que objetar. Era evidente, incluso, que
les producía alivio el pensar que había alguien que pudiera cargar sobre sus
hombros la responsabilidad de cuantas decisiones hubiera que tomar en adelante.
No conocían la tierra que iban a pisar y tenían suficiente sentido común para
comprender que saldrían ganando con que Manrique les dirigiera. Así lo dijeron,
incluso.
—Bien, en tal caso, lo mejor será que mañana te encargues
de visitar Compañías de vapores y agencias de turismo. Entérate de las salidas
de los barcos y las fechas. Yo procuraré salir en avión mañana por la tarde si
es posible. No quisiera dejar abandonados mis asuntos por más tiempo del
absolutamente preciso.
Y no habiendo nada más que hablar, la reunión se deshizo,
retirándose todos los que a ella habían asistido. Unos no se movieron del hotel
ya y tras la cena se acostaron. Otros formaron grupos en la sala de lectura o
salieron a dar una vuelta para ver el aspecto de la población de noche. Pero,
en todos los casos, la conversación versó sobre el mismo tema: los peligros y
aventuras que pudieran correr para posesionarse de la herencia que les había
legado de tan original manera el excéntrico Aparicio Xicuelles.
Vardo, por su parte, cenó temprano y se retiró
inmediatamente a su cuarto. Una vez allí, abrió la más pesada de las dos maleas
que constituían su equipaje. Contenía entre otras cosas, una especie de mono
del mismo material que la famosa capa de Yuma, y unas botas de montar que poseían
las mismas propiedades. Pero ocupaba la mayor parte de la maleta algo de mucho
más peso que todo aquello: una especie de tablero lleno de reóstatos e
interruptores, unas pilas eléctricas especiales, varios accesorios y, en la
parte interior de la tapa, una especie de pantalla de algo que parecía cuarzo.
Dio a uno de los interruptores y la pantalla fluorescente
se iluminó, apareciendo en ella vagas sombras que se fueron precisando al hacer
girar algunos reóstatos. Primero se vio el arco de la Puerta de Kyrenia y un
trozo de la muralla almenada de Nicosia. En la distancia se movían unos bultos
que se fueron acercando y que resultaron ser dos borricos: uno de ellos
cargado, el otro con un jinete sobre sus lomos. Junto a ellos caminaba una
mujer con un cesto al brazo y un cántaro en otra mano.
De pronto, una obscura sombra ocupó el primer término,
ocultando casi por completo todo lo demás. Vardo cerró un interruptor y abrió
otro. Quería ver quién era la persona que acompañaba a Manrique y que, al
ladearse para dejar pasar los burros, se había metido delante de los
televisores del agente de Yuma.
En la fluorescente pantalla dibujóse ahora un rostro
blanco y sereno, de ojos azules y rubia cabellera, en cuyos labios se dibujaba
en aquel instante una dulce sonrisa.
El profesor sonrió a su vez. Algo así había esperado
después de ver la admiración conque Manrique había contemplado a Hipatia.
Hubiera podido sorprender la conversación, pero no quiso ser indiscreto. Apagó,
de nuevo y dio a otro interruptor. La pantalla quedó en blanco.
Tomó los papeles que tenía encima de la mesa y los
depositó sobre el tablero. Luego, haciendo uso del reloj de pulsera que
llevaba, empezó a llamar:
—A... A... A...
A los pocos instantes sintió la presión de la palanquita
posterior del reloj sobre la muñeca.
—A... — le contestaron.
—TH — marcó él entonces.
Y a continuación deletreó en morse:
—Pantalla.
El brillo de la pantalla se intensificó y apareció en ella
el rostro de Garvez.
—Órdenes — anunció el profesor.
—Escucho — habló la imagen.
Vardo se puso a hablar rápidamente, mientras Garvez, le
escuchaba con atención, limitándose de vez en cuando a hacer una pregunta. A
instancias del profesor, tomó papel y pluma y se puso a anotar lo que el otro
le fue dictando.
Transcurrió una hora larga antes de que la comunicación
terminara. Vardo cerró entonces todos los interruptores, echó la llave a la
maleta, guardó los papeles y bajó de su cuarto. También él tenía ganas de
disfrutar un rato del aire fresco de la noche antes de acostarse.
CAPÍTULO VII
DESASTRE
EL grupo de excursionistas no había sido muy afortunado.
Después de visitar Manrique todas las agencias de Nicosia, hubo de volver al
hotel con la triste nueva de que, de momento, no había manera de encontrar
transporte, directo hasta Djibuti desde la isla de Chipre. La única combinación
posible era embarcar en un vaporcito que saldría al día siguiente de Famagusta
para Port Said, y aguardar allí la llegada de algún trasatlántico de la P. y
0., o de la Orient que tocara en Port Said camino de Australia.
—Pero — inquirió Cotry—, ¿no sale ningún barco desde allí?
—Los hay — asintió Manrique—; pero, son vaporcitos que
tocan en El Cairo y unos cuantos puertos más, pero no pasan del Mar Rojo. Claro
está que a lo mejor encontramos alguno que nos lleve hasta Aden, e incluso un
poco más allá. Es problemático eso, sin embargo... sobre todo siendo siete como
somos.
—¿Cuánto tiempo tendríamos que esperar en Port Said? —
quiso saber Olaf.
—Tres días... cuatro a lo sumo.
—Y ¿habría seguridad de conseguir pasaje a bordo de uno de
esos transatlánticos?
—Se espera que llegue a Port Said un barco de la línea
Orient dentro de tres días justos. Nos expenderían el pasaje aquí... hasta
Aden, claro está. Yo no he querido hacer nada sin consultarles, ustedes dirán.
—Pero ¿qué haremos en Aden? — inquirió Ifigenia.
—Allí será fácil encontrar un barco, que nos cruce hasta
Djibuti — contestó Manrique—. Es un poco complicado, ya lo sé, pero, creo que
es nuestra mejor combinación a pesar de todo.
Cotry se encaró con Vardo, que se hallaba presente.
—¿Qué opina usted? — preguntó.
—Yo no tengo voz ni voto en el asunto — respondió el
profesor, sonriendo—. Son ustedes quienes han de resolver la cuestión. No
obstante, soy del parecer de Manrique. La combinación no es mala. Y si se
aburren de aguardar en Port Said, siempre les queda el recurso de cruzar hasta
El Cairo y hacer una visita a las Pirámides.
Aun se debatió la cuestión unos minutos, al cabo de los
cuales Manrique salió a reservar camarotes desde Port Said hasta Aden. A
ninguno se le había ocurrido mejor combinación que aquélla.
Por la tarde tomaron el tren para Famagusta después de
haberse despedido del profesor Vardo que salió en avión de la isla antes de que
ellos hubieran abandonado Nicosia.
A la mañana siguiente embarcaron en el vaporcito y por la
noche cenaron en Port Said.
El vapor «Socotora» de la línea Orient llegó a los tres
días justos, sin el menor retraso sobre su horario. Andaba muy lejos de llevar
su complemento completo de pasajeros en primera, y, en el comedor, los siete
nuevos viajeros fueron distribuidos entre la mesa del sobrecargo y la del
primer maquinista.
El sobrecargo era hombre locuaz, simpático y amable a más
no poder. Se desvivía por asegurarse de que cuantos se hallaran a bordo
hicieran el viaje con la mayor comodidad posible y parecía interesarse por los
pasajeros, no sólo mientras se hallasen en el barco, sino hasta después de
haber desembarcado.
Al preguntarle dos señoras si conocía bien Aden e inquirir
qué probabilidades había de encontrar allí pronto un barco que les cruzara,
respondió:
—Hubieran podido ustedes evitarse la mar de molestias si
hubiesen embarcado directamente para la Somalia Francesa. Tres líneas de esta
nacionalidad y una inglesa tocan en Djibuti.
Cornelio van Strom dirigió una mirada interrogadora a
Manrique.
Éste se apresuró a explicar:
—Queríamos hacer el viaje cuanto antes y éste nos pareció
el mejor sistema.
—Si hubieran preguntado en Port Said... — empezó el
sobrecargo.
—No se nos ocurrió hacerlo. Y, de todas formas, ya
teníamos sacado el pasaje en este trasatlántico. ¿Anticipa usted dificultades
para hallar barco en Aden?
—No creo que les sea difícil dar con uno — contestó el
hombre—. Aunque, después de haber tenido que soportar el sofocante calor del
Mar Rojo, van a tener ustedes muy pocas ganas de hacer investigaciones, Les doy
un consejo, sin embargo. Miren dos mesas más allá... a ese señor que come
solo...
Miraron con disimulo hacia donde se les indicaba, Un
hombre tan moreno que casi era negro, aunque sus facciones eran completamente
caucásicas, comía pausadamente. Tenía ensortijado el cabello y vestía a la
europea.
—Es etíope — anunció el sobrecargo—. Y se dirige a
Djibuti, como ustedes. Subió a bordo en Malta. Creo que es un rats o algo por
el estilo. Al parecer tenía mucha prisa, como ustedes también, y no quiso
esperar la llegada de un vapor que le condujera directo.
»Él debe conocer Aden y seguramente tendrá más facilidades
que otros para conseguir barco. Si procuraran entablar conversación con él,
hacerse amigos... ¿Quién sabe? A lo mejor podría resultarles de gran ayuda.
Agradecieran al sobrecargo su consejo y, desde aquel
momento, procuraron por todos los medios entablar contacto con el ras etíope.
Pero descubrieron, con desilusión, que ésta era una tarea superior a sus
fuerzas. El abisinio parecía pasarse casi todo el tiempo en su camarote,
viéndosele aparecer solamente a las horas de comer para dirigirse al comedor.
Dijérase que esquivaba contacto con todos los demás pasajeros, y con bastante
éxito, por cierto.
Cuando»el Socatora» entró en el Mar Rojo, el etíope
abandonó toda vestidura europea, presentándose, de pronto, en el comedor, con
los pies descalzos, el pantalón ceñido y el chamma, ancho chal de algodón
blanco y cuatro metros de longitud que constituye la principal prenda de vestir
del etíope y de cuya forma de envolverse en él puede deducirse su rango social
y su posición oficial. Si el individuo aquel no era un ras, había de ser, por
lo menos, un personaje de importancia; su forma de llevar el chamma lo demostraba.
El calor insoportable empujó a los expedicionarios a
cambiar de ropa también. Los hombres vistieron, de blanco, con pantalón corto.
Las dos damas se pusieron de blanco también, con pantalón y botas de montar. Y
empezaron a usar todos salacot para pasearse por cubierta... las veces que
lograban vencer su laxitud y hacer un poco de ejercicio.
En Aden hallaron barco inmediatamente, el mismo en que
embarcó el abisinio, pero, éste siguió mostrándose tan esquivo como antes, por
lo que los expedicionarios renunciaron ya a intentar entablar conversación con
él. Era evidente que prefería la soledad a la compañía y, como observó
Manrique, en realidad no le necesitaban para nada, puesto que lo que deseaban
ya lo habían conseguido. El viaje de Djibuti a Addis Abeba se efectuó sin
novedad. Y, aunque sabían que el abisinio iba en el mismo tren, no le vieron en
todo el camino, ni se fijaron si se apeaba o no en Addis Abeba, o si continuaba
hasta Harrar. Se dirigieron al Hotel Tatu, al que habían telegrafiado ya
pidiendo habitaciones. Estaban cansados y era tarde. Se lavaron
apresuradamente, hicieron una cena frugal y, de común acuerdo, se retiraron a
sus respectivos cuartos que, por cierto, se hallaban todos en el mismo piso.
Manrique empezó a desnudarse, pensativo. ¿Por qué habría
recibido, durante la última noche pasada en Nicosia, el mensaje de Yuma
ordenándole que propusiera el viaje a bordo del «Socatora» como la mejor
combinación posible, cuando sabía muy bien que podían haber hecho el viaje
directo? ¿Qué planes tendría su jefe y dónde se hallaría en aquellos momentos?
No tuvo tiempo de encontrar respuesta a ninguna de sus
preguntas porque, en cuanto su cabeza tocó la almohada, se quedó profundamente
dormido.
Se despertó, de pronto, con el eco de un grito agudo en
los oídos. Y, mientras se preguntaba si habría estado soñando, el ruido de un
golpe violento y el tintineo de vidrios rotos le hizo saltar de la cama en
pijama, al pasillo. Estaba seguro de que el sonido procedía de una de las
habitaciones vecinas. Y no era el único que había oído el jaleo, evidentemente,
porque Olaf y Cotry habían salido de sus respectivos cuartos también, y el
rostro asustado de Hipatia asomaba por la entreabierta puerta de su habitación.
—¿Qué ha ocurrido? — preguntó.
Cotry se encogió de hombros.
—No tengo la menor idea — dijo—. Oí un grito y ruido de
vidrios rotos. Me parece que ha sido en la habitación de Locarno.
Mientras hablaba, se había ido acercando a la puerta de
dicho cuarto. Manrique se unió a él. Llamaron con los nudillos y no recibieron
contestación alguna. Alarmados, probaron la puerta.
No tenía echada la llave ni el pestillo. El tirador giró
entre sus dedos, entraron en la habitación. Giuseppe Locarno yacía sobre el
lecho en una posición extraña. Manrique se acercó de un brinco, le tomó el
pulso y exhaló un suspiro de alivio. El hombre estaba vivo. Le colocó bien en
la cama y, al moverle la cabeza, observó que tenía ensangrentada la frente,
cerca de la sien izquierda.
Sacó un pañuelo, lo empapó en agua y lavó la herida. Ésta
era un simple rasguño, pero la carne de alrededor se estaba inflamando
rápidamente.
—Asómese a la ventana — le ordenó Manrique a Cotry—. Me
parece que ya es tarde, pero pudiera rondar aún por aquí el hombre que ha
atacado a Locarno.
—¿Es grave la cosa? — inquirió Cotry, moviéndose hacia la
ventana y pisando con cuidado para no cortarse los desnudos pies con los trozos
de vidrio que cubrían el suelo.
—No... Un simple golpe que le ha dejado sin conocimiento.
Pero le va a salir un bulto como una casa.
—No veo a nadie — anunció Cotry, tras mirar hacia el
exterior—; pero la noche es lo bastante obscura para ocultar a un regimiento
entero, cuanto más a un solo atacante.
Una queja de Locarno le hizo acudir al lecho, donde se
hallaba Olaf ya también.
—¿Qué ha ocurrido? — inquirió Manrique, mirando al herido
que había abierto los ojos y miraba, aturdido, a su alrededor, Locarno sacudió
la cabeza, como si pensara despejársela mejor así.
—No lo sé a ciencia cierta — respondió—. Me desperté de
pronto, creyendo oír un ruido. Vi a un hombre inclinado sobre la mesa de noche.
Me incorporé. Oyó el ruido de la cama. Se volvió como una centella y me dio un
golpe con la culata de una pistola. No tuve tiempo de verle la cara siquiera.
—¿Cómo sabe usted que —e dio con una pistola? ¿Cómo pudo
verle siquiera sin encender la luz? — inquirió Manrique.
—El individuo ese llevaba una lámpara de bolsillo y la
tenía encendida, enfocando la mesa de noche. ¿Pudo usted darse cuenta de cómo
vestía?
—Para lo que eso nos sirve, es como si no me hubiera
fijado en nada. Era un negro, si no me equivoco, o casi un negro por lo menos.
Y vestía de algodón blanco como todos los abisinios que hemos visto.
—¿Cómo huyó?
—No lo sé. Perdí el conocimiento inmediatamente. No sé ni
por dónde entró y mucho menos por dónde salió.
—¿Se encuentra usted con fuerzas para levantarse?
—Sólo estoy un poco aturdido aún y me duele enormemente la
cabeza. Por lo demás, me encuentro bien.
—Mire a ver si le falta algo. ¿Recuerda lo que había
dejado sobre la mesa de noche?
—Sí...
Locarno se levantó, se acercó a la mesilla.
Durante unos instantes su mirada se paseó por la superficie.
—El dinero — dijo, señalando un fajo de billetes—, sigue
ahí. Y no habiéndose llevado eso...
Se interrumpió, de pronto, consternado y soltó una
exclamación.
—¡El disco! —exclamó—. ¡Me lo han robado!
CAPÍTULO VIII
DESAPARECE OTRO DISCO
OLAF masculló una maldición, Manrique le asió del brazo y
se apretó con fuerza, Hipatia e Ifigenia se hallaban junto a la puerta, sin
acabar de decidirse a entrar. —
—Señoritas — dijo Manrique—, les suplico que se retiren a
sus habitaciones. El señor Locarno se encuentra bien ya y, en cuanto al disco,
nada podemos hacer de momento. Veo que aun llevan el suyo al cuello. No se
separen de él ni un instante; echen el cerrojo a la puerta y cierren bien la
ventana. Es preferible que pasen un poco de calor esta noche a que se lleven un
susto.
Ifigenia empezó a protestar; pero Hipatia, más
comprensiva, asió del brazo a su compañera y tiró de ella.
—Haremos muy mal papel — dijo—, si sube alguien y nos
encuentra a estas horas por los pasillos.
Cuando las muchachas se fueron y quedó cerrada la puerta,
Manrique se volvió a Locarno.
—¿Está usted seguro de que dejó el disco sobre la mesilla
de noche? —inquirió.
—Completamente seguro.
—Mal sitio escogió. ¿Cómo no se le ocurrió ponerlo en un
lugar más escondido?
—¿Quién iba a suponer que iba a entrar nadie en mi
cuarto... y mucho menos que se lo llevara? Quienquiera que sea, sabe algo. Se
ha llevado el disco exclusivamente y no ha tocado el dinero que tenía delante
de las narices.
—Así parece — asintió Manrique—. A menos que viniera a
robar el dinero y se asustara y lo dejase después de dejarle a usted sin
conocimiento. Puede haber dado manotazo al disco en su aturdimiento y haberlo
tirado al suelo. Porque no cabe la menor duda de que estaba algo asustado.
»Hay dos ventanas en este cuarto, una abierta y otra
cerrada. Seguramente entraría por la abierta y, al huir, no se fijaría en su
atolondramiento que corría hacia la ventana cerrada. Sólo así se explica que
haya saltado por ella, haciendo añicos los cristales, sin detenerse a abrirla
siquiera. Vamos a mirar por el suelo antes de dar por perdido el disco.
Rebuscaron debajo de la mesilla de noche y por todo el
cuarto, pero el disco no apareció por parte alguna.
—¿No sería mejor que diéramos cuenta a la dirección del
hotel? — inquirió Cotry, cuando se dieron por vencidos.
—Y ¿qué adelantaríamos con ello?
—Entonces, ¿qué propone?
—De momento no sé qué contestarle. Con despertar a medio
hotel nada conseguiremos más que poner a todo el mundo de mal humor. Creo que
será preferible aguardar hasta mañana. Estaremos más descansados y más en
disposición, por consiguiente, de estudiar el efecto que lo sucedido puede
tener sobre nuestros planes.
De pronto se dio cuenta de algo en lo que no había
reparado hasta aquel punto.
—¿Y Van Strom? — inquirió—. ¿Le ha visto alguno de
ustedes?
Cotry le miró con extrañeza.
—¿Van Strom? Debe estar durmiendo como un bendito.
—Pues entonces tiene el sueño mucho más pesado que todos
nosotros. Es posible que así sea, pero quiero cerciorarme.
Abrió la puerta. Locarno se ató un pañuelo a la cabeza y
se dispuso a seguirle. Cotry y Olaf salieron tras él.
El cuarto de Van Strom era el contiguo al de Locarno, lo
que hacía más extraño aun que el ruido no le hubiese despertado. Manrique llamó
a la puerta con fuerza.
Nadie le respondió.
Volvió a llamar, más fuerte aun esta vez y con idéntico
resultado.
Miró a sus compañeros sin ocultar su preocupación.
—No es posible que no me oiga — dijo.
Y probó la puerta. Estaba cerrada por dentro. Sin decir
una palabra, el joven regresó apresuradamente al cuarto de Locarno.
—¿Qué va usted a hacer? — preguntó Locarno.
—Intentar entrar por la ventana. Si el ladrón ha podido
pasar de una a otra, igual podré hacer yo.
Se asomó. La cosa no era tan fácil coma parecía. La
distancia entre la ventana de Locarno y la más cercana de Cornelio no era muy
grande, pero sí lo bastante para que no pudiera pasarse de una a otra
directamente. Las molduras de la fachada, sin embargo, podían servir de
precario apoyo y el intruso debía haberse valido de ellas.
Manrique se subió al antepecho. Cotry, que se había
asomado a mirar también, exclamó:
—¡Se caerá usted! ¡No podrá sostenerse en esa moldura tan
estrecha!
—Calzado, no — asintió Manrique—; pero, voy descalzo y
tengo el pie seguro. De todas formas, aunque me cayera, no es fácil hiciera
gran daño. Hay muy poca distancia de aquí al suelo. Salgan al pasillo y, si
logro entrar, les abriré la puerta.
Agarró con una mano el marco y alargó un pie hasta posarlo
en la moldura. Luego, con mucho cuidado, fue transfiriendo el peso de su cuerpo
a él, mientras los dedos de su mano derecha buscaban, por encima de su cabeza,
un resquicio en que meterse.
Muy despacio fue avanzando hacía la otra ventana que, como
había supuesto, estaba abierta.
Una vez estuvo seguro Cotry de que ya no podía caerse,
salió al pasillo, donde ya se hallaban los otros, y aguardó.
Unos minutos después se oyó descorrer el cerrojo y la
puerta se abrió.
En el cuarto de Van Strom, todo parecía en orden, pero se
notaba en el aire un fuerte olor a cloroformo. Cornelio dormía bajo los efectos
del narcótico, pero no debían haberle dado una dosis muy fuerte, porque parecía
a punto de despertarse.
—Tendremos que esperar — dijo Manrique—. No podemos
averiguar nada por nuestra cuenta. Creo casi seguro, sin embargo, que Van Strom
habrá perdido también su disco.
—Lo curioso del caso — dijo Olaf—, es que a Locarno le
dieran el culatazo en lugar de hacer uso del cloroformo como con Cornelio.
—No tiene nada de curioso — anunció Cotry—. Seguramente el
ladrón esperaba que sus víctimas creyeran haber extraviado ellas los discos y
no quería dejar huellas de su paso. Lo intentó con Locarno y le salió mal.
Conque, al acercarse aquí, tomó precauciones.
—Así, pues — murmuró Olaf—, el ladrón estuvo en el cuarto
de Locarno antes que en éste, según usted. ¿No es eso?
Cotry movió afirmativamente la cabeza. Olaf dio muestras
de insospechada agudeza.
—En tal caso — dijo—, nuestra primera teoría es errónea.
—¿Por qué?
—Suponemos al ladrón tan aturdido, que salta por la ventana
sin darse cuenta de que está cerrada siquiera, llevándose por delante los
cristales. ¿Usted cree que, si hubiera estado tan asustado, se hubiese metido
después en este cuarto?
Manrique le miró con viveza. Cotry se quedó un momento
sien saber qué contestar. Olaf prosiguió:
—Aparte de que, claro está, al saltar, caería a la calle.
No creo que se hiciera daño, pero necesita gatear entonces desde abajo hasta la
ventana esta.
—Puede haberse serenado al ver que nadie le perseguía —
dijo Cotry—. No es difícil subir hasta aquí desde la calle.
—Usted se asomó a la ventana del cuarto de Locarno. ¿No es
cierto?
—Sí, en efecto.
—Y... ¿no vio a nadie?
—A nadie.
—¿Cree usted que podía haber estado un hombre escalando la
pared en aquel momento sin que usted le viera?
—Difícilmente.
Olaf movió, la cabeza, con satisfacción.
—Eso mismo creo. Con lo cual, si el ladrón entró primero
en la habitación de Locarno, sólo puede explicarse lo sucedido de una de dos
maneras.
Locarno le miró, interrogador.
—¿Qué dos maneras son ésas? — quiso saber.
—El intruso no estaba asustado, como suponemos. O, si lo
estaba, se serenó antes de tocar el suelo y subió inmediatamente a este cuarto.
El tiempo transcurrido desde el momento en que oímos el ruido de vidrios rotos
hasta el instante en que entramos en el cuarto fue cortísimo. No obstante, si
estaba sereno ese negro y era ágil, puede haber tenido tiempo, pero nada más
que el justo, para introducirse aquí antes de que Cotry se asomara a la
ventana.
—Y... ¿de no haber sido así...?
Olaf se encogió de hombros.
—Entonces — dijo—, ha dado muestras de mayor serenidad aun
que en el primer caso. Porque tiene que haber escalado la fachada, cometido el
robo y marchado otra vez, mientras estábamos todos en el cuarto de al lado.
—¡Muy bien razonado! — dijo Manrique.
Locarno intervino.
—No creo que eso importe gran cosa. Tuviera o no tuviese
serenidad, fuera a mi cuarto primero o después, el caso es que se ha llevado mi
disco y, seguramente, el de Cornelio. Eso es lo que interesa.
—¿Mi disco? ¿Que se han llevada mi disco?
Cornelio había vuelto en sí y se había incorporado en el
lecho.
—No lo sabemos con seguridad — le respondió Manrique—. Eso
sólo usted puede decírnoslo. ¿Qué le ha sucedido?
—¿A mí? ¡Nada que yo sepa!
—Le han dado a usted cloroformo. Aun se huele en el
cuarto. ¿No ha visto usted a nadie?
—¿Cloroformo? Esa debe ser la causa de las náuseas que
siento. Pero no me he enterado, de nada. Me acosté después de cenar, me quedé
dormido, y... hasta ahora.
Se puso en pie y tuvo que agarrarse, a un barrote de la
cama para no caerse, porque le daba vueltas la cabeza. Aguardó unos instantes y
luego se acercó a la percha, descolgando el chaleco. Metió la mano en un
bolsillo. Rebuscó unos momentos.
—Tal vez se haya metido en este librito — dijo.
Y sacó un librito de notas que sacudió infructuosamente.
Masculló una maldición.
—¿No se habrá equivocado de bolsillo? — inquirió Locarno.
—Estoy seguro de que lo llevaba en éste — respondió el
otro—; pero que por mirar no quede.
Y se vació, una tras otro, todos los bolsillos del
chaleco. El disco, sin embargo, había seguido el mismo camino que el de
Locarno.
Manrique procuró calmar al excitado Van Strom, que, si le
hubieran dejado, hubiese puesto en pie a todo el hotel y hecho cundir la alarma
por toda Addis Abeba.
—Estamos perdiendo un tiempo precioso — dijo el joven—. Lo
más importante ahora es que descansemos y estemos en condiciones de hacer algo
por la mañana. Usted, Cornelio, como Locarno, puede dormir tranquilo. Se ha
quedado sin disco y han perdido ya todo interés para el ladrón. Somos los demás
los que hemos de andar con cuidado ahora. Aunque dudo que el desconocido ese
intente despojar á ningún otro de su disco esta noche. Después de lo sucedido,
debe comprender que estaremos alerta. Aguardará a que se le presente un momento
más propicio.
Y, aunque se discutió mucho su decisión acabaron
acatándola todos, porque no se les ocurría ninguna cosa mejor.
Manrique se retiró apresuradamente a su cuarto por dos
razones: porque, como había dicho, creía conveniente descansar y porque,
mientras hablaba Olaf, en el cuarto de Van Strom, había sentido la presión de
la palanqueta de su reloj de pulsera en la muñeca y recibido el mensaje:
«Hablaremos luego. firmado por «TH».
Cuando se encontró solo, se metió en el oído el minúsculo
auricular que conectó con el reloj de pulsera y la pila seca que llevaba en el
bolsillo del chaleco. Con su ayuda y aprovechando como vehículo la misma onda
empleada para mandarle mensajes en morse, podía escuchar las palabras de su
jefe como escuchaba él las suyas y las de los que cerca de él hablaran por
medio de las ondas de los televisores que en forma de botones llevaba Manrique,
como todos los agentes de Yuma, en el traje.
Marcó con la corona del reloj la contraseña de Yuma y, al
responder éste, anunció:
—Puede hablar, jefe. Llevo puesto el auricular.
Sonó la voz de Yuma.
—He escuchado vuestra conversación en el cuarto de Van
Strom. ¿Qué ha sucedido antes?
Manrique le contó cómo sé había despertado y la forma en
que encontrara a Locarno.
¿Quién le atacó?
—Un abisinio al parecer.
Describió al desconocido como le describiera Locarno.
Luego:
—Es evidente que alguien conoce nuestro secreto. El hombre
ese sólo se llevó los discos, despreciando el dinero que tan a la vista estaba.
—No os preocupéis por eso — dijo Yuma—. El desconocido no
puede hacer nada con dos discos solamente. Necesita todos los demás. Volveréis
a encontrárosle en vuestro camino por dos razones: porque procurar apoderarse
de los discos que le faltan, y porque ha de ir forzosamente hacia Ginir para
hacer uso de ellos. Si sabe que el escondite se halla en las cercanías del río
Uebe, puede ser que se adelante y os tienda una emboscada. Si no lo sabe, os
seguirá, En cualquiera de los dos casos debéis ir siempre alerta. Cuando
acampéis, montad centinelas. Lo esencial, sin embargo, es que no os ocurra
nada. Los discos que habéis perdido o que perdáis podréis recobrarlos al final
del viaje. ¿Qué nombre has dado en el hotel?
—El mío —contestó Manrique.
—¿Nada más?
—Y el de los otros.
—No, no me refiero a eso. He pensado que, posiblemente,
haya sido expedido algún otro mensaje para «El enviado de España». Cuando bajes
mañana, dile al conserje que eres el «Enviado de España» y pregúntale si ha
llegado algo para ti.
—Así lo haré.
—Si algún mensaje hay y no lo entiendes, llámame. ¿Has
entendido?
—Perfectamente, jefe.
—Nada más, pues.
Manrique se quitó el auricular, se lo guardó en el
bolsillo. Sacó la pila seca y la dejó sobre la mesilla. Se aseguró de que el
disco de oro seguía en su chaleco. Cerró la puerta y las ventanas, se metió el
chaleco debajo de la almohada y volvió a dormirse. Si alguna precaución había
tenido, habíase disipado al saber que Yuma, aunque lejos, no les había
abandonado.
CAPÍTULO IX
LA EXPEDICIÓN SE PONE EN MARCHA
MANRIQUE se levantó temprano a la mañana siguiente, y se
encontró en el pasillo con Olaf y Cotry, que habían madrugado tanto como él.
Juntos bajaron al vestíbulo y descubrieron que, con tanto madrugar, aun había
uno que les había ganado.
Apoyado en el mostrador que había junto a la entrada y
hablando con el intérprete, había un abisinio envuelto en su chamma. Volvió
levemente la cabeza al oír los pasos de los tres hombres y éstos le
reconocieron inmediatamente: era el individuo en cuya compañía habían viajado
desde Port Said. Éste no dio la menor muestra de haberles reconocido., sin
embargo y siguió hablando unos instantes con el empleado del hotel, para
después dejarse caer en un sillón cercano.
Manrique se acercó al mostrador junto con sus compañeros.
Dijo:
—Soy el Enviado de España: ¿ha llegado algo para mí?
—Ayer, señor — le contestaron—. Como usted no dijo nada
anoche y no sabía quién era, no pude ofrecérsela.
Se volvió y sacó una carta del casillero que tenía a sus
espaldas. Como todas cuantas había recibido Manrique de Xicuelles hasta
entonces, procedía de Australia.
Dio las gracias y se echó la carta al bolsillo,
encaminándose, a renglón seguido, al comedor.
Locarno estaba sentado allí ya, a la mesa grande central.
Cornelio y las dos mujeres entraron momentos después.
No se dijo nada hasta que les fue servido el desayuno. No
había nadie más que ellos en la estancia. Preguntó Locarno, de pronto:
—¿Qué hacemos por lo que a los discos se refiere?
Manrique hizo suyas las palabras de Yuma para contestar.
—Se me antoja — anunció—, que la pérdida de los discos no
es razón para que modifiquemos nuestros planes. Buscaremos mulas, provisiones y
tiendas de campaña y proseguiremos la marcha como si nada hubiera sucedido.
—¿Sin los discos? — insistió Locarno.
—¿De dónde quiere usted que los saquemos? Cualquiera sabe
quién se los ha llevado ni dónde se encuentran en este instante... aunque es
posible que se hallen mucho más cerca de lo que nos suponemos. Quienquiera que
los tenga, procurará apoderarse de los que le faltan. Ya hará acto de
presencia. Y, cuando lo haga, estaremos esperando para recibirle.
—Yo creo — dijo Cotry—, que debiéramos procurar encontrar
al ladrón antes de continuar nuestro camino.
—Buscarle en Addis Abeba sería como buscar una aguja en un
pajar. Y nos expondríamos a perder algún disco más, con tan pocas
probabilidades de volverlo a rescatar. No. Es mejor seguir adelante. No podrá
ocultarse ese hombre tan fácilmente en despoblado.
—¿Quién nos garantiza — inquirió Cornelio—, que ese hombre
nos saldrá al paso?
—El sentido común respondió Manrique—. ¿De qué le sirven
los dos discos solos? Y, aun suponiendo que le sirvieran, sólo pueden serle de
utilidad allá por los alrededores de Ginir, conque tendrá que hacer el mismo
viaje que nosotros. Si no le vemos por el camino, ya nos le encontraremos
cuando lleguemos al punto de destino.
—Tiene razón Manrique — murmuró Hipatia—. Es mucho mejor
que sigamos adelante.
—A menos — intervino, Cotry—, que haya algo en la carta
que nos aconseje hacer lo contrario.
—¿Qué carta? — inquirió Locarno.
—Una que acaban de entregarle a Manrique.
Se volvió hacia éste.
—¿Por qué no la abre? — inquirió.
—Estaba pensando hacerlo — respondió el joven, sacando el
sobre del bolsillo.
Lo rasgó con cuidado. No contenía más que una hoja
doblada. La desdobló y la depositó sobre la mesa. Todos la miraron con
extrañeza.
—Xicuelles — dijo Locarno—, se ha empeñado en ser
enigmático hasta el mismísimo fin.
—¿Qué significan esos garabatos? —inquirió Ifigenia.
—¿A qué se referirá esa frase? — quiso saber Cotry.
Manrique se encogió de hombros, contemplando la hoja de
papel. En el centro había dibujado una especie de escudo, con dos seises
tumbados y una flecha entre los dos (Fig..8—)
Debajo decía lo siguiente:
...Ofrendaron sus sacrificios durante
generaciones a Uak
Figura 8
—No pretendo — dijo Manrique—, entender su significado de
momento; pero no creo que ello modifique en absoluto otro itinerario. Nos
ocuparemos de los preparativos después de desayunar. Entretanto, reflexionaré.
Si no se me ocurre una solución, aprovecharé el ofrecimiento del profesor Vardo
y le telegrafiaré... aunque no creo que llegue a ser eso necesario.
—¿Cree usted poderlo descifrar por su cuenta? — preguntó
Hipatia.
—Casi estoy por asegurarle que estoy convencido de que
puedo hacerlo —sonrió Manrique.
Cuando salieron del comedor el abisinio había desaparecido
del vestíbulo. Manrique se acercó al mostrador.
—¿Quién era ese hombre que estaba hablando con usted
cuando bajamos nosotros? — preguntó.
—Fitaurarí Hapta — respondió el intérprete.
—¿Comandante del Ejército Abisinio? — inquirió el joven.
—Sí, pero tengo la idea de que no se trata de un
comandante en activo, sino de un título honorario que le han concedido, Ato
Manrique.
—¿Vive en Addis Abeba?
—No... Es galla, de los arusi galla. Creo que ahora marcha
a su tierra. ¿Deseaba algo de él?
—Nada, gracias — le respondió Manrique—. Preguntaba por
curiosidad. Hemos viajado juntos desde Port Said y me habían dicho que se
trataba de un personaje de importancia. ¿Ha hecho usted lo que le encargué?
Sí, Ato Manrique. Dentro de media hora estarán reunidas
las mulas y cargadas. Y los hombres estarán aquí también.
—Gracias. Avíseme cuando lleguen. Seguramente estaré en mi
cuarto.
Empezó a subir la escalera. Los otros le siguieron, no
porque tuvieran deseos de volver a su habitación, sino porque les consumía la
curiosidad.
—¿Qué es un fitaurari? — le preguntó Ifigenia.
—Ya me oyó usted decirlo: un comandante del Ejército del
Negusa Nagast o Rey de Reyes, lo que significa que ocupa uno de los cargos más
importantes en este país... aunque su título sea sólo honorario. Aparte del de
Negusa Nagast, sólo hay tres títulos que le superen: el de Negus o Rey, el de
ras o cabecilla, y el dajazmach o general.
—Y ¿qué quiso decir el intérprete cuando le llamó a usted
Ato?
—Oh, ese no es más que un título de cortesía equivalente a
nuestro «señor» en inglés. Si habla usted con él, verá cómo la llama Waizaro,
que, es el equivalente femenino de Ato.
—El intérprete dice que ese hombre es gallo — intervino
Olaf—, y que regresa a su país. ¿No hemos de ir nosotros, al terreno de los
Arusi Galla?
—En efecto — asintió Manrique.
—Podría sernos muy útil su compañía.
—Pero no creo que nos permita disfrutarla. Ya vio usted
cómo nos esquivaba en el barco. Y aquí ha hecho como si no nos conociera. Por
consiguiente, soy partidario de no dirigirle la palabra... a menos que nos la
dirija el primero. Recojan lo que tengan en los cuartos y estén preparados.
Cuando lleguen las bestias de carga emprenderemos el camino. No hay necesidad
de esperar aquí por más tiempo.
Se metió en su cuarto e inmediatamente se puso el
auricular y llamó a Yuma. Éste contestó en seguida.
—He estado observándoos — anunció—. Pero no he podido ver
muy bien esa carta. Enséñamela.
Manrique la sacó del sobre, la abrió y la colocó a cierta
distancia de su cuerpo. Yuma guardó silencio unos instantes. Luego dijo:
—Como todas las comunicaciones de Xicuelles, ésta hay que
examinarla desde el punto de vista astrológico. Eso que parece un escudo no es
tal, sino una reproducción en gran escala de un signo del Zodíaco: Tauro. Los
supuestos dos seises son en realidad el signo de Cáncer. Y la flecha colocada
en medio es Sagitario. En este caso no creo que se trate de países, porque la
cosa no tendría sentido. Aguarda que piense...
Otro intervalo.
—Los astrólogos — dijo, por fin—, asignaban tres signos
del Zodíaco a cada uno de los cuatro elementos. Es de observar que los tres
signos de ese papel corresponden a elementos distintos y creo a qué elementos
se refieren. Si tal es el caso, debemos interpretar el dibujo como una
referencia a fuego (Sagitario), dentro de agua (Cáncer), dentro de tierra
(Tauro). Eso es todo cuanto puedo decirte. Salvo que, como notarás, Sagitario,
o Fuego, podría relacionarse con esa frase final de ofrendar sacrificios.
—¿Qué significa Uak?
—Uak — anunció Yuma—, es Dios en el idioma de los gallas.
Lo que parece confirmar que es en terreno galla donde hallaréis lo que andáis
buscando. Seguid a Ginir. Posiblemente se aclare más la cosa por el camino.
Nada más. ***
Manrique se quitó el auricular, recogió la ropa que tenía
en el cuarto, hizo un envoltorio y lo bajó al vestíbulo. Los demás, no sabiendo
qué hacer mientras esperaban, habían bajado ya.
—¿Se le ha ocurrido alguna solución al enigma ya? —
preguntó Cotry al verle.
—A medias — respondió Manrique.
Y explicó, como cosa suya, lo que le dijera Yuma.
—Creo — terminó diciendo—, que veremos más claro el
significado de eso por el camino. ¿Se quedan ustedes aquí?
—¿Qué otra cosa podemos hacer?
—Yo pienso dar una vuelta para distraerme.
—¿Y si llegan los animales durante su ausencia?
—Ya se esperarán a que regrese. ¿Quiere alguien
acompañarme?
—Yo, si usted me lo permite — anunció Hipatia.
—Con mil amores — respondió el joven.
—A mí me gustaría, pero... — empezó a decir Ifigenia,
mirando de uno a otro, con malicia.
Hipatia se puso colorada. Cotry intervino.
—Le acompaño yo también. Pero, como tres no es compañía...
—Tendré yo que completar la segunda pareja — sonrió
Ifigenia, terminando la frase—. No había necesidad de que acudiera en mi
auxilio, sin embargo, Cotry. Tenía la intención de acompañar a Hipatia y, no
obstante, no ser un estorbo para ella. Hubiera pedido a uno de ustedes que me
acompañara, sin vacilar.
—¿A cuál de nosotros? — inquirió Cotry..
—¿Anda usted buscando que sea yo quien eche los piropos,
caballero? Cualquiera de ustedes me hubiese servido.
—Me considero completamente aplastado — anunció Cotry—;
pero no tengo la menor intención de retirar mi candidatura. Ordenad, señora,
¿dónde queréis que os conduzca?
—Como ni usted ni yo conocemos la población, creo que
nuestro mejor plan será acompañar a Hipatia y Manrique.
—¡Por Dios! — exclamó Cotry, con fingido horror—.
¡Acompañarles, no!
—Seguirles, quise decir... Y a respetuosa distancia,
naturalmente. ¿Vamos?
Echaron a andar en la dirección tomada por la otra pareja.
Ninguno de los otros expedicionarios sintió el menor deseo de unirse al grupo.
Cornelio se quedó sentado a la puerta. Locarno y Olaf marcharon a la sala de
billar, pero pronto se aburrieron y regresaron al lado de su compañero.
Las dos parejas no tardaron en regresar. Se habían
encontrado por el camino con los indígenas y las mulas y volvían con ellos.
Olaf se quedó boquiabierto al ver llegar la caravana.
—Pero... ¿todo eso hemos de llevar? — preguntó, aturdido.
Y no era para menos. Había, en total, veintiuna mulas, dos
becerros y, unas cuantos ovejas y cabras. Catorce de las mulas iban cargadas.
Las otras siete, ensilladas.
Las conducían ocho indígenas.
Manrique sonrió.
—Más bien nos faltan que nos sobran — dijo—. He viajado
otras veces por Etiopía. La primera vez cometí el error de llevar lo menos
posible y a poco estuve de no volver del viaje. Siete de las mulas, como ve,
son para nuestro uso, como cabalgaduras, aunque yo, por mi parte, pienso usar
la mía lo menos posible. Las otras catorce llevan provisiones, municiones y las
tiendas de campaña.
—Van a medio cargar nada mas — objetó Olaf—. Podía
haberlas cargado más y haber necesitado menos.
—Vamos a recorrer un camino montañoso. A veces tendremos
que pasar por lugares que apenas pueden escalar las cabras. Estas mulas están
acostumbradas a eso, pero si fueran demasiado cargadas se caerían a algún
precipicio.
—¿Y los becerros y las cabras? ¿Para que las queremos?
—No llevamos suficientes previsiones para la distancia que
hemos de recorrer. Tampoco podemos fiarnos demasiado de la caza. Podemos
encontrar mucha... o ninguna. Y, no sabemos la recepción que nos acordarán los
arusi. A veces se niegan a suministrar alimentos a los viajeros. Ya verá usted
cómo nos hace falta todo lo que llevamos.
Entró en el hotel a recoger las ropas que allí tenía,
cargando el bulto en una de las mulas. Los demás le imitaron. Luego se colgó un
rifle en bandolera, se puso un cinturón del que colgaba un revólver enfundado y
se encaró con sus compañeros.
—¿Están todos preparados, señores? — quiso saber.
Ninguno parecía haberse olvidado nada y todos se mostraron
dispuestos a dar principio al viaje.
De pronto Manrique se acordó de una cosa.
—¡Un momento, señores!
Dejó el rifle a la puerta, subió presurosamente la
escalera y la volvió a bajar, no menos precipitadamente, momentos después. Por
su expresión se comprendía que había sucedido algo.
—¿Qué ocurre? — preguntó Locarno.
—Que ese ladrón sigue por los alrededores — anunció
Manrique.
—¿El disco...? — inquirió Olaf.
El joven movió negativamente la cabeza.
—No, la carta. Me la dejé olvidada en el cuarto. Ha
desaparecido.
La más viva consternación se retrató en el semblante de
todos.
—¡La carta! — exclamó Cotry.
—Oh, no es por lo que valga — se apresuró a decir
Manrique—. Para nosotros no significa entorpecimiento alguno, puesto que
conocemos su contenido. Sólo que el que se llevó los discos ha conseguido un
dato más que desconocía.
Cotry se volvió hacia Locarno.
—¿Dijo usted que el hombre a quien sorprendió en su cuarto
era abisinio? — preguntó.
—No me cabe la menor duda de ello — respondió el
interpelado.
—Esta mañana — prosiguió Cotry—, cuando el intérprete le
dio la carta a Manrique, el fitaurari ese estaba sentado a pocos pasos de
distancia...
—¿Qué quiere decir con eso? — inquirió Manrique.
—Que pudo ver perfectamente el sobre y los sellos
australianos.
—¿Qué posible interés puede haber tenido para él eso?
—No lo sé, pero es mucha casualidad. Nos encontramos a
Hapta por el camino y rehúye nuestra compañía. A continuación, un abisinio roba
dos discos. Por la mañana, descubrimos que Hapta para en el mismo hotel y se
halla presente cuando le entregan a usted una carta de Australia. Media hora
más tarde, nos le encontramos detrás del hotel, poco más o menos debajo de la
ventana del cuarto de usted. Y, á nuestro regreso, la carta ha desaparecido.
¿No le parecen muchas coincidencias esas?
—Puede ser que tenga usted razón — dijo Manrique muy
despacio.
Se encaró con Olaf.
—¿Han estado ustedes aquí todo el tiempo durante nuestra
ausencia?
Olaf afirmó con la cabeza.
—Sí. Es decir, hemos estado en el hotel. Cornelio y yo
fuimos un rato al billar, pero salimos en seguida. Locarno, sin embargo, se
quedó en la puerta.
—Mientras ha estado usted en la puerta, ¿ha entrado o
salido alguien?
Locarno negó con la cabeza.
—Nadie — afirmó.
—¿Ha visto la escalera durante todo este tiempo?
—Lo bastante para poder asegurarle que nadie ha bajado ni
subido por ella.
Manrique entró en el hotel.
—¿Está el fitaurari Hapta? — le preguntó al intérprete.
—No, Ato Manrique. Marchó a primera hora.
—¿Volverá?
—No. Le estaban esperando fuera con las mulas. Ha
emprendido ya el viaje hacia el país de los Arusi Galla.
El joven volvió a salir.
—Hapta — anunció—, salió a primera hora con sus mulas,
diciendo que marchaba hacía su país. Nosotros le hemos visto no hace mucho rato
detrás de este hotel. No sé si será él quien robó los discos y la carta, pero
su actuación se me antoja sospechosa. Sea como fuere, por nuestro camino viaja
y, a buen seguro, nos lleva ya unos minutos de delantera. Ya nos volveremos a
cruzar con él durante la ruta.
Ayudó a Hipatia a montar, mientras Cotry hacía lo propio
con Ifigenia. Dio una orden al jefe de los indígenas y la caravana se puso en
marcha, en dirección al río Auash. Desde allí, dos rutas se abrirían ante ellos
para llegar a Ginir a través de Arusi: una pasando por Siri, y la otra cruzando
la montaña de Chilaló. Esta segunda era la más pintoresca y la menos usada, y
de buena gana la hubiera escogido. Manrique. Pero también era la más larga y,
como esperaba que se hiciera algún intento por quitarles los demás discos por
el camino, optó por seguir la ruta Siri.
Desde su salida de Addis Abeba hasta su llegada a la
orilla del Auash, sólo una vez distinguieron al fitaurari, aun entonces, a gran
distancia.
Rapta iba, montado en una mula en pelo, al estilo galla.
Delante de él iba un indígena galla como él, conduciendo dos mulas cargadas. Le
vieron durante unos instantes tan sólo antes de que se perdiera tras unos
matorrales.
CAPÍTULO X
UN SUCESO INCREÍBLE
LOS días fueron transcurriendo sin novedad. Los gallos que
se encontraron a su paso, armados con lanzas en su mayoría, no dieron muestras
de intenciones hostiles. A medida que quedaban atrás los kilómetros, se iban
dando cuenta los expedicionarios de que Manrique había hecho muy bien al
empeñarse en llevar ganado. Uno de los becerros había sido sacrificado ya, y
varias de las ovejas. Las cabras les habían proporcionado una leche a la que
pronto se fueron acostumbrando.
Llevaban cinco tiendas de campaña, tiendas etíopes, de
indiana, que tienen la ventaja de pesar muy poco. En dos de ellas dormían los
ocho indígenas, a cuatro por tienda. Hipatia e Ifigenia compartían otra; Olaf y
Van Strom, la cuarta, y en la última dormían Manrique, Locarno y Cotry. Al
alzarlas por la noche, colocaban la de las mujeres en el centro y, hasta que se
levantaba el campamento, había dos hombres de guardia, uno de los
expedicionarios y un indígena.
Por fin, al cabo de largos días de marcha, llegaron a
orillas del río Uabi sin haber tenido ningún tropiezo. El fitaurari debía haber
tirado por otro camino, o se habría adelantado o retrasado, porque hacía tiempo
que no le veían ni de lejos.
El Uabi, frontera de Arusi y Bale, es un río muy ancho y
de una corriente muy fuerte, y en la época de las lluvias baja con tal caudal,
que no hay manera de vadearlo. Los expedicionarios tuvieron suerte, sin
embargo, y pudieron cruzarlo por un lugar en que medía noventa metros de
anchura tan sólo, y en el punto en que no había alcanzado el río el nivel que
de un momento a otro alcanzaría.
Escalaron luego las montañas Lajo por senderos que sólo
aquellas mulas hubieran podido recorrer y, aun éstas, con peligro continuo de
despeñarse. El paisaje es maravilloso por aquella comarca, pero Manrique estaba
demasiado preocupado, por las oportunidades que la montaña ofrecía a cualquiera
que quisiese tenderles una emboscada para pararse demasiado a admirarla. En la
cima de la montaña, donde el frío era intenso, les sorprendió, por añadidura,
la lluvia y optaron por acampar antes de tiempo, Bajaron la montaña al día
siguiente, cruzando el río Uebe —que no debe confundirse con el Uabi— cerca de
su nacimiento y desembocaron en la ancha llanura que se extiende hasta Ginir,
viéndose obligados a vadear nuevamente el río antes de llegar a la población.
En la vecindad de la misma acamparon sin haber sido molestados en todo su largo
viaje ni una sola vez.
Habían llegado ya muy cerca del lugar señalado en el
famoso horóscopo. Magalo no se hallaba muy lejos. Y entre Ginir y Magalo debía
encontrarse el tesoro. Manrique, luego de consultar con sus compañeros, decidió
ir a dar una vuelta por Ginir. No conocía el idioma galla, pero sabía que todos
los gallas entienden, el amhárico también, y de él esperaba servirse. Su objeto
era adquirir, si le era posible algún conocimiento de la topografía de los
alrededores en la esperanza de que ella pudiera proporcionarle algún dato que
le permitiese descubrir el significado de la carta que le robaran en Addis
Abeba.
Cornelio y Locarno se ofrecieron para acompañarle, pero
rechazó su ofrecimiento porque, como ninguno de los dos conocía el idioma, le
servirían más de estorbo que ninguna otra cosa.
—Alguno habrá — arguyó Locarno—, que entienda algún idioma
de los que nosotros hablamos. Después de todo, por aquí han pasado italianos.
No dejaba de tener razón en eso, y Manrique le contestó:
—Si quieren ustedes probar suerte por su cuenta, háganlo.
Acompañándome no, adelantarán nada. Ganaremos más tiempo si cada uno prueba
fortuna por su lado. Luego nos reuniremos en el campamento y compararemos lo
que hayamos descubierto.
Así quedaron. Y cada uno tiró por su lado.
Manrique encontró en Ginir mucha mejor recepción de la que
se había esperado. Tanto fue así, que no emprendió el camino de regreso al
campamento hasta que cayó la noche. Volvía muy satisfecho. De las
conversaciones sostenidas con unos y otros, había obtenido una serie de datos
preciosos. O mucho se equivocaba ó el escondite del tesoro había dejado ya de
ser un secreto para él.
Precisamente por ir tan contento no fue tan alerta como de
costumbre. Pasaba junto a unos matorrales cuando el instinto le avisó que un
peligro inminente le amenazaba. Quiso volverse, escudriñar la oscuridad, pero
era ya demasiado tarde. Algo pesado descendió sobre su cabeza, derribándole.
Luchó, con todas las fuerzas que le dio la desesperación, contra las tinieblas
que empezaban a envolverle el cerebro. Pero su lucha fue estéril y perdió el
conocimiento sin haber podido ver, ni un instante, a la persona que le había
agredido.
Volvió en sí por fin. La oscuridad era profunda. No tenía
la menor idea del tiempo que había estado sin conocimiento, De lo primero que
se acordó fue del disco. Lo buscó en el bolsillo del chaleco. Había
desaparecido. Tambaleándose aún, furioso consigo mismo por haberse dejado
sorprender de aquella manera, se puso en pie y echó a andar de nuevo hacia el
lugar en que habían instalado las tiendas de campaña. Iba preguntándose con qué
cara se presentaría a sus compañeros y les diría que él, a quien se le había
confiado el mando de la expedición y a quien se le había encargado cuidase de
la seguridad le los demás, no había sabido cuidarse de sí mismo.
Pero olvidó su dolor y su ira de pronto ante el
presentimiento de un nuevo y mayor desastre. O mucho se equivocaba, o debía
hallarse ya a pocos pasos del campamento, Sin embargo, ni veía luz alguna, ni
oía el menor ruido. El silencio era absoluto como si no hubiera ser vivo alguno
en las cercanías.
Siguió caminando. La forma de aquellos matorrales se le
antojaba conocida. Aquel árbol... Aquel cactus un poco, más allá... Era mucha
casualidad que hubiera dos lugares tan iguales, con la misma vegetación y
espaciada de idéntica manera. Pero las tiendas de campaña no se veían por
ninguna parte.
Sacó una lámpara del bolsillo. Iluminó el suelo. Vio
señales de herraduras, los agujeros en que habían estado clavadas las cuñas de
las tiendas de campaña. Pero ¡el campamento había desaparecido por completo,
como, si se lo hubiera tragado la tierra!
Se frotó los ojos, incrédulo. Volvió a examinar el suelo,
a introducir los dedos en los agujeros de las cuñas para asegurarse de que
existían de veras y no eran pura invención de su fantasía. Consultó su reloj de
pulsera. Era la una de la madrugada. Había estado sin conocimiento cuatro horas
aproximadamente. Y durante dicho intervalo el campamento se había volatilizado.
Empezó, á recorrer los alrededores, llamando en alta voz
de vez en cuando. A lo mejor, por causas que no se le alcanzaban, pero que le
parecerían completamente lógicas cuando las conociera, sus compañeros habrían
cambiado de lugar las tiendas. Era la única explicación posible. No podían
haber levantado el campamento en su ausencia para continuar el viaje, sobre
todo teniendo en cuenta que le habían estado esperando y que de él dependía
todo, puesto que ninguno de los otros conocía ni el idioma ni el terreno.
Al cabo de cerca de media hora de buscar, cuando empezaba
a perder toda esperanza, uno de sus gritos recibió respuesta, y muy cerca. Una
carga pareció quitársele de encima; pero volvió a sentir su peso, más abrumador
que nunca, al volverse.
Sentado en el suelo, con cara de profundo abatimiento, se
hallaba Cornelio Van Strom, Y, frente a él, no menos abatido, Giuseppe Locarno.
—¿Qué sucede? ¿Dónde están los demás? — quiso saber
Manrique.
Cornelio se encogió de hombros e hizo un gesto de
impotencia con las manos. Locarno alzó la mirada y dijo, con voz completamente
aplanada:
—¿Los demás? ¡Creíamos que habría sido usted quien habría
ordenado que se siguiera adelante sin esperarnos!
—¿A estas horas? — exclamó Manrique.
Se acercó a los dos hombres. Los sacudió con violencia,
obligándoles a levantarse.
—¿Por qué había yo de trasladar de sitio el campamento u
ordenar que se prosiguiera la marcha en ausencia de ustedes? ¡Vamos! ¿Dónde han
estado?
—En Ginir — respondió Locarno—; pero no juntos. Yo he
hablado con algunos indígenas que sabían algo de italiano. Cuando comprendí que
ya no podría averiguar más y que se estaba haciendo tarde, volví al campamento
y no lo encontré. Creí que estaba soñando. Mientras erraba por los alrededores
pensando que, a lo mejor, me habría equivocado de sitio, me encontré con
Cornelio, que estaba van estupefacto como yo. Eso es lo único que sé...
A Cornelio le había sucedido lo propio. Había vuelto
buscando el campamento desaparecido, sin encontrar a nadie más que a Locarno
que vagaba por entre la vegetación como un ánima en pena.
—¡Esto es absurdo! — exclamó Manrique—. ¡Un campamento no
puede desaparecer así, sin dejar rastro! Ocho indígenas y cuatro blancos...
doce personas nada menos... Y veintiuna mulas... ¿Ustedes creen que puede
moverse semejante caravana sin ser vista por nadie?
Los dos hombres movieran negativamente la cabeza.
—No, no es posible — asintió Locarno—. Pero, ¿por qué se
han ido y dónde se han metido?
—No lo sé, pero vamos a hacer lo posible por averiguarlo.
¿Son ustedes capaces de volver aquí sin perderse si se alejan un poco?
Ambos contestaron afirmativamente.
—En tal caso, vamos a separarnos y mirar bien por los
alrededores. Usted, tire por ahí, Cornelio... Usted, por ese lado, Locarno...
Yo iré por este otro. Dentro de media hora volveremos a reunirnos aquí.
Y cuando, de cabo de medio hora, volvieron a reunirse, en
el rostro de todos ellos se leía que habían fracasado.
—Alguien — dijo Locarno—, debe haberlos secuestrado a
todos.
—¿Secuestrado? — exclamó Manrique—. ¿Sin lucha? Estaban
armados. Se hubieran defendido por lo menos. Y, en este silencio, los disparos
se oyen desde muy lejos. ¿Han oído ustedes alguno?
Ambos contestaron negativamente.
Manrique se sentó en el suelo, se puso a reflexionar. No
debía dejarse trastornar por el increíble acontecimiento. Necesitaba, más que
nunca, toda su serenidad. La vida de sus compañeros tal vez dependería de ello.
La vida de sus compañeros... la vida de Hipatia. Este énfasis lo dio él
mentalmente y casi sin darse cuenta. Durante los días que llevaban juntos
viajando por aquellas selváticas tierras, la amistad de la linda griega había
llegado a significar mucho para Manrique, tal vez mucho más de lo que él mismo
se daba cuenta siquiera.
Cuanto más reflexionaba, más se inclinaba a creer que
Locarno tenía razón, después de todo. Tenían que haber sido secuestrados, por
imposible que pareciese. Ninguna otra explicación parecía admisible. Y nadie
sabía mejor que él cuán cerca del campamento había andado su misterioso
enemigo, puesto que él mismo había sido su víctima.
Admitiendo, sin embargo, que aquello fuera obra del mismo
que le había atacado, ¿por qué había secuestrado al campamento entero? ¿No se
había conformado con robarle el disco a él, como hiciera anteriormente con
Cornelio y Locarno? ¿Por qué no se había limitado a robarles el disco a los
demás también? ¿Qué necesidad tenía de cargarse con ellos?
O... ¿habría un tercero en discordia? Para secuestrar a
doce personas y llevarse sus mulas, haría falta bastante gente. ¿Quién podía
disponer de tanta gente por allá? Entre otros, el fitaurari Hapta a no dudar.
¿Sería todo aquello obra del galla?
Volvió a ponerse en pie. Nada adelantaba haciéndose tantas
preguntas. De haberse hallado en otro lugar, hubiera procurado hallar rastro de
los animales por lo menos. Pero allí era tiempo perdido. Había muchas mulas en
Ginir, y muchas pisadas de animales en sus alrededores. Entre ellas hubiera
resultado imposible distinguir cuáles eran las del campamento.
—Tendremos que esperar a que amanezca — dijo por fin—.
Entraremos entonces en Ginir a preguntar si alguien ha visto algo. Si nada
descubrimos, continuaremos como podamos el camino. Si se ha secuestrado a
nuestros compañeros por dos discos, donde se encuentre el tesoro encontraremos
a su secuestrador. Es nuestra única esperanza. ¿Qué han descubierto ustedes en
la población?
—Muy poca cosa... por lo menos yo — anunció Locarno—. Lo
único notable por aquí, al parecer, es que el río Uebe atraviesa una montaña
llena de cavernas cerca de Magalo.
—Eso mismo he descubierto yo — afirmó Cornelio.
—Con lo cual — observó Manrique—, lo han descubierto
todo... o casi todo. Yo me he enterado de eso también. ¿Recuerdan la carta que
nos quitaron en Addis Abeba? Fuego, dentro de Agua, dentro de Tierra... ¿Verdad
que recuerdan? Pues bien, vamos a leerlo de otra manera. Fuego, dentro de río,
dentro de montaña... Es evidente que al hablar de agua dentro de tierra,
Xicuelles se refería al Uebe en este trozo de su recorrido que, por cierto, se
halla dentro de la latitud señalada en el horóscopo.
—Así parece — asintió Cornelio, que, a pesar de todo, no
lograba entusiasmarse—. Pero ¿y el fuego?
—Decía la nota: Ofrendaron sus sacrificios durante
generaciones a Uak....
—Sí...
—Uak significa «Dios» en galla. Yo he procurado averiguar
si había algún sitio por aquí en que, desde hace muchas generaciones, se
hubieran ofrecido sacrificios a Dios...
—Y... ¿ha conseguido, averiguarlo? — inquirió Locarno,
dando muestras de interés por vez primera.
—Sí. Me han dicho que en el corazón de la montaña que
atraviesa el río hay una caverna donde siempre se han hecho sacrificios. Pero
nadie ha querido decirme exactamente dónde está ni cómo llegar a ella. Dicen
que en el corazón de la montaña hay serpientes boa, y leones, y animales
fabulosos. Y aseguran que nadie puede entrar allí y vivir y que ningún indígena
está dispuesto a ayudar a quien allí se dirija, ni a proporcionarle alimentos,
porque eso sería hacerse cómplice de su sacrilegio.
»Es posible que haya serpientes boa por allí, pero es
absurdo suponer que pueda haber leones. En cuanto a los animales fabulosos,
ésos no son más que producto de la fantasía y de la superstición. Estoy seguro
de que ese lugar de sacrificios es el «fuego» de que habla Xicuelles, dentro
del «agua» o río Uebe, dentro éste, a su vez de «tierra», o sea la montaña.
—Estoy completamente seguro — dijo Cornelio—, de que tiene
usted razón. Pero, de poco nos sirve saberlo en el estado en que nos
encontramos.
—Procuremos descansar un poco — aconsejó Manrique—. Ya
veremos lo que nos trae el día.
Y subiéndose a un árbol cercano, se aposentó entre dos
ramas, a las que se sujetó con el cinturón, y consiguió quedarse dormido.
CAPÍTULO XI
FUEGO DENTRO DE AGUA, DENTRO DE TIERRA
A la mañana siguiente los tres se apretaron el cinturón a
falta de desayuno y echaron a andar hacia Ginir, sin dejar de mirar a su
alrededor por si, a la luz del día, descubrían algún indicio del paradero del
campamento perdido.
Escogieron, antes de entrar en la población, un punto
donde reunirse más tarde. Luego se separaron. Manrique anduvo errando de un
lado para otro, entablando conversación de vez en cuando, escuchando las más de
las veces la conversación de los demás. Al cabo de dos horas andaba tan lejos
de dar con la solución del misterio como cuando entrara. Y como dos horas era
el plazo fijado para su indagación, regresó al punto convenido confiando en que
sus dos compañeros habrían tenido más suerte.
Fue el primero en llegar al lugar de cita y se sentó a la
sombra de unos árboles. Transcurrió un cuarto de hora sin que aparecieran
Cornelio y Locarno. ¿Habrían olvidado lo convenido o no se habrían dado cuenta
de que había pasado ya el tiempo? A la media hora empezó a inquietarse. A los
tres cuartos, su alarma era completa. A la hora justa, decidió abandonar el
punto de cita e ir en busca de los dos hombres.
Pero obtuvo el mismo resultado que en el caso del
campamento: Locarno y Van Strom habían desaparecido sin dejar rastro, Sólo
entonces se decidió a ponerse en comunicación con su jefe. Se había resistido a
hacerlo antes por creer que aquel era un asunto que debía resolver él por su
cuenta.
Como en veces anteriores, Yuma contestó en seguida. Pero
aquélla vez insistió en que la conversación fuera llevada a cabo con el reloj
de pulsera. Sin duda se hallaba en un lugar donde le era imposible hacer uso de
la pantalla fluorescente y de los auriculares.
Manrique dio cuenta de su marcha a Ginir y del resultado
de sus investigaciones. Habló de su regreso al campamento y de la sorpresa que
se había llevado. Contó cómo había vuelto a la población y comunicó sus temores
respecto a Cornelio y Locarno.
La contestación de Yuma fue breve.
—Tu interpretación, de los símbolos zodiacales es acertada
— dijo—. Desde Ginir al lugar en que el Uebe se pierde en la montaña, a pocos
kilómetros de Magalo, hay un día de camino. Procede tú solo, sin preocuparte.
No creo que la vida de tus compañeros peligre... todavía.
»Ahora quiero que vuelvas a Ginir. Dirígete al mercado.
Entre los vendedores verás a un hombre sentado entre dos colmillos de elefante.
Acércate a él y discute el precio de la mercancía. Es galla, pero puedes
hablarle en inglés, que te entenderá. Le dices que te envía La Voz. Cuando le
hayas dicho esto, haz como si el género no te interesara y vete. Da una vuelta
mirando las demás mercancías expuestas, pero no pierdas de vista al galla.
Cuando veas que él se levanta, síguele. Él te proporcionará una mula y provisiones.
No le preguntes nada, que él nada te preguntará a ti. En cuando tengas la mula,
ponte en, camino hacia el Uebe. Nada más.
Manrique se puso en pie y volvió de nuevo a Ginir. Como le
había dicho su jefe, halló un hombre sentado entre dos colmillos de elefante.
Aparte de esto, tenía unos cuantos tejidos y utensilios indígenas ante sí..
Se acercó y se puso a discutir el precio en inglés, idioma
en que respondió el otro. Y cuando estuvo seguro de que nadie le oía, se
inclinó y dijo:
—Me envía la Voz.
Aun discutió unos momentos con el hombre después de eso,
marchando luego a ver las mercancías de los demás vendedores. No tardó mucho
tiempo en levantarse el hombre. Manrique vio, por el rabillo del ojo, que
hablaba con otro indígena, encomendándole, sin duda alguna, el cuidado de su
puesto.
Cuando el hombre se fue, se hallaba ya a pocos pasos
detrás de él. Le siguió hasta el otro extremo de la población, donde el galla
se metió en una construcción indígena, de cañas. A los pocos minutos volvió a
salir conduciendo una mula cargada. Llegó hasta donde estaba Manrique, le
entregó el ronzal. Dijo:
—Buen viaje. Ese es el camino de Magalo.
Señaló hacia el horizonte. Y, dando luego media vuelta,
echó a andar otra vez en dirección al mercado.
Manrique no tenía que cruzar la población ya para nada. Se
hallaba en el extremo de ella más próximo a Magalo. Emprendió lentamente la
marcha, pero en cuanto hubo perdido de vista Ginir, montó a lomos de la mula y
la azuzó para que fuera lo más aprisa posible. Temía que le sorprendiese la
noche antes de haber llegado a su destino, ya que ello le obligaría a aplazar
su exploración hasta el día siguiente. Y a pesar de las palabras de Yuma, la
suerte de sus compañeros, le preocupaba. —
Comió frugalmente al mediodía sin apearse de la mula ni
acortar el paso. El terreno que había delante de él y que a distancia le había
parecido bastante llano cambió por completo de aspecto cuando lo vio de cerca,
presentándose quebrado, rocoso, lleno de simas. Muy abajo vio un profundo
desfiladero en el que desembocaban numerosos valles menores. Empezó a descender
por las escarpadas laderas con gran dificultad, y continuo peligro. La vista
era hermosa, pero Manrique no tenía ojos para ella. Abundaban las palmeras, los
matorrales gigantescos, arbustos árboles y plantas trepadoras cubiertas de
varías flores.
Después de recorrer más de un kilómetro de esta manera, se
encontró al borde de un segundo precipicio de unos sesenta metros de
profundidad, por cuyo fondo se deslizaban las turbulentas aguas del Uebe, Hasta
aquel momento, no se había encontrado ni a un solo ser humano en su camino.
Cuando llegó a la orilla del agua, hubo de detenerse, a
pesar suyo, mudo de admiración ante la grandiosidad de lo que estaba viendo.
Las aguas del río, en el transcurso de los siglos, habían ido minando la
montaña con tal arte, que más que obra de la Naturaleza, parecía trabajo del
hombre. Por las riberas se alzaban gigantescas columnas, balaustradas,
peristilos, arcos, figuras simétricas fantásticas que parecían tallados todos
en mármol. Por uno de los arcos pasó Manrique cuando pudo dominar su asombro,
atravesando luego una especie de templete natural compuesto de un grupo de
columnas que sostenían un techo de granito. Al otro lado, el río se deslizaba
por entre grupos de columnas y rocas, cayendo en cascada de trecho en trecho.
Un poco más allá, se perdía por un arco. Por aquel lado, la montaña entera
parecía hallarse sostenida por columnas de diez a quince metros de altura,
separadas entre sí por una distancia que oscilaba entre los seis y los treinta
metros. El espacio entre ellas formaba una serie de cámaras de inmensas
cúpulas. Había llegado al lugar mencionado en el mensaje, el lugar en que el
agua se metía en la tierra.
Durante unos instantes se detuvo, contemplando aquella
soberbia belleza arquitectónica, obra del Creador. Su grandeza le aturdía.
Temía perderse en aquel laberinto subterráneo sin dar con lo que quería buscar.
La presión de la palanquita del reloj-muñeca le sacó de su
contemplación.
—Auricular — le ordenaron, en morse.
Se lo puso como hombre en sueños. La voz de Yuma sonó en
sus oídos.
—No entres por ahí — le ordenó—. Ata la mula a una
columna. Elévate una cuerda que encontrarás con las provisiones. Escala la
ladera. Encontrarás un agujero: la boca de una caverna. Sujeta la cuerda fuera
y empléala. Ten en cuenta que el suelo de la caverna se encuentra seis metros
más abajo de la entrada. Nada más. No te quites el auricular ya.
Manrique ató la mula a una de las columnas como le habían
ordenado. Tomó la cuerda que encontró. Empezó a escalar la ladera. Al cabo de
unos momentos hubo de pasar por entre una masa de rocas. Al otro lado descubrió
un negro agujero en la montaña. Ató un extremo de la cuerda a una de las rocas.
Empezó a descolgarse en la oscuridad.
Cuando por fin tocaron suelo sus pies, permaneció inmóvil
unos instantes, escuchando. El silencio era completo. Sacó la lámpara del
bolsillo y la encendió. Se encontraba en una cámara subterránea de colosales
proporciones. Junto a una de las paredes había un enorme hogar y alrededor de
él colgaban utensilios de madera, collares de conchas, pieles de oveja y
numerosas correas, ofrendas, evidentemente, hechas a Uak.
Manrique pronunció el nombre de Dios en gallo
instintivamente. Aquel era, sin duda alguna, el santuario del que le habían
hablado, aquel donde, según las palabras del mensaje, ofrendaron sus
sacrificios durante generaciones a Uak. Aquel era el fuego dentro del agua,
dentro de la tierra. ¿Era allí donde debía encontrar el tesoro? Si así era, se
había adelantado a sus enemigos. Y ¿dónde estaban sus amigos?
Yuma seguía guardando silencio. Si sabía algo más de lo
que había dicho, lo callaba. Examinó, palmo a palmo, toda la cámara y salió de
ella, recorriendo un centenar de metros más allá, pisando por nuevas cámaras y
arcos de roca. Parte de la montaña se había hundido por allí y no pudo
continuar. ¿Se habría cerrado el paso al tesoro con aquel hundimiento?
Volvió a la cámara de los sacrificios. El hogar se hallaba
en una especie de nicho. Se introdujo en él y examinó la pared. Nada descubrió.
Dirigió la luz de su lámpara hacía arriba. Había un hueco allí, como la boca de
una chimenea. Volvió a dirigir los rayos de su lámpara hacia abajo. Por el
rabillo del ojo notó entonces algo que le hizo alzar la cabeza de nuevo, y con
brusquedad. No se había equivocado. Allá arriba, en el interior de la chimenea,
se notaba un leve resplandor que mientras lo miraba, volvió a desaparecer.
Se metió la lámpara en el bolsillo. Las desigualdades de
la pared del nicho eran lo bastante grandes para que fuese posible escalarle
sin dificultad. Apoyó un pie, en un saliente de roca. Buscó asidero para la
mano. Empezó lentamente la ascensión.
Una vez en la chimenea, la tarea se hizo más fácil, puesto
que era lo bastante ancha para que pudiera pasar con comodidad, pero no tanto
que no pudiera hacer presión en sus paredes con piernas y brazos.
El resplandor volvió, a verse por encima de su cabeza y a
sus oídos llegó una voz desfigurada por los ecos.
—Eso debe ser — decía.
Manrique hizo un esfuerzo por subir más aprisa.
Alcanzó el punto par donde se filtraba la débil luz. Era
un agujero grande, casi cuadrado, abierto en la roca viva. Apoyó la espalda
contra una de las paredes de la chimenea, apretó con los pies contra la otra,
posó las manos en los bordes del hueco, adelantó con suelo cuidado la cabeza.
CAPÍTULO XII
YUMA DA CIMA A LA EMPRESA
ABAJO, a la altura aproximadamente de la cámara que
acababa de abandonar, Manrique vio una especie de gruta, un lado de la cual
estaba abierto, permitiendo ver un trozo de una cámara exterior de mayores
dimensiones.
Frente a él, en la gruta, y pegado a la pared, había una
especie de altar de piedra, cuya parte delantera o retablo era en parte, de
metal. Sobre la mesa del altar, había trazado un enorme círculo que la llenaba
por entero. Y el círculo estaba dividido en doce partes, en cada una de las
cuales se había grabado un signo del Zodíaco. De momento no pudo ver más allí,
porque la luz era insuficiente. Delante, ante el retablo o, mejor dicho, al pie
del mismo, había un esqueleto. Del retablo en sí no le era posible a Manrique
distinguir detalles.
En el trozo visible de la cámara mayor, Hipatia, Ifigenia,
Cotry y Olaf aparecían hacinados, custodiados por ocho etíopes con revólver y
rifle: los ocho que les habían servido de escolta desde Addis Abeba. A Cornelio
Van Strom no se le veía por parte alguna. Locarno, sin embargo, se hallaba
delante del grupo de prisioneros, con una lámpara de bolsillo en una mano y una
pistola en la otra. Por la oscilación de las sombras se comprendía que la luz
que iluminaba la caverna mayor procedía de antorchas.
Locarno empezó a hablar y la hizo en inglés para que todos
le comprendieran. Solo entonces, escuchándole, comprendió Manrique la verdad y
tuvo que hacer un esfuerzo para que la rabia no le cegase. Porque lo que decía
el maltés revelaba en él una vileza de la que jamás le hubiera creído posible.
—Siento, amigos míos — la voz llegaba perfectamente hasta
el joven, aunque el eco la desfiguraba lo suficiente para que no le hubiera
sido posible reconocerla al oírla por vez primera—; siento, amigos míos,
haberles sometido a las incomodidades que su excursión hasta aquí ha
representado. Hubiera querido evitarles la molestia, sobre todo en el caso de
las señoras, pero no he visto la manera de poder hacerlo.
—Se apoderó usted de nuestros discos abusando de la
confianza que en usted teníamos — dijo la voz de Olaf—. ¿Qué más quiere? ¿Por
qué no ha dejado en libertad a las mujeres, por lo menos?
El revólver de un etíope le impuso silencio con un gesto.
—Nuestro amigo Xicuelles — prosiguió Locarno—: fue un
hombre muy ingenioso. Parece haberla previsto todo. Por eso no he querido
correr riesgos. Poseía los discos, pero ¿quién me garantizaba a mí que, a
última hora, no fuera necesaria la presencia de los interesados para que
pudieran servir de algo? Por eso precisamente me he tomado la molestia de
traerles a todos conmigo. El único que nos falta es Manrique. Cornelio y yo,
muy a pesar nuestro, tuvimos que optar por dejarle atrás. No nos atrevíamos á
cargar con él y bajarle, solos, hasta aquí, Bastante trabajo teníamos con bajar
nosotros sin estrellarnos.
»No obstante, espero que pronto se ha hallará entre
nosotros. Ha comprendido el significado exacto del mensaje de Xicuelles y
obtenido los datos necesarios. Y vendrá aquí, porque opina que aquí encontrará
a sus compañeros, por cuya seguridad, naturalmente, se interesa. Es mucho mejor
así. Nos ahorra trabajo, porque viene por su propio pie. Y no puede
escapársenos, porque Cornelio le aguarda oculto junto a la entrada.
Si Manrique hubiese dudado de que Yuma seguía velando por
ellos, tal duda hubiese quedado disipada entonces. Yuma le había señalado otro
camino, y no el del río, para salvarle de que cayera en las garras de aquellos
traidores.
Locarno siguió hablando.
—No creo — dijo—, que la presencia de los interesados sea
necesaria después de todo, sin embargo. Todo parece indicar que la posesión de
los discos basta. Lo que no impide que tenga vivos deseos de ver a Manrique
formar a vuestro lado.
Esto lo dijo con una sonrisa siniestra qué reveló bien
claramente a todos sus intenciones. Pensaba apoderarse del tesoro y luego dar
muerte a sus ex compañeros, No podría disfrutar de la fortuna mientras ellos
viviesen. Y ningún lugar mejor que aquél, para abandonar sus cadáveres. ¿Quién
iba a descubrirlos en el corazón de la montaña?
Manrique sacó cuidadosamente el revólver que le colgaba
del costado. Tendría que intervenir tarde o temprano. Pero aun no había llegado
el momento. Si disparaba ahora contra Locarno, se exponía a causar la muerte de
sus compañeros. Y Cornelio acudiría al oír las detonaciones que repercutirían
como el trueno por todas las cavernas.
—¡Vigilad estrechamente a todos! — ordenó Locarno.
Y con gran sorpresa de Manrique lo dijo en amhárico,
idioma que había hecho creer a todos que desconocía.
Se metió la pistola en el bolsillo y avanzó hacia el
altar, dando un puntapié al esqueleto.
—¡Así, acabarás tú también cuando intentes, abrir ese
cofre! — vaticinó Cotry.
Locarno se echó a reír. Los rayos de su lámpara iluminaron
el retablo. Manrique vio en el centro, un agujero del que asomaba una barra.
—¡Tus esperanzas resultarán fallidas! — respondió el
maltés—. Este hombre, que Dios sabe cómo llegaría hasta aquí, halló la muerte
porque quiso abrir sin usar los discos, cuya existencia tal vez no ignorase.
Eso no puede sucederme a mí.
Saltó sobre el altar y lo iluminó con la lámpara. Vio
Manrique, a su luz, que en cada casilla del círculo había una estrecha ranura.
—El significado de esto es bien claro — anunció el
hombre—. El cofre incrustado en el altar sólo puede abrirse cuando cada uno de
los discos se halla en la ranura que le corresponde. No sé cómo funcionará el
mecanismo. Pero, es evidente que está tan delicadamente equilibrado, que el
menor error puede causarle la muerte al que lo cometa. Por fortuna, soy hombre
precavido. Ya en Chipre saqué una copia del horóscopo que trazó el profesor
Vardo para ahorrarme yo el trabajo de reconstruirlo con ayuda del mensaje, que
para cada uno de nosotros dejó Xicuelles.
Sacó un papel del bolsillo y los siete discos. Estudió el
papel unos instantes.
—Empezaremos por la oposición — anunció—. Venus en Leo...
Dejó caer el disco de cobre en la ranura correspondiente.
—...Saturno en Acuario...
Introdujo el disco correspondiente en la octava casa del
horóscopo.
—Y — prosiguió—, en la misma ranura, Júpiter y Luna...
Volvió a consultar el papel.
—Sol en Taurus... — dijo—. Marte en Capricornio...
Mercurio en Libra...
Saltó al suelo. Sacó la barrita del agujero en que estaba
metida. La examinó.
—Se conserva en perfecto estado — dijo—. Y esta vez
funcionará.
Arrodillóse junto al retablo. Enfocó el agujero con la
lámpara. Introdujo la barra.
—Es completamente redonda — dijo—; conque es evidente que
no ha de ser dándola vueltas como funcione, sino apretando, para que haga veces
de resorte...
La barra había entrado casi por completo en el agujero.
Apretó con fuerza.
Hipatia exhaló un grito de horror. Ifigenia asió con
violencia a Cotry.
Al apretar Locarno la barra, había salido con rapidez de
relámpago una especie de hoz dentada de cada lado del retablo, alcanzándole en
el cuello, una por cada lado.
Manrique cerró los ojos para no ver caer la cabeza de
Locarno, que estaba seguro quedaría segada. Volvió a abrirlos al oír el grito
de espanto del maltés. Las hoces se habían detenido en su trayectoria, pero le
tenían atenazado por la garganta con tal fuerza, que los dientes se le habían
hincado, en la carne, luego, con la misma rapidez que aparecieran, las hoces
volvieron a separarse y desaparecer dentro del retablo. Locarno, pálido como un
cadáver, cayó al suelo, pero se alzó de nuevo bruscamente, tirando de los
dibujos que rodeaban el agujero en el que seguía clavada la barra. El cofre
resistió todos sus esfuerzos. Seguía tan cerrado como antes.
Locarno empezó a rehacerse de su terror. En sus ojos, el
espanto cedió a la ira. Le enfurecía el fracaso. Olaf rió, y el maltés se
volvió hacía él como una fiera, enarbolando su pistola.
—¡Silencio! — aulló, con rabia—. El cofre se abrirá. Y,
aunque no se abriese, no serás tú quien pueda reírse de mi fracaso.
La pistola viró hasta encañonar a Olaf. La locura
brillaba, ya en los ojos del maltés. Manrique alzó su revólver dispuesto a
impedir que fuera consumado el asesinato.
Pero no fue necesario que disparara. Un brusco cambio se
operó en la fisonomía de Locarno. La pistola se le escapó de entre los dedos.
El fuego murió en sus pupilas. El rostro pareció hinchársele.
Un gemido ahogado se escapó de su garganta. Las manos
azotaron el aire con impotencia. Se le doblaron las piernas. Rodó pesadamente
por el suelo.
Durante unos instantes nadie se movió. Todos miraban, como
hipnotizados, el cuerpo de Locarno, que se agitaba aún en los estertores de la
agonía. Una espuma sanguinolenta y verdosa le asomaba a los labios.
El primero en moverse fue Cotry. De un manotazo desarmó al
abisinio que tenía al lado, al mismo tiempo que daba un empujón con la otra
mano, a las dos mujeres para tirarlas dentro de la gruta donde correrían menos
peligro en la lucha.
Pero su triunfo fue de corta duración, Otro etíope le dio
un culatazo en la cabeza y le hizo caer sin conocimiento. Había sucedido toda
tan aprisa, que ninguno de los otros prisioneros había tenido tiempo de
moverse.
Las etíopes parlamentaron entre sí. Lo sucedido les había
desconcertado por completo. No sabían qué partido tomar.
Manrique se estaba preguntando si habría llegado ya el
momento de dar a conocer su presencia, si su aparición repentina no provocaría
un tiroteo fatal para sus compañeros, cuando la iniciativa le fue arrebatada de
las manos.
Una voz terrible sonó en la gruta. Una voz que hizo
estremecerse de horror a cuantos la escucharon. Una voz que hablaba en amárico.
¡La Voz de Yuma!
—¿Por qué turbáis con vuestras luchas fratricidas el
santuario? ¿Cómo osáis entrar en él con armas y derramar sangre humana?
Todas las miradas convergieron en el punto de dónde
parecía proceder la voz. Algo pareció revolotear en el aire, sobre el altar. Y
entonces apareció, como flotando, sin sostén alguno, una faz horrible, cubierta
de una palidez cadavérica. Una faz cuyos ojos brillaban como ascuas, Los
abisinios retrocedieron poseídos de un terror supersticioso. Los prisioneros,
que habían oído hablar en otras ocasiones del rostro aquel y que conocían
muchas de las hazañas de aquel a quien representaba, exclamaron con alegría:
—¡YUMA!
Manrique encendió su lámpara de bolsillo y enfocó con ella
el terrible rostro para darle más realce. Luego, aprovechando el terror de los
indígenas, saltó al suelo de la gruta.
Aquello rompió en parte el ensalmo. Uno de los abisinios
vio caer al joven y alzó el revólver.
Junto a la cabeza flotante apareció de pronto una pistola
que escupió fuego. El revólver del indígena cayó al suelo, alcanzado de lleno.
—¡Descargaré mi ira sobre vosotros — clamó la Voz—, por
haber osado hacer uso de las armas en mi presencia!
Un grito de terror salió de la garganta del abisinio,
grito que fue coreado por sus compañeros. Como de común acuerdo, soltaron todos
las armas, dieron media vuelta y emprendieron locamente la huída.
Cornelio, que avisado por el disparo de que algo pasaba
acudía a toda velocidad a la gruta en auxilio de su compañero, se encontró con
la ola indígena que pasó por encima de él como si no existiera. Antes de que
hubiera podido volverse a levantar del suelo, Olaf se había abalanzado sobre
él. Le asió por el cinturón y, con una fuerza insospechada, le levantó por
encima de su cabeza y le tiró contra la pared de enfrente. Cornelio cayó y no
se movió ya. Manrique, entretanto, había corrido hacia Hipatia que se refugió
en sus brazos con un grito de alegría. Cotry rodeaba a Ifigenia con su brazo,
protegiéndola.
El rostro flotante desapareció apareciendo de nuevo
instantes después cerca del cuerpo de Cornelio.
—Sólo ha perdido el conocimiento — anunció la Voz.
Apareció una jeringuilla a unos centímetros del suelo. El
brazo de Cornelio se alzó y volvió a caer. Yuma le había dado una de las
inyecciones que usaba para borrar de la mente de los criminales todo recuerdo
del pasado. Más adelante, Cornelio recibiría un nombre nuevo y sería enviado a
la colonia de Yuma en el Yucatán, para ser reeducado y convertido en un hombre
útil a la Humanidad.
Volvió a desaparecer Yuma, pero sólo para reaparecer otra
vez y bajo un aspecto distinto. Con gran sorpresa de cuantos se hallaban allí,
se notó un nuevo revoloteo en el aire, y en lugar del rostro de Yuma apareció
el de un abisinio, mejor dicho: el de un galla.
¡El fitaurari Hapta!
Quitóse la capa, doblóla cuidadosamente y se la introdujo
bajo el chamma.
—Tomé el barco en Malta — anunció—, para seguiros en
vuestra peregrinación y velar por vosotros. Era mucho mejor que me tomarais por
enemigo, como lo hicisteis.
Miró el cuerpo de Locarno.
—Está muerto — anunció—. Envenenado. Los dientes de esas
hoces estaban untadas de una sustancia ponzoñosa al parecer, Xicuelles había
previsto que alguien intentaría traicionar a sus compañeros, y temió que
Locarno, precisamente, se dejara tentar y se convirtiese en traidor.
—Creo — agregó—, que ha llegado el momento de posesionarse
del tesoro de Xicuelles. Esos indígenas no nos molestarán. Se han llevado un
susto terrible. Seguramente harán correr por ahí las historias más fantásticas
y no habrá quién se atreva a aproximarse por aquí desde ahora en adelante.
—Pero ¿cómo va a abrir usted el cofre? — exclamó Cotry—.
Locarno siguió al pie de la letra las instrucciones y ya ve usted el resultado.
¿No teme que le ocurra lo propio?
El supuesto fitaurari sonrió.
Locarno — dijo—, no poseía la llave. La tengo yo.
Sacó de debajo del chamma un estuche y de él extrajo la
barra de platino que ya conocemos.
—Esa llave — dijo Olaf—, es casi igual que la que empleó
Locarno.
—No se parecen en nada — aseguró Hapta—. Ésta tiene algo
que no tenía la otra. Ya hablaremos de eso más adelante.
Se arrodilló junto al retablo. Extrajo la barra. Introdujo
la suya, que, por cierto, no pudo entrar más allá de la anilla. Apretó la parte
superior.
El efecto fue instantáneo. La parte delantera del retablo
cayó, dejando al descubierto todo el mecanismo y, en el centro, una caja de
metal cerrada y con la llave en la cerradura. Seguramente la habrían engrasado
bien antes de ponerla, pero, con el tiempo la grasa se había ido secando y
estaba un poco enmohecida la llave. No obstante, un poco de fuerza bastó para
hacerla girar.
Bajo el resplandor de la lámpara de bolsillo, la caja
pareció poblarse de policroma luz, cegando a los que la contemplaban.
—El tesoro está aquí — anunció Hapta, volviendo a cerrar
la caja—. Pero creo que debemos aguardar a momento más oportuno para
examinarlo. Un sirviente me aguarda fuera, con mis mulas. Las de ustedes se
hallan cerca de la salida en una caverna, junto con su equipaje. Hazte tú cargo
de esto, Manrique.
Le entregó la caja. Era pesadísima. Dijo el fitaurari:
—Aguarden unos instantes. Tengo que recoger parte de mi
equipaje que he depositado en una cueva contigua.
Se ausentó unos momentos y regresó con una maleta...
aquella en que llevaba la pantalla fluorescente.
—Vamos — dijo.
La procesión se puso en marcha hacia la salida, llevando
consigo el cuerpo exánime de Cornelio.
*****
—Trévelez — anunció el futaurari Hapta, sentado
cómodamente en un sillón—, delegó en el profesor Vardo para que marchara en
representación suya a Chipre. Y fue a Yuma a quien le suplicó que se hiciera
cargo de la llave y protegiera a los expedicionarios.
Hipatia, Ifigenia, Manrique, Cotry y Olaf se hallaban
reunidos, con Hapta, en una casa de Magalo que había puesto a disposición del
fitaurari un amigo suyo.
—Una cosa encontré extraña en el asunto — prosiguió
Hapta—. Todas las cartas habían sido echadas al Correo en Australia... todas
menos la que recibiera Trévelez. ¿Por qué? Evidentemente porque Xicuelles no
quería dejar la fortuna de todos sus herederos a merced de un solo hombre...
del encargado de poner las cartas en circulación el día de su muerte.
»Al darme cuenta de eso, procuré averiguar todo lo posible
respecto a cada uno de los siete herederos. Hasta di las órdenes oportunas para
que fueran visitados todos los lugares que cada uno de ellos había visitado. La
tarea fue lenta, pero su resultado la justificó plenamente. Todos habían hecho
el recorrido que aseguraban, pero dos de ellos no habían recibido carta alguna
en ninguno de los hoteles en que se habían alojado. Esos dos hombres eran
Locarno y Van Strom. Pero aunque no habían recibido comunicación de ningún
género como los demás, habían hecho el recorrido exacto que les correspondía
para describir las órbitas de los planetas que en el plan de Xicuelles
representaban.
—¿Quiere usted decir con eso — inquirió Manrique—, que
ambos conocían todo el plan desde un principio?
Hapta movió afirmativamente la cabeza.
—Entonces, ¿por qué hicieron viaje alguno siquiera?
—Por dos razones: porque querían poder demostrar, si era
necesario, que habían seguido su itinerario, y porque, además, ignoraban el
objeto exacto del mismo y temieron que pudieran necesitar haber estado para
comprenderlo bien cuando llegara el momento.
—Y ¿cómo pueden haberlo conocido?
—Pude descubrir, más tarde, que Xicuelles había hecho
depositario a Locarno de todas las cartas que habéis recibido, junto con las
instrucciones necesarias para que les diera curso el día que se tuvieran
noticias de su muerte, o en que pudiera darse por sentada su defunción por
falta de noticias suyas. Estoy seguro de que Xicuelles dejaría las cartas
debidamente lacradas, como la que Trévelez recibió de Madrid. Pero Locarno no
pudo resistir la tentación y las abrió todas. Una cosa sacó en limpio de ellas.
Xicuelles había nombrado herederos suyos a él y a otras seis personas.
—Y, a pesar de tener intenciones de quedarse él con todo
si le era posible, ¿echó las cartas a su debido tiempo?
—Las mandó a una agencia australiana de repartos para que
se encargara de distribuirlas en las fechas indicadas. No tenía más remedio que
cursarlas. Conocía su contenido, Pero no sabía interpretarlo. La necesidad le
obligaba a obrar como si no hubiera visto ninguna de las cartas con
anterioridad. Y, claro está, para hacer eso, no podía apoderarse de los discos.
No tenía la menor idea de su objeto... ni esperaba tenerla si se los quedara.
Me parece que eso se comprende perfectamente.
Manrique movió afirmativamente la cabeza.
—Tiene usted razón —asintió—. Locarno sólo podía robar los
discos cuando tuviera la seguridad de que podía usarlos para obtener el tesoro.
—Pero empezó en seguida a preparar sus planes para alejar
de sí toda sospecha cuando tuviera que obrar en contra de ustedes. Aunque Van
Strom vivía en Holanda y él en Malta, se conocían y, evidentemente, eran lobos
de la misma camada. Se pusieron de acuerdo en seguida. En Addis Abeba, Van
Strom se encargó de darle el golpe a Locarno para que éste pudiera desempeñar
bien su papel y luego se metió en su cuarto y se aplicó a sí mismo cloroformo.
Esperaban que habiendo sido ellos los primeros aparentemente en perder los
discos, jamás se sospecharía de ellos si tenían necesidad o les convenía robar
los otros por el camino.
»Mi presencia les ayudó. Consiguieron hacer recaer
sospechas sobre mí. El robo de la carta en el hotel fue un ardid encaminado a
despistar. Hasta llegar a Ginir no empezaron a tener una idea de dónde se
dirigían. Locarno había viajado mucho por Abisinia y se acordó de pronto, de
las famosas cuevas del Uebe. En cuanto comprendió el significado del último
mensaje recibido, creyó llegada su hora.
»Hacía tiempo que, aprovechando los momentos que se
hallaba de guardia y cuantas otras ocasiones se le presentaban de estar a solas
con el jefe de los indígenas encargados de cuidar vuestras mulas, había
sondeado a éste y descubierto que estaba dispuesto a venderse si el precio era
bueno. Cuando te dirigiste tú a Ginir, Manrique, ellos anunciaran su propósito
de hacer otro tanto porque querían poder probar la coartada si no salían las
cosas a medida de sus deseos. Antes de marchar, sin embargo, avisaron al jefe
de los indígenas para que, en su ausencia, secuestraran al campamento entero y
lo condujeran hacía las cavernas del Uebe.
»Estuvieron en la población indagando y adquiriendo la
seguridad de que no se habían equivocado, A su regreso, te tendieron una
emboscada, te quitaron tu disco y te abandonaron en el camino, yéndose ellos al
lugar en que había estado el campamento a esperar que tú te presentaras.
Cuando, fuisteis por segunda vez a Ginir, ellos aprovecharon la ocasión para
desaparecer a su vez. Lo demás ya lo conocéis, ¿Qué pensáis hacer ahora?
—Regresar a Europa, naturalmente. Creo que es mejor qué
dejemos el reparto de las piedras preciosas hasta que podamos hacerlo con
seguridad, en país civilizado.
—Sí — asintió Hapta—; yo también creo que es mucho más
conveniente eso. ¿En qué país pensáis hacerlo?
—Por mi parte — anunció Cotry—, lo haré donde los demás
quieran. Tengo mis planes hechos para después. Y... creo que Ifigenia está
dispuesta a compartirlos.
Miró a la chipriota con una sonrisa de ternura, a la que
ésta correspondió con una mirada de adoración.
—Les felicito — dijo Hapta—. Lo que ustedes han encontrado
vale más que toda la fortuna que les dejó el pobre Xicuelles.
No era necesario preguntarlo para darse cuenta de que,
sobre ese particular, tanto Ifigenia como Cotry opinaban lo mismo.
—¿Qué dice usted, Olaf?
—Creo — contestó el holandés—, que será mejor que el
reparto se haga en España y que lo haga el propio señor Trévelez. Después de
todo, él era el amigo más íntimo de don Aparicio al parecer, y tiene derecho a
representarle en ese asunto. Por cierto que sigo sin comprender una cosa que
está con él relacionado.
—¿Cuál?
—¿Por qué murió Locarno al intentar abrir el cofre y, sin
embargo, a usted no le ocurrió nada? No noté yo suficiente diferencia en las
barras para justificar la diferencia en los resultados.
—Conservo la barra — anunció Hapta—, y voy a demostrarles
la diferencia en seguida.
Sacó la llave de platino y la puso sobre la mesa.
—Xicuelles — dijo—, lo había previsto todo, como ya hemos
tenido ocasión de advertir. Previó también que uno solo descubriera el uso de
los discos y pudiera abrir el cofre. Por consiguiente, hizo una llave especial
que mandó a Trévelez, convencido de que éste se encargaría de que la llave se
hallara en el lugar del tesoro cuando hiciese falta y se hubieran cumplido
todos los requisitos.
»El mecanismo del cofre era sencillo. Cada uno de los
discos tenía un peso determinado y sólo ese peso, en el lugar correspondiente,
quitaba las trabas que sujetaban el resorte. Pero el resorte no se hallaba
enfrente mismo del agujero que hacía veces de cerradura. Si se hubiesen fijado
ustedes hubieran visto que había seis o siete varillas, como los rayos de una
rueda, en la vecindad de la cerradura en cuestión, De dichas varas, solo una
abría el cofre. Las demás soltaban las hoces o al otro dispositivo mortal por
el estilo.
Tomó la llave de platino.
—Esta barra — prosiguió—, tiene una anilla que no le
permite entrar más de la cuenta y disparar las hoces por accidente. Y tiene
otra cosa...
Apretó la parte superior y enseñó cómo salía la lengüeta
de metal por la parte inferior.
—Esta lengüeta actuaba el resorte — explicó—. La
oblicuidad de su trayectoria aseguraba que no pudiera tocar más que la varilla
que abría el cofre. Todo instrumento empleado que no tuviera exactamente la
misma desviación hubiera provocado la muerte de quien lo empleara. Un milímetro
de diferencia a derecha o izquierda convertía la llave en un instrumento de
muerte. ¿Comprenden ahora?
—Perfectamente — asintieron todos.
—No ha hablado usted aun, Hipatia — dijo Hapta—. ¿Dónde
quiere que se efectúe el reparto?
—Estoy de acuerdo con Olaf — contestó ésta—. Me gustaría
que fuese Trévelez quien se encargara de ello.
—De todas formas... —agregó, mirando a Manrique de
soslayo—, me parece que, cuando haya recibido mi parte, me quedaré en España.
—Y ¿qué piensa hacer allí?
—No lo sé... pero... — su mirada se tornó soñadora. El
tono de su voz se hizo nostálgico—. ¡Puede hacerse tanto bien cuando se dispone
de dinero...! Y he oído hablar de ese señor Trévelez, que dicen ustedes, que es
muy bueno. Tal vez él pueda aconsejarme... ¿De qué sirve el dinero si no se
puede aliviar con él la suerte de los desgraciados?
Manrique la miró con los ojos como estrellas. La muchacha
alzó la vista, se ruborizó y se inclinó instintivamente hacia él, aunque con
timidez.
Hapta contempló a la pareja con una expresión singular en
el semblante.
—Estoy seguro — dijo, con mucha dulzura—, que Trévelez
querrá conocerla... Y nadie mejor que Manrique para presentarla.
Cambió bruscamente de tono.
—¿Encuentra usted bien el parecer de sus compañeros? —
inquirió, mirando a Cotry.
—Lo encuentro divinamente — respondió el australiano—.
¿Vuelve usted a España con nosotros?
—Vuelvo a España — asintió Hapta—; pero no con ustedes.
Dentro de unas horas aterrizará en las cercanías un avión que viene a
recogerme. Creo que Olaf piensa ser mi compañero de viaje.
Y miró a Olaf, que, al encontrarse con sus ojos, disimuló
la sorpresa que la declaración le había producido y movió vigorosa y
afirmativamente la cabeza.
—En tal caso — propuso Cotry—, ¿por qué no nos hace el
favor de entregar usted mismo las joyas al señor Trévelez? Estarían más seguras
que si las lleváramos nosotros.
—No tengo inconveniente — respondió el supuesto fitaurari.
Y más tarde, cuando el avión despegaba dejando atrás a las
dos parejas, Hapta le dijo con una sonrisa a Olaf:
—Es preferible que hagan solos el viaje de regreso ellos.
Necesitan más tiempo para conocerse.. Nada me extrañaría que, a su llegada a
España, tuviera que ser padrino de boda Trévelez... De Ifigenia y de Cotry,
desde luego. Y... ¿quién sabe?... posiblemente de Hipatia y Manrique también
con el tiempo.
Y, al acabar de decir esto, pensó en un futuro feliz,
junto a la doctora Arana.
FIN
Con esta novela se terminó la serie de este personaje


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